EDGAR ALLAN POE – Cuentos II

EDGAR ALLAN POE

Cuentos

La carta robada
Nil sapientiae odiosius acumine nimio.
(SÉNECA)
Me hallaba en París en el otoño de 18… Una noche, después de una tarde ventosa,
gozaba del doble placer de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de
mi amigo C. Auguste Dupin, en su pequeña biblioteca o gabinete de estudios del n.° 33, rue
Dunot, au troisième, Faubourg Saint-Germain. Llevábamos más de una hora en profundo
silencio, y cualquier observador casual nos hubiera creído exclusiva y profundamente
dedicados a estudiar las onduladas capas de humo que llenaban la atmósfera de la sala. Por
mi parte, me había entregado a la discusión mental de ciertos tópicos sobre los cuales
habíamos departido al comienzo de la velada; me refiero al caso de la rue Morgue y al
misterio del asesinato de Marie Rogêt. No dejé de pensar, pues, en una coincidencia,
cuando vi abrirse la puerta para dejar paso a nuestro viejo conocido G…, el prefecto de la
policía de París.
Lo recibimos cordialmente, pues en aquel hombre había tanto de despreciable como de
divertido, y llevábamos varios años sin verlo. Como habíamos estado sentados en la
oscuridad, Dupin se levantó para encender una lámpara, pero volvió a su asiento sin hacerlo
cuando G… nos hizo saber que venía a consultarnos, o, mejor dicho, a pedir la opinión de
mi amigo sobre cierto asunto oficial que lo preocupaba grandemente.
—Si se trata de algo que requiere reflexión —observó Dupin, absteniéndose de dar
fuego a la mecha— será mejor examinarlo en la oscuridad.
—He aquí una de sus ideas raras —dijo el prefecto, para quien todo lo que excedía su
comprensión era «raro», por lo cual vivía rodeado de una verdadera legión de «rarezas».
—Muy cierto —repuso Dupin, entregando una pipa a nuestro visitante y ofreciéndole
un confortable asiento.
—¿Y cuál es la dificultad? —pregunté—. Espero que no sea otro asesinato.
—¡Oh, no, nada de eso! Por cierto que es un asunto muy sencillo y no dudo de que
podremos resolverlo perfectamente bien por nuestra cuenta; de todos modos pensé que a
Dupin le gustaría conocer los detalles, puesto que es un caso muy raro.
—Sencillo y raro —dijo Dupin.
—Justamente. Pero tampoco es completamente eso. A decir verdad, todos estamos
bastante confundidos, ya que la cosa es sencillísima y, sin embargo, nos deja perplejos.
—Quizá lo que los induce a error sea precisamente la sencillez del asunto —observó mi
amigo.
—¡Qué absurdos dice usted! —repuso el prefecto, riendo a carcajadas.
—Quizá el misterio es un poco demasiado sencillo —dijo Dupin.
—¡Oh, Dios mío! ¿Cómo se le puede ocurrir semejante idea?
—Un poco demasiado evidente.
—¡Ja, ja! ¡Oh, oh! —reía el prefecto, divertido hasta más no poder—. Dupin, usted
acabará por hacerme morir de risa.
—Veamos, ¿de qué se trata? —pregunté.
—Pues bien, voy a decírselo —repuso el prefecto, aspirando profundamente una
bocanada de humo e instalándose en un sillón—. Puedo explicarlo en pocas palabras, pero
antes debo advertirles que el asunto exige el mayor secreto, pues si se supiera que lo he
confiado a otras personas podría costarme mi actual posición.
—Hable usted —dije.
—O no hable —dijo Dupin.
—Está bien. He sido informado personalmente, por alguien que ocupa un altísimo
puesto, de que cierto documento de la mayor importancia ha sido robado en las cámaras
reales. Se sabe quién es la persona que lo ha robado, pues fue vista cuando se apoderaba de
él. También se sabe que el documento continúa en su poder.
—¿Cómo se sabe eso? —preguntó Dupin.
—Se deduce claramente —repuso el prefecto— de la naturaleza del documento y de
que no se hayan producido ciertas consecuencias que tendrían lugar inmediatamente
después que aquél pasara a otras manos; vale decir, en caso de que fuera empleado en la
forma en que el ladrón ha de pretender hacerlo al final.
—Sea un poco más explícito —dije.
—Pues bien, puedo afirmar que dicho papel da a su poseedor cierto poder en cierto
lugar donde dicho poder es inmensamente valioso.
El prefecto estaba encantado de su jerga diplomática.
—Pues sigo sin entender nada —dijo Dupin.
—¿No? Veamos: la presentación del documento a una tercera persona que no
nombraremos pondría sobre el tapete el honor de un personaje de las más altas esferas y
ello da al poseedor del documento un dominio sobre el ilustre personaje cuyo honor y
tranquilidad se ven de tal modo amenazados.
—Pero ese dominio —interrumpí— dependerá de que el ladrón supiera que dicho
personaje lo conoce como tal. ¿Y quién osaría…?
—El ladrón —dijo G…— es el ministro D…, que se atreve a todo, tanto en lo que es
digno como lo que es indigno de un hombre. La forma en que cometió el robo es tan
ingeniosa como audaz. El documento en cuestión —una carta, para ser francos— fue
recibido por la persona robada mientras se hallaba a solas en el boudoir real. Mientras la
leía, se vio repentinamente interrumpida por la entrada de la otra eminente persona, a la
cual la primera deseaba ocultar especialmente la carta. Después de una apresurada y vana
tentativa de esconderla en un cajón, debió dejarla, abierta como estaba, sobre una mesa.
Como el sobrescrito había quedado hacia arriba y no se veía el contenido, la carta podía
pasar sin ser vista. Pero en ese momento aparece el ministro D… Sus ojos de lince perciben
inmediatamente el papel, reconoce la escritura del sobrescrito, observa la confusión de la
persona en cuestión y adivina su secreto. Luego de tratar algunos asuntos en la forma
expeditiva que le es usual, extrae una carta parecida a la que nos ocupa, la abre, finge leerla
y la coloca luego exactamente al lado de la otra. Vuelve entonces a departir sobre las
cuestiones públicas durante un cuarto de hora. Se levanta, finalmente, y, al despedirse, toma
la carta que no le pertenece. La persona robada ve la maniobra, pero no se atreve a llamarle
la atención en presencia de la tercera, que no se mueve de su lado. El ministro se marcha,
dejando sobre la mesa la otra carta sin importancia.
—Pues bien —dijo Dupin, dirigiéndose a mí—, ahí tiene usted lo que se requería para
que el dominio del ladrón fuera completo: éste sabe que la persona robada lo conoce como
el ladrón.
—En efecto —dijo el prefecto—, y el poder así obtenido ha sido usado en estos últimos
meses para fines políticos, hasta un punto sumamente peligroso. La persona robada está
cada vez más convencida de la necesidad de recobrar su carta. Pero, claro está, una cosa así
no puede hacerse abiertamente. Por fin, arrastrada por la desesperación, dicha persona me
ha encargado de la tarea.
—Para la cual —dijo Dupin, envuelto en un perfecto torbellino de humo— no podía
haberse deseado, o siquiera imaginado, agente más sagaz.
—Me halaga usted —repuso el prefecto—, pero no es imposible que, en efecto, se
tenga de mi tal opinión.
—Como hace usted notar —dije—, es evidente que la carta sigue en posesión del
ministro, pues lo que le confiere su poder es dicha posesión y no su empleo. Apenas
empleada la carta, el poder cesaría.
Muy cierto —convino G…—. Mis pesquisas se basan en esa convicción. Lo primero
que hice fue registrar cuidadosamente la mansión del ministro, aunque la mayor dificultad
residía en evitar que llegara a enterarse. Se me ha prevenido que, por sobre todo, debo
impedir que sospeche nuestras intenciones, lo cual sería muy peligroso.
—Pero usted tiene todas las facilidades para ese tipo de investigaciones —dije—. No es
la primera vez que la policía parisiense las practica.
—¡Oh, naturalmente! Por eso no me preocupé demasiado. Las costumbres del ministro
me daban, además, una gran ventaja. Con frecuencia pasa la noche fuera de su casa. Los
sirvientes no son muchos y duermen alejados de los aposentos de su amo; como casi todos
son napolitanos, es muy fácil inducirlos a beber copiosamente. Bien saben ustedes que
poseo llaves con las cuales puedo abrir cualquier habitación de París. Durante estos tres
meses no ha pasado una noche sin que me dedicara personalmente a registrar la casa de D…
Mi honor está en juego y, para confiarles un gran secreto, la recompensa prometida es
enorme. Por eso no abandoné la búsqueda hasta no tener seguridad completa de que el
ladrón es más astuto que yo. Estoy seguro de haber mirado en cada rincón posible de la
casa donde la carta podría haber sido escondida.
—¿No sería posible —pregunté— que si bien la carta se halla en posesión del ministro,
como parece incuestionable, éste la haya escondido en otra parte que en su casa?
—Es muy poco probable —dijo Dupin—. El especial giro de los asuntos actuales en la
corte, y especialmente de las intrigas en las cuales se halla envuelto D…, exigen que el
documento esté a mano y que pueda ser exhibido en cualquier momento; esto último es tan
importante como el hecho mismo de su posesión.
—¿Que el documento pueda ser exhibido? —pregunte.
—Si lo prefiere, que pueda ser destruido —dijo Dupin.
—Pues bien —convine—, el papel tiene entonces que estar en la casa. Supongo que
podemos descartar toda idea de que el ministro lo lleve consigo.
—Por supuesto —dijo el prefecto—. He mandado detenerlo dos veces por falsos
salteadores de caminos y he visto personalmente cómo le registraban.
—Pudo usted ahorrarse esa molestia —dijo Dupin—. Supongo que D… no es
completamente loco y que ha debido prever esos falsos asaltos como una consecuencia
lógica.
—No es completamente loco —dijo G…—, pero es un poeta, lo que en mi opinión
viene a ser más o menos lo mismo.
—Cierto —dijo Dupin, después de aspirar una profunda bocanada de su pipa de
espuma de mar—, aunque, por mi parte, me confieso culpable de algunas malas rimas.
—¿Por qué no nos da detalles de su requisición? —pregunté.
—Pues bien; como disponíamos del tiempo necesario, buscamos en todas partes.
Tengo una larga experiencia en estos casos. Revisé íntegramente la mansión, cuarto por
cuarto, dedicando las noches de toda una semana a cada aposento. Primero examiné el
moblaje. Abrimos todos los cajones; supongo que no ignoran ustedes que, para un agente
de policía bien adiestrado, no hay cajón secreto que pueda escapársele. En una búsqueda de
esta especie, el hombre que deja sin ver un cajón secreto es un imbécil. ¡Son tan evidentes!
En cada mueble hay una cierta masa, un cierto espacio que debe ser explicado. Para eso
tenemos reglas muy precisas. No se nos escaparía ni la quincuagésima parte de una línea.
»Terminada la inspección de armarios pasamos a las sillas. Atravesamos los
almohadones con esas largas y finas agujas que me han visto ustedes emplear. Levantamos
las tablas de las mesas.»
—¿Porqué?
—Con frecuencia, la persona que desea esconder algo levanta la tapa de una mesa o de
un mueble similar, hace un orificio en cada una de las patas, esconde el objeto en cuestión y
vuelve a poner la tabla en su sitio. Lo mismo suele hacerse en las cabeceras y postes de las
camas.
—Pero, ¿no puede localizarse la cavidad por el sonido? —pregunté.
—De ninguna manera si, luego de haberse depositado el objeto, se lo rodea con una
capa de algodón. Además, en este caso estábamos forzados a proceder sin hacer ruido.
—Pero es imposible que hayan ustedes revisado y desarmado todos los muebles donde
pudo ser escondida la carta en la forma que menciona. Una carta puede ser reducida a un
delgadísimo rollo, casi igual en volumen al de una aguja larga de tejer, y en esa forma se la
puede insertar, por ejemplo, en el travesaño de una silla. ¿Supongo que no desarmaron
todas las sillas?
—Por supuesto que no, pero hicimos algo mejor: examinamos los travesaños de todas
las sillas de la casa y las junturas de todos los muebles con ayuda de un poderoso
microscopio. Si hubiera habido la menor señal de un reciente cambio, no habríamos dejado
de advertirlo instantáneamente. Un simple grano de polvo producido por un barreno nos
hubiera saltado a los ojos como si fuera una manzana. La menor diferencia en la
encoladura, la más mínima apertura en los ensamblajes, hubiera bastado para orientarnos.
—Supongo que miraron en los espejos, entre los marcos y el cristal, y que examinaron
las camas y la ropa de la cama, así como los cortinados y alfombras.
—Naturalmente, y luego que hubimos revisado todo el moblaje en la misma forma
minuciosa, pasamos a la casa misma. Dividimos su superficie en compartimentos que
numeramos, a fin de que no se nos escapara ninguno; luego escrutamos cada pulgada
cuadrada, incluyendo las dos casas adyacentes, siempre ayudados por el microscopio.
—¿Las dos casas adyacentes? —exclamé—. ¡Habrán tenido toda clase de dificultades!
—Sí. Pero la recompensa ofrecida es enorme.
—¿Incluían ustedes el terreno contiguo a las casas?
—Dicho terreno está pavimentado con ladrillos. No nos dio demasiado trabajo
comparativamente, pues examinamos el musgo entre los ladrillos y lo encontramos intacto.
—¿Miraron entre los papeles de D…, naturalmente, y en los libros de la biblioteca?
—Claro está. Abrimos todos los paquetes, y no sólo examinamos cada libro, sino que
lo hojeamos cuidadosamente, sin conformarnos con una mera sacudida, como suelen
hacerlo nuestros oficiales de policía. Medimos asimismo el espesor de cada
encuadernación, escrutándola luego de la manera más detallada con el microscopio. Si se
hubiera insertado un papel en una de esas encuadernaciones, resultaría imposible que
pasara inadvertido. Cinco o seis volúmenes que salían de manos del encuadernador fueron
probados longitudinalmente con las agujas.
—¿Exploraron los pisos debajo de las alfombras?
—Sin duda. Levantamos todas las alfombras y examinamos las planchas con el
microscopio.
—¿Y el papel de las paredes?
—Lo mismo.
—¿Miraron en los sótanos?
—Miramos.
—Pues entonces —declaré— se ha equivocado usted en sus cálculos y la carta no está
en la casa del ministro.
—Me temo que tenga razón —dijo el prefecto—. Pues bien, Dupin, ¿qué me aconseja
usted?
—Revisar de nuevo completamente la casa.
—¡Pero es inútil! —replicó G…—. Tan seguro estoy de que respiro como de que la
carta no está en la casa.
—No tengo mejor consejo que darle —dijo Dupin—. Supongo que posee usted una
descripción precisa de la carta.
—¡Oh, sí!
Luego de extraer una libreta, el prefecto procedió a leernos una minuciosa descripción
del aspecto interior de la carta, y especialmente del exterior. Poco después de terminar su
lectura se despidió de nosotros, desanimado como jamás lo había visto antes.
Un mes más tarde nos hizo otra visita y nos encontró ocupados casi en la misma forma
que la primera vez. Tomó posesión de una pipa y un sillón y se puso a charlar de cosas
triviales. Al cabo de un rato le dije:
—Veamos, G…, ¿qué pasó con la carta robada? Supongo que, por lo menos, se habrá
convencido de que no es cosa fácil sobrepujar en astucia al ministro.
—¡El diablo se lo lleve! Volví a revisar su casa, como me lo había aconsejado Dupin,
pero fue tiempo perdido. Ya lo sabía yo de antemano.
—¿A cuánto dijo usted que ascendía la recompensa ofrecida? —preguntó Dupin.
—Pues… a mucho dinero… muchísimo. No quiero decir exactamente cuánto, pero eso
sí, afirmo que estaría dispuesto a firmar un cheque por cincuenta mil francos a cualquiera
que me consiguiese esa carta. El asunto va adquiriendo día a día más importancia, y la
recompensa ha sido recientemente doblada. Pero, aunque ofrecieran tres voces esa suma, no
podría hacer más de lo que he hecho.
—Pues… la verdad… —dijo Dupin, arrastrando las palabras entre bocanadas de
humo—, me parece a mí, G…, que usted no ha hecho… todo lo que podía hacerse. ¿No cree
que… aún podría hacer algo más, eh?
—¿Cómo? ¿En qué sentido?
—Pues… puf… podría usted… puf, puf… pedir consejo en este asunto… puf, puf, puf…
¿Se acuerda de la historia que cuentan de Abernethy?
—No. ¡Al diablo con Abernethy!
—De acuerdo. ¡Al diablo, pero bienvenido! Érase una vez cierto avaro que tuvo la idea
de obtener gratis el consejo médico de Abernethy. Aprovechó una reunión y una
conversación corrientes para explicar un caso personal como si se tratara del de otra
persona. «Supongamos que los síntomas del enfermo son tales y cuales —dijo—. Ahora
bien, doctor: ¿qué le aconsejaría usted hacer?» «Lo que yo le aconsejaría —repuso
Abernethy— es que consultara a un médico.»
—¡Vamos! —exclamó el prefecto, bastante desconcertado—. Estoy plenamente
dispuesto a pedir consejo y a pagar por él. De verdad, daría cincuenta mil francos a
quienquiera me ayudara en este asunto.
—En ese caso —replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques—,
bien puede usted llenarme un cheque por la suma mencionada. Cuando lo haya firmado le
entregaré la carta.
Me quedé estupefacto. En cuanto al prefecto, parecía fulminado. Durante algunos
minutos fue incapaz de hablar y de moverse, mientras contemplaba a mi amigo con ojos
que parecían salírsele de las órbitas y con la boca abierta. Recobrándose un tanto, tomó una
pluma y, después de varias pausas y abstraídas contemplaciones, llenó y firmó un cheque
por cincuenta mil francos, extendiéndolo por encima de la mesa a Dupin. Éste lo examinó
cuidadosamente y lo guardo en su cartera; luego, abriendo un escritorio, sacó una carta y la
entregó al prefecto. Nuestro funcionario la tomó en una convulsión de alegría, la abrió con
manos trémulas, lanzó una ojeada a su contenido y luego, lanzándose vacilante hacia la
puerta, desapareció bruscamente del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba
desde el momento en que Dupin le pidió que llenara el cheque.
Una vez que se hubo marchado, mi amigo consintió en darme algunas explicaciones.
—La policía parisiense es sumamente hábil a su manera —dijo—. Es perseverante,
ingeniosa, astuta y muy versada en los conocimientos que sus deberes exigen. Así, cuando
G… nos explicó su manera de registrar la mansión de D…, tuve plena confianza en que
había cumplido una investigación satisfactoria, hasta donde podía alcanzar.
—¿Hasta donde podía alcanzar? —repetí.
—Sí —dijo Dupin—. Las medidas adoptadas no solamente eran las mejores en su
género, sino que habían sido llevadas a la más absoluta perfección. Si la carta hubiera
estado dentro del ámbito de su búsqueda, no cabe la menor duda de que los policías la
hubieran encontrado.
Me eché a reír, pero Dupin parecía hablar muy en serio.
—Las medidas —continuó— eran excelentes en su género, y fueron bien ejecutadas; su
defecto residía en que eran inaplicables al caso y al hombre en cuestión. Una cierta cantidad
de recursos altamente ingeniosos constituyen para el prefecto una especie de lecho de
Procusto, en el cual quiere meter a la fuerza sus designios. Continuamente se equivoca por
ser demasiado profundo o demasiado superficial para el caso, y más de un colegial
razonaría mejor que él. Conocí a uno que tenía ocho años y cuyos triunfos en el juego de
«par e impar» atraían la admiración general. El juego es muy sencillo y se juega con
bolitas. Uno de los contendientes oculta en la mano cierta cantidad de bolitas y pregunta al
otro: «¿Par o impar?» Si éste adivina correctamente, gana una bolita; si se equivoca, pierde
una. El niño de quien hablo ganaba todas las bolitas de la escuela. Naturalmente, tenía un
método de adivinación que consistía en la simple observación y en el cálculo de la astucia
de sus adversarios. Supongamos que uno de éstos sea un perfecto tonto y que, levantando la
mano cerrada, le pregunta: «¿Par o impar?» Nuestro colegial responde: «Impar», y pierde,
pero a la segunda vez gana, por cuanto se ha dicho a sí mismo: «El tonto tenía pares la
primera vez, y su astucia no va más allá de preparar impares para la segunda vez. Por lo
tanto, diré impar.» Lo dice, y gana. Ahora bien, si le toca jugar con un tonto ligeramente
superior al anterior, razonará en la siguiente forma: «Este muchacho sabe que la primera
vez elegí impar, y en la segunda se le ocurrirá como primer impulso pasar de par a impar,
pero entonces un nuevo impulso le sugerirá que la variación es demasiado sencilla, y
finalmente se decidirá a poner bolitas pares como la primera vez. Por lo tanto, diré pares.»
Así lo hace, y gana. Ahora bien, esta manera de razonar del colegial, a quien sus camaradas
llaman «afortunado», ¿en qué consiste si se la analiza con cuidado?
—Consiste —repuse— en la identificación del intelecto del razonador con el de su
oponente.
—Exactamente —dijo Dupin—. Cuando pregunté al muchacho de qué manera lograba
esa total identificación en la cual residían sus triunfos, me contestó: «Si quiero averiguar si
alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en
ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y luego espero
hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón,
coincidentes con la expresión de mi cara.» Esta respuesta del colegial está en la base de
toda la falsa profundidad atribuida a La Rochefoucauld, La Bruyère, Maquiavelo y
Campanella.
—Si comprendo bien —dije— la identificación del intelecto del razonador con el de su
oponente depende de la precisión con que se mida la inteligencia de este último.
—Depende de ello para sus resultados prácticos —replicó Dupin—, y el prefecto y sus
cohortes fracasan con tanta frecuencia, primero por no lograr dicha identificación y
segundo por medir mal —o, mejor dicho, por no medir— el intelecto con el cual se miden.
Sólo tienen en cuenta sus propias ideas ingeniosas y, al buscar alguna cosa oculta, se fijan
solamente en los métodos que ellos hubieran empleado para ocultarla. Tienen mucha razón
en la medida en que su propio ingenio es fiel representante del de la masa; pero, cuando la
astucia del malhechor posee un carácter distinto de la suya, aquél los derrota, como es
natural. Esto ocurre siempre cuando se trata de una astucia superior a la suya y, muy
frecuentemente, cuando está por debajo. Los policías no admiten variación de principio en
sus investigaciones; a lo sumo, si se ven apurados por algún caso insólito, o movidos por
una recompensa extraordinaria, extienden o exageran sus viejas modalidades rutinarias,
pero sin tocar los principios. Por ejemplo, en este asunto de D…, ¿qué se ha hecho para
modificar el principio de acción? ¿Qué son esas perforaciones, esos escrutinios con el
microscopio, esa división de la superficie del edificio en pulgadas cuadradas numeradas?
¿Qué representan sino la aplicación exagerada del principio o la serie de principios que
rigen una búsqueda, y que se basan a su vez en una serie de nociones sobre el ingenio
humano, a las cuales se ha acostumbrado el prefecto en la prolongada rutina de su tarea?
¿No ha advertido que G… da por sentado que todo hombre esconde una carta, si no
exactamente en un agujero practicado en la pata de una silla, por lo menos en algún agujero
o rincón sugerido por la misma línea de pensamiento que inspira la idea de esconderla en
un agujero hecho en la pata de una silla? Observe asimismo que esos escondrijos
rebuscados sólo se utilizan en ocasiones ordinarias, y sólo serán elegidos por inteligencias
igualmente ordinarias; vale decir que en todos los casos de ocultamiento cabe presumir, en
primer término, que se lo ha efectuado dentro de esas líneas; por lo tanto, su
descubrimiento no depende en absoluto de la perspicacia, sino del cuidado, la paciencia y la
obstinación de los buscadores; y si el caso es de importancia (o la recompensa magnifica, lo
cual equivale a la misma cosa a los ojos de los policías), las cualidades aludidas no fracasan
jamás. Comprenderá usted ahora lo que quiero decir cuando sostengo que si la carta robada
hubiese estado escondida en cualquier parte dentro de los límites de la perquisición del
prefecto (en otras palabras, si el principio rector de su ocultamiento hubiera estado
comprendido dentro de los principios del prefecto) hubiera sido descubierta sin la más
mínima duda. Pero nuestro funcionario ha sido mistificado por completo, y la remota fuente
de su derrota yace en su suposición de que el ministro es un loco porque ha logrado
renombre como poeta. Todos los locos son poetas en el pensamiento del prefecto, de donde
cabe considerarlo culpable de un non distributio medii por inferir de lo anterior que todos
los poetas son locos.
—¿Pero se trata realmente del poeta? —pregunté—. Sé que D… tiene un hermano, y
que ambos han logrado reputación en el campo de las letras. Creo que el ministro ha escrito
una obra notable sobre el cálculo diferencial. Es un matemático y no un poeta.
—Se equivoca usted. Lo conozco bien, y sé que es ambas cosas. Como poeta y
matemático es capaz de razonar bien, en tanto que como mero matemático hubiera sido
capaz de hacerlo y habría quedado a merced del prefecto.
—Me sorprenden esas opiniones —dije—, que el consenso universal contradice.
Supongo que no pretende usted aniquilar nociones que tienen siglos de existencia
sancionada. La razón matemática fue considerada siempre como la razón por excelencia.
—Il y a à parier —replicó Dupin, citando a Chamfort— que toute idée publique, toute
convention reçue est une sottise, car elle a convenu au plus grand nombre. Le aseguro que
los matemáticos han sido los primeros en difundir el error popular al cual alude usted, y que
no por difundido deja de ser un error. Con arte digno de mejor causa han introducido, por
ejemplo, el término «análisis» en las operaciones algebraicas. Los franceses son los
causantes de este engaño, pero si un término tiene alguna importancia, si las palabras
derivan su valor de su aplicación, entonces concedo que «análisis» abarca «álgebra», tanto
como en latín ambitus implica «ambición»; religio, «religión», u homines honesti, la clase
de las gentes honorables.
—Me temo que se malquiste usted con algunos de los algebristas de París. Pero
continúe.
—Niego la validez y, por tanto, los resultados de una razón cultivada por cualquier
procedimiento especial que no sea el lógico abstracto. Niego, en particular, la razón
extraída del estudio matemático. Las matemáticas constituyen la ciencia de la forma y la
cantidad; el razonamiento matemático es simplemente la lógica aplicada a la observación
de la forma y la cantidad. El gran error está en suponer que incluso las verdades de lo que
se denomina álgebra pura constituyen verdades abstractas o generales. Y este error es tan
enorme que me asombra se lo haya aceptado universalmente. Los axiomas matemáticos no
son axiomas de validez general. Lo que es cierto de la relación (de la forma y la cantidad)
resulta con frecuencia erróneo aplicado, por ejemplo, a la moral. En esta última ciencia
suele no ser cierto que el todo sea igual a la suma de las partes. También en química este
axioma no se cumple. En la consideración de los móviles falla igualmente, pues dos
móviles de un valor dado no alcanzan necesariamente al sumarse un valor equivalente a la
suma de sus valores. Hay muchas otras verdades matemáticas que sólo son tales dentro de
los límites de la relación. Pero el matemático, llevado por el hábito, arguye, basándose en
sus verdades finitas, como si tuvieran una aplicación general, cosa que por lo demás la
gente acepta y cree. En su erudita Mitología, Bryant alude a una análoga fuente de error
cuando señala que, «aunque no se cree en las fábulas paganas, solemos olvidarnos de ello y
extraemos consecuencias como si fueran realidades existentes». Pero, para los algebristas,
que son realmente paganos, las «fábulas paganas» constituyen materia de credulidad, y las
inferencias que de ellas extraen no nacen de un descuido de la memoria sino de un
inexplicable reblandecimiento mental. Para resumir: jamás he encontrado a un matemático
en quien se pudiera confiar fuera de sus raíces y sus ecuaciones, o que no tuviera por
artículo de fe que x2+px es absoluta e incondicionalmente igual a q. Por vía de
experimento, diga a uno de esos caballeros que, en su opinión, podrían darse casos en que
x2+px no fuera absolutamente igual a q; pero, una vez que le haya hecho comprender lo que
quiere decir, sálgase de su camino lo antes posible, porque es seguro que tratará de
golpearlo.
»Lo que busco indicar —agregó Dupin, mientras yo reía de sus últimas
observaciones— es que, si el ministro hubiera sido sólo un matemático, el prefecto no se
habría visto en la necesidad de extenderme este cheque. Pero sé que es tanto matemático
como poeta, y mis medidas se han adaptado a sus capacidades, teniendo en cuenta las
circunstancias que lo rodeaban. Sabía que es un cortesano y un audaz intrigant. Pensé que
un hombre semejante no dejaría de estar al tanto de los métodos policiales ordinarios.
Imposible que no anticipara (y los hechos lo han probado así) los falsos asaltos a que fue
sometido. Reflexioné que igualmente habría previsto las pesquisiciones secretas en su casa.
Sus frecuentes ausencias nocturnas, que el prefecto consideraba una excelente ayuda para
su triunfo, me parecieron simplemente astucias destinadas a brindar oportunidades a la
perquisición y convencer lo antes posible a la policía de que la carta no se hallaba en la
casa, como G… terminó finalmente por creer. Me pareció asimismo que toda la serie de
pensamientos que con algún trabajo acabo de exponerle y que se refieren al principio
invariable de la acción policial en sus búsquedas de objetos ocultos, no podía dejar de
ocurrírsele al ministro. Ello debía conducirlo inflexiblemente a desdeñar todos los
escondrijos vulgares. Reflexioné que ese hombre no podía ser tan simple como para no
comprender que el rincón más remoto e inaccesible de su morada estaría tan abierto como
el más vulgar de los armarios a los ojos, las sondas, los barrenos y los microscopios del
prefecto. Vi, por último, que D… terminaría necesariamente en la simplicidad, si es que no
la adoptaba por una cuestión de gusto personal. Quizá recuerde usted con qué ganas rió el
prefecto cuando, en nuestra primera entrevista, sugerí que acaso el misterio lo perturbaba
por su absoluta evidencia.
—Me acuerdo muy bien —respondí—. Por un momento pensé que iban a darle
convulsiones.
—El mundo material —continuó Dupin— abunda en estrictas analogías con el
inmaterial, y ello tiñe de verdad el dogma retórico según el cual la metáfora o el símil
sirven tanto para reforzar un argumento como para embellecer una descripción. El principio
de la vis inertiæ, por ejemplo, parece idéntico en la física y en la metafísica. Si en la
primera es cierto que resulta más difícil poner en movimiento un cuerpo grande que uno
pequeño, y que el impulso o cantidad de movimiento subsecuente se hallará en relación con
la dificultad, no menos cierto es en metafísica que los intelectos de máxima capacidad,
aunque más vigorosos, constantes y eficaces en sus avances que los de grado inferior, son
más lentos en iniciar dicho avance y se muestran más embarazados y vacilantes en los
primeros pasos. Otra cosa: ¿Ha observado usted alguna vez, entre las muestras de las
tiendas, cuáles atraen la atención en mayor grado?
—Jamás se me ocurrió pensarlo —dije.
—Hay un juego de adivinación —continuó Dupin— que se juega con un mapa. Uno de
los participantes pide al otro que encuentre una palabra dada: el nombre de una ciudad, un
río, un Estado o un imperio; en suma, cualquier palabra que figure en la abigarrada y
complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el juego busca confundir a su
oponente proponiéndole los nombres escritos con los caracteres más pequeños, mientras
que el buen jugador escogerá aquellos que se extienden con grandes letras de una parte a
otra del mapa. Estos últimos, al igual que las muestras y carteles excesivamente grandes,
escapan a la atención a fuerza de ser evidentes, y en esto la desatención ocular resulta
análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar en cuenta consideraciones excesivas y
palpablemente evidentes. De todos modos, es éste un asunto que se halla por encima o por
debajo del entendimiento del prefecto. Jamás se le ocurrió como probable o posible que el
ministro hubiera dejado la carta delante de las narices del mundo entero, a fin de impedir
mejor que una parte de ese mundo pudiera verla.
»Cuanto más pensaba en el audaz, decidido y característico ingenio de D…, en que el
documento debía hallarse siempre a mano si pretendía servirse de él para sus fines, y en la
absoluta seguridad proporcionada por el prefecto de que el documento no se hallaba oculto
dentro de los límites de las búsquedas ordinarias de dicho funcionario, más seguro me
sentía de que, para esconder la carta, el ministro había acudido al más amplio y sagaz de los
expedientes: el no ocultarla.
»Compenetrado de estas ideas, me puse un par de anteojos verdes, y una hermosa
mañana acudí como por casualidad a la mansión ministerial. Hallé a D… en casa,
bostezando, paseándose sin hacer nada y pretendiendo hallarse en el colmo del ennui.
Probablemente se trataba del más activo y enérgico de los seres vivientes, pero eso tan sólo
cuando nadie lo ve.
»Para no ser menos, me quejé del mal estado de mi vista y de la necesidad de usar
anteojos, bajo cuya protección pude observar cautelosa pero detalladamente el aposento,
mientras en apariencia seguía con toda atención las palabras de mi huésped.
»Dediqué especial cuidado a una gran mesa-escritorio junto a la cual se sentaba D…, y
en la que aparecían mezcladas algunas cartas y papeles, juntamente con un par de
instrumentos musicales y unos pocos libros. Pero, después de un prolongado y atento
escrutinio, no vi nada que procurara mis sospechas.
»Dando la vuelta al aposento, mis ojos cayeron por fin sobre un insignificante tarjetero
de cartón recortado que colgaba, sujeto por una sucia cinta azul, de una pequeña perilla de
bronce en mitad de la repisa de la chimenea. En este tarjetero, que estaba dividido en tres o
cuatro compartimentos, vi cinco o seis tarjetas de visitantes y una sola carta. Esta última
parecía muy arrugada y manchada. Estaba rota casi por la mitad, como si a una primera
intención de destruirla por inútil hubiera sucedido otra. Ostentaba un gran sello negro, con
el monograma de D… muy visible, y el sobrescrito, dirigido al mismo ministro revelaba una
letra menuda y femenina. La carta había sido arrojada con descuido, casi se diría que
desdeñosamente, en uno de los compartimentos superiores del tarjetero.
»Tan pronto hube visto dicha carta, me di cuenta de que era la que buscaba. Por cierto
que su apariencia difería completamente de la minuciosa descripción que nos había leído el
prefecto. En este caso el sello era grande y negro, con el monograma de D…; en el otro, era
pequeño y rojo, con las armas ducales de la familia S… El sobrescrito de la presente carta
mostraba una letra menuda y femenina, mientras que el otro, dirigido a cierta persona real,
había sido trazado con caracteres firmes y decididos. Sólo el tamaño mostraba analogía.
Pero, en cambio, lo radical de unas diferencias que resultaban excesivas; la suciedad, el
papel arrugado y roto en parte, tan inconciliables con los verdaderos hábitos metódicos de
D…, y tan sugestivos de la intención de engañar sobre el verdadero valor del documento,
todo ello, digo sumado a la ubicación de la carta, insolentemente colocada bajo los ojos de
cualquier visitante, y coincidente, por tanto, con las conclusiones a las que ya había
arribado, corroboraron decididamente las sospechas de alguien que había ido allá con
intenciones de sospechar.
»Prolongué lo más posible mi visita y, mientras discutía animadamente con el ministro
acerca de un tema que jamás ha dejado de interesarle y apasionarlo, mantuve mi atención
clavada en la carta. Confiaba así a mi memoria los detalles de su apariencia exterior y de su
colocación en el tarjetero; pero terminé además por descubrir algo que disipó las últimas
dudas que podía haber abrigado. Al mirar atentamente los bordes del papel, noté que
estaban más ajados de lo necesario. Presentaban el aspecto típico de todo papel grueso que
ha sido doblado y aplastado con una plegadera, y que luego es vuelto en sentido contrario,
usando los mismos pliegues formados la primera vez. Este descubrimiento me bastó. Era
evidente que la carta había sido dada vuelta como un guante, a fin de ponerle un nuevo
sobrescrito y un nuevo sello. Me despedí del ministro y me marché en seguida, dejando
sobre la mesa una tabaquera de oro.
»A la mañana siguiente volví en busca de la tabaquera, y reanudamos placenteramente
la conversación del día anterior. Pero, mientras departíamos, oyóse justo debajo de las
ventanas un disparo como de pistola, seguido por una serie de gritos espantosos y las voces
de una multitud aterrorizada. D… corrió a una ventana, la abrió de par en par y miró hacia
afuera. Por mi parte, me acerqué al tarjetero, saqué la carta, guardándola en el bolsillo, y la
reemplacé por un facsímil (por lo menos en el aspecto exterior) que había preparado
cuidadosamente en casa, imitando el monograma de D… con ayuda de un sello de miga de
pan.
»La causa del alboroto callejero había sido la extravagante conducta de un hombre
armado de un fusil, quien acababa de disparar el arma contra un grupo de mujeres y niños.
Comprobóse, sin embargo, que el arma no estaba cargada, y los presentes dejaron en
libertad al individuo considerándolo borracho o loco. Apenas se hubo alejado, D… se apartó
de la ventana, donde me le había reunido inmediatamente después de apoderarme de la
carta. Momentos después me despedí de él. Por cierto que el pretendido lunático había sido
pagado por mí.»
—¿Pero qué intención tenía usted —pregunté— al reemplazar la carta por un facsímil?
¿No hubiera sido preferible apoderarse abiertamente de ella en su primera visita, y
abandonar la casa?
—D… es un hombre resuelto a todo y lleno de coraje —repuso Dupin—. En su casa no
faltan servidores devotos a su causa. Si me hubiera atrevido a lo que usted sugiere, jamás
habría salido de allí con vida. El buen pueblo de París no hubiese oído hablar nunca más de
mí. Pero, además, llevaba una segunda intención. Bien conoce usted mis preferencias
políticas. En este asunto he actuado como partidario de la dama en cuestión. Durante
dieciocho meses, el ministro la tuvo a su merced. Ahora es ella quien lo tiene a él, pues,
ignorante de que la carta no se halla ya en su posesión, D… continuará presionando como si
la tuviera. Esto lo llevará inevitablemente a la ruina política. Su caída, además, será tan
precipitada como ridícula. Está muy bien hablar del facilis descensus Averni; pero, en
materia de ascensiones, cabe decir lo que la Catalani decía del canto, o sea, que es mucho
más fácil subir que bajar. En el presente caso no tengo simpatía —o, por lo menos,
compasión— hacia el que baja. D… es el monstrum horrendum, el hombre de genio carente
de principios. Confieso, sin embargo, que me gustaría conocer sus pensamientos cuando, al
recibir el desafío de aquélla a quien el prefecto llama «cierta persona», se vea forzado a
abrir la carta que le dejé en el tarjetero.
—¿Cómo? ¿Escribió usted algo en ella?
—¡Vamos, no me pareció bien dejar el interior en blanco!
Hubiera sido insultante. Cierta vez, en Viena, D… me jugó una mala pasada, y sin
perder el buen humor le dije que no la olvidaría. De modo que, como no dudo de que
sentirá cierta curiosidad por saber quién se ha mostrado más ingenioso que él, pensé que era
una lástima no dejarle un indicio. Como conoce muy bien mi letra, me limité a copiar en
mitad de la página estas palabras:
…Un dessein si funeste,
S’il n’est digne d’Atrée, est digne de Thyeste.
»Las hallará usted en el Atrée de Crébillon.»
La incomparable aventura de un tal
Hans Pfaall
Con el corazón lleno de furiosas fantasías
De las que soy el amo
Con una lanza ardiente y un caballo de aire,
Errando voy por el desierto.
(La canción de Tomás el loco)
Según los informes que llegan de Rotterdam, esta ciudad parece hallarse en alto grado
de excitación intelectual. Han ocurrido allí fenómenos tan inesperados, tan novedosos, tan
diferentes de las opiniones ordinarias, que no cabe duda de que a esta altura toda Europa
debe estar revolucionada, la física conmovida, y la razón y la astronomía dándose de
puñadas.
Parece ser que el día… de… (ignoro la fecha exacta), una vasta multitud se había
reunido, por razones que no se mencionan, en la gran plaza de la Bolsa de la muy ordenada
ciudad de Rotterdam. La temperatura era excesivamente tibia para la estación y apenas se
movía una hoja; la multitud no perdía su buen humor por el hecho de recibir algún amistoso
chaparrón de cuando en cuando, proveniente de las enormes nubes blancas profusamente
suspendidas en la bóveda azul del firmamento. Hacia mediodía, sin embargo, se advirtió
una notable agitación entre los presentes; restalló el parloteo de diez mil lenguas; un
segundo más tarde, diez mil caras estaban vueltas hacia el cielo, diez mil pipas caían
simultáneamente de la comisura de diez mil bocas, y un grito sólo comparable al rugido del
Niágara resonaba larga, poderosa y furiosamente a través de la ciudad y los alrededores de
Rotterdam.
No tardó en descubrirse la razón de este alboroto. Por detrás de la enorme masa de una
de las nubes perfectamente delineadas que ya hemos mencionado, viose surgir con toda
claridad, en un espacio abierto de cielo azul, una sustancia extraña, heterogénea pero
aparentemente sólida, de forma tan singular, de composición tan caprichosa, que escapaba
por completo a la comprensión, aunque no a la admiración de la muchedumbre de robustos
burgueses que desde abajo la contemplaban boquiabiertos. ¿Qué podía ser? En nombre de
todos los diablos de Rotterdam, ¿qué pronosticaba aquella aparición? Nadie lo sabía; nadie
podía imaginarlo; nadie, ni siquiera el burgomaestre, Mynheer Superbus Von Underduk,
tenía la menor clave para desenredar el misterio. Así, pues, ya que no cabía hacer nada más
razonable, todos ellos volvieron a colocarse cuidadosamente la pipa a un lado de la boca y,
mientras mantenían los ojos fijamente clavados en el fenómeno, fumaron, descansaron, se
contonearon como ánades, gruñendo significativamente, y luego volvieron a contonearse,
gruñeron, descansaron y, finalmente… fumaron otra vez.
Entretanto el objeto de tanta curiosidad y tanto humo descendía más y más hacia
aquella excelente ciudad. Pocos minutos después se encontraba lo bastante próximo para
que se lo distinguiera claramente. Parecía ser… ¡Sí, indudablemente era una especie de
globo! Pero un globo como jamás se había visto antes en Rotterdam. Pues, permítaseme
preguntar, ¿se ha visto alguna vez un globo íntegramente fabricado con periódicos sucios?
No en Holanda, por cierto; y, sin embargo, bajo las mismísimas narices del pueblo —o,
mejor dicho, a cierta distancia sobre sus narices— veíase el globo en cuestión, como lo sé
por los mejores testimonios, compuesto del aludido material que a nadie se le hubiera
ocurrido jamás para semejante propósito. Aquello constituía un egregio insulto al buen
sentido de los burgueses de Rotterdam.
Con respecto a la forma del raro fenómeno, todavía era más reprensible, pues consistía
nada menos que en un enorme gorro de cascabeles al revés. Y esta similitud se vio
notablemente aumentada cuando, al observarlo más de cerca, la muchedumbre descubrió
una gran borla o campanilla colgando de su punta y, en el borde superior o base del cono,
un círculo de pequeños instrumentos que semejaban cascabeles y que tintineaban
continuamente haciendo oír la tonada de Betty Martin. Pero aún había algo peor. Colgando
de cintas azules en la extremidad de esta fantástica máquina, veíase, a modo de navecilla,
un enorme sombrero de castor parduzco, de ala extraordinariamente ancha y de copa
hemisférica, con cinta negra y hebilla de plata. No deja de ser notable que muchos
ciudadanos de Rotterdam juraran haber visto con anterioridad dicho sombrero, y que la
entera muchedumbre pareciera contemplarlo familiarmente, mientras la señora Grettel
Pfaall, al distinguirlo, profería una exclamación de jubilosa sorpresa, declarando que el
sombrero era idéntico al de su honrado marido en persona.
Ahora bien, esta circunstancia merecía tenerse en cuenta, pues Pfaall, en unión de tres
camaradas, había desaparecido de Rotterdam cinco años atrás de manera tan súbita como
inexplicable, y hasta la fecha de esta narración todas las tentativas por encontrarlos habían
fracasado. Es verdad que se descubrieron algunos huesos que parecían humanos, mezclados
con un montón de restos de raro aspecto, en un lugar muy retirado al este de la ciudad; y
algunos llegaron al punto de imaginar que en aquel sitio había tenido lugar un horrible
asesinato, del que Hans Pfaall y sus amigos habían sido seguramente las víctimas. Pero no
nos alejemos de nuestro tema.
El globo (pues ya no cabía duda de que lo era) hallábase a unos cien pies del suelo,
permitiendo a la muchedumbre contemplar con bastante detalle la persona de su ocupante.
Por cierto que se trataba de un ser sumamente singular. No debía de tener más de dos pies
de estatura, pero, aun siendo tan pequeño, no hubiera podido mantenerse en equilibrio en
una navecilla tan precaria, de no ser por un aro que le llegaba a la altura del pecho y se
hallaba sujeto al cordaje del globo. El cuerpo del hombrecillo era excesivamente ancho,
dando a toda su persona un aire de redondez singularmente absurdo. Sus pies, claro está,
resultaban invisibles. Las manos eran enormemente anchas. Tenía cabello gris, recogido
atrás en una coleta. La nariz era prodigiosamente larga, ganchuda y rubicunda; los ojos,
grandes, brillantes y agudos; aunque arrugados por la edad, el mentón y las mejillas eran
generosos, gordezuelos y dobles, pero en ninguna parte de su cabeza se alcanzaba a
descubrir la menor señal de orejas. Este extraño y diminuto caballero vestía un amplio
capote de raso celeste y calzones muy ajustados haciendo juego, sujetos con hebillas de
plata en las rodillas. Su chaqueta era de un tejido amarillo brillante; un gorro de tafetán
blanco le caía garbosamente a un lado de la cabeza. Y, para completar su atavío, un pañuelo
rojo sangre envolvía su garganta, volcándose sobre el pecho en un elegante lazo de
extraordinarias dimensiones.
Habiendo bajado, como ya dije, a unos cien pies del suelo, el anciano y menudo
caballero se vio acometido por un intenso temblor, y no pareció nada dispuesto a continuar
su descenso a terra firma. Arrojando con gran dificultad una cantidad de arena contenida en
una bolsa de tela que extrajo penosamente, logró mantener estacionario el globo. Procedió
entonces, con gran agitación y prisa, a extraer de un bolsillo de su capote una respetable
cartera de tafilete. La sopesó con desconfianza, mientras la miraba lleno de sorpresa, pues
su peso parecía dejarlo estupefacto. Finalmente la abrió y, sacando de ella una enorme carta
atada con una cinta roja, que ostentaba un sello de cera del mismo color, la dejó caer
exactamente a los pies del burgomaestre, Mynheer Superbus Von Underduk.
Su Excelencia se inclinó para recogerla. Pero el aeronauta, siempre muy agitado y sin
que nada más lo detuviera por lo visto en Rotterdam, procedió a efectuar activamente los
preparativos de partida, y, como para ello era necesario soltar parte del lastre a fin de ganar
altura, dejó caer media docena de sacos de arena sin preocuparse de vaciar su contenido, y
todos ellos cayeron infortunadamente sobre las espaldas del burgomaestre, arrojándolo al
suelo no menos de media docena de veces, a la vista de todos los habitantes de Rotterdam.
No debe suponerse, empero, que el gran Underduk dejó pasar impunemente esta
impertinencia del diminuto caballero. Se afirma, por el contrario, que en el curso de su
media docena de caídas, emitió no menos de media docena de furiosas bocanadas de humo
de la pipa, a la cual se mantuvo aferrado con todas sus fuerzas y a la cual está dispuesto a
seguir aferrado (Dios mediante) hasta el día de su fallecimiento.
En el ínterin el globo remontó como una alondra y, alejándose sobre la ciudad, terminó
por perderse serenamente detrás de una nube similar a aquella de la cual había emergido tan
divinamente, borrándose para las miradas de los buenos ciudadanos de Rotterdam. La
atención se concentró, por lo tanto, en la carta, cuyo descenso y consecuencias habían
resultado tan subversivas para la persona y la dignidad de su excelencia Von Underduk.
Este funcionario no había descuidado en medio de sus movimientos giratorios la importante
tarea de apoderarse de la carta, la cual, luego de atenta inspección, resultó haber caído en
las manos más apropiadas, por cuanto hallábase dirigida al mismo burgomaestre y al
profesor Rubadub, en sus calidades oficiales de presidente y vicepresidente del Colegio de
Astronomía de Rotterdam. Los susodichos dignatarios no tardaron en abrirla y hallaron que
contenía la siguiente extraordinaria e importantísima comunicación:
«A sus Excelencias Von Underduk y Rubadub, Presidente y Vicepresidente del Colegio
de Astrónomos del Estado, en la ciudad de Rotterdam.
»Vuestras Excelencias han de acordarse quizá de un humilde artesano llamado Hans
Pfaall, de profesión remendón de fuelles, quien, junto con otras tres personas, desapareció
de Rotterdam hace aproximadamente cinco años, de una manera que debió considerarse
entonces como inexplicable. Empero, si place a vuestras Excelencias, yo, autor de esta
comunicación, soy el aludido Hans Pfaall en persona. Mis conciudadanos saben bien que
durante cuarenta años residí en la pequeña casa de ladrillos emplazada al comienzo de la
callejuela denominada Sauerkraut, donde vivía en la época de mi desaparición. Mis
antepasados residieron igualmente en ella durante tiempos inmemoriales, siguiendo como
yo la respetable y por cierto lucrativa profesión de remendón de fuelles; pues, a decir
verdad, hasta estos últimos años, en que las gentes han perdido la cabeza con la política,
ningún honesto ciudadano de Rotterdam podía desear o merecer un oficio mejor que el mío.
El crédito era amplio, jamás faltaba trabajo y no había carencia ni de dinero ni de buena
voluntad. Pero, como estaba diciendo, no tardamos en sentir los efectos de la libertad, los
grandes discursos, el radicalismo y demás cosas por el estilo. Personas que habían sido los
mejores clientes del mundo ya no tenían un momento libre para pensar en nosotros. Todo
su tiempo se les iba en lecturas acerca de las revoluciones, para mantenerse al día en las
cuestiones intelectuales y el espíritu de la época. Si había que avivar un fuego, bastaba un
periódico viejo para apantallarlo, y, a medida que el gobierno se iba debilitando, no dudo de
que el cuero y el hierro adquirían durabilidad proporcional, pues en poco tiempo no hubo
en todo Rotterdam un par de fuelles que necesitaran una costura o los servicios de un
martillo.
»Imposible soportar semejante estado de cosas. No tardé en verme pobre como una
rata; como tenía mujer e hijos que alimentar, mis cargas se hicieron intolerables, y pasaba
hora tras hora reflexionando sobre el método más conveniente para quitarme la vida. Los
acreedores, entretanto, me dejaban poco tiempo de ocio. Mi casa estaba literalmente
asediada de la mañana a la noche. Tres de ellos, en particular, me fastidiaban
insoportablemente, montando guardia ante mi puerta y amenazándome con la justicia. Juré
que de los tres me vengaría de la manera más terrible, si alguna vez tenía la suerte de que
cayeran en mis manos; y creo que tan sólo el placer que me daba pensar en mi venganza me
impidió llevar a la práctica mi plan de suicidio y hacerme saltar la tapa de los sesos con un
trabuco. Me pareció que lo mejor era disimular mi cólera y engañar a los tres acreedores
con promesas y bellas palabras, hasta que un vuelco del destino me diera oportunidad de
cumplir mi venganza.
»Un día, después de escaparme sin ser visto por ellos, y sintiéndome más abatido que
de costumbre, pasé largo tiempo errando por sombrías callejuelas, sin objeto alguno, hasta
que la casualidad me hizo tropezar con el puesto de un librero. Viendo una silla destinada a
uso de los clientes, me dejé caer en ella y, sin saber por qué, abrí el primer volumen que se
hallaba al alcance de mi mano. Resultó ser un folleto que contenía un breve tratado de
astronomía especulativa, escrito por el profesor Encke, de Berlín, o por un francés de
nombre parecido. Tenía yo algunas nociones superficiales sobre el tema y me fui
absorbiendo más y más en el contenido del libro, leyéndolo dos veces seguidas antes de
darme cuenta de lo que sucedía en torno de mí. Como empezaba a oscurecer, encaminé mis
pasos a casa. Pero el tratado (unido a un descubrimiento de neumática que un primo mío de
Nantes me había comunicado recientemente con gran secreto) había producido en mí una
impresión indeleble y, a medida que recorría las oscuras calles, daban vueltas en mi
memoria los extraños y a veces incomprensibles razonamientos del autor.
»Algunos pasajes habían impresionado extraordinariamente mi imaginación. Cuanto
más meditaba, más intenso se hacía el interés que habían despertado en mí. Lo limitado de
mi educación en general, y más especialmente de los temas vinculados con la filosofía
natural, lejos de hacerme desconfiar de mi capacidad para comprender lo que había leído, o
inducirme a poner en duda las vagas nociones que había extraído de mi lectura, sirvió tan
sólo de nuevo estímulo a la imaginación, y fui lo bastante vano, o quizá lo bastante
razonable para preguntarme si aquellas torpes ideas, propias de una mente mal regulada, no
poseerían en realidad la fuerza, la realidad y todas las propiedades inherentes al instinto o a
la intuición.
»Era ya tarde cuando llegué a casa, y me acosté en seguida. Mi mente, sin embargo,
estaba demasiado excitada para poder dormir, y pasé toda la noche sumido en
meditaciones. Levantándome muy temprano al otro día, volví al puesto del librero y gasté
el poco dinero que tenía en la compra de algunos volúmenes sobre mecánica y astronomía
práctica. Una vez que hube regresado felizmente a casa con ellos, consagré todos mis
momentos libres a su estudio y pronto hice progresos tales en dichas ciencias, que me
parecieron suficientes para llevar a la práctica cierto designio que el diablo o mi genio
protector me habían inspirado.
»A lo largo de este período me esforcé todo lo posible con conciliarme la benevolencia
de los tres acreedores que tantos disgustos me habían dado. Lo conseguí finalmente, en
parte con la venta de mis muebles, que sirvió para cubrir la mitad de mi deuda, y, en parte,
con la promesa de pagar el saldo apenas se realizara un proyecto que, según les dije, tenía
en vista, y para el cual solicitaba su ayuda. Como se trataba de hombres ignorantes, no me
costó mucho conseguir que se unieran a mis propósitos.
»Así dispuesto todo, logré, con ayuda de mi mujer y actuando con el mayor secreto y
precaución, vender todos los bienes que me quedaban, y pedir prestadas pequeñas sumas,
con diversos pretextos y sin preocuparme (lo confieso avergonzado) por la forma en que las
devolvería; pude reunir así una cantidad bastante considerable de dinero en efectivo.
Comencé entonces a comprar, de tiempo en tiempo, piezas de una excelente batista, de
doce yardas cada una, hilo de bramante, barniz de caucho, un canasto de mimbre grande y
profundo, hecho a medida, y varios otros artículos requeridos para la construcción y
aparejamiento de un globo de extraordinarias dimensiones. Di instrucciones a mi mujer
para que lo confeccionara lo antes posible, explicándole la forma en que debía proceder.
Entretanto tejí el bramante hasta formar una red de dimensiones suficientes, le agregué un
aro y el cordaje necesario, y adquirí numerosos instrumentos y materiales para hacer
experimentos en las regiones más altas de la atmósfera. Me las arreglé luego para llevar de
noche, a un lugar distante al este de Rotterdam, cinco cascos forrados de hierro, con
capacidad para unos cincuenta galones cada uno, y otro aún más grande, seis tubos de
estaño de tres pulgadas de diámetro y diez pies de largo, de forma especial; una cantidad de
cierta sustancia metálica, o semimetálica, que no nombraré, y una docena de damajuanas
de un ácido sumamente común. El gas producido por estas sustancias no ha sido logrado
por nadie más que yo, o, por lo menos, no ha sido nunca aplicado a propósitos similares.
Sólo puedo decir aquí que es uno de los constituyentes del ázoe, tanto tiempo considerado
como irreductible, y que tiene una densidad 37,4 veces menor que la del hidrógeno. Es
insípido, pero no inodoro; en estado puro arde con una llama verdosa, y su efecto es
instantáneamente letal para la vida animal. No tendría inconvenientes en revelar este
secreto si no fuera que pertenece (como ya he insinuado) a un habitante de Nantes, en
Francia, que me lo comunicó reservadamente. La misma persona, por completo ajena a mis
intenciones, me dio a conocer un método para fabricar globos mediante la membrana de
cierto animal, que no deja pasar la menor partícula del gas encerrado en ella. Descubrí, sin
embargo, que dicho tejido resultaría sumamente caro, y llegué a creer que la batista, con
una capa de barniz de caucho, serviría tan bien como aquél. Menciono esta circunstancia
porque me parece probable que la persona en cuestión intente un vuelo en un globo
equipado con el nuevo gas y el aludido material, y no quiero privarlo del honor de su muy
singular invención.
»Me ocupé secretamente de cavar agujeros en las partes donde pensaba colocar cada
uno de los cascos más pequeños durante la inflación del globo; los agujeros constituían un
círculo de veinticinco pies de diámetro. En el centro, lugar destinado al casco más grande,
cavé asimismo otro pozo. En cada uno de los agujeros menores deposité un bote que
contenía cincuenta libras de pólvora de cañón, y en el más grande un barril de ciento
cincuenta libras. Conecté debidamente los botes y el barril con ayuda de contactos, y, luego
de colocar en uno de los botes el extremo de una mecha de unos cuatro pies de largo,
rellené el agujero y puse el casco encima, cuidando que el otro extremo de la mecha
sobresaliera apenas una pulgada del suelo y resultara casi invisible detrás del casco. Rellené
luego los restantes agujeros y sobre cada uno coloqué los barriles correspondientes.
»Fuera de los artículos enumerados, llevé secretamente al depósito uno de los aparatos
perfeccionados de Grimm, para la condensación del aire atmosférico. Descubrí, sin
embargo, que esta máquina requería diversas transformaciones antes de que se adaptara a
las finalidades a que pensaba destinarla. Pero, con mucho trabajo e inflexible perseverancia,
logré finalmente completar felizmente todos mis preparativos. Muy pronto el globo estuvo
terminado. Contendría más de cuarenta mil pies cúbicos de gas y podría remontarse
fácilmente con todos mis implementos, y, si maniobraba hábilmente, con ciento setenta y
cinco libras de lastre. Le había aplicado tres capas de barniz, encontrando que la batista
tenía todas las cualidades de la seda, siendo tan resistente como ésta y mucho menos cara.
»Una vez todo listo, logré que mi mujer jurara guardar el secreto de todas mis acciones
desde el día en que había visitado por primera vez el puesto de libros. Prometiéndole volver
tan pronto como las circunstancias lo permitieran, le di el poco dinero que me había
quedado y me despedí de ella. No me preocupaba su suerte, pues era lo que la gente califica
de mujer fuera de lo común, capaz de arreglárselas en el mundo sin mi ayuda. Creo,
además, que siempre me consideró como un holgazán, como un simple complemento, sólo
capaz de fabricar castillos en el aire, y que no dejaba de alegrarla verse libre de mí. Era
noche oscura cuando le dije adiós, y, llevando conmigo, como aides de camp, a los tres
acreedores que tanto me habían hecho sufrir, transportamos el globo, con la barquilla y los
aparejos, al depósito de que he hablado, eligiendo para ello un camino retirado.
Encontramos todo perfectamente dispuesto y, de inmediato, me puse a trabajar.
»Era el primero de abril. La noche, como he dicho, estaba oscura; no se veía una sola
estrella y una llovizna que caía a intervalos nos molestaba muchísimo. Pero lo que más
ansiedad me inspiraba era el globo, el cual, a pesar de su espesa capa de barniz, comenzaba
a pesar demasiado a causa de la humedad; podía ocurrir asimismo que la pólvora se
estropeara. Estimulé, pues, a mis tres acreedores para que trabajaran diligentemente,
ocupándolos en amontonar hielo en torno al casco central y en remover el ácido contenido
en los otros. No cesaban de importunarme con preguntas sobre lo que pensaba hacer con
todos aquellos aparatos y se mostraban sumamente disgustados por el extenuante trabajo a
que los sometía. No alcanzaban a darse cuenta, según afirmaban, de las ventajas resultantes
de calarse hasta los huesos nada más que para tomar parte en aquellos horribles conjuros.
Empecé a intranquilizarme y seguí trabajando con todas mis fuerzas, porque creo
verdaderamente que aquellos imbéciles estaban convencidos de que había pactado con el
diablo, y que lo que estaba haciendo no tenía nada de bueno. Y mucho temía por eso que
me abandonaran. Pude convencerlos, sin embargo, mediante promesas de pago completo,
tan pronto hubiera dado término al asunto que tenía entre manos. Como es natural,
interpretaron a su modo mis palabras, imaginándose, sin duda, que de todas maneras yo
terminaría por obtener una gran cantidad de dinero en efectivo, y con tal de que les pagara
lo que les debía, más una pequeña cantidad suplementaria por los servicios prestados, estoy
seguro de que poco se preocupaban de cuanto ocurriera luego a mi alma o a mi cuerpo.
»Después de cuatro horas y media consideré que el globo estaba suficientemente
inflado. Até entonces la barquilla, instalando en ella todos mis instrumentos: un telescopio,
un barómetro con importantes modificaciones, un termómetro, un electrómetro, una
brújula, un compás, un cronómetro, una campana, una bocina, etc.; como también un globo
de cristal, cuidadosamente obturado, y el aparato condensador; algo de cal viva, una barra
de cera para sellos, una gran cantidad de agua y muchas provisiones, tales como pemmican,
que posee mucho valor nutritivo en poco volumen. Metí asimismo en la barquilla una
pareja de palomas y un gato.
»Se acercaba el amanecer y consideré que había llegado el momento de partir. Dejando
caer un cigarro encendido como por casualidad, aproveché el momento de agacharme a
recogerlo para encender secretamente el trozo de mecha que, como ya he dicho, sobresalía
ligeramente del borde inferior de uno de los cascos menores. La maniobra no fue advertida
por ninguno de los tres acreedores; entonces, saltando a la barquilla, corté la única soga que
me ataba a la tierra y tuve el gusto de ver que el globo remontaba vuelo con extraordinaria
rapidez, arrastrando sin el menor esfuerzo ciento setenta y cinco libras de lastre, del cual
habría podido llevar mucho más. En el momento de abandonar la tierra el barómetro
marcaba treinta pulgadas y el termómetro centígrado acusaba diecinueve grados.
»Apenas había alcanzado una altura de cincuenta yardas cuando, rugiendo y
serpenteando tras de mí de la manera más horrorosa, se alzó un huracán de fuego, cascajo,
maderas ardiendo, metal incandescente y miembros humanos destrozados que me llenó de
espanto y me hizo caer en el fondo de la barquilla, temblando de terror. Me daba cuenta de
que había exagerado la carga de la mina y que todavía me faltaba sufrir las consecuencias
mayores de su voladura. En efecto, menos de un segundo después sentí que toda la sangre
del cuerpo se me acumulaba en las sienes, y en ese momento una conmoción que jamás
olvidaré reventó en la noche y pareció rajar de lado a lado el firmamento. Cuando más tarde
tuve tiempo para reflexionar no dejé de atribuir la extremada violencia de la explosión, por
lo que a mí respecta, a su verdadera causa, o sea, a hallarme situado inmediatamente
encima de donde se había producido, en la línea de su máxima fuerza. Pero en aquel
momento sólo pensé en salvar la vida. El globo empezó por caer, luego se dilató
furiosamente y se puso a girar como un torbellino con vertiginosa rapidez, y finalmente,
balanceándose y sacudiéndose como un borracho, me lanzó por encima del borde de la
barquilla y me dejó colgando, a una espantosa altura, cabeza abajo y con el rostro mirando
hacia afuera, suspendido de una fina cuerda que accidentalmente colgaba de un agujero
cerca del fondo de la barquilla de mimbre, y en el cual, al caer, mi pie izquierdo quedó
enganchado de la manera más providencial.
»Sería imposible, completamente imposible, formarse una idea adecuada del horror de
mi situación. Traté de respirar, jadeando, mientras un estremecimiento comparable al de un
acceso de calentura recorría mi cuerpo. Sentí que los ojos se me salían de las órbitas, una
náusea horrorosa me envolvió, y acabé por perder completamente el sentido.
»No podría decir cuánto tiempo permanecí en este estado. Debió de ser mucho, sin
embargo, pues cuando recobré parcialmente el sentimiento de la existencia advertí que
estaba amaneciendo y que el globo volaba a prodigiosa altura sobre un océano
absolutamente desierto, sin la menor señal de tierra en cualquiera de los límites del vasto
horizonte. Empero, mis sensaciones al volver del desmayo no eran tan angustiosas como
cabía suponer. Había mucho de locura en el tranquilo examen que me puse a hacer de mi
situación. Levanté las manos a la altura de los ojos, preguntándome asombrado cuál podía
ser la causa de que tuviera tan hinchadas las venas y tan horriblemente negras las uñas.
Examiné luego cuidadosamente mi cabeza, sacudiéndola repetidas veces, hasta que me
convencí de que no la tenía del tamaño del globo como había sospechado por un momento.
Tanteé después los bolsillos de mis calzones y, al notar que me faltaban unas tabletas y un
palillero, traté de explicarme su desaparición, y al no conseguirlo me sentí
inexpresablemente preocupado. Me pareció notar entonces una gran molestia en el tobillo
izquierdo y una vaga conciencia de mi situación comenzó a dibujarse en mi mente. Pero,
por extraño que parezca, no me asombré ni me horroricé. Si alguna emoción sentí fue una
traviesa satisfacción ante la astucia que iba a desplegar para librarme de aquella posición en
que me hallaba, y en ningún momento puse en duda que lo lograría sin inconvenientes.
»Pasé varios minutos sumido en profunda meditación. Me acuerdo muy bien de que
apretaba los labios, apoyaba un dedo en la nariz y hacía todas las gesticulaciones propias de
los hombres que, cómodamente instalados en sus sillones, reflexionan sobre cuestiones
importantes e intrincadas. Luego de haber concentrado suficientemente mis ideas, procedí
con gran cuidado y atención a ponerme las manos a la espalda y a soltar la gran hebilla de
hierro del cinturón de mis pantalones. Dicha hebilla tenía tres dientes que, por hallarse
herrumbrados, giraban dificultosamente en su eje. Después de bastante trabajo conseguí
colocarlos en ángulo recto con el plano de la hebilla y noté satisfecho que permanecían
firmes en esa posición. Teniendo entre los dientes dicho instrumento, me puse a desatar el
nudo de mi corbata. Debí descansar varias veces antes de conseguirlo, pero finalmente lo
logré. Até entonces la hebilla a una de las puntas de la corbata y me sujeté el otro extremo a
la cintura para más seguridad. Enderezándome luego con un prodigioso despliegue de
energía muscular, logré en la primera tentativa lanzar la hebilla de manera que cayese en la
barquilla; tal como lo había anticipado, se enganchó en el borde circular de la cesta de
mimbre.
»Mi cuerpo se encontraba ahora inclinado hacia el lado de la barquilla en un ángulo de
unos cuarenta y cinco grados, pero no debe entenderse por esto que me hallara sólo a
cuarenta y cinco grados por debajo de la vertical. Lejos de ello, seguía casi paralelo al plano
del horizonte, pues mi cambio de posición había determinado que la barquilla se desplazara
a su vez hacia afuera, creándome una situación extremadamente peligrosa. Debe tenerse en
cuenta, sin embargo, que si al caer hubiera quedado con la cara vuelta hacia el globo y no
hacia afuera como estaba, o bien si la cuerda de la cual me hallaba suspendido hubiese
colgado del borde superior de la barquilla y no de un agujero cerca del fondo, en cualquiera
de los dos casos me hubiera sido imposible llevar a cabo lo que acababa de hacer, y las
revelaciones que siguen se hubieran perdido para la posteridad. Razones no me faltaban,
pues, para sentirme agradecido, aunque, a decir verdad, estaba aún demasiado aturdido para
sentir gran cosa, y seguí colgado durante un cuarto de hora, por lo menos, de aquella
extraordinaria manera, sin hacer ningún nuevo esfuerzo y en un tranquilo estado de
estúpido goce. Pero esto no tardó en cesar y se vio reemplazado por el horror, la angustia y
la sensación de total abandono y desastre. Lo que ocurría era que la sangre acumulada en
los vasos de mi cabeza y garganta, que hasta entonces me había exaltado delirantemente,
empezaba a retirarse a sus canales naturales, y que la lucidez que ahora se agregaba a mi
conciencia del peligro sólo servía para privarme de la entereza y el coraje necesarios para
enfrentarlo. Por suerte, esta debilidad no duró mucho. El espíritu de la desesperación acudió
a tiempo para rescatarme, y mientras gritaba y luchaba como un desesperado me enderecé
convulsivamente hasta alcanzar con una mano el tan ansiado borde y, aferrándome a él con
todas mis fuerzas, conseguí pasar mi cuerpo por encima y caer de cabeza y temblando en la
barquilla.
»Pasó algún tiempo antes de que me recobrara lo suficiente para ocuparme del manejo
del globo. Después de examinarlo atentamente, descubrí con gran alivio que no había
sufrido el menor daño. Los instrumentos estaban a salvo y no se había perdido ni el lastre ni
las provisiones. Por lo demás, los había asegurado tan bien en sus respectivos lugares, que
hubiese sido imposible que se estropearan. Miré mi reloj y vi que eran las seis de la
mañana. Ascendíamos rápidamente y el barómetro indicaba una altitud de tres millas y tres
cuartos. En el océano, inmediatamente por debajo de mí, aparecía un pequeño objeto negro
de forma ligeramente oblonga, que tendría el tamaño de una pieza de dominó, y que en todo
sentido se le parecía mucho. Asesté hacia él mi telescopio y no tardé en ver claramente que
se trataba de un navío de guerra británico de noventa y cuatro cañones que orzaba con
rumbo al oeste—sudoeste, cabeceando duramente. Fuera de este barco sólo se veía el
océano, el cielo y el sol que acababa de levantarse.
»Ya es tiempo de que explique a Vuestras Excelencias el objeto de mi viaje. Vuestras
Excelencias recordarán que ciertas penosas circunstancias en Rotterdam me habían
arrastrado finalmente a la decisión de suicidarme. La vida no me disgustaba por sí misma
sino a causa de las insoportables angustias derivadas de mi situación. En esta disposición de
ánimo, deseoso de vivir y a la vez cansado de la vida, el tratado adquirido en la librería,
junto con el oportuno descubrimiento de mi primo de Nantes, abrieron una ventana a mi
imaginación. Finalmente me decidí. Resolví partir, pero seguir viviendo; abandonar este
mundo, pero continuar existiendo… En suma, para dejar de lado los enigmas: resolví,
pasara lo que pasara, abrirme camino hasta la luna. Y para que no se me suponga más loco
de lo que realmente soy, procederé a detallar lo mejor posible las consideraciones que me
indujeron a creer que un designio semejante, aunque lleno de dificultades y de peligros, no
estaba más allá de lo posible para un espíritu osado.
»El primer problema a tener en cuenta era la distancia de la tierra a la luna. El intervalo
medio entre los centros de ambos planetas equivale a 59,9643 veces el radio ecuatorial de
la tierra; vale decir unas 237.000 millas. Digo el intervalo medio, pero debe tenerse en
cuenta que como la órbita de la luna está constituida por una elipse cuya excentricidad no
baja de 0,05484 del semieje mayor de la elipse, y el centro de la tierra se halla situado en su
foco, si me era posible de alguna manera llegar a la luna en su perigeo, la distancia
mencionada más arriba se vería disminuida. Dejando por ahora de lado esa posibilidad, de
todas maneras había que deducir de las 237.000 millas el radio de la tierra, o sea, 4.000, y
el de la luna, 1.080, con lo cual, en circunstancias ordinarias, quedarían por franquear
231.920 millas.
»Me dije que esta distancia no era tan extraordinaria. Viajando por tierra, se la ha
recorrido varias veces a un promedio de setenta millas por hora, y cabe prever que se
alcanzarán velocidades muy superiores. Pero incluso así no me llevaría más de ciento
sesenta y un días alcanzar la superficie de la luna. Varios detalles, empero, me inducían a
creer que mi promedio de velocidad sobrepasaría probablemente en mucho el de sesenta
millas horarias, y, como dichas consideraciones me impresionaron profundamente, no
dejaré de mencionarlas en detalle más adelante.
»El siguiente punto a considerar era mucho más importante. Conforme a las
indicaciones del barómetro, se observa que a una altura de 1.000 pies sobre el nivel del mar
hemos dejado abajo una trigésima parte de la masa atmosférica total; que a los 10.600 pies
hemos subido a un tercio de la misma; que a los 18.000 pies, que es aproximadamente la
elevación del Cotopaxi, sobrepasamos la mitad de la masa material —o, por lo menos,
ponderable— del aire que corresponde a nuestro globo. Se calcula asimismo que a una
altitud que no exceda la centésima parte del diámetro terrestre —vale decir, que no exceda
de ochenta millas—, el enrarecimiento del aire sería tan excesivo que la vida animal no
podría resistirlo, y, además, que los instrumentos más sensibles de que disponemos para
asegurarnos de la presencia de la atmósfera resultarían inadecuados a esa altura.
»No dejé de reparar, sin embargo, en que estos últimos cálculos se fundan por entero en
nuestro conocimiento experimental de las propiedades del aire y de las leyes mecánicas que
regulan su dilatación y su compresión en lo que cabe llamar, hablando comparativamente,
la vecindad inmediata de la tierra; y que al mismo tiempo se da por sentado que la vida
animal es esencialmente incapaz de modificación a cualquier distancia inalcanzable desde
la superficie. Ahora bien, partiendo de tales datos, todos estos razonamientos tienen que ser
simplemente analógicos. La mayor altura jamás alcanzada por el hombre es de 25.000 pies
en la expedición aeronáutica de Gay-Lussac y Biot. Se trata de una altura moderada, aun si
se la compara con las ochenta millas en cuestión, y no pude dejar de pensar que la cosa se
prestaba a la duda y a las más amplias especulaciones.
»De hecho, al ascender a cualquier altitud dada, la cantidad de aire ponderable
sobrepasada al seguir ascendiendo no se halla en proporción con la altura adicional
alcanzada (como puede deducirse claramente de lo ya dicho), sino en una proporción
decreciente constante. Resulta claro, pues, que por más alto que ascendamos no podemos,
literalmente hablando, llegar a un límite más allá del cual no haya atmósfera. Mi opinión
era que debía existir, aunque pudiera ser que se hallara en un estado de infinita rarefacción.
»Por otra parte, sabía que no faltaban argumentos para probar la existencia de un límite
real y definido de la atmósfera más allá del cual no habría absolutamente nada de aire. Pero
una circunstancia descuidada por los sostenedores de dicha teoría me pareció, si no capaz
de refutarla por entero, digna, al menos, de ser considerada seriamente. Al comparar los
intervalos entre las sucesivas llegadas del cometa de Encke a su perihelio, y después de
tener debidamente en cuenta todas las perturbaciones ocasionadas por la atracción de los
planetas, parece ser que los períodos están disminuyendo gradualmente; vale decir que el
eje mayor de la elipse trazado por el cometa se está acortando en un lento pero regular
proceso de reducción. Ahora bien, esto debería suceder así si suponemos que el cometa
experimenta una resistencia por parte de un medio etéreo excesivamente rarefacto que
ocupa la zona de su órbita, ya que semejante medio, al retardar la velocidad del cometa,
debe aumentar su fuerza centrípeta debilitando la centrífuga. En otras palabras, la atracción
del sol estaría alcanzando cada vez más intensidad y el cometa iría aproximándose a él a
cada revolución. No parece haber otra manera de explicar la variación aludida.
»Hay más: Se observa que el diámetro real de la nebulosidad del cometa se contrae
rápidamente al acercarse al sol y se dilata con igual rapidez al alejarse hacia su afelio. ¿No
me hallaba justificado al suponer, con Valz, que esta aparente condensación de volumen se
origina por la compresión del aludido medio etéreo, y que se va densificando
proporcionalmente a su proximidad al sol? El fenómeno que afecta la forma lenticular y
que se denomina luz zodiacal era también un asunto digno de atención. Esta radiación tan
visible en los trópicos, y que no puede confundirse con ningún resplandor meteórico, se
extiende oblicuamente desde el horizonte, siguiendo, por lo general, la dirección del
ecuador solar. Tuve la impresión de que provenía de una atmósfera enrarecida que se
dilataba a partir del sol, por lo menos hasta más allá de la órbita de Venus, y en mi opinión
a muchísima mayor distancia34. No podía creer que este medio ambiente se limitara a la
zona de la elipse del cometa o a la vecindad inmediata del sol. Fácil era, por el contrario,
imaginarla ocupando la entera región de nuestro sistema planetario, condensada en lo que
llamamos atmósfera en los planetas, y quizá modificada en algunos de ellos por razones
puramente geológicas; vale decir, modificada o alterada en sus proporciones (o su
naturaleza esencial) por materias volatilizadas emanantes de dichos planetas.
»Una vez adoptado este punto de vista, ya no vacilé. Descontando que hallaría a mi
34 La luz zodiacal es probablemente lo que los antiguos llamaban Trabes, Emicant Trabes quos docos
vocant, Plinio, lib. 2, pág. 26.
paso una atmósfera esencialmente análoga a la de la superficie de la tierra, pensé que con
ayuda del muy ingenioso aparato de Grimm sería posible condensarla en cantidad suficiente
para las necesidades de la respiración. Esto eliminaría el obstáculo principal de un viaje a la
luna. Había gastado dinero y mucho trabajo en adaptar el instrumento al fin requerido, y
tenía plena confianza en su aplicación si me era dado cumplir el viaje dentro de cualquier
período razonable. Y esto me trae a la cuestión de la velocidad con que podría efectuarlo.
»Verdad es que los globos, en la primera etapa de sus ascensiones, se remontaban a
velocidad relativamente moderada. Ahora bien, la fuerza de elevación reside por completo
en el peso superior del aire atmosférico comparado con el del gas del globo; cuando el
aeróstato adquiere mayor altura y, por consiguiente, arriba a capas atmosféricas cuya
densidad disminuye rápidamente, no parece probable ni razonable que la velocidad original
vaya acelerándose. Pero, por otra parte, no tenía noticias de que en ninguna ascensión
conocida se hubiese advertido una disminución en la velocidad absoluta del ascenso; sin
embargo, tal hubiera debido ser el caso, aunque más no fuera por el escape del gas en
globos de construcción defectuosa, aislados con una simple capa de barniz. Me pareció,
pues, que las consecuencias de dicho escape de gas debían ser suficientes para
contrabalancear el efecto de la aceleración lograda por la mayor distancia del globo al
centro de gravedad. Consideré que, si hallaba a mi paso el medio ambiente que había
imaginado, y si éste resultaba esencialmente lo que denominamos aire atmosférico, no se
produciría mayor diferencia en la fuerza ascendente por causa de su extremado
enrarecimiento, ya que el gas de mi globo no sólo se hallaría sujeto al mismo
enrarecimiento (con cuyo objeto le permitiría que escapara en cantidad suficiente para
evitar una explosión), sino que, siendo lo que era, continuaría mostrándose específicamente
más liviano que cualquier compuesto de nitrógeno y oxígeno. Había, pues, una posibilidad
—y muy grande— de que en ningún momento de mi ascenso alcanzara un punto donde los
pesos unidos de mi inmenso globo, el gas inconcebiblemente ligero que lo llenaba, la
barquilla y su contenido lograran igualar el peso de la masa atmosférica desplazada por el
aeróstato; y fácilmente se comprenderá que sólo el caso contrario hubiera podido detener
mi ascensión. Mas aun en este caso era posible aligerar el globo de casi trescientas libras
arrojando el lastre y otros pesos. Entretanto, la fuerza de gravedad seguiría disminuyendo
continuamente en proporción al cuadrado de las distancias; y así, con una velocidad
prodigiosamente acelerada, llegaría, por fin, a esas alejadas regiones donde la fuerza de
atracción de la tierra sería superada por la de la luna.
»Había otra dificultad que me producía alguna inquietud. Se ha observado que en las
ascensiones en globo a alturas considerables, aparte de la dificultad respiratoria, se
producen fenómenos sumamente penosos en todo el organismo, acompañados
frecuentemente de hemorragias de nariz y otros síntomas alarmantes, que se van
agudizando a medida que aumenta la altura35. No dejaba de preocuparme este aspecto. ¿No
podía ocurrir que dichos síntomas continuaran en aumento hasta provocar la muerte? Pero
llegué a la conclusión de que no. Su origen debía buscarse en la progresiva disminución de
la presión atmosférica usual sobre la superficie del cuerpo y la consiguiente dilatación de
los vasos sanguíneos superficiales; no se trataba de una desorganización capital del sistema
orgánico, como en el caso de la dificultad respiratoria, donde la densidad atmosférica
35 Posteriormente a la publicación de Hans Pfaall, me entero de que Mr. Green, el célebre aeronauta del
Nassau, y otros aeronautas posteriores, contradicen las afirmaciones de Humboldt a este respecto y hablan de
la progresiva disminución de los trastornos, lo cual concuerda con la teoría que presentamos.
resulta químicamente insuficiente para la debida renovación de la sangre en un ventrículo
del corazón. A menos que faltara esta renovación, no veía razón alguna para que la vida no
pudiera mantenerse, incluso en el vacío; pues la expansión y compresión del pecho,
llamadas vulgarmente respiración, son acciones puramente musculares, y causa, no efecto,
de la respiración. En una palabra, supuse que así como el cuerpo llegaría a habituarse a la
falta de presión atmosférica, del mismo modo las sensaciones dolorosas irían
disminuyendo; para soportarlas mientras duraran confiaba en la férrea resistencia de mi
constitución.
»Así, aunque no todas, he detallado algunas de las consideraciones que me indujeron a
proyectar un viaje a la luna. Procederé ahora, si así place a vuestras Excelencias, a
comunicaros los resultados de una tentativa cuya concepción parece tan audaz, y que en
todo caso no tiene paralelo en los anales de la humanidad.
»Habiendo alcanzado la altitud antes mencionada —vale decir, tres millas y tres
cuartos— arrojé por la barquilla una cantidad de plumas, descubriendo que aun ascendía
con suficiente velocidad, por lo cual no era necesario privarme de lastre. Me alegré de esto,
pues deseaba guardar conmigo todo el peso posible, por la sencilla razón de que no tenía
ninguna seguridad sobre la fuerza de atracción o la densidad atmosférica de la luna. Hasta
ese momento no sentía molestias físicas, respiraba con entera libertad y no me dolía la
cabeza. El gato descansaba tranquilamente sobre mi chaqueta, que me había quitado, y
contemplaba las palomas con un aire de nonchalance. En cuanto a éstas, atadas por una
pata para que no volaran, ocupábanse activamente de picotear los granos de arroz que les
había echado en el fondo de la barquilla.
»A las seis y veinte el barómetro acusó una altitud de 26.400 pies, o sea casi cinco
millas. El panorama parecía ilimitado. En realidad, resultaba fácil calcular, con ayuda de la
trigonometría esférica, el ámbito terrestre que mis ojos alcanzaban. La superficie convexa
de un segmento de esfera es a la superficie total de la esfera lo que el senoverso del
segmento al diámetro de la esfera. Ahora bien, en este caso, el senoverso —vale decir el
espesor del segmento por debajo de mí— era aproximadamente igual a mi elevación, o a la
elevación del punto de vista sobre la superficie. «De cinco a ocho millas» expresaría, pues,
la proporción del área terrestre que se ofrecía a mis miradas. En otras palabras, estaba
contemplando una decimosextava parte de la superficie total del globo. El mar aparecía
sereno como un espejo, aunque el telescopio me permitió advertir que se hallaba
sumamente encrespado. Ya no se veía el navío, que al parecer había derivado hacia el este.
Empecé a sentir fuertes dolores de cabeza a intervalos, especialmente en la región de los
oídos, aunque seguía respirando con bastante libertad. El gato y las palomas no parecían
sentir molestias.
»A las siete menos veinte el globo entró en una región de densas nubes, que me
ocasionaron serias dificultades, dañando mi aparato condensador y empapándome hasta los
huesos; fue éste, por cierto, un singular rencontre, pues jamás había creído posible que
semejante nube estuviera a tal altura. Me pareció conveniente soltar dos pedazos de cinco
libras de lastre, conservando un peso de ciento sesenta y cinco libras. Gracias a esto no
tardé en sobrevolar la zona de las nubes, y al punto percibí que mi velocidad ascensional
había aumentado considerablemente. Pocos segundos después de salir de la nube, un
relámpago vivísimo la recorrió de extremo a extremo, incendiándola en toda su extensión
como si se tratara de una masa de carbón ardiente. Esto ocurría, como se sabe, a plena luz
del día. Imposible imaginar la sublimidad que hubiese asumido el mismo fenómeno en caso
de producirse en las tinieblas de la noche. Sólo el infierno hubiera podido proporcionar una
imagen adecuada. Tal como lo vi, el espectáculo hizo que el cabello se me erizara mientras
miraba los abiertos abismos, dejando descender la imaginación para que vagara por las
extrañas galerías abovedadas, los encendidos golfos y los rojos y espantosos precipicios de
aquel terrible e insondable incendio. Me había salvado por muy poco. Si el globo hubiese
permanecido un momento más dentro de la nube, es decir, si la humedad de la misma no
me hubiera decidido a soltar lastre, probablemente no hubiera escapado a la destrucción.
Esta clase de peligros, aunque poco se piensa en ellos, son quizá los mayores que deben
afrontar los globos. Pero ahora me encontraba a una altitud demasiado grande como para
que el riesgo volviera a presentarse.
»Subíamos rápidamente, y a las siete en punto el barómetro indicó nueve millas y
media. Empecé a experimentar una gran dificultad respiratoria. La cabeza me dolía
muchísimo y, al sentir algo húmedo en las mejillas, descubrí que era sangre que me salía en
cantidad por los oídos. Mis ojos me preocuparon también mucho. Al pasarme la mano por
ellos me pareció que me sobresalían de las órbitas; veía como distorsionados los objetos
que contenía el globo, y a éste mismo. Los síntomas excedían lo que había supuesto y me
produjeron alguna alarma. En este momento, obrando con la mayor imprudencia e
insensatez, arrojé tres piezas de cinco libras de lastre. La velocidad acelerada del ascenso
me llevó demasiado rápidamente y sin la gradación necesaria a una capa altamente
enrarecida de la atmósfera, y estuvo a punto de ser fatal para mi expedición y para mí
mismo. Súbitamente me sentí presa de un espasmo que duro más de cinco minutos, y aun
después de haber cedido en cierta medida, seguí respirando a largos intervalos, jadeando de
la manera más penosa, mientras sangraba copiosamente por la nariz y los oídos, y hasta
ligeramente por los ojos. Las palomas parecían sufrir mucho y luchaban por escapar,
mientras el gato maullaba desesperadamente y, con la lengua afuera, movíase tambaleando
de un lado a otro de la barquilla, como si estuviera envenenado. Demasiado tarde descubrí
la imprudencia que había cometido al soltar el lastre. Supuse que moriría en pocos minutos.
Los sufrimientos físicos que experimentaba contribuían además a incapacitarme casi por
completo para hacer el menor esfuerzo en procura de salvación. Poca capacidad de
reflexión me quedaba, y la violencia del dolor de cabeza parecía crecer por instantes. Me di
cuenta de que los sentidos no tardarían en abandonarme, y ya había aferrado una de las
sogas correspondientes a la válvula de escape, con la idea de intentar el descenso, cuando el
recuerdo de la broma que les había jugado a mis tres acreedores, y sus posibles
consecuencias para mí, me detuvieron por el momento. Me dejé caer en el fondo de la
barquilla, luchando por recuperar mis facultades. Lo conseguí hasta el punto de pensar en la
conveniencia de sangrarme. Como no tenía lanceta, me vi precisado a arreglármelas de la
mejor manera posible, cosa que al final logré cortándome una vena del brazo izquierdo con
mi cortaplumas.
»Apenas había empezado a correr la sangre cuando noté un sensible alivio. Luego de
perder aproximadamente el contenido de media jofaina de dimensiones ordinarias, la
mayoría de los síntomas más alarmantes desaparecieron por completo. De todos modos no
me pareció prudente enderezarme en seguida, sino que, después de atarme el brazo lo mejor
que pude, seguí descansando un cuarto de hora. Pasado este plazo me levanté, sintiéndome
tan libre de dolores como lo había estado en la primera parte de la ascensión. No obstante
seguía teniendo grandísimas dificultades para respirar, y comprendí que pronto habría
llegado el momento de utilizar mi condensador. En el ínterin miré a la gata, que había
vuelto a instalarse cómodamente sobre mi chaqueta, y descubrí con infinita sorpresa que
había aprovechado la oportunidad de mi indisposición para dar a luz tres gatitos. Esto
constituía un aumento completamente inesperado en el número de pasajeros del globo, pero
no me desagradó que hubiera ocurrido; me proporcionaba la oportunidad de poner a prueba
la verdad de una conjetura que, más que cualquier otra, me había impulsado a efectuar la
ascensión. Había imaginado que la resistencia habitual a la presión atmosférica en la
superficie de la tierra era la causa de los sufrimientos por los que pasa toda vida a cierta
distancia de esa superficie. Si los gatitos mostraban síntomas equivalentes a los de la
madre, debería considerar como fracasada mi teoría, pero si no era así, entendería el hecho
como una vigorosa confirmación de aquella idea.
»A las ocho de la mañana había alcanzado una altitud de diecisiete millas sobre el nivel
del mar. Así, pues, era evidente que mi velocidad ascensional no sólo iba en aumento, sino
que dicho aumento hubiera sido verificable aunque no hubiese tirado el lastre como lo
había hecho. Los dolores de cabeza y de oídos volvieron a intervalos y con mucha
violencia, y por momentos seguí sangrando por la nariz; pero, en general, sufría mucho
menos de lo que podía esperarse. Mi respiración, empero, se volvía más y más difícil, y
cada inspiración determinaba un desagradable movimiento espasmódico del pecho.
Desempaqué, pues, el aparato condensador y lo alisté para su uso inmediato.
»A esta altura de mi ascensión el panorama que ofrecía la tierra era magnífico. Hacia el
oeste, el norte y el sur, hasta donde alcanzaban mis ojos, se extendía la superficie ilimitada
de un océano en aparente calma, que por momentos iba adquiriendo una tonalidad más y
más azul. A grandísima distancia hacia el este, aunque discernibles con toda claridad,
veíanse las Islas Británicas, la costa atlántica de Francia y España, con una pequeña porción
de la parte septentrional del continente africano. Era imposible advertir la menor señal de
edificios aislados, y las más orgullosas ciudades de la humanidad se habían borrado
completamente de la faz de la tierra.
»Lo que más me asombró del aspecto de las cosas de abajo fue la aparente concavidad
de la superficie del globo. Bastante irreflexivamente había esperado contemplar su
verdadera convexidad a medida que subiera, pero no tardé en explicarme aquella
contradicción. Una línea tirada perpendicularmente desde mi posición a la tierra hubiera
formado la perpendicular de un triángulo rectángulo, cuya base se hubiera extendido desde
el ángulo recto hasta el horizonte, y la hipotenusa desde el horizonte hasta mi posición.
Pero mi lectura era poco o nada en comparación con la perspectiva que abarcaba. En otras
palabras, la base y la hipotenusa del supuesto triángulo hubieran sido en este caso tan
largas, comparadas con la perpendicular, que las dos primeras hubieran podido considerarse
casi paralelas. De esta manera el horizonte del aeronauta aparece siempre como si estuviera
al nivel de la barquilla. Pero, como el punto situado inmediatamente debajo de él le parece
estar —y está— a gran distancia, da también la impresión de hallarse a gran distancia por
debajo del horizonte. De ahí la aparente concavidad, que habrá de mantenerse hasta que la
elevación alcance una proporción tan grande con el panorama, que el aparente paralelismo
de la base y la hipotenusa desaparezca.
»A esta altura las palomas parecían sufrir mucho. Me decidí, pues, a ponerlas en
libertad. Desaté primero una, bonitamente moteada de gris, y la posé sobre el borde de la
barquilla. Se mostró muy inquieta; miraba ansiosamente a todas partes, agitando las alas y
arrullando suavemente, pero no pude persuadirla de que se soltara del borde. Por fin la
agarré, arrojándola a unas seis yardas del globo. Pero, contra lo que esperaba, no mostró
ningún deseo de descender, sino que luchó con todas sus fuerzas por volver, mientras
lanzaba fuertes y penetrantes chillidos. Logró por fin alcanzar su posición anterior, mas
apenas lo había hecho cuando apoyó la cabeza en el pecho y cayó muerta en la barquilla.
»La otra fue más afortunada, pues para impedir que siguiera el ejemplo de su
compañera y regresara al globo, la tiré hacia abajo con todas mis fuerzas, y tuve el placer
de verla continuar su descenso con gran rapidez, haciendo uso de sus alas de la manera más
natural. Muy pronto se perdió de vista, y no dudo de que llegó sana y salva a casa. La gata,
que parecía haberse recobrado muy bien de su trance, procedió a comerse con gran apetito
la paloma muerta, y se durmió luego satisfechísima. Sus gatitos parecían sumamente
vivaces y no mostraban la menor señal de malestar.
»A las ocho y cuarto, como me era ya imposible inspirar aire sin los más intolerables
dolores, procedí a ajustar a la barquilla la instalación correspondiente al condensador.
Dicho aparato requiere algunas explicaciones, y Vuestras Excelencias deberán tener
presente que mi finalidad, en primer término, consistía en aislarme y aislar completamente
la barquilla de la atmósfera altamente enrarecida en la cual me encontraba, a fin de
introducir en el interior de mi compartimento, y por medio de mi condensador, una cantidad
de la referida atmósfera suficientemente condensada para poder respirarla. Con esta
finalidad en vista, había preparado una envoltura o saco muy fuerte, perfectamente
impermeable y flexible. Toda la barquilla quedaba contenida dentro de este saco. Vale decir
que, luego de tenderlo por debajo del fondo de la cesta de mimbre y hacerlo subir por los
lados, lo extendí a lo largo de las cuerdas hasta el borde superior o aro al cual estaba atada
la red del globo. Una vez levantado el saco, cerrando por completo todos los lados y el
fondo, había que asegurar su abertura o boca, pasando la tela sobre el aro de la red o, en
otras palabras, entre la red y el aro. Pero si la red quedaba separada del aro para permitir
dicho paso, ¿cómo se sostendría entretanto la barquilla? Pues bien, la red no estaba atada de
manera fija al aro, sino sujeta a éste mediante una serie de presillas o lazos. Por tanto, sólo
había que desatar unos cuantos de estos lazos por vez, dejando la barquilla suspendida de
los restantes. Insertada así una porción de tela que constituía la parte superior del saco,
volví a ajustar los lazos, ya no al aro, pues ello hubiera sido imposible desde el momento
que ahora intervenía la tela, sino a una serie de grandes botones asegurados en la tela
misma, a unos tres pies por debajo de la abertura del saco; los intervalos entre los botones
correspondían a los intervalos entre los lazos. Hecho esto, aflojé otra cantidad de lazos del
aro, introduje una nueva porción de la tela y los lazos sueltos fueron a su vez conectados
con sus botones correspondientes. De esta manera pude insertar toda la parte superior del
saco entre la red y el aro. Como es natural, este último cayó entonces dentro de la barquilla,
mientras el peso de ésta quedaba sostenido tan sólo por la fuerza de los botones.
»A primera vista este dispositivo podría parecer inadecuado, pero no era así, pues los
botones eran fortísimos y estaban tan cerca uno del otro que sólo les tocaba soportar
individualmente un pequeño peso. Aunque la barquilla y su contenido hubiesen sido tres
veces más pesados, no me habría sentido intranquilo.
»Procedí luego a levantar otra vez el aro por dentro de la envoltura de goma elástica y
lo inserté casi a su altura anterior por medio de tres soportes muy livianos preparados al
efecto. Hice esto, como se comprenderá, a fin de mantener distendido el saco en su
terminación, de modo que la parte inferior de la red conservara su posición normal. Sólo
me faltaba ahora cerrar la abertura del saco, y lo hice rápidamente, juntando los pliegues de
la tela y retorciéndolos apretadamente desde dentro por medio de una especie de tourniquet
fijo.
»A los lados de este envoltorio ajustado a la barquilla había tres cristales espesos pero
muy transparentes, por los cuales podía ver sin la menor dificultad en todas las direcciones
horizontales. En la parte del saco que constituía el fondo había una cuarta ventanilla del
mismo género, que correspondía a una pequeña abertura en el piso de la barquilla. Esto me
permitía ver hacia abajo, pero, en cambio, no había podido ajustar un dispositivo similar en
la parte superior, dada la forma en que se cerraba el saco y las arrugas que formaba, por lo
cual no podía esperar ver los objetos situados en el cenit. De todas maneras la cosa no tenía
importancia, pues aun en el caso de haber colocado una mirilla en lo alto, el globo mismo
me hubiera impedido hacer uso de ella.
»A un pie por debajo de una de las mirillas laterales había un orificio circular, de tres
pulgadas de diámetro, en el cual había fijado una rosca de bronce. A esta rosca se
atornillaba el largo tubo del condensador, cuyo cuerpo principal se encontraba,
naturalmente, dentro de la cámara de caucho. Por medio del vacío practicado en la
máquina, dicho tubo absorbía una cierta cantidad de atmósfera circundante y la introducía
en estado de condensación en la cámara de caucho, donde se mezclaba con el aire
enrarecido ya existente. Una vez que la operación se había repetido varias veces, la cámara
quedaba llena de aire respirable. Pero, como en un espacio tan reducido no podía tardar en
viciarse a causa de su continuo contacto con los pulmones, se lo expulsaba con ayuda de
una pequeña válvula situada en el fondo de la barquilla; el aire más denso se proyectaba de
inmediato a la enrarecida atmósfera exterior. Para evitar el inconveniente de que se
produjera un vacío total en la cámara, esta purificación no se cumplía de una vez, sino
progresivamente; para ello la válvula se abría unos pocos segundos y volvía a cerrarse,
hasta que uno o dos impulsos de la bomba del condensador reemplazaban el volumen de la
atmósfera desalojada. Por vía de experimento instalé a la gata y sus gatitos en una pequeña
cesta que suspendí fuera de la barquilla por medio de un sostén en el fondo de ésta, al lado
de la válvula de escape, que me servía para alimentarlos toda vez que fuera necesario. Esta
instalación, que dejé terminada antes de cerrar la abertura de la cámara, me dio algún
trabajo, pues debí emplear una de las perchas que he mencionado, a la cual até un gancho.
Tan pronto un aire más denso ocupó la cámara, el aro y las pértigas dejaron de ser
necesarias, pues la expansión de aquella atmósfera encerrada distendía fuertemente las
paredes de caucho.
»Cuando hube terminado estos arreglos y llenado la cámara como acabo de explicar,
eran las nueve menos diez. Todo el tiempo que pasé así ocupado sufría una terrible
opresión respiratoria, y me arrepentí amargamente de la negligencia o, mejor, de la
temeridad que me había hecho dejar para último momento una cuestión tan importante.
Mas apenas estuvo terminada, comencé a cosechar los beneficios de mi invención. Volví a
respirar libre y fácilmente. Me alegró asimismo descubrir que los violentos dolores que me
habían atormentado hasta ese momento se mitigaban casi completamente. Todo lo que me
quedaba era una leve jaqueca, acompañada de una sensación de plenitud o hinchazón en las
muñecas, los tobillos y la garganta. Parecía, pues, evidente que gran parte de las molestias
derivadas de la falta de presión atmosférica habían desaparecido tal como lo esperara, y que
muchos de los dolores padecidos en las últimas horas debían atribuirse a los efectos de una
respiración deficiente.
»A las nueve menos veinte, es decir, muy poco antes de cerrar la abertura de la cámara,
el mercurio llegó a su límite y dejó de funcionar el barómetro, que, como ya he dicho, era
especialmente largo. Indicaba en ese momento una altitud de 132.000 pies, o sea
veinticinco millas, vale decir que me era dado contemplar una superficie terrestre no menor
de la trescientas veinteava parte de su área total. A las nueve perdí de vista las tierras al
este, no sin antes advertir que el globo derivaba rápidamente hacia el nor-noroeste. El
océano por debajo de mí conservaba su aparente concavidad, aunque mi visión se veía
estorbada con frecuencia por las masas de nubes que flotaban de un lado a otro.
»A las nueve y media hice el experimento de arrojar un puñado de plumas por la
válvula. No flotaron como había esperado, sino que cayeron verticalmente como una bala y
en masa, a extraordinaria velocidad, perdiéndose de vista en un segundo. Al principio no
supe qué pensar de tan extraordinario fenómeno, pues no podía creer que mi velocidad
ascensional hubiera alcanzado una aceleración repentina tan prodigiosa. Pero no tardó en
ocurrírseme que la atmósfera se hallaba ahora demasiado rarificada para sostener una mera
pluma, y que, por lo tanto, caían a toda velocidad; lo que me había sorprendido eran las
velocidades unidas de su descenso y mi elevación.
»A las diez hallé que no tenía que ocuparme mayormente de nada. Todo marchaba bien
y estaba convencido de que el globo subía con una rapidez creciente, aunque ya no tenía
instrumentos para asegurarme de su progresión. No sentía dolores ni molestias de ninguna
clase, y estaba de mejor humor que en ningún momento desde mi partida de Rotterdam; me
ocupé, pues, de observar los diversos instrumentos y de regenerar la atmósfera de la
cámara. Decidí repetirlo cada cuarenta minutos, más para mantener mi buen estado físico
que porque la renovación fuese absolutamente necesaria. Entretanto no pude impedirme
anticipar el futuro. Mi fantasía corría a gusto por las fantásticas y quiméricas regiones
lunares. Sintiéndose por una vez libre de cadenas, la imaginación erraba entre las
cambiantes maravillas de una tierra sombría e inestable. Había de pronto vetustas y
antiquísimas florestas, vertiginosos precipicios y cataratas que se precipitaban con
estruendo en abismos sin fondo. Llegaba luego a las calmas soledades del mediodía, donde
jamás soplaba una brisa, donde vastas praderas de amapolas y esbeltas flores semejantes a
lirios se extendían a la distancia, silenciosas e inmóviles por siempre. Y luego recorría otra
lejana región, donde había un lago oscuro y vago, limitado por nubes. Pero no sólo estas
fantasías se posesionaban de mi mente. Horrores de naturaleza mucho más torva y
espantosa hacían su aparición en mi pensamiento, estremeciendo lo más hondo de mi alma
con la mera suposición de su posibilidad. Pero no permitía que esto durara demasiado
tiempo, pensando sensatamente que los peligros reales y palpables de mi viaje eran
suficientes para concentrar por entero mi atención.
»A las cinco de la tarde, mientras me ocupaba de regenerar la atmósfera de la cámara,
aproveché la oportunidad para observar a la gata y sus gatitos a través de la válvula. Me
pareció que la gata volvía a sufrir mucho, y no vacilé en atribuirlo a la dificultad que
experimentaba para respirar; en cuanto a mi experimento con los gatitos, tuvo un resultado
sumamente extraño. Como es natural, había esperado que mostraran algún malestar, aunque
en grado menor que su madre, y ello hubiese bastado para confirmar mi opinión sobre la
resistencia habitual a la presión atmosférica. No estaba preparado para descubrir, al
examinarlos atentamente, que gozaban de una excelente salud y que respiraban con toda
soltura y perfecta regularidad, sin dar la menor señal de sufrimiento. No me quedó otra
explicación posible que ir aún más allá de mi teoría y suponer que la atmósfera altamente
rarificada que los envolvía no era quizá (como había dado por sentado) químicamente
suficiente para la vida animal, y que una persona nacida en ese medio podría acaso
inhalarla sin el menor inconveniente, mientras que al descender a los estratos más densos,
en las proximidades de la tierra, soportaría torturas de naturaleza similar a las que yo
acababa de padecer. Nunca he dejado de lamentar que un torpe accidente me privara en ese
momento de mi pequeña familia de gatos, impidiéndome adelantar en el conocimiento del
problema en cuestión. Al pasar la mano por la válvula, con un tazón de agua para la gata, se
me enganchó la manga de la camisa en el lazo que sostenía la pequeña cesta y lo
desprendió instantáneamente del botón donde estaba tomado. Si la cesta se hubiera
desvanecido en el aire, no habría dejado de verla con mayor rapidez. No creo que haya
pasado más de un décimo de segundo entre el instante en que se soltó y su desaparición.
Mis buenos deseos la siguieron hasta tierra, pero, naturalmente, no tenía la menor esperanza
de que la gata o sus hijos vivieran para contar lo que les había ocurrido.
»A las seis, noté que una gran porción del sector visible de la tierra se hallaba envuelta
en espesa oscuridad, que siguió avanzando con gran rapidez hasta que, a las siete menos
cinco, toda la superficie a la vista quedó cubierta por las tinieblas de la noche. Pero pasó
mucho tiempo hasta que los rayos del sol poniente dejaron de iluminar el globo, y esta
circunstancia, aunque claramente prevista, no dejó de producirme gran placer. Era evidente
que por la mañana contemplaría el astro rey muchas horas antes que los ciudadanos de
Rotterdam, a pesar de que se hallaban situados mucho más al este y que así, día tras día, en
proporción a la altura alcanzada, gozaría más y más tiempo de la luz solar. Me decidí por
entonces a llevar un diario de viaje, registrando la crónica diaria de veinticuatro horas
continuas, es decir, sin tomar en consideración el intervalo de oscuridad.
»A las diez, sintiendo sueño, resolví acostarme por el resto de la noche; pero entonces
se me presentó una dificultad que, por más obvia que parezca, había escapado a mi atención
hasta el momento de que hablo. Si me ponía a dormir, como pensaba, ¿cómo regenerar
entretanto la atmósfera de la cámara? Imposible respirar en ella por más de una hora, y,
aunque este término pudiera extenderse a una hora y cuarto, se seguirían las más
desastrosas consecuencias. La consideración de este dilema me preocupó seriamente, y
apenas se me creerá si digo que, después de todos los peligros que había enfrentado, el
asunto me pareció tan grave como para renunciar a toda esperanza de llevar a buen fin mi
designio y decidirme a iniciar el descenso.
»Mi vacilación, empero, fue sólo momentánea. Reflexioné que el hombre es esclavo de
la costumbre y que en la rutina de su existencia hay muchas cosas que se consideran
esenciales, y que lo son tan sólo porque se han convertido en hábitos. Cierto que no podía
pasarme sin dormir; pero fácilmente me acostumbraría, sin inconveniente alguno, a
despertar de hora en hora en el curso de mi descanso. Sólo se requerirían cinco minutos
como máximo para renovar por completo la atmósfera de la cámara, y la única dificultad
consistía en hallar un método que me permitiera despertar cada vez en el momento
requerido.
»Confieso que esta cuestión me resultó sumamente difícil. Conocía, por supuesto, la
historia del estudiante que, para evitar quedarse dormido sobre el libro, tenía en la mano
una bola de cobre, cuya caída en un recipiente del mismo metal colocado en el suelo
provocaba un estrépito suficiente para despertarlo si se dejaba vencer por la modorra. Pero
mi caso era muy distinto y no me permitía acudir a ningún expediente parecido; no se
trataba de mantenerme despierto, sino de despertar a intervalos regulares. Al final di con un
medio que, por simple que fuera, me pareció en aquel momento de tanta importancia como
la invención del telescopio, la máquina de vapor o la imprenta.
»Necesario es señalar en primer término que, a la altura alcanzada, el globo continuaba
su ascensión vertical de la manera más serena, y que la barquilla lo acompañaba con una
estabilidad tan perfecta que hubiera resultado imposible registrar en ella la más leve
oscilación. Esta circunstancia me favoreció grandemente para la ejecución de mi proyecto.
La provisión de agua se hallaba contenida en cuñetes de cinco galones cada uno, atados
firmemente en el interior de la barquilla. Solté uno de ellos y, tomando dos sogas, las até a
través del borde de mimbre de la barquilla, paralelamente y a un pie de distancia entre sí,
para que formaran una especie de soporte sobre el cual puse el cuñete y lo fijé en posición
horizontal.
»A unas ocho pulgadas por debajo de las cuerdas, y a cuatro pies del fondo de la
barquilla, instalé otro soporte, pero éste de madera fina, utilizando el único trozo que
llevaba a bordo. Coloqué sobre él, justamente debajo de uno de los extremos del cuñete, un
pequeño pichel de barro. Practiqué luego un agujero en el extremo correspondiente del
cuñete, al que adapté un tapón cónico de madera blanda. Empecé a ajustar y a aflojar el
tapón hasta que, luego de algunas pruebas, conseguí el punto necesario para que el agua,
rezumando del orificio y cayendo en el pichel de abajo, lo llenara hasta el borde en sesenta
minutos. Esto último pude calcularlo fácilmente, observando hasta dónde se llenaba el
recipiente en un período dado.
»Hecho esto, lo que queda por decir es obvio. Instalé mi cama en el piso de la barquilla,
de modo tal que mi cabeza quedaba exactamente bajo la boca del pichel. Al cumplirse una
hora, el pichel se llenaba por completo, y al empezar a volcarse lo hacía por la boca, situada
ligeramente más abajo que el borde. Ni que decir que el agua, cayendo desde una altura de
cuatro pies, me daba en la cara y me despertaba instantáneamente del más profundo sueño.
»Eran ya las once cuando completé mis preparativos y me acosté en seguida, lleno de
confianza en la eficacia de mi invento. No me defraudó, por cierto. Puntualmente fui
despertado cada sesenta minutos por mi fiel cronómetro, y en cada oportunidad no olvidé
vaciar el pichel en la boca del cuñete, a la vez que me ocupaba del condensador. Estas
interrupciones regulares en mi sueño me causaron menos molestias de las que había
previsto, y cuando me levanté al día siguiente eran ya las siete y el sol se hallaba a varios
grados sobre la línea del horizonte.
»3 de abril.- El globo había alcanzado una inmensa altitud y la convexidad de la tierra
podía verse con toda claridad. Por debajo de mí, en el océano, había un grupo de pequeñas
manchas negras, indudablemente islas. Por encima, el cielo era de un negro azabache y se
veían brillar las estrellas; esto ocurría desde el primer día de vuelo. Muy lejos, hacia el
norte, percibí una línea muy fina, blanca y sumamente brillante, en el borde mismo del
horizonte, y no vacilé en suponer que se trataba del borde austral de los hielos del mar
polar. Mi curiosidad se avivó, pues confiaba en avanzar más hacia el norte, y quizá en un
momento dado quedara colocado justamente sobre el polo. Lamenté que mi grandísima
elevación impidiera en este caso hacer observaciones detalladas; pero de todas maneras
cabía cerciorarse de muchas cosas.
»Nada de extraordinario ocurrió durante el día. Los instrumentos funcionaron
perfectamente y el globo continuó su ascenso sin que se notara la menor vibración. Hacía
mucho frío, que me obligó a ponerme un abrigado gabán. Cuando la oscuridad cubrió la
tierra me acosté, aunque la luz del sol siguió brillando largas horas en mi vecindad
inmediata. El reloj de agua se mostró puntual y dormí hasta la mañana siguiente, con las
interrupciones periódicas ya señaladas.
»4 de abril.- Me levanté lleno de salud y buen ánimo y quedé asombrado al ver el
extraño cambio que se había producido en el aspecto del océano. En vez del azul profundo
que mostraba el día anterior, era ahora de un blanco grisáceo y de un brillo insoportable. La
convexidad del océano era tan marcada, que la masa de agua más distante parecía estar
cayendo bruscamente en el abismo del horizonte; por un momento me quedé escuchando si
se percibían los ecos de aquella inmensa catarata. Las islas no eran ya visibles; no podría
decir si habían quedado por debajo del horizonte, hacia el sur, o si la creciente elevación
impedía distinguirlas. Me inclinaba, sin embargo, a esta última hipótesis. El borde de hielo
al norte se divisaba cada vez con mayor claridad. El frío disminuyó sensiblemente. No
ocurrió nada de importancia y pasé el día leyendo, pues había tenido la precaución de
proveerme de libros.
»5 de abril.- Asistí al singular fenómeno de la salida del sol, mientras casi toda la
superficie visible de la tierra seguía envuelta en tinieblas. Pero luego la luz se extendió
sobre la superficie y otra vez distinguí la línea del hielo hacia el norte. Se veía muy
claramente y su coloración era mucho más oscura que la de las aguas oceánicas. No cabía
dudar de que me estaba aproximando a gran velocidad. Me pareció distinguir nuevamente
una línea de tierra hacia el este y también otra al oeste, pero sin seguridad. Tiempo
moderado. Nada importante sucedió durante el día. Me acosté temprano.
»6 de abril.- Tuve la sorpresa de descubrir el borde de hielo a una distancia bastante
moderada, mientras un inmenso campo helado se extendía hasta el horizonte. Era evidente
que si el globo mantenía su rumbo actual, no tardaría en situarse sobre el océano polar
ártico, y daba casi por descontado que podría distinguir el polo. Durante todo el día
continuamos aproximándonos a la zona del hielo. Al anochecer, los límites de mi horizonte
se ampliaron súbitamente, lo cual se debía, sin duda, a la forma esferoidal achatada de la
tierra, y a mi llegada a la parte más chata en las vecindades del círculo ártico. Cuando la
oscuridad terminó de envolverme me acosté lleno de ansiedad, temeroso de pasar por
encima de lo que tanto deseaba observar sin que fuera posible hacerlo.
»7 de abril.- Me levanté temprano y con gran alegría pude observar finalmente el Polo
Norte, pues no podía dudar de que lo era. Estaba allí, justamente debajo del aeróstato; pero,
¡ay!, la altitud alcanzada por éste era tan enorme que nada podía distinguirse en detalle. A
juzgar por la progresión de las cifras indicadoras de las distintas altitudes en los diferentes
períodos desde las seis a. m. del dos de abril hasta las nueve menos veinte a. m. del mismo
día (hora en la cual el barómetro llegó a su límite), podía inferirse que en este momento, a
las cuatro de la mañana del siete de abril, el globo había alcanzado una altitud no menor de
7.254 millas sobre el nivel del mar. Esta elevación puede parecer inmensa, pero el cálculo
sobre el cual la había basado era probablemente muy inferior a la verdad. Sea como fuere,
en ese instante me era dado contemplar la totalidad del diámetro mayor de la tierra; todo el
hemisferio norte se extendía por debajo de mí como una carta en proyección ortográfica, el
gran círculo del ecuador constituía el límite de mi horizonte. Empero, Vuestras Excelencias
pueden fácilmente imaginar que las regiones hasta hoy inexploradas que se extienden más
allá del círculo polar ártico, si bien se hallaban situadas debajo del globo y, por tanto, sin la
menor deformación, eran demasiado pequeñas relativamente y estaban a una distancia
demasiado enorme del punto de vista como para que mi examen alcanzara una gran
precisión.
»Lo que pude ver, empero, fue tan singular como excitante. Al norte del enorme borde
de hielos ya mencionado, y que de manera general puede ser calificado como el límite de
los descubrimientos humanos en esas regiones, continúa extendiéndose una capa de hielo
ininterrumpida (o poco menos). En su primera parte, la superficie es muy llana, hasta
terminar en una planicie total y, finalmente, en una concavidad que llega hasta el mismo
polo, formando un centro circular claramente definido, cuyo diámetro aparente subtendía
con respecto al globo un ángulo de unos sesenta y cinco segundos, y cuya coloración
sombría, de intensidad variable, era más oscura que cualquier otro punto del hemisferio
visible, llegando en partes a la negrura más absoluta. Fuera de esto, poco alcanzaba a
divisarse. Hacia mediodía, el centro circular había disminuido en circunferencia, y a las
siete p. m. lo perdí de vista, pues el globo sobrepasó el borde occidental del hielo y flotó
rápidamente en dirección del ecuador.
»8 de abril.- Note una sensible disminución en el diámetro aparente de la tierra, aparte
de una alteración en su color y su apariencia general. Toda el área visible participaba en
grados diferentes de una coloración amarillo pálido, que en ciertas partes llegaba a tener
una brillantez que hacía daño a la vista. Mi radio visual se veía, además, considerablemente
estorbado, pues la densa atmósfera contigua a la tierra estaba cargada de nubes, entre cuyas
masas sólo alcanzaba a divisar aquí y allá jirones de la tierra. Estas dificultades para la
visión directa me habían venido molestando más o menos durante las últimas cuarenta y
ocho horas, pero mi enorme altitud actual hacía que las masas de nubes se juntaran, por así
decirlo, y el obstáculo se volvía más y más palpable en proporción a mi ascenso. Pude notar
fácilmente, empero, que el globo sobrevolaba la serie de los grandes lagos de Norteamérica,
y que seguía un curso hacia el sur que pronto me aproximaría a los trópicos. Esta
circunstancia no dejó de llenarme de satisfacción y la saludé como un augurio favorable de
mi triunfo final. Por cierto que la dirección seguida hasta ahora me había inquietado mucho,
pues era evidente que si se mantenía por más tiempo no me daría posibilidad alguna de
llegar a la luna, cuya órbita se halla inclinada con respecto a la eclíptica en un ángulo de tan
sólo 5° 8’ 48”. Por más raro que parezca, sólo en los últimos días empecé a comprender el
gran error que había cometido al no tomar como punto de partida desde la tierra algún lugar
en el plano de la elipse lunar.
»9 de abril.- El diámetro terrestre apareció hoy grandemente disminuido, y el color de
la superficie adquiría de hora en hora un matiz más amarillento. El globo mantuvo su
rumbo al sur y llegó a las nueve p. m. al borde septentrional del golfo de México.
»10 de abril.- Hacia las cinco de la mañana fui bruscamente despertado por un
estrépito, semejante a un terrible crujido, que no alcancé a explicarme. Duró muy poco,
pero me bastó oírlo para comprender que no se parecía a nada que hubiera escuchado
previamente en la tierra. Inútil decir que me alarmé muchísimo, atribuyendo aquel ruido a
la explosión del globo. Examiné atentamente los instrumentos sin descubrir nada anormal.
Pasé gran parte del día meditando sobre un hecho tan extraordinario, pero no me fue
posible arribar a ninguna explicación. Me acosté insatisfecho, en un estado de gran
ansiedad y agitación.
»11 de abril.- Descubrí una sorprendente disminución en el diámetro aparente de la
tierra y un considerable aumento, observable por primera vez, del de la luna, que alcanzaría
su plenitud pocos días más tarde. A esta altura se requería una prolongada y extenuante
labor para condensar suficiente aire atmosférico respirable en la cámara.
»12 de abril.- Una singular alteración se produjo en la dirección del globo, y, aunque la
había anticipado en todos sus detalles, me causó la más grande de las alegrías. Habiendo
alcanzado, en su rumbo anterior, el paralelo veinte de latitud sur, el globo cambió
súbitamente de dirección, volviéndose en ángulo agudo hacia el este, y así continuó durante
el día, manteniéndose muy cerca del plano exacto de la elipse lunar. Merece señalarse que,
como consecuencia de este cambio de ruta, se produjo una perceptible oscilación de la
barquilla, la cual se mantuvo con mayor o menor intensidad durante muchas horas.
»13 de abril.- Volví a alarmarme seriamente por la repetición del violento ruido
crujiente que tanto me había aterrorizado el día 10. Pensé mucho en esto, sin alcanzar una
conclusión satisfactoria. El diámetro aparente de la tierra decreció muchísimo y subtendía
desde el globo un ángulo de poco más de veinticinco grados. No se veía la luna, por
hallarse casi en mi cenit. Seguimos en el plano de la elipse, pero avanzando muy poco hacia
el este.
»14 de abril.- Rapidísimo decrecimiento del diámetro de la tierra. Hoy me sentí
fuertemente impresionado por la idea de que el globo recorrería la línea de los ápsides hacia
el punto del perineo; en otras palabras, que seguía la ruta directa que lo llevaría
inmediatamente a la luna en aquella parte de su órbita más cercana a la tierra. La luna
misma se hallaba inmediatamente sobre mí y, por lo tanto, oculta a mis ojos. Tuve que
trabajar dura y continuamente para condensar la atmósfera.
»15 de abril.- Ni siquiera los perfiles de los continentes y los mares podían trazarse ya
con claridad en la superficie de la tierra. Hacia las doce escuché por tercera vez el
horroroso sonido que tanto me había asombrado. Pero ahora continuaba cada vez con más
intensidad. Por fin, mientras estupefacto y aterrado aguardaba de segundo en segundo no sé
qué espantoso aniquilamiento, la barquilla vibró violentamente y una masa gigantesca e
inflamada de un material que no pude distinguir pasó con un fragor de cien mil truenos a
poca distancia del globo.
»Cuando mi temor y mi estupefacción se hubieron disipado un tanto, poco me costó
imaginar que se trataba de algún enorme fragmento volcánico proyectado desde aquel
mundo al cual me acercaba rápidamente; con toda probabilidad era una de esas extrañas
masas que suelen recogerse en la tierra y que a falta de mejor explicación se denominan
meteoritos.
»16 de abril.- Mirando hacia arriba lo mejor posible, es decir, por todas las ventanillas
alternativamente, contemplé con grandísima alegría una pequeña parte del disco de la luna
que sobresalía por todas partes de la enorme circunferencia de mi globo. Una intensa
agitación se posesionó de mí, pues pocas dudas me quedaban de que pronto llegaría al
término de mi peligroso viaje. El trabajo ocasionado por el condensador había alcanzado un
punto máximo y casi no me concedía un momento de descanso. A esta altura no podía
pensar en dormir. Me sentía muy enfermo, y todo mi cuerpo temblaba a causa del
agotamiento. Era imposible que una naturaleza humana pudiese soportar por mucho más
tiempo un sufrimiento tan grande. Durante el brevísimo intervalo de oscuridad, un
meteorito pasó nuevamente cerca del globo, y la frecuencia de estos fenómenos me causó
no poca aprensión.
»17 de abril.- Esta mañana hizo época en mi viaje. Se recordará que el 13 la tierra
subtendía un ángulo de veinticinco grados. El 14, el ángulo disminuyó mucho; el 15 se
observó un descenso aún más notable, y al acostarme, la noche del 16, verifiqué que el
ángulo no pasaba de los siete grados y quince minutos. ¡Cuál habrá sido entonces mi
asombro al despertar de un breve y penoso sueño, en la mañana de este día, y descubrir que
la superficie por debajo de mí había aumentado súbita y asombrosamente de volumen, al
punto de que su diámetro aparente subtendía un ángulo no menor de treinta y nueve grados!
Me quedé como fulminado. Ninguna palabra podría expresar el infinito, el absoluto horror
y estupefacción que me poseyeron y me abrumaron. Sentí que me temblaban las rodillas,
que me castañeteaban los dientes, mientras se me erizaba el cabello. ¡Entonces… el globo
había reventado! Fue la primera idea que corrió por mi mente. ¡El globo había reventado…
y estábamos cayendo, cayendo, con la más impetuosa e incalculable velocidad! ¡A juzgar
por la inmensa distancia tan rápidamente recorrida, no pasarían más de diez minutos antes
de llegar a la superficie del orbe y hundirme en la destrucción!
»Pero, a la larga, la reflexión vino en mi auxilio. Me serené, reflexioné y empecé a
dudar. Aquello era imposible. De ninguna manera podía haber descendido a semejante
velocidad. Además, si bien me estaba acercando a la superficie situada por debajo, no cabía
duda de que la velocidad del descenso era infinitamente menor de la que había imaginado.
Esta consideración sirvió para calmar la perturbación de mis facultades y logré finalmente
enfrentar el fenómeno desde un punto de vista racional. Comprendí que el asombro me
había privado en gran medida de mis sentidos, pues no había sido capaz de apreciar la
enorme diferencia entre aquella superficie situada por debajo de mí y la de la madre tierra.
Esta última se hallaba ahora sobre mi cabeza, completamente oculta por el globo, mientras
la luna —la luna en toda su gloria— se tendía debajo de mí y a mis pies.
»El estupor y la sorpresa que me había producido aquel extraordinario cambio de
situaciones fueron quizá lo menos explicable de mi aventura, pues el bouleversement en
cuestión no sólo era tan natural como inevitable, sino que lo había previsto mucho antes,
sabiendo que debería producirse cuando llegara al punto exacto del viaje donde la atracción
del planeta fuera superada por la atracción del satélite —o, más precisamente, cuando la
gravitación del globo hacia la tierra fuese menos poderosa que su gravitación hacia la
luna—. Ocurrió, sin duda, que desperté de un profundo sueño con todos los sentidos
embotados, viéndome frente a un fenómeno que, si bien previsto, no lo estaba en ese
momento mismo. En cuanto a mi cambio de posición, debió producirse de manera tan
gradual como serena; de haber estado despierto en el momento en que tuvo lugar, es dudoso
que me hubiera dado cuenta por alguna señal interna, vale decir por alguna irregularidad o
trastorno de mi persona o de mis instrumentos.
«Resulta casi inútil decir que, apenas hube comprendido la verdad y superado el terror
que había absorbido todas las facultades de mi espíritu, concentré por completo mi atención
en la apariencia física de la luna. Se extendía por debajo de mí como un mapa y, aunque
comprendí que se hallaba aún a considerable distancia, los detalles de su superficie se me
ofrecían con una claridad tan asombrosa como inexplicable. La ausencia total de océanos o
mares e incluso de lagos y ríos me pareció a primera vista el rasgo más extraordinario de
sus características geológicas. Y, sin embargo, por raro que parezca, advertí vastas regiones
llanas de carácter decididamente aluvial, si bien la mayor parte del hemisferio se hallaba
cubierto de innumerables montañas volcánicas de forma cónica que daban una impresión de
protuberancias artificiales antes que naturales. La más alta no pasaba de tres millas y tres
cuartos, pero un mapa de los distritos volcánicos de los Campos Flegreos proporcionaría a
vuestras Excelencias una idea más clara de aquella superficie general que cualquier
descripción insuficiente intentada aquí. La mayoría de aquellos volcanes estaban en
erupción y me dieron a entender terriblemente su furia y su potencia con los repetidos
truenos de los mal llamados meteoritos, que subían en línea recta hasta el globo con una
frecuencia más y más aterradora.
»18 de abril.- Comprobé hoy un enorme aumento de la masa lunar, y la velocidad
evidentemente acelerada de mi descenso comenzó a llenarme de alarma. Se recordará que
en las primeras etapas de mis especulaciones sobre la posibilidad de llegar a la luna, había
contado en mis cálculos con la existencia de una atmósfera alrededor de ésta, cuya densidad
fuera proporcionada a la masa del planeta; todo ello a pesar de las numerosas teorías
contrarias, y cabe agregar, de la incredulidad general sobre la existencia de una atmósfera
lunar. Pero además de lo que ya he indicado a propósito del cometa de Encke y la luz
zodiacal, mi opinión se había visto vigorizada por ciertas observaciones de Mr. Schroeter,
de Lilienthal. Este sabio observó la luna de dos días y medio, poco después de ponerse el
sol, antes de que la parte oscurecida se hiciera visible, y continuó observándola hasta que
fue perceptible. Los dos cuernos parecían afilarse en una ligera prolongación y mostraban
su extremo débilmente iluminado por los rayos del sol antes de que cualquier parte del
hemisferio en sombras fuera visible. Poco después, todo el borde sombrío se aclaró. Esta
prolongación de los cuernos más allá del semicírculo debía provenir, según pensé, de la
refracción de los rayos solares por la atmósfera de la luna. Calculé también que la altura de
la atmósfera (capaz de refractar en el hemisferio en sombras suficiente luz para producir un
crepúsculo más luminoso que la luz reflejada por la tierra cuando la luna se halla a unos 32°
de su conjunción) era de 1.356 pies; de acuerdo con ello, supuse que la altura máxima
capaz de refractar los rayos solares debía ser de 5.376 pies.
»Mis ideas sobre este tópico se habían visto asimismo confirmadas por un pasaje del
volumen ochenta y dos de las Actas Filosóficas, donde se afirma que durante una
ocultación de los satélites de Júpiter por la luna, el tercero desapareció después de haber
sido indiscernible durante uno o dos segundos, y que el cuarto dejó de ser visible cerca del
limbo36.
»Está de más decir que confiaba plenamente en la resistencia o, mejor dicho, en el
sostén de una atmósfera cuya densidad había supuesto, a fin de llegar sano y salvo a la luna.
Si al fin y al cabo me había equivocado, no podía esperar otra cosa que terminar mi
aventura haciéndome mil pedazos contra la rugosa superficie del satélite. No me faltaban
razones para sentirme aterrorizado. La distancia que me separaba de la luna era
comparativamente insignificante, en tanto que el trabajo que me daba el condensador no
había disminuido en absoluto y no advertía la menor indicación de que el enrarecimiento
del aire comenzara a disminuir.
»19 de abril.- Esta mañana, para mi gran alegría, cuando la superficie de la luna estaba
aterradoramente cerca y mis temores llegaban a su colmo noté, a las nueve, que la bomba
del condensador daba señales evidentes de una alteración en la atmósfera. A las diez, tenía
ya razones para creer que la densidad había aumentado considerablemente. A las once,
poco trabajo se requería en el aparato, y a las doce, después de vacilar un rato, me atreví a
soltar el torniquete y, notando que nada desagradable ocurría, abrí finalmente la cámara de
goma y la arrollé a los lados de la barquilla.
»Como cabía esperar, un violento dolor de cabeza acompañado de espasmos fue la
inmediata consecuencia de tan precipitado y peligroso experimento. Pero aquellos
trastornos y la dificultad para respirar no eran tan grandes como para hacer peligrar mi vida,
y decidí soportarlos lo mejor posible, en la seguridad de que desaparecerían apenas
llegáramos a las capas inferiores más densas. Empero nuestra aproximación a la luna
continuaba a una enorme velocidad, y pronto me di cuenta, con alarma, de que si bien no
me había engañado al suponer una atmósfera de densidad proporcionada a la masa del
satélite, me había equivocado al creer que dicha densidad, aun la más próxima a la
superficie, sería capaz de sostener el gran peso de la barquilla del aeróstato. Así debería
haber sido y en grado igual que en la superficie terrestre, suponiendo la pesantez de los
cuerpos en razón de la condensación atmosférica en cada planeta. Pero no era así, sin
embargo, como bien se veía por mi precipitada caída; y el porqué de ello sólo puede
36 Hevelius escribe que en varias ocasiones, hallándose el cielo tan claro que se veían estrellas de la
sexta y séptima magnitud, notó que, a la misma altura de la luna y la misma elongación de la tierra, usando el
mismo y excelente telescopio, la luna y sus manchas no siempre aparecían con la misma nitidez. Dadas las
circunstancias de la observación, es evidente que la causa del fenómeno no se halla en el aire, el telescopio, la
luna, ni el ojo del observador, sino que debe atribuirse a algo (¿una atmósfera?) existente en torno del satélite.
Cassini observó varias veces que Saturno, Júpiter y las estrellas, fijas en el momento de quedar ocultas
por la luna, dejan de verse en forma circular, para asumir otra ovalada, mientras en ocultaciones análogas no
advirtió la menor diferencia. De ahí cabría suponer que, en ciertas ocasiones y no en otras, una materia densa
envuelve la luna y los rayos de las estrellas se refractan en ella.
explicarse con referencia a las posibles perturbaciones geológicas a las cuales ya me he
referido.
»Sea como fuere, estaba muy cerca del planeta, bajando a una velocidad terrible. No
perdí un instante, pues, en tirar por la borda el lastre, luego los cuñetes de agua, el aparato
condensador y la cámara de caucho, y por fin todo lo que contenía la barquilla. Pero de
nada me sirvió. Continuaba descendiendo a una terrible velocidad y me hallaba apenas a
media milla del suelo. Como último recurso, y después de arrojar mi chaqueta, sombrero y
botas, acabé cortando la barquilla misma, que era sumamente pesada; y así, colgado con
ambas manos de la red tuve apenas tiempo de observar que toda la región hasta donde
alcanzaban mis miradas estaba densamente poblada de pequeñas construcciones, antes de
caer de cabeza en el corazón de una fantástica ciudad, en el centro de una enorme multitud
de pequeños y feísimos seres que, en vez de preocuparse en lo más mínimo por auxiliarme,
se quedaron como un montón de idiotas, sonriendo de la manera más ridícula y mirando de
reojo al globo y a mí mismo. Alejándome desdeñosamente de ellos, alcé los ojos al cielo
para contemplar la tierra que tan poco antes había abandonado, acaso para siempre, y la vi
como un enorme y sombrío escudo de bronce, de dos grados de diámetro, inmóvil en el
cielo y guarnecida en uno de sus bordes con una medialuna del oro más brillante. Imposible
descubrir la más leve señal de continentes o mares; el globo aparecía lleno de manchas
variables, y se advertían, como si fuesen fajas, las zonas tropicales y ecuatoriales.
»Así, con permiso de vuestras Excelencias, luego de una serie de grandes angustias,
peligros jamás oídos y escapatorias sin paralelo, llegué por fin sano y salvo, a los
diecinueve días de mi partida de Rotterdam, al fin del más extraordinario de los viajes, y el
más memorable jamás cumplido, comprendido o imaginado por ningún habitante de la
tierra. Pero mis aventuras están aún por relatar. Y bien imaginarán vuestras Excelencias
que, después de una residencia de cinco años en un planeta no sólo muy interesante por sus
características propias, sino doblemente interesante por su íntima conexión, en calidad de
satélite, con el mundo habitado por el hombre, me hallo en posesión de conocimientos
destinados confidencialmente al Colegio de Astrónomos del Estado, y harto más importante
que los detalles, por maravillosos que sean, del viaje tan felizmente concluido.
»He aquí, en una palabra, la cuestión. Tengo muchas, muchísimas cosas que daría a
conocer con el mayor gusto; mucho que decir del clima del planeta, de sus maravillosas
alternancias de calor y frío, de la ardiente y despiadada luz solar que dura una quincena, y
la frigidez más que polar que domina en la siguiente; del constante traspaso de humedad,
por destilación semejante a la que se practica al vacío, desde el punto situado debajo del sol
al punto más alejado del mismo; de una zona variable de agua corriente; de las gentes en sí;
de sus maneras, costumbres e instituciones políticas; de su peculiar constitución física; de
su fealdad, de su falta de orejas, apéndices inútiles en una atmósfera a tal punto modificada;
de su consiguiente ignorancia del uso y las propiedades del lenguaje; de sus ingeniosos
medios de intercomunicación, que lo reemplazan; de la incomprensible conexión entre cada
individuo de la luna con algún individuo de la tierra, conexión análoga y sometida a la de
las esferas del planeta y el satélite, y por medio de la cual la vida y los destinos de los
habitantes del uno están entretejidos con la vida y los destinos de los habitantes del otro; y,
por sobre todo, con permiso de Vuestras Excelencias, de los negros y horrendos misterios
existentes en las regiones exteriores de la luna, regiones que, debido a la casi milagrosa
concordancia de la rotación del satélite sobre su eje con su revolución sideral en torno a la
tierra, jamás han sido expuestas, y nunca lo serán si Dios quiere, al escrutinio de los
telescopios humanos. Todo esto y más, mucho más, me sería grato detallar. Pero, para ser
breve, debo recibir mi recompensa. Ansío volver a mi familia y a mi hogar, y, como precio
de la luz que está en mi mano arrojar sobre importantísimas ramas de la ciencia física y
metafísica, me permito solicitar, por intermedio de vuestra honorable corporación, que me
sea perdonado el crimen que cometí al partir de Rotterdam, o sea la muerte de mis
acreedores. Tal es el motivo de esta comunicación. Su portador, un habitante de la luna a
quien he persuadido y adiestrado para que sea mi mensajero en la tierra, esperará la
decisión que plazca a vuestras excelencias, y retornará trayéndome el perdón solicitado, si
es posible obtenerlo.
»Tengo el honor de saludar respetuosamente a Vuestras Excelencias.
» Vuestro humilde servidor,
Hans Pfaall.»
Se afirma que, al concluir la lectura de este extraordinario documento, el profesor
Rubadub dejó caer al suelo su pipa, en el colmo de la sorpresa, mientras Mynheer Superbus
Von Underduk, luego de quitarse los anteojos, limpiarlos y ponérselos en el bolsillo,
olvidaba su dignidad al punto de girar tres veces sobre sus talones, en una quintaesencia de
asombro y admiración. No cabía la menor duda: el perdón sería acordado. Así lo decidió
redondamente el profesor Rubadub, y así lo pensó finalmente el ilustre Von Underduk,
mientras tomaba del brazo a su colega y, sin decir palabra, se lo llevaba a su casa para
deliberar sobre las medidas que convendría adoptar. Ya en la puerta de la casa del
burgomaestre, el profesor se atrevió a decir que, como el mensajero había considerado
prudente desaparecer —asustado mortalmente, sin duda, por la salvaje apariencia de los
burgueses de Rotterdam—, de muy poco serviría el perdón, ya que sólo un selenita se
atrevería a intentar un viaje semejante. El burgomaestre convino en la verdad de esta
observación, y el asunto quedó finiquitado. Pero no pasó lo mismo con los rumores y las
conjeturas. Una vez publicada, la carta dio origen a toda clase de murmuraciones y
pareceres. Algunos que se pasaban de listos quedaron en ridículo al afirmar que aquello era
una superchería. Pero entre gentes así, todo lo que excede el nivel de su comprensión es
siempre una superchería. Por mi parte no alcanzo a imaginar en qué se fundaban para
sostener semejante acusación. Veamos lo que decían:
Primero: Que ciertos bromistas de Rotterdam tenían especial antipatía a ciertos
burgomaestres y astrónomos.
Segundo: Que un enano de extraño aspecto, de profesión malabarista, a quien le
faltaban las orejas por haberle sido cortadas en castigo de algún delito, había desaparecido
de su casa, en la vecina ciudad de Brujas.
Tercero: Que los periódicos que forraban por completo el pequeño globo eran
periódicos holandeses y, por tanto, no podían proceder de la luna. Eran papeles sucios,
sumamente sucios, y Gluck, el impresor, hubiera jurado por la Biblia que habían sido
impresos en Rotterdam.
Cuarto: Que el muy malvado borracho de Hans Pfaall en persona, y los tres holgazanes
que llama sus acreedores, habían sido vistos no hace más de dos o tres días en una taberna
de los suburbios, al regresar con dinero en los bolsillos de un viaje de ultramar.
Finalmente: Que existía una opinión general, o que debería serlo, según la cual el
Colegio de Astrónomos de la ciudad de Rotterdam, al igual que todos los otros colegios
parecidos del mundo —para no mencionar a los colegios y astrónomos en general—, no era
ni mejor, ni más grande, ni más sabio de lo que hubiera debido ser.
NOTA.- Estrictamente hablando, poca similitud existe entre la bagatela que antecede y
la celebrada Historia de la Luna, de Mr. Locke; pero, como ambas consisten en
supercherías (aunque una lo es en broma y la otra seriamente), y ambas burlas se refieren a
la luna (tratando de parecer plausibles mediante detalles científicos), el autor de Hans
Pfaall cree conveniente decir, en su defensa, que su jeu d’esprit se publicó en el Southern
Literary Messenger tres semanas antes del de Mr. Locke en el New York Sun. Imaginando
un parecido que quizá no existe, algunos periódicos de Nueva York cotejaron Hans Pfaall
con la Historia de la Luna, a fin de verificar si el autor de un texto lo era también del otro.
Puesto que la Historia de la Luna engañó a muchas más personas de las que
voluntariamente lo admitirían, puede resultar entretenido mostrar cómo nadie debió aceptar
el engaño, señalando esos detalles del relato que hubieran bastado para establecer su
verdadero carácter. Por muy rica que fuera la imaginación desplegada en esta ingeniosa
ficción, le falta la fuerza que le hubiera dado una atención más escrupulosa a los hechos y a
las analogías generales. Que el público se haya dejado engañar, aunque sólo fuera por un
momento, sólo prueba la crasa ignorancia que existe en materia de temas astronómicos.
La distancia de la tierra a la luna es, en cifras redondas, de 240.000 millas. Si queremos
asegurarnos de cuánto podrá un telescopio acercar aparentemente el satélite o cualquier otro
objeto, bastará dividir la distancia por el poder magnificador o, más exactamente, el poder
de penetración en el espacio de las lentes. Mr. Locke imagina que el poder de sus lentes es
de 42.000. Si dividimos por esta cifra las 240.000 millas de la distancia a la luna, tenemos
cinco millas y cinco séptimos como distancia aparente. Pero a esta distancia sería imposible
ver a ningún animal, y mucho menos los mínimos detalles señalados en el relato. Mr. Locke
afirma que sir John Herschel llegó a ver flores (la Papaver rheas, etc.), y que distinguió el
color y la forma de los ojos de los pajarillos. Pero antes, empero, él mismo hace notar que
el telescopio no permitirá apreciar objetos cuyo diámetro fuera menor de dieciocho
pulgadas; pero aun esto excede las posibilidades de su supuesta lente. Observaremos de
paso que dicho prodigioso telescopio habría sido fundido en la cristalería de los señores
Hartley y Grant, en Dumbarton; pero he aquí que dicho establecimiento había cerrado sus
puertas varios años antes de la publicación de la burla.
En la página 13 (edición en folleto), y hablando de un «fleco velludo» sobre los ojos de
una especie de bisonte, el autor dice: «La aguda mente del Dr. Herschel percibió
inmediatamente que se trataba de un medio providencial para proteger los ojos del animal
contra las enormes variaciones de luz y tinieblas que afectan periódicamente a todos los
habitantes de nuestro lado de la luna». Esta observación no puede considerarse como muy
«aguda». Los habitantes de nuestra cara de la luna no conocen la oscuridad, por lo cual
tampoco sufren las «variaciones» mencionadas. En ausencia del sol, gozan de una luz
procedente de la tierra equivalente a la de trece lunas llenas
La topografía utilizada en el relato, si bien se declara que concuerda con la Carta Lunar
de Blunt, difiere por completo de ésta y de las cartas restantes, e incluso se contradice a
veces groseramente. La rosa de los vientos aparece también en inextricable confusión, pues
el autor parece ignorar que en un mapa lunar aquélla no concuerda con los cuadrantes
terrestres; vale decir, que el este se halla a la izquierda, etc.
Engañado quizá por nombres tan vagos como Mare Nubium, Mare Tranquillitatis,
Mare Foecunditatis, etc., dados por los astrónomos a las regiones en sombra, Mr. Locke ha
entrado en detalles acerca de océanos y grandes masas de agua en la luna, siendo que si hay
un punto en el que concuerdan todos los astrónomos, es que en el satélite no hay la menor
presencia de agua. Al examinar el límite entre luz y sombra (en la luna creciente), allí
donde cruza alguna de esas regiones en sombra, la línea divisoria se muestra quebrada e
irregular, lo cual no ocurriría si aquellas zonas estuvieran llenas de agua.
La descripción de las alas del hombre-murciélago (pág. 21) es copia literal de la
explicación dada por Peter Wilkins sobre las alas de sus isleños voladores. Debería haber
bastado este simple detalle para provocar sospechas.
En la página 23 leemos: «¡Qué prodigiosa influencia debe de haber ejercido nuestro
globo, trece veces más grande, sobre el satélite, cuando era un embrión en el seno del
tiempo, el sujeto pasivo de la afinidad química!» Esto es muy bello; pero cabe observar que
un astrónomo no hubiera formulado jamás semejante observación, sobre todo, a un
periódico científico, ya que la tierra no es trece sino cuarenta y nueve veces más grande que
la luna. Una objeción similar puede hacerse a las últimas páginas, donde, a modo de
introducción a ciertos descubrimientos sobre Saturno, el corresponsal procede a dar
informes sobre dicho planeta dignos de un colegial: ¡y esto al Edinburgh Journal of
Science!.
Pero, sobre todo, hay un punto que debió mostrar que se trataba de una ficción.
Imaginamos la posibilidad de contemplar animales en la superficie de la luna; ¿qué es lo
que llamaría primero la atención de un observador terrestre? ¿Su forma, tamaño y demás
peculiaridades, o su notable posición! Parecerían estar caminando con las patas para arriba
y la cabeza abajo, a modo de moscas en el techo. El verdadero observador hubiese
proferido una instantánea exclamación de sorpresa (por más preparado que estuviera por
sus conocimientos previos) ante la singularidad de esa posición, mientras que el observador
ficticio no menciona siquiera la cosa, sino que habla de haber visto todo el cuerpo de dichas
criaturas, cuando puede demostrarse que sólo le era dado ver el diámetro de sus cabezas.
Para concluir, cabe hacer notar que el tamaño, y especialmente las facultades de los
hombres-murciélagos (por ejemplo, su habilidad para volar en una atmósfera tan
enrarecida, si es que hay atmósfera en la luna), así como el resto de las fantasías
concernientes a la vida animal y vegetal, discrepan generalmente con todos los
razonamientos analógicos sobre dichos temas, y que en estos casos la analogía suele llevar
a demostraciones concluyentes. Apenas es necesario agregar que todas las sugestiones
atribuidas a Brewster y a Herschel a comienzos del relato, sobre «una transfusión de luz
artificial a través del objeto focal de la visión», etc., etc., pertenecen a esa especie de
literatura florida que cabe muy bien bajo la denominación de galimatías.
Existe un límite real y muy definido para el descubrimiento óptico entre las estrellas,
un límite que se comprende con sólo enunciarlo. Si todo lo requerido fuese la fundición de
grandes lentes, el ingenio humano llegaría a proporcionar todo lo que se le pidiera, y
tendríamos lentes de cualquier tamaño. Pero desdichadamente, a medida que las lentes
aumentan de tamaño, y, por tanto, de poder penetrador, va disminuyendo la luz del objeto
contemplado, por difusión de sus rayos. Y contra este inconveniente el ingenio humano no
puede inventar remedio alguno, pues un objeto es contemplado gracias a la luz que de él
emana, sea directa o reflejada. Así, la única luz «artificial» que podría servir a Mr. Locke
sería aquella que se proyectara, no sobre el «objeto focal de la visión», sino sobre el objeto
mismo a contemplar: en este caso, sobre la luna. Se ha calculado fácilmente que cuando la
luz procedente de una estrella se difunde hasta ser tan débil como la luz natural procedente
de la totalidad de las estrellas, en una noche clara y sin luna, en ese caso la estrella deja de
ser visible para todo fin práctico.
El telescopio del conde de Ross, recientemente construido en Inglaterra, tiene un
speculum cuya superficie reflejante es de 4.071 pulgadas cuadradas; el telescopio de
Herschel sólo tenía uno de 1.811. El tubo metálico del telescopio Ross mide seis pies de
diámetro, en los bordes presenta un espesor de cinco pulgadas y media, y de cinco en el
centro. Pesa tres toneladas y su largo focal es de 50 pies.
Hace poco leí un librito singular y bastante ingenioso, cuyo título es el siguiente:
L’Homme dans la lune, ou le Voyage chimerique fait au Monde de la Lune, nouuellement
decouuert par Dominique Gonzales, Advanturier Espagnol, autrement dit le Courier
Volant. Mis en notre langue par J. B. D. A. Paris, chez François Piot, pres la Fontaine de
Saint Benoist. Et chez J. Goignart, au premier pilier de la grand’salle du Palais, proche les
Consultations, MDCXLVII 176 páginas.
El autor afirma haber traducido el texto inglés de un tal Mr. D’Avisson (¿Davidson?),
aunque en sus declaraciones reina la más grande ambigüedad: «J’en ai eu —dice—
l’original de monsieur D’Avisson, medecin des mieux versez qui soient aujourd’ huy dans
la conoissance des Belles Lettres, et surtout de la Philosophie Naturelle. Je lui ai cette
obligation entre les autres, de m’auoir non seulement mis en main ce Livre en anglois, mais
encore le Manuscrit du Sieur Thomas D’Anan, gentilhomme Eccosois, recommandable
pour sa vertu sur la version duquel j’advoue que j’ay tiré le plan de la mienne.»
Después de algunas aventuras insignificantes, a la manera de Gil Blas, que ocupan las
primeras treinta páginas, el autor relata que, hallándose enfermo durante un viaje por mar,
la tripulación lo abandonó, junto con su doméstico negro, en la isla de Santa Helena. A fin
de aumentar las probabilidades de conseguir alimento, ambos se separan y viven lo más
lejos posible el uno del otro. Esto los induce a amaestrar pájaros, a fin de valerse de ellos
como de palomas mensajeras. Poco a poco les enseñan a llevar paquetes, cuyo peso va
aumentando gradualmente. Por fin se les ocurre unir las fuerzas de gran número de pájaros,
a fin de que transporten por el aire al autor. Fabrican a tal efecto una máquina de la cual se
da una detalladísima descripción, completada con un aguafuerte. Vemos en él al señor
González, con gola rizada y gran peluca, sentado en algo que se parece muchísimo a un
palo de escoba, del que tira una multitud de cisnes silvestres (ganzas) atados por la cola a la
máquina.
El suceso más importante del relato del autor depende de un hecho que el lector
ignorará hasta llegar al fin del volumen. Los gansos, tan familiares ya, no eran habitantes de
Santa Helena, sino de la luna. Desde remotas edades, tenían la costumbre de emigrar
anualmente a alguna región de la tierra. Como es natural, meses más tarde volvían a su
hogar y, en una ocasión en que el autor requería sus servicios para un breve viaje, se vio
inesperadamente arrebatado por los aires, llegando en muy breve tiempo al satélite.
Una vez allí, y entre otras cosas, el autor descubre que los selenitas son muy felices,
que carecen de leyes, que mueren sin dolor, que miden entre diez y treinta pies de alto, que
viven cinco mil años, que tienen un emperador llamado Irdonozur, y que pueden saltar a
setenta pies de altura, tras lo cual, por quedar libres de la influencia de la gravedad, pueden
volar con ayuda de abanicos.
No puedo dejar de dar aquí una muestra de la filosofía general del volumen.
«Debo deciros —declara el señor González— cómo era el lugar donde me hallaba. Las
nubes aparecían bajo mis pies o, si preferís, se tendían entre mí y la tierra. En cuanto a las
estrellas, como en este lugar no existe la noche, tenían siempre la misma apariencia: no
brillante, como de costumbre, sino pálidas y muy parecidas a la luna por las mañanas.
Pero sólo se veían unas pocas, aunque eran diez veces más grandes —hasta donde pude
juzgar— de lo que parecen a los terrestres. La luna, a la cual le faltaban dos días para
quedar llena, era de un inmenso tamaño.
»No debo dejar de decir que las estrellas sólo aparecían del lado del globo vuelto hacia
la luna, y que, cuanto más cerca estaban, más grandes eran. Debo informaros asimismo que,
aunque hiciera tiempo bueno o malo, siempre me hallé exactamente entre la luna y la
tierra. Estaba convencido de ello por dos razones: primero, mis pájaros volaban siempre en
línea recta, y segundo, toda vez que se detenían a descansar, éramos arrastrados
insensiblemente alrededor del globo terrestre. Pues yo admito la opinión de Copérnico,
quien mantiene que la tierra jamás deja de girar del este al oeste, no sobre los polos del
Equinoccio, llamados vulgarmente polos del mundo, sino sobre los del Zodíaco, cosa de la
cual me propongo hablar con más detalle cuando tenga tiempo de refrescar mi memoria con
la astrología que estudié en Salamanca en mi juventud, y que desde entonces he olvidado.»
A pesar de los errores señalados en itálicas, el libro no deja de merecer cierta atención,
por cuanto proporciona un ingenuo ejemplo de las nociones astronómicas corrientes en su
tiempo. Una de ellas suponía que el «poder de gravitación» sólo se extendía muy poco
sobre la superficie terrestre, y por eso vemos a nuestro viajero «arrastrado insensiblemente
alrededor del globo», etc.
Ha habido otros «viajes a la luna», pero ninguno con más méritos que el que acabo de
mencionar. El de Bergerac es absolutamente insensato. En el tercer volumen de la
American Quarterly Review puede leerse una crítica minuciosa de una cierta «expedición»
de esta clase, crítica en la cual es difícil decir si el autor denuncia la estupidez del libro o su
propia y absurda ignorancia de la astronomía. He olvidado el título de la obra, pero los
medios para hacer el viaje son de una concepción todavía más lamentable que los gansos de
nuestro amigo el señor González.
Cierto aventurero, al excavar la tierra, descubre cierto metal que sufre fuertemente la
atracción de la luna; fabrica inmediatamente una caja del mismo que, una vez libre de sus
ataduras terrestres, lo arrebata por los aires y lo lleva directamente hasta el satélite. El
Vuelo de Thomas O’Rourke es un jeu d’esprit no del todo despreciable, y ha sido traducido
al alemán. Thomas, el héroe, era en la realidad el guardabosque de un par irlandés cuyas
excentricidades dieron origen al cuento. El «vuelo» se efectúa a lomo de águila, desde
Hungry Hill, una altísima montaña en la extremidad de Bantry Bay.
En estas diversas publicaciones la finalidad es siempre satírica, pues el tema consiste en
la descripción de las costumbres lunares y su comparación con las nuestras. En ninguna de
ellas se hace el menor esfuerzo para que el viaje en sí resulte plausible. Los autores parecen
en cada caso totalmente ignorantes de la astronomía. En Hans Pfaall, la originalidad del
designio consiste en intentar cierta verosimilitud, mediante la aplicación de principios
científicos (hasta donde la caprichosa naturaleza del tema lo permite) a un verdadero viaje
entre la tierra y la luna.
Von Kempelen y su descubrimiento
Después del minucioso y detallado artículo de Arago, por no decir nada del resumen en
el Silliman’s Journal, conjuntamente con la prolija declaración del teniente Maury, que
acaba de publicarse, no se supondrá que, al presentar unas pocas observaciones a
vuelapluma sobre el descubrimiento de Von Kempelen, pretendo considerar el tema desde
un punto de vista científico. Tan sólo deseo decir unas palabras sobre Von Kempelen
mismo (a quien tuve el honor de conocer hace unos años, si bien superficialmente), ya que
todo lo que a él se refiere tiene en estos momentos gran interés; y, en segundo término,
considerar de manera general y especulativa los resultados de su descubrimiento.
No sería inútil, sin embargo, preceder estas rápidas observaciones con la más enfática
negación de algo que parecería una opinión generalizada (recogida, como es usual en estos
casos, de los periódicos), o sea que el descubrimiento, tan asombroso como incuestionable,
carece de precedentes.
Consultando el Diario de Sir Humphrey Davy (Cottle and Munroe, Londres, 150 págs.)
se verá, en las páginas 53 y 82, que este ilustre químico no sólo había concebido la idea en
cuestión, sino que avanzó considerablemente, por la vía experimental, en el mismo análisis
tan triunfalmente llevado a su término por Von Kempelen, quien, a pesar de no hacer la
menor alusión a dicho Diario, le debe (lo digo sin vacilar, y puedo probarlo en caso
necesario) la primera noción, por lo menos, de su propia empresa. Aunque ligeramente
técnico, no puedo dejar de citar dos pasajes del Diario que contienen una de las ecuaciones
de Sir Humphrey.
[Dado que carecemos de los signos algebraicos necesarios, y el Diario puede
consultarse en la biblioteca del Ateneo, omitimos aquí una pequeña parte del manuscrito de
Mr. Poe.-ED.]
El párrafo del Courier and Enquirer, que tanto circula actualmente en la prensa, y que
se propone reivindicar la invención a favor de un tal Mr. Kissam, de Brunswick, Maine, me
da la impresión de ser apócrifo por varias razones, aunque no hay nada imposible ni muy
improbable en la declaración. No necesito entrar en detalles. Mi opinión sobre el párrafo se
funda principalmente en su modo. No se lo siente como cierto. Las personas que describen
hechos, pocas veces son tan minuciosas como Mr. Kissam con respecto a fechas y
localizaciones precisas. Además, si Mr. Kissam efectuó realmente el descubrimiento que
sostiene en la época indicada —hace casi ocho años—, ¿cómo es posible que no tomara
instantáneamente medidas para cosechar los inmensos beneficios que para sí mismo, si no
para la humanidad, el más patán de los hombres hubiera sabido que podían derivarse del
descubrimiento? Me resulta increíble que un hombre sensato haya podido descubrir lo que
afirma Mr. Kissam y procedido, sin embargo, tan puerilmente —o tan tontamente— como
éste admite haber procedido. Dicho sea de paso: ¿quién es Mr. Kissam? Todo el pasaje del
Courier and Enquirer, ¿no será una superchería destinada solamente a «hablar por hablar»?
Confesemos que tiene un aire de burla muy marcado. En mi humilde opinión, poco puede
confiarse en él; y si no supiera muy bien por experiencia cuan fácilmente se dejan embarcar
los hombres de ciencia en cuestiones que exceden sus especialidades, me quedaría
asombradísimo al ver a un químico tan eminente como el profesor Draper discutiendo con
toda seriedad las pretensiones de Mr. Kissam sobre el descubrimiento.
Pero volvamos al Diario de Sir Humphrey Davy. Este folleto no estaba destinado al
público, aun después del fallecimiento del autor, como cualquier persona conocedora del
oficio literario puede comprobar con un sucinto análisis del estilo. En la página 1, por
ejemplo, hacia el medio, leemos lo siguiente acerca de las investigaciones de Davy sobre el
protóxido de ázoe: «En menos de medio minuto, continuando la respiración, disminuyeron
gradualmente y fueron sucedidas por análoga a una suave presión en todos los músculos».
Que la respiración no había «disminuido», no sólo resulta claro del contexto siguiente, sino
del uso del plural «fueron». No hay duda de que la frase quería decir: «En menos de medio
minuto, continuando la respiración, (dichas sensaciones) disminuyeron gradualmente y
fueron sucedidas por (una sensación) análoga a una suave presión en todos los músculos».
Otros cien ejemplos parecidos demuestran que el manuscrito tan desconsideradamente
publicado no era más que un cuaderno de apuntes destinado tan sólo a los ojos del autor;
pero bastará la lectura del folleto para convencer a toda persona razonante de que lo que
sugiero es verdad. Sir Humphrey Davy era el hombre menos indicado para comprometerse
en materia científica. No sólo le disgustaba extraordinariamente todo charlatanismo, sino
que tenía un temor casi mórbido a aparecer empírico; es decir, que por más convencido que
estuviera de haber encontrado el buen camino sobre el tema en cuestión, jamás hubiera
hablado de él hasta no tener todo listo para una demostración práctica concluyente. Estoy
convencido de que sus últimos momentos hubieran sido muy amargos de haber sospechado
que sus deseos de que el Diario (lleno de especulaciones inmaduras) fuese quemado no
habrían de cumplirse, como, al parecer, ocurrió. Digo «sus deseos», pues no creo que pueda
dudarse de que entre los diversos papeles que habrían de ser quemados figuraba también
esta libreta de apuntes. Si escapó de las llamas para buena o mala suerte, aún está por verse.
Que los pasajes citados más arriba, juntamente con los otros aludidos, dieron a Von
Kempelen la noción de su descubrimiento, es cosa que no discuto; pero repito que está por
verse si este trascendental descubrimiento (trascendental bajo cualquier circunstancia)
servirá o perjudicará a la larga a la humanidad. Que Von Kempelen y sus amigos más
íntimos recogerán una rica cosecha sería locura dudarlo. Y no se mostrarán tan poco
inteligentes como para no comprar cantidad de propiedades y de tierras, vale decir para
realizar bienes de valor intrínseco.
En la breve explicación proporcionada por Von Kempelen, que apareció en el Home
Journal, y que ha sido reproducida cantidad de veces desde entonces, el traductor ha
cometido varios errores al verter el original alemán, que, según afirma, proviene de un
reciente número del Schnellpost de Presburg. No hay duda de que Viele ha sido mal
interpretado, como ocurre frecuentemente, y que lo que el traductor vierte como «tristezas»
es probablemente leiden, que, traducido correctamente como «sufrimientos», daría un
carácter por completo diferente al texto; de todos modos, mucho de esto no pasa de ser una
conjetura mía.
Von Kempelen está muy lejos de ser un «misántropo», por lo menos en apariencia y al
margen de lo que pueda verdaderamente ser. Me vinculé con él de manera fortuita, y
apenas tengo derecho de afirmar que lo conozco; pero haber visto y hablado a un hombre
de tan prodigiosa notoriedad como la que ha alcanzado o alcanzará dentro de pocos días no
es poca cosa en los tiempos que corren.
El Literary World habla de él con gran seguridad, afirmando que nació en Presburg
(engañado quizá por el artículo de The Home Journal), pero me agrada poder afirmar
positivamente —pues lo sé por él mismo— que es nativo de Utica, en el Estado de Nueva
York, aunque, según creo, sus padres eran originarios de Presburg. La familia está
emparentada de alguna manera con Mäelzel, célebre por su autómata jugador de ajedrez.
[Si no nos equivocamos, el nombre del inventor del autómata era Kempelen, Von
Kempelen, o algo parecido. ED.]
Físicamente es un hombre robusto, de baja estatura, con grandes y prominentes ojos
azules, cabello y patillas de un rubio arenoso, boca grande, pero agradable; hermosos
dientes, y, según creo, nariz aguileña. Tiene un pie defectuoso. Se expresa francamente, y
en su actitud general hay mucho de bonhomía. Tomado en conjunto, su aspecto, su lenguaje
y sus actos son lo menos parecido a los de «misántropo» que jamás se haya visto. Hace seis
años nos encontramos en el hotel Earl, en Providence, Rhode Island, y calculo que en total
conversé con él unas tres o cuatro horas. Sus temas principales eran los del día, y ninguna
de sus palabras me llevó a sospechar sus aptitudes científicas. Dejó el hotel antes que yo, a
fin de trasladarse a Nueva York, y de allí a Bremen. Su gran descubrimiento se dio a
conocer primeramente en esta ciudad, o, mejor dicho, fue allí donde primeramente se
sospechó lo que había descubierto. He aquí lo que sé del ya inmortal Von Kempelen, pero
me ha parecido que estos pocos detalles interesarían al público.
Poca duda puede caber de que la mayoría de los maravillosos rumores que corren sobre
este asunto son puras invenciones, dignas de tanto crédito como la historia de la lámpara de
Aladino, y, sin embargo, en un caso como éste, como en el de los descubrimientos de
California, es evidente que la verdad puede ser más extraña que la ficción. La siguiente
anécdota, por lo menos, está tan bien confirmada que podemos creer implícitamente en ella.
Von Kempelen careció siempre de recursos durante su residencia en Bremen; muchas
veces, según era sabido, se vio obligado a apelar a recursos extremos a fin de conseguir
míseras sumas de dinero. Cuando se produjo la sensacional falsificación en la casa
Gutsmuth & Co., las sospechas recayeron sobre él, por cuanto había comprado una
propiedad importante en la calle Gasperitch, y al ser interrogado sobre la forma en que se
había procurado el dinero para la compra, no dio jamás una explicación. Finalmente lo
arrestaron; pero, como no se le pudo comprobar nada definitivo, fue puesto en libertad. La
policía seguía, no obstante, vigilándolo de cerca y descubrió que con frecuencia
abandonaba su casa, siguiendo siempre el mismo camino, hasta burlar invariablemente a
sus seguidores en las vecindades de ese laberinto de estrechos y sinuosos pasajes conocido
por el ostentoso nombre de «Dondergat». Por fin, después de mucha perseverancia, lo
encontraron en la buhardilla de una vieja casa de siete pisos, en una callejuela llamada
Flatzplatz, y al irrumpir bruscamente en la habitación vieron a Von Kempelen entregado,
según se imaginaron, a sus maniobras de falsificación. Mostróse de tal manera agitado que
los policías no tuvieron la menor duda de que era culpable. Luego de colocarle las esposas,
revisaron la habitación o, mejor dicho, las habitaciones, pues parece que ocupaba toda la
mansarde.
Contigua a la buhardilla donde lo habían atrapado había una cámara de diez pies por
ocho, equipada con algunos aparatos químicos cuya naturaleza no ha sido aún precisada. En
un rincón de la cámara aparecía un pequeño horno donde ardía un intenso fuego; sobre éste
se hallaba una especie de doble crisol, es decir, dos crisoles comunicados por un tubo. Uno
de éstos aparecía lleno de plomo en fusión, que no alcanzaba a la abertura del tubo, situada
cerca del borde. El otro crisol contenía cierto líquido que, al entrar los policías, se
evaporaba a gran velocidad. Afirmaron éstos que, al verse acorralado, Von Kempelen
aferró los crisoles con ambas manos (que tenía enguantadas, sabiéndose más tarde que los
guantes eran de amianto) y arrojó su contenido al piso de baldosas. Fue entonces cuando lo
esposaron, y antes de requisar las habitaciones examinaron sus ropas, sin encontrar nada
extraordinario, salvo un paquete en el bolsillo de la chaqueta, el cual, según se verificó más
tarde, contenía una mezcla de antimonio y una sustancia desconocida en proporciones casi
iguales. Hasta ahora todos los esfuerzos por analizar la mencionada sustancia han
fracasado, pero no cabe duda de que se terminará por averiguar su composición
Saliendo de la cámara con su prisionero, los policías pasaron por una especie de
antecámara donde no se encontró nada de importancia, y entraron en el dormitorio del
químico. Inspeccionaron allí cajones y estantes, sin hallar más que algunos papeles, así
como una cantidad de monedas legítimas de plata y oro. Por fin, mirando debajo de la cama
descubrieron un gran baúl ordinario de fibras, sin bisagras, cierre ni cerradura, cuya tapa
había sido descuidadamente puesta a través de la parte principal. Al tratar de extraer el baúl
de debajo de la cama, los tres policías, todos ellos robustos, descubrieron que sus fuerzas
reunidas no eran capaces de «moverlo ni una sola pulgada». Después de mucho
asombrarse, uno de ellos se metió debajo de la cama y, mirando dentro del baúl, exclamó:
—¡Con razón no podíamos moverlo! ¡Está lleno hasta el borde de pedazos de bronce
viejo!
Luego de poner los pies en la pared para contar con un buen punto de apoyo, y de
empujar con todas sus fuerzas mientras sus compañeros lo ayudaban, el policía logró al fin
con mucha dificultad que el baúl resbalara hasta asomar fuera de la cama, permitiendo el
examen de su contenido. El supuesto bronce que lo llenaba consistía en trozos pequeños y
regulares, cuyo tamaño iba desde el de un guisante hasta el de un dólar; todos los trozos
eran de forma irregular, más o menos chatos, y en conjunto daban la impresión «del plomo
cuando se lo arroja al suelo en estado de fusión y se lo deja enfriar así».
Pues bien, ninguno de los oficiales de policía sospechó en aquel momento que dicho
metal podía ser otra cosa que bronce. La idea de que fuera oro no les entró en la cabeza,
naturalmente; ¿cómo podría haber sido de otra manera? Y bien cabe suponer su
estupefacción cuando al día siguiente se supo en todo Bremen que aquel «montón de
bronce» tan desdeñosamente transportado a la comisaría, sin que nadie se tomara la
molestia de echarse al bolsillo un solo pedazo, no solamente era oro, oro de verdad, sino un
oro mucho más puro que el que se emplea para acuñar moneda; oro absolutamente puro,
virgen, sin la más insignificante aleación.
No necesito extenderme en detalles sobre la confesión de Von Kempelen y su
excarcelación, pues son bien conocidas por el público. Nadie que se halle en su sano juicio
puede dudar ya de que ha realizado, en espíritu y de hecho, si no al pie de la letra, la vieja
quimera de la piedra filosofal. Las opiniones de Arago merecen, ni que decirlo, la mayor
consideración; pero Arago no es infalible, y lo que dice del bismuto en su informe a la
Academia debe ser tomado cum grano salis. La sencilla verdad es que, hasta este momento,
todos los análisis han fracasado, y que mientras Von Kempelen no nos proporcione la clave
del enigma que él mismo ha hecho público lo más probable es que la cosa siga durante años
in statu quo. Todo lo que honestamente cabe considerar como sabido es que el oro puro
puede fabricarse a voluntad y muy fácilmente, partiendo del plomo combinado con ciertas
sustancias cuyas clase y proporciones son desconocidas.
Abundan las conjeturas, como es natural, sobre los resultados inmediatos y mediatos de
este descubrimiento —el cual no dejará de ser relacionado por las personas reflexivas con
el creciente interés que existe en general por el oro luego de los últimos episodios en
California—. Y esto nos lleva a otra cosa: lo excesivamente inoportuno del hallazgo de
Von Kempelen. Si muchos se abstuvieron de aventurarse en California temerosos de que el
oro perdiera de tal modo el valor por la cantidad de minas descubiertas, y que ir a buscarlo
tan lejos no proporcionara beneficio, ¿qué impresión producirá ahora en la mente de los
que se disponen a emigrar, y especialmente en aquellos que ya se encuentran en las
regiones auríferas, el anuncio del asombroso descubrimiento de Von Kempelen? Pues este
descubrimiento hará que, fuera de su valor intrínseco para los fines de la metalurgia, el oro
no valga (ya que es imposible suponer que Von Kempelen pueda guardar mucho tiempo su
secreto) más de lo que vale el plomo y muchísimo menos que la plata. Muy difícil es, por
cierto, especular anticipadamente sobre las consecuencias del descubrimiento; pero hay
algo que puede afirmarse, y es que, si el anuncio del mismo se hubiese hecho seis meses
atrás, hubiera tenido consecuencias muy graves para las colonias californianas.
En Europa, hasta ahora, sus resultados más notables han consistido en un aumento del
dos por ciento en el precio del plomo y casi veinticinco por ciento en el de la plata.
El cuento mil y dos de Scheherazade
La verdad es más extraña que la ficción.
(Antiguo adagio)
En el curso de ciertas investigaciones sobre el Oriente tuve hace poco oportunidad de
consultar el Tellmenow Isitsöornot37, obra que, a semejanza del Zohar, de Simeón
Jochaides, es muy poco conocida aún en Europa, y que, según tengo entendido, no ha sido
citada jamás por un norteamericano (si exceptuamos, quizá, al autor de las Curiosidades de
la literatura norteamericana); como decía, tuve oportunidad de leer algunas páginas de tan
notable obra y quedé no poco estupefacto al descubrir que el mundo literario había vivido
hasta ahora en un extraño error acerca del destino de Scheherazade, la hija del visir, según
se lo describe en Las mil y una noches. En efecto, si bien el dénouement de dicho destino,
como se lo consigna allí, no es por completo inexacto, se anticipa en mucho a la realidad.
Para toda información sobre tan interesante tópico remito al lector inquisitivo al
Isitsöornot; pero, entretanto, se me perdonará que ofrezca un resumen de lo que descubrí en
este libro.
Se recordará que, en la versión usual de los cuentos árabes, un califa a quien no faltan
buenas razones para sentirse celoso de su real esposa, no sólo la condena a muerte, sino que
hace solemne promesa —por su barba y el Profeta— de desposar cada noche a la más
hermosa doncella de sus dominios y de entregarla a la mañana siguiente al verdugo.
Luego de cumplir al pie de la letra su promesa durante varios años, con una puntualidad
y un método que le valen gran renombre como persona de mucha devoción y buen sentido,
cierta tarde se ve interrumpido (en sus plegarias, sin duda) por la visita de su gran visir, a
cuya hija se le ha ocurrido una idea.
La joven en cuestión se llama Scheherazade, y la idea consiste en que redimirá el país
del asolador impuesto a la belleza que pesa sobre él o que perecerá en la empresa como
corresponde a toda heroína.
De acuerdo con su plan, y aunque no estamos en año bisiesto (lo cual hace más
meritorio su sacrificio), Scheherazade envía a su padre, el gran visir, para que ofrezca su
mano al califa. Éste la acepta rápidamente (pues estaba dispuesto a tomarla de todos modos,
y sólo aplazaba la cosa por el miedo que tenía al visir), pero al hacerlo da a entender
claramente a los interesados que, gran visir o no, mantendrá en todos sus puntos y comas la
promesa hecha y sus privilegios reales. Por eso, cuando la hermosa Scheherazade insiste en
casarse, y así lo hace a pesar del excelente consejo de su padre en el sentido de que no
cometa semejante locura, es evidente que tiene sus hermosos ojos negros bien abiertos y
que no se le escapa nada de la situación.
Parece ser, empero, que esta política damisela (que, sin duda, debió leer a Maquiavelo)
tenía preparado un pequeño cuanto ingenioso plan. Con un pretexto especioso que ya he
olvidado, se las arregló para que en la noche de bodas su hermana se acostara en un lecho
lo bastante cercano al de la pareja real como para poder conversar del uno al otro. Poco
antes de que cantaran los gallos tuvo buen cuidado de despertar al excelente monarca, su
37 O sea: «Dime: ¿Es así o no?» (N. del T.)
esposo (que la estimaba muchísimo, pese a que la haría retorcer el cuello por la mañana),
interrumpiendo el profundo sueño que le daban su conciencia limpia y su excelente
digestión, a fin de que escuchara la interesantísima historia (creo que sobre una rata y un
gato negro) que estaba contando en voz muy baja a su hermana. Cuando salió el sol,
sucedió que la historia no había terminado todavía y que Scheherazade no podría terminarla
por la sencilla razón de que ya era tiempo de que se levantara y ofreciera su cuello al
estrangulador —cosa muy poco preferible a la de ser ahorcada, aunque ligeramente más
gentil.
Lamento decir que la curiosidad del califa prevaleció sobre sus sólidos principios
religiosos, induciéndolo a posponer el cumplimiento de su promesa hasta la mañana
siguiente, con intención y esperanza de enterarse por la noche qué había ocurrido al final
con el gato negro (pues creo que era negro) y la rata.
Llegada la noche, no sólo Scheherazade dio la pincelada final al gato negro y a la rata
(que era azul), sino que, antes de darse cuenta de lo que hacía, se vio arrastrada por el
intrincado desarrollo de un relato concerniente, si no me engaño, a un caballo color rosa
(con alas verdes) que se movía violentamente gracias a un mecanismo de relojería, al cual
se daba cuerda con una llave color índigo. Este relato interesó al califa mucho más que el
primero, y como amaneció sin que hubiera terminado (pese a los esfuerzos de la sultana por
concluirlo a tiempo para acudir al estrangulamiento), no quedó otro remedio que aplazar
otra vez la ceremonia veinticuatro horas. A la noche siguiente ocurrió algo parecido, con
resultados similares; y también a la siguiente, y a la otra… Hasta que, al fin, el buen
monarca, después de haberse visto inevitablemente privado de cumplir su promesa durante
nada menos que mil y una noches, olvidóla completamente al vencerse el término, se hizo
relevar de ella en la forma habitual, o —lo que es más probable— se limitó a quebrarla, al
mismo tiempo que la cabeza de su padre confesor. Sea como fuere, Scheherazade, que,
como descendiente directa de Eva, había heredado quizá las siete cestas de charla que esta
última dama, como es sabido, cosechó al pie de los árboles en el jardín del Edén, acabó
triunfando sobre el califa y el impuesto a la belleza fue abolido.
Ahora bien, esta conclusión (que figura en la obra tal como la conocemos) es
indudablemente muy justa y agradable, pero, ¡ay!, como tantas cosas, es mucho más
agradable que verdadera. Debo al Isitsöornot la rectificación de este error. Le mieux —dice
un proverbio francés— est l’ennemi du bien, y al mencionar que Scheherazade había
heredado las siete cestas de la charla, hubiera debido agregar que las puso a interés
compuesto hasta que llegaron a ser setenta y siete.
—Querida hermana —dijo en la noche mil y dos (transcribo literalmente los términos
del Isitsöornot—, ahora que este pequeño inconveniente de la estrangulación ha
desaparecido, juntó con el odioso impuesto, me siento culpable de una gran indiscreción
por haberos ocultado a ti y al califa (quien, lamento decirlo, está roncando, lo cual no es
propio de un caballero) la verdadera conclusión de la historia de Simbad el marino. Este
personaje pasó por muchas otras e interesantes aventuras aparte de las que os he contado,
pero, a decir verdad, aquella noche me sentía un tanto soñolienta y preferí abreviar mi
relato. ¡Oh infame proceder, del cual espero que Alá me perdone! Pero aún no es
demasiado tarde para remediar mi negligencia y, tan pronto haya pellizcado un par de veces
al califa y éste se despierte lo bastante como para cesar sus horribles ruidos, procederé a
narrarte (y también a él, si así lo desea) la continuación de esta notable historia.
La hermana de Scheherazade, según noticias del Isitsöornot, no se manifestó
demasiado entusiasmada ante esta perspectiva; pero el califa, luego de recibir suficientes
pellizcos, terminó por interrumpir sus ronquidos y finalmente dijo «¡Hunt!», y luego
«¡Ejem!», con lo cual la reina comprendió (por cuanto se trataba indudablemente de
palabras árabes) que el monarca era todo atención y que trataría de no seguir roncando; la
reina, repito, reanudó sin perder más tiempo la historia de Simbad el marino.
—Por fin, cuando ya era viejo —contó Scheherazade, y Simbad hablaba por su voz—,
después de gozar de muchos años de tranquilidad en mi hogar, me sentí poseído una vez
más por el deseo de visitar países lejanos; y un día, sin advertir a mi familia de mis
intenciones, preparé algunos fardos de mercancías que aliaban la riqueza al poco bulto y,
enganchando a un mozo de cuerda para que las llevara, bajé con ellas a la costa para esperar
algún navío que quisiera sacarme del reino, rumbo a alguna región que no hubiera
explorado todavía.
»Luego de dejar los fardos en la arena, nos sentamos bajo los árboles y miramos el
océano, esperando percibir algún navío, pero durante varias horas no vimos ninguno. Me
pareció por fin que oía un extraño sonido, entre zumbido y murmullo, y el mozo de cuerda
afirmó que también él lo oía. No tardó en hacerse más intenso, y crecía en forma tal que no
podíamos dudar del rápido acercamiento del objeto que lo provocaba. Por fin, en la línea
del horizonte distinguimos una mota negra que aumentaba rápidamente de tamaño hasta
convertirse en un enorme monstruo, nadando con gran parte del cuerpo fuera del agua.
Avanzó hacia nosotros a una velocidad inconcebible, levantando enormes masas de espuma
con el pecho e iluminando la parte del océano por el cual avanzaba con una larga línea de
fuego que se extendía hasta perderse en la distancia.
»Cuando aquello se nos acercó, pudimos verlo con toda claridad. Su largo era
comparable al de tres árboles entre los más altos, y su ancho semejante a la gran sala de
audiencias de vuestro palacio, ¡oh el más sublime y munífico de los califas! Su cuerpo no
se parecía en nada al de los peces ordinarios; sólido como de roca, era de un negro
azabache en toda la extensión que sobresalía del agua, a excepción de una angosta faja rojo
sangre que lo circundaba por completo. El vientre, oculto por el agua, pero que veíamos por
momentos cuando el monstruo subía y bajaba entre las olas, hallábase totalmente cubierto
de escamas metálicas, cuyo color semejaba el de la luna con tiempo neblinoso. Su lomo era
chato y casi blanco, y de él surgían hacia lo alto seis espinas de una altura casi igual a la
mitad de su largo.
»Aquella horrible criatura no tenía boca visible, pero para compensar este defecto se
hallaba provisto de veinte ojos por lo menos, que sobresalían de las órbitas como los de la
libélula verde y se distribuían alrededor del cuerpo en dos hileras, una sobre otra,
paralelamente a la franja rojo sangre que parecía una especie de ceja. Dos o tres de aquellos
espantosos ojos eran mucho mayores que los demás y daban la impresión de ser de oro
macizo.
«Aunque, como he dicho, la bestia se nos acercaba con enorme rapidez, parecía movida
por artes de nigromancia, pues no tenía aletas como las de un pez, ni patas membranosas
como un pato, ni alas como la concha marina a quien el viento impulsa como si fuera un
barco. Tampoco se contorsionaba para avanzar, como la anguila. La cabeza y la cola se
parecían muchísimo, salvo que a poca distancia de esta última había dos agujeros que
servían de narices y por las cuales el monstruo exhalaba un espeso aliento con violencia
prodigiosa, produciendo un agudo y desagradable sonido.
»Grandísimo fue nuestro espanto al contemplar cosa tan horrible, pero pronto se vio
superado por el asombro que nos produjo ver sobre el lomo de aquella criatura una gran
cantidad de animales de la misma forma y tamaño que los hombres y sumamente parecidos
a éstos, salvo que no estaban vestidos (como lo está un hombre), sino que la naturaleza
parecía haberles proporcionado unas feas e incómodas envolturas que daban la impresión
de una tela, pero tan pegada a la piel como para que los pobres infelices tuvieran el aire más
ridículo y pasaran por las peores molestias imaginables. En lo alto de la cabeza llevaban
una especie de cajas cuadradas que a primera vista hubieran podido pasar por turbantes,
pero que, como pronto advertí, eran muy pesadas y sólidas. Supuse entonces que se trataba
de dispositivos calculados para mantener, gracias a su gran peso, las cabezas pegadas a los
hombros. Noté que todas esas criaturas llevaban unos collares negros (símbolo de
servidumbre, sin duda) como los que ponemos a nuestros perros, sólo que mucho más
anchos y duros, al punto que las desdichadas víctimas no podían mover la cabeza en
cualquier dirección sin mover al mismo tiempo el cuerpo; veíanse así condenados a
contemplarse incesantemente la nariz, espectáculo tan romo y tan chato como imaginarse
pueda, por no calificarlo de espantoso.
»Una vez que el monstruo hubo llegado junto a la costa donde nos hallábamos,
proyectó repentinamente uno de sus ojos hasta muy afuera, emitiendo por él un terrible
resplandor de fuego seguido de una densa nube de humo y un estruendo que no puedo
comparar con nada por debajo del trueno. Cuando se despejó el humo, vimos a uno de
aquellos extraños animales-hombres parado cerca de la cabeza de la bestia, con una
trompeta en la mano; llevándosela a la boca, no tardó en dirigirse a nosotros con acentos
tan broncos, ásperos y desagradables, que hubiéramos confundido acaso con un lenguaje si
no hubieran sido proferidos por la nariz.
»Como no cabía duda de que se dirigía a nosotros, me sentí perplejo y sin saber qué
contestar, pues no había entendido una sola sílaba. En esta coyuntura me volví al mozo de
cordel, que estaba a punto de desmayarse de terror, y le pregunté qué pensaba de aquel
monstruo y si tenía idea de sus intenciones, así como de la naturaleza de los seres que
llenaban su lomo. Venciendo lo mejor posible el temblor que lo dominaba, me contestó que
había oído hablar de aquella bestia marina; que era un cruel demonio, con entrañas de
azufre y sangre de fuego, creado por genios malignos para infligir desgracias a la
humanidad; que aquellas cosas que había en su lomo eran sabandijas como las que a veces
infestan a gatos y perros, sólo que más grandes y más salvajes, y que tenían su razón de ser,
por más mala que fuera, ya que a causa de las torturas que infligían al monstruo mediante
sus mordiscos y aguijonazos lo llevaban al grado de enfurecimiento necesario para que
rugiera y cometiera maldades, cumpliendo así los vengativos y perversos propósitos de los
genios malignos.
»Esta explicación me indujo a salir corriendo a toda velocidad y, sin mirar una sola vez
hacia atrás, me interné como una flecha en las colinas, mientras el mozo de cordel corría
con no menor celeridad, pero en dirección opuesta, al punto que logró finalmente escapar
con mis fardos que no dudo habrá cuidado debidamente, aunque no puedo ratificar este
punto pues no me parece que haya vuelto a verlo jamás.
»En cuanto a mí, fui perseguido por un enjambre de los hombres-sabandijas (que
habían desembarcado en botes), hasta que no tardé en ser alcanzado, atado de pies y manos
y conducido a bordo de la bestia, la cual echó a nadar de inmediato mar afuera.
»Me arrepentí entonces amargamente de haber abandonado un hogar confortable para
arriesgar la vida en semejantes aventuras; pero como aquellas lamentaciones no servían de
nada, traté de mejorar en lo posible mi situación, buscando asegurarme la buena voluntad
del animal-hombre que esgrimía la trompeta, y que parecía ejercer autoridad sobre los
otros. Tan bien lo logré que, pocos días más tarde, aquella criatura me dio varios
testimonios de su favor, y llegó por fin a molestarse en enseñarme los rudimentos de lo que
sería vano denominar un lenguaje; pero gracias a ello me fue posible hacerme entender de
aquella criatura y expresarle mis ardientes deseos de ver el mundo.
»—Patapún catabón tirilín Simbad, mantantirulirulá rataplán chin pún —me dijo cierto
día, después de cenar—. Pero me apresuro a pedir mil perdones, pues olvidaba que Vuestra
Majestad ignora el dialecto de los “cockneys” (como se denominaban los animaleshombres,
quizá porque su lenguaje constituía el eslabón entre el caballo y el gallo38). Con
vuestro permiso lo traduciré: “Patapún catabón”, etc., significa: “Me alegra descubrir,
querido Simbad, que eres un excelente individuo; por nuestra parte, estamos cumpliendo
ahora algo que se llama circunnavegación del globo, y ya que tienes tantos deseos de ver
mundo, cerraré los ojos y te daré un pasaje gratis en el lomo de la bestia”.
El Isitsöornot declara que, cuando la dama Scheherazade hubo llegado a este punto, el
califa se volvió sobre el lado derecho y dijo:
—Ciertamente, querida reina, es muy sorprendente que hayas omitido hasta ahora estas
últimas aventuras de Simbad. ¿Sabes que las encuentro tan entretenidas como extrañas?
Habiéndose expresado así el califa, según nos cuentan, la hermosa Scheherazade
continuó su relato con las siguientes palabras:
—«Agradecí su gentileza al animal-hombre —dijo Simbad— y pronto me hallé muy a
mi gusto sobre la bestia, que nadaba a velocidad prodigiosa a través del océano, a pesar de
que éste, en la parte del mundo donde nos hallábamos, no era plano, sino redondo como
una granada, por lo cual puede decirse que todo el tiempo subíamos y bajábamos por él.»
—Esto me parece sumamente raro —interrumpió el califa.
—Empero, es muy cierto —replicó Scheherazade.
—Lo dudo —dijo el monarca—, pero ruégote que tengas la bondad de seguir con tu
relato.
—Así lo haré —continuó la reina—. «La bestia —continuó Simbad— nadaba hacia
arriba y abajo, hasta que llegamos a una isla de muchos cientos de millas de circunferencia
que, a pesar de su tamaño, había sido levantada en mitad del océano por una colonia de
pequeños seres semejantes a las orugas»39.
—¡Hum! —dijo el califa.
—«Al abandonarla isla —continuó Simbad (pues Scheherazade no hizo caso de aquella
intempestiva interjección de su esposo)— llegamos a otra donde había bosques de piedra
tan duros que rompían el filo de las hachas más templadas, con las cuales tratamos de cortar
sus árboles»40.
38 Cockneys, denominación popular de los londinenses. Poe lo escribe Cockneigh, o sea, gallo-relincho.
(N. del T.)
39 La coralina.
40 «Una de las más notables curiosidades naturales de Tejas es un bosque petrificado cerca de la
cabecera del río Pasigno. Hay allí varios centenares de árboles erectos, que se han vuelto de piedra. Algunos
árboles, en curso de crecimiento, se hallan ya parcialmente petrificados. He aquí un hecho sorprendente para
la filosofía natural, que debería inducirla a modificar la teoría usual de la petrificación» (Kennedy).
Esta noticia, recibida primeramente con incredulidad, ha sido corroborada por el descubrimiento de
una entera selva petrificada cerca de la cabecera del río Cheyenne o Chienne, que nace en las Colinas Negras
de las Montañas Rocosas.
Quizá no haya en todo el globo espectáculo más notable, tanto desde el punto de vista geológico como
pintoresco, que el ofrecido por el bosque petrificado vecino a El Cairo. Luego de pasar frente a las tumbas de
los califas, situadas más allá de las puertas de la ciudad, el viajero toma hacia el sur, casi en ángulo recto con el
camino que va a Suez por el desierto, y luego de atravesar unas diez millas de un valle bajo y estéril, cruza una
serie de médanos que durante un trecho han corrido paralelamente a él. La escena que se presenta entonces a
—¡Hum! —dijo nuevamente el califa; pero Scheherazade no le prestó atención y siguió
hablando con las palabras de Simbad:
—«Más allá de esta isla llegamos a un país donde había una caverna que entraba treinta
o cuarenta millas en las entrañas de la tierra y que contenía mayores, más grandes y
magníficos palacios que los existentes en Damasco y Bagdad juntas. Del techo de estos
palacios colgaban miríadas de gemas, semejantes a diamantes, pero más grandes que un
hombre; entre las calles llenas de torres, pirámides y templos, corrían inmensos ríos negros
como el ébano, pululantes de peces sin ojos41».
—¡Hum! —dijo el califa.
—«Nadamos luego a una región del mar donde hallamos una elevadísima montaña, de
cuyas laderas caían torrentes de metal fundido, algunos de ellos de doce millas de ancho y
sesenta de largo42; de un abismo en lo alto surgían cantidades tales de cenizas, que el sol
había quedado completamente oculto en el cielo, y estaba más oscuro que en la más
tenebrosa medianoche; aun a ciento cincuenta millas de aquella montaña era imposible ver
el más blanco de los objetos, aunque lo pusiéramos contra los ojos»43.
—¡Hum! —dijo el califa.
—«Luego de alejarnos de esta costa, la bestia continuó su viaje hasta llegar a una tierra
donde la naturaleza de las cosas parecía haberse invertido, pues vimos un gran lago en cuyo
fondo, a más de cien pies bajo la superficie, florecía con toda su vegetación un bosque de
altos y exuberantes árboles»44.
—¡Hola! —dijo el califa.
—«Cientos de millas más allá encontramos un clima donde la atmósfera era tan densa
que sostenía el hierro o el acero, tal como el nuestro sostiene una pluma»45.
—¡Azúcar! —dijo el califa.
su vista es indescriptiblemente extraña y desolada. Una inmensidad de fragmentos de árboles, convertidos en
piedra, tan duros que los cascos del caballo les arrancan un sonido como de acero, se extiende por millas y
millas hacia todos lados, en forma de floresta arruinada y caída. La madera tiene una coloración muy oscura,
pero conserva perfectamente su forma; los trozos miden de uno a quince pies de largo y de medio a tres pies
de espesor, y están tan juntos que un asno puede abrirse apenas camino entre ellos; tan natural es su aspecto
que, de hallarse en Escocia o Irlanda, se tendría la impresión de estar frente a un pantano desecado, en el cual
los árboles exhumados se pudren al sol. En muchos casos las raíces y los brotes son perfectos, viéndose en
algunos los agujeros causados por los gusanos en la corteza. Los más delicados canales de la savia y las partes
más finas del centro de los troncos no presentan la menor alteración, como se comprueba examinándolos con
las más poderosas lentes de aumento. El conjunto se ha petrificado a tal punto, que raya el cristal y admite un
pulimento completo (Revista Asiática).
41 La caverna del Mamut, en Kentucky.
42 En Islandia, en l783.
43 «Durante la erupción del Hecla, en 1766, las nubes de ceniza produjeron una oscuridad tan grande
que, en Glaumba, situada a más de cincuenta leguas de la montaña, la gente sólo podía encontrar tanteando su
camino. Durante la erupción del Vesubio en 1794, en Caserta, a cuatro leguas de distancia, sólo se podía andar
a la luz de las antorchas. El 1o. de mayo de 1812, una nube de cenizas y arenas, brotadas de un volcán en la isla
de San Vicente, cubrió la totalidad de las Barbados, extendiendo sobre ellas una oscuridad tal que, a mediodía
y al aire libre, no se percibían los árboles ni los objetos más cercanos; ni siquiera un pañuelo blanco colocado a
seis pulgadas de los ojos» (Murray, pág. 215, Phil. edit.).
44 «En 1790, durante un terremoto en Caracas, parte del suelo de granito se hundió, formando el lecho
de un lago de ochocientas yardas de diámetro y de ochenta a cien pies de profundidad. Formaba parte del
bosque de Aripao, que se hundió con él, y los árboles se mantuvieron verdes bajo el agua durante varios
meses» (Murray, pág. 221).
45 Bajo la acción del soplete el acero más duro se reduce a un polvo impalpable, que flota en la
atmósfera.
—«Siguiendo siempre la misma dirección, llegamos a la región más admirable y
magnífica de la tierra. Corría por ella un río de varios miles de millas de longitud. Era de
insondable profundidad y de mayor transparencia que el ámbar. Su ancho variaba de tres a
seis millas y sus márgenes se alzaban perpendicularmente hasta mil doscientos pies de
altura, coronados por árboles de follaje perenne y flores del más dulce perfume, que
convertían aquel territorio en un maravilloso jardín. Pero tan exuberante región se llamaba
el Reino del Horror, y penetrar en él representaba inevitablemente la muerte»46.
—¡Toma! —dijo el califa.
—«Nos alejamos a prisa de aquel reino y, tras algunos días, llegamos a otro donde nos
asombró descubrir miradas de monstruosos animales que tenían en la cabeza cuernos
semejantes a guadañas. Aquellas horrorosas bestias cavan vastas cavernas en forma de
túnel, disponiendo su entrada en forma tal que los animales que pisan las piedras que la
forman se precipitan al interior de la guarida de los monstruos, quienes les chupan
inmediatamente la sangre, transportando luego desdeñosamente sus restos a mucha
distancia de las “cavernas de la muerte”»47.
—¡Bah! —dijo el califa.
—«Continuando nuestro viaje, avistamos una zona donde hay vegetales que no crecen
en el suelo, sino en el aire48. Algunos surgían de la sustancia de otros vegetales49; otros
derivaban su alimento del cuerpo de animales vivos50, y había algunos que ardían como si
fueran un fuego intenso51; otros que andaban de un lado a otro según su voluntad52, y, lo
que era aún más extraordinario, descubrimos flores que vivían, respiraban y movían sus
partes a voluntad, y que compartían la detestable pasión humana por la esclavitud,
sumiendo a otros seres en horribles y solitarias prisiones hasta que cumplían determinadas
tareas»53.
46 La región del Níger. Cf. el Colonial Magazine de Simmona.
47 El Myrmeleon, hormiga-león. El término «monstruo» es igualmente aplicable a cosas anormales
pequeñas que a grandes, mientras epítetos tales como «vastas» son meramente relativos. La caverna del
myrmeleon es vasta si se la compara con el hormiguero de la hormiga roja común. Un grano de sílex es también
una «piedra».
48 El Epidendron, Flos Aeris, de la familia de las orquídeas, se limita a fijar el extremo de sus raíces en un
árbol u otro objeto, del cual no deriva alimento alguno, pues subsiste tan sólo del aire.
49 Las parásitas, tales como la admirable Rafflesia Arnoldii.
50 Schouw afirma que hay una clase de plantas que crecen sobre animales vivientes: las Plantae Epizooe.
A esta clase pertenecen los Fuci y Algae. Mr. J. B. Williams, de Salem, Mass., dio a conocer al Instituto Nacional
un insecto procedente de Nueva Zelandia, acompañado de la siguiente descripción: «El Hotte, que es una
oruga o gusano, crece al pie del árbol Rata, y a su vez hay una planta que crece en su cabeza. Estos extraños y
maravillosos insectos trepan hasta lo alto de los árboles Rata y Perriri y, penetrando en ellos desde la copa,
perforan el tronco hasta alcanzar la raíz; salen luego a la superficie y mueren o se adormecen, mientras la
planta se propaga partiendo de su cabeza: el cuerpo permanece entero y perfecto y es más duro que cuando
estaba vivo. Los nativos extraen de este insecto un colorante para sus tatuajes.»
51 En las minas y cavernas naturales hay una especie de fungus criptógamo que emite una inmensa
fosforescencia.
52 La orquídea, la escabiosa y la valisneria.
53 «La corola de esta flor (Arístolochia Clematitis) es tubular, pero termina en lo alto en un miembro
ligulado, siendo globular en su base. La parte tubular tiene en su interior pelos muy duros, que apuntan hacia
abajo. La parte globular contiene el pistilo, consistente tan sólo en un germen y estigma, junto con los
estambres que los rodean. Los estambres, más cortos que el germen, no pueden descargar el polen de manera
de volcarlo en el estigma, pues la flor se mantiene siempre vertical hasta después de la fecundación. Por eso,
de no recibir alguna ayuda adicional, el polen caerá necesariamente en el fondo de la flor. Pues bien, la ayuda
proporcionada en este caso por la naturaleza es la del Tiputa Pennicornis, pequeño insecto que penetra por el
tubo de la corona en busca de miel, baja hasta el fondo y se pasea hasta quedar enteramente cubierto de polen;
—¡Cómo! —dijo el califa.
—«Al salir de esta tierra no tardamos en llegar a otra donde las abejas y los pájaros son
matemáticos de tanto genio y erudición que diariamente enseñan geometría a los entendidos
del imperio. Cierta vez que el rey ofreció una recompensa por la solución de dos
dificilísimos problemas, ambos quedaron instantáneamente aclarados, el uno por las abejas
y el otro por los pájaros. Como el rey guardó la solución en secreto, sólo después de
complicadísimas investigaciones y trabajos y de escribir infinidad de voluminosos libros en
infinidad de años llegaron los matemáticos del reino a las mismas soluciones que las abejas
y los pájaros habían dado en el acto»54.
—¡Demonio! —dijo el califa.
—«Apenas había perdido de vista este imperio, cuando llegamos a otro, desde cuyas
playas vimos volar una bandada de pájaros de una milla de ancho y doscientas cuarenta
millas de largo; es decir, que, aun volando a razón de una milla por minuto, se requirieron
cuatro horas para que pasara sobre nosotros la entera bandada, en la cual había varios
millones de pájaros»55.
—¡Camelo! —dijo el califa.
—«Tan pronto habíamos quedado libres de estos pájaros, que mucho nos molestaron,
vimos surgir un ave de otra especie, infinitamente más grande que los rocs que había
encontrado en mis anteriores viajes; era más grande que la mayor de las cúpulas de vuestro
serrallo, ¡oh el más magnífico de los califas! Este terrible pájaro no tenía cabeza visible,
sino que parecía formado enteramente por un vientre de prodigioso grosor y redondez,
constituido por una sustancia muy suave, lisa, brillante y de franjas coloreadas. El monstruo
llevaba en sus garras (a su guarida, en las nubes, sin duda) una casa cuyo techo había
probablemente arrancado, y en cuyo interior vimos claramente a varios seres humanos que
parecían tan empavorecidos como desesperados por el espantoso destino que les aguardaba.
Gritamos con todas nuestras fuerzas, esperando que el pájaro se asustara y soltara la presa;
pero se limitó a exhalar una especie de resoplido, como de cólera, y luego dejó caer sobre
nuestras cabezas un pesado saco que resultó estar lleno de arena.»
—¡Cuentos chinos! —dijo el califa.
como le es imposible volver a subir, dada la posición de los pelos mencionados, que convergen como los
alambres de una trampa para ratones, y sintiéndose impaciente por su encarcelamiento, se mueve en todas
direcciones buscando una salida, hasta que, luego de atravesar repetidas veces el estigma, lo deja cubierto de
suficiente polen como para que se produzca la fecundación, a consecuencia de la cual la flor no tarda en
inclinarse, mientras los pelos se contraen a los lados del tubo, abriendo una fácil salida al insecto» (Reverendo
P. Keith, Sistema de botánica fisiológica).
54 Desde que las abejas existen, han construido sus celdillas con el número de lados, la cantidad y el
ángulo de inclinación (como se ha demostrado en una investigación matemática que implicaba los más
profundos principios de esta ciencia) que se requieren para obtener el mayor espacio compatible con la mayor
estabilidad de la estructura de la colmena.
A fines del siglo pasado, los matemáticos se plantearon la cuestión de «determinar la mejor forma
posible para las alas de un molino, de acuerdo con su distancia variable desde las aspas y desde los centros de
revolución». Se trata de un problema extraordinariamente complejo, pues consiste en hallar la mejor solución
posible para una infinidad de distancias y una infinidad de puntos. Los matemáticos más ilustres hicieron
miles de tentativas inútiles para resolver el problema; cuando, por fin, se llegó a una respuesta exacta,
descubrióse que las alas de un pájaro coincidían con ella de la manera más exacta, desde que el primer pájaro
echó a volar por el espacio.
55 «El teniente F. Hall observó una bandada de pájaros que sobrevolaba Frankfort y el territorio de
Indiana, y cuyo ancho era de una milla; tardó cuatro horas en pasar, lo cual, a un promedio de una milla hora,
da una extensión de 240 millas. Si suponemos que había tres pájaros por cada yarda, el total se componía de
2.230.272.000 animales» (Viajes por Canadá y Estados Unidos).
—«Muy poco después de esta aventura encontramos un continente de vastísima
extensión y prodigiosa solidez, el cual descansaba enteramente sobre el lomo de una vaca
color celeste que tenía no menos de cuatrocientos cuernos»56.
—Esto sí lo creo —dijo el califa—, pues he leído algo por el estilo en algún libro.
—«Pasamos por debajo de este continente, nadando entre las piernas de la vaca, y
horas después nos encontramos en una región maravillosa que, según me informó el
animal-hombre, era su propio país, habitado por seres de su misma especie. Esto aumentó
muchísimo el concepto que de él tenía y empecé a avergonzarme del desprecio y la
familiaridad con que lo había tratado hasta ahora. En efecto, descubrí que los animaleshombres
constituían una nación de grandes magos que vivían con la cabeza llena de
gusanos57, los cuales sin duda servían para estimularlos con sus dificultosos retorcimientos
y coletazos, a fin de que alcanzaran los más asombrosos grados de imaginación.»
—¡Disparates! —dijo el califa.
—«Entre los magos había diversos animales domésticos de lo más singulares. Por
ejemplo, vimos un enorme caballo cuyos huesos eran de hierro y tenía agua hirviendo por
sangre. En lugar de maíz lo alimentaban con piedras negras; a pesar de esa dura dieta era
tan fuerte y veloz como para arrastrar una carga más pesada que el más grande de los
templos de esta ciudad, a una velocidad que superaba la de la mayoría de los pájaros»58.
—¡Paparruchas! —dijo el califa.
—«Entre esas gentes vi una gallina sin plumas más grande que un camello; en vez de
carne y huesos era de hierro y ladrillos; su sangre, como la del caballo (al que mucho se
parecía) era agua hirviendo, y, como él, sólo comía madera y piedras negras. Esta gallina
producía con frecuencia un centenar de pollos en un solo día; después de nacidos se
instalaban durante varias semanas en el estómago de su madre»59.
—¡Dislates! —dijo el califa.
—«Un miembro de esta nación de brujos creó un hombre de bronce, madera y cuero,
dándole tanta inteligencia que hubiera vencido al ajedrez a toda la humanidad, con
excepción del gran califa Harun Al Raschid60. Otro de estos magos construyó con
materiales parecidos una criatura capaz de avergonzar el genio de su propio creador: tan
grandes eran sus poderes razonantes que, en un segundo, efectuaba cálculos que hubieran
requerido el trabajo de cincuenta mil hombres de carne y hueso durante un año61. Pero otro
mago todavía más asombroso fabricó una fortísima criatura que no era ni hombre ni bestia,
pero que tenía cerebro de plomo mezclado con una sustancia negra como la pez y dedos
que actuaban con tan increíble velocidad y destreza que no hubiera tenido dificultad en
escribir veinte mil copias del Corán en una hora; todo esto con una precisión tan exquisita
que no se hubiera podido encontrar un solo ejemplar que se diferenciara de los otros en el
ancho de un cabello. Esta criatura era de una fuerza prodigiosa, al punto que creaba y
destruía de un soplo los imperios más poderosos; pero sus aptitudes se aplicaban
indistintamente al bien y al mal.»
56 «La tierra está sostenida por una vaca azul, que tiene cuernos en número de cuatrocientos» (El Corán).
57 El Entozoa, gusano intestinal, ha sido repetidas veces observado en los músculos y en la materia gris
humana (cf. Wyatt, Fisiología, pág. 143).
58 En el gran ferrocarril del Noroeste, entre Londres y Exeter, se ha alcanzado una velocidad de 71
millas por hora. Un tren que pesaba 90 toneladas corrió de Puddington a Didcot (53 millas) en 51 minutos.
59 La incubadora.
60 El autómata jugador de ajedrez, de Maelzel.
61 La máquina calculadora de Babbage.
—¡Ridículo! —dijo el califa.
—«En esta nación de nigromantes había uno que llevaba en las venas la sangre de la
salamandra, pues no tenía escrúpulos en sentarse a fumar su chibuquí en un horno ardiente,
hasta que su cena se cocinaba completamente en el suelo62. Otro tenía la facultad de
convertir los metales comunes en oro, sin siquiera mirarlos durante el proceso63. Otro tenía
un tacto tan delicado que llegó a fabricar un alambre invisible64. Otro percibía las cosas con
tanta rapidez, que contaba los movimientos de un cuerpo elástico mientras éste se movía
hacia delante y hacia atrás a la velocidad de novecientos millones de veces por segundo»65.
—¡Absurdo! —dijo el califa.
—«Otro de estos magos, ayudado por un fluido que nadie vio hasta ahora, podía hacer
que los cadáveres de sus amigos movieran los brazos, patearan, lucharan e incluso se
levantaran y danzaran66. Otro cultivó a tal punto su voz, que podía hacerse oír desde un
extremo al otro del mundo67. Otro tenía un brazo tan largo que podía estar sentado en
Damasco y escribir una carta en Bagdad o en cualquier otro sitio68. Otro tenía tal dominio
sobre el relámpago que podía hacerlo descender a su antojo; le servía luego de juguete.
Otro tomó dos sonidos muy fuertes e hizo con ellos un silencio. Otro creó una profunda
oscuridad con dos luces brillantes69.
Otro fabricó hielo en un horno ardiente70. Otro obligó al sol a que pintara su retrato y el
sol le obedeció71. Otro tomó el astro rey, junto con la luna y los planetas, y luego de
pesarlos cuidadosamente, sondeó sus profundidades y descubrió la solidez de las sustancias
que los componen. Pero toda aquella nación posee una habilidad nigromántica tan
sorprendente, que hasta sus niños y aun sus perros y sus gatos son capaces de ver
fácilmente objetos que no existen, o que veinte millones de años antes del nacimiento de
dicha nación habían sido borrados de la faz del universo»72.
62 Chabert, y después de él, otros cien.
63 El electrotipo.
64 Wollaston fabricó un retículo de telescopio cuyo alambre tenía un espesor de 1/18.000 de pulgada.
Sólo era visible por medio del microscopio.
65 Newton demostró que la retina, bajo la influencia del rayo violeta del espectro, vibra 900.000.000 de
veces por segundo.
66 La pila voltaica.
67 El aparato impresor electro-telegráfico.
68 . El electro-telégrafo transmite texto en el acto a cualquier distancia sobre la tierra.
69 Experimentos comunes en física. Si dos rayos rojos procedentes de dos puntos luminosos penetran en
una cámara oscura de manera de posarse sobre una superficie blanca, variando en un 0,0000258 de pulgada de
longitud, su intensidad se duplicará. Lo mismo pasa si su diferencia de extensión es cualquier número entero
múltiplo de dicha fracción. Un múltiplo por 2 1/4, 3 1/4 etc., produce una intensidad sólo equivalente a un
rayo, pero un múltiplo por 2 1/2, 3 1/2, etc., da por resultado una oscuridad total. En los rayos violetas ocurre
lo mismo cuando la diferencia de longitud es de 0,0000157, y con todos los rayos restantes el resultado es el
mismo; la diferencia va en aumento del violeta al rojo.
70 Póngase crisol de platino sobre una lámpara de alcohol y manténgase al rojo vivo; viértase ácido
sulfúrico, que, a pesar de ser el más volátil de los cuerpos a temperatura ordinaria, quedará completamente
estable en un crisol recalentado, sin que se evapore una sola gota. (Lo que ocurre es que queda rodeado por
una atmósfera de su propia materia y, por tanto, no toca las paredes del crisol.) Se vierten entonces unas gotas
de agua, y el ácido, así en contacto con las paredes recalentadas del crisol, se transforma en vapor de ácido
sulfúrico, y tan rápida es su transformación que el calor del agua se disipa junto con él, cayendo el agua en el
fondo convertida en hielo. Si se la extrae rápidamente antes de que se derrita se habrá obtenido hielo de un
crisol ardiente.
71 El daguerrotipo.
72 Aunque la luz recorre 167.000 millas por segundo, la distancia desde el Cisne 61 (única estrella cuya
—¡Ridículo! —dijo el califa.
—«Las esposas e hijas de aquellos grandes e incomparables magos —continuó
Scheherazade, sin preocuparse en absoluto de las repetidas y poco caballerescas
interrupciones de su esposo— son de lo más refinadas y perfectas, y constituirían el ápice
de lo interesante y de lo hermoso de no mediar una desdichada fatalidad que las agobia, y
que ni siquiera los milagrosos poderes de sus esposos y padres han logrado remediar hasta
el presente. Algunas de esas fatalidades adoptan cierta forma, mientras otras se presentan
de diferente manera; pero me refiero, sobre todo, a la que asume la forma de una
excentricidad.»
—¿Una qué? —preguntó el califa.
—Una excentricidad —dijo Scheherazade—. «Uno de los genios malignos que
continuamente tratan de hacer daño indujo a tan perfectas señoras a creer que aquello que
denominamos belleza natural consiste en la protuberancia de la región donde la espalda
cambia de nombre. Les hicieron creer que la perfección de la hermosura se halla en razón
directa con el volumen de dicha parte. Dominadas por la idea, y aprovechando que los
almohadones son muy baratos en ese país, se ha llegado a un punto en que ya resulta difícil
distinguir a una mujer de un dromedario…»
—¡Detente! —exclamó el califa—. ¡No puedo ni quiero soportar semejante cosa! ¡Me
has dado ya una terrible jaqueca con tus mentiras! Noto, además, que está amaneciendo.
¿Cuánto tiempo llevamos casados? Mi conciencia empieza a atormentarme. Y, además, ese
asunto de los dromedarios… ¿Me tomas por imbécil? Lo mejor que puedes hacer es ir a que
te estrangulen.
Según me entero por el Isitsöornot, estas palabras ofendieron y asombraron a
Scheherazade, pero, como sabía que el califa era hombre de escrupulosa integridad y poco
sospechoso de faltar a su palabra, se sometió resignadamente a su destino. Mucho se
consoló (mientras le apretaban el cordón en el cuello) pensando que gran parte de su
historia quedaba todavía por decir, y que la petulancia de aquel animal de su marido le
estaba bien aplicada, pues por su culpa se quedaría sin conocer muchas otras inimaginables
aventuras.
distancia ha sido verificada) es tan inconcebiblemente grande, que sus rayos requieren más de diez años para
llegar a la tierra. Las estrellas situadas más allá exigen veinte y aún mil años, calculando sin exageración. Por
tanto, si dichos astros se hubieran extinguido hace veinte o mil años, seguiríamos viéndolos en la actualidad
por la luz que emanó de ellos hace veinte o mil años. No es imposible, ni siquiera improbable, que muchas
estrellas que vemos noche a noche se hayan extinguido hace mucho.
Herschel padre sostiene que la luz de la nebulosa más débil que alcanza a distinguirse en su gran
telescopio debió de requerir tres millones de años para llegar a la tierra. Algunas otras que el telescopio de lord
Ross permite vislumbrar han debido emplear, por lo menos, veinte millones de años.
El camelo del globo
Asombrosas noticias por expreso, vía Norfolk! —¡Travesía del Atlántico en tres
días!— ¡Extraordinario triunfo de la máquina volante de Mr. Monck Mason! —¡Llegada a
la isla Sullivan, cerca de Charleston, Carolina del Sur, de Mr. Mason, Mr. Robert Holland,
Mr. Henson, Mr. Harrison Ainsworth y otros cuatro pasajeros, a bordo del globo dirigible
Victoria, luego de setenta y cinco horas de viaje de costa a costa!— ¡TODOS LOS
DETALLES DEL VUELO!
El siguiente jeu d’esprit, con los titulares que preceden en enormes caracteres,
abundantemente separados por signos de admiración, fue publicado por primera vez en el
New York Sun, con intención de proporcionar alimento indigesto a los quidnuncs durante
las pocas horas entre los dos correos de Charleston. La conmoción producida y el arrebato
del «único diario que traía las noticias» fue más allá de lo prodigioso; y, para decir la
verdad, si el Victoria «no» efectuó el viaje reseñado (como aseguran algunos), difícil sería
encontrar razones que le hubiesen impedido llevarlo a cabo.]
¡El gran problema ha sido, por fin, resuelto! ¡Al igual que la tierra y el océano, el aire
ha sido sometido por la ciencia y habrá de convertirse en un camino tan cómodo como
transitado para la humanidad! ¡El Atlántico ha sido cruzado en globo! ¡Sin dificultad, sin
peligro aparente, con un perfecto dominio de la máquina, y en el período
inconcebiblemente breve de setenta y cinco horas de costa a costa! Gracias a la decisión de
uno de nuestros representantes en Charleston, Carolina del Sur, somos los primeros en
proporcionar al público una crónica detallada de este viaje extraordinario, efectuado entre
el sábado 6 del corriente, a las 11 a. m., y el jueves 9, a las 2 p. m., por Sir Everard
Bringhurst; Mr. Osborne, sobrino de lord Bentinck; Mr. Monck Mason y Mr. Robert
Holland, los afamados aeronautas; Mr. Harrison Ainsworth, autor de Jack Sheppard y otras
obras; Mr. Henson, diseñador de la reciente y fracasada máquina voladora, y dos marinos
de Woolwich; ocho personas en total. Los detalles que siguen pueden considerarse
auténticos y exactos en todo sentido, pues, con una sola excepción, fueron copiados
verbatim de los diarios de navegación de los señores Monck Mason y Harrison Ainsworth,
a cuya gentileza debe nuestro corresponsal muchas informaciones verbales sobre el globo,
su construcción y otras cuestiones no menos interesantes. La única alteración del
manuscrito recibido se debe a la necesidad de dar forma coherente e inteligible a la
apresurada reseña de nuestro representante, Mr. Forsyth.
El globo
«Dos notorios fracasos recientes —los de Mr. Henson y Sir George Cayley— habían
debilitado mucho el interés público por la navegación aérea. El proyecto de Mr. Henson
(que aun los hombres de ciencia consideraron al comienzo como factible) se fundaba en el
principio de un plano inclinado, lanzado desde una eminencia por una fuerza extrínseca que
se continuaba luego por la revolución de unas paletas que en forma y número semejaban las
de un molino de viento. Empero, las experiencias practicadas con modelos en la Adelaide
Gallery mostraron que la revolución de aquellas paletas no sólo no impulsaba la máquina,
sino que impedía su vuelo. La única fuerza de propulsión evidente era el ímpetu adquirido
durante el descenso por el plano inclinado, y este ímpetu llevaba más lejos a la máquina
cuando las paletas estaban inmóviles que cuando funcionaban, hecho suficientemente
demostrativo de la inutilidad de estas últimas. Como es natural, en ausencia de la fuerza
propulsora, que era al mismo tiempo sustentadora, la máquina se veía obligada a
descender.
»Esta última consideración movió a Sir George Cayley a adaptar una hélice a alguna
máquina que tuviera una fuerza sustentadora independiente: en una palabra, a un globo.
Aquella idea sólo tenía la novedad de su especial aplicación práctica. Sir George exhibió un
modelo en el Instituto Politécnico. El principio propulsor se aplicaba aquí a superficies
discontinuas o paletas giratorias. El aparato tenía cuatro paletas, que en la práctica
resultaron completamente ineficaces para mover el globo o ayudarlo en su ascensión. El
proyecto resultó, pues, un fracaso completo.
»En esta coyuntura, Mr. Monck Mason (cuyo viaje de Dover a Weilburg a bordo del
globo Nassau provocara tanto entusiasmo en 1837), concibió la idea de aplicar el principio
de la rosca o hélice de Arquímedes a los efectos de la propulsión en el aire, atribuyendo
correctamente el fracaso de los modelos de Mr. Henson y de Sir George Cayley a la
interrupción de la superficie en las paletas independientes. Llevó a cabo la primera
experiencia pública en los salones de Willis, pero más tarde trasladó su modelo a la
Adelaide Gallery.
»A semejanza del globo de Sir George, su globo era elipsoidal. Tenía trece pies y seis
pulgadas de largo por seis pies y ocho pulgadas de alto. Contenía unos trescientos veinte
pies cúbicos de gas; si se introducía hidrógeno puro, éste podía soportar veintiuna libras
inmediatamente después de haber sido inflado el globo, antes de que el gas se estropeara o
escapara. El peso total de la máquina y el aparato era de diecisiete libras, dejando un
margen de unas cuatro libras. Por debajo del centro del globo había una armazón de madera
liviana de unos nueve pies de largo, unida al globo por una red como las que se usan
habitualmente para ese fin. La barquilla, de mimbre, hallábase suspendida del armazón.
»La hélice consistía en un eje hueco de bronce de dieciocho pulgadas de largo, en el
cual, sobre una semiespiral inclinada en un ángulo de quince grados, pasaba una serie de
radios de alambre de acero de dos pies de largo, que se proyectaban a un pie de distancia a
cada lado. Dichos radios estaban unidos en sus puntos por dos bandas de alambre aplanado,
constituyendo así el armazón de la hélice, la cual se completaba mediante un forro de seda
impermeabilizada, cortada de manera de seguir la espiral y presentar una superficie
suficientemente unida. La hélice hallábase sostenida en los dos extremos de su eje por
brazos de bronce, que descendían del armazón superior. Dichos brazos tenían orificios en la
parte inferior, donde los pivotes del eje podían girar libremente. De la porción del eje más
cercana a la barquilla salía un vástago de acero que conectaba la hélice con el engranaje de
una máquina a resorte fijada en la barquilla. Haciendo funcionar este resorte o cuerda se
lograba que la hélice girara a gran velocidad, comunicando un movimiento progresivo a la
aeronave. Gracias a un timón se hacía tomar a ésta cualquier rumbo. El resorte era
sumamente fuerte comparado con sus dimensiones y podía levantar cuarenta y cinco libras
de peso sobre un rodillo de cuatro pulgadas de diámetro en la primera vuelta, aumentando
gradualmente su poder a medida que adquiría velocidad. Pesaba en total ocho libras y seis
onzas. El gobernalle consistía en un marco liviano de caña cubierto de seda, parecido a una
raqueta; tenía tres pies de largo y un pie en su parte más ancha. Pesaba dos onzas. Podía
colocárselo horizontalmente, haciéndolo subir y bajar, y moverlo a derecha e izquierda
verticalmente, con lo cual permitía al aeronauta transferir la resistencia del aire determinada
por su inclinación hacia cualquier lado y hacer que el globo se moviera en dirección
opuesta.
»Este modelo (que por falta de tiempo hemos descrito imperfectamente) fue ensayado
en la Adelaida Gallery, donde alcanzó una velocidad de cinco millas horarias. Aunque
parezca extraño, provocó muy poco interés comparado con la anterior y complicada
máquina de Mr. Henson; tan dispuesto se muestra el mundo a despreciar toda cosa que se
presente llena de sencillez. Para llevar a cabo el gran desiderátum de la navegación aérea,
se suponía en general que debería llegarse a la complicada aplicación de algún
profundísimo principio de la dinámica.
»Empero, tan satisfecho se sentía Mr. Mason del buen resultado de su invención, que
resolvió construir inmediatamente, si era posible, un globo de capacidad suficiente para
probar su eficacia en un viaje bastante extenso; la intención original consistía en cruzar el
Canal de la Mancha, como se había hecho anteriormente en el globo Nassau. A fin de llevar
su proyecto a la práctica, solicitó y obtuvo el patronazgo de Sir Everard Bringhurst y de Mr.
Osborne, caballeros bien conocidos por su saber científico y el interés que demostraban por
los progresos de la navegación aérea. A pedido de Mr. Osborne, el proyecto fue mantenido
en el más riguroso secreto, y las únicas personas al tanto de la idea fueron aquellas que se
ocuparon de la construcción de la máquina. Construyóse ésta bajo la dirección de los
señores Mason, Holland, Bringhurst y Osborne, en la residencia de este último, cerca de
Penstruthal, en Gales. Mr. Henson, así como su amigo Mr. Ainsworth, fueron admitidos a
una exhibición privada del globo el sábado pasado, cuando ambos caballeros hacían sus
preparativos para ser incluidos entre los pasajeros del globo. No se nos ha dado la razón por
la cual estos caballeros se agregaron a la expedición, pero dentro de uno o dos días haremos
conocer a nuestros lectores los menores detalles concernientes al extraordinario viaje.
»El globo es de seda, barnizado con goma o caucho líquido. De vastas dimensiones,
contiene más de 40.000 pies cúbicos de gas. Dado que se utilizó gas de alumbrado en vez
de hidrógeno, mucho más costoso, el poder sustentatorio de la aeronave, completamente
inflada y poco después, no sobrepasa las 2.500 libras. El gas de alumbrado no sólo resulta
mucho más barato, sino que es fácilmente obtenible y manejable.
»Debemos a Mr. Charles Green el uso del gas de alumbrado para los fines de la
aeronavegación. Hasta su descubrimiento, la inflación de los globos no sólo era sumamente
cara, sino de incierto resultado. Con frecuencia se empleaban dos o tres días en fútiles
tentativas para procurarse suficiente cantidad de hidrógeno para llenar un globo, del cual
este gas tiene gran tendencia a escapar debido a su extremada tenuidad y a su afinidad con
la atmósfera circundante; Un globo suficientemente impermeable como para conservar su
contenido de gas de alumbrado durante seis meses, apenas alcanzará a mantener seis
semanas una carga equivalente de hidrógeno.
»Habiéndose calculado la fuerza de sustentación en 2.500 libras, y el peso de todos los
viajeros en 1.200, quedaba un excedente de 1.300, de los cuales 1.200 se integraron con
lastre, preparado en sacos de diferente tamaño, cada uno con su peso marcado, cordajes,
barómetros, telescopios, barriles con provisiones para una quincena, tanques de agua,
abrigos, sacos de noche y otras cosas indispensables, incluido un calentador de café que
funcionaba por medio de cal viva, evitando así por completo el uso del fuego, justamente
considerado como muy peligroso. Todos estos artículos, salvo el lastre y unas pocas cosas,
fueron suspendidos del armazón superior. La barquilla es proporcionalmente mucho más
pequeña y liviana que la que se había colocado en el primer modelo en escala reducida. Se
la construyó de mimbre liviano y es extraordinariamente fuerte a pesar de su frágil aspecto.
Tiene unos cuatro pies de profundidad. El gobernalle es mucho más grande que el del
modelo, mientras la hélice es bastante más pequeña. El globo está provisto de un ancla con
varios ganchos y una cuerda-guía. Esta última es de excepcional importancia y requiere
algunas palabras explicativas para aquellos lectores que no se hallan al tanto de la misma.
»Tan pronto el globo se aleja de la tierra, queda sometido a diversas circunstancias que
tienden a crear una diferencia en su peso, aumentando y disminuyendo su fuerza
ascensional. Por ejemplo, en la seda puede depositarse el rocío, hasta pesar varios cientos
de libras; preciso es entonces arrojar lastre, pues de lo contrario la aeronave descenderá.
Arrojado el lastre, si el sol hace evaporar el rocío, dilatando al mismo tiempo el gas del
globo, éste volverá a ascender. Para impedirlo, el único recurso posible (hasta que Mr.
Green inventó la cuerda-guía) consistía en dejar escapar un poco de gas por medio de una
válvula. Pero la pérdida de gas supone una pérdida equivalente de poder ascensional, vale
decir que después de un período relativamente breve el globo mejor construido agotará sus
recursos y tendrá que descender. Esto constituía hasta entonces el gran obstáculo para los
viajes largos.
»La cuerda-guía remedia esta dificultad de la manera más simple que imaginarse
pueda. Consiste en una soga muy larga que cuelga de la barquilla, destinada a impedir que
el globo varíe de altitud bajo ninguna circunstancia. Si, por ejemplo, se deposita humedad
en la cubierta de seda y la aeronave empieza a descender, no será necesario arrojar lastre
para compensar este aumento de peso, sino que bastará soltar la soga hasta que arrastre por
el suelo todo lo necesario para establecer el equilibrio. Si, por el contrario, alguna otra
circunstancia ocasionara un aligeramiento del globo y su consiguiente ascenso, se lo
contrarresta recogiendo cierta cantidad de soga, cuyo peso se agrega entonces al del globo.
En esta forma el aeróstato sólo subirá y bajará muy poco, y su capacidad de gas y de lastre
se mantendrá invariable. Cuando se vuela sobre una superficie líquida hay que emplear
pequeños barriles de cobre o madera, llenos de una sustancia líquida más liviana que el
agua. Dichos barriles flotan y cumplen la misma función que la soga en tierra firme. Otra
función importante de esta última consiste en señalar la dirección del globo. Tanto en tierra
como en mar, la cuerda arrastra sobre la superficie y, por tanto, el globo vuela siempre un
poco adelantado con respecto a ella; basta, pues, establecer una relación entre ambos
objetos por medio del compás para establecer el rumbo. Del mismo modo, el ángulo
formado por la cuerda con el eje vertical del globo indica la velocidad de éste. Cuando no
hay ningún ángulo, o, en otras palabras, cuando la cuerda cuelga verticalmente, el aparato
se encuentra estacionario; cuanto más abierto sea el ángulo, es decir, cuanto más adelante
se halle el globo con respecto al extremo de la cuerda, mayor será la velocidad, y viceversa.
»Como la intención original consistía en cruzar el Canal de la Mancha y descender lo
más cerca posible de París, los viajeros habían tenido la precaución de proveerse de
pasaportes válidos para todos los países del continente, especificando la naturaleza de la
expedición, como en el caso del viaje del Nassau, y facilitándoles la exención de las
formalidades habituales de las aduanas; acontecimientos inesperados, empero, hicieron
inútiles estos documentos.
»La inflación del globo empezó con la mayor reserva al amanecer del sábado 6 del
corriente, en el gran patio de Wheal-Vor House, residencia de Mr. Osborne, a una milla de
Penstruthal, Gales del Norte. A las once y siete minutos los preparativos quedaron
terminados, y el globo se elevó suave pero seguramente en dirección al sur. Durante la
primera media hora no se emplearon ni la hélice ni el gobernalle. Transcribimos ahora el
diario de viaje, según lo recogió Mr. Forsyth de los manuscritos de los señores Monck
Mason y Ainsworth. El cuerpo principal del diario es de puño y letra de Mr. Mason, al cual
se agrega una posdata diaria de Mr. Ainsworth, quien tiene en preparación y dará pronto a
conocer una crónica tan detallada cuanto apasionante del viaje.»
El diario
«Sábado 6 de abril.-Luego que todos los preparativos que podían resultar molestos
quedaron terminados durante la noche, empezamos la inflación al alba; una espesa niebla
que envolvía los pliegues de la seda y no nos permitía disponerla debidamente atrasó esta
tarea hasta las once de la mañana. Desamarramos entonces llenos de optimismo y subimos
suave pero continuamente, con un ligero viento del norte que nos llevó hacia el Canal de la
Mancha. Notamos que la fuerza ascensional era mayor de lo que esperábamos; una vez que
hubimos remontado sobrepasando la zona de los acantilados, los rayos solares influyeron
para que nuestro ascenso se hiciera aún más rápido. No quise, sin embargo, perder gas en
esta temprana etapa de nuestra aventura, y decidimos seguir subiendo. No tardamos en
recoger nuestra cuerda-guía, pero, aun después que hubo dejado de tocar tierra, seguimos
subiendo con notable rapidez. El globo se mostraba insólitamente estable y su aspecto era
magnífico. Diez minutos después de salir, el barómetro indicaba 15.000 pies de altitud.
Teníamos un tiempo excelente, y el panorama de las regiones circundantes, uno de los más
románticos visto desde cualquier lado, era ahora particularmente sublime. Las numerosas y
profundas hondonadas daban la impresión de lagos, a causa de los densos vapores que las
llenaban, y los montes y picos del sudeste, amontonados en inextricable confusión, sólo
admitían ser comparados con las gigantescas ciudades de las fábulas orientales.
»Nos acercábamos rápidamente a las montañas meridionales, pero estábamos lo
bastante elevados como para franquearlas sin riesgo. Pocos minutos después las
sobrevolamos magníficamente; tanto Mr. Ainsworth como los dos marinos se
sorprendieron de su aparente pequeñez vistas desde la barquilla, ya que la gran altitud de un
globo tiende a reducir las desigualdades de la superficie de la tierra hasta dar la impresión
de una continua llanura. A las once y media, derivando siempre hacia el sur, tuvimos
nuestra primera visión del Canal de Bristol; quince minutos más tarde, los rompientes de la
costa se hallaban debajo de nosotros, e iniciábamos el vuelo sobre el mar. Resolvimos
entonces soltar suficiente gas como para que nuestra cuerda-guía, con las boyas atadas al
extremo, tomara contacto con el agua. Hízose así de inmediato e iniciamos un descenso
gradual. Veinte minutos más tarde nuestra primera boya tocó el agua y, cuando la segunda
estableció a su vez contacto, quedamos a una altura estacionaria. Todos estábamos ansiosos
por probar la eficacia del gobernalle y de la hélice, y los hicimos funcionar inmediatamente
a fin de acentuar el rumbo hacia el este, en dirección a París. Gracias al timón, no tardamos
en desviarnos en ese sentido, manteniendo el rumbo casi en ángulo recto con el del viento;
luego hicimos funcionar el resorte de la hélice y nos regocijamos muchísimo al comprobar
que nos impulsaba exactamente como queríamos. En vista de ello lanzamos nueve hurras
de todo corazón y arrojamos al mar una botella conteniendo un pergamino donde se
describía brevemente el principio de la invención.
»Apenas habíamos terminado de expresar nuestro contento, cuando un accidente
inesperado nos descorazonó muchísimo. El vástago de acero que conectaba el resorte con la
hélice se salió bruscamente de su lugar en la barquilla (a causa de un balanceo de la misma,
ocasionado por algún movimiento de uno de los marinos que habíamos embarcado con
nosotros), y quedó colgando lejos de nuestro alcance, tomado en el pivote del eje de la
hélice. Mientras tratábamos de recuperarlo, y nuestra atención se hallaba por completo
absorbida en esto, nos tomó un fortísimo viento del este que nos llevó con fuerza creciente
rumbo al Atlántico. Pronto nos encontramos volando a un promedio que ciertamente no era
inferior a cincuenta o sesenta millas por hora, tanto que llegamos a la altura de Cape Clear,
situado a unas cuarenta millas al norte, antes de haber asegurado el vastago y tener una idea
clara de lo que ocurría.
»Fue entonces cuando Mr. Ainsworth formuló una propuesta extraordinaria, pero que
en mi opinión no tenía nada de irrazonable o de quimérica, y que fue inmediatamente
secundada por Mr. Holland: quiero decir que aprovecháramos la fuerte brisa que nos
impulsaba y, en lugar de retroceder rumbo a París, hiciéramos la tentativa de alcanzar la
costa de Norteamérica, la cual (¡cosa rara!) sólo fue objetada por los dos marinos. Pero,
como estábamos en mayoría, dominamos sus temores y decidimos mantener resueltamente
el rumbo. Seguimos, pues, hacia el oeste; pero como el arrastre de las boyas demoraba
nuestro avance y teníamos perfecto dominio sobre el globo, tanto para subir como para
bajar, empezamos por desprendernos de cincuenta libras de lastre y luego, por medio de un
cabrestante, recogimos la cuerda hasta conseguir que no tocara la superficie del mar.
Inmediatamente notamos el efecto de esta maniobra, pues aumentó nuestra velocidad y,
como el viento acreciera, volamos con una rapidez casi inconcebible; la cuerda-guía flotaba
detrás de la barquilla como un gallardete en un navío.
»De más está decir que nos bastó poquísimo tiempo para perder de vista la costa.
Pasamos sobre cantidad de navíos de toda clase, algunos de los cuales trataban de navegar a
la bolina, pero en su mayoría se mantenían a la capa. Provocamos el más extraordinario
revuelo a bordo de todos ellos, revuelo del que gozamos grandemente, y muy
especialmente nuestros dos marineros, que, bajo la influencia de un buen trago de ginebra,
se habían resuelto a tirar por la borda todo escrúpulo y todo temor. Muchos de aquellos
barcos nos dispararon salvas, y en todos ellos fuimos saludados con sonoros hurras (que
oíamos con notable nitidez) y saludos con gorras y pañuelos. Continuamos en esta forma
durante todo el día sin mayores incidentes, y cuando nos envolvieron las sombras de la
noche, calculamos grosso modo la distancia recorrida, encontrando que no podía bajar de
quinientas millas, y probablemente las excedía por mucho. La hélice funcionaba
continuamente y sin duda ayudaba en gran medida a nuestro avance. Cuando se puso el sol,
el viento se convirtió en un verdadero huracán y el océano era perfectamente visible a causa
de su fosforescencia. El viento sopló del este toda la noche, dándonos los mejores augurios
de éxito. Sufrimos muchísimo a causa del frío, y la humedad atmosférica era harto
desagradable; pero el amplio espacio en la barquilla nos permitía acostarnos, y con ayuda
de nuestras capas y algunos colchones pudimos arreglarnos bastante bien.
»P. S. (por Ainsworth). Las últimas nueve horas han sido indiscutiblemente las más
apasionantes de mi vida. Imposible imaginar nada más exaltante que el extraño peligro, que
la novedad de una aventura como ésta. ¡Quiera Dios que triunfemos! No pido el triunfo por
la mera seguridad de mi insignificante persona, sino por el conocimiento de la humanidad y
por la grandeza de semejante triunfo. Sin embargo, la hazaña es tan practicable que me
asombra que los hombres hayan vacilado hasta ahora en intentarla. Basta con que una
galerna como la que ahora nos favorece arrastre un globo durante cuatro o cinco días (y
estos huracanes suelen durar más) para que el viajero se vea fácilmente transportado de
costa a costa. Con un viento semejante el vasto Atlántico se convierte en un mero lago.
»En este momento lo que más me impresiona es el supremo silencio que reina en el
mar por debajo de nosotros, a pesar de su gran agitación. Las aguas no hacen oír su voz a
los cielos. El inmenso océano llameante se retuerce y sufre su tortura sin quejarse. Las
crestas montañosas sugieren la idea de innumerables demonios gigantescos y mudos, que
luchan en una imponente agonía. En una noche como ésta, un hombre vive, vive un siglo
entero de vida ordinaria; y no cambiaría yo esta arrebatadora delicia por todo ese siglo de
vida común.
»Domingo 7 (Diario de Mr. Mason).- A las diez de la mañana la galerna amainó hasta
convertirse en un viento de ocho o nueve nudos (con respecto a un barco en alta mar),
llevándonos a una velocidad de unas treinta millas horarias. El viento ha girado
considerablemente hacia el norte, y ahora, a la puesta del sol, mantenemos nuestro rumbo
hacia el oeste gracias al gobernalle y a la hélice, que cumplen sus tareas de manera
admirable. Considero que mi mecanismo ha tenido el mejor de los éxitos, y la navegación
aérea hacia cualquier rumbo (y no a merced de los vientos) deja de ser un problema. Cierto
es que no hubiéramos podido volar en contra del fuerte viento de ayer, pero, en cambio,
ascendiendo, hubiésemos escapado a su influencia de haber sido ello necesario. Estoy
convencido de que con ayuda de la hélice podríamos avanzar contra un viento bastante
intenso. A mediodía alcanzamos una altura de 25.000 pies, luego de arrojar lastre.
Buscábamos una corriente de aire más directa, pero no hallamos ninguna tan favorable
como la que seguimos ahora. Tenemos abundante provisión de gas para cruzar este
insignificante charco, aunque el viaje nos lleve tres semanas. El resultado final no me
inspira el más mínimo temor. Las dificultades de la empresa han sido extrañamente
exageradas y mal entendidas. Puedo elegir mi viento más favorable y, en caso de que todos
los vientos fuesen contrarios, la hélice me permitiría seguir adelante. No ha habido ningún
incidente digno de mención. La noche se anuncia muy serena.
»P. S. (por Mr. Ainsworth).- Poco tengo que anotar, salvo que, para mi sorpresa, a una
altura igual a la del Cotopaxi no he sentido ni mucho frío, ni dificultad respiratoria o
jaqueca. Todos mis compañeros coinciden conmigo; tan sólo Mr. Osborne se quejó de
cierta opresión en los pulmones, pero pronto se le pasó. Hemos volado a gran velocidad
durante el día y debemos hallarnos a más de la mitad del Atlántico. Pasamos sobre veinte o
treinta navíos de diversos tipos, y todos ellos se mostraron jubilosamente asombrados.
Cruzar el océano en globo no es, después de todo, una hazaña tan ardua. Omne ignotum pro
magnifico. Detalle interesante: a 25.000 pies de altura el cielo parece casi negro y las
estrellas se ven con toda claridad; en cuanto al mar, no aparece convexo, como podría
suponerse, sino total y absolutamente cóncavo73.
»Lunes 8 (Diario de Mr. Mason).- Esta mañana volvimos a tener algunas dificultades
73 Mr. Ainsworth no se ha ocupado de explicar este fenómeno, que puede, sin embargo, ser fácilmente
aclarado. Una línea tendida desde una elevación de 25.000 pies perpendicularmente a la superficie de la tierra
(o el mar) formaría el cateto vertical de un triángulo rectángulo, cuya base se extendería desde el ángulo recto
hasta el horizonte, y la hipotenusa desde el horizonte hasta el globo. Pero 25.000 pies de altitud son nada o
poco menos comparados con la extensión de la perspectiva. En otras palabras, la base y la hipotenusa del
supuesto triángulo resultarían tan extensos, comparados con la perpendicular, que podría considerárselas
como casi paralelas. De esta manera el horizonte del aeronauta se mostraría al nivel de la barquilla. Pero como
el punto situado inmediatamente por debajo de él aparece (y está) a gran distancia por debajo del horizonte, se
produce un efecto de concavidad. Y dicho efecto habrá de mantenerse hasta que la altitud alcanzada se halle en
tal proporción con la extensión de la perspectiva, que el aparente paralelismo de la base y la hipotenusa
desaparezca: y entonces será visible la verdadera convexidad de la tierra.
con la varilla de la hélice, que deberá ser completamente modificada en el futuro, para
evitar accidentes serios. Aludo al vastago de acero y no a las paletas, pues éstas son
inmejorables. El viento sopló constante y fuertemente del norte durante todo el día, y hasta
ahora la fortuna parece dispuesta a favorecernos. Poco antes de aclarar nos alarmaron
algunos extraños ruidos y sacudidas en el globo, que, sin embargo, no tardaron en cesar.
Aquellos fenómenos se debían a la dilatación del gas por el aumento del calor atmosférico,
y la consiguiente ruptura de las menudas partículas de hielo que se habían formado durante
la noche en toda la estructura de tela. Arrojamos varias botellas a los navíos que
encontrábamos. Vimos que una de ellas era recogida por los tripulantes de un navío,
probablemente uno de los paquebotes que hacen el servicio a Nueva York. Tratamos de leer
su nombre, pero no estamos seguros de haberlo entendido. Con ayuda del catalejo de Mr.
Osborne desciframos algo así como Atalanta. Ahora es medianoche y seguimos volando
rápidamente hacia el oeste. El mar está muy fosforescente.
»P. S. (por Mr. Ainsworth).- Son las dos de la madrugada y el tiempo sigue muy
sereno; resulta difícil saberlo exactamente, pues el globo se mueve junto con el viento. No
he dormido desde que salimos de Wheal-Vor, pero me es imposible seguir resistiendo y
trataré de descansar un rato. Ya no podemos estar lejos de la costa americana.
»Martes 9 (por Mr. Ainsworth).- A la 1 p. m. Estamos a la vista de la costa baja de
Carolina del Sur. El gran problema ha quedado resuelto. ¡Hemos cruzado el Atlántico…
cómoda y fácilmente, en globo! ¡Alabado sea Dios! ¿Quién dirá desde hoy que hay algo
imposible?»
Así termina el diario de navegación. Mr. Ainsworth, empero, agregó algunos detalles
en su conversación con Mr. Forsyth. El tiempo estaba absolutamente calmo cuando los
viajeros avistaron la costa, que fue inmediatamente reconocida por los dos marinos y por
Mr. Osborne. Como este último tenía amigos en el fuerte Moultrie, se resolvió descender en
las inmediaciones. Hízose llegar el globo hasta la altura de la playa (pues había marea baja,
y la arena tan lisa como dura se adaptaba admirablemente para un descenso) y se soltó el
ancla, que no tardó en quedar firmemente enganchada. Como es natural, los habitantes de la
isla y los del fuerte se precipitaron para contemplar el globo, pero costó muchísimo trabajo
convencerlos de que los viajeros venían… del otro lado del Atlántico. El ancla se hincó en
tierra exactamente a las 2 p. m., y el viaje quedó completado en setenta y cinco horas, o
quizá menos, contando de costa a costa. No ocurrió ningún accidente serio durante la
travesía, ni se corrió peligro alguno. El globo fue desinflado sin dificultades. En momentos
en que la crónica de la cual extraemos esta narración era despachada desde Charleston, los
viajeros se hallaban todavía en el fuerte Moultrie. No se sabe cuáles son sus intenciones
futuras, pero prometemos a nuestros lectores nuevas informaciones, ya sea el lunes o, a más
tardar, el martes.
Estamos en presencia de la empresa más extraordinaria, interesante y trascendental
jamás cumplida o intentada por el hombre. Vano sería tratar de deducir en este momento las
magníficas consecuencias que de ella pueden derivarse.
Conversación con una momia
El symposium de la noche anterior había sido un tanto excesivo para mis nervios. Me
dolía horriblemente la cabeza y me dominaba una invencible modorra. Por ello, en vez de
pasar la velada fuera de casa como me lo había propuesto, se me ocurrió que lo más sensato
era comer un bocado e irme inmediatamente a la cama.
Hablo, claro está, de una cena liviana. Nada me gusta tanto como las tostadas con
queso y cerveza. Más de una libra por vez, sin embargo, no es muy aconsejable en ciertos
casos. En cambio, no hay ninguna oposición que hacer a dos libras. Y, para ser franco,
entre dos y tres no hay más que una unidad de diferencia. Puede ser que esa noche haya
llegado a cuatro. Mi mujer sostiene que comí cinco, aunque con seguridad confundió dos
cosas muy diferentes. Estoy dispuesto a admitir la cantidad abstracta de cinco; pero, en
concreto, se refiere a las botellas de cerveza que las tostadas de queso requieren
imprescindiblemente a modo de condimento.
Habiendo así dado fin a una cena frugal, me puse mi gorro de dormir con intención de
no quitármelo hasta las doce del día siguiente, apoyé la cabeza en la almohada y, ayudado
por una conciencia sin reproches, me sumí en profundo sueño.
Mas, ¿cuándo se vieron cumplidas las esperanzas humanas? Apenas había completado
mi tercer ronquido cuando la campanilla de la puerta se puso a sonar furiosamente, seguida
de unos golpes de llamador que me despertaron al instante. Un minuto después, mientras
estaba frotándome los ojos, entró mi mujer con una carta que me arrojó a la cara y que
procedía de mi viejo amigo el doctor Ponnonner. Decía así:
Deje usted cualquier cosa, querido amigo, apenas reciba esta carta. Venga y agréguese
a nuestro regocijo. Por fin, después de perseverantes gestiones, he obtenido el
consentimiento de los directores del Museo para proceder al examen de la momia. Ya sabe
a cuál me refiero. Tengo permiso para quitarle las vendas y abrirla si así me parece. Sólo
unos pocos amigos estarán presentes… y usted, naturalmente. La momia se halla en mi casa
y empezaremos a desatarla a las once de la noche.
Su amigo, Ponnonner.
Cuando llegué a la firma, me pareció que ya estaba todo lo despierto que puede estarlo
un hombre. Salté de la cama como en éxtasis, derribando cuanto encontraba a mi paso; me
vestí con maravillosa rapidez y corrí a todo lo que daba a casa del doctor.
Encontré allí a un grupo de personas llenas de ansiedad. Me habían estado esperando
con impaciencia. La momia hallábase instalada sobre la mesa del comedor, y apenas hube
entrado comenzó el examen.
Aquella momia era una de las dos traídas pocos años antes por el capitán Arthur
Sabretash, primo de Ponnonner, de una tumba cerca de Eleithias, en las montañas líbicas, a
considerable distancia de Tebas, sobre el Nilo. En aquella región, aunque las grutas son
menos magníficas que las tebanas, presentan mayor interés pues proporcionan muchísimos
datos sobre la vida privada de los egipcios. La cámara de donde había sido extraída nuestra
momia era riquísima en esta clase de datos; sus paredes aparecían íntegramente cubiertas de
frescos y bajorrelieves, mientras que las estatuas, vasos y mosaicos de finísimo diseño
indicaban la fortuna del difunto.
El tesoro había sido depositado en el museo en la misma condición en que lo
encontrara el capitán Sabretash, vale decir que nadie había tocado el ataúd. Durante ocho
años había quedado allí sometido tan sólo a las miradas exteriores del público. Teníamos
ahora, pues, la momia intacta a nuestra disposición; y aquellos que saben cuan raramente
llegan a nuestras playas antigüedades no robadas, comprenderán que no nos faltaban
razones para congratularnos de nuestra buena fortuna.
Acercándome a la mesa, vi una gran caja de casi siete pies de largo, unos tres de ancho
y dos y medio de profundidad. Era oblonga, pero no en forma de ataúd. Supusimos al
comienzo que había sido construida con madera (platanus), pero al cortar un trozo vimos
que se trataba de cartón o, mejor dicho, de papier mâché compuesto de papiro. Aparecía
densamente ornada de pinturas que representaban escenas funerarias y otros temas de
duelo; entre ellos, y ocupando todas las posiciones, veíanse grupos de caracteres
jeroglíficos que sin duda contenían el nombre del difunto. Por fortuna, Mr. Gliddon era de
la partida, y no tuvo dificultad en traducir los signos —simplemente fonéticos— y decirnos
que componían la palabra Allamistakeo74.
Nos costó algún trabajo abrir la caja sin estropearla, pero luego de hacerlo dimos con
una segunda, en forma de ataúd, mucho menor que la primera, aunque en todo sentido
parecida. El hueco entre las dos había sido rellenado con resina, por lo cual los colores de la
caja interna estaban algo borrados.
Al abrirla —cosa que no nos dio ningún trabajo— llegamos a una tercera caja, también
en forma de ataúd, idéntica a la segunda, salvo que era de cedro y emitía aún el peculiar
aroma de esa madera. No había intervalo entre la segunda y la tercera caja, que estaban
sumamente ajustadas.
Abierta esta última, hallamos y extrajimos el cuerpo. Habíamos supuesto que, como de
costumbre, estaría envuelto en vendas o fajas de lino; pero, en su lugar, hallamos una
especie de estuche de papiro cubierto de una capa de yeso toscamente dorada y pintada. Las
pinturas representaban temas correspondientes a los varios deberes del alma y su
presentación ante diferentes deidades, todo ello acompañado de numerosas figuras humanas
idénticas, que probablemente pretendían ser retratos de la persona difunta. Extendida de la
cabeza a los pies aparecía una inscripción en forma de columna, trazada en jeroglíficos
fonéticos, la cual repetía el nombre y títulos del muerto, y los nombres y títulos de sus
parientes.
En el cuello de la momia, que emergía de aquel estuche, había un collar de cuentas
cilíndricas de vidrio y de diversos colores, dispuestas de modo que formaban imágenes de
dioses, el escarabajo sagrado y el globo alado. La cintura estaba ceñida por un cinturón o
collar parecido.
Arrancando el papiro, descubrimos que la carne se hallaba perfectamente conservada y
que no despedía el menor olor. Era de coloración rojiza. La piel aparecía muy seca, lisa y
brillante. Dientes y cabello se hallaban en buen estado. Los ojos (según nos pareció) habían
sido extraídos y reemplazados por otros de vidrio, muy hermosos y de extraordinario
parecido a los naturales, salvo que miraban de una manera demasiado fija. Los dedos y las
uñas habían sido brillantemente dorados.
74 All a mistake, un puro engaño. (N. del T.)
Mr. Gliddon era de opinión que, dada la rojez de la epidermis, el embalsamamiento
debía haberse efectuado con betún; pero, al raspar la superficie con un instrumento de acero
y arrojar al fuego el polvo así obtenido, percibimos el perfume del alcanfor y de otras
gomas aromáticas.
Revisamos cuidadosamente el cadáver, buscando las habituales aberturas por las cuales
se extraían las entrañas, pero, con gran sorpresa, no las descubrimos. Ninguno de nosotros
sabía en aquel momento que con frecuencia suelen encontrarse momias que no han sido
vaciadas. Por lo regular se acostumbraba extraer el cerebro por las fosas nasales y los
intestinos por una incisión del costado; el cuerpo era luego afeitado, lavado y puesto en
salmuera, donde permanecía varias semanas, hasta el momento del embalsamamiento
propiamente dicho.
Como no encontrábamos la menor señal de una abertura, el doctor Ponnonner
preparaba ya sus instrumentos de disección, cuando hice notar que eran más de las dos de la
mañana. Se decidió entonces postergar el examen interno hasta la noche siguiente, y
estábamos a punto de separarnos, cuando alguien sugirió hacer una o dos experiencias con
la pila voltaica.
Si la aplicación de electricidad a una momia cuya antigüedad se remontaba por lo
menos a tres o cuatro mil años no era demasiado sensata, resultaba en cambio lo bastante
original como para que todos aprobáramos la idea. Un décimo en serio y nueve décimos en
broma, preparamos una batería en el consultorio del doctor y trasladamos allí a nuestro
egipcio.
Nos costó muchísimo trabajo poner en descubierto una porción del músculo temporal,
que parecía menos rígidamente pétrea que otras partes del cuerpo; pero, tal como habíamos
anticipado, el músculo no dio la menor muestra de sensibilidad galvánica cuando
establecimos el contacto. Esta primera prueba nos pareció decisiva y, riéndonos de nuestra
insensatez, nos despedíamos hasta la siguiente sesión, cuando mis ojos cayeron
casualmente sobre los de la momia y quedaron clavados por la estupefacción. Me había
bastado una mirada para darme cuenta de que aquellos ojos, que suponíamos de vidrio y
que nos habían llamado la atención por cierta extraña fijeza, se hallaban ahora tan cubiertos
por los párpados que sólo una pequeña porción de la tunica albuginea era visible.
Lanzando un grito, llamé la atención de todos sobre el fenómeno, que no podía ser
puesto en discusión.
No diré que me sentí alarmado, pues en mi caso la palabra no resultaría exacta. Es
probable sin embargo que, de no mediar la cerveza, me hubiera sentido algo nervioso. En
cuanto al resto de los asistentes, no trataron de disimular el espanto que se apoderó de ellos.
Daba lástima contemplar al doctor Ponnonner. Mr. Gliddon, gracias a un procedimiento
inexplicable, había conseguido hacerse invisible. En cuanto a Mr. Silk Buckingham, no
creo que tendrá la audacia de negar que se había metido a gatas debajo de la mesa.
Pasado el primer momento de estupefacción, resolvimos de común acuerdo proseguir la
experiencia. Dirigimos nuestros esfuerzos hacia el dedo gordo del pie derecho. Practicamos
una incisión en la zona exterior del os sesamoideum pollicis pedis, llegando hasta la raíz del
músculo abductor. Luego de reajustar la batería, aplicamos la corriente a los nervios al
descubierto. Entonces, con un movimiento extraordinariamente lleno de vida, la momia
levantó la rodilla derecha hasta ponerla casi en contacto con el abdomen y, estirando la
pierna con inconcebible fuerza, descargó contra el doctor Ponnonner un golpe que tuvo por
efecto hacer salir a dicho caballero como una flecha disparada por una catapulta,
proyectándolo por una ventana a la calle.
Corrimos en masa a recoger los destrozados restos de la víctima, pero tuvimos la
alegría de encontrarla en la escalera, subiendo a toda velocidad, abrasado de fervor
científico, y más que nunca convencido de que debíamos proseguir el experimento sin
desfallecer.
Siguiendo su consejo, decidimos practicar una profunda incisión en la punta de la nariz,
que el doctor sujetó en persona con gran vigor, estableciendo un fortísimo contacto con los
alambres de la pila.
Moral y físicamente, figurativa y literalmente, el efecto producido fue eléctrico. En
primer lugar, el cadáver abrió los ojos y los guiñó repetidamente largo rato, como hace Mr.
Barnes en su pantomima; en segundo, estornudó; en tercero, se sentó; en cuarto, agitó
violentamente el puño en la cara del doctor Ponnonner; en quinto, volviéndose a los señores
Gliddon y Buckingham, les dirigió en perfecto egipcio el siguiente discurso:
—Debo decir, caballeros, que estoy tan sorprendido como mortificado por la conducta
de ustedes. Nada mejor podía esperarse del doctor Ponnonner. Es un pobre estúpido que no
sabe nada de nada. Lo compadezco y lo perdono. Pero usted, Mr. Gliddon… y usted, Silk…
que han viajado y trabajado en Egipto, al punto que podría decirse que ambos han nacido
en nuestra madre tierra… Ustedes, que han residido entre nosotros hasta hablar el egipcio
con la misma perfección que su lengua propia… Ustedes, a quienes había considerado
siempre como los leales amigos de las momias… ¡ah, en verdad esperaba una conducta más
caballeresca de parte de los dos! ¿Qué debo pensar al verlos contemplar impasibles la
forma en que se me trata? ¿Qué debo pensar al descubrir que permiten que tres o cuatro
fulanos me arranquen de mi ataúd y me desnuden en este maldito clima helado? ¿Y cómo
debo interpretar, para decirlo de una vez, que hayan permitido y ayudado a ese miserable
canalla, el doctor Ponnonner, a que me tirara de la nariz?
Nadie dudará, presumo, de que, dadas las circunstancias y el antedicho discurso,
corrimos todos hacia la puerta, nos pusimos histéricos, o nos desmayamos cuan largos
éramos. Cabía esperar una de las tres cosas. Cada una de esas líneas de conducta hubiera
podido ser muy plausiblemente adoptada. Y doy mi palabra de que no alcanzo a explicarme
cómo y por qué no seguimos ninguna de ellas. Quizá haya que buscar la verdadera razón en
el espíritu de nuestro tiempo, que se guía por la ley de los contrarios y la acepta
habitualmente como solución de cualquier cosa por vía de paradoja e imposibilidad. Puede
ser, asimismo, que el aire tan natural y corriente de la momia privara a sus palabras de todo
efecto aterrador. De todos modos, los hechos son como los he contado, y ninguno de
nosotros demostró espanto especial, ni pareció considerar que lo que sucedía fuese algo
fuera de lo normal.
Por mi parte me sentía convencido de que todo estaba en orden, y me limité a correrme
a un costado, lejos del alcance de los puños del egipcio. El doctor Ponnonner se metió las
manos en los bolsillos del pantalón, miró con fijeza a la momia y se puso
extraordinariamente rojo. Mr. Gliddon se acarició las patillas y se ajustó el cuello. Mr.
Buckingham bajó la cabeza y se metió el dedo pulgar derecho en el ángulo izquierdo de la
boca.
El egipcio lo miró severamente durante largo rato, tras lo cual hizo un gesto despectivo
y le dijo:
—¿Por qué no me contesta, Mr. Buckingham? ¿Ha oído o no lo que acabo de
preguntarle? ¡Sáquese ese dedo de la boca!
Mr. Buckingham se sobresaltó ligeramente, quitóse el pulgar derecho del lado
izquierdo de la boca y, por vía de compensación, insertó el pulgar izquierdo en el ángulo
derecho de la abertura antes mencionada.
Al no recibir respuesta de Mr. Buckingham, la momia se volvió malhumorada a Mr.
Gliddon y, con tono perentorio, le preguntó qué diablos pretendíamos todos.
Mr. Gliddon le contestó detalladamente en idioma fonético; y si no fuera por la
carencia de caracteres jeroglíficos en las imprentas norteamericanas, me hubiese encantado
reproducir aquí su excelentísimo discurso en la forma original.
Aprovecharé la ocasión para hacer notar que la conversación con la momia se
desarrolló en egipcio antiguo; tanto yo como los otros miembros no eruditos del grupo
contamos con los señores Gliddon y Buckingham como intérpretes. Estos caballeros
hablaban la lengua materna de la momia con inimitable fluidez y gracia; pero no pude dejar
de observar que (a causa, sin duda, de la introducción de imágenes modernas, vale decir
absolutamente novedosas para el egipcio) ambos eruditos se veían obligados en ocasiones a
emplear formas concretas para explicar determinadas cosas. Mr. Gliddon, por ejemplo, no
pudo hacer comprender en cierto momento al egipcio la palabra «política» hasta que no
hubo dibujado en la pared, con un carbón, un diminuto caballero de nariz llena de verrugas,
con los codos rotos, subido a una tribuna, la pierna izquierda echada hacia atrás, el brazo
derecho tendido hacia adelante, cerrado el puño y los ojos vueltos hacia el cielo, mientras la
boca se abría en un ángulo de noventa grados. Del mismo modo, Mr. Buckingham no
consiguió hacerle entender la noción absolutamente moderna de whig hasta que el doctor
Ponnonner le sugirió el medio adecuado; nuestro amigo se puso sumamente pálido, pero
consintió en quitarse la peluca75.
Se comprenderá fácilmente que el discurso de Mr. Gliddon versó principalmente sobre
los grandes beneficios que el desempaquetamiento y destripamiento de las momias había
proporcionado a la ciencia, aprovechando esto para excusarnos de todos los inconvenientes
que pudiéramos haber causado en especial a la momia llamada Allamistakeo; concluyó
sugiriendo finamente (pues apenas era una insinuación) que, una vez explicadas estas cosas,
muy bien podíamos continuar con el examen proyectado.
Al oír esto, el doctor Ponnonner se puso a preparar sus instrumentos.
Pero parece ser que Allamistakeo tenía ciertos escrúpulos de conciencia —cuya
naturaleza no pude llegar a comprender— con respecto a la sugestión del orador. Mostróse,
sin embargo, satisfecho de las excusas ofrecidas y, bajándose de la mesa, estrechó las
manos de todos los presentes.
Terminada esta ceremonia, nos ocupamos inmediatamente de reparar los daños que el
bisturí había ocasionado en nuestro sujeto. Le cosimos la herida de la frente, le vendamos el
pie y le aplicamos una pulgada cuadrada de esparadrapo negro en la punta de la nariz.
Notóse entonces que el conde (tal parecía ser el título de Allamistakeo) temblaba
ligeramente, sin duda a causa del frío. El doctor se trasladó al punto a su guardarropa,
volviendo con una magnífica chaqueta negra, admirablemente cortada por Jennings; un par
de pantalones de tartán celeste con trabillas, una camisa de guinga color rosa, un chaleco de
brocado, un abrigo corto blanco, un bastón con puño, un sombrero sin alas, botas de charol,
guantes de cabritilla de color paja, un monóculo, un par de patillas y una corbata del
modelo en cascada. Dada la disparidad de tamaño entre el conde y el doctor (que se
hallaban en proporción de dos a uno), tuvimos alguna dificultad para disponer aquellas
prendas en la persona del egipcio; pero, una vez vestido, hubiera podido decirse que lo
75 Poe hace un juego de palabras con wig, peluca., y whig, partido político norteamericano formado hacia
1834. (N. del T.)
estaba de verdad. Mr. Gliddon le dio entonces el brazo y lo llevó hasta un confortable sillón
junto al fuego, mientras el doctor llamaba y pedía cigarros y vino.
La conversación no tardó en animarse. Como es natural, nos sentíamos muy curiosos
ante el hecho bastante notable de que Allamistakeo siguiera todavía vivo.
—Hubiera pensado —expresó Mr. Buckingham— que estaba usted muerto desde hacía
mucho.
—¡Cómo! —replicó el conde, profundamente sorprendido—. ¡Si apenas he pasado los
setecientos años! Mi padre vivió mil y no estaba en absoluto chocho cuando murió.
Siguieron a esto una serie de preguntas y cálculos, tras de los cuales fue evidente que la
antigüedad de la momia había sido muy groseramente estimada. Hacía cinco mil cincuenta
años, con algunos meses, que le habían depositado en las catacumbas de Eleithias.
—Mi observación, empero —continuó Mr. Buckingham—, no se refería a la edad de
usted en el momento de su entierro (ya que no tengo inconveniente en reconocer que es
usted un hombre joven), sino a la inmensidad de tiempo que llevaba, según su propio
testimonio, envuelto en betún.
—¿En qué? —dijo el conde.
—En betún —persistió Mr. Buckingham.
—¡Ah, sí, creo entender! El betún podía servir, en efecto; pero en mi tiempo se
empleaba casi exclusivamente el bicloruro de mercurio.
—Lo que nos resulta particularmente difícil de comprender —dijo el doctor
Ponnonner— es cómo, después de morir y ser enterrado en Egipto hace cinco mil años, se
encuentra usted hoy lleno de vida y con aire tan saludable.
—Si hubiese estado muerto, como dice usted —replicó el conde—, lo más probable es
que continuara estándolo; pero veo que se hallan ustedes en la infancia del galvanismo y no
son capaces de llevar a cabo lo que en nuestros antiguos tiempos era práctica corriente. Por
mi parte, caí en estado de catalepsia y mis mejores amigos consideraron que estaba muerto
o que debía estarlo; me embalsamaron, pues, inmediatamente, pero… supongo que están
ustedes al tanto del principio fundamental del embalsamamiento.
—¡De ninguna manera!
—¡Ah, ya veo! ¡Triste ignorancia, en verdad! Pues bien, no entraré en detalles, pero
debo decir que en Egipto el embalsamamiento propiamente dicho consistía en la suspensión
indefinida de todas las funciones animales sometidas al proceso. Empleo el término
«animal» en su sentido más amplio, incluyendo no sólo el ser físico, sino el moral y el vital.
Repito que el principio básico consistía entre nosotros en suspender y mantener latentes
todas las funciones animales sometidas al proceso de embalsamamiento. O sea, que, en
resumen, cualquiera fuese la condición en que se encontraba el sujeto en el momento de ser
embalsamado, así continuaba por siempre. Pues bien, como afortunadamente soy de la
sangre del Escarabajo, fui embalsamado vivo, tal como me ven ustedes ahora.
—¡La sangre del Escarabajo! —exclamó el doctor Ponnonner.
—Sí. El Escarabajo era el emblema, las «armas» de una distinguidísima familia patricia
muy poco numerosa. Ser «de la sangre del Escarabajo» significa sencillamente pertenecer a
dicha familia cuyo emblema era el Escarabajo. Hablo figurativamente.
—Pero, ¿qué tiene eso que ver con que esté usted vivo?
—Pues bien, la costumbre general en Egipto consiste en extraer el cerebro y las
entrañas del cadáver antes de embalsamarlo; tan sólo la raza de los Escarabajos se eximía
de esa práctica. De no haber sido yo un Escarabajo, me hubiera quedado sin cerebro y sin
entrañas; no resulta cómodo vivir sin ellos.
—Ya veo —dijo Mr. Buckingham—, y presumo que todas las momias que nos han
llegado enteras son de la raza del Escarabajo.
—Sin la menor duda.
—Yo había pensado —dijo tímidamente Mr. Gliddon— que el Escarabajo era uno de
los dioses egipcios.
—¿Uno de los qué egipcios? —gritó la momia, poniéndose de pie.
—Uno de los dioses —repitió el erudito.
—Mr. Gliddon, estoy estupefacto al oírle hablar de esa manera —dijo el conde,
volviendo a sentarse—. Ninguna nación de este mundo ha reconocido nunca más de un
dios. El Escarabajo, el Ibis etc., eran para nosotros los símbolos (como seres semejantes lo
fueron para otros), los intermediarios a través de los cuales adorábamos a un Creador
demasiado augusto para dirigirnos a él directamente.
Hubo una pausa. La conversación fue reanudada por el doctor Ponnonner.
—A juzgar por lo que nos ha explicado usted —dijo—, no sería improbable que en las
catacumbas próximas al Nilo haya otras momias de la raza de los Escarabajos e igualmente
vivas.
—Sin la menor duda —replicó el conde—. Todos los Escarabajos embalsamados vivos
por accidente siguen estando vivos. Incluso algunos de aquéllos, embalsamados
expresamente, pueden haber sido olvidados por sus ejecutores testamentarios y, sin duda,
continúan en sus tumbas.
—¿Sería usted tan amable de explicarnos —pregunté— qué entiende por embalsamar
«expresamente»?
—Con mucho gusto —repuso la momia, luego de mirarme atentamente a través del
monóculo, pues era la primera vez que me atrevía a hacerle una pregunta directa.
—Con mucho gusto —repitió—. La duración usual de la vida humana en mi tiempo era
de unos ochocientos años. Pocos hombres morían, a menos de sobrevenirles algún
accidente extraordinario, antes de los seiscientos; pero la cifra anterior era considerada
como el término natural. Luego de descubierto el principio del embalsamamiento, tal como
lo he explicado antes, nuestros filósofos pensaron que sería posible satisfacer una muy
laudable curiosidad, y a la vez contribuir grandemente a los intereses de la ciencia, si ese
término natural era vivido en varias etapas. En el caso de la historia, sobre todo, la
experiencia había demostrado que algo así resultaba indispensable. Un historiador, por
ejemplo, llegado a la edad de quinientos años, escribía un libro con muchísimo celo, y
luego se hacía embalsamar cuidadosamente, dejando instrucciones a sus albaceas pro
tempore, para que lo resucitaran transcurrido un cierto período —digamos quinientos o
seiscientos años—. Al reanudar su vida, el sabio descubría invariablemente que su gran
obra se había convertido en una especie de libreta de notas reunidas al azar, algo así como
una palestra literaria de todas las conjeturas antagónicas, los enigmas y las pendencias
personales de un ejército de exasperados comentadores. Aquellas conjeturas, etc., que
recibían el nombre de notas o enmiendas, habían tapado, deformado y agobiado de tal
manera el texto, que el autor se veía precisado a encender una linterna para buscar su
propio libro. Una vez descubierto, no compensaba nunca el trabajo de haberlo buscado.
Luego de escribirlo íntegramente de nuevo, el historiador consideraba su deber ponerse a
corregir de inmediato, con su conocimiento y experiencias personales, las tradiciones
corrientes sobre la época en que había vivido anteriormente. Y así, ese proceso de nueva
redacción y de rectificación personal, cumplido de tiempo en tiempo por diversos sabios,
impedía que nuestra historia se convirtiera en una pura fábula.
—Perdóneme usted —dijo en este punto el doctor Ponnonner, apoyando suavemente la
mano sobre el brazo del egipcio—. Perdóneme usted, señor, pero… ¿puedo interrumpirlo un
instante?
—Ciertamente, señor —replicó el conde.
—Tan sólo una pregunta —continuó el doctor—. Mencionó usted las correcciones
personales del historiador a las tradiciones referentes a su propio tiempo. Dígame usted:
¿qué proporción de dichas tradiciones eran verdaderas?
—Pues bien, señor mío, los historiadores descubrían que las tales tradiciones se
encontraban absolutamente a la par de las historias mismas antes de ser reescritas; vale
decir que en ellas no había jamás, y bajo ninguna circunstancia, la menor palabra que no
fuera total y radicalmente falsa.
—De todas maneras —insistió el doctor—, puesto que sabemos que han pasado por lo
menos cinco mil años desde su entierro, doy por descontado que las historias de aquel
período, si no las tradiciones, eran suficientemente explícitas sobre el tema de mayor
interés universal, o sea la Creación, que, como bien sabe usted, se produjo hace tan sólo
diez siglos.
—¡Caballero! —exclamó el conde Allamistakeo.
El doctor repitió sus palabras, pero sólo logró que el egipcio las comprendiera después
de muchas explicaciones adicionales. Entonces, no sin vacilar, dijo este último:
—Confieso que las ideas que acaba de sugerirme me resultan completamente nuevas.
En mis tiempos jamás supe que alguien abrigara la singular fantasía de que el universo (o
este mundo, si lo profiere) hubiera tenido jamás un principio. Sólo recuerdo que una vez —
una vez tan sólo— escuché de un hombre de grandes conocimientos cierta remota
insinuación acerca del origen de la raza humana, y esa misma persona empleó la palabra
Adán (o sea tierra roja) que acaba de emplear usted. Pero él lo hizo en un sentido muy
amplio, refiriéndose a la generación espontánea de cinco vastas hordas humanas salidas del
limo (como nacen miles de otros organismos inferiores), y que surgieron simultáneamente
en cinco partes distintas y casi iguales del globo.
Al oír esto nos miramos, encogiéndonos de hombros, y uno o dos se llevaron un dedo a
la sien con aire significativo. Entonces Mr. Silk Buckingham, luego de echar una ojeada al
occipucio y a la coronilla de Allamistakeo, habló como sigue:
—La larga duración de la vida en sus tiempos, así como la costumbre ocasional de
pasarla en distintas etapas según nos ha explicado usted, debe haber contribuido
profundamente al desarrollo y a la acumulación general del saber. Presumo, pues, que la
marcada inferioridad de los egipcios antiguos en materias científicas, si se los compara con
los modernos, y más especialmente con los yanquis, nace de la mayor dureza del cráneo
egipcio.
—Debo confesar nuevamente —repuso el conde con mucha gentileza— que me cuesta
un tanto comprenderle. ¿A qué materias científicas se refiere, por favor?
Uniendo nuestras voces, le dimos entonces toda clase de detalles sobre las teorías
frenológicas y las maravillas del magnetismo animal.
Luego de escucharnos hasta el fin, el conde se puso a narrarnos algunas anécdotas que
demostraron claramente cómo los prototipos de Gall y de Spurzheim habían florecido en
Egipto en tiempos tan remotos como para que su recuerdo se hubiese perdido; así como que
los procedimientos de Mesmer eran despreciables triquiñuelas comparados con los
verdaderos milagros de los sabios de Tebas, capaces de crear piojos y muchos otros seres
similares.
Pregunté al conde si su pueblo sabía calcular los eclipses. Sonrió un tanto
desdeñosamente y me contesto que sí.
Esto me desconcertó algo, pero seguí haciéndole preguntas sobre sus conocimientos
astronómicos hasta que uno de los presentes, que hasta entonces no había abierto la boca,
me susurró al oído que para esa clase de informaciones haría mejor en consultar a Ptolomeo
(sin explicarme quién era), así como a un tal Plutarco, en su De facie lunoe.
Interrogué entonces a la momia acerca de espejos ustorios y lentes, y de manera general
sobre la fabricación del vidrio; pero, apenas había formulado mis preguntas, cuando el
contertulio silencioso me apretó suavemente el codo, pidiéndome en nombre de Dios que
echara un vistazo a Diodoro de Sicilia. En cuanto al conde, se limitó a preguntarme, a modo
de respuesta, si los modernos poseíamos microscopios que nos permitieran tallar camafeos
en el estilo de los egipcios.
Mientras pensaba cómo responder a esta pregunta, el pequeño doctor Ponnonner se
puso en descubierto de la manera más extraordinaria.
—¡Vaya usted a ver nuestra arquitectura! —exclamó, con enorme indignación por parte
de los dos egiptólogos, quienes lo pellizcaban fuertemente sin conseguir que se callara.
—¡Vaya a ver la fuente del Bowling Green, de Nueva York! —gritaba entusiasmado—.
¡O, si le resulta demasiado difícil de contemplar, eche una ojeada al Capitolio de
Washington!
Y nuestro excelente y diminuto médico siguió detallando minuciosamente las
proporciones del edificio del Capitolio. Explicó que tan sólo el pórtico se hallaba adornado
con no menos de veinticuatro columnas, las cuales tenían cinco pies de diámetro y estaban
situadas a diez pies una de otra.
El conde dijo que lamentaba no recordar en ese momento las dimensiones exactas de
cualquiera de los principales edificios de la ciudad de Aznac, cuyos cimientos habían sido
puestos en la noche de los tiempos, pero cuyas ruinas seguían aún en pie en la época de su
entierro, en un desierto al oeste de Tebas. Recordaba empero (ya que de pórtico se trataba)
que uno de ellos, perteneciente a un palacio secundario en un suburbio llamado Karnak,
tenía ciento cuarenta y cuatro columnas de treinta y siete pies de circunferencia, colocadas
a veinticinco pies una de otra. A este pórtico se llegaba desde el Nilo por una avenida de
dos millas de largo, compuesta por esfinges, estatuas y obeliscos, de veinte, sesenta y cien
pies de altura. El palacio, hasta donde alcanzaba a recordar, tenía dos millas de largo, y su
circuito total debía alcanzar las siete millas. Las paredes estaban ricamente pintadas con
jeroglíficos en el interior y exterior. El conde no pretendía afirmar que dentro del área del
palacio hubieran podido construirse unos cincuenta o sesenta Capitolios como el del doctor,
pero, aun sin estar completamente seguro, pensaba que, con algún esfuerzo, se hubieran
podido meter doscientos o trescientos. Claro que, después de todo, el palacio de Karnak era
bastante insignificante. De todas maneras el conde no podía negarse conscientemente a
admitir el ingenio, la magnificencia y la superioridad de la fuente del Bowling Green, tal
como la había descrito el doctor. Se veía forzado a reconocer que en Egipto jamás se había
visto una cosa semejante.
Pregunté entonces al conde qué opinaba de nuestros ferrocarriles
Contestó que no opinaba nada en especial. Los ferrocarriles eran un tanto débiles, mal
concebidos y torpemente realizados. Por supuesto que no se los podía comparar con las
enormes calzadas, perfectamente lisas, directas y con vías de hierro, sobre las cuales los
egipcios transportaban templos enteros y sólidos obeliscos de ciento cincuenta pies de
altura.
Aludí a nuestras gigantescas fuerzas mecánicas.
Convino en que algo sabíamos de esas cosas, pero me preguntó cómo me las habría
arreglado para colocar las impostas de los dinteles, aun en un templo tan pequeño como el
de Karnak.
Decidí no escuchar esta pregunta, y quise saber si tenía alguna idea sobre los pozos
artesianos. El conde se limitó a levantar las cejas, mientras Mr. Gliddon me guiñaba con
violencia el ojo y me decía en voz baja que los ingenieros encargados de las perforaciones
en el Gran Oasis acababan de descubrir uno hacía muy poco.
Mencioné entonces nuestro acero, pero el egipcio levantó desdeñosamente la nariz y
me preguntó si nuestro acero habría podido ejecutar los profundos relieves que se ven en
los obeliscos y que se ejecutaban con la sola ayuda de instrumentos de cobre.
Esto nos desconcertó tanto que juzgamos prudente trasladar la ofensiva al campo
metafísico. Mandamos buscar un ejemplar de un libro llamado The Dial, y le leímos en alta
voz uno o dos capítulos acerca de algo no muy claro, pero que los bostonianos
denominaban el Gran Movimiento del Progreso.
El conde se limitó a decir que los Grandes Movimientos eran cosas tristemente
vulgares en sus días; en cuanto al Progreso, en cierta época había sido una verdadera
calamidad, pero nunca llegó a progresar.
Hablamos entonces de la belleza e importancia de la democracia, y tuvimos gran
trabajo para hacer entender debidamente al conde las ventajas de que gozábamos viviendo
allí donde existía el sufragio ad libitum, y no había ningún rey.
Nos escuchó muy interesado y, en realidad, me dio la impresión de que se divertía
muchísimo. Cuando hubimos terminado, nos hizo saber que, mucho tiempo atrás, había
ocurrido entre ellos algo parecido. Trece provincias egipcias decidieron ser libres y dar un
magnífico ejemplo al resto de la humanidad. Sus sabios se reunieron y confeccionaron la
más ingeniosa constitución que pueda concebirse. Durante un tiempo se las arreglaron
notablemente bien, sólo que su tendencia a la fanfarronería era prodigiosa. La cosa terminó,
empero, el día en que los quince Estados, a quienes se agregaron otros quince o veinte, se
consolidaron creando el más odioso e insoportable despotismo que jamás se haya visto en
la superficie de la tierra.
Pregunté el nombre del tirano usurpador.
El conde creía recordar que se llamaba Populacho.
No sabiendo qué decir a esto, alcé mi voz para deplorar la ignorancia de los egipcios
sobre el vapor.
El conde me miró lleno de asombro, pero no dijo nada. En cambio el contertulio
silencioso me dio fuertemente en las costillas con el codo, diciéndome que bastante había
hecho ya el ridículo, y preguntándome si realmente era tan tonto como para no saber que la
moderna máquina de vapor deriva de la invención de Hero, pasando por Salomón de Caus.
Nos hallábamos en grave peligro de ser derrotados. Pero, entonces, para nuestra buena
suerte, el doctor Ponnonner acudió a socorrernos e inquirió si el pueblo egipcio pretendía
rivalizar seriamente con los modernos en la importantísima cuestión del vestido.
El conde, al oír esto, miró las trabillas de sus pantalones y, tomando luego uno de los
faldones de su chaqueta, se lo acercó a los ojos durante largo rato. Por fin lo dejó caer,
mientras su boca se iba extendiendo gradualmente de oreja a oreja; pero no recuerdo que
dijese nada a manera de contestación.
Recobramos así nuestro ánimo, y el doctor, acercándose con gran dignidad a la momia,
le pidió que declarara francamente, por su honor de caballero, si alguna vez los egipcios
habían sido capaces de comprender la fabricación de las pastillas de Ponnonner o de las
píldoras de Brandeth.
Esperamos ansiosamente una respuesta, pero en vano. La respuesta no llegaba. El
egipcio se sonrojó y bajó la cabeza. Jamás se vio triunfo más completo; jamás una derrota
fue sobrellevada con tan poca gracia. Realmente me resultaba insoportable el espectáculo
de la mortificación de la pobre momia. Busqué mi sombrero, me incliné secamente y salí.
Al llegar a casa vi que eran las cuatro pasadas, y me metí inmediatamente en cama. Son
ahora las diez de la mañana. Desde las siete estoy levantado, redactando esta crónica para
beneficio de mi familia y de la humanidad. A la primera no volveré a verla. Mi mujer es
una arpía. Diré la verdad: estoy amargamente cansado de esta vida y del siglo XIX en
general. Me siento convencido de que todo va mal. Además tengo gran ansiedad por saber
quién será Presidente en 2045. Por eso, tan pronto me haya afeitado y bebido una taza de
café, volveré a casa de Ponnonner y me haré embalsamar por un par de cientos de años.
Mellonta tauta
Al director del Lady’s Book:
Tengo el honor de enviarle para su revista un artículo que
espero sea usted capaz de comprender más claramente que yo. Es
una traducción hecha por mi amigo Martin Van Buren Navis
(llamado «El brujo de Poughkeepsie») de un manuscrito de extraña
apariencia que encontré hace aproximadamente un año dentro de
un porrón tapado, flotando en el Mare Tenebrarum —mar bien
descrito por el geógrafo nubio, pero rara vez visitado en nuestros
días, salvo por los trascendentalistas y los buscadores de
extravagancias. Suyo,
EDGAR A. POE
A bordo del globo Skylark, 1. ° de abril de 2848
Ahora, mi querido amigo, por sus pecados tendrá que soportar le inflija una larga carta
chismosa. Le digo claramente que voy a castigarlo por todas sus impertinencias y que seré
tan tediosa, tan discursiva, tan incoherente y tan insatisfactoria como pueda. Además, aquí
estoy, enjaulada en un sucio globo, con cien o doscientos miembros de la canaille,
realizando una excursión de placer (¡qué idea divertida tiene alguna gente del placer!), y
sin perspectiva de tocar tierra firme durante un mes por lo menos. Nadie con quien hablar.
Nada que hacer. Cuando una no tiene nada que hacer, ha llegado el momento de escribir a
los amigos. Comprende usted, entonces, por qué le escribo esta carta: a causa de mi ennui y
de sus pecados.
Prepare sus lentes y dispóngase a aburrirse. Pienso escribirle todos los días durante este
odioso viaje.
¡Ay! ¿Cuándo visitará el pericráneo humano alguna Invención? ¿Estamos condenados
para siempre a los mil inconvenientes del globo? ¿Nadie ideará un modo más rápido de
transporte? Este trote lento es, en mi opinión, poco menos que una verdadera tortura.
¡Palabra, no hemos hecho más de cien millas desde que partimos! Los mismos pájaros nos
dejan atrás, por lo menos algunos de ellos. Le aseguro que no exagero nada. Nuestro
movimiento, sin duda, parece más lento de lo que realmente es, por no tener objetos de
referencia para calcular nuestra velocidad, y porque vamos a favor del viento.
Indudablemente, cuando encontramos otro globo tenemos una posibilidad de advertir cuan
rápido volamos, y entonces, lo admito, las cosas no parecen tan mal. Acostumbrada como
estoy a este modo de viajar, no puedo evitar una especie de vértigo cuando un globo pasa
en una corriente situada directamente encima de la nuestra. Siempre me parece un inmenso
pájaro de presa a punto de caer sobre nosotros y de llevarnos en sus garras. Esta mañana
pasó uno, a la salida del sol, y tan cerca que su cuerda-guía rozó la red que sujeta la
barquilla, causándonos seria aprensión. Nuestro capitán dijo que, si el material del globo
hubiera sido la mala «seda» barnizada de quinientos o mil años atrás, hubiéramos sufrido
perjuicios inevitables. Esa seda, como me lo explicó, era un tejido hecho con las entrañas
de una especie de gusano de tierra. El gusano era cuidadosamente alimentado con moras —
una fruta semejante a la sandía— y, cuando estaba suficientemente gordo, lo aplastaban en
un molino. La pasta así obtenida recibía el nombre de papiro en su primer estado, y sufría
variedad de procesos hasta convertirse finalmente en «seda». ¡Cosa singular, fue en un
tiempo muy admirada como artículo de vestimenta femenina! Los globos también se
construían por lo general con seda. Una clase mejor de material, según parece, se halló
luego en el plumón que rodea las cápsulas de las semillas de una planta vulgarmente
llamada euphorbium, pero que en aquella época la botánica denominaba vencetósigo. Esta
última clase de seda recibía el nombre de seda-buckingham76, a causa de su duración
superior, y por lo general se la preparaba para el uso barnizándola con una solución de
caucho, sustancia que en algunos aspectos debe de haberse asemejado a la gutapercha,
ahora de uso común. Este caucho merecía en ocasiones el nombre de goma de la India o
goma de whist77, y se trataba, sin duda, de uno de los numerosos hongos existentes. No me
dirá usted otra vez que en el fondo no soy una verdadera arqueóloga.
Hablando de cuerdas-guías, parece que la nuestra acaba de hacer caer al agua a un
hombre que viajaba en una de las pequeñas embarcaciones propulsadas magnéticamente
que surcan como enjambres el océano a nuestros pies; se trata de un barco de unas seis mil
toneladas y, a lo que parece, vergonzosamente sobrecargado. No debería permitirse a esas
diminutas embarcaciones que llevaran más de un número fijo de pasajeros. Como es
natural, no se permitió al hombre que volviera a bordo y muy pronto él y su salvavidas se
perdieron de vista. Me alegra, querido amigo, vivir en una edad demasiado ilustrada para
suponer que cosas tales como los meros individuos puedan existir. La verdadera
Humanidad sólo se preocupa por la masa. Y ya que estamos hablando de la humanidad,
¿sabía usted que nuestro inmortal Wiggins no es tan original en su concepción de las
condiciones sociales y otros puntos análogos, como sus contemporáneos parecen suponer?
Pundit me asegura que las mismas ideas fueron formuladas casi de la misma manera, hace
unos mil años, por un filósofo irlandés llamado Peletero, a causa de que tenía un negocio al
menudeo para la venta de pieles de gato y otros animales78. Pundit sabe, como no lo ignora
usted, y no es posible que se engañe. ¡Cuan admirablemente vemos verificada diariamente
la profunda observación del hindú Aries Tottle, según la cita Pundit! «Cabe así sostener que
no una, o dos, o pocas veces, sino repetidas casi hasta el infinito, las mismas opiniones
giran en círculo entre los hombres»79.
2 de abril.- Nos pusimos hoy al habla con el cúter magnético que se halla a cargo de la
sección central de los alambres telegráficos flotantes. Me entero de que cuando este
dispositivo telegráfico fue puesto en funcionamiento por Horse80, se consideraba
absolutamente imposible llevar los alambres a través del mar, pero ahora lo imposible es
comprender cuál era la dificultad. Así cambia el mundo. Tempora mutantur… excúseme por
citar en etrusco. ¿Qué haríamos sin el telégrafo atalántico? (Pundit dice que antes se
76 Una de las muchas bromas y retruécanos que hacen perder sabor a este relato una vez traducido. Se
alude a James Silk Buckingham (1786-1855), parlamentario inglés que visitó los Estados Unidos y escribió un
libro de impresiones. Silk significa igualmente seda. El nombre de este periodista y escritor aparece en
«Conversación con una momia». (N. del T.)
77 Rubber, caucho, denota asimismo una mano en el juego del whist u otros juegos de cartas. (N. del T.)
78 Furrier, o sea Charles Fourier, que por supuesto no era irlandés (N. del T.)
79 Aries Tottle: Aristóteles. (N. del T.)
80 Morse. (N. del T.)
escribía «Atlántico».) Hicimos alto unos minutos para hablar con los del cúter y, entre otras
gloriosas noticias, nos enteramos de que la guerra civil arde en África, mientras la peste
cumple una magnífica tarea tanto en Uropa como en Hasia. ¿No es sumamente notable que,
antes de que la humanidad iluminara brillantemente la filosofía, el mundo tuviera
costumbre de considerar la guerra y la peste como calamidades? ¿Sabía usted que en los
antiguos templos se elevaban rogativas para que esos males (!) no asolaran a la humanidad?
¿No resulta dificilísimo comprender cuáles eran los principios e intereses que movían a
nuestros antepasados? ¿Estaban tan ciegos como para no percibir que la destrucción de una
miríada de individuos representaba una ventaja positiva para la masa?
3 de abril.- Resulta realmente muy divertido subir por la escala de cuerda que lleva a lo
alto de la esfera del globo y contemplar desde allí el mundo que nos rodea. Desde la
barquilla, como bien sabe usted, el panorama no es tan amplio, pues poco se alcanza a ver
verticalmente. Pero sentada aquí (desde donde le escribo), en la piazza abierta, lujosamente
cubierta de almohadones, de lo alto del globo, se puede ver todo lo que ocurre en cualquier
dirección. En este momento diviso una verdadera muchedumbre de globos, que presentan
un aspecto sumamente animado, mientras el aire resuena con el zumbido de millones de
voces humanas. He oído decir que cuando Amarillo (o como Pundit afirma, Violeta81), que,
según parece, fue el primer aeronauta, sostenía la posibilidad de atravesar la atmósfera en
todas direcciones, ascendiendo o descendiendo hasta encontrar una corriente favorable, sus
contemporáneos apenas le prestaban atención, creyéndole una especie de loco ingenioso, y
todo ello porque los filósofos (!) del momento declaraban que la cosa era imposible. ¡Ah,
me resulta completamente inexplicable cómo una cosa tan factible pudo escapar a la
sagacidad de los antiguos savants! Pero en todas las edades, los mayores obstáculos al
progreso en las artes han sido creados por los así llamados hombres de ciencia.
Ciertamente, nuestros hombres de ciencia no son tan intolerantes como los de antaño…
Pero tengo algo muy raro que decirle al respecto. ¿Sabía usted que apenas han pasado mil
años desde que los metafísicos consintieron en desengañar a la gente de la singular fantasía
de que sólo existían dos caminos posibles para llegar a la verdad? ¡Créalo, si le es posible!
Parece ser que hace mucho, muchísimo, en la noche de los tiempos, vivió un filósofo turco
(o más posiblemente hindú) llamado Aries Tottle. Esta persona introdujo, o al menos
propagó lo que se dio en llamar el método de investigación deductivo o a priori. Comenzó
postulando los axiomas o «verdades evidentes por sí mismas», y de ahí pasó «lógicamente»
a los resultados. Sus discípulos más notables fueron un tal Neuclides y un tal Cant. Pues
bien, Aries Tottle se mantuvo inexpugnable hasta la llegada de un tal Hog, apodado «el
pastor de Ettrick»82, que predicó un sistema por completo diferente, que llamó inductivo o a
posteriori. Su teoría lo remitía todo a la sensación. Hog procedía a observar, analizar y
clasificar los hechos —instantioe naturoe, como se les llamaba afectadamente— en leyes
generales. En una palabra, el método de Aries Tottle se basaba en noumena, y el de Hog, en
phenomena. Pues bien, tan grande admiración despertaba este último sistema que Aries
Tottle quedó inmediatamente desacreditado. Más tarde recobró terreno y se le permitió
compartir el reino de la Verdad con su más moderno rival. Los savants sostuvieron que las
vías aristotélicas y baconianas eran los únicos caminos posibles del conocimiento. Como
81 Pero más probablemente «Verde», o sea Charles Green, a quien Poe cita otra vez en «El camelo del
globo». (N. del T.)
82 Hog, cerdo, alude a Bacon (bacati, tocino). «El pastor de Ettrick», que la corresponsal menciona por
puro disparate, era un poetastro llamado James Hogg —de ahí la confusión—, que gozó de mucha fama en
Inglaterra (1770-1835). (N. del T.)
usted sabe, «baconiano» es un adjetivo inventado para reemplazar a «hogiano», por más
eufónico y digno.
Ahora bien, querido amigo, le aseguro rotundamente que expongo esta cuestión de la
manera más leal, y basándome en las autoridades más sólidas; fácilmente podrá
comprender, pues, cómo una noción tan absurda debió retrasar el progreso de todo
conocimiento verdadero, que avanza casi invariablemente por saltos intuitivos. La noción
antigua reducía la investigación a un mero reptar; y durante siglos la ciega creencia en Hog
hizo que, por así decirlo, se dejara prácticamente de pensar. Nadie se atrevía a expresar una
verdad cuyo origen sólo debía a su propia alma. Ni siquiera valía que aquella verdad fuese
demostrable, pues los tozudos savants de la época sólo se fijaban en el camino por el cual
se había llegado a ella. No querían mirar los fines. «¡Veamos los medios, los medios!»,
gritaban. Si al investigar los medios se descubría que no encajaban en la categoría Aries (o
sea, Carnero), ni en la categoría Hog (o sea, Cerdo), pues bien, los savants se negaban a
seguir adelante, declaraban que el «teorizador» era un loco y no querían nada con él ni con
su verdad.
Ni siquiera puede sostenerse aquí que, gracias al sistema de reptación, fuera posible
acumular grandes cantidades de verdad a lo largo de los tiempos, pues la represión de la
imaginación era un mal que no se compensaba con ninguna certeza que pudieran dar los
antiguos métodos de investigación. El error de aquellos Alamanes, Francos, Inglis y
Amricanos (estos últimos, dicho sea de paso, fueron nuestros antepasados inmediatos) era
análogo al del sabihondo que se imagina que va a conocer mejor una cosa si la arrima a un
centímetro de los ojos. Aquellas gentes se cegaban a causa de los detalles. Cuando seguían
el camino del Cerdo, sus «hechos» no siempre eran tales, cosa que en sí hubiera tenido poca
importancia de no mediar la circunstancia de que ellos sostenían que sí lo eran, y que
tenían que serlo porque se presentaban como tales. Cuando tomaban el camino del Carnero,
su marcha era apenas tan derecha como los cuernos de un morueco, puesto que jamás
tenían un axioma que verdaderamente lo fuera. Debieron de estar muy ciegos para no verlo,
aun en su época, pues ya entonces gran cantidad de los axiomas «establecidos» habían sido
rechazados. Por ejemplo: Ex nihilo nihil fit, «un cuerpo no puede actuar allí donde no está»,
«no puede haber antípodas», «la oscuridad no puede nacer de la luz»; todas ellas, y una
docena de proposiciones semejantes, admitidas al comienzo como axiomas, eran
consideradas como insostenibles aun en el período del que hablo. ¡Gentes absurdas que
persistían en depositar su fe en los axiomas como bases inmutables de la verdad! Aun si se
los extrae de las obras de sus razonadores más sólidos, es facilísimo demostrar la futileza,
la impalpabilidad de sus axiomas en general. ¿Quién fue el más profundo de sus lógicos?
¡Veamos! Lo mejor será que vaya a preguntarle a Pundit; volveré dentro de un minuto. ¡Ah,
ya lo tengo! He aquí un libro escrito hace casi mil años y recientemente traducido del Inglis
(que, dicho sea de paso, parece haber constituido los rudimentos del Amricano). Pundit
afirma que se trata de la obra antigua más inteligente sobre la lógica. El autor (muy
estimado en su tiempo) era un tal Miller o Mill, y nos enteramos, como detalle de cierta
importancia, que era dueño de un caballo de tahona llamado «Bentham»83. Pero
examinemos el tratado.
¡Ah! «La capacidad o la incapacidad de concebir algo —dice muy atinadamente Mr.
Mill— no debe considerarse en ningún caso como criterio de verdad axiomática.» ¿Qué
moderno que esté en sus cabales osaría discutir este truismo? Lo único que puede
83 Alusiones a John Stuart Mill, (mill, molino) y a Jeremy Bentham. (N. del T.)
asombrarnos es cómo a Mr. Mill se le ocurrió mencionar una cosa tan obvia. Todo esto está
muy bien… pero volvamos la página. ¿Qué encontramos? «Dos cosas contradictorias no
pueden ser ambas verdaderas, vale decir, no pueden coexistir en la naturaleza.» Mr. Mill
quiere decir, por ejemplo, que un árbol tiene que ser un árbol o no serlo, o sea, que no
puede al mismo tiempo ser un árbol y no serlo. De acuerdo; pero yo le pregunto por qué. Y
él me contesta —perfectamente seguro de lo que dice—: «Porque es imposible concebir
que dos cosas contradictorias sean ambas verdaderas». Ahora bien, esto no es una respuesta
aceptable, ya que nuestro autor acaba de admitir como truismo que «la capacidad o la
incapacidad de concebir algo no debe considerarse en ningún caso como criterio de verdad
axiomática».
Pues bien, no me quejo de los antiguos porque su lógica fuera, como ellos mismos lo
demuestran, absolutamente infundada, fantástica y sin el menor valor, sino por su pomposa
e imbécil proscripción de todos los otros caminos de la verdad, de todos los otros medios
para alcanzarla, y su obstinada limitación a los dos absurdos senderos —uno para
arrastrarse y otro para reptar— donde se atrevieron a encerrar el Alma que no quiere otra
cosa que volar.
Dicho sea de paso, querido amigo, ¿no cree usted que nuestros antiguos dogmáticos se
hubieran quedado perplejos si hubieran tenido que determinar por cuál de sus dos caminos
se había logrado la más importante y sublime de todas sus verdades? Aludo a la verdad de
la Gravitación. Newton la debió a Kepler. Kepler admitió que había conjeturado sus tres
leyes, esas tres leyes admirables que llevaron al gran matemático inglis a su principio, esas
leyes que eran la base de todo principio físico y para ir más allá de las cuales tenemos que
penetrar en el reino de la metafísica. Sí, Kepler conjeturó… es decir, imaginó. Era
esencialmente un «teorizador», término hoy sacrosanto y que antes constituía un epíteto
despectivo. Y aquellos viejos topos, ¿no habrían sentido la misma perplejidad si hubiesen
tenido que explicar por cuál de los dos «caminos» descifra un criptógrafo un mensaje en
clave especialmente secreto, y por cuál de los dos caminos encaminó Champollion a la
humanidad hacia esas duraderas e innumerables verdades que se derivaron del
desciframiento de los jeroglíficos?
Una palabra más sobre este tema y habré terminado de aburrirlo. ¿No es extrañísimo
que, con su continuo parloteo sobre los caminos de la verdad, aquellos fanáticos no vieran
el gran camino que nosotros percibimos hoy tan claramente… el camino de la Coherencia?
¡Cuan singular que no hayan sido capaces de deducir de las obras de Dios el hecho vital de
que toda perfecta coherencia debe ser una verdad absoluta! ¡Cuan evidente ha sido nuestro
progreso desde que esta afirmación fue formulada! Las investigaciones fueron arrancadas
de las manos de los topos y confiadas como tarea a los auténticos pensadores, a los
hombres de imaginación ardiente. Estos últimos teorizan. ¿Puede usted imaginar el clamor
de escarnio que hubieran provocado mis palabras en nuestros progenitores si pudieran
inclinarse sobre mi hombro para ver lo que escribo? Estos hombres, repito, teorizan, y sus
teorías son corregidas, reducidas, sistematizadas, eliminando poco a poco sus residuos
incoherentes… hasta que, por fin, se logra una coherencia perfecta; y aun el más estólido
admitirá que, por ser coherentes, son absoluta e incuestionablemente verdaderas.
4 de abril.- El nuevo gas hace maravillas en combinación con el perfeccionamiento de
la gutapercha. ¡Cuan seguros, cómodos, manejables y excelentes son nuestros globos
modernos! He aquí uno inmenso que se nos acerca a una velocidad de por lo menos ciento
cincuenta millas por hora. Parece repleto de pasajeros (quizá haya a bordo trescientos o
cuatrocientos) y, sin embargo, vuela a una milla de altitud, contemplándonos desde lo alto
con soberano desprecio. Empero, cien o aun doscientas millas horarias representan después
de todo una travesía bastante lenta. ¿Recuerda nuestro viaje por tren a través del Kanadaw?
¡Trescientas millas por hora! ¡Eso era viajar! Imposible ver nada… Nuestras únicas
ocupaciones consistían en flirtear y bailar en los magníficos salones. ¿Recuerda qué extraña
sensación se experimentaba cuando, por casualidad, teníamos una visión fugitiva de los
objetos exteriores mientras el tren corría a toda velocidad? Cada cosa parecía única… en
una sola masa. Por mi parte, debo decir que preferiría viajar en el tren lento, el de cien
millas horarias. Había en él ventanillas de cristal y hasta se podía tenerlas abiertas,
alcanzando alguna visión del paisaje. Pundit dice que el camino por donde pasa el gran
ferrocarril del Kanadaw debió haber sido trazado hace aproximadamente novecientos años.
Llega a afirmar que pueden verse huellas del antiguo camino, y que corresponden a ese
antiquísimo período. Parece que los rieles eran solamente dobles; como usted sabe, los
nuestros tienen doce rieles y están en preparación tres o cuatro más. Los antiguos rieles
eran muy livianos y se hallaban tan juntos que, para nuestras nociones modernas, resultaban
tan baladíes como peligrosos. El ancho actual de la trocha —cincuenta pies— se considera
apenas suficientemente seguro… Por mi parte, no dudo de que en tiempos muy remotos
debió existir una vía ferroviaria, como lo asegura Pundit; pues estoy convencidísima de que
hace mucho tiempo, por lo menos siete siglos, el Kanadaw del Norte y el del Sur estuvieron
unidos; ni que decir entonces que los kanawdienses se vieron obligados a tender un gran
ferrocarril a través del continente.
5 de abril.- Me siento casi devorada por el ennui. Pundit es la única persona con quien
se puede hablar a bordo; pero el pobrecito no sabe más que de arqueología… Se ha pasado
todo el día tratando de convencerme de que los antiguos amricanos se gobernaban a sí
mismos. ¿Oyó usted alguna vez despropósito semejante? Sostiene que tenían una especie de
confederación donde cada persona era un individuo… a la manera de los «perros de las
praderas» de que se habla en las fábulas. Dice que partieron de la idea más rara imaginable,
a saber, que todos los hombres nacen libres e iguales… y esto en las mismas narices de las
leyes de gradación, tan visiblemente impresas en todas las cosas, tanto en el universo moral
como en el físico. Todos los hombres «votaban» (así lo llamaban), es decir, se mezclaban
en los negocios públicos, hasta que se acabó por descubrir que el negocio de todos es el
negocio de nadie, y que la «República» (como llamaban a esa cosa absurda) carecía
completamente de gobierno. Se dice, empero, que la primera circunstancia que perturbó
seriamente la autocomplacencia de los filósofos que habían construido esta «República»
fue el sorprendente descubrimiento de que el sufragio universal se prestaba a los planes más
fraudulentos, por medio de los cuales se obtenía la cantidad deseada de votos, sin
posibilidad de descubrimiento o de prevención, y que esto podía llevarlo a cabo cualquier
partido político lo bastante vil como para no sentir vergüenza del fraude. La menor
reflexión sobre este descubrimiento bastó para mostrar con toda claridad que la bellaquería
debía predominar; en una palabra, que un gobierno republicano no podía ser otra cosa que
un gobierno de bellacos. Entonces, mientras los filósofos se ocupaban de ruborizarse por su
estupidez al no haber previsto tan inevitables males, y trataban de inventar nuevas teorías,
la cuestión fue bruscamente resuelta por un individuo llamado Populacho, quien tomó las
cosas por su cuenta e inició un despotismo frente al cual las tiranías de los fabulosos
Cerones y Heliopávalos resultaban tan respetables como deliciosas. Este Populacho (un
extranjero, dicho sea de paso) parece haber sido el hombre más odioso que haya
deshonrado la tierra. De gigantesca estatura, insolente, rapaz, sucio, tenía la hiel de un buey
junto con el corazón de una hiena y el cerebro de un pavo real. De todos modos sirvió para
algo, como ocurre con las cosas más viles, y enseñó a la humanidad una lección que ésta no
habrá de olvidar: la de no correr jamás en sentido contrario a las analogías naturales. En
cuanto al republicanismo, imposible encontrarle ninguna analogía en la faz de la tierra,
salvo que tomemos como ejemplo a los «perros de las praderas», excepción que sólo sirve
para demostrar, si demuestra algo, que la democracia es una admirable forma de
gobierno…para perros.
6 de abril.- Anoche vi admirablemente bien a Alfa Lyrae, cuyo disco, a través del
telescopio del capitán, subtendía un ángulo de medio grado, y tenía el mismo aspecto que
presenta nuestro sol en un día neblinoso. Aunque muchísimo más grande que el sol, dicho
sea de paso, Alfa Lyrae se le parece en cuanto a las manchas, la atmósfera y otros detalles.
Sólo en el último siglo —según me dice Pundit— comenzó a sospecharse la relación
binaria existente entre estos dos astros. El evidente movimiento de nuestro sistema en el
espacio había sido considerado (¡cosa extraña!) como una órbita en torno a una prodigiosa
estrella situada en el centro de la Vía Láctea. Conjeturábase que cada uno de estos cuerpos
celestes giraba en torno a dicha estrella o a un centro de gravedad común a todos los astros
de la Vía Láctea, que se suponía cerca de Alción, en las Pléyades; calculábase que nuestro
sistema completaba su circuito en 117.000.000 de años. Pero a nosotros, con nuestras
actuales luces y nuestros grandes perfeccionamientos en los telescopios, nos resulta
imposible imaginar la base de semejante suposición. Su primer propagandista fue un tal
Mudler84. Cabe presumir que la analogía lo indujo a postular tan extraña hipótesis, pero de
ser así hubiera debido sostener la analogía en todo el desarrollo de su idea. Al sugerir un
gran astro central, Mudler no incurría en nada ilógico. Empero, y desde un punto de vista
dinámico, este astro central tendría que ser muchísimo más grande que todos los otros
cuerpos celestes juntos. Cabía entonces preguntarse: «¿Cómo es que no lo vemos?»
Precisamente nosotros, que ocupamos la región media del inmenso racimo, el lugar cerca
del cual debería hallarse situado aquel inconcebible sol central, ¿cómo no lo vemos? Quizá
en este punto el astrónomo se refugió en una noción de no-luminosidad y al hacerlo
abandonó por completo la analogía. Pero, aun admitiendo que el astro central no fuera
luminoso, ¿cómo explicar que el incalculable ejército de resplandecientes soles que se
encaminan hacia él no lo iluminen? No hay duda de que lo que el sabio sostuvo al final fue
la mera existencia de un centro de gravedad común a todos los cuerpos del espacio; pero
aquí tuvo que renunciar de nuevo a la analogía. Nuestro sistema gira, es cierto, en torno de
un centro común de gravedad, pero lo hace en relación con un sol material cuya masa
compensa más que suficientemente las de todo el sistema junto. El círculo matemático es
una curva compuesta por infinidad de líneas rectas; pero esta idea del círculo, que con
relación a la geometría terrena consideramos como meramente matemática, distinguiéndola
de la idea práctica de un círculo, esta idea es la única concepción práctica que cabe
mantener con respecto a los titánicos círculos que debemos concebir, por lo menos en la
fantasía, cuando suponemos a nuestro sistema y a sus semejantes girando en torno a un
punto en el centro de la Vía Láctea. ¡Intente la más vigorosa imaginación humana dar un
solo paso hacia la comprensión de un circuito tan inexpresable! Apenas resultaría
paradójico decir que un relámpago, corriendo por siempre en la circunferencia de este
inconcebible círculo, correría por siempre en línea recta. El camino de nuestro sol a lo largo
de esta circunferencia, la dirección de nuestro sistema en semejante órbita, no puede, para
la percepción humana, haberse desviado en lo más mínimo de una línea recta, ni siquiera en
84 Alude —llamándolo «embarrador»— a Johann Heinrich Von Mädler, astrónomo alemán. (N. del T.)
un millón de años; imposible suponer otra cosa, pese a lo cual aquellos astrónomos
antiguos se dejaban engañar al punto de creer que una curvatura bien marcada habíase
hecho visible en el breve período de la historia astronómica en ese mero punto, en esa
absoluta nada de dos o tres mil años. ¡Cuan incomprensible es que consideraciones como
las presentes no les indicaran inmediatamente la verdad de las cosas… o sea, la revolución
binaria de nuestro sol y de Alpha Lyrae en torno a un centro común de gravedad!
7 de abril.- Continuamos anoche nuestras diversiones astronómicas. Vimos con mucha
claridad los cinco asteroides neptunianos y observamos con sumo interés la colocación de
una pesada imposta sobre dos dinteles en el nuevo templo de Dafnis, en la luna. Resultaba
divertido pensar que criaturas tan pequeñas como los selenitas y tan poco parecidas a los
hombres muestran un ingenio mecánico muy superior al nuestro. Cuesta además concebir
que las enormes masas que aquellas gentes manejan fácilmente sean tan livianas como
nuestra razón nos lo enseña.
8 de abril.- ¡Eureka! Pundit resplandece de alegría. Un globo de Kanadaw nos habló
hoy, arrojándonos varios periódicos recientes. Contienen noticias sumamente curiosas
sobre antigüedades kanawdienses o más bien amricanas. Presumo que estará usted enterado
de que numerosos obreros se ocupan desde hace varios meses en preparar el terreno para
una nueva fuente en Paraíso, el principal jardín privado del emperador. Parece ser que
Paraíso, hablando literalmente, fue en tiempos inmemoriales una isla —vale decir que su
límite norte estuvo siempre constituido (hasta donde lo indican los documentos) por un
riacho o más bien un angosto brazo del mar—. Este brazo se fue ensanchando
gradualmente hasta alcanzar su amplitud actual de una milla. El largo total de la isla es de
nueve millas; el ancho varía mucho. Toda el área (según dice Pundit) hallábase, hace unos
ochocientos años, densamente cubierta de casas, algunas de las cuales tenían hasta veinte
pisos; por alguna razón inexplicable se consideraba la tierra como especialmente preciosa
en esta vecindad. Empero, el desastroso terremoto del año 2050 desarraigó y asoló de tal
manera la ciudad (pues era demasiado grande para llamarle poblado), que los más
infatigables arqueólogos no pudieron obtener jamás elementos suficientes (como monedas,
medallas o inscripciones) para establecer la más nebulosa teoría concerniente a las
costumbres, modales, etc., etc., de los aborígenes. Puede decirse que todo lo que sabemos
de ellos es que constituían parte de la tribu salvaje de los Knickerbockers85, que infestaba el
continente en la época de su descubrimiento por Recorder Riker, uno de los caballeros del
Vellocino de Oro. No eran completamente incivilizados, sino que cultivaban diversas artes
e incluso ciencias, pero a su manera. Se dice que eran muy perspicaces en ciertos aspectos
pero atacados por la extraña monomanía de construir lo que en el antiguo amricano se
llamaba «iglesias», o sea, unas especies de pagodas instituidas para la adoración de dos
ídolos denominados Riqueza y Moda. Al final, nueve décimas partes de la isla no eran más
que iglesias. Las mujeres, según parece, estaban extrañamente deformadas por una
protuberancia de la región donde la espalda cambia de nombre, aunque se consideraba que
esto era el colmo de la belleza, cosa inexplicable. Se han conservado milagrosamente una o
dos imágenes de tan singulares mujeres. Tienen un aire muy raro… algo entre un pavo y un
dromedario.
En fin, tales eran los pocos detalles que poseíamos acerca de los antiguos
Knickerbockers. Parece, sin embargo, que al cavar en el centro del jardín del Emperador
85 Se denomina así a los descendientes de las primeras familias holandesas que se establecieron en los
Estados Unidos. (N. del T.)
(que, como usted sabe, cubre toda la isla), los obreros desenterraron un bloque cúbico de
granito, evidentemente tallado y que pesaba varios cientos de libras. Hallábase bien
conservado y la convulsión que lo había sumido en la tierra no parecía haberlo dañado. En
una de sus superficies había una placa de mármol con (¡imagínese usted!) una inscripción…
una inscripción legible. Pundit está arrobado. Al desprender la placa apareció una cavidad
conteniendo una caja de plomo donde había diversas monedas, un rollo de papel con
nombres, documentos que tienen el aire de periódicos, y otras cosas de fascinante interés
para el arqueólogo. No cabe duda de que se trata de auténticas reliquias amricanas,
pertenecientes a la tribu de los Knickerbockers. Los diarios arrojados a nuestro globo
contienen facsímiles de las monedas, manuscritos, caracteres tipográficos, etc. Copio para
diversión de usted la inscripción Knickerbocker de la placa de mármol:
Esta piedra fundamental de un monumento
a la memoria de
JORGE WASHINGTON
fue colocada con las debidas ceremonias el
19 de octubre de 1847,
aniversario de la rendición de
Lord Cornwallis
al General Washington en Yorktown,
AD. 1781,
bajo los auspicios de la
Asociación pro monumento a Washington
de la ciudad de Nueva York.
La precedente es traducción verbatim hecha por Pundit en persona, de modo que no
puede haber error. De estas pocas palabras preservadas surgen varios importantes tópicos
de conocimiento, entre los cuales el no menos interesante es que, hace mil años, los
verdaderos monumentos habían caído en desuso —lo cual estaba muy bien— y la gente se
contentaba, como hacemos nosotros ahora, con una mera indicación de sus intenciones de
erigir un monumento en tiempos venideros colocando cuidadosamente una piedra
fundamental, «solitaria y sola» (me excusará usted por citar al gran poeta amricano
Benton), como garantía de tan magnánima intención. Asimismo, de esa admirable piedra
extraemos la seguridad del cómo, el dónde y el qué de la gran rendición de que en ella se
habla. En cuanto al dónde, fue en Yorktown (dondequiera que se hallara), y por lo que
respecta al qué, se trataba del general Cornwallis (sin duda algún acaudalado comerciante
en granos86). No hay duda de que se rindió. La inscripción conmemora la rendición de…
¿de quién? Pues de «Lord Cornwallis». La única cuestión está en saber por qué querían los
salvajes que se rindiera. Pero si recordamos que se trataba indudablemente de caníbales,
llegamos a la conclusión de que lo querían para hacer salchichas. En cuanto al cómo de la
rendición, ningún lenguaje podría ser más explícito. Lord Cornwallis se rindió (para servir
de salchicha) «bajo los auspicios de la Asociación pro monumento a Washington»,
institución caritativa ocupada en colocar piedras fundamentales… ¡Santo Dios! ¿Qué
ocurre? ¡Ah, ya veo, el globo se está viniendo abajo y tendremos que posarnos en el mar!
Sólo me queda tiempo, pues, para agregar que, después de una rápida lectura de los
86 Corn, grano o cereal. (N. del T.)
facsímiles que aparecen en los diarios, advierto que los grandes hombres de aquellos días
entre los amricanos eran un tal John, herrero, y un tal Zacarías, sastre87.
Adiós, y hasta pronto. Poco me importa que reciba usted o no esta carta, pues la escribo
solamente para divertirme. Pondré de todos modos el manuscrito en una botella y lo
arrojaré al mar. Su amiga invariable,
PUNDITA
87 John Smith y Zacarías Taylor. (N. del T.)
El dominio de Arnheim, o el jardínpaisaje
El jardín estaba acicalado como una hermosa dama
que yaciera voluptuosamente adormilada
y a los abiertos cielos cerrara los ojos.
Los campos de azur del cielo se congregaban
dispuestos en amplio círculo con las flores de la luz.
Los iris y las redondas chispas de rocío
que pendían de sus azules hojas parecían
estrellas titilantes centelleando en el azul de la tarde.
(GILES FLETCHER)
Desde la cuna a la tumba un viento de prosperidad impulsó a mi amigo Ellison. Y no
uso la palabra prosperidad en un sentido meramente mundano. La empleo como sinónimo
de felicidad. La persona de quien hablo parecía nacida para ejemplificar las doctrinas de
Turgot, Price, Priestley y Condorcet, para representar en un caso individual lo que se
considerara la quimera de los perfeccionistas. En la breve existencia de Ellison creo haber
visto refutado el dogma de que en la naturaleza misma del hombre se oculta un principio
antagonista de la dicha. Un atento examen de su carrera me hizo comprender que, en
general, la miseria del hombre nace de la violación de unas pocas y simples leyes de
humanidad; que, como especie, poseemos elementos de contentamiento todavía no
aprovechados, y que aun ahora, en medio de la oscuridad y la locura de todo pensamiento
sobre el gran problema de las condiciones sociales, no es imposible que el hombre, el
individuo, en ciertas circunstancias insólitas y sumamente fortuitas pueda ser feliz.
De opiniones como éstas mi joven amigo estaba también muy penetrado, y es oportuno
señalar que el gozo ininterrumpido que caracterizó su vida era en gran medida resultado de
un sistema preconcebido. Es evidente que con menos de esa filosofía instintiva, que en
muchos casos tan bien sustituye a la experiencia, Ellison se hubiera visto precipitado, por el
extraordinario éxito de su vida, en el común torbellino de desdicha que se abre ante los
hombres eminentemente dotados. Pero en modo alguno me propongo escribir un ensayo
sobre la felicidad. Las ideas de mi amigo pueden resumirse en unas pocas palabras. Admitía
tan sólo cuatro principios o, más estrictamente, cuatro condiciones elementales de felicidad.
La principal para él era (¡cosa extraña de decir!) la simple y puramente física del ejercicio
al aire libre. «La salud —decía— que se alcanza por otros medios, apenas es digna de ese
nombre.» Citaba las delicias del cazador de zorros y señalaba a los cultivadores de la tierra
como las únicas gentes que, en cuanto clase, pueden considerarse más felices que otras. La
segunda condición era el amor de la mujer. La tercera, la más difícil de realizar, era el
desprecio de la ambición. La cuarta era la persecución incesante de un objeto; y sostenía
que, siendo iguales las otras condiciones, la vastedad de la dicha alcanzable era
proporcionada a la espiritualidad de este objeto.
Ellison se destacaba por la continua profusión de dones que le prodigó la fortuna. En
gracia y belleza personal sobrepasaba a todos los hombres. Poseía uno de esos intelectos
para los cuales la adquisición de conocimientos es menos un trabajo que una intuición y
una necesidad. Su familia era una de las más ilustres del imperio. Tenía por esposa a la más
encantadora y abnegada de las mujeres. Sus posesiones siempre habían sido vastas; pero, al
llegar a la mayoría de edad, el destino lo favoreció con uno de esos extraordinarios
caprichos que conmueven a todo el mundo social en el que concurren, y rara vez dejan de
modificar radicalmente la constitución moral de aquellos que son su objeto.
Parece que, unos cien años antes de que Mr. Ellison llegara a la mayoría de edad, había
muerto, en una remota provincia, un tal Mr. Seabright Ellison. Este caballero había
amasado una principesca fortuna y, falto de parientes inmediatos, tuvo la ocurrencia de
dejar que su riqueza se acumulara durante un siglo después de su muerte. Dispuso
minuciosa y sagazmente las varias maneras de invertir el dinero, y legó la masa total al
pariente más cercano que llevara el nombre Ellison y estuviera vivo transcurridos esos cien
años. Muchos intentos se habían hecho para anular el singular legado; fracasaron por su
carácter ex post facto; pero el hecho despertó la atención de un Gobierno celoso y, por fin,
se promulgó un decreto que prohibía toda acumulación semejante. Este decreto, sin
embargo, no impidió al joven Ellison entrar en posesión, en su vigésimo primer aniversario,
como heredero de su antepasado Seabright, de una fortuna de cuatrocientos cincuenta
millones de dólares88.
Cuando se supo el monto de la enorme riqueza heredada, surgieron, por supuesto,
muchas conjeturas acerca de su posible utilización. La magnitud y la inmediata
disponibilidad de la suma deslumbraron a todos los que pensaban en el tópico. Era fácil
suponer al poseedor de cualquier suma apreciable de dinero realizando alguna de las mil
cosas factibles. Con riquezas que sobrepasaran simplemente las de cualquier ciudadano
hubiera sido fácil suponerlo entregado hasta el exceso a las extravagancias elegantes de su
tiempo, o dedicado a la intriga política, o pretendiendo el poder ministerial, o persiguiendo
un título más alto de nobleza, o formando grandes colecciones de obras maestras, o
haciendo de munífico protector de las letras, las ciencias y las artes, o dotando y
confiriendo su nombre a grandes instituciones de caridad. Pero, por la inconcebible riqueza
en poder real del heredero, esos objetos y todos los objetos corrientes parecían ofrecer un
campo demasiado limitado. Se recurrió a los números, pero éstos no hicieron más que
sembrar la confusión. Se vio que, aun al tres por ciento, la renta anual de la herencia
ascendía a trece millones quinientos mil dólares, lo cual daba un millón ciento veinticinco
mil por mes, o treinta y seis novecientos ochenta y seis diarios, o mil quinientos cuarenta y
uno por hora, o seis dólares veinte por cada minuto que pasaba. Así, pues, el sendero
habitual de las suposiciones quedaba completamente interrumpido. Los hombres no sabían
qué imaginar. Algunos llegaron a suponer que Ellison se despojaría de por lo menos la
mitad de su fortuna, por ser una opulencia absolutamente superflua, para enriquecer a toda
la multitud de parientes mediante la división de su sobreabundancia. En efecto, a los más
88 Un incidente similar en líneas generales al aquí imaginado se produjo no hace mucho en Inglaterra.
El nombre del afortunado heredero era Thelluson. La primera vez que vi un caso semejante fue en el Viaje del
príncipe Pückler-Muskau, quien eleva la suma heredada a noventa millones de libras, y observa justamente que
«en la contemplación de una suma tan grande y de los servicios a los cuales podría aplicarse hay algo
semejante a lo sublime». Para ajustarme a los propósitos de este artículo he seguido el informe del príncipe,
aunque sea groseramente exagerado. El germen y en realidad el comienzo del presente trabajo fue publicado
hace varios años, antes de la aparición del primer número del admirable Judío Errante, de Sue, que
posiblemente fue sugerido por el relato de Muskau.
cercanos hizo entrega de la riqueza verdaderamente insólita que poseía antes de heredar.
No me sorprendió, sin embargo, advertir que Ellison ya tuviera su opinión formada
sobre un punto que había ocasionado tantas discusiones entre sus amigos. Ni me asombró
demasiado la naturaleza de su decisión. Con respecto a las caridades individuales, había
satisfecho su conciencia. En cuanto a la posibilidad de cualquier mejora propiamente dicha,
operada por el hombre mismo en la condición general de la humanidad, tenía (lamento
decirlo) poca fe. En general, por suerte o por desgracia, en gran medida se replegaba sobre
sí mismo.
Era un poeta, en el sentido más amplio y más noble de la palabra. Poseía, además, el
verdadero carácter, los augustos propósitos, la suprema majestad y dignidad del sentimiento
poético. Instintivamente ponía en la creación de nuevas formas de belleza la satisfacción
más completa, si no la única, de este sentimiento. Algunas peculiaridades, ya de su
educación temprana, ya de la índole de su intelecto, habían teñido de lo que se llama
materialismo todas sus especulaciones éticas; y fue esta tendencia, quizá, la que lo llevó a
creer que el más ventajoso por lo menos, si no el único campo legítimo para el ejercicio
poético, se hallaba en la creación de nuevos modos de belleza puramente física. Así es
como no llegó a ser ni músico ni poeta, si usamos este último término en la acepción
corriente. O quizá fuera que había desdeñado serlo simplemente por fidelidad a su idea de
que en el desprecio a la ambición debe hallarse uno de los principios esenciales de la
felicidad sobre la tierra. ¿No parece en verdad posible que, mientras una elevada forma de
genio es necesariamente ambiciosa, la más elevada se encuentre por encima de la llamada
ambición? ¿Y no puede haber ocurrido así que muchos más grandes que Milton hayan
permanecido desdeñosamente «mudos e ignorados»? Creo que el mundo nunca ha visto, ni
verá jamás —a menos que una serie de accidentes inciten a un espíritu de la más noble
especie a un penoso esfuerzo— ese logro pleno, triunfante, en los más ricos dominios del
arte, del cual la naturaleza humana es positivamente capaz.
Ellison no llegó a ser ni músico ni poeta, aunque ningún hombre viviera más
profundamente enamorado de la música y de la poesía. En circunstancias distintas de las
que lo rodearon no hubiera sido imposible que llegase a ser pintor. La escultura, aun siendo
por su naturaleza rigurosamente poética, era demasiado limitada en su alcance y en sus
consecuencias para ocupar, en ningún momento, largo tiempo su atención. Y acabo de
mencionar todos los terrenos donde, según los entendidos, puede explayarse el sentimiento
poético. Pero Ellison sostenía que el campo más rico, el más verdadero y el más natural, si
no el más extenso, había sido inexplicablemente descuidado. Ninguna definición hablaba
del jardinero-paisajista como del poeta; sin embargo, mi amigo opinaba que la creación del
jardín-paisaje ofrecía a la Musa correspondiente la más espléndida de las oportunidades.
Allí, en efecto, se hallaba el más hermoso campo para el despliegue de la imaginación en la
interminable combinación de formas de belleza nueva; pues los elementos que entran en la
combinación son, por su gran superioridad, los más espléndidos que la tierra puede brindar.
En las múltiples formas y colores de las flores y los árboles reconocía los esfuerzos más
directos y enérgicos de la naturaleza hacia la belleza física. Y en la dirección o
concentración de este esfuerzo —o, más estrictamente, en su adaptación a los ojos que iban
a contemplarlo en la tierra— se sentía obligado a emplear los mejores medios, trabajando
para mayor beneficio en el cumplimiento, no sólo de su propio destino como poeta, sino de
los augustos propósitos que movieron a Dios cuando insufló en el hombre el sentimiento
poético.
«Su adaptación a los ojos que iban a contemplarlo en la tierra»; con su explicación de
esta frase, Ellison me ayudó mucho a resolver lo que siempre consideraba yo un enigma:
me refiero al hecho (que nadie, salvo un ignorante, puede discutir) de que no existe en la
naturaleza ninguna combinación decorativa como puede producirla el pintor de genio. No
se encontrarán en la realidad paraísos como los que resplandecen en las telas de Claude. En
el más encantador de los paisajes naturales siempre se hallará una falta o un exceso,
muchos excesos y muchas faltas. Mientras las partes componentes pueden desafiar,
individualmente, la más alta destreza del artista, la disposición de estas partes siempre será
susceptible de mejoramiento. En una palabra, no hay posición alguna en la amplia
superficie del terreno natural donde un ojo artista, mirando detenidamente, no encuentre
motivo de disgusto en lo que respecta a la llamada «composición» del paisaje. ¡Y, sin
embargo, cuan ininteligible es esto! En todos los otros dominios hemos aprendido a
considerar justamente a la naturaleza como soberana. En los detalles nos estremece la idea
de competir con ella. ¿Quién tendrá la presunción de imitar los colores del tulipán, o de
mejorar las proporciones del lirio del valle? La crítica que dice, a propósito de la escultura
o el retrato, que la naturaleza debe ser exaltada o idealizada más que imitada, incurre en un
error. Ninguna combinación pictórica o escultórica de elementos de belleza humana hace
más que acercarse a la belleza viva y palpitante. Sólo en el paisaje es verdadero el principio
del crítico; y, habiéndolo hallado verdadero en este caso, sólo un apresurado espíritu de
generalización pudo llevar a considerarlo verdadero en todos los dominios del arte, y lo
sintió, digo, verdadero en este caso, pues este sentimiento no es afectación ni quimera. Las
matemáticas no brindan demostraciones más absolutas de las que proporciona al artista el
sentimiento de su arte. No sólo cree, mas sabe positivamente que estas y aquellas
disposiciones de elementos aparentemente arbitrarias constituyen, sólo ellas, la verdadera
belleza. Sus razones, sin embargo, todavía no han madurado hasta llegar a la expresión.
Queda por hacer un análisis más profundo del que el mundo ha visto hasta hoy, para lograr
una completa investigación y expresión de esas razones. Sin embargo, lo confirma en sus
opiniones instintivas la voz de todos sus hermanos. Supongamos una «composición»
defectuosa; supongamos que deba hacerse una enmienda en la simple disposición de la
forma; supongamos que esta enmienda se somete al juicio de los artistas del mundo: todos
admitirán su necesidad. Y aún más: para remediar la composición defectuosa cada miembro
aislado de la fraternidad sugerirá idéntica enmienda.
Repito que sólo en la disposición del paisaje es susceptible de exaltación la naturaleza
física, y que, además, su posibilidad de mejoramiento en este único punto era un misterio
que yo había sido incapaz de resolver. Mis pensamientos sobre el tema descansaban en la
idea de que la primitiva intención de la naturaleza había sido disponer la superficie de la
tierra de modo de satisfacer en todo punto el sentido humano de perfección en lo bello, lo
sublime o lo pintoresco; pero que esa primitiva intención había sido frustrada por los
conocidos trastornos geológicos, trastornos de forma y de color, en cuya corrección o
suavizamiento reside el alma del arte. Sin embargo, debilitaba mucho esta idea su
necesidad implícita de considerar esos trastornos como anormales y desprovistos de toda
finalidad. Ellison fue quien sugirió que eran pronósticos de muerte. Lo explicó así:
—Admitamos que la inmortalidad terrena del hombre fue la primera intención.
Tenemos entonces la primitiva disposición de la superficie de la tierra adaptada a ese estado
de bienaventuranza que no existe, pero que fue concebido. Las perturbaciones fueron los
preparativos para su condición mortal imaginada posteriormente.
»Ahora bien —decía mi amigo—, lo que consideramos una exaltación del paisaje bien
puede serlo en verdad, pero sólo desde un punto de vista moral o humano. Cada cambio en
el decorado natural produciría efectivamente una imperfección en el cuadro, si suponemos
el cuadro visto ampliamente, en conjunto, desde algún punto distante de la superficie
terrestre, aunque no esté fuera de los límites de su atmósfera. Es fácil comprender que lo
que podría mejorar un detalle observado de cerca puede, al mismo tiempo, perjudicar un
efecto observado en general o desde mayor distancia. Puede haber una clase de seres,
alguna vez humanos, pero ahora invisibles para la humanidad, a quienes desde lejos nuestro
desorden parezca orden, nuestros elementos no pintorescos, pintorescos; en una palabra,
ángeles terrenos para cuya observación, más que para la nuestra, y para cuya apreciación de
la belleza refinada por la muerte quizá haya dispuesto Dios los amplios jardines-paisajes de
los hemisferios.
En el curso de la discusión mi amigo citó algunos fragmentos de un escritor que trata
de la jardinería de paisaje con supuesta autoridad:
—Hay, hablando con propiedad, sólo dos tipos de jardinería de paisaje: el natural y el
artificial. Uno trata de recordar la belleza original del campo adaptando sus medios al
decorado circundante, cultivando árboles en armonía con las colinas o la llanura de la tierra
vecina, descubriendo y llevando a la práctica esas delicadas relaciones de tamaño,
proporción y color que, ocultas para el observador común, se revelan por doquiera al
experimentado alumno de la naturaleza. El resultado del estilo natural en materia de
jardinería se ve más bien en la ausencia de todo defecto e incongruencia, en el predominio
de un orden y una armonía saludables, que en la creación de ninguna maravilla o milagro
especial. El estilo artificial tiene tantas variedades como gustos diferentes a satisfacer.
Presenta cierta relación general con los variados estilos de edificios. Hay las avenidas
majestuosas y los retiros de Versalles, las terrazas italianas y un viejo estilo inglés vario y
mezclado que admite cierta relación con el gótico civil o con la arquitectura isabelina. Por
más que pueda decirse contra los abusos del jardín-paisaje artificial, una mezcla de puro
arte en el marco de un jardín le añade gran belleza. Ésta es en parte agradable a la vista, por
el despliegue de orden y de intención, y, en parte, moral. Una terraza con una vieja
balaustrada cubierta de musgo evoca de inmediato a la vista las bellas figuras que por allí
pasaron en otros días. La más leve muestra de arte es una evidencia de preocupación e
interés humano.
»Por mis observaciones anteriores —dijo Ellison— usted comprenderá que rechazo la
idea, expresada aquí, de recordar la belleza original del campo. La belleza original nunca es
tan grande como la creada. Por supuesto, todo depende de la elección de un lugar con
posibilidades. Lo que dice sobre “llevar a la práctica delicadas relaciones de tamaño,
proporción y color” es una de esas simples vaguedades de expresión que sirven para cubrir
la inexactitud del pensamiento. La frase citada puede significar todo o nada, y en modo
alguno sirve de guía. Que el verdadero resultado del estilo natural en materia de jardinería
se vea más bien en la ausencia de todo defecto o incongruencia que en la creación de
ninguna maravilla o milagro especial, es una proposición más de acuerdo con la ramplona
comprensión del vulgo que con los férvidos sueños del hombre de genio. El mérito
negativo propuesto pertenece a esa crítica cojeante que en las letras ha elevado a Addison
hasta la apoteosis. A decir verdad, mientras esa virtud que consiste en evitar simplemente el
vicio apela de lleno al entendimiento, y de esta manera puede quedar circunscrita por la
regla, la virtud más alta que flamea en la creación sólo puede ser aprehendida en sus
resultados. La regla se aplica tan sólo a los méritos negativos, a las excelencias que
reprimen. Más allá de éstas, el crítico de arte se limita a insinuar. Se nos puede enseñar a
construir un Catón, pero en vano nos dirán cómo concebir un Partenón o un Infierno.
Hecha la cosa, sin embargo, cumplida la maravilla, la capacidad de aprehensión se torna
universal. Los sofistas de la escuela negativa que, incapaces de crear, escarnecieron la
creación, son ahora los más ruidosos en el aplauso. Lo que, en la embrionaria condición de
principio, ofendía su razón formalista, en la madurez de la realización nunca deja de
arrancar admiración a su instinto de belleza.
»Las observaciones del autor sobre el estilo artificial —continuó Ellison— son menos
objetables. La mezcla de arte puro en un escenario natural le añade una gran belleza. Esto
es justo, como también lo es la referencia al sentimiento del interés humano. El principio
expresado es incontrovertible, pero puede haber algo más allá. Puede haber un objeto
acorde con el principio, un objeto inalcanzable para los medios comunes del individuo y
que, de ser alcanzado, prestaría al jardín-paisaje un encanto muy superior al que puede
conferir un sentimiento de interés simplemente humano. Un poeta que tuviera recursos
económicos extraordinarios podría, manteniendo la necesaria idea de arte o de cultura, o,
como el autor lo expresa, de interés, conferir a sus propósitos tanta extensión y al mismo
tiempo tanta novedad en la belleza, que provocaría el sentimiento de intervención
espiritual. Se vería que para lograr semejante resultado asegura todas las ventajas del
interés o del propósito, mientras alivia su obra de la esperanza o la tecnicidad del arte
terreno. En el más árido de los desiertos, en el marco más salvaje de la pura naturaleza, se
manifiesta el arte de un Creador; pero este arte sólo aparece tras la reflexión; en modo
alguno tiene la fuerza evidente de una sensación. Supongamos ahora que este sentido del
propósito del Todopoderoso descienda un grado, llegue en cierto modo a una armonía o
acuerdo con el sentido del arte humano que constituya un intermediario entre ambos;
imaginemos, por ejemplo, un paisaje cuya amplitud y limitación combinadas, cuya belleza,
magnificencia y extrañeza reunidas provoquen la idea de preocupación, de cultura y
dirección de parte de seres superiores, pero análogos a la humanidad; así se mantiene el
sentimiento de interés, mientras el arte implícito llega a cobrar el aspecto de un
intermediario o naturaleza secundaria, una naturaleza que no es Dios ni una emanación de
Dios, pero que sigue siendo naturaleza, en el sentido de una obra salida de manos de los
ángeles que se ciernen entre el hombre y Dios.
En la consagración de su enorme riqueza a la realización de visiones como ésta, en el
libre ejercicio al aire libre asegurado por la dirección personal de sus planes, en el incesante
objeto, en el desprecio de la ambición que ese objeto le permitía verdaderamente sentir, en
las fuentes perennes con que lo satisfacía, sin posibilidad de saciarse, la pasión dominante
de su alma, la sed de belleza; y, por encima de todo, en la femenina simpatía de una mujer
cuya belleza y amor envolvieron su existencia en la purpúrea atmósfera del paraíso, fue
donde Ellison creyó encontrar, y encontró, la liberación de los comunes cuidados de la
humanidad, con una suma de felicidad positiva mucho mayor de la que nunca brilló en los
arrebatados ensueños de madame De Staël.
Desespero de dar al lector una clara idea de las maravillas que mi amigo realizaba.
Deseo pintarlas, pero me descorazona la dificultad de la descripción y vacilo entre los
detalles y las líneas generales. Quizá el mejor partido será unir ambas cosas por sus
extremos.
El primer paso para Ellison consistía, por supuesto, en la elección de la localidad; y
apenas empezaba a pensar en este punto cuando la exuberante naturaleza de las islas del
Pacífico atrajo su atención. En realidad, había resuelto hacer un viaje a los mares del Sur,
pero una noche de reflexión lo indujo a abandonar la idea. «Si yo fuera un misántropo —
dijo mi amigo—, ese lugar me convendría. El absoluto aislamiento, la reclusión y la
dificultad para entrar y salir serían en ese caso el encanto de los encantos; pero todavía no
soy Timón. Deseo la serenidad, pero no la opresión de la soledad. Debe quedarme cierto
dominio sobre el alcance y la duración de mi reposo. Habrá momentos frecuentes en que
necesitaré también la simpatía de los espíritus poéticos hacia lo que he realizado. Buscaré
entonces un lugar no alejado de una ciudad populosa, cuya vecindad, además, me permitirá
ejecutar mejor mis planes.»
En busca de un lugar conveniente así ubicado, Ellison viajó durante varios años y me
fue permitido acompañarlo. Mil lugares que me extasiaban fueron rechazados por él sin
vacilación, por razones que al cabo me convencían de que estaba en lo cierto. Llegamos por
fin a una elevada meseta de maravillosa fertilidad y belleza con una perspectiva panorámica
muy poco menor en extensión a la del Etna y, en opinión de Ellison, así como en la mía,
superior a la afamadísima vista de aquella montaña en todos los verdaderos elementos de lo
pintoresco.
—Me doy cuenta —dijo el viajero, lanzando un suspiro de profundo deleite después de
contemplar extasiado la escena durante casi una hora—, sé que aquí, en mi situación, el
noventa por ciento de los hombres más exigentes se darían por satisfechos. Este panorama
es verdaderamente magnífico y me regocijaría si no fuera por el exceso de su
magnificencia. El gusto de todos los arquitectos que he conocido los lleva a construir, por
amor a la «vista», en lo alto de las colinas. El error es evidente. La magnitud en todos sus
aspectos, pero especialmente en el de la extensión, sorprende, excita, y luego fatiga,
deprime. Para el paisaje ocasional nada puede ser mejor; para la vista constante, nada peor.
Y en la vista constante la forma más objetable de magnitud es la extensión; la peor forma
de la extensión, la distancia. Está en pugna con el sentimiento y la sensación de retiro,
sentimiento y sensación que tratamos de satisfacer cuando nos vamos «al campo». Mirando
desde la cima de una montaña no podemos menos de sentirnos ajenos al mundo. El
desconsolado evita las perspectivas lejanas como la peste.
Sólo a fines del cuarto año de búsqueda encontramos una localidad con la que Ellison
se declaró satisfecho. Es innecesario decir, por supuesto, dónde estaba la localidad. La
muerte reciente de mi amigo, al abrir sus puertas a cierta clase de visitantes, ha dado a
Arnheim una especie de celebridad secreta y privada, si no solemne, similar en cierto
modo, aunque en un grado infinitamente superior, a la que durante tanto tiempo distinguió a
Fonthill.
Habitualmente se llegaba a Arnheim por el río. El visitante abandonaba la ciudad de
mañana temprano. Hasta mediodía pasaba entre orillas de una belleza tranquila y
doméstica, donde pacían innumerables ovejas cuyos blancos vellones manchaban el verde
vivo de las praderas onduladas. Gradualmente la impresión de cultivo iba tornándose en
otra de vida puramente pastoril. Lentamente ésta terminaba en una sensación de retiro, y
ésta, a su vez, en la conciencia de la soledad. Al acercarse la noche el canal se angostaba;
las orillas eran cada vez más escarpadas, cubiertas de follaje más rico, más profuso y más
sombrío. La transparencia del agua aumentaba. La corriente daba mil vueltas, de suerte que
en ningún momento podía verse su superficie brillante desde una distancia mayor de un
cuarto de milla. A cada instante el barco parecía prisionero dentro de un círculo encantado,
rodeado de inexpugnables e impenetrables muros de follaje, un techo de satén azul ultramar
y ningún piso; la quilla se balanceaba con admirable exactitud como sobre la de un barco
fantasma que, habiéndose invertido por algún accidente, flotara en constante compañía de
la nave real, con el fin de sostenerla. El canal se convertía entonces en una garganta,
aunque el término no es exactamente aplicable y lo empleo tan sólo porque no hay en el
lenguaje palabra que represente mejor el rasgo más sorprendente —no el más
característico— del paisaje. El aspecto de garganta sólo se manifestaba en la altura y el
paralelismo de las orillas; pero desaparecía en otros caracteres. Las paredes del barranco
(entre las cuales fluía tranquila el agua clara) se elevaban hasta una altura de cien y en
ocasiones ciento cincuenta pies, inclinándose tanto una hacia la otra que en gran medida
interrumpían el paso de la luz, mientras arriba los largos musgos como plumas colgando
espesos desde los entrelazados matorrales, daban a todo el abismo un aire de melancolía
fúnebre. Los meandros se multiplicaban y complicaban, y parecían volver a menudo sobre
sí mismos, de modo que el viajero perdía en seguida todo sentido de orientación. Lo
envolvía, además, una exquisita sensación de extrañeza. El concepto de naturaleza
subsistía, pero como si su carácter hubiese sufrido una modificación; había una misteriosa
simetría, una estremecedora uniformidad, una mágica corrección en sus obras. Ni una rama
seca, ni una hoja marchita, ni un guijarro perdido, ni un sendero en la tierra oscura se
percibían en ninguna parte. El agua cristalina manaba sobre el granito limpio o sobre el
musgo inmaculado con una exactitud de diseño que deleitaba y al mismo tiempo
deslumbraba la vista.
Después de recorrer los laberintos de este canal durante algunas horas, mientras la
oscuridad se ahondaba por momentos, una brusca e inesperada vuelta del barco lo lanzaba
de improviso, como si cayera del cielo, en un estanque circular de gran extensión,
comparada con la anchura de la garganta. Tenía unas doscientas yardas de diámetro y lo
rodeaban por todas partes, salvo la que enfrentaba a la nave al entrar, colinas iguales en su
altura general a las paredes del abismo, aunque de carácter completamente distinto. Sus
flancos subían inclinados desde el borde del agua en un ángulo de unos cuarenta y cinco
grados, y estaban cubiertos desde la base hasta la cima —sin ningún intervalo perceptible—
por un manto de flores magníficas, donde apenas se veía una hoja verde en un mar de color
perfumado y ondulante. El estanque tenía gran profundidad, pero tan transparente era el
agua que el fondo, como hecho de una espesa capa de guijarros de alabastro pequeños y
redondos, era claramente visible por momentos, es decir cuando la mirada podía permitirse
no ver, en el fondo del cielo invertido, la reflejada floración de las colinas. No había en
éstas ni árboles ni siquiera arbustos de cualquier tamaño que fuese. Producían en el
observador una impresión de riqueza, de calidez, de color, de quietud, de uniformidad, de
suavidad, de delicadeza, de elegancia, de voluptuosidad y de milagroso refinamiento de
cultura que hacía soñar con una nueva raza de hadas laboriosas, dotadas de gusto,
magníficas y minuciosas; pero cuando el ojo subía por la pendiente multicolor, desde su
brusca unión con el agua hasta su vaga terminación entre los pliegues de una nube
suspendida, resultaba verdaderamente difícil no pensar en una panorámica catarata de
rubíes, zafiros, ópalos y ónix áureo, precipitándose silenciosa desde el cielo.
El visitante que cae de improviso en esta bahía desde las tinieblas del barranco queda
encantado pero sorprendido por el rotundo globo del sol poniente que había supuesto ya
bajo el horizonte y que ahora lo enfrenta, constituyendo el único límite de una perspectiva
que de otro modo sería infinita vista desde otro abismo abierto entre las colinas.
Pero aquí el viajero abandona el navío que lo llevara tan lejos y desciende a una ligera
canoa de marfil ornada, tanto por dentro como por fuera, de arabescos de un vívido
escarlata. La popa y la proa de este bote se levantan muy por encima del agua en agudas
puntas, de modo que la forma general es la de una luna irregular en cuarto creciente. Flota
en la superficie de la bahía con la gracia altiva de un cisne. Sobre el piso cubierto de armiño
descansa un solo remo liviano, de palo áloe; pero no se ve ningún remero ni sirviente. Se
ruega al huésped que no pierda el ánimo, que el hado se ocupará de él. El navío más grande
desaparece y queda solo en la canoa que flota aparentemente inmóvil en medio del lago.
Mientras medita sobre el camino a seguir, advierte un suave movimiento en la barca
mágica. Ésta gira lentamente sobre sí misma hasta ponerse de proa al sol. Avanza con una
velocidad suave, pero gradualmente acelerada, mientras los leves rizos del agua que
rompen en los costados de marfil con divinas melodías parecen ofrecer la única explicación
posible de la música suave pero melancólica, cuya origen invisible en vano busca a su
alrededor el perplejo viajero.
La canoa prosigue resueltamente, y la barrera rocosa del panorama se acerca de modo
que sus profundidades pueden verse con más claridad. A la derecha se eleva una cadena de
altas colinas cubiertas de bosques salvajes y exuberantes. Se observa, sin embargo, que la
exquisita limpieza, característica del lugar donde la orilla se hunde en el agua, sigue siendo
constante. No hay huella alguna de los habituales sedimentos fluviales. A la izquierda el
carácter del paisaje es más suave y evidentemente más artificial. Allí la ribera sube desde el
agua en una pendiente muy moderada, formando una amplia pradera de césped de textura
perfectamente parecida al terciopelo y de un verde tan brillante que podría soportar la
comparación con el de la más pura esmeralda. La anchura de esta meseta varía de diez a
trescientas yardas; va desde la orilla del río hasta una pared de cincuenta pies de alto que se
alarga en infinitas curvas pero siguiendo la dirección general del río, hasta perderse hacia el
oeste en la distancia. Esta pared es de roca uniforme y ha sido formada cortando
perpendicularmente el precipicio escarpado de la orilla sur de la corriente, pero sin permitir
que quedara ninguna huella del trabajo. La piedra tallada tiene el color de los siglos y está
profusamente cubierta y sembrada de hiedras, madreselvas, eglantinas y clemátides. La
uniformidad de las líneas superior e inferior de la pared es ampliamente compensada por
algunos árboles de gigantesca altura, solos o en grupos pequeños, a lo largo de la meseta y
en el dominio que se extiende detrás del muro, pero muy cerca de éste; de modo que
numerosas ramas (especialmente de nogal negro) pasan por encima y sumergen en el agua
sus extremos colgantes. Más allá, en el interior del dominio, la visión es interrumpida por
una impenetrable mampara de follaje.
Estas cosas se observan durante la gradual aproximación de la canoa a lo que he
llamado la barrera de la perspectiva. Pero al acercarnos a ésta su apariencia de abismo se
desvanece; se descubre a la izquierda una nueva salida a la bahía, y en esa dirección se ve
correr la pared que sigue el curso general del río. A través de esta nueva abertura la vista no
puede llegar muy lejos, pues la corriente, acompañada por la pared, aún dobla hacia la
izquierda, hasta que ambas desaparecen entre las hojas.
El bote, sin embargo, se desliza mágicamente en el canal sinuoso, y aquí la orilla
opuesta a la pared llega a semejarse a la que estaba frente al muro que había delante.
Elevadas colinas, que alcanzan a veces la altura de montañas, cubiertas de vegetación
silvestre y exuberante, cierran siempre el paisaje.
Navegando suavemente, pero con una velocidad algo mayor, el viajero, después de
breves vueltas, halla su camino obstruido en apariencia por una gigantesca barrera o, más
bien, por una puerta de oro bruñido, minuciosamente tallada y labrada, que refleja los rayos
directos del sol, el cual se hunde ahora con un esplendor que se diría envuelve en llamas
todo el bosque circundante. Esta puerta está metida en la alta pared, que aquí parece
atravesar el río en ángulo recto. Al cabo de unos minutos, sin embargo, se ve que el cauce
principal del río sigue corriendo en una curva suave y amplia hacia la izquierda, junto a la
pared, como antes, mientras una corriente de considerable volumen, divergiendo de la
principal, se abre camino bajo la puerta con ligeros rizos, y así se sustrae a la vista. La
canoa entra en el canal menor y se acerca a la puerta. Los pesados batientes se abren lenta,
musicalmente. El bote se desliza entre ellos y comienza un rápido descenso a un vasto
anfiteatro circundado de montañas purpúreas, cuyos pies lava un río resplandeciente en la
amplia extensión de su circuito. Al mismo tiempo todo el paraíso de Arnheim irrumpe ante
la vista. Se oye una arrebatadora melodía; se percibe un extraño, denso perfume dulce; es
como un sueño, en que se mezclan ante los ojos los altos y esbeltos árboles de Oriente, los
arbustos boscosos, las bandadas de pájaros áureos y carmesíes, los lagos bordeados de
lirios, las praderas de violetas, tulipanes, amapolas, jacintos y nardos, largas e intrincadas
cintas de arroyuelos plateados, y surgiendo confusamente en medio de todo esto la masa de
un edificio semigótico, semiárabe, sosteniéndose como por milagro en el aire, centelleando
en el poniente rojo con sus cien torrecillas, minaretes y pináculos, como obra fantasmal de
silfos, hadas, genios y gnomos.
El cottage de Landor
Un complemento de «El dominio de Arnheim»
Durante un viaje a pie que hice el verano pasado por uno o dos de los condados
fluviales de Nueva York, la puesta del sol me sorprendió desconcertado acerca del camino
a seguir. El terreno ondulado era muy notable, y en la última hora mi sendero había dado
tantas vueltas en su esfuerzo por mantenerse en los valles, que yo no sabía ya en qué
dirección se encontraba la bonita aldea de B…, donde había resuelto detenerme a pasar la
noche. El sol apenas había brillado, hablando estrictamente, durante el día, que, sin
embargo había sido desagradablemente caluroso. Una niebla humosa, semejante a la del
veranillo, envolvía todas las cosas y, por supuesto, acentuaba mi inseguridad. No es que me
inquietara mucho la situación. Si no daba con la aldea antes de ponerse el sol, o aún antes
de que oscureciera, era muy posible que apareciese una pequeña granja holandesa o algo
por el estilo, aunque, en realidad, los contornos (quizá por ser más pintorescos que fértiles)
estuvieran escasamente habitados. En todo caso con mi mochila por almohada y mi perro
por centinela, acampar al aire libre era justamente lo que más me hubiese divertido. Erré
pues, a gusto —Ponto se hizo cargo de mi fusil—, hasta que, al fin, justo cuando empezaba
a preguntarme si los pequeños y numerosos claros que se abrían aquí y allá eran verdaderos
caminos, llegué por uno de los más incitantes a un camino indiscutiblemente carretero. No
podía haber error. Las huellas de ruedas ligeras eran evidentes, y, aunque los altos
matorrales y las crecidas malezas se juntaran sobre mi cabeza, no había abajo ningún
impedimento, ni siquiera para el paso de un carro montañés de Virginia, el vehículo más
ambicioso, a mi juicio, en su especie. El camino, sin embargo, salvo por el hecho de abrirse
paso a través del bosque —si bosque no es un nombre demasiado importante para
semejante reunión de pequeños árboles— y las evidentes huellas de ruedas, no se
asemejaba a ningún camino visto por mí hasta entonces. Las huellas de las que hablo eran
levemente perceptibles, por estar impresas en la superficie firme pero agradablemente
húmeda de algo que se parecía muchísimo al terciopelo verde de Génova. Era césped,
evidentemente, pero un césped como rara vez lo vemos fuera de Inglaterra, tan corto, tan
espeso, tan parejo y de color tan vívido. No había un solo impedimento en el surco de la
rueda, ni una brizna, ni una ramita seca. Las piedras que alguna vez obstruyeran el camino
habían sido cuidadosamente puestas —no arrojadas— a los costados del sendero para
marcar sus límites con cierta precisión en parte minuciosa, en parte descuidada, pero
siempre pintoresca. Ramilletes de flores silvestres crecían por doquiera, exuberantes, en los
intervalos
Qué concluir de todo esto, por supuesto yo no lo sabía. Había allí arte, indudablemente
—eso no me sorprendía—; todos los caminos, en el sentido vulgar, son obras de arte;
tampoco puedo decir que hubiera mucho de qué asombrarse en el simple exceso de arte
manifestado; todo lo hecho allí parecía realizado —con semejantes «recursos» naturales
(como dicen los libros sobre el jardín-paisaje)— con muy poco esfuerzo y gasto. No la
cantidad, sino el carácter del arte, fue lo que me obligó a sentarme en una de las piedras
floridas y a mirar de arriba abajo esa avenida mágica con arrobada admiración durante
quizá más de media hora. Cuanto más miraba, más evidente me parecía una cosa: todos
esos arreglos eran obra de un artista dotado del más escrupuloso sentido de la forma. La
mayor preocupación había sido mantener el justo medio entre lo esmerado y gracioso, por
una parte, y lo pittoresco, en el verdadero sentido de la palabra italiana, por la otra. Había
pocas líneas rectas, y éstas casi siempre interrumpidas. El mismo efecto de curvatura o de
color aparecía dos veces, por lo general, pero no más, en cualquier perspectiva. Por
doquiera reinaba variedad en la uniformidad. Era una obra «compuesta», en la cual el más
exigente sentido crítico apenas hubiera encontrado enmienda que hacer.
Había doblado hacia la derecha al tomar por ese camino, y entonces, poniéndome de
pie, continué en la misma dirección. El sendero era tan sinuoso que en ningún momento
podía prever su curso más allá de dos o tres metros. Su aspecto no sufría ningún cambio.
En ese momento el murmullo del agua llegó suavemente a mis oídos, y pocos instantes
después, en un recodo del camino un poco más brusco que los anteriores, advertí un
edificio al pie de un suave declive que tenía delante. No pude ver nada con claridad a causa
de la niebla que llenaba todo el pequeño valle inferior. Sin embargo, se levantó una suave
brisa mientras el sol se ponía, y, estando yo de pie en lo alto de la pendiente, la niebla se
disipó en jirones y flotó sobre el paisaje.
Mientras todo se hacía visible —gradualmente, tal como lo describo—, parte por parte,
aquí un árbol, allí un reflejo de agua y allá de nuevo la punta de una chimenea, no pude
menos de pensar que el conjunto era una de esas ingeniosas ilusiones exhibidas a veces con
el nombre de «imágenes fugitivas».
En el momento, sin embargo, en que la niebla desapareció por completo, el sol
descendió detrás de las suaves colinas, y desde allí, como si lo hubieran empujado
ligeramente hacia el sur, apareció de nuevo ante la vista, pleno, resplandeciente de brillo
purpúreo, a través de un barranco que se abría en el valle desde el oeste. De improviso,
entonces, como por obra de magia, el valle entero con todo lo que contenía se hizo visible.
El primer coup d’oeil, cuando el sol se deslizó a la posición descrita, me impresionó
tanto como de muchacho la escena final de algún espectáculo o melodrama teatral bien
compuesto. Ni siquiera faltaba la exageración del color, pues la luz salía de la grieta
tiñendo todo de naranja y púrpura, mientras el verde brillante del césped en el valle se
reflejaba más o menos en todos los objetos por la cortina de vapor que seguía suspendida,
como si no estuviera dispuesta a retirarse totalmente de un espectáculo tan milagrosamente
hermoso.
El pequeño valle que yo examinaba desde el dosel de bruma no podía tener más de
cuatrocientas yardas de largo mientras su ancho variaba de cincuenta a ciento cincuenta, o
quizá doscientas yardas. Era más estrecho en su extremidad septentrional, abriéndose
paulatinamente hacia el sur, pero sin exacta regularidad. La parte más ancha estaba a unas
ochenta yardas del extremo sur. Las cuestas que circundaban el valle no podían en rigor
recibir el nombre de colinas, salvo en la parte norte. Allí un escarpado borde de granito se
elevaba a una altura de unos noventa pies; y, como lo he dicho, el valle en este punto no
tenía más de cincuenta pies de ancho; pero, a medida que el visitante bajaba hacia el sur
desde este acantilado, encontraba a la derecha y a la izquierda declives menos altos, menos
escarpados y menos rocosos a la vez. Todo, en una palabra, descendía y se suavizaba hacia
el sur, y, sin embargo, el valle estaba ornado de eminencias más o menos altas, excepto en
dos puntos. De uno de ellos ya he hablado. Quedaba marcadamente al noroeste, donde el
sol poniente se abría camino en el anfiteatro, como lo he descrito, por una brusca grieta
natural abierta en el terraplén de granito; esta fisura tendría diez yardas en su punto más
ancho, en la medida en que el ojo podría seguirla. Parecía subir y subir, como un sendero
natural, hasta los retiros de montañas y bosques inexplorados. La otra abertura estaba
directamente en el extremo meridional del valle. Allí, por lo general, las pendientes no eran
sino suaves inclinaciones que se extendían de este a oeste en unas ciento cincuenta yardas.
En el centro de esta superficie había una depresión al nivel del valle. Con respecto a la
vegetación, así como en todo lo demás, el paisaje se suavizaba y descendía hacia el sur.
Hacia el norte, en el escarpado precipicio, a unos pasos del borde, brotaban los magníficos
troncos de numerosos nogales americanos, nogales negros y castaños entremezclados con
algunos robles, y las fuertes ramas laterales de los nogales, especialmente, se extendían
sobre el borde del acantilado. Descendiendo hacia el sur, el explorador veía al principio la
misma clase de árboles, pero cada vez menos altos y más alejados del estilo de Salvator
Rosa; luego veía el olmo, más amable, y a continuación el sasafrás y el algarrobo, y
después otros más suaves: el tilo, el ciclamor, la catalpa y el arce, y luego otras variedades
aún más graciosas y más modestas. Toda la superficie de la pendiente meridional estaba
cubierta tan sólo por matorrales silvestres, con excepción de algún sauce plateado o algún
álamo blanco. En el mismo fondo del valle (pues debe tenerse presente que la vegetación
hasta aquí mencionada crecía tan sólo en los acantilados y en las laderas de las colinas) se
veían tres árboles aislados. Uno era un olmo de espléndido tamaño y exquisita forma;
montaba guardia en la puerta del valle. Otro era un nogal americano, más grande que el
olmo y al mismo tiempo mucho más hermoso, aunque ambos eran de extraordinaria
belleza; parecía ocuparse de la entrada noroeste, brotando de un grupo de rocas en la boca
misma del barranco y lanzando su gracioso cuerpo en un ángulo de casi cuarenta y cinco
grados hacia la luz del anfiteatro. A unas treinta yardas al este de este árbol se alzaba, sin
embargo, el orgullo del valle, y fuera de toda duda el árbol más espléndido que jamás
hubiera visto, salvo, quizá, entre los cipreses del Itchiatuckanee. Era un tulípero de tres
troncos —el Liriodendron Tulipiferum—, del orden de las magnolias. Los tres troncos
separados del principal a unos tres pies del suelo, muy ligera y gradualmente divergentes,
no estaban a una distancia mayor de cuatro pies con respecto al punto donde la rama más
grande desplegaba su follaje, es decir, a una altura de unos ochenta pies. El alto total de la
rama mayor era de ciento veinte pies. Nada puede superar en belleza la forma, el verde
lustroso, brillante de las hojas del tulípero. En este ejemplar tenían ocho pulgadas de ancho,
pero su esplendor era totalmente eclipsado por la magnificencia de las profusas flores.
¡Imagínense, apretadamente juntos, un millón de tulipanes, los más grandes y más
resplandecientes! Sólo así puede el lector tener alguna idea de la imagen que quisiera
describirle. Y luego la gracia majestuosa de los troncos, como columnas nítidas,
delicadamente granuladas, la más ancha de cuatro pies de diámetro, a veinte del suelo. Las
innumerables flores, mezcladas con las de otros árboles apenas menos hermosos, aunque
infinitamente menos majestuosos, colmaban el valle de perfumes más exquisitos que los de
Arabia.
El suelo del anfiteatro estaba en general cubierto de césped, de la misma especie que el
del camino y, si es posible, más deliciosamente suave, espeso, aterciopelado y
milagrosamente verde. Era difícil imaginar cómo se había logrado toda esta belleza.
He hablado de las dos aberturas que daban al valle. De la situada al noroeste salía un
arroyuelo que bajaba murmurando suavemente, entre leve espuma, por el barranco, hasta
romper contra el grupo de rocas de las cuales brotaba el solitario nogal americano. Aquí,
después de rodear el árbol, seguía un poco hacia el noreste, dejando el tulípero a unos
veinte pies al sur, sin cambiar demasiado su curso hasta llegar a un punto intermedio entre
los límites este y oeste del valle. En este punto, después de una serie de vueltas, doblaba en
ángulo recto y seguía hacia el sur formando recodos, hasta perderse en un pequeño lago de
forma irregular, casi ovalado, que brillaba cerca del extremo inferior del valle. Este laguito
tenía quizá unas cien yardas de diámetro en la parte más ancha. No hay cristal más claro
que sus aguas. El fondo, que podía verse nítidamente, estaba formado por guijarros blancos
y brillantes. Sus orillas, del césped esmeralda ya descrito, bajaban ondulando, más que en
pendiente rectilínea, hacia el claro cielo inferior, y tan claro era este cielo, tan
perfectamente reflejaba por momentos todos los objetos superiores, que era no poco difícil
determinar dónde concluía la verdadera orilla y dónde comenzaba la reflejada. La trucha y
algunas otras variedades de peces que parecían abundar casi con exceso en ese estanque
tenían toda la apariencia de verdaderos peces voladores. Era casi imposible creer que no
estuvieran suspendidos en el aire. Una liviana canoa de abedul, que flotaba plácida en el
agua, se reflejaba en sus más mínimas fibras con una fidelidad no superada por el espejo
más exquisitamente pulido. Una pequeña isla, encantadora y sonriente, llena de espléndidas
flores, y en la que apenas había el espacio necesario para una pintoresca construcción
pequeña, en apariencia una jaula de pájaros, surgía no lejos de la orilla norte del lago, a la
cual se unía por medio de un puente de inconcebible ligereza y, sin embargo, muy
primitivo. Estaba formado por una sola tabla de tulípero, ancha y gruesa. Tenía cuarenta
pies de largo y cruzaba el espacio entre una y otra orilla trazando un arco suave, pero muy
perceptible, que impedía toda oscilación. Del extremo meridional del lago salía una
continuación del arroyuelo que, después de serpentear durante unas treinta yardas, pasaba al
fin por la «depresión» (ya descrita) en el centro del declive sur y, desplomándose por un
escarpado precipicio de unos cien pies, se abría camino errante e ignorado hacia el Hudson.
El lago era muy hondo —en algunos puntos alcanzaba treinta pies—, pero la
profundidad del arroyuelo rara vez excedía de tres pies, mientras su anchura mayor no
pasaba de ocho, aproximadamente. El fondo y las orillas eran como los del estanque: si un
defecto podía achacárseles, en consideración a lo pintoresco, era el de su excesiva limpidez.
La verde superficie de césped estaba realzada, aquí y allá, por algunos arbustos
brillantes, tales como hortensias, la común bola de nieve o las aromáticas lilas; o, más a
menudo, por un grupo de geranios, de numerosas variedades, magníficamente florecidos.
Estos últimos crecían en tiestos bien enterrados en el suelo, de modo de dar a las plantas
una apariencia natural. Además de todo esto, el terciopelo de la pradera se veía tachonado
exquisitamente por ovejas, un gran rebaño que erraba en el valle en compañía de tres
ciervos domesticados y gran número de patos de plumaje brillante. Un enorme mastín
parecía encargado de vigilar a todos y cada uno de esos animales.
A lo largo de los acantilados del este y el oeste, donde, hacia la parte superior del
anfiteatro, los límites eran más o menos escarpados, crecía la hiedra en gran profusión, de
manera que sólo aquí y allá podía entreverse apenas la roca desnuda. De modo semejante,
el precipicio norte estaba casi enteramente cubierto de viñas de rara exuberancia; algunas
brotaban del suelo, en la base del acantilado, y otras de los bordes de la pared.
La ligera elevación que formaba el límite inferior de este pequeño dominio estaba
coronada por una lisa pared de piedra, de altura suficiente para impedir que escaparan los
ciervos. Nada semejante a una tapia se observaba en otra parte, pues fuera de allí no había
necesidad de un cercado artificial; cualquier oveja extraviada, por ejemplo, que tratara de
salir del valle por la grieta sería detenida, después de avanzar unas yardas, por el escarpado
reborde de roca sobre el cual se desplomaba la cascada que atrajera mi atención al
acercarme al dominio. En una palabra, la única entrada o salida era una verja que ocupaba
un paso rocoso del camino, pocos metros más abajo del lugar donde me detuve a reconocer
el paisaje.
He dicho que el arroyo serpenteaba muy irregularmente durante todo su curso. Sus dos
direcciones generales, como lo he explicado, eran primero de oeste a este, y luego de norte
a sur. En el codo, la corriente volvía hacia atrás y formaba un bucle casi circular, dibujando
una península que semejaba una isla, con una superficie aproximadamente igual a la
decimosexta parte de un acre. En esta península había una casa-habitación, y cuando digo
que esta casa, como la infernal terraza vista por Vathek, était d’une architecture inconnue
dans les annales de la terre, aludo simplemente a que su conjunto me impresionó, dándome
una sensación de novedad y ajuste combinados, en una palabra, de poesía (pues, como no
sea con los términos que acabo de emplear, apenas podría dar, de la poesía en abstracto,
una definición más rigurosa), y no quiero decir que en ningún sentido se percibiera allí algo
de outré.
En realidad, nada más simple, más absolutamente modesto que este cottage. Su
maravilloso efecto residía únicamente en su disposición artística, análoga a la de un cuadro.
Hubiera podido imaginar, mientras lo miraba, que algún eminente paisajista lo había
construido con su pincel.
El punto desde el cual vi por primera vez el valle no era en modo alguno, aunque estaba
cerca, el mejor para observar la casa. La describiré cómo la vi después, situado en el muro
de piedra, en el extremo sur del anfiteatro.
El edificio principal tenía unos veinticuatro pies de largo por dieciséis de ancho, no
más por cierto. La altura total, desde el piso a la cúspide del tejado, no excedía de dieciocho
pies. En el extremo oeste de esta estructura se unía una tercera parte más pequeña en todas
sus proporciones; la fachada estaba unas dos yardas más atrás que la del edificio más
grande, y la línea del tejado, por supuesto, mucho más baja que la del techo vecino. En
ángulo recto con estos edificios y detrás del principal, no exactamente en el medio, se
extendía un tercer compartimento muy pequeño, en general un tercio menos grande que el
ala oeste. Los techos de los dos más grandes eran muy empinados, descendiendo desde el
caballete en una larga curva cóncava y extendiéndose, por lo menos, cuatro pies fuera de
las paredes hasta formar los techos de dos piazzas. Estos techos, claro está, no necesitaban
soportes, pero como tenían apariencia de necesitarlos se habían insertado en las esquinas
pilares ligeros y perfectamente lisos. El tejado del ala norte era una simple extensión de una
parte del principal. Entre el edificio mayor y el ala oeste se levantaba una altísima y un
tanto fina chimenea cuadrada de duros ladrillos holandeses, alternativamente blancos y
rojos, con una ligera cornisa de ladrillos salientes en la punta. Los aleros también se
proyectaban mucho: en el cuerpo mayor, unos cuatro pies hacia el este y dos hacia el oeste.
La puerta principal no se hallaba justo en la mitad del edificio, sino un poco hacia el este,
mientras las dos ventanas se desplazaban hacia el oeste. Estas últimas no llegaban al suelo,
pero eran mucho más largas y estrechas de lo habitual; tenían postigos simples como
puertas, con cristales en losange, pero muy grandes. La mitad superior de la puerta era
también de vidrios y en losange; un postigo movible la protegía durante la noche. La puerta
del ala oeste se abría bajo el alero y era muy simple; una sola ventana miraba hacia el sur.
El ala norte carecía de puerta exterior y tenía una única ventana hacia el este.
En la lisa pared del gablete oriental se destacaban unas escaleras (con balaustrada) que
la atravesaban en diagonal, partiendo del sur. Protegidos por el alero muy saliente, esos
escalones daban acceso a una puerta que conducía a una buhardilla o más bien desván, pues
sólo recibía luz de una ventana que miraba hacia el norte y parecía haber sido destinada a
depósito.
Las piazzas del edificio principal y del ala oeste no estaban pavimentadas, como es
habitual; pero delante de las puertas y de cada ventana se incrustaban, en el césped
delicioso, anchas, chatas e irregulares losas de granito, brindando un cómodo paso en todo
tiempo. Excelentes senderos del mismo material, no perfectamente colocado, sino con la
hierba aterciopelada llenando los intervalos entre las piedras, llevaban aquí y allá, desde la
casa, hasta una fuente cristalina, a unos cinco pasos, al camino o a una o dos dependencias
que había al norte más allá del arroyo, completamente ocultas por unos pocos algarrobos y
catalpas.
A no más de seis pasos de la puerta principal del cottage veíase el tronco seco de un
fantástico peral, tan cubierto de arriba a abajo por las magníficas flores de la bignonia que
requería no poca atención saber qué objeto encantador era aquél. De varias ramas de este
árbol pendían jaulas de diferentes clases. Una, un amplio cilindro de mimbre, con un aro en
lo alto, mostraba un sinsonte; otra, una oropéndola; una tercera, un pájaro arrocero,
mientras tres o cuatro prisiones más delicadas resonaban con los cantos de los canarios.
En los pilares de la piazza se entrelazaban los jazmines y la dulce madreselva, mientras
del ángulo formado por la estructura principal y su ala oeste, en el frente, brotaba una viña
de sin igual exuberancia. Desdeñando toda contención, había trepado primero al tejado más
bajo, luego al más alto, y a lo largo del caballete de este último continuaba enroscándose,
lanzando zarcillos a derecha e izquierda, hasta llegar, por fin, al gablete del este para
volcarse sobre las escaleras.
Toda la casa, con sus alas, estaba construida en tejamaniles, según el viejo estilo
holandés, anchos y sin redondear en las puntas. Una peculiaridad de este material es que da
a las casas la apariencia de ser más amplias en la base que en lo alto, a la manera de la
arquitectura egipcia; y en el ejemplo presente acentuaban el pintoresquísimo efecto los
numerosos tiestos de vistosas flores que circundaban casi toda la base de los edificios.
Los tejamaniles estaban pintados de gris oscuro, y un artista puede imaginar fácilmente
la felicidad con la cual este matiz neutro se mezclaba con el verde vivo de las hojas del
tulípero que sombreaban parcialmente el cottage.
La posición a la que me he referido, cerca del muro de piedra, era la más favorable para
ver los edificios, pues el ángulo sudeste se adelantaba de modo que la vista podría abarcar a
la vez los dos frentes con el pintoresco gablete del este, y al mismo tiempo tener una visión
suficiente del ala norte, parte del lindo tejado de una cámara enfriadora construida sobre
una fuente, y casi la mitad de un puente liviano que cruzaba el arroyo muy cerca de los
cuerpos principales.
No permanecí mucho tiempo en lo alto de la colina, aunque sí el suficiente para un
examen completo del paisaje que tenía a mis pies. Era evidente que me había desviado de la
ruta a la aldea, y tenía así una buena excusa de viajero para abrir la puerta y preguntar por
el camino en todo caso; de modo que, sin más rodeos, avancé.
Después de cruzar la puerta, el camino parecía continuar en un reborde natural,
descendiendo gradualmente a lo largo de la pared de los acantilados del noreste. Llegué al
pie del precipicio norte y de allí al puente, y, rodeando el gablete del este, hasta la puerta
delantera. Durante la marcha observé que no se veía ninguna de las dependencias.
Al dar vuelta al gablete, un mastín saltó hacia mí con un silencio severo, pero con la
mirada y el aire de un tigre. Le tendí, sin embargo, la mano en señal de amistad, y todavía
no he conocido perro que resistiera la prueba de esta apelación a su amabilidad. No sólo
cerró la boca y meneó la cola, sino que me ofreció su pata, además de extender sus
cortesías a Ponto.
Como no se veía campanilla, golpeé con el bastón en la puerta, que estaba semiabierta.
Inmediatamente, una figura se adelantó al umbral: era una mujer joven, de unos veintiocho
años, esbelta o más bien ligera y de talla un poco superior a la corriente. Mientras se
acercaba con cierta modesta decisión en el paso, absolutamente indescriptible, me dije a mí
mismo: «Seguramente he encontrado la perfección de la gracia natural en contradicción
con la artificial». La segunda impresión que me hizo, pero muchísimo más vívida que la
anterior, fue de exaltación. Nunca había penetrado hasta el fondo de mi corazón una
expresión de romanticismo tan intenso, me atrevería a decir, tan espiritual como la que
brillaba en sus ojos profundos. No sé cómo, pero esta peculiar expresión de la mirada, que a
veces se graba en los labios, es el hechizo más poderoso, si no el único, que despierta mi
interés por una mujer. «Romanticismo», digo, con tal de que mis lectores comprendan bien
lo que quiero expresar con esta palabra: «romántico» y «femenino» son para mí términos
equivalentes; y, después de todo, lo que el hombre ama de veras en la mujer es
simplemente su feminidad. Los ojos de Annie (alguien, desde adentro, la llamaba «¡Annie,
querida!») eran de un «gris espiritual»; su pelo, castaño claro; esto es todo lo que tuve
tiempo de observar en ella.
A su cortés invitación entré, pasando primero por un vestíbulo de mediana amplitud.
Como había ido especialmente para observar, noté que a mi derecha, al entrar, había una
ventana semejante a las de la fachada de la casa; a la izquierda, una puerta que conducía a
la habitación principal, mientras frente a mí una puerta abierta me permitía ver un aposento
pequeño, justo del tamaño del vestíbulo, dispuesto como estudio, con una amplia ventana
saliente orientada hacia el norte.
Pasé a la sala y me encontré con Mr. Landor, pues éste, lo supe después, era su nombre.
Se mostró amable y aun cordial en sus maneras; pero aun entonces estaba yo más atento a
observar el arreglo de la casa que me había interesado tanto, que la apariencia personal del
ocupante.
El ala norte, lo vi entonces, era un dormitorio; su puerta se abría a la sala. Al oeste de
esta puerta había una sola ventana, que miraba al arroyo. En el extremo este de la sala
veíase una chimenea y una puerta que llevaba al ala oeste, probablemente una cocina.
Nada más rigurosamente sencillo que el moblaje de la sala. En el piso había una
alfombra teñida, de excelente tejido, con fondo blanco y pequeños círculos verdes. En las
ventanas colgaban cortinas de muselina de algodón blanca como la nieve, medianamente
amplias, que caían resueltamente, casi geométricas, en pliegues finos, paralelos, hasta el
piso, justo hasta el piso. Las paredes estaban tapizadas con un papel francés de gran
delicadeza: un fondo plateado con una línea en zig-zag de color verde pálido. La superficie
veíase realzada sólo por tres exquisitas litografías de Julien, à trois crayons, sujetas a la
pared sin marco. Uno de esos dibujos representaba una lujosa o más bien voluptuosa escena
oriental; otro, una escena de carnaval, de una vivacidad incomparable; el tercero, una
cabeza femenina griega, un rostro de tan divina hermosura y, sin embargo, con una
expresión de vaguedad tan incitante como nunca hasta entonces atrajera mi atención.
El moblaje más importante consistía en una mesa redonda, unas pocas sillas (incluso
una amplia mecedora) y un sofá o más bien «canapé» de arce liso, pintado de blanco
cremoso, con ligeros filetes verdes y asiento de mimbre entretejido. Las sillas y la mesa
hacían juego; pero todas las formas habían sido diseñadas evidentemente por el mismo
cerebro que planeara los jardines; imposible concebir nada más gracioso.
Sobre la mesa había algunos libros, un amplio frasco cuadrado de algún nuevo
perfume, una simple lámpara astral (no solar) de vidrio deslustrado, con una pantalla
italiana, y un gran vaso con flores esplendorosamente abiertas. A decir verdad, las flores, de
magníficos colores y delicado perfume, constituían la única decoración del aposento.
Ocupaba casi totalmente el hogar de la chimenea un tiesto de brillantes geranios. En una
repisa triangular en cada ángulo de la habitación había un vaso similar, sólo distinto por su
encantador contenido. Uno o dos pequeños bouquets adornaban la repisa de la chimenea, y
violetas frescas formaban ramos en el borde de las ventanas abiertas
El propósito de este trabajo no es sino el de dar en detalle una pintura de la residencia
de Mr. Landor, tal como la encontré.
La isla del hada
Nullus enim locus sine genio est.
(SERVIUS)
La musique —dice Marmontel en esos Contes Moraux89 que en nuestras traducciones
hemos insistido en llamar Cuentos morales como en remedo de su ingenio—, la musique
est le seul des talents qui jouisse de lui même; tous les autres veulent des témoins. Aquí
confunde el placer que brindan los sonidos agradables con la capacidad de crearlos. Como
en cualquier otro talento, no es posible un goce completo de la música si no hay una
segunda persona que aprecia su ejecución. Y tiene en común con los otros talentos la
posibilidad de producir efectos que pueden ser plenamente disfrutados en soledad. La idea
que el raconteur no ha sido capaz de elaborar claramente, o que ha sacrificado en aras de
ese amor nacional por el dicho agudo, es, sin duda, la muy sostenible de que la música más
elevada es la que mejor se estima cuando estamos exclusivamente solos. En esta forma
pueden admitir la proposición tanto aquellos que aman la lira por sí misma como los que la
aman por sus usos espirituales. Pero hay un placer al alcance de la humanidad caída, y
quizá sólo uno, que debe aún más que la música a la accesoria sensación de aislamiento.
Me refiero a la felicidad experimentada en la contemplación del paisaje natural. En verdad,
el hombre que quiere contemplar plenamente la gloria de Dios en la tierra debe
contemplarla en soledad. Para mí, al menos, la presencia, no sólo de vida humana, sino de
cualquier otra clase que no sea la de los seres verdes que brotan del suelo y no tienen voz,
es una mancha en el paisaje, está en pugna con su genio. Me gusta mirar los valles oscuros,
las rocas grises, las aguas que sonríen silenciosas, los bosques que suspiran en sueños
intranquilos, las orgullosas montañas vigilantes que lo contemplan todo desde arriba; me
gusta mirarlos como si fueran los miembros colosales de un vasto todo animado y sensible,
un todo cuya forma (la de la esfera) es la más perfecta y la más amplia de todas, que
prosigue su camino en compañía de otros planetas; cuya mansa sierva es la luna, su mediato
soberano el sol, su vida la eternidad, su pensamiento el de un dios, su goce el conocimiento;
cuyos destinos se pierden en la inmensidad; que nos conoce de manera análoga a como
nosotros conocemos los animálculos que infestan el cerebro, un ser al que, en consecuencia,
consideramos como puramente inanimado y material, de manera muy semejante a la de
esos animálculos con respecto a nosotros.
Nuestro telescopio y nuestras investigaciones matemáticas nos aseguran por doquiera
—a pesar de la gazmoñería del más ignorante de los sacerdocios— que el espacio, y en
consecuencia el volumen, es una consideración importante a los ojos del Todopoderoso.
Los ciclos en los cuales se mueven las estrellas son los mejor adaptados para la evolución,
sin choque, de la mayor cantidad posible de cuerpos. Las formas de esos cuerpos son las
exactamente precisas para incluir, dentro de una superficie dada, la mayor cantidad posible
de materia, al par que dichas superficies están dispuestas de manera de acomodar una
población más densa de la que cabría en las mismas ordenadas de otra manera. Que el
espacio sea infinito no es un argumento contra la idea de que el volumen es una finalidad
89 Moraux deriva aquí de moeurs, y significa a la moda, o más estrictamente, «de costumbres».
de Dios, pues puede haber una infinidad de materia para llenarlo. Y puesto que vemos
claramente que dotar a la materia de vitalidad es un principio —en realidad, en la medida
del alcance de nuestros juicios, el principio conductor de las operaciones de la Deidad—,
no es muy lógico imaginarla reducida a las regiones de lo pequeño, donde diariamente la
descubrimos, y no extendida a las de lo augusto. Así como encontramos un círculo dentro
de otro, infinitamente, pero girando todos en torno a un centro lejano que es la divinidad,
¿no podemos suponer analógicamente, de la misma manera, la vida dentro de la vida, lo
menor dentro de lo mayor y el todo dentro del Espíritu Divino? En una palabra, erramos
grandemente por fatuidad al creer que el hombre, ya en su destino temporal, ya futuro, es
más importante en el universo que ese vasto «terrón del valle» que labra y menosprecia, y
al cual niega un alma sin ninguna razón profunda, como no sea porque no le contempla en
acción90.
Estas fantasías y otras semejantes siempre conferían a mis meditaciones en las
montañas y en los bosques, junto a los ríos y al océano, ese matiz que el común de las
gentes llama fantástico. Mis vagabundeos por esos paisajes eran frecuentes, extraños, a
menudo solitarios, y el interés con que me perdía por numerosos valles sombríos y
profundos, o contemplaba el cielo reflejado de muchos lagos brillantes, era un interés
acrecentado por la convicción de que me había perdido en una contemplación solitaria.
¿Quién fue el francés charlatán91 que dijo, aludiendo a la bien conocida obra de
Zimmerman, que «la solitude est une belle chose; mais il faut quelqu’un pour vous dire que
la solitude est une belle chose»? El epigrama es irrefutable; pero esa necesidad es una cosa
que no existe.
Durante uno de mis viajes solitarios, en una lejanísima región de montañas encerradas
entre montañas, y tristes ríos y melancólicos lagos sinuosos o dormidos, hallé cierto
arroyuelo con una isla. Llegué de improviso, en junio, el mes de la fronda, y me tendí en el
césped, bajo las ramas de un oloroso arbusto desconocido, de manera de adormecerme
mientras contemplaba la escena. Sentía que sólo así podría verla, tal era el carácter
fantasmal que presentaba.
En todas partes, salvo en occidente, donde el sol estaba por ponerse, se elevaban los
verdes muros del bosque. El riacho, que formaba un brusco codo en su curso perdiéndose
inmediatamente de vista, parecía no salir de su prisión, sino ser absorbido por el profundo
follaje verde de los árboles hacia el este, mientras en el lado opuesto (así lo pensé, tendido
en el suelo mirando hacia arriba) se derramaba en el valle, silenciosa y continua desde las
crepusculares fuentes del cielo, una espléndida cascada oro y carmesí.
Más o menos en el centro de la breve perspectiva que abarcaba mi visión soñadora, una
pequeña isla circular, profusamente verde, reposaba en el seno de la corriente.
Tan fundidas estaban la ribera y la sombra
que todo parecía suspendido en el aire,
tan semejante a un espejo era el agua transparente, que resultaba casi imposible decir
en qué punto del inclinado césped esmeralda comenzaba su dominio de cristal.
Mi posición me permitía abarcar de una sola mirada las dos extremidades, este y oeste,
90 Hablando de las mareas, Pomponius Mela dice, en su tratado De Situ Orbis: «O el mundo es un gran
animal, o…», etc.
91 Balzac, en esencia; no recuerdo las palabras.
del islote, y observé una diferencia singularmente marcada en su aspecto. El último era un
radiante harén de bellezas jardineras. Ardía y se ruborizaba bajo la mirada del sol poniente,
y reía bellamente con sus flores. El césped era corto, muelle, suavemente perfumado y
sembrado de asfódelos. Los árboles eran flexibles, alegres, erguidos, brillantes, esbeltos y
graciosos, de línea y follaje orientales, con una corteza suave, lustrosa, multicolor. En todo
parecía haber un profundo sentido de vida y de alegría, y, aunque no soplaba el aire de los
cielos, todo parecía animado por el delicado ir y venir de innumerables mariposas que
podían tomarse por tulipanes con alas92.
El otro lado, el lado este de la isla, estaba sumido en la más negra sombra. Una oscura
y sin embargo hermosa y apacible melancolía penetraba allí todas las cosas. Los árboles
eran de color sombrío, lúgubres de forma y de actitud, retorcidos en figuras tristes,
solemnes, espectrales, que expresaban pena letal y muerte prematura. El césped tenía el
matiz profundo del ciprés y se inclinaba lánguido, y aquí y allá veíanse numerosos
montículos pequeños y feos, bajos y estrechos, no muy largos, que tenían el aspecto de
tumbas, pero no lo eran, aunque alrededor y encima treparan la ruda y el romero. La
sombra de los árboles caía densa sobre el agua y parecía sepultarse en ella, impregnando de
oscuridad las profundidades del elemento. Imaginé que cada sombra, a medida que el sol
descendía, se separaba tristemente del tronco donde había nacido y era absorbida por la
corriente, mientras otras sombras brotaban por momentos de los árboles ocupando el lugar
de sus predecesoras sepultas.
Una vez que esta idea se hubo adueñado de mi fantasía, la excitó mucho y me perdí de
inmediato en ensueños. «Si hubo alguna isla encantada —me dije—, hela aquí. Ésta es la
morada de las pocas hadas graciosas que sobreviven a la ruina de la raza. ¿Son suyas esas
verdes tumbas? ¿O entregan sus dulces vidas como el hombre? Para morir, ¿consumen su
vida melancólicamente, ceden a Dios poco a poco su existencia, como esos árboles
entregan sombra tras sombra, agotando sus sustancias hasta la disolución? Lo que el árbol
agotado es para el agua que embebe su sombra, ennegreciéndose a medida que la devora,
¿no será la vida del hada para la muerte que la anega?»
Mientras así meditaba, con los ojos entrecerrados, y el sol se hundía rápidamente en su
lecho, y los remolinos corrían alrededor de la isla, arrastrando en su seno anchas,
deslumbrantes, blancas cortezas de sicómoro, cortezas que, en sus múltiples posiciones
sobre el agua, podían sugerir a una imaginación rápida lo que ésta gustara; mientras así
meditaba, me pareció que la forma de una de esas mismas hadas en las cuales había estado
pensando se encaminaba lentamente hacia la oscuridad desde la luz de la parte oriental de
la isla. Allí estaba, erguida en una canoa singularmente frágil, impulsándola con el simple
fantasma de un remo. Mientras estuvo bajo la influencia del sol tardío, su actitud parecía
indicar alegría, pero la pena la alteró al pasar al dominio de la sombra. Lentamente se
deslizó por ella y, al fin, rodeando la isla, volvió a la región de la luz. «La revolución que
acaba de cumplir el hada —continué soñador— es el ciclo de un breve año de su vida. Ha
atravesado el invierno y el verano. Está un año más cerca de la muerte»; pues no dejé de
ver que, al llegar a la tiniebla, su sombra se desprendía y era tragada por el agua oscura,
tornando más negra su negrura.
Y de nuevo aparecieron el bote y el hada; pero en la actitud de ésta había más
preocupación e incertidumbre, menos dinámica alegría. Navegó de nuevo desde la luz hacia
la tiniebla (que se ahondaba por momentos), y de nuevo se desprendió su sombra y cayó en
92 Florem putares mare per liquidum aethera (P. Commire).
el agua de ébano, que la absorbió en su negrura. Y una y otra vez repitió el circuito de la
isla (mientras el sol se precipitaba hacia su lecho), y cada vez que surgía en la luz había
más pesar en su figura, cada vez más débil, más abatida, más indistinta; y a cada paso hacia
la tiniebla desprendíase de ella una sombra más oscura, que se hundía en una sombra más
negra. Pero, al fin, cuando el sol hubo desaparecido totalmente, el hada, ahora simple
espectro de sí misma, se dirigió desconsolada con su bote a la región de la corriente de
ébano y, si salió de allí, no puedo decirlo, pues la oscuridad cayó sobre todas las cosas y
nunca más contemplé su mágica figura.
El alce
Con frecuencia se ha opuesto el escenario natural de Norteamérica, tanto en sus líneas
generales como en sus detalles, al paisaje del Viejo Mundo —en especial de Europa—, y
no ha sido más profundo el entusiasmo que mayor la disensión entre los defensores de cada
parte. No es probable que la discusión se cierre pronto, pues aunque se ha dicho mucho por
ambos lados, aún queda por decir un mundo de cosas.
Los turistas ingleses más distinguidos que han intentado una comparación, parecen
considerar nuestro litoral norte y este, comparativamente hablando, así como todo el de
Norteamérica o, por lo menos, el de Estados Unidos, digno de consideración. Poco dicen,
porque han visto menos, del magnífico paisaje de algunos de nuestros distritos occidentales
y meridionales —del dilatado valle de Luisiana, por ejemplo—, realización del más
exaltado sueño de un paraíso. En su mayor parte estos viajeros se conforman con una
apresurada inspección de los lugares más espectaculares de la zona: el Hudson, el Niágara,
las Catskills, Harper’s Ferry, los lagos de Nueva York, el Ohio, las praderas y el
Mississippi. Son éstos, en verdad, objetos muy dignos de contemplación, aun para aquel
que ha trepado a las encastilladas riberas del Rin, o ha errado
Junto al azul torrente del Ródano veloz.
Pero éstos no son todos los que pueden envanecernos y en realidad llegaré a la osadía
de afirmar que hay innumerables rincones tranquilos, oscuros y apenas explorados, dentro
de los límites de los Estados Unidos, que el verdadero artista o el cultivado amante de las
más grandes y más hermosas obras de Dios preferirá a todos y cada uno de los prestigiosos
y acreditados paisajes a los cuales me he referido.
En realidad, los verdaderos edenes de la tierra quedan muy lejos de la ruta de nuestros
más sistemáticos turistas; ¡cuánto más lejos, entonces, del alcance de los forasteros que,
habiéndose comprometido con los editores de su patria a proveer cierta cantidad de
comentarios sobre Norteamérica en un plazo determinado, no pueden cumplir este pacto de
otra manera que recorriendo a toda velocidad, libreta de notas en mano, los más trillados
caminos del país!
Acabo de mencionar el valle de Luisiana. De todas las regiones extensas dotadas de
belleza natural, ésta es quizá la más hermosa. Ninguna ficción se le ha aproximado. La más
espléndida imaginación podría derivar sugestiones de su exuberante belleza. Y la belleza
es, en realidad, su única característica. Poco o nada tiene de sublime. Suaves ondulaciones
del suelo entretejidas con cristalinas y fantásticas corrientes costeadas por pendientes
floridas, y como fondo una vegetación forestal, gigantesca, brillante, multicolor, rutilante
de gayos pájaros, cargada de perfume: estos rasgos componen, en el valle de Luisiana, el
paisaje más voluptuoso de la tierra.
Pero, aun en esta deliciosa región, las partes más encantadoras sólo se alcanzan por
sendas escondidas. A decir verdad, por lo general el viajero que quiere contemplar los más
hermosos paisajes de Norteamérica no debe buscarlos en ferrocarril, en barco, en
diligencia, en su coche particular, y ni siquiera a caballo, sino a pie. Debe caminar, debe
saltar barrancos, debe correr el riesgo de desnucarse entre precipicios, o dejar de ver las
maravillas más verdaderas, más ricas y más indecibles de la tierra.
En la mayor parte de Europa esta necesidad no existe. En Inglaterra es absolutamente
desconocida. El más elegante de los turistas puede visitar todos los rincones dignos de ser
vistos sin detrimento de sus calcetines de seda, tan bien conocidos son todos los lugares
interesantes y tan bien organizados están los medios de acceso. Nunca se ha dado a esta
consideración la debida importancia cuando se compara el escenario natural del viejo
mundo con el del nuevo. Toda la belleza del primero es parangonada tan sólo con los más
famosos pero en modo alguno más eminentes lugares del último.
El paisaje fluvial tiene indiscutiblemente en sí mismo todos los elementos principales
de la belleza y, desde tiempos inmemoriales, ha sido el tema favorito del poeta. Pero mucha
de su fama es atribuible al predominio de los viajes por vía fluvial sobre los realizados por
terreno montañoso. De la misma manera los grandes ríos, por ser habitualmente grandes
caminos, han acaparado en todos los países una indebida admiración. Han sido más
observados y, en consecuencia, han constituido tema de discurso más a menudo que otras
corrientes menos importantes pero con frecuencia de mayor interés.
Un singular ejemplo de mis observaciones sobre este tópico puede hallarse en el
Wissahiccon, un arroyo (pues apenas merece nombre más importante) que se vuelca en el
Schuykill, a unas seis millas al oeste de Filadelfia. Ahora bien, el Wissahiccon es de una
belleza tan notable, que si corriera en Inglaterra sería el tema de todos los bardos y el tópico
común de todas las lenguas, siempre que sus orillas no hubieran sido loteadas a precios
exorbitantes como solares para las villas de los opulentos. Sin embargo, hace muy pocos
años que se oye hablar del Wissahiccon, mientras el río más ancho y más navegable, en el
cual se vuelca, ha sido celebrado desde largo tiempo atrás como uno de los más hermosos
ejemplos de paisaje fluvial americano. El Schuykill, cuyas bellezas han sido muy
exageradas —y cuyas orillas, por lo menos en las cercanías de Filadelfia, son pantanosas
como las del Delaware—, en modo alguno es comparable, en cuanto objeto de interés
pintoresco, con el más humilde y menos famoso riachuelo del cual hablamos.
Hasta que Fanny Kemble, en su extraño libro sobre los Estados Unidos, señaló a los
nativos de Filadelfia el raro encanto de esa corriente que llega a sus propias puertas, este
encanto no era más que sospechado por algunos caminantes aventureros de la vecindad.
Pero una vez que el Diario abrió los ojos de todos, el Wissahiccon, hasta cierto punto,
alcanzó de inmediato la notoriedad. Digo «hasta cierto punto», pues en realidad la
verdadera belleza del riachuelo se encuentra lejos de la ruta de los cazadores de
pintoresquismo de Filadelfia, quienes rara vez avanzan más allá de una milla o dos de la
boca del riacho, por la excelentísima razón de que allí se detiene la carretera. Yo
aconsejaría al aventurero deseoso de contemplar sus más hermosos parajes que tomara el
Ridge Road, el cual corre desde la ciudad hacia el oeste, y, después de alcanzar el segundo
sendero más allá del sexto mojón, siguiera este sendero hasta el final. Así sorprenderá al
Wissahiccon en uno de sus mejores parajes, y en un esquife, o recorriendo sus orillas,
puede remontar la corriente y bajar con ella, como se le ocurra: en cualquier dirección
encontrará su recompensa.
Ya he dicho, o debería haber dicho, que el arroyo es estrecho. Sus orillas son casi
siempre escarpadas y consisten en altas colinas cubiertas de nobles arbustos cerca del agua
y coronadas, a gran altura, por algunos de los más espléndidos árboles forestales de
América, entre los cuales sobresale el Liriodendron Tulipifera. Las orillas inmediatas, sin
embargo, son de granito, de aristas agudas o cubiertas de musgo, que el agua diáfana lame
en su suave flujo, como las azules olas del Mediterráneo los peldaños de sus palacios de
mármol. A veces, frente a los acantilados, se extiende una pequeña y limitada meseta
cubierta de ricos pastos, la cual brinda la posición más pintoresca para un cottage y un
jardín que la más opulenta imaginación pueda concebir. Los meandros de la corriente son
numerosos y bruscos, como ocurre habitualmente cuando las orillas son escarpadas, y así la
impresión que reciben los ojos del viajero al avanzar, es la de una interminable sucesión de
laguitos, o, mejor dicho, de estanques, infinitamente variados. El Wissahiccon, sin
embargo, debe ser visitado, no como el «bello Melrose», al claro de luna o aun con tiempo
nublado, sino en el más brillante fulgor del mediodía, pues la estrechez de la garganta por la
cual corre, la altura de las colinas laterales, la espesura del follaje, conspiran para producir
un efecto sombrío, si no absolutamente lóbrego, que, a menos de ser aliviado por una luz
general, brillante, desmerece la pura belleza del paisaje.
No hace mucho visité el arroyo por el camino descrito y pasé la mayor parte de un día
bochornoso navegando en un esquife por sus aguas. El calor fue venciéndome
gradualmente y, cediendo a la influencia del paisaje y del tiempo y al suave movimiento de
la corriente, me sumí en un semisueño, durante el cual mi imaginación se solazó en
visiones de los antiguos tiempos del Wissahiccon, de los «buenos tiempos» en que no
existía el Demonio de la Locomotora, cuando nadie soñaba con picnics, cuando no se
compraban ni se vendían «derechos de navegación», cuando el piel roja hollaba solo, junto
con el alce, los cerros que ahora se destacan allá arriba. Y mientras estas fantasías iban
adueñándose gradualmente de mi espíritu, el perezoso arroyo me había llevado, pulgada
tras pulgada, en torno a un promontorio y a plena vista de otro que limitaba la perspectiva a
una distancia de cuarenta o cincuenta yardas. Era un cantil empinado, rocoso, que se hundía
profundamente en el agua y presentaba las características de una pintura de Salvator Rosa
mucho más señaladas que en cualquier otra parte del recorrido. Lo que vi sobre ese
acantilado, aunque seguramente era un objeto de naturaleza muy extraordinaria,
considerados la estación y el lugar, al principio ni me sorprendió ni me asombró, por su
absoluta y apropiada coincidencia con las soñolientas fantasías que me envolvían. Vi, o
soñé que veía, de pie en el borde mismo del precipicio, con el cuello tendido, las orejas
tiesas y toda la actitud reveladora de una curiosidad profunda y melancólica, uno de los más
viejos y más osados alces, idénticos a los que yo uniera con los pieles rojas de mi visión.
Digo que durante unos minutos esta aparición ni me sorprendió ni me asombró.
Durante ese intervalo mi alma entera quedó absorta en una intensa simpatía. Imaginé al alce
quejoso tanto como maravillado de la manifiesta decadencia operada en el arroyo y en su
vecindad, aun en los últimos años, por la cruel mano del utilitarismo. Pero un ligero
movimiento de la cabeza del animal destruyó de inmediato el conjuro del ensueño que me
envolvía, y despertó en mí la sensación cabal de la novedad de la aventura. Me incorporé
sobre una rodilla dentro del esquife y, mientras dudaba entre detener mi marcha o dejarme
llevar más cerca del objeto que me había maravillado, oí las palabras «¡chist!, ¡chist!»,
pronunciadas rápidamente pero con prudencia desde los matorrales de lo alto. Instantes
después un negro emergía de la maleza, separando las ramas con cuidado y caminando
cautelosamente. Llevaba en una mano un puñado de sal y, tendiéndola hacia el alce, se
acercó lento pero seguro. El noble animal, aunque un poco inquieto, no hizo el menor
intento de escapar. El negro avanzó, ofreció la sal y dijo unas palabras de aliento o
conciliación. Entonces el alce agachó la cabeza, pateó y después se echó tranquilamente y
aceptó el ronzal.
Así termina mi cuento del alce. Era un viejo animal mimado, de hábitos muy
domésticos, y pertenecía a una familia inglesa que ocupaba una villa de la vecindad.
La esfinge
Durante el espantoso reinado del cólera en Nueva York acepté la invitación de un
pariente a pasar quince días en el retiro de su confortable cottage, a orillas del Hudson.
Teníamos allí todos los habituales medios de diversión veraniegos; y vagabundeando por
los bosques con nuestros cuadernos de diseño, navegando, pescando, bañándonos, con la
música y los libros hubiéramos pasado bastante bien el tiempo, de no ser por las temibles
noticias que nos llegaban todas las mañanas de la populosa ciudad. No transcurría un día
sin que nos trajeran nuevas de la muerte de algún conocido. Por lo tanto, como la
mortalidad aumentaba, aprendimos a esperar diariamente la pérdida de algún amigo. Al fin
temblábamos ante la cercanía de cada mensajero. El mismo aire del sur nos parecía
impregnado de muerte. Este paralizante pensamiento se apoderó de mi alma toda. No podía
hablar, ni pensar, ni soñar en nada. Mi huésped era de temperamento menos excitable y,
aunque su ánimo estaba muy deprimido, se esforzaba por confortar el mío. En ningún
momento lo imaginario afectaba su intelecto, bien nutrido de filosofía. Estaba
suficientemente vivo para los terrores concretos, pero sus sombras no lo atemorizaban.
Sus intentos por sacarme del estado de anormal melancolía en que me hallaba sumido
fueron frustrados en gran medida por ciertos volúmenes que yo había encontrado en su
biblioteca. Por su índole, tenían fuerza suficiente para hacer germinar cualquier simiente de
superstición hereditaria que se hallara latente en mi pecho. Había estado leyendo estos
libros sin que él lo supiese, y, por lo tanto, le resultaba imposible explicarse a veces las
violentas impresiones que habían hecho en mi fantasía.
Uno de mis tópicos favoritos era la creencia popular en presagios, creencia que en esa
época de mi vida yo estaba seriamente dispuesto a defender. Teníamos largas y animadas
discusiones sobre este punto, en las que él sostenía la absoluta falta de fundamento de la fe
en tales cosas, y yo replicaba que un sentimiento popular nacido con absoluta
espontaneidad —es decir, sin aparentes huellas de sugestión— tiene en sí mismo
inequívocos elementos de verdad y es digno de mucho respeto.
El hecho es que, poco después de mi llegada a la casa, me ocurrió un incidente tan
absolutamente inexplicable y que tenía en sí tanto de ominoso, que bien se me podía
excusar si lo consideraba como un presagio. Me aterró y al mismo tiempo me dejó tan
confundido y tan perplejo, que transcurrieron varios días antes de que me resolviera a
comunicar la circunstancia a mi amigo.
Casi al final de un día de calor abrumador, estaba yo sentado con un libro en la mano
delante de una ventana abierta desde la cual dominaba, a través de la larga perspectiva
formada por las orillas del río, la vista de una distante colina cuya ladera más cercana había
sido despojada por un desmoronamiento de la mayor parte de sus árboles. Mis
pensamientos habían errado largo tiempo desde el volumen que tenía delante, a la tristeza y
desolación de la vecina ciudad. Levantando los ojos de la página, cayeron éstos en la
desnuda ladera de la colina y en un objeto, en una especie de monstruo viviente de horrible
conformación, que rápidamente se abrió camino desde la cima hasta el pie, desapareciendo
por fin en el espeso bosque inferior. Al principio, cuando esta criatura apareció ante la
vista, dudé de mi razón o, por lo menos, de la evidencia de mis sentidos, y transcurrieron
algunos minutos antes de lograr convencerme de que no estaba loco ni soñaba. Sin
embargo, cuando describa el monstruo (que vi claramente y vigilé durante todo el período
de su marcha), para mis lectores, lo temo, será más difícil aceptar estas cosas de lo que lo
fue para mí.
Considerando el tamaño del animal en comparación con el diámetro de los grandes
árboles junto a los cuales pasara —los pocos gigantes del bosque que habían escapado a la
furia del desmoronamiento—, concluí que era mucho más grande que cualquier paquebote
existente. Digo paquebote porque la forma del monstruo lo sugería; el casco de uno de
nuestros barcos de guerra de setenta y cuatro cañones podría dar una idea muy aceptable de
sus líneas generales. La boca del animal estaba situada en el extremo de una trompa de
unos sesenta o setenta pies de largo, casi tan gruesa como el cuerpo de un elefante común.
Cerca de la raíz de esta trompa había una inmensa cantidad de negro pelo hirsuto, más del
que hubieran podido proporcionar las pieles de veinte búfalos; y brotando de este pelo hacia
abajo y lateralmente surgían dos colmillos brillantes, parecidos a los del jabalí, pero de
dimensiones infinitamente mayores. Hacia adelante, paralelo a la trompa y a cada lado de
ella, se extendía una gigantesca asta de treinta o cuarenta pies de largo, aparentemente de
puro cristal y en forma de perfecto prisma, que reflejaba de manera magnífica los rayos del
sol poniente. El tronco tenía forma de cuña con la cúspide hacia tierra. De él salían dos
pares de alas, cada una de casi cien yardas de largo, un par situado sobre el otro y todas
espesamente cubiertas de escamas metálicas; cada escama medía aparentemente diez o
doce pies de diámetro. Observé que las hileras superior e inferior de alas estaban unidas por
una fuerte cadena. Pero la principal peculiaridad de aquella cosa horrible era la figura de
una calavera que cubría casi toda la superficie de su pecho, y estaba diestramente trazada
en blanco brillante sobre el fondo oscuro del cuerpo, como si la hubiera dibujado
cuidadosamente un artista. Mientras miraba aquel animal terrible, y especialmente su
pecho, con una sensación de espanto, de pavor, con un sentimiento de inminente calamidad
que ningún esfuerzo de mi razón pudo sofocar, advertí que las enormes mandíbulas en el
extremo de la trompa se separaban de improviso y brotaba de ellas un sonido tan fuerte y
tan fúnebre que me sacudió los nervios como si doblaran a muerto; y, mientras el monstruo
desaparecía al pie de la colina, caí de golpe, desmayado, en el suelo.
Al recobrarme, mi primer impulso fue, por supuesto, informar a mi amigo de lo que
había visto y oído; y apenas puedo explicar qué sentimiento de repugnancia me lo impidió.
Por fin, una tarde, tres o cuatro días después de lo ocurrido, estábamos juntos en el
aposento donde había visto la aparición, yo ocupando el mismo asiento junto a la misma
ventana y él tendido en un sofá al alcance de la mano. La asociación del lugar y la hora me
impulsaron a referirle el fenómeno. Me escuchó hasta el final; al principio rió cordialmente
y luego adoptó un continente excesivamente grave, como si sobre mi locura no cupiese
ninguna duda. En ese momento tuve otra clara visión del monstruo, hacia el cual, con un
grito de absoluto terror, dirigí su atención. Miró ansiosamente, pero afirmó que no veía
nada, aunque yo le señalé con detalle el camino de la bestia mientras descendía por la
desnuda ladera de la colina.
Entonces me alarmé muchísimo, pues consideré la visión, o como un presagio de mi
muerte, o, peor aún, como anuncio de un ataque de locura. Me eché violentamente hacia
atrás y durante unos instantes hundí la cara en las manos. Cuando me destapé los ojos, la
aparición ya no era visible.
Mi huésped, sin embargo, había recobrado en cierto modo la calma de su continente y
me interrogaba con minucia sobre la conformación de la bestia. Cuando le hube dado cabal
satisfacción sobre este punto, suspiró profundamente, como aliviado de alguna carga
intolerable, y siguió conversando con una calma que me pareció cruel sobre varios puntos
de filosofía que habían constituido hasta entonces el tema de discusión entre nosotros.
Recuerdo que insistió muy especialmente (entre otras cosas) en la idea de que la principal
fuente de error de todas las investigaciones humanas se encontraba en el riesgo que corría
la inteligencia de menospreciar o sobrestimar la importancia de un objeto por el cálculo
errado de su cercanía.
—Para estimar adecuadamente —decía— la influencia ejercida a la larga sobre la
humanidad por la amplia difusión de la democracia, la distancia de la época en la cual tal
difusión puede posiblemente realizarse no dejaría de constituir un punto digno de ser tenido
en cuenta. Sin embargo, ¿puede usted mencionarme algún autor que, tratando del gobierno,
haya considerado merecedora de discusión esta particular rama del asunto?
Aquí se detuvo un momento, se acercó a una biblioteca y sacó una de las comunes
sinopsis de historia natural. Pidiéndome que intercambiáramos nuestros asientos para poder
distinguir mejor los menudos caracteres del volumen, se sentó en mi sillón junto a la
ventana y, abriendo el libro, prosiguió su discurso en el mismo tono que antes.
—De no ser por su extraordinaria minucia —dijo— en la descripción del monstruo
quizá no hubiera tenido nunca la posibilidad de mostrarle de qué se trata. En primer lugar,
permítame que le lea una sencilla descripción del género Sphinx, de la familia
Crepuscularia, del orden Lepidóptera, de la clase Insecta o insectos. La descripción dice lo
siguiente: «Cuatro alas membranosas cubiertas de pequeñas escamas coloreadas, de
apariencia metálica; boca en forma de trompa enrollada, formada por una prolongación de
las quijadas, sobre cuyos lados se encuentran rudimentos de mandíbulas y palpos vellosos;
las alas inferiores unidas a las superiores por un pelo rígido; antenas en forma de garrote
alargado, prismático; abdomen en punta. La Esfinge Calavera ha ocasionado gran terror en
el vulgo, en otros tiempos, por una especie de grito melancólico que profiere y por la
insignia de muerte que lleva en el corselete.»
Aquí cerró el libro y se reclinó en el asiento, adoptando la misma posición que yo
ocupara en el momento de contemplar «el monstruo».
—¡Ah, aquí está! —exclamó entonces—. Vuelve a subir la ladera de la colina, y es una
criatura de apariencia muy notable, lo admito. De todos modos, no es tan grande ni está tan
lejos como usted lo imaginaba; pues el hecho es que, mientras sube retorciéndose por este
hilo que alguna araña ha tejido a lo largo del marco de la ventana, considero que debe de
tener la decimosexta parte de un pulgada de longitud, y que a esa misma distancia,
aproximadamente, se encuentra de mis pupilas.
El Ángel de lo Singular
Extravagancia
Era una fría tarde de noviembre. Acababa de dar fin a un almuerzo más copioso que de
costumbre, en el cual la indigesta trufa constituía una parte apreciable, y me encontraba
solo en el comedor, con los pies apoyados en el guardafuegos, junto a una mesita que había
arrimado al hogar y en la cual había diversas botellas de vino y liqueur. Por la mañana
había estado leyendo el Leónidas, de Glover; la Epigoniada, de Wilkie; el Peregrinaje, de
Lamartine; la Columbiada, de Barlow; la Sicilia, de Tuckermann, y las Curiosidades, de
Griswold; confesaré, por tanto, que me sentía un tanto estúpido. Me esforzaba por
despabilarme con ayuda de frecuentes tragos de Laffitte, pero como no me daba resultado,
empecé a hojear desesperadamente un periódico cualquiera. Después de recorrer
cuidadosamente la columna de «casas de alquiler», la de «perros perdidos» y las dos de
«esposas y aprendices desaparecidos», ataqué resueltamente el editorial, leyéndolo del
principio al fin sin entender una sola sílaba; pensando entonces que quizá estuviera escrito
en chino, volví a leerlo del fin al principio, pero los resultados no fueron más satisfactorios.
Me disponía a arrojar disgustado
Este infolio de cuatro páginas, feliz obra
Que ni siquiera los poetas critican,
cuando mi atención se despertó a la vista del siguiente párrafo:
«Los caminos de la muerte son numerosos y extraños. Un periódico londinense se
ocupa del singular fallecimiento de un individuo. Jugaba éste a “soplar el dardo”, juego que
consiste en clavar en un blanco una larga aguja que sobresale de una pelota de lana, todo lo
cual se arroja soplándolo con una cerbatana. La víctima colocó la aguja en el extremo del
tubo que no correspondía y, al aspirar con violencia para juntar aire, la aguja se le metió por
la garganta, llegando a los pulmones y ocasionándole la muerte en pocos días.»
Al leer esto, me puse furioso sin saber exactamente por qué.
—Este artículo —exclamé— es una despreciable mentira, un triste engaño, la hez de
las invenciones de un escritorzuelo de a un penique la línea, de un pobre cronista de
aventuras en el país de Cucaña. Individuos tales, sabedores de la extravagante credulidad de
nuestra época, aplican su ingenio a fabricar imposibilidades probables… accidentes
extraños, como ellos los denominan. Pero una inteligencia reflexiva («como la mía», pensé
entre paréntesis apoyándome el índice en la nariz), un entendimiento contemplativo como
el que poseo, advierte de inmediato que el maravilloso incremento que han tenido
recientemente dichos «accidentes extraños» es en sí el más extraño de los accidentes. Por
mi parte, estoy dispuesto a no creer de ahora en adelante nada que tenga alguna apariencia
«singular».
—¡Tios mío, qué estúpido es usted, verdaderamente! —pronunció una de las más
notables voces que jamás haya escuchado.
En el primer momento creí que me zumbaban los oídos (como suele suceder cuando se
está muy borracho), pero pensándolo mejor me pareció que aquel sonido se asemejaba al
que sale de un barril vacío si se lo golpea con un garrote; y hubiera terminado por creerlo
de no haber sido porque el sonido contenía silabas y palabras. Por lo general, no soy muy
nervioso, y los pocos vasos de Laffitte que había saboreado sirvieron para darme aún más
coraje, por lo cual alcé los ojos con toda calma y los pasee por la habitación en busca del
intruso. No vi a nadie.
—¡Humf! —continuó la voz, mientras seguía yo mirando—. ¡Debe de estar más
borracho que un cerdo, si no me ve sentado a su lado!
Esto me indujo a mirar inmediatamente delante de mis narices y, en efecto, sentado en
la parte opuesta de la mesa vi a un estrambótico personaje del que, sin embargo, trataré de
dar alguna descripción. Tenía por cuerpo un barril de vino, o una pipa de ron, o algo por el
estilo que le daba un perfecto aire a lo Falstaff. A modo de extremidades inferiores tenía
dos cuñetes que parecían servirle de piernas. De la parte superior del cuerpo le salían, a
guisa de brazos, dos largas botellas cuyos cuellos formaban las manos. La cabeza de aquel
monstruo estaba formada por una especie de cantimplora como las que se usan en Hesse y
que parecen grandes tabaqueras con un agujero en mitad de la tapa. Esta cantimplora (que
tenía un embudo en lo alto, a modo de gorro echado sobre los ojos) se hallaba colocada
sobre aquel tonel, de modo que el agujero miraba hacia mí; y por dicho agujero, que parecía
fruncirse en un mohín propio de una solterona ceremoniosa, el monstruo emitía ciertos
sonidos retumbantes y ciertos gruñidos que, por lo visto, respondían a su idea de un
lenguaje inteligible.
—Digo —repitió— que debe de estar más borracho que un cerdo para no verme
sentado a su lado. Y digo también que debe ser más estúpido que un ganso para no creer lo
que está impreso en el diario. Es la ferdad… toda la ferdad… cada palabra.
—¿Quién es usted, si puede saberse? —pregunté con mucha dignidad, aunque un tanto
perplejo—. ¿Cómo ha entrado en mi casa? ¿Y qué significan sus palabras?
—Cómo he entrado aquí no es asunto suyo —replicó la figura—; en cuanto a mis
palabras, yo hablo de lo que me da la gana; y he fenido aquí brecisamente para que sepa
quién soy.
—Usted no es más que un vagabundo borracho —dije—. Voy a llamar para que mi
lacayo lo eche a puntapiés a la calle.
—¡Ja, ja! —rió el individuo—. ¡Ju, ju, ju! ¡Imposible que haga eso!
—¿Imposible? —pregunté—. ¿Qué quiere decir?
—Toque la gambanilla —me desafió, esbozando una risita socarrona con su extraña y
condenada boca.
Al oír esto me esforcé por enderezarme, a fin de llevar a ejecución mi amenaza, pero
entonces el miserable se inclinó con toda deliberación sobre la mesa y me dio en mitad del
cráneo con el cuello de una de las largas botellas, haciéndome caer otra vez en el sillón del
cual acababa de incorporarme. Me quedé profundamente estupefacto y por un instante no
supe qué hacer. Entretanto, él seguía con su chachara.
—¿Ha visto? Es mejor que se quede quieto. Y ahora sabrá quién soy. ¡Míreme! ¡Fea!
Yo soy el Ángel de lo Singular.
—¡Vaya si es singular! —me aventuré a replicar—. Pero siempre he vivido bajo la
impresión de que un ángel tenía alas.
—¡Alas! —gritó, furibundo—. ¿Y bara qué quiero las alas? ¿Me doma usted por un
bollo?
—¡Oh» no, ciertamente! —me apresuré a decir muy alarmado—. ¡No, no tiene usted
nada de pollo!
—Pueno, entonces quédese sentado y bórlese pien, o le begaré de nuevo con el baño. El
bollo tiene alas, y el púho tiene alas, y el duende tiene alas, y el gran tiablo tiene alas. El
ángel no tiene alas, y yo soy el Ángel de lo Singular.
—¿Y qué se trae usted conmigo? ¿Se puede saber…?
—¡Qué me draigo! —profirió aquella cosa—. ¡Bues… qué berfecto maleducado tebe
ser usted para breguntarle a un ángel qué se drae!
Aquel lenguaje era más de lo que podía soportar, incluso de un ángel; por lo cual,
reuniendo mi coraje, me apoderé de un salero que había a mi alcance y lo arrojé a la cabeza
del intruso. O bien lo evitó o mi puntería era deficiente, pues todo lo que conseguí fue la
demolición del cristal que protegía la esfera del reloj sobre la chimenea. En cuanto al ángel,
me dio a conocer su opinión sobre mi ataque en forma de dos o tres nuevos golpes en la
cabeza. Como es natural, esto me redujo inmediatamente a la obediencia, y me avergüenza
confesar que sea por el dolor o la vergüenza que sentía, me saltaron las lágrimas de los
ojos.
—¡Tíos mío! —exclamó el ángel, aparentemente muy sosegado por mi
desesperación—. ¡Tios mío, este hombre está muy borracho o muy triste! Usted no tebe
beber tanto… usted tebe echar agua al fino. ¡Vamos beba esto… así, berfecto! ¡Y no llore
más, famos!
Y, con estas palabras, el Ángel de lo Singular llenó mi vaso (que contenía un tercio de
oporto) con su fluido incoloro que dejó salir de una de las botellas-manos. Noté que las
botellas tenían etiquetas y que en las mismas se leía: «Kirschenwasser».
La amabilidad del ángel me ablandó grandemente y, ayudado por el agua con la cual
diluyó varias veces mi oporto, recobré bastante serenidad como para escuchar su
extraordinarísimo discurso. No pretendo repetir aquí todo lo que me dijo, pero deduje de
sus palabras que era el genio que presidía sobre los contretemps de la humanidad, y que su
misión consistía en provocar los accidentes singulares que asombraban continuamente a los
escépticos. Una o dos veces, al aventurarme a expresar mi completa incredulidad sobre sus
pretensiones, se puso muy furioso, hasta que, por fin, estimé prudente callarme la boca y
dejarlo que hablara a gusto. Así lo hizo, pues, extensamente, mientras yo descansaba con
los ojos cerrados en mi sofá y me divertía mordisqueando pasas de uva y tirando los cabos
en todas direcciones. Poco a poco el ángel pareció entender que mi conducta era desdeñosa
para con él. Levantóse, poseído de terrible furia, se caló el embudo hasta los ojos,
prorrumpió en un largo juramento, seguido de una amenaza que no pude comprender
exactamente y, por fin, me hizo una gran reverencia y se marchó, deseándome en el
lenguaje del arzobispo en Gil Blas, beaucoup de bonheur et un peu plus de bon sens.
Su partida fue un gran alivio para mí. Los poquísimos vasos de Laffitte que había
bebido me producían una cierta modorra, por lo cual decidí dormir quince o veinte minutos,
como acostumbraba siempre después de comer. A las seis tenía una cita importante, a la
cual no debía faltar bajo ningún pretexto. La póliza de seguro de mi casa había expirado el
día anterior, pero como surgieran algunas discusiones, quedó decidido que los directores de
la compañía me recibirían a las seis para fijar los términos de la renovación. Mirando el
reloj de la chimenea (pues me sentía demasiado adormecido para sacar mi reloj del bolsillo)
comprobé con placer que aún contaba con veinticinco minutos. Eran las cinco y media;
fácilmente llegaría a la compañía de seguros en cinco minutos, y como mis siestas
habituales no pasaban jamás de veinticinco, me sentí perfectamente tranquilo y me
acomodé para descansar.
Al despertar, muy satisfecho, miré nuevamente el reloj y estuve a punto de empezar a
creer en accidentes extraños cuando descubrí que en vez de mi sueño ordinario de quince o
veinte minutos sólo había dormido tres, ya que eran las seis menos veintisiete. Volví a
dormirme, y al despertar comprobé con estupefacción que todavía eran las seis menos
veintisiete. Corrí a examinar el reloj, descubriendo que estaba parado. Mi reloj de bolsillo
no tardó en informarme que eran las siete y media y, por consiguiente, demasiado tarde
para la cita.
—No será nada —me dije—. Mañana por la mañana me presentaré en la oficina y me
excusaré. Pero, entretanto, ¿qué le ha ocurrido al reloj?
Al examinarlo descubrí que uno de los cabos del racimo de pasas que había estado
desparramando a capirotazos durante el discurso del Ángel de lo Singular había
aprovechado la rotura del cristal para alojarse —de manera bastante singular— en el
orificio de la llave, de modo que su extremo, al sobresalir de la esfera, había detenido el
movimiento del minutero.
—¡Ah, ya veo! —exclamé—. La cosa es clarísima. Un accidente muy natural, como los
que ocurren a veces.
Dejé de preocuparme del asunto y a la hora habitual me fui a la cama. Luego de colocar
una bujía en una mesilla de lectura a la cabecera, y de intentar la lectura de algunas páginas
de la Omnipresencia de la Deidad, me quedé infortunadamente dormido en menos de
veinte segundos, dejando la vela encendida.
Mis sueños se vieron aterradoramente perturbados por visiones del Ángel de lo
Singular. Me pareció que se agazapaba a los pies del lecho, apartando las cortinas, y que
con las huecas y detestables resonancias de una pipa de ron me amenazaba con su más
terrible venganza por el desdén con que lo había tratado. Concluyó una larga arenga
quitándose su gorro-embudo, insertándomelo en el gaznate e inundándome con un océano
de Kirschenwasser, que manaba a torrentes de una de las largas botellas que le servían de
brazos. Mi agonía se hizo, por fin, insoportable y desperté a tiempo para percibir que una
rata se había apoderado de la bujía encendida en la mesilla, pero no a tiempo de impedirle
que se metiera con ella en su cueva. Muy pronto asaltó mis narices un olor tan fuerte como
sofocante; me di cuenta de que la casa se había incendiado, y pocos minutos más tarde las
llamas surgieron violentamente, tanto, que en un período increíblemente corto el entero
edificio fue presa del fuego.
Toda salida de mis habitaciones había quedado cortada, salvo una ventana. La multitud
reunida abajo no tardó en procurarme una larga escala. Descendía por ella rápidamente
sano y salvo cuando a un enorme cerdo (en cuya redonda barriga, así como en todo su aire
y fisonomía, había algo que me recordaba al Ángel de lo Singular) se le ocurrió interrumpir
el tranquilo sueño de que gozaba en un charco de barro y descubrir que le agradaría
rascarse el lomo, no encontrando mejor lugar para hacerlo que el ofrecido por el pie de la
escala. Un segundo después caía yo desde lo alto, con la mala fortuna de quebrarme un
brazo.
Aquel accidente, junto con la pérdida de mi seguro y la más grave del cabello
(totalmente consumido por el fuego), predispuso mi espíritu a las cosas serias, por lo cual
me decidí finalmente a casarme.
Había una viuda rica, desconsolada por la pérdida de su séptimo marido, y ofrecí el
bálsamo de mis promesas a las heridas de su espíritu. Llena de vacilaciones, cedió a mis
ruegos. Arrodilléme a sus pies, envuelto en gratitud y adoración. Sonrojóse, mientras sus
larguísimas trenzas se mezclaban por un momento con los cabellos que el arte de Grandjean
me había proporcionado temporariamente. No sé cómo se enredaron nuestros cabellos pero
así ocurrió. Levánteme con una reluciente calva y sin peluca, mientras ella ahogándose con
cabellos ajenos, cedía a la cólera y al desdén. Así terminaron mis esperanzas sobre aquella
viuda por culpa de un accidente por cierto imprevisible, pero que la serie natural de los
sucesos había provocado.
Sin desesperar, empero, emprendí el asedio de un corazón menos implacable. Los
hados me fueron propicios durante un breve período, pero un incidente trivial volvió a
interponerse. Al encontrarme con mi novia en una avenida frecuentada por toda la élite de
la ciudad, me preparaba a saludarla con una de mis más respetuosas reverencias, cuando
una partícula de alguna materia se me alojó en el ojo, dejándome completamente ciego por
un momento. Antes de que pudiera recobrar la vista, la dama de mi amor había
desaparecido, irreparablemente ofendida por lo que consideraba descortesía al dejarla pasar
a mi lado sin saludarla. Mientras permanecía desconcertado por lo repentino de este
accidente (que podía haberle ocurrido, por lo demás, a cualquier mortal), se me acercó el
Ángel de lo Singular, ofreciéndome su ayuda con una gentileza que no tenía razones para
esperar. Examinó mi congestionado ojo con gran delicadeza y habilidad, informándome
que me había caído en él una gota, y —sea lo que fuere aquella «gota»— me la extrajo y
me procuró alivio.
Pensé entonces que ya era tiempo de morir, puesto que la mala fortuna había decidido
perseguirme, y, en consecuencia, me encaminé al río más cercano. Una vez allí me despojé
de mis ropas (dado que bien podemos morir como hemos venido al mundo) y me tiré de
cabeza a la corriente, teniendo por único testigo de mi destino a un cuervo solitario, el cual,
dejándose llevar por la tentación de comer maíz mojado en aguardiente, se había separado
de sus compañeros. Tan pronto me hube tirado al agua, el pájaro resolvió echar a volar
llevándose la parte más indispensable de mi vestimenta. Aplacé, por tanto, mis designios
suicidas, y luego de introducir las piernas en las mangas de mi chaqueta, me lancé en
persecución del villano con toda la celeridad que el caso reclamaba y que las circunstancias
permitían. Mas mi cruel destino me acompañaba, como siempre. Mientras corría a toda
velocidad, la nariz en alto y sólo preocupado por seguir en su vuelo al ladrón de mi
propiedad, percibí de pronto que mis pies ya no tocaban terra firma: acababa de caer a un
precipicio, y me hubiera hecho mil pedazos en el fondo, de no tener la buena fortuna de
atrapar la cuerda de un globo que pasaba por ahí.
Tan pronto recobré suficientemente los sentidos como para darme cuenta de la terrible
situación en que me hallaba (o, mejor, de la cual colgaba), ejercité todas las fuerzas de mis
pulmones para llevar dicha terrible situación a conocimiento del aeronauta. Pero en vano
grité largo tiempo. O aquel estúpido no me oía, o aquel miserable no quería oír. Entretanto
el globo ganaba altura rápidamente, mientras mis fuerzas decrecían con no menor rapidez.
Me disponía a resignarme a mi destino y caer silenciosamente al mar, cuando cobré ánimos
al oír una profunda voz en lo alto, que parecía estar canturreando un aire de ópera. Mirando
hacia arriba, reconocí al Ángel de lo Singular. Con los brazos cruzados, se inclinaba sobre
el borde de la barquilla; tenía una pipa en la boca y, mientras exhalaba tranquilamente el
humo, parecía muy satisfecho de sí mismo y del universo. En cuanto a mí, estaba
demasiado exhausto para hablar, por lo cual me limité a mirarlo con aire implorante.
Durante largo rato no dijo nada, aunque me contemplaba cara a cara. Por fin, pasándose
la pipa al otro lado de la boca, condescendió a hablar.
—¿Quién es usted y qué diablos hace aquí? —preguntó.
A esta demostración de desfachatez, crueldad y afectación sólo pude responder con una
sola palabra: «¡Socorro!»
—¡Socorro! —repitió el malvado—. ¡Nada te eso! Ahí fa la potella… ¡Arréglese usted
solo, y que el tiablo se lo lleve!
Con estas palabras, dejó caer una pesada botella de Kirschenwasser que, dándome
exactamente en mitad del cráneo, me produjo la impresión de que mis sesos acababan de
volar. Dominado por esta idea me disponía a soltar la cuerda y rendir mi alma con
resignación, cuando fui detenido por un grito del ángel, quien me mandaba que no me
soltara.
—¡Déngase con fuerza! —gritó—. ¡Y no se abresure! ¿Quiere que le dire la otra
potella… o brefiere bortarse bien y ser más sensato?
Al oír esto me apresuré a mover dos veces la cabeza, la primera negativamente, para
indicar que por el momento no deseaba recibir la otra botella, y la segunda
afirmativamente, a fin de que el ángel supiera que me portaría bien y que sería más sensato.
Gracias a ello logré que se dulcificara un tanto.
—Entonces… ¿cree por fin? —inquirió—. ¿Cree por fin en la bosipilidad de lo extraño?
Asentí nuevamente con la cabeza.
—¿Y cree en mí, el Ángel de lo Singular?
Asentí otra vez.
—¿Y reconoce que usted es un borracho berdido y un estúbido?
Una vez más dije que sí.
—Bues, pien, bonga la mano terecha en el polsillo izquierdo te los bantalones, en señal
de su entera sumisión al Ángel de lo Singular.
Por razones obvias me era absolutamente imposible cumplir su pedido. En primer
lugar, tenía el brazo izquierdo fracturado por la caída de la escala y, si soltaba la mano
derecha de la soga, no podría sostenerme un solo instante con la otra. En segundo término,
no disponía de pantalones hasta que encontrara al cuervo. Me vi, pues, precisado, con gran
sentimiento, a sacudir negativamente la cabeza, queriendo indicar con ello al ángel que en
aquel instante me era imposible acceder a su muy razonable demanda. Pero, apenas había
terminado de moverla, cuando…
—¡Fáyase al tiablo, entonces! —rugió el Ángel de lo Singular.
Y al pronunciar dichas palabras dio una cuchillada a la soga que me sostenía, y como
esto ocurría precisamente sobre mi casa (la cual, en el curso de mis peregrinaciones, había
sido hábilmente reconstruida), terminé cayendo de cabeza en la ancha chimenea y aterricé
en el hogar del comedor.
Al recobrar los sentidos —pues la caída me había aturdido terriblemente— descubrí
que eran las cuatro de la mañana.
Estaba tendido allí donde había caído del globo. Tenía la cabeza metida en las cenizas
del extinguido fuego, mientras mis pies reposaban en las ruinas de una mesita volcada,
entre los restos de una variada comida, junto con los cuales había un periódico, algunos
vasos y botellas rotos y un jarro vacío de Kirschenwasser de Schiedam. Tal fue la venganza
del Ángel de lo Singular.
El Rey Peste
Relato en el que hay una alegoría
Los dioses toleran a los reyes
Aquello que aborrecen en la canalla.
(BUCKHURST,
La tragedia de Ferrex y Porrex)
Al toque de las doce de cierta noche del mes de octubre, durante el caballeresco reinado
de Eduardo III, dos marineros de la tripulación del Free and Easy, goleta que traficaba
entre Sluis y el Támesis y que anclaba por el momento en este río, se asombraron
muchísimo al hallarse instalados en el salón de una taberna de la parroquia de St. Andrews,
en Londres, taberna que enarbolaba por muestra la figura de un «Alegre Marinero».
Aquel salón, aunque de pésima construcción, ennegrecido por el humo, bajo de techo y
coincidente en todo sentido con los tugurios de su especie en aquella época, se adaptaba
bastante bien a sus fines, según opinión de los grotescos grupos que lo ocupaban, instalados
aquí y allá.
De aquellos grupos, nuestros dos marinos constituían el más interesante, si no el más
notable.
El que aparentaba más edad, y a quien su compañero daba el característico apelativo de
«Patas», era mucho más alto que el otro. Debía de medir seis pies y medio, y el
encorvamiento de su espalda era sin duda consecuencia natural de tan extraordinaria
estatura. Lo que le sobraba en un sentido, veíase más que compensado por lo que le faltaba
en otros. Era extraordinariamente delgado y sus camaradas aseguraban que, estando
borracho, hubiera servido muy bien como gallardete en el palo mayor; mientras que,
hallándose sobrio, no habría estado mal como botalón de bauprés. Pero estas bromas y otras
de la misma naturaleza no parecían haber provocado jamás la menor reacción en los
músculos de la risa de nuestro marino. De pómulos salientes, gran nariz aguileña, mentón
huyente, mandíbula inferior caída y enormes ojos protuberantes, la expresión de su
semblante parecía reflejar una obstinada indiferencia hacia todas las cosas de este mundo
en general, aunque al mismo tiempo mostraba un aire tan solemne y tan serio que inútil
sería intentar describirlo.
Por lo menos en la apariencia exterior, el marinero más joven era el exacto reverso de
su camarada: Su estatura no pasaba de cuatro pies. Un par de sólidas y arqueadas piernas
sostenía su rechoncha y pesada figura mientras los cortos y robustos brazos, terminados en
un par de puños más grandes que lo habitual, colgaban balanceándose a los lados como las
aletas de una tortuga marina. Unos ojillos de color impreciso chispeaban profundamente
incrustados bajo las cejas. La nariz se perdía en la masa de carne que envolvía su cara
redonda y purpúrea, y su grueso labio superior descansaba sobre el inferior, todavía más
carnoso, con una expresión de profundo contento que se hacía más visible por la costumbre
de su dueño de lamérselos de tiempo en tiempo. No cabía duda de que miraba a su altísimo
camarada con una mezcla de maravilla y de burla; de cuando en cuando contemplaba su
rostro en lo alto, como el rojo sol poniente contempla los picos del Ben Nevis.
Varias y llenas de incidentes habían sido las peregrinaciones de aquella meritoria pareja
durante las primeras horas de la noche, por las diferentes tabernas de la vecindad. Pero ni
las mayores fortunas duran siempre, y nuestros amigos se habían aventurado en este último
salón con los bolsillos vacíos.
En el momento en que empieza esta historia, Patas y su camarada Hugh Tarpaulin93
hallábanse instalados con los codos sobre la gran mesa de roble del centro de la sala, y las
manos en las mejillas. Más allá de un gran frasco de cerveza (sin pagar), contemplaban las
ominosas palabras: «No se da crédito», que para su indignación y asombro, habían sido
garrapateadas en la puerta mediante el mismísimo mineral cuya presencia pretendían
negar94. Lejos estamos de pretender que el don de descifrar caracteres escritos —don que
en aquellos días se consideraba apenas menos cabalístico que el arte de trazarlos— hubiera
sido conferido a nuestros dos hijos del mar; pero la verdad es que en aquellas letras había
cierto carácter retorcido, ciertos bandazos de sotavento totalmente indescriptibles pero que,
en opinión de ambos marinos, presagiaban abundancia de mal tiempo, y que los
determinaron al unísono, conforme a las metafóricas expresiones de Patas, a «darle a las
bombas, arriar todo el trapo y largarse viento en popa».
Habiendo, pues, apurado la cerveza que quedaba, y abotonados apretadamente sus
cortos jubones, se lanzaron ambos a toda carrera hacia la puerta. Aunque Tarpaulin rodó
dos veces en la chimenea, confundiéndola con la salida, acabaron por escabullirse
felizmente, y media hora después de las doce, nuestros héroes estaban otra vez prontos a
cualquier travesura, huyendo a toda carrera por una oscura calleja rumbo a St. Andrews’
Stair, encarnizadamente perseguidos por la huéspeda del «Alegre Marinero».
En los tiempos de este memorable relato, así como muchos años antes y muchos
después, en toda Inglaterra, y especialmente en Londres, resonaba periódicamente el
espantoso clamor de: «¡La peste!» La ciudad había quedado muy despoblada, y en las
horribles regiones vecinas al Támesis, donde entre tenebrosas, angostas e inmundas
callejuelas y pasajes parecía haber nacido el Demonio de la Enfermedad, erraban tan sólo el
Temor, el Horror y la Superstición.
Por orden del rey aquellos distritos habían sido condenados, y se prohibía, bajo pena de
muerte, penetrar en sus espantosas soledades. Empero, el mandato del monarca, las barreras
erigidas a la entrada de las calles y, sobre todo, el peligro de una muerte atroz que con casi
absoluta seguridad se adueñaba del infeliz que osara la aventura, no podían impedir que las
casas, vacías y desamuebladas, fueran saqueadas noche a noche por quienes buscaban el
hierro, el bronce o el plomo, que podía luego venderse ventajosamente.
Lo que es más, cada vez que al llegar el invierno se abrían las barreras, comprobábase
que los cerrojos, las cadenas y los sótanos secretos habían servido de poco para proteger los
ricos depósitos de vinos y licores que, teniendo en cuenta el riesgo y la dificultad de todo
traslado, fueran dejados bajo tan insuficiente custodia por los comerciantes de alcoholes de
aquellas barriadas.
Pocos, sin embargo, entre aquellos empavorecidos ciudadanos atribuían los pillajes a la
mano del hombre. Los demonios populares del mal eran los espíritus de la peste, los dueños
de la plaga y los diablos de la fiebre; contábanse historias tan escalofriantes, que aquella
masa de edificios prohibidos terminó envuelta en el terror como en una mortaja, y hasta los
93 Tarpaulin, lienzo o sombrero encerado, y también marinero. (N. del T.)
94 Juego de palabras intraducibie. El letrero dice: «No chalk», literalmente: No tiza, o sea la negativa a
llevar cuentas, a dar crédito. (N. del T.)
saqueadores solían retroceder aterrados por la atmósfera que sus propias depredaciones
habían creado; así, el circuito estaba entregado por completo a la más lúgubre melancolía,
al silencio, a la pestilencia y a la muerte.
En una de aquellas aterradoras barreras que señalaban el comienzo de la región
condenada viéronse súbitamente detenidos Patas y el digno Hugh Tarpaulin en el curso de
su carrera callejuelas abajo. Imposible era retroceder y tampoco perder un segundo, pues
sus perseguidores les pisaban los talones. Pero, para lobos de mar como ellos, trepar por
aquellas toscas planchas de madera era cosa de juego; excitados por la doble razón del
ejercicio y del licor, escalaron en un santiamén la valla y, animándose en su carrera de
borrachos con gritos y juramentos, no tardaron en perderse en el fétido e intrincado
laberinto.
De no haber estado borrachos perdidos, sus tambaleantes pasos se hubieran visto muy
pronto paralizados por el horror de su situación. El aire era helado y brumoso. Las piedras
del pavimento, arrancadas de sus alvéolos, aparecían en montones entre los pastos crecidos,
que llegaban más arriba de los tobillos. Casas demolidas ocupaban las calles. Los hedores
más fétidos y ponzoñosos lo invadían todo; y con ayuda de esa luz espectral que, aun a
medianoche, no deja nunca de emanar de toda atmósfera pestilencial, era posible columbrar
en los atajos y callejones, o pudriéndose en las habitaciones sin ventanas, los cadáveres de
muchos ladrones nocturnos a quienes la mano de la peste había detenido en el momento
mismo en que cometían sus fechorías.
Aquellas imágenes, aquellas sensaciones, aquellos obstáculos no podían, sin embargo,
detener la carrera de hombres que, de por sí valientes y ardiendo de coraje y de cerveza
fuerte, hubieran penetrado todo lo directamente que su tambaleante condición lo permitiera
en las mismísimas fauces de la muerte. Adelante, siempre adelante balanceábase el lúgubre
Patas, haciendo resonar la profunda desolación con los ecos de sus terribles alaridos,
semejantes al espantoso grito de guerra de los indios; y adelante, siempre adelante
contoneábase el robusto Tarpaulin, colgado del jubón de su más activo compañero, pero
sobrepasando sus más asombrosos esfuerzos en materia de música vocal con rugidos in
basso que nacían de la profundidad de sus estentóreos pulmones.
No cabía duda de que habían llegado a la plaza fuerte de la peste. A cada paso, a cada
tropezón, su camino se volvía más fétido y horrible, los senderos más angostos e
intrincados. Enormes piedras y vigas que de tiempo en tiempo se desplomaban de los
podridos tejados mostraban con la violencia de su caída la enorme altura de las casas
circundantes; y cuando, para abrirse paso a través de continuos montones de basura, había
que apelar a enérgicos esfuerzos, no era raro que las manos encontraran un esqueleto, o se
hundieran en la carne descompuesta de algún cadáver.
Súbitamente, cuando los marinos se tambaleaban frente a la entrada de un alto y
espectral edificio, un grito más agudo que de ordinario, brotando de la garganta del
excitado Patas, fue respondido desde adentro con una rápida sucesión de salvajes alaridos,
que semejaban carcajadas demoníacas. En nada acoquinados por aquellos sonidos que,
dada su naturaleza, el lugar y la hora, hubieran helado la sangre de corazones menos ígneos
que los suyos, nuestra pareja de borrachos se lanzó de cabeza contra la puerta, abriéndola
de par en par y entrando a tropezones, en medio de un diluvio de juramentos.
La habitación en la cual se encontraron resultó ser la tienda de un empresario de
pompas fúnebres; pero una trampa abierta en un rincón del piso, próximo a la entrada,
dejaba ver el comienzo de una bodega ampliamente provista, como lo proclamaba además
la ocasional explosión de una que otra botella. En medio de la habitación había una mesa,
en cuyo centro surgía un enorme cubo de algo que parecía punch. Profusamente
desparramadas en torno aparecían botellas de diversos vinos y cordiales, así como jarros,
tazas y frascos de todas formas y calidades. Sentados sobre soportes de ataúdes veíase a
seis personas alrededor de la mesa. Trataré de describirlas una por una.
De frente a la entrada y algo más elevado que sus compañeros sentábase un personaje
que parecía presidir la mesa.
Era tan alto como flaco, y Patas se quedó confundido al ver a alguien más descarnado
que él. Tenía un rostro amarillo como el azafrán, pero, salvo un rasgo, sus facciones no
estaban lo bastante definidas como para merecer descripción. El rasgo notable consistía en
una frente tan insólita y horriblemente elevada, que daba la impresión de un bonete o una
corona de carne encima de la verdadera cabeza. Su boca tenía un mohín y un pliegue de
espectral afabilidad, y sus ojos —como los de todos los presentes— estaban fijos y
vidriosos por los vapores de la embriaguez. Este caballero hallábase envuelto de pies a
cabeza en un paño mortuorio de terciopelo negro ricamente bordado, que caía en pliegues
negligentes como si fuera una capa española. Tenía la cabeza llena de plumas como las que
se ponen a los caballos en las carrozas fúnebres, y las agitaba a un lado y otro con aire tan
garboso como entendido; sostenía en la mano derecha un enorme fémur humano, con el
cual parecía haber estado apaleando a alguno del grupo por cualquier fruslería.
Frente a él, y dando la espalda a la puerta, veíase a una dama cuya extraordinaria
apariencia no le iba a la zaga. Aunque casi tan alta como la persona descrita, no podía
quejarse de una flacura anormal. Al contrario, hallábase por lo visto en el último grado de
hidropesía y su cuerpo se asemejaba extraordinariamente a la enorme pipa de cerveza que,
saltada la tapa, aparecía cerca de ella en un ángulo del aposento. Aquella señora tenía el
rostro perfectamente redondo, rojo y relleno, y presentaba la misma peculiaridad (o, más
bien, falta de peculiaridad) que mencionamos en el caso del presidente; vale decir que tan
sólo uno de sus rasgos alcanzaba a distinguirse claramente en su cara. El sagaz Tarpaulin
no había dejado de notar que la misma observación podía aplicarse a todos los asistentes a
la fiesta, pues cada uno parecía poseer el monopolio de una determinada porción del rostro.
En la dama de quien hablamos, se trataba de la boca. Comenzando en la oreja derecha
abríase en un terrorífico abismo hasta la izquierda, al punto que los cortos aros que llevaba
se le metían todo el tiempo en la abertura. Esforzábase, sin embargo, por mantenerla
cerrada, adoptando un aire de gran dignidad. Su vestido consistía en una mortaja recién
planchada y almidonada que le llegaba hasta la barbilla, cerrándose en un volante rizado de
muselina de algodón.
Sentábase a su derecha una jovencita minúscula, a quien la dama parecía proteger. Esta
delicada y frágil criatura daba evidentes señales de una tisis galopante a juzgar por el
temblor de sus descarnados dedos, la lívida coloración de sus labios y las manchas héticas
que aparecían en su piel terrosa. Pese a ello, en toda su figura se advertía un extremado
haut ton; lucía con un aire tan gracioso como negligente un ancho y hermoso sudario del
más fino linón de la India; el cabello le colgaba en bucles sobre el cuello, y había en su
boca una suave sonrisa juguetona; pero su nariz, extraordinariamente larga, fina, sinuosa,
flexible y llena de barrillos, le llegaba hasta más abajo del labio inferior; a pesar del aire
delicado con que de cuando en cuando la movía a uno y otro lado con ayuda de la lengua,
aquella nariz daba a su fisonomía una apariencia un tanto equívoca.
Al otro lado, a la izquierda de la dama hidrópica, veíase a un hombrecillo achacoso,
rechoncho, asmático y gotoso, cuyas mejillas descansaban en los hombros de su propietario
como dos enormes odres de vino oporto. Cruzado de brazos y con una pierna vendada
puesta sobre la mesa, parecía imaginar que tenía derecho a alguna especial consideración.
Sin duda se sentía profundamente orgulloso de cada pulgada de su persona, pero se
esmeraba especialmente en llamar la atención sobre su abigarrado levitón. No poco dinero
le habría costado este último, que le sentaba admirablemente, pues estaba hecho con una de
esas fundas de seda bordada que en Inglaterra y otras partes sirven para cubrir los escudos
que se cuelgan en lugares visibles cuando ha muerto algún miembro de una casa
aristocrática.
A su lado, y a la derecha del presente, veíase a un caballero con largas calzas blancas y
calzones de algodón. Estremecíase de la manera más ridícula, como si sufriera un acceso de
lo que Tarpaulin llamaba «los espantos». Su mentón, recién afeitado, estaba apretadamente
sujeto por un vendaje de muselina, y sus brazos, igualmente atados por las muñecas, no le
permitían servirse a gusto de los licores de la mesa, precaución que Patas encontró muy
acertada en vista del aire embrutecido y avinado de su fisonomía. De todas maneras, las
inmensas orejas de aquel personaje, que por lo visto no era posible sujetar como el resto de
su cuerpo, se proyectaban en el espacio y, cada vez que alguien descorchaba una botella, se
estremecían como en un espasmo.
Frente a él, sexto y último de la reunión, veíase a un personaje extrañamente rígido,
atacado de parálisis, quien debía sentirse sumamente incómodo dentro de sus vestiduras. En
efecto, su único atavío lo constituía un flamante y hermoso ataúd de caoba. Su parte
superior apretaba la cabeza de quien lo vestía, extendiéndose hacia adelante como una
caperuza, y daba a su rostro un aire indescriptiblemente interesante. A los lados del ataúd se
habían practicado agujeros para los brazos, teniendo en cuenta tanto la elegancia como la
comodidad; pero aquel traje impedía a su propietario mantenerse tan erguido como sus
compañeros; y mientras yacía reclinado contra su soporte, en un ángulo de cuarenta y cinco
grados, un par de enormes ojos protuberantes giraban sus terribles globos blanquecinos
hacia el techo, como si estuvieran estupefactos de su propia enormidad.
Frente a cada uno de los presentes veíase una calavera que servía de copa. De lo alto
colgaba un esqueleto, atado por una pierna a una soga sujeta en un gancho del techo. La
otra pierna, suelta, se apartaba del cuerpo en ángulo recto, haciendo que aquella masa
crujiente girara y se balanceara a cada ráfaga de viento que penetraba en la estancia. En el
cráneo de tan horribles restos había carbones encendidos, que arrojaban una luz vacilante
pero intensa sobre la escena; en cuanto a los ataúdes y otros implementos propios de una
empresa de pompas fúnebres, habían sido apilados en torno de la habitación y contra las
ventanas, impidiendo que el menor rayo de luz escapara a la calle.
A la vista de tan extraordinaria asamblea y de sus atavíos no menos extraordinarios,
nuestros dos marinos no se condujeron con el decoro que cabía esperar. Apoyándose en la
pared que tenía más próxima, Patas dejó caer más de lo acostumbrado su mandíbula
inferior, mientras abría los ojos hasta que alcanzaron el diámetro máximo mientras Hugh
Tarpaulin, agachándose hasta que su nariz quedó al nivel de la mesa, apoyó las palmas de
las manos en las rodillas y estalló en un mar de carcajadas tan agudas, sonoras y
estrepitosas como fuera de lugar y descomedidas.
No obstante, sin ofenderse por tan grosera conducta, el alto presidente dirigió una
afable sonrisa a los intrusos, saludándolos muy dignamente con un movimiento de las
plumas de la cabeza; tras de lo cual, levantándose, los tomó del brazo y los condujo a un
asiento que otros de los presentes habían preparado para ellos. Patas no ofreció la menor
resistencia y se instaló como le indicaron, pero el galante Hugh, llevando su caballete de
ataúd desde donde lo habían puesto hasta un lugar próximo a la jovencita tísica de la
mortaja, se instaló a su lado lleno de alegría y, zampándose una calavera llena de vino tinto,
brindó por una amistad más íntima. Al oír esto, el rígido caballero en el ataúd pareció
excesivamente incomodado, y hubieran podido producirse consecuencias graves de no
mediar la intervención del presidente, quien, luego de golpear en la mesa con su hueso,
reclamó la atención de los presentes con el discurso siguiente:
—En tal feliz ocasión, es nuestro deber…
—¡Sujeta ese cabo! —lo interrumpió Patas con gran seriedad—. ¡Sujeta ese cabo, te
digo, y que sepamos quiénes sois y qué demonios hacéis aquí, equipados como todos los
diablos del infierno y bebiéndoos las buenas bebidas que guarda para el invierno mi
excelente camarada Will Wimble, el empresario de pompas fúnebres!
Ante esta imperdonable demostración de descortesía, todos los presentes se
enderezaron a medias, profiriendo una nueva serie de espantosos y demoníacos alaridos
como los que habían llamado la atención de los marinos. Pero el presidente fue el primero
en recobrar la compostura y, volviéndose con gran dignidad hacia Patas, le dijo:
—Con el mayor placer satisfaré tan razonable curiosidad por parte de nuestros ilustres
huéspedes, a pesar de no haber sido invitados. Sabed que en estos dominios soy el monarca
y que gobierno mi imperio absoluto bajo el título de “Rey Peste I”.
»Esta sala, que suponéis injuriosamente la tienda de Will Wimble, el empresario de
pompas fúnebres, persona a quien no conocemos y cuyo plebeyo nombre no había ofendido
hasta ahora nuestros reales oídos… esta sala digo, es la Sala del Trono de nuestro palacio,
consagrada al consejo del reino y a otras sagradas y augustas finalidades.
»La noble dama sentada frente a mí es la “Reina Peste”, nuestra serenísima consorte.
Los otros augustos personajes que contempláis son miembros de mi familia y llevan la
insignia de la sangre real bajo sus títulos respectivos de “Su Gracia el Archiduque Pestífero”,
“Su Gracia el Duque Pest-ilencial”, “Su Gracia el Duque Tem-pestad” y “Su Alteza
Serenísima la Archiduquesa Ana-Pesta”.
»Con referencia a vuestra consulta sobre las razones de nuestra presencia en este
consejo, se nos perdonará que contestemos que sólo nos concierne, y que es asunto
exclusivo de nuestro privado y real interés, sin que nadie este autorizado a inmiscuirse en
absoluto. Pero en consideración a esos derechos de que, como huéspedes y desconocidos,
podéis imaginaros poseedores, os explicaremos que nos encontramos aquí esta noche, luego
de profundas búsquedas y prolongadas investigaciones, para examinar, analizar y
determinar exactamente ese espíritu indefinible, esas incomprensibles cualidades y
caracteres de los inestimables tesoros del paladar, vale decir los vinos, cervezas y licores de
esta excelente metrópoli; todo ello para llevar adelante no solamente nuestros propios
designios, sino para acrecentar la prosperidad de ese soberano extraterreno cuyo reino
cubre todos los nuestros, cuyos dominios son ilimitados, y cuyo nombre es “Muerte”.»
—¡Cuyo nombre es Davy Jones! —gritó Tarpaulin, sirviendo un cráneo de licor a la
dama que tenía a su lado y bebiéndose otro por su cuenta.
—¡Profano lacayo! —dijo el presidente, concentrando su atención en el meritorio
Hugh—. ¡Profano y execrable canalla! Hemos dicho que, en consideración de esos
derechos que, aun en tu repugnante persona, no queremos quebrantar, hemos
condescendido a responder a vuestras groseras e insensatas demandas. Empero, frente a tan
sacrílega intrusión en nuestro consejo, creemos de nuestro deber condenarte y multarte, a ti
y a tu compañero, a beber un galón de ron con melaza, que tragaréis brindando por la
prosperidad de nuestro reino de un solo trago y de rodillas; tras lo cual quedaréis libres para
seguir vuestro camino o quedaros y ser admitidos a los privilegios de nuestra mesa,
conforme a vuestros gustos respectivos e individuales.
—Sería cosa por completo imposible —dijo entonces Patas, a quien las frases y la
dignidad del Rey Peste I habían inspirado evidentemente cierto respeto, por lo cual se puso
de pie para hablar, sujetándose a la vez a la mesa—. Sería imposible, sabedlo, majestad,
que yo estibara en mi bodega la cuarta parte del licor que acabáis de mencionar. Aun
dejando de lado el cargamento subido a bordo esta mañana a manera de lastre, y sin
mencionar las distintas cervezas y licores embarcados por la tarde en diversos puertos, me
encuentro ahora con un arrumaje completo de cerveza, adquirido y debidamente pagado en
la enseña del «Alegre Marinero». Vuestra Majestad tendrá, pues, la gentileza de considerar
que la intención reemplaza el hecho, pues de ninguna manera podría tragar una sola gota…
y mucho menos una gota de esa infame agua de sentina que responde a la denominación de
ron con melaza.
—¡Amarra eso! —interrumpió Tarpaulin, no menos asombrado por la longitud del
discurso de su compañero que por la naturaleza de su negativa—. ¡Amarra eso, marinero de
agua dulce! ¡Basta de charla, Patas! Mi casco está todavía liviano, aunque ya veo que tú te
estás hundiendo un poco. En cuanto a tu parte de cargamento, en vez de armar tanto jaleo
me animo a encontrar sitio para él en mi propia cala, pero…
—Semejante arreglo —interrumpió el presidente— no está para nada de acuerdo con
los términos de la multa o sentencia, que es por naturaleza irrevocable e inapelable. Las
condiciones que hemos impuesto deben ser cumplidas al pie de la letra sin un segundo de
vacilación… ¡Y si así no se hiciere, decretamos que ambos seáis atados juntos por el cuello
y los talones y ahogados por rebeldes en aquel casco de cerveza!
—¡Magnífica sentencia! ¡Justa y apropiada sentencia! ¡Gloriosa decisión! ¡La más
meritoria, adecuada y sacrosanta condena! —gritó al unísono la familia Peste. El rey hizo
aparecer en su frente una infinidad de arrugas; el hombrecillo gotoso sopló como dos
fuelles juntos; la dama de la mortaja balanceaba su nariz de un lado al otro; el caballero de
los calzones levantó las orejas, y la dama del sudario jadeó como un pez fuera del agua,
mientras el del ataúd parecía más rígido que nunca y revolvía los ojos.
—¡Uh, uh, uh! —rió Tarpaulin, sin cuidarse de la excitación general—. ¡Uh, uh, uh!
Estaba yo diciendo, cuando Mr. Rey Peste se inmiscuyó en la conversación, que una
tontería de dos o tres galones más o menos de ron con melaza nada pueden hacerle a un
barco tan sólido como yo si no anda demasiado cargado. Pero si se trata de beber a la salud
del Diablo (¡a quien Dios perdone!) y ponerme de rodillas delante de ese espantajo de rey, a
quien conozco tan bien como a mí mismo, pobre pecador que soy… ¡Sí, lo conozco, puesto
que se trata de Tim Hurlygurly, el actor…! Pues bien, en ese caso, ya no sé realmente qué
pensar ni qué creer.
No pudo terminar en paz su discurso. Al oír el nombre de Tim Hurlygurly, la entera
asamblea saltó de sus asientos.
—¡Traición! —gritó su majestad el Rey Peste I.
—¡Traición! —exclamó el hombrecillo gotoso.
—¡Traición! —chilló la Archiduquesa Ana-Pesta.
—¡Traición! —murmuró el caballero de las mandíbulas atadas.
—¡Traición! —gruñó el del ataúd.
—¡Traición, traición! —aulló su majestad la de la inmensa boca. Y, sujetando al
infortunado Tarpaulin por la parte posterior de sus pantalones en momentos en que se
disponía a beber otra calavera de licor, lo alzó en el aire y lo dejó caer sin ceremonia en el
gran casco abierto de su amada cerveza. Luego de flotar y hundirse varias veces como una
manzana en un jarro de toddy, terminó por desaparecer en un torbellino de espuma que sus
movimientos creaban en el ya efervescente brebaje.
Patas, empero, no estaba dispuesto a soportar mansamente la derrota de su compañero.
Luego de arrojar al Rey Peste por la trampa abierta, el valiente marino le dejó caer la tapa
sobre la cabeza, mientras lanzaba un juramento, y corrió al centro de la habitación.
Aferrando el esqueleto que colgaba sobre la mesa, empezó a agitarlo con tal energía y
buena voluntad que, en momentos en que los últimos resplandores se apagaban en la
estancia, alcanzó a romper la cabeza del hombrecillo gotoso. Lanzándose luego con todas
sus fuerzas contra el fatal casco lleno de cerveza y de Hugh Tarpaulin, lo derribó al suelo
en un segundo. Brotó un verdadero diluvio de cerveza, tan terrible, tan impetuoso, tan
arrollador, que el cuarto se inundó de pared a pared, la mesa se volcó con toda su carga, los
caballetes quedaron patas arriba, el jarro de ponche cayó en la chimenea… y las señoras en
grandes ataques de nervios. Montones de artículos mortuorios flotaban aquí y allá. Jarros,
picheles, damajuanas se confundían en la melée, y las botellas revestidas de paja se
entrechocaban desesperadamente con los botellones vacíos. El hombre de los
estremecimientos se ahogó allí mismo, el caballero paralítico salió flotando en su ataúd… y
el victorioso Patas, tomando por la cintura a la gruesa dama de la mortaja, lanzóse con ella
a la calle, corriendo en línea recta hacia el Free and Easy, seguido con viento fresco por el
temible Hugh Tarpaulin, quien, luego de estornudar tres o cuatro veces, jadeaba y resoplaba
tras él, llevándose consigo a la Archiduquesa Ana-Pesta.
Cuento de Jerusalén
Intensos rigidam in frontem ascendere canos Passus erat.
(LUCANO, De Catone)
(…un hirsuto pelmazo.)
Traducción95
Corramos a las murallas —dijo Abel-Phittim a Buzi-Ben-Levi y a Simeón el Fariseo, el
décimo día del mes de Tammuz del año del mundo tres mil novecientos cuarenta y uno—.
Corramos a las murallas, junto a la puerta de Benjamín, en la ciudad de David, que
dominan el campamento de los incircuncisos; pues es la última hora de la cuarta guardia y
va a salir el sol; y los idólatras, cumpliendo la promesa de Pompeyo, deben de estar
esperándonos con los corderos para los sacrificios.
Simeón, Abel-Phittim y Buzi-Ben-Levi eran los Gizbarim o subcolectores de las
ofrendas en la santa ciudad de Jerusalén.
—Bien has dicho —replicó el Fariseo—. Apresurémonos, porque esta generosidad por
parte de los paganos es sorprendente, y la volubilidad ha sido siempre atributo de los
adoradores de Baal.
—Que son volubles y traidores es tan cierto como el Pentateuco —dijo Buzi-Ben-
Levi—, pero ello tan sólo para con el pueblo de Adonai. ¿Cuándo se ha sabido que los
amonitas descuidaran sus intereses? ¡No me parece que sea tan generoso facilitarnos
corderos para el altar del Señor y recibir en cambio treinta siclos de plata por cabeza!
—Olvidas, Ben-Levi —replicó Abel-Phittim—, que el romano Pompeyo, impío
sitiador de la ciudad del Altísimo, no tiene la seguridad de que los corderos así adquiridos
serán dedicados a alimento del espíritu y no del cuerpo.
—¡Cómo, por las cinco puntas de mi barba! —gritó el Fariseo, que pertenecía a la secta
de los llamados Tundidores (pequeño grupo de santos, cuya manera de tundirse y lacerarse
los pies contra el suelo era desde hacía mucho una espina y un reproche para los devotos
menos ahincados, y una piedra de toque para los transeúntes menos dotados)—. ¡Por las
cinco puntas de esa barba, que, por ser sacerdote, me está vedado afeitarme! ¿Habremos
vivido para ver el día en que un blasfemo idólatra advenedizo romano nos acuse de destinar
a los apetitos de la carne los elementos más santos y consagrados? ¿Habremos vivido para
ver el día en que…?
—No nos preocupemos de las razones del filisteo —lo interrumpió Abel-Phittim—,
pues hoy nos beneficiamos por primera vez de su avaricia o de su generosidad;
apresurémonos a llegar a las murallas, no sea que las ofrendas falten en ese altar cuyo fuego
las lluvias del cielo no pueden extinguir, y cuyas columnas de humo ninguna tempestad
puede alterar.
La parte de la ciudad hacia la cual se encaminaban nuestros excelentes Gizbarim
ostentaba el nombre de su arquitecto, el rey David, y era considerada como la zona mejor
fortificada de Jerusalén, hallándose situada sobre la abrupta y majestuosa colina de Sión.
95 Bore, pelmazo, suena también como boar, cerdo. (N. del T.)
Un ancho y profundo foso circunvalatorio, tallado en la roca viva, estaba defendido por una
solidísima muralla que nacía en su borde interno. A intervalos regulares surgían en la
muralla torres cuadradas de mármol blanco, las menores tenían sesenta pies de alto, y las
mayores, ciento veinte. Pero en las cercanías de la puerta de Benjamín la muralla no nacía
del borde mismo del foso. Por el contrario, entre el nivel de éste y la base del baluarte
alzábase un risco de doscientos cincuenta codos que formaba parte del abrupto monte
Moriah. Así, cuando Simeón y sus compañeros llegaron a lo alto de la torre llamada Adoni-
Be-zek —la más alta de las torres que rodeaban Jerusalén y lugar habitual de parlamentos
con el ejército sitiador— pudieron contemplar el campamento del enemigo desde una
eminencia que sobrepasaba en muchos pies la pirámide de Keops y en no pocos el templo
de Belus.
—En verdad digo —suspiró el Fariseo, mientras se inclinaba sobre el vertiginoso
precipicio—, los incircuncisos son tantos como las arenas de la playa… como las langostas
del desierto. El valle del Rey se ha convertido en el valle de Adommin.
—Y, sin embargo —agregó Ben-Levi—, no podrías señalarme un solo filisteo… ¡No, ni
siquiera uno, desde Aleph a Tau, desde el desierto hasta las fortificaciones, que parezca
más grande que la letra Jod!
—¡Bajad la cesta con los siclos de plata! —gritó de pronto, con acentos tan broncos
como ásperos, un soldado romano que parecía haber surgido de las regiones de Plutón—.
¡Bajad esa cesta con el maldito dinero, cuyo solo nombre basta para dislocar la mandíbula
de un noble romano! ¿Es así como mostráis vuestra gratitud hacia nuestro amo Pompeyo,
que, en su condescendiente bondad, ha creído oportuno escuchar vuestras importunidades
de idólatras? El dios Febo, que es un dios verdadero, corre en su carro desde hace una hora.
¿Y no teníais vosotros que estar en las murallas cuando asomara? ¡Ædepol! ¿Creéis que
nosotros, conquistadores del mundo, no tenemos otra cosa que hacer que esperar a la puerta
de cada perrera para traficar con los perros de este mundo? ¡Vamos, abajo… y atención a
que vuestras baratijas tengan el color y el peso debidos!
—¡El Elohim! —profirió el Fariseo, mientras los discordantes acentos del centurión
resonaban en los peñascos del precipicio y se perdían contra el templo—. ¡El Elohim!
¿Quién es el dios Febo? ¿A quién invoca el blasfemador? ¡Dilo tú, Buzi-Ben-Levi, que eres
versado en las leyes de los gentiles, y has habitado entre los que se contaminan con los
Teraphim? ¿Habló de Nergal el idólatra? ¿O de Ashimah? ¿De Nibhaz… de Tartak… de
Adramalech… de Anamalech… de Succoth-Benith… de Dagon… de Belial… de Baal-
Perith… de Baal-Peor… o de Baal-Zebub?
—De ninguno de ellos, en verdad… pero ten cuidado que la cuerda no resbale
demasiado rápidamente entre tus dedos, pues si la cesta quedara colgada de aquel peñasco
saliente harías caer lamentablemente las santas cosas del santuario.
Con ayuda de una máquina de construcción bastante grosera, la cesta pesadamente
cargada descendió entonces con lentitud hasta llegar a la muchedumbre de abajo; desde el
vertiginoso pináculo podía verse a los romanos que se amontonaban confusamente en torno
de ella, pero la gran altura y la niebla no permitían divisar con precisión lo que pasaba.
Transcurrió así media hora.
—¡Llegaremos demasiado tarde! —suspiró el Fariseo al cumplirse este período,
mientras miraba hacia el abismo—. ¡Llegaremos demasiado tarde, y los Katholim nos
despojarán de nuestras funciones!
—¡Nunca más nos regalaremos con lo mejor de la tierra! —agregó Abel-Phittim—.
¡Nuestras barbas perderán su perfume de incienso y nuestros cuerpos el hermoso lino del
Templo!
—¡Raca! —juró Ben-Levi—. ¿Pretenderán robarnos el dinero de la compra?
¡Santísimo Moisés! ¿Estarán acaso pesando los siclos del tabernáculo?
—¡Han dado la señal! —gritó el Fariseo—. ¡Por fin han dado la señal! ¡Tira de la
cuerda, Abel-Phittim… y también tú, Buzi-Ben-Levi! ¡Pues en verdad digo que los filisteos
están sujetando todavía la cesta o el Señor ha dulcificado sus corazones y la han cargado
con un animal de gran peso!
Y los Gizbarim tiraron de la cuerda, mientras su carga ascendía balanceándose
pesadamente entre la espesa niebla.
—¡Booshoh! ¡Booshoh!
Tal fue la exclamación que brotó de los labios de Ben-Levi cuando, después de una
hora de trabajo, empezó a verse algo en la extremidad de la cuerda.
—¡Booshoh! ¡Oh vergüenza! ¡Es un carnero de los sotos de Engedi… y más arrugado
que el valle de Jehoshaphat!
—Es un primer nacido del rebaño —opuso Abel-Phittim—. Lo reconozco por su balido
y por su manera inocente de doblar las patas. Sus ojos son más hermosos que las joyas del
Pectoral, y su carne es como la miel del Hebrón.
—Es un becerro engordado en las praderas de Bashan —dijo el Fariseo—. ¡Los
paganos se han portado admirablemente con nosotros! ¡Que nuestras voces se alcen en un
salmo! ¡Demos las gracias con el shawm y el salterio! ¡Con el arpa y el huggab, con la
cítara y el sacabuche!
Sólo cuando la cesta se hallaba a pocos pies de los Gizbarim, un sordo gruñido les
reveló que contenía un cerdo de enorme tamaño.
—¡El Emanu! —gritó el trío, levantando los ojos y soltando la cuerda, con lo cual el
cerdo se volvió de cabeza entre los filisteos—. ¡El Emanu! ¡Dios sea con nosotros…! ¡Es la
carne innominable!
El hombre que se gastó
Un relato de la reciente campaña
contra los cocos y los kickapoos
Pleurez, pleurez, mes yeux, et
fondez vous en eau! La moitié de ma
vie a mis l’autre au tombeau.
(CORNEILLE)
No recuerdo ahora dónde o cuándo vi por primera vez a aquel apuesto militar, el
brigadier general honorario John A. B. C. Smith. Sin duda, alguien me presentó a él en
alguna ceremonia pública, ¡naturalmente!, presidida por alguna persona muy importante,
¡claro está!, en un sitio o en otro, ¡por supuesto!, aunque me haya olvidado
inexplicablemente de su nombre. Debo decir que esperé aquella presentación en un estado
de nervios que me impidió formarme una idea bien definida del lugar y del tiempo. Soy
constitucionalmente nervioso; es un defecto de familia, y no lo puedo impedir. La menor
apariencia de misterio, la cosa más ínfima que no alcance a comprender, bastan para
sumirme de inmediato en un estado de lamentable agitación.
Había por así decir algo notable —sí, notable, aunque el término es muy débil para
expresar plenamente lo que quisiera dar a entender— en la apariencia de aquel personaje.
Tenía probablemente seis pies de estatura y un aspecto muy imponente. Se notaba en él un
air distingué que hablaba de una refinada cultura y hacía suponer una alta cuna. Sobre este
tema —el de la apariencia personal de Smith— siento una especie de melancólica
satisfacción en ser minucioso. Su cabello hubiera hecho honor a un Bruto; ondulábase de la
manera más extraordinaria, y tenía un brillo incomparable. Era de un negro azabache, y este
color —o, mejor dicho, este no-color— era asimismo el de sus inimaginables patillas. Ya
habréis advertido que no puedo hablar sin entusiasmo de estas últimas; no es decir
demasiado si afirmo que eran el más hermoso par de patillas existentes bajo el sol.
Flanqueaban, y a veces hasta cubrían en parte la más perfecta boca imaginable, donde
lucían los dientes más regulares y más blancos que concebirse puedan. En cada ocasión
apropiada nacía de aquella boca una voz sumamente clara, melodiosa y bien timbrada. Con
respecto a los ojos, Smith estaba igualmente muy bien dotado. Cada uno de los suyos valía
por un par de órganos oculares ordinarios. Muy grandes y brillantes, tenían pupilas de un
color castaño profundo, y una que otra vez se advertía en ellos esa ligera e interesante
oblicuidad que da tanta fuerza a la expresión.
El torso del general era sin duda alguna el más hermoso que haya visto jamás. En vano
se hubiera querido encontrar alguna falla en sus maravillosas proporciones. Tan rara
peculiaridad ponía de manifiesto, muy ventajosamente, unos hombros que hubieran
provocado el rubor de la humillación en el Apolo de mármol. Me apasionaban los hombros,
y puedo decir que jamás había visto perfección semejante. Los brazos estaban igualmente
bien modelados, y los miembros inferiores no les iban en zaga en cuanto a perfección. Eran
realmente el nec plus ultra de las piernas hermosas. Todo conocedor de la materia
reconocía que aquellas piernas eran notables. Ni demasiado carnosas, ni demasiado flacas;
ni rudeza ni fragilidad. Imposible imaginar una curva más graciosa que la del os femoris; ni
siquiera faltaba la suave prominencia de la parte posterior de la fibula, que contribuye a la
conformación de una pantorrilla debidamente proporcionada. Hubiera pedido a los dioses
que a mi amigo y talentoso escultor Chiponchipino le fuera dado contemplar las piernas del
brigadier general honorario John A. B. C. Smith.
Empero, aunque los hombres tan apuestos no abundan tanto como las razones o las
zarzamoras, me resultaba imposible creer que lo notable a que he aludido, ese extrañó je ne
sais quoi que envolvía a mi reciente conocido, procediera tan sólo de la acabada perfección
de sus dones corporales. Quizá emanara de su actitud, pero tampoco en esto puedo ser
demasiado afirmativo. Había un estiramiento, por no decir rigidez, en su actitud, un grado
de precisión mesurada y, si se me permite decirlo así, rectangular, en todos sus
movimientos, que en una persona más pequeña hubiera parecido lamentable afectación o
pomposidad, pero que en un caballero de las dimensiones del general no podía atribuirse
más que a reserva, a hauteur y, en una palabra, al loable sentido de lo que corresponde a la
dignidad de las proporciones colosales.
El excelente amigo que me presentó al general Smith me dijo al oído algunas frases
elogiosas sobre el militar. Era un hombre notable, muy notable, y en realidad uno de los
más notables de la época. Gozaba de especial favor ante las damas, sobre todo por su alta
reputación de hombre valeroso.
—En ese terreno es insuperable. No hay nadie más temerario que él. Un verdadero
paladín, sin la menor duda —dijo mi amigo con un susurro, llenándome de excitación por
el misterio que había en su voz.
—Sí, un paladín completo, a no dudarlo. Y lo demostró, a fe mía, durante la última y
terrible lucha en los pantanos del sud, contra los indios cocos y los kickapoos. (Aquí mi
amigo abrió mucho los ojos.) ¡Dios me asista! ¡Cuánta sangre, pólvora… todo lo
imaginable! ¡Prodigios de valor! Supongo que ha oído usted hablar de él… Probablemente
no ignora que es el hombre que…
—¡Vaya, vaya! ¿Cómo está usted? ¿Cómo le va? ¡Cuánto me alegro de encontrarlo! —
lo interrumpió en ese momento el general en persona, tomando del brazo a mi amigo e
inclinándose rígida pero profundamente cuando le fui presentado.
Pensé en aquel momento (y lo sigo pensando) que jamás había escuchado una voz tan
clara y resonante, ni contemplado semejante dentadura. Pero debo reconocer que lamenté
que nos hubiera interrumpido justamente cuando, después de los murmullos y las
insinuaciones que anteceden, me sentía interesadísimo por el héroe de la campaña contra
los cocos y los kickapoos.
Empero, la deliciosa y brillante conversación del brigadier general honorario John A.
B. C. Smith no tardó en disipar completamente mi disgusto. Como nuestro amigo se
marchó casi de inmediato, sostuvimos un largo tête-à-tête, y no sólo quedé muy
complacido sino que aprendí muchas cosas. Jamás he oído a un narrador más fluido, ni a un
hombre más informado. Con loable modestia, sin embargo, se abstuvo de tocar el tema que
más me apasionaba —aludo a las misteriosas circunstancias referentes a la guerra contra los
cocos—, y por mi parte, una delicadeza que considero oportuna me vedó mencionar la
cuestión, pese a que me sentía tentadísimo de hacerlo. Noté asimismo que el valeroso
militar prefería los tópicos de interés filosófico y que se complacía especialmente en
comentar el rápido progreso de las invenciones mecánicas. Cualquiera fuera el rumbo de
nuestro diálogo, volvía invariablemente a ocuparse del asunto.
—No hay nada comparable a esto —decía—. Somos un pueblo admirable y vivimos en
una edad maravillosa. ¡Paracaídas y ferrocarriles… trampas perfeccionadas y fusiles de
gatillo! Nuestros barcos a vapor recorren todos los mares, y el globo de Nassau se dispone a
efectuar viajes regulares (a sólo veinticinco libras el pasaje) entre Londres y Timboctú.
¿Quién puede prever la inmensa influencia sobre la vida social, las artes, el comercio, la
literatura, que habrán de tener los grandes principios del electromagnetismo? ¡Y le aseguro
a usted que no es todo! El progreso de las invenciones no conoce fin. Las más admirables,
las más ingeniosas… y permítame usted agregar, Mr… Mr. Thompson, según creo,
permítame agregar, digo, que los dispositivos mecánicos mas útiles, los más
verdaderamente útiles… surgen día a día como hongos, si es que puedo expresarme así o,
más figurativamente, como… sí, como saltamontes… como saltamontes, Mr. Thompson…
en torno de nosotros… ¡ja, ja!… en torno de nosotros.
Mi nombre no es Thompson; pero de más está decir que me separé del general Smith
con multiplicado interés por su persona, imbuido de una altísima opinión sobre sus dotes de
conversador y una profunda convicción de los valiosos privilegios que gozamos por vivir
en esta época de invenciones mecánicas. Mi curiosidad, sin embargo, no había quedado
completamente satisfecha, y resolví de inmediato hacer averiguaciones entre mis amistades
sobre el brigadier general honorario y sobre los tremendos sucesos quorum pars magna fuit
durante la campaña de los cocos y de los kickapoos.
La primera oportunidad que se me presentó y que (horresco referens) no tuve el menor
escrúpulo en aprovechar, aconteció en la iglesia del reverendo doctor Drummummupp,
donde un domingo, a la hora del sermón, me encontré no solamente instalado en uno de los
bancos, sino al lado de mi muy meritoria y comunicativa amiga Miss Tabitha T. Apenas la
descubrí, me congratulé por el buen cariz que tomaban mis asuntos, y no me faltaba razón,
ya que si alguien sabía alguna cosa sobre el brigadier general honorario John A. B. C.
Smith, esa persona era Mis Tabitha T. Nos telegrafiamos unas cuantas señales y
empezamos sotto voce un animado tête-à-tête.
—¿Smith? —dijo ella, en respuesta a mi ansiosa pregunta—. ¿Querrá usted decir el
general A. B. C.? ¡Dios me asista, hubiera jurado que estaba al tanto de todo! ¡Un episodio
tan horrible! ¡Ah, esos kickapoos, qué monstruos sanguinarios! Sí, luchó como un héroe…
prodigios de valor… renombre inmortal. ¡Smith! ¡Brigadier general honorario John A. B.
C.! Vamos, bien sabe usted que se trata del hombre que…
—¡El hombre —gritó el doctor Drummummupp con todas sus fuerzas, y con un
puñetazo que estuvo a punto de romper el pulpito—, que ha nacido de mujer, sólo vivirá
poco tiempo; así como crece, así es cortado como una flor!
Me apresuré a correrme al extremo del banco, advirtiendo por las miradas que me
echaba el predicador que la cólera, poco menos que fatal para el pulpito, provenía de los
murmullos entre la dama y yo. No había nada que hacerle; me sometí, pues,
resignadamente, y escuché envuelto en el martirio de un silencio digno el resto de aquel
importantísimo discurso.
A la noche siguiente acudí algo tarde al teatro Rantipole, donde estaba seguro de
satisfacer inmediatamente mi curiosidad mediante el simple expediente de entrar al palco
de aquellas exquisitas muestras de afabilidad y omnisciencia, las señoritas Arabella y
Miranda Cognoscenti. El notable trágico Climax representaba a Yago ante un público
numeroso, y me costó algún trabajo hacerme entender, máxime cuando nuestro palco estaba
casi suspendido sobre la escena.
—¡Smith! —dijo Miss Arabella, que por fin comprendió mi pregunta—. ¡Smith! ¿El
general John A. B. C.?
—¡Smith! —coreó pensativamente Miranda—. ¡Dios me bendiga! ¿Vio usted alguna
vez un hombre de mejor estampa?
—Jamás, amiga mía; pero, por favor, dígame usted…
—¿Y una gracia tan inimitable?
—Nunca, bajo palabra de honor. Pero quisiera saber…
—¿O un sentido tan profundo de la escena?
—¡Señorita!
—¿O una apreciación más delicada de las verdaderas bellezas de Shakespeare? ¡Mire
usted qué piernas!
—¡Oh, qué demonios! —dije, y me volví otra vez hacia su hermana.
—¡Smith! —repitió ella—. ¿No será el general John A. B. C.? ¡Ah, qué horrible fue
aquello! ¿No es cierto? ¡Y qué miserables los cocos… de un salvajismo…! Afortunadamente
vivimos en una época de tantas invenciones… ¡Smith, oh, sí, un gran hombre! ¡Temerario
hasta el límite! ¡Renombre inmortal! ¡Prodigios de coraje! ¡Nunca oí nada parecido! (Esto
fue dicho a gritos.) ¡Dios me asista! Ya sabe usted, es el hombre que…
…ni la mandragora
Ni todos lo elixires somníferos del mundo
Te proporcionarán jamás ese dulce sueño
De que gozaste ayer!
—aulló Climax casi en mi oído y agitando el puño delante de mi cara en una forma que
no pude ni quise tolerar. Me separé inmediatamente de las señoritas Cognoscenti, pasé
entre bastidores y, al aparecer aquel pillo, le di una paliza que espero recordará hasta el día
de su muerte.
Durante la soirée en casa de una encantadora viuda, Mrs. Kathleen O’Trump, me sentí
seguro de que no volvería a sufrir una decepción. Apenas nos habíamos sentado a la mesa
de juego, teniendo a mi bonita huéspeda vis-à-vis, le hice las preguntas cuya respuesta se
había convertido en algo tan esencial para mi tranquilidad de espíritu.
—¡Smith! —dijo mi amiga—. ¿Supongo que alude usted al general John A. B. C.?
¡Qué terrible episodio! ¿Oros, dijo usted? ¡Ah, esos kickapoos, qué miserables! Por favor,
Mr. Tattle, estamos jugando al whist… De todas maneras ésta es la época de las
invenciones… ciertamente es la época par excellence… ¿habla usted francés? ¡Sí, un héroe,
y de una temeridad increíble! ¿No tiene usted corazones, Mr. Tattle? ¡Imposible! ¡Sí, un
renombre inmortal… prodigios de valor! ¿Qué nunca había oído hablar de él? ¡Cómo! ¡Si se
trata del hombre que…!
—¿Hombrequet? ¿El capitán Hombrequet? —interrumpió desde lejos y a gritos una
invitada—. ¿Está usted hablando del capitán Hombrequet y del duelo? ¡Oh, quiero escuchar
lo que dicen! ¡Por favor, Mrs. O’Trump… siga usted, le suplico que siga contando!
Y así lo hizo Mrs. O’Trump, emprendiendo una narración sobre un cierto capitán
Hombrequet, a quien habían ahorcado o muerto a tiros, o que por lo menos lo merecía.
¡Palabra! Y como Mrs. O’Trump continuaba indefinidamente… acabé por marcharme.
Aquella noche me sería imposible escuchar nada referente al brigadier general honorario
John A. B. C. Smith.
Me consolé, sin embargo, pensando que tanta mala suerte no podía durar siempre, y me
decidí audazmente a procurarme informaciones en los salones de fiesta de aquel hechicero
angelillo, la graciosa Mrs. Pirouette.
—¡Smith! —exclamó ésta mientras dábamos vueltas y vueltas en un pas de zéphyr—
¿Se refiere usted al general John A. B. C.? ¡Ah, qué terrible esa historia de los cocos! ¿No
es cierto? ¡Qué gentes tan horribles son los indios! ¡Ponga la punta de los pies hacia afuera!
¿No le da vergüenza? Un hombre valerosísimo, el pobre… Pero vivimos en una época de
maravillosas invenciones… ¡Dios mío, me falta el aliento! ¡Sí, un coraje temerario!
¡Prodigios de valor! ¿Que nunca oyó usted hablar de él? ¡Imposible! ¡Tengo que sentarme
y hacérselo saber! ¡Si justamente Smith es el hombre que…!
—¡Man-fredo! —gritó Miss Sabihonda, en momentos en que yo llevaba a Mrs.
Pirouette hacia un sofá—. ¿Cómo sé puede decir semejante cosa? ¡Le aseguro que se trata
de Man-fredo y no de Man-frido!
Y como Miss Sabihonda me tomara por testigo de la manera más perentoria, me vi
precisado, quisiera o no, a terciar en la solución de una disputa referente al título de cierto
drama poético de Lord Byron. Y aunque afirmé de inmediato que el verdadero título era
Man-frido, y de ninguna manera Man-fredo, apenas me volví en busca de Mrs. Pirouette
descubrí que se había perdido de vista, por lo cual me marché de su casa envuelto en la más
amarga animosidad contra la entera raza de las sabihondas.
Las cosas se estaban poniendo muy serias, y resolví visitar sin pérdida de tiempo a mi
amigo íntimo Mr. Theodore Sinivate, pues estaba seguro de obtener de él alguna
información precisa.
—¡Smith! —exclamó, con su peculiar manera de arrastrar las palabras—. ¿No se
tratará del general John A. B. C.? Triste asunto ese de los kickapoos, ¿no es cierto? Una
temeridad extraordinaria… ¡una lástima verdaderamente! ¡Qué época, qué maravillosos
inventos! ¡Prodigios de valor! Dicho sea de paso, ¿no oyó hablar usted del capitán
Hombrequet?
—¡Que se vaya al diablo el capitán Hombrequet! —repuse—. Por favor, siga con su
relato.
—¡Ejem! Pues bien… es exactamente la même cho-o-ose, como decimos en Francia.
¿Smith, eh? ¿El brigadier general John A. B. C.? Vea usted… —y aquí Mr. Sinivate creyó
oportuno ponerse un dedo contra la nariz—. ¿No pretenderá insinuar, verdadera y
conscientemente, que no sabe nada de la historia de Smith? Porque usted habla de Smith,
supongo, de John A. B. C., ¿eh? Pues, estimado amigo, se trata del hombre…
—Señor Sinivate —imploré—. ¿Se trata del hombre de la máscara de hierro?
—No-o-o —repuso, con aire de entendido—. Ni tampoco del hombre de la luna.
Consideré que esta réplica constituía un punzante y claro insulto, y abandoné de
inmediato la casa, lleno de cólera y dispuesto a exigir a mi amigo Mr. Sinivate una pronta
explicación por tan poco caballeresca conducta y tanta mala educación.
Pero, en el ínterin, no estaba dispuesto a renunciar a las informaciones que deseaba. Me
quedaba todavía un recurso. Lo mejor sería ir a la fuente misma. Visitaría inmediatamente
al general, pidiéndole con palabras explícitas una solución de tan abominable misterio.
Aquí al menos, no habría posibilidad de error. Sería llano, positivo, perentorio, tan conciso
como Tácito o Montesquieu.
Llegué muy temprano a casa del general, que se estaba vistiendo, pero como insistí en
que se trataba de algo urgente, un viejo mucamo negro me hizo pasar al dormitorio, y se
quedó allí para servir a su amo. Como es natural, al entrar en la habitación miré en torno
buscando a su ocupante, pero no lo distinguí. Había un bulto muy grande y muy raro contra
mis pies, y, como no estaba yo del mejor de los humores, le di un puntapié para quitarlo del
camino.
—¡Ejem… ejem… no me parece una conducta muy correcta, que digamos! —dijo el
bulto con una vocecilla tan débil como curiosa, algo entre chirrido y silbido.
Grité de terror y huí diagonalmente hasta refugiarme en el rincón más alejado del
dormitorio.
—¡Mi estimado amigo! —volvió a silbar el bulto—. ¿Qué… qué… qué cosa le sucede?
¡Hasta creería que no me reconoce usted!
¿Qué podía yo contestar a eso? Tambaleándome, me dejé caer en un sillón y, con la
boca abierta y los ojos fuera de las órbitas, esperé la solución de aquel enigma.
—No deja de ser raro que no me haya reconocido, ¿verdad? —insistió la indescriptible
cosa, que, según alcancé a ver, estaba efectuando en el suelo unos movimientos
inexplicables, bastante parecidos a los de ponerse una media. Pero sólo se veía una pierna.
—No deja de ser raro que no me haya reconocido, ¿verdad? ¡Pompeyo, tráeme esa
pierna!
Pompeyo se acercó al bulto y le alcanzó una notable pierna artificial, con su media ya
puesta, que el bulto se aplicó en un segundo, tras lo cual vi que se enderezaba.
—Y aquella batalla fue harto sangrienta —continuó diciendo la cosa, como si
monologara—. Pero no hay que meterse a pelear contra los cocos y los kickapoos y creer
que se va a salir de allí con un mero rasguño. Pompeyo, haz el favor de darme ese brazo.
Thomas —agregó, volviéndose a mí— es el mejor fabricante de piernas postizas; pero si
alguna vez necesitara usted un brazo, querido amigo, permítame que le recomiende a
Bishop.
Y a todo esto Pompeyo le atornillaba un brazo.
—Aquella lucha fue una cosa terrible, puedo asegurárselo. Vamos, perillán, colócame
los hombros y el pecho. Pettit fabrica los mejores hombros, pero si quiere usted un pecho
vaya a Ducrow.
—¡Un pecho! —exclamé.
—¡Pompeyo! ¿Terminarás de ponerme la peluca? Que lo esculpen a uno no tiene nada
de agradable, pero a fin de cuentas siempre es posible procurarse un peluquín tan bueno
como éste en De L’Orme.
—¡Peluquín!
—¡Vamos, negro, mis dientes! Para una buena dentadura, le aconsejo ir en seguida a
Parmly. Cuesta caro, pero hacen trabajos excelentes. En cuanto a mí, me tragué no pocos de
mis dientes cuando uno de los indios cocos me machacaba con la culata del rifle.
—¡Culata del rifle! ¡Lo machacaba! ¿Pero qué ven mis ojos?
—¡Oh, ahora que lo menciona… trae aquí ese ojo Pompeyo, y atorníllalo pronto! Esos
kickapoos no son nada lerdos para dejarlo a uno tuerto. Pero el doctor Williams es un
hombre de talento, y no puede imaginarse lo bien que veo con los ojos que fabrica.
Comencé entonces a percibir con toda claridad que el objeto erguido ante mí era nada
menos que mi reciente conocido, el brigadier general honorario John A. B. C. Smith. Debo
reconocer que las manipulaciones de Pompeyo habían transformado por completo la
apariencia de aquel hombre. Pero su voz me seguía dejando perplejo, aunque el misterio no
tardó en disiparse como los otros.
—¡Pompeyo, condenado negro —chirrió el general—, estaría por creer que vas a
dejarme salir sin mi paladar!
Murmurando una excusa el negro se acercó a su amo, le abrió la boca con el aire
entendido de un jockey y le ajustó en el interior un aparato de singular aspecto, haciéndolo
con grandísima destreza, aunque por mi parte no alcancé a ver nada. El cambio en la
expresión del general fue tan instantáneo como sorprendente. Cuando habló de nuevo, su
voz había recobrado aquella rica tonalidad y potencia que me habían llamado la atención en
nuestra primera entrevista.
—¡Malditos sean esos perros! —dijo con una articulación tan clara que me
sobresalté—. ¡Malditos sean! No sólo me hundieron el paladar, sino que se tomaron el
trabajo de cortarme por lo menos siete octavos de lengua. Pero, afortunadamente, tenemos a
Bonfanti, que es inigualable en toda América cuando se trata de artículos de esta especie.
Se lo recomiendo a usted con toda confianza —agregó el general, inclinándose— y le
aseguro que mucho me complace poder hacerlo.
Agradecí su gentileza lo mejor posible y me despedí de inmediato, perfectamente
enterado de la verdad y sin el menor resto de aquel misterio que tanto me había perturbado.
Era evidente. Era clarísimo. El brigadier general honorario John A. B. C. Smith era el
hombre… que se gastó.
Tres domingos por semana
¡Viejo empedernido, zamacuco, obstinado, mohoso, tozudo, emperrado y bárbaro! —
dije cierta tarde (en mi fantasía) a mi tío abuelo Rumgudgeon, mientras lo amenazaba con
el puño (en mi imaginación).
Sólo en la imaginación. Diré que, en verdad, había cierta discrepancia entre lo que yo
decía y lo que no tenía el coraje de decir, entre lo que hacía y lo que no me faltaba gana de
hacer.
Cuando abrí la puerta del salón la vieja marsopa habíase instalado con los pies sobre la
chimenea, un vaso de oporto en la zarpa, esforzándose violentamente por poner en práctica
la cancioncilla:
Remplis ton verre vide!
Vide ton verre plein!
—Querido tío —dije, cerrando suavemente la puerta y aproximándome con la más
blanda de mis sonrisas—, ha sido usted siempre tan amable y considerado manifestándome
su benevolencia de tantas… de tantísimas maneras, que… que siento como si sólo fuera
necesario sugerirle una vez más cierta insignificante cosilla, para tener la seguridad de su
plena aprobación.
—¡Ejem! —dijo él—. ¡Veamos, muchacho… sigue!
—Estoy seguro, querido tío (¡condenado vagabundo!), de que usted no tiene intención
de oponerse a mi casamiento con Kate. Ya sé que se trata de una broma… ¡Ja, ja! ¡Qué
gracioso es usted a veces!
—¡Ja, ja, ja! —repitió él—. ¡Que te cuelguen… vaya si lo soy!
—¿No es cierto? ¡Bien sabía yo que bromeaba! Pues bien, tío, todo lo que Kate y yo
deseamos ahora es que tenga usted la gentileza de aconsejarnos sobre… sobre la fecha… ya
sabe usted, tío… En fin, ¿cuándo sería más conveniente para usted que se realice la… la
boda?
—¡Vete de aquí, vagabundo! ¿Qué pretendes decir? ¡Espérate sentado!
—¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Oh, magnífico! ¡Oh, qué broma extraordinaria! ¡Qué ingenio!
Pero todo lo que quisiéramos, tío, es que nos indique exactamente la fecha.
—¡Ah! ¿Exactamente?
—Sí, tío. Es decir… siempre que le resulte agradable.
—¿Y no sería lo mismo, Bobby, si lo dejáramos al azar… digamos, alguna fecha dentro
de un año o cosa así, eh? ¿O tengo que fijarla exactamente?
—Por favor, tío… exactamente.
—Pues bien, Bobby, puesto que eres un excelente muchacho… y puesto que quieres
una fecha exacta… te la diré.
—¡Mi querido tío!
—¡Silencio, caballerito! —exclamó, ahogando mi voz—. Sí, te la diré. Tendrás mi
consentimiento… y la pecunia96, no debemos olvidarnos de la pecunia… ¡Veamos! ¿Qué día
fijaremos? ¿Hoy es domingo, verdad? Pues bien, te casarás exactamente… ¿me has oído?,
96 Poe usa el término plum, que en Inglaterra designaba popularmente la suma de 100 libras esterlinas. (N. del T.)
exactamente cuando haya tres domingos en una semana. ¿Has entendido, caballerito? ¿Por
qué te quedas boquiabierto? Te lo repito: tendrás a Kate y tendrás la pecunia cuando haya
tres domingos en una semana, pero no hasta entonces, gran bribón… ¡no hasta entonces,
aunque me maten! Ya me conoces, y sabes que soy hombre de palabra. ¡Y ahora vete!
Tras lo cual vació su vaso de oporto, mientras yo escapaba desesperado del salón.
Mi tío abuelo Rumgudgeon era un «excelente anciano caballero inglés», pero, a
diferencia del de la canción, tenía sus puntos débiles. Era un personaje diminuto, obeso,
pomposo, apasionado y hemisférico, de roja nariz, gran cabezota, abundante faltriquera y
elevado concepto de su persona. Dueño del mejor corazón de este mundo, un especial
espíritu de contradicción le había hecho ganar, entre aquellos que sólo lo conocían
superficialmente, fama de tacaño. Como muchas personas excelentes, parecía dominado
por el caprichoso deseo de gastar la paciencia, deseo que, a primera vista, hubiera podido
confundirse con maldad. A cualquier pedido que le hacía, un rotundo «¡No!» era su
respuesta inmediata; pero al final —muy al final— terminaba negándose a muy pocos
pedidos. Se defendía empecinadamente contra todo ataque que llevara a su faltriquera, pero
terminaba dando sumas que estaban en proporción directa con la duración del sitio y el
empecinamiento de la resistencia. En materia de caridad, nadie daba más con menos
amabilidad.
Mi tío demostraba el más profundo de los desprecios por las bellas artes y, muy
especialmente, por la literatura. Casimir Perier le había inspirado este último, con su
petulante pregunta: A quoi un poète est-il bon?, que mi tío repetía en todos los casos y con
la más extraña de las pronunciaciones, considerándola el nec plus ultra del ingenio. Así, mi
frecuentación de las Musas había provocado su profundo disgusto. Cierto día en que le
solicité un nuevo ejemplar de Horacio, me aseguró que la traducción de Poeta nascitur non
fit era: «A nasty poet for nohting fit» (Un repugnante poeta, incapaz de nada); naturalmente
su versión me produjo grandísima cólera. El antagonismo de mi tío hacia las
«humanidades» había ido en aumento en los últimos tiempos, a causa de una inclinación
hacia lo que él consideraba ciencias naturales. Alguien lo había detenido en la calle
confundiéndolo nada menos que con el doctor Dubble L. Dee, conferenciante en física
recreativa y otras fruslerías. Esta confusión lo deslumbró, y, en la época de este relato (ya
que en definitiva se está convirtiendo en un relato), mi tío abuelo Rumgudgeon sólo se
mostraba accesible y pacífico en todo aquello que coincidiera con el capricho científico que
lo dominaba. En cuanto al resto, se reía desaforadamente de todo, y en materia política era
tan obstinado como simple. Creía con Horsley, que «nada tiene el pueblo que ver con las
leyes, aparte de obedecerlas».
Había yo pasado toda mi vida a su lado, pues mis padres, al morir, me legaron a él
como la más rica de las herencias. Creo que el viejo miserable me quería como a su propio
hijo (y casi tanto como quería a Kate), pero lo mismo me daba una vida de perros. Desde
que cumplí un año hasta los cinco, me aplicó constantes y regulares azotainas. De los cinco
a los quince, me amenazó a cada momento con enviarme a un reformatorio. De los quince a
los veinte, no pasó un día sin que me prometiera desheredarme hasta el último centavo.
Cierto es que yo era una buena pieza, pero esto formaba parte de mi naturaleza y valía
como un artículo de fe. En Kate, empero, tenía una amiga leal, y no lo ignoraba. Era una
excelente muchacha, que me había prometido gentilmente ser mi esposa (con pecunia y
todo), siempre que me las arreglara para obtener el consentimiento de mi tío abuelo. ¡Pobre
niña! Tenía apenas quince años y, sin ese consentimiento, su escaso capital no le sería
entregado hasta después de que cinco interminables veranos «arrastraran consigo su lenta
duración». ¿Qué hacer, entonces? A los quince años, y aun a los veintiuno (pues yo había
franqueado ya mi quinta olimpiada), cinco años de espera equivalen a quinientos.
Inútilmente asediaba a mi tío con mis demandas. Había él encontrado una pièce de
résistence (como dirían los señores Ude y Carene), que se adaptaba maravillosamente a su
petulante fantasía. Job mismo se hubiera indignado al ver cómo aquel viejo gato jugaba con
nosotros cual si fuéramos dos miserables ratoncillos. En lo profundo de su corazón nada
deseaba con más ardor que nuestra unión. Desde el principio había estado de acuerdo. Y
hubiera sido capaz de sacar diez mil libras de su propio bolsillo (pues la dote de Kate era de
ella), de habérsele ocurrido alguna cosa que excusara nuestro natural deseo. Pero habíamos
sido lo bastante imprudentes como para mencionar el tema por nuestra cuenta. No
oponerse, bajo tales circunstancias, hubiera estado más allá de sus fuerzas.
He dicho ya que mi tío tenía sus puntos débiles, pero no debe entenderse por ello que
aludo a su obstinación. Al contrario, ésta se contaba entre sus puntos fuertes: assurément ce
n’était pas son faible. Cuando hablo de sus debilidades me refiero a una superstición de
vieja solterona que lo dominaba. Se consideraba muy fuerte en sueños, portentos, et id
genus omne de galimatías. Mostrábase asimismo muy puntilloso en pequeños detalles de
honor y, a su manera, era hombre de palabra. Más aún: estas cosas le constituían una
verdadera obsesión. No tenía el menor escrúpulo en faltar al espíritu de sus promesas, pero
la letra era para él cosa inviolable.
Esta peculiaridad de su carácter, sumada al ingenio de Kate, nos permitió un día —
poco después de mi entrevista con mi tío en el salón— sacarle una inesperada ventaja; pero
ahora, después de haber agotado como los modernos bardos y oradores todo mi tiempo
disponible en prolegómenos, resumiré lo sucedido en las pocas palabras que constituyen el
meollo de la historia.
Ocurrió —pues así lo ordenaron los hados— que entre los conocidos de mi prometida
se contaban dos oficiales de la marina que acababan de volver a Inglaterra después de un
año de ausencia. Concertado nuestro plan, mi prima, ambos caballeros y yo acudimos a
visitar a mi tío en la tarde del domingo 10 de octubre, exactamente tres semanas después de
la memorable decisión que tan cruelmente había desbaratado nuestras esperanzas. Durante
la primera media hora la conversación tocó los temas ordinarios, pero luego logramos, de
manera muy natural, darle el siguiente giro:
Capitán Pratt.—Pues bien, he estado un año ausente. Exactamente un año… ¡Veamos!
¡Pues, sí, hoy es diez de octubre! ¿Recuerda, Mr. Rumgudgeon, que vine a despedirme de
usted hace exactamente un año? Dicho sea de paso, me parece una coincidencia bastante
curiosa que nuestro amigo aquí presente, el capitán Smitherton, haya estado también
ausente un año… Exactamente un año, ¿no es así?
Smitherton.—En efecto, hoy hace un año justo. Recordará usted, Mr. Rumgudgeon,
que vine aquel día en compañía del capitán Pratt, a fin de despedirme de usted.
Tío.—Sí, sí… me acuerdo muy bien… ¡Ciertamente es muy raro! Ambos ausentes
durante un año… Muy extraña coincidencia, por cierto. Lo que el doctor Dubble L. Dee
llamaría una extraordinaria concurrencia de sucesos. El doctor Dub…
Kate.—(Interrumpiéndolo.) ¡Sí, papá, es muy extraño! Pero el capitán Pratt y el capitán
Smitherton no siguieron la misma ruta, y eso significa una diferencia.
Tío.—¿Una diferencia, muchacha? ¡Al contrario! ¡La cosa es así muchísimo más
notable! El doctor Dubble L. Dee…
Kate.—¿Sabes, papá? El capitán Pratt dio la vuelta al cabo de Hornos, y el capitán
Smitherton al de Buena Esperanza.
Tío.—¡Pues bien! El uno fue hacia el este y el otro hacia el oeste, y los dos dieron la
vuelta completa a la tierra. Dicho sea de paso, el doctor Dubble L. Dee…
Yo.—(Presurosamente.) Capitán Pratt, ¿por qué no viene a pasar la velada de mañana
con nosotros…? También usted, capitán Smitherton. Nos contarán los detalles de sus viajes,
haremos una partida de whist, y…
Pratt.—¡Vamos, querido muchacho! ¿Jugar al whist en domingo? Alguna otra noche, si
quiere, pero…
Kate.—¡Oh, no, Robert no es tan impío como para proponer eso! Pero hoy es domingo,
capitán.
Tío.—¡Naturalmente!
Pratt.—Les pido disculpas a ambos, pero no puedo engañarme hasta ese punto. Sé que
mañana es domingo porque…
Smitherton.—(Muy sorprendido.) ¿Qué están diciendo ustedes? ¿No fue ayer
domingo?
Todos.—¡Ayer! ¡Vamos, usted bromea!
Tío.—¡Hoy es domingo! ¡Como si no lo supiera!
Pratt.—¡Oh, no! ¡Mañana es domingo!
Smitherton.—¡Se han vuelto ustedes locos! ¡Tan seguro estoy de que ayer era domingo,
como de que estoy sentado en esta silla!
Kate.—(Dando un brinco.) ¡Ya sé…, ya sé! ¡Oh, papá, ésta es una sentencia contra ti,
por… por lo que sabes! Ya veo lo que ocurre, y puedo explicarlo fácilmente. Es muy
sencillo. El capitán Smitherton dice que ayer era domingo, y tiene razón. El primo Bobby,
papá y yo decimos que hoy es domingo, y tenemos razón. El capitán Pratt sostiene que
mañana será domingo, y tiene razón. El hecho es que todos estamos en lo cierto, y que hay
tres domingos en una semana.
Smitherton.—(Tras una pausa.) Dicho sea entre nosotros, Pratt, Kate nos ha aventajado
en astucia. ¡Qué tontos hemos sido! Mr. Rumgudgeon, la cuestión es la siguiente: como
usted sabe, la tierra tiene una circunferencia de veinticuatro mil millas. El globo gira sobre
su eje… da vueltas sobre el mismo… hace pasar esas veinticuatro mil millas de su
circunferencia, yendo de oeste a este, exactamente en veinticuatro horas. ¿Me sigue usted,
Mr. Rumgudgeon?
Tío.—Por supuesto… por supuesto. El doctor Dub…
Smitherton.—(Tapando su voz.) Pues bien, señor: la velocidad de esta revolución es de
mil millas por hora. Supongamos ahora que yo me traslado a mil millas al este de donde
estamos. Como es natural, me anticipo a la salida del sol en una hora exacta con respecto a
Londres. Veo salir el sol una hora antes que usted. Si avanzo otras mil millas en la misma
dirección, me anticipo en dos horas, otras mil millas, y tendré tres horas de adelanto, y así
sucesivamente hasta que, terminada la vuelta al globo, y otra vez en este mismo sitio
después de viajar veinticuatro mil millas al este, me habré anticipado en veinticuatro horas
a la salida del sol en Londres; vale decir que estaré adelantado en un día con respecto al
tiempo de usted. ¿Claro, no es cierto?
Tío.—Pero Dubble L. Dee…
Smitherton.—(A gritos.) El capitán Pratt, en cambio, una vez que hubo viajado mil
millas al oeste de este punto, se encontró atrasado en una hora, y cuando terminó su
recorrido de veinticuatro mil millas al oeste quedó atrasado en un día con respecto al
tiempo de Londres. Vale decir que, para mí, ayer era domingo, como lo es hoy para usted y
lo será mañana para Pratt. Y, lo que es más, Mr. Rumgudgeon, los tres tenemos razón, pues
ningún principio científico puede darnos ventaja al uno sobre los otros.
Tío.—¡Santo cielo! ¡Pues bien, Kate… pues bien, Bobby… como habéis dicho, ésta es
una sentencia contra mí! Pero soy hombre de palabra… ¡no lo olvidéis! ¡Kate será tuya,
muchacho (con pecunia y todo), cuando te parezca bien! ¡Atrapado, por Júpiter! ¡Tres
domingos juntos! ¡Tendré que ir a preguntarle a Dubble L. Dee lo que opina de esto!
«Tú eres el hombre»
Yo haré el papel de Edipo en el enigma de Rattleborough. Explicaré a ustedes —como
solamente yo puedo hacerlo— el secreto mecanismo que produjo el milagro de
Rattleborough, el único, el verdadero, el admitido, el indiscutible, el indisputable milagro
que acabó definitivamente con la infidelidad de los rattleburguenses y devolvió a la
ortodoxia de los abuelos a todos los pecadores que se habían atrevido a mostrarse
escépticos.
Este suceso —que lamentaría mucho exponer en un tono de inadecuada ligereza— tuvo
lugar durante el verano de 18… Mr. Barnabas Shuttleworthy, uno de los vecinos más ricos y
respetables del pueblo, había desaparecido días atrás bajo circunstancias que llevaban a
sospechar las más funestas consecuencias. Había salido de Rattleborough un sábado muy
temprano, a caballo, con la manifiesta intención de trasladarse a la ciudad de N…, a unas
quince millas, y volver aquella misma noche. Empero, dos horas después su caballo volvió
sin él y sin los sacos que al partir llevaba en la montura. El animal estaba herido y cubierto
de barro. Aquellas circunstancias, como es natural, alarmaron mucho a los amigos del
desaparecido; y cuando el domingo por la mañana se supo que no había vuelto, el pueblo se
levantó en masa para ir a buscar su cadáver.
El primero y más enérgico organizador de esta búsqueda era un amigo íntimo de Mr.
Shuttleworthy, llamado Mr. Charles Goodfellow, o, como todo el mundo le decía, «Charley
Goodfellow» o «el viejo Charley Goodfellow». Ahora bien, si se trata de una maravillosa
coincidencia o si el nombre tiene un efecto imperceptible sobre el carácter, es cosa que no
he podido verificar jamás; pero existe el hecho incuestionable de que jamás ha existido un
hombre llamado Charles que no fuera un individuo recto, varonil, honesto, bondadoso y
franco, dueño de una voz profunda y clara, agradable de escuchar, y unos ojos que miran a
la cara, como diciendo: «Tengo la conciencia tranquila, no temo a nadie, y jamás sería
capaz de una acción mezquina». Y así ocurre que todos los generosos, negligentes «actores
de carácter» se llaman con toda seguridad Charles.
Pues bien, aunque sólo llevaba unos seis meses en Rattleborough y nadie tenía noticias
sobre él antes de que llegara para instalarse entre nosotros, el «viejo Charley Goodfellow»
no había hallado la menor dificultad para hacerse amigo de toda la gente respetable del
pueblo. Ni un solo vecino hubiera dudado un momento de su palabra, y, en cuanto a las
damas, hacían cuanto estaba en su poder para congraciarse con él. Y esto provenía del
hecho de llamarse Charles y de ser, por tanto, dueño de uno de esos rostros sinceros que
proverbialmente constituyen «la mejor carta de recomendación».
He dicho ya que Mr. Shuttleworthy era uno de los hombres más respetables y, sin duda,
el más rico de Rattleborough, y que el «viejo Charley Goodfellow» había intimado con él al
punto de que parecía su hermano. Ambos caballeros eran vecinos, y aunque Mr.
Shuttleworthy visitaba rara vez —si es que lo hizo alguna— al «viejo Charley», y jamás se
supo que comiera en su casa, ello no impedía que ambos amigos estuvieran muchísimo
juntos como ya lo he dicho; en efecto, el «viejo Charley» no dejaba pasar un día sin entrar
tres o cuatro veces a ver cómo estaba su vecino, y muchas veces se quedaba a tomar el
desayuno o el té, y casi siempre a cenar. En estas últimas ocasiones hubiera sido difícil
saber cuánta cantidad de vino se tomaban los dos camaradas de una sola vez. La bebida
favorita del «viejo Charley» era el Chateau Margaux, y a Mr. Shuttleworthy parecía
agradarle ver cómo su amigo se tomaba botella tras botella. Tanto es así que un día, cuando
el vino había despertado el ingenio de ambos, aquél dijo a su compañero, dándole una
palmada en la espalda:
—Te diré una cosa «viejo Charley», y es que eres el mejor compañero que haya
encontrado desde que nací. Y, puesto que te gusta tanto beber de ese vino, que me cuelguen
si no voy a regalarte un gran cajón de Chateau Margaux. ¡Que me cuelguen —repitió Mr.
Shuttleworthy, que tenía la mala costumbre de decir juramentos, aunque no pasaba de
algunos bastante inofensivos— si esta misma tarde no mando pedir a la ciudad un doble
cajón del mejor vino que tengan y te lo regalo! ¡Vaya si lo haré! No digas ni una palabra: te
repito que lo haré y se acabó. De modo que ponte al acecho…; ya te llegará uno de estos
días, justamente cuando menos lo esperes.
Menciono este ejemplo de generosidad por parte de Mr. Shuttleworthy a fin de mostrar
a ustedes lo muy íntimos que eran aquellos dos amigos.
Pues bien, el domingo de mañana, cuando no quedó duda alguna de que a Mr.
Shuttleworthy le había sucedido algo grave, jamás vi a nadie tan preocupado como «el
viejo Charley Goodfellow». Cuando oyó por primera vez que el caballo había vuelto a casa
sin su amo, sin los sacos de la montura y cubierto de sangre de resultas de un pistoletazo
que había atravesado el pecho del pobre animal sin llegar a matarlo; cuando oyó todo eso,
se puso tan pálido como si el desaparecido hubiese sido su padre o su hermano, mientras
temblaba convulsivamente como si lo hubiese atacado una fiebre palúdica.
Al principio pareció demasiado abatido por el dolor como para tomar ninguna iniciativa
o decidir algún plan de acción; durante largo rato se esforzó por disuadir a los restantes
amigos de Mr. Shuttleworthy de que tomaran medidas, pensando que era preferible esperar
—una semana o dos, y aun un mes o dos— hasta ver si no se producía alguna novedad o si
el mismo desaparecido no se presentaba explicando sus razones por haber abandonado en
esa forma a su caballo. Pienso que ustedes habrán observado frecuentemente esta tendencia
a contemporizar o a diferir en gentes que se hallan bajo la acción de un dolor muy intenso.
Sus facultades mentales parecen entorpecidas, y experimentan una especie de horror hacia
toda acción; nada les parece preferible a quedarse inmóviles en su cama y «acunar su
propia pena», como les gusta decir a las señoras de edad; en otras palabras, rumiar sus
dificultades.
Las gentes de Rattleborough tenían en tan alta estima la sensatez y la discreción del
«viejo Charley», que la mayor parte se manifestó dispuesta a seguir sus consejos y no
efectuar investigaciones «hasta que hubiera alguna novedad», según lo expresaba el
honesto caballero. Y estoy convencido de que esta decisión hubiera sido unánime de no
mediar la muy sospechosa interferencia del sobrino de Mr. Shuttleworthy, joven de hábitos
sumamente disipados y de pésima reputación. Este sobrino, llamado Pennifeather, no quiso
atender razones ni «quedarse tranquilo», sino que insistió en salir inmediatamente en busca
«del cadáver del asesinado». Tal fue la expresión que empleó, y Mr. Goodfellow no dejó de
hacer notar en esa ocasión que «era una frase extraña, por no decir más». Semejante
observación en boca del «viejo Charley» provocó gran efecto en la multitud, y oyóse a uno
del grupo preguntar de manera muy vehemente «cómo era posible que el joven
Pennifeather estuviera tan bien enterado de las circunstancias relativas a la desaparición de
su acaudalado tío como para sentirse autorizado a afirmar, clara e inequívocamente, que su
tío había sido asesinado». Siguieron a esto picantes réplicas y controversias entre varios de
los presentes, y especialmente entre el «viejo Charley» y Mr. Pennifeather, lo que no
provocó ninguna sorpresa, pues bien era sabida la animosidad existente entre ambos desde
hacía varios meses. Las cosas habían alcanzado a tal punto que Mr. Pennifeather llegó en
una ocasión a derribar de un golpe al amigo de su tío, acusándolo de algunos excesos
cometidos por aquél en casa de su pariente, donde se alojaba el joven. Se afirmaba que, en
esta ocasión, el «viejo Charley» se había conducido con ejemplar moderación y cristiana
caridad. Incorporándose, sacudió sus ropas y no hizo la menor tentativa de devolver el
golpe recibido, limitándose a murmurar unas palabras sobre sus propósitos de «vengarse
sumariamente en la primera oportunidad», reacción muy natural y justificable de su cólera,
que no tenía ningún sentido especial y que, sin duda, había olvidado casi inmediatamente.
Como quiera que fuesen aquellos incidentes (que no se relacionan con lo que estamos
narrando), los pobladores de Rattleborough terminaron dejándose persuadir por Mr.
Pennifeather, y decidieron dispersarse en las regiones adyacentes en busca del
desaparecido. Tal fue la primera intención, pues parecía lo más natural que las gentes se
dispersaran en distintos grupos que explorarían de la manera más minuciosa las regiones
circunvecinas. Sin embargo, no sé por qué ingenioso razonamiento que he olvidado, el
«viejo Charley» acabó convenciendo a la asamblea de que este plan no era el más
conveniente. Al decir que los convenció exceptúo a Mr. Pennifeather; pero el hecho es que
al final se decidió efectuar una búsqueda cuidadosa a cargo de todos los vecinos en masse;
naturalmente, el «viejo Charley» tomó la dirección.
Por lo que a esto último respecta, no hay duda de que el jefe era el más capacitado,
pues todo el mundo sabía que el «viejo Charley» tenía ojos de lince; empero, aunque los
llevó a toda clase de rincones apartados, por senderos que nadie había sospechado jamás
que existieran en la región, y aunque la búsqueda continuó incesantemente noche y día
durante más de una semana, fue imposible hallar la menor huella de Mr. Shuttleworthy.
Cuando digo «la menor huella» no debe entendérseme literalmente, pues no dejaron de
encontrarse algunas huellas. Las señales de las herraduras del caballo (que eran de un tipo
especial) fueron seguidas hasta un lugar situado a tres millas al este del pueblo, sobre el
camino real a la ciudad. Aquí las huellas se desviaban por un atajo que atravesaba un
bosque y volvía a salir al camino real, abreviando en media milla el recorrido regular. Al
seguir las pisadas por este sendero, el grupo llegó finalmente hasta un charco de agua
estancada oculto a medias por las zarzas a la derecha del sendero; en este punto se
interrumpían las marcas de herraduras.
Advirtióse, sin embargo, que en el lugar había habido una lucha, y las señales
indicaban que un cuerpo grande y pesado había sido arrastrado desde el sendero al charco.
Se procedió a dragar cuidadosamente este último, pero ninguna tentativa dio resultado.
Disponíanse los presentes a volverse, desesperando de conocer la verdad, cuando la
Providencia sugirió a Mr. Goodfellow la idea de desaguar completamente el charco. El
proyecto fue recibido con hurras y el «viejo Charley» muy elogiado por su sagacidad e
inteligencia. Como muchos vecinos traían palas, dada la eventualidad de desenterrar un
cadáver, el desagüe pudo efectuarse rápida y eficazmente. Tan pronto quedó visible el
fondo se vio en el centro del lecho de barro un chaleco de terciopelo de seda negra que casi
todos los presentes reconocieron como de propiedad de Mr. Pennifeather. El chaleco estaba
desgarrado y manchado de sangre.
Varias personas de la asamblea recordaban claramente que el joven lo llevaba puesto la
mañana de la partida de Mr. Shuttleworthy, mientras otros se manifestaban dispuestos a
afirmar bajo juramento que Mr. Pennifeather no había usado dicha prenda en ningún
momento posterior a aquel día. Y no se encontró a nadie que afirmara haber visto al joven
vistiendo el chaleco en cualquier momento subsiguiente a la desaparición de Mr.
Shuttleworthy.
Todo esto creaba una situación sumamente seria para el joven, y como confirmación de
las sospechas desatadas contra él notóse que se ponía terriblemente pálido y que no era
capaz de pronunciar una palabra cuando se lo urgió a que se explicara. Ante esto, los pocos
amigos que su disoluta manera de vivir le habían dejado lo abandonaron instantáneamente
y se mostraron todavía más enérgicos que sus antiguos y reconocidos enemigos al
demandar su arresto inmediato
Empero, la magnanimidad de Mr. Goodfellow brilló entonces, por contraste, con su
más alto resplandor. Hizo una cálida y elogiosa defensa de Mr. Pennifeather, durante la
cual aludió más de una vez a su propio y sincero perdón por el insulto que aquel disipado
joven, «heredero del excelente Mr. Shuttleworthy», le había inferido en un arrebato de
pasión. «Lo perdonaba —agregó— desde lo más profundo de su corazón, en cuanto a él
(Mr. Goodfellow), lejos de llevar a su extremo las sospechosas circunstancias que
desgraciadamente existían contra Mr. Pennifeather, haría todo cuanto estuviera en su poder
y emplearía la escasa elocuencia de que era capaz para… para suavizar, en la medida en que
pudiera hacerlo en paz con su conciencia, los peores aspectos que presentaba aquel
extraordinario y enigmático asunto.»
Mr. Goodfellow continuó durante una larga media hora en este tono, que hacía gran
honor tanto a su inteligencia como a su corazón; pero las gentes de corazón generoso pocas
veces son capaces de observaciones sensatas; incurren en toda clase de errores, contretemps
y despropósitos en el entusiasmo de su celo por servir a un amigo; y así, con las mejores
intenciones de este mundo, le hacen muchísimo daño en lugar de favorecerlo.
Así ocurrió en el presente caso con la elocuencia del «viejo Charley», pues, aunque se
esforzaba por ayudar al sospechoso, sucedió —no sé bien cómo— que cada sílaba que
pronunciaba, con la deliberada o inconsciente intención de no exagerar la buena opinión del
público sobre el orador, tuvo el efecto de acentuar las sospechas ya latentes sobre la
persona cuya causa defendía y exasperar contra él la furia de la multitud.
Uno de los errores más inexplicables cometidos por el orador fue su alusión al
sospechoso como «el heredero del excelente Mr. Shuttleworthy». Ninguno de los presentes
había pensado antes en eso. Recordaban solamente ciertas amenazas proferidas un año atrás
por el tío en el sentido de desheredar a su sobrino (que era su único pariente), y daban por
seguro que éste había sido, en efecto, desheredado; tan simples eran los vecinos de
Rattlesborough. Pero las observaciones del «viejo Charley» los hicieron pensar en el asunto
y advirtieron la posibilidad de que aquellas amenazas no hubieran pasado de tales. Sin
transición, pues, surgió la pregunta natural de cui bono?, que sirvió aún más que el chaleco
para atribuir tan horrible crimen al joven Pennifeather. Aquí, a fin de no ser mal entendido,
permítaseme una digresión para hacer notar que esta brevísima y sencilla frase latina es
invariablemente mal traducida y mal concebida. En todas las novelas de misterio y en otras
—por ejemplo, las de Mrs. Gore, autora de Cecil, dama que cita en todas las lenguas, desde
el caldeo al chickasaw, ayudada sistemáticamente en su erudición por Mr. Beckford—, en
todas esas novelas, repito, desde las de Bulwer Lytton y Dickens hasta las de Turnapenny y
Ainsworth, las dos palabritas latinas cui bono son traducidas: «¿con qué fin?», o (como si
fuera quo bono): «¿con qué ventaja?». Empero, su verdadero sentido es: «¿para beneficio
de quién?». Cui, de quién; bono, ¿es para beneficio? La frase es puramente legal y se aplica
precisamente en casos como el que nos ocupa, donde la probabilidad de que alguien haya
cometido un delito depende del beneficio que recaiga sobre el mismo como consecuencia
del delito. Ahora bien, en este caso, la pregunta cui bono? implicaba directamente a Mr.
Pennifeather. Luego de testar en su favor, su tío lo había amenazado con desheredarlo. Pero
la amenaza no había sido llevada a efecto; el testamento original, según se supo, no
presentaba alteración. En caso contrario, el único motivo presumible para el crimen habría
sido el muy ordinario de la venganza; pero aún éste podía rebatirse por la esperanza de todo
desheredado de volver a ganar la confianza de su pariente. No habiéndose modificado el
testamento, mientras la amenaza seguía suspendida sobre la cabeza del sobrino, todos
vieron en ello el más manifiesto motivo para tan horrible crimen, y tal fue la sagaz
conclusión de los meritorios ciudadanos de Rattlesborough.
Mr. Pennifeather, pues, fue arrestado allí mismo y la multitud, luego de buscar otro
poco, se volvió al pueblo llevándolo bien custodiado. En el camino, además, ocurrió otra
cosa tendente a confirmar las sospechas existentes. Mr. Goodfellow, cuyo celo lo hacía
adelantarse siempre al grueso del grupo, corrió unos pasos, agachóse y levantó un objeto
que había en el pasto. Luego de examinarlo rápidamente, se notó que intentaba esconderlo
en el bolsillo de la chaqueta, pero los otros se lo impidieron, viéndose que el objeto hallado
era una navaja española que una docena de personas reconocieron inmediatamente como de
propiedad de Mr. Pennifeather. Lo que es más, sus iniciales aparecían grabadas en el puño.
La hoja de la navaja estaba abierta y ensangrentada.
Ya no podía quedar duda sobre la culpabilidad del sobrino del muerto, y, apenas
llegados a Rattlesborough, fue entregado al juez para su interrogatorio.
Su situación adquirió entonces un cariz aún más desagradable. Al preguntársele dónde
había estado la mañana de la desaparición de Mr. Shuttleworthy, tuvo la descarada audacia
de admitir que aquel día había salido con su rifle a cazar ciervos en las inmediaciones del
charco donde se había encontrado, gracias a la sagacidad de Mr. Goodfellow, su chaleco
ensangrentado.
El «viejo Charley» levantóse entonces y, con lágrimas en los ojos, pidió permiso para
declarar. Dijo que un profundo sentido del deber para con su Hacedor y sus semejantes no
le permitía continuar en silencio por más tiempo. Hasta ahora, el más sincero afecto hacia
el joven inculpado (no obstante la forma en que se había conducido con él) lo había movido
a imaginar cuanta hipótesis le sugería la imaginación, a fin de explicar todo lo sospechoso
de esas circunstancias tan incriminatorias para Mr. Pennifeather; pero dichas circunstancias
eran ya demasiado convincentes, demasiado condenatorias. No podía vacilar, diría lo que
sabía, aunque su corazón le estallara de dolor al hacerlo.
Procedió entonces a declarar que, la tarde anterior a la partida de Mr. Shuttleworthy,
este venerable caballero había dicho a su sobrino (y él, Mr. Goodfellow, lo había oído) que
el motivo que lo llevaba a viajar al día siguiente por la mañana era hacer un depósito de una
cuantiosa suma de dinero en el Banco de los Granjeros y Mecánicos de la ciudad; agregó
que en el curso de la conversación, Mr. Shuttleworthy había manifestado redondamente a
su sobrino la irrevocable determinación de anular su testamento y desheredarlo hasta el
último centavo. Y, tras de ello, el testigo pidió solemnemente al inculpado que declarara si
lo que acababa de decir era o no la más escrupulosa de las verdades.
Para la estupefacción de los presentes, Mr. Pennifeather admitió francamente que lo
dicho era la verdad.
El magistrado consideró entonces pertinente enviar a dos oficiales de policía para que
efectuaran una perquisición en el aposento que el joven ocupaba en casa de su tío. Los
policías no tardaron en volver trayendo consigo la bien conocida cartera de cuero bermejo,
con aplicaciones de metal, que el anciano desaparecido llevara consigo durante años.
Faltaba su valioso contenido y vanamente se esforzó el magistrado por obtener del
inculpado una confesión sobre el destino del dinero o el lugar donde se hallaba escondido.
Mr. Pennifeather se obstinó en afirmar que no sabía nada de todo aquello. Por otra parte,
los policías descubrieron entre el elástico y el colchón de la cama una camisa y un pañuelo
para el cuello, con el monograma del acusado, espantosamente manchados con la sangre de
la víctima.
A esta altura de la encuesta se hizo saber que el caballo del asesinado acababa de morir
a consecuencia de la herida que recibiera. Mr. Goodfellow propuso entonces que se
procediera a efectuar la autopsia del animal, a fin de descubrir, si era posible, la bala. Así se
hizo; y como para que la culpabilidad del acusado quedara demostrada de manera
definitiva, Mr. Goodfellow, luego de larga búsqueda dentro del pecho del caballo, terminó
por localizar y extraer una bala de gran tamaño que, hechas las pruebas correspondientes,
resultó corresponder exactamente al calibre del rifle de Mr. Pennifeather, que era mayor
que el de cualquier otro vecino del pueblo o sus inmediaciones. Para confirmar aún más la
cuestión se descubrió que la bala tenía una señal o reborde en ángulo recto con la sutura
habitual; no tardó en verificarse que dicha señal coincidía con la existente en los moldes
para fundir balas que, según confesión del acusado, le pertenecían. Apenas probado esto, el
magistrado a cargo de la encuesta rehusó escuchar nuevos testimonios y ordenó de
inmediato que el prisionero fuera juzgado por asesinato, negándose resueltamente a dejarlo
en libertad bajo fianza, a pesar de que Mr. Goodfellow protestó calurosamente contra esta
severidad, y ofreció salir como fiador por cualquier suma que se pidiera. Esta generosidad
por parte del «viejo Charley» hallábase muy de acuerdo con su amable y caballeresca
conducta a lo largo de toda su permanencia en Rattleborough. En este caso, el excelente
caballero se dejaba llevar de tal manera por la excesiva fogosidad de su simpatía, que al
ofrecerse como fiador de su joven amigo parecía olvidar que no poseía un centavo en el
mundo entero.
Los resultados de la decisión pueden imaginarse fácilmente. Acompañado por el odio y
la execración de todo Rattleborough, Mr. Pennifeather fue juzgado en el tribunal de causas
criminales; la cadena de pruebas circunstanciales (reforzada por algunos hechos
condenatorios adicionales, que la sensible conciencia de Mr. Goodfellow le prohibió
mantener secretos) fue considerada tan sólida y concluyente, que el jurado no se molestó en
abandonar sus asientos para pronunciar el inmediato veredicto de culpable de asesinato en
primer grado. Momentos después el miserable era condenado a muerte y conducido
nuevamente a la cárcel del condado para esperar la inexorable venganza de la ley.
En el ínterin, la noble conducta del «viejo Charley Goodfellow» había duplicado la
estima que le profesaban los honestos ciudadanos del pueblo. Su popularidad era diez veces
mayor que antes, y, como consecuencia natural de la hospitalidad que recibía en todas
partes, se vio forzado a modificar un tanto los hábitos parsimoniosos que su pobreza le
impusiera hasta entonces; empezó con frecuencia a ofrecer pequeñas réunions en su casa,
donde la alegría y el buen humor reinaban supremos —enfriados momentáneamente, claro
está, por el recuerdo ocasional del prematuro y melancólico destino que aguardaba al
sobrino del íntimo amigo de tan generoso huésped.
Un bello día, este magnífico caballero tuvo la agradable sorpresa de recibir la siguiente
carta:
Mr. Charles Goodfellow, Esq., Rattleborough.
Estimado señor:
De conformidad con un pedido transmitido a nuestra firma, hace dos meses, por
nuestro estimado cliente Mr. Barnabas Shuttleworthy, tenemos el honor de remitirle a su
domicilio un doble cajón de Chateau Margaux, marca antílope, sello violeta. Cajón
numerado y marcado como se indica al pie.
Saludamos a usted muy atentamente,
HOGGS, FROGS, BOGS & CO.
Ciudad de. ..,21 de junio 18…
P. S.—El cajón le llegará al día siguiente del recibo de esta carta. Agregamos nuestros
saludos a Mr. Shuttleworthy.
H.,F.,B.&CO.
Chal. Mar. A. N° 1, 6 doc. bot. (1/2 gruesa).
A decir verdad, desde la muerte de Mr. Shuttleworthy, Mr. Goodfellow había perdido
toda esperanza de recibir alguna vez el prometido Chateau Margaux, por lo cual le pareció
que recibirlo ahora representaba una especial merced de la Providencia. Como es natural,
se llenó de regocijo, y en la exuberancia de su alegría invitó a un numeroso grupo de
amigos a un petit souper para la noche siguiente, dispuesto a hacerles probar parte del
regalo del buen Mr. Shuttleworthy. Por cierto que no dijo nada acerca del «buen
Shuttleworthy» cuando expidió las invitaciones. Después de pensarlo mucho, decidió
proceder así. Que yo sepa, a nadie mencionó que hubiera recibido un regalo de Chateau
Margaux. Limitóse a invitar a sus amigos a que compartieran con él un vino de excelente
calidad y fino aroma que había encargado dos meses atrás y que recibiría al día siguiente.
Muchas veces me he sentido perplejo pensando por qué el «viejo Charley» decidió no decir
a nadie que aquel vino era un obsequio de su viejo amigo, pero me fue imposible
comprender sus razones para callar, aunque sin duda debía tenerlas, y excelentes.
Llegó el día siguiente, y con él una numerosa y distinguida asistencia se hizo presente
en casa de Mr. Goodfellow. Puede decirse que la mitad del pueblo estaba allí (y yo entre
ellos), pero, para gran irritación del huésped, el Chateau Margaux no apareció hasta última
hora, cuando la suntuosa cena ofrecida por el «viejo Charley» había sido ampliamente
saboreada por los huéspedes. Llegó, empero, y por cierto que era un cajón enormemente
grande; entonces, como la asamblea se hallaba de muy buen humor, decidióse por
unanimidad que se colocaría sobre la mesa y que se extraería inmediatamente su contenido.
Dicho y hecho. Por mi parte, di una mano, y en menos de un segundo teníamos el cajón
sobre la mesa, en medio de las botellas y vasos, gran parte de los cuales se rompieron en la
confusión. El «viejo Charley», que estaba completamente borracho y tenía el rostro
empurpurado, sentóse con aire de burlona dignidad en la cabecera, golpeando furiosamente
sobre la mesa con un vaso, mientras reclamaba orden y silencio «durante la ceremonia del
desentierro del tesoro».
Luego de algunas vociferaciones, se logró restablecer el orden y, como suele suceder
en tales casos, se produjo un profundo y extraño silencio. Habiéndoseme pedido que
levantara la tapa, acepté, como es natural, «con infinito placer». Inserté un formón, pero
apenas hube dado unos martillazos, la tapa del cajón se alzó bruscamente y, en el mismo
instante, surgió del interior, enfrentando al huésped, el magullado, sangriento y putrefacto
cadáver de Mr. Shuttleworthy. Por un instante contempló fija y dolorosamente, con sus ojos
sin brillo y ya sin forma, el rostro de Mr. Goodfellow. Entonces, lenta pero claramente, se
oyó que decía estas palabras: «¡Tú eres el hombre!» Y cayendo sobre el borde del cajón,
como satisfecho de lo que había dicho, quedó con los brazos colgando sobre la mesa.
La escena que siguió excede toda descripción. La carrera hacia las puertas y ventanas
fue espantosa, y muchos de los hombres más robustos se desmayaron allí mismo de puro
horror. Pero, después del primer clamoroso arrebato de miedo, todos los ojos se clavaron en
Mr. Goodfellow. Aunque viva mil años, jamás olvidaré la más que mortal agonía reflejada
en la horrorosa expresión de su cara, espectralmente pálida después de haberse mostrado
tan rubicunda de vino y de triunfo. Durante varios minutos permaneció inmóvil como una
estatua de mármol; sus ojos, absolutamente privados de expresión, parecían vueltos hacia
adentro y perdidos en el espectáculo de su propia alma asesina. Por fin la vida surgió otra
vez, proyectada hacia el mundo exterior; levantándose de un salto, cayó pesadamente con la
cabeza y los hombros sobre la mesa, en contacto con el cadáver, mientras de sus labios
brotaba rápida y vehemente la detallada confesión del espantoso crimen por el cual Mr.
Pennifeather hallábase encarcelado y esperando la muerte.
Lo que contó fue, en resumen, lo siguiente: Había seguido a su víctima hasta las
vecindades del charco, hirió allí al caballo de un pistoletazo y mató a Mr. Shuttleworthy a
golpes de culata. Luego de apoderarse de la cartera de la víctima, supuso que el caballo
había muerto y lo arrastró con gran trabajo hasta las zarzas contiguas al charco. Cargó el
cadáver de su víctima sobre su propio caballo y lo llevó a un lugar donde hacerlo
desaparecer, situado a mucha distancia a través de los bosques.
El chaleco, la navaja, la cartera y la bala habían sido colocados por él mismo donde
fueron hallados, a fin de vengarse de Mr. Pennifeather. También se las arregló para dejar en
su cuarto el pañuelo y la camisa manchados de sangre.
Hacia el final del espeluznante relato, las palabras del miserable asesino se hicieron
sordas y entrecortadas. Cuando hubo terminado, se enderezó, alejándose tambaleante de la
mesa, hasta caer… muerto.
Aunque eficientes, los medios mediante los cuales pudo lograrse esta oportuna
confusión fueron bien sencillos. La exagerada franqueza y bonhomía de Mr. Goodfellow
me había disgustado desde el principio, despertando mis sospechas. Me hallaba presente
cuando Mr. Pennifeather lo golpeó, y la diabólica expresión de su rostro, por más pasajera
que fuese, me dio la seguridad de que no dejaría de cumplir al pie de la letra su promesa de
vengarse. Hallábame, pues, preparado para apreciar las maniobras del «viejo Charley» de
una manera muy diferente de la de los buenos vecinos de Rattleborough. Vi de inmediato
que todos los descubrimientos incriminatorios nacían directa o indirectamente de él. Pero lo
que me abrió completamente los ojos fue el episodio de la bala hallada por Mr. Goodfellow
en el cuerpo del caballo. Aunque los vecinos lo habían olvidado, yo no dejé de recordar que
el caballo presentaba un orificio por donde había penetrado el proyectil, y otro por donde
había salido. Si se encontraba una bala en el cuerpo, tenía que haber sido depositada allí por
la misma persona que decía haberla encontrado. La camisa y el pañuelo ensangrentados
confirmaron la idea sugerida por el hallazgo de la bala; en efecto, el examen de la sangre
demostró que se trataba solamente de vino tinto. Pensando en esas cosas, y también en el
rumboso cambio de vida de Mr. Goodfellow, mis sospechas se hicieron cada vez más
fuertes, y no eran menos intensas por ser el único que las abrigaba.
En el ínterin, me ocupé privadamente de buscar el cadáver de Mr. Shuttleworthy; tenía
mis buenas razones para hacerlo en zonas completamente opuestas a aquellas hacia las
cuales Mr. Goodfellow había dirigido a los vecinos. El resultado fue que, algunos días más
tarde, llegué a un antiguo pozo seco, cuya boca estaba casi enteramente cubierta de zarzas;
y allí, en el fondo, hallé lo que buscaba.
Ocurrió que yo había escuchado el diálogo entre los dos amigos, cuando Mr.
Goodfellow se las arregló para inducir a su anfitrión a que le regalara un cajón de Chateau
Margaux. Basándome en este hecho, decidí obrar en consecuencia. Procurándome un trozo
muy fuerte de barba de ballena, lo introduje por la garganta del cadáver y metí a éste en un
viejo cajón de vino, teniendo cuidado de doblarlo en forma tal que la barba de ballena se
doblara junto con él. De esta manera tuve que apretar fuertemente la tapa para mantenerla
ajustada mientras la clavaba; y, como es natural, tenía la seguridad de que, tan pronto los
clavos fueran extraídos, la tapa se levantaría, y tras ella el cuerpo.
Arreglado así el cajón, lo marqué y numeré como se ha dicho; luego de escribir una
supuesta carta de los vinateros que surtían a Mr. Shuttleworthy, di instrucciones a mi criado
para que llevara el cajón en una carretilla hasta la puerta de Mr. Goodfellow, a una señal
que yo le haría. En cuanto a las palabras que pensaba hacer pronunciar al cadáver, confiaba
suficientemente en mis habilidades de ventrílocuo, y por lo que respecta a su efecto,
confiaba en la conciencia del miserable asesino.
Creo que no me queda nada por explicar. Mr. Pennifeather fue puesto inmediatamente
en libertad, heredó la fortuna de su tío y, aprovechando la lección de la experiencia, inició
desde aquel día una nueva y dichosa vida.
Bon-Bon
Quand un bon vin meuble mon estomac
Je suis plus savant que Balzac,
Plus sage que Pibrac;
Mon seul bras faisant l’attaque
De la nation Cossaque
La mettroit au sac;
De Charon je passerois le lac
En dormant dans son bac;
J’irois au fier Eac,
Sans que mon coeur fit tic ni tac,
Présenter du tabac.
(Vaudeville francés)
No creo que ninguno de los parroquianos que, durante el reino de… frecuentaban el
pequeño café en el cul-de-sac Le Febre, en Rúan, esté dispuesto a negar que Pierre Bon-
Bon era un restaurateur de notable capacidad. Me parece todavía más difícil negar que
Pierre Bon-Bon era igualmente bien versado en la filosofía de su tiempo. Sus pâtés de foies
eran intachables, pero, ¿qué pluma podría hacer justicia a sus ensayos sur la Nature, a sus
pensamientos sur l’âme, a sus observaciones sur l’esprit? Si sus omelettes, si sus
fricandeaux eran inestimables, ¿qué literato de la época no hubiera dado el doble por una
idée de Bon-Bon que por la despreciable suma de todas las idées de los savants? Bon-Bon
había explorado bibliotecas que para otros hombres eran inexploradas; había leído más de
lo que otros podían llegar a concebir como lectura, había comprendido más de lo que otros
hubieran imaginado posible comprender; y si bien no faltaban en la época de su
florecimiento algunos escritores de Rúan para quienes «su dicta no evidenciaba ni la pureza
de la Academia, ni la profundidad del Liceo», y a pesar, nótese bien, de que sus doctrinas
no eran comprendidas de manera muy general, no se sigue empero de ello que fuesen
difíciles de comprender. Pienso que su propia evidencia hacía que muchas personas las
tomaran por abstrusas. Kant mismo —pero no llevemos las cosas más allá— debe
principalmente su metafísica a Bon-Bon. Este no era platónico ni, hablando en rigor,
aristotélico; tampoco, a semejanza de Leibniz, malgastaba preciosas horas que podían
emplearse mejor inventando una fricassée o, facili gradu, analizando una sensación, en
frívolas tentativas de reconciliar todo lo que hay de inconciliable en las discusiones éticas.
¡Oh no! Bon-Bon era jónico. Bon-Bon era igualmente itálico. Razonaba a priori. Razonaba
a posteriori. Sus ideas eran innatas… o de otra manera. Creía en Jorge de Trebizonda. Creía
en Bessarion. Bon-Bon era, enfáticamente… Bon-Bonista.
He hablado del filósofo en su calidad de restaurateur. No quisiera, empero, que alguno
de mis amigos vaya a imaginarse que, al cumplir sus hereditarios deberes en esta última
profesión, nuestro héroe dejaba de estimar su dignidad y su importancia. ¡Lejos de ello!
Hubiera sido imposible decir cuál de las dos ramas de su trabajo le inspiraba mayor orgullo.
Opinaba que las facultades intelectuales estaban íntimamente vinculadas con la capacidad
estomacal. Incluso no creo que estuviera muy en desacuerdo con los chinos, para quienes el
alma reside en el estómago. Pensaba que, como quiera que fuese, los griegos tenían razón al
emplear la misma palabra para la mente y el diafragma97. No pretendo insinuar con esto una
acusación de glotonería, o cualquier otra imputación grave en perjuicio del metafísico. Si
Pierre Bon-Bon tenía sus debilidades —¿y qué gran hombre no las tiene por miles?—, eran
debilidades de menor cuantía, faltas que, en otros caracteres, suelen considerarse con
frecuencia a la luz de las virtudes. Con respecto a una de estas debilidades, ni siquiera la
mencionaría en este relato si no fuera por su notable prominencia, el extremo alto rilievo
con que asoma en el plano de sus características generales. Hela aquí: jamás perdía la
oportunidad de hacer un trato.
No digo que fuera avaricioso… nada de eso. Para la satisfacción del filósofo, no era
necesario que el trato fuese ventajoso para él. Con tal que se hiciera el convenio —de
cualquier género, término o circunstancia—, veíase por muchos días una triunfante sonrisa
en su rostro y un guiñar de ojos llenos de malicia que daba pruebas de su sagacidad.
Un humor tan peculiar como el que acabo de describir hubiera llamado la atención en
cualquier época, sin que tuviera nada de maravilloso. Pero en los tiempos de mi relato, si
esta peculiaridad no hubiese llamado la atención, habría sido ciertamente motivo de
maravilla. Pronto se llegó a afirmar que, en todas las ocasiones de este género, la sonrisa de
Bon-Bon era muy diferente de la franca sonrisa irónica con la cual reía de sus propias
bromas, o recibía a un conocido. Corrieron rumores de naturaleza inquietante; repetíanse
historias sobre tratos peligrosos, concertados en un segundo y lamentados con más tiempo;
y se citaban ejemplos de inexplicables facultades, vagos deseos e inclinaciones anormales,
que el autor de todos los males suele implantar en los hombres para satisfacer sus
propósitos.
El filósofo tenía otras debilidades, pero apenas merecen que hablemos de ellas en
detalle. Por ejemplo, es sabido que pocos hombres de extraordinaria profundidad de espíritu
dejan de sentirse inclinados a la bebida. Si esta inclinación es causa o más bien prueba de
esa profundidad, es cosa más fácil de decir que de demostrar. Hasta donde puedo saberlo,
Bon-Bon no consideraba que aquello mereciera una investigación detallada, y tampoco yo
lo creo. Empero, al ceder a una propensión tan clásica, no debe suponerse que el
restaurateur perdía de vista esa intuitiva discriminación que caracterizaba al mismo tiempo
sus ensayos y sus tortillas. Cuando se encerraba a beber, el vino de Borgoña tenía su honra,
y había momentos destinados al Côte du Rhone. Para él, el Sauternes era al Medoc lo que
Catulo a Homero. Podía jugar con un silogismo al probar el St. Peray, desenredar una
discusión frente al Clos de Vougeot y trastornar una teoría en un torrente de Chambertin.
Bueno hubiera sido que un análogo sentido del decoro lo hubiese detenido en la frívola
tendencia a que he aludido más arriba, pero no era así. Por el contrario, dicho trait del
filosófico Bon-Bon llegó a adquirir a la larga una extraña intensidad, un misticismo, como
si estuviera profundamente teñido por la diablerie de sus estudios germánicos favoritos.
Entrar en el pequeño café del cul-de-sac Le Pebre, en la época de nuestro relato, era
entrar en el sanctum de un hombre de genio. Bon-Bon era un hombre de genio. No había un
sólo sous-cuisinier en Rúan que no afirmara que Bon-Bon era un hombre de genio. Hasta
su gato lo sabía, y se cuidaba mucho de atusarse la cola en su presencia. Su gran perro de
aguas estaba al tanto del hecho y, cuando su amo se le acercaba, traducía su propia
inferioridad conduciéndose admirablemente y bajando las orejas y las mandíbulas de
97 Φρένες.
manera bastante meritoria en un perro. Sin duda, empero, mucho de este respeto habitual
podía atribuirse a la apariencia del metafísico. Un aire distinguido se impone, preciso es
decirlo, hasta a los animales; y mucho había en el aire del restaurateur que podía
impresionar la imaginación de los cuadrúpedos. Siempre se advierte una majestad singular
en la atmósfera que rodea a los pequeños grandes —si se me permite tan equívoca
expresión— que la mera corpulencia física no es capaz de crear por su sola cuenta. Por eso,
aunque Bon-Bon tenía apenas tres pies de estatura y su cabeza era minúscula, nadie podía
contemplar la rotundidad de su vientre sin experimentar una sensación de magnificencia
que llegaba a lo sublime. En su tamaño, tanto hombres como perros veían un arquetipo de
sus capacidades, y en su inmensidad, el recinto adecuado para su alma inmortal.
En este punto podría —si ello me complaciera— extenderme en cuestiones de atuendo
y otras características exteriores de nuestro metafísico. Podría insinuar que llevaba el
cabello corto, cuidadosamente peinado sobre la frente y coronado por un gorro cónico de
franela con borlas; que su chaquetón verde no se adaptaba a la moda reinante entre los
restaurateurs ordinarios; que sus mangas eran algo más amplias de lo que permitía la
costumbre; que los puños no estaban doblados, como ocurría en aquel bárbaro período, con
el mismo material y color de la prenda, sino adornados de manera más fantasiosa, con el
abigarrado terciopelo de Génova; que sus pantuflas eran de un púrpura brillante,
curiosamente afiligranado, y que se las hubiera creído fabricadas en el Japón de no ser por
su exquisita terminación en punta y la brillante coloración de sus bordados y costuras; que
sus calzones eran de esa tela amarilla semejante al satén, que se denomina aimable; que su
capa celeste, que por la forma semejaba una bata, ricamente ornamentada con dibujos
carmesíes, flotaba gentilmente sobre los hombros como la niebla de la mañana… y que este
tout ensemble fue el que dio origen a la notable frase de Benevenuta, la Improvisatrice de
Florencia, al afirmar «que era difícil decir si Pierre Bon-Bon era realmente un ave del
paraíso, o más bien un paraíso de perfecciones». Podría, como he dicho, explayarme sobre
todos estos puntos si ello me complaciera, pero me abstengo; los detalles meramente
personales pueden ser dejados a los novelistas históricos, pues se hallan por debajo de la
dignidad moral de la realidad.
He dicho que «entrar en el café del cul-de-sac Le Pebre era entrar en el sanctum de un
hombre de genio»; pero sólo otro hombre de genio hubiera podido estimar debidamente los
méritos del sanctum. Una muestra, consistente en un gran libro, balanceábase sobre la
entrada. De un lado del volumen aparecía una botella; del otro, un pâté. En el lomo se leía
con grandes letras: OEuvres de Bon-Bon. Así, delicadamente, se daban a entender las dos
ocupaciones del propietario.
Al pisar el umbral, presentábase a la vista todo el interior del local. El café consistía tan
sólo en un largo y bajo salón, de construcción muy antigua. En un ángulo se veía el lecho
del metafísico. Varias cortinas y un dosel a la griega le daban un aire a la vez clásico y
confortable. En el ángulo diagonal opuesto aparecían en familiar comunidad los
implementos correspondientes a la cocina y a la biblioteca. Un plato lleno de polémicas
descansaba pacíficamente sobre el aparador. Más allá había una hornada de las últimas
éticas, y en otra parte una tetera de mélanges en duodécimo. Libros de moral alemana
aparecían como carne y uña con las parrillas, y un tenedor para tostadas descansaba al lado
de Eusebius, mientras Platón reclinábase a su gusto en la sartén, y manuscritos
contemporáneos se arrinconaban junto al asador.
En otros sentidos, el café de Bon-Bon difería muy poco de cualquiera de los
restaurants de la época. Una gran chimenea abría sus fauces frente a la puerta. A la
derecha, un armario abierto desplegaba un formidable conjunto de botellas.
Allí mismo, cierta vez a eso de medianoche, durante el riguroso invierno de…, Pierre
Bon-Bon, después de escuchar un rato los comentarios de los vecinos sobre su singular
propensión, y echarlos finalmente a todos de su casa, corrió el cerrojo con un juramento y
se instaló, malhumorado, en un confortable sillón de cuero junto a un buen fuego de leña.
Era una de esas espantosas noches que sólo se dan una o dos veces cada siglo. Nevaba
copiosamente y la casa temblaba hasta los cimientos bajo las ráfagas del viento que,
entrando por las grietas de la pared, corriendo impetuosas por la chimenea, agitaban
terriblemente las cortinas del lecho del filósofo y desorganizaban sus fuentes de pâté y sus
papeles. El pesado volumen que colgaba fuera, expuesto a la furia de la tempestad, crujía
ominosamente, produciendo un sonido quejumbroso con sus puntales de roble macizo.
He dicho que el filósofo se instaló malhumorado en su lugar habitual junto al fuego.
Varias circunstancias enigmáticas ocurridas a lo largo del día habían perturbado la
serenidad de sus meditaciones. Al preparar unos oeufs à la Princesse, le había resultado
desdichadamente una omelette à la Reine; el descubrimiento de un principio ético se
malogró por haberse volcado un guiso, y, finalmente —aunque no en último lugar—,
habíasele frustrado uno de esos admirables tratos que en todo momento le encantaba llevar
a feliz término. Empero, a la irritación de su espíritu nacida de tan inexplicable contrariedad
no dejaba de mezclarse algo de esa ansiedad nerviosa que la furia de una noche
tempestuosa se presta de tal manera a provocar.
Luego de silbar a su gran perro de aguas negro para que se instalara más cerca de él, y
de ubicarse intranquilo en su sillón, Bon-Bon no pudo dejar de recorrer con ojos inquietos y
cautelosos esos lejanos rincones del aposento cuyas densas sombras sólo parcialmente
alcanzaba a disipar el rojo fuego de la chimenea. Luego de completar un escrutinio cuya
exacta finalidad ni siquiera él era capaz de comprender, acercó a su asiento una mesita llena
de libros y papeles y no tardó en absorberse en la tarea de corregir un voluminoso
manuscrito, cuya publicación era inminente.
Llevaba así ocupado algunos minutos, cuando…
—No tengo ningún apuro, Monsieur Bon-Bon —murmuró una voz quejumbrosa en la
estancia.
—¡Demonio! —exclamó nuestro héroe, enderezándose de un salto, derribando la mesa
a un lado y mirando estupefacto en torno.
—Exactísimo —repuso tranquilamente la voz.
—¡Exactísimo! ¿Qué es exactísimo? ¿Y cómo ha entrado usted aquí? —vociferó el
metafísico, mientras sus ojos se posaban en algo que yacía tendido cuan largo era sobre la
cama.
—Le estaba diciendo —continuó el intruso, sin molestarse por las preguntas— que no
tengo la menor prisa, que el negocio que con su permiso me trae aquí no es urgente… y que,
en resumen, puedo muy bien esperar a que haya terminado con su exposición.
—¡Mi exposición! ¿Y cómo sabe usted… como puede saber que estaba escribiendo una
exposición? ¡Gran Dios…!
—¡Sh…! —susurró el personaje, con un sonido sibilante; y levantándose
presurosamente del lecho, dio un paso hacia nuestro héroe, mientras una lámpara de hierro
que colgaba sobre él se balanceaba convulsivamente ante su cercanía.
El asombro del filósofo no le impidió observar en detalle el atuendo y la apariencia del
desconocido. Su silueta, extraordinariamente delgada y muy por encima de la estatura
común, podía apreciarse gracias al raído traje negro que la ceñía, y cuyo corte correspondía
al estilo del siglo anterior. No cabía duda de que aquellas ropas habían estado destinadas a
una persona mucho más pequeña que su actual poseedor. Los tobillos y muñecas se
mostraban al descubierto en una extensión de varias pulgadas. En los zapatos, empero, un
par de brillantísimas hebillas parecía dar un mentís a la extrema pobreza manifiesta en el
resto del atavío. Llevaba la cabeza cubierta y era completamente calvo, aunque del
occipucio le colgaba una queua de considerable extensión. Un par de anteojos verdes, con
cristales a los lados, protegía sus ojos de la luz y al mismo tiempo impedían que Bon-Bon
pudiera verificar de qué color y conformación eran. No se notaba por ninguna parte la
presencia de una camisa, pero una corbata blanca, muy sucia, aparecía cuidadosamente
anudada en la garganta, y las puntas, colgando gravemente, daban la impresión (que me
atrevo a decir no era intencional) de que se trataba de un eclesiástico. Por cierto que
muchos otros detalles, tanto de su atuendo como de sus modales, contribuían a robustecer
esa impresión. Sobre la oreja izquierda, a la manera de los pasantes modernos, llevaba un
instrumento semejante al stylus de los antiguos. En el bolsillo superior de la chaqueta
veíase claramente un librito negro con broches de acero. Este libro estaba colocado de
manera tal que, accidentalmente o no, permitía leer las palabras Rituel Catholique en letras
blancas sobre el lomo.
La fisonomía del personaje era atractivamente saturnina y de una palidez cadavérica.
La frente, muy alta, aparecía densamente marcada por las arrugas de la contemplación. Las
comisuras de la boca caían hacia abajo, con una expresión de humildad por completo servil.
Tenía asimismo una manera de juntar las manos, mientras avanzaba hacia nuestro héroe, un
modo de suspirar y una apariencia general de tan completa santidad, que impresionaba de la
manera más simpática. Toda sombra de cólera se borró del rostro del metafísico una vez
que hubo completado satisfactoriamente el escrutinio de su visitante; estrechándole
cordialmente la mano, lo condujo a un sillón.
Sería un error radical atribuir este instantáneo cambio de humor del filósofo a
cualquiera de las razones que podían haber influido en su ánimo. Hasta donde pude
alcanzar a conocer su carácter, Pierre Bon-Bon era el hombre menos capaz de dejarse llevar
por las apariencias exteriores, aunque fueran de lo más plausibles. Imposible, además, que
un observador tan sagaz de los hombres y las cosas no hubiera advertido instantáneamente
el verdadero carácter del personaje que así se abría paso en su hospitalidad. Por no decir
más, la conformación de los pies del visitante era suficientemente notable, mantenía apenas
en la cabeza un sombrero exageradamente alto, notábase una trémula vibración en la parte
posterior de sus calzones y la vibración del faldón de su chaqueta era cosa harto visible.
Júzguese, pues, con qué satisfacción encontróse nuestro héroe en la repentina compañía de
una persona hacia la cual había experimentado en todo tiempo el más incondicional de los
respetos. Demasiado diplomático era, sin embargo, para que se le escapara la menor señal
de que sospechaba la verdad. No era su intención demostrar que se daba perfecta cuenta del
alto honor que tan inesperadamente gozaba, sino que se proponía inducir a su huésped a
que, en el curso de una conversación, le permitiera elucidar ciertas importantes ideas éticas,
las cuales, una vez incluidas en su próxima publicación, esclarecerían a la humanidad,
inmortalizando de paso a su autor, y bien puedo agregar que la avanzada edad del visitante,
así como su conocido dominio de la ciencia moral, permitían suponer que no dejaría de
estar al tanto de dichas ideas.
Movido por tan elevadas miras, nuestro héroe invitó a sentarse al caballero visitante,
mientras echaba nuevos leños al fuego y colocaba sobre la mesa, devuelta a su primitiva
posición, algunas botellas de Mousseux. Completadas rápidamente estas operaciones, puso
su sillón vis-à-vis con el de su compañero y esperó a que este último iniciara la
conversación. Pero los planes, aun los más hábilmente elaborados, suelen verse frustrados
en la aplicación, y el restaurateur quedó estupefacto ante las primeras palabras de su
visitante.
—Veo que me conoce usted, Bon-Bon —dijo—. ¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Ji, ji, ji! ¡Jo, jo,
jo! ¡Ju, ju, ju!
Y el diablo, renunciando bruscamente a la santidad de su apariencia, abrió en toda su
capacidad una boca de oreja a oreja, como para mostrar una dentadura mellada pero
terriblemente puntiaguda, y, mientras echaba la cabeza hacia atrás, rió larga y sonoramente,
con maldad, con un resonar estentóreo, mientras el perro negro, agazapado, se agregaba al
clamoreo, y el gato, huyendo a la carrera, se erizaba y maullaba desde el rincón más alejado
del aposento.
Pero nada de esto fue imitado por el filósofo; era un hombre de mundo y no rió como el
perro ni traicionó su temblor con maullidos como el gato. Preciso es confesar que estaba
algo asombrado al ver que las blancas letras que formaban las palabras Rituel Catholique
sobre el libro que sobresalía del bolsillo de su huésped se transformaban instantáneamente
en color y en sentido, y que en lugar del título original brillaban con rojo resplandor las
palabras Registre des Condamnés. Esta sorprendente circunstancia dio a la respuesta de
Bon-Bon un tono un tanto confuso que, de lo contrario, creemos, no hubiera tenido.
—Pues bien, señor —dijo el filósofo—. Pues bien, señor… para hablar sinceramente…
creo que usted es… palabra de honor… que es el di… quiero decir que, según me parece,
tengo una vaga… muy vaga idea del alto honor que…
—¡Oh, ah! ¡Sí, perfectamente! —interrumpió su Majestad—. ¡No diga usted más! ¡Ya
me doy cuenta!
Y, quitándose los anteojos verdes, limpió cuidadosamente los cristales con la manga de
su chaqueta y los guardó en el bolsillo.
Si Bon-Bon se había asombrado por el incidente del libro, su asombro creció
enormemente ante el espectáculo que se presentó ante él. Al levantar los ojos, lleno de
curiosidad por conocer el color de los de su huésped, se encontró con que no eran negros,
como había imaginado; ni grises, como podía haberlo imaginado; ni castaños o azules, ni
amarillos o rojos, ni purpúreos o blancos, ni verdes… ni de ningún otro color de los cielos,
de la tierra o de las aguas. En resumen, no solamente Bon-Bon vio claramente que su
Majestad no tenía ojos de ninguna especie, sino que le resultó imposible descubrir la menor
señal de que hubieran existido en otro momento; pues el espacio donde debían hallarse era
tan sólo —me veo obligado a decirlo— una lisa superficie de carne.
No entraba en la naturaleza del metafísico abstenerse de hacer algunas averiguaciones
sobre las fuentes de tan extraño fenómeno, y la respuesta de su Majestad fue tan pronta
como digna y satisfactoria.
—¡Ojos! ¡Mi querido Bon-Bon … ojos! ¿Dijo usted ojos? ¡Oh, ah! ¡Ya veo! Supongo
que las ridículas imágenes que circulan sobre mí le han dado una falsa idea de mi
apariencia personal… ¡Ojos! Los ojos, Pierre Bon-Bon, están muy bien en su lugar
adecuado… Dirá usted que dicho lugar es la cabeza. De acuerdo, si se trata de la cabeza de
un gusano. Igualmente para usted, dichos órganos son indispensables… Pero ya lo
convenceré de que mi visión es más penetrante que la suya. Hay un gato en ese rincón… un
bonito gato… ¿lo ve usted? Mírelo con cuidado. Pues bien, Bon-Bon, ¿alcanza usted a
contemplar los pensamientos… he dicho los pensamientos… las ideas, las reflexiones… que
nacen en el pericráneo de ese gato? ¡Ahí tiene… no los ve usted! Pues el gato está pensando
que admiramos el largo de su cola y la profundidad de su mente. Acaba de llegar a la
conclusión de que soy un distinguido eclesiástico, y que usted es el más superficial de los
metafísicos. Ya ve, pues, que no tengo nada de ciego; pero, para uno de mi profesión, los
ojos a que usted alude serían únicamente una molestia y estarían en constante peligro de ser
arrancados por una horquilla de tostar o un agitador de brea. Para usted, lo admito, esos
aparatos ópticos resultan indispensables. Esfuércese por emplearlos bien, Bon-Bon; por mi
parte, mi visión es el alma.
Tras esto el visitante se sirvió vino y, luego de llenar otro vaso para Bon-Bon, lo invitó
a beberlo sin escrúpulos y a sentirse perfectamente en su casa.
—Un libro muy sagaz el suyo, Pierre —continuó su Majestad, dándole una palmada de
connivencia en la espalda, una vez que nuestro amigo hubo vaciado su vaso en
cumplimiento del pedido de su visitante—. Un libro muy sagaz, palabra de honor. Un libro
como los que a mí me gustan… Pienso, sin embargo, que su presentación del tema podría
mejorarse, y muchas de sus nociones me recuerdan a Aristóteles. Este filósofo fue uno de
mis conocidos más íntimos. Lo quería muchísimo por su terrible malhumor, así como por la
increíble facilidad que tenía para equivocarse. En todo lo que escribió sólo hay una verdad
sólida, y se la sugerí yo a fuerza de tenerle lástima al verlo tan absurdo. Supongo, Pierre
Bon-Bon, que sabe usted muy bien a qué divina verdad moral aludo.
—No podría decir que…
—¿De veras? Pues bien, fui yo quien dijo a Aristóteles que, al estornudar, el hombre
expelía las ideas superfluas por la nariz.
—Lo cual… ¡hic!… es absolutamente cierto —dijo el metafísico, mientras se servía otro
gran vaso de Mousseux y ofrecía su tabaquera de rapé al visitante.
—Tuvimos también a Platón —continuó su Majestad, declinando modestamente la
invitación a tomar rapé y el cumplido que entrañaba—. Tuvimos a Platón, por quien en un
tiempo sentí el afecto que se guarda a los amigos. ¿Conoció usted a Platón, Bon-Bon? ¡Ah,
es verdad, le pido mil perdones! Pues bien, un día me lo encontré en Atenas, en el Partenón.
Me dijo que estaba preocupadísimo buscando una idea. Le hice escribir que
Me dijo que lo haría y se volvió a casa, mientras yo seguía viaje a las
pirámides. Pero mi conciencia me remordía por haber pronunciado una verdad, aunque
fuera para ayudar a un amigo, y, volviéndome rápidamente a Atenas, llegué junto a la silla
del filósofo cuando se disponía a escribir el
Dando un capirotazo a la lambda, la hice volverse cabeza abajo. Por eso la frase dice
ahora: y constituye, como usted sabe, la doctrina fundamental de su
metafísica.
—¿Estuvo usted en Roma? —preguntó el restaurateur mientras terminaba su segunda
botella de Mousseux y extraía del armario una amplia provisión de Chambertin.
—Sólo una vez, Monsieur Bon-Bon, sólo una vez. Hubo un tiempo —dijo el diablo
como si recitara un pasaje de un libro— en que la anarquía reinó durante cinco años, en los
cuales la república, privada de todos sus funcionarios, no tuvo otra magistratura que los
tribunos del pueblo, y éstos carecían de toda investidura legal que los capacitara para las
funciones ejecutivas. En ese momento, Monsieur Bon-Bon… y sólo en ese momento estuve
en Roma… y, por tanto, carezco de relaciones terrenas con su filosofía98.
—¿Y qué piensa usted… qué piensa usted… ¡hic!… de Epicuro?
—¿Qué pienso de quién? —preguntó el diablo estupefacto—. No pretenderá usted
98 «Ils écrivaient sur la philosophie (Cicerón, Lucrecio, Séneca) mais c’était la philosophie grecque» (Condorcet).
encontrar ningún error en Epicuro, espero. ¿Qué pienso de Epicuro? ¿Habla usted de mí,
caballero? ¡Epicuro soy yo! Soy el mismo filósofo que escribió cada uno de los trescientos
tratados que tanto celebraba Diógenes Laercio.
—¡Miente usted! —dijo el metafísico, a quien el vino se le había subido un tanto a la
cabeza.
—¡Muy bien! ¡Muy bien, señor mío! ¡Ciertamente muy bien! —dijo su Majestad, al
parecer sumamente halagado.
—¡Miente usted! —repitió el restaurateur, dogmáticamente—. ¡Miente… ¡hic!… usted!
—¡Pues bien, sea como usted quiera! —dijo el diablo pacíficamente, y Bon-Bon,
después de vencer a su Majestad en la controversia, consideró de su deber concluir una
segunda botella de Chambertin.
—Como iba diciendo —continuó el visitante—, y como hacía notar hace un momento,
en ese libro suyo, Monsieur Bon-Bon, hay algunas nociones demasiado outrées. ¿Qué
pretende usted, por ejemplo, con todo ese camelo del alma? ¿Puede usted decirme,
caballero, qué es el alma?
—El… ¡hic!… alma —repitió el metafísico, remitiéndose a su manuscrito— es
indudablemente…
—¡No, señor!
—Indudablemente…
—¡No, señor!
—Indudablemente…
—¡No, señor!
—Evidentemente…
—¡No, señor!
— Incontrovertiblemente…
—¡No, señor!
—¡Hic!
—¡No, señor!
—E incuestionablemente, el…
—¡No, señor, el alma no es eso!
(Aquí el filósofo, con aire furibundo, aprovechó la ocasión para dar instantáneo fin a la
tercera botella de Chambertin.)
—Pues entonces… ¡hic!… Diga usted, señor: ¿qué es?
—No es ni esto ni aquello, Monsieur Bon-Bon —repuso pensativo su Majestad—. He
probado… quiero decir he conocido algunas almas muy malas, y algunas otras excelentes.
Al decir esto se relamió, pero, como apoyara involuntariamente la mano en el volumen
que llevaba en el bolsillo, se vio atacado por una violenta serie de estornudos.
—Conocí el alma de Cratino —continuó—. Era pasable… La de Aristófanes,
chispeante. ¿Platón? Exquisito… No su Platón, sino el poeta cómico; su Platón hubiera
hecho vomitar a Cerbero… ¡puah! Veamos… tuvimos a Nevio, Andrónico, Plauto y
Terencio. Luego Lucilio, Catulo, Nasón y Quinto Flaco… ¡Querido Quintón! Así lo
apodaba yo mientras cantaba un seculare para divertirme, y yo lo tostaba suspendido de un
tridente… ¡tan divertido! Pero a esos romanos les falta sabor. Un griego gordo vale por una
docena de ellos, aparte de que se conserva, cosa que no puede decirse de un Quirite.
Probemos su Sauternes.
A esta altura, Bon-Bon había decidido mantenerse fiel al nil admirari, y se apresuró a
bajar las botellas en cuestión. Notaba, empero, un extraño sonido, como si alguien estuviera
meneando el rabo. Pero el filósofo prefirió no darse por enterado de tan indecorosa
conducta de su Majestad; limitóse a dar un puntapié al perro y ordenarle que se estuviera
quieto. El visitante continuó entonces:
—Descubrí que Horacio tenía un sabor muy parecido al de Aristóteles… y ya sabe
usted que me agrada la variedad. Imposible diferenciar a Terencio de Menandro. Para mi
asombro, Nasón era Nicandro disfrazado. Virgilio tenía un tonillo nasal como el de
Teócrito. Marcial me hizo recordar muchísimo a Arquíloco, y Tito Livio era sin duda
alguna Polibio.
—¡Hic! —observó aquí Bon-Bon, mientras su Majestad proseguía.
—Empero, si algún penchant tengo, Monsieur Bon-Bon… si algún penchant tengo, es
el de la filosofía. Permítame decirle, sin embargo, que no cualquier demo… que no
cualquier caballero sabe cómo elegir a un filósofo. Los de estatura elevada no son buenos,
y los mejores, si no se los descascara bien, tienden a ser un tanto amargos a causa de la hiel.
—¡Si no se los descascara…!
—Quiero decir, si no se los saca de su cuerpo.
—¿Y qué pensaría usted de un… ¡hic!… médico?
—¡Ni los mencione, por favor! ¡Puah, puah! —y su Majestad eructó violentamente—.
Solamente probé uno… ese canalla de Hipócrates… ¡Olía a asafétida!… ¡Puah, puah! Pesqué
un terrible resfrío, lavándolo en la Estigia… y a pesar de todo me contagió el cólera morbo.
—¡Qué… hic… qué miserable! —exclamó Bon-Bon—. ¡Qué aborto… hic… de una caja
de píldoras!
Y el filósofo vertió una lágrima.
—Después de todo —continuó el visitante—, si un demo… si un caballero ha de vivir,
necesita desplegar suficiente habilidad. Entre nosotros, un rostro rechoncho indica
diplomacia.
—¿Cómo es eso?
—Pues bien, a veces nos vemos bastante apretados en materia de provisiones. Tiene
usted que saber que, en un clima tan bochornoso como el nuestro, resulta imposible
mantener vivo a un espíritu por más de dos o tres horas, y, luego de muerto, a menos de
encurtirlo inmediatamente (y un espíritu encurtido no es sabroso), se pone a… a oler,
¿comprende usted? La putrefacción es de temer siempre que nos envían las almas en la
forma habitual.
—¡Hic! ¡Hic! ¡Gran Dios! ¿Y cómo se las arreglan?
En este momento la lámpara de hierro empezó a oscilar con redoblada violencia y el
diablo saltó a medias de su asiento; pero luego, con un contenido suspiro, recobró la
compostura, limitándose a decir en voz baja a nuestro héroe:
—Le ruego una cosa, Pierre Bon-Bon: que no profiera juramentos.
El filósofo se zampó otro vaso, a fin de denotar su plena comprensión y aquiescencia, y
el visitante continuó:
—Pues bien, nos arreglamos de diversas maneras. La mayoría de nosotros se muere de
hambre; algunos transigen con el encurtido; por mi parte, compro mis espíritus vivient
corpore, pues he descubierto que así se conservan muy bien.
—¿Pero el cuerpo …hic …el cuerpo?
—¡El cuerpo, el cuerpo! ¿Y qué, el cuerpo? ¡Oh, ah, ya veo! Pues bien, señor mío, el
cuerpo no se ve afectado para nada por la transacción. He efectuado innumerables
adquisiciones de esta especie en mis tiempos, y los interesados jamás experimentaron el
menor inconveniente. Vayan como ejemplo Caín y Nemrod, Nerón, Calígula, Dionisio y
Pisístrato… aparte de otros mil, que jamás sospecharon lo que era tener un alma en los
últimos tiempos de sus vidas. Empero, señor mío, esos hombres eran el adorno de la
sociedad. ¿Y no tenemos a A… a quien conoce usted tan bien como yo? ¿No se halla en
posesión de todas sus facultades mentales y corporales? ¿Quién escribe un epigrama más
punzante que él? ¿Quién razona con más ingenio? ¿Quién…? ¡Pero, basta! Tengo este
convenio en el bolsillo.
Así diciendo, extrajo una cartera de cuero rojo y sacó de ella cantidad de papeles. Bon-
Bon alcanzó a ver parte de algunos nombres en diversos documentos: Maquiav… Maza…
Robesp… y las palabras Calígula, George, Elizabeth. Su Majestad eligió una angosta tira de
pergamino y procedió a leer las siguientes palabras:
«A cambio de ciertos dones intelectuales que es innecesario especificar, y a cambio,
además, de mil luises de oro, yo, de un año y un mes de edad, cedo por la presente al
portador de este convenio todos mis derechos, títulos y pertenencias de esa sombra llamada
mi alma. (Firmado) A…»99.
(Y aquí su Majestad leyó un nombre que no me creo justificado a indicar de una
manera más inequívoca.)
—Era un individuo muy astuto —resumió—, pero, como usted, Monsieur Bon-Bon, se
equivocaba acerca del alma. ¡El alma… una sombra! ¡Ja, ja, ja! ¡Je, je je! ¡Ju, ju, ju!
¡Imagínese una sombra fricassée!
—¡Imagínese… hic… una sombra fricassée! —repitió nuestro héroe, cuyas facultades se
estaban iluminando grandemente ante la profundidad del discurso de su Majestad.
—¡Imagínese… hic… una sombra fricassée! —repitió—. ¡Que me cuelguen… hic…
hic…! ¡Y si yo hubiera sido tan… hic… tan estúpido! ¡Mi alma señor… hic!
—¿Su alma, Monsieur Bon-Bon?
—¡Sí, señor! ¡Hic! Mi alma es…
—¿Qué, señor mío?
—¡No es ninguna sombra, que me cuelguen!
—¿Quiere usted decir…?
—Sí, señor. Mi alma es… hic… ¡sí, señor!
—¿No pretende usted afirmar que…?
—Mi alma est… hic… especialmente calificada para… hic… para un…
—¿Un qué, señor mío?
—Un estofado.
—¡Ah!
—Un souflée.
—¡Eh!
—Un fricassée.
—¿De veras?
—Ragout y fricandeau… ¡Veamos un poco, mi buen amigo! ¡Se la dejaré a usted…
hic… haremos un trato! —y el filósofo palmeó a su Majestad en la espalda.
—Semejante cosa es imposible —dijo este último calmosamente, mientras se levantaba
de su asiento.
El metafísico se quedó mirándolo.
—Tengo suficiente provisión por el momento —dijo su Majestad.
—¡Hic! ¿Cómo?
99 ¿Arouet, acaso?
—Y, en cambio, carezco de fondos disponibles.
—¿Qué?
—Además, no está nada bien de mi parte que…
—¡Caballero!
—…que me aproveche…
—¡Hic!
—…de su triste y poco caballeresca situación en este momento.
Y con esto, el visitante saludó y se retiró —sin que pueda decirse exactamente de qué
manera—. Pero en un bien pensado esfuerzo por arrojar una botella al «villano» rompióse
la fina cadena que colgaba del techo, y el metafísico quedó postrado por el golpe de la
lámpara al caer.
Los anteojos
Hace años estaba de moda ridiculizar la noción de «amor a primera vista»; pero
aquellos que piensan y sienten profundamente han defendido siempre su existencia. Los
descubrimientos modernos en el campo que cabe llamar magnetismo ético o estética
magnética permiten suponer con toda probabilidad que los afectos humanos más naturales
y, por tanto, más verdaderos e intensos son aquellos que surgen en el corazón como obra de
una simpatía eléctrica; en una palabra, que los grilletes psíquicos más brillantes y duraderos
son aquellos que quedan remachados por una mirada. La confesión que me dispongo a
hacer agregará otro ejemplo a tantos que prueban la verdad de esta concepción. Mi historia
requiere cierto detalle. Soy todavía muy joven, pues no he cumplido aun los veintidós años.
Mi nombre actual es muy vulgar y hasta plebeyo: Simpson. Digo «actual», pues hace poco
que se me conoce por él, que adopté legalmente el año pasado a fin de recibir una cuantiosa
herencia que me dejó un pariente lejano, Adolphus Simpson, Esq. El legado incluía la
condición de que adoptara el nombre del testador; al decir nombre me refiero al apellido y
no al nombre; mi nombre o, más exactamente, mis nombres, son Napoleón Bonaparte.
Asumí el apellido con cierta resistencia, pues mi verdadero patronímico, Froissart, me
inspira un muy perdonable orgullo, y creo que me sería posible trazar mi descendencia del
inmortal autor de las Crónicas. Y ya que hablamos de apellidos, mencionaré una singular
coincidencia de sonido en los de mis predecesores inmediatos. Mi padre era Monsieur
Froissart, de París. Su esposa, mi madre, con la cual se casó teniendo ella quince años, era
Mademoiselle Croissart, la hija mayor del banquero Croissart, cuya esposa, a su vez, sólo
tenía dieciséis años al casarse con él, y era la hija mayor de un tal Víctor Voissart. Muy
curiosamente, Monsieur Voissart habíase casado con una dama de nombre parecido,
Mademoiselle Moissart. También ella se desposó siendo todavía una niña; y su madre,
Madame Moissart, tenía sólo catorce años cuando la llevaron al altar. Estos matrimonios
tempranos son usuales en Francia. De todas maneras, he aquí a los Moissart, Voissart,
Croissart y Froissart de mi línea de ascendencia directa. Empero, mi nombre se convirtió en
el de Simpson por disposición legal, con tanta repugnancia de mi parte que en un momento
dado vacilé en aceptar el legado que tan inútil y molesta condición traía aneja.
Por lo que se refiere a dotes personales, no creo carecer de ellas. Antes bien, estimo que
soy muy proporcionado y poseo lo que nueve de cada diez personas llaman un hermoso
semblante. Mido cinco pies y once pulgadas de estatura. Tengo cabello negro y rizado. La
nariz está bastante bien. Los ojos son grandes y grises y, aunque —he de confesarlo—
sumamente débiles, su apariencia no hace sospechar semejante cosa. La debilidad de mi
visión me preocupó siempre en alto grado, y acudí a todos los remedios posibles —salvo el
de usar anteojos. Siendo joven y bien parecido es natural que me desagraden y que me haya
negado redondamente a llevarlos. Nada conozco que desfigure tanto el rostro de un joven, o
que dé a cada rasgo un aire de gravedad si no de santurronería y de vejez. Un monóculo,
por otra parte, tiene un sabor de afectación y rebuscamiento. Hasta ahora me las he
arreglado lo mejor posible sin ninguno de los dos. Pero estoy hablando demasiado de
detalles meramente personales, que después de todo carecen de importancia. Me contentaré
con agregar que poseo temperamento sanguíneo, arrebatado, ardiente y entusiasta, y que
toda mi vida he sido devoto admirador de las mujeres.
Una noche del invierno pasado entré en un palco del teatro P…, acompañado de mi
amigo Mr. Talbot. Era una velada de ópera y el programa presentaba especial atractivo, por
lo cual la sala hallábase de bote en bote. Entramos empero a tiempo para obtener las plateas
que habíamos reservado, y a las cuales conseguimos llegar con no poca dificultad.
Durante dos horas, mi compañero, que era un melómano consumado, consagró su
mayor atención a la escena; por mi parte pasé ese tiempo entreteniéndome en observar al
público, formado en su mayor parte por la élite de la ciudad. Satisfecho sobre este punto me
disponía a contemplar a la prima donna, cuando mis ojos quedaron detenidos y paralizados
por una figura sentada en uno de los palcos que hasta entonces había escapado a mi
escrutinio.
Aunque viva mil años, jamás olvidaré la intensa emoción que sentí al contemplar
aquella imagen. Era aquella la mujer más exquisita que jamás viera antes. El rostro estaba
vuelto hacia el escenario y, durante varios minutos, no pude distinguirlo, pero su forma era
divina; imposible usar otra palabra que exprese suficientemente sus admirables
proporciones; hasta ese término, «divino», parece ridículamente débil mientras lo escribo.
La magia de una bella forma de mujer, la nigromancia de la gracia femenina, eran
poderes a los cuales jamás había resistido; pero aquí estaba la gracia personificada,
encarnada, el beau idéal de mis más exaltadas y entusiasmadas visiones. Hasta donde la
barandilla del palco permitía adivinarlo, la figura de aquella dama era de estatura mediana y
se aproximaba, sin serlo del todo, a lo majestuoso. Su perfecta plenitud, su tournure, eran
deliciosas. La cabeza, de la cual sólo veía la parte posterior, rivalizaba en sus líneas con la
Psique griega, y una toca de gaze aérienne, que me recordó el ventum textilem de Apuleyo,
la exhibía más que la ocultaba. El brazo derecho apoyábase en el antepecho del palco y
estremecía cada fibra de mi ser con su exquisita simetría. La parte superior estaba cubierta
con una de esas mangas sueltas y abiertas, a la moda, y bajaba apenas más allá del codo.
Por debajo de ella nacía otra de un material muy leve y ceñido que terminaba en un puño de
rico encaje, el cual caía graciosamente sobre la mano y sólo permitía ver los delicados
dedos, en uno de los cuales centelleaba un anillo de brillantes, cuyo extraordinario valor
advertí de inmediato. La admirable redondez de la muñeca veíase realzada claramente por
un brazalete ornamentado con una magnífica aigrette de joyas, todo lo cual expresaba, en
términos inequívocos, la riqueza y el exquisito gusto de su portadora.
Contemplé aquella real aparición durante casi media hora, como si me hubiese vuelto
de piedra, y en ese período sentí toda la fuerza y la verdad de cuanto se ha dicho y cantado
sobre el «amor a primera vista». Mis sentimientos diferían completamente de los que
experimentara hasta entonces, aun en presencia de los parangones más célebres de
hermosura femenina. Una inexplicable simpatía de alma a alma, que me veo impelido a
considerar magnética, parecía no solamente fijar mi visión, sino mi capacidad mental y
sentimental, sobre el admirable objeto que tenía ante mí. Vi… sentí… supuse que estaba
profunda, loca, irrevocablemente enamorado… y todo ello antes de haber contemplado el
rostro de mi amada. Tan intensa era la pasión que me consumía, que incluso si las facciones
aún invisibles de aquella mujer resultaban ser comunes y vulgares me sentía seguro de que
no cambiaría; tan anómala es la naturaleza del único amor verdadero —del amor a primera
vista—, y tan poco depende de las condiciones externas, que sólo parecen crearlo y
controlarlo.
Mientras seguía envuelto en admiración frente a tan encantador espectáculo, un
repentino murmullo del público hizo que la dama desviara un tanto el rostro,
permitiéndome contemplarla claramente de perfil. Su belleza excedía mis esperanzas, pese
a lo cual había en ella algo que me decepcionó, sin que me fuera posible decir exactamente
de qué se trataba. He dicho «decepcionó», pero la palabra no hace al caso. Mis sentimientos
se calmaron y exaltaron al mismo tiempo. Asumieron un tono en el que había menos
transporte y más entusiasmo sereno, un entusiasmo reposado. Quizá ese sentimiento nació
del aire matronil, como de Madonna, que reinaba en aquel semblante, pero al mismo
tiempo comprendí que no procedía enteramente de ello. Había otra cosa, un misterio que no
alcanzaba a develar, cierta expresión del rostro que me perturbaba a la vez que acrecía
intensamente mi interés. En suma, me hallaba en ese estado mental que predispone a un
hombre joven y susceptible a cometer cualquier extravagancia. De haber visto sola a la
dama hubiera entrado resueltamente en su palco para hablarle; pero, afortunadamente, la
acompañaban dos personas: un caballero y una mujer extraordinariamente hermosa, que
parecía varios años menor que ella.
Di vueltas en mi imaginación a mil planes que me permitieran ser presentado a la
dama, o que, por lo menos, me permitieran apreciar más de cerca su hermosura. De haber
podido hubiese buscado un asiento cercano al palco, pero el teatro estaba repleto; para
colmo, los despiadados decretos de la moda habían prohibido imperiosamente el uso de
gemelos y me hallaba desprovisto de un instrumento que tanto me hubiese ayudado.
Por fin me decidí a apelar a mi compañero.
—Talbot —dije—, sé que usted tiene unos gemelos. Préstemelos.
—¡Unos gemelos! ¡Vamos! ¿Y para qué querría yo unos gemelos? —respondió,
volviéndose impaciente hacia el escenario.
—Pero, Talbot —insistí, tocándole el hombro—, escúcheme al menos, por favor… ¿Ve
ese palco? ¡Allí… no, el siguiente! ¿Vio alguna vez una mujer más hermosa?
—No cabe duda de que es muy hermosa —dijo él.
—¿Quién puede ser?
—¡Vamos! ¿Va usted a decirme que no lo sabe? «No reconocerla significa que usted
mismo es desconocido…» Es la celebrada Madame Lalande, la belleza de la temporada por
excelencia, el tema de conversación de toda la ciudad. Inmensamente rica, además… viuda,
y un magnífico partido… Acaba de llegar de París.
—¿La conoce usted?
—Sí, he tenido ese honor.
—¿Me presentará a ella?
—Por supuesto, con el mayor placer. ¿Cuándo?
—Mañana, a la una, nos encontraremos en B…
—Perfectamente. Y ahora cállese, si le es posible.
Me vi precisado a obedecer, pues Talbot se mantuvo obstinadamente sordo a mis
restantes preguntas o pedidos, ocupándose exclusivamente de lo que ocurría en el escenario
hasta el fin de la velada.
Entretanto guardaba yo mis ojos fijos sobre Madame Lalande, y por fin tuve la buena
suerte de contemplar de frente su rostro. Era exquisitamente hermoso como mi corazón me
lo había anunciado aun antes de que Talbot me lo confirmara; empero, ese algo ininteligible
continuaba perturbándome. Concluí finalmente que lo que me afectaba era cierto aire de
gravedad, de tristeza o, más exactamente, de cansancio, que robaba algo de juventud y
frescura a aquel rostro, dándole en cambio una seráfica ternura y majestad, y multiplicando
así diez veces su interés para un temperamento tan romántico y entusiasta como el mío.
Mientras satisfacía mis ojos descubrí con profunda conmoción que la dama acababa de
advertir la intensidad de mi mirada y que se había sobresaltado levemente. Pero me sentía
tan fascinado que me fue imposible dejar de mirarla. Desvió ella el rostro, y otra vez vi el
cincelado contorno de su nuca y su cabeza. Pasados unos minutos como si sintiera
curiosidad por saber si persistía en mi examen, movió gradualmente la cabeza y otra vez
encontró mi ardiente mirada. Sus grandes ojos oscuros bajaron al punto, mientras un
profundo rubor teñía sus mejillas. Pero cuál sería mi estupefacción al notar que no
solamente se abstenía de apartar el rostro, sino que tomaba de su regazo unos gemelos, los
ajustaba y se ponía a observarme intensa y deliberadamente durante varios minutos.
Si una centella hubiese caído a mis pies, no me habría sentido más asombrado. Pero mi
asombro no involucraba la menor ofensa o disgusto pese a que acción tan audaz me hubiera
ofendido y disgustado en otra mujer. Su proceder, en cambio, revelaba tanta serenidad,
tanta nonchalance, tanto reposo… y a la vez traducía un refinamiento tan grande, que
hubiera sido imposible percibir allí el menor descaro, y mis únicos sentimientos fueron de
admiración y sorpresa.
Noté que, al levantar por primera vez los gemelos, la dama parecía quedar satisfecha de
su rápida inspección de mi persona, y los retiraba ya de sus ojos cuando, cediendo a un
nuevo pensamiento, volvió a mirar y continuó haciéndolo, con la atención fija en mí
durante varios minutos; puedo incluso asegurar que no fueron menos de cinco.
Esta conducta, tan fuera de lo común en un teatro norteamericano, atrajo la atención
general y originó un perceptible movimiento y murmullo entre el público, que por un
momento me llenó de confusión, aunque no pareció causar el menor efecto en el rostro de
Madame Lalande.
Satisfecha su curiosidad —si era tal—, apartó los gemelos y volvió a concentrarse en la
escena, quedando de perfil como al principio. Continué mirándola incansable, aunque me
daba perfecta cuenta de lo descortés de mi conducta. No tardé en ver que su cabeza
cambiaba lenta y suavemente de posición y comprobé que la dama, mientras fingía
contemplar la escena, no hacía más que observarme atentamente. Inútil decir el efecto que
semejante proceder, en una mujer tan fascinadora, podía causar en mi vehemente espíritu.
Luego de escrutarme durante un cuarto de hora, el bello objeto de mi pasión se dirigió
al caballero que la acompañaba y, mientras ambos hablaban, vi por la forma en que
miraban que la conversación se refería a mi persona.
Terminado el diálogo, Madame Lalande se volvió otra vez hacia la escena y durante un
momento pareció absorta en la representación. Pero, pasado un momento, sentí que me
dominaba una incontenible agitación al ver que por segunda vez dirigía hacia mí los
gemelos y que, desdeñando el renovado murmullo del público, me examinaba de la cabeza
a los pies con la misma milagrosa compostura que tanto había deleitado y confundido mi
alma momentos antes.
Tan extraordinaria conducta, sumiéndome en afiebrada excitación, en un verdadero
delirio de amor, sirvió para alentarme más que para desconcertarme. En la alocada
intensidad de mi devoción me olvidé de todo lo que no fuera la presencia y la majestuosa
hermosura de la visión que así respondía a mis miradas. Esperé la oportunidad, y cuando
me pareció que el público estaba concentrado en la ópera y que los ojos de Madame
Lalande se fijaban en los míos, le hice una ligera pero inconfundible inclinación de cabeza.
Sonrojóse profundamente y apartó los ojos; después, lenta y cautelosamente, miró en
torno como para asegurarse de que mi audacia no había sido advertida y se inclinó
finalmente hacia el caballero sentado junto a ella.
Tuve entonces clara conciencia de la torpeza que había cometido, e imaginé un
inmediato pedido de explicaciones, mientras una imagen de pistolas al amanecer flotaba
rápida y desagradablemente en mi pensamiento. Pero me esperaba una tranquilidad tan
grande como instantánea al ver que la dama se limitaba a alcanzar un programa al caballero
sin decirle palabra; el lector podrá empero hacerse una vaga idea de mi estupefacción, de
mi profundo asombro, del delirante trastorno de mi corazón y de mi alma cuando, después
de haber mirado furtivamente en torno, Madame Lalande posó de lleno sus ojos en los
míos, y luego, con una débil sonrisa que dejaba ver sus brillantes dientes como perlas, me
hizo dos inclinaciones de cabeza tan inequívocas como afirmativas…
Sería inútil que me extendiera sobre mi alegría, mi transporte, el ilimitable éxtasis de
mi corazón. Si algún hombre se volvió loco por exceso de felicidad, ése fui yo en aquel
momento. Amaba. Era mi primer amor y lo sentía así. Era un amor supremo, indescriptible.
Era «amor a primera vista», y también a primera vista había sido apreciado y
correspondido.
¡Sí, correspondido! ¿Cómo y por qué había de dudarlo? ¿Qué otra explicación podía
dar de semejante conducta por parte de una mujer tan hermosa, tan acaudalada, tan llena de
cualidades y altísimos méritos, de posición social tan encumbrada y en todo sentido, tan
respetable como indudablemente lo era Madame Lalande? ¡Sí, me amaba… correspondía al
entusiasmo de mi amor con un entusiasmo tan ciego, tan firme, tan desinteresado, tan lleno
de abandono, tan ilimitado como el mío!
Aquellas deliciosas fantasías se vieron interrumpidas por la caída del telón. Levantóse
el público y sobrevino la confusión de costumbre. Apartándome de Talbot, me esforcé
desesperadamente por acercarme a Madame Lalande. Pero como la multitud no me lo
permitiera, renuncié a mi propósito y volví a casa, consolándome por no haber podido rozar
siquiera el borde de su manto, al pensar que Talbot me presentaría a ella al día siguiente.
Llegó, por fin, la mañana; vale decir que por fin amaneció después de una larga y
fatigosa noche de impaciencia. Las horas se arrastraron, lúgubres e innumerables caracoles,
hasta la una. Pero está dicho que aun Estambul tendrá su fin, y la hora llegó. Oyóse la
campanada de la una. Con su último eco me presenté en B… y pregunté por Talbot.
—Está ausente —me respondió el lacayo, que era precisamente el de mi amigo.
—¡Ausente! —exclamé, retrocediendo varios pasos—. Permítame decirle, amiguito,
que eso es completamente imposible. Mr. Talbot no está ausente. ¿Qué quiere usted
hacerme creer?
—Nada, señor… salvo que Mr. Talbot está ausente. Se fue a S… apenas terminó de
desayunar, y dejó dicho que no volvería hasta dentro de una semana.
Me quedé petrificado de horror y rabia. Quise replicar, pero la lengua no me obedecía.
Por fin, me alejé, lívido de cólera, mientras en mi interior enviaba a toda la familia Talbot a
las regiones más recónditas del Erebo. No cabía duda de que mi amable amigo, il fanatico,
habíase olvidado de su cita conmigo y que la había olvidado en el momento mismo de
fijarla. Jamás había sido hombre de palabra. Imposible remediarlo, y, por tanto, ahogando
lo mejor posible mi resentimiento, remonté malhumorado la calle, haciéndole fútiles
averiguaciones sobre Madame Lalande a cuanto amigo encontraba en mi camino. Descubrí
que todos habían oído hablar de ella, pero como sólo llevaba algunas semanas en la ciudad,
pocos podían jactarse de conocerla personalmente. Estos pocos carecían de familiaridad
suficiente para creerse autorizados a presentarme en el curso de una visita matinal.
Mientras, lleno de desesperación, hablaba con un trío de amigos sobre el único tema
que absorbía mi corazón, ocurrió que el tema mismo pasó cerca de nosotros.
—¡Allí está, por mi vida! —exclamó uno de ellos.
—¡Extraordinariamente hermosa! —dijo el segundo.
—¡Un ángel sobre la tierra! —pronunció el tercero.
Miré y vi un carruaje abierto que se nos acercaba lentamente y en el cual hallábase
sentada la encantadora visión de la ópera, acompañada por la dama más joven que había
compartido su palco.
—Su compañera es igualmente interesante —dijo el amigo que había hablado primero.
—Ya lo creo, y me parece asombroso —dijo el segundo—. Tiene todavía un aire de lo
más lozano. Claro que el arte hace maravillas… Palabra, se la ve mejor que hace cinco años
en París. Todavía es una hermosa mujer. ¿No le parece, Froissart… quiero decir, Simpson?
—¡Todavía! —exclamé—. Y ¿por qué no habría de ser una hermosa mujer? Pero,
comparada con su amiga, es como una bujía frente a la estrella vespertina… como una
luciérnaga al lado de Antar.
—¡Ja, ja, ja! ¡Vamos, Simpson, vaya estupenda manera que tiene de hacer
descubrimientos… por lo menos originales!
Y nos separamos, mientras uno del trío empezaba a canturrear un alegre vaudeville, del
cual sólo pode oír las palabras
Ninon, Ninon, Ninon à bas
À bas Ninon de l’Enclos!
En el curso de esta escena había ocurrido algo que sirvió para consolarme muchísimo,
alimentando aún más la pasión que me consumía. Cuando el carruaje de Madame de
Lalande pasó junto a nuestro grupo, observé que me reconocía y, lo que es más, que me
llenaba de felicidad al concederme la más seráfica de las sonrisas sobre cuyo sentido no
podía caber la más pequeña duda.
Por lo que se refiere a la presentación, me vi precisado a abandonar toda esperanza
hasta que a Talbot se le ocurriera regresar de la campaña. Entretanto, frecuenté asiduamente
todos los lugares de diversión distinguidos y, por fin, en el mismo teatro donde la viera por
primera vez tuve la suprema dicha de encontrarla nuevamente y de cambiar con ella mis
miradas. Pero esto sólo ocurrió después de una quincena. Diariamente, en el ínterin, había
preguntado por Talbot, y diariamente me había estremecido de rabia ante el eterno «No ha
regresado todavía» de su lacayo.
Aquella noche, pues, me sentía al borde de la locura. Me habían dicho que Madame
Lalande era francesa y que acababa de llegar de París. ¿No podría ocurrir que regresara
bruscamente a su patria? ¿Y si partía antes del regreso de Talbot? ¿No la perdería para
siempre? La sola idea me resultaba insoportable. Y, puesto que mi felicidad futura estaba
en juego, me decidí a proceder virilmente. En una palabra: terminada la representación
seguí a la dama hasta su residencia, tomé nota de la dirección y a la mañana siguiente le
envié una larga y detallada carta donde volcaba plenamente los sentimientos de mi corazón.
Hablé en ella audaz y libremente… en una palabra, lleno de pasión. No oculté nada, ni
siquiera mis defectos. Aludí a las románticas circunstancias de nuestro primer encuentro, y
mencioné las miradas que se habían cruzado entre nosotros. Llegué al extremo de decirle
que me sentía seguro de su amor, a la vez que le ofrecía esta seguridad y mi propia e
intensa devoción como doble excusa por mi imperdonable conducta. Como tercer
argumento, aludí a mis temores de que pudiera marcharse de la ciudad antes de haber
tenido la ocasión de serle formalmente presentado. Y terminé aquella epístola, la más
exaltada y entusiasta que se haya escrito nunca, con una franca declaración de mi estado
social y mi fortuna, a la vez que le ofrecía mi corazón y mi mano.
Esperé la respuesta dominado por la más desesperante ansiedad. Después de lo que me
pareció un siglo, me fue entregada.
Sí, me fue entregada su respuesta. Por más romántico que parezca, recibí una carta de
Madame Lalande… la hermosa, la acaudalada, la idolatrada Madame Lalande. Sus ojos, sus
magníficos ojos, no habían desmentido su noble corazón. Como una verdadera francesa,
había obedecido a los francos dictados de la razón, a los impulsos generosos de su
naturaleza, despreciando las convencionales mojigaterías de la sociedad. No se había
burlado de mi propuesta. No se había refugiado en el silencio. No me había devuelto mi
carta sin abrir. Por el contrario, me contestaba con otra escrita por su propia y exquisita
mano. Decía:
Monsieur Simpson, me bernodará bor no écrire muy bien en su hermoso idioma. Hace
muy boco que soy arrivée y no he tenido la obortunité de l’étudier.
Desbués de disculbarme por mi redacción, diré que, hélas!!, Monsieur Simpson ha
adivinado berfectamente… ¿Necesito decir más? Hélas!! ¿No habré dicho más de lo que
corresbondía?
Eugènie Lalande
Besé un millón de veces este billete de tan noble inspiración, e incurrí en mil otras
extravagancias que escapan a mi memoria. Pero, entretanto, Talbot no volvía. ¡Ay! Si
hubiera podido concebir el sufrimiento que su ausencia me ocasionaba, ¿no habría volado
inmediatamente, dada nuestra amistad y simpatía, en mi auxilio? Pero, entretanto, no
volvía. Le escribí. Me contestó. Hallábase retenido por urgentes negocios, pero no tardaría
en regresar. Me suplicaba que no me impacientara, que moderase mis transportes, leyera
libros tranquilizadores, bebiera únicamente vino del Rin y requiriese los consuelos de la
filosofía para que me ayudaran. ¡El muy insensato! Si no podía venir en persona, ¿por qué,
en nombre de todo lo razonable, no agregaba a su carta otra de presentación? Volví a
escribirle, rogándole que así lo hiciera. La carta me fue devuelta por el mismo lacayo con
una nota a lápiz escrita al dorso. El villano se había reunido con su amo en la campaña y me
decía:
Salió ayer de S…, pero no dijo a dónde iba ni cuándo va a volver. Me parece mejor
devolverle esta carta, pues reconozco su letra y pienso que usted tiene siempre mucha prisa.
Lo saluda atentamente,
Stubbs
Inútil agregar que después de esto consagré tanto al amo como al criado a las
divinidades infernales; pero de nada me valía encolerizarme y las quejas no me servían de
consuelo.
Sin embargo, la audacia de mi temperamento me daba una última posibilidad. Hasta
ahora esa audacia me había sido útil y decidí que la emplearía nuevamente para mis fines.
Además, después de la correspondencia que habíamos mantenido, ¿qué acto de mera
informalidad podía cometer que, dentro de ciertos límites, pudiera Madame Lalande
considerar indecoroso? Desde el envío de mi carta había tornado la costumbre de observar
su casa, y descubrí que la dama salía al atardecer, acompañada por un negro de librea, y
paseaba por la plaza a la cual daban sus ventanas. Allí, entre los sotos sombríos y
lujuriantes, en la gris penumbra de un anochecer estival, esperé la oportunidad de
aproximarme a ella.
Para engañar mejor al sirviente que la acompañaba procedí con el aire de una vieja
relación de familia. En cuanto a ella, con una presencia de ánimo verdaderamente
parisiense, comprendió de inmediato y, al saludarme, me tendió la más hechiceramente
pequeña de las manos. Instantáneamente el lacayo se quedó atrás y, entonces, con los
corazones rebosantes, nos explayamos larga y francamente sobre nuestro amor.
Como Madame Lalande hablaba el inglés con mayor dificultad de la que tenía para
escribirlo, nuestra conversación se desarrolló necesariamente en francés. Esta dulce lengua,
tan apropiada para la pasión, me permitió liberar el impetuoso entusiasmo de mi naturaleza,
y con toda la elocuencia de que era capaz supliqué a mi amada que consintiera en un
matrimonio inmediato.
Sonrió ella ante mi impaciencia. Aludió a la vieja cuestión del decoro —ese espantajo
que a tantos aleja de la dicha hasta que la oportunidad de ser dichosos ha pasado para
siempre—. Me hizo notar que, imprudentemente, había yo dicho a todos mis amigos que
ansiaba conocerla; por ello resultaba imposible ocultar la fecha en que nos habíamos visto
por primera vez. Sonrojándose, aludió a lo muy reciente de dicha fecha. Casarnos de
inmediato sería impropio, indecoroso… outré. Y todo esto lo decía con un encantador aire
de naïveté que me arrobaba al mismo tiempo que me lastimaba y me convencía. Llegó al
punto de acusarme, entre risas, de precipitación, de imprudencia. Me pidió que tuviera en
cuenta que, en el fondo, yo no sabía siquiera quién era ella, cuáles sus perspectivas, sus
vinculaciones, su posición social. Pidióme, con un suspiro, que reconsiderara mi propuesta,
y agregó que mi amor era un capricho, un fuego fatuo, una fantasía del momento, un
castillo en el aire del entusiasmo más que del corazón. Y todo esto mientras las sombras del
suave anochecer se hacían más y más profundas en torno de nosotros; pero luego, con una
gentil presión de la mano semejante a la de un hada, sentí que en un instante dulcísimo
destruía todos los argumentos que acababa de levantar.
Repliqué lo mejor que pude… como sólo un enamorado puede hacerlo. Hablé
extensamente y en detalle de mi devoción, de mi arrobo, de su rara belleza y de mi
profunda admiración. Insistí finalmente, con la energía de la convicción, en los peligros que
rodean el sendero del amor, ese sendero que jamás avanza en línea recta… y deduje de ello
el evidente peligro de alargar innecesariamente el recorrido.
Este último argumento pareció, por fin, mitigar el rigor de su determinación. Aplacóse,
pero me dijo que todavía quedaba un obstáculo, que sin duda yo no había tenido en cuenta.
Tratábase de una delicada cuestión, especialmente si era una mujer quien debía aludir a
ella; al hacerlo contrariaba sus sentimientos, pero por mí estaba dispuesta a cualquier
sacrificio. Mencionó entonces la edad. ¿Me había dado plenamente cuenta de la diferencia
de edad entre nosotros? Que el marido sobrepasara a su esposa en algunos años —incluso
quince y hasta veinte— era cosa que la sociedad consideraba admisible y hasta aconsejable.
Pero, por su parte, siempre había creído que la edad de la esposa no debía exceder jamás la
del esposo. ¡Ay, demasiado frecuente era ver cómo diferencias tan anormales conducían a
una vida desdichada! Sabía que yo no pasaba de los veintidós años, mientras quizá yo no
estuviera enterado de que los años de mi Eugènie excedían muy considerablemente de esa
cifra.
En todo lo que decía notábase una nobleza de alma, una candorosa dignidad que me
deleitó y me encantó, cerrando para siempre tan dulces cadenas. Apenas pude contener el
excesivo transporte que me dominaba.
—¡Querida, querida Eugènie! —dije—. ¿Qué dice usted? Tiene usted unos años más
que yo. Y ¿qué importa eso? Las costumbres del mundo son otras tantas locuras
convencionales. Para aquellos que se aman como nosotros, ¿qué diferencia hay entre un
año y una hora? Dice usted que tengo veintidós años; de acuerdo, y hasta le diría que puede
considerar que tengo veintitrés. En cuanto a usted, queridísima Eugènie, apenas puede tener
usted… apenas puede tener unos… unos…
Detúveme un instante esperando que Madame Lalande me interrumpiera para decirme
su edad. Pero una francesa rara vez se expresa directamente, y en vez de responder a una
pregunta embarazosa usa siempre alguna forma que le es propia. En este caso, Eugènie, que
parecía estar buscando algo que llevaba guardado en el seno, dejó caer una miniatura que
recogí inmediatamente y le presenté.
—¡Guárdela! —me dijo con una de sus más adorables sonrisas—. Guárdela como mía,
como de alguien a quien representa de manera demasiado halagadora. Por lo demás, en el
reverso de esta miniatura hallará usted la información que desea. Está oscureciendo, pero
podrá examinarla en detalle mañana por la mañana. Ahora me escoltará usted hasta casa.
Mis amigos se disponen a celebrar allí una pequeña levée musical. Me atrevo a decirle que
escuchará cantar muy bien. Y como los franceses no somos tan puntillosos como ustedes
los norteamericanos, no tendré dificultad en presentarlo como a un antiguo conocido.
Y, con esto, se apoyó en mi brazo y volvimos a su casa. La mansión era muy hermosa y
descuento que estaba finamente amueblada. No puedo pronunciarme sobre este último
detalle, pues había anochecido cuando llegamos y en las casas más distinguidas de
Norteamérica las luces se encienden raras veces a esa hora, la más placentera de la estación
estival. Pero más tarde encendióse una sola lámpara con pantalla en el salón principal y
pude ver que la estancia hallábase dispuesta con insólito buen gusto y hasta esplendor; las
dos salas siguientes, donde había también grupos de invitados, permanecieron durante toda
la velada en una agradable penumbra. He ahí una costumbre llena de encanto, pues da a los
asistentes la elección entre la luz y la sombra, y que nuestros amigos de ultramar harían
muy bien en seguir.
Aquella noche fue la más deliciosa de mi vida. Madame Lalande no había exagerado al
aludir a la capacidad musical de sus amigos. El canto que escuché en esa ocasión me
pareció superior al de cualquier otro círculo privado que hubiese escuchado anteriormente
fuera de los de Viena. Los instrumentistas eran muchos y de gran talento. En cuanto a las
cantantes —pues predominaban las damas—, revelaban un alto nivel artístico. Hacia el
final, insistentemente solicitada por los auditores, Madame Lalande se levantó sin
afectación y sin hacerse rogar de la chaise longue donde había estado sentada a mi lado, y
en compañía de uno o dos caballeros y de su amiga de la ópera encaminóse hacia el piano
situado en el salón. Hubiera querido acompañarla, pero comprendí que, dada la forma en
que había sido presentado, convenía que me quedara discretamente en mi lugar. Me vi,
pues, privado del placer de verla cantar, aunque no de escucharla.
La impresión que produjo en los presentes puede calificarse de eléctrica, pero en mí su
efecto fue todavía más grande. No sé cómo describirlo. Nacía en parte del sentimiento
amoroso que me poseía, pero, sobre todo, de la extraordinaria sensibilidad de la cantante. El
arte es incapaz de comunicar a un aria o a un recitativo una expresión más apasionada de la
que ella les infundía. Su versión de la romanza de Otello, el tono con que pronunció las
palabras «Sul mio sasso», en Los Capuletos, resuena todavía en mi memoria. Su registro
bajo era sencillamente milagroso. Su voz abarcaba tres octavas completas, extendiéndose
desde el re de contralto hasta el re de soprano ligera; aunque suficientemente poderosa
como para llenar la sala del San Carlos, la articulaba con la más minuciosa precisión, tanto
en las escalas ascendentes como en las descendentes, las cadencias y florituras. En el final
de La Sonámbula logró el más notable de los efectos en el pasaje donde se dice:
Ah!, non giunge uman pensiero
Al contento ond’io son piena.
Aquí, imitando a la Malibrán, modificó la melodía original de Bellini, dejando caer la
voz hasta el sol tenor, y entonces, con una rápida transición, saltó al sol sobreagudo, a dos
octavas de intervalo.
Terminados aquellos milagros de ejecución vocal, Madame Lalande volvió a la
estancia donde me hallaba y se sentó nuevamente a mi lado, mientras yo le expresaba en
términos entusiastas el deleite que me había causado su interpretación. No dije nada de mi
sorpresa y, sin embargo, estaba muy sorprendido; pues cierta debilidad o mejor cierta
trémula indecisión en la voz de mi amada cuando conversaba naturalmente, me había hecho
suponer que, cantando, no se elevaría sobre un nivel ordinario de interpretación.
Nuestro diálogo volvióse entonces tan largo, profundo e ininterrumpido, como pleno de
franqueza. Hízome narrar muchos episodios de mi vida y escuchó con ansiosa atención
cada palabra que le decía. No oculté nada, pues no me creía con derecho para hacerlo, a su
cariñosa confianza. Alentado por su candor sobre la delicada cuestión de la edad, no sólo
detallé con toda franqueza muchos defectos menudos que me aquejaban, sino que confesé
francamente todos esos defectos morales y aun físicos cuya revelación, al exigir un coraje
muy grande, prueban categóricamente la fuerza del amor. Me referí a mis locuras de
estudiante, mis extravagancias, las juergas de la juventud, mis deudas y mis galanteos.
Llegué incluso a referirme a cierta tos hética que me había preocupado en un tiempo, a un
reumatismo crónico, a una tendencia a la gota y, finalmente, a la desagradable y
molestísima debilidad visual que hasta entonces ocultara cuidadosamente.
—Sobre este último punto —dijo riendo Madame Lalande— ha cometido usted una
imprudencia al confesar, pues de no haberlo hecho doy por sentado que nadie hubiese
podido acusarlo de tal defecto. Y ya que hablamos de esto —continuó, mientras me parecía,
pese a la penumbra de la estancia, que el rubor ganaba sus mejillas—, ¿recuerda usted, mon
cher ami, este pequeño auxiliar que cuelga de mi cuello?
Mientras hablaba hizo girar entre sus dedos el pequeño par de gemelos que tanto me
habían trastornado en la ópera.
—¡Oh, cómo quiere usted que no lo recuerde! —exclamé, oprimiendo
apasionadamente la delicada mano que me ofrecía el instrumento para que lo examinara.
Era un complicado y admirable juguete, ricamente revestido y afiligranado,
resplandeciente de gemas que, a pesar de la falta de luz, daban prueba de su altísimo valor.
—Eh bien, mon ami! —continuó ella, con cierto empressement en su voz que me
sorprendió un tanto—. Eh bien, mon ami, me ha pedido usted insistentemente un favor que,
según sus amables palabras, considera inapreciable. Me ha pedido que nos casemos
mañana… Si le doy mi consentimiento… que, añado, representa asimismo consentir a los
requerimientos de mi corazón… ¿no tendré derecho a pedir, a mi vez, un pequeño favor?
—¡Pídalo usted! —exclamé con una energía que estuvo a punto de concentrar sobre
nosotros la atención de los asistentes, mientras sólo la presencia de éstos me impedía
arrojarme apasionadamente a los pies de mi amada—. ¡Pídalo, queridísima Eugènie, ahora
mismo… aunque esté ya concedido antes de que haya usted dicho una sola palabra!
—Pues bien, mon ami, entonces vencerá usted, por esta Eugènie a quien ama, esa
menuda debilidad que acaba de confesarme… esa debilidad antes moral que física, y que,
permítame decírselo, no sienta a la nobleza de su verdadero carácter ni a la sinceridad de su
temperamento; una debilidad que, de no ser dominada, habrá de crearle tarde o temprano
muy penosas dificultades. Vencerá usted, por mí, esa afectación que lo induce (como usted
mismo reconoce) a negar franca o tácitamente el defecto visual de que padece. A negarlo,
sí, puesto que no quiere emplear los medios habituales para remediarlo. En una palabra, que
deseo verle usar anteojos… ¡Sh…! ¡No me diga nada! Usted ha consentido ya en usarlos…
por mí. Por eso aceptará ahora este juguete que tengo en la mano, y que, aunque admirable
auxiliar de la visión, no puede considerarse —una joya demasiado valiosa. Advertirá usted
que, mediante una ligera modificación, en esta forma… o así… puede adaptarse a los ojos
como un par de anteojos comunes, o sirve para llevar en el bolsillo del chaleco como
gemelos de teatro. Pero usted ha consentido, por mí, en llevarlos desde ahora en la primera
de sus formas.
Este pedido —¿debo confesarlo?— me confundió profundamente. Pero la recompensa
a la cual estaba unido no me permitía vacilar un solo momento.
—¡De acuerdo! —exclamé, con todo el entusiasmo de que era dueño—. ¡Acepto…
acepto de todo corazón! Sacrifico cualquier sentimiento por usted. Esta noche llevaré estos
gemelos sobre mi corazón… como gemelos; pero con las primeras luces de esa mañana que
me proporcione la felicidad de llamarla mi esposa… habré de colocarlos sobre mi… sobre
mi nariz… y usarlos desde entonces en la forma que usted lo desea, menos a la moda y
menos romántica, cierto, pero mucho más útil para mí.
Nuestra conversación se encaminó entonces a los detalles concernientes al siguiente
día. Me enteré por mi prometida que Talbot acababa de regresar a la ciudad. Debía ir a
verlo inmediatamente y procurarme un coche. La soirée no terminaría antes de las dos, y a
esa hora el coche estaría en la puerta; entonces, aprovechando la confusión ocasionada por
la partida de los invitados, Madame Lalande podría subir al carruaje sin ser observada.
Acudiríamos a casa de un pastor que estaría esperando para unirnos en matrimonio; luego
de eso dejaríamos a Talbot en su casa y saldríamos para realizar una breve jira por el este,
dejando a la sociedad local que hiciera los comentarios que se le ocurriera.
Una vez todo planeado, salí de la casa y me encaminé en busca de Talbot, pero en el
camino no pude contenerme y entré en un hotel para examinar la miniatura. Los anteojos
me ayudaron muchísimo para ver todos sus detalles y me permitieron descubrir un rostro de
admirable belleza. ¡Ah, esos ojos tan grandes como luminosos, la altiva nariz griega, los
rizos abundantes y negros…!
—¡Sí! —me dije, exultante—. ¡He aquí la imagen misma de mi adorada!
Y al examinar el reverso encontré estas palabras: «Eugènie Lalande, veintisiete años y
siete meses».
Hallé a Talbot en su casa y le informé inmediatamente de mi buena fortuna. Pareció
extraordinariamente sorprendido, como era natural, pero me felicitó muy cordialmente y
me ofreció toda la ayuda que pudiera proporcionarme. En resumen, cumplimos el plan
como había sido trazado y, a las dos de la mañana, diez minutos después de la ceremonia
nupcial, me encontré en un carruaje cerrado en compañía de Madame Lalande… es decir de
la señora Simpson, viajando a gran velocidad rumbo al noreste.
Puesto que deberíamos viajar toda la noche, Talbot nos había aconsejado que
hiciéramos el primer alto en C…, pueblo a unas veinte millas de la ciudad, donde podríamos
desayunar y descansar un rato antes de seguir viaje. A las cuatro, el coche se detuvo ante la
puerta de la posada principal. Ayudé a salir a mi adorada esposa y ordené inmediatamente
el desayuno. Entretanto fuimos conducidos a un saloncito y nos sentamos.
Amanecía ya y pronto sería la mañana. Mientras contemplaba arrobado al ángel que
tenía junto a mí, se me ocurrió de golpe la singular idea de que era aquélla la primera vez,
desde que conociera la celebrada belleza de Madame Lalande, que podía contemplar
aquella hermosura a plena luz del día.
—Y ahora, mon ami —dijo ella, tomándome la mano e interrumpiendo mis
reflexiones—, puesto que estamos indisolublemente unidos, puesto que he cedido a sus
apasionados ruegos y cumplido mi parte de nuestro convenio… espero que no olvidará
usted que también le queda por cumplir un pequeño favor, una promesa. ¡Ah, vamos!
¡Déjeme recordar! Pues sí, me acuerdo perfectamente de las palabras con las cuales hizo
anoche una promesa a su Eugènie. Dijo usted así: «¡Acepto… acepto de todo corazón!
Sacrifico cualquier sentimiento por usted. Esta noche llevaré estos gemelos sobre mi
corazón… como gemelos; pero con las primeras luces de esa mañana que me proporcione la
felicidad de llamarla mi esposa… habré de colocarlos sobre mi… sobre mi nariz… y usarlos
desde entonces en la forma que usted lo desea, menos a la moda y menos romántica, cierto,
pero mucho más útil para mí…» Tales fueron sus exactas palabras, ¿no es así, queridísimo
esposo?
—Tales fueron, en efecto —repuse—, y veo que tiene usted una excelente memoria.
Lejos de mí, querida Eugènie, faltar al cumplimiento de la insignificante promesa. Pues
bien… ¡vea! ¡Contemple! Me quedan bien, ¿no es cierto?
Y luego de preparar los cristales en su forma ordinaria de anteojos, me los apliqué
rápidamente, mientras Madame Simpson, ajustándose la toca y cruzándose de brazos,
sentábase muy derecha en una silla, en una actitud tan rígida como estirada, que incluso
cabía considerar indecorosa.
—¡Que el cielo me asista! —grité, en el instante mismo en que el puente de los
anteojos se hubo posado en mi nariz—. ¡Dios mío! ¿Qué les ocurre a estos cristales?
Y, luego de quitármelos rápidamente, me puse a limpiarlos con un pañuelo de seda y
me los ajusté otra vez.
Pero si en la primera ocasión había ocurrido algo capaz de sorprenderme, esta vez la
sorpresa se transformó en estupefacción, y esta estupefacción era profunda, extrema… y
bien puede calificarse de espantosa. En nombre de todo lo horrible, ¿qué significaba esto?
¿Podía creer a mis ojos… ? ¿Podía? Lo que estaba viendo ¿era… era colorete? ¿Y esas…
esas arrugas en el rostro de Eugènie Lalande? Y… ¡oh, Júpiter y todos los dioses y diosas!,
¿qué había sido de… de… de sus dientes?
Arrojé violentamente al suelo los anteojos y, levantándome de un salto, enfrenté a Mrs.
Simpson, los brazos en jarras, convulsa y espumante la boca que, al mismo tiempo, era
incapaz de articular palabra por el espanto y la rabia.
Creo haber dicho ya que Madame Eugènie Lalande —quiero decir, Simpson— hablaba
el inglés apenas algo mejor de como lo escribía y por esta razón jamás empleaba dicha
lengua en las conversaciones usuales. Pero la cólera puede arrastrar muy lejos a una dama,
y en esta ocasión llevó a Mrs. Simpson al punto de pretender expresarse en un idioma del
cual no tenía la menor idea.
—Pues pien, monsieur —dijo, después de contemplarme con aparente asombro durante
un momento—. ¡Pues pien, monsieur! ¿Qué basa? ¿Qué le ocurre? ¿Le ha dado el baile de
San Vito? Si no le barezco pien, ¿bor qué se casó conmigo?
—¡Miserable! —bisbiseé—. ¡Vieja bruja…!
—¿Fieja? ¿Bruja? No tan fieja, desbués de todo… apenas ochenta y tos años.
—¡Ochenta y dos! —balbuceé, retrocediendo hasta la pared—. ¡Ochenta y dos mil
mandriles! ¡La miniatura decía veintisiete años y siete meses!
—¡Y así es… así era! La miniatura fue bintada hace cincuenta y cinco años. Cuando me
casé con mi segundo esboso, Monsieur Lalande, hice bintar ese retrato para la hija que
había tenido con mi primer esboso, Monsieur Moissart.
—¡Moissart! —dije yo.
—Sí, Moissart —repitió, burlándose de mi pronunciación, que, a decir verdad, no era
nada buena—. ¿Y qué? ¿Qué sabe usted de Moissart?
—¡Nada, vieja espantosa, absolutamente nada, aparte de que hay un antepasado mío
que llevaba ese nombre!
—¡Ese nombre! ¿Y gué hay de malo en ese nombre? Es un egcelente nombre, lo
mismo que Voissart, que también es un egcelente nombre. Mi hija, Mademoiselle Moissart,
se gasó con Monsieur Voissart, y los dos nombres son egcelentes nombres.
—¿Moissart? —exclamé—. ¿Y Voissart? ¿Qué quiere usted decir?
—¿Qué guiero decir? Guiero decir Moissart y Voissart, y si me da la gana diré también
Croissart y Froissart. La hija de mi hija, Mademoiselle Voissart, se gasó con Monsieur
Croissart, y luego la nieta de mi hija, Mademoiselle Croissart, se gasó con Monsieur
Froissart. ¡Y no dirá usdé que éste no es también un egcelente nombre!
—¡Froissart! —murmuré, empezando a desmayarme—. ¿No pretenderá usted decir…
Moissart… y Voissart… y Croissart… y Froissart?
—Glaro que lo digo —declaró aquel horror, repantigándose en su silla y estirando
muchísimo las piernas—. Digo Moissart, Voissart, Croissart y Froissart. Pero Monsieur
Froissart sí era lo que ustedes llaman estúbido… pues salió de la bella France para fenir a
esta estúbida América… y cuando estuvo aquí nació su hijo que es todavía más estúbido,
muchísimo más estúbido… según oigo decir, bues todavía no he tenido el placer de
gonocerlo bersonalmente… ni yo ni mi amiga, Madame Stéphanie Lalande. Sé que se llama
Napoleón Bonaparte Froissart… y supongo que ahora usdé dirá que tamboco ése es un
egcelente y respetable nombre.
Fuera la extensión o la naturaleza de este discurso, el hecho es que pareció provocar
una excitación asombrosa en Mrs. Simpson. Apenas lo hubo terminado con gran trabajo,
saltó de su silla como si la hubiesen hechizado y al hacerlo dejó caer al suelo un enorme
polisón. Ya de pie, hizo chasquear sus desnudas encías, agitó los brazos, mientras se
arremangaba y sacudía el puño delante de mi cara, y terminó sus demostraciones
arrancándose la toca, y con ella una inmensa peluca del más costoso y magnífico cabello
negro, todo lo cual arrojó al suelo con un alarido y se puso a pisotear y a patear en un
verdadero fandango de arrebato y de enloquecida rabia.
Entretanto yo me había desplomado en el colmo del horror en la silla vacía.
—¡Moissart y Voissart! —repetía enmimismado, mientras asistía a las cabriolas y
piruetas—. ¡Croissart y Froissart! ¡Moissart, Voissart, Croissart… y Napoleón Bonaparte
Froissart! Pero, entonces, inefable serpiente… ¡Pero si se trata de mí! ¡De mí! ¿Oye usted?
¡De mí…! —continué, vociferando con todas mis fuerzas—. ¡Yo soy Napoleón Bonaparte
Froissart, y que me confunda por toda la eternidad si no acabo de casarme con mi
tatarabuela!
En efecto, Madame Eugènie Lalande, quasi Simpson y anteriormente Moissart, era mi
tatarabuela. Había sido hermosísima en su juventud, y todavía ahora, a los ochenta y dos
años, conservaba la estatura majestuosa, la escultural cabeza, los hermosos ojos y la nariz
griega de su doncellez. Con ayuda de ello, polvos de arroz, carmín, peluca, dentadura
postiza, falsa tournure y las más hábiles modistas de París, lograba mantener una respetable
posición entre las bellezas un peu passées de la metrópoli francesa. En ese sentido, merecía
ciertamente compararse a la celebérrima Ninon de l’Enclos.
Era inmensamente rica, y al quedar viuda por segunda vez, y sin hijos, recordó que yo
vivía en Norteamérica, y dispuesta a convertirme en su heredero se encaminó a los Estados
Unidos acompañada de una parienta lejana de su segundo esposo, llamada Stéphanie
Lalande.
En la ópera, la atención de mi tatarabuela se vio reclamada por mi insistente escrutinio
de su persona; cuando a su vez me examinó con ayuda de los gemelos parecióle notar en mí
un aire de familia. Muy interesada y no ignorando que el heredero que buscaba vivía en la
ciudad, quiso saber algo acerca de mi persona. El caballero que la acompañaba me conocía
y le dijo quién era. Sus palabras renovaron su interés y la indujeron a repetir su escrutinio,
fue este gesto el que me dio la audacia suficiente para conducirme en la forma imprudente
que he narrado. Cuando me devolvió el saludo, lo hizo pensando que, por alguna rara
coincidencia, yo había descubierto su identidad. Y cuando, engañado por mi miopía y las
artes de tocador sobre la edad y los encantos de la extraña dama, pregunté con tanto
entusiasmo a Talbot quién era, mi amigo supuso que me refería a la belleza más joven,
como es natural, y me contestó sin faltar a la verdad, que era «la célebre viuda, Madame
Lalande».
A la mañana siguiente, mi tatarabuela se encontró en la calle con Talbot, a quien
conocía desde hacía mucho en París, y, como es natural, la conversación versó sobre mí.
Aclaróse entonces la cuestión de mi defecto visual, pues era bien conocido aunque yo no
estuviera enterado de ello. Para su gran pesar, mi excelente tatarabuela se dio cuenta de que
se había engañado al suponerme enterado de su identidad, y que, en cambio, había estado
poniéndome en ridículo al expresar públicamente mi amor por una anciana desconocida.
Dispuesta a castigarme por mi imprudencia, urdió un plan en connivencia con Talbot.
Decidieron que éste se marcharía, a fin de no verse obligado a presentarme. Mis
averiguaciones en la calle sobre «la hermosa viuda Madame Lalande», eran tomadas por
todos como referentes a la dama más joven; así, la conversación con los tres amigos a
quienes encontrara poco después de salir de casa de Talbot se explica fácilmente, lo mismo
que sus alusiones a Ninon de l’Enclos. Nunca tuve oportunidad de ver en pleno día a
Madame Lalande, y en el curso de su soirée musical, mi tonta resistencia a usar anteojos
me impidió descubrir su verdadera edad. Cuando se pidió a «Madame Lalande» que
cantara, todos se referían a la más joven, y fue ésta quien acudió al salón, pero mi
tatarabuela, dispuesta a confundirme cada vez más, se levantó igualmente y acompañó a la
joven hasta el piano. Si hubiese querido ir con ella, estaba pronta a decirme que las
conveniencias exigían que me quedara donde estaba; pero mi propia y prudente conducta
hizo innecesario esto último. Las canciones que tanto admiré, y que me confirmaron en la
idea de la juventud de mi amada, fueron cantadas por Madame Stéphanie Lalande. En
cuanto a los anteojos, me fueron entregados como complemento del engaño, como un
aguijón en el epigrama de la burla. El obsequio dio además oportunidad para aquel sermón
sobre mi presuntuosidad, que escuché tan religiosamente. Es casi superfluo añadir que los
lentes del instrumento habían sido expresamente cambiados por otros que se adaptaban a
mi miopía. Y por cierto que me iban estupendamente.
El sacerdote que nos había unido en matrimonio era un amigo de diversiones de Talbot
y no tenía nada de sacerdotal. Su especialidad eran los caballos y, después de permutar la
sotana por un levitón, se encargó de guiar el carruaje que llevaba a «la feliz pareja» en su
viaje de bodas. Talbot se había instalado junto a él. Los dos miserables estaban metidos
hasta el fondo en aquella burla y, por una rendija de la ventana del saloncito de la posada,
divirtiéronse la mar presenciando el dénouement del drama. Me temo que tendré que
desafiarlos a ambos.
De todas maneras, no soy el marido de mi tatarabuela, cosa que me produce un
inmenso alivio con sólo pensarlo; pero, en cambio, soy el marido de Madame Lalande… de
Madame Stéphanie Lalande, con la cual mi excelente y anciana parienta se ha tomado el
trabajo de unirme para siempre, aparte de declararme su heredero universal cuando muera
(si es que muere alguna vez). En resumen: jamás volveré a tener nada que ver con billets
doux, y dondequiera que se me encuentre, andaré con ANTEOJOS.
El diablo en el campanario
¿Qué hora es?
(Antiguo adagio)
Todo el mundo sabe, de una manera general, que el lugar más hermoso del mundo es
—o era, ¡ay!— la villa holandesa de Vondervotteimittiss. Sin embargo, como queda a
alguna distancia de cualquiera de los caminos principales, en una situación en cierto modo
extraordinaria, quizá muy pocos de mis lectores la hayan visitado. Para estos últimos
convendrá que sea algo prolijo al respecto. Y ello es en verdad tanto más necesario cuanto
que si me propongo hacer aquí una historia de los calamitosos sucesos que han ocurrido
recientemente dentro de sus límites, lo hago con la esperanza de atraer la simpatía pública
en favor de sus habitantes. Ninguno de quienes me conocen dudará de que el deber que me
impongo será cumplido en la medida de mis posibilidades, con toda esa rígida
imparcialidad, ese cauto examen de los hechos y esa diligente cita de autoridades que deben
distinguir siempre a quien aspira al título de historiador.
Gracias a la ayuda conjunta de medallas, manuscritos e inscripciones estoy capacitado
para decir, positivamente, que la villa de Vondervotteimittiss ha existido, desde su origen,
en la misma exacta condición que aún hoy conserva. De la fecha de su origen, sin embargo,
me temo que sólo hablaré con esa especie de indefinida precisión que los matemáticos se
ven a veces obligados a tolerar en ciertas fórmulas algebraicas. La fecha, puedo decirlo,
teniendo en cuenta su remota antigüedad, no ha de ser menor que cualquier cantidad
determinable.
Con respecto a la etimología del nombre Vondervotteimittiss, me confieso, con pena,
en la misma falta. Entre multitud de opiniones sobre este delicado punto —algunas agudas,
algunas eruditas, algunas todo lo contrario— soy incapaz de elegir ninguna que pueda
considerarse satisfactoria. Quizá la idea de Grogswigg —que casi coincide con la de
Kroutaplenttey— deba ser prudentemente preferida. Es la siguiente: Vondervotteimittiss —
Vonder, lege Donder— Votteimittiss, quasi und Bleitziz —Bleitziz obsol: pro Blitzen. Esta
etimología, a decir verdad, se halla confirmada por algunas huellas de fluido eléctrico
manifiestas en lo alto del campanario del edificio de la Municipalidad. No deseo, sin
embargo, pronunciarme en tema de semejante importancia, y debo remitir al lector deseoso
de información a las Oratiunculae de Rebus Praeter-Veteris, de Dundergutz. Véase
también, Blunderbuzzard, De Derivationibus, págs. 27 a 5.010, in folio, edición gótica,
caracteres rojos y blancos, con reclamos y sin iniciales, donde pueden consultarse también
las notas marginales autógrafas de Stuffundpuff y los comentarios de Gruntundguzzell.
No obstante la oscuridad que envuelve la fecha de la fundación de Vondervotteimittiss
y la etimología de su nombre, no cabe duda, como dije antes, de que siempre existió como
lo vemos actualmente. El hombre más viejo de la villa no recuerda la menor diferencia en
el aspecto de cualquier parte de la misma, y, a decir verdad, la sola insinuación de
semejante posibilidad es considerada un insulto. La aldea está situada en un valle
perfectamente circular, de un cuarto de milla de circunferencia, aproximadamente, rodeado
por encantadoras colinas cuyas cimas sus habitantes nunca osaron pasar. Lo justifican con
la excelente razón de que no creen que haya absolutamente nada del otro lado.
En torno a la orilla del valle (que es muy uniforme y pavimentado de baldosas chatas)
se extiende una hilera continua de sesenta casitas. De espaldas a las colinas, miran, claro
está, al centro de la llanura que queda justo a sesenta yardas de la puerta de cada una. Cada
casa tiene un jardinillo delante, con un sendero circular, un cuadrante solar y veinticuatro
repollos. Los edificios mismos son tan exactamente parecidos que es imposible distinguir
uno de otro. A causa de su gran antigüedad el estilo arquitectónico es algo extraño, pero no
por ello menos notablemente pintoresco. Están construidos con pequeños ladrillos
endurecidos a fuego, rojos, con los extremos negros, de manera que las paredes semejan un
tablero de ajedrez de gran tamaño. Los gabletes miran al frente y hay cornisas, tan grandes
como todo el resto de la casa, sobre los aleros y las puertas principales. Las ventanas son
estrechas y profundas, con vidrios muy pequeños y grandes marcos. Los tejados están
cubiertos de abundantes tejas de grandes bordes acanalados. El maderaje es todo de color
oscuro, muy tallado, pero pobre en la variedad del diseño, pues desde tiempo inmemorial
los tallistas de Vondervotteimittiss sólo han sabido tallar dos objetos: el reloj y el repollo.
Pero lo hacen admirablemente bien y los prodigan con singular ingenio allí donde
encuentran espacio para la gubia.
Las casas son tan semejantes por dentro como por fuera, y el moblaje responde a un
solo modelo. Los pisos son de baldosas cuadradas, las sillas y mesas de madera negra con
patas finas y retorcidas, adelgazadas en la punta. Las chimeneas son anchas y altas, y tienen
no sólo relojes y repollos esculpidos en el frente, sino un verdadero reloj que hace un
prodigioso tic-tac, en el centro de la repisa, y en cada extremo un florero con un repollo que
sobresale a manera de batidor. Entre cada repollo y el reloj hay un hombrecillo de
porcelana con una gran barriga, y en ella un agujero a través del cual se ve el cuadrante de
un reloj.
Los hogares son amplios y profundos, con morillos de aspecto retorcido y agresivo.
Allí arde constantemente el fuego sobre el cual pende un enorme pote lleno de repollo agrio
y carne de cerdo, que una buena mujer de la casa vigila continuamente. Es una anciana
pequeña y gruesa, de ojos azules y cara roja, y usa un gran bonete como un terrón de
azúcar, adornado de cintas purpúreas y amarillas. El vestido es de una basta mezcla de lana
y algodón de color naranja, muy amplio por detrás y muy corto de talle, a decir verdad muy
corto en otras partes, pues no baja de la mitad de la pierna. Las piernas son un poco
gruesas, lo mismo que los tobillos, pero lleva un bonito par de calcetines verdes que se las
cubren. Los zapatos, de cuero rosado, se atan con un lazo de cinta amarilla que se abre en
forma de repollo. En la mano izquierda lleva un pequeño reloj holandés; en la derecha
empuña un cucharón para el repollo agrio y el cerdo. Tiene a su lado un gordo gato
mosqueado, con un reloj de juguete atado a la cola que «los muchachos» le han puesto por
bromear.
En cuanto a los muchachos, están los tres en el jardín cuidando el cerdo. Tienen cada
uno dos pies de altura. Usan sombrero de tres puntas, chaleco color púrpura que les llega
hasta los muslos, calzones de piel de ante, calcetines rojos de lana, pesados zapatos con
hebilla de plata y largos levitones con grandes botones de nácar. Cada uno de ellos tiene,
además, una pipa en la boca y en la mano derecha un pequeño reloj protuberante. Una
bocanada de humo y un vistazo, un vistazo y una bocanada de humo. El cerdo, que es
corpulento y perezoso, se ocupa ya de recoger las hojas que caen de los repollos, ya de dar
una coz al reloj dorado que los pillos le han atado también a la cola para ponerle tan
elegante como al gato.
Justo delante de la puerta de entrada, en un sillón de alto respaldo y asiento de cuero,
con patas retorcidas de puntas finas como las mesas, está sentado el viejo dueño de la casa
en persona. Es un anciano pequeño e hinchado, de grandes ojos redondos y doble papada
enorme. Sus ropas se parecen a las de los muchachos, y no necesito decir nada más al
respecto. Toda la diferencia reside en que su pipa es un poco más grande que la de aquéllos
y puede aspirar una bocanada mayor. Como ellos, usa reloj, pero lo lleva en el bolsillo. A
decir verdad, tiene que cuidar algo más importante que un reloj, y he de explicar ahora de
qué se trata. Se sienta con la pierna derecha sobre la rodilla izquierda, muestra un grave
continente y mantiene, por lo menos, uno de sus ojos resueltamente clavado en cierto objeto
notable que se halla en el centro de la llanura.
Este objeto está situado en el campanario del edificio de la Municipalidad. Los
miembros del Consejo Municipal son todos muy pequeños, redondos, grasos, inteligentes,
con grandes ojos como platos y gordo doble mentón, y usan levitones mucho más largos y
las hebillas de los zapatos mucho más grandes que los habitantes comunes de
Vondervotteimittiss. Desde que vivo en la villa han tenido varias sesiones especiales y han
adoptado estas tres importantes resoluciones:
«Que está mal cambiar la vieja y buena marcha de las cosas.»
«Que no hay nada tolerable fuera de Vondervotteimittiss», y
«Que seremos fieles a nuestros relojes y a nuestros repollos.»
Sobre la sala de sesiones del Consejo se encuentra la torre, y en la torre el campanario,
donde existe y ha existido, desde tiempos inmemoriales, el orgullo y maravilla del pueblo:
el gran reloj de la villa de Vondervotteimittiss. Y a este objeto se dirige la mirada de los
viejos señores sentados en los sillones con asiento de cuero.
El gran reloj tiene siete cuadrantes, uno a cada lado de la torre, de modo que se lo
puede ver fácilmente desde todos los ángulos. Sus cuadrantes son grandes y blancos, las
agujas pesadas y negras. Hay un campanero cuya única obligación es cuidarlo; pero esta
obligación es la más perfecta de las sinecuras, pues jamás se ha sabido hasta hoy que el
reloj de Vondervotteimittiss haya necesitado nada de él. Hasta hace poco tiempo, la simple
suposición de semejante cosa era considerada herética. Desde el más remoto período de la
antigüedad al cual hacen referencia los archivos, la gran campana ha dado regularmente la
hora. Y a decir verdad, lo mismo ocurría con todos los otros relojes grandes y chicos de la
villa. Nunca hubo otro lugar semejante para saber la hora exacta. Cuando el gran badajo
consideraba oportuno decir: «¡Las doce!», todos sus obedientes seguidores abrían la boca
simultáneamente y respondían como un verdadero eco. En una palabra: los buenos
burgueses eran aficionados a su repollo agrio, pero estaban orgullosos de sus relojes.
Todas las gentes que poseen sinecuras son más o menos respetadas, y como el
campanero de Vondervotteimittiss tiene la más perfecta de las sinecuras, es el más
perfectamente respetado de todos los hombres del mundo. Es el principal dignatario de la
villa, y los mismos cerdos lo miran con un sentimiento de reverencia. Los faldones de su
levita son mucho más largos; su pipa, las hebillas de sus zapatos, sus ojos y su barriga,
mucho más, grandes que los de cualquier otro señor del pueblo; y, en cuanto a su papada,
no sólo es doble, sino triple.
Acabo de pintar la feliz condición de Vondervotteimittiss. ¡Lástima que tan hermoso
cuadro tuviera que sufrir un cambio!
Era un viejo dicho de los más prudentes habitantes que «nada bueno puede venir del
otro lado de las colinas»; y en verdad parece que las palabras tuvieron algo de proféticas.
Faltaban anteayer cinco minutos para mediodía cuando apareció un objeto de aspecto muy
extraño en lo alto de la colina del este. Semejante suceso atrajo, por supuesto, la atención
universal, y cada pequeño señor sentado en un sillón con asiento de cuero volvió uno de sus
ojos con asombrada consternación hacia el fenómeno, mientras mantenía el otro en el reloj
de la torre.
En el momento en que faltaban sólo tres minutos para mediodía se advirtió que el
singular objeto en cuestión era un joven muy diminuto con aire de extranjero. Descendía las
colinas a gran velocidad, de modo que todos tuvieron pronto oportunidad de mirarlo bien.
Era en verdad el personaje más precioso y más pequeño que jamás se hubiera visto en
Vondervotteimittiss. Su rostro mostraba un oscuro color tabaco y tenía una larga nariz
ganchuda, ojos como guisantes, una gran boca y una excelente hilera de dientes que parecía
deseoso de mostrar sonriendo de oreja a oreja. Entre los bigotes y las patillas no quedaba
nada del resto de su cara por ver. Llevaba la cabeza descubierta y el pelo cuidadosamente
rizado con papillotes. Constituía su traje una levita de faldones puntiagudos, de uno de
cuyos bolsillos colgaba la larga punta de un pañuelo blanco, pantalones de casimir negro,
medias negras y escarpines de punta mocha con grandes lazos de cinta de satén negra. Bajo
un brazo llevaba un gran chapeau-de-bras y bajo el otro un violín casi cinco veces más
grande que él. En la mano izquierda tenía una tabaquera de oro de la cual, mientras bajaba
la colina haciendo cabriolas y toda clase de piruetas fantásticas, aspiraba incesantemente
tabaco con el aire más satisfecho del mundo. ¡Santo Dios! ¡Qué espectáculo para los
honestos burgueses de Vondervotteimittiss!
Hablando francamente el individuo tenía, a pesar de su sonrisa, un aire audaz y
siniestro, y mientras corcoveaba derecho hacia la villa, el viejo aspecto de sus escarpines
mochos despertó no pocas sospechas, y más de un burgués que lo miraba aquel día hubiera
dado algo por atisbar debajo del pañuelo de algodón blanco que colgaba tan
importunamente del bolsillo de su levita puntiaguda. Pero lo que provocaba justa
indignación era que el picaro galancete, mientras daba aquí un paso de fandango, allí una
vuelta, no parecía tener la más remota idea de eso que se llama guardar el compás.
Las buenas gentes del pueblo apenas habían tenido tiempo de abrir por completo los
ojos cuando, faltando medio minuto para mediodía, el bribón se plantó de un salto en medio
de ellos, hizo un chassez aquí, un balancez allá y luego, después de una pirouette y de un
pas-de-zephyr, subió como en un vuelo hasta el campanario del edificio de la
Municipalidad, donde el campanero, estupefacto, fumaba con expresión de dignidad y
espanto. Pero el pequeño personaje lo tomó de inmediato por la nariz, lo sacudió y lo
empujó, le encajó el gran chapeau-de-bras en la cabeza, se lo hundió hasta la boca y
entonces, enarbolando el violín, lo golpeó tanto y con tanta fuerza que entre el campanero
tan gordo y el violín tan hueco se hubiera jurado que había un regimiento de tambores
redoblando la retreta del diablo en lo alto del campanario de la torre de Vondervotteimittiss.
No se sabe qué acto desesperado de venganza hubiera provocado en los habitantes este
ataque sin conciencia, de no ser por el importante hecho de que entonces faltaba sólo medio
segundo para mediodía. La campana estaba a punto de sonar y era una cuestión de absoluta
y suprema necesidad que todos pudieran mirar bien sus relojes. Parecía evidente, sin
embargo, que justo en ese momento el individuo de la torre estaba haciendo con el reloj
algo que no le correspondía. Pero como empezaba a sonar, nadie tuvo tiempo de atender a
sus maniobras, pues estaban todos entregados a contar las campanadas.
—¡Una! —dijo el reloj.
—¡Uuna! —repitió como un eco cada viejo y pequeño señor en cada sillón con asiento
de cuero, en Vondervotteimittiss—. ¡Uuna! —dijo también su reloj—. ¡Una! —dijo
también el reloj de su mujer—. ¡Uuna! —los relojes de los muchachos y los pequeños y
dorados relojitos de juguete en las colas del gato y el cerdo.
—¡Dos! —continuó la gran campana.
—¡Tos! —repitieron todos los relojes.
—¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Seis! ¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve! ¡Diez! —dijo la campana.
—¡Dres! ¡Cuatro! ¡Cingo! ¡Seis! ¡Siete! ¡Ocho! ¡Nuefe! ¡Tiez! —respondieron los
otros.
—¡Once! —dijo la grande.
—¡Once! —asintieron las pequeñas.
—¡Doce! —dijo la campana.
—¡Toce! —replicaron todos, perfectamente satisfechos, y dejando caer la voz.
—¡Y las toce son! —dijeron todos los viejos y pequeños señores, guardando sus
relojes. Pero el gran reloj todavía no había terminado con ellos.
—¡Trece! —dijo.
—¡Der Teufel! —boquearon los viejos y pequeños hombrecitos empalideciendo,
dejando caer la pipa y bajando todos la pierna derecha de la rodilla izquierda.
—¡Der Teufel! —gimieron—. ¡Drece! ¡Drece! ¡Mein Gott, son las drece!
¿Para qué intentar la descripción de la terrible escena que siguió? Todo
Vondervotteimittiss se sumió de inmediato en un lamentable estado de confusión.
—¿Qué le pasa a mi fiendre? —gimieron todos los muchachos—. ¡Ya tebo esdar
hambriento a esda hora!
—¿Qué le pasa a mi rebollo? —chillaron todas las mujeres—. ¡Ya tebe esdar deshecho
a esta hora!
—¿Qué le pasa a mi biba? —juraron los viejos y pequeños señores—. ¡Druenos y
cendellas! —y la llenaron de nuevo con rabia y, reclinándose en los sillones, aspiraron con
tanta rapidez y tanta furia que el valle entero se llenó inmediatamente de un humo
impenetrable.
Entretanto los repollos se pusieron muy rojos y parecía como si el viejo Belcebú en
persona se hubiese apoderado de todo lo que tuviera forma de reloj. Los relojes tallados en
los muebles empezaron a bailar como embrujados, mientras los de las chimeneas apenas
podían contenerse en su furia y se obstinaban en tal forma en dar las trece y en agitar y
menear los péndulos, que eran realmente horribles de ver. Pero lo peor de todo es que ni los
gatos ni los cerdos podían soportar más la conducta de los relojitos atados a sus colas, y lo
demostraban disparando por todas partes, arañando y arremetiendo, gritando y chillando,
aullando y berreando, arrojándose a las caras de las gentes, metiéndose debajo de las faldas
y creando el más horrible estrépito y la más abominable confusión que una persona
razonable pueda concebir. Y el pequeño y desvergonzado bribón de la torre hacía
evidentemente todo lo posible para tornar más afligentes las cosas. De vez en cuando podía
vérselo a través del humo. Estaba sentado en el campanario sobre el campanero, que yacía
tirado de espaldas. El bellaco sujetaba con los dientes la cuerda de la campana y la sacudía
continuamente con la cabeza, provocando tal estrépito que me zumban los oídos de sólo
pensarlo. Sobre su regazo descansaba el gran violín, y lo rascaba sin ritmo ni compás con
las dos manos, haciendo una gran parodia, ¡el badulaque! de «Judy O’Flannagan and Paddy
O’Rafferty».
Estando las cosas en esa lastimosa situación abandoné el lugar con disgusto, y ahora
apelo a todos los amantes de la hora exacta y del buen repollo agrio. Marchemos en masa a
la villa y restauremos el antiguo orden de cosas reinante en Vondervotteimittiss,
expulsando de la torre al pequeño individuo.
El sistema del doctor Tarr y del profesor
Fether100
En el otoño de 18…, mientras viajaba por las provincias meridionales de Francia, mi
camino me condujo a pocas millas de cierta Maison de Santé, o manicomio privado, del
cual mucho había oído hablar a mis amigos médicos en París. Dado que jamás había
visitado un establecimiento de esa clase, me pareció que no debía perder tan excelente
oportunidad, y propuse a mi compañero de viaje (caballero con el cual me había
relacionado casualmente pocos días antes) que nos desviáramos de la ruta por una o dos
horas, a fin de visitar el hospicio. Mi amigo se opuso, arguyendo en primer término estar de
prisa, y luego un comprensible horror a la vista de un lunático. Me rogó, empero, que la
cortesía no impidiera la satisfacción de mi curiosidad, agregando que cabalgaría despacio a
fin de darme ocasión de alcanzarlo ese mismo día o, a más tardar, al siguiente.
Cuando nos despedíamos se me ocurrió que podía surgir alguna dificultad para mi
admisión en el establecimiento, y así se lo dije a mi amigo. Contestó que, a menos que yo
conociera personalmente al director, Monsieur Maillard, o le presentara alguna credencial
por escrito, sería difícil que me dejasen pasar, pues los reglamentos de dichos manicomios
privados eran mucho más rígidos que los de los hospitales públicos. Pero como él había
conocido años atrás a Maillard, tendría el placer de acompañarme hasta la puerta y
presentarme, aunque sus sentimientos con respecto a la locura no le permitirían penetrar en
la casa.
Le di las gracias y, luego de abandonar el camino real, tomamos un sendero cubierto de
pasto que, media hora más tarde, nos llevó a una densa floresta situada al pie de una
montaña. Cabalgamos casi dos millas por ese húmedo y lúgubre bosque, hasta divisar la
Maison de Santé. Era un fantástico castillo, muy deteriorado, que, a juzgar por su edad y el
descuido en que se hallaba, debía ser apenas habitable. Su apariencia me llenó de espanto y,
conteniendo el caballo, estuve a punto de volverme. Pero pronto me avergoncé de mi
debilidad y seguimos adelante.
Cuando nos acercábamos a la gran puerta noté que estaba entornada y que alguien
espiaba por ella. Un instante después se asomó un hombre que se dirigió a mi compañero
llamándolo por su nombre y estrechándole cordialmente la mano, mientras lo instaba a que
desmontara. Se trataba de Monsieur Maillard en persona. Era un robusto y apuesto
caballero de la vieja escuela, de modales muy finos y un cierto aire de gravedad, dignidad y
autoridad que impresionaban sobremanera.
Luego de presentarme, mi amigo informó a Monsieur Maillard de mi deseo de visitar el
establecimiento, y, al recibir de éste la seguridad de que yo sería bien atendido, se despidió
y no tardó en perderse de vista.
El director me condujo entonces a una pequeña sala de recibo muy bien instalada, que
entre otras señales de un gusto refinado contenía diversos libros, dibujos, vasos con flores e
instrumentos de música. Ardía en el hogar un alegre fuego. Sentada al piano y cantando un
aria de Bellini había una joven y hermosísima mujer que, al verme entrar, hizo una pausa en
100 De tar, alquitrán, y feather, pluma. To tar and feather significa untar a alguien con alquitrán y cubrirlo luego
de plumas. (N. del T.)
su canción y me recibió con graciosa cortesía. Hablaba en voz baja y todas sus actitudes
eran apagadas. Me pareció advertir asimismo huellas de dolor en su rostro, de una palidez
excesiva aunque no desagradable para mi gusto. Vestía de luto riguroso y provocó en mí un
sentimiento donde se mezclaban el respeto, el interés y la admiración.
Había oído decir en París que la institución de Monsieur Maillard se regía por lo que se
denominaba vulgarmente el «sistema de la dulzura»; que los castigos estaban abolidos, que
se prescindía en casi todos los casos del confinamiento, y que los pacientes, aunque
secretamente vigilados, gozaban de gran libertad aparente, permitiéndoseles que pasearan
por la casa y los jardines con todos los derechos de las personas en su sano juicio.
Teniendo en cuenta estos informes, me cuidé de lo que decía en presencia de la joven,
pues no estaba seguro de que fuese cuerda; había en sus ojos cierto brillo inquieto que me
llevaba a sospechar que no lo era. Limité, pues, mis observaciones a tópicos generales,
escogiendo aquellos menos indicados para desagradar o excitar a una loca. Contestó de la
manera más sensata a todo lo que le dije, y hasta sus observaciones personales mostraban la
señal del sentido común más evidente. Empero, una larga familiaridad con los fundamentos
de la locura me habían enseñado a no fiarme de ninguna apariencia de cordura, y a lo largo
de toda la conversación seguí obrando con las mismas precauciones iniciales.
Poco después presentóse un apuesto doméstico de librea, trayendo una bandeja con
frutas, vino y otros refrescos, que compartí con el director y la dama, quien al poco rato
abandonó el salón. Tan pronto hubo salido miré a mi huésped con aire de interrogación.
—No, no —repuso—. Forma parte de mi familia. Es mi sobrina, y por cierto que una
mujer muy notable.
—Le pido mil disculpas por mi sospecha —dije—, pero sé muy bien que sabrá usted
excusarme. La excelente administración de esta casa es bien conocida en París, y pensé
que, después de todo, bien podía suceder que…
—Sí, claro está. No diga usted más. Soy yo quien debo darle las gracias por la loable
prudencia que ha demostrado. Pocas veces se advierte tanta previsión en los jóvenes, y más
de una vez han sucedido tristes contratiempos por culpa del aturdimiento de nuestros
visitantes. Cuando mi antiguo sistema se hallaba en vigencia y se permitía a mis pacientes
que pasearan a gusto por todos lados, con frecuencia caían en crisis frenéticas a causa de
los imprudentes que visitaban este lugar. Por eso me vi obligado a establecer un sistema
rígido de exclusión, y no permito la entrada de nadie en cuya discreción no pueda confiar.
—¡Cuando su antiguo sistema estaba en vigencia! —exclamé, repitiendo sus
palabras—. ¿Debo entender, pues, que el «sistema de la dulzura», de que tanto he oído
hablar, no se aplica más?
—Hace ya varias semanas —me contestó— que hemos renunciado a él por completo.
—¿Realmente? ¡Me asombra usted!
—Mi querido señor —dijo suspirando—, nos convencimos de la absoluta necesidad de
volver a los antiguos métodos. El peligro del sistema de la dulzura era realmente espantoso,
mientras que sus ventajas han sido muy exageradas por la opinión. Entiendo que en esta
casa el experimento se ha cumplido de la manera más leal. Hicimos todo lo que era humana
y racionalmente posible. Lamento que no nos haya visitado usted en otro tiempo, pues
entonces podría juzgar por sí mismo. Supongo, sin embargo, que se halla al tanto del
sistema de la dulzura… con todos sus detalles.
—No, ciertamente. Sólo he oído noticias de tercera o cuarta mano.
—Puedo decirle entonces que, en términos generales, el sistema consiste en que el
paciente es ménagé, en que se toleran sus caprichos. Jamás nos oponíamos a las fantasías
que asaltaban la mente de los locos. Por el contrario, no sólo las permitíamos, sino que las
estimulábamos, y muchas de nuestras curas definitivas se lograron en esa forma. Ningún
argumento impresiona tanto la débil razón del insano como la reductio ad absurdum. Por
ejemplo, había aquí enfermos que se creían pollos. En estos casos el tratamiento consistía
en aceptar la cosa como un hecho, en acusar al enfermo de estupidez por no admitir
suficientemente que se trataba de un hecho, y, en consecuencia, privarlo durante una
semana de todo alimento que no consistiera en la comida propia de los pollos. En esta
forma, bastaban unos puñados de grano y de cascajo para hacer maravillas.
—Pero, ¿se reducía el sistema a esta especie de aceptación?
—En modo alguno. Teníamos mucha fe en las diversiones sencillas, tales como la
música, la danza, los ejercicios gimnásticos, juegos de cartas, cierto tipo de libros y cosas
parecidas. Pretendíamos tratar a cada enfermo como si sólo sufriera de un trastorno físico
ordinario, y la palabra «locura» no se empleaba jamás. Un detalle de gran importancia
consistía en que cada loco tenía la misión de vigilar las acciones de todos los demás.
Depositar confianza en la comprensión o la discreción de un insano equivale a ganárselo en
cuerpo y alma. De esta manera evitábamos el gasto de un nutrido cuerpo de guardianes.
—¿Y no aplicaba usted castigos de ninguna especie?
—Ninguno.
—¿Jamás encerraba a sus pacientes?
—Muy rara vez. Una que otra, si la enfermedad de alguno de ellos degeneraba en una
crisis o en un acceso de locura furiosa, lo encerrábamos en una celda secreta para que su
estado no se transmitiera a los demás, y lo manteníamos allí hasta entregarlo a sus amigos,
pues nada teníamos que ver con los locos furiosos. Por lo general los trasladaban a un
hospicio público.
—¿Y ahora ha cambiado usted todo eso… y cree haber obrado bien?
—Ciertamente. El sistema tenía sus ventajas, y aun sus peligros. Afortunadamente ha
fracasado en todas las maisons de santé de Francia.
—Me sorprende usted mucho —observé—, pues daba por descontado que actualmente
no había en este país ningún otro tratamiento para la locura.
—Es usted joven, amigo mío —replicó mi huésped—, pero llegará un día en que
aprenderá a juzgar por sí mismo lo que ocurre en el mundo, sin confiar en las charlas
ajenas. No crea nada de lo que oye, y sólo la mitad de lo que ve. No cabe duda de que, con
respecto a nuestras maisons de santé, algún ignorante lo ha engañado. Después de cenar,
cuando se haya recobrado de la fatiga de su viaje, tendré el placer de llevarlo a recorrer la
casa y hacerle conocer un sistema que, en mi opinión y en la de todos aquellos que han
presenciado su aplicación, es incomparablemente más efectivo que los utilizados hasta
ahora.
—¿Es suyo el sistema? —pregunté.
—Me enorgullezco de afirmar que lo es… por lo menos en cierta medida.
Seguí conversando con Monsieur Maillard durante una o dos horas, durante las cuales
me mostró los jardines y los invernáculos del establecimiento.
—En este momento no puedo permitirle que vea a mis pacientes —dijo—. Para los
espíritus sensibles significa siempre un choque más o menos violento, y no quisiera
privarlo de su apetito. Ahora iremos a cenar. Puedo ofrecerle ternera à la St. Menehoult,
con coliflor en salsa veloutée. Y luego de una copa de Clos-Vougeot, sus nervios estarán
suficientemente preparados.
A las seis se anunció la cena y mi huésped me condujo a un gran comedor, donde se
hallaba reunida una numerosa asistencia, veinticinco o treinta personas en total. Todas ellas
parecían de alto rango e indudablemente de gran cultura aunque no pude menos de pensar
que sus vestimentas eran extravagantemente suntuosas, al punto de recordar los ostentosos
despliegues de las cortes de antaño. Reparé en que dos tercios de los huéspedes eran
señoras y que algunas no estaban vestidas como una parisiense hubiera juzgado de buen
gusto en la actualidad. Muchas de ellas, por ejemplo, cuya edad no debía bajar de los
setenta, se cubrían con profusión de joyas tales como anillos, brazaletes y aros, dejando el
seno y los brazos desvergonzadamente descubiertos. Noté que muy pocos vestidos estaban
bien cortados o, por lo menos, que muy pocos sentaban bien a sus portadoras. Mirando en
torno descubrí a la interesante joven que Monsieur Maillard me había presentado en el
pequeño recibimiento; pero grande fue mi sorpresa al ver que se había puesto un vestido
con miriñaque, zapatos de tacón alto y un sucio gorro de encaje de Bruselas, tan grande que
su rostro parecía ridículamente pequeño. La primera vez que la había visto llevaba luto
riguroso, de la manera más recatada. En resumen, toda aquella asamblea vestía de una
manera tan rara, que llegué a pensar por un instante en el «sistema de la dulzura», y me
pregunté si Monsieur Maillard no querría engañarme hasta después de la cena, a fin de
evitarme toda sensación desagradable mientras comía, por el hecho de encontrarme entre
locos. Pero recordé haber oído en París que los provincianos del Sud eran gentes
excéntricas, llenas de nociones anticuadas, y me bastó conversar con varios de los
asistentes para que mis aprensiones se disiparan instantáneamente y por completo.
El comedor, aunque de buenas dimensiones y suficientemente cómodo, no parecía
tampoco muy elegante. El suelo, por ejemplo, no estaba alfombrado, aunque reconozco que
en Francia suele prescindirse de las alfombras. Faltaban cortinas en las ventanas; las
persianas, ya cerradas, aparecían aseguradas con barras de hierro colocadas diagonalmente,
a la manera de los cierres de las tiendas. Noté que aquella estancia constituía una de las alas
del château, por lo cual tenía ventanas en tres lados del paralelogramo, hallándose la puerta
en el cuarto. Había por lo menos diez ventanas.
La mesa estaba espléndidamente servida. La vajilla era abundantísima y aparecía
repleta de toda clase de exquisitos bocados. La profusión era absolutamente bárbara. Había
allí golosinas suficientes para satisfacer a los Anakim. Jamás en mi vida había presenciado
un derroche tan generoso, tan desorbitado de todas las buenas cosas de la vida. Muy poco
gusto imperaba, sin embargo, en su presentación, y mis ojos, habituados a las luces
discretas, se sintieron ofendidos por el prodigioso resplandor de multitud de bujías
colocadas sobre la mesa en candelabros de plata, así como en todos los lugares del aposento
donde era posible fijarlas. Varios domésticos se ocupaban de servir, y en una gran mesa
situada en la parte más lejana del comedor habíanse instalado siete u ocho personas
provistas de violines, pífanos, trombones y un tambor. Durante la comida, estos individuos
me fastidiaron muchísimo con una infinita variedad de ruidos que parecían considerar como
música y que, por lo visto, entretenían muchísimo a los presentes.
En conjunto, pues, no pude dejar de pensar que había mucho de raro en cada cosa que
allí se me ofrecía… Pero el mundo está formado por toda clase de gentes con toda clase de
costumbres convencionales. Demasiado había viajado para no ser un perfecto adepto del nil
admirari; por lo cual me senté con toda compostura a la diestra de mi huésped y, como
estaba dotado de un sólido apetito, hice los honores a las excelentes viandas que me
presentaron.
La conversación, entretanto, era muy animada. Como de costumbre, las damas
hablaban mucho. Pronto noté que casi todos los presentes eran personas muy bien
educadas, y en cuanto a mi huésped, resultaba una fuente inagotable de anécdotas
divertidas. Se mostraba muy inclinado a hablar de sus funciones de director de la maison de
santé y, para mi gran sorpresa, advertí que el tema de la locura era el favorito de todos los
presentes. Se contaban historias muy graciosas sobre los caprichos de los pacientes.
—Una vez tuvimos aquí a un individuo —dijo un hombrecillo sentado a mi derecha—
que se creía una tetera. Dicho sea de paso, ¿no es singular que esta manía se repita con tanta
frecuencia entre los locos? Apenas hay un manicomio en Francia que no pueda
proporcionar una tetera humana. La nuestra era una tetera de fabricación británica y
cuidaba de pulirse a sí misma todas las mañanas con tiza y una piel de ante.
—Además —dijo un hombre de alta estatura, sentado frente a mí— no hace mucho
tuvimos a un enfermo a quien se le había metido en la cabeza que era un asno, lo cual,
hablando figurativamente, no dejaba de ser muy cierto. Era un paciente de lo más molesto y
nos daba mucho trabajo mantenerlo dentro de ciertos límites. Largo tiempo se negó a comer
nada que no fueran cardos, pero lo disuadimos de su idea al no dejarlo que comiera otra
cosa. Se pasaba el tiempo soltando coces, así, vean ustedes… así… así…
—¡Señor de Kock, le ruego que se comporte debidamente! —lo interrumpió una
anciana señora ubicada al lado del orador—. ¡Guárdese usted sus coces! ¡Ha estropeado mi
vestido de brocado! ¿Acaso es necesario ilustrar de manera tan práctica una observación?
Nuestro amigo aquí presente comprenderá lo mismo. Palabra, casi es usted tan asno como
aquel pobre infeliz creía serlo. Sus coces eran de lo más naturales, puede creerme.
—Mille pardons, mam’zelle! —repuso Monsieur de Kock—. ¡Mil perdones! No tenía
la menor intención ofensiva.
Mam’zelle Laplace, Monsieur de Kock tendrá el honor de beber vino con usted.
Y aquí Monsieur de Kock inclinóse, besó ceremoniosamente su propia mano y bebió en
unión de Mam’zelle Laplace.
—Permítame usted, amigo mío —dijo Monsieur Maillard dirigiéndose a mí— ofrecerle
un trozo de esta ternera à la St. Menehoult. Estoy seguro de que la encontrará
especialmente sabrosa.
En este momento tres robustos camareros acababan de depositar con gran trabajo en la
mesa un enorme plato, o mejor plato trinchero, conteniendo lo que supuse era el monstrum,
horrendum, informe, ingens, cui lumen ademptum. Pero un escrutinio más cuidadoso me
aseguró que se trataba tan sólo de un ternerillo asado entero, apoyado en las rodillas y
sosteniendo una manzana en la boca, como se acostumbra en Inglaterra para servir una
liebre.
—Muchas gracias —repuse—. Para decir verdad, no me gusta mucho la ternera à la…
¿cómo era?, pues siento que no me cae bien. Prefiero cambiar de plato y probar un bocado
de conejo.
Había sobre la mesa algunas fuentes conteniendo lo que parecía ser conejo ordinario,
plato muy exquisito y digno de ser recomendado.
—¡Pierre! —gritó el huésped—. Cambie el plato del señor y sírvale un trozo de conejo
au-chat.
—¿Al qué? —dije yo.
—Au-chat.
—Pues bien, muchas gracias, pero… pensándolo mejor, prefiero servirme un poco de
jamón.
«Verdaderamente uno no sabe nunca lo que come en las mesas de estos provincianos
—me dije—. No quiero saber nada de su conejo al gato, ni tampoco de su gato al conejo, si
es que lo sirven…»
—Y luego —dijo un personaje de aire cadavérico situado hacia el final de la mesa,
recogiendo el hilo interrumpido de la conversación—, entre otras extravagancias tuvimos
cierta vez a un paciente que sostenía con gran obstinación ser un queso de Córdoba, y
andaba cuchillo en mano pidiendo a sus amigos que probaran una rebanada de su muslo.
—Era un perfecto loco, sin duda —dijo otro—, pero no se lo puede comparar con
cierto individuo a quien todos conocemos, excepción hecha de ese extraño caballero. Aludo
al hombre que se creía una botella de champaña y andaba siempre descorchándose con un
ruido y un burbujeo… como esto.
Y el orador, muy groseramente según pensé, apoyó el pulgar derecho en la mejilla
izquierda, retirándolo con un sonido semejante al de una botella que se descorcha, tras lo
cual y mediante un hábil juego de la lengua entre los dientes, produjo un agudo silbido que
duró largo tiempo y que imitaba el de la espuma del champaña. Noté claramente que esta
conducta no era del agrado de Monsieur Maillard, pero no dijo nada y la conversación
continuó a cargo de un hombrecito muy delgado que usaba una enorme peluca.
—Teníamos también a un ignorante —dijo— que se tomaba por una rana, a la cual por
cierto no dejaba de parecerse bastante. Me hubiera gustado que le viese usted, señor —
agregó, dirigiéndose a mí—, pues le habría encantado la naturalidad con que actuaba. Si
aquel hombre no era una rana, sólo puedo agregar que lo lamento mucho. Su croar, en esta
forma… O-o-o-ogh… O-o-o-o-ogh… era la nota más bella del mundo… ¡un si bemol! Y
cuando ponía los codos en la mesa así… después de haber bebido un vaso o dos de vino… y
abría la boca, así… y revolvía los ojos en esta forma… y los guiñaba con extraordinaria
rapidez… pues bien, señor mío, puedo asegurarle que hubiera caído en el colmo de la
admiración frente al genio de aquel hombre.
—No tengo la menor duda —dije.
—Y también teníamos a Petit Gaillard —dijo otro—, que se creía un polvo de rapé, y
estaba afligidísimo porque no podía tomarse a sí mismo entre el pulgar y el índice.
—Y también a Jules Desoulières, que había sido un genio muy notable y, al
enloquecer, creyó que era una calabaza. Perseguía de continuo al cocinero, pidiéndole que
lo utilizara para hacer un pastel, a lo cual el cocinero se negaba indignado. Por mi parte no
dejo de pensar que un pastel de calabaza à la Desouliè hubiera sido excelente.
—¡Me asombra usted! —exclamé, mirando con aire interrogativo a Monsieur Maillard.
—¡Ja, ja, ja! —rió este caballero—. ¡Ja, ja, ja; je, je, je; ji, ji, ji! ¡Excelente! No tiene
por qué asombrarse, amigo mío. Nuestro compañero es todo un ingenio… un drôle… No
hay que tomarlo al pie de la letra.
—También —dijo otro de los comensales— estaba Bouffon-Le Grand, un tipo
extraordinario a su modo. El amor lo trastornó, y se creía dueño de dos cabezas. Sostenía
que una de ellas era la de Cicerón, mientras la otra estaba compuesta; vale decir que era la
de Demóstenes desde la frente a la boca, y la de Lord Brougham, de la boca al mentón. No
es imposible que estuviera equivocado, pero lo hubiese convencido a usted de lo contrario,
pues era hombre de grandísima elocuencia. Tenía verdadera pasión por la oratoria y no
podía dejar de manifestarla. Por ejemplo, solía saltar sobre la mesa, en esta forma, y…
En este momento, alguien que se hallaba al lado del que hablaba le puso la mano en el
hombro y le susurró unas palabras al oído; inmediatamente el otro guardó silencio y se dejó
caer en su asiento.
—Y no olvidemos —dijo el que lo había interrumpido— a Boullard, la perinola. Le
llamo la perinola porque le había entrado la manía muy singular, aunque no por completo
irrazonable, de que se había convertido en perinola. Se hubiera usted muerto de risa
viéndolo dar vueltas. Era capaz de pasarse horas girando sobre un talón, así… y…
Pero entonces, el amigo a quien el orador había interrumpido poco antes hizo lo mismo
con él.
—¡Pues bien —gritó una anciana señora con todas sus fuerzas—, su Monsieur Boullard
era un loco, y un loco muy tonto, por lo que veo! Permítame preguntarle: ¿quién ha oído
hablar jamás de una perinola humana? ¡Qué absurdo! Madame Joyeuse era mucho más
sensata, como todos saben. Tenía una manía, pero llena de buen sentido y que
proporcionaba gran placer a todos los que se honraban en conocerla. Después de maduras
reflexiones llegó a la conclusión de que a causa de algún accidente se había convertido en
gallo. Pero en su calidad de tal se conducía muy correctamente. Batía las alas de una
manera prodigiosa, así… así… así… y así… y en cuanto a su cacareo, era delicioso. ¡Co,
corocó! ¡Co… corocó! ¡Co… corocóooo!
—¡Madame Joyeuse, le ruego que se reporte! —le interrumpió muy encolerizado
nuestro anfitrión—. ¡O se conduce usted como una dama… o abandona inmediatamente la
mesa! ¡Elija!
La dama (a la cual había oído con gran estupefacción llamar Madame Joyeuse, luego
de la descripción que acababa de hacernos de alguien de ese mismo nombre), sonrojóse
hasta la raíz de los cabellos y pareció sumamente humillada por el reproche. Bajó la cabeza,
sin responder una sola palabra. Mas en ese momento otra señora, mucho más joven,
reanudó la conversación. Era mi hermosa jovencita del recibimiento.
—¡Oh, Madame Joyeuse era una loca! —exclamó—. En cambio en la conducta de
Eugènie Salsafette había mucho de buen sentido. Era una joven muy modesta y hermosa,
que se había convencido de que la manera ordinaria de vestirse era indecente, y trataba de
vestirse al revés, vale decir quedándose fuera de sus ropas y no dentro de ellas. Después de
todo es algo muy fácil de hacer. Basta con empezar así… y luego así… y así… así… y
entonces…
—Mon Dieu! ¡mam’zelle Salsafette! —gritaron al unísono una docena de voces—.
¿Qué hace usted? ¡Deténgase… es suficiente! ¡Hemos visto perfectamente cómo se hace…!
¡Basta, basta!
Y numerosos comensales abandonaban ya sus sillas para impedir que mam’zelle
Salsafette se pusiera a la par de la Venus de Médicis, cuando su intervención dejó de ser
necesaria a causa de unos terribles gritos y alaridos que procedían de alguna parte del
cuerpo central del château.
Mis nervios sufrieron un tardo choque al escuchar aquellos clamores, pero no pude
dejar de sentir lástima por el resto de la asamblea. Jamás he visto a un grupo de personas
razonables bajo un espanto semejante. Se pusieron pálidos como otros tantos cadáveres y,
mientras se desplomaban en sus asientos, temblaban y se estremecían de terror, esperando
la repetición de los gritos. Volvieron a oírse éstos con mayor fuerza y al parecer más cerca,
se repitieron por tercera vez con gran intensidad y luego más apagados. Ante esta aparente
cesación de los clamores, los comensales recobraron inmediatamente los ánimos y todo
volvió a ser alegría y conversación como antes. Me atreví entonces a preguntar la causa de
aquella interrupción
—Una simple bagatelle —dijo Monsieur Maillard—. Estamos habituados a estas cosas
y en realidad nos preocupamos muy poco de ellas. De vez en cuando los locos se ponen a
gritar a coro, pues uno excita al otro, como suele ocurrir con los perros de noche. Pero al
coro de alaridos sucede en ocasiones una tentativa simultánea para emprender la fuga, y en
esos casos no deja de haber cierto peligro.
—¿Y cuántos tiene usted a su cargo en este momento?
—No más de diez.
—¿Mujeres en su mayoría, supongo?
—¡Oh, no! Todos ellos hombres, y puedo asegurarle que bien robustos.
—¿De veras? Había oído decir que la mayoría de los insanos pertenecían al sexo bello.
—Así es en general, pero no siempre. Hace algún tiempo había aquí unos veintisiete
pacientes, y entre ellos no menos de dieciocho mujeres; pero las cosas han cambiado
mucho, como puede ver.
—Sí… han cambiado mucho, como puede ver —interrumpió el caballero que había
dado de coces a Mam’zelle Laplace.
—¡Sí… han cambiado mucho, como puede ver! —coreó la asamblea.
—¡A sujetar la lengua todo el mundo! —gritó mi anfitrión lleno de cólera, tras lo cual
los presentes guardaron un silencio de muerte durante casi un minuto, mientras una de las
damas obedecía al pie de la letra a Monsieur Maillard, vale decir, sacaba la lengua, que
tenía notablemente larga, y la sujetaba resignadamente con ambas manos hasta el fin de la
fiesta.
—Pero esta dama —dije al director, inclinándome hacia él para que los demás no me
oyeran—, esa excelente señora que acaba de hablar y nos ha ofrecido el cocoricó… supongo
que es inofensiva, ¿verdad? Completamente inofensiva.
—¡Inofensiva! —exclamó él, en el colmo de la sorpresa—. ¿Qué… qué quiere usted
decir?
—¿O nada más que un poco tocada? —dije, acompañando mis palabras con el ademán
de tocarme la sien—. Doy por descontado que su enfermedad no es particularmente…
peligrosa, ¿verdad?
—Mon Dieu! ¿Qué esta usted imaginándose? Esta señora, mi antigua e íntima amiga,
Madame Joyeuse, es tan cuerda como yo. Tiene sus pequeñas excentricidades, claro está…
pero bien sabe usted que todas las mujeres… todas las mujeres muy ancianas las tienen en
mayor o menor grado.
—Por supuesto —convine—. Por supuesto… pero entonces, el resto de las damas y
caballeros…
—Son mis amigos y colaboradores —interrumpió Monsieur Maillard, irguiéndose
altaneramente.— Mis excelentes amigos y ayudantes.
—¡Cómo! ¿Todos ellos? ¿Las damas también?
—Claro está; no podríamos arreglarnos sin ayuda de mujeres, que son las mejores
enfermeras del mundo para atender a los locos. Tienen una modalidad propia, sabe usted;
sus ojos brillantes producen efectos maravillosos… algo así como la fascinación de la
serpiente.
—Por supuesto —repetí—, por supuesto… De todos modos, actúan de manera un tanto
extraña, ¿no? Son ligeramente raras… ¿no le parece a usted?
—¡Extrañas! ¡Raras! ¿Por qué piensa así? Aquí, en el Sud, no somos nada mojigatos;
hacemos lo que más nos gusta, gozamos de la vida y de todo el resto… ¿Comprende usted?
—Por supuesto —dije—. Por supuesto.
—Y, además, puede ser que este Clos Vougeot se suba un tanto a la cabeza, ¿sabe
usted?… Un tanto fuerte… Usted comprende, ¿no?
—Por supuesto —dije—, por supuesto. Dicho sea de paso, señor, ¿no dijo usted, si he
oído bien, que el sistema que había adoptado en reemplazo del famoso sistema de la
dulzura es de una extremada severidad?
—De ninguna manera. La reclusión es obligadamente rigurosa; pero el tratamiento…
quiero decir el tratamiento médico, es más bien agradable a los pacientes.
—¿Y es usted el inventor del nuevo sistema?
—No en su totalidad. Parte del mismo procede del profesor Tarr, de quien habrá usted
oído hablar seguramente; y mi plan contiene, además, modificaciones que, me complazco
en decirlo, provienen del celebrado Fether, con quien, si no me equivoco, está usted
estrechamente vinculado.
—Me avergüenza muchísimo reconocer que no he oído jamás mencionar a dichos
caballeros —repliqué.
—¡Grandes dioses! —exclamó mi huésped, echando bruscamente atrás su silla y
alzando las manos—. ¡Sin duda he oído mal! ¿No pretenderá decirme que jamás ha oído
hablar del sabio doctor Tarr o del famoso profesor Fether?
—Me veo precisado a reconocer mi ignorancia —repuse—, pero la verdad está por
encima de todas las cosas. Mucho me humilla ignorar las obras de esos extraordinarios
estudiosos. Las buscaré lo antes posible, para leerlas con la máxima atención. Monsieur
Maillard, usted ha conseguido… se lo digo muy sinceramente… avergonzarme de mí
mismo.
Y era muy cierto.
—No diga usted más, mi joven amigo —replicó amablemente el director,
estrechándome la mano—, y acompáñeme con una copa de Sauternes.
Bebimos. La asamblea imitó sin vacilar nuestro ejemplo. Todos charlaban, bromeaban,
reían, hacían las cosas más absurdas, mientras los violines chirriaban, el tambor tronaba, los
trombones mugían como otros tantos toros de bronce de Falaris… y aquella escena,
empeorando de minuto en minuto, a medida que los vinos hacían su efecto, se convertía
finalmente en una especie de pandemonio in petto. A todo esto, con algunas botellas de
Sauternes y Vougeot entre los dos, Monsieur Maillard y yo continuábamos nuestro diálogo
a gritos. Cualquier palabra pronunciada con tono natural se hubiera oído mucho menos que
la voz de un pez en las cataratas del Niágara.
—¿No mencionó usted antes de la cena —le grité al oído— que el antiguo sistema de la
dulzura encerraba ciertos peligros? ¿Puede explicarme cuáles?
—Sí —repuso él—, en algunas ocasiones era sumamente peligroso. Los caprichos de
los locos son inexplicables, y en mi opinión, así como en la del doctor Tarr y el profesor
Fether, nunca se está seguro si se los deja andar solos y sin vigilancia. Un insano puede ser
«calmado» por un tiempo, pero terminará siempre provocando algún alboroto. Su astucia,
además, es tan proverbial como grande. Si proyecta alguna cosa, la ocultará con
maravillosa sagacidad, y la destreza con que finge la cordura presenta para el filósofo uno
de los problemas más singulares del estudio de la mente. Créame usted: cuando un loco
parece completamente sano, ha llegado el momento de ponerle la camisa de fuerza.
—Pero el peligro del cual hablaba usted, mi querido señor… En el curso de su propia
experiencia… mientras dirigía esta casa… ¿ha tenido razones para creer que la libertad era
peligrosa en un caso de locura?
—¿Aquí? ¿En el curso de mi propia experiencia? Pues bien… sí. Por ejemplo: no hace
mucho, sucedió en esta misma casa algo muy extraño. Como usted sabe regía el sistema de
dulzura y todos los enfermos andaban en libertad. Se conducían muy bien…; tan bien, que
cualquier persona sensata se hubiera dado cuenta de que se preparaba algún designio
diabólico, tanta era la compostura con que se portaban. Y así ocurrió, en efecto: una
mañana, los guardianes se despertaron atados de pies y manos y metidos en las celdas,
donde fueron atendidos como si fueran los locos… por los locos mismos, que habían
usurpado las funciones de guardianes.
—¡No me diga usted! ¡Jamás he oído cosa tan absurda!
—Le cuento la verdad. Todo sucedió por culpa de un imbécil… un loco que sostenía
haber inventado el mejor sistema de gobierno jamás imaginado… gobierno de locos, se
entiende. Supongo que quería experimentar su invención y persuadió al resto de los
enfermos a que se le unieran en una conspiración destinada a derrocar los poderes
reinantes.
—¿Y lo consiguió?
—Naturalmente. Los guardianes y los guardados cambiaron muy pronto de puesto, con
la importante diferencia de que los locos habían estado sueltos con anterioridad, mientras
que los guardianes fueron encerrados en las celdas y tratados, lamento decirlo, de una
manera muy desdorosa.
—Pero supongo que no tardó en producirse una contrarrevolución. Imposible que
semejante estado de cosas se prolongara mucho. Las personas de la vecindad… los
visitantes que acudían al establecimiento… no hay duda de que debieron dar la alarma.
—Pues se equivoca usted. El jefe de los rebeldes era demasiado astuto para eso. No
admitió a ningún visitante, excepción hecha, cierto día, de un joven de aire tan estúpido que
no le inspiró el menor temor. Lo dejó entrar en el establecimiento… simplemente para
variar un poco… para divertirse con él. Tan pronto se hubo burlado lo suficiente, lo dejó
salir para que se volviera a sus negocios.
—¿Y cuánto tiempo duró el reinado de los locos?
—¡Oh, mucho tiempo! Por lo menos, un mes…, no podría decir exactamente cuánto.
Pero, entretanto, lo pasaron admirablemente, eso puedo jurárselo. Tiraron sus viejas ropas
ajadas y se apoderaron del guardarropa y las joyas de la familia. La bodega del
establecimiento estaba bien provista de vino, y esos diablos de locos son precisamente los
que mejor saben beberlo. Vivieron muy bien, se lo aseguro.
—Y el tratamiento… ¿En qué consistía ese tratamiento especial que puso en práctica el
jefe de los rebeldes?
—Pues bien; como ya le he hecho notar, un loco no es necesariamente un tonto, y en
mi honesta opinión, dicho tratamiento era muchísimo mejor que el anterior. Consistía en un
sistema verdaderamente extraordinario… muy sencillo… pulcro… nada complicado…
realmente delicioso… Era…
Las observaciones de mi huésped se vieron bruscamente interrumpidas por una nueva
serie de alaridos semejantes a los que tanto nos habían desconcertado previamente. Pero
esta vez parecían proceder de personas que se aproximaban rápidamente.
—¡Santo Dios! —grité—. ¡Los locos han debido escaparse…!
—Mucho me lo temo —replicó Monsieur Maillard poniéndose mortalmente pálido.
Apenas había terminado la frase cuando se oyeron gritos e imprecaciones bajo las
ventanas, y no tardó en verse que algunas gentes del exterior estaban tratando de abrirse
paso en el comedor. Golpeaban la puerta con algo que parecía ser un acotillo, mientras
sacudían las persianas con violencia prodigiosa.
Siguió una escena de espantosa confusión. Para mi indescriptible asombro, Monsieur
Maillard se metió debajo del aparador. Yo hubiera esperado una mayor resolución de su
parte. Los miembros de la orquesta que en el último cuarto de hora habían dado la
impresión de estar demasiado borrachos para cumplir con su obligación, se enderezaron
bruscamente aferrando sus instrumentos y, trepándose a la mesa, atacaron de común
acuerdo el Yankee Doodle, que ejecutaron, si no afinadamente, por lo menos con energías
sobrehumanas durante todo el transcurso del tumulto.
Entretanto, el caballero a quien con tanta dificultad habían impedido que saltara sobre
la mesa se apresuró a hacerlo y, tras de plantarse entre las botellas y vasos, comenzó una
arenga que no dudo hubiera sido de primer orden de haber podido escucharla. En el mismo
instante, el hombre cuyas predilecciones iban hacia las perinolas comenzó a girar por la
estancia con inmensa energía, abiertos los brazos en ángulo recto con el cuerpo, con lo cual
se parecía realmente a una peonza, y derribando a todo aquel que se le ponía en el camino.
Entonces, al escuchar un increíble ruido de botella descorchada y de vino espumante
saliendo de ella, terminé por descubrir que procedía de la persona que había imitado a una
botella de champaña en el curso de la cena. Por su parte, el hombre-rana croaba como si la
salvación de su alma dependiera de cada sonido que profería. Y en mitad de todo esto
alzábase el continuo rebuznar de un asno. En cuanto a mi buena amiga Madame Joyeuse,
me daba verdadera lástima contemplar el estado de perplejidad en que se encontraba. Todo
lo que hacía era quedarse en un rincón, al lado de la chimenea, repitiendo continuamente y
con todas sus fuerzas: «¡Cocoricó-o-o-o-o!»
Y entonces se produjo la crisis, la catástrofe del drama. Como, aparte de los hurras, los
alaridos y los cocoricós, quienes me rodeaban no ofrecían la menor resistencia a los de
fuera, las diez ventanas no tardaron en ser forzadas casi simultáneamente. Y jamás olvidaré
el asombro y el horror con que vi saltar por ellas y lanzarse entre nosotros, golpeando,
pateando, arañando y aullando, un ejército que creí de chimpancés, orangutanes o enormes
babuinos negros del cabo de Buena Esperanza.
Recibí una terrible paliza, tras de la cual rodé bajo un sofá y me quedé inmóvil. Luego
de un cuarto de hora, tiempo en el cual escuché con todos mis sentidos lo que seguía
ocurriendo en la habitación, llegué a una explicación satisfactoria del desenlace de aquella
tragedia. Por lo visto, al hablarme del loco que había incitado a sus compañeros a la
rebelión, Monsieur Maillard no había hecho otra cosa que relatarme sus propias hazañas.
Este caballero había sido el director del establecimiento dos o tres años atrás, pero acabó
por enloquecer a su turno y pasó a la categoría de paciente. El compañero de viaje que me
había presentado ignoraba semejante cosa. En cuanto a los guardianes, dominados por los
locos, habían sido primeramente untados de alquitrán, luego emplumados y finalmente
metidos en las celdas subterráneas. Llevaban allí un mes, en el curso del cual Monsieur
Maillard no solamente les había prodigado generosamente el alquitrán y las plumas (que
constituían su «sistema»), sino que los había tenido a pan y agua. Esta última en forma de
ducha diaria… Pero, al fin, tras de escapar por una cloaca, uno de los prisioneros logró
poner en libertad a los demás.
El «sistema de la dulzura» —con importantes modificaciones— se ha reanudado en el
château; sin embargo, no puedo dejar de reconocer con Monsieur Maillard que su propio
«tratamiento» era verdaderamente radical. Como muy bien lo había expresado, era «muy
sencillo… pulcro… nada complicado…».
Sólo me resta añadir que, aunque he revisado todas las bibliotecas de Europa en busca
de las obras del doctor Tarr y del profesor Fether, he fracasado hasta ahora en mi empeño
por procurarme un ejemplar de las mismas.
Nunca apuestes tu cabeza al diablo
Cuento con moraleja
Con tal que las costumbres de un autor sean puras y castas —dice don Tomás de las
Torres en el prefacio a sus Poemas amatorios—, importa muy poco que no sean igualmente
severas sus obras101. Presumimos que don Tomás ha de estar ahora en el Purgatorio a causa
de su afirmación. Sería bueno tenerlo allí, desde un punto de vista de justicia poética, hasta
que sus Poemas amatorios se agoten o empiecen a juntar polvo en las bibliotecas por falta
de lectores. Toda ficción debería tener una consecuencia moral; y, lo que es más, los
críticos han descubierto que no hay ficción que no la tenga. Hace ya tiempo, Felipe
Melancthon escribió un comentario de la Batracomiomaquia, probando que lo que el poeta
quería era volver odiosas las sediciones. Pierre La Seíne, dando un paso adelante, mostró
que la verdadera intención consistía en recomendar a los jóvenes la temperancia en la
comida y la bebida. Jacobus Hugo, por su parte, quedó convencidísimo de que, en Euenis,
Homero insinuaba la persona de Calvino; que Antinoo era Martín Lutero; los Lotófagos,
los protestantes en general, y las arpías, los holandeses. Nuestros escoliastas modernos son
igualmente agudos. Estos señores demuestran la existencia de un sentido oculto en Los
antediluvianos, de una parábola en Powhatan, de nueve ideas en Arrorró mi niño y del
trascendentalismo en Pulgarcito. En resumen, se ha demostrado que ningún hombre de este
mundo puede sentarse a escribir sin un profundísimo designio. Con esto, los autores se
ahorran muchas preocupaciones. Un novelista, por ejemplo, no necesita preocuparse de las
consecuencias morales, pues allí están —vale decir, están en alguna parte de su libro—, y
tanto ellas como los críticos pueden arreglarse solos. Cuando llegue el momento oportuno,
todo lo que dicho caballero se proponía y todo lo que no se proponía asomará a la luz, sea
en el Dial o en el Down Easter, conjuntamente con aquello que debería haberse propuesto y
aquello que claramente intentó proponerse; vale decir que todo se arreglará muy bien al
final.
No hay ninguna justificación, pues, en la acusación que ciertos ignorantes han
formulado contra mí; a saber: que jamás he escrito un cuento moral o, con palabras más
precisas, un cuento con moraleja. Lo que pasa es que aquéllos no son los críticos
predestinados a ponerme de manifiesto y a desarrollar mis moralejas; he ahí el secreto.
Poco a poco, la North American Quarterly Humdrum los hará sentir avergonzados de su
estupidez. Pero por el momento, con el fin de aplazar la ejecución capital y mitigar las
acusaciones alzadas contra mí, ofrezco el siguiente y triste relato, cuya obvia moraleja no
puede ser cuestionada de ninguna manera, ya que cualquiera puede leerla en las mayúsculas
que forman el título del relato. Debería reconocerse mi mérito por esta disposición, mucho
más sabia que la de La Fontaine y otros, que reservan hasta el último momento la impresión
que desean producir y la meten de rondón en el final de sus fábulas.
Defuncti injuria ne officiantur, decía una ley de las doce tablas, y De mortuis nil nisi
bonum es un excelente corolario, aun si los muertos en cuestión no son más que bagatelas
difuntas. Lejos de mí la intención, pues, de vituperar a mi finado amigo Toby Dammit. Era
un pobre perro, la verdad sea dicha, y tuvo una muerte de perros; pero no hay que
101 En español en el original. (N. del T.)
reprocharle sus vicios. Nacieron de un defecto personal de su madre. Aquella señora hacía
todo lo posible en materia de azotes cuando Toby era niño, ya que para su bien ordenada
mente los deberes eran siempre placeres, y los niños, al igual que las chuletas duras o los
olivos griegos, mejoran si se los golpea. Pero, ¡pobre mujer!, tenía el infortunio de ser
zurda, y mejor es no azotar a un chico que azotarlo con la mano izquierda. El mundo gira
de derecha a izquierda. Dar de latigazos a un crío de izquierda a derecha no sirve de nada.
Si cada golpe en la dirección adecuada arranca de raíz una propensión maligna, se sigue
que cada porrazo propinado en el sentido opuesto ahincará aún más la maldad. Muchas
veces fui testigo de los castigos aplicados a Toby, y, aunque sólo fuera por la forma en que
pateaba, podía percatarme de que cada día se estaba poniendo más malo. Noté, por fin, a
través de las lágrimas que velaban mis ojos, que no quedaba esperanza alguna para el
pequeño miserable, y cierto día en que le habían dado tantos golpes que tenía la cara
completamente negra, al punto que lo hubieran tomado por un pequeño africano, sin otro
efecto visible que el de hacerlo retorcerse en un ataque de ira, me fue imposible soportar
aquello por más tiempo y, cayendo de rodillas, alcé mi voz para profetizar su ruina.
La precocidad de Toby para el vicio era horrorosa. A los cinco meses de edad le daban
tales ataques de rabia que no podía articular palabra. A los seis meses lo pesqué
mordisqueando un mazo de barajas. A los siete tenía por costumbre abrazar y besar a los
bebés del sexo opuesto. A los ocho rehusó perentoriamente agregar su firma a un memorial
en pro de la temperancia. Y así fue creciendo en iniquidad, mes tras mes, hasta que, al
cumplir su primer año de vida, no sólo insistía en usar bigotes, sino que había adquirido
una gran propensión a las palabrotas y juramentos, así como a sostener sus afirmaciones
mediante apuestas.
La ruina que había vaticinado a Toby Dammit se cumplió, por fin, a causa de la poco
caballeresca práctica mencionada en último término. Aquella costumbre «creció con su
crecimiento y se esforzó con sus fuerzas», de modo que, cuando Toby llegó a ser hombre,
apenas podía pronunciar una frase sin aderezarla con una promesa de juego. Y no apostaba
en firme… nada de eso. Seré justo con mi amigo y diré que antes hubiera preferido hacerse
monje. En su caso, aquello era una simple fórmula, y nada más. Sus expresiones no tenían
el menor sentido positivo. Eran desahogos, simplemente —ya que no puedo decir que lo
fueran inocentemente—; frases imaginativas con las cuales redondeaba sus declaraciones.
Cuando decía: «Le apuesto esto y aquello», a nadie se le ocurría formalizar la apuesta, pero
de todos modos yo no podía dejar de considerar que mi deber era reprenderlo. Aquella
costumbre era inmoral, y así se lo decía. Era vulgar, y le rogaba que me creyera. Era
desaprobada por la sociedad, y nadie me desmentiría por decirlo. Estaba prohibida por una
ley del Congreso, y afirmándolo así no incurría en ninguna mentira. Le hacía reproches, sin
resultado; aducía pruebas, vanamente. Si lo amenaza, se sonreía; si le suplicaba, prorrumpía
en carcajadas. Si rogaba, se encogía desdeñosamente de hombros. Si lo amenazaba… se
ponía a jurar. Si le daba de puntapiés… llamaba a la policía. Si le tironeaba de la nariz, se
sonaba y apostaba su cabeza al diablo a que no me atrevería a repetir el experimento.
La pobreza era otro vicio que la deficiencia física de la madre de Dammit había
acumulado sobre su hijo. Era detestablemente pobre, y por esa razón, sin duda, sus
expresiones coléricas acerca de las apuestas tomaban raras veces un giro pecuniario. Nadie
me hará decir que en alguna oportunidad le haya escuchado figuras de lenguaje tales como:
«Le apuesto a usted un dólar». Por lo regular decía: «Le apuesto lo que quiera», o «Le
apuesto cualquier cosa», o bien, mucho más significativamente, «Le apuesto mi cabeza al
diablo».
Esta última fórmula era la que parecía agradarle más, quizá porque envolvía menos
riesgo, pues Dammit se había vuelto muy parsimonioso. Si alguien le hubiera aceptado la
apuesta, poco habría perdido, dado que tenía la cabeza muy pequeña; pero ésta es una
observación personal y no estoy nada seguro de poder atribuírsela con justicia. De todos
modos, la frase en cuestión se le pegaba más y más, a pesar de lo impropio que resultaba
que un hombre apostara todo el tiempo su cerebro como si fuese un billete de banco;
empero, la perversa naturaleza de mi amigo no le permitía darse cuenta de ello. Terminó
por abandonar todas las restantes fórmulas, entregándose de lleno a: Le apuesto mi cabeza
al diablo, con una pertinacia y una exclusividad que me desagradaban tanto como me
sorprendían. Siempre me repelen aquellas circunstancias que no puedo explicarme. Los
misterios obligan a un hombre a pensar, con lo cual su salud se perjudica. A decir verdad,
había algo en el aire con que Mr. Dammit pronunciaba aquella ofensiva expresión, algo en
su modo de enunciarla, que primero me interesó y luego me hizo sentirme muy preocupado;
algo que, a falta de un término más preciso, se me permitirá calificar de raro —pero que
Mr. Coleridge hubiese llamado místico, Mr. Kant panteístico, Mr. Carlyle retorcido y Mr.
Emerson hiperenigmático—. Aquello empezó a no gustarme nada. El alma de Mr. Dammit
estaba en peligro. Resolví emplear toda mi elocuencia a fin de salvarla. Prometí
consagrarme a él como San Patricio, en la crónica irlandesa, se consagró al sapo, vale decir
«despertándolo a su verdadera situación». Me puse a la tarea de inmediato. Una vez más
me preparé para reprochar su lenguaje a mi amigo. Una vez más reuní mis energías para
una tentativa final de reconvención.
Cuando hube terminado mi conferencia, Mr. Dammit se permitió algunas actitudes
sumamente equívocas. Durante unos instantes guardó silencio, limitándose a mirarme
interrogativamente a la cara. Luego ladeó la cabeza, mientras alzaba muchísimo las cejas.
Tendiendo las palmas de sus manos, se encogió de hombros. Guiñó a continuación el ojo
derecho, repitiendo la operación con el izquierdo. Inmediatamente cerró los dos ojos,
apretando mucho los párpados. Los abrió a continuación de tal manera que me alarmé
seriamente por las consecuencias. Aplicándose el pulgar a la nariz, consideró oportuno
efectuar un indescriptible movimiento con el resto de los dedos. Por fin, colocando los
brazos en jarras, condescendió a contestarme.
Sólo recuerdo los titulares de su discurso. Me estaría muy agradecido si me callaba la
boca. No tenía ninguna necesidad de mis consejos. Despreciaba mis insinuaciones. Era lo
bastante crecido como para cuidarse a sí mismo. ¿Lo creía todavía el bebé Dammit?
¿Pretendía insinuar alguna cosa sobre su carácter? ¿Me proponía insultarlo? ¿Estaba loco?
¿Estaba mi madre enterada, en una palabra, de que yo había salido de casa sin permiso? Me
hacía esta última pregunta considerándome capaz de responder la verdad, y se declaraba
dispuesto a creer en mi respuesta. Una vez más me preguntaba explícitamente si mi madre
estaba enterada de que yo había salido solo de casa. Mi confusión —agregó— me
traicionaba y, por tanto, estaba dispuesto a apostarle la cabeza al diablo a que mi buena
madre no estaba enterada.
Mr. Dammit no se detuvo a esperar mi réplica. Girando sobre los talones, se alejó con
precipitación muy poco digna. Y más le valió haberlo hecho así. Me sentí injuriado. Hasta
colérico. Hubiera querido recoger por una vez su insultante apuesta. Hubiera ganado para el
Archienemigo la mínima cabeza de Mr. Dammit; pues la verdad es que mamá estaba
perfectamente enterada de mi momentánea ausencia del hogar.
Pero Khoda shefa midêhed —el cielo trae alivio—, como dicen los musulmanes cuando
alguien les pisa los pies. Había sido insultado mientras cumplía con mi deber, y soporté el
insulto como un hombre. Parecióme, no obstante, que había hecho todo lo que se podía
pedir en el caso de aquel miserable individuo y resolví no molestarlo más con mis consejos,
abandonándolo a su conciencia y a sí mismo. De todos modos, aunque no volví a hablarle
del asunto, no pude privarme por completo de su compañía. Llegué incluso a tolerar
algunas de sus tendencias menos reprobables y en ciertas ocasiones hasta alabé sus pésimas
bromas (aunque con lágrimas en los ojos, como elogian los epicúreos la mostaza); a tal
punto me dolía oír su profano lenguaje.
Un día radiante, en que habíamos salido a pasear tomados del brazo, nuestro camino
nos condujo hasta un río. Había un puente y resolvimos cruzarlo. Era un puente techado,
que protegía del mal tiempo y, como dentro tenía pocas ventanas, resultaba
desagradablemente oscuro. Cuando penetramos, el contraste entre el brillo exterior y la
penumbra influyó penosamente en mi ánimo. No así en el desdichado Dammit, quien
apostó en seguida su cabeza al diablo a que yo estaba melancólico. Por su parte parecía de
excelente humor. Quizá en exceso, lo cual me hacía sentir no sé qué rara sospecha. No me
parecía imposible que fuera víctima de algún trascendentalismo. Pero no soy tan versado en
el diagnóstico de esta enfermedad como para afirmar nada y, por desgracia, ninguno de mis
amigos del Dial se hallaba presente. Sugiero la idea, no obstante, a causa de una cierta
austera bufonería que parecía haber invadido a mi pobre amigo, induciéndolo a
comportarse como un estúpido. Nada podía disuadirlo de deslizarse y saltar por encima o
por debajo de cualquier cosa que se cruzara en su camino; todo esto gritando o susurrando
palabras y palabrotas, a tiempo que su rostro conservaba una profunda gravedad. Realmente
yo no sabía si tenerle lástima o emprenderla a puntapiés con él. Por fin, cuando habíamos
atravesado casi todo el puente y nos acercábamos a su fin, nuestra marcha se vio impedida
por un molinete. Pasé como corresponde en estos casos, es decir, que hice girar el molinete.
Pero esto no convenía al capricho de Mr. Dammit. Insistió en saltar sobre el molinete,
afirmando que era capaz de hacer al mismo tiempo una pirueta en el aire.
Pues bien, hablando seriamente, no me pareció que pudiera hacerlo. Las mejores
piruetas, en cualquier estilo, las ha hecho mi amigo Mr. Carlyle, y sé muy bien que, así
como no sería capaz de hacer ésta, tampoco podría hacerla Toby Dammit. Así se lo dije,
agregando que era un fanfarrón y que hablaba por hablar. No me faltaron luego razones
para lamentar haberme expresado así; pues instantáneamente Toby apostó su cabeza al
diablo a que lo hacía.
Disponíame a replicarle, no obstante mi anterior resolución, con algunos reproches
sobre su impiedad, cuando oí toser a mi lado. Aquella tos se parecía mucho a la
exclamación «¡hola!», tanto que me sobresalté y miré en torno lleno de sorpresa. Por fin
mis ojos cayeron de lleno en un nicho que había en la estructura del puente y vieron a un
anciano y diminuto caballero cojo, de venerable aspecto. Nada podía ser más venerable que
su apariencia, pues no sólo estaba enteramente vestido de negro sino que usaba una camisa
muy limpia, cuyo cuello se plegaba esmeradamente sobre una corbata blanca, y sus
cabellos aparecían partidos al medio, como los de una muchacha. Apoyaba pensativamente
las manos en el estómago y tenía los ojos en blanco.
Al observarlo más de cerca percibí que llevaba puesto un delantal de seda negra sobre
sus ropas, y la cosa me pareció sumamente extraña. Pero antes de que tuviera oportunidad
de hacer la menor observación sobre tan singular circunstancia, me interrumpió con un
segundo «¡hola!».
No me hallaba preparado para contestarle de inmediato. A decir verdad, las
observaciones tan lacónicas como aquélla son de muy difícil respuesta. He conocido cierta
revista trimestral que se quedó estupefacta a causa de la expresión «¡Disparates!»; se
comprenderá, pues, que no me avergoncé de volverme a Mr. Dammit en busca de ayuda.
—Dammit —dije—, ¿qué estás haciendo? ¿No oyes? Este caballero dice «¡hola!»
Y lo miré severamente a tiempo que le hablaba. Porque si he de decir la verdad, me
sentía especialmente perplejo, y cuando un hombre está especialmente perplejo debe fruncir
el ceño y tomar un aire salvaje, pues de lo contrario es seguro que pondrá cara de estúpido
—Dammit —continué, aunque esta repetición del nombre empezaba a parecerse a un
juramento, cosa que estaba muy lejos de mis intenciones102—. Dammit —agregué—, este
caballero ha dicho «¡hola!»
No tengo intención de sostener que mi observación era profunda, pero he notado que el
efecto de nuestras palabras no siempre está de acuerdo con la importancia que tienen para
nosotros. Si hubiera hecho estallar una bomba a los pies de Mr. Dammit, o le hubiese
golpeado en la cabeza con los Poetas y Poesías de Norteamérica, no lo hubiera visto tan
trastornado como cuando me dirigí a él con aquellas simples palabras: «¡Dammit! ¿Qué
estás haciendo? ¿No oyes? Este caballero dice ¡hola!»
—¡No me digas! —jadeó por fin, después de pasar por más colores que los que
enarbola sucesivamente un barco pirata cuando se ve perseguido por otro de guerra—.
¿Estás seguro de que dijo eso? En fin, de todas maneras ya estoy pronto, y lo mejor es
poner al mal tiempo buena cara. Ahí va, pues… ¡Hola!
Al oír esto el diminuto caballero pareció muy complacido, Dios sabe por qué. Saliendo
del hueco que había ocupado hasta entonces, avanzó cojeando con un aire muy gentil y
estrechó la mano de Dammit, mientras lo miraba en la cara con el más auténtico aire de
bondad que pueda imaginar un ser humano.
—Estoy absolutamente seguro de que usted ganará, Dammit —dijo con una sonrisa
llena de franqueza—. Pero, de todos modos, tenemos que hacer una prueba, aunque no sea
más que por mera formalidad.
—¡Hola! —repitió mi amigo, quitándose la chaqueta con un profundo suspiro, atándose
un pañuelo de bolsillo a la cintura y modificando indescriptiblemente su expresión al
revolver los ojos y dejar caer las comisuras de la boca—. ¡Hola! —agregó, repitiendo la
palabra después de una pausa. Y desde ese instante no le oí pronunciar ninguna otra que no
fuese el consabido «¡hola!».
«Pues bien —me dije—, he aquí un silencio bastante notable por parte de Toby
Dammit, y sin duda es consecuencia de toda su verbosidad anterior. Un extremo induce al
otro. Me pregunto si se habrá olvidado de las numerosas preguntas que me hizo con tanta
fluidez el día en que le propiné mi última conferencia. De todas maneras parece que se ha
curado del trascendentalismo.»
—¡Hola! —prorrumpió Toby, como si hubiera estado leyendo en mis pensamientos, y
mirándome con la cara de una oveja decrépita en una pesadilla.
El anciano caballero lo tomó del brazo y lo condujo un trecho hacia el interior del
puente, a cierta distancia del molinete.
—Estimado amigo —dijo—, considero mi deber concederle todo este terreno para
tomar impulso. Espere aquí, mientras me instalo junto al molinete a fin de verificar si usted
lo salta elegante y trascendentalmente, sin omitir ninguno de los movimientos de una buena
pirueta. Pura formalidad, por supuesto. Diré «una, dos, tres… ¡vamos!». Tenga buen
cuidado de no arrancar hasta oír el «vamos».
102 Damn it, ¡maldito sea! (N. del T.)
Colocóse al lado del molinete, hizo una pausa como si se sumiera en profunda
reflexión, luego miró hacia arriba y, según me pareció, sonrióse ligeramente, tras lo cual se
ajustó las cintas del delantal, observó largamente a Dammit y, finalmente, dio la orden
convenida:
—¡Una… dos… tres… y… vamos!
Exactamente al oírse la última palabra mi pobre amigo se lanzó a la carrera. Su estilo
no era tan excelente como el de Mr. Lord, pero tampoco tan malo como el de los críticos de
Mr. Lord; de todos modos me sentí seguro de que saltaría el obstáculo. Después de todo, si
no lo saltaba… ¿qué? ¡Ah, ésa era la cuestión! ¿Y si no lo saltaba?
—¿Qué derecho tiene este caballero de obligar a otro a dar un salto? —dije en alta
voz—. ¿Quién es este personaje achacoso? ¡Si me pide a mí que salte, no lo haré, como que
estoy vivo, y no me importa en absoluto quién demonios sea!
Ya he dicho que el puente aquel estaba cubierto de la manera más ridícula, por lo cual
las palabras producían un eco desagradable… aunque nunca había reparado en él tan
claramente como al pronunciar mis últimas tres palabras.
Pero lo que dije, o pensé, o escuché fueron cosas que sólo llenaron un instante. Menos
de cinco segundos después de tomar impulso, mi pobre Toby daba su salto. Lo vi venir
corriendo ágilmente y dar un grandísimo salto, a tiempo que efectuaba las evoluciones más
extraordinarias con las piernas a medida que se elevaba. Lo vi en el aire, haciendo una
admirable figura de danza justamente encima del molinete; y, como es natural, me pareció
insólitamente singular que no siguiera su recorrido hacia adelante. Pero todo aquello fue
cosa de un segundo; antes de que tuviera tiempo de hacer la menor reflexión profunda, vi a
Mr. Dammit que se desplomaba de espaldas y del mismo lado del molinete de donde se
había elevado. Y al mismo tiempo vi que el anciano caballero salía corriendo a toda
velocidad, tras de recoger y envolver en su delantal alguna cosa que acababa de caer desde
la oscuridad de la techumbre del puente, justamente sobre el molinete.
Me quedé profundamente estupefacto ante todo esto, pero no tuve tiempo de pensar,
pues Mr. Dammit estaba curiosamente inmóvil, por lo cual deduje que se sentía muy
agraviado y que necesitaba de mi ayuda. Me apresuré a acercarme, descubriendo que había
recibido lo que cabe calificar de herida grave. En efecto, había sido privado de la cabeza,
que inútilmente busqué por todas partes. Decidí entonces llevarlo a casa y mandar llamar a
los homeópatas. Entretanto se me ocurrió algo y, luego de abrir una ventana que había en
esa parte del puente, descubrí instantáneamente la triste verdad. A unos cinco pies sobre el
nivel del molinete, atravesando la techumbre a manera de soporte, veíase una fina barra de
acero, con el filo colocado horizontalmente; formaba parte de una serie de soportes
análogos que reforzaban la estructura del puente. No cabía duda de que el cuello de mi
infortunado amigo habíase puesto en contacto con el filo de aquella barra.
Mr. Dammit no sobrevivió a su terrible pérdida. Los homeópatas no le suministraron
bastante poca medicina, y la poca que le dieron no pudo él tomarla. Al final empeoró y
acabó muriéndose, dando con ello una lección a todos los seres de vida desenfrenada.
Regué su tumba con mis lágrimas, agregué una barra siniestra en el escudo de armas de su
familia y, a fin de cubrir los gastos generales de su funeral, envié una cuenta sumamente
moderada a los trascendentalistas. Los villanos se negaron a pagarla, por lo cual hice
exhumar de inmediato a Mr. Dammit y lo vendí como alimento para perros.
Mixtificación
¡Diantre! Si éstos son tus «pasos» y tus «montantes»,
no quiero saber nada de ellos.
(NED KNOWLES)
El barón Ritzner von Jung descendía de una noble familia húngara, cuyos miembros,
hasta donde permiten asegurarlo antiquísimas y fidedignas crónicas, se habían destacado
por esa especie de grotesquerie imaginativa de la cual Tieck, descendiente también de la
familia, ha dado una ejemplificación tan vívida, aunque no la mejor.
Mi relación con Ritzner comenzó en el magnífico castillo de los Jung, al cual una serie
de extrañas aventuras que no deseo hacer públicas me llevó en los meses de estío de 18…
Fue allí donde gané su estima y, lo que era más difícil, un primer atisbo de su conformación
mental. En tiempos posteriores estos atisbos se hicieron más profundos, y más estrecha la
intimidad entre los dos; por eso, al encontrarnos otra vez en G…n, luego de tres años de
separación, sabía todo lo que se necesitaba saber del carácter del barón Ritzner von Jung.
Recuerdo el rumor de expectativa que su llegada provocó en el recinto de la
universidad la noche del 25 de junio. Recuerdo también claramente que, si todos los
presentes lo declararon a primera vista «el hombre más notable del mundo», ninguno se
esforzó por fundamentar su opinión. Tan innegable parecía el hecho de que fuera único, que
toda pregunta sobre las razones de esa rareza hubieran resultado impertinentes. Pero,
dejando esto de lado por el momento, me limitaré a observar que desde su llegada a la
universidad el barón empezó a ejercer sobre los hábitos, modales, personas, faltriqueras y
propensiones de la comunidad que lo rodeaba una influencia tan vasta como despótica, y al
mismo tiempo tan indefinida como inexplicable. Así, el breve período de su residencia en la
universidad constituyó una era en sus anales, y fue desde entonces denominada por los que
pertenecían a ella o a sus descendientes como «aquella extraordinaria época de la
denominación del barón Ritzner Von Jung».
A su llegada a G…n, Von Jung fue a visitarme a mis habitaciones. Carecía en aquel
entonces de edad, con lo cual quiero decir que resultaba imposible hacerse una idea de sus
años basándose en su apariencia personal. Lo mismo podía haber tenido quince que
cincuenta, y en realidad tenía veintiún años y siete meses. Nada de apuesto había en él, más
bien lo contrario. El contorno de su rostro era angular y áspero. Tenía una frente tan alta
como hermosa, nariz chata, ojos grandes, pesados, vidriosos e inexpresivos. Pero en la boca
había más terreno de observación. Los labios sobresalían ligeramente y estaban siempre
apretados, al punto que sería imposible imaginar otra combinación de rasgos, por más
compleja que fuera, capaz de producir de manera tan total y sencilla la impresión de
gravedad, de solemnidad y reposo.
De lo que ya he adelantado se deducirá que el barón constituía una de esas anomalías
humanas que se encuentran una que otra vez, y que hacen de la ciencia de las bromas el
estudio y la ocupación de su vida. Una especial conformación de su mente lo capacitaba
instintivamente para esta ciencia, mientras su aspecto físico le proporcionaba grandes
facilidades para llevarla a la práctica. Estoy firmemente convencido de que en la época tan
curiosamente llamada «de la dominación» del barón Ritzner von Jung, ninguno de los
estudiantes de G…n sospechó jamás el misterio que envolvía su persona. Lo repito: estoy
convencido de que nadie, fuera de mí, imaginó nunca que el barón era capaz de una broma
fuera verbal o de hecho; antes hubieran acusado al viejo bulldog del jardín, al fantasma de
Heráclito o a la peluca del emérito profesor de teología. Y esto mientras saltaba a los ojos
que los más egregios e imperdonables artificios, extravagancias y bufonadas tenían por
causa al barón, si no de manera directa, al menos por su intermedio o connivencia. La
belleza, si así puedo llamarla, de su arte mystifique residía en la consumada habilidad —
resultante de un conocimiento casi intuitivo de la naturaleza humana, y de un admirable
dominio de sí mismo—, mediante la cual el barón lograba aparentar que las extravagancias
que preparaba se producían a pesar de sus laudables esfuerzos para impedirlas y para
mantener el buen orden y la dignidad de la casa de estudios. La profunda, la punzante, la
sobrecogedora mortificación que el fracaso de sus meritorios esfuerzos dibujaba en cada
rasgo de su semblante no dejaba la menor sombra de duda en el ánimo de sus compañeros
más escépticos. Y no era menos digna de observación la habilidad que tenía para hacer
derivar lo grotesco del creador a lo creado, de su propia persona a las absurdas
consecuencias que de ella nacían. Jamás, antes de conocer al barón, había visto que un
bromista escapara a las consecuencias inevitables de sus maniobras, es decir, que lo
ridículo acabara por contaminar a su propia persona. Mi amigo, en vez, aunque envuelto
continuamente en una atmósfera de capricho, daba la impresión de vivir tan sólo para las
formas sociales más severas, y ni siquiera los miembros de su propia casa pensaron jamás
en asociar a la memoria del barón Ritzner Von Jung otras nociones que las de rigidez y
majestad.
Durante la época de su residencia en G…n, parecía como si el demonio del dolce far
niente dominara como un incubo la universidad. Nada se hacía allí que no fuera comer,
beber y divertirse. Las habitaciones de los estudiantes se habían convertido en sendas
tabernas, y ninguna de ellas tenía tanta fama ni estaba tan concurrida como la del barón.
Nuestras juergas eran numerosas, turbulentas y continuas, llenas siempre de incidentes.
Cierta vez habíamos prolongado la fiesta hasta el alba después de beber una insólita
cantidad de vino. Fuera del barón y de mí, había siete u ocho asistentes. La mayoría eran
jóvenes adinerados y de abolengo, orgullosos de su alcurnia y todos ellos imbuidos de un
exagerado sentimiento del honor. Abundaban en las opiniones más ultragermánicas acerca
del duelo. Estas opiniones quijotescas se habían visto vigorizadas por ciertas publicaciones
aparecidas en París, así como por tres o cuatro duelos de resultado fatal que habían tenido
lugar en G…n; por eso pasamos la mayor parte de la noche discutiendo entusiastamente
aquel tema tan absorbente como apasionante.
El barón, que durante la primera parte de la fiesta se había mostrado extrañamente
silencioso y abstraído, pareció por fin salir de su apatía, intervino en la conversación y
disertó sobre los beneficios y, sobre todo, las bellezas del código de etiqueta imperante en
materia de duelos caballerescos, haciéndolo con un ardor, una elocuencia y un
apasionamiento tan grandes que provocó el entusiasmo de todos sus oyentes, y aún de mí
mismo, que sabía perfectamente cómo el barón se burlaba en el fondo de aquellas mismas
cosas que ahora defendía, y consideraba la fanfaronade de la etiqueta del duelo con el
soberano desdén que ésta merece.
Mirando a mi alrededor en el curso de una de las pausas del discurso de mi amigo (del
cual mis lectores podrán formarse una débil idea si digo que se parecía a la manera
fervorosa, cantante, monótona y, sin embargo, musical del sentencioso Coleridge), advertí
que uno de los presentes evidenciaba síntomas de un interés más que común. Este
caballero, al que llamaré Hermann, era muy original en todo sentido —salvo, quizá, en el
hecho muy general de ser un perfecto tonto—. Había llegado a gozar en cierto sector de la
universidad de gran reputación como profundo pensador metafísico y, según creo, como
discurridor lógico. Asimismo disfrutaba de gran renombre como duelista, aun en G…n; he
olvidado el número exacto de víctimas que habían sucumbido a sus manos, pero eran
varias. No cabe dudar de que era hombre valiente, pero su orgullo se fundaba
principalmente en el minucioso conocimiento de la etiqueta del duelo y la exquisitez de su
sentido del honor. Estas cosas constituían una manía que habría de acompañarlo hasta su
muerte. Para Ritzner, siempre a la búsqueda de lo grotesco, aquellas peculiaridades le
habían ofrecido ya amplio campo para sus bromas. Y aunque yo lo ignoraba, no tardé en
darme cuenta esta vez de que mi amigo se traía entre manos alguna de las suyas, y que
Hermann era el destinatario.
A medida que el barón adelantaba en su discurso —o más bien monólogo— advertí que
la excitación de su auditor iba en aumento. Por fin intervino, objetando un punto sobre el
cual Ritzner insistía entusiastamente, y dio detalladas razones para su oposición. A éstas
contestó también en detalle el barón, sin alterar su tono de exagerado entusiasmo,
terminando sus palabras con algo que me pareció de pésimo gusto, es decir, con un
sarcasmo y una reflexión irónica.
La manía de Hermann se manifestó entonces en toda su fuerza. Fácil era advertirlo en
la estudiada minuciosidad de su réplica. Me acuerdo perfectamente de sus últimas palabras:
—Permítame decir, barón Von Jung, que, si bien sus opiniones son en general
correctas, en varios puntos me parecen ignominiosas para usted y para la universidad de la
cual forma parte. Ciertos puntos no merecen siquiera que los refute seriamente. Y aun diría
más, señor mío, si no temiera ofenderlo (y aquí sonrió amablemente); diría que sus
opiniones no son las que cabe esperar de un caballero.
Cuando Hermann hubo pronunciado esta equívoca frase, todos los ojos se volvieron
hacia el barón. Éste se puso pálido y luego muy rojo; dejando caer el pañuelo, se agachó
para recogerlo, momento en el cual alcancé a atisbar en su rostro una expresión que no
podía ser apreciada por ninguno de los asistentes. Aquel rostro estaba radiante y mostraba
el aire zumbón que constituía su verdadero carácter, pero que jamás le había visto asumir,
salvo cuando estábamos a solas y él se permitía una completa libertad.
Un instante después se puso en pie, enfrentando a Hermann; jamás he vuelto a ver tan
instantáneo cambio de expresión. Hasta pensé por un momento que me había equivocado y
que el barón procedía con la más absoluta seriedad. Parecía contenerse para no estallar, y su
rostro estaba blanco como el de un cadáver. Guardó silencio breve tiempo, como si luchara
por dominar sus emociones. Luego, pareciendo haberlo logrado en parte, alzó un vaso que
había a su alcance y, mientras lo aferraba con fuerza, le oímos decir:
—El lenguaje que ha creído usted adecuado utilizar para dirigirse a mí, Mynheer
Hermann, es tan objetable que no tengo tiempo ni paciencia para señalárselo en detalle. De
todos modos, decir que mis opiniones no son las que cabe esperar de un caballero
constituye una observación tan ofensiva que sólo me permite adoptar una línea de conducta.
La cortesía, empero, no me permite olvidar que estos señores y usted mismo son mis
huéspedes. Me perdonará, pues, que, teniendo en cuenta esta consideración, me aparte
ligeramente de lo que se acostumbra entre caballeros en casos análogos de afrenta personal.
Perdóneme por imponer un ligero trabajo a su imaginación, si le pido que considere por un
instante que el reflejo de su persona en ese espejo es Mynheer Hermann en persona.
Aceptado esto, no habrá la menor dificultad. Arrojaré este vaso de vino contra su imagen en
el espejo con lo cual cumpliré en espíritu, ya que no al pie de la letra, lo que me
corresponde hacer frente a su insulto, evitando al mismo tiempo ejercer contra usted una
violencia física.
Y con estas palabras lanzó el vaso colmado de vino contra el espejo colgado frente a
Hermann, golpeando la parte que reflejaba su imagen y, como es natural, rompiendo el
cristal en mil pedazos. Todos los presentes se pusieron de pie al unísono y abandonaron la
estancia, con excepción de Ritzner y de mí. En momentos en que Hermann salía, el barón
me susurró al oído que lo siguiera y le ofreciera mis servicios. Así lo hice, sin saber qué
pensar a ciencia cierta de tan ridículo asunto.
El duelista aceptó mi asistencia con su aire estirado y ultra recherché y, luego de
tomarme del brazo, me guió a sus habitaciones. Trabajo me costó no reírmele en la cara
mientras procedía a discutir, con la más profunda gravedad, lo que denominaba el «carácter
refinadamente peculiar» del insulto que había recibido. Luego de una aburridora arenga en
su estilo habitual, extrajo de la biblioteca cantidad de polvorientos volúmenes que trataban
del duello, y me retuvo largo tiempo leyéndome fragmentos de los mismos y
comentándolos profusamente. Tenía en sus manos la Ordenanza de Felipe el Hermoso
sobre el combate singular, el Teatro del honor, de Favyn, y el tratado Sobre la autorización
para los duelos, de Andiguier. Exhibió, además, pomposamente las Memorias de duelos, de
Brantôme, publicado en Colonia, 1666, en caracteres elzevirianos, preciso y único volumen
en papel vitela, con espaciosos márgenes y encuadernado por Derôme. Pero me llamó
especialmente la atención, con aire de misteriosa sagacidad, sobre un espeso volumen en
octavo, escrito en latín bárbaro por un tal Hedelin, un francés, que ostentaba el raro título
de Duelli Lex Scripta, et non; aliterque. De este libro me leyó uno de los capítulos más
raros del mundo, concerniente a las Injurioe per applicationem, per constructionem, et per
se, la mitad de lo cual, según me aseguró, se aplicaba estrictamente a su propio y
«refinadamente peculiar» caso, aunque a mí me fue totalmente imposible comprender una
sola sílaba de lo que me leyó.
Terminado el capítulo, Hermann cerró el libro y me preguntó qué consideraba oportuno
en la circunstancia. Repuse que tenía la mayor confianza en la delicadeza y refinamiento de
sus sentimientos, y que me atendría a lo que propusiera. Pareció lisonjeado con la respuesta
y sentóse a escribir un mensaje al barón. Decía así:
Señor: Mi amigo Mr. P… le hará entrega de esta nota. Considero de mi incumbencia
solicitarle que tenga a bien darme una explicación sobre lo ocurrido esta noche en sus
aposentos. En caso de que declinara usted hacerlo, Mr. P… está conforme en arreglar, con la
persona designada por usted, los detalles preliminares de un encuentro.
Con la expresión de mi profundo respeto, su muy humilde servidor.
Johann Hermann
Al barón Ritzner von Jung
18 de agosto de 18…
No sabiendo qué podía hacer mejor, llevé la epístola a Ritzner. Inclinóse al
presentársela, y con grave expresión me rogó que me sentara. Luego de haber leído el cartel
de desafío, escribió la siguiente respuesta, que llevé a Hermann:
Señor: Por intermedio de nuestro común amigo Mr. P… he recibido su carta de la fecha.
Luego de reflexionar, admito francamente la conveniencia de la explicación sugerida por
usted. Admito esto, me veo en gran dificultad (debido a la naturaleza refinadamente
peculiar de nuestro desacuerdo y de la afrenta personal de que soy responsable) para
expresar lo que tengo que decir por vía de explicación, en forma tal que satisfaga las
minuciosas exigencias y los variados matices del presente caso. Deposito toda mi
confianza, sin embargo, en la delicadísima discriminación en cuestiones vinculadas con la
etiqueta, que ha dado a usted un renombre tan eminente y duradero. En la plena
certidumbre de ser comprendido, pues, me permito no expresar mis sentimientos personales
sino remitir a usted a las opiniones del Sieur Hedelin, tales como figuran en el noveno
párrafo del capítulo Injurioe per applicationem, per constructionem, et per se de su Duelli
Lex Scripta, et non; aliterque. La finura de su discernimiento en las materias allí tratadas
será suficiente, estoy seguro, para convencerlo de que la mera circunstancia de que yo lo
remita a ese admirable pasaje bastará para satisfacer su caballeresco pedido de una
explicación.
Con la expresión de mi profundo respeto, su muy obediente servidor.
Von Jung
Al señor Johann Hermann
18 de agosto de 18…
Hermann comenzó la lectura de esta carta con el entrecejo fruncido, pero no tardó en
sonreír de la manera más ridículamente vanidosa al llegar a la jerigonza sobre las Injurioe
per applicationem, per constructionem, et per se. Una vez que hubo terminado, me pidió
con la más suave de las sonrisas que tomara asiento, mientras consultaba el tratado en
cuestión. Buscando el pasaje especificado, lo leyó para sí con gran cuidado y luego,
cerrando el libro, me solicitó en mi carácter de amigo personal que expresara al barón Von
Jung su profundo reconocimiento ante tan caballeresco proceder, y que le asegurara que la
explicación ofrecida era de naturaleza tan honorable como satisfactoria.
Un tanto sorprendido por esto, retorné a los aposentos del barón, quien pareció recibir
el amistoso mensaje de Hermann como si fuera la cosa más natural del mundo. Luego de
conversar conmigo unos instantes, pasó a otra habitación, de la cual regresó trayendo el
inmortal tratado Duelli Lex Scripta, et non; aliterque. Alcanzándome el volumen, me pidió
que leyera una parte del mismo. Traté de hacerlo sin resultado, pues no me era posible
comprender una sola sílaba. Ritzner tomó entonces el libro y me leyó un capítulo en voz
alta. Para mi gran sorpresa, lo que leía resultó ser el más absurdo de los relatos acerca del
duelo entre dos mandriles…
No tardó mi amigo en explicarme el misterio, mostrándome que aquel volumen, contra
lo que aparentaba prima facie, estaba escrito siguiendo el sistema de los versos disparatados
de Du Bartas; es decir, que las palabras habían sido ingeniosamente dispuestas para
producir una apariencia inteligible y hasta de profundidad conceptual, aunque en realidad
aquello no tenía pies ni cabeza. La clave del libro consistía en leer una palabra de cada tres,
con lo cual surgían una serie de ridiculas chanzas sobre un combate celebrado en nuestros
tiempos.
El barón me informó más tarde que se las había arreglado para que Hermann conociera
el tratado dos o tres semanas antes de la aventura, y que por el tono general de su
conversación se había dado cuenta de que lo había estudiado atentamente y que estaba
convencidísimo de que era una obra de raro mérito. Basándose en esto, puso en práctica su
broma. Hermann se hubiera dejado matar diez mil veces antes de reconocer su incapacidad
para comprender cualquiera de las cosas que en este mundo se llevan escritas sobre el
duelo.
Por qué el pequeño francés lleva la
mano en cabestrillo
Claro que sí! Está en mi tarjeta de visita (y en papel satinado color rosa); cualquiera
que desee puede leer en ellas las interesantes palabras: «Sir Patrick O’Grandison, Baronet,
39, Southampton Row, Rusell Square, Parroquia de Bloomsbury». Y si quisiera usted
descubrir quién es el rey de la buena educación y el que da el último grito del buen tono en
la ciudad de Londres… pues aquí lo tiene. No vaya a asombrarse (y mejor será que deje de
pellizcarse la nariz), pues por cada pulgada de las seis vigilias afirmo que soy un caballero,
y desde que salí de los pantanos irlandeses para convertirme en baronet, vuestro Patrick ha
estado viviendo como un emperador, educándose y refinándose. ¡Caracoles, para sus ojos
sería una bendición si se posaran un momento sobre Sir Patrick O’Grandison, Baronet,
cuando se viste para ir a la ópera o va a subir a su coche para dar una vuelta por Hyde Park!
A causa de mi elegante figura, todas las damas se enamoran de mí. ¿Va a negarme alguien
que mido seis pies y tres pulgadas, con los calcetines puestos, y que soy perfectamente bien
proporcionado? En cambio, el extranjero, el pequeño francés que vive frente a mi casa,
mide apenas tres pies y un poquitín más. ¡Sí, el mismo que se pasa el día comiéndose con
los ojos (¡para su mala suerte!) a la preciosa viuda Mistress Tracle, vecina mía (¡Dios la
bendiga!) y excelente amiga y conocida! Habrá usted observado que el pequeño gusano
anda un tanto alicaído y que lleva la mano izquierda en cabestrillo; bueno, precisamente me
disponía a contarle por qué.
La verdad es muy sencilla, sí, señor; el mismísimo día en que llegué a Connaught y salí
a ventilar mi apuesta figura a la calle, apenas me vio la viuda, que estaba asomada a la
ventana, ¡zas, su corazón quedó instantáneamente prendado! Me di cuenta en seguida,
como se imaginará, y juro ante Dios que es la santa verdad. Primero de todo vi que abría la
ventana en un santiamén y que sacaba por ella unos ojazos abiertos de par en par, y después
asomó un catalejo que la lindísima viuda se aplicó a un ojo, y que el diablo me cocine si ese
ojo no habló tan claro como puede hacerlo un ojo de mujer, y me dijo: «¡Buenos días tenga
usted, Sir Patrick O’Grandison, Baronet, encanto! ¡Vaya apuesto caballero! Sepa usted que
mis garridos cuarenta años están desde ahora a sus órdenes, hermoso mío, siempre que le
parezca bien.» Pero no era a mí a quien iban a ganar en gentileza y buenos modales, de
manera que le hice una reverencia que le hubiera partido a usted el corazón de
contemplarla, me quité el sombrero con un gran saludo y le guiñé dos veces los ojos, como
para decirle: «Bien ha dicho usted, hermosa criatura, Mrs. Tracle, encanto mío, y que me
ahogue ahora mismo en un pantano si Sir Patrick O’Grandison, Baronet, no descarga una
tonelada de amor a los pies de su alteza en menos tiempo del que toma cantar una tonada de
Londonderry».
A la mañana siguiente, cuando estaba pensando si no sería de buena educación mandar
una cartita amorosa a la viuda, apareció mi criado con una elegante tarjeta y me dijo que el
nombre escrito en ella (porque yo nunca he podido leer nada impreso a causa de ser zurdo)
era el de un Mosiú, el conde Augusto Luquesi, maître de danse (si es que todo esto quiere
decir algo), y que el dueño de esa endiablada jerigonza era el pequeño francés que vive
enfrente de casa.
En seguida apareció el pequeño demonio en persona, me hizo un complicado saludo,
diciendo que se había tomado la libertad de honrarme con su visita, y siguió charlando y
charlando largo rato, y maldito si le comprendía una sola palabra, salvo cuando repetía, y
me soltaba una carretada de mentiras, entre las cuales (¡mala suerte para él!) que estaba
loco de amor por mi viuda Mrs. Tracle y que mi viuda Mrs. Tracle estaba enamoradísima
de él.
Cuando escuché esto, ya puede suponerse usted que me puse más rabioso que un
leopardo, pero me acordé que era Sir Patrick O’Grandison, Baronet, y que no estaba bien
que la cólera pudiera más que la buena educación, de manera que disimulé la rabia y me
conduje con mucha gentileza, y al cabo de un rato, ¿qué piensa usted que el pequeño
demonio me propone? Pues me propone visitar juntos a la viuda, agregando que tendría el
placer de presentarme.
«¿Conque ésas tenemos?», me dije. «Patrick, hijo mío, eres el hombre más afortunado
de la tierra. Muy pronto veremos si Mistress Tracle está enamorada de este Mosiú Metré
Dedans o de mi apuesta persona.»
Así fue como llegamos en un santiamén a casa de la viuda, y bien puede creerme si le
digo que era una casa muy elegante. Había una alfombra en el piso, y en un rincón un piano
y un arpa, y el diablo sabe cuántas cosas más, y en otro rincón había un sofá que era la cosa
más bonita de toda la naturaleza, y sentada en el sofá estaba nada menos que ese
preciosísimo ángel, Mistress Tracle.
—¡Buenos días tenga usted, Mrs. Tracle! —le dije, a tiempo le hacía una reverencia tan
elegante que usted se hubiera quedado con la lengua afuera.
—Woully woo, parley woo —dijo el pequeño forastero francés—. Mrs. Tracle —
agregó—, este caballero es su reverencia Sir Patrick O’Grandison, Baronet, el mejor y más
íntimo amigo que tengo en el mundo.
Entonces la viuda se levantó del sofá, nos hizo el saludo más bonito que se ha visto
nunca y volvió a sentarse. ¿Querrá usted creerlo? En ese mismo momento el condenado
Mosiú Metré Dedans se instaló tranquilamente en el sofá, a la derecha de la viuda. ¡Que el
diablo se lo lleve! Por un momento creí que los ojos se me iban a salir de la cara, tan
furibundo estaba. Pero pensé: «¿Conque ésas tenemos? ¿Conque así nos portamos, Mosiú
Metré Dedans?» Y al mismo tiempo me instalé a la izquierda de su alteza, a fin de estar a la
par con el miserable. ¡Condenación! Usted se hubiera sentido feliz de presenciar la doble
guiñada que le hice a la viuda en plena cara, con un ojo después del otro.
El pequeño francés no sospechaba nada, y con todo atrevimiento se puso a cortejar a su
alteza.
—Woully wou —le decía—. Parley wou —agregaba.
«Todo esto no te servirá de nada, Mosiú Rana, bonito mío», pensaba yo, y entonces me
puse a hablar en voz muy alta y continuamente, hasta atraer la atención de su alteza gracias
a la elegante conversación que mantenía con ella sobre mis queridos pantanos de
Connaught. Y una que otra vez me dedicaba su preciosísima sonrisa, abriendo la boca de
oreja a oreja, con lo cual yo me sentía más osado que un cerdo, y por fin le atrapé la punta
del dedo meñique de la manera más delicada que se pueda imaginar en toda la naturaleza,
al mismo tiempo que la miraba con los ojos en blanco.
No tardé en percatarme de lo inteligente que era aquel hermoso ángel, pues apenas
observó que quería estrecharle la mano la retiró en un santiamén y se la puso a la espalda,
como si me dijera: «Ahí tienes, Sir Patrick O’Grandison, te ofrezco una oportunidad mejor,
bonito mío, pues no es muy gentil que me tomes la mano y me la aprietes en presencia de
este pequeño forastero francés, Mosiú Metré Dedans».
Entonces le guiñé a fondo el ojo, como para decirle: «No hay como Sir Patrick para
esta clase de triquiñuelas», me puse en seguida a la tarea, y usted se hubiera muerto de risa
de haber visto la forma tan astuta con que deslicé el brazo derecho entre el respaldo del sofá
y la espalda de su alteza, hasta encontrar, como es natural, su preciosa manecita, que
parecía esperarme y decirme: «Buenos días tenga usted, Sir Patrick O’Grandison, Baronet».
Y yo no hubiera sido quien soy si no le hubiera dado un apretón muy suave, el más gentil
del mundo, para no hacer daño a su alteza, ¿verdad? Pero entonces, ¡condenación!, ¿qué
diría usted al saber que a cambio de mi apretón recibí otro, el más delicado y gentil de
todos los apretones? «Sangre y truenos, Sir Patrick, querido mío —pensé para mis
adentros—, ¡cómo se ve que eres el hijo de tu madre, y nadie más que él, y que nunca se
vio hombre más elegante y afortunado desde que dejaste los pantanos y saliste de
Connaught!»
Y sin perder tiempo apreté con más fuerza la manita, y por mi alma que el apretón que
me dio a su vez su alteza era también mucho más fuerte. Pero en ese momento a usted se le
hubieran roto una a una las costillas de reírse si hubiese visto cómo se comportaba Mosiú
Metré Dedans. Nunca se vio semejante parloteo, sonrisas estúpidas, parley wou y todo lo
que dedicaba a su alteza. ¡Nunca se vio algo así en la tierra! Y que el diablo me queme si
no lo vi con mis propios ojos cuando el condenado se permitía guiñarle uno de los suyos a
mi ángel… ¡Condenación! ¡Si no me puse más furioso que un gato de Kilkenny, quisiera
que me lo dijesen!
—Permítame informarle, Mosiú Metré Dedans —le dije con la mayor educación—,
que no es nada gentil, aparte de que a usted no le queda nada bien estar mirando a su alteza
de manera tan descarada.
Y al mismo tiempo apreté la mano de la viuda como para decirle: «¿No es verdad que
Sir Patrick la protegerá a usted ahora, joya mía, encanto?»
Y como respuesta recibí otro buen apretón de ella, con el cual quería decirme muy
claramente: «Verdad es, Sir Patrick, encanto mío; es usted el más cumplido de los
caballeros de este mundo». Y al mismo tiempo la vi abrir sus preciosísimos ojos de manera
tal que creí que se le saldrían instantáneamente y por completo de la cara, mientras miraba
furiosa como un gato a Mosiú Rana y después me miraba a mí sonriéndose como un ángel.
—¿Cómo? —dijo entonces el miserable—. ¡Cómo! Woully wou, parley wou.
Y al mismo tiempo se encogió tanto de hombros que pensé que iba a quedarle el faldón
de la camisa al aire haciendo simultáneamente una mueca despectiva con su condenada
boca. Y ésa fue la única explicación que conseguí de él.
Créame usted, el que se puso furibundo en aquel momento fue Sir Patrick, y mucho
más al darme cuenta de que el francés insistía con sus guiñadas a la viuda, mientras la viuda
seguía apretándome muy fuerte la mano, como si me dijera: «¡No se deje intimidar, Sir
Patrick O’Grandison, bonito mío!». Por lo cual solté un terrible juramento, mientras decía:
—¡Maldita rana insignificante, condenado gusano impertinente!
¿Creerá usted lo que hizo entonces su alteza? Dio un salto en el sofá como si acabaran
de morderla y corrió a la puerta, mientras yo la miraba muy asombrado y estupefacto y la
seguía en su carrera con mis dos ojos. Se dará usted cuenta de que yo tenía mis razones
para saber que mi ángel no podía salir del salón aunque quisiera, puesto que tenía su mano
en la mía, y que el diablo me queme si pensaba soltarla. Por eso le dije:
—¿No está usted olvidando un poquitín que le pertenece, su alteza? ¡Vuelva usted,
encanto mío, que pueda yo devolverle su manita!
Pero ella salió corriendo escaleras abajo sin escucharme, y entonces miré al pequeño
forastero francés. ¡Condenación, que me cuelguen si su maldita mano, pequeña como era,
no estaba perfectamente instalada dentro de la mía!
Y que vuelvan a colgarme si en ese momento no estuve a punto de morirme de risa al
ver la cara del pobre diablo cuando se dio cuenta de que lo que había tenido todo el tiempo
en la mano no era la de la viuda, sino la de Sir Patrick O’Grandison. ¡Ni el mismo demonio
contempló nunca una cara tan larga como aquélla! En cuanto a Sir Patrick O’Grandison,
Baronet, no es hombre de preocuparse por una equivocación tan insignificante. Baste con
decir que antes de soltar la mano del condenado Mosiú (y esto sólo ocurrió después que el
lacayo de la viuda nos hubo echado a puntapiés escaleras abajo) le di un apretón tan grande
que se la dejé convertida en jalea de frambuesa.
—Woully wou —dijo él—. Parley wou—agregó—. ¡Maldición!
Y por eso es que ahora anda con la mano izquierda en cabestrillo.
El aliento perdido
Cuento que nada tiene que ver con el Blackwood
¡Oh, no respires…!, etc.
(Melodías, de MOORE)
La desdicha más manifiesta cede finalmente ante el incansable coraje de un espíritu
filosófico, así como la ciudad más inexpugnable ante la incesante vigilancia de su enemigo.
Salmanasar, como nos lo enseñan las Escrituras, sitió Samaria durante tres años, pero ésta
cayó al fin. Sardanápalo —consúltese a Diodoro— se defendió en Nínive durante siete
años, pero no le sirvió de nada. Troya cayó al terminar el segundo lustro, y Azoth, según lo
afirma Aristeo por su honor de caballero, abrió, por fin, sus puertas a Psamético, después de
haberlas tenido cerradas durante la quinta parte de un siglo…
—¡Miserable! ¡Zorra! ¡Arpía! —dije a mi mujer a la mañana siguiente de nuestras
bodas—. ¡Bruja… carne de látigo… pozo de iniquidad… horrible quintaesencia de todo lo
abominable… tú… tú…!
Y en puntas de pie, mientras la aferraba por la garganta y acercaba mi boca a su oreja,
disponíame a botar un nuevo y más enérgico epíteto de oprobio, que de ser dicho no dejaría
de convencerla de su insignificancia, cuando, para mi extremo horror y estupefacción,
descubrí que había perdido el aliento.
Las frases: «Me falta el aliento», o «He perdido el aliento», se repiten con frecuencia
en la conversación; pero jamás se me había ocurrido que el terrible accidente de que hablo
pudiera ocurrir bona fide y de verdad. ¡Imaginaos, si tenéis fantasía suficiente, imaginaos
mi maravilla, mi consternación, mi desesperación!
Tengo un genio protector, empero, que jamás me ha abandonado por completo. En mis
accesos más incontrolables conservo siempre el sentido de la propiedad, et le chemin des
passions me conduit —como dice Lord Edouard en Julie— à la philosophie véritable.
Aunque en el primer momento no pude verificar hasta qué punto me afectaba lo
sucedido, decidí de todos modos ocultarlo a mi mujer hasta que nuevas experiencias me
mostraran la amplitud de tan inaudita calamidad. Cambié de inmediato la expresión de mi
rostro, haciéndolo pasar de su apariencia hinchada y retorcida a un aire de traviesa y
coqueta bondad, y di a mi dama un golpecito en una mejilla y un beso en la otra, todo esto
sin articular una sílaba (¡Furias! ¡Me era imposible!), dejándola estupefacta de mi
extravagancia, tras lo cual salí de la habitación pirueteando y haciendo un pas de zéphyr.
Contempladme ahora, encerrado en mi boudoir privado, terrible ejemplo de las tristes
consecuencias que se derivan de la irascibilidad; vivo, pero con todas las características de
la muerte; muerto, con todas las propensiones de los vivos; una verdadera anomalía sobre la
tierra; perfectamente tranquilo y, no obstante, sin aliento.
¡Sí, sin aliento! No bromeo al afirmar que mi aliento había desaparecido. No hubiera
sido capaz de mover una pluma con él, aunque de ello dependiera mi vida, y menos aún
empañar la transparencia de un espejo. ¡Crueles hados! Poco a poco, sin embargo, hallé
algún alivio a ese primer incontenible paroxismo de angustia. Luego de algunas pruebas
descubrí que la facultad vocal que, dada mi incapacidad para proseguir la conversación con
mi esposa, había considerado como totalmente perdida, sólo se hallaba parcialmente
afectada; noté también que, si en aquella interesante crisis hubiera bajado mi voz a un tono
profundamente gutural, habría podido continuar comunicándole mis sentimientos; en
efecto, este tono de voz (el gutural) no depende de la corriente de aire del aliento, sino de
cierta acción espasmódica de los músculos de la garganta.
Dejándome caer en una silla, permanecí algún tiempo sumido en meditación. Ni que
decir que mis reflexiones distaban de ser consoladoras. Mil vagas y lacrimosas fantasías se
posesionaban de mi alma, y la idea del suicidio llegó a cruzar por mi mente. Pero la
perversidad de la naturaleza humana se caracteriza por rechazar lo obvio y lo fácil,
prefiriendo lo distante y lo equívoco. Me estremecía, pues, al pensar en el suicidio como en
la más terrible de las atrocidades, mientras mi gato ronroneaba con todas sus fuerzas sobre
la alfombra, y el perro de aguas suspiraba fatigosamente bajo la mesa, jactándose ambos de
la fuerza de sus pulmones y burlándose con toda evidencia de mi incapacidad respiratoria.
Oprimido por un mar de vagos temores y esperanzas oí finalmente los pasos de mi
mujer que bajaba la escalera. Seguro de su ausencia, volví con el corazón palpitante a la
escena de mi desastre.
Cerrando cuidadosamente la puerta, inicié una minuciosa búsqueda. Era posible que el
objeto de mis afanes estuviera escondido en algún sombrío rincón, o agazapado en algún
armario o cajón. Podía tener quizá una forma tangible o vaporosa. La mayoría de los
filósofos son muy poco filosóficos sobre diversos puntos de la filosofía. Empero, en su
Mandeville, William Godwin sostiene que «las cosas invisibles son las únicas realidades»,
y se admitirá que esto merece tenerse en cuenta. Me agradaría que el lector sensato
reflexionara antes de pensar que tales aseveraciones exceden lo absurdo. Se recordará que
Anaxágoras sostenía que la nieve era negra, y desde este episodio estoy convencido de que
tenía razón.
Larga y cuidadosamente seguí buscando, pero la despreciable recompensa de tanta
industria y perseverancia resultó ser tan sólo una dentadura postiza, un par de caderillas, un
ojo y cantidad de billets-doux dirigidos por Mr. Alientolargo a mi esposa. Aprovecho para
hacer notar que esta confirmación de la parcialidad de mi esposa hacia Mr. Alientolargo me
preocupaba muy poco. El hecho de que Mrs. Faltaliento admirara a alguien tan distinto de
mí era un mal tan natural como necesario. Bien sabido es que poseo una apariencia
corpulenta y robusta, pero que mi estatura está por debajo de la normal. No hay que
maravillarse, pues, de que la delgadez como de palo de mi conocido, y su estatura, que se
ha vuelto proverbial, mereciera la más natural de las admiraciones por parte de Mrs.
Faltaliento. Pero volvamos a nuestro tema.
Como he dicho, mis esfuerzos resultaron inútiles. Vanamente revisé armario tras
armario, cajón tras cajón, hueco tras hueco. Hubo un momento en que me sentí casi seguro
de mi presa, cuando al revolver en una caja de tocador volqué accidentalmente una botella
de aceite de Arcángeles de Grandjean —que, como perfume agradable, me tomo la libertad
de recomendar.
Con el corazón lleno de pena me volví a mi boudoir a fin de discurrir algún método que
burlara la astucia de mi esposa; necesitaba ganar tiempo para completar mis preparativos de
viaje, pues estaba dispuesto a abandonar el país. En una nación extranjera, desconocido,
tenía algunas probabilidades de ocultar mi desdichada calamidad —calamidad aún más
propia que la miseria para privarme de la estimación general y provocar con mi miserable
persona la bien merecida indignación de los virtuosos y los felices—. No vacilé mucho
tiempo. Como estaba dotado de una natural aptitud, me aprendí íntegramente de memoria la
tragedia de Metamora103. Había recordado felizmente que en este drama, o por lo menos en
las partes correspondientes a su héroe, los tonos de voz que había perdido eran
completamente innecesarios, pues todo el recitado debía hacerse con una profunda voz
gutural.
Practiqué algún tiempo mi texto en los bordes de un concurrido pantano, aunque sin
acudir a procedimientos similares a los de Demóstenes, sino a un método absoluta y
especialmente mío. Así eficazmente armado decidí hacer creer a mi esposa que me había
apasionado súbitamente por el teatro. Tuve un éxito que puede considerarse milagroso; a
cada pregunta o sugestión que me hacía le contestaba (con una voz sepulcral y en un todo
semejante al croar de una rana) declamando algún pasaje de la tragedia; por lo demás, no
tardé en observar con grandísimo placer que dichos pasajes se aplicaban igualmente bien a
cualquier tema. No debe suponerse, además, que al proceder al recitado de dichos pasajes
dejaba yo de mirar de través, exhibir mis dientes, entrechocar las rodillas, patear el piso, o
hacer cualquiera de esas innominables gracias que constituyen justamente las características
de un trágico popular. Ni que decir tiene que todo el mundo hablaba de ponerme una
camisa de fuerza; pero, ¡gracias a Dios!, jamás sospecharon que había perdido el aliento.
Puestos por fin en orden mis asuntos, ocupé una mañana temprano mi asiento en la
diligencia de N…, dando a entender a mis relaciones que en aquella ciudad me aguardaban
asuntos de máxima importancia.
La diligencia estaba atestada de pasajeros, pero a la débil luz del amanecer no podía
distinguir los rasgos de mis compañeros. Sin hacer mayor resistencia me dejé ubicar entre
dos caballeros de colosales dimensiones, mientras un tercero, aún más grande, pedía
disculpas por la libertad que iba a tomarse y se instalaba sobre mí cuan largo era,
quedándose dormido en un instante ahogando mis guturales clamores de socorro con unos
ronquidos que hubieran hecho sonrojar a los bramidos del toro de Falaris. Felizmente el
estado de mis facultades respiratorias eliminaba todo riesgo de sofocación.
Cuando fue día claro y nos acercábamos a los suburbios de la ciudad, mi atormentador
se levantó y, mientras se ajustaba el cuello, me dio cortésmente las gracias por mi gentileza.
Viendo que yo permanecía inmóvil (pues tenía todos los miembros dislocados y la cabeza
torcida hacia un lado), se sintió un tanto preocupado; despertando al resto de los pasajeros,
les dijo de manera muy decidida que, en su opinión, durante la noche les habían endilgado
un cadáver pretendiendo que se trataba de otro pasajero, y me hundió un dedo en el ojo
derecho como demostración de lo que estaba sosteniendo.
En vista de ello, el resto de los pasajeros (que eran nueve) consideraron su deber
tirarme sucesivamente de las orejas. Un mediquillo joven me aplicó un espejo a los labios
y, al descubrir que me faltaba el aliento, declaró que las afirmaciones de mi atormentador
eran rigurosamente ciertas; por lo cual los viajeros manifestaron que no estaban dispuestos
a tolerar mansamente semejantes imposiciones en el futuro, y que, en cuanto al presente, no
seguirían en compañía de un cadáver.
Dicho esto, y mientras pasábamos delante de la taberna del Cuervo, me arrojaron de la
diligencia sin sufrir otro accidente que la ruptura de ambos brazos aplastados por la rueda
trasera izquierda del vehículo. Diré, además, en homenaje al cochero, que no dejó de
tirarme también el más pesado de mis baúles, que desdichadamente me cayó en la cabeza,
fracturándomela de manera tan interesante cuanto extraordinaria.
El posadero del Cuervo, que era hombre hospitalario, descubrió que mi baúl contenía lo
103 Metamora, o El último de los Wampanoags, tragedia de J. A. Stone. (N. del T.)
suficiente para indemnizarlo de cualquier pequeño trabajo que se tomara por mí, y, luego de
mandar llamar a un médico conocido, me confió a su cuidado conjuntamente con una
cuenta y recibo por diez dólares.
El comprador me llevó a su casa y se puso a trabajar inmediatamente sobre mi persona.
Comenzó por cortarme las orejas; pero al hacerlo descubrió ciertos signos de vida. Mandó
entonces llamar a un farmacéutico vecino, para consultarlo en la emergencia. Pero en el
ínterin, y por si sus sospechas sobre mi existencia resultaban exactas, me hizo una incisión
en el estómago y me extrajo varias visceras para disecarlas privadamente.
El farmacéutico tendía a creer que yo estaba muerto. Traté de refutar su idea pateando y
saltando con todas mis fuerzas, mientras me contorsionaba furiosamente, ya que las
operaciones del cirujano me habían devuelto los sentidos. Pero ello fue atribuido a los
efectos de una nueva batería galvánica con la cual el farmacéutico, que era hombre
informado, efectuó diversos experimentos que no pudieron dejar de interesarme, dada la
participación personal que tenía en ellos. Lo que más me mortificaba, sin embargo, era que
todos mis intentos por entablar conversación fracasaban, al punto de que ni siquiera
conseguía abrir la boca; imposible contestar, pues, a ciertas ingeniosas pero fantásticas
teorías que, bajo otras circunstancias, mis detallados conocimientos de la patología
hipocrática me habrían permitido refutar fácilmente.
Dado que le era imposible llegar a una conclusión, el cirujano decidió dejarme en paz
hasta un nuevo examen. Fui llevado a una buhardilla, y luego que la esposa del médico me
hubo vestido con calzoncillos y calcetines, su marido me ató las manos y me sujetó las
mandíbulas con un pañuelo, cerrando la puerta por fuera antes de irse a cenar, y dejándome
entregado al silencio y a la meditación.
Descubrí entonces con inmenso deleite que, de no haber tenido atada la boca con el
pañuelo, hubiese podido hablar. Consolándome con esta reflexión, me puse a repetir
mentalmente algunos pasajes de la Omnipresencia de la Divinidad, como era mi costumbre
antes de entregarme al sueño; pero en ese momento dos gatos de voraz y vituperable
aspecto entraron por un agujero de la pared, saltaron con una pirueta à la Catalani y
cayeron uno frente a otro sobre mi cara, entregándose a una indecorosa contienda por la
fútil posesión de mi nariz.
Así como la pérdida de sus orejas sirvió para elevar al trono a Ciro, el Mago de Persia,
y la mutilación de su nariz dio a Zopiro la posesión de Babilonia, así la pérdida de unas
pocas onzas de mi cara sirvió para la salvación de mi cuerpo. Exasperado por el dolor y
ardiendo de indignación, hice saltar de golpe las cuerdas y el vendaje. Corrí por la
habitación, lanzando una mirada de desprecio a los beligerantes, y, luego de abrir la
ventana ante su horror y desencanto, me precipité por ella con gran destreza.
El ladrón de caminos W., al cual me parecía muchísimo, era llevado en ese momento
desde la ciudad al cadalso erigido en los suburbios para su ejecución. Su extremada
debilidad y el largo tiempo que llevaba enfermo le habían valido el privilegio de que no lo
ataran; vestido con las ropas de los condenados a muerte —que se parecían mucho a las
mías— yacía tendido en el fondo del carro del verdugo (carro que pasaba justamente bajo
las ventanas del cirujano en momentos en que yo salía por la ventana), sin otra custodia que
el carrero, que iba dormido, y dos reclutas del 6 de infantería, que estaban borrachos.
Para mi mala suerte, caí de pie en el vehículo. W., que era hombre astuto, percibió al
instante su oportunidad. Dando un salto se dejó caer del carro y, metiéndose por una calleja,
se perdió de vista en un guiñar de ojos. Sobresaltados por el ruido, los reclutas no pudieron
darse cuenta del cambio producido. Pero al ver a un hombre semejante en todo al villano,
que se erguía en el carro frente a ellos, supusieron que el miserable (es decir W.) trataba de
escapar, y, luego de comunicarse el uno al otro esta opinión, bebieron sendos tragos y me
derribaron a culatazos con los mosquetes.
No tardamos mucho en llegar a nuestro destino. Por supuesto, nada podía yo decir en
mi defensa. Era inevitable que me ahorcaran. Me resigné, con un estado de ánimo entre
estúpido y sarcástico. Había en mí muy poco de cínico, pero tenía todos los sentimientos de
un perro104. Entretanto el verdugo me ajustaba el dogal al cuello. La trampa cayó.
Me abstengo de describir mis sensaciones en el patíbulo, aunque indudablemente
podría hablar con conocimiento de causa, y se trata de un tema sobre el cual no se ha dicho
aún nada correcto. La verdad es que para escribir al respecto conviene haber sido ahorcado
previamente. Todo autor debería limitarse a las cuestiones que conoce por experiencia. Así,
Marco Antonio compuso un tratado sobre la borrachera.
Mencionaré, empero, que no perecí. Mi cuerpo estaba suspendido, pero aquello no
podía suspender mi aliento; de no haber sido por el nudo debajo de la oreja izquierda (que
me daba la impresión de un corbatín militar), me atrevería a afirmar que no sentía mayores
molestias. En cuanto a la sacudida que recibió mi cuello al caer desde la trampa, sirvió
meramente para enderezarme la cabeza que me ladeara el gordo caballero de la diligencia.
Tenía buenas razones, empero, para compensar lo mejor posible las molestias que se
había tomado la muchedumbre presente. Mis convulsiones, según opinión general, fueron
extraordinarias. Imposible hubiera sido sobrepasar mis espasmos. El populacho pedía bis.
Varios caballeros se desmayaron y multitud de damas fueron llevadas a sus casas con
ataques de nervios. Pinxit aprovechó la oportunidad para retocar, basándose en un croquis
tomado en ese momento, su admirable pintura de Marsias desollado vivo.
Cuando hube proporcionado diversión suficiente, se consideró llegado el momento de
descolgar mi cuerpo del patíbulo —sobre todo porque, entretanto, el verdadero culpable
había sido descubierto y capturado, hecho del que por desgracia no llegué a enterarme.
Como es natural lo ocurrido me valió simpatías generales, y como nadie reclamó mi
cadáver se ordenó que fuera enterrado en una bóveda pública.
Allí, después de un plazo conveniente, fui depositado. Marchóse el sepulturero y me
quedé solo. En aquel momento un verso del Malcontento de Marston,
La muerte es un buen muchacho, y tiene casa abierta…
me pareció una palpable mentira.
Arranqué, sin embargo, la tapa de mi ataúd y salí de él. El lugar estaba espantosamente
húmedo y era muy lóbrego, al punto que me sentí asaltado por el ennui. Para divertirme, me
abrí paso entre los numerosos ataúdes allí colocados. Los bajé al suelo uno por uno y,
arrancándoles la tapa, me perdí en meditaciones sobre la mortalidad que encerraban.
—Éste —monologué, tropezando con un cadáver hinchado y abotagado— ha sido sin
duda un infeliz, un hombre desdichado en toda la extensión de la palabra. Le tocó en vida la
terrible suerte de anadear en vez de caminar, de abrirse camino como un elefante y no como
un ser humano, como un rinoceronte y no como un hombre.
Sus tentativas para avanzar resultaban inútiles y sus movimientos giratorios terminaban
en rotundos fracasos. Al dar un paso adelante, su desgracia consistía en dar dos a la derecha
104 Cínico, del griego kyon, kynós, «perro». (N. del T.)
y tres a la izquierda. Sus estudios se vieron limitados a la poesía de Crabbe105. No tuvo idea
de la maravilla de una pirouette. Para él, un pas de papillon era sólo una concepción
abstracta. Jamás ascendió a lo alto de una colina. Nunca, desde un campanario, contempló
el esplendor de una metrópolis. El calor era su mortal enemigo. Durante la canícula sus días
eran días de can. Soñaba con llamas y sofocaciones, con una montaña sobre otra, el Pelión
sobre el Osa. Le faltaba el aliento, para decirlo en una palabra; sí, le faltaba el aliento.
Consideraba una extravagancia tocar instrumentos de viento. Fue el inventor de los
abanicos automáticos, de las mangueras de viento, de los ventiladores. Protegió a Du Pont,
el fabricante de fuelles, y murió miserablemente mientras intentaba fumar un cigarro.
Siento profundo interés por su caso, pues simpatizo sinceramente con su suerte.
—Pero aquí —dije, extrayendo desdeñosamente de su receptáculo un cuerpo alto, flaco
y extraño, cuya notable apariencia me produjo una sensación de desagradable
familiaridad—, aquí hay un miserable indigno de conmiseración en esta tierra.
Y diciendo así, para lograr una mejor vista de mi sujeto, lo agarré por la nariz con el
pulgar y el índice, obligándolo a sentarse en el suelo, y lo mantuve en esta forma mientras
continuaba mi monólogo.
—Indigno —repetí— de conmiseración en esta tierra. ¿A quién se le ocurriría
compadecer a una sombra? Por lo demás, ¿no ha tenido el pleno goce de las dichas propias
de los mortales? Fue el creador de los monumentos elevados, de las altas torres donde se
fabrica la metralla, de los pararrayos, de los álamos de Lombardía. Su tratado sobre
Sombras y penumbras lo inmortalizó. Fue distinguido y hábil editor de la obra de South
sobre «los huesos». A temprana edad concurrió al colegio y estudió la ciencia neumática.
De vuelta a casa, no hacía más que hablar y tocar el corno francés. Protegió las gaitas. El
capitán Barclay, que andaba en contra del tiempo, no pudo andar contra él. Sus escritores
favoritos eran Windham y Allbreath, y Phiz su artista preferido106. Murió gloriosamente,
mientras inhalaba gas; levique flatu corrupitur, como la fama pudicitioe en San Jerónimo107.
Era indudablemente un…
—¿Cómo se atreve… cómo… se… atreve…? —interrumpió el objeto de mi
animadversión, jadeando por respirar y arrancándose con un desesperado esfuerzo el
vendaje de la mandíbula—. ¿Cómo puede usted Mr. Faltaliento, ser tan infernalmente cruel
para sujetarme de esa manera por la nariz? ¿No ve que me han atado la boca? ¡Debería
darse cuenta, si es que se da cuenta de algo, que debo exhalar un enorme exceso de aliento!
Pero, si no lo sabe, siéntese y lo verá. En mi situación representa un grandísimo alivio
poder abrir la boca, explayarse, hablar con una persona como usted que no es de los que se
creen llamados a interrumpir a cada momento el hilo del discurso de su interlocutor. Las
interrupciones son molestas y deberían abolirse. ¿No lo cree usted? ¡Oh, no conteste, por
favor! Basta con que uno solo hable a la vez. Pronto habré terminado, y entonces podrá
empezar usted. ¿Cómo demonios llegó a este lugar, señor? ¡Ni una palabra, le ruego! Llevo
aquí algún tiempo… ¡Terrible accidente! ¿Supo usted de él, presumo? ¡Espantosa
calamidad! Mientras pasaba bajo sus ventanas… hace un tiempo… justamente en la época
en que a usted le dio por el teatro… ¡cosa horrible! … ¿Oyó alguna vez la expresión «retener
el aliento»? ¡Cállese, le digo! ¡Pues bien… yo retuve el aliento de otra persona! Y eso que
105 Alusión al crab, cangrejo, y a su manera de moverse. (N. del T.)
106 Wind, viento; Allbreath podría entenderse como «todo aliento»; Phiz alude al sonido de la palabra, como un
escape de aire. (N. del T.)
107 Ternera res in feminis fama pudicitioe, et quasi flos pulcherrimus, cito ad levem marcescit, levique flatu corrupitur,
maxime, etc. (Hieronymus ad Salviniam).
siempre había tenido bastante con el mío propio… Al ocurrirme eso me encontré con Blab
en la esquina… pero no me dio la menor posibilidad de decir una palabra… imposible
deslizar una sola sílaba… Naturalmente, fui víctima de un ataque epiléptico… Blab salió
huyendo… ¡Los muy estúpidos! Creyeron que había muerto y me metieron aquí… ¡Vaya
hato de imbéciles! En cuanto a usted, he oído todo lo que ha dicho… y cada palabra es una
mentira… ¡Horrible, espantoso, ultrajante, atroz, incomprensible…! Etcétera, etcétera,
etcétera…
Imposible concebir mi estupefacción ante tan inesperado discurso, y la alegría que sentí
poco a poco al irme convenciendo de que el aliento tan afortunadamente capturado por
aquel caballero (que no era otro que mi vecino Alientolargo) era precisamente el que yo
había perdido durante mi conversación con mi mujer. El tiempo, el lugar y las
circunstancias lo confirmaban sin lugar a dudas. Pero de todas maneras no solté mi mano de
la nariz de Mr. Alientolargo, por lo menos durante el largo período durante el cual el
inventor de los álamos de Lombardía siguió favoreciéndome con sus explicaciones.
Obraba en este sentido con la habitual prudencia que siempre constituyó mi rasgo
dominante. Reflexioné que grandes obstáculos se amontonaban en el camino de mi
salvación, y que sólo con grandísimas dificultades podría superarlos. Muchas personas,
bien lo sabía, estiman las cosas que poseen —por más insignificantes que sean para ellas, y
aun molestas o incómodas— en razón directa de las ventajas que obtendrían otras personas
si las consiguieran. ¿No sería éste el caso con Mister Alientolargo? Si me mostraba ansioso
por ese aliento que tan dispuesto se mostraba a abandonar, ¿no me convertiría en una
víctima de las extorsiones de su avaricia? Hay villanos en este mundo, como le recordé
mientras suspiraba, que no tendrán escrúpulos en aprovecharse del vecino de al lado; y
además (esta observación proviene de Epicteto), en el momento en que los hombres están
más deseosos de arrojar la carga de sus calamidades, es cuando menos dispuestos se
muestran a ayudar en el mismo sentido a sus semejantes.
Frente a consideraciones de este género, manteniendo siempre mi presa por la punta de
la nariz, consideré oportuno dirigirle la siguiente réplica:
—¡Monstruo! —empecé, con un tono de profunda indignación—. ¡Monstruo e idiota
de doble aliento! Tú, a quien los cielos han castigado por tus iniquidades dándote una doble
respiración, ¿te atreves a dirigirte a mí con el lenguaje familiar de la amistad? «¡Mentiras!»,
dices y «que me calle la boca», ¡naturalmente! ¡Vaya conversación con un caballero que
sólo tiene un aliento! ¡Y todo esto cuando de mí depende aliviarte de la calamidad que
sufres, y eliminar todas las superfluidades de tu malhadada respiración!
Al igual que Bruto, me detuve esperando una respuesta, que, semejante a un huracán,
me arrolló inmediatamente. Mr. Alientolargo presentó toda clase de protestas y excusas. No
había una sola cosa con la cual no se mostrara perfectamente de acuerdo, y no dejé de sacar
ventaja de cada una de sus concesiones.
Arreglados los detalles preliminares, mi interlocutor procedió a devolverme mi
respiración; luego de examinarla cuidadosamente, le entregué un recibo.
Comprendo que muchos me harán reproches por referirme tan brevemente a un negocio
de tanta importancia. Se dirá que bien podía haber proporcionado minuciosos detalles de la
operación gracias a la cual (y es muy cierto) podría arrojar nuevas luces sobre una
interesantísima rama de las ciencias naturales.
Lamento mucho no poder responder a esto. Sólo me está permitido hacer una vaga
alusión. Había circunstancias —pero después de pensarlo bien, me parece más seguro decir
lo menos posible sobre tan delicado asunto—, circunstancias muy delicadas, repito, que al
mismo tiempo involucran a una tercera persona cuyo resentimiento no tengo el menor
interés en padecer en este momento.
No tardamos mucho, después de aquella transacción, en escaparnos de las mazmorras
del sepulcro. Las fuerzas unidas de nuestras resucitadas voces fueron muy pronto oídas
desde afuera. Tijeras, el director de un periódico centralista, aprovechó para publicar de
nuevo su tratado sobre «la naturaleza y origen de los sonidos subterráneos». Una réplicarefutación-
respuesta-justificación no tardó en aparecer en las columnas de un diario
democrático. Abriéronse las puertas de la bóveda para liquidar la controversia, y la
aparición de Mr. Alientolargo y mía probó a ambas partes que estaban igualmente
equivocadas.
No puedo determinar estos detalles sobre algunos pasajes singulares de una vida
bastante memorable, sin llamar otra vez la atención del lector acerca de los méritos de esa
filosofía sin distinciones que sirve de seguro escudo contra los dardos de la calamidad que
no alcanzan a verse, sentirse ni comprenderse. Está en el espíritu de esta sabiduría la
creencia, entre los antiguos hebreos, de que las puertas del cielo se abrirían inevitablemente
para aquel pecador o santo que, con buenos pulmones y lleno de confianza, vociferaba la
palabra «¡Amén!». Y se halla también dentro del espíritu de esa sabiduría el que, durante la
gran plaga que asolaba Atenas, y luego que se agotaron todos los medios para alejarla,
Epiménides —como relata Laercio en su segundo libro sobre el filósofo— aconsejara la
erección de un santuario y un templo «al Dios apropiado».
El duque de l’Omelette
Y pasó al punto a un clima más fresco.
(COWPER)
Keats sucumbió a una crítica. ¿Quién murió de una Andrómaca?108. ¡Almas innobles!
El duque de l’Omelette pereció de un verderón. L’historie en est brève. ¡Ayúdame, espíritu
de Apicio!
Una jaula de oro llevó al pequeño vagabundo alado, enamorado, derretido, indolente,
desde su hogar en el lejano Perú a la Chaussée d’Antin; de su regia dueña, La Bellísima, al
duque de l’Omelette; y seis pares del reino transportaron el dichoso pájaro.
Aquella noche el duque debía cenar a solas. En la intimidad de su despacho reclinábase
lánguidamente sobre aquella otomana por la cual había sacrificado su Lealtad al pujar más
que su rey en la subasta… la famosa otomana de Cadêt.
El duque hunde el rostro en la almohada. ¡Suena el reloj! Incapaz de contener sus
sentimientos, su Gracia come una aceituna. En ese instante ábrese la puerta a los dulces
sones de una música y, ¡oh maravilla!, el más delicado de los pájaros aparece ante el más
enamorado de los hombres. Pero, ¿qué inexpresable espanto se difunde en las facciones del
duque? «Horreur! -chien! -Baptiste! -l’oiseau! ah, bon Dieu! cet oiseau modeste que tu as
deshabillé de ses plumes, et que tu as servi sans papier!» Seria superfluo agregar nada: el
duque expira en un paroxismo de asco.
—¡Ja, ja, ja! —dijo su Gracia, tres días después de su fallecimiento.
—¡Je, je, je! —repuso suavemente el diablo, enderezándose con un aire de hauteur.
—Vamos, supongo que esto no es en serio —observó de l’Omelette—. He pecado,
c’est vrai, pero, querido señor… ¡supongo que no tendrá la intención de llevar a la práctica
tan bárbaras amenazas!
—¿Tan qué? —dijo su Majestad—. ¡Vamos, señor, desnúdese!
—¿Desnudarme? ¡Muy bonito en verdad! ¡No, señor, no me desnudaré! ¿Quién es
usted para que yo, duque de l’Omelette, príncipe de Foie-Gras, apenas mayor de edad, autor
de la Mazurquiada y miembro de la Academia, tenga que quitarme obedientemente los
mejores pantalones jamás cortados por Bourdon, la más bonita robe de chambre salida de
manos de Rombêrt, por no decir nada de los papillotes y para no mencionar la molestia que
me representaría quitarme los guantes?
—¿Que quién soy? ¡Ah, es verdad! Soy Baal-Zebub, príncipe de la Mosca. Acabo de
sacarte de un ataúd de palo de rosa incrustado de marfil. Estabas extrañamente perfumado y
tenías una etiqueta como si te hubieran facturado. Te mandaba Belial, mi inspector de
cementerios. En cuanto a esos pantalones que dices cortados por Bourdon, son un excelente
par de calzoncillos de lino, y tu robe de chambre es una mortaja de no pequeñas
dimensiones.
108 Montfleury. El autor del Parnasse Réformé le hace decir en el Hades: L’homme donc qui voudrait savoir ce dont je
suis mort, qu’il ne demande pas s’il fût de fièvre ou de podagre ou d’autre chose, mais qu’il entende que ce fût de
«L’Andromache».
—¡Caballero —replicó el duque—, no me dejo insultar impunemente! ¡Aprovecharé la
primera oportunidad para vengarme de esta afrenta! ¡Oirá usted hablar de mí! ¡Entretanto…
au revoir!
Y el duque se inclinaba, antes de apartarse de la satánica presencia, cuando se vio
interrumpido y devuelto a su sitio por un guardián. En vista de ello, su Gracia se frotó los
ojos, bostezó, encogióse de hombros y reflexionó. Luego de quedar satisfecho sobre su
identidad, echó una mirada a vuelo de pájaro sobre los alrededores.
El aposento era soberbio a un punto tal, que de l’Omelette lo declaró bien comme il
faut. No tanto por su largo o su ancho, sino por su altura… ¡ah, qué espantosa altura! No
había techo… ciertamente no lo había… Solamente una densa masa atorbellinada de nubes
de color de fuego. Su Gracia sintió que la cabeza le daba vueltas al mirar hacia arriba.
Desde lo alto colgaba una cadena de un metal desconocido de color rojo sangre; su
extremidad superior se perdía, como la ciudad de Boston, parmi les nuages. En su extremo
inferior se balanceaba un enorme fanal. El duque comprendió que se trataba de un rubí;
pero de ese rubí emanaba una luz tan intensa, tan fija, como jamás fue adorada en Persia, o
imaginada por Gheber, o soñada por un musulmán cuando, intoxicado de opio, cae
tambaleándose en un lecho de amapolas, la espalda contra las flores y el rostro vuelto al
dios Apolo. El duque murmuró un suave juramento, decididamente aprobatorio.
Los ángulos del aposento se curvaban formando nichos. Tres de ellos aparecían
ocupados por estatuas de proporciones gigantescas. Su hermosura era griega, su
deformación egipcia, su tout ensemble francés. En el cuarto nicho, la estatua aparecía
velada y no era colosal. Veíase empero un tobillo ahusado, un pie con sandalia. De
l’Omelette llevó su mano al corazón, cerró los ojos, volvió a abrirlos y sorprendió a su
satánica majestad… cuando se sonrojaba.
¡Pero aquellas pinturas! ¡Kupris! ¡Astarté! ¡Astoreth! ¡Mil y la misma! ¡Y Rafael las ha
contemplado! Sí, Rafael estuvo aquí: ¿acaso no pintó la…? ¿Y no se condenó a causa de
ello? ¡Las pinturas, las pinturas! ¡Oh lujo, oh amor! ¿Quién, contemplando aquellas
bellezas prohibidas, tendría ojos para las exquisitas obras que, en sus marcos de oro,
salpican como estrellas las paredes de jacinto y de pórfido?
Empero, el corazón del duque desfallece. No se siente, como lo suponéis, marcado por
la magnificencia, ni embriagado por el intenso perfume de los innumerables incensarios.
C’est vrai que de toutes ces choses il a pensé beaucoup-mais! El duque de l’Omelette está
aterrado. ¡A través de la cárdena visión que le ofrece la sola ventana sin cortinas se divisa el
más espantoso de los fuegos!
Le pauvre Duc! No podía impedirse imaginar que las admirables, las voluptuosas, las
inmortales melodías que invadían aquel salón, a medida que pasaban filtrándose y
trasmutándose por la alquimia de las encantadas ventanas, eran los gemidos y los alaridos
de los condenados sin esperanza. ¡Y allí, allí, sobre la otomana! ¿Quién está ahí? ¡Es él, el
petit-maître… no, la Deidad… sentado como si estuviera esculpido en mármol, et qui sourit,
con su pálido rostro, si amèrement!
Mais il faut agir… vale decir que un francés no se desmaya nunca de golpe. Además, a
su Gracia le repugna una escena… De l’Omelette ha recobrado todo su dominio. Ha visto
unos floretes sobre la mesa y unas dagas. El duque ha estudiado con B…; il avait tué ses six
hommes. Por lo tanto, il peut s’échapper. Mide dos armas y, con inimitable gracia, ofrece la
elección a su Majestad. Horreur! ¡Su Majestad no sabe esgrima!
Mais il joue! ¡Feliz idea! Su Gracia tuvo siempre una excelente memoria. Alguna vez
hojeó Le Diable, del abate Gualtier. Allí se dice que le Diable n’ose pas refuser un jeu
d’écarté.
¡Pero las probabilidades… las probabilidades! Remotísimas, desesperadas, es verdad;
empero, apenas más desesperadas que el duque mismo. Además, ¿no está en el secreto?
¿No ha leído al Père Le Brun? ¿No era miembro del Club Vingt-et-un? Si je perds —dice—
je serai deux fois perdu… quedaré dos veces condenado… voilà tout! (Y aquí su Gracia se
encogió de hombros.) Si je gagne, je reviendrai à mes ortolons… que les cartes soient
préparées!
Su Gracia era todo cuidado, todo atención; su Majestad, todo confianza. Un espectador
hubiera pensado en Francisco y en Carlos. Su Gracia pensaba en su juego. Su Majestad no
pensaba: barajaba. El duque cortó.
Distribuyéronse las cartas. Diose vuelta la primera. ¡El rey! ¡Pero no… era la reina! Su
Majestad maldijo sus vestimentas masculinas. De l’Omelette se llevó la mano al corazón.
Jugaron. El duque contaba. Había terminado la mano. Su Majestad contaba lentamente,
sonriendo, bebiendo vino. El duque escamoteó una carta.
—C’est à vous de faire —dijo su Majestad, cortando. Su Gracia se inclinó, barajó las
cartas y levantóse en presentant le Roi.
Su Majestad pareció apesadumbrado.
Si Alejandro no hubiese sido Alejandro, hubiera querido ser Diógenes, y el duque
aseguró a su antagonista, mientras se despedía de él, que s’il n’eût été de l’Omelette il
n’aurait point d’objection d’être le Diable.
Cuatro bestias en una
El hombre-camaleopardo
Chacun a ses vertus.
(CREBILLON, Jerjes)
Por lo general, se considera a Antíoco Epifanes como el Gog del profeta Ezequiel.
Cabe sin embargo atribuir con más propiedad este honor a Cambises, hijo de Ciro. De todos
modos, el carácter del monarca sirio no necesita ningún embellecimiento suplementario. Su
acceso al trono, o más bien su usurpación de la soberanía, en el año ciento setenta y uno
antes de Cristo; su tentativa de saquear el templo de Diana, en Éfeso; su implacable
hostilidad hacia los judíos; su profanación del santo de los santos, y su miserable muerte en
Taba, después de un tumultuoso reinado de once años, constituyen circunstancias
prominentes y, por tanto, mucho más tenidas en cuenta por los historiadores de su tiempo
que las impías, cobardes, crueles, estúpidas y extravagantes acciones que forman la suma
total de su vida privada y su reputación.
Supongamos, amable lector, que estamos en el año del mundo tres mil ochocientos
treinta, e imaginémonos por un momento en la más grotesca de las moradas humanas, en la
notable ciudad de Antioquía. Por cierto que en Siria y otros países había un total de
dieciséis ciudades de este nombre, aparte de aquella a que aludo particularmente. Pero la
nuestra es la que recibió el nombre de Antioquia Epidafne a causa de su vecindad con el
pueblo de Dafne, donde se alzaba un templo a dicha divinidad. Fue construida (aunque la
cuestión está muy controvertida) por Seleuco Nicanor, primer rey del país después de
Alejandro Magno, en memoria de su padre, Antíoco, y no tardó en convertirse en capital de
los monarcas sirios. En los florecientes tiempos del imperio romano, Antioquía era la
residencia habitual del prefecto de las provincias orientales, y muchos emperadores de la
ciudad reina (entre los cuales cabe mencionar especialmente a Veras y a Valente) pasaron
aquí la mayor parte de su tiempo. Pero advierto que estamos ya en la ciudad. Subamos a esa
muralla, a fin de contemplar Antioquia y las comarcas circundantes.
—¿Qué río es ése, tan ancho y rápido, que se abre camino entre innumerables saltos, a
través de la confusa multitud de las montañas, y de la multitud no menos confusa de los
edificios?
—Es el Orontes. Sus aguas son las únicas visibles, fuera de las del Mediterráneo, que
se tiende como un ancho espejo a unas doce millas al sur. Todo el mundo ha visto el
Mediterráneo, pero permítame decirle que muy pocos han podido tener un atisbo de
Antioquía. Cuando digo pocos, aludo a personas como usted y como yo, que poseen al
mismo tiempo las ventajas de una educación moderna. Deje, pues, de contemplar el mar y
conceda toda su atención a la masa de edificios que se tiende por debajo de nosotros.
Recordará que estamos en el año del mundo tres mil ochocientos treinta. Si fuera más tarde
—si, por ejemplo, estuviéramos en el año de Nuestro Señor mil ochocientos cuarenta y
cinco—, nos veríamos privados de tan extraordinario espectáculo. En el siglo diecinueve
Antioquia es —o, mejor dicho, será— un lamentable montón de ruinas. Para ese entonces
habrá quedado destruida, en tres ocasiones diferentes, por tres terremotos sucesivos, Y a
decir verdad, lo poco que quede de ella estará en un estado tan ruinoso y desolado que el
patriarca habrá trasladado su residencia a Damasco. ¡Ah, muy bien! Veo que aprovecha
usted mi consejo y se dedica a inspeccionar los lugares,
satisfaciendo sus ojos
con los recuerdos y los monumentos famosos
que tanto renombre dan a esta ciudad.
Perdóneme usted; me olvidaba de que Shakespeare no florecerá hasta dentro de mil
setecientos cincuenta años. Veamos: ¿no justifica la apariencia de Epidafne que la califique
de grotesca?
—Está bien fortificada, y en este sentido debe tanto a la naturaleza como al arte.
—Muy cierto.
—Hay una prodigiosa cantidad de majestuosos palacios.
—En efecto.
—Y los numerosos templos, tan ricos corno magníficos, pueden compararse con los
más alabados de la antigüedad.
—Lo reconozco. Pero hay también infinidad de cabañas de barro y abominables
barracas. No podemos dejar de advertir en las calles la cantidad de inmundicias tiradas en el
arroyo, y si no fuera por las continuas humaredas del incienso de los idólatras no hay duda
que el hedor resultaría intolerable. ¿Vio usted alguna vez calles tan sofocadamente angostas
o edificios tan milagrosamente altos? ¡Qué penumbra arrojan sus sombras sobre la tierra!
Por suerte, las oscilantes lámparas de aquellas columnatas permanecen encendidas durante
el día; de lo contrario, tendríamos aquí las tinieblas de Egipto en tiempos de su desolación.
—¡Ciertamente es un extraño lugar! ¿Qué significa aquel singular edificio? ¡Mírelo!
Domina todos los otros y se halla situado al este de lo que creo debe ser el palacio real.
—Es el nuevo templo del Sol, a quien se adora en Siria bajo el nombre de Elah
Gabalah. Más tarde, un emperador romano harto notorio instituirá su culto en Roma y
extraerá de él su propio nombre, Heliogábalo. Pienso que le gustaría a usted echar una
ojeada a la divinidad del templo. No necesita mirar hacia el cielo: el Sol no está allí, por lo
menos el Sol que adoran los sirios. La deidad reposa en el interior de aquel edificio. Se lo
adora bajo la forma de una ancha columna de piedra rematada por un cono o pirámide —
que denota el Fuego.
—¡Escuche! ¡Mire! ¿Quiénes son esos ridículos seres semidesnudos, pintarrajeado el
rostro, que gritan y gesticulan dirigiéndose a la chusma?
—Unos pocos son saltimbanquis. Otros pertenecen a la clase de los filósofos. Pero la
mayoría —justamente aquellos que están apaleando a la muchedumbre— son los
principales cortesanos de palacio, que ejecutan, como es su deber, alguna loable
extravagancia ordenada por el rey.
—Pero, ¿qué es eso? ¡Cielos, la ciudad está infestada de bestias salvajes! ¡Qué
espectáculo terrible… qué peligrosa singularidad!
—Terrible, si usted quiere; pero nada peligrosa. Si mira atentamente, verá que cada uno
de esos animales sigue tranquilamente a su amo. Algunos van con una cuerda al cuello,
pero se trata de las especies más pequeñas o tímidas. El león, el tigre y el leopardo se
mueven con entera libertad. Han sido adiestrados para sus actuales funciones, y sirven a sus
respectivos dueños de valets de chambre. A veces, claro está, la naturaleza reivindica sus
violadas leyes; pero que un guerrero sea devorado, o que un toro sagrado aparezca muerto,
son cosas demasiado insignificantes para causar sensación en Epidafne.
—¡Qué tumulto tan extraordinario se escucha! ¡Un ruido terrible, aun para Antioquía!
Sin duda ocurre cosa fuera de lo común.
—Así es. El rey ha dispuesto algún nuevo espectáculo: una exhibición de gladiadores
en el hipódromo, quizá la matanza de los prisioneros escitas, el incendio de su nuevo
palacio, la demolición de algún hermoso templo… o quizá una hoguera alimentada por
algunos judíos. El rumor aumenta. Gritos y carcajadas ascienden a los cielos. El aire se
conmueve con la estridencia de los instrumentos de viento y el horrible clamoreo de un
millón de gargantas. ¡Bajemos, en nombre de la diversión, y veamos qué pasa! ¡Por ahí…
cuidado! Ya estamos en la calle principal, llamada calle de Timarco. Un mar de gente se
acerca y difícil nos será remontar la corriente. La multitud se derrama por la calle de
Heráclides, que nace directamente en palacio… Es de suponer entonces que el rey se
encuentra entre los alborotadores. ¡Sí, oigo los gritos de los heraldos, anunciando su llegada
con la pomposa fraseología del Oriente! Podremos echar una ojeada a su persona cuando
pase frente al templo de Ashimah. Refugiémonos en el vestíbulo del santuario; no tardará
en llegar. Entretanto, examinemos esta imagen. ¿Qué es? ¡Oh, el dios Ashimah en persona!
Advertirá usted que no se trata ni de un cordero, ni de un chivo, ni de un sátiro; tampoco se
parece gran cosa al Pan de los árcades. Y, sin embargo, todas estas apariencias han sido
asignadas… ¡oh, perdón: serán asignadas!, por los sabios de los tiempos venideros al
Ashimah de los sirios. Póngase los anteojos y dígame qué es. ¿Qué es?
—¡Dios me bendiga! ¡Un mono!
—Exacto: un mandril. Pero no por eso deja de ser una deidad. Su nombre deriva del
griego Simia… ¡Ah, qué grandes tontos son los arqueólogos! ¡Pero… vea! ¡Ese pequeño
vagabundo que corre allí! ¿A dónde va? ¿Y qué vocifera? ¿Qué dice? ¡Oh! Dice que el rey
viene en triunfo, que está vestido con traje de ceremonia y que acaba de quitar la vida con
su propia mano a mil prisioneros israelitas encadenados. ¡Y el canalla lo ensalza hasta los
cielos por esa hazaña! ¡Atención! ¡Viene una turba igualmente desastrada! Han compuesto
un himno en latín sobre el valor del rey, y lo cantan mientras desfilan.
Mille, mille, mille,
Mille, mille, mille,
Decollavimus, unus homo!
Mille, mille, mille, mille, decollavimus!
Mille, mille, mille,
Vivat qui mille mille occidit!
Tantum vini habet nemo
Quantum sanguinis effudit!109.
Lo cual puede parafrasearse así:
¡Mil, mil, mil,
Mil, mil, mil,
Con un solo guerrero degollamos a mil!
¡Mil, mil, mil, mil!
109 Flavio Vospicus cuenta que este himno fue cantado por el populacho luego que Aureliano, en la guerra
contra los sármatas, hubo matado con su propia mano novecientos cincuenta enemigos.
¡Cantemos otra vez mil!
¡Ohé, cantemos:
Larga vida a nuestro rey,
Que bellamente mató a mil!
¡Ohé! ¡Proclamemos
Que él nos ha dado
Más galones de sangre
Que toda la Siria vino!
—¿Oye usted ese toque de trompetas?
—Sí: el rey se acerca. ¡Vea, el pueblo está estupefacto de admiración y alza los ojos al
cielo en señal de reverencia! ¡Ya viene… ya viene… ya está aquí!
—¿Quién? ¿Dónde? ¿El rey? No lo veo… no lo distingo por ninguna parte.
—¡Se ha vuelto usted ciego!
—Es posible. Lo único que veo es una tumultuosa muchedumbre de imbéciles y de
locos que se prosternan ante un gigantesco Camaleopardo110, tratando de besarle las
pezuñas. ¡Vea, el animal acaba de dar una coz a uno de la chusma… a otro… y a otro! ¡Ah,
no puedo dejar de admirar a esa bestia por el excelente uso que hace de sus patas!
—¡La chusma! ¡Vamos, si se trata de los nobles y libres ciudadanos de Epidafne!
¿Bestia, dijo usted? Tenga cuidado de que no lo oigan. ¿No ve usted que ese animal tiene
rostro humano? ¡Mi querido señor ese Camaleopardo es nada menos que Antíoco Epifanes,
Antíoco el Ilustre, rey de Siria, el más potente de los autócratas del Oriente! Cierto que con
frecuencia suelen llamarlo Antíoco Epimanes… Antíoco el Loco… pero sólo porque el
pueblo no está capacitado para apreciar sus méritos. Lo seguro es que en este momento se
ha escondido en la piel de un animal, haciendo todo lo posible para representar a un
Camaleopardo; pero su intención es la de elevar aún más su dignidad de rey. Sepa usted
que el monarca es de gigantesca estatura y que el traje no le resulta inapropiado ni
excesivamente grande. Cabe presumir, empero, que no se lo hubiera puesto si no se tratara
de alguna ocasión especialmente solemne. ¡Y no me negará usted que la matanza de un
millar de judíos no es cosa solemne! ¡Con qué excelsa dignidad se pasea el monarca en
cuatro patas! Repare en que sus dos concubinas principales, Elliné y Argelais, le sostienen
la cola; toda su apariencia sería infinitamente atractiva de no ser por la protuberancia de sus
ojos, que ciertamente acabarán saltándosele de las órbitas, y el extraño color de su rostro,
que se ha convertido en algo indescriptible a causa de la cantidad de vino que ha bebido.
Sigámoslo al hipódromo, al cual se encamina ahora, y escuchemos el canto de triunfo que
él mismo entona el primero:
¿Quién es rey, sino Epifanes?
¡Decidlo! ¿Lo sabéis?
¿Quién es rey, sino Epifanes?
¡Bravo! ¡Bravo!
¡No hay nadie fuera de Epifanes,
No, no hay nadie!
¡Derribad entonces los templos
Y apagad el sol!
110 Los antiguos llamaban así a la jirafa, por hallarla parecida al camello y al leopardo. (N. del T.)
—¡Muy bien, magníficamente cantado! El populacho lo está saludando como «Príncipe
de los Poetas», «Gloria del Oriente», «Delicia del Universo» y «El más asombroso de los
Camaleopardos». Le han pedido un bis… ¿oye usted? ¡Lo está cantando de nuevo! Cuando
llegue al hipódromo recibirá la corona de la poesía, como anticipación de su victoria en las
próximas olimpíadas.
—¡Por Júpiter! ¿Qué ocurre entre la multitud, que viene detrás de nosotros?
—¿Detrás, dice usted? ¡Ah, oh… ya veo! Querido amigo, ha hablado usted a tiempo.
¡Refugiémonos lo antes posible en algún lugar seguro! ¡Ahí, en ese arco del acueducto! Le
diré inmediatamente la causa de la conmoción. Ha ocurrido lo que yo estaba previendo. La
singular apariencia del Camaleopardo con cabeza humana parece haber ofendido el sentido
de la dignidad que, en general, poseen los animales feroces domesticados en esta ciudad.
Como consecuencia se ha producido un motín. Y como es usual en tales ocasiones, ningún
esfuerzo humano será capaz de contener a la muchedumbre. Muchos sirios han sido ya
devorados, pero la consigna general de estos patriotas de cuatro patas parece ser la de
comerse al Camaleopardo. Razón por la cual el «Príncipe de los Poetas» corre en estos
momentos sobre sus dos piernas para salvar la vida. Los cortesanos lo han dejado en la
encrucijada, y sus concubinas han seguido tan excelente ejemplo. ¡«Delicia del Universo»,
en qué lío te has metido! ¡«Gloria del Oriente», qué peligro de masticación corres! No
mires, no, tu cola con tanta lástima; tendrá que arrastrar por el fango, no hay remedio. No
mires hacia atrás, para asistir a su inevitable degradación; toma coraje, mueve
vigorosamente las piernas y enfila hacia el hipódromo. ¡Recuerda que eres Antíoco
Epifanes, Antíoco el Ilustre! ¡«Príncipe de los Poetas», «Gloria del Oriente», «Delicia del
Universo» y «El más asombroso de los Camaleopardos»! ¡Cielos, qué velocidad eres capaz
de desplegar! ¡Qué capacidad para proteger tus piernas! ¡Corre, príncipe! ¡Bravo, Epifanes!
¡Bien hecho, Camaleopardo! ¡Glorioso Antíoco! ¡Cómo corre… cómo salta… cómo vuela!
¡Se aproxima al hipódromo como una flecha recién disparada por una catapulta! ¡Salta…
grita… ya llegó! Magnífico, pues si tardabas un segundo más en llegar a las puertas del
anfiteatro, ¡oh «Gloria del Oriente»!, no hubiera quedado un solo cachorro de oso en
Epidafne sin probar el sabor de tu carne. ¡Vámonos, salgamos de aquí! ¡Nuestros delicados
oídos modernos son incapaces de soportar el alarido que va a alzarse para celebrar la
escapatoria del rey! ¡Escuche… ya ha empezado! ¡Toda la ciudad está patas arriba!
—¡No hay duda de que es ésta la más populosa ciudad del Oriente! ¡Qué cantidad de
gente! ¡Qué revoltillo de clases y de edades! ¡Qué multiplicidad de sectas y naciones! ¡Qué
variedad de trajes! ¡Qué Babel de idiomas! ¡Qué rugidos de fieras! ¡Qué resonar de
instrumentos! ¡Qué hato de filósofos!
—¡Vamos, salgamos de aquí!
—¡Un momento! Veo una gran confusión en el hipódromo. ¿Puede decirme, por favor,
qué ocurre?
—¿Eso? ¡Oh, no es nada! Los nobles y libres ciudadanos de Epidafne, luego de
declararse satisfechos de la fe, valor, sabiduría y divinidad de su rey, y habiendo sido
además testigos presenciales de la sobrehumana agilidad de hace un instante, consideran su
deber depositar sobre su frente (además de la corona poética) la guirnalda de la victoria en
la carrera pedestre, guirnalda que sin duda ganará en las próximas olimpíadas y que, por
tanto, le conceden por adelantado.
Autobiografía literaria de Thingum Bob,
Esq.111
(Ex director del Goosetherumfoodle)
Dado que mis años van en aumento y, según tengo entendido, tanto Shakespeare como
Mr. Emmons fallecieron alguna vez, no es imposible que hasta yo tenga que morir. He
pensado, pues, que bien podía retirarme del campo de las letras y dormir en mis laureles.
Pero ansío dejar señalada mi abdicación del cetro literario con algún importante legado a la
posteridad, y quizá nada mejor para ello que narrar la historia de los primeros tiempos de
mi carrera. Tanto y tan constantemente ha brillado mi nombre ante los ojos del público, que
no sólo estoy dispuesto a admitir lo natural de ese interés universalmente provocado, sino a
satisfacer la extrema curiosidad que inspiró siempre. Por lo demás, constituye un deber de
aquel que ha llegado a la grandeza dejar en su ascenso los hitos necesarios para guiar a los
otros que ascenderán a su vez. Me propongo, pues, detallar en este artículo (que estuve a
punto de titular «Datos para servir a la historia literaria de Norteamérica») esos
importantes, aunque débiles y vacilantes primeros pasos por los cuales llegué a la larga al
pináculo del renombre humano.
Superfluo sería hablar demasiado de nuestros ascendientes muy remotos. Mi padre,
Thomas Bob, Esq., mantúvose muchos años en la cumbre de su profesión, que era la de
barbero en la ciudad de Smug. Su negocio constituía el centro de reunión de los principales
del lugar, y especialmente de los pertenecientes al cuerpo periodístico —cuerpo que
provoca en todas partes profunda veneración y respeto—. Por mi parte, contemplábalos yo
como a dioses, y bebía ávidamente el opulento ingenio y la sabiduría que continuamente
fluía de sus augustas bocas durante el desarrollo del proceso conocido por «jabonadura».
Mi primer momento de verdadera inspiración data de aquella época memorable, cuando el
brillante director del Gad-fly, en los intervalos del importante proceso mencionado, recitó
en alta voz, ante un cónclave formado por nuestros aprendices, un inimitable poema en
honor del «Único genuino Aceite de Bob» (así llamado por el nombre de su talentoso
inventor, mi padre), y recibió por aquella efusión una generosa y real recompensa de la
firma Thomas Bob & Compañía, comerciantes barberos.
El genio presente en las estrofas del «Aceite de Bob» me infundió por primera vez el
divino afflatus. Inmediatamente resolví llegar a ser un gran hombre, comenzando para ello
por ser un gran poeta. Aquella misma noche caí de hinojos a los pies de mi padre.
—¡Padre, perdóname —dije—, pero mi alma está por encima de la espuma de jabón!
Tengo el firme propósito de marcharme del negocio. Quiero ser director… quiero ser
poeta… quiero escribir estrofas al «Aceite de Bob». ¡Perdóname, y ayúdame a ser grande!
—Querido Thingum —repuso mi padre (el nombre Thingum me venía de un pariente
rico así llamado)—, querido Thingum —agregó, levantándome por las orejas—, Thingum,
muchacho, eres un real mozo, y gracias a tus padres has recibido un alma. Además, como tu
111 Thingum-bob se usa en inglés para reemplazar un nombre que no se recuerda en el momento. Estos juegos
de palabras se multiplican a lo largo del relato. (N. del T.)
cabeza es enorme, contiene sin duda un cerebro considerable. Hace tiempo que lo vengo
notando, y por eso tenía pensado hacer de ti un abogado. Pero la profesión ha perdido su
caballerosidad, y la de político no da para gastos. Creo que no estás desacertado; el negocio
de director de periódico es lo mejor, y, si al mismo tiempo puedes ser un poeta (como lo
son la mayoría de los directores, dicho sea de paso), pues bien, matarás dos pájaros de un
tiro. Para estimularte en tus comienzos te asignaré la buhardilla; tendrás pluma, tinta y
papel, un diccionario de la rima y un ejemplar del Gad-Fly. Supongo que no pretenderás
nada más.
—¡Sería un ingrato y un villano si tal pretendiera! —repuse entusiasmado—. Tu
generosidad es ilimitada. ¡Te la retribuiré convirtiéndote en el padre de un genio!
Terminó así mi confesión con el mejor de los hombres, e inmediatamente me consagré
con todo celo a mis labores poéticas, ya que fundaba en ellas mis principales esperanzas
para elevarme hasta la cátedra de la dirección periodística.
En mis primeras tentativas de composición descubrí que las estrofas del «Aceite de
Bob» eran más un inconveniente que otra cosa. Su esplendor, en vez de iluminarme me
mareaba. La contemplación de su excelencia tenía, como es natural, que descorazonarme si
la comparaba con mis propios abortos; por lo cual trabajé largo tiempo en vano. Por fin
nació en mi mente una de esas ideas exquisitamente originales que alguna que otra vez
invaden el cerebro de un hombre de genio. Hela aquí —o, más bien, he aquí la forma en
que la llevé a la práctica—. En una vetusta librería situada en los aledaños de la ciudad
desenterré algunos volúmenes tan antiguos como desconocidos, que el librero me vendió
por menos que nada. De uno de ellos, que pretendía ser la traducción de una obra llamada
Inferno, de un tal Dante, copié con suma prolijidad un largo pasaje acerca de un individuo
llamado Ugolino, que tenía varios chiquillos. De otro libro, que contenía numerosas obras
de teatro del tiempo viejo, escritas por alguien cuyo nombre he olvidado, extraje del mismo
modo y con idéntico cuidado muchos versos que hablaban de «ángeles», «sacerdotes
bendiciendo la mesa» y «espíritus malignos», y muchos más. De un tercero, que era obra de
un ciego, no sé si griego o indio Choctaw (no se puede pretender que me acuerde en detalle
de cada insignificancia), extraje unos cincuenta versos que empezaban hablando de «la
cólera de Aquiles», de «grasa» y otras cosas. De un cuarto, que, según recuerdo, era
también obra de un ciego, elegí una o dos páginas llenas de «salves» y «santa luz»», y
aunque me pregunto qué tiene un ciego que escribir acerca de la luz, de todos modos
aquellos versos eran bastante buenos a su manera.
Luego que hube pasado en limpio los poemas, los firmé a todos «Oppodeldoc» (un
hermoso, sonoro nombre) y, poniéndolos en sendos y bonitos sobres separados, los envié
respectivamente a las cuatro principales revistas literarias, solicitando su rápida publicación
y pronto pago. Pero el resultado de este bien concebido plan (cuyo éxito me hubiera evitado
tantos disgustos en el futuro) sirvió para convencerme de que no es posible embaucar a
ciertos directores, y dio el coup de grâce (como dicen en Francia) a mis nacientes
esperanzas (como dicen en la ciudad de los trascendentales)112.
La cuestión es que cada una de las revistas dio un terrible vapuleo a Mr. «Oppodeldoc»
en sus «Respuestas Mensuales a los Colaboradores». El Hum-Drum lo hizo de la siguiente
manera:
«Oppodeldoc (sea quien sea) nos ha enviado una larga tirada referente a un loco a
quien llama “Ugolino’, padre de muchos hijos que merecían una buena azotaina y que los
112 Alusión a la escuela filosófica cuya primera figura era Emerson. (N. del T.)
mandaran a la cama sin cenar. El poema en cuestión es lamentablemente flojo, por no decir
chato. Oppodeldoc (sea quien sea) carece por completo de imaginación, y la imaginación,
según pensamos humildemente, no sólo es el alma de la POESÍA, sino su corazón.
Oppodeldoc (sea quien sea) ha tenido la audacia de exigirnos “rápida publicación y pronto
pago” de su chachara. Jamás publicamos ni adquirimos colaboraciones de esa estofa. No
cabe duda, sin embargo, que le será muy fácil encontrar comprador para todos los
disparates que garrapatee, en las redacciones del Rowdy-Dow, del Lollipop o del
Goosetherumfoodle.»
Preciso es reconocer que todo esto era sumamente severo para «Oppodeldoc», pero el
rasgo más cruel consistía en la impresión de la palabra POESÍA con mayúsculas. ¡Qué
mundo de amargura no está contenido en esas seis letras preeminentes!
Pero «Oppodeldoc» era castigado con igual severidad en el Rowdy-Dow, quien se
expresaba así:
«Hemos recibido una muy singular e insolente comunicación de una persona que (sea
quien sea) se firma “Oppodeldoc”, profanando así la grandeza del ilustre emperador
romano de ese nombre. Acompañando la carta de “Oppodeldoc” (sea quien sea)
encontramos abundantes versos tan campanudos como repelentes e ininteligibles, que
hablan de “ángeles y ministros bendicientes”, y que sólo insanos como un Nat Lee113 o un
“Oppodeldoc” son capaces de perpetrar. Y por esta hojarasca de hojarascas se pretende que
“paguemos prontamente”. ¡No, señor, no! No pagamos cosas semejantes. Diríjase usted al
Hum-Drum, al Lollipop o al Goosetherumfoodle. Dichos periódicos aceptarán sin duda
alguna cualquier desperdicio literario que se le ocurra enviarles, y también sin duda alguna
prometerán pagarlo.»
Esto era muy amargo, por cierto, para el pobre «Oppodeldoc», pero en este caso el peso
de la sátira caía sobre el Hum-Drum, el Lollipop y el Goosetherumfoodle, a quienes se
calificaba ácidamente de «periódicos» (y en itálicas, para colmo), cosa que debió de
herirlos en pleno corazón.
Apenas menos salvaje se mostró el Lollipop, que se expresó en esta forma:
«Cierto individuo que se goza en hacerse llamar “Oppodeldoc” (¡a qué bajos usos se
aplican a veces los nombres de los muertos ilustres!) nos ha hecho llegar cincuenta o
sesenta versos que comienzan de esta manera:
La cólera de Aquiles, para Grecia calamitosa fuente
de innumerables males, etc., etc.
»Informamos respetuosamente a Oppodeldoc (sea quien sea) que no hay en nuestra
casa un solo aprendiz que no componga cotidianamente mejores versos. Los de
Oppodeldoc no se pueden escandir. Oppodeldoc debería aprender a contar. Pero lo que va
más allá de nuestra comprensión es cómo se le puede haber ocurrido la idea de que
nosotros (¡nosotros, nada menos!) deshonraríamos nuestras páginas con sus inefables
disparates. Semejantes garrapateos son apenas buenos para figurar en el Hum-Drum, el
Rowdy-Dow y el Goosetherumfoodle, que no vacilan en publicar, como si fueran grandes
novedades, los versos que todos sabíamos de niños. Y “Oppodeldoc” (sea quien sea) tiene
el coraje de pretender que le paguemos sus ñoñerías. ¿No sabe acaso que ninguna paga
sería suficiente para que publicáramos sus engendros?»
113 Nathaniel Lee, dramaturgo inglés, 1653?-1692. Ni que decir que los versos son de «Nat»Lee. (N. del T.)
Mientras leía todo esto me iba sintiendo cada vez más pequeño y, cuando llegué a la
parte donde el director se burlaba del poema calificándolo de verso, apenas sobrepasaba del
nivel del suelo. En cuanto a «Oppodeldoc», comencé a sentir compasión por el pobre
diablo. Pero el Goosetherumfoodle mostró aún menos piedad que el Lollipop, si ello era
posible, al decir:
«Un lamentable poetastro que firma “Oppodeldoc” ha sido lo bastante tonto para
imaginar que le publicaríamos y pagaríamos una rapsodia tan bombástica como incoherente
que nos ha remitido, y que comienza con el siguiente verso más o menos inteligible:
¡Salve, santa luz! ¡Progenie del Cielo, primogénito!
»Decimos “más o menos inteligible”; pero Oppodeldoc (sea quien sea) tendrá la
bondad de explicarnos cómo es posible que el granizo pueda ser una luz santa114. Siempre
lo consideramos lluvia solidificada. ¿Nos informará, además, cómo la lluvia solidificada
puede ser al mismo tiempo luz santa (sea lo que sea) y progenie? Pues, si algo sabemos de
inglés, progenie sólo se usa apropiadamente al referirse a niños de unas seis semanas de
edad. Pero sería ridículo seguir comentando esta absurdidad, pese a que “Oppodeldoc” (sea
quien sea) tiene el cinismo incomparable de suponer que no solamente publicaremos sus
ignorantes delirios, sino que además… ¡se los pagaremos!
»Esto es verdaderamente admirable. Estaríamos tentados de castigar al joven
escritorzuelo por su egotismo, publicando sus efusiones verbatim et literatim, tal como las
ha escrito. Ningún castigo podría ser más severo, y bien se lo infligiríamos, si no
quisiéramos evitar el hastío consiguiente para nuestros lectores.
»Que “Oppodeldoc” (sea quien sea) envíe sus futuras “composiciones” al Hum-Drum,
al Lollipop o al Rowdy-Dow. Con toda seguridad se las publicarán. No hacen otra cosa en
cada número que sacan. Sí, mejor es que se las envíe a ellos. NOSOTROS no nos dejamos
insultar impunemente.»
Esto acabó conmigo, y en cuanto al Hum-Drum, el Rowdy-Dow y el Lollipop, jamás
pude comprender cómo sobrevivieron. Mencionarlos con los caracteres más pequeños, con
miñonas (y ahí estaba la ofensa, al insinuar su inferioridad, su bajeza), mientras
NOSOTROS aparecía mirándolos desde lo alto de sus mayúsculas… ¡oh, era demasiado
duro! ¡Era ajenjo, era hiel! Si yo hubiera pertenecido a uno de aquellos periódicos no
hubiera escatimado esfuerzo para llevar a los tribunales al Goosetherumfoodle. Habría
podido basarme para ello en la ley destinada a «prevenir la crueldad contra los animales».
En cuanto a Oppodeldoc (fuere quien fuese) ya había perdido la paciencia con respecto a él,
y no le guardaba ninguna simpatía. Era indudablemente un estúpido (fuere quien fuese), y
merecía todos los puntapiés que acababa de recibir.
El resultado de mi experimento con los viejos libros me convenció, en primer lugar, de
que «la honestidad es la mejor política», y, en segundo, que si yo era incapaz de escribir
mejor que Mr. Dante, los dos ciegos y el resto de la vieja camarilla, por lo menos me
resultaría difícil escribir peor que ellos. Recobré el ánimo, pues, decidiéndome a lograr por
fin algo «completamente original», como dicen en las cubiertas de las revistas, a costa de
cualquier esfuerzo y estudio. Una vez más coloqué ante mis ojos como modelo las
brillantes estrofas del «Aceite de Bob», escritas por el director del Gad-fly, y resolví
fabricar una oda sobre el mismo sublime tema, rivalizando con la escrita.
114 Hail: granizo, y también salve (sentido en que la usa Milton en este verso). (N. del T.)
Mi primer verso no me costó trabajo. Decía así:
Exaltar en una oda el «Aceite de Bob»…
Luego de revisar mi diccionario en procura de todas las rimas adecuadas para «Bob»,
me resultó imposible seguir adelante. Acudí entonces a la ayuda paterna y, después de
varías horas de madura reflexión, mi padre y yo finalizamos el siguiente poema:
Exaltar en una oda el «Aceite de Bob»
Vale por todas las angustias de Job.
(Firmado) Snob
No hay duda de que esta composición no era muy extensa, pero aún «me queda por
aprender», como dicen en el Edinburgh Review, que la mera extensión de una obra literaria
tiene algo que ver con su mérito. En cuanto a las alabanzas que hace la Quarterly del
«esfuerzo sostenido», me resulta imposible encontrarle el menor sentido. Por eso, todo bien
considerado, quedé satisfecho con el éxito de mi virginal intento, y lo único que faltaba era
decidir su destino. Mi padre sugirió que lo mandase al Gad-fly, pero dos razones me lo
impedían: los celos del director y la seguridad de que no pagaba las colaboraciones. Por
eso, luego de larga deliberación, remití mi poema a las más dignas columnas del Lollipop y
esperé los resultados con ansiedad, pero con resignación.
En el número siguiente tuve el orgullo de ver mi poema impreso a dos columnas, como
si fuera el editorial, precedido por las siguientes significativas palabras, en itálicas y entre
corchetes:
[Señalamos a la atención de nuestros lectores las admirables estrofas que siguen
acerca del «Aceite de Bob». No diremos nada de lo sublime de las mismas, ni de su pathos:
imposible leerlas sin verter lágrimas. Aquellos que han padecido las tristes consecuencias
de que la pluma de ganso del director del Gad-Fly osara profanar el mismo augusto tema,
harán bien en comparar las dos composiciones.
P. S.- Nos consume la ansiedad por develar el misterio que envuelve el seudónimo
«Snob» ¿Podemos esperar una entrevista personal?]
Todo esto era estrictamente justo, pero confieso que excedía lo que había esperado; lo
reconozco, téngase bien en cuenta, para eterno deshonor de mi país y de la humanidad. De
todas maneras no perdí tiempo en presentarme al director del Lollipop, y tuve la buena
suerte de que dicho caballero se hallara en casa. Saludóme con aire de profundo respeto,
ligeramente teñido de paternal y protectora admiración, ocasionada sin duda por mi aire
extremadamente joven e inexperto. Rogándome que tomara asiento, púsose a hablar
inmediatamente sobre mi poema… pero la modestia me veda repetir los mil cumplidos que
derramó sobre mí. Los elogios de Mr. Crab (pues tal era el nombre del director) no fueron
sin embargo indiscriminados. Analizó mi composición con gran libertad y conocimiento,
sin vacilar en señalarme algunos defectos insignificantes, circunstancia esta última que lo
elevó grandemente en mi estima. Como es natural, el Gad-fly fue puesto sobre el tapete, y
espero no verme jamás sometido a una crítica tan escudriñadora ni a reproches tan
humillantes como los que Mr. Crab dejó caer sobre aquella desdichada publicación.
Habíame acostumbrado a considerar al director del Gad-fly como a un ser sobrehumano,
pero Mr. Crab no tardó en quitarme esa idea. Tanto el aspecto literario como el personal de
la Mosca115 —así calificaba satíricamente a su rival— fueron expuestos a su verdadera luz.
La Mosca no valía nada. Había escrito cosas infames. Era un escritorzuelo de a un centavo
la línea. Era un malvado. Había compuesto una tragedia que hizo morir de risa a todo el
país, y una farsa que sumió el mundo en lágrimas. Fuera de esto, había tenido la
imprudencia de publicar un panfleto contra él (Mr. Crab) y la temeridad de calificarlo de
«asno». Si en cualquier momento deseaba yo expresar mi opinión sobre Mr. Mosca, las
páginas del Lollipop quedaban ilimitadamente a mi disposición. En el ínterin, era seguro
que el Gad-fly me atacaría por haberme animado a componer un poema rival sobre el
«Aceite de Bob»; pero Mr. Crab tomaba a su cargo lo concerniente a mis intereses privados
y personales. Y si yo no salía de todo aquello convertido en un hombre cabal, no sería culpa
suya.
Habiendo hecho Mr. Crab una pausa en su discurso (cuya última parte me resultó
imposible de comprender), me atreví a insinuar algo sobre la remuneración que creía
merecer por mi poema, puesto que en la cubierta del Lollipop figuraba habitualmente una
noticia según la cual la revista «insistía en que se le permitiera pagar precios exorbitantes
por todas las colaboraciones aceptadas, gastando con frecuencia más dinero en un solo y
breve poema que el costo anual combinado del Hum-Drum, el Rowdy-Dow y el
Goosetherumfoodle».
Apenas hube mencionado la palabra «remuneración», Mr. Crab abrió mucho los ojos,
todavía más la boca, llegando a adquirir la apariencia de un pato viejo extremadamente
agitado en el momento de graznar. Quedóse así, llevándose una que otra vez las manos a la
frente, como si pasara por una crisis de terrible desconcierto y no cambió de actitud hasta
que hube terminado lo que tenía que decir.
Instantáneamente se hundió hasta lo más hondo de su asiento, como si le faltaran las
fuerzas, mientras los brazos le colgaban inertes y su boca continuaba invariablemente
abierta a la manera del pato. Mientras lo contemplaba mudo de estupefacción por una
conducta tan alarmante, Mr. Crab saltó de pronto del asiento y corrió hacia la campanilla,
pero cuando aferraba el cordón pareció cambiar de idea, pues se sumergió debajo de la
mesa y volvió a aparecer con un garrote. Levantábalo ya (con finalidades que no podría
explicar), cuando repentinamente se difundió en su rostro una benigna sonrisa, y volvió a
sentarse plácidamente a mi lado.
—Señor Bob —dijo (pues yo había presentado mi tarjeta antes de aparecer en
persona)— , supongo que es usted un hombre joven… muy joven.
Asentí, añadiendo que todavía no había completado mi tercer lustro.
—¡Ah, perfectamente! —exclamó—. Ya veo, ya veo… ¡no diga usted más! Con
respecto a ese asunto de la remuneración, lo que ha dicho es muy justo… casi diría que
demasiado. Pero… ejem… la primera colaboración… repito, la primera… ninguna revista
tiene por costumbre pagarla, ¿comprende usted? Para decirle la verdad, en ese caso los
recipientes somos nosotros. (Mr. Crab sonrió con blandura al enfatizar la palabra.) En la
mayoría de los casos se nos paga para que publiquemos una primera composición… sobre
todo si es en verso. En segundo lugar, señor Bob, la revista tiene por norma no desembolsar
jamás lo que en Francia se denomina argent comptant… Supongo que me entiende usted.
Tres o seis meses después de la publicación del artículo… o un año o dos más tarde… no
115 Gad-fly, tábano; fly, mosca. (N. del T.)
tenemos inconvenientes en librar un pagaré a nueve meses; siempre, claro está, que
podamos disponer nuestros negocios de manera de estar seguros de liquidarlo en seis.
Espero sinceramente, señor Bob, que considerará usted satisfactoria esta explicación.
Mr. Crab guardó silencio con lágrimas en los ojos.
Herido en lo más hondo del alma por haber sido, aunque inocentemente, causante de un
dolor a una persona tan sensible, me apresuré a pedirle disculpas, asegurándole que
coincidía en todo con su punto de vista y que apreciaba perfectamente lo delicado de su
situación. Y luego de manifestar todo esto en un discurso claro y conciso, me despedí de
Mr. Crab.
Poco tiempo más tarde, una hermosa mañana «me desperté y supe que era famoso»116.
La extensión de mi renombre podrá apreciarse mejor a través de las opiniones de los
editoriales del día. Como se verá, dichas opiniones hallábanse incluidas en las reseñas
críticas del número de Lollipop, donde había aparecido mi poema, y eran tan satisfactorias
y concluyentes como diáfanas, con la excepción quizá de las marcas jeroglíficas Sep. 15-1
t, agregadas a cada una de dichas reseñas.
El Owl, diario de profunda sagacidad, y bien conocido por lo grave y ponderado de sus
decisiones literarias, hablaba como sigue:
«¡El Lollipop! El número de octubre de esta deliciosa revista supera a los anteriores,
desafiando toda competencia. En la belleza de su tipografía y su papel, en el número y
excelencia de sus grabados al acero, así como en el mérito literario de sus colaboraciones,
el Lollipop está tan por encima de sus lerdos rivales como Hiperión de un sátiro. Cierto es
que el Hum-Drum, el Rowdy-Dow y el Goosetherumfoodle descuellan en fanfarronería;
pero, para todo el resto, ¡que nos den el Lollipop! No llegamos a comprender, en verdad,
cómo esta revista consigue subvenir a sus enormes gastos. Sabemos, eso sí, que tiene una
circulación de 100.000 ejemplares, y que su lista de suscriptores ha aumentado en un cuarto
a lo largo del mes pasado; pero, por otra parte, las sumas que desembolsa continuamente en
pago de colaboraciones son inconcebibles. Se afirma que Mr. Slyass ha recibido no menos
de treinta y siete centavos y medio por su inimitable artículo sobre “Cerdos”. Con Mr. Crab
en la dirección, y con colaboradores tales como Snob y Slyass, la palabra “fracaso” no
existe para Lollipop. ¡Suscríbase usted! Sep. 15-1 t»
Debo confesar que me sentí muy contento con una reseña tan cordial proveniente de un
periódico respetable como el Owl. Que mi nombre —es decir, mi nom de guerre—
apareciera colocado antes que el del gran Slyass, me pareció un cumplido tan feliz como
merecido.
De inmediato llamáronme la atención los siguientes párrafos del Toad, periódico
altamente distinguido por su rectitud e independencia, y por prescindir de toda sicofancia y
servilismo hacia los que ofrecen convites. Decía así:
«El Lollipop de octubre se pone a la cabeza de todos sus colegas, sobrepasándolos
infinitamente por el esplendor de su presentación y la riqueza de su contenido. El Hum-
Drum, el Rowdy-Dow y el Goosetherumfoodle se destacan, cabe reconocerlo, en la
fanfarronería, pero en todo el resto que nos den el Lollipop. No llegamos a comprender,
cómo esta revista consigue subvenir a sus enormes gastos. Es cierto que tiene una
circulación de 200.000 ejemplares y que su lista de suscriptores ha aumentado en un tercio
durante la última quincena; pero, por otra parte, las sumas que desembolsa mensualmente
para el pago de colaboraciones son enormemente abultadas. Hemos oído decir que el señor
116 Lord Byron. (N. del T.)
Mumblethumb recibió no menos de cincuenta centavos por su reciente “Monodia en un
charco de barro”.
»Entre los colaboradores del presente número advertimos (aparte del eminente director
Mr. Crab) a escritores como Snob, Slyass y Mumblethumb. Luego del editorial, lo más
valioso nos parece una gema poética de Snob sobre el “Aceite de Bob”; pero nuestros
lectores no deben suponer por el título de este incomparable bijou que tiene la menor
similitud con ciertos garrapateos sobre el mismo tema, de los cuales es autor cierto
despreciable individuo cuyo nombre no puede mencionarse ante personas delicadas. Este
poema sobre el “Aceite de Bob” ha provocado general curiosidad sobre el verdadero
nombre de aquel que se oculta bajo el seudónimo de “Snob”. Afortunadamente, estamos en
condiciones de satisfacer dicha ansiedad. “Snob” es el nom de plume del señor Thingum
Bob, de esta ciudad, pariente del gran Mr. Thingum (de quien deriva su nombre), y
vinculado con las más ilustres familias del Estado. Su padre, Thomas Bob, Esq., es un
opulento comerciante de Smug. Sep. 15-1 t.»
Esta generosa aprobación me tocó en lo más hondo, especialmente por emanar de una
fuente tan reconocida, tan proverbialmente pura como el Toad. Consideré que la palabra
«garrapateo» aplicada al «Aceite de Bob» del Gad-fly, era notablemente apropiada y
punzante. Sin embargo, las palabras «gema» y bijou referidas a mi composición me
parecieron un tanto débiles. Me daban la impresión de carecer de la fuerza suficiente. No
estaban lo bastante prononcés (como decimos en Francia).
Apenas había terminado de leer el Toad, cuando un amigo me puso en la mano un
ejemplar del Mole, diario que gozaba de gran reputación por la agudeza de su percepción de
las cosas en general y el estilo abierto, honesto y elevado de sus editoriales. El Mole
hablaba del Lollipop como sigue:
«Acabamos de recibir el Lollipop de octubre y debemos decir que jamás la lectura de
una revista nos proporcionó una felicidad tan suprema. Hablamos con conocimiento de
causa. El Hum-Drum, el Rowdy-Dow y el Goosetherumfoodle deberían cuidar sus laureles.
Estos periódicos, sin duda alguna, sobrepujan a cualquiera en la vocinglería de sus
pretensiones, pero para todo el resto que nos den el Lollipop. No llegamos a comprender, en
verdad, cómo esta revista consigue subvenir a sus enormes gastos. Es cierto que tiene una
circulación de 300.000 ejemplares y que su lista de suscriptores ha aumentado al doble en
la última semana; pero, por otra parte, las sumas que desembolsa mensualmente para el
pago de colaboraciones son asombrosamente crecidas. De buena fuente sabemos que Mr.
Fatquack recibió no menos de sesenta y dos centavos y medio por su última narración
familiar “El paño de cocina”.
»Los colaboradores de este número son Mr. Crab (el eminente director), Snob,
Mumblethumb, Fatquack y otros; pero, después de las inimitables composiciones del
director, preferimos la efusión adamantina de la pluma de un poeta naciente que escribe con
el seudónimo de “Snob”, nom de guerre que, lo profetizamos, extinguirá algún día la
radiación del de “Boz”117. Según hemos oído, “Snob” es el señor Thingum Bob, Esq., único
heredero de un acaudalado comerciante de esta ciudad, Thomas Bob, Esq., y pariente
cercano del distinguido Mr. Thingum. El título del admirable poema de Mr. Bob alude al
“Aceite de Bob”, y por cierto que se trata de un desdichado nombre, ya que un despreciable
vagabundo relacionado con la prensa de un penique ha disgustado ya a la ciudad con sus
garrapateos sobre el mismo tópico. No hay peligro, sin embargo, de que ambas
117 «Boz», seudónimo de Charles Dickens. (N. del T.)
composiciones puedan ser confundidas. Sep. 15—1 t.»
La generosa aprobación de un diario tan clarividente como el Mole colmó mi alma de
satisfacción. Lo único que se me ocurrió objetar fue que los términos «despreciable
vagabundo» podrían haber sido sustituidos ventajosamente por «odioso y despreciable
villano, miserable y vagabundo». Pienso que esto hubiera sonado de manera más graciosa.
«Adamantino»; además, expresaba insuficientemente lo que sin duda alguna pensaba el
Mole de la brillantez del «Aceite de Bob».
Aquella misma tarde en que leí las reseñas llegó a mis manos un ejemplar del Daddy-
Long-Legs, periódico proverbial por la amplísima latitud de sus apreciaciones. En él
encontré lo siguiente:
«¡Lollipop! Esta rutilante revista acaba de publicar su número de octubre. Toda
cuestión de preeminencia queda definitivamente descartada, y de ahora en adelante sería
completamente ridículo que el Hum-Drum, el Rowdy-Dow o el Goosetherumfoodle hicieran
cualquier otro espasmódico esfuerzo por competir con ella. Dichas revistas podrán
sobrepasar al Lollipop en vocinglería, pero en todo el resto que nos den el Lollipop. Cómo
esta celebrada revista puede sostener sus gastos, evidentemente asombrosos, va más allá de
nuestra comprensión. Es cierto que tiene una circulación de medio millón de ejemplares y
que su lista de suscriptores ha aumentado en un setenta y cinco por ciento en los dos
últimos días, pero las sumas que desembolsa mensualmente en concepto de pago a los
colaboradores son de no creer; estamos enterados de que Mademoiselle Cribalittle recibió
no menos de ochenta y siete centavos y medio por su último y valioso cuento
revolucionario titulado “El saltamontes de la ciudad de York y el saltacolinas de Bunker
Hill”.
»Las contribuciones más valiosas al presente número son, claro está, las procedentes
del director (el eminente Mr. Crab), pero hay además magníficas colaboraciones, tales
como las de “Snob”, Mademoiselle Cribalittle, Slyass, Mrs. Cribalittle, Mumblethumb,
Mrs. Squibalittle y, finalmente, aunque no el último, Fatquack. Puede muy bien desafiarse
al mundo entero a que produzca semejante galaxia de genios.
»El poema firmado por “Snob” está logrando elogios universales, pero es nuestro deber
afirmar que merece todavía mayores aplausos de los que ha recibido. Esta obra maestra de
elocuencia y de arte se titula “El Aceite de Bob”. Uno o dos de nuestros lectores recordarán
quizá, aunque con profundo desagrado, un poema (?) de igual título, perpetrado por un
miserable escritorzuelo matón y pordiosero a la vez, que, según tenemos entendido, trabaja
como pinche en uno de los indecentes periodicuchos de los arrabales; a esos lectores les
pedimos encarecidamente que no confundan ambas composiciones. El autor del “Aceite de
Bob”, según tenemos entendido, es Mr. Thingum Bob, Esq., caballero de vastos talentos y
profundos conocimientos. “Snob” es tan sólo un nom de guerre. Sep. 15-1 t.»
Apenas si pude contener mi indignación cuando llegué a la parte final de esta diatriba.
Era claro como la luz que la manera entre dulce y amarga (por decir la gentileza) con que el
Daddy-Long-Legs aludía a ese cerdo, el director del Gad-Fly, sólo podía nacer de su
parcialidad hacia el mismo y de la clara intención de exaltar su reputación a expensas de la
mía. Cualquiera podía darse cuenta con los ojos entornados de que si la verdadera intención
del Daddy hubiese sido la que pretendía, hubiese podido expresarla perfectamente en
términos más directos, más punzantes y muchísimo más apropiados. Las palabras
«escritorzuelo», «pordiosero», «pinche» y «matón» eran epítetos tan intencionalmente
inexpresivos y equívocos que resultaban peores que nada aplicados al autor de las estrofas
más innobles escritas por un miembro de la raza humana. Todos sabemos muy bien lo que
quiere decir «condenar con fingidos elogios»; pues bien, ¿quién podía dejar de advertir aquí
el encubierto propósito del Daddy… vale decir glorificar mediante débiles insultos?
Pero lo que el Daddy había decidido decir a la Mosca no era asunto mío. En cambio sí
lo era lo que decía de mí. Después de la nobilísima manera con que el Owl, el Toad y el
Mole se habían expresado acerca de mis aptitudes, resultaba insoportable que un diarucho
como el Daddy-Long-Legs se refiriera fríamente a mí calificándome tan sólo de «caballero
de vastos talentos y profundos conocimientos». ¡Caballero! Instantáneamente me resolví a
obtener excusas por escrito o llevar las cosas a otro terreno.
Imbuido de este propósito, busqué un amigo a quien pudiera confiar un mensaje para el
director del Daddy, y como el director del Lollipop me había dado señaladas muestras de
consideración, decidí solicitar su asistencia.
Jamás he llegado a explicarme de manera satisfactoria la muy extraña expresión y
actitud con las cuales escuchó Mr. Crab la explicación de mis intenciones. Una vez más
representó la escena del cordón de la campanilla y el garrote, sin omitir el pato. En un
momento dado creí que iba realmente a graznar. Pero su acceso cedió como la vez anterior,
y se puso a hablar y a obrar de manera racional. Rechazó, sin embargo, ser portador del
desafío, y me disuadió de que lo enviara, aunque fue lo bastante sincero como para admitir
que el Daddy-Long-Legs se había equivocado lamentablemente, sobre todo en lo referente a
los epítetos «caballero» y de «profundos conocimientos».
Hacia el final de la entrevista, Mr. Crab, que parecía interesarse paternalmente por mí,
sugirió que podría ganar honradamente algún dinero y al mismo tiempo aumentar mi
reputación si de cuando en cuando hacía de Thomas Hawk para el Lollipop.
Supliqué a Mr. Crab que me dijera quién era Mr. Thomas Hawk y de qué manera
tendría yo que hacer su papel.
Mr. Crab abrió mucho los ojos (como decimos en Alemania), pero luego, recobrándose
de un profundo ataque de estupefacción, me aseguró que había empleado las palabras
«Thomas Hawk» para evitar la baja forma familiar «Tommy», pero que la verdadera forma
era Tommy Hawk, es decir, tomahawk, y que la expresión «hacer de tomahawk»
significaba escalpar, intimidar y, en una palabra, moler a palos al rebaño de los autores del
momento.
Aseguré a mi protector que si se trataba de eso estaba perfectamente decidido a hacer
de Thomas Hawk. En vista de lo cual Mr. Crab me propuso liquidar inmediatamente al
director del Gad-fly empleando el estilo más feroz que me fuera posible y dando la suma de
mis posibilidades. Así lo hice sin perder un instante, escribiendo una reseña del «Aceite de
Bob» (el original) que ocupaba treinta y seis páginas del Lollipop. Lo cierto es que hacer de
Thomas Hawk me resultó una ocupación mucho menos pesada que la de poetizar, pues me
confié completamente a un sistema, y la cosa resultó de una facilidad extraordinaria. He
aquí cómo procedía. En un remate compré ejemplares baratos de los Discursos de Lord
Brougham, las obras completas de Cobbett, el diccionario del nuevo slang, el Arte de
desairar, El aprendiz de insultos (edición infolio) y La lengua, por Lewis G. Clarke.
Procedí a cortar dichos volúmenes con una almohaza y luego, colocando las tiras en una
sierra, separé cuidadosamente todo lo que podía considerarse como decente (apenas nada),
reservando las frases duras, que arrojé a un gran pimentero de hojalata con agujeros
longitudinales, por los cuales podía salir una frase entera sin que sufriera el menor daño. La
mezcla quedaba entonces pronta para el uso. Cuando me tocaba hacer de Thomas Hawk
untaba un pliego con clara de huevo de ganso; luego, desgarrando la obra que debía reseñar
en la misma forma en que había desgarrado previamente los libros (sólo que con más
cuidado, para que cada palabra quedase separada), arrojaba las tiras en la pimentera, donde
se hallaban las otras, ajustaba la tapa, daba una sacudida al recipiente y dejaba caer la
mezcla sobre el pliego engomado, donde no tardaba en pegarse. El efecto que lograba era
bellísimo de contemplar. Era cautivante. Por cierto que las reseñas que obtuve mediante
este simple expediente jamás han sido superadas y constituían el asombro del mundo. Al
principio, a causa de mi timidez (fruto de la inexperiencia), me sentí algo desconcertado por
cierta inconsistencia, cierto aire bizarre (como decimos en Francia) que presentaba la
composición. No todas las frases coincidían (como decimos en anglosajón). Muchas eran
sumamente sesgadas. Algunas estaban incluso patas arriba; y estas últimas sufrían siempre
en su eficacia a causa de dicho accidente, con excepción de los párrafos de Mr. Lewis
Clarke, los cuales eran tan vigorosos y robustos que no parecían perder nada por la posición
en que quedaban, sino que producían el mismo efecto satisfactorio y feliz de cabeza o de
pie.
Resulta un tanto difícil determinar lo que fue del director del Gad-Fly después de la
publicación de mi crítica sobre el «Aceite de Bob». La conclusión más razonable es que
lloró tanto que acabó por morirse. Sea como fuere, desapareció instantáneamente de la
superficie terrestre y nadie ha vuelto a saber nada de él.
Cumplida satisfactoriamente esta tarea y aplacadas las furias, me convertí de golpe en
el favorito de Mr. Crab. Me otorgó su confianza, me confirmó en mis funciones de Thomas
Hawk del Lollipop, y como, por el momento, no podía pagarme sueldo, me permitió que
usara a discreción de sus consejos.
—Querido Thingum —me dijo cierta noche después de cenar—. Respeto sus talentos y
lo amo como a un hijo. Será usted mi heredero. Cuando muera, le dejaré el Lollipop.
Entretanto, haré de usted un hombre… Lo prometo, siempre que siga mis consejos. La
primera cosa que debe hacer es quitarse de encima al viejo cargoso.
—¿A quién? —pregunté.
—A su padre.
—¡Ah! Comprendo lo de cargoso, en efecto.
—Tiene usted que hacer fortuna, Thingum —continuó Mr. Crab—, y su padre es como
una rueda de molino que lleva atada al cuello. Tenemos que cortarla inmediatamente.
Yo saqué el cuchillo.
—Debemos cortarla —agregó Mr. Crab— de una vez por todas y para siempre. Ese
viejo es una molestia. Bien pensado, debería usted darle de puntapiés o de bastonazos, o
algo por el estilo.
—¿Qué diría usted —sugerí modestamente— de darle primero los puntapiés, luego los
bastonazos y terminar retorciéndole la nariz?
Mr. Crab me miró pensativamente unos instantes y luego contestó:
—Pienso, señor Bob, que lo que usted propone es precisamente lo que se requiere, y
que está muy bien hasta cierto punto; pero los barberos son gentes difíciles de pelar, y por
eso me parece que, después de cumplir con Thomas Bob las operaciones sugeridas, sería
aconsejable que procediera a ponerle los ojos negros a puñetazos, de manera tan cuidadosa
como completa, a fin de que no pueda volver a verlo a usted en los paseos de moda. Luego
de esto, no creo que sea necesario nada más. De todos modos… bien podría revolearlo una o
dos veces en el arroyo y confiarlo luego al cuidado de la policía. A la mañana siguiente
bastará con que se presente a la comisaría y denuncie que se trata de un asalto.
Me sentí sumamente emocionado por los amables sentimientos hacia mi persona que se
traslucían en el excelente consejo de Mr. Crab, y no dejé de llevarlo inmediatamente a la
práctica. Como resultado del mismo, me libré del viejo cargoso y comencé a sentirme un
tanto independiente y con aires de caballero. Lo malo era que la falta de dinero me afectó
mucho las primeras semanas, pero después de haber aprendido a usar mis ojos descubrí
cómo tenía que manejar la cosa. Nótese que digo «la cosa», pues estoy informado de que la
palabra latina correspondiente es rem. Dicho sea de paso, y ya que hablamos de latín,
¿podría decirme alguien el significado de quocumque y el de modo?
Mi plan era extremadamente sencillo. Compré por menos de nada una decimosexta
participación en la revista The Snapping-Turtle. Y eso fue todo. La cosa quedaba terminada
así, y el dinero entraba en mi bolsillo. Cierto que hubo algunas cosillas insignificantes por
hacer con posterioridad, pero no formaban parte del plan, sino que eran su consecuencia.
Por ejemplo, compré pluma, tinta y papel y los puse en furiosa actividad. Habiendo
completado un artículo en esta forma, lo titulé: FOL LOL, por el autor de «Aceite de Bob»,
y la remití al Goosetherumfoodle. Pero, como esta revista lo declarara «disparate» en sus
«Respuestas mensuales a los colaboradores», cambié el título del artículo por el de:
MANTANTIRULIRULÁ, por THINGUM BOB, Esq., autor de la Oda sobre el «Aceite de
Bob» y director de «The Snapping-Turtle». Así enmendado, volví a enviarlo al
Goosetherumfoodle, y mientras esperaba la respuesta publiqué diariamente en The
Snapping-Turtle seis columnas de lo que cabe calificar de investigación filosófica y
analítica de los méritos literarios del Goosetherumfoodle, así como de la persona de su
director. Al final de la semana, el Goosetherumfoodle descubrió que, para su equivocación,
había confundido un estúpido artículo titulado «Mantantirulirulá», compuesto por algún
ignorante anónimo, con una gema de resplandeciente brillo que respondía al mismo título y
que era obra de Thingum Bob, Esq., el celebrado autor del «Aceite de Bob». El
Goosetherumfoodle lamentaba sinceramente «este muy natural accidente», y prometía que
el verdadero «Mantantirulirulá» sería publicado en el número siguiente de la revista.
La verdad es que pensé, realmente pensé, lo pensé en el momento, lo pensé entonces y
no tengo razón para pensar de otro modo ahora, que el Goosetherumfoodle se había
equivocado de veras. Con las mejores intenciones del mundo, jamás he conocido nada
capaz de tantas equivocaciones como esa revista. A partir de ese día empecé a tomarle
simpatía, y el resultado fue que no tardé en comprender la profundidad de sus méritos
literarios, y no dejé de explayarme sobre ellos en The Snapping-Turtle, toda vez que se me
presentaba oportunidad. Y cabe considerar como una coincidencia muy peculiar, como una
de esas muy notables coincidencias que hacen pensar seriamente a un hombre, que esa total
modificación de mis opiniones, que ese completo bouleversement (como decimos en
francés), que ese absoluto trastocamiento (si se me permite emplear este término más bien
enérgico de los choctaws) entre mis opiniones, por una parte, y las Goosetherumfoodle, por
la otra, volviera a producirse, a breve intervalo y en condiciones similares, entre el Rowdy-
Dow y yo y entre el Hum-Drum y yo.
Fue así como, por un golpe maestro de genio, consumé finalmente mis triunfos
llenándome los bolsillos de dinero, y así también como principió, según cabe afirmarlo
verdadera y noblemente, esa brillante y fecunda carrera que me hizo ilustre y que hoy me
permite decir con Chateaubriand: «He hecho historia» (J’ai fait l’histoire).
Sí, he hecho historia. Desde aquella radiante época que acabo de consignar, mis
acciones y mi trabajo son propiedad del género humano. El mundo entero los conoce. Inútil
me parece, pues, detallar cómo, remontándome rápidamente, me convertí en heredero del
Lollipop, cómo uní esta revista con el Hum-Drum y cómo adquirí luego el Rowdy-Dow,
combinando las tres publicaciones; cómo, finalmente, hice una oferta al único rival
remanente y reuní toda la literatura de la región en una sola y magnífica revista, conocidas
en todas partes con el nombre de Rowdy-Dow, Lollipop, Hum-Drum y Goosetherumfoodle.
Sí. He hecho historia. Mi fama es universal. Se extiende hasta los más alejados
confines de la tierra. No puede usted abrir un periódico sin encontrar en él alguna alusión al
inmortal THINGUM BOB. Mr. Thingum Bob dijo esto, Mr. Thingum Bob escribió aquello
y Mr. Thingum Bob hizo lo de más allá. Pero soy modesto y expiro con el corazón lleno de
humildad. Después de todo, ¿qué es ese algo indescriptible que los hombres persisten en
llamar «genio»? Coincido con Buffon y con Hogarth: no es más que asiduidad.
¡Contempladme! ¡Cuánto trabajé, cuánto bregué, cuánto escribí! ¡Oh dioses, lo que
habré escrito! Siempre ignoré la palabra «facilidad». De día no me apartaba de mi mesa y
de noche, pálido estudiante, veía consumirse la bujía. Deberíais haberme visto; sí,
deberíais. Me inclinaba a la derecha. Me inclinaba a la izquierda. Me sentaba hacia
adelante. Me sentaba hacia atrás. Me sentaba tête baissée (como dicen los kickapoos),
acercando mi rostro a la página alabastrina. Y todo el tiempo escribía. A través de la alegría
y del dolor, escribía. Con hambre y con sed, escribía. Fuera buena o mala mi reputación,
escribía. Con luz del sol o luz de la luna, escribía. Inútil decir qué escribía. ¡El estilo… eso
era todo! Lo tomé de Fatquack… ¡ejem, ejem!… y ahora mismo os estoy dando una
muestra.
Cómo escribir un artículo a la manera
del Blackwood
En nombre del Profeta…, ¡higos!
(Pregón de los vendedores turcos de higos)
Doy por supuesto que todo el mundo ha oído hablar de mí. Soy la Signora Psyche
Zenobia. De ello no cabe la menor duda. Sólo mis enemigos son capaces de llamarme Suky
Snobbs. He oído decir que Suky es una corrupción vulgar de Psyche, palabra del más
excelente griego, que significa «el alma» (y así soy yo: toda alma), y a veces «mariposa»,
sentido este último que alude indudablemente a mi apariencia cuando luzco mi nuevo
vestido de satén carmesí, con mantelet arábigo celeste, guarnición de agraffas verdes y los
siete volantes del auriculas anaranjado. En cuanto a Snobbs, cualquiera que fije en mí sus
ojos se dará instantáneamente cuenta de que no puedo llamarme Snobbs. Miss Tabitha
Nabo difundió esa especie por pura envidia. ¡Nada menos que Tabitha Nabo! ¡La malvada
intrigante! ¿Pero qué se puede esperar de un nabo? Me pregunto si alguna vez oyó el viejo
adagio sobre «la sangre que sale de un nabo», etc. (Memorándum: Recordárselo en la
primera oportunidad.) (Otro memorándum: Tirarle de la nariz.) ¿Dónde estaba? ¡Ah! Me
han asegurado que Snobbs es una corrupción de Zenobia, y que Zenobia era una reina
(como yo, pues el Dr. Moneypenny me llama siempre la Reina de Corazones); que tanto
Zenobia como Psyche vienen del mejor griego, y que mi padre era «un griego»118, por lo
cual tengo derecho de usar nuestro patronímico, vale decir Zenobia y no Snobbs. Nadie
fuera de Tabitha Nabo me llama Suky Snobbs. Yo soy la Signora Psyche Zenobia.
Como he dicho, todo el mundo ha oído hablar de mí. Soy la misma Signora Psyche
Zenobia, tan justamente celebrada como secretaria correspondiente de la Philadelphia,
Regular, Exchange, Tea, Total, Young, Belles, Lettres, Universal, Experimental,
Bibliographical, Association, To, Civilize, Humanity. El doctor Moneypenny es el autor de
esta denominación, y dice que la eligió porque sonaba a grande como una pipa de ron vacía.
(A veces este hombre es vulgar, pero siempre profundo.) Todos nosotros agregamos las
iniciales de la sociedad a nuestros nombres, como lo hacen los miembros de la R. S. A.
(Royal Society of Arts), o la S. D. U. K. (Society for the Diffusion of Useful Knowledge),
etc. El doctor Moneypenny afirma de esta última que S. quiere decir «soso», y que D. U. K.
se pronuncia como duck, pato (lo que no es cierto), y que, por tanto, la S. D. U. K. significa
«el pato soso» y no la sociedad fundada por Lord Brougham. Pero el doctor Moneypenny
es un hombre tan original que jamás sé si está diciendo la verdad. De todos modos,
nosotros agregamos siempre a nuestros nombres las iniciales P. R. E. T. T. Y. B. L. U. E.
B. A. T. C. H.119, vale decir: Philadelphia, Regular, Exchange, Tea, Total, Young, Belles,
Lettres, Universal, Experimental, Bibliographical, Association, To, Civilize, Humanity;
como se verá, tenemos una letra para cada palabra, lo cual representa un gran adelanto
sobre la sociedad de Lord Brougham. El doctor Moneypenny sostiene que esta sigla traduce
118 Zenobia no sabe que probablemente en este caso aluden a su padre como a un fullero. (N. del T.)
119 O sea, «Bonita hornada de pedantes». (N. del T.)
nuestro verdadero carácter, pero realmente no sé lo que quiere dar a entender.
A pesar de los buenos oficios del doctor y las extenuantes tentativas de la asociación
para alcanzar renombre, los resultados fueron nimios hasta el día en que me incorporé a
ella. Digamos la verdad: los socios se complacían en discusiones llenas de petulancia. Los
artículos que se leían los sábados por la tarde se caracterizaban por su bufonería y no por su
profundidad. No era más que crema verbal batida. No se inventaban ni las primeras causas
ni los primeros principios. No se investigaba nada. No se prestaba la menor atención al
punto más importante: el «ajuste de todas las cosas». En resumen, no se escribía tan
bellamente como lo hago yo. Todo era bajo, muy bajo. Ninguna profundidad, ninguna
cultura, ninguna metafísica…, nada de lo que los sabios llaman espiritualidad y que los
ignorantes prefieren estigmatizar con la denominación de «jerigonza».
Al incorporarme a la sociedad hice todo lo posible por sentar en ella un mejor estilo de
pensamiento y de redacción, y el mundo sabe muy bien hasta qué punto lo logré.
Producimos actualmente en el P. R. E. T. T. Y. B. L. U. E. B. A. T. C. H. artículos tan
excelentes como los que podrían encontrarse en el Blackwood. Menciono el Blackwood,
pues me han asegurado que los mejores ensayos sobre cualquier tema deben buscarse en las
páginas de tan justamente celebrado magazine. Lo hemos tomado por modelo en todo
sentido y, como es natural, estamos conquistando rápida notoriedad. Al fin y al cabo no es
tan difícil escribir un artículo que tenga la genuina estampa de los que se publican en el
Blackwood, una vez que se ha aprendido la manera de hacerlo. Se entiende que no hablo de
los artículos políticos. Todo el mundo sabe cómo se escriben desde que el Dr. Moneypenny
nos lo explicó. El señor Blackwood tiene unas tijeras de sastre y tres aprendices que
aguardan sus órdenes. Uno de ellos le alcanza el Times, otro el Examiner, y el tercero el
Nuevo compendio de insultos en «slang». El señor B. se limita a cortar de ahí y a mezclar.
Todo eso se cumple en un momento, y no lleva más que Examiner, insultos en slang y
Times, o bien Times, insultos en slang y Examiner, o bien Times, Examiner e insultos en
slang.
Pero el mayor mérito de la revista reside en sus diversos artículos, y los mejores
responden a lo que el Dr. Moneypenny llama las bizarreries (vaya una a saber lo que
significa eso), pero que todo el mundo califica de artículos intensos. Hace mucho tiempo
que he aprendido a apreciar esta clase de composiciones, aunque sólo en mi reciente visita a
Mr. Blackwood (en calidad de delegada de la asociación) llegué a comprender exactamente
el método que se sigue para escribirlas. Trátase de un método muy sencillo, aunque no
tanto como el de los artículos políticos. Cuando me presenté ante Mr. Blackwood,
expresándole los deseos de la sociedad, me recibió muy amablemente, llevóme a su
gabinete y procedió a explicarme con toda claridad el procedimiento aludido.
—Estimada señora —dijo, evidentemente impresionado por mi majestuosa apariencia,
pues llevaba el vestido de satén carmesí con agraffas verdes y auriculas anaranjadas—,
estimada señora, tenga la bondad de sentarse. La cuestión es la siguiente: En primer
término, el escritor de intensidades debe procurarse una tinta muy negra y una gran pluma
de tajo bien romo. Y, además, Miss Psyche Zenobia… ¡mucha atención! —agregó luego de
una pausa, hablando con gran energía y solemnidad—, ¡mucha atención a lo que voy a
decirle! ¡Dicha pluma… jamás… jamás debe ser afilada! Ahí, señora, reside el secreto, el
alma de la intensidad. Tomo la responsabilidad de afirmar que jamás un escritor ha
producido un buen artículo con una buena pluma, por más grande que fuera su genio. Dé
usted por sentado que cuando un manuscrito es legible jamás vale la pena leerlo. Tal es el
principio conductor de nuestra fe, y si no asiente usted a él de inmediato, nuestra
conferencia ha llegado a su término.
Hizo una pausa, pero como, naturalmente, yo no quería que nuestra conferencia llegara
a su término, me manifesté de acuerdo con algo tan evidente y de cuya verdad no había
tenido jamás la menor duda. Pareció complacido y continuó con sus instrucciones.
—Puede resultar odioso, Miss Psyche Zenobia, que la remita a un artículo o a una serie
de ellos para que los tome por modelos, y, sin embargo, quisiera llamar su atención sobre
algunos. Veamos. Está, por ejemplo, «El muerto vivo», que es algo extraordinario: la
crónica de las sensaciones de un señor que fue enterrado antes de exhalar el último aliento;
ahí tiene usted un tema lleno de sabor, espanto, sentimiento, metafísica y erudición. Juraría
usted que el escritor nació y fue criado en un ataúd. Tenemos luego las «Confesiones de un
tomador de opio». ¡Bello, hermosísimo! Imaginación extraordinaria, profunda filosofía,
reflexiones agudas, muchísimo fuego y furor, y todo eso bien salpimentado de cosas
ininteligibles. Le aseguro que su publicación fue una verdadera golosina, que resbaló
deliciosamente por la garganta de los lectores. Todos sostenían que el autor era Coleridge,
pero no era así. Lo compuso mi mandril preferido, «Junípero», ayudado por una gran copa
de ginebra holandesa con agua, «caliente y sin azúcar». (Imposible me hubiese sido creer
esto de no habérmelo asegurado el mismo Mr. Blackwood.) Tenemos luego «El
experimentador involuntario», referente a un señor que se quedó encerrado en un horno de
pan, del cual salió sano y salvo aunque chamuscado. Y está asimismo «El diario de un
médico», cuyos méritos residen en el lenguaje campanudo y el mediocre griego que
emplea, cosas ambas que entusiasman al público. Y también mencionemos «El hombre en
la campana», un relato, estimada Miss Zenobia, que no puedo menos de recomendarle
calurosamente. Trátase de un joven que se queda dormido debajo de una campana y
despierta cuando ésta se pone a tocar a difuntos. Los tañidos lo vuelven loco, y entonces,
extrayendo papel y lápiz, nos da una crónica de sus sensaciones. Las sensaciones son
después de todo lo que cuenta. Si alguna vez le ocurre a usted ahogarse o que la ahorquen,
no se olvide de trazar un relato de sus sensaciones; le representará diez guineas por página.
Si desea usted escribir con energía, Miss Zenobia, preste toda su atención a las sensaciones.
—Por supuesto que lo haré, Mr. Blackwood —dije.
—¡Muy bien! Veo que es usted una alumna como a mí me gustan. Pero ahora debo
ponerla al tanto de los detalles necesarios para componer lo que podríamos denominar un
genuino artículo a la manera del Blackwood, es decir, algo sensacional. Y no se extrañará
usted si le digo que este tipo de composiciones me parece el mejor para cualquier fin.
»EL primer requisito consiste en meterse en un lío como jamás se haya visto otro
semejante. El horno, por ejemplo, era un tema excelente. Pero si no tiene usted ni horno ni
campana a mano, y si no le resulta fácil caerse de un globo, ser tragada por un terremoto, o
quedar encajada dentro de una chimenea, tendrá que contentarse con la simple imaginación
de desventuras similares. De todos modos, yo preferiría que los hechos corroboraran su
relato. Nada ayuda tanto a la fantasía como el conocimiento empírico de la cuestión de que
se trata. “La verdad es más extraña que la ficción”, como usted sabe, aparte de que viene
más al caso.
En este punto le aseguré que disponía de un excelente par de ligas, y que me ahorcaría
inmediatamente con ellas.
—¡Muy bien! —repuso—. Hágalo así, aunque ahorcarse ya está muy trillado. Quizá
pueda encontrar algo mejor. Tome una dosis de las píldoras de Brandeth y descríbanos
luego sus sensaciones. Sea como sea, mis instrucciones se aplicarán igualmente bien a
cualquier clase de infortunio, y puede ocurrir que en el camino de vuelta a su casa le den un
palo en la cabeza, la aplaste un ómnibus, la muerda un perro hidrófobo o se ahogue en una
alcantarilla. Pero sigamos adelante.
»Una vez elegido el tema, corresponde considerar el tono o manera de su narración.
Tenemos el tono didáctico, el tono entusiasta, el tono natural… pero todos ellos son bastante
vulgares. Encontramos también el tono lacónico o cortante, que se emplea mucho en los
últimos tiempos. Consiste en frases breves, algo así como: Imposible ser más breve. Ni más
seco. Dos palabras y punto y aparte. Nunca párrafos largos.
«Tenernos luego el tono elevado, difusivo e interjeccional. Varios de nuestros mejores
novelistas patrocinan este tono. Las palabras deben ser como un torbellino, como un
trompo zumbador, y sonarán a la manera de este último, lo cual reemplaza ventajosamente
el que no tengan ningún sentido. Cuando un escritor se halla demasiado apurado para
detenerse a pensar, éste es el mejor de todos los estilos.
»También el tono metafísico es excelente. Si conoce usted algunas palabras
retumbantes, ha llegado el momento de emplearlas. Hable de las escuelas jónica y eleática,
de Arquitas, Gorgias y Alcmeón. Diga algo sobre la objetividad y la subjetividad. No tenga
miedo e insulte a un individuo llamado Locke. Mire desdeñosamente las cosas en general y,
cuando se le escape alguna frase demasiado absurda, no se tome la molestia de borrarla;
bastará con agregar una nota al pie, diciendo que debe dicha profunda observación a la
Kritik der reinen Vernunft o a la Metaphysische Anfangsgründe der Naturwissenschaft.
Esto parecerá erudito y… y franco.
»Hay varios otros tonos igualmente célebres, pero sólo mencionaré dos: el tono
trascendental y el tono heterogéneo. En el primero, el mérito consiste en ver mucho más
allá que cualquier otro en la naturaleza de las cosas. Esta doble vista es sumamente útil si se
la maneja bien. La lectura del Dial la ayudará bastante para ello. Evite, en este caso, las
grandes palabras; elíjalas lo más pequeñas posible y escríbalas al revés. Examine los
poemas de Channing y cite lo que dice acerca de un «hombrecillo gordo con una engañosa
exhibición de poder». Agregue alguna cosa sobre la Unidad Suprema. No diga una sola
palabra sobre la Dualidad Infernal. Por sobre todo, estudie el arte de la insinuación. Aluda a
todo, sin asegurar nada. Si se siente inclinada a escribir “pan con manteca”, por nada del
mundo se le ocurra decirlo así. Puede, en cambio, escribir cualquier cosa que se aproxime
al pan con manteca. El pastel de alforfón, por ejemplo. O llegar al extremo de insinuar el
porridge de avena; pero si su verdadero objeto es el pan con manteca, ¡tenga cuidado, mi
querida Miss Psyche, y por nada del mundo vaya a escribir esas palabras!
Le aseguré que no las escribiría mientras viviera. Me besó, continuando luego así:
—Por lo que respecta al tono heterogéneo, consiste en una juiciosa mezcla de todos los
otros tonos, en proporciones iguales, y, por tanto, incluye todo lo profundo, grande,
extraño, picante, pertinente y bonito.
»Supongamos ahora que ha elegido los incidentes a narrar y el tono. Falta lo más
importante, el alma del asunto: aludo al relleno. A nadie se le ocurre suponer que una
dama, y aun un caballero, se pase la vida haciendo de ratón de bibliotecas. Y sin embargo
es absolutamente necesario que su artículo tenga un aire de erudición, o que por lo menos
proporcione pruebas de una vasta información general. Pues bien, le mostraré ahora la
manera de conseguirlo. ¡Mire! (Y procedió a sacar tres o cuatro volúmenes de apariencia
vulgar y abrirlos al azar.) Si echa una ojeada a cualquiera de estas páginas descubrirá al
punto una multitud de fragmentos, ya sea de erudición o de fina espiritualidad, que
constituyen lo esencial para salpimentar un artículo a la manera del Blackwood. Convendría
que tome nota de unos cuantos a medida que se los leo. Haremos una doble división.
Primero, Hechos picantes para la fabricación de símiles, y segundo, Expresiones picantes
a introducir según lo requiera la ocasión. ¡Escriba usted!
Y así lo hice, mientras me dictaba:
—Hechos picantes para símiles. «Al principio sólo hubo tres musas: Melete, Mneme y
Aoede: la Meditación, la Memoria y el Canto». Bien elaborado, este pequeño fragmento
puede ser muy útil. Bien ve usted que no es muy sabido y que da la impresión de recherché.
Tendrá que tener cuidado y presentarlo con un aire franco y natural.
»He aquí otro: “El río Alfeo pasaba por debajo del mar y volvía a salir sin que sus
aguas hubieran perdido su pureza”». Esto es un tanto añejo, pero si se lo aliña y se lo
presenta debidamente parecerá tan fresco como nunca.
»He aquí algo mejor: “El iris de Persia tiene para algunas personas un perfume tal
dulce como penetrante, mientras que otras es completamente inodoro”. ¡Muy bello y cuán
delicado! Déle usted unas vueltas y logrará maravillas. Todavía nos quedan otras cosas en
la sección botánica. Nada es tan útil, sobre todo con ayuda de una pizca de latín. ¡Escriba!
“El Epidendrum Flos aeris de Java produce una hermosísima flor si se arranca la planta de
raíz. Los nativos la cuelgan del techo con una soga y gozan durante años de su fragancia.”
¡Esto es magnífico! Pero basta ya de símiles. Pasemos a las Expresiones picantes: “La
venerable novela china Ju-Kiao-Li”. ¡Excelente! Si intercala usted hábilmente estas pocas
palabras, mostrará su íntimo conocimiento del lenguaje y la literatura china. Con esto podrá
seguir adelante sin necesidad del árabe, el sánscrito o el chickasaw. Pero, en cambio, resulta
imprescindible incluir el español, el italiano, el alemán, el latín y el griego. Le daré una
pequeña muestra de cada uno. Cualquier fragmento servirá, ya que todo depende de su
habilidad para insertarlo en el artículo. ¡Escriba! “Aussi tendre que Zaire”, tan tierna como
Zaira… en francés. Alude a la frecuente repetición de la frase la tendre Zaire, en la tragedia
francesa de ese nombre. Bien ubicada, no sólo mostrará su conocimiento de dicho idioma,
sino sus conocimientos generales y su ingenio. Puede usted decir, por ejemplo, que el pollo
que estaba comiendo (escriba un artículo sobre cómo se ahogó con un hueso de pollo) no
era de ninguna manera aussi tendre que Zaire. ¡Escriba!:
Ven, muerte, tan escondida
Que no te sienta venir
Porque el placer del morir
No me torne a dar la vida.
»Esto es español, y su autor, Miguel de Cervantes. Aproveche para deslizarlo en el
momento en que exhala los últimos estertores del hueso de pollo. ¡Escriba!:
Il pover’uomo che non se n’era accorto
Andava combattendo ed era morto.
»Notará que se trata de italiano. Es obra del Ariosto. Quiere decir que un gran héroe no
se había dado cuenta en el calor del combate de que ya lo habían matado y continuaba
combatiendo valientemente. La aplicación de este fragmento a su propio caso cae de su
peso, pues confío, Miss Psyche, que no dejará usted de seguir vivita y coleando por lo
menos una hora y media después de haberse ahogado mortalmente con el hueso de pollo.
¡Escriba, por favor!:
Und sterb’ich doch, so sterb’ich denn
Durch sie – durch sie!
»Esto es alemán, y de Schiller. “Y si muero, por lo menos muero por ti… por ti!” Está
claro que aquí está usted apostrofando a la causa de su desastre, o sea, el pollo. Y la verdad
es que me gustaría saber quién no estaría pronto a morir por un buen capón gordo de las
Molucas, relleno de alcaparras y hongos, y servido en una ensaladera con jalea de naranja
en mosaïques. ¡Escriba! (Por cierto, que los puede comer así en Tortoni.) ¡Escriba, por
favor!
»He aquí una preciosa frasecita latina, sumamente rara (nunca se será lo bastante
recherché en latín, pues se está volviendo tan vulgar…): ignoratio elenchi. Fulano ha
cometido una ignoratio elenchi, es decir, que ha entendido las palabras de lo que usted
decía, pero no la idea. Se entiende que a dicho personaje hay que presentarlo como a un
tonto, un pobre diablo a quien se dirigió usted mientras se estaba ahogando con el hueso de
pollo, y que no comprendió exactamente lo que usted quería decirle. Arrójele a la cara su
ignoratio elenchi y con eso lo liquidará para siempre. Si se atreve a replicar, siempre puede
decirle con Lucano (aquí está) que sus discursos son menos anemonoe verborum, palabras
como anémonas. La anémona, a pesar de su brillo, no tiene olor. Y si se pone a
bravuconear, derríbelo con insomnia Jovis, ensueños de Júpiter, frase que Silius Italicus
(¡véalo aquí!) aplica a los pensamientos pomposos e hinchados. Esto lo herirá en lo más
hondo del corazón. No le quedará más que morirse. ¿Quiere tener la amabilidad de escribir?
»En griego debemos elegir algo bonito, por ejemplo de Demóstenes. Άνερό φεύγων καì
πάλύν μακέσεται (Αηετο ρheugοη Καi ραliη mαkesetαi). En Hudibrás hay una traducción
pasable:
Pues el que huye puede volver a combatir
Mientras que no podrá hacerlo el que está muerto.
»En un artículo a la manera del Blackwood, nada presenta mejor aspecto que el griego.
Hasta los caracteres tienen un aire de profundidad. ¡Observe, señora, el aire astuto de esa
épsilon! ¡Y esa phi… realmente debería ser un obispo! ¿Se vio alguna vez un tipo tan listo
como esa omicrón? ¡Y esa tau! En fin, que no hay como el griego para un artículo
sensacionalista. En este caso, su aplicación es la cosa más evidente del mundo. Profiera la
frase acompañada de un sólido juramento, a manera de ultimátum, contra el estúpido que no
pudo comprender lo que le decía usted en inglés acerca del hueso del pollo. Ya verá cómo
entiende la alusión y desaparece de inmediato.
Tales fueron las instrucciones que Mr. Blackwood pudo proporcionarme sobre el tópico
en cuestión, pero comprendí que eran suficientes. Por fin me hallaba capacitada para
escribir un genuino artículo a la manera del Blackwood, y me decidí a hacerlo de inmediato.
Al despedirme, Mr. Blackwood me hizo una oferta por el artículo, pero como sólo podía
ofrecerme cincuenta guineas por página me pareció mejor que quedara en el seno de
nuestra sociedad en vez de sacrificarlo por suma tan mezquina. Empero, a pesar de su
tacañería, Mr. Blackwood me mostró una alta consideración en todo sentido, tratándome de
la manera más cortés. Sus palabras de despedida impresionaron profundamente mi corazón
y espero recordarlas siempre con gratitud.
—Mi querida Miss Zenobia —díjome, con lágrimas en los ojos—, ¿puedo hacer algo
para ayudar al buen éxito de su laudable empresa? ¡Permítame reflexionar! ¿No sería
posible, por ejemplo, que se ahogara usted en seguida… o se atragantara con un hueso de
pollo… o se ahorcara… o se hiciera morder por un…? ¡Ah, espere! Ahora que lo pienso, en
el patio hay dos excelentes bulldogs… magníficos ejemplares, le aseguro… absolutamente
salvajes… Justamente lo que usted necesita… Seguro que se la comerán con auriculas y
todo en menos de cinco minutos… (Aquí está mi reloj.) ¡Piense en las sensaciones! ¡Pues
bien… Tom… Peter…! ¡Dick, maldito villano… ! ¿Van a soltar de una vez a los…?
Pero, como yo tenía realmente mucha prisa y no podía perder un momento más, me vi
obligada con mucha pena a apresurar mi partida y a marcharme en el acto… quizá algo más
bruscamente de lo que la cortesía hubiera exigido en otras circunstancias.
Apenas me separé de Mr. Blackwood, mi objetivo inmediato consistió en seguir su
consejo y meterme en alguna dificultad, para lo cual pasé la mayor parte del día dando
vueltas por Edimburgo en busca de aventuras desesperadas… aventuras propias de la
intensidad de mis sentimientos y bien adaptadas al amplio carácter del artículo que me
proponía escribir. Me acompañaron en esta excursión Pompeyo, mi sirviente negro, y
Diana, mi perrita, a quienes había traído conmigo desde Filadelfia. Pero sólo hacia el final
de la tarde logré triunfar en mi ardua empresa. Y un importante evento tuvo lugar, que el
próximo artículo a la manera del Blackwood (en tono heterogéneo) contendrá en sustancia y
resultados.
Una malaventura
Continuación del relato precedente
Señora, ¿qué coyuntura os ha afligido así?
(COMUS)
Era una tarde serena y silenciosa cuando eché a andar por la excelente ciudad de
Edina120. Terribles eran la confusión y el movimiento en las calles. Los hombres hablaban.
Las mujeres gritaban. Los niños se atragantaban. Los cerdos silbaban. Los carros
resonaban. Los toros bramaban. Las vacas mugían. Los caballos relinchaban. Los gatos
maullaban. Los perros bailaban. ¡Bailaban! ¿Era posible? ¡Bailaban! ¡Ay, pensé yo, mis
tiempos de baile han pasado! Siempre es así. ¡Qué legión de melancólicos recuerdos
despertará siempre en la mente del genio y en la contemplación imaginativa, especialmente
la del genio condenado a la incesante, eterna, continua y, como cabría decir, continuada…
sí, continuada y continuamente, amarga, angustiosa, perturbadora, y, si se me permite la
expresión, la muy perturbadora influencia del sereno, divino, celestial, exaltador, elevador y
purificador efecto de lo que cabe denominar la más envidiable, la más verdaderamente
envidiable, ¡sí, la más benignamente hermosa!, la más deliciosamente etérea y, por así
decirlo, la más bonita (si puedo usar una expresión tan audaz) de las cosas de este mundo!
¡Perdóname, gentil lector, pero me dejo arrastrar por mis sentimientos! En ese estado de
ánimo, repito, ¡qué legión de recuerdos se remueven al menor impulso! ¡Los perros
bailaban! ¡Y yo no podía bailar! ¡Retozaban… y yo sollozaba! ¡Brincaban… y yo gemía!
¡Conmovedoras circunstancias, que no dejarán de evocar en el recuerdo del lector clásico
aquel exquisito pasaje sobre la justeza de las cosas que aparece al comienzo del tercer
volumen de la admirable y venerable novela china Yo-Ke-Sé!
En mi solitario paseo por la ciudad me acompañaban dos humildes pero fieles amigos:
Diana, mi perra de lanas, la más gentil de las criaturas… Caíale un gran mechón sobre un
ojo y llevaba una cinta azul con un lazo a la moda en el cuello. Diana no medía más de
cinco pulgadas de alto, pero su cabeza era algo más grande que el cuerpo, y su cola, que le
habían cortado demasiado al ras, daba un aire de inocencia ofendida a aquel interesante
animal y le ganaba las simpatías generales,
Y Pompeyo, mi negro. ¡Dulce Pompeyo! ¿Te olvidaré alguna vez? Iba yo del brazo de
Pompeyo. Tenía tres pies de estatura (me gusta ser precisa) y entre setenta y ochenta años
de edad. Tenía las piernas corvas y era corpulento. Su boca no podía considerarse pequeña,
ni cortas sus orejas. Pero sus dientes eran como perlas, y deliciosamente puro el blanco de
sus grandes ojos. La naturaleza no le había otorgado cuello, colocando sus tobillos (como
es frecuente en dicha raza) hacia la mitad de la parte superior de los pies. Vestía con
notable sencillez. Sus únicas ropas consistían en una faja de nueve pulgadas y un gabán casi
nuevo, que había pertenecido anteriormente al apuesto, majestuoso e ilustre doctor
Moneypenny. Era un excelente gabán. Estaba bien cortado. Estaba bien cosido. El gabán
era casi nuevo. Pompeyo lo sostenía con ambas manos para que no juntara polvo.
120 Nombre poético de Edimburgo. (N. del T.)
Había tres personas en nuestro grupo y dos de ellas han sido ya motivo de comentario.
Queda la tercera… y esa persona era yo misma. Soy la Signora Psyche Zenobia. No soy
Suky Snobbs. Mi aspecto es imponente. En la memorable ocasión de que hablo, hallábame
ataviada con un traje de satén carmesí, que tenía un mantelet arábigo de color celeste. Y el
vestido tenía guarnición de agraffas verdes, y los siete volantes del auricula, anaranjados.
Constituía yo así el tercer miembro del grupo. Estaba la perrita de aguas. Estaba Pompeyo.
Estaba yo. Éramos tres. Así es como se dice que en el comienzo sólo había tres Furias:
Melaza, Mema y Hiede: la Meditación, la Memoria y el Violín.
Apoyándome en el brazo del apuesto Pompeyo, y seguida a respetuosa distancia por
Diana, recorrí una de las populosas y muy agradables calles de la ya desierta Edina.
Repentinamente alzóse ante mi vista una iglesia, una catedral gótica: vasta, venerable, con
un alto campanario que subía a los cielos. ¿Qué locura se posesionó de mí? ¿Por qué me
precipité hacia mi destino? Me sentí dominada por el incontrolable deseo de escalar el
vertiginoso pináculo y contemplar desde allí la inmensa extensión de la ciudad. La puerta
de la catedral mostrábase incitantemente abierta. Mi destino prevaleció. Entré bajo la
ominosa arcada. ¿Dónde estaba en ese momento mi ángel guardián, si en verdad tales
ángeles existen? ¡Sí! ¡Angustioso monosílabo! ¡Qué mundo de misterio, y oscuro sentido, y
duda, e incertidumbre envuelto en esas dos letras! ¡Entré bajo la ominosa arcada! Entré y,
sin que mis auriculas anaranjadas sufrieran el menor daño, pasé el portal y emergí en el
vestíbulo, tal como se afirma que el inmenso río Alfredo pasaba ileso y sin mojarse por
debajo del mar.
Creí que la escalera no terminaría jamás. Girando y subiendo, girando y subiendo,
girando y subiendo, llegó un momento en que no pude dejar de sospechar, al igual que el
sagaz Pompeyo, en cuyo robusto brazo me apoyaba con toda la confianza de los afectos
tempranos…; sí, no pude dejar de sospechar que el extremo de aquella escalera en espiral
había sido suprimido accidentalmente o a propósito. Me detuve para recobrar el aliento; y
en ese instante ocurrió un accidente tan importante desde un punto de vista y asimismo
metafísico, que no puedo dejar de mencionarlo. Parecióme… aunque en realidad estaba
segura… ¡no podía engañarme, no!… que Diana, cuyos movimientos había yo observado
ansiosamente… y repito que no podía engañarme…, que Diana había olido una rata. Llamé
inmediatamente la atención de Pompeyo sobre el hecho y estuvo de acuerdo conmigo. No
quedaba, pues, ningún lugar a dudas. La rata había sido olida… por Diana. ¡Cielos!
¿Olvidaré jamás la intensa excitación de aquel momento? ¡La rata… estaba allí… estaba en
alguna parte! ¡Y Diana la había olido! Mientras que yo… no. Así también se dice que el iris
de Prusia tiene para ciertas personas un perfume tan dulce como penetrante, mientras que
para otras es completamente inodoro.
La escalera había sido franqueada y sólo quedaban dos o tres peldaños entre nosotros y
la cumbre. Seguimos subiendo, hasta que sólo faltaba un peldaño. ¡Un peldaño, un solo
pequeño peldaño! Pero de un pequeño peldaño en la gran escalera de la vida humana, ¡qué
vasta suma de felicidad o miseria depende! Pensé en mí misma, luego en Pompeyo, y luego
en el misterioso e inexplicable destino que nos rodeaba. ¡Pensé en Pompeyo… ay, pensé en
el amor! Pensé en los muchos pasos en falso que había dado y que volvería a dar. Resolví
ser más cauta, más reservada. Solté el brazo de Pompeyo y, sin su ayuda, ascendí el
peldaño faltante y gané el campanario. Mi perrita de aguas me siguió de inmediato. Sólo
Pompeyo había quedado atrás. Acerquéme al nacimiento de la escalera y lo animé a que
subiera. Tendió hacia mí la mano, pero infortunadamente se vio obligado a soltar el gabán
que hasta entonces había sostenido firmemente. ¿Jamás cesarán los dioses su persecución?
Caído está el gabán y uno de los pies de Pompeyo se enreda en el largo faldón que arrastra
en la escalera. La consecuencia era inevitable: Pompeyo se tambaleó y cayó. Cayó hacia
adelante y su maldita cabeza me golpeó en medio del… del pecho, precipitándome boca
abajo, conjuntamente con él, sobre el duro, sucio y detestable piso del campanario. Pero mi
venganza fue segura, repentina y completa. Aferrándolo furiosamente con ambas manos
por la lanuda cabellera, le arranqué gran cantidad de negro, matoso y rizado elemento, que
arrojé lejos de mí con todas las señales del desdén. Cayó entre las cuerdas del campanario y
allí permaneció. Levantóse Pompeyo sin decir palabra. Pero me miró lamentablemente con
sus grandes ojos y… suspiró. ¡Oh, dioses… ese suspiro! ¡Cómo se hundió en mi corazón! ¡Y
el cabello… la lana! De haber podido recogerla la hubiese bañado con mis lágrimas en
prueba de arrepentimiento. Pero, ¡ay!, hallábase lejos de mi alcance. Y, mientras se
balanceaba entre el cordaje de la campana, me pareció que estaba viva. Me pareció que se
estremecía de indignación. Así es como el epicentro Flos Aeris, de Java, produce una
hermosa flor cuando se la arranca de raíz. Los nativos la cuelgan del techo con una soga y
gozan durante años de su fragancia.
Nuestra querella había terminado y buscamos una abertura por la cual contemplar la
ciudad de Edina. No había ninguna ventana. La única luz admitida en aquella lúgubre
cámara procedía de una abertura cuadrada, de un pie de diámetro, situada a unos siete pies
de alto. Empero, ¿qué no emprenderá la energía del verdadero genio? Resolví encaramarme
hasta el agujero. Gran cantidad de ruedas, engranajes y otras maquinarias de aire cabalístico
aparecían junto al orificio, y a través del mismo pasaba un vastago de hierro procedente de
la maquinaria. Entre los engranajes y la pared quedaba apenas espacio para mi cuerpo; pero
estaba enérgicamente decidida a perseverar. Llamé a Pompeyo.
—¿Ves ese orificio, Pompeyo? Quiero mirar a través de él. Te pondrás exactamente
debajo… así. Ahora, Pompeyo, estira una mano y déjame poner el pie en ella… así. Ahora la
otra, Pompeyo, y en esta forma me treparé a tus hombros.
Hizo todo lo que le mandaba, y descubrí que, al enderezarme, podía pasar fácilmente la
cabeza y el cuello por la abertura. El panorama era sublime. Nada podía ser más magnífico.
Apenas si me detuve un instante para ordenar a Diana que se portara bien y asegurar a
Pompeyo que sería considerada y que pesaría lo menos posible sobre sus hombros. Le dije
que sería sumamente tierna para sus sentimientos… ossí tendre que biftec. Y, luego de
cumplir así con mi fiel amigo, me entregué con gran vivacidad y entusiasmo a gozar de la
escena que tan gentilmente se desplegaba ante mis ojos.
Empero, no me demoraré en este tema. No describiré la ciudad de Edimburgo. Todo el
mundo ha ido a la ciudad de Edimburgo. Todo el mundo ha ido a Edimburgo, la clásica
Edina. Me limitaré a los trascendentales detalles de mi lamentable aventura personal.
Después de haber satisfecho en alguna medida mi curiosidad sobre la extensión, topografía
y apariencia general de la ciudad, me quedó tiempo para observar la iglesia donde me
hallaba y la delicada arquitectura del campanario. Noté que la abertura por la cual había
sacado la cabeza era un orificio en la esfera de un gigantesco reloj y que, visto desde la
calle, debía parecer el que se usa en los viejos relojes franceses para darles cuerda. Sin
duda, su verdadero objeto era permitir que el encargado del reloj sacara por allí el brazo y
ajustara las agujas desde adentro. Noté asimismo con sorpresa el inmenso tamaño de dichas
agujas, la mayor de las cuales no tendría menos de diez pies de largo y ocho o nueve
pulgadas de ancho en su parte más cercana a mí. Parecían de un acero muy sólido y
sumamente afiladas. Luego de reparar en dichos detalles y otros más, dirigí nuevamente la
mirada hacia el glorioso panorama que se extendía allá abajo, y pronto quedé absorta en
contemplación.
Minutos más tarde me arrancó del mismo la voz de Pompeyo, declarando que no podía
sostenerme más y pidiéndome que tuviera la gentileza de bajar. Esto me pareció poco
razonable y así se lo dije mediante un discurso de cierta duración. Replicóme con una
evidente tergiversación de mis ideas al respecto. Enojéme en consecuencia y le dije lisa y
llanamente que era un estúpido, que había cometido una ignorancia del elenco, que sus
nociones eran meros insomnios del jueves y que sus palabras apenas valían más que una
mona verbosa. Con esto pareció convencido y reanudé mi contemplación.
Habría pasado media hora de este altercado, cuando, absorta como me hallaba en el
celestial escenario ofrecido a mis ojos, me sobresaltó la sensación de algo sumamente frío
que se posaba suavemente en mi nuca. Inútil decir que me sentí sobremanera alarmada.
Sabía que Pompeyo se hallaba bajo mis pies y que Diana seguía sentada sobre las patas
traseras en un rincón del campanario, de acuerdo con mis instrucciones explícitas. ¿Qué
podía entonces ser? ¡Ay, no tardé en descubrirlo! Girando suavemente a un lado la cabeza,
percibí para mi extremo horror que el enorme, resplandeciente, cimitarresco minutero del
reloj había descendido en el curso de su revolución horaria hasta posarse en mi cuello.
Comprendí que no debía perder un segundo. Me eché hacia atrás… pero era demasiado
tarde. Imposible pasar la cabeza por la boca de aquella terrible trampa en la que había caído
tan desprevenidamente, y que se hacía más y más angosta con una rapidez demasiado
horrenda para ser concebida. La agonía de aquellos instantes no puede imaginarse. Alcé las
manos, luchando con todas mis fuerzas para levantar aquella pesadísima barra de hierro.
Hubiera sido lo mismo tratar de alzar la catedral. Más, más y más bajaba, cada vez más
cerca, más cerca. Grité para que Pompeyo me auxiliara, pero me contestó que había herido
sus sentimientos al llamarlo un ignorante verboso. Clamé el nombre de Diana, que sólo me
contestó «bow-bow-bow», agregando que le había mandado que no se saliera del rincón.
No tenía, pues, que esperar socorro de mis compañeros.
Entretanto la pesada y terrífica guadaña del tiempo (pues ahora descubría el valor
literal de la clásica frase) no se había detenido ni parecía dispuesta a hacerlo. Continuaba
bajando más y más. Había ya hundido su filoso borde en mi cuello, penetrando más de una
pulgada, y mis sensaciones se tornaron indistintas y confusas. En un momento dado me creí
en Filadelfia, con el majestuoso Dr. Moneypenny, y en otro me vi en el estudio de Mr.
Blackwood, recibiendo sus impagables instrucciones. Y luego me invadió el dulce recuerdo
de tiempos pasados y mejores, y pensé en la época feliz, cuando el mundo no era un
desierto, ni Pompeyo tan cruel.
El tic-tac de la máquina me divertía. Digo que me divertía, pues mis sensaciones
bordeaban ahora la perfecta felicidad, y las más triviales circunstancias me proporcionaban
vivo placer. El eterno tic-tac, tic-tac, tic-tac del reloj era la más melodiosa de las músicas en
mis oídos y llegaba a recordarme las graciosas arengas y sermones del Dr. Ollapod. Y
luego estaban los grandes números en la esfera del reloj… ¡Cuán inteligentes, cuan
intelectuales parecían! Muy pronto empezaron a bailar una mazurca y me pareció que el
número V era quien lo hacía más a mi gusto. No cabía duda de que era una dama bien
educada. Nada de fanfarronería, nada de indelicado en sus movimientos. Hacía la pirueta
admirablemente, girando como un torbellino sobre su eje. Me esforcé por alcanzarle una
silla, pues parecía fatigada por el esfuerzo… y sólo entonces recobré la conciencia de mi
lamentable situación. ¡Oh, cuán lamentable! La aguja se había introducido dos pulgadas
más en mi cuello. Nació en mí una sensación de dolor exquisito. Rogué que la muerte
llegara y en la agonía de aquel momento no pude impedirme repetir aquellos admirables
versos del poeta Miguel de Cervantes:
Vanny Buren, tan escondida
Query no te senty venny
Pork and pleasure delly morry
Nommy, torny, darry, widdy!
Pero ya un nuevo horror se presentaba, capaz de conmover los nervios más templados.
A causa de la cruel presión de la máquina, mis ojos se estaban saliendo de las órbitas.
Mientras pensaba cómo podría arreglármelas sin su ayuda, uno de ellos saltó de mi cabeza
y, rodando por el empinado frente del campanario, se alojó en un caño de desagüe que
corría por el alero del edificio. La pérdida del ojo no fue tan terrible como el insolente aire
de independencia y desprecio con que me siguió mirando cuando estuvo fuera. Allí estaba,
en la canaleta, debajo de mis narices, y los aires que se daba hubieran sido ridículos de no
resultar repugnantes. Jamás se vieron guiñadas y bizqueos semejantes. Esta conducta por
parte de mi ojo en la canaleta no sólo era irritante por su manifiesta insolencia y vergonzosa
ingratitud, sino que resultaba sumamente incómoda a causa de la simpatía siempre existente
entre los dos ojos de la cara, por más alejados que se hallen uno del otro. Me veía, pues,
obligada a guiñar y bizquear, me gustara o no, en exacta correspondencia con aquel objeto
depravado que yacía debajo de mis narices. Pero pronto me alivió la caída de mi otro ojo, el
cual siguió la dirección del primero (probablemente se habían puesto de acuerdo), y ambos
desaparecieron por la canaleta, con gran alegría de mi parte.
La aguja del reloj se hallaba ahora cuatro pulgadas y media dentro de mi cuello y sólo
quedaba por cortar un pedacito de piel. Mis sensaciones eran las de una perfecta felicidad,
pues comprendía que en pocos minutos a lo sumo me vería libre de tan desagradable
situación. Y no me vi defraudada en mi expectativa. Exactamente a las cinco y veinticinco
de la tarde el pesado minutero avanzó lo suficiente en su terrible revolución para dividir el
trocito de cuello faltante. No lamenté ver que mi cabeza, causa de tantas preocupaciones,
terminaba por separarse completamente del cuerpo. Primero rodó por el frente del
campanario, detúvose unos segundos en el caño de desagüe y, finalmente, se precipitó al
medio de la calle.
Confieso honestamente que mis sentimientos eran ahora de lo más singulares; aún más,
misteriosos, desconcertantes e incomprensibles. Mis sentidos estaban aquí y allá en el
mismo momento. Con la cabeza imaginaba en un momento dado que yo, la cabeza, era la
verdadera Signora Psyche Zenobia; pero en seguida me convencía de que yo, el cuerpo, era
la persona antedicha. Para aclarar mis ideas al respecto tanteé en mi bolsillo buscando mi
cajita de rapé, pero al encontrarla y tratar de llevarme una pizca de su grato contenido a la
parte habitual de mi persona, advertí inmediatamente la falta de la misma y arrojé la caja a
mi cabeza, la cual tomó un polvo con gran satisfacción y me dirigió una sonrisa de
reconocimiento. Poco más tarde, se puso a hablarme, pero como me faltaban los oídos
escuché muy mal lo que me decía. Alcancé a comprender lo suficiente, sin embargo, para
darme cuenta de que la cabeza estaba sumamente extrañada de que yo deseara seguir
viviendo bajo tales circunstancias. En sus frases finales citó las nobles palabras de Ariosto:
Il pover hommy che non sera corty
Andaba combattendo y erry morty,
comparándome así con el héroe que, en el calor del combate, no se daba cuenta de que
ya estaba muerto y seguía luchando con inextinguible valor. Ya nada me impedía descender
de mi elevación, y así lo hice. Jamás he podido saber qué vio de particular Pompeyo en mi
apariencia. Abrió la boca de oreja a oreja y cerró los ojos como si quisiera partir nueces con
los párpados. Finalmente, arrojando su gabán, dio un salto hasta la escalera y desapareció.
Vociferé tras del villano aquellas vehementes palabras de Demóstenes:
Andrew O’Phlegethon, qué pálido que estás,
y me volví hacia la muy querida de mi corazón, la del único ojo a la vista, la lanudísima
«Diana». ¡Ay! ¿Qué horrible visión me esperaba? ¿Vi realmente a una rata que se volvía a
su cueva? ¿Y eran estos huesos los del desdichado angelillo, cruelmente devorado por el
monstruo? ¡Oh dioses! ¡Qué contemplo! ¿Es ése el espíritu, la sombra, el fantasma de mi
amada perrita, que diviso allí sentado en el rincón con melancólica gracia? ¡Escuchad, pues
habla y, cielos… habla en el alemán de Schiller!:
Unt stubby duk, so stubby dun
Duk she! Duk she!
¡Ay! ¡Cuan verdaderas sus palabras!
Y si he muerto, al menos he muerto
Por ti… por ti.
¡Dulce criatura! ¡También ella se ha sacrificado por mí! Sin perra, sin negro, sin
cabeza, ¿qué queda ahora de la infeliz Signora Psyche Zenobia? ¡Ay, nada! He terminado.
Los leones
… Y las gentes se fueron pisando
sobre sus diez dedos, llenas de asombro
(Sátiras del obispo Hall)
Hoy —vale decir fui— un gran hombre; no soy, sin embargo, ni el autor de junius ni el
hombre de la máscara de hierro. Puede creérseme que mi nombre es Robert Jones y que
nací en alguna parte de la ciudad de Fum-Fudge.
La primera acción de mi vida consistió en tomarme la nariz con ambas manos. Mi
madre vio esto y me llamó genio; mi padre lloró de alegría, regalándome luego un tratado
de Nasología. Me lo aprendí antes de usar los primeros pantalones.
Comencé a abrirme camino en esta ciencia y no tardé en comprender que si un hombre
disponía de una nariz lo suficientemente conspicua le bastaría andar detrás de ella para
llegar a convertirse en un «león» social. Pero no me limitaba a atender solamente a la
teoría. Todas las mañanas aplicaba a mi proboscis un par de tirones y me enviaba al coleto
media docena de tragos.
Cuando llegué a la mayoría de edad, mi padre me invitó cierto día a entrar en su
despacho.
—Hijo mío —manifestó cuando nos hubimos sentado—. ¿Cuál es la finalidad esencial
de tu existencia?
—Padre —contesté—, es el estudio de la Nasología.
—¿Y qué es la Nasología, Robert?
—La ciencia de las narices, señor —contesté, amostazado.
—¿Y puedes decirme cuál es el significado de una nariz?
—Una nariz, padre mío —dije, grandemente aplacado—, ha sido diversamente definida
por unos mil autores diferentes. (Aquí saqué el reloj y lo consulté.) Es casi mediodía, es
decir, que tendremos tiempo de mencionarlos a todos antes de medianoche. Comencemos,
pues: La nariz, según Bartolinus, es esa protuberancia, esa saliente, esa excrecencia, esa…
—Ya basta, Robert —me interrumpió aquel excelente caballero—. Me quedo
estupefacto ante la extensión de tus conocimientos. Me pasmas, palabra de honor. (Aquí
cerró los ojos y se llevó la mano al corazón.) ¡Acércate! (Aquí me tomó del brazo.) Tu
educación puede considerarse como terminada… y es tiempo de que te arregles por tu
cuenta. Nada mejor podrías hacer que limitarte a seguir a tu nariz… así… así… y así… (Aquí
me echó a puntapiés escaleras abajo.) ¡Vete de mi casa, pues, y que Dios te bendiga!
Como sentía dentro de mí el divino afflatus, consideré este accidente más afortunado
que otra cosa. Resolví guiarme por el consejo paterno. Decidí seguir a mi nariz. Le di uno o
dos tirones y escribí al punto un folleto sobre Nasología.
Toda Fum-Fudge entró en conmoción.
—¡Genio maravilloso! —dijo el Quarterly.
—¡Fisiólogo soberbio! —dijo el Westminster.
—¡Un hombre inteligente! —dijo el Foreign.
—¡Magnífico escritor! —dijo Edinburgh.
—¡Pensador profundo! —dijo el Dublin.
—¡Grande hombre! —dijo el Bentley.
—¡Alma divina! —dijo el Fraser.
—¡Uno de los nuestros! —dijo el Blackwood.
—¿Quién podrá ser? —dijo la señora Marisabidilla.
—¿Quién podrá ser? —dijo la primera señorita Marisabidilla.
—¿Quién podrá ser? —dijo la segunda señorita Marisabidilla.
Pero yo no prestaba atención a esas gentes. Todo lo que hice fue entrar en el estudio de
un artista.
La duquesa Fulana posaba para su retrato. El marqués Mengano se ocupaba del perrito
de la duquesa. El conde de Zutano jugaba con sus Frasquitos de sales. Su Alteza Real
Perengano inclinábase sobre la silla de la duquesa.
Acerquéme al artista y levantó la nariz.
—¡Oh, cuan hermosa! —suspiró su Gracia.
—¡Oh, rayos! —susurró el marqués.
—¡Oh, qué repugnante! —gruñó el conde.
—¡Oh, qué abominable! —bramó su Alteza Real.
—¿Cuánto quiere usted? —preguntó el artista.
—¡Por su nariz! —gritó su Gracia.
—Mil libras —dije, tomando asiento.
—¿Mil libras? —repitió el artista, pensativo.
—Mil libras —dije.
—¡Hermosa! —murmuró él, extático.
—Mil libras —dije.
—¿La garantiza usted? —preguntó, colocándola de modo que le diera la luz.
—La garantizo —contesté, soplando con fuerza por ella.
—¿Es completamente original? —inquirió, tocándola con reverencia.
—¡Hum! —dije, retorciéndola.
—¿No se han sacado copias de ella? —interrogó, examinándola con un microscopio.
—Ninguna —dije, alzándola.
—¡Admirable! —pronunció, tomado completamente de sorpresa ante la belleza de la
maniobra.
—Mil libras—dije.
—¿Mil libras? —dijo él.
—Precisamente —dije.
—¿Mil libras? —dijo él.
—En efecto —dije.
—Las tendrá usted —declaró el artista—. ¡Qué pieza tan perfecta!
Me entregó un cheque de inmediato y se puso a dibujar mi nariz. Alquilé un
departamento en la calle Jermyn y envié a Su Majestad la nonagesimonovena edición de mi
Nasología, con un retrato de la proboscis. Aquel pobre insignificante libertino, el Príncipe
de Gales, me invitó a cenar.
Todos éramos «leones» y recherchés.
Había un platónico moderno. Citó a Porfirio, a Yámblico, a Plotino, a Proclo, a
Hierocles, a Máximo Tirio y a Siriano.
Había un defensor de la perfectibilidad humana. Citó a Turgot, a Price, a Priestley, a
Condorcet, a De Staël y al «Estudiante Ambicioso de Mala Salud».
Estaba Sir Paradoja Positiva. Hizo notar que todos los locos eran filósofos, y que todos
los filósofos eran locos.
Estaba Ético Estético. Habló del fuego, la unidad y los átomos; del alma bipartita y
preexistente; de la afinidad y la discordia; de la inteligencia primitiva y las homeomerías.
Estaba Teología Teólogo. Habló de Eusebio y de Arrio; de la herejía y el concilio de
Nicea, del puseyismo y el consustancialismo, del homousios y del homouioisios.
Estaba Fricassée del Rocher de Cancale. Mencionó el muritón de lengua roja, las
coliflores con salsa velouté, la ternera à la St. Menehoult, la marinada à la St. Florentin y
las jaleas de naranjas en mosaïques.
Estaba Bíbulo O’Barril. Se refirió al Latour y al Markbrünnen, al Mousseux y al
Chambertin, al Richbourg y al St. George, al Haubrion, Leonville y Medoc, al Barac y al
Preignac, al Grâve y al Sauternes, al Lafitte, al St. Peray. Meneó la cabeza ante el Clos de
Vougeot, y, cerrando los ojos, nos dijo la diferencia que hay entre el jerez y el amontillado.
Estaba el Signor Tintontintino, de Florencia. Disertó sobre Cimabue, Arpino, Carpacio
y Argostino, de la melancolía de Caravaggio, de la amenidad de Albano, de los colores de
Tiziano, de las damas de Rubens y de las bufonadas de Jan Steen.
Estaba el Presidente de la Universidad de Fum-Fudge. Manifestó la opinión de que la
luna se llama Bendis en Tracia, Bubastis en Egipto, Diana en Roma y Artemisa en Grecia.
Había un Gran Turco procedente de Estambul. No podía impedirse pensar que los
ángeles eran caballos, gallos y otros; que alguien en el sexto cielo tenía setenta mil cabezas,
y que la tierra estaba sostenida por una vaca color celeste, con incalculable cantidad de
cuernos verdes.
Estaba Poligloto Delfino. Nos dijo lo que les había ocurrido a las ochenta y tres
tragedias perdidas de Esquilo, a las cincuenta y cuatro oraciones de Iseo, a los trescientos
noventa y un discursos de Lisias, a los ciento ochenta tratados de Teofrasto, al octavo libro
del tratado de las secciones cónicas de Apolonio, a los himnos y ditirambos de Píndaro y a
las cuarenta y cinco tragedias de Homero (hijo).
Estaban Ferdinando Fitz Feldespato Fósilus. Nos informó de todo lo concerniente a los
fuegos internos y las formaciones terciarias; sobre aeriformes, fluidiformes y solidiformes;
sobre cuarzo y marga, esquisto y turmalina; sobre yeso y roca trapeana, talco y cal, blenda
y hornablenda; sobre la mica y la piedra pómez, la cianita y la lepidolita; sobre la hematita
y la tremolita, el antimonio y la calcedonia; sobre el manganeso, y todo lo que usted quiera.
Estaba yo. Hablé de mí. De mí, de mí, de mí. De la Nasología, de mi folleto y de mí.
Levanté la nariz y hablé de mí.
—¡Qué maravillosa inteligencia! —dijo el príncipe.
—¡Soberbia! —dijeron sus huéspedes. Y a la mañana siguiente recibí la visita de su
Gracia la duquesa Fulana.
—¿Irá usted al Salón de Almack, encantadora criatura? —me dijo, dándome unos
golpecitos en el mentón.
—Por mi honor… iré —dije.
—¿Con nariz y todo? —preguntó.
—Como que estoy vivo —dije.
—Pues bien, vida mía, aquí tiene mi tarjeta. ¿Puedo decir que estará usted presente?
—Querida duquesa, de todo corazón.
—¡Bah, no me interesa el corazón! Diga, más bien: «De toda nariz».
—Cada trocito de ella, amor mío —dije; y luego de retorcerme una o dos veces la
nariz, me encontré en el Salón de Almack.
Las diversas estancias hallábanse colmadas hasta la sofocación.
—¡Ahí viene! —dijo alguien en la escalera.
—¡Ahí viene! —dijo otro algo más arriba.
—¡Ahí viene! —dijo un tercero, aún más lejos.
—¡Ha llegado! —exclamó la duquesa—. ¡Ha llegado el encantador amorcillo!
Y, tomando mis manos con fuerza, me besó tres veces en la nariz.
Siguió a esto una gran conmoción entre los presentes.
—Diavolo! —gritó el conde Capricornutti.
—¡Dios guarde! —murmuró Don Estilete.
—Mille tonnerres! —exclamó el príncipe de Grenouille.
—Tousand Teufel! —gruñó el elector de Bluddennuff.
Esto ya era intolerable. Me encolericé. Enfrenté a Bluddennuff.
—¡Caballero —le dije—, es usted un mandril!
—Caballero —repuso él, luego de una pausa—, Donner und Blitzen!
Con esto bastaba. Cambiamos tarjetas. A la mañana siguiente, en Chalk-Farm, le hice
volar la nariz de un pistoletazo y luego me fui a visitar a mis amigos.
—Bête! —dijo el primero.
—¡Tonto! —dijo el segundo.
—¡Mastuerzo! —dijo el tercero.
—¡Asno! —dijo el cuarto.
—¡Badulaque! —dijo el quinto.
—¡Mentecato! —dijo el sexto.
—¡Fuera de aquí! —dijo el séptimo.
Todo esto me mortificó, y fui a visitar a mi padre.
—Padre —pregunté—. ¿Cuál es la finalidad esencial de mi existencia?
—Hijo mío —me contestó—, sigue siendo el estudio de la Nasología; pero, al herir al
elector en la nariz, te has excedido lamentablemente. Tienes una hermosa nariz, es verdad;
pero ahora Bluddennuff no tiene ninguna. Estás condenado, y él se ha convertido en el
héroe del día. Doy fe de que en Fum-Fudge la grandeza de un «león» se halla
proporcionada con el tamaño de su proboscis. Pero, ¡santo cielo!, no se puede competir con
un león que no tiene absolutamente ninguna proboscis.
El timo
(Considerado como una de las ciencias exactas)
Hey diddle diddle.
The cat and the fiddle.
Desde que el mundo empezó ha habido dos Jeremías. Uno de ellos escribió una
jeremiada sobre la usura, y se llamaba Jeremías Bentham. Fue sumamente admirado por
Mr. John Neal, y era un gran hombre en pequeña escala. El otro dio nombre a la más
importante de las ciencias exactas y era un gran hombre en gran escala; bien puedo agregar
que en la mayor de las escalas.
El timo —o la idea abstracta contenida en el verbo timar es cosa bien conocida. El
hecho, sin embargo, la cosa en sí, el timo, no se define fácilmente. Podemos llegar a tener,
sin embargo, una concepción aceptable del asunto, si definimos, no la cosa en sí, el timo,
sino al hombre como un animal que tima. Si Platón hubiera dado con esto, se hubiera
ahorrado la afrenta del pollo desplumado.
A Platón le preguntaron, muy pertinentemente, por qué un pollo desplumado, que
respondía perfectamente a la condición de «bípedo implume», no entraba en su definición
del hombre. Pero a mí no vendrán a importunarme con preguntas parecidas. El hombre es
un animal que tima y, fuera de él, no existe ningún animal que lo haga. Para invalidar esta
afirmación haría falta todo un gallinero de pollos pelados.
Aquello que constituye la esencia, el núcleo, el principio del timo, sólo se encuentra en
esa clase de criaturas que visten chaquetas y pantalones. Un cuervo roba, un zorro engaña,
una comadreja triunfa por el ingenio, un hombre tima. Su destino es el timo. «El hombre
fue hecho para lamentarse», afirma el poeta. Pero no es así: fue hecho para timar. Tal es su
ambición, su objeto, su fin. Y por eso cuando a un hombre le han hecho un timo decimos
que está «acabado».
Bien considerado, el timo es un compuesto cuyos ingredientes consisten en la
pequeñez, el interés, la perseverancia, el ingenio, la audacia, la nonchalance, la
originalidad, la impertinencia y la risita socarrona.
Pequeñez.- Nuestro timador practica sus operaciones en pequeña escala. Su negocio
reside en la venta al por menor, en efectivo o con pagaré a la vista. Si alguna vez se deja
tentar por especulaciones de gran vuelo, inmediatamente pierde sus rasgos distintivos y se
convierte en lo que denominamos «financiero». Este último término contiene la noción del
timo en todos sus aspectos mencionados, salvo la pequeñez. Por eso un timador puede ser
considerado como un banquero en potencia, y una «operación financiera», como un timo en
Brobdingnag121. El uno es al otro como Homero a «Flaccus», como un mastodonte a un
ratón, como la cola de un cometa a la de un cerdo.
Interés.- Nuestro timador se guía por el interés. No le atrae el timo por el timo mismo.
Tiene una finalidad a la vista: su bolsillo… y el tuyo. Busca siempre la oportunidad mayor.
Sólo vela por el Número Uno. Tú eres el Número Dos, y debes velar por ti mismo.
121 País imaginario de los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, donde las cosas existen en una escala colosal. (N. del
T.)
Perseverancia.- Nuestro timador persevera. No se descorazona fácilmente. Aunque
quiebren los bancos, no se preocupa. Continúa tranquilamente con su negocio, y
Ut canis a corio numquam absterrebitur uncto,
y así procede él con lo suyo.
Ingenio.- Nuestro timador es audaz. Es hombre osado. Traslada la guerra al África.
Todo lo conquista por asalto. No temería los puñales de Frey Herren. Con un poco más de
prudencia, Dick Turpin hubiera sido un buen timador; Daniel O’Connell, con un poco
menos de adulaciones, y Carlos XII, con una pizca más de cerebro.
«Nonchalance».- Nuestro timador es displicente. No se pone nunca nervioso. Nunca
tuvo nervios. Imposible hacerle perder la calma. Jamás se lo sacará de sus casillas; lo más
que puede hacerse es sacarlo de la casa. Es frío, frío como un pepino. Es tranquilo, «como
una sonrisa de Lady Bury». Es blando y accesible, como un guante viejo o las damiselas de
la antigua Baia.
Originalidad.- Nuestro timador es original, y lo es deliberadamente. Sus pensamientos
le pertenecen. Le parecería despreciable hacer uso de los ajenos. Rechaza todo timo
gastado. Estoy seguro de que devolvería una cartera si se diese cuenta de que la había
obtenido mediante un timo sin originalidad.
Impertinencia.- Nuestro timador es impertinente. Fanfarronea. Pone los brazos en
jarras. Mete las manos en los bolsillos del pantalón. Se ríe irónicamente en nuestra cara.
Nos pisa los callos. Nos come la cena, se bebe nuestro vino, nos pide dinero prestado, nos
tira de la nariz, da de puntapiés a nuestro perro y besa a nuestra mujer.
Risita socarrona.- Nuestro verdadero timador hace el balance final con una risita
socarrona. Pero sólo él es testigo de ella. Sonríe cuando el trabajo cotidiano ha terminado,
cuando las labores han llegado a su fin; de noche, en su despacho, y para su entretenimiento
privado. Va a su casa. Cierra la puerta. Se desnuda. Sopla la vela. Se acuesta. Apoya la
cabeza en la almohada. Y hecho esto, nuestro timador sonríe. No se trata de una hipótesis.
Es así, es elemental. Razono a priori, y un timador no lo sería sin la risita socarrona.
El origen del timo se remonta a la infancia de la raza humana. Quizá el primer timador
fue Adán. De todos modos, podemos seguir las huellas hasta una antigüedad muy remota.
Los modernos, empero, han llevado el timo a una imperfección que jamás soñaron los
cabezaduras de nuestros progenitores. Por eso, sin detenerme a hablar de los viejos
timadores, me contentaré con un compendio de «ejemplos» modernos.
He aquí un excelente timo: En busca de un sofá, una señora recorre sucesivamente
varias mueblerías. Llega finalmente a una que ofrece un variado surtido. La detiene en la
puerta un locuaz caballero, quien la invita a entrar. No tarda la dama en descubrir un sofá
que se adapta perfectamente a sus deseos, y al preguntar su precio se entera con gran placer
de que cuesta un veinte por ciento menos de lo que esperaba. Como es natural, se apresura
a finiquitar la compra, recibe una factura con recibo y deja su dirección con encargo de que
el mueble le sea remitido lo antes posible, retirándose entre una profusión de inclinaciones
y cortesías del vendedor. Llega la noche, pero no el sofá. Pasa el día siguiente, y nada. La
dama envía a su criada para que averigüe lo que ocurre. En la mueblería niegan que se haya
hecho tal compra. No se ha vendido ningún sofá ni se ha recibido ningún dinero; quien lo
recibió es el timador, que ha sustituido diestramente al verdadero vendedor.
Nuestras mueblerías están siempre desatendidas y proporcionan en esta forma todas las
facilidades para una triquiñuela semejante. Los visitantes entran, miran los muebles y
vuelven a salir sin que nadie los vea ni los atienda. Si alguien desea comprar un artículo,
hay una campanilla al alcance de la mano, la cual se considera harto suficiente.
He aquí otro respetable timo: Un señor bien vestido entra en un negocio, compra por
valor de un dólar y descubre con gran mortificación que se ha dejado la cartera en otra
chaqueta. Dice entonces al tendero:
—¡No se preocupe, señor mío! Le pido simplemente que tenga la gentileza de mandar
el paquete a casa. ¡Un momento! Ahora que recuerdo, tampoco hay en casa billetes por
debajo de cinco dólares. De todas maneras, junto con el paquete puede usted mandar cuatro
dólares de vuelto.
—Muy bien, señor —replica el tendero, que se ha formado de inmediato una alta idea
de su cliente. «Conozco individuos —piensa— que se habrían echado el paquete al brazo,
prometiendo volver a pagar cuando pasaran otra vez por aquí.»
De inmediato despacha a un mandadero con el paquete y el vuelto. En el camino,
casualmente, se encuentra éste con el cliente, quien exclama:
—¡Ah, mi paquete! Creí que lo habrían mandado a casa hace rato. Bueno, vete. Mi
esposa, Mrs. Trotter, te dará los cinco dólares, pues ya está enterada. Mejor es que me des
el vuelto a mí, pues necesito algo de cambio para el correo. ¡Perfecto! Uno, dos… ¿es buena
esta moneda? Tres, cuatro… ¡muy bien! Di a Mrs. Trotter que te encontraste conmigo, y no
pierdas tiempo por la calle.
El chico no pierde tiempo… pero tarda muchísimo en regresar a la tienda, pues le
resulta imposible encontrar a ninguna señora que responda al nombre de Mrs. Trotter. Se
consuela, empero, pensando que no ha sido tan tonto como para dejar la mercadería sin
recibir dinero en cambio, y cuando aparece en el negocio con aire satisfecho se queda muy
perplejo e indignado al preguntarle su amo qué ha hecho con el vuelto…
He aquí un timo muy sencillo: Una persona con aire de funcionario presenta al capitán
de un buque que se dispone a zarpar una factura sumamente módica de gastos portuarios.
Contento de tener que pagar tan poco, y atareado con las mil obligaciones que lo asedian en
ese momento, el capitán paga la nota sin tardar. Quince minutos después le llega otra
factura, mucho más razonable, y la persona que se la entrega no tarda en convencerlo de
que el primer funcionario era un timador.
El siguiente timo es parecido: Un vapor suelta amarras y está a punto de separarse del
muelle. Un viajero, con el abrigo al brazo, corre presuroso para no perder el barco. De
pronto se detiene, se agacha y recoge algo del suelo con evidentes muestras de agitación.
—¿Alguno de los presentes ha perdido una cartera? —grita.
Nadie puede contestarle, pero al subir a bordo se produce un gran revuelo, pues no
tarda en verse que la cartera contiene una gruesa suma. Empero, el barco no puede demorar
su salida.
—El tiempo y la marea no esperan a nadie —dice el capitán.
—¡Por favor, esperemos un momento! —exclama el que ha encontrado la cartera—.
¡Sin duda, no tardará en presentarse el dueño!
—¡Imposible! —responde autoritariamente el capitán—. ¡Fuera la planchada!
—¿Qué voy a hacer? —pregunta el viajero, lleno de tribulación—. Me alejo del país
por muchos años y mi conciencia me impide partir llevándome esta suma que no me
pertenece. ¡Perdone usted, señor —agrega, dirigiéndose a un caballero que ha quedado en
el muelle—, pero su aspecto me parece el de una persona honesta! ¿Tendría usted la
gentileza de hacerse cargo de esta cartera? Estoy seguro de que puedo confiar en usted y
que no dejará de publicar un anuncio del hallazgo. La suma que hay en la cartera es muy
considerable. No hay duda de que el dueño insistirá en ofrecerle una recompensa por su
honradez…
—¿A mí? ¡No, por cierto! ¡A usted! ¡Usted encontró la cartera!
—En fin, si lo toma usted así… Aceptaría una pequeña recompensa… simplemente para
calmar sus escrúpulos. Veamos… ¡Imposible, estos billetes son todos de a cien! No puedo
tomar tanto…; bastaría con cincuenta…
—¡Fuera la planchada! —repite el capitán.
—Pero no tengo cambio de cien, y me parece que lo mejor…
—¡Suelta ese cabo! —grita el capitán.
—¡No se preocupe usted! —exclama el caballero del muelle, que ha estado revisando
su propia cartera—. ¡Aquí tengo un billete de cincuenta del Banco Norteamericano!
¡Páseme usted la cartera!
Y el superescrupuloso viajero toma el dinero con marcada resistencia y alcanza la
cartera al caballero del muelle, mientras el vapor humea y silba al abandonar el amarradero.
Media hora más tarde se descubre que la «gruesa suma» consiste en billetes falsificados y
que todo el episodio no era más que un formidable timo.
Un timo audaz es el siguiente: Va a celebrarse una reunión rural o algo parecido en un
lugar sólo accesible por medio de un puente. El timador se instala en la cabecera del puente
e informa respetuosamente a todos los que llegan que la nueva ley del condado establece un
peaje de un centavo por peatón, dos por caballos y burros, etc. Algunos protestan, pero
todos se someten y el timador se vuelve a casa con cincuenta o sesenta dólares bien
ganados, pues cobrar un peaje a una gran multitud es trabajo muy fatigoso.
He aquí un timo muy hábil: Un amigo del timador acepta un pagaré de éste,
debidamente llenado y firmado en uno de los formularios usuales impresos en tinta roja. El
timador compra una o dos docenas de dichos formularios y diariamente moja uno de ellos
en su sopa, hace que su perro salte para atraparlo y finalmente se lo cede como un buen
bocado. Cuando el pagaré llega a su vencimiento, el timador y su perro se presentan en casa
del amigo y se habla del documento en cuestión. El amigo lo saca de su escritorio y va a
alcanzarlo al timador cuando el perro reconoce el formulario y de un salto lo atrapa y lo
devora. El timador se muestra no sólo sorprendido sino vejado y furioso por la absurda
conducta de su perro, y se manifiesta dispuesto a cancelar la obligación… en el momento en
que le presenten una prueba de que existe.
Un pequeño timo tiene lugar en esta forma: Una señora es insultada en la calle por el
cómplice del timador. Éste acude en defensa de la dama y, luego de dar una soberana paliza
a su amigo, insiste en acompañar a la señora hasta su domicilio. Una vez allí, se inclina con
la mano sobre el corazón y se despide respetuosamente. Pero la dama ruega a su salvador
que entre, a fin de presentarle a su papá y a su hermano mayor. Con un suspiro, el salvador
declina la invitación.
—¿No hay, pues, un medio, señor, de testimoniarle mi gratitud? —murmura la dama.
—Por supuesto que sí, señora. ¿Podría usted prestarme dos chelines?
Bajo la impresión que le causan estas palabras la dama decide primeramente
desmayarse. Pero lo piensa mejor y, luego de soltar los lazos de su bolso, hace entrega del
dinero pedido. Como he dicho, este timo es muy modesto, pues hay que entregar la mitad
de la suma obtenida al caballero que se tomó el trabajo de insultar a la señora y debió luego
aguantar sin resistencia una buena paliza.
El que sigue es también un timo menudo, pero científico. El timador se acerca al
mostrador de una taberna y pide dos rollos de tabaco. Una vez que se los entregan, los
examina y declara:
—No me gusta este tabaco. Tómelo y déme en cambio un vaso de coñac.
Bebe el coñac y se encamina a la puerta. Pero la voz del tabernero lo detiene:
—Me temo, señor, que se ha olvidado de pagar la bebida.
—¿Pagar la bebida? ¿No le di el tabaco a cambio del coñac? ¿Qué más quiere usted?
—Pero, señor… no recuerdo que me haya pagado el tabaco.
—¿Qué quiere decir con eso, bribón? ¿No le devolví su tabaco? ¿No es ése su tabaco,
encima del mostrador? ¿Pretende entonces que pague por algo que no me llevo?
—Pero, señor… —dice el tabernero, completamente confundido—. Pero, señor…
—Nada de peros conmigo —interrumpe el timador, aparentemente muy disgustado y
golpeando la puerta al alejarse—. ¡Nada de peros conmigo, y mucho menos esas
triquiñuelas con los viajeros!
El timo siguiente es muy hábil, y la simplicidad no es una de sus menores cualidades.
En ocasión de haberse perdido realmente una cartera o un bolso, el perdedor inserta en uno
de los periódicos de una gran ciudad un aviso lleno de detalles. Nuestro timador copia los
detalles, cambiando el encabezamiento, la fraseología general, y el domicilio. Si, por
ejemplo, el aviso original es largo, verboso y comienza: ¡CARTERA EXTRAVIADA!,
solicitando que la misma sea entregada en el número 1 de la calle Tom, la copia fabricada
por el timador será breve, sólo encabezada por la palabra EXTRAVÍO, y dará como
domicilio el 2 de la calle Dick o el 3 de la calle Harry. Inserta su aviso en cinco o seis
periódicos de la localidad que aparecen unas pocas horas después que el original. Si el que
ha perdido la cartera lee uno de estos avisos, no es muy probable que advierta la relación
que existe con el suyo. Y, en cambio, hay cinco o seis probabilidades contra una de que la
persona que encontró la cartera se presente a la dirección dada por el timador en vez de
acudir a la del verdadero dueño. Nuestro timador paga la recompensa, embolsa el tesoro y
desaparece.
Un timo análogo es el siguiente: Una dama acaudalada ha perdido en la calle un anillo
de brillantes de grandísimo valor. Ofrece una recompensa de cuarenta o cincuenta dólares,
agregando en su aviso una minuciosa descripción de la joya, sus engastes, y afirmando que
la recompensa será pagada en determinado domicilio contra entrega del anillo y sin que se
hagan preguntas.
Un día o dos más tarde, cuando la dama se halla ausente de su casa, se oye sonar la
campanilla; acude una criada, informando al visitante que la señora ha salido, noticia que
produce en éste el más lamentable de los efectos. Afirma que lo trae una cuestión de suma
importancia y que concierne solamente a la señora. Agrega, por fin, que ha tenido la buena
suerte de hallar el anillo. De todas maneras, quizá sea mejor que vuelva otro día… «¡De
ninguna manera!», exclama la criada. «¡De ninguna manera!», corean la hermana de la
señora y su cuñada, que acuden al punto. Todas ellas identifican clamorosamente el anillo,
pagan la recompensa y hacen salir al visitante poco menos que a empujones. La dueña de la
casa regresa y no tarda en manifestar cierto disgusto hacia su hermana y su cuñada por la
sencilla razón de que acaban de pagar cuarenta o cincuenta dólares por un facsímile de su
anillo de brillantes, muy bien hecho con similor y piedras falsas.
Pero como el timo es cosa infinita, también lo sería este artículo, aunque me limitara a
sugerir apenas la mitad de las variantes y los matices de que dicha ciencia es susceptible.
Como he de concluir estas páginas, nada mejor que hacerlo con una noticia resumida de un
timo muy decente, pero más bien complicado, del que fue teatro no hace mucho nuestra
ciudad, y que se repitió más tarde con buen éxito en otras ciudades todavía más inocentes
de nuestro país.
Un caballero de edad mediana llega a la ciudad, sin que se sepa de dónde procede. Se
conduce de manera notablemente precisa, cauta y reflexiva. Viste con toda corrección, sin
que haya en él nada de ostentoso. Lleva corbata blanca, amplio chaleco, sólo destinado a la
comodidad; confortables zapatos de gruesa suela y pantalones sin trabilla. En suma, tiene el
aire de nuestro acomodado, sobrio y respetable hombre de negocios par excellence; uno de
esos caballeros exteriormente severos y duros, pero tiernos por dentro, como suelen
pintarse en las comedias; hombres cuyas palabras son otras tantas garantías, y que mientras
distribuyen guineas con una mano para fines caritativos extraen hasta el último centavo con
la otra en el terreno de sus propios negocios.
Nuestro caballero se muestra muy difícil de complacer en lo que respecta a una casa de
pensión. No le gustan los niños. Está habituado a una gran quietud. Tiene costumbres
metódicas y además le gustaría habitar en casa de una familia pequeña y respetable, de
tendencias piadosas. Las condiciones de pago lo tienen sin cuidado; insiste solamente en
que liquidará la cuenta el primero de cada mes (estamos ahora a dos), y una vez que ha
hallado una casa a su gusto, pide encarecidamente a la dueña que no olvide de ninguna
manera sus instrucciones al respecto: la cuenta, así como el recibo, deberán ser presentados
a las diez de la mañana del día primero de cada mes, y bajo ninguna circunstancia dejados
para el día siguiente.
Hechos estos arreglos, nuestro hombre de negocios alquila una oficina en un barrio más
respetable que a la moda. No hay cosa que desprecie tanto como la ostentación. «Donde
mucho se muestra —suele decir—, poco hay de sólido», observación que impresiona tan
profundamente a su casera que se apresura a copiarla a lápiz en la gran biblia de la familia,
aprovechando el amplio margen que hay en los Proverbios de Salomón.
El paso siguiente consiste en publicar un aviso en los principales periódicos mercantiles
de a seis peniques, pues los de a uno no son considerados por él como «respetables», aparte
de que reclaman el pago adelantado de todo aviso, práctica que nuestros hombres de
negocios detestan, pues, según él, jamás debe pagarse un trabajo hasta que no esté
concluido. El aviso dice aproximadamente así:
SE NECESITAN EMPLEADOS.- En ocasión de iniciar importantes operaciones
comerciales en esta ciudad, requerimos los servicios de tres o cuatro inteligentes y
competentes empleados. Sueldo importante. Exigimos las mejores recomendaciones sobre
la integridad del postulante, que nos interesa aún más que su capacidad. Dado que las
obligaciones a cumplir suponen una alta responsabilidad, pues grandes sumas de dinero
deberán pasar por las manos de nuestros empleados, consideramos necesario solicitar una
caución de cincuenta dólares, que será depositada por el empleado respectivo. Inútil
presentarse, por tanto, si no se está en condiciones de hacer dicho depósito, así como de
exhibir los mejores testimonios sobre moralidad. Se preferirá a los jóvenes con
inclinaciones piadosas. Presentarse de diez a once y de dieciséis a diecisiete en las oficinas
de los señores
Bogs, Hogs, Logs, Frogs & Co.
Calle de los Perros, 110
Al cumplirse el 31 del mes, este aviso ha llevado a la oficina de los señores Bogs,
Hogs, Logs, Frogs y Compañía a unos quince o veinte jóvenes de inclinaciones piadosas.
Pero nuestro hombre de negocios no tiene prisa en cerrar trato con ninguno de ellos; ningún
hombre de negocios tiene prisa; y, sólo después de haber pasado un severo examen
concerniente a sus inclinaciones piadosas, los jóvenes son finalmente aceptados y, al mismo
tiempo, por vía de simple precaución, se los invita a hacer efectiva la fianza de cincuenta
dólares, por la cual la respetable firma de Bogs, Hogs, Logs, Frogs y Compañía libra el
correspondiente recibo. En la mañana del primero de cada mes la casera no presenta su
cuenta, como había prometido hacerlo; negligencia por la cual el director de la casa con
tantos ogs no habría dejado de reprenderla severamente, suponiendo que se hubiera
quedado un día o dos más en la ciudad para tal propósito.
Como es de suponer, la policía se ve abrumada de trabajo, corriendo inútilmente de un
lado a otro, y todo lo que puede hacer es declarar enfáticamente que aquel hombre de
negocios es n. e. i., letras que parecen corresponder a la muy clásica frase non es inventus.
Y entretanto los jóvenes postulantes ven mermar sensiblemente sus inclinaciones piadosas,
mientras la casera compra una excelente goma de borrar de un chelín, y con todo cuidado
suprime la nota a lápiz que algún tonto había escrito en la gran biblia familiar,
aprovechando los anchos márgenes de los Proverbios de Salomón.
X en un suelto
Como es sabido que los «sabios» vienen «del Oriente»122 y el señor Veleta Cabezudo
vino también del Este, se sigue que el señor Cabezudo era un sabio. Si hiciera falta una
prueba accesoria, hela aquí: el señor C. era director de periódico. La irascibilidad constituía
su solo lado flaco, pues la obstinación de la cual se lo acusaba no era en absoluto una
debilidad, ya que él la consideraba justamente como su fuerte. Allí residía su mérito, su
virtud, y hubiera hecho falta toda la lógica de un Brownson para convencerlo de que estaba
equivocado.
He demostrado que Veleta Cabezudo era un sabio; la única ocasión en que no se
mostró irascible fue cuando hizo abandono de ese legítimo hogar de todos los sabios, el
este, y emigró a la ciudad de Alejandromagnópolis, o a cualquier sitio de nombre parecido,
en el oeste.
Debo, sin embargo, declarar en su favor que, cuando se decidió finalmente a instalarse
en dicha ciudad hallábase convencido de que en esta parte del país no existía ningún
periódico y, por tanto, ningún director. Al fundar La Tetera, esperaba ser el único dueño del
campo. Estoy seguro de que jamás se le habría ocurrido instalarse en Alejandromagnópolis
si hubiera sabido que en Alejandromagnópolis vivía un caballero llamado John Smith (si
recuerdo bien), quien, durante muchos años, había engordado tranquilamente dirigiendo y
publicando la Gaceta de Alejandromagnópolis. Vale decir que, sólo por haber sido mal
informado, el señor Cabezudo vino a parar a Alejan… Llamémosle Nópolis, para abreviar.
Pero, una vez que estuvo en ella, decidió mantener su reputación de obsti… de firmeza, y
quedarse. Por lo cual se quedó, e hizo aún más: desempaquetó su prensa, su tipo, etcétera,
etc., alquiló un local situado exactamente enfrente de la Gaceta y, a la tercera mañana de su
arribo, lanzó el primer número de La Tetera de Alejan…, vale decir La Tetera de Nópolis,
que así, si mis recuerdos no me engañan, se titulaba el nuevo periódico.
El editorial, debo admitirlo, era brillante, por no decir severo. Se mostraba
especialmente duro con todas las cosas en general, y en particular con el director de La
Gaceta, quien quedaba reducido a hilas. Algunas observaciones de Cabezudo eran tan
terribles, que desde entonces me he visto obligado a considerar a John Smith —quien
todavía vive— como una especie de salamandra. No pretendo reproducir verbatim todas las
frases de Cabezudo, pero una de ellas era como sigue:
«¡Oh, sí! ¡Oh, ya vemos! ¡Oh, indudablemente! El director de enfrente es un genio…
¡Oh, dioses! ¡Oh, cielos! ¿A qué ha llegado el mundo? O Témpora! O mores!»
Semejante filípica, a la vez tan cáustica y tan clásica, cayó como una granada entre los
hasta entonces pacíficos ciudadanos de Nópolis. Grupos de excitados vecinos se juntaban
en las esquinas. Todos esperaban, con sincera ansiedad, la respuesta del decoroso Smith, la
cual apareció al día siguiente en esta forma:
«Extraemos de La Tetera de ayer el siguiente párrafo: “¡Oh, sí! ¡Oh, ya vemos! ¡Oh,
indudablemente! ¡Oh dioses! ¡Oh, cielos! O, témpora! O, mores!” ¡Vamos! ¡Pero este
hombre es todo O! Esto explica que razone en círculo, y que por eso no haya ni pies ni
cabeza en lo que dice. Estamos plenamente convencidos de que el pobre hombre es incapaz
de escribir una sola palabra que no contenga una O. ¿Será una costumbre suya? Dicho sea
122 The wise men, los Reyes Magos. Literalmente, «los sabios». (N. del T.)
de paso, este sujeto llegó del este con gran precipitación. ¿No habrá cometido algún dolo, o
tendrá tantas deudas como las que ya tiene aquí? ¡Oh, es lamentable!»
No intentaré describir la indignación del señor Cabezudo ante estas escandalosas
insinuaciones. Contra lo imaginable, sin embargo, y de acuerdo con el principio de las
plumas de pato sobre las cuales resbala el agua, no era el ataque a su integridad el que más
lo ofendía. Lo que lo inducía a la desesperación era que se burlaran de su estilo. ¡Cómo!
¡Él, Veleta Cabezudo, incapaz de escribir una palabra que no contuviera una O! Bien
pronto iba a probar a ese ganapán que estaba equivocado. ¡Sí, ya le mostraría hasta qué
punto estaba equivocado! El Veleta Cabezudo, procedente de Ranápolis, demostraría al
señor John Smith que él, Cabezudo, era capaz de redactar, si así le parecía, un suelto
completo… ¡sí, señor, un artículo entero!… donde tan despreciable vocal no figuraría ni una
sola, lo que se dice ni una sola vez. ¡Pero no! Eso significaría inclinarse ante el susodicho
John Smith. Él, Cabezudo, no cambiaría en nada su estilo, y menos para satisfacer los
caprichos de un señor Smith. ¡Que tan vil pensamiento cayera en la nada! ¡Viva la O!
Persistiría en la O. Sería todo lo O-bstinado que pudiera.
Lleno de ardor ante lo caballeresco de tal determinación, el gran Veleta se limitó a
insertar en La Tetera el siguiente suelto alusivo al desdichado asunto:
«El director de La Tetera tiene el honor de informar al director de La Gaceta que (La
Tetera) aprovechará su edición de mañana para convencer (a La Gaceta) de que (La Tetera)
puede y ha de ser su propio amo en materia de estilo; y que (La Tetera), con objeto de
mostrar (a La Gaceta) el supremo y absoluto desprecio que las críticas (de La Gaceta)
provocan en el seno independiente (de La Tetera), compondrá para especial satisfacción (?)
(de La Gaceta) un artículo de fondo de cierta extensión, en el cual tan hermosa vocal —
emblema de la Eternidad—, tan inofensiva para la hiperexquisita sensibilidad (de La
Gaceta) no ha de ser ciertamente evitada por este muy obediente y humilde servidor (de La
Gaceta). La Tetera.»
En cumplimiento de tan augusta amenaza, antes nebulosamente insinuada que
claramente enunciada, el gran Cabezudo hizo oídos sordos a todos los pedidos de
«material» y, limitándose a decir a su regente que se fuera al demonio, en momentos en que
éste (el regente) le aseguraba que ya era tiempo de que La Tetera entrara en prensa, el gran
Cabezudo, repetimos, hizo oídos sordos a todo y pasó la noche quemándose las pestañas
hasta el alba, absorto en la composición del incomparable suelto que sigue:
«¡Oh, John; oh, tonto! ¿Cómo no te tomo encono, lomo de plomo? ¡Ve a Concord,
John, antes de todo! ¡Vuelve pronto, gran mono romo! ¡Oh, eres un sollo, un oso, un topo,
un lobo, un pollo! ¡No un mozo, no! ¡Tonto goloso! ¡Coloso sordo! ¡Te tomo odio, John!
¡Ya oigo tu coro, loco! ¿Somos bobos nosotros? ¡Tordo rojo! ¡Pon el hombro, y ve a
Concord en otoño, con los colonos!», etc.
Exhausto, como es natural, por tan estupendo esfuerzo, el gran Veleta no fue capaz de
ocuparse aquella noche de otra cosa. Firme, sereno, pero a la vez con un aire de autoridad
vigilante, alargó su manuscrito al aprendiz tipógrafo y, tras ello, marchando sin apuro a
casa, acogióse a su lecho con inefable dignidad.
Entretanto, el aprendiz a quien había sido confiado el suelto voló sin perder un instante
a su caja y dispúsose a componer el manuscrito. Dado que la palabra inicial era ¡Oh…!,
zambulló la mano en el agujero correspondiente al signo de admiración y la retiró triunfante
con uno de dichos signos. Entusiasmado por este buen éxito, lanzóse de inmediato y con
gran ímpetu al cajetín de las «oes» mayúsculas; pero, ¿quién describirá su horror cuando
sus dedos volvieron a salir sin la anticipada letra entre los mismos? ¿Quién pintará su
estupefacción y su rabia al advertir, mientras se frotaba los nudillos, que su mano no había
hecho otra cosa que tantear inútilmente el fondo de un cajetín vacío? En el compartimento
de las «o» mayúsculas no quedaba una sola «o» mayúscula; y, lanzando una ojeada
temerosa al de las «o» minúsculas, el aprendiz comprobó para su indescriptible espanto que
tampoco había allí ninguna letra. Despavorido, su primer impulso fue correr en busca del
regente.
—¡Oh, señor! —jadeó, tratando de recobrar el aliento—. ¡No puedo componer nada si
me faltan las oes!
—¿Qué diablos quieres decir? —gruñó el regente, malhumorado por el retardo de la
edición.
—¡Señor… no queda ni una o en la caja… ni grande ni chica!
—¿Cómo? ¿Y dónde demonio han ido a parar todas las que había?
—Yo no sé, señor —dijo el chico—, pero uno de los aprendices de La Gaceta anduvo
dando vueltas por aquí toda la noche, y a mí me parece que se las debe de haber robado.
—¡Que el infierno se lo trague! ¡Claro que sí! —gritó el regente, rojo de rabia—. No
importa, Bob, yo te diré lo que has de hacer. En la primera ocasión que tengas entras allá y
les sacas todas las «íes» que tengan… ¡y las «zetas» también, malditos sean!
—De acuerdo —dijo Bob, guiñando el ojo—. Ya lo creo que iré, y ya lo creo que les
haré una buena. Pero… ¿y este suelto? Hay que componerlo esta noche, porque si no…
—Ya veo —dijo el regente, suspirando profundamente—. ¿Es un suelto muy largo,
Bob?
—Yo no diría que es muy largo —opinó Bob.
—¡Ah, bueno, entonces arréglate como puedas! Sea como sea, tenemos que entrar de
una vez por todas en prensa —agregó distraídamente el regente, sumergido hasta los codos
en su trabajo—. En vez de «o» pon cualquier otra letra; de todos modos nadie va a leer lo
que este tipo escribe.
—Muy bien —dijo Bob, y se volvió corriendo a su caja, mientras murmuraba para sí:
«¿Con que tengo que ir a sacarles todas las “íes” y las “zetas”, eh? ¡Pues yo soy el hombre
para eso!» La verdad es que Bob, aunque sólo tenía doce años y cuatro pies de estatura,
estaba pronto para afrontar cualquier lucha, siempre que no fuera muy dura.
La orden que acababa de darle el regente no era demasiado insólita, pues cosas así
suelen ocurrir en las imprentas. Aunque me resulta imposible explicarlo, cuando eso sucede
se acude siempre a la x como sustituto de la letra faltante. Quizá la razón resida en que la x
tiende a sobreabundar en las cajas de composición (o, por lo menos, así ocurría en otros
tiempos), por lo cual los impresores se han ido acostumbrando a emplearla para sustituir
otras letras. En cuanto a Bob, frente a un caso como el presente, hubiera considerado
escandaloso emplear otra letra que la x, pues tal era su costumbre.
—Tendré que ponerle x a este suelto —se dijo, mientras lo leía lleno de
estupefacción—, pero que me cuelguen si no es el suelto con más oes que he visto en mi
vida.
Inflexible, sin embargo, procedió a componer usando la x, y así entró el suelto en
prensa.
A la mañana siguiente la población de Nópolis se quedó de una pieza al leer en La
Tetera el siguiente extraordinario artículo:
«¡Xh, Jxhn, xh, txntx! ¿Cxmx nx te txmx encxnx, lxmx de plxmx! ¡Ve a Cxncxrd,
Jxhn, antes de txdx! ¡Vuelve prxntx, gran mxnx rxmx! ¡Xh, eres un sxllx, un xsx, un txpx,
un lxbx, un pxllx! ¡Nx un mxzx, nx! ¡Txntx gxlxsx! ¡Cxlxsx sxrdx! ¡Te txmx xdix, Jxhn!
¡Ya xigx tu cxrx, lxcx! ¿Sxmxs bxbxs nxsxtrxs? ¡Txrdx rxjx! ¡Pxn el hxmbrx, y ve a
Cxncxrd en xtxñx, cxn Ixs cxlxnxs!», etc.
Difícil es concebir la agitación ocasionada por este místico y cabalístico artículo. La
primera idea concreta que circuló entre el pueblo fue que en esos jeroglíficos se encerraba
alguna traición diabólica, por lo cual hubo un avance general en dirección al domicilio de
Cabezudo, a efectos de lincharlo. Pero dicho caballero no se encontraba allí. Habíase
evaporado, sin que nadie supiera decir cómo, y desde entonces no se ha vuelto a ver ni
siquiera su fantasma.
Incapaz de descubrir al legítimo objeto de su cólera, la muchedumbre fue calmándose
poco a poco, dejando a manera de sedimento diversas opiniones sobre este desdichado
asunto.
Un caballero opinaba que todo había sido una excelente broma.
Otro sostuvo que, de todas maneras, Cabezudo había demostrado poseer una fantasía
exuberante.
Un tercero lo declaró excéntrico, pero no más que eso.
Un cuarto sólo alcanzaba a suponer, en el plan de Cabezudo, el deseo de expresar su
exasperación de manera general.
«Digamos —completó un quinto— que quería exponer un ejemplo para la posteridad.»
Para todo el mundo resultaba claro que Cabezudo había sido arrastrado a tales extremos
y, puesto que dicho director había desaparecido, hablóse en cierto momento de linchar al
que quedaba.
La conclusión más compartida, sin embargo, fue que el asunto era sencillamente
extraordinario e inexplicable. Incluso el matemático del pueblo admitió que no encontraba
la solución del problema. Como todo el mundo sabía, x representaba una cantidad
desconocida, una incógnita; pero en este caso (como hizo notar apropiadamente) había
además una cantidad desconocida de x.
La opinión de Bob (que mantuvo en secreto su intervención en las x del suelto) no
encontró la atención que a mi juicio merecía, aunque fue expresada abiertamente y sin
ningún temor. Bob manifestó que, por su parte, no le cabían dudas sobre el asunto, pues era
muy sencillo: «Nadie pudo persuadir jamás al señor Cabezudo de que bebiera lo que bebían
los otros muchachos del pueblo; se pasaba el tiempo bebiendo esa condenada cerveza
marca XXX, y, como natural consecuencia, se le mezcló con la bilis y lo hizo volverse
extremadamente extravagante.»
El hombre de negocios
El método es el alma de los negocios.
(Antiguo adagio)
Soy un hombre de negocios. Soy un hombre metódico. El método es lo que cuenta,
después de todo. Pero a nadie desprecio más profundamente que a esos excéntricos que
charlan mucho sobre el método sin entenderlo, y que se atienen estrictamente a la letra
mientras violan el espíritu. Individuos así se pasan la vida haciendo las cosas más
desorbitadas, de una manera que ellos califican de ordenada. Pero esto es una paradoja; el
verdadero método pertenece tan sólo a lo que es normal, ordinario y obvio, y no se puede
aplicar a nada outré. ¿Acaso sería posible referirse a una nube metódica, o a un fatuo
sistemático?
Mis nociones sobre este punto podrían no haber sido todo lo claras que son, de no
mediar un afortunado accidente que me ocurrió en la infancia. Una bondadosa y anciana
niñera irlandesa (a quien no olvidaré en mi testamento) me agarró un día por los pies, en
momentos en que yo alborotaba más de lo necesario, y luego de hacerme revolar dos o tres
veces, me maldijo empecinadamente por ser «un mocoso gritón», y me convirtió la cabeza
en una especie de tricornio, golpeándola contra un poste de la cama. Debo reconocer que
esto decidió mi destino e hizo mi fortuna. No tardó en salirme un gran chichón en la
coronilla, el cual se convirtió para mí en el órgano del orden. De ahí proviene ese marcado
gusto por el sistema y la regularidad que me han convertido en el distinguido hombre de
negocios que soy.
Para mí, lo más odioso en esta tierra es un hombre de genio. Los genios son una
colección de asnos redomados; cuanto más geniales, más asnos; y no hay ninguna
excepción a la regla. Imposible hacer un hombre de negocios de un genio; sería como
querer sacar dinero a un judío o nueces a un abeto. Dichos seres se salen continuamente del
buen camino para dedicarse a alguna ocupación fantástica o a ridículas especulaciones,
totalmente divorciadas de las cosas bien ordenadas; jamás hacen negocios que puedan
considerarse como tales. Resulta fácil descubrir a estos personajes por la naturaleza de sus
ocupaciones. Si alguna vez repara usted en un hombre que se instala como comerciante o
fabricante, que fabrica algodón, tabaco o cualquiera de esos excéntricos productos, que se
ocupa de tejidos, jabón, o algo parecido, o pretende ser abogado, herrero o médico, es decir,
cualquier cosa fuera de lo usual… pues bien, tenga la seguridad de que es un genio y, por
tanto, de acuerdo con la regla de tres, es un asno.
En cuanto a mí, no tengo absolutamente nada de genio, sino que soy un hombre de
negocios normal. Mi diario y mi libro mayor pueden demostrarlo en un minuto. Están bien
llevados, aunque sea yo quien lo dice, y no es el reloj quien va a ganarme en mis hábitos de
exactitud y puntualidad. Lo que es más, mis ocupaciones han coincidido siempre con las
costumbres ordinarias de mis semejantes. Y no es que a este respecto me sienta en lo más
mínimo agradecido a mis débiles progenitores, quienes sin duda hubieran hecho de mí un
redomado genio si mi ángel guardián no hubiese acudido oportunamente a socorrerme. En
las biografías la verdad es lo que cuenta, y muchísimo más en una autobiografía; no
obstante, apenas espero que me crean si afirmo solemnemente que mi pobre padre me hizo
ingresar a los quince años en la oficina de lo que él llamaba «un respetable comerciante y
comisionista en ferretería, que hace excelentes negocios». ¡Excelentes negocios!
¡Excelentes disparates, diría yo! Como consecuencia de esta locura, tuve que volverme dos
o tres días después a casa de mi obtusa familia, víctima de un acceso de fiebre y sufriendo
los más violentos y peligrosos dolores en la coronilla, vale decir, alrededor de mi órgano
del orden. Estuve entre la vida y la muerte durante seis semanas, y los médicos me
desahuciaban. Pero, aunque sufrí mucho, quedé muy agradecido. Me había salvado de
convertirme en un «respetable comerciante y comisionista en ferretería, que haría
excelentes negocios», y bendije la protuberancia que había coadyuvado a mi salvación, así
como a la bondadosa mujer que había puesto dicho medio a mi alcance.
La mayoría de los chicos se escapan de su casa entre los diez y los doce años, pero yo
esperé hasta los dieciséis. Y ni siquiera creo que me hubiese ido, de no oír hablar a mi
madre sobre un proyecto de instalarme por mi cuenta con un negocio de almacén. ¡Un
negocio de almacén! ¡Nada menos! Inmediatamente resolví marcharme, a fin de iniciar por
mi lado alguna tarea decente sin seguir esperando el resultado de los caprichos de aquellos
excéntricos viejos, ni correr el peligro de que al final hicieran de mí un genio. Mi proyecto
se vio coronado por el mejor de los éxitos en la primera tentativa y al cumplir los dieciocho
años me encontré haciendo amplios y proficuos negocios en el renglón de la Propaganda
Callejera de Sastrerías.
Las onerosas tareas de mi profesión sólo podía llevarlas a cabo gracias a la rígida
fidelidad a un sistema que constituía el rasgo distintivo de mi inteligencia. El método
escrupuloso caracterizaba tanto mis acciones como mis cuentas. En mi caso no era el
dinero, sino el método, quien «hacía» al hombre —por lo menos aquello que no hacía el
sastre que me empleaba—. Todas las mañanas, a las nueve, me presentaba para que éste me
entregara las ropas del día. A las diez ya me hallaba en algún paseo de moda o lugar
frecuentado por el público. La precisión y regularidad con que hacía girar mi elegante
persona, a fin de mostrar sucesivamente cada porción de mi vestimenta, era la admiración
de todos los conocedores del oficio. Jamás llegaba el mediodía sin que regresara con algún
cliente a la sastrería de los señores Corte y Vuelva. Lo digo orgullosamente, pero con
lágrimas en los ojos, pues aquella firma se condujo conmigo de la manera más ingrata. La
moderada cuenta por la cual disputamos, para finalmente separarnos, no puede considerarse
en modo alguno excesiva; no lo pensarían así aquellos que conocen a fondo la profesión.
De todas maneras, siento tanto orgullo como satisfacción al permitir que el lector juzgue
por sí mismo. He aquí cómo estaba redactada mi cuenta:
SEÑORES CORTE Y VUELVA, SASTRES, DEBEN
A PETER PROFITT, ANUNCIADOR CALLEJERO:
Ce
nts
Julio
10.-
Paseo como de costumbre, y regreso con un
cliente……
25
Julio ídem íd. 25
11.- íd………………………………………….……….
Julio
12.-
Mentira de segunda clase: género negro estropeado
vendido como verde invisible….………………….
25
Julio
13.-
Mentira de primera clase: recomendación de un
satinete como si fuera de paño fino
75
Julio
20.-
Compra de un cuello de papel, para hacer juego con
el completo gris…..……………………………………
2
Agosto
15.-
Por vestir el traje con doble forro (mientras el
termómetro marcaba 706 a la sombra)……………
25
Agosto
16.-
Por pararme en una sola pierna durante tres horas,
para exhibir los nuevos pantalones con trabilla, a 12,1/2
centavos por pierna y por hora……………
37,
1/2
Agosto
17.-
Paseo como de costumbre, y regreso con un cliente
(hombre muy grueso)………………………………
50
Agosto
18.-
ídem íd. íd. (estatura
mediana)…………………………..
25
Agosto
19.-
ídem íd. íd. (estatura pequeña y mal
pagador)…………
6
Total………………………………………………
…..
$2,
951/2
El punto en disputa de mi cuenta era el muy moderado precio de dos centavos por el
cuello de papel. Doy mi palabra de honor de que no era un precio exagerado. Se trataba de
uno de los cuellos más limpios y bonitos que he visto nunca, y tengo buenas razones para
creer que influyó en la venta de los tres completos grises. Sin embargo, el socio principal de
la firma sólo quiso pagarme un centavo, tomando a su cargo la demostración de cuántos
cuellos podían obtenerse con una hoja de papel de oficio. Inútil señalar que insistí en el
principio de la cosa. Los negocios son los negocios, y deben ventilarse como corresponde.
No alcanzaba a distinguir ningún sistema en el hecho de que me estafaran un centavo (un
evidente fraude del 50 por 100), y mucho menos un método. Abandoné de inmediato el
empleo de los señores Corte y Vuelva, instalándome por mi cuenta en el negocio del Mal
de Ojo, que es una de las ocupaciones ordinarias más lucrativas, respetables e
independientes.
También aquí entraron en juego mi estricta integridad, economía y rigurosas
costumbres comerciales. Pronto me encontré en plena prosperidad, y no tardé en ser muy
conocido y señalado. La verdad es que jamás me metí en negocios sensacionalistas, sino
que me atuve a la antigua y excelente rutina de la profesión en la cual seguiría actualmente
de no ser por un pequeño accidente que sobrevino en el curso de una de las operaciones
habituales de la misma. Toda vez que un avaro rico, o un heredero manirroto, o una
sociedad en bancarrota se decide a construir un palacete, no hay en el mundo mejor cosa
que impedir que lo hagan, y toda persona inteligente sabe cómo arreglárselas para ello. En
realidad, esta intervención constituye la base del Mal de Ojo como profesión. En efecto, tan
pronto como alguna de las partes nombradas proyecta levantar un edificio, nosotros, los
hombres de negocios, adquirimos un bonito rincón del lote donde van a edificarlo,
buscando quedar situados frente al mismo o al lado. Hecho esto, esperamos hasta que el
palacio anda ya por la mitad, y entonces pagamos a un arquitecto de buen gusto para que
nos levante a nuestra vez una cabaña de barro sumamente decorativa, o una pagoda oriental
u holandesa, o un chiquero, o alguna fantasía ingeniosa, sea esquimal, kickapoo u
hotentote. Como es natural, no podemos consentir en demoler dicha construcción por
menos de un precio superior en un 500 por 100 al de nuestro lote y material de
construcción. ¿Cómo podríamos proceder de otro modo? Lo pregunto a los hombres de
negocios. Sería irracional suponer semejante cosa. Y, sin embargo, no faltó una sociedad de
aventureros que me pidió que lo hiciera… ¡a mí, nada menos! Ni que decir que ni siquiera
contesté a tan absurda propuesta, pero aquella misma noche consideré de mi deber cubrir el
frente de su palacio con negro de humo. Aquellos irrazonables villanos me metieron en la
cárcel y, cuando salí, las personas vinculadas con el negocio del Mal de Ojo se vieron
forzadas a interrumpir sus relaciones conmigo.
El negocio de Asalto y Agresión, en el cual me vi forzado a aventurarme a fin de ganar
el sustento, no se adaptaba muy bien a mi delicada constitución, pero de todos modos lo
tomé de buen grado y me vi protegido, como antes, por los severos hábitos de metódica
precisión que me había inculcado aquella excelente nodriza, por cierto que sería el más vil
de los hombres si no la tuviera en cuenta en mi testamento. Observando, repito, el sistema
más estricto en todas mis operaciones, y llevando mis libros con mucho cuidado, pude
superar grandísimas dificultades, estableciéndome por fin de manera muy cómoda en la
profesión. Estoy seguro de que pocas personas han tenido un negocio tan agradable como el
mío. Copiaré una o dos páginas de mi diario, lo cual me evitará hablar en especial de mí
mismo, condenable práctica a la cual no se rebaja ningún hombre de altas miras. El diario,
en cambio, no miente nunca.
«2 de enero.- Vi a Snap en la Bolsa. Me le acerqué y le pisé los pies. Cerró el puño y
me tumbó al suelo. ¡Excelente! Volví a levantarme. Tuve una ligera dificultad con Bag, mi
abogado. Quiero mil dólares de indemnización, pero insiste en que por un mero puñetazo
no conseguiremos más que quinientos. Memorándum: debo quitarme de encima a Bag.
Carece de sistema.
»3 de enero.- Fui al teatro en busca de Gruff. Lo vi en un palco de la segunda fila, entre
una dama gruesa y otra delgada. Los estuve mirando con los gemelos hasta que la dama
gorda enrojeció y dijo algo a G. Entré entonces en el palco, poniendo la nariz al alcance de
la mano de G. No me quiso tirar de ella. Me soné e hice otra tentativa: nada. Me senté
entonces y me puse a guiñar el ojo a la dama flaca, hasta tener la satisfacción de que G. me
agarrara por el cuello y me tirara a la platea. Dislocación de cuello y pierna derecha
completamente astillada. Volví a casa contentísimo, bebí una botella de champaña y asenté
en mis libros al joven Gruff por la suma de cinco mil dólares. Bag dice que todo saldrá
bien.
»15 de febrero.- Llegué a un acuerdo en el caso de Mr. Snap. Ingreso consignado:
cincuenta centavos (ver libros).
»16 de febrero.- Perdí el pleito contra el canalla de Gruff, quien me hizo un regalo de
cinco dólares. Costas del proceso: cuatro dólares y veinticinco centavos. Beneficio neto
(ver libros), setenta y cinco centavos.»
Pues bien, en un período tan breve, puede verse, por lo que antecede, que había
obtenido un beneficio de un dólar y veinticinco, nada más que en los casos de Snap y Gruff;
por lo demás, aseguro solemnemente al lector que estos extractos han sido tomados de mi
diario al azar.
Un viejo y muy cierto adagio afirma, sin embargo, que el dinero no es nada al lado de
la salud. Pronto descubrí que los esfuerzos de mi profesión no convenían a mi delicada
constitución; cuando no me quedó hueso sano en el cuerpo, y mis amigos, al encontrarme
en la calle, no se atrevían a asegurar que yo fuera Peter Profitt en persona, se me ocurrió
que lo mejor era cambiar de negocio. Consagré por tanto mi atención al Barrido de las
Aceras y me dediqué al mismo durante varios años.
Lo malo de esta ocupación está en que demasiadas personas se aficionan a ella y la
competencia se vuelve excesiva. Cualquier ignorante que no tiene inteligencia en cantidad
suficiente como para abrirse camino como anunciador callejero, en el Mal de Ojo o en el
Asalto y Agresión, piensa que le irá perfectamente como barredor de aceras. Pero nunca
hubo idea tan errónea como la de creer que para este negocio no hace falta inteligencia. Y,
sobre todo, que en él se puede prescindir del método. Por mi parte sólo lo practicaba al por
menor, pero mis viejos hábitos de sistema me mantenían magníficamente a flote. En primer
lugar elegí con todo cuidado el cruce de calle que me convenía, y jamás arrimé una escoba
a otras aceras que no fueran ésas. Tuve buen cuidado, además, de contar con un excelente
charco de barro a mano, del cual podía proveerme en un instante. Gracias a todo ello llegué
a ser conocido como hombre de confianza; y permítaseme decir que, en los negocios, esto
representa la mitad de la batalla ganada. Jamás persona alguna que me hubiera ofendido
tirándome tan sólo un cobre alcanzó a llegar al otro lado de mi cruce con los pantalones
limpios. Y como mis costumbres comerciales en este sentido eran suficientemente
conocidas, nunca me vi sometido al menor abuso. De haber ocurrido así, no lo habría
tolerado. Puesto que no pretendía imponerme a nadie, no estaba dispuesto a que nadie se
burlara de mí. Claro que no podía impedir los fraudes de los bancos. El cierre de sus
puertas me creaba inconvenientes ruinosos. Pero los bancos no son individuos, sino
sociedades, y las sociedades carecen de cuerpos donde se puedan aplicar puntapiés y de
almas que mandar al demonio.
Estaba ganando dinero en este negocio cuando, en un momento aciago, me dejé tentar e
ingresé en la Salpicadura de Perro, profesión un tanto análoga, pero de ninguna manera tan
respetable. A decir verdad, estaba muy bien instalado en pleno centro y tenía lo necesario
en materia de betún y cepillos. Mi perrito era muy gordo y estaba habituado a todas las
variantes del oficio, pues llevaba en él largo tiempo, y me atrevo a decir que lo comprendía.
Nuestra práctica general era la siguiente: Luego de revolcarse convenientemente en el
barro, Pompeyo se instalaba en la puerta de la tienda hasta ver a un dandy que venía por la
calle con los zapatos relucientes. Se le acercaba entonces y se frotaba una o dos veces
contra él. Como es natural, el dandy juraba abundantemente y luego miraba en torno en
busca de un lustrador de zapatos. Y allí estaba yo, bien a la vista, con betún y cepillos. El
trabajo sólo tomaba un minuto y su resultado eran seis centavos. Esto me bastó por un
tiempo; yo no era avaricioso, pero en cambio mi perro sí lo era. Le cedía un tercio de los
beneficios, hasta que le aconsejaron que pidiera la mitad. Imposible tolerar semejante cosa,
de modo que, luego de discutir, nos separamos.
Por un tiempo ensayé la profesión de organillero, y debo admitir que me fue bastante
bien. Es un negocio sencillo, directo y que no requiere aptitudes especiales. Puede usted
comprar un organillo por muy poco dinero y, a fin de ponerlo en buen estado, basta abrirlo
y darle tres o cuatro martillazos. Mejora el tono del instrumento —para sus finalidades
comerciales— mucho más de lo que usted imaginaría. Hecho esto, no hay más que echar a
andar con el organillo a la espalda hasta ver un jardín delantero bien cubierto de grava y un
llamador envuelto en piel de ante. Se detiene uno entonces y se pone a dar vueltas a la
manija, adoptando el aire de quien está dispuesto a quedarse ahí y tocar hasta el juicio final.
Muy pronto se abre una ventana y alguien arroja seis peniques, pidiendo al mismo tiempo:
«¡Deje de tocar y váyase!» Estoy enterado de que ciertos organilleros han aceptado
marcharse por esta suma; por mi parte, mis gastos de capital eran demasiado grandes para
permitirme hacerlo por menos de un chelín.
Obtuve buenos beneficios con esta ocupación, pero de todos modos no me sentía
satisfecho y acabé por abandonarla. Diré la verdad: trabajaba con el inconveniente de
carecer de un mono, aparte de que las calles de Norteamérica son tan sucias, el populacho
tan molesto… y no digamos nada de la cantidad de mocosos traviesos.
Estuve sin empleo algunos meses, pero por fin, a fuerza de gran perseverancia, logré
introducirme en el Falso Correo. En este negocio las obligaciones son sencillas y procuran
bastantes beneficios. Por ejemplo: de mañana muy temprano, tenía que preparar mi fajo de
cartas falsas. Dentro de cada una escribía unas pocas líneas sobre cualquier cosa, con tal de
que tuviera un aire misterioso, y firmaba aquellas epístolas «Tom Dobson» o «Bobby
Tompkins». Cerradas y lacradas, procedía a aplicarles falsos sellos de Nueva Orleans,
Bengala, Botany Bay o cualquier otro lugar muy distante. Me ponía luego en marcha, como
si llevara mucha prisa. Siempre llamaba a las casas importantes, entregaba una carta y
recibía el pago del porte correspondiente. Nadie vacila en pagar el porte de correos por una
carta, especialmente si es voluminosa. ¡La gente es tan estúpida! Y ni que decir que me
sobraba tiempo para dar vuelta a la esquina antes de que tuvieran tiempo de enterarse de la
epístola. Lo peor de esta profesión es que me obligaban a caminar mucho y rápidamente,
así como a variar de continuo mi itinerario. Además, me producía grandes escrúpulos de
conciencia. Jamás he podido tolerar los insultos a las personas inocentes, y la forma en que
toda la ciudad maldecía a Tom Dobson y a Bobby Tompkins era realmente muy penosa de
escuchar. Terminé lavándome las manos del asunto lleno de repugnancia.
Mi octava y última especulación consistió en la Cría de Gatos. Dicho negocio me
resultó el más agradable y lucrativo de todos, sin que me diera el menor trabajo. Como es
sabido, la región está plagada de gatos, al punto que recientemente se debatió en la
Legislatura, en una memorable sesión, un pedido de ayuda firmado por personas tan
numerosas como respetables. En aquel momento la Asamblea se hallaba excepcionalmente
bien informada de los problemas públicos, y coronó sus muchas, sabias y saludables
decisiones con la Ley de los Gatos. En su forma original, esta ley ofrecía una recompensa
por toda cabeza de gato, a razón de cuatro centavos la pieza; pero más tarde el Senado
enmendó el artículo correspondiente, sustituyendo «cola» por «cabeza», y la enmienda era
tan adecuada que la Asamblea la aprobó nemine contradicente123.
Tan pronto el gobernador hubo firmado el decreto, invertí todo mi capital en la compra
de gatos. Al principio sólo podía alimentarlos con ratones, que son baratos, pero pronto
aquellos animales cumplieron las prescripciones de la Escritura a una velocidad tan
maravillosa que su número me permitió adoptar una política liberal, y desde entonces los
alimenté con ostras y tortuga. Sus colas, a precio legislativo, me proporcionan hoy en día
una buena renta, pues he descubierto un procedimiento basado en el aceite macasar, que me
permite obtener tres cosechas anuales. Me encanta asimismo que los animalitos se hayan
acostumbrado de tal manera que prefieran perder la cola a conservarla. Me considero, pues,
un hombre que ha completado su carrera, y estoy negociando la compra de una finca sobre
el Hudson.
123 Hay aquí un juego de palabras intraducibie pues «cabeza»y «cola» equivalen a «cara»y «cruz». (N. del T.)
Notas
La ordenación de las narraciones de Poe plantea un problema de gusto, pues aunque
cada cuento sea una obra independiente y autónoma, no hay duda de que todos ellos se
atraen o se rechazan conforme a ciertas fuerzas dominantes, a ciertos efectos
deliberadamente concertados, y a ese tono indefinible pero presente que conecta, por
ejemplo, relatos tan disímiles como Manuscrito hallado en una botella y William Wilson.
Por ello, y puesto que el lector tiende con lógico sentido a leer los relatos en el orden en
que se los presenta el editor, parece elemental publicarlos de la manera más armoniosa
posible, como, sin duda, lo hubiera hecho Edgar Poe de haber tenido tiempo y posibilidades
de preparar la edición definitiva de sus relatos. La mayoría de las compilaciones existentes,