Cuentos de la Alhambra – Washington Irving

 

Cuentos

de la

Alhambra

Washington

Irving

 

El Palacio de la Alhambra

En mayo de 1829, acompañado por un amigo, miembro de la

Embajada rusa en Madrid, capital de España, inicio el viaje que había de llevarme

a conocer las hermosas regiones de Andalucía. Las amenas

incidencias que matizaron el camino se pierden ante el espectáculo que

ofrece la región más montañosa de España, y que comprende el antiguo

reino de Granada, último baluarte de los creyentes de Mahoma.

En un elevado cerro, cerca de la ciudad, se ha construido la antigua

fortaleza rodeada de gruesas murallas y con capacidad para albergar una

guarnición de cuarenta mil guerreros.

Dentro de ese recinto se levantaba la residencia de los reyes: el

magnífico palacio de la Alhambra., Su nombre deriva del término Aljamra, la

roja, porque, la primitiva fortaleza llamábase Cala- al- hamra, es decir,

castillo o fortaleza roja.

Sobre sus orígenes no están de acuerdo los investigadores. Para unos

la fortaleza fue construida por los romanos; para otros, por los pueblos

ibéricos de la comarca y luego ocupada por los árabes al conquistar el

territorio de la península.

Expulsados los moros de España, los reyes cristianos residían en ella

por breves temporadas. Después de la visita de Felipe V, el palacio cayó en

el más completo abandono.

La fortaleza quedó a cargo de un gobernador con numerosa fuerza

militar y atribuciones especiales e independiente de la autoridad del capitán

general de Granada.

Para llegar a la Alhambra es necesario atravesar la ciudad y subir por

un accidentado camino llamado la “Cuesta de Gomeres”, famosa por ser

citada en cuantos romances y coplas corren por España.

Al llegar a la entrada de la fortaleza, llama la atención una grandiosa

puerta de estilo griego, mandada construir por el emperador Carlos V.

Ante ella, en banco de piedra, dormitaban dos viejos y mal

uniformados soldados, mientras que el centinela (por su edad debía ser una

verdadera reliquia militar) conversaba con un zaparrastroso individuo que al

punto se me ofreció como guía y buen conocedor de la Alhambra.

Con cierto recelo acepté sus servicios, los que más tarde resultaron de

mucha utilidad. Seguimos por un camino cubierto por frondosos árboles,

pudiendo ver a nuestra izquierda las cúpulas del palacio, y a la derecha, las

célebres Torres Bermejas, cuyo color rojo herían los rayos del sol.

Subiendo la sombreada cuesta, llegamos a una fortificación

construida para defender la entrada de los fuertes y que recibe el nombre de

barbacana. Ella guarnecía la “Puerta de la justicia” porque en aquel lugar

solían reunirse los jueces para atender pequeños asuntos. Atravesando esta

torre se observa la “Plaza de los Aljibes”, donde los moros han perforado

profundos pozos que surten a la fortaleza de agua fresca y cristalina.

Frente a la plaza se encuentra, a medio construir, el palacio que,

según Carlos V, debía eclipsar en belleza todas las artes árabes.

Pasando por él, entramos con cierta emoción al palacio de la

Alhambra. Nos creímos elevados a lejanos tiempos y rodeados de personajes

de leyenda.

Con suma curiosidad examinamos el gran patio cubierto por lajas de

mármol, denominado el “Patio de la Alberca”, en cuyo centro luce un

estanque de cuarenta metros de largo por diez de ancho, lleno de pececillos

de colores y rodeado de hermosas flores.

En uno de los extremos del patio se encuentra la Torre de Comares,

mientras que por su frente, después de atravesar un artístico arco, se entra

en el célebre “Patio de los Leones”. En su centro, la famosa fuente, apoyada

en doce leones, arroja tenues hilos de agua, que magnifican las hermosas

filigranas sostenidas por delicadas columnas de mármol blanco.

Sobre el patio da la maravillosa “Sala de las Dos Hermanas”, cuyas

paredes cubre un zócalo de vistosos azulejos, en los que están pintados los

escudos de los reyes y que contribuye a destacar los artísticos relieves y

vívidos colores que adornan las paredes.

Frente a esta cámara se encuentra la “Sala de los Abencerrajes”,

donde, según la leyenda, encontraron la muerte los miembros de esa

familia, rival de los Zegríes.

La Torre de Comares y un original deporte volvimos sobre nuestros

pasos para visitar la célebre torre que lleva el nombre de su constructor,

donde se encuentra la renombrada “Sala de los Embajadores”,

artísticamente decorada, y el “Tocador de la Reina”‘, especie de minarete

donde las bellas princesas se distraían en la contemplación del paisaje que

rodea la fortaleza.

Un fresco amanecer resolvimos ascender a la elevada torre para

admirar desde ella la hermosa vista de Granada y sus fértiles caronpiñas.

Debimos subir por una larga, oscura y peligrosa escalera en caracol

que nos impuso varios descansos hasta conseguir llegar a lo alto. Desde allí

íbamos contemplando los lugares más renombrados de la Alhambra. A

nuestros pies se abría paso entre las montañas el “Valle del río Darro”,

cuyas arenas arrastran partículas de oro. Al frente se elevaba, en lo alto de

una colina, “El Geeneralife”, soberbio palacio donde los reyes moros,

pasaban los meses de verano. Luego fijamos nuestra vista en el concurrido

paso que lleva el nombre de “Alameda de la Carrera de Darro” y en “La

Fuente del Avellano”. Luego, en un desfiladero conocido peor el “Paso de

Lope” y el “Puente de los Pinos”, famoso, no tanto por los sangrientos

combates que libraron cristianos y moros, sino porque allí Cristóbal Colón,

descubridor de América, fue alcanzado por un enviado de la reina Isabel,

cuando, convencido de que nada podía hacer España, se dirigía a Francia

para someter a consideración del rey de ese país su magnífico proyecto.

Después de admirar el paisaje, cuando el sol hacía imposible nuestra

permanencia en aquel lugar, nos disponíamos a descender; observamos, con

gran sorpresa, que en una de las torres de la Alhambra dos o tres

muchachos agitaban largas cañas, como si quisieran pescar en el aire.

Nuestro asombro creció al ver -que en otros lugares ocurría lo mismo.

No había muralla o torre a la que no se hubiesen encaramado los singulares

pescadores.

Preocupados y haciendo toda clase de suposiciones, llegamos al “Patio

de los Leones”, desde donde buscamos a nuestro sapiente guía.

No tardamos en dar con él, y con ello desapareció el misterio que tanto nos

daba que pensar.

Las abandonadas ruinas de la Alhambra se habían convertido en un

prodigioso criadero de golondrinas y alondras, que revoloteaban en cantidad

sobre las torres.

¿Qué mejor pasatiempo que el de cazarlas por medio de anzuelos

encebados con apetitosas carnadas?

¡Pescar en el cielo!

He aquí el grato y productivo deporte inventado por los habitantes de

la Alhambra.

Leyenda del albañil y el tesoro escondido

Hace muchos años, vivió en Granada un maese albañil, tan buen

creyente, que nunca dejaba de cumplir con los preceptos y festividades

señalados por la religión cristiana.

Pero su fe sufría una ruda prueba. Sus esfuerzos para conseguir

trabajo sólo eran recompensados por un aumento de la pobreza y el hambre

que pasaba, habitualmente, su numerosa familia.

Una noche, en uno de los pocos momentos que disfrutaba de felices

sueños, fuertes golpes dados en la puerta de la mísera casucha lo

arrancaron del camastro.

Encendió un candil y corrió la tranca que aseguraba la entrada. Como

por encanto, su mal humor se transformó en asombro y luego en terror.

Frente a él tenía a un monje que le pareció altísimo, cuyo rostro delgado y

de una extrema palidez no alcanzaba a cubrir la oscura capucha.

-Vengo en tu busca -dijo el monje con voz cavernosa-, sabiendo que

eres buen cristiano y que no te negarás a efectuar una tarea que no admite

demora.

-Estoy a tus órdenes, buen padre -contestó el maese, algo repuesto de

la impresión-, siempre que me pagues de acuerdo con el trabajo.

-Serás bien recompensado. No tendrás quejas, pero como el asunto

requiere cierto secreto, me acompañarás con los ojos vendados.

Nada opuso a esta condición el albañil, ansioso como estaba de ganar

algunos céntimos. Largo fue el andar por tortuosos caminos, hasta que el

monje se detuvo ante la puerta de un sombrío caserón.

Rechinó, la cerradura al abrir y gimieron los goznes al cerrar. Un

intenso escalofrío sacudió el cuerpo del maese albañil cuando una mano lo

tomó del brazo guiándolo a través de un silencioso pasaje. Al quitarle la

venda se encontró en un gran patio, escasamente alumbrado.

-Aquí -dijo el monje señalando una fuente morisca- harás el trabajo. A

tu lado están los materiales necesarios.

-¿Qué he de hacer, buen padre?

-Una pequeña bóveda, que tratarás de terminar esta noche.

La impresión aceleraba el ritmo de su tarea, pero ella requería más

tiempo del calculado.

El canto de los gallos anunciaba la cercanía del alba, cuando el

monje, que no se había apartado de su lado, interrumpió la labor.

-Por esta noche es suficiente -dijo-; toma tu paga y deja que te vende

los ojos. Te guiaré hasta tu casa.

El maese albañil no opuso reparo. Durante el camino de regreso no

dejó de apretar la moneda de oro que le entregara el monje. Al llegar, éste le

preguntó si al día siguiente estaba dispuesto a finalizar el trabajo.

-Vivo para eso, buen padre, pero espero que el pago sea igual al de

hoy.

-Estaré aquí mañana a medianoche.

Y sin decir más, se perdió en la semioscuridad del amanecer.

La impaciencia abrumó todo el día al albañil. La curiosidad

atormentaba a su buena mujer. Pero de estas preocupaciones no

participaba su numerosa prole, que no hacía otra cosa que comer, desquitándose

del hambre de muchos meses.

Llegada la hora convenida y tomando las mismas precauciones de la

noche anterior, volvió el albañil a continuar su obra.

Al poner término al trabajo, el monje, cuya voz sonaba más cavernosa,

dijo:

-Sólo falta que me ayudes a traer los bultos que has de enterrar en

esta bóveda.

Un nuevo escalofrío sacudió al albañil. La sospecha de que su trabajo

se relacionaba con algún asunto macabro lo inmovilizó unos instantes. Sintió

erizársele los cabellos. Gruesas gotas de sudor perlaron su frente.

Fue necesario un nuevo pedido del religioso para que sus piernas,

sacudidas por violentos temblores, pudieran arrastrarlo hasta la última

habitación de la casa.

Allí, recién el aliento volvió a su alma. Contra lo que esperaba, sólo vio

en un rincón cuatro cofres destinados a guardar dinero.

Grandes fueron los esfuerzos que debieron realizar para arrastrarlos hasta

la bóveda. Una vez depositados allí, fácil resultó cerrarla, cuidando de borrar

las señales que delataran su trabajo.

Después de entregarle dos monedas de oro, vendarle los ojos y

conducirlo por un camino mucho más largo que las veces anteriores, el

monje, antes de desaparecer, murmuró a su oído:

-Detente aquí y espera a que suenen las campanas de la Catedral.

Una terrible desgracia caerá sobre ti y sobre tu familia si antes te vence la

curiosidad.

Para que ello no ocurriera, grato entretenimiento se proporcionó el

albañil con el alegre tintinear de las monedas de oro. Una vez que sonaron

las campanas y pudo arrancarse la venda, se encontró a orillas de un ría,

desde donde le era fácil volver a su casa.

La alegría del buen comer sólo alcanzó a durar dos semanas. Falto

nuevamente de dinero y trabajo, su familia volvió a caer en el más mísero

estado.

Pasaron así algunos meses. Un atardecer estaba sentado frente a su

destartalada casa reflexionando sobre su mala suerte, cuando una discreta

tosecilla lo trajo a la realidad.

Reconoció en el que interrumpía sus meditaciones a uno de los viejos

más ricos y avaros que habitaban en la ciudad.

-Parece, maese albañil, que no te sonríe la fortuna -dijo el anciano con

voz chillona.

-Así es, señor; malos son los tiempos que corren.

-Entonces, tomarás a bien que te ayude con un trabajillo, siempre

está, que me cobres barato.

-En cuanto a eso, no tenga temor, no hay en Granada quien trabaje

por menos precio.

-Por eso te busco, buen hombre. Necesito que me remiendes una casa

en forma suficiente como para que no se venga abajo.

-Quedo a sus órdenes, señor.

-Mañana al amanecer, te vendré a buscar y empezarás tu trabajo.

Al día siguiente, el viejo avaro llevó al albañil a un caserón al que

apenas sostenían las paredes. Después de recorrer las habitaciones fijando

las reparaciones necesarias, llegaron a un patio cuyo centro adornaba una

fuente morisca.

El albañil se detuvo, meditando, al parecer, sobre el precio que debía

cobrar por su trabajo.

-Quien habitó aquí -dijo a modo de comentario- se contentaba con

bien poco.

-Era suficiente para mi inquilino, un viejo y mísero clérigo, muerto

hace algunos meses -explicó el avaro-. Se le creía dueño de una gran

fortuna, pero, como sabrás, las apariencias engañan. Lo mismo dicen de mí,

porque tengo dos arruinadas fincas.

-Mucho es lo que hay que hacer y largo el tiempo a emplear. Creo

haber encontrado una solución. -Siempre que ella no aumente el precio.. .

-Por el contrario. Lo mejor será que habite esta casa mientras la

reparo: yo me ahorro el alquiler y usted la mano de obra.

La alegría del propietario no tuvo límites. El arreglo le resultaba en

esa forma mucho más barato de lo calculado.

Al día siguiente los viejos y escasos muebles del albañil fueron

trasladados al derruído caserón. Con la mudanza pareció cambiar la suerte

de la familia. El hambre huyó de la casa. A la antigua pobreza la reemplazó

un bienestar que aumentaba con el tiempo.

Tal situación convirtió al maese albañil en propietario de varias fincas,

entre las que se incluía el viejo caserón. La Iglesia recibió importantes donaciones.

Los pobres, generosa ayuda. Por largos años gozó de sus riquezas

y el aprecio de los habitantes de Granada.

Un día, sintiendo que la vida lo abandonaba, llamó a su hijo mayor.

-Eres mi heredero -dijo- y por lo tanto depositario del secreto de

nuestra fortuna.

-Si es tu deseo, padre mío -respondió el hijo, cuya pena no alcanzaba

a borrar la visión del dinero-, te escucho.

Y con voz que parecía un murmullo, el antiguo albañil contó a su

primogénito cómo la casualidad lo había llevado al sitio en que había

enterrado un tesoro, y del cual solamente había gastado una tercera parte.

Leyenda del mago y la princesa hechicera

Hace muchos años, ocupaba el trono de Granada el famoso rey moro

Aben-Habuz. Sus hazañas, tal como las relatan las viejas crónicas, no se

inspiraban, por cierto, en nobles y honrados propósitos. Amargas lágrimas

costaban a sus débiles vecinos los atropellos a que lo impulsaba su rapacidad.

De acuerdo con el viejo refrán “el que siembra vientos recoge

tempestades”, el avaro rey, al llegar a una edad en que las energías

abandonan el cuerpo y el espíritu pide paz y tranquilidad, sólo cosechó

continuos sobresaltos y angustiosos temores.

Los príncipes vecinos, a quienes había despojado de bienes y

dominios, enterados de que la vejez abatía sus fuerzas, no tardaron en

sublevarse y llevar ataques que aumentaban su zozobra y su miedo.

La ubicación de la capital del reino no era, por cierto, muy estratégica.

Las altas montañas que la rodeaban, hacían casi imposible establecer la

proximidad de un ejército. Este favor que dispensaba la naturaleza a sus

enemigos, obligó a Aben-Habuz a tomar extremas medidas de vigilancia.

Estableció guardias en los picos más altos y senderos practicables.

Debían señalar por medio de hogueras la proximidad de los atacantes, para

poder enviar inmediatamente los refuerzos necesarios. Pero tales

precauciones no vencían la audacia de los príncipes. Cuando él recibía un

aviso, sus adversarios, que habían avanzado por algún oculto paso, huían

cargados de botín y prisioneros.

Esta situación agriaba día a día el fiero carácter de Aben-Habuz.

Un atardecer, mientras examinaba el horizonte esperando ver surgir

una de las tantas columnas de humo que señalaban la proximidad de

enemigos, le fue anunciada la llegada a la corte de un sabio y viejo médico

árabe, que creía proporcionarle algún remedio a sus males.

Llevado a su presencia, el visitante le causó honda impresión.

Una larga barba blanca le bajaba hasta la cintura. Los años no habían

vencido su alta osamenta. Venía caminando desde tierras lejanas sin más

arma y sostén que un grueso bastón en el que había grabado misteriosos

símbolos.

Al decir llamarse Ibrahim Eben Abu Ajib, murmullos de admiración y

respeto certificaron la fama que le precedía. No ignoraba el rey y sus

cortesanos la existencia de este hijo de Abu Ajib, nada menos que

compañero del gran Profeta. Desde niño vivió en Egipto, estudiando, aun por

más difíciles que ellas resultaran, todas las ciencias y artes que se

transmitían desde la más remota antigüedad.

La astrología no escapaba a su vasto saber, y dominaba la magia en

todos los colores del arco iris, porque, según él explicaba, la blanca y la

negra sólo era cosa de principiantes.

Como un aserto a su vasto saber, la corte comentaba que había

hallado el ansiado y muy buscado secreto de prolongar la vida. Que su edad

era de más de doscientos años, pero que había hecho su descubrimiento un

poco tarde, cuando no había tiempo de borrar canas y arrugas.

Como su personalidad y antecedentes daban brillo a la corte y sus

achaques necesitaban atención, Aben-Habuz no vaciló en dispensarle los

más gratos honores. Hizo amueblar suntuosas habitaciones, pero el mago

no se avenía con el bullicio del palacio y decidió habitar en una caverna

situada en la montaña sobre la que se levantaba el real albergue.

Dispuestos los arreglos convenientes, entre ellos perforar la roca en

tal forma que le permitiera observar las estrellas a toda hora, grabó en las

paredes misteriosos símbolos, desconocidos jeroglíficos egipcios y órbitas de

estrellas y planetas. Hizo construir singulares instrumentos, raros

mecanismos que causaron la admiración de los artífices de Granada, pero

nunca lograron conocer su aplicación: el sabio guardaba profundo secreto.

Los consejos de un médico resultan indispensables cuando a cierta edad

tienden a aparecer males ignorados.

Esa necesidad llevó al docto Ibrahim Eben Abu Ajib al puesto de

consejero favorito del rey de Granada.

En una de sus visitas, Aben-Habuz renovó sus quejas contra la

continua vigilancia que debía ejercer sobre sus vecinos y el daño que le

causaban sus correrías, cuando el mago, después de escucharlo en silencio

y meditar un largo tiempo, dijo:

-En Egipto, poderoso rey, vi y estudié un prodigioso invento. Se halla

colocado en una montaña que domina el valle en que se encuentra la ciudad

de Borza, cerca del río Nilo. Está compuesto de dos figuras de bronce: un

gallo y un carnero, que giran independientemente sobre un mismo eje. Si

algún peligro se cierne sobre la ciudad, el gallo empieza a cantar, mientras

que el carnero señala la dirección por donde avanza el enemigo. De esta

forma los laboriosos habitantes estaban siempre a cubierto (le una sorpresa.

-¡Mahoma me ilumine! -imploró el rey-. ¡Es eso lo que necesito! Un carnero y

un gallo centinelas. Dejaría de temer los asaltos de mis enemigos. ¡Allah

Akbar! Es la tranquilidad para mis últimos años.

Con suma paciencia esperó el mago a que el rey diera rienda suelta a

sus deseos; luego, con voz grave, de quien hace profundas revelaciones,

agregó:

-Conocéis ya mi viaje a las lejanas tierras de los faraones, siguiendo a

los victoriosos ejércitos de Amrou, y cómo trabé conocimiento con la flor de

la sabiduría.

Un día, paseaba con un respetable sacerdote a orillas del Nilo, cuando

interrumpió en forma extraña nuestra discusión sobre un elevado tema astrológico.

-Allí es -dijo solemne, al tiempo que me señalaba las grandiosas

pirámides- donde se encuentra la verdadera y única fuente del

conocimiento. De las tres, la que está en el medio guarda la momia del

Supremo Sacerdote a cuyos esfuerzos se deben estos maravillosos

monumentos. A su lado se encuentra el excelso libro de la Sabiduría, que

encierra los preciados secretos de la ciencia que enseña a Hacer cosas

extraordinarias y admirables: la magia.

Ese libro lo recibió Adán al ser expulsado del Paraíso; gracias a su

ayuda, el rey Salomón pudo construir el templo de Jerusalén y luego, el

Supremo Sacerdote, las Pirámides.

Saber que existía tal obra y enloquecer por el deseo de poseerla fue

una sola cosa. Con los soldados que tenía a mis órdenes y cientos de

esclavos egipcios taladré la pirámide hasta dar con uno de los múltiples

pasadizos. A riesgo de perder mi vida seguí sus vericuetos y logré encontrar

la cámara que guardaba desde hacía siglos la momia del Supremo

Sacerdote. Fácil me fue entonces apoderarme del libro y abandonar con gran

alegría el impresionante monumento. . . ”

-Pero, ¿de qué me sirve, sabio Ibrahim -interrumpió impaciente Aben-

Habuz-, el hecho de que te hayas apoderado del libro de la Sabiduría?

-Pronto lo sabrás, poderoso señor; él me ha instruído en preciadas

cosas. Gracias a él no sólo obligo a un gentío a que venga en mi ayuda, sino

que puedo construir un aparato muy superior al que te he descripto.

-Sabio Eben Abu Ajib -imploró el-rey-, hazlo. ¡Consigue la tranquilidad

de mis últimos años, y todos mis tesoros serán tuyos!

-¡Allah Akbarl ¡Lo que es, es! ¡Lo que ha de ser, será! -contestó el

mago, dando término a la entrevista.

Y sin perder tiempo se dispuso a cumplir los anhelos del rey. Comenzó

a construir sobre la parte más alta del palacio una elevada torre, sobre la

cual fijó un eje, en el que giraban, en vez de un gallo y un carnero, un moro

a caballo armado de escudo y una lanza, que agitaba en la dirección en que

avanzaba el enemigo.

Debajo de la figura se abría una sala circular con aberturas que

dominaban los cuatro puntos cardinales. Frente a cada una de esas

extrañas ventanas, situó mesas sobre las que colocó diminutas figuras de

guerreros, alineadas en posición de dos ejércitos prontos a darse batalla y

separados por una pequeña lanza grabada con misteriosos símbolos.

La sala era guardada por una gruesa puerta de bronce con cerradura

de acero, cuya única llave guardaba el rey celosamente.

La terminación del mágico aparato coincidió con la falta de actividad

de sus enemigos. La impaciencia empezó a consumir al viejo rey.

-Antes -decía con voz quejumbrosa a sus consejeros- me molestaban

con una invasión diaria; ahora parece que estos bandidos no existen.

-Ya vendrán -solía repetir muchas veces al día Eben Ajib.

Pronto estas palabras tuvieron confirmación. Un amanecer, el guarda

de la torre dio la voz de alarma. La figura del moro había girado hacia la

Sierra Elvira y su lanza se agitaba en dirección al Paso de Lope.

Aben-Habuz saltó del lecho, gritando alborozado:

-¡Que las trompetas llamen a las armas!

Pero el mago, que había seguido en silencio al oficial portador de la

noticia, exclamó:

-De nada tienes necesidad, ¡oh rey! Dejad las armas tranquilas y a

vuestros guerreros en el descanso. Sólo pido que os dignéis subir a la torre.

Con gran trabajo y gracias a la ayuda del bicentenario Ibrahim, consiguió el

viejo rey ascender por la larga escalera. Abierta la pesada puerta, vio con

asombro que la ventana que dominaba la dirección por donde se señalaba la

presencia del enemigo estaba abierta.

Eben Ajib, después de observar un instante la montaña, habló al rey:

-Ya sabe por dónde avanza el enemigo, pero ten a bien observar lo que

ocurre en esta mesa.

El asombro de Aben-Abuz no tuvo límites. Las pequeñas figuras de

madera estaban en movimiento. Los caballos caracoleaban, los jinetes

agitaban sus lanzas, como el zumbido de un lejano mosquito se escuchaba

el sonido de trompetas, choques de armas, gritos y relinchos.

-Esto prueba que tus enemigos siguen avanzando. ¡Pero no te

inquietes, poderoso rey! -agregó el mago-. Si quieres que se retiren sin

causarles daño, toca las figuras con el asta de esta pequeña lanza, pero si

deseas destrozarlas, hiérelas con la punta.

Aben-Habuz luchó un instante con su conciencia. La ira agitó la larga

barba. Su cara tomó un color violáceo. Demasiado daño le había causado la

rebeldía de sus vecinos como para olvidarlos y otorgar clemencia.

-Debe haber algún escarmiento -exclamó trémulo, y tomando la lanza

mágica hirió a unas y tocó a otras figuras, las que sin tardanza se trababan

en ruda pelea.

Grandes esfuerzos tuvo que hacer el mago para dominar el

entusiasmo del rey, impedir la muerte de todos sus enemigos y convencerlo

de que ya era tiempo de abandonar la torre y enviar tropas en averiguación

de lo ocurrido.

Pronto retornaron los emisarios con una grata noticia. Un poderoso

ejército llegado hasta cerca de Granada, se había retirado al producirse

entre sus jefes una agria discusión, finalizada en sangrienta lucha.

Al demostrarse las fantásticas virtudes del aparato, Aben-Habuz

ordenó se celebraran grandes fiestas, en las que el mago ocupaba el sitio de

honor.

-Como has conseguido -díjole un día- mi tranquilidad y supremacía,

pídeme, sabio Ibrahim Eben Abu Ajib, la recompensa a que tienes derecho.

-¿Qué puedo pedirte, oh rey? Los estudiosos nos contentamos con

bien poco. Facilítame los medios para mejorar en algo mi humilde

habitación.

-Así será -contestó Aben-Habuz sin poder contener una sonrisa,

pensando qué ingenuos y fáciles de contentar eran los verdaderos filósofos.

Y sin perder un instante dio orden al tesorero para que entregara al sabio

las cantidades requeridas para poner en condiciones la caverna que

habitaba.

Las humildes necesidades de Ibrahim Eben Abu Ajib consistieron en

hacer abrir habitaciones contiguas a la primitiva sala; cubrir las paredes

con delicados y maravillosos tapices de seda de Damasco, los pisos con ricas

alfombras de Esmirna, sobre las cuales lucían valiosas otomanas y

preciados divanes.

-Los huesos se resienten después de tanto dormir sobre un duro

lecho, y a mi edad -agregaba- tampoco se podía sufrir la humedad que

destilaban estas paredes.

En una de las salas hizo construir un regio baño de mármol verde con

delicadas fuentes que vertían, además de exóticos perfumes, aceites

balsámicos y aromáticos.

-Esto -explicaba cada vez que se sumergía en el tibio compuestodevuelve

al cuerpo la agilidad que pierde en tantas horas de meditación y

estudio.

Como la luz que llegaba por la abertura de la sala era insuficiente,

ordenó colocar en todos los aposentos costosas lámparas de oro y fino

cristal, que llenó con un aceite especial cuya fórmula estaba en el Excelso

Libro de la Sabiduría y que daba una luz más suave y delicada que la del

más hermoso día.

Era la única, según él, que no fatigaba sus ojos en la lectura de los

misteriosos papiros.

Estos arreglos que parecían no tener fin, – alarmaron al celoso

tesorero. Un día, después de sumar las cantidades gastadas en la

decoración del retiro del mago, dio un grito de asombro y corrió a informar

al rey de tal derroche.

-No desesperes -aconsejóle Aben-Habuz-; estos sabios tienen sus

caprichos y hay que respetarlos; ya terminará por cansarse de amueblar su

vivienda.

El tiempo dio razón al rey. A poco finalizaron los trabajos de lo que el

sabio llamaba su humilde morada, y que era, para los demás, un lujoso y

confortable palacio subterráneo.

-¿Estáis contento? -preguntóle un día el tesorero.

-¡Así…, así! -contestó Abu Ajib-. Mi aposento está completo; sólo me

resta encerrarme y consagrar mi tiempo al estudio, pero algo falta para

entretener o alegrar mis fatigas mentales.

-¡Poderoso mago, tus deseos son órdenes!

-Es una pequeñez, cosa sin mayor importancia: algunas bailarinas y

cantantes.

-¡Bai … la… rinas … ¡ -tartamudeó asombrado el tesorero.

-¿Qué tiene de particular? -replicó el sabio con cierta gravedad-; mi

espíritu, aunque de alguna edad, necesita recrearse. Sencillos son mis

gustos, pero, de cumplirse mi deseo, quiero que éstas estén en la flor de la

juventud y posean exquisita belleza. Sólo así puede encontrar distracción un

filósofo.

Satisfechos sus deseos, los días comenzaron a transcurrir con suma

placidez.

Ibrahim Eben Abu Ajib, encerrado en su caverna, alternaba sus

estudios con las gracias y melodiosos cantos de las danzarinas.

El rey entretenía sus ocios encerrado en la torre, disponiendo

cruentas batallas y destrozando imaginarios ejércitos.

Como el juego llegó a cansarlo, le dio realidad provocando en toda

forma a sus adversarios. Los ataques de éstos no se hicieron esperar, pero

las continuas derrotas calmaron sus odios y los llevaron a proclamar la

invencibilidad del viejo rey y a pasar por alto sus insultos.

Falto de actividad, volvió Aben-Habuz a caer en nuevo aburrimiento.

Bulliciosas fiestas, magníficos torneos o hermosas doncellas sólo

despertaban momentáneo interés.

Pasaron algunos meses. Convencido de que aquel hastío no llevaba

miras de terminar, resolvió, después de una noche de cruel insomnio, llamar

al mago y ordenarle buscara una nueva distracción.

Pero su resolución no llegó a cumplirse. Un jadeante oficial irrumpió

en sus aposentos para informarle que el moro de bronce, inmóvil durante

tanto tiempo, había girado y agitaba su lanza hacia una de las montañas de

Guadix.

A medio vestir y sofocado por la rapidez, llegó Aben-Habuz a la sala de

la torre. La ventana situad: en aquella dirección permanecía cerrada y las

pequeñas figuras guardaban extraña quietud.

Venciendo su asombro ordenó que varios destacamentos, exploraran

cuidadosamente las montañas vecinas.

La curiosidad lo mantuvo en suspenso durante tres días. Cuando sus

ojos fatigados por la vigilancia en la torre se cerraban para descansar, el

bullicio de la tropa que regresaba de la inspección lo alteró nuevamente.

-Majestad -informó el oficial que mandaba los guerreros-, podéis estar

tranquilo en absoluto. El enemigo no se ha atrevido a asomar por el reino de

Granada. Sólo os puedo anunciar la captura de una bellísima joven

cristiana que descansaba cerca de una vertiente.

La sorpresa abrió los semicerrados ojos de Aben Habuz. Atusándose la

barba dijo:

-¿Una joven habéis dicho? ¿Bella para más? ¡Traedla inmediatamente!

Cumpliendo con la real orden fue llevada a su presencia una doncella

de prodigiosa belleza.

Un ¡ah! de asombro recorrió la sala del trono. Nunca hablase visto tan

esbelto cuerpo ni tan gracioso y exquisito andar. Su cabellera, recogida en

trenzas y adornada con joyas, palidecía al más oscuro negro mate. Sus

facciones tenían rara simetría; sus rosados labios dejaban entrever dos

hileras de dientes capaces de ruborizar a una perla. Dos delicadas rosas

eran sus mejillas, y su cuello una alhaja, rodeada por una cadena de oro

con una lira de plata.

Los fulgores de sus ojos, que apagaban los de los brillantes que

adornaban su frente, produjeron tal incendio en el viejo corazón de Aben-

Habuz, que casi llegó a perder los sentidos. Dominando aquella extraña

pasión, alcanzó a preguntarle:

-¡Oh maravillosa joven! Cuéntame cómo has llegado a mi reino.

Una voz dulce y melodiosa que lo turbó más aún, contestó:

-Huyendo de los enemigos de mi padre, un príncipe cristiano caído en

desgracia y prisionero …

-No te dejes engañar -interrumpió el mago Ibrahim al oído de Aben-

Habuz-. Ella es el enemigo señalado por el moro de la torre. En sus ojos leo

algo maléfico. En su rostro advierto cosas que me hacen sospechar que es

alguna cruel hechicera transformada en hermosa doncella para dominarte.

-Sabio Abu Ajib -respondió el rey con enojo-. Tu ciencia será

profunda, pero en cuanto al conocimiento de estas cuestiones femeninas, lo

desafío al mismísimo rey Salomón. Esta joven en quien crees ver una

maléfica hechicera, es una bella e inocente paloma, que da recreo a mis ojos

y amor a mi corazón.

-Ten presente, poderoso rey -insistió Ibrahim-,’ que mi proceder ha

sido desinteresado. He contribuído a destrozar a tus enemigos; en cambio

ahora te solicito me cedas a esta joven, que al par que entretenga mis

momentos de descanso, la estudiaré por si encuentro en ella una hábil

hechicera y poder así destruir sus malas artes.

-Tus pretensiones -repuso con voz agriada Aben Nabuz- no tienen

límites; ¿para qué quieres más bailarinas?

-Ninguna de ellas toca la lira de plata, y un rato de música es

agradable cuando la mente se halla fatigada.

-¡Pues búscate otra música! -gritó el rey en el colmo de la ira-. Esta

joven es mía y nadie en el mundo me la arrebatará. Siento tanto cariño por

ella como David, padre de Salomón, sintió por la sulamita Abisag.

Los presagios y ruegos de Ibrahim terminaron en borrascosa

discusión. El mago ofendido por las palabras del rey, se retiró a sus

aposentos. Aben-Habuz, riéndose de sus profecías, se dedicó a hacerle la

corte a la bella princesa. Creía suplir su falta de juventud y atractivos físicos

con espléndidos regalos. Los mercaderes de Granada debían venderle las

joyas más preciadas, las más raras y delicadas esencias, sedas y encajes

que llegaban de Asia y África.

La ciudad vivía de fiesta en fiesta. Bailes, torneos, corridas de toros se

daban en alegre continuidad. Nada conmovía a la princesa. Regalos y fiestas

los recibía como cumplidos, más que a su alcurnia, a su belleza, de la que

estaba muy envanecida.

Su conducta parecía guiada por el propósito de arruinar a su viejo

admirador, haciéndole gastar sumas fabulosas en innecesarios objetos.

Nada de lo que ideaba Aben-Habuz vencía la amable reserva de la princesa.

No lo desairaba ni le sonreía. Cada vez que, incontenible, le declaraba su

amor, ella, como respuesta, pulsaba la lira de plata.

Sus melodiosas notas parecían estar acompañadas del misterioso

poder de sumir al viejo rey en un sueño irresistible, del que despertaba

horas después con mayor vigor, pero curado por varios días de su

avasalladora pasión.

Mientras Aben-Habuz vivía en este ensueño olvidaba día a día los

deberes para con su reino. Los cortesanos, y luego el pueblo, empezaron a

murmurar lamentándose del estado de idiotez de su soberano y del derroche

a que lo conducía su favorita.

La situación llegó a agravarse cuando el pueblo, perdiendo todo

respeto, intentó asaltar el palacio y matar a la princesa cristiana.

El temperamento guerrero volvió a renacer en el pecho del rey. Al

frente de sus tropas atacó a los sublevados, derrotándolos y ahogando toda

posibilidad de nueva insurrección.

Al reinar la tranquilidad, Aben-Habuz hizo llamar al mago Ibrahim,

que permanecía en sus aposentos sin olvidar las ofensas y el triste resultado

de su pedido.

Con voz amable y ánimo de congraciarse, le dijo:

-Debo confesarte, sabio Abu Ajib, que tus profecías sobre la hermosa

cristiana se han cumplido. Espero de ti los consejos que me libren de

futuros peligros.

-Solamente puedo darte uno -replicó solemne Ibrahim-, que alejes

cuanto antes de tu lado a esa joven que causará tu ruina.

-Eso es imposible -gimió dolorido Aben-Habuz-. ¡Preferiría en este caso

perder mi reino! -Es que perderás ambas cosas -vaticinó el mago.

-No me abandones en esta cruel situación -imploró el rey-. Ten piedad

de mis sentimientos y busca la forma de evitar mayores riesgos, y cumplir

mi anhelo de hallar, lejos de las obligaciones e hipocresías de la corte, un

retiro pleno de amor y placidez.

Ibrahim meditó unos instantes, luego examinó con atención el

arrugado rostro del rey.

-¿En qué forma me recompensarías si te suministro lo que anhelas?

-¡Concederé lo que pidas! ¡Palabra de rey!

-¿Habéis escuchado, magno soberano, algún relato del asombroso

jardín del Irán, maravilla (le la Arabia Feliz?

-Como buen creyente conozco lo que a su respecto dice el Libro del

Corán, en el capítulo “La Aurora del día”. Además he oído de labios de peregrinos

relatos increíbles y portentosas descripciones de ese lugar. Pero los

he considerado como exageraciones de viajeros para deslumbrar a sus oyentes…

-Tu incredulidad es inexacta. Lo dicho por ellos es verdad –

interrumpió Abu Ajib-. Tuve la suerte de ver el jardín y el palacio del Irán y

si tu paciencia es grande, ten a bien de escuchar mi relato, en el que

hallarás algo semejante a tus deseos:

Siendo joven erraba por el desierto cuidando los camellos de mi padre,

cuando un día uno de ellos se extravió en las dunas de Aden. La larga

búsqueda agotó mis fuerzas. Alcancé a llegar a un pequeño oasis, donde me

tumbé a dormir. Grato fue mi despertar frente a las puertas de una hermosa

ciudad, rodeada de jardines de incomparable belleza, que recorrí con

asombro y temor. Sus palacios, calles, plazas y mercados estaban desiertos.

Ni un solo ser viviente habitaba en ella. Impresionado por el silencio,

resolví volver al oasis, y cuando alcancé a cruzar la puerta por donde había

entrado, me volví a admirar sus bellos monumentos, pero la ciudad había

desaparecido en las arenas del desierto.

Preocupado por lo que creía un sueño, me orienté tratando de dar con

la caravana. En el camino tuve la fortuna de encontrar a un viejo sacerdote

mahometano, de mucho saber y conocimiento en leyendas y tradiciones.

Después de oírme me explicó que había visitado el maravilloso jardín

del Irán, que solía aparecer de vez en cuando a los viajeros del desierto. Su

origen se remontaba a la antigua época en que la tribu de los Additos

poblaba esas tierras. El rey Sheddad, hijo de Ad y bisnieto de Noé, tuvo la

idea de fundar una hermosa ciudad. Cuando se terminó de construir era tan

extraordinaria y magnífica, que el rey resolvió edificar un palacio con

jardines que superaran a los que, según el Libro del Corán, existen en el

paraíso celestial. Pero su soberbia fue severamente castigada por Alá. El rey

y sus súbditos desaparecieron misteriosamente. Un velo cayó sobre la

ciudad, ocultándola a la vista humana, y suele descubrirse de vez en

cuando, como un ejemplo del castigo que merece la vanidad.

Esta leyenda unida al recuerdo de la maravillosa ciudad no alcanzó a

borrarse de mi mente. Al conseguir el Libro de la Sabiduría, resolví, como

una de las primeras cosas, visitar nuevamente el jardín del Irán. Fácil me

fue hallarlo, e instalándome en el palacio del rey Sheddad, gocé durante

algún tiempo de las delicias de aquel edén. Mi poder obligó al genio que

cuidaba la ciudad a informarme cómo se hacía invisible tanta belleza. Así es

como puedo construir, si lo deseas, un palacio y un jardín que superen en

magnificencia a los del Irán. Mi poder es mayor del que requiere esa

empresa. Acuérdate que poseo el Libro de la Excelsa Sabiduría, anterior al

gran Salomón.”

-Abu Ajib -imploró Aben-Habuz-. Demasiado conozco tu saber y poder

para que me atreva a ponerlos en duda. Sólo te pido que me hagas un

palacio semejante al que me has descripto y te recompensaré hasta con la

mitad de mi reino.

-¡Bah! -contestó despectivo el mago-. Nosotros los que consagramos

nuestra vida al estudio consideramos las riquezas como producto del

egoísmo, pero para conformarte, te pediré que me regales el primer animal

cargado que cruce la puerta del encantado palacio.

El rey no ocultó su alegría y apresuró la respuesta a tan poco pedir.

Ibrahim, demostrando una actividad insospechada, empezó a construir

sobre sus habitaciones subterráneas, en el centro de un patio rodeado de

gruesos muros, una torre con sólidas puertas, en torno a la cual, con la

ayuda de un cincel y una maza, labró dos misteriosos símbolos; una gran

llave y una mano gigantesca. Pronunciando algunas palabras cabalísticas,

dio fin a su trabajo.

Finalizada la obra, después de permanecer dos días en sus aposentos

haciendo misteriosas experiencias, subió a lo alto de la montaña. Pasada la

medianoche fue a despertar a Aben-Habuz y le dijo: -Poderoso rey, mi obra

está concluída. En lo alto de la montaña se encuentran a tu disposición el

palacio y los jardines de la belleza más fantástica que pueda concebir la

imaginación del hombre. Cuenta con las propiedades del jardín del Irán, que

queda oculto a todo el que no posea la clave secreta que enuncia el Libro de

la Suprema Sabiduría.

-¡Oh! -exclamó asombrado el rey-. En cuanto amanezca me instalaré

en ese palacio.

Las pocas horas que faltaban para nacer el nuevo día, transcurrieron

para Aben-Habuz con una lentitud desesperante. Antes que el sol iluminara

los picos de Sierra Nevada, ya estaba a caballo dispuesto para la partida. A

su lado, sobre un hermoso animal, cuya blancura podría rivalizar con la

nieve, iba la princesa cristiana, más hermosa que nunca, luciendo un

maravilloso vestido adornado con brillantes y esmeraldas.

El mago Ibrahim, que no gustaba de los ejercicios ecuestres,

caminaba al otro lado del rey ayudándose con su bastón y sin dejar de

observar a la joven y a la lira de plata que conservaba sujeta a la cadena de

oro que rodeaba su cuello.

La curiosidad impacientaba a Aben-Habuz. Estaban por llegar y no

divisaba las torres del monumental palacio ni los deliciosos jardines

prometidos.

-Ya te previne -explicó Abu Ajib- que guarda los mismos hechizos que

el del Irán. Nada has de ver hasta pasar por la puerta mágica.

Cuando llegaron al patio amurallado Ibrahim indicó al rey fijara su

atención en la llave y la gigantesca mano labrada sobre y a cada uno de los

lados de la enorme puerta.

-Estos son -dijo- los símbolos que protegen la entrada al maravilloso

retiro. Hasta que esa mano suba y tome la llave no habrá en el mundo quien

pueda atentar contra la tranquilidad del dueño de estas montañas.

El asombro que le produjo cosa tan notable distrajo tanto a Aben-

Habuz, que ni siquiera notó que el caballo de la princesa pasaba por la

puerta hasta llegar al centro del patio. Un grito del mago lo trajo a la

realidad.

-¡Ah!, rey de Granada -dijo alborozado-, he aquí mi recompensa: el

primer animal con su carga que atravesara la puerta encantada.

Aben-Habuz aumentó su buen humor. No esperaba por cierto una

broma semejante, pero cuando la insistencia del mago le indicó que aquello

era cosa seria, el enojo turbó su mente y sosteniendo la barba que se

sacudía al son de su ira, exclamó:

-Ibrahim Abu Ajib, no tolero bromas de mal gusto ni torcidas

interpretaciones a mi promesa. Ella era de entregarte el primer animal

cargado que atravesara esa puerta; toma, pues, la más robusta mula y

cárgala con mis mejores joyas, pero no pretendas, ni aun en broma,

quedarte con la dueña de mi corazón.

-De sobra sabes -contestó el mago- que desprecio los tesoros. Me

basta para poseerlos el Libro de la Excelsa Sabiduría, así que no niegues lo

que en buena ley prometiste; entrégame la cautiva como cosa mía.

A todo esto la princesa seguía, con despectiva sonrisa y desde su

cabalgadura, la discusión de aquellos dos ancianos sobre la propiedad de su

belleza.

Aben-Habuz, después de girar la cabeza como buscando nuevas

fuerzas, estalló indignado: -¡Ratón del desierto! ¡Guarda tu saber y rinde

respeto a tu señor y a tu rey!

-¡Ja!… ¡ja! -rió irónico Abud Ajib-, no sabía que tus pretensiones

llegaban a tanto, iluso muñeco que ordena obediencia a un monarca de la

sabiduría. Conténtate, Aben-Habuz, en manejar tu pobre estado y gozar en

ese paraíso de locos, mientras yo me divierto a tu costa en mi humilde

retiro.

Acompañando sus últimas palabras con un gesto (le desdeñosa

superioridad, tomó la brida del caballo que montaba la bella princesa y

golpeó con su bastón la superficie del patio. Un suave temblor agitó la

montaña, el mago y la cautiva desaparecieron tragados por la tierra, la que

volvió a unirse sin dejar la más pequeña señal de lo ocurrido.

Largo tiempo quedó Aben-Habuz sin habla. Pero al fin, consiguió salir

de su aturdimiento y, venciendo el dolor de su corazón, dio frenéticas

órdenes de que se cavase en el lugar en que se había ocultado el testarudo

mago.

Todos los esfuerzos realizados para descubrir su retiro fueron inútiles.

Al llegar a cierta profundidad la tierra volvía a unirse tapando los pozos

cavados. La entrada a los aposentos de Ibrahim había desaparecido tras una

pared de roca en la que se destrozaban las herramientas que pretendían taladrarla.

La desesperación del rey no tenía límites. A la pérdida de la amada se

añadía la ineficacia del aparato construído por Abu Ajib. La figura del

moro había girado y su lanza permanecía inmóvil después de señalar el

lugar por donde se había hundido el mago.

Para mayor tortura, cuando apenas la calma volvía a su corazón

llegaban, al parecer del interior de la montaña, e invadían los aposentos del

castillo, melodiosas canciones que acompañaban las dulces notas de la lira

de plata.

Un día un pobre pastor pidió ver al rey. Después de mucho insistir fue

llevado a su presencia. Buen rato permaneció de rodillas antes de que el mal

humor del monarca le otorgara permiso de hablar.

-Perdóname, rey mío -dijo el pastor-, si no te traigo una buena noticia.

Hoy, al amanecer, mientras buscaba una cabra extraviada encontré un pasaje

que parecía atravesar la montaña. Venciendo mi temor lo seguí hasta

llegar, con gran sorpresa, a los aposentos del mago.

-¡Al fin -exclamó frenético el rey- podré acabar con ese miserable!

-Fácil te será -agregó el pastor- porque cuando lo vi, Ibrahim Eben

Abu Ajib descansaba sobre un lujoso diván adormecido por una mágica

melodía que arrancaba de la lira de plata la princesa hechicera.

El rey, guiado por el pastor y seguido por los cortesanos, corrió a

buscar el pasaje descubierto, pero fue inútil, éste había desaparecido.

Ordenó efectuar nuevas excavaciones que resultaron vanas. Los símbolos

mágicos representados por la llave y la gigantesca mano protegían poderosamente

al señor de aquellas montañas.

Aben-Habuz alcanzó a vivir unos pocos años más, de los cuales no

gozó un solo día de la ansiada tranquilidad. El recuerdo de su bella cautiva,

las continuas luchas con los príncipes vecinos y las intrigas de la corte,

amargaban de sobra su corazón.

El lugar en que Ibrahim dijo o simuló construir el famoso palacio y

jardín fue llamado por los habitantes de Granada “La locura del rey” o “El

paraíso de los locos”.

Allí se construyó muchos años después la Alhambra, y sus

guardianes, generalmente inválidos o ancianos, caen repentinamente, ya de

día o de noche, en un profundo y dulce sueño. La leyenda dice que eso

sucederá hasta que la mano alcance la llave y destruya al genio que

mantiene encantada a aquella montaña, guardiana de un poderoso mago

hechizado por una hermosa princesa.

Leyenda del príncipe Ahmed Al Kamel

Había una vez en Granada, un rey moro que no tenía más que un hijo

llamado Ahmed. La servidumbre del palacio no tardó en llamar al pequeño

príncipe Al Kamel o El Perfecto, a causa de las excepcionales cualidades morales

y físicas que revelaban sus pocos años.

Los astrólogos, hombres que se dedicaban a observar el estado del

cielo, pronosticando de acuerdo con la hora del nacimiento los sucesos que

ocurrirían en su vida, no señalaban más que hechos favorables.

Pero estos horóscopos o estudios sobre su destino admitían una

sombra, sin decir por ello que le fuera perjudicial. Ésta lo representaba

como “un gran amor que lo arrastraría a grandes peligros. La única forma de

salvarlo era evitar que se enamorara hasta llegar a la mayoría de edad.

Para prevenir esta contingencia, resolvió el rey, sabiamente, recluir al

príncipe en un lugar donde jamás pudiese ver el rostro de una mujer ni

llegase a sus oídos la palabra amor. Con este objeto hizo construir un

magnífico palacio en la cima de una colina que se eleva detrás de la

Alhambra, en medio de jardines deliciosos, pero rodeado de elevadas

murallas (palacio conocido en la actualidad con el nombre de “El

Generalife”. El joven príncipe fue encerrado en este palacio y confiado a la

vigilancia y a los cuidados de Eben Bonabben, uno de los filósofos árabes

más sabios y austeros.. Había pasado la mayor parte de su vida en Egipto,

estudiando los jeroglíficos y examinando las tumbas y las pirámides, y

encontraba más encanto en una momia egipcia que en la más seductora de

las bellezas vivas. El sabio recibió la orden de instruir al príncipe en toda

clase de ciencias, con excepción de una sola cosa: debía ignorar por

completo lo que era el amor.

-Emplead, con este objeto todas las precauciones que creáis

convenientes -dijo el rey- pero acordaos, Eben Bonabben, que si mi hijo

aprende algo de esa ciencia prohibida, vuestra cabeza responderá por

vuestra negligencia.

Una grave sonrisa apareció en la apergaminada cara de Eben Bonabben.

-Vuestra Majestad puede estar tranquilo con respecto a su hijo, como yo lo

estoy con respecto a mi cabeza. ¿Soy el hombre capaz de dar lecciones de

esa funesta pasión?

Encerrado en el palacio y jardines creció el príncipe bajo los atentos

cuidados del filósofo. Era servido por esclavos negros; mudos, ignorantes del

amor, o, al menos, privados de la palabra para poderlo explicar. Su

educación intelectual fue el objeto particular de los cuidados de Eben

Bonabben, que se esforzaba en iniciarlo en las ciencias ocultas del Egipto.

Pero el príncipe hizo pocos progresos, demostrando bien pronto que no era

dado a la filosofía, ciencia que estudia las propiedades y efectos de las cosas

naturales.

Sin embargo, mostrábase asombrosamente dócil, siguiendo los

consejos que le daban. Escuchaba con paciencia, reprimiendo su fastidio,

las sabias y pesadas explicaciones de Eben Bonabben, del cual recibió las

nociones de todas las ciencias, y de esta forma cumplió dichosamente sus

veinte años, dotado de un saber prodigioso, pero totalmente ignorante de las

cosas del amor.

Pero llegado este tiempo se efectuó un cambio completo en la

conducta del príncipe. Abandonó por entero sus estudios y se dedicó a asear

por los jardines y a meditar al lado de las fuentes. Entre sus conocimientos

se le había enseñado un poco de música, y ella absorbía ahora una gran

parte del tiempo, y a la vez se iba desarrollando en él el gusto de la poesía.

El sabio Eben Bonabben se alarmó y trató de combatir estas dulces

inclinaciones explicándole un severo curso de álgebra, pero el príncipe se

apartó de este estudio con horror:

“¡No puedo sufrir el álgebra! -dijo-, ¡la aborrezco! ¡Necesito alguna cosa

que hable más al corazón!”

El sabio Eben Bonabben movió la cabeza al oír estas palabras.

“Se acabó la filosofía -pensó-, el príncipe ha descubierto que tiene un

corazón”. Desde entonces ejerció sobre su discípulo una inquieta vigilancia y

dióse cuenta de que la ternura de su naturaleza estaba en efervescencia, y

que sólo necesitaba un objeto. Vagaba por los jardines del Generalife; lleno

de una dulce embriaguez, cuya causa desconocía; otras veces se sumía en

deliciosos sueños; o tomaba su laúd sacándole los sones más conmovedores

y en seguida lo arrojaba, deshaciéndose en suspiros y quejas.

Pronto esa predisposición al amor se manifestó aun con los objetos

inanimados; prodigaba tiernos cuidados a las flores que cultivaba; después

hizo objeto de sus predilecciones a ciertos árboles y entre ellos uno en

particular, de forma graciosa y delicado ramaje, al que rendía un culto

apasionado; grabó su nombre en la corteza, adornó sus ramas con guirnaldas

y cantaba dulces melodías en honor suyo, acompañándose de su

laúd.

El sabio Eben Bonabben se alarmó de la exaltación de su discípulo, a

quien veía aprender lo que se le ocultaba, pues la menor alusión podía ser

suficiente para revelarle el secreto fatal. Temblando por la salvación del

príncipe y por su propia cabeza, se apresuró a arrancarle de las seducciones

del jardín y lo encerró en la torre más alta del Generalife. Esta torre contenía

soberbios departamentos y gozábase desde ella una hermosa vista, pero se

elevaba muy por encima de la atmósfera de perfumes y de los bosquecillos

encantadores, tan peligrosos para la vivísima sensibilidad de Ahmed.

¿Pero qué hacer para hacerle aceptable esta violencia y para alegrar

en algo las largas horas de fastidio? Había agotado ya toda clase de

conocimientos agradables y, en cuanto al álgebra, no era posible ni hablarle

de ella. Por fortuna, Eben Bonabben, durante su estancia en Egipto, había

aprendido el lenguaje de los pájaros, que le enseñó un rabino judío, en cuya

familia este conocimiento se trasmitía de padres a hijos, desde el gran

Salomón, a quien se lo había enseñado la reina de Saba. A la primera

palabra que le dirigió al príncipe sobre esta cuestión, sus ojos brillaron de

placer, y se aplicó con tal ardor al estudio ‘de esta ciencia, que al poco

tiempo era aún mas sabio en ella que su maestro.

La torre del Generalife dejó de ser un sitio solitario, pues encontró

compañeros con los que poder conversar.

La primera amistad que hizo fue la de un cuervo que había construído

el nido en una grieta en lo alto de las murallas, desde donde lanzábase al

espacio en busca de su presa. Pero el príncipe le encontró poco digno de

amistad y estima, pues no era más que un pirata del aire, necio y fanfarrón,

que no hablaba más que de rapiña, valentía y acciones feroces.

Trabó después conocimiento con un búho, pájaro de aspecto

importante y grave, enorme cabeza y ojos redondos, que pasaba todo el día

dormitando en un agujero del muro y lanzábase a merodear por la noche.

Mostraba grandes pretensiones de sabiduría, hablaba de astrología y

conocía algo de magia, pero era terriblemente dado a la metafísica y el

príncipe encontró sus discursos todavía más pesados y fastidiosos que los

del sabio Eben Bonabben.

Hizo después amistad con un murciélago que permanecía todo el día

colgado por las patas en un oscuro rincón de la bóveda y sólo salía,

furtivamente, cuando llegaba el crepúsculo. No tenía de las cosas más que

conocimientos borrosos e incompletos y se mofaba de todo lo que ignoraba o

apenas conocía, pareciendo no encontrar placer en nada.

Después de estos tres pájaros, fue de una golondrina de quien el

príncipe se prendó al poco tiempo. Era sumamente habladora, pero

inquieta, revoltosa, siempre en el aire, incapaz de seguir mucho tiempo una

conversación. Al fin se convenció de que era una charlatana que se

contentaba con revolotear por la superficie de las cosas sin profundizar en

nada y que, con sus pretensiones de saberlo todo, no conocía nada a fondo.

Tales eran los únicos plumíferos compañeros con quienes el príncipe

tuvo ocasión de ejercitarse en el lenguaje que acababa de aprender; la torre

era demasiado elevada para que otros pájaros pudieran frecuentarla. Se

cansó bien pronto de sus nuevas amistades, cuyas conversaciones decían

tan poco al espíritu y nada al corazón, y poco a poco fue cayendo otra vez en

su aburrimiento. Pasó el invierno y reapareció la primavera con sus flores,

sus verdores, sus brisas perfumadas y volvió para los pájaros el tiempo

dichoso de amarse y construir sus nidos. fue una explosión casi repentina

de conciertos y melodías en los bosques y jardines del Generalife, que

llegaban a los oídos del príncipe, encerrado en su torre solitaria. Por todas

partes se oía un solo tema invariable: “¡Amor!, ¡amor!, ¡amor!”, cantado en

los aires y repetido por todas las voces y en todos los tonos: El príncipe,

perplejo, escuchaba en silencio:

“¿Qué es este amor -preguntábase- del cual parece estar lleno el

universo y que yo no conozco?”

Entonces interrogó a su amigo el cuervo, pero el impetuoso pájaro le

respondió con desdén:

“Dirigíos a la turba de pacíficos pájaros de la tierra que han nacido

para servirnos de presa a los príncipes del aire. Mi ocupación es la guerra, y

mis placeres los combates. En una palabra: yo soy un guerrero y no sé nada

de esa cosa que llaman amor”.

El príncipe separóse de él con disgusto y fue a buscar al búho a su

retiro. “Esta es un ave de costumbres pacíficas -se dijo- y podrá resolverme

el enigma.” Y pidió al búho que le dijera qué era ese amor que todos los

pájaros cantaban allá abajo, en el bosque.

El búho tomó un aire de dignidad ofendida y contestó:

“Mis noches se consumen en el estudio y mis días en reflexionar en

mi celda sobre lo que he aprendido. En cuanto a esos pájaros de que me

habláis no los oigo nunca; los desprecio, a ellos y al objeto de sus canciones.

¡Gracias a Alá, no sé cantar! ¡Soy un filósofo y no sé nada de eso que llaman

amor!”

Entonces el príncipe hizo a su amigo el murciélago, que seguía

pendiente de las patas, la misma pregunta. El murciélago, frunciendo el

hocico, tomó un aire ceñudo:

“No vale la pena -dijo agriamente- venir a turbar mi sueño matinal

para hacerme una pregunta tan frívola. Yo no salgo hasta que oscurece,

cuando duermen todos los pájaros, y no me ocupo jamás de sus negocios.

Yo no soy ni cuadrúpedo ni pájaro, gracias al cielo. Conozco la perfidia de

todo el mundo y los aborrezco a todos en general y a cada uno en particular.

En una palabra: soy misántropo y no sé nada de lo que llaman amor”.

El príncipe fue entonces a ver a la golondrina, a quien detuvo cuando

pasaba volando alrededor de la torre. La golondrina, como de costumbre,

tenia mucha prisa y apenas tuvo tiempo de responderle.

“A fe mía -dijo-, tengo tantos asuntos, tantas ocupaciones, que no he

tenido nunca tiempo de pensar en ello. Todos los días debo hacer mil visitas,

tengo mil negocios de importancia que examinar, y no me queda un

momento libre para ocuparme de esas tonterías. En una palabra: soy una

ciudadana del mundo y no sé una palabra de eso que llaman amor.” Y

diciendo esto voló sobre el valle y se perdió de vista en un momento.

Quedóse el príncipe contrariado y perplejo, pero la misma dificultad

de satisfacerla, estimulaba aún su curiosidad. Hallándose de este humor,

entró en la torre su viejo guardián; el príncipe dirigióse vivamente a su

encuentro:

-¡Oh, sabio Eben Bonabben! -exclamó-, tú me has enseñado casi toda

la sabiduría de la tierra, queda una cosa que ignoro por completo y en la

que quisiera ser instruído.

-El príncipe no tiene más que preguntar: todo lo que encierra la

limitada inteligencia de su servidor está a ,su disposición.

-Dime, pues, ¡oh profundísimo sabio!, ¿qué es esa cosa que llaman

amor?

El sabio Eben Bonabben se quedó como herido por un rayo. Empezó a

temblar y cambió de color, sintiendo que su cabeza vacilaba ya sobre sus

hombros.

-¿Qué ha podido sugerir a mi príncipe semejante pregunta? ¿Dónde

puede haber aprendido esa vana palabra?

El príncipe le condujo a la ventana de la torre.

-¡Escuchad, oh Eben Bonabben! -dijo.

El sabio escuchó. El ruiseñor, posado en el ramaje debajo de la torre,

cantaba a su bienamada la rosa; de todas las ramas floridas y de los

espesos matorrales se elevaba un concierto; y el amor, el amor, el amor, era

el tema invariable.

-¡Allah Akbarl ¡Dios es grande! -exclamó el sabio Bonabben-, ¿quién

puede pretender ocultar ese misterio al corazón del hombre cuando hasta

los mismos pájaros conspiran a revelarlo?

Y volviéndose hacia Ahmed, le dijo:

-¡Oh príncipe mío!, cierra tus oídos a estos cantos seductores e impide

que llegue a tu inteligencia esta peligrosa ciencia. Sabe que el amor es la

causa de la mitad de los males que sufren los desdichados mortales. El es el

que enciende el odio y la discordia entre los amigos y los hermanos, el que

causa las sangrientas traiciones y el estrago de la guerra. Las inquietudes y

las penas, los días sin alegrías y las noches de insomnio, forman su cortejo.

Marchita la flor y destruye los placeres de la juventud y lleva consigo los

males y las tristezas de una vejez prematura. ¡Alá te conserve, oh príncipe

mío, en una completa ignorancia de lo que es amor!

Retiróse, el sabio Eben Bonabben dejando al príncipe en mayor

perplejidad. En vano intentó alejar de su espíritu esta preocupación; no por

eso dejó de ser menos señora de sus pensamientos, forzándolo a consumirse

en vanas conjeturas. “Con toda seguridad -decíase a sí mismo escuchando

los cantos melodiosos de los pájaros- que estos acentos no son los del dolor,

sino que expresan, por el contrario, la ternura y la alegría. Si el amor es una

cosa tan grande de desgracia y de discordia, ¿por qué estos pájaros no

languidecen en la soledad y por qué no se les ve despedazarse en lugar de

revolotear alegremente entre los árboles o juguetear reunidos entre las

flores?”

Reposaba una mañana sobre su lecho, meditando en este enigma. La

ventana de su cuarto, abierta de par en par, dejaba entrar la suave brisa

que venía del valle del Darro, saturada del perfume de los naranjos en flor;

oíanse débilmente los trinos del ruiseñor, que cantaba siempre su eterna

canción. Cuando el príncipe escuchaba suspirando, oyó de pronto en el aire

un ruido de alas: un bello palomo, perseguido por un gavilán, refugióse en la

habitación y cayó jadeante al suelo, mientras que su perseguidor, escapada

la presa, emprendió otra vez su vuelo hacia las montañas.

El príncipe recogió al ave fatigada, que respiraba agitadamente, y

después de haberla calmado con sus caricias, la metió en una jaula de oro y

le dio con su propia mano el trigo más blanco y el agua más pura. Pero el

ave rehusó todo alimento y permaneció triste y abatida, exhalando dolorosos

gemidos.

-¿Por qué te quejas? -le dijo Ahmed-, ¿no tienes todo lo que tu corazón

puede desear?

-¡Ay, no! -respondió el palomo-. !Me veo separado de la compañera de

mi corazón y en la dichosa época de la primavera, la del amor!

-¡Del amor! -exclamó Ahmed-. Te ruego, hermosa ave, que me digas lo

que es el amor.

-Muy bien puedo hacerlo, príncipe. El amor es el tormento de uno

solo, la felicidad de dos y la discordia y la enemistad de tres; es un encanto

que aproxima, atrayéndoles, a dos seres y los une con lazos de una dulce

simpatía, que los hace felices cuando están juntos y desgraciados cuando se

separan. ¿No existe acaso ninguna criatura a quien estéis ligado con los

nudos de este tierno afecto?

-Amo a mi viejo maestro Eben Bonabben más que a ninguna otra

persona; con frecuencia me resulta fastidioso y algunas veces me siento más

feliz sin su presencia.

-No es de esta clase de simpatía de la que hablo. Me refiero al amor, al

gran misterio y el principio de la vida, la alegría embriagadora de la

juventud, el sabio placer de la edad madura. Mira a tu alrededor, príncipe, y

verás cómo la naturaleza, en esta bendita estación, está toda llena de amor.

Cada criatura tiene su compañera; el pajarillo más insignificante

canta a su amada; hasta el mismo insecto, en el polvo, corteja a su dama, y

esas mariposas que veis revolotear alrededor de la torre y jugando en el aire,

son felices con sus amores. ¡Ay, príncipe! ¿Has malgastado tantos preciosos

días de tu juventud sin saber nada del amor? ¿No hay ninguna persona del

otro sexo, alguna bella princesa o gentil damita que haya cautivado tu

corazón y hecho nacer en tu pecho un dulce conjunto de penas agradables y

tiernos deseos?

-Empiezo a comprender -dijo el príncipe, con un suspiro-; he sentido

más de una vez esa inquietud pero sin conocer la causa.; pero, ¿dónde

encontrar en esta soledad un objeto como el que describes?

Después de algún rato más de conversación, la iniciación del príncipe

en la nueva ciencia fue completa.

-¡Ay! -dijo-. Si verdaderamente el amor es tal delicia y su privación

hace tan desgraciado, ¡Alá me libre de turbar la alegría de los que aman!

Y abriendo la jaula, sacó al palomo y lo puso en la ventana,

diciéndole:

-Vete, ave feliz; ve a gozar con la compañera de tu corazón estos días

primaverales de tu juventud. ¿Por qué te he de tener prisionero como yo, en

esta horrorosa torre donde el amor no puede entrar jamás?

El palomo, transportado de júbilo, batió sus alas, describió un círculo

en el espacio y después voló rápidamente hacia las floridas alamedas del

Darro.

El príncipe siguióle con la vista y se abandonó después a amargas

reflexiones. El canto de los pájaros, que poco antes le deleitaba, hacía ahora

mayor su amargura.

“¡Amor! ¡amor!, ¡amor!” ¡Ay, pobre joven! Ahora comprendía el

significado de sus cantos.

Cuando volvió a ver al sabio Bonabben, sus ojos chispeaban de coraje.

-¿Por qué -le dijo- me habéis tenido en esta abyecta ignorancia? ¿Por

qué el haberme ocultado el gran misterio y el principio de la vida, que

conoce hasta el más vil insecto? Ved cómo toda la naturaleza está

disfrutando de él y cada criatura se regocija con su compañera. Este, éste es

el amor que yo quiero conocer. ¿Por qué he de ser yo sólo el que no goce de

él? ¿Por qué he perdido tantos años de mi juventud sin conocer sus

delicias?

El sabio Bonabben comprendió que toda reserva había de resultar

inútil, pues el príncipe conocía ya la ciencia peligrosa y prohibida. Así es

como le in- formó de las predicciones hechas por los astrólogos y las

precauciones que se habían tomado en su educación para librarlo de los

males que le amenazaban.

-Y ahora, príncipe -agregó-, mi vida está en tus manos. Si el rey, tu

padre, descubre que durante el tiempo que has estado confiado a mis

cuidados has sabido lo que es el amor, pagaré con mi cabeza.

El príncipe se mostró más razonable que la mayor parte de los jóvenes

de su edad y se rindió a las reflexiones de su maestro sin oponer nada

contra ellas. Además, sentía un verdadero cariño por el sabio Bonabben, y

no habiendo sido instruido en el amor más que teóricamente, consintió en

tener oculta en su pecho la ciencia que había aprendido, antes de poner en

peligro la cabeza del filósofo.

Pero su discreción tuvo que pasar por una prueba mayor. Algunos

días después, cuando meditaba acodado en las almenas de la torre, el

palomo a quien había dado libertad apareció cerniéndose en el aire y vino a

posarse sin temor sobre sus hombros.

El príncipe lo estrechó tiernamente sobre su corazón y le dijo:

-Ave feliz, tú que puedes volar, por decirlo así, sobre las alas de la

aurora hasta las extremidades del mundo, ¿dónde has estado desde nuestra

separación?

-En una tierra lejana, príncipe, de donde te traigo buenas noticias en

premio de mi libertad. Durante mi caprichoso viaje a través de llanuras y

montañas, divisé debajo de mí un jardín delicioso, lleno de frutas y flores de

todas clases. Estaba situado en una verde pradera, a la orilla de un río caudaloso,

y en el medio del jardín se elevaba un magnífico palacio. Descendí

sobre un árbol para reposar de mi viaje y vi sobre la verde orilla una

bellísima princesa. Estaba rodeada de sus doncellas, tan jóvenes como ella,

que la adornaban con guirnaldas y coronas de flores, pero ninguna flor del

campo ni del jardín podía compararse con su belleza. Allí transcurría su

vida separada del mundo, pues el jardín estaba rodeado de altas murallas y

ningún mortal podía entrar en él. Al ver esta jovencita tan tierna, tan

inocente, tan pura, tan alejada de todo contacto con el mundo, pensé: “He

aquí el ser criado por el cielo para inspirar amor a mi príncipe”.

Al oír este relato, el corazón de Ahmed se inflamó; toda la hermosura

latente de su naturaleza había encontrado de pronto un objeto en que

manifestarse y concibió por la princesa una vehemente pasión. Escribió una

carta, redactada en los más apasionados términos, que respiraba el más

ardiente amor, pero al mismo tiempo quejándose de la desgraciada esclavitud

de su persona, que le impedía ir a buscarla para arrojarse a sus

plantas. Agregaba algunas poesías de una elocuencia tierna y conmovedora,

pues, sobre ser naturalmente poeta, estaba inspirado por el amor. Después

escribió la dirección en esta forma:

“A la bella desconocida, de parte del príncipe cautivo, Ahmed”, y

perfumándola con almizcle y esencia de rosa, la entregó al palomo.

-¡Ve, fiel mensajero! -le dijo-, atraviesa montañas, valles, ríos y

llanuras; no te detengas en los árboles ni te poses en la tierra, hasta que no

hayas entregado esta carta a la dueña de mi corazón.

El palomo se elevó en el espacio, y tomando vuelo partió rápidamente

en línea recta. El príncipe le siguió con la vista hasta que no fue más que un

punto en el cielo y desapareció por último tras una montaña.

Largo tiempo esperó la vuelta del mensajero y comenzaba a tacharlo

de olvidadizo, cuando una tarde, a la puesta del sol, el palomo entró en su

habitación, y, cayendo a sus pies, expiró. Algún arquero, cazando, le había

atravesado el pecho con una flecha, pero el pájaro fiel había empleado el

resto de vida que le quedaba en cumplir su misión. Inclinóse el príncipe con

dolor sobre este gentil mártir de la fidelidad y vio que llevaba un collar de

perlas del que estaba pendiente, y bajo un ala, una miniatura de esmalte

que representaba a una encantadora princesa en la flor de la juventud. Sin

duda alguna, era la bella desconocida del jardín; pero, ¿cuál era su nombre?

¿Dónde vivía? ¿Cómo había recibido su carta? ¿Había enviado ella este

retrato para indicarle que aprobaba su pasión? Desgraciadamente, la

muerte del fiel palomo dejaba todas estas cosas envueltas en la bruma de la

duda y el misterio.

El príncipe miraba, embebido, el retrato, hasta que sus ojos se

bañaron en lágrimas; lo besaba, estrechándolo contra su corazón, y

permanecía horas enteras contemplándolo con desesperada ternura.

“¡Bella imagen! -decía-. No eres, ¡ay!, más que una imagen; sin

embargo, tus preciosos ojos me miran tiernamente; esos labios de rosa

parecen querer hablar para infundirme valor. ¡Vana ilusión! ¿No han mirado

del mismo modo a algún rival más afortunado? ¿En qué lugar de este vasto

mundo puedo esperar descubrir el modelo? ¿Quién sabe qué montañas, qué

reinos nos separan, qué contratiempos pueden sobrevenir? Puede ser que

en este instante, en este mismo instante, se halle rodeada de amantes

mientras yo permanezco aquí, prisionero en una torre, consumiendo el

tiempo en la adoración de una vana pintura.” Y el príncipe Ahmed tomó una

resolución. “Voy -se dijo- a huir de este palacio, que es para mí una odiosa,

prisión, y, peregrino de amor, recorreré el mundo entero en busca de esa

princesa desconocida.”

Escaparse durante el día, cuando todo el mundo estaba despierto, era

cosa muy difícil; pero por la noche el palacio apenas estaba guardado, pues

nadie esperaba una tentativa de esa clase, de parte del príncipe, que

siempre había parecido resignarse con su cautividad. Pero, ¿quién le guiaría

en su huida en la oscuridad, no conociendo el país? Entonces se acordó del

búho, que, acostumbrado a volar de noche, debería conocer todos los

callejones y pasos ocultos. Habiendo ido, pues, a buscarle a su celda, le

interrogó sobre su conocimiento del país. El búho, revistiéndose de un aire

de importancia, le contestó:

-Has de saber, ¡oh príncipe!, que nosotros los búhos somos de una

familia muy antigua y numerosa, que aunque hayamos caído algo en

decadencia, poseemos castillos y palacios en ruinas en todas partes de

España. No hay torre en las montañas, fortaleza en las llanuras, ni

ciudadela en las poblaciones, donde no habite alguno de nuestros

hermanos, tíos o primos. Y durante los viajes que he hecho para visitar a mi

numerosa parentela, he explorado los rincones y escondrijos y estoy

perfectamente instruido de los sitios secretos del país.

El príncipe, loco de contento de encontrar al búho tan profundamente

versado en topografía, le informó entonces, en confianza, de su tierna pasión

y de la evasión -que proyectaba, rogándole que le acompañase y fuese su

consejero.

-¿Qué me propones? -le contestó el búho con aire de dignidad

ofendida-; ¿soy yo ave para intervenir en asuntos de amores; yo, que he

empleado mi vida en la meditación y el estudio de los astros?

-No te ofendas, severo búho- replicó el príncipe-; deja por algún

tiempo tus meditaciones y la luna y ayúdame en mi huida; te prometo que

recibirás cuanto pueda desear tu corazón.

-Yo poseo ya cuanto puedo desear -contestó el búho-; algunos ratones

bastan para mi frugal sustento y este agujero del muro es suficientemente

espacioso para mis estudios; ¿qué más puede desear un filósofo como yo?

-Acuérdate, ¡oh sabio búho!, de que mientras estás en la soledad de tu

celda contemplando la luna, tu talento se pierde para el mundo. Algún día

seré príncipe soberano, y entonces podré cubrirte de honores y dignidades.

El búho, aunque filósofo, y muy por encima de las necesidades

ordinarias de la vida, no estaba libre de ambición y decidióse finalmente a

partir con el príncipe para servirle de guía y consejero durante su

peregrinación.

Un enamorado ejecuta pronto sus deseos. El príncipe reunió todas

sus alhajas y las ocultó en sus vestidos para los gastos del viaje, y aquella

misma noche descolgóse al jardín por medio de su faja, escaló las murallas

del Generalife y, guiado por el búho, salvó felizmente la montaña antes de

que amaneciera.

Entonces deliberó con su guía acerca del camino que debían seguir.

-Si me es permitido darte un consejo -dijo el búho-, te recomendaría

que fueses a Sevilla. Has de saber que, hace muchos años, fui a visitar allí a

uno de mis tíos, búho de gran dignidad y poderío, que habitaba en un ala

arruinada del Alcázar- Durante mis paseos nocturnos por la ciudad, observé

con frecuencia una luz que brillaba en una torre solitaria. Al fin descendí a

posarme sobre la tronera y vi que la claridad provenía de la lámpara de un

mago árabe que se hallaba rodeado de sus libros de magia y sobre su

hombro sostenía un viejo cuervo, venido con él de Egipto. Conozco a este

cuervo y le debo la mayor parte de los conocimientos que poseo. Murió

después el mago; pero el cuervo continúa habitando la torre, pues estos

pájaros llegan a hacerse prodigiosamente viejos. Me atrevería a aconsejarte,

¡oh príncipe!, que fuésemos a buscar al cuervo, pues es adivino y hechicero

y muy versado en la magia, arte en que son renombrados todos los cuervos,

especialmente los de Egipto.

Quedó el príncipe maravillado de la sabiduría de este consejo, y tomó

por lo tanto el camino de Sevilla. No viajaba más que de noche, para

complacer a su compañero, y reposaba durante el día en alguna sombría

caverna o buscaba una torre desmantelada, pues el búho conocía todos los

escondrijos de esta clase y tenía una verdadera pasión por la arqueología,

ciencia que estudia los monumentos antiguos.

Al fin llegaron a Sevilla una mañana al despuntar el alba. El búho,

que aborrecía la claridad del día y la animación de las calles, se detuvo fuera

de las puertas de la ciudad, alojándose en la cavidad de un árbol.

El príncipe franqueó la puerta y encontró sin trabajo la torre mágica

que se eleva por encima de las casas de la ciudad, como una palmera se alza

por encima de los arbustos del desierto. Era la misma que existe aún,

conocida con el nombre de Giralda, la famosa torre construida en Sevilla por

los moros.

El príncipe subió por una larga escalera de caracol hasta lo alto,

donde encontró al cuervo adivino, misterioso pájaro, viejo, calvo,

desplumado y con una nube en un ojo, que le daba el aire de un espectro.

Estaba sostenido sólo sobre una pata, la cabeza inclinada a un lado,

mirando con su único ojo una misteriosa figura trazada en el suelo.

El príncipe se acercó con todo el respeto y la deferencia que

inspiraban su exterior venerable y su genio sobrenatural.

-Perdóname, ¡oh ancianísimo cuervo y sapientísimo mago! -le dijo-, si

interrumpo por un momento los estudios que son la admiración del mundo.

Tienes delante de ti a un peregrino de amor que desea consultarte para

saber cómo podrá obtener la posesión del objeto de sus desvelos.

-En otros términos -dijo el cuervo con aire entendido-: vienes a poner

a prueba mi habilidad en el arte de la quiromancia. Aproxímate, dame tus

manos y déjame descifrar las misteriosas líneas del destino.

-Dispénsame -dijo el príncipe-, no vengo para escrutar los secretos del

destino, que Alá oculta a los ojos de los mortales. Soy un peregrino de amor

y quiero simplemente encontrar un hilo que me conduzca hasta el objeto de

mi peregrinación.

-¿Y es posible que no encontréis el objeto de vuestra pasión en la

amorosa Andalucía? -dijo el viejo cuervo, fijando en él su único ojo-. ¿Y

sobre todo en la gallarda Sevilla, donde las gentiles bellezas de ojos negros

bailan alegres zambras a la sombra de los naranjos?

El príncipe enrojeció, algo contrariado al oír hablar tan cínicamente a

un pájaro tan viejo, que tenía ya un pie en el sepulcro.

-Créeme -le dijo en tono grave-, no me he puesto en camino para tener

tan poca constancia como supones. Las bellas andaluzas de ojos negros que

danzan bajo los naranjos del Guadalquivir no tienen para mí ningún interés.

Yo voy en busca de una purísima beldad desconocida, que es el original

de este retrato. Te suplico, pues, poderoso cuervo, suponiendo qué no

esté fuera del alcance de tu ciencia o del límite de tu poder, que me digas

dónde podré encontrarla.

El viejo cuervo de cabeza calva sintióse avergonzado de la severa

gravedad del príncipe y respondió secamente:

-¿Qué sé yo de la juventud y de la belleza? Yo no visito más que a las

personas viejas y marchitas, no las que tienen juventud y belleza. Yo soy el

adivinador del destino que lanza sus presagios desde lo alto de la chimenea

y bate sus alas en la ventana del moribundo. Dirigíos, pues, a otros para

tener noticias de vuestra desconocida beldad.

-¿Y a quién he de dirigirme si no es a los hijos de la sabiduría,

versados en los secretos del Libro

del Destino? Yo soy príncipe real, sometido a la influencia de los astros y

empeñado ‘en una misteriosa empresa de la que puede depender la suerte

de los imperios.

Al oír que se trataba de un negocio de importancia en el que influían

los astros, cambió el cuervo de tono y de actitud, y escuchó la historia del

príncipe con profunda atención. Cuando hubo acabado, le dijo:

-En lo que respecta a la princesa, no puedo darte noticias por mí

mismo, pues yo no frecuento los jardines ni las mansiones de las damas,

pero vete sin tardanza a Córdoba y busca la palmera de Abderramán el

Grande, que se eleva en el patio de la Mezquita principal: al pie del árbol

encontrarás un gran viajero que ha visitado todos los países y todas las

cortes y ha sido favorito de reinas y princesas. Él te dará noticias del objeto

de tus pesquisas.

-Mil gracias por tus preciosas indicaciones -le dijo respetuosamente el

príncipe-. Adiós, venerable cuervo.

-Adiós, peregrino de amor -le contestó secamente el cuervo.

Y de nuevo tornó a meditar sobre el diagrama. El príncipe salió de

Sevilla, reunióse con su compañero de viaje, el búho, que aun dormitaba en

el hueco del árbol, y se pusieron en camino para Córdoba.

Llegaron allí después de atravesar los jardines suspendidos, los

bosques de naranjos y limoneros que dominan el encantador valle del

Guadalquivir y al

llegar a las puertas de la ciudad, el búho fuése a habitar a un oscuro

agujero de la muralla, y el príncipe Ahmed partió en busca de la palmera

plantada en tiempos lejanos por el gran Abderramán. Elevándose en medio

del gran patio de la Mezquita, destacábase como una torre por encima de los

naranjos y de los cipreses. Algunos derviches y faquires hallábanse sentados

en grupos en las galerías del patio, y numerosos fieles hacían sus

abluciones en las fuentes, antes de entrar en la Mezquita.

Al pie del árbol, mucha gente reunida escuchaba los discursos de un

personaje que parecía hablar con gran animación. “He aquí, sin duda

alguna -se dijo el príncipe Ahmed-, el gran viajero queme ha de dar noticias

de la desconocida princesa”. Y se mezcló con la muchedumbre, pero quedóse

enormemente admirado al ver que a quien escuchaban era a un papagayo

que, con su plumaje de brillante verde, su mirar impertinente y su

presumido penacho, tenía el aspecto de un pájaro orgulloso de sí mismo.

-¿Es posible -preguntó el príncipe a uno de los que escuchaban- que

tantas personas serias disfruten con la charla de ese pájaro parlanchín?

-No sabéis de quién estáis hablando -le respondió el otro-; este

papagayo desciende de aquel famoso papagayo de Persia, renombrado por

su talento de cuentista. Lleva toda la ciencia de Oriente en la punta de su

lengua y sabe de memoria a todos los poetas. Ha visitado algunas cortes

extranjeras en las que ha sido considerado como un oráculo de

erudición. Por todo esto ha sido el favorito del bello sexo, que admira a los

sabios A papagayos que recitan poesías.

-Muy bien -dijo el príncipe-, voy a pedirle una entrevista particular a

este distinguido viajero. Obtuvo del pájaro la entrevista pedida y le explicó

su asunto. A la primera palabra que dijo, el papagayo fue presa de un

acceso de risa, tan prolongado, que le hizo venir las lágrimas a los ojos. –

Perdóname esta alegría -le dijo-; sólo nombrar el amor me hace reír a

carcajadas.

El príncipe se escandalizó de esta alegría intempestiva y le dijo:

-¿Acaso no es el amor el gran misterio de la naturaleza, el principio

secreto de la vida, el vínculo de la simpatía universal?

-¡Paparruchadas! -exclamó el papagayo interrumpiéndole-. ¿Dónde

has aprendido, dime, esa jerga sentimental? Créeme: el amor ha pasado ya

de moda y no se oye hablar de él ni entre los espíritus refinados ni entre la

gente distinguida.

El príncipe suspiró acordándose del lenguaje tan diferente que

empleaba su amigo el palomo. “Como este pájaro ha vivido en la corte -se

decía- quiere echárselas de espíritu superior y delicado gentilhombre,

aparentando no saber nada del amor”. No queriendo, pues, exponer de

nuevo al ridículo el sentimiento que llenaba su corazón, fue directamente al

objeto de su visita.

-Dime, maravilloso papagayo, tú que has sido en todas partes

admitido, y conoces todas las mansiones, ¿recuerdas haber visto el original

de este retrato? El papagayo `tomó con una de sus patas el medallón y

moviendo la cabeza de un lado a otro, lo examinó atentamente y exclamó:

-Palabra de honor que es una cara preciosa; pero ve uno tantas caras

bonitas, que difícilmente. . ., pero espera. . ., mirándola despacio. . ., no

cabe duda: ¡ésta es la princesa Aldegunda! ¿Cómo he podido olvidar a una

de mis mejores amigas?

-¡La princesa Aldegunda! -repitió el príncipe-, ¿y dónde podré

encontrarla?

-Poco a poco, poco a poco -contestó el papagayo-. Es más fácil

encontrarla que poderla obtener. Es hija única del rey cristiano de Toledo y

se halla encerrada lejos del mundo hasta que cumpla los diecisiete años, a

causa de una predicción de esos astrólogos intrigantes. No podrás verla,

pues ningún mortal ha podido conseguirlo. Yo fui llevado a su presencia

para distraerla y te juro, a fe de papagayo que ha visto el mundo, que no he

hablado en mi vida con princesa más discreta.

-Una palabra, en confianza, mi querido papagayo -dijo el príncipe-: yo

soy el heredero de un reino y algún día me sentaré en el trono. Veo que sois

un pájaro con talento y que conoce el mundo: ayudadme a obtener la

posesión de esta princesa y os elevaré, en mi corte, a una posición

distinguida.

-Con todo mi corazón -dijo el papagayo-; pero desearía, si fuera

posible, que fuese una renta fija, pues nosotros, espíritus elevados,

sentimos una gran repugnancia por el trabajo.

Pronto se cerró el trato; el príncipe Ahmed salió de Córdoba por la

misma puerta que había entrado, llamó al búho, que descendió del agujero

del muro, le presentó a su nuevo compañero como un sabio colega y

prosiguieron, reunidos, su viaje.

Iban demasiado despacio para la impaciencia del príncipe, pero el papagayo

estaba acostumbrado a la buena vida, y no le gustaba levantarse temprano.

Por otra parte, el búho prefería dormir al mediodía y hacía perder mucho

tiempo con sus largas siestas. Sus aficciones de arqueóloga eran también

causa de retraso, pues quería explorar todas las ruinas, contando largas

leyendas a propósito de todas las torres derruídas y antiquísimos castillos

del país. El príncipe había creído que el papagayo y el búho, siendo los dos

sapientísimos pájaros, se harían fácilmente amigos uno de otro, pero se

equivocó por completo. Continuamente estaban en disputa, pues el uno era

de espíritu superficial y el otro era filósofo. El papagayo recitaba versos,

criticaba las últimas obras y desplegaba toda su elocuencia a propósito de

pequeños puntos de erudición; por el contrario, el búho miraba estas cosas

como fútiles y sin importancia y no disfrutaba más que con la metafísica.

Además, si el papagayo cantaba cancionetas, repetía chistes, hacía gracias a

propósito de su grave compañero y reía inmoderadamente de sus propias

ocurrencias, todo lo cual era considerado por el búho como graves atentados

a su dignidad, tornábase sombrío y de mal humor, refunfuñaba y guardaba

silencio todo el día.

El príncipe no prestaba atención a las peleas de sus compañeros,

absorto en sus propios pensamientos y en la contemplación de la bella

princesa. De esta forma atravesaron los sombríos desfiladeros de Sierra

Morena, las áridas mesetas de la Mancha y de Castilla y bordearon las

riberas doradas del río Tajo. cuyos mágicos afluentes se extienden por una

mitad de España y Portugal. Al fin divisaron una ciudad fortificada, rodeada

de torres y murallas, construida en la cima de un roquizo promontorio que

bañaban las impetuosas olas del Tajo.

-He aquí la antigua y renombrada ciudad de Toledo -exclamó el búho-,

famosa por sus antigüedades. ¡He aquí las cúpulas y torres célebres,

revestidas de una legendaria grandeza en las cuales han meditado tantos

antepasados míos!

-¡Bah! -dijo el papagayo, cortando de repente su entusiasmo de

arqueólogo-. ¿Qué nos importan vuestras antigüedades, vuestras leyendas y

vuestros antepasados? Ocupémonos, mejor, de que estamos ante la

mansión de la juventud y de la belleza; mirad al fin, ¡oh príncipe!, el lugar

en que vive la princesa que desde hace tanto tiempo buscáis.

El príncipe miró en la dirección indicada por el papagayo y vio en una

verde pradera, regada por las aguas del Tajo, un palacio magnífico que se

elevaba en un delicioso jardín entre frondosos árboles. Era un lugar

semejante en todo al que el palomo le había descrito como morada de la

princesa pintada en el medallón. Quedóse mirándolo con el corazón

palpitante de emoción. “Puede ser que en este momento -pensaba- la bella

princesa Aldegunda juegue con sus compañeras en la sombra de aquellas;

glorietas, o se pasee con leve paso a lo largo de esas magníficas terrazas, o

repose bajo aquellos soberbios techos!” Mirando con más atención, vio que

los muros del jardín eran muy altos, lo que hacía imposible su acceso, y que

hombres armados patrullaban a su alrededor.

El príncipe volvióse hacia el papagayo, diciéndole:

-¡Oh, tú, la más perfecta de todas las aves que poseen el don de la

palabra humana, apresúrate a introducirte en ese jardín; ve a encontrar el

ídolo, de mi alma y dile que el príncipe Ahmed, el peregrino del amor, guiado

por las estrellas, acaba de llegar, en busca de ella, a las floridas márgenes

del Tajo!

El papagayo, orgulloso de su embajada, voló hacia el jardín y franqueó

sus altas murallas, y después de haberse cernido un momento sobre los

árboles y el césped, descendió a posarse en el balcón de un pabellón situado

a la orilla del río. Desde allí pudo ver a la princesa tendida sobre un diván,

con los ojos fijos en un papel y las lágrimas corriendo dulcemente por sus

pálidas mejillas.

Después de sacudir sus alas, arreglar su verde plumaje y levantar su

penacho, el papagayo vino a posarse cerca de ella, con aire galante,

diciéndole tiernamente:

-Seca tus lágrimas, encantadora princesa, pues vengo a traer el

consuelo y la alegría a tu corazón. Sorprendióse un poco la princesa de oír

una voz, pero habiéndose vuelto y no viendo más que a un pajarillo de verde

plumaje, que le hacia reverencias, dijo:

-¡Ay! ¿Qué alegría puedes traerme tú, si no eres más que un pájaro?

Disgustóse el papagayo de esta respuesta y le dijo: -A más de una

hermosa dama he consolado yo en mi vida; pero dejemos esto: Vengo de

embajador de un príncipe real. Sabe que Ahmed, príncipe de Granada,

acaba de llegar en tu busca y está acampado en este momento en las

floridas márgenes del Tajo.

A estas palabras, los ojos de la bella princesa brillaron con un fulgor

más vivo que los diamantes de su diadema.

-¡Ah, gentil papagayo! -exclamó-. Tus noticias son agradables en

verdad, pues me hallaba triste y enferma hasta la muerte por la duda en

que estaba de la constancia de Ahmed. Apresúrate a volver y dile que las

palabras de su carta las tengo grabadas en el corazón y que su poesía ha

sido el alimento de mi alma. Dile también que es preciso que se prepare a

probarme su amor por medio de las armas; mañana es el decimoséptimo

aniversario de mi nacimiento y el rey, mi padre, celebra un gran torneo.

Muchos príncipes descenderán a la liza y mi mano será la recompensa

del vencedor.

El papagayo reanudó su vuelo, atravesó los jardines y volvió al lugar

en que el príncipe esperaba su regreso. El júbilo que sintió el príncipe por

haber encontrado el original de su querido retrato y de haberla hallado

tierna y fiel, sólo puede ser comprendido por los privilegiados mortales que

han tenido la fortuna de realizar su sueño, cambiando lo anhelado por la

realidad. Pero una cosa turbaba su alegría: el torneo que debía realizarse.

Efectivamente, las riberas del Tajo relucían con el brillo de las armas y

resonaba el ruido de las trompetas de los diferentes caballeros que, seguidos

de sus soberbios cortejos, se encaminaban a Toledo para asistir a la

ceremonia. La misma estrella que había presidido los destinos del príncipe

había gobernado los de la princesa y hasta sus diecisiete años se la había

tenido encerrada lejos del mundo, para preservarla del amor. Pero la fama

de sus encantos había ganado, en lugar de perder, con esta reclusión. Multitud

de poderosos príncipes se disputaban su mano, y su padre, que era un

rey de talento, para evitar crearse enemigos eligiendo a alguno de ellos, los

había remitido a la decisión de las armas. Entre los rivales, muchos eran

célebres por su fuerza y bravura. ¡Qué situación la del infortunado Ahmed,

desprovisto de armas como estaba, e inhábil, además, para los ejercicios de

la caballería!

-¡Qué desgraciado príncipe soy -se dijo- por haber sido criado lejos del

mundo bajo la vigilancia de un filósofo! ¿De qué me sirven en amor el

álgebra y la filosofía? ¡Ay! Eben Bonabben, ¿por qué no me has instruido en

el manejo de las armas?

Entonces el búho rompió el silencio, empezando su discurso con una

exclamación piadosa, como devoto musulmán que era.

-¡Allah Akbar! -exclamó-. ¡Dios es grande y en sus manos están todos

los secretos! Él sólo gobierna los destinos de los príncipes de la tierra. Sabe

¡oh príncipe!, que este país encierra muchos secretos que únicamente

poseen los que, como yo, conocen las ciencias ocultas. Sabe que en las

montañas vecinas hay una caverna y dentro de ella una mesa de hierro;

sobre esa mesa de hierro hay una armadura mágica y a su lado un caballo

encantado, todo lo cual se halla allí encerrado desde hace muchas generaciones.

Abrió el príncipe de par en par los ojos, maravillado, y el búho,

encrespando sus plumas, a la vez que guiñaba continuó:

-Hace muchos años que acompañé a mi padre por estos lugares en un

viaje que hizo para visitar sus dominios y nos alojamos en esa caverna; por

eso conozco el secreto. Es tradición en nuestra familia, la cual he oído

contar con frecuencia a mi abuelo, cuando yo era pequeño, que esa

armadura había pertenecido a un mago árabe que se había refugiado en esa

caverna cuando cayó Toledo en poder de los cristianos, luego murió allí y

dejó su caballo y sus armas bajo un encanto mágico, que impide que pueda

servirse de ellos más que un musulmán y solamente entre el amanecer y el

mediodía. El que se sirva de ellos en ese espacio de tiempo, vencerá a todos

sus adversarios.

-Está bien -dijo Ahmed-; vamos a esa caverna. Guiado por su fabuloso

consejero, el príncipe encontró la caverna en uno de los más salvajes

rincones de las escarpadas rocas que se elevan alrededor de Toledo;

únicamente el triste ojo de un búho o el de un arqueólogo era capaz de

descubrir la entrada.

Una lámpara sepulcral, cuyo aceite no se agotaba nunca, esparcía

una melancólica claridad sobre los objetos circundantes. En el centro de la

caverna, sobre la mesa de hierro, yacía la armadura; la lanza estaba

apoyada en ella y a su lado se encontraba un caballo enjaezado para el

combate, pero inmóvil como una estatua. La armadura estaba limpia y

brillante, no habiendo perdido nada de su antiguo lustre; el caballo tan en

condiciones como si acabase de llegar de pastar, y cuando Ahmed le pasó la

mano por el cuello, golpeó el suelo con las patas y dio tal relincho de alegría

que retemblaron las paredes de la caverna. Provisto así de armas y caballo,

resolvió el príncipe entrar en liza en el próximo torneo.

Llegó por fin el ansiado día; el palenque para el combate se había

dispuesto en la Vega, al pie del escarpe que coronan las murallas de Toledo,

y estaba rodeado de estrados y galerías, cubiertos de ricos tapices y

protegidos del sol por toldos de seda. Todas las bellezas del país se habían

dado cita en estas galerías y debajo de ellas encontrábanse empenachados

caballeros acompañados de sus pajes y escuderos, y entre ellos hallábanse

los príncipes que se disponían a tomar parte en el torneo. Pero todas las

bellezas del país se eclipsaron, cuando apareció en el pabellón real la

princesa Aldegunda, que por primera vez se ofrecía a la admirada

contemplación del mundo. Un murmullo de admiración corrió por la

asamblea a la vista de su incomparable belleza, y los príncipes, que se

disputaban su mano únicamente confiados en los relatos que se les habían

hecho de sus encantos, sintieron acrecer su ardor para el combate.

Pero la princesa mostrábase inquieta; cambiaba frecuentemente de

color y dirigía miradas de inquietud y desconfianza sobre el empenachado

grupo de caballeros. Disponíanse las trompetas a dar la señal del combate,

cuando el heraldo anunció la llegada de un caballero extranjero y Ahmed

apareció a caballo en el palenque. Un yelmo de acero, enriquecido con

piedras preciosas, sobresalía de su turbante; su coraza estaba

damasquinada de oro; su daga y su cimitarra, cuajadas de pedrería, estaban

hechas en Fez. Llevaba a la espalda un escudo redondo y en la mano, la

lanza encantada. La gualdrapa de su caballo, ricamente bordada, barría la

tierra, y el soberbio animal caracoleaba y relinchaba de alegría al verse de

nuevo entre el aparato de las armas. El aspecto arrogante y gracioso del

príncipe atrajo todas las miradas y cuando fue proclamado su nombre, “El

Peregrino de Amor”, sintióse el rumor producido por las bellas damas de la

galería.

Pero cuando Ahmed se presentó para entrar en la liza, se le cerró el

paso: sólo los príncipes -le dijeron- podían ser admitidos al combate. Entonces

dio a conocer su nombre y su rango: ¡peor todavía!, era musulmán y no

podía tomar parte en un torneo en que era el premio la mano de una princesa

cristiana.

Los príncipes rivales le rodearon, altaneros y amenazadores: uno de

ellos, de complexión hercúlea, lleno de arrogancia se mofó de su juventud y

delicados miembros, e hizo burla de su galante apodo. Montó en cólera el

príncipe y desafió a su rival. Tomaron distancia, dieron media vuelta y se

acometieron y al primer choque de la lanza mágica, el insolente Hércules fue

derribado de la silla. El príncipe hubiera querido detenerse aquí, pero, ¡ah!,

tenía que entendérselas con un caballo y armas poseídos del diablo y nada,

una vez en movimiento, podía detenerlos. El caballo cargó sobre los más

compactos grupos de caballeros; la lanza derribaba cuanto se le ponía

delante; el apuesto príncipe se encontró en ruda pelea con todos ellos en

medio del palenque, echando por tierra a grandes y pequeños, nobles y

villanos, y deplorando interiormente sus involuntarias hazañas. El rey

indignóse fuertemente del ultraje hecho a sus súbditos y sus huéspedes y

mandó a sus guardias a la refriega, pero fueron desmontados al primer

choque. El rey tiró entonces sus vestiduras de corte, embrazó su escudo y

su lanza, montó a caballo y avanzó para imponer al extranjero con la

presencia de la misma Majestad. ¡Ah!, la majestad no lo pasó mejor que la

gente vulgar: el corcel y las armas no distinguían de personas, y Ahmed, con

gran desesperación suya, fue lanzado contra el rey, que al momento cayó al

suelo con las piernas en alto, mientras la corona rodaba por el polvo.

En ese momento llegó el sol al meridiano, y el encanto mágico terminó

de obrar su’ poder. El caballo se lanzó a través del llano, franqueó de un

salto la barrera, se sumergió en el Tajo, cuya impetuosa corriente atravesó,

llevó al príncipe, estupefacto y sin aliento, a la caverna, y volviendo á su

sitio junto a la mesa de hierro, quedóse otra vez como una estatua. Apeóse

el príncipe, no poco contento de verse al fin pie en tierra y dejó la armadura

donde la había encontrado, para que aguardase allí los decretos del destino.

Sentóse después en la caverna y se puso a reflexionar en el desesperado

estado a que habían llevado sus asuntos aquel caballo y armas diabólicos.

¿Cómo osaría presentarse en Toledo en adelante, después de haber cubierto

así de oprobio a sus caballeros y ultrajado a su rey? Además, ¿qué pensaría

la princesa de acciones tan violentas y tan poco corteses? Lleno de inquietud

mandó a sus alados mensajeros en busca de noticias. El papagayo recorrió

todas las plazas públicas y todos los sitios de reunión de la ciudad y bien

pronto volvió con un montón de chismes. La consternación era general en

Toledo: se habían llevado al palacio a la princesa privada de sentido; el torneo

se había terminado en la mayor confusión; todo el mundo se ocupaba

de la aparición repentina, las prodigiosas hazañas y, extraña desaparición

del caballero musulmán. Decían unos que era un mago, otros que era un

demonio que había tomado la forma humana, y otros hablaban de

encantados guerreros encerrados, según decía, la tradición, en las cavernas

de las montañas y pensaban que éste podría ser uno de ellos, que había

salido de su reposo para hacer esta algarada. Pero todos convenían en que

ningún mortal ordinario hubiera podido hacer tantos prodigios ni desmontar

a tan valientes y apuestos caballeros cristianos.

El búho partió cuando fue de noche, voló de acá para allá sobre la

ciudad en sombras y se posó sobre los tejados y las chimeneas. Después

dirigió su vuelo hacia el palacio real, situado en la parte más alta de Toledo,

rondó alrededor de sus terrazas y de sus muros, escuchando por todas

partes y mirando con sus grandes ojos redondos por todas las ventanas, a

costa de que dos o tres damas de honor se desmayaran de miedo.

Despuntaba el alba por encima de la montaña, cuando volvió de cazar ratones

y contó al príncipe lo que había visto.

-Cuando volaba alrededor de la real morada -le dijo-, vi a través de

una ventana de la torre más alta a una bella princesa; Reposaba en su lecho

y sirvientes y médicos la rodeaban, pero ella rehusaba toda asistencia y todo

alivio. Retiráronse y la vi entonces sacar de su pecho una carta, leerla y

besarla, después de lo cual dio rienda suelta a sus lamentaciones, lo que, a

pesar de ser filósofo, me apenó bastante.

El tierno corazón de Ahmed entristecióse al oír estas noticias.

-¡Oh sabio Eben Bonabben, qué verdad era lo que me decías! –

exclamó-. Penas; cuidados y noches sin sueño son el patrimonio de los

amantes. ¡Alá preserve a la princesa de esa cosa que se llama amor!

Nuevas noticias llegadas de Toledo confirmaron el relato del búho. La

ciudad estaba inquieta y alarmada: la princesa había sido encerrada en la

torre más alta del palacio y todas las avenidas estaban fuertemente

custodiadas. Mientras tanto una devoradora melancolía se había apoderado

de ella y nadie podía adivinar la causa; rehusaba toda alimentación y

rechazaba todo consuelo. Los médicos más hábiles habían ensayado su arte

en vano; se la creía sometida a la influencia de algún sortilegio y el rey había

hecho publicar un edicto anunciando que el que la curase recibiría en

recompensa la joya más rica de su real tesoro.

Cuando el búho, que dormitaba en un rincón oyó hablar del edicto,

movió sus grandes ojos con aire misterioso.

-¡Allah Akbar! -exclamó-. ¡Dichoso el hombre que haga esta cura, si

sabe lo que tiene que elegir en el tesoro real!

-¿Qué quieres decir, venerable búho? -dijo Ahmed.

-Escucha, ¡oh príncipe!, mi relato. Has de saber que nosotros, los

búhos, formamos una sabia corporación, aficionada a las investigaciones

oscuras y olvidadas. Durante mi reciente viaje nocturno en que exploré las

cúpulas y torres de Toledo, vi una academia de búhos arqueólogos que

tenían sus asambleas en una gran torre abovedada donde está depositado el

tesoro real. Discutían las formas, inscripciones, destino, fecha y procedencia

de las gemas, joyas antiguas y vasos de oro y plata amontonados en el

tesoro, pero lo que les interesaba principalmente eran ciertas reliquias y

talismanes que están allí desde la época del godo Rodrigo. Entre estos

objetos se encontraba un cofre de madera de sándalo con caracteres

misteriosos grabados en él, los cuales no eran conocidos más que por un

pequeño número de eruditos. Este cofre y estas inscripciones habían

ocupado a la academia durante muchas -sesiones y habían sido objeto de

largas y serias controversias. En el momento de mi visita, un viejísimo búho,

llegado recientemente del Egipto, estaba sentado sobre la tapa del cofre y

discurría sobre las inscripciones, llegando a la conclusión de que el cofre

encerraba el tapiz de seda del gran Salomón, que, sin duda alguna, había

sido llevado a Toledo por los judíos refugiados allí después de la caída de

Jerusalén.

Cuando el búho terminó su arqueológico discurso, el príncipe

permaneció un momento sumido en sus pensamientos.

-El sabio Eben Bonabben -exclamó al fin- me habló de las propiedades

maravillosas de ese talismán que desapareció después de la caída de Jerusalén

y que se creía perdido para la humanidad. La cosa permanece sin

duda secreta para los cristianos de Toledo; si yo pudiera apoderarme de ese

tapiz, estaría asegurada mi felicidad.

Al día siguiente quitóse el príncipe sus ricas vestiduras y se puso el

sencillo traje de un árabe del desierto. Ennegreció su cara y nadie hubiera

podido reconocer en él al soberbio guerrero que había causado tanta

admiración y terror en el torneo. Con un palo en la mano, un zurrón al

costado y una pequeña flauta pastoril, llegó a Toledo y presentándose en la

puerta del palacio se hizo anunciar como aspirante a la recompensa ofrecida

por la curación de la princesa.

Los guardias se apresuraron a rechazarlo rudamente.

-¿Qué puede un árabe vagabundo como tú -le dijeron- en un caso

como éste en que los sabios más eminentes del mundo han fracasado?

Pero el rey oyó el tumulto y ordenó que fuera llevado el árabe a su

presencia.

-Poderosísimo rey -dijo Ahmed-, delante de ti tienes un beduino que

ha pasado la mayor parte de su vida en la soledad del desierto. Esas soledades,

como es sabido, son la mansión de los demonios y espíritus malignos

que atormentan a los pobres pastores como nosotros durante las largas

veladas solitarias, entrando en el cuerpo de nuestras ovejas y de nuestras

vacas y enfureciendo algunas veces al mismo paciente camello. Nuestro

remedio contra ellos es la música y sabemos melodías transmitidas de

generación en generación, que cantamos y tocamos en nuestros caramillos

para ahuyentar los espíritus malignos. Yo he heredado este don de mis

antepasados y poseo ese talento en sumo grado. Si tu hija está bajo el

imperio de una influencia maligna de esa especie, respondo con mi cabeza

que he de curarla.

El rey, que era hombre de talento y no ignoraba que los árabes

poseían maravillosos secretos, llenóse de esperanza al oír el confiado

lenguaje del príncipe y lo condujo. en seguida a la torre, en lo alto de la cual

se encontraba la habitación de la princesa. Las ventanas se hallaban

situadas sobre una terraza con balaustrada, desde la que se descubría

Toledo y sus deliciosos alrededores. Hallábanse casi cerradas y apenas

dejaban pasar la luz, pues la princesa era presa de una devoradora, tristeza

que no admitía consuelo.

Ahmed se instaló en la terraza y se puso a tocar en su flauta pastoril

ingenuas melodías árabes que había aprendido de sus servidores en El

Generalife de Granada. La princesa permaneció insensible y los doctores

que estaban presentes movieron la cabeza con una sonrisa de incredulidad

y desdén. Al fin, el príncipe, dejando su caramillo, comenzó a cantar con

una sencilla tonada los versos amorosos contenidos en la carta en que le

había declarado su amor.

La princesa reconoció la canción: su corazón palpitó de alegría y

levantando la cabeza escuchó, mientras las lágrimas acudían a sus ojos y

corrían por sus mejillas. Hubiera querido pedir que el cantor fuese llevado a

su presencia, pero su pudor de doncella ataba su lengua; el rey adivinó su

deseo y a su orden fue introducido Ahmed en la habitación. Los enamorados

fueron discretos, contentándose con mirarse, pero sus miradas decían

mucho; jamás fue tan completo el triunfo de la música. Las rosas habían

aparecido en las tiernas mejillas de la princesa, recobraron sus labios su

antigua frescura y sus lánguidos ojos, su fascinante brillo.

Los médicos que se hallaban presentes mirábanse unos a otros

asombrados. El rey contemplaba al cantor árabe con una admiración

mezclada de respeto.

-Prodigioso joven -exclamó-. Tú serás en adelante el primer médico de

mi corte y no quiero hacer ya uso de otros remedios que tus melodías.

Recibe ahora tu recompensa, la joya más preciada de mi tesoro.

-¡Oh, rey! -respondió Ahmed-. Yo no necesito ni la plata ni el oro ni las

piedras preciosas. Tú tienes en el tesoro una reliquia trasmitida por los

musulmanes, dueños antes de Toledo; es un cofre de madera de sándalo

que encierra un tapiz de seda, dadme ese cofre y quedaré contento.

La modestia del árabe asombró a todos los presentes, pero su sorpresa

aumentó cuando una vez traído el cofre de sándalo, se sacó de él el tapiz.

Era una pieza de fina seda verde, cubierta de caracteres hebraicos y caldeos.

Los médicos de la corte miráronse, encogiéndose de hombros, y sonrieron de

la simplicidad de este novicio que se contentaba con tan ridículos

honorarios.

-Ese tapiz -dijo el príncipe- ha cubierto otras veces el trono del gran

Salomón y es digno, por tanto, de ser puesto a los pies de la belleza.

Diciendo eso extendió el tapiz en la terraza, bajo una otomana que se

había llevado allí para la princesa, sentándose él mismo a sus pies.

-¿Quién puede oponerse -dijo- a lo que está escrito en el Libro del

Destino? He aquí el cumplimiento de las predicciones de los astrólogos.

Sabed, ¡oh rey!, que tu hija y yo nos amamos en secreto desde hace mucho,

tiempo. ¡Reconoce en mí al Peregrino de Amorl

Apenas hubo acabado de hablar, el tapiz se elevó en los aires, llevando

al príncipe y a la princesa. El rey y los médicos se quedaron con la boca

abierta siguiéndoles con la vista hasta que no parecían más que un punto

en el seno de una blanca nube y desaparecieron al fin en la bóveda azul del

cielo.

El rey, lleno de furor, hizo venir al tesorero…

-¿Cómo has consentido que un infiel se apoderara de semejante

talismán?

-¡Ay, señor! No sabíamos de lo que se trataba y no habíamos podido

descifrar las inscripciones grabadas en el cofre. Si ese tapiz es

verdaderamente el que cubría el trono del gran Salomón, posee una

propiedad mágica y puede transportar a su dueño de un lugar a otro a

través del espacio.

El rey reunió a un poderoso ejército y marchó sobre Granada, en

persecución de los fugitivos. Después de una larga y penosa marcha

encontróse en la Vega y estableció allí su campo, enviando a un heraldo

para reclamar a su hija. El rey de Granada vino a su encuentro con toda su

corte y reconocieron en él al cantor árabe, pues Ahmed había heredado el

trono por la muerte de su padre y la bella Aldegunda se había convertido en

sultana.

El rey se aplacó fácilmente cuando se enteró de que su hija había sido

autorizada para seguir en su religión, no porque fuese de una escrupulosa

piedad, sino porque la religión es siempre un punto de honor y de etiqueta

entre los príncipes. En lugar de sangrientas batallas, hubo una serie de

fiestas y regocijos, hasta que el monarca, muy satisfecho, volvió a Toledo, y

la joven pareja continuó reinando en la Alhambra con tanta honra como

sabiduría.

Conviene agregar que el búho y el papagayo habían seguido los dos al

príncipe, a pequeñas jornadas, hasta Granada: el primero, viajando de

noche y deteniéndose en las diversas mansiones de su familia; el segundo,

distinguiéndose en las escogidas reuniones de las villas y ciudades que

encontraba a su paso.

Ahmed se acordó con reconocimiento de los servicios que ambos le

habían prestado durante su peregrinación y nombró al búho su primer

ministro y al papagayo su maestro de ceremonias. No hay necesidad de

decir que no hubo jamás reino más sabiamente administrado, ni corte en

que fuese mejor observada la etiqueta.

Leyenda del Aguador y la Herencia del Moro

Frente al palacio de la Alhambra, en un declive que parte del camino

hacia la campiña, se habían excavado, en lejanos tiempos, grandes

depósitos de agua que daban a ese lugar el nombre de “Plaza de los Aljibes”.

Al final de esa explanada se hallaba uno de los más famosos pozos

árabes, cuya profundidad permitía extraer el agua más pura y fresca de

Granada.

Junto a esas cisternas, y siguiendo una antigua costumbre, se

reunían alrededor de los bancos de piedra todas las comadres, sirvientas,

vagabundos y ociosos con que contaba la ciudad. Su único pasatiempo lo

constituía el comentario e intercambio de noticias, chismes y cuentos que

les traían los aguadores.

Estos personajes, encargados de vender a los habitantes de Granada

el preciado líquido que llevaban en grandes vasijas de barro o cobre ya

cargadas a las espaldas, ya en pacientes burros, recorrían la ciudad de un

extremo a otro sin que nada pudiera escapar a sus vigilantes ojos o atentos

oídos.

Entre los que se surtían en aquel pozo, había uno, muy robusto y

ancho de espaldas, pero bajo y patizambo, llamado Pedro Gil, aunque nadie

lo conocía sino por el nombre “Peregil”.

Nacido en Galicia, patria de los buenos mozos de cordel, Peregil se

había iniciado en su comercio con sólo una gran vasija que llevaba a la

espalda. Como era muy ahorrativo, pronto pudo reunir lo suficiente para

comprar un hermoso pollino que cargaba con varios cántaros.

En su comercio no tenía rival. Era el aguador más solicitado. Siempre

atento y alegre, despertaba la simpatía de sus clientes. Las damas o los

caballeros no podían dejar de escapar una sonrisa ante sus vivas respuestas

o graciosas ocurrencias. Era, al decir de los habitantes, el hombre más feliz

de Granada.

Pero como todo lo que reluce no es oro, si a alguien se le hubiere

ocurrido seguirle habría comprobado, con gran sorpresa, que al llegar a su

hogar aquella alegría se _transformaba en un angustioso padecer. Su

numerosa prole lo recibía con lloros y gritos de hambre y su abandonado

hogar, con más miseria.

Su esposa conservaba las antiguas costumbres de soltera, gustándole

más los aplausos a su fama de bailarina de bolero, el son de las alegres

castañuelas y las conversaciones con las vecinas, que atender al cuidado de

la casa y de los hijos. Todas las ganancias del buen Peregil las gastaba en

vestidos y adornos, llegando hasta quitarle el pollino los días de fiesta, para

ir a los bailes de los pueblos vecinos.

Peregil, que amaba con delirio a sus hijos, pequeños, pero fuertes y

patizambos como él, soportaba en silencio la extraña conducta de su

esposa.

Su amargura hallaba cierto desquite el día que conseguía ahorrar

unos cuantos céntimos y llevaba a sus retoños al campo, para jugar, correr

o saltar, después de una buena merienda.

Al fin de un día de calor insoportable, cerca de la medianoche, y como

todavía quedaban vecinos sentados frente a sus casas, desquitándose de las

horas de sufrimiento, decidió Peregil, pensando en sus hijos, hacer un

último viaje a la “Plaza de los Aljibes” y redondear así las ganancias del día.

Cantando y zurrando al pollino a modo de refresco y aliento, llegó a

los solitarios pozos. Disponíase a llenar los cántaros, cuando notó con cierto

temor una solitaria figura vestida a la usanza árabe sentada en uno de los

bancos de piedra.

La pálida luz de la luna daba a ella un aspecto espectral. Peregil

estuvo a punto de largar los cántaros y echar a correr, cuando aquel moro,

levantando lentamente un brazo, le hizo señas como para que se

aproximara.

Sus buenos sentimientos vencieron al recelo. -Apiádate -1e dijo el árabe

cuando estuvo cerca- de un hombre enfermo, ayudándole a regresar a la

ciudad. Te recompensaré doblando tus ganancias de esta noche.

-Te socorreré, buen hombre -respondió Peregil-, no por interés al

dinero, sino porque necesitas atención a tu enfermedad.

Con gran trabajo subió el moro en el asno. Sus fuerzas estaban tan

agotadas que Peregil debía caminar a su lado sosteniéndolo para que no

cayera.

-¿Dónde debo conducirte? -preguntó el aguador una vez que llegaron

a la ciudad.

-¡Ah! -dijo el moro-, no tengo ni casa ni amigos. Si puedes darme

albergue en tu casa obtendrás .generosa paga.

Peregil, compadecido del sufrimiento y estado de aquel extranjero, no

dudó un instante en acceder a su pedido, alojándolo durante esa noche en

su pobre choza.

Como siempre, sus hijos acudían a recibirle al son de clamores o

lloros de hambre, pero al ver al extraño personaje que montaba el jumento,

cesaron sus gritos y corrieron a esconderse detrás de su madre, quien a

tono con su genio empezó a gritar y gemir:

-Como si fuera poco, traer a casa tus infieles amigotes. ¿Quieres que

la Inquisición nos meta a todos en la cárcel? ¡Qué será de nuestros hijos…

-No alborotes a los vecinos -dijo su esposo-. Es cristiano no negar un

auxilio, más cuando este pobre hombre, sin nadie que lo cuide, está

expuesto a morir en el abandono.

La mujer seguía insistiendo, pero Peregil, demostrando desconocido

carácter y energía, amenazó a su esposa con razones más contundentes y

ayudó al moro a acostarse sobre una estera y una piel de oveja, en el sitia

más fresco de la humilde morada.

Pocos momentos después, el moro fue presa de gran agitación y

violentos temblores, ante los cuales nada podía hacer la escasa ciencia del

repartidor de agua.

En uno de los momentos en que su estado pareció mejorar, llamó

quedamente al generoso Peregil.

-Mi mal no tiene remedio -dijo-. La vida no tardará en abandonarme.

En reconocimiento a tu bondad sírvete aceptar este cofre.

Con gran trabajo y lentitud abrió el albornoz, y sacó de su pecho una

pequeña caja de madera de sándalo que entregó al honrado dueño de casa.

-Lo guardaré -contestó éste- con la esperanza de que cures lo antes

posible y puedas gozar de las propiedades que encierra.

Pero en ese momento las palabras que quiso pronunciar el enfermo

fueron cortadas por nuevos ataques que le produjeron la muerte, sin

alcanzar a explicar al aguatero los secretos que guardaba.

Al enterarse la mujer del triste fin del moro, casi llega a perder el

juicio.

-¿Quién te manda traer desconocidos a tu casa? -gemía desesperada-.

¿Qué vas a hacer cuando encuentren a este hombre muerto en nuestro

patio? ¡Nos llevarán presos por asesinos y perderemos todos nuestros bienes

en manos de la justicia!

El susto inmovilizó al buen Peregil durante un rato. Pero su

entendimiento no lo abandonó en aquel momento de peligro y le dio una

idea salvadora.

-¡Por suerte no ha amanecido! -exclamó-. Tengo tiempo de sacar el

cadáver fuera de la ciudad y enterrarlo en la ribera del río Genil. Como no

tenía parientes ni amigos, ni lo vieron entrar en nuestra casa, su

desaparición no será notada.

Su mujer encontró aceptable el plan y sin perder un instante

envolvieron el cuerpo del moro en la estera en que yacía, lo cargaron sobre

el asno, que condujo el aguador al sitio elegido para darle sepultura.

Pero el buen Peregil al enunciar su proyecto había olvidado que frente

a su casa vivía Pedrillo Pedrugo, un barbero famoso en Granada, tanto por

su maldad como por su arte de enterarse de todos los secretos e intimidades

de los habitantes. Su cara alargada como la de un zorro, su cuerpo raquítico

y sus piernas de mosquito, no cesaban de husmear sobre vida y milagros.

En la ciudad se decía que sus orejas de murciélago y sus ojos de búho

nunca dormían, para oír o ver cuanto ocurría o hablaban sus vecinos.

Estas ruines cualidades hacían que su clientela, casi siempre en

busca de chismes o secretos, fuera mayor que la de otros rapabarbas.

Tan agudos eran sus sentidos, que oyó llegar a Peregil más tarde de lo

acostumbrado; luego, el cese repentino de los gritos de los hijos y los

lamentos de la mujer; presintiendo que algo raro ocurría, se asomó

cautelosamente a una de las ventanas, alcanzando a ver a Peregil en el

momento en que ayudaba a un moro a bajar del asno y lo introducía en su

casa.

Aquello encendió tanto su curiosidad y le pareció tan singular, que

pasó la noche asomado a la ventana vigilando a su vecino, hasta que lo vio

con un extraño bulto atravesado en el borrico.

Pedro Pedrugo no aguardó más y, vistiéndose rápidamente, salió con

gran sigilo detrás del aguador, quien sin sospechar la vigilancia de que era

objeto llegó a la orilla del río y dio sepultura al desventurado moro.

El perverso rapabarbas se dio prisa en volver a su casa, donde, con

gran impaciencia, esperó el amanecer.

Una vez que el sol hubo alcanzado cierta altura, tomó la navaja y

otros utensilios propios de su oficio y se dirigió a la casa de la primera

autoridad de la ciudad.

El Alcalde era uno de sus diarios clientes, y después de sentarse

cómodamente, permitió que Pedrillo Pedrugo comenzara a pasarle jabón por

la barba.

A medida que iba cumpliendo su tarea comenzó a decirle:

-¡La ciudad se ha vuelto muy peligrosa! ¡Ocurren cosas sin nombre!

¡Increíbles! ¡Robo, asesinato y sepultura en pocas horas!

El asombro hizo incorporar al Alcalde en forma tan violenta, que

Pedrillo no pudo evitar que sus dedos llenos de jabón, porque en aquel

entonces no se usaba brocha, le dieran en las narices.

Resoplando y medio ahogado, pudo exclamar:

-¿Qué dices? ¿Me cuentas un sueño o una realidad?

-No es que quiera acusar a nadie -respondió el barbero, mientras

limpiaba con un paño, que hacía meses necesitaba lavarse, las municipales

narices; pero Peregil el aguador ha hecho esas cosas en lo que va de la

medianoche al amanecer.

-¿Y cómo pudiste enterarte de todo éso?

-Ya le contaré, señor, pero no llegue a pegar otro salto porque ahora

empiezo a pasar la navaja. Y así, mientras lo afeitó, lavó y secó con el sucio¡,

lienzo, narró su vigilancia, persecución y fúnebre tarea realizada por el

vecino.

El Alcalde era el hombre más perverso y avaro que vivía en la ciudad.

Administraba la ley de’ acuerdo con sus intereses y siempre estaba dispuesto

a vender el fallo de la justicia al que mejor pagases.

Mientras el barbero curioso contaba lo visto, sus ojos se agrandaban

brillantes por la codicia. Aquél debía ser un crimen suculento en oro. Por

eso lo principal del caso estaba, no en detener al autor, sino en apoderarse

del botín, que agregaría nuevas riquezas a las muchas que ya tenía

guardadas.

Resuelto el principal problema, llamó al alguacil de confianza, un

sujeto tan flaco como un palo y seco como un higo, que vestía de acuerdo

con el cargo que desempeñaba: un ancho sombrero con, alas vueltas hacia

arriba, capilla y traje que de negro había venido a parar en color de ratón,

que destacaban su cuello almidonado, lo único blanco que tenían su cuerpo

y alma. Como distintivo de su . cargo y odiada autoridad, llevaba una vara

que parecía más gruesa que su cuerpo. De allí que los habitantes de

Granada lo llamasen la “Sombra de la vara”.

Alpio el representante de la autoridad desplegó todo , su celo para

capturar al presunto asesino. Obró con tanta rapidez, que no había llegado

el pobre Peregil de realizar su primer viaje a la “Plaza de los Aljibes”, cuando

fue detenido y llevado ante el terrible Alcalde.

Éste, después de mirarlo en forma amenazadora, exclamó con una voz

de trueno que al tembloroso y asustado aguador le pareció que salía del

infierno:

-¡Conque tú eres el asesino! ¡No pretendas negarlo! ¡Los ojos de la

justicia están en todas partes! ¡Eres carne de la horca! Pero da gracias a que

has tenido la suerte de dar con un juez piadoso que comprende que has

dado muerte a un moro, enemigo de nuestra religión. Te ayudaré por eso;

pero a condición de que me des lo que has robado y no hablaremos más de

este asunto.

Peregil, que al empezar el Alcalde su retahíla, había caído de rodillas,

juró y rejuró por todos los santos que era inocente, que no había asesinado

a moro alguno, y con todo candor narró la verdad.

El Alcalde no era capaz de dejarse impresionar por juramentos o

verdad alguna, así que cortando las justificaciones del aguador, dijo:

-Por más que invoques los santos, en tus ojos leo la codicia que te

impulsó a apoderarte de las alhajas y dinero del moro.

-Castígueme Dios si le miento, señor -contestó lloroso Peregil-, no

tenía más que un pequeño cofre, que me regaló en agradecimiento a mi

ayuda, y que no sé lo que contiene…

Fresca mercadería, se llegó a la tienda de un comerciante árabe y le

pidió que leyera el misterioso pergamino.

Éste, después de acceder a su pedido, contestó sonriente:

-Lo que aquí está escrito es una poderosa fórmula mágica que permite

destruir el encantamiento que pesa sobre un valioso tesoro.

-Eso es todo -replicó con cierta amargura el aguador-, pues que se

quede como está; yo nada entiendo de magia ni de tesoros encantados.

Y sin preocuparse más por el asunto se despidió del moro dejándole el

pergamino. Después de ambular por las calles de Granada vendiendo agua,

llegó de nuevo a la “Plaza de los Aljibes” dispuesto a cargar su garrafa y

hacer su último viaje. Pero un grupo de ociosos, reunidos junto a uno de los

bancos de piedra, se deslumbraba conversando sobre leyendas de fabulosos

tesoros escondidos por los moros en las cercanías de la Alhambra.

El buen Peregil estuvo un buen rato escuchando lo que se decía. El

recuerdo del pergamino empezó a torturarlo obligándolo a pensar que bien

podía haber un tesoro escondido y fácil de encontrar, gracias a sus

indicaciones.

Tan absorto iba en sus pensamientos e imaginando riquezas ocultas

debajo del Palacio, que estuvo varias veces a punto de caer y romper el cántaro

que colgaba a sus espaldas.

Aquella noche no se acordó de que existieran los lamentos de su

mujer e hijos y menos de pegar los ojos. Apenas amaneció, se llegó a la

tienda del moro y después de referirle lo ocurrido hizo la siguiente

proposición:

-Gracias a sus conocimientos pude enterarme de lo que decía el

pergamino; bien podemos ir juntos al sitio que él señala y probar su poder;

si él es ineficaz, nada habremos perdido, pero si resulta verdadero, el tesoro

lo dividiremos entre los dos.

-¡Por Alá, no corráis!- contestó el moro-; para que lo escrito aquí surta

efecto, debe ser leído a medianoche a la luz de una vela especial; sin sus

cualidades la fórmula no tiene ningún valor.

-No se preocupe usted -exclamó el aguador-, la tengo y la iré a buscar

en seguida.

El moro tuvo que aguardar bien poco el retorno de Peregil. Apenas

éste le entregó el trozo de vela que guardaba el cofre de sándalo, lo observó

cuidadosamente y después de tomar su olor dijo:

-Exóticas esencias y mágicos ingredientes entran en su composición;

es sin duda la vela que describe el pergamino. Su luz permitirá abrir las

cavernas más secretas, los muros más gruesos, las puertas y las rejas de

acero más resistentes, pero infeliz el que se halle en la cámara del tesoro si

ella llega a apagarse; sufrirá un eterno hechizo.

Como la impaciencia consumía al aguatero y la curiosidad y el interés

al moro, fácil les fue ponerse de acuerdo para comprobar esa misma noche

lo que aseveraba el pergamino.

Así que, después de un día que pareció el más largo de su vida y a

una hora bastante avanzada, provistos de un farol, subieron por la cuesta

que llevaba a la Alhambra hasta llegar a la Torre de los Siete Suelos, lugar

señalado por el documento como depósito del tesoro.

El lugar, rodeado de espesa arboleda y cruzado por murciélagos y lechuzas,

era famoso por las leyendas que originaba.

Para darse ánimo cambiaron unas pocas palabras y alumbrándose

con el farol cruzaron las ruinas del edificio hasta llegar a la entrada de un

pasadizo, cuya boca asomaba en los cimientos de la torre. De acuerdo con

las indicaciones del documento, debieron pasar por tres cuevas que se

comunicaban por largas escaleras; al llegar a la cuarta, un piso de gruesas

losas impedía el pasaje a las siguientes cuevas.

Medio muertos de miedo se detuvieron hasta que oyeron dar en un

campanario el toque de medianoche. Inmediatamente encendieron el trozo

de vela y el moro leyó rápidamente el pergamino.

Al sonar su última palabra, violentos ruidos subterráneos sacudieron

sus oídos. La tierra tembló y las losas se abrieron mostrando una escalera

de piedra.

Venciendo su temor y animándose uno a otro descendieron por ella

hasta llegar a una sala cuyas paredes estaban cubiertas con símbolos

misteriosos. En el centro del aposento se hallaba un enorme cofre asegurado

por siete barras de acero, custodiado a cada lado por moros armados, de

punta en blanco, pero convertidos en estatuas por algún hechizo.

Contra las paredes veíanse grandes recipientes llenos de piedras

preciosas, joyas y monedas de oro. El aguador y el comerciante se

precipitaron sobre ellos, hundiendo los brazos y sacando todo lo que podían

guardar sus bolsillos, pero tal era la impresión que les causaba la

inmovilidad y el rostro de los moros guardianes del cofre, que, contagiados

por un terror indescriptible, abandonaron la sala y corrieron escaleras

arriba hasta llegar a la cueva en que habían dejado la vela, cuya llama,

sacudida por la agitación de los recién llegados, se apagó al tiempo que

nuevos ruidos se dejaban oír y las losas del suelo se unían con gran

violencia.

El pánico que los sacudió fue tal, que, sin saber cómo, subieron las

escaleras, atravesaron las cuevas, los escombros y los árboles, hasta llegar a

contemplar la pálida luz de las estrellas al borde del camino que iba a

Granada.

Dejándose caer sobre la mullida hierba descansaron largo rato; luego,

más animados, resolvieron repartirse las riquezas que habían obtenido y

volver alguna otra noche por el resto. En prueba de mutua seguridad y

confianza, uno se quedó con el pergamino y otro con el trozo de vela, que

pese a todo no olvidaron de recoger. Hecho esto emprendieron el regreso no

sin antes decirle el moro a Peregil:

-Perdonadme, amigo, si os doy un consejo: que guardéis el mayor

secreto hasta que saquemos todo el tesoro y lo pongamos en sitio seguro. Si

algo de eso llega a oídos del Alcalde, bien podemos despedirnos de todo.

-Lo que usted dice es una gran verdad -contestó el aguador-, trataré

de no decir una palabra. -Estoy seguro de su discreción-replicó el moro-,

mas dudo de su mujer.

-Ella no sabrá nada -aseguró Peregil con gran energía.

-Confío en su promesa y en su silencio -terminó diciendo su

acompañante antes de despedirse.

La resolución del buen aguador era terminante, pero no contaba con

la dificultad que tiene un marido en ocultarle un secreto a la esposa. Al

regreso a su casa encontró a su mujer llorando sobre la piel de oveja.

-Ahí llega el perdido de mi marido -exclamó apenas lo vio-. ¡A qué me

trae otro protegido que nos lleve más a la miseria y al hambre!

Aumentando sus gritos y arañándose el pecho agregaba:

-¡Más desgracias nos esperan… ! ¿Qué va a ser de mí y de nuestros

hijos? ¡Los escasos bienes saqueados por jueces y alguaciles, mientras que

el haragán de su padre anda de juerga con moros infieles! ¡Sólo queda

largarnos por las calles a mendigar un pedazo de pan!

Fueron tan dramáticos los gestos y las palabras de su casquivana

mujer, que Peregil, llorando y sin poder contenerse, sacó de su bolsillo unas

monedas de oro y las puso en las faldas de la amargada esposa. Sentir el

suave tintineo del oro y desaparecer las lágrimas como por encanto, fue todo

uno. Su asombro llegó a un punto tal, que el aguador, asustado por el

tamaño que alcanzaban sus ojos y para evitar nuevos reproches, haciendo

graciosas cabriolas, sacó una hermosa cadena de oro y se la colgó sobre el

pecho.

-¿Qué has hecho, Peregil? -exclamó asustada-, ya sospechaba que no

andabas en buenas compañías. con toda seguridad que esto es producto de

algún robo o asesinato.

Y la pobre mujer, lanzando cortos chillidos, empezó a ver a su marido

colgado de la horca. Tal fue el cuadro que imaginó su mente, que presa de

un fuerte ataque de nervios, cayó desvanecida.

No bien repuesta, al aguador no le quedó más remedio, después de

hacerle jurar y rejurar guardar profundo secreto, que contarle la historia

que lo había puesto en camino de la buena suerte. Después que su mujer lo

hubo abrazado llena de alegría, dijo:

-¿Qué me dices ahora del resultado de las buenas acciones y la

herencia que ellas me trajeron?

Y sin más hablar se tendió a dormir mientras su esposa se pasaba la

noche contando las doradas monedas, probándose collares y joyas y

ansiando el día que pudiera lucirlas a la vista de todos.

A la mañana siguiente, el aguador tomó una de las monedas y fue a

venderla a un joyero del mercado, diciendo que la había encontrado entre

las ruinas de la Alhambra. El comerciante, después de cerciorarse de que

era de oro purísimo, se la compró por la tercera parte de su valor.

No reparó en ello el buen Peregil, que sin demora, empleó casi todo el

dinero en comprar ropas y juguetes a sus hijos, provisiones y dulces para

una opípara comida, pasando el resto del día jugando y saltando con los

pequeñuelos.

Su mujer no aguantó mucho tiempo el saberse rica. Empezó por

adoptar un aire misterioso y altanero, dándose importancia con sus vecinas,

a las que hablaba sobre proyectos que iba a realizar o vestidos que había

encargado. Esto motivó que la creyeran falta de juicio y fuera el motivo de

diversión de sus amigas.

Si bien no decía más, al llegar a su casa empezaba a ponerse sobre

sus harapos los collares de perlas, brazaletes y joyas, para tener el gusto de

mirarse y remirarse en un pedazo de espejo que colgaba de la pared.

Como aquello no le fue suficiente, su vanidad la llevó a asomarse a la

ventana para ver el efecto que causaban tan deslumbrantes adornos. Pero la

pobre no se acordó, en ese instante, que frente a su casa vivía Pedrillo

Pedrugo, que en esos momentos, sin clientes que atender, espiaba la calle.

Los destellos de los brillantes hirieron sus ojos. Asombrado, acercóse a la

ventanilla y con la mayor sorpresa reconoció a la mujer del aguador,

alhajada con tanta riqueza como una princesa oriental.

Después de registrar en su mente una lista de los adornos, corrió a

toda velocidad a la casa del Alcalde, contándole, una vez pasada su

agitación, lo que había visto.

Unos instantes después el alguacil “Sombra de la vara” era

comisionado para prender al aguador, que fue conducido ante el juez al caer

la tarde. -¡Pedazo de bellaco -vociferó el Alcalde-, has de pagar caro tu

engaño ¿Conque el infiel que murió en tu casa no te dejó nada más que un

cofre vacío? ¡Y ahora tu mujer luce más brillantes que una reina! ¡Miserable!

¡O me das todo lo que tienes o te mandaré a bailar en la horca

El atribulado Peregil creyó llegada su última hora y cayendo de

rodillas contó cómo había obtenido sus tesoros. El perverso Alcalde, el

taimado alguacil y el rapabarbas soplón escucharon con gran asombro la

fantástica historia.

Una vez repuesto de la impresión, el juez ordenó a “Sombra de la vara”

que detuviera en seguida al acompañante del aguador.

Aturdido por el temor de verse aprisionado por las mallas de tan

codiciosa red judicial, el moro no atinó en un principio a imaginar lo

sucedido. Pero llegar, y ver al lloroso Peregil, fue comprenderlo todo. Con

rabia y desprecio murmuró al pasar a su lado:

-¡Aturdido borrico! ¿No te dije cuán imprudente era confiar en tu

mujer?

Interrogado por el Alcalde, sus palabras no hicieron sino repetir la

historia contada por el aguador, pero el astuto avaro manifestó que no creía

en ella y que debía mandarlos a la cárcel e iniciar una severa investigación.

-Me parece que el señor juez no alcanza a comprender -respondió el

no menos ladino moro que en esa forma no obtendrá ningún beneficio.

Pocos somos en verdad los que conocemos el secreto y en la cámara

subterránea quedan tesoros como para enriquecernos varias veces. Bien

puede usted darnos la seguridad de que nos lo repartiremos por igual. De lo

contrario no diré una sola palabra por más tormento que me apliquen y se

perderá el tesoro.

El Alcalde pensó un instante; luego conferenció en voz baja con el

taimado alguacil, quien le dictó el siguiente consejo:

-No vacile en darle toda clase de seguridades, pues una vez en poder

del tesoro, fácil será deshacerse de ellos amenazándolos con la hoguera por

infieles y hechiceros.

Después de simular que meditaba una resolución, contestó:

-Es demasiado fantástica la historia que me relatan. Para

convencerme de ella debo presenciar ese conjuro esta misma noche. De ser

real nos repartiremos el tesoro como buenos amigos, pero si me engañan, no

obtendrán clemencia. Mientras tanto permaneceréis detenidos.

Estas palabras, que produjeron gran satisfacción a Peregil, fueron

acogidas con cierta reserva por el moro.

Antes de darse la medianoche el Alcalde, el alguacil y el rapabarbas,

armados hasta los dientes, llevando a sus prisioneros y al borrico, partieron

rumbo al lugar en que se encontraba el tesoro.

Su camino fue silencioso v. acompañados por la buena suerte de no

ser vistos, llegaron a la imponente Torre. Después de atar al asno en un

árbol comenzaron a descender las escaleras hasta llegar a la cueva con el

piso de losas.

Peregil encendió el trozo de vela y el moro empezó a leer el pergamino.

De nuevo se sintieron fuertes ruidos, tembló la tierra y con gran estruendo

se separaron las losas del piso dejando ver la estrecha escalera. Tal temor

entró al Alcalde, al mísero alguacil y al curioso barbero, que no se atrevieron

a moverse de donde se hallaban.

Bajaron el aguador y el moro, y sin dejarse intimidar por el fiero

aspecto de los que guardaban el cofre, tomaron dos de los jarrones de mayor

tamaño, repletos de joyas y monedas de oro, que Peregil llevó con gran

trabajo y esfuerzo hasta el borrico, manifestando que era cuanto podía

cargar el animal.

-Sí -apoyó el moro-, es por ahora lo suficiente como para hacernos

varias veces ricos.

-¿Cómo por ahora? ¿Acaso queda más aún? -preguntó el Alcalde.

-¿Que si hay? -contestó el árabe-. Queda lo que más vale, un cofre de

gran tamaño lleno de piedras preciosas.

-¡Pues hay que subirlo sin más tardanza! -exclamó fuera de sí el avaro

Alcalde.

-Hágalo si es su deseo, pero no cuente con mi. ayuda -respondió el

moro-. Creo que ya hemos sacado bastante.

-A mí también me parece -agregó Peregil-, porque mi pobre borrico no

podrá llevar más carga.

En vano amenazó e imploró el Alcalde, pero viendo que no vencía sus

firmes propósitos, dijo al alguacil y al barbero:

-Subiremos nosotros el cofre y nos repartiremos su contenido.

Y acompañado no de muy buena gana por sus secuaces, comenzó a

descender por la escalera.

El moro, que los observaba con atención, no bien vio que llegaban a la

cámara del tesoro, apagó la vela. Terroríficos ruidos se dejaron oír y las

losas volvieron a unirse con fuerte choque, sepultando a los tres perversos

carceleros.

El moro y Peregil no pararon hasta llegar donde pacía el cargado

borrico.

-¿Qué habéis hecho. . . ? -gimió Peregil una vez que el susto lo dejó

articular palabra.

-Nada que no sea la voluntad de Alá -respondió el moro-. Con los

traidores se ha enterrado la avaricia y la maldad. Estaba escrito en el libro

del destino. Así quedarán hasta que alguien conozca el secreto y deshaga el

poderoso hechizo, cosa que creo un poco difícil -y sin decir más, arrojó el

trozo de vela en medio del bosque.

Como nada podía hacer, Peregil se resignó a seguir a su fiero

compañero de regreso a la ciudad. Durante el camino el buen aguador no

pudo menos que abrazar repetidas veces a su noble borrico, por lo que el

moro llegó a pensar que más alegría le proporcionaba tener el animal que el

tesoro.

El reparto de las riquezas obtenidas no originó ninguna diferencia. El

moro, que tenía debilidad

por las piedras preciosas, entregó a Peregil casi todos los objetos de oro,

que, en su conjunto alcanzaban mayor valor.

No olvidaron la anterior lección. Así que en cuanto les fue posible

volvió el moro al África, mientras que el aguador resolvió trasladarse con su

familia y pollino al reino de Portugal.

Los consejos de su ambiciosa mujer le fueron en esos momentos de

mucha utilidad. Con el tiempo llegó a ser un importante personaje que

llevaba espada al cinto y ocultaba las torcidas piernas tras ricos justillos.

Su esposa, cargada de joyas y extravagantes vestidos, se entretenía en

velar por los hijos, que, no por ricos, dejaban de ser tan robustos y

patizambos como el padre, que olvidando el antiguo nombre comercial de

Peregil, llevaba el muy pomposo de don Pedro Gil.

Nadie extrañó en Granada a los tres personajes. Encantados en la

Cámara subterránea, esperarán, quién sabe por cuántos siglos, que les den

libertad y vuelvan a abundar en España soplones barberos, malvados

alguaciles y avaros Alcaldes.

Leyenda de la rosa de la Alhambra

La hermosa ciudad de Granada fue durante mucho tiempo la

residencia predilecta de los reyes de España. Pero una serie de terremotos

que asoló la región y sacudió por entero el antiguo palacio morisco,

atemorizó en tal forma a los reales personajes, que abandonaron

precipitadamente tan peligroso lugar.

La Alhambra permaneció durante largos años en completo abandono.

Los aposentos perdieron su brillo y los jardines su esplendor.

La Torre de las Infantas, morada de las tres famosas princesas Zayda,

Zorayda y Zorahayda, no escapaba al general descuido y se había convertido

en el refugio de arañas, murciélagos y lechuzas.

Contribuía en mucho el hacerla inhabitable la antigua creencia de que

la sombra de la bella Zorahayda, que había muerto en aquella Torre, solía

verse, a la luz de la luna, reclinada en la fuente del saloncito o derramando

amargas lágrimas junto a uno de los ventanales, mientras se oían dulces

notas de un laúd.

Como el tiempo borra los malos recuerdos, un buen día se les ocurrió

a los reyes de España volver a Granada.

Un ejército de obreros invadió la Alhambra, que al cabo de poco

tiempo lucía en todo su esplendor. Redobles de tambores y sones de

trompetas aturdieron a los apacibles habitantes de la montaña. Ondear de

banderas y pendones, cegadores brillos de armas y joyas, deslumbraron a

los habitantes de la ciudad, que con vivas y flores recibían a sus soberanos

Felipe V y su bella consorte Isabel, princesa de Parma.

Los aposentos y cámaras del Palacio de la Alhambra volvieron a vivir

la agitación y el bullicio que reina en una corte. El ir y venir de agraciadas

damas de honor, las galantes frases de los caballeros y las travesuras y

carreras de ligeros pajecillos, alternaban con alegres piezas musicales y

divertidas canciones.

Entre los muchos personajes que formaban la real comitiva se

contaba un paje llamado Ruiz de Alarcón, descendiente de ilustre y noble

familia. Era el favorito de la reina y eso significaba que su físico e ingenio

debían estar de acuerdo con la gracia y belleza que rodeaba a la hermosa y

exigente Isabel.

Se encontraba una mañana en los bosques cercanos al Palacio

adiestrando el halcón favorito de la reina, cuando éste, después de volar a

gran altura, se precipitó sobre un pájaro posado en las ramas de un árbol.

La avecilla consiguió eludir el ataque, lo que hizo que el halcón pusiera

mayor empeño en cobrar su presa, y sin hacer caso a las llamadas del paje,

empezó a perseguirlo hasta que, cansado, se posó sobre la muralla de la

Torre de las Infantas, situada en un barranco algo lejano de la Alhambra.

Con gran trabajo llegó el joven a los muros de la Torre, pero como ellos no

presentaban ninguna abertura y su elevación hacia difícil el escalamiento,

resolvió rodearlo para dar con la entrada.

Ella se abría frente a un pequeño jardín cercado por cañas y

enredaderas. Debió pasar un portillo y cruzar canteros llenos de rosales y

fragantes flores para llegar a la puerta, cerrada en esos momentos. Intentó

abrirla, después de llamar repetidas veces. Pero solamente el silencio

contestaba a sus tentativas. Tras breve espera, se resolvió a mirar por un

pequeño agujero que presentaba la puerta. Su asombro no tuvo límites al

observar que ella daba a un primoroso saloncito morisco, cuyas paredes

tenían delicados adornos que hacían juego con las columnas de una

hermosa fuente de alabastro rodeada de flores sobre la que se apoyaba una

guitarra ricamente adornada. En una de las esquinas colgaba una jaula

cuyo ocupante era un pájaro de raros colores y deliciosos trinos. En un

sillón y sin importarle el canto del ave, dormía plácidamente, entre delicadas

labores femeninas, un magnífico gato persa.

Este cuadro le causó cierta intranquilidad por cuanto le habían

asegurado que aquella Torre estaba deshabitada. Por un momento creyó

haber descubierto un aposento encantado y alguna princesa hechizada bajo

el aspecto de aquel gato persa.

Esta idea lo resolvió a llamar en forma más suave y examinar las

ventanas en busca de un ser humano. Nueva confusión trajo a su mente el

rostro de una bellísima joven, que se dejó ver por unos instantes.

Tras prudente espera, y convencido de que sufría alucinaciones o de

que allí había algún misterio o una dama en peligro, insistió en sus

propósitos, los que obtuvieron por recompensa el presentársele aquella

visión, esta vez convertida en una real y maravillosa beldad de quince años.

Ruiz de Alarcón, venciendo el hechizo de su belleza, la saludó haciendo una

cortés reverencia, al tiempo que decía:

-Más que hermosa princesa, perdón os pido por mi molestia, pero

necesito de vuestro permiso para recoger un halcón posado en lo alto de

esta Torre.

-Lamento, señor, no poder complaceros -contestó la dulcísima voz de

la joven- porque mi tía no me permite abrir la puerta a desconocidos.

-No me consideréis impertinente, pero es el caso que esa ave es la

favorita de la reina y no puedo dejar de rescatarla.

-¿Sois entonces un caballero al servicio de su majestad?

-Ese es mi cargo, encantadora princesa, pero muchos males me

aguardan si no regreso con ese malvado halcón.

-Pues entonces lo lamento mucho. Mi tía me ha advertido que jamás

deje entrar a los caballeros de la Corte.

-Pero considerad, gentil señorita, que entre ellos hay malos y buenos y

que el que os habla es un inocente paje, que caerá en desgracia si le negáis

este pequeño favor.

La joven, que por hermosa no dejaba de tener delicados sentimientos,

consideró que era verdaderamente penoso que aquel gentil paje resultara

perjudicado, sobre todo porque no se parecía por su físico y humildes

súplicas a los terribles y malvados caballeros de la Corte, que, según su tía,

eran tan peligrosos para las incautas jóvenes.

Viendo que la niña se manifestaba indecisa, el paje renovó sus

pedidos con tanta elocuencia, que la tímida y ruborosa joven terminó por

abrir la puerta.

Si a Ruiz de Alarcón la guardiana de la Torre le pareció muy hermosa,

sus sentidos se deslumbraron al apreciar toda la belleza y la gracia que

derramaba aquella aparición celestial, que convertía en mustias y pálidas a

todas las flores de Granada.

Venciendo su turbación, subió a buscar al desobediente pajarraco. Al

bajar encontró a la joven sentada cerca de la fuente y entretenida en tejer

un delicado encaje, pero al levantar la vista un ovillo de hilo se deslizó sobre

el suelo. Apresuróse el paje a recogerlo y doblando la rodilla se lo ofreció

como si fuera una reina, y como a tal le besó la mano cuando ella intentó

tomarlo.

A su exclamación de enojo quiso el joven responder con varias de las

galanterías que se acostumbraban en la Corte, pero fue presa de una gran

timidez. Las palabras morían en sus labios sin poder pronunciarlas, y lo

poco que alcanzó a decir eran sonidos inarticulados que contribuían a

confundirlo más aún.

Aunque inocente y candorosa, la niña alcanzó a comprender las

razones que perturbaban al paje y su enojo cedió ante la alegría de tener

rendido a sus pies a tan apuesto servidor de la reina.

Cuando el joven empezaba a recobrar la serenidad, una lejana voz

hizo sobresaltar a la guardiana de la Torre.

-Es mi tía que regresa -exclamó temerosa-. Marchaos, señor,

inmediatamente, que me ponéis en grave compromiso.

-No me moveré de aquí -contestó Ruiz de Alarcón-, hasta tanto no me

entreguéis como recuerdo esa rosa que adorna vuestros cabellos.

Con gran rapidez la niña desprendió la flor de sus trenzas y el paje,

poniéndola sobre su corazón, desapareció detrás de los arbustos que

adornaban el jardín.

Entrar la precavida tía Fredegunda a la Torre y darse cuenta de que

allí había ocurrido algo anormal fue todo uno.

-¿Qué es lo que ha pasado? -preguntó con su chillona voz.

-Nada que pueda decirse grave, querida tía -contestó la joven,

sofocada por la emoción-. Un halcón que perseguía su presa llegó hasta

aquí.

-¡Jesús, María! ¡Qué barbaridad! ¡Ya ni nuestro pájaro está a

resguardo de ese voraz halcón! ¡Ay, Dios mío! Ten cuidado de cerrar bien la

puerta.

Diciendo esto la buena anciana, después de poner orden en el

aposento, dedicó largo rato a aconsejar a su sobrina contra las acechanzas y

galanterías de Inahallernc de la Cnrre

Aunque jamás había sufrido ningún desengaño, porque nunca había

contado con facciones agradables, no por eso dejaba de trasmitir a la joven

cuanto conocía sobre los peligros que acechan a las jóvenes.

Su hermosa sobrina Jacinta, que hasta hacía poco tiempo había

estado completando su educación en un convento, era huérfana, siendo su

padre un valiente oficial muerto en el campo de batalla. Su tía la guardaba y

vigilaba con gran celo, pero su belleza y dulzura no habían pasado

inadvertidas para los habitantes de la ciudad, quienes con gran admiración

la llamaban la “Rosa de la Alhambra”.

Pronto se cansó de Granada el rey Felipe V, y decidió dirigirse hacia

otra ciudad. Al enterarse la vigilante tía de la partida de los soberanos, no

dejó de observar atentamente el paso de los caballeros que constituían el

séquito real. Cuando el último de ellos hubo desaparecido a su vista,

emprendió el regreso muy satisfecha porque su sobrina ya no corría peligro

alguno. Pero al acercarse a su vivienda quedó muda por el asombro. Un

hermoso caballo árabe se revolvía inquieto frente al portillo del jardín,

mientras que entre las flores un apuesto joven se arrodillaba ante su

sobrina.

Al acercarse, el potro dio un relincho de aviso y el paje, sin esperar

más, besó la mano de la niña y saltando la cerca montó a- caballo,

desapareciendo en un instante.

Jacinta, afligida por la partida del joven, sin importarle lo que podía

pensar y decir la vigilante Fredegunda, se arrojó a sus brazos derramando

abundantes lágrimas.

-¡Ay, tía! -gemía entre sollozos-. ¡Se ha ido! ¡Se ha alejado de mí y

nunca más lo veré¡

-¿Pero a quién le ha sucedido eso? ¿Qué malas noticias trajo ese joven

que se arrodillaba ante ti? -¡Es él, tía, por quien lloro! ¡Es un paje de la reina

que se despedía de mí!

-¡Un caballero de esa laya! -exclamó fuera de sí la inmaculada tía-.

¿Cómo has conocido tú a ese personaje?

-El día en que el halcón de la reina se posó en la Torre, él era el

encargado de cuidarlo.

-¡Ay, niña de mi alma! ¡No existe ave de rapiña peor que esos alocados

pajes, que se divierten en cazar tan candorosas avecillas como eres tú!

Con gran enojo cerró la puerta de la Torre con toda clase de trancas

para que nada volviera a perturbar a su hermosa sobrina.

Bajo extrema vigilancia pasó la niña verano e invierno sin tener

noticias del apuesto paje. Al llegar la primavera y cuando todo era vida y

esplendor, la bella Jacinta empezó a perder colores mientras honda tristeza

le hacía olvidar sus agujas, enmudecer su dulce voz como también las

melodías que tañían las cuerdas de la guitarra.

Sus ojos ya no brillaban como las estrellas, el llanto los enrojecía casi

a diario.

La rígida Fredegunda creía aliviar sus penas diciéndole a menudo:

-¡Ay, candorosa sobrina! ¡Mira si no das razón a mis palabras! ¿No te

advertí repetidas veces de lo inconstantes y frívolos que son los caballeros de

la Corte? Por otra parte, ¿qué puedes esperar, tú, una pobre huérfana, de

un joven de noble familia? Aunque quisiera casarse contigo, estoy bien

segura de que sus padres se lo impedirían. Déjate, pues, de llorar y no te

aflijas por cosas imposibles.

Estas palabras no hacían sino aumentar el desconsuelo de Jacinta,

que para evitar las recriminaciones de su tía, trataba de aislarse lo más

posible.

Una calurosa noche -su tía hacía tiempo se hallaba entregada al

sueño- permanecía en el salón de la Torre evocando junto a la fuente aquella

feliz mañana en que el apuesto paje había solicitado su ayuda, cuando al

recordar cuán pronto la había olvidado, sus ojos se llenaron de lágrimas que

corriendo por las mejillas cayeron en la taza de la fuente. El agua, quieta

hasta entonces, empezó a agitarse y formar burbujas que fueron creciendo y

se convirtieron en una bella joven, vestida como una princesa árabe.

La aparición impresionó en tal forma a Jacinta, que olvidando sus

penas huyó del salón. Después de agitada noche y ya al amanecer, despertó

a su tía para contarle lo que le había ocurrido.

Mas la austera Fredegunda lo creyó un delirio o un sueño de su atribulada

cabecita.

-Con toda seguridad -dijo a modo de conformarla- que habías estado

recordando la vieja leyenda de las tres princesas moras.

-¿Qué leyenda es esa que no recuerdo, querida tía?

-Pero me parece que te la he contado hace mucho tiempo. Se refiere a

las tres hijas del entonces rey de Granada, Zayda, Zorayda, y Zorahayda,

que permanecieron guardadas en esta Torre por orden de su padre, hasta

que para poner fin a su cautiverio resolvieron escapar y casarse con tres

valientes caballeros cristianos, pero a último momento la menor de ellas se

dejó vencer por el temor, negándose a dejar esta Torre, en la que había de

morir poco tiempo después.

-Recuerdo ahora que conocía esta leyenda y que he acompañado con

lágrimas las desdichas de Zorahayda.

-No me extraña que ello ocurriera, por cuanto quien la pretendía era

uno de tus antepasados, que después de largo tiempo y cicatrizado su

corazón, se casó con una noble dama de la Corte.

-Es otra alma que sufre tanto como yo -pensó para sí la joven-, y no

he de temerle. Esperaré esta noche, por si nuevamente llega a aparecer.

Siguiendo su pensamiento, apenas se durmió la vigilante Fredegunda y en la

Torre reinó completo silencio, se levantó y bajó al saloncito que adornaba la

fuente morisca. El lejano campanario de una iglesia anunciaba la

medianoche, cuando la superficie del agua empezó a agitarse y a formar

burbujas, surgiendo la bella princesa, cuyos vestidos lucían valiosas joyas,

llevando en sus delicadas y pequeñas manos un precioso laúd.

La joven estuvo a punto de abandonar sus propósitos, y huir, pero la

triste voz v el sufrimiento que reflejaban sus bellas facciones la detuvieron.

-¿Cuáles son tus penas, hermosa criatura – dijo con tono cariñosopara

alterar con lágrimas la quietud de la fuente? ¿Qué pesar amarga tu

corazón para interrumpir la tranquilidad de la sala con lamentos y

suspiros?

-Lloro la ausencia de un doncel que en ¡vano prometió tenerme en su

memoria.

-No te aflijas, niña mía, porque penas mayores hay en el mundo y las

tuyas se resolverán con felicidad. Ten presente mis desdichas. Soy una princesa

mora a quien un caballero, tu antecesor, me cortejó y fue

correspondido al punto de convenir casarnos y convertirme a su religión,

pero en el instante de cumplir nuestros propósitos, me faltó valor, y como si

ello fuese un castigo, se apoderó de mi espíritu un hechizo que sólo tú

puedes romper, si nada en ti se opone a ello.

-Por el contrario -respondió muy emocionada Jacinta-, haré cuanto

pueda por libraros de él. -Gracias, niña mía, aproxímate sin miedo y bautízame

con el agua de la fuente según manda tu religión; sólo así descansará

mi alma.

Temblorosa acercóse Jacinta a la fuente y, después de sumergir su

pequeña mano en el agua, cumplió con aquel singular pedido. La princesa,

al término de la ceremonia, sonriente de felicidad, se desvaneció en

finísimas gotas de rocío, mientras que el laúd de plata se depositaba a los

pies de la niña.

Poco tardó en abandonar el aposento y refugiarse en el lecho. Apenas

concilió el sueño. Los primeros rayos del sol la sorprendieron pensando si lo

sucedido era una realidad o fantasía.

Sin poder contener la curiosidad, bajó al saloncito. La emoción casi la

desvanece al ver el laúd de plata en el mismo lugar que había quedado la

noche anterior. Corrió entonces a despertar a su tía contándole con voz

entrecortada por la agitación lo sucedido y la existencia del magnífico

instrumento.

Después de vestirse, bajó Fredegunda al salón, y su frío corazón se

enterneció cuando su sobrina, pulsando el laúd, arrancó de sus cuerdas

una melodía tan prodigiosa como cautivadora.

Jacinta encontró en la música felices momentos que le hacían olvidar

las penas de su corazón. Pero sin darse cuenta, las maravillosas notas del

laúd detenían a cuanta persona se aproximaba a la Torre.

Las propiedades de aquella extraordinaria música no tardaron en

conocerse y hacer famosa a su ejecutante.

Los nobles más distinguidos rivalizaban en invitar a aquella virtuosa

joven, porque sus ejecuciones eran un poderoso imán, sin el cual no había

fiesta posible.

Su celebridad corrió por España entera y en todas las ciudades se

elogiaba a la renombrada artista, cuya música exaltaba los sentidos.

Jacinta no se daba tiempo en atender tanta invitación y agasajos, y la

vigilante Fredegunda, cada vez más alerta y desconfiada, debía sostener

verdaderas batallas para contener a los admiradores de su maravillosa

sobrina.

Mientras esto ocurría, el rey Felipe V fue presa de una rara

enfermedad mental que, después de pasar por diversas alternativas, hizo

crisis en la manía de creerse muerto, y que como tal, ordenó debían darle

sepultura.

Grave conflicto causó a la reina y a los ministros tan raro capricho. No

podían desobedecer la real orden ni tampoco cumplirla, pues el enterrarlo

vivo hubiera sido castigado por el delito de regicidio.

Preocupados por tan complicado problema, los personajes de la Corte

buscaban toda clase de soluciones, cuando llegaron a sus oídos las

maravillosas virtudes de una joven tañedora de laúd. Al punto se destacaron

emisarios en su busca, y, pocos días después, la joven llegó al palacio

vestida al estilo andaluz y con su laúd de plata, en momentos que Isabel se

paseaba en compañía de sus damas de honor por los hermosos jardines.

Sorprendida quedó la reina al ver tan noble belleza y timidez en la joven que

enloquecía de admiración a España, y que con tanto acierto llamaban la

“Rosa de la Alhambra”.

Su tía Fredegunda no tardó en informar a la soberana de su historia y

antepasados, aumentando el interés de la reina al enterarse de que

descendía de muy noble familia y de que su padre había dado la vida en

defensa de sus reyes.

-Espero -dijo Isabel- que tu llegada a la Corte confirme tus excelentes

dotes como ejecutante de tan precioso instrumento. Pero, si eres capaz de

aliviar el mal que aqueja a tu rey, gozarás de mi protección y muchos serán

los honores y riquezas que te aguardan.

Ansiosa de probar las virtudes de tan eximia artista, guió a la joven a

través del palacio hasta llegar a una tétrica aunque imponente sala, cubierta

con negras colgaduras. Largos velones iluminaban un suntuoso catafalco,

desde donde asomaba la nariz del monarca, que, con las manos cruzadas

sobre el pecho, esperaba que le dieran sepultura.

Entró la reina, haciendo señas de guardar silencio a los enlutados y

tristes caballeros que rodeaban a su esposo, y señalando un pequeño

asiento, indicó a la hermosa Jacinta que podía comenzar.

La emoción hizo en un principio vacilar sus delicados dedos, pero a

medida que iba tocando, su entusiasmo crecía y con ello mejoraba la forma

de ejecutar, que alcanzó a una perfección tal, que los presentes se sintieron

transportados al reino de la música. Después de tocar algunas melodías que

el maniático rey creyó sin duda provenían de los ángeles, la eximia artista

empezó a cantar al compás del laúd un famoso romance que exaltaba las

glorias de la Alhambra y los heroicos hechos de armas de los guerreros

moros. Como la canción se asociaba al recuerdo del apuesto paje, fue tal el

sentimiento que puso al entonarla, que el rey incorporóse en el catafalco

para luego arrojarse al suelo y ordenar con viva impaciencia que se le trajera

su espada y su escudo.

Al punto aquella orden fue coreada por vivas y gritos de alegría, las

ventanas fueron abiertas y el sol entró raudo.

Pasado este primer momento, todos se volvieron a la excelsa artista,

que había abandonado su asiento y presa de una intensa palidez, mientras

el laúd se deslizaba hasta el suelo, iba a caer desvanecida, si en el mismo

momento no la hubiesen recogido los brazos del apuesto Ruiz de Alarcón.

Repuesta la hermosa Jacinta de su emoción, no se negó a escuchar

las justificaciones que de su inexplicable silencio le ofrecía el joven. Como

era de imaginar, apenas confesó a su padre su afecto por la joven, éste le

prohibió en absoluto toda relación que no estuviera de acuerdo con su

alcurnia y nobleza.

Pero pronto la reina venció los escrúpulos de tan rígido padre, que al

conocer la gracia y belleza de su futura hija y las mercedes y favores que le

otorgaban en la Corte, consintió, sin más vacilar, no tardando mucho

tiempo en celebrarse con gran pompa las bodas de la hermosa “Rosa de la

Alhambra” con el gentil caballero Ruiz de Alarcón.

En su felicidad, olvidaron el mágico laúd, que al cabo de un tiempo

fue robado por un envidioso artista italiano traído a la Corte, antes de la

maravillosa cura del rey. A su muerte sus ignorantes parientes hicieron

fundir el preciado metal, mientras que sus cuerdas fueron aprovechadas en

un viejo violín de Cremona, cuyas mágicas notas dieron merecida fama al

gran Paganini.

Leyenda del Gobernador y el Notario

Entre las autoridades que gobernaron la Alhambra, se destacó, hace

muchísimos años, un viejo y valiente militar que, habiendo perdido un brazo

en una célebre batalla, era conocido por el nombre de “El gobernador

manco”.

Ufano de su gloria y coraje, irritable y severo en sus actos, resultaba

imponente con los largos y erguidos mostachos que casi le llegaban a los

ojos, altas botas y larguísima espada.

Aplicaba con toda exactitud los reglamentos y ordenanzas que

establecían a la Alham Ira como fortaleza real. No se podía entrar con

ninguna clase de armas, a no ser algún noble caballero, y los jinetes debían

desmontar al llegar a la puerta y conducir por la brida a su cabalgadura.

Como el gobernador no hacía excepciones y mantenía con estricto

rigor su autoridad, muy pronto se indispuso con el capitán general que

mandaba en la provincia y que no toleraba que en su jurisdicción existiera

otro Estado que resistiese a su poder.

Esta enemistad, agriada por continuas discusiones, exasperaba y

enfurecía cada vez más a las celosas autoridades.

“El gobernador manco” alcanzaba cierta ventaja

sobre su rival, porque el suntuoso palacio de la capitanía, situado al pie de

la colina en que se levantaba la Alhambra, era dominado por una de las salientes

de la fortaleza y allí, en horas en que mayor era la cantidad de gente

que iba y venía, se paseaba erguido, espada al cinto, con desdeñoso gesto de

superioridad militar.

Cada vez-que bajaba hasta la ciudad, lo hacía con gran pompa, en la

vieja carroza tirada por ocho mulas y con numerosa escolta de caballerizos y

lacayos. Esta exhibición le causaba cierto placer, sobre todo al observar a

los impresionados habitantes de Granada contemplarlo con gran temor y

respeto. Pero no reparaba en las sonrisas de los amigos del capitán general,

que burlándose de tanto aparato lo llamaban: “El rey de los mendigos”, de

acuerdo con la pobreza y mísero vestir de sus vasallos.

Pero el principal motivo de tanta enemistad lo proporcionaba el

derecho que tenía el gobernador de pasar las provisiones para la fortaleza

libres de todo impuesto provincial.

Este privilegio provocó que numerosas bandas de contrabandistas

hicieran grandes negocios en connivencia con los soldados de la guarnición.

La situación llegó a tal extremo, que el capitán general decidió un día

ponerle fin. Para resolver el asunto, llamó a un solapado notario que atendía

la secretaría y que se distinguía por tramar toda clase de enredos y pleitos

contra la autoridad de la Alhambra.

Después de estudiar el caso, el astuto secretario le aconsejó que

insistiera en detener y registrar cuanto cargamento pasara por la ciudad.

Para afirmar sus derechos, redactó un extenso memorial que debía enviarle

al gobernador.

Recibirlo el viejo militar y poner el grito en el cielo fue todo uno.

-Al diablo -exclamó furioso- con leyes y notarios. ¡Qué pobre

capitanejo ha de ser el que pretende asustarme con papeluchos y escritos de

un avenegra! ¡Ya le demostraré lo que vale una espada frente a un tinterillo!

Y sin más, contestó al largo escrito sosteniendo sus derechos al libre

tránsito y amenazando con castigar a los plebeyos aduaneros que se

atraviesen a detener cualquier cargamento destinado a la Alhambra.

Planteada tan grave situación, llegó un buen día una mula cargada

con víveres para el gobernador. El cabo que mandaba el pelotón, custodio

del animal, era como su jefe, testarudo y valiente. Al llegar a las puertas de

la ciudad puso sobre la carga la bandera de la Alhambra, y con aire de

desafío hizo avanzar sus cuatro soldados.

Habían caminado muy pocos pasos cuando sonó el “¿quién vive?” del

centinela.

-Fuerzas de la Alhambra -contestó con aire marcial el cabo.

-¿Qué lleváis?

-¡Víveres para el gobernador!

-Pasad .. .

El cabo dio la voz de marcha y apenas el reducido convoy caminó

unos metros, cuando varios aduaneros que permanecían ocultos en el

puente los rodearon en forma amenazadora.

-¡Deteneos! ¡-gritó el que parecía el jefe-. No podéis pasar sin que

hayamos visto lo que lleva ese animal.

Sin dejarse atemorizar, el cabo ordenó atención, preparar las armas y

seguir avanzando.

-No sois ciegos para ver la bandera de la Alhambra y por tanto lo que

llevamos escapa a todo registro. –

-¡Al diablo con tu bandera y para de una vez.

-No reconozco vuestra autoridad y si la queréis imponer os va costar

caro.

Dicho esto, fustigó a la mula, pero el jefe de los aduaneros se adelantó

y la tomó de las riendas. El cabo, después de dar la voz de alto, disparó el

fusil, hiriéndolo de muerte.

Los aduaneros cayeron sobre el viejo militar. que después de sufrir las

iras del populacho, traducidas en puntapiés, palos y golpes de puño, fue

cargado de cadenas y encerrado en la cárcel.

Sus soldados, que a favor de la confusión habían emprendido una

estratégica retirada, retornaron en busca de la mula, cuya carga había sido

registrada y aliviada.

Al enterarse el gobernador de los pormenores del grave episodio, el

insulto a su bandera y la prisión de un jefe de sus tropas, su cólera alcanzó

límites insospechados. Pensó enclavar cañones en la saliente que dominaba

a su enemigo y bombardear la capitanía general, pero como aquel plan no

era factible porque la artillería estaba fuera de uso, se conformó con enviar a

un soldado exigiendo – la entrega del cabo por considerar que únicamente él

podía castigar los delitos cometidos por sus súbditos.

El capitán general, aconsejado por el solapado notario, contestó,

después de muchos días, que como el hecho había ocurrido en la ciudad y la

víctima era uno de sus servidores, no cabía ninguna discusión ni duda

sobre sus derechos a juzgar al autor del crimen.

Insistió el gobernador en lo que creía justo y contestó el capitán

general con nuevos argumentos legales, cosa que ponía fuera de sí al viejo

militar, que odiaba todas las mañas y argucias de los defensores de la ley.

Mientras se cruzaban pedidos y negativas, el astuto notario, que se

divertía en provocar la ira del gobernador, continuaba con toda rapidez la

instrucción del sumario. El autor del hecho detenido en un pequeño

calabozo, consumía su impaciencia asomándose a una ventana cruzada con

gruesos barrotes por donde conversaba o recibía regalos de sus amigos.

Después de llenar cientos de hojas con declaraciones de testigos,

antecedentes y reconstrucciones, el falso notario consiguió enredar en tal

forma al cabo, que sin saber cómo terminó por confesarse autor del delito de

asesinato, que se castigaba con la muerte en la horca.

Al saber el gobernador el fin que aguardaba a su fiel soldado, llegó al

colmo de la furia y lanzó toda clase de amenazas contra la ciudad. Pero sus

autoridades parecieron ignorarlas y el día antes del señalado para cumplir la

sentencia el cabo fue puesto en capilla.

Llegadas las cosas a tal extremo, el gobernador no vaciló en resolver

personalmente este asunto. Hizo disponer la carroza, y escoltado por

soldados y servidores bajó a la ciudad como si fuese a visitar amigos.

Después de recorrer algunas calles, dirigióse hacia la casa del notario.

Se detuvo ante ella y ordenó que lo llamaran hasta la puerta.

-Según noticias, ha sido condenado uno de mis soldados -gritó el

gobernador.

-Así es, señor -contestó con socarrona sonrisa el notario-. No se ha

hecho más que, cumplir las disposiciones de la ley, como fácil os será

comprobarlo leyendo las declaraciones y la confesión del autor.

-Quisiera convencerme de esa justicia, si no tenéis inconvenientes –

pidió el gobernador.

El notario, inflado de vanidad, al poder demostrar su saber e

inteligencia en asuntos de esa clase, no tardó en regresar con el voluminoso

expediente. Acercándose a la carroza se puso a leer, dándose mucho tono y

autoridad, las principales partes del juicio. Lo hacía con tanta teatralidad,

que pronto los vecinos empezaron a rodearlo llenos de curiosidad.

-Si podéis, haced el favor de subir a la carroza -le interrumpió el

gobernador-. Me distrae este corrillo de abribocas y no puedo seguir vuestra

lectura.

Aceptó el notario de buen grado la proposición del gobernador, pero

no había terminado de sacar el segundo pie del estribo, cuando en contados

segundos se cerró con fuerza la puerta de la carroza, el conductor sacudió

varios latigazos a las mulas y coche, escolta y servidores, ante el asombro de

los vecinos, partieron a toda velocidad hasta llegar a la Alhambra y encerrar

al prisionero en uno de los mejores calabozos.

Después de tener asegurada tan valiosa presa, el gobernador envió a

un oficial con bandera de parlamento, proponiendo a su enemigo el canje de

los prisioneros.

El capitán general, herido en su dignidad, rehusó en forma altanera

esa proposición y ordenó se aceleraran los trabajos para levantar una gran

horca en el centro de la plaza.

-¿Con que ésas tenemos? -dijo el viejo militar, mandando se

construyese otro patíbulo en la parte de la fortaleza que dominaba la plaza.

Cuando estuvo listo, envió un nuevo mensaje advirtiéndole que en

cuanto el cabo fuese ahorcado, el pérfido notario bailaría al extremo de una

cuerda.

El capitán no varió sus propósitos. Hizo formar las tropas, mientras

redoblaban los tambores y tocaban las campanas anunciando la ejecución.

El gobernador no se quedó en menos. Mandó formar la guarnición de

la fortaleza al son de tambores y campanas que participaban la próxima

muerte del notario.

Su esposa, que seguía con desesperadas lágrimas toda la ceremonia,

cruzó acompañada de sus numerosos hijos la muchedumbre, que no

apartaba los ojos de lo que iba a ocurrir en lo bajo y en lo alto de Granada,

para caer de rodillas frente -al capitán general y pedirle aceptase la

proposición del enemigo.

-Bien conocéis -dijo- que el gobernador cumplirá con su palabra y mi

esposo será ahorcado. Comprended, señor, que por un capricho me priváis

de sostén y condenáis a la miseria a mis numerosos hijos.

Conmovióse el capitán general por tantas lágrimas que lo ayudaban a

no perder tan ladino consejero, y dio orden a un oficial para que condujera

hasta la Alhambra al arrogante cabo, que aun vestido con la ropa de

ajusticiado no dejaba de ir con la frente erguida y marcial continente, y pidió

se cumpliese el canje solicitado.

No se demoró mucho en sacar al notario del calabozo. La socarrona

sonrisa había desaparecido y el terror se reflejaba en sus ojos. Sus cabellos

encanecieron y fuertes temblores sacudían su cuerpo.

El gobernador, con agria sonrisa, observó un momento su lamentable

estado, y apoyando su brazo en la espada, dijo con severo tono:

-Veo que sufrís las consecuencias de mandar gente a la horca. Y

aunque estéis amparado en la ley, la confianza nunca debe cegaros, sobre

todo cuando sintáis deseos de provocar con esas chanzas a un viejo militar.

Según dicen los viejos habitantes de Granada, el capitán general no

tuvo, desde ese entonces, malos consejos y la paz volvió a reinar entre tan

celosas autoridades.

Las Cruzadas y los Primeros Reyes de Granada

No pueden leerse las maravillosas y graciosas leyendas de la

Alhambra sin recordar a los reyes que tuvieron la virtud de fundar y

construir esta joya arquitectónica, sublime demostración del genio de los

artífices árabes, monumento imperecedero de la gloria de España.

Para conocer tan interesantes hechos, debió el autor estudiar las

numerosas crónicas que se conservan en la Biblioteca de la Universidad de

Granada.

Según la historia, el primero de estos reyes, llamado Mohamed Abu –

Alhamar, nació en Arjona en el año 1195 de la Era Cristiana. Descendiente

de la noble rama de los Beni-Nasar, sus padres no escatimaron medios para

educarlo de acuerdo con el elevado rango que ocupaba la familia.

La civilización árabe había alcanzado en aquel entonces gran

adelanto. En las principales ciudades existían escuelas y sabios maestros de

artes y ciencias, donde los más ricos y distinguidos personajes educaban a

sus hijos.

Al llegar Abu-Alhamar a la mayoría de edad, demostraba gran

inteligencia y perspicacia, tanto en las ciencias como en los negocios

públicos, por lo que fue nombrado alcaide de las ciudades de Arjona y

Jaén. Pronto se distinguió por su bondad y justicia, lo que le proporcionó

enorme popularidad y merecido respeto.

A la muerte del rey Abou Hud, el pueblo musulmán se dividió en

varios bandos. Muchos nobles se manifestaron a favor del justiciero Abu-

Alhamar. Sus partidarios aumentaron en tal forma que, después de ser

aclamado en numerosas ciudades, llegó a Granada, donde fu é proclamado

soberano.

Su gobierno dio a sus entusiastas súbditos nuevos motivos de alegría

y bienestar. Creó un admirable sistema de policía y dictó estrictas leyes para

la administración de justicia. Atendía personalmente a los necesitados,

fundando numerosos hospitales para ciegos, ancianos y enfermos; escuelas

para instruir los niños, carnicerías, hornos públicos y un sistema de

irrigación que beneficiaba a la ciudad y los campos vecinos.

Por su sabia administración y sus inteligentes iniciativas, Granada se

había convertido en un centro de cultura y comercio que traía la

prosperidad a sus habitantes.

Como no hay felicidad duradera, y cuando menos se sospechaba,

sobre el reino se elevaron amenazadores nubarrones que presagiaban

sangrienta guerra.

Los ejércitos cristianos, aprovechando las divisiones y rivalidades de

los príncipes moros, habían empezado a recobrar el territorio que

permanecía en manos de los árabes.

Jaime el Conquistador se había apoderado de Valencia y Fernando el

Santo de Andalucía, llegando a sitiar, hasta que consiguiera tomarla, la

ciudad de Jaén.

Abu-Alhamar comprendió bien pronto la imposibilidad de resistir las

poderosas fuerzas de Castilla. Después de profunda meditación resolvió

presentarse, en forma secreta, al rey Fernando.

Cuando llegó a su presencia, besando la mano del monarca español,

dijo:

-Soy Mohamed Abu-Alhamar, rey de Granada; vengo a ponerme bajo

vuestro mando. Aceptadme como vasallo y disponed de mis pobres dominios

como mejor os plazca.

Fernando, que tenía buen corazón, apreció como se debía este gesto y,

abrazando a su rival, lo admitió con los derechos y prerrogativas de su más

noble vasallo, con la condición de pagarle cierto tributo anual y ayudarlo en

sus campañas militares.

El rey Fernando pronto necesitó el auxilio de Abu-Alhamar, quien

acudió al frente de quinientos guerreros para combatir contra los de su raza

y religión.

El valor que demostró el moro en la conquista de la ciudad de Sevilla,

sus solicitudes a Fernando para que tuviese clemencia con los vencidos, no

vencieron su triste fama ni su amargura al darse cuenta que a su reino le

amenazaban graves peligros.

Los habitantes de Granada esperaban a su rey con grandes festejos y

arcos de triunfo, en homenaje a su bravura y bondad. La multitud delirante

lo aclamó como “El Ghalib”, o sea “El Victorioso”, pero el apenado rey

exclamó: “¡Sólo Dios es vencedor!”, palabras que adoptó por divisa,

haciéndolas grabar en su escudo.

Mohamed tenía presente que la paz que había comprado a tan duroprecio

no podía ser duradera. Siguiendo el viejo refrán “Ármate en tiempo de

paz y abrígate aun en verano”, empezó a construir obras de defensa,

aumentando sus arsenales y estimulando en toda forma las artes e

industrias que dieran mayor poderío a Granada.

De estas iniciativas surge la que más brillo y renombre ha de dar a su

reino: el maravilloso palacio de la Alhambra.

Su construcción empezó en el año 1250 y fue dirigida y vigilada por

Abu-Alhamar, cuyas sencillas costumbres lo llevaban a mantener largas

conversaciones con los obreros y dirigir los trabajos de los artistas y

maestros de obra.

Pasaba la mayor parte del tiempo en los jardines, donde se cultivaban

las plantas y flores más exóticas y hermosas de España, leyendo o

completando la educación de sus tres hijos.

Permaneció fiel a su promesa de lealtad, y a la muerte de Fernando el

Santo envió, con su pésame al nuevo rey Alfonso X, un séquito de cien

caballeros que velasen sus restos en la Catedral.

Mohamed Abu -Alhamar llegó a vivir muchísimos años. Un día, al

salir al frente de las tropas para rechazar un ataque de sus enemigos, uno

de sus jefes, por casualidad, rompió la lanza contra el arco de la puerta. Sus

acompañantes vieron en ello una señal de mal augurio y rogaron al anciano

rey que desistiera de sus propósitos y confiara las tropas a otro jefe. Pero

Abu – Alhamar no hizo caso y ordenó continuar la marcha. Al atardecer, un

súbito malestar casi lo derriba del caballo. La extraña enfermedad tuvo un

trágico desenlace frente al cual se declararon impotentes los médicos de la

Corte, falleciendo el soberano.

Su cuerpo fue embalsamado y colocado en un suntuoso féretro de

plata labrada, que se depositó, acompañado por el dolor de sus súbditos, en

un magnífico mausoleo de mármol.

La Alhambra guarda, con sus restos, imperecedero recuerdo de su

esclarecido fundador. Pero la magna empresa lleva asociado otro no menos

ilustre hombre: el que continuó y dio fin a la construcción de tan suntuoso

palacio.

No puede quedar en el olvido el célebre príncipe Yusef Abul Hagig, que

ocupó el trono de GrpLnada en el año 1333.

Sus condiciones morales eran muy semejantes a las de su antecesor

Mohamed Abu – Alhamar, pero su físico mucho más agraciado, causaba

admiración. De alta estatura y prodigiosa fuerza, aumentaba su presencia y

nobleza con una larga barba negra. Su cultura y sus conocimientos se

extendían a todas las ciencias y artes de aquel entonces. Alcanzaba gran

fama como poeta y conquistaba a su pueblo por su cortesía y humanidad. Si

bien de mucho valor y coraje, aborrecía la guerra por sus inútiles matanzas,

por lo que llegó a prohibir a sus guerreros todo acto de crueldad, y mandó

respetar y proteger a las inocentes víctimas, es decir, las mujeres, los niños,

y los enfermos.

¡Tan nobles sentimientos no podían consagrarlo como un gran

guerrero! Derrotado por las fuerzas de los reyes de Castilla y Portugal, se

retiró a Granada, dedicándose enteramente a la educación y bienestar de su

pueblo.

Inició la construcción de diversas obras, entre las que se cuentan la

terminación de la Alhambra, iniciada por Abu-Alhamar, la Puerta de la

justicia y el Alcázar de Málaga. Agregó nuevos ornamentos y obras de arte a

patios y salones del palacio, revistiendo a su conjunto de la gracia y

elegancia que lo han hecho tan famoso y visitado.

Los nobles de la ciudad no tardaron en seguir el ejemplo del rey, y

pronto la ciudad se vio rodeada de hermosos palacios, verdaderas obras de

arte que llevaron a decir a un escritor que “Granada era en aquella época un

vaso de plata cubierto de esmeraldas y jacintos”.

La nobleza de Yusef se manifestó cuando su peor enemigo, Alfonso XI

de Castilla, murió a raíz de una cruel epidemia mientras sitiaba la ciudad de

Gibraltar. En vez de alegría sólo manifestó pesar, diciendo que aquella

desgracia privaba al inundo de uno de los más ilustres príncipes.

Sus tropas suspendieron la lucha y abrieron camino a las fuerzas que

trasladaban hasta Sevilla al difunto rey.

El destino proporcionó al generoso Yusef un trágico fin. Un día,

mientras permanecía en la Mezquita Real, un demente lo atacó con un

puñal infiriéndole una herida mortal. El pueblo, indignado, vengó su muerte

destrozando al asesino.

Sobre su tumba de mármol fueron grabadas sentidas oraciones. Su

nombre flota imperecedero sobre la Alhambra, maravilla que eterniza su

recuerdo.

Leyenda del Gobernador y del Soldado

Irritado el “gobernador manco” por las continuas quejas y acusaciones

de que la fortaleza se había convertido en un refugio de malhechores y

contrabandistas, se decidió un día a limpiar sus dominios de tan peligrosa

vecindad. Desalojó, sin contemplación, de las cuevas que rodeaban al

palacio, a una numerosa población de vagos y gitanos.

Para que estas medidas se cumpliesen y los truhanes no volvieran a

sus antiguas guaridas, ordenó que destacamentos de soldados patrullaran

continuamente las alamedas y caminos, arrestando a toda persona

sospechosa.

Una luminosa mañana de verano, uno de esos destacamentos

mandado por el cabo que tanto dio que hacer al escribano, se encontraba

descansando a la sombra de la tapia del jardín del Generalife, y cerca del

camino que sube al Cerro del Sol, cuando repentinamente oyeron el trotar

de un caballo juntamente con una voz que entonaba, con buen acento, una

antigua canción guerrera.

No tardó en dejarse ver un robusto joven, con el rostro tostado por el

sol, cubierto por un sucio y deshilachado uniforme de soldado de infantería,

y montado en un hermoso caballo enjaezado al estilo árabe.

Asombróse mucho el veterano al contemplar a un militar que en

aquellas lamentables condiciones descendiera a caballo tan solitaria

montaña Sin tiempo para reflexionar, atinó a decir:

-¿Quién vive?

-Gente amiga.

-¿Quién sois?

-Un pobre soldado que vuelve de la guerra maltrecho y sin un

céntimo.

El cabo, el corneta y los soldados que componían la patrulla lo

rodearon con curiosidad viendo que llevaba sobre la frente un parche negro

que su barba era rubia y vivos sus ojos, que descubrían cierta picardía y

buen humor.

De buena gana contestó a las innumerables preguntas que le

dirigieron los guardianes del sendero. Agotada su curiosidad, creyó el recién

llegado que le tocaba interrogar a su vez.

-Os agradecería -dijo- me informéis qué ciudad es esa que diviso al pie

de esta colina

-¿Qué ciudad? -exclamaron todos con asombro mientras que el

corneta asumía el papel de informante-. ¡Qué cosa rara y graciosa! un

hombre que viene del Cerro del Sol y pregunta que ciudad es Granadal

-¡Granada! … Por los cielos, ¿será posible?. . . -¡Que si es posible!

-insistió el corneta-. ¿No veis desde aquí las torres de la Alhambra?

-¡No trates de engañarme ni me vengas con bromas, mal corneta! Que

de ser verdad que esas torres son de la Alhambra, cosas más que’

maravillosas debo contar al gobernador.

-Pues como he decidido llevaros a su presencia -dijo al cabo-, pronto

podréis contárselas. Inmediatamente ordenó rodear al desconocido mientras

el corneta tomaba de la brida al caballo y poniéndose al frente dio la voz:

“¡De frente! ¡Marchen! ¡Arm. . . “, partiendo con marcial paso hacia el

palacio.

No era muy común en la fortaleza ver conducido prisionero a un mal

entrazado soldado seguido de tan hermoso caballo. Pronto los ociosos y

comadres que hablaban como cotorras varias horas al día cerca de los

aljibes y las fuentes, suspendieron sus conversaciones para entrar a

ocuparse de tan extraordinario caso. Todos los trabajos se paralizaban y las

mozas que habían ido a ‘buscar agua abrían la boca con gran asombro al

ver pasar al cabo llevando tan apuesto prisionero. Rápidamente empezaron

los curiosos a unirse a la cola de la patrulla y a comentar si el preso era un

contrabandista, un desertor o un bandido. Pero la imaginación de uno fue

superior y pronto se dijo que el cabo había capturado al jefe de una terrible

banda de ladrones.

-Pues ahora -decían las mujeres unas a otras que le libre Dios de las

garras del gobernador manco, aunque no las tiene más que en una.

Se encontraba el fiero gobernador en uno de los frescos salones

interiores de la Alhambra, tomando el sabroso chocolate de la mañana en

compañía de su confesor, un grueso fraile franciscano del vecino convento,

sirviéndolos una hermosa doncella de lindos ojos negros, hija de su ama de

llaves y que, según decían las malas lenguas, manejaba a su capricho al

viejo gobernador, pero nosotros no hemos de hacer caso de esas

habladurías.

Con toda la ceremonia que indica el Código Militar, el cabo informó a

su superior de la prisión del sospechoso soldado. Incorporóse el viejo

gobernador henchido de autoridad, entregó a la linda doncella la taza de

chocolate, pidió la espada, atusóse el bigote y después de aclararse el pecho

con una tosecita, se arrellanó en el amplio sillón semejante a un trono y,

con majestuoso ademán y postura, ordenó comparecen ante su vista al

prisionero. El soldado, que mantenía, su excelente humor y tranquilidad, no

pudo reprimir un gesto de burla ante la rígida y autoritaria mirada del

gobernador, quien, después de observarlo un momento, dijo con voz de

trueno:

-Diga el prisionero las causas de su detención e informe sobre su

persona.

-Señor, nada más puedo decir que soy un pobre soldado que vuelve de

la guerra sin más bienes que cicatrices y golpes.

-¡Así que un soldado! ¡Eh! ¡Y a juzgar por vuestro maltrecho uniforme,

de infantería! ¿Y el hermoso caballo árabe que montáis forma parte de las

cicatrices y los chirlos?

-Sobre eso, y si su excelencia lo permite, tengo que decirle cosas tan

raras y extraordinarias que afectan grandemente la seguridad de esta

fortaleza y de toda Granada. Pero su excelencia debe oírlas a solas o a más

acompañado de las personas de más confianza y reserva.

El pedido hizo meditar al gobernador unos instantes y no encontrando

que perdiera nada en escuchar un cuento, ordenó al cabo y sus soldados

que se retiraran hacia la puerta, pero alertas, por si era necesaria su

intervención.

-Hablad -dilo el viejo militar- con confianza; este buen fraile es mi

confesor; y esta muchacha agregó señalando a la joven que fingía estar

ocupada en algún quehacer para enterarse de lo que hablaban- es

sumamente discreta e incapaz de revelar un secreto.

El soldado, que ya había admirado la hermosura de la moza, volvió a

mirarla con picardía y cariño, diciendo:

-Pues, siendo así, encantado de que nos acompañe esta joven.

Cuando los soldados se alejaron, el prisionero, con un ingenio y una

facilidad de palabra que no estaban de acuerdo con la profesión que

invocaba, comenzó a decir:

-Como he dicho a su excelencia, soy un soldado que después de

batallar y prestar toda clase de servicios, obtuvo justa licencia, por lo cual,

separándome de mi regimiento que acampaba en Valladolid, emprendí la

marcha a pie hacia mi pueblo natal, situado en Andalucía. Había llegado,

ayer tarde, a una árida región de Castilla la Vieja.

-¿Castilla la Vieja? -interrumpió indignado el viejo gobernador-.

¿Pretendéis, pedazo de pícaro, que crea tal embuste? ¡Que de ayer a hoy

habéis podido recorrer cerca de cien leguas de camino!

-Así ocurrió, excelencia -contestó sin inmutarse; el soldado-. Ello no

es más que una de las tarifas extraordinarias y verdaderas maravillas que

debo contaros.

-Si así es, podéis seguir hablando -dijo el gobernador arrellanándose

en el sillón y atusándose el bigote.

-Como caía la tarde y no distinguía ninguna casa o refugio donde

pasar la noche, apresuré el paso. Todo fue inútil, al llegar la noche no tuve

más remedio que acostarme en el llano, teniendo como al mohada mi morral

y como techo las estrellas. Sólo un bravo veterano como su excelencia puede

comprender que esto no es ninguna cosa del otro mundo para uno que ha

hecho algunas campañas.

El gobernador, halagado, asintió con la cabeza mientras sacaba el

pañuelo y espantaba unas moscas que zumbaban a su alrededor.

-Para no cansar a su señoría, concretaré mi historia. Después de estar

un rato acostado, no me resigné a tener que dormirme muerto de sed. Así

que recogiendo mi almohada emprendí de nuevo la marcha. Después de

caminar cerca de dos leguas, llegué a un barranco que servía de cauce a un

riachuelo, casi seco por la falta de lluvias. En la orilla contraria se levantaba

una torre moruna. Crucé el puente que me llevaba a su lado y, después de

examinarla, di con una bóveda cavada en sus cimientos. “He aquí -pensé- el

sitio apropiado para pasar la noche”. Bajé hasta el arroyo, apagando mi sed

con un buen trago de agua dulce y pura, y abriendo el morral completé

mi cena con una cebolla y unos pedazos de pan que constituían todas mis

provisiones. Me senté sobre una piedra a orillas de un riachuelo, contento,

al fin, de tener un techo donde pasar la noche. Su excelencia, que es un

veterano, sabe muy bien que ése era un buen alojamiento para un soldado.

-En lugares peores he acampado en mis buenos tiempos -dijo el

gobernador, guardando el pañuelo en la cazoleta de su larga tizona.

-Roía con todas mis ganas los duros pedazos de pan -siguió contando

el soldado-, cuando me sobresaltó un ruido que salía de la bóveda. Al

prestar atención reconocí que lo producían los cascos de un caballo. Así

resultó ,a los pocos instantes. Por una puerta que daba al arroyo salió un

hombre conduciendo de la brida a un fogoso corcel. La oscuridad no

permitía individualizarlo, y pensé que no podía ser sino un contrabandista o

un bandolero quien vagaba por aquellas solitarias ruinas, pero, como no

tenía nada que me robase, pronto me tranquilicé y seguí dándole a los

dientes. El recién llegado acercóse al arroyo para darle de beber al caballo,

advirtiendo con gran sorpresa que era un moro, armado con coraza de acero

y reluciente casco que brillaba a la luz de las estrellas. El caballo, enjaezado

a la usanza ,árabe, llevaba grandes estribos. No bien llegó al agua, metió en

ella el hocico, bebiendo tanto que creí que iba a estallar.

“-Amigo -le dije sin poder contenerme-, mucha sed tiene su caballo.

“-Bien puede tenerla -me respondió el desconocido con acento árabe-,

hace casi un año que no la prueba.

“-¡Dios mío! Aguanta más que los camellos que he visto en África –

exclamé-. Pero como estaba aburrido de estar solo no vacilé en invitarlo a

que compartiera mi pobre cena. Al fin y al cabo, poco debe fijarse el soldado

en la religión que profesan sus compañeros, pues, como su excelencia

conoce muy bien, todos los militares del mundo son amigos en tiempo de

paz.”

El gobernador, magnánimo y demostrando saber, asintió con la

cabeza.

-Pues como le decía, lo invité a compartir mis mendrugos.

-Mucho os agradezco -contestóme-, pero debo emprender

inmediatamente mi viaje y no tengo tiempo que perder.

-¿Y a qué región os dirigís? -le pregunté.

-A Andalucía, donde debo llegar antes del amanecer.

-Allí es mi destino -dije con alegría-, ya que no habéis aceptado la

cena, permitidme al menos que monte en la grupa de vuestro caballo, que es

bastante vigoroso y capaz de soportar una carga doble.

-Pues no encuentro ningún inconveniente en complacerte -contestó el

moro montando y ,agregando una vez que me acomodé en la grupa-: pero

ten cuidado de aguantarte firme, pues este caballo corre casi como el viento.

-No paséis temor -le respondí mientras iniciábamos la marcha-. El

caballo, después de andar al paso, tomó un trote largo y después un galope

que se convirtió al momento en una vertiginosa carrera. Todo pasaba a

nuestro lado como flechas. Apenas vi las luces de un pueblo le pregunté:

-¿Qué ciudad es aquélla?

-Segovia -me contestó-. Pero no había terminado de decir estas

palabras cuando las torres de la ciudad desaparecieron, hallándonos en las

sierras de Guadarrama. Después de rodear la muralla de Madrid y de

desfilar, ante mis asombrados ojos, montañas, valles, ríos, pueblos y

castillos, envueltos en el silencio de la noche, y para no aburrir a su señoría,

al llegar a la falda de una montaña, detuvo repentinamente tan

extraordinaria cabalgadura.

-Hemos llegado al fin de nuestro viaje -dijo. “-Por más que miré en

torno mío no alcanzaba a localizar la región en que me encontraba. Solamente

advertí delante de nosotros la entrada de una gran caverna. Mientras

la contemplaba asombrado, empezaron a brotar de ella, con la rapidez y

furia de un huracán, una multitud de guerreros moros, ya a pie o a caballo,

y antes de que hubiera podido preguntar nada a mi camarada, picó espuelas

y se unió a los aparecidos. Después de recorrer una larga y fatigosa senda

que bajaba hasta un valle próximo y gracias a la luz del día que pronto brilló

en todo su esplendor, pude ver grandes caravanas que bordeaban el camino,

y que contenían toda clase de escudos, yelmos, corazas, lanzas y cimitarras;

grandes pilas de municiones y equipajes diversos por el suelo. ¡Qué alegría

hubiese experimentado su señoría, como buen veterano, al admirar aquellas

espléndidas armas de guerra! En otras cavernas se alineaban numerosos

jinetes, lanza en ristre, con banderas desplegadas, como prontos para entrar

en batalla, pero permanecían inmóviles como estatuas mientras que en

otras había soldados que descansaban en el suelo al lado de sus caballos.

“Para finalizar la narración de estos maravillosos sucesos y no cansar a su

señoría, entramos por último en una fantástica caverna, cuyas paredes

estaban cubiertas con incrustaciones de oro, plata, brillantes, zafiros y otras

mil piedras preciosas. En una parte se alzaba el trono, en el que se hallaba

reclinado un rey moro, recibiendo homenaje de sus súbditos, rodeado de

sus nobles y guardado por unos descomunales soldados africanos, armados

de filosas cimitarras.

Hasta ese momento, y siguiendo esa costumbre, que tan bien conoce

su excelencia, de que el soldado no debe preguntar nada cuando está de

servicio, me fue posible aguantar mi curiosidad. Pero ante ese espectáculo,

no pude dejar de interrogar a mi acompañante.

-¿Puedes decirme, camarada -dije-, qué significa todo esto?

-Contemplas -respondió el guerrero con solemne voz y ademán- un

profundo y terrorífico misterio: Boabdil, el último rey de Granada, su corte y

su ejército.

-Difícil me resulta creerte -contesté-, tal rey y tal corte abandonaron

España hace cientos de años, para dejar sus huesos en el África.

-Lo que repites -me respondió el moro- no son más que falsas

historias, porque la verdadera ha sido que Boabdil y sus guerreros pelearon

hasta el fin por la defensa de Granada, y fueron encerrados gracias a un

poderoso hechizo en esta montaña. Los que se rindieron y abandonaron

Granada no eran más que una serie de espíritus a los que se les permitió

tomar esa forma para engañar a los reyes cristianos. Te confiaré, además,

amigo, que España es un país encantado; no hay cueva en la montaña,

solitario torreón o abandonado castillo en la sierra, donde no se oculten

hechizados guerreros, que duermen o dormirán por siglos hasta que Alá

considere que han expiado sus pecados y la hermosa España vuelva a sus

manos. Una vez al año, en vísperas de San Juan, se ven libres, mientras

dure la luz del sol, del mágico encantamiento y pueden rendir pleitesía a su

rey. En cuanto a mí -siguió diciendo el moro-, me toca vivir en la vieja torre

que hay al lado del riachuelo, donde debo volver antes de llegar el alba. Los

demás guerreros que habitan en estas cavernas, en cuanto cese el hechizo,

mandados por Boabdil, recobrarán el trono en la Alhambra, y después de

dominar a Granada, se llamará a todos los guerreros que se encuentran en

este país, para conquistar para el Islam toda España.”

Alarmado por semejante noticia no pude menos que decirle:

-¿Pero esto ocurrirá dentro de poco tiempo? “-Alá es el único que

puede resolverlo. El día de nuestro desquite se nos aproximaba cuando el

rey nombró a un valiente veterano gobernador de la Alhambra. Mientras ese

guerrero conocido por el nombre del “Gobernador Manco” esté al- frente de

esa fuerte plaza, será imposible a Boabdil moverse a conquistarla”.

Al escuchar el temor y el alto concepto que inspiraba a sus enemigos,

el gobernador se irguió en su asiento, acarició su espada y se atusó con

gran, pompa sus bigotes.

-Para finalizar este relato que puede cansar a su señoría, el guerrero

moro, después de explicarme los motivos que retenían a Boabdil, se apeó del

caballo diciéndome:

-Hazme el favor de cuidarme el caballo mientras voy a rendir

homenaje a Boabdil.

Después de decir esto y mezclarse con la multitud que desfilaba ante

el trono, se me ocurrió que bien podía aprovechar ese momento para huir de

aquel ejército de aparecidos, y con la decisión que un soldado debe tener,

como bien sabe su señoría, me apropié del caballo como trofeo de guerra

sobre un infiel y enemigo de la patria. Monté con rapidez, taloneé al animal

y emprendí la retirada a toda velocidad. Pronto me persiguieron centenares

de soldados que me dieron alcance y me arrastraron hasta la puerta de la

caverna de donde salían toda clase de guerreros en dirección hacia los

cuatro puntos cardinales.,

Aturdido por los acontecimientos y el frenético galopar, perdí el

conocimiento y al recobrarlo me encontré tendido en una desierta montaña,

con el caballo árabe a mi lado, pues al caer quedó enredada la brida a mi

cuerpo, impidiéndole huir a su guarida. “Su señoría, como persona de gran

ilustración e inteligencia, comprenderá, mi asombro al despertar en

semejante lugar. Después de incorporarme vi una ciudad y este hermoso

palacio. Con el caballo de la brida, por temor de montarlo y que hiciera una

de las suyas, empecé a descender hasta encontrarme con los soldados que

me informaron que la ciudad era Granada y que esta fortaleza era

gobernada por el muy temido y terror del infiel moro. Al enterarme de esta

grata noticia pedí que me condujeran ante su señoría a fin de informarle de

cuanto sabía y que pueda tomar las medidas que crea convenientes para

salvar al reino de la amenaza de ese formidable ejército encantado”.

-Os he escuchado con atención -dijo el gobernador- y creo que bien

podréis decirme qué me aconsejáis para impedir ese ataque.

-No creo que un modesto soldado deba dictar consejos a un hábil y

valiente guerrero como su excelencia, pero podría decir, que deberíanse

tapiar todas las grutas y cavernas que existen en las montañas, de modo

que el encantado ejército de Boabdil quede aprisionado y deje de ser un

peligro para la seguridad de España. Además, si este reverendo monseñor –

agregó el soldado dirigiéndose al fraile- bendice las tapias y pone unas

cruces e imágenes de santos, creo que ello sería suficiente para desbaratar

cualquier tentativa de los infieles.

-Oportuna y eficaz resultaría tal medida -dijo gravemente el fraile.

El gobernador, apoyando su único brazo en su espada de fuerte acero

toledano, clavó iracundo sus ojos en el soldado y con voz de trueno dijo:

-¿Os creéis, pedazo de pícaro, que me vais a engañar con toda esahistoria

de torres, cavernas y moros hechizados…? ¡Ni lo pretendáis por un

segundo … ! Sois sin duda un astuto zorro, pero sabed que os tenéis que

entender con otro más astuto y más viejo que no se deja engañar fácilmente.

¡A ver! ¡Guardias! ¡Poned cadenas a este bandido!

La joven y bella moza sintió impulsos de hablar en favor del

prisionero, pero el gobernador manco le impidió hacerlo con un rígido

ademán.

Al ponerle las cadenas uno de los guardias notó que uno de los

bolsillos abultaba en demasía y al registrarlo vio que era un bolsón de cuero

bastante pesado. Lo vació sobre la mesa, y ante el general asombro salieron

hermosas joyas, rosarios de perlas, cruces de brillantes e infinidad de

monedas antiguas que rodaban por la mesa y el suelo.

Hasta reunir las piezas de oro que habían ido a refugiarse en todos los

rincones de la habitación, el procedimiento de la justicia fue suspendido. El

.gobernador, a quien no había conmovido el episodio y conservaba toda su

gravedad y presencia, seguía con vigilante mirada la búsqueda de las piezas,

no descansando hasta que vio en el bolsón todas las monedas y alhajas

esparcidas.

El fraile, ante la vista de objetos tan sagrados, había sufrido un

ataque de indignación, poniéndose rojo como la grana.

-Sacrílego infame -exclamó-. ¿Dónde habéis robado estas sagradas

reliquias?

-Nada he hecho, monseñor -contestó el acusado-, esas reliquias

debieron ser robadas por el infiel moro a quien arrebaté el caballo. Iba a

referir. a su señoría, cuando ordenó que me cargaran cadenas, que al

recobrar el conocimiento encontré atado al arzón de la silla ese bolsón de

cuero que sin duda contenía el botín del infiel.

-Así será -replicó el gobernador-, pero por ahora y hasta mejor

resolver, os encerraré en un buen calabozo de las Torres Bermejas, que no

están bajo ningún hechizo’ y libres de vuestros enemigos moros.

-Su señoría ordenará con acierto -dijo el prisionero con cierta ironía- y

mucho será mi reconocimiento por permanecer unos días en esta hermosa

fortaleza. A un soldado que ha cumplido varias campañas, poco le interesa

el lugar, con tal de tener una pasable cama y un regular rancho. Sólo

recuerdo a su señoría que no olvide tapiar todas las cavernas de las

montañas.

Sin decir más el prisionero fue conducido a un sólido calabozo de las

Torres Bermejas, el hermoso corcel a las caballerizas del gobernador y el

pesado bolsón guardado en el arcón de su señoría, en opinión contraria del

fraile, que alegó que por ser cosas sagradas debían depositarse en la iglesia;

pero como el rígido gobernador se había hecho cargo del asunto y nadie

podía discutirle su autoridad, no insistió el clérigo, si bien pensó informar

cuanto antes a la curia de Granada.

Las severas medidas del gobernador se explicaban, porque en aquella

época asolaba la región serrana de Granada una banda de pintorescos

ladrones capitaneados por el célebre y temido Manuel Borrasco, el cual no

se limitaba a fijar su lugar de operaciones en la campiña, sino que entraba

en la ciudad con distintos disfraces para informarse de las caravanas de

mercaderías o viajeros portadores de dinero u objetos de valor que estaban

próximos a salir y a los cuales se ocupaban de aligerar en las varias

encrucijadas del camino. La repetición de estas hazañas y robos, había

llevado la justa alarma a las autoridades. Todos los comandantes de puestos

militares fueron advertidos para que redoblasen la vigilancia y trataron en

toda forma de apresar a los malhechores.

El gobernador manco, al apresar lo que creía un célebre bandido, lo

creyó motivo suficiente para rehabilitar el mal nombre que gozaba la

fortaleza.

La noticia de la prisión del soldado no tardó en correr rápidamente

por la fortaleza y la ciudad. Aunque nadie conocía al preso, pronto fue

creída la versión de que era nada menos que el famoso bandido Manuel

Borrasco, terror de las Alpujarras, y que el gobernador manco lo había

encerrado en las Torres Bermejas. El calabozo en que se guardaba tenía una

ventana asegurada con gruesos barrotes de hierro, que daba a una

explanada donde solían reunirse los curiosos y las víctimas que acudían a

reconocerlo como autor de sus despojos. Después de mucho contemplarlo,

como una fiera de exposición, todos debieron confesar que aquel soldado no

era Manuel Borrasco, quien por sus facciones feroces no tenía el más ligero

parecido al simpático soldado.

Los comentarios seguían en aumento; a los curiosos de la ciudad se

unieron los que acudían de todas partes de España para contemplar a aquel

célebre bandido. Pero todos estaban de acuerdo en afirmar que aquel

soldado no era ni la sombra de Manuel Borrasco. Esta unanimidad llevó a la

gente a creer que la historia extraordinaria contada por el prisionero podía

ser verdadera, pues era muy conocida la leyenda, que se trasmitía de padres

a hijos, de que el ejército de Boabdil, presa de un mágico encanto, había

quedado encerrado en las montañas. Muchos escalaron el Cerro del Sol en

busca de la cueva. descripta por el prisionero, dando más verosimilitud a la

historia el hecho de encontrarse con un pozo cuya profundidad nadie

conocía, y no dudaban que debía ser la entrada al refugio subterráneo de

Boabdil.

Mientras esto ocurría, el soldado iba ganando el favor popular. Nadie

lo consideraba un bandido, y si lo era pertenecía sin duda a los llamados

caballerescos, que en España alcanzan tanta simpatía. Los habitantes de la

ciudad y la fortaleza, dejándose llevar por su sentimiento, empezaron a

criticar el rigor del gobernador y a considerar al prisionero corno una

víctima de su cruel, autoridad.

El prisionero, por otra parte, no abandonaba nunca su buen humor,

haciendo bromas y chistes a los que se acercaban a sus ventanas, y

dirigiendo galantes dichos a las muchachas que pasaban. Alguien le facilitó

una vieja guitarra con la que, sentado junto a la ventana, tocaba y entonaba

graciosas canciones, muy agradables a las jóvenes vecinas que por las noches

solían reunirse en la explanada para bailar sentidos boleros al son de

la guitarra. La forzada tranquilidad y un poco de aseo que incluía el haberse

afeitado la enmarañada barba, lo convirtieron en un atrayente y simpático

soldado a los ojos de las muchachas, opinión que compartía con sumo

agrado la hermosa doncella del gobernador, quien declaró, irresistible su

picaresca mirada. Esta joven, que simpatizó desde un comienzo con sus

desgracias, influyó repetidas veces en el ánimo del gobernador para obtener

su liberación. Como nada obtuvo, resolvió obrar por propia iniciativa

tratando de suplir la falta de libertad con buenos platos o dulces o algunas

botellas de delicados vinos, que no alcanzaban a llegar a la mesa o se

perdían en la despensa o amplia bodega del gobernador.

Mientras el prisionero era tan bien visto y considerado como persona

de confianza, el gobernador planeaba un ataque a sus enemigos. El hallazgo

de la bolsa con joyas y monedas fue probado con tanta exageración, que

provocó la intervención del capitán general, su más tenaz enemigo.

Alegaba que el prisionero había sido tomado fuera de la fortaleza y

dentro del territorio que estaba bajo su mando; que por lo tanto debía serle

entregada su persona y todo lo hallado con ella. El fraile, por su parte, no

permaneció quieto y mandó la denuncia al Gran Inquisidor, quien no tardó

en reclamarlo, por considerar que las cruces y reliquias pertenecían a la

Iglesia, y que el culpable, por considerarlo sacrílego, debía ser quemado en

el próximo auto de fe. El gobernador, encolerizado por estas reclamaciones,

gritaba que sólo él tenía autoridad para juzgarlo y que antes de que se lo

arrebataran, lo haría ahorcar como un espía tomado dentro-de la fortaleza.

El capitán general tramó enviar un fuerte destacamento de soldados para

apoderarse del preso y traerlo a la ciudad, mientras que el Gran Inquisidor y

un buen número de familiares del Santo Oficio conspiraban por su cuenta.

El gobernador no tardó en ser avisado de estas intenciones, ordenando

inmediatamente que al amanecer el prisionero fuese trasladado a un

calabozo que había dentro de las murallas de la fortaleza.

-¡Que traten de arrebatármelo ahora! -exclamó sacudiendo la

empuñadura de su larga tizona-. ¡Mucho tendrán que correr para ganarle a

un soldado viejo! Y tú -agregó dirigiéndose a su hermosa doncella-, no te

olvides de despertarme antes de que cante el gallo, pues quiero presenciar la

ejecución de mis órdenes.

El gobernador se acostó temprano, bufando de satisfacción al volver a

burlar a su acérrimo enemigo. Pasaron las horas. El canto del gallo anticipó

el amanecer. El sol ya comenzaba a elevarse a buena altura, cuando el

gobernador, en vez de despertarse al son de quedos golpes en la puerta, fue

sacudido por su veterano cabo, que, pálido por la emoción y el temor, sólo

atinaba a decir:

-¡Ha volado! ¡Se ha escapado… !

-¿Qué? ¿Quién ha volado? ¿El halcón? -preguntó medio adormilado el

gobernador.

-¡No, señor! ¡El prisionero… ¡ ¡El demonio…!, pues no podemos saber

cómo salió del calabozo, porque la puerta está cerrada y las rejas intactas.

-¿Qué? ¿Y el soldado de guardia?

-¡Dormido como un tronco!

-¿Quién fue la última persona que estuvo con él? -agregó el

gobernador, ya completamente despierto y tomando los hilos de la pesquisa.

Vuestra doncella, que le alcanzó la cena.

-¡Que comparezca en seguida!

Pero esta orden complicó momentáneamente el asunto. La habitación

de la hermosa joven estaba vacía y su cama indicaba que no se había

acostado en toda la noche. Ello demostraba que había huído con el

prisionero que tan bien cuidaba.

Esto infirió honda herida en el duro corazón del gobernador, pero no

había terminado de producirse, cuando una nueva comprobación se lo

destrozó del todo. Al entrar en su despacho se encontró abierto su fuerte

cofre, del que habían desaparecido el valioso bolsón y dos pesados talegos

repletos de monedas.

Esto lo resolvió a tomar cruel venganza, iniciando minuciosas

averiguaciones sobre el camino tomado por los fugitivos. Sólo se obtuvo el

testimonio de un viejo labrador, que dijo haber escuchado el galope de un

caballo en dirección a las montañas antes del amanecer, y asomándose a

una ventana, alcanzó a distinguir un jinete que llevaba una mujer en ancas.

-Examinad las caballerizas -exclamó el gobernador mancó.

Al momento se registraron, comprobándose que no faltaba másanimal

que el famoso caballo árabe, en cuyo lugar había amarrado un

grueso garrote, con un letrero que decía:

Al buen gobernador manco que oro, dote y esposa dio, regala este

animalejo.

Un soldado viejo.

Leyenda de la Niña y el Tesoro

Entre los habitantes de la Alhambra se contaba, hace muchísimos

años, a un pequeño hombrecillo llamado Lope Sánchez, de carácter tan

alegre y gracioso, que se había convertido en el animador de todas las

diversiones que se realizaban en la fortaleza. Cuando finalizaba su trabajo

en los jardines, solía sentarse en un banco de la explanada entonando

sentidas canciones que recordaban hechos de famosos guerreros, como el

Cid Campeador; Bernardo del Carpío; Hernando del Pulgar y otros, con gran

aplauso de los veteranos, para continuar luego con otras más alegres, que

permitían a los mozos y doncellas del lugar lucirse bailando fandangos y

boleros.

Como la generalidad de los hombres de poca estatura, Lope Sánchez

habíase casado con una mujer alta y robusta cuyo matrimonio le había dado

una hija, que a los doce años prometía ser tan bajita como el padre, pero de

rostro muy agraciado y hermosos ojos negros. Sanchica, como se llamaba la

niña, había heredado el alegre carácter paterno; siempre andaba cantando,

bailando o saltando por los jardines, alamedas o desiertos salones de la

Alhambra.

Según antigua costumbre, los habitantes de la fortaleza se reunían en

la elevada meseta del Cerro del Sol para celebrar alrededor de grandes

hogueras la víspera de San .Juan, al son de cantos y alegres bailes que

ejecutaba la incansable guitarra de Lope Sánchez. Transcurría la animada

velada, mientras San_ chica en compañía de otras niñas aprovechaba la

hermosa luz de la luna para saltar y recoger piedrecillas entre las ruinas de

la vieja torre conocida por “La silla del Moro”, cuando con gran asombro

encontró una manecilla de azabache, delicadamente labrada, con los dedos

cerrados y el pulgar unido a ella. Contenta por el hallazgo, corrió a

enseñársela a su madre. No tardó en enterarse del asunto toda la

concurrencia, tejiendo toda clase de suposiciones y comentarios en los que

se destacaba un cierto temor supersticioso.

-¡Tiradla donde la encontrasteis, que es cosa de infieles! -aconsejaba

uno.

-¡Sí! -agregaba otro-. Estas cosas de los moros llevan hechizos y mala

suerte.

-¡No hagáis tal! -aconsejaba un tercero-, podéis sacar algunos

céntimos vendiéndola a los joyeros de la ciudad.

Cuando la discusión subía de tono y las opiniones llevaban las de

nunca entenderse, se acercó al corrillo un viejo soldado que había hecho

varias campañas en el África y que tenía el rostro tan tostado por el sol

como un moro, y después de examinar detenidamente la manecilla dijo:

-Esto es un maravilloso amuleto contra toda clase de sortilegios y

hechicerías, por lo cual debo de felicitarlo, amigo Lope, pues le traerá buena

suerte a vuestra hija.

La madre de la niña no vaciló en seguir las palabras del viejo soldado,

atando el amuleto con una cinta que colocó alrededor de su cuello.

El hallazgo de la manecilla hizo cesar el baile y las canciones para

dedicarse a recordar fantásticas leyendas sentados alrededor de las

hogueras. Pero la atención de todos la atrajo una anciana cuando empezó a

describir el palacio subterráneo de Boabdil, que todos sabían se hallaba en

las entrañas de la sierra.

-Entre aquellos escombros -dijo la narradora estremeciéndose y

señalando unos viejos muros y montones de piedras algo alejados de la

montaña- se halla un pozo por demás profundo que alcanza a llegar al

mismo fondo del Cerro. Por todo el oro del mundo no me atrevería a

asomarme a él. Tengo presente lo que le ocurrió hace algunos años a un

pastor de la Alhambra que traía sus cabras a ese lugar; bajó al pozo en

‘busca de un cabrito que se había caído en él, y salió de allí temblando por

la impresión. Cuando consiguió calmarse, empezó a contar tan

extraordinarias historias, que todos los que lo conocíamos creímos que se

había vuelto loco. Varios días fue presa de un raro delirio con fantasmas

moros que lo perseguían por la caverna. Por largo tiempo, Pese a todas las

invitaciones y ruegos que se le hacían, estuvo sin subir a la montaña. Pero

un día desapareció para no volvérselo a encontrar más. Sus cabras

pastaban entre las ruinas y su sombrero y su manta estaban junto al pozo.

Un estremecimiento sacudió al auditorio, mientras que Sanchica, que no

había. perdido un detalle de la historia y que era sumamente curiosa se dejaba

llevar por el deseo de explorar el misterioso pozo. Disimuladamente se

apartó de sus compañeros y después de penoso andar entre tanto escombro

y piedras, consiguió llegar a la boca del pozo, que se abría en un declive del

Valle del Darro. La niña no titubeó en acercarse al borde y mirar hacia el

fondo: la oscuridad era impenetrable. Hondo temor se apoderó de Sanchica,

obligándola a alejarse unos pasos; pero calmada volvió a animarse y mirar

de nuevo; el miedo la alejó otra vez; pero al fin se decidió, y tomando una

piedra la arrojó dentro del pozo; por unos instantes nada sintió, luego

escuchó repetidos choques contra las piedras salientes que parecían

horribles truenos, hasta que finalmente se hundió en el agua, pero a

grandísima profundidad.

El silencio que sucedió al hundirse el guijarro fue de brevísima

duración, porque rápidamente comenzó a subir del pozo un apagado

clamoreo que fue aclarándose hasta dejarse oír nítidamente, aunque lejano,

el ruido de armas, cimbales y trompetas, como si un ejército marchase a la

guerra por profundos caminos de la montaña. El espanto alejó a la niña,

que se apresuró a volver junto a sus amigas, pero con gran sorpresa y

aumento de temor, vio que todas habían desaparecido y que la hoguera

estaba a punto de extinguirse. Sanchica llamó a gritos a sus padres y a

algunos de sus amigos, pero sólo le respondía el más profundo silencio.

Gritando de vez en cuando, bajó rápidamente la falda de la montaña y cruzó

los jardines del Generalife, hasta llegar a una alameda que conduce a la

Alhámbra, donde debió sentarse en un banco en el momento en que le

abandonaban las fuerzas.

El silencio de la noche era sólo alterado por el susurro de un cercano

arroyuelo. La placidez y tibieza de la atmósfera adormecían a la niña,

cuando de pronto fue llamada a la realidad por algo que brillaba a lo lejos.

Fijando la vista notó con sorpresa un gran número de guerreros moros,

cuyos rostros eran de una palidez cadavérica, que bajaban por la falda de la

montaña camino a las alamedas del palacio.

Armados de lanzas y adargas, cimitarras o hachas, cubiertos de

relucientes armaduras que lanzaban destellos al herirlas los rayos de la

luna, montaban en hermosos e inquietos corceles de pura raza árabe; pero

el sonido de sus cascos no se percibía; parecía que sus pisadas se

desvanecían al tocar la tierra. Entre los jinetes cabalgaba una bellísima

dama, ciñendo una corona en su hermosa frente, llevando sus trenzas

adornadas de riquísimas joyas y la montura recamada en oro. Pero alguna

pena muy grande debía acongojarle, porque su semblante reflejaba suma

tristeza y sus grandes ojos no se levantaban del suelo.

La seguía un gran cortejo de nobles y servidores lujosamente vestidos,

destacándose en medio de ellos, sobre un hermoso corcel de guerra, el rey

Boabdil el Chico, cubierto con su manto real bordado con perlas y piedras

preciosas, tocado de una corona de oro y diamante. La asombrada Sanchica

lo reconoció por el gran parecido que tenía con el retrato que tantas veces

había contemplado en la galería de pinturas del Generalife.

El extraño y deslumbrante cortejo desfiló entre los árboles seguido por

los atónitos ojos de la niña, pues aunque convencida de que aquellos

guerreros estaban bajo un mágico hechizo, no experimentaba ningún temor;

posiblemente contribuía a ello la manecita que llevaba en su pecho,

animándose a seguir a la cabalgata una vez que finalizó el desfile.

La comitiva se dirigió hacia la gran Puerta de la justicia, que estaba

abierta de par en par. Los centinelas de guardia yacían en los bancos de la

barbacana, al parecer hechizados y sumidos en un profundo sueño,

pasando los guerreros a su lado con las banderas desplegadas como si se

tratara de una marcha triunfal.

Al llegar Sanchica a la Puerta de la justicia vio cortado su camino por

la entrada de un gran subterráneo que parecía llegar hasta los cimientos de

la Torre. No vaciló un instante en descender por los desiguales escalones

labrados en la roca, que la condujeron a un pasaje iluminado con lámparas

de plata que despedían a la vez un exótico perfume. Después de recorrerlo

en toda su extensión llegó la niña a un espacioso aposento, adornado

lujosamente e iluminado también con lámparas de oro y cristal. Pero lo que

más llamó su atención fue un viejo de larga barba blanca, vestido a la moda

árabe, que presa de un extraño sopor, yacía recostado sobre un diván

sosteniendo débilmente un grueso bastón labrado. No lejos de él, una

hermosísima joven, vestida a la usanza española, ciñendo su frente una diadema

de brillantes y su negra cabellera salpicada de perlas, pulsaba

dulcemente una lira de plata. Aquella escena trajo a la memoria de Sanchica

una vieja historia, de una bella princesa cristiana cautiva en el corazón de la

montaña por el encanto de un viejo hechicero, el cual, a su vez, yacía en

continua modorra por las mágicas notas de la lira de plata.

La princesa pronto reparó en la niña y no pudo menos que manifestar

profunda sorpresa. Contemplándola con dulce mirada le preguntó:

-¿Estamos acaso, dulce niña, en la víspera de San Juan?

-Sí, señora -atinó a contestar la niña. -Entonces acércate sin temor –

agregó con un suspiro de alegría-, soy también cristiana y como por esta

noche cesa el mágico encantamiento, ayúdame a librarme de estas cadenas

con ese talismán que cuelga de tu pecho.

Y finalizando estas palabras, entreabrió su túnica, mostrando un

ancho cinturón de oro que rodeaba su talle y al cual se enganchaba una

cadena del mismo metal que se empotraba en el suelo.

Sanchica se apresuró a tocar el cinturón con la manecita de azabache,

cayendo la cadena al suelo con fuerte ruido. Esto despertó al viejo mago,

que comenzó a desperezarse; pero sin vacilar, la princesa empezó a tañer la

lira de plata, volviendo el hechicero a caer en nueva modorra.

-Toca ahora su bastón con la mágica manecita de azabache -dijo la

cautiva.

Hízolo así la niña, cayendo el bastón al suelo y quedando el mago

profundamente dormido. La princesa acercó su lira de plata al diván, y

apoyándola sobre la cabeza del durmiente hizo vibrar las cuerdas en los

oídos al son de la siguiente’ invocación:

-¡Poderoso espíritu de la música! ¡Tenlo encadenado hasta que

amanezca el nuevo día! -Y dirigiéndose a Sanchica, agregó:

-Ven conmigo, pequeña, te enseñaré el palacio de la Alhambra en todo

su esplendor, pues ese talismán tiene el poder de des cubrir todas sus

maravillas.

La niña siguió en silencio a la princesa. Atravesaron la Puerta de la

justicia y llegaron a la Plaza de los Aljibes, la cual estaba llena de guerreros

formados en batallones con las banderas desplegadas. La Puerta del Alcázar

estaba custodiada por los guardias reales y largas filas de negros con sus

cimitarras desnudas. Sanchica no experimentó ningún temor ante todo esto,

pero no pudo contener su asombro cuando entró en el Palacio real, que la

luna iluminaba con tanta fuerza que parecía de día. Los salones, los patios y

los jardines que acostumbraba ver en abandono se habían transformado

completamente. De las paredes de los aposentos habían desaparecido las

grietas, manchas y telarañas, para verse cubiertas por magníficas telas de

damasco, luciendo las pinturas y dorados en todo su esplendor; los salones,

de ordinario desprovistos de muebles, estaban adornados por espléndidos

divanes y otomanas recamados con perlas y piedras preciosas, y las fuentes

de los patios y jardines arrojaban artísticos chorros de agua.

Las desiertas cocinas se habían transformado en bullicioso hormigueo

de cocineros y ayudantes que preparaban toda clase de salsas y suculentos

manjares, asando pollos y perdices que un ejército de mozos llevaba a las

mesas preparadas para un espléndido banquete. El “Patio de los Leones”

estaba repleto de jefes, guardias y cortesanos como en los antiguos tiempos,

mientras que en uno de los extremos de la Sala de la justicia el rey Boabdil,

sentado en su trono, empuñando un deslumbrante cetro, rodeado de los

nobles, recibía el saludo de sus súbditos.

A pesar de tal animación y gentío, reinaba un profundo silencio. La

tranquilidad de la noche sólo era alterada por el caer del agua en las

fuentes, no oyéndose una sola voz ni pasos que denunciaran a seres

vivientes. La niña, un poco sobrecogida por el asombro, seguía a la princesa

sin articular palabra. Después de cruzar todo el palacio llegaron a una

puerta que conducía a los pasadizos abovedados que cruzan por debajo de

la Torre de Comares. A ambos lados de la puerta había dos exquisitas

estatuas del más puro alabastro, que representaban deliciosas ninfas que

miraban hacia un mismo sitio de la bóveda. Ante ella se detuvo la hermosa

cautiva y haciendo señas a Sanchica para que se acercara dijo:

-Está guardado aquí un secreto que te voy a revelar en premio de tu fe

y tu valor. Estas estatuas vigilan un tesoro perteneciente a un antiquísimo

rey moro. Sólo debes decir a tu padre que abra un agujero en el lugar hacia

donde miran las estatuas y hallará riquezas que lo convertirán en el señor

más poderoso de Granada; el talismán te ayudará en todo y lo único que te

pido es que encargues a tu padre sea discreto y emplee una parte de él en

costear diariamente misas que me ayuden a librarme de este mágico

hechizo.

Después de estas recomendaciones llevó a la niña al cercano y

pequeño jardín de Lindaraja. La luna se reflejaba en las apacibles aguas de

la fuente iluminando las flores y arbustos. La princesa cortó una rama de

mirto y coronó a la niña con ella.

-Esto es lo único que puedo dejarte como recuerdo de mi persona y

verdad de mis revelaciones. Es necesario que retorne al aposento encantado.

No intentes seguirme porque podría ocurrirte alguna desgracia. ¡Ten

presente mi pedido de hacer decir misas!

Y después de pronunciar estas palabras, la joven desapareció en el

pasadizo que pasando por la Torre de Comares llevaba al interior de la

montaña.

El lejano canto de un gallo anunció la aurora, mientras que una fuerte

brisa empezó a soplar desde las montañas, y al rumor de hojas secas

llevadas por el viento, se unía el de puertas y ventanas golpeadas con fuerte

ruido.

Retornó la niña por el mismo camino que había recorrido en compañía

de la princesa, pero todo aquel fantástico ejército, la suntuosa corte del rey

Boabdil y sus servidores habían desaparecido. Los salones y galerías volvían

a presentar a la luz del amanecer sus arruinadas paredes cubiertas de

telarañas agitadas por el revolotear de los murciélagos que volvían a ocultarse

en los oscuros rincones y el croar de las ranas en el estanque.

Sanchica se apresuró a subir a las modestas habitaciones que

ocupaba su familia. No encontró ninguna dificultad en llegar a su cuarto,

pues la fortuna de su padre era tan poca que no tenía necesidad de cerrar

con llave las puertas. Después de poner la guirnalda de mirto debajo de su

almohada, cayó en profundo sueño. Era ya cerca de mediodía cuando se

despertó, y buscando a su padre, le contó su extraordinaria aventura. El

buen Lope Sánchez no pudo menos que reírse de buena gana del sueño y

candor de su hija, y, después de aconsejarle que olvidara tamaña fantasía,

volvió a su trabajo.

Recién iniciaba el arreglo de algunas matas de flores cuando vio venir

a Sanchica corriendo y gritando:

-¡Papá! … ¡Papá! … ¡Mira la guirnalda de mirto que la princesa me

puso en la cabeza!

El asombro hizo caer sentado a Lope Sánchez: la rama de mirto era de

oro puro y cada hoja estaba formada por una hermosa esmeralda. No estaba

habituado el alegre jardinero a ver y apreciar joyas de tanto valor, pero

repuesto de la impresión, tuvo buen cuidado de advertir a su hija que

guardase el más profundo secreto, cosa de que podía estar seguro, pues la

niña era un modelo de discreción. Después se dirigió al lugar donde estaban

las dos estatuas de alabastro y observó que sus cabezas se dirigían a un

mismo lugar en el interior del aposento. Luego de admirar tan sutil

procedimiento para indicar un secreto, tomó dos hilos y partiendo de los

ojos hizo una pequeña señal en el lugar donde se cruzaban. Ese día fue de

gran sufrimiento y agitación para el jardinero. No se apartaba un instante

de las estatuas, temiendo a cada rato que fuese descubierto el secreto del

tesoro. Temblaba cada vez que oía pasos, sintiendo tentación de volver la

cabeza de las figuras, sin atinar a reflexionar que durante siglos miraban en

aquella dirección, sin que nadie se ocupara del poder de tal coincidencia.

-Se va a descubrir todo -murmuraba-. ¡Vaya forma de guardar un

secreto! ¡Mirar donde no deben mirar! ¡Hay mujeres! Si no tienen lengua con

qué cotorrear, esté usted seguro que hablarán por los ojos.

La nerviosidad y agitación que le producían estos temores, el alejarse

cada vez que sentía aproximarse a alguien, finalizaron con la luz del día. El

crepúsculo hizo cesar la actividad de la Alhambra, los pasos que

retumbaban en los desiertos salones; las visitas fueron despedidas, la

puerta principal cerrada, y, poco a poco, invadieron el Palacio el croar de las

ranas, el canto de las lechuzas y el vuelo de los murciélagos.

Lope Sánchez esperó impaciente hasta una hora avanzada y provisto

de una linterna y algunas herramientas se dirigió con su hija al lugar que

guardaban las dos estatuas que señalaban, como siempre, el lugar que

escondía el tesoro. Después de pedirles permiso, el jardinero se puso a picar

la pared en un punto que había señalado. No había trabajado ni media hora

cuando dio con un nicho que guardaba dos grandes jarrones. En vano

intentó sacarlos, pues parecía que estaban empotrados en el muro, pero

bastó que los tocara la niña, para que perdieran su fijeza y pudiera

retirarlos con toda facilidad, viendo con gran alegría que se hallaban llenos

de oro, alhajas y piedras preciosas. Apresuraron a llevar los jarrones a sus

habitaciones, mientras las dos estatuas seguían señalando el lugar que

había guardado el tesoro.

Tanta riqueza le acarreó a Lope Sánchez un sinnúmero tal de

preocupaciones, que pronto su genio alegre se trocó en amargos pesares.

Empezó por pensar cómo iba a sacar un tesoro y ponerlo en lugar seguro,

para aterrorizarse por lo inseguro de sus habitaciones. A pesar de asegurar

con cerrojos y trancas las puertas y ventanas, no lograba conciliar el sueño.

Como ya no bromeaba ni cantaba con sus amigos y vecinos, éstos

empezaron a retirarle el saludo creyendo que estaba arruinado y que

tendrían que socorrerlo; los menos, sin embargo, sospecharon que tal

cambio de carácter podía deberse a una repentina fortuna.

La robusta mujer de Lope Sánchez no permanecía ajena a las

preocupaciones que asaltaban a su marido, y como lo consideraba

insignificante en muchos aspectos, solía pedir consejos a un confesor, fray

Simón, un rollizo fraile de anchas espaldas, barba larga y gruesa cabeza, del

cercano convento de San Francisco y que era el director y consejero

espiritual de la mayor parte de las mujeres de la vecindad, he vuelto, hija

mía, a decirte que anoche he rezado con gran fervor a ‘San Francisco, pero

al parecer no está aún contento. Después de acostarme se me apareció en

sueños y con rostro severo me dijo: “¡Te atreves a solicitarme permiso para

disfrutar de un tesoro perteneciente a los infieles cuando conoces la ruina

de mi capilla! Para que ello sea posible pídele a Lope Sánchez una parte del

tesoro para que se me hagan dos candelabros para el altar mayor, y que el

resto quede para él”.

Atemorizada por el relato, no vaciló la crédula mujer en ir al sitio

secreto donde su marido guardaba el tesoro, y llenando una gran bolsa de

cuero con monedas de oro, se las entregó al fraile. Este la llenó de tantas

bendiciones como días de su vida y guardándose la bolsa en una de las

mangas de su hábito, se despidió, adoptando un aire de humilde gratitud.

Al enterarse Lope Sánchez de labios de su esposa de este segundo

donativo, estuvo a punto de volverse loco.

-¡Oh, charlatana mujer! Me estás arruinando poco a poco -exclamaba-

, eres cómplice de un descarado robo. ¡Cuando seamos pobres irás a pedir

limosna!

Después de mucho hablar y decir, pudo la mujer calmarlo y hacerle

comprender que todavía era inmensamente rico y que San Francisco se

había contentado con bien poca cosa.

Pero fray Simón, que tenía una extensa parentela que sostener,

además de seis rollizos huérfanos que había recogido, volvió a hacer diarias

visitas a la buena mujer invocando la necesidad de algunas limosnas para

todos los santos del calendario, hasta que Lope Sánchez, desesperado por la

disminución de su capital, y considerando que no iba a alcanzar para todos

los santos del paraíso, resolvió escapar de las ansias del pedigüeño,

trasladándose ocultamente de noche a otra provincia de España.

Para llevar a cabo este propósito hizo trasladar a su mujer a una

lejana aldea donde debía esperarlo; empaquetó el tesoro que le quedaba y

compró un robusto mulo, que escondió en una oscura bóveda de la Torre de

los Siete Suelos, donde, según se afirmaba, salía por las noches el “Velludo”,

un endemoniado caballo sin cabeza que galopaba a través de las calles de

Granada perseguido por siete enormes perros. Lope Sánchez, que no creía

en semejantes historias, eligió aquel lugar convencido de que nadie se

atrevería a entrar en la guarida de semejante monstruo. Cerca de la

medianoche, transportó con gran cuidado su tesoro a la terrible cueva, lo

cargó en el descansado mulo y emprendió viaje sigilosamente, ocultándose

en la densa sombra que los árboles proyectaban sobre el camino.

El rico jardinero había dispuesto sus planes con la mayor reserva, no

enterando a su esposa sino a último momento, pero por efecto de algún

misterioso aviso, sus propósitos llegaron a conocimiento de fray Simón. El

codicioso clérigo, al comprender que se escapaba para siempre el anhelado

tesoro, resolvió quitárselo por asalto en beneficio de la Iglesia y San

Francisco. Para llevar a cabo esa idea salió quedamente del convento

después del toque de Ánimas, y se dirigió hacia la Puerta de la justicia, escondiéndose

entre los arbustos de rosas y laureles que ornamentaban la

alameda. Reinaba un profundo silencio que interrumpía de tarde en tarde el

graznido de las lechuzas o el lejano ladrido de un perro. Pasaron varios

cuartos de hora, que eran señalados por la campana de la Torre de la Vela,

cuando oyó un ruido de herraduras que descendían por la alameda, y a

través de la oscuridad distinguió, aunque confusamente, el bulto de un

caballo. El rollizo fraile, mientras se recogía los hábitos, sonreía de satisfacción

pensando en el mal rato que iba a hacer pasar al honrado Lope.

Se agachó, dispuesto como un gato que vigila a un ratón,

manteniéndose inmóvil hasta que su víctima pasó frente a él, salió de su

escondrijo y saltó sobre el animal como el mejor maestro de equitación.

-¡Ja! … ¡Ja!… -rió el codicioso fraile-. Veremos ahora de quién es el

tesoro…¡Ja! … ¡Ja! … Pero el segundo acceso de risa se cortó como por

milagro, porque de repente su cabalgadura empezó a encabritarse, a tirar

coces, dar enormes saltos y corcovos, para salir a galope tendido camino

abajo. El rollizo fraile hacía toda clase de esfuerzos para sujetar al

enloquecido animal, pero era en vano; su pelada cabeza recibía porrazo tras

porrazo contra las ramas de los árboles; los arañazos le cruzaban toda la

cara; y el hábito, hecho jirones, flameaba al viento.

Para colmo de su espanto, alcanzó a ver a siete perros que corrían

ladrando tras él. y entonces pudo comprender, aunque tarde, que había

montado en el endemoniado “Velludo”.

Jamás jinete alguno cumplió un trayecto tan terrible como el fraile.

Después de bajar por la alameda de la Alhambra y dar algunas vueltas por

las montañas, entró en la ciudad. De nada servía a fray Simón invocar a

todos los santos del cielo, pues a cada nombre que pronunciaba hacía saltar

al terrible caballo hasta los techos de las casas. Toda la noche duró esta

carrera por las calles de Granada. Al jinete no le quedaba hueso sin

magullar cuando el canto del gallo anunció la aurora. Al oírlo, “Velludo” giró

sobre sus patas traseras y empezó un torturador galope en dirección a su

guarida. Atravesó como una flecha la ciudad, seguido de los siete perros,

que no habían cesado en toda la noche de aullar, ladrar y morder los talones

del atemorizado fraile. Apenas se anunciaba una débil claridad cuando

llegaron a la torre. Aquí el extraordinario animal hizo un raro corcovo, al

tiempo que soltaba un par de coces que hicieron dar al reverendo un doble

salto mortal en el aire, para llevarlo a caer en un seto espinoso, mientras el

caballo desaparecía en la oscura cueva seguido de los feroces perros, que al

cesar sus ladridos sumergieron a la comarca en un profundo silencio.

¿Tuvo mejor castigo la avaricia y el mal proceder?

Un campesino que iba a su labor encontró al aporreado y maltrecho

fraile tendido al pie del seto, cerca de la torre, pero en tan mal estado, que

no podía pronunciar palabra. fue conducido con sumo cuidado d su celda,

corriéndose la voz de que había sido maltratado por unos bandidos.

Transcurrieron algunos días antes de que pudiera moverse, pero en medio

de sus dolores, se conformaba con la idea de que aunque lo mejor del tesoro

se le había escapado, le quedaba una buena parte escondida debajo del

colchón. Así que en cuanto pudo levantarse, revolvió el lugar en que había

escondido la guirnalda de mirto y tildas las monedas que había sacado con

engaños a la mujer de Lope Sánchez, pero la sorpresa le produjo una

especie de desvanecimiento que le hizo dar un nuevo porrazo contra el

suelo: la guirnalda era una simple y seca rama de mirto y la bolsa de cuero

estaba llena de arena y piedras.

Fray Simón tuvo buen cuidado de callar el motivo de sus desgracias,

pues al revelarlas hubiese pasado por ser un miserable, al par de tener que

sufrir merecido castigo que le impondría su superior. Sus aventuras sobre el

“Velludo” sólo fueron contadas muchísimos años después a su confesor en

el lecho de muerte.

Por mucho tiempo no se tuvieron noticias de Lope Sánchez. En la

Alhambra se recordaban con simpatía sus bremas y cantos, atribuyendo su

cambio de carácter, poco antes de su desaparición, a algunas dificultades

económicas que le habían sumido en la miseria.

Al cabo de muchos años, uno de sus antiguos amigos, un inválido

veterano, fue atropellado en una de las principales calles de la ciudad de

Málaga por un lujoso coche arrastrado por seis caballos. Al instante se

detuve el carruaje, descendiendo para ayudar al accidentado, que

afortunadamente no había sufrido daños mayores, un señor ya anciano,

elegantemente vestido, con peluquín y espada. Al contemplarlo, el asombro

del soldado no tuvo límites: el personaje era nada menos que su antiguo

convecino y amigo Lope Sánchez, que en aquel momento acompañaba a su

hija a la iglesia para casarla con uno de los más grandes nobles del reino.

En el lujoso carruaje iban los novios, acompañados por la señora de

Sánchez, que había aumentado tanto de peso que parecía un gran tonel, e

iba tan cargada de plumas, alhajas, collares de perlas y diamantes y anillos

en todos los dedos, que parecía la reclame de un joyero. Sanchica se había

convertido en una hermosísima joven, envidia de más de una princesa; en

cambio el novio, sentado junto a ella, era una persona que daba lástima:

raquítico y consumido por las diversiones, lo cual era una inequívoca señal

de ser de sangre azul, todo un grande de España, con un metro cincuenta

de estatura. Este casamiento era arreglo y obra de la madre de la joven.

Lope Sánchez, a quien la riqueza no había endurecido el corazón,

invitó a su amigo a pasar algunos días en su propia casa, digamos mejor

palacio, proporcionándole toda clase de diversiones, teatros, corridas de

toros y fiestas, regalándole, al partir, una pesada bolsa de dinero para él y

otra para que repartiera entre sus viejos amigos inválidos de la Alambra.

El antiguo jardinero explicaba su cambio de fortuna diciendo que, al

fallecer un hermano muy rico que vivía en América, había heredado su

fortuna, en la que se incluía una próspera mina de cobre: pero los

incrédulos y envidiosos charlatanes de la Alambra juraban y recuraban que

su fortuna provenía de un tesoro que había encontrado en el palacio

morisco. Pro lo pronto, las dos ninfas de alabastro siguen mirando el mismo

sitio de la pared, lo que hace suponer que todavía existe algún tesoro

escondido, que bien pueda merecer la atención del visitante.

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Acerca de snake1964

men age:47 ateo apatrida anarko padre viudo
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