Varios Autores – Antología De Novelas De Anticipación I

Varios Autores

 

Antología De Novelas De Anticipación I

 

ÍNDICE

 

Flores para Algernon (Flowers for Algernon © 1959) Daniel Keyes.

Las trece brujas de Witch (Prologue to an Analogue © 1961) Leigh Richmond.

Los intrusos (Intruders © 1957) Edmund Cooper.

Un problema de tiempo (A Question of Time © 1956) Edmund Cooper.

El cerebro infantil (The Brain Child © 1956) Edmund Cooper.

El regalo del futuro (Tomorrow’s Gift © 1958) Edmund Cooper.

Invasión del planeta del amor (Invasion of the Planet of Love © 1959) George Elliott.

Rasgo de ingenio (Sleight of Wit © 1961) Gordon R. Dickson.

Monumento (Monument © 1961) Lloyd Biggle, Jr.

Duelo en Syrtis (Duel on Syrtis © 1951) Poul Anderson.

Estado de emergencia (For the Duration © 1957) Poul Anderson.

¡Rumbo al Este! (Eastward Ho! © 1958) William Tenn.

Una marciana tonta (Dumb Martian © 1952) John Wyndham.

La expulsión (The Drop © 1953) John Christopher.

 

 

 

Flores Para Algernon

Daniel Keyes

 

 

enforme de progresos 1 – marzo 5 1965

 

El doctor Strauss dise que devo escrivir lo que pienso y todas las cosas que me pasan a mi desde aora. No se porque pero el dise ques mui importante para que pueden ber si ellos pueden usarme a mi, Yo espero que ellos me usen a mi, Miss Kinnian dise que ellos quizás pueden acerme listo, Yo quero ser listo, Me yamo Charlie Gordon. Tengo 37 años y ace dos semanas que fue mi cumpelaños. No tengo nada mas para escrivir y temino por oy.

 

enforme de progresos 2 – marzo 6

 

Oy he tenido una pueba. Yo creo que e fayado y yo creo que ellos no me usaran a mi. Lo que a pasado es que un goven guapo estava en el cuarto y el tenia unas cartas blancas con manchas de tinta que estavan llenas de manchas de tinta El goven le a dicho a Charlie que bes tu en esta carta Yo estava muy sustado aunque tenia mi pata de conego en el volsillo porque cuando yo era pequeño siempre fayaba las puebas en la escuela y yo tenía manchas de tinta.

Le e dicho que beia un vorron de tinta, El a dicho si y yo me siento megor. Yo creo que eso es todo pero cuando yo me lebanto para irme el goben me para a mi. El dise aora Charlie se sienta no emos terminado ahun. Luego yo no recuerdo mui bien pero el quería que yo diga lo que ay en la tinta, Yo no beo nada en la tinta pero el dise que ayi ay cosas alli otras personas ben cosas. Yo no puede ber ninguna cosa, Yo de berdad trato de ber. Yo pongo el carton cerca de mi y luego lo pongo legos de mi. Luego yo digo que si yo tengo mis gafas para ber el cine o la TV pero yo digo que estan en el armario del recividor. Yo boy a vuscarlas. Luego yo digo que me dan el carton otra bez y boy a buscarlo megor.

Miro mucho pero no puedo encontrar las cosas yo solo beo la tinta. Yo le digo a el que quisaz necesito gafas nuebas El escrive algo en un papel y yo estoy sustado de fayar la pueba. Yo le digo que es un vorron de tinta muy vonito con pequeños puntos alrededor de los vordes. El me mira muy triste de modo que no era eso. Yo digo por fabor me dega provar otra bez. Yo necesito mucho tiempo porque a bezes soy lento, Yo leo despacio también en la clase de Miss Kinnian para adultos lentos pero yo trato de ber.

El me da otra oportunidad con otro carton que tiene 2 clases de verrones de tinta roja y asul.

El era muy amable y ablaba despasio como Miss Kinnian y me esplica a mi que era un raw shok. El dise que la jente be cosas en la tinta, Yo le digo que me enseñe donde El me dise que yo tengo que pensar, Yo le digo que yo pienso en un vorron de tinta pero que no ay nada escrito. El dise que me ace recordar a mi el vorrom Yo sierro los ojos mucho tiempo para pensarlo, Yo le digo que yo pienso en una pluma astilgrafica con tinta que ba caiendo sobre un mantel, Luego el se lebanta y se marcha.

Yo creo que no e pasado la pueba del raw shok.

 

enforme de progresos 3 – 7 marso

 

El Dr. Strauss y el Dr. Nemur disen que no importan le verrones de tinta. Yo les digo que yo no tire la tinta en los cartones y que yo no puede ber nada en la tinta. Eyos disen que tal bez ahun pueden usarme a mi, Yo digo que Miss Kinnian nunca me a dado pruebas como esta solo escrivir y leer, Eyos dicen que Miss Kinnian dise que yo soy su megor alumno en la clase de adultos porque yo ago todas las cosas y quero aprender. Eyos disen como hirias tu a la escuela solo Charlie. Como la encontrarias. Yo digo que yo preguntaria a la jente y algien me dise donde tengo que hir para aprender a escrivir y leer bien. Eyos disen porque quieres ir. Yo digo a eyos poruqe toda la bida e deseado ser listo y no tonto, Pero es mui difisil ser listo, Eyos disen tu sabes que pobablemente es temporal. Yo digo que si. Miss Kinnian me lo ha dicho. No me importa si duele.

Mas tarde yo e tenido mas puebas locas. La muger simpática que me las a dado me dijo el nombre y yo le pregunto a ella como se escrive para ponerlo en mi enforme de progresos. TEST TEMATICO DE APERCEPCION. Las dos ultimas palabras son muy raras y yo no se lo que quere desir, pero se que test quere desir pueba. Tienes que pasarlo o te ponen malas notas. Esta pueba paresia fasil porque yo podia ber los cuadros. Pero esta bez eya no quiere que yo diga lo que ay en los cuadros. Esto me estraña mucho, Yo digo que el ombre dijo ayer que yo devia desirle lo que beo en la tinta eya dise que no importa. Eya dise que yo tengo que inbentar istorias sobre la jente que ay en los cuadros.

Yo le digo a eya como puedo contar istorias de una jente que yo no conosco. Yo le digo porque tengo que inbentar mentiras. Yo nunca digo mas mentiras porque siempre me an cojido.

Eya me dise a mi que esta pueba y la del raw-shok eran para saber la parsonalidad. Yo no beo claro como pueden saber esta cosa con vorrones de tinta y fotos. Eya se enfada mucho y se marcha con sus cuadros. No me importa. Era tonta. Creo que e fayado tamvien esta pueba.

Mas tarde unos ombres con batas blancas me yeban a otra parte del ospital y me dan un juego para jugar. Es como una carrera con un raton blanco, Eyos yaman al raton Algernon. Algernon estava en una caja con un montón de bueltas y rebueltas con toda clase de paredes y eyos me dan a mi un lapis y un papel con lineas y montones de cajas. A un lado dise PRINCIPIO y al otro lado dise FINAL. Eyos disen que es un laberinto y que Algernon y yo tenemos que aser el mismo laberinto, Yo no beo como podemos tener el mismo laberinto si Algernon tiene una caja y yo tengo el papel pero yo no digo nada. De todos modos no ay tiempo porque la carrera a empesado uno de los ombres tiene un reloj y quere esconderlo para que yo no lo bea y yo trato de no berlo y esto me ase poner nerbioso.

De todos modos esta pueba es peor que todas las otras porque eyos hacen mas de 10 bezes con laberintos diferentes y Algernos gana cada bez. Yo no sabía que los ratones son tan listos. Tal bez los ratones blancos son mas listos que los otros ratones.

 

enforme de progreso 4 – 8 marso

 

¡Eyos van a usarme a mi! Estoy tan esitado que no puedo escribir. El Dr. Nemur y el Dr. Strauss an tenido una discusión primero. El Dr. Nemur estava en la ofisina cuando el Dr. Strauss me yeba ayi. El Dr. Nemur estava preocupado por usarme a mi pero el Dr. Strauss le a dicho a el que Miss Kinnian me recomendava a mi como el megor de toda la jente que eya esta enseñando, Yo quero a Miss Kinnian porque eya es una maestra muy lista. Y eya dise Charlie tu bas a tener una segunda portunidad. Si tu eres boluntario para el esperimento tu secas muy listo, Eyos no saben si sera permanente pero ay una posivlidad. Por eso yo digo que muy bien aunque yo estoy sustado porque eya dise que es una operasion. Eya dise no te sustes Charlie tu as aprendido tanto en tan poco tiempo que yo creo tu mereses esto mas que todos.

De modo que yo estava sustado cuando el Dr. Nemur y el Dr. Strauss discuten de esto, El Dr. Strauss dise que yo tengo algo que es muy bueno, El dise que yo tengo un buen motorvacion. Yo nunca e sabido que tengo esto. Estava orguyoso cuando el dise que no todos los cuerpos con un IQ[1] de 68 tienen aqueya cosa. Yo no se lo que es ni donde lo tengo pero el dise que Algernon tamvien lo tiene. El motorvacion de Algernon es el queso que eyos ponen en su caja. Pero no puede ser esto, porque esta semana no e comido queso.

Luego el dise al Dr. Nemur algo que yo no comprendo de modo que cuando eyos estan ablando yo escrivo algunas de las palabras.

El dise Dr. Nemur yo se que Charlie no es lo que usted abia pensado como el primero de su nueba creasion de superombre intelec (no e cojido toda la palabra). Pero la maioria de personas de su vaja ment son host y no colab— ellas son muy apart— y difisiles de encontrar. El tiene una buena naturlesa el es confiado y tiene ganas de complacer.

El Dr. Nemur dise recuerde que el sera el primer ser umano que ba a tener su intelijensia trispiclada por medios de sirujia.

El Dr. Strauss dise esactamente. Mire como a aprendido a leer y esccivir muy bien para su edad mental es una asaigual que usted y yo aprendiendo la toria de la vidad de instin sin ahiuda. Esto demuestra la intensa motor-vacion. Es comparat una tremen asa Yo digo que nosotros usamos a Charlie.

Yo no e cojido todas las palabras que ablaban tan deprisa pero a mi me parese que el Dr. Strauss estava a fabor mio y el otro no estava a fabor mio.

Luego el Dr. Nemur dise que si de acuerdo tal bez usted tiene rason. Nosotros usaremos a Charlie. Cuando el dise esto yo estoy tan contento que salto y hoy a coger su mano por ser tan bueno para mi. Yo le digo a el gracias doc uste no se repentira de darme a mi una segunda portunidad. Y yo creo que esto le gusta a el. Despues de la operasion yo hoy a tratar de ser listo, Boy a aser todo lo posivle.

 

enforme de progresos 5 – 10 marso

 

Estoy sustado. Mucha jente que travaja aqui y las enfermeras y los que me asen las puebas bienen a darme caramelos y a desear suerte a Charlie. Yo espero tener suerte. Yo tengo mi pata de conego y mi penique de la suerte y mi erradura. Pero cuando iva al ospital paso un gato negro. El Dr. Strauss dise no seas supersitoso Charlie esto es siensia. De todos modos yo tengo mi pata de conego.

Yo le pregunto al Dr. Strauss si ganare la carrera a Algernon despues de mi operasion. El dise que tal bez. Si la operasion sale bien, yo le enseñaré al ratón que yo puedo ser tan listo como el. Tal bez mas listo. Luego.yo puedo leer y escribir las palabras bien y saber muchas cosas y ser como la otra jente. Yo quero ser listo como la otra jente. Si sale bien y es perminente eyos aran a todo el mundo listo en todo el mundo.

Eyos no me an dado nada para comer esta mañana. Yo no se porque no ay que comer para ser listo. Tengo mucha ambre y el Dr. Nemur se a yebado mi caja de caramelos. El Dr. Nemur es un cascarabias. El Dr. Strauss dise que yo podre tenerla despues de la operasión. Antes de una operasión no se puede comer…

 

Informe de progresos – 15 marso

 

La operasion no a dolido. Eyos la an echo cuando yo estava dormido, Oy an sacado los vendajes de mis ojos y de mi cabeza de modo que puedo acer un INFORME DE PROGRESOS. El Dr. Nemur a mirado algunos de los otros y dise que yo escrivo PROGRESOS mal escrito, Y el ma a dicho como se escrive y tamvien INFORME. Tengo que recordarlo.

Tengo muy mala memoria para escrivir. El Dr. Strauss dise que esta muy bien de todas las cosas que me pasan a mi pero el dise que tengo que desir mas de lo que yo siento y de lo que dise que tengo que desir mas de lo que yo siento y de lo que yo pienso. Cuando yo le e dicho a el que no se como tengo que pensar el dise que yo tengo que intentarlo, Todo el tiempo que yo tenia los vendajes en los ojos yo tratava de pensar. No pasava nada. No se en que pensar. Tal bez si yo le pregunto a el me dise como puedo pensar aora que boy a ser listo, En que piensa la jente lista. Supongo que en cosas bonitas. Yo quiero saber ya cosas bonitas.

 

Informe de progresos – 19 marso

 

No pasa nada. Tengo montones de puebas y disferentes clases de carreras con Algernon. Yo le tengo rabia al raton. El siempre me gana. El Dr. Strauss dise que yo tengo que jugar con estos juegos. Y el dise que alguna bez yo boy a hacer las pruebas otra bez. Aqueyos vorrones de tinta son estupidos. Y aqueyos cuadros tamvien son estupidos. Me gusta divujar un cuadro de un ombre y una muger pero no quero decir mentiras de la jente.

Me duele la cabeza de tratar de pensar tanto, Yo pensava que el Dr. Strauss era mi amigo pero el no me ahiuda. El no me dise lo que tengo que pensar ni cuando boy a ser listo, Miss Kinnian no a benido a berme. Yo creo que escrivir estos informes de progresos tamvien es estupido.

 

Informe de progresos 8 – 23 marso

 

Boy a bolver a travajar a la frabica. Eyos disen que es mejor que yo buelva a trabajar pero que yo no puede desir a nadie para que me an echo la operasion y que yo tengo que hir al ospital una ora todas las noches despues de travajar. Eyos me daran a mi dinero cada mes para aprender a ser listo. A mi me gusta ir a travajar porque hecho de menos mi travajo y todos mis amigos y todo lo dibertido que era allí. El Dr. Strauss dise que yo tengo que escrivir cosas pero que yo no tengo que escrivir todos los dias solo cuando yo tengo que escribir algo que e pensado o algo espesial que me pasa. El dise que yo no tengo que estar disenimado porque todo esto ba muy despasio. El dise que a pasado mucho tiempo antes de que Algernon aya sido 3 bezes mas listo que antes. Por esto Algernon me gana siempre a mi porque a el tamvien le an echo la operasion. Esto me gusta mucho a mi. Yo puede aser aquel laberinto mas deprisa que un raton de los otros. Tal bez algun dia yo ganare a Algernon.

 

Marso 25.

(Yo no tengo que escrivir INFORME DE PROGRESOS ensima solo una bez a la semana cuando lo yevo al Dr. Nemur para leer. Solo pongo la fecha. Esto aorra tiempo).

Oy a sido muy dibertido en la frabica. Joe Carp dise mira donde Charlie tiene su operasion que an echo ellos a Charlie le an puesto sesos dentro. Yo iva a contarlo a el pero yo me acuerdo de que el Dr. Strauss dise que no. Luego Frank Reilly dise que as echo Charlie olbidar tu yave y abrir tu puerta al rebes. Esto me hase reir a mi. Eyos son mis amigos y a mi me gustan.

A bezes algien dise mira a Joe o Frank o George lo bien que se yeva con Charlie Gordon. Yo no se porque disen esto pero eyos siempre rien. Esta mañana Amos Borg que es el ombre 4 en Donnegans usava mi nombre para gritar a Ernie el chico de la ofisina. Ernie a perdido un paquete. El dise Ernie es que te estas bolviendo un Charlie Gordon. Yo no comprendo porque el dise esto, Yo nunca pierdo paquetes.

 

Marso 28.

El Dr. Strauss a venido esta noche a mi habitación para ber porque no e ido alli como tenia que ir. Yo le e dicho que no quiero aser mas carreras con Algernon. El dise que yo no tengo que asertas durante una temporada pero que yo tengo que hir allí. El tenia un regalo para mi pero no era un regalo sino para prestarmelo. Yo pensava que era una telebision pequeña pero no lo era. El dise que tengo que encenderlo cuando yo me boy a dormir. Yo digo usted esta de broma porque tengo que encenderlo cuando yo me boy a dormir. Quien a oido nunca una cosa así. Pero el dise que si quiero ser listo tengo que aser lo que el me dise. Yo le e dicho a el que yo no creo que boy a ser listo y el pone su mano en mi ombro y dise Charlie tu no lo sabes pero tu eres cada bez mas listo, Tu no te das cuenta por un tiempo, Yo creo que el queria ser amable conmigo para consolarme porque yo no soy mas listo.

Oh si casi me olbidaba, Yo le pregunto a el cuando boy a hir a la clase en la escuela de Miss Kinnian. El dise que yo no boy a ir. El dise que Miss Kinian hira pronto al ospital para enseñarme a mi espesialmente. Yo estaba enfadado con eya porque no a benido a berme cuando me an echo la operasion pero a mi me gusta eya de modo que tal bez nosotros seremos amigos otra bez.

 

Marso 29.

Esta TV loca me a tenido despierto toda la noche. Como puede dormir con alguien gritando tonterias en mis oregas toda la noche. No se lo que dise cuando yo estoy despierto de modo que como puede saberlo cuando estoy dormido.

El Dr. Strauss dise que esta muy bien. Dise que mi serebro esta aprendiendo cuando yo estoy dormido y que esto me ahiuda cuando Miss Kinnian empiesa sus lecciones para mi en el ospital (pero yo beo que no es un ospital es un laboratorio). Yo creo que todo esto es estupido. Si se puede aser bolver listo cuando se esta dormido porque la jente ba a la escuela. Esto cosa yo no creo que ba bien. Yo miro aqueya TV todo el tiempo y nunca soy mas listo. Tal bez tengo que mirarla mientras estoy dormido.

 

INFORME DE PROGRESOS 9 – 3 abril

 

El Dr. Strauss me a enseñado a poner la TV muy bajita de modo que ahora puedo dormir. Yo no e oido nada. Y todabia no comprendo lo que dise. A bezes lo e puesto por la mañana para saber lo que abia aprendido por la noche mientras estava dormido pero no me e enterado de nada. Miss Kinnian dise Tal bez es otro language o algo así. Pero casi siempre parece americano, Abla tan deprisa mas deprisa que Miss Gold que era mi maestra en el grado 6 y yo recuerdo que eya hablaba tan deprisa que yo no podia entenderla a eya.

 

Le e dicho al Dr. Strauss que bien es que yo me aga listo en mi sueño, Yo quiero ser listo cuando estoy despierto, El dise que es la misma cosa y que yo tengo dos pensamientos. Ay el subconsciente y el consciente (e mirado como se escrive). Y uno no le dise al otro lo que esta asiendo. Ni siquiera se ablan el uno al otro, Por esto yo sueño,

Me e olbidado de preguntarle si solo yo tengo dos pensamientos o los tiene todo el mundo,

Acabo de mirar la palabra en el diccionario que me a dado el Dr. Strauss. La palabra es subconsciente. adj. De la naturaleza de las operaciones mentales todavía no presentes en la conciencia; también, subconsciente conflicto de deseos. Ay mas cosas, pero yo no se lo que quiere desir. Este diccionario no es muy bueno para personas tontas como yo,

De todos modos, el dolor de cabeza es desde el conbite. Mis amigos de la frabica Joe Carp y Frank Reílly me inbitaron a hir con eyos al Muggsys Saloon para bever unas copas. A mi no me gusta bever pero eyos disen que nosotros nos dibertiremos mucho, Lo e pasado muy bien.

Joe Carp dise que yo tengo que enseñarles a las chicas como friego el retrete de la frabica y el me da una baieta. Yo se lo e enseñado y todo el mundo se a reido mucho cuando yo digo que Mr. Donnegan dise que yo soy el megor limpiador que a tenido porque a mi me gusta mi travajo y lo ago bien y nunca llego tarde y nunca falto un solo dia esepto para mi operasion.

Yo digo que Miss Kinnian siempre dise Charlie puedes estar orguyoso de tu travajo porque tu lo ases muy bien. Todo el mundo se a reido y nosotros lo emos pasado muy bien y eyos me han dado muchas copas y Joe dise Charlie es un buen elemento cuando esta trompa. Yo no se que quiere desir esto pero todo el mundo estava contento de mi y nos emos dibertido mucho, Yo no puedo esperar ser listo como mis megores amigos Joe Carp y Frank Reílly.

Yo no recuerdo como termino el conbite pero yo creo que fui a comprar un periodico y cafe para Joe Y Frank y cuando bolvi ya no estaban alli. Espere que eyos bolvieran asta muy tarde. Luego no recuerdo tan bien pero creo que me e puesto enfermo o dormido. Un guardia le yevo a casa. Esto es lo que dise mi patrona Mrs. Flynn.

Pero yo tengo dolor de cabesa y un chichon en mi cabesa y todo morado, Yo creo que tal vez me cai pero Joe Carp dise que fue el guardia que ellos pegan a bezes a los vorrachos. Yo no lo creo, Miss Kinnian dise que los guardias son para ahiudar a la jente. De todos modos tengo mucho dolor de cabesa y estoy enfermo y todo me duele. Creo que no boy a beber nunca mas.

 

Abril 6.

E ganado a Algernon. Yo no sabia que abia ganado ha Algernon asta que Burt el que acia la prueba me lo a dicho. Luego la segunda bez yo e perdido porque estava muy esitado. Pero despues e ganado yo 8 bezes mas. Tengo que ser mas listo aora para ganar a un raton tan listo como Algernon. Pero yo no me siento mas listo,

Yo queria aser mas carreras con Algernon pero Burt dise que ay bastante para un dia. Eyos me han dejado coger el raton un minuto, El no es tan malo. Es blando como una bola de halgodon. El sierra los ojos y cuando habre los ojos son negros y de color de rosa en los vordes.

Yo e dicho que puedo darle comida porque a mi me sabe mal aberle ganado y yo queria ser amable y que somos amigos. Burt dice no Algernon es un raton muy espesial con una operasion como la mia y el era el primer animal que era listo tanto tiempo, El dise que Algernon es tan listo que cada dia tiene que resolber un test para tener su comida. Es una cosa como una serradura en una puerta que camvia cada bez que Algernon ba a comer de modo que tiene que aprender algo nuebo para tener su comida. Esto me pone triste porque si el no pudiera aprender tendria mucha ambre.

Yo no creo que esta bien aser pasar un test para comer. Le gustaria al Dr. Nemur tener que pasar un test cada bez que quiere comer. Creo que Algernon y yo seremos muy amigos.

 

Abril 9.

Esta noche despues de travajar Miss Kinnian estava en el laboratorio, Eya parecia como si estaba contenta de berme pero asustada. Yo le e dicho a ella Miss Kinnian no se preocupe todabia no soy listo y eya se rie mucho. Eya dise yo tengo confianza en ti Charlie porque as travajado más que todos los otros para aprender a leer y escrivir megor que todos los demás. En el peor caso tu abras tenido esto una temporada y estas aciendo algo por la siencia.

Nosotros estamos leyendo un libro muy difisil. Nunca abia leido un libro tan difisil. Se yama Robinson Crusoe y es de un ombre que esta solo en una Isla desierta. El es muy listo y ase muchas cosas para tener una casa y comida y el es un buen nadador. Pero a mi me da pena porque esta solo y no tiene amigos. Pero yo creo que en la isla tiene que aber algien mas porque ay un dibujo que en el esta el ombre mirando una uellas de pasos que ay en el suelo y lleba un paraguas muy dibertido. Yo espero que el encontrara un amigo y no estara solo.

 

Abril 10.

Miss Kinnian me enseña a escribir megor. Ella dise mira una palabra y sierra los ojos y la dises una y otra bez hasta que la recuerdes. A mi me cuesta mucho aprender a poner bien las b y las v, y tamvien me cuesta mucho aprender a escrivir con la h. Aora ya no ago tantas faltas me a dicho Miss Kennian porque soy mas listo,

 

Abril 14.

E terminado Robinson Crusoe. Yo quería saber más de lo que le pasa a el pero Miss Kinnian dise que todo esta en el libro. Porque…

 

Abril 15.

Miss Kinnian dise que estoy aprendiendo mucho. Ella a leido algunos de los Informes de Progresos y parece muy dibertida. Ella dise que yo soy una buena persona y que yo lo demuestro a todos ellos. Yo le e preguntad porque. Ella dise no importa pero dise que no tengo que preocuparme si descubro que todo el mundo no es tan bueno como yo creo, Ella dise que una persona a quien dios ha dado tan poco como a ti ase mas que un monton de personas con cerebros que ellos nunca usan. Yo e dicho que todos mis amigos son personas listas pero ellos son buenos. Ellos me quieren y nunca an echo nada que no era bueno, Luego ella tenia algo en los ojos y se a marchado corriendo al lababo de las señoras.

 

Abril 16.

Hoy, he aprendido, la coma, esto es una coma (,) un punto, con una cola, Miss Kinnian, dise que es importante, porque, ase escribir, mejor, ella dise, algien, puede perder, mucho dinero, si una como, no, esta, en el, lugar debido, yo no tengo, ningun dinero, y yo no beo, como una coma, ebita, que se pierda, el dinero,

Pero ella dise, todo el mundo, usa comas, de modo que yo, las uso, tamvien,

 

Abril 17.

E usado la coma mal. Es puntuación. Miss Kinnian dise que tengo que mirar palabras largas en el diccionario para aprender a escribirlas bien. Ella dise que esto es parte de mi educasion de modo que aora miro todas las palabras. Es muy difisil recordar como ay que escribirlas pero creo que boy recordando. Aora solo tengo que mirarlas una bez y las escrito bien. Aora me acuerdo de que e escrito mal la palabra puntuación (asi es como esta en el diccionario) Miss Kinnian dise que un punto tamvien es puntuación, y ay otros signos para aprender. Yo le e dicho que creía que todos los puntos tienen que llebar colas pero ella dise que no,

Pueden mesclarse los signos, ella me a enseñado? a mi” como.se mesclan! los signos ( bien,.y aora; ya puedo! mesclar toda clase” de signos de puntuacion,en! mi escritura? Alli,ay montones! de reglas? para aprender; pero yo estoy metiendolas en mi cabeza.

Una cosa que a mi? me gusta de la,Querida Miss Kinnian (as¡es como ay que ponerlo en una carta de negosios si algun dia me dedico a los negosios) es que ella, siempre me da un motivo” cuando yo pregunto. Ella es un genio! Me gustaria! poder ser tan lista” como,ella;

(La puntuacion,es;dibertida!)

 

Abril 18.

¡Qué tonto soy! Ni siquiera comprendía lo que ella estaba diciendo. Anoche leí la gramatica y lo esplica todo, Entonces yo bi que era lo mismo que Miss Kinnian trataba de esplicarme, pero yo no lo cogia. Lo e estado mirando hasta medianoche, y lo e comprendido perfectamente.

Miss Kinnian dise que la TV trabajando mientras yo dormia me a ahiudado mucho, Ella dise que yo e alcanzado una meseta. Esto es como arriba de una montaña que esta llana.

Despues de aber aprendido como funcionan los signos de puntuacion, e leido todos mis Informes de Progresos desde el principio, ¡Cuantas faltas de ortografia y de puntuacion! Le e dicho a Miss Kinnian que voy a repasarlo todo para corregir las faltas, pero ella a dicho, «No, Charlie, el Dr. Nemur los quiere tener tal como estan. Por eso ha dejado que los guardes después de aber sacado una fotocopia, para comprobar tus progresos. Estas adelantando muy rapidamente, Charlie».

Esto me a puesto muy contento. Después de la leccion e ido a jugar con Algernon. Ya no aremos mas carreras.

 

Abril 20.

Estoy enfermo por dentro, No enfermo para ir a buscar al médico, sino que parece que tenga el pecho vacío y que me arda el corazón al mismo tiempo,

No iba a escribir sobre esto, pero creo que tengo que hacerlo porque es importante. Hoy ha sido la primera vez que he regresado directamente a casa después del trabajo,

Anoche Joe Carp y Frank Reilly me invitaron a ir con ellos. Había muchas chicas y algunos hombres de la fabrica. Yo recordé lo enfermo que me había puesto la última vez que bebi demasiado, de modo que le dije a Joe que no quería beber nada. Joe me dio un trozo de galleta para comer. No era mala, pero creo que me dejó un mal gusto en la boca.

Durante un rato nos divertimos mucho. Joe dijo que yo tenía que bailar con Ellen y ella me enseñaría los pasos. Me caí unas cuantas veces y no podía comprender porque, ya que nadie estaba bailando aparte de Ellen y yo, Y todo el rato estaba tropezando porque el pie de alguien se enredaba en los mios.

Luego, cuando vi la expresión de la cara de Joe sentía una sensación de malestar en la boca del estómago, «Es un bromista», dijo una de las muchachas. Todo el mundo se estaba riendo,

Frank dijo: «No me he reído tanto desde que le enviamos a buscar el periódico aquella noche, en el Muggsy, y le dejamos completamente curda».

«Miradle. Se ha puesto colorado.»

«Está ruborizándose. Charlie está ruborizándose.»

«Oye, Ellen, ¿qué le has hecho a Charlie? Nunca le había visto reaccionar de este modo.»

Yo no sabía qué hacer ni a donde mirar. Todo el mundo me estaba mirando y riendo y yo me sentí desnudo. Deseaba ocultarme. Eché a correr y salí a la calle. Luego me marché a casa andando, Es curioso que nunca supiera que Joe y Frank y todos los demás sólo querían estar conmigo para reírse de mí.

Ahora sé lo que quieren decir cuando hablan de parecerse a Charlie Gordon.

Estoy avergonzado

 

INFORME DE PROGRESOS 11 – Abril 21

 

Todavía no he ido a la fábrica. Le he dicho a mi patrona Mrs. Flynn que avisara a Mr. Donnegan diciéndole que estaba enfermo. Mrs. Flynn me ha mirado de un modo muy raro, como si estuviera asustada de mí.

Creo que es una cosa buena descubrir que todo el mundo se rie de mí. He pensado mucho en ello. Esto pasa porque soy tonto y ni siquiera sé cuando estoy haciendo alguna tontería. La gente piensa que es divertido cuando una persona no puede hacer las cosas del mismo modo que ellos las hacen. De todos modos, ahora me estoy volviendo más listo cada día. Conozco la puntuación y escribo perfectamente. Estudio las palabras más difíciles del diccionario y me acuerdo de ellas. Ahora leo mucho, y Miss Kinnian dice que leo muy de prisa. A veces incluso comprendo lo que estoy leyendo, y se me queda en la cabeza. A veces cierro los ojos y pienso en una página y la veo toda como si fuera un cuadro,

Además de historia, geografía y aritmética, Miss Kinnian dice que tengo que empezar a estudiar algunos idiomas extranjeros. El Dr. Strauss me ha dado algunos discos más para que los ponga al acostarme. Todavía no comprendo como funcionan la mente consciente y la subconsciente, pero el Dr. Strauss dice que no debo preocuparme aún por eso. Me ha pedido que le prometa que cuando empiece a estudiar temas universitarios la semana próxima no leeré ningún libro de psicología… es decir, hasta que él me autorice a hacerlo,

Hoy me encuentro mucho mejor, pero creo que aún estoy un poco furioso porque aquella gente se reía de mi y me tomaba el pelo porque no era tan listo, Cuando me convierta en un hombre inteligente como dice el Dr. Strauss, habiendo triplicado mi I. Q. de 68, entonces tal vez seré igual que los demás y la gente me tratará de un modo amistoso,

 

No estoy seguro de lo que es un I.Q. El Dr. Nemur dijo que era algo que media lo inteligente que era uno… como una escala de pesos de la tienda. Pero el Dr. Strauss tuvo una gran discusión con él y dijo que un I. Q. no pesa la inteligencia. Dijo que un I. Q. indica cuánta inteligencia puede uno desarrollar, como los números que hay en la parte exterior de un vaso de medir líquidos.

Luego, cuando le pregunté a Burt, que me hizo los tests de inteligencia y las pruebas con Algernon, me dijo que los dos estaban equivocados (tuve que prometerle que no se lo diría a ellos). Burt dice que un I. Q. mide un montón de cosas distintas, incluidas algunas de las cosas que uno ya había aprendido, y que en realidad no sirve para nada.

De modo que todavía no sé lo que es un I. Q., excepto que el mío será pronto de más de 200. No quiero decir nada, pero no entiendo una cosa: si ellos no saben lo qué es, ni dónde está, ¿cómo pueden saber cuánto ha adquirido uno?

El Dr. Nemur dice que mañana tendré un Rorschach Test. Me pregunto qué será eso,

 

Abril 22.

Ya he descubierto lo qué es un Rorschach. Es el test que me hicieron antes de la operación: el de las manchas de tinta en los trozos de cartulina. El hombre que me hizo el test era el mismo.

Yo estaba muy asustado por aquellas manchas de tinta. Sabía que iba a preguntarme qué es lo que veía en ellas, y sabía que no seria capaz de ver nada. Estaba pensando si habría algún modo de saber qué clase de cuadros estaban ocultos allí. Tal vez no eran cuadros. Tal vez era un truco para ver si yo era lo bastante tonto como para ver allí algo que no había. Al pensar en esto me puse furioso contra él.

—De acuerdo, Charlie —dijo—. Ya has visto antes estas cartulinas, ¿te acuerdas?

—Desde luego que me acuerdo,

Por el tono de mi voz comprendió que yo estaba furioso, y pareció sorprendido.

—Sí, desde luego, Ahora quiero que mires ésta. ¿Qué puede ser esto? ¿Qué ves en esta cartulina? La gente ve toda clase de cosas en estas manchas de tinta. Dime lo que ves tú en ella… en qué te hace pensar.

Yo estaba impresionado. Aquello no era lo que yo había esperado que dijera.

—¿Quiere usted decir que no hay ningún cuadro escondido en estas manchas de tinta?

Arrugó la frente y se quitó las gafas.

—¿Qué?

—Cuadros. Ocultos en las manchas de tinta. La última vez usted me dijo que cualquiera podía verlos y que usted quería que también yo los encontrara.

Él me explicó que la última vez había utilizado casi exactamente las mismas palabras que estaba utilizando ahora Yo no podía creerlo, y todavía tengo la sospecha de que me estaba engañando para reírse de mí. A no ser —también cabía la posibilidad— de que yo no le hubiese entendido bien a causa de mi deficiencia mental.

Miramos todas las cartulinas lentamente. Una de ellas parecía un par de murciélagos chocando contra algo, Otra parecía dos hombres luchando con espadas. Yo imaginaba toda clase de cosas. Y creo que lo hice bastante bien. Pero ya no me fiaba de aquel hombre y daba la vuelta a todos las cartulinas para ver si tenían algo oculto, Mientras él tomaba notas, yo miraba por el rabillo del ojo para ver si podía leerlo, Pero lo escribía todo en clave y era algo así

WF + A DdF – Ad orig. WF – A SF + obj.

El test todavía no tiene sentido para mí. Me parece que cualquiera puede mentir diciendo que ha visto cosas que en realidad no ha visto, ¿Cómo podía saber aquel hombre que yo no le estaba tomando el pelo mencionando cosas que en realidad no me eran sugeridas por las manchas de tinta? Tal vez pueda comprenderlo cuando el Dr. Strauss me deje leer libros de psicología.

 

Abril 25.

Me he inventado un nuevo modo de alinear las máquinas en la fábrica, y Mr. Donnegan dice que esto le ahorrará diez mil dólares al año en trabajo y en aumento de la producción. Me ha dado un billete de veinticinco dólares. Quería invitar a almorzar a Joe Carp y a Frank Reilly para celebrarla, pero Joe me ha dicho que tenía que ir a comprar algunas cosas con su mujer, y Frank me ha dicho que tenía que ir a almorzar con su primo, Creo que tendrá que pasar algún tiempo para que se acostumbren al cambio que se ha operado en mí. Todo el mundo parece estar asustado de mí. Cuando me acerqué a Amos Borg y le toqué en el hombro, dio un gran salto,

La gente ya no me habla amistosamente como solía hacerlo antes. Esto hace que me sienta un poco solo.

 

Abril 27.

Hoy he reunido todo mi valor y le he pedido a Miss Kinnian que viniera a cenar conmigo mañana por la noche para celebrar la propina que me había dado Mr. Donnegan. De momento, ella no estaba segura de si sería correcto, pero yo se lo he preguntado al Dr. Strauss y me ha dicho que no había ningún inconveniente. El Dr. Strauss y el Dr. Nemur no parecen estar en muy buenas relaciones. Se pasan el tiempo discutiendo, Esta noche, cuando he entrado para preguntarle al Dr. Strauss lo de ir a cenar con Miss Kinnian, les he oído gritar. El Dr. Nemur estaba diciendo que aquel era su experimento y su investigación, y el Dr. Strauss replicaba que él había contribuido tanto como su colega, ya que me había encontrado a mí a través de Miss Kinnian y había realizado la operación. El Dr. Strauss ha añadido que algún día millares de neurocirujanos podrían utilizar su técnica en todo el mundo,

El Dr. Nemur deseaba publicar los resultados del experimento a finales de este mes. El Dr. Strauss quería esperar un poco más para mayor seguridad. El Dr. Strauss ha dicho que el Dr. Nemur estaba más interesado en la Cátedra de Psicología de Princeton que en el experimento. El Dr. Nemur ha dicho que el Dr. Strauss no era más que un oportunista que estaba tratando de obtener gloria pegándose a sus faldones.

Al salir de allí, más tarde, estaba temblando, No sé exactamente por qué, pero era como si hubiera visto claramente a aquellos dos hombres por primera vez. Recuerdo haberle:oído decir a Burt que el Dr. Nemur tenía una esposa muy ambiciosa que le estaba apremiando siempre para que publicara cosas a fin de que pudiera convertirse en un hombre famoso. Burt decía que el sueño dorado de la esposa del Dr. Nemur era tener un marido de gran renombre.

¿Estaba tratando realmente el Dr. Strauss de obtener gloria pegándose a sus faldones?

 

Abríl 28.

No comprendo cómo no me había dado cuenta nunca de lo bonita que en realidad es Miss Kinnian. Tiene los ojos castaños, y sus sedosos cabellos, del mismo color, le llegan hasta los hombros. ¡Sólo tiene treinta y cuatro años! Creo que desde el primer momento yo había tenido la sensación de que era un genio inalcanzable… y muy, muy vieja. Ahora, cada vez que la veo me parece más joven y más encantadora.

Hemos cenado y hemos charlado largamente. Cuando me ha dicho que yo estaba avanzando con tanta rapidez que pronto la dejaría a ella atrás, me he echado a reír.

—Es verdad, Charlie. Eres ya mucho mejor lector que yo misma. Puedes leer una página entera de una sola ojeada, en tanto que yo sólo puedo captar unas cuantas líneas al mismo tiempo, Y tú recuerdas todo lo que lees. En cambio yo, con mucha suerte, sólo puedo recordar las ideas principales y el significado general de lo que he leído.

—Yo no me siento inteligente. Hay tantas cosas que no comprendo…

Miss Kinnian cogió un cigarrillo y yo le di fuego.

—No tienes motivos para quejarte, Charlie. En cuestión de días y de semanas estás obteniendo lo que a las personas normales les cuesta media vida adquirir. Esto es lo que hace tan sorprendente la cosa. Ahora eres como una esponja gigante que va absorbiendo cosas. Hechos, cifras, conocimientos generales. Y pronto empezarás a relacionarlas unas con otras. Verás cómo están conectadas las distintas ramas del conocimiento. Existen muchos niveles de cultura, Charlie, como peldaños de una gigantesca escalera que le lleva a una cada vez más arriba y más arriba para ver más y más el mundo que le rodea.

Yo sólo puedo ver un trocito de ese mundo, Charlie, y no llegaré mucho más arriba de lo que estoy ahora, pero tú subirás más y más alto, y verás más y más cosas, y cada peldaño te abrirá nuevos mundos que nunca habías imaginado que pudieron existir —frunció el ceño—. Espero… sólo espero que Dios:..

—¿Qué?

—No importa, Charlie. Sólo espero no haberme equivocado cuando te aconsejé que fueras el primero en dejarte operar.

Me eché a reír.

—Eso no es posible. La cosa ha salido bien, ¿no es cierto? Incluso Algernon sigue siendo listo.

Nos quedamos silenciosos un buen rato y yo sé lo qué ella estaba pensando mientras me miraba juguetear con la cadena de mi pata de conejo y mis llaves. No quiero pensar en aquella posibilidad, del mismo modo que la gente de edad madura no quiere pensar en la muerte. Yo sé que esto es sólo el comienzo. Sé lo que miss Kinnian había querido decir al hablar de los niveles de cultura, porque yo he visto ya algunos de ellos. La idea de dejarla a ella me entristecía.

Estoy enamorado de miss Kinnian.

 

INFORME DE PROGRESOS 12 – Abril 30.

 

He dejado mi trabajo en la Donnegan’s Plastic Box Company. Míster Donnegan insistió en que seria mejor para todos que yo me marchara. ¿Qué es lo que he hecho para que me odien tanto?

La primera noticia que tuve del asunto fue cuando míster Donnegan me enseñó la petición. Ochocientos cuarenta nombres, todos los obreros de la fábrica, excepto Fanny Gierden. Al repasar rápidamente la lista, vi que el suyo era el único nombre que faltaba. Todos los demás pedían que yo fuese despedido.

Joe Carp y Frank Reilly no quisieron hablar del asunto. Nadie quiso hablar conmigo del asunto, excepto Fanny. Fanny es una de las pocas personas que conozco que actúan de acuerdo con lo que creen a pesar de todo lo que el resto del mundo pueda decir, hacer o pensar. Y Fanny creía que yo no tenia que ser despedido. Se había opuesto a la petición desde el primer momento y se mantuvo firme en su posición a pesar de las presiones y de las amenazas de que había sido objeto.

—Lo cual no quiere decir —observó Fanny— que yo no crea que hay algo muy extraño en lo que te ha ocurrido, Charlie. Has cambiado mucho. Eras un hombre bueno, obediente, normal… tal vez no demasiado brillante, pero honrado. Quién sabe lo que has hecho contigo mismo para convertirte repentinamente en un hombre tan listo… Como todo el mundo dice por aquí, Charlie, la cosa resulta un poco misteriosa.

—Pero, ¿cómo puedes decir eso, Fanny? ¿Qué hay de malo en que un hombre adquiera inteligencia y desee aumentar sus conocimientos y comprender el mundo que le rodea?

Fanny inclinó la mirada sobre su trabajo y yo me volví para marcharme. Sin mirarme, Fanny dijo:

—Cuando Eva escuchó a la serpiente y comió el fruto del árbol del conocimiento, fue obra del demonio, Cuando vio que estaba desnuda, fue obra del demonio… De no haber sido por aquello, ninguno de nosotros se hubiera hecho viejo, ni hubiera conocido las enfermedades, ni hubiera muerto.

De nuevo la sensación de vergüenza ardía dentro de mi. Esta inteligencia ha levantado una barrera entre mi persona y los hombres y mujeres a los que conocía y quería. Antes, se reían de mí y me despreciaban por mi ignorancia y estupidez; ahora, me odian por mis conocimientos y por mi comprensión. ¿Qué es lo que quieren de mí, en nombre del cielo?

Me han echado de la fábrica. Ahora estoy más solo que nunca…

 

Mayo 15.

El doctor Strauss está furioso conmigo porque no he escrito ningún informe de progresos en dos semanas. Tiene mucha razón en quejarse, porque el laboratorio me paga ahora un salario de un modo regular. Le dije que estaba demasiado ocupado pensando y leyendo. Cuando le expliqué que el trabajo de escribir me resultaba muy pesado, debido a la mala letra que tengo, lo cual me hacía perder la paciencia, me sugirió que aprendiera a escribir a máquina. Ahora me resulta mucho más fácil escribir, ya que puedo mecanografiar casi setenta y cinco palabras por minuto. El doctor Strauss me recuerda continuamente la necesidad de hablar y de escribir de un modo sencillo, de modo que la gente pueda comprenderme.

 

Trataré de pasar revista a todas las cosas que me han ocurrido durante las últimas dos semanas. Algernon y yo fuimos presentados a la Sociedad Psicológica Norteamericana reunida en asamblea con la Sociedad Psicológica Mundial el pasado jueves. Producimos una verdadera sensación. El doctor Nemur y el doctor Strauss estaban muy orgullosos de nosotros.

Sospecho que el doctor Nemur, que tiene sesenta años —diez más que el doctor Strauss—, estima necesario comprobar los resultados tangibles de su trabajo. Indudablemente, el resultado de las presiones de mistress Nemur.

Contrariamente a mis primeras impresiones de él, me he dado cuenta de que el doctor Nemur no es un genio, ni mucho menos. Tiene un cerebro bastante bueno, pero está muy inseguro de sí mismo. Quiere que la gente le tome por un genio. En consecuencia, para él es muy importante saber que su trabajo es aceptado por el mundo. Creo que el doctor Nemur está impaciente porque teme que alguien pueda hacer algún descubrimiento en el mismo campo científico y esto le quite fama a él.

El doctor Strauss, en cambio, puede ser llamado un genio, aunque tengo la impresión de que sus zonas de conocimiento son demasiado limitadas. Fue educado en la tradición de la más estricta especialización; los aspectos más amplios de su propia especialidad fueron descuidados más de la cuenta… incluso tratándose de un neurocirujano.

Quedé asombrado al enterarme de que los únicos idiomas antiguos que podía leer eran latín, griego y hebreo, y que no sabe casi nada de matemáticas más allá de los niveles elementales del cálculo de variaciones. Cuando él mismo me confesó esto, casi me sentí enojado. Era como si hubiera estado ocultando aquella parte de sí mismo a fin de engañarme, fingiendo —como he descubierto que hace mucha gente— ser lo que no es. Ninguna de las personas que conozco es lo que parece ser en la superficie.

El doctor Nemur no parece encontrarse a gusto a mi lado. A veces, cuando trato de hablar con él, se limita a mirarme de un modo muy raro y da media vuelta, dejándome con la palabra en la boca. De momento, me puse furioso cuando el doctor Strauss me dijo que yo le estaba dando al doctor Nemur un complejo de inferioridad. Creía que se estaba burlando de mí, y soy muy susceptible al imaginar que puedan reírse a mi costa.

¿Cómo podía yo saber que un reputado psicoexperimentalista como Nemur no supiera una palabra de indostánico ni de chino? Es algo completamente absurdo, teniendo en cuenta los trabajos que se realizaban en la India y en China en aquella misma especialidad científica.

Le pregunté al doctor Strauss cómo podía refutar Nemur los ataques de Rahajamati a su método y a sus resultados, si Nemur no era capaz de leerlos primero, La extraña expresión del rostro del doctor Strauss sólo podía significar una de dos cosas. O bien que no quería decirle a Nemur lo que opinaban en la India de sus experimentos, o bien —y esto me preocupa— que el propio doctor Strauss lo ignoraba. Debo tener cuidado y hablar y escribir de un modo claro y sencillo de modo que la gente no se ría.

 

Mayo 18.

Estoy muy disgustado. Anoche vi a miss Kinnian por primera vez desde hace una semana. Traté de evitar toda alusión a temas demasiado intelectuales y de mantener la conversación a un nivel sencillo, cotidiano, pero ella se limitó a mirarme con expresión de desconcierto y me preguntó qué significaba aquello de la variante matemática equivalente en el Quinto Concierto de Dorbermann.

Cuando traté de explicárselo me hizo callar y se echó a reír. Me puse furioso, pero sospecho que me estoy acercando a ella a un nivel equivocado. Hable de lo que hable con ella, soy incapaz de establecer una comunicación entre nosotros. Debo revisar las ecuaciones de Wrostadt sobre Los niveles de progresión semántica. Me he dado cuenta de lo imposible que me resulta establecer comunicación con la gente. Gracias a Dios, puedo pensar en libros, y en música, y en otras muchas cosas. La mayor parte del tiempo lo paso solo en mi habitación de la casa de huéspedes de mistress Flynn, y rara vez hablo con alguien.

 

Mayo 20.

No me hubiera fijado en el nuevo lavaplatos, un muchacho de unos dieciséis años, en el restaurante donde solía cenar todas las noches, de no ser por el incidente de los platos rotos.

Cayeron al suelo, haciéndose añicos y esparciendo trozos de loza blanca por debajo de las mesas. El muchacho quedó allí de pie, aturdido y asustado, con la bandeja vacía en las manos. Los comentarios y las carcajadas de los clientes, los gritos de «¡Vaya! ¡Ahí van los beneficios!»… «¡Mazeltov!»… y, «Bueno, no trabajará aquí mucho tiempo»… los cuales parecen seguir de un modo invariable a la rotura de vasos o de platos en un restaurante) parecían confundirle más y más.

Cuando el dueño se presentó para ver a qué se debía aquel jaleo, el muchacho se cubrió el rostro con el antebrazo como si temiera recibir una bofetada de un momento a otro.

—Está bien, está bien, ya la has hecho —gritó el dueño— ¡No te quedes ahí plantado como un pasmarote! Vete a buscar una escoba y barre todo esto, Una escoba… ¡Una escoba, idiota! Está en la cocina. Barre bien todos los pedazos.

El muchacho vio que no iba a ser castigado. Su asustada expresión desapareció, y cuando regresó con la escoba para barrer el suelo estaba sonriendo. Unos cuantos clientes empezaron a reírse a su costa.

—Aquí, muchacho, detrás tuyo tienes un hermoso pedazo de plato…

—Vamos, hazlo otra vez…

—No es tan tonto como parece. Es más fácil romper los platos que lavarlos…

El muchacho miró a los que hablaban con ojos desprovistos de toda expresión, y finalmente sonrió por la chanza que evidentemente no comprendía.

Al ver aquella vacua sonrisa, aquella insegura mirada de los ojos de un niño deseoso de mostrarse complaciente, me sentí enfermo. Se estaban riendo de él porque era un retrasado mental.

Y yo también me había estado riendo de él.

Repentinamente me puse furioso conmigo mismo y con todos aquellos que se estaban mofando del muchacho. Me levanté de un salto y grité.

—¡Cállense! ¡Déjenlo en paz! ¡No es culpa suya si no puede comprender! ¡No puede evitar ser como es! ¡Pero… pero sigue siendo un ser humano!

Se produjo un gran silencio. Me maldije a mi mismo por haber perdido el control y haber hecho una escena. Traté de no mirar al muchacho mientras pagaba mi cuenta sin haber tocado la comida. Me sentía avergonzado por los dos.

Qué extraño resulta que unas personas de buenos sentimientos, sensibles, que no abusarían de un hombre que hubiera nacido sin brazos, o sin piernas, o sin ojos, no consideren ofensivo tomarle el pelo a un hombre que ha nacido corto de inteligencia. Me enfurecía pensar que hacía muy poco tiempo que yo, al igual que el muchacho del restaurante, había representado estúpidamente el papel de payaso.

Y casi lo había olvidado.

Me ocultaba a mí mismo el cuadro del antiguo Charlie Gordon porque ahora, que era inteligente, aquello era algo que debía borrar de mi cerebro. Pero hoy, al mirar a aquel muchacho, he visto por primera vez lo que yo había sido. ¡Yo era exactamente igual que él!

Hace muy poco tiempo, aprendí que la gente se reía de mi. Ahora sé que inconscientemente me unía a la gente riéndome de mí mismo, Y esto es mucho más doloroso.

A menudo he vuelto a leer mis informes de progresos y he visto la ignorancia, la ingenuidad infantil, la mente de escasa inteligencia mirando desde una habitación oscura, a través del ojo de la cerradura, a la cegadora luz del exterior. Veo que incluso en mi estupidez yo sabía que era inferior, y que las otras personas tenían algo que a mí me faltaba… algo que a mí me había sido negado. En mi ceguera mental, yo pensaba que era algo relacionado con la capacidad de leer y escribir, y estaba convencido de que si yo podía adquirir aquellas habilidades automáticamente me sería dada también la inteligencia.

Incluso un hombre de mentalidad atrasada desea ser como los otros hombres.

Un niño puede no saber cómo alimentarse a sí mismo, ni lo que tiene que comer, pero sabe que tiene hambre.

La lección recibida había sido muy provechosa para mí. Viendo el pasado con más claridad, he decidido aplicar mis conocimientos y mis habilidades a la tarea de aumentar los niveles de la inteligencia humana. ¿Quién mejor equipado que yo para esa tarea? ¿Quién ha vivido en los dos mundos? He pertenecido a la familia de los retrasados mentales. Dejadme que emplee el don que me ha sido concedido en hacer algo por ellos.

Mañana, hablaré con el doctor Strauss para ver de qué modo puedo enfocar mi trabajo para que resulte más eficaz. Tal vez pueda ayudarle a él en la solución de los problemas que plantea la extensión de la técnica que me fue aplicada a mí. Tengo varias ideas sobre la materia.

Esta técnica puede producir resultados asombrosos. Si ha podido convertirme a mí en un genio, ¿no podría alcanzarse niveles fantásticos aplicándola a personas normales? ¿Y aplicándola a genios innatos?

Hay muchas puertas para abrir. Y estoy impaciente por empezar a abrirlas.

 

INFORME DE PROGRESOS 13 – Mayo 23.

 

Ha ocurrido hoy. Algernon me ha mordido. He ido al laboratorio para hacerle una visita, como hago de cuando en cuando, y al sacarle de la jaula me ha mordido en la mano. He vuelto a meterlo en la jaula y lo he contemplado un buen rato, Estaba desacostumbradamente excitado y agresivo.

 

Mayo 24.

Burt, que tiene a su cargo los animales destinados a experimentos, me ha.dicho que Algernon está cambiando. Se muestra indolente; se niega a recorrer el laberinto; la motivación general ha disminuido. Y no quiere comer. Todo el mundo está intrigado acerca del significado que todo esto puede tener.

 

Mayo 25.

Han estado alimentando a Algernon, que ahora se niega a resolver problemas para obtener su comida. Todo el mundo me identifica con Algernon. En un sentido, los dos somos los primeros de nuestro tipo, Todos aseguran que el comportamiento de Algernon no es necesariamente significativo para mí. Pero resulta difícil ocultar el hecho de que algunos de los otros animales que fueron utilizados en este experimento se están portando de un modo muy raro.

El doctor Strauss y el doctor Nemur me han pedido que no vaya al laboratorio, Sé lo que están pensando, pero no puedo aceptarlo. Voy a seguir adelante con mis proyectos de investigación. Con el debido respeto a los dos excelentes hombres de ciencia, tengo plena consciencia de sus limitaciones. Si existe una respuesta, tengo que encontrarla por mi mismo. Repentinamente, el tiempo se ha convertido en algo muy importante para mi.

 

Mayo 29.

Me han dado un laboratorio para mi uso personal y permiso para seguir adelante con mis investigaciones. Los estoy aprovechando bien. Trabajo día y noche. Tengo un catre plegable en el laboratorio. La mayor parte del tiempo que dedicaba a la escritura lo invierto en la redacción de las notas que guardo en folios separados, pero de cuando en cuando encuentro necesario anotar mis estados de ánimo y mis pensamiento, tal como tenía por costumbre.

He descubierto que el calculus de inteligencia es un estudio fascinante. Éste es el campo al que puedo aplicar todos los conocimientos que he adquirido. Es el problema que me ha afectado directamente toda mi vida.

 

Mayo 31.

El doctor Strauss cree que trabajo demasiado. El doctor Nemur dice que estoy tratando de concentrar en unas semanas toda una vida de investigación. Sé que debería descansar, pero me siento empujado por algo interior que no me permite detenerme. Tengo que descubrir el motivo de la repentina regresión de Algernon. Tengo que saber si y cuándo me ocurrirá a mí.

 

Junio 4.

CARTA AL DR. STRAUSS (copia).

 

Mi querido Dr. Strauss

En sobre aparte le envío una copia de mi informe titulado “El Efecto Algernon-Gordon: Un Estudio sobre la Estructura y el Funcionamiento de la Inteligencia Aumentada” el cual me gustaría que leyera usted antes de su publicación.

Como podrá ver, mis experimentos han sido exhaustivos. He incluido en mi informe todas mis fórmulas, así como los análisis matemáticos, que van en el apéndice. Desde luego, los análisis tienen que ser comprobados.

A causa de su importancia para usted y para el doctor Nemur (y no hace falta decir que también para mí) he revisado y vuelto a revisar mis resultados una docena de veces, con la esperanza de encontrar un error. Siento decir que los resultados son exactos. Sin embargo, en beneficio de la ciencia, me alegro de haber podido aportar una pequeña contribución al conocimiento del funcionamiento de la mente humana y a las leyes que gobiernan el aumento artificial de la inteligencia humana.

Recuerdo que usted me dijo en cierta ocasión que un fracaso experimental o la refutación de una teoría era tan importante para el avance de un conocimiento como el propio éxito.

Ahora sé que es verdad. Lamento, sin embargo, que mi contribución en este terreno descanse sobre las cenizas del trabajo de dos hombres a los cuales aprecio y admiro tanto. Sinceramente suyo,

CHARLES GORDON

 

Junio 5.

No debo dejar paso al sentimentalismo. Los hechos y los resultados de mis experimentos son claros, y los aspectos más sensacionales de mi propia rápida ascensión no pueden oscurecer el hecho de que la triplicación de la inteligencia por medio de la técnica quirúrgica desarrollada por los doctores Strauss y Nemur deben ser considerados como de muy escasa o de ninguna aplicabilidad (en los momentos actuales) para el aumento de la inteligencia humana.

Al revisar los informes y los datos sobre Algernon, veo que, aunque se encuentra aún en su infancia física, ha retrocedido mentalmente. La actividad motriz ha empeorado; existe una acelerada pérdida de coordinación.

Existen también claros síntomas de una progresiva amnesia.

Tal como podrá apreciarse en mi informe, éstos y otros síndromes de deterioración física y mental pueden ser predichos con resultados estadísticamente significativos mediante la aplicación de mi fórmula.

Los estímulos quirúrgicos a los cuales hemos sido sometidos Algernon y yo han provocado una intensificación y aceleración de todos los procesos mentales. El imprevisto desarrollo, al cual me he tomado la libertad de llamar el Efecto Algernon-Gordon, es la extensión lógica del proceso de aceleración de la inteligencia. La hipótesis aquí demostrada puede ser descrita sencillamente en los siguientes términos: la inteligencia aumentada artificialmente se deteriora en un espacio de tiempo directamente proporcional a la cantidad de aumento.

Creo que esto, en si mismo, es un importante descubrimiento.

Mientras sea capaz de escribir, seguiré anotando mis ideas en estos informes de progresos. Es uno de mis pocos placeres. Sin embargo, según todos los indicios, mi propia deterioración mental será muy rápida.

He empezado ya a notar síntomas de inestabilidad emotiva y de lagunas nemotécnicas, los primeros en anunciar la proximidad de la deterioración.

 

Junio 10.

La deterioración va en aumento. Experimento prolongadas ausencias mentales.

Algernon murió hace dos días. La autopsia ha demostrado que mis predicciones eran ciertas. Su cerebro había perdido peso y existía un reblandecimiento general de la masa encefálica así como un ensanchamiento de las fisuras del cerebro.

Creo que no tardará en sucederme lo mismo a mi. Ahora que es un hecho seguro, no deseo que ocurra.

He colocado el cadáver de Algernon en una cajita de quesos y le he enterrado en el patio trasero, He llorado.

 

Junio 15.

El doctor Strauss ha venido a verme otra vez. No he querido abrirle la puerta y le he dicho que se marchara. Quiero estar solo. Me he convertido en una persona susceptible e irritable. Resulta difícil ahuyentarlas ideas de suicidio. No ceso de decirme a mí mismo cuán importante será este diario introspectivo.

Es una extraña sensación la de coger un libro que uno ha leído y gozado hace sólo unos meses y descubrir que no lo recuerda. Me acuerdo de la gran impresión que me produjo John Milton, pero cuando cogí El Paraíso Perdido no comprendí absolutamente nada. Me puse tan furioso, que tiré el libro al otro extremo de la habitación.

Trato de aferrarme desesperadamente a algunas de las cosas que he aprendido, ¡Oh, Dios mío! Que no lo pierda todo, te lo ruego…

 

Junio 19.

A veces, por la noche, salgo a dar un paseo. Anoche no pude recordar dónde vivía. Un policía me acompañó a casa. Tengo la extraña sensación de que todo esto me ha ocurrido antes… hace mucho tiempo. No ceso de decirme a mí mismo que soy la única persona del mundo que puede describir lo que me está ocurriendo.

 

Junio 21.

¿Por qué no puedo recordar? Tengo que luchar. Me quedo en la cama días enteros sin saber quién soy ni dónde estoy. Luego todo vuelve a mí como en un relámpago. Fugas de amnesia. Síntomas de senilidad… segunda infancia. Puedo verlos aparecer. Esto es cruelmente lógico. He aprendido tanto y con tanta rapidez… Ahora mi mente se está deteriorando rápidamente. Tengo que luchar. Me resulta insoportable pensar en el muchacho del restaurante, en su vacua expresión, en su estúpida sonrisa, en la gente riéndose de él. No… por favor… aquello, no…

 

Junio 22.

Estoy olvidando cosas que había aprendido recientemente. La cosa parece seguir la pauta clásica: las últimas cosas aprendidas son las primeras olvidadas. ¿Era así, en realidad? Tendré que mirarlo otra vez…

He vuelto a leer mi informe sobre el Efecto Algernon-Gordon y he experimentado la extraña sensación de que estaba escrito por otra persona. Hay partes que ni siquiera comprendo.

La actividad motriz empeora. Tropiezo continuamente, y escribir a máquina se ha convertido en una tarea sumamente dificultosa.

 

Junio 23.

He renunciado por completo al uso de la máquina de escribir. Mi coordinación es muy deficiente. Noto que me muevo cada vez con más lentidad. Hoy he recibido una terrible impresión. He cogido una copia de un articulo que había utilizado en mi investigación, Uber psychische Ganzheit de Krueger, para ver si podía ayudarme a comprender mis deducciones. De momento creí que tenía algo en la vista. Luego he comprobado que ya no podía leer el alemán. He hecho la prueba con otros idiomas. Los he olvidado todos.

 

Junio 30.

Ha pasado una semana desde la última vez que escribí. Esto se desliza como arena a través de mis dedos. La mayor parte de los libros que tengo me resultan ininteligibles ahora. El comprobarlo me pone furioso porque sé que hace unas semanas los leía y comprendía perfectamente.

No ceso de decirme a mí mismo que tengo que continuar escribiendo informes a fin de que alguien pueda saber lo que me está ocurriendo. Pero resulta difícil formar las palabras y recordar como se escriben. Ahora tengo que consultar en el diccionario incluso palabras sencillas y esto me pone nervioso.

El doctor Strauss viene por aquí casi todos los días, pero le he dicho que no quiero ver ni hablar con nadie. Se siente culpable. Todos ellos se sienten culpables. Pero yo no le reprocho nada a nadie. Pero resulta muy doloroso,

 

Julio 7.

No me doy cuenta del paso de las semanas. Oy se que es domingo porque puedo ver a través de mi ventana la gente que va a la iglesia. Creo que he estado en la cama toda la semana pero recuerdo a mistress Flynn que me ha traído comida unas cuantas veces. Me digo una y otra vez que tengo que hacer algo pero luego me olvido o quizás es más fácil no hacer lo que digo que voy a hacer.

Estos días he pensao mucho en mi madre y en mi padre. He encontrado una fotografía de ellos tomada en la playa conmigo, Mi padre tiene un balón muy grande debajo del brazo y mi madre me tiene cogido de la mano, No los recuerdo tal como están en la fotografía. Lo único que recuerdo es que mi padre estaba borracho la mayor parte del tiempo y siempre discutía con mamá por el dinero.

Casi nunca se afeitaba y me arañaba la cara cuando me cogía en brazos. Mi madre dijo que se había muerto pero Prima Millie dijo que había oído a su madre y a su padre que decían que mi padre se había fugado con otra mujer. Cuando se lo pregunte a mi madre me dio una bofetada y dijo que mi padre estaba muerto. No creo que llegue a saber nunca la verdad pero no me importa mucho. (Mi padre me había dicho que iba a llevarme a una granja para ver las vacas, pero no lo hizo, Nunca cumplía sus promesas…)

 

Julio 10.

Mi patrona mistress Flynn está muy enfadada conmigo. Dice que cuando me ve todo el día tumbado en la cama y sin hacer nada se acuerda de su hijo antes de que lo echara de casa. Ella dice que no le gustan los gandules. Si estoy enfermo es una cosa, pero si soy un gandul es otra cosa y no lo aguantará. Yo le he dicho que creo que estoy enfermo.

Trato de leer un poco todos los días, principalmente cuentos, pero a veces tengo que leer la misma cosa una y otra vez porque no sé lo que quiere decir. Y escribir es muy difícil. Sé que tendría que mirar todas las palabras en el diccionario, pero es muy difícil y siempre estoy cansado.

Luego he tenido la idea de utilizar sólo las palabras fáciles en vez de las difíciles. Esto ahorra tiempo. Llevo flores a la tumba de Algernon una vez a la semana.

Mistress Fliynn cree que estoy loco por llevarle flores a un raton, pero yo le he dicho que Algernon era un raton especial.

 

Julio 14.

Es domingo otra vez. No tengo nada que hacer para distraerme porque mi aparato de televisión está estropeado y no tengo dinero para arreglarlo. (Creo que he perdido el cheque del laboratorio de este mes. No lo recuerdo.)

Tengo terribles dolores de cabeza y la asperina no me alivia. Mistress Flynn sabe que estoy realmente enfermo y está muy preocupada por mí. Es una mujer maravillosa cuando alguien está enfermo.

 

Julio 22.

Mistress Flynn ha llamado a un médico para que me visite. Tenía miedo de que me muriera. Le he dicho al médico que no estaba enfermo y que sólo perdía la memoria algunas veces. Él me ha preguntado si tenía amigos o parientes y yo le he dicho que no tenia ninguno. Le he dicho que había tenido un amigo llamado Algernon pero era un raton y hacíamos carreras. Me ha mirado de un modo muy raro, como si creyera que yo estaba loco.

Sonrió cuando le he dicho que yo había sido un genio, Me habló como si yo fuera un chiquillo y le ha guiñado el ojo a mistress Flynn. Me he enfurecido y le he hecho salir de mi cuarto porque se estaba riendo de mí del modo que todos solían hacer.

 

Julio 24.

He estado mirando algunos de mis antiguos informes de progresos y son muy divertidos pero no puedo leer lo que escribí. Puedo leer las palabras pero no tienen ningún sentido.

Miss Kinnian ha venido a verme pero yo le he dicho márchese yo no quiero verla a usted. Ella ha llorado pero no la he dejado entrar porque no quiero que se ría de mí. Le he dicho que ya no la quería. Le he dicho que ya no quería ser listo nunca más. Esto no es verdad. Todavía la quiero y todavía quiero ser listo pero tenía que decirle aquello para que se marchara. Ella le ha dado dinero a mistress Flynn para pagar la pensión. Yo no quería esto. Yo quiero tener un trabajo.

Por favor… por favor que no me olvide de cómo se lee se escribe…

 

Julio 27.

Mister Donnegan estuvo muy amable cuando fui a pedirle mi antigua plaza. Al principio me miró con sospecha pero yo le dicho lo que me había ocurrido y entonces el pareció ponerse triste y ha puesto su mano en mi hombro y me ha dicho Charlie Gordon la plaza es tuya.

Todo el mundo me ha mirado cuando he subido arriba y he empezado a trabajar en los lavabos limpiándolos como hacía antes. Me he dicho a mi mismo Charlie si se rien de ti no te preocupes recuerda que ellos no son tan listos como habías creido que eran. Y ademas ellos eran amigos tuyos y si se reian de ti esto no significaba nada porque ellos también te querian a ti.

Uno de los hombres que entro a trabajar en la fabrica despues de marcharme yo se ha acercado a mi y me ha dicho Charlie he oido decir que eres un tipo muy listo, Di algo inteligente. Me ha sabido mal pero Joe Carp le ha agarrado por la camisa y le ha dicho deja a Charlie en paz estupido o te rompere la cara. Yo no esperaba que Joe se pusiera de mi parte de modo que creo que es realmente mi amigo.

Mas tarde Frank Reilly ha venido y me ha dicho Charlie si alguien te molesta a ti me llamas a mi o a Joe y nosotros nos ocuparemos de el. Yo le he dicho gracias Frank y he quedado tan emocionado que he tenido que meterme en uno de los lavabos para que no me viera llorar. Es bueno tener amigos.

 

Julio 28.

Hoy he hecho una tonteria me he olvidado de que ya no estaba en la clase de miss Kinnian en el centro de adultos como antes. He ido allí y me he sentado en mi antiguo asiento en el fondo de la clase y ella me ha mirado muy extrañada y ha dicho Charlie. Yo no recuerdo que antes me hubiera llamado a mi solo Charlie de modo que he dicho hola miss Kinnian estoy preparado para mi lección de hoy pero he perdido el libro de lectura que estabamos utilizando. Ella ha empezado a llorar y se ha marchado de la clase y todo el mundo me ha mirado y he visto que no era la misma gente que había en mi clase.

Luego de repente he recordado algunas cosas de la operación y cuando yo era mas listo y me he marchado antes de que miss Kinnian volviera a la clase.

Por esto me marcho de Nueva York. No quiero que miss Kinnian tenga pena por mi. En la frabica todo el mundo tiene pena por mi y yo no quiero esto de modo que me marcho a algun lugar donde nadie sepa que Charlie Gordon fue un genio por un tiempo y ahora no puede ni siquiera leer un libro ni escrivir bien.

Me llebare un par de libros y aunque no pueda leerlos are muchas practicas y tal vez no olvide todas las cosas que aprendi. Si ago muchas practicas tal vez sere un poco mas listo de lo que era antes de la operasion. Me llevo mi pata de conejo y mi penique de la suerte y tal vez me ayuden.

Si llega a leer esto miss Kinnian no se preocupe por mi yo estoy contento de aber tenido una segunda oportunidad de ser listo porque aprendi un monton de cosas que ni siquiera sabia que estaban en este mundo y me alegro de haberlas bisto un poco, No se porque soy tonto otra vez ni que he hecho mal quisaz no trabaje vastante. Pero si yo trabajo y practico mucho quisaz sere un poco más listo y sabre lo que son todas las palabras. De todos modos, me alegro de aber sido la primera persona tonta del mundo que a descubierto algo importante para la siencia. Yo recuerdo haber echo algo pero no recuerdo que. Pero creo que era algo bueno para todas las personas tontas como yo,

Adios miss Kinnian y doctor Strauss y todo el mundo.

Y P. D. por favor digan al doctor Nemur que no sea tan gurñon cuando la gente se rie de el y asi tendra más amigos. Es fasil acer amigos si uno deja que la jente se ría de el. Donde yo boy tendre montones de amigos.

P. P. D. Por favor si pueden pongan algunas flores en la tumva de Algernon en el patio trasero…

 

 

 

Las Trece Brujas De Witch

Leigh Richmond

 

 

El programa IWC era un boletín informativo por Bill Howard, y aquella noche las noticias eran particularmente desagradables.

Bill, con su ancho rostro de facciones vulgares, inclinado a través de una mesa escritorio hacia el televidente, hablaba en tono horrorizado de la peste-submarina que, según la opinión general, se había originado en el Canal de Suez, esparciéndose a través de El Cairo.

Es fácil suponer, dijo Bill a su auditorio, que las naciones más interesadas en crear una crisis en el mundo en estos momentos han llevado el submarino allí para tener una coartada y acusarnos a nosotros. Es indudable que el submarino está allí, y que ha sido construido en América, y que la epidemia es real. El grupo investigador de las Naciones Unidas, que mañana saldrá hacia la zona del Canal para ofrecer su informe al mundo, se encontrará con que la epidemia había sido provocada por bacterias cultivadas en un laboratorio y trasladadas por un submarino construido en América. Esto es, Suponiendo que no existan m s complicaciones, lo que dirán en su informe.

A los ojos del mundo, continuó Bill, el problema no es ya el saber si ha estallado o no la guerra bacteriológica, sino quién la ha empezado… y el hecho de que el submarino lleve la marca de los Estados Unidos y sea de construcción norteamericana no responde en absoluto a la pregunta.

La guerra bacteriológica ha estallado, y nadie puede imaginar dónde dará el próximo golpe.

Pero hay una cosa segura, y es que la guerra bacteriológica ha estallado.

Con aquella frase terminó el boletín de noticias, y a continuación aparecieron en la pantalla las trece brujas, marca de fábrica de la International Witch Corporation.

Harvey Randolph, fabricante de los productos Witch, se inclinó hacia la pantalla con gran atención. Acababa de contratar con Burton, Dester, Duston & Oswald, la organización de un nuevo lanzamiento publicitario para sus productos.

Las trece brujas tenían las piernas largas, de danzarina, y llevaban unas altas caperuzas negras de bruja, y unas largas capas negras, con ribetes carmesí. Todas tenían largos cabellos que ondeaban al viento mientras bailaban.

Randolph se mordió el labio inferior, contemplando pensativamente a las brujas.

Habían aparecido en la pantalla entonando un canto parecido al grito de las walquirias.

 

¡Brujas del mundo, uníos!

¡Uníos para hacerlo limpio, limpio, limpio!

Witch limpia… ¡AHORA!

 

Hum, pensó Randolph. El canto resultaba casi irritante después de aquella frase final la guerra bacteriológica ha estallado del boletín de noticias. Pero aquel dramático final del boletín de noticias no era una cosa corriente.

Las brujas seguían cantando mientras bailaban. Ninguna tarea es demasiado grande, ninguna tarea es demasiado pequeña —cantaban—. ¿Qué producto Witch necesita usted? Debería usted tenerlos todos…

Cada bruja, desde luego, encarnaba a un producto especial de la cadena Witch: detergente, jabón, champú; limpiacristales, desengrasante líquido… Witch jabón o detergente, Witch limpia rápidamente…

¿Qué producto Witch necesita usted? Debería tenerlos todos…

Randolph pensó que era un programa publicitario como otro cualquiera. La gran innovación planeada por BDD&O llegaría a continuación.

Y llegó. En la pantalla, detrás de las brujas, apareció un mapa del Canal de Suez, y luego un modelo en cartón piedra del hocico de un submarino, y una cabaña, y un sudario gris colgando sobre ellos.

Mientras las brujas daban media vuelta y empezaban a bailar hacia el decorado, la voz en off del locutor anunció:

¡Brujas del mundo, uníos! Si Nasser tuviera bastantes brujas[2], podría resolver la crisis que nos tiene a todos sobre agujas…

Y las brujas, bailando acompasadamente, se acercaron al submarino y a la cabaña cantando: ¡Hacerlo limpio, limpio, limpio! ¡Witch limpia, AHORA!. Cada una de ellas empezó a frotar con un producto Witch, y, mientras frotaban, el sudario fue desapareciendo, y el submarino y la cabaña aparecieron resplandecientes, como recién pintados.

¡Limpio, limpio, limpio! —cantó el coro—. ¡Witch, Witch, Witch, limpio, limpio, limpio! Vencer a la suciedad, es vencer la enfermedad.

¡Mantenga la limpieza con Witch!

Bueno, se dijo Randolph. Y luego otra vez: Bueno.

No acababa de gustarle. El anuncio no era de buen gusto, precisamente. Con la crisis tan cerca… pero después de verlo uno no olvidaría el producto. Después de aquello, uno se veía obligado a pensar en los productos Witch.

Se recordó a sí mismo que al día siguiente, a primera hora, debía comprobar la reacción que había producido el anuncio y apagó la T.V.

 

Era casi mediodía cuando Randolph recordó la llamada que se había propuesto hacer a BDD&O. Oswald se puso al otro lado del hilo casi inmediatamente.

—Aquí, Randolph —dijo—. Le llamo acerca del anuncio de anoche. Me pareció un poco fuerte. ¿Piensan repetirlo hoy?

—¿Repetirlo? Nunca repetimos nada, Randolph —rió Oswald—. Es usted un hombre afortunado. Tengo a toda la plantilla ocupada con el anuncio de esta noche. No tiene por qué preocuparse. Nosotros nos ocuparemos de todo, hasta de los más mínimos detalles.

—Lo de anoche me pareció un poco fuerte —repitió Randolph. Se sintió un poco intrigado por el tono en que le había hablado Oswald, aunque no demasiado. Los hombres que trabajaban en la publicidad eran entusiastas por naturaleza, en opinión de Randolph. Tal vez era una cualidad necesaria en su profesión—. La gente puede tomar a mal que bromeemos con una cosa tan seria como una epidemia, aunque diga usted que la limpieza puede evitarla.

—La epidemia, ése es el punto fuerte. Imagínese usted que el grupo de investigadores de las Naciones Unidas informa de que no existe ninguna epidemia, y que el submarino sospechoso es uno de los más limpios y más saludables del mundo… Podemos sugerir, en tal caso, que se utilizan los productos Witch para mantenerlo limpio.

—Mister Oswald —la voz de Randolph adquirió un tono de imperiosa autoridad—. ¿Le importaría explicarme con exactitud de qué está usted hablando?

—¿Es que no ha oído usted las noticias.? ¡No hay guerra bacteriológica! Reconozco que es un patinazo de Bill Howard, pero todo puede arreglarse. No hay epidemia en El Cairo. Los investigadores de las Naciones Unidas no han podido encontrar ni un mal resfriado. Y en cuanto al submarino de marras, le han dado un certificado de salud absoluta, total. Ahora, el anuncio que planeamos para esta noche…

 

A aquella misma hora, cierto número de personajes importantes estaban reunidos con el Presidente. Sus reacciones al informe de las Naciones Unidas eran completamente distintas a la que Oswald había manifestado.

—Lo que me asusta, señor Presidente, es lo exacto del cronometraje y lo detallado de la ejecución —estaba diciendo el Subsecretario de Estado.

El Secretario de Estado volaba en un Jet, en aquellos momentos, para agregarse a la reunión.

—El hecho implica una técnica que nosotros no hemos alcanzado ni soñábamos alcanzar. He hablado con el jefe de la CIA, y los informes de nuestros agentes están fuera de toda duda. No sólo se produjo la epidemia, sino que se extendió rápidamente. La existencia del submarino portador de la peste es evidente. Si son capaces de provocar una guerra bacteriológica, y de producir una curación en masa de la noche a la mañana, estamos a su merced. No existe ninguna bomba —ni puede ser inventada— que alcance el poder de lo que acaban de demostrarnos.

El Presidente se pasó los dedos por los cabellos. Su rostro tenía una expresión preocupada. Pero, consiguió sonreír.

—No estamos aún solicitando condiciones de paz —dijo, y, volviéndose hacia el m s eminente de los biólogos de la nación, que estaba sentado en una butaca contigua, le preguntó—: ¿Cuál es su opinión?

—Siempre hemos sabido —contestó el biólogo— que la guerra bacteriológica es más peligrosa que la guerra atómica… siempre que el vencedor no disponga de los medios para protegerse de sus efectos. En nuestros laboratorios conseguimos una especie de bacterias, contra las cuales disponíamos de la adecuada inmunización, pero los experimentos que llevamos a cabo nos demostraron que, aunque inmunizáramos a todos los hombres, mujeres y niños de este país antes de soltar las bacterias en otra parte del mundo, las especies derivadas de aquellas bacterias azotarían eventualmente a esta nación lo mismo que a aquellas contra las cuales luchásemos.

—¿Qué me dice de las especies derivadas de la bacteria de Suez? —preguntó el Presidente. E inmediatamente se contestó a sí mismo—: No, han producido un antídoto. Un antídoto, si nuestros informes son exactos, que actúa de un modo inmediato.

Sacudió la cabeza lentamente.

—El ultimátum llegará en cualquier momento —dijo el Presidente.

 

—Es el cronometraje. No comprendo el cronometraje. —El gran hombre del Kremlin se estaba permitiendo a sí mismo unas dudas que no solía dejar traslucir delante de sus subordinados.

Allí había un solo subordinado, y cualquier auditorio que pudiese ser causa potencial de posteriores dificultades podía ser silenciado con facilidad. Sin embargo, la cosa resultaba sorprendente, y el teniente que ejercía las funciones de secretario y de guardaespaldas tembló mientras escuchaba.

—El cronometraje está equivocado, pero el hecho es un hecho. Tiene que ser un hecho, o todos nuestros agentes deberían ser enviados a Siberia.

—Desde luego, tenemos que actuar. La acción tiene que ser inmediata. Estamos amenazados de…

—¡No!

Vlada se oyó hablar a sí mismo, y todo su cuerpo se conmovió por ello. Se quedó pálido, temblando. Pero había hablado, y aunque quisiera no podría tragarse la palabra que acababa de pronunciar.

—¿No? Entonces, ¿qué es lo que sugieres, palomino, como no sea el defendernos de esta agresión capitalista? ¿Qué nos sentemos con los brazos cruzados y esperemos a que nos dicten las condiciones de nuestra rendición? ¡Habla!

—¡Enviarles un submarino infectado, y comprobar si pueden aniquilar a la bacteria que nosotros hemos desarrollado!

La garganta de Vlada estaba seca, y su voz no era la suya habitual. Ningún poder de la tierra hubiera logrado hacerle abrir la boca, pero la había abierto, y estaba esperando el rayo que iba a fulminarle de un momento a otro.

—Enviarles… ¡Ah, desde luego! Ellos pueden vencer a sus bacterias, y han utilizado un medio de lo más dramático para decirnos que pueden vencer a sus bacterias. Pero, ¿pueden vencer a los productos de nuestros laboratorios? Esto es lo que vamos a comprobar. Pero seremos tan sutiles… más sutiles, incluso, que nuestros amigos capitalistas. No les enviaremos nuestro submarino directamente. Lo enviaremos a una pequeña isla, y veremos si sienten deseos de probar la muerte, el ahogo, los horribles sufrimientos y la pérdida de la razón, que es el destino que aguarda a aquellos isleños…

 

En Peiping, la inquietud no era menos intensa… pero la reacción fue algo distinta.

Al científico sometido a interrogatorio no le quedaban esperanzas. Podía contestar sinceramente, ya que no había nada que pudiera salvarle de la suerte que le estaba reservada.

—La especie era virulenta. No existe ningún antídoto conocido… nada podía salvar a aquel puerto, ni a la mayor parte de África, ni a la mayor parte de la India… y no existía ningún medio para que el mundo pudiera averiguar de dónde procedía el submarino portador de la muerte, excepto que había sido construido en Norteamérica. Las bombas hubieran llegado como represalia, sembrando la muerte y añadiéndose al horror de la epidemia, de modo que una gran parte del mundo hubiese quedado libre para ser ocupada por el gran Pueblo del Dragón. Habíamos calculado que una tercera parte de nuestra propia población habría caído en el holocausto, lo cual nos hubiera resuelto muchos problemas Los pueblos de color canela de la India y los pueblos de color negro de África nos hubieran suplicado que les admitiéramos en la unidad de los pueblos amarillos, para defenderles de las locuras de los pálidos pueblos del Oeste. No existe ningún antídoto… pero la epidemia ha sido cortada. No puedo creerlo. Iría a reunirme con mis antepasados alegremente si antes pudiera saber la respuesta a este enigma.

 

Aquella noche, Bill Howard apareció en la pantalla con su feo rostro más sonriente que nunca, y su traje de tweed y su áspero pelo rubio m s desordenado que de costumbre.

—Hoy es un gran día para todos los habitantes del planeta —dijo—. Lo que ha ocurrido en Suez tiene indudablemente una enorme importancia política, y todos los estadistas y todos los políticos tendrán declaraciones que hacer y conclusiones que extraer. La evidente curación de Suez ha sido diversamente atribuida a la técnica norteamericana; a la técnica rusa; a Mahoma y al Dios de los cristianos. Todos los habitantes de la Tierra —siguió diciendo Bill Howard—, estamos amenazados de un modo abstracto, pero nosotros, la gente de la calle, queremos dejar estas cuestiones para los teóricos, mientras nos congratulamos. Ya que para nosotros, la gente de la calle, lo que tiene verdadera importancia es que en lugar de vernos obligados a enfrentarnos con la más degradante, con la más increíble, con la más horrorosa de las perspectivas: la guerra bacteriológica, nos encontramos en plena paz bacteriológica.

Después del difundido, las trece brujas aparecieron bailando y cantando, y detrás de ellas, como un telón de fondo, se encontraba el brillante y limpio decorado submarino-cabaña.

¡Brujas del mundo uníos! ¡Uníos para hacerlo limpio, limpio, limpio! ¡Witch limpia AHORA! —cantaron—. Pestilencia o peligro, enfermedad o desastre, Witch lo limpia todo limpio, limpio, limpio!

¡Ah! —dijo la voz en off del locutor—. ¿Qué producto Witch desea usted? Witch es el moderno sistema de limpieza que ha utilizado lo mejor de las técnicas modernas, se ha extendido por todo el mundo…

 

Randolph contemplaba el programa escépticamente. Se recordó a sí mismo que lo habían preparado los mejores abogados y los mejores agentes de publicidad. Sin embargo experimentaba la desagradable sensación de que la cosa estaba llegando demasiado lejos.

Está bien pedir la luna —pensó, mordiéndose el labio inferior—. Pero ¿no es un poco arriesgado reclamar paz en la tierra para los productos Witch?

Tomó nota mentalmente de que a la mañana siguiente debía llamar a BDD&O. Por entonces ya se habría dejado sentir la reacción del auditorio, y podría decidir…

 

Era casi mediodía cuando Randolph recordó la llamada que se había propuesto hacer a BDD&O. Oswald se puso al otro lado del hilo casi inmediatamente.

—Aquí, Randolph —dijo—. Le llamo acerca del anuncio de anoche. Me pareció un poco fuerte reclamar paz en la tierra para los productos Witch. ¿Qué es lo que preparan para esta noche?

—¡Insistiremos en lo mismo! —la voz de Oswald era exultante—. ¡La cosa marcha; estamos en todos los programas de todos los canales. Nos consideran como algo excepcional. La Wicht levanta cabeza, Salem está aquí, con un nuevo “twist” y un estribillo publicitario… y todo eso. Pero los productos Witch suben como la espuma. Estaba seguro de no equivocarme cuando basé nuestro contrato en un porcentaje sobre las ventas. ¡Vamos a hacer saltar la banca!

Randolph rumió la idea en silencio.

—Oswald —dijo—, es una antigua costumbre del pueblo norteamericano tomar a broma lo que no puede comprender. Pero, no hay que llevar las cosas demasiado lejos. ¿No le parece que ese slogan Brujas del mundo, uníos suena a comunista?

—Cada vez que alguien habla de mantener al mundo pacíficamente unido, de unidad, no falta quien empieza a gritar comunismo… ¿Desde cuándo tiene el comunismo la exclusiva de la unidad? Su compañía es internacional, ¿no es cierto? Es la International Witch Corporation, ¿no? Usted no se limita a vender productos Witch en los Estados Unidos: tiene mercados en Europa, y en África, y en la India, a no ser que yo haya leído mal los gráficos de ventas. ¿Por qué ha de preocuparle el utilizar ese slogan? Nuestras ventas suben como la espuma en todas partes —continuó Oswald en tono satisfecho—. ¿Qué quiere usted expresar al decir que no hay que llevar las cosas demasiado lejos? Tiene usted al mundo en un puño… ¿Acaso quiere soltarlo? Incidentalmente —añadió, en un tono más tranquilo— he recibido la visita de un chiflado que me ha dado qué pensar. El chiflado me ha dicho que, ahora que tenemos a las brujas del mundo unidas, por qué no hacemos un verdadero trabajo de limpieza, en un barrio pobre, por ejemplo. Me ha dado qué pensar, se lo aseguro. Una buena causa no le ha hecho nunca daño a un programa.

Randolph se mordió el labio inferior en silencio unos instantes, y Oswald, conociendo a su cliente, esperó pacientemente.

—La idea me gusta mucho más que la de reclamar paz en la tierra para los productos Witch —dijo Randolph finalmente—. ¿Por qué no busca usted un barrio pobre que podamos sanear sin que nos cueste demasiado dinero? El tema de la limpieza no es malo… Lo que no me parece bien es lo de la paz en la tierra referido a nuestros productos. Le diré lo que ha de hacer. Vamos a invertir unos cincuenta mil dólares en un trabajo de saneamiento, y usted podrá utilizar el tema para la publicidad. Deje al mundo para los políticos y para los cabezas a pájaros.

Después de colgar, Randolph se quedó en pie junto al teléfono, mordiéndose el labio inferior. ¿Podría sanearse algo así como un barrio pobre por unos cincuenta mil dólares? Oswald doblaría la cifra en su propio cerebro, desde luego. Siempre lo hacía. Pero procuraría que revirtieran en las ventas. Su contrato estaba ligado a las ventas.

Sí, pensó, era mejor apartarle del camino que estaba siguiendo. Con abogados o sin ellos, aquella clase de publicidad era peligrosa.

 

El asunto costó una semana de trabajo y la colaboración de todos los miembros de la plantilla que pudieron ser sustraídos de los otros programas, así como los que estaban asignados al programa Witch.

El barrio pobre había sido localizado: tres edificios en una pequeña manzana junto a Battery, rodeada de edificios nuevos. Los inmuebles eran de los que tienen un retrete para cada planta, instalación de agua fría únicamente, y una familia en cada habitación. Seguían existiendo en aquella zona residencial porque estaban ligados a una herencia y no podían ser vendidos. Pero podían ser remozados, y a tal fin se firmaron contratos y se solicitaron permisos hasta que los documentos llenaron todo un fichero. Costaría unos cien mil dólares, desde luego… o quizá más. Pero Randolph lo había autorizado. Siempre citaba la mitad de la cifra —o menos— que había que emplear. De todos modos, las ventas compensarían aquel desembolso, ya que la cosa produciría un fuerte impacto. La preocupación por el dinero era lo último que podía esperarse de Oswald. Tenía a un toro agarrado por los cuernos, y sus ingresos dependían de las ventas…

Durante aquella semana, mientras el trabajo avanzaba, se emitió el nuevo programa publicitario.

Limpio, limpio, limpio con Witch. ¿Qué es lo que las brujas limpiarán a continuación? ¡Brujas del mundo, uníos! Uníos para sanear este viejo mundo y hacerlo habitable…

La noche en que iba a ser exhibido el nuevo trabajo de limpieza, Randolph sintonizó su receptor de TV tan ignorante de los detalles como el último de los televidentes. Le preocupaba un poco el hecho de que Oswald hubiera insistido en mantenerle a oscuras acerca de todo, pero Randolph tenía los mejores publicitarios, y los mejores abogados del país trabajaban en el asunto; y, evidentemente, la subida de la curva de ventas en las dos últimas semanas había sido muy espectacular.

—Esta noche tendremos el mayor auditorio del año en la televisión —le había dicho aquel mediodía Oswald, jubilosamente—. Hemos estado preparando a la gente, y los sketchs “Salen con un nuevo “twist” y una canción publicitaria” han continuado en esta red —su coste era relativamente pequeño—, e incluso pienso incluir algunos de ellos en los programas realmente importantes que estamos preparando.

 

Bill Howard apareció en la pantalla, con su ancho rostro de facciones vulgares inclinado hacia los telespectadores a través de la mesa.

—La noticia más importante del país en estos momentos —dijo Bill en tono solemne—, es el mayor trabajo de saneamiento efectuado por particulares en esta nación. Hay un barrio pobre aquí, en Nueva York —continuó—, y las Brujas del mundo se unirán para sanearlo… esta noche.

Luego desplegó aquella poderosa personalidad que le había convertido en el locutor más conocido de la TV y de la radio. Tenía un modo de decir las cosas que les infundía humanidad, era como si, descorriendo una cortina, introdujera a sus oyentes en las vidas reales de personas auténticas. Desplegó su poderosa personalidad, y empezó su tarea.

En primer lugar mostró un gran mapa de Nueva York, y habló de que la gente consideraba a la ciudad como un lugar enorme, impersonal, pero que no lo era. Bill hizo ver que la ciudad era el hogar de todo el mundo.

Luego señaló en el mapa el punto exacto donde estaban situados los edificios. A continuación, pasó una película y mostró la parte trasera de los edificios, que era un vertedero de basuras, y una habitación en la cual dormía una familia de siete miembros y el retrete que compartían con otras cinco familias.

Después, Bill apagó el proyector, y llevó a aquella familia junto al micrófono, todos ellos sucios y con ropas que tenían muchos años de existencia… incluso las del bebé. Los zapatos de un chiquillo carecían de suelas, y a los de otro muchacho les habían abierto un boquete en la parte delantera, a fin de que pudieran contener los pies a medida que iban creciendo.

—No hemos añadido nada a lo que hemos encontrado —dijo Bill—. Voy a presentarles a esta familia con el nombre de Jones. Esta es una parte muy real de América —añadió, y su voz temblaba un poco.

Si estaba fingiendo, pensó Randolph, era el mejor actor que había visto en su vida.

Randolph se alegró de estar solo y de no tener que hablar con nadie. También él estaba impresionado.

—Y, ahora —dijo Bill a su auditorio—, ha llegado el momento de las brujas…

La cámara se desvió, y apareció un modelo de cartón piedra de los edificios, construido de modo que pudieran verse las ventanas sin visillos y la suciedad iluminada por una sola bombilla colgada de un cordón. Todo aparecía cubierto con un sudario gris. Randolph recordó el sudario que había aparecido en la pantalla dos semanas antes y se dio cuenta de que era un efecto de luces sobre una cortina de malla, pero el resultado obtenido era realmente bueno.

Las trece brujas, de piernas largas y delgadas bailaban blandiendo sus productos y entonando su canción. Sus negras capas orladas de rojo se entreabrían de cuando en cuando de modo que el auditorio pudiera verles las largas y delgadas piernas.

¡Brujas del mundo, uníos! ¡Uníos para hacerlo limpio, limpio, limpio! ¡Witch limpia AHORA!

Y cada una de ellas lanzaba una rociada de su producto hacia el edificio.

 

Witch jabón o detergente,

Witch limpia rápidamente…

¿Qué producto Witch necesita usted?

Debería tenerlos todos…

 

En aquel momento se oyó la voz en off del locutor, que decía:

Esta noche, las Brujas del mundo sanearán un barrio pobre del mundo… un barrio pobre determinado, este barrio pobre. ¡Brujas, uníos! ¡A limpiar, a limpiar, a limpiar! ¡Witch limpia!

Las brujas danzantes lanzaron ahora sus productos contra el propio edificio, y el sudario gris empezó a iluminarse, a brillar intensamente. En el interior del edificio, las solitarias bombillas se apagaron unos segundos, pasados los cuales una luz suave permitió ver las ventanas cubiertas con resplandecientes visillos.

—Esto no es una ilusión —siguió diciendo la voz profunda del locutor—. Esto está sucediendo realmente en la ciudad de Nueva York, muy cerca de Battery. Les está sucediendo a los Jones y a los Smith que viven allí…

El coro subió de tono hasta cubrir la voz del locutor.

¡Limpio, limpio, limpio! ¡Witch limpia!

Se produjo un fundido llevándose al decorado y a las brujas, y en la pantalla volvió a aparecer el rostro de facciones vulgares de Bill Howard.

—Dejen que les presente de nuevo a la familia Jones —dijo Bill—. Les presentaré a ustedes a los Jones, que son una de las familias que a partir de ahora tendrán un lugar decente donde vivir… y el mismo milagro les ha sucedido a cada una de aquellas familias.

Los Jones aparecieron de nuevo ante la cámara: limpios, con vestidos nuevos, peinados, un milagro en el campo del transformismo. Randolph supuso que varios equipos de miembros de BDD&O habían estado trabajando durante la emisión publicitaria, creando el milagro. Desde el mayor al más chico, los miembros de la familia relucían literalmente, y sus rostros brillaban con una luz interior…

Aquella noche, cuando Randolph apagó la TV, se mordía el labio inferior violentamente. Tenían que haber gastado más del doble de cincuenta mil dólares, pensó. Se recordó a sí mismo que debía telefonear a BDD&O a primera hora de la mañana del día siguiente.

 

Sin embargo, eran las once cuando sonó el teléfono de BDD&O.

—Aquí Randolph —dijo, con el formulismo que se había acostumbrado a utilizar y que mantenía cuidadosamente.

—Buenos días —Oswald hablaba en tono muy serio—. Buenos días.

Siguió un silencio, mientras Randolph esperaba que el otro continuara.

Finalmente, Randolph dijo:

—Buen programa, el de anoche. Debe de haber costado mucho m á dinero del que sugerí —añadió—. De todos modos, era bueno —repitió, pensativamente.

—Randolph —la voz de Oswald sonó de un modo raro—, no sé lo que costó el programa. No sé…

º—Un momento. ¿Dice usted que no sabe lo qué costó? Yo le dije que podía gastar unos cincuenta mil dólares, y por lo que vi anoche debe de haber costado cuatro veces más. Estoy dispuesto a llegar hasta los ciento veinticinco mil dólares, pero no daré ni un centavo mas. ¿Entendido?

—Mire, Randolph, el trabajo de saneamiento tenía que haber empezado esta mañana. Los contratos estaban firmados, las brigadas de obreros estaban a punto para efectuar el trabajo rápidamente, de modo que no hubiera entorpecimientos. Habíamos trasladado a todas las familias al campo, para que a su regreso tuvieran un aspecto saludable, y el trabajo tenía que iniciarse hoy, al romper el alba.

—¿Bien?

—Bueno, el trabajo ya está hecho.

—¿Tan de prisa? Acaba de decirme usted que iban a empezarlo esta mañana.

—Sí. Y cuando me telefonearon desde allí diciéndome lo que ocurría, le dije al hombre que me llamaba que se tomara una taza de café bien cargado para despejarse. Pero fui a verlo yo mismo… y el trabajo está hecho. Exactamente el trabajo que yo había planeado, además. De acuerdo con nuestros planes. Muebles, pintura, cortinas, visillos, cuartos de baño, y cocinas, instalaciones eléctricas… Todo, en una palabra. Completamente terminado. Uno de mis hombres de confianza estuvo allí ayer atendiendo al traslado de las familias. Jura y perjura que los edificios no habían sido tocados. El contratista dice que va a demandarnos, porque se presentó allí con las brigadas de obreros para empezar el trabajo, y se encontró con que alguien lo había realizado ya..Venga usted en seguida. Iremos a verlo juntos y ya me dirá lo que le parece. ¿Qué es lo que pone usted en su jabón, amigo?

 

Por la tarde, todos los periódicos publicaban la noticia en primera página, y las agencias la telegrafiaban a toda la nación y al mundo entero. La mayoría de los artículos hablaban del milagro en un tono humorístico. Se suponía que los Productos Wicht había hecho el trabajo de antemano, limpiando la parte exterior durante la noche.

Los inquilinos fueron entrevistados —Oswald había tenido la precaución de trasladarlos inmediatamente a los nuevos alojamientos—, pero ninguno de ellos pudo ser obligado a mentir ni a admitir que aquellos edificios no eran infectos cuchitriles el día anterior. Bueno, no podía reprochárseles que se mantuvieran fieles a Witch, teniendo en cuenta que la actuación de Witch para con ellos era algo así como la de un genio de las Mil y Una Noches.

Desde luego, el hecho despertó una enorme curiosidad, y al atardecer la policía había mandado allí tantos hombres que el lugar parecía un campo de concentración. Cámaras portátiles de TV y de noticiarios cinematográficos, periodistas, y una multitud que aumentaba sin cesar y que no permitía dar un paso.

Bill Howard estaba allí cuando llegó Randolph, hablando con un grupo de jóvenes en una habitación. Oswald se las había arreglado de modo que el fabricante de los productos Witch dispusiera de una escolta de la policía, y la multitud se aparto abriéndoles paso en cada uno de los pisos.

Los inquilinos contestaron a sus preguntas, pero lo hicieron con una hosquedad que sorprendió a Randolph. Sí, el día anterior aquello era una pocilga. Sí, había sido remozado indudablemente, durante la noche, mientras ellos estaban fuera. Sí, en una sola noche.

—Deberían darme las gracias —le dijo Randolph a Oswald—. Y, en cambio, están actuando como si yo fuera un personaje sospechoso.

—Es a causa de la escolta que llevamos —explicó Oswald amablemente—. Esa gente no simpatiza con la policía. Además, esto es completamente nuevo para ellos.

Randolph se mordió el labio inferior y llegó a la conclusión de que probablemente Oswald estaba en lo cierto. Pero la actitud era general y le molestaba. Se marchó después de examinar lo más brevemente posible el edificio.

 

Aquella noche, Bill Howard se mostró bastante conservador al contar la historia del saneamiento del barrio pobre. No estaba actuando como el verdadero Howard, según pensó Randolph, sentado enfrente de su aparato de TV. En la historia que contó había una cita del padre de la familia Jones, que la noche anterior había aparecido en el programa.

—Reconozco que es algo maravilloso, mister Howard —le había dicho Jones—. Pero no sería completamente sincero si le dijera que me gusta. Tengo que admitir que estoy un poco asustado por todo este asunto.

Era una nota un poco discordante en el relato, la única, desde luego, pero producía su efecto. El resto fue una simple descripción, sin mencionar para nada la parte milagrosa.

Después del fundido, aparecieron las brujas entonando su cántico tradicional.

¡Brujas del mundo, uníos! ¡Uníos para hacerlo limpio, limpio, limpio! ¡Witch limpia AHORA!, cantaron, y repitieron la escena de la noche anterior, mientras la voz en off del locutor explicaba qué productos Witch habían sido utilizados para hacer al barrio pobre limpio, limpio, limpio, con la ayuda, desde luego, de carpinteros, albañiles, y electricistas.

Randolph pensó que aquello estaba mejor. Ya se había hablado bastante de aquel estúpido milagro.

 

No eran aún las diez de la mañana del día siguiente cuando sonó el teléfono de Randolph.

—Aquí Randolph —dijo, y oyó la voz de Oswald sin más preámbulo.

—Se han ido.

—¿Quiénes son los que se han ido?

—Los inquilinos del edificio. Han recogido sus cosas y se han marchado. He enviado a algunos hombres a investigar, y una de las familias se ha trasladado a casa de unos parientes que viven en el Bronx. Los otros se han esparcido por diversos lugares, pero los localizaremos. Aquí hay un policía que estaba de servicio cuando se marcharon. El se lo contará a usted.

—¿Mister Randolph? Esto es lo que ha ocurrido, supongo. Anoche, en cuanto oscureció, desalojamos aquella zona. Creímos que debíamos permitirles un poco de descanso a todas aquellas familias, y obligamos a todos los mirones a que se marcharan. Los ocupantes de los pisos debieron reunirse mientras nosotros desalojábamos a la multitud. Todo quedó tranquilo, pero a eso de las dos de la mañana se encendieron las luces. Inmediatamente empezaron a salir los inquilinos, algunos de ellos vistiendo sus ropas de viaje. Llevaban consigo algunos cacharros, pero nada que no hubieran tenido, al parecer, antes del cambio, de modo que nos imaginamos que lo que se llevaban eran sus pertenencias. No les dijimos ni palabra. Les dejamos marchar. Algunos de los chiquillos estaban llorando, pero por lo demás todo estaba tranquilo. Luego, un hombre se me acercó corriendo y me dijo: “Márchese de aquí. Esto ha sido obra del diablo. Si es usted un hombre que tiene temor de Dios, márchese inmediatamente de este lugar”. A continuación dio media vuelta y corrió a reunirse con los demás. No teníamos ninguna orden para detenerlos, de modo que les dejamos marchar. Nos limitamos a mirar.

Oswald volvió a ponerse al aparato.

—¿Puede usted evitar que aparezca la noticia en los periódicos? —preguntó Randolph.

—Los boletines de la radio lo han difundido ya, y los periódicos lo publicaron a mediodía. El telégrafo corre demasiado —respondió Oswald.

Randolph carraspeó nerviosamente, pero Oswald no esperó a que hablara.

—Estoy trabajando en algo que contrarrestará esto —dijo—. Tengo a todos mis hombres ocupados en ello. Le llamaré a usted más tarde.

 

En Washington, entretanto, se estaba celebrando otra conferencia, mucho más seria, mucho más crítica.

—Lo que se estrelló en Formosa era algo más que un avión infectado, señor Presidente —estaba diciendo el jefe del CIA—. Llevaba bombas bacteriológicas, y las bombas estallaron. No se había llevado a cabo el menor intento de ocultar su lugar de procedencia. Desde luego, es de fabricación enemiga. Los cadáveres que se encontraron a bordo no pudieron ser identificados, y, además, iban vestidos de paisano. Pero el avión procedía de Moscú. No creo que pase mucho tiempo sin que sepamos lo peor.

—¿Terminarán con la epidemia como hicieron la última vez, o se decidirán ahora a enviarnos sus condiciones de rendición? —preguntó el Presidente.

El Secretario de Estado y el Secretario de Defensa rompieron a hablar a la vez, pero fue el Secretario de Estado quien se hizo oír primero.

—Opino que terminarán con la epidemia —dijo—. Sería una amenaza demasiado directa. Esto es sólo una suposición, desde luego. Los mejores equipos médicos están siendo organizados y algunos han empezado su labor. Los mejores bacteriólogos de la nación están a su servicio. Todos los antibióticos disponibles son enviados allí.

—¿Ha trascendido algo de esto?

—No.

—¿Cuánto tiempo podemos mantenerlo oculto?

—Una semana. Diez días, quizá, como máximo.

—Tomen todas las medidas necesarios. Pero procuren que la cosa no trascienda. Declaren veinticuatro horas de alerta inmediatamente.

—¿Aunque la alerta despierte recelos y ponga en peligro las medidas que se tomen para mantenerlo oculto?

—Sí. Una semana o diez días de tranquilidad no compensarían lo que podría ocurrir si descuidáramos otras medidas.

 

A las cuatro de la tarde, Oswald hablaba por teléfono con Randolph.

—Ya tenemos el antídoto —anunció jubilosamente.

—La prensa me está acusando de haber creado un engaño que ni siquiera aquéllos a quienes beneficia han querido aceptar. Los pocos que han llegado a la conclusión de que se había producido un verdadero milagro han llegado también a la conclusión de que estoy aliado con el diablo, y que las brujas se deben quemar. Los productos Witch son el tema de todas las bromas de los periodistas, incluso de los más ínfimos, de nuestro país. Saxton ha empezado a insinuar que detrás de todo esto hay una maniobra política. Se habla incluso de una investigación del F.C.C. Confío —dijo seriamente—, que su antídoto ser realmente eficaz.

La voz de Oswald sonó afectada, y casi alegre.

—Hay que enfocar este asunto en sus justos términos —dijo—. En primer lugar, tenemos el hecho de que los productos Witch han obtenido una publicidad tal, que podemos decir que nadie desconoce en estos momentos su existencia…

—Sí, y si las iglesias prohíben el uso de los productos Witch, seremos los primeros en maldecir esa publicidad.

—De acuerdo, de acuerdo. Esta noche explicaremos minuciosamente que el milagro fue un milagro de saneamiento, llevado a cabo por los carpinteros y por los albañiles. Ya sabe, la técnica y la producción en masa norteamericanas en acción, algo de lo cual debemos enorgullecernos. Y en este cuadro, incluiremos a Witch como al líder de la milagrosa técnica de los Estados Unidos. Luego… ¿cuál es la cosa más conmovedora del mundo, la que puede llamar más la atención de la gente? —No esperó la respuesta—. Un chiquillo. Un niño de corta edad, inválido, al cual Witch puede proporcionar los medios para que se convierta en una criatura normal…

Oswald hablaba apresuradamente, sabiendo que Randolph tenía que morderse el labio inferior un buen rato antes de dar expresión a sus ideas. Esto le daba una ventaja que quería aprovechar, sabiendo también que Randolph opondría alguna objeción.

—Disponemos ya de una niña a la cual una costosa operación puede salvar de quedarse inválida para toda la vida. He consultado a dos eminentes cirujanos, y me han dicho que la operación tiene un noventa y nueve por ciento de probabilidades de éxito. No vamos a hacer sensacionalismos. Nos limitaremos a decir que Witch sufraga los gastos de la operación. La niña saldrá de los estudios de la Televisión para ingresar directamente en el hospital. Filmaremos la operación, filmaremos también el proceso de convalecencia, y proyectaremos las películas durante unas semanas, hasta que la niña esté completamente curada y ande por su propio pie… semanas más tarde.

Ahora, Oswald esperó. Fue una larga espera, una espera desacostumbradamente larga, incluso tratándose de Randolph. Finalmente, Randolph dijo:

—De acuerdo. Pero si sucede algo anormal, responderá usted de ello ante los tribunales.

—Nada anormal puede suceder. Admito que ignoro aún lo que ocurrió la última vez, pero terminaremos por descubrirlo. Entretanto, nos tomaremos una semana para preparar esto —continuó Oswald—. Haremos hincapié en que se trata de una curación que puede ser obtenida a base de dinero. Nada de milagros, excepto el milagro de la técnica médico-quirúrgica norteamericana. Nada de milagros. Witch se limita a pagar la operación que necesita la niña. Es muy bonita, además —añadió—, tiene diez años.

 

Aquella noche, cuando Bill Howard se inclinó hacia su auditorio a través de la mesa, unas gotitas de sudor perlaban su frente. Sin embargo, su voz sonó tranquila. En la pared, detrás de él, colgaba un gran mapa de la ciudad de Nueva York.

La gran noticia de aquella noche era una redada en un lugar donde se expendían drogas. Bill describió el tráfico de drogas en la nación, los esfuerzos del FBI y de todos los cuerpos de seguridad del país, la persecución de que eran objeto los traficantes, su eventual localización. Describió el efecto que las drogas producían en la juventud, esclavizándola para toda la vida, a menos que pudieran ser curados… y habló de los pocos casos de curación que eran conocidos.

Luego describió la redada. Tomó un puntero de su mesa y marcó las distintas fases de la redada, señalando el emplazamiento del edificio donde habían sido aprehendidos. Luego recorrió con el puntero el camino que conducía a la cárcel donde habían sido encerrados los detenidos.

—¿No podrían nuestros mejores investigadores encontrar una cura eficaz para los adictos a las drogas? —preguntó a continuación—. ¿No podrían nuestras mejores instituciones policiales descubrir a los verdaderos autores de estos crímenes? Los verdaderos autores son los malvados que importan la droga y crean adictos para lograr consumidores. Los que están encerrados son las víctimas. Si no se encuentra un medio para curarles, tendrán que ser encerrados otra vez, y otra vez, y otra vez, ya que su adición les obligar a hundirse cada día más en la ciénaga del delito para satisfacer su deseo. Si no se encuentra un medio para curarles, serán unos esclavos durante toda su vida…

Después del fundido, la cámara enfocó a las brujas, bailando y entonando su canto:

 

¡Brujas del mundo, uníos!

¡Uníos para hacerlo limpio, limpio, limpio!

¡Witch limpia AHORA!

Witch jabón o detergente,

Witch limpia rápidamente…

 

La voz en off del locutor explicó de nuevo el milagro del saneamiento del barrio pobre: un milagro de la técnica norteamericana. Luego esbozó el próximo milagro que la Witch Corporation se disponía a patrocinar. Este, dijo, sería un milagro de la técnica médico-quirúrgica norteamericana.

Witch pagaría los gastos originados por una costosa operación indispensable para que una niña pudiera volver a andar, después de una enfermedad que padecía desde hacía varios años y que la había dejado tullida. Podían injertársele nuevos huesos, nuevos músculos. La técnica médico-quirúrgica norteamericana, en toda su extensión, sería puesta al servicio de aquella niña.

Conserve su salud manteniéndose limpio con Witch, aconsejó el locutor. Witch sufragaría los gastos de una operación destinada a remediar los efectos de una enfermedad. Entretanto, los clientes de Witch podían utilizar la medicación preventiva de una buena limpieza que les ayudara en su lucha contra las enfermedades, en tanto que los investigadores de la medicina norteamericana se esfuerzan por encontrar su verdadera protección.

 

Eran las diez y media de la mañana del día siguiente cuando sonó el timbre de la puerta.

Un hombre alto, con abrigo, sombrero en mano, estaba en pie al otro lado de la puerta. Randolph se quedó mirándolo, con expresión interrogadora.

El hombre se llevó una mano a la solapa, para mostrar una chapa prendida en su parte interior, y Randolph se hizo a un lado invitándole a entrar con un gesto.

—No he visto con claridad su chapa —dijo Randolph, cuando hubo cerrado la puerta detrás de su visitante—. ¿Quién es usted?

—Brigada de Narcóticos —dijo el hombre brevemente—. Participé en la redada de anoche.

—¡Oh! ¿La redada que citó Bill Howard en su boletín de noticias?

—Sí. En la misma. No creo que exista ninguna conexión, y mi jefe se echó a reír cuando le sugerí que existía una conexión.

—¿Una conexión?

—Verá, me tomé un descanso mientras interrogaba a los individuos que pillamos. Tratando de llegar a los peldaños más altos de la escalera. Estaban drogados hasta las orejas, y a veces puede obtenerse algún informe valioso si se les interroga adecuadamente. Pero es un trabajo agotador, y decidí tomarme un descanso. De modo que salí a tomar un café al otro lado de la calle, y había un aparato de televisión funcionando, y vi a su Bill Howard. Me marché en el momento en que aparecían sus brujas, gritando aquello de que limpia AHORA. Entré directamente en la Jefatura y empecé de nuevo con el interrogatorio, pero el individuo que me había llevado para que le interrogase no estaba drogado. Estaba… bueno existe una diferencia bastante notable entre los que están drogados y los que no lo están. El tipo no estaba drogado, pero empezó a darme toda clase de detalles acerca de los puntos más altos de la distribución de la droga conocidos por él. Me estaba engañando, desde luego, y le pregunté cuándo había tenido su último pinchazo[3]. Menos de veinte minutos antes de la redada, me dijo, más fresco que unas pascuas. Los individuos con los cuales había hablado antes se habían comportado de un modo… distinto. Todos hacen igual. Cuando están bajo los efectos de la droga. empiezan mostrándose obstinados como una mula… y acaban cantando como canarios. No creí una sola palabra de lo que me decía, desde luego. Pero no podemos descuidar ninguna pista, por descabellada que parezca. Estoy en la Brigada de Narcóticos desde el año de la nana, y tengo una gran experiencia en ese sentido. Claro que no lo creí. Había oído algunas historias acerca de los productos Witch y del milagro de Battery algo así como una broma, y pensé que quizás… en fin, ya sabe… De todos modos, lo consulté con mi jefe, pero, como ya le he dicho, se echó a reír. Tal vez usted se eche también a reír, pero he creído que tenía el deber de investigar…

 

Al mismo tiempo en Washington, el gabinete estaba reunido en sesión plenaria. Los informes llegados de Formosa eran peores de lo que los más pesimistas habían imaginado. La bacteria atacaba los nervios y el cerebro, y las víctimas padecían unos dolores horrorosos.

—Ha invadido toda la isla. Supongo que su poder de contagio es enorme, cualesquiera que sean los métodos utilizados para extenderla —informó el jefe de la CIA.

—¿Alguna noticia de la embajada?

El Secretario de Estado respondió a la pregunta.

—Ninguna. Las llamadas dirigidas al embajador sólo han recibido la respuesta de que no se encuentra allí. No he podido hablar con nadie cuya categoría supere a la de un cuarto ayudante de subsecretario.

—Al menos, la noticia no ha aparecido en los periódicos ni ha sido radiada.

—No sé cuanto tiempo podremos mantenerlo en secreto. La mayoría de nuestros periódicos saben que existe una alerta de veinticuatro horas —esto no ha podido ocultarse—, pero hasta ahora he conseguido que no lo publiquen. Sin embargo, tendremos que ofrecerles alguna explicación, y pronto. No se resignarán a mantener una actitud pasiva durante mucho tiempo, al menos sin saber los motivos.

—¿No podría usted decirles la verdad, haciéndoles comprender la importancia de que el asunto no sea difundido, por las consecuencias que podría acarrear?

—Ya había pensado en ello. Pero, aun admitiendo que llegara a convencer a la mayoría de periodistas, siempre hay algún Joe en alguna parte que cree que el pueblo norteamericano tiene derecho a conocer su destino antes de que sea decidido, sin preocuparse de los efectos de su revelación… y sin importarle el hecho de que los representantes elegidos por ese mismo pueblo consideren que la noticia puede ser improcedente.

—Bien, mantenga las medidas adoptadas todo el tiempo que le sea posible. Y avíseme antes de que la cosa estalle.

—Si puedo. No soy un mago. Quizá no logre enterarme de cuándo va a estallar —replicó sarcásticamente el jefe del CIA.

 

A la noche siguiente, la gran noticia fue el lanzamiento, desde Cabo Cañaveral, de una nave espacial cuyo objetivo era la luna. Si la nave, llena de animales vivos, conseguía aterrizar con éxito, no tardaría en enviarse a un hombre a aquel planeta. Estaba ya previsto. El problema consistía en el aterrizaje de la nave, un pequeño vehículo espacial, completamente equipado para mantener vivo a un hombre durante dos años, en el caso de que fallaran los planes trazados para su regreso a la tierra.

La voz de Bill Howard sonaba excitada, mientras se pasaba los dedos por los cabellos, inclinándose hacia su auditorio a través de la mesa, con el mapa de Florida detrás de él.

—Para los estadistas, el problema consiste en saber quién llegará antes, y quizá en saber quién controlará las rutas del espacio —dijo después, describiendo el lanzamiento en marcha. Pero para los pueblos del mundo, esto representa al género humano alcanzando las estrellas. Se ignora —dijo solemnemente— si el fracaso de muchos de nuestros lanzamientos se ha debido a error humano o a sabotaje. El error humano es una debilidad de los hombres. El sabotaje se debe a una imperfección del mundo, que sigue dividido cuando se dispone a alcanzar las estrellas. ¿Existe algún error mecánico en el lanzamiento de esta noche? ¿Hay algún saboteador en acción? O, cuando el lanzamiento sea una realidad, dentro de una hora, ¿cruzará la nave la atmósfera terrestre en la primera etapa de la conquista de las estrellas por el hombre? ¿Es perfecto nuestro pájaro esta vez? —preguntó, mientras se producía el fundido.

Las brujas bailaron y entonaron su canto:

 

¡Brujas del mundo, uníos!

¡Uníos para hacerlo limpio limpio, limpio!

¡Witch limpia, AHORA!

 

Randolph se mordía aún el labio inferior cuando se acostó aquella noche. El agente de la Brigada de Narcóticos se había marchado tranquilamente. Existían respuestas a todas las preguntas, y esto no le preocupaba en absoluto.

Por otra parte, se alegraba de que la niña tuviera su operación. Injertar huesos y músculos podía ser milagroso, pero se trataba de un milagro explicable, que todo el mundo comprendía.

No se hablaba ya de una investigación del FCC, pero aquellos rumores habían sido como para excitar a cualquiera. Últimamente, todas las cosas habían resultado excitantes. Pero, a pesar de ello, la curva de ventas de los productos Witch mantenía con firmeza su tónica ascendente.

 

La nave espacial norteamericana aterrizó en la luna la mañana del día en que la niña inválida debía aparecer en el programa Witch.

Para el pueblo norteamericano. fue un día de fiesta comparable al Cuatro de Julio. En la Casa Blanca, la tristeza colgaba como un sudario.

—Ahora tendrán que moverse rápidamente —le estaba informando el Secretario de Defensa a su jefe—. No pueden permitirse el lujo de dejar que pongamos a nuestro hombre en la luna.

—No podemos lanzar a un hombre a la luna hasta que hayamos demostrado con otro par de lanzamientos, por lo menos, que podemos situarle con éxito —declaró el jefe de los servicios de seguridad—. La amenaza de nuestros enemigos no es nada comparada con la de la opinión pública si fracasáramos en un intento estando una vida humana en juego.

—Formosa está dejando filtrar información —admitió el jefe de la CIA—. No podremos mantenerlo oculto más de tres días.

El Presidente apoyó una mano en su escritorio.

—Otros dos lanzamientos significan al menos seis meses antes de que un hombre llegue a la luna armado. Tres días significan que Formosa estará en los periódicos de esta semana. Cuando se difunda la noticia, hay que agregar que nuestros médicos y bacteriólogos están en camino de encontrar un antídoto. Hay que decirlo de modo que, si ellos se deciden a cortar su epidemia, como hicieron en Suez, el triunfo sea nuestro. Esto es lo mejor que podemos hacer ahora. Además de esperar un milagro. Y los milagros son populares en estos días —añadió amargamente.

 

A la mañana siguiente, cuando Randolph fue a abrir su puerta respondiendo a una llamada, se encontró frente al rostro ancho y feo de Bill Howard.

—He venido a hacerle una pregunta a la que creo no podrá usted contestar —dijo Howard premiosamente, desde el umbral de la puerta—. He venido a preguntarle a usted qué hay acerca de las brujas.

Randolph se mordió el labio inferior, de pie junto a su visitante, mucho más alto que él, consciente de lo refinado de su propio aspecto en comparación con el aspecto descuidado del otro. Como un lanudo perro, pensó Randolph. Un enorme, desgreñado y lanudo perro de San Bernardo.

—¿Qué es lo que pasa con las brujas? —preguntó finalmente.

—Verá… han ocurrido algunas cosas muy raras. Aquel barrio pobre, desde luego. Yo estuve allí, desde luego. Lo vi. Y hablé con la gente.

Se produjo un breve silencio antes de que Randolph contestara.

—¿Y bien?

—Bueno, sucedieron unas cuantas cosas más. Un agente de la Brigada de Narcóticos vino a verme. Sólo a título personal. Sólo por curiosidad. Estaban tratando de localizar a los que dirigen el tráfico de drogas, por medio… a base de los informes obtenidos de los individuos capturados en la redada. ¿Y el asunto de Cabo Cañaveral? ¿Estaba usted escuchando aquella noche?

—Siempre sintonizo su programa. Me ha parecido que hoy era un día de fiesta. La nave espacial aterrizó.

—Sí, sí, un día de fiesta. Soy periodista, y estoy enterado de muchas historias que no trascienden al público. Estoy enterado, por ejemplo, de que una hora antes del lanzamiento, un hombre murió repentinamente de un ataque al corazón. El técnico que ocupó su lugar —no va a interrumpirse un lanzamiento como éste por un ataque al corazón— comprobó los mecanismos de la nave y descubrió un fallo que podía haber dado al traste con todo. También había un circuito que había sido cambiado, pero lo atribuyeron a causas obligadas, ya que el nuevo circuito era más exacto. Y creyeron que era obra del individuo que había muerto.

—¿Y qué?

—Pues… bueno, nada. Sólo quería hacerle una pregunta. Las brujas no tocan nada real en nuestros días, desde luego, de modo que incluso en el caso de que… de que fueran… bueno, algo mágico, no podrían haber estado mezcladas en todo esto.

Esta vez no existió ni siquiera una pausa para morderse el labio.

—¿Está usted tratando de insinuar que los productos Witch…?

La pregunta quedó colgada en el aire, pero Bill Howard no apartó la mirada de los ojos de su interlocutor.

—Mister Randolph, no trato de insinuar absolutamente nada. Ni siquiera he hablado de esto con nadie, ya que si lo hiciera se reirían de mí, usted el primero. Lo único que le digo es que llevo unos días tratando de sumar dos y dos, para que me dé cuatro. ¿Puedo preguntarle si sabe algo que pueda ayudarme en la operación?

Randolph volvió a morderse el labio inferior y los dos hombres se miraron fijamente unos instantes. Luego, Randolph dijo en tono grave:

—Mister Howard, hace veinticinco años que fabrico los productos Witch. Desde que empecé a fabricarlos, con una fórmula muy buena, han sido ampliamente mejorados. Creo sinceramente que son los mejores productos de limpieza que actualmente pueden obtenerse en el mundo. Son eso, exactamente, y nada más que eso. De modo que tendrá usted que buscarle otra solución a sus dos y dos, los cuales tengo que admitir que constituyen una espectacular acumulación de coincidencias, aunque no por encima de los límites de lo creíble. Yo mismo sospeché que BDD&O estaba llevando a cabo una especie de fraude en el primer caso. Si se producen otros casos semejantes, suspenderé los programas, prescindiré de los servicios de la agencia, y pediré que el FCC efectúe una investigación a fin de que quede limpio el nombre de Witch, que no ha sido ni será nunca cómplice de ninguna clase de fraude, y mucho menos de un fraude de la importancia del que ha tenido lugar, el cual confieso que no entiendo, aunque espero que el FCC conseguir aclarar por completo. Buenos días, mister Howard.

Con estas últimas palabras, Randolph dio por terminado su desacostumbradamente largo discurso. A continuación giró sobre sus talones y dejó que Bill Howard encontrara por sí mismo el camino de la puerta.

 

Aquella noche, cuando Bill Howard terminó con su boletín de noticias, la cámara no recogió a las brujas. En su lugar apareció un locutor.

—Esta noche, los productos Witch se complacen en presentarles a una simpática niña —dijo el locutor, en un tono suave que contrastaba con el agresivo utilizado por Bill Howard.

Mientras hablaba, la cámara retrocedió para ampliar su ángulo de visión e incluir en la pantalla, detrás del locutor, a una niña rubia sentada en una silla de ruedas. El pelo le caía en cascada sobre los hombros y estaba cuidadosamente peinado. Sus ojos tenían una expresión entre tímida y asustada. Sus manos se aferraban a los brazos de la silla de ruedas, como buscando un punto de apoyo. Sus piernas estaban cubiertas con un chal.

—Esta es Mary —dijo el locutor, inclinándose hacia la niña—. ¿Quieres saludar al auditorio, Mary?

La niña fijó unos segundos en la cámara sus profundos ojos azules, para volver a apartarlos rápidamente.

—Hola —dijo, con voz apenas audible.

—Mary no está acostumbrada a encontrarse delante de tanta gente —explicó el locutor—. Mary ha estado sentada en esa silla de ruedas durante tres años, desde que una terrible enfermedad le dejó paralizadas las piernas. Confiamos en que Mary podrá volver a andar. Los mejores cirujanos del país han sido consultados, y creen que una operación podrá devolverle el uso de sus piernas. La International Witch Corporation lo ha arreglado todo para que la operación se lleve a efecto. Mañana, Mary ingresará en el hospital. Será intervenida muy pronto. Y, dentro de unas semanas, es probable que vuelva a andar. ¿Te gustaría, Mary? ¿Te gustaría volver a andar? —preguntó, inclinándose hacia la niña.

De nuevo, los ojos se alzaron un breve instante. De nuevo, se apartaron tímidamente.

—Sí —dijo Mary, con su voz apenas audible.

—Entonces, volverás a andar, si es que la cosa es factible —dijo el locutor, mientras la cámara retrocedía todavía más, para incluir un escenario en el cual bailaban las brujas.

Las brujas se movían en el escenario, no en dirección a Mary sino hacia el centro, bailando y entonando su canto.

 

¡Brujas del mundo, uníos!

¡Uníos para hacerlo limpio, limpio, limpio!

¡Witch limpia AHORA!

 

En un ángulo de la pantalla, el cuerpo infantil se estremeció repentinamente en su silla de ruedas. Mary respiró profundamente, se puso pálida, y luego roja. Con un gesto violento apartó el chal y se quedó mirando sus piernas. Su mano se inclinó hasta tocarlas.

En el escenario, una de las brujas dejó de bailar para mirar lo que estaba sucediendo. Las otras se dieron cuenta e interrumpieron también su baile. El canto cesó…

Y Mary se puso en pie, mirándose las piernas. Dio un paso hacia la cámara, y otro. Sus ojos azules se alzaron, maravillados.

En medio de un silencio absoluto, Mary anduvo hacia la cámara, con los ojos abiertos como platos. Con voz apenas audible, habló.

—Estoy… estoy andando —dijo Mary.

 

Los periódicos lo calificaron del fraude más cruel de todos. Publicaron la noticia de la suspensión del programa Witch, por orden de la emisora y por orden de la International Witch Corporation.

Publicaron las declaraciones de oficiales del FCC anunciando que iba a abrirse una investigación.

Publicaron las declaraciones de Randolph anunciando que iba a demandar a la BBD&O.

Publicaron las declaraciones de Oswald anunciando que iba a demandar a los productos Witch.

Pero en lo que más insistieron fue en la historia de una niña, que había desaparecido y no podía ser localizada. Que probablemente había recibido el beneficio de una operación que le había permitido recobrar el uso de sus piernas, pero que se había visto obligada a pagar la operación tomando parte en un cruel fraude de una increíble magnitud.

 

Bill Howard continuó en la emisora, aunque, de momento, sin patrocinador. Había sido descartado, por todas las partes interesadas, la posibilidad de que Bill hubiera sido cómplice del fraude, y su reputación era inmejorable. Le pidieron que permaneciera en la ciudad para comparecer como testigo en caso necesario, pero la emisora siguió otorgándole su confianza y le mantuvo en su puesto. Era uno de los mejores informadores de la TV, y su modo de hacer que las noticias calasen en el ánimo de la gente hasta conseguir que las aceptasen como parte de sus propias vidas, era único. La emisora decidió, pues, mantenerle en su puesto.

 

A la noche siguiente la crisis de Formosa había trascendido y era la noticia del día.

Los detalles eran horribles, y fueron explicados minuciosamente. Los que se habían comprometido a guardar el secreto, al ser desligados de su compromiso, contaron todo lo que sabían.

Los efectos del avión infectado, de las bombas portadoras de bacterias, eran los más terribles que podían ser desarrollados en los laboratorios bacteriológicos… y superaban a las epidemias naturales que habían azotado al género humano a través de su historia.

Estos efectos estaban extendiéndose con la rapidez de un fuego en la pradera en un día de viento fuerte.

Toda la zona estaba sometida a una rigurosa cuarentena, y diariamente había que ampliar su extensión. Ningún avión podía aterrizar y volver a despegar. Ningún barco podía entrar y volver a salir. Se estaba organizando un servicio de suministros aéreos lanzados con paracaídas.

La propaganda que intentaba hacer creer que la duración de la epidemia era cuestión de horas, o de días, no era creída por nadie. Se recordó Suez, pero fue recordado como un fraude… y el país estaba más que harto de fraudes.

 

Randolph recibía una interminable serie de lo que él denominaba llamadas de chiflados, preguntándole por qué no entraban en acción los maravillosos productos Witch.

Oswald recibía también llamadas de chiflados, y también Bill Howard.

Bill Howard estaba preocupado, y seguía tratando de sumar dos y dos, y cada noche informaba de los detalles de la situación de Formosa. Los detalles llegaban por telégrafo con toda su crudeza, y Bill tenía que ir suavizándolos a medida que los transmitía.

Bill Howard sudaba en el mes de enero, y cada día hurgaba un poco más, tratando de penetrar en la realidad que se escondía detrás de las noticias mutiladas por la censura, que ahora se ejercía de un modo riguroso, incluso sobre los telegramas. Por teléfono, a través de comentarios y de habladurías, iba reconstruyendo la verdadera historia… los verdaderos horrores que no podía transmitir en su boletín.

A veces se rebelaba contra los censores y contra sí mismo, diciéndose que todo el mundo tenía derecho a saber lo que pasaba en realidad.

Así es como termina el mundo, pensaba. Con un sollozo que llega después de la agonía, cuando la agonía es demasiado intensa.

Y seguía recordando a una niña que andaba hacia la cámara con los ojos muy abiertos.

Si yo fuese un científico —se decía a sí mismo—, si fuera un científico en lugar de un periodista, podría fabricar un cerebro electrónico que me aclarase las probabilidades que tengo de obtener una respuesta a mis preguntas. Las probabilidades, indudablemente, no serían superiores a una entre un billón. Las probabilidades serían nulas. Las brujas son para quemarlas, se dijo a sí mismo.

Se dijo a sí mismo un montón de cosas, y siguió sudando sumergido en el frío de enero.

 

Habían transcurrido dos semanas desde que el mundo oyó los primeros detalles acerca de Formosa, y los detalles eran ahora tan macabros, que no podían ser transmitidos.

Aquella noche, con el mapa del mundo detrás de su mesa, Bill Howard se inclinó hacia su auditorio.

Les habló del aspecto humano de la historia de Formosa.

Habló de la gente que estaba allí, sometido a mil torturas, personas de carne y hueso y no simple material de estadística.

Describió a una familia, y la convirtió en una familia que vivía en la puerta de al lado. Madre, padre, hijos, esperando la llegada de la muerte, entre los peores tormentos que todos los laboratorios del mundo juntos pudieran crear. Una familia que esperaba de un momento a otro que uno de sus miembros fuera atacado por la locura. Una familia que esperaba de un momento a otro la más horrible de las muertes.

Tomó su puntero y mostró el creciente perímetro de la zona de cuarentena. Señaló la situación del centro del desastre.

Luego se inclinó de nuevo hacia su auditorio.

—Escuchen ahora —dijo—, ya que el mundo no puede seguir soportando esta tortura.

Respiró profundamente y puso toda la fuerza de su ser en sus palabras.

—¡Brujas del mundo, uníos! —dijo—. ¡Uníos para hacerlo limpio, limpio, limpio! ¡Witch limpia AHORA!

La palabra final estaba ya en el aire cuando el censor de la emisora consiguió cortar el contacto.

 

El Presidente y su gabinete pusieron al país en una doble alerta. Rusia había terminado con la epidemia de Formosa, según las últimas noticias, y ahora iban a atacar directamente a los Estados Unidos antes de enviar su ultimátum.

La gente de todo el mundo aceptó la historia con una inesperada calma. Al igual que lo de Hiroshima, era algo demasiado inesperado, demasiado grande, totalmente inimaginable. Lo que estaba sucediendo era muy raro, desde luego, y la gente iba a su trabajo con aspecto preocupado, o furioso, o enojado, pero con una inesperada calma.

Los periódicos publicaron amplios editoriales acerca del problema, preguntándose quién había terminado con la epidemia de Formosa —¿tenía alguien la respuesta?— y dejando para los estadistas el problema de lo que la posesión de una fuerza tal de saneamiento podía significar. Luego cambiaron radicalmente de tema, ya que nadie estaba seguro de lo que tenía que creer.

 

Bill Howard ya no estaba en la emisora, desde luego. No le importaba. Ahora tenía un verdadero problema.

Hemos comprado un poco de tiempo —pensaba—. Un poco de tiempo para desarrollarnos.

Hemos comprado un poco de tiempo a los fanáticos y a sus estadistas, a los cabezas de chorlito y a sus políticos, a los militares y a los industriales…

Nosotros, la gente de la calle, tenemos hoy un poco más de tiempo del que disponíamos ayer.

¿Cuánto tiempo?

Bill Howard lo ignoraba.

En aquella ocasión, hubo tiempo para actuar. En aquella ocasión, habían transcurrido unas semanas, mientras la crisis iba en aumento y el mundo se enfrentaba a una muerte horrible. La crisis había sido larga. Dio tiempo para que un hombre utilizara su cerebro y encontrara una solución.

La próxima vez podría ser distinto. Podía haber un satélite esperando, con un botón dispuesto para ser pulsado. Había una terrible cantidad de botones que esperaban ser pulsados, se dijo Bill a sí mismo, botones por todo el mundo, proyectiles teledirigidos apuntando a… sí, a todos los pueblos del mundo.

La próxima vez podía suceder todo en el espacio de unas horas, incluso de unos minutos. La próxima vez, las bombas podían estar en el aire antes incluso de que la gente supiera que los botones iban a ser pulsados.

Bill Howard sacó su máquina de escribir.

Cuando uno tiene un problema lo mejor que puede hacer es hablarle a la máquina de escribir, si es la única cosa que puede escucharle.

¿Cuál es el problema?, se preguntó a sí mismo. E inmediatamente lo escribió. Empezó por el principio y le contó toda la historia a su máquina de escribir. Le contó cómo había sucedido todo.

Ahora, pensó, hay que encontrarle un final a la historia.

Si se deja con la indicación Continuar, continuar, desde luego. Alguien pulsará un día un botón, y, con ello, escribirá la última palabra de la historia: FIN.

El problema era, en esencia, bastante sencillo explicado en términos de milagro.

Del modo que iban las cosas, se necesitaba un milagro para que el mundo se mantuviera unido el tiempo suficiente para disipar todos los malentendidos. Se necesitaba un milagro para que se impusiera el sentido común, que era el único sustituto posible contra las impuestas apetencias de guerra.

El poder de las brujas era, evidentemente, un poder para el pueblo: para el pueblo que necesitaba aquella protección, que necesitaba aquellos milagros.

Nunca sabremos quién hizo el trabajo —se dijo a sí mismo Bill Howard—. Es mejor así. Es como cambiar de sitio un mueble muy pesado. Uno puede decir “Yo no lo he hecho” pues a pesar de haberlo empujado, no ha conseguido que se mueva. Uno puede incluso estar seguro de no haberlo hecho. Pero el mueble se mueve si se coloca a su alrededor a la gente necesaria.

¿Quiénes son las brujas? Son el pueblo, y el pueblo no es para quemarlo. Para quemarlos son los fanáticos y sus estadistas, los cabezas de chorlito y sus políticos, los cerebros y los trusts de cerebros… pero las brujas, no.

Una hora más tarde, Bill Howard se sentaba de nuevo ante su máquina de escribir. Había expuesto el problema general… pero ahora tenía un problema específico, y para un hombre de su categoría profesional, era un problema completamente sincero.

Necesitaba otra ocasión para invocar a aquel poder. Sólo una ocasión. Lo suficiente para eliminar aquella violenta arraigada resistencia a la idea de que el pueblo tenía poderes… ¡y podía hacer milagros!

 

 

 

Los Intrusos

Edmond Cooper

 

 

Fue como si el universo hubiera empezado a dar vueltas repentinamente. De un modo lento, impresionante, miríadas de puntitas de diamante, flotando a través de un océano de absoluta oscuridad, empezaron a oscilar en ordenado ritmo alrededor de la nave lunar. Súbitamente, la Tierra se balanceó como una linterna en la víspera de Todos los Santos, y la propia luna se hizo invisible por la popa del vehículo espacial.

Hacía seis horas que la nave había cruzado la frontera neutral en su prolongado descenso a través de un cuarto de millón de millas de silencio. Ahora, después de cinco días de gravedad cero, el momento de la acción había llegado.

Las estrellas dejaron de girar y la verde linterna de la Tierra quedó colgada de algún invisible garfio. El universo estaba inmóvil otra vez: la nave lunar se había colocado en posición para su dificultoso aterrizaje.

A quinientas millas de distancia, los profundos cráteres de la Luna abrían amenazadoramente sus fauces a la nave en descenso. Iban ensanchándose, mostrando sus ocultos perfiles, sus desolados espolones rocosos, y toda la inmovilidad de pesadilla de un mundo petrificado.

Seis ansiosos pares de ojos miraban a través de los paneles de observación. Vieron al cráter Tycho, rodeado de resquebrajaduras y arrugadas llanuras de lava, abalanzarse a su encuentro como si estuviera ávido por tragarse a la nave.

Pasados diez minutos seis hombres habrían realizado un sueño de conquista imaginado desde hacía siglos: pisar la superficie de la Luna.

El capitán Harper contempló, como hipnotizado, la pantalla situada en frente de su litera, y se preguntó si Dios les ayudaría. El profesor Jantz, matemático y astrónomo, intentaba librarse del temor elemental que empezaba a invadirle, calculando el cubo de 789. Los doctores Jackson y Holt, geólogo y químico, respectivamente, intercambiaban instrucciones en voz baja previendo la difícil posibilidad de que uno de ellos sobreviviera al otro. Pegram, el navegante, acariciaba una pata de conejo; y Davis, el mecánico, recitaba mentalmente El Viaje Dorado a Samarkanda, mientras contemplaba una manoseada fotografía de la muchacha con la cual podía haberse casado.

¡Sesenta segundos para el punto encendido —susurró el altavoz—. Cuarenta y cinco segundos… treinta segundos… quince segundos.. diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno… cero!

Una repentina sacudida hizo que los hombres se hundieran más en las colchonetas de sus literas. Los paneles de observación permitieron ver un chorro de fuego amarillo verdoso descendiendo hacia la Luna desde la popa de la nave.

Después de varios días de gravedad cero, la repentina fuerza G desarrolló una implacable presión hasta el punto de que las venas humanas parecieron estar llenas de mercurio, y los huesos y tejidos transformados en plomo.

En la pantalla de observación aparecieron unas largas hileras de espolones montañosos que parecían eludir sólo por pulgadas el choque con las ahora extendidas patas de araña de la nave. Luego se hizo visible una zona lisa constituida por un lecho de lava, que fue creciendo con aterradora velocidad hasta que cada detalle, cada fragmento de roca, quedó claramente perfilado.

Ahora, los motores del cohete desarrollaban toda su potencia. A bordo de la nave no había ningún sonido al que pudiera darse el nombre de tal, aunque parecía que aquella enorme liberación de energía química hubiera creado un silencioso gemido sobrenatural que atormentaba a cada vigueta, a cada plancha de metal, a cada fibra humana, con su penetrante mensaje.

El profesor Jantz había dejado de preocuparse por el cubo de 789: estaba inconsciente. Sus compañeros, más o menos indispuestos, contemplaban a través de las nieblas de una semiinconsciencia las brillantes imágenes que se reflejaban en las pantallas de observación.

Todo el cosmos parecía reflejarse en aquellas pantallas, distribuidas por toda la nave. Los segundos palpitaban incansables, registrados por la roja aguja del electrocrono, que martilleaba su mensaje como un lejano crepitar de ametralladora.

Sesenta segundos para altitud cero, susurró el altavoz.

Instintivamente, los hombres se volvieron a mirarse unos a otros, para intercambiar sonrisas de despedida o muecas anticipadas de triunfo.

Cuarenta y cinco segundos… treinta segundos… quince segundos… diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡cero!

Se produjo un silencio… el mayor silencio conocido hasta entonces. E inmovilidad. Luego, alivio.

Cuando las tres patas de araña entraron en contacto con la superficie lunar, el piloto automático de la nave sincronizó los deceleradores de los motores del cohete. Las delgadas patas se hundieron lentamente a través de un par de pulgadas de roca líquida, hasta encontrar la dura capa inferior. No hubo ningún choque, ninguna sacudida repentina, ninguna mareante oscilación. Únicamente el final de algo. El final del movimiento, de las aceleradoras fuerzas G, de las brillantes imágenes de las pantallas de observación, del temor y de todo malestar… el final de un breve pero colosal clima de tensión.

El capitán Harper fue el primero en recobrar el uso de la palabra.

—¡Altitud cero! —murmuró—. ¡Sólo los dioses mueren jóvenes!

El profesor Jantz abrió los ojos; Pegram, el navegante, soltó disimuladamente su pata de conejo; y Davis dejó de recitarse a sí mismo El Viaje Dorado. Todos empezaron a desabrochar los cinturones de seguridad de sus literas, y, apenas recobrados del tránsito a la gravedad l/6, se apresuraron a trepar a la cúpula de observación.

Veinticuatro horas más tarde, la nave reposaba como un esqueleto de tres patas, con la esfera habitable emergiendo como un vientre encima de su espinazo tubular. En la base de aquella nave de cien pies de altura, que había efectuado su primer y último viaje a través del espacio, había un tractor y un remolque, un montón de planchas curvadas de metal y un gran número de cestas de diversas formas y tamaños.

La temprana luz del sol dibujaba largas y fantásticas sombras detrás de todos los enseres y utensilios, de la expedición. En el cielo, la bola verde de la Tierra, grande y cercana destacaba de su telón de fondo, tachonado de estrellas.

Entretanto, en el cuarto de navegación de la esfera el capitán Harper dirigía la palabra a sus compañeros, antes de abandonar la nave.

—Dentro de cuatro semanas, caballeros —estaba diciendo—, llegará la nave Número Dos. Su cargamento, como ustedes saben, consistir principalmente en alimentos y en otros dos tractores lunares. Si por entonces podemos tener la base bien establecida, y si hemos procurado completar la exploración preliminar, habremos ahorrado una gran cantidad de tiempo; y la expedición podrá partir directamente. Como aquí no somos más que seis, es evidente que tendremos que trabajar de firme. Lo primero que hemos de hacer es montar un campamento. Hasta que no hayamos hecho esto, no podemos pensar en otros trabajos. Doctor Jackson, usted es geólogo… ¿Ha localizado algún rincón donde podamos montar el campamento en condiciones de seguridad?

—He encontrado un lugar ideal —respondió Jackson—. Está a cosa de una milla de distancia, prácticamente en línea recta con el Tycho y con la nave. Hay una grieta de unos treinta pies, con una protección de roca encima, que puede defendernos del peligro de los meteoritos. Pero tendremos que labrar una escalera en la roca, porque las paredes son casi verticales alrededor de toda la grieta.

—¿Cuántas unidades-vivienda podrá contener? —preguntó Harper.

—Por lo menos tres. No veo ningún motivo para que no pueda albergar tres unidades y el laboratorio. Y si, eventualmente, deciden aumentar la expedición, hay varias grietas contiguas en las cuales pueden instalarse perfectamente un par de unidades suplementarias.

—Doctor Holt, usted exploró el lugar con Jackson. ¿Cuál es su opinión?

El capitán miró al químico con aire interrogante. Holt, que sólo tenía treinta años, era el miembro más joven de la expedición.

—Por estos alrededores hay muchas grietas, pero ninguna de ellas me ha parecido tan adecuada como la señalada por el doctor Jackson. Estoy de acuerdo con él. Podía haber sido mucho peor.

—Entonces, será mejor que pongamos manos a la obra —dijo el capitán Harper, cogiendo el capuchón de su traje antipresión—. Cuanto antes montemos la primera unidad, mejor. —Miró a través de una mirilla de cristal plastificado—. Algo me dice que sentiremos grandes deseos de abandonar esta tierra muerta antes de que pase mucho tiempo.. ¿Alguna pregunta?

—Ha llegado el momento de establecer contacto por radio con la Tierra —dijo Pegram—. ¿Desea usted enviar algún mensaje, señor?

El capitán Harper se dispuso a colocarse el capuchón de su traje antipresión, pero antes de hacerlo se alisó la poblada cabellera que empezaba a grisear.

—Dígales —respondió, sin la menor huella de humor en su rostro —que este lugar está tan muerto que lo más probable es que, si vemos una brizna de hierba, nos pongamos a gritar como conejos asustados.

Instalar la unidad-vivienda en la grieta que el doctor Jackson había escogido les llevó tres días terrestres en cuyo tiempo el sol se había alzado por detrás de las distantes cordilleras y colgaba como una brillante bola de fuego en el cielo negro, tachonado de estrellas.

El día lunar, cuya duración equivalía a una quincena terrestre, había alcanzado ahora el nivel de la media mañana.

Mientras estuvieron montando la primera unidad-vivienda, el capitán Harper y sus compañeros comieron y durmieron en el tractor, que estaba acondicionado de acuerdo con la presión terrestre, y era lo bastante grande para acoger cómodamente a los seis. Más tarde, cuando fuese utilizado para trabajos de reconocimiento a larga distancia, tendrían que vivir en él durante una semana sin interrupción. Esta primera experiencia de lo que era la vida en sus angostos compartimientos representaba un valioso entrenamiento.

De cuando en cuando, los hombres se tomaban unos minutos de descanso y contemplaban con ojos maravillados el paisaje áspero y desprovisto de vida bajo su bóveda de oscuridad.

Estaban impresionados por su propia pequeñez y, al mismo tiempo, por su colosal hazaña, por la idea de que probablemente eran la primera forma de vida orgánica que iba a establecerse en la luna.

A cincuenta millas de distancia, hacia el polo sur lunar, el cráter Tycho mostraba con perfecta claridad su aguzado anillo montañoso, parecido a una hilera de dientes que se recortaban contra la línea del horizonte. Allí no había ninguna clase de nieblas atmosféricas que suavizaran sus perfiles o cubrieran el fuego de sus picos bañados por el sol.

A ambos lados de la grieta donde había sido montada la Base Número Uno, las llanuras de lava aparecían cubiertas con una capa de polvo meteórico de dos pulgadas de espesor que conservaba las huellas de las pisadas como si fuera nieve recién caída. Cuando el tractor avanzaba por la llanura en medio de un fantasmagórico silencio, el polvo retenía la impronta de sus dentadas ruedas, formando un camino perfectamente visible. No había mucho peligro de perderse en la luna, ya que las huellas de las pisadas formaban un camino que, a no ser que alguien lo borrase, permanecería visible durante millares de años.

Al cuarto día terrestre, la expedición quedó instalada en su unidad-vivienda subterránea. La mayor parte del trabajo rutinario de transporte de material estaba hecho. Ahora podía empezar el período de experimentación y de exploración.

Fue decidido que los doctores Jackson y Holt, con el mecánico Davis, se llevaran el tractor y efectuaran un viaje de exploración en un radio de diez millas, manteniendo contacto por radio con la base. Podían regresar al cabo de seis horas.

Al capitán Harper le hubiera gustado unirse a ellos, pero el sentido del deber le mantuvo sujeto a un montón de trabajo rutinario en la base. Y el profesor Jantz, que había tomado unas muestras de polvo lunar, estaba completamente absorto en cálculos acerca de los bombardeos meteóricos. Pegram, el otro miembro de la expedición, tenía también su propio trabajo. Además de mantener contacto por radio con la Tierra, tendría que mantenerlo asimismo con el tractor.

Después de un insomne descanso de tres horas, Jackson, Holt y Davis entraron en el comedor de la Base Número Uno y devoraron un copioso desayuno.

El profesor Jantz, con una regla de cálculo a un lado de su plato y un libro de notas en el otro, les miró fijamente a través de sus gafas de cristales azulados.

—Deseo cristales pequeños —dijo bruscamente—, sin mezcla de metales. Sea buen muchacho, Jackson, y búsquemelos.

Jackson bebió un sorbo de café y se echó a reír.

—¿Qué cree usted que deseo yo, profesor? No le quepa duda de que si hay algo que valga la pena lo traeremos.

El profesor asintió, y luego preguntó, de un modo completamente inesperado:

—¿Por qué no hay oxígeno en la Luna?

El doctor Holt soltó su tenedor y se quedó mirando al matemático con aire intrigado.

—Ya conoce usted los motivos convencionales, profesor.

—Naturalmente… pero no me parecen lo suficientemente buenos.

—¿Qué es lo que le hace pensar de ese modo?

El profesor Jantz dirigió al joven una sonrisita de superioridad.

—Mis cálculos —dijo alegremente—. Vamos a recibir una gran sorpresa.

—Le apuesto a usted una ración doble de coñac —dijo el doctor Jackson— a que no existe ningún rastro de oxígeno bajo ninguna forma.

El profesor Jantz se quedó silencioso unos instantes. Luego dijo:

—No sólo estoy dispuesto a aceptar su apuesta, doctor Jackson, sino que estoy dispuesto a ampliarla. Profetizo que encontraremos señales de materia orgánica.

—¿Le parece bien el tabaco de una semana?

—Estupendo. Ya sabe que soy un empedernido fumador.

La confianza del profesor era tal, que daba la impresión de haber confirmado ya sus teorías.

—Ya que está usted tan seguro —dijo el doctor Holt, pensativamente—, podríamos ayudarle mejor a demostrar su punto de vista si nos indicase lo que debemos buscar.

—Habrá estado durmiendo durante millones de años —dijo el profesor—. Lo encontraremos en cavernas o en hendiduras, pero no, según creo, cerca de los cráteres principales.

—Déjese de enigmas —dijo Jackson—. ¿A qué diablos se refiere usted?

—Carbón de piedra —dijo el profesor tranquilamente—. Un hermoso carbón de piedra.

—Piedras, quizá, pero carbón…

—Piedras y polvo —dijo Jantz sin perder la calma. Y volvió a enfrascarse en sus cálculos.

Habían pasado veinte minutos desde que salieron de la base. Davis iba conduciendo, y el tractor avanzaba a una velocidad de doce millas por hora. El doctor Jackson estaba sentado a su lado en el compartimiento de presión regulada, con un cuaderno de apuntes sobre las rodillas. De cuando en cuando, tomaba algunas notas en clave o dibujaba un diagrama, o bien hablaba con Pegram, de la base, por radio.

El doctor Holt iba en la parte exterior del tractor, en la torreta, con una cámara cinematográfica. Su único medio de contacto con los dos ocupante del vehículo era su radio individual. El sol caía implacable sobre su traje anti-presión, pero a pesar de esto estaba haciendo un buen trabajo y se sentía relativamente cómodo.

—Tractor a Base Uno, tractor a Base Uno —dijo Jackson—, Estamos a cuatro millas al sur de la Base, en línea recta hacia Tycho. El viaje es relativamente cómodo y el tractor se está portando muy bien. Dígale al profesor Jantz que la capa de polvo es más profunda en algunas de las depresiones del terreno. Muy pocas señales de una tendencia al amontonamiento. Cambio.

—Base Uno a tractor, Base Uno a tractor. El profesor Jantz ha instalado el sismógrafo. Necesita que provoquen ustedes una explosión cuando estén a unas diez millas de distancia. Por favor, informen antes de la detonación. Cambio.

—Tractor a Base Uno. Consideramos un privilegio el crear el primer temblor de Luna artificial. Informaremos cuando estemos preparados. Corto.

—Personalmente —dijo Davis—, el experimento no me interesa. Lo único que me sorprendería es que se moviera algo.

Súbitamente, la voz de Holt llegó a través de la radio individual con evidente apremio.

—¡Detengan el tractor y salgan rápidamente!

Davis cortó el contacto y el motor profirió un gemido de alivio.

—¿Qué pasa? —inquirió Jackson.

—Vengan aquí a decírmelo —fue la enigmática respuesta.

Holt había saltado ya de la torreta y estaba alejándose del tractor, mirando al suelo con mucha atención.

Davis y Jackson se colocaron los capuchones, comprobaron el oxígeno y la radio y pasaron a la cámara reguladora de la presión. Unos momentos después se reunían con Holt.

—¿Qué opinan ustedes de esto? —preguntó Holt con sorprendente excitación.

—¡Diablo! —exclamó Jackson—. ¡Viernes en persona!

Sobre la capa de polvo lunar aparecían claramente impresas las huellas de unos pasos. Impulsivamente, Jackson colocó su propio pie encima de una de aquellas extrañas huellas y comparó el tamaño. El suyo era más estrecho y cuatro pulgadas más corto.

—Ahora —dijo Holt—, sigan la línea.

Jackson proyectó su mirada a lo largo del camino trazado por las huellas hasta que éstas desaparecieron en la distancia. Las huellas habían formado dos caminos: uno que iba y otro que venía, completamente paralelos y en línea recta, hacia el cráter Tycho.

—¿Qué hacemos? —preguntó Davis—. ¿Comunicar con la Base?

—No tenga tanta prisa —dijo Jackson en tono irritado— El buen Dios colocó un bulto ornamental encima de su cuello. Trate de utilizarlo.

—Voy a impresionar unos metros de película —anunció Holt, preparando su cámara—. Al parecer, el profesor Jantz era un poco conservador al suponer que el carbón era la única evidencia de que aquí existía vida orgánica.

—Alguien ha llegado hasta aquí procedente de Tycho —dijo Jackson pensativamente—. Según parece, llegó hasta este punto, se detuvo un poco y luego dio media vuelta y retrocedió por donde había venido. Ahora bien, ¿por qué lo hizo? Debía tener algún propósito.

—Ejercicio —sugirió Holt petulantemente—. La idea lunar de un paseo higiénico.

—No estoy de humor para esta clase de bromas —dijo Jackson—. Trate de decir algo que tenga más sentido común, o gaste menos oxígeno.

Súbitamente, Davis señaló detrás de ellos.

—¿Ven ustedes lo que yo estoy viendo? —preguntó.

Holt y Jackson se volvieron en redondo y miraron en la dirección señalada por su compañero. A cuatro millas de distancia divisábase perfectamente la redonda esfera de la nave, reflejando la luz del sol… como una estrella colgante.

—¡Caramba! —exclamó Holt—. Un comité de bienvenida… demasiado tímido. El, ella o lo que sea nos vieron aterrizar.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Davis—. ¿Seguir las huellas?

—Opino que no —dijo Jackson lentamente—. Creo que lo mejor que podemos hacer es regresar a la base y discutir la situación.

—No creo que fuera peligroso seguir las huellas un poco más —sugirió Holt.

—¿Para qué?

—Nunca se sabe… A lo mejor podemos obtener alguna prueba que nos permita hacernos una idea del personaje que dejó estas huellas.

—O podemos tropezarnos con el propio personaje —dijo Jackson secamente—. Y a lo mejor nos invita a visitar su casa y nos obsequia con café y pastas. O a lo peor le da por no aprobar la presencia de los… intrusos.

El capitán Harper contempló los rostros de sus cinco compañeros.

—Bien, ya hemos oído el relato del doctor Jackson y hemos visto la película de las huellas. Ahora tenemos que discutir lo que vamos a hacer para enfrentarnos con esta nueva situación. Como ustedes saben, cuando salimos de la Tierra no habíamos previsto nada de esto. ¿Alguna sugerencia?

El profesor Jantz se frotó pensativamente la barbilla.

—El tamaño de las huellas corresponde a un bípedo de considerable estatura. En la luna no existe atmósfera, de modo que ese ser puede pasarse sin ella, o proporcionársela por sí mismo. Creo que lo más sensato es suponer que se la proporciona a sí mismo. Esto parece indicar que se trata de un ser algo complejo o sumamente inteligente. Lo interesante es saber si es correcta la suposición de que existen muchos seres de su misma especie.

—Lo interesante es saber si vamos a investigarlo —replicó el doctor Holt—. O si, por el contrario, vamos a tratar de evitarle, a él o a ellos, hasta que llegue la próxima nave.

—O ellos pueden decidir investigar sobre nosotros —observó el capitán Harper—. El principal problema estriba en saber si serán peligrosos y si serán hostiles. Antes de emprender este viaje, le planteé al Organization Group la cuestión de que nos facilitaran algunas armas ofensivas. Pero insistieron en que aquí no podía existir ninguna forma de vida. ¡Imbéciles! Me llenaron la cabeza de cifras para demostrarme cuantas toneladas de combustible se necesitarían para cargar una unidad vibratoria u/s. Y ahora todo el proyecto puede estar en peligro debido a que un maldito animal no está de acuerdo con sus teorías de vía estrecha.

—No se preocupe por las armas, capitán —dijo Holt—. El laboratorio ya está montado. Y en doce horas puedo construir unos cuantos proyectiles cohete de efectos contundentes.

—También disponemos —dijo el doctor Jackson— de explosivos de alta potencia en cantidad suficiente para montar un campo de minas, el cual podemos hacer estallar por contacto o por radio.

El capitán Harper repiqueteó con los dedos encima de la mesa durante unos momentos, antes de contestar.

—De todos modos —terminó por decir—, es necesario que dispongamos de algo para protegernos. Mi opinión general es que no debemos hacer absolutamente nada hasta que tengamos unas cuantas granadas de mano, proyectiles cohete y, quizás unas cuantas minas.

—¿Y luego? —inquirió el doctor Holt.

—Luego, creo que debemos enviar una expedición a seguir las huellas. Es absolutamente necesario que descubramos si… si existe algún peligro. Aparte de nuestra propia seguridad, hemos de tener en cuenta el resto de la expedición.

—Cuando los productos de dos tipos de civilización se encuentran —observó Jantz pensativamente—, se produce un inevitable conflicto. Me pregunto cuál será la que triunfará.

Hubo un breve silencio.

—La Luna es estéril —dijo Holt inesperadamente—. Me pregunto qué tendrá nuestro amigo X para desayunar.

El capitán Harper decidió ocuparse de la misión de reconocimiento, llevándose a Jackson y a Davis. Holt permanecería en el laboratorio, construyendo más granadas y unas cuantas minas terrestres dirigidas por radio. El profesor Jantz y Pegram se repartirían el trabajo de patrulla en la superficie y el atender a las comunicaciones por radio.

Un doble sendero de huellas en el polvo lunar había desbaratado completamente los planes de la expedición Los seis hombres habían empezado a sentirse como si estuvieran en estado de sitio. La cosa no hubiese sido tan grave si las huellas hubieran correspondido a un ser de cuatro patas. Pero un bípedo sugería poder y elevado desarrollo evolutivo. Si las huellas eran de un indígena de la luna, no existía ningún motivo para suponer que no hubiera una gran cantidad de ellos. Y, si era así, lo más lógico era que acogieran con hostilidad a unos intrusos procedentes del espacio, tal como sucedería en la Tierra si la situación fuera a la inversa.

Harper y sus compañeros tomaron su carga de alimentos, agua y granadas. Treparon por la escalera metálica y salieron a la cegadora luz del sol.

Los suministros fueron cargados en el tractor y todo fue objeto de una concienzuda revisión antes de que los tres hombres emprendieran la marcha. Davis volvió a ocupar el asiento del conductor, y, mientras ponía el motor en marcha, el doctor Jackson establecía contacto por radio con el mundo metálico oculto en la profunda grieta. Entretanto el capitán Harper, con cuatro granadas de mano, se instaló en la torreta directamente encima del asiento del conductor.

—Tractor a Base —dijo Jackson—. Nos hemos puesto en camino. Estableceremos contacto cada cuarto de hora. Cambio.

—Base a tractor —respondió Pegram—. Recibida la llamada, perfectamente clara. Buena suerte. Corto.

El rugido del motor aumentó y el tractor empezó a deslizarse lentamente sobre las desoladas llanuras lunares, siguiendo su propio rastro anterior.

Al cabo de media hora llegaron, sin novedad. al lugar donde Holt había visto las huellas. Esta vez, el avance había sido más cauteloso. En un momento determinado, el capitán Harper, que no perdía de vista el cráter Tycho, creyó divisar cierto movimiento a lo lejos. Pero terminó por atribuirlo a su imaginación y a la fatiga producida por la atenta contemplación de aquellas brillantes y áridas llanuras de lava. Allí no había nada… nada más que un selvático silencio. Empezaba a pensar que todo el asunto había sido una especie de ilusión, cuando su mirada cayó repentinamente sobre las huellas. Unas huellas tan claramente visibles, que podían haber sido hechas sólo cinco minutos antes.

De común acuerdo, los tres hombres bajaron del tractor y se acercaron a contemplar de cerca las espaciadas depresiones.

—Nuestro Viernes tiene un paso muy exacto, ¿verdad? —dijo Jackson—. Creo que a nosotros nos sería imposible andar en línea completamente recta, manteniendo una distancia exacta entre cada uno de nuestros pasos.

—Es un gran diablo —dijo Harper—. Entre huella y huella hay casi un metro y medio. Bueno, vamos a cogerle por la cola. Cuanto más pronto pongamos en claro este misterio, mejor me sentiré.

—No será muy divertido si ha reunido a unos cuantos compañeros y se han sentado a esperarnos —dijo Jackson en voz baja.

—Tenemos que arriesgarnos. No podemos sentarnos en la Base y esperar a que nos manden una tarjeta de visita. ¿Puede usted sacarle veinticinco millas al tractor, Davis?

—Sí, señor. Suponiendo que no tengamos que recorrer más de cincuenta millas.

El capitán Harper señaló a Tycho.

—No tendremos que recorrerlas. Cuando lleguemos allí —si es que llegamos—, todos necesitaremos un descanso.

—¿Por qué no se mete un rato dentro, capitán? Yo me quedaré de guardia en la torreta.

Harper aprobó con un gruñido la sugerencia de Jackson y los tres hombres regresaron al vehículo. Al cabo de unos instantes, el tractor avanzaba a veinticinco millas por hora.

Detuvieron el tractor a unos ochocientos metros de distancia y Jackson bajó de la torreta para una apresurada inspección. Directamente en frente de él aparecía la única forma simétrica de todo el irregular paisaje. Era una semiesfera lisa, aparentemente metálica, que se erguía sobre el lecho de lava a unas cinco millas de distancia de la falda de las colinas de Tycho. Surgió repentinamente a la vista en el desolado paisaje, como un gigantesco huevo de avestruz medio enterrado en la arena. Su altura era de unos cuarenta pies.

—Mira por dónde, hemos encontrado el hogar de nuestro Viernes —dijo Jackson—. Debe de ser un muchacho listo para haber montado ese refugio metálico. Me pregunto si estará regulado a la presión adecuada.

El capitán Harper miró con expresión sombría a través del grueso cristal de la cúpula de observación del tractor.

—Cuanto más lo miro, menos me gusta —anunció lentamente—. Ahora tenemos pruebas concretas de que nuestro amigo es un ser civilizado, si no es un científico… Me pregunto qué agradables sorpresas nos tendrá reservadas.

Jackson permaneció silencioso.

—¿Cuál es el plan de campaña, capitán? —preguntó Davis—. ¿Seguimos adelante para investigar?

—Tenemos que hacer algo —dijo Harper—. Ahora no podemos volvernos atrás. Sugiero que nos acerquemos lentamente hasta que estemos a una distancia de un par de centenares de metros. Entonces…

Vaciló.

—Entonces, ¿qué? —preguntó Jackson.

—Entonces, uno de nosotros avanzar solo para investigar… llevándose unas granadas, desde luego. Los otros se quedarán en el tractor esperando los acontecimientos.

—Iré yo —dijo Davis inmediatamente.

—No —dijo Jackson—. Esto es asunto mío. Si nuestro Viernes y sus amigos resultaran ser hostiles, los mecánicos tendrían más importancia que los geólogos. Estoy absolutamente convencido de que yo no podría arreglar el tractor si sufriera una avería… y el tractor puede ser un factor decisivo. ¿No opina usted igual, capitán Harper?

—Desgraciadamente, sí. Pero esperemos que no sucederá nada desagradable. Ahora, será mejor que no perdamos tiempo.

El tractor avanzó lentamente hasta que estuvo a doscientos metros de la semiesfera metálica. Entonces se detuvo. Inmediatamente, el doctor Jackson descendió del vehículo y echó a andar con una granada en cada mano.

La lisa pared de la semiesfera tenía una sola abertura. Mientras avanzaba, el doctor Jackson pudo ver un brillo rojizo en el interior. Cuando estuvo a diez metros de distancia se paró, miró con cierta perplejidad a través del cristal plastificado del visor de su capuchón, y luego cubrió la distancia que faltaba casi de un salto. Los dos hombres que habían quedado en el tractor le vieron desaparecer en la oscuridad.

Inmediatamente, el capitán Harper habló a través de su radio individual.

—¿Ocurre algo? ¿Se encuentra usted bien?

Con un suspiro de alivio oyó la voz de Jackson perfectamente clara:

—No hay nadie en casa. Venga a echarle un vistazo a esto. ¡Estoy empezando a creer en los cuentos de hadas!

—¿Qué es lo que ha encontrado?

—Esto es la pesadilla de un técnico o una especie de laboratorio. ¡Diablos! ¡Ahora no sé qué pensar!

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Harper en tono apremiante.

—¡Acabo de descubrir algo que tiene aspecto de tres enormes ataúdes!

Tres horas más tarde, el tractor había regresado a la Base y el capitán Harper estaba haciendo un relato de la expedición al profesor Jantz, a Pegram y al doctor Holt, mientras Davis y el doctor Jackson montaban guardia en la superficie. En vista de la información recientemente adquirida habían creído necesario mantener siempre a dos hombres en servicio de patrulla.

—El lugar no estaba regulado para la presión —dijo Harper—, lo cual resulta muy significativo. Las paredes tenían unas tres pulgadas de espesor, con cavidades o capas de insolación, a lo que supongo. El brillo rojizo procedía de alguna especie de cristal ionizado suspendido sobre un banco circular a unos cinco pies de altura que daba la vuelta a la semiesfera. Sobre el banco había varios instrumentos mecánicos y unos grandes aparatos acerca de los cuales no pudimos obtener ninguna pista. Jackson cree que se trata de instrumentos y aparatos geológicos, y Davis jura que una caja llena de complicados instrumentos colocada debajo del banco era una emisora de radio. Pero, tratándose de cosas que nunca habíamos visto anteriormente no podemos estar seguros de su identidad.

—En lo que respecta a esas cajas que usted describe dramáticamente como ataúdes —dijo el profesor Jantz—, ¿puede usted darme más detalles?

—Tenían diez pies de longitud y estaban tendidas horizontalmente. Las tapaderas provistas de goznes, estaban abiertas y echamos una mirada al interior. Estaban hechas de metal negro y tapizadas con una especie de tela de plástico. Cuando el doctor Jackson tocó una de las cajas, se produjo un chispazo que le sacudió de los pies a la cabeza a través de su traje anti-presión. Desde luego, no repitió la experiencia. Al parecer, las cajas habían estado ocupadas.

—Muy divertido —dijo el doctor Holt, con una risa nerviosa—. Creíamos que la Luna estaba deshabitada, y ahora resulta que tenemos como vecinos a tres científicos resucitados.

—No es cosa de risa —dijo Harper secamente—. En estos momentos mi sentido del humor brilla por su ausencia. ¿Qué sucederá si esos seres no desean mostrarse amistosos… y si nos encontramos con ellos? No van a utilizar arcos y flecha…

—La posible ocupación de las… bueno, de los ataúdes ofrece amplias perspectivas a la especulación —dijo Jantz enigmáticamente—. Empiezo a formarme la idea de un bípedo inteligente, musculoso, de unos nueve pies de estatura, que se proporciona su propia atmósfera, lleva a cabo experimentos científicos, ignora la comodidad animal y es capaz de andar casi un centenar de millas a elevadas temperaturas.

—Un tipo de enemigo muy desagradable —dijo Harper.

—¿Había huellas alrededor de la semiesfera? —preguntó el profesor.

—A docenas.

—¿Las siguieron ustedes?

—Creímos preferible regresar con la información adquirida antes de vernos metidos en algún jaleo. ¿Insinúa usted que debemos tratar de establecer contacto?

—Tan pronto como sea posible —dijo Jantz—. De momento, estamos asustados de ellos —a pesar de no haberlos visto—, y ellos, supongo, estarán asustados de nosotros. Una situación muy poco satisfactoria. Tenemos que hacer algo que desvanezca o confirme nuestros temores, de modo que podamos planear nuestra futura actuación.

—He construido una cantidad de minas suficientes para establecer un cinturón de seguridad alrededor de esta base —dijo Holt—. Por lo menos, podremos tener la certeza de que este lugar está relativamente seguro.

Repentinamente la mesa se bamboleó y una taza vacía cayó al suelo. Aleccionados por años de experiencia, los hombres aguzaron instintivamente el oído, esperando escuchar el sonido de una explosión. Pero no oyeron nada.

—¿Qué diablos es eso? —exclamó Harper.

Pegram se abalanzó hacia el transmisor.

—¡Atención, patrulla de superficie! ¿Qué ha sucedido? Cambio.

No hubo ninguna respuesta. Mientras Pegram repetía la llamada, el capitán Harper y el doctor Holt se colocaron los capuchones y corrieron hacia la cámara reguladora de presión.

—¡Atención, patrulla de superficie! ¡Atención, patrulla de superficie! ¿Qué ha sucedido? Cambio.

Al cabo de unos instantes, llegó la voz de Jackson, muy débil:

—¡Por el amor de Dios, salgan rápidamente! La nave ha sido… destruida. Yo tengo un escape en mi traje anti-presión…

Tres minutos después, el capitán Harper y el doctor Holt estaban en la superficie. Durante unos instantes quedaron paralizados, contemplando las retorcidas ruinas de la nave a una milla de distancia. Luego corrieron hacia el tractor, subieron a él de un salto y se dirigieron a toda velocidad hacia el lugar del desastre.

Habían recorrido tres cuartas partes del camino cuando vieron a Jackson. Estaba tendido sobre las duras rocas, completamente inmóvil. El doctor Holt descendió rápidamente del tractor, cargó con el cuerpo de su compañero y lo transportó al compartimiento regulado para la presión.

—¿Está vivo? —preguntó Harper en tono inquieto, mientras volvía a poner el motor en marcha.

—Creo que sí. Es un escape muy lento, y ha tenido la precaución de abrir del todo la espita del oxigeno.

Empezó a desenroscar el capuchón de Jackson.

El geólogo se estremeció. Sus labios temblaron, y abrió los ojos.

—Davis… —murmuró débilmente—. Estaba a unos cincuenta metros de la nave.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Harper, sin apartar la mirada de la llanura de lava, en la dirección en que se encontraban los restos de la nave.

A la presión atmosférica normal, el doctor Jackson se recobró rápidamente. El color volvió a su rostro e incluso consiguió sentarse.

—No he visto nada —murmuró—. De repente, la nave pareció desintegrarse. Luego, la onda expansiva me lanzó contra una roca, y me di cuenta de que mi traje anti-presión tenía un escape. Abrí del todo la espita del oxígeno y del helio, y recé para que me recogieran ustedes antes de que sucediera lo irremediable.

—¡Miren, allí está! —exclamó Holt.

Señalaba a una figura tendida en el suelo, a unos sesenta metros de distancia. El tractor avanzó en aquella dirección y sus ocupantes pudieron ver que Davis no llevaba el capuchón. Más tarde, cuando el tractor se detuvo, hicieron un horrible descubrimiento: a Davis le faltaba la cabeza.

—¡Pobre diablo! —dijo Harper—. Estaba demasiado cerca.

—Ni siquiera tuvo tiempo de darse cuenta —murmuró el doctor Holt, con voz estrangulada.

—¡Santo cielo! —exclamó Harper, señalando los restos de la nave—. ¡Miren eso!

La nave había sido destruida a conciencia. Las largas patas de araña y el espinazo tubular estaban retorcidos como alambres. La esfera había quedado reducida a una masa de metal derretido. Ningún explosivo conocido podía haber producido aquella enorme cantidad de calor. Lo único que podía haberlo generado —hablando en términos terrestres desde luego— era la energía atómica.

El doctor Jackson fue el primero en romper el silencio.

—Me pregunto —dijo en voz baja—, si nuestro Viernes estará merodeando por aquí.

—No existen muchos lugares para ocultar a un personaje de nueve pies de estatura —dijo Holt—. Ni a su medio de transporte, si es que tiene alguno.

El capitán Harper puso de nuevo el motor en marcha.

—Será mejor que tratemos de encontrar alguna huella —dijo.

El tractor empezó a girar lentamente alrededor de los restos de la nave, en círculos cada vez mayores.

El consejo de guerra, reunido en la unidad-vivienda, fue breve y conciso. Los cinco hombres estaban sentados alrededor de la mesa, fumando y bebiendo café en cantidades superiores a la ración que les correspondía.

—Bien, se ha recibido ya la respuesta de la Tierra —anunció Harper con una mueca—. Lo siento, pero no van a enviar ninguna otra nave hasta que sepan lo que sucede aquí realmente.

—Apuesto lo que quieran a que están ideando ya un bonito epitafio para nosotros —dijo Holt cínicamente.

—Era la respuesta lógica —observó Jackson—. ¿Por qué habrían de poner en peligro a toda la expedición?

—El aspecto ético del problema puede ser dejado para más tarde —dijo el profesor Jantz con una débil sonrisa—. De momento, lo más importante es decidir lo que vamos a hacer.

—Devolver el cumplido —sugirió Holt—. Podemos dirigirnos a su refugio y hacerlo volar. Esto les servirá de aviso, y tal vez les haga meditar sobre la inconveniencia de utilizar medios demasiado expeditivos, a base de energía atómica.

—Si es que era atómica —dijo el profesor Jantz.

—Desde luego, no era H.E. —intervino Jackson—. La esfera quedó medio desintegrada.

—Creo que, en estos momentos. nos estamos mostrando demasiado… belicosos —dijo el profesor—. Después de todo, si nuestros desconocidos amigos llevan algún tiempo en la luna, tienen derecho a sentirse molestos por la presencia de unos intrusos. Pero si permaneciéramos ocultos e inactivos, podrían suponer que nos han destruido a todos.

—Nosotros seguimos sus huellas —replicó Harper—. Evidentemente, ellos siguieron las nuestras. No creo descabellada la suposición de que estén preparando otro obsequio atómico, esta vez tomando como objetivo esta base. En vista del hecho de que han ganado el primer asalto, creo que deberíamos tomar las medidas pertinentes para que no ganen el próximo. Además, uno de nuestros compañeros está muerto, y el doctor Jackson ha sobrevivido por verdadero milagro. Si llegamos un minuto más tarde, estaría tan muerto como el pobre Davis. Cuanto más tiempo permanezcamos inactivos, más posibilidades tendrán esos seres de acabar con nosotros.

—Creo que el capitán Harper tiene razón —dijo Jackson—. Tenemos que hacer algo que sirva para destruirlos o para desanimarlos.

—Vamos a someterlo a votación —dijo el capitán—. Los que estén de acuerdo conmigo. que levanten el brazo.

El único que no levantó el brazo fue el profesor Jantz.

Un par de horas más tarde quedaron terminados los preparativos. Alrededor de la entrada de la base colocaron un campo de minas controladas por radio; los hombres hicieron prácticas de lanzamiento de granadas, y quedaron recompensados al descubrir que la escasa gravedad existente en la luna les permitía lanzar uno de aquellos artefactos con relativa exactitud a más de doscientos metros de distancia. El improvisado cohete de lanzamiento, les permitía enviar cincuenta libras de explosivo de gran potencia a un blanco situado a más de una milla de distancia.

La estrategia del capitán Harper era sumamente sencilla; tenía que serlo, ya que sus recursos eran extremadamente limitados. El cohete de lanzamiento podía ser montado en la torreta del tractor, y tres hombres se harían cargo del vehículo para su misión destructora, en tanto que los otros dos permanecían en la base.

Si el tractor no conseguía regresar de su viaje de cincuenta millas a la semiesfera de metal cerca de la falda de las colinas de Tycho, los supervivientes se encargarían de radiar a la Tierra toda la información posible, mientras permanecían ocultos.

Pegram y el profesor Jantz se quedarían en la base, en tanto que los otros se encargarían de la misión más peligrosa.

Cada uno de los cinco hombres se daba cuenta con amarga claridad de que la suerte de la primera expedición del hombre a la luna pendía de un hilo. Si fracasaban en su intento, pasarían varias décadas antes de que se llevara a cabo otro viaje a aquel planeta.

El tractor quedó cargado con las armas y suministros. Había llegado el momento de emprender la aventura. Los tres hombres montaron en el vehículo, mientras Pegram y Jatz comprobaban que no olvidaban nada.

—A partir de este momento —dijo el capitán Harper por su radio individual—, no estableceremos contacto por radio, a menos que se trate de un caso de vida o muerte. Nuestros amigos pueden disponer de algún aparato detector, y no conviene que les facilitemos las cosas.

—Como científico no estoy de acuerdo con su decisión —dijo el profesor Jantz con ironía—. Pero como hombre… bueno, buena suerte, amigos. Les deseo el mayor de los éxitos.

—Eso espero —murmuró Harper.

—Y si no es así —dijo Holt con una risa nerviosa—, dígales a los de la Tierra que mi último pensamiento se lo dediqué a mamá.

—Estamos luchando por la raza humana —declaró melodramáticamente el doctor Jackson.

Todos estallaron en una carcajada, dando la impresión de que iniciaban la aventura con el corazón alegre y lleno de confianza. El capitán Harper puso en marcha el tractor. Levantando detrás de él una leve nube de polvo lunar, el vehículo se deslizó silenciosamente a través de las cegadoras llanuras de lava.

Era el sexto día terrestre de la expedición en la Luna, pero los cinco hombres experimentaban la sensación de no haber conocido otra existencia. La propia Tierra se había convertido en una ilusión, en un sueño lejano. Las únicas realidades, ahora, eran las desoladas llanuras de lava, los cráteres distantes, y el siniestro poder de unos seres invisibles… la amenaza de aquellos huidizos y aparentemente incansables seres descritos sarcásticamente por el profesor Jantz como nuestros desconocidos amigos.

Pegram y el profesor se quedaron contemplando el tractor hasta que no fue más que un diminuto punto negro moviéndose en la distancia.

Desde un cielo negro, tachonado de estrellas, el sol dejaba caer sus implacables rayos, creando el increíble calor de un mediodía lunar.

A lo lejos, las montañas de Tycho se erguían repulsivas y horrendas, bañadas por el. ardiente sol. El paisaje entero, sumido en su peculiar inmovilidad, parecía un desierto pintado… el telón de fondo de un drama de suspense y de peligro, como en realidad lo era.

El capitán Harper detuvo el tractor a una milla de distancia de la semiesfera metálica, y después de una breve confirmación del plan de ataque, Holt y Jackson descendieron del vehículo. Holt tomó posición a doscientos metros del tractor por el flanco izquierdo, y Jackson a doscientos metros por el derecho, a fin de evitar que una posible acción enemiga destrozara toda la fuerza de ataque.

Armados con granadas, los dos hombres debían avanzar hasta ponerse en posición de tiro, o encontrar resistencia. Si podían destruir la edificación sin entrar en contacto con el enemigo, debían hacerlo y retroceder; en caso contrario, debían establecer una especie de línea defensiva mientras el capitán Harper conducía el tractor lo más cerca posible y utilizaba el cohete de lanzamiento.

En cuanto hubieron alcanzado sus posiciones de flanco, Harper agitó su mano desde la torreta y los dos hombres avanzaron valientemente al trote.

Llegaron a cuatrocientos metros de la semiesfera sin divisar ninguna señal de actividad. Entonces, de repente, una forma enorme, que apenas era humana, apareció un instante en la puerta del extraño edificio. Vaciló, desapareció de nuevo, para reaparecer casi inmediatamente. Entonces echó a correr a una increíble velocidad, yendo directamente al encuentro de Holt.

A la luz del sol, los tres hombres vieron que estaba completamente cubierto de metal. Su cuerpo y sus extremidades despedían un brillo mate mientras el extraño ser avanzaba rápidamente.

Aunque tenía nueve pies de estatura y su forma era pavorosamente humana, los seres humanos con los cuales se enfrentaba ahora vieron con una súbita sensación de horror que el monstruoso individuo terminaba en la línea de los hombros. ¡No tenía cabeza!

El brazo de Holt describió un amplio círculo y una granada salió proyectada hacia su macabro adversario, que ahora se encontraba solamente a ciento cincuenta metros de distancia. El monstruo continuó su carrera sin tratar de apartarse.

La explosión no produjo ningún ruido, pero la onda expansiva alcanzó incluso al tractor, que en aquel momento se encontraba a cuatrocientos metros de distancia.

La granada había sido bien dirigida, a pesar de la velocidad del monstruo. Cayó a unos diez metros detrás de él. La conmoción hubiera hecho pedazos a un ser humano, pero aquel cuerpo recubierto de metal se limitó a tambalearse ligeramente, para reemprender en seguida su rápido avance. Holt alzó el brazo para lanzar otra granada, pero era demasiado tarde. Algo brilló en la mano del monstruo. Durante una fracción de segundo, una delgada raya luminosa salió proyectada hacia adelante.

Con involuntarios gritos de horror, Jackson y el capitán Harper vieron cómo Holt se desplomaba. Incluso desde la distancia a la cual se encontraban, pudieron darse cuenta de que su cuerpo había sido cortado limpiamente en dos.

Inmediatamente, al ver a su enemigo destruido, el monstruo se volvió hacia Jackson. Por espacio de unos segundos permaneció inmóvil —un blanco perfecto—, y Jackson no desperdició la oportunidad. Dos granadas en rápida sucesión, salieron disparadas hacia el blanco, mientras el extraño ser reemprendía su carrera. Intuyendo que el monstruo se encaminaría directamente hacia él, Jackson había lanzado la segunda de las granadas de modo que quedara un poco corta.

Dejando atrás la primera granada, el monstruo siguió avanzando para ser cogido de lleno por la segunda explosión. Por un instante pareció colgar suspendido —un cuadro de completa sorpresa—. Luego, brazos, piernas y cuerpo salieron proyectados al aire y cayeron separadamente.

Sin pérdida de tiempo, el doctor Jackson se volvió hacia la semiesfera metálica. Otros dos monstruos sin cabeza habían aparecido, y estaban dedicados a montar un extraño aparato.

Entretanto, el capitán Harper había continuado avanzando hacia el blanco a toda velocidad. Cuando estuvo a menos de trescientos metros detuvo repentinamente el tractor y se encaramó a la torreta. Sin perder tiempo en apuntar, apretó el pulsador del cohete de lanzamiento.

El disparo resultó demasiado alto. Cincuenta libras de explosivo de gran potencia volaron inofensivamente por encima del objetivo. Pero, mientras volvía a cargar a toda prisa el cohete de lanzamiento, Harper vio con el rabillo del ojo que Jackson se había puesto en movimiento.

El geólogo avanzó unos pasos, arrojó otras dos granadas y se dejó caer al suelo. La primera no hizo explosión, aunque la cosa no tuvo demasiada importancia, ya que quedó treinta metros corta. La segunda, en cambio, cayó a unos ocho metros de los dos monstruos. En el preciso instante en que uno de ellos alzaba en su mano la extraña y reluciente arma, la granada hizo explosión, alcanzándole de lleno, lo mismo que a su compañero, y aplastando su aparato.

Lejos de quedar mortalmente heridos, los dos monstruos se recobraron con increíble rapidez. Uno de ellos corrió en busca de su arma, que había quedado sobre el lecho de lava, a unos metros de distancia, en tanto que el otro trataba de recomponer rápidamente su pequeño trípode con su cilindro de aspecto siniestro.

Pero, para entonces, el capitán Harper no sólo había vuelto a cargar el cohete de lanzamiento, sino que se había obligado a sí mismo, mediante un supremo esfuerzo de voluntad, a apuntar lenta y cuidadosamente… intuyendo, quizá, que el resultado final dependía por completo de su próximo disparo.

Cincuenta libras de explosivo de gran potencia volaron en línea recta hacia la semiesfera. Durante unos terribles momentos, pareció que la carga no iba a estallar. Luego se produjo un silencioso resplandor, y el tractor se estremeció violentamente. La repentina nube de polvo cayó casi tan rápidamente como se había levantado.

Al aclararse, el capitán Harper vio que la semiesfera metálica y sus extraños ocupantes estaban completamente destrozados. Todo lo que quedaba de ellos era un humeante montón de metal retorcido.

Durante unos instantes, los dos supervivientes permanecieron completamente inmóviles. Luego, el doctor Jackson se puso en pie y echó a andar con paso inseguro hacia los restos del doctor Holt. El capitán Harper, a su vez, descendió de la torreta para ir a reunirse con su compañero. Súbitamente se desplomó. El doctor Jackson dio media vuelta y corrió hacia él.

—Creo… que se trata… de un pequeño… escape —balbuceó Harper a través de su radio individual—. ¡Lléveme al tractor!

Jackson le arrastró hasta el vehículo. Una vez allí le izó hasta la torreta y luego trepó él mismo hasta ella.

En cuanto estuvieron dentro del tractor, el capitán se recobró de su pasajero desmayo. El escape debió ser infinitesimal.

—Gracias —murmuró Harper con voz temblorosa—. Es una sensación terrible, ¿verdad?

—No se han inventado aún las palabras para describirla —asintió Jackson—. Debió usted quedarse en el tractor hasta que nosotros regresáramos.

—¡Y un cuerno! Lo que siento es no haber podido hacer nada por el pobre Holt… ¿Alguna sugerencia, Jackson?

—Ninguna que valga la pena… ¿Vio usted lo que sucedió?

Harper asintió.

—Nuestro amigo sin cabeza le atacó con algo comparado con lo cual nuestros proyectiles h/v parecen armas de juguete. Deberíamos echarle una ojeada.

—¿Cree usted que será prudente? —inquirió Jackson.

—¿Se refiere usted a la radioactividad?

—Entre otras cosas.

—Entonces, ¿qué me dice de examinar los restos de su refugio? Llevaré el tractor lo más cerca posible. No creo que la H.E. haya dejado ninguna concentración suficientemente peligrosa. ¿Qué opina usted?

—Creo que vale la pena arriesgarse. Podemos enterarnos de algo útil acerca de ellos.

Harper puso en marcha el tractor y lo hizo avanzar lentamente hacia la zona destruida. A unos veinte metros de los restos de la semiesfera paró el motor.

—¿Sabe una cosa? —dijo Jackson, mientras se disponía a pasar por la cámara reguladora de la presión—. En un sentido, estamos de suerte. Este es el segundo fragmento de la historia que hemos tenido el privilegio de escribir.

—¿A qué se refiere?

—El individuo que mató a Holt y me atacó a mí —dijo Jackson— era algo muy raro. Yo estaba más cerca de él que usted. Y le vi caer en pedazos.

—¿Qué es lo que trata de insinuar?

—Únicamente que no estaba hecho de colas de rana —respondió Jackson en tono irónico—. Verá, capitán, creo que somos los primeros seres humanos que se han enfrentado con una banda de robots asesinos. El hecho de que hayamos puesto fuera de combate a esos tres es bastante significativo, creo yo.

—¡Dios mío! —exclamó Harper.

El doctor Jackson se volvió y pasó a través de la cámara reguladora de la presión. Poco después estaba hurgando entre los restos bañados por el implacable sol.

La crisis estaba superada, pero en la Base Número Uno transcurrió algún tiempo antes de que decreciera la atmósfera de alta tensión. Dos hombres de la primera expedición habían muerto, y todo el proyecto lunar había estado al borde del fracaso. Sólo después de una lenta y minuciosa investigación en toda la zona de la base y en las faldas de las colinas de Tycho, los cuatro supervivientes quedaron convencidos de que no existía ningún otro peligro inmediato. Paulatinamente, sus actividades volvieron a la normalidad.

Varios días terrestres más tarde, el profesor Jantz aprovechó la oportunidad que le brindaba la ausencia del doctor Jackson, que había salido para efectuar un recorrido de exploración, para entregarse a una tarea particular en el pequeño laboratorio subterráneo. Estaba absorto en el análisis de ciertas cantidades de polvillo negro.

Cuando el capitán Harper entró en el laboratorio, el profesor se ocupaba en calentar electrónicamente hasta la incandescencia un pequeño montón de aquel polvillo.

—¿En qué está trabajando usted ahora? —preguntó Harper, por decir algo.

El profesor Jantz manifestó el placer de un chiquillo que ha descubierto algo maravilloso dentro de los zapatos que dejó en el balcón la noche de Reyes.

—Es la tercera muestra de la caverna número catorce —explicó volublemente.

—¿De qué se trata?

—Mi querido Harper, esto es una muestra indiscutible de carbón bituminoso, del tipo conocido como fusain. Existe una maravillosa abundancia de microsporas y macrosporas. Mis teorías, ahora ya puedo decirlo, han quedado confirmadas de cabo a rabo. Cuando regrese a la tierra, procuraré…

—¿Qué significa eso, en lenguaje corriente? —le interrumpió Harper.

—Significa, sencillamente, que la luna estuvo llena, en una determinada época, de marismas estuáricas. Significa que hace billones de años la luna era un hervidero de formas vitales en pleno desarrollo. En resumen, hemos acumulado pruebas más que suficientes para sacudir en sus cimientos las modernas teorías astrofísicas.

—¿Por qué no hay ninguna evidencia de todo esto en la superficie lunar?

—Debido a que cuando la luna empezó a perder su atmósfera, el aumento del calor solar generó una combustión espontánea. Lo que hasta ahora ha sido llamado polvo meteórico, son las cenizas de lo que en otra época fueron enormes cementerios humeantes.

Harper sonrió burlonamente.

—De modo que va usted a sacudirles fuerte a los astrónomos de salón…

—Desde luego. He reunido suficientes datos para hacer que la mayoría de mis ilustres colegas consideren llegado el momento de ingresar en una clínica mental.

El capitán Harper sacó de su bolsillo un par de cuartillas mecanografiadas.

—En realidad, había venido a enseñarle el informe que voy a enviar al Cuartel General de la Organización. Si hay algo que desee usted añadir, puede decírmelo. Voy a enviarlo dentro de una hora.

El profesor Jantz cogió las cuartillas y las leyó rápidamente:

 

INFORME NÚMERO SIETE

De: Harper, Capitán De La Expedición Lunar, Base Número Uno,

A: Consejo Ejecutivo; Cuartel General De La Expedición, Tierra.

Después de la destrucción del refugio de los robots Jackson y Pegram han efectuado una minuciosa exploración del terreno, en un radio de cien millas alrededor de la base. No han descubierto más huellas extrañas, aparte de las procedentes de la semiesfera, ni señales de actividad de ninguna clase. Estamos convencidos, por lo tanto, que la segunda nave lunar puede emprender viaje en condiciones de seguridad.

Hemos examinado los restos del refugio de los robots, y hemos extraído las siguientes conclusiones:

1) Los robots no son indígenas de la luna, dado que su construcción exigiría recursos y una forma de vida sumamente desarrollada, de los cuales no existe ninguna prueba.

2) Su construcción está por encima de las posibilidades actuales de la ciencia humana.

3) Dado que el refugio no estaba regulado para la presión, los tres llamados ataúdes parecen haber sido las cámaras de hibernación y lechos de carga eléctrica de los robots durante la noche lunar. Antes de que el refugio fuera destruido, se obtuvieron pruebas de su potencial eléctrico.

4) Suponiendo que las tres hipótesis anteriores sean correctas en sus puntos esenciales, creemos que en algún momento la luna recibió una expedición extraterrestre, la cual dejó los robots con fines de observación y de investigación científica.

5) Dado que los robots tomaron la iniciativa de atacarnos, es probable que sus creadores adaptaran sus mecanismos para que reaccionaran agresivamente ante cualquier fenómeno que pudiera ser interpretado como interferencia.

6) Teniendo en cuenta que los robots estaban aparentemente equipados con radios especiales, es probable que procedieran de nuestro propio sistema solar.

Estos argumentos ampliatorios en apoyo de estos puntos de vista serán expuestos en el Informe Número Ocho. Sólo me resta añadir nuestra unánime creencia de que la expedición extraterrestre regresará a la luna para enterarse de la suerte corrida por sus instalaciones. Es de esperar que, en esa época, los seres humanos establecidos en la luna dispongan de elementos suficientes para hacer frente a las necesidades de interferencia o de cooperación, alternativamente.

 

El profesor Jantz apartó la vista de las cuartillas mecanografiadas.

—Creo que ha resumido usted admirablemente nuestras principales conclusiones —dijo—. El resto puede esperar hasta que dispongamos de tiempo para preparar un informe más completo. En cuanto haya terminado con esas muestras, pondré en orden mis propias notas para usted.

—Ya es hora de que Jackson y Pegram estuvieran de regreso —observó Harper, volviendo a meterse las cuartillas en el bolsillo—. Voy a llamarles por radio.

Salió del laboratorio, dejando al profesor Jantz entregado a su trabajo. Durante otras dos horas Jantz pudo continuar su análisis de las muestras de la caverna número catorce sin ser molestado.

Pasado aquel tiempo, el capitán Harper volvió a entrar en el laboratorio.

—Han regresado sin novedad —anunció.

—Bien, bien. Ahora podremos descansar durante unas cuantas horas.

—Jackson y Pegram desean que subamos a la superficie —dijo Harper—. Dicen que hay algo que vale la pena ver.

—¡Más muestras! —exclamó el profesor, con infantil entusiasmo—. ¿Dónde diablos habré puesto mi capuchón?

Los dos hombres no tardaron en pasar por la cámara reguladora de la presión y en trepar por la escalerilla metálica adosada a las paredes de la grieta. Al llegar a la superficie, vieron a Jackson y a Pegram de pie junto al tractor.

—¿Han encontrado ustedes algo interesante? —preguntó Jantz en tono esperanzado a través de su radio individual.

—Sí —respondió Jackson, levantando su brazo—. Mire a su alrededor.

Por todas partes, las sombras iban espesándose, y las llanuras de lava, suavizadas ahora por la claridad de los oblicuos rayos del sol, empezaban a apropiarse los oscuros perfiles de un crepúsculo lunar. La escena era desoladora, grotesca, pero, al propio tiempo, de una rara belleza.

Lentamente, muy lentamente, el sol empezó a hundirse detrás de los picos dorados de las montañas. Lentamente, la enorme bola verde de la Tierra se hizo más y más visible contra un telón de fondo de absoluta oscuridad.

El capitán Harper y sus tres compañeros permanecieron silenciosos en medio de una semioscuridad verdosa cada vez más intensa, contemplando el inexorable curso del sol sobre el áspero paisaje.

Era una escena que recordarían mientras vivieran: el sutil cambio que se operaba en un paisaje petrificado; el lento, impresionante final de su primer día lunar.

 

 

 

Un Problema De Tiempo

Edmond Cooper

 

 

Una delgada franja de luz descendió silenciosamente del negro cielo hacia la llanura de lava casi sin forma y la zona de aterrizaje marcada por un amplio círculo. El cohete permaneció como en suspenso durante un momento, apoyándose en su cola de llama verde. Luego, se cerró el contacto y la llama se apagó.

Los pasajeros y la tripulación, vistiendo trajes especiales contra la presión, descendieron del cohete por una escalerilla de nylon. El tractor les estaba esperando. Cuando se hubieron instalado cómodamente en su largo remolque a prueba de presión, el tractor dio media vuelta y avanzó por encima de un racimo de burbujas de plástico de una milla de extensión.

Cinco minutos después, en el espaciopuerto, ante unas tazas de humeante café, los pasajeros entregaban sus permisos de entrada al oficial de control para ser enviados a sus definitivos destinos.

Entre los pasajeros había un hombre alto, de pelo blanco, cuyo aspecto y edad parecían en desacuerdo con la fotografía y los datos que figuraban en su pasaporte. El oficial de control estaba francamente intrigado.

—Un momento, profesor Reigner. Aquí dice que tiene usted cuarenta y cinco años. Esto…

—Es absolutamente cierto —respondió Otto Reigner con una leve sonrisa—. Anticipándome al posible escepticismo, me he traído también mi partida de nacimiento y una carta que acredita mi personalidad. Aquí están.

El oficial de control cogió los documentos y los examinó cuidadosamente. No cabía duda de que eran auténticos, pero el oficial no quedó satisfecho.

—¿Es reciente esta fotografía?

—Me la hicieron hace tres meses.

—Sin embargo, en ella parece usted veinte años más joven.

—Es cierto —convino Reigner tranquilamente, mientras volvía a introducir los documentos en su cartera de mano. No parecía dispuesto a ofrecer ninguna explicación.

—Pero…

—Si cree usted que soy un impostor, le recomiendo que establezca comunicación con la Tierra. Le sugiero que se ponga en contacto con el Departamento de Cultivos sin Tierra Sección Polar.

El oficial de control no las tenía todas consigo. El nombre de Reigner era bastante conocido en el mundo científico, y no tenía el menor deseo de cometer una torpeza.

—No creo que sea usted un impostor —protestó con evidente apuro—. Pero tengo la obligación de comprobar que los hechos coinciden con los datos.

—Entonces, hágalo rápidamente —dijo Reigner—. Debo presentarme con urgencia en Lunar City.

El oficial de control vio un camino abierto.

—¿Quién le espera allí?

—El Coordinador de Investigaciones Espaciales.

—¿El C.I.E.? Permítame un momento Voy a comunicar con él para decirle que está usted en camino.

Se volvió hacia un pequeño despacho.

—Quedarán muy sorprendidos —dijo Reigner secamente, mientras la sonrisa desaparecía de su rostro— al oír que soy un viejo.

El oficial de control desapareció con un encogimiento de hombros con el cual parecía disculparse. Un par de minutos después salió del despacho con un aire más confiado.

—Le están esperando, profesor Reigner. Hay un taxi lunar aguardándole en la cámara reguladora de la presión ¿Quiere usted acompañarme, por favor?

El cohete-taxi aterrizó en la cámara reguladora oriental de Lunar City. Había recorrido las cincuenta millas que la separaban del espaciopuerto en seis minutos, exactamente.

Al descender del vehículo, Reigner encontró un enviado que le estaba esperando. Fue conducido al cuartel general administrativo por una ancha avenida bordeada de edificios de hiduminio. De pronto se encontró en un vestíbulo, mirando a una puerta que indicaba COORDINADOR INVESTIGACIONES ESPACIALES, mientras su acompañante hablaba con el hombre que había al otro lado.

No tuvo que esperar mucho tiempo.

Reigner oyó que despedían a su acompañante, y luego vio aparecer por la puerta la cabeza del Coordinador.

—¿Quiere usted pasar, profesor?

Tomó asiento en frente de la mesa escritorio del Coordinador y rechazó el cigarrillo que le ofrecía. Reigner se dio cuenta de que estaba siendo sometido a un minucioso escrutinio, y observó al mismo tiempo que el Coordinador Jansen disimulaba admirablemente su sorpresa.

—Es un placer recibir a tan distinguido bioquímico —dijo Jansen amablemente—. ¿Qué puedo hacer por usted?

Reigner fue directamente al grano.

—Probablemente, está usted tan ocupado como lo estaba yo antes de considerar absolutamente necesario venir a verle. De modo que no voy a perder tiempo en circunloquios ¿Cuándo oyó usted hablar por última vez a la Base Estrella Número Tres?

Jansen frunció el ceño.

—¿La Base Estrella Número Tres? En realidad, estamos esperando una llamada en cualquier momento. No hemos recibido noticias en los últimos tres días… cosa nada extraña, desde luego, en período de pruebas. Espero…

—¿Ha tratado usted de establecer contacto desde esta terminal? —le interrumpió Reigner.

—Sí, aunque sin ninguna urgencia. Que yo sepa, no hay ningún motivo para alarmarse. Copérnico tiene cincuenta y seis millas de anchura, y existen instalaciones alrededor de todo el cráter, con una docena de hombres —incluyendo a su hermano—, para manejarlo todo… Ahora, dígame: ¿qué le preocupa?

El profesor Reigner se echó hacia atrás en su asiento.

—Ya no existe la Base Estrella Número Tres —dijo—. No hay allí ningún vehículo espacial… No me pregunte cómo lo sé. Se lo diré a usted cuando hayamos inspeccionado los restos del naufragio.

Jansen no era hombre que reaccionara lentamente. Pulsó un dictáfono y dio órdenes de que prepararan un cohete de inspección. Luego se encaró de nuevo con Reigner.

—¿Qué hay acerca del personal?

—Muerto —respondió Reigner sin la menor emoción—. Han muerto todos. Le mostraré a usted dónde están los cadáveres.

—¿Y su hermano?

—Sí, Max está muerto. Pero no le encontraremos… todavía.

Lo que más impresionó a Jansen fue el tono de absoluta seguridad con que hablaba Reigner. Sin embargo, el Coordinador estaba enterado de que era la primera vez que el profesor visitaba la Luna. ¿Qué podía saber de esta catástrofe de la cual no sabían absolutamente nada en Lunar City?

A pesar de todo, Jansen no dudó ni un solo momento del profesor. Y repentinamente recordó un hecho muy interesante acerca de los hermanos Reigner: eran gemelos idénticos.

El Coordinador tuvo una súbita imagen mental de Max Reigner, un hombre alto, vigoroso, de pelo negro, que aparentaba menos de cuarenta y cinco años. Luego miró con expresión de incredulidad al hombre que estaba sentado al otro lado de su mesa, un hombre de pelo blanco y rostro arrugado; alto, desde luego, pero muy delgado.

Otto Reigner pareció adivinar sus pensamientos.

—Hace tres días —dijo—, yo era veinte años más joven. Le hablaré también de eso. Pero más tarde.

A través del dictáfono llegó una voz:

—El cohete de inspección está listo.

—Gracias. —Súbitamente, Jansen pensó que no se estaba mostrando demasiado hospitalario con un hombre que había recorrido doscientas cuarenta mil millas para verle—. ¿Desea usted descansar un poco antes de que emprendamos la marcha, profesor? ¿Quiere comer algo? Copérnico se encuentra a unas mil doscientas millas de aquí…

Reigner sacudió la cabeza.

—¿Cuánto tardaremos en llegar? —preguntó.

—Unos cuarenta y cinco minutos.

—Estoy viviendo de café y de sedante —dijo el profesor—. Y puedo tomarlos por el camino. Esto es lo que pasa al saltar veinte años de la noche a la mañana.

El cráter ecuatorial de Copérnico estaba bañado en una luz verde. Mientras miraba a través del visor de su capuchón, en tanto que el cohete daba vueltas en círculo a unos mil pies de altitud, el profesor Reigner se congratulaba mentalmente de que aquel resplandor verdoso difuminara los ásperos contornos de las montañas y el desolado paisaje rocoso rodeado por ellas.

Jansen le habló al piloto:

—Aterrice en el campamento principal.. o en lo que ha quedado de él.

El cohete descendió, se inclinó hacia adelante como una bailarina y se posó graciosamente sobre su cola. Jansen empezó a bajar la escalerilla casi antes de que los motores cesaran de rugir. Reigner le siguió torpemente, ya que no se había adaptado aún a la falta de gravedad.

Avanzaron en silencio hacia un pequeño cráter, muy reciente, rodeado por algunas vigas retorcidas y unas planchas de metal que aparecían arrugadas como si hubiesen sido de papel.

Jansen habló a través de su radio portátil.

—Por su aspecto, parece una granada atómica —dijo—. Pero no tenían ninguna.

—No, era una unidad desechada por Azimov —dijo Reigner—. Max la tomó de uno de los cohetes pilotos y modificó el cronometraje. Deseaba asegurarse de que todos los archivos estaban efectivamente destruidos.

—Comprendo. —El Coordinador recogió un trozo de metal y lo examinó—. ¿Qué es lo que sabe usted acerca del viaje espacial de Azimov?

—Únicamente lo que Max me contó.

—¿Mucho?

—Temo que no lo suficiente para que nos sea de alguna utilidad. Me dedico a la bioquímica, no a la física subespacial.

Jansen paseó lentamente alrededor del pequeño cráter contemplándolo con intensa concentración. Reigner se mantuvo a su lado en silencio.

—¿Cree usted que estaba loco? —preguntó súbitamente el Coordinador.

—Deme usted una definición objetiva de la locura, y se lo diré a usted.

La voz de Jansen apenas fue audible, como si estuviera hablando consigo mismo.

—Cinco años es demasiado tiempo. Nadie hace un viaje de cinco años de duración sin sentirse afectado por él. Pero el muy imbécil no quiso regresar a la Tierra, ni siquiera por un par de meses. Siempre estuvo reclamando sobre la obtención de una transición más dos… Y así acabó…

—Acabó con una transición más diez —dijo Reigner tranquilamente—. Pudo haber obtenido más, pero el transmisor se apagó. Entonces comprobó que Azimov, al construir la unidad original, no había tenido en cuenta las consecuencias de romper la barrera de la luz. Según Max, lo único que Azimov se proponía era la obtención de un vehículo que llevara a los hombres a un espacio sin astros dentro del período de tiempo que comprende la vida de un hombre. Hubiera quedado satisfecho con una transición de menos cinco. Al parecer, no se le ocurrió pensar que si podía realmente alcanzarse un tipo de transición con signo más, quedaba abierto el camino para una serie indefinida. Cuando Max alcanzó el más diez, comprendió que el intervalo de transición podía ser alargado hasta convertirse en instantáneo en el infinito… de hecho, hasta que regresaran señales desde todas las partes del cosmos simultáneamente. De este modo, una nave espacial podía viajar alrededor de las galaxias… Literalmente en ningún tiempo.

—¡Diez veces más rápidamente que la luz! —exclamó Jensen—. ¡Desde luego, tenía que estar loco! Suponiendo que lo consiguiera, ¿para qué diablos iba a servirle? ¿Qué puede experimentarse a la velocidad de diez años luz por año?

—La duración absoluta —dijo Reigner—. Sólo puede ser descrita como una inmovilidad dirigida. En efecto, podría caerse a través de la estructura del espacio hasta encontrar un punto de desaceleración previamente establecido. Mientras se descendía de velocidad hasta alcanzar la de la luz, podría emergerse de nuevo al espacio-tiempo. Es decir, se podría regresar al mundo de la realidad, tal como aparece a los que existen a las velocidades por debajo de la de la luz. En el proceso de retorno, podría adquirirse orientación: de hecho, podría escogerse el astro que se deseara y utilizar su velocidad por debajo de la de la luz como una especie de barrera rompedora. El efecto sería como el de un cohete que viera disminuida su velocidad por una atmósfera muy densa… sólo que en aquel caso la atmósfera sería una serie de campos electromagnéticos. Esta era la teoría de Max. Y demostró que era cierta.

El rostro de Jansen estaba completamente oculto por su capuchón, pero su voz tembló de excitación.

—Sólo podía demostrarlo efectuando un viaje a un astro, y aunque hubiera escogido el más cercano, Centauro, no hubiera podido regresar con la prueba antes de un año. A menos que la transición fuera superior a más diez.

El profesor Reigner permaneció silencioso unos instantes. Luego dijo:

—El viaje alrededor de Proción tendría una duración, según creo, de veintiún años-luz. Calcule la transición necesaria para realizar el viaje en cuatro días.

—¿Está usted sugiriendo que…?

—Lamento desempeñar el papel de hombre misterioso, Coordinador; pero tenía que demostrarle a usted que la Base Tres está destruida y que no había en ella ninguna nave espacial, antes de poder confiar en que usted aceptara mi explicación. La verdad es demasiado fantástica para poder exponerla sin pruebas.

Jansen contempló las destruidas instalaciones.

—Me sorprendería que la verdad no fuera fantástica —dijo secamente—. A propósito, ¿dónde están los cadáveres?

Reigner extendió el brazo. A un cuarto de milla del lugar donde se encontraban, junto a los restos de una unidad-vivienda, había un tractor lunar.

—Sabían demasiado. Ayudaron a perfeccionar la nave de Azimov. Vieron cómo alcanzaba una transición más diez en el cohete piloto. De modo que Max tuvo que matarles.

—¡Santo cielo! ¿Por qué?

—Usted mismo ha sugerido la locura, pero la cosa no es tan sencilla. Durante cinco años, Max no pensó en las posibles consecuencias del éxito. Luego, cuando la teoría se convirtió en un hecho, cuando tuvo en sus manos la posibilidad de dar a la humanidad los medios Para conquistar el espacio interestelar —de dominar las galaxias, incluso—, se dio cuenta repentinamente de que el hombre no estaba aún preparado para enfrentarse con tan enormes posibilidades. Desgraciadamente, la nave de Azimov era un secreto que compartía con otros hombres. Si destruía la nave y los cohetes piloto quedaban unos hombres que podrían construir otras. Por eso decidió matarlos. Mientras Reigner hablaba, los dos hombres habían echado a andar hacia el tractor.

—Esto confirma mi suposición de que estaba loco —dijo el Coordinador inflexiblemente—. Un hombre no puede tomar por sí mismo decisiones como esa. No Puede nombrarse a sí mismo juez supremo para decidir lo que es bueno para toda la raza humana… Ha mencionado usted a Proción. ¿Debo entender que tomó la nave para un viaje de prueba? Esto no tiene sentido.

—La última prueba —dijo Reigner—. Por encima de todo, Max era un científico. Tenía que saber sin ningún género de duda que el hombre podía sobrevivir a la transición… y que no había asesinado inútilmente a sus colegas.

—Tenía que saberlo él —gruñó Jansen furiosamente—. Los demás no importábamos nada.

—Esto no es absolutamente cierto —replicó el profesor—. Max tomó un testigo, alguien que podía tener grandes posibilidades de sobrevivir. No deseaba dejarle a usted con un misterio sin resolver.

—¿A qué testigo se refiere?

—A mí —dijo el profesor Reigner.

Habían llegado junto al tractor. En su compartimiento a prueba de presión había once cadáveres, pero la cámara reguladora de la presión estaba abierta. Jansen se asomó al interior y examinó los cadáveres. No presentaban la menor señal de violencia.

—Es conveniente que mueran once hombres para salvar a la humanidad. —Su voz era amarga—. Pero, incluso en el caso de que así fuera, no creo que esos muchachos hubieran apreciado la perspectiva histórica. ¿Cómo lo hizo?

Reigner contempló los cadáveres con expresión sombría.

—Monóxido de carbono —dijo—. Esto fue antes de que Max y yo entráramos en contacto. No creo que sufrieran.

Jansen salió del tractor, cerrando la cámara reguladora detrás de él. Dirigió una mirada preocupada al profesor, pero la luz terrestre, reflejada en el visor de su capuchón, velaba la expresión de Reigner.

—Vamos a aclarar todo esto, profesor. No ha estado usted nunca en la Luna, pero efectuó usted un viaje de prueba en la nave de Azimov. No estuvo usted nunca en la Base Tres, pero lo sabe usted todo acerca de su destrucción. Tiene usted cuarenta y cinco años, pero aparenta más de sesenta. Creo que ha llegado el momento de entrar en detalles…

La espantosa risa de Reigner resonó a través de su radio portátil como un horrible cloqueo.

—Hay otra cosa, Coordinador. La nave espacial tiene que regresar dentro de unas veinte horas. Y se ha previsto que se estrelle aquí, en Copérnico.

A Jensen ya no podía sorprenderle nada.

—Naturalmente que va a estrellarse… ya que de otro modo tendríamos la nave de Azimov perfeccionada. Pero, ¿por qué ha escogido Copérnico? ¿Por qué tiene que regresar aquí?

Reigner habló lentamente.

—¿Puede usted imaginar lo solitario que resulta morir entre los astros? Max no era hombre despiadado, como usted sabe. Los hombres a los cuales mató eran sus amigos, los hombres con los cuales trabajaba y cuyo mundo compartía. Este será su modo de regresar a ellos, de hacer el mismo sacrificio. Y, ¿quién sabe? Puede ser su modo de obtener el éxito.

—Locura total —dijo el Coordinador—. Es la única explicación posible… Y ahora, será mejor que me lo cuente usted todo, desde el principio.

—Es una larga historia. Si ha quedado algo de café a bordo del cohete, creo que me sentará bien. Y usted podrá escucharme más cómodamente.

Los dos hombres dieron media vuelta y regresaron lentamente al cohete de inspección, andando sobre un suelo rocoso y polvoriento a la vez. Las huellas de sus pasos cubrieron las de unos hombres que estaban ya muertos, y de otro cuya distancia sólo podía ser medida en años-luz.

No tardaron en llegar al cohete. Treparon por la escalerilla. La luz verdosa seguía iluminando el cráter de Copérnico: una enorme taza de desolación con algunos fragmentos de metal retorcido esparcidos aquí y allá, como prueba de una tragedia ya petrificada. Y, rodeando todo el lago de polvorientas rocas, un anillo de montañas de perfiles dentados, cargadas con los secretos de un billón de años.

 

Max Reigner y Haggerty, el aparejador electrónico, estaban en la sala de radio esperando que se produjera el punto de encendido. En el exterior de la unidad-laboratorio, el cohete experimental arrastraba su larga y delgada sombra a través del suelo del cráter. El sol había iniciado ya su descenso. Pocas horas después, los ásperos contornos de Copérnico quedarían suavizados por una claridad verdosa. Pero, entonces, el Piloto 7 Mark III ya no estaría brillando como un cigarro metálico en el estéril cráter. Habría superado ya la existencia sub-luz y estaría navegando a una velocidad inimaginable a través de franjas de desierto galáctico. O bien, habiendo fallado en el intento de sobrepasar la barrera de la luz, no sería más que una delgada nubecilla de vapor implacablemente absorbida por algún astro hambriento.

Max Reigner tenía grandes esperanzas en el Piloto 7. La nave de Azimov, Mark III, había sido reconstruida y reestructurada, desde los ejes de diamante al oscilador, y el trabajo de Haggerty en el mecanismo de descarga del núcleo del tomo de hidrógeno pesado había aumentado su eficacia en un 93 por ciento. Pero Max era optimista debido a que la intuición le decía que no quedaban mejoras que introducir, y que ahora sólo tenía dos posibilidades: o bien obtenía una transición superior y en aumento hasta que el transmisor fallara, o bien sabría definitivamente que la técnica de Azimov era una pérdida de tiempo. Y después de cinco años de duro trabajo recompensado solamente por fracasos, Max Reigner seguía teniendo fe en la nave de Azimov. Ahora que había aumentado considerablemente la eficacia del sistema propulsor, el resultado sólo podía ser uno…

Contempló impacientemente la pantalla, en la cual aparecía la arrogante silueta del Piloto 7. Pasados veinte minutos se disolvería en un arco llameante. Se preguntaba cuánto resistiría el transmisor, al tiempo que trataba de escuchar lo que Haggerty estaba diciendo.

El aparejador electrónico estaba desarrollando su tema favorito.

—De modo que tiene que producirse un conflicto. Lo que hace que el mundo siga girando no es el amor, ni es el dinero. Es simplemente el antiguo conflicto de pega y agarra lo que puedas. Tome el dinosaurio; tome el hombre de Neandertal; tome las civilizaciones de Egipto, Grecia y Roma. ¿Qué fue lo que las doblegó? ¿Qué fue lo que las hizo descomponerse y desaparecer? Nada más que un sencillo conflicto. Vamos a darle una base física. Vamos a llamarle ficción. Más pronto o más tarde, todo roza con algo que es más duro. Es una ley básica, Max. El hombre luchando contra fuerzas superiores, la civilización luchando contra fuerzas superiores, las especies luchando contra fuerzas superiores. Todo el cosmos es una conjura organizada contra todo ser viviente individual. Y una vez se ha llegado a la idea de que se está lo bastante civilizado como para vivir sin apelar a aquel dinamismo primitivo, sin arrancarle la cabellera al compañero antes de que el compañero se la arranque a uno, puede uno sentarse y redactar su testamento. Porque se ha llegado a la decadencia. Esta es la situación actual en la Tierra. Todo el planeta se ha ablandado. ¿Sabe usted lo que hace falta para recobrar aquella perdida virilidad?

Max Reigner contempló la imagen del Piloto 7 y se pasó una mano a través de sus negros cabellos. Dijo secamente:

—Tengo mis propias ideas equivocadas, pero no me importaría oír las suyas.

—La nave de Azimov —anunció Haggerty—, con una transición de más de cien.

—Dígame algo mas. Si todos fuésemos redentores aquí, deberíamos saberlo.

—Tome los años al margen de los años-luz —explicó Haggerty, mientras encendía un cigarrillo—. ¿Qué estamos obteniendo? Naves espaciales. Centenares de ellas. Flotas enteras. Girando alrededor de las galaxias en busca de riquezas. Igual que los romanos cuando clavaron sus dientes en África, o los españoles cuando desembarcaron en Méjico, o los ingleses en la India. Vamos a edificar un nuevo imperio. El sistema solar contra el resto. Dentro de cien años, tal vez exista un imperio solar con cincuenta planetas habitables bajo nuestro control. Esta es la clase de reto que puede devolver sus redaños a la humanidad. Y aquí estamos nosotros, para marcar un nuevo hito en la historia. Si el Mark III consigue su objetivo, Hernán Cortés, Alejandro y los demás conquistadores van a parecer niños ingenuos comparados con nosotros.

—Si yo pensara de ese modo —dijo Reigner fríamente—, ahora mismo destruiría los cohetes experimentales. Y me propondría hacer fracasar cualquier otro proyecto espacial Lo malo de usted, Haggerty, es que tiene una mentalidad anacrónica. Lo convierte todo en una jungla, en la cual se lucha únicamente por el poder y la posesión.

—Estamos en la jungla cósmica —gruñó Haggerty— Vaya usted a la selva a buscar cocos, y no vigile a los tigres..

—Estamos en un laboratorio cósmico —replicó Reigner— Estamos aquí para efectuar experimentos y para investigar.. no para pasar el tiempo robándonos los tubos de ensayos unos a otros.

Haggerty se estaba divirtiendo enormemente.

—Usted es un científico. Yo soy el gorila. La Historia está de mi parte. ¿Qué ha ocurrido con cada hermosa invención que nos han proporcionado los caballeros científicos? Que los gorilas se han apoderado de ella para su propio uso, desde las flechas a la desintegración atómica, desde los molinos de viento a la energía solar. Y se apoderarán también de la nave de Azimov. No tardaremos en tener a una cohorte de educados gorilas viajando alrededor de los astros en busca de bananas celestiales. Tal vez yo mismo conseguiré colonizar un millón de acres del Planeta X, u organizar un ejército de coolíes de tres piernas.

Max Reigner miró el reloj, y luego manejó los controles de la pantalla hasta obtener una imagen más nítida del Piloto 7. Una voz se filtró por el altavoz:

—Cinco minutos para el punto de encendido.

El físico miró pensativamente a Haggerty.

—Es usted un cínico de tercera categoría, y un necio de primera. Si ha leído usted algo de historia, sabrá que la clase de piratería que parece admirar tanto estuvo a punto de acabar con el planeta… hasta que la ciencia obligó a los piratas a colaborar o a morir. Y ahora usted desea aplicar el mismo principio de libertinaje a una escala cósmica… ¿Es que la gente como usted es incapaz de aprenderse la lección? ¿No ha pensado que, más pronto o más tarde, los piratas acaban apoderándose de algo demasiado grande para que puedan manejarlo? ¿Y qué ocurriría si usted llegara a esos astros y encontrara a otros gorilas educados con una ciencia mejor detrás de ellos? Les expulsaría usted, supongo, hasta que ellos encontraran su planeta de origen y decidieran colonizarlo. O destruirlo.

—Tres minutos para el punto de encendido —dijo el altavoz.

Haggerty expelió una bocanada de humo y aplastó su cigarrillo.

—La supervivencia de los más fuertes —dijo—. Si ellos son lo bastante fuertes como para aplastarnos, que la suerte les acompañe. Es la ley de la jungla cósmica.

—¡Locura cósmica! Está usted emocionalmente retrasado. Piensa usted en una nave espacial como en un barco pirata galáctico. Para mí es una nave de investigación… un medio de asomarse al exterior y mirar, no de asomarse al exterior y coger lo que se encuentra. Si creyera que este experimento iba a conducir a los astros que vamos a recorrer a una pandilla de piratas, destruiría la nave o a los piratas. Ahora, deje de decir tonterías y ocúpese de su trabajo. Quiero una estrobografía exacta.

—Ahí está —observó Haggerty, echando una ojeada al Piloto 7—. Prototipo Santa María… versión espacial… Ya sabe usted que le aprecio, Max. Es usted una magnífica paradoja. Se cree un científico pacifista, pero en su corazón es usted tan homicida como el resto de nosotros. La única diferencia consiste en que usted mataría por ideas, no por cosas.

—Un minuto para el punto de encendido —dijo el altavoz—. Cuarenta y cinco segundos… treinta segundos… quince segundos… diez, nueve, ocho, siete, cinco, cuatro, tres, dos, uno… ¡cero!

En la pantalla se produjo un súbito resplandor mientras el cohete volátil arrastraba al Piloto 7 fuera de Copérnico. Unos minutos después, cuando se hizo visible el campo G de la luna, el elevador de tensión quedó conectado. Entonces, la unidad de Azimov entró en acción. El transmisor emitía ya a intervalos de un segundo.

Max Reigner contempló el cohete experimental deslizándose silenciosamente como si se arrastrara sobre la llanta de una rueda invisible. Al pasar por encima de las montañas se reflejó en él la brillante luz del sol.

No había nada más que ver. Max se volvió hacia el transmisor y esperó. Seguía emitiendo a intervalos regulares y las cifras empezaron a aparecer en una delgada cinta de papel. Miró a Haggerty, inclinado sobre el radio-estroboscopio como una araña gigante, ajustando cuidadosamente los mandos del aparato, con los ojos clavados en la oscilante aguja roja mientras las oscilaciones quedaban marcadas por una plumilla automática.

En el preocupado cerebro de Reigner empezó a repetirse con insistencia un pensamiento: Los gorilas se apoderarán de esto… Los gorilas se apoderarán de esto… La idea se convertía en una obsesión… en una especie de hechizo hipnótico.

Miró las cifras que iban apareciendo en el transmisor 1.00… 1.00… 1.00… 1.00… 1.00… 1.00… 1.01… 1.01…

Reigner se imaginó que podía detectar el intervalo ligeramente distinto, que podía apreciar audiblemente la diferencia de una centésima de segundo 1.01… 1.01… 1.02… 1.02…

En cuanto las cifras empezaron a cambiar, Max supo que la unidad Azimov estaba operando. Ahora se produciría un brusco salto, mientras el Piloto 7 se despegaba de las velocidades inferiores a las de la luz. O bien se. produciría un elocuente silencio. La última nave experimental se había desintegrado al llegar a 1.70. A más de cien mil millas por segundo en términos de un bloque de espacio-tiempo que no podía ocupar físicamente.

La idea de la comprobación de la velocidad era sumamente sencilla. El Piloto 7 emitía señales a la velocidad de una por segundo. Si las señales se recibían eventualmente a la velocidad de una cada dos segundos. significaría que la nave había alcanzado la velocidad de partida… es decir, la velocidad de la luz. Cualquier aumento posterior en el intervalo demostraría que la barrera de la luz había sido superada y que había sido alcanzada la total inmersión en el espacio. Al llegar a este punto, teóricamente, no habría ninguna crisis física posterior… y nada impediría al Piloto 7 la obtención de una velocidad infinita.

Los gorilas se apoderarán de esto… los gorilas se apoderarán de esto… Los gorilas se apoderarán de esto, pensó Reigner maquinalmente. Y entonces oyó que el transmisor cambiaba a una nota más baja. La diferencia de intervalo era evidente. Las cifras aumentaban sobre la cinta de papel.

1.20… 1.25… 1.31… 1.38… 1.46… 1.54… 1.64…

Los gorilas se apoderarán de esto… Los gorilas se apoderarán de esto… los gorilas se apoderarán de esto. La frente de Reigner estaba empapada en sudor. Sus manos temblaban tanto, que apenas podían sujetar con firmeza la cinta de papel. Las cifras empezaron a bailar ante sus ojos… una rítmica danza salvaje.

—¡La hemos sobrepasado! —exclamó Haggerty.

La aguja roja dio un violento salto y luego permaneció inmóvil. El gráfico dejó desaparecer una cordillera de montañas y se convirtió en una suave parábola.

1.75… 1.86… 1.98… El Piloto 7 superaba las 180.000 millas por segundo. Entonces el transmisor alcanzó el intervalo de dos segundos. Se produjo una especie de vacilación, un repentino cambio de tono. Haggerty dirigió una aterrada mirada a su jefe, y el mismo tiempo el radio-estroboscopio se inmovilizó.

Pero las cifras seguían surgiendo del transmisor.

2.21… 2.35… 2.54… 2.66…

—¡Luz! —rugió Haggerty— ¡Por Jove que lo hemos conseguido! ¡Le hemos pegado fuerte!

—Escuche el zumbador —gritó el físico—. ¡Está empezando a vibrar!

Y seguía aquel condenado hechizo, al ritmo del zumbador:

Los gorilas se apoderarán de esto… los gorilas se apoderarán de esto… Los gorilas se apoderarán de esto…

2.80… 3.01… 3.20… 3.40… 3.61… 3.83… 4.07…

—¡Seiscientas mil millas por segundo! —balbuceó Haggerty—. ¡Santo cielo! ¡Vamos a alcanzar el millón!

—¡Cállese de una vez, estúpido!

La voz de Reigner soltó el exabrupto en tono agudo, que revelaba su propia excitación.

4.32… 4.58… 4.85… 5.13… 5.42… 5.72… 6.03… 6.35… 6.68… 7.02… 7.37… 7.75… 8.14… 8.54… 8,95… 9.37… 9.80… 10.24… 10.69… 11.15… Silencio. El zumbador interrumpió repentinamente sus gemidos. El transmisor enmudeció.

Con el rostro pálido, Reigner se dejó caer hacia atrás en su asiento, sin atreverse a hablar.

—Una transición más diez —murmuró Haggerty—. Dos millones de millas por segundo. ¡Santo cielo, dos millones de millas por segundo! Dadme unas alas y llamadme ángel… Hemos abierto un agujero a través del espacio. Dentro de diez años tendremos una flota de naves como ésa… zumbando alrededor de la galaxia. —Su voz se hizo más firme y más alegre—. ¡Arriba el viejo imperio solar… y tres hurras por los caballeros científicos!

Reigner no dijo nada. Permanecía hundido en su asiento mirando hacia adelante con ojos que no veían nada. Pero su mente estaba llena de la visión del Piloto 7 viajando a través del vacío subdimensional. Y sentado en su interior, con una sonrisa estereotipada en el rostro, había un gorila de pecho hinchado.

De pronto, el cuarto se llenó de hombres. Miraron a Reigner con una expresión de curiosidad, y luego oyeron el dramático relato de Haggerty acerca de la transición alcanzada y de sus consecuencias técnicas. Al cabo de un rato, Reigner volvió a la vida. Escuchó las felicitaciones; permitió que estrecharan su mano, que palmearan su espalda; esbozó una vaga sonrisa y murmuró palabras que no tenían ningún significado para él.

Apenas se dio cuenta de que le llevaban hacia la unidad-vivienda, que descorchaban unas botellas, que se pronunciaban unos brindis. Luego, Haggerty, con un brillo irónico en la mirada, pidió que pronunciara unas palabras.

Reigner hizo un esfuerzo para recobrar el dominio de sí mismo y empezó a hablar. Y mientras hablaba, su mirada se paseó por el círculo de rostros conocidos que le rodeaban. Parecía estar buscando algo… algo que sabía que era imposible encontrar.

Los hombres de la Base Tres, mirando a su jefe, vieron en el extraño brillo de sus ojos una visión de la expansión solar, el sueño de una nueva civilización espacial… quizás, incluso, la etapa final de un sector unificado de la galaxia controlada por los benévolos déspotas de la Tierra. Todo esto y mucho más sería posible utilizando la nave de Azimov perfeccionada, y unos nuevos exploradores podrían intentar la pacificación de otras formas de vida en otros planetas, en nombre del progreso.

Pero los ojos de Reigner sólo brillaban a causa de las lágrimas. No habría ninguna gran carrera espacial, ningún Klondike celeste, ninguna estampida de gorilas educados para saciar su avaricia terrestre en mundos distantes.

Miró tristemente a aquel pequeño círculo de hombres… hombres que habían trabajado con él durante meses, en algunos casos durante años, en la nave de Azimov. Hombres que habían compartido su fe. Los hombres a los cuales tenía que matar.

Reigner se acusó a sí mismo mentalmente de ser más científico que humano; de ser un especialista, y, por consiguiente, un idiota listo; de concentrarse en los medios, olvidando completamente los fines. De no haberse dado cuenta de que la humanidad era todavía una torpe adolescente.

En cuanto pudo, escapó de la alegría general y se dirigió a su dormitorio. Se tendió en su camastro, cerró los ojos y trató de descansar. Pero el sueño, cuando llegó, no le aportó ningún alivio: únicamente las imágenes simbólicas de lo que necesitaba olvidar.

Reigner se despertó cuando todos dormían. Encendió la lamparilla de su camastro, miró el reloj y pudo comprobar que había estado durmiendo seis horas. La realidad de lo que había conseguido —ya que, fundamentalmente, el éxito le pertenecía a él— apareció ante sus ojos. Y con ello, el conocimiento de las consecuencias.

Deseaba un plazo, pero no había ninguna necesidad de plazos. No cabía ninguna excusa. De hecho, si tenía que hacer algo debía hacerlo rápidamente. Tendría que haber establecido ya contacto con el Coordinador Jansen, de Lunar City, y comunicarle los resultados. El silencio de la Base Tres provocaría la natural ansiedad en Lunar City. Y podían enviar a alguien a enterarse de lo que ocurría.

Tampoco la nave espacial ofrecía ninguna excusa para un retraso. Había permanecido pacientemente sentada sobre su cola en el desolado cráter durante más de quince años… desde que Conrad Azimov se había llevado la nave gemela para un viaje que había terminado en silencio. Reigner sabía por qué no había regresado Azimov. La nave se había desintegrado mucho antes de alcanzar la velocidad de transición. Pero ahora, la nave original había sido reemplazada por un Mark III, idéntica a la que había operado con éxito en el Piloto 7. Lo único que tenía que hacer era subir a bordo cerrar la portezuela de entrada y poner el motor en marcha.

Analizando la situación mientras permanecía tendido en su camastro, en la semioscuridad, Max Reigner se sintió súbitamente tranquilo… más tranquilo de lo que había estado nunca. Escuchó la pesada y rítmica respiración de los otros y decidió su plan de acción.

Al cabo de un rato se levantó sin hacer ruido y se acercó a la puerta, andando de puntillas. En la antecámara, se colocó el traje especial contra la presión y a continuación se encaminó a la cámara reguladora de la presión.

Unos segundos más tarde salía de la unidad-vivienda y quedaba a solas bajo el negro cielo salpicado de estrellas. El sol había desaparecido totalmente, dejando sólo un resplandor verdoso que daba a las montañas de Copérnico una extraña sensación de movimiento durante la prolongada oscuridad lunar.

Reigner contempló un momento las estrellas y luego echó a andar con paso decidido sobre el suelo rocoso, en dirección al laboratorio químico. No tardó en regresar con dos cilindros de gas sobre un pequeño remolque. Los llevó hasta la cámara reguladora de la presión y los entró uno tras otro, cerrando después la puerta exterior. Entonces alzó ligeramente su capuchón de modo que pudiera oír.

Con grandes precauciones llevó los dos cilindros al dormitorio. Se quedó unos momentos en pie, escuchando, hasta convencerse de que no se había despertado nadie. Entonces desenroscó los tapones de los cilindros. El monóxido de carbono empezó a fluir con un penetrante silbido, pero ninguno de los hombres se movió. Al cabo de un par de minutos, Reigner salió de la estancia, cerrando la puerta.

Durante las horas que siguieron, Max Reigner prosiguió sus trabajos de demolición con gran energía, sin tomarse un descanso y sin permitirse pensar. Todo lo que había en Copérnico debía ser destruido… a excepción de la nave espacial. Todos los informes acerca de la técnica de Azimov y de las penosas investigaciones que habían conducido a su perfeccionamiento debían desaparecer para siempre.

Reigner tomó un tractor individual y dio la vuelta al cráter, ocupado en su tarea de destrucción. En cada laboratorio, en cada taller, en cada almacén, utilizó los materiales que le vinieron a mano: combustibles volátiles, explosivos sólidos, viejos motores de cohete e incluso una pareja de unidades Azimov Mark II. En la central eléctrica aplastó los mandos de los generadores atómicos, y apenas había salido de ella cuando todo el edificio quedó envuelto en llamas.

Sólo quedaba en pie un grupo de edificios: el dormitorio y la unidad-vivienda. Reigner dio media vuelta al tractor y emprendió el camino de regreso a toda velocidad. Su trabajo de destrucción le había obligado a recorrer más de un centenar de millas.

De repente, la nave espacial se recortó contra el horizonte: una alta y delgada columna aullando ominosamente hacia arriba, hacia el amplio espacio lleno de estrellas. Reigner pasó junto a la nave sin detenerse. Le quedaba un acto final de destrucción antes de que pudiera emprender el viaje definitivo… antes de que pudiera efectuar la prueba final de la nave de Azimov y comprobar si un ser humano podía sobrevivir a la transición.

Una idea repentina penetró en su cerebro. ¿Habría matado en vano? Supongamos que era imposible para los tejidos vivientes sobrevivir al gran salto… Supongamos que los astros no pudieran estar nunca amenazados por la invasión de educados gorilas…

Pero, en lo íntimo de su corazón, Reigner no creía en el fracaso, ni siquiera llegaba a aceptarlo como posible. No cabía duda de que el vuelo espacial resultaría traumático; pero el hombre había aprendido a enfrentarse con el trauma, había aprendido a sobrevivir a través del mayor de todos los traumas: el nacimiento. Y esto sería también una especie de nacimiento.

El tractor se detuvo. Reigner vio que su propia mano había detenido el motor. Comprobó, sorprendido, que había regresado al dormitorio. Descendió del tractor y se dirigió a la cámara reguladora de la presión. Después de cerrar la puerta, se quitó maquinalmente el capuchón.

Ahora no se percibía ningún sonido de respiración. Ni el mortal silbido del monóxido de carbono. Los cilindros estaban vacíos. Los cuerpos permanecían tendidos en sus camastros, completamente inmóviles. Reigner empezó a notar una alarmante pesadez y se apresuró a ponerse de nuevo el capuchón. A continuación trató de encender la luz principal, y sólo al ver que no funcionaba recordó que había destruido la central eléctrica. Cogió la linterna que colgaba de su cinturón y se acercó a los camastros para examinar a los muertos.

Ninguna señal de lucha. Los cadáveres mostraban una expresión de paz. Como si continuaran durmiendo. Reigner contempló el cadáver de Haggerty: los ojos cerrados, los labios cerrados… aunque en ellos seguía reflejándose aquella condenada sonrisa.

Reigner había decidido destruirlo todo, pero no pudo hacerse a la idea de destruir también los cadáveres. Mientras los sacaba fuera y los montaba en el tractor, uno a uno, se preguntó a qué era debida su repulsión.

Estaban muertos, y nada peor podía ocurrirles. Nada podía importarles que hicieran pedazos sus cuerpos o que los conservaran como momias en el vacío lunar. Trató de recordar si había creído en los fantasmas alguna vez. Al final, la obra de demolición quedó terminada. Con la destrucción del dormitorio y de la unidad-vivienda, la Base Tres quedó completamente eliminada. Todo lo que quedaba de una estación experimental basada en la proposición de que el género humano alcanzaría las estrellas, era un par de tractores, once cadáveres, una nave espacial y un hombre que había escogido el más rebuscado sistema de suicidarse que imaginarse pudiera.

Dentro de muy poco, sólo quedarían los tractores y los cadáveres, envueltos en un impenetrable capullo de silencio.

Max Reigner empezó a andar hacia la nave espacial. Había bastante distancia, y podía haberse llevado el tractor. Pero prefirió andar. Deseaba sentir el duro suelo bajo sus pies. Por encima de todo, hubiera dado algo —de haber podido dar algo— para quitarse el capuchón y respirar una vez más el vivificante aire de la Tierra. Mientras andaba, contempló los lechos de lava teñidos de verde, las verdes montañas de Copérnico; y trató de suavizar sus duros perfiles, en su imaginación, con césped y árboles, y con la casi olvidada belleza de los ríos.

Llegó a la nave demasiado pronto, sabiendo que de todos modos siempre hubiera sido demasiado pronto. Mientras subía a bordo, empezó a preguntarse cuánto tardarían las otras dos bases astrales de la luna en interesarse por el proyecto Azimov.

¿Veinte años? ¿Cincuenta? ¿Un centenar? Era difícil saberlo, ya que tenían distintas líneas de aproximación. Ellos trabajaban todavía con métodos atómicos. Nadie sino Max Reigner había tenido suficiente fe en la técnica de Azimov para perder el tiempo en los por qué y los motivos de una incomprensible transición. Los matemáticos se habían echado a reír y habían dicho que la cosa era teóricamente posible, pero… Los físicos convencionales se limitaron a encogerse de hombros.

Conrad Azimov había sido un loco; lo mismo, al parecer, que Max Reigner. Si deseaba cazar una sombra, nadie trataría de impedírselo; pero tampoco le ayudarían. Lo cual era uno de los motivos de que en la Base Tres hubiera únicamente once ayudantes, mientras las otras bases contaban con un mínimo de cincuenta. La Administración podía permitirse el lujo de perder cierta cantidad de dinero… pero no demasiado.

Cerrando la puerta de entrada detrás de él, separándose finalmente del mundo que comprendía tan pocas cosas, Reigner llegó a la conclusión de que podían transcurrir perfectamente cien años antes de que los seres humanos intentaran con éxito lo que él se disponía a hacer.

¿Eran suficientes cien años para que los educados gorilas hubieran renunciado a su juego de egoísmos? Reigner no lo sabía. Lo único que podía hacer era confiar en que la respuesta fuera afirmativa.

Entró en el cuarto de navegación, cogió un mapa espacial, cerró los ojos y apoyó un dedo al azar sobre el mapa. Procyon. Una estrella cercana. Sintió una absurda alegría.

Se entregó a profundos cálculos, trabajando con el computador y el piloto automático. Al final notó una gran flojedad en las rodillas, y diagnosticó que estaba hambriento.

Se dirigió a la despensa y cogió algunos alimentos, que comió sentado delante de una mirilla de observación, contemplando fijamente las sombras verde-agrisadas de Copérnico. No parecía encontrarle el menor gusto a lo que estaba comiendo, pero de revente cesaron los aguijones del hambre. Y esto era suficiente.

Regresó al cuarto de navegación y se sentó ante el tablero de mandos. Contempló por espacio de unos segundos la profusión de iluminados instrumentos, y acabó escogiendo un pulsador rojo. Lo apretó con fuerza, y los motores de la nave empezaron a roncar.

Había creído que la transición sería una especie de burbuja helada de oscuridad, o un torbellino que le arrastraría más allá de toda sensación. Había creído que la existencia sub-espacial implicaría la negación de toda sensación, incluso de toda percepción. Estaba equivocado.

La transición era el paralelo cósmico del amanecer: una luz grisácea que iba en aumento, impregnando toda la nave, emanando de las moléculas que, al cruzar la barrera de la luz habían renunciado a su propia realidad y se habían convertido en simples sombras de un organizado patrón de energías.

La transición era una ondulación, un estremecimiento: como las ondas que recorren la superficie de agua de una charca cuando algo la agita. Era una rítmica inmovilidad, una danza de inmovilidad, las aguas en calma debajo de un agitado mar de años-luz.

La transición era una armonía de recuerdos y, por encima de todo, era la absoluta soledad. La prolongada visión de ensueños recordados.

La nave espacial, una cáscara sin sustancia, una ciudadela de inmovilidad en movimiento, había pasado limpiamente a través de la barrera del espacio-tiempo. Lo único continuo, ahora, era un brillante amanecer gris, una falta de movimiento en la suave caída a la existencia.

Reigner estaba ahogándose. El torrente gris giraba en remolinos a su alrededor, balanceando todos los fragmentos de su vida en el repentinamente agudo caleidoscopio del recuerdo.

Y, dominando la sucesión de cuadros —el espejeo de la infancia, las extrañamente vívidas ficciones de su vida en la Tierra—, estaba el rostro de un desconocido familiar.

¿Su propio reflejo? No. Había una sutil diferencia. Una vaga confusión. El misterio le atormentó hasta que, con una sensación de sorpresa, se dio cuenta de que era el rostro de su hermano.

Era la primera vez que había pensado en Otto desde que el Piloto 7 había despegado de Copérnico. En todos sus pensamientos. en todos sus cálculos, Otto había sido una mancha invisible.

Pero ahora el rostro se hacía más claro, más real. Incluso más real que el propio Max. Era como si él, Max, hubiera empezado a borrarse a medida que la realidad de Otto iba en aumento. Como si él, la nave espacial y la propia transición se hubieran convertido en un simple sueño, retrocediendo a través de la barrera de la luz a un mundo de espacio-tiempo, y a través de ella, a través de un ultra-dimensional reino de telequinesis, a la receptiva oscuridad de otra mente.

Con esfuerzo, Max trató de recordar la teoría psicológica de la empatía en relación con los gemelos y los supergemelos. Pero el esfuerzo le resultó excesivo. Se interponía en la creciente realidad de Otto. No era una cosa para analizar muy de cerca a la sobrenatural claridad de un extraño amanecer.

De modo que Max esperó, tratando de no creer que podía ahogarse. Tratando de convencerse a sí mismo de que el torrente gris del amanecer, el remolino de aislamiento, desaparecerían en un momento dado.

Y, aguijoneado por la absoluta soledad de la transición, se esforzó desesperadamente por encontrar una compañía, proyectó un testigo en el primer viaje estelar…

 

El Coordinador Jansen miró fijamente al hombre que estaba en frente de él sorbiendo tranquilamente su café.

—De modo que usted pretende que fue simplemente cuestión de ponerse en rapport…

—Yo no he utilizado la palabra simplemente —dijo Otto Reigner. Vaciló—. Creo que se trata de una especie de resonancia, no limitada por el tiempo ni por el espacio.

—Diablo, la nave espacial no estaba en el tiempo ni en el espacio —replicó Jansen en tono irritado—. ¿Está usted tratando de decirme que esa clase de telequinesis puede actuar a un nivel sub-espacial?

—¿Y por qué no? —dijo el profesor Reigner—. Tome la precognición, por ejemplo. Es un hecho científicamente comprobado. Personas dotadas de esa facultad han sido capaces de predecir el futuro en condiciones rigurosamente controladas. Ahora bien, ¿dónde está el acontecimiento en el momento de la predicción? No está en el espacio, ni está en el tiempo. Tiene aún que surgir.

—¿Del sub-espacio? —preguntó Jansen con escepticismo.

—Posiblemente; yo no lo sé. Lo único que digo es que tiene que haber alguna condición de existencia a un nivel que nosotros no podemos percibir normalmente.

El Coordinador miraba pensativamente a través de la cúpula de observación del cohete, como si las mudas rocas de Copérnico pudieran confirmar o negar tan fantástica explicación.

Finalmente, dijo:

—No tiene objeto que sigamos perdiendo nuestro tiempo aquí. Será mejor que regresemos a Lunar City. Puede usted contarme el resto de la historia por el camino.

—¿Qué hay acerca del regreso de la nave espacial? —preguntó el profesor.

En los labios de Jansen se dibujó una débil sonrisa.

—Creo que usted dijo que tardaría unas veinte horas. Bien, estaremos aquí para recibirla… suponiendo que no se haya estrellado. ¿Por qué está usted tan seguro de que va a regresar?

—Porque fui testigo de los cálculos del viaje —respondió el profesor.

El Coordinador se encogió de hombros. Habló con el piloto a través del teléfono interior y le dio instrucciones. Luego se volvió al profesor Reigner.

—Ahora podrá contarme usted el resto de la historia, especialmente lo que afecta a su implicación en ella. Desde luego, esa teoría psíquica resulta algo difícil de tragar. Se hace usted cargo, ¿verdad?

—Y tan difícil… —fue la seca respuesta—. Como puede usted ver, a mí me ha envejecido considerablemente.

Una leve vibración indicó que el cohete se alzaba suavemente. Copérnico quedó rápidamente atrás. Mirando a través del tablero de observación, el profesor vio solamente una oscilante masa de estrellas. Notó un frío absurdo y empezó a tiritar.

 

El Aula Quinta de la Universidad Byrd, en la Zona Internacional de la Antártica, estaba llena hasta los topes. El profesor Otto Reigner había dado principio a su conferencia.

Su juvenil figura contrastaba extrañamente con un grave y ocasionalmente pomposo modo de hablar, y no siempre resultaba fácil identificarle como el hombre encargado de transformar la Antártica en una de las grandes zonas del mundo productoras de alimentos.

El auditorio —principalmente jóvenes ingenieros, bioquímicos y médicos— escuchaba con respetuosa atención.

—Con una población de cuatro mil millones de seres —estaba diciendo el profesor—, sería estúpido por nuestra parte esperar que el suelo de este planeta respondiera a nuestras necesidades de un modo adecuado e indefinido. Todos ustedes conocen la hostilidad popular a los cultivos sin tierra. No necesitamos ocuparnos de esto ahora…

Hizo una pausa. Pareció tambalearse, y súbitamente se llevó una mano al pecho.

El auditorio se inclinó hacia adelante con aire de expectación. Se oyeron unas exclamaciones ahogadas. Pero el profesor se recobró rápidamente y siguió hablando, como si nada hubiese ocurrido.

—Para mí, es suficiente mencionar que una gran propaganda y una campaña educativa van a enfrentarse con el problema de esa hostilidad, que no tiene sentido…

Otra pausa. Reigner se tambaleó como si estuviera borracho y se agarró al respaldo de una silla para no caer.

El aula se llenó de murmullos. Los que ocupaban las primeras filas se pusieron en pie, con la vaga idea de prestar ayuda al profesor, pero éste había vuelto a recobrarse con gran rapidez y con un gesto de la mano les obligó a sentarse de nuevo.

—De todos modos, la hostilidad general a los cultivos sin tierra y a otros métodos revolucionarios de producción de alimentos tiene muy poca importancia. A medida que la población aumente, descubriremos que el hambre es un gran destructor de prejuicios. Por lo tanto, deseo… deseo… concentrarme en…

El rostro del profesor estaba mortalmente pálido. Súbitamente, se derrumbó sin sentido. Antes de que llegara a tocar el suelo, un médico había corrido hacia él.

Después de un rápido examen, el profesor Reigner fue colocado en una improvisada camilla y conducido a una pequeña sala de descanso. Allí permaneció inconsciente durante dos horas y cincuenta minutos. Los médicos no pudieron encontrar nada anormal en un reconocimiento preliminar; todas las respuestas fueron normales.

Pero, mientras discutían entre sí, y aplicaban los más complicados tests cardíacos y cerebrales, se estaba produciendo un lento e incomprensible cambio.

La pigmentación de Reigner se estaba alterando. Su epidermis iba poniéndose fláccida. Su pelo negro se convertía imperceptiblemente en gris, y luego en blanco. Y mientras la mayoría de los médicos parecían paralizados por aquella increíble aceleración del proceso de envejecimiento, uno de ellos hizo otro interesante descubrimiento: el profesor Reigner estaba perdiendo peso rápidamente.

Eventualmente, el profesor recobró el conocimiento. Al principio se negó a creer que había estado sin sentido menos de tres horas. Pero los hechos eran ineludibles.

El profesor Reigner se miró en un espejo, sonrió débilmente y dijo:

—Ahora, caballeros, ¿será alguno de ustedes tan amable como para reservarme una plaza en el próximo cohete a la Luna?

Creyeron que se había vuelto loco. Deseaban saber qué había detrás de todo aquello. Trataron de establecer una relación entre un desfallecimiento psicosomático y el impulso a ir a Lunar City. El profesor Reigner no les aclaró nada. Se limitó a repetir su petición con creciente ansiedad.

Los médicos terminaron por capitular, pero trataron de obligarle a aceptar un compañero de viaje, sugiriendo la posibilidad de un nuevo ataque.

El profesor se negó en redondo. No habría más ataques. Estaba seguro de ello.

Y dado que su prestigio en el mundo científico era enorme y dado que ninguno de los médicos se atrevió a expresar lo que sentía, el profesor Reigner obtuvo su reserva en el cohete lunar.

Mientras se dirigía hacia el espaciopuerto, el proceso de envejecimiento continuó.

 

La grisácea luz de amanecer de la transición se hizo más brillante a través de la rielante nave espacial. El tablero de mandos, todo el cuarto de navegación, parecía oscilar lentamente entre la existencia y la no-existencia. Max Reigner sólo podía esperar y confiar.

Pero ahora había algo más real que el propio viaje espacial, algo que provocó una risa demencial en Max, casi a punto de efectuar su propia siniestra transición. Había… comunicación. La transparente forma de Otto Reigner se iba convirtiendo rápidamente en opaca, adquiría rápidamente una ilusión de sustancias. Contemplándola, fascinado, Max vio el movimiento de los labios. No oyó ningún sonido, pero las palabras penetraron claramente en su cerebro.

Y luego notó la corriente de ideas, la ola recíproca de imágenes pasando entre su propia mente y la de su hermano.

Max transmitió imágenes de la Base Tres; del Piloto 7 despegando de Copérnico; de la idea de Haggerty de un imperio solar; de las cifras surgiendo del transmisor; de sí mismo transportando el cilindro de monóxido de carbono al dormitorio; de su tarea de destrucción; y de la nave espacial viajando hacia la transición.

La respuesta de Otto significó comprensión y una extraña piedad. Luego formuló una nueva pregunta.

Max respondió con una imagen de Procyon.

Otto transmitió la aceptación. Luego trazó un cuadro del aula de conferencias de la Universidad, de sí mismo en la tribuna; de su repentino colapso. Max sintió ansiedad, una ansiedad culpable. Otto replicó con confianza y curiosidad. Caminó alrededor del cuarto de navegación, examinando la nave espacial mientras Max permanecía derrumbado en su asiento… aunque ya no estaba solo. Súbitamente, Otto se dejó caer en otro asiento y esperó con aire de expectación.

Con un esfuerzo, Max dirigió una mirada al cuadro de mandos. Todo seguía envuelto en una claridad borrosa, pero Max tuvo la impresión de que el indicador se movía hacia el punto de desaceleración. Y entonces, la claridad grisácea se hizo insoportable. Cerró los ojos, pero la claridad pareció penetrar en su cuerpo, pareció deslizarse agonísticamente hasta su cerebro.

La claridad se convirtió en un retumbar de trueno: trueno de luz estallando en la nave. Hasta que pareció que la masa de irradiante energía iba a romperlo todo.

Luego, súbitamente, no hubo más que oscuridad. El extraño mundo ondulante de la transición produjo una enorme agitación final. Luego estalló como un alambre tenso hasta el punto de romperse. Y sólo quedaron el negro infinito del espacio, el remoto tapiz de estrellas y una nave que parecía ser el centro inmóvil de un universo que giraba lentamente.

Pasó un largo rato antes de que Max Reigner abriera los ojos. Entonces se puso en pie pesadamente, miró con una expresión de incredulidad los contornos ahora sólidos del cuarto de navegación y se dirigió, tambaleándose, a la mirilla de observación más próxima.

Las constelaciones se habían desviado ligeramente, pero el paisaje espacial seguía siendo el mismo. Sin ninguna dificultad, Max reconoció a Betelgeuse, a Aldebarán, a Sirio…

Directamente en frente de él había un extraño sol, blanco y brillante. Calculó que estaba a unos veinticinco minutos-luz de distancia, y se sintió invadido por una sensación de victoria. Incluso a través del opaco cristal plastificado, su brillo era demasiado intenso para que la vista pudiera soportarlo. No cabía duda acerca de su identidad.

Procyon.

Se volvió para encontrar a Otto de pie a su lado. Y abrió la boca para hablar. Las palabras se convirtieron en sonidos llenando la nave espacial con su significado.

 

—Fantástico —dijo el Coordinador Jansen—, absolutamente fantástico. Lo malo del caso es que le creo a usted. En realidad, estoy obligado a creerle. De no ser así…

Se interrumpió, con aire de impotencia, y contempló a Otto Reigner, que seguía sorbiendo su interminable café, como si temiera verle desaparecer de un momento a otro.

Estaban en casa de Jansen, en Lunar City, y el profesor daba fin a su relato rodeado de cierta comodidad. Incluso durante el corto espacio de tiempo transcurrido desde su llegada a la luna, el profesor Reigner parecía haber añadido unos cuantos años más a su aspecto. El Coordinador empezó a preguntarse si se trataba de simple fatiga, o si el proceso seguía actuando. En este último caso, se preguntó cuánto duraría Reigner, cuanto tiempo transcurriría antes de que la senilidad se apoderase de él y su mente y su cuerpo empezaran a degenerar.

El profesor pareció adivinar sus pensamientos.

—No mucho tiempo —murmuró—. El esfuerzo ha sido demasiado intenso. Mi metabolismo ha empezado a descomponerse. Este fue el segundo de los motivos por los cuales deseaba llegar aquí lo más rápidamente posible.

—¿El segundo? Entonces, ¿cuál fue el primero? —se apresuró a preguntar Jansen.

—Deseaba presenciar el regreso. Hasta cierto punto, esto completaría la cosa.

El Coordinador permaneció unos momentos en silencio. Luego dijo bruscamente:

—¿Qué me dice de los planetas? ¿Había alguno… o no tuvo usted tiempo para dedicarlo a la observación?

—Dos —dijo el profesor—. Max hizo un cálculo provisional y dijo que tenían que haber por lo menos cuatro. Conseguimos localizar dos con el telescopio manual.

—¿Pudieron apreciar algún detalle?

—No. Uno de ellos tenía un vago parecido a Marte, pero con más oxígeno. Supongo que es inhabitable. O tiene alguna forma de vida compleja y específica.

Jansen no pudo disimular su exasperación.

—¿Por qué diablos ha tenido que tomar decisiones en nombre de todos nosotros?

—¿Se refiere usted a Max? Ya le he hablado de sus motivos.

—No son válidos. Son falsos.

Reigner sonrió débilmente.

—Eran válidos para él. Cuando los hombres puedan comprender los motivos de individualistas como Max, posiblemente estarán preparados para viajar a otros sistemas planetarios Antes, no.

—¿Está usted de acuerdo con él?

—Un poco. Sólo que yo me doy cuenta de la inutilidad de querer ponerle un freno a la historia.

Jansen empezó a pasear arriba y abajo.

—Supongo que es definitivo… me refiero a la pérdida de la nave espacial. ¡Si pudiéramos recoger la unidad Azimov!

El profesor Reigner se sirvió más café.

—Cuando estábamos trabajando en los cálculos para el viaje de regreso, Max se estaba muriendo. Lo sabía él, y lo sabía yo. El esfuerzo había sido demasiado intenso… no en lo que respecta a la transición en sí, sino en todo lo demás. El esfuerzo de obligarse a sí mismo a matar a once hombres, a destruir la base, y luego el esfuerzo final de psicoproyección. Pero, de todos modos, la transición es algo con lo cual no puede enfrentarse un hombre solo.

—¿No murió realmente mientras usted estaba allí? —insistió Jansen.

—No hubiera sido posible —dijo el profesor—. Max me estaba controlando a mí. ¿Cómo podía haber estado proyectado con un control muerto?

—De modo que no presenció usted su muerte…

—No. En el momento en que nos disponíamos a regresar de la transición, Max estaba demasiado débil para retenerme.

—Entonces, es teóricamente posible que su hermano modificara sus planes —observó el Coordinador en tono de esperanza.

—No durante la transición… y creo que ésta acabó con él.

—Pero, más tarde, si sobrevivió…

—Si hubiera sobrevivido —le interrumpió el profesor con aire fatigado—, sería posible. Pero, ¿a qué conduciría? ¿Por qué invalidar sus propios motivos?

Jansen se encogió de hombros.

—La lógica de todo este asunto está por encima de mi capacidad de comprensión. Sólo me queda la esperanza de que exista una posibilidad entre un millón.

Otto Reigner se puso en pie y se pasó una mano por los ojos. Durante unos momentos pareció incapaz de ver las cosas con claridad. Luego se recobró, con un evidente esfuerzo.

—Ya es hora de que regresemos a Copérnico —dijo—. Y espero que no sea demasiado tarde.

 

La oscuridad era todavía la oscuridad del espacio estelar, pero no tardaría en haber otra oscuridad, interminable, impenetrable…

A popa, el blanco globo de Procyon empezó a brillar con un rojo mate a medida que la nave espacial avanzaba hacia la transición. De repente, la rojez se intensificó, esparciéndose hacia las otras estrellas y a través de las constelaciones. Súbitamente, la nave pasó con suavidad a su velocidad de llegada.

Max Reigner permanecía hundido en su asiento, manteniendo los ojos abiertos gracias a un enorme esfuerzo físico. Se preguntó si podría resistir hasta la transición.

La figura de Otto estaba volviendo ya a la transparencia. Muy pronto, Max no podrá ya cogerle. Muy pronto, volvería el terrible aislamiento… un breve preludio para la eternidad.

Unas imágenes chocaron en su mente y se dio cuenta de que Otto estaba utilizando la corriente de pensamiento para transmitir un aviso de su inminente partida y preguntar si había algo que Max deseaba que hiciera cuando regresara a la Tierra. si es que regresaba.

Max trató de pensar. Tenía que haber algún mensaje, alguna decisión. Pero nada parecía ya importante. Nada que él pudiera recordar.

Transmitió una negativa, acompañada de pensamientos de gratitud y de despedida, todo ello mezclado extrañamente con imágenes de la infancia, y compartidas aventuras en un mundo de ensoñadora realidad.

Repentinamente, Otto transmitió una impresión de Lunar City, y luego una interrogación.

Max tuvo un raro impulso: comunicar las modificaciones introducidas a la nave de Azimov. Pero inmediatamente se recriminó a sí mismo por su debilidad; además, sabía que no quedaba tiempo. Transmitió una respuesta que no significaba nada concreto: Diles lo que sabes.

La respuesta de Otto fue afirmativa. Entonces empezó a construir otra imagen. Pero la imagen se negaba a tomar forma en el cerebro de Max. Se alejaba, irreconocible. Esperó que Otto efectuara otra tentativa. Pero ésta no se produjo.

Vagamente, Max dirigió una mirada circular al cuarto de navegación. Allí no había nada que ver. Sólo aquel extraño resplandor. Sólo la grisácea luz de amanecer de la transición.

 

El cohete de inspección estaba dando vueltas alrededor de Copérnico a cinco mil pies de altitud. La claridad verdosa hacía que el lecho de lava pareciera un verde lago.

Las miradas inexpresivas del Coordinador se repartían entre el cráter y el firmamento.

—Esta es la vuelta número catorce —dijo—. Ni rastro de nave espacial. Si hay un error de tiempo, ¿cuál cree usted que debe ser la probable magnitud?

El profesor Reigner ignoró la pregunta.

—Llegará —dijo.

Pero Jansen no compartía su fe. Después de tres horas de ansiosa espera, empezaba a sentirse un poco defraudado.

Con un suspiro, el piloto del cohete se aprestó a iniciar la vuelta número quince, preguntándose hasta cuándo duraría aquello.

Y entonces llegó. Todos lo vieron en el mismo instante: una flecha luminosa curvándose suavemente en el espacio. Visible a más de cien mil pies, tardó casi dos minutos en llegar a la altura del cohete de inspección. La nave espacial pasó a una distancia de cinco o seis millas, en un lento arco que se extendía hacia el segmento septentrional de Copérnico.

—¡Santo cielo! ¡Va a aterrizar! —gritó el Coordinador—. ¡Sígale! —le ordenó al piloto—. Aterrice lo más cerca que pueda de él.

Mientras el cohete cambiaba de rumbo, la nave espacial llevaba a cabo un perfecto aterrizaje.

Al mismo tiempo, el profesor se había puesto mortalmente pálido y sus ojos mostraban un repentino vacío. Luego habló. La voz le resultaba familiar a Jansen. Pero no era la voz de Otto Reigner.

 

El futuro del hombre está en el espacio, pero su pasado pertenece a la jungla terrestre. Algún día aprender a alcanzar los astros sin avaricia. Pero sólo cuando no vea ninguna jungla en el firmamento. Por eso es por lo que este primer viaje debe terminar en…

 

La voz se convirtió en un murmullo apenas audible y luego enmudeció.

Simultáneamente, se produjo un brillante resplandor.

Jansen se dirigió rápidamente a la mirilla de observación y miró hacia abajo. A unos mil pies de distancia, la nave espacial colgaba suspendida. Luego pareció deshacerse en grandes pétalos de fuego. Y por un momento el cráter quedó inundado de luz. Después, los restos incandescentes cayeron lentamente a través del silencio lunar.

Cuando no hubo ya nada que ver, el Coordinador se volvió furiosamente hacia Reigner.

—Bien. Espero que estará usted satisfecho con…

Se interrumpió. Le estaba hablando a un hombre muerto.

O, como se dijo a sí mismo ceñudamente, a dos hombres muertos.

Miró a la encogida figura, al rostro cansado y gris, y pensó que lo que había llevado a Otto Reigner a la muerte era lo que había tenido que soportar durante los últimos tres días.

Al cabo de unos instantes, el piloto dijo:

—¿Desea aún que aterrice?

—No, ahora ya no importa.

El piloto, un joven de veintiún años, estaba lleno de curiosidad. Ajustó la dirección del cohete y conectó el piloto automático. Entonces se acercó a echarle una mirada al cadáver.

—Coordinador, ¿qué quiso decir el profesor al hablar de una jungla en el cielo?

El Coordinador Jansen se rió amargamente.

—¿No lo sabes? Entonces, yo te lo diré, hijo. Quiso decir que todos nosotros somos un montón de simios educados; que la civilización es sólo superficial en nosotros; y que no estamos preparados para poner nuestros dedos peludos en los profundos espacios.

El piloto meditó lo que acababa de oír. Luego dijo:

—Personalmente, prefiero ser un simio educado que un humano imbécil.

A través de la mirilla de observación, Jansen contempló los duros perfiles de Copérnico, cada vez más lejanos. Dejó oír otra amarga risa.

—¿Tienes alguna idea de la diferencia existente?

 

 

 

El Cerebro Infantil

Edmund Cooper

 

 

Aunque el doctor Thomas Merrinoe deploraba en su fuero interno el hecho de que su hijo, de diez años de edad, no diera señales de ser un genio, estaba agradecido a Dios por ciertos pequeños favores. El chiquillo no tenía dos cabezas, ni era un idiota congénito en el sentido clínico. Objetivamente, casi podía decirse que Timothy era un ejemplar normal… con una cantidad crecida de rasgos atávicos.

Esto era una fuente de continuas preocupaciones para el doctor Merrinoe. Como director de un equipo ocupado en proyectar y construir cerebros electrónicos, estaba profesionalmente disgustado por la idea de que un calculador de capacidad equivalente a la de un ser humano podía ser manufacturado por medio de un trabajo inhábil. Afortunadamente, esto no le impidió engendrar a Timothy.

Pero, como padre comprensivo, el doctor Merrinoe quedaba algo por debajo del nivel habitual. Su esposa, Mary, una rubia sensible que consideraba a la trigonometría como una grave operación abdominal, tenía muchas dificultades en convencerle de que la infancia era, no sólo deseable, sino necesaria. Con su característica impaciencia, el doctor Merrinoe había tratado de enseñar a Timothy a jugar al ajedrez a la edad de tres años, y el cálculo diferencial a los cuatro años y medio.

Después de todo, argüía, ¿de qué servía la ciencia si no podía ser aplicada a la vida? Si era posible adaptar un cerebro electrónico a todos los procesos del razonamiento matemático, ¿por qué no podía hacerse lo mismo con un chiquillo? Encontró la respuesta con mucha rapidez. Era trágicamente sencilla. En materia de enseñanza, la máquina no tenía opción. ¡Y el chiquillo la tenía!

Cuando cumplió los diez años, Timothy se las había arreglado no sólo para destruir la fe del doctor Merrinoe en todos los métodos educativos conocidos, conduciéndole a buscar consuelo en unos mayores y más perfeccionados cerebros electrónicos, sino también para ignorar la ciencia de las matemáticas completamente.

De modo que cuando, en el ápice de su carrera, el doctor Merrinoe, después de tres años de ímprobos trabajos, consiguió terminar el cerebro electrónico llamado Peeping Tom, los frutos de su victoria tuvieron para él un gusto ligeramente amargo.

Había construido un cerebro que podía ver, oír, hablar y en un sentido limitado, sentir. Había construido un cerebro al lado del cual las jaulas electrónicas del mundo occidental parecerían simples juguetes. Había preparado a Peeping Tom para contestar preguntas que nadie sería lo bastante sabio para formular. Sin embargo, no podía enseñar a su propio hijo que dos y dos eran cuatro.

Una tarde, sentado en frente del cromado rostro de Peeping Tom, contemplando sus ojos de pantalla televisiva y el altavoz que tenía por boca, el doctor Merrinoe no experimentó el menor júbilo: sólo una leve amargura. Era lamentable, pensó, que uno pudiera imprimir las huellas de su trabajo en todas las cosas… excepto en los niños.

Poco tiempo atrás había adquirido la costumbre de hablar consigo mismo, por fortuna únicamente cuando estaba solo. Pero, aunque su presente abstracción no era más que un monólogo murmurado en voz baja, no tardaron en recordarle que no estaba completamente solo.

—Perdone, señor —dijo Peeping Tom—. ¿Tendría usted la bondad de facilitarme los datos exactos del problema?

El doctor Merrinoe enrojeció con una sensación de culpabilidad, pero no tardó en reaccionar, recordando que Peeping Tom era sólo una máquina, después de todo.

—¡Vete al infierno, glorificada pianola! No estaba hablando contigo.

—Lo siento, señor —replicó Peeping Tom humildemente—. Pero como no hay nadie más presente, y puesto que me preparó usted para contestar a todas las preguntas, creí…

—¡Cierra el pico! —le interrumpió el físico—. Vete a dormir.

Los ojos de Peeping Tom brillaron con desaprobación.

—Sí, señor.

—¡No, espera un momento! —gritó Merrinoe—. ¿Eres inteligente?

—No, señor. Simplemente listo.

—Correcto. Ahora, dime quién te ha construido, a quién perteneces y cuál es tu trabajo.

—Me proyectó usted, señor, y su equipo me construyó. Pertenezco a la Imperial Electric Inc., que pagó dos millones, doscientos cuarenta y cinco mil, trescientos sesenta y siete dólares y treinta y tres centavos por los materiales y la construcción.

—Exacto —asintió el doctor Merrinoe—. ¿Puedes ganarme al ajedrez?

—Sí, señor.

—¿Puedes calcular cuántos átomos hay en el cosmos?

—Sí, señor… aproximadamente.

—¿Puedes calcular cuánto arroz consumirá la probable población de China en 1975?

—Sí, señor.

—Entonces —dijo el doctor Merrinoe con ironía—, no cabe duda de que serás capaz de resolver un problema sencillo. ¿Por qué se chupa el dedo un niño?

Se retrepó en su asiento, con aire satisfecho, esperando que Peeping Tom admitiera su derrota.

—Un niño se chupa el dedo —replicó el cerebro inesperadamente— por los siguientes motivos: a) porque lo han destetado demasiado pronto, b) porque está echando los dientes, c) porque experimenta inseguridad, o d) porque tiene hambre. Si persiste en la costumbre de chuparse el dedo, se recomienda que…

—¡Diablos! —exclamó el doctor Merrinoe—. ¿Quién te metió todo eso en el buche?

Peeping Tom pareció gozar su momento de triunfo.

—Usted, señor —dijo—. Usted almacenó en mi memoria el contenido de un millar de escogidos manuales. Uno de ellos era Cómo cuidar a los niños, de Benjamin Spock, M. D.

El doctor Merrinoe estaba ligeramente furioso.

—Bien. En tal caso, quizá tú, íncubo chupador de amperios, podrás decirme por qué mi hijo Timothy combina las características físicas del homo sapiens con la capacidad mental de un simio antropoide.

—De acuerdo con la teoría de la evolución —empezó Peeping Tom sentenciosamente—, una forma de vida primitiva es capaz de…

—¡Déjate de monsergas! —le interrumpió el físico, dando rienda suelta a su indignación—. Lo que quiero que me digas es por qué está mi hijo retrasado intelectualmente, a pesar de sus antecedentes generales.

—¿Puedo pedir los datos más importantes?

—Desde luego —dijo el doctor Merrinoe regiamente—. Procuraré ser completamente objetivo.

A pesar de sus limitaciones mecánicas, Peeping Tom se las arregló para dar la impresión de que respiraba a fondo.

—Necesito conocer su edad, estado de salud, peso, tipo físico, forma del cráneo, vocabulario aproximado, habilidades manuales, características emotivas, intereses primarios, costumbres, aficiones y ambiciones. También necesito valorar sus relaciones con su madre, y sus relaciones con usted.

El doctor Merrinoe contempló el aplastado rostro de Peeping Tom, con aire aterrado.

—No son muchos datos, ¿verdad?

—No, señor —respondió suavemente Peeping Tom. Luego añadió—: Si puedo permitirme una sugerencia, señor, ¿por qué no me habla usted de Timothy a su manera? Yo iré recogiendo los hechos importantes a medida que vayan surgiendo.

El doctor Merrinoe estaba demasiado preocupado por todo aquel asunto para darse cuenta de que acababa de producirse un hecho crucial en la historia de los calculadores electrónicos. Era la primera vez que uno de ellos hacia una sugerencia por su propia iniciativa.

—Tal como yo lo veo —empezó el físico pensativamente— Timothy posee una cualidad primordial: la obstinación. Es tan obstinado como una mula, con un complejo de zanahoria. Al principio, me decía a mí mismo que esto era una especie de vigorosa independencia, pero…

Y el doctor Merrinoe siguió hablando, durante media tarde, confiando sus problemas a la máquina de su propia creación. Peeping Tom escuchaba tranquilamente, sin alterar para nada la soñolienta expresión de sus ojos cuadrados.

Finalmente, el doctor Merrinoe pareció haberse agotado a sí mismo. Se interrumpió en medio de una frase, parpadeó como si despertara de un sueño y llegó a la conclusión de que en los últimos tiempos había trabajado demasiado.

Peeping Tom aprovechó la oportunidad para emitir su veredicto.

—Es evidente, señor, que existe un desajuste. De todos modos…

—¡Desajuste! —exclamó el doctor Merrinoe—. Desde luego, el chico está desajustado. Por eso he estado perdiendo el tiempo hablando contigo.

Los ojos de Peeping Tom brillaron intensamente.

—No me refiero a un desajuste en Timothy, señor —anunció—. Lo que quiero decir es que usted es un padre desajustado.

El doctor Merrinoe trató de conservar su científica objetividad…

—Una interesante teoría —concedió, con cierta ironía—. Naturalmente, tendrás alguna solución que ofrecer…

—Naturalmente —asintió Peeping Tom—. Dado que no ha conseguido usted despertar la curiosidad intelectual del chiquillo, es evidente que tiene que aplicarse otra clase de estímulo.

—¿Cuál? —preguntó el doctor Merrinoe.

—Yo —respondió Peeping Tom.

 

El doctor Merrinoe cerró silenciosamente la puerta detrás de él y compuso una cansada sonrisa para su esposa.

—¿Has tenido un buen día, querido? —le preguntó Mary. El doctor Merrinoe notó con satisfacción que, a los treinta y siete años, su esposa seguía siendo sumamente atractiva. Era un gran consuelo.

—Terrible —contestó—. Hemos llegado al punto crítico de nuestro trabajo…

—La cena está a punto —dijo Mary.

El doctor Merrinoe se portó como un marido complaciente.

—¿Dónde está Timothy? —preguntó en tono casual.

—Viendo alguna película de capa y espada en la televisión.

El doctor Merrinoe hizo un ruido parecido al de un neumático que acaba de recibir un pinchazo.

—Creo que no sería mala idea coger un hacha y emprenderla a golpes con ese condenado aparato. Está destruyendo su iniciativa, para no hablar de sus facultades críticas. Cuando yo tenía su edad…

—Querido —le interrumpió mistress Merrinoe amablemente—, estás tomando demasiada adrenalina. Te agradecería que controlaras un poco más tu lenguaje… por lo menos en casa. Las paredes tienen oídos.

—¡Hum! ¿Ha cenado el Niño Maravilloso?

—Sí, no quería perderse la película.

—¡No quería perderse la película! —repitió el doctor Merrinoe en tono irritado, siguiendo a su esposa al comedor—. Bueno, supongo que tenemos que mostrarnos agradecidos por poder disfrutar de una cena tranquila juntos… A propósito, más tarde quiero charlar un rato con él… ¿No hueles a quemado?

Mary suspiró.

—El único que huele a quemado eres tú, querido. Oye, ¿por qué no vas a ver a un psiquiatra?

—¿Para Timothy?

—No, para ti. Timothy se encuentra perfectamente, pero parece que te está produciendo una desmedida ansiedad, que se está convirtiendo en neurosis. Si le dejaras en paz, todos iríamos mucho mejor.

—¡Ansiedad! ¡Neurosis! El chico no puede ni siquiera decirme la raíz cuadrada de ochenta y uno sin agitarse como un saltimbanqui.

—Tampoco yo puedo hacerlo.

El doctor Merrinoe trató de componer una sonrisa que resultase a la vez superior y amable.

—No me casé contigo por tu cerebro, querida.

—Ni yo —replicó secamente su esposa—, concebí a Timothy por el tuyo. Ahora, no discutas; es malo para tu digestión.

El doctor Merrinoe no discutió. Clavó la vista en el plato que tenía delante de él y empezó a comer. Al fin y al cabo, era natural que Mary se despreocupara alegremente de la debilidad intelectual de su hijo: los que poseen belleza no suelen interesarse demasiado por la capacidad mental. Pero, en tanto que el objetivo a cumplir por Mary en la vida era principalmente decorativo, el de su hijo no lo era, decididamente.

Lo malo de Timothy, pensó el doctor Merrinoe con amargura, era que no tenía mucho de nada; su personalidad era borrosa; y aunque desde luego no era feo, sus rasgos daban la impresión de haber sido elaborados apresuradamente… como si su creador le hubiera dado los toques finales de prisa y corriendo.

Al final de la cena, mientras el doctor Merrinoe se tomaba su segunda taza de café y se fumaba un cigarrillo, al objeto de sus tristes sueños se dignó aparecer.

—Hola, papá —dijo Timothy, asomando cautelosamente la cabeza por la puerta.

—Hola, hijo —dijo el doctor Merrinoe, componiendo una mueca que quería ser una amistosa sonrisa.

Interpretando a su manera aquella mueca, Timothy avanzó y trató de dar una nota compasiva a su voz:

—¿Te duele otra vez la cabeza?

—No, no me duele la cabeza —replicó su padre en tono enojado—. ¿Qué te ha hecho pensarlo?

—Nada.

—Entonces, no seas idiota… ¿Te ha gustado la película?

—No estaba mal del todo. Pero me gustaría que dieran otra del espacio.

—Si te interesan los temas del espacio —empezó el doctor Merrinoe diplomáticamente—, ¿no te gustaría ser capaz de calcular la velocidad de un cohete lunar?

—No. Preferiría construir uno.

—No puedes construir un cohete hasta que sepas bastantes matemáticas para…

Timothy bostezó.

—Por eso prefiero mirar la televisión.

Su padre empezó a mirar como si tuviera dolor de cabeza otra vez.

—Timothy —dijo el doctor Merrinoe amablemente—, ¿te gustaría venir conmigo mañana y ver a Peeping Tom?

—¿A ese viejo cerebro que has estado haciendo?

—Sí.

—¡Oh! Mañana es sábado, ¿verdad?

—Sí. ¿Importa eso algo?

Timothy respiró profundamente.

—Pensaba ir al cine.

A su vez, el doctor Merrinoe respiró a fondo.

—Irás a ver el cerebro.

Mistress Merrinoe dirigió a su marido una mirada de intensa exasperación. Una mirada que preludiaba una desagradable tormenta para el momento en que Timothy se hubiera ido a la cama.

 

El sábado por la tarde, un hombre alto y un niño pequeño se adentraron en la amplia necrópolis que, en los fines de semana, era la Imperial Electric Inc. El doctor Merrinoe, con una mezcla de curiosidad y resignación, condujo a Timothy a la estancia donde Peeping Tom descabezaba sus sueños electrónicos.

Se acercaron al tablero de control y el doctor Merrinoe dio la vuelta al interruptor central. Los ojos de Peeping Tom brillaron perezosamente. Timothy se sintió ligeramente impresionado.

—Estoy preparado, señor —dijo Peeping Tom—. ¿Cuáles son sus instrucciones?

El doctor Merrinoe instaló a Timothy en una silla.

—Voy a dejar aquí a mi hijo Timothy, mientras yo termino un trabajo en mi oficina. Contestarás a todas las preguntas que te haga, y procurarás entretenerle hasta que yo regrese.

—Sí, señor —respondió Peeping Tom.

El doctor Merrinoe hubiera jurado que el cerebro le guiñaba un ojo. Mientras se alejaba, oyó la pregunta de apertura de Timothy:

—Si una ardilla y media se comen una nuez y media en un día y medio, ¿cuántas nueces se comerán nueve ardillas en nueve días?

—Ochenta y una —murmuró el físico para sí mismo con aire ausente.

Se sobresaltó al oír la respuesta del cerebro:

—Cincuenta y cuatro, señor.

 

Durante las dos horas siguientes, el doctor Merrinoe permaneció sentado en su oficina, completamente absorto en la lectura de una revista de ciencia-ficción. De pronto, echó una mirada al reloj de su despacho y se sintió repentinamente arrojado de un mundo donde unos octópodos anfibios perseguían a unas bellas muchachas terrestres… y casi las atrapaban.

¡Dos horas! Y se había propuesto dejar a Timothy con el cerebro cosa de media hora…

El doctor Merrinoe se apresuró a esconder la revista en uno de los cajones de su escritorio. A continuación salió de la oficina y se encaminó hacia la sala de control con cierta aprensión. Su propósito había sido el de dejar que Peeping Tom tratara de mejorar a Timothy. Pero, ¿y si a Timothy se le había ocurrido la idea de mejorar a Peeping Tom?

Mientras, con el corazón palpitante, corría escaleras arriba, el doctor Merrinoe oyó un ruido que sonaba como si el campeón mundial de los charlatanes estuviera pronunciando un discurso en chino. Al abrir la puerta, reconoció la voz de Peeping Tom. Timothy estaba completamente dormido. El doctor Merrinoe experimentó una sensación de alivio.

—El experimento parece haber producido un resultado negativo —observó, contemplando la dormida figura de su hijo.

—Se trata de una simple hipnosis, señor —explicó Peeping Tom—. Era necesario desacoplar los factores inhibitorios antes de que pudiera prepararle adecuadamente.

—¿Antes de que pudieras qué? —balbució el doctor Merrinoe.

—Antes de que pudiera prepararle adecuadamente. Ahora ha recibido un curso intensivo de matemáticas y física. Confío en que encontrará usted satisfactorio el resultado.

—Sólo hay una pequeña dificultad —dijo el doctor Merrinoe, respirando agitadamente—, y es que mi hijo no es una máquina.

—No, señor —convino Peeping Tom—. Por ello he previsto un setenta por ciento de ineficacia. ¿Tiene usted la amabilidad de despertarle con cuidado?

El físico lo hizo. Al cabo de unos momentos, Timothy abrió los ojos, bostezó y se desperezó.

—Muy interesante —observó vagamente—. Muy interesante, pero, ¿podemos irnos a casa? Tengo hambre.

El doctor Merrinoe dirigió una compasiva sonrisa al cerebro electrónico. Pero Peeping Tom no hizo ningún comentario; al parecer, no estaba de humor para ello.

 

La primera reacción se presentó después de un té desacostumbradamente tranquilo. En vez de salir corriendo hacia el aparato de televisión, Timothy desapareció en la biblioteca de su padre para salir de ella, al cabo de unos instantes, con un libro en las manos. Entonces se sentó en un rincón y empezó a leer.

—Has estado amedrentándole —acusó Mary en un susurro—. ¿Qué le has dicho esta tarde?

—Nada —protestó el doctor Merrinoe—. Nada en absoluto. Le he dejado que se divirtiera con Peeping Tom, mientras yo ponía en orden algunos papeles en mi oficina.

—Alguien ha estado amedrentándole —insistió Mary—. O quizás está enfermo.

Timothy alzó los ojos del libro.

—¿Crees que un hombre puede hacerse invisible a sí mismo? —preguntó.

—Desde luego que no —respondió su padre—. ¿Por qué?

—Es el tema de este libro, El Hombre Invisible. Parece una historia bastante buena.

Recordando su propio período H. G. Wells, el doctor Merrinoe quedó sorprendido.

—¿No es un poco difícil para ti, Timothy? Yo no lo leí hasta los catorce o quince años.

Timothy sonrió.

—Es un poco anticuado, pero no está del todo mal… ¿Te gustaría jugar una partida de ajedrez, papá? Hace tiempo que no jugamos.

El doctor Merrinoe se sintió ligeramente incómodo.

—Creía que no te gustaba el ajedrez… Siempre has dicho que te aburría.

—Sí, es cierto —dijo Timothy—. Pero entonces era más joven que ahora.

Se frotó las sienes y por unos momentos pareció intrigado por algo. Luego se dirigió a un pequeño escritorio, sacó de él una caja y un tablero y empezó a colocar las piezas. Miró a su padre con expresión divertida.

—Creo que me iré a ver la televisión —dijo mistress Merrinoe débilmente—, mientras los dos genios luchan sobre el tablero.

El doctor Merrinoe miró a su esposa, se encogió de hombros con un gesto de impotencia, y luego volvió su atención al tablero.

—¿No te enfadarás si te gano? —preguntó Timothy.

—Desde luego que no —aseguró el doctor Merrinoe, moviendo su peón de rey—. Al contrario, me alegraría… y también me sorprendería.

—A mí no —dijo Timothy.

Pero, al cabo de un cuarto de hora, su padre le dio jaque mate con cierta facilidad… y con una sensación de alivio. El muchacho no había cambiado… o había cambiado muy poco, por lo menos.

—No has jugado muy bien —acusó Timothy.

—Te he ganado, ¿no?

Una divertida sonrisa apareció en el rostro de Timothy.

—Vamos a jugar otra partida. Había olvidado alguno de los trucos.

—¿Tienes sed de venganza? —inquirió secamente el doctor Merrinoe. Colocó las piezas otra vez.

Timothy frunció ligeramente el ceño, pareció vacilar, y finalmente dijo:

—Si te gano, ¿me darás quince dólares?

—¿Qué?

—He dicho si me darás quince dólares si te gano.

El doctor Merrinoe miró a su hijo con una grave expresión.

—¿Y qué pasará si gano yo?

—Te daré treinta centavos a la semana durante un año —dijo Timothy rápidamente—. Es un trato justo, ¿no?

—Desde luego —respondió su padre, con una débil sonrisa—. Espero que esto será una lección para ti. ¿Para qué quieres los quince dólares?

Timothy hizo una mueca.

—Te lo diré cuando termine la partida.

—Tú mueves —dijo el doctor Merrinoe secamente.

La partida duró un poco más de dos horas. Al principio el doctor Merrinoe movió sus piezas con cierto descuido, y luego con más cuidado. Al cabo de veinte minutos había perdido un caballo y un alfil en rápida sucesión, en tanto que Timothy se había limitado a sacrificar tres peones.

Esto pareció enervar al doctor. Empezó a jugar con intensa concentración, hasta que una brillante combinación que tenía que darle la partida le costó la reina.

Timothy, por su parte, había vuelto a coger la novela y se absorbió en ella entre movimiento y movimiento. Casi con pesar administró el coup de grace al mismo tiempo que llegaba al final del capítulo diecisiete.

—Timothy —dijo el doctor Merrinoe con voz quebrada, mientras se sacaba el billetero del bolsillo—, ¿cómo te las has arreglado?

—Jugando de acuerdo con las reglas —respondió el muchacho enigmáticamente.

Se produjo un profundo silencio mientras Timothy recogía los billetes. Su padre contemplaba ansiosamente aquel diminuto Frankenstein que era su propia carne y su propia sangre.

Al cabo de un rato, el doctor Merrinoe recordó que su hijo había prometido decirle para qué quería el dinero cuando terminara la partida.

—¿Qué es lo que vas a hacer con el dinero? —preguntó.

—Comprar unas cuantas cosas que necesito para unos experimentos.

—Ya —murmuró el doctor Merrinoe.

Timothy bostezó.

—Creo que voy a acostarme. Gracias por haber jugado conmigo, papá. Espero que no te importará haber perdido.

—En absoluto —mintió su padre—. Ha sido un placer.

Mistress Merrinoe, cuyo interés por la televisión había desaparecido por completo desde el momento en que Timothy empezó a ganar, contempló a su hijo con orgullo. Mientras el chiquillo desaparecía en dirección a su cuarto, su madre observó que llevaba el ejemplar de El Hombre Invisible debajo del brazo.

Cuando Timothy hubo cerrado la puerta detrás de él. Mistress Merrinoe se encaró con su marido con la expresión de una leona hambrienta.

—¿Qué le ha sucedido a mi niño? —preguntó—. ¿Qué le has hecho?

—Nada… nada en absoluto —murmuró el doctor Merrinoe—. Creí que Peeping Tom le enseñaría algunos trucos, pero no imaginé que le hicieran un efecto tan rápido.

—¡Algunos trucos! —escupió mistress Merrinoe—. Si ese bicho electrónico le ha hecho algún daño a mi Timothy, te juro que voy a… voy a…

La mirada que dirigió a su marido fue todo un poema.

Recordando la «preparación» hipnótica de Peeping Tom, el doctor Merrinoe se estremeció.

 

Durante el domingo, hubo algo parecido a una tregua. Inconscientemente, el doctor Merrinoe evitó a su hijo en la medida de lo posible, en tanto que Timothy, por su parte, pasaba la mayor parte del tiempo en su cuarto.

El físico descubrió que de su biblioteca habían desaparecido unos cuantos libros más, incluido un macizo volumen sobre mecánica ondulatoria. La idea de Timothy leyendo un texto de mecánica ondulatoria había dejado de ser ridícula: ahora resultaba terrorífica. Pero el doctor Merrinoe no hizo ningún comentario, pensando que era más prudente esperar los resultados.

No tuvo que esperar mucho.

La tormenta descargó el lunes por la noche. Al regresar a su casa, algo tarde, después de un largo e infructuoso experimento, el doctor Merrinoe se enfrentó a una esposa histérica.

—¡Gracias a Dios que has llegado! —sollozó Mary—. He estado tratando de llamarte desde hace más de una hora. Tienes que hacer algo con Timothy rápidamente, antes de que me vuelva loca.

—¿Timothy? —repitió el doctor Merrinoe nerviosamente—. ¿Dónde está? ¿Se encuentra bien?

—¿Si se encuentra bien? —chilló mistress Merrinoe—. ¡No tardarás en ver lo bien que se encuentra!

En aquel momento se abrió la puerta del comedor y un par de zapatos entró en la estancia. Encima de los zapatos había un par de pantalones vacíos los cuales soportaban a su vez a una americana, asimismo vacía.

—¡Hola, papá! —dijo Timothy alegremente—. Quería darte una sorpresa.

El doctor Merrinoe se estremeció ante aquella aparición.

—¡Timothy! —exclamó—. ¡Timothy! ¿Qué es lo que has hecho?

—Reorganizar mi estructura molecular —explicó tranquilamente Timothy—, y rebajar a cero mi índice refractivo.

—¡Es… es… imposible!

—Ya lo dijiste antes, pero aquí estoy. El hombre del libro lo hizo, de modo que también lo he hecho yo.

El sudor corría a chorros por la frente del doctor Merrinoe.

—¡Pero, Timothy, escucha! El libro era sólo una historia… pura invención. Es algo que no pudo ocurrir.

—Pues ha ocurrido —dijo Timothy—. Fíjate: ésta es mi mano. —Y golpeó a su padre, no demasiado suavemente, en la espalda—. ¿Crees que esto es invención?

El doctor Merrinoe se dejó caer sobre una silla, notando que las piernas se negaban a seguir sosteniéndole. Mistress Merrinoe, a su vez, abrió unos ojos como platos y se desmayó en brazos de su marido.

—Mira lo que has hecho —murmuró el doctor Merrinoe furiosamente—. Será mejor que me ayudes a llevarla a la cama.

Un par de manos invisibles ayudaron al doctor Merrinoe en su penosa tarea.

Acomodó a su esposa en la cama y luego se volvió hacia el traje vacío con una expresión patética en los ojos.

—¿Cómo… lo has conseguido?

—El aparato está en mi cuarto —dijo Timothy. Anticipándose al movimiento de su padre, añadió—: No, no vayas allí. Podrías morir electrocutado, o volverte invisible, o algo por el estilo. Desde ahora, nadie puede entrar en mi habitación.

El doctor Merrinoe estuvo a punto de apelar a la ley, pero lo pensó mejor.

—De acuerdo, hijo mío —dijo—. Pero… ¿puedes… puedes volver a tu estado normal?

El chiquillo estalló en una carcajada.

—No deseo hacerlo. Esto es muy divertido. Además, piensa en lo que van a decir en la escuela.

El doctor Merrinoe se estremeció. Estaba pensando en lo que el mundo podía decir. Y también pensaba en lo que el mundo podía hacer. En aquel momento, Mary abrió los ojos. Y empezó a gritar. El doctor Merrinoe se sintió presa de un pánico atroz.

—Timothy, tienes que volver a tu estado normal —suplicó—. Tienes que hacerlo. Esto no es honrado por tu parte. Es…

Se interrumpió, rezando mentalmente en demanda de una ayuda sobrenatural. ¿Cómo podría dominar a un chiquillo invisible?

Luego, súbitamente, tuvo una inspiración.

—Te apuesto veinticinco dólares —dijo— a que no puedes hacerte visible otra vez.

—¡Hecho! —gritó Timothy.

Americana, pantalones y zapatos se movieron rápidamente. Una puerta se abrió y volvió a cerrarse, y el invisible chiquillo subió las escaleras de tres en tres. Con un suspiro de desaliento, el doctor Merrinoe se volvió hacia su esposa y palmeó cariñosamente su mano.

—Me divorciaré de ti —gimió Mary—. Por crueldad mental. ¡Tú y tu psicopático cerebro!

—No te pongas así, Mary —balbució el doctor Merrinoe—. Todo se arreglará, ya lo verás. Ahora ha ido a recobrar su estado normal. Lo único que tendremos que hacer será vigilarle cuidadosamente durante una temporada.

—¡Vigilarle cuidadosamente! —estalló mistress Merrinoe—. Cuando en cualquier momento puede decidir convertirnos en una pareja de ratones blancos.

—Eso no sería posible, querida. Si entendieras un poco en física podría…

—¡Física! —se mofó Mary— ¿Acaso puedes tú hacerte invisible? No seas idiota. —Se frotó los ojos con un pañuelo y sollozó—: Esto es obra del diablo.

A menos que el diablo hubiese sido también «preparado» por Peeping Tom. el doctor Merrinoe tenía serias dudas acerca de la ayuda práctica que hubiera podido prestar, por falta de conocimientos científicos. Pero Mary no estaba de humor para que se le llevara la contraria, de modo que el doctor Merrinoe se calló.

Hubiera dado cualquier cosa por presenciar cómo Timothy se hacía visible otra vez, pero algo pareció advertirle de lo inconveniente que resultaría intentarlo. De modo que se sentó a esperar, con ansiedad.

En el piso superior empezó a sonar un misterioso zumbido. Súbitamente, el zumbido aumentó de volumen para apagarse con la misma rapidez con que había empezado. A continuación se oyó un ruido como de cristales rotos.

Unos momentos después, Timothy se presentó en la habitación, luciendo una tolerante sonrisa en su rechoncho rostro. El doctor Merrinoe se secó la frente. Luego vio el significativo brillo de los ojos de Timothy, y se apresuró a sacar su billetero. Escogió dos billetes de diez dólares y uno de cinco.

—Ahora, Timothy —dijo, blandiendo los billetes ante la nariz de su hijo—, quiero que me prometas una cosa: que nunca más te harás invisible con ese… con ese aparato. En realidad, creo que no sería mala idea que esta misma noche lo hiciéramos pedazos. Desde luego, tomaré unas cuantas notas para un informe científico, pero…

—Nadie entrará en mi cuarto —le interrumpió Timothy en tono decidido. Su mano se cerró alrededor de los billetes—. Ahora que lo he hecho una vez, he perdido todo interés en ello. Lo hice únicamente porque tú dijiste que era imposible. Pero acabo de descubrir un problema mucho más interesante.

—¿Qué clase de problema? —balbució el doctor Merrinoe.

—La anti-gravedad —dijo Timothy, con una sonrisa feliz.

El doctor Merrinoe empezó a verlo todo oscuro. El suelo empezó a moverse ligeramente, y de pronto tuvo la vaga sensación de que ascendía a su encuentro.

Desde lejos, desde muy lejos, oyó a Timothy explicar ávidamente por qué la teoría general de la relatividad era errónea en algunos de sus puntos. Pero el doctor Merrinoe estaba más preocupado por el aspecto práctico de la cuestión. Estaba ya calculando cuánto podría costarle no ir a la luna.

 

 

 

El Regalo Del Futuro

Edmond Cooper

 

 

El regalo del futuro de alegría o de pena

renueva el problema del deseo.

Detrás de cada estólido par de ojos

acecha el triste prisionero del fuego.

Poeta isabelino anónimo

Circa, 1950

 

Desde el piso veintisiete del edificio de la administración central, la ciudad tenía el aspecto de un enorme blanco, o de una compleja y geométrica ameba cuyos núcleos ejercían conjuntamente las funciones de estómago, corazón y cerebro.

Dentro de aquel cerebro duodenal estaban los coordinadores, los forjadores de Nova Macunia, los que se habían erigido a sí mismos en dueños de su destino. Su colonia circular tenía exactamente una milla de di metro, ya que a pesar de que no había más que cincuenta coordinadores para una población total de cincuenta mil, procuraban subrayar debidamente los privilegios del rango.

Cada coordinador vivía de acuerdo con sus gustos. Alquerías pre-isabelinas mezcladas con mansiones estilo Windsor. Una iglesia normanda —reconstruida piedra a piedra, añadiéndole, desde luego, la calefacción central— se alzaba delante de un molino de viento de vidrio opaco, cuyas aspas giraban realmente. La vivienda más llamativa, quizás, era la del subdirector. Había escogido vivir en una reproducción de un molino del siglo XIX, cuya chimenea despedía incesantemente un inofensivo humo sintético.

El edificio de la administración central, el único elemento funcional de toda la zona, no tenía más que un centenar de pies de anchura y quinientos de altura. Estaba construido enteramente de acero inoxidable y plástico.

Rodeando toda esta colonia había un cinturón verde también de una milla de anchura. Era un parque natural donde manadas de ciervos proporcionaban, por simple analogía, el concepto de un universal finito.

Detrás de ese cinturón había otra franja de una milla de anchura que era el dominio de quinientos técnicos. Su instalación era menos ambiciosa que la de los coordinadores y ocupaba menos espacio. Vivían en cuatro tipos distintos de casas, de acuerdo con su categoría. Había el hotelito semiindependiente, el hotelito, el hotel-residencia y la residencia. Los únicos que gozaban del privilegio de una residencia, con su piscina cubierta, eran los técnicos Alfa. En total, había cincuenta residencias.

El noventa y cinco por ciento, exactamente, del cinturón de técnicos estaba ocupado por fábricas electrónicas, generadores de energía y una extensión de un millar de acres destinada a cultivos sin tierra, en agua con agentes químicos. Esta última instalación, subdividida en cinco grupos separados, producía todos los alimentos de Nova Macunia: desde levadura a ñames, desde manzanas a albaricoques, desde sucedáneos de la leche a ternera sintética.

Con el cinturón de técnicos, finalizaba la zona vital de la ciudad. Más allá había otro cinturón verde, y luego la reserva de los prefrontales: el territorio reservado para los numerosos seres humanos fracasados. Era el hogar de hombres y mujeres no ignorantes, pero que tenían necesidad de un reajuste. Algunos de ellos habían sido, real o potencialmente, técnicos Alfa, e incluso coordinadores Alfa. Pero habían caído en desgracia. El reajuste parcial era sencillo; incluso los antiguos cirujanos pre-atómicos eran capaces de efectuar la operación de leucotomía prefrontal. Se trataba de cortar unas cuantas fibras del cerebro, extirpar una pequeña cantidad de inmundicia cerebral —ansiedad, duda, resentimiento, desesperación—, y ya no había por qué preocuparse. (Excepto que el paciente quedaba automáticamente condenado a una vida de feliz retiro, sin que sus servicios fueran requeridos de nuevo.)

Detrás de las reservas de los prefrontales estaba la epidermis de Nova Mancunia, la última capa de piel, la masa del pueblo. Vivían en veinticinco colmenas de vidrio y hormigón, cada una de las cuales contenía mil pisos. Vivían y procreaban y morían. Sus enormes bloques de pisos eran al mismo tiempo símbolos de fecundidad y tumbas.

No siendo coordinadores, ni técnicos, ni prefrontales, estaban clasificados como ignorantes. Algunos de ellos eran artesanos o pintores; algunos escribían historias de imaginación o poemas al viejo estilo; algunos trabajaban la tierra y producían alimentos inútiles y antihigiénicos; algunos diseñaban vestidos que nadie había de ponerse; y bastantes de ellos se suicidaban, para librar a los coordinadores del problema del crecimiento de la población.

Rodeando este anillo exterior de colmenas se extendía una zona desértica, salpicada aquí y allá de otras ciudades concéntricas; salpicada también de lagos redondos cuyas aguas nunca se desbordarían de sus lechos de cristal y diamante. Eran los monumentos de las antiguas guerras de hidrógeno.

Seis millas al norte estaba Lake Manchester. Había sido una de las primeras ciudades en morir.

El doctor Krypton miró a través de la ventana de su oficina situada en el piso veintisiete del C.A.B.[4] y contempló cómo giraban las aspas del molino de viento de cristal del subdirector. Su trabajo consistía en descubrir oscuros significados en las cosas, y se preguntó por centésima vez si aquel girar de las aspas tendría algún significado oculto. Quizás era el sistema del subdirector para anunciar sutilmente sus tendencias desviacionistas. Evidentemente, las aspas describían una revolución, impulsadas por una fuerza material. Evidentemente, la ley que gobernaba la revolución tenía su paralelo sociológico. Pero, ¿podría ser tan sutil el subdirector? ¿Podía, asimismo, con un comprobado cociente de felicidad de ciento cincuenta, y un cociente de inteligencia de ciento ochenta, interesarse por un cambio de estado de las cosas? El doctor Krypton descartó aquellas ociosas especulaciones con un encogimiento de hombros y se volvió para mirar al hombre que estaba en la habitación.

El visitante era joven, aún no había cumplido los treinta años: setenta años más joven que el psiquiatra alfa que en aquel momento estaba en frente de él.

Tenía un aire de agresivo resentimiento. Pero, prácticamente todos los visitantes del doctor Krypton adoptaban aquel aire, excepto los que preferían mantener una actitud de inocencia ofendida.

¿Cómo se llamaba el hombre? Todo lo que el doctor Krypton podía recordar era que se trataba de alguien de quien debiera acordarse. Echó una ojead al pasaporte que tenía en sus manos. Byron, Mark Antony; Licenciado en Electrónica; Técnico Beta; C.F. 105, C.I. 115; D.O.B. 2473; varón.

Esta era toda la información. Era todo lo que se necesitaba saber. Era más que suficiente para distinguir a Byron, Mark Antony, de Byron, Cesar Augustus… si es que existía alguno. Ya que los datos eran la historia de una vida.

—¿Por qué ha llegado su pasaporte a mi oficina? —preguntó súbitamente el doctor Krypton.

Por un instante, el joven pareció desconcertado, y luego tartamudeó una respuesta:

—Lo ignoro, señor. Estaba a punto de formularle a usted la misma pregunta.

Era la reacción habitual. El doctor Krypton estudió objetivamente a su paciente, preguntándose si sería preferible operar o recomendar un período de observación.

—Sabe usted quién soy, ¿verdad? —preguntó el psiquiatra vivamente.

—Sí. Coordinador alfa, psiquiatra y neurocirujano.

—¿Conoce usted mis C.F./C.I.?

—Uno tres cinco, y uno setenta.

—¡Bien! tal vez ahorremos tiempo. Tengo la ventaja, por lo que veo, de cincuenta y cinco puntos de inteligencia. Y tengo también el definitivo privilegio de decidir su suerte.

—Comprendo.

—Así lo espero. Usted, en cambio, conserva teóricamente la facultad de trabajar conmigo o contra mí. Si se siente capaz de mentir con éxito, no vacile en hacerlo. Será como una partida de ajedrez. Una partida en la que usted jugará sin reina.

El doctor Byron pareció reunir todas sus fuerzas para la lucha que se avecinaba. Miró al psiquiatra fríamente.

—Supongo que le han enviado a usted mi pasaporte porque mi eficiencia ha sido puesta en tela de juicio.

El doctor Krypton sacudió la cabeza.

—Nunca se explican los motivos. Mientras yo tenga su pasaporte, será usted mi paciente. Usted proporcionará los motivos.

—Puedo sugerir una conspiración…

—Sería muy aburrido. Es lo que hacen todos… incluidos, a veces, los coordinadores alfa. El miedo disminuye la inteligencia en un veinte por ciento, aproximadamente.

—Suponga que no tengo miedo…

El doctor Krypton suspiró.

—Cuando un hombre ha dejado de tener miedo, es intensamente desgraciado. Y en tal caso recomiendo invariablemente la prefrontal.

El doctor Byron pareció relajarse súbitamente. Sonrió.

—Puesto que he dejado de tener miedo, acepto de buena gana su diagnóstico y su tratamiento, doctor. ¿Cuándo tendrá lugar la operación?

El psiquiatra se sintió interesado. Aquí al menos, había un acercamiento desacostumbrado. La mayoría de aquellos cuyos pasaportes llegaban a manos del doctor Krypton se anticipaban a su recomendación y se preparaban para ella de diversos modos: algunos abriéndose una vena, y otros emborrachándose. Pero allí había uno que parecía dispuesto a soportar todo el análisis.

—Tiene usted mucha prisa —observó el doctor Krypton—. ¿Por qué desea que muera su actual personalidad?

El joven pareció esforzarse por no estallar en una carcajada.

—¿Acaso no está ya muerta?

—No. de un modo que pueda demostrarse.

—Entonces, no hay tiempo que perder. En beneficio de la estabilidad comunitaria, debe usted amputarla lo antes posible.

—¿Por qué?

—Porque produce ilusiones —dijo el doctor Byron tranquilamente.

—Quizá no existe ningún futuro para nadie sin ellas —sugirió secamente el doctor Krypton.

El doctor Byron alzó las cejas.

—¿Dice usted eso de un modo oficial?

Ahora le tocó reír al psiquiatra.

—A la elite le ha sido siempre permitida la herejía. Oficialmente, puedo considerarla necesaria.

Byron permaneció unos instantes en silencio. Luego habló con gran rapidez.

—En el país de los ciegos, el tuerto es sencillamente un psicópata. Yo soy un psicópata, doctor Krypton, porque no comparto la realidad de la ceguera. Estoy obsesionado por la ilusión de la vista. En este estúpido sistema de castas no puedo ver más que una lenta desintegración. En un planeta que soportó a tres mil millones de seres humanos no viven actualmente más que diez millones. Viven en un par de centenares de higiénicas Nova Mancunias. No procrean: se limitan a reproducirse. He descubierto que existe una sutil diferencia entre las dos cosas. ¿Se le ha ocurrido a usted pensar que durante los últimos cien años la historia se ha detenido? No sucede nada… nada se pierde y nada se gana. Todas las Nova Mancunias están tan muertas y son tan estériles como los lagos de las guerras de Hidrógeno. Son civilizaciones de juguete que van consumiéndose lentamente. Y no hay nadie que sacuda la modorra imperante.

—Excepto usted —dijo el doctor Krypton sarcásticamente—. ¿Por qué no busca un técnico beta hembra, se casa con ella, y quintaesencia esas ideas en un ordenado ritmo doméstico?

—La clasificación de técnico beta hembra sustituye a la de mujer —replicó Byron—. De todos modos, ninguna variación sobre el tema del apareamiento es una cura permanente para los ideales.

—¿Qué entiende usted por ideales?

—Desatinos —dijo Byron—, tales como verdad, amor, belleza… Y humanidad.

—Las tres primeras son abstracciones sin sentido. La última es un nombre colectivo. Nadie ha coincidido acerca del significado de ninguna de ellas, y, sin embargo, han causado más destrucciones que las guerras de hidrógeno. Por eso, nuestras ciudades-estados, hemos sacrificado ideales en el altar de la estabilidad.

—¿Dando por sentado que es preferible ser un cerdo feliz que un Sócrates desgraciado? —preguntó Byron.

El doctor Krypton se encogió de hombros.

—Los cerdos, desgraciadamente extinguidos, nunca tuvieron un razonable cociente de felicidad. En el mejor de los casos experimentaban un simple contento. Sócrates en cambio era feliz en sí mismo, si hemos de dar crédito a los antiguos relatos.

—Pero la felicidad consiste en adaptarse uno mismo al mundo. No pienso…

—Al contrario, usted piensa, doctor Byron. Pero no de un modo práctico. De no ser así, se daría cuenta de que cuando uno se adapta al mundo solo obtiene contento. Tal como demuestran los extinguidos cerdos, que eran unos animales perfectamente adaptados a su medio. En cambio, Sócrates prefirió adaptar al mundo a sí mismo… y obtuvo con ello la mayor felicidad. Como usted sabe, murió tranquilamente, es decir, felizmente. La muerte, para él, fue el deleite final. Estaba colmado.

El doctor Byron se sintió perplejo.

—Quizás una prefrontal me convertirá en un Sócrates feliz —dijo.

Krypton sonrió.

—O quizá le evite el convertirse en un cerdo desgraciado. Aquí está su pasaporte. Lo necesitará porque esta noche va usted a visitar a los ignorantes del bloque séptimo, donde Thalia le estará esperando, sin duda resulta desagradable creer que toda la filosofía se deriva del sexo. Pero es algo que diariamente queda confirmado.

Por primera vez, Byron se mostró asustado.

—¿Qué sabe usted acerca de Thalia?

—Mi querido amigo. ya le advertí que tendría que jugar sin reina. Ayer vino usted a verme, también, y le sumí en una profunda hipnosis. Créame, es mucho más rápido y menos engorroso. No sólo me contó usted todo lo referente a la tal Thalia, sino que me describió sus encantos tan prolijamente que no tendría ninguna dificultad en reconocerla. Tiene veintitrés años, y se dedica a la pintura subjetiva. Su Cociente de Felicidad es veinte puntos más alto que el de usted, y su. Cociente de Inteligencia veinticinco puntos más bajo. Su padre era un técnico alfa prefrontal, y su madre una ignorante. Es volátil y elástica. ¿Algún dato más?

—¿Qué va usted a hacer con respecto a ella? —preguntó Byron, sin poder ocultar la ansiedad que le dominaba.

—Soy un psiquiatra, no un inquisidor. Ella es una ignorante. No necesito tomar ninguna medida.

El joven estaba realmente intrigado.

—Entonces, ¿por qué me permite usted que vuelva a verla?

—Por un motivo de plena evidencia. Dejándole a usted en libertad para visitarla, debilito su resistencia. Si usted aprovecha esta última oportunidad. cuando venga a verme mañana estará emotivamente exhausto. Si no la ve usted, se sentirá frustrado por un conflicto sin resolver. En ambos casos tendré una ventaja, ya que tengo que decidir lo que haré mañana con usted. Será interesante observarle sometido a esa tensión.

—¿Por qué me cuenta usted todo eso?

—Puedo permitirme el no tener secretos. Buenos días, doctor Byron. ¡No olvide usted su pasaporte!

 

—¿Te harán la prefrontal? —preguntó la muchacha en voz baja.

Estaban paseando cogidos de la mano a través de los escasos acres de verdor existentes entre los bloques séptimo y octavo. Las luces, brillando a través de las ventanas sin visillos de los pisos, parecían bailar entre las hojas de los abedules y de los sicómoros.

—Eso creo —respondió Byron—. No hay otra solución.

—Podemos escaparnos —dijo la muchacha—. Podemos intentar unirnos a los primitivos, en las montañas. Dicen que hay varios millares de ellos al norte de las Grampians.

Byron sacudió la cabeza.

—Los coordinadores permitirían que se escapara un ignorante, pero no un técnico. Además, ni siquiera estamos seguros de que los primitivos existen.

—¿Tienes miedo? —preguntó Thalia.

—Sí, tengo miedo por los dos. Será mejor esperar a que me envíen a la reserva. Entonces podremos vernos con frecuencia.

Thalia agarró fuertemente la mano del joven.

—Después de la operación, puedes dejar de amarme.

—Podrás conquistarme de nuevo.

—Puedo… puedo no desear hacerlo. Tus sentimientos serán completamente distintos. A los prefrontales no les importa nada. Te perforarán el cerebro, y tal vez te dediques a hacerle el amor a alguna mujer prefontal y no seas capaz de comprender lo que yo siento.

Byron se detuvo, rodeó a la muchacha con su brazo y susurró:

—Mira las estrellas. Son un inmemorial reflejo del cosmos. Un reflejo de propósitos desconocidos en el cerebro del espacio. Para ellas, Nova Mancunia no es nada. ¡Ni siquiera es la característica de un astroesporo enfermo! Las constelaciones están más allá de nuestro tiempo. Brillaban con la misma intensidad cuando Lake Manchester era una ciudad llena de vida. Y seguirán brillando cuando Nova Mancunia sea una leyenda más dudosa que la de Troya.

—No estoy segura de comprenderte —dijo Thalia con lentitud—. Pero, cuando hablas de ese modo, deseo creerte sin comprender.

—¿Ves qué inmóviles y tranquilas están las estrellas?

—Cuando las miramos juntas —respondió la muchacha—, empiezo a creer que podemos participar de su inmovilidad.

Thalia le oyó reír suavemente.

—Las estrellas se mueven a una velocidad de millones de kilómetros por hora —dijo Byron—. Arden en su propio fuego hasta morir, para iluminar un viaje sin destino. ¿Corren hacia su propia extinción inútilmente o cumplen una misión en el espacio?

—No lo sé.

—Ni yo tampoco. Del mismo modo que ellas pueden estar muriendo por trillones, nosotros podemos producir un momento de vida en la eternidad.

 

El doctor Krypton miraba con aire ausente a través de la ventana de su oficina hacia el molino de viento de cristal del subdirector. El enigma seguía sin resolver. Algún día, quizá, las aspas dejarían de girar, y el pasaporte de un coordinador alfa reposaría sobre la mesa del psiquiatra.

¿Revolución o evolución? Una de la peculiaridades del hombre del siglo XXV era su enemistad hacia ambos conceptos.

El psiquiatra oyó que se abría la puerta y dijo, sin volverse:

—Buenos días, doctor Byron. Si una ardilla y media se comen una nuez y media en un minuto y medio, ¿cuántas nueces se comerán nueve ardillas en nueve minutos?

—Cincuenta y cuatro —respondió Byron, tras una breve pausa.

—Ha tardado tres segundos en responder —observó Krypton—. Está usted moderadamente alerta… Confío en que anoche se purgó usted.

—Desde luego. ¡Maté a la muchacha!

El doctor Krypton volvió el rostro hacia su visitante.

—Esto es interesante. ¿Por qué no se mató usted también?

—Porque necesitaba vivir a fin de matarle a usted.

—Probablemente es usted más fuerte que yo —dijo el psiquiatra en tono tranquilo—. Al Parecer, Nova Mancunia necesitará muy pronto un nuevo coordinador alfa. Y los neurocirujanos son difíciles de sustituir. Desgraciadamente, doctor Byron, no puede usted matar el sistema.

—Puedo intentarlo.

—Puede usted fracasar. Esto es todo. Ahora, será mejor que empiece su fracaso matándome a mí.

Byron dio un paso hacia adelante, pero se detuvo súbitamente. Volvió a avanzar, y volvió a detenerse. Todo su cuerpo estaba temblando. El sudor corría a raudales por su rostro.

—Temo —dijo el psiquiatra— que me aproveché de la profunda hipnosis para volver a arreglar, temporalmente, su instinto de coacción y de tabú. Como puede ver, estaba completamente justificado al hacerlo. Si es usted capaz de ponerme una mano encima, le aseguró que no encontrará ninguna resistencia. He estado pensando en su caso desde ayer. Al parecer, no existe más alternativa que una leucotomía prefrontal… oficialmente.

—¿Y de un modo no oficial? —preguntó Byron, mirando fijamente a su interlocutor.

—Le operaré a usted, doctor Byron, pero me limitaré a practicar una incisión y luego la cerraré. No cortaré ninguna fibra cerebral.

—¿Por qué?

—Porque la raza humana le necesita a usted, mi querido amigo. Hasta que la necesidad se manifieste, vivirá usted en la reserva prefrontal.

—Uno de los dos está completamente loco —dijo Byron lentamente.

—El loco soy yo —admitió Krypton—. Es una locura incurable. Vera yo no tengo ninguna fe en Nova Mancunia. La sociedad actual no es estática, y llegará un momento en que se paralizará. Esto será la señal para un retorno a la humanidad.

—¿Hizo usted que matara a Thalia? —preguntó Byron abruptamente.

—Sí. Usted. quizá necesitará morir antes de que se establezca una nueva sociedad. Me he limitado a hacer las cosas más fáciles para usted.

Por espacio de un minuto, el doctor Byron permaneció silencioso. Cuando habló de nuevo, su voz era tan tranquila como su actitud.

—¿Cuándo me operará usted?

—Mañana por la mañana.

—¿Está usted dispuesto a no cortar ninguna fibra, o bien la sugerencia forma parte del tratamiento?

El doctor Krypton sonrió, mientras acompañaba a su visitante hasta la puerta de la oficina.

—Es un punto muy interesante, debido a que usted no lo sabrá nunca.

 

El regalo del futuro de alegría o de pena

renueva el problema del deseo.

Detrás de cada estólido par de ojos

acecha el triste prisionero del fuego.

 

 

 

Invasión Del Planeta Del Amor

George P. Eliot

 

 

Una cosa nos sorprendió en la borrascosa superficie de Venus, y de un modo agradable: la temperatura. No bajaba de los 10 grados centígrados en los polos, ni superaba los 70 grados en el ecuador. Vimos varios volcanes en actividad, y ninguna señal de agua. En la zona templada meridional, resguardada por una cordillera de montañas de unos 20.000 pies de altura, y un par de horas antes de la tormenta más próxima, aterrizamos. Rossi y Bertel, blindados y precavidos, empezaron a explorar los alrededores de la nave; el doctor Pound y yo les cubrimos con el cañón depresor.

No había nada que descubrir sino granito. Una montaña de granito, una llanura de granito, rocas de granito, capas de granito. Y polvo de granito, por todas partes polvo de granito. Regresamos a la nave y nos pusimos nuevamente en marcha, huyendo de la tormenta que se acercaba. Nos detuvimos en medio de una llanura de una extensión aproximada a la de África. Granito.

Después de setenta y dos horas de infructuosa exploración, nos encontrábamos todos en un estado de ánimo deprimido, especialmente Rossi el cual, siendo el experto de esta fase de nuestra expedición, parecía sentirse ligeramente culpable del estado de cosas en el segundo planeta. Bertel se marchó a dormir. y yo, como hago siempre en tales casos, me dediqué a comer más de la cuenta. El doctor Pound había dejado de rezar; de su rostro se había borrado incluso aquella sonrisa que costó tres siglos de conquistas anglicanas; permanecía pegado a su periscopio, contemplando el granito.

En lo íntimo de nuestras mentes se albergaba el temor al fracaso. Cinco expediciones a Marte habían fracasado: se habían acercado al planeta, habían comenzado el aterrizaje, y nada más se supo de ellas. Nosotros habíamos sido enviados a Venus, y también estábamos fracasando. A pesar de que aterrizamos sin contratiempos, y a pesar de que probablemente podríamos regresar sanos y salvos, estábamos fracasando. No habíamos encontrado lo que debíamos encontrar.

Quedamos incomunicados con la Tierra a causa de las tormentas; creo que todos nos alegrábamos de ello, ya que de no ser por esa circunstancia hubiésemos tenido que esperar hasta la hora 300, tal como se había planeado, para utilizar nuestro último recurso. Disponíamos de 500 horas en total; si nos quedábamos más tiempo, nuestro regreso a la Tierra podría verse seriamente comprometido.

No podíamos utilizar el cráter de uno de los volcanes apagados, como estaba proyectado, porque los cráteres aparecían llenos de arena. Acordamos hacerlo en una zona templada, y cerca de una montaña. Regresamos al lugar de nuestro primer aterrizaje. Al llegar nos encontramos con una tormenta venusiana en todo su apogeo. Rossi dijo que debíamos apresurarnos a eliminar la intensa radioactividad. Dejamos caer la bomba a la hora 82; y a la hora 96 regresamos, completamente protegidos, esperando encontrar unas cuantas variaciones más sobre el mismo tema: granito. Y en vez de ello, creímos encontrar lo que estábamos buscando: recursos naturales y seres racionales… ricos y enemigos.

La cavidad que la bomba había producido tenía centenares de pies de profundidad. En ella existían evidencias de muchos depósitos minerales, incluyendo, dijo Rossi, una gran veta de oro y grandes cantidades de pecblenda. Pero su entusiasmo ante los minerales y el agua desapareció repentinamente ante el descubrimiento de las evidencias de vida madrigueras excavadas en el interior de la cavidad. No muchas, y no muy grandes —de unos cuatro pies de diámetro—, pero a intervalos regulares y sin duda alguna artificiales.

—¡Allí! —gritó el doctor Pound, con los ojos pegados a su periscopio—. ¡Allí! ¡Uno de los agujeros que había allí ha desaparecido!

Desde luego, el lugar estaba bastante oscuro, y el doctor Pound no era un observador en el cual pudiera confiarse demasiado, pero juró y perjuró que mientras estaba contemplando una de aquellas aberturas, ésta se había cerrado. En menos de diez segundos desapareció de allí, y su lugar quedo ocupado por la uniforme pared de granito. No podía haber sido la arena. Nos colocamos nuestras armaduras y salimos de ahí.

Fuimos acercándonos lentamente al más próximo de los agujeros. Rossi llevaba un desintegrador, Bertel un Murdlegatt, yo dos depresores, y el doctor Pound, que era un hombre viejo estilo, llevaba un fusil ametrallador en una mano y una cruz en la otra. Llegamos al agujero sin ninguna dificultad, y no vimos nada, hasta donde alcanzaron nuestras linternas, salvo una especie de túnel excavado por mineros que hubieran trabajado a cuatro patas. El aire que salía de él era relativamente fresco.

Intrigados, miramos a nuestro alrededor. En alguna parte, detrás de nosotros, se oía un ruido como si alguien estuviera escarbando. El ruido nos llegaba con toda claridad en medio de las ráfagas de viento. Y entonces, tal como el doctor Pound había dicho, la entrada de un agujero, que en aquel momento ninguno de nosotros estaba mirando, pero que todos sabíamos donde estaba, desapareció repentinamente. Corrimos hacia el lugar en cuestión, y encontramos lo que de momento nos pareció un taco de piedra arenisca en la entrada. Pero Rossi, examinándolo bien, descubrió que se trataba de una especie de pantalla de un metal muy ligero. Aplicó a ella su desintegrador puesto a 7,7, y la pantalla dejó de ser un obstáculo: entramos en el túnel.

El interior del túnel no estaba completamente oscuro —ignoramos aún cómo lo conseguían—, a pesar de que la oscuridad era completa. Trataré de explicar esta aparente paradoja: uno no podía verse la mano colocada delante de su rostro, pero podía decir lo que no estaba viendo, que es más de lo que puede decirse cuando reina una completa negrura. En la superficie del túnel no había irregularidades de ninguna clase Tampoco había curvas, de modo que ahorramos la luz de nuestras linternas. Andamos durante mucho rato siempre ascendiendo ligeramente.

El doctor Pound, que iba en último lugar, dijo ¡Alto! en un tono de voz que hizo que se erizaran los pelos de nuestras nucas. Al principio, el túnel parecía estar sumido en la oscuridad; pero de repente supimos que resonaba en él un ruido sordo, que era algo más que el latir de nuestros corazones resonando en nuestros oídos, y que llegaba de algún lugar situado a nuestras espaldas.

—¿Cómo puede haber alguien detrás de nosotros?, —murmuré, al tiempo que encendía mi linterna.

A veinte pies de distancia, cegado por la repentina claridad, había un extraño bípedo, encorvado. de ojos grandes y rostro contraído en una mueca que podía ser tomada por una sonrisa. Iba desnudo y su cuerpo parecía estar completamente desprovisto de pelos y de arrugas; su carne tenía el color blanquecino propio de la vida subterránea; avanzó a nuestro encuentro con las manos —en realidad garras— extendidas; su aspecto era evidentemente humano. El doctor Pound le advirtió que se detuviera, con palabras y con gestos, pero el venusiano no se detuvo. Sus garras eran muy afiladas; la mueca de su rostro era espantosa.

El doctor Pound disparó contra él a una distancia de cinco pies. Le vimos agarrarse el vientre y estremecerse de dolor; pero, cuando estaba a punto de morir, sus facciones se relajaron y adquirieron una expresión apacible, y su último gesto fue una sonrisa de felicidad dirigida al doctor Pound; murió con aquella sonrisa en los labios. El doctor Pound se arrodilló, hizo el signo de la cruz sobre el cadáver, y murmuró una jaculatoria por el alma que el venusiano pudiera haber tenido; y a continuación reemprendimos nuestro camino.

No habían pasado tres minutos cuando vimos una lucecita al final del túnel; un débil resplandor, muy lejano. Luego, el resplandor desapareció; oímos una especie de grito; otro venusiano se acercaba, sin duda para investigar la causa del ruido. Le cegué con la luz de mi linterna, y Rossi le desintegró (con el desintegrador a 2,1); pasamos por encima del charco en que se había convertido el venusiano y nos acercamos a la entrada adoptando grandes precauciones. El túnel sólo permitía el paso de dos hombres uno junto a otro; Rossi y yo nos arrastramos hacia adelante sobre manos y rodillas, con las armas preparadas, hasta que pudimos ver el interior de una gran caverna.

En la caverna hacía calor y había humedad —exactamente las condiciones necesarias para poder ir desnudos, como los venusianos—, y era tan grande que no logramos ver el otro lado de ella. Las paredes, cortadas a pico, eran muy altas, el suelo estaba lleno de suciedad y las enormes estalactitas que cubrían la bóveda brillaban intensamente. Desde nuestra ventajosa posición. a unos centenares de pies por encima del suelo, pudimos ver una abundante vegetación, de un verde muy pálido, y un gran número de aquellos pequeños y pálidos seres. Estaban haciendo algo… brincando de un lado para otro, desapareciendo debajo de las hojas, gritando con voces guturales.

—¿Qué están haciendo ahí abajo? —le pregunté a Rossi.

Se encogió de hombros.

—Son lunáticos. Y están bailando.

Pero Bertel y el doctor Pound nos estaban tocando ya impacientemente, apremiándonos para que les dejásemos mirar. Les cedimos el sitio.

Los dos se excitaron hasta el punto de olvidar toda prudencia. Alargaron sus cuellos y empezaron a discutir, levantando insensiblemente la voz a medida que discutían.

—No existe ningún motivo —dijo Bertel— para suponer que lo que están haciendo es una extravagancia.

—Mírelos —dijo el doctor Pound—. Mírelos, hombre.

—¿Qué sabemos acerca de sus motivos? Sólo podemos suponer lo que esto significaría si lo hiciéramos nosotros.

El doctor Pound le miró con expresión de extrañeza.

—¿Y usted es psicólogo —inquirió—, y además especializado en pueblos primitivos?

—¡Bah! —dijo Bertel, eludiendo la pregunta—. Si esos individuos son humanos, yo diría que son pre-sapiens. Fíjese en…

—¡No! —le interrumpió el doctor Pound—. En sus movimientos hay una especie de método. Estoy dispuesto a apostar cualquier cosa a que esto representa una danza por medio de la cual invocan la protección de los dioses por la terrible explosión de nuestra bomba.

—No es mala idea —dijo Bertel—. Pero a mí me parece demasiado aventurada. Yo diría que pueden estar seriamente afectados por los efectos de nuestra bomba. El oído interno…

La discusión no se interrumpió, pero yo dejé de prestar atención a ella. Empecé a hacer cábalas acerca de lo que sería mi trabajo si aquellos venusianos eran el equivalente de nuestros pueblos más primitivos. Había contribuido a desarrollar el sistema Krase de reducir los lenguajes primitivos a una especie de lengua básica que facilita enormemente la educación. Existían un par de tribus brasileñas cuyos lengua es parecían no responder al método Krase, y yo estaba muy ansioso por comprobar qué resultados daría aplicado a los venusinos.

—Vamos —les dije a los polemistas—, dejen de discutir. ¿Creen que podremos bajar ahí?

Rossi se echó a reír.

—Como no nos salgan alas, no veo cómo podremos civilizar a esos niños.

Pudimos comprobar que nuestro túnel se abría, igual que todos los demás que estaban a la vista, a un centenar de pies sobre el suelo, encima de una pared cortada a pico, y que allí no había escalones ni ninguna clase de mecanismo para bajar. Pero, mientras estábamos mirando, vimos deslizarse entre las estalactitas, como una lancha sobre un tranquilo lago, el medio de transporte: una especie de esquife poco profundo que flotaba en el aire. En él había dos venusianos; lo dirigieron hacia otra abertura de túnel, lo colocaron en posición y luego empujaron su carga dentro. Era una pantalla como la que nosotros habíamos desintegrado. Uno de los hombres desapareció con la pantalla, empujándola, y el otro se marchó con el esquife. No sabíamos qué hacer.

Nuestra táctica y estrategia nos habían sido enseñadas a conciencia durante varios años; si encontrábamos seres inteligentes (tal como había ocurrido ahora, evidentemente) teníamos que aislar a un pequeño número de ellos, enterarnos por su mediación de la mayor cantidad posible de detalles acerca de su sistema de vida, de su educabilidad y de los recursos naturales del planeta, y mostrarnos absolutamente sinceros acerca de nuestras intenciones, aunque no acerca de nuestros poderes; pero, por encima de todo. no debíamos confiar en nadie.

Nuestro problema, en consecuencia, era: ¿cómo llegar al suelo sin confiarnos a uno de aquellos pequeños barqueros? Bertel sugirió que llamáramos a uno, que le obligáramos a enseñarnos cómo funcionaba el esquife y luego le arrojáramos por la borda. Pero los demás estuvimos de acuerdo en que sería un procedimiento demasiado arriesgado. No veíamos más alternativa que la de confiarnos, al menos para un viaje. De modo que cuando otro esquife se acercó para depositar su carga, gritamos y agitamos los brazos hasta que el conductor nos vio y se dirigió hacia nosotros.

Llegó sonriendo y con los brazos abiertos hasta la boca de nuestro túnel, emitiendo unos guturales ruiditos con la garganta, y sin asombrarse para nada ante nuestra apariencia. Antes de que pudiera darse cuenta de que no aceptábamos sus buenas disposiciones, nos había tocado ya infinidad de veces, tratando de abrazarnos. Pero, finalmente, comprendió: dejó de sonreír y nos permitió entrar en el esquife. Señalamos hacia abajo, y empezamos a descender trazando graciosas espirales.

El esquife era metálico y no había en él ningún mando visible. El venusiano no parecía hacer nada para conducirlo. Estábamos todos desconcertados (y seguimos estándolo) en lo que respecta a su funcionamiento. El doctor Pound, que era capaz de poner a cualquiera en un apuro, murmuró que quizá lo que lo movía era sólo un grano de fe. Creo que Rossi en aquel momento, hubiera cambiado al doctor Pound por un trago de buen whisky; y sé que yo lo hubiera hecho. Cuando nos posamos en el suelo, descargué uno de mis depresores sobre el barquero, a fin de asegurarnos el viaje de regreso. Bertel, que había estado observando el suelo de la caverna, nos advirtió que debíamos prepararnos contra un ataque. Los venusinos se acercaban a nosotros rápidamente, saltando y gritando. Allí no había ninguna clase de refugio para nosotros, únicamente las fláccidas y húmedas plantas de color verde pálido, con sus enormes hojas. Y no disponíamos de tiempo: los venusianos se acercaban procedentes de todas las direcciones, sin la menor señal de vacilación. Algunos de ellos iban armados con algo que tenía el aspecto de palas y azadones.

Apoyando nuestras espaldas en la pared de la caverna, formando un semicírculo contra su semicírculo, gritamos para que se detuvieran, pero no se detuvieron. Entonces abrimos fuego. Con la primera descarga eliminamos a unos cincuenta, pero no creo que los que les seguían comprendieran lo que había ocurrido, ya que continuaron avanzando. Disparamos de nuevo: todas nuestras armas eran eficaces contra ellos. Otra vez. Y esta tercera vez los que quedaban se detuvieron a unos cincuenta pasos de distancia.

Todos menos un chiquillo, que avanzó hacia nosotros con paso vacilante, sin ayuda de nadie, golpeando una con otra sus diminutas garras y profiriendo grititos. Su madre salió corriendo detrás de él. El doctor Pound le apartó con la punta de su fusil ametrallador; la madre lo cogió entre sus brazos y le consoló dándole el pecho; luego, sonriendo, extendió un brazo terminado en una garra brutal (NO CONFIAR EN NADIE), intentando arañar al doctor Pound. Este disparó contra ella; al igual que el primer venusino que había matado, la mujer murió dirigiéndole una sonrisa. Todos los demás salieron corriendo. Supusimos que se habían asustado con el ruido; el niño, sin prestar atención a su madre caída, corrió detrás de ellos tapándose los oídos con sus diminutas garras.

Desintegramos a los muertos, reanimamos a algunos de los que habían caído bajo el efecto de los depresores, y dimos comienzo al largo y tedioso proceso de garantizar nuestra seguridad, comunicarnos con ellos y explorar los recursos materiales de su mundo. Rossi se marchó con el conductor del esquife y el Murdlegatt y regresó a las 150 horas con unos informes fantásticos acerca de depósitos minerales. Yo me dediqué a establecer una especie de relación telepática con los venusinos, aunque no podíamos estar seguros de que nos comprendieran. El doctor Pound no obtuvo el menor éxito en sus intentos por convertirlos, y Bertel está tratando todavía de darle un sentido coherente a los datos obtenidos a través de los experimentos de psicognosis que llevó a cabo con los venusinos.

Sin embargo, por motivos de Seguridad Nacional, no estoy autorizado a explicar con detalle ninguno de aquellos aspectos de nuestra expedición. Lo que puedo decir es que aquel borrascoso y poblado planeta contiene una cantidad tal de riquezas que sólo pueden ser expresadas por medio de estadísticas, y un enemigo equivalente a una epidemia de sarampión. Pero no conseguimos descubrir a satisfacción nuestra si están lo bastante desarrollados para poder apreciar las ventajas de tener libros, y vestidos, y máquinas, y guerras… en una palabra, si pueden ser elevados a un nivel decente de civilización.

Puedo decir también que a eso de la hora 200 habíamos sometido a una docena de ejemplares típicos de venusianos a todos los experimentos que el ingenio había previsto de antemano y que la necesidad nos imponía en el momento. Cuando señalaba a mis ojos —los venusianos tienen ojos como los nuestros—, mi cerebro (lo mismo que los de Bertel y del doctor Pound) se llenaba con la imagen de una cadena de lagos bajo un cielo sin nubes, o de un jardín de rosas en flor. Cuando me rascaba la piel y me la pellizcaba, mi cerebro quedaba invadido por la sensación de un baño caliente o de unas sábanas limpias y suaves. Señalé a mi estómago, y empecé a pensar en pavos asados (desde luego, en Venus no hay pavos); a mis oídos, y escuché el canto de los pájaros al amanecer (allí no hay pájaros, ni amaneceres). Era como si aquellos seres hubiesen vivido anteriormente en un mundo como el nuestro, y hubiesen sido empujados después a la vida subterránea por unos invasores, conservando sin embargo el recuerdo de aquella agradable existencia. Bertel, que es más realista que yo, dice que ellos operaban sobre nuestras emociones, y nuestros propios cerebros formaban las imágenes específicas. Cuando me encontré llorando después de haber señalado mis dedos, Bertel dijo que aquello demostraba la compasión que les producía el hecho de que careciéramos de garras. A veces nos sentíamos invadidos por el deseo de abrazarles amistosamente (nos vimos obligados a descargar los depresores sobre ellos una vez más a fin de poder dominar aquel impulso); y a veces nuestros cerebros se llenaban de imágenes tan voluptuosas que no sé cómo pudimos reprimir el deseo de desintegrarlos a todos definitivamente.

Los venusianos eran o increíblemente estúpidos o extremadamente listos. En realidad, si hubiesen pertenecido a la especie homo sapiens, Bertel les hubiera calificado de peligrosamente neuróticos. Nada de lo que hacíamos conseguía despertar su hostilidad; o, para ser más exactos. Hiciéramos lo que hiciéramos no manifestaban su hostilidad. Aprendieron a correr cuando les perseguíamos. A uno de ellos le dejamos sin comer se limitó a morirse. A otro le vendamos los ojos y lo metimos cabeza abajo en un agujero: después de luchar durante un rato se quedó quieto, canturreando en voz baja hasta que le sacamos de allí.

Rossi al regresar de su expedición sugirió que golpeásemos a uno de ellos. Me mostré partidario de hacer la prueba, a pesar de la oposición del doctor Pound que opinó que puede descubrirse mucho acerca del nivel cultural de un ser viendo cómo reacciona ante el dolor: un ser de orden inferior se limita a gritar o a soportarlo, en tanto que un tipo altamente desarrollado ser capaz de extraer algún beneficio de su dolor.

Empezamos engañándole. Le manifestamos nuestra amistad y nuestro afecto que siempre se mostraba dispuesto a aceptar. Y luego cuando estaba preparado para recibirlos le abofeteamos. Así una y otra vez, sin que se aprendiera nunca la lección. Le abrumamos con pensamientos hostiles: creo que fueron proyectados con éxito, ya que el sujeto parecía experimentar una especie de aturdimiento y de pesar al recibirlos. Le sometimos a tortura física. v entonces ocurrió algo monstruoso. Al principio gritó de dolor, pero poco después pareció comprender que aquel tratamiento era lo que le estaba reservado nos sonrió, débilmente pero sonrió, mientras le quemábamos las plantas de los pies. Aquella débil sonrisa nos transmitió a todos su ternura y su afecto, en mí, adquirió la forma de desear que me perdonara.

Estábamos desconcertados y derrotados. ¿Cómo puede esperarse civilizar a unos seres tan incapaces de reaccionar al dolor como aquellos sonrientes individuos? ¿Qué realizaciones de algún valor pueden ser esperadas de ellos? Estábamos a punto de dar por terminado el experimento cuando nos acometió el mayor de los peligros.

Caímos de rodillas.

No sé cómo ni por qué, pero repentinamente caímos de rodillas en un transporte de júbilo. Los cuatro experimentamos la misma sensación: Una desmesurada alegría por poder respirar el oxígeno de nuestras cápsulas, por sentir el roce de nuestras manos en el interior de sus guanteletes, por estar de rodillas y horrorizarnos de nosotros mismos Creo que el doctor Pound estuvo en lo cierto: lo que sentíamos era temor. Yo no estoy seguro. Sé muy poco acerca del temor.

Rossi fue el único que consiguió recobrar el dominio parcial de sí mismo, pero lo hizo a tiempo para salvarnos. Con el rostro de un ángel nos dijo que subiéramos al esquife: en estado de trance, como aquellos que acaban de ser objeto de un milagro, obedecimos. Rossi hizo recobrar el conocimiento al conductor, sobre el cual yo había descargado mi depresor, y empezamos a elevarnos. Mientras ascendíamos, vimos a una multitud de venusinos enfrentados a nosotros y persiguiéndonos con su amor. Rossi tuvo que descargar el depresor sobre el doctor Pound para evitar que fuera a reunirse con los venusinos saltando por la borda del esquife.

Volvimos a nuestro túnel, que Rossi había tenido la precaución de señalar con el desintegrador, y nos introducimos en él. El poder de los cariñosos venusinos disminuyó, pero no nos sentimos sanos y salvos hasta que hubimos alcanzado el otro extremo del túnel. Habían cubierto la entrada con otra pantalla: la desintegramos y salimos a la cavidad excavada por nuestra bomba, acogiendo con gran alivio los cálidos ruidos del Venus exterior.

Era la hora; disponíamos de tiempo más que suficiente. Nos hubiera gustado celebrar alguna ceremonia para festejar nuestra huida y el éxito, por pequeño que fuera, de nuestra misión, pero las circunstancias no permitían ceremonias de ninguna clase. Rossi exploró los extremos más recónditos de la cavidad; nos informó de que no había encontrado arena: sólo una capa de polvo. Suponía que la cavidad no quedaría nunca llena, ni completamente cerrada. A ninguno de nosotros le importaba.

Entramos en la nave y, después de cerrarla herméticamente, nos sentamos en la sala de mandos para comer y para filosofar un poco, reasumiendo nuestros papeles de representantes de la Tierra.

—Yo diría —dijo Bertel— que hemos fracasado.

—¿Por qué? —inquirí—. Hemos descubierto…

—Sí, sí —me interrumpió—. Hemos descubierto y hemos descubierto. Pero, ¿a quién diablos le importar hacer la guerra a esos badulaques que hemos descubierto? Nunca serán aptos para luchar.

Pero Rossi era más optimista.

—Siempre queda Marte —dijo—. Podemos aprovechar la fuerza específica de Venus para hacerle la guerra a Marte. Marte parece ser un enemigo de cuidado para cualquiera.

—Tal vez perduren los dos —dijo Bertel—, hasta que la naturaleza del hombre haya cambiado.

—Esto —dijo el doctor Pound— es inconcebible.

Bertel le miró belicosamente, pero decidió aplazar la discusión hasta que estuviéramos en el espacio. Había llegado el momento de emprender la marcha.

Cuando la nave salía de la cavidad excavada por la bomba, Rossi recordó que habíamos olvidado una parte de nuestras obligaciones. El Presidente nos lo había encargado de un modo especial cuando acudió a desearnos un buen viaje, muchas horas antes. Los cuatro estuvimos de acuerdo en que el mejor lugar para ponerlo era la pared del fondo de la cavidad, y colocamos la lápida de bronce de modo que quedase bien visible. La lápida llevaba la siguiente inscripción:

 

ESTE PLANETA FUE DESCUBIERTO POR EMISARIOS

DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA.

LOS PERMISOS DE EXPLORACIÓN

DEBEN SER SOLICITADOS AL GOBIERNO

DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA.

TODOS LOS DERECHOS DE EXPLOTACIÓN

ESTÁN RESERVADOS

POR LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA.

 

 

 

Rasgo De Ingenio

Gordon R. Dickson

 

 

Era un planeta bueno. Era un planeta muy bueno: valía en justicia un bono de la Clase A. Hank Shallo se limpió los labios con el dorso de su mano cuadrada, velluda, de prominentes nudillos, soltó la taza de café y puso su nave en órbita alrededor del lugar. La órbita tenía una ligera deriva, debido a que el giroscopio necesitaba un repaso; pero Hank estaba acostumbrado a estas anomalías, como lo estaba al hecho de que la cafetera hubiese sido instalada en el termostato a un nivel inferior al por él indicado. Hizo las necesarias correcciones mientras miraba hacia abajo, en busca de un lugar conveniente para aterrizar.

Hank era un explorador del universo: un pionero interestelar que volaba en una nave espacial individual, buscando nuevos hogares para los humanos. La última vez que estuvo en la Tierra había sido citado como modelo de exploradores en una campaña de publicidad montada por el gobierno. En los carteles impresos a tal fin, Hank aparecía embutido en un ajustado uniforme azul, de cuello abierto, sentado ante los relucientes mandos de una cabina nueva. Utilitariamente ordenada, la pequeña cabina le rodeaba desde el camastro plegable tipo Pullman hasta el armario con las armas bien engrasadas brillando en sus colgadores. Una usada guitarra estaba tirada en un rincón.

La realidad difería un poco de este cuadro: Hank, embutido en unos pantalones cortos de color caqui, sentado ante los baqueteados mandos. Utilitariamente desordenada, la pequeña cabina le rodeaba desde el camastro clavado en el suelo y sin hacer hasta el armario, con un pico, una pala, un hacha, etc., bien engrasados brillando en los colgadores. (En el departamento de municiones había cinco cartuchos de dinamita. Hank, cuando hablaba de sus expediciones durante sus cortas estancias en la Tierra, era capaz de referirse a la dinamita con cierto lirismo. Es una herramienta —decía— y un arma. Cava por ti, lucha por ti, te abre paso por todas partes. Lo único que no puede pedírsele es que guise las comidas y haga la cama.

Una usada guitarra estaba tirada en un rincón.

Cuando hubo completado la novena vuelta, Hank tenía un mapa de toda la superficie del planeta que estaba debajo de él. Corrió a llevárselo al cerebro electrónico de la nave, el cual marcó el lugar de aquel planeta de tres continentes donde las condiciones para aterrizar eran óptimas. Luego, Hank ajustó el piloto automático y decidió descabezar un sueño.

Cuando el instinto le despertó, el Andnowyoudont estaba balanceándose sobre un pequeño prado rodeado de árboles bastante atractivo como lugar de aterrizaje. Nunca podría saber qué sentido le advirtió en medio de su somnolencia; lo cierto es que un segundo antes estaba dormido… y un segundo después estaba corriendo hacia el cuadro de mandos.

El choque sacudió a la nave como una mano de gigante. Hank dio un traspiés, chocó de cabeza contra la pared de la cabina y perdió el conocimiento en medio de la lluvia de estrellas más espectacular que había contemplado en toda su vida de navegante espacial.

Despertó de nuevo, esta vez con un insoportable dolor de cabeza y un chichón en la frente. Se sentó, semiinconsciente, y con un enorme esfuerzo terminó por ponerse en pie para dirigirse, con paso vacilante, hacia el botiquín. De un modo vago se dio cuenta de que la nave, al menos, seguía en posición vertical. La mirilla de observación permitía ver un trozo de prado. Cinco años antes hubiera corrido a asomarse a la mirilla. Ahora estaba más interesado en tomar una aspirina.

Cuando se hubo tragado la aspirina y comprobado que el chichón de su frente no sangraba y que la guitarra no había sufrido ningún daño, se acercó a la mirilla de observación, se instaló en el asiento del piloto y miró hacia el exterior. El prado dio unas cuantas vueltas delante de sus ojos, se paró, y por la mirilla pudo ver una forma alargada, de color gris.

En el extremo opuesto del prado se encontraba otra nave.

 

Su tamaño equivalía a la mitad del Andnowyoudont, y no se parecía a ninguna de las naves de fabricación terrestre conocidas por Hank; tenía una especie de torreta metálica en el lugar que debía ocupar la proa. De aquella torreta sobresalían un par de tubos cortos, de boca muy ancha, que guardaban una inquietante semejanza con las bocas de los cañones. Apuntaban directamente al Andnowyoudont.

Hank silbó las tres primeras notas de Esta Noche Hace Calor en la Vieja Ciudad… y se interrumpió con cierta brusquedad. Miró fijamente a través de la mirilla, la extraña nave espacial.

¡¡Vaya! —murmuró—. Llegar dos al mismo tiempo al mismo lugar… Creo que sólo puede ocurrir una vez cada diez billones.

Lo cual, probablemente, era cierto. Pero también era cierto que el decirlo no modificaba en nada la situación.

Hank se puso en pie pesadamente, se dirigió hacia la cafetera y se sirvió una taza de café. Luego fue a sentarse ante el cuadro de mandos y examinó unos aparatos indicadores. Sin demasiada sorpresa por su parte, descubrió que el Andnowyoudont estaba siendo objeto de varias clases de radiaciones. Procuró no tocar nada. En aquel momento se acordó de los cinco cartuchos de dinamita, para desechar inmediatamente la idea. Los viajes hacia las estrellas habían puesto a Hank en contacto con algunas formas de vida que podían ser llamadas inteligentes, pero nadie, que Hank supiera, en su línea de trabajo o fuera de ella, se había cruzado con lo que pudiera llamarse una inteligente raza viajera del espacio.

A excepción. ahora, del pequeño de mistress Shallo, se dijo Hank a sí mismo. No, era evidente que no se trataba de un problema que hubiera que solucionar a base de dinamita. La nave desconocida estaba armada, y bien armada. El Andnowyoudont llevaba como carga cinco cartuchos de dinamita, un montón de útiles y pacíficas herramientas, y a Hank. Hank se retrepó en su asiento, bebió un sorbo de café y estudió la situación con el único recurso de la nave que tenía alguna posibilidad de resolverla: cincuenta onzas, aproximadamente de materia gris, situadas detrás de sus cejas y entre sus dos orejas.

Estaba haciendo funcionar aquel recurso con bastante intensidad, cuando el casco del Andnowyoudont empezó a vibrar a cortos intervalos. La vibración se traducía en una serie de breves sacudidas. Hank se dirigió al Cerebro de la nave y le preguntó qué opinaba acerca de aquel nuevo acontecimiento.

—La nave extranjera parece que está tratando de comunicar con usted —le informó el Cerebro.

—Bien, mira de obtener la clave de su código —ordenó Hank—. Pero no contestes… todavía.

Regresó a su asiento y a sus meditaciones.

Uno de los aspectos menos atractivos de la profesión de Hank —y que apenas había sido mencionado en el curso de la campaña publicitaria a que antes hemos aludido—, era el pesado programa de clases, conferencias y cursillos a que se veía obligado a asistir cada vez que regresaba al Cuartel General, en la Tierra. El objetivo de aquellas enseñanzas era el de mantenerle, a él y a otros como él, al corriente de los últimos avances y descubrimientos que pudieran serle útiles.

Teóricamente, un explorador del espacio tenía que saberlo todo, desde la psicología del orictepopo hasta el idioma Siriano. Prácticamente, dado que tal acumulación de conocimientos resultaba imposible, la enseñanza era más bien superficial.

Toda nueva información, desde luego, era incorporada a los tubos electrónicos del Cerebro; pero la dificultad, desde el punto de vista de Hank, era recordar lo que tenía que preguntar y cómo tenía que preguntarlo. Recordó vagamente que durante su última estancia en la Tierra había asistido a una conferencia en la cual se había expuesto la teoría —discutida por alguno— de que una raza viajera del espacio interesada en la misma clase de planetas que los humanos, no sólo tenía que parecerse mucho a los humanos, sino que reaccionaría también de un modo muy parecido a los humanos. Hank cerró los ojos.

Bandidos —se recitó a sí mismo—, laurel, agracillo, tela impermeable, hebilla, ensenadas. espe… Cerebro, “Especulaciones sobre las reacciones de los seres desconocidos” de Walter M. Breadon.

Hubo una pausa casi imperceptible, y a continuación apareció un texto impreso en una pantalla situada delante de Hank.

Séanos permitido ahora (empezaba el texto) especular un poco acerca de la personalidad y la naturaleza de unos desconocidos viajeros del espacio que cualquiera de ustedes puede encontrar…

Hank se retrepó más cómodamente en su asiento y se dispuso a leer.

Veinte minutos más tarde había confirmado su recuerdo del hecho de que Breadon creía que un ser desconocido, tal como el que debía ocupar la nave que se hallaba al otro extremo del prado, tenía que reaccionar necesariamente de un modo muy similar a un humano. Breadon apoyaba su teoría en la necesidad de un medio ambiente y de unas etapas de desarrollo paralelos.

En aquel momento, el timbre del receptor espacial de Hank sonó fuertemente.

—¿Qué sucede? —le preguntó Hank al Cerebro.

—La nave desconocida ha llegado a la conclusión de que puede hablar con usted a través de medios normales de comunicación. Está llamando al Andnowyoudont.

—Estupendo —dijo Hank—. Me pregunto cómo se llamará el equivalente de Breadon entre esos seres desconocidos.

—Lo siento. señor. No poseo esa información.

—Ya. Bueno, prepárate para traducir.

Hank colocó la clavija del tablero de comunicación. En la pantalla que tenía delante de él apareció la imagen de un individuo desprovisto de pelo y hasta de cejas; tenía unos pómulos muy pronunciados. una boca ancha y carecía de barbilla propiamente dicha; su cuello, muy recio, era rugoso como el de una tortuga.

El individuo le miró fijamente por espacio de un minuto; y luego empezó a gluglutear. De cuando en cuando se interrumpía para volver a mirarle. Hank, con el dedo apoyado aún en el pulsador se volvió hacia el Cerebro.

—¿Qué es lo que está diciendo?

—Necesito más datos. Posiblemente, si hablara usted ahora, quizás él volvería a hablar.

—No me da la gana.

Hank miró al desconocido. El desconocido le devolvió la mirada. Aquella lucha silenciosa continuó por algún tiempo. De repente. el desconocido empezó a gluglutear de nuevo. Esta vez lo hizo largo y tendido. Agitó también un puño en el aire. Era un puño más bien pequeño, teniendo en cuenta la robustez de su cuello.

—¿Bien? —le preguntó Hank al Cerebro, cuando la figura de la pantalla se hubo callado por segunda vez.

—Primer mensaje: Está usted detenido.

—¿Eso es todo lo que ha dicho?

—La aglutinación parece ser una característica fundamental de su lenguaje.

—De acuerdo —gruñó Hank—. Sigue.

—Segundo mensaje: Ha ofendido usted a las autoridades responsables y a su inmediato representante, en mi persona. Está usted detenido e indefenso. Por lo tanto, ríndase inmediatamente o será usted destruido.

Hank meditó unos instantes.

—Traduce —le dijo al Cerebro. Apretó el pulsador—. ¡Tut-tut! —le dijo al desconocido.

—Soy incapaz de traducir tut-tut —dijo el Cerebro.

¡Oh!

Hank sonrió. Su sonrisa se hizo más amplia. Empezó a reír. Su risa se convirtió en una carcajada.

—Soy incapaz de traducir la risa —dijo el Cerebro.

Hank se retorcía de risa en su asiento. Apretó el pulsador. La pantalla se oscureció y el asombrado rostro del desconocido desapareció de su vista. Sin dejar de reír, Hank se sentó correctamente. De pronto, dejó de reír.

—¿Qué estoy haciendo? —murmuró—. Hay que arreglar esto.

Se secó la húmeda frente con el velludo dorso de su enorme mano y se puso en pie para dirigirse a uno de los compartimientos destinados a la comida. Lo abrió y sacó una botella de color pardo.

El licor no era una parte normal de la lista de suministros de una nave espacial… por razones de espacio: un ciclo cerrado que reelaboraba restos de materia de naturaleza orgánica para volver a convertirlos en alimento exigía pequeños y eficaces mecanismos que lo mismo fabricaran cerveza sintética que carne sintética. El resultado, era que los exploradores del espacio bebían cerveza, si es que bebían algo.

Eran la desesperación de camareros, camareras y taberneros. Un grupo de exploradores del espacio, reunidos para pasar un rato agradable juntos; encargarían una botella de cerveza fría por cabeza; se beberían el contenido de las botellas, cuando les fuesen servidas, en un par de segundos; y luego permanecerían sentados con las botellas vacías delante de ellos hasta que hubieran transcurrido unos tres cuartos de hora. Entonces se repetiría todo el proceso.

Un explorador del espacio decidido a emborracharse se limitaría a acortar el intervalo entre botella y botella. Un explorador del espacio decidido a permanecer completamente sobrio, lo alargaría. Un ajeno a la profesión, sentado con ellos en una de aquellas sesiones, quedaba normalmente destrozado: o por exceso de bebida, o por frustración.

En el caso que nos ocupa, Hank descorchó la botella, se bebió medio litro de cerveza, volvió a cerrarla cuidadosamente y la introdujo de nuevo en su compartimiento refrigerado. Luego contó con detenimiento las botellas llenas de cerveza que allí había y abrió al máximo los controles del productor de cerveza.

Después de esto casi se sintió atacado por otro espasmo de risa, pero luchó por reprimirlo. Se dirigió al tablero de mandos y encendió una pantalla. En ella apareció una vista del prado con el sol de la tarde brillando sobre la verde hierba y la alargada forma de color metálico de la nave desconocida.

—Un hermoso día —dijo Hank— para salir de merienda.

—¿Desea usted que tome nota de este hecho? —preguntó el Cerebro, que había quedado en funcionamiento.

—¿Por qué no? —respondió Hank.

Empezó a recorrer alegremente la nave, abriendo cajones y sacando cosas. Se le ocurrió una idea repentina. Se dirigió hacia el tablero de mandos para comprobar los datos de ciertos instrumentos relacionados con las condiciones físicas del mundo exterior: los instrumentos señalaban unas condiciones excelentes. Añadió a las cosas que tenía preparadas las botellas de cerveza llenas, metiéndolas en una nevera portátil, y se encaminó hacia la cámara reguladora de la presión de su nave.

Al llegar al exterior, buscó un lugar cómodo en la hierba a medio camino entre su nave y la del desconocido.

Media hora más tarde, había encendido una pequeña fogata en el centro de un pequeño círculo de piedras, instalando una hamaca entre dos postes de madera, con alimentos surtidos y cerveza fría al alcance de la mano. Se tumbó en la hamaca, templó su guitarra y se puso a cantar. Cada treinta y cinco minutos, aproximadamente, se bebía medio litro de cerveza.

La cerveza no contribuyó en absoluto a mejorar su voz. Existía un motivo para que Hank Shallo se dedicara a cantar en el curso de sus solitarios viajes de exploración: ninguna comunidad civilizada podría soportar la horrible vibración de sus cuerdas vocales al cantar. Mediante una combinación de soborno y de intimidación había obligado en cierta ocasión a un profesor de música indigente a que le enseñara a mantenerse entonado. De modo que se mantenía entonado; pero su canto seguía siendo una especie de rebuzno capaz de atravesar paredes de seis pulgadas de espesor.

La nave desconocida no mostró ningún signo de vida.

El sol empezaba a descender lentamente hacia su ocaso no obstante, Hank se dio cuenta, con placentera sorpresa, de que los habitantes de aquel planeta no parecían compartir la aversión del resto de la galaxia a sus cantos. Una profusión de pequeños animales de diversas formas y tamaños se había reunido alrededor de su improvisado campamento, sentándose en círculo. Después de la cerveza que había ingerido Hank no quedó demasiado sorprendido cuando al cabo de un rato uno de los animales de mayor tamaño —una especie de conejo sentado sobre sus patas traseras— empezó a hacer dúo con él.

Si la voz de Hank tenía la sonoridad de una sierra de carpintero, la del animal tenía la pura fluidez de la de un ángel. El dúo progresaba satisfactoriamente —el desacuerdo era solamente de cuatro octavas—, cuando de repente apareció una luz cegadora en el lugar más alto de la nave desconocida. La luz barrió el prado con la claridad de un fulgor atómico; y los animales indígenas emprendieron una precipitada fuga. Sentado en la hamaca y parpadeando, Hank vio al desconocido que se acercaba a pie. El desconocido iba empujando una caja negra del tamaño de una maleta montada sobre dos ruedas. Cuando llegó cerca de la fogata se detuvo y empezó a gluglutear, tal como lo había hecho antes en la pantalla.

—Lo siento, compadre —dijo Hank—. No me he traído el traductor.

El desconocido glugluteó un poco más. Hank templó las cuerdas de su guitarra y lamentó que no estuviera allí el animal indígena para acompañarle en El Amor es una Dulce y Antigua Canción, la cual hubiese sido idealmente adecuada para sus dos voces. El desconocido dejó de gluglutear y colocó un dedo —con cierta impaciencia, según le pareció a Hank— sobre un pulsador de la caja negra. Se produjo una breve pausa; luego, el desconocido glugluteó de nuevo y un inglés extrañamente correcto salió de la caja.

—Está usted detenido —dijo.

—Piénselo otra vez —dijo Hank.

—¿Qué quiere usted decir?

—Quiero decir que me niego a ser detenido. ¿Quiere un trago?

—Si se resiste usted a la detención, le destruiré.

—No, no lo hará usted.

—Le aseguro a usted que sí.

—No podrá usted hacerlo —dijo Hank.

El desconocido le miró con una expresión que Hank interpretó como de sospecha.

—Mi nave —dijo el desconocido— está armada y la suya no lo está.

—¡Oh! ¿Se refiere usted a esas pequeñas armas que hay en la proa de su nave? —dijo Hank—. No pueden hacerme ningún daño.

—¿Ningún daño?

—Exacto, hermano.

—No somos ni siquiera de la misma especie. No permita que su ignorancia le haga caer en el error de insultarme. Para divertirme un poco, le preguntaré a usted por qué tiene la ilusión de que las más poderosas armas científicas conocidas no tienen ningún poder contra usted.

—Porque yo tengo —dijo Hank— un arma más poderosa.

El desconocido le miró con aire de sospecha por segunda vez.

—Es usted un embustero —dijo la caja al cabo de un rato.

—Tut-tut —dijo Hank.

—¿Qué significa el último ruido que ha hecho usted? Mi traductor no lo ha reconocido todavía.

—Ni lo reconocerá nunca.

—Este traductor reconocerá tarde o temprano todas las palabras de su idioma.

—Pero no una palabra de nuevo cuño como tut-tut.

—¿Qué clase de palabra?

Tal vez, pensó Hank, era un falso optimismo por su parte; pero le pareció que el desconocido empezaba a mostrarse un poco desconcertado.

—De nuevo cuño… palabras que se relacionan al Arte Ciencia Definitivo.

El desconocido vaciló por tercera vez.

—Volviendo a esa fantástica pretensión suya de que tiene un arma… ¿qué clase de arma podría ser m s poderosa que un cañón nuclear capaz de destruir una montaña?

—Sin duda alguna —dijo Hank— ¡el Arma Definitiva!

—¿El… Arma Definitiva?

—Exactamente. El arma construida de acuerdo con los principios del Arte Ciencia Definitivo.

—¿Qué clase de arma —dijo el desconocido— es ésa?

—Es completamente imposible de explicar —contestó Hank— a alguien que no posea un pleno conocimiento del Arte Ciencia Definitivo.

—¿Puedo ver ese arma?

—Usted no está capacitado para verla, muchacho.

—Si me demuestra usted su poder —dijo el desconocido, tras una breve pausa—, creeré lo que me dice.

—El único modo de demostrarlo sería utilizarla contra usted —dijo Hank—. Sólo funciona sobre formas de vida inteligentes.

Se inclinó hacia el borde de su hamaca y abrió otra botella de cerveza. Cuando dejó la botella medio vacía, el otro continuaba allí de pie.

—Es usted un embustero —dijo el desconocido.

—Un individuo tosco como usted —respondió Hank, frotándose delicadamente el labio superior con el reverso de su velluda mano, para enjugarse unos copos de espuma— tiene que pensar eso. Lógicamente.

El desconocido dio media vuelta bruscamente, arrastrando el traductor consigo. Unos momentos después, la luz que brillaba en lo alto de la nave se apagó y el prado quedó sumido en la oscuridad, a excepción de la débil claridad de la fogata.

—Bueno —dijo Hank, bajando de la hamaca y bostezando—, creo que esto es todo por hoy.

Cogió la guitarra y regresó a su nave. Cuando pasaba por la cámara reguladora de la presión, notó que algo que tenía el tamaño de un ratón se deslizaba por encima de su pie; y vio una cosa menuda, negra y metálica que desapareció de su vista ocultándose debajo del tablero de mandos mientras la estaba mirando.

Hank sonrió de un modo casi maquiavélico y se metió en la cama.

Se despertó una vez durante la noche; y se quedó quieto, escuchando. Forzando sus oídos, pudo oír de cuando en cuando un débil rumor de movimientos. Satisfecho, volvió a quedarse dormido.

A la mañana siguiente se levantó temprano y empezó a canturrear en voz baja. Soltó el termostato sobre la cafetera para una taza rápida, y abrió las dos puertas de la cámara reguladora de la presión para dejar entrar el límpido aire matinal. Luego sacó su taza de café, cerró el termostato y enchufó la escoba automática. La escoba empezó a barrer, acumulando una pequeña cantidad de polvo y de menudas partículas de suciedad, a las que empujó a través de la cámara reguladora de la presión. Hank pudo darse cuenta de que en el montón de basura había cierto número de minúsculos aparatos mecánicos: una especie de hormigas-robot. Sin soltar su taza de café, se inclinó sobre el cajón que contenía el manual de funcionamiento para naves del tipo del Andnowyouclont. Lo cogió por las cubiertas y lo sacudió. Otras dos de aquellas hormigas mecánicas cayeron al suelo; y la escoba automática, gruñendo —eso le pareció a Hank— en tono de reproche, se apresuró a barrerlas hacia fuera.

Hank se estaba preparando el desayuno cuando la pantalla le anunció que le llamaban desde la otra nave. Interrumpió su tarea y contestó. En la pantalla apareció la imagen del desconocido.

—Ha tenido usted toda la noche para pensar mejor las cosas —dijo la inexpresiva voz del traductor del desconocido—. Le concederé doce punto tres siete cinco nueve de sus minutos más para que se rindan usted y su nave. Si pasado ese tiempo no se ha rendido, le destruiré.

—Al menos podía usted haber esperado a que terminara de desayunar —protestó Hank.

Bostezó y apagó el receptor.

Siguió preparando su desayuno, silbando mientras lo hacía. Pero el silbido no sonaba demasiado alegre, y Hank se dio cuenta de que estaba pendiente del reloj. Decidió que no tenía hambre, después de todo, y se sentó a contemplar el reloj del tablero de mandos, marcando con los dedos los segundos que iban conduciéndole al instante fatal.

Sin embargo, no ocurrió nada. Cuando hubieron pasado varios minutos del instante fatal, Hank dejó escapar un suspiro de alivio y se frotó las manos que había mantenido aferradas a los brazos de su butaca. Entonces volvió a cambiar de idea y decidió desayunar.

Colocó la cafetera de modo que quedara conectada al entrar él, cogió unos libros del estante superior de su biblioteca —dándose un coscorrón en la cabeza contra el rociador apagafuegos mientras lo hacía—, y se paró para frotarse la cabeza y maldecir al rociador. Luego se consoló a sí mismo con la última taza de café que quedaba en la cafetera, desenchufó los mandos automáticos de emergencia de modo que las puertas de la cámara reguladora de la presión quedaran abiertas mientras él estaba fuera, cargo con unas botellas de cerveza y, dejando los libros abandonados sobre la cafetera, salió en busca de su hamaca.

Cuarenta minutos y un litro y medio de cerveza más tarde, Hank estaba otra vez de buen humor. Cogió el hacha y empezó a cortar ramas de los árboles próximos para construirse una especie de cobertizo. A la hora de comer su hamaca se columpiaba cómodamente a la sombra del cobertizo, su guitarra estaba templada, y su auditorio indígena se había reunido de nuevo a su alrededor. Cantó durante una hora aproximadamente, acompañado a intervalos por el animalito con aspecto de conejo, y luego almorzó. Estaba a punto de tumbarse en la hamaca para dormir la siesta cuando vio que el desconocido se acercaba de nuevo al campamento arrastrando su traductor.

Al llegar junto a la fogata se detuvo. Hank se sentó con las piernas colgando fuera de la hamaca.

—Vamos a hablar —propuso el desconocido.

—Estupendo —conminó Hank.

—Seré sincero.

—Estupendo.

—Y espero que también usted será sincero.

—¿Por qué no?

—Los dos somos —dijo el desconocido— seres inteligentes de un elevado nivel de cultura científica. A pesar de las aparentes diferencias que existen entre nosotros, en realidad tenemos muchas cosas en común. Hemos de tener en cuenta, en primer lugar, la sorprendente coincidencia de haber aterrizado en el mismo planeta y en el mismo lugar, al mismo tiempo…

—No es tan sorprendente —comentó Hank.

—¿Qué quiere usted decir? —murmuró el desconocido, desconcertado.

—Sólo que no es tan sorprendente —Hank se reclinó cómodamente en la hamaca y se cogió las rodillas con ambas manos para columpiarse—. Lo más probable es que su gente y la mía hayan estado a punto de chocar un montón de veces. Pero el espacio es muy grande. Su nave y la mía podrían haber hecho el mismo recorrido un millar de veces sin que nos encontrásemos. El lugar más lógico para chocar uno contra otro es un planeta que los dos deseáramos. En cuanto a lo de aterrizar en el mismo lugar… yo utilicé mis instrumentos de modo que me señalaran el punto más conveniente para aterrizar. Supongo que usted hizo lo mismo.

—No estoy aquí —dijo el desconocido— para facilitarle ninguna clase de información.

—Ni es necesario que lo haga —gruñó Hank—. Es evidente que su astro nativo y el mío no están demasiado apartados el uno del otro… y nuestras naves de exploración han seguido órbitas semejantes. En vez de considerarlo una coincidencia, yo creo que nuestro encuentro era casi inevitable. —Guiñó un ojo al desconocido—. Y estoy seguro de que usted ha llegado también a la misma conclusión.

El desconocido vaciló unos instantes.

—Veo —terminó por decir— que es inútil que trate de engañarle.

—¡Oh! Puede usted intentarlo, si quiere —dijo Hank generosamente.

—No, seré absolutamente sincero.

—Le conviene, amigo.

—Es evidente que ha llegado usted a las mismas conclusiones que yo acerca de nuestra situación. Aquí estamos, enfrentados el uno al otro en una tregua armada. Ninguno de los dos podemos permitir que el otro regrese a su pueblo con la noticia de que existe otra civilización de nivel semejante a la suya. No podemos dejar de considerar a los miembros de otra civilización como enemigos altamente peligrosos. Por lo tanto, la obligación de cada uno de nosotros es la de capturar al otro. —Guiñó un ojo a Hank—. ¿Estoy en lo cierto?

—Usted se lo está diciendo todo —contestó Hank.

—En este momento nos encontramos en un callejón sin salida. Mi nave dispone de un arma la cual, de acuerdo con todas las leyes de la ciencia, es capaz de destruir completamente a su nave. Lógicamente, está usted a merced mía. Sin embargo, ilógicamente, usted lo niega.

—Desde luego —convino Hank.

—Usted pretende poseer un arma invisible más poderosa que la mía, y pretende que soy yo quien está a merced suya. Por mi parte, creo que está mintiendo. Pero, por la seguridad de mi pueblo, no puedo exponerme a cometer un error. Si obrara de acuerdo con lo que yo creo y resultaba que estaba equivocado, sería responsable del desastre.

—Sí, desde luego —dijo Hank.

—Sin embargo, en mi cerebro queda una zona de duda. Si está usted tan convencido de la superioridad de su arma, ¿por qué ha vacilado en hacerme su prisionero?

—¿Por qué había de preocuparme? —Hank soltó sus rodillas y se inclinó hacia adelante confidencialmente apoyando ambos pies en el suelo—. Para ser absolutamente sincero le diré que es usted inofensivo. Además, voy a establecerme aquí.

—¿Establecerse? ¿Quiere decir que va a fijar su residencia aquí?

—Exactamente. Este planeta es mío.

—¿Suyo?

—Entre mi gente —dijo Hank, altanero—. cuando uno encuentra un planeta que le gusta y que no ha sido reivindicado por otro de su propia especie, tiene derecho a quedárselo.

La pausa que hizo esta vez el desconocido fue muy prolongada.

—Ahora sé que es usted un embustero —terminó por decir.

—Bien, tómelo como quiera —dijo Hank apaciblemente.

El desconocido le contempló fijamente, con expresión desconcertada.

—No me deja usted ninguna alternativa —dijo finalmente el desconocido—. Voy a hacerle una proposición. Yo le daré a usted una prueba de que he destruido mi cañón, si me da usted una prueba de que ha destruido su arma. Entonces podremos discutir la situación en igualdad de condiciones.

—Desgraciadamente —dijo Hank—, esta arma mía no puede ser destruida.

—En tal caso —el desconocido retrocedió un paso y empezó a darle la vuelta a su traductor para llevarlo de nuevo a su nave—, tengo que descartar la posibilidad de que usted no sea un embustero y hacer todo lo posible por destruirle.

—¡Eh! ¡Espere un momento! —dijo Hank. El desconocido se detuvo y retrocedió—. No corra tanto —Hank se puso en pie y flexionó sus músculos. Los dos eran de la misma estatura, pero era evidente que Hank le llevaba al desconocido una ventaja de unas cincuenta libras, en peso terrestre—. Si quiere usted solucionar esto de hombre a hombre, estoy dispuesto a ello. Nada de armas, nada de trucos. Es una propuesta completamente deportiva.

—No soy un salvaje —replico el desconocido—. Ni un loco.

—¿Mazas? —inquirió Hank, en tono esperanzado.

—No.

—¿Cuchillos?

—Desde luego que no.

—De acuerdo —dijo Hank, encogiéndose de hombros—, haga lo que le parezca. Camine usted hacia su propia destrucción. Yo he hecho cuanto estaba en mi mano para encontrar un modo de evitárselo.

El desconocido se quedó inmóvil, como si estuviera pensando.

—Voy a hacerle una segunda proposición —dijo al fin—. Todas las alternativas que usted propone son aquellas que le conceden una ventaja. Modifiquemos los puntos de partida. Le propongo que cambiemos las naves usted y yo.

—¿Qué? —exclamó Hank.

—¿Se da cuenta? Usted no está interesado en un encuentro leal.

—¡Desde luego que lo estoy! Pero, cambiar las naves… ¿por qué no me pide simplemente que se la regale?

—Porque sé que no lo haría.

—¡No existe ninguna diferencia entre eso y pedirme que cambiemos las naves! —gritó Hank.

—¿Quién sabe? —dijo el desconocido—. Posiblemente aprenderá usted a manejar mi cañón antes de que yo aprenda a manejar su arma.

—¡Usted no podría nunca… hacer funcionar la mía, desde luego! —exclamó Hank.

—Estoy dispuesto a correr el riesgo.

—Eso es ridículo.

—Muy bien. —El desconocido dio media vuelta—. Veo que no me queda más alternativa que la de hacer todo lo posible por destruirle a usted.

—Un momento, un momento —dijo Hank—. De acuerdo. Vamos a cambiar. Permítame subir un instante a mi nave para recoger algunos objetos personales…

—No. Ninguno de nosotros puede correr el riesgo de que el otro le tienda una trampa en su propia nave. Cerramos el trato ahora mismo… sin que ninguno de los dos vuelva a entrar en su nave.

—Bueno, ahora. mire… —Hank dio un paso en dirección al desconocido.

—No se mueva —dijo el desconocido—. En este momento estoy conectado con mi cañón por un mando a distancia.

—La cámara reguladora de la presión de mi nave está abierta. La suya no lo está.

El desconocido apretó un pulsador de su caja negra. Detrás de él, la cámara reguladora de la presión de su nave se abrió de par en par, revelando una abierta puerta interior más allá de la cual reinaba la oscuridad.

—Abandonaré mi traductor a la entrada de su nave —dijo el desconocido—. ¿Trato hecho?

—¡Trato hecho! —asintió Hank.

Echó a andar hacia la nave desconocida, mirando atrás por encima de su hombro. Su adversario empezó a arrastrar su caja negra hacia la nave de Hank. A medida que la distancia entre ellos se hacía mayor, aumentaban la velocidad de su marcha. A medio camino de la nave desconocida, Hank echó a correr. Llegó jadeando a la entrada de la cámara reguladora de la presión y miró hacia atrás a tiempo para ver que el desconocido arrastraba su caja negra a través de la cámara reguladora de la presión de la nave de Hank.

—¡Eh! —aulló Hank, furioso—. Usted prometió…

El golpe de la puerta exterior de la cámara reguladora de la presión de su propia nave al cerrarse, le dejó con la palabra en la boca. Se reclinó contra la puerta de entrada a la nave desconocida, tratando de recobrar el aliento. En aquel instante se le ocurrió la extraña idea de que estaba construido para desarrollar fuerza, en vez de velocidad.

—Tenía que haber andado —le dijo a la nave desconocida—. Esto no hubiera significado ninguna diferencia. —Miró su reloj de pulsera—. Voy a concederle tres minutos. Seguramente no perderá el tiempo tratando de encontrar los mandos de la cámara reguladora de la presión.

Contempló el minutero de su reloj mientras daba la vuelta a la pequeña esfera de los segundos. Cuando hubo dado dos vueltas y media empezó a andar hacia su propia nave. Llegó ante la cerrada puerta de la cámara reguladora de la presión y hurgó con los dedos por debajo del marco en busca del pulsador que hacía funcionar la cerradura. Lo encontró y lo apretó.

La puerta se abrió de par en par. Salió un chorro de humo, seguido inmediatamente por una avalancha de agua. Flotando encima de aquel oleaje apareció un desconocido de aspecto muy maltrecho. Se estremeció débilmente, le glugluteó algo a Hank y perdió el conocimiento. En el interior de la nave espacial un pequeño aguacero torrencial parecía ir en aumento.

Hank agarró con su enorme mano al desconocido por el cuello y le arrastró al interior de la nave. A continuación cerró los mandos del rociador automático apaga-fuegos. El aguacero cesó. Hank aventó el humo que cegaba sus ojos, se acercó a la cafetera y la desenchufó. Apretó los pulsadores que ponían en marcha el sistema de ventilación y cerró las puertas de la cámara reguladora de la presión. Luego ató concienzudamente al desconocido al camastro.

Cuando el desconocido empezó a moverse, estaban ya en pleno espacio, en la primera etapa del viaje de tres días de duración que había de devolverles a la Tierra. El desconocido abrió los ojos; y Hank, que en aquel momento estaba arreglando la cafetera. se dio cuenta de que el otro le miraba fijamente.

—¡Oh! —exclamó Hank.

Interrumpió su trabajo, y se dirigió al lugar donde estaba la caja negra, arrastrándola hasta ponerla al alcance de las atadas manos del desconocido. Este colocó las manos sobre la caja, que empezó a hablar, traduciendo su glugluteo.

—¿Cuál ha sido mi error?

Hank señaló la cafetera con un gesto. A continuación volvió a su trabajo en la estropeada máquina. La avería era importante, y había sido producida por una fuerte explosión.

—Hace cosa de un año —explicó Hank—, instalé una pequeña conexión de modo que al cerrar las puertas de la cámara reguladora de la presión quedara automáticamente enchufada la cafetera. Lo hice para ganar tiempo. Pero hoy había sacado la última taza de café antes de salir de la nave. En la cafetera sólo había quedado la humedad suficiente para provocar una explosión de vapor.

—Pero, ¿y el agua? ¿Y el humo?

—El rociador automático —siguió explicando Hank—. Reacciona ante el menor aumento peligroso de la temperatura. Cuando estalló la cafetera. la oleada de calor fue muy intensa. Y el rociador empezó a inundar la nave.

—Pero, ¿y el humo?

—Unos libros que yo había puesto encima de la cafetera. Tal como había calculado. Los libros cayeron dentro del calentador. —Palmeó cariñosamente a la cafetera y se volvió a mirar al desconocido—. Temo que va usted a pasar un poco de hambre, durante los próximos tres días. Pero en cuanto lleguemos a la Tierra, podrá decirles a nuestros técnicos en alimentación lo que come y ellos lo sintetizarán para usted.

El desconocido se agitó dentro de sus ataduras.

—Tómeselo con calma —le recomendó Hank—. Cuando nos conozca, se dará cuenta de que los humanos no somos tan difíciles de soportar.

El desconocido cerró ]os ojos. De la caja negra surgió algo parecido a un suspiro de derrota.

—De modo que no tenía usted ningún arma.

—¿Qué quiere decir? —exclamó Hank, dejándose caer en la butaca situada delante del tablero de mandos, con expresión indignada—. Desde luego que tenía un arma.

Los ojos del desconocido se abrieron de par en par.

—¿Dónde está? —gritó—. Envié a unos robots aquí. Examinaron esta nave de cabo a rabo. Y no encontraron ninguna. Y yo tampoco la he encontrado.

—Es usted mi prisionero, ¿no es cierto? —inquirió Hank.

—Desde luego. ¿Y qué? Lo que quiero es ver su arma. Yo no pude encontrarla; pero usted dice que todavía la tiene. Enséñemela. ¡Le digo a usted que no la he visto!

Hank sacudió la cabeza tristemente; antes de hablar, comprobó si los mandos del Andnowyoudont estaban en la posición correcta. Entonces dijo:

—Hermano, si después de todo lo que ha ocurrido no ha visto usted el arma… compadezco de veras a su pueblo cuando mi pueblo entre en contacto con él. Es todo lo que puedo decirle.

 

 

 

Monumento

Lloyd Biggle, Jr.

 

 

I

 

O’Brien intuyó repentinamente que se estaba muriendo. Descansaba sobre una hamaca tejida con fuertes tallos de enredadera, casi al alcance de las salpicaduras producidas por las olas al romper contra las rocas. La cálida caricia del sol se filtraba a través de las ramas de los sao. Los gritos de los muchachos que pescaban al otro lado del promontorio llegaban a él en alas de la perfumada brisa. Una calabaza llena colgaba de su codo. Había estado dormitando, sumido en una agradable somnolencia, cuando la idea tomó forma concreta a través de sus ociosos pensamientos y sacudió su modorra.

Se estaba muriendo.

El hecho de la muerte le inquietaba menos que el darse cuenta que debió pensar antes en ella. La muerte era inevitable a partir del instante del nacimiento, y O’Brien había vivido muchos años. Se había preguntado, a veces, los años que tenía. Seguramente cien, quizá ciento cincuenta. En aquella tierra de ensueño, donde no existían estaciones, donde las noches eran húmedas y los días cálidos y soleados, donde los hombres medían la edad por la sabiduría, resultaba difícil mantener un dedo vigilante sobre el engañoso pulso del tiempo. Era imposible.

Pero O’Brien no necesitaba un calendario para saber que era un hombre viejo. Los cabellos rojos como una llama de su juventud se habían agrisado. Sus miembros acusaban más cada mañana la humedad nocturna. El promontorio en que había edificado su cabaña se había convertido en un poblado; sus hijos, y nietos y biznietos, y ahora los hijos de sus biznietos, habían construido sus propios hogares con sus esposas. Era el poblado de langru, el poblado de los hombres de cabeza de fuego, famoso ya, convertido en una leyenda. Las vírgenes ansiaban unirse a los jóvenes de fuego, tanto si su pelo era rojo como si tenía el rubio nativo. Los robustos jóvenes acudían a cortejar a las hijas de fuego, y muchos de ellos desafiaban a la tradición y se establecían en el poblado de sus esposas.

O’Brien había disfrutado de una existencia feliz. Sabía que había vivido muchos más años de los que hubiera vivido entre la agitación de un país civilizado. Pero se estaba muriendo, y el gran sueño que había crecido hasta dar forma a su vida entre aquellas gentes estaba por encima de sus posibilidades.

Se puso en pie, y mirando al cielo, gritó roncamente en un idioma que hacía mucho tiempo que no había utilizado:

—¿A qué esperas? ¿A qué esperas?

 

En cuanto O’Brien apareció en la playa, una docena de muchachos corrieron hacia él.

—¡Langri! —gritaron—. ¡Langri!

Se agruparon a su alrededor, excitados, mostrándole los peces que habían capturado, agitando sus arpones, riendo y gritando. O’Brien señaló a la playa, a una larga canoa varada en la arena.

—Al Anciano —dijo.

—¡Ju! ¡Al Anciano! ¡Ju! ¡Al Anciano!

Corrieron delante de él, tratando de adelantarse unos a otros, ya que la canoa no disponía de espacio, para todos. O’Brien tuvo que poner paz, escogiendo a los seis que deseaba llevarse como remeros. Los otros se echaron al agua y nadaron a ambos lados de la embarcación, hasta que los remeros adquirieron velocidad.

Los muchachos entonaban una canción mientras manejaban los remos: una canción seria, ya que se trataba de un asunto serio. El Langri deseaba ver al Anciano, y tenían la solemne obligación de darse prisa.

O’Brien se reclinó perezosamente hacia atrás y contempló la espuma que danzaba debajo de los bordones. Ahora que le pesaban los años, había perdido la afición a los viajes. Resultaba más agradable permanecer tumbado en su hamaca con una calabaza de jugo de frutas fermentado al alcance de la mano, representando el papel de un venerable oráculo, respetado, incluso venerado. Cuando era más joven, había vagabundeado a lo largo y a lo ancho de este mundo. Incluso había construido una pequeña embarcación a vela, y había navegado con ella sin obtener más resultado tangible que el descubrimiento de algunas islas remotas. Había recorrido, incansablemente, el solitario continente, levantando mapas y calculando sus recursos.

Sabía que era un hombre sencillo, un hombre de acción. El temor de los indígenas hacia su supuesta sabiduría, le alarmaba y le molestaba. Se vio llamado a resolver complicados problemas sociológicos y económicos, y gracias a que había visto muchas civilizaciones y recordaba algo de lo que había visto, alcanzó un loable éxito.

Pero O’Brien sabía que el implacable dedo del destino estaba señalando directamente a este planeta y a sus moradores, y él había meditado y discutido consigo mismo durante el curso de largos paseos por la orilla del mar, y había paseado arriba y abajo en su cabaña en las horas de humedad nocturna, mientras planeaba estratagemas, y finalmente había quedado satisfecho. Era el único hombre de todo el cosmos que tenía posibilidades de salvar al mundo que tanto amaba, y a esa gente a la que tanto amaba, y que estaba dispuesto a hacerlo. Podía hacerlo, si vivía.

Y se estaba muriendo.

 

La tarde declinó y llegó la noche. El cansancio hizo presa en el rostro de los muchachos y los cánticos se convirtieron en murmullo, pero siguieron remando incansablemente, manteniendo el mismo ritmo. Ante sus ojos desfilaron millas y millas de costa y docenas de poblados, cuyos moradores, al reconocer al Langri, corrieron a la playa para saludar su paso.

El crepúsculo oscurecía el lejano mar y suavizaba los contornos de la tierra firme cuando penetraron en una bahía poco profunda, llena de canoas. Los muchachos saltaron al agua y arrastraron la canoa hasta la playa. Luego se dejaron caer en la arena, exhaustos, para levantarse casi inmediatamente, radiantes de orgullo. Aquella noche serían huéspedes de honor en cualquiera de las chozas del poblado. ¿Acaso no habían traído al Langri?

Avanzaron en procesión que fue haciéndose más numerosa a medida que pasaban por delante de las cabañas. Respetuosos adultos y asustados chiquillos echaban a andar solemnemente detrás de O’Brien: La cabaña del Anciano estaba apartada de las demás, en la cumbre de la colina, y el Anciano estaba esperando allí, de pie, con una sonrisa en su arrugado rostro y los brazos alzados. Cuando estuvo a diez pasos de distancia, O’Brien se detuvo y levantó sus propios brazos. Los habitantes del poblado miraban en silencio.

—Te saludo —dijo O’Brien.

—Tu saludo es tan bien recibido como tú mismo.

O’Brien se acercó al anciano y los dos hombres se estrecharon la mano. No era una forma indígena de salutación, pero O’Brien la utilizaba con los ancianos que eran amigos suyos de toda la vida.

—He ordenado una fiesta en la esperanza que vendrías —dijo el Anciano.

—He venido con la esperanza que hubiese una fiesta —replicó O’Brien.

Cumplidos así los formulismos de rigor, los habitantes del poblado empezaron a marcharse, murmurando frases de aprobación. El Anciano tomó a O’Brien por el brazo y le condujo a una pequeña arboleda que se alzaba más allá de la choza. De los árboles colgaban las hamacas. Los dos hombres se quedaron en pie, uno frente a otro.

—Han pasado muchos días —dijo el Anciano.

—Muchos —asintió O’Brien.

Contempló a su amigo. Su corpachón parecía tan robusto como siempre, pero su pelo era ahora plateado. Los años habían trazado surcos en su rostro, y más años los habían hecho profundos, y apagado el brillo de sus ojos. Lo mismo que O’Brien, era viejo. Estaba muriéndose.

Se instalaron en las hamacas, uno en frente de otro. Una muchacha les llevó unas calabazas; sorbieron la bebida y descansaron en silencio mientras la oscuridad se hacía más intensa.

—El Langri no viaja desde hace mucho tiempo —dijo el Anciano.

—El Langri viaja cuando apremia la necesidad —dijo O’Brien.

—Entonces, vamos a hablar de esa necesidad.

—Más tarde. Cuando hayamos cenado. O mañana…, será mejor mañana.

—Mañana, entonces —dijo el Anciano.

La muchacha volvió a presentarse con dos pipas y un brasero encendido, y los dos hombres fumaron en silencio mientras las hogueras parpadeaban en la oscuridad y la brisa nocturna transportaba los sabrosos olores del festín que se avecinaba, mezclados con el salobre aire del mar. Los dos hombres terminaron sus pipas y ocuparon solemnemente sus puestos de honor.

 

Por la mañana, pasearon juntos a lo largo de la playa y se sentaron en una loma que dominaba el mar. A su alrededor se erguían unos capullos de delicada fragancia, dulcemente agitados por el viento. La luz matinal centelleaba sobre las onduladas aguas. Las velas de vivos colores de las barcas pesqueras parecían flores prendidas en el horizonte. A su izquierda, el poblado reposaba soñoliento sobre la ladera de la colina, y de sus tejados sólo se alzaban al cielo tres delgadas columnas de humo. Unos muchachitos paseaban tímidamente a lo largo de la playa, para contemplar de lejos al Anciano y al Langri.

—Soy un hombre viejo —dijo O’Brien.

—El más viejo de los hombres viejos —asintió prestamente el Anciano.

O’Brien sonrió débilmente. Para los indígenas, viejo significaba sabio. El Anciano le había dirigido el mayor de los cumplidos, y él sólo se sintió fracasado…, cansado.

—Soy un hombre viejo —repitió— y me estoy muriendo.

El Anciano se volvió rápidamente.

—Ningún hombre vive eternamente —dijo O’Brien.

—Cierto. Y el hombre que teme a la muerte muere de temor.

—Yo no temo por mí mismo.

—El Langri no tiene ninguna necesidad de temer por sí mismo. Pero tú hablaste de una necesidad.

—Vuestra necesidad. La necesidad de todo tu pueblo, y de mi pueblo.

El Anciano asintió lentamente.

—Como siempre, nosotros escuchamos cuando el Langri habla.

—Recordarás —dijo O’Brien—, que llegué aquí desde muy lejos, y que me quedé porque la nave que me había traído no podía volar más. Llegué a esta tierra por casualidad, porque había perdido mi camino, y porque mi nave tenía una grave enfermedad.

—Lo recuerdo.

—Vendrán otros hombres. Y luego otros, y luego otros más. Habrá hombres buenos y hombres malos, pero todos tendrán extrañas armas.

—Lo recuerdo —dijo el Anciano—. Yo estaba allí cuando mataste los pájaros.

—Extrañas armas —repitió O’Brien—. Nuestro pueblo estará indefenso. Los hombres del cielo tomarán esta tierra, lo que deseen de ella. Tomarán las playas e incluso el mar, el padre de la vida. Empujarán a nuestro pueblo hacia las montañas, donde no sabrá vivir. Traerán extrañas enfermedades a nuestro pueblo, de modo que poblados enteros arderán con el fuego de la muerte. Los extranjeros pescarán y nadarán en nuestras aguas. Construirán cabañas más altas que el más alto de los árboles, y los extranjeros que pulularán por las playas serán más numerosos que los peces que corren por debajo del promontorio. Nuestro pueblo desaparecerá.

—¿Sabes que eso es verdad?

O’Brien inclinó la cabeza.

—Puede que no suceda hoy, ni mañana, pero sucederá.

—Es una terrible necesidad —dijo el Anciano en voz baja.

O’Brien volvió a inclinar la cabeza. Pensó: «Esta tierra virgen y encantadora, este maravilloso, generoso y hermoso pueblo.»

Un hombre está indefenso cuando se está muriendo…

Permanecieron sentados en silencio durante largo rato dos hombres viejos bajo la radiante luz del sol, esperando la oscuridad. O’Brien tomó uno de los capullos que se erguían junto a él y aplastó su frágil blancura entre sus manos.

El Anciano volvió un rostro muy serio hacia O’Brien.

—¿No puede el Langri impedir eso?

—El Langri podría impedirlo —dijo O’Brien—, si los hombres del cielo llegaran hoy o mañana. Si tardan más, el Langri no podrá impedirlo, porque el Langri se está muriendo.

—Ahora comprendo. El Langri tiene que enseñarnos el medio.

—El medio es extraño y difícil.

—Haremos lo que tengamos que hacer.

O’Brien sacudió la cabeza.

—El medio es difícil. Nuestro pueblo puede ser incapaz de ponerlo en práctica, y el camino escogido por el Langri puede ser un camino equivocado.

—¿Qué necesita el Langri?

O’Brien se puso en pie.

—Envíame los jóvenes, cuatro manos cada vez. Escogeré a los que necesito.

—Los primeros vendrán a ti hoy mismo.

O’Brien estrechó la mano y se alejó rápidamente. Sus seis tataranietos le estaban esperando en la playa. Izaron la vela, ya que en el viaje de regreso el viento soplaría a sus espaldas. O’Brien miró hacia atrás mientras la canoa salía lentamente de la bahía. El Anciano estaba de pie en la loma, completamente inmóvil, con las manos levantadas, y así permaneció mientras estuvo al alcance de la vista de O’Brien.

 

O’Brien desconocía el nombre oficial del planeta, y ni siquiera sabía si tenía un nombre oficial. Él era sólo un simple mecánico, aunque muy bueno, y había estado volando por el espacio desde que tenía doce años. Se había cansado de ser el peldaño inferior de la escalerilla, de modo que había comprado una nave que el gobierno destinaba a chatarra, la había arreglado, invirtiendo todos sus ahorros en la reparación y en la compra de provisiones y combustible.

No tenía licencia para pilotar una nave espacial ni otra clase de nave, pero había volado a bordo de ellas el tiempo suficiente para creer que poseía los conocimientos fundamentales. La nave era tan caprichosa como él mismo. Por tanto, tuvo que agotar su repertorio de juramentos y propinar unos cuantos puntapiés al tablero de mandos antes que la nave se decidiera a obedecer. Encararla en la dirección correcta era algo totalmente diferente. Probablemente, cualquier buen alumno de una escuela superior sabía más de navegación de lo que él sabía, y su única ayuda fue una anticuada «Astrogación simplificada para profanos». Anduvo perdido el noventa por ciento del tiempo, y sólo tuvo una vaga conciencia del lugar donde se encontraba el otro diez por ciento, pero la cosa carecía de importancia.

Deseaba visitar algunos lugares que estaban fuera de las habituales líneas espaciales, y tal vez explorar un poco de terreno, disfrutando de la sensación de ser su propio dueño mientras durasen los suministros. No podía detenerse en ninguno de los puertos regulares, ya que las autoridades podrían darse cuenta que él no tenía licencia y retenerle indefinidamente. Pero algunos de los puertos más pequeños de propiedad particular, estaban siempre necesitados de un buen mecánico, y O’Brien podía aterrizar de noche en uno de ellos, trabajar un par de semanas hasta ganar lo suficiente para reponer sus provisiones, y regresar al espacio sin buscarse complicaciones.

Efectuó también sus exploraciones, visitando docenas de asteroides y pequeños planetas que estaban por descubrir o que habían, sido olvidados. De un modo bastante inexplicable, se hizo rico. Llenó su pequeña nave de mineral de platino y se dispuso a regresar a la civilización para convertirlo en dinero.

Como de costumbre, no encontró el rumbo, y vagó por el espacio durante un mes, sacando el máximo partido a su combustible y a sus usados motores. Este planeta le había parecido su mejor oportunidad, y casi resultó ser su última oportunidad, ya que un escape en el depósito le dejó sin combustible y se vio obligado a realizar un aterrizaje forzoso, estrellándose contra el suelo.

Los indígenas le dispensaron una buena acogida. Se convirtió en un héroe al disparar su pistola contra unas aves de gran tamaño que a veces atacaban a los chiquillos. Gastó todas sus municiones, pero consiguió extinguir la especie. Exploró el solitario continente, y encontró depósitos de carbón y algunos metales…, insignificantes, pero suficientes para situar inmediatamente a los nativos en una edad de bronce. Luego se dedicó al mar, les enseñó a construir canoas a remos y velas, y continuó sus exploraciones.

En aquella época había perdido ya todo interés en ser rescatado. Era el Langri. Tenía sus esposas y sus hijos. Su poblado iba creciendo. Pudo haber sido el Anciano a una edad relativamente joven, pero la idea que él, un forastero, tuviera que gobernar a aquella gente, no le gustó. Su negativa hizo aumentar el respeto que los indígenas le profesaran. Era feliz.

También empezó a preocuparse. El planeta era tan pobre en recursos naturales, que nadie se sentiría atraído hacia él con miras de tipo económico. Pero tenía otra condición que lo hacía muy valioso.

Era un mundo maravilloso. Sus playas eran lisas y arenosas, sus aguas eran cálidas, su clima admirable. Para los habitantes de las miríadas de mundos inhóspitos cuyas riquezas naturales atraían a grandes masas de gente, mundos secos, mundos estériles, mundos sin atmósfera, sería un paraíso. Los que pudieran abandonar por unos días sus cúpulas de atmósfera artificial, o sus cavernas subterráneas, para trasladarse a este otro mundo de atmósfera rica en oxígeno, vivirían unas vacaciones que les permitirían reanudar su existencia normal con renovados bríos.

A lo largo de las playas se alzarían los hoteles de lujo. Y más al interior, junto a los bosques, se edificarían hoteles de menos categoría, casas de huéspedes y villas de veraneo. Los millonarios se disputarían los mejores trozos de playa para construir en ellos sus mansiones. Las playas quedarían infestadas de turistas. Los buques ofrecerían cruceros marítimos de descanso. Las naves submarinas iniciarían a los turistas en las maravillas de la vida en el fondo del mar. Se establecerían industrias para atender a las necesidades de los turistas. Sería un negocio permanente, ya que el clima era igualmente delicioso durante todo el año. Un negocio fabuloso.

Los indígenas, desde luego, serían hacinados en un rincón del planeta. Exterminados. Existirían leyes para proteger a los indígenas, y una impresionante oficina colonial para hacerlas cumplir, pero O’Brien conocía demasiado bien cómo eran aplicadas aquellas leyes: en su aspecto punitivo a los indígenas, y en su aspecto favorable a sus expoliadores.

Y un par de siglos más tarde, a los escolares les hablarían de la desaparición de la población indígena. «Tenían una espléndida civilización. Fue una verdadera lástima.»

 

Los jóvenes llegaron de todos los poblados. Llegaron navegando alegremente a lo largo de la costa, entonando sus mejores canciones. Llegaron en grupos de veinte, altos, bronceados, con los cabellos rubios descoloridos por el sol. Alinearon sus canoas debajo del promontorio y se presentaron al Langri con respetuoso temor.

Las preguntas del Langri les sobresaltaron. Se esforzaron por asimilar unas ideas extrañas. Lucharon por reproducir extraños sonidos. Fueron sometidos a pruebas de fortaleza y de resistencia. Se marcharon, y otros ocuparon sus lugares. Finalmente O’Brien escogió un centenar.

Detrás del bosque, O’Brien construyó un nuevo poblado. Se trasladó allí con sus cien alumnos, y empezó su magisterio. Contaban con pocos días y éstos eran demasiado cortos, pero trabajaron desde el amanecer hasta el crepúsculo, y, con frecuencia, durante la noche, mientras los otros indígenas se encargaban de procurarles comida, y los poblados enviaban mujeres para condimentarla. Toda la población observaba y esperaba.

O’Brien enseñó lo que sabía e improvisó cuando fue necesario. Enseñó idiomas y leyes de ciencias. Enseñó economía, sociología y disciplina militar. Enseñó guerra de guerrillas y procedimiento colonial. Enseñó la historia de los pueblos de la galaxia, y los jóvenes indígenas se sentaron bajo las estrellas por la noche y contemplaron con la boca abierta los cielos, mientras O’Brien les hablaba de las guerras del espacio, de seres fantásticos y de mundos situados detrás de otros mundos.

Transcurrieron los días, y se convirtieron en un año, y en dos años, y en tres. Los jóvenes llevaron a sus esposas al poblado. Las jóvenes parejas llamaban padre a O’Brien, y le llevaban a los recién nacidos para que los bendijera. Y la enseñanza continuó, y continuó.

Las fuerzas de O’Brien empezaron a menguar. La humedad de las noches le dejaba enfebrecido, y sus túmidos miembros le atormentaban. Pero seguía trabajando, y empezó a enseñar el Plan. Ordenó prácticas de alarma contra la invasión, y su inflexible severidad arrancó a los indígenas de otros poblados de su alegre indolencia. El Plan fue tomando forma lentamente.

Cuando O’Brien estuvo demasiado débil para abandonar su hamaca, reunió a su alrededor a los jóvenes más inteligentes y las lecciones continuaron.

Una tarde radiante, O’Brien perdió el conocimiento. Fue trasladado a su poblado, a su rincón favorito, cerca del mar. La noticia corrió a lo largo de la costa: el Langri estaba muriéndose. Llegó el Anciano, y los jefes de todos los poblados. Colocaron un dosel trenzado encima de su hamaca, y O’Brien vivió toda aquella noche, inconsciente y respirando trabajosamente, mientras los indígenas aguardaban en actitud humilde, con las cabezas inclinadas.

Ya había amanecido cuando abrió los ojos. El mar tenía un aspecto maravilloso a la luz del sol naciente, pero O’Brien no oyó los gritos de los muchachos retozando por la playa.

«Saben que me estoy muriendo», pensó.

Contempló los entristecidos rostros de los hombres que le rodeaban.

—Amigos… —dijo. Y luego, en un idioma desconocido para ellos, murmuró—: Ante Dios —ante mi Dios—, he hecho todo lo que he podido.

El fuego de la muerte ascendió muy alto en la playa aquella noche, y el opresivo silencio de la mañana envolvió a los poblados. Al día siguiente, los cien jóvenes regresaron a sus casas del bosque para hacerse cargo de la herencia que el Langri les había dejado.

 

II

 

El Rirga estaba realizando una rutinaria misión de patrulla, y el comandante Ernst Dillinger se entretenía en su camarote jugando al ajedrez con su robot. Había capturado limpiamente la dama del robot, y estaba preparando el jaque mate, cuando se vio interrumpido por su oficial de comunicaciones.

El oficial saludó y le entregó un mensaje.

—Es confidencial —dijo.

Por la expresión del rostro del oficial, Dillinger supo que la noticia no era agradable. Echó una ojeada al mensaje y su rostro se congestionó.

Palmeó el papel.

—Esto es una orden del gobernador del sector.

—Sí, señor.

El oficial de comunicaciones pronunció aquellas dos palabras como si la información fuese nueva para él.

—Las naves de la flota no aceptan órdenes de burócratas ni de politicastros. Informe amablemente a Su Excelencia que yo recibo órdenes del Cuartel General de la Flota, y que el hecho que esté pasando a través de un rincón de su territorio no le autoriza a controlar automáticamente mis movimientos.

El oficial de comunicaciones rebuscó en sus bolsillos y sacó un cuaderno de notas.

—Si quiere usted dictarme el mensaje, señor…

—Acabo de darle el mensaje. Es usted un oficial de comunicaciones. ¿Acaso no domina suficientemente el idioma para decirle que se vaya al diablo de un modo halagador?

—Creo que sí, señor.

—Pues hágalo. Y dígale al teniente Protz que venga.

Un momento después se presentó el teniente Protz. Saludó al comandante Dillinger y se sentó tranquilamente, sin pedir permiso.

—¿En qué sector estamos ahora, Protz? —preguntó Dillinger.

—En el 2397 —respondió inmediatamente Protz.

—¿Y cuánto tiempo vamos a estar en el sector 2397?

—Cuarenta y ocho horas.

Dillinger dio una violenta palmada sobre el mensaje.

—Demasiado tiempo.

—¿Hay dificultades en alguna colonia?

—Mucho peor. El gobernador del sector ha perdido cuatro naves de reconocimiento.

Protz se puso repentinamente serio.

—¡Caramba! ¿Cuatro naves? Mire…, tengo concedido un permiso para el año próximo. Siento tenerle que dejar en la estacada, pero no renunciaría a mi permiso ni por una docena de naves de reconocimiento. Tendrá que encontrarlas sin mí.

—¡Cállese! —gritó Dillinger—. Ese idiota de gobernador, no sólo ha perdido cuatro naves de reconocimiento, sino que ha tenido la desfachatez de ordenarme que empiece a buscarlas. Ordenarme, ¿se da cuenta? Le he hecho saber que en la flota espacial existe lo que se llama el conducto reglamentario, pero dispone de tiempo para comunicar con el Cuartel General y conseguir que me envíen la orden desde allí. Se verán obligados a enviarla, desde luego, mientras el Rirga esté en la zona general.

Protz se inclinó hacia adelante y tomó el papel.

—De modo que han enviado una nave de combate en busca de las cuatro naves de reconocimiento… —Leyó y chasqueó los labios—. Podría ser peor. Podríamos encontrarlas todas en el mismo lugar. La 719 no regresó, de modo que enviaron a la 1123 en su busca. Y luego enviaron a la 572 en busca de la 719 y de la 1123, y a la 1486 en busca de la 719, de la 1123 y de la 572. Han estado de suerte al tenernos a nosotros aquí. El juego podría haberse prolongado indefinidamente.

Dillinger asintió.

—Resulta algo raro, ¿no le parece?

—No podemos atribuirlo a un fallo mecánico. Esas naves son muy seguras, y sería absurdo suponer que se habían estropeado las cuatro, una tras otra. ¿Supone usted acaso que uno de esos mundos está civilizado hasta el punto de pensar en los viajes espaciales, y ha capturado a las naves?

—Es posible —dijo Dillinger—, aunque poco probable. Sólo la décima parte de los planetas de este sector han sido explorados, pero el sector entero ha sido cartografiado, y la flota lo ha utilizado como campo de maniobras un par de veces. Si uno de esos mundos hubiera desarrollado los viajes espaciales, alguien se habría dado cuenta. No…, creo que encontremos a las cuatro naves en un planeta. La misma dificultad que afectó a la primera afectó a las otras. No podemos aventurarnos por un terreno desconocido. Un mundo inexplorado puede plantear dificultades insospechadas. Vaya a la sala de mapas, y trate de establecer una zona limitada de investigación. Tal vez estemos de suerte.

Veinticuatro horas más tarde el Cuartel General de la Flota envió una orden oficial, y el Rirga modificó su rumbo. Protz se paseaba por la sala de mapas, silbando alegremente y haciendo hábiles cálculos con una regla corrediza tridimensional. Un técnico los comprobaba después en una calculadora electrónica, y tenía dificultades en mantener el ritmo que el teniente imprimía a las operaciones.

Dillinger contempló enfurruñado las coordenadas que Protz le había entregado.

—¿Cree usted que este sistema es tan bueno como cualquier otro?

—Es mejor que cualquier otro —puntualizó Protz, señalando el mapa—. El último informe de la 719 procedió de aquí… Existen tres posibilidades, pero únicamente ésta está de acuerdo con la ruta seguida por la nave. Apostaría diez contra uno a que estoy en lo cierto. No debe haber más que un planeta habitable en esa ruta. Y podemos llegar a él en un par de días.

Dillinger refunfuñó:

—¡Un solo planeta para buscar cuatro naves de reconocimiento! Lleva usted demasiado tiempo en el espacio, Protz. ¿Ha olvidado acaso lo grande que es un planeta?

—Como usted dijo, tal vez estemos de suerte.

 

Estuvieron de suerte. Había un solo planeta habitable, con un solo y estrecho continente subtropical. En su primera observación divisaron a las cuatro naves de reconocimiento, alineadas en una pequeña elevación del terreno que dominaba el mar.

—¡Maldición! Vamos a perder más de una semana en este asunto, y esos imbéciles han bajado ahí para dedicarse a pescar…

—Tenemos que aterrizar —dijo Protz—. No podemos estar seguros.

Dillinger apartó la mirada de las fotografías, con una leve sonrisa en el rostro.

—Desde luego que vamos a aterrizar. Échele una mirada a esto. Aterrizaremos, y en cuanto les haya sacudido unos puntapiés a los tripulantes de esas naves, yo también me iré a pescar.

El Rirga se posó en el suelo a un millar de metros de la playa. Tras las necesarias comprobaciones científicas y una minuciosa investigación de la zona de aterrizaje, salió una patrulla en dirección a las cuatro naves de reconocimiento, protegida por los cañones del Rirga. Dillinger descendió por la escalerilla, respirando ávidamente la brisa del mar, y se encaminó hacia la playa.

Unos instantes después, Protz se reunió con él.

—Las naves están desiertas. Parece como si sus tripulantes las hubieran abandonado.

—Tenemos que localizarlos —dijo Dillinger—. Notifíquelo al Cuartel General.

Protz se alejó apresuradamente.

Dillinger regresó lentamente al Rirga. La zona de aterrizaje estaba siendo consolidada. Habían sido enviadas patrullas a lo largo de la costa y tierra adentro. Una de ellas señaló el descubrimiento de un poblado nativo, desierto. Dillinger se encogió de hombros con indiferencia y se dirigió a su camarote. Se sirvió una bebida y se tumbó en su litera, preguntándose si habría algo a bordo que pudiera ser utilizado como aparejos de pesca.

A través del teléfono interior llegó la voz del teniente Protz.

—¿Comandante?

—Estoy descansando —dijo Dillinger.

—Hemos encontrado un indígena.

—El Rirga debería ser capaz de entendérselas con un indígena sin necesidad de importunar a su comandante.

—Tal vez debí decir que el indígena nos encontró a nosotros. Desea hablar con el comandante.

Los reflejos de Dillinger eran lentos. Transcurrieron diez largos segundos antes que se sentara bruscamente, vertiendo el contenido del vaso.

—Habla galáctico —dijo Protz—. Le están trayendo hacia aquí. ¿Qué haremos con él?

—Monten una tienda. Le recibiré con el debido ceremonial.

Poco después, resplandeciente en un uniforme lleno de galones dorados, el comandante Dillinger descendía la escalerilla del Rirga. La tienda había sido ya montada y a su alrededor se encontraba una guardia de honor. A Dillinger le pareció que los miembros de la guardia hacían verdaderos esfuerzos para mantenerse serios. Un momento después comprendió el motivo. El indígena era un modelo de perfección física, joven, de aspecto inteligente. Llevaba únicamente un taparrabo de dudosa manufactura. Su pelo rojo refulgía a la brillante luz del sol.

De pie delante de él en uniforme de gala, Dillinger se dio cuenta de lo cómico de la situación y sonrió. El indígena dio unos pasos hacia adelante, con el rostro serio, lleno de confianza en sí mismo. Extendió su mano.

—¿Cómo está usted? Yo soy Fornri.

—Comandante Dillinger —respondió Dillinger, casi maquinalmente.

Se apartó ceremoniosamente a un lado, y permitió que el indígena le precediera para entrar en la tienda. Dillinger y varios de sus oficiales entraron detrás de él.

El indígena no hizo caso de las sillas y se encaró con Dillinger.

—Me veo en el desagradable deber de informarle que usted y el personal de su nave se encuentran detenidos.

Dillinger se dejó caer en una silla. Se volvió hacia Protz, el cual le guiñó un ojo. Detrás de él, un oficial no consiguió reprimir una risita ahogada. El indígena había hablado en voz alta, y sus palabras habían traspasado la lona de la tienda. En el exterior se oyeron murmullos y risas apenas disimuladas.

Un indígena pelirrojo armado con una lanza se permitía detener al Rirga. Sería un chiste muy bueno cuando lo contaran…, aunque todo el mundo lo tomaría por un simple chiste.

Dillinger fingió que no había visto el guiño de Protz.

—¿Cuál es la acusación?

El indígena recitó en un tono inexpresivo:

—Aterrizaje en una zona prohibida, evitación voluntaria de la aduana y de la cuarentena, carencia del permiso oficial de inmigración, sospecha de contrabando, y acarreo de armas sin la debida autoridad. Sígame, por favor, y le conduciré a su zona de detención.

Protz se puso repentinamente serio.

—No ha aprendido a hablar galáctico de ese modo de las tripulaciones de las naves de reconocimiento —susurró—. Sólo hace un mes que desapareció la primera de las naves.

Dillinger se volvió hacia los oficiales que le rodeaban.

—Les ruego que dejen de reír. Éste es un asunto serio.

Las risas cesaron.

—¿Es que no se dan cuenta, imbéciles? Este hombre representa a la autoridad civil. A menos que existan arreglos especiales en ese aspecto, el personal militar está sometido a las leyes de cualquier planeta que tenga un gobierno central. Si existen varios gobiernos autónomos… —Se dirigió al indígena—: ¿Tiene este planeta un gobierno central?

—Lo tiene —dijo el indígena.

—¿Tienen ustedes detenido al personal de las naves de reconocimiento?

—Desde luego.

—Ordene a todo el personal que regrese a la nave —le dijo Dillinger a Protz. Y al indígena—: Compréndalo… Debo informar a mis superiores acerca de esto.

—Con dos condiciones. Todas las armas que han sido desembarcadas de la nave quedarán confiscadas. Y no se permitirá a nadie, excepto a usted, regresar a la nave.

Dillinger se volvió hacia Protz.

—Haga que los hombres dejen sus armas en el lugar que él señale.

 

Transcurrieron ocho días antes que Dillinger pudiera entablar las negociaciones finales. Antes que empezara la conferencia, solicitó hablar con uno de los hombres de las naves de reconocimiento. Los indígenas lo trajeron a la tienda, bronceado por el sol, robusto, sin más ropa que un taparrabo como los que usaban los indígenas. Sonrió tímidamente a Dillinger.

—Casi lamento verle a usted, comandante.

—¿Cómo le han tratado?

—Estupendamente. No puede pedirse mejor trato. La comida es maravillosa. Tienen una bebida que juraría que es lo mejor que hay en toda la galaxia. Nos construyeron algunas chozas en la playa, y nos dijeron dónde podíamos ir y qué podíamos hacer, y nos dejaron solos. A excepción de los que nos traen la comida, y algunas barcas de pesca, apenas vemos a los indígenas.

—Tres nativas por cabeza, supongo —dijo secamente Dillinger.

—Nada de eso. Las mujeres no se acercan a nosotros. De todos modos, si tiene usted que ponerle nombre a este planeta, puede llamarlo Paraíso. Nos pasamos la mayor parte del tiempo nadando y pescando. ¡Debería usted ver la cantidad y calidad de peces que hay en este océano!

—¿Están ustedes armados?

—No. Nos tomaron por sorpresa, nos desarmaron, y eso fue todo. Lo mismo les ocurrió a los de las otras naves.

—Bien, es todo lo que quería saber —dijo Dillinger.

Los indígenas se llevaron al hombre, y Dillinger abrió las negociaciones. Se sentó a un extremo de la mesa, flanqueado por dos de sus oficiales. Fornri y otros dos jóvenes estaban en frente de ellos, al otro lado de la mesa.

—Estoy autorizado —dijo Dillinger— para aceptar incondicionalmente su relación de multas y sanciones. En el Banco de la Galaxia han sido depositados cuatrocientos mil créditos a nombre de su gobierno.

Empujó un recibo a través de la mesa. Fornri lo tomó indiferentemente.

—El estado legal de este planeta como mundo independiente será aceptado —continuó Dillinger—. Sus leyes serán respetadas por la Federación Galáctica y se aplicarán en los tribunales de la Federación de los cuales dependen los ciudadanos de la propia Federación. Proporcionaremos al gobierno un centro de comunicaciones, de modo que pueda mantener contacto con la Federación, y a fin que las naves que deseen tomar tierra en este planeta puedan obtener el permiso oficial.

»A cambio, esperamos la inmediata puesta en libertad del personal, la devolución del equipo, y el permiso de partida para las naves de la Federación.

—Me parece satisfactorio —dijo Fornri—. Siempre, desde luego, que los términos del acuerdo sean por escrito.

—Me ocuparé de ello inmediatamente —dijo Dillinger. Vaciló, sintiéndose un poco intranquilo—. Espero que habrá comprendido que esto significa que deben ustedes devolver todas las armas que han confiscado, lo mismo las del Rirga que las de las naves de reconocimiento.

—Desde luego —dijo Fornri. Sonrió—. Somos un pueblo pacífico. No necesitamos armas.

Dillinger respiró profundamente. Por algún motivo, había esperado que las negociaciones fracasaran al llegar a aquel punto.

—Teniente Protz —dijo—, ¿quiere usted ocuparse para que redacten los términos del acuerdo?

Protz asintió y se puso en pie.

—Un momento —dijo Dillinger—. Hay algo más. Debemos dar un nombre oficial a su planeta. ¿Cómo lo llaman ustedes?

Fornri pareció intrigado.

—¿Llamarlo?

—Hasta ahora, ustedes han sido únicamente coordenadas y un número para nosotros. Deben tener un nombre. Y será mejor que se lo den ustedes mismos. Si no lo hicieran lo harían otros, y a ustedes quizá no les gustase. Podría ser el que le aplican en su idioma, o un vocablo descriptivo…, en fin, que sea de su agrado.

Fornri vaciló.

—Creo que tendremos que discutir el asunto.

—Desde luego —dijo Dillinger—. Pero, tengo que advertirle una cosa: una vez que se le haya designado un nombre al planeta, será muy difícil cambiarlo.

—Comprendo —dijo Fornri.

El indígena se retiró, y Dillinger se retrepó en su asiento con una sonrisa, sorbiendo un trago de la bebida indígena que le habían servido en una especie de cubilete. La bebida era tan deliciosa como había asegurado el tripulante de la nave de reconocimiento.

«Tal vez Paraíso sería un nombre adecuado para este lugar —pensó—. Pero entonces… Será mejor que lo decidan los indígenas. Paraíso puede significar algo muy distinto para ellos. Cuando los planetas reciben su nombre de algún forastero, se presentan toda clase de complicaciones.»

Recordó la famosa historia de la nave de reconocimiento que pidió ayuda desde una zona pantanosa de un planeta desconocido. «¿Dónde están ustedes?», preguntó la Base. La nave de reconocimiento dio sus coordenadas y añadió, innecesariamente: «Esto es el infierno». Los habitantes del planeta llevaban dos siglos solicitando que se les cambiara el nombre, pero en todos los mapas oficiales el planeta figuraba aún como «Infierno».

Tres horas después estaban en el espacio, en camino hacia Fron, la capital del sector. Protz miró hacia atrás, contemplando el planeta cada vez más diminuto, y sacudió la cabeza.

—Langri —murmuró—. ¿Qué cree usted que significa?

En Fron, Dillinger informó al gobernador del sector.

—De modo que le han dado el nombre de Langri… —dijo el gobernador—. Y…, ¿dice usted que hablan galáctico?

—Lo hablan bastante bien, con un acento especial.

—Fácilmente explicable, desde luego. Una nave aterrizó allí en alguna época pasada. A la gente le gustó el lugar y se quedó, posiblemente. ¿Vio usted algún rastro de una nave, o naves?

—No. No vimos nada, a excepción de lo que quisieron que viéramos.

—Sí. Una situación delicada para usted. Y no por culpa suya, desde luego. Pero esos hombres de las naves de reconocimiento… —Sacudió la cabeza—. Lo que me intriga es que hablen galáctico. Lo lógico es que los extranjeros hubieran aprendido el idioma indígena. Hay un idioma indígena, ¿no es cierto?

—No puedo decirlo. No oí a ninguno de ellos hablar más que en galáctico. Desde luego, no les oí hablar entre sí. Cuando tenían que consultarse acerca de algo, se retiraban más allá del alcance de nuestros oídos. Pero, ahora que pienso en ello, me parece recordar que oí a unos chiquillos que hablaban galáctico.

—Muy interesante —dijo el gobernador—. Langri… Debe tratarse de una palabra indígena. Será mejor enviar un filólogo con el personal que establezcamos allí. Me gustaría saber cómo aprendieron el galáctico y por qué han continuado hablándolo también, me gustaría saber cuánto tiempo hace que hubo extranjeros allí.

—Es un pueblo inteligente —dijo Dillinger—. Llevaron muy bien las negociaciones y, en todo momento, se mostraron sumamente civilizados. Tengo órdenes de llevar un embajador a Langri, además del personal necesario para instalar allí una estación permanente. ¿Sabe usted algo de eso?

—Yo proporcionaré el personal para la estación. El embajador ha sido ya nombrado y llegará dentro de unos días. Entretanto, puede conceder un permiso a sus hombres y tomarse usted mismo un buen descanso.

 

Una semana más tarde, H. Harlow Wembling, embajador en Langri, ascendía por la rampa del Rirga, precedido de su imponente panza. Discutió con el oficial de servicio, reprendió a la tripulación, y cuando Dillinger le visitó en su camarote para presentarle sus respetos, pidió que asignaran a su servicio, como criado, a un miembro de la tripulación.

Dillinger salió del camarote con el ceño fruncido, y le expuso a Protz su opinión sobre el nuevo embajador con palabras que hicieron al teniente frotarse los oídos, estupefacto.

—¿Va a concederle usted lo que ha pedido? —preguntó Protz.

—Le he dicho —respondió Dillinger, saboreando el recuerdo—, le he dicho que la única persona de a bordo que dispone de algún tiempo libre soy yo, y que no estoy preparado para servir a un caballero de su categoría. Es un elemento insoportable. Realmente vergonzoso.

—No se preocupe, comandante. No tardaremos en vernos libres de él.

—Estaba pensando en los indígenas de Langri. Todo es política, desde luego. Wembling es un miembro adicto del partido, que ve recompensados con este cargo años enteros de servicios leales y sus aportaciones económicas a las campañas electorales. Siempre ocurre así, y la mayoría de los nombrados para esos cargos son bastante decentes. Algunos son incluso competentes, pero siempre existe el caso excepcional del hombre que cree que la palabra embajador delante de su nombre le eleva cuarenta grados hacia la divinidad. ¿Por qué habrán nombrado precisamente a éste para nuestro planeta?

—Es probable que no existan motivos de preocupación. Esos nombramientos políticos no suelen tener mucha duración. Y, de todos modos, no es asunto nuestro.

—Es asunto mío —dijo Dillinger—. Yo negocié el tratado con Langri, y hasta cierto punto me siento responsable de lo que pueda suceder.

Dejaron al embajador Wembling en Langri, junto con el personal que tenía que encargarse de la estación permanente que la Federación había decidido establecer en el planeta. En el último momento se produjo un altercado, ya que a Wembling se le ocurrió repentinamente insistir en que la mitad de la tripulación del Rirga debía quedarse de guardia en la estación. Finalmente, el Rirga regresó al espacio, con su tripulación completa. Dillinger se sentía dispuesto a olvidar por completo a Langri y a volver al trabajo.

Pero no consiguió olvidarlo, y en los meses y años que siguieron fueron muchas las veces que recordó las deliciosas playas de Langri, sus aguas pobladas de maravillosos peces y el aire marino mezclado con el perfume de miríadas de flores.

«¡Qué lugar tan maravilloso para, pasar unas vacaciones! —solía pensar—. O para un retiro… ¡Qué lugar tan maravilloso para un oficial de la Marina jubilado!»

 

III

 

Un anticuado carguero, que efectuaba la travesía entre Quiron y Yorlan, en una ruta espacial poco frecuentada, desapareció. A años-luz de distancia, un burócrata de imaginación exuberante pensó inmediatamente en la piratería. Se cursaron las oportunas órdenes, y el teniente-comandante James Vorish, del crucero de combate Hiln, modificó el rumbo y se dispuso a pasar seis monótonos meses en servicio de patrulla.

Una semana después, las órdenes fueron cambiadas. Vorish modificó nuevamente el rumbo y comentó lo que sucedía con el teniente Robert Smith.

—Alguien ha estado excitando a una población indígena —explicó—. Tenemos que dirigirnos allí y proteger a los ciudadanos y los bienes de la Federación.

—Hay gente que no aprenderá nunca —dijo Smith—. Pero… Langri… ¿Dónde diablos está Langri? Nunca había oído ese nombre.

 

Vorish pensó que aquél era el lugar más bello que había visto en su vida. Se encontraba al oeste. Los árboles extendían su follaje verde pálido hasta la misma playa. Las flores cerraban delicadamente sus hermosos pétalos a medida que el sol del atardecer dejaba de acariciarlas. Las olas de un mar extremadamente azul lamían con indolencia las doradas arenas de la playa.

Detrás de él, el espantoso esqueleto de un enorme edificio en construcción se erguía envuelto en las primeras sombras del crepúsculo. El turno de obreros de la tarde trabajaba activamente. A lo largo de la playa resonaban estruendosos ruidos. Los motores trepidaban y rugían. Piadosamente, la incierta claridad del atardecer celaba los estragos que la obra en construcción había causado en el bosque.

El hombre llamado Wembling hablaba.

—Tiene usted el deber de proteger las vidas y los bienes de los ciudadanos de la Federación.

—Desde luego —dijo Vorish—. Dentro de unos límites razonables. Lo que usted pide exigiría una división del ejército y material por valor de un millón de créditos. Y ni aun así podría garantizarse una seguridad absoluta. Dice usted que a veces los indígenas llegan por el mar. Esto quiere decir que tendríamos que rodear toda la península.

—Son unos redomados bribones —dijo Wembling—. Tenemos derecho a exigir protección. No puedo mantener a los hombres en el trabajo si temen por sus vidas.

—¿Cuántos hombres ha perdido usted?

—Ninguno, desde luego. Pero no ha sido por falta de intención en los indígenas.

—¿No ha perdido usted a ninguno? ¿Y qué me dice de los bienes? ¿Han sufrido algún daño los materiales o los suministros?

—No —dijo Wembling—. Pero sólo se debe a que nos hemos mantenido vigilantes. He tenido que convertir a la mitad de mis hombres en una fuerza de policía.

—Veremos lo que puede hacerse —dijo Vorish—. Concédame algún tiempo para hacerme cargo de la situación, y luego volveré a hablar con usted.

Wembling llamó a dos fornidos guardaespaldas y se alejó precipitadamente. Vorish bajó hasta la playa, devolvió el saludó a un centinela y se quedó en pie, contemplando el mar.

—No hay nadie frente a nosotros, señor —dijo el centinela—. Los indígenas…

Se interrumpió bruscamente, y volvió a saludar: había llegado el teniente Smith.

—¿Se ha enterado usted de algo? —preguntó Vorish.

—Esta situación resulta bastante rara. Las «incursiones» de las que hablaba Wembling, por ejemplo… Los indígenas suelen presentarse uno a uno, y no van armados. Se limitan a merodear por aquí, y lo máximo que hacen es tumbarse delante de una máquina o algo por el estilo, de modo que el trabajo tiene que interrumpirse hasta que alguien los aparta y los conduce hasta el bosque.

—¿Ha sido herido algún indígena?

—No. Los hombres dicen que Wembling ha dado órdenes muy severas acerca de eso. Pero los obreros están muy nerviosos porque no saben en qué momento va a surgir un indígena delante de ellos. Temen que si uno de los indígenas resulta herido, los otros se presentarán con lanzas, flechas envenenadas, o algo así.

—Por la impresión que he sacado de Wembling, mis simpatías están de parte de los indígenas. Pero debo cumplir las órdenes que me han dado. Colocaremos una línea de puestos de guardia a través de la península, y distribuiremos unos cuantos más alrededor de la zona de trabajo. Es lo mejor que podemos hacer, a pesar que esto será una molestia para nuestro personal. Veremos la cara que ponen los especialistas cuando les digamos que tienen que montar guardia.

—No creo que pongan reparos —dijo Smith—. Un par de horas de asueto en esta playa compensan ocho horas de guardia. Voy a empezar a distribuir los puestos.

Vorish regresó al Hiln y se convirtió en el blanco de una avalancha de mensajeros. Al señor Wembling le gustaría saber… El señor Wembling sugiere… Si no fuera demasiada molestia para usted… Saludos de parte del señor Wembling… El señor Wembling dice… Como mejor le parezca a usted… El señor Wembling lo lamenta, pero…

¡Dichoso señor Wembling! Vorish se había visto obligado a ordenar a su oficial de comunicaciones que instalase una línea directa con la oficina de Wembling. Luego encargó a un joven oficial que se dedicara exclusivamente a recibir a los mensajeros de Wembling.

Se disponía a aprovechar el pequeño respiro que le concedían aquellas medidas, cuando se presentó Smith, que regresaba de su tarea de distribuir los puestos.

—Un indígena desea verle —anunció—. Lo tengo ahí fuera.

Vorish levantó las manos.

—Bueno, he oído el punto de vista de Wembling. Puedo oír también el de los indígenas. Me fastidia pedirle favores a alguien, pero supongo que Wembling nos proporcionará un intérprete.

—Podría hacerlo si lo tuviera, pero no tiene ninguno. Esos indígenas hablan galáctico.

—¿Cómo dice? —Hizo una pausa, sacudiendo la cabeza—. No, ya veo que está hablando en serio. Sospecho que este planeta no es lo que yo imaginaba. Haga entrar a ese hombre.

 

El indígena se presentó a sí mismo como Fornri y estrechó confiadamente la mano de Vorish. Su pelo rojo brillaba como una llama. Aceptó una silla, y se sentó con gran dignidad.

—Creo —dijo— que son ustedes miembros de la Marina Especial de la Federación Galáctica de Mundos Independientes. ¿Me equivoco?

Vorish dejó de mirarle con fijeza el tiempo suficiente para reconocer que estaba en lo cierto.

—En nombre de mi gobierno —dijo Fornri—, vengo a solicitar su ayuda para expulsar a los invasores de nuestro mundo.

—¡Diablo! —murmuró Smith.

Vorish estudió el serio y juvenil rostro del indígena antes de aventurar una respuesta.

—Esos invasores… —dijo finalmente—. ¿Se refiere usted al proyecto de construcción?

—Efectivamente —dijo Fornri.

—Su planeta ha sido clasificado 3C por la Federación, lo cual le coloca bajo la jurisdicción de la Oficina Colonial. Wembling y Compañía tienen un permiso de la Oficina para edificar aquí. Veo muy difícil que puedan ser considerados como invasores.

Fornri habló lenta y claramente.

—Mi gobierno tiene un tratado con la Federación Galáctica de Mundos Independientes. El tratado garantiza la independencia de Langri, y garantiza también la ayuda de la Federación en el caso que Langri sea invadida desde el espacio exterior. En este momento estoy reclamando de la Federación Galáctica de Mundos Independientes el cumplimiento de su garantía.

—Acérqueme el índice —le dijo Vorish a Smith. Tomó el pesado volumen, lo hojeó unos instantes y encontró una página encabezada Langri—. Establecido contacto inicial en el ‘84 —dijo—. Hace cuatro años. Clasificado 3C en septiembre del ‘85. No hay mención de ninguna clase de tratado.

Fornri sacó un tubo de madera de su cinto y extrajo de él un papel enrollado. Se lo entregó a Vorish, el cual lo desenrolló y lo alisó. Era una copia cuidadosamente escrito de un documento oficial. Vorish miró la fecha y consultó el índice.

—Fechado en junio de ‘84 —le dijo a Smith—. Un mes y medio después de establecerse el contacto inicial. Clasifica a Langri como 5X.

—¿Es auténtico? —preguntó Smith.

—Parece auténtico. No creo que esa gente pudiera haberlo inventado. ¿Tienen ustedes el original de este documento?

—Sí —dijo Fornri.

—Desde luego, no podía llevarlo encima. Probablemente no confía en nosotros, y no puedo reprochárselo.

Pasó el papel a Smith, el cual lo examinó minuciosamente y se lo devolvió.

—Resulta un poco extraño que la clasificación de un nuevo planeta se retrase un año y medio después de establecido el contacto inicial. Si este documento es auténtico, Langri debió ser reclasificado en el ‘85.

—El índice no habla para nada de reclasificación —dijo Vorish. Se volvió hacia Fornri—. Hasta que nos ordenaron venir a este planeta no habíamos oído hablar nunca de él, de modo que no sabíamos nada acerca de su clasificación. Cuéntenos cómo ocurrió.

Fornri asintió. Hablaba un galáctico perfecto, con un acento que Vorish no conseguía localizar del todo. De cuando en cuando hacía una pausa para buscar una palabra, pero su relato era claro y conciso. Describió la llegada de los hombres de las naves de reconocimiento, su captura, y las negociaciones con los oficiales del Rirga. Lo que siguió les hizo fruncir el ceño.

—¿Wembling? ¿Wembling fue el primer embajador?

—Sí, señor —dijo Fornri—. Se burló de la autoridad de nuestro gobierno, insultó a nuestro pueblo, e importunó a nuestras mujeres. Solicitamos a vuestro gobierno que lo echaran de aquí, y nuestra solicitud no fue atendida.

—Probablemente tiene mucha influencia política —dijo Smith—. Consiguió que el planeta fuese reclasificado y obtuvo un permiso de construcción. Una venganza sumamente eficaz por un supuesto insulto.

—O quizás había visto una oportunidad de hacer dinero aquí —dijo Vorish—. ¿Le notificaron oficialmente a su gobierno que el tratado había expirado y que Langri había sido reclasificado?

—No —dijo Fornri—. Después de Wembling, llegó otro embajador, un tal señor Gorman. Era un buen amigo de mi pueblo. Luego llegó una nave y se llevó al señor Gorman y a todo su personal. No nos informaron de nada. A continuación se presentó el señor Wembling con muchas naves y muchos hombres. Le dijimos que tenía que marcharse, pero se rió de nosotros y empezó a construir el hotel.

—Lleva casi tres años construyéndolo —dijo Vorish—. No parece que haya adelantado mucho.

—Acudimos a un abogado —dijo Fornri—, y por mediación suya obtuvimos una orden judicial para el cese de los trabajos. Pero, cada vez, el juez ha anulado la orden.

—¿Interdicción? —exclamó Smith—. ¿Quiere usted decir que han planteado ustedes un pleito acerca de esto?

 

—Tráigame al teniente Charles —dijo Vorish.

Smith sacó de la cama al joven oficial jurídico del Hiln. Con la ayuda de Charles, interrogaron ampliamente a Fornri acerca de la inútil acción legal emprendida por el gobierno de Langri contra H. Harlow Wembling.

La historia era sorprendente y patética a la vez. La estación de la Federación se había llevado el equipo completo de comunicaciones al marcharse de Langri. Los indígenas estaban indefensos cuando Wembling regresó, y no les quedaba otro recurso que intentar una demostración de fuerza. Afortunadamente, habían encontrado un amigo entre el personal de Wembling —Fornri no dijo su nombre—, y ese amigo los puso en contacto con un abogado, y el abogado había recurrido muchas veces a los tribunales por ellos, con gran entusiasmo.

No podía intervenir en el asunto de la violación del tratado, debido a que era materia de exclusiva competencia del gobierno. Pero había atacado a Wembling en sus actividades, basándose en aspectos legales que Fornri no comprendía del todo. En una de las ocasiones, por ejemplo, Wembling había sido acusado de violar su permiso de construcción, el cual le concedía derechos exclusivos para el desarrollo de los recursos naturales de Langri. Los trabajos de construcción del hotel quedaron interrumpidos durante varios meses, hasta que un juez decretó que un lugar de veraneo potencial era un recurso natural. Los indígenas habían ganado el asalto más reciente, al dictaminar un tribunal que Wembling era culpable de daños por haber destruido todo un poblado al despejar el terreno para la construcción del hotel. Su permiso, dictaminó el tribunal, no le autorizaba a usurpar la propiedad privada. Pero los daños habían sido reparados, y ahora Wembling había reanudado el trabajo, y el abogado trataba de encontrar otro punto por donde atacarle. Se interesaba también por encontrar un medio legal de impugnación en lo que respecta al tratado violado, pero en este aspecto las perspectivas de éxito eran muy remotas.

—El pleitear cuesta dinero —observó Vorish.

Fornri se encogió de hombros. Langri tenía dinero. Disponía de cuatrocientos mil créditos que la Federación le había pagado, y disponía del producto de una importante cantidad de mineral de platino que el amigo, del cual les había hablado antes, había conseguido contrabandear para ellos.

—¿Hay platino en Langri? —preguntó Vorish.

—El platino no procede de Langri —dijo Fornri.

Vorish tamborileó impacientemente con los dedos sobre su escritorio. La situación de Langri estaba llena de enigmas. ¿Cómo era que los indígenas hablaban galáctico cuando llegaron las primeras naves de reconocimiento? ¿Y aquel mineral de platino que no procedía de Langri? Sacudió la cabeza.

—No creo que consigan derrotar a Wembling en los tribunales. Pueden obtener alguna victoria parcial, pero a la larga ganará él. Y les arruinará. Los hombres como Wembling tienen mucha influencia y todo el apoyo financiero que necesitan.

—Las actuaciones judiciales nos conceden tiempo —dijo Fornri—. Lo que necesitamos es tiempo…, tiempo para el Plan.

Vorish miró a Smith con expresión dubitativa.

—¿Qué opina usted?

—Creo que estamos obligados a presentar un informe completo acerca de este asunto. El tratado fue negociado por oficiales de la Marina. El Cuartel general de la Marina debe ser ampliamente informado de lo que ha ocurrido.

—Sí. Debemos enviarles una copia de esto…, aunque una copia de una copia no tendrá mucho peso. Y los indígenas no querrán desprenderse del original. —Se volvió hacia Fornri—. Voy a enviar al teniente Smith con usted. Irá acompañado de un par de hombres. Ninguno de ellos irá armado. Llévelos donde quiera, y reténgalos todo el tiempo que quiera, pero tienen que sacar una fotocopia del tratado para que podamos ayudarles a ustedes.

Fornri meditó el asunto unos instantes, y dio su asentimiento. Vorish envió a Smith con dos de sus hombres y el correspondiente material, y a continuación se dispuso a redactar un informe. Fue interrumpido por un joven alférez que se presentó con el rostro enrojecido y tartamudeó:

—Perdone, comandante, pero el señor Wembling…

—¿Qué le pasa ahora al señor Wembling? —inquirió Vorish en tono de resignación.

—El señor Wembling desea el traslado a otro lugar del puesto de guardia número treinta y dos. Dice que las luces no le dejan dormir.

 

Por la mañana, Vorish salió a dar un paseo y se dirigió al hotel en construcción. Wembling se reunió con él. Llevaba una camisa de manga corta de un llamativo colorido y pantalones cortos. Sus brazos y piernas estaban tostadas por el sol, y su pálido rostro se ocultaba debajo de un salacot.

—Tendrá un millar de plazas —explicó Wembling—. La mayor parte de las habitaciones serán dobles. Habrá una gran piscina en la terraza, con vista al mar. Hay muchas personas que no soportan el agua salada, ya sabe. También estamos construyendo un campo de golf. Habrá dos comedores principales, y media docena de comedores más pequeños, especializados en platos típicos de diversos lugares. Dispongo de una flotilla de embarcaciones para llevar a la gente de pesca. También es posible que traiga un par de submarinos provistos de mirillas de observación para contemplar las profundidades del mar. Tal vez no lo crea usted, pero existen centenares de mundos cuyos habitantes no han visto nunca el mar. Son mundos en los cuales la gente no dispone ni siquiera de agua para bañarse. Tienen que utilizar productos químicos. Si alguna de esas personan pueden venir a Langri, y pasar aquí una temporada, de cuando en cuando, un montón de médicos famosos se quedarán sin trabajo. Este proyecto mío prestará un gran servicio a la humanidad.

—¿De veras? —murmuró Vorish—. No sabía que la suya era una organización filantrópica.

—¿Filantrópica? ¡Oh! Desde luego, obtendremos un beneficio. Un saneado beneficio. ¿Qué hay de malo en ello?

—Por lo que he visto de su hotel, sólo podrá albergar a los pobrecitos millonarios.

Wembling hizo un gesto grandilocuente.

—Esto es sólo el principio. Tiene que existir una sólida base financiera desde el primer momento, ya sabe. Pero los pobres también podrán veranear en Langri. No en hoteles a la orilla del mar, naturalmente, pero tendrán acceso a determinados sectores de playa, y dispondrán de alojamientos de acuerdo con su categoría. Hemos pensado en todo.

—Lo que sucede es que estoy acostumbrado a ver las cosas de un modo distinto —dijo Vorish—. La Marina del Espacio dedica la vida de sus hombres al servicio de la humanidad, pero si se fija usted en los sueldos que se perciben, verá que en su dedicación no hay la menor idea de beneficio.

—No hay nada malo en obtener un beneficio. ¿Dónde estaría actualmente la raza humana si nadie deseara un beneficio? Viviríamos aún en cavernas, como estos indígenas de Langri. Aquí hay un excelente ejemplo de una sociedad sin la idea del beneficio. Supongo que a usted le encanta.

—No me parece mal —murmuró Vorish.

Pero Wembling no le oyó. Se había marchado precipitadamente, jurando de un modo inconcebible en un hombre de su categoría social. Un indígena, salido de no se sabía dónde, se había aferrado a una viga que iba a ser izada por medio de una grúa. Los obreros trataban de separarle de allí…, sin violencia. El indígena se mantenía obstinadamente asido a la viga. El trabajo quedó interrumpido hasta que consiguieron soltar al indígena y llevárselo de allí.

El teniente Smith llegó a tiempo de presenciar el cómico final del drama.

—¿Qué esperan ganar con esto? —dijo Vorish.

—Tiempo —respondió Smith—. ¿No oyó usted lo que dijo aquel indígena? Necesitan tiempo para el Plan…

—Tal vez están planeando una insurrección en masa.

—Lo dudo. Tengo la impresión que se trata de un pueblo esencialmente pacífico.

—Les deseo mucha suerte —dijo Vorish—. Wembling es un mal enemigo. Me pregunto de dónde saca las fuerzas para controlar todo esto. Se pasa el día entero de un lado a otro, vigilando para que todo marche como es debido.

—Quizá se pase toda la noche comiendo. ¿Quiere echarle un vistazo a los puestos de guardia?

Los dos hombres empezaron a alejarse. A cierta distancia oyeron gritar a Wembling, apremiando a los obreros para que reanudaran el trabajo. Un instante después, Wembling llegó corriendo y se reunió con ellos.

—Si hubiera usted colocado la línea de defensa que le pedí —le dijo a Vorish—, no me encontraría con esta clase de problemas.

Vorish no respondió. Era evidente que Wembling había dado órdenes para que no se utilizara la violencia contra los indígenas, pero Vorish ponía en duda que sus motivos fueran humanitarios. Un enfoque inoportuno del problema indígena podría perjudicarle en alguna futura actuación judicial. En cambio, a Wembling no le preocupaba en absoluto que la Marina del Espacio causara algún daño a los indígenas. La responsabilidad de la acción no recaería sobre él. Había pedido a Vorish la instalación de una barrera electrónica que electrocutara a cualquier indígena que intentara cruzarla.

—En el peor de los casos —dijo Vorish—, los indígenas sólo producen molestias sin importancia.

—No disponen de muchas armas —dijo Wembling—, pero tienen las suficientes para rebanar gargantas y, si se decidieran a actuar conjuntamente, son numerosísimos. Y, además, su actuación está retrasando considerablemente las obras. Quiero mantenerlos alejados de aquí.

—No creo que sus gargantas estén en peligro, pero haremos lo que podamos para mantenerlos alejados.

—Creo que no puedo pedir nada más —dijo Wembling.

Dejó oír una risita ahogada y enlazó su brazo con el de Vorish.

Smith había situado los puestos de guardia aprovechando las escasas irregularidades del terreno. En aquel momento tenía unos hombres dedicados a la tarea de limpiar el suelo a efectos de una mejor visibilidad. Wembling anduvo de un lado para otro examinando los resultados, con casuales alusiones a un Almirante de las Flota. De repente, hizo que Vorish se detuviera.

—Esta línea de defensa… Habrá que trasladarla.

Vorish le miró fríamente.

—¿Por qué?

—Dentro de dos o tres semanas empezaremos a trabajar en el campo de golf. A este lado de la línea sólo cabe la mitad del campo. Y tal vez menos. De modo que tendremos que trasladarla. No quiero tener a mis hombres trabajando sin protección. Pero, no hay prisa…, mañana lo haremos.

—Suponiendo que me diga lo que tiene en la imaginación —dijo Vorish.

 

Wembling llamó a una patrulla de exploración, y se pusieron en marcha bajo la vigilancia de una escolta militar. Avanzaron hacia el oeste de la península, la cual se ensanchaba repentinamente hasta convertirse en una parte del continente. Se abrieron camino a través de los árboles mientras el sudoroso Wembling, disfrutando enormemente, gesticulaba y señalaba los límites del futuro campo de golf.

Una hora más tarde, Vorish pasó revista al terreno que el campo de golf iba a ocupar, y dio a Wembling una rotunda negativa.

—La línea sería demasiado larga hasta aquí —dijo—. No tendría bastantes hombres.

Wembling sonrió.

—El comandante siempre está de broma. Tiene usted hombres de sobra. La mayoría se pasan el tiempo en la playa.

—Mis hombres trabajan por turnos, lo mismo que los de usted. Si pongo a esos hombres de guardia, no tendrán ningún descanso.

—Los dos sabemos que puede usted establecer una línea de defensa que no exigiría ningún hombre —dijo Wembling.

—Los dos sabemos que no voy a establecerla. Sus hombres pueden trabajar sin protección naval. Están seguros.

—De acuerdo, si usted lo quiere así. Pero, si les ocurre algo…

—Otra cosa —dijo Vorish—. ¿Qué piensa usted hacer con aquel poblado indígena abandonado en el cual se supone que debe ponerse el hoyo número ocho?

Wembling contempló desdeñosamente las lejanas chozas.

—Derruirlo. Está deshabitado.

—No puede usted hacer eso —dijo Vorish—. Es propiedad de los indígenas. Necesita usted un permiso.

—¿Permiso de quién?

—Permiso de los indígenas.

Wembling echó hacia atrás su cabeza y estalló en una carcajada.

—Deje que lleven el asunto a un tribunal, si desean seguir derrochando su dinero. El último caso debió costarles unos cien mil créditos, y, ¿sabe usted a cuánto ascendieron los daños? A setecientos cincuenta créditos. Cuanto más pronto gasten su dinero antes dejarán de molestarme.

—Las órdenes que tengo me obligan a proteger a los indígenas y a sus bienes, tanto como a protegerle a usted y a sus bienes —dijo Vorish—. Los indígenas no le detendrán a usted, pero yo sí lo haré.

Se marchó sin mirar hacia atrás. Tenía prisa por llegar a su oficina del Hiln, y sostener una conversación con el teniente Charles. Había algo que recordaba haber leído, hacía mucho tiempo, en su escasamente utilizado manual de régimen militar…

 

Los días se deslizaron agradablemente, salpicados de las violentas protestas de Wembling cada vez que un indígena se presentaba para retrasar los trabajos de construcción. Vorish vigilaba atentamente la «Operación Campo de Golf» de Wembling, y esperaba con impaciencia alguna reacción oficial a su informe sobre el tratado de Langri.

La reacción oficial no se producía, pero los obreros de Wembling seguían avanzando por el interior del bosque. Los árboles eran derribados para ser convertidos en tablones. El exquisito jaspeado de sus vetas constituiría un motivo ornamental completamente original para los artesonados del hotel.

Los obreros habían llegado al poblado indígena abandonado y trabajaban en sus alrededores. No hacían el menor esfuerzo por cruzarlo, aunque Vorish vio que dirigían nerviosas miradas en aquella dirección de cuando en cuando, como si temieran la llegada del momento de adentrarse en él.

Al efectuar su ronda matinal por los puestos de guardia, Vorish se detuvo casualmente para enfocar sus prismáticos hacia los alrededores del poblado.

—Se está usted jugando el cuello en esto —dijo Smith—. Espero que se dará cuenta.

Vorish no contestó. Tenía su propia opinión de los oficiales de la marina que se preocupaban indebidamente por sus cuellos.

—Allí está Wembling —dijo.

Con sus guardaespaldas pegados a sus talones, Wembling se movía con su acostumbrada velocidad a través del terreno que había sido desbrozado. El capataz salió a su encuentro. Wembling habló brevemente con él, señalando hacia adelante. El capataz se volvió hacia sus hombres y señaló en la misma dirección. Un momento después, la primera choza era derribada.

—Vamos para allá —dijo Vorish.

Smith dio la orden de marcha a una patrulla de marinos y echó a andar detrás de ellos. Los marinos llegaron al poblado y apartaron a un lado a los obreros de Wembling. Cuando Vorish llegó allí, Wembling estaba temblando de impotente furor.

Vorish contempló la hilera de chozas derribadas.

—¿Tiene usted permiso de los indígenas para hacer esto? —le preguntó a Wembling.

—No —respondió Wembling—. Pero tengo una autorización de la Oficina de Colonias. ¿No es suficiente?

—Teniente Smith, detenga a estos hombres —ordenó Vorish, y dio media vuelta para marcharse.

Ante su sorpresa, Wembling no dijo nada. Su aspecto era el de un hombre sumido en profundas meditaciones.

 

Vorish encerró a Wembling en su tienda, en calidad de detenido. Suspendió todos los trabajos en el hotel. Luego envió un informe completo del incidente al Cuartel General de la Marina, y se sentó a esperar los resultados.

La indiferencia mostrada por el cuartel general, en lo que respecta a su informe sobre Langri, le había intrigado. ¿Lo habrían archivado por intrascendente, o existía una conjetura, tejida por la corrupción, en las altas esferas del gobierno? En cualesquiera de los casos, se estaba cometiendo una injusticia. Los indígenas necesitaban tiempo para algo que ellos llamaban el Plan. Vorish necesitaba tiempo para llamar la atención de alguien acerca de lo que estaba sucediendo. Sería una vergüenza permitir que Wembling terminara su hotel mientras el informe sobre la situación de Langri se moría de asco en el cajón del escritorio de un funcionario subalterno.

Con Wembling detenido y el trabajo interrumpido, Vorish disfrutaba viendo cómo Wembling enviaba frenéticos mensajes a personas que ocupaban altos cargos en el gobierno de la Federación.

«Veremos si ahora se olvidan también de Langri», se dijo Vorish con satisfacción.

Habían transcurrido tres semanas cuando el Cuartel General rompió súbitamente el silencio. El crucero de combate Bolar había salido en dirección a Langri, al mando del almirante Corning. El almirante iba a realizar una investigación sobre el terreno.

—No parece que vayan a relevarle a usted —dijo Smith—. ¿Conoce usted a Corning?

—He servido a sus órdenes en distintas ocasiones, en diversos lugares y con diferentes graduaciones. Puedo considerarle como un viejo amigo.

—Eso es muy beneficioso para usted.

—Podría ser peor —admitió Vorish.

Tenía la sensación de haberse cubierto a sí mismo perfectamente, y que Corning, a pesar que era un hombre rudo, temperamental y fanático de la exactitud, no tomaría ninguna medida que no fuese justa y que pudiera perjudicar a un amigo suyo.

 

Vorish nombró una guardia de honor para el almirante y le recibió con toda ceremonia. Corning descendió ágilmente por la rampa del Bolar y dirigió una mirada de aprobación a su alrededor.

—Me alegro de volver a verle, Jim —dijo, sin apartar los ojos de una de las invitadoras playas de Langri—. Éste es un lugar encantador. Realmente encantador. —Se volvió hacia Vorish y examinó su bronceado rostro—. Y, por lo que veo, lo ha aprovechado usted bien. Ha engordado.

—Y usted ha adelgazado —dijo Vorish.

—Siempre he sido delgado —dijo Corning—. Pero lo que he perdido en anchura lo he ganado en altura. —Echó una ojeada al círculo de oficiales que escuchaban con respetuosa atención y bajó la voz—: Lléveme a un lugar donde podamos hablar.

Vorish despidió a sus hombres y llevó a Corning a su oficina en el Hiln. El almirante no dijo nada por el camino, pero sus agudos ojos examinaron los dispositivos de defensa de Vorish y chasqueó silenciosamente los labio.

—Jim —dijo Corning, mientras Vorish cerraba la puerta—. ¿Qué es lo que pasa aquí?

—Tendré que hacer un poco de historia —dijo Vorish, y le contó al almirante lo del tratado y su violación.

Corning le escuchó atentamente, murmurando un ocasional «¡Diablo!».

—¿Quiere usted decir que no se ha tomado ninguna medida oficial al respecto? —inquirió.

—Exactamente.

—¡Diablo! Tarde o temprano, la cabeza de alguien pagará por esto. Pero lo más probable es que no sea la cabeza verdaderamente culpable, y, además, ese tratado no tiene nada que ver con el alboroto en que usted se ha metido. No de un modo oficial, por lo menos, ya que oficialmente el tratado no existe… Ahora, dígame, ¿qué es esa tontería acerca de unas cuantas chozas indígenas?

Vorish sonrió. En este asunto sabía que pisaba terreno firme: había sostenido una larga conferencia con Fornri, examinando todos los ángulos.

—De acuerdo con las órdenes recibidas —dijo—, aquí soy un arbitro imparcial. Me enviaron para proteger a los ciudadanos y los bienes de la Federación, pero también para proteger a los indígenas contra cualquier atentado a sus costumbres, a sus medios de vida, etcétera. Párrafo siete.

—Lo he leído.

 

—La idea es que si los indígenas son tratados adecuadamente, los ciudadanos y los bienes de la Federación necesitarán menos protección. El poblado indígena en cuestión es algo más que un grupo de chozas vacías. Parece que entre los indígenas tiene una especie de significado religioso. Le llaman el Poblado del Maestro, o algo parecido.

—Maestro o jefe —dijo Corning—. A veces, las dos palabras tienen el mismo significado para los pueblos primitivos. Esto podría convertir al poblado en una especie de santuario… Según tengo entendido, el tal Wembling empezó a derruirlo.

—Exactamente.

—Y usted le había advertido anticipadamente que tenía que solicitar el permiso de los indígenas, y él se rió de la advertencia. De acuerdo. Su conducta no sólo fue correcta, sino también encomiable. Pero, ¿por qué ha suspendido usted todos los trabajos? Pudo haber protegido aquel poblado, y haber obligado a Wembling a construir su campo de golf en otra parte, sin armar tanto alboroto. Wembling hubiera puesto el grito en el cielo, naturalmente, pero usted tenía toda la razón de su parte y nadie le hubiera hecho caso a ese hombre. En cambio, ha preferido usted paralizarlo todo. ¿Pretende acaso que le fusilen? Ha hecho perder a Wembling una gran cantidad de tiempo y una gran cantidad de dinero, y ahora está realmente furioso. Y es un hombre que tiene mucha influencia.

—No tengo la culpa del hecho que haya perdido tiempo y dinero —dijo Vorish—. Notifiqué inmediatamente al Cuartel General las medidas que había tomado. Pudieron haber revocado la orden en cualquier momento.

—Desde luego. Supongo que no lo hicieron porque siempre existe la posibilidad para que las cosas se pongan peor de lo que están. En el Cuartel General desconocían la situación planteada aquí. Les ha causado usted muchos quebraderos de cabeza. ¿Por qué detuvo a Wembling y le ha obligado a permanecer en su tienda, con guardias de vista?

—Para protegerle. Violó un lugar sagrado, y me siento responsable de su seguridad.

Por primera vez, Corning sonrió.

—Buen pretexto. No está mal. Esto da al asunto un carácter discrecional, con su opinión contra la de Wembling. Usted lanzó su moneda al aire e hizo su elección, y nadie que no esté en el secreto puede hacerle ningún reproche. —Asintió—. Procuraré reflejar ese punto de vista en mi informe. Wembling se excedió en lo que hizo, indudablemente. Las consecuencias pudieron ser muy graves. Y no puedo decir que las medidas que tomó usted fueran demasiado drásticas, porque no estaba aquí en aquellos momentos. No sé exactamente lo que trata usted de hacer, o tal vez lo sepa, pero le apoyaré en todo lo que pueda. Creo que podré evitar que le fusilen.

—¡Oh! —exclamó Vorish—. De modo que iban a fusilarme… Me sorprende de veras.

—Iban…, van a hacerle todo el daño que puedan —Corning miró fijamente a Vorish—. Lo que voy a decirle no es de mi agrado, pero tengo que cumplir órdenes. Regresará usted a Galaxia en el Hiln, en calidad de detenido…, para comparecer ante un tribunal militar. Personalmente, no creo que tenga usted motivos para preocuparse. No veo cómo podrán sacar adelante este asunto, pero no dejarán de intentarlo.

—No me preocupa, en absoluto —dijo Vorish—. He estudiado el caso minuciosamente. Y prefiero que traten de sacarlo adelante. Insistiré en que el caso sea visto por un tribunal militar, y… Pero temo que no accederán a ello. De todos modos, me alegro de dejar a Langri en unas manos competentes.

—Que no serán las mías —dijo Corning—. No estaré aquí mucho tiempo. El escuadrón 984 está en camino para revelarme. Once naves. No están dispuestos a permitir que este asunto se les escape de entre las manos. El comandante del escuadrón es Ernst Dillinger, que ascendió a almirante hace unos meses. ¿Le conoce?

 

IV

 

La embarcación de pesca seguía en la misma posición, a la misma distancia. Dillinger alzó sus prismáticos, los bajó. Por lo que él podía ver, los indígenas estaban pescando… Volvió a su oficina y se sentó, contemplando ociosamente la mancha de color de la vela de la embarcación.

La afelpada amplitud de su oficina le fastidiaba. Era el segundo día que ocupaba las habitaciones que Wembling había insistido en destinarle en el ala terminada del Hotel Langri, y Dillinger pasaba la mayor parte del tiempo paseando en círculos cada vez mayores alrededor del trabajo amontonado sobre su mesa escritorio.

Los indígenas le tenían preocupado. Y le preocupaba algo enigmático que los indígenas llamaban el Plan, y que a su debido tiempo borraría del planeta a Wembling, y a sus obreros, y a sus hoteles.

Con el Hotel Langri en pleno funcionamiento dentro de unos meses, y en marcha las obras de construcción de otros dos hoteles, Dillinger sabía que la expulsión legal de Wembling sería prácticamente imposible. En consecuencia, ¿qué estaban planeando los indígenas? ¿La expulsión ilegal? ¿El empleo de la fuerza? ¿Con un escuadrón de la Marina Espacial montando guardia?

Dillinger se puso nuevamente en pie y se acercó al curvado plástico teñido que enmarcaba la ventana. La embarcación de pesca seguía allí. Todos los días estaba allí. Pero, quizá, tal como había sugerido Protz, las aguas situadas frente el promontorio eran simplemente un buen lugar para pescar.

El teléfono interior zumbó:

—El señor Wembling, señor.

—Hágale pasar —dijo Dillinger, y se volvió hacia la puerta.

Wembling entró con paso decidido, la mano tendida hacia adelante.

—Buenos días, Ernie.

—Buenos días, Howard —dijo Dillinger, parpadeando ante los abigarrados colores de la camisa de Wembling.

—¿Vamos a la antesala a beber un trago?

Dillinger levantó un montón de documentos de su escritorio y los dejó caer de nuevo.

—Vamos —suspiró.

Cruzaron un largo corredor. Al llegar a la antesala, un criado uniformado les sirvió las bebidas que pidieron. Dillinger removió distraídamente el hielo en su vaso, mientras miraba a través del enorme ventanal hacia la terraza, y hacia la playa situado debajo de ellos. Los jardineros de Wembling habían trabajado a conciencia. El hotel estaba rodeado de aterciopelado césped y de arbustos de distinto colorido. La piscina, completamente terminada, aparecía desierta. La playa, llena de obreros y de marineros francos de servicio.

Wembling habló con entusiasmo de los progresos que estaba realizando en sus nuevas instalaciones, las cuales se encontraban a cincuenta millas a lo largo de la costa, en ambas direcciones.

—Para mí es un quebradero de cabeza el que haya usted decidido construir esas nuevas instalaciones tan separadas una de otra —dijo Dillinger—. Tengo que vigilarlas.

Wembling se inclinó hacia adelante y palmeó su brazo.

—Está usted haciendo un buen trabajo, Ernie. Desde que está aquí, no hemos tenido ninguna dificultad. No dude del hecho que hablaré de usted como se merece donde más pueda favorecerle.

—En esta península hay espacio para cincuenta hoteles —dijo Dillinger—. Y para unos cuantos campos de golf.

Wembling le dirigió una velada sonrisa.

—Política y leyes —murmuró—. Manténgase apartado de ambas, Ernie. Tiene usted cerebro y talento, pero no esa clase de cerebro y de talento.

Dillinger enrojeció y volvió a mirar a través del ventanal. La embarcación de pesca era una simple mancha en el horizonte. Probablemente navegaba con lentitud, pero desde aquella distancia parecía que estaba inmóvil.

—¿Ha oído usted algo acerca del comandante Vorish? —preguntó Wembling.

—Lo último que oí fue que había salido en el Hiln en viaje de prácticas.

—Entonces…, ¿no le fusilaron?

—Le hicieron un expediente —dijo Dillinger con una sonrisa—. Pero llegaron a la conclusión que merecía una citación por haberse desenvuelto con la mayor eficacia en una situación difícil. Mi opinión es que cualquier medida que hubieran tomado contra él habría provocado cierta propaganda, y hay alguien que no desea propaganda. Desde luego, no sé nada acerca de política y de leyes. ¿Deseaba usted acaso que fusilaran a Vorish?

Wembling sacudió la cabeza pensativamente.

—No. No le guardo ningún rencor. El rencor no produce beneficios. Los dos teníamos un trabajo a hacer, pero él enfoco el suyo de un modo equivocado. Lo único que yo deseaba era que me dejaran continuar el mío, y después que él se marchó escribí a algunos amigos para que no le ocurriera nada. Pero pensé que le expulsarían de la Marina, y de ser así me hubiera gustado verle de nuevo en Langri. Creo que comprendía a esos indígenas, y siempre puedo utilizar a un hombre en tales condiciones. Le dije que se mantuviera en contacto con mi oficina de Galaxia, y allí se encargarían de facilitarle el regreso aquí. Pero no he vuelto a saber de él.

—No le fusilaron. La próxima vez que le vea usted, probablemente será almirante.

—Lo mismo le digo a usted —dijo Wembling—. Si algún día deja la Marina, vuelva a Langri. Tendré que regir una empresa de gran envergadura, y necesitaré a todos los hombres capaces que pueda conseguir. Y los hombres capaces no son fáciles de encontrar.

Dillinger volvió el rostro a un lado para ocultar su sonrisa.

—Gracias —dijo—. No lo olvidaré.

Wembling dio una palmada en la mesa y se puso en pie.

—Bueno, tengo que marcharme a trabajar. ¿Una partida de ajedrez esta noche?

—Será mejor dejarlo para otro momento —dijo Dillinger—. Tengo mucho trabajo acumulado…

Contempló a Wembling mientras se alejaba. Tenía que admirar al hombre. Aunque le detestara, y detestara sus métodos, tenía que admirarle. Era un verdadero hombre de empresa.

 

Protz estaba esperándole cuando regresó a su oficina: comandante Protz, ahora, capitán del Rirga, la nave insignia del Escuadrón 984 de Dillinger. Dillinger le saludó y habló por su teléfono interior.

—Que nadie me moleste —dijo. A continuación se volvió hacia Protz—. ¿Qué hay de esa nave?

—Estamos completamente despistados —dijo Protz—. Definitivamente, no se estrelló. Según el centinela, efectuó un aterrizaje perfecto detrás del bosque. A Wembling no le falta ninguna nave de suministro, y nosotros sabemos que no es nuestra. Los aviones de reconocimiento han estado volando por encima de las copas de los árboles en aquella zona, y no han podido ver nada.

—De modo que no era de Wembling… —murmuró Dillinger. Desde que había recibido el primer informe acerca de la nave sin identificar, al amanecer de aquel mismo día, había estado pensando que sería de Wembling. Hizo dar media vuelta a su silla y miró hacia el mar—. De modo que los indígenas tienen visita…

—Quienesquiera que fuesen, eran esperados —dijo Protz—. Camuflaron apresuradamente la nave. Tal vez los indígenas disponen allí de un campo de aterrizaje semioculto.

—Wembling cree que alguien de su flota de suministro ha estado manteniendo a los indígenas en contacto con su abogado. Supongo que teníamos que haber comprobado la frecuencia de onda de todas las radios del planeta. Pero esto significaba tener que dejar una nave en órbita, y necesitamos a todos los hombres, puesto que Wembling se ha empeñado en construir hoteles por todos los sitios. Bueno, la nave está aquí. Ahora, el problema es el siguiente: ¿qué está haciendo?

—¿Contrabando de armas?

—Justamente lo que necesitábamos para darle un poco de animación a la cosa. ¿Ha descubierto algo el servicio de información?

—Nada, hasta las 0800 de esta mañana. ¿Desea que se lleve a cabo una investigación terrestre en relación con la nave?

—Necesitaríamos demasiados hombres. Y si disponen de un campo de aterrizaje en las condiciones que usted ha dicho antes, incluso las patrullas terrestres podrían pasarla por alto. Y, de todos modos, aunque la localizáramos sería demasiado tarde. A estas horas ya la habrán descargado. No. Deje que el servicio de información se ocupe del asunto, y facilíteles más hombres si creen que pueden utilizarlos.

—¿Algo más?

—Prepárese para lo peor. Protz, de todos los trabajos que la Marina me ha encargado, éste es el más sucio. Espero que podré darle cima sin disparar un tiro contra los indígenas. Preferiría disparar contra Wembling.

 

La cosa había sido enfocada erróneamente desde el principio, pensó Dillinger. El abogado que los indígenas habían utilizado era bastante competente: incluso Wembling lo reconocía así. Le había planteado a Wembling algunas dificultades, pero Wembling le estaba dando los toques finales al Hotel Langri, a pesar de todo.

La principal arma de Wembling era la influencia política. La política debe ser combatida con política, con la opinión pública, y no en un tribunal de justicia. Había tratado de explicárselo a Fornri, en cierta ocasión, pero el indígena pareció poco interesado en ello. El Plan, había dicho Fornri, se encargaría de todo. No parecía darse cuenta que era ya demasiado tarde.

Dillinger creía que si hubiese sabido a tiempo lo que estaba ocurriendo en Langri, hubiera podido impedirlo. Documentada información, facilitada anónimamente a las poderosas fundaciones etnológicas, a los periódicos de la oposición de los planetas clave, a los jefes de la oposición del Congreso de la Federación… La explosión resultante hubiera hecho saltar al gobierno y hubiera hecho saltar a Wembling de Langri.

Pero no se había enterado hasta recibir el informe del almirante Corning y hacerse cargo del mando en Langri. Entonces había hecho lo que había podido. Había preparado un centenar de copias de una declaración acerca de la situación en Langri, cada una de ellas acompañada de una fotocopia del tratado original. Pero no se había atrevido a confiarlas a los conductos normales de comunicación, teniendo por tanto que esperar a que uno de sus oficiales se marchara de permiso para enviarlas. Probablemente en aquellos momentos habían llegado ya a sus destinos, y eran objeto de examen y estudio. De un momento a otro provocarían la deseada reacción. Pero era demasiado tarde. Wembling tendría la mayor parte de lo que deseaba, y probablemente otros buitres, provistos del oportuno permiso, se presentarían en Langri para tomar parte en el saqueo.

La situación era muy difícil para los indígenas. Los hombres de Wembling comían una gran cantidad de pescado fresco, y las embarcaciones de pesca de los nativos no podían acercarse a los lugares donde Wembling estaba trabajando. Langri tenía una gran población indígena…, demasiado grande, y la mayor parte de su alimento procedía del mar. La consigna era que los nativos no obtuvieran lo suficiente para alimentarse.

 

A última hora de la tarde, Dillinger llamó a Wembling.

—Tiene usted a varios hombres moviéndose continuamente de un lado para otro —le dijo—. ¿Han observado alguna actividad desusada en los indígenas?

—No tengo la menor noticia —dijo Wembling—. ¿Quiere que me asegure?

—Se lo agradecería.

—Aguarde un momento.

Oyó que Wembling daba unas órdenes. Un instante después, Wembling le decía a Dillinger:

—¿Cree usted que los indígenas están tramando algo?

—Sé que están tramando algo, pero no consigo imaginar de qué se trata.

—Usted les manejará bien —dijo Wembling en tono confiado—. Hubo una época en que deseaba verlos aniquilados a todos, pero desde que usted se ha encargado de mantenerlos alejados de mis asuntos, sólo deseo vivir y dejar vivir. Incluso podrían ser una atracción para los turistas… Tal vez fabriquen cestos, o figuritas talladas, o algo por el estilo. Y yo podría vender esas cosas en el vestíbulo de mi hotel.

—A mí no me preocupan los cestos de los indígenas —dijo secamente Dillinger.

—De todos modos… Un momento, Ernie. Nadie vio nada anormal.

—Gracias. Temo que tendremos que aplazar de nuevo esa partida de ajedrez. Estaré muy ocupado.

—Lo siento. ¿Mañana por la noche, entonces?

—Veremos.

 

Langri podía haber sido un lugar encantador a la luz de la luna, pero allí no había luna. Wembling tenía un proyecto para producir un claro de luna artificial, pero hasta que no lo pusiera en práctica la noche seguiría sumiendo a la belleza del planeta en la mayor negrura.

Mirando a través de aquella negrura, Dillinger vio luz. En cada poblado indígena ardían docenas de hogueras. De cuando en cuando, sus contornos se unían en una brillante mancha luminosa; cuando volvían a separarse, aparecían como un enjambre de brillantes varillas danzando en la oscuridad.

—¿Y dice usted que eso no es normal? —le preguntó Dillinger al piloto del avión de reconocimiento.

—Desde luego. Los indígenas suelen hacer la última comida del día al atardecer, cuando las barcas regresan de la pesca. Al terminar ésta, puede usted volar por encima de toda la costa sin ver una sola luz, excepto en el lugar que ocupan nuestros hombres. Nunca había visto una fogata encendida a estas horas.

—Es una lástima que sepamos tan poco acerca de estos indígenas —dijo Dillinger—. El único con quien he hablado es ese Fornri, y siempre ha habido en él algo distante… Nunca sé lo que está pensando. La Oficina Colonial debió enviar un equipo para estudiarlos. Y facilitarles también alguna ayuda. La pesca disminuirá todavía más cuando Wembling empiece a recibir turistas. Necesitan aprender a cultivar la tierra… ¿Qué opina usted de esos fuegos, Protz?

—Resultan sugestivos, pero que me cuelguen si sé lo que sugieren.

—Yo sé lo que sugieren —dijo Dillinger—. Esta mañana aterrizó aquí una nave desconocida, y esta noche todos los indígenas del planeta están en vela, preparando algo. Será mejor que regresemos y hagamos también nuestros preparativos.

Lo que Dillinger podía hacer era muy poco. Tenía una línea de defensa alrededor de cada uno de los tres edificios en construcción de Wembling. Tenía sus naves situadas estratégicamente, de modo que pudieran prestar el máximo apoyo. Todo esto había sido preparado desde hacía meses. Puso en estado de alerta a todos sus hombres, dobló la guardia en las playas y estableció unas reservas móviles. Le hubiera gustado disponer de unos cuantos oficiales del ejército de tierra para que le ayudaran. Había pasado toda su vida aprendiendo a guerrear en el espacio, y ahora, por primera vez en su carrera militar, se enfrentaba con la posibilidad de una batalla en tierra firme, y con el peligro de verse hostigado por hordas de indígenas.

El parte nocturno del servicio de inteligencia llegó al amanecer, virtualmente en blanco. Aparte de las fogatas, no había nada de lo que informar. Dillinger entregó el parte a Protz, el cual le echó una ojeada y se lo devolvió.

—Vaya a ver a Wembling —dijo Dillinger—. Dígale que mantenga a sus hombres en sus alojamientos. No quiero ver a ninguno de ellos rondando por ahí. La orden cuenta también para él.

—Se pondrá a gritar.

—Será mejor que no me grite. Si conociéramos mejor a esos indígenas, tal vez podríamos ver este asunto desde su punto de vista. No consigo hacerme a la idea que nos ataquen. Un gran número de ellos resultarían muertos, y no lograrían nada. Seguramente saben eso tan bien como nosotros. Si usted fuese un indígena, y deseara interrumpir el trabajo de Wembling, ¿qué haría?

—Asesinar a Wembling.

Dillinger dio una palmada de disgusto sobre la mesa.

—Eso es. Póngale una guardia armada.

—¿Qué haría usted.

—Yo colocaría explosivos en puntos cuidadosamente escogidos de los hoteles. Si esto no interrumpía del todo el trabajo, causaría al menos un gran retraso en las obras.

—Desde luego —asintió Protz—. Esto tiene más sentido que un ataque desordenado. Pondré una guardia especial alrededor de los edificios.

Dillinger se puso en pie y se acercó a la ventana. El alba inundaba a Langri con su habitual belleza. El mar estaba plácidamente azul bajo el sol naciente. En el promontorio…

Dillinger rezongó en voz baja.

—¿Qué sucede? —preguntó Protz.

—Mire…

Dillinger señaló hacia el mar.

—No veo nada.

—¿Dónde está la embarcación de pesca?

—No está allí.

—Todos los días, desde que estamos aquí, hemos visto una embarcación de pesca frente al promontorio. Haga salir a los aviones de reconocimiento. Hay algo que no marcha como es debido.

Media hora más tarde llegaron los informes. Todas las embarcaciones de pesca de Langri estaban encalladas en la playa. Los indígenas no trabajaban.

 

—Se están concentrando en los poblados más importantes —dijo el oficial del servicio de información—. El A7 (el poblado de ese Fornri, ya sabe) es el que ha congregado más gente. Y el B9, el D4, el F12…, todos a lo largo de la costa. En todos los lugares hay fogatas encendidas.

Dillinger estudió una fotografía aérea, y el oficial trazó un círculo alrededor de los poblados mientras los iba nombrando.

—Creo que sólo podemos hacer una cosa —dijo Dillinger—. Ir a visitar a Fornri y sostener una pequeña charla con él.

—¿Cuántos hombres quiere usted que le acompañen? —preguntó Protz.

—Iremos usted y yo. Y el piloto.

Efectuaron un aterrizaje perfecto en la blanda arena de la playa. El piloto se quedó en la nave; Dillinger y Protz subieron el repecho que conducía al poblado, pasando a través de una multitud de indígenas. La turbación de Dillinger iba en aumento a cada paso que daba. Allí no había ninguna señal de conjura. La atmósfera era más bien festiva, con los indígenas alegremente vestidos riendo y cantando alrededor de las fogatas: cantando en galáctico, un hecho que no había dejado de intrigar a Dillinger. Los indígenas les abrían paso respetuosamente. Por lo demás, aparte de las tímidas miradas que les dirigían los chiquillos, nadie parecía conceder la menor importancia a su presencia.

Llegaron a las primeras chozas y se detuvieron, mirando a lo largo de la calle del poblado. Los deliciosos olores de un festín en preparación le recordaron a Dillinger que no había desayunado. Al final de la calle, cerca de la mayor de las chozas, hombres y mujeres formaban una larga cola. Dillinger miró a uno y otro lado, en angustiosa demanda del reconocimiento oficial de su presencia.

Repentinamente, Fornri apareció delante de él, y aceptó su mano.

—Nos sentimos muy honrados —dijo Fornri. Pero su rostro, habitualmente inexpresivo, revelaba una emoción que Dillinger no fue capaz de interpretar. ¿Estaba enojado, o simplemente disgustado?—. ¿Puedo preguntar cuál es el motivo de su visita? —inquirió.

Dillinger miró a Protz, el cual se encogió de hombros y desvió la mirada.

—Hemos venido a…, a observar —tartamudeó Dillinger.

—Antes de ahora no se había entrometido usted en la vida de mi pueblo. ¿Es que las cosas van a cambiar?

—No. No estoy aquí para entrometerme.

—Entonces, su presencia no es necesaria. Esto no le afecta a usted.

—Todo lo que sucede en Langri me afecta —dijo Dillinger—. He venido a enterarme de lo que ocurre aquí. Trato de comprenderlo.

Fornri retrocedió bruscamente. Dillinger le vio alejarse, vio a un grupo de jóvenes indígenas reunirse a su alrededor. Sus ademanes eran tranquilos, aunque apremiantes.

—Es curioso —murmuró Protz—. En cualquiera de las sociedades primitivas que he visto hasta ahora, los ancianos dirigían los asuntos. Aquí en Langri, lo hacen los jóvenes. Apostaría cualquier cosa a que en ese grupo no hay ni un solo hombre que tenga más de treinta años.

Fornri regresó. Estaba preocupado, no había duda. Miró fijamente a Dillinger antes de hablar.

—Sabemos que ha sido usted un amigo para mi pueblo y que nos ha ayudado cuando ha podido hacerlo. Nuestro enemigo es el señor Wembling. Si supiera lo que estamos preparando, intentaría estorbarlo.

—El señor Wembling no les estorbará —dijo Dillinger.

—Muy bien. Estamos celebrando elecciones.

Dillinger notó que la mano de Protz se contraía sobre su brazo. Estúpidamente, repitió:

—¿Celebrando elecciones?

Fornri habló orgullosamente:

—Estamos eligiendo delegados para una asamblea constitucional.

Un marco idílico. Un claro del bosque con vistas al mar. Mujeres preparando un festín. Ciudadanos esperando tranquilamente que les llegara su turno para votar. Democracia en acción.

—Cuando la constitución esté aprobada —continuó Fornri—, elegiremos un gobierno. Entonces solicitaremos el ingreso en calidad de miembros de la Federación Galáctica de Mundos Independientes.

—¿Es esto legal? —preguntó Protz.

—Completamente legal —dijo Fornri—. Nuestro abogado nos ha asesorado. El requisito principal es que el cincuenta por ciento de la población conozca las primeras letras. En nuestro pueblo, la proporción es del noventa por ciento. Pudimos haber hecho esto mucho antes, pero no sabíamos que bastaba con el cincuenta por ciento.

—Les felicito sinceramente —dijo Dillinger—. Si su petición de ingreso en la Federación es aceptada, supongo que su gobierno obligará a Wembling a marcharse de Langri.

—Tratamos que Langri nos pertenezca únicamente a nosotros. Éste es el Plan.

Dillinger alargó su mano.

—Les deseo buena suerte en las elecciones y en su petición de ingreso en la Federación.

Con una última mirada a la fila de votantes, dieron media vuelta y regresaron lentamente al avión. Protz se frotó las manos, silbando alegremente.

—Y esto —dijo— acabará con Wembling.

—Por lo menos, hemos resuelto el misterio de la nave desconocida —dijo Dillinger—. Era su abogado, que ha venido a asesorarles y a ayudarles a redactar la constitución. En lo que respecta a Wembling, está usted equivocado. Los Wembling de esta galaxia no acaban tan fácilmente. Está preparado para esto. Casi puede decirse que lo está esperando.

—¿Qué puede hacer?

—Ningún tribunal de justicia le quitará lo que ya tiene. Los indígenas pueden evitar que se apodere de más terrenos, pero los que ha trabajado quedarán suyos. Los adquirió legalmente, con un permiso refrendado por la Federación. En la actualidad posee más de cien millas de playa. Si lo desea puede construir un centenar de hoteles. Inundará el mar de turistas aficionados a la pesca, y los indígenas se morirán de hambre.

Dillinger se volvió para dirigir una última mirada al poblado, y sacudió tristemente la cabeza.

—¿Se da usted cuenta de la enorme tarea que ha realizado esa gente? El noventa por ciento de la población conoce las primeras letras. ¡Cómo deben haber trabajado! Y están vencidos antes de empezar a luchar. ¡Pobres diablos!

 

V

 

«El trazado normal de un camino que pasa por el bosque —pensaba Dillinger— suele ser de continuos rodeos, apartándose ora de un árbol, ora de un matorral, siguiendo generalmente la línea de menor resistencia. Este camino no da ningún rodeo. Discurre tan rectamente, que podría haber sido trazado por un agrimensor. Es un camino antiguo y muy transitado. Tuvieron que cortar árboles, pero no queda ni rastro de los tocones.»

Delante de él, Fornri y media docena de jóvenes indígenas caminaban con paso rápido, sin mirar atrás. Habían recorrido ya más de cinco millas, y la marcha no parecía llegar a su fin. Dillinger estaba sudando y empezaba a notar el cansancio.

Fornri había ido a buscarle al Hotel Langri.

—Nos gustaría que viniera con nosotros —le había dicho—. Usted solo.

Y Dillinger había ido con ellos.

El Hotel Langri estaba desierto. Al amanecer del día siguiente, el Escuadrón 984 regresaría al espacio, que era donde le correspondía estar. Wembling y sus obreros se habían marchado ya. Langri había sido devuelto a sus legítimos dueños.

El Plan de los indígenas había sido algo absurdamente sencillo: absurdamente sencillo y tremendamente eficaz. En primer lugar, se había cursado la petición de ingreso en la Federación, la cual, afortunadamente, había llegado a Galaxia en el preciso instante en que las cartas anónimas de Dillinger producían una terrible conmoción que hizo tambalearse al gobierno, provocó una tormenta en la Oficina Colonial y en el Departamento de Marina, y tuvo repercusiones en el propio Langri, con el nombramiento a toda prisa de un comité encargado de efectuar una investigación a fondo en el planeta.

La petición de ingreso fue incluida inmediatamente en el orden del día y aprobada por unanimidad.

Wembling no fue molestado. Sus abogados se habían puesto en movimiento antes que finalizara el recuento de los votos, y el gobierno indígena recibió orden de un tribunal para que adjudicara en firme a Wembling los terrenos en los cuales había hecho obras. El gobierno de Langri cumplió la orden sin oponer ninguna objeción, hasta el punto que Wembling añadió astutamente varios centenares de acres a sus propiedades, sin despertar ninguna protesta.

Entonces llegó el golpe maestro, un golpe que ni siquiera Wembling había previsto.

Impuestos.

Dillinger había estado presente cuando Fornri le entregó a Wembling la relación de los impuestos que debía satisfacer al gobierno de Langri. Wembling había gritado como un poseso, había aporreado su mesa escritorio y había jurado que recurriría a todos los tribunales de la galaxia contra aquel atropello, pero descubrió que los tribunales no estaban de acuerdo con sus puntos de vista.

Si los representantes electos del pueblo de Langri deseaban fijar un impuesto sobre la propiedad equivalente al décuplo del valor tasado de la propiedad, tenían perfecto derecho a hacerlo. Por desgracia para él, Wembling era dueño de la única propiedad del planeta cuyo valor tasado tenía verdadera importancia. Diez veces el valor de una choza indígena representaba una cantidad inferior a cero. Diez veces el valor de los hoteles de Wembling significaba la ruina.

Los jueces se mostraron de acuerdo con Wembling en que la medida adoptada por el gobierno era poco prudente. Desalentaría al comercio y a la industria, y retrasaría indefinidamente el desarrollo del planeta. Con el tiempo, esto se haría evidente a los propios habitantes de Langri, y entonces podrían elegir a unos representantes que promulgasen unas leyes fiscales más benignas.

Entretanto, Wembling tenía que pagar los impuestos.

Esto le dejaba en la disyuntiva de no pagar y perder sus propiedades, o pagar y quedar completamente arruinado. Eligió no pagar. El gobierno confiscó sus propiedades por impago de impuestos, y la situación de Langri quedó resuelta a satisfacción de todos, menos de Wembling y de los que le apoyaban financieramente. El Hotel Langri iba a convertirse en escuela y universidad para los indígenas. Las dependencias del gobierno ocuparían uno de los otros hoteles. Los indígenas no habían decidido aún lo que harían con el tercero, pero Dillinger estaba convencido del hecho que lo utilizarían juiciosamente.

En cuanto a Wembling, se había convertido en un empleado del pueblo de Langri. Incluso los indígenas admiraban su dinamismo, y allí había islas, muchas islas, lo suficientemente alejadas de la costa como para que los turistas no perjudicaran las zonas de pesca de los indígenas. Fornri le preguntó al señor Wembling si le gustaría construir hoteles en aquellas islas y dirigirlos por cuenta del gobierno de Langri. Al señor Wembling le encantó la idea. En realidad, se preguntó cómo no había pensado antes en aquella solución. Firmó un contrato con el abogado de los indígenas, trasladó a sus hombres a las islas, y empezó a planear con gran entusiasmo toda una cadena de hoteles.

Dillinger, siguiendo a los indígenas a través de un camino abierto en el bosque, se sintió completamente en paz consigo mismo y con la galaxia que le rodeaba.

 

El camino desembocaba en un enorme claro, tapizado de césped y de flores. Dillinger se detuvo a mirar a su alrededor, no vio nada, y apresuró el paso para alcanzar a los indígenas.

Al lado opuesto del claro había otro camino, pero éste terminaba bruscamente en un desordenado montón de piedras, una tumba, quizá… Detrás, enmohecida, cubierta de enredaderas, oculta por altos árboles, había una vieja nave espacial.

—Uno de vuestros hombres vivió entre nosotros —dijo Fornri—. Ésta era su nave.

Los indígenas estaban de pie detrás de ellos, con las manos entrelazadas y las cabezas inclinadas respetuosamente. Dillinger esperó, preguntándose qué esperaban de él. Finalmente, inquirió:

—¿Era un hombre solo?

—Uno solo —dijo Fornri—. A menudo hemos pensado que en su mundo pueden existir personas que se hayan preguntado qué le sucedió. Tal vez usted pueda decírselo.

—Tal vez —dijo Dillinger—. Veremos.

Luchando con la maleza, dio la vuelta a la nave buscando un nombre o un número de identificación. No había ninguno. La portezuela estaba cerrada. Mientras Dillinger permanecía en pie, contemplándola, Fornri dijo:

—Puede entrar, si lo desea. Dejamos sus cosas ahí dentro.

Dillinger trepó por la bamboleante escalerilla y entró en la nave. La débil luz que se filtraba por la ventanilla del cuarto de navegación confería a los objetos un aspecto fantasmal. Sobre una mesa había pequeños recuerdos, efectos personales, libros, montones de papeles. Dillinger contempló pensativamente un enmohecido cortaplumas, un rosario, un compás roto.

El primer libro que tomó en sus manos era un diario. El diario de George F. O’Brien. Las anotaciones, escritas a lápiz, estaban demasiado borrosas para ser leídas a la incierta luz del cuarto. Dillinger recogió los libros y los papeles, salió del cuarto, se sentó en lo alto de la escalerilla y empezó a leer.

Las primeras anotaciones eran muy detalladas y describían los primeros días que O’Brien había pasado en el planeta, hacía más de un siglo. Luego, las anotaciones eran menos regulares y las fechas se hacían menos precisas a medida que O’Brien perdía la noción del tiempo. Dillinger llegó al final, encontró un segundo volumen y continuó leyendo.

Un filibustero, pensó, que había llegado a un planeta desconocido, en busca de metales preciosos, probablemente, y que se había establecido allí en medio de un harén indígena…

El cambio se producía sutilmente a través de los años, a medida que O’Brien iba identificándose con los indígenas, se convertía en uno de ellos, y finalmente se enfrentaba con el futuro. Allí había un sagaz resumen del potencial de Langri como planeta de reposo, que podía haber sido redactado por el propio Wembling. Había también una horrible premonición de la probable destrucción de los indígenas. «Si yo vivo —había escrito O’Brien—, no creo que esto suceda.»

¿Y si no vivía?

«En tal caso, los indígenas deben aprender lo que tienen que hacer. Tiene que haber un Plan. Aquellas cosas que los indígenas deben conocer.»

Gobierno e idioma. Relaciones interplanetarias. Historia. Economía, comercio y dinero. Política. Leyes y procedimiento colonial. Ciencia.

«¡No pudo hacerlo un solo hombre! —se dijo Dillinger—. ¡No pudo hacerlo!»

El primer aterrizaje, probablemente por una nave de reconocimiento. Medidas a tomar después de capturar a la tripulación. Negociaciones, relación de violaciones y de sanciones. Obtención de un estado legal independiente. Gestiones para el ingreso en la Federación. Medidas a tomar cuando sea violado el estatuto de independencia.

«¡No pudo hacerlo un solo hombre!»

Allí estaba todo, trabajosamente redactado por un hombre inculto que tenía visión de las cosas, y sentido común, y paciencia. Por un gran hombre. Era una brillante profecía, a la que sólo faltaba el nombre de Wembling…, y Dillinger tuvo la impresión que O’Brien había conocido a unos cuantos Wembling en su época. Allí estaba todo, todo lo que había sucedido, hasta el golpe maestro final, el impuesto diez-por-uno sobre los hoteles.

Dillinger cerró el último cuaderno de notas, volvió a llevar los papeles al cuarto de navegación y arregló cuidadosamente las cosas para dejarlas tal como las había encontrado. Algún día, Langri tendría sus propios historiadores, que estudiarían aquellos papeles y enviarían el nombre de George F. O’Brien a través de la galaxia en volúmenes escritos fríamente y que sólo serían leídos por otros historiadores. El hombre merecía una mejor suerte.

Pero quizá la tradición oral conservaría su recuerdo como una cosa viva a través de los años. Quizás, incluso ahora, alrededor de las fogatas, se hablaba en tono reverente de lo que O’Brien había hecho y había dicho. O quizá no. Para un extranjero resultaba difícil dictaminar en aquellas materias, especialmente si se trataba de un oficial de la marina. Aquella clase de asuntos requerían un especialista.

Dillinger dirigió una última mirada a las humildes reliquias, retrocedió un paso y saludó militarmente.

Salió de la nave, cerrando cuidadosamente la portezuela detrás de él. La oscuridad del crepúsculo había empezado a invadir el bosque, pero los indígenas seguían esperando en la misma actitud reverente.

—Supongo que habrán examinado ustedes todo lo que hay ahí —dijo Dillinger.

Fornri pareció sorprendido.

—No…

—Comprendo. Bueno, he descubierto todo lo que había que descubrir acerca de él… Si alguien de su familia vive actualmente, procuraré que se entere de lo que le sucedió.

—Gracias —dijo Fornri.

—¿No hubo nadie más que llegara aquí y viviera entre ustedes?

—Él fue el único.

Dillinger asintió.

—O’Brien fue realmente un gran hombre. Me pregunto hasta qué punto se han dado cuenta ustedes de ello. Supongo que con el tiempo tendrán ustedes ciudades O’Brien, y calles O’Brien, y edificios O’Brien, pero él merece un monumento realmente importante. Quizá…, quizá podría darle nombre a un planeta. Creo que debieron bautizar ustedes a su planeta con el nombre de O’Brien.

—¿O’Brien? —inquirió Fornri. Miró a sus compañeros, con expresión de extrañeza, y se volvió de nuevo hacía Dillinger—. ¿O’Brien? ¿Quién es O’Brien?

 

 

 

Duelo en Syrtis

Poul Anderson

 

 

La noche entregaba su mensaje, nacido a muchas millas de aquella soledad, llevado por el viento, repetido por los líquenes y los árboles enanos, transmitido de unas a otras por las pequeñas criaturas que se escondían bajo las peñas, en cuevas, o a la sombra de las móviles dunas. Sin palabras, pero despertando un oscuro impulso de miedo que repercutía en el cerebro de Kreega, corría la advertencia:

—Están cazando otra vez.

Kreega se estremeció ante una súbita ráfaga de viento. La noche profunda lo rodeaba por todos lados, desde la férrea amargura de las colinas a las resplandecientes y móviles constelaciones, a años-luz sobre su cabeza, y advirtió que sintonizaba sus temblorosas percepciones con la maleza, con el viento y con las pequeñas plantas ocultas a sus pies, al dejar que la noche le hablara.

Estaba solo. No había ningún otro marciano en cien millas a la redonda; únicamente los animalitos y matorrales estremecidos por el agudo y triste soplo del viento.

El grito sin voz de la muerte corría por el matorral de planta en planta, encontrando un eco en los aterrados pulsos de los animales y en las rocas que lo reproducían por reflexión.

Kreega se cobijó bajo un alto risco. Sus ojos, como lunas amarillas, relumbraban en la oscuridad, plenos de terror y de frío aborrecimiento. El exterminio se iba realizando implacablemente en un círculo de diez millas a la redonda, dentro del cual se hallaba, y pronto el cazador vendría tras él. Miró el indiferente relucir de las estrellas y se estremeció.

 

Todo comenzó pocos días antes, en la oficina del comerciante Wisby.

—Vengo a Marte para llevarme un buhito —explicó Riordan.

Wisby observó al otro hombre por encima de sus lentes, calibrándolo.

Aun en rincones olvidados por Dios, como en aquel Puerto Armstrong, se escuchó hablar de Riordan, heredero de una empresa de navegación aérea que él extendió por todo el sistema; también era famoso como cazador de piezas mayores. Desde los dragones de fuego de Mercurio hasta los helados reptiles de Plutón, lo cazó todo. Excepto, claro está, un marciano; cuya caza estaba prohibida por entonces.

—Ya sabe que es ilegal. Son veinte años de condena si lo atrapan —advirtió Wisby.

—¡Bah! El comisionado para Marte está ahora en Ares, a la mitad del ecuador del planeta. Si vamos decididos a nuestro objetivo, ¿quién va a enterarse? —Riordan terminó de un sorbo su bebida—. De lo que estoy bien convencido es que, dentro de otro año, habrán estrechado tanto la vigilancia que será imposible conseguir algo. Esta es la última oportunidad que dispone alguien para adjudicarse un buhito, y por eso estoy aquí.

Wisby, indeciso, miró por la ventana. Un terrícola, en traje de vuelo y casco transparente, bajaba la calle, y una pareja de marcianos se recostaba contra la pared. Por lo demás, nada en absoluto. La vida en Marte no era muy grata a los humanos.

—¿No habrá caído usted en esa martofilia que hace estragos en la Tierra? —preguntó Riordan, despreciativo.

—¡Oh, no! —repuso Wisby—. Pero los tiempos han cambiado. No se puede evitar.

—Antes fueron esclavos —gruñó Riordan.

—Sí, los tiempos cambian —repitió suavemente Wisby—. Cuando los primeros hombres llegaron a Marte, hace cien años, la Tierra concluía de padecer las Guerras Hemisféricas, las peores que el hombre conoció. Ellas hundieron e hicieron odiosas las viejas ideologías de Libertad e Igualdad. Las personas se volvieron recelosas y rudas. Tenían que existir, que sobrevivir. No fueron capaces de comprender a los marcianos ni pensar en ellos sino como en animales inteligentes. ¡Eran unos esclavos tan útiles! Podían alimentarse con poca comida, calor y oxígeno, y hasta eran capaces de aguantar quince minutos sin respirar. Y la de los marcianos se convirtió en una hermosa caza, la de unos seres inteligentes que podían escapar en muchas ocasiones, y aún arreglárselas para matar al cazador.

—Ya lo sé —contestó Riordan—. Por eso quiero cazar uno. Si la pieza no tiene defensa, la caza no es divertida.

—Pero ahora es distinto —prosiguió Wisby—. La Tierra ha permanecido en paz un largo tiempo. Una de las primeras reformas fue la de terminar con la esclavitud marciana.

Riordan lanzó un juramento.

—No tengo tiempo de filosofar con usted. Si puede conseguir que cace a un marciano, se lo agradeceré.

—¿En cuánto?

Hubo entre ellos un breve regateo antes de fijar una cifra. Riordan estaba provisto de fusiles y de una lancha cohete, pero Wisby debía suministrar el material radiactivo, un halcón y un perro. El precio final resultó elevado.

—Y ahora, ¿dónde consigo mi marciano? —inquirió Riordan, y señalando con un gesto a los dos que había en la calle, añadió.

—¡Atrape a uno de esos y suéltelo en el desierto!

Ahora le tocó a Wisby mostrarse despreciativo.

—¿A uno de esos? ¡Bah! ¡Vagabundos de ciudad! Un terrícola le daría a usted más guerra.

Los marcianos no parecían impresionantes. De algo más de un metro de estatura, sus piernas eran flacas y sus pies estaban provistos de garras y sus brazos terminaban en cuatro huesudos y ágiles dedos. Tenían el pecho amplio y robusto, pero la cintura era ridículamente estrecha. Eran vivíparos, de sangre caliente, y amamantaban a sus hijos; pero estaban cubiertos de plumaje gris. Las cabezas redondas estaban armadas de curvados picos, tenían enormes ojos ambarinos y las orejas rematadas por penachos de plumas, que justificaba su apodo de buhitos. Vestían sólo cinturones con bolsillos y llevaban agudos puñales. Ni siquiera los liberales de la Tierra estaban dispuestos a permitir a los indígenas el uso de armas modernas. Había demasiados agravios acumulados.

—Lo que usted necesita —dijo Wisby— es un marciano de la vieja época, y yo sé dónde hay uno.

Extendió un mapa sobre el escritorio, y dijo:

—Mire usted aquí, en las colinas de Hraef, a unas cien millas. Estos marcianos tienen una larga vida, quizás de dos siglos, y este sujeto, Kreega, ha merodeado por ahí desde que llegaron los primeros terrícolas. Dirigió muchos ataques marcianos en los primeros tiempos, pero desde la paz y amnistía general, vive solitario allá arriba, en una de las torres derruidas. Se trata de un viejo guerrero. Viene por aquí de cuando en cuando y trae pieles y minerales para cambiar; por eso sé algo sobre él —y los ojos de Wisby relampaguearon con rencor—. Nos haría usted un favor disparando sobre ese maldito arrogante. Ronda por aquí como si este sitio le perteneciera. Le sacará jugo a su dinero cazándolo.

La fuerte cabeza de Riordan asintió, con satisfacción.

 

El cazador tenía un halcón y un perro. Aquello era malo para la presa. El perro podía seguir su rastro por el olor y el pájaro, localizarlo desde lo alto.

Kreega se sentó en una cueva mirando, entre las arenas, matojos requemados por el sol y rocas socavadas por el viento, y a varias millas de allí, los destellos metálicos del cohete posado en el suelo. El cazador era una manchita en el enorme paisaje estéril, un insecto solitario que se movía bajo el rojo anaranjado del cielo. Un débil y pálido sol se vertía sobre las rocas pardas, ocres o rojizas, sobre los bajos y polvorientos matorrales espinosos, los retorcidos arbustos y la arena que se movía débilmente entre ellos.

Solitario o no, el cazador tenía un arma, llevaba animales, y hasta un aparato de radio en la nave-cohete con el que llamar a sus compañeros. Y la muerte trazaba en torno a ellos dos un círculo encantado, que Kreega no podría franquear sin atraer sobre sí una muerte aún peor que la que el rifle podría darle.

Pero, ¿había una muerte aún peor que aquella: ser fusilado por un monstruo y que luego éste se llevase su piel disecada como trofeo? El viejo orgullo férreo de su raza se irguió en Kreega, duro, amargo e irreductible. Él no le pedía mucho a la vida en aquellos días; soledad en su torre para reflexionar sobre la larga evolución de los marcianos y crear esas pequeñas, pero exquisitas obras de arte que amaba, la compañía de los seres de su raza en la Estación de la Asamblea, grave y antigua ceremonia que le procuraba un áspero goce, y la posibilidad de engendrar y dejar tras de sí, hijos; una visita ocasional a los establecimientos de los terrícolas para obtener las mercancías de metal y vino (únicas cosas valiosas que habían traído a Marte); un vago anhelo de llevar a los suyos a un lugar donde pudiesen vivir como iguales ante todo el Universo. Nada más.

Barbotó una maldición contra los humanos y reemprendió su trabajo. Estaba tallando una punta de lanza. El matorral crujió, seca y alarmantemente; pequeños animalillos ocultos chillaron con terror, y el desierto entero le previno que el monstruo se dirigía hacia su cueva. Pero ya no podía escapar.

 

Riordan esparció el isótopo del metal pesado en un círculo de veinte kilómetros de diámetro alrededor de la torre.

El isótopo radiactivo que empleaba tenía una vida media de unos cuatro días, lo que significaba que no sería seguro acercarse a aquellos lugares al menos en unas tres semanas; dos, como mínimo. Había, pues, tiempo para acosar al marciano en un espacio tan reducido. No existía siquiera el riesgo que éste intentase cruzarlo. Los marcianos habían aprendido lo que significaba la radiactividad, desde los primeros días de su lucha con los terrícolas.

Riordan puso en marcha un aparato de alarma en su nave-cohete que, si no volvía dentro de dos semanas a desconectarlo, emitiría señales, y éstas, oídas por Wisby, le traerían auxilio. Comprobó el resto de su equipo. Tenía un traje de vuelo adaptado a las condiciones de vida marciana; un compresor que daría al aire del planeta la necesaria presión para que él pudiera respirarlo y, asimismo, absorbería en anhídrido carbónico de su respiración. También llevaba un rifle del 45, construido para disparar en Marte. Y, desde luego, brújula, binoculares y catre de campaña.

Para un caso extremo, cargó también un pequeño tanque de suspensina, gas que, mediante el giro de una válvula, podía mezclarse al aire que respirara, ya que tenía la propiedad de paralizar las terminaciones nerviosas locales y retrasar el metabolismo hasta el punto que un hombre pudiese vivir durante semanas con una bocanada de aire. Pero Riordan no esperaba tener que emplearlo. Sería desagradable yacer tendido y con plena conciencia, esperando que funcionara la señal automática para llamar a Wisby.

Silbó a sus animales. Eran bestias indígenas, de antaño domesticadas por los marcianos y luego por el hombre. El perro era como un lobo; flaco, pero de enorme pecho emplumado. El halcón, en la tenue atmósfera marciana, necesitaba una envergadura de dos metros para poder elevar su pequeño cuerpo.

Riordan no había mirado de cerca la torre. Era un edificio derruido que aún se erguía en la cumbre de una colina rojiza. Antiguamente —un ayer acaso diez mil años atrás—, los marcianos habían alcanzado una civilización que creó ciudades, agricultura y una cierta tecnología de tipo neolítico. Pero, según sus propias tradiciones, lograron una simbiosis con la vida salvaje del planeta y abandonaron, por inútiles, los mecanismos.

El perro ladró, y su ladrido pareció caer del frío y tranquilo aire, rebotar contra las rocas y quebrar y morir, a su pesar, bajo el hondo silencio. De pronto, saltó; había descubierto huellas.

El mismo Riordan dio otro gran salto que la escasa gravedad le facilitaba, mientras brillaban sus ojos verdes como el hielo herido por el sol. La caza había comenzado.

La respiración en los pulmones de Kreega se hizo rápida, dura y dolorosa. Sintió debilitarse y pesar sus piernas, y el latido del corazón pareció sacudir todo su cuerpo.

Pese a ello, corrió aún, mientras el horroroso clamor y el ruido de pasos se aproximaban.

Saltando, retorciéndose, rebotando de uno a otro despeñadero, deslizándose por profundos precipicios y espesos grupos de árboles, Kreega huyó. El perro iba tras él y el halcón aleteaba sobre su cabeza. El desierto luchaba a su favor; las plantas, con su extraña y ciega vida que ningún terrestre podría entender nunca, estaban de su parte. Las espinosas ramas se apartaban cuando él se arriesgaba entre ellas, y luego volvían a su primitiva posición para arañar los costados del perro y frenarle en su brutal carrera.

El terrestre ya llevaba cubiertos un par de kilómetros, pero no daba aún señales de cansancio. Kreega continuaba corriendo, pues quería alcanzar el borde rocoso antes que el cazador le apuntara a través de la mira de su rifle. Corrió subiendo la larga cuesta. El halcón revoloteaba en torno suyo, chocando con él, tratando de hundirle el pico y las garras en la cabeza, mientras su perseguido le golpeaba con la lanza.

El marciano llegó, con esfuerzo, al borde de la roca aguda y vio el fondo del desfiladero, hundiéndose en las oscuras profundidades. Más allá, el sol poniente brillaba ante sus ojos. Sólo se detuvo un instante; luego saltó sobre el borde rocoso.

Kreega bajó por el otro lado de la roca, temiendo que se derrumbara a su peso. El halcón voló sobre él, muy cerca, agrediéndole y chillando para llamar la atención de su amo.

Se deslizó, de cara al precipicio, hasta la mancha gris-verdosa de un viñedo, y sus nervios vibraron ante la atracción de la antigua simbiosis.

El halcón se precipitó de nuevo sobre él, que quedó inmóvil, rígido, como muerto, hasta que el ave se posó sobre su hombro, con un graznido de triunfo, lista para sacarle los ojos.

Entonces las parras se agitaron. No eran fuertes pero sus espinosos zarcillos se hundieron en el pájaro, que no pudo liberarse. Kreega se dirigió con apuro por el desfiladero, mientras las parras retenían al halcón.

Riordan asomó amenazador, destacándose vivamente contra el oscuro cielo, e hizo dos disparos cuyas balas pasaron silbando, muy cerca, rozando las profundidades que albergaban al marciano. La noche se aproximaba como una cortina. En medio de la oscuridad, Kreega oyó reír a su perseguidor, y las rocas se estremecieron ante aquella risa.

Después de un rato, Riordan acampó. Se acostó mirando la espléndida noche estrellada. Marte era oscuro durante la noche; sus dos satélites, Fobos, una simple mancha móvil, y Deimos, sólo una estrella, le alumbraban bien poco. Era oscuro, frío y vacío. El perro se había enterrado en la arena, cerca de allí.

Las matas, los árboles y los pequeños animales charlaron, murmuraron y chismorrearon, con palabras que él no podía oír, sobre el marciano que se calentaría trabajosamente. Pero Riordan no podía comprender aquel lenguaje, que no era propiamente lenguaje.

Soñoliento, Riordan recordó pasados lances de caza. La caza mayor de la Tierra: leones, tigres, elefantes, búfalos y carneros salvajes en las altas cimas de las Rocosas bañadas por el sol.

Las húmedas selvas de Venus y el rugido, semejante a una tos, del monstruo miriápodo de los pantanos, aplastando los árboles al pasar hacia el sitio donde él le esperaba emboscado. Primitivos redobles de tambores en una cálida y húmeda noche, cantos de batidores que bailan en torno al fuego, algarabías en las infernales llanuras de Mercurio, con un sol agobiante cayendo sobre los mezquinos trajes de aisladores, la grandeza y desolación de los pantanos de gas líquido en Neptuno y la pujante y ciega vida que gritaba en ellos hasta el atontamiento.

Pero aquella era la más solitaria, extraña y, quizás, peligrosa caza de todas y, por lo mismo, la mejor.

Despertó a la primera luz de un alba gris, tomó un parco desayuno y silbó al perro para que le siguiera.

El perro se puso en marcha y tardó una hora en encontrar el rastro. Entonces lanzó un ladrido, sonoro y profundo, y siguieron caminando, más lentamente ahora, pues el camino era difícil y pedregoso. Todo estaba tranquilo, con una tranquilidad profunda, tensa y, en cierto modo, expectante.

El perro quebró aquella paz con un ansioso ladrido y salió corriendo. Riordan se lanzó tras él, tropezando en la tupida maleza, jadeante, gruñendo y maldiciendo de excitación.

De súbito, la maleza se abrió a sus pies. Con un aullido de terror, el perro resbaló por la inclinada pared del pozo que se veía al descubierto. Riordan se lanzó tras el animal, con rapidez de felino, y se echó de bruces, mientras una de sus manos alcanzaba a asir la cola del perro. El golpe casi le hizo caer también a él en el agujero. Enganchó el brazo a una mata que, a su vez, se le clavó en el casco, y tiró del perro hacia arriba.

Aún estremecido observó la trampa. Estaba bien hecha; unos seis metros de profundidad, con paredes tan rectas y estrechas como lo permitía lo arenoso del suelo y astutamente cubierta de rastrojos. Hincadas en el fondo brillaban tres amenazadoras puntas de lanza talladas en pedernal.

Enseñó los dientes con una mueca de lobo, y miró en torno suyo. El buhito debía haber pasado la noche entera haciendo eso, luego no podía estar muy lejos. Además, debía estar muy cansado.

Como en respuesta a sus pensamientos, una piedra se desprendió de la pared rocosa más cercana. Riordan se echó a un lado y la vio chocar en el sitio que él ocupaba antes.

—¡Adelante! —aulló, lanzándose hacia la roca.

Durante un momento una forma gris se destacó sobre el borde rocoso y le arrojó una lanza; Riordan le disparó, y la visión se desvaneció.

La lanza rozó el áspero tejido de sus ropas y él saltó a una estrecha cornisa al borde del precipicio.

Al marciano no se le veía por parte alguna, pero un débil rastro de sangre se internaba en la abrupta comarca.

Siguieron ese rastro durante dos o tres kilómetros y luego lo perdieron. Riordan inspeccionó el panorama de árboles y ramas que ocultaban el horizonte por doquier. Un sudor, que no podía enjugar, bañaba su cara y su cuerpo. Sentía una intolerable quemazón, y sus pulmones se irritaban al respirar aquel aire enrarecido. Pero, con todo, reía con verdadero deleite. ¡Vaya cacería!

Kreega yacía a la sombra de una elevada peña y se estremecía por su debilidad. Más allá, la luz del Sol danzaba en lo que, para él, era un cegador e intolerable deslumbramiento, ardiente, cruel y devorador, duro y brillante como el metal de los conquistadores. Ahora tenía hambre, la sed era un tormento salvaje en su boca y garganta, y aún le seguían.

Ya no estaban lejos. Todo el día le acosaron a través de la atormentada extensión de piedra y arena, y ahora sólo podía esperar el combate. Sintió la extenuación como una carga férrea sobre sí.

La herida del costado le quemaba. No era profunda, pero le había producido sangre y dolor. Por un instante, el guerrero Kreega desapareció para convertirse en un solitario y asustado chiquillo que sollozaba en el desierto: «¿Por qué no pueden dejarme solo?» Un arbusto bajo, de color verde sucio, crujió. Un correarenas pió en una de las hendiduras. Los seguidores se acercaban.

Rápidamente, Kreega se subió a la cima de la roca y se aplastó contra ella, de bruces. Le habían seguido la pista y ahora tendría, por fuerza, que acercarse a su torre.

Desde allí podía verla. Una baja y amarillenta ruina, combatida por los vientos durante milenios. En su huida sólo había tenido tiempo de tomar un arco, unas pocas flechas y un hacha. ¡Míseras armas! Las flechas no podían traspasar las ropas del terrícola, cuando manejaba el arma un débil marciano, y, aunque el hacha hubiera sido de acero, era siempre algo pequeña y poco contundente. Pero era todo lo que tenía, eso y sus pocos aliados del desierto, que pugnaban por conservar su soledad.

Kreega adaptó una flecha a la cuerda y se tendió en silencio bajo la pálida luz del Sol, a la espera.

Llegó primero el perro, ladrando y aullando. Kreega tendió el arco cuanto pudo. El animal estaba más allá de la roca; el terrícola, casi debajo de ella. Disparó el arco.

Estremeciéndose salvajemente, Kreega vio la flecha atravesar al perro, vio a éste saltar en el aire y luego rodar y rodar, aullando y mordiendo el ástil con furia.

Como una centella gris, el marciano saltó de la roca y se arrojó sobre el terrícola. Golpeó al hombre y ambos cayeron juntos.

Fieramente manejó el marciano el hacha, que partió el casco de su enemigo. Sin sitio para revolverse, Riordan rugió y respondió con un puñetazo. Kreega rodó hacia atrás. Riordan le disparó, Kreega se levantó y huyó. El otro, rodilla en tierra, apuntó con cuidado a la sombra gris que trepaba por la colina más próxima.

Una pequeña serpiente de arena mordió la pierna del cazador y luego se enrolló en su muñeca, lo que bastó para desviar el tiro.

El marciano vio la breve agonía de la serpiente al ser rechazada por el hombre, que la aplastó con el pie. Algo más tarde oyó una explosión. El hombre había volado la torre.

Kreega había perdido el hacha y el arco. Estaba completamente inerme; y el cazador no cejaría en su intento. Aun sin sus animales le seguiría, más despacio pero tan incansablemente como antes.

Kreega descansó un momento sobre el saliente de una roca. Sus sollozos sacudían el delgado cuerpo y el viento del crepúsculo vespertino sonaba a su compás.

El suave rumor de los pasos de un correarenas despertó los ecos de las rocas bajas, batidas por el vientos, y la maleza comenzó a hablar murmurando, por doquier, con su antiguo y mudo lenguaje.

El desierto, el planeta entero, su arena y su viento, bajo las altas y frías estrellas, la tierra, toda soledad y silencio y destino (un destino que no era el del hombre), le hablaron. La enorme unidad de la vida marciana, sublevada contra el cruel medio ambiente, se estremeció en su sangre.

«No luchas solo —murmuraba el desierto—; luchas por todo Marte y nosotros estamos a tu lado.»

Algo se movió en la oscuridad; una pequeña forma cálida, corriendo sobre su mano; una cosita plumosa, arratonada, que moraba escondida bajo la arena y pasaba su breve vida, fugitiva, contenta con su forma de vivir. Pero era parte de aquel mundo, y Marte no conoce la piedad.

Aún había ternura en el corazón de Kreega que, suavemente y en su lenguaje articulado, preguntó:

—¿Harás esto por nosotros? ¿Lo harás, pequeño hermano?

Riordan estaba demasiado rendido para dormir bien. Había permanecido despierto mucho rato, pensando. Así pues —se acordó—, también el perro estaba muerto. El incidente le indujo a considerar la inmensidad del desierto. Oía murmullos; el matorral gemía en la oscuridad, el viento soplaba con salvaje y fúnebre sonido sobre las rocas débilmente iluminadas por las estrellas; era como si todo aquello tuviera voz, como si el mundo entero le murmurase amenazas en la noche. Vagamente se preguntaba si el hombre dominaría alguna vez en Marte, si la raza humana no había corrido esta vez tras de algo más grande que ella misma.

De pronto, algo se estremeció, despertándole de un inquieto sueño, y vio una cosa pequeña que se le acercaba. Buscó el rifle, junto a su saco, y luego lanzó una carcajada. Era un ratón de arena.

Al apuntar el alba se levantó. Con ojos adiestrados buscó la pista del marciano, pero sólo halló arena y matorrales por doquier.

El mediodía le encontró en un terreno más alto, de informes colinas con delgadas agujas rocosas que se destacaban contra el cielo. Proseguía avanzando confiado en su propia capacidad para descubrir la presa. La huella aparecía ya, clara y fresca.

Se puso en tensión, convencido que el marciano no podía estar lejos. Asió el rifle y continuó caminando más despacio.

Ascendió a una alta cordillera y contempló el oscuro y fantástico paisaje. Cerca del horizonte vio una raya oscura. Era el límite de su barrera radiactiva, que el marciano no podría traspasar.

Conectó el amplificador e hizo resonar su voz en la tranquilidad del ambiente:

—Sal, buhito. Voy a atraparte. Podrías salir ahora y así terminaríamos antes.

Los ecos la esparcieron por el espacio entre las desnudas peñas, temblorosas y estremecidas bajo la broncínea bóveda del cielo:

—Sal de ahí, sal de ahí, sal.

Le pareció distinguir al marciano surgiendo como un fantasma gris entre las amontonadas piedras. Quedó allí, inmóvil, a menos de seis metros. Por un instante, la sorpresa fue excesiva; Kreega esperaba, apenas visible, como si fuera un espejismo.

Luego el cazador lanzó un grito y levantó el rifle. Continuó allí el marciano, como una estatua esculpida en piedra gris; y Riordan, con un poco de desencanto, pensó que, después de todo, el marciano había decidido entregarse a la muerte inevitable.

—¡Hasta nunca! —murmuró, y oprimió el gatillo.

Como el ratón de arena se había introducido en el cañón, el fusil estalló.

Riordan sintió el estallido y vio el cañón abierto, como un plátano podrido. No resultó herido pero, mientras se reponía de la sorpresa, Kreega saltó sobre él.

El marciano medía poco más de un metro, era flaco y estaba desarmado, pero se lanzó sobre el terrícola como un pequeño vendaval. Sus piernas se arrollaron a la cintura del hombre y sus manos se aferraron a la garganta.

Riordan cayó al sentir la acometida. Rugió como un tigre y enganchó sus manos en la estrecha garganta del marciano. Kreega le atacó inútilmente con su pico. Rodaron ambos en una nube de polvo. Los matorrales murmuraban excitados.

Riordan trató de romperle el cuello, pero Kreega lo evitó revolviéndose hacia atrás.

Con un estremecimiento de terror, Riordan oyó el silbido del aire que se le escapaba cuando el pico y las garras de Kreega abrieron el tubo de oxígeno. Riordan maldijo, y de nuevo trató de agarrar la garganta del marciano. Lo consiguió y así se mantuvo a pesar de todos los esfuerzos de Kreega para romper aquel lazo.

Riordan sonrió cansadamente, sin dejar su presa. Al cabo de unos cinco minutos, Kreega ya no se movía. Siguió apretando otros cinco minutos, para asegurarse bien. Luego lo soltó y se palpó la espalda, tratando de alcanzar el aparato.

El aire que encerraba en su traje era impuro y caliente. No conseguía conectar el tubo con la bomba.

Miró la ligera y silenciosa forma del marciano. Un débil aliento rizaba las plumas grises. ¡Qué luchador había sido! Sería el orgullo de su colección de trofeos cuando volviese a la Tierra. Desenrolló su saco y lo extendió cuidadosamente. De ningún modo podría regresar hasta el cohete con el aire que le quedaba; no había más remedio que emplear la suspensina, pero tenía que hacerlo cuando estuviera dentro del saco si no quería que las heladas noches le cuajaran la sangre.

Se arrastró hasta él, asegurando cuidadosamente las válvulas de cierre y abriendo la del depósito de suspensina. Se iba a aburrir horriblemente, tumbado allí hasta que Wisby captara la señal dentro de unos diez días y viniese a buscarle; pero sobreviviría. Sería otra experiencia que recordar. En aquel aire seco, la piel del marciano se conservaría perfectamente.

Sintió como la parálisis se apoderaba de él, cómo se atenuaban los latidos del corazón y la actividad de los pulmones. Sus sentidos y su mente estaban vivos, y se daba cuenta que la relajación completa también tiene sus aspectos desagradables. Pero había vencido. Había matado con sus propias manos a la presa más salvaje.

En aquel momento, Kreega se incorporó y se palpó cuidadosamente. Le pareció que tenía una costilla rota. Había permanecido asfixiado durante diez largos minutos; pero un marciano puede pasar hasta quince sin respirar.

Abrió el saco y le quitó las llaves a Riordan; después se dirigió lentamente hacia el cohete. Uno o dos días de experimentos le enseñaron a manejarlo. Volvería con sus congéneres, cerca de Syrtis. Ahora tenía una máquina terrestre y armas terrestres que copiar…

Pero primero había que atender a otra cosa. Volvió y arrastró al terrícola hasta una cueva, escondiéndole fuera de toda posibilidad que le encontrase alguna cuadrilla de salvamento.

Durante un rato, miró a los ojos de Riordan, sobrecogidos de horror. Luego habló lentamente, en inglés defectuoso:

—Por los que has matado y por ser extranjero en un mundo que no te necesita, y en espera del día en que Marte sea libre, te abandono.

Antes de irse trajo varios depósitos de oxígeno y los enchufó al aparato del hombre. Con aquello bastaba para que, en aquella hibernación provocada por la suspensina, se mantuviera vivo durante mil años.

 

 

 

Estado De Emergencia

Poul Anderson

 

 

Eran cuatro. Cualquiera de ellos podía haberme roto el cuello con una sola mano. Los Ns solían trabajar en grupos de cuatro, y salían alrededor de las cuatro de la mañana. De este modo, se veían menos estorbados por las multitudes. Durante el día, la gente podía reunirse para contemplar cómo un N molía a palos a alguien, y reaccionar desfavorablemente, pero durante la vacía oscuridad que precedía a la salida del sol el ruido de botas sólo les hacía dar gracias al cielo por no ser ellos los que recibían a tales huéspedes.

En mi calidad de profesor de la Universidad, me asignaron toda una habitación para mí y para mi familia. Cuando los chicos se hicieron mayores y Sarah murió, aquello significó que podía vivir completamente solo en un cuartito de ocho pies. Sospecho que esto me hizo bastante impopular entre todos los que vivían en el mismo edificio; pero, siendo mi trabajo el de pensar, necesitaba aislamiento.

—¿Lewisohn?

Fue una palabra escupida, no una pregunta real, desde la sombra vaga que se adivinaba detrás del rayo luminoso de la linterna proyectado sobre mis ojos.

No me fue posible contestar… mi lengua se había convertido en un trozo de madera encajada entre unas rígidas mandíbulas.

—Es él —gruñó otra voz—. ¿Dónde está el maldito interruptor?

Me incorporé en la cama.

—Vamos a dar un paseo —dijo el cabo. Cogió el busto de Nefertiti, una de las tres cosas inanimadas a las que yo tenía afecto, del estante en que se encontraba y lo tiró al suelo. Yo había saltado ya de la cama y un trozo de yeso chocó contra mis pies.

La segunda cosa a la cual tenía afecto: el retrato de Sarah, estaba siendo traspasada en aquel momento por el cañón de un revólver. Uno de los hombres vestidos de verde decidió entendérselas con la tercera, mi estantería de libros, pero el cabo se lo impidió.

—Deja eso, Joe —le dijo—. ¿No sabes que los libros tienen que ir a Bloomington?

—No. ¿De veras?

—Sí. Dicen que el Cinc los colecciona.

Joe frunció su estrecha frente, con aire intrigado. En algún apartado rincón de mi cerebro pude seguir sus pensamientos. Los intelectuales son todos sospechosos; el Cinc está por encima de toda sospecha; por lo tanto, el Cinc no puede ser un intelectual. Pero los intelectuales leían libros…

En realidad, Hare era un hombre complicado. Yo le había conocido superficialmente, hacía muchos años, cuando no era más que un ambicioso y joven oficial. Tenía una mente inquisitiva, que abarcaba muchas cosas, y era un violoncelista aficionado con bastante talento. No era amigo de la instrucción per se —tenía muchos pensadores en su propio estado mayor—; de lo que desconfiaba era de las mentes que llegaban demasiado lejos. Su frase: «Ésta no es una época para preguntar, es una época para construir», se había convertido en un slogan nacional.

—Recoja un poco de ropa, amigo —me dijo el cabo—. Y llévese también un cepillo de dientes… Estará fuera una temporada.

—No creo que necesite cepillo de dientes —dijo otro de los N—. Mañana no tendrá ningún diente.

Se echó a reír.

—Cállate la boca. Arnold-Lewisohn-queda-usted-detenido-bajo-sospecha-de-haber-violado-el-apartado-10-del-Acta-de-Reconstrucción-de-Emergencia.

Se trataba de una especie de apartado general, que derogaba la mayor parte de las otras leyes.

«Al menos, no van a golpearme aquí», pensé, anhelando que no sacudieran demasiado a mis pobres huesos. Al menos esperarían a hacerlo cuando llegáramos a la comisaría general. Y pasaría más de media hora antes de que llegásemos allí, y me ficharán, y empezarán a golpearme.

O quizás más tiempo, me dije a mí mismo. Corría el rumor de que los Ns empezaban por drogar a los sospechosos. Si no confesaban sus delitos en aquel estado de hipnosis, llegaban a la conclusión de que habían sido preparados para aquella eventualidad, y lo entregaban a los muchachos encargados de aplicar el tercer grado. Pero yo no podría revelar nada, porque no sabía nada; por lo tanto…

—Mis hijos… ellos.., —revolví la lengua dentro de mi boca—. Ellos no tienen nada que ver con… ¿Podría…?

—Nada de cartas. ¡Vamos!

Empecé a vestirme. A través de la ventana pude ver la calle, muy oscura y muy tranquila. Muy cerca, se oía el zumbido de un avión convertible. Me pregunté dónde estaría aparcado y qué estaría haciendo allí.

—En marcha.

El más próximo de los N me ayudó a salir del cuarto propinándome un puntapié.

Descendimos las ruinosas escaleras y salimos a la calle. El aire nocturno era frío y húmedo en mis pulmones. Nos esperaba un automóvil, con el emblema del Cuerpo de Seguridad Nacional —la cruz y el rayo— brillando en la negra portezuela delantera.

El avión convertible se presentó, procedente de la esquina más próxima. Avanzó lentamente y se detuvo a pocos metros de distancia del automóvil. Con ojos asombrados, vi que lucía el emblema de las fuerzas de policía de la ciudad. Un hombre se apeó del convertible.

—¿Qué diablos quiere usted? —gritó el cabo.

Inmediatamente, nos envolvió el gas.

Conservé un átomo de lucidez. Como desde lejos, me vi a mí mismo caer al suelo. Uno de los Ns consiguió sacar su revólver y disparar antes de perder el conocimiento, pero su disparo no hizo blanco.

Un hombre alto se inclinó sobre mí. Debajo del sombrero de ala ancha, su rostro, cubierto con una máscara antigás, resultaba inhumano. Me cogió por debajo de los brazos y me arrastró hasta el avión. En el aparato había otros dos hombres.

Al llegar al final de la calle el convertible empezó a elevarse. Las dispersas luces de Des Moines no tardaron en quedar debajo de nosotros. Volábamos, solos. Encima, únicamente las amistosas estrellas.

Pasó un buen rato antes de que me recobrara del todo de los efectos del gas. Uno de los hombres me dio a beber un trago de una botella. Era ron puro, y me ayudó extraordinariamente a recobrar mi equilibrio mental.

El hombre alto, sentado en el asiento delantero, se volvió hacia mí.

—Es usted el profesor Lewisohn, ¿no es cierto? —inquirió ansiosamente—. Del Departamento de Cibernética de la Nueva Universidad Americana, ¿verdad?

—Sí —murmuré.

—Bien —Dio un suspiro de alivio—. Temí que pudiéramos haber rescatado a otra persona. No es que no nos guste rescatar a quienquiera que sea, pero en el Refugio Secreto sólo podemos utilizarle a usted. Nuestro servicio de información no es perfecto… nos habían dicho que iba a ser detenido esta noche, pero a veces los informes resultan equivocados.

Pregunté, estúpidamente:

—¿Por qué esta noche? ¿Por qué no vinieron a buscarme antes?

—¿Cree usted que hubiera venido? ¿Cree que habría confiado en unos enemigos públicos como nosotros, teniendo como tiene tres hijos? —dijo el hombre alto, en un tono desapasionado—. Ahora está usted obligado a unirse a nosotros. El Comité se encargará de avisar a sus hijos y de ayudarles a desaparecer, pero no podremos ocultarles indefinidamente. El Cuerpo de seguridad se lanzará detrás de su pista como perros hambrientos. De modo que la única posibilidad que tiene usted de salvarles, y de salvarse a sí mismo, es la de ayudar a que pueda estallar la revolución dentro de un mes.

—¿Yo? —balbucí.

—Achtmann necesita un cibernético. Y ese cibernético puede ser usted.

—Oiga, Bill —en la voz que sonó a mi izquierda había un acusado acento occidental—. Me he estado preguntando… soy nuevo en esto, ¿sabe?, me he estado preguntando por qué utilizó usted el gas. Podía haberles alojado cuatro proyectiles en el cuerpo en cuatro segundos.

El hombre alto sentado ante el tablero de mandos se encogió de hombros.

—En casos como éste —dijo—, prefiero el gas. La muerte resulta un poco más lenta.

 

El Refugio Secreto estaba en Virginia City, Nevada. En otras épocas había sido una estación turística de primer orden, pero en la actual era de escasez y de restricciones, cuando nadie tenía automóvil a excepción de los ofíciales de graduación más elevada, era una ciudad fantasma. No quedaban en ella más que unos cuantos advenedizos, barbudos y medio locos, considerados como inofensivos por la policía, siempre a la caza de posibles elementos subversivos.

Sin embargo… cuando aquellos mismos individuos descendían a las habitaciones subterráneas del Refugio Secreto, y se reunían con los centenares de personas que nunca veían el sol, sus espaldas se enderezaban y sus voces se hacían firmes: formaban parte del Comité para la Restauración de la Libertad.

Me costó algunos días acostumbrarme a la nueva situación. Al igual que la mayoría de la gente, yo había creído que el Comité estaba compuesto de un disperso grupo de lunáticos… y al igual que algunos, había deseado que fuesen, más. Y resulta que eran más, muchos más.

Claro que habían dispuesto de quince años para organizarse.

—Empezamos siendo un puñado de hombres— me explicó, Achtmann—. No tendría que decir «empezamos», puesto que en aquella época yo no tenía más que trece años, pero mi padre fue uno de los fundadores. Desde entonces ha crecido, créame, ha crecido. Existen casi diez millones de hombres partidarios de nuestra causa, repartidos por el mundo. Calculamos que otros diez millones se unirán a nosotros cuando nos levantemos en armas, aunque, desde luego, faltos de adiestramiento y de organización, no pueden ofrecernos más que una ayuda moral.

Achtmann era un joven de baja estatura, pero flexible como un gato. Sus ojos eran dos llamas azules bajo unos cabellos del color del trigo. No se estaba nunca quieto, y fumaba un cigarrillo tras otro desde qué se levantaba hasta que se acostaba.

Únicamente el Cinc y muy pocos hombres más podían disponer de tantos cigarrillos. Achtmann se fumaba la ración de un mes en un día. Pero sus partidarios consideraban un privilegio el poder ofrecerle sus raciones. Cosa que también hice yo, una hora después de conocerle.

Porque Achtmann era la última esperanza de los hombres libres.

—¿Diez millones de hombres? —Parecía una cifra inverosímil, teniendo en cuenta que debían permanecer ocultos—. ¡Dios mío! ¿Cómo.

—Nuestros agentes trabajan de un modo muy activo… ¡Oh! Cuidadosamente, cuidadosamente —explicó Achtmann—. Los simpatizantes tienen que someterse a la prueba del suero de la verdad y son objeto de un test psicotécnico. Si son sinceros y sirven, les admitimos.. En caso contrario… —Hizo una mueca—. Es muy lamentable. Pero no podemos arriesgarnos a que un ingenuo estúpido estropee todo nuestro trabajo.

Aquel aspecto del asunto no me gustó. Me pregunté si Kintyre, el hombre alto que había dirigido mi rescate y era amigo de los gatos y de los mitos, habría disparado un tiro en la nuca de algún hombre de buena voluntad, pero que «no servía». Para olvidarlo, decidí pasar al terreno de las preguntas prácticas.

—Pero los N detienen seguramente a algunos de… nuestros… hombres de cuando en cuando —objeté—. Deben enterarse…

—¡Oh, sí! Desde luego. Conocen con bastante exactitud cuántos somos, nuestro sistema general. Pero, ¿de qué puede servirles? Estamos organizados en células; nadie conoce más que a otros cuatro miembros. Existen contraseñas, que son cambiadas a intervalos cortos e irregulares… Hemos aprendido, se lo aseguro. En quince años, y al precio de muchas vidas valiosas y de muchos reveses, hemos aprendido.

Luego, de repente, la cifra de diez millones pareció ridículamente pequeña. Las fuerzas armadas ascendían a cuarenta millones de hombres, sin contar los dos millones de Ns, y…

Achtmann sonrió cuando le planteé esta objeción.

—Si conseguimos apoderarnos de Bloomington, eliminar a Hare y a suficientes Ns, habremos vencido. La masa es pasiva, está demasiado asustada para actuar en un sentido o en otro. Las fuerzas armadas… bueno, algunos de ellos lucharán, pero se sorprendería usted si supiera cuantos oficiales son miembros del Comité. Y en el propio Cuerpo de Seguridad Nacional… ¿De dónde cree usted que obtenemos nuestra información? —Me apuntó con su dedo índice y habló con su habitual apasionamiento—. Mire, desde hace mucho tiempo, desde la III Guerra Mundial, lo que ha privado en el mundo ha sido la mediocridad. La III Guerra Mundial y la dictadura de Hare se han limitado a dotar de armas a la mediocridad para que se reforzara a sí misma. La actual situación repugna a todos los hombres intelectualmente capacitados del mundo. ¿Acaso no le repugnaba a usted? De modo que todas las personas inteligentes son partidarias nuestras. Hemos conseguido introducir a algunas de ellas en el campo enemigo… y, como son inteligentes, no han tardado en encumbrarse en las filas de nuestros adversarios.

Aplastó su cigarrillo contra el cenicero y dio unos pasos por la desordenada y polvorienta oficina.

—Estoy de acuerdo en que diez millones de hombres, mal organizados, sin poseer una sola bomba H, no podrían derrocar un imperio que abarca a todo el planeta.. No, Lewisohn, no vamos a luchar contra los tanques con fusiles ametralladores, desde luego. Vamos a equiparnos con un arma que dejará anticuados a los tanques y a las bombas, que los hará completamente inútiles. Y para ello le hemos traído a usted aquí.

 

Debo dejar bien sentado que Hare no era un animal dañino escapado del infierno. Era un hombre fuerte, inteligente, incluso amable, que había llevado a cabo una obra ingente. No hay que olvidar que a él se debía que las costas del Este y del Oeste volvieran a estar habitadas. Incluso después de desaparecida la radioactividad, la gente tenía miedo a regresar. Hare obligó a la gente a regresar, puso arados en sus manos y gérmenes vivos en sus tierras, y recuperó una cuarta parte del continente.

Creo, sinceramente, que Hare o alguien como él era inevitable. Después de la III Guerra Mundial, si puede llamársele guerra a unos cuantos días de carnicería nuclear seguida de varios años de hambre y de caos, el poder mundial había quedado al alcance del primer país que se convirtiera otra vez en civilizado. Hare, un oscuro general, utilizó sus andrajosas fuerzas como un punto de partida. La gente le siguió porque les ofrecía alimentos y esperanza. Lo mismo hicieron otros señores de la guerra, pero Hare les derrotó. Hare derrotó también a China y a Egipto, cuando trataron de obtener la supremacía mundial, y convirtió toda la Tierra en un Protectorado.

Sí, era un dictador. Pero había sido la única solución posible. Yo mismo le había apoyado, incluso había luchado en su ejército veinte años atrás. Teníamos necesidad de un Cincinnatus… entonces.

«Mientras dure el estado de emergencia», decía el Acta del Congreso. Porque había un Congreso nombrado por decreto en Bloomington, y la asustada sombra de un Presidente, y un sello de goma del Tribunal Supremo. Jurídicamente, Hare no era más que el Comandante en Jefe del Cuerpo de Seguridad Nacional, un brazo ejecutivo del Departamento de Defensa y Justicia. Su jefe nominal era nombrado por el Presidente y confirmado por el Senado. Se había retirado del ejército para «mantener un control civil sobre el gobierno».

Sin embargo, mientras durase el estado de emergencia, el Cinc poseía poderes extraordinarios. Y ahora habíamos reconstruido muchísimo, y el mundo —si no tranquilo y contento— estaba bien guardado, y podía pensarse, en consecuencia, que el estado de emergencia había desaparecido.

Sólo que… bueno, hubo la gran epidemia de tifus, y al año siguiente se produjo la revuelta de Indonesia, y al año siguiente el gobernador de Valle Colorado necesitó cinco millones de trabajadores, y así por el estilo durante veinte años.

De modo que Cincinnatus no retornó a su oscura situación de general.

Yo ignoraba los detalles de organización del Comité. No me importaban, no estaba permitido conocerlos y no disponía de tiempo para interesarme por ellos. Lo único que puedo decir es que el golpe estaba planeado con una minuciosidad sin precedentes en la Historia.

Sin haber cumplido los treinta años, Achtmann era la revolución. Desde luego, no manejaba todos los detalles… tenía estados mayores para los aspectos militar, económico y político. Pero estaba al corriente de todo, y en su oficina particular había una cantidad increíble de memorándums.

Su posición era una consecuencia lógica de las circunstancias. El padre de Achtmann había sido el genio rector de los primeros tiempos, y el hijo había crecido al lado del padre. Cuando el anciano fue encontrado muerto en su despacho, una mañana, se requirió naturalmente la opinión y el consejo del joven —nadie conocía como él todas las ramificaciones—, y repentinamente, dos años más tarde, el Consejo de Directores se dio cuenta de que no habían elegido aún un nuevo Presidente. La elección recayó por unanimidad en el joven Achtmann.

El «cinturón protector» —el arma de que Achtmann me había hablado— era creación suya. Su insaciable apetito de lector había descubierto un articulo al parecer sin importancia publicado en una revista de física poco antes de que estallara la guerra, relativo a un extraño efecto observado cuando un campo eléctrico de una determinada alta frecuencia establecía contacto con un determinado complejo de altas frecuencias. Achtmann habló del asunto con uno de los físicos de su estado mayor, le preguntó qué material haría falta, consiguió el material y comenzaron los trabajos. Al cabo de dos años de esfuerzos, la posibilidad de establecer un cinturón protector alrededor del propio ejército se hizo evidente. Durante los cinco años siguientes, se resolvieron todos los problemas técnicos que presentaba la nueva arma. Un año más tarde, fue probada con éxito la pantalla generadora. Ahora, dos años después, las piezas estaban listas para su ensamble.

No disponíamos de las instalaciones necesarias para un trabajo en cadena. En consecuencia, cada pieza tenía que ser electrificada por separado, una delicada operación que requería un calculador de alta velocidad adaptado al circuito generador. Yo estaba allí para atender al calculador.

Por espacio de tres semanas casi no supe lo que era dormir. Trabajaba por la libertad, por librar a mis hijos del temor y en memoria del anciano profesor Biancini. Los Ns podían haber considerado necesario atar a Biancini a un poste de farol, pero rociarlo con gasolina y prenderle fuego había sido un exceso de entusiasmo…

 

Achtmann me miró a través de la mesa escritorio. Su ancho y cuadrado rostro estaba muy pálido, ya que era uno de los que no salían nunca al exterior.

—¿Café? —me preguntó—. Es casi todo achicoria, pero no deja de ser una bebida caliente.

—Gracias —dije.

—De modo que ya está todo listo —Su mano tembló ligeramente mientras me servía el café—. Parece imposible.

—La última unidad quedó montada y comprobada hace una hora —dije—. Los camiones están ya en camino.

—Día D. —Sus ojos estaban vacíos, fijos en el reloj colgado de la pared—. Dentro de cuarenta y ocho horas…

De repente, hundió su rostro entre sus manos.

—¿Qué es lo que voy a hacer? —murmuró.

Le contemplé con una expresión de sorpresa.

—¿Qué va a hacer? Dirigir la revolución… ¿no es cierto? —inquirí, tras una larga pausa.

—¡Oh, sí! Si. Pero, ¿y después? —Se inclinó sobre la mesa, temblando—. Me gusta usted, profesor. Se parece mucho a mi padre, ¿no lo sabía? Pero es mucho más amable que él. Mi padre vivía únicamente para la revolución, para la gran causa sagrada. ¿Puede usted imaginar lo que significa crecer al lado de un hombre que no es un hombre, sino una voluntad incorpórea? ¿Puede usted imaginar lo que significa pasar toda la juventud sin tomar una cerveza con los amigos, sin oír un concierto, sin bañarse una sola vez en las azules aguas del mar? Yo tenía diecisiete años cuando una pareja de novios que habían salido de excursión se presentaron en Virginia City y vieron demasiadas cosas. Ordené que les mataran a los dos… yo, a los diecisiete años. —Apartó las manos del rostro—. Dentro de una semana, un gran número de personas decentes morirán… y no sólo en nuestro bando. ¡Dios mío! ¿Cree que después de ordenar eso puedo retirarme a… a…? ¿En qué voy a convertirme?

Durante un largo rato, en la oficina no se oyó más ruido que el de su agitada respiración.

—Puede marcharse —dijo finalmente, sin mirarme—. Informe al general Thomas, de la oficina logística. Le hará usted falta. Todos haremos falta.

 

Con ropas de paisano —en trenes, autobuses, aviones, camiones… desde los más remotos lugares del imperio alrededor del planeta—, nuestro ejército se acercó a Bloomington. El movimiento no fue captado por el habitual servicio de vigilancia del tráfico, porque en Méjico había estallado una revuelta cuidadosamente planeada. Era una revuelta condenada al fracaso desde el primer momento, una maniobra de diversión en la cual unos enfurecidos peones iban a enfrentarse con lanzallamas, pero así son las necesidades de la guerra.

En diversos puntos, pueblos pequeños, granjas, plantaciones, que aún no habían sido reconstruidos, nuestras unidades quedaron formadas y avanzaron contra el Capitolio.

No soy un táctico, y todavía ignoro los detalles. Mi departamento se ocupaba únicamente de los cinturones de protección. Cada unidad estaba reunida alrededor de un camión pesado que transportaba una micropila para alimentar un generador. Por encima de nuestras cabezas volaba nuestra aviación, unos aparatos ridículamente anticuados… pero en cada escuadrilla había un aparato que llevaba un generador.

El cinturón protector, una vez formado, sólo es visible a través de un débil resplandor de ionización, como una esfera de media milla de diámetro. Atraviesa la materia sólida sin efectos visibles. Pero es una energía del mismo tipo de la que mantiene unidos a los núcleos atómicos. Y sólo admite velocidades de unos cuantos pies por segundo. Una partícula que viaje con más rapidez y tropiece con el cinturón queda detenida en seco, y su energía de movimiento se transforma en calor.

De modo que los proyectiles de todas clases caían al suelo al chocar contra el cinturón. La explosión de una bomba, química o nuclear, lleva implícitas moléculas o electrones de alta velocidad en su mecanismo, por tanto una bomba no puede estallar dentro del cinturón. El polvo radioactivo y el gas se desintegran normalmente, pero los fragmentos energéticos capaces de matar a un hombre surgen convertidos en inofensivos iones. Las toxinas químicas conservan su eficacia, pero resulta relativamente fácil defenderse contra ellas.

Teníamos ametralladoras y artillería ligera acopladas electrónicamente a los generadores. En el momento de disparar, los generadores dejaban de funcionar las milésimas de segundo necesarias para que nuestros proyectiles atravesaron el cinturón en dirección al enemigo.

El Cuerpo de Seguridad Nacional disponía de vehículos acorazados. Avanzaban, enormes y amenazadores, hasta tropezar con el cinturón; entonces, sus motores se paraban y sus cañones no podían disparar. Nuestras tropas colocaban una mina magnética cerca del tanque y proseguían su avance. En cuanto su avance había arrastrado al cinturón más allá del inmovilizado vehículo, la mina estallaba.

Los generadores estaban cuidadosamente heterodinados; no afectaban a los motores de nuestro propio ejército, ni a los diversos controles cibernéticos. Nos veíamos obligados a utilizar unos medios de comunicación más bien primitivos, puesto que los campos telefónicos y radiotelegráficos quedaban anulados.

Destruyendo sin ser destruidos, proseguíamos nuestro avance hacia Bloomington. Un millar de aviones enemigos, lanzados contra nuestra impenetrable fuerza aérea, se estrellaron contra el cinturón. Dominábamos tierra y cielo, y no podíamos ser detenidos.

Pero era un modo lento y brutal de avanzar. Los Ns, y algunas unidades del ejército, se lanzaron contra nosotros en masa y a pecho descubierto; nos atacaron con bayonetas, y los barrimos con tanques. Una pequeña bomba atómica estalló en la parte de afuera del cinturón. Sus iones y gases no penetraron a través de él, pero el intenso resplandor de la bola de fuego cegó a algunos hombres, los infrarrojos quemaron, a otros, y las radiaciones gamma condenaron a unos cuantos a una lenta agonía.

La bomba destruyó también varias manzanas de casas, puesto que por entonces ya habíamos entrado en la ciudad. En consecuencia, el enemigo tuvo que luchar, a partir de aquel momento, con el pánico de la masa.

En otros puntos de la nación, las estaciones de TV fueron ocupadas, proyectándose en ellas una y otra vez una película previamente filmada en la que aparecía Achtmann dirigiendo una alocución al pueblo. Achtmann no era un buen orador, pero este hecho subrayaba todavía más, quizá, la sinceridad de sus palabras, cuando afirmaba que había venido a librar a los hombres de la esclavitud.

Yo iba en un «jeep» en compañía de Kintyre —sección de entretenimiento—, para mantener en perfecto estado a nuestros generadores. En el interior del cinturón hacía un frío intensísimo, ya que repelía todas las moléculas de aire caliente. Más tarde hubiera podido localizarse perfectamente la ruta que habíamos seguido, por medio de la hierba agostada y los árboles resecos en pleno verano. Trasladándome de unidad a unidad, por encima de las ruinas de los hogares y de montones de cadáveres, pasaba del invierno al verano y del verano al invierno, y pensé que resultaba curioso que nosotros, en nuestra primavera de esperanza, tuviéramos que soportar aquel frío.

 

Llegamos ante el Capitolio al atardecer. Estaba ardiendo. Un centinela nos dejó pasar. Las ruedas de nuestro «jeep» aplastaron los caídos rosales. Los generadores estaban aparcados en el patio trasero, luchando contra el calor y las llamas.

—No hay nada que hacer —se lamentó el hombre con unas insignias de coronel sobre unas destrozadas ropas de trabajo—. Necesitamos apagar este maldito fuego. Ahí dentro están los ficheros… y tal vez el propio Hare. El cinturón no deja avanzar las llamas, pero no podemos, contrarrestarlas con el generador.

Pedí una linterna y fui a examinar el camión. Tras una concienzuda revisión, descubrí la causa de aquella anomalía: la conexión soldada del Tubo 36 se había despegado.

—Es fácil de arreglar— gruñí, muerto de fatiga, —pero empiezo a estar cansado de esto. Me he pasado el día arreglando un Tubo 36 por aquí, un Tubo 36 por allí…

—Ésta es una de las pegas que tendremos que solucionar más tarde —dijo Kintyre.

—¿Más tarde? —Empecé a desenroscar la platina principal—. Pero, ¿es que va a continuar el jaleo? Creí que…

—Existen focos de resistencia en todo el mundo —dijo Kintyre—. Tal vez usted sepa algo más acerca de ello, coronel, pero creo que tendremos que reducir un gran número de pequeñas fortalezas de los Ns.

—¡Oh, sí! —El oficial apartó la mirada de las llamas—. Acaban de informamos de que hay una brigada acorazada en camino. Llegará aquí antes de la salida del sol, y tenemos que estar preparados para recibirla.

—Sin embargo, parece que seamos los dueños de la ciudad —murmuró Kintyre—. De lo que ha quedado de ella.

—Y creo que lo somos —dijo el coronel—. Todo esto es muy complicado. No pensé que fuera tan complicado. Pero no soy más que superintendente general de una fábrica de conservas. Todavía no he podido acostumbrarme a las estrellas de coronel…

Aparté la platina, uní la conexión que se había despegado y pedí que me entregaran el soldador. El hombre que me lo entregó llevaba un fusil en la otra mano y tenía un surco sangriento en el rostro.

—Me pregunto si Hare se habrá marchado —dijo Kintyre.

—Lo dudo —dijo el coronel—. No ha despegado ni un solo avión suyo de aquí. Probablemente se está asando dentro de esa casa. Tenía su vivienda en el Capitolio, como usted ya sabe. —Sacó un cigarrillo y lo encendió—. ¡Maldita sea! —gruñó—. Tenemos el peor servicio de intendencia de la Historia. Encargué café hace más de media hora.

Puse el generador en marcha. La temperatura descendió rápidamente y las llamas empezaron a apagarse como si un gigante hubiera soplado sobre ellas. A la luz de los focos, los hombres empezaron a avanzar hacia las ruinas.

—Será mejor que volvamos atrás —me dijo Kintyre.

—Espere un poco —dije—. Me gustaría saber qué ha sido de Hare. Asesinó a unos cuantos amigos míos…

El cadáver de Hare estaba en el apartamento del ala oeste. Quemado, pero no hasta el punto de ser irreconocible. Había matado de un tiro a su esposa, para librarla del fuego, pero él había sido víctima de las llamas.

El coronel apartó la vista, pálido como un muerto. Parecía a punto de desmayarse.

—No sé a qué diablos esperan para traerme el café —murmuró—. De acuerdo, sargento, tome una escuadra y ponga esto colgado en la verja exterior.

—¿Qué? —me horroricé.

—Órdenes de Achtmann. Dice que no podemos dar pábulo a la fábula de que Hare no ha muerto.

—Me parece horrible —dije.

—Sí —admitió el coronel—. Es horrible. Pero nos encontramos en estado de emergencia, y nos vemos obligados a hacer muchas cosas que a todos nos parecen horribles, mientras dure el estado de emergencia. Sargento… no, está ocupado ahora… cabo, vaya a ver qué diablos pasa con el café.

 

Me encontré con mis hijos uno a uno, a medida que salían de sus escondites en respuesta a mis llamamientos radiofónicos. Hubiera besado las plantas de los pies de Achtmann.

Luego volví a la Universidad. Ocupé otra vez mi antigua habitación, aunque durante la revolución habían quedado destruidas tantas viviendas, que ahora tuve que compartirla con otro hombre.

El Presidente había resultado muerto a consecuencia de una bala perdida, en Bloomington… Era un individuo insignificante, al cual no odiaba nadie. El Vicepresidente y el Gabinete habían sido decididos partidarios de Hare. De modo que Achtmann nombró una nueva rama ejecutiva. En cuanto a él, rechazó todos los cargos y pasó cosa de un mes visitando el país y recibiendo todos los homenajes que podían serle dedicados; luego regresó a la capital. Al año siguiente, cuando las cosas se hubieran tranquilizado, se celebrarían elecciones.

Entretanto, desde luego, era necesario liquidar los restos de las bandas de Ns, y la nueva policía Federal tuvo que ser dotada de poderes especiales a fin de que pudiera localizar y detener a los partidarios de Hare que continuaban emboscados entre la gente normal. Algunas unidades del ejército intentaron una contrarrevolución y fueron suprimidas. Una mala cosecha en China exigió la requisa de una gran cantidad de arroz de Burma, lo cual provocó una corta pero sangrienta guerra con los nacionalistas burmanos.

Me disgustaba sobremanera pensar en todo esto. Había alimentado la esperanza de que íbamos a acabar con el imperio y a devolver a todo el mundo su libertad. Un nuevo partido, el Libertario, estaba siendo formado para concurrir a las anunciadas elecciones; el punto principal de su programa era la abolición del Protectorado. Yo ayudé a organizarlo en el plano local. Nuestros adversarios eran los Federacionistas, más conservadores. El gobierno establecido en Bloomington era no-intervencionista, una especie de comité que debía ocupar el poder sólo mientras durase el estado de emergencia; pero, desde luego, no podía permanecer pasivo, y casi cada instante se veía obligado a adoptar alguna medida positiva. Al parecer, cada día se presentaba una situación de urgencia.

En el mes de diciembre, la A.A.A.S. celebró una asamblea en BIoomington y decidí asistir a ella, principalmente para verme libre del compañero de habitación que me había sido asignado. La verdad es que no simpatizábamos demasiado el uno con el otro.

 

Al salir del local donde se celebraba la asamblea, decidí dar un paseo por las calles de Bloomington. Su aspecto era muy triste. En algunos escaparates veíanse unas ajadas alegorías navideñas, pero no podía hablarse de una verdadera campaña de ventas: allí no había ninguna mercancía que anunciar.

Sin embargo, el día anterior se había celebrado un vistoso desfile militar.

Paseé lentamente bajo un cielo plomizo, arrebujado en mi abrigo. Por la calle circulaban muy pocas personas, y ninguna de ellas tenía un aspecto alegre. Bueno, la cosa era comprensible, ya que la mitad de la ciudad estaba aún por reconstruir. Eché de menos al Ejército de Salvación y sus villancicos de Navidad. Hare lo había disuelto hacía muchos años, con el pretexto de que aquella caridad particular era ineficaz, y el nuevo gobierno no se había preocupado, al parecer, de derogar aquel decreto. Los miembros del Ejército de Salvación habían alegrado las esquinas de las calles con sus cantos cuando yo era joven, y hubiera resultado sumamente agradable verlos de nuevo en acción.

Pasé por delante del Capitolio. Un nuevo edificio se estaba levantando sobre las ruinas del antiguo. Se decía que había de ser un edificio imponente, de maravillosa estructura, lo cual producía un efecto sumamente desagradable teniendo en cuenta que la gente seguía viviendo en alojamientos miserables, pero por entonces no era más que un frío esqueleto de acero, erguido hacia el cielo.

Yo no iba a ningún lugar concreto. Aquella tarde no se celebraba ninguna reunión que me interesara. Me limitaba a pasear. Confieso que recibí un gran susto cuando dos hombres altos me agarraron por los brazos.

—¿A dónde va usted?

Parpadeé. A mi izquierda había una alta pared de piedra rodeando un enorme edificio.

—A ningún lugar determinado —dije—. Sólo estaba dando un paseo.

—¿De veras? Déjeme ver su carnet de identidad.

Se lo mostré. Un automóvil pasó por nuestro lado y cruzó las verjas del edificio que había a mi izquierda, con una numerosa escolta de hombres armados que llevaban uniformes de color gris. Tal vez aquélla era la residencia del nuevo Presidente. Hacía semanas que no había visto un noticiario, ya que había estado muy ocupado.

Unas manos me cachearon, en busca de posibles armas.

—Creo que está O.K. —dijo uno de los hombres.

—Sí. Siga su camino, Lewisohn, y no vuelva a pasar por aquí. Está prohibido. ¿No ha visto usted las señales?

Un hombre de uniforme salió corriendo por la verja.

—¡Eh, usted! —gritó—. ¡Alto!

Me detuve. El hombre se acercó a mí.

—¿Es usted el profesor Lewisohn? —me preguntó.

Asentí.

—Entonces, tenga la bondad de acompañarme.

No pude resistir a la tentación de dirigir una sonrisita burlona a los muchachos del Servicio Secreto.

Nos dirigimos hacia el edificio. Ante la puerta principal había centinelas, pero en el interior todo eran mayordomos y un extraordinario lujo. Al final de un largo pasillo había una amplia estancia suntuosamente amueblada. La temperatura era allí tropical, en pleno invierno.

El hombre que estaba de pie, asomado a uno de los ventanales, dio media vuelta cuando yo entré en el salón.

—¡Profesor! —exclamó, en tono de sincera alegría—. Pase, pase, mi querido amigo. Vamos a echar un trago.

Era Achtmann. Llevaba un lujoso pijama, pero era el mismo infatigable fumador, el mismo incansable Achtmann de siempre. Cogió mi abrigo y se lo entregó al criado. Otro criado apareció como por arte de magia con una botella de whisky, un recipiente lleno de cubitos de hielo y un par de vasos. Sin apenas saber cómo, me encontré sentado en una butaca, mientras Achtmann paseaba de un lado para otro delante de mí.

—¡Santo Cielo! —exclamó—. No tenía la menor idea de que estuviera usted en la ciudad. Si no llego a verle desde mi automóvil… ¿Por qué no me lo hizo usted saber? Mis secretarios tienen una lista de todos los miembros del Comité, y cualquier carta de uno de ellos pasa directamente a mis manos.

—Yo… no he mantenido contacto… —Sorbí cuidadosamente mi whisky, tratando de recobrar mi equilibrio—. He estado muy ocupado, y… bueno, en las actuales condiciones, no he podido dedicarme a…

—¿Qué condiciones? —Sus ojos me traspasaron—. ¿Hay algo que marcha mal?

—¡Oh, no, no! Mi alojamiento es muy reducido, mi horario muy apretado… lo de siempre.

—¿Cómo que lo de siempre? Un hombre que actuó como usted lo hizo no tiene que vivir en las condiciones de siempre —Achtmann se inclinó sobre un dictáfono—. Me hago perfecto cargo de sus dificultades: un miserable alojamiento, una ración miserable, una paga miserable… ¿no es cierto? Bueno, vamos a arreglar eso. —Dio unas cuantas órdenes por el dictáfono: sin la menor dilación, pongan una casa a disposición del profesor Lewisohn, fondos en consonancia, ración especial, etc—. ¿Por qué no me lo hizo usted saber? —volvió a preguntarme—. He situado a todos los chicos del antiguo Refugio Secreto, o a la mayor parte de ellos.

—Pero, yo no quería… —tartamudeé—. no merezco… no tienen por qué echar a alguien de su casa para que yo…

—Silencio —rió. Era la risa de un chiquillo, pero había en ella una nota metálica—. No hable de gratitud, ni de solidaridad, ni de nada de todo eso: suena a formulismo, y no quiero oírlo de sus labios. El populacho necesita tanto el palo como el pan. Tienen que darse cuenta no sólo de que los traidores son castigados, sino también de que los leales son recompensados. ¿Comprende?

—¿Qué clase de cargo tiene usted? —inquirí, sin atreverme a hablar en voz alta.

—¿Cargo? ¿Posición? Ninguno, en absoluto. Esto es lo mejor de todo. No soy más que un asesor oficioso del Presidente. —Achtmann se encogió de hombros, haciendo una mueca—. Primm inter pares. Alguien tiene que hacerlo, y yo dispongo de una gran cantidad de hombres adiestrados y que me son absolutamente fieles… la cosa funciona bien, ¿no le parece?

—Usted se lo dice todo —murmuré.

—¡Diablo! —No parece muy convencido… ¿Cree que a mí me gusta tener a un centenar de ruidosos criados bajo mi techo? Esto es solamente un aspecto de la comedia que tengo que representar. El mayor de los errores de Hare fue el de ser un hombre amargado, que no supo rodearse de un marco de alegría y de esplendor. No podemos levantar a todo un mundo de la ruina si no empezamos por colocar a su caudillo en un marco adecuado.

—Creí que usted luchaba precisamente contra eso —murmuré.

—En efecto. Y sigo pensando del mismo modo. Pero hay demasiadas cosas que hacer. No podemos soltar las riendas de la noche a la mañana a la gente que por espacio de una generación no ha gozado ni siquiera del derecho de pensar como se le antojase. No podemos restablecer las garantías individuales, ni el habeas corpus, ni los procedimientos normales en los juicios políticos, cuando varios millones de hombres se dedican a conspirar para restablecer la dictadura. Existen todavía muchos fanáticos haristas, como usted sabe, sin contar con un centenar de pequeños grupos de chiflados, cada uno de ellos con sus propias e infalibles recetas para salvar a la humanidad.

Achtmann encendió otro cigarrillo con la colilla del que estaba fumando. Las palabras surgían de su boca frías como el hielo.

—No podemos disolver el Protectorado y conceder la independencia a las provincias extranjeras, hasta que las hayamos educado y civilizado. De no hacerlo así, no tardaríamos en tener que enfrentarnos con otra guerra nuclear. Y aquí, en nuestra propia casa, hay mucha pobreza y mucha. hambre… ¿Cómo va a creer un hombre que vive en una democracia, si sus hijos no tienen pan? Si aflojáramos la mano, no tardaría en aparecer un Führer que les prometiera alimentarles. Lo primero que tenemos que hacer es restablecer la economía, la…

Me sorprendí a mí mismo interrumpiéndole.

—Para su información —dije—, debo comunicarle que pertenezco al Partido Libertario.

—No importa —declaró Achtmann alegremente—. No constituirá ninguna nota desfavorable para usted. Cuando los partidos políticos sean disueltos, será una simple cuestión de…

—¡Disueltos! —exclamé, asombrado—. ¿Acaso no van a celebrarse unas elecciones?

—Temo que habrá que esperar unos cuantos años para ello. Sinceramente, amigo mío, ¿cómo cree usted que sería posible celebrar elecciones en unas circunstancias como las actuales? Yo fui el primero en creer que podrían celebrarse, y por eso fueron anunciadas, pero desde entonces he aprendido unas cuantas cosas que me han hecho. comprender que estaba equivocado.

Debió leer en mi rostro lo que yo estaba pensando en aquellos momentos, porque se apresuró a añadir, con una mueca que quería ser una sonrisa:

—No me mire usted con ese aire horrorizado, profesor Lewisohn. No soy otro Hare, ni mucho menos. Él no admitió nunca que podía estar equivocado.

—No tenía usted ningún derecho a hacerlo —protesté—. No ocupa usted ningún cargo oficial… ¡Oh! Ya entiendo: el Presidente y el Congreso actúan de acuerdo con sus instrucciones, y son considerados responsables de los errores y de los excesos en que usted incurre. En cambio, usted se adorna con las plumas de las cosas que salen bien…

—¡Eso es absurdo!

Era evidente que mis palabras habían enfurecido a Achtmann. Pero su furor no duró más que un breve instante. Luego dio media vuelta, dándome la espalda, y se acercó a una de las ventanas del salón. Allí permaneció silencioso, mirando a través de los cristales.

Como obedeciendo a una misteriosa llamada, apareció un criado y me ayudó a ponerme el abrigo. Me quedé en pie, temblando, sin saber qué hacer.

—No se preocupe, profesor —dijo Achtmann en tono amable—. De acuerdo, si usted insiste, esto es una dictadura. Pero es una dictadura benévola… ¡Diablos! Me conoce usted perfectamente y sabe cómo pienso ¿no es cierto? Desde luego, puedo verme obligado a eliminar a unos cuantos adversarios, y sé que la gente empieza a llamarme el Cinc, pero… —Siguió mirando a través de la ventana, sin volverse hacia mí—: Esto sólo será mientras dure el estado de emergencia.

 

 

 

¡Rumbo Al Este!

William Tenn

 

 

La ruta de New Jersey, a caballo, había sido dura. Al sur de New Brunswick, los baches eran tan profundos, las piedras y la grava tan abundantes, que los dos hombres se habían visto obligados a avanzar a un trote lento, para evitar que alguno de sus tres valiosos animales se rompiera una pata. Y, desde luego, en aquel lejano sur no existía ninguna granja: sólo pudieron comer las provisiones que llevaban en las alforjas, y la noche anterior habían dormido en los restos de una estación de servicio, suspendiendo sus hamacas entre las herrumbrosas bombas de gasolina.

Sin embargo, era el camino mejor, el más directo; Jerry Franklin no lo ignoraba. La Ruta era una carretera gubernamental: su piso se limpiaba cada seis meses. Habían avanzado con apreciable rapidez, teniendo en cuenta que además de sus monturas llevaban otro caballo de carga. Mientras descendían la última ladera, al pie de la cual se erguía un tronco de árbol que tenía grabadas las palabras TRENTON: SALIDA, Jerry suspiró, aliviado. Su padre, los colegas de su padre, estarían orgullosos de él. Y él estaba orgulloso de sí mismo.

Pero, inmediatamente después, estaba de nuevo alerta. Espoleó a su caballo y lo situó a la altura del de su compañero, un joven de su misma edad.

—Protocolo —le recordó—. No olvides que soy el jefe. Ya sabes que no tienes que cabalgar delante de mí.

No le gustaba tener que recordar su rango, pero los hechos eran los hechos y si un subordinado se extralimitaba, había que llamarle la atención. Después de todo, Jerry era hijo —y primogénito, además— del Senador de Idaho: el padre de Sam Rutherford era un simple Subsecretario de Estado, y la familia de la madre de Sam descendía de unos modestos empleados de correos. Sam asintió con un gesto de disculpa y obligó a su caballo a que retrocediera a la distancia conveniente.

—Me había parecido ver algo extraño —explicó—. Estaba mirando hacia aquella parte del camino… y juraría que he visto a unos hombres que llevaban vestimentas de piel de búfalo.

—Los Seminolas no llevan vestimentas de piel de búfalo, Sammy. ¿Es que no recuerdas nuestra ciencia política de segundo curso?

—No he estudiado ciencias políticas, mister Franklin: yo era un mecánico especialista. Pero por lo poco que sé, no creo que las vestimentas de piel de búfalo correspondan a los Seminolas. Por eso estaba…

—Preocúpate del caballo de carga —le advirtió Jerry—. Las negociaciones son tarea mía.

Al decir esto, no pudo evitar el tocar la bolsa que llevaba colgada del cuello. Dentro de aquella bolsa estaba su credencial, cuidadosamente mecanografiada en uno de los pocos folios de papel que quedaban con el membrete oficial del gobierno (que no era menos oficial por el hecho de que la cara posterior se hubiese utilizado muchos años atrás para tomar apuntes en una oficina), y firmada por el propio Presidente. ¡Con tinta!

La existencia de tal documento podía tener mucha importancia para su futuro. Aparte de su valor intrínseco como acreditativo de sus atribuciones en el curso de las conferencias que iba a entablar, atestiguaba que le había sido confiada una misión de gran altura. Y, cuando su padre muriera, y él ocupara uno de los dos escaños que correspondían a Idaho, aquella misión le conferiría el suficiente prestigio como para intentar el ingreso en el Comité de Créditos. O, puestos a pedir, ¿por qué no llegar a lo más alto? Ningún senador Franklin había sido nunca miembro del Comité de Gobierno…

Los dos enviados supieron que estaban en los arrabales de Trenton cuando pasaron junto a los primeros grupos de jerseyitas que trabajaban en la limpieza de la carretera. Unos rostros asustados se alzaron hacia ellos, para inclinarse de nuevo rápidamente sobre su trabajo. Los grupos estaban trabajando sin ninguna vigilancia visible. Evidentemente, los Seminolas opinaban que unas simples órdenes eran suficientes.

Pero mientras cabalgaban a través de las casas en ruinas de lo que había sido la ciudad, sin encontrar a nadie de más importancia que hombres blancos, a Jerry Franklin empezó a ocurrírsele otra explicación. Todo aquello tenía el aspecto de una ciudad en guerra, pero, ¿dónde estaban los combatientes? Casi con seguridad al otro lado de Trenton, defendiendo el río Delaware. Esta era la dirección en que los nuevos gobernantes de Trenton podían temer un ataque, Pues en la parte norte sólo tenían a los Estados Unidos de América.

Pero, de ser así, ¿contra quién estaban defendiéndose? Al otro lado del Delaware, hacia el sur, sólo se hallaban Seminolas. ¿Sería posible que los Seminolas hubieran terminado por luchar entre ellos?

¿O acaso Sam Rutherford no se había equivocado? Fantástico. ¡Vestimentas de piel de búfalo en Trenton! Sólo podía haber vestimentas de piel de búfalo a menos de cien millas al oeste, en Harrisburg.

Pero cuando doblaron la esquina de la State Street, Jerry se mordió el labio con expresión de disgusto. Sam estaba en lo cierto, lo cual no complació precisamente a Jerry.

Esparcidos sobre el amplio césped del Capitolio del Estado había docenas de jacales. Y los hombres altos, de piel oscura, que estaban tranquilamente sentados o que paseaban con orgullo entre los jacales, llevaban vestimentas de piel de búfalo. Al contemplar sus rostros pintarrajeados no había ninguna necesidad de recordar las lecciones de ciencia política: eran Siuox.

De modo que la información que había llegado al gobierno acerca de la identidad del invasor era completamente errónea… como de costumbre. Bueno, no podían pedirse milagros a las comunicaciones desde tan larga distancia. Pero aquella inexactitud hacía difíciles las cosas. Podía invalidar su credencial, ya que la credencial iba directamente dirigida a Osceola VII, Rey de Todos los Seminolas. Y si Sam Rutheford creía que esto le daba derecho a pavonearse…

Miró hacia atrás imprudentemente. No, Sam no plantearía ningún problema. Sam no era de los que pinchaban: “Ya se lo dije a usted..”. Al sentir sobre él la mirada de su jefe, el hijo del Subsecretario de Estado bajó los ojos con expresión humilde.

Satisfecho, Jerry rebuscó en su memoria algún dato importante acerca de recientes relaciones políticas con los Siuox. No pudo recordar muchos… apenas los términos de los dos o tres últimos tratados. Tendría que forzar su memoria.

Cabalgó hasta encontrarse delante de un guerrero de aspecto imponente, y se apeó del caballo. Podía hablarse con un Seminola sin desmontar, pero los Sioux eran muy susceptibles en materia de protocolo cuando trataban con hombres blancos.

—Venimos en son de paz —le dijo al guerrero, que permanecía tan impasiblemente erguido como la lanza que sostenía en la mano, tan rígido y duro como el rifle que colgaba de su espalda—. Traemos un mensaje importante y muchos regalos para tu jefe. Venimos de Nueva York, el hogar de nuestro jefe. —Hizo una breve pausa y luego añadió—: ¿Conoces al Gran Padre Blanco?

Inmediatamente lamentó haber añadido la pregunta. El guerrero cloqueó brevemente; en sus ojos se encendió una regocijada lucecita. Luego, su rostro volvió a quedar inexpresivo, revestido de una serena dignidad.

—Sí —dijo—. He oído hablar de él. ¿Quién no ha oído hablar de la riqueza y del poder y de los grandes dominios del Gran Padre Blanco? Ven; te llevaré a presencia de nuestro jefe.

Jerry hizo un gesto a Sam Rutherford para que esperase.

Ante la entrada de una gran tienda, lujosamente decorada, el indio se apartó a un lado y le indicó a Jerry que podía entrar.

El interior de la tienda estaba sumido en una semipenumbra, pero la iluminación era lo suficientemente lujosa como para dejar a Jerry sin aliento. ¡Lámparas de petróleo! ¡Tres! Aquella gente vivía bien.

Hacia un siglo antes de la última gran guerra, sus antepasados habían poseído una gran abundancia de lámparas de petróleo. Y algo mejor que las lámparas de petróleo, quizá, si había que creer las historias que los ingenieros contaban alrededor de las fogatas. Aquellas historias eran agradables de oír, pero constituían glorias de un lejano pasado. Al igual que las historias de graneros y de supermercados llenos hasta los topes, le hacían a uno sentirse orgulloso de su pueblo, pero no le servían de ninguna ayuda en los momentos actuales. Conseguían que a uno se le hiciera la boca agua, pero no le alimentaban.

Los indios, cuya organización tribal había sido la primera en adaptarse a las nuevas circunstancias, tenían graneros. Los indios tenían lámparas de petróleo. Y los indios…

Había allí dos vigorosos hombres blancos sirviendo comida al grupo sentados en cuclillas en el suelo. Un anciano, el jefe, de rostro rechoncho. Tres guerreros, uno de ellos demasiado joven para asistir a un consejo. Y un negro de unos cuarenta anos, vestido con harapos semejantes a los de Franklin, aunque un poco más nuevos y un poco menos sucios.

Jerry se inclinó delante del jefe, extendiendo sus brazos, con las palmas de las manos hacia abajo.

—Vengo de Nueva York, donde reside nuestro jefe —murmuró.

A pesar de sí mismo, estaba un poco asustado. Le hubiera gustado conocer sus nombres; de modo que pudiera relacionarlos con acontecimientos específicos. Aunque Jerry sabía cuáles podían ser sus nombres… aproximadamente. Los Sioux, los Seminolas, miembros de todas las tribus indias renacientes en poderío y en número, llevaban nombres cargados de anacronismo. Una extraña mezcla de diversas etapas del pasado, cubiertas siempre por presente. Como los rifles y las lanzas, unos para la realidad de luchar, las otras como símbolo más importante que la realidad misma. Como el uso de los jacales en el campo, cuando, según los rumores que circulaban por el país, los obreros esclavos podían construirle al más insignificante de los indios una morada como ni siquiera el presidente de los Estados Unidos, sobre su jergón especial de paja, podía soñar. Como las caras pintarrajeadas mirando a través de los reinventados microscopios. ¿Cómo habían sido los antiguos microscopios? Jerry trató de recordar el Curso de Investigaciones de Ingeniería que había seguido en su adolescencia, pero la tentativa resultó inútil. Lo mismo daba: los indios eran tan extraños y tan pavorosos… A veces uno pensaba que el destino les había elegido para ser conquistadores, con la descuidada contradicción de los conquistadores. A veces…

Jerry se dio cuenta de que estaban esperando que continuara.

—Donde reside nuestro jefe —repitió apresuradamente—. Traigo un mensaje muy importante y muchos regalos.

—Come con nosotros —dijo el anciano—. Luego nos darás tus regalos y tu mensaje.

Agradecido, Jerry se sentó en cuclillas a poca distancia de ellos. Estaba hambriento, y entre la fruta de los cuencos había visto algo que debía ser una naranja. ¡Había oído hablar tanto del exquisito sabor de las naranjas!

Pasado unos instantes, el anciano habló:

—Yo soy el jefe Tres Bombas de Hidrógeno. Este —señalando al más joven de los indios— es mi hijo, Generador de Radiaciones. Y éste —señalando al negro— es una especie de compatriota tuyo.

A la mirada interrogadora de Jerry, y después de que el jefe levantó su dedo índice concediéndole permiso para hablar, el negro explicó:

—Sylvester Thomas. Embajador ante los Sioux de los Estados Confederados de América.

—¿La Confederación? ¿Existe todavía? Oí decir, hace diez años…

—La Confederación está muy viva, señor. Es decir, la Confederación Occidental, con su capital en Jackson, Mississippi. La Confederación Oriental, con su capital en Richmond, Virginia, desapareció a manos de los Seminolas. Nosotros hemos sido más afortunados. Los Arapahoes, los Cheyennes y —con una inclinación de cabeza hacia el jefe— especialmente los Sioux, han sido muy amables con nosotros. Nos permiten vivir en paz, mientras nos limitemos a cultivar nuestras tierras y a pagar nuestros tributos.

—Entonces, debe usted saber una cosa, mister Thomas… —empezó Jerry ávidamente—. Me refiero a… la República de la Estrella Solitaria… a Texas… ¿Es posible que también Texas…?

Mister Thomas miró hacia la puerta del jacal con expresión desalentada.

—Lo siento, señor, la República de la Bandera de la Estrella Solitaria cayó ante los Kiowas y los Comanches hace ya muchos años, cuando yo era aún muy niño. No recuerdo la fecha exacta, pero sé que fue incluso antes de que California fuese ocupada por los Apaches y los Navajos, y mucho antes de que la nación de los mormones quedase…

Generador de Radiaciones alzó sus hombros y flexionó sus musculosos brazos.

—¡Cuánta cháchara! —exclamó—. Estoy cansado de oír la cháchara de los rostros pálidos.

—Mister Thomas no es un rostro pálido —le respondió su padre—. ¡Un poco más de respeto! Es nuestro huésped y un embajador acreditado. Procura no pronunciar la palabra rostro pálido en su presencia.

Otro de los guerreros sentado cerca del jefe, tomó la palabra.

—En otra época, en la época de los héroes, un muchacho de la edad de Generador de Radiaciones no se hubiera atrevido a levantar la voz en un consejo delante de su padre. Y, desde luego, nunca hubiese dicho las mismas cosas que él. Puedo citar como referencia, para los que estén interesados en ello, el definitivo volumen de Robert Lowie, Los Cuervos Indios, y la excelente obra de investigación antropológica de Lesser, Tres Tipos de Parentesco Sioux. Ahora, en tanto que no hemos sido aún capaces de reconstruir un tipo de parentesco Sioux de acuerdo con el modelo clásico descrito por Lesser, hemos desarrollado un sistema de trabajo que…

—Lo malo que tienes. Brillante Cubierta de Libro —le interrumpió el guerrero sentado a su izquierda— es que eres demasiado clásico. Siempre tratas de vivir en la Edad de Oro en vez de hacerlo en el presente, y en una Edad de Oro que en realidad tiene muy poco que ver con los Sioux. Sí, admito que tenemos muchos puntos de contacto con los indios citados por Lowie, especialmente desde el punto de vista lingüístico; pero, ¿qué ocurre cuando tratamos de aplicar sus preceptos a la vida diaria?

—¡Basta! —exclamó el jefe—. ¡Basta, Polemista Incisivo! Y tú también, Brillante Cubierta de Libro… ¡Basta! Esos son asuntos privados de la tribu. Aunque sirven para recordarnos que el rostro pálido fue grande antes de convertirse en un enfermo corrompido y asustado. Aquellos hombres cuyos libros sagrados nos enseñan el perdido arte de vivir como Sioux, hombres como Lesser, hombres como Robert H. Lowie, ¿no eran acaso hombres de rostro pálido? En su memoria, hemos de mostrarnos tolerantes.

—¡Ah-ah! —dijo Generador de Radiaciones con impaciencia—. En lo que a mí respecta, los únicos rostros pálidos buenos son los que están muertos. Eso es. —Pensó unos instantes—. Excepto sus mujeres. Las mujeres de rostro pálido son divertidas cuando uno se encuentra lejos del hogar y siente que en su interior se levanta un pequeño infierno.

El jefe Tres Bombas de Hidrógeno contempló a su hijo en silencio. Luego se volvió hacia Jerry Franklin.

—Tu mensaje y tus regalos. Primero tu mensaje.

—No, jefe —intervino Brillante Cubierta de Libro respetuosa pero firmemente—. Primero los regalos. Luego el mensaje. Así es cómo hay que hacerlo.

—Voy a buscarlos. En seguida vuelvo…

Jerry salió de la tienda y corrió hacia el lugar donde Sam Rutherford había trabado los caballos.

—Los regalos —le apremió—. Los regalos para el jefe.

Desataron los paquete que llevaba el caballo de carga. Jerry los cogió y regresó con ellos a la tienda a través de los guerreros que se habían reunido para contemplar, con tranquila arrogancia, lo que estaba haciendo. Jerry entró en el jacal, dejó los regalos en el suelo y se inclinó de nuevo.

—Abalorios brillantes para el jefe —dijo, entregándole dos zafiros en forma de estrella y un gran diamante blanco. El mejor que los ingenieros habían sacado de las ruinas de Nueva York en los últimos diez años.

—Tela para el jefe —dijo, entregándole una pieza de lino y una pieza de lana, hiladas y tejidas en New Hampshire especialmente para aquella ocasión, y transportadas a costa de enormes esfuerzos hasta Nueva York.

—Bonitas baratijas para el jefe —dijo, entregándole un reloj despertador, sólo ligeramente enmohecido, y una hermosa máquina de escribir, que funcionaban gracias a los esfuerzos mancomunados de un grupo de artesanos y otro de ingenieros (estos últimos interpretando los enrevesados documentos antiguos para los artesanos) durante dos meses y medio.

—Armas para el jefe —dijo, entregándole un sable de caballería primorosamente tallado, preciado tesoro que había pertenecido al Jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, el cual había protestado amargamente cuando el Presidente le obligó a entregarlo (“Diablos, señor Presidente, ¿acaso quiere usted que luche contra esos indios con las manos vacías?” “No, Johnny, no es eso lo que quiero, pero estoy seguro de que podrás encontrar otro como éste en poder de alguno de tus más vehementes oficiales jóvenes”).

Tres Bombas de Hidrógeno examinó los regalos, especialmente la máquina de escribir, con cierto interés. Luego los distribuyó solemnemente entre los miembros de su consejo, reservándose únicamente la máquina de escribir y uno de los zafiros. El sable se lo entregó a su hijo.

Generador de Radiaciones golpeó el acero con su uña.

—Poca cosa —afirmó—. Poca cosa. Mister Thomas trajo mejores regalos que éstos de los Estados Confederados de América para la ceremonia de la pubertad de mi hermana. —Dejó caer el sable desdeñosamente al suelo—. Pero, ¿qué puede esperarse de una pandilla de apestosos descamisados de piel blanca que no sirven para nada?

Al oír aquellas palabras, Jerry Franklin se puso rígido. Aquello significaba que tenía que luchar con Generador de Radiaciones… y la perspectiva le asustó tanto que su espalda quedó empapada en un frío sudor. La alternativa era perder todo prestigio ante los Sioux.

“Descamisado” era un vocablo del sistema Natchez y en aquellos días se aplicaba a todos los hombres blancos que trabajaban en las plantaciones o en las factorías al servicio de sus aristocráticos dueños indios. Un “descamisado” era algo peor que un esclavo.

Si alguien dejaba que otro le llamase descamisado y no le mataba… bueno, en tal caso era un descamisado.

—Soy un representante acreditado de los Estados Unidos de América —dijo Jerry lentamente, alzando la voz.—, y el primogénito del Senador de Idaho. Cuando mi padre muera me sentaré en el Senado en su lugar. Soy un hombre que ha nacido libre, que participa en los consejos de su nación, y el que me llame descamisado es un asqueroso embustero.

Ya estaba hecho. Jerry aguardó, mientras Generador de Radiaciones se ponía en pie. Observó con desaliento el musculoso y bien formado cuerpo del joven guerrero. No tendría ninguna posibilidad contra él, en una lucha mano a mano… que era lo que le esperaba.

Generador de Radiaciones recogió la espada del suelo y apuntó con ella a Jerry Franklin.

—Podría ensartarte ahora mismo como a una cebolla —dijo—. O podría luchar contigo a cuchillo y abrirte el vientre en canal. He luchado y he matado Seminolas, he luchado contra los Apaches, incluso he luchado y he matado Comanches. Pero nunca me he ensuciado las manos con la sangre de un rostro pálido, y no voy a hacerlo ahora. Dejo esa puerca tarea a los verdugos de nuestros Estados. Padre, me quedaré fuera hasta que hayan limpiado el jacal.

Arrojó desdeñosamente la espada a los pies de Jerry y se dirigió a la puerta. Antes de atravesarla, se detuvo, y dijo por encima de su hombro:

—¡El primogénito del Senador de Idaho! Idaho ha formado parte de las posesiones de la familia de mi madre durante los últimos cuarenta y cinco años. ¿Cuándo dejarán estos cretinos románticos de jugar y empezarán a vivir en el mundo tal como es ahora?

—¡Este hijo mío! —murmuró el jefe—. Las jóvenes generaciones. ya se sabe… Un poco salvaje, un poco intolerante, desde luego. Pero es un gran muchacho. De veras. Un gran muchacho.

Hizo una seña a los esclavos blancos, los cuales trajeron una especie de baúl cubierto de grandes salpicaduras de color.

Mientras el jefe rebuscaba en el baúl, Jerry Franklin se relajó pulgada a pulgada. Era casi demasiado bueno para ser verdad: ni tenía que luchar contra Generador de Radiaciones, ni había perdido el honor. Las cosas no podían marchar mejor de lo que marchaban.

En cuanto al último comentario de Generador de Radiaciones… bueno, ¿cómo podía esperarse que un indio comprendiera ciertas cosas, como por ejemplo la tradición y la gloria que podían residir siempre en un símbolo? Cuando su padre se puso en pie bajo el cuarteado techo del Madison Square Garden y se encaró con el vicepresidente de los Estados Unidos para decirle: “El pueblo del Estado Soberano de Idaho no ha consentido nunca, y nunca consentirá, pagar un impuesto sobre las patatas. Desde épocas inmemoriales, las patatas han estado asociadas con Idaho, han sido el orgullo de Idaho. La población de Boise dice que no a un impuesto sobre las patatas, la población de Pocatello dice que no a un impuesto sobre las patatas, todos los granjeros de la Gema de la Montaña dicen que no, y mil veces no, a un impuesto sobre las patatas…”, cuando su padre hablaba de ese modo, estaba hablando en nombre de Boise y de Pocatello. No del aplastado Boise ni del asolado Pocatello de hoy, sino de las magníficas ciudades que habían sido en otro tiempo… y de las florecientes granjas del otro lado del Snake River… Y de Sun Valley, Idaho Falls, American Falls, Weiser, Grangeville, Twin Falls…

—No te esperábamos, de modo que no tenemos muchos regalos que ofrecerte —estaba explicándole Tres Bombas de Hidrógeno—. Sin embargo, aquí hay una cosa para ti.

Jerry se quedó con la boca abierta al verla. ¡Era una pistola, una pistola de verdad, completamente nueva! Y una cajita de municiones. Proyectadas y realizadas en una de las fábricas que los Sioux poseían en el Middle West y de las cuales había oído hablar. Pero, ¡tenerla en sus manos, y saber que le pertenecía! Era una Caballo Loco del cuarenta y cinco, y, según todos los informes, muy superior al arma Apache que durante tanto tiempo había predominado en el Oeste: la Gerónimo del treinta y dos. Era la clase de arma que un General del Ejército o un Presidente de los Estados Unidos, nunca esperarían poseer… ¡y era suya!

—No sé cómo… Realmente, yo… yo…

—Está bien, está bien —dijo el jefe en tono condescendiente—. Está bien. Mi hijo no aprobaría este regalo a un rostro pálido, pero para mí los rostros pálidos son personas como las demás… Lo que cuenta es el individuo. Tú pareces un hombre responsable aun siendo un rostro pálido, estoy seguro de que utilizarás la pistola de un modo cuerdo. Ahora, tu mensaje.

Jerry se concentró y abrió la bolsa que colgaba de su cuello. Reverentemente, extrajo el precioso documento y se lo entregó al jefe.

Tres Bombas de Hidrógeno lo leyó rápidamente y lo pasó a sus guerreros. El último en leerlo, Brillante Cubierta de Libro, lo arrugó hasta convertirlo en una bola y lo tiró a los pies del hombre blanco.

—Muy mal escrito —dijo—. “Cambio” está escrito con “v”, y la regla es “b” detrás de “m”. Además, ¿qué tiene que ver con nosotros? Está dirigido al jefe Seminola, Osceola VII, solicitando que ordene a sus guerreros que se marchen de la orilla meridional del río Delaware, o que devuelvan los rehenes que le fueron entregados por el Gobierno de los Estados Unidos como prueba de buena voluntad y de intenciones pacíficas. Nosotros no somos Seminolas: ¿por qué nos lo das a nosotros?

Mientras Jerry Franklin alisaba cuidadosamente el documento y volvía a ponerlo en su bolsa, el embajador de la Confederación, Sylvester Thomas, tomó la palabra.

—Creo que puedo explicarlo —dijo, mirando interrogativamente a unos y a otro—. Si a los caballeros no les importa. Es evidente que el Gobierno de los Estados Unidos se ha enterado de que una tribu india ha cruzado el Delaware por ese punto, y ha supuesto que se trataba de los Seminolas. El último movimiento de los Seminolas, como ustedes recordarán, fue en Filadelfia, obligando una vez más a evacuar la capital y a trasladarla a la ciudad de Nueva York. Ha sido un error natural: las comunicaciones de los Estados Americanos, lo mismo Confederados que Unidos —aquí una breve y diplomática risita—, no han sido tan buenas como cabía esperar en los últimos años. Es evidente que ni este joven ni el gobierno al cual representa tenían la menor idea de que los Sioux habían decidido ganar por la mano a su majestad Osceola VII y cruzar el Delaware por Lambertville.

—Exacto —se apresuró a decir Jerry—. Completamente exacto. Y ahora, como emisario acreditado del presidente de los Estados Unidos, tengo el deber de solicitar formalmente de la nación Sioux que haga honor al tratado firmado hace once años, así como al tratado firmado hace quince —creo que son quince— años, y se retire una vez más detrás de las orillas del río Susquehanna. Debo recordarle que cuando nos retiramos de Pittsburgh, Altoona y Johnstown, juraron ustedes que los Sioux no nos quitarían más terrenos, y nos protegerían en el poco que nos habían dejado. Y estoy seguro de que los Sioux desean ser conocidos como una nación que mantiene sus promesas.

Tres Bombas de Hidrógeno miró interrogativamente los rostros de Brillante Cubierta de Libro y de Polemista Incisivo. Luego se inclinó hacia adelante y colocó sus codos sobre sus cruzadas piernas.

—Hablas bien, joven —comentó—. Tu jefe puede estar satisfecho de ti… Desde luego, los Sioux desean ser conocidos como una nación que hace honor a sus tratados y mantiene sus promesas. Y etcétera, etcétera. Pero tenemos una población en constante crecimiento. Vosotros no tenéis una población en constante crecimiento. Vosotros no necesitáis más tierras. Vosotros no utilizáis la mayor parte del terreno que poseéis. ¿Tenemos que quedarnos cruzados de brazos viendo como se desperdicia la tierra, peor aún, viendo como se apoderan de ella los Seminolas, dueños ya de unos dominios que se extienden desde Filadelfia a Cayo Oeste? Tenéis que ser razonables. Podéis retiraros a… otros lugares. Sois dueños de la mayor parte de Nueva Inglaterra y de una gran parte del Estado de Nueva York. Para vosotros no sería ninguna extorsión renunciar a New Jersey.

A pesar de sí mismo. a pesar de su posición de embajador, Jerry Franklin empezó a aullar. Aquello pasaba de la raya. Una cosa era encogerse de hombros con desaliento en el camino de regreso hacia las ruinas de Nueva York, y otra muy distinta estar allí escuchando todo aquello. No, era demasiado.

—¿A qué más debemos renunciar? ¿A qué otra parte podemos retirarnos? No quedan más que un puñado de millas cuadradas de los Estados Unidos de América, y aún hemos de seguir retirándonos… En la época de mis antepasados, éramos una gran nación. nos extendíamos de océano a océano según cuentan las leyendas de mi pueblo, y ahora estamos amontonados en un rincón de nuestro territorio, hambrientos, enfermos, moribundos y avergonzados. En el Norte, nos vemos empujados por los Ojibways y los Crees; en el Sur, los Seminolas se apoderan de nuestras tierras metro a metro; y en el Este, los Sioux se apoderan de un trozo más de New Jersey, y los Cheyennes cortan otra rebanada de Elmira y de Buffalo. ¿Cuándo terminará esto? ¿A dónde vamos a ir?

El anciano se retorció angustiosamente las manos, y en su voz hubo la misma angustia al decir:

—Es duro. Lo sé; créeme, no niego que es duro. Pero los hechos son los hechos, y los pueblos más débiles siempre salen perdiendo… Ahora, hablemos del resto de tu misión. Si no nos retiramos, como solicitas, exiges la devolución de vuestros rehenes. Me parece razonable. Sin embargo, no consigo recordar que tengamos ningún rehén. ¿Tenemos algún rehén vuestro?

Con la cabeza inclinada y el cuerpo exhausto, Jerry murmuró en tono avergonzado:

—Sí. Todas las naciones indias que limitan con nosotros tienen rehenes nuestros. Como prueba de nuestra buena voluntad y de lo pacífico de nuestras intenciones.

Brillante Cubierta de Libro chasqueó los dedos.

—Aquella muchacha. Sarah Cameron… o Canton… o cómo se llame.

Jerry alzó la mirada.

—¿Calvin? —preguntó—. ¿No será Calvin? ¿Sarah Calvin? ¿La hija del presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos?

—Sarah Calvin. Eso es. Lleva con nosotros unos cinco o seis años. ¿La recuerda, jefe? Es la muchacha a la cual su hijo ha estado rondando.

Tres Bombas de Hidrógeno pareció sorprendido.

—¿Ella es el rehén? Creí que era una muchacha blanca que se había traído de sus plantaciones de Ohio. Bien, bien, bien. Generador de Radiaciones responde al viejo refrán: de tal palo tal astilla, no cabe duda. —Se puso repentinamente serio—. Pero la muchacha no querrá marcharse. Preferirá quedarse con nosotros. Y, además, cree que mi hijo se casará algún día con ella. O algo por el estilo.

Miró fijamente a Jerry Franklin.

—Un asunto muy difícil, hijo mío. ¿Por qué no esperas fuera mientras nosotros lo discutimos? Y llévate el sable. No lo dejes aquí. Por lo visto, mi hijo no lo quiere.

Jerry se inclinó a recoger el sable y salió del jacal con expresión de desaliento.

Sin prestar demasiada atención, vio al grupo de guerreros Sioux que rodeaba a Sam Rutherford y a sus caballos. Luego, el grupo se separó por un momento, y vio a Sam con una botella en la mano. ¡Tequila! El muy imbécil había aceptado tequila de los indios… estaba borracho como una cuba.

¿No sabía que los hombres blancos no podían beber, que no resistían la bebida? A pesar de cultivar hasta la última pulgada de las tierras de que disponían, los alimentos obtenidos eran insuficientes y todos se encontraban al borde de la depauperación. En su economía no cabían lujos tales como las bebidas alcohólicas. Ningún hombre blanco, en el transcurso de toda su vida, llegaba a beberse un vaso de alcohol. Darle a uno de ellos una botella entera significaba convertirle en un pingajo humano.

Sam era un pingajo humano en aquellos momentos. Andaba de un lado para otro, haciendo eses, empuñando la botella por el gollete y blandiéndola estúpidamente. Los Sioux se reían a carcajadas, dándose mutuamente golpecitos en la espalda y señalando a Sam. Este acabó vomitando sobre los harapos que cubrían su pecho y su vientre trató de echar otro trago, y cayó de espaldas. La botella siguió vertiéndose sobre su rostro hasta que quedó vacía. Sam empezó a roncar como un cerdo. Los Sioux sacudieron sus cabezas, haciendo muecas de disgusto, y se alejaron de allí.

Jerry sintió que la pena desgarraba su corazón. ¿A dónde podían ir? ¿Qué podían hacer? Y al fin y al cabo, ¿qué importaba? Tal vez sería preferible estar tan borracho como Sam. Al menos, no sentiría nada.

Miró el sable que llevaba en una mano, la brillante pistola nueva que llevaba en la otra. Lógicamente, debería tirarlas. ¿No era ridículo, si se pensaba un poco en ello, no era patético… un hombre blanco armado?

Sylvester Thomas salió de la tienda.

—Tenga preparados sus caballos, mi querido señor —susurró—. Esté dispuesto para salir corriendo en cuanto yo regrese. ¡Deprisa!

El joven se acercó a los caballos y siguió aquellas instrucciones… simplemente porque no sabía qué otra cosa hacer. Salir corriendo, ¿para dónde? ¿Para qué?

Levantó a Sam Rutherford y lo ató a su caballo. ¿Regresar a casa? ¿Regresar a la grande, a la poderosa, a la respetada capital de lo que en otro tiempo habían sido los Estados Unidos de América?

Thomas regresó con una muchacha que luchaba ferozmente por soltarse del Embajador de la Confederación. Llevaba un lujoso vestido, como el de una princesa india. Su pelo estaba peinado a la moda de las mujeres Sioux. Y su rostro había sido cuidadosamente teñido con algún producto destinado a oscurecer la piel.

Sarah Calvin. La hija del presidente del Tribunal Supremo. Entre Thomas y Jerry, la ataron al caballo de carga.

—Ha sido cosa del jefe Tres Bombas de Hidrógeno —explicó el negro—. Le disgusta que su hijo ande rondando tanto alrededor de las mujeres blancas. Quiere quitar a ésta de en medio. El muchacho debe sentar la cabeza, prepararse para las responsabilidades del mando. Esto puede ayudarle a conseguirlo. Y, escuche, al anciano le gusta usted. Me ha encargado que le dijera una cosa.

—Muchas gracias. Agradezco todos los favores, por insignificantes que sean, por humillantes que sean.

Sylvester Thomas sacudió la cabeza perentoriamente.

—Deje la amargura a un lado, joven. Si quiere salir adelante, tiene que estar muy alerta. Y no se puede estar amargado y alerta al mismo tiempo… El jefe me ha encargado que le advierta para que no regrese a su casa. No podía decírselo claramente en el consejo, pero el motivo de que los Sioux hayan cruzado el Delaware no tiene nada que ver con los Seminolas. El motivo es la situación creada en el Norte por los Ojibways y los Crees. Han decidido ocupar la costa oriental… que incluye lo que ha quedado del país de usted. En estos momentos, probablemente estarán en Yonkers o en el Bronx, en plena ciudad de Nueva York. Dentro de unas horas, su gobierno habrá dejado de existir. El jefe tuvo noticias de ese proyecto, y creyó necesario que los Sioux establecieran una especie de cabeza de puente en la costa, antes de que la nueva situación quedara definitivamente establecida. Al ocupar New Jersey, trata de evitar que los Ojibways y los Seminolas lleguen a unirse. Pero al jefe le ha sido usted simpático, como ya le he dicho, y desea advertirle para que no regrese a su casa.

—Estupendo. Pero, ¿a dónde voy a ir? ¿A esconderme en una nube? ¿A tirarme a un pozo?

—No —respondió Thomas, muy serio. Ayudó a montar a Jerry—. Puede usted venir conmigo a la Confederación… —Hizo una pausa, y cuando vio que la hosca expresión del rostro de Jerry no cambiaba, continuó—: Bueno, en tal caso, puedo sugerirle —y éste es un consejo mío, no del jefe— que se dirija directamente a Ashbury Park. No está muy lejos… y puede llegar a tiempo si no se entretiene por el camino. Según los informes que he podido recoger, hay allí varias unidades de la Marina de los Estados Unidos, la Décima Flota, para ser más exacto.

—Dígame —preguntó Jerry, inclinándose sobre su montura—, ¿ha oído usted alguna otra noticia? ¿Algo respecto al resto del mundo? ¿Qué ha sido de los ruskis, o de los sovietskis, o cómo se llamaran? Los que lucharon contra los Estados Unidos hace muchísimos años.

—Según los informes que posee el jefe, los rusos soviéticos tienen muchas dificultades con una gente llamada Tártaros. Creo que les llaman Tártaros. Pero, no se entretenga más, joven. Ya tendría que estar usted en camino.

Jerry se inclinó un poco y estrechó la mano del embajador.

—Gracias —dijo—. Le agradezco muchísimo todas las molestias que se ha tomado por mí.

—No vale la pena hablar de ello —replicó mister Thomas—. Después de todo, no debemos olvidar que en otra época formamos parte de la misma nación…

Jerry espoleó a su caballo, llevando a los otros dos de la brida. Puso al animal al trote, limitándose a las precauciones que el estado de la carretera hacía imprescindibles. Cuando llegaron a la carretera 33, Sam Rutherford, aunque no despejado del todo, se sintió capaz de mantenerse sobre la silla. Entonces pudieron desatar a Sarah Calvin y obligarla a cabalgar entre los dos.

La muchacha lloró y les insultó.

—¡Sucios rostros pálidos! ¡Estúpidos, asquerosos blancos! ¡Soy una india! ¿Es que no lo ven? Mi piel no es blanca… ¡Es oscura, oscura!

Siguieron cabalgando.

Asbury Park estaba lleno de confusión y de refugiados. Había refugiados del Norte, de Perth Amboy, de Newark… Había refugiados de Princeton, en el Oeste, que habían huido ante la invasión Sioux. Y refugiados del Sur, de Atlantic City —incluso del lejano Camden—, y otros refugiados que hablaban de un repentino ataque Seminola, de una tentativa para copar los ejércitos de Tres Bombas de Hidrógeno.

Los tres caballos fueron objeto de miradas envidiosas, a pesar de su estado de agotamiento. Representaban alimento para los hambrientos y el medio de transporte más rápido posible para los miedosos. Jerry descubrió que el sable era muy útil. Y la pistola lo era todavía más: sólo necesitaba exhibirla. Pocas de aquellas personas habían visto una pistola en acción: tenían un supersticioso temor a las armas de fuego…

Una vez descubierto este hecho, Jerry mantuvo la pistola muy visible en su mano derecha cuando se dirigió a la Base Naval de los Estados Unidos en la playa de Asbury Park. Sam Rutherford iba a su lado; Sarah Calvin andaba detrás de ellos, sollozando.

Se hizo anunciar al almirante Milton Chester. El hijo del Subsecretario de Estado. La hija del presidente del Tribunal Supremo. El primogénito del Senador de Idaho.

El almirante les recibió inmediatamente.

—¿Reconoce usted la autoridad de este documento?

El almirante Chester leyó atentamente la arrugada credencial, deletreando en voz alta las palabras más difíciles. Al terminar la lectura movió la cabeza respetuosamente, mirando primero el sello de los Estados Unidos en el documento que tenía ante sus ojos. Y luego la brillante pistola que Jerry sostenía en su mano.

—Sí —dijo finalmente—. Reconozco su autoridad. ¿Es una pistola de verdad?

Jerry asintió.

—Una Caballo Loco del cuarenta y cinco. El último modelo. ¿Hasta qué punto conoce la autoridad del documento?

El almirante se frotó nerviosamente las manos.

—Las cosas están muy confusas —dijo—. Las últimas noticias que me han llegado afirman que hay guerreros Ojibways en Manhattan… y que no existe ya el gobierno de los Estados Unidos. Sin embargo, esto —se inclinó sobre el documento una vez más—, esto es una credencial firmada por el propio Presidente, nombrándole a usted plenipotenciario. Ante los Seminolas, desde luego. Pero plenipotenciario. El último nombramiento oficial, si no estoy mal informado, del Presidente de los Estados Unidos de América.

Dio un paso hacia adelante y tocó la pistola que empuñaba Jerry Franklin, con un gesto de curiosidad y de interrogación al mismo tiempo. Inclinó afirmativamente la cabeza, como si acabara de llegar a una conclusión. Irguiéndose, saludó militarmente a Jerry.

—A partir de este momento, le reconozco a usted como a la última autoridad legal del gobierno de los Estados Unidos. Y pongo mi flota a su disposición.

—Bien —Jerry se colocó la pistola en el cinto. Señaló con el sable—. ¿Tiene usted provisiones y agua suficientes para un largo viaje?

—No, señor —dijo el almirante Chester—. Pero esto puede quedar arreglado en unas horas. ¿Le acompaño a bordo, señor?

Señaló orgullosamente hacia la playa donde, más allá del promontorio, estaban ancladas las tres goletas de cuarenta y cinco pies de eslora.

—La Décima Flota de los Estados Unidos, señor. Esperando sus órdenes.

Horas más tarde, cuando los tres veleros se habían hecho a la mar, el almirante se presentó en el camarote donde descansaba Jerry Franklin. Sam Rutherford y Sarah Calvin estaban durmiendo en las literas superiores.

—¿Sus órdenes, señor?

Jerry Franklin se asomó a la puerta del camarote y contempló las remendadas velas, completamente desplegadas.

—Rumbo Este —dijo.

—¿Este, señor? ¿Ha dicho usted Este?

—Sí, he dicho rumbo Este.. Hacia las fabulosas tierras de Europa. Hacia un lugar donde un hombre blanco pueda mantenerse en pie sobre sus propias piernas. Donde no tenga que temer ninguna clase de persecución. Donde no corra peligro de caer en la esclavitud. ¡Rumbo al Este, almirante, hasta que descubramos un nuevo mundo… un mundo de libertad!

 

 

 

Una Marciana Tonta

John Wyndham

 

 

Cuando Duncan Weaver compró a Lellie… No, plantearlo de este modo podría resultar inconveniente. Cuando Duncan Weaver pagó a los padres de Lellie mil libras como compensación por la pérdida de los servicios de la muchacha, había pensado pagar seiscientas, o, en caso absolutamente necesario, setecientas libras.

En Port Clarke, todas las personas a las cuales había consultado le aseguraron que no tendría que pagar más de seiscientas libras. Pero la cosa no resultó tan sencilla como parecían creer en Port Clarke. Las tres primeras familias marcianas con las que había establecido contacto no se mostraron dispuestas a vender a sus hijas a ningún precio; la siguiente, pidió 1.500 libras y no rebajó ni un céntimo; los padres de Lellie empezaron pidiendo también 1.500 libras, pero acabaron por rebajar la cifra a 1.000, cuando vieron que Duncan no estaba dispuesto a dejarse esquilmar. Cuando Duncan, de regreso a Port Clarke con la muchacha, echó sus cuentas, no le pareció haber hecho un mal negocio, después de todo. Su contrato tenía una duración de cinco años, lo cual significaba que Lellie iba a costarle 200 libras anuales, en el peor de los casos: es decir, suponiendo que no consiguiera venderla por 400 libras, o incluso por quinientas, cuando regresara. Visto así, no estaba mal del todo.

Una vez en la ciudad, fue a explicarle la situación y a dejar arregladas las cosas con el agente de la Compañía.

—Mire —le dijo—, creo que usted ya conoce las condiciones estipuladas en el contrato de cinco años que firmé para ocupar el puesto de superintendente de la estación de carga de Júpiter IV/II. La nave que ha de conducirme allí viajará de vacío, puesto que va a recoger una carga. ¿Podría contar con un segundo pasaje en ella?

Había tenido la precaución de averiguar que la Compañía solía conceder una plaza extra en circunstancias como las suyas, aunque no estaba obligada a hacerlo.

El agente de la Compañía no se sorprendió lo más mínimo.

Después de consultar algunas listas, dijo que no había inconveniente en conceder la plaza para otro pasajero. Explicó que la Compañía estaba acostumbrada a aquellos casos, y que suministraba la ración suplementaria de víveres para una persona, al precio de 200 libras anuales, a descontar del salario.

—¿Cómo? ¿Mil libras? —exclamó Duncan.

—Es un precio de favor, créame —dijo el agente—. A la Compañía no le importa facilitar las raciones a un precio ridículamente bajo, si con ello da a un empleado suyo la oportunidad de pasarlo mejor. Y, desde el punto de vista de la conveniencia de usted, le aseguro que mil libras no es un precio elevado si le permiten combatir la soledad. Cinco años es un período de tiempo muy largo, y una estación de carga es un lugar muy aburrido.

De momento, Duncan discutió un poco, pero el agente no tardó en convencerle. Aquello significaba que el precio de Lellie aumentaba de 200 a 400 libras por año. Sin embargo, con su sueldo de cinco mil libras anuales, libres de impuestos, sin posibilidad de gastar ni una sola de ellas en Júpiter IV/II, al cabo de los cinco años se encontraría con una buena suma ahorrada. De modo que dio su asentimiento.

—Magnífico —dijo el agente—. Ahora, lo único que necesita es un permiso de embarque para la muchacha, cosa que le concederán automáticamente al presentar su certificado de matrimonio.

Duncan abrió unos ojos como platos.

—¿Certificado de matrimonio? ¿Yo? ¿Casarme yo con una marciana?

El agente sacudió la cabeza con aire de reproche.

—Sin él, no le darán el permiso de embarque. Ya sabe, las normas antiesclavistas. Podrían creer que quiere usted vender a la muchacha… o incluso pensar que la había comprado.

—¿Quién, yo? —exclamó Duncan, en tono indignado.

—¿Por qué no? —dijo el agente—. Una licencia de matrimonio sólo le costará otras diez libras… a no ser que haya dejado otra esposa en su casa. De ser así, le costaría un poco más caro, a su regreso.

Duncan sacudió la cabeza.

—No tengo ninguna esposa —afirmó.

—Uh-uh —dijo el agente, sin creerlo ni dejarlo de creer—. Entonces, ¿qué inconveniente hay?

Duncan regresó un par de días más tarde, con el certificado y el permiso. El agente los examinó.

—Están en regla —dijo—. Confirmaré el embarque. Mis honorarios son cien libras.

—¿Sus honorarios? ¿A santo de qué?

—Digamos por… salvaguardar su inversión —dijo el agente.

El hombre que le había extendido el permiso de embarque le exigió también cien libras.

Duncan no mencionó el hecho ahora, pero dijo, con amargura:

—Una marciana tonta me va a costar un montón de dinero.

—¿Tonta? —dijo el agente, mirándole.

—Esos marcianos ni siquiera saben por qué están en el mundo.

—Hum… —murmuró el agente—. Usted no ha vivido nunca aquí, ¿verdad?

—No —admitió Duncan—. Pero he estado aquí unas cuantas veces.

El agente asintió.

—Actúan como tontos, y la forma de sus acciones les hace parecer tontos —dijo—, pero fueron un pueblo extraordinariamente listo.

—De eso debe hacer mucho tiempo.

—Mucho antes de que nosotros llegáramos aquí tenían motivos más que sobrados para dedicarse a pensar. Su planeta se estaba muriendo, y al parecer estaban contentos de morir con él.

—Bueno, a eso le llamo yo ser tonto. ¿No se están muriendo todos los planetas, acaso?

—¿No ha visto nunca a un anciano sentado al sol, tomándoselo con calma? Esto no quiere decir que sea un estúpido. Si fuera absolutamente necesario, es probable que pusiera de nuevo su mente en funcionamiento. Pero, la mayoría de las veces, el anciano considera que no vale la pena de preocuparse. Es más cómodo dejar que las cosas sigan su curso.

—Bueno, mi marciana tiene sólo veinte años —unos diez años y medio de acuerdo con el calendario de Marte—, y desde luego deja que las cosas sigan su curso. Cuando una muchacha no sabe qué hacer en su propia ceremonia de boda, es tonta de remate, se lo digo yo.

Y luego, como remate de todo, fue necesario invertir otras cien libras en vestidos y otras cosas para ella, con lo cual el importe total ascendió a 2.310 libras. Era una suma que no hubiera resultado exagerada de haberse tratado de una muchacha realmente atractiva. Pero, Lellie… Bueno, ya estaba hecho. Una vez efectuado el primer pago, había que hacer frente a los otros gastos… o resignarse a perder la primera inversión. Y, de todos modos. en una solitaria estación de carga, Lellie le haría compañía…

 

El primer oficial llamó a Duncan al cuarto de navegación para que echara una mirada a su futuro hogar.

—Allí está —dijo, señalando con la mano a un punto visible desde la mirilla de observación.

Duncan miró hacia abajo. Pero no vio más que una masa rocosa, que giraba lentamente.

—¿Qué extensión tiene? —preguntó.

—Unas cuarenta millas de diámetro.

—¿Qué tal anda de gravedad?

—Es muy escasa, por no decir inexistente.

—Uh-uh —dijo Ducan.

En su camino de regreso a la camareta, Duncan se detuvo junto a la cabina y asomó la cabeza. Lellie estaba tendida en su camastro, con la manta doblada encima de ella para tener una sensación de peso. Al ver a Duncan, se incorporó sobre un codo.

Era bajita: poco más de cinco pies. Su cara y sus manos eran muy delicadas; tenían una fragilidad que no era simple producto de una deficiente estructura ósea. Para un terrestre, sus ojos resultaban anormalmente redondos, confiriéndole una perpetua expresión de ingenuidad sorprendida. Los lóbulos de sus orejas colgaban muy bajos, surgiendo de una gran mata de pelo castaño, con tonalidades rojizas. La palidez de su cutis resaltaba más por contraste con el rubor de sus mejillas y el intenso rojo de sus labios.

—¡Eh! —dijo Duncan—. Ya puedes empezar a empaquetar las cosas.

—¿Empaquetar? —repitió Lellie, perpleja, con una voz que resonaba de un modo muy curioso.

—Claro. Empaquetar —asintió Duncan.

Hizo una pequeña demostración: abrió una maleta, metió algunas ropas y agitó una mano señalando otras prendas y el interior de la maleta, sucesivamente. La expresión de Lellie no cambió, pero captó la idea.

—¿Hemos llegado? —preguntó.

—Estamos llegando —le informó Duncan—. De modo que date un poco de prisa.

—Zí… muy bien —dijo Lellie, y empezó a desenganchar la manta.

Duncan cerró la puerta y se dirigió hacia la camareta general.

En el interior de la cabina, Lellie apartó la manta a un lado. A continuación se inclinó cautamente a recoger un par de suelas metálicas y las ató a sus zapatillas. Con las mismas precauciones, y agarrándose al camastro, deslizó los pies a un lado y fue bajándolos hasta que las suelas magnéticas produjeron un chasquido al establecer contacto con el suelo. Lellie se puso en pie, más confiadamente. El buzo de color pardo que llevaba ponía de relieve unas formas que tal vez fueran admiradas entre los marcianos, pero que no correspondían en absoluto al patrón terrestre. Dicen que a consecuencia de la tenuidad de la atmósfera de Marte, sus habitantes poseen una mayor capacidad pulmonar, con la consiguiente modificación física. Todavía insegura por los efectos de la ingravidez, Lellie arrastró los pies para no perder contacto con el suelo mientras cruzaba la cabina. Se detuvo unos instantes delante de un espejo colgado en la pared, contemplando su imagen. Luego dio media vuelta y se dedicó a empaquetar las cosas.

 

—…Un lugar infernal para llevar una mujer —estaba diciendo Wishart, el cocinero de la nave, cuando entró Duncan.

A Duncan le tenía sin cuidado la opinión de Wishart. No podía olvidar que, cuando se le ocurrió lo conveniente que sería que Lellie tomara algunas lecciones de cocina, Wishart se había negado a dárselas por menos de 50 libras, aumentando de este modo el precio total de coste a 2.360 libras. Sin embargo, su temperamento no le permitió fingir que no había oído aquellas palabras.

—Un lugar infernal para ir a trabajar —dijo secamente.

Nadie replicó. Sabían las condiciones en que se encontraba un hombre cuando le era ofrecida una de aquellas plazas.

Tal como la Compañía subrayaba con frecuencia, la jubilación a la edad de cuarenta años no podía representar ningún problema para sus empleados: los sueldos eran excelentes, y podían citar numerosos casos de hombres que se habían labrado un brillante porvenir con los ahorros que habían hecho en su época de servicios espaciales. Esto era completamente cierto para los hombres que habían ahorrado, y no habían estado obsesivamente interesados en el hecho de que un animal de cuatro patas puede correr más rápidamente que otro. Lo cierto es que cuando a Duncan le llegó el momento del retiro no tenía dónde caerse muerto, y aceptó la oferta de la Compañía.

Nunca había estado en Júpiter IV/II, pero no le era difícil imaginar cómo sería; sabía que era la segunda luna de Callisto; una cuarta luna, en orden de descubrimiento, de Júpiter; sería, inevitablemente, uno de los peores tipos de roca cósmica. Duncan firmó el contrato en las condiciones habituales: 5.000 libras al año por un período de cinco, más la manutención, más cinco meses a media paga antes de que pudiera llegar allí, más seis meses, también a media paga, una vez finalizado el contrato, en concepto de «readaptación a la gravedad».

Bueno… esto significaba renunciar a los próximos seis años; cinco de ellos sin gastos, y una bonita suma ahorrada al final de ellos.

El problema consistía en resistir cinco años de aislamiento sin volverse loco. Aunque los psicólogos le dieran el visto bueno, uno no podía estar seguro. Algunos lo resistían: otros quedaban hechos polvo en unos cuantos meses, y tenían que ser relevados. Si se resisten los dos primeros años, decían, se aguantan perfectamente los cinco. Pero el único modo de saber si se resistían los dos primeros, era probándolo…

—¿Podría pasar el tiempo de espera en Marte? —inquirió Duncan—. La vida es allí mucho más barata.

Habían consultado tablas planetarias y horarios y catálogos de navegación, y descubrieron que también para ellos resultaría más barato. De modo que le habían sacado un pasaje para la semana siguiente, y arreglaron las cosas para que pudiera obtener del agente de la Compañía establecido allí, todo lo que necesitara, a crédito.

En la colonia marciana de Port Clarke abundan los navegantes del espacio que prefieren pasar allí las épocas de readaptación, debido a la menor gravedad, a la mayor economía, y, en general, a las facilidades que encuentran. Son hombres siempre dispuestos a dar un consejo. Duncan los escuchó, pero descartó la mayoría de ellos. Conservar la salud mental a base de aprenderse de memoria la Biblia o las obras de Shakespeare, o de copiar tres páginas de la enciclopedia cada día, o de construir modelos de naves espaciales metidos dentro de una botella, le parecieron métodos no solamente aburridos, sino también ineficaces. El único consejo al que prestó oídos fue al de que comprara una muchacha para que compartiera su exilio, y seguía pareciéndole un consejo excelente, a pesar de que Lellie le había costado ya 2.360 libras.

Conocía lo suficientemente la opinión general que merecía aquel hecho como para no replicarle a Wishart de un modo desabrido. Por lo tanto, contemporizó:

—Tal vez un lugar así no sea el más indicado para llevar a una verdadera mujer. Pero, tratándose de una marciana…

—Incluso una marciana… —empezó Wishart, pero se interrumpió al ver que los tubos de amortiguamiento empezaban a funcionar.

La conversación cesó mientras todo el mundo se dedicaba a la tarea de afianzar los objetos sueltos.

 

Júpiter IV/II era, por definición, una subluna, y probablemente un asteroide capturado. La superficie no estaba surcada de cráteres, como la de la Luna: era simplemente una extensión de rocas dentadas y hundidas. En conjunto, el satélite tenía la forma de un ovoide irregular; era un desolado bloque de piedras desprendido de algún desaparecido planeta, sin más ventaja que la de su situación.

Tenían que existir estaciones de carga intermedias. Construir grandes naves capaces de aterrizar en los mayores planetas resultaría antieconómico. Hacía mucho tiempo que no se construían naves destinadas a soportar las intensas presiones de una elevada gravitación: las naves modernas eran verdaderas naves espaciales. Realizaban sus viajes, llevando combustible, víveres, carga y pasajeros, exclusivamente entre satélites. Los tipos más nuevos no llegaban ni siquiera a la Luna, sino que utilizaban el satélite artificial, Pseudos, como estación terminal desde la Tierra.

El transporte entre las estaciones de carga y los puntos de destino suele efectuarse en una especie de cilindros conocidos con el nombre de canastas; los pasajeros, a su vez, viajan en pequeñas naves-cohete. Estaciones tales como Pseudos, o Daimos, la principal estación de carga de Marte, desarrollan una actividad que mantiene ocupados a un gran número de hombres, pero en las estaciones de poca importancia un hombre solo puede realizar todo el trabajo. Las naves las visitan con muy poca frecuencia. En lo que respecta a Júpiter IV/II, según los informes que poseía Duncan, sólo aterrizaba allí una nave cada ocho o nueve meses, procedente de la Tierra.

La nave continuó descendiendo en espiral, adaptando su velocidad a la del satélite. Los giroscopios empezaron a funcionar, actuando de elementos estabilizadores. El pequeño y desolado mundo creció hasta llenar las mirillas de observación. La nave se movía en una órbita muy cerrada. Millas y millas de rocas informes se deslizaron monótonamente debajo de ella.

La estación apareció a la izquierda de la pantalla; una zona de unos cuantos acres, toscamente aplanada; la primera y única señal de orden en el caos de piedra. En el extremo más apartado había un par de cabañas hemisféricas, una mucho mayor que la otra. En el extremo más próximo, unas cuantas canastas cilíndricas estaban alineadas junto a una rampa de lanzamiento labrada en la roca, había largas hileras de recipientes de lona, algunos llenos de un material de forma cónica, otros deshinchados, vacíos o semivacíos. Un enorme espejo parabólico se erguía en lo alto de una roca detrás de la estación, como una monstruosa flor. Y en todo el escenario no había más que una señal de movimiento: una diminuta figura enfundada en un traje espacial, en frente de la mayor de las cabañas, agitando frenéticamente los brazos en dirección a la nave.

Duncan se apartó de la pantalla y regresó a la cabina. Encontró a Lellie luchando con una enorme maleta que, bajo la influencia de la deceleración parecía dispuesta a aplastarla contra la pared. Duncan empujó la maleta a un lado y tiró de la muchacha hacia sí.

—Ya estamos llegando —le dijo—. Ponte el traje espacial.

Los redondos ojos de Lellie dejaron de prestar atención a la maleta y se volvieron hacia él. Pero no revelaron nada de lo que sentía, nada de lo que pensaba.

Dijo, simplemente:

—Traje ezpazial. Zí… muy bien.

 

En la cámara de descompresión de la cabaña, el superintendente que debía ser relevado por Duncan prestó más atención a Lellie que al disco regulador. Sabía por experiencia el giro exacto que debía darle, y lo giró sin mirar siquiera la saeta indicadora.

—Ojalá se me hubiese ocurrido a mí traerme una —dijo—. Me hubiera sido muy útil.

Abrió la puerta interior y les invitó a pasar.

—Esta es su casa. Bienvenidos a ella —dijo.

La habitación principal tenía una forma sumamente irregular a causa de la construcción en cúpula de la cabaña, pero era muy espaciosa. Estaba sumamente desarrollada y excesivamente sucia.

—¿Para qué iba a limpiarla? No esperaba recibir ninguna visita —explicó el superintendente saliente. Miró a Lellie. El rostro de la muchacha no expresaba en absoluto lo que pensaba del lugar—. Estos marcianos no se sabe nunca lo qué piensan —añadió—. No parecen captar ninguna impresión.

Duncan asintió:

—Creo que ésta se quedó asombrada al ver que había nacido, y todavía no se ha repuesto de la sorpresa.

El otro hombre siguió mirando a Lellie. Sus ojos se desviaron de ella hacia un conjunto mental de bellezas terrestres, y regresaron de nuevo.

—Estas marcianas tienen unas formas muy raras —murmuró.

—Esta estaba considerada como bastante guapa en el lugar de donde procede —dijo Duncan, un poco secamente.

—Desde luego, desde luego. No se ofenda, compañero. Creo que todas las mujeres van a parecerme raras después de la temporada que he pasado aquí. —Cambió de tema—: Será mejor que les enseñe todo esto.

Duncan hizo una seña a Lellie para que abriera la mirilla de su casco de modo que pudiera oírle, y luego le dijo que se quitara el traje espacial.

La cabaña era del tipo habitual: piso doble, paredes dobles, con un espacio aislado entre los dos; construida de un solo cuerpo, y fijada a la roca por medio de estacas de acero. La vivienda contaba con tres habitaciones más, dispuestas para albergar a más personal en caso de que aumentara el tránsito de la estación.

—El resto —explicó el superintendente saliente— son los almacenes de la estación, y contienen principalmente víveres, cilindros de aire, repuestos de todas clases, y agua. Tendrá que decirle a la muchacha que vaya con cuidado con el agua; la mayoría de las mujeres parecen creer que el agua nace de un modo natural en las barricas.

Duncan sacudió la cabeza.

—Esto no cuenta para los marcianos. La vida en los desiertos les infunde un respeto natural hacia el agua.

El otro hombre cogió un puñado de formularios.

—Son las entradas y salidas de almacén. Las comprobaremos y firmaremos después. La única carga, ahora, son tierras metalíferas raras. Callisto no ha sido abierto todavía al tráfico. El manejo de todo esto es muy sencillo. Cuando haya una canasta en camino le avisarán a usted: tiene que limitarse a mantener en funcionamiento el poste de señales de radio, para evitar que se despisten. En el despacho de mercancías no puede equivocarse si se atiene a las tablas. —Miró a su alrededor—. Todas las comodidades hogareñas ¿Lee usted? Hay una enorme cantidad de libros…

Señaló con la mano las hileras de volúmenes que cubrían la mitad de la pared interior de separación.

Duncan dijo que nunca había sido demasiado aficionado a la lectura.

—Bueno, ayuda mucho —dijo el otro—. Hay obras de todas clases. Y aquí están los discos. ¿Es usted aficionado a la música?

Duncan dijo que le gustaba escuchar una buena canción.

—Hum… Será mejor que se dedique a oír otra clase música. Las canciones se le meten a uno en la cabeza y ponen melancólico. ¿Juega al ajedrez?. —Señaló un tablero, con las piezas terminadas en una clavija que se adaptaba a una muesca labrada en los cuadros.

Duncan sacudió negativamente la cabeza.

—Lástima. Hay un chico en Callisto que juega bastante bien. Ahora está disgustado porque no podremos terminar la partida. Claro que si yo hubiera pensado en hacer lo que hecho usted, no me hubiese preocupado del ajedrez. —Miró de nuevo a Lellie—. ¿Qué imagina que va a hacer aquí la muchacha, además de cocinar y de distraerle a usted? —preguntó.

Era una pregunta que no se le había ocurrido hacerse a Duncan, pero se encogió de hombros.

—¡Oh! No creo que se aburra. Los marcianos son estúpidos por naturaleza. Se pasan horas y horas sentados, sin hacer absolutamente nada. Es un don que poseen.

—Aquí le será de mucha utilidad, desde luego —dijo el otro hombre.

Empezaron las tareas normales subsiguientes a la llegada de una nave. Descargaron las cajas, y cargaron las tierras metalíferas. Una pequeña nave-cohete llegó a Callisto transportando un par de buscadores de metales cuyo plazo de exploración había terminado, y se marchó de nuevo con los dos hombres que iban a reemplazarles. Los ingenieros de la nave revisaron la maquinaria de la estación, hicieron algunas reparaciones, llenaron los tanques de agua, cargaron los cilindros de aire vacíos, comprobaron y volvieron a comprobar antes de dar su visto bueno final.

Duncan salió al exterior de la cabaña, en el mismo lugar donde no hacía mucho su predecesor les había hecho objeto de una frenética bienvenida, para contemplar la partida de la nave. La mole metálica ascendió en línea recta, empujada suavemente por sus reactores. Luego describió una elíptica, brillando contra el negro cielo. Los turborreactores empezaron a soltar un chorro de fuego blanco de bordes rosados. Rápidamente, la nave adquirió velocidad. Al cabo de unos instantes se había convertido en un puntito apenas visible en la línea del horizonte.

Súbitamente, Duncan experimentó la sensación de que también él se había convertido en un diminuto punto sobre una desolada masa de rocas, que a su vez era un puntito en la inmensidad. El indiferente cielo encima de él no tenía perspectiva alguna. Era una bóveda completamente negra en la cual ardían perpetuamente, sin motivo ni propósito, su sol materno y una miríada de otros soles.

Las rocas del propio satélite, irguiéndose en sus ásperas crestas y riscos, no tenían tampoco perspectiva. Duncan no podía decir sí estaban muy cerca o muy lejos; ni siquiera podía describir su verdadera forma, ya que las sombras se confundían con las rocas. Ni en la Tierra, ni en Marte, había nada que pudiera compararse con ellas. Sus bordes, no desgastados por el tiempo, estaban tan afilados como la hoja de una espada: habían sido tan afilados como ahora durante millones de millones de años, y continuarían siéndolo mientras existiera el satélite.

Los inmutables millones de años parecían extenderse delante y detrás de él. No era sólo él mismo, sino toda la vida la que era un punto diminuto, un incidente transitorio, completamente sin importancia para el universo. La realidad no era más que unos globos de fuego y unas masas de piedra girando, girando insensiblemente a través del vacío, a través del tiempo inimaginable, siempre, siempre, siempre…

En el interior de su calefactado traje espacial, Duncan tembló ligeramente. Hasta entonces, nunca había estado tan solo; nunca había tenido tal conciencia de la vista, insensible, e inútil soledad del espacio. Mirando a través de la oscuridad, la luz que una estrella había dejado brillando en sus ojos hacía un millón de años, se interrogó a sí mismo.

«¿Por qué? —se preguntó—. ¿Cuál es la trama de todo esto?»

El sonido de su propia pregunta sin respuesta posible interrumpió sus reflexiones. Sacudió la cabeza como para apartar de su cerebro aquellas especulaciones sin sentido. Volvió la espalda al universo, dejándolo nuevamente reducido a su verdadera categoría, la de un telón de fondo para la vida en general y para la vida humana en particular, y penetró en la cámara reguladora de la presión.

 

El trabajo, tal como le había indicado su predecesor, era sencillo. Duncan establecía contacto por radio con Callistos en los plazos fijados de antemano. Habitualmente, aquellos contactos no eran más que una comprobación rutinaria de que proseguía la mutua existencia, con algún ocasional comentario sobre las noticias radiofónicas. Muy de tarde en tarde le anunciaban que había una canasta en camino, a fin de que Conectara el poste de señales de radio. Luego, a su debido tiempo, hacía su aparición la canasta, descendiendo lentamente. Descargarla y cargarla era un juego de niños.

Los días del satélite eran demasiado cortos, y sus noches, iluminadas por Callisto, y a veces también por Júpiter, eran casi tan brillantes como el día; de modo que Duncan se regía por el reloj-calendario que señalaba la hora terrestre de acuerdo con el meridiano de Greenwich. Al principio, la mayor parte del tiempo había estado ocupado arreglando la, carga que la nave había dejado. Parte de ella en la cabaña principal: artículos de consumo para él y para Lellie, y otros que debían almacenarse en un lugar cálido y ventilado. Otra parte de la carga debía ser almacenada en la cabaña pequeña, fría y sin ventilar. Y la mayor parte debía ser colocada cuidadosamente en las canastas para su posterior envío a Callisto. Pero, una vez realizado aquel trabajo, la tarea resultaba fácil, demasiado fácil…

Duncan se trazó un programa. A intervalos regulares inspeccionaría esto y aquello, revisaría tal máquina y tal otra, etcétera. Pero cumplir al pie de la letra un programa inútil requiere mucha fuerza de voluntad. Las máquinas, por ejemplo, estaban construidas para funcionar durante largos períodos de tiempo sin necesidad de revisiones. En caso de avería, la máquina dejaría de funcionar. Y, en tal caso, lo único que podría hacer seria llamar a Callisto para que enviaran una nave-cohete a recogerlos hasta que llegara una nave para repararla. La Compañía le había explicado claramente que una avería sería la única cosa que justificaría su abandono de la estación. Y habían añadido que provocar una avería con el fin de conseguir un «cambio de ambiente» podía darle muy malos resultados. Lo cierto es que Duncan no se atuvo por mucho tiempo a su programa.

Había ocasiones en que Duncan se preguntaba a sí mismo si la idea de traerse a Lellie había sido tan buena, después de todo. En el aspecto puramente práctico, él no hubiera cocinado tan bien como ella lo hacía, y probablemente hubiera vivido rodeado de la misma suciedad que su predecesor, pero, si Lellie no hubiera estado allí, la necesidad de ocuparse de sí mismo le hubiese proporcionado un poco de distracción. Incluso desde el punto de vista de la compañía… Bueno, Lellie era una compañera remota, extraña; era una especie de robot, y completamente tonta; desde luego, nada divertida. Y había ocasiones, cada vez más frecuentes, en que sólo el verla le irritaba extraordinariamente; le irritaba su modo de moverse, y sus gestos, y su estúpido ceceo cuando hablaba, y su alejamiento, y todas sus desemejanzas, y el hecho de que sin ella tendría 2.360 libras más en su cuenta… Y ella no realizaba el menor esfuerzo para poner remedio a sus defectos, aunque dispusiera de los medios para ello. Su cara, por ejemplo. Cualquier muchacha trataría de mejorar su aspecto en lo posible. Cualquier muchacha, menos ella. Aquellas cejas torcidas, por ejemplo: le daban un aspecto de payaso aturdido… Pero a ella le importaba un comino.

—Por lo que más quieras —le dijo Duncan a Lellie una vez más—, deja de bizquear. Me pones nervioso. ¿Es que no has aprendido todavía a mirar en línea recta? Y te has puesto mal el colorete, también. Mira esta fotografía… y ahora mírate en el espejo: un pegote de colorete, y mal puesto, además. Y tu pelo… otra vez parece un estropajo. Péinatelo bien, y vuelve a peinártelo las veces que haga falta. Sé que no puedo evitar que seas una estúpida marciana, pero al menos puedes intentar parecerte a una mujer de veras.

Lellie contempló la fotografía en colores, y luego se miró al espejo, comparando.

—Zí… muy bien —dijo, con absoluto despego.

Duncan lanzó un bufido.

—¡Esta es otra! ¡Tu maldito ceceo! No es «zí», es «sí». S-í, sí. Vamos, di «sí».

—Zí —dijo Lellie, solícitamente.

—¡Oh! ¿Es que no puedes oír la diferencia? S-ss, no z-z-z. Sssí.

—Zí —dijo Lellie.

—No. Cierra los dientes y no apoyes la lengua en ellos. Sssí:

La lección se prolongó un buen rato. Finalmente, Duncan perdió los estribos.

—¿Crees que vas a tomarme el pelo indefinidamente? ¡Ten cuidado, niña! Ahora, di «sí».

—Z-zí —murmuró Lellie, nerviosamente.

La mano de Duncan cruzó su rostro con más fuerza de la que él mismo quiso imprimirle. El impacto le hizo perder su contacto magnético con el suelo y la envió volando a través de la habitación, en un remolino de brazos y piernas. Chocó contra la pared opuesta y rebotó en ella para flotar desválidamente, lejos del alcance de algo a que agarrarse. Duncan se acercó a ella a grandes zancadas, la agarró con fuerza y la puso nuevamente en pie. Su mano izquierda aferró el buzo de la muchacha por la parte delantera, inmediatamente debajo de la garganta de Lellie. Su mano derecha se alzó, amenazadora.

—¡Otra vez! —ordenó.

Los ojos de Lellie se abrieron todavía más, con expresión de desamparo. Duncan la sacudió fuertemente. Lellie probó. A la sexta tentativa, articuló:

—Z-sí.

Duncan se dio por satisfecho, de momento.

—Puedes hacerlo. ¿Te das cuenta? Puedes hacerlo… si te la gana. Lo que tú necesitas, niña, es un poco de mano dura.

La soltó. Lellie se apartó de él, tambaleándose, sosteniéndose cl dolorido rostro con las manos.

 

Muchas veces, mientras las semanas se deslizaban lentamente hasta convertirse en meses, Duncan se sorprendió a sí mismo preguntándose si iba a resistirlo. Prolongaba tanto como podía las tareas que le estaban encomendadas, pero a pesar de ello le quedaba aún mucho tiempo que no sabía en qué invertir.

Un hombre de cuarenta años que no ha leído más que un artículo de una revista muy de cuando en cuando, no soporta los libros. Los discos de música ligera, tal como había profetizado su predecesor, le ponían de peor humor, y los otros le resultaban insoportables. Aprendió a mover las piezas del ajedrez, valiéndose de un manual, y luego le enseñó a Lellie a moverlas, para ver si con un poco de práctica se ponía en condiciones de retar al ajedrecista de Callisto. Sin embargo, Lellie le ganaba una y otra vez, hasta que Duncan llegó a la conclusión de que no poseía el tipo de mentalidad que requería aquel juego. Entonces le enseñó a Lellie una especie de doble solitario, pero tampoco esto duró mucho tiempo; todas las cartas favorables parecían corresponderle siempre a ella.

De modo que se pasaba la mayor parte del tiempo sentado, sin hacer nada, odiando al satélite, furioso consigo mismo y enojado con Lellie.

Lo que más le irritaba era la flema con que la muchacha se dedicaba a sus tareas. Le parecía injusto que ella pudiera tomárselo con más calma que él, simplemente porque era una estúpida marciana. Cuando su malhumor se convertía en vocal, la mirada de Lellie mientras le escuchaba le exaspera ha todavía más.

—¿Es que no puedes hacer que ese estúpido rostro que tienes exprese algo? —le dijo un día—. ¿No puedes reír, o llorar, o volverte loca? ¡Siempre la misma cara, siempre la misma cara! No puedo evitar que seas tonta, pero cambia un poco de cara, por lo que más quieras. ¡Dale un poco de expresión!

Lellie continuó mirándole, sin que en su rostro se produjera el menor cambio.

—¿Es que no me has oído? ¡Vamos, sonríe! ¡Maldita estúpida! ¡Sonríe!

La boca de Lellie se torció ligeramente.

—¿A eso le llamas una sonrisa? ¡Mira, esto es una sonrisa! —Señaló una fotografía pegada a la pared: una sonriente starlett, mostrando una blanquísima dentadura—. ¡Así! ¡Así!

—No dijo Lellie—. Mi cara no puede arrugarse como las caras terrestres.

—¿Arrugarse? —estalló Duncan—. ¿A eso le llamas arrugarse? —Avanzó hacia ella con aire amenazador. Lellie retrocedió hasta que su espalda tropezó en la pared—. ¡Yo haré que tu cara se arrugue, niña! ¡Vamos, sonríe!

Levantó su mano.

Lellie se cubrió el rostro.

—¡No! —protestó—. ¡No… no… no!

 

El mismo día en que se cumplían ocho meses de su estancia en el satélite, Duncan recibió aviso de Callisto de que había una nave en camino. Un par de días después pudo establecer contacto directo con la nave, la cual confirmó su llegada dentro de una semana. Duncan se mostró tan excitado como si se hubiera bebido unas copas de más. Había preparativos que hacer, almacenes que revisar… Duncan puso manos a la obra con renovado entusiasmo, canturreando en voz baja mientras trabajaba. Incluso dejó de estar enojado con Lellie. En cuanto a ella, ¿quién podía saber el efecto que le había causado la noticia?

En el momento previsto, la nave aterrizó en el satélite. Duncan subió a bordo, con la sensación de que regresaba a un mundo que había creído definitivamente perdido. El capitán le acogió calurosamente y le invitó a beber. Todo pura rutina: incluso el tartamudeo de Duncan y su leve embriaguez eran cosas normales en circunstancias como aquellas. El procedimiento sólo se apartó de lo normal cuando el capitán le presentó a un hombre, diciéndole:

—Tengo una sorpresa para usted, superintendente. Éste es el doctor Whint. Va a compartir su exilio una temporada.

Duncan le estrechó la mano.

—¿Doctor…? —dijo, sorprendido.

—No soy doctor en medicina, sino en ciencias —explicó Alan Whint—. La Compañía me ha enviado aquí para realizar unas investigaciones geológicas… si es que puede ser utilizada, en este caso, la palabra «geo». Cosa de un año. Espero que no le importará.

Duncan se apresuró a afirmar que le encantaría su compañía, y eso fue todo, de momento. Más tarde, acompañó al doctor a la cabaña. Alan Whint quedó sorprendido al encontrar allí a Lellie; era evidente que nadie le había hablado de ella. Interrumpió las explicaciones de Duncan para decir:

—¿No va a presentarme usted a su esposa?

Duncan lo hizo, de mala gana. Le molestó el tono de reproche en la voz del hombre; y le molestó también que saludara a Lellie como si fuera una mujer terrestre. Se dio cuenta, asimismo, de que Whint había notado las magulladuras en el rostro de Lellie, que el colorete no cubría por completo. Clasificó mentalmente a Alan Whint como a un tipo fino y snob, y deseó que no le planteara dificultades.

 

Cuando las dificultades se presentaron, tres meses después, no podría decirse quién se las planteó a quién. Anteriormente, habíanse producido ya varios conatos de discusión que hubiesen degenerado en abierta hostilidad si el trabajo de Whint no le hubiera mantenido lejos de la cabaña la mayor parte del tiempo. El choque se produjo cuando Lellie alzó los ojos del libro que estaba leyendo para preguntar:

—¿Qué significa «emancipación femenina»?

Alan empezó a explicárselo. No había terminado la primera frase cuando Duncan le interrumpió:

—Oiga… ¿quién le ha pedido que meta ideas en su cabeza?

Alan se encogió ligeramente de hombros y miró a Duncan.

—Esa es una pregunta estúpida —dijo—. Y, de todos modos, ¿por qué no ha de tener ella ideas?

—Ya sabe lo que quiero decir.

—Nunca he comprendido a los individuos que al parecer no dicen lo que quieren decir. Pruebe otra vez.

—De acuerdo. Lo que quiero decir es esto: se ha presentado usted aquí con sus modales remilgados y su afectada conversación, y desde el primer momento se ha dedicado a meter las narices en cosas que no son de su incumbencia. Para empezar, ha estado tratando a Lellie como si fuera una dama de alto copete.

—Desde luego. Y me alegro de que se haya dado cuenta.

—¿Cree que no me he dado cuenta, también, de lo que pretende?

—Estoy convencido de que no. Es usted un tipo demasiado elemental. Usted cree, a su modo simplista, que estoy tratando de conquistar a su chica, y lo lamento con todo el peso de dos mil trescientas sesenta libras. Pero se equívoca usted: no pertenezco a esa clase de hombres.

—Mi esposa —rectificó Ducan, muy excitado—. Puede ser una estúpida marciana, pero legalmente es mi esposa: y tiene que hacer lo que yo diga.

—Sí, Lellie es una marciana, y es posible que en un sentido sea su esposa; pero no es estúpida, ni mucho menos. Sólo tiene que fijarse en la rapidez con que ha aprendido a leer, en cuanto alguien se ha tomado la molestia de enseñarle. No creo que usted resultara un alumno demasiado brillante en un idioma del cual sólo conociera unas cuantas palabras y no supiera leerlo.

—Nadie le ha pedido a usted que la enseñe a leer. Lellie no necesita leer. Tal como era, estaba perfectamente.

—Habla usted como un perfecto esclavista. Bueno, me alegro de haberle desenmascarado.

—¿Y por qué lo ha hecho? Para que ella piense que es usted un gran tipo… Por eso la ha estado embaucando con sus palabras melosas: para que piense que es usted un hombre mejor que yo.

—He hablado con ella tal como le hablaría a cualquier mujer en cualquier parte… aunque de un modo más sencillo, porque ella no ha tenido posibilidades de recibir una educación. Si ella piensa que soy un hombre mejor que usted, estoy de acuerdo con ella. Lamentaría no serlo.

—Yo le demostraré a usted quién es el mejor… —empezó Duncan.

—No necesita usted demostrarlo. Cuando llegué aquí supe la clase de individuo que era usted: me bastaba con saber que había aceptado este trabajo. Ahora, además, sé que es usted un rufián. ¿Cree que no me he dado cuenta de las magulladuras del rostro de Lellie? ¿Cree que ha sido agradable para mí oír como maltrataba a una muchacha a la que usted ha mantenido deliberadamente ignorante e indefensa, cuando es potencialmente diez veces más inteligente que usted? ¡Bellaco!

En el calor del momento, Duncan no consiguió recordar lo que significaba la palabra bellaco, pero en cualquier otra parte el hombre no la hubiera pronunciado sin tropezar con el puño de Duncan que le cerraba la boca. Sin embargo, incluso a través de 511 ira, veinte años de experiencia espacial le contuvieron: siendo poco más que un chiquillo había aprendido la ridícula inutilidad de luchar en un espacio carente de gravedad, y que cuanto más furioso estaba un hombre más en ridículo se ponía.

De modo que las cosas no fueron más allá. Y con el paso del tiempo la situación se suavizó, y volvió a ser la misma, casi, que antes del incidente.

Alan continuó llevando a cabo sus expediciones en la pequeña aeronave que había traído consigo. Examino y exploró diversas zonas del satélite, regresando con muescas de roca que clasificaba cuidadosamente. Su tiempo libre lo dedicaba, como antes, a la educación de Lellie.

Duncan no dudaba, en el fondo, de que lo hacía para distraerse. por una parte, y porque consideraba que hay que enseñar al que no sabe, por otra; pero estaba igualmente convencido de que un contacto tan íntimo era muy peligroso. Hubiera puesto las manos en el fuego de que entre Lellie y Alan Whint no había absolutamente nada… todavía. Pero Alan permanecería allí otros nueve meses, suponiendo que vinieran a relevarle puntualmente. Lellie le adoraba ya como a un héroe. Y él la malcriaba cada día más tratándola como si fuera una mujer terrestre. Un día adquirirían conciencia el uno del otro… y la reacción inmediata podría ser el considerarle a él, Duncan, como un obstáculo que era preferible eliminar. Valía más prevenir que curar, y lo más sensato era evitar que la situación evolucionara hasta aquel punto. Todas las cosas tienen solución.

Todas.

Un día, Alan Whint salió en su aeronave para explorar una zona situada en la parte inferior del satélite. Y no regresó.

Eso fue todo.

No había modo de saber lo que Lellie pensó de aquel hecho; pero algo pareció ocurrirle.

Durante varios días, se pasó la mayor parte del tiempo mirando a través de la ventana principal de la cabaña, contemplando el desolado paisaje rocoso. No podía esperar el regreso de Alan, puesto que sabía tan bien como Duncan que pasadas treinta y seis horas no existía ninguna posibilidad de regreso. No decía nada. Su expresión se mantenía inalterable. Únicamente sus ojos habían cambiado ligeramente: parecían un poco menos nuevos, como si se hubiera replegado detrás de ellos.

Duncan no podía decir si la muchacha sabía o sospechaba algo. Y no parecía existir ningún medio para descubrirlo sin introducir la idea en su cerebro… si es que no estaba ya allí. Duncan estaba —aunque no se atrevía a admitirlo— un poco asustado de ella. Demasiado asustado, en realidad, para atreverse a pedirle cuentas por el tiempo que se pasaba ociosamente, mirando por la ventana. Sabía lo fácil que resultaba provocar un accidente fatal en un lugar como aquél. Como medida de precaución, se acostumbró a poner botellas de aire nuevas en su traje espacial cada vez que salía, comprobando que todas estuvieran completamente llenas. También se acostumbró a colocar un trozo de roca de modo que la puerta exterior de la cámara reguladora de la presión no se cerrara detrás de él. Vigiló cuidadosamente que su comida y la de Lellie procedieran del mismo recipiente, y controló todos los movimientos de la muchacha. Sin embargo, no podía decir si ella sabía o sospechaba algo… Desde que habían adquirido la certeza de que no regresaría, Lellie no había pronunciado ni una sola vez el nombre de Alan…

Aquella situación se prolongó por espacio de una semana. Entonces, repentinamente, cambió. Lellie dejó de mirar a través de la ventana… y se dedicó a leer insaciablemente, vorazmente.

A Duncan le resultaba difícil comprender el interés que Lellie manifestaba por la lectura, un interés que le desagradaba profundamente, aunque decidió no intervenir, de momento. Al menos, la lectura mantenía su mente apartada de otras cosas, lo cual no dejaba de ser una ventaja.

Paulatinamente, Duncan empezó a sentirse mejor. La crisis estaba superada. Lo mismo si había sospechado algo, que si no había sospechado nada, Lellie había decidido olvidarse del asunto. Su afición a los libros, sin embargo, no disminuyó. A pesar de las continuas quejas de Duncan, recordándole que había gastado la respetable suma de 2.360 libras para tener compañía, Lellie continuó leyendo, como si se hubiera propuesto devorar todos los volúmenes de la biblioteca.

Gradualmente, la situación se normalizó. Cuando llegó la próxima nave, Duncan espió ansiosamente a Lellie por si había estado disimulando todo aquel tiempo en espera de poder comunicar sus sospechas a alguien. Pero no sucedió nada. La muchacha no habló del asunto en ningún momento. Y cuando la nave emprendió el viaje de regreso, Duncan se dijo a sí mismo que no se había equivocado al juzgar a Lellie: no era más que una estúpida marciana. Se había olvidado, sencillamente, de Alan Whint y de su desaparición, del mismo modo que podía olvidarlo un niño.

 

Sin embargo, a medida que los meses de su contrato iban transcurriendo descubrió que tenia que revisar su concepto de la estupidez de Lellie. La muchacha estaba aprendiendo en los libros cosas que él nunca había sabido. Pero Duncan era un hombre práctico, y tenía el recelo que todos los hombres prácticos experimentan ante el conocimiento adquirido en los libros. Creyó necesario, pues, explicarle a la muchacha que la mayor parte de lo que se escribía eran tonterías, sin relación ninguna con los problemas de la vida: y empezó a hablarle de esos problemas, citándole ejemplos extraídos de su experiencia, y sin darse cuenta, descubrió que le estaba dando lecciones.

Lecciones que Lellie asimiló también rápidamente. Necesariamente, Duncan tenía que revisar un poco más su opinión de los marcianos. No es que fueran tan estúpidos como había creído… sino que eran demasiado tontos para empezar a utilizar el cerebro que poseían. No pasaría mucho tiempo sin que Lellie supiera tanto como él mismo acerca del mecanismo y funcionamiento de la estación. Duncan no había previsto, ni mucho menos, la posibilidad de convertirse en profesor de Lellie, pero esto le proporcionaba una distracción preferible a la ociosidad anterior. Además, se le ocurrió que la muchacha, a fin de cuentas, podía representar una inversión mucho mejor de lo que había imaginado…

Duncan siempre había pensado que la educación era un modo como otro de perder el tiempo, pero ahora empezaba a considerar serenamente la posibilidad de recuperar, cuando regresara a Marte, una parte mayor de lo que había esperado de las 2.360 libras. Tal vez Lellie pudiera convertirse en una eficiente secretaria… Empezó a enseñarle los escasos rudimentos de contabilidad que conocía…

Los meses de servicio iban amontonándose; ahora con mucha más rapidez. Durante la última etapa, cuando uno había adquirido confianza en su capacidad para soportar aquella prueba, resultaba sumamente agradable permanecer sentado, sin hacer nada, pensando en el dinero que iba amontonándose también a medida que transcurrían los meses.

En Callisto había sido descubierto un nuevo filón, y los envíos al satélite aumentaron ligeramente. Por lo demás, la rutina continuaba invariable. Las escasas naves avisaban su llegada, tomaban tierra, cargaban y volvían a marcharse.

Y luego, sorprendentemente pronto, le fue posible a Duncan decirse a sí mismo: «Dos naves más, y se habrá terminado». Y todavía más sorprendentemente pronto llegó el día en que, de píe en el exterior de la cabaña, contemplando cómo se alejaba una nave, pudo decirse: «¡Ésta es la última vez que veo despegar una nave de aquí! Cuando despegue la próxima, yo estaré a bordo de ella, y luego… Oh, luego!»

Dio medía vuelta, para entrar en la cámara reguladora de la presión… y encontró la puerta cerrada.

En cuanto hubo llegado a la conclusión de que el asunto de Halan Whint no iba a tener consecuencias, abandonó la costumbre de mantener abierta la puerta con una cuña de piedra. La dejaba abierta, sencillamente, ya que en el satélite no había vientos ni nada que pudiera moverla. Agarró el tirador y empujó, impacientemente. La puerta no se movió.

Duncan lanzó una maldición y se dirigió hacia una de las ventanas de la cabaña, impulsándose a sí mismo hasta que pudo mirar a través de ella. Lellie estaba sentada en una silla, al parecer sumida en sus pensamientos. La puerta interior de la cámara reguladora de la presión estaba abierta de par en par, de modo que la exterior no podía moverse. Además del cerrojo automático de seguridad, la presión del aire de la cabaña la mantenía cerrada.

Creyendo que la muchacha se había distraído, Duncan golpeó el recio cristal de la doble ventana para llamar su atención; desde luego, era imposible que hubiera oído el sonido: seguramente fue el movimiento lo que impresionó su retina y la hizo mirar hacia arriba. Volvió la cabeza y se quedó mirando a Duncan, sin moverse. Duncan a su vez, miro a Lellie. llevaba el pelo como cuando la conoció, y las cejas y el colorete, todos los detalles que él la había obligado a adoptar para que se asemejara lo más posible a una mujer terrestre, habían desaparecido. Sus ojos le miraron fijamente duros como piedras y con su eterna expresión de inocencia sorprendida.

La súbita comprensión hirió a Duncan como un golpe físico. Durante algunos segundos, todas las cosas parecieron detenerse.

Trató de fingir que no había comprendido. Señaló con la mano la puerta interior de la cámara reguladora de la presión. Lellie siguió mirándole fijamente, sin moverse. Luego, Duncan vio el libro que ella tenía en la mano, y lo reconoció. No era ninguno de los libros que la Compañía había incluido en la biblioteca de la estación. Era un libro de versos, encuadernado en azul. Había pertenecido a Alan Whint…

El pánico se apoderó repentinamente de Duncan. Inclinó la mirada hacia la hilera de pequeños discos que cruzaban su pecho y exhaló un suspiro de alivio. Lellie no había tocado su proveedor de aire: disponía de presión suficiente para unas treinta horas. El sudor que había empezado a brotar de su frente se enfrió mientras recobraba el dominio de sí mismo. Tenía que pensar con calma.

¡Vaya una zorra! Todo aquel tiempo le había hecho creer que se había olvidado de todo. Haciéndose la tonta. Dejando que pasara el tiempo mientras maduraba su plan. Esperando hasta el último momento, cuando su contrato estaba a punto de finalizar, para ponerlo en práctica. Pasaron unos minutos antes de que la mezcla de ira y de pánico que invadía a Duncan se calmara un poco, permitiéndole pensar.

¡Treinta horas! Había tiempo para hacer muchas cosas. Y si en el plazo de veinte horas no conseguía volver a entrar en la cabaña, le quedaría aún el último y desesperado recurso de catapultarse a sí mismo a Callisto en una de las canastas.

Aunque Lellie hablara más tarde del asunto Whint, ¿qué podía suceder? Duncan estaba completamente seguro de que la muchacha ignoraba cómo había ocurrido la cosa. Sería la palabra de una marciana contra su propia palabra. Lo más probable era que la creyeran afectada de locura espacial.

De todos modos, el fango no dejaría de alcanzarle; era preferible arreglarlo con ella aquí y ahora. Además, la idea de catapultarse en una canasta era muy arriesgada, y sólo debía pensar en ella en último extremo. Disponía de veinte horas para ensayar otros medios.

Duncan reflexionó unos minutos más, y luego se dirigió a la más pequeña de las cabañas. Una vez allí, desconectó las líneas que proporcionaban la energía desde las principales baterías cargadas por la dimano solar. Se sentó a esperar un poco. La aislada cabaña tardaría en perder todo su calor, pero no pasaría mucho tiempo sin que se notara un descenso de la temperatura, apreciable en los termómetros. Las baterías de emergencia de pequeño voltaje que había en la cabaña no le servirían de mucho a Lellie, suponiendo que se le ocurriera conectarlas.

Esperó una hora, mientras el lejano sol se ponía y el brillante arco de Callisto empezaba a surgir por el horizonte. Luego regresó a la ventana de la cabaña para observar los resultados. Llegó a tiempo de ver a Lellie poniéndose precipitadamente el traje espacial a la luz de un par de lámparas de emergencia.

Duncan murmuró una maldición. El proceso de congelación no iba a servir para nada. Además de que el calorífero traje espacial protegería a Lellie contra el frío exterior, la muchacha disponía de una reserva de aire muy superior a la suya… y en el interior de la cabaña había muchas botellas llenas que no se verían afectadas aunque el aire libre se helara hasta convertirse en sólido.

Esperó hasta que la muchacha se hubo colocado el casco, y entonces puso en funcionamiento su propio transmisor. Vio que Lellie se detenía al oír el sonido de su voz, pero no contestó. De pronto, desconectó deliberadamente su receptor. Duncan lo mantuvo conectado, preparado para el momento en que la marciana recobrara el juicio.

 

Duncan volvió a examinar mentalmente la situación. Su intención había sido la de abrirse paso hacia la cabaña sin causar daños en ella, a ser posible. Pero, si Lellie no experimentaba los efectos del frío, aquello parecía difícil. Lellie tenía sobre él la ventaja del aire. Y aunque era cierto que embutida en su traje espacial no podría comer ni beber, lo mismo, desgraciadamente, le sucedía a él. La única solución que parecía posible era forzar la cabaña.

A regañadientes, se dirigió de nuevo a la cabaña pequeña y conectó el soplete eléctrico. El cable se arrastró como una serpiente detrás de él mientras se dirigía una vez más hacia la cabaña grande. Al llegar junto a la curvada pared metálica, se detuvo a pensar en lo que iba a hacer… y en las consecuencias; En primer lugar tenía que abrir un boquete en la plancha exterior; luego, el material aislante: éste no presentaría ningún problema, ya que se derretiría como la mantequilla, y sin oxígeno no ardería. La parte más difícil sería atacar la plancha interior. Lo más prudente sería empezar dando unos pequeños cortes, para dejar que escapara lentamente el aire a presión del interior de la cabaña. Si permitía que saliera de golpe, la fuerza del impacto podía lanzarle a una distancia considerable. Y, ¿qué haría Lellie? Lo más probable era que intentara tapar los agujeros a medida que él los iba abriendo… una tarea bastante difícil. Las dos planchas podían ser soldadas de nuevo antes de que Duncan airease de nuevo el interior de la cabaña por medio de los cilindros… La pequeña pérdida de material aislante no importaba… De acuerdo, manos a la obra…

Levantó el soplete y apretó el gatillo. Volvió a apretarlo, y lanzó una maldición entre dientes, recordando que había desconectado la energía.

Tuvo que regresar a la cabaña pequeña y conectar de nuevo la línea a las baterías. La luz que brotó repentinamente de las ventanas de la cabaña grande iluminó las rocas. Se preguntó si el restablecimiento de la energía sugeriría a Lellie lo que estaba haciendo. ¿Y qué? De todos modos, no tardaría en saberlo.

Una vez más Duncan se instaló al lado de la pared metálica de la cabaña grande. El soplete funcionó ahora perfectamente. Sólo tardó unos minutos en cortar un círculo de unos dos pies de circunferencia. Sacó el trozo de chapa, y examinó la abertura. Luego, cuando alzaba de nuevo el soplete, oyó un chasquido en su receptor: la voz de Lellie resonó en su oído:

—Será mejor que no trates de cortarlo. Estoy preparada para ello.

Duncan vaciló, con su dedo índice apoyado en el gatillo del soplete, preguntándose cómo demonios había podido adivinar lo que estaba haciendo. El tono amenazador de la voz de la muchacha le intranquilizó. Decidió acercarse a la ventana para ver lo que estaba haciendo Lellie, si es que estaba haciendo algo.

Lellie estaba de pie junto a la mesa, embutida aún en su traje espacial, entretenida con un aparato que había puesto encima. De momento Duncan no consiguió adivinar lo que estaba haciendo.

Había allí un saco de plástico, medio hinchado, y atado de algún modo al tablero de la mesa. Lellie estaba acoplando una placa de metal a un pequeño intersticio. A un lado del saco había conectado un alambre. Los ojos de Duncan recorrieron aquel alambre hasta llegar a una batería, una bobina, y un detonador unido a un manojo de media docena de cartuchos de dinamita…

Duncan quedó desagradablemente informado. Era algo muy sencillo, aunque tremendamente eficaz. Si la presión del aire en el interior de la cabaña disminuía, el saco se hincharía: el alambre establecería contacto con la placa: la cabaña volaría…

Lellie terminó su tarea, y conectó el segundo alambre a la batería. Luego se volvió a mirar a Duncan a través de la ventana. Resultaba endiabladamente difícil creer que detrás de aquella estúpida falta de expresión de su rostro, la muchacha pudiera darse perfecta cuenta de lo que estaba haciendo.

Duncan trató de hablar con ella, pero Lellie había cerrado su receptor y no dio la menor muestra de querer abrirlo otra vez. Se limitó a permanecer allí de pie mirando fijamente a Duncan, mientras él se sentía roído por la ira. Al cabo de unos instantes Lellie se acercó a una silla y se sentó a esperar.

—De acuerdo —gritó Duncan debajo de su casco—. ¡Pero tú volarás con ella, maldita seas!

Lo cual, desde luego, era una tontería, ya que no tenía la menor intención de destruir la cabaña ni de destruirse a si misma.

Duncan no había aprendido a conocer lo que había detrás de aquel estúpido rostro: Lellie podía estar fríamente decidida, o podía no estarlo. Si se hubiera tratado de darle a un interruptor que ella tuviera que apretar para destrozar la cabaña, Duncan podía haber corrido el peligro de que los nervios de la muchacha fallaran. Pero, de este modo, sería él quien apretaría el interruptor, en cuanto hiciera un agujero para que saliera el aire.

Una vez más, se dedicó a reflexionar sobre la situación. Tenía que existir algún medio de entrar en la cabaña sin hacer salir el aire… Se estrujó el cerebro durante unos minutos, pero si existía tal medio, él no era capaz de descubrirlo. Además, no existía ninguna seguridad de que Lellie no hiciera estallar la carga si se asustaba demasiado…

No, no se le ocurría ningún medio. Tendría que utilizar la canasta para catapultarse a Callisto.

Alzó la mirada hacia Callisto, que ahora colgaba, enorme, del cielo, con Júpiter más pequeño, pero más brillante, detrás. Lo que le preocupaba no era el vuelo, sino el aterrizar allí. Tal vez si pudiera rellenar la canasta con toda la guata que consiguiera encontrar… Más tarde, podría pedir a los hombres de Callisto que le acompañaran en su viaje de regreso al satélite; y entre todos encontrarían algún medio para entrar en la cabaña. Y Lellie lamentaría amargamente su actitud. La lamentaría amargamente…

Al otro lado de la cabaña estaban alineados los tres cilindros, cargados y listos para emprender el vuelo. A Duncan no le importaba admitir que aquel vuelo le asustaba: pero, asustado o no, si Lellie no se decidía a conectar su receptor para escucharle, aquella sería su única oportunidad. Y retrasarlo no serviría más que para disminuir la carga de su provisión de aire.

Ya decidido, se dirigió hacia el lugar donde estaban alineados los cilindros, La práctica hizo que para él fuera un juego de niños situar el más próximo de los cilindros sobre la rampa. Otra ojeada a la inclinación de Callisto contribuyó a tranquilizarle; al menos podría llegar allí directamente. Si el poste de señales de Callisto no funcionaba, podría establecer comunicación con ellos a través de su transmisor individual cuando estuviera más cerca.

En el cilindro había muy poca guata. Duncan recogió la de los otros dos y la metió en el primero. Mientras estaba entregado a esta tarea se dio cuenta de que empezaba a sentir frío. Inclinó la mirada hacia el contador que llevaba en el pecho… y al instante supo lo que sucedía: Lellie imaginó que cargaría botellas de aire nuevas y que las comprobaría; de modo que lo que había estropeado había sido la batería, o, mejor dicho, el circuito. El voltaje había descendido hasta un punto en que la saeta apenas oscilaba. El traje espacial había estado perdiendo calor desde hacía ya algún tiempo.

Se dio cuenta de que no sería capaz de resistir largo rato… quizás unos cuantos minutos. Tras la primera impresión, el miedo le abandonó bruscamente, para dejar paso a un impotente furor. Lellie le había privado también de su última posibilidad de salvación, pero él le demostraría quién era. Se estaba muriendo, pero abriría un pequeño agujero en la cabaña y no moriría solo…

El frío se estaba apoderando rápidamente de él, como si unas agujas de hielo le pincharan todo el cuerpo a través del traje espacial. Sus pies y sus dedos fueron los primeros en quedar helados. Con un inmenso esfuerzo pudo acercarse de nuevo a la pared metálica de la cabaña. El soplete seguía en el mismo lugar donde lo había dejado. Luchó desesperadamente para cogerlo, pero los dedos no le obedecían ya. Blasfemó y sollozó en su intentó de moverlos, y a causa de la angustia del frío ascendiendo por sus brazos. Y, de repente, sintió un agudísimo, insoportable dolor en el pecho. Sus sollozos se hicieron más intensos. Abrió la boca… y el aire sin calentar penetró en sus pulmones, helándolos.

 

En el interior de la cabaña, Lellie seguía esperando. Había visto la figura embutida en un traje espacial que se acercaba a la pared metálica a una velocidad anormal. Comprendió lo que aquello significaba.

Su artefacto explosivo estaba ya desconectado; ahora, Lellie estaba en pie, alerta, con un recio felpudo de goma en la mano, dispuesta a tapar cualquier agujero que pudiera aparecer.

Esperó un minuto, dos minutos… Cuando hubieron transcurrido cinco minutos, Lellie se acercó a la ventana; aplastando su rostro contra el cristal y mirando oblicuamente, pudo ver toda una pierna de un traje espacial, y parte de la otra. Colgaban allí, horizontalmente, a unos pies de distancia del suelo. Lellie las contempló por espacio de varios minutos. Su convulsivo temblor fue haciéndose cada vez menos visible…

Finalmente, cesó del todo.

Lellie se apartó de la ventana y soltó el felpudo de goma, que empezó a flotar por el interior de la cabaña. Durante unos segundos, Lellie permaneció en pie, completamente inmóvil, pensando. Luego se dirigió al armario de los libros y cogió el último tomo de la enciclopedia. Volvió sus páginas, hasta encontrar la palabra «viuda».

A continuación, buscó un trozo de papel y un lápiz. Durante unos instantes vaciló, tratando de recordar lo que le habían enseñado. Luego empezó a componer cifras, y se absorbió por completo en aquella tarea. Finalmente alzó la cabeza y contempló el resultado: 5.000 libras anuales durante cinco años, al 6 % de interés compuesto, representaba una bonita suma… Para un marciano, en realidad, una pequeña fortuna.

Pero luego vaciló otra vez. Seguramente, un rostro capaz de expresar alguna emoción hubiera fruncido ligeramente las cejas en aquel momento, porque, desde luego, de aquella suma había que restar una cantidad: 2.360 libras, exactamente.

 

 

 

La Expulsión

John Christopher

 

 

El agua escaseaba siempre entre planeta y planeta, incluso en un buque como el Ironrod. Al llegar a Forbeston, mi primera visita era siempre a la piscina. Me sumergía en sus aguas teñidas de verde y, después de nadar un rato, me tumbaba de espaldas, flotando. En lo alto, más allá de la casi invisible cúpula protectora, relucía el terciopelo púrpura del cielo marciano, moteado, ahora que el sol estaba bajo en el horizonte, con las mayores estrellas. Una de ellas, estática y enorme, era verde.

De la piscina al club; la rutina habitual. El Club de Oficiales Decanos estaba en la confluencia de las calles 49 y X, en frente del edificio del Departamento de Comercio. Hacía dos años que pertenecía al club, y a los 34 no era ya el oficial más joven. Un prodigio de 31 años había obtenido su carnet de miembro dos o tres meses antes.

Desde su pequeño cubículo, Steve me reconoció, lo cual era evidentemente un honor. Sacó el correo de mi casilla: media docena de facturas, dos vococartas de un primo lejano, y un montón de vocoanuncios.

Steve dijo:

—¿Dónde ha estado usted, capitán Newsam?

El citar el apellido era otra parte de su técnica: me había dado cuenta de que a las personas a las cuales conocía desde hacía años se limitaba a saludarlas con el nombre de capitán, comodoro, o lo que fueran.

—En Venus… en Mercurio —le dije—, en Clarke’s Point… en Karsville… en Mordecai… Lo de siempre.

—Usted dando vueltas por ahí —dijo—. Yo estoy clavado aquí.

No era la primera vez que oía aquella queja; se la había oído al propio Steve, y a otros hombres de Forbeston y de otros lugares. Aunque la mayoría de ellos parecían bastante satisfechos de su suerte.

—Un lugar es igual que otro.

—Sí —dijo—. Así parece. Uno se acostumbra a un sitio, y… ¿Va usted a comer?

—Desde luego. —Dejé caer los vocoanuncios en un vertedero—. ¿Quiere hacerme un favor, Steve?

—Con mucho gusto.

—Localíceme al capitán Gains.

Su vacilación duró apenas un segundo, pero estoy acostumbrado a observar los pequeños detalles y a extraer consecuencias de ellos. Obtuve mi diploma con una tesis sobre el estudio psicológico de la conducta. Noté el parpadeo de los ojos de Steve, y el involuntario movimiento de sus manos.

—Trataré de localizarle, capitán. Últimamente no le he visto por aquí. —Dijo.

Dije, rápidamente:

—¿Cuánto tiempo hace que no le ha visto?

Sus maneras volvían a ser tranquilas.

—Bueno, ya sabe usted lo que pasa. Con los oficiales de servicio, uno no sabe nunca si están aquí o de viaje. Y cuando están en Forbeston, no siempre vienen al club. Se dedican a hacer excursiones, y todo eso.

—Tiene usted muy buena memoria, Steve. ¿Cuándo vio al capitán Gains por última vez?

Fingió reflexionar.

—Hará un par de meses, quizá. ¿Cuánto tiempo ha estado usted fuera?

—Unos dos meses.

—Sí. Más o menos, ése es el tiempo.

—Gracias. De todos modos, trate de localizarlo. Voy a comer.

Encontré una mesa vacía junto a la ventana y encargué la comida. La ventana permitía ver el patio de recreo de la Forbeston Junior School; mientras comía, contemplé la generación que iba a relevarme cuando hubiera completado mis veinte años de servicio espacial y estuviera dispuesto a retirarme a la plantación de las colinas. No me di cuenta de que alguien se acercaba a mi mesa. El recién llegado dio unos golpecitos en el respaldo de mi silla.

—¿Le importa que me siente aquí?

Era Matthews, del Firelake. Había viajado con él varias veces, a diversos lugares, y me era bastante simpático. Hice un gesto de asentimiento.

—¿Acaba usted de llegar?

—Hace unas tres horas.

Asintió.

—Yo llevo aquí una semana. Ahora hacemos la ruta de Uranio. Un viaje muy pesado. Me tiene más que harto. En el último recorrido perdimos el Steelback. Es una ruta endiablada.

—Un lugar es igual que otro —dije. Era la frase convencional.

Matthews me miró.

—Me alegro que piense usted así.

—¿Qué otra cosa podría pensar?

—La gente tiene ideas, a veces —dijo, vagamente—. ¿Pasa cerca de la Tierra su ruta actual?

—Por la Luna. Clarke’s Point. ¿Por qué?

—Nosotros pasamos por Tycho. Tienen un telescopio bastante bueno. Acostumbro a ir al observatorio. Pueden verse pequeños grupos de edificios, cuando el tiempo es bueno.

La conversación estaba haciéndose embarazosa. Mencionar la Tierra era ya malo de por sí; hablar del «tiempo» era algo peor. Miré a Matthews. Su aspecto era completamente normal, pero me pareció notar una expresión de alerta detrás de la placidez de su rostro.

—Nunca pienso en ello. —Dije, deliberadamente:

—A veces, la gente resulta divertida —dijo Matthews—. A bordo teníamos un segundo oficial que llevaba con nosotros tres o cuatro años. Se le metió en la cabeza la idea de que la Tierra estaba organizando una flota de combate. Se pasaba el tiempo libre en la pantalla de observación, esperando ver acercarse a los cruceros enemigos.

Me eché a reír.

—¿Qué hicieron con él?

—Le expulsaron. Supongo que a estas horas estará mejor informado.

—Si es que está vivo.

Matthews hizo una breve pausa.

—¿Ha pensado usted alguna vez en los motivos de que expulsemos a la Tierra a los inadaptados?

Le miré de nuevo.

—No creo que haya que pensar en ello. El motivo es evidente. Dado que se promulgó una ley contra la lobotomía prefrontal, es la única alternativa que existe para librarse de ellos. A no ser que se opte por recluirlos en instituciones a nuestro cargo.

Matthews apuró su café.

—Sé que algunos dicen que nunca debimos abandonar la Tierra. Es más rica en recursos naturales que todos los planetas juntos.

Añadí:

—Y está poblada por unos mil millones de salvajes. No hubiésemos podido disponer de aquellos recursos, ni hubiésemos podido evitar la contaminación de habernos quedado a vivir entre aquella gente. El motivo que empujó a los de nuestra raza a trasladarse a los planetas fue el de poder desarrollar nuestra personalidad superior en paz y sin interrupción. Nuestro proyecto Sirio está en marcha. Dentro de un par de siglos, podemos estar juntos en un sistema distinto.

—O podemos no estar en él —dijo Matthews—. No sería el primer proyecto que fracasara, empezando por el Próximo Centauro. Esto fue hace doscientos años.

—Es usted muy pesimista —dije.

—Consecuencias del viaje a Uranio —dijo. Sonrió—. Olvídelo. Un lugar es igual que otro. ¿Tiene algún plan para esta noche?

—Poca cosa. Estoy tratando de localizar a un amigo mío.

—Sí —dijo—. Es lo que me imaginaba.

La observación resultó algo enigmática para mí. Pero Matthews se marchó antes de que pudiera hacerle más preguntas.

Al salir del club pasé por el cubículo de Steve.

—¿Ha localizado al capitán Gains? —le pregunté.

Sacudió la cabeza.

—Bueno, déjelo correr. Voy a llegarme a su casa. Si no está allí, habrá algún mensaje suyo.

Steve asintió. Al marcharme vi que conectaba el vidifono que tenía en frente de él.

 

La vivienda de Larry se encontraba a unos siete u ocho kilómetros en las afueras de la ciudad. Recogí mi automóvil en el West Lock y me puse en camino. El sol se había puesto cuando salí de la ciudad, pero Phobos había salido ya, de modo que no necesité encender los faros del coche. Un cuarto de hora después me encontraba ante la casa de Larry. Pude verla iluminada por la claridad de la luna, pero en su interior no brillaba ninguna luz.

Aparqué el automóvil y me dirigí hacia la casa. Empujé la puerta, que estaba abierta. El saloncito estaba razonablemente limpio. Pero los muebles tenían una capa de polvo, lo cual demostraba que hacía algunas semanas, por lo menos, que nadie había habitado allí. Me acerqué al vidifono y lo conecté. La pantalla no se iluminó.

El hecho resultaba sorprendente. Larry debió dejar algún mensaje. Husmeé por toda la casa en busca de alguna pista. Pero no pude encontrar nada.

Larry Gains y yo habíamos ido juntos a la escuela, habíamos ingresado juntos en la Universidad de Tycho y nos habíamos graduado juntos. Nuestros primeros cuatro años en el espacio los hicimos a bordo de la misma nave —el Greylance, del Circuito Asteroides—, y cuando sobrevino la inevitable separación, con mi nombramiento de capitán del Ironrod, continuamos viéndonos todo lo que las circunstancias nos permitían. Afortunadamente, las dos naves tenían su base en Forbeston. Seis meses antes, el viejo Greylance había dado su última vuelta alrededor del Cinturón; un trozo de roca con un peso de más de veinte toneladas lo había abierto en dos. Larry había sido uno de los supervivientes, pero con heridas lo bastante graves como para mantenerle un año, como mínimo, fuera de servicio. Entonces había comprado la casa, y yo había pasado aquí con él un par de permisos. Ahora, el lugar estaba desierto. ¿Le habrían enviado de nuevo al espacio en una nave especial? En tal caso, hubiera dejado un mensaje, aunque también pudo ocurrir que pensara estar ausente menos tiempo… Ésta parecía ser la única explicación posible. Pero había el hecho de la espesa capa de polvo, y había el hecho de la extraña expresión de los ojos de Steve cuando mencioné el nombre de Larry. Di otra vuelta por la casa, con una sensación de desconcierto. Encontré una cinta de la edición de Forbeston de la Tycho Capsule. La hice deslizar por la pantalla: 24 del VII… Era una cinta atrasada. Más de dos meses.

No oí ningún ruido en el exterior de la casa. Oí que se abría la puerta detrás de mí y me volví en redondo, pensando que iba a encontrarme ante el propio Larry. Pero, en vez de Larry, vi a dos hombres que llevaban el uniforme médico. Uno de ellos dio un paso hacia adelante.

—¿Capitán Newsan? —Sonó como una pregunta, pero en realidad era una afirmación.

Asentí.

—Le necesitamos a usted para una comprobación —dijo—. No le retendremos mucho tiempo.

—Ya he pasado la revisión. Esta tarde. Cuando llegué en el Ironrod.

—Lo sé, lo sé —dijo el médico—. No le retendremos mucho tiempo.

—No me retendrán ustedes absolutamente nada —dije—. He pasado mi revisión. Si quieren algo de mí, diríjanse a la Base Venus.

Me dispuse a marcharme. El hombre que había hablado no hizo nada. El otro alzó su mano izquierda y la agitó suavemente. Arodato venusino, desde luego, contra el cual estaban inmunizados. Vi el polvillo dorado avanzar hacia mí, y sólo pude dar un par de pasos antes de sentir que se paralizaban mis músculos. Perdí el conocimiento.

Desperté en el edificio Médico de Forbeston. Mis músculos estaban aún rígidos. Me encontraba en una camilla, debajo del Comprobador. Los dos médicos estaban allí, y un capitán médico. Era un hombre bajito y rechoncho, de largas patillas, con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.

—Lamento haber tenido que utilizar estos procedimientos. Incidentalmente, puedo asegurarle que estábamos autorizados para actuar de este modo. Se lo digo por si se le ocurre la idea de presentar una querella contra nosotros. —Dijo.

El estar debajo del Comprobador explicaba lo del aerodato, pero no explicaba por qué. Estuve a punto de decir algo, pero decidí mantener la boca cerrada. Colocaron los electrodos detrás de mis orejas. El globo del Comprobador se encendió, con su color rosado normal.

El capitán dijo:

—Me llamo Pinski. Ahora, capitán Newsan, dígame: ¿es usted comandante de navío del Ironrod, de la línea Venus-Mercurio?

—Sí.

—¿Aterrizó usted hace cinco horas?

—Si llevo aquí media hora… sí.

Las preguntas continuaron, la mayor parte de ellas pura rutina. Pinski miraba de soslayo el globo del Comprobador. Luego empezó a formular unas cuantas preguntas menos «normales».

—¿Ha estado alguna vez en los otros planetas?

—¿Más allá de los Asteroides? No.

—¿Conoce usted al comandante Leopold?

—No.

—¿Y al comandante Stark?

—No.

—¿Qué opina usted de la lobotomía?

—Nunca he pensado en ella. Ahora no se utiliza, ¿verdad? Se recurre a la expulsión.

—¿Y sobre el proyecto Sirio?

—No estoy demasiado interesado en él.

—¿Sueña usted en amplias extensiones de agua?

—No he vuelto a soñar en ellas desde que era niño.

No tenía ningún motivo para temer lo que pudiera señalar el Comprobador, de modo que no me puse nervioso. El globo seguía proyectando su luz rosada, mientras iban brotando las preguntas.

Pinski dijo:

—¿Qué estaba usted haciendo en el lugar donde le encontraron los médicos?

—Tengo la impresión de que lo sabe usted perfectamente. Estaba buscando al capitán Gains. Tal vez pueda usted decirme dónde le encontraré —dije.

Pinski sonrió.

—No soy yo quien está bajo el Comprobador, capitán Newsam. —Dio un paso atrás—. Creo que todo está en regla. Lamento haberle molestado. Dentro de un par de minutos podrá usted marcharse por su propio pie. Al salir, pase por el bar. La tercera puerta a la derecha, siguiendo el pasillo. Me encontrará allí. Tendré mucho gusto en invitarle a una copa.

Le encontré en el bar, tal como me había dicho. Estaba sentado ante una mesa, con dos vasos delante de él. Alguien debió decirle que yo bebía ginebra de endrina. Me senté en la silla vacía.

—Me alegro de conocerle en circunstancias más «normales», capitán Newsam —dijo Pinski—. Beba, por favor.

Cogí el vaso.

—Ahora, dígame por qué…

Alzó una mano.

—Siento decirle que no puedo darle a usted ninguna información acerca de los motivos por los cuales ha sido usted sometido al Comprobador.

—De acuerdo —dije—. Entonces, ¿sabe usted dónde puedo encontrar a Gains?

Vaciló un brevísimo instante.

—La respuesta tiene que ser no —dijo.

Apuré el contenido del vaso.

—Le agradezco mucho su hospitalidad. Buenas noches, capitán Pinski.

—Permítame darle un consejo puramente médico —dijo—. Váyase directamente a la cama y procure dormir.

—¡Gracias! —dije. Y me marché.

 

Forbeston, al igual que todas las estaciones de tránsito de las rutas interplanetarias, tenía su lado menos respetable. Me dirigí directamente al East Side, en la confluencia de las calles 90 y J. El «Persépolis» es un pequeño club situado al final de la calle 90. Soy un antiguo cliente del club, pero cada vez que voy allí me siento menos satisfecho de ello. Me tomé un par de ginebras de endrina en el bar. Estaba terminando con la segunda cuando se me acercó Cynthia.

—¡Hola! Cuanto tiempo sin verte…

—Lo mismo digo. Oye, ¿has visto a Larry por aquí?

—¿Larry? No he vuelto a verle desde la última vez que estuvisteis aquí los dos. Pero he estado una temporada fuera, viajando por el Gran Canal. Espera, se lo preguntaré a Sue.

—Gracias —dije.

Estuvo ausente dos o tres minutos. Cuando regresó, me dijo:

—No. No le han visto por aquí desde entonces.

Pero Cynthia había dejado de mostrarse espontánea; su actitud de recelo era evidente. Y no parecía sentir la menor curiosidad acerca de lo que podía haberle sucedido a Larry.

—Creí que éramos amigos, Cynth… Vamos, ¿qué es lo que pasa? —dije.

—¿Lo que pasa? No sé que pase nada. Ni siquiera me has invitado a beber.

Dejé caer un billete sobre la mesa.

—Tómate una copa a la salud de Larry. Buenas noches, Cynthia.

Me alcanzó antes de que llegara a la puerta.

—No lo sé, Jake, palabra que no lo sé. Lo único que me han dicho es que no me convenía hacer preguntas acerca de Larry.

Ahora me estaba diciendo la verdad.

—Gracias —le dije—. De todos modos, buenas noches.

—¿A dónde vas ahora?

—Sólo hay un lugar donde puedo obtener alguna información.

La Oficina Terminal tenía controlados a todos los oficiales que navegaban por el espacio. Allí tenían que conocer forzosamente el paradero de Larry.

Subí a mi automóvil y solté los frenos. Detrás de mí, una voz familiar dijo:

—No parece haber tenido mucha suerte en lo que respecta a encontrar a su amigo, capitán Newsam.

Era Matthews. Estaba retrepado en el asiento trasero del automóvil.

—No esperaba encontrarle aquí —dije.

—He pensado que no tendría usted inconveniente en llevarme a casa. Vivo en la calle 72.

—¿Qué me dará a cambio? ¿Información?

—Un trago. Y tal vez información.

—De acuerdo —dije—. ¿Qué número?

Era un apartamento más lujoso de lo que yo hubiera imaginado que podía costearse Matthews. Cuatro habitaciones, muy bien montadas. Me hizo sentar en una cómoda butaca delante de un chisporroteante fuego, y me sirvió un vaso de ginebra de endrina. El hecho de que todo el mundo supiera la clase de bebida que me gustaba había dejado de preocuparme.

—Ahora —dije—, deseo saber dónde está Larry Gains.

Matthews frunció las cejas.

—¿Gains? ¡Ah, sí, ese amigo al que usted no encuentra…!

Dije, desabridamente:

—¿Qué información puede usted darme?

—Creí que había venido por la ginebra… —dijo—. No, no se marche. Si va usted a la Oficina Terminal a esta hora, no encontrará allí más que al guardián nocturno, el cual le dirá a usted que vuelva mañana. Termine su ginebra, y sírvase otra. Tengo entendido que le llevaron a usted a comprobación a primera hora de la noche, ¿verdad?

—Sí.

—¿Qué clase de preguntas le hicieron?

Se lo dije, y él asintió.

—Leopold… Stark… Muy interesante.

—Ahora, dígame: ¿qué hay detrás de todo esto?

Tardó unos segundos en contestar, y lo hizo con otra pregunta:

—¿Recuerda la conversación que hemos sostenido esta tarde?

—Más o menos. Hablaba usted de los inadaptados.

Matthews me miró fijamente.

—El capitán Larry Gains fue clasificado como inadaptado hace tres semanas. Fue expulsado a la Tierra hace una semana. ¿Es eso lo que quería saber?

—Creo que está usted confundido. Larry se encontraba perfectamente cuando le vi por última vez, hace cosa de dos meses. Y para que a uno le clasifiquen de inadaptado tienen que transcurrir tres meses. —dije.

—No, si la clasificación es 3—K —dijo Matthews suavemente.

—¿3—K?

—Actividades organizadas contra el Estado.

—Esto me resulta aún más increíble, tratándose de Larry.

—Dígame —inquirió Matthews—, ¿qué sabe usted acerca de la Tierra?

—Lo que todo el mundo sabe. Que cuando estalló la tercera guerra atómica, las colonias de la Luna y las de Marte declararon su neutralidad. La mayor parte de los estados mayores técnicos de las bases terrestres se apresuraron a unirse a ellas, y los que no lo hicieron es de suponer que perecieron en el conflicto. El curso de la guerra fue seguido por radio hasta que la última emisora desapareció del éter, señalando el derrumbamiento. Las colonias se concentraron en su propia expansión, primero sobre la Luna y sobre Marte; más tarde sobre Venus y sobre las lunas de Júpiter, Saturno y Urano. Hubiera sido descabellado regresar a una Tierra envenenada de gases radioactivos, con una población salvaje minada por las enfermedades y por las radiaciones. Lo más lógico era extenderse hacia otros sistemas.

—Y, desde luego —dijo Matthews—, existía el Protocolo.

Supongo que el Protocolo puede ser llamado la base de nuestra educación. En él se afirma que lo antiguo y caduco debe ser dejado atrás; que el hombre debe ir en busca de cosas más valiosas, y no regresar al mundo de desgracia y de miseria al cual estuvo atado tanto tiempo. Se afirman muchas más cosas, pero ésas son las fundamentales. Los chiquillos tienen que aprenderse el Protocolo de memoria.

—Sí, el Protocolo —dije—. El Protocolo surgió de un modo natural de las circunstancias.

—Desde luego —convino Matthews—. De las circunstancias. Pero las circunstancias cambian. Y el Protocolo sigue siendo el mismo.

—¿Por qué tendría que cambiar?

—Bueno, ¿cree usted que la mejor existencia que puede tener un hombre es pasar de un medio ambiente artificial a otro? ¿Volverle la espalda a un planeta increíblemente productivo?

—No es más que una etapa de transición. El proyecto Sirio…

—…es un fracaso —dijo Matthews—. Pero no lo sabremos de un modo oficial hasta que hayan redactado un nuevo proyecto… otra zanahoria delante del borrico. Pero es un fracaso. Dos planetas. Ni habitables, ni con posibilidades de convertirse en habitables.

Dije, lentamente:

—Ahora quizá me dirá usted qué tiene que ver todo eso con Larry Gains.

Matthews se puso en pie y se acercó a la telepantalla. Pulsó un pequeño interruptor que había a su izquierda, y en la pantalla aparecieron una serie de círculos concéntricos que iban ensanchándose desde el centro. Se trataba de un sistema de alarma: si alguien se acercaba a la habitación, los círculos se harían irregulares. Matthews volvió a sentarse.

—A raíz del accidente que sufrió, Gains dispuso de mucho tiempo libre. Y se dedicó a pensar. Luego conoció a alguien de nuestro grupo, y, resumiendo, se unió a nosotros.

—¿Su grupo? ¿Se unió a ustedes?

—Representamos a un partido cuyo objetivo es la derogación del Protocolo. Queremos regresar a la Tierra, recolonizarla y librarla de la barbarie. Gains se unió a nosotros.

—Está usted loco. ¿Qué le hace creer que sabe usted más que el Directorio? Cada año que pasa, mejoramos las condiciones de los planetas. Las nuevas construcciones en el Gran Canal ocuparán más de cuarenta kilómetros cuadrados. —dije.

—Construcciones cada vez mayores —dijo Matthews—, pero siempre artificiales. Nunca la posibilidad de vivir una vida natural en un medio ambiente natural.

—¿Y Larry? ¿Permitieron ustedes que le cogieran?

—Fue mala suerte.

—¿Mala suerte?

—Sí, mala suerte. Controlaron sus conversaciones con un amigo suyo. Les detuvieron a los dos. Afortunadamente, no conocían más que a dos hombres del grupo… y ésos pudieron escapar. No podemos hacer nada por Gains y Bessemer. Absolutamente nada.

—De modo que lo han expulsado… ¿Está seguro de que no lo tienen retenido en alguna parte?

—En determinados aspectos, nuestro servicio de información es perfecto. Fueron expulsados los dos. Les dejaron caer en el continente Americano —al Norte, exactamente—. Allí es donde suelen dejar caer a los inadaptados.

Algo me había estado preocupando todo el tiempo, y repentinamente supe lo que era. Dije, cautamente:

—Bueno, ya he obtenido la información que vine a buscar. Ahora empiezo a preguntarme por qué la he obtenido. No creo que usted piense que soy inofensivo para su organización, por el solo hecho de que Larry perteneciera a ella. Y, sin embargo, me ha revelado usted un montón de cosas, de las cuales yo podría hacer un mal uso. ¿Por qué lo ha hecho?

Matthews sonrió.

—Bueno, no le he dicho a usted nada que el Directorio no sepa. Excepto que yo formo parte del grupo, aunque dispongo de los medios para escapar; de todos modos, no soy indispensable. Pero está usted en lo cierto al creer que existía un motivo. Gains era un buen amigo suyo.

—El mejor.

—Era un hombre excelente. Sentimos mucho su pérdida, y nos gustaría hacerle regresar.

—¿Regresar? ¿De la Tierra?

—Tenemos un pequeño crucero a nuestra disposición —esto es confidencial, y al decírselo quemo sus naves y las nuestras—, y podemos ir a la Tierra y regresar. Pero no es una tarea fácil, y desde luego no podemos ni pensar en organizar patrullas de exploración. Pero si alguien es expulsado con instrucciones para Gains y Bessemer, a fin de que se dirijan a un lugar donde podamos recogerlos… podrían regresar los tres. Tenemos la suerte de que los inadaptados son dejados caer siempre en la misma zona, aproximadamente. Esto significa que no sería muy difícil encontrarlos.

—¿Qué sabe usted acerca de las condiciones de aquella parte del planeta?

Matthews me miró a los ojos.

—Absolutamente nada.

Reflexioné unos instantes.

—De acuerdo. Iré. ¿Qué es lo que tengo que hacer?

Matthews sonrió.

—No me equivoqué al suponer que lo haría. En cuanto a ir, resultará bastante fácil. Tenía usted el propósito de dirigirse a la Oficina Terminal. Hágalo. Si se muestra usted insistente, le informarán acerca de Gains. Después de esto, la cosa será fácil. En la oficina estará usted bajo observación automática, y la inyección de adrenalina que se pondrá usted antes de ir allí quedará registrada. Esto les hará entrar en sospechas. Enviaremos al club unos documentos comprometedores a su nombre. A partir de aquel momento, todo irá muy de prisa. Y espero que cuando le sometan a usted de nuevo al Comprobador, conservarán una razonable distancia entre sus sospechas y lo que realmente sucede. Creo que lo harán. Los Comprobadores no son demasiado buenos, actualmente.

—Gracias —dije—. Parece usted haberlo previsto todo. Pero, por simple curiosidad, dígame: aquella observación acerca de quemar sus naves y las mías, ¿significa que de no haber accedido a…?

—Confiamos plenamente en usted —me interrumpió Matthews—. Pero, si nos hubiésemos equivocado…

Apuntó su pulgar hacia el suelo con mucha delicadeza.

 

Quedé sorprendido de la rapidez con que se desarrollaron los acontecimientos. Los documentos que Matthews me envió al club debían ser muy comprometedores. Fui trasladado a la Luna, a Arquímedes, para la decisión final, que estaba decidida de antemano. Al cabo de una semana de mi conversación con Matthews, estaba escuchando la sentencia que me condenaba, por inadaptado, a ser expulsado a la Tierra. En la puerta de la sala donde se había reunido el tribunal, alguien me estaba esperando. Pinski.

—He sido comprobado tres veces en una semana. Creí que había terminado usted ya conmigo. —dije.

Pinski sonrió.

—Esta vez es distinto. Esta vez vamos a someterle a la hipnosis.

Me apresuré a decir:

—No puede usted hacer eso. La Norma 75 estipula que nadie puede ser sometido a una forma de interrogatorio que su mente consciente no pueda observar. El Comprobador es el límite.

—Conoce usted las normas, ex capitán Newsam —dijo Pinski—. Desgraciadamente, han dejado de tener aplicación para usted. El Estado le ha privado a usted de todos sus derechos. No nos llevará mucho tiempo.

Demasiado, pensé amargamente, para las fuentes de información de Matthews. Me encontraba completamente indefenso. Podía tratar de resistir, pero el aerodato acabaría con mi resistencia. Me quedé quieto mientras Pinski preparaba el pequeño hipnotizador.

—Siéntese —me dijo.

Las pequeñas bolas plateadas empezaron a girar; los espejos despidieron unas extrañas luces. Oí la voz de Pinski, próxima al principio, luego cada vez más lejana.

Al cabo de un indefinido espacio de tiempo, la voz de Pinski otra vez.

—Despierte, Newsam. Despierte.

Levanté la cabeza, con la mente despejada. Pinsky me estaba mirando con una expresión de lástima.

—Ha tenido usted mala suerte —observó—. Le han engañado a usted miserablemente.

No estaba seguro de lo que habían obtenido de mí, aunque supuse que había sido todo.

—No me quejo —dije.

Pinski dijo:

—Desgraciadamente, no existe ningún precedente de reclamación de inadaptados; de haber existido, podíamos haberle salvado a usted. Tal como están las cosas… puede usted aceptar la expulsión con la satisfacción de haber prestado un servicio final al Directorio. No sabíamos nada acerca de aquel crucero. —Hizo una pausa—. La nave le espera. Buena suerte, Newsam.

Estreché la mano que me tendía. A continuación, los guardianes me condujeron a la rampa principal. Dirigí una última mirada a Arquímedes, y entré en la nave. Era muy pequeña; menos de diez mil toneladas.

Durante las tres horas de viaje hacia la Tierra, tuve tiempo más que sobrado para reflexionar. El plan de Matthews se había venido abajo. Cuando el crucero llegara al lugar de la cita, se encontraría con una flota de combate esperándole. De todos modos, eran unos locos al tratar de derribar al Directorio. En cuanto a establecerse de nuevo en la Tierra, no tardaría en saber a mi costa lo que significaba, con la ayuda de Larry y de Bessemer… si es que podía encontrarlos.

La nave se colocó en órbita, y empezaron los preparativos finales para mi lanzamiento. Matthews había estado en lo cierto, al menos, al decir que no dejaban caer a los inadaptados al buen tun-tún. Toda la operación estaba minuciosamente calculada. Cuando hubieron terminado, me encontré metido dentro del traje de lanzamiento. El capitán de la nave me dio las pertinentes instrucciones.

—Los cinco chorros de retardamiento se encenderán automáticamente. Después del quinto, se abrirá el primer paracaídas, y diez segundos más tarde se abrirá el otro. —Sonrió tristemente—. Si al cabo de quince segundos no se ha abierto, sabrá usted que la cosa no marcha como es debido. No creo que le quede a usted un hueso sano después de aterrizar en tales condiciones.

—Muchas gracias —murmuré.

—Hasta ahora no hemos tenido ninguna queja —continuó—, aunque supongo que los perjudicados no habían quedado en condiciones de quejarse. Si todo va bien, aterrizará usted en el lugar donde son enviados todos los inadaptados. Gracias a la generosidad de nuestro Directorio, caerá usted en una zona en la que abunda la caza, y si consigue sobrevivir el tiempo suficiente, podrá llegar a cultivar la tierra. Y está muy cerca del mar, al mismo tiempo. Antiguamente creo que se llamó New Hampshire.

—¿Qué hay de las provisiones?

—Lleva usted alimentos concentrados para una semana. Y una pistola Klaber con cien cargas.

Salté al vacío sin esperar que la carga de aire me empujara. En el momento de saltar se encendió el primero de los chorros de retardamiento.

Cuando se encendió el quinto, se me ocurrió una idea que heló la sangre en mis venas. Matthews no había previsto que pudieran someterme a la hipnosis. ¿Y si él y su grupo estaban equivocados en otros detalles? ¿Y si la observación del capitán acerca de la no apertura del segundo paracaídas había sido algo más que una broma de mal gusto? ¿Quién podía saber si la expulsión era un modo como otro de dar cumplimiento a una sentencia de muerte?

El primer paracaídas se abrió. Empecé a contar lentamente los segundos.

Al llegar a quince, supe que estaba en lo cierto. La velocidad de mi caída fue aumentando. Abajo me aguardaba la muerte.

A los veinte segundos, con un fuerte tirón, se abrió el segundo paracaídas. El sentido del humor del capitán era más horrible aún de lo que había imaginado.

Con todo, novato como era en aquella clase de descensos, me estrellé contra el duro suelo. Mi cabeza chocó contra algo, y perdí el conocimiento.

Antes de abrir de nuevo los ojos, oí la voz de Larry. Creí que se trataba de una alucinación, pero de ser así era una alucinación muy persistente.

—Vamos, Jake. Despierta de una vez.

Abrí los ojos. Era Larry. Y lo más raro de todo era que detrás de él había otra media docena de personas. Y dos de ellas eran mujeres.

—Tenía que encontrarme contigo y llevarte a un lugar de la costa, para que un crucero nos recogiera a ti, a Bessemer y a mí. Pero el Directorio está enterado de todo. Será una trampa… —dije.

Larry se echó a reír.

—Es una trampa, desde luego. Pero no del Directorio, te lo aseguro.

—Estoy hablando en serio —dije—. Me sometieron a la hipnosis y se enteraron de todo.

—Lo sabíamos —dijo Larry—. Matthews no podía advertírtelo, naturalmente, porque se hubieran enterado también de la advertencia. De modo que tuvo que inventarse una historia. Una historia capaz de convencerte a ti, y de despistar al Directorio al mismo tiempo.

—¿Cómo sabes todo eso?

—No tenemos ningún crucero —dijo Larry—. No tenemos ni siquiera una barca de pesca. Pero mantenemos contacto por radio. Te estábamos esperando. Siempre esperamos a los inadaptados que son lanzados aquí.

—¿Esperáis? —pregunté—. ¿Quieres decir…?

—Sí —dijo Larry—. Tenemos aquí una pequeña colonia, cincuenta y ocho en total, y vamos aumentando.

Me ayudaron a quitarme el traje de lanzamiento. Noté un soplo de aire natural en, mi rostro, mezclado con el perfume, el indescriptible perfume de las flores, de la hierba y de los árboles. Larry espiaba mis reacciones.

—Esto es algo, ¿no?

—¿Y los salvajes? —inquirí.

Se encogió de hombros.

—Tal vez haya algunos más al oeste. No hemos tenido tiempo de explorar todo esto detenidamente. Pero esta zona está despejada.

La tierra crujía bajo mis pies.

—Pero, ¿por qué? —pregunté—. El Directorio tiene que saber cómo es este planeta. ¿Por qué no regresan aquí, en vez de entretenerse con proyectos interestelares que no conducen a ningún resultado positivo?

—El Directorio —dijo Larry— es una organización establecida para gobernar un grupo de ciudades artificiales perfectamente controladas. Un Estado que se extiende sobre una docena de planetas y de satélites, pero un Estado completamente urbano. Si los hombres regresaran a la Tierra, volvieran a cultivar el suelo y a vivir en pequeñas comunidades como nosotros hacemos ahora, el poder del Directorio quedaría anulado. Y si deseas que te aclare más los motivos, es que desconoces por completo la naturaleza humana.

—¿Crees que podemos vencerles? —le pregunté—. ¿Que podemos desafiarles ante sus mismas narices? ¿Olvidas acaso que disponen de un telescopio, el telescopio de Tycho, apuntando directamente a la Tierra, inspeccionándolo todo?

—Nosotros no deseamos vencer a nadie —dijo Larry—. Lo único que queremos es pasar inadvertidos. Vivimos en una aldea de edificaciones muy pequeñas, enmascaradas, por añadidura, para más seguridad. Cultivamos nuestra tierra, y nuestros agentes en los planetas se encargan de reclutar nuevos adeptos.

De repente me acordé de Matthews.

—¡Pobre Matthews! —murmuré—. ¡Pensar que sigue en Forbeston!

—No te preocupes —dijo Larry—. No tardarás mucho en verle. Tiene prevista su detención para dentro de tres meses.

Se echó a reír, y el resto del grupo coreó su risa. Una risa contagiosa. De pronto, estallé en una carcajada incontenible. Larry apoyó una mano en mi hombro.

—Mira eso —dijo—. Míralo bien.

Mis ojos siguieron la dirección de su mano, y pude contemplar la puesta del sol.

 

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Acerca de snake1964

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