El Principito — Antoine De Saint Exupéry

El Principito — Antoine De Saint Exupéry /2ª parte

Capítulo 11
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El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso:
-¡Ah! ¡Ah! ¡Un admirador viene a visitarme! -Gritó el vanidoso al divisar a lo
lejos al principito.
Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores.
-¡Buenos días! -dijo el principito-. ¡Qué sombrero tan raro tiene!
-Es para saludar a los que me aclaman -respondió el vanidoso.
Desgraciadamente nunca pasa nadie por aquí.
-¿Ah, sí? -preguntó sin comprender el principito.
-Golpea tus manos una contra otra -le aconsejó el vanidoso.
El principito aplaudió y el vanidoso le saludó modestamente levantando el
sombrero.
"Esto parece más divertido que la visita al rey", se dijo para sí el principito, que
continuó aplaudiendo mientras el vanidoso volvía a saludarle quitándose el
sombrero.
A los cinco minutos el principito se cansó con la monotonía de aquel juego.
-¿Qué hay que hacer para que el sombrero se caiga? -preguntó el principito.
Pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas.
-¿Tú me admiras mucho, verdad? -preguntó el vanidoso al principito.
-¿Qué significa admirar?
-Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido, el más rico y el más ïnteligente
del planeta.
-¡Si tú estás solo en tu planeta!
-¡Hazme ese favor, admírame de todas maneras!
-¡Bueno! Te admiro -dijo el principito encogiéndose de hombros-, pero ¿para qué te sirve?
Y el principito se marchó.
"Decididamente, las personas mayores son muy extrañas", se decía para sí el principito durante su viaje.

Capítulo 12
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El planeta siguiente estaba habitado por un bebedor. Fue una
visita muy corta, pues hundió al principito en una gran melancolía.
-¿Qué haces ahí? -preguntó al bebedor que estaba sentado en
silencio ante un sinnúmero de botellas vacías y otras tantas
botellas llenas.
-¡Bebo! -respondió el bebedor con tono lúgubre.
-¿Por qué bebes? -volvió a preguntar el principito.
-Para olvidar.
-¿Para olvidar qué? -inquirió el principito ya compadecido.
-Para olvidar que siento vergüenza -confesó el bebedor bajando la cabeza.
-¿Vergüenza de qué? -se informó el principito deseoso de ayudarle.
-¡Vergüenza de beber! -concluyó el bebedor, que se encerró nueva y definitivamente en el silencio.
Y el principito, perplejo, se marchó.
"No hay la menor duda de que las personas mayores son muy extrañas", seguía diciéndose para sí el principito
durante su viaje.

Capitulo 13
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El cuarto planeta estaba ocupado por un hombre de negocios. Este
hombre estaba tan abstraído que ni siquiera levantó la cabeza a la
llegada del principito.
-¡Buenos días! -le dijo éste-. Su cigarro se ha apagado.-
Tres y dos cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. ¡Buenos
días! Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo
tiempo de encenderlo. Veintiocho y tres treinta y uno. ¡Uf! Esto suma
quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y
uno.
–¿Quinientos millones de qué?
-¿Eh? ¿Estás ahí todavía? Quinientos millones de… ya no sé… ¡He trabajado tanto! ¡Yo soy un hombre serio y
no me entretengo en tonterías! Dos y cinco siete…
¿Quinientos millones de qué? -volvió a preguntar el principito, que nunca en su vida había renunciado a una
pregunta una vez que la había formulado.
El hombre de negocios levantó la cabeza:
-Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo me han molestado tres veces. La primera
hace veintidós años, fue por un abejorro que había caído aquí de Dios sabe dónde. Hacía un ruido insoportable
y me hizo cometer cuatro errores en una suma. La segunda vez por una crisis de reumatismo, hace once años.
Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo de callejear. Soy un hombre serio. Y la tercera vez… ¡la
tercera vez es ésta! Decía, pues, quinientos un millones…
-¿Millones de qué?
El hombre de negocios comprendió que no tenía ninguna esperanza de que lo dejaran en paz.
-Millones de esas pequeñas cosas que algunas veces se ven en el cielo.
-¿Moscas?
-¡No, cositas que brillan!
-¿Abejas?
-No. Unas cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no tengo tiempo de
desvariar!
-¡Ah! ¿Estrellas?
-Eso es. Estrella
-¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?
-Quinientos un millones seiscientos veintidós mil seteientos treinta y uno. Yo soy un hombre serio y exacto.
-¿Y qué haces con esas estrellas? -¿Que qué hago con ellas?
-Sí.
-Nada. Las poseo.
-¿Que las estrellas son tuyas?
-Sí.
-Yo he visto un rey que…
-Los reyes no poseen nada… Reinan. Es muy diferente.
-¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?
-Me sirve para ser rico.
-¿Y de qué te sirve ser rico?
-Me sirve para comprar más estrellas si alguien las descubre.
"Este, se dijo a sí mismo el principito, razona poco más o menos como mi borracho".
No obstante le siguió preguntando :
-¿Y cómo es posible poseer estrellas?
-¿De quién son las estrellas? -contestó punzante el hombre de negocios.
-No sé. . . De nadie.
-Entonces son mías, puesto que he sido el primero a quien se le ha ocurrido la idea.
-¿Y eso basta?
-Naturalmente. Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si encontraras una isla
que a nadie pertenece, la isla es tuya. Si eres el primero en tener una idea y la haces patentar, nadie puede
aprovecharla: es tuya. Las estrellas son mías, puesto que nadie, antes que yo, ha pensado en poseerlas
-Eso es verdad -dijo el principito- ¿y qué haces con ellas?
-Las administro. Las cuento y las recuento una y otra vez -contestó el hombre de negocios-. Es algo difícil. ¡Pero
yo soy un hombre serio!
El principito no quedó del todo satisfecho.
-Si yo tengo una bufanda, puedo ponérmela al cuello y llevármela. Si soy dueño de una flor, puedo cortarla y
llevármela también. ¡Pero tú no puedes llevarte las estrellas!
-Pero puedo colocarlas en un banco.
-¿Qué quiere decir eso?
-Quiere decir que escribo en un papel el número de estrellas que tengo y guardo bajo llave en un cajón ese
papel.
-¿Y eso es todo?
-¡Es suficiente!
"Es divertido", pensó el principito. "Es incluso bastante poético. Pero no es muy serio".
El principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas mayores.
-Yo -dijo aún- tengo una flor a la que riego todos los días; poseo tres volcanes a los que deshollino todas las
semanas, pues también me ocupo del que está extinguido; nunca se sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues,
para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada útil para las estrellas…
El hombre de negocios abrió la boca, pero no encontró respuesta.
El principito abandonó aquel planeta.
"Las personas mayores, decididamente, son extraordinarias", se decía a sí mismo con sencillez durante el viaje.

Capítulo 14
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El quinto planeta era muy curioso. Era el más pequeño de todos, pues apenas cabían en él un farol y el farolero
que lo habitaba. El principito no lograba explicarse para qué servirían allí, en el cielo, en un planeta sin casas y
sin población un farol y un farolero. Sin embargo, se dijo a sí mismo:
"Este hombre, quizás, es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, el vanidoso, el hombre de
negocios y el bebedor. Su trabajo, al menos, tiene sentido. Cuando enciende su farol, es igual que si hiciera
nacer una estrella más o una flor y cuando lo apaga hace dormir a la flor o a la estrella. Es una ocupación muy
bonita y por ser bonita es verdaderamente útil".
Cuando llegó al planeta saludó respetuosamente al farolero:
-¡Buenos días! ¿Por qué acabas de apagar tu farol?
-Es la consigna -respondió el farolero-. ¡Buenos días!
-¿Y qué es la consigna?
-Apagar mi farol. ¡Buenas noches! Y encendió el farol.
-¿Y por qué acabas de volver a encenderlo?
-Es la consigna.
-No lo comprendo -dijo el principito.
-No hay nada que comprender -dijo el farolero-. La consigna es la
consigna. ¡Buenos días!
Y apagó su farol.
Luego se enjugó la frente con un pañuelo de cuadros rojos.
-Mi trabajo es algo terrible. En otros tiempos era razonable; apagaba el farol por la mañana y lo encendía por la
tarde. Tenía el resto del día para reposar y el resto de la noche para dormir.
-¿Y luego cambiaron la consigna?
-Ese es el drama, que la consigna no ha cambiado -dijo el farolero-. El planeta gira cada vez más de prisa de
año en año y la consigna sigue siendo la misma.
-¿Y entonces? -dijo el principito.
-Como el planeta da ahora una vuelta completa cada minuto, yo no tengo un segundo de reposo. Enciendo y
apago una vez por minuto.
-¡Eso es raro! ¡Los días sólo duran en tu tierra un minuto!
-Esto no tiene nada de divertido -dijo el farolero-. Hace ya un mes que tú y yo estamos hablando.
-¿Un mes?
-Sí, treinta minutos. ¡Treinta días! ¡Buenas noches!
Y volvió a encender su farol.
El principito lo miró y le gustó este farolero que tan fielmente cumplía la consigna. Recordó las puestas de sol
que en otro tiempo iba a buscar arrastrando su silla. Quiso ayudarle a su amigo.
-¿Sabes? Yo conozco un medio para que descanses cuando quieras…
-Yo quiero descansar siempre -dijo el farolero.
Se puede ser a la vez fiel y perezoso.
El principito prosiguió:
-Tu planeta es tan pequeño que puedes darle la vuelta en tres zancadas. No tienes que hacer más que caminar
muy lentamente para quedar siempre al sol. Cuando quieras descansar, caminarás… y el día durará tanto
tiempo cuanto quiero
-Con eso no adelanto gran cosa -dijo el farolero-, lo que a mí me gusta en la vida es dormir.
-No es una suerte -dijo el principito.
-No, no es una suerte -replicó el farolero-. ¡Buenos días!
Y apagó su farol.
Mientras el principito proseguía su viaje, se iba diciendo para sí: "Este sería despreciado por los otros, por el
rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios. Y, sin embargo, es el único que no me parece
ridículo, quizás porque se ocupa de otra cosa y no de sí mismo . Lanzó un suspiro de pena y continuó
diciéndose:
"Es el único de quien pude haberme hecho amigo. Pero su planeta es demasiado pequeño y no hay lugar para
dos… "
Lo que el principito no se atrevía a confesarse, era que la causa por la cual lamentaba no quedarse en este
bendito planeta se debía a las mil cuatrocientas cuarenta puestas de sol que podría disfrutar cada veinticuatro
horas.

Capítulo 15
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El sexto planeta era diez veces más grande. Estaba habitado por un anciano que escribía grandes libros.
-¡Anda, un explorador! -exclamó cuando divisó al principito.
Este se sentó sobre la mesa y reposó un poco. ¡Había viajado ya
tanto!
-¿De dónde vienes tú? -le preguntó el anciano.
-¿Qué libro es ese tan grande? -preguntó a su vez el principito-.
¿Qué hace usted aquí?
-Soy geógrafo -dijo el anciano.
-¿Y qué es un geógrafo?
-Es un sabio que sabe donde están los mares, los ríos, las
ciudades, las montañas y los desiertos.
-Eso es muy interesante -dijo el principito-. ¡Y es un verdadero oficio!
Dirigió una mirada a su alrededor sobre el planeta del geógrafo; nunca había visto un planeta tan majestuoso.
-Es muy hermoso su planeta. ¿Hay océanos aquí?
-No puedo saberlo -dijo el geógrafo.
-¡Ah! (El principito se sintió decepcionado). ¿Y montañas?
-No puedo saberlo -repitió el geógrafo.
-¿Y ciudades, ríos y desiertos?
-Tampoco puedo saberlo.
-¡Pero usted es geógrafo!
-Exactamente -dijo el geógrafo-, pero no soy explorador, ni tengo exploradores que me informen. El geógrafo no
puede estar de acá para allá contando las ciudades, los ríos, las montañas, los océanos y los desiertos; es
demasiado importante para deambnlar por ahí. Se queda en su despacho y allí recibe a los exploradores. Les
interroga y toma nota de sus informes. Si los informes de alguno de ellos le parecen interesantes, manda hacer
una investigación sobre la moralidad del explorador.
-¿Para qué?
-Un explorador que mintiera sería una catástrofe para los libros de geografía. Y también lo sería un explorador
que bebiera demasiado.
-¿Por qué? -preguntó el principito.
-Porque los borrachos ven doble y el geógrafo pondría dos montañas donde sólo habría una.
-Conozco a alguien -dijo el principito-, que sería un mal explorador.
-Es posible. Cuando se está convencído de que la moralidad del explorador es buena, se hace una
investigación sobre su descubrimiento.
-¿ Se va a ver?
-No, eso sería demasiado complicado. Se exige al explorador que suministre pruebas. Por ejemplo, si se trata
del descubrimiento de una gran montaña, se le pide que traiga grandes piedras.
Súbitamente el geógrafo se sintió emocionado:
-Pero… ¡tú vienes de muy lejos! ¡Tú eres un explorador! Vas a describirme tu planeta.
Y el geógrafo abriendo su regístro afiló su lápiz. Los relatos de los exploradores se escriben primero con lápiz.
Se espera que el explorador presente sus pruebas para pasarlos a tinta.
-¿Y bien? -interrogó el geógrafo.
-¡Oh! Mi tierra -dijo el principito- no es interesante, tod es muy pequeño. Tengo tres volcanes, dos en actividad
y uno extinguido; pero nunca se sabe…
-No, nunca se sabe -dijo el geógrafo.
-Tengo también una flor.
-De las flores no tomamos nota.
-¿Por qué? ¡Son lo más bonito!
-Porque las flores son efímeras.
-¿Qué significa "efímera"?
-Las geografías -dijo el geógrafo- son los libros más preciados e interesantes; nunca pasan de moda. Es muy
raro que una montaña cambie de sitio o que un océano quede sin agua. Los geógrafos escribimos sobre cosas
eternas.
-Pero los volcanes extinguidos pueden despertarse -interrumpió el principito-. ¿Qué significa "efímera"?
-Que los volcanes estén o no en actividad es igual para nosotros. Lo interesante es la montaña que nunca
cambia.
-Pero, ¿qué significa "efímera"? -repitió el principito que en su vida había renunciado a una pregunta una vez
formulada.
-Significa que está amenazado de próxima desaparición.
-¿Mi flor está amenazada de desaparecer próximamente?
-Indudablemente.
"Mi flor as efímera -se dijo el principito- y no tiene más que cuatro espinas para defenderse contra el mundo. ¡Y
la he dejado allá sola en mi casa!" Por primera vez se arrepintió de haber dejado su planeta, pero bien pronto
recobra su valor.
-¿Qué me aconseja usted que visite ahora? -preguntó.
-La Tierra -le contestó el geógrafo-. Tiene muy buena reputación…
Y el principito partió pensando en su flor.

Capítulo 16
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El séptimo planeta fue, por consiguiente, la Tierra.
¡La Tierra no es un planeta cualquiera! Se cuentan en él ciento once reyes (sin olvidar, naturalmente, los reyes
negros) , siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de borrachos,
trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas mayores.
Para darles una idea de las dimensiones de la Tierra yo les diría que antes de la invención de la electricidad
había que mantener sobre el conjunto de los seis continentes un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y
dos mil quinientos once faroleros.
Vistos desde lejos, hacían un espléndido efecto. Los movimientos de este ejército estaban regulados como los
de un ballet de ópera. Primero venía el turno de los faroleros de Nueva Zelandia y de Australia. Encendían sus
faroles y se iban a dormir. Después tocaba el turno en la danza a los faroleros de China y Siberia, que a su vez
se perdían entre bastidores. Luego seguían los faroleros de Rusia y la India, después los de Africa y Europa y
finalmente, los de América del Sur y América del Norte. Nunca se equivocaban en su orden de entrada en
escena. Era grandioso.
Solamente el farolero del único farol del polo norte y su colega del único farol del polo sur, llevaban una vida de
ociosidad y descanso. No trabajaban más que dos veces al año.

Capítulo 17
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Cuando se quiere ser ingenioso, sucede que se miente un poco. No he sido muy honesto al hablar de los
faroleros y corro el riesgo de dar una falsa idea de nuestro planeta a los que no lo conocen. Los hombres
ocupan muy poco lugar sobre la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que la pueblan se pusieran de pie y
un poco apretados, como en un mitin, cabrían fácilmente en una plaza de veinte millas de largo por veinte de
ancho. La humanidad podría amontonarse sobre el más pequeño islote del Pacífico.
Las personas mayores no les creerán, seguramente, pues siempre se imaginan que ocupan mucho sitio. Se
creen importantes como los baobabs. Les dirán, pues, que hagan el cálculo; eso les gustará ya que adoran las
cifras. Pero no es necesario que pierdan el tiempo inútïlmente, puesto que tienen confianza en mí.
El principito, una vez que llegó a la Tierra, quedó sorprendido de no ver a nadie. Tenía miedo de haberse
equivocado de planeta, cuando un anillo de color de luna se revolvió en la arena.
-¡Buenas noches! -dijo el principito.
-¡Buenas noches! -dijo la serpiente.
-¿Sobre qué planeta he caído? -preguntó el principito.
-Sobre la Tierra, en Africa -respondió la serpiente.
-¡Ah! ¿Y no hay nadie sobre la Tierra?
-Esto es el desierto. En los desiertos no hay nadie. La Tierra es muy grande -dijo la serpiente.
El principito se sentó en una piedra y elevó los ojos al cielo.
-Yo me pregunto -dijo- si las estrellas están encendidas para que cada cual pueda un día encontrar la suya. Mira
mi planeta; está precisamente encima de nosotros… Pero… ¡qué lejos está!
-Es muy bella -dijo la serpiente-. ¿Y qué vienes tú a hacer aquí?
-Tengo problemas con una flor -dijo el principito.
-¡Ah!
Y se callaron.
-¿Dónde están los hombres? -prosiguió por fin el principito. Se está un poco solo en el desierto…
-También se está solo donde los hombres -afirmó la serpiente.
El principito la miró largo rato y le dijo: -Eres un bicho raro, delgado como un dedo…
-Pero soy más poderoso que el dedo de un rey -le interrumpió la serpiente.
El principito sonrió:
-No me pareces muy poderoso… ni siquiera tienes patas… ni tan siquiera
puedes viajar…
-Puedo llevarte más lejos que un navío -dijo la serpiente.
Se enroscó alrededor del tobillo del principito como un brazalete de oro.
-Al que yo toco, le hago volver a la tierra de donde salió. Pero tú eres puro
y vienes de una estrella…
El principito no respondió.
-Me das lástima, tan débil sobre esta tierra de granito. Si algún día echas mucho de menos tu planeta, puedo
ayudarte. Puedo…
-¡Oh! -dijo el principito-. Te he comprendido. Pero ¿por qué hablas con enigmas?
-Yo los resuelvo todos -dijo la serpiente.

Capítulo 18

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El principito atravesó el desierto en el que sólo encontró una flor de tres pétalos, una flor de nada.
-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -dijo la flor.
-¿Dónde están los hombres? -preguntó cortésmente el principito.
La flor, un día, había visto pasar una caravana.
-¿Los hombres? No existen más que seis o siete, me parece.
Los he visto hace ya años y nunca se sabe dónde
encontrarlos. El viento los pasea. Les faltan las raíces. Esto
les molesta.
-Adiós -dijo el principito.
-Adiós -dijo la flor.

Capítulo 19

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El principito escaló hasta la cima de una alta montaña. Las únicas montañas que él había conocido eran los tres
volcanes que le llegaban a la rodilla. El volcán extinguido lo utilizaba como taburete. "Desde una montaña tan
alta como ésta, se había dicho, podré ver todo el planeta y a todos los hombres…" Pero no alcanzó a ver más
que algunas puntas de rocas.
-¡Buenos días! -exclamó el principito al acaso.
-¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Buenos días! -respondió el eco
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito.
-¿Quién eres tú?… ¿Quién eres tú?… ¿Quién eres tú?… -contestó el
eco.
-Sed mis amigos, estoy solo -dijo el principito.
-Estoy solo… estoy solo… estoy solo… -repitió el eco.
"¡Qué planeta más raro! -pensó entonces el principito-, es seco,
puntiagudo y salado. Y los hombres carecen de imaginación; no hacen
más que repetir lo que se les dice… En mi tierra tenía una flor: hablaba
siempre la primera… "
Capítulo 20
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Pero sucedió que el principito, habiendo atravesado arenas, rocas y nieves, descubrió finalmente un camino. Y
los caminos llevan siempre a la morada de los hombres.
-¡Buenos días! -dijo.
Era un jardín cuajado de rosas.
-¡Buenos días! -dijeran las rosas.
El principito las miró. ¡Todas se parecían tanto a su flor!
-¿Quiénes son ustedes? -les preguntó estupefacto.
-Somos las rosas -respondieron éstas.
-¡Ah! -exclamó el principito.
Y se sintió muy desgraciado. Su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. ¡Y ahora
t.enía ante sus ojos más de cinco mil .todas semejantes, en un solo jardín!
Si ella viese todo esto, se decía el principito, se sentiría vejada, tosería muchísimo y simularía morir para
escapar al ridículo. Y yo tendría que fingirle cuidados, pues sería capaz de dejarse morir verdaderamente para
humillarme a mí también… "
Y luego continuó diciéndose: "Me creía rico con una flor única
y resulta que no tengo más que una rosa ordinaria. Eso y mis
tres volcanes que apenas me llegan a la rodilla y uno de Ios
cuales acaso esté extinguido para siempre. Realmente no soy
un gran príncipe… " Y echándose sobre la hierba, el principito
lloró.
Capítulo 21
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Entonces apareció el zorro:
-¡Buenos días! -dijo el zorro.
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se
volvió pero no vío nada.
-Estoy aquí, bajo el manzano -díjo la voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón! -dijo el principito.
Pero después de una breve reflexión, añadió:
-¿Qué significa "domesticar"?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único
que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos… "
-¿Crear vínculos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil
muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro
entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del
otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor… creo que ella me ha domesticado…
-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.
El zorro pareció intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es perfecto -suspiró el zorro.
Y después volviendo a su idea:
-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos
los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól.
Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la
tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los
campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me
recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me
domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
-Por favor… domestícame -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas
cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no fienen tiempo de conocer
nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no
tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo;
yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada
día podrás sentarte un poco más cerca…
El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si
vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo
empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz
me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré
así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora,
nunça sabré cuándo preparar mi corazón… Los ritos son
necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que
hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea
diferente a otra.
Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves
entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día
fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique…
-Ciertamente -dijo el zorro.
- Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré
un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie.
Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y
ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer
indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas,
porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo
dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta
callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien;
lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo que yo he perdido con ella… -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre
de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa…
-Yo soy responsable de mi rosa… -repitió el principito a fin de recordarlo

Capítulo 22
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-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -respondió el guardavías.
-¿Qué haces aquí? -le preguntó el principito.
-Formo con los viajeros paquetes de mil y despacho los trenes que los llevan, ya a la derecha, ya a la izquierda.
Y un tren rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la caseta del guardavías.
-Tienen mucha prisa -dijo el principito-. ¿Qué buscan?
-Ni siquiera el conductor de la locomotora lo sabe -dijo el guardavías.
Un segundo rápido iluminado rugió en sentido inverso.
-¿Ya vuelve? -preguntó el principito.
-No son los mismos -contestó el guardvías-. Es un cambio.
-¿No se sentían contentos donde estaban?
-Nunca se siente uno contento donde está -respondió el guardavías.
Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado.
-¿Van persiguiendo a los primeros viajeros? -preguntó el principito.
-No persiguen absolutamente nada -le dijo el guardavías-; duermen o bostezan allí dentro. Unicamente los niños
aplastan su nariz contra los vidrios.
-Unicamente los niños saben lo que buscan -dijo el principito. Pierden el tiempo con una muñeca de trapo que
viene a ser lo más importante para ellos y si se la quitan, lloran…
-¡Qué suerte tienen! -dijo el guardavías.

Capítulo 23
***
___
-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -respondió el comerciante.
Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya no se sienten
ganas de beber.
-¿Por qué vendes eso? -preguntó el principito.
-Porque con esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se ahorran cincuenta y
tres minutos por semana.
-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
-Lo que cada uno quiere… "
"Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos -pensó el principito- caminaría suavemente hacia una fuente…"
Capítulo 24
***
___

Era el octavo día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del comerciante bebiendo la última
gota de mi provisión de agua.
-¡Ah -le dije al principito-, son muy bonitos tus cuentos, pero yo no he reparado mi avión, no tengo nada para
beber y sería muy feliz si pudiera irme muy tranquilo en busca de una fuente!
-Mi amigo el zorro…, me dijo…
-No se trata ahora del zorro, muchachito…
-¿Por qué?
-Porque nos vamos a morir de sed…
No comprendió mi razonamiento y replicó:
-Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro.
"Es incapaz de medir el peligro -me dije – Nunca tiene hambre ni sed y un poco de sol le basta…"
El principito me miró y respondió a mi pensamiento:
-Tengo sed también… vamos a buscar un pozo…
Tuve un gesto de cansancio; es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto. Sin embargo,
nos pusimos en marcha.
Después de dos horas de caminar en silencio, cayó la noche y las estrellas comenzaron a brillar. Yo las veía
como en sueño, pues a causa de la sed tenía un poco de fiebre. Las palabras del principito danzaban en mi
mente.
-¿Tienes sed, tú también? -le pregunté. Pero no respondió a mi pregunta, diciéndome simplemente:
-El agua puede ser buena también para el corazón…
No comprendí sus palabras, pero me callé; sabía muy bien que no había que interrogarlo.
El principito estaba cansado y se sentó; yo me senté a su lado y después de un silencio me dijo:
-Las estrellas son hermosas, por una flor que no se ve…
Respondí "seguramente" y miré sin hablar los pliegues que la arena formaba bajo la luna.
-El desierto es bello -añadió el principito.
Era verdad; siempre me ha gustado el desierto. Puede uno sentarse en una duna, nada se ve, nada se oye y sin
embargo, algo resplandece en el silencio…
-Lo que más embellece al desierto -dijo el principito- es el pozo que oculta en algún sitio…
Me quedé sorprendido al comprender súbitamente ese misterioso resplandor de la arena. Cuando yo era niño
vivía en una casa antigua en la que, según la leyenda, había un tesoro escondido. Sin duda que nadie supo
jamás descubrirlo y quizás nadie lo buscó, pero parecía toda encantada por ese tesoro. Mi casa ocultaba un
secreto en el fondo de su corazón…
-Sí -le dije al principito- ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que les embellece es invisible.
-Me gusta -dijo el principito- que estés de acuerdo con mi zorro.
Como el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado
llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna
aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía : "lo que veo es sólo
la corteza; lo más importante es invisible… "
Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: "Lo que más me emociona de este principito
dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara,
incluso cuando duerme… " Y lo sentí más frágil aún. Pensaba que a las lámparas hay que protegerlas: una
racha de viento puede apagarlas…
Continué caminando y al rayar el alba descubrí el pozo.

Capítulo 25

***
___

-Los hombres -dijo el principito- se meten en los rápidos pero no saben dónde van ni lo que quieren. . . Entonces
se agitan y dan vueltas…
Y añadió:
-¡No vale la pena!…
El pozo que habíamos encontrado no se parecía en nada a los pozos saharianos. Estos pozos son simples
agujeros que se abren en la arena. El que teníamos ante nosotros parecía el pozo de un pueblo; pero por allí no
había ningún pueblo y me parecía estar soñando.
-¡Es extraño! -le dije al principito-. Todo está a punto: la roldana, el balde y la cuerda…
Se rió y tocó la cuerda; hizo mover la roldana. Y la roldana gimió como una vieja veleta cuando el viento ha
dormido mucho.
-¿Oyes? -dijo el principito-. Hemos despertado al pozo y canta.
No quería que el principito hiciera el menor esfuerzo y le dije:
-Déjame a mí, es demasiado pesado para ti.
Lentamente subí el cubo hasta el brocal donde lo dejé bien seguro.
En mis oídos sonaba aún el canto de la roldana y veía temblar al sol
en el agua agitada.
-Tengo sed de esta agua -dijo el principito-, dame de beber…
¡Comprendí entonces lo que él había buscado!
Levanté el balde hasta sus labios y el principito bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta.
Aquella agua era algo más que un alimento. Había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la roldana,
del esfuerzo de mis brazos. Era como un regalo para el corazón. Cuando yo era niño, las luces del árbol de
Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, daban su resplandor a mi regalo de
Navidad.
-Los hombres de tu tierra -dijo el principito- cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan.
-No lo encuentran nunca -le respondí. -Y sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en
un poco de agua…
-Sin duda, respondí. Y el principito añadió:
-Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón.
Yo había bebido y me encontraba bien. La arena, al alba, era color de miel, del que gozaba hasta sentirme
dichoso. ¿Por qué había de sentirme triste?
-Es necesario que cumplas tu promesa -dijo dulcemente el principito que nuevamente se había sentado junto a
mi.
-¿Qué promesa?
-Ya sabes… el bozal para mi cordero… soy responsable de mi flor.
Saqué del bolsillo mis esbozos de dibujo. El principito los miró y dijo riendo:
-Tus baobabs parecen repollos…
-¡Oh! ¡Y yo que estaba tan orgulloso de mis baobabs!
-Tu zorro tíene orejas que parecen cuernos; son demasiado largas.
Y volvió a reír.
-Eres injusto, muchachito; yo no sabía dibujar más que boas cerradas y boas abiertas.
-¡Oh, todo se arreglará! -dijo el principito-. Los niños entienden.
Bosquejé, pues, un bozal y se lo alargué con el corazón oprimido:
-Tú tienes proyectos que yo ignoro…
Pero no me respondió.
-¿Sabes? -me dijo-. Mañana hace un año de mi caída en la Tierra…
Y después de un silencio, añadió:
-Caí muy cerca de aquí…
El principito se sonrojó y nuevamente, sin comprender por qué, experimenté una extraña tristeza.
Sin embargo, se me ocurrió preguntar:
-Entonces no te encontré por azar hace ocho días, cuando paseabas por estos lugares, a mil millas de distancia
del lugar habitado más próximo. ¿Es que volvías al punto de tu caída?
El principito enrojeció nuevamente.
Y añadí vacilante.
-¿Quizás por el aniversario?
El principito se ruborizó una vez más. Aunque nunca respondía a las preguntas, su rubor signifícaba una
respuesta afirmativa.
-¡Ah! -le dije- tengo miedo.
Pero él me respondió:
-Tú debes trabajar ahora; vuelve, pues, junto a tu máquina, que yo te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde.
Pero yo no estaba tranquilo y me acordaba del zorro. Si se deja uno domesticar, se expone a llorar un poco…

Capítulo 26

***
___

A1 lado del pozo había una ruina de un viejo muro de piedras.
Cuando volví de mi trabajo al día siguiente por la tarde, vi desde
lejos al principito sentado en lo alto con las piernas colgando. Lo
oí que hablaba.
-¿No te acuerdas? ¡No es aquí con exactitud!
Alguien le respondió sín duda, porque él replicó:
-¡Sí, sí; es el día, pero no es este el lugar!
Proseguí mi marcha hacia el muro, pero no veía ni oía a nadie. Y
sin embargo, el principito replicó de nuevo.
-¡Claro! Ya verás dónde comienza mi huella en la arena. No
tienes más que esperarme, que allí estaré yo esta noche.
Yo estaba a veinte metros y continuaba sin distinguir nada.
El principito, después de un silencio, dijo aún
Tienes un buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho?
Me detuve con el corazón oprimido, siempre sin comprender.
-¡Ahora vete -dijo el principito-, quiero volver a bajarme
Dirigí la mirada hacia el pie del muro e instintivamente di un brinco. Una serpiente de esas amarillas que matan a
una persona en menos de treínta segundos, se erguía en dirección al principito. Echando mano al bolsillo para
sacar mi revólver, apreté el paso, pero, al ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena
como un surtidor que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un lígero ruido
metálico.
Llegué junto al muro a tiempo de recibir en mis brazos a mi principito, que estaba blanco como la nieve.
-¿Pero qué historia es ésta? ¿De charla también con las serpientes?
Le quité su eterna bufanda de oro, le humedecí las sienes y le di de beber, sin atreverme a hacerle pregunta
alguna. Me miró gravemente rodeándome el cuello con sus brazos. Sentí latir su corazón, como el de un pajarillo
que muere a tiros de carabina.
-Me alegra -dijo el principito- que hayas encontrado lo que faltaba a tu máquina. Así podrás volver a tu tierra…
-¿Cómo lo sabes?
Precisamente venía a comunicarle que, a pesar de que no lo esperaba, había logrado terminar mi trabajo.
No respondió a mi pregunta, sino que añadió:
-También yo vuelvo hoy a mi planeta…
Luego, con melancolía:
-Es mucho más lejos… y más difícil…
Me daba cuenta de que algo extraordinario pasaba en aquellos momentos. Estreché al principito entre mis
brazos como sí fuera un niño pequeño, y no obstante, me pareció que descendía en picada hacia un abismo sin
que fuera posible hacer nada para retenerlo.
Su mirada, seria, estaba perdída en la lejanía.
Tengo tu cordero y la caja para el cordero. Y tengo tambíén el bozal.
Y sonreía melancólicamente.
Esperé un buen rato. Sentía que volvía a entrar en calor poco a
poco:
-Has tenido miedo, muchachito…
Lo había tenido, sin duda, pero sonrió con dulzura:
-Esta noche voy a tener más miedo…
Me quedé de nuevo helado por un sentimiento de algo irreparable. Comprendí que no podía soportar la idea de
no volver a oír nunca más su risa. Era para mí como una fuente en el desierto.
-Muchachito, quiero oír otra vez tu risa…
Pero él me dijo:
-Esta noche hará un año. Mi estrella se encontrará precisamente encima del lugar donde caí el año pasado…
-¿No es cierto -le interrumpí- que toda esta historia de serpientes, de citas y de estrellas es tan sólo una
pesadilla?
Pero el principito no respondió a mi pregunta y dijo:
-Lo más importante nunca se ve…
-Indudablemente…
-Es lo mismo que la flor. Si te gusta una flor que habita en una estrella, es muy dulce mirar al cielo por la noche.
Todas las estrellas han florecido.
-Es indudable…
-Es como el agua. La que me diste a beber, gracias a la roldana y la cuerda, era como una música ¿te
acuerdas? ¡Qué buena era!
-Sí, cierto…
-Por la noche mirarás las estrellas; mi casa es demasiado pequeña para que yo pueda señalarte dónde se
encuentra. Así es mejor; mi estrella será para ti una cualquiera de ellas. Te gustará entonces mirar todas las
estrellas. Todas ellas serán tus amigas. Y además, te haré un regalo…
Y rió una vez más.
-¡Ah, muchachito, muchachito, cómo me gusta oír tu risa!
-Mi regalo será ése precisamente, será como el agua…
-¿Qué quieres decir?
La gente tiene estrellas que no son las mismas. Para los que viajan, las estrellas son guías; para otros sólo son
pequeñas lucecítas. Para los sabios las estrellas son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero
todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido…
-¿Qué quieres decir? -Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo
riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír!
Y rió nuevamente.
-Cuando te hayas consolado (siempre se consuela uno) estarás contento de haberme conocido. Serás mi amigo
y tendrás ganas de reír conmigo. Algunas veces abrirás tu ventana sólo por placer y tus amigos quedarán
asombrados de verte reír mirando al cielo. Tú les explicarás: "Las estrellas me hacen reír siempre". Ellos te
creerán loco. Y yo te habré jugado una mala pasada…
Y se rió otra vez.
-Será como si en vez de estrellas, te hubiese dado multitud de cascabelitos que saben reír…
Una vez más dejó oír su risa y luego se puso serio.
-Esta noche ¿sabes? no vengas…
-No te dejaré.
-Pareceré enfermo… Parecerá un poco que me muero… es así. ¡No vale la pena que vengas a ver eso…!
-No te dejaré.
Pero estaba preocupado.
-Te digo esto por la serpiente; no debe morderte. Las serpientes son malas. A veces muerden por gusto…
-He dicho que no te dejaré.
Pero algo lo tranquilizó.
-Bien es verdad que no tienen veneno para la segunda mordedura…
Aquella noche no lo vi ponerse en camino. Cuando le alcancé marchaba
con paso rápido y decidido y me dijo solamente:
-¡Ah, estás ahí!
Me cogió de la mano y todavía se atormentó:
-Has hecho mal. Tendrás pena. Parecerá que estoy muerto, pero no es
verdad.
Yo me callaba.
-¿Comprendes? Es demasiado lejos y no puedo llevar este cuerpo que
pesa demasiado.
-Seguí callado.
-Será como una corteza vieja que se abandona. TIo son nada tristes las viejas cortezas…
Yo me callaba. El principito perdió un poco de ánimo. Pero hizo un esfuerzo y dijo:
Será agradable ¿sabes? Yo miraré también las estrellas. Todas serán pozos con roldana herrumbrosa. Todas
las estrellas me darán de beber.
Yo me callaba.
-¡Será tan divertido! Tú tendrás quinientos millones de cascabeles y yo quinientos millones de fuentes…
El principito se calló también; estaba llorando.
-Es allí; déjame ir solo.
Se sentó porque tenía miedo. Dijo aún:
-¿Sabes?… mi flor… soy responsable… ¡y ella es tan débil y tan inocente! Sólo tiene cuatro espinas para
defenderse contra todo el mundo…
Me senté, ya no podía mantenerme en pie.
-Ahí está… eso es todo…
Vacíló todavía un instante, luego se levantó y dio un paso. Yo no
pude moverme.
Un relámpago amarillo centelleó en su tobillo. Quedó un instante
inmóvil, sin exhalar un grito. Luego cayó lentamente camo cae un
árbol, sin hacer el menor ruido a causa de la arena.

Capítulo 27

***
___

Ahora hace ya seis años de esto. Jamás he contado esta historia y los compañeros que me vuelven a ver se
alegran de encontrarme vivo. Estaba triste, pero yo les decía: "Es el cansancio".
AI correr del tiempo me he consolado un poco, pero no completamente. Sé que ha vuelto a su planeta, pues al
amanecer no encontré su cuerpo, que no era en realidad tan pesado… Y me gusta por la noche escuchar a las
estrellas, que suenan como quinientos millones de cascabeles…
Pero sucede algo extraordinario. AI bozal que dibujé para el principito se me olvidó añadirle la correa de cuero;
no habrá podido atárselo al cordero. Entonces me pregunto:
"¿Qué habrá sucedido en su planeta? Quízás el cordero se ha comido la flor…"
A veces me digo: "¡Seguro que no! El príncipito cubre la flor con su fanal todas las noches y vigila a su cordero".
Entonces me siento dichoso y todas las estrellas ríen dulcemente.
Pero otras veces pienso: "Alguna que otra vez se distrae uno y eso basta. Si una noche ha olvidado poner el
fanal o el cordero ha salido sin hacer ruido, durante la noche…". Y entonces los cascabeles se convierten en
lágrimas…
Y ahí está el gran misterio. Para ustedes que quieren al principito, lo mismo que para mí, nada en el universo
habrá cambiado si en cualquier parte, quien sabe dónde, un cordero desconocido se ha comido o no se ha
comido una rosa…
Pero miren al cielo y pregúntense: el cordero ¿se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia…
¡Ninguna persona mayor comprenderá jamás que esto sea verdaderamente importante!
Este es para mí el paisaje más hermoso y el más triste del mundo.
Es el mismo paisaje de la página anterior que he dibujado una vez
más para que lo vean bien. Fue aquí donde el principito apareció
sobre la Tierra, desapareciendo luego.
Exaxnínenlo atentamente para que sepan reconocerlo, si algún
día, viajando por Africa cruzan el desierto. Si por casualidad pasan
por allí, no se apresuren, se los ruego, y deténganse un poco,
precisamente bajo la estrella. Si un niño llega hasta ustedes, si
este niño ríe y tiene cabellos de oro y nunca responde a sus
preguntas, adivinarán en seguida quién es. ¡Sean amables con él!
Y comuníquenme rápidamente que ha regresado. ¡No me dejen
tan triste!

FIN

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Acerca de snake1964

men age:47 ateo apatrida anarko padre viudo
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