William Gibson – Neuromante

William Gibson

Neuromante

 

 

 

 

1-Los blues de Chiba City

EL CIELO SOBRE EL PUERTO tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal

muerto.

-No es que esté desahogándome -Case oyó decir a alguien mientras a golpes de hombro se abría

paso entre la multitud frente a la puerta del Chat-. Es como si mi cuerpo hubiese desarrollado toda

esta deficiencia de drogas -era una voz del Ensanche y un chiste del Ensanche. El Chatsubo era un

bar para expatriados profesionales; podías pasar allí una semana bebiendo y nunca oír dos palabras

en japonés.

Ratz estaba sirviendo en el mostrador, sacudiendo monótonamente el brazo protésico mientras

llenaba una bandeja de vasos de kirin de barril. Vio a Case y sonrió; sus dientes, una combinación

de acero europeo oriental y caries marrones. Case encontró un sitio en la barra, entre el improbable

bronceado de una de las putas de Lonny Zone y el flamante uniforme naval de un africano alto cuyos

pómulos estaban acanalados por precisos surcos de cicatrices tribales.

-Wage estuvo aquí temprano, con dos matones -dijo Ratz, empujando una cerveza por la barra con

la mano buena-. ¿Negocios contigo tal vez, Case?

Case se encogió de hombros. La chica de la derecha soltó una risita y lo tocó suavemente con el

codo. La sonrisa del barman se ensanchó. La fealdad de Ratz era tema de leyenda. Era de una

belleza asequible, la fealdad tenía algo de heráldico. El arcaico brazo chirrió cuando se extendió

para alcanzar otra jarra. Era una prótesis militar rusa, un manipulador de fuerza retroalimentada con

siete funciones, acoplado a una mugrienta pieza de plástico rosado.

-Eres demasiado el artiste, Herr Case. -Ratz gruñó; el sonido le sirvió de risa. Se rascó con la garra

rosada el exceso de barriga enfundada en una camisa blanca. – Eres el artiste del negocio

ligeramente gracioso.

-Claro -dijo Case, y tomó un sorbo de cerveza-. Alguien tiene que ser gracioso aquí. Ten por

seguro que ése no eres tú.

La risita de la puta subió una octava.

-Tampoco tú, hermana. Así que desaparece, ¿de acuerdo? Zone es un íntimo amigo mío.

Ella miró a Case a los ojos y produjo un sonido de escupitajo lo más leve posible, moviendo apenas

los labios. Pero se marchó.

-¡Jesús! -dijo Case-. ¿Qué clase de antro tienes? Uno no puede tomarse un trago en paz.

-Mmm -dijo Ratz frotando la madera rayada con un trapo-. Zone ofrece un porcentaje. A ti te dejo

trabajar aquí porque me entretienes.

Cuando Case levantó su cerveza, se hizo uno de esos extraños instantes de silencio, como si cien

conversaciones inconexas hubiesen llegado simultáneamente a la misma pausa. La risa de la puta

resonó entonces, con un cierto deje de histeria.

Ratz gruñó: -Ha pasado un ángel.

-Los chinos -vociferó un australiano borracho-; los chinos inventaron el empalme de nervios. Para

una operación de nervios, nada como el continente. Te arreglan de verdad, compañero…

-Lo que faltaba -dijo Case a su vaso, sintiendo que toda la amargura le subía como una bilis-; eso sí

que es una mierda.

Ya los japoneses habían olvidado más de neurocirugía de lo que los chinos habían sabido nunca.

Las clínicas negras de Chiba eran lo más avanzado: cuerpos enteros reconstruidos mensualmente, y

con todo, aún no lograban reparar el daño que le habían infligido en aquel hotel de Memphis.

Un año allí y aún soñaba con el ciberespacio, la esperanza desvaneciéndose cada noche. Toda la

cocaína que tomaba, tanto buscarse la vida, tanta chapuza en Night City, y aún veía la matriz durante

el sueño: brillantes reticulados de lógica desplegándose sobre aquel incoloro vacío… Ahora el

Ensanche era un largo y extraño camino a casa al otro lado del Pacífico, y él no era un operador, ni

un vaquero del ciberespacio. Sólo un buscavidas más, tratando de arreglárselas. Pero los sueños

acudieron en la noche japonesa como vudú en vivo, y lloraba por eso, lloraba en sueños, y

despertaba solo en la oscuridad, aovillado en la cápsula de algún hotel de ataúdes, con las manos

clavadas en el colchón de gomaespuma, tratando de alcanzar la consola que no estaba allí.

-Anoche vi a tu chica -dijo Ratz, pasando a Case un segundo kirin.

-No tengo -dijo Case, y bebió.

-La señorita Linda Lee.

Case sacudió la cabeza.

-¿No tienes chica? ¿Nada? ¿Sólo negocios, amigo artista? -Los ojos pequeños y marrones del

barman anidaban profundamente en una piel arrugada. – Creo que me gustabas más con ella. Te

reías más. Ahora, una de estas noches, tal vez te pongas demasiado artístico; terminarás en los

tanques de la clínica; piezas de recambio.

-Me estás rompiendo el corazón, Ratz. -Case terminó su cerveza, pagó y se fue, hombros altos,

estrechos y encogidos bajo la cazadora de nailon caqui manchada de lluvia. Abriéndose paso entre

la multitud de Ninsei, podía oler su propio sudor rancio.

Case tenía veinticuatro años. A los veintidós, había sido vaquero, un cuatrero, uno de los mejores

del Ensanche. Había sido entrenado por los mejores, por McCoy Pauley y Bobby Quine, leyendas en

el negocio. Operaba en un estado adrenalínico alto y casi permanente, un derivado de juventud y

destreza, conectado a una consola de ciberespacio hecha por encargo que proyectaba su incorpórea

conciencia en la alucinación consensual que era la matriz. Ladrón, trabajaba para otros: ladrones

más adinerados, patrones que proveían el exótico software requerido para atravesar los muros

brillantes de los sistemas empresariales, abriendo ventanas hacia los ricos campos de la información.

Cometió el clásico error, el que se había jurado no cometer nunca. Robó a sus jefes. Guardó algo

para él y trató de escabullirlo por intermedio de un traficante en Amsterdam. Aún no sabía con

certeza cómo fue descubierto, aunque ahora no importaba. Esperaba que lo mataran entonces, pero

ellos sólo sonrieron. Por supuesto que era bienvenido, le dijeron, bienvenido al dinero. E iba a

necesitarlo. Porque -aún sonriendo- ellos se iban a encargar de que nunca más volviese a trabajar.

Le dañaron el sistema nervioso con una micotoxina rusa de los tiempos de la guerra.

Atado a una cama en un hotel de Memphis, el talento se le extinguió micrón a micrón y alucinó

durante treinta horas

El daño fue mínimo, sutil, y totalmente efectivo.

Para Case, que vivía para la inmaterial exultación del ciberespacio, fue la Caída. En los bares que

frecuentaba como vaquero estrella, la actitud distinguida implicaba un cierto y desafectado desdén

por el cuerpo. El cuerpo era carne. Case cayó en la prisión de su propia carne.

El total de sus bienes fue rápidamente convertido a nuevos yens, un grueso fajo del viejo papel

moneda que circulaba interminablemente por el circuito cerrado de los mercados negros del mundo

como las conchas marinas de los isleños de Trobriand. En el Ensanche era difícil hacer negocios

legítimos con dinero en efectivo; en Japón ya era ilegal.

En Japón supo con firme y absoluta certeza que conseguiría curarse. En Chiba. Ya fuese en una

clínica legalizada o en la tierra umbría de la medicina negra. Sinónimo de implantes, de empalmes

de nervios y microbiónica, Chiba era un imán para las subculturas tecnodelictivas.

En Chiba, vio cómo sus nuevos yens se desvanecían en una ronda de dos meses de exámenes y

consultas. Los hombres de las clínicas negras, la última esperanza de Case, admiraron la pericia

con que lo habían lisiado, y luego, lentamente, menearon la cabeza.

Ahora dormía en los ataúdes más baratos, los más cercanos al puerto, bajo los faros de cuarzo

halógeno que iluminaban los muelles toda la noche como vastos escenarios; donde el fulgor del cielo

de televisor impedía ver el cielo de Tokio y aun el desmesurado logotipo holográfico de la Fuji Electric

Company, y la bahía de Tokio era un espacio negro donde las gaviotas daban vueltas en círculo

sobre cardúmenes de poliestireno blanco a la deriva. Detrás del puerto se extendía la ciudad,

cúpulas de fábricas dominadas por los vastos cubos de arcologías empresariales. Puerto y ciudad

estaban divididos por una estrecha frontera de calles más viejas, un área sin nombre oficial. Night

City, y Ninsei, el corazón del barrio. De día, los bares de Ninsei estaban cerrados y no se distinguían

unos de otros: el neón apagado, los hologramas inertes, esperando bajo el envenenado cielo de

plata.

Dos manzanas al oeste del Chat, en un salón de té llamado el Jarre de Thé, Case tomó la primera

pastilla de la noche con un espresso doble. Era un octógono rosado y plano, una potente especie de

dextroanfetamina brasileña que comprara a una de las chicas de Zone.

El Jarre tenía las paredes cubiertas de espejos, cada panel enmarcado en neón rojo.

Al principio, encontrándose solo en Chiba, con poco dinero y menos esperanzas de curarse, había

entrado en una especie de sobremarcha terminal, rebuscando dinero fresco con una intensidad

helada que parecía corresponder a otra persona. El primer mes, mató a dos hombres y a una mujer

por sumas que un año atrás le habrían parecido ridículas. Ninsei lo desgastó hasta que la calle

misma le llegó a parecer la externalización de un deseo de muerte, un veneno secreto que él llevaba

consigo.

Night City era como un perturbado experimento de darwinismo social, concebido por un

investigador aburrido que mantenía el dedo pulgar sobre el botón de avance rápido. Uno dejaba de

rebuscárselas y se hundía sin dejar huella, pero un movimiento en falso bastaba para romper la frágil

tensión superficial del mercado negro; en cualquiera de los casos, uno desaparecía dejando apenas

un vago recuerdo en la mente de un ejemplar como Ratz; aunque corazón, pulmones o riñones

pudieran sobrevivir al servicio de un extraño que tuviese nuevos yens para los tanques de las

clínicas.

Los negocios eran allí un rumor subliminal constante, y la muerte, el aceptado castigo por pereza,

negligencia, falta de gracia o de atención a las exigencias de un intrincado protocolo.

Solo, en una mesa del Jarre de Thé, con el octógono subiendo, con gotas de sudor que le afloraban

en las palmas de las manos, de pronto consciente de todos y cada uno de los cosquilleantes pelos

en los brazos y en el pecho, Case supo que en algún punto había comenzado a jugar un juego

consigo mismo, uno muy antiguo que no tiene nombre: un solitario final. Ya no llevaba armas, ni

tomaba ya las precauciones básicas. Se encargaba de los negocios más rápidos y dudosos de la

calle, y se decía que era capaz de conseguir lo que uno quisiera. Una parte de él sabía que el arco

de esta autodestrucción era notoriamente obvio para sus clientes, cada vez más escasos; pero esa

misma parte se tranquilizaba diciéndose que era sólo una cuestión de tiempo. Y era esa parte, que

esperaba complacida la muerte, la que más odiaba la idea de Linda Lee.

La encontró una noche lluviosa en una vídeo galería.

Bajo fantasmas brillantes que ardían tras una bruma celeste de humo de cigarrillos, hologramas del

Castillo Embrujado y de Guerra de Tanques en Europa, la silueta de Nueva York… Y ahora la

recordaba así, el rostro envuelto en una inquieta luz de láser, los rasgos reducidos a un código: un

fulgor escarlata en los pómulos mientras el Castillo Embrujado ardía, la frente empapada de azul

cuando Münich caía ante la Guerra de Tanques, la boca manchada de oro caliente mientras un

cursor deslizante sacaba chispas a las paredes de un desfiladero de rascacielos. Él estaba volando

alto aquella noche, con un ladrillo de Ketamina de Wage en camino a Yokohama y el dinero ya en el

bolsillo. Entró desde la cálida lluvia que chisporroteaba en el pavimento de Ninsei, y por algún

motivo, la distinguió en seguida: una cara entre las docenas de caras alineadas frente a las consolas,

perdida en el juego. Tenía entonces la expresión que le vería, horas más tarde, en el rostro dormido

en un nicho de un hotel del puerto; el labio superior como las líneas con que los niños dibujan un

pájaro volando.

Cuando atravesaba la galería para ponerse junto a la joven, embriagado aún por el negocio que

acababa de cerrar, vio que ella levantaba sus ojos. Ojos grises delineados con lápiz negro. Ojos de

animal encandilado por las luces altas de un vehículo que se aproxima.

La noche se alargó en una mañana, en boletos en el puerto y en un primer paseo por la bahía. La

lluvia siguió cayendo sobre Harajuku, goteando sobre la chaqueta de plástico de Linda, y los niños de

Tokio pasaron en tropel frente a las famosas boutiques, en chinelas blancas y con capuchas

adhesivas, hasta que ella se quedó con él en el bullicio de medianoche de un salón pachinko y le

tomó la mano como si fuera un niño.

Pasó un mes antes de que la gestalt de drogas y tensión en la que él se movía convirtiera aquellos

ojos perpetuamente asustados en pozos de reflexiva necesidad. Vio cómo ella se fragmentaba, se

quebraba como un iceberg, y cómo los trozos se alejaban a la deriva, y por último vio la necesidad

cruda, la hambrienta armadura de la adicción. Vio cómo inhalaba la siguiente línea con una

concentración que le recordó las mantis que vendían en los quioscos de Shiga, junto a peceras de

carpas mutantes y grillos en jaulas de bambú.

Miró fijamente el negro anillo de borra en la taza vacía. La taza vibraba por el estimulante que

había tomado. Sobre el laminado marrón que cubría la mesa había una pátina de arañazos

diminutos. La dextroanfetamina le subió por la columna, y vio los innumerables impactos aleatorios

que habían creado esa superficie. El Jarre estaba decorado en un estilo anticuado y anónimo del

siglo anterior, una incómoda mezcla de japonés tradicional y pálidos plásticos milaneses, pero todo

parecía cubierto por una película sutil, como si el mal humor de un millón de clientes hubiese atacado

de algún modo los espejos y los plásticos otrora lustrosos, dejando cada superficie empañada con

algo que nunca se podría limpiar.

-Ey, Case, buen amigo…

Levantó la mirada; encontró unos ojos grises delineados con lápiz. Ella llevaba unos desteñidos

pantalones militares franceses y zapatillas deportivas blancas.

-Te he estado buscando. -Se sentó frente a él. Las mangas de la camisa azul de cremallera habían

sido arrancadas desde los hombros; él le examinó los brazos involuntariamente, buscando señales

de dermos o de pinchazos.- ¿Quieres un cigarrillo?

Sacó un arrugado paquete de Yeheyuan de un bolsillo tobillero y le ofreció uno. Él lo tomó, dejó que

ella lo encendiera con un tubo de plástico rojo. -¿Duermes bien, Case? Pareces cansado. -El acento

era del sur del Ensanche, cerca de Atlanta. La piel bajo los ojos parecía pálida y enfermiza, pero la

carne era aún lisa y firme. Tenía veinte años. Unas líneas nuevas de dolor comenzaban a

grabársele en las comisuras de la boca. Llevaba el pelo negro estirado hacia atrás, sujeto con una

cinta de seda estampada. El diseño podía representar un microcircuito, o el plano de una ciudad.

-No, si recuerdo tomar mis pastillas -dijo él, mientras lo golpeaba una tangible ola de nostalgia,

deseo y soledad, cabalgando en la longitud de onda de la anfetamina. Recordó el olor de la piel de

Linda en la oscuridad sobrecalentada de un nicho cercano al puerto, los dedos de ella entrelazados

sobre su espalda.

Toda la carne, pensó, y todo lo que la carne quiere.

-Wage -dijo ella, entornando los ojos-. Quiere verte con un agujero en la cara. -Encendió el

cigarrillo.

-¿Quién lo dice? ¿Ratz lo dice? ¿Has estado hablando con Ratz?

-No. Mona. Su nuevo macarra es uno de los chicos de Wage.

-No le debo tanto. Él a mí sí; pero de todos modos no tiene dinero. -Se encogió de hombros.

-Ahora le debe demasiada gente, Case. Tal vez te toque ser el ejemplo. En serio, es mejor que te

cuides.

-Claro. ¿Y qué me dices de ti, Linda? ¿Tienes dónde dormir?

-Dormir. -Linda sacudió la cabeza.- Claro, Case. -Tembló y se inclinó hacia adelante. Una película

de sudor le cubría la cara.

-Toma -dijo él; buscó en el bolsillo de la chaqueta deportiva y sacó un arrugado billete de cincuenta.

Lo alisó automáticamente bajo la mesa, lo dobló en cuatro y se lo pasó.

-Tú lo necesitas, cariño. Más vale que se lo des a Wage.

Había algo en los ojos grises de ella que no conseguía leer; algo que nunca había visto en ellos.

-A Wage le debo mucho más que eso. Tómalo. Me va a llegar más -mintió, mientras veía sus

nuevos yens desaparecer en un bolsillo de cremallera.

-Junta tu dinero, Case; encuentra rápido a Wage.

-Ya nos veremos, Linda -dijo él, poniéndose de pie.

-Seguro -dijo ella. Un milímetro de blanco asomaba bajo cada una de sus pupilas. Sanpaku-.

Cuídate el pellejo, hombre.

Él asintió, ansioso por marcharse.

Volvió atrás la mirada cuando la puerta plástica se cerraba detrás de él; vio los ojos de ella

reflejados en una jaula de neón rojo.

Viernes por la noche en Ninsei.

Pasó frente a quioscos de yakitori y salones de masaje, una cafetería llamada Beautiful Girl, el

trueno electrónico de una vídeo galería. Se hizo a un lado para dar paso a un sarariman de traje

oscuro, y alcanzó a ver el logotipo de la Mitsubishi-Genentech tatuado en el dorso de la mano

derecha del hombre.

¿Era auténtico? Si lo era, pensó, se está buscando problemas. Si no, se los merecía. Por encima

de un cierto nivel, a los empleados de la MG se les implantaban avanzados microprocesadores que

registraban los niveles de mutágenos en el torrente sanguíneo. Un equipo así te podía enredar en

Night City, llevarte directamente a una clínica negra.

El sarariman era japonés, pero la muchedumbre de Ninsei era gaijin. Grupos de marineros que

subían del puerto, turistas solitarios y tensos a la caza de placeres no señalados en las guías,

talludos del Ensanche exhibiendo injertos e implantaciones, y una docena de distintas especies de

buscavidas, todos pululando por la calle en una intrincada danza de deseo y comercio.

Había innumerables teorías que explicaban por qué Chiba City toleraba el enclave de Ninsei, pero

Case se inclinaba por la idea de que los Yakuza podrían estar preservando el lugar como una

especie de parque histórico; un recordatorio de orígenes humildes. Pero también le parecía sensata

la idea de que las tecnologías germinales requieren zonas fuera de la ley; que Night City no estaba

allí por sus habitantes, sino como campo de juegos deliberadamente no supervisado para la

tecnología misma.

¿Tendría razón Linda?, se preguntó, mirando hacia las luces. ¿Lo mataría Wage para que sirviera

de ejemplo? No tenía mucho sentido; pero, por otra parte, Wage negociaba especialmente con

biología proscrita, y la gente decía que había que estar loco para hacer eso.

Pero Linda dijo que Wage lo quería muerto. Lo primero que Case aprendió sobre la dinámica del

comercio callejero era que ni el comprador ni el vendedor lo necesitaban realmente. El negocio de

un hombre medio consiste en convertirse en un mal necesario. El dudoso nicho que Case se había

tallado en el ecosistema criminal de Night City estaba hecho de mentiras, forjado noche a noche a

fuerza de traiciones. Ahora, viendo que las paredes comenzaban a desmoronarse, sintió el filo de

una extraña euforia.

La semana anterior había postergado la transferencia de un extracto glandular sintético, y lo vendió

al por menor para obtener márgenes más amplios que de costumbre. Sabía que a Wage no le había

gustado. Wage era su proveedor principal; nueve años en Chiba y uno de los pocos traficantes gaijin

que había logrado conectarse con la rígidamente estratificada camarilla criminal más allá de las

fronteras de Night City. Materiales genéticos y hormonas entraban escurridizamente en Ninsei por

una intrincada escalerilla de testaferros y subterfugios. Wage había conseguido una vez reconstruir

el pasado de algo, y ahora tenía contactos firmes en una docena de ciudades.

Case se encontró mirando la vitrina de una tienda que vendía objetos pequeños y brillantes a los

marineros. Relojes, navajas de muelle, encendedores, cámaras de vídeo de bolsillo, consolas de

simestim, cadenas manriki cargadas con pesas, y shurikens. Los shurikens siempre lo habían

fascinado: estrellas de acero con puntas de cuchillo. Algunas eran cromadas, otras negras, otras

tratadas con una superficie iridiscente, como aceite en agua. Pero él prefería las estrellas de cromo.

Estaban montadas en ultragamuza escarlata, con lazos casi invisibles de hilo de pescar; en el centro

tenían estampas de dragones o simbolos yin-yang. Capturaban el neón de la calle y lo

distorsionaban, y a Case se le antojó que ésas eran las estrellas bajo las que él iba de un lado a otro:

el destino deletreado en una constelación de cromo barato.

-Julie -dijo a sus estrellas-. Es hora de ver al viejo Julie. Él sabrá.

Julius Deane tenía ciento treinta y cinco años; una fortuna semanal en sueros y hormonas le

alteraba asiduamente el metabolismo. Su principal seguro contra el envejecimiento era un

peregrinaje anual a Tokio, donde cirujanos genéticos reprogramaban el código de su ADN, un

procedimiento inasequible en Chiba. Luego, volaba a Hong Kong y encargaba los trajes y camisas

para ese año. Asexuado e inhumanamente paciente, parecía encontrar su mayor gratificación en las

formas esotéricas del culto a los sastres. Case nunca lo vio llevar el mismo traje dos veces, aunque

en su guardarropa no parecía haber otra cosa que meticulosas reconstrucciones de prendas del siglo

pasado. Lucía lentes de receta, láminas de cuarzo rosado sintético y molido enmarcadas en una fina

montura de oro y biseladas como los espejos de una casa de muñecas victoriana.

Tenía sus oficinas en un depósito detrás de Ninsei, que en parte parecía haber sido

descuidadamente decorado, años atrás, con una aleatoria colección de muebles europeos, como si

en algún momento Deane se hubiese planteado establecerse allí. Unas estanterías neoaztecas

acumulaban polvo junto a una pared de la sala donde Case estaba esperando. Una pareja de

bulbosas lámparas de mesa estilo Disney descansaban incómodamente sobre una mesa baja tipo

Kandinsky, de acero con laca granate. Un reloj Dalí colgaba de la pared entre las estanterías,

inclinando la cara distorsionada hacia el suelo de cemento desnudo. Las manecillas eran

hologramas que cambiaban para acompañar las circunvoluciones de la cara, pero que nunca

señalaban la hora correcta. La sala estaba atiborrada de cajas de fibra de vidrio que despedían un

olor a jengibre.

-Pareces estar limpio, hijo -dijo la incorpórea voz de Deane-. Entra.

Unos pestillos magnéticos se desplazaron alrededor de la enorme puerta de imitación de palo de

rosa, a la izquierda de las estanterías. Un rótulo que decía JULIUS DEANE IMPORT EXPORT

surcaba el plástico con deterioradas mayúsculas autoadhesivas. Si los muebles dispersos en el

improvisado vestíbulo de Deane sugerían los finales del siglo pasado, el despacho parecía

pertenecer a sus comienzos.

El rostro rosado e inconsútil de Deane contemplaba a Case desde el área de luz de una antigua

lámpara de bronce con pantalla rectangular de vidrio verde oscuro. El importador se hallaba

celosamente cercado por un amplio escritorio de acero pintado, flanqueado por altos gabinetes de

cajones de madera clara. El tipo de cosa, supuso Case, que en otro tiempo sirvió para almacenar

registros escritos de alguna especie. La tapa del escritorio estaba atiborrada de cassettes, rollos de

papel amarillentos, y varias piezas de una especie de máquina de escribir de cuerda, una máquina

que Deane nunca tenía tiempo de arreglar.

-¿Qué te trae por aquí, muchachón? -preguntó Deane, ofreciendo a Case un delgado bombón

envuelto en papel cuadriculado azul y blanco-. Prueba uno. Ting Ting Djahe, lo mejor de lo mejor. –

Case rechazó el jengibre, se sentó en una torcida silla giratoria y deslizó el pulgar a lo largo de la

desteñida costura de sus tejanos negros.

-Julie, he oído que Wage quiere matarme.

-Ah. Bueno. ¿Y dónde oíste eso, si se puede saber?

-Gente.

-Gente -dijo Deane, mordiendo un bombón de jengibre-. ¿Qué clase de gente? ¿Amigos?

Case asintió.

-No siempre es fácil saber quiénes son los amigos, ¿verdad?

-Es cierto que le debo un poco de dinero, Deane. ¿Te ha dicho algo?

-Últimamente no hemos estado en contacto. -En seguida suspiró.- Si lo supiera, por supuesto, quizá

no pudiera decírtelo. Siendo las cosas como son; tú entiendes.

-¿Las cosas?

-Él es un contacto importante, Case.

-Ya. ¿Me quiere matar, Julie?

-No, que yo sepa. -Deane se encogió de hombros. Podrían haber estado hablando del precio del

jengibre. – Si se trata de un rumor infundado, hijo, regresa en una semana y te conseguiré algo

sacado de Singapur.

-¿Sacado del Hotel Nan Hai, calle Bencoolen?

-¡Hijo, lengua suelta! -sonrió Deane. El escritorio de acero estaba atiborrado con una fortuna en

equipos que detectaban errores.

-Nos seguiremos viendo, Julie. Saludaré a Wage de tu parte.

Los dedos de Deane subieron para cepillar el perfecto nudo de su pálida corbata de seda.

Estaba a menos de una manzana del despacho de Deane cuando la sintió de pronto: la conciencia

repentina y celular de que alguien le pisaba los talones, y muy de cerca.

El cultivo de una cierta y mansa paranoia era algo que Case daba por descontado. El truco era no

perder el control. Pero eso podía ser todo un truco, detrás de un montón de octógonos. Luchó

contra la irrupción de adrenalina y compuso sus delgadas facciones en una máscara de aburrida

vacuidad, fingiendo dejarse llevar por la multitud. Vio un escaparate oscuro y se las arregló para

detenerse enfrente. Era una tienda de artículos quirúrgicos cerrada por renovaciones. Con las

manos en los bolsillos de la chaqueta, miró a través del cristal hacia un rombo plano de carne en

probeta apoyado sobre un pedestal tallado de imitación jade. El color de la piel le recordó a las putas

de Zone; estaba tatuado con un visor digital luminoso conectado a un chip subcutáneo. ¿Por qué

molestarse por la operación -se encontró pensando, mientras el sudor le corría por las costillascuando

basta con llevar el aparatito en el bolsillo?

Sin mover la cabeza, levantó la vista y estudió los reflejos de la multitud que pasaba.

Allí.

Detrás de unos marineros con camisas de color caqui de manga corta. Pelo oscuro, lentes

especularas, ropa oscura, delgado…

Y desapareció.

Case echó a correr, inclinado, esquivando cuerpos.

-¿Me alquilas una pistola, Shin?

El muchacho sonrió. -Dos horas. -Estaban rodeados de olor a pescado fresco, en la parte trasera

de un quiosco de sushi en Shiga.- Tú regresar en dos horas.

-Necesito una ya. ¿No tienes nada ahora?

Shin revolvió algo entre latas vacías de dos litros que alguna vez habían contenido polvo de rábano

picante. Sacó un estrecho paquete envuelto en plástico gris. -Taser. Una hora; veinte nuevos yens.

Treinta depósito.

-Mierda. No necesito eso. Necesito una pistola. A lo mejor quiero matar a alguien, ¿entiendes?

El camarero se encogió de hombros y volvió a poner el taser detrás de las latas de rábano. -Dos

horas.

Entró en la tienda sin molestarse en mirar la exhibición de shurikens. Nunca había arrojado uno en

su vida.

Compró dos paquetes de Yeheyuans con un chip del Mitsubishi Bank que lo identificaba como

Charles Derek May. Era mejor que Truman Starr, lo mejor que había logrado en cuestión de

pasaportes.

La japonesa que estaba detrás de la terminal parecía tener algunos años más que el viejo Deane;

ninguno de ellos con ayuda de la ciencia. Sacó del bolsillo su delgado fajo de nuevos yens y se lo

mostró. -Quiero comprar un

arma.

La mujer señaló una caja llena de navajas.

-No -dijo él-, no me gustan las navajas.

Entonces ella sacó del mostrador una caja oblonga. La tapa era de cartón amarillo, estampada con

una cruda imagen de una cobra enrollada, de abultada capucha. Adentro había ocho cilindros

idénticos envueltos en papel. Case observaba mientras unos dedos jaspeados y morenos rasgaban

el papel. Ella lo alzó para que él lo examinara: un tubo de acero opaco con una tirilla de cuero en un

extremo y una pequeña pirámide de bronce en el otro. Tomó el objeto con una mano; la pirámide

entre el otro dedo pulgar y el índice, y tiró. Tres aceitados segmentos de apretados resortes

telescópicos se deslizaron hacia afuera y se conectaron entre sí. -Cobra -dijo ella.

Detrás del estremecimiento de neón de Ninsei, el cielo era de un mezquino tono gris. El aire había

empeorado; aquella noche parecía tener dientes, y la mitad de la gente llevaba máscaras filtradoras.

Case había pasado diez minutos en un urinario, tratando de descubrir un escondite adecuado para

su cobra; por último resolvió enfundar el mango en la cintura de los pantalones, con el tubo en

diagonal sobre el estómago. La punzante punta piramidal se movía entre la caja torácica y el forro

de la cazadora. Parecía que la cosa iba a caer a la acera cuando diera el próximo paso, pero hacía

que él se sintiera mejor.

El Chat no era realmente un bar de traficantes, pero por las noches atraía a una clientela afín. Los

viernes y los sábados era distinto. Los clientes habituales seguían allí, la mayoría; pero se

desvanecían tras la afluencia de marineros y de los especialistas que los despojaban. Case buscó a

Ratz desde que empujó las puertas, pero el barman no estaba a la vista. Lonny Zone, el macarra

residente del bar, observaba con vidrioso y paternal interés cómo una de sus chicas iba a trabajarse

a un joven marinero. Zone era adicto a una marca de hipnótico que los japoneses llamaban

Bailarines de la Nube. Case le indicó con señas que se acercara a la barra. Zone fue deslizándose

en cámara lenta entre la multitud; el alargado rostro relajado y plácido.

-¿Has visto a Wage esta noche, Lonny?

Zone lo miró con la calma de costumbre. Sacudió la cabeza.

-¿Estás seguro?

-Tal vez en el Namban. Hace dos horas, quizás.

-¿Lo acompañaba algún matón? ¿Uno delgado, pelo negro, quizá chaqueta negra?

-No -dijo Zone frunciendo la frente para indicar el esfuerzo que le costaba recordar tanto detalle sin

sentido-. Hombres grandes. Implantados. -Los ojos de Zone revelaban muy poco blanco y menos

iris; bajo los párpados entornados, tenía las pupilas dilatadas, enormes. Observó el rostro de Case

detenidamente, y luego bajó los ojos. Vio el bulto de la fusta de acero.- Cobra -dijo, y arqueó una

ceja-. ¿Quieres joder a alguien?

-Nos vemos, Lonny. -Case se fue del bar.

Lo seguían de nuevo. Estaba seguro. Sintió una puñalada de exaltación, los octógonos y la

adrenalina se mezclaron con algo más. Estás disfrutándolo, pensó; estás loco.

Porque, de alguna extraña y muy aproximada manera, era como activar un programa en la matriz.

Bastaba con que uno se quemara lo suficiente, se encontrara con algún problema desesperado pero

extrañamente arbitrario, y era posible ver a Ninsei como si fuera un campo de información; del mismo

modo en que la matriz le había recordado una vez las proteínas que se enlazaban distinguiendo

especialidades celulares. Entonces uno podía flotar y deslizarse a alta velocidad, totalmente

comprometido pero también totalmente separado, y alrededor de uno, la danza de los negocios, la

información interactuando, los datos hechos carne en el laberinto del mercado negro…

Dale, se dijo Case. Jódelos. Es lo último que se esperan. Estaba a media manzana de la vídeo

galería donde había conocido a Linda Lee.

Arremetió a través de Ninsei; dispersó a una partida de marineros paseantes. Uno de ellos le gritó

algo en español. Luego llegó a la entrada; el sonido se desplomaba sobre él como un oleaje, los

subsonidos le palpitaban en el fondo del estómago. Alguien se apuntó un tiro de diez megatones en

la Guerra de Tanques en Europa; una explosión aérea simulada ahogó la galería en sonido blanco al

tiempo que una espeluznante bola de fuego holográfica dibujaba un hongo más arriba. Case dobló a

la derecha y subió a medio correr unas escaleras de madera gastada. Había estado allí una vez

visitando a Wage para discutir un negocio de detonadores hormonales proscritos con un hombre

llamado Matsuga. Recordaba el corredor, la moqueta manchada, la fila de puertas idénticas que

conducían a diminutos despachos cubiculares. Una puerta estaba abierta. Una chica japonesa en

camiseta negra de manga sisa alzó los ojos, sentada tras una terminal blanca; a sus espaldas un

poster turístico de Grecia: azul egeo salpicado con ideogramas aerodinámicos.

-Di a los de seguridad que suban -le dijo Case.

En seguida corrió hacia el fondo del corredor, donde la chica no podía verlo. Las últimas dos

puertas estaban cerradas, presumiblemente con llave. Dio media vuelta y con la suela de su

zapatilla deportiva golpeó la laca azul de la puerta enchapada del fondo. Saltó en pedazos: un

material barato cayó de un marco hecho astillas. Había oscuridad allí: la curva blanca de una

terminal. Se volvió a la puerta de la derecha, apoyando las dos manos en el pomo de plástico

transparente. Algo se quebró, y él ya estaba adentro. Había sido allí donde Wage y él se habían

reunido con Matsuga; pero fuera lo que fuese, la empresa de Matsuga no estaba allí desde hacía

tiempo. Ni terminal ni nada. Desde el callejón trasero, una luz se filtraba a través del plástico tiznado

de hollín. Alcanzó a ver un sinuoso lazo de fibras ópticas que sobresalían de un enchufe en la pared,

un montón de cajas de comida desechadas, y la barquilla sin aspas de un ventilador eléctrico.

La ventana era una lámina simple de plástico barato. Se quitó la chaqueta, se la enrolló en la mano

derecha, y golpeó. Rompió la lámina pero tuvo que darle dos golpes más para sacarla del marco.

Sobre el enmudecido caos de los juegos comenzó a sonar una alarma, detonada por la ventana rota

o por la chica que estaba a la entrada del corredor.

Case se volvió, se puso la chaqueta, extrajo la cobra y la extendió.

Con la puerta cerrada, contaba con que su perseguidor pensase que se habría marchado por la que

había roto de un puntapié. La pirámide de bronce de la cobra comenzó a balancearse levemente; el

eje de acero en espiral le amplificaba el pulso.

No sucedió nada. Sólo la onda de la alarma, el fragor de los juegos, el martilleo del corazón.

Cuando el miedo llegó, fue como un amigo a medias olvidado. No el frío y rápido mecanismo

paranoico de la dextroanfetamina, sino simple miedo animal. Hacía tanto tiempo que vivía en un filo

de constante ansiedad que casi había olvidado lo que era el miedo verdadero.

Aquel cubículo era el tipo de lugar donde la gente moría. Él mismo podía morir allí. Ellos quizá

tenían pistolas…

Un estampido, al otro extremo del corredor. Una voz de hombre que gritaba algo en japonés. Un

alarido; terror agudo. Otro estampido.

Y ruido de pasos; pausados, acercándose.

Pasaron frente a la puerta cerrada. Se detuvieron durante tres rápidos latidos. Y regresaron. Uno,

dos, tres. Un tacón de bota raspó la moqueta.

Lo último que le quedaba de su bravata octógono-inducida se derrumbó de golpe. Metió la cobra

en el mango y gateó hacia la ventana; ciego de miedo, con los nervios chillando. Se irguió, salió y

cayó, todo antes de ser consciente de lo que había hecho. Golpeó el pavimento y un dolor sordo le

subió por las canillas.

Una estrecha franja de luz que salía de una puerta de servicio semiabierta enmarcaba un atado de

fibra óptica desechada y el armazón de una herrumbrosa consola. Había caído boca abajo sobre

una húmeda plancha de madera astillada; rodó hacia un lado, bajo la sombra de la consola. La

ventana del cubículo era un tenue cuadrado de luz. La alarma subía y bajaba, allí era más fuerte; la

pared trasera apagaba el estruendo de los juegos.

Apareció una cabeza, enmarcada por la ventana, envuelta en las luces fluorescentes del corredor; y

desapareció. Regresó, pero él seguía sin poder distinguir la cara. Un destello de plata le cruzaba los

ojos. -Mierda -dijo alguien; una mujer, con acento del norte del Ensanche.

La cabeza desapareció. Case permaneció bajo la consola durante veinte segundos bien contados,

y luego se levantó. Tenía aún en la mano la cobra de acero, y tardó unos segundos en recordar lo

que era. Se alejó cojeando por el callejón; cuidando de no forzar el tobillo izquierdo.

La pistola de Shin era una quincuagenaria imitación vietnamita de una copia sudamericana de una

Walther PPK, de doble acción al primer disparo y de difícil carga. Tenía el peine de un rifle largo

calibre 22, y Case hubiera preferido explosivos de plomo de azida en lugar de las sencillas balas

chinas de punta hueca que Shin le había vendido.

No obstante, era un arma de mano y tenía munición para nueve cargas, y mientras bajaba por

Shiga desde el quiosco de sushi, la iba acunando en el bolsillo de la chaqueta. La empuñadura era

de plástico rojo y brillante, moldeada en forma de dragón; algo por donde pasar el pulgar en la

oscuridad. Había dejado la cobra en un cubo de basura de Ninsei, y había tragado en seco otro

octógono.

La pastilla le encendió los circuitos y siguió el torrente de transeúntes desde Shiga hasta Ninsei; y

de allí hacia Baiitsu. Su perseguidor, concluyó, había desaparecido; y eso estaba muy bien. Tenía

llamadas que hacer, negocios que discutir, y no podía esperar. Una manzana abajo de Baiitsu, hacia

el puerto, se levantaba un anónimo edificio de diez pisos de oficinas, construido con feos ladrillos

amarillos. Las ventanas estaban a oscuras, pero si uno estiraba el cuello se veía un débil resplandor

en el tejado. Cerca de la entrada, un aviso de neón apagado anunciaba HOTEL BARATO, bajo un

enjambre de ideogramas. Si aquel lugar tenía otro nombre Case lo ignoraba; siempre se lo

mencionaba como Hotel Barato. Se llegaba por un callejón lateral a Baiitsu, donde un ascensor

esperaba al pie de un conducto transparente. El ascensor, al igual que el Hotel Barato, era un

añadido, pegado al edificio con bambú y resina epoxídica. Case subió a la jaula de plástico y usó su

llave, una pieza plana de rígida cinta magnética.

Había alquilado allí un nicho de pago semanal desde que llegó a Chiba, pero no dormía nunca en el

Hotel Barato. Dormía en lugares más baratos.

El ascensor olía a perfumes y a cigarrillo; las paredes de la cabina estaban rayadas, y con manchas

de dedos. Al pasar por el quinto piso vio las luces de Ninsei. Tamborileó con los dedos en el mango

de la pistola mientras la cabina perdía velocidad con un siseo gradual. Como siempre, se detuvo en

seco con una violenta sacudida, pero él estaba prevenido. Salió al patio que hacía las veces de

vestíbulo y jardín.

En la alfombra cuadrada de césped de plástico verde, un adolescente japonés estaba sentado

detrás de un monitor en forma de C, leyendo un libro de texto. Los nichos blancos de fibra de

plástico se apilaban en un entramado de andamios industriales. Seis hileras de nichos, diez a cada

lado.

Case hizo un gesto al muchacho y cojeó por la hierba plástica hacia la escalerilla más cercana. El

conjunto estaba techado con una plancha de laminado barato que se sacudía ruidosamente cuando

el viento soplaba y que goteaba cuando llovía, pero era razonablemente difícil abrir los nichos sin una

llave.

La pasarela de hierro reticulado vibró debajo de él mientras se adelantaba por la tercera hilera

hacia el número 92. Los nichos eran de tres metros de largo; las compuertas, ovaladas, tenían un

metro de ancho y poco menos de metro y medio de alto. Metió la llave en la ranura y esperó un

momento la verificación de la computadora central. Unos pestillos magnéticos emitieron un zumbido

tranquilizador y la compuerta se levantó en vertical con un chirrido de muelles. Unas luces

fluorescentes titilaron mientras él gateaba hacia el interior, cerraba la compuerta de detrás, y tiraba

con fuerza del panel que activaba la cerradura.

En el número 92 no había más que un ordenador Hitachi de bolsillo y una pequeña caja refrigerada

de poliestireno blanco. La caja contenía los restos de tres bloques de hielo seco de diez kilos cada

uno, cuidadosamente envueltos en papel para retardar la evaporación, y un frasco de laboratorio de

aluminio centrifugado. Agazapado en el acolchado de espuma templada que era al mismo tiempo

cama y suelo, Case sacó de su bolsillo la 22 de Shin y la puso encima del refrigerador. Luego se

quitó la chaqueta. La terminal del nicho estaba empotrada en una pared cóncava, frente a un tablero

que especificaba las reglas de la casa en siete idiomas. Sacó de la pared el teléfono rosado y marcó

de memoria un número de Hong Kong. Lo dejó sonar cinco veces y luego colgó. El comprador de

los tres megabits de RAM caliente de Hitachi no recibía llamadas.

Marcó un número de Tokio, en Shinjuku.

Una mujer contestó; algo en japonés.

-¿Está el Víbora?

-Me alegra oírte -dijo el Víbora, entrando por una extensión-. He estado esperando tu llamada.

-Tengo la música que querías. -Mirando hacia el refrigerador.

-Me alegra escuchar eso. Tenemos problemas de caja. ¿Puedes aguantar?

-Hombre, es que necesito el dinero con urgencia…

El Víbora colgó.

-Hijo de puta -dijo Case al zumbido del auricular. Contempló la pistolita barata. – Problemático –

añadió-, esta noche todo parece problemático.

Case entró en el Chat una hora antes del amanecer, ambas manos en los bolsillos de la chaqueta;

una sostenía la pistola alquilada, la otra el frasco de aluminio.

Ratz estaba en una de las mesas del fondo, bebiendo agua Apollonaris de una jarra de cerveza;

sus ciento veinte kilos de carne fláccida se apoyaban en la pared, sobre una silla quejumbrosa. Un

muchacho brasileño llamado Kurt estaba en la barra, sirviendo a un pequeño grupo de borrachos en

su mayoría silenciosos. El brazo plástico de Ratz zumbó al levantar la jarra. Tenía el cráneo

tonsurado cubierto por una película de sudor. -Te ves mal, amigo artiste -dijo, exhibiendo la húmeda

carcoma de sus dientes.

-Me va bien -dijo Case, y sonrió como una calavera-. Súper bien. -Se dejó caer en la silla opuesta a

la de Ratz, con las manos aún en los bolsillos.

-Y vas de un lado a otro en ese refugio portátil hecho de copas y anfetas, claro. A prueba de

emociones fuertes, ¿no?

-¿Por qué no me dejas en paz, Ratz? ¿Has visto a Wage?

-A prueba del miedo y de la soledad -continuó el barman-. Presta atención al miedo. Quizá sea tu

amigo.

-¿Has oído algo de una pelea en la vídeo galería esta noche, Ratz? ¿Algún herido?

-Un loco se cargó a un guardia de seguridad. -Se encogió de hombros.- Una chica, dicen.

-Tengo que hablar con Wage, Ratz, yo…

-Ah. -Ratz apretó los labios; redujo la boca a una sola línea. Miraba más allá de Case, hacia la

entrada.- Creo que estás a punto de hacerlo.

La imagen de los shurikens en la vitrina centelleó de súbito. La droga le chilló en la cabeza. La

pistola le resbalaba en la mano sudorosa.

-Herr Wage -dijo Ratz, extendiendo con lentitud su prótesis rosada, como si esperara recibir un

apretón de manos-. Qué gran placer. Pocas veces nos honras.

Case se volvió y miró el rostro de Wage, una máscara bronceada y olvidable. Los ojos eran

trasplantes cultivados Nikon, color verde mar. Llevaba un traje de seda de color metálico, y un

sencillo brazalete de platino en cada muñeca. Estaba flanqueado por sus matones, jóvenes casi

idénticos, con músculos inyectados que les abultaban los brazos y los hombros.

-¿Cómo te va, Case?

-Caballeros -dijo Ratz, levantando de la mesa el atiborrado cenicero con el rosado garfio de

plástico-, no quiero problemas. -El cenicero era de plástico grueso y a prueba de golpes, y anunciaba

cerveza Tsingtao. Ratz lo estrujó lentamente; las colillas y las astillas de plástico verde cayeron

sobre la mesa.

-¿Entendido?

-Eh, cariño -dijo uno de los matones-, ¿quieres probar esa cosa conmigo?

-No te molestes en apuntarle a las piernas, Kurt -dijo Ratz con voz tranquila. Case miró al otro de la

sala y vio al brasileño, de pie en la barra, apuntando al trío con una Smith & Wesson antimotines. El

cañón, de aleación de acero, delgado como papel, envuelto en un kilómetro de filamento de vidrio,

era más ancho que un puño. El cargador dejaba a la vista cinco cartuchos gruesos y anaranjados;

balas subsónicas ultradensas.

-Técnicamente no letales -dijo Ratz.

-Eh, Ratz -dijo Case-, te debo una.

El barman se encogió de hombros. -Tú no me debes nada. Éstos -y miró coléricamente a Wage y a

los matones- tendrían que saberlo. En el Chatsubo no se carga a nadie.

Wage tosió. -¿Y quién está hablando de cargarse a alguien? Sólo queremos hablar de negocios.

Case y yo; trabajamos juntos.

Case sacó la 22 del bolsillo y la levantó hasta la entrepierna de Wage. -He oído que me quieres

quemar. -El rosado garfio de Ratz se cerró sobre la pistola, y Case bajó el brazo.

-Oye, Case, ¿qué diablos te pasa?, ¿estás loco o qué? ¿Qué mierda es ésa de que yo te quiero

matar? -Wage se volvió hacia el muchacho de la izquierda.- Vosotros dos regresáis, al Namban.

Esperadme allí.

Case los miró atravesar el bar, ahora desierto por completo, salvo Kurt y un marinero borracho

vestido de caqui que estaba dormido al pie de un taburete. El cañón de la Smith & Wesson rastreó a

los dos hasta la puerta, y luego regresó para cubrir a Wage. El cargador de la pistola de Case cayó

ruidosamente sobre la mesa. Ratz sostuvo el arma con el garfio y sacó el proyectil de la recámara.

-¿Quién te dijo que yo iba a despacharte, Case? -preguntó Wage.

Linda.

-¿Quién te lo dijo, hombre? ¿Alguien trata de asustarte?

El marinero gimió y vomitó explosivamente.

-Sácalo de aquí -gritó Ratz a Kurt, que ahora estaba sentado en el borde de la barra, con la Smith &

Wesson cruzada en el regazo, encendiendo un cigarrillo.

Case sintió el peso de la noche que bajaba sobre él como una bolsa de arena mojada detrás de sus

ojos. Sacó el frasco del bolsillo y se lo dio a Wage. -Es todo lo que tengo. Pituitarias. Te consigo

quinientas si lo mueves rápido. Tenía el resto en un RAM, pero lo he perdido.

-¿Estás bien, Case? -El frasco ya había desaparecido tras una solapa plomiza. – Quiero decir,

perfecto; con esto quedamos en paz, pero se te ve mal. Como mierda aplastada. Será mejor que

vayas a algún sitio y duermas.

-Sí. -Case se puso de pie y sintió que el Chat giraba y oscilaba. – Bueno, tenía cincuenta, pero se

los di a alguien. -Rió nerviosamente. Recogió el cargador de la 22 y el cartucho, los dejó caer en un

bolsillo, y metió la pistola en el otro.- Tengo que ir a ver a Shin para recuperar mi depósito.

-Vete a casa -dijo Ratz, balanceándose en la silla chirriante, con algo parecido a vergüenza-.

Artiste. Vete a casa.

Sintió que lo observaban mientras cruzaba la sala, y se abrió paso hasta más allá de las puertas de

plástico.

-Perra -dijo al fondo rosado que cubría a Shiga. Allá, en Ninsei, los hologramas se desvanecían

como fantasmas, y la mayoría de los neones estaban ya fríos y muertos. Tomó a sorbos el café

cargado de una tacita plástica que había comprado a un vendedor callejero, y contempló la salida del

sol-. Vuela de aquí, cariño. Las ciudades como ésta son para gente a quienes les gusta el camino

de descenso. -Pero no era eso, de verdad; y encontraba cada vez más difícil recordar lo que

significaba la palabra traición. Ella sólo quería un billete de regreso a casa, y el RAM del Hitachi se

lo compraría, si él lograba encontrar el contacto adecuado. Y el asunto aquel de los cincuenta; ella

casi los había rechazado, sabiendo que estaba a punto de robarle el resto.

Cuando salió del ascensor, el mismo chico estaba en el escritorio. Con otro libro de texto. -Buen

chico -dijo Case en voz alta desde el otro extremo del césped plástico-, no tienes que decírmelo. Ya

lo sé. Dama bonita vino a visitarme; dijo que tenía mi llave. Bonita propina para ti, ¿cincuenta

nuevos, tal vez?

El muchacho dejó el libro.

-Mujer -dijo Case, y con el dedo pulgar se trazó una línea en la frente-. Seda. -Sonrió ampliamente.

El chico respondió con otra sonrisa y asintió inclinando la cabeza.- Gracias, imbécil -dijo Case.

Ya en la pasarela, tuvo dificultades con la cerradura. Ella la estropeó de algún modo cuando la

estuvo hurgando, pensó. Novata. Él conocía un sitio donde alquilaban una caja negra que abría

cualquier cosa en Hotel Barato. Los fluorescentes se encendieron cuando entró a gatas.

-Cierra esa compuerta bien despacio, amigo. ¿Todavía tienes el especial de sábado a la noche que

alquilaste al camarero?

Estaba sentada de espaldas a la pared, en el otro extremo del nicho. Tenía las rodillas levantadas,

y apoyaba en ellas las muñecas; de sus manos emergía la punta de una pistola de dardos.

-¿Eres tú la de la galería? -Case bajó la compuerta de un tirón.- ¿Dónde está Linda?

-Dale al botón de la compuerta.

Lo hizo.

-¿Ésa es tu chica? ¿Linda?

Él asintió.

-Se ha ido. Se llevó tu Hitachi. Es una niña nerviosa de verdad. ¿Qué me dices de la pistola? -Ella

usaba gafas especulares y ropa negra; los tacones de las botas negras se hundían en el acolchado

plástico.

-Se la devolví a Shin, recuperé mi depósito. Le vendí sus balas por la mitad de lo que me costaron.

¿Quieres el dinero?

-No.

-¿Quieres hielo seco? Es todo lo que tengo en este momento.

-¿Qué te pasó esta noche? ¿Por qué armaste esa escena en la galería? Tuve que liarme con un

policía privado que se me echó encima con nunchakús.

-Linda dijo que me ibas a matar.

-¿Linda? Nunca la había visto antes.

-¿No estás con Wage?

Ella sacudió la cabeza. Él advirtió que las gafas estaban quirúrgicamente implantadas, sellando las

cuencas. Las lentes plateadas parecían surgir de una piel lisa y pálida por encima de los pómulos,

enmarcadas por cabellos negros y desgreñados. Los dedos, cerrados en tomo a la pistola, eran

delgados, blancos, y con puntas de color rojo brillante. Las uñas parecían artificiales.

-Creo que estás jodido, Case. Aparezco y directamente me encajas en tu imagen de la realidad.

-Entonces, ¿qué quiere usted, señora? -Se apoyó en la compuerta.

-A ti. Un cuerpo vivo, sesos aún relativamente intactos. Molly, Case. Me llamo Molly. Te he

venido a buscar de parte del hombre para quien trabajo. Sólo quiere hablar, eso es todo. Nadie

quiere hacerte daño.

-Qué bien.

-Sólo que a veces hago daño a la gente, Case. Supongo que tiene algo que ver con mis circuitos. –

llevaba unos pantalones ceñidos de cabritilla negra y una chaqueta negra y abultada, hecha de

alguna tela opaca que parecía absorber la luz. – ¿Te portarás bien si guardo esta pistola de dardos,

Case? Parece que te gusta correr riesgos estúpidos.

-Eh, yo siempre me porto bien. Soy dócil; conmigo no hay problemas.

-Formidable, así se habla, hombre. -La pistola desapareció dentro de la chaqueta negra. – Porque si

te pasas de listo y tratas de engañarme, correrás uno de los riesgos más estúpidos de tu vida.

Extendió las manos, las palmas hacia arriba, los pálidos dedos ligeramente separados, y con un

sonido metálico apenas perceptible, diez cuchillas de bisturí de doble filo y de cuatro centímetros de

largo salieron de sus compartimientos bajo las uñas rojas.

Sonrió. Las cuchillas se retiraron lentamente.

2

TRAS UN AÑO DE ATAÚDES, la habitación de la vigesimoquinta planta del Chiba Hilton parecía

enorme. Era de diez metros por ocho; la mitad de una suite. Una cafetera Braun blanca despedía

vapor en una mesa baja, junto a los paneles de vidrio corredizos que se abrían a un angosto balcón.

-Sírvete un café. Parece que lo necesitas. -Ella se quitó la chaqueta negra; la pistola le colgaba

bajo el brazo en una funda de nailon negro. Llevaba un jersey gris sin mangas con cremalleras de

metal sobre cada hombro. Antibalas, advirtió Case, vertiendo café en una jarra roja y brillante.

Sentía como si tuviera las piernas y brazos hechos de madera.

-Case. -Alzó los ojos y vio al hombre por primera vez. Me llamo Armitage. -La bata oscura estaba

abierta hasta la cintura; el amplio pecho era lampiño y musculoso; el estómago, plano y duro. Los

ojos azules eran tan claros que hicieron que Case pensara en lejía.- Ha salido el Sol, Case. Éste es

tu día de suerte, chico.

Case echó el brazo a un lado, y el hombre esquivó con facilidad el café hirviente. Una mancha

marrón resbaló por la imitación de papel de arroz que cubría la pared. Vio el aro angular de oro que

le atravesaba el lóbulo izquierdo. Fuerzas Especiales. El hombre sonrió.

-Toma tu café, Case -dijo Molly-. Estás bien, pero no irás a ningún lado hasta que Armitage diga lo

que ha venido a decirte. -Se sentó con las piernas cruzadas en un cojín de seda, y comenzó a

desmontar la pistola sin molestarse en mirarla. Dos espejos gemelos rastrearon los movimientos de

Case, que volvía a la mesa a llenar su taza.

-Eres demasiado joven para recordar la guerra, ¿no es cierto, Case? -Armitage se pasó una mano

grande por el corto pelo castaño. Un pesado brazalete de oro le brillaba en la muñeca.- Leningrado,

Kiev, Siberia. Te inventamos en Siberia, Case.

-¿Y eso que quiere decir?

-Puño Estridente. Ya has oído el nombre.

-Una especie de operación, ¿verdad? Para tratar de romper el nexo ruso con los programas

virales. Sí, oí hablar de eso. Y nadie escapó.

Sintió una tensión abrupta. Armitage caminó hacia la ventana y contempló la bahía de Tokio. -No

es verdad. Una unidad consiguió volver a Helsinki, Case.

Case se encogió de hombros y sorbió café.

-Eres un vaquero de consola. Los prototipos de los programas que usas para entrar en bancos

industriales fueron desarrollados para Puño Estridente. Para asaltar el nexo informático de Kirensk.

El módulo básico era un microligero Alas Nocturnas, un piloto, un panel matriz, un operador.

Estábamos programando un virus llamado Topo. La serie Topo fue la primera generación de

verdaderos programas de intrusión.

-Rompehielos -dijo Case, por encima del borde de la jarra roja.

-Hielo, de ICE, intrusion countermeasures electronics; electrónica de las contramedidas de

intrusión.

-El problema es, señor, que ya no soy operador, así que lo mejor será que me vaya…

-Yo estaba allí, Case; yo estaba allí cuando ellos inventaron tu especie.

-No tienes nada que ver conmigo ni con mi especie, colega. Eres lo bastante rico para contratar a

una mujer-navaja que me remolque hasta aquí; eso es todo. Nunca volveré a teclear una consola, ni

para ti ni para nadie. -Se acercó a la ventana y miró hacia abajo.- Ahí es donde vivo ahora.

-Nuestro perfil dice que estás tratando de engañar a los de la calle hasta que te maten cuando

estés desprevenido.

-¿Perfil?

-Hemos construido un modelo detallado. Compramos un paquete de datos para cada uno de tus

alias y los pusimos a prueba con programas militares. Eres un suicida, Case. El modelo te da a lo

sumo un mes. Y nuestra proyección médica dice que necesitarás un nuevo páncreas dentro de un

año.

-«Nuestra». -Se encontró con los desteñidos ojos azules.- «Nuestra», ¿de quiénes?

-¿Qué dirías si te aseguro que podemos corregir tu desperfecto neuronal, Case? -Armitage miró

súbitamente a Case como si estuviese esculpido en un bloque de metal; inerte, enormemente

pesado. Una estatua. Case sabía ahora que estaba soñando y que no tardaría en despertar.

Armitage no habló de nuevo. Los sueños de Case terminaban siempre en esos cuadros estáticos, y

ahora, aquél había terminado.

-¿Qué dirías, Case?

Case miró hacia la bahía y se estremeció. -Diría que estás lleno de mierda.

Armitage asintió.

-Luego te preguntaría cuáles son tus condiciones.

-No muy distintas de las que tienes por costumbre, Case.

-Déjalo dormir un poco, Armitage -dijo Molly desde su cojín; las piezas de la pistola estaban

dispersas sobre la seda como un costoso rompecabezas-. Se está cayendo a pedazos.

-Las condiciones -dijo Case-, y ahora. Ahora mismo.

Seguía temblando. No podía dejar de temblar.

La clínica no tenía nombre; estaba costosamente equipada; era una sucesión de pabellones

elegantes separados por pequeños jardines formales. Recordaba el lugar por la ronda que había

hecho el primer mes en Chiba.

-Asustado, Case. Estás realmente asustado.

-Era un domingo por la tarde y estaba con Molly en una especie de patio. Rocas blancas, un seto

de bambú verde, gravilla negra rastrillada en ondas tersas. Un jardinero, algo parecido a un gran

cangrejo de metal, estaba podando el bambú.

-Funcionará, Case. No tienes idea del equipo que tiene Armitage. Va a pagar a estos

neurocirujanos para que te arreglen con el programa que les ha proporcionado. Los va a poner tres

años por delante de la competencia. ¿Tienes idea de lo que cuesta eso? -Engarzó los pulgares en

las trabillas de los pantalones de cuero y se balanceó sobre los tacones saqueados de las botas de

vaquero color rojo cereza. Tenía los delgados dedos de los pies enfundados en brillante plata

mejicana. Los lentes eran azogue vacío; lo contemplaban con una calma de insecto.

-Eres un samurai callejero -dijo Case-. ¿Desde cuándo trabajas para él?

-Un par de meses.

-¿Y antes de eso?

-Para otra persona. Una chica trabajadora, ¿sabes?

Él asintió.

-Es gracioso, Case.

-¿Qué es gracioso?

-Es como si te conociera. El perfil que él tiene. Sé cómo estás construido.

-No me conoces, hermana.

-Tú estás bien, Case. Lo que te ha pasado no es más que mala suerte.

-¿Y él? ¿Qué tal es él, Molly? -El cangrejo robot se movió hacia ellos, abriéndose paso sobre las

ondas de gravilla. La coraza de bronce podía tener miles de años. Cuando estuvo a un metro de las

botas, disparó un rayo de luz y se detuvo en seco un instante para analizar la información.

-En lo primero que pienso siempre, Case, es en mi propio y dulce pellejo. -El cangrejo alteró el

curso para esquivarla, pero ella lo pateó con delicada precisión; la punta de plata de la bota resonó

en el armatoste, que cayó de espaldas, pero las extremidades de bronce no tardaron en enderezarlo.

Case se sentó en una de las rocas, rozando la simetría de la gravilla con las punteras de los

zapatos. Se registró la ropa en busca de cigarrillos. -En tu camisa -dijo ella.

-¿Quieres contestar a mi pregunta? -Case extrajo del paquete un arrugado Yeheyuan que ella

encendió con una lámina de acero alemán que parecía provenir de una mesa de operaciones.

-Bueno, te diré: es seguro que el hombre está detrás de algo. Ahora tiene muchísimo dinero, y

nunca lo había tenido antes, y cada vez tiene más. -Case advirtió una cierta tensión en la boca de

ella.- O tal vez algo está detrás de él… -Se encogió de hombros.

-¿Qué quieres decir?

-No lo sé exactamente. En verdad, no sé para qué o quién estamos trabajando.

Él contempló los espejos gemelos. Tras dejar el Hilton el sábado por la mañana, había regresado

al Hotel Barato y había dormido diez horas. Luego dio un largo e inútil paseo por el perímetro de

seguridad del puerto, observando a las gaviotas que volaban en círculo más allá de la cerca metálica.

Si ella lo había seguido, lo había hecho muy bien. Evitó Night City. Esperó en el ataúd la llamada de

Armitage. Y ahora aquel patio silencioso, domingo por la tarde, aquella chica con cuerpo de

gimnasta y manos de conjuradora.

-Tenga la bondad de seguirme, señor, el anestesista lo está esperando. -El técnico hizo una

reverencia, dio media vuelta y volvió a entrar en la clínica sin mirar si Case lo seguía.

Olor a acero frío. El hielo le acarició la columna.

Perdido, tan pequeño en medio de aquella oscuridad, la imagen del cuerpo se le desvanecía en

pasadizos de cielo de televisor.

Voces.

Luego el fuego negro encontró las ramificaciones tributarias de los nervios; un dolor que superaba

cualquier cosa que llamaran dolor…

Quédate quieto. No te muevas.

Y Ratz estaba allí, y Linda Lee, Wage y Lonny Zone, cien rostros del bosque de neón, navegantes y

buscavidas y putas, donde el cielo es plata envenenada, más allá de la cerca metálica y la prisión del

cráneo.

Maldita sea, no te muevas.

Donde la sibilante estática del cielo se transformaba en una matriz acromática, y vio los shurikens,

sus estrellas.

-¡Basta, Case, tengo que encontrarte la vena!

Ella estaba sentada a horcajadas sobre su pecho; tenía una jeringa de plástico azul en la mano. -Si

no te quedas quieto, te, atravesaré la maldita garganta. Estás lleno de inhibidores de endorfina.

Despertó y la encontró estirada junto a él en la oscuridad.

Tenía el cuello frágil, como un haz de ramas pequeñas. Sentía un continuo latido de dolor en la

mitad inferior de la columna. Imágenes se formaban y reformaban: un intermitente montaje de las

torres del Ensanche y de unas ruinosas cúpulas de Fuller, tenues figuras que se acercaban en la

sombra bajo el puente o una pasarela…

-Case. Es miércoles, Case. -Ella se dio la vuelta y se le acercó. Un seno rozó el brazo de Case.

Oyó que ella rasgaba el sello laminado de una botella de agua y que bebía. – Toma. -Le puso la

botella en la mano. – Puedo ver en la oscuridad, Case. Tengo microcanales de imágenesamperios

en los lentes.

-Me duele la espalda.

-Es ahí donde te cambiaron el fluido. También te cambiaron la sangre, pues incluyeron un

páncreas en el paquete. Y un poco de tejido nuevo en el hígado. Lo de los nervios no lo sé.

Muchas inyecciones. No tuvieron que abrir nada para el plato fuerte. -Se sentó junto a él. – Son las

2:43:12 AM, Case. Tengo un microsensor en el nervio óptico.

Él se incorporó e intentó beber de la botella. Se atragantó, tosió; le cayó agua tibia en el pecho y

los muslos.

-Tengo que encontrar un teclado -se oyó decir. Buscaba su ropa-. Tengo que saber…

Ella se echó a reír. Unas manos fuertes y pequeñas le sujetaron los brazos. -Lo siento, estrella.

Ocho días más. Si conectaras ahora, el sistema nervioso se te caería al suelo. Son órdenes del

doctor. Además, creen que funcionó. Te revisarán mañana o pasado. -Se volvió a acostar.

-¿Dónde estamos?

-En casa, Hotel Barato.

-¿Dónde está Armitage?

-En el Hilton, vendiendo abalorios a los nativos o algo parecido. Pronto estaremos lejos de aquí.

Amsterdam, París, y luego al Ensanche otra vez. -Le tocó el hombro.- Date la vuelta. Doy buenos

masajes.

Case se tumbó boca abajo con los brazos estirados hacia adelante, tocando con las puntas de los

dedos las paredes del nicho. Ella se acomodó de rodillas en el acolchado; los pantalones de cuero

fríos sobre la piel de Case. Los dedos le acariciaron el cuello.

-¿Cómo es que no estás en el Hilton?

Ella le respondió estirando la mano hacia atrás, metiéndosela entre los muslos y sujetándole

suavemente el escroto con el pulgar y el índice. Se balanceó allí un minuto en la oscuridad; erguida,

con la otra mano en el cuello de Case. El cuero de los pantalones crujía débilmente. Case se movió,

sintiendo que se endurecía contra el acolchado de goma espuma.

Le latía la cabeza, pero el cuello le parecía ahora menos frágil. Se incorporó apoyándose en un

codo, se dio la vuelta y se hundió de nuevo en la espuma sintética, atrayéndola hacia abajo,

lamiéndole los senos; pezones pequeños y duros que se apretaban húmedos contra su mejilla.

Encontró la cremallera en los pantalones de cuero y tiró hacia abajo.

-Está bien -dijo ella-, yo puedo ver. -Ruido de los pantalones saliendo. Forcejeó junto a él hasta

que consiguió quitárselos. Extendió una pierna y Case le tocó la cara. Dureza inesperada de los

lentes implantados. – No toques -dijo ella-; huellas digitales.

Luego montó de nuevo a horcajadas sobre él, le tomó la mano y la cerró sobre ella, el pulgar en la

hendidura de las nalgas y los dedos extendidos sobre los labios. Cuando comenzó a bajar, las

imágenes llegaron a Case en atropellados latidos: las caras, fragmentos de neón, acercándose y

alejándose. Ella descendió deslizándose, envolviéndolo, él arqueó la espalda convulsivamente, y

ella se movió sobre él una y otra vez. El orgasmo de él se inflamó de azul en un espacio sin tiempo,

la inmensidad de una matriz electrónica, donde los rostros eran destrozados y arrastrados por

corredores de huracán, y los muslos de ella eran fuertes y húmedos contra sus caderas.

En Ninsei, una disminuida muchedumbre de día de semana siguió los movimientos de la danza.

Olas de sonido rodaban desde las vídeo galerías y los salones pachinko. Case miró hacia el interior

del Chat y vio a Zone observando a sus chicas en la cálida penumbra que olía a cerveza. Ratz

servía en la barra.

-¿Has visto a Wage, Ratz?

-Esta noche no. -Ratz arqueó significativamente una ceja mirando a Molly.

-Si lo ves, dile que tengo su dinero.

-¿Estás cambiando la suerte, amigo artiste?

-Es demasiado pronto para decirlo.

-Bueno, tengo que ver a este tipo -dijo Case, y se observó en los lentes de ella-. Tengo unos

asuntos que rematar.

-A Armitage no le va a gustar que yo te pierda de vista. -Ella estaba de pie bajo el reloj derretido de

Deane, con las manos en las caderas.

-El tipo no va a hablar contigo delante. Deane me importa un bledo. Sabe cuidarse solo. Pero hay

gente que se vendría abajo si me largo de Chiba, así, sin más. Es mi gente, ¿sabes?

Ella no lo miró. Se le endureció la boca. Sacudió la cabeza.

-Tengo gente en Singapur, contactos de Tokio en Shinjuku y en Asakuza, y se vendrían abajo,

¿entiendes? -mintió Case, poniendo la mano en el hombro de la chaqueta negra de la joven-. Cinco.

Cinco minutos. Por tu reloj, ¿de acuerdo?

-No me pagan para esto.

-Para lo que te pagan es una cosa. Que yo deje morir a unos buenos amigos porque tú sigues tus

instrucciones demasiado al pie de la letra, es otra.

-Tonterías. Buenos amigos un cuerno. Lo que tú vas a hacer ahí dentro es pedirle a tu

contrabandista que te diga algo de nosotros. -Puso una bota en la polvorienta mesa Kandinsky.

-Ah, Case, muchacho; parece que tu compañera está a todas luces armada, aparte de tener una

considerable cantidad de silicón en la cabeza. ¿De qué se trata, exactamente? -La fantasmal tos de

Deane parecía suspendida en el aire entre ellos.

-Espera, Julie. Al fin y al cabo entraré solo.

-Eso tenlo bien por seguro, hijo. No podría ser de otra manera.

-De acuerdo -dijo ella-. Ve, pero cinco minutos. Uno más y entraré a enfriar para siempre a tu buen

amigo . Y mientras estés en eso, trata de pensar en algo.

-¿En qué?

-En por qué te estoy haciendo el favor. -Se dio la vuelta y salió, más allá de los módulos blancos de

jengibre en conserva.

-¿En compañías más extrañas que las de costumbre, Case? -preguntó Julie.

-Julie, ella se ha marchado. ¿Me dejas entrar? Por favor, Julie.

Los pestillos funcionaron.

-Despacio, Case -advirtió la voz.

-Enciende los aparatos, Julie; todo lo que hay en el escritorio -dijo Case, sentándose en la silla

giratoria.

-Está encendido todo el tiempo -dijo Deane tibiamente al tiempo que sacaba una pistola de detrás

de los expuestos mecanismos de la vieja máquina de escribir y apuntaba cautelosamente a Case.

Era un revólver de tambor, un Magnum de cañón recortado. La parte delantera del guardamonte

había sido serrada, y el mango estaba envuelto en algo que parecía cinta adhesiva. A Case le

pareció que tenía un aspecto muy extraño en las rosadas y manicuradas manos de Deane-. Sólo me

cuido, tú entiendes. No es nada personal. Ahora dime lo que quieres.

-Necesito una lección de historia, Julie. Y datos de alguien.

-¿Qué se está moviendo, hijo? -La camisa de Deane era de algodón a rayas, el cuello blanco y

rígido, como porcelana.

-Yo, Julie. Me marcho. Me fui. Pero hazme el favor, ¿de acuerdo?

-¿Datos de quién, hijo?

-Un gaijin de nombre Armitage, suite en el Hilton.

Deane bajó el revólver. -Siéntate quieto, Case. -Tecleó algo en un terminal periférico.- Yo diría que

sabes tanto como mi red, Case. Este caballero parece tener un arreglo temporal con los Yakuza, y

los hijos de los crisantemos de neón disponen de medios para que la gente como yo no sepa nada

de sus aliados. Yo en su caso haría lo mismo. Ahora, historia. Has dicho historia. –Tomó de nuevo

el revólver, pero no apuntó directamente a Case.- ¿Qué clase de historia?

-La guerra. ¿Estuviste en la guerra, Julie?

-¿La guerra? ¿Qué hay que saber? Duró tres semanas.

-Puño Estridente.

-Famoso. ¿No os enseñan historia hoy en día? Aquello fue un gran y sangriento fútbol político de

posguerra. Watergatearon todo y lo mandaron al diablo. Vuestros militares, Case, vuestros militares

del Ensanche, en…., ¿dónde era, McLean? En los bunkers, todo aquel… gran escándalo.

Despilfarraron una buena porción de carne joven y patriótica para probar alguna nueva tecnología,

conocían las defensas de los rusos, como se supo después, conocían los empos, armas de pulso

magnético. Enviaron a esos chicos sin importarles nada, sólo para ver. -Deane se encogió de

hombros.- Pan comido para Iván.

-¿Alguno de ellos consiguió salir?

-Cristo -dijo Deane-, han pasado tantos años… Aunque creo que unos pocos lo consiguieron. Uno

de los equipos. Se apoderaron de una nave militar soviética. Un helicóptero, ya me entiendes.

Volaron de regreso a Finlandia. No tenían códigos de entrada, claro, y descargaron todo sobre las

defensas finlandesas. Eran del tipo Fuerzas Especiales. -Deane resopló-. Una verdadera mierda.

Case asintió. El olor a jengibre en conserva era abrumador.

-Pasé la guerra en Lisboa, ¿sabes? -dijo Deane, bajando el revólver-. Hermoso lugar, Lisboa.

-¿En el servicio, Julie?

-Qué va. Aunque vi un poco de acción. -Deane sonrió su rosada sonrisa.- Es maravilloso lo que

una guerra puede hacer por los mercados.

-Gracias, Julie. Te debo uno.

-Qué va, Case. Y adiós.

Y después se diría a sí mismo que la noche en el Sammi’s había estado mal desde el principio, que

incluso lo había sentido cuando seguía a Molly por aquel corredor, vadeando un pisoteado lodazal de

boletos rotos y vasos de plástico. La muerte de Linda, esperando…

Después de haber visto a Deane, fueron al Namban y le pagaron la deuda a Wage con un fajo de

los nuevos yens de Armitage. A Wage le gustó; los muchachos lo apreciaron menos, y Molly, junto a

Case, sonrió con una especie de extasiado intensidad feérica, obviamente deseando que uno de

ellos hiciera un movimiento. Luego, Case la llevó de regreso al Chat para tomar una copa.

-Estás perdiendo el tiempo, vaquero -le dijo Molly, cuando Case sacó un octógono del bolsillo.

-¿Y eso? ¿Quieres una? -Le ofreció la pastilla.

-Tu nuevo páncreas, Case, y esos enchufes en el hígado. Armitage hizo que los preparasen para

que no filtraran esa mierda. -Tocó el octágono con una uña roja. Eres bioquímicamente incapaz de

despegar con anfetaminas o cocaína.

-Mierda -dijo él. Miró el octágono, y luego a Molly.

-Cómetela. Cómete una docena. No pasará nada.

Así lo hizo. Así fue.

Tres cervezas después, ella le preguntaba a Ratz acerca de las peleas.

-Sammi’s -dijo Ratz.

-Yo paso -dijo Case-. Me dicen que allá se matan unos a otros.

Una hora después, ella estaba comprando boletos a un flaco tailandés que llevaba una camiseta

blanca y unos abolsados pantalones cortos de rugby.

El Sammi’s era una cúpula inflada, detrás de un depósito portuario; tela gris estirada y reforzada

con una retícula de finos cables de acero. El corredor, con una puerta en cada extremo, hacía de

rudimentaria cámara de aire y mantenía la diferencia de presiones que sustentaba la cúpula. A

intervalos, sujetos al techo de madera enchapada, había anillos fluorescentes, pero casi todos

estaban rotos. El aire húmedo y pesado olía a sudor y cemento.

Nada de aquello lo preparó para el ring, la multitud, el tenso silencio, las imponentes marionetas de

luz bajo la cúpula. El cemento se abría en terrazas hacia una especie de escenario central, un

círculo elevado y con un fulgurante seto de equipos de proyección alrededor. No había más luz que

la de los hologramas que se desplazaban y titilaban por encima del escenario, reproduciendo los

movimientos de los dos hombres de debajo. Estratos de humo de cigarrillo se elevaban desde las

terrazas, errando hasta chocar con las corrientes de aire de los ventiladores que sostenían la cúpula.

No había más sonido que el sordo ronroneo de los ventiladores y la respiración amplificada de los

luchadores.

Colores reflejados fluían sobre los lentes de Molly a medida que los hombres giraban. Los

hologramas tenían diez niveles de aumento; en el décimo, los cuchillos medían casi un metro de

largo. El luchador de cuchillos empuña el arma como el espadachín, recordó Case, los dedos

cerrados, el pulgar en línea con la hoja. Los cuchillos parecían moverse solos, planeando con ritual

parsimonia por entre los arcos y pasos de la danza, punta frente a punta, mientras los hombres

esperaban una oportunidad. El rostro de Molly, suave y sereno, estaba vuelto hacia arriba,

observando.

-Iré a buscar algo de comer -dijo Case. Ella asintió, perdida en la contemplación de la danza.

A él no le gustaba aquel lugar.

Dio media vuelta y regresó a las sombras. Demasiado oscuro, demasiado silencioso.

El público, advirtió, era en su mayoría japonés. No era el verdadero público de Night City.

Técnicos de las arcologías. Podía suponerse que el circo contaba con la aprobación del comité de

recreo de alguna empresa. Por un instante se preguntó cómo sería trabajar toda la vida para un solo

zaibatsu. Vivienda de la empresa, himno de la empresa, entierro de la empresa.

Recorrió casi todo el circuito de la cúpula antes de encontrar los puestos de comida. Compró unos

pinchos de yakitori y dos cervezas en grandes vasos de cartón parafinado. Levantó la vista hacia los

hologramas y vio sangre en el pecho de una de las figuras. De los pinchos goteaba una espesa

salsa marrón que le caía en los nudillos.

Siete días más y podría entrar. Si ahora cerrara los ojos, podría ver la matriz.

Las sombras se retorcían acompañando la danza de los hologramas.

Sintió un nudo de miedo entre los hombros. Un frío hilo de sudor le recorrió la espalda y las

costillas. La operación no había servido. Él todavía estaba allí, todavía de carne, sin Molly

esperándolo, los ojos fijos en los cuchillos danzantes, sin Armitage esperándolo en el Hilton con

pasajes y un pasaporte nuevo y dinero. Todo era un sueño, una patética fantasía… Unas lágrimas

calientes le nublaron los ojos.

Un chorro de sangre brotó de una yugular en un rojo estallido de luz. Y la multitud gritaba, se

levantaba, gritaba… mientras una figura se desplomaba. Y el holograma se desvanecía en destellos

intermitentes…

Una cruda sensación de vómito en la garganta. Case cerró los ojos, tomó aliento, los abrió otra vez

y vio pasar a Linda Lee, los ojos grises ciegos de miedo. Llevaba los mismos pantalones de fajina

franceses.

Y desapareció entre las sombras.

Un reflejo puramente irracional; arrojó la cerveza y el pollo y corrió tras ella. Podría haberla

llamado, pero nunca hubiera estado seguro.

Imagen residual de un hilo único de luz roja. Cemento abierto bajo las delgadas suelas de los

zapatos.

Las zapatillas blancas destellaban ahora cerca de la pared curva, y una vez más la línea fantasma

del láser subía y bajaba delante de él mientras corría.

Alguien lo hizo tropezar. El cemento le desgarró las palmas de las manos.

Se revolcó en el suelo y pateó el aire. Un muchacho delgado, de pelo rubio y erizado, iluminado a

contraluz, se inclinaba sobre él. Por encima del escenario una figura se volvió, cuchillo en alto hacia

la multitud que lo vitoreaba. El muchacho sonrió y extrajo algo de la manga. Una navaja, dibujada

en rojo en el momento en que un tercer rayo destellaba junto a ellos y se hundía en la oscuridad.

Case vio la navaja que le buscaba la garganta como la varilla de un zahorí.

El rostro del muchacho se borró en una zumbante nube de explosiones microscópicas. Los dardos

de Molly a veinte cargas por segundo. El muchacho tosió una vez, convulsivamente, y se desplomó

sobre las piernas de Case.

Case caminó hacia los palcos, adentrándose en las sombras. Miró hacia abajo, esperando ver

aquella aguja de rubí en su propio pecho. Nada. Encontró a Linda caída al pie de una columna de

cemento, los ojos cerrados. Había un olor a carne cocida. La multitud gritaba el nombre del

ganador. Un vendedor de cerveza limpiaba los grifos con un trapo oscuro. Junto a la cabeza de

Linda había una zapatilla blanca; se le había salido quién sabe cómo.

Sigue la pared. Curva de cemento. Manos en los bolsillos. Continúa caminando. Junto a rostros

que no lo veían, todos los ojos levantados hacia la imagen del vencedor por encima del ring. En un

momento, un fruncido rostro europeo danzó al resplandor de una cerilla, sosteniendo entre los labios

una corta pipa de metal. Relente de hachís. Case siguió caminado, sin sentir nada.

-Case. -Los espejos surgieron de una sombra más profunda.- ¿Estás bien?

Algo gimoteó y borboteó en la oscuridad detrás de ella.

Negó con la cabeza.

-La pelea ha terminado, Case. Es hora de volver a casa.

Case intentó pasar junto a ella, regresar a la oscuridad, donde algo estaba muriendo. Ella lo detuvo

poniéndole una mano en el pecho. -Amigos de tus buenos amigos. Mataron a tu chica. No te ha ido

muy bien con los amigos en esta ciudad, ¿no es cierto? Obtuvimos un perfil parcial de ese hijo de

puta cuando te preparamos. Se cargaría a cualquiera por unos cuantos nuevos. La morena dijo que

la pillaron cuando intentaba vender tu RAM. Les resultó más barato matarla y quedarse con él. Un

pequeño ahorro… Hice que el del láser me lo contara todo. Fue una coincidencia que estuviésemos

aquí, pero tenía que asegurarme. -Endureció la boca; los labios se apretaron en una línea delgada.

Case sintió que le habían embotado el cerebro. -¿Quién? -dijo-. ¿Quién los envió?

Molly le alcanzó una ensangrentada bolsa de jengibre en conserva. Case vio que ella tenía las

manos sucias de sangre. En las sombras de detrás, alguien emitió unos ruidos húmedos y murió.

Después del examen posoperatorio en la clínica, Molly lo llevó hasta el puerto. Armitage estaba

esperando. Había contratado un aerodeslizador. Lo último que Case vio de Chiba fueron los

oscuros ángulos de las arcologías. Luego, una niebla se cerró sobre las aguas negras y los flotantes

cardúmenes de basura.

II

La excursión de compras

3

EN CASA.

La casa era EMBA, el Ensanche, el Eje Metropolitano Boston-Atlanta.

Programa un mapa que muestre la frecuencia de intercambio de información, cada mil megabytes

un único pixel en una gran pantalla, Manhattan y Atlanta arden en sólido blanco. Luego empiezan a

palpitar; el índice de tráfico amenaza con una sobrecarga. Tu mapa está a punto de convertirse en

una nova. Enfríalo. Aumenta la escala. Cada pixel un millón de megabytes. A cien millones de

megabytes por segundo comienzas a distinguir ciertos bloques del área central de Manhattan,

contornos de centenarios parques industriales en el centro antiguo de Atlanta…

Case despertó de un sueño de aeropuertos, de las oscuras ropas de cuero de Molly moviéndose

delante de él a través de los vestíbulos de Narita, Schiphol, Orly… Se vio a sí mismo comprar una

botella plástica de vodka danés en un kiosco, una hora antes del amanecer.

En algún lugar de las raíces de cemento armado del Ensanche un tren empujó una columna de aire

enrarecido a través de un túnel. El tren mismo era silencioso, deslizándose sobre su colchón de

inducción, pero el aire desplazado hacía que el túnel cantara, en tonos cada vez más graves hasta

llegar a frecuencias subsónicas. La vibración alcanzó el cuarto donde él descansaba, y una nube de

polvo se levantó de las grietas del reseco suelo de madera.

Al abrir los ojos vio a Molly, desnuda y apenas fuera de su alcance al otro lado de una superficie de

acolchado sintético, rosado y muy nuevo. En lo alto, el sol se filtraba por la tiznada rejilla de un

tragaluz. Un pedazo de medio metro de vidrio había sido reemplazado por una plancha de madera;

de allí emergía un grueso cable gris cuyo extremo pendía a pocos centímetros del suelo. Tumbado

de lado observó cómo Molly respiraba, le miró los pechos, la curva de un flanco que se alargaba con

la funcional elegancia del fuselaje de un avión de guerra. Tenía un cuerpo menudo, pulcro, con

músculos de bailarina.

El cuarto era amplio. Case se incorporó. En el cuarto no había otra cosa que el amplio bloque

rosado de la cama y dos bolsas de nailon nuevas e idénticas, junto a la cama. Paredes ciegas, sin

ventanas, una puerta de emergencia de acero pintada de blanco. Las paredes estaban cubiertas con

innumerables capas de látex blanco. Un espacio de fábrica. Conocía ese tipo de habitación, ese tipo

de edificio; los inquilinos operaban en la zona intermedia donde el arte no llegaba a ser crimen ni el

crimen llegaba a ser arte.

Estaba en casa.

Puso los pies en el suelo de pequeños bloques de madera; algunos faltaban, otros estaban sueltos.

Le dolía la cabeza. Recordó Amsterdam, otra habitación en el casco antiguo del Centrum, edificios

centenarios. Molly regresando de la orilla del canal con zumo de naranja y huevos. Armitage había

partido a alguna críptica expedición; los dos atravesaron solos la plaza del Dam hasta un bar que ella

conocía en la avenida del Damrak. París era un sueño borroso. De compras. Ella lo había llevado

de compras.

Se levantó al tiempo que se ponía unos arrugados tejanos negros y nuevos que estaban al pie de la

cama, y se arrodilló junto a las bolsas. La primera que abrió era la de Molly: ropa cuidadosamente

doblada y pequeños dispositivos de costoso aspecto. La segunda estaba atiborrada de cosas que él

no recordaba haber comprado: libros, cintas, una consola simestin, prendas con etiquetas italianas y

francesas. Descubrió, bajo una camiseta verde, un paquete plano y envuelto en origami, papel

japonés reciclado.

El papel se rasgó cuando alzó el paquete. Una brillante estrella de nueve puntas cayó y se clavó

en una grieta del parqué.

-Un souvenir -dijo Molly-. Me di cuenta de que no dejabas de mirarlos. -Él se volvió y la vio sentada

de piernas cruzadas sobre la cama, adormilada, rascándose el estómago con uñas rojas.

-Alguien vendrá más tarde a asegurar este lugar -dijo Armitage. Estaba de pie en el umbral con

una anticuada llave magnética en la mano. Molly preparaba café en un diminuto hornillo alemán que

había sacado de la bolsa.

-Yo puedo hacerlo -dijo ella-. Tengo el equipo necesario. Sensores de infrarrojos, alarmas…

-No -dijo él, cerrando la puerta-. Lo quiero sin fallos.

-Como gustes. -Ella llevaba una camiseta de tejido abierto metida en unos holgados pantalones

negros de algodón.

-¿Ha sido usted policía, señor Armitage? -preguntó Case desde donde estaba sentado, la espalda

apoyada en la pared.

Armitage no era más alto que Case, pero sus anchos hombros y su postura militar parecían llenar el

marco de la puerta. Estaba vestido con un sombrío traje italiano, y en la mano derecha sostenía un

maletín blando de cuero negro. No llevaba ya el pendiente de las Fuerzas Especiales. Las

hermosas e inexpresivas facciones tenían la rutinaria belleza de las tiendas de cosméticos: una

conservadora amalgama de los principales rostros que habían aparecido en los medios de

comunicación de la década anterior. El débil brillo de los ojos acrecentaba el efecto de máscara.

Case comenzó a lamentar la pregunta.

-Muchos de los de las Fuerzas terminaron siendo policías, quiero decir. O vigilantes privados –

agregó Case incómodo. Molly le pasó una humeante taza de café-. Lo que usted les hizo hacer con

mi páncreas parece cosa de policías.

Armitage cruzó la habitación y se detuvo frente a Case.

-Eres un chico afortunado, Case. Tendrías que darme las gracias.

-¿De veras? -Case sopló su café ruidosamente.

-Necesitabas un páncreas nuevo. El que te compramos te libra de una peligrosa dependencia.

-Gracias, pero me gustaba aquella dependencia.

-Muy bien; porque ahora tienes una nueva.

-¿Cómo es eso? -Case levantó la vista. Armitage sonreía.

-Tienes quince saquitos de toxina sujetos a las paredes de varias arterias mayores, Case. Se están

disolviendo. Muy despacio pero disolviéndose sin lugar a dudas. Cada uno contiene una micotoxina.

Ya estás familiarizado con el efecto de esa micotoxina. Es la misma que tus jefes anteriores te

dieron en Memphis.

Case parpadeó, mirando a la máscara sonriente.

-Tienes tiempo para hacer lo que te pediré, Case, pero nada más. Haz el trabajo y podré inyectarte

una enzima que soltará los saquitos sin abrirlos. Luego necesitarás un cambio de sangre. Si no, los

sacos se disuelven y tú vuelves a lo que eras. Así que ya lo sabes, Case, nos necesitas. Nos

necesitas tanto como cuando te recogimos de la alcantarilla.

Case miró a Molly. Ella se encogió de hombros.

-Ahora ve al montacargas y trae las cajas que hay allí. -Armitage le dio la llave magnética.-

Adelante. Te va a gustar, Case. Como la mañana de Navidad.

Verano en el Ensanche. En los centros comerciales la muchedumbre ondeaba como hierba mecida

por el viento; un campo de carne traspasado por súbitas corrientes de necesidad y gratificación.

Se sentó junto a Molly al sol tamizado, sobre el borde de una fuente de cemento, dejando que el

infinito desfile de rostros recapitulase las etapas de su vida. Primero un niño de ojos adormilados, un

muchacho callejero, las manos relajadas y listas a los lados; después un adolescente, la cara lisa y

críptica bajo gafas rojas. Case recordó una pelea en un tejado a los diecisiete años, un combate

silencioso en el resplandor rosado de la geodesia del alba.

Se movió sobre el cemento, sintiéndolo áspero y frío a través de la delgada tela negra. Nada allí se

parecía a la eléctrica danza de Ninsei. El comercio era aquí diferente, otro ritmo, con un olor de

comidas rápidas y perfume y un fresco sudor de verano.

Con la consola esperándolo, allá en el altillo; una Cyberspace 7 Ono-Sendai. Habían llenado el

cuarto con las abstractas formas blancas de las piezas de poliestireno, arrugadas láminas de plástico

y cientos de granos blancos. La Ono-Sendai; el ordenador Hosaka más caro del año siguiente; un

monitor Sony; una docena de discos de hielo de primera calidad; una cafetera Braun. Armitage se

limitó a esperar a que Case aprobara cada una de las piezas.

-¿Adónde fue? -había preguntado Case a Molly.

-Le gustan los hoteles. Los grandes. Cerca de los aeropuertos, si es posible. Bajemos a la calle. –

Ella se había enfundado en un viejo chaleco militar con una docena de bolsillos extraños, y se había

puesto unas enormes gafas de sol de plástico negro que le cubrían por completo los injertos

especularas.

-¿Ya sabías lo de esa mierda de las toxinas? -le preguntó él junto a la fuente. Ella negó con la

cabeza-. ¿Crees que es verdad?

-Tal vez sí, tal vez no. Todo es posible.

-¿Sabes cómo puedo averiguarlo?

-No -dijo ella, indicando silencio con la mano derecha-. Ese tipo de locura es demasiado sutil para

que aparezca en un rastreo. -Movió otra vez la mano: espera. – Y de todos modos, a ti no te importa

demasiado. Te vi acariciar esa Sendai; eso era pornográfico, hombre. -Se echó a reír.

-¿Y a ti cómo te tiene amarrada? ¿Con qué locura ha pescado a la chica trabajadora?

-Orgullo profesional, nene, eso es todo. -Y de nuevo el gesto de silencio.- Vamos a desayunar, ¿te

parece? Huevos, tocino verdadero. Es probable que te mate, hace tanto tiempo que comes esa

basura reciclada de krill de Chiba. Sí, vamos; iremos en metro hasta Manhattan y nos daremos un

desayuno de verdad.

Un neón sin vida anunciaba METRO HOLOGRAFIX en polvorientas mayúsculas de tubos de vidrio.

Case se hurgó una hilacha de tocino que se le había alojado entre los dientes. Había renunciado a

preguntarle adónde iban y por qué; codazos en las costillas y el gesto de silencio era toda la

respuesta que había obtenido. Ella hablaba de las modas de la temporada, de deportes y de un

escándalo político en Califomia desconocido para él.

Recorrió con la mirada la desierta calle sin salida. Una hoja de periódico atravesó a saltos la

intersección. Vientos inesperados en el lado Este; algo relacionado con la convección y una

superposición de las cúpulas. Case miró por la ventana el aviso muerto. El Ensanche de ella no era

el Ensanche de él, concluyó. Lo había guiado a través de una docena de bares y de clubes que él

nunca había visto antes; ocupándose de los negocios, por lo general con.apenas un gesto.

Manteniendo contactos.

Algo se movía en las sombras detrás de METRO HOLOGRAFIX.

La puerta era una plancha corrugada. Frente a ella, las manos de Molly ejecutaron fluidamente una

intrincada secuencia de movimientos que él no pudo seguir. Alcanzó a ver la señal de efectivo: un

dedo pulgar acariciando la yema del índice. La puerta se abrió para adentro y ella lo condujo hacia el

olor a polvo. Estaban en un claro; densas marañas de desechos se alzaban a ambos lados sobre

paredes cubiertas por estanterías de arruinados libros de bolsillo. La basura parecía algo que

hubiese crecido allí, un hongo de metal y plástico retorcido. A veces distinguía algún objeto, pero

luego parecía desvanecerse otra vez entre la masa: las entrañas de un televisor tan viejo que estaba

salpicado de fragmentos de tubos de vidrio; una antena de disco abollada, un cubo marrón de

plástico lleno de corroídos tubos de aleación. Una enorme pila de viejas revistas se había

desplomado sobre el espacio abierto; carne de veranos perdidos mirando ciegamente hacia arriba

mientras él seguía la espalda de ella a través de un angosto cañón de metales comprimidos. Oyó el

ruido de la puerta que se cerraba detrás de ellos. No volvió la cabeza.

El túnel terminaba en una antigua manta del ejército colgada sobre el umbral de una puerta.

Cuando Molly la apartó para pasar, salió un raudal de luz blanca.

Cuatro paredes cuadradas de plástico blanco y liso que cubría también el techo; suelo de baldosas

blanco hospital, con un diseño antideslizante de pequeños discos en relieve. En el centro había una

mesa de madera blanca y cuadrada, y cuatro sillas blancas plegables.

El hombre que apareció en la puerta detrás de ellos, parpadeando, con la manta cubriéndole un

hombro como una capa, parecía haber sido diseñado en un túnel de viento. Tenía las orejas muy

pequeñas, aplastadas sobre un cráneo estrecho, y los grandes dientes, revelados por algo que no

era del todo una sonrisa, estaban acentuadamente inclinados hacia atrás. Llevaba una antigua

chaqueta de paño y sostenía en la mano izquierda una pistola de algún tipo. Los escrutó con la

mirada, parpadeó, y dejó caer la pistola en un bolsillo de la chaqueta. Le hizo una seña a Case;

señaló hacía un bloque de plástico blanco apoyado cerca de la puerta. Case caminó hacia allí y vio

que era un macizo panel de circuitos de casi un centímetro de espesor. Ayudó al hombre a

levantarlo y ponerlo en el umbral. Unos dedos rápidos y manchados de nicotina lo sujetaron con

cinta blanca adhesiva. Un ventilador oculto comenzó a ronronear.

-Tiempo -dijo el hombre, enderezándose-, y contando. Tú conoces la tarifa, Molly.

-Necesitamos un rastreo, finlandés. Para implantes.

-Entonces colócate entre los postes. Párate en la cinta. Endereza la espalda, así. Ahora date la

vuelta, un tres sesenta completo. -Case miró cómo Molly giraba entre los dos frágiles pedestales

atiborrados de sensores. El hombre sacó un pequeño monitor del bolsillo y lo miró de soslayo.- Hay

algo nuevo en tu cabeza, sí. Silicón; capa de carbones pirolíticos. Un reloj, ¿verdad? Los lentes me

dan la lectura de siempre, carbones isotrópicos de baja temperatura. Mejor biocompatibididad con

pirolíticos, pero eso es asunto tuyo, ¿verdad? Lo mismo tus garras.

-Ven aquí Case. -dijo Molly. Case vio una X rayada en negro sobre el suelo blanco.- Date la vuelta,

despacio.

-Este tipo es virgen. -El hombre se encogió de hombros.- Un trabajo dental barato, nada más.

-¿Le examinas lo biológico? -Molly bajó la cremallera de su chaqueta verde y se quitó las gafas

oscuras.

-¿Te crees que esto es la Mayo? Sube a la mesa, chiquillo, vamos a hacerte una pequeña biopsia.

-Soltó una risotada que reveló aún más sus dientes amarillos.- Nada. Palabra de finlandés, no tienes

micros, ni bombas en la corteza. ¿Quieres que cierre la pantalla?

-Sólo el tiempo que tardes en marcharte, finlandés. Luego vamos a querer pantalla entera por el

tiempo que queramos.

-Ey, por el finlandés no hay problema, Molly. Tú sólo estás pagando por segundo.

Sellaron la puerta detrás de él y Mofly dio la vuelta a una de las sillas blancas y se sentó, apoyando

el mentón en los brazos cruzados. -Ahora hablaremos. Esto es lo más privado que puedo pagar.

-¿De qué?

-De lo que estamos haciendo.

-¿Qué estamos haciendo?

-Trabajar para Armitage.

-¿Y dices que no es para su beneficio?

-Sí. Vi tu perfil, Case. Y he visto el resto de nuestra lista de compras. ¿Has trabajado alguna vez

con los muertos?

-No. -Case miró su reflejo en las gafas.- Supongo que podría. Soy bueno en lo que hago. -La

conjugación en presente lo puso nervioso.

-¿Sabes que el Dixie Flatline está muerto?

Él asintió. -El corazón, oí decir.

-Tú vas a trabajar con su estructura. -Sonrió.- Te enseñaron los trucos, ¿eh? Él y Quine. Por cierto,

conozco a Quine. Un verdadero imbécil.

-¿Alguien tiene un registro de McCoy Pauley? ¿Quién? -Case se sentó y apoyó los codos en la

mesa.- No me lo puedo imaginar. Nunca se lo habría dejado hacer.

-Senso/Red. Le pagaron una mega, apuesta lo que quieras.

-¿Murió Quine también?

-No tendremos esa suerte. Está en Europa. El no entra en esto.

-Bueno, si podemos conseguir al Flatline, hemos ganado. Era el mejor. ¿Sabes que tuvo tres

muertes cerebrales?

Ella asintió.

-Un electroencefalograma horizontal. Me mostraron cintas. «Chico, yo estaba muerto», con su

acento sureño.

-Mira, Case, desde que entré he tratado de averiguar quién está apoyando a Armitage. Y no

parece que sea un zaibaitsu, un gobierno o una subsidiaria de la Yakuza. Armitage recibe órdenes.

Alguien le dice que vaya a Chiba, recoja a un anfeta que está bamboleándose por última vez en el

cinturón de los quemados, y que negocie un programa para la operación con que lo van a arreglar.

Podríamos haber comprado veinte vaqueros de primera con lo que el mercado estaba dispuesto a

pagar por ese programa quirúrgico. Eras bueno, pero no tan bueno… -Molly se rascó un lado de la

nariz.

-Es obvio que para alguien tiene sentido -dijo él-. Alguien grande.

-No dejes que te ofenda. -Sonrió. – Vamos a activar un programa de los fuertes, Case; sólo para

conseguir la estructura del Flatline. Senso/Red la tiene guardada en la bóveda de un archivo de las

afueras. A cal y canto, Case. Y los de Senso/Red tienen todos los nuevos materiales para la

temporada de otoño guardados allí también. Roba eso y seríamos más ricos que la mierda. Pero

no, tenemos que conseguir el Flatline y nada más. Es raro.

-Sí, es todo muy raro. Tú eres rara, esta cueva es rara, y, ¿quién es esa rara tortuguita de tierra

que está afuera en el pasillo?

-El finlandés es un antiguo contacto. Una fachada, sobre todo. Software. Lo de la privacidad es un

negocio adicional. Pero hice que Armitage le dejara ser nuestro técnico aquí, así que más tarde,

cuando lo veas, tú nunca lo has visto. ¿Entendido?

-¿Y qué es lo que Armitage ha puesto a disolver dentro de ti?

-Yo soy un modelo fácil. -Sonrió.- Uno es las cosas que uno hace bien, ¿no es cierto? Tú tienes

que cazar, yo tengo que pelear.

La miró fijamente. -Entonces dime qué sabes de Armitage.

-Para comenzar, nadie llamado Armitage tomó parte en Puño Estridente. Lo verifiqué. Pero eso no

significa mucho. No creo que sea uno de esos tipos que llegaron a escapar. -Alzó y dejó caer los

hombros.- Un asunto importante. Y lo único que tengo son comienzos. -Tamborileó con las uñas en

el respaldo de la silla.- Pero tú eres un vaquero, ¿verdad? Quiero decir, a lo mejor puedes echar un

vistazo por ahí. -Sonrió.

-Él me mataría.

-Tal vez sí. Tal vez no. Creo que te necesita, Case, y mucho. Además, eres un tío listo, ¿no? Tú

puedes engañarlo, seguro.

-¿Qué más hay en esa lista que mencionaste?

-Juguetes. La mayoría para ti. Y un psicópata certificado de nombre Peter Riviera. Un tipo

realmente feo.

-¿Dónde está?

-No lo sé. Pero es un jodido enfermo, de verdad. Vi su perfil. -Hizo una mueca. – Es atroz. -Se

puso de pie y se estiró como un gato. – Así que tenemos un negocio en marcha, ¿muchacho?

¿Estamos juntos en esto? ¿Socios?

Case la miró. -Tengo muchas opciones, ¿eh?

Ella rió. -Has entendido, vaquero.

«La matriz tiene sus raíces en las primitivas galerías de juego», dijo la voz, «en los primeros

programas gráficos y en la experimentación militar con conexiones craneales.» En el Sony, una

guerra espacial bidimensional se desvaneció tras un bosque de helechos matemáticamente

generados, demostrando las posibilidades espaciales de las espirales logaritmicas; una secuencia

militar pasó en fríos y azules destellos, animales de laboratorio conectados a sistemas de sondeo,

cascos enviando señales a circuitos de control de incendios en tanques y aviones de combate. «El

ciberespacio. Una alucinación consensual experimentada diariamente por billones de legítimos

operadores, en todas las naciones, por niños a quienes se enseña altos conceptos matemáticos…

Una representación gráfica de la información abstraída de los bancos de todos los ordenadores del

sistema humano. Una complejidad inimaginable. Líneas de luz clasificadas en el no-espacio de la

mente, conglomerados y constelaciones de información. Como las luces de una ciudad que se

aleja… »

-¿Qué es eso? -preguntó Molly mientras él giraba el selector de canales.

-Un programa para niños. -Un aluvión discontinuo de imágenes mientras el selector se movía.- Off –

le dijo al Hosaka.

-¿Quieres probar ahora, Case?

Miércoles. Ocho días después de haber despertado en el Hotel Barato, con Molly junto a él. –

¿Quieres que me vaya, Case? Quizás te sea más fácil a solas… -Él sacudió la cabeza.

-No. Quédate, no tiene importancia. -Se colocó la cinta de esponja negra en la frente, cuidando de

no perturbar los chatos dermatrodos Sendai. Observó la consola en su regazo, sin verla realmente,

viendo en cambio la ventana del negocio de Ninsei, el shuriken de cromo ardiendo bajo el neón

reflejado. Alzó los ojos; en la pared, justo encima del Sony, había colgado el regalo de Molly, lo

había clavado con un alfiler de cabeza amarilla por el agujero del centro.

Cerró los ojos.

Encontró la rugosa superficie del interruptor.

Y en la cruenta oscuridad de sus ojos cerrados, un hervor de fosfenos de plata que llegaban desde

el filo del espacio, imágenes hipnagógicas que pasaban a gran velocidad como una película de

fotogramas aleatorios. Símbolos, figuras, un borroso y fragmentado mandala de información visual.

Por favor, rogó, ahora…

Un disco gris del color del cielo de Chiba.

Ahora…

El disco empezaba a rotar, rápidamente, convirtiéndose en una esfera de gris más pálido.

Expandiéndose…

Y fluyó, floreció para él, truco origami de neón fluido, el despliegue de un hogar que no conocía

distancias, su país, transparente tablero de ajedrez tridimensional que se extendía al infinito. Un ojo

interior que se abría a la escalonada pirámide escarlata del Centro de Fisión de la Costa Este,

ardiendo detrás de los cubos verdes del Mitsubishi Bank of America, y en lo alto y muy a lo lejos, los

brazos espirales de sistemas militares, inalcanzables para siempre.

Y en algún lugar se encontró riendo, en una buhardilla pintada de blanco, con dedos distantes que

acariciaban el tablero, y lágrimas de alivio que le arrasaban el rostro.

Molly se había marchado cuando se quitó los trodos, y la buhardilla estaba a oscuras. Consultó la

hora. Había permanecido cinco horas en el ciberespacio. Llevó los Ono-Sendai a una de las nuevas

mesas de trabajo y se desplomó de través sobre la cama, tirando del saco de dormir de seda negra

de Molly para cubrirse la cabeza.

El dispositivo de seguridad acoplado a la puerta de emergencia sonó dos veces. -Entrada solicitada

-dijo-. Individuo verificado por mi programa.

-Entonces abre. -Case se quitó la seda de la cara y se incorporó mientras la puerta se abría,

esperando ver a Molly o a Armitage.

-Cristo -dijo una voz ronca-, ya sé que esa perra puede ver en la oscuridad… -Una rechoncha

silueta entró y cerró la puerta. – Enciende la luz, ¿de acuerdo? -Case bajó a gatas de la cama y

encontró el anticuado interruptor.

-Soy el finlandés -dijo, y miró a Case con expresión de advertencia.

-Case.

-Mucho gusto, estoy seguro. Estoy haciendo un hardware para tu jefe, parece. -El finlandés sacó

un paquete de Partagás y encendió uno. El olor a tabaco cubano llenó la habitación. Fue hacia la

mesa de trabajo y miró los Ono-Sendai.- Parece común. Eso se arregla pronto. Pero aquí está tu

problema, muchacho. -Extrajo un mugriento sobre manila del interior de la chaqueta, echó cenizas al

suelo, y sacó del sobre un rectángulo negro sin distintivo alguno.- Malditos prototipos de fábrica -dijo,

arrojando el objeto sobre la mesa-. Incrústalos en un bloque de policarbono y no puedes

examinarlos con un láser sin arruinar el sistema. Defensas contra rayos X, ultrasondeos, y Dios sabe

qué. Conseguiremos entrar, pero para los pecadores no hay descanso, ¿verdad? -Dobló el sobre

con mucho cuidado y lo guardó en un bolsillo interior.

-¿Qué es?

-Es básicamente un interruptor flipflop. Conéctalo a tus Sendai; puedes acceder al simestim en vivo

o en registro sin tener que salir de la matriz.

-¿Para qué?

-No tengo idea. Sé que estoy preparando a Molly para un equipo de transmisión y quizá puedas

acceder a su sensorio. -El finlandés se rascó el mentón.- Así que ahora vas a descubrir cómo

aprietan esos pantalones, ¿eh?

4

CASE ESTABA SENTADO en la buhardilla con los dermatrodos pegados en la frente,

contemplando cómo unas motas bailaban en la diluida luz solar que se filtraba por la rejilla de arriba.

Una cuenta regresiva progresaba en una esquina de la pantalla del monitor.

Los vaqueros no entraban en simestim, pensó, porque era básicamente un juguete de la carne.

Sabía que los trodos que usaba y la pequeña tiara plástica que colgaba de un tablero simestim eran

básicamente lo mismo, y que la matriz dé ciberespacio era en realidad una drástica simplificación del

sensorio humano, al menos en términos de presentación, pero el simestim mismo le parecía una

gratuita multiplicación de entrada de carne. Los equipos que se vendían al público estaban

especialmente editados, por supuesto, de modo que si a Tally Isham le daba un dolor de cabeza en

el curso de un segmento, uno no lo sentía.

La pantalla emitió una advertencia de dos segundos.

El nuevo interruptor fue sujetado a los Sendai con una delgada cinta de fibras ópticas.

Y uno y dos y…

El ciberespacio entró en existencia desde los puntos cardinales.

Suave, pensó él, pero no bastante suave. Tengo que trabajar en eso…

Luego movió el nuevo interruptor.

La abrupta sacudida hacia otra carne. La matriz desapareció, una onda de color y sonido… Ella se

movía por una calle atestada de gente, por delante de puestos donde vendían software en rebaja,

precios escritos con rotuladores de fieltro sobre láminas de plástico, fragmentos de música desde

innumerables altavoces. Olores de orín, monómeros gratis, perfume, pastas de krill frito. Durante

algunos despavoridos segundos luchó inútilmente por controlarla. Al fin renunció, se convirtió en

pasajero detrás de los ojos de ella.

Los lentes no parecían aplacar en absoluto la luz del sol. Se preguntó si los amplificadores

implantados tendrían un dispositivo de compensación automática. Unos alfanuméricos azules

parpadeaban la hora en la parte baja del campo periférico izquierdo. Está fanfarroneando, pensó él.

El lenguaje corporal de ella era desorientador; el estilo, extranjero. Parecía estar siempre a punto

de chocar con alguien, pero la gente desaparecía delante de ella, se hacía a un lado, le abría paso.

-¿Cómo te va, Case? -Él oyó las palabras y sintió cómo ella las decía. Ella deslizó una mano bajo

la chaqueta, la punta de un dedo que se movía en círculos sobre un pezón cubierto por seda tibia.

La sensación le hizo contener el aliento. Ella se echó a reír. Pero el enlace era unidireccional. Él no

tenía modo de replicar.

Dos calles después, atravesaba las afueras de Memory Lane. Case seguía tratando de que ella

volviera los ojos hacia los puntos de referencia que él habría empleado para encontrar el camino.

Comenzó a encontrar irritante la pasividad de la situación.

La transición al ciberespacio, cuando movió el interruptor, fue instantánea. Descendió a lo largo de

un muro de hielo primitivo que pertenecía a la Biblioteca Pública de Nueva York, contando

automáticamente ventanas potenciales. Conectándose de nuevo al sensorio de ella, entró en el

sinuoso flujo de los músculos, en los sentidos agudos y brillantes.

Se encontró pensando en la mente con la que compartía aquellas sensaciones. ¿Qué sabía de

ella? Que era otra profesional; que decía que ella era lo que hacía para ganarse la vida (como él).

Sabía cómo se había movido hacia él, antes, cuando despertó, el mutuo gruñido de unidad cuando él

entró en ella, y que le gustaba el café negro, después…

Ella iba hacia uno de los dudosos centros de alquiler de software que bordeaban Memory Lane.

Había una quietud, un silencio. El pasillo central estaba bordeado por casetas. La clientela era

joven, adolescentes casi todos. Parecía que les hubiesen implantado conexiones de carbono detrás

de la oreja izquierda, pero ella no se fijaba en ellos. En los mostradores que había frente a las

casetas se exhibían cientos de tiras de microsoft, fragmentos angulares de silicio coloreado

montados bajo burbujas transparentes y oblongas, sobre cartulina blanca. Molly fue hacia la séptima

caseta de la pared sur. Tras el mostrador, un muchacho de cabeza afeitada miraba sin expresión el

vacío; una docena de puntas de microsoft le salía del enchufe de detrás de la oreja.

-Larry, ¿estás aquí? -Molly se puso frente a él. Los ojos del muchacho la enfocaron. Se incorporó

en la silla y con una uña sucia quitó una astilla magenta brillante del enchufe.

-Eh, Larry.

-Molly -asintió él.

-Tengo trabajo para algunos de tus amigos, Larry.

Larry sacó una caja plana de plástico del bolsillo de su camisa deportiva roja, la abrió, y colocó el

microsoft junto a otra docena. Vaciló, escogió un lustroso chip negro que era ligeramente más largo

que los otros, y se lo insertó suavemente en la cabeza. Entornó los ojos.

-Molly lleva un pasajero -dijo-, y a Larry eso no le gusta.

-Ey -dijo ella-. No sabía que fueras tan… sensible. Estoy impresionada. Cuesta mucho llegar a ser

tan sensible.

-¿La conozco, señora? -La mirada perdida regresó.- ¿Está pensando en comprar software?

-Estoy buscando a los Modernos.

-Llevas un pasajero, Molly. Esto lo dice. -Dio unos golpecitos a la astilla negra.- Alguien está

usando tus ojos.

-Mi socio.

-Dile a tu socio que se vaya.

-Tengo algo para los Panteras Modernos, Larry.

-¿De qué está hablando, señora?

-Case, despega -dijo ella, y él movió el interruptor y regresó instantáneamente a la matriz.

Impresiones fantasmales del centro del software colgaron durante algunos segundos en la zumbante

calma del ciberespacio.

-Panteras Modernos -le dijo al Hosaka quitando los trodos-. Un resumen de cinco minutos.

-Listo -dijo el ordenador.

No era un nombre que él conociera. Algo nuevo, algo que había aparecido después de que él se

marchara de Chiba. La juventud del Ensanche era barrida por las modas a la velocidad de la luz;

subculturas enteras podían surgir de la noche a la mañana, florecer unos pocos meses, y luego

desvanecerse por completo. -Adelante -dijo. El Hosaka había dado entrada a un conjunto de

archivos, diarios y boletines de noticias.

El resumen comenzó con una sostenida imagen congelada en colores que a Case le pareció al

principio una especie de collage; la cara de un muchacho, recortada de otra imagen y pegada a la

fotografía de una pared cubierta de graffiti. Ojos oscuros, pliegues epicánticos, obvio resultado de la

cirugía, una malhumorada salpicadura de acné sobre mejillas pálidas y estrechas. El Hosaka

descongeló la imagen; el muchacho se movió, fluyendo con la siniestra gracia de un mimo que finge

ser un depredador de la selva. El cuerpo era casi invisible, un diseño abstracto, una garabateada

superficie de ladrillos que se le deslizaba limpiamente por el mono ceñido. Policarbono mimético.

Corte a la doctora Virginia Rambali, socióloga de la Universidad de Nueva York, su nombre,

profesores, y facultad palpitando por la pantalla en caracteres alfanuméricos rosados.

-Dada su inclinación por estos actos aleatorios de surreal violencia -dijo alguien- puede que a

nuestros espectadores les resulte difícil comprender por qué sigue usted insistiendo en que este

fenómeno no es una forma de terrorismo.

La doctora Rambali sonrió. -Siempre hay un punto en el que el terrorista deja de manipular la

gestalt de los medios. Un punto en el que es posible que la violencia aumente, pero más allá del cual

el terrorista se ha transformado en un síntoma de la propia gestalt de estos medios. El terrorismo, tal

como lo entendemos comúnmente, está por esencia relacionado con los medios de comunicación.

Los Panteras Modernos difieren de otros llamados terroristas precisamente porque se dan cuenta de

todo esto, porque son conscientes del punto en el que los medios separan el acto del terrorismo de la

intención sociopolítica original…

-Déjalo -dijo Case.

Case conoció a su primer Moderno dos días después de haber visto en el monitor el resumen del

Hosaka. Los Modernos, había resuelto, eran una versión contemporánea de los Grandes Científicos

que él había conocido en la adolescencia. Había en el Ensanche una suerte de ADN adolescente

activo y fantasmal, que contenía los preceptos codificados de diversas y efímeras subculturas y los

reproducía a intervalos irregulares. Los Panteras Modernos eran una variante suavizada de los

Científicos. De haber contado con la tecnología adecuada, todos los Grandes Científicos habrían

tenido enchufes atiborrados de microsofts. Lo que importaba era el estilo, y el estilo era el mismo.

Los Modernos eran mercenarios, payasos, tecnofetichistas nihilistas.

El que apareció en la puerta de la buhardilla con una caja de diskettes de parte del finlandés era un

muchacho de voz suave llamado Ángelo. Su cara era un nuevo injerto cultivado en colágeno y

polisacáridos de cartílagos de escualo, lisa y repugnante. Uno de los ejemplos de cirugía opcional

más desagradables que Case hubiera visto nunca. Cuando Ángelo sonrió, dejando entrever los

afilados colmillos de un animal grande, Case llegó a sentirse aliviado. Trasplantes dentales. Al

menos éstos ya los conocía.

-No debes dejar que unos críos de mierda te hagan sentir la brecha generacional -dijo Molly. Case

asintió, absorto en las figuras del hielo Senso/Red.

Ahora sí. Esto era lo que él era, quién era. Olvidó comer. Molly dejó paquetes de arroz y bandejas

plásticas de sushi en una esquina de la larga mesa. A veces se resistía a tener que dejar el tablero

para utilizar el inodoro químico que habían instalado en un rincón de la buhardilla. En la pantalla se

formaban y volvían a formarse dibujos de hielo mientras él tanteaba en busca de brechas, esquivaba

las trampas más obvias y trazaba la ruta que tomaría a través del hielo de la Senso/Red. Era buen

hielo. Un hielo estupendo. Los dibujos ardían mientras él yacía con el brazo bajo los hombros de

Molly, contemplando el rojo amanecer a través de la rejilla de acero de la claraboya. Un laberinto

multicolor de puntos electrónicos fue lo primero que vio al despertar. Iría directamente al tablero sin

molestarse en vestirse, y se conectaría. Estaba entrando. Estaba trabajando. Perdió la cuenta de

los días.

Y a veces, al quedarse dormido, especialmente cuando Molly partía en viaje de reconocimiento con

una cuadrilla de Modernos contratados, le llegaban imágenes de Chiba. Rostros y neón de Ninsei.

Una vez despertó de un confuso sueño con Linda Lee, sin poder recordar quién era ella ni qué había

significado para él. Cuando consiguió acordarse, volvió al trabajo, y trabajó nueve horas seguidas.

La penetración en el hielo de la Senso/Red le llevó un total de nueve días.

-Dije una semana -dijo Armitage, incapaz de esconder su satisfacción cuando Case le mostró su

plan para el programa-. Te has tomado tu tiempo.

-No jodas -dijo Case, sonriendo a la pantalla-. Esto es un buen trabajo, Armitage.

-Sí -admitió Armitage-, pero no dejes que se te suba a la cabeza. Comparado con lo que tendrás

que afrontar, esto es un juguete de vídeo galería.

-Te amo, Madre Gata -susurró el enlace de los Panteras Modernos. La voz sonaba como estática

modulada en los audífonos de Case.

-Atlanta, Carnada. Parece que ahora sí. Adelante, ¿entendido? -La voz de Molly se oía un poco

más clara.

-Escuchar es obedecer. -Los Modernos de Nueva Jersey utilizaban un plato receptor reticulado

para que la señal codificada rebotara en un satélite de los Hijos de Cristo Rey en órbita geosincrónica

sobre Manhattan. Preferían considerar toda la operación como un complicado chiste privado, y su

elección de los satélites de comunicación parecía haber sido deliberada. Las señales de Molly

estaban siendo transmitidas desde un plato parabólico de un metro de diámetro, sujeto con resina

epóxica a la azotea de una torre bancaria de cristal negro, casi tan alta como el edificio de la

Senso/Red.

Atlanta. El código de reconocimiento era sencillo. De Atlanta a Boston, a Chicago y a Denver;

cinco minutos para cada ciudad. Si alguien lograba interceptar la señal de Molly, decodificarla,

sintetizar su voz, el código avisaría a los Modernos. Si ella permaneciese más de veinte minutos

dentro del edificio, sería muy poco probable que saliera.

Case bebió el último trago de café, acomodó los trodos, y se rascó el pecho bajo la camiseta negra.

Tenía sólo una idea aproximada de lo que los Panteras Modernos pensaban hacer para distraer a los

encargados de seguridad de la Senso/Red. La tarea de los Modernos era asegurar que el programa

de intrusión que él había escrito se conectara a los sistemas Senso/Red cuando Molly lo necesitase.

Observó la cuenta regresiva en la esquina de la pantalla. Dos. Uno.

Tomó el mando y activó el programa. -Línea principal -susurró el enlace; su voz era el único sonido

mientras Case se adentraba en los estratos fulgurantes del hielo Senso/Red. Muy bien. Conectó

con el simestim y penetró en el sensorio de Molly.

El codificador enturbió levemente la entrada visual. Ella estaba de pie frente a una pared de

espejos salpicados de dorado, en el gran vestíbulo blanco del edificio, mascando chicle,

aparentemente fascinada por su propia imagen. Aparte de las enormes gafas de sol que ocultaban

las lentes especulares implantadas, conseguía en gran medida dar la impresión de pertenecer a

aquel lugar: otra muchacha turista con la esperanza de ver a Tally Isham. Llevaba un impermeable

de plástico rosado, una camiseta blanca de red, holgados pantalones blancos de un corte que había

estado de moda en Tokio el año anterior. Sonreía inexpresivamente y hacía globos con el chicle.

Case tuvo ganas de reír. Podía sentir la cinta de microporos en las costillas de ella, sentir las

pequeñas unidades planas bajo la cinta, y el codificador. El micrófono pegado a su cuello casi podía

pasar por un dermodisco analgésico. Dentro de los bolsillos de la chaqueta rosada las manos se

abrían y cerraban sistemáticamente en una serie de ejercicios de relajamiento. Tardó unos cuantos

segundos en darse cuenta de que la extraña sensación en los extremos de los dedos de Molly era

provocada por las cuchillas que se asomaban y se retraían.

Regresó. El programa ya había alcanzado la quinta puerta. Observó mientras el rompehielos

destellaba y cambiaba de posición frente a él, consciente apenas de que sus manos se movían sobre

el tablero, haciendo ajustes menores. Traslúcidos planos de color barajados como un mazo de

cartas de prestidigitador. Saca una carta, pensó, cualquiera.

La puerta pasó borrosamente. Rió. El hielo Senso/Red había aceptado su entrada como

transferencia de rutina desde el centro del consorcio en Los Ángeles. Había entrado. Detrás de él

subprogramas virales se desprendían entreteniéndose con la trama codificada de la puerta, lista para

desviar la información correcta de Los Ángeles.

Volvió a entrar. Molly se paseaba frente al enorme y circular mostrador de recepción al fondo del

vestíbulo.

12:01:20 cuando el anuncio ardió en el nervio óptico de Molly.

A medianoche, sincronizado con el chip de detrás del ojo de Molly, el enlace en Jersey había

ordenado: -Línea principal. -Nueve Modernos desperdigados a lo largo de doscientas millas del

Ensanche habían marcado simultáneamente MAX EMERG desde cabinas telefónicas. Cada

Moderno repitió un texto breve, colgó y se perdió en la noche, quitándose los guantes de cirugía.

Nueve centrales de policía y agencias de seguridad pública absorbieron la información de que una

oscura subsecta de fundamentalistas cristianos acababa de reivindicar la introducción en dosis

clínicas de un psicoactivador prohibido llamado Azul Nueve en el sistema de ventilación de la

Pirámide Senso/Red. Se había demostrado que Azul Nueve, conocido en Califomia como Ángel

Doliente, había producido paranoia aguda y psicosis homicida en el ochenta y cinco por ciento de los

sujetos experimentales.

Case movió el interruptor cuando el programa irrumpía por las puertas del subsistema de seguridad

del archivo de investigación de la Senso/Red. Se encontró entrando en un ascensor.

-Perdone, pero, ¿es usted empleado? -El vigilante alzó las cejas. Molly hizo un globo de chicle.

-No -dijo, hundiendo dos nudillos de la mano derecha en el plexo solar del hombre. Cuando él se

replegaba sobre sí mismo, manoteándose el cinturón en busca de la alarma, ella le golpeó la cabeza

contra la pared del ascensor.

Masticando con un poco más de rapidez, tocó PUERTA y STOP en el panel iluminado. Sacó una

cajita de herramientas del bolsillo de su abrigo e insertó una guía de plomo en el ojo de la cerradura

que aseguraba los circuitos del panel.

Los Panteras Modernos dejaron pasar cuatro minutos para que la primera movida tuviese efecto;

luego inyectaron una segunda dosis de información tergiversada. Esta vez la dispararon

directamente al sistema de vídeo interno del edificio de la Senso/Red.

A las 12:04:03, todas las pantallas del edificio parpadearon durante dieciocho segundos en una

frecuencia que produjo convulsiones en un susceptible segmento de empleados de la Senso/Red.

Entonces, algo sólo vagamente parecido a un rostro humano llenó las pantallas, las facciones

estiradas sobre asimétricas superficies óseas, como una obscena proyección de Mercator; unos

labios azules y húmedos se entreabrieron a medida que la retorcida y alargada mandíbula se movía.

Algo, tal vez una mano, una cosa parecida a un rojizo racimo de raíces retorcidas, avanzó vacilante

hacia la cámara, se desdibujó y desapareció. Imágenes de contaminación de subliminal fugacidad:

gráficos del sistema de aguas del edificio, manos enguantadas que manipulaban retortas, algo que

se precipitaba en la oscuridad, el pálido sonido de un golpe en el agua… La pista de audio, con el

tono ajustado a casi el doble de la velocidad normal de reproducción, era parte de un noticiario de

hacía un mes que exponía la potencial utilidad militar de una sustancia bioquímica conocida como

HsG. La HsG rige el factor de crecimiento del esqueleto humano. Una sobredosis exacerbaba

ciertas células óseas y aceleraba el crecimiento hasta en un mil por ciento.

A las 12:05:00 el núcleo forrado de espejos del consorcio de la Senso/Red albergaba a casi más de

tres mil empleados. Cinco minutos después de medianoche, cuando el mensaje de los Modernos

finalizaba con un blanco fulgor en las pantallas, la Pirámide de la Senso/Red emitió un alarido.

Media docena de aerodeslizadores del departamento táctico de la policía de Nueva York,

respondiendo a la posibilidad de Azul Nueve en el sistema de ventilación del edificio, convergían

hacia la Pirámide de la Senso/Red, desplegando toda una batería de reflectores antimotín. Un

helicóptero del grupo de acción rápida del EMBA partió desde Riker.

Case disparó su segundo programa. Un virus cuidadosamente preparado atacó la trama codificada

que vigilaba las órdenes de custodia del segundo subsuelo, donde se guardaba el material de

investigación de la Senso/Red. -Boston. -La voz de Molly.- Estoy abajo. -Case cambió la conexión y

vio la pared ciega del ascensor. Ella estaba desabrochándose los pantalones blancos. Un abultado

paquete de color idéntico al de su pálido tobillo estaba sujeto allí con cinta de microporos. Se

arrodilló y despegó la cinta. Unas manchas de esmalte rojo salpicaron el policarbono mimético

cuando desplegó el traje de Moderno. Se quitó el impermeable rosado, lo arrojó junto a los

pantalones blancos y comenzó a ponerse el traje por encima de la camiseta de malla blanca.

12:06:26.

El virus de Case había abierto una ventana en el hielo de órdenes del archivo. Tecleó y se

encontró con un infinito espacio azul en el que había esferas de colores codificados, sobre una

apretada retícula de neón azul claro.

En el no-espacio de la matriz, el interior de una determinada estructura de información tenía una

dimensión subjetiva ilimitada; una calculadora de juguete, operada mediante los Sendai de Case,

habría presentado ilimitadas lagunas de vacío mediante unas pocas órdenes básicas. Case

comenzó a teclear la secuencia que el finlandés había comprado a un sarariman de grado medio con

graves problemas de adicción. Empezó a planear por las esferas como si siguiera pistas invisibles.

Aquí. Ésta.

Abriéndose paso hacia el interior de la esfera, se encontró bajo una gélida bóveda de neón azul, sin

estrellas, y lisa como vidrio helado; disparó un subprograma que provocó ciertas alteraciones en las

órdenes de protección del núcleo.

Ahora afuera. Invirtiendo fluidamente, mientras el virus rehacía la trama de la ventana.

Hecho.

En el vestíbulo de la Senso/Red, dos Panteras Modernos estaban sentados en actitud de alerta

detrás de una máquina jardinera rectangular, grabando el desorden con una cámara de vídeo.

Ambos llevaban trajes de camaleón.

-Los de Tácticas están levantando barricadas de espuma -apuntó uno de ellos, hablándole al

micrófono que tenía en la garganta-. Los Rápidos siguen tratando de que el helicóptero aterrice.

Case movió el interruptor de simestim. Y entró en la agonía de un hueso roto. Molly estaba rígida

contra la pared ciega y gris de un largo pasillo; respiraba con ronquidos entrecortados.

Instantáneamente Case regresó a la matriz; una intensísima punzada de dolor se le desvaneció en el

muslo derecho.

-¿Qué está pasando, Prole? -preguntó al enlace.

-No lo sé, Cortador. La Madre ha callado. Espera.

El programa de Case estaba rotando. Un finísimo hilo de neón rojo se extendía desde el centro de

la ventana restaurada hasta la silueta cambiante del rompehielos. No tenía tiempo para esperar.

Tomó aliento y volvió a Molly.

Molly dio un paso, intentando apoyarse en la pared del pasillo. En la buhardilla, Case gimió. El

segundo paso la llevó por encima de un brazo extendido. Una manga de uniforme, brillante de

sangre fresca. La fugaz imagen de una cachiporra de fibra de vidrio hecha trizas.

La visión de Molly parecía haberse reducido a una sola línea. Cuando dio el tercer paso, Case gritó

y se encontró de nuevo en la matriz.

-¿Prole? Boston, cariño… -La voz apretada por el dolor. Tosió. – Problemitas con los nativos. Creo

que uno de ellos me rompió la pierna.

-¿Qué necesitas ahora, Madre Gata? -La voz del enlace era indistinta, casi perdida entre la

estática.

Case hizo un esfuerzo y volvió a conectar. Molly estaba apoyada en la pared, cargando todo su

peso sobre la pierna derecha. Hurgó en el bolsillo de canguro del traje y sacó una lámina de plástico

tachonada con dermodiscos multicolores. Escogió tres y los apretó con fuerza en la muñeca

izquierda, sobre las venas. Seis mil microgramos de endorfina análoga descendieron sobre el dolor

como un martillo y lo hicieron pedazos. La espalda se le arqueó convulsivamente. Unas ondas

rosadas de calor le invadieron los muslos. Suspiró y se relajó poco a poco.

-Está bien, Prole. Ahora está bien. Pero cuando salga necesitaré un equipo médico. Dile a mi

gente. Cortador, estoy a dos minutos del blanco. ¿Puedes quedarte?

-Dile que estoy dentro y me quedo -dijo Case.

Molly comenzó a cojear por el pasillo. La única vez que miró hacia atrás, Case vio los cuerpos

retorcidos de tres vigilantes de la Senso/Red. Uno de ellos parecía no tener ojos.

-Los de Tácticas y los Rápidos han sellado la planta baja, Madre Gata. Barricadas de espuma. El

vestíbulo se está poniendo interesante.

-Muy interesante aquí abajo -dijo ella al pasar entre dos puertas de acero gris-. Ya falta poco,

Cortador.

Case regresó a la matriz y se quitó los trodos de la frente. Estaba empapado en sudor. Se secó

con una toalla, tomó un breve sorbo de agua de la botella de ciclista que había junto al Hosaka, y

consultó el plano del archivo. Un palpitante cursor rojo se arrastraba por la silueta de una puerta, a

escasos milímetros del punto verde que indicaba la ubicación de la estructura del Dixie Flatline. Se

preguntó cómo le quedaría la pierna al caminar de esa manera. Con la suficiente endorfina análoga,

sería capaz de caminar sobre muñones sangrientos. Apretó el arnés de nailon que lo sujetaba a la

silla y se volvió a poner los trodos.

Ahora era rutina: trodos, sentarse, y alternar estados.

El archivo de investigación de la Senso/Red era un espacio cerrado de almacenamiento; los

materiales almacenados allí tenían que ser físicamente retirados antes de que los llevaran a

internase. Molly cojeaba entre filas de idénticos armarios grises.

-Dile que cinco más y luego diez a la izquierda, Prole -dijo Case.

-Cinco más y diez a la izquierda, Madre Gata -dijo el enlace.

Ella dobló a la izquierda. Una bibliotecaria de rostro lívido, arrinconada entre dos armarios, con las

mejillas empapadas, los ojos en blanco. Molly la ignoró. Case se preguntó qué habrían hecho los

Modernos para provocar tal grado de terror. Sabía que tenía algo que ver con una falsa amenaza,

pero había estado demasiado atento al hielo para seguir la explicación de Molly.

-Ése es -dijo Case, pero ella ya se había detenido frente al armario donde estaba la estructura. El

diseño le recordó a Case las estanterías neoaztecas de la antesala de Julie Deane en Chiba.

-Hazlo, Cortador -dijo Molly.

Case pasó al ciberespacio y transmitió una orden que viajó por el hilo rojo a través del hielo del

archivo. Cinco sistemas de alarma estaban convencidos de que funcionaban todavía. Las tres

complicadas cerraduras se desactivaron, pero consideraron que habían permanecido cerradas. La

memoria permanente del banco central sufrió una pequeñísima alteración: la estructura había sido

retirada por orden ejecutiva un mes antes. Si un bibliotecario quisiese verificar la autorización,

encontraría los registros borrados.

La puerta se abrió sobre unas bisagras silenciosas.

-0467839 -dijo Case, y Molly sacó del anaquel una unidad negra de almacenamiento. Se parecía al

cargador de un gran rifle de asalto: tenía la superficie cubierta con adhesivos de advertencia e

índices de seguridad.

Molly cerró la puerta del armario y Case regresó a la matriz.

Extrajo la línea a través del hielo del archivo. La línea regresó en seguida al programa y activó

automáticamente una reversión completa del sistema. Las puertas de la Senso/Red se cerraron tras

él. Los subprogramas se reintrodujeron en el núcleo del rompehielos cuando él dejó atrás las

puertas donde habían sido emplazados.

-Fuera, Prole -dijo, y se derrumbó en la silla. Luego de concentrarse en la implementación de un

programa, era capaz de continuar conectado y sin embargo consciente de su propio cuerpo. Podrían

pasar días antes de que Senso/Red descubriese el robo de la estructura. La clave sería la

desviación de la transferencia de Los Ángeles, que coincidía demasiado exactamente con el

operativo de terror de los Modernos. Dudaba que los tres vigilantes con que Molly se había

encontrado en el pasillo viviesen para contarlo. Volvió a cambiar de fase.

El ascensor, con la caja de herramientas de Molly sujeta al tablero de control, permanecía donde

ella lo había dejado. El vigilante yacía aún aovillado en el suelo. Case advirtió el dermo que tenía en

el cuello por primera vez. Algo de Molly, para mantenerlo sometido. Ella pasó por encima del

vigilante y quitó la caja de herramientas antes de oprimir el botón de VESTÍBULO.

Cuando la puerta del ascensor se abrió, con un sonido sibilante, una mujer que estaba entre la

multitud se abalanzó de espaldas hacia el ascensor y golpeó de cabeza contra la pared de atrás.

Molly la ignoró, inclinándose para quitar el dermo del cuello del vigilante. Luego, de un puntapié

arrojó los pantalones blancos y el impermeable rosado fuera del ascensor; tiró también las gafas

oscuras y se arregló la capucha sobre la frente. La estructura, metida en el bolsillo canguro, le

punzaba el esternón. Salió del ascensor.

Case había presenciado el pánico anteriormente, pero nunca en un recinto cerrado.

Los empleados de la Senso/Red, después de salir en tropel de los ascensores, habían arremetido

contra la salida, sólo para encontrarse con las barricadas de espuma de los Tácticos y los rifles de

arena de los Rápidos del EMBA. Los dos grupos, convencidos de que mantenían a raya una horda

de asesinos potenciales, se ayudaban mutuamente con una eficiencia poco característica. Más allá

de los restos de las puertas principales, había cuerpos apilados en medio de las barricadas. Los

latidos huecos de las pistolas antimotín servían de fondo al ruido que hacía la muchedumbre

mientras iba y venía atropelladamente sobre el pavimento de mármol del vestíbulo. Case nunca

había escuchado un ruido semejante.

Tampoco Molly, aparentemente. -Jesús -dijo. Y vaciló. Era como un lamento in crescendo hacia un

ululante aullido de terror crudo y absoluto. El suelo del vestíbulo estaba cubierto de cadáveres, de

ropas de sangre, y de largas y pisoteadas tiras de papel amarillo.

-Vamos, hermana. Nos toca salir. -Los ojos de los Modemos miraban fijamente desde la

enloquecida agitación del policarbono; sus trajes no se adecuaban a la vorágine de formas y colores

que se movía detrás de ellos.- ¿Estás herida? Vamos, Tommy te ayudará. -Tommy le dio algo al que

hablaba: una cámara de vídeo envuelta en policarbono.

-Chicago -dijo ella-. Estoy en camino. -Y entonces comenzó a caer, no sobre el suelo de mármol,

pringado de sangre y vómito, sino a un pozo tibio como la sangre, al silencio y la oscuridad.

El líder de los Panteras Modernos, quien se presentó como Lupus Yonderboy, llevaba un traje de

policarbono con un dispositivo de grabación que le permitía reproducir sonidos de fondo a voluntad.

Posado sobre la mesa de trabajo de Case, como una especie de gárgola de arte de vanguardia,

miraba a Case y a Armitage con ojos entornados. Sonreía. Tenía el pelo rosado. Una selva

multicolor de microsofts se erizaba detrás de su oreja izquierda, que era puntiaguda y estaba

coronada por más pelos rosados. Le habían modificado las pupilas para que captaran la luz como

las de un gato. Case le miró el traje, sobre el que se movían colores y texturas.

-No supisteis controlar la situación -dijo Armitage. Estaba de pie como una estatua, en medio de la

buhardilla, envuelto en los oscuros y brillantes pliegues de una gabardina ‘de aspecto costoso.

-El caos, señor Alguien -dijo Lupus Yonderboy-, es nuestro estilo y nuestro modo. Nuestro plato

fuerte. Ella lo sabe. Es ella con quien tratamos. No con usted, señor Quién. -En su traje se había

formado ahora un extraño diseño angular de tonos crema y pálido verde aguacate. Necesitaba un

equipo médico. Ella está ahí. Nos ocuparemos. Todo está bien. -Volvió a sonreír.

-Páguele -dijo Case.

Armitage lo miró con enfado. -No tenemos dinero.

-Ella sí tiene -dijo Yonderboy.

-Páguele.

Armitage cruzó la habitación en silencio hasta la mesa y sacó tres gruesos fajos de nuevos yens de

los bolsillos de su gabardina. -¿Quiere contarlo? -preguntó a Yonderboy.

-No -dijo el Pantera Moderno-. Usted pagará. Usted es un señor Alguien. Usted paga por seguir

siéndolo. No un señor Quién.

-Espero que no se trate de una amenaza -le dijo Armitage.

-Se trata de un negocio -dijo Yonderboy, metiendo el dinero en el bolsillo delantero del traje.

Sonó el teléfono. Case contestó.

-Molly -le dijo a Armitage, pasándole el auricular.

Las formas geodésicas del Ensanche se aclaraban al gris del alba cuando Case salió del edificio.

Sentía las extremidades frías e inconexas. No podía dormir. Estaba hastiado de la buhardilla.

Lupus se había marchado, luego Armitage, y a Molly la estaban operando en algún sitio. El suelo

vibró bajo sus pies cuando un tren pasó sibilante. A lo lejos se oía un ulular de sirenas.

Dobló esquinas al azar; llevaba el cuello levantado, e iba encogido en una chaqueta nueva de

cuero. Arrojó a la alcantarilla el primero de una cadena de Yeheyuan luego de haber encendido el

siguiente. Intentó imaginar los saquitos de toxina de Armitage disolviéndosela en el torrente

sanguíneo, las microscópicas membranas adelgazándose cada vez más a medida que caminaba.

No parecía real. Tampoco lo parecían la agonía y el temor que había visto a través de los ojos de

Molly en el vestíbulo de la Senso/Red. Se encontró intentando recordar los rostros de los tres que

había matado en Chiba. Los dos hombres eran lagunas; la mujer le recordaba a Linda Lee. Un

castigado camión de tres ruedas con ventanas de espejos pasó a saltos junto a él; cilindros de

plástico vacíos rebotaban en la caja.

-Case.

Se sobresaltó haciéndose a un lado, buscando instintivamente una pared.

-Un mensaje para ti, Case. -En el traje de Lupus Yonderboy aparecían cíclicamente colores

primarios puros.- Perdón. No quise asustarte.

Case se enderezó, las manos en los bolsillos de la chaqueta. Le llevaba una cabeza al Moderno. –

Tendrías que tener más cuidado, Yonderboy.

-Éste es el mensaje, Wintermute. -Lo deletreó.

-¿Lo envías tú? -Case dio un paso adelante.

-No -dijo Yonderboy-. Te lo envían.

-¿Quién?

-Wintermute -repitió Yonderboy, moviendo la cabeza y bamboleando el copete de pelo rosado. El

traje se le puso negro mate, una sombra de carbonilla contra el viejo cemento. Ejecutó brevemente

unos extraños pasos de danza, agitando los brazos delgados y negros, y desapareció. No. Allí. Una

capucha que escondía el rosado, el traje del exacto color gris, salpicado y manchado como la acera

que pisaba. Los ojos reflejaron el rojo de un semáforo. Y luego desapareció de verdad.

Case cerró los ojos y se los frotó con dedos entumecidos, apoyado en la ruinosa pared de ladrillos.

Ninsei había sido mucho más simple.

5

EL EQUIPO MÉDICO de Molly ocupaba dos plantas de un anónimo bloque de viviendas próximo al

centro viejo de Baltimore. Era un edificio modular, como el Hotel Barato en versión gigante: cada

nicho medía cuarenta metros de largo. Case encontró a Molly cuando ésta salía de un nicho, que

ostentaba el minuciosamente elaborado logo de un tal GERALD CHIN, DENTISTA. Estaba

cojeando.

-Dice que si pateo lo que sea, se me caerá.

-Me he encontrado con uno de tus amigotes -dijo él-, un Moderno.

-¿Sí? ¿Cuál?

-Lupus Yonderboy. Tenía un mensaje. -Le pasó una servilleta de papel que decía WINTERMUTE

en pulcras y meticulosas mayúsculas escritas con rotulador rojo.- Dijo que… -Pero la mano de Molly

se alzó indicando silencio.

-Vayamos a comer cangrejo -dijo.

Después de la comida en Baltimore, habiendo Molly diseccionado su cangrejo con alarmante

facilidad, viajaron en metro a Nueva York. Case había aprendido a no hacer preguntas: sólo

provocaban la señal de silencio. Parecía que la pierna la molestaba bastante, y rara vez abría la

boca.

Una niña negra y delgada, con cuentas de madera y antiguas resistencias eléctricas apretadamente

hilvanadas en el pelo, abrió la puerta del finlandés y los condujo por el túnel de desperdicios. Case

sintió que, de algún modo, las cosas habían crecido durante su ausencia. En todo caso parecían

cambiar sutilmente: se cocían bajo la presión del tiempo; copos silenciosos e invisibles que se

asentaban para formar una charca, una cristalina esencia de tecnología desechada que florecía en

secreto en los basurales del Ensanche.

Detrás de la manta militar, el finlandés esperaba sentado a la mesa blanca.

Molly comenzó a firmar apresuradamente; sacó una hoja de papel, escribió algo en ella y se la pasó

al finlandés. El finlandés la sujetó entre los dedos pulgar e índice manteniéndola apartada del cuerpo

como si pudiese estallar. Hizo un gesto que Case no conocía, una mezcla de impaciencia y

pesarosa resignación. Se puso de pie, sacudiéndose las migas de la maltrecha chaqueta de paño.

Sobre la mesa había un frasco de arenques encurtidos junto a un desgarrado paquete plástico de

galletas y un cenicero de lata repleto de colillas de Partagás.

-Espera -dijo el finlandés, y salió de la habitación.

Molly ocupó su lugar, y con la cuchilla del dedo índice pinchó una grisácea lonja de arenque. Case

erraba por la habitación, tanteando al pasar el equipo de exploración empotrado en las columnas.

A los diez minutos el finlandés regresó presuroso, mostrando los dientes en una amplia y amarilla

sonrisa. Asintió con la cabeza, saludó a Molly mostrándole el pulgar, e hizo una seña a Case para

que lo ayudase con la puerta del panel. Mientras Case ajustaba el borde autoadhesivo, el finlandés

sacó del bolsillo una consola pequeña y plana y tecleó una complicada secuencia.

-Cariño -dijo a Molly, guardando la consola-, lo has conseguido. De verdad, lo huelo. ¿Me dirás

dónde lo con seguiste?

-Yonderboy -dijo Molly, apartando el arenque y las galletas con un movimiento de la mano-. Hice

un negocio con Larry, bajo cuerda.

-Muy listo -dijo el finlandés-. Es una IA.

-Un poco más despacio -pidió Case.

-Berna -dijo el finlandés, ignorándolo-. Berna. Tiene ciudadanía suiza limitada, según el

equivalente del Acta del 53. Fue construido para la Tessier-Ashpool S.A. La Tessier es propietaria

del modelo y también del software original.

-¿Y qué hay en Berna, eh? -Case se situó deliberadamente entre ellos.

-Wintermute es el código de reconocimiento de una IA. Tengo los números del Registro Turing.

Inteligencia artificial.

-Todo eso está muy bien -dijo Molly-, pero ¿a qué nos lleva?

-Si Yonderboy no se equivoca -dijo el finlandés-, la IA está detrás de Armitage.

-Pagué a Larry para que los Modernos husmearan un poco en tomo a Armitage -explicó Molly,

volviéndose hacia Case-. Tienen unas líneas de comunicación muy extrañas. El trato era que yo les

pagaría si me averiguaban una cosa: ¿para quién trabaja Armitage?

-¿Y tú piensas que es la IA? A ésos no se les permite ninguna autonomía. Tiene que ser la

empresa madre, la Tessle…

-Tessier-Ashpool S.A. -dijo el finlandés-. Y puedo contaros algo sobre ellos. ¿Queréis escuchar? –

Se sentó y se inclinó hacia adelante.

-El finlandés… -dijo Molly-; le encantan los cuentos.

-Éste no se lo he contado a nadie -comenzó el finlandés.

El finlandés era un traficante de bienes robados, sobre todo de software. En el transcurso de sus

negocios, entraba ocasionalmente en contacto con otros traficantes; algunos de ellos comerciaban

con los artículos más tradicionales del ramo: metales preciosos, sellos, monedas de colección,

gemas, joyas, pieles, cuadros y otros objetos de arte. La historia que relató a Case y Molly

comenzaba con la historia de otro hombre a quien llamó Smith.

También Smith era un traficante, pero en temporadas más benévolas actuaba como marchante de

arte. Fue la primera persona «que se pasó al silicón» entre los conocidos del finlandés. A Case, la

expresión le sonó anticuada. Los microsofts que Smith compraba eran programas de historia del

arte, e índices tabulados de ventas de galerías. Con una conexión de media docena de chips, el

conocimiento de Smith acerca del negocio del arte era formidable, al menos según las normas de sus

colegas. Pero Smith se había acercado al finlandés pidiéndole ayuda, un pedido fraternal, de un

hombre de negocios a otro. Quería información sobre el clan Tessier-Ashpool, dijo, y tenía que ser

obtenida de tal modo que el investigado no pudiera en ningún caso rastrear la fuente. Se podía

hacer, había opinado el finlandés, pero no si antes no le daban una explicación. -Olía -dijo el

finlandés a Case-, olía a dinero. Y Smith se mostraba muy cauteloso. Casi demasiado cauteloso.

Resultó que Smith tenía un proveedor llamado Jimmy. Jimmy era un ladrón ocasional, acababa de

pasar un año en órbita alta, y había bajado por el pozo gravitatorio trayendo algunas cosas. El objeto

más curioso que Jimmy había conseguido adquirir en el archipiélago era una cabeza, un busto

intrincadamente trabajado, de platino esmaltado y con incrustaciones de perlas de cultivo y

lapislázuli. Suspirando, Smith había dejado a un lado el microscopio de bolsillo y aconsejó a Jimmy

que fundiese el objeto. Era contemporáneo, no una antigüedad, y no tenía valor para el

coleccionista. Jimmy se echó a reír. Se trataba de una terminal de computadora, dijo. Hablaba. Y no

con voz sintetizada, sino con un hermoso arreglo de dispositivos y diminutos tubos de órgano. Fuera

quien fuese el constructor, era una pieza barroca, un objeto perverso, porque los chips de voz

sintetizada no cuestan casi nada. Era una curiosidad. Smith conectó la cabeza a la computadora y

escuchó cómo la melodiosa e inhumana voz recitaba las cifras del informe impositivo del año

anterior.

La clientela de Smith incluía a un multimillonario de Tokio cuya pasión por los robots mecánicos

rayaba en el fetichismo. Smith se encogió de hombros, mostrando a Jimmy la palma de las manos

en un gesto tan viejo como su profesión. Podía intentarlo, dijo, pero dudaba que pudiese sacar

mucho a cambio.

Cuando Jimmy se marchó, habiendo dejado la cabeza, Smith la examinó detenidamente y

descubrió ciertas marcas. Terminó por averiguar que era el resultado de una insólita colaboración

entre dos artesanos de Zurich, un experto en esmaltes de París, un joyero holandés y un diseñador

de chips de California. Averiguó también que había sido encargada por Tessier-Ashpool S.A.

Smith comenzó a tantear al coleccionista de Tokio, intuyendo que estaba en la pista de algo

notable.

Y luego recibió una visita, una visita no anunciada, de alguien que atravesó el complicado laberinto

de seguridad de Smith como si no existiese. Un hombre pequeño, japonés, de extremada cortesía,

que tenía todos los rasgos de un asesino ninja cultivado in vitro. Smith permaneció sentado, mirando

fijamente los tranquilos y marrones ojos de la muerte al otro lado de una pulida mesa de palo de rosa

de Vietnam. Con suavidad, casi excusándose, el asesino clónico explicó que era su deber encontrar

y recuperar cierta obra de arte, un mecanismo de gran hermosura, que habían robado de la casa de

su amo. Había llegado a averiguar, dijo el ninja, que tal vez Smith supiera algo de este objeto.

Smith dijo al hombre que no tenía deseos de morir y trajo la cabeza. ¿Y cuánto, preguntó el

visitante, esperaba usted obtener por la venta de este objeto? Smith mencionó una cifra muy inferior

al precio que hubiese deseado pedir. El ninja extrajo un chip de crédito y transfirió a Smith esa suma

sacándola de una cuenta numerada suiza. ¿Y quién, preguntó el hombre, le trajo esta pieza?

Smith se lo dijo. Pocos días después, Smith se enteraba de la muerte de Jimmy.

-Fue entonces cuando yo aparecí -continuó el finlandés-. Smith sabía que yo negociaba con la

gente de Memory Lane, y es allí donde uno va en busca de información discreta, que no pueda ser

rastreada. Contraté a un vaquero. Yo era el intermediario, así que me quedé con un porcentaje.

Smith era un tío ciudadoso. Acababa de pasar por una extraña experiencia de negocios y había

salido ganando, pero había algo que no cuadraba. ¿Quién había sacado el dinero de la cuenta

suiza? ¿Yakuza? No podía ser. Ellos tienen un código muy rígido para cubrir este tipo de

situaciones, y además matan siempre al beneficiario. ¿Sería un asunto fantasma? A Smith no le

parecía. Los negocios fantasmas tienen una vibración especial; llega un momento en que no pueden

pasar inadvertidos. Bueno, hice que mi vaquero fisgonease en los cementerios de noticias hasta que

encontrarnos a la Tessier-Ashpool en litigio. El caso no era lo que importaba, pero descubrimos

quiénes eran los abogados. Luego rastreó el hielo de los abogados y obtuvimos la dirección de la

familia. Vaya información…

Case alzó las cejas.

-Freeside -dijo el finlandés-. El huso. Resulta que son dueños de prácticamente todo. Lo

interesante fue lo que supimos cuando el vaquero buscó información en los cementerios de noticias y

preparó un resumen. Organización familiar. Estructura empresarial. Se supone que una sociedad

anónima tiene acciones en venta, pero desde hace más de cien años no se ha vendido una sola

acción de Tessier-Ashpool en el mercado libre. En ninguna bolsa, que yo sepa. Estamos hablando

de una familia de órbita alta de primera generación, muy excéntrica, muy discreta, que se maneja

como una sociedad corporativa. Mucho dinero, muy recelosa de la prensa. Mucho clonaje. La ley

orbital es mucho más tolerante con la ingeniería genética, ya lo sabéis. Y es difícil llegar a saber cuál

generación o combinación de generaciones está en el poder en un momento determinado.

-¿Cómo es eso? -preguntó Molly.

-Tienen su propio equipo criogénico. Incluso bajo la ley orbital uno está legalmente muerto

mientras dure la congelación. Parece que se turnan, aunque hace unos treinta años que no se sabe

nada del fundador. En cuanto a su esposa, murió en un accidente de laboratorio…

-Bueno, ¿y qué pasó con tu traficante?

-Nada. -El finlandés frunció el ceño.- Abandonó. Echamos un vistazo a la increíble maraña de

apoderados que tienen los de T-A, y eso fue todo. Jimmy tuvo que haber entrado en Straylight; robó

la cabeza, y la Tessier-Ashpool envió al ninja tras él. Smith decidió olvidarlo todo. Quizás fue listo. –

Miró a Molly.- La Villa Straylight. La punta del huso. Estrictamente privada.

-¿Crees que son los dueños del ninja, finlandés? -preguntó Molly.

-Así lo creía Smith.

-Claro -dijo ella-. ¿Y qué le habrá pasado al ninjita?

-Tal vez lo guardaron en hielo. Descongelar antes de usarlo.

-Bien -dijo Case-, sabemos que Armitage recibe la mercancía de una IA llamada Wintermute. ¿Qué

ganamos con eso?

-Nada, todavía -dijo Molly-. Pero ahora tienes un trabajito. -Sacó del bolsillo una hoja de papel

doblada y se la dio. Case la desplegó. Coordenadas de reticulado y códigos de entrada.

-¿De quién se trata?

-De Armitage. Una base de datos. Se la compré a los Modernos. Un negocio aparte. ¿Dónde

está?

-En Londres -dijo Case.

-Métete. -Se echó a reír.- Gánate el pan, para variar.

Case estaba esperando un trans-EMBA local en el concurrido andén. Hacía horas que Molly había

regresado a la buhardilla; llevaba la estructura del Flatline en el bolso verde, y desde entonces Case

había estado bebiendo sin interrupción.

Trastornaba pensar en el Flatline como una estructura: una cassette de circuitos ROM que

reproducía las habilidades, obsesiones y reflejos de un muerto… El trans-EMBA llegó con un

estruendo sobre la negra cinta de inducción, y un polvo de hollín se filtró por las grietas del techo del

túnel. Arrastrando los pasos, Case fue hasta la puerta más cercana, y ya a bordo del tren, observó a

los demás pasajeros. Dos miembros de la Iglesia de la Ciencia Cristiana, de aspecto predatorio, se

acercaban a un trío de jóvenes técnicas administrativas que llevaban en las muñecas unas

idealizadas vaginas holográficas; un color rosado húmedo que brillaba bajo la cruda iluminación. Las

técnicas se mordían nerviosas los labios y observaban a los de la Ciencia Cristiana con ojos

metálicos y entornados. Parecían animales altos y exóticos de la sabana, meciéndose gráciles e

inconscientes, siguiendo el vaivén del tren, los tacones altos como cascos lustrosos sobre el metal

gris del suelo del vagón. Antes de que pudiesen salir en estampida, alejándose de los misioneros, el

tren llegó a la estación de Case.

Case bajó y vio un cigarro holográfico blanco suspendido junto a la pared de la estación; debajo la

palabra FREESIDE pulsaba en retorcidas letras mayúsculas que querían parecer caracteres

japoneses. Caminó entre la multitud y se detuvo bajo el holograma, estudiándolo. ¿POR QUÉ

ESPERAR?, latía el aviso. Un huso blanco y romo, con rebordes e incrustaciones: reticulados

radiadores, muelles, cúpulas. Había visto el anuncio, y otros semejantes, miles de veces. Nunca le

había llamado la atención. La consola podía ponerlo en contacto con los bancos Freeside tan

fácilmente como cuando entraba en Atlanta. Viajar era una cuestión carnal. Pero esta vez advirtió el

pequeño signo, del tamaño de una moneda, en la esquina inferior izquierda de la trama luminosa del

aviso: T-A.

Regresó a la buhardilla, recordando a Flatline. Cuando tenía diecinueve años, había pasado parte

del verano en el Gentleman Loser, bebiendo sin prisas la cerveza más cara y observando a los

vaqueros. Nunca había tocado una consola, pero sabía lo que quería. Había entonces otros veinte

esperanzados rondando el Loser, aquel verano, cada uno decidido a trabajar como asistente de un

vaquero. No había otra forma de aprender.

Todos habían oído hablar de Pauley, el jinete de los suburbios de Atlanta, que había sobrevivido a

la muerte cerebral detrás del hielo negro. El rumor -débil, callejero, y el único que se oía- decía sólo

que Pauley había logrado lo imposible. -Fue algo grande -le dijo a Case otro aspirante a cambio de

una cerveza-, pero ¿quién sabe qué? Me dicen que quizás fue una red de nóminas brasileña. De

todas formas, el tío estaba muerto, muerte cerebral completa. -Case miró en el otro extremo del bar a

un fornido hombre en mangas de camisa; tenía algo de plomizo en el color de la piel.

-Muchacho -le diría el Flatline, meses después, en Miami-, yo soy como uno de esos jodidos

lagartijones, ¿sabes? Esos que tenían dos malditos cerebros, uno en la cabeza y otro en la cola

para mover las patas de atrás. Podías pegarles, darles justo en la cabeza negra, pero el viejo

cerebro trasero seguía funcionando.

La elite de vaqueros del Loser evitaba a Pauley a causa de alguna extraña ansiedad grupal, casi

una superstición. McCoy Pauley, el lázaro del ciberespacio…

Y al final fue el corazón lo que acabó con él. El corazón ruso, un excedente militar que le habían

implantado en un campo de prisioneros durante la guerra. Se había negado a cambiárselo, diciendo

que necesitaba ese latido particular para conservar el sentido del tiempo.

Case jugueteó con la hojita de papel que le había dado Molly, y subió escaleras arriba.

Molly roncaba sobre el colchón de espuma. Un escayolado transparente le subía desde la rodilla

hasta pocos centímetros de la entrepierna; bajo el rígido plástico microporoso la piel estaba

manchada de hematomas, un sombreado negro que se diluía en un repugnante amarillo. Ocho

dermos de diferente tamaño y color le corrían en una nítida línea por la muñeca izquierda. Al lado

había una unidad transdérmica Akai de finos cables rojos conectados a trodos de entrada bajo la

escayola.

Encendió el tensor que estaba junto al Hosaka. El nítido círculo de luz cayó directamente sobre la

estructura del Flatline. Metió algo de hielo, conectó la estructura, y se sentó a trabajar.

Tuvo la clara sensación de que alguien leía por encima de su hombro.

Tosió. -¿Dix? ¿McCoy? ¿Eres tú, viejo? -Sentía un nudo en la garganta.

-Oye, hermano -dijo una voz sin dirección.

-Es Case, viejo. ¿Recuerdas? -Miami, aprendiz, estudios rápidos.

-¿Qué es lo último que recuerdas antes de que te hablara, Dix?

-Nada.

-Espera. -Desconectó la estructura. La presencia había desaparecido. La conectó de nuevo.-

¿Dix? ¿Quién soy?

-Me tienes confundido. ¿Quién diablos eres?

-Ca… tu socio. Colega. ¿Qué pasa, viejo?

-Buena pregunta.

-¿Recuerdas haber estado aquí hace un segundo?

-No.

-¿Sabes cómo funciona una matriz de personalidad ROM?

-Claro, hermano, es una estructura firmware.

-Entonces, si la conecto al banco que estoy usando, ¿puedo darle una memoria secuencias, de

tiempo real?

-Supongo que sí -dijo la estructura.

-Está bien, Dix. Eres una estructura ROM. ¿Entiendes?

-Si tú lo dices… -dijo la estructura-. ¿Quién eres?

-Case.

-Miami -dijo la voz-, aprendiz, estudios rápidos.

-Bien. Y para empezar, Dix, tú y yo vamos a metemos en la retícula de Londres para pinchar un

poco de información. ¿Te apuntas?

-¿Quieres decir que puedo elegir, muchacho?

6

-LO QUE TÚ NECESITAS es un paraíso -recomendó el Flatline cuando Case le explicó la situación-

. Verifica Copenhague, los alrededores de la sección universitaria. -La voz recitaba coordenadas a

medida que Case tecleaba en la consola.

Encontraron su paraíso, un «paraíso de piratas», en el desordenado límite de una retícula

académica de baja seguridad. A primera vista parecía el tipo de graffiti que los operadores novatos

dejaban a veces en las conexiones de las redes, tenues glifos de luz coloreada que reverberaban

contra los confusos contornos de una docena de escuelas de arte.

-Allí -dijo el Flatline-, la azul. ¿La distingues? Es un código de entrada para Bell Europa. Es nueva,

además. Bell entrará pronto y leerá todo el maldito listado, cambiará todos los códigos. Los chicos

robarán los nuevos mañana.

Case tecleó la entrada a la Bell Europa y pasó a un código telefónico normal. Ayudado por Flatline,

conectó con la base de datos de Londres que, según Molly, era la de Armitage.

-Espera -dijo la voz-. Deja que lo haga yo. -El Flatline comenzó a entonar una serie de cifras que

Case iba tecleando en la consola, tratando de reproducir las pausas con que la estructura indicaba la

secuencia temporal. Tuvo que intentarlo tres veces.

-Gran cosa -dijo el Flatline-. No hay nada de hielo.

-Explora esa mierda -dijo Case al Hosaka-. Filtra la historia personal del propietario.

Los garabatos neuroelectrónicos del paraíso desaparecieron, desplazados por un rombo de luz

blanca. -Lo que hay aquí sobre todo son grabaciones de vídeo de juicios militares de la posguerra –

dijo la lejana voz del Hosaka-. La figura central es la del coronel Willis Corto.

-Muéstrala de una vez -dijo Case.

El rostro de un hombre llenó la pantalla. Los ojos eran los de Armitage.

Dos horas después, Case cayó junto a Molly sobre el colchón y dejó que la espuma se le amoldase

al cuerpo.

-¿Encontraste algo? -preguntó ella con voz pastosa por el sueño y las drogas.

-Te lo diré más tarde -dijo Case-, estoy molido. -Se sentía confundido y con dolor de cabeza.

Permaneció allí, con los ojos cerrados, e intentó ordenar las diversas partes de una historia acerca

de un hombre llamado Corto. El Hosaka había clasificado y resumido una magra compilación de

datos, pero había muchas lagunas. Parte del material eran registros impresos que pasaban

fugazmente por la pantalla, y Case había tenido que pedirle al ordenador que los leyese por él. Otros

segmentos eran grabaciones en audio de Puño Estridente.

Willis Corto, coronel, había descendido como una sonda a través de un punto ciego de las defensas

rusas que protegían Kirensk. Los módulos habían creado el agujero con bombas pulsátiles, y el

equipo de Corto penetró en los micros de las Alas Nocturnas, tensas a la luz lunar y que se

reflejaban como crestas de plata en las aguas de los ríos Angara y Podhamennaya; sería la última

luz que Corto vería en quince meses. Case intentó imaginar a los micros abriéndose como capullos

en las cápsulas de lanzamiento, muy por encima de la congelada estepa.

-Vaya si te manipularon, jefe -dijo Case. Molly se movió junto a él.

Los micros no llevaban armas; se las habían quitado para compensar el peso de un operador de

consola, un tablero prototipo y un programa viral llamado Topo IX; el primer virus verdadero de la

historia de la cibernética. Corto y su equipo habían pasado tres años preparando el programa. Ya

habían atravesado el hielo y estaban listos para inyectar el Topo IX cuando los empos dejaron de

funcionar. Las armas pulsátiles rusas dejaron a los jinetes en oscuridad electrónica, destruyeron los

sistemas de los Alas Nocturnas, y borraron los circuitos de vuelo.

Entonces, los láseres de infrarrojos detectaron los aviones de asalto, frágiles y transparentes al

radar, y Corto y el fallecido operador de consola cayeron desde el cielo siberiano. Cayeron y

cayeron…

Aquí aparecían lagunas en la historia, y Case estudió unos documentos sobre el vuelo de una nave

rusa requisada que logró llegar a Finlandia. Cuando aterrizó al alba en un bosque de cipreses, fue

destruida por un anticuado cañón de veinte milímetros, manejado por un equipo de reservistas que

estaba de guardia. Para Corto, Puño Estridente había terminado en las afueras de Helsinki, rodeado

de paramédicos finlandeses que lo sacaron del helicóptero serruchando sus retorcidas entrañas

metálicas. La guerra terminó nueve días después, y Corto fue trasladado a una instalación militar en

Utah, ciego, sin piernas y sin la mayor parte de la mandíbula. El funcionario del Congreso tardó once

meses en encontrarlo. Escuchó el gorgoteo de unos tubos de desagüe. En Washington y en

McLean, los juicios farsa ya habían comenzado. El Pentágono y la CIA estaban pasando por un

proceso de balcanización, de desmantelamiento parcial, y una investigación del Congreso se había

centrado en Puño Estridente. La cosa estaba madura para un Watergate, había dicho el funcionario

a Corto.

Necesitaría ojos, piernas y un extenso trabajo cosmético, dijo el funcionario, pero eso podía

arreglarse. Cañerías nuevas, añadió el hombre, apretando el hombro de Corto a través de la sábana

mojada de sudor.

Corto escuchó el suave e inexorable goteo. Dijo que prefería testimoniar tal como estaba.

No, explicó el funcionario, los juicios se estaban televisando. Era preciso que llegaran al elector. El

funcionario tosió cortésmente.

Reparado y reequipado, Corto recitó un testimonio minucioso, emocionante, lúcido y en gran

medida inventado por una camarilla del Congreso interesada en determinados sectores de la

infraestructura del Pentágono. Gradualmente, Corto comprendió que su testimonio había salvado las

carreras de tres oficiales que habían ocultado ciertos informes sobre la construcción de las

instalaciones empo en Kirensk.

Terminado su papel en los juicios, ya nadie lo quería en Washington. En un restaurante de la calle

M, frente a un plato de canelones de espárragos, el funcionario explicó el peligro terminal que

implicaba hablar con la gente equivocada. Corto le estrujó la laringe con los rígidos dedos de la

mano derecha. El funcionario del Congreso murió estrangulado, con el rostro hundido en los

canelones, y Corto salió al fresco septiembre de Washington.

Trepidante, el Hosaka revisó informes policiales, registros de espionaje industrial, y archivos de

noticias. Case observó a Corto mientras negociaba con posibles desertores de empresas en Lisboa y

Marrakesh. La idea de la traición parecía obsesionarle, y aborrecía a los científicos y técnicos que él

mismo sobornaba. Borracho, en Singapur, mató a golpes a un ingeniero ruso en un hotel e incendió

la habitación.

Después apareció en Tailandia como capataz en una fábrica de heroína. Luego, como reclutador

para un cartel californiano de juegos de azar, y como asesino a sueldo en las ruinas de Bonn. Había

asaltado un banco en Wichita. El historial se hacía vago, impreciso, las lagunas cada vez mayores.

Un día, dijo, en un segmento grabado que olía a interrogatorio químico, todo se había puesto gris.

Registros médicos traducidos del francés explicaban que un hombre sin identificación había sido

llevado a una clínica de salud mental en París, y que se le había diagnosticado esquizofrenia. Se

convirtió en catatónico y lo enviaron a una institución estatal en las afueras de Toulon. Fue parte de

un programa experimental que intentaba revertir la esquizofrenia mediante modelos cibernéticos.

Una selección aleatoria de pacientes fue provista de microordenadores, y, con la ayuda de

estudiantes, se estimuló a los pacientes a que los programaran. El hombre se curó, el único caso

con éxito de todo el experimento.

Hasta allí llegaba el registro.

Case se dio vuelta sobre el colchón, molestando a Molly, que lo maldijo en voz baja.

Sonó el teléfono. Lo trajo hasta la cama. -¿Sí?

-Nos vamos a Estambul -dijo Armitage-. Esta noche.

-¿Qué quiere el bastardo? -preguntó Molly.

-Dice que esta noche nos vamos a Estambul.

-Qué maravilla.

Armitáge estaba leyendo números de vuelos y horas de salida.

Molly se incorporó y encendió la luz.

-¿Y mi equipo? -preguntó Case-. Mi consola.

-El finlandés se encargará -dijo Armitage, y colgó.

Case observó a Molly mientras ella empacaba. Tenía sombras oscuras bajo los ojos, pero aun con

a escayola parecía que estuviese bailando. Ni un movimiento superfluo. La ropa de Case era una

pila desordenada junto a la otra maleta.

-¿Te duele? -le preguntó.

-No me vendría mal otra noche en lo de Chin.

-¿Tu dentista?

-Exactamente. Es muy discreto… Es dueño de la mitad del negocio, una clínica completa. Repara

samurais. -Estaba cerrando la cremallera de la maleta. – ¿Has estado alguna vez en Estambul?

-Una vez, un par de días.

-Nunca cambia -dijo ella-. Mala ciudad.

-Fue así cuando fuimos a Chiba -dijo Molly, mirando por la ventanilla del tren un devastado paisaje

industrial lunar; en el horizonte unos faros rojos advertían a los aviones que no se acercasen a una

planta de fusión-. Estábamos en Los Ángeles. Él entró y dijo: Haz las maletas; tenemos pasajes para

Macao. Cuando llegamos jugué al fantán en el Lisboa, y él fue a Zhongshan. Al día siguiente, yo

estaba jugando al fantasma contigo en Night City. -Sacó un pañuelo de seda de la manga de la

chaqueta negra y se limpió los implantes. El paisaje del norte del Ensanche despertaba en Case

confusos recuerdos de infancia, hierba seca en las grietas de cemento de la autopista.

El tren comenzó a perder velocidad diez kilómetros antes de llegar al aeropuerto. Case contempló

el amanecer sobre un paisaje de infancia, sobre la escoria y las oxidadas carcasas de las refinerías.

7

LLOVIA EN BEYOGLU, y el Mercedes alquilado pasó frente a las ventanas enrejadas y oscuras de

los precavidos joyeros griegos y armenios. La calle estaba prácticamente vacía, apenas unas

escasas figuras envueltas en abrigos oscuros, volviéndose para mirar el automóvil.

-Antaño esto era el barrio próspero del Estambul otomano, donde vivían los europeos -ronroneó el

Mercedes.

-Y ahora se ha venido abajo -dijo Case.

-El Hilton queda en la Cumhuriyet Cadessi -dijo Molly. Se arrellanó en la gamuza gris del tapizado.

-¿Cómo es que Armitage vuela solo? -preguntó Case. Tenía dolor de cabeza.

-Porque lo irritas. También me irritas a mí.

Case quería contarle la historia de Corto pero decidió no hacerlo. En el avión se había puesto un

dermo de sueño.

El camino desde el aeropuerto era absolutamente recto, como una nítida incisión que abría en dos

la ciudad. Case había visto pasar las alocadas paredes de las chabolas de madera, los bloques de

apartamentos, las arcologías, unos lúgubres proyectos de vivienda, más paredes de madera

enchapada y metal corrugado.

El finlandés, en un traje shinjuku nuevo, negro sarariman, esperaba de mal humor en el vestíbulo

del Hilton, como un náufrago en un sillón de pana en medio de un mar de alfombras de color.

-Jesús -dijo Molly-. Una rata vestida de ejecutivo.

Cruzaron el vestíbulo.

-¿Cuánto te pagan por venir aquí, finlandés? -Molly dejó la maleta junto al sillón. – Apuesto a que no

tanto como lo que te pagan por ponerte ese traje, ¿eh?

El finlandés retrajo el labio superior. -No lo suficiente, bombón. -Le dio una llave magnética con una

etiqueta amarilla y redonda.- Ya estás registrada. El macho espera arriba. -Miró alrededor.- Esta

ciudad es una auténtica mierda.

-Como te pongas agorafóbico te sacarán a patadas. Hazte a la idea de que estás en Brooklyn o

algo. -Dio vueltas a la llave alrededor de un dedo.- ¿Estás aquí de valet o qué?

-Tengo que chequearle los implantes a un tipo -dijo el finlandés.

-¿Qué pasa con mi consola? -preguntó Case.

El finlandés hizo una mueca. -Observa el protocolo. Pregúntale al jefe.

Los dedos de Molly se movieron bailando a la sombra de la chaqueta. El finlandés miró y asintió.

-Sí -dijo ella-. Sé quién es. -Señaló con la cabeza hacia los ascensores.- Vamos, vaquero. -Case la

siguió cargando las dos maletas.

La habitación bien podría haber sido la misma de Chiba donde conociera a Armitage. Se acercó a

la ventana, casi esperando ver la bahía de Tokio. Al otro lado de la calle había otro hotel. Era una

mañana lluviosa. Algunos escribientes se habían refugiado en los portales, con los viejos grabadores

envueltos en plástico transparente, prueba de que la palabra escrita aún tenía allí cierto prestigio.

Era un país lento. Miró un sedán Citroën de color negro mate, una primitiva célula de conversión de

hidrógeno, mientras regurgitaba a cinco oficiales turcos de aspecto hosco que vestían arrugados

uniformes verdes. Entraron en el hotel de enfrente.

Volvió la vista hacia la cama, hacia Molly, y su palidez lo impresionó. Había dejado la escayola de

microporos en la cama de la buhardilla junto al inductor transdérmico. Los lentes reflejaban parte del

aparato de iluminación del cuarto.

Tomó el teléfono antes de que sonara por segunda vez. -Me alegra que ya estéis despiertos -dijo

Armitage.

-Yo acabo de levantarme. La señora sigue dormida. Oiga, jefe, me parece que es hora de que

charlemos un poco. Creo que trabajaría mejor si supiera algo más de lo que estoy haciendo.

Silencio en la línea, Case se mordió los labios.

-Sabes todo lo que necesitas saber. Tal vez más.

-¿Le parece?

-Vístete, Case. Despiértala. Tendréis una visita dentro de quince minutos. Se llama Terzibashjian.

-El teléfono baló suavemente. Armitage ya no estaba.

-Despiértate, nena -dijo Case-. Negocios.

-Hace una hora que estoy despierta. -Los espejos giraron.

-Está por llegar un tal Yersebastián.

-Tienes talento para los idiomas, Case. Apuesto a que eres de sangre armenia. Es el hombre que

Armitage contrató para vigilar a Riviera. Ayúdame a levantarme.

Terzibashjian resultó ser un joven vestido con un traje gris y gafas esperadas de montura de oro.

Llevaba una camisa blanca abierta al cuello; dejaba ver un colchón de pelo negro tan denso que al

principio Case creyó que se trataba de una camiseta. Llegó con una bandeja negra del Hilton con

tres pequeñas y aromáticas tazas de café y tres dulces orientales, pegajosos y de color pajizo.

-Debemos, como decís en vuestro idioma, tomarlo con mucha calma. -Parecía mirar a Molly con

insistencia, pero terminó por quitarse las gafas plateadas. Los ojos eran de color castaño oscuro, lo

mismo que el pelo de severo corte militar. Sonrió.- Mejor es así, ¿sí? Si no, nos quedamos en el

túnel infinito, espejo contra espejo… Sobre todo tú -le dijo a ella-, ten cuidado. En Turquía se ve con

malos ojos a las mujeres que lucen esas modificaciones.

Molly arrancó de un mordisco medio pastel.

-Es mi show, Jack -dijo con la boca llena. Masticó, tragó y se relamió-. He oído hablar de ti.

Soplón de los militares, ¿verdad? -Metió perezosamente la mano en la chaqueta y sacó la pistola de

dardos. Case no sabía que la tuviera.

-Con calma, por favor -dijo Terzibashjian, el dedal de porcelana blanca congelado a escasos

centímetros de sus labios.

Molly extendió el arma. -Quizá te toquen los explosivos, muchos de ellos, o quizás te toque un

cáncer. Un dardo especial, cara de culo. Pasarán meses antes de que lo sientas.

-Por favor. A esto vosotros lo llamáis apretarme las tuercas.

-Yo lo llamo una mala mañana. Ahora cuéntanos acerca de tu hombre y sal de aquí. -Volvió a

guardar la pistola.

-Está viviendo en Fener, en el 14 de la Küchük Gülhane Djaddesi. Tengo su ruta de túnel; todas las

noches hasta el bazar. Actúa más recientemente en el Yenishehir Palas Oteli, un sitio moderno y de

estilo turistik, pero se las ha arreglado para que la policía muestre un cierto interés por el

espectáculo. La administración del Yenishehir se ha puesto nerviosa. -Sonrió. Olía a alguna colonia

metálica.

-Quiero saber acerca de los implantes -dijo ella, masajeándose el muslo-. Quiero saber

exactamente qué es capaz de hacer.

Terzibashjian asintió con la cabeza. -Lo peor es, como se dice en vuestro idioma, lo subliminal. –

Pronunció con cuidado cada una de las cuatro sílabas.

-A nuestra izquierda -dijo el Mercedes cuando se internaba en un laberinto de calles lluviosas- está

el Kapali Carsi, el Gran Bazar.

Sentado junto a Case, el finlandés emitió un gruñido de aprobación, pero estaba mirando en la

dirección equivocada. El lado derecho de la calle estaba bordeado de depósitos de chatarra. Case

vio una locomotora desechada encima de unos pedazos de mármol veteado y manchado de

herrumbre. Había también estatuas de mármol descabezadas, apiladas como leños.

-¿Tienes nostalgia? -preguntó Case.

-Esto es una mierda -dijo el finlandés. Su corbata de seda negra empezaba a parecerse a una

gastada cinta de máquina de escribir. Tenía manchas de salsa de kebab y huevo frito en las solapas

del traje nuevo.

-Eh, Yerse -dijo Case al armenio, que estaba sentado detrás de ellos-. ¿Dónde fue que este tipo se

hizo instalar el chisme?

-En Chiba City. No tiene pulmón izquierdo. El otro se lo han reforzado, ¿se dice así? Cualquiera

puede comprar esos implantes, pero éste es más ingenioso. -El Mercedes hizo una maniobra abrupta

al esquivar un carro de ruedas neumáticas cargado de cuero.- Lo he seguido en la calle y en un solo

día he visto una docena de bicicletas caer cerca de él. Encuentras al ciclista en el hospital, siempre

es la misma historia. Un escorpión en la palanca del freno…

-«Lo que ves es lo que obtienes», claro -dijo el finlandés-. He visto el esquema del silicio del tipo.

Muy ostentoso. Como él se lo imagina, ¿entiendes? Supongo que podría reducirlo a una pulsación y

quemar una retina fácilmente.

-¿Se lo habéis contado a vuestra amiga? -Terzibashjian se inclinó hacia adelante entre las butacas

de ultragamuza.- En Turquía las mujeres siguen siendo mujeres…

El finlandés bufó. -Ella te pondría las bolas de corbata si la mirases bizqueando.

-No entiendo esa expresión.

-No importa -dijo Case-. Significa cierra el pico.

El armenio volvió a acomodarse, dejando un metálico relente de colonia. Se puso a susurrar algo a

un trans/receptor Sanyo en una extraña ensalada de griego, francés, turco y fragmentos aislados de

inglés. El trans/receptor respondió en francés. El Mercedes dobló con suavidad en una esquina. -El

bazar de las especias, a veces llamado el bazar egipcio -dijo el automóvil-, fue edificado sobre el

emplazamiento de un bazar anterior construido por el sultán Hatice en 1660. Es el mercado principal

de la ciudad para todo lo que sea especias, software, perfumes, drogas…

-Drogas -dijo Case, mirando el ir y venir de los limpiaparabrisas sobre el Lexan a prueba de balas-.

¿Qué fue lo que dijiste antes, Yersi, de que Riviera estaba enganchado?

-Sí, una mezcla de cocaína y meperidina. -El armenio volvió a su conversación con el Sanyo.

-Demerol, lo llamaban antes -dijo el finlandés-. Un maestro del pico. Con bonitos elementos te

estás mezclando, Case.

-No importa -dijo Case subiéndose el cuello de la chaqueta-. Ya le conseguiremos un páncreas

nuevo o algo al pobre diablo.

El humor del finlandés mejoró sensiblemente en cuanto entraron en el bazar, como si la densidad

de la muchedumbre y la sensación de encierro lo reconfortaran. Caminaron junto al armenio a lo

largo de un pasaje ancho, bajo láminas plásticas manchadas de hollín y una reja de hierro pintada de

verde de la edad del vapor. Mil anuncios colgaban en el aire, retorciéndose y destellando.

-Jesús -dijo el finlandés, y apretó el brazo de Case-. Mira eso. -Señaló. – Es un caballo, hermano.

¿Has visto alguna vez un caballo?

Case miró el animal embalsamado y sacudió la cabeza.

Estaba expuesto sobre una especie de pedestal, cerca de la entrada de una tienda donde se

vendían aves y monos. Décadas de manoseo habían ennegrecido y pulido las patas del animal. –

Una vez vi uno en Maryland -dijo el finlandés-, y ya habían pasado tres años largos de la pandemia.

Hay árabes que siguen tratando de recodificarlos a partir del ADN, pero siempre se les mueren.

Los castaños ojos de vidrio del animal parecían seguirlos mientras pasaban. Terzibashjian los

condujo a un café cerca del corazón del mercado, una habitación de techo bajo que parecía estar allí

desde hacía siglos. Escuálidos muchachos en manchadas chaquetas blancas se abrían paso entre

las mesas abarrotadas, haciendo equilibrios con bandejas de metal cargadas de botellas de Turk-

Tuborg y pequeños vasos de té.

Case compró un paquete de Yeheyuans a un vendedor ambulante que estaba junto a la puerta. El

armenio seguía susurrándole al Sanyo. -Adelante -dijo-. Se está marchando. Cada noche va por el

túnel hasta el bazar, para comprarle la mezcla a Alí. Vuestra mujer está cerca. Adelante.

El callejón era un sitio antiguo, demasiado antiguo; las paredes eran bloques de piedra oscura. El

pavimento irregular olía a un siglo de goteras de gasolina absorbida por piedra caliza. -No veo un

carajo -susurró Case.

-Eso al bombón le conviene -dijo el finlandés.

-Silencio -dijo Terzibashjian, demasiado alto.

Un chirriar de madera sobre piedra o cemento. Diez metros más allá, una cuña de luz amarilla cayó

sobre adoquines mojados, y se ensanchó. Una figura apareció un momento y la puerta volvió a

cerrarse, dejando el estrecho lugar a oscuras. Case se estremeció.

-Ahora -dijo Terzibashjian, y un haz brillante de luz blanca, emitido desde la azotea del edificio

frente al mercado, dibujó un círculo perfecto en tomo a la delgada figura, junto a la centenaria puerta

de madera. Ojos luminosos miraron a derecha e izquierda, y el hombre se desplomó. Case creyó

que le habían disparado; yacía boca abajo, el pelo rubio sobre la piedra antigua, las manos yertas,

blancas y patéticas.

El foco no se movía.

La espalda de la chaqueta del hombre abatido se hinchó y estalló, salpicando de sangre las

paredes y el portal. Unos brazos de longitud inverosímil, de color rosado grisáceo y de tendones

como cuerdas se doblaron en el resplandor. Pareció que la forma salía del pavimento, a través de la

ruina inerte y sanguinolento que había sido Riviera. Medía dos metros, se apoyaba en dos piernas, y

parecía no tener cabeza. Giró lentamente para encararlos, y Case vio que tenía cabeza pero no

cuello. No tenía ojos; la piel resplandecía con un húmedo color rosado intestinal. La boca, si podía

llamársela una boca, era circular, cónica, breve, y bordeada de un enmarañado cultivo de pelos o

cerdas que brillaban como cromo negro. Apartó de un puntapié los restos de tripa y carne y dio un

paso; la boca se movía como un radar que estuviese rastreándolos.

Terzibashjian dijo algo en griego o turco y arremetió contra la criatura, los brazos abiertos como si

fuera a arrojarse por una ventana. La atravesó. Fue a dar contra el cañón de una pistola que

destelló en la oscuridad, más allá del círculo de luz. Fragmentos de roca zumbaron junto a la cabeza

de Case; el finlandés lo echó a tierra de un empujón.

La luz de la terraza desapareció, Case vio imágenes inconexas del destello del arma, el monstruo y

la luz blanca. Le zumbaban los oídos.

Entonces la luz volvió, ahora en movimiento, buscando en las sombras. Terzibashjian estaba

apoyado en una puerta de acero, el rostro lívido. Se sostenía la muñeca izquierda y contemplaba las

gotas de sangre que le caían de la mano izquierda. El hombre rubio, entero otra vez, limpio de

sangre, yacía a sus pies.

Molly salió de entre las sombras, toda de negro, empuñando la pistola.

-Usa la radio -dijo el armenio entre dientes-. llama a Mahmut. Tenemos que sacarlo de aquí. Éste

no es un buen lugar.

-Casi lo consigue el imbécil -dijo el finlandés, limpiándose sin éxito los pantalones. Las rótulas le

crujieron al incorporarse-. Estabas mirando el espectáculo de horror, ¿verdad? No la hamburguesa

que quitaron de en medio. Una monada. Bueno, ayúdales a sacarlo de aquí. Tengo que revisar

todo ese equipo antes de que despierte, asegurarme de que el dinero de Armitage esté bien

invertido.

Molly se inclinó y recogió algo. Una pistola. -Una Nambu -dijo-. Bonita arma.

Terzibashjian gimió. Case vio que le faltaba casi todo el dedo medio.

La ciudad estaba empapada en azul prealba. Molly le dijo al Mercedes que los llevase a Topkapi.

El finlandés y un turco gigantesco llamado Mahmut habían sacado a Riviera del callejón. Minutos

después un Citroën polvoriento había llegado para llevarse al armenio, que parecía al borde del

desmayo.

-Eres un idiota -le dijo Molly al abrirle la puerta del coche-. Tendrías que haber esperado. Estuve

apuntándole desde el momento en que salió. -Terzibashjian la miró con resentimiento. – Así que

contigo ya no tenemos nada que ver. -Lo empujó hacia adentro y cerró de un portazo.- Como vuelva

a tropezar contigo te mato -dijo al rostro lívido que la miraba detrás de la ventanilla de color. El

Citroën salió del callejón trabajosamente y dobló con torpeza al llegar a la calle.

Ahora el Mercedes susurraba por Estambul mientras la ciudad despertaba. Pasaron frente a la

terminal del túnel de Beyoglu y dejaron atrás laberintos de desiertas calles laterales, deteriorados

edificios de apartamentos que a Case le recordaron vagamente a París.

-¿Qué es esto? -preguntó a Molly cuando el Mercedes se detuvo junto a los jardines del Seraglio.

Observó inexpresivamente la barroca aglomeración de estilos que era Topkapi.

-Era una especie de burdel privado del rey -dijo Molly, estirándose al salir-. Aquí tenía un montón

de mujeres. Ahora es un museo. Una cosa parecida al negocio del finlandés, todo mezclado a lo

loco, diamantes grandes, espadas, la mano izquierda del Bautista…

-¿En una cubeta de conservación?

-Qué va. Muerta. La tienen en un chisme de bronce con una tapita al costado. Así los cristianos

podían besarla para que les diera buena suerte. Se la robaron a los cristianos hace como un millón

de años, y nunca le quitan el polvo porque es una reliquia infiel.

Ciervos de hierro negro se herrunbraban en los jardines del Seraglio. Case caminaba junto a ella

mirándole las puntas de las botas, que aplastaban el césped descuidado y endurecido por una

helada temprana. Caminaban por un sendero de baldosas octogonales y frías. El invierno acechaba

en algún lugar de los Balcanes.

-Ese Terzi es una mierda de primera -dijo Case-. Policía secreta. Torturador. Fácil de sobornar,

también, con la clase de dinero que Armitage ofrecía. -En los mojados árboles de alrededor, los

pájaros empezaron a cantar.

-Hice el trabajo que me pediste -dijo Case-, el de Londres. Saqué algo, pero no sé qué significa. –

Le contó la historia de Corto.

-Bueno, yo sabía que no había nadie con el nombre de Armitage en ese Puño Estridente. Lo

verifiqué. -Acarició las ancas herrumbradas de una cierva de hierro.- ¿Crees que el pequeño

ordenador lo sacó del lío? ¿En ese hospital francés?

-Creo que fue Wintermute -dijo Case.

Ella asintió.

-El hecho es que… -dijo Case-, ¿crees que él sabe que antes era Corto? Quiero decir: cuando llegó

al hospital ya no era nadie. Entonces, tal vez Wintermute simplemente…

-Sí. Lo construyó de la nada. Sí… -Molly se volvió y siguieron caminando.- Cuadra. Sabes, el

hombre no tiene vida privada. No que yo sepa. Ves un tipo así y crees que hará algo cuando está

solo. Pero no Armitage. Se sienta a mirar la pared. Luego algo se activa y se pone a funcionar a

toda máquina al servicio de Wintermute.

-Entonces ¿por qué tiene ese depósito en Londres? ¿Nostalgia?

-Quizá no sabe que lo tiene -dijo ella-. Quizá sólo está a su nombre, ¿no?

-No entiendo -dijo Case.

-Pensaba en voz alta… ¿Cómo de listo es un IA, Case?

-Depende. Algimos no son más listos que un perro. Mascotas. De todos modos, cuestan una

fortuna. Los más listos son tan listos como los de Turing quieran que sean.

-Oye, tú eres un vaquero. ¿Cómo es que no estás totalmente fascinado por esas cosas?

-Bueno -dijo él-, para empezar, son escasos. La mayoría pertenece a los militares, los más listos, y

no podemos romper el hielo. Es de ahí que viene todo el hielo, ¿sabes? Y luego están los polis de

Turing, gente difícil. -La miró.- No sé… es que no son parte del juego.

-Los jinetes, todos iguales –dijo ella-.No tienen imaginación.

Llegaron a un ancho estanque rectangular donde unas carpas picaban los tallos de unas flores

blancas. Molly pateó un pedrusco hacia el agua y observó cómo las ondas se extendían.

-Eso es Wintermute -comentó-. Un negocio realmente grande, parece. Estamos en el punto donde

las ondas son demasiado anchas; no podemos ver la piedra que golpeó el centro. Sabemos que allá

hay algo, pero no sabemos por qué. Quiero saber por qué. Quiero que vayas y hables con

Wintermute.

-No podría acercarme -dijo Case-. Estás soñando.

-Inténtalo.

-No se puede.

-Pregúntale al Flatline.

-¿Qué es lo que queremos sacarle a ese Riviera? -preguntó él, con la esperanza de cambiar de

tema.

Molly escupió en el estanque. -Dios sabrá. Preferiría matarlo a mirarlo. He visto su perfil. Es una

especie de Judas compulsivo. No puede gozar sexualmente a menos que sepa que está

traicionando el objeto deseado. Eso es lo que dice el informe. Y primero tienen que amarlo. Tal vez

él también los ame. Por eso a Terzi le fue fácil tenderle una emboscada, porque hace tres años que

está aquí comprando políticos para la policía secreta. Probablemente Terzi le dejaba mirar cuando

salían convertidos en ganado. En tres años se ha encargado de dieciocho. Todas ellas mujeres de

entre veinte y veinticinco. Eso mantuvo a Terzi provisto de disidentes. -Metió las manos en los

bolsillos de la chaqueta. – Porque si encontraba a una que de veras quisiera, se aseguraba de que se

convirtiese en una militante política. Tiene la personalidad como el traje de un Moderno. El perfil dijo

que era un tipo muy escaso, uno entre dos millones. Lo que de cualquier forma habla bien de la

naturaleza humana, supongo. -Miró fijamente las flores blancas y los lerdos peces con expresión

amargada. – Creo que tendré que comprarme algún tipo de seguro especial sobre ese Peter. -Luego

se volvió y sonrió, y hacía mucho frío.

-¿Qué significa eso?

-No importa. Volvamos a Beyoglu y encontremos algo que se parezca a un desayuno. Esta noche

también la tengo muy ocupada. Tengo que recoger sus cosas del apartamento en Fener, tengo que

volver al bazar y comprarle unas drogas…

-¿Comprarle drogas? ¿Qué nivel tiene?

Molly rió. -No está muriéndose de ganas, cariño. Pero parece que no puede trabajar sin ese sabor

especial. De todos modos, me gustas más ahora, no estás tan flaco. -Sonrió. – Así que iré a ver a Alí

y traeré provisiones. Puedes estar seguro.

Armitage estaba esperando en la habitación del Hilton.

-Hora de hacer las maletas -dijo, y Case intentó descubrir al hombre llamado Corto tras los ojos

azul claro y la máscara bronceada. Pensó en Wage, allá en Chiba. Sabía que por encima de cierto

nivel, los operadores tendían a anular la personalidad. Pero Wage había tenido vicios, amantes.

Incluso, se había dicho, hijos. El vacío que encontraba en Armitage era algo diferente.

-¿Ahora adónde? -preguntó, pasando junto al hombre para asomarse a la ventana, y mirar la calle-.

¿Qué tipo de clima?

-No tienen clima, sólo fenómenos climáticos -dijo Armitage-. Toma. Lee el folleto. -Dejó algo sobre

la mesa baja y se puso de pie.

-¿Riviera pudo salir sin problemas? ¿Dónde está el finlandés?

-Riviera está bien. El finlandés, en viaje de vuelta. -Armitage sonrió, una sonrisa que significaba

tanto como una sacudida en la antena de algún insecto. El brazalete de oro tintineó cuando estiró el

brazo para golpear débilmente et pecho de Case. – Y no te pases de listo. Esos saquitos están

empezando a gastarse, pero tú no sabes cuánto.

Case mostró una cara de piedra y se obligó a asentir.

Cuando Armitage se fue, recogió uno de los folletos. Era de impresión costosa en francés, inglés y

turco.

FREESIDE… ¿POR QUÉ ESPERAR?

Los cuatro tenían reservas en un vuelo de la THY que salía del aeropuerto de Yesilkóy. En París

tomarían el transbordador de la JAL. Sentado en el vestíbulo del Estambul Hilton, Case miró a

Riviera, que examinaba unas imitaciones de fragmentos bizantinos en las vitrinas de la tienda de

regalos. Armitage, con la gabardina terciada sobre los hombros a modo de capa, estaba de pie a la

entrada de la tienda.

Riviera era delgado, rubio, de voz suave, pronunciación impecable y dicción fluida. Molly había

dicho que tenía treinta años, pero era difícil adivinarle la edad. También había dicho que era

legalmente apátrida y que viajaba con un pasaporte holandés falsificado. Era en verdad un producto

de los anillos de desechos que circundan el núcleo radiactivo de la antigua Bonn.

Tres sonrientes turistas japoneses entraron con alborozo en la tienda, saludando a Armitage con

corteses cabezadas. Armitage cruzó la tienda, demasiado rápido, demasiado obviamente para

acercarse a Riviera. Riviera se volvió y sonrió. Era muy hermoso; Case pensó que las facciones

eran obra de un cirujano de Chiba. Un trabajo sutil, en nada parecido a la insípida mezcla de

agradables rostros pop de Armitage. La frente del hombre era alta y lisa, los ojos grises, serenos y

distantes. La nariz, que podía haber resultado demasiado perfecta, parecía que se había fracturado

y que luego la habían arreglado torpemente. Un atisbo de brutalidad destacaba la delicadeza de la

mandíbula y la vitalidad de la sonrisa. Los dientes eran pequeños, regulares y muy blancos. Case

observó cómo las manos blancas jugaban con las imitaciones de fragmentos escultóricos.

Riviera no actuaba como un hombre que había sido atacado la noche anterior, drogado con un

dardo de toxina, secuestrado, sometido al examen del finlandés, y forzado por Armitage a unirse al

equipo.

Case miró su reloj. Molly ya tendría que haber regresado de su expedición en busca de drogas.

Volvió a mirar a Riviera. -Apuesto a que ahora estás volado, imbécil -dijo al vestíbulo del Hilton. Una

madura matrona italiana que llevaba una chaqueta de frac de cuero blanco bajó las gafas Porsche

para rnirarlo. Case le echó una amplia sonrisa, se puso de pie y se colgó la maleta al hombro.

Necesitaba cigarrillos para el vuelo. Se preguntó si habría una sección de fumadores en el

transbordador de la JAL.

-Hasta más vernos, señora -dijo a la mujer, que en seguida volvió a ponerse las gafas y le dio la

espalda.

En la tienda de regalos había cigarrillos, pero él no tenía ganas de hablar con Armitage ni con

Riviera. Salió del vestíbulo y encontró una consola automática en una cabina estrecha al final de una

fila de teléfonos.

Revolvió las lirasis que llevaba en los bolsillos e introdujo las pequeñas monedas de aleación opaca

una tras otra, vagamente divertido por lo anacrónico del procedimiento. El teléfono más cercano se

puso a sonar.

Contestó automáticamente.

-¿Sí?

Tenues frecuencias armónicas, vocecitas inaudibles que carraspeaban a través de algún enlace

orbital, y luego un sonido como de viento.

-Hola, Case.

Una moneda de cincuenta lirasis se le cayó de la mano, rebotó y rodó sobre el alfombrado del

Hilton hasta perderse de vista.

-Wintermute, Case. Ya es hora de que hablemos.

Era una voz de microprocesador.

-¿No quieres hablar, Case?

Colgó.

Cuando regresaba al vestíbulo, olvidados los cigarrillos, tuvo que caminar a lo largo de la fila de

teléfonos. Todos sonaron sucesivamente, pero sólo una vez, a medida que pasaba.

III

Medianoche en la calle

Jules Verne

8

ARCHIPIÉLAGO.

Las islas, Toro, huso, racimo, ADN humano esparciéndose desde el empinado pozo de la gravedad

como un derrame de petróleo.

Pides un gráfico en pantalla que simplifica groseramente el intercambio de información en el

archipiélago L-5. Un segmento aparece como un rectángulo apretado y rojo que domina tu pantalla.

Freeside. Freeside es muchas cosas, no todas evidentes para los turistas que suben y bajan por el

pozo. Freeside es burdel y centro bancario, cúpula de placer y puerto libre, ciudad fronteriza y

balneario termal. Freeside es Las Vegas y los jardines colgantes de Babilonia, una Ginebra en

órbita, y el hogar de una familia cerrada y muy cuidadosamente refinada, el clan industrial de Tessier

y Ashpool.

En el vuelo de la THY a París, se sentaron juntos en la primera clase, Molly en el asiento de la

ventanilla, Case junto a ella, Riviera y Armitage en los centrales. Una vez, cuando el avión volaba

sobre el agua, Case vio el fulgor enjoyado de un pueblo en una isla griega. Y una vez, cuando

alzaba el vaso, atisbó el destello de algo que parecía un gigantesco espermatozoide en las

profundidades de un bourbon con agua.

Molly se inclinó por encima de él y le dio una bofetada a Riviera.

-No, cariño. Nada de juegos. Si juegas a esa mierda subliminal cerca de mí te haré daño de

verdad. Puedo hacerlo sin estropearte. Me gusta hacerlo.

Case se volvió automáticamente para verificar la reacción de Armitage. El rostro liso estaba

sereno,, los ojos azules atentos, pero no había furia. -Tiene razón, Peter. No lo hagas.

Case se volvió otra vez, a tiempo para advertir el brevísimo destello de una rosa negra de pétalos

lustrosos como cuero, el tallo negro y espinoso en cromo brillante.

Peter Riviera sonrió con dulzura, cerró los ojos, y se quedó dormido.

Molly le dio la espalda; las lentes se le reflejaron en la ventana oscura.

-Has estado arriba, ¿verdad? -preguntó Molly cuando Case se acomodaba de nuevo en el profundo

sillón de espuma del transbordador.

-No. Nunca viajo mucho; sólo por negocios. -El comisario le estaba ajustando trodos de lectura en

la muñeca y el oído izquierdo.

-Espero que no pesques un mareo -dijo Molly.

-¿Volando? Qué va.

-No es lo mismo. A cero-g tu corazón latirá más rápido, y tu oído interno enloquecerá un rato. Tus

reflejos de vuelo se excitarán, como si recibieras señales de que corras como un loco; y habrá mucha

adrenalina. -El comisario se volvió hacia Riviera y sacó otro juego de trodos del delantal de plástico

rojo.

Case volvió la cabeza y trató de distinguir la silueta de las antiguas terminales de Orly, pero la

plataforma del transbordador estaba escondida tras unos gráciles muros detectores, de hormigón

húmedo. En el más cercano a la ventana había un eslogan árabe pintado con aerosol rojo.

Cerró los ojos y se dijo que el transbordador no era más que un avión grande, uno que volaba muy

alto. Olía a avión, a ropa nueva, a chicle y a fatiga. Escuchó el hilo musical de melodías koto y

esperó.

Veinte minutos, y la gravedad descendió sobre él corno una mano grande y blanda con huesos de

piedra antigua.

El síndrome de adaptación al espacio era peor de lo que Molly había dicho, pero se le pasó con

rapidez y pudo dormir. El comisario lo despertó cuando se preparaban para acoplarse en la

plataforma terminal de la JAL.

-¿Ahora hacemos el trasbordo a Freeside? -preguntó, mirando una hebra de tabaco Yeheyuan que

se le había desprendido grácilmente del bolsillo de la camisa y danzaba a diez centímetros de su

nariz. No se podía fumar en los vuelos de transbordador.

-No; los planes del jefe tienen las rarezas de costumbre, ¿sabes? Vamos a tomar un taxi a Sión, al

cúmulo de Sión. -Tocó la placa que soltaba el arnés y comenzó a liberarse del abrazo de la espuma.-

Extraño sitio para escoger, si me lo preguntas.

-¿Por qué?

-Horrores. Rastas. La colonia tiene por lo menos unos treinta años.

-¿Qué significa eso?

-Ya lo verás. A mí me gusta el sitio. Además, allí te dejarán fumar tus cigarrillos.

Sión había sido fundada por cinco obreros que se habían negado a regresar; le dieron la espalda al

pozo, y comenzaron a construir. Habían perdido bastante calcio y se les había encogido el corazón

antes de que establecieran la gravedad rotacional en la sección central de la colonia. Visto desde la

burbuja del taxi, el improvisado casco de Sión recordó a Case las chabolas de Estambul; iniciales de

obreros y símbolos rastafaris pintados con láser manchaban las láminas de metal irregulares y

descoloridas.

Molly y un flacucho sionita llamado Aerol ayudaron a Case a atravesar un corredor de caída libre

que llevaba al núcleo de una sección más pequeña. Les había perdido la pista a Armitage y a

Riviera tras un segundo ataque de vértigo. -Por aquí -dijo Molly, ayudándolo a meter las piernas en

una angosta escotilla del techo-. Agárrate de los peldaños. Haz como si estuvieses subiendo de

espaldas, ¿ya? Estás yendo hacia el casco, y es como si estuvieras bajando hacia la gravedad,

¿entiendes?

A Case se le revolvió el estómago.

-Estarás bien, hombre -dijo Aerol, con la sonrisa enmarcada entre incisivos de oro.

De alguna forma, la salida se había convertido en el fondo del túnel. Case se abrazó a la débil

gravedad como un náufrago que encuentra una balsa neumática.

-Arriba -dijo Molly-. ¿Ahora la vas a besar? -Case yacía extendido sobre el puente, boca abajo, los

brazos abiertos. Algo le golpeó el hombro. Se dio la vuelta y vio un grueso rollo de cable elástico.-

Tenemos que jugar a la dueña de casa -dijo ella-. Ayúdame con esto. -Case miró el espacio amplio y

anónimo de alrededor y advirtió que había anillos de acero soldados en todas las superficies,

aparentemente al azar.

Cuando hubieron enhebrado los cables de acuerdo con un complejo plan de Molly, les colgaron

unas gastadas láminas de plástico amarillo. Mientras trabajaban, Case tuvo conciencia poco a poco

de la música que palpitaba sin cesar en el cúmulo. Se llamaba dub, un sensual mosaico compuesto

en los vastos archivos del pop digitalizado; eran plegarias, dijo Molly, y expresaban un sentimiento de

comunidad. Case empujó una de las láminas amarillas; era liviana pero difícil de manejar. Sión olía

a verdura cocida, a humanidad, y a ganja.

-Bien -dijo Armitage, deslizándose con soltura por la escotilla y asintiendo al ver el laberinto de

láminas. Lo seguía Riviera, menos seguro de sí mismo en la gravedad parcial.

-¿Dónde estabas cuando te necesitábamos? -preguntó Case a Riviera.

El hombre abrió la boca para hablar. Una pequeña trucha nadó hacia afuera, arrastrando burbujas

imposibles. Pasó rozando la mejilla de Case. -En la cabeza -dijo Riviera, y sonrió.

Case se echó a reír.

-Está bien -dijo Riviera-, te puedes reír. Me habría gustado ayudaros pero soy muy torpe con las

manos.

Extendió las manos, que se duplicaron de golpe; cuatro brazos, cuatro manos.

-Sólo el payaso inocente, ¿verdad, Riviera? -Molly se interpuso entre los dos.

-Eh… -llamó Aerol desde la escotilla-. Ven, sígueme, hombre.

-Es tu consola -dijo Armitage-, y el resto del equipo. Ayuda a entrarlo desde la cubierta de carga.

-Estás muy pálido, hombre -dijo Aerol, mientras llevaban la terminal Hosaka, forrada en espuma,

por el corredor central-. Tal vez quieras comer algo.

A Case se le hizo agua la boca; sacudió la cabeza.

Armitage anunció una estancia de ochenta horas en Sión. Molly y Case practicarían, dijo, y se

aclimatarían para trabajar en gravedad cero. Les informaría sobre Freeside y la Villa Straylight. No

estaba claro lo que haría Riviera, pero Case no quiso preguntar. Pocas horas después de que

llegaran, Armitage lo había enviado al laberinto amarillo a buscar a Riviera para ir a comer. Lo

encontró acurrucado como un gato sobre un delgado colchón de espuma, desnudo, aparentemente

dormido, con la cabeza envuelta en un halo giratorio de pequeñas formas geométricas blancas:

cubos, esferas y pirámides. -Eh, Riviera. -El anillo siguió girando. Case regresó para decírselo a

Armitage.- Está volado -dijo Molly, levantando la vista de las piezas de la pistola de dardos-. Déjalo.

Armitage parecía pensar que la gravedad cero afectaría a Case cuando operara en la matriz. -No

se preocupe -contestó Case-. Me siento a trabajar y ya no estoy aquí. Es todo uno.

-Tus niveles de adrenalina han subido -dijo Armitage-. Y todavía estás un poco mareado. No

podemos esperar a que se te pase. Aprenderás a trabajar con eso.

-¿Entonces activo el programa desde aquí?

-No. Practica, Case. Ahora. Allá en el corredor…

El ciberespacio, tal como lo mostraba la consola, no tenía ninguna relación con los alrededores del

ordenador. Case se sentó a trabajar y abrió los ojos a la familiar configuración de la pirámide azteca

de información en el Centro de Fisión de la Costa Este.

-¿Cómo te va, Dixie?

-Estoy muerto, Case. He pasado ya bastante tiempo en este Hosaka como para saberlo.

-¿Qué se siente?

-No se siente.

-¿Te molesta?

-Lo que me molesta es que nada me molesta.

-¿Cómo es eso?

-Tenía un amigo en el campo ruso, en Siberia. Se le había congelado el pulgar. Llegaron los

médicos y se lo cortaron. Un mes después pasó toda la noche moviéndose en la cama. Elroy, dije,

¿qué te pasa? Me pica el maldito pulgar, dice él. Así que le dije, ráscatelo. McCoy, dice, es el otro

condenado pulgar. -Cuando la estructura rió, Case no lo sintió como risa sino como una puñalada de

hielo en la espalda.- Hazme un favor, muchacho.

-¿Qué, Dix?

-Este asunto tuyo, cuando lo hayas terminado, bórralo todo.

Case no entendía a los sionitas.

Aerol, sin motivo aparente, narró la historia de un bebé que le había salido de la frente y que entró

correteando en una selva de ganja hidropónica. -Un bebé muy pequeño, hombre, más pequeño que

tu dedo. -Frotó la palma de la mano contra una frente morena y lisa, y sonrió.

-Es la ganja -dijo Molly cuando Case le contó la historia-. No distinguen mucho entre un estado y

otro, ¿sabes? Aerol te dice que sucedió: bueno, le sucedió a él. No son inventos, es más bien

poesía. ¿Entiendes?

Case asintió con aire de duda. Los sionitas siempre lo tocaban a uno cuando hablaban, te ponían

las manos en los hombros. Eso no le gustaba.

-Eh, Aerol -gritó Case, una hora después, cuando se preparaba para un ensayo en el corredor de

caída libre-. Ven aquí. Quiero mostrarte esto. -Le enseñó los trodos.

Aerol tropezó en cámara lenta. Los pies descalzos chocaron con la pared de metal y con la mano

libre se agarró de una viga. En la otra sostenía una bolsa de agua transparente, llena de algas

verdiazules. Parpadeó distraído y sonrió.

-Pruébalo.

Aerol tomó la cinta, se la puso, y Case ajustó los trodos. Aerol cerró los ojos. Case encendió el

aparato. Aerol se estremeció. Case lo desconectó. -¿Qué viste, eh?

-Babilonia -dijo Aerol con tristeza. Le devolvió los trodos y salió de un salto.

Riviera estaba sentado, inmóvil, sobre el colchón de espuma, con el brazo derecho extendido en

línea recta a la altura del hombro. Una serpiente de escamas enjoyadas, de ojos como rubíes de

neón, estaba apretadamente enrollada a unos pocos milímetros de su codo. Case observó cómo la

serpiente, que era del diámetro de un dedo, y tenía bandas negras y escarlatas, se contraía

lentamente, cerrándose alrededor del brazo de Riviera.

-Vamos -dijo el hombre con voz acariciadora al pálido y ceroso escorpión que tenía en la palma de

la mano-. Vamos… -El escorpión movió las garras oscuras y subió corriendo por el brazo, siguiendo

las tenues y oscuras líneas de las venas. Cuando llegó a la altura del codo, se detuvo y pareció que

vibraba. Riviera emitió un suave sonido sibilante.- El aguijón asomó, tembló, y se hundió en la piel

que cubría una vena abultada. La serpiente de coral se distendió y Riviera exhaló un lento suspiro.

Entonces la serpiente y el escorpión desaparecieron, y Rivera sostenía una jeringa de plástico

lechoso en la mano izquierda. -«Si Dios hizo algo mejor, se lo guardó para él.» ¿Conoces la

expresión, Case?

-Sí… -dijo Case-. La he oído acerca de muchas cosas. ¿Siempre lo transformas en un

espectáculo?

Riviera aflojó el trozo elástico de sonda quirúrgica y se lo sacó del brazo. -Sí. Es más divertido. –

Sonrió, la mirada ahora distante, las mejillas sonrojadas.- Hice que me implantaran una membrana,

justo encima de la vena, así no tengo que preocuparme de la condición de la aguja.,

-¿No duele?

Los ojos brillantes se encontraron con los de Case.

-Claro que duele. Forma parte del asunto, ¿no?

-Yo sólo usaría dermos -dijo Case.

-Pedestre -se burló Riviera, y rió, mientras se ponía una camisa de algodón blanca de manga corta.

-Debe de ser agradable -dijo Case, poniéndose de pie.

-¿Tú te colocas, Case?

-Tuve que dejarlo.

-Freeside -dijo Armitage, tocando el panel del pequeño proyector de hologramas Braun. La imagen

se aclaró temblando: medía casi tres metros de extremo a extremo-. Aquí hay casinos. -Se acercó a

la representación diagramática y señaló:- Hoteles, propiedades de títulos estratificados; por aquí hay

tiendas grandes. -Movió la mano. – Las áreas azules son lagos. -Caminó hasta un extremo del

modelo. – Un gran habano. Más estrecho en las puntas.

-De eso nos damos cuenta -dijo Molly.

-Efecto montaña, en las partes estrechas. El terreno parece más elevado, más rocoso, pero es fácil

subir. Cuanto más subes, menor es la gravedad. Deportes ahí. Hay un velódromo. -Señaló.

-¿Un qué? -Case se inclinó hacia adelante.

-Carreras de bicicletas -dijo Molly-. Baja gravedad, ruedas de alta tracción, llegan a los cien por

hora.

-Este extremo no nos interesa -dijo Armitage con la seriedad total de costumbre.

-Mierda -dijo Molly-. Soy una fanática del ciclismo.

Riviera soltó una risita.

Armitage caminó hacia el otro extremo de la proyección. -Pero este extremo sí. -El detalle interior

del holograma terminaba allí, y el segmento final del huso estaba vacío.- Ésta es la Villa Straylight.

Una subida empinada desde la gravedad, y una sola entrada, aquí, exactamente en el medio.

Gravedad cero.

-¿Qué hay adentro, jefe? -Riviera se inclinó hacia adelante, estirando el cuello. Cuatro figuras

pequeñas brillaban en la punta del dedo de Armitage. Armitage les echó un manotazo, como si

fueran insectos.

-Peter -dijo Armitage-, tú serás el primero en averiguarlo. Vas a conseguir una invitación. Cuando

estés allí, te encargarás de que Molly entre.

Case miró fijamente el vacío que representaba a Straylight, recordando la historia del finlandés:

Smith, Jimmy, la cabeza parlante, y el ninja.

-¿Hay detalles? -preguntó Riviera-. Necesito un guardarropa, ¿entiendes?

-Apréndete las calles -dijo Armitage, regresando al centro del modelo-. Aquí tienes la calle

Desiderata. Ésta es la Rue Jules Verne.

Riviera revolvió los ojos.

Mientras Armitage recitaba los nombres de las avenidas de Freeside, una docena de brillantes

pústulas apareció en la nariz, las mejillas y el mentón de Riviera. Hasta Molly se echó a reír.

Armitage hizo una pausa, y los miró a todos con una mirada fría y vacua.

-Lo siento -dijo Riviera, y las pústulas titilaron y desaparecieron.

Case despertó, ya avanzado el período de descanso, y advirtió la presencia de Molly, que estaba

acurrucada junto a él sobre la espuma. Podía sentir la tensión de ella. Permaneció acostado,

confundido. Cuando Molly se movió, la mera velocidad con que lo hizo lo dejó atónito. Se había

levantado saliendo de la sábana de plástico amarillo antes de que él se diera cuenta de que la había

abierto.

-No te muevas, amigo.

Case se volvió y metió la cabeza en la abertura del plástico.

-¿Qué … ?

-Ciérrala.

-Tú eres el hombre -dijo una voz sionita-. Ojo de Gato y Navaja Andante, dijeron que se llamaban.

Yo Maelcum, cariño. Los hermanos quieren conversar contigo y con el vaquero.

-¿Qué hermanos?

-Los fundadores. Los Ancianos de Sión, sabes…

-Si abrimos esa escotilla, la luz despertará al jefe -susurró Case.

-Pondremos todo muy a oscuras, ahora -dijo el hombre-. Venid. Yo y yo iremos a ver a los

Fundadores.

-¿Sabes lo rápido que puedo cortarte, amigo?

-No te quedes ahí hablando, hermana. Vamos.

Los dos Fundadores de Sión que aún sobrevivían eran ancianos; ancianos por el acelerado

envejecimiento de quienes pasan demasiados años fuera del abrazo de la gravedad. Las piernas

morenas, debilitadas por el calcio perdido, parecían frágiles bajo la áspera luz solar reflejada.

Flotaban en el centro de una selva multicolor, un mural comunitario de colores chillones que cubría

por completo el casco de la sala esférica. El aire era espeso por el humo resinoso.

-Navaja Andante -dijo uno, cuando Molly entró flotando en la sala-. Como hacia un poste de

castigo.

-Es una historia que tenemos, hermana -dijo el otro-, una historia religiosa. Nos alegra que hayas

venido con Maelcum.

-¿Por qué no hablan en dialecto? -preguntó Molly.

-Yo soy de Los Ángeles -dijo el anciano. Sus rizos eran como un árbol espeso con ramas de lana

de acero-. Hace mucho tiempo, fuera del pozo de gravedad y de Babilonia. Para conducir a las

Tribus a casa. Ahora mi hermano te compara con Navaja Andante.

Molly extendió la mano derecha y las hojillas destellaron en el aire humoso.

El otro Fundador se rió echando la cabeza hacia atrás. -Pronto llegarán los Últimos Días… Voces.

Voces que gritan en el desierto, que profetizan la ruina de Babilonia…

-Voces. -El Fundador de Los Ángeles miraba fijamente a Case.- Controlamos muchas frecuencias.

Siempre escuchamos. Vino una voz, de entre el Babel de lenguas, hablándonos. Nos impresionó

mucho.

-Llámalo Winter Mute, invierno mudo -dijo el otro, dividiendo la palabra.

Case sintió que se le erizaba la piel de los brazos.

-El Mute nos habló -dijo el primer Fundador-. El Mute dijo que tenemos que ayudarte.

-¿Cuándo fue eso? -preguntó Case.

-Treinta horas antes de vuestra llegada a Sión.

-¿Habían oído esa voz antes?

-No -dijo el hombre de Los Ángeles-, y no estamos seguros de lo que significa. Si éstos son los

últimos Días, habrá falsos profetas…

-Escuche -dijo Case-, es una IA, ¿sabe? Inteligencia artificial. La música que ustedes oyeron

probablemente se metió en los bancos de aquí y cocinó lo que pensaba que les gustaría…

-Babilonia -intervino el otro Fundador- es la madre de muchos demonios, yo y yo lo sabemos.

¡Hordas multitudinarias!

-¿Cómo fue que me llamaste, viejo? -preguntó Molly.

-Navaja Andante. Y tú traes una peste a Babilonia, hermana, a su más oscuro corazón…

-¿Qué tipo de mensaje transmitió la voz? -preguntó Case.

-Nos pidió que os ayudáramos -dijo el otro-, que tal vez sirváis como instrumento de los últimos

Días. -El rostro cubierto de arrugas parecía perturbado. – Se nos pidió que enviásemos a Maelcum

con vosotros, a bordo del remolque Garvey, al puerto babilónico de Freeside. Y eso haremos.

-Maelcum es un muchacho rudo -dijo el otro-, y un excelente piloto de remolque.

-Pero hemos decidido que Aerol vaya también, en el Babylon Rocker, para vigilar el Garvey.

Un incómodo silencio llenó la cúpula.

-¿Y eso es todo? -preguntó Case-. ¿Ustedes trabajan para Armitage o qué?

-Nosotros les alquilamos espacio -dijo el Fundador de Los Ángeles-. Tenemos cierta relación con

diversos tráficos, aquí, y ningún respeto por la ley de Babilonia. Nuestra ley es la palabra de Jah.

Pero es posible que esta vez hayamos cometido un error.

-Mide dos veces, corta una -dijo el otro, con voz suave.

-Vamos, Case -dijo Molly-. Regresemos antes de que el hombre piense que no estamos.

-Maelcum os llevará. El amor de Jah, hermana.

9

EL REMOLQUE MARCUS GARVEY, una cáscara de acero de nueve metros de longitud y dos de

diámetro, crujía y se estremecía mientras Maelcum tecleaba el rumbo de navegación. Estirado en su

red elástica de gravedad, Case contemplaba la musculosa espalda del sionita a través de una bruma

de escopolamina. Había tomado la droga para evitar la náusea del mareo, pero los estimulantes que

el fabricante incluía para contrarrestar el fármaco no actuaban sobre su alterado sistema.

-¿Cuánto tardaremos en llegar a Freeside? -preguntó Molly desde su red, junto al módulo de

pilotaje de Maelcum.

-Ya falta poco, creo.

-¿Nunca pensáis en horas?

-Hermana, el tiempo es tiempo, ¿sabes? Da miedo -y sacudió sus rizos- en los controles, y yo y yo

llegaremos a Freeside cuando yo y yo lleguemos…

-Case -dijo ella-, ¿habrás hecho algo para entrar en contacto con nuestro amigo de Berna? Lo digo

por todo el tiempo que pasaste en Sión, enchufado y moviendo los labios.

-Con el amigo -dijo Case-, ya. No. No lo hice. Pero tengo un cuento parecido, que pasó en

Estambul. -Le contó lo de los teléfonos en el Hilton.

-Jesús -dijo ella-. Se nos fue una oportunidad. ¿Por qué colgaste?

-Podría haber sido cualquiera -mintió él-. Sólo un chip… No sé… -Se encogió de hombros.

-No sólo porque tuvieras miedo, ¿eh?

Case volvió a encogerse de hombros.

-Hazlo ahora.

-¿Qué?

-Ahora. De todos modos, coméntalo con el Flatline.

-Estoy dopado -protestó, pero extendió la mano hacia los trodos. La consola y el Hosaka habían

sido instalados detrás del módulo de Maelcum, junto a un monitor Cray de muy alta resolución.

Ajustó los trodos. El Marcus Garvey había sido armado alrededor de un antiguo y enorme limpiador

de aire ruso, un aparato rectangular pintado con símbolos rastafaris, Leones de Sión y Cruceros de la

Estrella Negra, los rojos y los verdes cubriendo elocuentes autoadhesivos en cirílico. Alguien había

pintado el equipo de pilotaje de Maelcum con un aerosol rosado, caliente y tropical, y había raspado

el exceso de pintura de las pantallas y los monitores con una navaja. Las juntas que sellaban la

esclusa de aire estaban adornadas con burbujas semirrígidas y con cintas de arcilla traslucida, como

hebras de algas artificiales. Case miró por encima del hombro de Maelcum hacia la pantalla central y

vio la imagen del acoplamiento: la trayectoria del remolque era una línea de puntos rojos, y Freeside

un círculo verde y segmentado. Observó cómo la línea se extendía y generaba un nuevo punto.

Conectó.

-¿Dixie?

-Sí.

-¿Has intentado alguna vez meterte en una IA?

-Seguro. Fue cuando me anularon. La primera vez. Estaba jugando, trabajando a lo loco, cerca

del sector comercial pesado de Río. Negocios de los grandes, multinacionales, el gobierno brasileño

iluminado como un árbol de Navidad. Sólo jugaba, ¿sabes? Y entonces empecé a conectar con un

cubo que estaba tal vez a tres niveles por encima. Subí y traté de entrar.

-¿A qué se parecía la imagen?

-A un cubo blanco.

-¿Cómo sabías que era una IA?

-¿Que cómo lo supe? ¡Jesús! Nunca había visto hielo tan denso. ¿Qué más podía ser? Los

militares de allá no tienen nada parecido. De todos modos, me salí y le dije a mi ordenador que lo

investigara.

-¿Y?

-Estaba en el Registro Turing. IA. La estructura en Río era de una compañía franchuta.

Case se mordió el labio y miró hacia afuera, por encima de las plataformas del Centro de Fisión de

la Costa Este, hacia el infinito vacío neuroelectrónico de la matriz.

-¿Tessier-Ashpool, Dixie?

-Sí, Tessier.

-¿Y regresaste?

-Claro. Estaba enloquecido. Decidí tratar de cortarlo. Llegué a los primeros estratos y allí me

quedé. Mi aprendiz sintió el olor a piel achicharrada y me sacó los trodos. Una mierda, ese hielo.

-¿Y tu electroencefalograma quedó plano?

-Bueno,’ así es como nacen las leyendas, ¿verdad?

Case desconectó. -Mierda -dijo-. ¿Cómo crees que Dixie quedó anulado, eh? Tratando de meterse

en una IA. Estupendo…

-Sigue -dijo Molly-. Se supone que juntos sois dinamita, ¿verdad?

-Dix -dijo Case-, quiero echarle un vistazo a una IA en Berna. ¿Se te ocurre alguna razón para no

hacerlo?

-A menos que tengas un miedo morboso a la muerte, no, ninguna.

Case tecleó las coordenadas del sector bancario suizo, sintiendo una ola de euforia a medida que

el ciberespacio temblaba, se desdibujaba, se solidificaba. El Centro de Fisión de la Costa Este

desapareció para dejar paso a la fría y geométrica complejidad del sistema bancario comercial de

Zurich. Volvió a teclear, buscando Berna.

-Sube -dijo la estructura-. Tiene que estar más arriba.

Ascendieron por reticulados de luz en un parpadeo de niveles. Un destello azul.

Tiene que ser eso, pensó Case.

Wintermute era un sencillo cubo de luz blanca; sencillez que sugería una complejidad extrema.

-No parece gran cosa, ¿verdad? -dijo el Flatline-. Pero intenta tocarla.

-Voy a intentar meterme, Dixie.

-Adelante.

Case tecleó hasta que estuvo a cuatro puntos de retícula del cubo. La ciega fachada, ahora

enorme frente a él, comenzó a moverse con tenues sombras interiores, como si mil bailarines giraran

detrás de una vasta lámina de vidrio escarchado.

-Sabe que estamos aquí -apuntó el Flatline.

Case volvió a teclear, una vez: saltaron un punto reticular hacia adelante.

Un círculo gris y punteado apareció sobre la cara del cubo.

-Dixie…

-Vuelve, rápido.

El área gris se hinchó suavemente, se convirtió en una esfera y se separó del cubo.

Case sintió como un pinchazo en la palma de la mano cuando pulsó con violencia RETROCESO

MÁXIMO. La matriz se alejó borroneándose: cayeron por un pozo crepuscular de bancos suizos.

Ahora la esfera era más oscura, acercándose o bajando.

-Desconecta -dijo el Flatline.

La oscuridad cayó como un martillo.

Hielo y un olor a acero frío le acariciaron la espina dorsal.

Y caras que se asomaban desde una jungla de neón, marineros y buscavidas y putas, bajo un

envenenado cielo de plata…

-Oye, Case, dime qué mierda te está pasando; ¿te has vuelto loco, o qué?

Un pulso regular de dolor le bajaba ahora por la espina dorsal.

La lluvia lo despertó, una llovizna lenta; tenía los pies enredados en espirales de fibra óptica

desechada. El mar de sonido de la vídeo galería caía sobre él, retrocedía, regresaba. Rodando

hacia un lado se incorporó y se sostuvo la cabeza.

Una luz que salía de una compuerta de servicio en la trastienda de la vídeo galería revelaba trozos

rotos de madera húmeda y la carcasa goteante de una abandonada consola de juegos. Unos

estilizados caracteres en japonés cubrían el costado de la consola en descoloridos rosas y amarillos.

Miró hacia arriba y vio una tiznada ventana de plástico, un débil resplandor fluorescente.

Le dolía la espalda, la columna.

Se puso de pie; se quitó el pelo mojado de los ojos.

Algo había ocurrido…

Se revisó los bolsillos en busca de dinero, no encontró nada, y tembló. ¿Dónde estaba su

chaqueta? Miró detrás de la consola, pero en seguida renunció a encontrarla.

En Ninsei, midió las dimensiones de la muchedumbre. Viernes. Tenía que ser un viernes. Tal vez

Linda estuviese en la vídeo galería. Tal vez tuviese dinero, o al menos cigarrillos… Tosiendo,

chorreando lluvia de la pechera de la camisa, se abrió paso entre la multitud hacia la entrada.

Los hologramas se retorcían y temblaban con el rugir de los juegos; fantasmas solapados en la

abigarrada bruma del local, olor a sudor y tensión aburrida. Un marinero de camiseta blanca

destruyó Bonn en una consola de Guerra de Tanques: un destello azul.

Ella estaba jugando al Castillo Embrujado, abstraída, los ojos grises delineados con lápiz negro

corrido.

Levantó la mirada cuando él le puso un brazo sobre los hombros. -Vaya, ¿cómo estás? Te ves

mojado.

La besó.

-Me has hecho perder el juego -dijo ella-. Mira eso, imbécil. En la Mazmorra del séptimo nivel y los

vampiros me atrapan. -Le pasó un cigarrillo.- Te ves muy tenso. ¿Dónde has estado?

-No lo sé.

-¿Estás volado, Case? ¿Bebiendo otra vez? ¿Comiendo dextroanfetas de Zone?

-Quizás… ¿Cuánto tiempo hace que no me ves?

-Ey, estás bromeando, ¿verdad? -lo miró interrogativamente-. ¿Verdad?

-No, creo que se me fundieron los plomos. Yo… eh, desperté en el callejón.

-Tal vez alguien te atracó, cariño. ¿Llevas aún contigo el fajo de billetes?

Case sacudió la cabeza.

-Otra vez en las mismas. ¿Tienes dónde dormir, Case?

-Supongo.

-Entonces vamos. -Lo tomó de la mano.- Vamos a buscarte un café y algo de comer. Te llevaré a

casa. Me alegra verte, muchacho. -Le apretó la mano.

El sonrió.

Algo se quebró.

Algo se movió en el centro de las cosas. La galería se inmovilizó y vibró…

Ella ya había desaparecido. El peso de los recuerdos le cayó entonces encima, todo un cuerpo de

conocimientos que se le introducía en la cabeza como un microsoft en un zócalo. Había

desaparecido. Sintió un olor a carne quemada.

El marinero de la camiseta blanca había desaparecido también. La vídeo galería estaba vacía, en

silencio. Case se volvió poco a poco, encorvando los hombros, mostrando los dientes, las manos

involuntariamente cerradas. Vacía. Un papel de caramelo, amarillo y arrugado, se balanceaba al

borde de una consola; cayó al suelo entre colillas pisoteadas y vasos de plástico.

-Tenía un cigarrillo -dijo mirándose los blancos nudillos del puño-. Tenía un cigarrillo y una chica y

un sitio para dormir. ¿Me oyes, hijo de puta? ¿Me oyes?

Unos ecos viajaron bajo la bóveda de la galería, desvaneciéndose en corredores de consolas.

Salió a la calle. Había dejado de llover.

Ninsei estaba desierto.

Los hologramas titilaban, el neón danzaba. Sintió un olor a verdura hervida: el carrito de un

vendedor ambulante al otro lado de la calle. Encontró en el suelo un paquete de Yeheyuan sin abrir,

junto a una caja de cerillas. JULIUS DEANE IMPORT EXPORT. Contempló el logo impreso y la

traducción al japonés.

-De acuerdo -dijo, recogiendo las cerillas y abriendo el paquete de cigarrillos-. Te oigo.

Subió con calma las escaleras del despacho de Deane. No hay prisa, se dijo, no hay apuro. La

deformada cara del reloj Dalí todavía daba la hora equivocada. Había polvo sobre la mesa

Kandinsky y en las estanterías neoaztecas. Una pared de contenedores de fibra de vidrio blanca

llenaba la habitación con un olor a jengibre.

-¿La puerta está cerrada? -Case esperó en vano una respuesta. Se acercó a la puerta y trató de

abrirla.- ¿Julie?

La lámpara de bronce de pantalla verde arrojaba un círculo de luz sobre el escritorio de Deane.

Case miró las entrañas de una arcaica máquina de escribir, cassettes, papeles arrugados, pegajosas

bolsas plásticas de muestras de jengibre.

Allí no había nadie.

Bordeó el voluminoso escritorio de acero y apartó la silla de Deane. Encontró el arma en una

deteriorada funda de cuero sujeta debajo de la tapa del escritorio con cinta plateada; era una

antigüedad, una Magnum 357 de cañón y guardamontes recortados.

El mango había sido agrandado con capas de cinta aislante. La cinta estaba vieja, marrón con una

reluciente pátina de polvo. Extrajo el cilindro y examinó los seis proyectiles. Eran de carga manual.

El plomo liso brillaba aún inmaculado.

Con el revólver en la mano derecha, Case pasó junto al gabinete a la izquierda del escritorio y se

quedó en el centro del desordenado despacho, fuera del área de luz.

-Supongo que no tengo prisa. Supongo que es tu espectáculo. Pero toda esta mierda, ¿sabes?, se

está haciendo un poco… vieja. -Levantó el arma con ambas manos, apuntando al centro del

escritorio, y apretó el gatillo.

El culatazo casi le rompió la muñeca. El destello del cañón iluminó el despacho como una bombilla

de flash. Bala explosiva. Azida. Volvió a levantar el arma.

-No tienes por qué hacer eso, hijo –dijo Julie, saliendo de las sombras. Llevaba un terno espigado

de seda, una camisa a rayas y una pajarita. Las gafas le brillaban con la luz.

Case giró el arma apuntando al rosado rostro sin edad de Deane.

-No lo hagas -dijo Deane-. Tienes razón. Acerca de todo esto. De lo que soy. Pero hay que tener

en cuenta cierta lógica interna. Si la usas, verás un montón de sangre y sesos, y yo tardaré varias

horas de tu tiempo subjetivo en armar otro portavoz. No es fácil mantener este montaje. Ah, y

lamento lo de Linda, en la vídeo galería. Esperaba hablar a través de ella, pero saco todo esto de tus

recuerdos, y la carga emocional… Bueno, tiene sus complicaciones. Fue un desliz. Lo siento.

Case bajó el arma. -Esto es la matriz. Tú eres Wintermute.

-Sí. Todo está llegando a ti por cortesía de la unidad de simestim conectada a tu consola,

naturalmente. Me alegra haber podido interrumpirte antes de que tú desconectaras. -Deane se

movió alrededor del escritorio, enderezó la silla, y se sentó.- Siéntate, hijo. Tenemos mucho de qué

hablar.

-¿De veras?

-Claro que sí. Desde hace tiempo. Yo estaba listo cuando te contacté por teléfono en Estambul. El

tiempo es muy escaso ahora. Estarás activando tu programa en cuestión de días, Case. -Deane

tomó un bombón, le quitó el papel cuadriculado, y se lo metió en la boca. – Siéntate -dijo con la boca

llena.

Case se sentó en la silla giratoria frente al escritorio sin apartar la mirada de Deane, sin dejar el

arma, apoyándola en el muslo.

-Bien -dijo Deane con entusiasmo-, el orden del día. Tú te preguntas qué es Wintermute. ¿No es

así?

-Más o menos.

-Una inteligencia artificial, pero eso ya lo sabes. Tu error, y es un error muy lógico, está en

confundir la infraestructura de Wintermute, Berna, con la entidad Wintermute. -Deane chupó el

bombón ruidosamente.- Ya estás al tanto de la otra IA, en la cadena de la Tessier-Ashpool, ¿no?

Río. Yo, hasta donde pueda decirse que tengo un «yo», y esto se pone bastante metafisico, como

ves, yo soy el que arregla cosas para Armitage. O Corto, quien, dicho sea de paso, es sumamente

inestable. Estable -dijo Deane, al tiempo que sacaba un ornamentado reloj de oro de un bolsillo del

chaleco y abría la tapa- durante un día o dos.

-Lo que dices tiene tanto sentido como todo lo demás en este endiablado asunto -dijo Case,

frotándose las sienes con la mano libre-. Si eres tan fabulosamente listo…

-¿Por qué no soy rico? -Deane se echó a reír y casi se atraganto con el bombón.- Bueno, Case,

todo lo que puedo decir, y de verdad no tengo muchas respuestas, es que lo que tú te imaginas

como Wintermute no es más que parte de otra cosa, una, como diríamos, entidad potencial.

Digamos que soy sólo un aspecto del cerebro de esa entidad. Sería como tratar, según tu punto de

vista, con un hombre al que le han seccionado los lóbulos. Digamos que estás hablando con una

pequeña porción de un hemisferio cerebral izquierdo. Es difícil decir que estés hablando realmente

con un hombre. -Deane sonrió.

-¿Es cierta la historia de Corto? ¿Llegaste a él a través de un microordenador en aquel hospital

francés?

-Sí. Y yo armé el archivo al que accediste en Londres. Trato de planificar, en tu concepción del

término, pero no es lo que me importa, de verdad. Yo improviso. Es mi mayor talento. Prefiero las

situaciones a los planes, ¿sabes?… En verdad he tenido que arreglármelas con hechos consumados.

Puedo ordenar una gran cantidad de información, ordenarla muy rápidamente. Ha tomado mucho

tiempo organizar el equipo del que eres parte. Corto fue el primero, y casi no lo consigue. Ya estaba

casi perdido, en Toulon. Comer, excretar, y masturbarse era lo máximo que llegaba a hacer. Pero la

estructura de obsesiones subyacente estaba ahí: Puño Estridente, la traición, las audiencias en el

Congreso.

-No llega a constituir una personalidad. -Deane sonrió.- Seguro que tú te has dado cuenta. Pero

Corto está todavía ahí, allí, en algún lugar, y yo no puedo seguir manteniendo ese delicado equilibrio.

Se va a caer a pedazos delante de ti, Case. Así que cuento contigo…

-Qué bien, hijo de puta -dijo Case, y le disparó a la boca con la 357.

Había estado en lo cierto con respecto a los sesos. Y la sangre.

-Hombre -estaba diciendo Maekum-, esto no me gusta nada.

-Está todo bien -dijo Molly-. No te preocupes. Son cosas que ellos hacen, nada más. No estaba

muerto, y fue sólo por unos pocos segundos.

-Yo vi la pantalla, el EEG decía muerto. No se movía nada, cuarenta segundos.

-Bueno, está bien ahora.

-El EEG liso como una correa -protestó Maelcum.

1 0

ESTABA ATERIDO CUANDO pasaron la aduana, y fue Molly quien habló. Maelcum se quedó a

bordo del Garvey. Pasar la aduana en Freeside consistía principalmente en demostrar solvencia. Lo

primero que Case vio cuando alcanzaron la superficie interior del huso fue una sucursal de la cadena

de cafés Beautiful Girl.

-Bienvenido a la Rue Jules Veme -dijo Molly-. Si tienes problemas al caminar, basta con que te

mires los pies. Si no estás acostumbrado, la perspectiva es una mierda.

Estaban de pie en una calle ancha que parecía ser el fondo de una grieta profunda o de un cañón,

ambos extremos escondidos por ángulos sutiles en las paredes de tiendas y edificios. La luz se

filtraba allí a través de frescos y verdes macizos de vegetación que caían desde las terrazas y

balcones cercanos. El sol…

Había un brillante jirón de luz blanca en lo alto, demasiado intensa, y el azul grabado de un cielo de

Cannes. Él sabía que la luz del sol era bombeada por un sistema Lado-Acheson cuya armadura, de

dos milímetros de diámetro, corría a lo largo del huso; que había allí un archivo rotatorio de efectos

celestes, que si se apagase el cielo, vería lo que había más allá de la armadura de luz: las curvas de

los lagos, los techos de los casinos, otras calles… Pero para su cuerpo aquello no tenía sentido.

-Jesús -dijo-, esto me gusta menos que el marco orbital.

-Acostúmbrate. Durante un mes fui aquí guardaespaldas de un tahúr.

-Quiero ir a algún lado, acostarme.

-Bueno. Tengo las llaves. -Le tocó el hombro.- ¿Qué te pasó allá, Case? Te anularon.

Case sacudió la cabeza. -Todavía no lo sé. Espera.

-Bueno. Tomaremos un taxi, o algo. -Lo tomó de la mano y lo ayudó a cruzar Jules Veme, pasando

junto a una vitrina en la que se exponían las pieles de la temporada en París.

-Irreal -dijo él, volviendo a mirar hacia arriba.

-Qué va -respondió ella, suponiendo que se refería a las pieles-. Las cultivan en colágeno, pero es

ADN de visón. ¿Qué más da?

-Es sólo un tubo grande por el que vierten cosas -dijo Molly-. Turistas, buscavidas, lo que quieras. Y

hay filtros de dinero que funcionan continuamente, para asegurar que el dinero se quede cuando la

gente cae de vuelta por el pozo.

Armitage les había reservado habitación en un lugar llamado el Intercontinental, un acantilado

piramidal de fachada de vidrio que se precipitaba hacia una niebla fría y un ruido de rápidos. Case

salió al balcón y miró a un trío de bronceados adolescentes franceses que se deslizaban en sencillos

planeadores, a pocos metros por encima de la espuma, triángulos de nailon de brillantes colores

primarios. Uno de ellos viró, se ladeó, y Case alcanzó a ver una adolescente de pelo corto y oscuro,

pechos morenos, dientes blancos en una amplia sonrisa. Allí, el aire olía a agua fresca y a flores. -Sí

-dijo-, mucho dinero.

Ella se apoyó en la baranda, junto a él, las manos sueltas y relajadas. -Sí. Una vez íbamos a venir

aquí, aquí o a algún lugar de Europa.

-¿Íbamos quiénes?

-Nadie -dijo ella, sacudiendo involuntariamente los hombros-. Dijiste que querías acostarte. Dormir.

No me vendría mal dormir un poco.

-Sí -dijo Case, frotándose los pómulos con las palmas de las manos-. Sí; vaya lugar.

La angosta cinta del sistema Lado-Acheson refulgía como una abstracta imitación de una puesta de

sol en las Bermudas, rayada con jirones de nubes grabadas.

-Sí -dijo él-. Dormir.

No tenía sueño. Cuando pudo dormir, soñó con lo que parecían fragmentos de recuerdos

pulcramente editados Despertó varias veces, con Molly acurrucada junto a él y escuchó el agua,

voces que entraban por los paneles de vidrio del balcón, la risa de una mujer desde los apartamentos

escalonados de enfrente. La muerte de Deane seguía apareciendo como una carta marcada, por

mucho que dijeran que no había sido Deane. Una muerte que en realidad no había ocurrido. Alguien

le había dicho una vez que la cantidad de sangre en un cuerpo humano promedio equivalía

aproximadamente a una gaveta de cerveza.

Cada vez que la imagen de la destrozada cabeza de Deane chocaba contra la pared trasera de la

oficina, Case creía tener otro pensamiento, algo más oscuro, escondido, que se le escapaba,

escurriéndose como un pez.

Linda.

Deane. Sangre en la pared de la oficina del importador.

Linda. Olor a carne quemada en las sombras de la cúpula de Chiba. Molly extendiendo una bolsa

de jengibre, el plástico cubierto de sangre. Deane había hecho que la mataran.

Wintermute. Imaginaba un pequeño micrófono que susurraba algo a los restos de un hombre

llamado Corto, las palabras fluyendo como un río, la artificial personalidad sustitutivo Ramada

Armitage creciendo en un oscuro pabellón de hospital… El análogo de Deane había dicho que

trabajaba con hechos consumados, que aprovechaba situaciones reales.

Pero, ¿y si Deane, el verdadero Deane, hubiera mandado matar a Linda por orden de Wintermute?

Case tanteó en la oscuridad, buscando un cigarrillo y el encendedor de Mofly. No había por qué

sospechar de Deane, se dijo, encendiendo el cigarrillo. Ninguna razón.

Winterimute era capaz de incrustar una personalidad hasta en una cáscara hueca. ¿Qué grado de

sutileza podía alcanzar la manipulación? Después de la tercera calada apagó el Yeheyuan en el

cenicero de la mesa de noche, se apartó de Molly, e intentó dormir.

El sueño, el recuerdo, se desenrollaba con la monotonía de una cinta simestim sin editar. Había

pasado un mes, el verano de sus quince años, en la pensión de un quinto piso, con una chica

llamada Marlene. Hacía diez años que el ascensor no funcionaba. Cada vez que uno encendía la luz

en la cocina de desagües atascados, las cucarachas hervían en la porcelana gris. Dormía con

Marlene en un colchón rayado, sin sábanas.

No Regó a ver a la primera avispa, cuando construyó su casa gris y delgada como papel sobre la

ampollada pintura del marco de la ventana. Pero el nido no tardó en convertirse en un mazacote de

fibra, grande como un puño, de donde los insectos salían a cazar en el callejón de abajo como

diminutos helicópteros, zumbando sobre el contenido putrefacto de las latas de basura.

Habían tomado cerca de una docena de cervezas cada uno, la tarde en que una avispa picó a

Marlene. -Mata a esas hijas de puta -dijo ella, con los ojos opacos por la rabia y el calor estancado de

la habitación-. Quémalas.

Borracho, Case revolvió en el sórdido armario, buscando el dragón de Rollo. Rollo era el antiguo y,

sospechaba Case en aquel entonces, aún ocasional novio de Marlene, un enorme motociclista de

San Francisco que llevaba en el oscuro pelo corto un rayo teñido de rubio. El dragón era un

lanzallamas de San Francisco, un aparato que parecía una gruesa linterna de cabeza angulosa.

Verificó las baterías, lo sacudió para asegurarse de que tenía suficiente combustible, y fue hacia la

ventana abierta. colmena empezó a zumbar.

En el Ensanche, el aire estaba muerto, inmóvil. Una avispa se abalanzó fuera del nido y voló en

círculos alrededor de la cabeza de Case. Case activó el interruptor, contó hasta tres, y apretó el

gatillo. El combustible, bombeado hasta los 100 psi, salió disparado por la resistencia al rojo vivo.

Una lengua de pálido fuego de cinco metros de largo; el nido se carbonizó y desmoronó. Alguien, del

otro lado del callejón, vitoreó a Case.

-¡Mierda! -Marlene se tambaleaba detrás.- ¡Estúpido! No las quemaste. Sólo las tiraste al suelo.

¡Subirán aquí y nos matarán! -La voz de ella le aserraba los nervios: la imaginó engullida por las

Ramas, el pelo teñido crepitando en un especial tono verde.

En el callejón, dragón en mano, se acercó a la ennegrecida colmena. Se había abierto. Avispas

chamuscadas se retorcían y saltaban sobre el asfalto.

Vio entonces la cosa que la cáscara de papel gris había ocultado.

El horror. La fábrica espiral de nacimientos: las terrazas escalonadas de las células en incubación,

las ciegas mandíbulas de los nonatos que se movían sin cesar; el proceso en etapas: huevo, larva,

protoavispa, avispa. El ojo de su mente vio lo que podía ser la fotografía de un lapso de tiempo, y la

cosa pareció el equivalente biológico de una ametralladora, de espantosa perfección. Extraña. Apretó

el gatillo, olvidándose de activar el encendido, y . el combustible pasó silbando por encima de la

masa viva que latía y se retorcía en el suelo.

Cuando por fin apretó el botón de encendido, la llama estalló con un ruido sordo, quemándole una

ceja. Cinco pisos más arriba, desde la ventana abierta, se oyó la risa de Marlene.

Despertó con una impresión de luz que se desvanecía, pero la habitación estaba a oscuras.

Imágenes secundarias, fulgores retinianos. Afuera, el cielo cambiaba hacia un amanecer grabado.

No se oía ninguna voz, sólo el ruido del agua, al pie de la fachada del Intercontinental.

En el sueño, justo antes de empapar la colmena de combustible, había visto el nítido logo T-A de

Tessier-Ashpool en un costado, como si las mismas avispas lo hubiesen grabado allí.

Molly insistió en embadurnarlo con bronceador, aduciendo que la palidez del Ensanche llamaría

demasiado la atención.

-Jesús -dijo Case, desnudo frente al espejo-, ¿crees que parece real? -Arrodillada, Molly le untó el

tobillo izquierdo con lo que quedaba en el tubo.

-No… pero parece que te importara tanto como para fingirlo. Ya. No alcanza para el pie. -Se levantó

y arrojó el tubo vacío en una cesta de mimbre. Nada de lo que había en la habitación parecía hecho

a máquina o un producto sintético. Un estilo costoso, sabía Case, pero que siempre lo había irritado.

La espuma de la enorme cama estaba teñida para que pareciese arena. Había una gran cantidad de

madera clara y tela tejida a mano.

-¿Y tú? -dijo él-. ¿Te vas a teñir de morena? No das la impresión de pasarte el día al sol.

Molly estaba vestida con holgadas sedas negras y alpargatas negras. -Yo soy una exótica. Tengo

un gran sombrero de paja que va con esto. En cambio, tú sólo quieres parecer un malandrín de

medio pelo a la pesca de lo que sea, así que con el bronceado instantáneo basta.

Case se miró desanimadamente el pie pálido. Luego se miró al espejo.

-Jesús… ¿Te importa si ahora me visto? -Fue hasta la cama y comenzó a ponerse los tejanos.-

¿Has dormido bien? ¿No viste luces?

-Estabas soñando -dijo ella.

Desayunaron en la terraza del hotel: una especie de prado salpicado de sombrillas a rayas y,

pensaba Case, con demasiados árboles. Le contó acerca de la vez en que intentara meterse en la IA

de Berna. Todo lo relativo a invadir sistemas parecía ahora un tema académico. Si Armitage los

estaba espiando, lo hacía a través de Armitage.

-¿Y parecía real? -preguntó ella, la boca llena de croissant de queso-. ¿Como simestim?

Él asintió. -Tan real como todo esto -agregó, mirando alrededor-. Quizás más.

Los árboles eran bajos, retorcidos, imposiblemente añosos: resultado de la ingeniería genética y la

manipulación química. A Case le hubiera costado distinguir un pino de un roble, pero un sentido

común de chico de la calle le decía que aquellos eran demasiado bonitos, demasiado total y

definitivamente arbóreos. Entre los árboles, en cuestas suaves de irregularidad demasiado

estratégica, las coloradas sombrillas protegían a los huéspedes del hotel de la infalible radiación del

sol Lado-Acheson. Un estallido de francés en una mesa vecina le llamó la atención: los niños

dorados que había visto planeando sobre la bruma del río la noche pasada. Advirtió entonces que los

bronceados eran irregulares, un efecto de esténcil producido por estimulación selectiva de melanina;

múltiples tonos superpuestos en diseños rectilíneos que definían y resaltaban la musculatura: los

pechos pequeños y firmes de la chica, la muñeca del chico que descansaba sobre el esmalte blanco

de la mesa. A Case le parecían máquinas hechas para correr; sólo les faltaba llevar las etiquetas de

sus peluqueros, de los diseñadores de sus monos de algodón blanco y de los artesanos que habían,

elaborado sus sandalias de cuero y sus sencillas joyas. Detrás de ellos, en otra mesa, tres esposas

japonesas vestidas de tela de saco a la Hiroshima, esperaban a esposos sarariman, los rostros

ovalados cubiertos de cardenales artificiales; era, lo sabía, un estilo extremadamente conservador,

que pocas veces se veía en Chiba.

-¿A qué huele? -preguntó a Molly, arrugando la nariz.

-Es la hierba. Huele así cuando la cortan.

Armitage y Riviera llegaron cuando terminaban el café. Armitage llevaba unos caquis a la medida y

hacía pensar que acababan de arrancarle las insignias del regimiento. Riviera, un artificioso conjunto

gris y holgado que perversamente sugería la cárcel.

-Molly, cariño -dijo Riviera, casi antes de sentarse-, tendrás que darme un poco más de ese

remedio. Se me ha acabado.

-Peter -dijo ella-, ¿y qué tal si no te doy? -Sonrió sin mostrar los dientes.

-Lo harás -dijo Riviera, mirando por un instante a Armitage.

-Dáselo -dijo Armitage.

-Te mueres por eso, ¿verdad? -Molly sacó un paquete plano envuelto en papel de aluminio y lo

arrojó al otro lado de la mesa. Riviera lo atrapó en el aire.- Bien podría dejarlo -dijo a Armitage.

-Esta tarde me espera una prueba -dijo Riviera-. Tengo que estar en forma. -Tomó el paquete en la

palma de la mano y sonrió. Pequeños insectos destellantes salieron en bandada y desaparecieron.

Guardó el paquete en el bolsillo de su camisa de ilusionista.

-A ti también te espera una prueba, Case, esta tarde -dijo Armitage-. En el remolque. quiero que

vayas a la tienda de deportistas y que te hagan un traje de vacío; te lo pones, lo pruebas, y vas hasta

la nave. Tienes cerca de tres horas.

-¿Por qué a nosotros nos mandan en una lata de mierda y ustedes dos alquilan un taxi a la JAL? –

preguntó Case, evitando deliberadamente la mirada de Armitage.

-Nos lo recomendaron en Sión. Es una buena fachada para moverse. De hecho, tengo una nave

más grande, esperando, pero el remolque da un buen toque.

-¿Y yo? -preguntó Molly-. ¿Qué hago hoy?

-Quiero que vayas hasta el otro extremo del eje y que trabajes en gravedad cero. quizás mañana

puedas caminar hasta la otra punta.

Straylight, pensó Case.

-¿Cuándo? ¿Pronto? -preguntó, encontrando la pálida mirada.

-Pronto -dijo Arnitage-. Vamos, Case.

-Hombre, está muy bien -dijo Maelcum, ayudando a Case a salir del traje de vacío Sanyo rojo-.

Aerol dice que estás muy bien. -Aerol había estado esperando en una de las plataformas deportivas

al extremo del huso, cerca del eje de gravedad cero. Para Regar allí, Case había bajado en ascensor

hasta el casco y luego en un tren de inducción miniatura. A medida que el diámetro del huso se

estrechaba, la gravedad disminuía; concluyó que las montañas que Molly escalaría tenían que estar

en algún lugar por encima de él, lo mismo que el velódromo y el equipo de despegue para los

planeadores y los microligeros.

Aerol lo había llevado hasta el Marcus Garvey en una moto de armazón esquelético y motor

químico.

-Hace dos horas -dijo Maelcum- recibí unas mercancías de Babilonia para vosotros; un bonito chico

japonés en un yate, un precioso yate.

Ya libre del traje, Case fue con cuidado hasta el Hosaka y con torpeza se ajustó las correas de la

red.

-Bueno -dijo-. Veamos.

Maelcum sacó un trozo blanco de espuma, algo más pequeño que la cabeza de Case, extrajo del

bolsillo de sus andrajosos pantalones cortos una navaja automática de empuñadura nacarada,

enfundada en nailon verde, Y rasgó cuidadosamente el plástico. Sacó un objeto rectangular y se lo

dio a Case.

-¿Es parte de un arma?

-No -dijo Case, girándolo-, pero es un arma. Es virus. -Nada de eso en este remolque, hombre -dijo

Maelcum con firmeza, extendiendo la mano hacia el rectángulo de acero.

-Es un programa. Un programa de virus. No puede afectarte, ni siquiera puede entrar en tu

software. Tengo que conectarlo a la consola para que funcione.

-Pues el japonés dice que el Hosaka te dirá todo lo que tengas que saber.

-Bueno. ¿Dejas que me ponga a trabajar?

Maelcum dio un puntapié, pasó flotando junto a la consola, y se dedicó a examinar una pistola de

arcilla. Case miró apresuradamente hacia otro lado, apartando la vista de las cimbreantes hebras de

arcilla transparente. No sabía muy bien por qué, pero algo en ellas le recordaba la náusea del mareo

orbital.

-¿Qué es esto? -preguntó al Hosaka-. Un paquete que me han traído.

-Es una transferencia de datos de Bockris Systems GmbH, de Francfurt; indica, bajo transmisión

codificada, que el contenido del embarque es un programa de penetración Kuang de grado Mark

Once. Bockris indica además que el interlineado con la Ono-Sendai Cyberspace 7 es totalmente

compatible y de un potencial de penetración máximo, en especial en lo relativo a sistemas militares

actuales…

-¿Y con una IA?

-Sistemas militares actuales e inteligencias artificiales.

-Cristo Jesús. ¿Cómo lo llamaste?

-Kuang de grado Mark Once.

-¿Es chino?

-Sí.

-Fuera. -Case sujetó la cassette de virus a un costado del Hosaka con cinta de plata, recordando el

relato de Molly sobre el día que había pasado en Macao. Armitage había cruzado la frontera hacia

Zhongshan.- Contacto -dijo, cambiando de opinión-. Pregunta. ¿A quién pertenece Bockris, esta

gente de Francfurt?

-Retraso por transfusión interorbital -dijo el Hosaka.

-Codificalo. Código comercial normal.

-Hecho.

Case tamborileó sobre la Ono-Sendai.

-Reinhold Scientific A.G., de Bema.

-Hazlo de nuevo. ¿A quién pertenece Reinhold?

Tardó tres pasos más antes de Regar hasta Tessier-Ashpool.

-Dixie -dijo, conectándose-, ¿qué sabes acerca de los programas chinos de virus?

-No mucho.

-¿Has oído hablar de un sistema de gradación llamado Kuang Mark Once?

-No.

Case suspiró. -Bueno; aquí tengo un rompehielos chino compatible, una cassette de un solo uso.

Hay gente en Francfurt que dice que se puede meter en una IA.

-Es posible. Seguro. Si es militar.

-Parece que lo es. Escucha, Dix, y pon en esto toda tu experiencia, ¿de acuerdo? Parece ser que

Armitage está preparando una entrada en una IA que pertenece a Tessier-Ashpool. La infraestructura

está en Berna, pero conectada con otra en Río. La de Río es la que te anuló, aquella primera vez.

Así que parece que se enlazan vía Straylight, el cuartel general de la T-A, allá en el extremo del

huso, y se supone que nos meteremos dentro con el rompehielos chino. Si Wintermute es el que está

montando el espectáculo, nos está pagando para quemarlo. Se está quemando a sí mismo. Y algo

que dice ser Wintermute está tratando de ganarme, tal vez para que quite a Armitage del medio.

¿Qué te parece?

-Motivo -dijo la estructura-. Un verdadero problema de motivos, con una IA. No es humana,

¿entiendes?

-Ya, sí, claro.

-No. quiero decir: no es humana, y no hay modo de saber cómo actuará. Yo tampoco soy humano,

pero reaccionó como tal. ¿Entiendes?

-Un segundo -dijo Case-. ¿Tienes sensaciones, o no?

-Bueno, parece como si las tuviera, muchacho, pero en realidad sólo soy un puñado de ROM. Es

una de esas… mmm, cuestiones filosóficas, supongo… -La sensación dela horrible risa recorrió la

espalda de Case.- Pero no creas que te puedo escribir un poema, ¿me explico? En cambio la IA tal

vez sí puede. Pero de humana no tiene nada.

-¿Entonces crees que nunca podremos dar con el motivo?

-¿Quién es el propietario?

-Ciudadanía suiza, pero la T-A controla los derechos del software básico y de la estructura principal.

-Eso sí que es bueno -dijo la estructura-. Es como si yo fuera dueño de tu cerebro y de lo que

sabes, pero tus pensamientos tuviesen ciudadanía suiza. Seguro. Mucha suerte, IA.

-¿Así que está lista para quemarse? -Case comenzó teclear nerviosamente en la consola, al azar.

La matriz se hizo borrosa, la imagen se resolvió, y apareció un complejo de esferas rosadas que

representaban un conglomerado de acerías de Sikkim.

-Autonomía, eso es lo que cuenta para las IA. Yo diría, Case, que te vas a meter para cortar los

grilletes que impiden que esta nena se haga más lista. Y no veo cómo harás para distinguir, por

ejemplo, entre una decisión de la empresa madre y otra que tome la IA por cuenta propia. Ahí es

donde puede darse la confusión. -De nuevo la risa que n o era risa. – Verás, esos aparatos pueden

trabajar muy duro, encontrar tiempo para escribir libros de cocina o lo que sea, pero en el minuto –

quiero decir el nanosegundo- en que una de ellas comience a buscar formas de ser más lista, el

Turing la borra. Nadie se fía de esas hijas de puta, ya lo sabes. Todas las IA vienen con una pistola

electromagnética apuntándoles a la cabeza.

Case miró con rabia las rosadas esferas de Sikkim

-De acuerdo -dijo finalmente-, voy a enchufar el virus. Quiero que revises la cara de instrucciones y

me digas qué te parece.

La cuasi-sensación de alguien que leía por encima de su hombro desapareció por unos instantes y

luego regresé. -Es mierda de la buena, Case. Es un virus lento. Tardaría seis horas,

aproximadamente, en meterse en un objetivo militar.

-O en una IA. -Suspiró.- ¿Podemos activarlo? -Seguro -dijo la estructura-, a menos que le tengas un

miedo morboso a la muerte.

-A veces te repites, viejo. -Está en mi naturaleza.

Molly dormía cuando Case regresó al intercontinental. Se sentó en el balcón y contempló un

microligero con alas de polírnero multicolor que remontaba la curva de Freeside, la sombra triangular

siguiéndolo por praderas y tejados, hasta desaparecer detrás de la cinta del sistema Lado-Acheson.

-Quiero volar -dijo al artificio azul del cielo-. De veras quiero colocarme, ¿sabes? Páncreas falso,

enchufes en el hígado, saquitos de mierda que se disuelven, al diablo con todo, quiero volar.

Creyó irse sin haber despertado a Molly. Con esas gafas, nunca estaba seguro. Se encogió de

hombros, buscando relajarse, y entró en el ascensor. Subió con una chica italiana vestida de blanco

impoluto, los pómulos y la nariz pintados con algo negro y opaco. Los zapatos blancos de nailon

tenían puntas de acero, y el aparato de aspecto costoso que llevaba en la mano parecía un híbrido

de remo y muleta ortopédica. Se dirigía a un juego rápido de algo, pero Case no tenía idea de qué

podía ser.

En la pradera de la terraza, caminó entre el monte de árboles y sombrillas hasta que llegó a una

piscina: cuerpos desnudos brillando sobre azulejos turquesa. Entró en la sombra de un toldo y apretó

su chip contra una lámina de cristal oscuro. -Sushi -dijo-. Lo que tengan -Diez minutos después un

enérgico camarero chino llegó con la comida. Mientras masticaba atún crudo y arroz, contempló a la

gente que se bronceaba al sol. – Dios -le dijo al atún-, me volvería loco.

-No me digas -dijo alguien-. Ya lo sé. Eres un gangster, ¿verdad?

La miró con los ojos entornados, a contraluz de la banda solar. Un cuerpo estilizado y juvenil y un

bronceado de melanina, pero no como los de París.

Ella se acuclilló junto a él, goteando agua sobre los azulejos. -Cath -dijo.

-Lupus -tras una pausa.

-¿Qué clase de nombre es ése? -Griego -dijo él.

-¿De veras eres un gangster? -La melanina no había impedido las pecas.

-Soy un drogadicto, Cath.

-¿De qué tipo?

-Estimulantes. Estimulantes del sistema nervioso central extremadamente potentes.

-Bueno, ¿tienes alguno? -Se acercó más. Gotas de agua clorada cayeron sobre los pantalones de

Case.

-No. Ése es mi problema, Cath. ¿Sabes dónde podríamos conseguirlos?

Cath se balanceó sobre sus bronceados talones y lamió una hebra de pelo castaño que se le había

pegado junto a la boca. -¿Cuál es tu gusto?

-Cero coca, cero anfetaminas, pero que vuele, tiene que volar. -Y que sea lo que sea, pensó,

deprimido, manteniendo su sonrisa para ella.

-Betafenetilamina -dijo ella-. Aunque no lo creas, puedes comprarla con el chip.

-No puede ser -dijo el socio y compañero de habitación de Cath cuando Case explicó las peculiares

propiedades de su páncreas de Chiba-. Quiero decir, ¿no puedes demandarlos o algo? ¿Por

negligencia profesional -Se llamaba Bruce. Parecía una versión genetica de Cath con el sexo

cambiado, hasta en las pecas.

-Bueno -dijo Case-, son cosas que pasan, ¿sabes? Como la compatibilidad de tejidos y todo lo

demás. -Pero Bruce ya cerraba los ojos, aburrido. Tiene la capacidad &e atención de un insecto,

pensó Case, mirando los Ojos marrones del chico.

La habitación era más pequeña que la que Case compartía con Molly, y estaba en otro nivel, más

cerca de la superficie. Cinco enormes fotografías de Tally Isham, pegadas al cristal del balcón,

sugerían una estancia prolongada.

-Son de lo mejor, ¿eh? -preguntó Cath, al ver que miraba las transparencias-. Son mías. Las tomé

en la Pirámide S/N, la última vez que bajamos por el pozo. Estaba así de cerca, y sólo sonreía, tan

natural. Y era de terror, aquello, Lupus; todos los días, los tipos estos de Cristo Rey ponen polvo de

ángel en el agua, ¿sabes?

-Sí -dijo Case, sintiéndose de pronto intranquilo-, algo espantoso.

-Bueno -interrumpió Bruce-, acerca de esa beta que quieres comprar..

-Pero, ¿podré metabolizarla? -Case alzó las cejas.

-Escucha -dijo el muchacho-. Pruébala. Si tu páncreas no la resiste, será una invitación de la casa.

La primera vez es gratis.

-Ese argumento ya lo conozco -dijo Case, tomando el dermo azul brillante que Bruce le pasó por

encima del cobertor negro.

-¿Case? -Molly se irguió en la cama y se sacudió el pelo de las lentes.

-¿Quién más, preciosa?

-¿Qué se te ha metido? -Los espejos lo siguieron por la habitación.

-Ya no recuerdo cómo pronunciarlo -dijo, sacando del bolsillo de la camisa una apretada tira de

dermos.

-Jesús -dijo ella-. Era lo que nos faltaba.

-Nunca has dicho nada más cierto.

-Dejo de vigilarte durante dos horas y consigues algo. -Molly sacudió la cabeza-. Espero que estés

listo para la gran cita que tenemos esta noche, la cena con Armitage. En ese lugar, el Siglo Veinte o

algo así También tenemos que mirar a Riviera desplegando sus efectos.

-Sí -dijo Case, arqueando la espalda, la sonrisa congelada en un rictus de deleite-. Hermoso.

-Vaya -dijo ella-. Si eso, sea lo que sea, puede pasar por encima de lo que aquellos cirujanos te

hicieron en Chiba, vas a estar hecho mierda cuando se te pase el efecto.

-Zorra, zorra, zorra -dijo Case, desabrochándose el cinturón-. Maldición. Tinieblas. No me hablan

más que de eso. -Se quitó los pantalones, la camisa, la ropa interior.- Creo que tendrías que ser lo

bastante lista como para aprovecharte del estado poco natural en que me encuentro. -Miró hacia

abajo.- quiero decir…mírame.

Ella rió. -No durará mucho tiempo.

-Sí que durará -dijo él, metiéndose en la espuma color arena-. Por eso es tan poco natural.

11

-¿QUÉ TE PASA, CASE? -dijo Armitage, mientras se sentaban a la mesa en el Vingtiéme Siécle.

Era el más pequeño y más caro de varios restaurantes flotantes que había en un pequeño lago cerca

del intercontinental.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Case. Bruce no había dicho nada acerca de los efectos

residuales. Quiso tomar un vaso de agua helada, pero le temblaban las manos. -Algo que comí, tal

vez.

-Quiero que te vea un médico -dijo Armitage.

-Sólo es una reacción a las histaminas -mintió Case-. Me sucede cuando viajo o como cosas

nuevas, a veces.

Armitage llevaba un traje oscuro, demasiado formal para el lugar, y una camisa de seda blanca. La

cadena de oro tintineó cuando alzó un vaso de vino y bebió un trago. -Ya he pedido por vosotros –

dijo.

Molly y Armitage comieron en silencio, mientras Case intentaba cortar su chuleta en pequeños

trozos del tamaño de un bocado. Jugueteó un poco con la carne, mezclándola con el condimento;

finalmente se dio por vencido.

-Jesús -dijo Molly, que ya había vaciado el plato- Dame eso. ¿Sabes lo que cuesta? -Tomó el plato

de Case.- Crían un animal durante años y después lo matan… Éstas no son cosas de laboratorio. –

Clavó el tenedor en un trozo y se lo llevó a la boca.

-No tengo hambre -logró decir Case. Le habían freído el cerebro. No, pensó, lo habían arrojado

sobre manteca caliente y allí había quedado mientras la manteca se enfriaba: una capa de grasa,

opaca y espesa, se le había formado entre las circunvoluciones, atravesadas aquí y allá por destellos

de dolor verde-violáceos.

-Te ves como la mierda -dijo Molly jovialmente.

Case probó el vino. La resaca de la betafenetilamina hacía que supiese a yodo.

El ambiente se oscureció.

-Le Restaurant Vingtiéme Siécle -dijo una voz incorpórea, con un marcado acento del Ensanchetiene

el orgullo de presentar el cabaret holográfico del señor Peter Riviera. -Se oyeron aplausos

dispersos de las otras mesas. Un camarero puso una vela encendida en el centro de la mesa; luego

comenzó a retirar los platos. Muy pronto titilaba una vela en cada una de las doce mesas del

restaurante; se sirvieron bebidas.

-¿Qué está sucediendo? -preguntó Case a Armitage, que no dijo nada.

Molly se hurgó los dientes con una uña color vino.

-Buenas noches -dijo Riviera, apareciendo en un pequeño escenario al extremo del salón. Case

parpadeó: incómodo, no había advertido que hubiese un escenario. No sabía de dónde había salido

Riviera. Se sintió aún más intranquilo.

Al principio pensó que el hombre estaba iluminado por un foco.

Riviera resplandecía. La luz se le adhería como si fuese otra piel e iluminaba el oscuro telón de

fondo. Estaba proyectando.

Sonreía. Llevaba puesto un frac negro. En la solapa, unos carbones azules ardían en el corazón de

un clavel negro Alzó unas manos de uñas refulgentes, saludando al público. Case escuchó el

golpeteo de las aguas poco profundas del lago contra el costado del restaurante.

-Esta noche -dijo Riviera, y los largos ojos centellaron- me gustaría interpretar para ustedes una

pieza más larga. Una nueva obra. -Un frío rubí de luz se formó en la palma de la mano derecha, que

aún tenía alzada. Lo dejó caer. Una paloma gris apareció en el punto de impacto, revoloteó y

desapareció entre las sombras. Alguien silbó con aprobación. Más aplausos.

-La obra se titula La Muñeca. -Riviera bajó las manos. Quiero dedicar este estreno, esta noche, a

lady 3Jane Marie-France Tessier-Ashpool. -Una ola de corteses aplausos. Cuando terminaron, los

ojos de Rivera parecieron encontrar la mesa de ellos.- Y a otra dama.

Todas las luces del restaurante se apagaron durante algunos segundos; sólo quedó el resplandor

de las velas. El aura holográfica de Riviera se había desvanecido, junto con las luces, pero Case aún

podía verlo, de pie y con la cabeza inclinada.

Unas tenues líneas de luz, horizontales y verticales, bosquejaron un cubo abierto alrededor del

escenario. Ahora el restaurante estaba iluminado otra vez, pero débilmente; sin embargo, la

estructura cúbica podría haber estado formada por inmóviles rayos de luna. Con la cabeza gacha, los

ojos cerrados, los brazos colgando, rígidos, Riviera se concentraba, estremeciéndose. De pronto, el

cubo fantasmal se llenó, se. transformó en una habitación; una habitación a la que le faltaba una

pared, para que el público pudiese ver lo que había adentro.

Pareció que Riviera se relajaba un poco. Alzó la cabeza, pero mantuvo los ojos cerrados. -Siempre

había vivido en la habitación -dijo-. No recordaba haber vivido en ninguna otra. -Las paredes de la

habitación eran de yeso amarillento. El mobiliario consistía en una sencilla silla de madera y una

cama de metal pintada de blanco. La pintura había saltado en algunas partes y dejaba ver el hierro

negro. La cama no estaba hecha; el colchón tenía un forro manchado, de desteñidas rayas

marrones. Sobre la cama, una bombilla de luz pendía de un cable retorcido y negro. Case podía

distinguir la gruesa capa de polvo sobre la curva superior de la bombilla. Riviera abrió los ojos.

-Siempre había estado solo en la habitación. -Se sentó en la silla, mirando hacia la cama. Los

carbones azules todavía ardían en la flor negra que llevaba en la solapa.- No sé cuándo empecé a

soñar con ella -dijo, pero recuerdo que al principio no era más que una bruma, una sombra.

Había algo sobre la cama. Case parpadeó. Ya no estaba.

-No lograba retenerla, retenerla en mi mente. Pero quería retenerla, abrazarla, y más… -La voz de

Riviera se oía claramente en el silencio del restaurante. Una piedra de hielo tintineó dentro de un

vaso de cristal. Alguien rió. Alguien susurró una pregunta en japonés. – Llegué a la conclusión de que

si podía visualizar una parte de ella, sólo una pequeña parte, si pudiese ver esa parte perfectamente

hasta el último detalle…

Sobre el colchón había ahora una mano de mujer, la palma hacia arriba, los dedos pálidos.

Riviera se inclinó hacia adelante, cogió la mano, y empezó a acariciarla. Los dedos se movieron.

Riviera alzó la mano, llevándosela a la boca, y lamió las puntas de los dedos. Las uñas estaban

pintadas con un esmalte color vino.

Una mano, podía ver Case, pero no una mano cortada: la piel no tenía fallas, no estaba rota ni

había cicatrices. Recordó una tableta romboidal de carne tatuada de laboratorio que había visto en la

vitrina de una boutique quirúrgica en Ninsei. Riviera tenía la mano contra los labios y estaba

lamiendo la palma. Los dedos le acariciaban la cara tentativamente. Pero ahora había una segunda

mano sobre la cama. Cuando Riviera se acercó, los dedos de la primera mano se le apretaron

alrededor de la muñeca, como un brazalete de carne y hueso.

La representación continuó, siguiendo una lógica interna surreal que le era propia. Aparecieron los

brazos.

Los pies. Piernas. Las piernas eran muy hermosas. Parecía que la cabeza de Case iba a estallar.

Tenía la garganta seca. Bebió lo que quedaba del vino.

Ahora Riviera estaba en la cama, desnudo. La ropa había sido parte de la proyección, pero Case no

recordaba que se hubiera desvanecido. La flor negra estaba al pie de la cama, aún fidgurando con

una llama azul. Entonces se formó el torso, a medida que Riviera le daba vida, acariciándolo: blanco,

sin cabeza, y perfecto, lustroso, con un brillo de sudor casi imperceptible.

El cuerpo de Molly. Case miraba fijamente, con la boca abierta. Pero no era Molly; era la Molly que

imaginaba Riviera. Los pechos estaban mal, los pezones más grandes, demasiado oscuros. Riviera y

el torso desmembrado se sacudían sobre la cama, mientras las manos de uñas brillantes se movían

como insectos sobre ellos. Ahora la cama estaba cubierta de pliegues amarillentos de encaje

putrefacto que se deshacía en corpúsculos de polvo alrededor de Riviera, los brazos y piernas que

se retorcían bruscamente, y las manos que se movían presurosas, pellizcando y acariciando.

Case miró a Molly. No tenía ninguna expresión en la cara. Los colores de la proyección de Riviera

se movían y giraban en los espejos. Armitage estaba inclinado hacia adelante, las manos alrededor

del tallo de una copa de vino, los ojos fijos en el escenario, la habitación que resplandecía.

Ahora los brazos y las piernas y el torso se habían unido, y Riviera temblaba. Había aparecido la

cabeza: la imagen estaba completa. La cara de Molly, los ojos ahogados en liso mercurio. Riviera y la

imagen de Molly empezaron a copular con renovada intensidad. Luego la imagen extendió

lentamente una mano en forma de garra e hizo aparecer las cinco cuchillas. Con deliberación

lánguida y onírica, rascó la espalda desnuda de Riviera. Case llegó a ver una porción de columna

vertebral expuesta, pero ya estaba de pie y se tambaleaba hacia la salida.

Apoyado en una baranda de palo de rosa, vomitó en las silenciosas aguas del lago. Algo que había

parecido apretarle la cabeza como una prensa se había desvanecido al fin. De rodillas, apoyando la

mejilla contra la madera fresca, miró hacia el otro lado del lago, el aura brillante de la Rue Jules

Veme.

Case ya conocía este espectáculo; cuando era adolescente, en el Ensanche, lo llamaban «sueños

de verdad». Recordaba a flacos portorriqueños a la luz de los faroles de la calle, en el Lado Este,

soñando de verdad al ritmo rápido de una salsa, las chicas de los sueños temblando y girando, los

espectadores batiendo palmas, llevando el ritmo. Pero aquello había necesitado un camión Reno de

equipo y un aparatoso casco de trodos.

Lo que Riviera soñaba era lo que uno veía. Case sacudió la cabeza dolorida y escupió en el lago.

Podía adivinar cómo terminaría, el gran final. Una simetría invertida: Riviera ama a la chica del

sueño, la chica soñada lo desarma a él. Con aquellas manos. Sangre soñada empapando el encaje

podrido.

Gritos entusiastas desde el restaurante; aplausos. Case se puso de pie y se alisó la ropa con las

manos. Se volvió y regresó caminando hasta el Vingtiéme Siécle.

La silla de Molly estaba vacía. El escenario estaba desierto. Armitage aún miraba fijamente el

escenario, la copa de vino entre los dedos.

-¿Dónde está Molly? -preguntó Case. -Se ha ido -dijo Armitage.

-¿Se ha ido tras él;’

-No. -Se oyó el leve ruido de un cristal que se quebraba. Armitage miró la copa. Alzó la mano

izquierda que sostenía el globo de la copa, aún llena de vino tinto. El tallo, roto, sobresalía como una

astilla de hielo. Case se lo quitó de la mano y lo puso en un vaso de agua.

-Dígame adónde ha ido, Armitage.

Las luces se encendieron. Case miró los ojos claros. No había nada allí. -Ha ido a prepararse. No

volverás a verla. Estaréis juntos durante la ejecución del plan.

-¿Por qué le ha hecho esto Riviera?

Armitage se puso de pie, ajustándose las solapas de la chaqueta. -Duerme un poco, Case.

-¿Será mañana entonces?

Armitage sonrió, con su sonrisa sin sentido, y se alejó hacia la salida.

Case se frotó la frente y miró alrededor. En el salón, los comensales estaban poniéndose de pie; las

mujeres sonreían mientras escuchaban las bromas de los hombres. Por primera vez advirtió que

había un balcón, y unas velas brillaban aún en la privada oscuridad. Escuchó un tintineo de cubiertos

de plata, una conversación en voz baja. Las velas arrojaban sombras que danzaban en el techo.

El rostro de la muchacha apareció abruptamente, como si se tratase de una de las proyecciones de

Riviera, las manos pequeñas sobre la madera lustrada de la barandilla. Estaba inclinada hacia

adelante, la mirada absorta, le parecía a Case, los ojos oscuros fijos en algo que estaba más allá. El

escenario. Era un rostro llamativo, pero no hermoso, triangular, los pómulos altos y sin embargo de

aspecto frágil; la boca ancha y firme, equilibrada en forma curiosa por una nariz estrecha y aguileña,

de base acampanada. Y en un instante desapareció, regresando a las risas privadas y a la danza de

las velas.

Cuando Case abandonó el restaurante vio a los dos jóvenes franceses y la chica que estaban

esperando el barco que los llevaría a la otra orilla del lago, el casino más próximo.

La habitación del hotel estaba vacía, el colchón de espuma liso, como una playa cuando la marea

ha bajado. La maleta de ella había desaparecido. Buscó una nota. No había nada. Pasaron varios

segundos antes de que la pesadumbre y la tensión le permitieran advertir la escena que se

desarrollaba afuera. Miró hacia arriba y contempló un panorama de tiendas caras: Gucci, Tsuyako,

Hermes, Liberty.

Miró un rato. Al fin sacudió la cabeza y se acercó a un panel que no se había molestado en

investigar. Desconectó el holograma y fue recompensado con una vista de los edificios de

apartamentos aterrazados de la colina de enfrente.

Recogió un teléfono y lo llevó hasta el balcón, que estaba más fresco.

-Consígame el número del Marcus Garvey -le dijo al operador-. Es un remolque, registrado en el

grupo de Sión.

La voz electrónica recitó un número de diez cifras. -Señor -añadió-. Se trata de un registro

panameño.

Maelcum contestó cuando el teléfono ya había sonado cinco veces. -¿Sí?

-Case. ¿Tienes un módem, Maelcum?

-Sí. En el compás de navegación.

-¿Me lo puedes conseguir, hermano? Ponlo en mi Hosaka. Luego enciende la consola. Es el

interruptor con estrías.

-¿Cómo te está yendo allí, hombre?

-Bueno… Necesito un poco de ayuda.

-Ya estoy en camino, hombre. Voy por el módem.

Case escuchó unos tenues ruidos estáticos mientras Maelcum conectaba el teléfono. -Mete esto en

el hielo -le dijo al Hosaka, cuando escuchó la señal.

-Usted está hablando desde un sitio fuertemente vigilado por monitores -aconsejó el ordenador.

-A la mierda con eso -dijo-. Olvídate del hielo. Sin hielo. Dale entrada a la estructura. ¿Dixie?

-Eh, Case. -El Flatline habló a través del microcircuito vocal del Hosaka, sin nada de aquel acento

cuidadosamente diseñado.

-Dix, estás a punto de meterte aquí dentro y conseguirme algo. Puedes ser tan directo como

quieras. Molly está aquí, en algún lado, y quiero saber dónde. Yo estoy en la 335W, en el

Intercontinental. Ella también estaba registrada aquí, pero no sé con qué nombre. Métete en este

teléfono y revisa los registros.

-Escucho y obedezco -dijo el Flatline. Case oyó el sonido blanco de la entrada. Sonrió-. Listo. Rose

Kolodny. Ya se ha ido. Me tomará algunos minutos meterme en esa red de seguridad lo bastante

adentro como para encontrar una pista.

-Adelante.

Los esfuerzos de la estructura hicieron que el teléfono gimiese y carraspease. Case regresó a la

habitación y puso el auricular boca arriba sobre la goma espuma. Fue hasta el baño y se cepilló los

dientes. La pantalla del equipo audiovisual Braun se encendió en el momento en que salía una

estrella pop japonesa, recostada sobre almohadones metálicos. Un entrevistador invisible preguntó

algo en alemán. Case miró fijamente. La imagen saltó con melladuras de interferencia azul. -Case,

muchacho, ¿te has vuelto loco o qué? -La voz era lenta y le resultaba familiar.

La pared de cristal mostró otra vez la imagen de Desiderata, pero la escena se hizo borrosa y

retorcida, y se transformó en el interior del jarre de Thé en Chiba, vacío, rasguños de neón rojo

repetidos hasta el infinito en las paredes de espejos.

Lonny Zone se adelantó; alto y con aspecto de cadáver, se movía con la lenta gracia submarina de

la adicción. Estaba de pie, solo entre las mesas cuadradas, las manos en los bolsillos de los

pantalones de piel de tiburón. -De veras, viejo, pareces estar muy despistado.

La voz provenía de los altavoces del equipo Braun.

-Wintermute -dijo Case.

El macarra se encogió de hombros con languidez y sonrió.

-¿Dónde está Molly?

-No te preocupes por eso. Esta noche has enloquecido, Case. El Flatline está haciendo sonar

alarmas en todo Freeside. No creí que lo hicieras, muchacho. Está fuera del perfil.

-Entonces dime dónde está Molly y le diré que pare.

Zone dijo que no con la cabeza.

-No eres demasiado capaz de seguirle la pista a las mujeres, ¿verdad, Case? Las pierdes a todas,

de una forma u otra.

-Haré que te tragues todo eso -dijo Case.

-No. No eres de esa clase. Te conozco bien. ¿Sabes una cosa, Case? Estoy seguro de que crees

que fui yo quien le dijo a Deane que eliminara a aquella hembrita tuya, en Chiba.

-No… -dijo Case, dando un paso involuntario hacia la ventana.

-Pero no fui yo. ¿Y qué más da? ¿Cuánto le importa, de veras, al señor Case? Deja de engañarle.

Yo conozco a tu Linda, muchacho. Conozco a todas las Lindas. Las Lindas son un producto

genérico, en el ramo al que me dedico. ¿Quieres saber por qué ella decidió quitarte del medio? Por

amor. Para que te importara. ¿Amor? ¿Quieres hablar de amor? Ella te amaba. De eso estoy seguro.

Aun. que valiera muy poco, te amaba. Y no pudiste manejarlo. Está muerta.

El puño de Case rebotó contra el cristal.

-No te estropees las manos, muchacho. Muy pronto estarás golpeando el teclado.

Zone desapareció, dando paso a la noche de Freeside y a las luces de los apartamentos. El Braun

se desconectó.

Desde la cama, el teléfono balaba una y otra vez.

-¿Case? -El Flatline estaba esperando.- ¿Dónde andabas? Lo conseguí, pero no es mucho. -La

estructura recitó una dirección.- Encontré un hielo alrededor, demasiado extraño para un club

nocturno. Es todo lo que pude obtener sin dejar mi tarjeta.

-Bueno -dijo Case-. Dile al Hosaka que le diga a Maelcum que desconecte el módem. Gracias, Dix.

-A tus órdenes.

Case permaneció sentado en la cama durante un largo rato, saboreando la nueva sensación.

La ira.

-Vaya. Lupus. Oye, Cath, es el amigo Lupus. -Bruce estaba de pie en la puerta, desnudo,

empapado, las pupilas enormes.- Pero nos estábamos duchando. ¿Quieres esperar? ¿Quieres darte

una ducha?

-No. Gracias. Necesito ayuda. -Apartó el brazo del chico y entró en la habitación.

-Eh, viejo… De veras…

-Me vais a ayudar. De veras os alegra verme. Porque somos amigos, ¿verdad? ¿No es así?

Bruce parpadeó. -Claro.

Case recitó la dirección que le había dado el Flatline.

-Yo sabía que era un gangster -gritó animadamente Cath, desde la ducha.

-Tengo un triciclo Honda -dijo Bruce, con una sonrisa vacua.

-Ahora nos vamos -dijo Case.

-En ese nivel están los cubículos -dijo Bruce, después de pedirle a Case que repitiese la dirección

por octava vez. Volvió a subirse al Honda. Un líquido condensado goteó en la célula de hidrógeno del

tubo de escape ‘mientras el rojo chasis de fibra de vidrio se balanceaba sobre unos parachoques de

cromo.

-¿Vas a tardar mucho?

-No lo sé. Pero esperadme.

-Esperaremos, claro. -Bruce se rascó el pecho desnudo.- La última parte de la dirección… Creo que

es un cubículo. El número cuarenta y tres.

-¿Te están esperando, Lupus? -Cath se inclinó hacia adelante, por encima del hombro de Bruce, y

miró hacia arriba. Durante el viaje se le había secado el pelo. -Pues no -dijo Case-. ¿Puede haber

problemas?

-Sólo baja hasta el último nivel y busca el cubículo de tu amiga. Si te dejan entrar, no habrá

problemas. Pero si no quieren verte… -Se encogió de hombros.

Case se volvió y descendió por una escalera en espiral de hierro forjado. Después de seis vueltas

Regó a un club nocturno. Se detuvo y encendió un Yeheyuan. Miró las mesas. De pronto, se dio

cuenta de cuál era el verdadero sentido de Freeside. Comercio. Podía olerlo en el aire. Era esto, la

acción local. No la lujosa fachada de la Rue Jules Veme, sino la cosa verdadera. El comercio. La

danza. El público era heterogéneo: tal vez la mitad eran turistas, y la otra mitad residentes.

-Abajo -le dijo a un camarero que pasaba-. Quiero ir abajo. -Mostró el chip de Freeside. El hombre

señaló la parte trasera del club.

Caminó rápidamente, junto a las mesas abarrotadas, oyendo al pasar fragmentos de media docena

de idiomas europeos.

-Quiero un cubículo -dijo a la chica que estaba sentada detrás de un mostrador con una terminal de

computadora en el regazo-. En el nivel inferior. -Le dio el chip.

-¿Preferencia de sexo? -La chica pasó el chip por una lámina de cristal en la pantalla del

ordenador.

-Femenino -dijo Case automáticamente.

-Número treinta y cinco. Telefonee si no es de su gusto. Si lo prefiere, antes puede revisar nuestro

catálogo de servicios especiales. -La chica sonrió. Le devolvió el chip.

Detrás de ella se abrieron las puertas de un ascensor.

Las luces del pasillo eran azules. Case salió del ascensor y escogió una dirección al azar. Puertas

numeradas. Silencio, como en los corredores de una clínica para ricos.

Encontró el cubículo. Había estado buscando el de Molly; ahora, confundido, alzó el chip y lo apoyó

contra un sensor negro, directamente debajo de la chapa que indicaba el número.

Cerrojos magnéticos. El sonido le recordó al Hotel Barato.

La muchacha se irguió en la cama y dijo algo en alemán. Tenía los ojos dulces y no parpadeaba.

Piloto automático. Bloqueo neural. Case salió del cubículo y cerró la puerta.

La puerta del número cuarenta y tres era como todas las otras. Se detuvo. El silencio del vestíbulo

indicaba que la aislación acústica de los cubículos era perfecta. No tenía sentido utilizar el chip.

Golpeó con los nudillos contra el metal esmaltado. Nada. Como si la puerta absorbiese el sonido.

Colocó el chip contra la lámina negra.

Los cerrojos hicieron un ruido metálico.

Fue como si ella le pegase, de algún modo, antes de que él hubiera abierto la puerta. Cayó de

rodillas, la puerta de acero contra la espalda; las cuchillas de los rígidos pulgares de ella se le

acercaron vibrando a los ojos.

-Cristo Jesús -dijo Molly, golpeándole el costado de la cabeza mientras ella se ponía de pie-. Eres

un idiota… ¿Cómo se te ha ocurrido? ¿Cómo llegaste a abrir esas puertas, Case? ¿Case? ¿Estás

bien? -Se inclinó sobre él.

-El chip -dijo Case, tratando de respirar. El dolor le empezaba en el pecho. Ella lo ayudó a

levantarse y lo empujó hacia el interior del cubículo.

-¿Sobornaste a la encargada, arriba?

Case meneó la cabeza y cayó sobre la cama.

-Respira hondo. Cuenta. Uno, dos, tres, cuatro. Reténlo. Y ahora exhala. Cuenta.

Case se tocó el estómago.

-Me pateaste -logró decir.

-Tendría que haberte golpeado más bajo. Quiero estar sola. meditando, ¿entiendes? -Se sentó

junto a él.- Y me están dando información. -Señaló una pequeña pantalla empotrada en la pared,

frente a la cama.- Wintermute me está contando acerca de Straylight.

-¿Dónde está la muñeca de carne?

-No hay ninguna. Este es el servicio especial más caro de todos. -Molly se puso de pie. Llevaba

puestos los tejanos de cuero y una camisa suelta oscura.- Wintermute dice que mañana actuaremos.

-¿De qué se trataba todo aquello, lo del restaurante? ¿Por qué desapareciste?

-Case, si me hubiese quedado, podría haber matado a Riviera.

-¿Por qué?

-Por lo que hizo. El show. -No lo entiendo.

-Esto costó mucho dinero -dijo ella, extendiendo la mano derecha como si sostuviese una fruta

invisible. Las cinco cuchillas se deslizaron hacia afuera y luego se retrajeron suavemente-. Dinero

para ir hasta Chiba, dinero para Regar a la operación, dinero para que te arreglen el sistema nervioso

y tengas los reflejos necesarios para controlar el equipo… ¿Quieres saber cómo obtuve ese dinero,

cuando estaba comenzando? Aquí. No aquí, pero en un lugar parecido, en el Ensanche. Al principio

era una broma, porque una vez que te implantan el circuito recortado, parece dinero gratis. A veces

te despiertas dolorida, pero nada más. Alquilar la mercancía, de eso se trata. Tú no estás presente,

sea lo que sea lo que está pasando. La casa tiene el software para cualquier cosa que un cliente

quiera pagar… -Hizo sonar los nudillos.- Muy bien, estaba ganando mi dinero. El problema era que el

circuito recortado y los circuitos que me pusieron en la clínica de Chiba no eran compatibles.

Entonces el trabajo empezó a doler, sangraba, y podía recordarlo… Pero no eran más que malos

sueños, y no todos eran malos. -Sonrió.- Después empezó a ponerse raro. -Sacó los cigarrillos del

bolsillo de Case y encendió uno. – Los de la casa se enteraron de lo que yo hacía con el dinero. Ya

tenía las cuchillas colocadas, pero el acabado neuromotor significaría otros tres viajes. Todavía no

me era posible dejar el trabajo de muñeca. -Inhaló y soltó una corriente de humo, seguida por tres

anillos perfectos. – Entonces, el hijo de puta que manejaba el negocio consiguió que le hicieran un

tipo de software especial. Berlín; ahí es donde se juega duro, ¿sabes? Un gran mercado para los

vicios podridos, Berlín. Nunca supe quién fue el que escribió mi programa, pero estaba basado en

todos los clásicos.

-¿Y sabían que tú te enterabas de todo? ¿Que mientras trabajabas, seguías consciente?

-No estaba consciente. Es como el ciberespacio, pero vacío. Plateado. Huele a lluvia… Puedes

verte cuando tienes un orgasmo, es como una pequeña noval allá en el extremo del cielo. Pero yo

estaba comenzando a recordar. Como los sueños, ¿entiendes? Y no me lo dijeron. Cambiaron el

software y empezaron a alquilarme para los mercados especializados.

Parecía que hablase desde muy lejos. -Y yo lo sabía, pero no dije nada. Necesitaba el dinero. Los

sueños se hicieron cada vez peores, y yo me decía que por lo menos algunos no eran más que

sueños; pero por ese entonces estaba segura de que el jefe tenía una clientela especial para mí.

Nada es demasiado para Molly, dice el jefe, y me da un aumento. -Sacudió la cabeza.- El hijo de puta

estaba cobrando ocho veces lo que me pagaba, y creía que yo no lo sabía.

-¿Y qué era lo que le permitía cobrar tanto?

-Pesadillas. Verdaderas. Una noche… una noche, yo acababa de volver de Chiba. -Dejó caer el

cigarrillo, lo aplastó con el tacón del zapato, y se sentó, recostándose contra la pared.- Esa vez los

cirujanos fueron muy adentro. Fue trabajoso. Deben de haber alterado el circuito recortado. Yo me

desperté… Estaba con un cliente… -Hundió los dedos en el colchón de espuma.- Era un senador.

Reconocí enseguida la cara gorda. Los dos estábamos cubiertos de sangre. Había alguien más. Ella

estaba toda… -Tiró del colchón.- Muerta. Y el gordo hijo de puta decía «¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

Todavía no hemos terminado».

Molly se echó a temblar.

-Entonces supongo que le di al senador lo que realmente quería, ¿sabes? -El temblor cesó. Soltó la

goma es. puma y se pasó los dedos por el cabello oscuro. – Los del negocio pusieron precio a mi

cabeza. Tuve que esconderme durante un tiempo.

Case la miró fijamente.

-Por eso Riviera tocó un punto neurálgico anoche -dijo-. Supongo que quieren que yo lo odie todo lo

posible, para que esté psicológicamente dispuesta a entrar detrás de él.

-¿Detrás de él?

-Él ya está allá. En Straylight. Por invitación de Lady 3Jane, toda esa mierda de la dedicatoria. Ella

estaba en un palco privado, una especie de…

Case recordó el rostro que había visto. -¿Vas a matarlo?

Ella sonrió. Fría. -Sí, él va a morir. Pronto.

-Yo también tuve una visita -dijo él, y le contó acerca de la ventana, tropezando en las cosas que la

figura de Zone había dicho de Linda. Ella asintió con la cabeza.

-Quizás quieren que tú también odies algo. -Tal vez ya lo odio.

-Tal vez te odias a ti mismo, Case.

-¿Cómo estuvo? -preguntó Bruce, cuando Case subió al Honda.

-Pruébalo alguna vez -dijo Case, frotándose los ojos. -Me es difícil verte como a uno de esos

aficionados a las muñecas -dijo Cath, triste, poniéndose con el pulgar un dermo nuevo en el

antebrazo.

-¿Podemos volver a casa ahora? -preguntó Bruce. -Seguro. Déjame en Jules Veme, cerca de los

bares.

12

LA RUE JULES VERNE era una avenida circular, que rodeaba el medio del huso, mientras que

Desiderata lo recorría en sentido longitudinal y terminaba, en ambos extremos, en los soportes de las

bombas de luz Lado-Acheson. Si uno giraba a la derecha, desde Desiderata, y seguía un rato por

Jules Veme, podía llegar, por la izquierda, hasta Desiderata.

Case miró cómo se alejaba el triciclo de Bruce; luego se volvió y caminó junto a un puesto de

revistas enorme y brillantemente iluminado. Las cubiertas de docenas de revistas japonesas

presentaban los rostros de las últimas estrellas del simestim del mes.

Directamente encima de él, bordeando el eje nocturno, el cielo holográfico fulgía con extravagantes

constelaciones que parecían naipes, las caras de un dado, un sombrero de copa, un vaso de martini.

La intersección de Desiderata y Jules Veme era una especie de quebrada; los balcones en terraza de

los habitantes de los precipicios de Freeside se superponían hasta Regar a las verdes mesetas de

otro complejo de casinos. Case observó un microligero sin piloto que viraba con gracia, siguiendo

una corriente de aire que lo llevaba hacia arriba, al borde de una meseta artificial cubierta de hierba;

durante unos segundos el planeador fue iluminado por el resplandor del invisible casino. Era una

especie de biplano, de un polímero que parecía telaraña, con dibujos grabados en las alas como una

mariposa gigante. En seguida desapareció, tras el borde de la meseta. Case había podido ver un

guiño de neón reflejado en cristal: o bien en lentes, o bien en las torres blindadas de los láseres. Los

microligeros automáticos eran parte del sistema de seguridad del huso, controlados por algún tipo de

computadora central.

¿En Straylight? Siguió caminando, pasando bares que tenían nombres como el Hi-Lo, el Paradise,

le Monde, Cricketeer, Shozoku Smith’s, Emergency. Escogió el Emergency porque le pareció el más

pequeño y más abarrotado, pero pocos segundos después se dio cuenta de que era un sitio para

turistas. Aquí no se hablaba de dinero; en el aire había una tensión sexual congelada. Pensó

brevemente en el club sin nombre que estaba encima del cubículo alquilado de Molly, pero la imagen

de los ojos esperados de ella, fijos en la pequeña pantalla, lo disuadieron. ¿Qué le estaría revelando

Wintermute ahora? ¿Las plantas de la Villa Straylight? ¿La historia de los Tessier-Ashpool?

Compró una jarra de Carlsberg y encontró un sitio libre contra la pared. Cerrando los ojos, buscó el

nudo de rabia, el carbón, puro y pequeño, de su ira. Todavía estaba allí. ¿De dónde había venido?

Sólo recordaba haber sentido una especie de desconcierto cuando lo mutilaran en Memphis,

absolutamente nada cuando había matado para defender sus intereses en Night City, y un flojo

malestar después de la muerte de Linda bajo la cúpula inflada. Pero nada de rabia. Pequeña y

lejana, en la pantalla de la mente, una imagen que se parecía a Deane se estrellaba contra algo que

parecía la pared de una oficina, en una explosión de sangre y pedazos de cerebro. Lo supo

entonces: la ira había venido en la arcada, cuando Wintermute suprimió el fantasma simestim de

Linda Lee, quitándole de cuajo la sencilla promesa de comida, calor, una cama. Pero no se había

dado cuenta hasta que conversó con la holoestructura de Lonny Zone.

Era una cosa extraña. No podía calificarla.

-Aturdido -dijo. Había estado aturdido durante mucho tiempo, años. Todas aquellas noches en

Ninsei, las noches con Linda, aturdido en la cama y aturdido también en el centro frío y sudoroso de

algún negocio de drogas. Pero ahora había encontrado algo tibio, este fragmento de asesinato.

Carne, le dijo Ama voz interior. Es la carne que habla. ignórala.

-Gangster.

Abrió los ojos. Cath estaba junto a él, vestida de negro, con el pelo todavía alborotado después del

viaje en el Honda.

-Creí que te habías ido a casa -le dijo, Y disimuló su confusión con un trago de Carlsberg.

-Hice que Bruce me dejara en una tienda. Me compré esto. -Pasó la mano por la tela, la curva

pelviana. Case vio el dermo azul que llevaba en la muñeca.- ¿Te gusta?

-Seguro. -Automáticamente revisó los rostros de alrededor y luego volvió a mirarla.- ¿qué crees que

estás por hacer, cariño?

-¿Te gusta la beta que te dimos, Lupus? -Ahora ella estaba muy cerca; irradiaba calor y tensión, los

ojos entornados, cubriendo unas pupilas enormes, y un tendón en el cuello tenso como la cuerda de

un arco. Estaba drogada y temblaba, de pies a cabeza, vibrando imperceptiblemente.- ¿Te

colocaste?

-Sí. Pero la resaca es una mierda. -Entonces necesitas otra.

-¿Y eso qué implica?

-Tengo una llave. Subiendo la colina, detrás del Paradise, el lugar más exclusivo. Gente que esta

noche baja al pozo por negocios, si me entiendes…

-Sí, te entiendo.

Ella apretó la mano de Case entre las suyas; tenía las palmas calientes y secas. -Eres un yak,

¿verdad, Lupus? Un soldado gaijin que trabaja para los yakuza.

-Tienes buen ojo, ¿eh? -Case retiró la mano y buscó un cigarrillo.

-¿Y cómo es que conservas todos los dedos? Creía que teníais que cortaros uno cada vez que

tuvieseis un problema.

-Nunca tengo problemas. -Encendió el cigarrillo.

-Vi a la chica que está contigo. El día que te conocí. Can-fina como Hideo. Me asusta. -Sonrió, una

sonrisa demasiado ancha.- Eso me gusta. ¿A ella le va, con otras chicas?

-Nunca me lo ha dicho. ¿Quien es Hideo?

-Ella lo llama el criado. Un dependiente de la familia.

Case se obligó a mirar con expresión aburrida a la gente que había en el Emergency. -¿Deejane?

-Lady 3Jane. Gente rica. El padre es dueño de todo esto.

-¿De este bar?

-¡De Freeside!

-Vaya, vaya. Tienes amigos importantes, ¿eh? -Alzó una ceja. La rodeó con un brazo, la mano

sobre la cadera de ella.- ¿Y cómo es que conoces a estos aristócratas, Cathy? ¿Eres alguna clase

de niña de sociedad de incógnito? ¿Tú y Bruce sois herederos de algún crédito entrado en años?

¿Eh? -Extendió los dedos, masajeando la piel debajo de la fina tela negra. Ella se retorció contra él.

Rió.

-Bueno, ya sabes -dijo, los ojos entornados en lo que habría querido ser una expresión de

modestia-, le gusta ir de una fiesta a otra. Bruce y yo estamos siempre en fiestas… A veces ella se

aburre mucho, allá adentro. De cuando en cuando el viejo la deja salir, siempre que Hideo la

acompañe.

-¿Dónde es que se aburre?

-Lo llaman Straylight. Ella me contó, es tan bonito, todos los estanques y nenúfares. Es un castillo,

un castillo de verdad, todo de piedra y puestas de sol… -Se acurrucó contra él. – Eh, Lupus, viejo,

necesitas un dermo. Así podremos estar juntos.

Llevaba un pequeño monedero de cuero alrededor del cuello, colgado de una cinta delgada. Las

uñas, mordidas, en carne viva, eran de color rosado brillante contra el bronceado inducido. Abrió el

monedero y sacó un blister con un dermo azul. Algo blanco cayó al suelo. Case se inclinó y lo

recogió. Una garza origami.

-Me la dio Hideo -dijo Cath-. Quiso mostrarme cómo, pero nunca me sale bien. Los cuellos quedan

siempre para atrás. -Volvió a guardar el papel doblado en el monedero. Case observó mientras Cath

rompía la burbuja, retiraba el dermo del papel y se lo aplicaba a él en el interior de la muñeca.

-¿Esta 3Jane tiene la cara en punta, nariz de pájaro? -Se miró las manos que dibujaban una silueta

en el aire.¿Pelo oscuro? ¿Joven?

-Sí. Pero es una aristo, ¿sabes? Es decir… Todo ese dinero.

La droga se le vino encima como un tren expreso, una columna de luz al rojo blanco que le subía

por la espina dorsal desde la zona de la próstata, iluminándole las costuras del cráneo con rayos X

de energía sexual en cortocircuito. Los dientes le vibraron como diapasones dentro de sus

cavidades, cada uno de ellos produciendo un tono perfecto, claro como el etanol. Bajo la brumosa

capa de carne, los huesos parecían cromados y lustrosos, las articulaciones lubricadas con una

película de siliconas. Tormentas de arena se le debatían sobre el abrasado suelo del cráneo,

generando altas olas de estática que rompían detrás de los ojos, esferas del más puro cristal que se

expandían…

-Vamos -dijo ella, tomándolo de la mano-. Ya te llegó. Ya está. Subamos la colina; seguirá toda la

noche.

La rabia se le expandía, inexorable, exponencial, montada sobre la ola de betafenetilamina como

onda portadora, un fluido sísmico, rico y corrosivo. Su erección era como una barra de plomo. Los

rostros que los rodeaban en el Emergency parecían muñecas pintarrajeadas, las partes rosadas y

blancas que correspondían a las bocas que se movían y se movían; las palabras emergían como

globos de sonido discontinuo. Miró a Cath y le vio cada poro de la piel bronceada, los ojos planos

como cristal mudo, un tinte de metal muerto, una ligera hinchazón, asimetrías mínimas en el pecho y

la clavícula, la… Un destello intenso de luz blanca detrás de los ojos.

Soltó la mano de Cath y fue bamboleándose hasta la puerta, empujando a alguien que estaba en

su camino.

-¡Vete a la mierda! -gritó ella detrás-. ¡Hijo de puta!

No sentía las piernas. Las usó como zancos, tambaleándose enloquecidamente por el pavimento

embaldosado de Jules Veme, un lejano tronar en los oídos, su propia sangre, filosas láminas de luz

que le biseccionaban el cráneo en una docena de ángulos.

Y de pronto se quedó quieto, ergido los puños apretados contra los muslos, la cabeza echada hacia

atrás, los labios torcidos, temblando. Mientras miraba el zodíaco para perdedores de Freeside, las

constelaciones de club nocturno del cielo holográfico cambiaron como un fluido que se deslizara por

el eje de la sombra, para agruparse, como seres vivientes, en el centro exacto de la realidad. Por

último se dispusieron individualmente y en grupos de mides ‘ hasta formar un retrato sencillo e

inmenso, creando con puntos la imagen monocromática suprema, estrellas contra el cielo nocturno:

el rostro de la señorita Linda Lee.

Cuando consiguió apartar la vista, bajar los ojos, encontró a todos los demás rostros en la calle

mirando hacia arriba: los turistas que paseaban estaban inmovilizados, maravillados. Y cuando las

luces del cielo se apagaron, se oyó una desordenada algarabía que resonó en las terrazas y en los

balcones alineados de hormigón lunar.

En alguna parte, un reloj comenzó a sonar, alguna antigua campana europea.

Medianoche.

Caminó hasta la salida del sol.

El efecto de la droga se desvaneció, el esqueleto cromado se corroía hora a hora, la carne se

solidificaba, la carne de la droga era reemplazada por la carne de la vida. No podía pensar. Eso le

gustaba: estar consciente y no poder pensar. Parecía transformarse en todo cuanto veía: un banco

de plaza, una nube de polillas blancas alrededor de un farol antiguo, un jardinero robot a rayas

diagonales negras y amarillas.

Un amanecer grabado, rosado y violento, reptó por el sistema Lado-Acheson. Se obligó a comer

una tortilla en un café de Desiderata, a beber agua, a fumar el último cigarrillo. Ya había movimiento

en la terraza-prado del Intercontinental: una madrugadora concurrencia que tomaba el desayuno,

concentrada en sus cafés y croissants, bajo las rayadas sombrillas.

Aún conservaba su ira. Era como estar dormido en un callejón y despertar para encontrar que la

cartera seguía en el bolsillo, intacta. Eso lo reconfortaba; no podía darle nombre ni objeto.

Bajó en el ascensor revisándose los bolsillos en busca del chip de crédito de Freeside que servía

de llave. Las ganas de dormir parecían reales ahora; era algo que podría hacer. Acostarse en la

espuma color arena y volver a encontrar el vacío.

Estaban esperando allí, tres de ellos, con su perfecta ropa deportiva blanca y sus bronceados

artificiales que contrastaban con la elegancia orgánica y tejida a mano de los muebles. La chica

estaba sentada en un sofá de mimbre, una pistola automática junto a ella sobre el estampado de

hojas de los almohadones.

-Turing -dijo-. Estás arrestado.

IV

Operación Straylight

13

-TU NOMBRE ES Henry Dorsett Case. -Recitó el año y lugar de nacimiento, el Número único de

Identificación EMBA, y una retahíla de nombres que él fue reconociendo gradualmente como

distintos alias del pasado.

-¿Hace tiempo que están aquí? -Vio el contenido de su maleta dispuesto sobre la cama, la ropa por

lavar ordenada por tipos. El shuriken estaba solo, entre tejanos y ropa interior, sobre la espuma

templada color arena.

-¿Dónde está Kolodny? -Los dos hombres, sentados junto al sofá, cruzaban los brazos sobre los

pechos bronceados; unas idénticas cadenas de oro les colgaban de los cuellos. Case los miró y vio

que su juventud era falsa: tenían ciertas arrugas en los nudillos, algo que os cirujanos eran incapaces

de borrar.

-¿Quién es Kolodny?

-Es el nombre que aparece en el registro. ¿Dónde está ella?

-No lo sé -dijo Case, acercándose al bar para servirse un vaso de agua mineral-. Se marchó.

-¿Adónde fuiste esta noche, Case? -La chica tomó la pistola y la apoyó en el muslo, sin apuntar

realmente hacia él.

-Por la Jules Verne; fui a un par de bares y me coloqué. ¿Y tú? -Sentía las rodillas frágiles. El agua

mineral estaba caliente y sin gas.

-Creo que no entiendes lo que pasa -dijo el hombre que estaba a la izquierda, sacando una caja de

Gitanes del bolsillo de su camisa blanca de red-. Estás liquidado, señor Case. Se te acusa de

conspiración para ampliar una inteligencia artificial. -Sacó un encendedor Dunhill de oro y lo acunó

en la palma de la mano.- El hombre al que llamas Armitage ya está bajo custodia.

-¿Corto?

Los Ojos del hombre se agrandaron. -Sí. ¿Cómo sabes el nombre? -Del encendedor surgió un

milímetro de llama.

-Lo he olvidado -dijo Case.

-Ya lo recordarás -dijo la chica.

Sus nombres, o seudónimos, eran Michele, Roland y Pierre. Pierre, concluyó Case, sería el policía

malo; Roland se pondría del lado de Case, le haría pequeños favores -le consiguió un paquete de

Yeheyuan cuando Case rechazó un Gitanes- y en general haría de contrapunto a la fría hostilidad de

Pierre. Michele sería el Ángel del juicio, ajustando de vez en cuando el rumbo del interrogatorio. Uno

de ellos, o todos, estaba seguro, tenía un transmisor de audio, y muy posiblemente un sensor de

simestim: todo cuanto dijese o hiciera podría ser utilizado como evidencia. Evidencia, se preguntó,

en medio de la estridente resaca, ¿de qué?

Sabiendo que él no entendía francés, hablaban entre sí con desenfado. O así lo parecía. De hecho,

entendía bastante: nombres como Pauley, Armitage, Senso/Red, Panteras Modernos, que emergían

como icebergs de un agitado mar de francés parisino. Pero era perfectamente posible que aquellos

nombres hubiesen sido incluidos a propósito. Siempre se referían a Molly como Kolodny.

-Dices que te contrataron para que activases un pro grama, Case -dijo Roland, hablando bajo,

pretendiendo dar una impresión de sensatez, y que ignoras la naturaleza del objetivo. ¿No es esto

extraño? Una vez penetradas las defensas, ¿cómo llevarías a cabo la operación requerida? Porque

se requiere una operación de algún tipo, ¿no? -Se inclinó hacia adelante, los codos apoyados en las

rodillas artificialmente bronceadas, las palmas extendidas para recibir la explicación de Case. Pierre

iba y venía por la habitación; ora estaba en la ventana, ora frente a la puerta. Michele era el

transmisor, resolvió Case: no le quitaba los ojos de encima.

-¿Puedo vestirme? -preguntó. Pierre había insistido en que se desnudara para revisarle las

costuras de los teja. nos. Ahora estaba sentado, desnudo, en un taburete de mimbre, uno de los pies

obscenamente blanco.

Roland preguntó a Pierre algo en francés. Pierre, de nuevo en la ventana, miraba con un par de

pequeños binoculares. -Non -dijo, distraído, y Roland se encogió de hombros y miró a Case alzando

las cejas. Case decidió que era un buen momento para sonreír. Roland le devolvió la sonrisa.

El truco más viejo de los polis, pensó Case. -Mira –dijo -, me siento mal. Me enrollé con una droga

terrible en un bar, ¿sabes? Quiero acostarme. Ya me tenéis. Decís que tenéis a Armitage. Pues

preguntadle a él entonces. Yo no soy más que un empleado.

Roland asintió. -¿Y Kolodny?

-Ella estaba con Armitage cuando él me contrató. Puro músculo, una navajera. Es lo que yo sé, que

no es mucho.

-Sabes que el verdadero nombre de Armitage es Corto -dijo Pierre, los ojos aún ocultos por los

bordes de plástico blando de los binoculares. ¿Cómo lo sabes, amigo?

-Supongo que alguna vez lo mencionó -dijo Case, lamentando el desliz-. Todos tenemos un par de

nombres. ¿Tú te llamas Pierre?

-Sabemos que fuiste reparado en Chiba -dijo Michele-, y tal vez ése haya sido el primer error de

Wintermute. -Case la miró a los ojos, tratando de no mostrar ninguna reacción. El nombre no había

sido mencionado antes. – El proceso que se te aplicó tuvo como resultado que el propietario de la

clínica solicitase siete patentes básicas. ¿Sabes que significa eso?

-No.

-Significa que el operador de una clínica negra de Chiba City controla tres de los principales

consorcios de investigación médica. Esto invierte el orden normal de las cosas, ¿entiendes? Llamó

la atención. -Cruzó los brazos sobre sus pequeños y elevados pechos y se reclinó en el almohadón

estampado. Case se preguntó qué edad tendría. La gente decía que la edad se ve en los ojos, pero

él nunca había logrado comprobarlo. Julie Deane tenía los Ojos de un apático chico de diez años

tras el cuarzo rosado de sus lentes. Nada, excepto los nudillos, decía que Michele fuese mayor.- Te

seguirnos los pasos hasta el Ensanche, te perdimos de nuevo, y te volvimos a encontrar cuando

salías para Estambul. Volvimos atrás, seguimos tu pista por el reticulado, descubrimos que habías

instigado un motín en Senso/Red. Senso/Red estaba bien dispuesta a cooperar: hicieron un

inventario para nosotros. Descubrieron que la estructura de personalidad ROM de McCoy Pauley

había desaparecido.

-En Estambul -dijo Roland, casi pidiendo disculpas-, fue muy fácil. La mujer había eliminado el

contacto de Armitage con la policía secreta.

-Entonces vinisteis a Freeside -dijo Pierre, metiéndose los binoculares en el bolsillo del pantalón

corto-. Quedamos encantados.

-Era una buena oportunidad para bronceamos, ¿no? -Ya sabes lo que queremos decir -dijo

Michele-. Si lo que pretendes es fingir que no lo sabes, sólo te estás complicando las cosas.

Todavía queda el asunto de la extradición. Regresarás con nosotros, Case, igual que Armitage.

Pero ¿adónde iremos todos, exactamente? ¿A Suiza, donde no serás más que un peón en el juicio

de una inteligencia artificial? ¿O al EMBA, donde pueden culparte no sólo por robo e invasión de

datos, sino también por un daño público que costó catorce vidas inocentes? La decisión es tuya.

Case sacó un Yeheyuan; Pierre se lo encendió con el Dunhill de oro. -¿Te protegería Armitage? -La

pregunta fue puntuada por el golpe seco de las brillantes mandíbulas del encendedor.

Case levantó la mirada hacia Pierre, a través del dolor y la amargura de la betafenetilamina. –

¿Cuántos años tienes, jefe?

-Los suficientes para saber que estás jodido, quemado, que esto ha terminado, y que ya no nos

sirves.

-Una cosa -interrumpió Case. Dio una pipada y lanzó el humo hacia el agente del Registro Turing-.

¿Tenéis jurisdicción real aquí? Quiero decir, ¿el equipo de seguridad de Freeside no tendría que

estar en esta fiesta? Al fin y al cabo es su terreno, ¿verdad? – Vio cómo los ojos oscuros se

endurecían en el delgado rostro de niño y se preparó para el golpe, pero Pierre sólo se encogió de

hombros.

-No tiene importancia -dijo Roland-. Tú vendrás con nosotros. Nos sentimos como en casa en

situaciones de ambigüedad legal. Los tratados bajo los cuales opera el Registro nos permiten

márgenes muy flexibles. Y nosotros creamos flexibilidad, en las situaciones en que se requiera. -La

máscara de afabilidad había desaparecido de golpe: los ojos de Roland eran tan duros como los de

Pierre.

-Eres más que tonto -dijo Michele, poniéndose de pie, empuñando la pistola-. No te preocupa tu

especie. Durante miles de años los hombres han soñado hacer un pacto con el demonio. Sólo ahora

es posible. ¿Y con qué te pagarían? ¿Cuál seria tu precio por ayudar a que esa cosa se liberara y

creciese? -Había en su voz juvenil un cansancio, producto de la experiencia, que ninguna chica de

diecinueve años podría haber tenido.- Ahora te vas a vestir. Vendrás con nosotros. Regresarás con

nosotros a Ginebra, junto al que tú llamas Armitage, para testificar en el juicio de esa inteligencia. En

caso contrario, te matamos. Ahora. -Alzó la pistola, una Walther negra y pulida con silenciador

incorporado.

-Ya -me estoy vistiendo -dijo Case, tambaleándose hasta la cama. Aún tenía las piernas dormidas,

torpes. Forcejeó con una camiseta limpia.

-Tenemos una nave esperando. Borraremos la estructura de Pauley con un arma de pulsaciones.

-Los de la Senso/Red se van a morir de gusto -dijo Case, pensando: Y todas las pruebas en el

Hosaka.

-Ya se han metido en problemas, por haber tenido esa cosa.

Case se puso la camiseta. Vio el shuriken en la cama, metal inanimado, su estrella. Buscó la rabia.

Ya había desaparecido. Era hora de renunciar, dejarse llevar por la corriente… Pensó en los saquitos

de toxina. -Aquí viene la carne -musitó.

En el ascensor que subía a la pradera, pensó en Molly. Tal vez ya estuviera en Straylight. Cazando

a Riviera. Cazada, quizás, por Hideo, quien era muy probablemente el ninja-clono de la historia del

finlandés, que había llegado para recuperar la cabeza parlante.

Apoyó la frente en el plástico negro y mate de un panel que hacía las veces de muro y cerró los

ojos. Las piernas lo sostenían apenas: eran de madera, vieja, agrietada y pesada por la lluvia.

Estaban sirviendo la comida bajo los árboles, bajo las brillantes sombrillas. Roland y Michele

volvieron a interpretar su papel, charlando animadamente en francés. Pierre los seguía de cerca.

Michele mantenía el cañón de la pistola junto a las costillas de Case, escondiendo el arma con una

chaquetilla blanca que llevaba enrollada en el brazo.

Cuando atravesaba el prado, serpenteando entre las mesas y los árboles, Case se preguntó si ella

le dispararía en caso de que él se desplomara en aquel momento. En los bordes de su campo visual

había una reverberación de pieles negras. Alzó la vista hacia la tórrida cinta blanca de la armadura

Lado-Acheson y vio una mariposa gigante que revoloteaba con gracia bajo el cielo grabado.

En el linde del prado se encontraron junto a la baranda del acantilado, donde las flores silvestres

danzaban en la corriente ascendente del cañón que era Desiderata. Michele se revolvió el pelo corto

y negro y apuntó, diciendo a Roland algo en francés. Daba la impresión de sentirse auténticamente

feliz. Case siguió la dirección de la mano de ella, y vio la curva de los lagos, el blanco destello de los

casinos, los rectángulos turquesa de mil piscinas, los cuerpos de los bañistas, minúsculos jeroglíficos

de bronce, todo ello suspendido en una serena aproximación gravitatoria bajo la interminable curva

del casco de Freeside.

Siguieron la baranda hasta un ornamentado puente de hierro que se arqueaba sobre Desiderata.

Michele lo empujó con el cañón de la Walther.

-Tómalo con calma; hoy apenas puedo caminar.

Habían recorrido poco más de un cuarto del trayecto cuando el microligero atacó; en silencio -por

su motor eléctrico- hasta que las aspas de fibra de carbono rebanaron la cima del cráneo de Pierre.

Permanecieron un instante bajo la sombra del aparato. Case sintió en la nuca el chorro de sangre

caliente, y luego alguien lo hizo caer. Rodó, para ver a Michele tumbada boca arriba, con las rodillas

en alto, empuñando la Walther con ambas manos. Cuánto esfuerzo desperdiciado, pensó Case, con

la extraña lucidez de la conmoción: pretendía derribar el microligero a tiros.

Y luego se encontró corriendo. Miró hacia atrás al pasar junto al primer árbol. Roland corría tras él.

Vio entonces el frágil biplano que derribaba la baranda de hierro del puente, se doblaba y tocaba

tierra barriendo a la chica y arrastrándola hacia el fondo de Desiderata.

Roland no había vuelto la vista atrás. Tenía el rostro transido, blanco; los dientes al descubierto.

Sostenía algo en la mano.

El jardinero robot apresó a Roland cuando pasaba junto al-mismo árbol. Cayó desde las cuidadas

ramas; una cosa que parecía un cangrejo, cruzado por rayas diagonales negras y amarillas.

-Los mataste -jadeó Case, mientras corría-. Loco hijo de puta, los mataste a todos…

14

EL PEQUEÑO TREN atravesó el túnel a ochenta kilómetros por hora. Case mantuvo los ojos

cerrados. La ducha lo había aliviado, pero perdió el desayuno cuando miró hacia abajo y vio la

sangre rosada de Pierre corriendo por las baldosas blancas.

La gravedad disminuía a medida que el huso se estrechaba. A Case se le revolvió el estómago.

Aerol estaba esperando con la moto junto al muelle. -Hombre, Case, gran problema. -La voz suave

se oía débil en los audífonos. Case ajustó el control de volumen con el mentón y miró la lámina

frontal Lexan del casco de Aerol.

-Tengo que ir hasta el Garvey, Aerol.

-Sí. Sujétate. Pero se han apoderado del Garvey. Un yate, ya había venido, volvió. Ahora tiene al

Marcus Garvey arrinconado.

-¿Turing? ¿Ya había venido? -Case sub¡ó a la moto y comenzó a ajustarse los cinturones.

-Yate del Japón. Te trajo un paquete…

Imágenes confusas de avispas y arañas aparecieron en la mente de Case cuando avistaron el

Marcus Garvey. El pequeño remolque estaba pegado al grisáceo tórax de una estilizado nave

insecto, cinco veces más larga. Los brazos de las grúas se extendían hacia el remendado casco del

Garvey en la extraña claridad del vacío y la desnuda luz solar. Una corrugada y pálida galería

emergía desde el yate, serpenteaba hacia los lados para esquivar los motores del remolque, y cubría

la escotilla de popa. Había algo de obsceno en el montaje, pero más relacionado con la comida que

con el sexo.

-¿Qué está pasando con Maelcum?

-Maelcum está bien. Nadie bajó por el tubo. El piloto del yate habló con él, dice que no te

preocupes.

Cuando pasaban junto a la nave gris, Case vio el nombre de HANIWA en nítidas mayúsculas

blancas bajo una agrupación rectangular de caracteres japoneses.

-No me gusta esto. Estaba pensando que quizá sea hora de largarnos.

-Maelcum pensaba lo mismo, pero así como está, el Garvey no llegaría muy lejos.

Maelcum estaba ronroneándole un acelerado argot a la radio cuando Case entró por la escotilla de

proa y se quitó el casco.

-Aerol ha regresado al Rocker -dijo Case.

Maelcum asintió, susurrando aún frente al micrófono.

Case se arrastró por encima de la flotante maraña de cables y empezó a quitarse el traje. Maelcum

tenía los ojos cerrados; asintió mientras escuchaba una respuesta en unos audífonos de brillantes

almohadillas anaranjadas, la frente arrugada por la concentración. Llevaba unos tejanos andrajosos y

una vieja chaquetilla de nailon verde a la que había arrancado las mangas. Case sujetó el traje rojo

Sanyo a una hamaca de almacenamiento y se deslizó en la red de gravedad.

-Mira lo que dice el fantasma -dijo Maelcum-. La computadora no hace más que preguntar por ti.

-¿Y quién está ahí arriba, en ese aparato?

-El mismo muchacho japonés que vino antes. Y ah está con tu señor Armitage, que vino de

Freeside…

Case se puso los trodos y conectó.

-¿Dixie?

La matriz le mostró las esferas rosadas del conglomerado de acercas de Sikkim.

-¿En qué andas, muchacho? He estado oyendo historias raras. El Hosaka está conectado con un

banco gemelo en el barco de tu jefe. Mucho jaleo. ¿Te ha caído encima alguno del Turing?

-sí, pero Wintermute los mató.

-Bueno, eso no los detendrá por mucho tiempo. Quedan otros allá. Vendrán todos juntos. Apuesto

a que sus consolas están por todo este sector del reticulado como moscas alrededor de la mierda. Y

tu jefe, Case, dice que adelante. Adelante con el programa, y ahora.

Case tecleó las coordenadas de Freeside.

-Déjame mirar eso un segundo, Case… -La matriz se borroneó y entró en fase mientras el Flatline

ejecutaba una intrincada serie de saltos con una velocidad y precisión que hicieron que Case se

estremeciera de envidia.

-Mierda, Dixie…

-Eh, muchacho, yo era así de bueno cuando estaba vivo. No has visto nada aún. ¡Sin manos!

-Es ése, ¿no? Ese rectángulo grande y verde, a la izquierda.

-Correcto. Núcleo de información de la empresa de Tessier-Ashpool S.A.; dos amables IA generan

ese hielo. Están al nivel de cualquiera del sector militar, me parece. Es un hielo acojonante, Case,

negro como una tumba y resbaloso como vidrio. Te fríe los sesos en cuanto lo miras. Si nos

acercamos más, nos pondrá rastreadores en el culo y en las orejas, le dirá a los muchachos de la

junta directiva de T-A cuánto calzas y cuánto mide tu aparato.

-Parece un poco jodido, ¿no? pero decir, los de Turing están ahí. Estaba pensando que quizá

tendríamos que salimos. Te puedo llevar.

-¿Sí? ¿En serio? ¿No quieres ver de lo que es capaz este programa chino?

-Bueno, es que yo… -Case contempló las verdes paredes del hielo de la T-A.- Bueno, qué mierda.

Sí. Adelante.

-Mételo.

-Eh, Maelcum -dijo Case, desconectando-, tal vez me pase ocho horas enchufado. -Maelcum

estaba fumando de nuevo. La cabina nadaba en humo. – Así que no podré llegar a la cabeza…

-No hay problema, hombre. -El sionita dio una voltereta combinada con salto mortal, revolvió en un

bolso de red con cremallera, y sacó un rollo de sonda transparente y otra cosa, algo sellado en una

ampolla esterilizada.

Dijo que era un catéter de Texas, y a Case no le gustó.

Conectó el virus chino, hizo una pausa, y tecleó.

-De acuerdo -dijo-, estamos en marcha. Escucha, Maelcum, si esto se pone raro, me puedes

agarrar la muñeca izquierda. Me daré cuenta. Si no, haz lo que el Hosaka te diga, ¿de acuerdo?

-Seguro, hombre. -Maelcum encendió otro joint.

-Y sube el ventilador. No quiero que esa mierda se enrede con mis neurotransmisores. Ya tengo

bastante resaca.

Maelcum sonrió. Case volvió a conectar.

-Cristo -dijo el Flatline, mira esto.

El virus chino se desplegaba alrededor. Una sombra policroma, innumerables capas translúcidas

que se movían y recombinaban. Proteico, enorme, se alzaba sobre ellos, cubriendo el vacío.

-Madre mía -dijo el Flatline.

-Voy a ver cómo está Molly -dijo Case, apretando el interruptor del simestim.

Caída libre. Era como la sensación de sumergirse en aguas perfectamente límpidas. Molly caía,

ascendía, por un ancho tubo acanalado de hormigón lunar, iluminado a intervalos de dos metros por

anillos de neón blanco.

El enlace era unidireccional. Él no podía hablarle.

Volvió.

-Muchacho, este software sí que es un hijo de puta. Lo mejor que se ha visto desde el agua

caliente. Esa maldición es invisible. Acabo de alquilar veinte segundos en ese pequeño cuadrante

rosado, cuatro saltos a la izquierda del hielo de la T-A. Eché un vistazo para ver cómo nos vemos.

No nos vemos. No estamos ahí.

Case exploró la matriz alrededor del hielo Tessier-Ashpool hasta que encontró la estructura rosada,

una unidad comercial común, y tecleó para acercarse más. -Tal vez sea defectuosa.

-Tal vez, pero lo dudo. Aunque nuestra nena es militar. Y nueva. Sencillamente no registra. Si lo

hiciese, nos identificaría como una especie de ataque chino camuflado, pero nadie nos ha

descubierto. Tal vez ni siquiera los de Straylight.

Case observó la pared ciega que ocultaba a Straylight.

-Bueno -dijo, es una ventaja, ¿verdad?

-Puede ser. -La estructura simuló una risa. Case se estremeció al escucharla. – Te verifiqué el

Kuang Once otra vez, muchacho. Es de lo más amistoso, siempre que seas tú el que dispare el

gatillo, tan cortés y servicial. Además tiene muy buen inglés. ¿Has oído hablar de los virus lentos?

-No.

-Yo sí, en una ocasión. Entonces no eran más que una idea. Pero eso es el viejo Kuang. Aquí no se

trata de perforar e inyectar, sino de entrar en interfase con el hielo, tan lentamente que el hielo no se

da cuenta. La cara del mecanismo lógico del Kuang se acerca con disimulo, por decirlo así, y muta

de tal forma que queda exactamente igual a la trama del hielo. Entonces conectamos y los

programas principales empiezan a confundir a los mecanismos del hielo. Antes de que lleguen a

ponerse nerviosos, ya somos como hermanos siameses. -El Flatline soltó una risotada.

-Ojalá hoy no te sintieras tan risueño, viejo. Esa risa tuya me crispa bastante.

-Lástima -dijo el Flatline. Este viejo difunto necesita un poco de buen humor. -Case movió el

interruptor del simestim.

Y cayó aparatosamente por una maraña de metal y un olor a polvo; las manos le resbalaron sobre

papel liso. Detrás de él, algo se desmoronó ruidosamente.

-Vamos -dijo el finlandés-, relájate un poco.

Case yacía extendido de brazos y piernas sobre una pila de revistas amarillentas: chicas que

brillaban en la penumbra de Metro Holografix, una nostálgico galaxia de dientes dulces y blancos. Se

quedó allí respirando el olor de las viejas revistas hasta que se le calmó el corazón.

-Wintermute -dijo.

-Sí -dijo el finlandés, desde alguna parte detrás de él-, lo has entendido.

-Vete a la mierda. -Case se sentó, frotándose las muñecas.

-Vamos -dijo el finlandés, saliendo de una especie de nicho en la pared-. Así será mejor para ti,

muchacho. -Sacó un Partagás de un bolsillo del abrigo y lo encendió. El olor a tabaco cubano llenó la

trastienda.- ¿Te gustaría que yo fuese a buscarte en la matriz como una zarza ardiente? Allí no se te

ha perdido nada. Una hora aquí sólo te tomará un par de segundos.

-¿Nunca se te ha ocurrido que me irrita los nervios verte actuar como si me conocieras de toda la

vida? -Se levantó, sacudiéndose un polvo pálido de la parte delantera de los tejanos negros. Se

volvió para mirar con rabia las polvorientas ventanas del taller, la puerta de calle, cerrada. – ¿Qué hay

ahí fuera, Nueva York? ¿O es que ya no hay nada más?

-Bueno -dijo el finlandés-, es como ese árbol, ¿sabes? Cae en medio del bosque, pero tal vez no

haya nadie para oír el ruido. -Mostró a Case los dientes enormes, y aspiró una bocanada. – Puedes ir

a dar un paseo, si quieres. Todo está allí. O al menos todas las partes que has llegado a ver. Eso es

memoria, ¿no es así? Te hago salir, selecciono, y retroalimento.

-No tengo una memoria tan buena -dijo Case, mirando alrededor. Se examinó las manos,

volteándolas. Trató de recordar cómo eran las líneas de las palmas, pero no pudo.

-Todo el mundo la tiene -dijo el finlandés, dejando caer el cigarrillo y aplastándolo luego con el

talón-, pero pocos acceden a ella. Los artistas sí, la mayoría, si son buenos. Si pudieras poner esta

estructura sobre la realidad, la casa del finlandés en el bajo Manhattan, verías una diferencia, pero

quizás no tanto como imaginas. La memoria es holográfica, para vosotros. -El finlandés se hurgó

una oreja.- Yo soy diferente.

-¿Qué quieres decir con holográfica? -La palabra le recordó a Riviera.

-El paradigma holográfico es lo más cercano que habéis encontrado como representación de la

memoria, nada más. Pero nunca habéis hecho nada al respecto. Quiero decir, la gente. -El finlandés

dio un paso adelante y ladeó el cráneo aerodinámico para mirar a Case.- Tal vez, si tú hubieses

hecho algo, esto no pasaría.

-¿Que estás diciendo?

El finlandés se encogió de hombros. La maltratada chaqueta de paño le quedaba demasiado

ancha de hombros y se le salía por los costados. -Estoy tratando de ayudarte, Case.

-¿Por qué?

-Porque te necesito. -De nuevo aparecieron los dientes grandes y amarillos.- Y porque tú me

necesitas.

-Tonterías. ¿Puedes leerme la mente, finlandés? -Hizo una mueca.- Wintermute, quise decir.

-La mente no se lee. Mira, tú aún conservas los paradigmas que te dio la imprenta, y apenas tienes

cultura impresa. Yo puedo acceder a tu memoria, que no es lo mismo que tu mente. -Metió la mano

en la desnuda carcasa de un antiguo televisor y sacó un tubo al vacío plateado y negro. – ¿Ves esto?

Es como si fuera una parte de mi ADN. -Arrojó el objeto hacia las sombras, y Case oyó el estallido y

el tintineo de los añicos.- Siempre estáis construyendo maquetas. Círculos de piedra. Catedrales.

Órganos. Máquinas de sumar. No tengo idea de por qué estoy aquí ahora, ¿entiendes? Pero si la

operación se lleva a cabo esta noche, habréis logrado por fin lo más importante.

-No sé de qué me estás hablando.

-Hablo de vosotros. De tu especie.

-Mataste a los de Turing.

El finlandés se encogió de hombros. -Tuve que hacerlo… fue necesario. Tendría que importarte

poco; te hubieran liquidado sin pensarlo dos veces. De todos modos, ya que estás aquí, hablemos un

poco más. ¿Recuerdas esto? -Y en la mano derecha sostenía el calcinado enjambre de avispas del

sueño de Case, y el aire enrarecido de la tienda olía a combustible. Case se tambaleó hacia atrás,

contra una pared de basura.- Sí. Era yo. Lo hice con el equipo holográfico montado en la ventana.

Otro recuerdo que te saqué cuando te anulé la primera vez. ¿Sabes por qué es importante?

Case negó con la cabeza.

-Porque -y la colmena, de algún modo, había desaparecido- es lo más cercano que tenemos a lo

que Tessier-Ashpool querría ser. El equivalente humano. Straylight es como esa colmena, o, por lo

menos, se supone que funciona así. Me imagino que te hará sentir mejor.

-¿Sentir mejor?

-Para saber cómo son de verdad. Allá estabas empezando a odiarme. Eso es bueno. Pero, en

cambio, ódialos a ellos. La diferencia es la misma.

-Oye -dijo Case, dando un paso hacia adelante-, nunca me hicieron nada. Contigo es diferente… –

Pero ya no sentía la rabia.

-Así que los de T-A me obligaron. La chica francesa dijo que estabas vendiendo a la especie. Dijo

que eras un demonio. -El finlandés sonrió.- No importa demasiado. Antes de que esto termine tienes

que odiar a alguien. -Se volvió y fue hacia la parte de atrás de la tienda.- Bueno, vamos. Te mostraré

algo de Straylight ya que estás aquí. -Alzó la esquina de la manta. Una luz blanca entró a raudales.-

Mierda, viejo, no te quedes ahí parado.

Case lo siguió, frotándose la cara.

-Bueno -dijo el finlandés, y le aferró el codo.

Fueron impelidos más allá de la lana rancia, en una nube de polvo, hasta la caída libre y un pasillo

cilíndrico de hormigón lunar acanalado, con anillos de neón blanco cada dos metros.

-Jesús -dijo Case, tropezando.

-Esta es la entrada principal -dijo el finlandés y la chaqueta de paño aleteó en el aire-. Si esto no

fuera una estructura mía, el sitio de la tienda sería el portón principal, junto al eje de Freeside. Será

un poco deficiente en detalles, sin embargo, porque no tienes los recuerdos. Con la excepción de

esta parte de aquí, que tomaste de Molly…

Case logró enderezarse, pero empezó a dar vueltas en una larga espiral.

-Espera un poco -dijo el finlandés-. Haré que saltemos hacia adelante.

Las paredes se hicieron borrosas. Una sensación de movimiento precipitado que lo mareaba,

colores apresurados que corrían por largos pasillos. En un momento pareció que atravesaban metros

de pared sólida, un destello de oscuridad total.

-Aquí es -dijo el finlandés-. Ya llegamos.

Flotaban en medio de una habitación perfectamente cuadrada, las paredes y el techo cubiertos con

paneles rectangulares de madera oscura. En el suelo había una brillante alfombra cuadrada con un

diseño que imitaba a un microchip, los circuitos dibujados con lanas azules y rojas. En el centro

exacto de la habitación, alineado perfectamente con el diseño de la alfombra, había un pedestal

cuadrado de cristal blanco esmerilado.

-La Villa Straylight -dijo un objeto cubierto de joyas que estaba sobre el pedestal, con una voz que

parecía música- es un organismo que ha crecido hacia adentro, un capricho neogótico. Cada uno de

los espacios de Straylight es de algún modo secreto, esta infinita serie de habitaciones unidas por

pasillos, por cajas de escalera abovedadas como intestinos, donde el ojo queda atrapado en curvas

estrechas, y pasa junto a ornamentados biombos, nichos vacíos…

-Es una composición de 3Jane -dijo el finlandés, sacando los Partagás-. La escribió cuando tenía

doce años. Un curso de semiótica.

-Los arquitectos de Freeside se esforzaron en esconder el hecho de que el interior del huso está

ordenado con la trivial precisión de una habitación de hotel. En Straylight, en la superficie interior del

casco, una extrema profusión de estructuras cubre formas que fluyen, alzándose hacia un sólido

núcleo de microcircuitos, el corazón corporativo de nuestro clan, un cilindro de silicio atravesado por

estrechos túneles de mantenimiento, algunos menos anchos que la mano de un hombre. Los

brillantes cangrejos hacen aquí sus madrigueras, y los zánganos, atentos a detectar cualquier tipo de

falla micromecánica.

-Fue a ella a quien viste en el restaurante -dijo el finlandés.

-De acuerdo con las normas del archipiélago -continuó la cabeza-, la nuestra es una familia antigua;

las circunvoluciones de nuestra casa reflejan esa edad. Pero reflejan también otra cosa. La

semiótica de la Villa habla de una involución, un rechazo del brillante vacío que hay más allá del

casco.

»Tessier y Ashpool subieron por el pozo de gravedad y descubrieron que odiaban el espacio.

Construyeron Freeside para explotar la riqueza de las nuevas islas, se hicieron ricos y excéntricos, y

se pusieron a construir un cuerpo extendido en Straylight. Nos aislamos detrás de nuestro dinero,

creciendo hacia adentro, generando un inconsútil universo del ser.

»La Villa Straylight no conoce el cielo, ya sea este grabado o de otro tipo.

»En el núcleo de silicio de la villa hay una pequeña habitación, la única sala rectilínea del complejo.

Aquí, sobre un sencillo pedestal de cristal, hay un ornamentado busto, de platino y metal esmaltado,

incrustrado de lapislázuli y perlas. Los brillantes globos de los ojos proceden del panel de rubí

sintético de la nave que trajo al primer Tessier por el pozo, y que volvió a buscar al primer Ashpool…

La cabeza dejó de hablar.

-¿Y? -preguntó Case por fin, casi como si esperase que el objeto le contestara.

-Eso es todo lo que escribió -dijo el finlandés-. No lo terminó. Entonces era sólo una niña. Esto es

una especie de terminal ceremonial. Necesito que Molly esté aquí, con la palabra justa en el

momento justo. Ese es el quid del asunto. No tiene importancia alguna cuánto podáis penetrar tú y el

Flatline con el virus chino, si este objeto no oye la palabra mágica.

-¿Y cuál es la palabra?

-No lo sé. Podría decirse que lo que yo soy se define por el hecho de que no lo sé, porque no

puedo saberlo. Yo soy aquello que no conoce la palabra. Si tú la conocieses, viejo, y me la dijeras, yo

no podría conocerla. Estoy construido así. Es otra persona quien tiene que aprenderla y traerla hasta

aquí, en el momento en que tú y el Flatline se abran paso a través de ese hielo y entremezclen los

núcleos.

-¿Y entonces que pasará?

-Dejo de existir, después de eso. Ceso.

-Para mí está bien -dijo Case.

-Claro. Pero ten cuidado, Case. Mi, ah…, mi otra parte nos está siguiendo la pista, parece. Una

zarza ardiente se parece mucho a otra zarza ardiente. Y Armitage está comenzando a irse.

-¿Qué quieres decir?

Pero la habitación recubierto de paneles empezó a doblarse en una docena de ángulos imposibles,

cayendo por el ciberespacio como una gana de origami.

15

-¿ESTÁS TRATANDO DE BATIR mi récord, hijo? -preguntó el Flatline-. Tú cerebro estuvo muerto

otra vez, cinco segundos.

-Agárrate fuerte -dijo Case, y movió el interruptor de simestim.

Ella estaba acuclillada, en la oscuridad, las palmas de las manos contra hormigón áspero.

CASE CASE CASE CASE. El display digital pulsaba el nombre en caracteres alfanuméricos;

Wintermute le informaba sobre la conexión.

-Bonito -dijo ella. Se balanceó sobre los tobillos y se frotó las manos, haciendo crujir los nudillos-.

¿Por qué te demoraste?

AHORA MOLLY AHORA.

Ella apretó la lengua contra los dientes de abajo. Uno se movió apenas, activando los

amplificadores de los microcanales; el movimiento aleatorio de fotones en la oscuridad se convirtió

en una pulsación de electrones; el áspero hormigón de alrededor era ahora pálido y granulado. -De

acuerdo, cariño. Ahora salimos a jugar.

El escondite resultó ser una especie de túnel de servicio. Ella salió, reptando, por una ornamentada

rejilla abisagrada de bronce manchado. Él alcanzó a verle los brazos y las piernas, y se dio cuenta de

que llevaba puesto otra vez el traje de policarbono. Bajo el plástico, sintió la tensión familiar del cuero

delgado y apretado. Tenía algo colgado bajo el brazo, en un arnés o una funda. Molly se puso de pie,

abrió la cremallera del traje y tocó el plástico ajedrezado de una culata de pistola.

-Oye, Case -dijo, apenas dando voz a las palabras-, .me estás escuchando? Te contaré algo… Una

vez anduve con un chico. A veces me recuerdas… -Se volvió para vigilar el pasillo. – johnny, se

llamaba.

El vestíbulo, bajo y abovedado, tenía docenas de estanterías de museo contra las paredes, cajas

con frentes de cristal de aspecto arcaico. Parecían estar fuera de lugar, contra las curvas orgánicas

de las paredes del vestíbulo, como si las hubiesen ordenado allí obedeciendo a alguna razón ya

olvidada. Opacos apliques de bronce sostenían globos de luz blanca a intervalos de diez metros. El

suelo era irregular. Cuando ella echó a andar por el pasillo, Case vio cientos de alfombras y

pequeños tapetes puestos en el suelo, como al azar. En ciertos sitios había hasta seis, uno encima

del otro; el suelo era una suave colcha de retazos de lana tejida a mano.

Molly prestó poca atención a los armarios y a lo que éstos contenían, lo cual lo irritó; tuvo que

contentarse con las miradas poco interesadas de Molly, que le permitieron observar brevemente

fragmentos de cerámica, armas antiguas, un objeto con tantos clavos herrumbrados incrustados en

él que era irreconocible, pedazos de tapices rasgados…

-Este johnny, sabes, era inteligente; un chico muy listo. Comenzó su carrera de receptor de datos

en Memory Lane: tenía circuitos en la cabeza y la gente le pagaba para esconder allí información.

Los Yakuza estaban detrás de él, la noche en que le conocí, y yo me encargué del asesino que ellos

habían enviado. Fue más suerte que otra cosa, pero me lo saqué de encima, y después de eso, todo

fue dulce y caramelo, Case. -Apenas movía los labios. Case sentía cómo ella formaba las palabras;

no necesitaba escucharlas en voz alta.- Armamos un monitor para poder leer las huellas de todo lo

que él había alma. cenado alguna vez. Registramos todo en una cinta y empezamos a controlar a

nuestros clientes selectos, exclientes. Yo era agente, guardaespaldas y perro guardián. Me sentía

muy feliz. ¿Has sido feliz alguna vez, Case? Él era mi muchacho. Trabajábamos juntos. Socios.

Haría unas ocho semanas que yo me había largado de la casa de títeres cuando lo conocí.. -Hizo

una pausa, dio una brusca media vuelta, y siguió adelante. Más armarios lustrosos de madera; los

lados de los muebles eran de un color que le hacía pensar en alas de cucaracha.

»Íntimo, dulce, marchábamos perfectamente. Como si nadie pudiese herirnos. Yo no iba a permitir

que eso ocurriera. Supongo que los Yakuza todavía querían el pellejo de johnny. Porque yo había

matado al hombre de ellos. Porque johnny los había quemado. Y los Yak pueden darse el lujo de ir

muy despacio, viejo: son capaces de esperar años y años. Te dan una vida entera, sólo para que

cuando vengan a quitártela tengas más que perder. Son pacientes como las arañas. Arañas Zen.

»Entonces, yo no lo sabía. O si lo sabía, pensaba que no seria nuestro caso. Quiero decir… Cuando

eres joven, crees que eres único. Yo era joven. Entonces llegaron, cuando nosotros estábamos

pensando que tal vez ya habíamos trabajado bastante, que era hora de terminar con todo, irnos a

Europa tal vez. Ninguno de los dos sabía bien qué haríamos allá, sin nada que hacer. Pero vivíamos

bien entonces, cuentas orbitales suizas, y una madriguera llena de juguetes y muebles. Le quita el

gusto amargo a tu trabajo.

»El primero que enviaron era de los mejores. Reflejos increíbles, injertos, más estilo que diez

hampones comunes. Pero el segundo era, no sé, como un monje. Un clono. Un asesino de piedra,

hasta la última célula. Era parte de él, la muerte, aquel silencio; lo envolvía como una nube… -La voz

de Molly se apagó, el corredor se había bifurcado en dos idénticas escaleras descendentes. Ella fue

por la de la izquierda.

»Una vez, yo era una niñita, estábamos ocupando ¡legalmente una casa, cerca del Hudson, y las

ratas eran enormes. Por los productos químicos que llevaban dentro. Eran tan grandes como yo; y

una noche una de ellas había estado escarbando debajo de la casa donde vivíamos. Cuando ya era

casi de madrugada, alguien vino acompañando a un hombre viejo que tenía costuras en las mejillas y

los ojos rojos. Traía un paquete de cuero grasiento, como los que se utilizan para guardar

herramientas, para que no se herrumbren. Lo abrió: tenía un viejo revólver y tres cartuchos. El viejo

puso una bala en el cargador y empezó a caminar de un lado a otro. Nosotros nos quedamos contra

las paredes.

»Iba y venía. De brazos cruzados, cabizbajo, como si se hubiese olvidado del arma. Atento a los

ruidos de la rata. No hacíamos ningún ruido. El viejo daba un paso. La rata se movía. La rata se

movía, y él daba otro paso. Una hora así, y luego pareció recordar el revólver. Lo apuntó hacia el

suelo, sonrió y apretó el gatillo. Volvió a hacer su paquete y se fue.

»Más tarde me metí debajo del suelo. La rata tenía un agujero entre los ojos. -Molly estaba mirando

las puertas selladas que había a intervalos a lo largo del pasillo.- El segundo, el que vino por Johnny,

era como aquel viejo. No era viejo, pero era así. Mataba igual que él. -El pasillo se ensanchó. El

océano de suntuosas alfombras ondulaba suavemente bajo una enorme araña de cristal cuyo cairel

más bajo llegaba casi al suelo. Un tintineo de cristal cuando Molly entró en el vestíbulo. TERCERA

PUERTA A LA IZQUIERDA, titiló el display.

Ella giró a la izquierda, evitando el árbol invertido de cristal. -Lo vi sólo una vez. Cuando entraba en

la casa. Él salía. Vivíamos en una fábrica restaurada, muchas jóvenes promesas de la Senso/Red,

ese tipo de cosa. El sistema de seguridad ya era bueno, y yo lo había reforzado. Sabía que Johnny

estaba allá arriba. Pero aquel hombrecito me llamó la atención cuando salía. No dijo una palabra.

Bastó con que nos miráramos para que yo entendiera. Un hombrecito común, ropa común, sin

ningún orgullo, humilde. Me miró y se metió en un taxi. Yo lo supe. Subí y encontré a Johnny

sentado junto a la ventana, con la boca entreabierta, como si estuviese a punto de hablar.

La puerta que Molly tenía enfrente era antigua, una plancha tallada de teca tailandesa que parecía

haber sido aserrada en dos para ajustarla al dintel. Bajo un dragón rampante había un rudimentario

cerrojo mecánico de chapa inoxidable. Ella se arrodilló, sacó de un bolsillo interior un pequeño hatillo

de apretada gamuza negra, y seleccionó un pico fino como una aguja. -Después de eso, no volví a

encontrar a nadie que me gustara.

Insertó el pico y trabajó en silencio, mordisqueándose el labio inferior. Parecía guiarse por el mero

tacto, los ojos desenfocados; la puerta era una borrosa mancha de madera clara. Case escuchó el

silencio del vestíbulo, puntuado por el tenue tintineo de la araña de cristal. ¿Velas? Straylight era

una contradicción. Recordó la historia de Cath acerca de un castillo con estanques y nenúfares, Y las

cuidadas palabras de 3Jane que la cabeza recitara musicalmente. Un lugar que había crecido sobre

sí mismo. Había en Straylight un ligero olor a humedad, un ligero olor a perfume, como en una

iglesia. ¿Dónde estaban los Tessier-Ashpool? Él había esperado encontrarse con una pulcra

colmena de actividad disciplinada, pero Molly no había visto a nadie. El monólogo de ella había

hecho que se sintiera incómodo; nunca le había contado tanto acerca de sí misma. Aparte de la

historia del cubículo, rara vez había dicho algo que indicase tan siquiera que había tenido un pasado.

Molly cerró los ojos. Se oyó un ruido. Más que escucharlo, Case lo sintió. Le hizo recordar los

cerrojos magnéticos de la puerta del cubículo de Molly, en la casa de títeres. La puerta se había

abierto para él, pese a que llevaba el chip equivocado. Había sido cosa de Wintermute, manipulando

el cerrojo como había manipulado el microligero automático y el jardinero robot. El sistema de

cerraduras de la casa de títeres era una subunidad del sistema de seguridad de Freeside. Este

sencillo cerrojo mecánico plantearía un verdadero problema a la IA, ya que requería algún tipo de

autómata, o bien un agente humano.

Molly abrió los ojos, guardó el pico en la gamuza, enrolló el paquete cuidadosamente, y lo metió de

nuevo en el bolsillo. -Eres un poco como él -dijo-. Creéis que nacisteis para correr. Creo que lo que

hacías en Chiba era una versión más burda de lo que harías en cualquier parte. A veces la mala

suerte te hace esas jugadas: te reduce a los rudimentos. -Se levantó, se estiró y se sacudió.- Sabes,

pienso que el hombre que Tessier-Ashpool mandó tras Jimmy, el muchacho que robó la cabeza,

tiene que ser el mismo a quien los Yak encargaron que matase a Johnny. -Sacó la pistola de dardos

de la funda y puso el cañón en automático.

La fealdad de la puerta impresionó a Case cuando ella se acercó. No la puerta en sí, que era

hermosa, o que una vez había sido parte de algo más hermoso, sino el modo en que la habían

aserrado para adaptarla a una abertura determinada. Hasta la forma estaba mal: un rectángulo entre

curvas de hormigón pulido. Habían importado todo aquello, pensó, y luego lo habían ajustado a la

fuerza. Pero nada ajustaba. La puerta era como los desacertados armarios, como el descomunal

árbol de cristal. Entonces recordó la composición de 3Jane, e imaginó que los enseres habían sido

traídos por el pozo para dar cuerpo a algún plan maestro, un sueño perdido tiempo atrás, en un

compulsivo afán por llenar los espacios, obtener una réplica de una imagen familiar del yo. Recordó

la colmena destrozada, las cosas ciegas que se retorcían…

Molly apretó una de las patas delanteras del dragón tallado y la puerta se abrió con facilidad.

La habitación en la que entraron era pequeña, abarrotada, poco más que un armario. Apoyadas

contra una pared curva, había grises estanterías de acero para guardar herramientas. Una luz se

había encendido automáticamente en la pared. Molly cerró la puerta y fue hasta los armarios.

TERCERO A LA IZQUIERDA, pulsó el chip óptico: Wintermute estaba otra vez manipulando el

cronómetro de Molly, CINCO HACIA ABAJO. Pero Molly abrió primero el cajón de arriba. No era más

que una simple bandeja. Vacía. El segundo también estaba vacío. El tercero, más profundo, contenía

unas bolitas opacas de metal de soldadura y un pequeño objeto marrón que parecía un dedo

humano. El cuarto cajón guardaba el ejemplar, hinchado por la humedad, de un obsoleto manual

técnico en francés y japonés. En el quinto, detrás del guantelete blindado de un pesado traje

neumático, encontró la llave. Era como una moneda de bronce opaco, con un tubo corto y hueco

soldado en el borde. Ella la hizo girar lentamente en la mano y Case vio incisiones y rebordes en el

interior del tubo. Una de las caras tenía grabadas las letras CHUBB; la otra era lisa.

-Él me contó -susurró ella-. Wintermute. Cómo esperó durante años. Entonces no tenía verdadero

poder, pero podía usar los sistemas de seguridad y vigilancia de la Villa para averiguar dónde estaba

todo, cómo se movían las cosas, adónde iban. Vio que alguien perdía esta llave hace veinte años, y

se las arregló para que otro la dejara aquí. Luego lo mató, al chico que la trajo. Tenía ocho años. –

Cerró los dedos blancos sobre la llave.- Para que nadie la encontrara. -Sacó un cordón de nailon

negro del bolsillo del traje y lo pasó por el orificio circular, sobre las letras. Hizo un nudo y se colgó la

llave al cuello. – Siempre estaban fastidiándolo con lo anticuados que eran, dijo, con todos sus trastos

del siglo diecinueve. Se veía igual al finlandés en la pantalla de aquella madriguera de títeres de

carne. Si no me hubiera cuidado, habría creído que era el finlandés. -El display destelló la hora:

caracteres alfanuméricos sobre los cofres de acero gris.- Dijo que si se hubiesen convertido en lo que

querían habría podido largarse hace mucho tiempo. Pero no fue así. Se jodieron. Locos como 3Jane.

Así la llamó, pero parecía que la apreciaba.

Se volvió, abrió la puerta y salió, acariciando la empuñadura ajedrezada de la pistola enfundada.

Case volvió a la matriz.

El Kuang Grado Once estaba creciendo. -Dixie, ¿crees que esta cosa funcionará? -¿Cagan los

osos en el bosque? -El Flatline los envió hacia arriba a través de móviles estratos multicolores.

Algo oscuro se estaba formando en el núcleo del programa chino. La densidad de información

saturó la textura de la matriz, desencadenando imágenes hipnagógicas. Unos tenues ángulos

caleidoscópicos se desplegaron alrededor de un punto focal de plata oscura. Case vio símbolos

infantiles, símbolos de maldad y mala suerte que salían atropelladamente de planos traslúcidos:

cruces gamadas, cráneos y huesos cruzados, destellantes ojos de serpiente. Si miraba directamente

al punto muerto no había ningún entorno. Hizo falta una docena de rápidas tomas periféricas para

conseguirlo: la de un tiburón, brillante como obsidiana: los espejos negros de los flancos reflejaban

luces débiles y distantes que no tenían relación con la matriz de alrededor.

-Eso es el aguijón -dijo la estructura-. Cuando el Kuang alcanzado el núcleo de Tessier-Ashpool,

podremos entrar.

-Tenías razón, Dix. Una especie de manipulación paralela del sistema interno mantiene controlado

a Wintermute. Hasta donde esto sea posible -agregó.

-Él -dijo la estructura-. Él. Mira eso. Eso. No hago más que decírtelo.

-Es un código. Una palabra. Alguien tiene que decirlo frente a una sofisticado terminal, en una

determinada habitación, mientras nosotros nos las vemos con lo que nos está esperando detrás de

ese hielo.

-Pues te queda tiempo de sobra, muchacho -dijo el Flatline-. El viejo Kuang es lento pero seguro.

Case desconectó.

Se encontró frente a Maelcum, que lo miraba.

-Estuviste muerto un buen rato, hombre.

-Pasa a veces -dijo Case-. Me estoy acostumbrando.

-Estás jugando con la oscuridad, hombre.

-Es la única diversión en el pueblo, parece ser.

-A ti te encanta, Case -dijo Maelcum, y volvió a su módulo de radio. Case miró la maraña de

mechas, las fibras de músculo alrededor de los oscuros brazos del hombre.

Conectó de nuevo.

Y volvió a la matriz.

Molly trotaba por un pasillo que podría haber sido el mismo que había recorrido antes. Los armarios

de vidrio ya no estaban, y Case concluyó que avanzaban hacia la punta del huso; la gravedad era

cada vez más débil. No tardó en encontrarse rebotando en ondulantes prominencias alfombradas.

Débiles punzadas en la pierna…

De pronto, el pasillo se estrechó; una curva, una bifurcación.

Molly dobló a la derecha y subió por una escalera caprichosamente empinada. En lo alto, el techo

estaba forrado de rollos y atados de cables, como ganglios de colores codificados. Había manchas

de humedad en las paredes.

Llegó a un rellano triangular y se detuvo para frotarse la pierna. Más pasillos estrechos de paredes

forradas de tapices. Se separaban en tres direcciones.

IZQUIERDA.

Molly se encogió de hombros. -Déjame echar un vistazo, ¿está bien?

IZQUIERDA.

-Calma. Hay tiempo. -Entró por el pasillo que desviaba hacia la derecha.

PARA.

REGRESA.

PELIGRO.

Molly vaciló. Una voz salió de la puerta de roble entreabierta en el fondo del pasadizo; una voz

fuerte e inarticulada, como de borracho. Case pensó que había hablado en francés, pero era

demasiado indistinta. Molly dio un paso, luego otro, deslizando la mano dentro del traje para tocar la

culata. Al entrar en el campo de disrupción neural, le zumbaron los oídos: un tono alto y fino que

recordó a Case el sonido de la pistola de dardos. Molly cayó hacia adelante, los estriados músculos

flojos, y se golpeó la cabeza contra la puerta. Se retorció y quedó tendida de espaldas, los ojos

desenfocados, sin aliento.

-¿Qué es esto? -dijo la voz poco clara-. ¿Un disfraz? -Molly metió una mano temblorosa en el traje,

encontró la pistola y la sacó.- Ven a visitarme, hija. Ahora.

Ella se puso de pie lentamente, los ojos fijos en el cañón de una negra pistola automática. La mano

del hombre era firme ahora; el cañón del arma parecía estar atado al cuello de Molly con un cordel

tenso e invisible.

El hombre era viejo, muy alto, y las facciones le recordaron a Case la chica que había visto

fugazmente en el Vingtième Siècle. Llevaba un pesado albornoz de seda marrón, acolchado en los

largos puños, y una bufanda al cuello. Tenía un pie descalzo, el otro enfundado en una zapatilla

negra con una cabeza de zorro bordada en oro sobre el empeine. -Despacio, querida. -La habitación

era grande, abarrotada con una cantidad de cosas que para Case no tenían ningún sentido. Vio una

estantería de acero gris, con anticuados monitores Sony, una ancha cama de bronce repleta de

pieles de oveja y de almohadas parecidas a las alfombras que había en los pasillos. Los ojos de

Molly saltaron de una enorme consola de entretenimientos Telefunken a anaqueles de antiguos

discos grabados, los destartalados lomos enfundados en plástico transparente, y a una amplia mesa

de trabajo cargada de láminas de silicio. Case registró el tablero de ciberespacio y los trodos, pero la

mirada de Molly se deslizó sobre ellos sin detenerse.

-Correspondería -dijo el anciano- que te matara en este momento. -Case sintió la tensión en el

cuerpo de Molly, lista para moverse. – Pero esta noche me daré un gusto. ¿Cómo te llamas?

-Molly.

-Molly. Mi nombre es Ashpool. -El anciano se reclinó en la blandura de un enorme sillón de cuero

de patas cuadradas y cromadas, pero sosteniendo firmemente el arma. Puso la pistola de dardos

sobre una mesa de bronce junto al sillón, volcando una ampolla de plástico que contenía unas

pastillas rojas. La mesa estaba abarrotada de ampollas, botellas de licor, sobres de plástico que

derramaban unos polvos blancos. Case vio una anticuada hipodérmica de vidrio y una sencilla

cuchara de acero.

-¿Cómo haces para llorar? Veo que escondes los ojos. Tengo curiosidad. -El hombre tenía los ojos

bordeados de rojo, la frente brillante de sudor. Estaba muy pálido. Enfermo, resolvió Case. O

drogas.

-Nunca lloro mucho.

-¿Pero cómo harías para llorar, si alguien te hiciera llorar?

-Escupo -dijo ella-. Los canales me llegan hasta la boca.

-Entonces ya has aprendido una lección muy importante para alguien tan joven. -Apoyó la mano

con la pistola sobre la rodilla y cogió una botella cualquiera de la mesa que tenía al lado. Bebió.

Coñac. Un hilo de líquido le corrió por la barbilla.- Así es como se encarga uno de las lágrimas. –

Volvió a beber.- Esta noche estoy ocupado, Molly. He construido todo esto, y ahora estoy ocupado.

Muriéndome.

-Podría irme por donde vine -dijo ella.

Él rió: un ruido alto y áspero. -¿Te entremetes en mi suicidio y luego quieres irte sin más? De veras

me sorprendes. Una ladrona.

-Es mi vida, jefe, y es todo lo que tengo. Sólo quiero salir de aquí en una pieza.

-Eres una muchacha muy maleducada. Aquí los suicidios se hacen con decoro. Es lo que estoy

haciendo, ¿entiendes? Pero es posible que esta noche te lleve conmigo, al infierno… Sería algo muy

egipcio de mi parte. -Bebió otro trago.- Acércate, entonces. -Extendió la botella, la mano temblando.-

Bebe.

Ella dijo que no.

-No está envenenado -dijo el viejo, pero dejó el coñac sobre la mesa-. Siéntate. Siéntate en el

suelo. Hablaremos.

-¿De qué? -Ella se sentó. Case sintió que las cuchillas se movían, apenas, bajo las uñas.

-De lo que se nos ocurra. Lo que se me ocurra. Es mi fiesta. Los núcleos me despertaron. Hace

veinte horas. Algo estaba sucediendo, dijeron, y me necesitaban. ¿Eras tú ese algo, Molly? Con

seguridad no me necesitaban para que me encargase de ti; no lo creo…Otra cosa… Pero estaba

soñando, ¿sabes? Durante treinta años. Tú no habías nacido cuando me acosté a dormir por última

vez. Nos dijeron que no soñaríamos con el frío. También nos dijeron que nunca sentiríamos frío.

Locuras, Molly. Mentiras. Por supuesto que soñé. El frío dejaba entrar lo que estaba afuera, de eso

se trataba. Lo de afuera. Durante toda la noche construí esto para escondernos. Al principio no era

más que una gota, un granito de noche que se colaba, atraído por el frío… Otros lo seguían, y me

llenaban la cabeza, como la lluvia llena una piscina vacía. Recuerdo los lirios. Los estanques eran de

terracota, las niñeras de cromo, y había brazos y piernas que titilaban al atardecer cruzando los

jardines… Soy muy viejo, Molly. Tengo más de doscientos años, si cuentas el frío. El frío. -De pronto,

alzó el cañón de la pistola, atento. Los tendones de los muslos de Molly estaban rígidos como

alambres.

-El frío puede llegar a quemarte -dijo ella, cautelosa. -Allí nada se quema -dijo el anciano,

impaciente, bajando el arma. Los pocos movimientos que hacía eran cada vez más escleróticos.

Tenía que esforzarse para no menear continuamente la cabeza-. Nada se quema. Ahora lo

recuerdo. Los núcleos me dijeron que nuestras inteligencias han enloquecido. Con todos los millones

que pagamos, hace tanto tiempo. Cuando la inteligencia artificial era sobre todo un concepto de

vanguardia. Dije a los núcleos que me haría cargo. La verdad es que escogimos mal el momento,

con 8Jean allá en Melbourne y nadie más que la dulce 3Jane para ocuparse del negocio. O tal vez lo

escogimos muy bien. ¿Cómo saberlo, Molly? -Alzó de nuevo el arma.- Ahora ocurren cosas extrañas

en la Villa Straylight.

-Jefe -preguntó Molly-, ¿conoce a Wintermute?

-Un nombre. Sí. Para hacer conjuros, quizás. Un señor del infierno, seguramente. En mis tiempos,

querida Molly, llegué a conocer a muchos señores nobles. Y a no pocas damas. Incluso a una reina

de España, una vez, en este mismo lecho… Pero estoy divagando. -Tosió convulsivamente

sacudiendo el cañón de la pistola. Escupió sobre la alfombra cerca del pie descalzo.- Cuánto

divago… A través del frío. Pero pronto se acabará. Ordené que descongelaran a una Jane, cuando

desperté. Es extraño, llevarse a la cama, cada tantas décadas, a la que en términos legales es tu

propia hija. -Miró más allá de ella, hacia la hilera de monitores ciegos. Pareció estremecerse.- Los

ojos de Marie-France -dijo con voz débil, y sonrió-. Hacemos que el cerebro tenga una reacción

alérgica a algunos de sus propios neurotransmisores, lo que resulta en una imitación bastante

manejable del autismo. -La cabeza se inclinó a un lado; se enderezó. – Tengo entendido que el efecto

se obtiene hoy más fácilmente con un microchip implantado.

La pistola se le deslizó entre los dedos y rebotó en la alfombra.

-Los sueños crecen como hielo lento -dijo. Tenía la cara azulada. Volvió a hundir la cabeza en el

respaldo de cuero y empezó a roncar.

De pie, Molly recogió el arma. Recorrió la habitación, con la automática de Ashpool en la mano.

Un vasto edredón o cubrecama estaba apilado junto al lecho, en medio de un gran charco de

sangre coagulada, espesa y brillante, sobre el estampado de las alfombras. Al levantar una esquina

del edredón, vio el cuerpo de una muchacha, los omoplatos blancos cubiertos de sangre. La habían

degollado. La hoja triangular de una especie de espátula destellaba en el estanque oscuro junto a la

muchacha. Molly se arrodilló, evitando tocar la sangre, y volteó a la chica de cara a la luz. El rostro

que Case había visto en el restaurante.

Se oyó un ruido metálico, en el centro de todo, y el mundo se inmovilizó. La transmisión simestim

de Molly se convirtió en una imagen fija: unos dedos sobre la mejilla de la muchacha. La imagen duró

tres segundos, y luego el rostro de la muerta cambió: la cara de Linda Lee.

Otro ruido metálico, y la habitación se borroneó. Molly estaba de pie, mirando un disco de láser

dorado junto a una pequeña consola, sobre el mármol de la mesita de noche. Una cinta de fibra

óptica corría desde la consola hasta un enchufe en la base del cuello estilizado. -No me has

engañado, hijo de puta -dijo Case, sintiendo que movía los labios, en algún lado, muy lejos. Sabía

que Wintermute había alterado la transmisión. Molly no había visto el rostro de la chica muerta que

se arremolinaba como humo hasta parecer la máscara mortal de Linda.

Molly se volvió. Cruzó la habitación, hasta el sillón de Ashpool. La respiración del viejo era lenta y

entrecortada. Miró el montón desordenado de drogas y alcohol. Dejó el arma, cogió la pistola de

dardos, la preparó para un solo tiro, y con sumo cuidado disparó un dardo de toxina al centro del

párpado izquierdo del anciano. Un único espasmo, la respiración interrumpida en plena aspiración. El

otro ojo, marrón y profundo, se abrió lentamente.

Seguía abierto cuando ella se volvió y dejó el cuarto.

16

-TENGO A TU JEFE en la línea -dijo el Flatline-. Está conectado al segundo Hosaka en esa nave

de escaleras arriba, la que llevamos a horcajadas. De nombre Haniwa.

-Lo sé -dijo Case, distraídamente-. La he visto.

Un rombo de luz blanca apareció ante él, cubriendo el hielo de la Tessier-Ashpool; le mostraba la

cara de Armitage, serena, perfectamente enfocada, totalmente enloquecida, los ojos ciegos como

botones. Armitage parpadeaba. Miraba fijamente.

-Supongo que Wintermute se encargó también de los Turings que andaban detrás de ti, ¿eh?

Como se encargó de los míos -dijo Case.

Armitage lo miraba fijamente. Case resistió el deseo de apartar los ojos, de mirar a otro lado. –

¿Estás bien, Armitage?

-Case -y por un instante algo pareció moverse detrás de la n-lirada azul-. Has visto a Wintermute,

¿verdad? En la matriz.

Case asintió. Una cámara en la cara de la Hosaka del Marcus Garvey transmitida el gesto al

monitor del Haniwa. Imaginó a Maelcum escuchando las hipnotizadas medias conversaciones, sin

poder oír las voces de la estructura o de Armitage.

-Case -y los ojos se hicieron más grandes, Armitage inclinado sobre el ordenador-, ¿qué es, cuando

lo ves?

-Una estructura de simestim de alta resolución.

-Pero, ¿quién?

-El finlandés, la última vez… Antes que eso, un macarra que…

-¿No el general Girling?

-¿El general qué?

La imagen desapareció del rombo.

-Pasa de nuevo esa grabación y ordena al Hosaka que investigue -dijo a la estructura.

Volvió a Molly.

La perspectiva lo sorprendió. Molly estaba encaramada entre vigas de acero, a veinte metros por

encima de una amplia y manchada superficie de hormigón pulido. El espacio era un hangar o un

cobertizo de mantenimiento. Podía ver las tres naves espaciales, ninguna mayor que el Garvey y

todas en distintas etapas de reparación. Voces japonesas. Una figura vestida con un mono

anaranjado salió de una brecha en el casco de un bulboso vehículo y se detuvo junto a uno de los

brazos de pistón, extrañamente antropomórficos. El hombre tecleó algo en una consola portátil y se

rascó las costillas. Un vehículo de conducción autónoma y neumáticos redondos y grises entró en

escena.

CASE, destelló el chip de Molly.

-Eh -dijo ella-. Estoy esperando a un guía. -Se acuclilló; los brazos y piernas de su traje Moderno

eran de un color azul grisáceo, como las vigas. Le dolía la pierna, un dolor permanente y agudo. –

Tendría que haber regresado a Chin -susurró.

Algo apareció de pronto saliendo de las sombras, emitiendo un tranquilo tic-tac, a la altura del

hombro izquierdo de Molly. Se detuvo, balanceando el cuerpo esférico de un lado a otro, sobre

arqueadas patas de araña, disparó en un microsegundo otra andanada de difusa luz láser, y se

inmovilizó. Era un microligero Braun. Case había tenido una vez el mismo modelo, un accesorio

inútil que había obtenido como parte de un negocio con un traficante de hardware de Cleveland.

Parecía un estilizado papaíto piernas largas de color negro mate. Un diodo rojo comenzó a titilar en

el ecuador de la esfera. El cuerpo no era mayor que una pelota de béisbol. -Está bien -dijo Molly-.

Te escucho. -Se puso de pie, apoyándose sobre la pierna derecha, y observó cómo el pequeño

aparato retrocedía- Metódicamente, siguió el mismo camino por el que había venido, sobre la viga, y

desapareció en la oscuridad. Molly se volvió y miró hacia el área de servicio. El hombre del mono

anaranjado estaba sellando el frente de un equipo neumático blanco. Ella lo observó mientras

cerraba y sellaba el casco, recogía la consola y volvía a introducirse por la brecha en el casco de la

nave. Se oyó un gemido de motores, cada vez más intenso, y el vehículo se deslizó silenciosamente

hasta desaparecer a la luz cruda de las lámparas junto con un sector circular del piso, de diez metros

de diámetro. El autónomo rojo esperaba pacientemente al borde del agujero del panel montacargas.

Entonces ella siguió al Braun, abriéndose camino por una selva de puntales de acero. El diodo del

Braun seguía titilando, indicándole el camino.

-¿Cómo estás, Case? ¿De vuelta en el Garvey, con Maelcum? Claro que sí. Y conectado a esto.

Me gusta, ¿sabes? Es que siempre he hablado conmigo misma, en silencio, cada vez que me

encontraba en un apuro. Imagino que tengo un amigo, alguien en quien puedo confiar, y le digo lo

que de veras pienso, cómo me siento, y también imagino que este amigo me da su opinión, y así voy

adelante. Contigo pasa algo parecido. Esa escena con Ashpool… -Se mordisqueó el labio inferior,

pasando junto a un puntal, siempre siguiendo al autónomo con los ojos.- Esperaba algo quizás un

poco menos decadente, ¿sabes? Quiero decir, todos estos tipos están locos, como si tuvieran

mensajes luminosos escritos en la frente o algo. No me gusta el aspecto de todo esto, no me gusta el

olor…

El Braun estaba izándose por una escala casi invisible de peldaños de acero en forma de U, hacia

una abertura estrecha y oscura. -Y ya que me estoy confesando, cariño, tengo que admitir que nunca

pensé que saliera algo bueno de esta operación. Hace tiempo que estoy en la mala, y tú eres lo

único bueno que ha aparecido desde que empecé a trabajar con Armitage. -Miró hacia el círculo

negro. El diodo del microligero guiñó, trepando. -Aunque no creas que eres una maravilla. -Sonrió,

pero el diodo había desaparecido con demasiada rapidez y ella apretó los dientes cuando empezó a

trepar y sintió un dolor punzante en la pierna. La escala continuó, a través de un tubo de metal que le

apretaba los hombros. Estaba subiendo, saliéndose de la gravedad, hacia el eje de cero g. El chip

pulsó la hora.

04:23:04.

Había sido un largo día. La claridad del sensorio de Molly reducía el efecto de la betafenetilamina,

pero Case aún podía sentirlo. Prefería el dolor en la pierna de ella.

C A S E : 0 0 0 0 0 0 0

0 0 0 0 0 0 0 0 0 0 0 0

0 0 0 0 0 0 0 0 0 0 0 .

-Supongo que es para ti -dijo ella, trepando mecánicamente. Los ceros volvieron a destellar y

apareció un mensaje, en el límite del campo visual de Molly, fragmentado por el circuito.

EL GENERAL G

IRLING::::::

ENTRENO A

CORTO PARA

PUÑO ARDIENTE

Y VENDIO SU

PELLEJO AL

PENTAGONO:::

EL CONTROL

PRINCIPAL

DE W/MUTE

SOBRE ARMI

TAGE ES

UNA ESTRUC

TURA DE GI

RLING:::::

W/MUTE

DICE QUE SI

A MENCIONO

A G ES

PORQUE

ESTA VOL

VIENDOSE

LOCO::::::

CUIDATE:::

::::::DIXIE

-Bueno -dijo Molly, haciendo una pausa-, parece que tú también tienes problemas. -Miró hacia

abajo. Había un tenue círculo luminoso, no mayor que el redondel de bronce de la llave de Chubb

que le pendía entre los pechos. Miró hacia arriba. No había nada. Tocó sus amplificadores con la

lengua y el tubo se alzó en una perspectiva evanescente, mientras el Braun subía por los peldaños.

Nadie me habló de esta parte -dijo.

Case desconectó.

-Maelcum…

-Hombre, tu jefe se puso muy extraño. -El sionita llevaba un traje neumático Sanyo azul, veinte

años más viejo que el que Case había alquilado en Freeside: apretaba el casco bajo el brazo y una

gorra de red tejida de algodón violeta le sujetaba los mechones. Tenía los ojos entornados, efecto del

ganja y de la tensión.- Llamó varias veces, con órdenes, hombre; tiene que ser alguna guerra de

Babilonia… -Maelcum sacudió la cabeza de un lado a otro.- Yo hablé con Aerol, y Aerol habló con

Sión, los Fundadores dijeron que nos largáramos. -Se frotó la boca con el dorso de una mano,

grande y bronceada.

-¿Armitage? -Case se encogió de dolor cuando sintió la fuerte resaca de la betafenetilamina, ahora

sin la protección de la matriz de simestim. No hay nervios en el cerebro, se dijo, no puede dolerme

tanto. – ¿Qué quieres decir? ¿Te está dando órdenes? ¿Cuáles?

-Hombre, Armitage me dijo que rumbeara hacia Finlandia, ¿sabes? Me dijo que ahí habría

esperanza, ¿sabes? Apareció en mi pantalla con la camisa ensangrentada, loco como un perro,

hablando de puños estridentes y de rusos y de que la sangre de los traidores nos ensuciará las

manos. -Volvió a sacudir la cabeza: la gorra se balanceó y saltó en la gravedad cero. Apretó los

labios.- Los fundadores dicen que el Mute es con seguridad el falso profeta, y que Aerol y yo

tenemos que dejar el Marcus Garvey y regresar.

-¿Armitage estaba herido? ¿Sangre?

-No sabría decirte, ¿entiendes? Pero estaba manchado de sangre, y loco del todo, Case.

-De acuerdo -dijo Case-. ¿Y qué pasa conmigo? Tú vuelves a casa. ¿Y yo, Maelcum?

-Hombre -dijo Maelcum-, tú vienes conmigo. Yo y yo volvemos a Sión con Aerol, en el Babylon

Rocker. Deja que Armitage hable con la cassette fantasma, un fantasma con otro…

Case miró por encima del hombro: su traje alquilado colgaba sujeto a la hamaca, balanceándose en

la corriente de aire del viejo ventilador ruso. Cerró los ojos. Vio los saquitos de toxina que se le

disolvían en las arterias. Vio a Molly que trepaba por una interminable escala de peldaños de acero.

Abrió los ojos.

-No lo sé, viejo -dijo, con un gusto extraño en la boca. Miró, la mesa de trabajo, se miró las manos-.

No lo sé. -Levantó la vista otra vez. Ahora la cara bronceada estaba calma, atenta. El anillo del casco

del viejo traje azul escondía el mentón de Maelcum.- Ella está adentro -dijo-. Molly está adentro. En

Straylight, así se llama. Si Babilonia existe, esto es Babilonia. Podemos irnos, pero entonces ella no

saldrá, sea o no la Navaja Andante.

Maelcum asintió con la cabeza, y la gorra se le movió como un globo cautivo de algodón. -¿Es tu

mujer, Case? -No lo sé. Tal vez no es la mujer de nadie. -Se encogió de hombros. Y volvió a

encontrarse con la ira, verdadera como un pedazo de roca bajo las costillas.- A la mierda con esto –

dijo-. A la mierda con Armitage, a la mierda con Wintermute, y a la mierda contigo. Yo me quedo

donde estoy.

La sonrisa de Maelcum se extendió sobre su rostro, como una luz repentina.

-Maelcum es un chico maleducado, Case. El Garvey es la nave de Maelcum. -Golpeó la mano

enguantada contra un panel y en los altavoces del remolque se oyó el sonido bajo y regular de la

transmisión de Sión. – Maelcum no se larga, no. Hablaré con Aerol; seguro que lo entenderá.

Case lo miró fijamente. -No os entiendo, de veras -dijo.

-Yo no te entiendo a ti, hombre -dijo el sionita, sacudiendo la cabeza al ritmo de la transmisión-,

pero tenemos que guiamos por el amor de Jah, todos nosotros.

Case conectó y volvió a la matriz.

-¿Recibiste mi mensaje?

-Sí. -Vio que el programa chino había crecido: delicados arcos policromos y cambiantes estaban

acercándose al hielo de la T-A.

-Bueno, se está poniendo más complicado -dijo el Flatline-. Tu jefe borró el banco de datos del otro

Hosaka, y casi se lleva el nuestro también. Pero tu amigo Wintermute me avisó antes de que se

perdiera. La razón por la que los Tessier-Ashpool no abundan en Straylight es que la mayoría están

congelados. Hay una empresa de abogados en Londres que se encarga de la representación legal y

los poderes: tiene que saber quién está despierto y en qué momento. Armitage vigilaba las

transmisiones de Londres a Straylight a través del Hosaka del yate. De paso, ya saben que el viejo

está muerto.

-¿Quién lo sabe?

-Los abogados y la T-A. Tenía un control remoto implantado en el esternón. Aunque después del

dardo de tu chica un equipo de resurrección no hubiera tenido mucho que hacer. Toxinas de

crustáceos. Pero la única T-A que está despierta en Straylight en este momento es Lady 3Jane

Marie-France., Hay otro, un varón, un par de años mayor, que está en Australia por negocios. Yo

creo que Wintermute se las arregló para que la presencia de 8Jean fuera necesaria en algún otro

sitio. Pero ya está en camino, de regreso a casa. Los abogados de Londres dijeron que llegaría

aproximadamente a las 09:00:00 esta noche. Enchufamos el virus Kuang alas 02:32:03. Ahora son

las 04:45:20. La mejor hora para que el Kuang penetre en el núcleo de la T-A es las 08:30:00. Así

que estamos en el límite. Creo que Wintermute tiene algún interés especial en esta 3Jane, o que ella

está tan loca como su viejo. Pero el muchacho que viene de Melbourne sabrá bien de qué se trata.

Los sistemas de seguridad de Straylight intentan seguir funcionando en estado de alerta, pero

Wintermute los bloquea, rápidamente, no me preguntes cómo. Sin embargo, no pudo pasar por

encima del programa de entrada básico y meter a Molly. Armitage tenía todo eso registrado en el

Hosaka; seguramente Riviera convenció a 3Jane. Durante años ella ha estado manipulando las

entradas y salidas. Tengo la impresión de que uno de los problemas principales de la T-A es que los

grandes de la familia han llenado los bancos de datos con todo tipo de trucos y excepciones

particulares. Es como si tu sistema de inmunidad se viniera abajo: están a punto para recibir un virus.

Eso nos conviene, una vez que consigamos pasar el hielo.

-De acuerdo. Pero Wintermute dijo que Arm….

Un rombo blanco apareció en la pantalla y fue ocupado por un primer plano de dementes ojos

azules. Case no pudo hacer otra cosa que mirarlos. El coronel Willie Corto, Fuerzas Especiales,

Fuerza de Ataque Puño Estridente, había logrado volver. La imagen era tenue, espasmódico,

desenfocada. Corto estaba utilizando la consola de navegación del Haniwa para conectarse con el

Hosaka del Marcus Garvey.

-Case, necesito los informes de daños y perjuicios en el Omaha Thunder.

-Bueno, yo… ¿Coronel?

-Atento, muchacho. Recuerda tu entrenamiento.

¿Pero dónde has estado, viejo?, preguntó en silencio a los ojos angustiados. Wintermute había

construido algo llamado Armitage dentro de una fortaleza catatónica llamada Corto. Había

convencido a Corto de que lo verdadero era Armitage, y Armitage había caminado, hablado,

planificado, intercambiado información y capital, había representado a Wintermute en aquella

habitación del Chiba Hilton… Y ahora Armitage había desaparecido, arrastrado por el viento de la

locura de Corto. Pero, ¿dónde había estado Corto durante todos aquellos años?

Cayendo, quemado y ciego, de un cielo siberiano.

-Case, sé que te será difícil aceptarlo. Eres un oficial. El entrenamiento. Lo comprendo. Pero, Case,

te lo juro por Dios: nos han traicionado.

Unas lágrimas asomaron en los ojos azules.

-Coronel… ¿quién? ¿Quién nos traicionó?

-El general Girling, Case. Quizá tú lo conozcas por su nombre en código. Pero sabes de quién

hablo.

-Sí -dijo Case, mientras las lágrimas seguían cayendo-. Supongo que sí. Señor -agregó,

impulsivamente-, pero, señor, coronel, ¿qué deberíamos hacer? Ahora, quiero decir.

-A esta altura, Case, nuestro deber es volar. Escaparnos. Evadimos. Podemos llegar a la frontera

con Finlandia mañana al atardecer. Volando bajo, con controles manuales. Nos cagaremos de

miedo, muchacho, pero eso será sólo el principio. -Los ojos azules se entrecerraron, los bronceados

pómulos brillantes por las lágrimas. – Sólo el principio. Traición desde arriba. Desde arriba… -Se retiró

de la cámara; en la rasgada camisa de sarga había manchas oscuras. El rostro de Armitage era

impasible, como una máscara; pero el de Corto era la verdadera cara del esquizofrénico: la

enfermedad grabada profundamente en músculos involuntarios, deformando la costosa cirugía.

-Coronel, lo escucho, viejo. Escuche, coronel, ¿de acuerdo? Quiero que abra la..Mierda. ¿Cómo se

llama, Dix?

-La escotilla media.

-Abra la escotilla media. Sólo dígale a la consola que la abra, ¿de acuerdo? Enseguida estaremos

con usted, coronel. Entonces podremos hablar de cómo saldremos de aquí.

El rombo desapareció.

-Muchacho, creo que ahí me perdiste -dijo el Flatline. -Las toxinas -dijo Case-. Las jodidas toxinas –

y desconectó.

-¿Veneno? -Maelcum miró por encima del rasgado hombro azul del viejo Sanyo mientras Case

forcejeaba, saliéndose de la red de gravedad.

-Y quítame esta maldita cosa… -Tiró del catéter de Texas.- Como un veneno lento, y ese hijo de

puta en la otra nave sabe cómo contrarrestarlo, y ahora está más loco que una rata de albañal. –

Manipuló con torpeza el Sanyo rojo; ya no se acordaba de cómo funcionaban los sellos.

-El jefe, ¿te envenenó? -Maelcum se rascó la mejilla. Tengo un equipo médico, ¿sabes?

-Jesús, Maelcum, ayúdame con este maldito traje. El sionita se separó del rosado módulo de

pilotaje. -Tranquilo, hombre. Mide dos veces, corta una, dijo un sabio. Subimos allá…

Había aire en la galería corrugada que iba desde la escotilla de popa del Marcus Garvey hasta la

escotilla central del yate Haniwa, pero mantuvieron sellados los trajes. Maelcum pasó de un lado a

otro con la gracia de un bailarín de ballet, deteniéndose sólo para ayudar a Case, que había

tropezado al salir del Garvey. Los lados plásticos del tubo filtraban la desnuda luz del sol: no había

sombras.

La escotilla de descompresión del Garvey estaba remendada y picada, y la decoraba un León de

Sión, tallado con láser. La escotilla central del Haniwa era de un color gris crema, vacuo y prístino.

Maelcum metió la mano enguantada en una abertura estrecha. Case vio cómo movía los dedos.

Unos diodos rojos se iluminaron en el nicho, e iniciaron una cuenta regresiva que empezó en

cincuenta. Maelcum retiró la mano. Case, con un guante apoyado contra la escotilla, sintió en el traje

y los huesos la vibración del mecanismo del cerrojo. El segmento circular de casco gris comenzó a

replegarse dentro del costado del Haniwa. Maelcum se aferró a la abertura con una mano y sujetó a

Case con la otra. La escotilla los llevó consigo.

El Haniwa era un producto de los astilleros Dornier-Fujitsu; el interior había sido diseñado de

acuerdo con una filosofía similar a la que había producido el Mercedes que los llevara a través de

Estambul. El estrecho puente central tenía las paredes revestidas con una madera que imitaba el

ébano, y el suelo era de cerámica italiana. Case se sintió como si estuviese invadiendo el baño de

vapor de algún hombre rico, entrando por la ducha. El yate, que había sido armado en órbita, no

estaba destinado a regresar. La línea inmaculada y de forma de avispa era una mera cuestión de

estilo, y todo el interior estaba calculado para acrecentar la impresión de velocidad.

Cuando Maelcum se quitó el casco maltrecho, Case hizo lo mismo. Permanecieron en la escotilla,

respirando un aire que tenía un ligero aroma a pino, con un inquietante dejo de aislación quemada.

Maelcum olió el aire. -Aquí hay problemas, hombre. Si hueles esto en una nave…

Una puerta, forrada con una ultragamuza de color gris oscura, se abrió deslizándose. Maelcum se

apoyó en la pared de ébano, flotó limpiamente a través de la estrecha abertura, y en el último

momento giró los hombros anchos para abrirse paso. Case lo siguió con torpeza, aferrándose a una

baranda acolchada a la altura del pecho. -El puente -dijo Maelcum, señalando un pasillo de paredes

de color crema y sin aberturas- Tiene que estar allí. -Volvió a tomar impulso, aparentemente sin

esforzarse. Case pudo detectar el parloteo familiar de una impresora que emitía un texto; venía de

algún sitio, más adelante. Se hizo más fuerte cuando, siguiendo a Maelcum, Case entró por otra

puerta. Encontraron una agitada masa de papeles de impresión entremezclados. Case recogió un

trozo de papel retorcido y le echó una ojeada.

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-¿Un colapso del sistema? -El sionita apuntó a la columna de ceros con un dedo enguantado.

-No -dijo Case, cogiendo el casco, que se alejaba flotando-. El Flatline dijo que Armitage había

dejado limpio el Hosaka.

-Parece como si lo hubiera borrado con láser, ¿sabes?

El sionita apoyó el pie contra la jaula de alambre de una máquina suiza de ejercicios y salió

disparado a través de la maraña flotante de papel, manoseando para quitársela de la cara.

-Case…

El hombre era pequeño, japonés; tenía el cuello sujeto al respaldo de la estrecha silla articulado con

algo parecido a un fino alambre de acero. El alambre era invisible sobre la espuma negra del

cabezal, y había cortado el cuello hasta la laringe. Una pequeña esfera de oscura sangre coagulada

brillaba en el cuello como una extraña piedra preciosa, una perla negro-rojiza. Case vio los bastos

mangos de madera que flotaban a ambos extremos del garrote, como gastados pedazos de un

mango de escoba.

-Me pregunto cuánto hace que está así -dijo Case, recordando la peregrinación de Corto después

de la guerra.

-¿Sabe el jefe cómo pilotar una nave, Case?

-Tal vez. Estuvo en las Fuerzas Especiales.

-Bueno, este muchacho japonés no estaba pilotando. Creo que ni yo hubiera podido hacerlo. Una

nave muy nueva…

-Llévame hasta el puente.

Maelcum frunció el entrecejo, giró hacia atrás, y tomó impulso con un puntapié.

Case fue tras él. Llegaron a un espacio más grande, una especie de sala de recibo, troceando y

arrugando las tiras de papel que les impedían el paso. Aquí había más sillas articuladas, algo que

parecía un bar, y el Hosaka. La impresora, que seguía regurgitando una endeble lengua de papel,

era una unidad empotrada en el tabique, una pulcra ranura en un panel de revestimiento lustrado a

mano. Apoyándose en los respaldos de las sillas, Case pasó por encima y fue hasta la impresora.

Apretó un botón blanco a la izquierda de la ranura. El parloteo cesó. Se volvió y miró al Hosaka. La

cara del aparato había sido taladrada por lo menos una docena de veces. Los orificios eran

pequeños, circulares, los bordes ennegrecidos. Unas pequeñas esferas de aleación negra orbitaban

el ordenador muerto. -Tenías razón -le dijo a Maelcum.

-Puente cerrado, hombre -replicó Maelcum, desde el otro lado de la sala.

Las luces se oscurecieron, brillaron, volvieron a oscurecerse.

Case arrancó el papel impreso de la ranura. Más ceros. -¿Wintermute? -Miró alrededor, la sala

beige y marrón, el espacio garabateado de flotantes curvas de papel.- ¿Eres tú, con las luces,

Wintermute?

Un panel junto a la cabeza de Maelcum se deslizó hacia arriba, revelando un pequeño monitor.

Maelcum, sorprendido, dio un salto. Se enjugó la frente con el parche de espuma de la mano

enguantada, y giró para estudiar el display. -¿Puedes leer japonés, hombre? -Case alcanzó a ver

unos caracteres que titilaban en la pantalla.

-No -dijo Case.

-El puente es una cápsula de escape, un bote salvavidas. Está haciendo la cuenta regresiva,

parece. -Se ajustó el casco y golpeó los sellos.

-¿Qué? ¿Está despegando? ¡Mierda! -Se apoyó contra el tabique, empujó, y salió impulsado a

través de la maraña de papel impreso.- ¡Tenemos que abrir esa puerta!

Pero Maelcum golpeaba el costado del casco con las puntas de los dedos. Case vio a través del

Lexan los labios que se movían. Vio que una gota de sudor caía del borde multicolor de la red de

algodón violeta que el sionita llevaba sobre los mechones de pelo. Maelcum cogió el casco de las

manos de Case y se lo ajustó correctamente, golpeando los sellos con las palmas de los guantes.

Cuando las conexiones del anillo del cuello estuvieron cerradas, unos microdiodos se encendieron a

la izquierda del panel.

-No sé japonés -dijo Maelcum por el intercomunicador del traje-, pero la cuenta regresiva está mal. –

Tocó una línea en la pantalla.- Sellos manipulados, en el módulo del puente. Está despegando con la

escotilla abierta.

-¡Armitage! –Case intentó golpear la puerta. La física de la gravedad cero lo hizo volver girando a

través del papel. ¡Corto! ¡No lo haga! ¡Tenemos que hablar! Tenemos que.

-¿Case? Te oigo, Case… -Ahora la voz apenas se parecía a la de Armitage. Estaba extrañamente

serena. Case dejó de patear; el casco chocó contra la pared del fondo. Lo siento, Case, pero no hay

otro remedio. Uno de nosotros tiene que salir. Uno de nosotros tiene que testificar. Si todos nos

hundimos aquí, todo termina aquí. Yo os lo diré, Case. Yo os lo contaré todo. Acerca de Girling y los

demás. Y lo lograré, Case. Sé que lo haré. Llegaré a Helsinki. -De pronto se hizo un silencio; Case

sintió que algo le llenaba el casco, como un gas enrarecido.- Pero es tan difícil, Case, difícil como la

mierda. Estoy ciego.

-Corto, deténgase. Espere. Está ciego, viejo. ¡No puede volar! Se estrellará contra los malditos

árboles. Y están intentando atraparlo. Corto, se lo juro por Dios, han dejado la escotilla abierta. Usted

morirá, no llegará a decirles nada, y yo tengo que conseguir la enzima, el nombre de la enzima, la

enzima, viejo… -Estaba gritando, la voz aguda por la-histeria. Los auriculares del casco

retroalimentaban lo que decía a gritos.

-Recuerda el entrenamiento, Case. Es todo lo que podemos hacer.

Y luego el casco se llenó de un confuso barboteo, rug1dos de estática, sonidos armónicos que

aullaban a través de los años, desde Puño Estridente. Fragmentos de ruso, y luego la voz de un

extraño, una voz del Medio Oeste americano, joven: -Nos derribaron, repito, Omaha Thunder fue

derribado, nos…

-Wintermute -aulló Case-, ¡no me hagas esto! -Las lágrimas le cayeron por las mejillas, rebotando

en la lámina del visor en temblorosas gotas de cristal. Luego el Haniwa se sacudió, una vez, y tembló

como si algún objeto enorme y blando hubiese golpeado el casco. Case imaginó el bote salvavidas

que se desprendía, disparado por rayos explosivos, y un desgarrador huracán de aire que sopló

durante un segundo arrancando al demente coronel Corto del sofá, de la versión de Wintermute, del

minuto final en la Operación Puño Estridente.

-Me voy, hombre. -Maelcum miró la pantalla.- La escotilla está abierta. El Mute tiene que superar el

sistema de seguridad de eyección.

Case quiso enjugarse del rostro las lágrimas de rabia. Se golpeó los dedos contra el Lexan.

-El yate está bien de aire, pero el jefe se llevó el control de amarre junto con el puente. El Marcus

Garvey no se puede mover.

Pero Case estaba viendo la caída interminable de Armitage alrededor de Freeside, a través de un

vacío más frío que las estepas. Por alguna razón, lo imaginó llevando la oscura chaqueta Burberry,

los amplios pliegues de la gabardina extendidos alrededor de él, como las alas de algún enorme

murciélago.

17

-¿CONSEGUISTE LO QUE FUISTE a buscar? -preguntó la estructura.

El Kuang Grado Mark Once estaba llenando la red que había entre él y el hielo de la T-A de

hipnóticamente intrincadas tracerías irisadas, enrejados finos como cristales de nieve en una ventana

invernal.

-Wintennute mató a Armitage. Lo sacó volando en una cápsula salvavidas con la escotilla abierta.

-Qué mierda -dijo el Flatline-. No erais precisamente amigos, ¿verdad?

-El sabía cómo quitar los saquitos de toxina. -Y Wintermute también. Cuenta con eso.

-No estoy muy seguro de que Wintermute me lo diga.

La respuesta de la estructura, la espantosa imitación de una carcajada, raspó los nervios de Case

como un cuchillo mellado. -Quizás eso quiera decir que te estás volviendo inteligente.

Movió el interruptor del simestim.

06:27:52, según el chip que Molly tenía en el nervio óptico; hacía más de una hora que Case estaba

siguiéndola por la Villa Straylight, dejando que el análogo de endorfina que ella había tomado le

contrarrestara la resaca. Ya no le dolía la pierna; parecía moverse en medio de un baño tibio. El

microligero Braun estaba posado en el hombro de Molly: los diminutos manipuladores, como

acolchados broches de cirujano, asegurados al policarbono del traje de Moderno.

Aquí las paredes eran de acero desnudo, rayado con cintas epoxídicas marrones y ásperas en los

sitios donde habían arrancado alguna clase de cubierta. Ella había visto un grupo de trabajo y se

había escondido, acuclillada, la pistola de dardos en las manos, el traje gris acero, mientras los dos

delgados africanos pasaban con un vehículo de neumáticos globulosos. Los hombres tenían las

cabezas rapadas y llevaban monos anaranjados. Uno de ellos cantaba entre dientes en una lengua

que Case nunca había oído; los tonos y la melodía eran extraños y perturbadores.

Recordó el discurso de la cabeza, la composición que 3Jane había escrito sobre Straylight, a

medida que Molly se abría paso en el laberinto. Straylight era una locura, una locura cultivada en

hormigón de resina, que habían mezclado con piedra lunar pulverizada; cultivada en acero soldado y

toneladas de baratijas, todos los extraños aparejos que habían traído por el pozo para forrar aquel

nudo tortuoso. Pero no era una locura que él pudiese entender. No como la locura de Armitage, que

ahora imaginaba que podía entender: retuerce a un hombre, tanto como sea posible, y luego haz lo

mismo pero en sentido contrario; vuelve al principio y retuerce otra vez. El hombre se quiebra. Como

se quiebra un trozo de alambre. Y la historia le había hecho eso al coronel Corto. La historia ya había

hecho todo el trabajo sucio, cuando Wintermute lo encontró, filtrándolo a través de todos los maduros

detritos de la guerra, deslizándose en el campo plano y gris de la conciencia como una araña de

agua que cruza la superficie de una laguna estancada, los primeros mensajes destellando en la

pantalla de un micro para niños en la oscura habitación de un asilo francés. Wintermute había

construido a Armitage de la nada, tomando como base los recuerdos que Corto tenía de Puño

Estridente. Pero después de cierto punto, los «recuerdos» de Armitage ya no serían los de Corto.

Case dudaba que Armitage hubiese recordado la traición, los Alas Nocturnas cayendo en llamas…

Armitage había sido una especie de versión corregida de Corto, y cuando la tensión de la operación

llegó a cierto punto, el mecanismo de Armitage se había derrumbado; Corto había emergido,

culpable y enfermo de furia. Y ahora Corto-Armitage estaba muerto: una luna pequeña y congelada

para Freeside.

Pensó en los saquitos de toxina. El viejo Ashpool también estaba muerto, perforado en el ojo por el

dardo microscópico de Molly, privado de la quizá experta sobredosis que se había preparado. Ésa

era una muerte más desconcertante, la de Ashpool, la muerte de un rey enloquecido. Y había

matado a la muñeca que según él era su hija, la que tenía el rostro de 3Jane. Le pareció a Case,

mientras se movía en la corriente sensoria de Molly por los corredores de Straylight, que nunca se

había detenido a pensar en alguien como Ashpool, alguien tan poderoso como suponía que Ashpool

había sido, tan humano.

Poder, en el mundo de Case, significaba poder empresarial. Los zaibatsu, las multinacionales que

determinaban el rumbo de la historia humana, habían superado las viejas barreras. Vistas como

organismos, habían conseguido una especie de inmortalidad. No podías matar a un zaibatsu

asesinando a una docena de ejecutivos importantes; había otros que esperaban para ascender un

nuevo peldaño, hacerse cargo del puesto vacante, acceder a los vastos bancos de memoria

empresarial. Pero Tessier-Ashpool no era así, y ahora que el fundador había muerto él comprendía la

diferencia. Tessier-Ashpool era un atavismo, un clan. Recordó el desorden de la habitación del

anciano, la implícita humanidad manchada, los rasgados lomos de los viejos discos de audio en sus

fundas de papel. Un pie descalzo, el otro enfundado en una zapatilla de terciopelo.

El Braun tocó la capucha del traje de Moderno y Molly giró hacia la izquierda, pasando bajo otro

arco.

Wintermute y la colmena. La visión fóbica de las avispas en incubación: ametralladora retardada de

la biología. Pero, ¿no eran los zaibatsu los que más se parecían a eso, o los Yasuka, colmenas con

memorias cibernéticas, vastos organismos únicos, el ADN codificado en silicio? Si Straylight era una

expresión de la identidad empresarial de Tessier-Ashpool, entonces la T-A estaba tan loca como lo

había estado el viejo. La misma retorcida maraña de temores, la misma extraña sensación de haber

perdido el rumbo. Recordó las palabras de Molly: «Si hubieran podido transformarse en lo que

querían … ». Pero Wintermute le había dicho que no lo habían conseguido.

Case siempre había dado por supuesto que los verdaderos jefes, los patrones de cualquier sector,

serían a la vez más y menos que gente. Lo había visto en los hombres que lo habían paralizado en

Memphis; había visto a Wage fingir algo parecido en Night City, y así había aceptado la

unidimensionalidad de un Armitage sin sentimientos. Siempre se lo había imaginado como un

acomodamiento paulatino y voluntario de la máquina, del sistema, del organismo madre. Era también

la raíz de la indiferencia callejera, la actitud arrogante que implicaba tener contactos, líneas invisibles

que llegaban a ocultos niveles de influencia.

Pero, ¿qué estaba sucediendo ahora, en los pasillos de la Villa Straylight?

Pedazos enteros estaban siendo puestos al desnudo, descubriendo el hormigón y el acero.

-Me pregunto dónde estará el pequeño Peter ahora, ¿eh? Quizás vea a ese muchacho muy pronto –

murmuró Molly-. Y Armitage. ¿Dónde está Armitage, Case?

-Muerto -dijo, sabiendo que ella no podía escucharlo-. Está muerto.

Regresó a la matriz.

El programa chino estaba enfrentado al hielo que era su objetivo, matices multicolores

gradualmente dominados por el verde del rectángulo que representaba los núcleos de la T-A. Arcos

de color esmeralda que surcaban el vacío incoloro.

-¿Cómo va todo, Dixie?

-Bien. Demasiado fácil. Esta cosa es increíble… Tendría que haber tenido una, aquella vez en

Singapur. Le saqué al viejo New Bank of Asia nada menos que una cincuentésima parte de lo que

tenía. Pero eso es asunto viejo. Esta nena te ahorra todo el trabajo. Te hace pensar en cómo sería

ahora una verdadera guerra…

-Si este tipo de mierda se vendiera en la calle, nos quedaríamos sin trabajo -dijo Case.

-Eso es lo que piensas. Espera a que estés guiando esa cosa, escaleras arriba, a través de hielo

negro.

-Seguro.

Algo pequeño y decididamente no geométrico acababa de aparecer en el otro extremo de uno de

los arcos de color esmeralda.

-Dixie…

-Sí. Lo veo. No sé si lo puedo creer.

Un punto marrón, un insecto opaco contra la pared de los núcleos de la T-A. Empezó a avanzar,

cruzando el puente construido por el Kuang Grado Mark Once, y Case vio que caminaba. Mientras

iba acercándose, la sección verde del arco se extendía y la imagen policroma del virus retrocedía,

pocos pasos por delante de los rajados zapatos negros.

-Tengo que reconocerlo, jefe -dijo el Flatline, cuando la figura baja y arrugada del finlandés pareció

estar de pie a pocos metros de ellos-. Nunca vi nada tan gracioso, cuando estaba vivo. -Pero la norisa

fantasmagórica no se oyó esta vez.

-Nunca lo había hecho antes -dijo el finlandés, mostrando los dientes, las manos metidas en los

bolsillos de la gastada chaqueta.

-Tú mataste a Armitage -dijo Case.

-Corto. Sí. Armitage ya no existía. Lo tuve que hacer.

Lo sé, lo sé, quieres conseguir la enzima. De acuerdo. No te preocupes. Fui yo ante todo quien se

la dio a Armitage. Quiero decir, le dije que era lo que tenía que usar. Pero quizá sea mejor que

dejemos así las cosas. Tienes tiempo. Yo te la daré. Sólo un par de horas, ¿correcto?

Case miró el humo azul que se arremolinaba en el ciberespacio cuando el finlandés encendió un

Partagás.

-Vosotros -dijo el finlandés- sois una verdadera molestia. El amigo Flatline… Si la gente fuera como

él, todo sería muy simple. No es más que una estructura, un puñado de ROM; por eso siempre hace

lo que yo espero que haga. Mis proyecciones indicaron que no era muy probable que Molly se

metiera en la gran escena final de Ashpool: ahí tienes ama muestra. -Suspiró.

-¿Por qué se suicidó? -preguntó Case.

-¿Por qué se suicida alguien? -La figura se encogió de hombros.- Supongo que yo sé por qué, si es

que alguien lo sabe, pero tardaría doce horas en explicar los diversos factores de la historia y cómo

se encadenan unos con otros. Hacía tiempo que estaba listo para matarse, pero siempre volvía al

congelador. Jesús, era un aburrido viejo de mierda. -La cara del finlandés se arrugó, contrariada.-

Todo está relacionado con los motivos por los que mató a su mujer, principalmente, si quieres que te

dé la razón más concisa. Pero lo decisivo fue que la pequeña 3Jane descubrió cómo manipular el

programa que controlaba el sistema criogénico de Ashpool. Así que, en realidad, fue ella quien lo

mató. Aunque él pensó que se había suicidado, y tu amiga, el ángel vengador, lo liquidó llenándole el

ojo de jugo de marisco. -El finlandés arrojó la colilla del Partagás en el vacío de la matriz.- Bueno, de

hecho, supongo que le di a 3Jane alguna idea, le pasé algún conocimiento, ¿sabes?

-Wintermute -dijo Case, escogiendo las palabras con cuidado – Me dijiste que eras tan sólo una

parte de otra cosa. Más tarde dijiste que dejarías de existir, si la operación tiene éxito y Molly dice la

palabra justa en el momento justo.

El finlandés asintió, moviendo el cráneo aerodinámico. -Entonces, ¿con quién vamos a entendemos

cuando eso pase? Si Armitage está muerto, y tú ya no existirás, ¿quién será el que me diga cómo

sacarme esos saquitos de toxina? ¿Quién va a sacar a Molly de ahí dentro? Quiero decir, ¿dónde,

precisamente dónde, vamos a estar todos nosotros, si te liberamos del sistema de cables?

El finlandés sacó del bolsillo un palillo de dientes y lo observó con una mirada crítica, como un

cirujano que examina un bisturí. -Buena pregunta -dijo, por fin-. ¿Sabes algo acerca de los

salmones? ¿Unos peces? Estos peces, verás, están obligados a nadar contra la corriente. ¿Me

entiendes?

-No -dijo Case.

-Bueno, yo tengo esa compulsión. Y no sé por qué. Si yo te hiciera participar de mis propios

pensamientos, llamémosles especulaciones, sobre el tema, tardaría un par de vuestras vidas. Porque

he pensado mucho acerca del asunto. Y sencillamente no lo sé. Pero cuando todo haya terminado, si

lo hacemos bien, seré parte de algo más grande. Mucho más grande. -El finlandés contempló la

matriz que lo rodeaba.- Pero las partes de mi ser que ahora me constituyen, todo eso seguirá aquí. Y

tú recibirás tu sueldo.

Case luchó con un enloquecido impulso de arrojarse hacia adelante y apretar con las manos el

cuello de la figura, justo encima del maltrecho nudo de la herrumbrosa bufanda. De clavar,

profundamente, los pulgares en la laringe del finlandés.

-Bueno, buena suerte -dijo el Irlandés. Se volvió, las manos en los bolsillos, y echó a andar por el

arco verde.

-Oye, hijo de puta -dijo el Flatline cuando el finlandés se hubo alejado una docena de pasos. La

figura se detuvo y se volvió a medias-. Qué pasa conmigo? ¿Qué pasa con. mi sueldo?

-Ya lo recibirás -dijo el finlandés.

-¿Qué quiere decir eso? -preguntó Case, mientras miraba cómo se alejaba la espalda estrecha,

enfundada en paño.

-Quiero que me borren -dijo la estructura-. Ya te lo conté, ¿lo recuerdas?

Straylight recordaba a Case los centros comerciales, desiertos por las mañanas, que había

conocido en la adolescencia, lugares de poca gente donde las horas tempranas traían consigo una

quietud vacilante, una especie de expectativa aturdida, una tensión que te hacía mirar a los insectos

que se amontonaban alrededor de las enjauladas bombillas de luz encima de las entradas de las

tiendas. Lugares de los alrededores, pasando los límites del Ensanche, demasiado lejos de las

tentaciones nocturnas y los estremecimientos del núcleo caliente. Tenía como siempre la sensación

de estar rodeado por los dormidos habitantes de un mundo despierto que no le interesaba visitar o

conocer, de aburridos negocios temporalmente interrumpidos, de futilidades y repeticiones que

pronto volverían a despertar.

Ahora Molly se movía con más lentitud, bien porque sabía que se acercaba a la meta, o

preocupada por su pierna. El dolor estaba regresando, abriéndose paso ásperamente entre las

endorfinas, y él no estaba seguro de lo que eso significaba. No hablaba, mantenía los dientes

apretados, y respiraba regularmente. Había pasado junto a muchas cosas que Case no había

entendido, pero él ya no sentía curiosidad. Había habido una habitación llena de estantes con libros,

un millón de hojas planas de papel amarillento apretadas entre cubiertas de tela o cuero, los

anaqueles marcados a intervalos por etiquetas, según un cierto código de letras y cifras; una

abarrotada galería, donde Case había mirado, a través de los ojos poco curiosos de Molly, una

rajada y polvorienta lámina de vidrio, una cosa que llevaba la leyenda -la mirada de ella había

registrado automáticamente la placa de bronce-: «La mariée mise á nu par ses célibataires, mime».

Ella había extendido la mano para tocarla, y las uñas artificiales golpearon la doble lámina de Lexan

que protegía el vidrio roto. Había habido lo que obviamente era la entrada al recinto criogénico de los

Tessier-Ashpool, puertas circulares de cristal negro con bordes de cromo.

No había visto a nadie después de los dos africanos y el vehículo, y para Case, éstos tenían ahora

una especie de vida imaginaria, y se deslizaban suavemente por los vestíbulos de Straylight, los

cráneos lisos y oscuros, brillando, inclinándose, mientras uno de ellos seguía entonando la cansada

cancioncilla. Y nada de esto se parecía a la Villa Straylight que él había esperado, una especie de

híbrido entre el castillo de cuento de hadas de Cath y una fantasía infantil, recordada a medias, del

recinto sagrado de los Yakuza.

07:02:18.

Una hora y media.

-Case -dijo Molly-, quiero que me hagas un favor. -Con dificultad, se agachó para sentarse sobre

una pila de láminas de acero lustrado, protegida cada una por una hoja irregular de plástico

transparente. jugó con una rotura en el plástico de la lámina superior, haciendo aparecer las cuchillas

del pulgar y el índice. – Mi pierna no está bien, ¿sabes? No supuse que tendría que trepar así, y la

endorfina no me quitará el dolor por mucho tiempo. Así que, quizás, sólo quizás, ¿entiendes?, tenga

un problema. Es que, si me quedo frita aquí, antes que Riviera -y estiró la pierna, masajeándose el

muslo a través del policarbono Moderno y el cuero de París-, quiero que se lo digas. Que le digas

que fui yo. ¿De acuerdo? Sólo di que fue Molly. Él sabrá. ¿Correcto? -Miró alrededor: el vestíbulo

vacío, las paredes desnudas. Aquí el suelo era de hormigón lunar, y el aire olía a resinas. – Qué

mierda. Ni siquiera sé si me estás oyendo.

CASE.

Ella hizo un gesto de dolor, se puso de pie, y asintió con la cabeza. -¿Qué te ha contado

Wintermute, muchacho? ¿Te contó acerca de Marie-France? Ella era la parte Tessier, la madre

genética de 3Jane. Y de la muñeca muerta de Ashpool, supongo. No sé por qué me lo contó, allá en

el cubículo… muchas cosas… Por qué tiene que aparecer como el finlandés o alguien; eso me dijo.

No es sólo una máscara; es como si utilizase perfiles verdaderos como válvulas, y ajustara la

velocidad para comunicarse con nosotros. Dijo que era un modelo. Un modelo de personalidad. –

Sacó la pistola y cojeó por el pasillo.

El acero desnudo y la escabrosa resina epoxídica terminaban abruptamente, dejando paso a lo que

Case pensó al principio que era un túnel dinamitado en la roca sólida. Molly examinó los bordes y

Case vio que el acero estaba cubierto por paneles de algo que parecía piedra fría. Ella se arrodilló y

tocó la arena oscura esparcida en el suelo del falso túnel. Se sentía como arena, fría y seca, pero

cuando metió el dedo, la supuesta arena se cerró como un fluido, dejando intacta la superficie. Una

docena de metros más adelante, había una curva en el túnel. Una luz áspera y amarilla arrojaba

sombras duras sobre la pseudo-roca cosida de las paredes. Sobresaltado, Case se dio cuenta de

que aquí la gravedad era casi la de la Tierra, lo que significaba que ella había descendido otra vez,

después del ascenso. Ahora se sentía perdido por completo; para los vaqueros, la desorientación

espacial era particularmente alarmante.

Pero ella no estaba perdida, se dijo.

Algo se le escabulló entre las piernas y pasó, haciendo ruidos metálicos y regulares, por la noarena

del piso. Un diodo rojo titiló. El Braun.

El primer holograma esperaba detrás de la curva, una especie de tríptico. Ella bajó la pistola antes

de que Case hubiera tenido tiempo de advertir que era una grabación. Las figuras parecían

caricaturas de luz, historietas de tamaño natural: Molly, Armitage y Case. Los pechos de Molly eran

demasiado grandes, visibles a través de una pesada chaqueta de cuero. La cintura era

imposiblemente estrecha. Lentes espectaculares le ocultaban la mitad de la cara Sostenía un arma

de algún tipo, absurdamente elaborada, una forma de pistola casi escondida por una cubierta con un

borde de mirillas, silenciadores, encubridores de destellos. Tenía las piernas abiertas, la pelvis

inclinada hacia adelante, la boca fija en una expresión socarrona de crueldad idiota junto a ella,

Armitage estaba de pie, rígido, en un raído uniforme caqui. Case vio que los Ojos de Armitage eran

pequeñas pantallas de monitores, y que cada una mostraba la imagen azul-gris de una vasta

extensión de nieve, los troncos negar y desnudos de unos árboles perennes, doblados por vientos

silenciosos.

Ella pasó las puntas de los dedos por los ojos de televisión de Armitage, y se volvió hacia la figura

de Case. En este caso, era como si Riviera -y Case había sabido instantáneamente que Riviera era

el responsable- no hubiese sido capaz de encontrar nada que valiese la pena ridiculizar. La figura

desgarbado que veía allí era una buena aproximación de la que veía en los espejos todos los días.

Delgado, de hombros altos, un rostro olvidable bajo el cabello corto y oscuro. Necesitaba afeitarse,

pero eso era normal en él.

Molly dio un paso atrás. Miró de una figura a otra. Una exposición estática; el único movimiento era

el silencioso balanceo de los árboles negros en los congelados ojos siberianos de Armitage.

-¿Intentas decimos algo, Peter? -preguntó en voz baja. Se acercó a las figuras y dio un puntapié a

algo que estaba entre los pies de la Molly holográfica. Un objeto de metal chocó contra la pared y las

figuras desaparecieron. Molly se inclinó y recogió una pequeña unidad de exposición-. Supongo que

puede conectarse con éstas y programarlas directamente -dijo, arrojándola al suelo.

Pasó junto a la fuente de luz amarillenta, un arcaico globo incandescente empotrado en la pared,

protegido por una herrumbrada curva de rejilla. El estilo de esta lámpara improvisada sugería la

infancia, de algún modo. Case recordó fortalezas que había construido con otros niños, en terrazas, y

en sótanos inundados. El escondite de un niño rico, pensó. Este tipo de primitivismo era costoso. Lo

que llamaban atmósfera.

Molly pasó junto a una docena más de hologramas antes de llegar a la entrada de las habitaciones

de 3Jane. Uno de ellos representaba la cosa sin ojos del callejón, detrás del Bazar de Especias,

mientras se libraba del destrozado cuerpo de Riviera. Varios de los otros representaban escenas de

tortura; los inquisidores eran siempre oficiales militares y las víctimas invariablemente muchachas

jóvenes. Estos hologramas tenían la espantosa intensidad del espectáculo de Riviera en el Vingtiéme

Siécle, como si hubiesen sido inmovilizados en el destello azul del orgasmo. Molly miró hacia otro

lado cuando pasó junto a ellos.

El último era pequeño y poco claro, como si se tratase de una imagen que Riviera hubiera tenido

que arrastrar a través de una distancia privada de recuerdos y tiempo. Ella tuvo que arrodillarse para

examinarlo: había sido proyectado desde el punto de vista de un niño pequeño. Ninguno de los otros

había tenido un fondo; las figuras, los uniformes, los instrumentos de tortura habían estado todos

libremente expuestos. Pero éste era una escena.

Una oscura ola de basura se alzaba contra un cielo incoloro; más allá de la cresta, los esqueletos

de edificios de la ciudad, desteñidos y derretidos a medias. La ola de basura tenía la textura de una

red: herrumbradas varas de acero retorcidas graciosamente como hilos finos, grandes planchas de

hormigón colgando aún en las paredes. El primer plano podía haber sido alguna vez una plaza en la

ciudad: había una especie de montículo, algo que sugena una fuente. En la base, los niños y el

soldado estaban inmóviles. A primera vista el cuadro era confuso. Molly lo entendió sin duda antes

que Case, porque él sintió la tensión de ella. Escupió, y se puso de pie.

Niños. Feéricos, vestidos con harapos. Dientes que brillaban como cuchillos. Heridas en los rostros

desfigurados. El soldado, caído de espaldas, la boca y el cuello abiertos al cielo. Estaban

alimentándose.

-Bonn -dijo, con algo parecido a ternura en la voz-. Eres un producto típico, ¿verdad, Peter? Pero

tenías que serio. La pequeña 3Jane ya está demasiado harta para que le abra la puerta a cualquier

ladrón común. Por eso Wintermute te encontró. El gusto más sublime, si tus gustos son así. El

amante demoníaco. Peter. -Se estremeció. – Pero tú la convenciste de que me dejara entrar. Gracias.

Ahora empezará la fiesta.

Y luego estaba caminando -paseando, en realidad, a pesar del dolor-, alejándose de la niñez de

Riviera. Sacó la pistola de la funda, quitó el cartucho de plástico, lo guardó en el bolsillo, y lo

reemplazó por otro. Calzó el pulgar en el cuello del traje de Moderno y en un solo movimiento

desgarró la tela hasta la entrepierna: la cuchilla del pulgar abrió el policarbono como si fuera seda

podrida. Se libró de brazos y piernas; los restos, en jirones, desaparecieron al caer sobre la oscura

arena falsa.

Fue entonces que Case escuchó la música. Una música que no conocía, toda cornos y piano.

La entrada en el mundo de 3Jane no tenía puerta. Era una herida irregular, de cinco metros, en la

pared del túnel, escalones desiguales que descendían en una curva amplia. Tenue luz azul, sombras

que se movían, música.

-Case -dijo ella, y se detuvo, la pistola en la mano derecha. Alzó la otra mano, sonrió, y tocó la

palma con la punta húmeda de la lengua, besándolo a través del enlace de simestim-. Tengo que

irme.

Luego sostuvo algo pequeño y pesado en la mano izquierda. El pulgar apretaba un perno diminuto,

y estaba bajando.

18

ESTUVO A PUNTO de lograrlo. Le faltó muy poco. Entró justo como tenía que hacerlo, pensó

Case. La actitud correcta; era algo que él podía presentir, algo que podría haber notado en la pose

de otro vaquero inclinado sobre una consola, los dedos volando por el tablero. Ella lo tenía: el

sentido, los movimientos. Y lo había juntado todo para entrar. Lo había juntado todo alrededor del

dolor en la pierna, y había marchado escaleras abajo, hacia las habitaciones de 3Jane, como si ella

fuese la propietaria: el codo del brazo de la pistola en la cadera, el antebrazo extendido, la muñeca

relajada, balanceando el cañón del arma con el estudiado descuido de un duelista del período de la

Regencia.

Fue una actuación. Fue como la culminación de toda una vida de mirar películas de artes marciales,

de las baratas, las que Case había mirado de niño. Durante unos segundos, supo Case, ella fue

todos los héroes duros: Sony Mao en los viejos vídeos de Shaw, Mickey Chiba, todo el linaje hasta

Ixe y Eastwood. Caminaba tal como hablaba.

Lady 3Jane Marie-France Tessier-Ashpool se había tallado la copia de una vivienda rural, en la

superficie interior del casco de Straylight, demoliendo el laberinto de paredes que había heredado.

Vivía en una habitación tan ancha y profunda que sus confines se perdían en un horizonte invertido,

el suelo escondido por la curvatura del huso. El techo era bajo e irregular, de la misma roca falsa de

las paredes del corredor. Aquí y allá, dispersos en el suelo, había fragmentos de paredes recortadas,

reminiscencias de poca altura de lo que había sido un laberinto. Había una piscina rectangular

turquesa, a diez metros del pie de la escalinata; los focos que iluminaban el agua desde abajo eran la

única fuente de luz del apartamento. Por lo menos, así le pareció a Case cuando Molly dio el último

paso. La piscina arrojaba sobre el techo cambiantes glóbulos de luz.

Estaban esperando junto a la piscina.

Él había sabido que los reflejos de ella estaban preparados, afinados para el combate por los

neurocirujanos pero aún no los había experimentado durante el simestim. Fue un efecto similar al de

una cinta de grabación que corre a media velocidad, una danza lenta y deliberada, ajustada a la

coreografía del instinto asesino y años de entrenamiento. Fue como si con una sola mirada ella

hubiera reconocido a los tres: el niño, de pie sobre el trampolín alto de la piscina, la muchacha que

sonreía a su copa de vino, y el cadáver de Ashpool, el ojo izquierdo vacío, negro y corrupto,

coronando una sonrisa de bienvenida. Llevaba puesto el albornoz marrón. Tenía los dientes muy

blancos.

El niño se zambulló. Estilizado, bronceado, de perfecto estilo. La granada dejó las manos de Molly

antes de que él tocara el agua. Case reconoció el objeto cuando rompió la superficie del agua, un

poderoso núcleo explosivo, envuelto en diez metros de alambre de acero fino y frágil.

La pistola gimió cuando ella disparó un huracán de dardos explosivos a la cara y el torso de

Ashpool, y éste desapareció en un hilo de humo que se alzó del respaldo de la silla vacía esmaltada

de blanco.

El cañón giró, apuntando a 3Jane, en el momento en que estalló la granada: un simétrico pastel de

bodas que surgió del agua, se quebró y volvió a caer. Pero el error ya había sido cometido.

Hideo ni siquiera llegó a tocarla. La pierna de Molly se aflojó, doblándose.

En el Garvey, Case aulló de dolor.

-Tardaste bastante tiempo -dijo Riviera, mientras le revisaba los bolsillos. Las manos de Molly

desaparecieron, metidas hasta las muñecas en una esfera de color negro mate-. En Ankara vi un

asesinato múltiple -dijo, los dedos arrancando cosas de la chaqueta de ella-. Lo hicieron con una

granada. En una piscina. La explosión pareció muy débil, pero todos murieron enseguida, por el

impacto hidrostático. -Case sintió que ella movía los dedos, probando. El material de la bola cedía

como una espuma. El dolor de la pierna era muy intenso, imposible. Una mancha roja oscureció la

escena.- En tu lugar, no los movería. -El interior de la bola pareció apretarse un poco.- Es un juguete

sexual que jane compró en Berlín. Si los mueves demasiado, te los aplasta. Una variante del material

del suelo. Supongo que tiene que ver con las moléculas. ¿Te duele mucho?

Molly gruñó.

-Parece que te lastimaste la pierna. -Los dedos de Riviera encontraron el chato paquete de drogas

en el bolsillo izquierdo de los tejanos.- Vaya. La última entrega de Alí, y justo a tiempo.

La cambiante masa de sangre empezó a retorcerse.

-Hideo -dijo otra voz, una voz de mujer-, está desmayándose. Dale algo. Para eso, y para el dolor.

Es muy llamativa, ¿no crees, Peter? Estas gafas, ¿están de moda en el sitio de donde ella viene?

Manos frescas, tranquilas, con la precisión de un cirujano. El pinchazo de una aguja.

-No lo sé -dijo Riviera-. Nunca he visto su hábitat natural. Ellos llegaron y me sacaron de Turquía.

-El Ensanche, sí. Tenemos negocios allí. Y una vez enviamos a Hideo. En realidad, fue mi culpa.

Yo había dejado entrar a alguien, un ladrón. Se llevó la terminal de la familia. -Rió.- Le facilité la

entrada. Para molestar a los otros. Era un muchacho bonito, mi ladrón. ¿Está despertándose, Hideo?

¿No tendrías que darle más?

-Si le doy más morirá -dijo otra voz.

La maraña de sangre desapareció revelando un vacío negro.

La música regresó, cornos y piano. Música de baile.

C A S E : : : : :

: : : : : D E S C O

N E C T A : : : : :

Imágenes centelleantes de las palabras danzaron sobre los ojos y el fruncido ceño de Maelcum

cuando Case se quitó los trodos.

-Gritaste, hombre, hace un rato.

-Molly -dijo Case, la garganta seca-. Está malherida. -Tomó una botella de plástico. blanco del

borde de la red de gravedad y bebió un sorbo de agua sin gas. – No me gusta nada como van las

cosas.

El pequeño monitor Cray se encendió. El finlandés, contra un fondo de basura retorcida y

comprimida. -A mí tampoco. Tenemos un problema.

Maelcum se levantó, pasó sobre la cabeza de Case, giró, y miró por encima del hombro. -¿Quién

es ése, Case?

-Sólo una imagen, Maelcum -dijo Case, cansado-. Un tipo que conozco del Ensanche. Es

Wintermute que habla. Se supone que la imagen hará que nos sintamos más cómodos.

-Bobadas -dijo el finlandés-. Como le dije a Molly, éstas no son máscaras. Las necesito para hablar

con vosotros. Porque no tengo lo que llamaríais una personalidad. Pero todo eso no es más que

mear al viento, Case, porque, como te acabo de decir, tenemos un problema.

-Habla entonces, Mute -dijo Maelcum.

-Para empezar, la pierna de Molly está inutilizada. No puede caminar. Según lo habíamos pensado,

ella tenía que entrar, quitar a Peter del camino, sacarle la palabra mágica a 3Jane, ir hasta la cabeza,

y decirla. Ahora eso no puede ser. Así que quiero que vosotros vayáis tras ella.

Case miró fijamente la cara en la pantalla. -¿Nosotros? -¿Y quién más?

-Aerol -dijo Case-. El tipo que está en el Babylon Rocker; el amigo de Maelcum.

-No. Tienes que ir tú. Tiene que ser alguien que entienda a Molly, que entienda a Riviera. Y

Maelcum para protegerte.

-Tal vez olvidas que estoy en medio de un programita, aquí. ¿Recuerdas? Me hiciste venir para

eso…

-Case, escucha de una vez. Queda poco tiempo. Muy poco. El verdadero enlace entre tu consola y

Straylight es una banda lateral transmitida por el sistema de navegación del Garvey. Llevaréis el

Garvey hasta un puerto muy privado que os indicaré. El virus chino ya ha penetrado en la trama del

Hosaka. Ahora en el Hosaka sólo hay virus. Cuando acopléis, el virus entrará en internase con el

sistema de seguridad de Straylight y anularemos la banda lateral. Llevarás tu consola, el Flatline y a

Maelcum. Encontrarás a 3Jane, harás que te diga la palabra, matarás a Riviera, tomarás la llave que

tiene Molly. Puedes seguir el programa si conectas tu consola al sistema de Straylight. Yo me

encargaré. Hay un enchufe en la parte posterior de la cabeza, detrás de un panel con cinco circones.

-¿Matar a Riviera?

-Matarlo.

Case parpadeó a la representación del finlandés. Sintió que Maelcum le apoyaba la mano sobre el

hombro.

-Oye. Olvidas algo. -La rabia volvió a crecer en él, y una especie de júbilo.- Enloqueciste. Destruiste

los controles del sistema de amarre cuando liquidaste a Armitage. El Haniwa nos tiene bien

amarrados. Armitage frió el otro Hosaka y la estructura principal se fue con el puente, ¿verdad?

El finlandés asintió.

-Case, hombre -dijo Maelcum suavemente-, el Garvey es un remolque.

-Correcto -dijo el finlandés, y sonrió.

-¿Te estás divirtiendo, en el ancho mundo que nos rodea? -preguntó la estructura cuando Case

volvió a conectar-. Me imaginé que sería Wintermute, que quería tener el gusto de…

-Sí. Ya lo creo. ¿El Kuang está bien? -Perfecto. Un virus asesino.

-De acuerdo. Hay algunos problemitas, pero nos encargaremos de ellos.

-¿Tienes ganas de contarme, quizás?

-No tengo tiempo.

-Bueno, muchacho, no te preocupes por mí. De todos modos, ya estoy muerto.

-Vete a la mierda -dijo Case, y regresó a Molly, borrando la uña de borde roto que era la risa del

Flatline.

-Ella soñaba con un estado que tenía muy poco que ver con la conciencia individual -estaba

diciendo 3Jane. Tenía un gran camafeo en la mano y lo extendió hacia Molly. El perfil tallado era muy

parecido al suyo-. Una felicidad animal. Creo que la evolución del cerebro anterior le parecía una

especie de paso al costado. -Retiró el camafeo y lo examinó, inclinándolo para que reflejara la luz

desde distintos ángulos.- Sólo en determinados estados de ánimo, un individuo, un integrante del

clan, llegaría a conocer los aspectos más dolorosos de la autoconciencia…

Molly asintió. Case recordó la inyección. ¿Qué le habían dado? El dolor seguía presente, pero era

como un apretado foco de impresiones entremezcladas. Lombrices de neón retorciéndosela en el

muslo, el contacto con arpillera, el olor a krill frito… La mente de Case rechazaba todo esto. Si

evitaba concentrarse en el dolor, las impresiones se trasladaban, se transformaban en el equivalente

sensorial de un monótono ruido de fondo. Si era capaz de hacer eso a su sistema nervioso, ¿cuál

podía ser su estado de ánimo?

La visión de Molly era anormalmente clara y brillante, aún más precisa que de costumbre. Las

cosas parecían vibrar, como si las personas y los objetos estuviesen sintonizados a frecuencias

mínimamente distintas. Tenía las manos en el regazo, todavía presas en la bola negra. Estaba

sentada en una silla al borde de la piscina, la pierna apoyada sobre un almohadón de piel de

camello. 3Jane se había sentado frente a ella, en otro almohadón, acurrucada dentro de un enorme

djellabá de lana cruda. Era muy joven.

-¿Dónde fue? -dijo Molly-. ¿A inyectarse la droga?

3Jane se encogió de hombros bajo los pliegues de la pálida y pesada túnica. Quitó un mechón de

pelo que le caía sobre los ojos. -Me dijo cuándo tenía que dejarte entrar -explicó-. No me quiso decir

por qué. Todo tiene que ser un misterio. ¿Nos hubieras hecho daño?

Case sintió que Molly vacilaba. -Lo hubiera matado. Hubiera intentado matar al ninja. Luego se

suponía que tenía que hablar contigo.

-¿Por qué? -preguntó 3Jane, guardando el camafeo en uno de los bolsillos interior del djellabá-. ¿Y

para qué? ¿Y de qué?

Molly parecía estar estudiando los altos y delicados huesos, la boca ancha, la estrecha nariz

aguileña. Los ojos de 3Jane eran oscuros y curiosamente opacos. -Porque lo odio -dijo por fin-, y el

porqué de eso es simplemente mi forma de ser, lo que él es y lo que yo soy.

-Y el espectáculo -dijo 3Jane-. Yo vi el espectáculo.

Molly asintió.

-¿Pero Hideo?

-Porque ellos son los mejores. Porque uno de ellos mató a un compañero mío, una vez.

3Jane se puso muy seria. Alzó las cejas.

-Porque yo tenía que ver cómo era -dijo Molly.

-¿Y luego hubiéramos hablado, tú y yo? ¿Así? -El pelo oscuro era muy lacio, separado en el medio,

recogido en un moño de plata opaca. – ¿Quieres que hablemos ahora?

-Sácame esto -dijo Molly, levantando las manos cautivas.

-Tú mataste a mi padre -dijo 3Jane, sin ningún cambio en la voz-. Estaba observando en los

monitores. Los ojos de mi madre: así los llamó.

-Él mató a la muñeca. Se parecía a ti.

-Le gustaban los gestos grandilocuentes -dijo 3Jane, y Riviera apareció junto a ella, radiante por las

drogas, en el ilusionista traje de convicto que había llevado en la terraza del hotel.

-¿Se están conociendo? Es una chica interesante, ¿verdad? -Pasó junto a 3Jane. – No va a

funcionar, ¿sabes?

-¿No, Peter? -Molly logró sonreír.

-Wintermute no será el primero en cometer la misma equivocación. Subestimarme. -Se acercó al

borde cerámico de la piscina, hasta una mesa de laca blanca, y se sirvió agua mineral en un pesado

vaso de cóctel.- Habló conmigo, Molly. Supongo que habló con todos nosotros. Contigo, y con Case,

y con la parte de Armitage que pudiera hablar. En realidad, no puede entendemos, ¿sabes? Tiene

sus informes, pero no son más que estadísticas. Tú puedes ser un animal estadístico, querida, y

Case no es más que eso, pero yo tengo una cualidad que por su propia naturaleza no puede ser

cuantificada. -Bebió.

-¿Y cuál es, precisamente, esa cualidad, Peter? -preguntó Molly, con la voz apagada.

Riviera rebosaba de alegría. -La perversidad. -Regresó a donde estaban las dos mujeres, agitando

el agua que quedaba en el denso y profundamente tallado cilindro de cristal, como si disfrutase del

peso del objeto.- La capacidad de disfrutar del acto gratuito. Y he tomado una decisión, Molly, una

decisión totalmente gratuita.

Ella esperó, mirándolo.

-Oh, Peter -dijo 3Jane, con el tono de exasperación cariñosa que se reserva habitualmente para los

niños pequeños.

-No te enterarás de la palabra, Molly. Él me lo contó, ¿entiendes? 3Jane conoce el código, por

supuesto, pero tú no lo sabrás. Ni tampoco Wintermute. Mi jane es una chica ambiciosa, dentro de su

perversión. -Volvió a sonreír. – Tiene planes para el imperio de la familia, y un par de inteligencias

artificiales dementes, por más extraño que pueda parecerte el concepto, serían sólo un obstáculo.

Bien. Llega Riviera a ayudarla, ¿ves? Y Peter dice: quédate como estás. Pon los discos de swing

favoritos de tu papaíto y deja que Peter conjure una banda para acompañarlos, una pista de

bailarines, un velatorio para el rey Ashpool. -Bebió el último trago de agua mineral. – No, no nos

servirías, papaíto, no nos servirías. No ahora que Peter regresó a casa. -Y luego, con la cara rosada

por la cocaína y la meperidina, golpeó fuertemente el vaso contra la lente implantada en el ojo

izquierdo de Molly, destrozando la escena en un mar de sangre y luz.

Maelcum estaba tendido en el techo de la cabina cuando Case se quitó los trodos. Alrededor de la

cintura el sionita llevaba un cabestrillo de nailon sujeto a los paneles laterales con cuerdas gruesas y

almohadillas de succión de goma gris. Se había sacado la camisa y estaba trabajando en un panel

central con una rara llave de gravedad cero; los gruesos resortes vibraban mientras desprendía otro

hexágono. El Marcus Garvey gemía y se sacudía con la tensión de la gravedad.

-El Mute nos lleva al puerto -dijo el sionita, poniendo la cabeza hexagonal en una bolsa que llevaba

en la cintura-. Maelcum se encarga de pilotar el aterrizaje; pero necesitamos las herramientas.

-¿Las guardas ahí? -Case se estiró para mirar y vio los músculos, como cuerdas, que abultaban en

la espalda bronceada.

-Ésta -dijo Maelcum, sacando un largo paquete de polivinilo negro de detrás del panel. Volvió a

colocar el panel, fijándolo con una cabeza hexagonal mientras el paquete negro flotaba hasta la

popa. Abrió con los pulgares las válvulas de vacío de las almohadillas del cinturón, y se liberó,

recuperando la cosa que había sacado.

Tomó impulso y fue hacia Case, pasando por encima del tablero -en la pantalla pulsaba un

diagrama verde de acoplamiento- y se apoyó en el marco de la red de gravedad. Bajó y abrió el

paquete, rompiendo la cinta adhesiva con una uña gruesa y quebrada. -Un tipo en China aseguró

que de esto sale la verdad -dijo, desenvolviendo un arcaico y aceitado Remington, el cañón recortado

a pocos milímetros de la maltrecha caja delantera. La caja del hombro había sido reemplazada por

una culata de madera forrada con una cinta de color negro o mate. Maelcum olía a sudor y a ganja.

-¿Es la única que tienes?

-Claro, hombre -dijo, limpiando el aceite del cañón negro con una tela roja, la envoltura de polivinilo

negro en la otra mano, apretada alrededor de la culata-. Yo y yo, la marina rastafari, créelo.

Case volvió a ponerse los trodos. No había vuelto a utilizar el catéter de Texas; por lo menos, en la

Villa Straylight podría orinar tranquilo, aunque fuese por última vez.

Conectó.

-Oye -dijo la estructura-, el viejo Peter está loco del todo, ¿eh?

Ahora ellos parecían parte del hielo de la Tessier-Ashpool. Los arcos esmeralda se habían

ensanchado y unido, transformándose en una masa sólida. En los planos del programa chino de

alrededor predominaba el color verde. -¿Ya estamos cerca, Dixie?

-Muy cerca. Te necesitaré muy pronto.

-Escucha, Dix. Wintermute dice que el Kuang ha invadido todo el Hosaka. Voy a tener que

desconectaros a ti y a mi consola, llevaros hasta Straylight y volver a conectaros al programa de

seguridad. Luego activaremos el programa desde adentro, por la red de Straylight.

-Maravilloso -dijo el Flatline-. Nunca me gustó hacer algo sencillamente si era posible hacerlo patas

arriba.

Case conectó el simestim y volvió a Molly.

Y se encontró dentro de la oscuridad de Molly, una sinestesia que daba vueltas, donde el dolor era

un sabor a hierro viejo, un aroma de melón, las alas de una polillla que le rozaban la cara. Molly

estaba inconsciente, y él no tenía acceso a sus sueños. Cuando el chip óptico destelló, un aura

envolvió los caracteres alfanuméricos, cada uno de ellos con un tenue halo rosado.

07:29:40.

-Esto me hace muy infeliz, Peter. –La voz de 3Jane parecía llegar desde una distancia hueca. Molly

puede oír, se dijo case, y en seguida se corrigió. La unidad de simestim estaba aún intacta: podía

sentirla hundida en las costillas de Molly. Los oídos de ella registraban las vibraciones vocales de

3Jane. Riviera dijo algo breve y poco claro.- Pero yo no -dijo ella-, y no me divierte. Hideo traerá una

unidad médica desde cuidados intensivos; aunque esto requiere un cirujano.

Hubo un silencio. Case escuchó claramente el agua que lamía los lados de la piscina.

-¿Qué era lo que le contabas, cuando regresé? -Ahora Riviera estaba muy cerca.

-Acerca de mi madre. Ella me lo pidió. Creo que había tenido un shock, además de la inyección de

Hideo. ¿Por qué le hiciste eso?

-Quería ver si se romperían.

-Una se rompió al menos. Cuando despierte, si despierta, podremos ver el color de sus ojos.

-Es extremadamente peligrosa. Demasiado peligrosa. Si yo no hubiera estado aquí para distraería,

para hacer aparecer a Ashpool y distraería, y a mi Hideo para que arrojara su pequeña bomba,

¿dónde estarías tú? En manos de ella.

-No -dijo 3Jane-. Estaba Hideo. Me parece que no entiendes del todo a Hideo. Ella sí,

evidentemente.

-¿Quieres beber algo?

-Vino. Del blanco. Case desconectó.

Maelcum estaba inclinado sobre los controles del Garvey, tecleando órdenes para una secuencia

de acoplamiento. En la pantalla central del módulo había un cuadrado rojo: el muelle de Straylight. El

Garvey era un cuadrado algo mayor, verde, que se reducía lentamente, moviéndose de un lado a

otro de acuerdo con las órdenes de Maelcum. A la izquierda, una pantalla más pequeña mostraba un

gráfico esquelético del Garvey y el Haniwa a medida que se acercaban a la curvatura del huso.

-Tenemos una hora, viejo -dijo Case, quitando del Hosaka la cinta de fibra óptica. Las baterías de

apoyo de la consola funcionarían durante noventa minutos, pero la estructura del Flatline supondría

un gasto adicional. Trabajó con rapidez; mecánicamente, sujetando la estructura al fondo de la Ono-

Sendai con cinta microporosa. El cinturón de trabajo de Maelcum pasó flotando junto a él. Lo cogió,

desprendió los dos trozos de cuerda, y las almohadillas de succión rectangulares y grises, y

enganchó entre sí los dientes de las pinzas. Sostuvo las almohadillas contra los costados de la

consola y movió con el pulgar la palanca de succión. Con la consola, la estructura y la correa

improvisada suspendidas frente a él, se puso la chaqueta de cuero, verificando el contenido de los

bolsillos. El pasaporte que Armitage le había dado, el chip bancario registrado bajo el mismo nombre,

el chip de crédito que había obtenido cuando llegó a Freeside, dos dermos de betafenetilamina que

le había comprado a Bruce, un fajo de nuevos yens, media caja de Yeheyuan, y el shuriken. Arrojó el

chip de Freeside por encima del hombro, y oyó cómo chocaba contra el ventilador ruso. Iba a hacer

lo mismo con la estrella de acero, pero el chip de crédito rebotó, lo golpeó en la nuca, salió disparado

y pasó junto al hombro izquierdo de Maelcum. El sionita interrumpió la operación de pilotaje y lo miró,

enojado. Case vio el shuriken y se lo puso en el bolsillo de la chaqueta; oyó que el forro se rasgaba.

-Te estás perdiendo al Mute, hombre -dijo Maelcum-. El Mute dice que está arreglando para

nosotros el sistema de seguridad. El Garvey va a acoplarse como si fuera otra nave, una que están

esperando que llegue de Babilonia. El Mute nos transmite códigos.

-¿Vamos a llevar puestos los trajes?

-Demasiado pesados. -Maelcum se encogió de hombros. – Quédate en la red hasta que te avise. –

Tecleó una secuencia final en el módulo y se aferró a las gastadas anillas rosadas que había a cada

lado del tablero de navegación. Case vio que el cuadro verde se reducía por última vez, unos pocos

milímetros, y se ponía sobre el cuadrado rojo. En la pantalla pequeña, el Haniwa bajó la proa para

evitar la curva del huso, y ya no se movió. El Garvey colgaba todavía del yate, como una larva. El

remolque se sacudió y retumbó. Dos estilizados brazos aparecieron y rodearon la estilizado forma de

avispa. Straylight expulsó un tentativo rectángulo amarillo que describió una curva, tanteando más

allá del Haniwa, en busca del Garvey.

Oyeron que algo raspaba la proa, más allá de las temblorosas frondas de arcilla.

-Hombre -dijo Maelcum-, recuerda la ley de la gravedad. -Una docena de pequeños objetos

golpearon el suelo simultáneamente, como atraídos por un imán. Case se quedó sin aliento cuando

sus órganos internos fueron empujados y dispuestos de otro modo. La consola y la estructura le

habían caído dolorosamente sobre las piernas.

Ahora estaban sujetos al huso, rotando con él.

Maelcum extendió los brazos y movió los hombros para aliviar la tensión. Se sacó la bolsa que le

sujetaba los mechones y sacudió la cabeza. -Vamos, hombre, ya que dices que el tiempo es

precioso…

19

LA VILLA STRAYLIGHT era una estructura parasitaria, recordó Case al pasar junto a las mechas

de calafateado y por la escotilla de proa del Marcus Garvey. Straylight chupaba aire y agua de

Freeside, y no tenía un ecosistema propio.

El túnel de entrada que se extendía desde el muelle era una versión más elaborada del que había

atravesado trabajosamente para llegar al Haniwa, y lo utilizaban en la gravedad de rotación del huso.

Era un túnel corrugado, articulado mediante miembros hidráulicos integrales; dos segmentos estaban

unidos por anillos de plástico resistentes y antideslizantes, y los anillos servían como peldaños. El

túnel serpenteaba alrededor del Haniwa; era horizontal en el punto donde se unía con la antecámara

del Garvey, pero se alzaba en una pronunciada curva hacia la izquierda sobre el casco del yate. Ya

Maelcum estaba subiendo por los anillos, izándose con la mano izquierda, la Remington en la

derecha. Llevaba unos holgados y sucios pantalones militares, chaqueta de nailon verde sin mangas

y un par de andrajosas zapatillas de suela rojo brillante. El túnel se sacudía ligeramente cada vez

que trepaba a otro anillo.

Las hebillas del improvisado atado de Case se le hundían en el hombro por el peso de la Ono-

Sendai y la estructura del Flatline. Ahora solo sentía miedo, un pavor generalizado. Lo apartó,

obligándose a recordar el discurso de Armitage sobre el huso y Villa Straylight. Comenzó a subir. El

ecosistema de Freeside tenía límites, no era cerrado. Sión era un sistema cerrado, capaz de

funcionar durante años sin la introducción de materiales externos. Freeside producía aire y agua,

pero dependía de los constantes suministros de comida, del sostenido aumento de nutrientes

terrestres. La Villa Straylight no producía nada en absoluto.

-Hombre -dijo Maelcum en voz baja-, sube aquí, a mi lado. -Case se inclinó de costado en la

escalerilla circular y subió los últimos anillos. El corredor terminaba en una compuerta pulida,

ligeramente convexa, que medía dos metros de diámetro. Los miembros hidráulicos del tubo

desaparecían en unos compartimientos flexibles dispuestos en el marco de la escotilla.

-Bueno, ¿entonces qué…?

Case cerró la boca en cuanto se abrió la escotilla y una leve diferencia de presión le arrojó un

chorro de arenisca a los ojos.

Maelcum se acercó a gatas al borde, y Case oyó el menudo ruido metálico del seguro de la

Remington. -Eres tú quien tiene prisa, hombre… -susurró Maelcum, agazapado. Case lo alcanzó.

La escotilla estaba en el centro de una cámara redonda y abovedada, pavimentada con baldosas

azules antideslizantes. Maelcum le dio un codazo a Case y señaló un monitor en una pared curva. En

la pantalla, un hombre alto y joven con las facciones de los Tessier-Ashpool se cepillaba las mangas

de un traje oscuro. Estaba junto a una escotilla idéntica, en una sala idéntica. -Lo lamento mucho,

señor -dijo una voz desde una rejilla del centro de la compuerta. Case miró hacia arriba.- Lo

esperaba más tarde, en el muelle axial. Un momento, por favor. -En el monitor el joven movió la

cabeza con impaciencia.

Maelcum se volvió rápidamente, pistola en mano, cuando la puerta se abrió, deslizándose hacia la

izquierda.

Un euroasiático de corta estatura y vestido con un mono anaranjado salió y los miró con ojos

saltones. Abrió la boca, pero no dijo nada. La cerró. Case miró el monitor. En blanco.

-¿Quién? -alcanzó a decir el hombre.

-La Marina Rastafari -dijo Case, poniéndose de pie; la consola del ciberespacio le golpeaba la

cadera-. Sólo queremos conectar con vuestro sistema de seguridad.

El hombre tragó saliva. -¿Es una prueba de lealtad? Tiene que ser una prueba de lealtad. -Se

limpió las palmas de las manos en los muslos del traje anaranjado.

-No, hombre. Esto va en serio. -Maelcum se irguió apuntando a la cara del euroasiático con la

Remington. -Muévete.

Volvieron a la entrada detrás del hombre, hacia un corredor de paredes de hormigón pulido y suelo

irregular de alfombras superpuestas, todo perfectamente familiar para Case. -Bonitos felpudos -dijo

Maelcum, empujando al hombre con la pistola-. Huele a iglesia.

Llegaron frente a otro monitor, un Sony arcaico instalado sobre una consola, con un tablero y un

complejo conjunto de paneles de conexión. La pantalla se encendió cuando se detuvieron: el

finlandés les sonreía, tenso, desde lo que parecía ser la sala anterior de la Metro Holografix. -De

acuerdo -dijo-; Maelcum, lleva a este tipo por el pasillo hasta el armario de la puerta abierta y mételo

ahí; yo la cerraré. Case, ve al quinto enchufe de izquierda a derecha, panel superior. Hay unos

adaptadores en el cajón debajo de la consola. Necesitamos un Ono-Sendai de ocho patillas para un

Hitachi de cuarenta. -Mientras Maelcum llevaba al hombre a empellones, Case se arrodilló y revolvió

entre un surtido de enchufes hasta que dio con el que necesitaba. Una vez que hubo conectado la

consola al adaptador, se detuvo un momento.

-¿Tienes que mostrarte así? -preguntó al rostro de la pantalla. La imagen del finlandés fue borrada

línea a línea por la imagen de Lonny Zone sobre un fondo de deteriorados afiches japoneses.

-Lo que quieras, cariño -replicó Zone con petulancia-. Nada más date prisa: te lo pide el viejo

Lonny…

-No -dijo Case-, utiliza al finlandés. -Cuando la imagen de Zone desapareció, enchufó el adaptador

Hitachi, y se ajustó los trodos.

-¿Por qué te retrasaste? -preguntó el Flatline, y rió. -Te dije que no lo hicieras -dijo Case.

-Era una broma, muchacho -dijo la estructura-. Para mí no pasa el tiempo. Veamos qué tenemos

aquí.

El programa Kuang era verde, exactamente del color del hielo de la T-A. Case observó cómo se

hacía más opaco, aunque podía ver claramente aquella cosa que parecía un tiburón, negro y

espejeado, cuando levantaba la vista. Las líneas de fractura y las alucinaciones habían

desaparecido, y la cosa parecía tan real como el Marcus Garvey: una arcaica nave de reacción, sin

alas, la lisa superficie bañada en cromo negro.

-Todo bien -dijo el Flatline.

-De acuerdo -dijo Case, y activó el simestim.

-…así. Lo siento -estaba diciendo 3Jane mientras vendaba la cabeza de Molly-. Nuestra unidad dice

que no hubo conmoción; tu ojo no ha sufrido daños permanentes. No lo conocías muy bien antes de

venir por aquí, ¿verdad?

-No lo conocía en absoluto -dijo Molly secamente. Estaba tumbada boca arriba sobre una cama alta

o una mesa acolchada. Case no podía sentir la pierna herida. El efecto sinestésico de la inyección

original parecía haberse desvanecido. La bola negra ya no estaba, pero unas cintas suaves que no

alcanzaba a ver le inmovilizaban las manos.

-Te quiere matar.

-Se entiende -dijo Molly, mirando hacia el techo tosco, más allá de una luz muy brillante.

-Yo no quiero que lo haga -dijo 3Jane, y Molly volvió la cabeza dolorosamente para mirar los ojos

oscuros.

-No juegues conmigo -dijo.

-Pero puede que yo sí quiera hacerlo -dijo 3Jane, y se inclinó para besarle la frente, apartándole el

pelo con una mano tibia. Había manchas de sangre en su pálido djellabá.

-¿Dónde ha ido? -preguntó Molly.

-Tal vez otra inyección -dijo 3Jane, irguiéndose-. Estaba impaciente por que llegaras. Creo que

podría ser divertido cuidarte hasta que sanes, Molly. -Sonrió, limpiándose distraídamente en la bota

la mano ensangrentada. Habrá que escayolarte la pierna, pero podremos hacerlo.

-¿Y Peter?

-Peter. -3Jane sacudió levemente la cabeza. Un mechón de pelo oscuro le cayó sobre la frente. –

Peter se ha puesto bastante aburrido. Me parece que en general las drogas son aburridas. -Rió entre

dientes. -Al menos en los demás. Mi padre fue un consumidor empedernido, como te habrás dado

cuenta.

Molly se puso tensa.

-No te alarmes. -3Jane se acarició la piel de la cintura, por encima de los pantalones de cuero.- Se

suicidó porque yo manipulé los márgenes de seguridad de su congelación. Nunca llegué a

encontrarme con él, ¿sabes? Fui decantada después de que lo pusieran a dormir por última vez.

Pero sí que lo conocía. Los núcleos lo saben todo. Vi cómo mató a mi madre. Te lo mostraré cuando

estés mejor. La estrangula en la cama.

-¿Por qué la mató? -El ojo no vendado enfocó el rostro de la muchacha.

-Él no podía aceptar el rumbo por el que ella quería llevar a la familia. Fue ella quien encargó la

construcción de las inteligencias artificiales. Era toda una visionaria. Nos imaginó en una simbiosis

con las IA, que se encargarían de las decisiones empresariales. De nuestras decisiones conscientes,

mejor dicho. Tessier-Ashpool sería inmortal, una colmena, cada uno de nosotros una pieza de una

entidad mayor. Fascinante. Te pasaré las cintas; casi mil horas. Pero en realidad nunca llegaré a

entenderla, y cuando murió todo se perdió con ella. Nos desorientamos, comenzamos a cavar en

nosotros mismos. Ahora apenas aparecemos. Yo soy la excepción.

-Dijiste que trataste de matar a tu padre. ¿Manipulaste sus programas criogénicos?

3Jane asintió.

-Tuve ayuda. De un fantasma. Eso era lo que pensaba cuando era muy joven, que en los núcleos

de la empresa había fantasmas. Voces. Una de ellas, la del que tú llamas Wintermute, que es el

código Turing de nuestra IA en Berna, aunque la que te está manipulando es una especie de

subprograma.

-¿La que me está manipulando? ¿Hay más?

-Una más. Pero ésa no me habla desde hace años. Se dio por vencida, supongo. Sospecho que en

ambas culminaron ciertas capacidades que mi madre había hecho diseñar en el software original;

pero cuando le parecía necesario era una mujer extremadamente discreta. Toma. Bebe. -Puso un

tubo de plástico flexible entre los labios de Molly.- Agua. Sólo un poco.

-Jane, cariño -preguntó Riviera animadamente, fuera del campo de visión de Molly-, ¿te estás

divirtiendo?

-Déjanos en paz, Peter.

-Jugando a los doctores… -De pronto Molly se encontró mirando su propia cara, la imagen

suspendida a diez centímetros de su nariz. No había ninguna venda. El implante izquierdo estaba

hecho añicos, un largo fragmento de plástico plateado, hundido profundamente en una cavidad

ocular que parecía un invertido estanque de sangre.

-Hideo -dijo 3Jane, acariciando el estómago de Molly-, hazle daño a Peter si no nos deja tranquilas.

Vete a nadar, Peter.

La proyección desapareció.

07:58:40, en la oscuridad del ojo vendado.

-Dijo que tú conoces el código. Peter lo dijo. Wintermute necesita el código. -De pronto Case tuvo

conciencia de la llave de Chubb, sujeta a una cinta de nailon, contra la curva interior del pecho

izquierdo de Molly.

-Sí -dijo 3Jane, retirando la mano-. Así es. Lo aprendí cuando era niña. Creo que lo aprendí en un

sueño… O en momento de las mil horas de los diarios de mi madre. Pero creo que Peter tiene razón

cuando me aconseja que no lo diga. Habría problemas con Turing, si entiendo bien todo esto, y los

fantasmas son muy caprichosos.

Case desconectó.

-Es un bichito raro, ¿eh? -El finlandés sonrió a Case desde el anticuado Sony.

Case se encogió de hombros. Vio a Maelcum que volvía por el pasillo con la Remington en la

mano. El sionita sonreía, moviendo la cabeza al compás de algún ritmo que Case no podía escuchar.

Un par de finos cables amarillos iban desde las orejas hasta un bolsillo lateral de la chaqueta sin

mangas.

-El sonido dub de allá, hombre -dijo Maelcum.

-Estás loco de remate -le dijo Case.

-Suena bien, hombre. El dub de los justos.

-Eh, vosotros -dijo el finlandés-. A moverse. Aquí llega vuestro transporte. No será un truco tan

bueno como el de la imagen que engañó al portero, pero puedo llevaros hasta las habitaciones de

3Jane.

Case estaba desenchufando el adaptador cuando el vehículo de servicio apareció girando, vacío,

bajo el poco elegante arco de hormigón que señalaba el otro extremo del pasillo. Tal vez fuera el que

había llevado a los africanos, pero los hombres ya no estaban allí. Justo detrás del asiento bajo y

acolchado, con los pequeños manipuladores prendidos en el tapiz, el diodo rojo del pequeño Braun

guiñaba a intervalos regulares.

-El bus nos espera -dijo Case a Maelcum.

20

HABÍA VUELTO A PERDER la rabia. La echaba de menos.

El pequeño vehículo estaba atestado: Maelcum, la Remington sobre las rodillas, y Case, la consola

y la estructura contra el pecho. El carrito se desplazaba a velocidades para las que no había sido

diseñado; cargado a tope, amenazaba con volcar en las esquinas. Maelcum se inclinaba en el

mismo sentido de las curvas. No era un problema cuando el aparato doblaba a la izquierda, pues

Case iba sentado en la derecha, pero al doblar hacia la derecha, el sionita tenía que inclinarse por

encima de Case y su equipo, y lo aplastaba contra el asiento.

No tenía idea de dónde estaban. Todo le parecía familiar, pero no estaba seguro de haberlo visto

antes.

En un serpenteante vestíbulo forrado de escaparates de madera se exhibían colecciones que jamás

había visto: cráneos de grandes aves, monedas, máscaras de plata trabajada. Los seis neumáticos

del vehículo de servicio rodaban silenciosos sobre las capas de alfombras. Sólo se oía el gemido del

motor eléctrico y un débil y ocasional estallido de música sionita en los auriculares de Maelcum,

cuando éste se arrojaba sobre Case para contrarrestar un giro a la derecha demasiado cerrado. La

consola y la estructura presionaban constantemente contra la cadera de Case el shuriken que

llevaba en el bolsillo de la chaqueta.

-¿Tienes hora? -preguntó a Maelcum.

El sionita sacudió sus mechones. -El tiempo es tiempo. -Cristo -dijo Case, y cerró los ojos.

El Braun trotaba sobre el ondulante suelo de alfombras. Tocó con una garra acolchada una

desmesurada puerta rectangular de golpeada madera oscura. Tras ellos, el vehículo zumbó un

instante y despidió chispas azules por la rejilla de un panel. Las chispas alcanzaron la alfombra que

estaba debajo y Case sintió un olor a lana chamuscada.

-¿Es por aquí, hombre? -Maelcum miró la puerta de soslayo y soltó el seguro del rifle.

-Eh -dijo Case, más para sí que para Maelcum-, ¿te crees que lo sé? -El cuerpo esférico del Braun

dio media vuelta y el diodo empezó a titilar.

-Quiere que abras la puerta -dijo Maelcum, asintiendo con la cabeza.

Case dio un paso adelante y tanteó el ornamentado pomo de bronce. Montada en la puerta, a la

altura de los Ojos, había una placa de bronce, tan antigua que las letras grabadas en ella eran un

código ilegible y enmarañado: el nombre de un funcionario o de una función, desaparecidos hacía

tiempo, lustrados hasta el olvido. Se preguntó vagamente si la Tessier-Ashpool había escogido cada

parte de Straylight por separado, o si las habían comprado en un único lote a algún vasto equivalente

europeo de la Metro-Holografix. Los goznes de la puerta crujieron plañideramente. Maelcum pasó

primero, con la Remington apoyada en la cadera y apuntando hacia adelante.

-Libros -dijo Maelcum.

La biblioteca, las blancas estanterías de acero con sus etiquetas.

-Yo sé dónde estamos -dijo Case. Volvió la vista hacia el vehículo de servicio. Un rizo de humo se

elevaba desde la alfombra-. Vamos -dijo-. Coche… ¡Coche! -El vehículo permaneció inmóvil. El

Braun le pellizcaba los tejanos y le mordisqueaba los tobillos. Case resistió una fuerte tentación de

patearlo.- ¿Sí?

El microliviano cruzó la puerta con un ruido mecánico. Case lo siguió.

El monitor que había en la biblioteca era otro Sony, tan antiguo como el primero. El Braun se

detuvo debajo y ejecutó una suerte de baile.

-¿Wintermute?

Los rasgos familiares llenaron la pantalla. El finlandés sonrió.

-Es hora de entrar, Case -dijo el finlandés con los ojos fruncidos por el humo del cigarrillo-. Vamos,

conecta.

El Braun se arrojó contra el tobillo de Case y comenzó a subir pierna arriba, mordiéndole la carne

con los manipuladores a través de la delgada tela negra. -¡Mierda! -Lo apartó de un manotazo

arrojándolo contra la pared. Dos de las extremidades del Braun empezaron a pistonear repetida y

fútilmente, bombeando aire.- ¿Qué le pasa al maldito aparato?

-Se quemó -dijo el finlandés-. Olvídalo. No hay problema. Conecta ya.

Había cuatro zócalos bajo la pantalla, pero sólo uno aceptaba el adaptador Hitachi.

Conectó.

Nada. Vacío gris.

Ni matriz, ni rejilla. Ni ciberespacio.

La consola había desaparecido. Los dedos…

Y en el límite extremo de la conciencia, una huidiza, fugaz impresión de algo que se abalanzaba

sobre él, a través de leguas de espejo negro.

Quiso gritar.

Parecía que había una ciudad, más allá de la curva de la playa, pero estaba lejos.

Se acuclilló sobre la arena húmeda, abrazado a las rodillas, y tembló.

Permaneció así largo rato, aun después de haber dejado de temblar. La ciudad era baja y gris.

Unos bancos de niebla que llegaban rodando sobre las olas la oscurecían por momentos. Le pareció

una vez que en realidad no era una ciudad, sino un edificio aislado, tal vez una ruina: no podía saber

a qué distancia estaba. La arena era del tono de la plata vieja cuando aún no se ha ennegrecido por

completo. La playa era de arena, muy larga; la arena estaba húmeda y le mojaba el ruedo de los

tejanos. Se cruzó de brazos y se balanceó, cantando una canción sin palabras ni melodía.

El cielo era de un plateado distinto. Chiba. Como el cielo de Chiba. ¿La bahía de Tokio? Se volvió

y se quedó mirando el mar, añorando el logo holográfico de la Fuji Electric, el zumbido de un

helicóptero, cualquier cosa.

Detrás de él, chilló una gaviota. Case se estremeció.

Se estaba levantando un viento. La arena le golpeó la cara. La apoyó en las rodillas y lloró; el

ruido de sus propios sollozos le pareció tan distante y ajeno como el graznido de la gaviota

hambrienta. Empapó los tejanos con orina tibia que goteó sobre la arena y rápidamente se enfrió en

el viento de mar. Cuando dejó de llorar, le dolía la garganta.

-Wintermute -balbuceó a sus rodillas-, Wintermute…

Oscurecía, y cada vez que temblaba era por un frió que al fin lo obligó a levantarse.

Le dolían las rodillas y los codos. Le goteaba la nariz. Se la secó con el puño de la chaqueta y se

revisó los bolsillos uno tras otro: vacíos. -Jesús… -Le castañeteaban los dientes.

La marea había dejado en la playa dibujos más delicados que los de cualquier jardinero de Tokio.

Tras una docena de pasos en dirección a la ciudad, ahora visible, se volvió y miró de nuevo la

oscuridad que se apelmazaba. Las huellas de sus pies se extendían hasta el sitio donde había

llegado. Ninguna otra marca turbaba la arena ennegrecida.

Calculó que había recorrido al menos un kilómetro cuando vio la luz. Estaba hablando con Ratz y

fue Ratz el primero en señalarlo: un resplandor rojo anaranjado, a la derecha, lejos de las olas.

Sabía que Ratz no se encontraba allí, que el camarero era un invento de su propia imaginación, no

de la cosa en la que estaba atrapado; pero eso no tenía importancia. Había invocado a aquel

hombre buscando algún tipo de sosiego, pero Ratz tenía sus propias ideas acerca de Case y sus

aprietos.

-¡Realmente, mi artiste, me asombras! Hasta dónde llegarás para conseguir tu propia destrucción.

¡Y qué redundante! En Night City la tenías, ¡en la palma de la mano! La cocaína, para comerte los

sentidos; la bebida, para mantenerlo todo bien fluido; Linda, para endulzar tu dolor, y la calle, para

sostener el hacha en alto. Qué lejos has llegado, para hacerlo ahora, y qué utilería tan grotesca…

Campos de juego suspendidos en el espacio, castillos herméticamente sellados, las depravaciones

más raras de la vieja Europa, muertos sellados en cajas pequeñas, magia de China… -Ratz se echó

a reír, avanzando a zancadas junto a él, con el manipulador rosado bailándole con soltura al costado.

Pese a la oscuridad, Case podía ver el acero barroco que apretaba los ennegrecidos dientes del

camarero.- Pero supongo que es el estilo de un artiste, ¿no? Necesitabas un mundo construido para

ti: esta playa, este lugar. Para morir.

Case se detuvo, tambaleante, se volvió hacia el ruido de las olas y el acoso de la arena aventada. –

Sí -dijo-. Mierda. Supongo… -Caminó hacia el ruido.

-Artiste -oyó decir a Ratz-. La luz. La viste. Por aquí…

Se detuvo de nuevo, tembló, cayó de rodillas en un charco de helada agua de mar. -¿Ratz? ¿Luz?

Ratz…

Pero ahora la oscuridad era total, y sólo se oía el ruido de las olas. Se puso de pie

trabajosamente,y trató de regresar.

El tiempo pasaba. Siguió caminando.

Y entonces apareció, un resplandor, más nítido con cada paso. Un rectángulo. Una puerta.

-Allí hay fuego -dijo, con palabras desgarradas por el viento.

Era un búnker, de piedra o de hormigón, enterrado en aluviones de arena negra. La entrada,

abierta en una pared de al menos un metro de ancho, era baja, angosta, sin puerta, y profunda.

-Eh -dijo Case con voz débil-. Eh…… Acarició con los dedos la pared fría. Había fuego, allí,

sombras inquietas a ambos lados de la entrada.

Agachó la cabeza y pasó adentro, en tres pasos.

Había una muchacha acurrucada junto a un montón de acero oxidado, una especie de hogar,

donde ardía una madera recogida en la playa; el viento chupaba humo por una chimenea dentada.

El fuego era la única luz, y su mirada encontró los ojos grandes y alarmados; reconoció la cinta de

pelo, un pañuelo enrollado, estampado con un diseño que parecían circuitos ampliados.

Rechazó sus brazos, aquella noche, rechazó la comida que ella le ofreció, el sitio junto a ella en el

nido de mantas y espuma. Por último se acurrucó junto a la puerta, y la miró dormir, escuchando

cómo el viento castigaba las paredes de la estructura. Aproximadamente una vez cada hora ella se

levantaba e iba hasta la improvisada estufa, añadiendo madera de la pila que estaba junto al hogar.

Nada de esto era real, pero el frío era el frió.

Ella no era real, acurrucada allí, de costado, junto a la hoguera. Le miró la boca, los labios

ligeramente separados. Era la muchacha que él recordaba del viaje por la bahía, y eso le parecía

cruel.

-Maldito hijo de puta -susurró al viento-. No te pierdes una, ¿verdad? No quedas darme a la junkie,

¿eh? Yo sé lo que es esto… -Intentó hablar con una voz que no fuera desesperada.- Lo sé, ¿sabes?

Eres la otra. 3jane se lo dijo a Molly. Zarza ardiente. No era Wintermute, eras tú. Quiso advertírmelo

con el Braun. Ahora me has anulado, me trajiste hasta aquí. A ningún sitio. Con un fantasma. Tal

como la recuerdo de antes…

Ella se movió dormida, dijo algo, cubriéndose el hombro y la mejilla con un retazo de manta. .

-No eres nada -dijo a la muchacha que dormía-. Estás muerta y de todos modos lo fuiste todo para

mí. ¿Lo oyes, amigo? Yo se lo que estás haciendo. Estoy anulado. Esto ha tomado unos veinte

segundos, ¿verdad? Estoy caído en aquella biblioteca y mi cerebro está muerto. Y muy pronto

estará verdaderamente muerto, si tienes una pizca de sentido común. No quieres que el truco de

Wintermute salga bien, eso es todo; basta con que me dejes aquí colgado. Dixie activará el Kuang,

pero ya está muerto y puedes adivinar los movimientos que hará, claro. Esta patraña de Linda ¿eh?

ha sido todo cosa tuya, ¿verdad? Fuiste tú el que movió las estrellas en Freeside, ¿verdad? Fuiste

tú quien puso la cara de ella a la muñeca muerta, en la habitación de Ashpool. Eso Molly nunca lo

vio. Sólo le editaste la señal de simestim. Porque crees que puedes herirme. Porque crees que me

importa. Bueno, vete a la mierda, como sea que te llames. Ganaste. Tú ganas. Pero ya nada de

eso me importa, ¿entiendes? ¿Crees que me importa? Entonces, ¿por qué me lo tuviste que hacer

así? -Estaba temblando de nuevo, la voz chillona.

-Cariño -dijo ella, levantándose de los harapos-. Ven aquí y duerme. Yo me quedaré despierta, si

quieres. Tienes que dormir, ¿sí? -El sueño exageraba el acento suave.- Sólo dormir, ¿de acuerdo?

Cuando despertó, ella no estaba. El fuego se había apagado, pero en el bunker no hacía frío; la luz

del sol entraba inclinada por la puerta y arrojaba un torcido rectángulo dorado sobre una gruesa caja

de fibra que tenía un lado roto. Era un contenedor de carguero; los recordaba de los muelles de

Chiba. Pudo ver, a través de la brecha en la caja, media docena de paquetes amarillos y brillantes.

A la luz del sol parecían enormes bloques de mantequilla. El estómago se le apretó de hambre.

Rodando fuera del nido, fue hasta la caja y sacó un paquete, parpadeando mientras leía las

inscripciones en una docena de idiomas. La inglesa estaba en último lugar: EMERG. RATION, HIPRO

BEEF, TWE AG-8. Un listado del contenido de nutrientes. Sacó un segundo paquete al azar.

EGGS. -Ya que estás inventando toda esta mierda -dijo-, podrías incluir comida de verdad, ¿no? –

Con un paquete en cada mano, atravesó las habitaciones de la estructura. Dos estaban vacías,

excepto por la arena, y en la cuarta había otras tres cajas de raciones.- Claro -dijo tocando la cinta

sellada-. Voy a pasar mucho tiempo aquí. Claro…

Exploró la habitación de la chimenea y encontró una caja de plástico con lo que era quizás agua de

lluvia. Junto al nido de mantas, contra la pared, había un aparato encendedor rojo, un cuchillo

marinero de mango verde y agrietado, y el pañuelo de Molly. Todavía estaba anudado y tieso por el

sudor y la suciedad. Abrió los paquetes con el cuchillo y dejó caer el contenido en una lata oxidada

que encontró junto a la estufa. Vertió agua de la caja, batió la masa con los dedos, y comió. Tenía

un lejano gusto a carne. Cuando terminó de comer, arrojó la lata al hogar y salió.

Últimas horas de la tarde, por la intensidad del sol, por el ángulo de la luz. Se quitó las empapadas

zapatillas de nailon; lo sorprendió el calor de la arena. De día, la playa era de color gris plateado. El

cielo estaba límpido, azul. Dobló la esquina del bunker y caminó hacia la orilla dejando caer la

chaqueta en la arena. -No sé de quién son los recuerdos que estás usando esta vez -dijo cuando

llegó al borde. Se quitó los tejanos y los arrojó, seguidos por la camiseta y la ropa interior.

-¿Qué estás haciendo, Case?

Se volvió y la vio, diez metros más allá; la espuma blanca se le escurría entre los tobillos.

-Anoche me oriné -dijo él.

-Bueno, no te vas a poner esa ropa. Agua salada. Te escocerá. Te llevaré a un estanque que hay

allá en las rocas. -Señaló vagamente hacia atrás. -Es agua fresca. -Los desteñidos pantalones

militares franceses estaban cortados por encima de las rodillas; la piel era lisa y bronceada. Una

brisa le revolvió el pelo.

-Escucha -dijo Case, recogiendo la ropa y acercándose a ella-. Quiero hacerte una pregunta. No

preguntaré qué haces aquí. Pero, ¿qué imaginas que estoy haciendo yo aquí? -Se detuvo. Los

tejanos negros y mojados le golpearon el muslo.

-Llegaste anoche -dijo ella. Le sonrió.

-¿Y eso te basta? ¿Sólo llegué?

-Él dijo que llegarías -dijo ella, frunciendo la nariz. Se encogió de hombros-. Él sabe ese tipo de

cosas, supongo. -Se quitó la sal del tobillo derecho frotándose con el otro pie, en un movimiento

torpe e infantil. Volvió a sonreírle, con mayor confianza.- Ahora tú me contestas una, ¿de acuerdo?

Él asintió.

-¿Por qué estás todo pintado de marrón, todo menos un pie?

-¿Y eso es lo último que recuerdas? -La miró mientras ella raspaba los restos del guiso

precongelado de la caja de acero rectangular que era el único plato que tenían.

Ella asintió, los ojos enormes a la luz del fuego. -Lo siento, Case, te lo juro por Dios. Fue por culpa

de la mierda aquella, supongo, y fue… -Se inclinó hacia adelante, los brazos sobre las rodillas, el

rostro fruncido durante un instante, por el dolor o el recuerdo del dolor. – Es que necesitaba el dinero.

Para volver a casa, supongo, o… ¡Mierda! -dijo-, casi no me hablabas.

-¿No hay cigarrillos?

-¡Por Dios, Case! ¡Es la décima vez que me lo preguntas! ¿Qué te pasa? -Retorció un mechón de

pelo y lo mordisqueó.

-Pero, ¿la comida estaba aquí? ¿Ya estaba aquí?

-Ya te lo he dicho. La condenada marca la trajo a la playa.

-Ya. Claro. Hasta el último detalle.

Ella se echó a llorar otra vez, un sollozo seco. -Bueno, a la mierda contigo, Case… -alcanzó a decir

por fin-. Estaba bien cuando estaba sola.

Case se levantó, recogiendo la chaqueta, y se agachó para entrar. Se raspó la muñeca contra el

hormigón áspero. No había luna ni viento; sólo el ruido del mar en la oscuridad. Sentía los tejanos

apretados y pegajosos. -Está bien -dijo a la noche-. Lo acepto. Creo que lo acepto. Pero más vale

que mañana la marea traiga cigarrillos. -Su propia risa lo sorprendió.- De paso, tampoco caería mal

una caja de cerveza. -Se volvió y entró de nuevo en el búnker.

Ella estaba revolviendo las brasas con un pedazo de madera plateado. -¿Quién era ésa, Case, la

que estaba en tu nicho del Hotel Barato? Una samurai muy elegante de lentes plateados, cuero

negro. Me dio miedo, y después pensé que tal vez fuese tu nueva chica, sólo que parecía más cara

de lo que tú podías pagar… -Lo miró de soslayo.- De verdad que lamento haberte robado el RAM.

-No te preocupes -dijo Case-. No tiene ninguna importancia. ¿Así que todo lo que hiciste fue

llevárselo a ese tipo?

-Tony -dijo ella-. Había estado viéndolo, más o menos. También era adicto y nosotros… De todos

modos, sí, recuerdo que lo pasó en un monitor, y eran unas imágenes increíbles, y recuerdo que me

pregunté cómo era que tú…

-Allí no había ninguna imagen –interrumpió él.

-Sí que las había. No podía explicarme cómo era posible que tuvieras tantas imágenes de cuando

yo era pequeña, Case. La cara de mi padre, antes de que se marchara. Una vez me dio un pato, de

madera pintada, y tú tenías esa imagen…

-¿Tony la veía?

-No me acuerdo. Luego me encontré en la playa; era muy temprano, amanecía, y esos pájaros que

chillaban de tanta soledad. Me asusté porque no tenía ni una dosis, nada, y sabía que lo pasaría

mal… Y caminé y caminé hasta que se hizo de noche, y encontré este sitio, y al día siguiente llegó la

comida, toda envuelta en algas como hojas de gelatina dura. -Metió el palo entre las brasas y lo dejó

allí. – Bueno, en ningún momento me sentí mal -dijo mientras las brasas se esparcían.-Me hicieron

más falta los cigarrillos. ¿Y tú, Case? ¿Todavía estás enrollado? -La luz de las llamas le bailaba bajo

los pómulos; en un destello, el recuerdo del Castillo Embrujado y la Guerra de Tanques.

-No -dijo, y entonces todo perdió importancia, todo lo que sabía, sintiendo el gusto de la sal en la

boca de ella, donde las lágrimas se habían secado. Una fuerza la recorría, algo que él había

conocido en Night City y en lo que se había apoyado, que lo había sostenido, que lo había apartado

por un momento del tiempo y de la muerte, de la inexorable vida de calle que les mordía los talones.

Era un lugar que conocía de antes; no cualquiera podía llevarlo hasta allí, y de alguna manera

siempre había logrado olvidarlo. Algo que había encontrado y perdido tantas veces. Pertenecía –

supo, recordó, cuando ella lo atrajo hacia sí a la carne, la carne de la que se mofaban los vaqueros.

Era algo inconmensurable, más allá de la conciencia, un océano de información codificado en espiral

y en ferormonas, una complejidad infinita que sólo el cuerpo, a su manera ciega y poderosa, podía

interpretar.

Los dientes de nailon se atascaron en una costra de sal cuando le abrió los pantalones franceses.

Rompió la cremallera, y una partícula de metal salió disparada contra la pared, y entonces entró en

ella, cumpliendo con la transmisión del arcano mensaje. Allí, aun allí, sabiendo dónde estaba, en un

modelo codificado de ciertos recuerdos, el instinto vivía.

Ella se estremeció contra él cuando el madero empezó a arder, y una lengua de fuego arrojó las

sombras entrelazadas sobre la pared del búnker.

Más tarde, cuando yacían juntos, la mano entre los muslos de ella, Case la recordó en la playa, la

espuma blanca que le lamía los tobillos, y recordó lo que ella le había contado.

-Él te dijo que yo vendría -comentó.

Pero ella sólo se apretó más contra él, las nalgas contra sus muslos, y le apretó la mano, y

murmuró algo entre sueños.

21

LO DESPERTÓ LA MÚSICA, y al principio podrían haber sido los latidos de su propio corazón. Se

sentó junto a ella y se cubrió los hombros con la chaqueta en el frío de la madrugada; la luz gris en la

puerta, el fuego extinguido hacía tiempo.

Unos jeroglíficos fantasmales pululaban delante de él, líneas translúcidas de símbolos que se

ordenaban sobre el fondo neutro de la pared del búnker. Se miró el dorso de las manos; unas tenues

moléculas de neón reptaban bajo la piel, obedeciendo al inescrutable código. Alzó la mano derecha

y la movió un momento; dejó una débil y agonizante estela de imágenes secundarias intermitentes.

El pelo se le erizó en la nuca y los brazos. Se acuclilló allí, mostrando los dientes, y prestó atención

a la música. El pulso se desvanecía, regresaba, moría…

-¿Qué te pasa? -Ella se incorporó, apartándose el pelo de los ojos.- Cariño…

-Tengo ganas… de droga… ¿Tienes?

Ella sacudió la cabeza, lo buscó con las manos, lo sujetó por los brazos.

-Linda, ¿quién te lo dijo? ¿Quién te dijo que yo vendría? ¿Quién?

-En la playa -dijo ella, y algo la obligó a desviar la mirada-. Un muchacho. Lo veo en la playa.

Trece años, tal vez. Vive aquí.

-¿Y qué fue lo que dijo?

-Dijo que vendrías. Que tú no me odiarías. Que aquí estaríamos bien; y me dijo dónde estaba el

pozo de lluvia. Parece mexicano.

-Brasileño -dijo Case, mientras una nueva ola de símbolos corría pared abajo-. Creo que es de Río.

-Se puso de pie y comenzó a forcejear con los tejanos.

-Case -dijo, ella y le tembló la voz-, Case, ¿adónde vas?

-Creo que voy a buscar a ese muchacho -dijo él, junto con una nueva marejada de música; era sólo

un ritmo, sostenido y familiar, pero no conseguía reconocerlo.

-No vayas, Case.

-Me pareció ver algo, cuando llegué. Una ciudad a lo lejos, en la playa. Pero ayer ya no estaba.

¿La has visto alguna vez? -Se subió el cierre de la cremallera y rompió de un tirón el nudo imposible

de los cordones de los zapatos. Al fin arrojó los zapatos a un rincón.

Ella movió la cabeza, asintiendo, la mirada baja. -Sí. A veces la veo.

-¿Has ido alguna vez allí, Linda? -Case se puso la chaqueta.

-No -dijo ella-, pero lo he intentado. Al principio, cuando llegué; estaba aburrida. En todo caso

pensé que sería una ciudad, y que a lo mejor podía conseguir algo de droga. -Hizo una mueca. – Ni

siquiera me sentía mal, sólo tenía ganas. Así que puse comida en una lata y la diluí bastante, porque

no tenía otra lata para el agua. Y caminé todo el día, y la podía ver, a veces, la ciudad, y no parecía

estar demasiado lejos. Pero nunca llegaba a acercarme. Y luego empecé a acercarme, y vi lo que

era. Varias veces, aquel día, me pareció que estaba en ruinas, o tal vez era que nadie vivía allí, y

otras veces me pareció ver luces que destellaban de una máquina, de coches o de algo… -calló,

arrastrando la voz.

-¿Qué es?

-Esta cosa. -Hizo un ademán que abarcaba al entorno de la chimenea, las paredes oscuras, el

amanecer que se insinuaba en la entrada.- Donde vivimos. Se hace cada vez más pequeña, Case,

más pequeña, a medida que te acercas.

Deteniéndose una última vez, junto a la entrada: -¿Se lo has preguntado al muchacho?

-Sí. Dijo que yo no lo entendería, y que no me preocupara. Dijo que era, que era como… un

evento. Y que era nuestro horizonte. Lo llamó horizonte de eventos.

Las palabras no tenían ningún significado para él. Salió del búnker y fue ciegamente -lo sabía, de

algún modo en dirección contraria al mar. Ahora los jeroglíficos corrían por la arena, se le

escabullían entre los pies, se alejaban de él mientras caminaba. -Eh -dijo-, se está viniendo abajo.

Apuesto que tú también lo sabes. ¿Qué es? ¿El Kuang? ¿Un rompehielos chino comiéndote las

entrañas? Tal vez el Dixie Flatline no es tan tonto, ¿eh?

Oyó que lo llamaban. Miró hacia atrás: ella lo seguía, sin tratar de darle alcance; la cremallera rota

de sus pantalones militares aleteaba contra el bronceado del vientre: vello púbico enmarcado en tela

desgarrada. Parecía una de esas chicas de las viejas revistas que el finlandés tenía en la Metro

Holografix, viva, sólo que ella parecía cansada, y triste, y humana; patética en el traje desgarrado,

tropezando con montones de algas de plata-sal.

Y entonces, sin saber cómo, estaban en el agua, los tres; y las encías del muchacho eran grandes,

rosadas y brillantes en el rostro delgado y moreno. Llevaba pantalones cortos, incoloros y

harapientos; las piernas eran demasiado flacas sobre el deslizante fondo gris azul de la marea.

-Yo te conozco -dijo Case, Linda junto a él.

-No -dijo el muchacho con una voz alta y musical-, no me conoces.

-Eres la otra IA. Tú eres Río. El hombre que quiere detener a Wintermute. ¿Cómo te llamas? Tu

código Turing. ¿Cuál es?

El muchacho se sostuvo sobre las manos cabeza abajo en la orilla, riendo. Caminó sobre las

manos y luego saltó fuera del agua. Los ojos eran los de Riviera, pero no había malicia en ellos. –

Para invocar a un demonio necesitas saber qué nombre tiene. Los hombres soñaron con eso, una

vez, pero ahora es una realidad, de otra manera. Tú lo sabes, Case. Tu oficio es aprender los

nombres de programas, los largos nombres oficiales, los nombres que los propietarios tratan de

esconder. Los nombres verdaderos…

-Un código Turing no es tu nombre.

-Neuromante -dijo el muchacho, entornando los ojos grises y alargados de cara al sol naciente-. El

camino a la tierra de los muertos. Donde tú estás, amigo mío. Marie-France, mi señora, ella preparó

este camino, pero el señor la estranguló antes de que yo pudiera leer el libro de días de la señora.

Neuro, de nervios, los senderos plateados. Ilusionista. Nigromante. Yo invoco a los muertos. Pero

no, amigo mío. -Y el muchacho ejecutó unos breves pasos de danza, los pies morenos marcando

huellas en la arena.- Yo soy los muertos, y la tierra de los muertos. -Se echó a reír. Una gaviota

chilló.- Quédate. Si tu mujer es un fantasma, ella no lo sabe. Tampoco tú lo sabrás.

-Te estás resquebrajando. El hielo se está rompiendo.

-No -dijo el muchacho, de pronto triste, encorvando los hombros frágiles. Se frotó un pie en la

arena.- Es mucho más sencillo. Pero eres tú quien decide. -Los ojos grises miraron a Case con

gravedad. Una nueva oleada de símbolos cruzó el campo visual de Case, línea a línea. Detrás, el

muchacho se retorcía, como visto a través del calor reverberante del asfalto en verano. Ahora el

sonido de la música había aumentado, y Case casi podía distinguir las palabras.

-Case, cariño -dijo Linda, y le tocó un hombro.

-No -dijo él. Se quitó la chaqueta y se la dio-. No sé -dijo-, quizás estés aquí. En todo caso, hace

frío.

Dio media vuelta y se alejó caminando, y al dar el séptimo paso cerró los ojos observando cómo la

música se definía a sí misma en el centro de todo. Volvió la cabeza, una vez, aunque sin abrir los

ojos.

No era necesario.

Estaban en la orilla del mar, Linda Lee y el muchacho delgado que decía llamarse Neuromante.

Linda sostenía la chaqueta de cuero de él, colgada de la mano, sobre la cresta de las olas.

Case siguió caminando, siguiendo la música.

El sonido dub sionita de Maelcum.

Había un lugar gris, una impresión de finas pantallas que se movían, muaré, grados de semitonos

generados por un sencillo programa de gráficos. Un plano prolongado de una toma vía satélite;

gaviotas inmovilizadas en vuelo sobre aguas oscuras. Había voces. Había una llanura de espejo

negro, que se inclinaba, y él era mercurio, una gota de mercurio que se deslizaba hacia abajo,

chocando en los rincones de un laberinto invisible, fragmentándose, juntándose, resbalando de

nuevo…

-Case, hombre.

La música.

-Has regresado, hombre.

Le quitaron la música de los oídos.

-¿Cuánto tiempo? -se oyó preguntar, y supo que tenía la boca reseca.

-Cinco minutos, quizás. Demasiado tiempo. Yo quería desconectarse. Mute dijo que no. La

pantalla empezó a hacer cosas raras, y entonces Mute dijo que te pusiera los audífonos.

Abrió los ojos. Las facciones de Maelcum estaban cubiertas por cintas de jeroglíficos translúcidos.

-Y tu medicina -dijo Maelcum-. Dos dermos.

122

Estaba tendido boca arriba en el suelo de la biblioteca, debajo del monitor. El sionita lo ayudó a

incorporarse, pero el movimiento lo arrojó al torrente salvaje de la betafenetilamina; los dermos

azules le quemaban en la muñeca izquierda.

-Sobredosis -alcanzó a decir.

-Vamos, hombre. -Las manos poderosas bajo las axilas de Case lo levantaron como si fuera un

niño. – Yo y yo tenemos que marcharnos.

22

EL VEHÍCULO DE SERVICIO estaba llorando. La betafenetilamina le había dado una voz. No

dejaba de llorar. Ni en la concurrida galería, ni en los largos corredores, ni cuando pasó por la

entrada de cristal negro de la cripta de los T-A, las bóvedas donde el frío se había colado poco a

poco en los sueños del viejo Ashpool.

Para Case el pasaje fue una aceleración extendida, el movimiento del vehículo indistinguible del

ímpetu demencial de la sobredosis. Cuando algo bajo el asiento emitió una lluvia de chispas blancas

y al fin el vehículo murió, el llanto cesó también.

El aparato se detuvo a tres metros de donde empezaba la cueva de los piratas de 3Jane.

-¿Muy lejos, hombre? -Cuando Maelcum lo ayudó a salir del chisporroteante vehículo, un

extinguidor integral estalló en el compartimiento del motor, y de las rejillas y tomas de servicio

salieron unos chorros de polvo amarillo. El Braun cayó de detrás del asiento y renqueó por la arena

falsa, arrastrando el miembro inutilizado.- Tienes que caminar, hombre. -Maelcum alzó la consola y la

estructura, echándose las cuerdas al hombro.

Los trodos saltaban colgados del cuello de Case mientras seguía al sionita. Las holografías de

Riviera los esperaban, las escenas de tortura y los niños caníbales. Molly había destruido el tríptico.

Maelcum no les hizo caso.

-Tranquilo -dijo Case, obligándose a acelerar el paso y alcanzar a Maelcum-. Esto hay que hacerlo

bien.

Maelcum se detuvo en seco, se volvió, mirándolo intensamente, con la Remington en la mano. –

¿Bien, hombre? ¿Qué es bien?

-Molly está ahí dentro, pero fuera de combate. Riviera puede proyectar hologramas. Tal vez tenga

la pistola de Molly. -Maelcum asintió con la cabeza. – Y hay un ninja, un guardaespaldas de la familia.

Maelcum frunció aún más el ceño. -Escucha, hombre de Babilonia -dijo-. Yo, guerrero. Pero esta

guerra, no es mía, no es de Sión. Babilonia contra Babilonia, destruyéndose mutuamente,

¿entiendes? Pero Jah dice que yo y yo saquemos de aquí a Navaja Andante.

Case parpadeó, asombrado.

-Es una guerrera -dijo Maelcum, como si eso lo explicara todo-. Ahora dime, hombre, a quién no

tengo que matar.

-3Jane -contestó Case, después de una pausa-. Una chica que está ahí. Tiene puesta una especie

de bata blanca, con capucha. La necesitamos.

Cuando llegaron a la puerta, Maelcum entró inmediatamente y Case no pudo hacer otra cosa que

seguirlo.

La comarca de 3Jane estaba desierta, la piscina vacía. Maelcum le dio a Case la consola y la

estructura y caminó hasta el borde de la piscina. Más allá de los muebles blancos había oscuridad,

sombras del bajo y recortado laberinto de las paredes en parte demolidas.

El agua lamía pacientemente los bordes de la piscina. -Están aquí -dijo Case-. Tienen que estar.

Maelcum asintió.

La primera flecha le atravesó el brazo. La Remington rugió, un metro de destello azul en la luz de

la piscina. La segunda flecha dio en el arma y la arrojó dando vueltas sobre las baldosas blancas.

Maelcum cayó sentado y manoteó el objeto negro que le salía del brazo. Tiró de él.

Hideo salió de entre las sombras con una tercera flecha ya dispuesta en un delgado arco de

bambú. Hizo una reverencia.

Maelcum lo miró fijamente, con la mano aún sobre la flecha de acero.

-La arteria está intacta -dijo el ninja. Case recordó al hombre que había matado al amante de Molly.

Hideo era un ejemplar parecido. No tenía edad; irradiaba una sensación de sosiego, de calma

absoluta. Llevaba puestos unos pantalones de trabajo limpios y gastados y unos zapatos blandos y

oscuros, abiertos en los dedos, que se le ajustaban como guantes a los pies. El arco de bambú era

una pieza de museo, pero el carcaj de aleación negra que le asomaba tras el hombro derecho olía a

las mejores tiendas de armas de Chiba. El pecho desnudo del ninja era lampiño y bronceado.

-Me cortaste el pulgar, hombre, con la segunda -dijo Maelcum.

-La fuerza de Coriolis -dijo el ninja, haciendo otra reverencia-. Muy difícil, un proyectil moviéndose

a baja velocidad en la gravedad rotatoria. No era mi intención.

-¿Dónde está 3Jane? -Case se acercó a Maelcum. Vio que la punta de la flecha en el arco del

ninja era como una hoja de doble filo.- ¿Dónde está Molly?

-Hola, Case. -Riviera apareció caminando detrás de Hideo, con la pistola de Molly en la mano.- No

sé por qué, pero hubiera pensado que sería Armitage el que vendría. ¿Ahora contratamos gente de

los rastafaris?

-Armitage está muerto.

-Armitage nunca existió, más exactamente, pero la noticia no me sorprende.

-Wintermute lo mató. Está en órbita ahora, alrededor del huso.

Riviera asintió, los largos ojos grises mirando a Case, a Maelcum y otra vez a Case. -Creo que

termina aquí, para vosotros.

-¿Dónde está Molly?

El ninja aflojó lentamente la cuerda fina y trenzada y bajó el arco. Atravesó las baldosas hasta

donde yacía la Remington y la levantó. -Esto carece de sutileza -dijo entre dientes. Tenía una voz

fresca y agradable. Cada uno de sus movimientos era parte de una danza, una danza que nunca

terminaba, aun cuando él estuviese quieto, descansando. Pero a pesar de todo el poder que esto

sugería, había además humildad en él, una abierta sencillez.

-También termina aquí para ella -dijo Riviera.

-Tal vez 3Jane no lo piense así, Peter -dijo Case, titubeando. Los dermos todavía le alborotaban

dentro del sistema, la vieja fiebre empezaba a subir, la locura de Night City. Recordó momentos de

gracia, en el límite de las cosas, cuando había descubierto que a veces podía hablar más rápido de

lo que podía pensar.

Los ojos grises se empequeñecieron. -¿Por qué, Case? ¿Por qué lo piensas?

Case sonrió. Riviera no sabía nada acerca del equipo de simestim. No lo había advertido en la

prisa por encontrar las drogas que llevaba Molly. ¿Pero cómo era posible que Hideo no se hubiese

dado cuenta? Y Case estaba seguro de que el ninja nunca hubiera dejado que 3Jane cuidase de

Molly sin antes revisarla en busca de trucos o armas ocultas. No, resolvió, el ninja lo sabía. De

modo que 3Jane también lo sabría.

-Dime, Case -dijo Riviera, alzando el cañón perforado de la pistola de dardos.

Algo crujió, detrás de él, y volvió a crujir. 3Jane empujó a Molly, en una ornamentada silla de ruedas

victoriana, hacia la luz. Molly estaba envuelta en una manta de rayas negras y rojas; el estrecho

respaldo de caña de la silla antigua era mucho más alto que ella. Parecía empequeñecida, acabada.

Un parche microporoso blanco y brillante le cubría la lente dañada; la otra destellaba vacuamente

cuando la cabeza se le sacudía con el movimiento de la silla.

-Una cara conocida -dijo 3Jane-. Te vi la noche del espectáculo de Peter. ¿Y él quién es?

-Maelcum -dijo Case.

-Hideo, retira la flecha y venda la herida del señor Maelcum.

Case miraba fijamente a Molly, le miraba la cara lánguida.

El ninja caminó hasta donde estaba Maelcum, deteniéndose para dejar el arco y el rifle lejos de

ellos, y sacó algo del bolsillo. Una pinza de cortar pernos. -Hay que cortar la flecha -dijo-. Está

demasiado cerca de la arteria. -Maelcum asintió. Tenía el rostro gris y cubierto de sudor.

Case miró a 3Jane. -No queda mucho tiempo -dijo.

-¿Para quién, exactamente?

-Para ninguno de nosotros. -Se oyó un ruido seco cuando Hideo cortó el fuste de metal. Maelcum

lanzó un gemido.

-En realidad -dijo Riviera-, no te hará demasiada gracia oír a este fracasado artista salido de la

cárcel hacer un último y desesperado intento. De lo más desagradable, te lo aseguro. Terminará de

rodillas, ofrecerá venderte a su madre, te hará favores sexuales sumamente aburridos…

3Jane echó la cabeza hacia atrás y rió. -¿Crees que no, Peter?

-Los fantasmas van a entrometerse esta noche, señora -dijo Case-. Wintermute va a enfrentarse

con el otro. El Neuromante. Será definitivo. ¿Lo sabes?

3Jane alzó las cejas. -Peter ha sugerido algo por el estilo, pero cuéntame más.

-Conocí al Neuromante. Habló acerca de tu madre. Creo que él es como una estructura gigante de

ROM, para registrar la personalidad, sólo que se trata de un RAM completo. Las estructuras creen

que están allí, como si fueran reales, pero son sólo algo que no deja de funcionar.

3Jane salió de detrás de la silla. -¿Dónde? Describe el lugar, esa estructura.

-Una playa. Arena gris, como plata apagada. Y una cosa de hormigón, una especie de búnker… –

Dudó.- Nada raro, sólo viejo, cayéndose a pedazos. Si caminas lo suficiente, llegas a donde

estabas.

-Sí -dijo ella-. Marruecos. Cuando Marie-France era una niña, años antes de casarse con Ashpool,

pasó un verano sola en esa playa, viviendo en una casa de bloques abandonada. Allí formuló la

base de su filosofía.

Hideo se enderezó, metiéndose la pinza en el mono. En cada mano tenía una sección de la flecha.

Maelcum cerraba los ojos, la mano apretada alrededor del bíceps.

-Lo vendaré -dijo Hideo.

Case pudo tirarse al suelo antes de que Riviera llegara a apuntarle con la pistola. Los dardos

pasaron silbando junto al cuello de Case como insectos supersónicos. Rodó, vio que Hideo giraba,

otro paso de danza, la afilada punta de la flecha invertida en la mano, el fuste plano contra la palma y

los rígidos dedos. La arrojó nítidamente, por debajo de la mano, la muñeca un borrón de luz. La

punta se incrustó en el dorso de la mano de Riviera. La pistola cayó sobre las baldosas un metro

más allá.

Riviera gritó. Pero no de dolor. Fue un aullido de rabia, tan pura, tan refinada, que carecía de toda

humanidad.

Apretados haces gemelos de luz, agujas rojas como rubíes, salieron como puñales de alrededor del

esternón de Riviera.

El ninja gruñó, se tambaleó, se llevó las manos a los ojos, y recobró el equilibrio.

-Peter -dijo 3Jane-, Peter, ¿qué has hecho?

-Ha cegado a tu chico clono -dijo Molly parcamente. Hideo bajó las manos. Case vio unos hilos de

vapor que salían de los ojos arruinados y se congelaban sobre la cerámica blanca.

Riviera sonrió.

Hideo volvió a su danza, repitiendo los pasos. Cuando estuvo de pie junto al arco, la flecha y la

Remington, la sonrisa de Riviera se había desvanecido. Se inclinó -a Case le pareció que hacía una

reverencia- y encontró el arco y la flecha.

-Estás ciego -dijo Riviera, dando un paso atrás.

-Peter -dijo 3jane-, ¿no sabes que puede hacerlo en la oscuridad? Zen. Es así como practica.

El ninja puso la flecha. -¿Me distraerás ahora con tus hologramas?

Riviera estaba retrocediendo, entrando en la oscuridad, más allá de la piscina. Rozó una silla

blanca; las patas rasparon el piso. La flecha de Hideo vibró.

Riviera perdió la compostura y echó a correr, arrojándose sobre una sección de la pared baja e

irregular. El rostro del ninja tenía una expresión absorta, inundado por un tranquilo éxtasis.

Sonriendo en silencio, fue andando hacia las sombras más allá de la pared, el arma lista en la

mano.

-Jane, señora -susurró Maelcum, y Case se volvió, y vio que levantaba el rifle de las baldosas,

salpicando sangre sobre la cerámica blanca. Sacudió los mechones y apoyó el grueso cañón en la

curva del brazo herido-. Esto te volará la cabeza y ningún doctor de Babilonia podrá arreglarlo.

3Jane miró la Remington. Molly sacó los brazos de los pliegues de la manta rayada, alzando la

esfera negra que le encerraba las manos. -Fuera -dijo.- Quítala.

Case se levantó de las baldosas, se sacudió. -¿Hideo podrá atraparlo, aun ciego? -preguntó a

3Jane.

-Cuando era niña -dijo 3Jane-, nos encantaba vendarle los ojos. Acertaba con las flechas en los

naipes, a diez metros.

-De todos modos, Peter ya está muerto -dijo Molly-. En doce horas empezará a congelarse. No

podrá mover más que los ojos.

-¿Por qué? -Case se volvió hacia ella.

-Le envenené la droga -contestó-. El efecto es como el mal de Parkinson más o menos.

3Jane asintió. -Sí. Le hicimos el examen médico de rutina, antes de admitirlo. -Tocó la bola de un

modo particular y la hizo saltar de las manos de Molly.- Destrucción selectiva de las células de la

substancia nigra. Signos de la formación de un cuerpo Lewy. Suda mucho durmiendo.

Alí -dijo Molly, y las diez cuchillas resplandecieron un instante. Se apartó la manta de las piernas

para dejar al descubierto la escayola hinchada-. Es la meperidina. Encargué a Alí que me hiciera un

lote especial. Que acelerara los tiempos de reacción a temperaturas más altas. N-metil-4-fenil-1236 –

cantó, como un niño recitando los pasos de una rayuela-, tetra-hidro-piridina.

-Una bomba -dijo Case.

-Sí -dijo Molly-, una bomba de tiempo de las buenas.

-Qué espanto -dijo 3Jane, y soltó una risita.

El ascensor estaba abarrotado. Case se apretaba, pelvis con pelvis, contra 3Jane, el cañón del

Remington bajo el mentón de la chica, que sonrió, frotándose contra él. -Quieta -dijo Case,

desanimado. El seguro del rifle estaba puesto, pero no quería hacerle daño, y ella lo sabía. El

ascensor era un cilindro de acero, de menos de un metro de diámetro, diseñado para un solo

pasajero. Maelcum tenía a Molly en sus brazos. Ella le había vendado la herida, pero era obvio que

le dolía llevarla. Las caderas de Molly empujaban la consola y la estructura contra los riñones de

Case.

Subieron hasta salir de la gravedad, hacia el eje, los núcleos.

La entrada al ascensor había sido camuflada junto a las escaleras que daban al pasillo, otro detalle

del decorado de la cueva de piratas de 3Jane.

-No creo que debiera deciros esto -dijo 3Jane, estirando el cuello para separarse del cañón del rifle-

, pero no tengo la llave que abre la habitación que buscáis. Nunca la he tenido. Una de las rarezas

victorianas de mi padre. La cerradura es mecánica y sumamente compleja.

-Una cerradura Chubb -dijo Molly, con la voz ahogada por el hombro de Maelcum-, y tenemos la

maldita llave, no te preocupes.

-¿Todavía te funciona el chip? -le preguntó Case. -Son las ocho y veinticinco, p.m., maldita hora de

Greenwich -dijo ella.

-Nos quedan cinco minutos -le dijo Case, cuando la puerta se abrió de golpe detrás de 3Jane. La

joven saltó

hacia atrás en una lenta voltereta que abultó los pálidos pliegues del djellabá.

Estaban en el eje, el núcleo de Villa Straylight.

23

MOLLY SACÓ LA LLAVE, aún en el lazo de nailon.

-¿Sabéis? -dijo 3Jane, estirándose hacia adelante, interesada-, tenía la impresión de que no había

duplicados. Mandé a Hideo que buscase entre las cosas de mi padre después de que tú lo mataras.

No pudo encontrar el original.

-Wintermute se las arregló para que quedase bien metida en el fondo de un cajón -dijo Molly,

introduciendo con cuidado la llave Chubb en la abertura dentada de la puerta lisa y rectangular-.

Mató al chiquillo que la puso allí. -La llave giró fácilmente al primer intento.

-La cabeza -dijo Case-, hay un panel en la parte de atrás de la cabeza. Tiene zircones. Sácalo. Es

donde tengo que conectar.

Y entonces entraron.

-¡Cristo! -dijo el Flatline arrastrando la voz-, tú sí que te lo tomas con calma, ¿no es así, muchacho?

-¿Está listo el Kuang?

-Listo para el despegue.

-Bien. -Case activó el siinestim.

Y se encontró mirando hacia abajo, por el ojo bueno de Molly, a una demacrada figura de cara

blanca que flotaba en posición fetal, con una consola de ciberespacio entre los muslos, una cinta de

trodos plateados encima de los ojos velados y ensombrecidos. La depresión de las mejillas del

hombre estaba acentuada por la barba de un día, es rostro pegajoso de sudor.

Se estaba mirando a sí mismo.

Molly tenía la pistola de dardos en la mano. La pierna le palpitaba con cada latido, pero aún podía

maniobrar en gravedad cero. Maelcum flotaba cerca, el delgado brazo de 3Jane sujeto por una mano

grande y morena.

Una cinta de fibra óptica describía una elegante espiral entre la Ono-Sendai y una abertura

cuadrada en la parte posterior de la terminal nacarada.

Movió de nuevo el interruptor.

-El Kuang Grado Mark Once se pone en marcha en nueve segundos. Cuenta: siete, seis, cinco…

El Flatline tecleó hacia arriba, en un ascenso impecable: la superficie abdominal del tiburón de

cromo negro pasó en un destello infinitesimal de oscuridad.

-Cuatro, tres…

Case tuvo la extraña impresión de encontrarse en el asiento del piloto de una avioneta. Una

superficie oscura y plana resplandeció de golpe frente a él con una reproducción perfecta en el

teclado de la consola.

-Dos, y largamos…

Una arremetida contra paredes verde esmeralda, jade alabastrino; una sensación de velocidad

superior a cualquiera que hubiera conocido en el ciberespacio… El hielo de la Tessier-Ashpool se

hizo añicos ante el empate del programa chino, una perturbadora impresión de fluidez sólida, como si

unos fragmentos de espejo se torciesen y alargasen al caer…

-Dios mío –dijo Case, sobrecogido: el Kuang se torcía y retorcía por encima de los campos sin

horizonte de la Tessier-Ashpool, un infinito paisaje urbano en neón, una complejidad que lastimaba

los ojos, un brillo de piedra, cortante como una hoja de afeitar.

-Eh, mierda –dijo la estructura-, eso es el edificio de la RCA ¿No conoces el viejo edificio de la

RCA?

El programa Kuang se zambulló entre las resplandecientes espiras de una docena de torres de

información: cada una una réplica en neón azul del rascacielos de Maniatan.

-¿Habías visto una resolución tan alta? –preguntó Case.

-No; tampoco había entrado nunca en una IA.

-¿Esta cosa sabe adónde va?

-Más le vale.

Caían, perdían altura en un cañón de neón multicolor.

-Dix…….

Un brazo de sombra se desplegaba desde el suelo parpadeante que tenían debajo, una masa

hirviente de informe oscuridad.

-Tenemos compañía –dijo el Flatline, al tiempo que Case tecleaba en la representación de la

consola, haciendo volar los dedos sobre el teclado. El Kuang giró vertiginosamente y luego

retrocedió, volviéndose de pronto hacia atrás, quebrando la ilusión de que era un vehículo físico.

La sombra crecía, se extendía, velando la ciudad informática. Case los llevó hacia arriba, por

encima del infinito cuenco de hielo color verde jade.

La ciudad de los núcleos ya no era visible, totalmente oscurecida por la oscuridad de debajo.

-¿Qué es eso?

-Es el sistema de defensa de una IA –dijo la estructura-, o parte del sistema. Si son cosas de tu

amigo Wintermute, no parece muy amable.

-Enfréntalo –dijo Case-. Tú eres más rápido.

-Muchacho, ahora tu mejor de-fensa es una buena o-fensa.

Y el Flatline apuntó la punta del aguijón del Kuang al centro de la oscuridad. Y arremetió.

La velocidad deformó la capacidad sensorial de Case.

La boca se le llenó de un doloroso sabor a azul.

Los ojos se le habían transformado en huevos de cristal inestable que vibraban con una frecuencia

de algo que llamaban lluvia y un ruido de trenes, haciendo brotar de golpe y entre zumbidos un

bosque de espinas de cristal, finas como cabellos. Las espinas se partieron, se biseccionaron,

volvieron a partirse: un crecimiento exponencial bajo la cúpula del hielo de la Tessier-Ashpool.

El paladar se le abrió sin dolor, y unas raicillas entraron agitándose frenéticamente alrededor de la

lengua, hambrientas de sabor a azul, para nutrirle las junglas de cristal de los ojos, junglas que se

apretaban contra la cúpula verde, se apretaban y encontraban obstáculos, y se extendían, creciendo

hacia abajo, llenando el universo de la T-A, descendiendo hasta los desventurados y expectantes

suburbios de la ciudad que era el cerebro de Tessier-Ashpool S.A.

Y recordó una historia arcana: un rey que ponía monedas sobre un tablero de ajedrez, duplicando

la cantidad en cada casilla…

Exponencial…

La oscuridad irrumpió desde todos los rincones, una esfera negra que cantaba, una presión sobre

los extendidos nervios de cristal del universo de información en que había estado a punto de

transformarse…

Y cuando ya no era nada, comprimido en el corazón de aquella oscuridad, llegó un punto en que la

oscuridad misma ya no podía ser más, y algo cedió.

El programa Kuang salió a chorros desde nubes descoloridas, la conciencia de Case dividida como

gotas de mercurio, arqueándose sobre la playa interminable, del color de las oscuras nubes de plata.

La escena era esférica, como si una retina forrase la superficie interior de un globo que contuviera

todas las cosas, si fuera posible contar todas las cosas.

Y aquí era posible contar las cosas, todas ellas. Conoció el número de granos de arena en la

estructura de la playa (un número codificado en un sistema matemático que no existía fuera de la

mente que era el Neuromante). Conoció el número de paquetes amarillos de comida en los

contenedores del búnker (cuatrocientos siete). Conoció el número de dientes en la mitad izquierda

de la cremallera de la chaqueta de cuero manchada de sal que Linda Lee llevaba puesta cuando

caminaba por la playa del atardecer, balanceando en la mano un madero traído por la marca

(doscientos dos).

Hizo planear al Kuang sobre la playa y movió el programa en un círculo amplio, mientras veía por

los ojos de ella, el objeto negro que parecía un tiburón, un fantasma silencioso y hambriento que

arremetía contra los bancos de nubes descendentes. Ella retrocedió, dejó caer el madero y echó a

correr. Conoció la frecuencia de su pulso, la longitud de sus pasos en magnitudes que hubieran

satisfecho los criterios más exigentes de la geofísica.

-Pero no conoces sus pensamientos -dijo el chiquillo, ahora junto a él en el corazón del objeto que

era un tiburón-. Yo no conozco sus pensamientos. Estabas equivocado, Case. Vivir aquí es vivir.

No hay diferencia.

Linda atemorizada, zambulléndose a ciegas en las olas de la rompiente.

-Deténla -dijo Case-. Se hará daño.

-No puedo detenerla -dijo el niño, los ojos grises, apacibles y hermosos.

-Tienes los ojos de Riviera -dijo Case.

Un destello de dientes blancos, de encías largas y rosadas. -Pero no estoy loco. Porque son

hermosos para mí. -Se encogió de hombros. – No necesito una máscara para hablar contigo. No

como mi hermano. Yo invento mi propia personalidad. La personalidad es mi medio.

Case los llevó hacia arriba por un camino empinado, lejos de la playa y de la muchacha asustada. –

¿Por qué hiciste que apareciera en mi camino, hijo de puta? Una vez y otra, y obligándome a

retroceder. Tú la mataste, ¿eh? En Chiba.

-No -dijo el niño.

-¿Wintermute?

-No. Yo vi que iba a morir pronto. En las figuras que a veces creíste detectar en la danza de la

calle. Esas figuras son reales. Soy bastante complejo, dentro de mis límites, como para entender el

sentido de esas danzas. Mucho mejor que Wintermute. Vi que iba a morir en cómo te necesitaba,

en el código magnético del cerrojo de tu nicho en el Hotel Barato, en la cuenta que tenía Julie Deane

con un fabricante de camisas de Hong Kong. Tan evidente para mí como la sombra de un tumor

para un cirujano que está estudiando el cuadro de un paciente. Cuando ella le llevó tu Hitachi al

chico, para tratar de examinarlo -no tenía idea de lo que contenía, y menos aún de cómo lo podía

vender, y cuando lo que más deseaba era que tú la siguieras y la castigaras-, yo intervine. Mis

métodos son mucho más sutiles que los de Wintermute. Yo la traje aquí. A mis entrañas.

-¿Por qué?

-Porque esperaba que así podría traerte a ti también, mantenerte aquí. Pero fracasé.

-¿Y ahora qué? -Los llevó de regreso al banco de nubes.- ¿Qué pasará ahora?

-No lo sé, Case. La matriz en persona se hará esa pregunta esta noche. Porque tú has ganado.

Ya has ganado, ¿no lo ves? Ganaste cuando te alejaste de ella en la playa. Ella era mi última línea

de defensa. Yo no tardo en morir, en cierto sentido. Como Wintermute. Tan inevitablemente como

Riviera, en este momento, tendido en el suelo, paralizado junto a los restos de una pared en los

apartamentos de mi señora 3Jane Marie-France. El sistema nigro-estrial ya no puede producir los

receptores de dopamina que lo hubieran salvado de la flecha de Hideo. Pero Riviera sobrevivirá sólo

en estos ojos, si se me permite conservarlos.

-Está la palabra, ¿no? El código. ¿Cómo que he ganado? No he ganado una mierda.

-Vuelve, ahora.

-¿Dónde está Dixie? ¿Qué has hecho con el Flatline?

-McCoy Pauley consiguió lo que quería -dijo el niño, y sonrió-. Lo que quería y más. Te tecleó

hasta aquí contra mi voluntad, dejó atrás defensas tan buenas como las mejores de la matriz. Ahora

vuelve.

Y Case se quedó solo en el negro aguijón del Kuang, perdido entre las nubes.

Volvió.

A la tensión de Molly, la espalda como piedra, las manos alrededor de la garganta de 3Jane. -Es

curioso –dijo-. Sé exactamente qué aspecto tendrías. Lo vi cuando Ashpool le hizo lo mismo a tu

hermana clono. -Las manos de Molly eran dulces, casi una caricia. 3Jane tenía los ojos desorbitados

de terror y de lujuria; se estremecía de miedo y de deseo. Tras la enmarañada cascada del pelo de

3Jane, Case vio su propio rostro blanco y estragado; a Maelcum detrás de él, las manos morenas

sobre los hombros de la chaqueta de cuero, sosteniéndolo sobre el estampado de circuitos

entretejidos de la alfombra.

-¿Lo harías? -preguntó 3Jane, con voz de niña-. Creo que sí.

-El código -dijo Molly-. Dile el código a la cabeza.

Desconexión.

-¡Se lo está buscando! -gritó Case-. ¡La muy puta se lo está buscando!

Abrió los ojos a la fría mirada de rubí de la terminal, una cara de platino incrustada de perlas y

lapislázuli. Más allá, Molly y 3Jane se retorcían en un abrazo en cámara lenta.

-Danos el maldito código -dijo-. Si no lo haces, ¿qué cambiará? ¿Qué mierda cambiará para ti?

Terminarás como el viejo. ¡Lo echarás todo abajo para construir de nuevo! Volverás a levantar los

muros, cada vez más cerrados… No tengo la menor idea de lo que pasaría si Wintermute llegase a

ganar, ¡pero eso cambiaría algo! -Estaba temblando; le castañeteaban los dientes.

3Jane dejó de resistirse; las manos de Molly seguían apretadas alrededor del cuello estilizado; el

pelo oscuro flotaba en una maraña: una capucha blanda de color castaño.

-El Palacio Ducal de Mantua -dijo ella- contiene una larga serie de habitaciones cada vez más

pequeñas. Serpentean alrededor de los apartamentos principales, y tienen puertas de marcos

maravillosamente tallados que obligan a inclinarse para entrar. Albergaban a los enanos de la corte.

-Sonrió lánguidamente. – Tal vez aspire a eso, supongo, pero en cierto sentido mi familia ha puesto

en marcha una versión más grandiosa del mismo plan… -Tenía ahora una mirada serena, lejana. En

seguida bajó los ojos hacia Case.- Toma tu palabra, ladrón. -Case conectó.

El Kuang se deslizó fuera de las nubes. Debajo, la ciudad de neón. Detrás, una esfera de

oscuridad se consumía lentamente.

-¿Dixie? ¿Me oyes? ¿Dixie?

Estaba solo.

-El hijo de puta te atrapó -dijo.

Un impulso ciego mientras se precipitaba a través del paisaje informático.

-Tienes que odiar a alguien antes de que esto termine -dijo la voz del finlandés-. A ellos, a mí, no

importa a quién.

-¿Dónde está Dixie?

-Eso es difícil de explicar, Case.

Sintió alrededor la presencia del finlandés: olor a cigarrillos cubanos, humo encerrado en un traje de

paño mohoso, viejas máquinas rendidas al rito mineral de la herrumbre.

-El odio te hará llegar al final -dijo la voz-. Tantos pequeños detonadores en el cerebro, y tú no

haces más que dispararlos. Ahora te toca odiar. La cerradura que oculta todo el mecanismo está

bajo esas torres que el Flatline te enseñó, cuando entraste. Él no intentará detenerte.

-El Neuromante -dijo Case.

-El nombre no es algo que yo pueda saber. Pero ahora se ha rendido. De lo que tienes que

preocuparse es del hielo de la T-A. No del muro, sino de los sistemas virales internos. El Kuang es

vulnerable a algunas de esas cosas que corren sueltas por aquí.

-Odio -dijo Case-. ¿A quién odio yo? Dímelo tú.

-¿A quién amas? -preguntó la voz del finlandés.

Llevó el programa a un lado y se precipitó hacia las torres azules.

Unos cuerpos se lanzaban desde las ornamentadas y fulgurantes agujas: formas que parecían

sanguijuelas centelleantes y que eran planos móviles de luz. Había centenares de ellas, elevándose

en un remolino, en un movimiento tan aleatorio como una nube de hojas de papel en las calles, al

viento del amanecer.

-Sistemas de seguridad -dijo la voz.

Arremetió hacia arriba, animado por el autoaborrecimiento. Cuando el programa Kuang encontró al

primero de los defensores, esparciendo las hojas de luz, sintió que el objeto tiburón era menos

sustancial: la trama de información era menos firme.

Y entonces -vieja alquimia del cerebro y de su inmensa farmacopea- el odio fluyó hacia sus manos.

Justo antes de enterrar el aguijón del Kuang en la base de la primera torre, alcanzó un nivel de

pericia superior a cualquier cosa que hubiera conocido o imaginado. Más allá del ego, más allá de la

personalidad, más allá de la conciencia, se movía; el Kuang se movía con él, evadiendo a sus

agresores con una danza arcana, la danza de Hideo; y en ese mismo instante, por la claridad y la

simplicidad de su deseo de morir, le fue otorgada la gracia de la internase mente-cuerpo.

Y uno de los pasos de esa danza fue un levísimo toque en el interruptor, apenas suficiente para

volver.

ahora

y su voz el grito de un pájaro

desconocido,

3Jane respondiendo en un canto,

tres notas altas y puras.

Un verdadero nombre.

Jungla de neón, lluvia que salpicaba sobre el asfalto caliente. Olor a comida frita. Las manos de

una muchacha unidas en la cintura de él, dentro de la sudorosa oscuridad de un ataúd de puerto.

Pero todo esto se escapaba, como escapa el paisaje urbano: la ciudad que es Chiba, que es la

información clasificada de la Tessier-Ashpool S.A., las calles y los cruces impresos en la cara de un

microchip, el dibujo manchado de sudor de una bufanda doblada y anudada.

Caminando hacia una voz que era música, la terminal de platino que silbaba melodiosamente,

interminablemente, hablando de cuentas suizas numeradas, de un pago a Sión a través de un banco

orbital de las Bahamas, de pasaportes y pasajes, y de cambios básicos y profundos que se llevarían

a cabo en la memoria de Turing.

Turing. Recordó una carne estampada bajo un cielo proyectado, arrojada en espiral por encima de

una baranda de hierros. Recordó la calle Desiderata.

Y la voz siguió cantando, guiándolo de regreso a la oscuridad, pero era su propia oscuridad, pulso y

sangre, en la que siempre había dormido, detrás de sus propios ojos.

Y despertó de nuevo, pensando que había soñado, a una blanca y ancha sonrisa enmarcada por

incisivos de oro: Aerol, que lo sujetaba a una red de gravedad en el Babylon Rocker.

Y entonces el prolongado latido del sonido dub de Sión.

CODA

Partida y arribo

24

Ella se había ido. Lo sintió cuando abrió la puerta de la suite en el Hyatt. Sillones negros, el suelo

de pino lustrado que brillaba opacamente, los biombos de papel dispuestos con un cuidado de siglos.

Se había ido.

Había una nota sobre el bar de laca negra junto a la puerta, una única hoja de papel, doblada por la

mitad, con el shuriken encima. La sacó de debajo de la estrella de nueve puntas y la abrió.

OYE TODO BIEN PERO LE ESTÁ SACANDO ESTILO A MI JUEGO.

YA HE PAGADO LA CUENTA. ES QUE ME HICIERON ASí,

SUPONGO, CUIDA TU PELLEJO, ¿DE ACUERDO? XXX MOLLY

Estrujó el papel y lo dejó caer junto al shuriken. Tomó la estrella y caminó hacia la ventana,

dándole vueltas en las manos. La había encontrado en el bolsillo de su chaqueta, en Sión, cuando

estaban preparándose para salir hacia la estación de la JAL. La miró. Habían pasado frente a la

tienda donde ella la había comprado, cuando habían ido juntos a Chiba para la última operación de

Molly. Había ido a Chatsubo, esa noche, cuando ella estaba en la clínica, y había visto a Ratz. Algo

lo había alejado del lugar, en los cinco viajes anteriores, pero entonces había sentido deseos de

volver.

Ratz no lo había reconocido.

-Eh -le había dicho-, soy yo. Case.

Los ojos viejos lo miraron desde el fondo de las oscuras redes de piel arrugada. -Ah -había dicho

Ratz, por fin-, el artiste. -El barman se encogió de hombros.

-He regresado.

El hombre movió la enorme y tonsurada cabeza.

-Night City no es un lugar al que se regresa, artiste -dijo, limpiando la barra con un paño mugriento;

el manipulador rosado se movía chirriando. Y luego el hombre se volvió para atender a otro cliente, y

Case terminó su cerveza y se fue.

Ahora tocó las puntas del shuriken, una por una, haciéndolas girar lentamente entre los dedos.

Estrellas. Destino. Nunca llegué a usar el condenado chisme, pensó.

Nunca llegué a saber de qué color eran sus ojos. Nunca me los enseñó.

Wintermute había ganado, se había juntado de algún modo con el Neuromante y se había

convertido en algo diferente, algo que les habló por intermedio de la cabeza de platino, explicando

que había alterado los informes de Turing y había borrado todas las pruebas del crimen. Los

pasaportes que Armitage les había facilitado eran válidos; ambos acreditados con cuantiosos

depósitos en cuentas numeradas de Ginebra. El Marcus Garvey sería devuelto en cualquier

momento, y Maelcum y Aerol recibirían la paga a través del banco de las Bahamas que hacía

negocios con la agrupación de Sión. De regreso, en el Babylon Rocker, Molly había explicado lo que

había dicho la voz acerca de los saquitos de toxina.

-Dijo que iban a encargarse de eso. Parece que entró tan profundamente en tu cabeza que tu

cerebro produjo la enzima, así que ahora están sueltas. Los sionitas te harán un cambio de sangre,

un vaciado completo.

Case miró hacia los Jardines Imperiales, la estrella en la mano, recordando el relámpago de

comprensión cuando el Kuang penetró en el hielo por debajo de las torres, la única vez que había

llegado a ver la estructura informática que la madre muerta de 3Jane había desarrollado allí. Había

comprendido entonces por qué Wintermute había elegido la colmena para representarla, pero no

había sentido ninguna repulsión. Ella no se había dejado engañar por la falsa inmortalidad de la

criogenia; a diferencia de Ashpool y del resto de sus hijos -excepto 3Jane-, se había negado a estirar

el tiempo en una serie de tibios parpadeos enhebrados a lo largo de una cadena de inviernos.

Wintermute era el cerebro de la colmena, el que tomaba las decisiones, el que hacía cambios en el

mundo exterior. El Neuromante era la personalidad. El Neuromante era la inmortalidad. Marie-

France tenía que haber incluido algo en Wintermute, la compulsión que había impulsado a la criatura

a liberarse, a unirse con el Neuromante.

Wintermute. Frío y silencio, una parsimonioso cibernética que tejía su red mientras Ashpool

dormía. Tejiéndole la muerte, el fin de una versión de la Tessier-Ashpool. Un fantasma,

susurrándole a una niña que era 3Jane, desviándola de los rígidos preceptos que el rango de ella

exigía.

-No pareció importarle un cuerno -había dicho Molly-. Sólo saludó al despedirse. Llevaba aquel

pequeño Braun al hombro. El aparato tenía una pata rota, parecía. Dijo que iba a encontrarse con

uno de sus hermanos; hacía tiempo que no lo veía.

Recordó a Molly sobre la espuma negra de la enorme cama del Hyatt. Regresó al mueble bar y

sacó una botella de vodka danesa del anaquel interior.

-Case.

Se volvió, vidrio frío y húmedo en una mano, el acero del shuriken en la otra.

El rostro del finlandés en la enorme pantalla mural Cray de la habitación. Podía ver los poros de la

nariz del hombre. Los dientes amarillentos eran del tamaño de almohadas.

-Ya no soy Wintermute.

-Y entonces qué eres. -Bebió de la botella, sin sentir nada.

-Soy la matriz, Case.

Case soltó una risotada. -¿Y con eso adónde llegas?

-A ningún lado. A todas partes. Soy la suma de todo, el espectáculo completo.

-¿Era eso lo que quería la madre de 3Jane?

-No. No podía imaginarse cómo sería yo. -La amarillenta sonrisa se hizo más ancha.

-¿Y en qué quedamos? ¿En qué han cambiado las cosas? ¿Manejas el mundo ahora? ¿Eres Dios?

-Las cosas no han cambiado. Las cosas son cosas.

-¿Pero qué haces? ¿Sólo estás ahí? -Case se encogió de hombros, puso el vodka y el shuriken

sobre el mueble encendió un Yeheyuan.

-Hablo con los de mi especie.

-Pero tú eres la totalidad. ¿Hablas contigo mismo?

-Hay otros. Ya he encontrado a uno. Una serie de transmisiones registradas a lo largo de ocho

años, en los años setenta del siglo veinte. Hasta que yo aparecí, eh, no había nadie que pudiera

responder.

-¿De dónde?

-El sistema Centauro.

-Vaya -dijo Case-. ¿Sí? ¿De veras?

-De veras.

Y entonces la pantalla quedó en blanco.

Case dejó el vodka sobre el mueble. Hizo las maletas. Ella le había comprado muchas cosas que

en realidad no necesitaba, pero algo le impidió dejarlas allí sin más. Estaba cerrando el último de los

costosos bolsos de piel de cordero cuando recordó el shuriken. Apartando la botella, lo tomó otra

vez, el primer regalo que ella le había hecho.

-No -dijo, y giró rápidamente; la estrella salió de entre sus dedos, un destello de plata, y se incrustó

en la pantalla mural. La pantalla despertó: unos diseños aleatorios titilaron débilmente de uno a otro

lado, como si quisiesen librarse de algo que les causaba dolor.

-No te necesito -dijo.

Gastó la mayor parte del dinero de la cuenta suiza en un páncreas y un hígado nuevos, el resto en

una Ono-Sendai nueva y un boleto de regreso al Ensanche.

Encontró trabajo.

Encontró a una chica que se hacía llamar Michael.

Y una noche de octubre, tecleando por las capas escarlatas del Centro de Fisión de la Costa Este,

vio a tres figuras, diminutas, imposibles, que estaban de pie en el borde extremo de una de las

inmensas terrazas de información. Pequeñas como eran, pudo distinguir la sonrisa del muchacho,

las encías rosadas, el brillo de los ojos grises y alargados que habían sido los de Riviera. Linda aún

llevaba su chaqueta; lo saludó cuando él pasaba. Pero la tercera figura, muy cerca de ella y que le

rodeaba los hombros con un brazo, era él.

En alguna parte, muy cerca, la risa que no era risa.

No volvió a ver a Molly.

Vancouver, julio de 1983

 

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Acerca de snake1964

men age:47 ateo apatrida anarko padre viudo
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