EL NUMERO DE LA BESTIA

EL NUMERO DE LA BESTIA

Fritz Leiber

– Me gustaría… – dijo el Joven Capitán, jefe de policía de Chicago Alto, el turbulento

satélite colocado sobre el meridiano centro-oeste de la parte terrestre de la ciudad -. Me

gustaría que las razas telepáticas de la galaxia no fueran siempre tan veraces y

silenciosas.

– ¿Tus cuatro sospechosos son telépatas? – preguntó el Viejo Teniente.

– Sí. Y también me gustaría tener más de media hora para decidir a cuál he de acusar.

Pero Tierra ha metido la nariz en el asunto y está presionando. Si no lo puedo deducir

razonando, lo tendré que hacer a ojo. Me conceden solamente media hora.

– En ese caso no deberías perderla con un viejo cascarrabias retirado como yo.

El Joven Capitán negó decididamente con la cabeza.

– No. Tú piensas. Ahora tienes tiempo para hacerlo.

El Viejo Teniente sonrió.

– A veces me gustaría no tenerlo. Y dudo poder darte alguna pista sobre los telépatas,

Jim. Es cierto que últimamente he estado estudiando por mi cuenta los sistemas de

pensamiento extranjeros con Kla-Kla el marciano, pero…

– No he venido a ti en busca de un especialista en telepatía – puntualizó el Joven

Capitán rápidamente.

– Muy bien entonces, Jim. Tú sabrás lo que haces. Oigamos tu caso. Y ponme al

corriente del asunto. No estoy muy al tanto de las noticias.

El Joven Capitán le miró con escepticismo.

– Todo el mundo en Chicago Alto ha oído algo del asesinato, cometido en la persona del

delegado del partido pacifista arcturiano, a menos de cien metros de aquí.

– Yo no he oído nada – dijo el Viejo Teniente -. ¿Quienes son los arcturianos? Créeme,

para un vejestorio como yo, el ahora es solamente un período histórico más. Mejor será

que consultes a otra persona, Jim.

– No. Los arcturianos son los primeros humanoides de origen inconexo que han

aparecido en la Galaxia. Inconexos con los humanos de la Tierra porque, aunque son

mamíferos bípedos sin pelo, tienen tres ojos, y seis dedos en cada mano. Una de sus

hembras protagoniza actualmente ese escándalo burlesco de «La estrella y la liga».

– También en mis tiempos la policía hubiese pensado que no convenía quitar el ojo de

un asunto como éste – dijo el Viejo Teniente, asintiendo -. ¿Los arcturianos son

telépatas?

– No. Luego hablaremos de la telepatía. Los arcturianos están divididos en dos partidos:

los que quieren ingresar en la Unión Comercial y abrir sus planetas a naves espaciales

extranjeras, entre ellas las de la Tierra, el partido pacifista, en una palabra, y los que

desean una política de estricta no relación, que, hasta donde llega nuestra experiencia,

conduce indefectiblemente a la guerra. El partido belicista es, por un escaso margen, el

más fuerte de los dos. Cualquier acontecimiento puede desequilibrar la balanza.

– ¿Y ese delegado del partido pacifista vino tranquilamente a la Tierra y se dejó cepillar

antes de bajar de Chicago Alto?

– Exacto. El asunto tiene mal aspecto, Sean. Parece que nosotros queramos la guerra.

Los demás miembros de la Unión Comercial miran ya con bastante escepticismo el

pacifismo que puedan encerrar las intenciones de la Tierra con respecto a toda la

Galaxia. Para ellos, el asunto arcturiano es una prueba. Dicen que aceptamos a los

polarianos, a los antareanos y a los demás porque su cultura y forma son tan diferentes

a las nuestras. Dicen que no cuesta nada admitir en teoría la igualdad con un abejorro,

por ejemplo, y luego jugarle la mala pasada.

»Pero, preguntan nuestros críticos galácticos, ¿desearían, o estarían dispuestos a

aceptar los terrícolas la igualdad con una raza humanoide? ¿Sabe? A veces es más

difícil reconocer que tu propio hermano es un ser humano que darle el título a un

campesino anónimo del otro lado del globo. Dicen, sigo con nuestros críticos galácticos,

que de puertas para afuera los terrícolas van a trabajar por la paz con los arcturianos y,

secretamente, van a sabotearla.

– Incluso mediante el asesinato.

– Eso es, Sean. Así que mientras no podamos colgar este asesinato a los extranjeros, y

mejor, a los extremistas del partido belicista arcturiano, algo que creo pero no puedo

probar de ninguna manera, correrá por la Unión el rumor de que la Tierra quiere la

guerra, al tiempo que los arcturianos terrofóbicos tendrán el camino labrado.

– Dejemos el trasfondo, Jim. ¿Cómo se cometió el asesinato?

Permitiéndose una amarga sonrisa, el Joven Capitán dijo tristemente:

– A pesar de que toda la Galaxia es un laboratorio de venenos y una tienda de

armamento, a pesar de lo disponibles que están los medios de disfrazarse y

desvanecerse, los métodos de aproximación repentina y de huida instantánea, y estoy

seguro de que cualquier día de éstos nos encontraremos con un criminal utilizando una

máquina del tiempo, el asesinato se cometió con un instrumento romo y su autor fue

uno de los cuatro extranjeros domiciliados en el mismo campamento que el miembro del

partido pacifista.

»Es desagradable, ¿no crees?, imaginarse al pobre fulano atrapado por el tentáculo de

un pulpoide o por las pinzas de un marciano negro. Para ser francos, Sean, hubiese

preferido que el asesino fuese más delicado en su modus operandi. Me hubiese

permitido dejar el asunto en manos de los chicos de la ciencia.

– Yo también me alegraba cuando podía delegar en los físicos – corroboró el Viejo

Teniente -. Es maravilloso lo que las luces coloreadas y el crepitar de los contadores

Geiger hacen para descargar la tensión de un vulgar policía. ¿Esos cuatro extranjeros

que mencionaste son telépatas?

– Exacto, Sean. Oscuras personalidades, también. Matones a sueldo los cuatro, lo que

complica las cosas. Y cada uno de ellos asume el típico punto de vista telepático. ¡Dios,

cómo me exaspera! ¡Que debamos saber cuál de ellos es el culpable sin hacer

preguntas! Saben de sobra que los terrícolas no somos telépatas, pero se siguen

parapetando en la pretensión de que todo habitante inteligente del Cosmos debe ser

telépata.

»Si de entrada les dices que tu mente es totalmente ciega, sorda y muda a los

pensamientos de los demás, actúan como si hubiesen cometido una falta social

imperdonable y se cierran fingiendo que no te han oído. ¡Y háblales de buscar un

lenguaje común! Son como la mujer que espera que adivines el porqué de su enfado sin

soltar prenda. Son como…

– Bueno, bueno, yo también tuve que vérmelas en mis tiempos con algunos telépatas,

Jim. Supongo que la otra cara del dilema que debes resolver es que si acusas

oficialmente a uno de ellos, y aciertas, entonces confesará como un buen animalillo,

utilizando el lenguaje normal, y te dirá quién ordenó el asesinato y todo lo demás, y todo

irá sobre ruedas. Pero si no aciertas, será un insulto mortal a toda su raza, y por

extensión a todos los telépatas, y los sistemas solares abandonarán la Unión y harán

todo lo posible por jugarnos malas jugadas. Puesto que, según la ficción de los

telépatas, «tú mismo eres un telépata y deberías haber sabido que era inocente, y sin

embargo le has acusado».

– Tienes toda la razón, Sean – admitió el Joven Capitán, apenado -. Como te he dicho al

principio, los veraces y silenciosos telépatas son unos intelectuales de pacotilla. Todos

se niegan a revelar los pensamientos de un semejante suyo a un no telépata. Puedo

entenderlo, aunque, con un solo confidente, la Policía trabajaría diez veces mejor. ¡Pero

todas esas nobles ficciones idealistas me sacan de quicio! ¡Si yo gobernase la Unión…!

– Jim, se te acaba el tiempo. Supongo que me pides ayuda para decidir a quién acusar.

Es decir, si decides intentarlo y no cerrar la boca, esconder la cabeza y esperar.

– Tengo que intentarlo, Sean. Tierra lo exige. Pero tal como están las cosas, tengo una

probabilidad entre cuatro, puesto que cada uno es tan sospechoso como los demás. A

mis ojos, son cuatro chicos igual de malos.

– Descríbeme a tus sospechosos rápidamente. – El Viejo Teniente cerró los ojos.

– Primero, Tlik-Tcha el marciano – empezó el Joven Capitán, contándolos con sus dedos

-. Un escarabajo negro y desagradable. ¡Menudo es! Contuvo el aire veinte minutos y

luego me lo soltó a la cara. Cada vez que le preguntaba algo, imprimía «sin

comentario» en blanco y negro en su pecho. ¡En caracteres Garamond!

– Anímate, Jim. Podrían haber sido mayúsculas rústicas. El siguiente.

– Hilav, el antareano multibraquial. Estuvo todo el interrogatorio agitando lentamente los

tentáculos. ¡Creo que trataba de hipnotizarme! Se me ocurrió que podía estar hablando

en clave, pero el intérprete dijo que no. Al final soltó un silbido muy largo, como un

insulto desvergonzado. El silbido no significaba nada, me dijo el intérprete, al tiempo

que me aconsejaba educadamente serenidad.

»El tercer cliente es Fa, el rigeliano compuesto. Se arrancó un miembro, uno de verdad,

por supuesto, no artificial, y jugueteó con él mientras le hacía preguntas. Me costaba

mantener la atención en lo que estaba diciendo. ¡Esperaba que después se arrancase

la cabeza! También lo hizo, cuando volvía a su celda.

– Los telépatas pueden ser exasperantes – dijo el Viejo Teniente -. Siempre me costaba

recordar lo cansador que debía ser para ellos mantener una conversación oral. Como si

un hombre, capaz de hablar, se empeñase en mantener una conversación a base de

lápiz y papel, y encima, esperando que el interlocutor escribiese sus opiniones con

estilo. ¿Tu cuarto sospechoso, Jim?

– Jorrakak, el centrípedo polariano. Se torció en forma de un gran signo de interrogación

cuando me dirigí a él. Parecía más una cobra gigante de piel negra y espesa. También

estuvo todo el tiempo murmurando para sí, muy bajo. El intérprete dijo que repetía una

y otra vez: «¡Oh, Dios padre! ¿Cuándo alejarás de mí este cáliz?» A mitad del

interrogatorio extendió a Donovan uno de sus pequeños miembros negros y le dio lo

que parecía una bolita de billar rosa.

– Muy feo, muy feo – observó el Viejo Teniente, meneando la cabeza mientras sonreía -.

¿Así que ésos son tus cuatro sospechosos, Jim? ¿Los cuatro caballos de carreras de

fina estampa entre los que tienes que apostar por uno?

– Ellos son. Cada uno tuvo oportunidad de hacerlo. Todos tienen fama de criminales y

pueden haber sido contratados para cometer el asesinato, bien por los extremistas del

partido belicista arcturiano, bien por cualquier organización extranjera hostil a la Tierra,

la Liga de las Bestias, por ejemplo, con sus ceremoniales pseudorreligiosos.

– No estoy de acuerdo en lo de la Liga. Pero no olvides a nuestros propios extremistas

de mente sanguinaria – le recordó el Viejo Teniente -. También hay demonios entre

nosotros, Jim.

– Es cierto, Sean. Pero independientemente de quien pagara por el crimen, uno de los

cuatro fue el agente. Porque para rematar el problema y liarlo con un nudo gordiano de

un metro de espesor, cada uno de los sospechosos ha recibido últimamente, y sin que

podamos localizar su origen, una gran cantidad de dinero, suficiente en cada caso para

pagar el asesinato.

Recostándose, el Viejo. Teniente dijo:

– ¿No me dilas? Háblame de eso, Jim.

– Bueno, ya sabes que el precio de la vida de cualquier ser de la Galaxia es mil veces la

moneda que se utilice como valor. No es una regla aleatoria tan mala. En este caso, la

unidad fueron marcianos de oro, que ni son de oro ni están apoyados por la pequeña

burocracia de Marte, pero…

– Ya lo sé. Sólo te quedan unos minutos, Jim. ¿Cuánto fueron las cantidades exactas

que recibieron?

– Hilav, el antareano multibraquial, recibió mil veinticuatro marcianos de oro; Jorrakak, el

centrípedo polariano, mil marcianos de oro; Fa, el compuesto rigeliano, mil setecientos

veintiocho marcianos de oro y Tlik-Tcha, el coleopteroide marciano, seiscientos sesenta

y seis marcianos de oro.

– ¡Ah! – dijo el Viejo Teniente lentamente -. El número de la bestia.

– ¿Cómo dices, Sean?

El Viejo Teniente citó con voz pausada:

– «Aquí está la sabiduría. El que tenga inteligencia calcule el número de la bestia,

porque es número de hombre.» El Apocalipsis, Jim, el último libro de la Biblia.

– Lo conozco – dijo el Joven Capitán saltando de la silla nerviosamente -. Y también sé

cuáles son las siguientes palabras, aunque sólo porque son las preferidas de los

chiflados numerólogos que tanto abundan en la estación. Las siguientes palabras son:

«Su número es seiscientos sesenta y seis». ¡Dios Santo! Se trata de Tlik-Tcha, ¡es el

número de sus marcianos de oro! Hemos sabido desde siempre que la Liga de las

Bestias tomó muchos de sus ceremoniales de la Tierra. ¿Por qué no entonces de su

Biblia? Sean, viejo sabio, voy a hacer realidad tu presentimiento. – El Joven Capitán se

levantó -. Vuelvo a la estación, voy a reunir a los cuatro y a acusar a Tlik-Tcha delante

de los demás.

El Viejo Teniente levantó una mano.

– Un momento, Jim – dijo rápidamente -. Vas a ir a la estación, vas a reunir a los cuatro,

sí, pero vas a acusar a Fa, el rigeliano.

El Joven Capitán se sentó involuntariamente.

– Pero eso no tiene sentido – protestó -. El número de Fa es mil setecientos veintiocho.

No encaja en nuestra pista. No es el número de la bestia.

– Las bestias tienen toda clase de números, Jim. El que tú buscas es mil setecientos

veintiocho.

– ¿Por qué, Sean? Dame tus razones.

– No, no hay tiempo. Y seguramente no me creerías. Me pediste consejo y te lo he

dado. Acusa a Fa, el rigeliano.

– Pero…

– Eso es todo, Jim.

Minutos más tarde, el Joven Capitán todavía sentía la comezón de su enfado. Pero

estaba de vuelta en la estación y el momento de decidir pesaba tenazmente sobre él.

Qué loco había sido, se dijo a sí mismo, de perder el tiempo con un viejo decrépito

como aquél. Qué caradura de hombre, dando consejos – órdenes prácticamente – que

se negaba a justificar, comportándose con los caprichos y la cabezonería – ¡sí, y la

insolencia! – que sólo un hombre jubilado se puede permitir.

Miró los cuatro rostros extranjeros que tenía al otro lado de la mesa: el de Tlik-Tcha,

como una bola de ébano con sus tres perceptores hundidos profundamente; el de

Jorrakak, como un gran penacho negro temblando ligeramente; el de Fa, pálido y

humanoide, pero excesivamente grande, como la máscara funeraria de un emperador;

el de Hilav, un racimo de ojos parpadeando alternativamente salpicado de mandíbulas

verduzcas. Deseó poder mezclarlos a todos en una bolsa y sacar con un guantelete de

acero a uno de ellos.

La habitación apestaba a desinfectante y a extranjero, el hedor familiar de la antigua

estación de policía aunque mucho más variado. El Joven Capitán sintió el sudor que

goteaba por su frente. Abrió de par en par la ventana que tenía junto a él y la habitación

se inundó del murmullo que llenaba el edificio central del satélite. No aligeró la

atmósfera, pero por un momento pareció sentirse menos oprimido.

Luego miró otra vez los cuatro rostros y sintió de nuevo la desesperación de estar en

una vía muerta. «Elige un número – pensó -. Cualquiera de uno a dos mil. Elige un

rostro. Cree en la suerte. Sean es un viejo lobo cabezota, pero los muchachos dicen

que siempre tenía una maldita buena suerte.»

Extendió un dedo.

– En el nexo de estas mentes reunidas – dijo en voz alta – publico la verdad que

comparto con la suya: Fa…

Eso fue todo cuanto pudo decir. El rigeliano se levantó de un salto, volteó su cabeza y

la lanzó contra la ventana abierta.

Pero si el Joven Capitán no había estado ágil para el pensamiento, estaba bien

preparado para la acción. Atrapó la cabeza cuando pasaba junto a él, esquivando un

mordisco. Entonces una voz diminuta que surgía de la cabeza dijo las palabras que

estaba deseando oír:

– Deje que la verdad que nuestras mentes comparten sea publicada más tarde. Primero,

por favor, lléveme a mi fuente de aliento…

Al día siguiente, el Viejo Teniente y el Joven Capitán hablaron largamente del asunto.

– ¿Así que no atrapaste a los cómplices de Fa en el edificio central? – preguntó el Viejo

Teniente.

– No, Sean, se escaparon. Y de haber podido hubiesen desaparecido con la cabeza de

Fa.

– ¿Pero, sin embargo, nuestro asesino lo confesó todo? ¿Contó toda la historia, dio el

nombre de sus jefes, y proporcionó datos suficientes para encerrarles de una vez por

todas?

– Desde luego. Cuando uno de esos telépatas decide hablar, es un placer oírle. Lo hace

con arte, como el mismo Shakespeare. Pero ahora, Sean, quiero repetirte la pregunta

que ayer no pudiste contestar. Aunque reconozco que lo hago con una actitud muy

diferente. Me impresionaste mucho, pero debo admitir que nunca hubiese seguido tu

consejo a ciegas, como lo hice, si llego a tener otro clavo donde agarrarme. Además,

estaba muy impresionado por aquella cita de la Biblia que recordaste tan

oportunamente. A no ser que me digas que no significaba lo que parecía.

»Pero seguí tu consejo, y me sacó de uno de los mayores atolladeros de mi vida. Y, por

añadidura, con una palmadita en el hombro de Tierra. Así que déjame preguntarte,

Sean, en nombre de lo que para mí es más sagrado: ¿cómo supiste con tanta certeza

de cuál de los cuatro se trataba?

– No lo supe, Jim. Es más correcto decir que lo supuse.

– ¡Maldito fulero! ¿Quieres decir que sólo fue una suposición afortunada?

– No tanto como eso, Jim. Fue una suposición, de acuerdo, pero una suposición con

fundamento. Todo el secreto radica en los números, por supuesto, en el número de

marcianos de oro, los números de nuestras cuatro bestias. Los seiscientos sesenta y

seis de Tlik-Tcha señalaban obsesivamente que trabajaba para la Liga de las Bestias,

puesto que se pirran por los símbolos y sacan el número en cuestión cada vez que

pueden. Pero eso no nos lleva a ningún sitio: la Liga, aunque critica frecuentemente a

los terrícolas, nunca ha deseado fomentar una guerra interestelar.

»Los mil de Jorrakak indicaban que recibió el dinero de alguna organización de

terrícolas, o de alguna fuente extranjera que utiliza el sistema decimal. Estos mil de

Jorrakak no nos llevan a ninguna parte.

»Respecto a los mil veinticuatro de Hilav: ese número es la décima potencia de dos. Por

lo que sé, ninguna especie natural de seres utiliza el sistema binario. Sin embargo, es la

regla entre los robots. Eso nos conduce a que Hilav trabajaba para la Hermandad

Interestelar de Máquinas de Negocios Libres o para alguna organización similar. Como

tú y yo sabemos, los robots no tocan tambores de guerra ni funden plomos de la paz,

puesto que siempre son los principales perdedores.

»Sólo nos quedan los mil setecientos veintiocho de Fa. Jim, lo primero que me dijiste de

los arcturianos fue que eran bípedos hexadáctilos. Seis dedos en una mano significan

doce en las dos. Y con una certeza mortal, los seres equipados de esta forma por la

naturaleza utilizarán el sistema duodecimal, el más conveniente por muchas razones.

En el sistema duodecimal, «mil» no es diez por diez por diez, sino doce por doce por

doce. Exactamente mil setecientos veintiocho en nuestro sistema decimal. Como habías

dicho, un millar de la unidad en curso es el precio de la vida de un ser. Alguien que

reciba «mil» marcianos de oro de un arcturiano tendrá mil setecientos veintiocho en su

bolsillo según nuestra numeración.

»La cuantía de la bolsa de Fa me pareció un indicio inequívoco de que le pagaba el

partido belicista arcturiano. El hombre se debió sentir muy a gusto recibiendo esos

setecientos veintiocho de más. Un matón más experimentado se hubiese reído de la

idea de sacar tajada de una vulgar diferencia en los sistemas de numeración.

El Joven Capitán se tomó tiempo antes de contestar. Sonrió con incredulidad varias

veces, y, en una de ellas, movió la cabeza. Por fin dijo:

– ¿Y tú me empujaste a acusar sin más suposición que ésa?

– Te sirvió, ¿o no? – respondió con un guiño el Viejo Teniente -. Y tan pronto Fa empezó

a confesar, debiste pensar que yo tenía razón sin ninguna posibilidad de duda. Los

telépatas son siempre veraces.

El Joven Capitán le miró con extrañeza.

– ¿No podría ser que, Sean… – dijo lentamente -, no podría ser que tú mismo fueses un

telépata? ¿Que sea ése el sistema de pensamiento extranjero que has estado

estudiando con tu docto brujo marciano?

– Si lo fuese, lo diría… – Se detuvo. Guiñó un ojo -. ¿O no?

FIN

 

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Acerca de snake1964

men age:47 ateo apatrida anarko padre viudo
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