3001 ODISEA FINAL – Arthur C. Clarke

3001
ODISEA FINAL
Arthur C. Clarke

 
Prólogo – Los primogénitos
Llámenlos los primogénitos. Aunque ni remotamente eran seres humanos, eran de
carne y sangre y, cuando miraron hacia afuera, a través de las profundidades del espacio,
sintieron pavor reverencial y curiosidad… y soledad. No bien poseyeron el poder,
empezaron a buscar camaradería entre las estrellas.
En sus exploraciones se toparon con vida en muchas formas, y observaron la obra de
la evolución en mil mundos. Vieron cuan a menudo los primeros chisporroteos tenues de
inteligencia brillaban y se extinguían en la noche cósmica.
Y debido a que en toda la Galaxia no habían encontrado algo más precioso que la
Mente, fomentaron su alborear por doquier. Se convirtieron en labradores en los campos
de las estrellas: sembraban y, en ocasiones, cosechaban.
Y, en ocasiones, sin apasionamiento alguno, tenían que erradicar los cultivos
desviados.
Los grandes dinosaurios habían desaparecido hacía ya mucho, su promesa matutina
aniquilada por un mazazo al azar proveniente del espacio, cuando la nave de exploración
ingresó en el Sistema Solar después de un viaje que ya había durado mil años. Pasó al
lado de los congelados planetas exteriores, hizo una breve detención por encima de los
desiertos del agonizante Marte, y pronto miró hacia la Tierra.
Extendiéndose por debajo de ellos, los exploradores vieron un mundo en el que
pululaba la vida. Durante años estudiaron, recogieron, catalogaron. Cuando hubieron
aprendido todo lo que pudieron, empezaron a introducir modificaciones. Manipularon, con
irregular habilidad, el destino de muchas especies, tanto en tierra como en los mares.
Pero cuál de sus experimentos iba a rendir frutos, no lo podrían saber hasta dentro de un
millón de años cuando menos.
Eran pacientes, pero aún no eran inmortales. ¡Había tanto por hacer en ese universo
de cien mil millones de soles, y otros mundos estaban llamando! Así que, una vez más,
partieron hacia el abismo, conscientes de que nunca más volverían a esos parajes, y
tampoco había necesidad de que lo hicieran: los servidores que habían dejado atrás
harían el resto.
En la Tierra, los glaciares vinieron y se fueron, mientras que, por sobre ellos, la
inmutable Luna todavía conservaba su secreto proveniente de las estrellas. Con ritmo aun
menor que el del hielo polar, las mareas de civilización fluían y refluían de un punto al otro
de la Galaxia. Extraños y hermosos y terribles imperios se alzaron y desplomaron,
transmitiendo su sabiduría a sus sucesores.
Y ahora, allá afuera, entre las estrellas, la evolución se dirigía hacia nuevas metas.
Hacía mucho que los primeros exploradores de la Tierra habían llegado hasta los límites
que permitían la carne y la sangre.
No bien sus máquinas fueron mejores que sus cuerpos, ése fue el momento de mudar:
primero el cerebro, y después los pensamientos solos; los transfirieron a relucientes
hogares nuevos de metal y piedra preciosa: en ellos vagaron por la Galaxia. Ya no
precisaban naves espaciales: ellos eran naves espaciales.
Pero la era de las entidades-máquina pasó con celeridad. En su incesante
experimentación habían aprendido a acumular conocimientos en la estructura del espacio
en sí, y a conservar sus pensamientos eternamente en congeladas mallas de luz.
En consecuencia, ya como energía pura, ahora se transformaron a sí mismos. En miles
de mundos, las cascaras vacías que habían descartado se contraían espasmódicamente
un tiempo, siguiendo una vesánica danza de muerte; después se desintegraban,
convirtiéndose en polvo.
Ahora eran Señores de la Galaxia y podían desplazarse a voluntad entre las estrellas o
sumergirse como sutil vaho a través de los intersticios mismos del espacio. Aunque
estaban libres, por fin, de la tiranía de la materia, no habían olvidado del todo su origen,
en el tibio légamo de un mar fenecido. Y sus maravillosos instrumentos todavía
continuaban funcionando, vigilando los experimentos comenzados tantas eras atrás.
Pero esos experimentos ya no eran siempre obedientes a los mandatos de sus
creadores: al igual que todas las cosas materiales, no eran inmunes a las corrupciones
del Tiempo y de su paciente, insomne servidora, Entropía.
Y, en ocasiones, descubrían y buscaban metas propias.
I – Ciudad de las estrellas
1 – Arreador de cometas
El capitán Dimitri Chandler [M2973.04.21/93.106// Marte//Acad Espacial3005] —o “Dim”
para sus amigos más apreciados— estaba comprensiblemente molesto: el mensaje de la
Tierra había tardado seis horas en llegar al remolcador espacial Goliath, que aquí estaba
más allá de la órbita de Neptuno. Si hubiera llegado diez minutos más tarde, Chandler
podría haber respondido:
—Lo siento, no puedo partir ahora: acabamos de empezar el despliegue de la pantalla
solar.
La excusa habría sido perfectamente válida: envolver el núcleo de un cometa con una
lámina de película reflectora de nada más que unas moléculas de espesor, pero de
kilómetros de lado, no era la clase de trabajo que se podía abandonar cuando estaba
semicompletado. Así y todo, sería buena idea obedecer esa ridícula solicitud: a Chandler
ya no lo apreciaban en las regiones que daban hacia el Sol, aunque no por culpa de él. La
recolección del hielo de los anillos de Saturno y su posterior acarreo hacia Venus y
Mercurio, donde se lo necesitaba realmente, había comenzado en la década del 2700:
tres siglos atrás. El capitán Chandler nunca logró ver diferencia real alguna en las
imágenes de “antes y después” que los conservacionistas solares siempre estaban
mostrando para respaldar sus acusaciones de vandalismo celeste, pero el gran público,
todavía sensible a los desastres ecológicos de siglos anteriores, había opinado de manera
diferente, y la propuesta de “No tocar Saturno” se había aprobado por considerable
mayoría. Como resultado, Chandler ya no era un Cuatrero de los Anillos, sino un Arreador
de Cometas.
Así que ahí estaba, a una apreciable fracción de la distancia a Alfa del Centauro,
reuniendo trozos rezagados provenientes del Cinturón de Kuiper. Por cierto que aquí
había suficiente hielo como para cubrir a Mercurio y Venus con océanos de kilómetros de
profundidad, pero podría llevar siglos extinguir las erupciones volcánicas de esos planetas
y hacer que fueran aptos para habitarlos. Los conservacionistas solares, claro está,
todavía protestaban contra esto, aunque ya no con tanto entusiasmo: los millones de
muertos causados por la ola sísmica que generó el asteroide que se estrelló en el Pacífico
en 2034 —¡qué irónico que el impacto, de haberse producido en tierra firme, habría
ocasionado mucho menos daño!— les habían recordado a todas las generaciones futuras
que la especie humana tenía demasiados huevos en una sola y frágil canasta.
“Bueno”, se dijo Chandler, “pasarán cincuenta años antes de que este paquete en
particular llegue a destino, así que la demora de una semana apenas si significaría mucha
diferencia. Pero todos los cálculos sobre rotación, centro de masa y vectores de impulsión
se tendrían que rehacer y retransmitir a Marte para que los corroboren.” Era una buena
idea hacer las sumas con cuidado, antes de empujar miles de millones de toneladas de
hielo a lo largo de una órbita que podría ponerlo a una distancia tal que bombardeara la
Tierra con granizo.
Tal como lo había hecho tantas veces antes, la mirada del capitán Chandler erró hacia
la antigua fotografía que tenía sobre el escritorio: mostraba un vapor de tres mástiles,
empequeñecido en comparación con la montaña de hielo que se alzaba amenazador a su
lado, tal como, por cierto, la Goliath estaba empequeñecida en ese mismo instante.
Qué increíble, había pensado Chandler a menudo, que nada más que un solo período
largo de vida salvara el abismo entre esa primitiva Discovery y la nave homónima que
había viajado a Júpiter. ¿Y qué habrían pensado aquellos exploradores antárticos de
antaño de la vista que él tenía desde su puente?
Ciertamente se habrían sentido desorientados, pues la muralla de hielo al lado de la
cual flotaba la Goliath se extendía hacia arriba y hacia abajo hasta donde alcanzaba la
vista. Y era un hielo de aspecto extraño, carente por completo de los azules y blancos
inmaculados de los gélidos mares polares. De hecho, parecía estar sucio, y lo estaba en
verdad, ya que nada más que el noventa por ciento era agua-hielo; el resto era una
mescolanza de compuestos de carbono y azufre, la mayor parte de los cuales sólo era
estable a temperaturas que no superaran mucho el cero absoluto. Descongelarlos podría
producir desagradables sorpresas: tal como había dicho un astroquímico, en un ahora
famoso comentario: “Los cometas tienen mal aliento”.
—Capitán a todo el personal —anunció Chandler—. Hubo un ligero cambio de
programa: se nos pidió que demoremos las operaciones para investigar un blanco que
captó el radar de Guardián Espacial.
—¿Dieron detalles? —preguntó alguien, cuando se hubo acallado el coro de quejidos
que se hizo oír por el intercomunicador de la nave.
—No muchos, pero infiero que se trata de otro proyecto de la Comisión del Milenio que
se olvidaron de cancelar.
Más quejidos: la tripulación estaba sinceramente hastiada de todos los festejos
planeados para celebrar el fin de los 2000. Hubo un suspiro general de alivio cuando el 1
de enero de 3001 transcurrió sin novedad, y la especie humana pudo reanudar sus
actividades normales.
—De todos modos, es probable que sea otra falsa alarma como la última. Volveremos
al trabajo lo más pronto que podamos. Capitán fuera.
Ésa era la tercera búsqueda inútil en la que había intervenido durante su carrera, pensó
Chandler de mal humor. A pesar de los siglos de exploración, el Sistema Solar todavía
podía producir sorpresas, y era de suponer que Guardián Espacial tenía buenos motivos
para hacer ese pedido. Chandler sólo albergaba la esperanza de que algún idiota
imaginativo no hubiera avistado, una vez más, el mítico Asteroide Dorado. Si existía en
verdad —cosa que Chandler no creía en absoluto—, no sería más que una curiosidad
mineralógica: tendría mucho menos valor real que el hielo que ahora estaban empujando
en dirección del Sol, para dar vida a mundos estériles.
Había una posibilidad, empero, a la que Chandler sí tomaba en serio: la especie
humana ya había esparcido sus sondas robot a través de un volumen de espacio de cien
años luz de ancho… y el monolito de Tycho era recordatorio suficiente de que
civilizaciones mucho más antiguas ya se habían dedicado a actividades similares. Muy
bien podría haber otros artefactos alienígenas en el Sistema Solar, o en viaje hacia él. El
capitán Chandler sospechaba que Guardián Espacial tenía algo así en mente. Caso
contrario, difícilmente habría hecho salir de curso a un remolcador espacial Clase I para ir
a perseguir una señal no identificada de radar.
Cinco horas después, la Goliath captó el eco con alcance extremo; aun tomando en
cuenta la distancia, parecía tener una pequeñez decepcionante. No obstante, a medida
que se volvía más claro y fuerte, empezó a dar el registro de un objeto metálico, quizá de
algunos metros de largo. Estaba viajando en una órbita que se alejaba del Sistema Solar,
por lo que casi con seguridad, decidió Chandler, era uno de los innumerables trozos de
desechos espaciales que la humanidad había lanzado hacia las estrellas durante el
milenio pasado… y que algún día podrían proporcionar la única prueba de que la especie
humana había existido.
Después estuvo lo suficientemente cerca como una inspección visual, y el capitán
Dimitri Chandler se dio cuenta, con pasmado asombro, de que algún paciente historiador
todavía estaba revisando los primeros registros de la Era Espacial. ¡Qué lástima que las
computadoras le hubieran dado la respuesta a él, tan sólo unos pocos años demasiado
tarde para las celebraciones del Milenio!
—Goliath aquí: —fue lo que trasmitió Chandler en dirección a la Tierra, con orgullo y
solemnidad en la voz—, traemos a bordo un astronauta de mil años de antigüedad… y
puedo imaginar quién es.
2 – Despertar
Frank Poole despertó, pero no recordaba. Ni siquiera estaba seguro de su nombre.
Evidentemente estaba en una sala de hospital: aun cuando sus ojos seguían estando
cerrados, el más primitivo, y evocador, de los sentidos le dijo eso. Cada inhalación traía el
tenue, y no desagradable, olor penetrante de antisépticos disueltos en el aire, y eso
desencadenó el recuerdo de la época en la que —¡por supuesto!—, cuando era un
adolescente imprudente, se rompió una costilla en el Campeonato de Aladeltismo de
Arizona.
Ahora todo estaba empezando a volver: soy el representante comandante Frank Poole,
oficial administrativo, USSS Discovery, en misión de Máximo Secreto a Júpiter…
Pareció como si una mano de hielo le hubiera aferrado el corazón: recordó, en
repetición en cámara lenta, aquella góndola desbocada disparada hacia él, con las garras
metálicas extendidas. Después, el impacto silencioso, y el no tan silencioso siseo del aire
escapándose de su traje. Después de eso… un último recuerdo: el de girar indefenso en el
espacio, tratando en vano de reconectar la manguera de aire rota.
Bien, cualquiera que fuese el misterioso accidente que les hubiera ocurrido a los
controles de la góndola espacial, ahora estaba a salvo. Cabe suponerse que Dave había
hecho una rápida AEV y lo había rescatado antes que la falta de oxígeno le produjera
daño permanente en el cerebro.
“¡El bueno de Dave!”, se dijo a sí mismo, “debo agradecerle… ¡un momento: es
evidente que ahora no estoy a bordo de la Discovery… Seguramente no estuve
inconsciente tanto tiempo como para que me hayan traído de vuelta a la Tierra!”
Su confuso curso de pensamientos fue interrumpido abruptamente por la llegada de
una jefa y dos enfermeras, que llevaban el uniforme inmemorial de su profesión. Parecían
estar algo sorprendidas: Poole se preguntó si había despertado antes de lo previsto, y la
idea le produjo una sensación infantil de satisfacción.
—¡Hola! —dijo, después de varios intentos. Las cuerdas vocales parecían tener mucha
ronquera. —¿Cómo estoy?
La jefa de enfermeras le devolvió la sonrisa y le dio una obvia orden de “No intente
hablar”, poniéndose el dedo sobre los labios. Después, las dos enfermeras rápidamente lo
movieron con pericia, producto de la práctica. Comprobando el pulso, la temperatura y los
reflejos. Cuando una de ellas le levantó el brazo derecho y lo dejó caer otra vez, Poole
advirtió algo particular: el brazo caía con lentitud y no parecía pesar tanto como lo normal.
Ni, si era por eso, parecía hacerlo su cuerpo, cuando intentó moverse.
“Así que debo de estar en un planeta”, pensó, “o en una estación espacial con
gravedad artificial; por cierto que no en la Tierra: no peso lo suficiente.”
Estaba a punto de hacer la pregunta obvia, cuando la jefa de enfermeras le apretó algo
contra el costado del cuello, sintió una leve sensación de hormigueo, y volvió a hundirse
en un sueño sin sueños. Justo antes de quedar inconsciente tuvo tiempo para que se le
presentara otro pensamiento enigmático más:
“Qué extraño que nunca dijeran una sola palabra durante todo el tiempo que estuvieron
conmigo”.
3 – Rehabilitación
Cuando volvió a despertar y encontró a la jefa y sus enfermeras paradas en torno de la
cama, Poole se sintió lo suficientemente fuerte como para imponerse:
—¿Dónde estoy? ¡Seguramente eso sí me lo pueden decir!
Las tres mujeres intercambiaron una mirada, evidentemente irresolutas respecto de lo
que debían hacer después. Entonces respondió la jefa, articulando las palabras muy lenta
y cuidadosamente:
—Todo está bien, señor Poole. El profesor Anderson estará aquí en un minuto… Él
explicará. “¿Explicar qué?”, pensó Poole, con cierta exasperación. “Pero, por lo menos, la
mujer habla mi idioma, aunque no puedo localizar su acento…”
Anderson ya debía de haber estado en camino, pues la puerta se abrió instantes
después… para permitir que Poole pudiera divisar brevemente la presencia de una
pequeña multitud de inquisitivos mirones que lo escudriñaba. Empezó a sentirse como el
espécimen nuevo de un zoológico.
El profesor Anderson era un hombre pequeño, pulcro, cuyos rasgos parecían haber
combinado aspectos clave de varias razas —china, polinesia, nórdica— en forma
completamente confusa. Saludó a Poole levantando la palma derecha; después tuvo una
obvia reacción tardía y le estrechó la mano, pero con una vacilación tan curiosa, que
podría haber estado ensayando algún gesto para nada familiar. —Me encanta ver que
tiene tan buen aspecto, señor Poole… Lo tendremos de pie dentro de muy poco.
Una vez más, ese extraño acento y lenta emisión, pero el trato amable era el de todos
los médicos, en todos los lugares y en todos los tiempos.
—Me alegra oír eso. Ahora quizás usted pueda responder algunas preguntas…
—Por supuesto, por supuesto. Pero nada más que un minuto.
Anderson le habló tan rápida y quedamente a la jefa de enfermeras, que Poole sólo
pudo captar algunas palabras, varias de las cuales le eran por completo desconocidas.
Después, la jefa hizo una señal de asentimiento a una de las enfermeras, que abrió el
armario que había en una pared y extrajo una delgada banda metálica, que procedió a
envolver en torno de la cabeza de Poole.
—¿Para qué es esto? —preguntó, comportándose como uno de esos pacientes
difíciles, tan molesto para los médicos, que siempre quieren saber qué les está pasando—
. ¿Lectura de EEG?
El profesor, la jefa y las enfermeras parecían estar igualmente desconcertados.
Después, una sonrisa lenta se extendió por la cara de Anderson:
—Oh… electro… encef… alo… grama —dijo con lentitud, como si estuviera extrayendo
la palabra de lo más profundo de la memoria—. Tiene toda la razón: tan sólo queremos
revisar la actividad de su cerebro.
—Mi cerebro funcionaría perfectamente bien, si me permitieran utilizarlo —refunfuñó
Poole por lo bajo—. Pero, por lo menos, parecemos estar llegando a algo… ¡por fin!
—Señor Poole —dijo Anderson, todavía hablando en ese tono curiosamente formal,
como si se estuviera arriesgando a usar un idioma extranjero—, usted sabe, claro que sí,
que resultó… incapacitado… en un grave accidente, mientras estaba trabajando afuera de
la Discovery.
Poole asintió con la cabeza, indicando que comprendía.
—Estoy empezando a sospechar —dijo con frialdad— que “incapacitado” es una
manera exageradamente delicada de plantear los hechos.
Anderson se relajó visiblemente, y una sonrisa lenta empezó a extenderse por su cara:
—Tiene toda la razón. Dígame lo que usted cree que pasó.
—Pues, la mejor posibilidad que se me ocurre es que, después que quedé
inconsciente, Dave Bowman me rescató y trajo de vuelta a la nave. ¿Cómo está Dave?
¡Nadie me dice nada!
—Todo a su debido tiempo… ¿Y la peor posibilidad?
Frank Poole tuvo la impresión de que un viento gélido le soplaba con suavidad en la
nuca. La sospecha que se le había estado formando con lentitud en la mente empezó a
tomar consistencia.
—Que morí, pero que se me trajo de vuelta acá, donde sea que “acá” esté, y que
ustedes pudieron revivirme. Gracias…
—Completamente correcto. Y usted está de vuelta en la Tierra… bueno, muy cerca de
ella. ¿Qué quería decir con “muy cerca de ella”? En verdad, ahí existía un campo
gravitatorio, así que era probable que Poole estuviera en lenta rotación en el interior de la
rueda de una estación espacial en órbita. No importaba: había algo mucho más
importante en que pensar.
Poole hizo algunos cálculos mentales rápidos: si Dave lo había puesto en el
hibernáculo, revivido al resto de la tripulación y completado la misión a Júpiter… ¡pues
entonces pudo haber estado “muerto” durante tanto como cinco años!
—¿Qué fecha es, exactamente? —preguntó, con la mayor calma que le fue posible.
El profesor y la jefa intercambiaron una mirada. Una vez más, Poole sintió ese viento
frío en la nuca.
—Debo decirle, señor Poole, que Bowman no lo rescató: él creyó, y no lo podemos
culpar por eso, que usted estaba irrevocablemente muerto. Al mismo tiempo se
enfrentaba con una crisis desesperadamente grave que amenazaba su propia
supervivencia…
“Así que usted se fue a la deriva por el espacio, pasó al otro lado del sistema de Júpiter
y se dirigió hacia las estrellas. Por suerte se encontraba tan por debajo del punto de
congelación, que no tenía actividad metabólica… pero es casi un milagro que, lisa y
llanamente, se lo haya podido encontrar. Usted es uno de los hombres actualmente
vivientes con más suerte… no: ¡que haya vivido jamás!
“¿Lo soy?”, se preguntó lúgubremente. “¡Cinco años, de veras! Podría ser un siglo… o
quizá más.”
—Dígamelo de una buena vez —exigió.
El profesor y la jefa parecían estar consultando un monitor invisible: cuando se miraban
entre sí e inclinaban la cabeza en señal de asentimiento, Poole imaginaba que todos
estaban conectados con el circuito de informaciones del hospital, que lo estaba con la
banda que él llevaba en la cabeza.
—Frank —dijo el profesor Anderson, pasando con rapidez al papel de médico de
cabecera que conoce al paciente desde hace mucho tiempo—, esto va a ser una gran
conmoción para usted, pero es capaz de aceptarlo… y cuanto más pronto lo sepa, mejor:
“Estamos cerca del comienzo del Cuarto Milenio. Créame: usted abandonó la Tierra
hace casi mil años.
—Le creo —respondió Poole con calma. Después, para gran molestia suya, la
habitación empezó a girar alrededor de él, y ya no supo más.
Cuando recuperó la conciencia, encontró que ya no estaba en una triste sala de
hospital, sino en un lujoso departamento con atrayentes, y continuamente cambiantes,
imágenes en las paredes; algunas eran pinturas famosas y familiares; otras mostraban
paisajes terrestres y marinos que podrían remontarse a la propia época de Poole. No
había nada que resultara extraño o perturbador… Eso, sospechaba, llegaría más tarde.
Era evidente que habían programado cuidadosamente su entorno actual: se
preguntaba si en alguna parte existía el equivalente de una pantalla de televisión
(¿cuántos canales tendría el Tercer Milenio?), pero no pudo ver signo alguno de controles
próximos a su cama. Tendría que aprender tanto en ese nuevo mundo: era un salvaje que
súbitamente se había topado con la civilización.
Pero primero tenía que recuperar fuerzas… y aprender el idioma: ni siquiera el
advenimiento de la grabación del sonido, que ya tenía más de un siglo de antigüedad
cuando Poole nació, había evitado que se produjeran cambios de importancia en la
gramática y la pronunciación. Y hubo miles de palabras nuevas, provenientes, de modo
principal, de la ciencia y la tecnología, aunque a menudo Poole podía hacer una conjetura
perspicaz respecto de lo que significaban.
Más frustrantes, empero, eran las ingentes cantidades de nombres personales de fama
y de infamia que se habían acumulado en el transcurso del milenio, y que nada
significaban para Poole. Durante semanas, hasta que pudo reunir un Banco de datos, la
mayoría de sus conversaciones tuvo que interrumpirse con biografías envasadas.
A medida que aumentaban sus fuerzas, así lo hacía la cantidad de sus visitantes, si
bien siempre bajo el ojo avizor del profesor Anderson. Entre ellos figuraban médicos
especialistas, eruditos en varias disciplinas y, lo que era de mayor interés para Poole,
comandantes de naves espaciales.
Poco era lo que les podía decir a los médicos e historiadores que no se hubiera
grabado en alguna parte de los gigantescos Bancos de datos sobre la humanidad, pero a
menudo podía brindarles atajos y un nuevo discernimiento sobre los acontecimientos de
la época de la que él venía. Aunque todos lo trataban con el máximo respeto y
escuchaban con paciencia cuando trataba de responder a las preguntas que le hacían,
parecían ser renuentes a contestar a las suyas. Poole estaba empezando a sentir que se
lo sobreprotegía de la conmoción cultural y, a medias en serio, se preguntaba cómo
podría escapar de su habitación. En las pocas ocasiones en que estaba a solas, no le
sorprendía descubrir que la puerta estaba cerrada con llave.
Entonces, la llegada de la doctora Indra Wallace lo cambió todo. A pesar de su nombre,
su principal componente racial parecía ser japonés, y había ocasiones en las que, con un
poco de imaginación, Poole se la podía representar como una geisha bastante madura.
Difícilmente ésa era la imagen adecuada para una distinguida historiadora que poseía una
Cátedra Virtual en una universidad que todavía se jactaba de tener prestigio.
—Señor Poole —empezó, con mucha seriedad—, se me designó como su guía oficial
y, digamos, tutora. Mis antecedentes: me especialicé en la época en que usted vivió. Mi
tesis fue “El Colapso de la Nación-Estado, 2000-50”. Creo que nos podemos ayudar
mutuamente de muchas maneras.
—Estoy seguro de que podemos. Lo primero es que desearía que me saque de aquí,
así puedo ver un poco de su mundo.
—Precisamente eso es lo que queremos hacer, pero, primero, debemos darle una
Ident. Hasta entonces, usted será… ¿cuál era el término…?, una persona no existente. Le
sería casi imposible ir a parte alguna, o que se haga cosa alguna por usted. Ningún
dispositivo de entrada reconocería su existencia.
—Eso era lo que esperaba —contestó Poole, con una sonrisa irónica—. Así estaba
empezando a ser la situación en mi época… y mucha gente odiaba la idea.
—Y algunos todavía la odian: se alejan y viven en ambientes silvestres. ¡Ahora, en la
Tierra, hay muchos más que los que existían en su siglo!, pero siempre llevan sus
comunicadores portátiles, así pueden solicitar ayuda no bien se meten en problemas… el
tiempo medio es de unos cinco días.
—Lamento oír eso. Es evidente que la especie humana se ha deteriorado.
Estaba probando con cautela a la historiadora, tratando de encontrar sus límites de
tolerancia y de obtener un mapa de su personalidad. Era obvio que iban a pasar mucho
tiempo juntos, y que él iba a depender de ella en centenares de maneras. Así y todo, aún
no estaba seguro de si le iba a gustar siquiera: quizás ella simplemente lo veía como a
una fascinante pieza de museo.
Muy para sorpresa de Poole, la mujer estuvo de acuerdo con sus críticas.
—Eso puede ser cierto… en algunos aspectos. Quizá somos más débiles en la parte
física, pero somos más sanos y estamos mejor adaptados que la mayoría de los seres
humanos que hayan vivido jamás. El Noble Salvaje siempre fue un mito.
Fue hasta una pequeña placa rectangular, ubicada en la puerta a la altura de los ojos;
tenía el tamaño aproximado de una de las innumerables revistas que habían proliferado
en la muy distante Era de la Imprenta, y Poole advirtió que cada habitación parecía tener
una, cuando menos. Por lo común estaban en blanco pero, en ocasiones, contenían
líneas de texto que se desplegaba con lentitud, completamente carente de significado
para Poole, aun cuando la mayoría de las palabras le era familiar. Una vez, una placa de
su habitación había emitido unos zumbidos urgentes, a los que Poole no había prestado
atención, suponiendo que alguna otra persona se encargaría del problema, cualquiera
que fuera. Por fortuna, el ruido se detuvo de modo tan abrupto como había comenzado.
La doctora Wallace apoyó la palma de la mano sobre la placa; después la levantó al
cabo de pocos segundos. Miró a Poole y después, con un sonrisa, le dijo:
—Venga y mire esto.
La inscripción que había aparecido repentinamente estuvo llena de sentido cuando
Poole la leyó con lentitud:
WALLACE, INDRA F2970, 11, 03/31,885//HIST.OXFORD
—Supongo que quiere decir Mujer; fecha de nacimiento 11 de marzo de 2970… y que
es adjunta del Departamento de Historia de Oxford. E intuyo que 31.885 es un número de
identificación personal. ¿Correcto?
—Excelente, señor Poole. He visto algunas de las direcciones de correo electrónico y
de los números de tarjetas de crédito de ustedes: ¡horribles series de galimatías
alfanuméricos que era imposible que alguien pudiese recordar! Pero todos conocemos la
fecha de nuestro nacimiento, la que comparten no más que otras noventa y nueve mil
novecientas noventa y nueve personas más. Así que un número de cinco cifras es todo lo
que se necesita y, aun si lo olvidara, no importa: como puede ver, es parte de uno.
—¿Implante?
—Sí. Nanoprocesador en el momento del nacimiento; uno en cada palma, para
redundancia. Ni siquiera sentirá el suyo cuando lo pongan. Pero usted nos ha creado un
pequeño problema…
—¿Cuál?
—Las lectoras con las que se encontrará la mayor parte del tiempo son demasiado
tontas como para creer su fecha de nacimiento, por lo que, con su permiso, la atrasamos
mil años. —Permiso concedido. ¿Y el resto de la Ident? —Optativo. Puede dejarlo vacío,
dadas sus preocupaciones y ubicación actuales… o usarlo para mensajes personales,
globales o de interés personal. Algunas cosas, Poole estaba completamente seguro, no
habían cambiando en el curso de los siglos: una elevada proporción de esos mensajes
“de interés personal” serían muy personales por cierto.
Se preguntó si todavía existirían los censores autonombrados o designados por el
Estado… y si sus esfuerzos por mejorar la moralidad de los demás habrían alcanzado
más éxito que los de su propia época.
Le tendría que preguntar a la doctora Wallace sobre eso, cuando la conociera mejor.
4 – Un cuarto con vista
—Frank, el profesor Anderson opina que estás lo suficientemente fuerte como para
caminar un poco.
—Me satisface mucho oír eso. ¿Conoces la expresión “como tigre enjaulado”?
—No… pero puedo imaginar lo que significa.
Poole se había adaptado tanto a la baja gravedad, que las zancadas que estaba dando
le parecían perfectamente normales. Medio G, había estimado: justo lo suficiente como
para brindar sensación de bienestar. En su caminata encontraron nada más que unas
pocas personas, todas ellas extrañas, pero todas les brindaban una sonrisa de
reconocimiento. “En estos momentos”, se dijo Poole con un dejo de arrogancia, “debo de
ser una de las celebridades más populares de este mundo. Eso debería serme de gran
ayuda… una vez que decida qué hacer con el resto de mi vida: por lo menos otro siglo, si
he de creerle a Anderson…”
El corredor por el cual estaban caminando carecía por completo de detalles
destacados, con la salvedad de ocasionales puertas numeradas, cada una ostentando
uno de los paneles de recon universal. Poole había seguido a Indra durante doscientos
metros, quizá, cuando se paró en seco, conmocionado por no haberse dado cuenta de
algo que saltaba a la vista:
—¡Esta estación espacial debe de ser enorme! —exclamó, Indra le devolvió la sonrisa.
—¿No tenían ustedes un dicho: “Y todavía no vieron todo”?
—No vieron nada… —corrigió distraídamente: todavía estaba tratando de estimar la
escala de esa estructura, cuando recibió otra sorpresa: ¿quién habría imaginado una
estación espacial suficientemente grande como para jactarse de tener un tren subterráneo
en miniatura, había que admitirlo, con un solo coche con capacidad para nada más que
una docena de pasajeros.
—Sala de Observación Tres —ordenó Indra, y se alejaron de la terminal silenciosa y
velozmente.
Poole controló la hora en la compleja pulsera cuyas funciones todavía estaba
explorando. Una de las sorpresas menores había sido que todo el mundo ahora tenía
Hora Universal: el confuso emparchado de los Husos Horarios había sido eliminado, de
un plumazo, por el advenimiento de las comunicaciones globales. Mucho se había
hablado sobre eso, allá por el siglo XXI, y hasta se había sugerido que se debía
reemplazar la hora solar por la sideral. Después, en el transcurso del año, el Sol se
desplazaría siguiendo el reloj, fijándose en la hora a la que había salido seis meses antes.
Sin embargo, nada había surgido de esa propuesta sobre “Hora igual en el Sol”… ni de
los aún más vociferados intentos por modificar el almanaque. Ese trabajo en particular, se
había sugerido con cinismo, tendría que esperar a que se produjeran algunos avances de
importancia en la tecnología. Seguramente algún día se corregiría uno de los errores de
menor importancia cometidos por Dios, y la órbita de la Tierra se adecuaría para que cada
año tuviera doce meses de treinta días exactamente iguales…
Tanto como Poole podía juzgar por la velocidad y el tiempo transcurrido, debían de
haber viajado tres kilómetros, cuando menos, antes de que el vehículo se detuviera en
silencio, las portezuelas se abrieran y una suave voz automática salmodiara:
—Que tengan una buena vista. Hay treinta y cinco por ciento de nubosidad.
“Por fin”, pensó Poole, “nos estamos acercando a la pared exterior.” Pero aquí se
planteaba otro misterio: a pesar de la distancia recorrida, ¡ni la potencia ni la dirección de
la gravedad se habían alterado! Poole no podía imaginar una estación espacial rotatoria
tan inmensa como para que el vector G no se modificara por tal desplazamiento… ¿Podía
ser que estuviera en un planeta, después de todo? Pero entonces se sentiría más liviano
(mucho más liviano, por lo común) en cualquier otro mundo habitable del Sistema Solar.
Cuando la puerta exterior de la terminal se abrió, y Poole se halló ingresando en una
pequeña esclusa de aire, se dio cuenta de que en verdad debía de estar en el espacio.
Pero, ¿dónde estaban los trajes espaciales? Miró en derredor con angustia: iba contra
todos sus instintos estar tan cerca del vacío, desnudo y desprotegido. Una experiencia de
esas había sido suficiente…
—Ya casi estamos ahí —dijo Indra, con tono tranquilizador.
La última puerta se abrió, y Poole quedó mirando la absoluta negrura del espacio, a
través de una enorme ventana curvada, tanto en sentido vertical como horizontal. Se
sintió como un pececito en su pecera, y deseó que los diseñadores de esa audaz muestra
de ingeniería supieran con exactitud lo que estaban haciendo. Indudablemente poseían
mejores materiales estructurales que los que habían existido en su época.
Aunque las estrellas debían de estar brillando ahí afuera, los ojos de Poole adaptados
a la luz nada podían ver, salvo el negro vacío más allá de la curva del gran ventanal.
Cuando empezó a caminar hacia él para tener una visión más amplia, Indra se lo impidió
y señaló directamente hacia adelante:
—Mire con cuidado —indicó— ¿no lo ve?
Poole parpadeó y miró con fijeza hacia la noche. Con seguridad debía de ser una
imagen engañosa… hasta, Dios libre y guarde, ¡una grieta en el ventanal!
Movió la cabeza de un lado al otro: no, era real. Pero, ¿qué podría ser? Recordó la
definición de Euclides: “Una recta tiene longitud, pero no espesor”.
Pues abarcando toda la altura del ventanal y, evidentemente, continuando hacia arriba
y hacia abajo hasta salir del campo visual, había un filamento de luz que se podía ver con
mucha facilidad cuando se lo buscaba, pero que era tan unidimensional que ni siquiera se
le podía aplicar el término “delgado”. Sin embargo, no estaba del todo exento de detalles:
en toda su longitud había puntos, apenas visibles, de brillantez verde, como gotas de
agua en una telaraña.
Poole siguió caminando hacia el ventanal, y la visión se amplió hasta que, por fin, pudo
ver lo que se encontraba debajo de él. Era suficientemente familiar: todo el continente de
Europa y mucho del norte de África, tal como los había visto muchas veces desde el
espacio. Así que estaba en órbita después de todo, en una ecuatorial probablemente, a
una altitud de, cuando menos, mil kilómetros. Indra lo miraba con sonrisa burlona.
—Acérquese al ventanal —dijo con mucha suavidad—, para poder mirar directamente
hacia abajo. Espero que no padezca de vértigo.
“¡Qué cosa ridícula para decirle a un astronauta!”, se dijo Poole, mientras avanzaba. “Si
hubiera sufrido de vértigo, no estaría en esta profesión…”
El pensamiento acababa de ocurrírsele, cuando gritó “¡Dios mío!” y, de modo
involuntario, se alejó del ventanal. Después, recuperando coraje, se atrevió a mirar otra
vez.
Estaba mirando el distante Mediterráneo desde el frente de una torre cilíndrica, cuya
pared de suave curvatura indicaba un diámetro de varios kilómetros. Pero eso era nada,
en comparación con su longitud, pues se iba aguzando cada vez más hacia abajo, muy
hacia abajo… hasta desaparecer en las brumas que estaban en algún sitio por encima de
África. Supuso que continuaba sin interrupción hasta la superficie terrestre.
—¿A qué altura estamos? —susurró.
—Dos mil kas. Pero ahora mire hacia arriba.
Esta vez no fue tanta la conmoción; había esperado lo que iba a ver: la torre iba
menguando su tamaño hasta convertirse en un filamento rutilante recortado contra la
negrura del espacio, y no tuvo la menor duda de que continuaba sin interrupción hasta la
órbita geoestacionaria, treinta y seis mil kilómetros por encima del ecuador. Tales
fantasías habían sido bien conocidas en los días de Poole, pero él nunca soñó que vería
la realidad… y que estaría viviendo en ella.
Señaló el lejano filamento que se alzaba desde el horizonte oriental.
Esa debe de ser otra.
—Sí: la Torre Asiática. Para ellos debemos de tener exactamente el mismo aspecto.
—¿Cuántas hay?
—Sólo cuatro, con igual espaciamiento en torno del ecuador: África, Asia, América,
Pacífica; esta última casi vacía; nada más que unos pocos centenares de niveles
completados. Nada para ver, salvo agua…
Poole todavía estaba absorbiendo ese maravilloso concepto, cuando lo acometió un
pensamiento perturbador:
—En mi época ya había miles de satélites a toda clase de altitudes: ¿cómo evitan las
colisiones?
Indra dio la impresión de estar levemente turbada.
—Sabe, nunca pensé en eso: no es mi campo. —Vaciló un instante, siendo claro que
estaba hurgando en la memoria. Después, el rostro se le iluminó:
—Tengo entendido que hace siglos se llevó a cabo una gran operación de limpieza:
sencillamente no hay satélites por debajo de la órbita estacionaria.
Eso tenía sentido, se dijo a sí mismo Poole. No serían necesarios: las cuatro torres
gigantescas podrían proporcionar todos los medios otrora proporcionados por miles de
satélites y estaciones espaciales.
—¿Y nunca hubo algún accidente, alguna colisión con naves espaciales que salían de
la Tierra o que volvían a ingresar en la atmósfera?
Indra lo miró con sorpresa:
—Pero ya no los hay, en absoluto. —Señaló hacia el techo: —Todos los
espaciopuertos están donde deben estar: ahí afuera, en el anillo exterior. Tengo
entendido que han transcurrido cuatrocientos años desde que el último cohete despegó
de la superficie de la Tierra.
Poole todavía estaba digiriendo esto, cuando una anomalía trivial atrajo su atención. Su
preparación como astronauta lo había hecho estar alerta ante cualquier cosa que
escapara de lo común: en el espacio, eso podría ser cuestión de vida o muerte.
El Sol estaba fuera de la vista, muy en lo alto, pero los rayos que fluían a través del
ventanal pintaban una brillante banda de luz sobre el piso que tenían a los pies. Cortando
esa banda en ángulo, había otra, mucho más tenue, de modo que el marco del ventanal
daba una doble sombra.
Poole casi tuvo que ponerse de rodillas para poder atisbar el cielo. Había creído que ya
nada lo sorprendería, pero el espectáculo de dos soles lo dejó momentáneamente sin
habla.
—¿Qué es eso? —jadeó, una vez que hubo recobrado el aliento.
—Oh… ¿no se lo dijeron?: ése es Lucifer.
—¿La Tierra tiene otro sol?
—Bueno, no nos da tanto calor, pero dejó a la Luna fuera de combate… Antes que la
Segunda Misión fuera allá para buscarlos a ustedes, ése fue el planeta Júpiter.
“Sabía que tendría mucho para aprender en este nuevo mundo”, se dijo Poole, “pero
exactamente cuánto, jamás me lo habría imaginado.”
5 – Educación
Poole se sintió a la vez atónito y encantado cuando llevaron el televisor a la habitación
y lo colocaron a los pies de su cama. Encantado, porque padecía un caso leve de
inanición informativa, y atónito porque se trataba de un modelo que ya era obsoleto en su
propia época.
—Tuvimos que prometerle al museo que lo devolveríamos —le informó la jefa de
enfermeras—, y espero que usted sepa cómo usar esto.
Mientras acariciaba el control remoto, Poole sintió que una ola de tremenda nostalgia lo
inundaba. Como pocos aparatos más podrían hacerlo, ése le trajo recuerdos de su niñez
y de los días en los que los televisores eran demasiado estúpidos como para entender
órdenes verbales.
—Gracias, jefa. ¿Cuál es el mejor canal? La mujer pareció quedar perpleja por la
pregunta, pero después se le iluminó la cara:
—Ah, ya entiendo lo que quiere decir. Pero el profesor Anderson cree que usted aún no
está listo, así que Archivos reunió una colección que hará que se sienta como en su casa.
Poole se preguntó brevemente cuál sería el medio de almacenamiento en esos nuevos
tiempos. Todavía podía recordar los discos compactos, y su excéntrico y querido tío
George había sido el orgulloso poseedor de una anticuada colección de discos de vinilo.
Pero no había duda alguna de que el torneo tecnológico debió de haber culminado hacía
siglos según el usual estilo darwiniano, con la supervivencia del más apto.
Tuvo que admitir que la selección estaba bien hecha, por alguien (¿Indra?)
familiarizado con los comienzos del siglo XXI. No había material perturbador: nada de
guerras y violencia, y muy poco de negocios o política contemporáneos, todo lo cual
ahora sería por completo improcedente. Había algunas comedias livianas, encuentros
deportivos (¿cómo supieron que él había sido un entusiasta aficionado al tenis?), música
clásica y popular, y documentales sobre la vida silvestre.
Y quienquiera que hubiese armado esa colección debió de haber tenido sentido del
humor, pues de otro modo no habría incluido episodios de cada serie de Viaje a las
estrellas. Cuando niño, Poole había conocido a Patrick Stewart y Leonard Nimoy: se
preguntó qué habrían pensado, de haber podido saber el destino del pequeño que
tímidamente les había pedido el autógrafo.
A su pensamiento lo asaltó una idea deprimente, poco después de empezar a explorar
—mucho del tiempo en Avance Acelerado— esas reliquias de lo pasado: en alguna parte
había leído que para fines de siglo, ¡de su siglo!, había aproximadamente cincuenta mil
estaciones de televisión trasmitiendo simultáneamente. Si esa cifra se había conservado,
y muy bien pudo haber aumentado, para esos momentos millones de millones de horas
de programas de televisión debían de haber salido al aire. Así que aun el cínico más
empedernido admitiría que era probable que hubiera, cuando menos, mil millones de
horas de espectáculo que valía la pena ver… y millones que resultarían aprobados por las
pautas más altas de excelencia: ¿cómo encontrar esas pocas agujas en un pajar tan
gigantesco?
La idea era tan abrumadora —en verdad, tan deprimente— que, después de una
semana de cada vez mayor navegación sin curso por los canales, Poole pidió que se
llevaran el televisor. Quizá por suerte, cada vez tuvo menos tiempo para sí mismo durante
las horas de vigilia, que continuamente se prolongaban más a medida que recobraba las
fuerzas.
No había peligro de aburrirse, gracias al desfile incesante de no sólo los investigadores
más serios, sino también de ciudadanos inquisitivos y, es de suponer, influyentes, que se
las habían amañado para filtrarse a través de la guardia pretoriana impuesta por la jefa de
enfermeras y el profesor Anderson. De todos modos se alegró cuando, un día, reapareció
el televisor: estaba empezando a padecer síntomas de abstinencia y, esta vez, decidió ser
más selectivo en lo que veía.
La venerable antigüedad llegó acompañada por Indra Wallace, que tenía una sonrisa
de oreja a oreja.
—Hemos encontrado algo que usted debe ver, Frank. Creemos que lo ayudará a
adaptarse… sea como fuere, estamos seguros de que lo disfrutará.
Poole siempre había pensado que esa observación era la receta para obtener
aburrimiento garantizado, y se preparó para lo peor. Pero el comienzo lo atrapó
instantáneamente, retrotrayéndolo a su antigua vida como muy pocas cosas pudieron
haberlo hecho. Reconoció de inmediato una de las voces más famosas de su época, y
recordó que había visto ese mismo programa antes:
—Atlanta, 31 de diciembre de 2000…
“Ésta es CNN International, a cinco minutos del amanecer del nuevo milenio, con todos
sus desconocidos peligros y promesas…
“Pero antes de que intentemos explorar el futuro, echemos un vistazo mil años atrás y
preguntémonos: ¿Alguien que viviera en el año 1000 de la era común pudo haber
imaginado, siquiera remotamente, nuestro mundo, o entenderlo, si se lo transportara en
forma mágica a través de los siglos?
“A casi toda la tecnología que aceptamos como algo natural se la inventó cerca del final
mismo de nuestro milenio; la mayor parte de ella, en los últimos doscientos años: la
máquina de vapor, la electricidad, los teléfonos, la radio, la televisión, el cine, la aviación,
la electrónica y, en el transcurso de una sola generación, la energía nuclear y los viajes
espaciales… ¿qué habrían pensado de esto las más grandes mentes del pasado?
¿Cuánto tiempo un Arquímedes o un Leonardo habrían podido conservar la cordura, si se
los hubiera trasladado abruptamente a nuestro mundo?
“Resulta tentador creer que a nosotros nos iría mejor si se nos trasladara mil años
hacia el futuro. Seguramente ya se habrían hecho los descubrimientos científicos
fundamentales. Si bien habrá grandes perfeccionamientos en la tecnología, ¿habrá algún
artefacto, alguna cosa, que resulte tan mágico e incomprensible para nosotros como una
calculadora de bolsillo o una cámara de televisión lo habrían sido para Isaac Newton?
“Quizá nuestra era realmente esté escindida de todas aquellas que se fueron antes.
Las telecomunicaciones, la capacidad de registrar imágenes y sonidos otrora
irremediablemente perdidos, la conquista del aire y del espacio… todo esto ha creado una
civilización que está más allá de las fantasías más extravagantes del pasado. Y, lo que es
igualmente importante, Copérnico, Newton, Darwin y Einstein modificaron de tal manera
nuestra manera de pensar y nuestra perspectiva del universo, que para los más brillantes
de nuestros predecesores casi podríamos dar la impresión de ser una nueva especie.
“¿Y nuestros sucesores, dentro de mil años, nos mirarán con la misma piedad con la
que contemplamos a nuestros ignorantes y supersticiosos ancestros, plagados de
enfermedades y condenados a una vida breve? Estamos convencidos de que conocemos
las respuestas para las preguntas que ellos podrían habernos hecho pero… ¿qué
sorpresas guarda para nosotros el Tercer Milenio?
“Bueno, aquí viene…
Una gran campana empezó a dar los tañidos de la medianoche. La última vibración
siguió latiendo en el silencio…
—Y así es como fueron las cosas… adiós, maravilloso y terrible siglo XX…
Después, la imagen se deshizo en infinita cantidad de fragmentos, y un nuevo locutor
se hizo cargo, hablando con el acento que ahora Poole podía entender con facilidad, y
que de inmediato lo trasladó al presente:
—Ahora, en los primeros minutos del año 3001, podemos responder a esa pregunta del
pasado.
“Ciertamente, la gente del 2001 a la que ustedes acaban de observar no se sentiría tan
completamente abrumada en nuestra época como alguien del 1001 se habría sentido en
la de ellos. Muchos de nuestros progresos tecnológicos habrían sido previstos por ellos;
en verdad, habrían esperado ciudades en satélites, y colonias en la Luna y los planetas.
Hasta se podrían haber desilusionado, porque todavía no somos inmortales y sólo hemos
enviado sondas a las estrellas más próximas…
Bruscamente, Indra apagó la grabación.
—Vea el resto después, Frank: se está cansando. Pero sí espero que lo ayude a
adaptarse.
—Gracias, Indra. Tendré que conversarlo con la almohada. Pero en verdad me
demostró algo.
—¿Qué?
—Que debo estar agradecido por no ser alguien del 1001 que hubiera caído en el
2001. Eso representaría un salto cuántico demasiado grande: no creo que alguien se
pudiera adaptar a eso. Yo, por lo menos, conozco la electricidad y no me muero de miedo
si una imagen empieza a hablarme.
“Espero”, se dijo Poole, “que mi confianza esté justificada. Alguien dijo una vez que la
tecnología suficientemente avanzada no puede distinguirse de la magia. ¿Me encontraré
con la magia en este nuevo mundo… y sabré manejarla?”
6 – Casquete cerebral
—Temo que tendrá que tomar una decisión dolorosa —dijo el profesor Anderson, con
una sonrisa que neutralizaba la exagerada gravedad de sus palabras.
—Puedo tomarla, doctor. Pero dígame las cosas sin vueltas.
—Antes que se le pueda colocar su casquete cerebral, tiene que estar completamente
calvo. Así que ésta es su opción: a la velocidad que crece su cabello, habría que afeitarlo
una vez por mes, como mínimo. O puede quedarlo en forma permanente.
—¿Cómo se hace eso?
—Tratamiento del cuero cabelludo con láser: mata la raíz de los folículos.
—Hmmm… ¿es reversible?
—Sí, pero eso es complicado y doloroso, y tarda semanas.
—Entonces veré si me gusta quedar sin cabello, antes de tomar una decisión definitiva.
No puedo olvidar lo que le pasó a Sansón.
—¿A quién?
—El personaje de un famoso libro antiguo. La novia le cortó el cabello mientras él
dormía. Cuando despertó, toda su fuerza había desaparecido.
—Ahora lo recuerdo… ¡un simbolismo médico bastante obvio!
—No obstante, no me molestaría quedarme sin barba: me haría feliz dejar de afeitarme
de una vez por todas.
—Haré los arreglos. ¿Y qué clase de peluca le gustaría? Poole rió:
—No soy particularmente vanidoso: creo que sería una molestia, y probablemente no
me voy a preocupar. Es algo más que puedo decidir más adelante.
El que toda la gente en esa era fuese artificialmente calva fue un hecho sorprendente
que Poole había sido bastante lerdo para descubrir. La primera revelación la tuvo cuando
sus dos enfermeras se quitaron la frondosa cabellera, sin la más mínima señal de
vergüenza, justo antes de que varios especialistas, igualmente calvos, vinieran para
hacerle una serie de controles microbiológicos. Nunca había estado rodeado por tanta
gente sin cabello, y su presunción inicial fue que ése era el último paso en la incesante
guerra que la profesión médica libraba contra los gérmenes.
Al igual que muchas de sus conjeturas, ésta era por completo errónea y, cuando
descubrió el verdadero motivo, se divirtió al ver qué a menudo habría estado seguro, de
no haberlo sabido de antemano, que el cabello de sus visitantes no era de ellos. La
respuesta fue: “Raramente con hombres; nunca con mujeres”. Era, evidentemente, la
gran época de los fabricantes de pelucas.
El profesor Anderson no perdió tiempo: esa tarde, las enfermeras aplicaron una
especie de crema maloliente sobre la cabeza de Poole y, cuando éste se miró en el
espejo una hora después, no se reconoció. “Bueno”, pensó, “quizás una peluca sería una
buena idea, después de todo…”
La colocación del casquete cerebral tomó algo más de tiempo. Primero hubo que hacer
un molde, lo que requirió que Poole se sentara inmóvil durante algunos minutos, hasta
que el yeso se endureciera. Daba por descontado que se le iba a decir que la cabeza no
tenía la forma adecuada, cuando las enfermeras, con risitas sumamente carentes de
profesionalismo, se las vieron en figurillas para zafarlo del molde.
—¡Auch, me duele! —se quejó. Acto seguido, el casquete en sí: un casco de metal que
le cubría con precisión la cabeza, llegando casi hasta las orejas, y que generó un
pensamiento nostálgico: “¡Ojalá pudieran verme ahora mis amigos judíos!” Después de
unos minutos quedó tan cómodo, que ni advertía que lo tenía puesto.
Poole ya estaba listo para la instalación, proceso que —ahora se daba cuenta, con una
sensación próxima al asombro reverencial— había sido el Rito de Transición para casi
toda la especie humana durante más de medio milenio.
—No es necesario que cierre los ojos: —dijo el técnico, al que habían presentado con
el pretensioso título de “Ingeniero en Cerebros”, casi siempre convertido en “Hombre de
los Sesos” en la conversación cotidiana—. Cuando comience la colocación, todos los
ingresos de información quedarán dominados: aun si mantuviera los ojos abiertos, no
vería cosa alguna.
“Me gustaría saber si todos se sienten así de nerviosos”, se preguntó Poole. “¿Es éste
el último momento en el que tendré el control de mi propia mente? Así y todo, aprendí a
confiar en la tecnología de esta época. Hasta ahora no me defraudó… claro que, como
dice el antiguo proverbio, siempre hay una primera vez…”
Tal como se le prometió, no sintió nada, salvo un suave cosquilleo cuando la incontable
cantidad de nanocables se abrió camino a través del cuero cabelludo. Todos los sentidos
seguían estando perfectamente normales; cuando recorrió la habitación con la mirada,
todo se hallaba exactamente donde debía estar.
El Hombre de los Sesos (que llevaba su propio casquete conectado, como el de Poole,
a un equipo que fácilmente se podría haber confundido con una computadora portátil del
siglo XX), le sonrió con gesto tranquilizador:
—¿Listo? —preguntó.
Había ocasiones en las que las antiguas frases hechas eran las más adecuadas:
—Como nunca antes lo estuve —respondió Poole.
Con lentitud, la luz se atenuó… o pareció hacerlo. Se hizo un gran silencio y hasta la
suave gravedad de la Torre dejó de retener a Poole: era un embrión flotando en un vacío
carente de formas, aunque no en una completa oscuridad. Había conocido una
tenebrosidad así, apenas visible, próxima al ultravioleta y en el borde mismo de la noche,
sólo una vez en la vida: cuando descendió más de lo que aconsejaba la inteligencia, por
la ladera de un precipicio que caía a pico en el borde exterior de la Gran Barrera de Coral.
Al mirar hacia abajo, a los centenares de metros de vacuidad cristalina, había sentido tal
sensación de desorientación, que experimentó un breve momento de pánico y casi
dispara su unidad de fuerza ascendente, antes de recuperar el control de sí mismo. Es
innecesario decir que nunca mencionó el incidente a los médicos de la NASA…
A una gran distancia, una voz habló desde el inmenso vacío que ahora parecía
rodearlo. Pero no le llegó por los oídos: sonaba con suavidad en los retumbantes
laberintos de su cerebro:
—Comienza calibración. De vez en cuando se le harán preguntas: puede responderlas
en forma mental, pero puede ayudar que lo haga en forma verbal, ¿entiende?
—Sí —repuso Poole, preguntándose si sus labios en verdad se movían. No había
manera de que pudiera saberlo.
Algo estaba apareciendo en el vacío; una cuadrícula de líneas delgadas, como una
hoja enorme de papel reticulado. Se extendía hacia arriba y hacia abajo, hacia la derecha
y hacia la izquierda, hasta los límites de la visión. Trató de mover la cabeza, pero la
imagen se rehusaba a cambiar.
De un extremo a otro de la cuadrícula empezaron a pasar números centelleantes,
demasiado veloces como para que los leyera, pero era de suponer que algún circuito los
estaba grabando. No pudo dejar de sonreír (¿se movían las mejillas?) ante lo familiar de
todo eso: se parecía exactamente al examen ocular, guiado por computadora, que
cualquier oculista de su época le habría hecho a un paciente.
La cuadrícula se desvaneció, para ser reemplazada por suaves láminas de color que
llenaban todo el campo visual. En pocos segundos pasaron como relámpagos desde un
extremo del espectro al otro.
—Les pude haber dicho eso —murmuró silenciosamente—, mi visión de los colores es
perfecta. Lo que sigue es la audición, supongo.
Tenía razón: un sonido tenue, de tamborileo, aceleró hasta convertirse en el tono más
bajo de los do audibles; después trepó velozmente por la escala musical, hasta
desaparecer más allá del alcance de audición de los seres humanos y penetrar en el
territorio de murciélagos y delfines.
Ésa fue la última de las pruebas sencillas y directas. Brevemente lo invadieron aromas
y sabores, la mayoría agradables, pero algunos que eran exactamente lo opuesto.
Después se convirtió, o eso le pareció, en una marioneta colgada de un hilo invisible.
Supuso que se estaba probando su sistema neuromuscular, y deseó que no hubiera
manifestaciones externas: de haberlas, probablemente parecería alguien que estaba en
las etapas terminales del baile de San Vito. Y, durante un instante, hasta tuvo una violenta
erección, pero no pudo establecer si era real, pues antes cayó en un sueño sin
ensoñación.
¿O sólo soñaba que dormía? No tenía idea de cuánto tiempo había transcurrido antes
de que despertara. Ya no estaban el casco ni el Hombre de los Sesos y su equipo.
—Todo anduvo bien —anunció la jefa, radiante—. Tomará algunas horas comprobar
que no hubo anomalías. Si sus lecturas están K.O… quiero decir, O.K…, usted tendrá su
casquete mañana.
Poole apreciaba los esfuerzos que hacían los que lo rodeaban para aprender inglés
arcaico, pero le fue imposible dejar de lamentar que la jefa hubiera cometido ese lapsus.
Cuando llegó el momento para el ajuste final, Poole casi volvió a sentirse otra vez como
un niño que está a punto de desenvolver algún maravilloso juguete nuevo bajo el árbol de
Navidad.
—No va a tener que pasar de nuevo por toda esa preparación —le aseguró el Hombre
de los Sesos—. La Descarga se iniciará de inmediato. Le haré una demostración de cinco
minutos. Relájese y disfrute.
Una música suave, tranquilizadora, lo envolvió. Aunque era algo muy familiar,
proveniente de su propia época, no pudo identificarla. Había una niebla delante de sus
ojos, que se separaba mientras caminaba hacia ella…
¡Sí, estaba caminando! La ilusión era convincente por completo: podía sentir el impacto
de sus pies en el suelo y, ahora que la música había cesado, podía oír una suave brisa
que soplaba entre los grandes árboles que parecían rodearlo. Los reconoció como
secoyas de California, y anheló que siguieran existiendo en la realidad, en alguna parte de
la Tierra.
Estaba avanzando a paso vivo… demasiado rápido para ser cómodo, como si el tiempo
estuviera levemente acelerado para poder cubrir tanto terreno como fuera posible. Sin
embargo, no tenía conciencia de estar haciendo esfuerzo alguno: se sentía como si fuera
huésped del cuerpo de otra persona. Sensación aumentada por el hecho de que carecía
de control sobre sus movimientos: cuando intentaba detenerse o cambiar de dirección,
nada ocurría. Lo estaban llevando de viaje.
No importaba. Estaba disfrutando la novedosa experiencia… y podía apreciar lo adictiva
que podía volverse. Las “máquinas de ensoñación” que muchos científicos de su propio
siglo habían previsto —a menudo, con alarma—, ahora eran parte de la vida cotidiana. Se
preguntaba cómo se las había arreglado la humanidad para sobrevivir. Le habían dicho
que gran parte de ella no lo había conseguido; a millones se les había quemado el
cerebro y estaban totalmente apartados de la vida.
¡Por supuesto, él iba a ser inmune a tal tentación!: iba a utilizar esa maravillosa
herramienta para aprender más sobre el mundo del tercer milenio, y para adquirir, en
cuestión de minutos, nuevas aptitudes que, de otro modo, exigirían años para que las
dominara. Bueno… podría, pero sólo ocasionalmente, usar el casquete nada más que por
diversión…
Había llegado al borde del bosque y estaba mirando hacia el otro lado de un ancho río.
Sin vacilar, penetró en él, y no sintió alarma alguna cuando el agua le cubrió la cabeza. Sí
parecía un poco extraño que pudiera seguir respirando con naturalidad, pero pensó que
era mucho más notable el hecho de que pudiera ver a la perfección, en un medio en el
que el ojo humano no podía enfocar sin alguna clase de aditamento. Pudo contar cada
escama de la magnífica trucha que pasó nadando al lado, aparentemente sin advertir al
extraño intruso.
¡Una sirena! Bien, siempre había querido conocer una, pero había supuesto que eran
seres marinos. ¿Quizás en ocasiones venían corriente arriba como los salmones, para
tener su cría? La sirena se fue antes de que pudiera interrogarla, para confirmar o negar
esa teoría revolucionaria.
El río terminaba en una pared translúcida. Pasó a través de ella para ingresar en un
desierto, bajo un sol llameante, cuyo calor lo quemaba de manera desagradable… y, aun
así, podía mirar directamente a su furia del mediodía. Hasta podía ver, con claridad que
no era natural, un archipiélago de manchas cerca de uno de los limbos. Y (¡eso era
imposible, sin lugar a dudas!) estaba la tenue aureola de la corona, que es absolutamente
invisible salvo durante un eclipse total, extendiéndose a cada lado del Sol como las alas
de un cisne.
Todo se volvió negro, regresó la música omnipresente y, con ella, la celestial frescura
de la habitación, Poole abrió los ojos (¿alguna vez habían estado cerrados?) y encontró
un expectante público que aguardaba su reacción.
—Maravilloso —jadeó, en forma casi reverente—. Parte de esto pareció… bueno,
pareció más real que lo real.
Y entonces, su curiosidad de ingeniero, que nunca se alejaba mucho de la superficie,
empezó a corroerlo:
—Aun esa breve demostración debe de haber contenido una enorme cantidad de
información. ¿Cómo se la almacena?
—En estas tablillas, las mismas que utiliza su sistema audiovisual, pero con mucha
mayor capacidad.
El Hombre de los Sesos le entregó un cuadrado pequeño, aparentemente hecho de
vidrio y plateado en una de las superficies; tenía casi el mismo tamaño que los disquetes
de computadora de la juventud de Poole, pero con el doble de espesor. Cuando lo inclinó
hacia atrás y hacia adelante, tratando de ver su interior transparente, se produjeron
destellos ocasionales en tonalidades irisadas, pero eso fue todo.
Se dio cuenta de que lo que tenía en la mano era el producto final de más de mil años
de tecnología electroóptica, así como de otras tecnologías que no existían en su época. Y
no le sorprendió que, en lo superficial, se asemejara mucho a los dispositivos que había
conocido: había un tamaño y una forma convenientes para la mayoría de los objetos
corrientes de la vida cotidiana, cuchillos y tenedores, libros, herramientas de mano,
muebles… y memorias extraíbles para computadoras.
—¿Cuál es su capacidad? —preguntó—. En mi época habíamos alcanzado hasta un
teraocteto en algo de este tamaño. Estoy seguro de que ustedes consiguieron mucho
más.
—No tanto como usted imagina: hay un límite, claro, impuesto por la estructura de la
materia. A propósito, ¿qué era un teraocteto? Temo que lo olvidé.
—¡Qué vergüenza! Kilo, mega, giga, tera… eso es diez a la decimosegunda potencia
de octetos. Después el petaocteto (diez a la decimoquinta) es lo más lejos que llegué.
—Más o menos por ahí es donde nosotros empezamos. Es suficiente para grabar todo
lo que cualquier persona pueda experimentar durante una vida.
Era un pensamiento asombroso y, sin embargo, no debía de ser tan sorprendente: el
kilogramo de gelatina que había en el interior del cráneo humano no era mucho más
grande que la tablilla que Poole sostenía en la mano, y no era posible que fuera tan
eficiente como dispositivo de almacenamiento: ¡tenía tantas obligaciones más para
cumplir!
—Y eso no es todo —continuó el Hombre de los Sesos—: con algo de compresión de
datos, no sólo podría almacenar los recuerdos… sino a la persona en sí.
—¿Y reproducirla de nuevo?
—Claro que sí: un trabajo directo de nanoensamblaje.
“Es lo que oí decir”, se dijo Poole, “pero nunca lo creí en realidad.”
Allá por su siglo, ya parecía suficientemente maravilloso que la obra de toda una vida
de un gran artista se pudiera almacenar en un solo disco pequeño.
Y ahora, algo no más grande podía contener… al artista también.
7 – Rendición de informes
—Estoy encantado —declaró Poole— de saber que el Smithsoniano todavía existe,
después de todos estos siglos.
—Probablemente no lo reconocería —dijo el visitante, que se había presentado como
doctor Alistair Kim, director de Astronáutica—, en particular porque ahora está diseminado
por el Sistema Solar. Las principales colecciones de fuera de la Tierra se hallan en Marte
y en la Luna, y muchas de las muestras que legalmente nos pertenecen todavía están
dirigiéndose hacia las estrellas. Algún día las alcanzaremos y traeremos a casa. Estamos
especialmente ansiosos de poner las manos encima del Pioneer 10, el primer objeto
hecho por el hombre que escapó del Sistema Solar.
—Tengo la creencia de que yo estaba a punto de hacer lo mismo, cuando se me
localizó.
—Suerte para usted… y para nosotros. Usted puede estar en condiciones de arrojar luz
sobre muchas cosas que no sabemos.
—Con franqueza, lo dudo, pero haré lo mejor que pueda. No recuerdo cosa alguna
después de que esa cápsula desbocada cargó contra mí. Aunque todavía me resulta
difícil de creer, me dijeron que Hal fue el responsable.
—Es cierto, pero es un relato complicado. Todo lo que hemos podido saber está en
esta grabación; unas veinte horas, pero es probable que usted pueda pasarla en
Aceleración.
“Ya sabe, por supuesto, que Dave Bowman salió en la cápsula número dos para
rescatarlo… pero después quedó del lado de afuera de la nave porque Hal se negó a abrir
las escotillas del compartimiento de cápsulas.
—¡En el Nombre de Dios, ¿por qué?! El doctor Kim dio un ligero respingo. No era la
primera vez que Poole notaba esa reacción.
“Debo tener cuidado con mi lenguaje”, pensó, “‘Dios’ parece ser mala palabra para esta
cultura… debo preguntarle a Indra acerca de eso.”
—Hubo un importante error de programación en las instrucciones de Hal: se le había
dado el control de aspectos de la misión de los que ni usted ni Bowman estaban al tanto.
Todo eso figura en la grabación…
“Sea como fuere, también interrumpió los sistemas para mantenimiento fisiológico de
los tres hibernautas, la Tripulación Alfa, y Bowman también tuvo que lanzar al exterior
esos cuerpos.
“Así que Dave y yo éramos la Tripulación Beta: algo más que yo no sabía…”
—¿Qué les pasó a ellos? —preguntó Poole—. ¿No se los pudo rescatar, como se hizo
conmigo?
—Temo que no: también examinamos eso, claro.
Bowman los había eyectado varias horas después de haberle arrebatado el control a
Hal, así que las órbitas de esos astronautas fueron levemente diferentes de la suya…
apenas lo suficiente como para que se quemaran en Júpiter, mientras que usted lo rozó y
recibió un empuje de gravedad que lo habría llevado a la Nebulosa de Orion al cabo de
algunos miles de años más…
—Haciendo todo en condición de control manual, ¡en verdad, una proeza fantástica!
Bowman logró poner a la Discovery en órbita en torno de Júpiter. Ahí se encontró con lo
que la segunda expedición denominó Hermano Mayor: un aparente gemelo del monolito
de Tycho, pero centenares de veces más grande.
—Y ahí es donde lo perdimos. Salió de la Discovery en la cápsula remanente y fue al
encuentro del Hermano Mayor. Durante casi mil años hemos estado obsesionados por su
último mensaje: “¡Por Deus… está lleno de estrellas!”
“¡Y dale con eso!”, se dijo Poole. “Jamás de los jamases Dave podría haber dicho eso…
Debe de haber dicho: ‘¡Dios mío… está lleno de estrellas!'”
—Parece ser que la cápsula fue atraída hacia el monolito por alguna clase de campo
inercial, porque él, y es de suponer que también Bowman, sobrevivió a una aceleración
que debió de haberlos aplastado en forma instantánea. Y ésa fue la última información
que haya tenido alguien durante casi diez años, hasta la misión conjunta norteamericanarusa
en la Leonov.
—Que hizo contacto con la abandonada Discovery, de modo que el doctor Chandra
pudiera ir a bordo y reactivara a Hal. Sí, eso lo sé.
El doctor Kim parecía estar ligeramente avergonzado.
—Lo siento. No estaba seguro de cuánto se le había informado ya. De todos modos,
eso fue cuando cosas aún más extrañas empezaron a suceder:
“Aparentemente, el arribo de la Leonov hizo que algo se pusiera en actividad dentro del
Hermano Mayor. Si no tuviéramos estas grabaciones, nadie habría creído lo que ocurrió.
Permítame mostrarle: aquí está el doctor Heywood Floyd haciendo la guardia de
medianoche a bordo de la Discovery, después que se hubo restaurado la energía.
Naturalmente, usted lo reconocerá todo.
“Por cierto que sí, y qué extraño resulta ver a Heywood Floyd, muerto hace ya mucho,
sentado en mi antiguo asiento, con el ojo rojo de Hal, que nunca parpadea, explorando
todo lo que hay en derredor. Y aún más extraño es pensar que tanto Hal como yo
compartimos la misma experiencia de resurrección de entre los muertos…”
En uno de los monitores estaba ingresando un mensaje, y Floyd respondió con pereza:
—Está bien, Hal. ¿Quién está llamando?
NO HAY IDENTIFICACIÓN.
Floyd parecía estar ligeramente molesto.
—Muy bien. Por favor, dame el mensaje. ES PELIGROSO QUE PERMANEZCAN
AQUÍ. DEBEN PARTIR DENTRO DE QUINCE DÍAS.
—Eso es absolutamente imposible. Nuestra ventana de lanzamiento no se abre sino
hasta dentro de veintiséis días, contando desde hoy. No tenemos suficiente propulsor
como para partir antes.
ESTOY AL TANTO DE ESTOS HECHOS. NO OBSTANTE, DEBEN PARTIR DENTRO
DE QUINCE DÍAS.
—No puedo tomar esta advertencia en serio a menos que conozca su origen… ¿Quién
me está hablando?
YO FUI DAVID BOWMAN. ES IMPORTANTE QUE ME CREA. MIRE DETRÁS DE
USTED.
Lentamente, Heywood Floyd giró en su sillón rotatorio, alejándose de los bancos de
paneles y conmutadores de la pantalla de la computadora, dirigiéndose hacia la pasarela
cubierta de velero.
—Mire esto con cuidado —indicó Kim.
“Como si necesitara que me lo digan”, pensó Poole.
El ambiente con gravedad cero de la cubierta de observación de la Discovery estaba
mucho más polvoriento que como lo recordaba. Conjeturó que todavía no se había puesto
en línea la planta para filtración de aire. Los rayos paralelos del distante, pero aun así
refulgente Sol, entrando a raudales por las grandes ventanas, iluminaban innumerables
motas danzantes, constituyendo una exhibición clásica de movimiento browniano.
Y ahora, a esas partículas de polvo les estaba ocurriendo algo extraño: alguna fuerza
parecía estar comandándolas, alejándolas de un punto central pero, a la vez, haciendo
que otras se dirigieran a él, hasta que todas se reunieron en la superficie de una esfera
hueca. Esa esfera, de cerca de un metro de diámetro, flotó un momento en el aire, como
una gigantesca pompa de jabón. Después se alargó, formando un elipsoide cuya
superficie empezó a arrugarse, formando pliegues y depresiones. Poole realmente no se
sorprendió cuando empezó a adoptar la forma de un hombre.
Había visto esas figuras, hechas en vidrio soplado, en museos y exhibiciones de
ciencia. Pero este polvoroso fantasma ni siquiera se acercaba a la precisión anatómica:
era como una tosca estatuita de arcilla, o una de las primitivas obras de arte encontradas
en las hendeduras de las cavernas de la Edad de Piedra. Sólo la cabeza estaba
modelada con cuidado, y la cara, más allá de toda sombra de duda, era la del capitán de
fragata David Bowman.
HOLA, DOCTOR FLOYD. AHORA ME CREE USTED.
Los labios de la figura nunca se movieron: Poole se dio cuenta de que la voz —sí, en
verdad era la voz de Bowman— provenía de la rejilla del altavoz.
ESTO ES MUY DIFÍCIL PARA MÍ, Y TENGO POCO TIEMPO. SE ME PERMITIÓ DAR
ESTA ADVERTENCIA: SOLAMENTE TIENEN QUINCE DÍAS.
—¿Por qué… y qué es usted?
Pero la figura fantasmal ya se estaba desvaneciendo, su granosa envoltura empezando
a disolverse y convertirse de nuevo en sus partículas constituyentes de polvo.
ADIÓS, DOCTOR FLOYD. NO PODEMOS TENER MÁS CONTACTO, PERO PUEDE
HABER UN SOLO MENSAJE MÁS, SI TODO SALE BIEN.
Mientras la imagen se disolvía, Poole no pudo evitar sonreír ante aquella antigua frase
hecha de la Era Espacial, “Si todo sale bien”… ¡cuántas veces la había oído salmodiada
antes de una misión!
El fantasma desapareció; sólo quedaron las motas de polvo, que retomaban sus
patrones aleatorios de desplazamiento en el aire. Con un esfuerzo de voluntad, Poole
regresó al presente.
—Bien, capitán, ¿qué piensa de eso? —preguntó Kim.
Poole todavía estaba conmovido, y pasaron varios segundos antes de que pudiera
contestar.
—La cara y la voz eran las de Bowman: eso lo juraría… pero, ¿qué era?
—Todavía estamos debatiendo sobre eso. Llámelo holograma, proyección… por
supuesto, hay muchísimas maneras en que se lo podría fraguar si alguien quisiera
hacerlo, ¡pero no en esas circunstancias! Y además, por supuesto, está lo que ocurrió
después.
—¿Lucifer?
—Sí. Gracias a esa advertencia, tuvieron tiempo apenas suficiente para alejarse antes
que Júpiter detonara.
—Así que sea lo que fuera que hubiese sido, la cosa-Bowman era amistosa y trató de
ayudar.
—Presuntivamente. Y esa no fue la última vez que apareció. Puede haber sido
responsable de ese “un solo mensaje más”, que nos advertía que no intentáramos
efectuar descensos en Europa.
—¿Y nunca los hemos intentado?
—Solamente una vez, por accidente, cuando secuestraron la Galaxy y se la forzó a
descender ahí, treinta y seis años después, y su nave gemela, la Universe, tuvo que ir al
rescate. Todo está aquí… junto con lo poco que nuestros monitores robot nos dijeron
sobre los europanos.
—Estoy ansioso por verlos.
—Son anfibios, y vienen en todas las formas y tamaños. No bien Lucifer empezó a
fundir el hielo que cubría todo su mundo, empezaron a surgir del mar. Desde ese
entonces se desarrollaron a una velocidad que parece imposible desde el punto de vista
biológico.
—Por lo que recuerdo sobre Europa, ¿no había muchas grietas en el hielo? A lo mejor
ya habían empezado a reptar a través de ellas y a echar un vistazo en derredor.
—Ésa es una teoría de amplia aceptación. Pero existe otra, mucho más especulativa.
El Monolito puede tener que ver, de una manera que todavía no entendemos. Lo que
desencadenó esta línea de pensamiento fue el descubrimiento de AMT-0 aquí mismo, en
la Tierra, casi quinientos años después de su época. Supongo que ya le hablé sobre eso.
—Nada más que vagamente: ¡hubo tantas cosas en las que ponerse al día! Sí pensé
que el nombre era ridículo, ya que no se trataba de una anomalía magnética, ¡y estaba en
África, no en Tycho!
—Usted tiene toda la razón, claro, pero el nombre ya quedó. Y cuanto más
aprendemos sobre los Monolitos, más profundo se hace el enigma, en especial cuando
son la única prueba real de la existencia de tecnología avanzada más allá de la Tierra.
—Eso es lo que me sorprendió: habría pensado que, para estos momentos, habríamos
recibido señales de radio provenientes de alguna parte. Los astrónomos empezaron a
buscarlas cuando yo era niño.
—Pues bien, hay un solo indicio… y es tan aterrador que no nos gusta mencionarlo.
¿Oyó hablar de la Nova Escorpio?
—No me parece.
—Las estrellas se vuelven nova todo el tiempo, claro, y ésta no era que impresionara
particularmente pero, antes que estallara, se sabía que N Escorp tenía varios planetas.
—¿Habitados?
—No existe modo alguno de saberlo; las búsquedas radiales no habían captado
señales. Y he aquí la pesadilla…
—Por suerte, la patrulla automática de Novas captó el evento en el comienzo mismo…
y no empezó en la estrella: uno de los planetas detonó primero, y después hizo que lo
hiciera su sol.
—Mi Di… lo siento. Prosiga.
—Ya ve la cuestión: es imposible que un planeta se convierta en nova… a menos que
ocurra una sola cosa.
—Una vez leí un chiste morboso en una novela de ciencia ficción: “Las supernovas son
accidentes industriales”.
—No fue una supernova… pero puede que ése no sea un chiste. La teoría de más
amplia aceptación es que alguien más estuvo utilizando energía del vacío… y perdió el
control.
—O pudo haber sido una guerra.
—Eso también es malo, y probablemente nunca lo sabremos. Pero como nuestra
propia civilización depende de la misma fuente de energía, usted podrá comprender por
qué N Escorp a veces nos causa pesadillas.
—¡Y nosotros sólo teníamos que preocuparnos por reactores nucleares que se fundían!
—Ya no más, a Deus gracias. Pero en realidad quería decirle más sobre el
descubrimiento de AMT-0, debido a que señaló un punto de coyuntura en la historia
humana.
“Haber encontrado la AMT-1 en la Luna ya fue una conmoción suficientemente grande,
pero quinientos años después se produjo una peor, y tuvo lugar mucho más cerca de
casa… en todos los sentidos de la palabra: allá abajo, en África.
8 – Regreso a Olduvai
Los Leakey, se decía a menudo el doctor Stephen Del Marco, nunca habrían
reconocido este sitio, aun cuando se encuentra a escasos doce kilómetros de donde
Louís y Mary, cinco siglos atrás, exhumaron a nuestros primeros ancestros. El
calentamiento del planeta y la Edad Pequeña del Hielo (truncada por milagros de
tecnología heroica) habían transformado el paisaje y alterado por completo su flora y su
fauna. Los robles y pinos todavía estaban luchando para ver cuál sobreviviría a los
cambios de la suerte climática.
Y resultaba difícil creer que, para el año 2153, en Olduvai no quedaba algo que no
hubiera sido desenterrado por entusiastas antropólogos. Sin embargo, recientes
inundaciones repentinas (que se suponía que no iban a ocurrir más) volvieron a esculpir la
región, cercenando varios metros de la capa superior del suelo. Del Marco había
aprovechado la oportunidad y ahí, en el límite del barrido electrónico profundo, se
encontraba algo que no podía creer del todo.
Le había tomado más de un año de excavación lenta y cuidadosa llegar a la imagen
fantasmal y enterarse de que la realidad era más extraña que cualquier cosa que se
hubiese atrevido a imaginar. Máquinas excavadoras robot habían quitado con rapidez los
primeros metros; después se hicieron cargo las tradicionales cuadrillas esclavizadas de
estudiantes graduados. Las había ayudado —o estorbado— un equipo de cuatro kongs, a
los que Del Marco consideraba más un problema que un apoyo. Sin embargo, los
estudiantes adoraban los gorilas genéticamente perfeccionados, a los que trataban como
niños retrasados pero muy queridos. Se rumoreaba que las relaciones no siempre eran
por completo platónicas.
Para los últimos metros, sin embargo, todo fue el trabajo de manos humanas que, por
lo común, blandían cepillos de dientes… y de cerda suave, además. Y ahora había
terminado: ni Howard Cárter, al ver el primer destello de oro en la tumba de Tutankamon,
había descubierto un tesoro como ése. A partir de ese instante, Del Marco supo que las
creencias y filosofías humanas serían irrevocablemente modificadas.
El Monolito parecía ser el gemelo exacto del descubierto en la Luna cinco siglos antes;
hasta la excavación que lo rodeaba era de tamaño casi idéntico. Y, al igual que la AMT-1,
no reflejaba la luz en absoluto, absorbiendo el ardiente fulgor del sol africano y el pálido
destello de Lucifer con la misma indiferencia.
Mientras conducía a sus colegas los directores de la media docena de museos más
famosos del mundo, tres eminentes antropólogos, los directores de dos imperios de la
prensa hacia el foso, Del Marco se preguntaba si alguna vez tan distinguido grupo de
hombres y mujeres había estado tan silencioso, y durante tanto tiempo. Pero era el efecto
que ese rectángulo negro como el ébano tenía sobre todos los visitantes cuando éstos se
daban cuenta de las consecuencias de los miles de artefactos que lo rodeaban.
Porque allí había una colección de tesoros para los arqueólogos: herramientas de
pedernal toscamente labradas; incontables huesos, algunos de animales, otros de seres
humanos, y casi todo estaba dispuesto según cuidadosos patrones. Durante siglos… no,
milenios… esas lastimosas ofrendas eran traídas por criaturas que no tenían más que los
primeros destellos de inteligencia, y lo habían hecho como tributo a una maravilla que
estaba más allá de su comprensión.
“Y más allá de la nuestra”, pensaba Del Marco a menudo. No obstante, de dos cosas
estaba seguro, aun cuando dudaba de que alguna vez se obtuvieran las pruebas.
Que eso se hallaba ahí donde, en tiempo y espacio, la especie humana realmente
había comenzado.
Y que ese Monolito fue el primero de todos sus multitudinarios dioses.
9 – Tierra celestial
—Anoche había ratones en mi dormitorio —se quejó Poole, hablando en serio sólo a
medias—. ¿Hay posibilidades de que me consigas un gato?
La doctora Wallace parecía perpleja, hasta que empezó a reír:
—Debes de haber oído uno de los microts de limpieza. Haré que revisen la
programación para que no te molesten. Trata de no pisarlo si lo encuentras trabajando: si
lo haces, llamará pidiendo ayuda, y todos los amigos acudirán a recoger los pedazos.
Tanto que aprender… ¡y tan poco tiempo! No, eso no era verdad, se recordó Poole a sí
mismo. Muy bien podría tener un siglo por delante, gracias a la ciencia médica actual. La
idea ya estaba empezando a llenarlo de aprensión antes que de placer.
Por lo menos, ahora podía seguir la mayoría de las conversaciones con facilidad, y
había aprendido a pronunciar palabras, por lo que Indra no era la única persona que lo
podía entender. Estaba muy contento de que el anglés ahora fuese el idioma mundial,
aunque el francés, el ruso y el mandarín todavía florecían.
—Tengo otro problema, Indra, y creo que tú eres la única persona que me puede
ayudar: ¿cuando digo “Dios”, ¿por qué la gente parece avergonzarse?
Indra no pareció avergonzarse en absoluto; de hecho, lanzó una carcajada.
—Es una historia muy complicada. Ojalá mi viejo amigo, el doctor Khan, estuviera aquí
para explicártela… pero está en Ganimedes, curando a cualquier Verdadero Creyente que
pudiese encontrar allá. Cuando todas las antiguas religiones cayeron en el descrédito,
hazme recordar que alguna vez te hable del papa Pío XX: ¡uno de los hombres más
grandes de la historia, seguíamos necesitando una palabra para designar la Causa
Primigenia o al Creador del Universo… si es que lo hay.
“Hubo muchas sugerencias, Deo, Teo, Jove, Brahma. A todos se los intentó, y algunos
todavía permanecen, en especial el favorito de Einstein, “El Viejo”. Pero Deus parece
estar de moda hoy en día.
—Trataré de recordarlo, pero me sigue pareciendo una tontería.
—Te acostumbrarás. Te enseñaré algunos otros expletivos corteses para que los
utilices cuando quieras expresar tus sentimientos.
—Dijiste que todas las antiguas religiones cayeron en el descrédito: entonces, ¿en qué
cree la gente actualmente?
—En lo menos posible. Todos somos deístas o teístas.
—Hiciste que me perdiera. Definiciones, por favor.
—Eran algo diferentes en tu época, pero aquí tienes las últimas versiones: los teístas
creen que no hay más que un Dios; los deístas, que existe no menos que un Dios.
—Temo que la distinción es demasiado sutil para mí.
—No para todos: te sorprenderías ante las acerbas controversias que eso desató. Hace
cinco siglos, alguien utilizó lo que se conoce como matemática surrealista, para demostrar
que existe un infinito número de gradaciones entre los teístas y los deístas. Naturalmente,
al igual que la mayoría de los diletantes de lo infinito, se volvió loco. A propósito, los
deístas más conocidos fueron norteamericanos: Washington, Franklin, Jefferson…
—Un poquito antes de mi época, aunque te sorprendería saber cuánta gente no se da
cuenta de eso.
—Y ahora, algunas buenas noticias: Joe, el Profe Anderson, finalmente dio su… ¿cómo
era la expresión…? O.K. tu condición física es adecuada para que se te pase a una
vivienda permanente.
—Es una buena noticia. Aquí todos me han tratado muy bien, pero estaré feliz de
contar con un lugar propio.
—Necesitarás ropa nueva y alguien que te muestre cómo usarla. Y para que te ayude
con los centenares de pequeñas tareas cotidianas que pueden hacer perder tanto tiempo.
Por eso nos tomamos la libertad de disponer un asistente personal para ti. Entra, Danil…
Danil era un hombre pequeño, de tez marrón claro, que promediaba la treintena y que
sorprendió a Poole al no hacerle el saludo normal de contacto de palmas, con su
intercambio automático de información. En verdad, pronto dio la impresión de que Danil
no poseía una Ident: toda vez que se la necesitaba, extraía un pequeño rectángulo de
plástico que, en apariencia, cumplía las mismas funciones que las “tarjetas inteligentes”
del siglo XXI.
—Danil también será tu guía y… ¿cuál era esa palabra que nunca puedo recordar…?
rima con ballet. Se lo instruyó especialmente para el trabajo. Estoy segura de que lo
habrás de encontrar plenamente satisfactorio.
Aunque Poole agradecía el gesto, lo hacía sentir un tanto incómodo: ¡un valet, de todas
las cosas! No podía recordar haber llegado a conocer uno jamás: en su época ya eran
una especie rara y en vías de extinción. Empezó a sentirse como el personaje de una
novela inglesa de comienzos del siglo XX.
—Y mientras Danil organiza tu mudanza, haremos un viajecito hacia arriba… al nivel
lunar.
—Espléndido. ¿Está muy lejos?
—Pues… alrededor de doce mil kilómetros.
—¡Doce mil! ¡Eso tomará horas! Indra pareció sorprendida ante la observación, y
después sonrió.
—No tanto como crees. No, todavía no tenemos un transportador como el de Viaje a
las estrellas, ¡aunque creo que siguen trabajando para conseguirlo! Así que puedes optar,
aunque sé por cuál te decidirás: podemos subir con un ascensor externo y admirar la
vista… o podemos hacerlo por uno interno, y disfrutar de comida y algo de entretenimiento
liviano.
—No puedo concebir que alguien quiera permanecer adentro.
—Pues te sorprenderías. Es demasiado vertiginoso para algunos, en especial para los
visitantes de allá abajo. Incluso montañistas que dicen estar habituados a las grandes
alturas, pueden empezar a ponerse verdes cuando esas alturas se miden en miles de
kilómetros, en vez de metros.
—Correré el riesgo —respondió Poole, sonriendo—. He estado a mayor altura.
Cuando hubieron traspuesto un conjunto doble de esclusas de aire en la pared exterior
de la Torre (¿fue su imaginación, o entonces Poole tuvo una curiosa sensación de
desorientación?), ingresaron en lo que podría haber sido el auditorio de un teatro muy
pequeño: filas de diez asientos estaban dispuestas en cinco hileras; todas miraban hacia
uno de los enormes ventanales de observación que Poole seguía hallando
desconcertantes, ya que nunca podía olvidar del todo los centenares de toneladas de
presión de aire que pugnaban por hacer estallar el ventanal y lanzarlo al espacio.
Los otros doce, o algo así, pasajeros, que probablemente nunca habían pensado en
esa cuestión, parecían estar perfectamente cómodos. Todos sonrieron cuando lo
reconocieron, saludaron cortésmente con una inclinación de cabeza, y después se
volvieron para admirar la vista.
—Bienvenidos a la Sala Espacial —dijo la inevitable voz automática—. El ascenso
comienza dentro de cinco minutos. Encontrarán refrescos y baños en el piso inferior.
“¿Exactamente cuánto durará este viaje?”, se preguntó Poole. “Vamos a recorrer más
de veinte mil klicks de ida y vuelta: esto no se va a parecer a viaje alguno en ascensor
que yo haya hecho en la Tierra…”
Mientras aguardaba a que empezara la ascensión, disfrutó del asombroso panorama
que se extendía dos mil kilómetros más abajo: era invierno en el Hemisferio Norte, pero el
clima había cambiado drásticamente en verdad, pues se veía poca nieve al sur del Círculo
Polar Ártico.
Europa estaba casi libre de nubes, y se apreciaban tantos detalles que el ojo quedaba
abrumado. Una por una identificó las grandes ciudades cuyos nombres habían resonado
a través de los siglos; se habían estado contrayendo ya desde la época de Poole, pues la
revolución en las comunicaciones cambió la faz del mundo, y ahora habían menguado
aún más. También había algunos cuerpos de agua en sitios improbables: el lago
Saladino, en el Sahara boreal, casi era un pequeño mar.
Poole estaba tan absorto en la observación, que olvidó el paso del tiempo. De pronto
se dio cuenta de que habían transcurrido mucho más de cinco minutos y, sin embargo, el
ascensor seguía estacionario. ¿Algo había salido mal, o estaban esperando que llegaran
pasajeros rezagados?
Y fue entonces cuando advirtió algo tan extraordinario que, al principio, se negó a creer
las pruebas que le daban sus ojos: ¡el panorama se había ampliado, como si ya hubieran
ascendido centenares de kilómetros! Incluso mientras observaba, notó que en el marco
del ventanal iban apareciendo, lentamente, nuevos rasgos del planeta que estaba abajo.
Entonces Poole rió, cuando entendió cuál era la explicación obvia.
—¡Pudiste engañarme, Indra!: creí que esto era real, y no una videoproyección.
Indra lo miró con una sonrisa irónica.
—Piensa bien, Frank. Empezamos a desplazarnos hace unos diez minutos. Para estos
momentos debemos de estar ascendiendo a… eh… mil kilómetros por hora, cuando
menos. Aunque se me dijo que estos ascensores pueden alcanzar cien G en aceleración
máxima, no tocaremos más que diez en este corto viaje.
—¡Eso es imposible! Seis es lo máximo que me hayan dado en la centrífuga, y no
disfruté pesando media tonelada. Sé que no nos hemos movido desde que entramos
aquí.
Poole había alzado la voz levemente y, de pronto, se dio cuenta de que los demás
pasajeros fingían no haberlo advertido.
—No entiendo cómo se hace, Frank, pero se lo llama campo inercial o, a veces, campo
SHARP, la S por un famoso científico ruso, Sakharov; no sé quiénes fueron los otros.
Lentamente, la comprensión llegó a la mente de Poole… y también una sensación de
asombro anonadante. Ese era, en verdad, un ejemplo de “tecnología indiscernible de la
magia”.
—Algunos de mis amigos solían soñar con “impulsadores por el espacio”, campos de
energía que podían reemplazar los cohetes y permitir el desplazamiento sin sensación
alguna de aceleración. La mayoría de nosotros pensaba que estaban locos, ¡pero parece
que tenían razón! Apenas si puedo creerlo todavía y, a menos que yo esté equivocado,
estamos empezando a perder peso.
—Sí, se está adecuando al valor lunar. Cuando salgamos sentirás que estamos en la
Luna. Pero, por lo que más quieras, Frank… ¡olvídate de que eres ingeniero y disfruta del
paisaje!
Fue un buen consejo, pero aun mientras veía fluir hacia adentro de su campo visual a
África, Europa y gran parte de Asia, Poole no podía alejar su mente de la apabullante
revelación. Sin embargo, no debió de haberse sorprendido por completo: sabía que desde
su época se habían producido progresos de importancia en los sistemas de propulsión
espacial, pero no se había dado por supuesto que tendrían aplicaciones tan
espectaculares en la vida cotidiana, si es que esa expresión se le podía aplicar a la
existencia en un rascacielos de treinta y seis mil kilómetros de alto.
Y la era del cohete debió de haber terminado hacía siglos. Todos sus conocimientos
sobre sistemas de propulsión y cámaras de combustión, propulsores iónicos y reactores
de fusión, eran totalmente obsoletos. Por supuesto, eso ya no importaba, pero le permitió
entender la tristeza que el capitán de un buque de vela debió de haber sentido cuando la
vela dejó paso al vapor.
Su talante cambió de manera brusca, y no pudo evitar una sonrisa cuando la voz
automática anunció: “Arribo dentro de dos minutos. Por favor, presten atención a no dejar
olvidada alguna de sus pertenencias”.
¡Qué a menudo había oído ese anuncio en algún vuelo comercial! Miró el reloj y quedó
sorprendido al ver que habían estado ascendiendo durante menos de media hora: eso
significaba una velocidad promedio de, por lo menos, veinte mil kilómetros por hora y, aun
así, pudieron no haberse desplazado jamás. Lo que resultaba aún más extraño, ¡pues los
últimos diez minutos, o más, en realidad, debieron de haber estado reduciendo la
aceleración con tanta rapidez que, con todo derecho, los pasajeros debieron de haber
estado parados en el techo, con la cabeza apuntando hacia la Tierra!
Las puertas se abrieron silenciosamente y, cuando Poole salió, otra vez experimentó la
leve desorientación que había sentido al ingresar en la sala del ascensor. Esta vez,
empero, supo qué quería decir: estaba pasando por la zona de transición, donde el campo
inercial se superpone con la gravedad y que, en ese nivel, era igual al de la Luna.
Aunque la vista de la Tierra que se alejaba había sido pasmosa, aun para un
astronauta, no hubo algo inesperado o sorprendente en eso. ¿Pero quién habría
imaginado una cámara gigantesca, que aparentemente ocupaba todo el ancho de la torre,
de modo que la pared opuesta estuviera a más de cinco kilómetros de distancia? Quizá
para esa hora había volúmenes encerrados más grandes en la Luna y en Marte, pero ése
seguramente debía de ser uno de los más grandes en el espacio en sí.
Estaban parados en una plataforma de observación, a cincuenta metros de altura en la
pared exterior, contemplando un asombrosamente variado panorama. Era evidente que
se había hecho el intento de reproducir toda una gama de biomas terrícolas:
inmediatamente por debajo de ellos había un grupo de delgados árboles a los que, al
principio, no pudo identificar; después cayó en la cuenta de que eran robles, adaptados a
un sexto de su gravedad normal. “¿Qué aspecto tendrían aquí las palmeras?”, se
preguntó: “el de cañas gigantes, probablemente…”
En la media distancia había un pequeño lago, alimentado por un río que se deslizaba,
formando meandros, por una planicie herbosa, para después desaparecer dentro de algo
que tenía el aspecto de un solo baniano gigantesco. ¿Cuál era la fuente de agua? Poole
había notado un tenue sonido de tamborileo y, cuando dejó deslizar la mirada por la pared
de suave curvatura, descubrió una diminuta Niágara, con un arco iris perfecto que flotaba
sobre el rocío que se formaba sobre la cascada.
Pudo haberse quedado ahí durante horas, admirando la vista y, aun así, no agotando
todas las maravillas de esa compleja y brillantemente concebida simulación del planeta
que estaba abajo. Cuando se extendió hacia ambientes nuevos y hostiles, quizá la
especie humana sintió la necesidad, cada vez mayor, de recordar sus orígenes. Por
supuesto, aun en la propia época de Poole cada ciudad tenía sus parques a modo de
débiles recordatorios de la Naturaleza. El mismo impulso debía de estar actuando ahí, en
escala mucho más grandiosa. ¡Parque Central de Nueva York, Torre África!
—Vayamos abajo —dijo Indra—. Hay tanto para ver, y no vengo acá con la frecuencia
que desearía.
Aunque caminar casi no exigía esfuerzo con esa gravedad baja, de vez en cuando
aprovechaban un pequeño monorriel, y se detuvieron una vez para tomar refrescos en un
café, astutamente oculto en el tronco de una secoya que debía de haber tenido, cuando
menos, un cuarto de kilómetro de alto.
Había muy pocas personas más en derredor (sus compañeros de viaje hacía rato que
habían desaparecido en el paisaje), de modo que era como si tuvieran toda esta tierra de
maravillas para ellos solos. Todo estaba tan hermosamente mantenido, presuntamente
por ejércitos de robots, que, en ocasiones, a Poole le traía a la memoria una visita que
había hecho a Disney World cuando era niño. Pero eso era todavía mejor: no había
multitudes y, por cierto, muy pocos recordatorios de la especie humana y de sus
artefactos.
Estaban admirando una soberbia colección de orquídeas, algunas de tamaño enorme,
cuando Poole experimentó una de las más grandes conmociones de su vida: cuando
pasaban junto al pequeño cobertizo típico de jardinero, la puerta se abrió… ¡y surgió el
jardinero!
Frank Poole siempre se había enorgullecido de su autocontrol, y nunca imaginó que,
siendo un adulto plenamente desarrollado, lanzaría un grito de puro miedo. Pero, al igual
que todo niño de su generación, había visto todas las películas sobre Parque Jurásico, y
conocía un velocirraptor cuando se encontraba cara a cara con uno.
—Lo lamento terriblemente —dijo Indra, con evidente preocupación—. Nunca se me
ocurrió que debía advertirte.
Los nervios crispados de Poole volvieron a la normalidad. Naturalmente, no podría
haber peligros en ese mundo bien ordenado, casi demasiado bien ordenado, pero, así y
todo…
El dinosaurio le devolvió la mirada con evidente desinterés total. Después se volvió
hacia el cobertizo, se inclinó hacia el interior, y volvió a surgir con un rastrillo y una tijera
de jardinería que dejó caer en una bolsa que llevaba colgando de uno de los hombros. Se
alejó de ellos a saltitos, con marcha similar a la de un pájaro, sin mirar jamás hacia atrás,
mientras desaparecía detrás de unos girasoles de diez metros de alto.
—Debo una explicación —dijo Indra, afligida—: Nos gusta utilizar bioorganismos toda
vez que podemos, en vez de robots. ¡Supongo que es el chauvinismo de las especies
basadas en el carbono! Ahora bien, sólo existen unos pocos animales que poseen algún
grado de destreza manual, y los hemos usado a todos, en un momento u otro.
“Y he aquí un misterio que nadie pudo resolver: cabría suponer que herbívoros
mejorados, como los chimpancés y los gorilas, serían buenos para esta clase de trabajo…
pues bien, no lo son; no tienen la paciencia para hacerlo.
“Y, sin embargo, carnívoros como este amigo que vimos son excelentes, y fáciles de
adiestrar. Más aún, ¡y he aquí otra paradoja!, una vez que se los modificó, son dóciles y
tienen buen carácter. Es cierto, hay casi mil años de ingeniería genética detrás de ellos, ¡y
mira lo que el hombre primitivo le hizo al lobo, y nada más que a través de ensayos y
errores!
Indra rió y prosiguió:
—Podrás no creer esto, Frank, pero también son buenos cuidadores de niños; ¡los
niños los adoran! Hay un chiste de quinientos años de antigüedad: “¿Usted dejaría a sus
niños con un dinosaurio? ¿¡Qué, y exponerme a que lo lastimen!?”
Poole compartió la carcajada, en parte como reacción avergonzada ante su propio
miedo. Para cambiar de tema, le preguntó a Indra lo que todavía lo preocupaba:
—Todo esto es maravilloso —admitió—. ¿Pero por qué tomarse tantas molestias
cuando cualquiera de los que están en la torre puede llegar al ambiente verdadero con la
misma rapidez?
Indra lo miró con aire pensativo, sopesando las palabras:
—Eso no es del todo cierto. Es incómodo, y hasta peligroso, para alguien que viva por
encima del nivel de medio G, bajar a la Tierra, incluso con un sillón aerodeslizador.
—¡Por cierto que no para mí! Nací y fui criado en un G, y a bordo de la Discovery
nunca dejé de hacer mis ejercicios.
—Tendrás que plantearle eso al profe Anderson. Quizá no te debo decir esto, pero hay
acaloradas discusiones respecto del ajuste actual de tu reloj biológico: aparentemente
nunca se detuvo por completo, y las conjeturas respecto de tu edad equivalente oscilan
entre cincuenta y setenta. Si bien lo estás haciendo muy bien, no puedes tener la
esperanza de recuperar toda tu fuerza… después de mil años.
“Ahora empiezo a entender”, se dijo Poole lúgubremente. Eso explicaba las respuestas
evasivas de Anderson y todas las pruebas de reacción muscular que había estado
haciéndole..
“Hice todo el camino de vuelta desde Júpiter hasta quedar a dos mil kilómetros de la
Tierra… pero no importa qué a menudo la visite en realidad virtual, puede ser que nunca
vuelva a caminar sobre la superficie de mi planeta natal.
No estoy seguro de poder habérmelas con esto…”
10 – Homenaje a Icaro
Su depresión pasó pronto: había tanto por hacer y ver. Mil vidas no habrían sido
suficientes, y el problema era elegir cuál de la miríada de entretenimientos que esa época
podía brindar. Poole trataba, no siempre con éxito, de evitar lo trivial y de concentrarse en
las cosas que importaban… de modo especial, su educación.
El casquete cerebral —y la reproductora, del tamaño de un libro, que con él venía,
inevitablemente llamada Caja del Cerebro—, era de enorme valor. Pronto contó con una
pequeña biblioteca de tablillas para “conocimientos instantáneos”, cada una de las cuales
contenía todo el material necesario para obtener un título universitario. Cuando introducía
una de ellas en la Caja del Cerebro, y le daba los ajustes de velocidad e intensidad que lo
satisfacían más, se producía un rayo de luz, seguido por un período de inconsciencia que
podría durar tanto como una hora. Cuando despertaba parecía como si se hubieran
abierto nuevas regiones de su mente, aunque sólo se daba cuenta de que estaban ahí
cuando las buscaba. Era, casi, como si fuera el dueño de una biblioteca que súbitamente
descubre estantes con libros que no sabía que tenía.
En gran medida, era dueño de su propio tiempo. Por un sentido del deber, y de gratitud,
accedía a tantas solicitudes como podía de científicos, historiadores, escritores y artistas
que trabajaban en medios que a menudo le eran incomprensibles. También recibía
incontables invitaciones de otros ciudadanos de las cuatro torres, todo lo cual virtualmente
se veía obligado a rechazar.
Las más tentadoras, y las más difíciles de resistir, eran las que provenían del hermoso
planeta que se extendía allá abajo.
—Por supuesto —le había dicho el profesor Anderson—, usted sobreviviría si fuera
abajo durante un lapso corto y con el sistema adecuado para mantenimiento fisiológico,
pero no lo disfrutaría. Y podría debilitar su sistema neuromuscular todavía más: realmente
nunca se recobró de ese sueño de mil años.
Su otro custodio, Indra Wallace, lo protegía de las intromisiones innecesarias, y le
aconsejaba qué solicitudes debía aceptar… y cuáles rechazar con cortesía. Por sí mismo,
nunca podría entender la estructura sociopolítica de esa increíblemente compleja cultura,
pero pronto advirtió que, aunque en teoría las distinciones de clase ya no existían, había
algunos miles de superciudadanos. George Orwell había tenido razón: algunos siempre
serían más iguales que otros.
Hubo ocasiones en las que, acondicionado por su experiencia del siglo XXI, se
preguntó quién estaba pagando por toda esa hospitalidad: ¿algún día le pasarían el
equivalente de una enorme factura de hotel? Pero Indra lo había tranquilizado con
rapidez: él era una pieza única e invalorable de museo, por lo que jamás tendría que
preocuparse por tales consideraciones vulgares. Todo lo que deseara, dentro de lo
razonable, se pondría a su disposición. Poole se preguntó cuáles eran los límites, sin
imaginar que un día intentaría descubrirlos.
Todas las cosas más importantes de la vida ocurren por accidente, y Poole había fijado
el exhibidor de la pantalla mural en posición de exploración aleatoria y silenciosa, cuando
una llamativa imagen atrajo su atención.
—¡Alto exploración! ¡Sonido! —gritó, con tono innecesariamente alto.
Reconoció la música, pero transcurrieron unos minutos antes que la identificara. El
hecho de que su pared estuviera llena con seres humanos alados que se movían con
elegancia unos alrededor de otros describiendo círculos, indudablemente ayudó. Pero
Tchaikowski habría quedado por completo atónito al ver esa versión de El lago de los
cisnes, en la que las bailarinas realmente volaban…
Poole observó, extático, durante varios minutos, hasta que estuvo suficientemente
convencido de que era realidad y no una simulación; aun en sus propios tiempos nunca
se podía estar seguro del todo. Era de suponer que el ballet se estaba ejecutando en uno
de los muchos ambientes de baja gravedad; uno muy grande, a juzgar por algunas de las
imágenes. Hasta podría ser allí, en la Torre África.
“Quiero intentar eso”, decidió. Nunca había perdonado del todo a la Agencia Espacial
por prohibirle uno de sus más grandes placeres, salto en formación con paracaídas, aun
cuando podía comprender el punto de vista de ese organismo, de no querer arriesgar una
valiosa inversión. Los médicos habían sentido bastante desagrado por el accidente
anterior sufrido al practicar volovelismo; por suerte, sus huesos de adolescente se habían
soldado por completo.
“Bueno”, pensó. “No hay quien me detenga ahora… a menos que sea el profe
Anderson.”
Para alivio de Poole, el médico lo consideró una excelente idea y también le agradó
descubrir que cada una de las torres tenía su propio aviario, con un nivel de hasta un
décimo de G.
Al cabo de unos pocos días se lo medía por sus alas, que no eran, en absoluto, como
las elegantes versiones que lucían los bailarines de El lago de los cisnes. En vez de
plumas había una membrana flexible y, cuando tomó las agarraderas que había unidas a
las costillas de sostén, se dio cuenta de que su aspecto debía de estar mucho más cerca
del de un murciélago que del de un pájaro. Sin embargo, su “¡Muévete, Drácula!” se
desperdició por completo ante su instructor, que aparentemente no tenía el más mínimo
conocimiento sobre vampiros.
Para sus primeras lecciones estaba sujeto por un arnés liviano, de modo que no se
moviera a parte alguna mientras se le enseñaban los aleteos básicos y, lo más importante
de todo, aprendía control y estabilidad. Al igual que muchas destrezas adquiridas, no era
tan sencilla como parecía.
Se sentía ridículo en ese arnés de seguridad (¿cómo podía alguien lastimarse con un
décimo de la gravedad?), y estuvo contento de necesitar nada más que unas pocas
lecciones: era indudable que su preparación de astronauta ayudaba. Era, según le dijo el
maestro de vuelo con alas, el mejor alumno que había tenido jamás… pero quizás a ellos
les decía lo mismo.
Después de varios vuelos libres en una cámara de cuarenta metros de lado,
entrecruzada por diversos obstáculos que Poole evitó con facilidad, se le dio el visto
bueno para su primer vuelo solo… y volvió a sentirse de diecinueve años, a punto de
despegar en aquella antigüedad de Cessna del Aeroclub de Flagstaff.
El nada emocionante nombre de El Aviario no lo había preparado para el territorio de
su vuelo de bautismo. Aunque parecía aún más enorme que el espacio que contenía los
bosques y jardines en el nivel de gravedad lunar, tenía casi el mismo tamaño, ya que
también ocupaba todo un piso de la torre suavemente ahusada. Un vacío circular, de
medio kilómetro de alto y más de cuatro de ancho, parecía ser realmente enorme, ya que
no había detalles en los que la mirada pudiera detenerse. Debido a que las paredes
tenían un color azul uniforme, contribuían a la impresión de espacio infinito.
Poole no había creído realmente en la bravata del maestro de vuelo: “Puede tener
cualquier decorado que le guste”, e intentó lanzarle lo que estaba seguro que era un
desafío imposible. Pero en ese primer vuelo, a la aturullante altura de cincuenta metros,
no había distracciones visuales. Naturalmente, una caída desde la altitud equivalente de
cinco metros con la gravedad terrestre, diez veces superior, podría hacer que uno se
rompiera el cuello; sin embargo, allí hasta los rasguños de poca monta eran improbables,
ya que todo el piso estaba cubierto con una red de cables flexibles. Toda la cámara era un
gigantesco trampolín en el que se podría, según pensaba Poole, divertirse mucho… aun
sin alas.
Con aleteos firmes y dirigidos hacia abajo, Poole se elevó por el aire. En poquísimo
tiempo pareció que estaba a cien metros en el aire, y seguía ascendiendo.
—¡Aminore! —indicó el maestro de vuelo—. ¡No puedo seguir su ritmo!
Poole se enderezó; después intentó un giro lento. Se sentía mareado y con el cuerpo
liviano (¡menos de diez kilogramos!), y se preguntó si había aumentado la concentración
de oxígeno.
Eso era maravilloso, completamente distinto de la gravedad cero, ya que presentaba un
mayor desafío físico. Lo que más se le acercaba era el buceo con equipo autónomo:
deseó que hubiera habido pájaros allí, para emular los igualmente coloridos peces
coralinos que tan a menudo lo habían acompañado en los arrecifes tropicales.
El maestro de vuelo le hizo efectuar una serie de maniobras sucesivas: giros, rizos,
vuelo cabeza abajo, revoloteo… finalmente le dijo:
—No puedo enseñarle nada más. Ahora, disfrutemos de la vista.
Durante un instante, Poole casi perdió el control… como probablemente se esperaba
que le ocurriera pues, sin la más mínima advertencia, se encontró rodeado por montañas
coronadas por la nieve, y volando bajo a través de un estrecho paso, a nada más que
metros de algunas rocas desagradablemente puntiagudas.
Por supuesto, eso no podía ser real: esas montañas eran tan carentes de consistencia
como nubes y, si así lo deseara, podría volar directamente a través de ellas. No obstante,
se apartó de la pared del acantilado (había un nido de águila en una de sus salientes,
dentro del cual se veían dos huevos que pensó que podría tocar, si se acercaba más), y
enfiló hacia espacios más abiertos.
Las montañas desaparecieron; repentinamente se hizo de noche, y entonces salieron
las estrellas, no los escasos miles que se veían en los empobrecidos cielos de la Tierra,
sino legiones en cantidades incontables. Y no sólo estrellas, sino los torbellinos
espiralados de distantes galaxias; los abigarrados y apiñados enjambres de soles, de las
acumulaciones globulares.
No había posibilidad alguna de que eso pudiera ser real, incluso si lo hubieran
transportado mágicamente a algún mundo en el que tales cielos existieran. Pues esas
galaxias se alejaban de él mientras las miraba; algunas estrellas se apagaban, estallaban,
nacían en viveros estelares de fulgurantes gases ígneos. Cada segundo debía de estar
transcurriendo un millón de años…
El avasallador espectáculo desapareció tan rápido como había aparecido: Poole estaba
de vuelta en el cielo vacío, solo, con la salvedad de su instructor, en el cilindro azul sin
detalles del aviario.
—Creo que eso es suficiente para un día —dijo el maestro de vuelo, revoloteando unos
pocos metros por encima de Poole—. ¿Qué decorado le gustaría la próxima vez que
venga aquí?
Poole no vaciló. Sonriendo, respondió a la pregunta.
11 – Haya aquí dragones
Nunca lo habría creído posible, ni siquiera con la tecnología de esos días y época.
¿Cuántos teraoctetos… petaoctetos… ¿había una palabra suficientemente larga…? de
información debían de haberse acumulado en el transcurso de los siglos, y en qué clase
de medio de almacenamiento? Mejor no pensar en eso y seguir el consejo de Indra:
“Olvídate de que eres ingeniero, y diviértete”.
Por cierto que ahora se estaba divirtiendo, aunque su placer se mezclaba con una
sensación casi abrumadora de nostalgia. Porque estaba volando, o así parecía, a una
altitud de casi dos kilómetros, por encima del paisaje espectacular e inolvidable de su
juventud. Por supuesto, la perspectiva era falsa, ya que el Aviario sólo tenía medio
kilómetro de alto, pero la ilusión era perfecta.
Rodeó el cráter Meteoro, recordando cómo había trepado a gatas por sus laderas
durante su anterior preparación como astronauta. ¡Qué increíble que alguien hubiera
podido atreverse a dudar del origen y de la precisión del nombre de ese cráter. Sin
embargo, ya bien avanzado el siglo XX, distinguidos geólogos habían sostenido que era
volcánico. No fue sino hasta el advenimiento de la era espacial que se aceptó, a
regañadientes, que todos los planetas seguían estando sometidos a un bombardeo
continuo.
Poole estaba completamente seguro de que su cómoda velocidad de crucero estaba
más cerca de los veinte que de los doscientos kilómetros por hora y, no obstante, se le
había permitido alcanzar Flagstaff en menos de quince minutos. Y estaban las cúpulas
blancas refulgentes del Observatorio Lowell, al que visitaba tan a menudo cuando era un
muchacho, y cuyo amistoso personal había sido responsable, sin la menor duda, de la
elección de su carrera. A veces se había preguntado cuál podría haber sido su profesión,
de no haber nacido en Arizona, cerca del sitio mismo en el que se habían creado las más
perdurables e influyentes de las fantasías sobre Marte. Quizás era la imaginación, pero
Poole creyó poder divisar la singular tumba de Lowell, próxima al gran telescopio que
había dado pábulo a sus sueños.
¿Desde qué año, y en qué estación, se había captado esa imagen? Conjeturó que
provenía de los satélites espías que vigilaban el mundo de comienzos del siglo XXI. No
podía ser mucho más tarde que la propia época de Poole, pues la distribución de la
ciudad era tal como la recordaba. Quizá si descendía lo suficiente hasta podría llegar a
verse a sí mismo…
Pero sabía que era absurdo: ya había descubierto que eso era lo más cerca que podía
llegar. Si volara con un poco más de proximidad, la imagen empezaría a descomponerse,
revelando sus pixels básicos.
Era mejor conservar la distancia y no destruir la hermosa ilusión.
Y allá —¡era increíble!— estaba el pequeño parque donde había jugado con sus
amigos de los últimos grados de la primaria, y los de la secundaria. Los Padres de la
Ciudad siempre estaban discutiendo sobre su mantenimiento, mientras el suministro de
agua iba adquiriendo carácter cada vez más crítico. Bueno, por lo menos había
sobrevivido hasta aquellos días… cuando quiera que hubiesen sido.
Y, entonces, otro recuerdo llevó lágrimas a sus ojos: a lo largo de esos estrechos
senderos, cuando podía volver a casa, ya fuere desde Houston o la Luna, había caminado
con su adorado peloduro de Rodesia, tirándole palitos para que los trajera, del mismo
modo que hombre y perro habían hecho desde tiempo inmemorial.
Poole había anhelado con toda su alma que Rikki todavía estuviese ahí, para saludarlo
cuando regresara de Júpiter, y lo había dejado al cuidado de su hermano menor, Martin.
Casi perdió el control, y se hundió varios metros antes de recobrar la estabilidad cuando,
una vez más, se enfrentó con la amarga verdad de que tanto Rikki como Martin se habían
vuelto polvo hacía ya siglos.
Cuando pudo volver a ver bien, advirtió que la banda oscura del Gran Cañón era
apenas visible en el lejano horizonte. Estaba reflexionando acerca de si dirigirse hacia allá
(se estaba cansando un poco), cuando se dio cuenta de que no estaba solo en el cielo.
Alguien más se acercaba, y ciertamente no era un ser humano que volaba con alas.
Aunque allí resultaba difícil calcular las distancias, parecía demasiado grande como para
ser una persona.
“Bueno”, pensó. “No me sorprendería mucho encontrarme aquí con un pterodáctilo…
en realidad, es la clase de cosas que puedo esperar. Mientras sea amistoso… o que yo
pueda volar más rápido que él si no lo es. ¡Oh, no!”
Un pterodáctilo no era una mala conjetura: quizá para ocho puntos sobre diez. Lo que
ahora se le estaba acercando, con lento batir de las grandes alas coráceas, era un dragón
recién salido de la Tierra de las Hadas. Y, para completar la imagen, sobre el lomo viajaba
una hermosa mujer.
O, por lo menos, Poole conjeturó que era hermosa, pues la imagen tradicional estaba
bastante menoscabada por un detalle trivial: mucho de su cara estaba oculto por un gran
par de antiparras, que pudieron haber llegado directamente de la cabina abierta de un
biplano de la Primera Guerra Mundial.
Poole flotó en el aire, como un nadador que mueve las piernas para mantenerse a flote,
hasta que el monstruo que se aproximaba se le acercó lo suficiente como para que oyera
el batir de sus grandes alas. Aun cuando estaba a menos de veinte metros, Poole no
pudo decidir si se trataba de una máquina o de una biocreación: probablemente era
ambas cosas.
Y después se olvidó del dragón, pues su amazona se quitó las antiparras.
El problema con las frases hechas, señaló algún filósofo, probablemente lanzando un
bostezo, es que son tan aburridoramente ciertas.
Pero “amor a primera vista” nunca es aburridora.
Danil no le pudo proporcionar información, pero Poole tampoco había esperado que se
la diera. Su ubicua escolta —por cierto que no pasaría el examen para valet— parecía ser
tan limitado en sus funciones, que, a veces, Poole se preguntaba si no tenía alguna
deficiencia mental, improbable como eso parecía. Sin embargo entendía el
funcionamiento de todos los artefactos domésticos, obedecía órdenes sencillas con
rapidez y eficiencia, y sabía cómo desplazarse por la torre. Pero eso era todo: era
imposible sostener con él una conversación inteligente, y cualesquiera preguntas corteses
respecto de su familia se topaban con una mirada en blanco de incomprensión. Poole
hasta se había preguntado si no sería también un biorobot.
Indra le dio de inmediato la respuesta que necesitaba:
—¡Oh, conociste a la Dama del Dragón!
—¿Es así como la llaman? ¿Cuál es su nombre verdadero…? ¿Me puedes conseguir
su Ident? No estábamos en posición de tocarnos las palmas, precisamente.
—Por supuesto… no problema.
—¿De dónde sacaste eso?
A diferencia de lo que era característico en ella, esta vez Indra pareció estar
confundida:
—No tengo idea… de algún libro o película antiguo. ¿Es una buena figura de dicción?
—No si tienes más de quince años.
—Trataré de recordarlo. Ahora dime lo que pasó… a menos que quieras que me ponga
celosa.
Ya eran tan buenos amigos, que podían discurrir sobre cualquier tema con absoluta
franqueza. En verdad, risueñamente habían lamentado la total falta de interés romántico
mutuo… si bien Indra una vez había comentado: “Supongo que si ambos estuviéramos
varados en un asteroide desierto, sin la menor esperanza de rescate, podríamos llegar a
un acuerdo”.
—Primero, dime quién es.
—Su nombre es Aurora McAuley. Entre otras muchas cosas, es presidenta de la
Sociedad de Anacronismos Creativos, y si crees que Draco era impresionante, espera
hasta ver algunas de sus otras… eh… creaciones, como Moby Dick y todo un zoológico de
dinosaurios que a la Madre Naturaleza ni siquiera se le ocurrieron.
“Esto es demasiado bueno como para ser cierto”, pensó Poole.
“Yo soy el más grande anacronismo que hay sobre el planeta Tierra.”
12 – Frustración
Hasta entonces, casi había olvidado aquella conversación con el psicólogo de la
Agencia Espacial.
—Puede ser que esté fuera de la Tierra durante tres años, por lo menos. Si lo desea,
puedo suministrarle un implante anafrodisíaco inofensivo que le durará toda la misión. Le
prometo que compensaremos eso con creces cuando vuelva a casa.
—No gracias —había respondido Poole, tratando de no reírse mientras proseguía—:
Creo que puedo manejarlo.
No obstante, se había vuelto suspicaz después de la tercera o la cuarta semana… y lo
mismo le pasaba a Dave Bowman:
—Yo también lo noté —dijo Dave—. Estoy seguro de que esos malditos médicos
pusieron algo en nuestra dieta.
Fuera lo que fuere (si es que en verdad existió alguna vez), hacía mucho ya que había
dejado de tener efecto. Hasta entonces, Poole había estado demasiado ocupado como
para meterse en enredos sentimentales, y con cortesía había rechazado generosas
ofertas provenientes de damas jóvenes (y no tan jóvenes). No estaba seguro de si era su
físico o su fama lo que las atraía; quizá no era más que la simple curiosidad por un
hombre que, según lo que ellas sabían, podría ser un ancestro de veinte o treinta
generaciones atrás.
Para deleite de Poole, la Ident de la Señora McAuley transmitió la información de que
en ese momento estaba en un período entre amantes, y Poole no perdió tiempo para
ponerse en contacto con ella. A las veinticuatro horas estaba montado en la grupa del
dragón, los brazos agradablemente ubicados en torno de la cintura de Aurora. También se
enteró de por qué las antiparras de aviador eran una buena idea, ya que Draco era por
completo robótico y con toda facilidad podía alcanzar una velocidad de crucero de cien
klicks. Poole dudaba de que algún dragón verdadero hubiera logrado jamás tales
velocidades.
No lo sorprendió que los siempre cambiantes paisajes que pasaban por debajo de ellos
provinieran directamente de las leyendas: Alí Baba agitó la mano con enojo, cuando
dieron alcance a su alfombra voladora, gritándoles:
—¡Por qué no miran por donde van!
No obstante, debía de estar a mucha distancia de Bagdad, porque los chapiteles de
ensueño sobre los que ahora volaban en círculos sólo podían pertenecer a Oxford.
Aurora se lo confirmó cuando señaló hacia abajo:
—Ésa es la taberna —la posada— en la que Lewis y Tolkien solían reunirse con sus
amigos, los Vagos Indicios. Y mire el río, ese bote que acaba de salir de debajo del
puente: ¿ve las dos niñitas y el clérigo que van a bordo?
—Sí —contestó Poole, gritando también contra el suave susurro del torbellino que
producía Draco—, y supongo que una de ellas es Alicia.
Aurora se dio vuelta y le sonrió sobre el hombro: parecía estar auténticamente
encantada.
—Muy en lo cierto: es una reproducción precisa, basada sobre las fotos del reverendo.
Temía que no lo supieras: ¡tanta gente dejó de leer poco después de tu época…!
Poole sintió un agradable rubor de satisfacción.
“Tengo la impresión de que pasé otra prueba”, se dijo, complacido de sí mismo.
“Montar en Draco debe de haber sido la primera. ¿Cuántas más, me pregunto? ¿Luchar
con espadones?”
Pero no hubo más, y la respuesta a la inmemorial pregunta “¿Tu casa o la mía?” fue…
la de Poole.
A la mañana siguiente, perturbado y mortificado, se puso en contacto con el profesor
Anderson.
—Todo estaba yendo de maravillas —se lamentó—, cuando se pronto se puso histérica
y me alejó a empujones. Tuve miedo de haberla lastimado de alguna manera…
“Después ordenó que se encendiera la luz de la habitación, habíamos estado en la
oscuridad, y saltó fuera de la cama. Creo que yo sólo la miraba fijamente como un
estúpido… —rió apesadumbrado—. Por cierto que valía la pena mirarla con fijeza…
—No me cabe la menor duda. Prosiga.
—Después de unos minutos se aflojó y dijo algo que nunca podré olvidar:
Anderson esperó pacientemente a que Poole se sosegara.
—Dijo: “Lo lamento mucho, Frank. Pudimos haberlo pasado muy bien, pero no sabía
que te habían… mutilado”.
El profesor pareció desconcertado, pero nada más que por un instante.
—Oh… ya entiendo. Yo también lo lamento, Frank… Quizá debí haberlo prevenido. En
mis treinta años de práctica sólo vi media docena de casos, y todos por válidas razones
médicas… lo que, por cierto, no rige para usted.
“La circuncisión tuvo mucho sentido en épocas primitivas e, inclusive en su época,
como defensa contra algunas enfermedades desagradables, y hasta fatales, en países
atrasados con escasa higiene. Pero, en todo otro aspecto, no existía la menor excusa
para hacerla… ¡y varios argumentos en contra, como habrá descubierto!
“Después que lo examiné la primera vez, revisé los registros y encontré que a
mediados del siglo XXI se habían instaurado tantas demandas por mala praxis médica,
que la Asociación Médica Norteamericana se vio forzada a prohibir la circuncisión. Las
discusiones entre los médicos contemporáneos son muy entretenidas.
—Estoy seguro de que lo son —asintió Poole con mal humor.
—En algunos países continuó durante otro siglo más. Después, algún genio
desconocido acuñó un lema, y disculpe la vulgaridad: “Dios nos diseñó: la circuncisión es
una blasfemia”. Eso más o menos puso fin a la práctica. Pero, si usted lo desea, sería
muy fácil disponer que se le haga un trasplante… de todos modos, no estaría haciendo
historia en la medicina.
—No creo que eso sirva: temo que cada vez empezaría a reírme.
—Así me gusta: ya está empezando a superarlo.
Un tanto para sorpresa suya, Poole se dio cuenta de que el pronóstico de Anderson era
correcto. Hasta se descubrió a sí mismo riéndose ya.
—¿Y ahora qué, Frank?
—La “Sociedad de Anacronismos Creativos” de Aurora: tuve la esperanza de que
serviría para mejorar mis posibilidades, ¡y justo a mí me vino a tocar poseer un
anacronismo que a ella no le gusta!
13 – Extraño en una época extraña
Indra no estaba tan comprensiva como él había esperado. Quizá, después de todo
había algo de celos sexuales en la relación de ellos. Y, lo que era mucho más grave, lo
que burlonamente denominaban Fiasco del Dragón, los llevó a tener su primer altercado
de verdad.
Comenzó de modo bastante inocente, cuando Indra se quejó:
—La gente siempre me pregunta por qué dediqué mi vida a un período tan horrible de
la Historia, y no es una gran respuesta decir que los hubo peores.
—Entonces, ¿por qué te interesas en mi siglo?
—Porque señala la transición entre la barbarie y la civilización.
—Gracias. Puedes llamarme Conan.
—¡Conan! El único que conozco es el hombre que creó a Sherlock Holmes.
—Déjalo así… lamento haber interrumpido. Claro que nosotros, en los así llamados
países desarrollados, nos creíamos civilizados. Cuando menos, la guerra ya no era algo
respetable, y Naciones Unidas siempre estaba haciendo lo mejor que podía para poner fin
a las guerras que se desencadenaban.
—No con mucho éxito: yo le daría un tres sobre diez. Pero lo que encuentro increíble
es el modo en que la gente, ¡incluso hasta comienzos del 2000!, aceptaba con calma un
comportamiento que habríamos considerado atroz. Y creía, de la manera más disparada…
—Disparatada.
—… tonterías que, con seguridad, cualquier persona racional rechazaría sin el menor
miramiento.
—Ejemplos, por favor.
—Pues, tu pérdida, realmente trivial, me impulsó a efectuar algunas investigaciones, y
quedé consternada por lo que hallé: ¿sabías que, en algunos países, todos los años se
mutilaba horriblemente a miles de niñitas, para hacer que conservaran la virginidad?
Muchas de ellas morían, pero las autoridades hacían la vista gorda.
—Estoy de acuerdo en que era terrible… pero, ¿qué podía hacer mi gobierno al
respecto?
—Muchísimo… si lo hubiese querido. Pero eso habría ofendido a la gente que le
suministraba petróleo… y que le compraba las armas, como las minas terrestres que
mataban y mutilaban civiles por millares.
—No entiendes, Indra. A menudo no teníamos alternativa: no podíamos reformar el
mundo entero. ¿Y no hubo alguien que dijo que “la política es el arte de lo posible”?
—Completamente cierto. Y es lo que explica por qué las mentes inferiores se aferran a
eso. El genio gusta de desafiar lo imposible.
—Pues me complace que tengas una buena provisión de genialidad, así puedes poner
las cosas en su justo lugar.
—Creo percibir un dejo de sarcasmo… Gracias a nuestras computadoras podemos
ejecutar experimentos políticos en el ciberespacio antes de tratar de utilizarlos en la
práctica. Lenin no tuvo suerte: nació cien años antes de tiempo. El comunismo ruso pudo
haber funcionado, durante un tiempo, por lo menos, de haber tenido microprocesadores.
Y se las habría ingeniado para evitar a Stalin.
A Poole lo asombraba constantemente el conocimiento que tenía Indra de su época…
así como su ignorancia sobre tantas cosas a las que él consideraba obvias. En un
sentido, él tenía el problema inverso: aun si viviera los cien años que con tanta seguridad
se le habían prometido, nunca podría aprender lo suficiente como para sentirse en casa.
En cualquier conversación siempre habría referencias que no entendería, y chistes que le
pasarían inadvertidos. Y lo que era aun peor, siempre sentiría que estaba a punto de
meter la pata, a punto de producir un desastre social que avergonzaría incluso a los
mejores de sus nuevos amigos…
…Como la ocasión en la que estaba almorzando, en su propia vivienda, por suerte, con
Indra y el profesor Anderson. Las comidas que surgían de la cocina automática siempre
eran perfectamente admisibles al haber sido diseñadas para satisfacer las necesidades
fisiológicas de Poole. Pero, por cierto, no eran algo que hiciera agua la boca, y habrían
sido la desesperación de un gourmet del siglo XXI.
Entonces, un día, apareció un plato desusadamente sabroso, que despertó en Poole
intensos recuerdos de las cacerías de ciervos y de los asados de su juventud. Sin
embargo, había algo que no le era familiar, no en el sabor ni en la textura, así que hizo la
pregunta obvia.
Anderson se limitó a sonreír pero, durante unos segundos, Indra dio la impresión de
que estaba a punto de descomponerse. Después se recobró y dijo:
—Contéstale tú… después que terminemos de comer.
“¿Y ahora qué hice mal?”, se preguntó Poole. Media hora más tarde, con Indra
manifiestamente absorbida por la exhibición de una videopelícula en el otro extremo de la
habitación, los conocimientos que Poole tenía sobre el tercer milenio avanzaron otro paso
de importancia.
—Ya en sus tiempos, la alimentación con cadáveres estaba llegando a su punto final.
—explicó Anderson—. Criar animales para… ajjj… comerlos se volvió imposible desde el
punto de vista económico. No sé cuántas hectáreas se necesitaba para alimentar una sola
vaca, pero sí sé que diez seres humanos, como mínimo, podían vivir con las plantas que
esa superficie producía; y es probable que cien, con técnicas hidropónicas.
“Pero lo que remató todo este horrible asunto no fue la economía, sino las
enfermedades. Primero empezó con el ganado; después se extendió a otros animales
para alimentación. Fue una clase de virus, creo, que afectaba el cerebro y producía una
muerte particularmente horrible. Si bien con el tiempo se halló la cura, fue demasiado
tarde para volver atrás el reloj y, de todos modos, ya los alimentos sintéticos eran mucho
más baratos y se los podía obtener con el sabor que se quisiera.
Al recordar semanas de comidas que satisfacían su hambre pero pecaban de sosas,
Poole tuvo grandes reservas respecto del sabor. Y si no, ¿por qué, se preguntaba, seguía
teniendo sueños añorantes de costillitas de cerdo y bistecs á la cordon bleu?
Otros sueños eran mucho más perturbadores, y tenía miedo de que, dentro de muy
poco tiempo, tendría que solicitarle ayuda médica a Anderson. A pesar de todo lo que se
estaba haciendo para hacerlo sentir como en su casa, las peculiaridades y la absoluta
complejidad de ese nuevo mundo estaban empezando a abrumarlo. Durante el sueño, y
como si fuera un esfuerzo inconsciente por escapar, a menudo regresaba a su vida
anterior pero, cuando despertaba, eso sólo empeoraba las cosas.
No había sido buena idea viajar a la Torre Norteamérica y mirar, en la realidad y no en
una simulación, el paisaje de su juventud: Con ayuda de equipo óptico, cuando la
atmósfera estuvo despejada pudo ver tan de cerca, que logró discernir seres humanos
individuales mientras atendían sus propios asuntos, a veces en calles que Poole
recordaba…
Y siempre, en lo profundo de la mente, estaba el saber que ahí abajo otrora había
vivido gente a la que había amado: mamá, papá (antes que se hubiera ido con esa Otra
Mujer), los queridos tío George y tía Lil, el hermano Martin y, por último, pero no por ello
de menor importancia, una sucesión de perros, empezando por los tibios cachorros de su
niñez y culminando con Rikki.
Por sobre todo, estaba el recuerdo, y el misterio, de Helena…
Había empezado como un amorío ocasional, en los primeros tiempos de la preparación
para astronauta, pero cada vez se volvía más serio a medida que pasaron los años. Justo
antes que Poole partiera hacia Júpiter, habían planeado hacer que su relación se volviera
permanente… cuando él regresara.
Y si no lo hacía, Helena deseaba tener su hijo. Poole todavía recordaba la combinación
de solemnidad e hilaridad con la que habían hecho los arreglos necesarios…
Ahora, mil años después, y a pesar de todos sus esfuerzos, no conseguía averiguar si
Helena había mantenido su promesa. Así como ahora había lagunas en su propia
memoria, así también las había en los registros colectivos de la humanidad. La peor era la
producida por el devastador impulso electromagnético proveniente del impacto de un
asteroide en 2304, que había borrado varios porcentajes de los Bancos mundiales de
información, a pesar de todas las copias de respaldo y los sistemas de seguridad. Poole
no podía dejar de preguntarse si los registros de sus propios hijos no estarían entre los
exaoctetos perdidos irremediablemente. Aun ahora, sus descendientes de la trigésima
generación podrían estar caminando en la Tierra, pero él nunca lo sabría.
Escaso consuelo era haber descubierto que, a diferencia de Aurora, algunas damas de
la era actual no consideraban que él era una mercadería dañada. Al contrario, a menudo
encontraban que su alteración era bastante excitante, pero esa reacción un tanto
incongruente le imposibilitaba establecer una relación íntima. Y tampoco estaba ansioso
por hacerlo: todo lo que realmente necesitaba era el ejercicio ocasional, saludable, con la
mente en blanco.
La mente en blanco: ése era el problema. Poole ya no tenía motivos para vivir, y lo
aplastaba el peso de demasiados recuerdos. Parafraseando el título de un famoso libro
que había leído en su juventud, a menudo decía de sí mismo “Soy un extraño en una
época extraña”.
Hasta había ocasiones en las que contemplaba el hermoso planeta sobre el cual, de
obedecer las órdenes del módico, jamás podría volver a caminar, y se preguntaba qué tal
sería tener un segundo encuentro con el vacío del espacio. Aunque no era fácil pasar por
las esclusas de aire sin encender alguna alarma, cada tantos años se había hecho, y
algún suicida decidido presentaba una meteórica exhibición en la atmósfera de la Tierra.
Quizá daba lo mismo, puesto que la liberación estaba en camino, proveniente de una
dirección por completo inesperada.
—Gusto en conocerlo, comandante Poole… por segunda vez.
—Lo siento… no recuerdo…, pero claro, veo tanta gente.
—No necesita disculparse. La primera vez fue alrededor de Neptuno.
—¡Capitán Chandler… qué gusto verlo! ¿Puedo ofrecerle algo de la cocina automática?
—Cualquier cosa que tenga más de veinte por ciento de alcohol estará bien.
—¿Y qué está haciendo de vuelta en la Tierra? Me dijeron que usted nunca va al
interior de la órbita de Marte.
—Es casi cierto… aunque nací aquí, creo que es un sitio sucio y hediondo… demasiada
gente… ¡y lentamente la cantidad se está acercando a los mil millones otra vez!
—Más de diez mil millones en mi tiempo. A propósito, ¿recibió mi mensaje de
agradecimiento?
—Sí, y sé que debí haberme puesto en contacto con usted, pero esperé hasta volver a
enfilar hacia el Sol. Así que acá estoy. ¡A su buena salud!
Una vez que el capitán se hubo encargado de la bebida con impresionante velocidad,
Poole trató de analizar a su visitante. Las barbas, aun las pequeñas perillas como la de
Chandler, eran muy raras en la sociedad actual, y Poole nunca había sabido que un
astronauta la llevara: no coexistían confortablemente con los cascos espaciales. Pero
claro, un capitán podría pasar años antes de tener una AEV y, de todos modos, la
mayoría de los trabajos exteriores los hacían robots. Pero siempre existía el riesgo de lo
inesperado, cuando a la persona había que vestirla de apuro. Era evidente que Chandler
era un tanto excéntrico, y Poole se alegró de corazón por conocerlo.
—No contestó a mi pregunta: si no le gusta la Tierra, ¿qué está haciendo acá?
—Oh, pues principalmente poniéndome en contacto con antiguos amigos: ¡es
maravilloso olvidarse de las demoras de horas y tener conversaciones en tiempo real!
Pero, claro está, ése no es el motivo: en el astillero del Borde están reparando mi viejo
balde oxidado. Y al blindaje hay que cambiarlo: cuando se reduce a nada más que unos
centímetros de espesor, no duermo muy bien.
—¿Blindaje?
—Escudo contra polvo. No había tal problema en su época, ¿no? Pero alrededor de
Júpiter hay un ambiente sucio, y nuestra velocidad normal de crucero es de varios miles
de klicks… ¡por segundo! Así que se produce un continuo tamborileo suave, como gotas
de lluvia en el techo.
—¡Está bromeando!
—Claro que sí. Si en verdad pudiéramos oír algo, ya estaríamos muertos. Por suerte,
esta clase de situación desagradable es muy rara… El último accidente grave tuvo lugar
hace veinte años. Conocemos todos los cursos de los cometas, dónde está la mayor parte
de la basura, y tenemos mucho cuidado en evitarla, salvo cuando nos desplazamos a
velocidad de apareamiento, para hacer la redada de hielo.
“Pero, ¿por qué no viene a bordo y echa un vistazo alrededor, antes que partamos
hacia Júpiter?
—Me gustaría mucho… ¿Dijo Júpiter?
—Bueno, Ganimedes, claro. Ciudad Anubis. Tenemos mucho que hacer ahí, y varios
de nosotros tienen familia a la que no han visto desde hace meses.
Poole apenas si lo oía.
De pronto, en forma inesperada, y quizás en el momento exacto, había encontrado un
motivo para vivir.
El comandante Frank Poole era la clase de hombre que odiaba dejar un trabajo a
medias, y unas pocas motas de polvo cósmico, aun desplazándose a mil kilómetros por
segundo, no eran algo que lo desalentara.
Tenía un asunto sin terminar en el mundo otrora conocido como Júpiter.
II – Goliath
14 – Adiós a la Tierra
“Cualquier cosa que desee… dentro de lo razonable”, le habían dicho. Frank Poole no
estaba seguro de que sus anfitriones consideraran ese regreso a Júpiter como una
solicitud razonable; en verdad, él mismo no se sentía del todo seguro, y estaba
empezando a pensarlo mejor.
Ya había dado su palabra a enormes cantidades de compromisos, con semanas de
antelación. De la mayoría le habría encantado estar ausente, pero había algunos que
lamentaría perder; en especial, odiaba decepcionar a la clase de los ancianos de su
antiguo colegio secundario —¡qué notable que todavía existiera!—, cuando planeó
visitarlo el mes próximo.
Sin embargo, se sintió aliviado, y un poco sorprendido, cuando tanto Indra como el
profesor Anderson estuvieron de acuerdo en que era una excelente idea. Por primera vez
se dio cuenta de que habían estado preocupados por su salud mental. Quizá tomarse
unas vacaciones de la Tierra fuese la mejor cura posible.
Y, lo más importante de todo, el capitán Chandler estaba encantado:
—Puede ocupar mi cabina —le ofreció—. Echaré a la contramaestre del de ella.
Había ocasiones en las que Poole se preguntaba si Chandler, con su barba y su
fanfarronería, no era otro anacronismo. Fácilmente lo podía representar en el puente de
una estropeada fragata, con calavera y tibias cruzadas flameando en lo alto.
Una vez que Poole hubo tomado su decisión, los acontecimientos se sucedieron con
sorprendente velocidad. Había acumulado muy pocas posesiones, y aún menos eran las
que necesitaba llevar consigo. La más importante era Señorita Pringle, su otro yo y
secretaria electrónica, ahora el depósito de sus dos vidas; y la pequeña pila de memorias
en teraoctetos que iban con ella.
Señorita Pringle no era mucho más grande que las libretas personales de mano de la
propia época de Poole, y de ordinario vivía, al igual que los Colt.45 del Viejo Oeste, en
una funda de extracción rápida que se llevaba en la cintura. La máquina podía
comunicarse con él por medio de sonido o del casquete cerebral, y su obligación
primordial era actuar como filtro de la información y como memoria intermedia para el
mundo exterior. Al igual que cualquier buena secretaria, sabía cuándo contestar en el
formato adecuado: “Ya lo comunico” o, con mucha mayor frecuencia, “Lo siento: el señor
Poole está ocupado. Por favor, grabe su mensaje y él le responderá no bien le sea
posible”. Por lo común, eso era nunca.
Había pocas despedidas para hacer: aunque las conversaciones en tiempo real serían
imposibles, debido a la tremenda lentitud de las ondas de radio, permanecería en
constante contacto con Indra y Joe, los únicos amigos verdaderos que había hecho.
Un poco para sorpresa suya, Poole se dio cuenta de que echaría de menos a su
enigmático pero útil “valet”, porque ahora tendría que lidiar él mismo con todas las tareas
triviales de la vida cotidiana. Danil hizo una leve reverencia cuando se despidieron pero,
además de eso, no exhibió señal alguna de emoción cuando emprendieron el largo
ascenso hacia la curva exterior de la rueda que giraba alrededor del mundo, a treinta y
seis mil kilómetros por encima de África central.
—No estoy seguro, Dim, de que entiendas la comparación, ¿pero sabes qué me
recuerda la Goliath?
Para estos momentos eran tan buenos amigos, que Poole podía usar el apodo del
capitán… pero únicamente cuando no había alguien más a la vista.
—Algo poco halagador, imagino.
—En realidad, no. Pero cuando era niño me encontré con todo un montón de antiguas
revistas de ciencia ficción que mi tío George había abandonado. Las llamaban “pulpas”,
por el papel barato en el que estaban impresas; la mayoría ya se estaba haciendo
pedazos. Tenían magníficas tapas extravagantes, que mostraban extraños planetas y
monstruos… y, por supuesto, ¡naves espaciales!
“Cuando crecí, me di cuenta de lo ridículas que eran esas naves: por lo común las
impulsaban cohetes, ¡pero jamás se veía la menor señal de tanques de propulsante!
Algunas tenían hileras de ventanillas de proa a popa, exactamente igual que los
paquebotes oceánicos. Había una, que era mi favorita, con una enorme cúpula de vidrio:
un invernadero espacial…
“Pues bien, los que rieron último fueron esos antiguos artistas… lástima que nunca lo
pudieran llegar a saber. La Goliath se parece más a los sueños de ellos que a los tanques
voladores de combustible que solíamos lanzar desde el Cabo. El impulso inercial de
ustedes sigue pareciendo demasiado bueno para ser cierto: no hay medios visibles de
apoyo, alcance y velocidad ilimitados… A veces pienso que yo soy el que está soñando.
Chandler rió y señaló hacia la vista exterior:
—¿Esto parece un sueño?
Era la primera vez que Poole veía un horizonte auténtico desde su llegada a Ciudad de
las Estrellas, y no estaba tan lejano como había supuesto. Después de todo, él estaba en
el borde exterior de una rueda que tenía siete veces el diámetro de la Tierra, por lo que,
sin lugar a dudas, la vista desde el techo de este mundo artificial debía de extenderse
varios centenares de kilómetros…
Había sido bueno en aritmética mental, un raro logro aun en su época, y
probablemente mucho más raro ahora. La fórmula para obtener la distancia al horizonte
era sencilla: la raíz cuadrada del doble de la propia altura, multiplicada por el radio. La
clase de conocimiento que nunca se olvida, aun si se quisiera…
Veamos: estamos a unos ocho metros de altura, así que es la raíz cuadrada de
dieciséis (¡eso es fácil!). Digamos que R es cuarenta mil… eliminamos esos tres ceros
para hacer que todos sean klicks… Cuatro veces la raíz de cuarenta… mmm… apenas un
poco más que veinticinco…
Bueno, veinticinco kilómetros era una buena distancia y, por cierto, jamás
espaciopuerto alguno de la Tierra había parecido tan enorme. Incluso sabiendo
perfectamente bien qué esperar, resultaba sobrenatural mirar naves, muchísimo más
grandes que su hace mucho perdida Discovery, despegando, no sólo en absoluto silencio,
sino con ausencia de medios evidentes de propulsión. Aunque Poole extrañaba las
llamaradas y la furia de las cuentas regresivas de antaño, tenía que admitir que eso era
más limpio, más eficiente… y mucho más seguro.
Lo más extraño de todo, empero, era estar sentado ahí arriba, en el Borde, en la órbita
geoestacionaria en sí… ¡y sentir peso! A nada más que metros de distancia, por afuera de
la ventanilla de la diminuta sala de observación, robots de servicio y unos pocos seres
humanos en traje espacial hacían sus tareas flotando con suavidad; pero, en el interior de
la Goliath, el campo de inercia seguía manteniendo la gravedad marciana normal.
—¿Estás seguro de que no quieres cambiar de opinión, Frank? —había preguntado en
broma, mientras iba hacia el puente—. Todavía quedan diez minutos antes del despegue.
—No sería muy popular si lo hiciera, ¿no? No, tal como solían decir antaño, tenemos
un compromiso. Preparado o no preparado, allá voy.
Poole sintió la necesidad de estar a solas cuando comenzó el impulso, y la reducida
tripulación (nada más que cuatro hombres y tres mujeres) respetó su deseo. Quizás
adivinaban cómo debía de estar sintiéndose: abandonar la Tierra por segunda vez en mil
años… y, una vez más, para enfrentar un destino desconocido.
Júpiter-Lucifer estaba del otro lado del Sol, y la órbita casi rectilínea de la Goliath iba a
llevarlos cerca de Venus. Poole esperaba ansiosamente el momento de ver, a simple
vista, si el planeta gemelo de la Tierra estaba empezando a justificar esa descripción,
después de siglos de terraformación.
Desde una altura de mil kilómetros, la Ciudad de las Estrellas parecía una gigantesca
banda de metal que ceñía el ecuador de la Tierra, salpicada con torres de lanzamiento,
cúpulas herméticas llenas de aire, andamiajes que sostenían naves semicompletadas,
antenas, y otras estructuras más enigmáticas. Disminuía con rapidez a medida que la
Goliath enfilaba hacia el Sol y, en seguida, Poole pudo ver lo incompleta que estaba:
había enormes brechas sólo unidas por una telaraña de andamiajes, a las que
probablemente nunca se habría de circundar del todo.
Y ahora estaban cayendo por debajo del plano del anillo. Era mediados de invierno en
el hemisferio norte, así que el tenue resplandor de Ciudad de las Estrellas estaba
inclinado más de veinte grados hacia el Sol. Poole ya podía ver las torres norteamericana
y asiática, como filamentos refulgentes que se extendían hacia afuera del planeta, más
allá de la neblina azul de la atmósfera.
Estaba apenas consciente del tiempo, cuando la Goliath ganó velocidad,
desplazándose con más celeridad que cualquier cometa que hubiera caído jamás hacia el
Sol, viniendo desde el espacio interestelar. La Tierra, en plenitierra, seguía ocupándole
todo el campo visual, y entonces pudo ver la longitud completa de la torre de África, que
había sido su hogar en la vida que ahora estaba abandonando —y no pudo evitar la
idea— quizá para siempre.
Cuando estaban a cincuenta mil kilómetros de distancia, estuvo a punto de ver la
totalidad de la Ciudad de las Estrellas, en forma de una estrecha elipse que encerraba la
Tierra. Aunque el lado lejano era apenas visible como una delgadísima línea de luz contra
el fondo de las estrellas, producía temor reverencial pensar que la especie humana había
colocado esta señal sobre los cielos.
Después, recordó los anillos de Saturno, infinitamente más espléndidos. Los ingenieros
en astronáutica todavía tenían un largo camino por recorrer antes de que pudieran igualar
las maravillas de la Naturaleza.
O, si ésa era la palabra adecuada, de Deus.
15 – Tránsito de Venus
Cuando despertó a la mañana siguiente, ya estaban sobre Venus. Pero la enorme y
deslumbrante media luna del planeta aún envuelto en nubes no era el objeto más
llamativo del cielo: la Goliath estaba flotando por encima de una interminable extensión de
lámina plateada con arrugas, que destellaba a la luz del Sol con patrones siempre
cambiantes, a medida que la nave avanzaba a la deriva por sobre ella.
Poole recordó que en su propia época había existido un artista que envolvió edificios
enteros en láminas de plástico: ¡cómo le habría encantado esta oportunidad de
empaquetar miles de millones de toneladas de hielo en un envase rutilante! Sólo de esa
manera se podía proteger de la evaporación al núcleo de un cometa mientras llevaba a
cabo su travesía de décadas de duración hacia el Sol.
—Estás de suerte, Frank —le había dicho Chandler—, esto es algo que nunca había
visto por mí mismo. Debe de ser espectacular. El impacto está previsto para dentro de
poco más de una hora. Le dimos un empujoncito para asegurarnos de que caiga en el
sitio preciso. No queremos que alguien salga herido.
Poole lo miró atónito:
—¿Quieres decir… que ya hay gente en Venus?
—Alrededor de cincuenta científicos locos, cerca del Polo Sur. Naturalmente, están
bien alojados, pero los vamos a sacudir un poco, aun cuando el punto de impacto está en
el otro lado del planeta. O quizá deba decir “Atmósfera Cero”: pasarán días antes de que
algo, salvo la onda de choque, llegue a la superficie.
Mientras la montaña de hielo cósmico, refulgente y destellante en su envoltura
protectora, parecía ir haciéndose más pequeña a medida que caía hacia Venus, a Poole
lo asaltó un recuerdo repentino, doloroso: los árboles de Navidad de su niñez habían
lucido ornamentos iguales a ése, delicadas burbujas de vidrio coloreado. Y la
comparación no era del todo absurda: para muchas familias de la Tierra, todavía era la
temporada justa para hacer regalos, y la Goliath estaba transportando uno invalorable a
otro mundo.
La imagen por radar del torturado paisaje venusino —sus fantasmagóricos volcanes,
cúpulas escamadas y cañones estrechos y sinuosos— dominaba la pantalla principal del
centro de control de la Goliath, pero Poole prefería las pruebas que le daban sus propios
ojos. Aunque el ininterrumpido mar de nubes que cubría el planeta nada revelaba sobre el
infierno que tenía debajo, Poole quería ver qué ocurriría cuando chocara el cometa
robado. En cuestión de segundos, las innumerables toneladas de hidratos congelados
que habían estado ganando velocidad durante décadas en el recorrido cuesta abajo
desde Neptuno, iban a liberar toda su energía…
El destello inicial fue aún más brillante de lo que Poole había esperado. ¡Qué extraño
resultaba que un proyectil hecho con hielo pudiera generar temperaturas que debían de
estar por las decenas de miles de grados! Aunque los filtros de la ventanilla de
observación habrían absorbido todas las peligrosas longitudes de onda corta, el feroz azul
de la bola de fuego anunciaba que estaba más caliente que el Sol.
Se enfriaba con rapidez a medida que se expandía, pasando por el amarillo, el
anaranjado, el rojo… Ahora debía de estar difundiéndose hacia afuera la onda de choque,
a la velocidad de la luz… ¡y qué sonido debía de ser ese…! así que dentro de pocos
minutos debía de producirse alguna indicación visible de su paso por la faz de Venus.
¡Y ahí estaba!: sólo un diminuto anillo negro, como una insignificante nubecita de
humo, que no daba el menor indicio de la furia ciclónica que debía de estar avanzando
arrolladoramente hacia afuera, a partir del punto de impacto. Mientras Poole observaba,
se expandía con lentitud, aunque debido a su escala no había sensación de
desplazamiento visible: Poole tuvo que esperar todo un minuto antes de poder estar del
todo seguro de que la onda se había vuelto más grande.
Después de un cuarto de hora, empero, fue el aspecto más sobresaliente en el planeta.
Aunque mucho más tenue —de un gris sucio, antes que negro—, ahora la onda de
choque era un círculo desgarrado de más de mil kilómetros de diámetro. Poole conjeturó
que había perdido su simetría original cuando pasaba por sobre las grandes cadenas
montañosas que tenía debajo.
La voz del capitán Chandler sonó enérgica a través del sistema de intercomunicación
de la nave:
—Los pongo en comunicación con la Base Afrodita. Me agrada decir que no están
aullando para pedir ayuda.
—… Nos sacudió un poco, pero eso era lo que esperábamos. Los monitores indican
algo de lluvia que ya se está produciendo sobre las montañas Nokomis… pronto se
evaporará, pero es un comienzo. Y parece haberse producido una inundación repentina
en el precipicio Recate: es demasiado bueno como para ser cierto, pero estamos tratando
de verificarlo. Después del último envío, ahí se formó un lago temporario de agua
hirviente…
“No los envidio”, se dijo Poole, “pero los admiro: demuestran que el espíritu de
aventura todavía existe en esta sociedad, que quizás es demasiado cómoda y demasiado
bien adaptada.”
—… Y gracias, una vez más, por traernos esta carguita acá en primer lugar. Con algo
de suerte —y si podemos colocar esa pantalla solar en órbita sincronizada—, antes que
pase mucho tiempo tendremos algunos mares permanentes, y después podremos plantar
arrecifes de coral, para producir carbonato de calcio y eliminar de la atmósfera el exceso
de CO2… ¡Espero vivir para verlo!
“Le deseo que sí”, pensó Poole con silenciosa admiración. Había buceado a menudo
en los mares tropicales de la Tierra, admirando los extraños y coloridos seres, a menudo
tan extravagantes que resultaba difícil creer que se pudiera encontrar algo que fuese más
fuera de lo común ni siquiera en los planetas de otro sol.
—Paquete enviado a tiempo, y recepción confirmada —anunció el capitán Chandler
con evidente satisfacción—. Adiós, Venus… Ganimedes, ¡allá vamos!
SEÑORITA PRINGLE
ARCHIVO – WALLACE
—Hola, Indra. Sí, tenías toda la razón: sí extraño nuestras pequeñas reyertas. Chandler
y yo nos llevamos muy bien y, al principio, la tripulación me trató… esto te va a divertir…
casi como si yo fuera una reliquia sagrada, pero están empezando a aceptarme, y hasta
empezaron a tomarme el pelo (¿conoces ese uso idiomático?).
“Es irritante no poder sostener una verdadera conversación (hemos cruzado la órbita
de Marte, por lo que la interlocución por radio ya tarda más de una hora), pero existe una
ventaja: no podrás interrumpirme…
“Aun cuando sólo nos tomará una semana llegar a Júpiter, creí que tendría tiempo para
relajarme. Ni pensarlo: empecé a sentir comezón en los dedos, y no pude resistir la idea
de volver a la escuela, así que empecé la preparación básica, desde el principio mismo,
en una de las minilanzaderas de la Goliath. Quizá Dim realmente me permita volar sin
acompañante…
“No es mucho más grande que las cápsulas de la Discovery… ¡pero qué diferencia!
Primero que todo, claro está, no utiliza cohetes: no me puedo acostumbrar al lujo del
impulso inercial y del alcance ilimitado. Podría volar en ella de vuelta a la Tierra, si fuera
necesario… aunque probablemente lo haga: ¿recuerdas la expresión que usé una vez, y
de la que tú adivinaste el contenido, “ir como loco”?
“La mayor diferencia, empero, es el sistema de control. Para mí constituyó un gran
desafío acostumbrarme a la operación sin manos… y la computadora tuvo que aprender a
reconocer mis órdenes verbales. Al principio me estaba preguntando cada cinco minutos:
“¿Realmente quiere decir eso?” Sé que sería mejor usar el casquete cerebral, pero
todavía no le tengo mucha confianza ni estoy seguro de acostumbrarme alguna vez a que
algo me lea los pensamientos…
“A propósito, el transbordador se llama Falcon: es un lindo nombre, pero quedé
decepcionado al descubrir que ninguno de mis compañeros sabía que el nombre se
remontaba a la época de las misiones Apolo, cuando aterrizamos en la Luna por primera
vez…
” Er… ah… había mucho más que te quería decir, pero llama el capitán. De vuelta al
aula… cariños y fuera.
ALMACENAR
TRASMITIR
—Hola, Frank, llama Indra… ¿es así como se dice…? con mi nuevo mentescritor…
antiguo tuvo colapso nervioso, ja, ja… por eso muchos errores… sin tiempo para corregir
antes que yo envíe. Espero entiendas lo que escribo.
¡COMSET! Canal uno – cero – tres… grabación desde doce y treinta —corrección—
trece y treinta. Perdón…
“Espero puedan arreglar antigua unidad… conocía todos mis atajos y abbbreviatras…
quizá debo psicoanalizarme, como en tu época… Nunca entendí cómo esa tontería
fraudeana… quiero decir, freudiana, ja, ja… duró tanto tiempo…
“Eso me recuerda —el otro día me topé con defin fines siglo XX… te puede divertir—
algo así… cito textualmente… Psicoanálisis, enfermedad contagiosa que se originó en
Viena cerca de la década de 1900, ahora extinta en Europa, pero hay erupciones
ocasionales entre los norteamericanos pudientes. Fin de cita… ¿Gracioso?
“Perdón otra vez… problema con los Mentescritores… difícil de mantener la ilación…
xz 12L w888 8**** js9812yebdc MALDITA… ALTO… AUXILIAR
“¿Hice algo mal entonces? Tratemos de vuelta.
“Mencionaste a Danil… lamento que siempre hayamos esquivado tus preguntas sobre
él —sabíamos que sentías curiosidad, pero teníamos una buena razón— ¿recuerdas que
una vez lo llamaste no-per-sona?… ¡no estuviste lejos de la verdad!
“Una vez me preguntaste respecto del delito hoy en día… dije que cualquier
preocupación de esa clase era patológica… quizás incitada por los interminables y
enfermantes programas de televisión de tu tiempo (yo misma nunca pude mirar más que
unos minutos… ¡repulsivos!)
PUERTA ¡CONFIRMAR! OH, HOLA, MELINDA DISCULPA SIÉNTATE CASI
TERMINÉ…
“Sí… delito. Siempre algo… Nivel irreducible de sonido de la sociedad. ¿Qué hacer?
“La solución de ustedes: prisiones. Fábricas de perversión patrocinadas por el Estado…
¡mantener un preso equivalía al décuplo de los ingresos de una familia promedio!
Completamente descabellado… Es evidente que había algo que andaba muy mal en la
gente que gritaba con más fuerza pidiendo más prisiones… ¡habrían necesitado que se
los psicoanalizara! Pero seamos justos: en verdad no existían alternativas antes que se
perfeccionaran la vigilancia y el control electrónicos: debiste de haber visto entonces a las
jubilosas multitudes demoliendo los muros de las prisiones… ¡nada como eso hubo desde
el de Berlín, cincuenta años antes!
“Sí… Danil. No sé cuál fue su delito, y tampoco lo diría si lo supiera, pero infiero que su
perfil psic sugirió que serviría bien como —¿cuál era la palabra…?— ballet… no, valet.
Resultaba muy difícil conseguir gente para algunos trabajos… ¡no sé cómo nos las
habríamos arreglado si el nivel de delitos hubiera sido cero! Sea como fuere, pronto se lo
liberará del control y se lo devolverá a la sociedad normal.
LO SIENTO, MELINDA YA CASI TERMINÉ
“Eso es todo, Frank… saludos a Dimitri. Para estos momentos debes de estar a mitad
de camino de Ganimedes… ¡me pregunto si alguna vez lo revocarán a Einstein, así
podemos conversar a través del espacio en tiempo real!
“Espero que esta máquina pronto se acostumbre a mí. Caso contrario, saldré a buscar
una legítima antigüedad: un procesador de texto del siglo XX… ¿Me lo creerías? Una vez
hasta llegué a dominar esa tontería del QWERTYUIOP, que a ustedes les tomó algunos
centenares de años para deshacerse.
“Cariños y adiós.
—Hola, Frank, aquí estoy de nuevo. Todavía espero la confirmación de mi último…
“Resulta extraño que te estés dirigiendo a Ganimedes y a mi viejo amigo Ted Khan.
Pero quizá no sea tanta coincidencia: a ello atrajo el mismo enigma que ustedes iban…
“Antes que nada debo decirte algo sobre Ted. Sus padres le jugaron una mala pasada
al darle el nombre de Theodore. Cuando se lo abrevia… ¡ni siquiera te atrevas a llamarlo
así!… queda en Theo. ¿Ves lo que quiero decir?
“No puedo dejar de preguntarme si es eso lo que lo enfurece. No sé de alguna otra
persona que haya desarrollado un interés tan intenso por la religión… no, una obsesión.
Mejor te prevengo: Kahn puede ser tremendamente plúmbeo.
“A propósito, ¿qué tal lo estoy haciendo? Extraño a mi antiguo Mentescritor, pero tengo
la impresión de que estoy empezando a tener esta máquina bajo control. No cometí
errores… ¿cómo los llamaste?… bloopers… glitches… fluffs… no hasta ahora, por lo
menos.
“No estoy segura de que deba decirte esto, por si, accidentalmente, hablaras de más,
pero el apodo privado que uso para Ted es “El Ultimo Jesuita”. Tú debes de saber algo
sobre ellos: la Orden todavía estaba muy activa en tus tiempos.
“Gente asombrosa, a menudo grandes científicos, soberbios eruditos… hicieron
muchísimo bien, así como mucho daño. Una de las supremas ironías de la historia:
buscadores sinceros y brillantes del conocimiento y de la verdad y, sin embargo, su propia
filosofía estaba irremediablemente distorsionada por la superstición…
Xuedn2k3jn deer 21 eidj dwpp “Maldita sea. Me volví emotiva y perdí el control. Uno,
dos, tres, cuatro… ahora es el momento de que todos los buenos vengan en ayuda del
partido… así está mejor.
“Sea como fuere, Ted tenía esa misma marca de altiva resolución. No entres en
discusiones con él: te pasaría por encima como una aplanadora.
“A propósito, ¿qué eran las aplanadoras? ¿Se las usaba para aplanar la ropa? Ya me
imagino lo incómodo que eso podía llegar a ser…
“El problema con los Mentelectores: con demasiada facilidad van y vienen en toda
dirección, no importa lo intensamente que el usuario trate de disciplinarse… parece que
los teclados tenían algo de bueno, después de todo… estoy segura de haber dicho eso
antes…
“Ted Khan… Ted Khan… Ted Khan.
“Todavía es famoso allí, en la Tierra, por dos, cuando menos, de sus dichos: “La
civilización y la religión son incompatibles” y “Fe significa creer en lo que se sabe que no
es cierto”. En realidad, no creo que la última sea una originalidad; si lo es, es lo más cerca
que Ted estuvo jamás de decir un chiste. Ni siquiera esbozó una sonrisa cuando probé
con uno de mis favoritos, espero que no lo hayas oído antes… es evidente que se
remonta a tu época…
“El decano se queja ante su facultad:
‘”¿Por qué ustedes, los científicos, necesitan equipos tan costosos? ¿Por qué no
pueden ser como el departamento de Matemática, que únicamente precisa un pizarrón y
un cesto para papeles? Y mejor aún, como el departamento de Filosofía. Ése ni siquiera
necesita el cesto…’
“Bueno, a lo mejor Ted ya lo oyó antes… Espero que la mayoría de los filósofos
tengan…
“De todos modos, dale mis saludos… ¡y no, repito, no entres en discusiones con él!
“Cariños y lo mejor desde la torre África.
TRANSCRIBIR. ALMACENAR.
TRANSMITIR — POOLE
16 – La mesa del capitán
La llegada de tan distinguido pasajero había ocasionado una cierta perturbación en el
cerrado mundillo de la Goliath, pero la tripulación se adaptó a eso de buen humor. Todos
los días, a las 18:00, todo el personal se reunía para cenar en el comedor de oficiales
que, en condiciones de gravedad cero, podía admitir con comodidad hasta treinta
personas, como mínimo, si se distribuían de manera uniforme a lo largo de las paredes.
Sin embargo, la mayor parte del tiempo los sectores de trabajo de la nave se mantenían
con gravedad lunar, por lo que había un piso innegable… y más de ocho cuerpos
constituían una multitud.
La mesa semicircular, que se desplegaba en torno de la cocina automática a la hora de
las comidas, admitía exactamente la tripulación completa de siete personas, con el
capitán sentado en el sitio de honor. Una persona de más producía problemas tan
insuperables que ahora, en todas las comidas, alguien tenía que tomar la suya a solas.
Después de mucho debate hecho sin mala intención, se decidió hacer la elección según el
orden alfabético, pero no del nombre propio, que apenas si se usaba, sino del apodo:
“Bulones” (ingeniería estructural); “Cables” (computadoras y comunicaciones); “Contra”
(contramaestre); “Estrellas” (órbitas y navegación); “Prop” (propulsión y energía); y “Vida”
(sistemas médicos y de mantenimiento fisiológico).
Durante el viaje de diez días, mientras escuchaba los relatos, bromas y quejas de sus
compañeros temporarios, Poole aprendió más sobre el Sistema Solar que durante sus
meses en la Tierra. Era evidente que todos los que iban a bordo estaban encantados de
tener a alguien nuevo, y quizás ingenuo, que los escuchara como interesado público de
una sola persona, pero a Poole era raro que lo engañaran las narraciones más
imaginativas que sus compañeros le contaban.
No obstante, a veces resultaba difícil saber dónde estaba el límite. Nadie creía
realmente en el Asteroide de Oro, al que, en general, se consideraba como un engaño del
siglo XXIV. ¿Pero qué ocurría con los plasmoides de Mercurio, sobre los que había
informado una docena, por lo menos, de testigos confiables durante los últimos quinientos
años?
La explicación más sencilla era que se relacionaban con los relámpagos esféricos,
responsables de tantos informes sobre “Objetos Voladores No Identificados” en la Tierra y
Marte. Pero algunos observadores juraban que habían mostrado intencionalidad, hasta
curiosidad, cuando se los encontraba de cerca. Tonterías, respondían los escépticos,
¡nada más que atracción electroestática!
Inevitablemente, eso llevó a discusiones sobre vida en el universo, y Poole se encontró,
y no por primera vez, defendiendo su propia era contra los extremos de credulidad y
escepticismo que había tenido. Si bien la manía sobre “los extraterrícolas están entre
nosotros” ya se había aquietado cuando Poole era niño, todavía en fecha tan posterior
como la década de 2020, a la Agencia Espacial la seguían importunando lunáticos que
afirmaban que habían hecho contacto con, o que habían sido secuestrados por, visitantes
de otros mundos. Sus alucinaciones eran reforzadas por una sensacional explotación por
parte de los medios de prensa, y, más tarde, en la bibliografía médica se preservó el
síndrome con la denominación de “Enfermedad de Adamski”.
El descubrimiento de la AMT-1 había puesto fin, paradójicamente, a esa lamentable
tontería, al demostrar que aunque en verdad existía inteligencia en otros sitios, en
apariencia no se había preocupado por la especie humana durante varios millones de
años. La AMT-1 también había refutado, de manera convincente, al puñado de científicos
que argüía que la vida por encima del nivel bacteriano era un fenómeno tan improbable,
que la especie humana estaba sola en esta galaxia… si es que no en todo el cosmos.
La tripulación de la Goliath estaba más interesada en la tecnología que en la política y
la economía de la época de Poole, y le fascinaba, de modo particular, la revolución que
había tenido lugar en los propios tiempos de él: el fin de la era de los combustibles fósiles,
desencadenado por el aprovechamiento de la energía del vacío. A la tripulación le
resultaba difícil imaginar las ciudades ahogadas por el smog del siglo XX; y el desperdicio,
la codicia y los consternadores desastres ambientales de la Era del Petróleo.
—No me culpen a mí —dijo Poole, defendiéndose resueltamente después de una
rueda de críticas—. De todos modos, vean el desaguisado que produjo el siglo XXI.
Hubo un coro de “¿Qué quiere decir?” por toda la mesa.
—No bien la así llamada Era de la Energía Infinita se puso en movimiento, y que todos
tuvieron miles de kilovatios de energía limpia y barata con la que jugar… ¡ya saben lo que
ocurrió!
—Ah, se refiere a la Crisis Térmica. Pero eso se reparó.
—Con el paso del tiempo… después que ustedes cubrieron la mitad de la Tierra con
reflectores para hacer que el calor del Sol rebotara al espacio. De otro modo, el planeta
habría estado tan sancochado como lo está Venus ahora.
El conocimiento que la tripulación tenía de la historia del tercer milenio era tan
sorprendentemente escaso, que Poole, merced a la educación intensiva recibida en la
Ciudad de las Estrellas, a menudo los podía asombrar con detalles de acontecimientos
ocurridos siglos después de su propia época. Sin embargo, lo halagó descubrir lo bien
informados que estaban sobre el cuaderno de bitácora de la Discovery: se había
convertido en uno de los registros clásicos de la Edad Espacial. Lo veían del mismo modo
que Poole habría mirado una saga de los antiguos vikingos, y a menudo tenía que
recordarse que estaba a mitad de camino, en el tiempo, entre la Goliath y las primeras
naves que cruzaron el océano occidental.
—En el día ochenta y seis —le hizo recordar Estrellas durante la cena de la quinta
noche—, ustedes pasaron a dos mil kas del asteroide 7794… y lanzaron una sonda hacia
él. ¿Se acuerda?
—Claro que sí —respondió Poole, con bastante brusquedad—, para mí sucedió hace
menos de un año.
—Hmmm, lo siento… Bueno, mañana estaremos aún más cerca, a trece mil
cuatrocientos cuarenta y cinco. ¿Querría echar un vistazo? Con autoguía y congelación
de imagen, tendremos que contar con una ventana de diez milisegundos completos de
ancho.
¡Una centésima de segundo! Que pasaran unos minutos en la Discovery ya le había
parecido bastante agitado, pero ahora todo iba a ocurrir cincuenta veces más rápido…
—¿Cómo es de grande? —preguntó Poole.
—Treinta por veinte por quince metros cúbicos —respondió Estrellas—. Parece un
ladrillo estropeado.
—Lamento que no tengamos un tarugo de prueba para disparárselo —terció Prop—.
¿Alguna vez se preguntaron si el 7794 iba a devolver el golpe?
—Nunca se nos ocurrió. Pero sí les brindó a los astrónomos una gran cantidad de
información útil, así que el riesgo valió la pena… Sea como fuere, por una centésima de
segundo difícilmente parece que valga la pena molestarse. Gracias de todos modos.
—Entiendo: una vez que se vio un asteroide, se los vio todos…
—No es cierto, Cables. Cuando estuve en Eros…
—Como ya nos contaste un millón de veces, cuando menos…
La mente de Poole se apartó de la discusión, de modo que ésta se convirtió en un
trasfondo de ruido sin sentido. Estaba mil años atrás en el pasado, recordando la única
emoción de la misión de la Discovery antes del desastre final. Aunque él y Bowman
estaban perfectamente al tanto de que el 7794 no era más que un pedazo de roca sin vida
y sin aire, ese conocimiento apenas si afectó lo que sentían: era la única materia sólida
que iban a encontrar de aquel lado de Júpiter, y la habían contemplado experimentando
las emociones de los marineros después de un largo viaje oceánico, al bordear una costa
en la que no podían desembarcar.
El asteroide giraba lentamente sobre sus extremos, y sobre la superficie tenía
distribuidos en forma aleatoria, parches moteados de luz y sombra. A veces destellaba
como una ventana distante, cuando planos o afloramientos de material cristalino
relampagueaban al sol…
Recordó, también, la tensión cada vez mayor que se iba generando mientras
esperaban para ver si su puntería había sido precisa: no era fácil acertarle a un blanco tan
pequeño a dos mil kilómetros de distancia y desplazándose a una velocidad relativa de
veinte kilómetros por segundo.
Y entonces, con la parte oscurecida del asteroide como fondo, se produjo una súbita y
deslumbrante explosión de luz. El diminuto tarugo —puro uranio 238— había hecho
impacto a velocidad meteórica: en una fracción de segundo, toda su energía cinética se
había transformado en calor. Una voluta de gas incandescente hizo breve erupción en el
espacio, y las cámaras de la Discovery grababan las líneas espectrales que rápidamente
se desvanecían, en busca de la emisión característica de los átomos fulgurantes. Algunas
horas después, allá en la Tierra, los astrónomos conocían, por primera vez, la
composición de la corteza de un asteroide. No hubo mayores sorpresas, pero varias
botellas de champagne cambiaron de mano.
El capitán Chandler mismo tuvo muy poca intervención en las muy democráticas
discusiones que se realizaban en torno de su mesa semicircular: parecía contentarse con
permitir que la tripulación se aflojara y expresara lo que sentía en esa atmósfera informal.
Sólo había una regla no escrita: en la hora de la comida no se discurría sobre asuntos
graves. Si había problemas técnicos u operativos, se debía tratarlos en alguna otra parte.
Poole había quedado sorprendido, y un tanto conmocionado, al descubrir que el
conocimiento que la tripulación tenía de los sistemas de la Goliath era muy superficial. A
menudo les hacía preguntas que debían de haber respondido con facilidad, nada más que
para encontrar que lo remitían a los Bancos de memoria de la nave. Después de un
tiempo, empero, se dio cuenta de que la clase de preparación profunda que él había
recibido en su época ya no era posible: ahora entraban en juego demasiados sistemas
complejos como para que algún hombre o mujer llegara a dominarlos. Los diversos
especialistas simplemente tenían que conocer qué hacía su equipo, no cómo. La
confiabilidad dependía de la redundancia y de la comprobación automática, y era muy
probable que la intervención humana produjera más daño que beneficio.
Por suerte, nada de eso se precisaba en ese viaje: había estado tan exento de
incidentes como podría desear cualquier navegante, cuando el nuevo sol de Lucifer
dominó el cielo que tenían delante.
III – Los mundos de Galileo
Extracto, texto únicamente, (Guía Turística sobre el Sistema Solar Exterior, v. 219.3)
Aun hoy, los gigantescos satélites de lo que otrora fuera Júpiter nos plantean profundos
misterios: ¿por qué cuatro mundos, que describen la misma órbita primaria y que tienen
un tamaño muy similar, son tan diferentes en la mayoría de los demás aspectos?
Sólo en el caso de lo, el satélite más interior, hay una explicación convincente: está tan
cercano a Júpiter, que las mareas gravitacionales que constantemente moldean su interior
generan cantidades colosales de calor; tanto, en verdad, que la superficie de lo está
semifundida. Es el mundo volcánico más activo del Sistema Solar: los mapas de lo tienen
una vida media de nada más que unas décadas.
Si bien jamás se establecieron bases humanas permanentes en un ambiente tan
inestable, ha habido numerosos descensos y hay una vigilancia continua con robots.
(Para conocer sobre el destino trágico de la Expedición 2.571, véase Beagle 5.)
Europa, segunda en distancia, contando desde Júpiter, originariamente estaba cubierta
en su totalidad por hielo, y exhibía pocos detalles en la superficie, con la salvedad de una
complicada red de grietas. Las fuerzas de marea que predominan en lo fueron mucho
menos poderosas acá, pero generaron suficiente calor como para darle a Europa un
océano global de agua líquida, en el cual se desarrollaron muchas formas extrañas de
vida. (Véase Naves Espaciales Tsien, Galaxy, Universe.) Desde la conversión de Júpiter
en el minisol Lucifer, virtualmente toda la cobertura de hielo de Europa se fundió, y una
extensa actividad volcánica creó varias islas pequeñas.
Tal como ya es bien conocido, no se han efectuado descensos en Europa durante casi
mil años, pero el satélite está bajo continua vigilancia.
Ganimedes, la luna más grande del Sistema Solar (diámetro, cinco mil doscientos
sesenta kilómetros) también resultó afectada por la creación de un nuevo sol, y sus
regiones ecuatoriales son lo suficientemente cálidas como para permitir la existencia de
formas de vida de la Tierra, aunque todavía no tiene una atmósfera respirable. La mayor
parte de su población está activamente dedicada a la terraformación y a la investigación
científica. El principal asentamiento es Ciudad Anubis (población, cuarenta y un mil
personas), cerca del Polo Sur.
Calisto es, una vez más, por completo diferente. La superficie entera está cubierta por
cráteres de colisión de todos los tamaños, y tan numerosos que se superponen. El
bombardeo debe de haber continuado durante millones de años, pues los cráteres más
modernos han borrado por completo los anteriores. No hay una base permanente en
Calisto, pero allá se han establecido varias estaciones automáticas.
17 – Ganimedes
Para Frank Poole era algo raro quedarse dormido, pero extraños sueños lo habían
mantenido despierto. El pasado y el presente estaban inextricablemente mezclados: a
veces estaba en la Discovery; a veces, en la torre de África… y a veces era un niño otra
vez, entre amigos a los que había creído olvidados hacía mucho. “¿Dónde estoy?”, se
preguntó, mientras pugnaba por recuperar la conciencia, como un nadador que trata de
regresar a la superficie. Había una pequeña ventana justo encima de la cama, cubierta
por una cortina que no era lo suficientemente gruesa como para bloquear por completo la
luz que venía del exterior. Había habido un tiempo, alrededor de mediados del siglo XX,
en el que las aeronaves eran lo bastante lentas como para constar de comodidades de
Primera Clase para dormir: Poole nunca había podido probar ese lujo nostálgico, del que,
aún en su propia época, algunas compañías de turismo todavía hacían publicidad, pero le
resultaba fácil imaginar que estaba disfrutando eso ahora.
Corrió las cortinas y miró: no, no había despertado en los cielos de la Tierra, aunque el
paisaje que corría por debajo no era diferente del antártico. Pero el Polo Sur nunca había
ostentado dos soles, ambos saliendo a la vez mientras la Goliath avanzaba con celeridad
hacia ellos.
La nave estaba describiendo una órbita, a menos de cien kilómetros por encima de lo
que parecía ser un inmenso campo arado y levemente espolvoreado con nieve. Pero el
arador debió de haber estado ebrio, o el sistema de guía debió de haberse vuelto loco,
pues los surcos describían meandros en toda dirección, a veces cortándose entre sí o
girando sobre sí mismos. Por aquí y por allá, el terreno aparecía salpicado con círculos
tenues: cráteres fantasmas producidos por el impacto de meteoros hacía ya miles de
millones de años.
“Así que esto es Ganimedes”, pensó Poole, adormilado. “¡La avanzada humana más
alejada del hogar! ¡Por qué una persona sensata querría vivir aquí? Bueno, a menudo
pensé lo mismo cuando volaba sobre Groenlandia o Islandia en invierno…”
Alguien llamó a la puerta, hubo un “¿Te molesta si entro?”, y el capitán Chandler lo hizo
sin aguardar la respuesta.
—Pensé en dejarte dormir hasta que descendiéramos: esa fiesta de fin de viaje sí duró
más de lo que me habría gustado, pero no quise correr el riesgo de tener un motín si la
cortaba antes de tiempo.
Poole rió.
—¿Alguna vez hubo un motín en el espacio?
—Oh, muchos, pero no en mis tiempos. Ahora que mencionamos el tema, se podría
decir que Hal inició la tradición… lo siento, quizá no debí… ¡Mira, ahí está Ciudad
Ganimedes!
Por sobre el horizonte estaba apareciendo lo que parecía ser un patrón cuadriculado de
calles y avenidas que se intersecaban casi en ángulo recto, pero con la leve irregularidad
típica de cualquier asentamiento que hubiese crecido por incorporación, sin un
planeamiento central. Lo bisecaba un río ancho. Poole recordó que las regiones
ecuatoriales de Ganimedes ya eran lo suficientemente cálidas como para que existiera
agua en estado líquido, y eso le trajo a la memoria un antiguo grabado en madera de la
Londres medieval.
Entonces advirtió que Chandler lo estaba mirando con expresión divertida… y la ilusión
se desvaneció cuando se dio cuenta de la escala de la “ciudad”.
—Los ganimedeanos —comentó con tono aburrido— deben de haber sido bastante
voluminosos, para haber construido caminos de cinco o diez kilómetros de ancho.
—Veinte en algunos sitios. Impresionante, ¿no? Y todo es resultado de la contracción y
la expansión del hielo. La Madre Naturaleza es ingeniosa… Podría mostrarte algunos
patrones que parecen aún más artificiales, si bien no son tan grandes como este.
—Cuando era niño hubo gran revuelo acerca de una cara que había en Marte. Por
supuesto, resultó ser una colina tallada por las tormentas de arena; hay muchísimas
formaciones similares en los desiertos de la Tierra.
—¿No hubo alguien que dijo que la historia siempre se repite a sí misma? La misma
clase de tontería ocurrió con Ciudad Ganimedes: algunos idiotas afirmaron que la habían
construido alienígenas. Pero temo que no va a permanecer mucho tiempo más.
—¿Por qué? —preguntó Poole, sorprendido.
—Ya empezó a desplomarse, a medida que Lucifer funde el permafrost. Dentro de
otros cien años no reconocerás Ganimedes… Ahí está la orilla del lago Gilgamesh: si
miras con cuidado… hacia la derecha…
—Ya veo lo que quieres decir: ¿qué pasa, ya que con seguridad el agua no está
hirviendo, no con esta presión baja?
—Planta de electrólisis. No sé cuántos quintillones de kilogramos de oxígeno por día.
Naturalmente, el hidrógeno escapa y se pierde en el espacio… esperamos.
Chandler quedó en silencio. Después, en un tono de inseguridad que no era común en
él, reanudó su comentario:
—Toda esa hermosa agua ahí abajo… ¡y Ganimedes no necesita ni la mitad! No lo
divulgues, pero estuve ideando maneras de llevar parte de ella a Venus.
—¿Es más fácil que empujar cometas?
—En lo concerniente al consumo de energía, sí: la velocidad de escape de Ganimedes
es de nada más que tres klicks por segundo. Y mucho, pero mucho, más rápido: años, en
vez de décadas. Pero existen algunas dificultades de orden práctico…
—Puedo comprender eso. ¿La dispararías mediante un lanzador de masa?
—Claro que no: usaría torres que pasaran a través de la atmósfera, como las de la
Tierra, pero mucho más pequeñas. Bombearíamos el agua hasta la parte superior, la
congelaríamos hasta cerca del cero absoluto, y dejaríamos que Ganimedes se disparase
en la dirección adecuada mientras rota. En el pasaje habría algo de pérdida por
evaporación, pero la mayoría del agua llegaría… ¿Qué tiene de gracioso?
—Lo siento; no me reía por la idea… tiene mucha lógica. Pero hiciste despertar un
recuerdo tan intenso: teníamos un rociador de jardín que rotaba impulsado por la actividad
de sus chorros de agua. Lo que estás planeando es lo mismo… pero en escala
ligeramente más grande: usando todo un mundo…
De repente, otra imagen de su pasado eliminó todas las demás: recordó cómo, en
aquellos días calientes de Arizona, a él y a Rikki les encantaba perseguirse el uno al otro
a través de las nubes de neblina en movimiento proveniente de la aspersión lentamente
rotatoria del rociador de jardín.
El capitán Chandler era un hombre mucho más sensible de lo que aparentaba: sabía
cuándo era el momento de irse.
—Tengo que regresar al puente —dijo con rudeza—. Te veré cuando descendamos en
Anubis.
18 – Gran hotel
El Gran Hotel Ganimedes, inevitablemente conocido en todo el Sistema Solar como
“Hotel Granomedes”, por cierto que no era gran, y tendría suerte si consiguiera la
clasificación de una estrella y media en la Tierra. Como el competidor más cercano estaba
a varios centenares de millones de kilómetros de distancia, la gerencia sentía poca
necesidad de agotarse innecesariamente.
Así y todo, Poole no tenía quejas, aunque a menudo deseaba que Danil todavía
anduviera cerca, para ayudarlo con la mecánica de la vida y para comunicarse de manera
más eficiente con los dispositivos semiinteligentes por los que estaba rodeado. Había
tenido un breve momento de pánico cuando la puerta se cerró detrás del botones
(humano) que, aparentemente, había estado demasiado impresionado por su famoso
huésped como para explicarle de qué modo funcionaban los servicios de la habitación.
Después de cinco minutos de infructuosa conversación con las paredes, que no
reaccionaban en absoluto, Poole por fin hizo contacto con un sistema que entendía su
acento y sus órdenes. ¡Qué noticia para “Todos los Mundos” habría sido esa:
ASTRONAUTA HISTÓRICO MUERE DE INANICIÓN, ATRAPADO EN CUARTO DE
HOTEL DE GANIMEDES!
Y ahí habría existido una doble ironía: quizás el nombre de la única habitación de lujo
del Granomedes era inevitable, pero Poole había tenido una verdadera conmoción, al
toparse con una holografía antigua, tamaño natural, de su antiguo compañero de viaje en
uniforme completo de gala, cuando lo condujeron a la… Suite Bowman. Poole hasta
reconoció la imagen: su propio retrato oficial se había hecho al mismo tiempo, pocos días
antes de que comenzara la misión.
Pronto descubrió que la mayoría de sus compañeros de tripulación de la Goliath habían
hecho arreglos domésticos en Anubis, y estaban ansiosos de que conociera a los Otros
Seres Importantes de ellos durante los veinte días de tiempo previsto de estadía de la
nave. Casi de inmediato, quedó atrapado en la vida social y profesional de ese
asentamiento de frontera, y entonces fue la torre de África la que parecía un sueño lejano.
Como muchos norteamericanos, en lo profundo de su corazón Poole sentía un afecto
nostálgico por las comunidades pequeñas en las que todos conocían a todos… en el
mundo real, y no en el virtual del ciberespacio: Anubis, con una población estable menor
que la de su añorada Flagstaff, no era una mala aproximación de ese ideal.
Las tres cúpulas principales de presión, cada una de dos kilómetros de diámetro, se
levantaban sobre una meseta que daba a un campo de hielo extendido, sin
interrupciones, hasta el horizonte. El segundo sol de Ganimedes —alguna vez conocido
como Júpiter— nunca daría suficiente calor como para fundir los casquetes polares. Ésa
fue la principal razón para fundar Anubis en un sitio tan inhospitalario: no era probable que
los cimientos de la ciudad se derrumbaran sino hasta después de, cuando menos, varios
siglos.
Y en el interior de las cúpulas resultaba fácil sentirse por completo indiferente al mundo
exterior. Una vez que Poole se volvió experto en los mecanismos de la Suite Bowman,
descubrió que tenía una cantidad limitada, pero impresionante, de ambientes: podía
sentarse debajo de palmeras en una playa del Pacífico, escuchar el suave murmullo de
las olas o, si lo prefería, el rugido de un huracán tropical. Podía volar lentamente a lo largo
de las cumbres del Himalaya o descender por los cañones del Valle Mariner. Podía
caminar por los jardines de Versalles o recorrer las calles de media docena de grandes
ciudades, en varios momentos ampliamente separados de su historia. Aun cuando el
Hotel Granomedes no era uno de los lugares de reunión más celebrados del Sistema
Solar, se ufanaba de contar con comodidades que habrían asombrado a todos sus más
famosos predecesores de la Tierra.
Pero resultaba ridículo permitirse caer en la nostalgia por la Tierra cuando había
recorrido la mitad de camino por el Sistema Solar para visitar un extraño mundo nuevo.
Después de un poco de experimentación, Poole dispuso un compromiso, para goce e
inspiración, durante sus regularmente escasos momentos de ocio.
Muy a su pesar, nunca había estado en Egipto, así que quedó encantado al poder
descansar debajo de la mirada penetrante de la Esfinge, tal como era antes de la
controvertida “restauración”, y mirar turistas trepando por los inmensos bloques de la
Gran Pirámide. La ilusión era perfecta, aparte de la tierra de nadie en la que el desierto
chocaba con la (levemente gastada) alfombra de la Suite Bowman.
Sin embargo, el cielo era el que ningún ojo humano había visto hasta cinco mil años
después que se colocó la última piedra en Giza. Pero no era una ilusión: era la realidad
compleja y siempre cambiante de Ganimedes.
Debido a que a ese mundo, al igual que a sus compañeros, hacía ya eones el arrastre
de flujo de Júpiter les había arrebatado su movimiento de rotación, el nuevo sol nacido del
gigantesco planeta colgaba inmóvil en su cielo. Un lado de Ganimedes estaba
perpetuamente expuesto a la luz de Lucifer y, aunque al otro hemisferio frecuentemente
se lo denominaba “Tierra de la Noche”, esa designación era engañosa como la frase, muy
anterior, de “lado oscuro de la Luna”. Al igual que el Lado Lejano lunar, la “Tierra de la
Noche” ganimedeana tenía la brillante luz del antiguo Sol durante la mitad de su largo día.
Por una coincidencia más confusa que útil, Ganimedes empleaba casi una semana
exacta —siete días, tres horas— para describir una órbita en torno de su primario. Los
intentos por crear un almanaque basado sobre “Un día de Ganimedes = una semana de
la Tierra” generaron tanto caos que se lo había abandonado hacía siglos. Al igual que
todos los demás residentes del Sistema Solar, los nativos utilizaban la Hora Universal,
identificando sus días normales de veinticuatro horas con números, en vez de nombres.
Puesto que la recién nacida atmósfera de Ganimedes seguía siendo extremadamente
tenue y casi carecía de nubes, el desfile de cuerpos celestes brindaba un espectáculo que
nunca terminaba. Cuando estaban más próximas, tanto lo como Calisto aparecían con un
tamaño cercano al de la mitad de la Luna, vista desde la Tierra… pero eso era lo único
que tenían en común. lo estaba tan cerca de Lucifer que tardaba menos de dos días en
pasar a la carrera por su órbita, y exhibía un desplazamiento visible, aun en cuestión de
minutos. Calisto, a una distancia que era el cuádruplo de la de lo, necesitaba dos días
ganimedeanos, o dieciséis de la Tierra, para completar su pausado circuito.
El contraste físico entre los dos mundos era todavía más notable. Calisto, congelado
por completo, casi no había sido modificado por la transformación de Júpiter en un
minisol: seguía siendo un páramo de cráteres de hielo poco profundos, tan apiñados que
en todo el satélite no quedaba un solo sitio que hubiera escapado a los múltiples
impactos, en los días en que el enorme campo gravitatorio de Júpiter competía con el de
Saturno para reunir los escombros del Sistema Solar exterior. Desde ese entonces, aparte
de algunos disparos perdidos, nada había ocurrido durante varios miles de millones de
años.
En lo, algo ocurría todas las semanas. Tal como había señalado un gracioso local,
antes de la creación de Lucifer, Io era el infierno… ahora era el infierno entibiado.
A menudo, Poole hacía un acercamiento de imagen del interior de ese paisaje
quemante, y observaba las sulfurosas gargantas de volcanes que continuamente estaban
dándole nuevas formas a una zona más grande que África. En ocasiones, fuentes
incandescentes se elevaban cientos de kilómetros en el espacio durante poco tiempo,
como si fueran gigantescos árboles de fuego que crecían en un mundo sin vida.
Cuando las inundaciones de azufre fundido se diseminaban desde los volcanes y
respiraderos, el versátil elemento cambiaba pasando por un estrecho espectro de rojos,
anaranjados y amarillos y, como si fuera un camaleón, se convertía en sus alótropos
multicolores. Antes del amanecer de la Era Espacial, nadie imaginaba siquiera que un
mundo así existiera. Fascinante como era observarlo desde su confortable posición ideal,
Poole encontraba difícil creer que los hombres se hubieran arriesgado a descender ahí,
donde incluso los robots temían posar su planta…
No obstante, su interés principal era Europa que, cuando estaba más próxima, parecía
tener exactamente el mismo tamaño, casi, que la solitaria Luna de la Tierra, pero que
pasaba velozmente por sus fases en sólo cuatro días. Aunque Poole había estado por
completo inconsciente del simbolismo cuando eligió su paisaje privado, ahora parecía
completamente adecuado que Europa pendiera en el cielo por encima de otro gran
enigma, la Esfinge.
Incluso sin aumento, cuando solicitaba mirar a simple vista, Poole podía ver cuánto
había cambiado Europa en los mil años transcurridos desde que la Discovery partió hacia
Júpiter: la telaraña de bandas y líneas estrechas que otrora envolvían por completo al
más pequeño de los satélites galileanos había desaparecido, salvo alrededor de los polos.
Allí, la corteza global, con un espesor de kilómetros, había permanecido sin fundirse por el
calor del nuevo sol de Europa. En todos los demás sitios, océanos vírgenes bullían y
hervían en la tenue atmósfera, en lo que habría sido una agradable temperatura ambiente
en la Tierra.
También era una temperatura agradable para los seres que habían salido a la
superficie después de la fusión del escudo de hielo no fundido que, al mismo tiempo, los
había atrapado y protegido. Satélites espía en órbita, que mostraban detalles de un
tamaño de centímetros, habían observado una de las especies europanas que empezaba
a evolucionar hacia la etapa anfibia y, aunque todavía pasaban mucho de su tiempo
debajo del agua, los “europos” hasta habían empezado la construcción de edificios
simples.
Que eso pudiera ocurrir en nada más que mil años ya era sorprendente, pero nadie
dudaba de que la explicación se encontraba en el último, y más grandioso, de los
Monolitos: el “Gran Muralla”, de muchos kilómetros de largo, que se erguía en la costa del
mar de Galilea.
Y nadie dudó de que, en su propia manera misteriosa, estaba observando el
experimento que había empezado en este mundo… y que había llevado a cabo en la
Tierra cuatro millones de años antes.
19 – La locura de la humanidad
SEÑORITA PRINGLE
ARCHIVO – INDRA
—Mi estimada Indra… lamento que ni siquiera te mandé un correo verbal antes… la
excusa de siempre, claro, así que no me molestaré en darla.
“En respuesta a tu pregunta: sí, ahora me estoy sintiendo muy como en casa en el
Granomedes, pero cada vez paso menos tiempo ahí, aunque estuve disfrutando de la
exhibición del cielo que hice enviar a mi habitación. Anoche, el tubo de flujo brindó una
hermosa representación —una especie de descarga de relámpagos entre Io y Júpiter…
quiero decir, Lucifer. Algo así como la aurora boreal de la Tierra, pero mucho más
espectacular. Lo descubrieron los astrónomos aun antes que yo naciera.
“Y hablando de tiempos antiguos: ¿sabías que Anubis tiene un sheriff? Creo que eso
es llevar el espíritu de la frontera un poco demasiado lejos. Me hace recordar los relatos
que mi abuelo me contaba sobre Arizona… Debo tratar de contar alguno en Medes…
“Esto puede sonar tonto, pero todavía no me acostumbro a estar en la Suite Bowman.
Sigo mirando por encima del hombro…
“¿Cómo paso el tiempo? De manera muy parecida a como lo hacía en la torre África:
me reúno con los intelectuales locales aunque, como ya te imaginarás, sus conocimientos
distan de ser enciclopédicos (espero que nadie haya puesto micrófonos ocultos). E
interactué, real y virtualmente, con el sistema educativo: parece muy bueno, aunque con
más orientación técnica de la que tú aprobarías. Eso es inevitable, claro, en este ambiente
hostil…
“Pero me ayudó a entender por qué la gente vive acá: hay un desafío, un sentido de
propósito, si prefieres, que pocas veces encontré en la Tierra.
“Es cierto que la mayoría de los medeanos nació aquí, así que no conocen otros
hogares. Aunque son, por lo común, demasiado corteses como para decirlo, creen que el
planeta natal se está volviendo decadente. ¿Es así? Y, de serlo, ¿qué es lo que ustedes,
territos —como los llaman los nativos—, harán al respecto? Una de las clases de
adolescentes que conocí tiene la esperanza de despertarlos: están trazando complejos
planes ultrasecretos para la invasión a la Tierra. Después no digan que no les advertí…
“Hice un viaje fuera de Anubis, a la así llamada Tierra de la Noche, donde nunca ven a
Lucifer. Diez de nosotros —Chandler, dos miembros de la tripulación de la Goliath, seis
medeanos— fuimos al Lado Lejano y perseguimos el Sol hasta que se hundió en el
horizonte, así que realmente fue la noche. Pavoroso: muy parecido a los inviernos polares
de la Tierra, pero con el cielo completamente negro… casi sentí que estaba en el espacio.
“Tuvimos una vista hermosa de todos los galileanos y miramos a Europa eclipsar…
perdón, ocultar… a Io. Por supuesto, se sincronizó el viaje para que pudiéramos observar
esto…
“Varios de los satélites más pequeños también eran apenas visibles, pero la estrella
doble Tierra-Luna era mucho más llamativa. ¿Si sentí nostalgia? Con franqueza, no…
aunque extraño a mis amigos de allá…
“Y lo siento: todavía no me encontré con el doctor Khan, aunque dejó varios mensajes
para mí. Prometo hacerlo en los próximos días… ¡días de la Tierra, no de Medes!
“Los mejores deseos para Joe… saludos para Danil, si es que sabes qué ocurrió con él.
(¿Es una persona real otra vez?)… y mi cariño para ti…
ALMACENAR
TRASMITIR
Allá en el siglo de Poole, el nombre de una persona a menudo brindaba un indicio
sobre la apariencia de esa persona, pero eso ya no fue cierto treinta generaciones
después: el doctor Theodore Khan resultó ser un rubio nórdico que podría haber estado
más a tono en una barca vikinga que devastando las estepas del Asia central. Sin
embargo, no habría sido demasiado impresionante en cualquiera de esos papeles, porque
tenía menos de ciento cincuenta centímetros de altura. Poole no pudo resistir un poco de
psicoanálisis de aficionado: la gente de baja estatura a menudo lograba ir más allá de sus
objetivos en forma agresiva, lo que, a juzgar por las pistas de Indra Wallace, parecía ser
una buena descripción del único filósofo residente de Ganimedes. Era probable que Khan
necesitara esas características para sobrevivir en una sociedad de mentalidad tan
práctica.
La Ciudad Anubis era demasiado pequeña como para ufanarse de tener una ciudad
universitaria, lujo que todavía existía en los demás mundos, aunque muchos estaban
convencidos de que la revolución de las telecomunicaciones la había vuelto obsoleta. En
vez de eso, contaba con algo mucho más adecuado, así como siglos más antiguo: una
academia, a la que ni le faltaba un bosquecillo de olivos que habría engañado al propio
Platón… hasta que intentara caminar a través de él. El chiste de Indra respecto de
departamentos de filosofía que no precisaban más equipo que un pizarrón evidentemente
no tenía aplicación en ese complejo ambiente.
—Se la construyó para albergar a siete personas —informó el doctor Khan con orgullo,
una vez que se acomodaron en sillas evidentemente diseñadas para que no fueran
demasiado cómodas—, porque ésa es la cantidad máxima con la que se puede
interactuar de manera eficiente. Y, si se cuenta el fantasma de Sócrates, ése fue el
número de presentes cuando Fedón pronunció su famosa alocución…
—¿Aquella sobre la inmortalidad del alma? Fue tan evidente que Khan estaba
sorprendido, que Poole no pudo evitar reír:
—Hice un curso relámpago en filosofía justo antes de graduarme: cuando el programa
ya estaba planeado, alguien decidió que nosotros, ingenieros trogloditas, debíamos recibir
algo de cultura general.
—Me encanta oír eso, ya que facilita mucho las cosas. Sabe, todavía no puedo creer
en mi suerte. ¡Su llegada aquí casi me tienta a creer en los milagros! Hasta había
pensado en ir a la Tierra para conocerlo… ¿La querida Indra ya le habló sobre mi… eh…
obsesión?
—No —respondió Poole, aunque no con total veracidad.
El doctor Khan parecía muy complacido: era más que evidente que le encantaba haber
hallado un público nuevo.
—Puede ser que haya oído que se me llama ateo, pero eso no es absolutamente
cierto. El ateísmo no se puede probar; es algo tan carente de interés. No importa cuán
poco factible sea, nunca podemos estar seguros de que Dios no haya existido… y que
ahora se haya lanzado hacia el infinito, donde nadie puede encontrarlo siquiera… Al igual
que Gautama Buda, no tomo posición en este tema. Mi campo de interés es la
psicopatología a la que se conoce como Religión.
—¿Psicopatología? Ese es un juicio duro.
—Ampliamente justificado por la historia. Imagine que usted es un extraterrestre
inteligente, al que sólo le interesan las verdades comprobables. Descubre una especie
que se autodividió en miles… no, para este momento, millones… de grupos tribales que
sostienen una increíble variedad de creencias sobre el origen del universo y el modo de
comportarse en él. Aunque muchos de ellos tienen ideas en común, aun cuando existe
una superposición del noventa por ciento, el uno por ciento restante es suficiente para que
se dediquen a matarse y torturarse los unos a los otros por cuestiones doctrinarias
triviales, por completo desprovistas de significado para los de afuera.
“¿Cómo explicar una conducta tan irracional? Lucrecio dio en el clavo cuando dijo que
la religión era el subproducto del miedo, la reacción ante un universo misterioso y, a
menudo, hostil. Durante mucho de la prehistoria humana puede haber sido un mal
necesario, ¿pero por qué era tanto más mal que necesario, y por qué sobrevivió cuando
ya no era necesario?
“Dije “mal”, y es exactamente lo que quiero decir, porque el miedo lleva a la crueldad.
El conocimiento más escaso que se tenga de la Inquisición hace que uno se sienta
avergonzado de pertenecer a la especie humana… Uno de los libros más repulsivos que
se haya publicado jamás fue El martillo de las brujas, escrito por un par de pervertidos
sádicos y que describe las torturas que autorizó la Iglesia… ¡que alentó!… para arrancar
“confesiones” de miles de viejas inofensivas, antes de quemarlas vivas… ¡el Papa mismo
escribió un prólogo aprobatorio!
“Pero la mayoría de las demás religiones, con unas pocas excepciones honorables, fue
tan mala como el cristianismo… Incluso en el siglo de usted, se mantenía encadenados a
niñitos y se los flagelaba hasta que recordaran de memoria volúmenes enteros de
monserga mojigata, y se los privaba de su niñez y adultez para convertirlos en monjes…
“Quizás el aspecto más desconcertante de todo este asunto es de qué modo los locos,
siglo tras siglo, proclamaban que ellos, ¡y solamente ellos!, habían recibido mensajes de
Dios. Si todos los mensajes hubieran coincidido, eso habría resuelto la cuestión pero,
claro está, eran salvajemente discordantes, lo que nunca impidió que los
autoproclamados mesías congregaran miles, a veces, millones, de adherentes, los que
luchaban hasta la muerte contra creyentes igualmente alucinados en una fe que difería en
detalles microscópicos.
Poole creyó que era tiempo de que pudiera decir algo:
—Usted me hace recordar algo que sucedió en mi pueblo natal cuando yo era niño: Un
hombre santo, abro comillas, cierro comillas, se instaló y proclamó que podía hacer
milagros… y reunió una multitud de fanáticos en prácticamente un abrir y cerrar de ojos.
No eran ignorantes o analfabetos; a menudo provenían de las mejores familias. Todos los
domingos yo solía ver costosos autos estacionados en torno de su… eh… templo.
—Se lo llamó “Síndrome de Rasputín”. Hay millones de casos así por toda la historia,
en todo país. Y alrededor de una vez de cada mil, el culto sobrevive durante algunas
generaciones. ¿Qué pasó en este caso?
—Pues bien, la competencia se sentía muy inquieta e hizo todo lo que pudo para
desacreditarlo. Ojalá pudiera acordarme de su nombre… solía emplear uno indio, largo…
swami No-Se-Qué… pero resultó venir de Alabama. Una de sus artimañas consistía en
hacer aparecer objetos sacros de la nada, y entregárselos a sus adoradores. Ocurrió que
nuestro rabino local era un aficionado a la prestidigitación, y dio demostraciones públicas
en las que mostraba exactamente cómo se hacía. Todo eso no sirvió para nada: los
creyentes dijeron que la magia de su maestro era real, y que el rabino simplemente
estaba celoso.
“En una época, y lamento decirlo, mamá tomó a ese bribón en serio; fue poco después
que papá nos abandonara, lo que puede haber tenido algo que ver con eso, y me arrastró
a una de las sesiones. Yo tenía unos diez años nada más, pero pensé que nunca había
visto a alguien de aspecto más desagradable: tenía una barba que podría haber dado
cobijo a varios nidos de aves, y era probable que así fuera.
—Lo que me describe parece ser el modelo clásico. ¿Durante cuánto tiempo floreció?
—Tres o cuatro años. Después tuvo que dejar el pueblo con apremio: se lo descubrió
organizando orgías de adolescentes. Naturalmente, él afirmó que estaba utilizando
técnicas místicas para la salvación del alma. Y no me va a creer…
—Inténtelo…
—Aun en ese momento, miles de sus incautos seguían teniendo fe en él: su dios no
podía equivocarse, así que tenían que haberle hecho la cama.
—¿Hecho la cama?
—¡Lo siento: acusado con pruebas falsas, algo que a veces usaba la policía para
capturar delincuentes, cuando todo lo demás fracasaba.
—Hmmm. Bien, su swami era perfectamente típico: estoy bastante decepcionado. Pero
me sirve para demostrar mi aserto: que la mayoría de la humanidad siempre estuvo loca,
parte del tiempo cuando menos.
—Es un ejemplo bastante poco representativo: un pequeño suburbio de Flagstaff.
—Cierto, pero se lo podría multiplicar por miles, y no sólo en su siglo, sino a través de
todas las edades. Nunca hubo cosa alguna, no importa cuán absurda, que cantidades
enormes de personas no estuvieran dispuestas a creer a pies juntillas, a menudo de
manera tan apasionada que habrían luchado hasta la muerte antes que abandonar sus
espejismos. Para mí, ésa es una buena definición operativa de locura.
—¿Usted sostendría, entonces, que cualquiera que tuviera fuertes creencias religiosas
estaba loco?
—En un sentido estrictamente técnico, sí… si es que se trata de alguien realmente
sincero y no de un hipócrita. Tal como sospecho que lo era el noventa por ciento.
—Estoy seguro de que el rabino Berenstein era sincero… y era uno de los hombres
más cuerdos que yo haya conocido, así como uno de los mejores. ¿Cómo explica usted
eso? El único genio verdadero que conocí jamás fue el doctor Chandra, que dirigió el
proyecto HAL. Una vez tuve que entrar en su oficina: no hubo respuesta cuando golpeé
en la puerta, y creí que el doctor no estaba.
“Le estaba rezando a un grupo de fantásticas estatuitas de bronce, todas cubiertas con
flores. Una de ellas parecía un elefante… otra tenía una cantidad de brazos mayor que la
normal… Me sentí muy avergonzado pero, por fortuna, no me oyó y salí de ahí en puntas
de pie. ¿Diría usted que Chandra estaba loco?
—Usted eligió un mal ejemplo: ¡los genios a menudo lo están! Así que digamos: no
loco, pero mentalmente debilitado a causa del acondicionamiento recibido en la niñez. Los
jesuitas afirmaban: “Dadme un niño durante seis años, y lo haré mío de por vida”. Si ellos
se hubieran apoderado del pequeño Chandra a tiempo, habría sido un devoto católico…
no uno hindú.
—Es posible, pero estoy perplejo: ¿por qué estaba usted tan ansioso por conocerme?
Temo que nunca fui devoto de algo. ¿Qué tengo yo que ver como todo esto?
Lentamente, y con el obvio deleite del hombre que se libera de un pesado secreto
guardado por mucho tiempo, el doctor Khan le contestó.
20 – Apóstata
REGISTRO — POOLE
—Hola, Frank… Así que finalmente conociste a Ted, Sí, podrías decir que es chiflado…
si es que así defines a un entusiasta sin sentido del humor. Pero los chiflados
frecuentemente se salen con la suya porque conocen una Gran Verdad —¿puedes oír mis
mayúsculas?— y nadie los escucha… Me alegra que tú lo hicieras… y sugiero que lo
tomes bastante en serio.
“Dijiste que estabas sorprendido de ver un retrato del Papa expuesto, de modo
destacado, en el departamento de Ted: debe de haber sido su héroe, Pío XX… estoy
segura de que te lo mencioné. Busca información sobre él: ¡generalmente se lo llamaba el
Impío! Es una historia fascinante y se corresponde de manera exacta con algo que
sucedió justo antes que nacieras. Seguramente sabrás cómo Mijaíl Gorbachov, el
Presidente del Imperio Soviético, produjo la disolución de éste a fines del siglo XX, al
exponer los crímenes y excesos que en él se cometían.
“No intentaba llegar tan lejos: esperaba reformarlo, pero eso ya no era posible. Nunca
sabremos si Pío XX tuvo la misma idea, porque fue asesinado por un cardenal demente
poco después de haber horrorizado al mundo al dar a publicidad los archivos secretos de
la Inquisición…
“Los religiosos todavía estaban conmovidos por el descubrimiento de la AMT-0 nada
más que unas décadas antes: eso produjo gran efecto sobre Pío XX y ciertamente influyó
sobre sus actos…
“Pero todavía no me contaste cómo Ted, ese viejo criptodeísta, cree que puedes
ayudarlo en su búsqueda de Dios. Tengo la convicción de que todavía estaba furioso con
Él por esconderse tan bien. Mejor no digas que te conté esto.
“Pero, pensándolo bien, ¿por qué no?
“Cariños Indra.
ALMACENAR
TRASMITIR
SEÑORITA PRINGLE
REGISTRAR
—Hola, Indra. Tuve otra sesión con el doctor Ted, ¡aunque todavía no le dije por qué
crees, precisamente, que está enojado con Dios!
“Pero he tenido algunas discusiones muy interesantes… no, diálogos… con él, aunque
es él que habla la mayor parte del tiempo. Nunca pensé que volvería a adentrarme en la
filosofía después de todos estos años de ingeniería. Quizá tuve que pasar por ellos
primero, para apreciarla. ¡Me pregunto cómo me calificaría Ted como alumno!
“Ayer intenté esta línea de enfoque, para ver cuál era su reacción. Quizás es original,
aunque lo dudo.
Pensé que te gustaría oírla: me interesan tus comentarios. He aquí sobre qué
discurrimos:
SEÑORITA PRINGLE — COPIAR AUDIO 94.
“—Seguramente, Ted, no puedes negar que a la mayoría de las más grandes obras del
arte humano las inspiró la devoción religiosa. ¿Eso no demuestra algo?
—Sí… ¡pero no de una manera que le brinde mucho consuelo a creyente alguno! De
vez en cuando, la gente se divierte haciendo listas de los Más Grandes y los Más
Grandiosos y los Mejores: estoy seguro de que era un entretenimiento muy difundido en
tus días.
—Por cierto que sí.
—Pues bien, hubo algunos famosos intentos por hacer esto con las artes. Por
supuesto, tales listas no pueden establecer valores absolutos… eternos… pero son
interesantes y muestran cómo los gustos cambian de una época a otra…
“La última lista que vi fue en la Artnet de la Tierra hace nada más que unos años:
estaba dividida en Arquitectura, Música, Artes Visuales… Recuerdo algunos de los
ejemplos… el Partenón, el Taj Mahal… Toccata y Fuga de Bach iba primera en música,
seguida por la Misa de Réquiem de Verdi. En arte, la Mona Lisa, claro. Después, no estoy
seguro del orden, un grupo de estatuas de Buda en alguna parte de Ceylán, y la máscara
mortuoria de oro del joven rey Tut.
“Aun si pudiera recordar todos los demás, lo que, claro está, no puedo, no importa: lo
que interesa son sus antecedentes culturales y religiosos. En total, no predominaba una
sola religión… salvo en música, y eso podía deberse a un accidente puramente
tecnológico: el órgano y los demás instrumentos preelectrónicos se perfeccionaron en el
Occidente cristianizado. Pudo haber resultado muy diferente si, por ejemplo, los griegos o
los chinos hubiesen considerado las máquinas como algo más que juguetes.
“Pero lo que realmente resuelve la discusión, en lo que a mí concierne, es el consenso
general respecto de la única obra de arte más grandiosa. Una vez y otra, en casi todas las
listas, aparece Angkor Wat y, sin embargo, la religión que la inspiró estuvo extinguida
desde hace siglos; ¡ni siquiera se sabe con precisión qué era, salvo que comprendía
centenares de dioses, y no simplemente uno!
—Ojalá le hubiera podido lanzar eso al bueno del rabino Berenstein: estoy seguro de
que habría tenido una buena respuesta.
—No me cabe duda. Ojalá yo mismo hubiera podido conocerlo. Y me alegra que nunca
llegara a vivir para ver lo que le ocurrió a Israel.
FIN AUDIO.
—Ahí lo tienes, Indra. Ojalá el Granomedes contara con Angkor Wat en su menú:
nunca lo vi… pero no se puede tener todo…
“Ahora, la pregunta que realmente querías que se te contestara: ¿por qué el doctor Ted
está tan encantado de que yo me encuentre acá?
“Como sabes, está convencido de que la clave de muchos misterios se encuentra en el
satélite Europa, donde a nadie se le ha permitido aterrizar desde hace mil años.
“Piensa que yo puedo ser la excepción. Está convencido de que allá tengo un amigo…
sí: Dave Bowman, o en lo que sea que ahora se ha transformado…
“Sabemos que sobrevivió a la tracción hacia el monolito Hermano Mayor… y que, de
alguna manera, volvió a visitar la Tierra después de eso. Pero hay más que yo no sabía.
Muy poca gente lo sabe, porque a los medeanos los avergüenza hablar de ello…
Ted Khan pasó años recogiendo las pruebas, y ahora está absolutamente seguro de
los hechos, aun cuando no los puede explicar. Durante, por lo menos seis ocasiones, con
un siglo de distancia entre ellas, observadores confiables ubicados aquí, en Anubis,
informaron haber visto una… aparición, exactamente igual a la que Heywood Floyd vio a
bordo de la Discovery. Aunque ninguno de ellos conoce ese incidente, todos pudieron
identificar a Dave cuando se les mostró su holograma. Y hubo otro avistamiento a bordo
de una nave de exploración que se aproximó mucho a Europa, hace seiscientos años…
“En forma individual, nadie toma estos casos en serio pero, en conjunto, siguen un
patrón. Ted está completamente seguro de que Dave Bowman sobrevive en alguna
forma, presuntamente relacionada con el monolito al que denominamos Gran Muralla… y
que todavía tiene cierto interés en nuestros asuntos.
“Aunque no hizo intento alguno por comunicarse, Ted tiene la esperanza de que
podamos hacer contacto; está convencido de que soy el único ser humano que puede
hacerlo…
“Todavía estoy tratando de tomar una decisión. Mañana lo discutiré con el capitán
Chandler. Te haré saber lo que decidamos. Cariños, Frank.
ALMACENAR
TRASMITIR — INDRA
21 – Cuarentena
—¿Crees en aparecidos, Dim?
—Por cierto que no… pero, al igual que cualquier hombre sensato, les tengo miedo.
¿Por qué preguntas eso?
—Si no fue un aparecido, fue el sueño más claro qué haya tenido jamás: anoche
mantuve una conversación con Dave Bowman.
Poole sabía que el capitán Chandler lo tomaría en serio cuando la ocasión cuadrase;
no quedó decepcionado:
—Interesante… pero hay una explicación obvia: ¡estuviste viviendo acá, en la Suite
Bowman, por el amor de Deus! Tú mismo me dijiste que se la siente embrujada.
—Estoy seguro… bueno, noventa y nueve por ciento seguro… de que tienes razón, y
que a todo este asunto lo impulsaron las charlas que mantuve con el profe Ted. ¿Oíste
hablar de los informes que dicen que, en ocasiones, Dave Bowman aparece en Anubis?
¿Más o menos una vez cada cien años? Del mismo modo que lo hizo ante el doctor Floyd
a bordo de la Discovery, después que se la reactivó.
—¿Qué ocurrió ahí? Oí relatos vagos, pero nunca los tomé en serio.
—El doctor Khan sí, y también yo: vi las grabaciones originales: Floyd aparece sentado
en mi antiguo asiento, cuando una especie de nube de polvo se forma detrás de él y
adopta la configuración de la cabeza de Dave. Es entonces cuando pronuncia ese famoso
mensaje, en el que le advierte que se vaya.
—¿Y quién no lo haría? Pero eso fue hace mil años. Hubo tiempo más que suficiente
para simularlo.
—¿Con qué objeto? Khany yo estábamos mirándolo ayer. Apostaría mi vida a que es
auténtico.
—A decir verdad, estoy de acuerdo contigo. Y oí esos informes…
La voz de Chandler se fue extinguiendo, y dio la impresión de estar levemente
avergonzado.
—Hace mucho tiempo tuve una novia aquí, en Anubis. Me contó que su abuelo había
visto a Bowman. Me reí.
—Me pregunto si Ted tiene esa aparición en su lista. ¿Podrías ponerlo en contacto con
tu amiga?
—Eh… preferiría no hacerlo. No nos hemos hablado desde hace años. Por lo que sé,
ella podría estar en la Luna o en Marte… De todos modos, ¿por qué está interesado el
profesor Ted?
—Eso es lo que precisamente deseaba discutir contigo.
—Suena siniestro. Prosigue.
—Ted cree que Dave Bowman, o en lo que sea que se convirtió, todavía puede existir…
allá arriba, en Europa.
—¿Después de mil años?
—Bueno… mírame a mí.
—Una muestra es una mala estadística, solía decir mi profesor de matemática. Pero
continúa.
—Es una historia complicada… o, quizás, un rompecabezas del que falta la mayoría de
las piezas. Pero, en términos generales, hay consenso en que a nuestros ancestros les
ocurrió algo crucial cuando el Monolito apareció en África, hace cuatro millones de años.
Constituye un punto crítico de la Prehistoria: la primera aparición de herramientas… y de
armas… y de religión… Eso no puede ser pura coincidencia. El Monolito debe de habernos
hecho algo. Seguramente no pudo haberse limitado a quedarse quieto, aceptando en
forma pasiva la adoración…
—A Ted le gusta citar a un famoso paleontólogo que dijo: “La AMT-0 nos dio una
patada evolutiva en los fundillos”. Arguye que la patada no fue en una dirección
completamente deseable: ¿teníamos que volvernos tan malvados y detestables para
sobrevivir? Quizá teníamos que serlo… Tal como entiendo lo que dice, Ted está
convencido de que hay algo fundamentalmente erróneo en las conexiones de nuestro
cerebro, lo que hace que no poseamos la capacidad de tener un pensamiento lógico sin
contradicciones. Para empeorar más las cosas, aunque todos los seres necesitan cierta
cantidad de agresividad para sobrevivir, nosotros parecemos poseer mucho más que la
absolutamente necesaria. Y ningún animal tortura a sus semejantes como lo hacemos
nosotros. ¿Es este un accidente evolutivo, una forma de mala suerte genética?
“También hay vasto consenso en que a la AMT-1 se la plantó en la Luna para hacer el
seguimiento del proyecto, o experimento, o lo que fuera que hubiera sido, y enviar los
informes a Júpiter, el sitio obvio para que esté el Control de la Misión Sistema Solar. Es el
motivo por el que otro monolito, Hermano Mayor, estuviera aguardando allá. Había estado
aguardando cuatro millones de años cuando arribó la Discovery. ¿Estás de acuerdo hasta
ahora?
—Sí. Siempre pensé que era la teoría más plausible.
—Vayamos ahora a la parte más especulativa: a Bowman aparentemente lo engulló
Hermano Mayor; aun así, algo de su personalidad parece haber sobrevivido. Veinte años
después de ese encuentro con Heywood Floyd, en la segunda expedición a Júpiter,
tuvieron otro contacto a bordo de la Universe, cuando Floyd se incorporó a ella para el
descenso en el cometa Halley. Por lo menos, eso es lo que Floyd nos relata en sus
memorias… aunque había pasado largamente la centena cuando las dictó.
—Pudo haber estado senil.
—¡No según todas las narraciones contemporáneas! Asimismo, y quizás esto sea aún
más importante, su nieto Chris tuvo algunas experiencias igualmente sobrenaturales
cuando la Galaxy hizo su descenso forzoso en Europa. ¡Y, claro está, es ahí donde el
Monolito, o un monolito, está en este preciso momento! Rodeado por europanos…
—Estoy empezando a ver hacia adonde apunta el doctor Ted: aquí donde entramos
nosotros… todo el ciclo está empezando otra vez. A los europos se los está acicalando
para el estréllate.
—Exacto; todo encaja. Júpiter entró en ignición para darles un sol que descongele su
gélido mundo. La advertencia para que nosotros nos mantengamos a distancia…
presuntamente para que no interfiramos en su evolución…
—¿Dónde oí esa idea antes…? ¡Pero claro, Frank: se remonta a mil años atrás, a tu
propia época! ¡”El Mandato Primordial”! Todavía nos desternillamos de risa con esos
antiguos programas de Viaje a las Estrellas.
—¿Te conté que una vez conocí a algunos de los actores? Estarían sorprendidos al
verme ahora… Y siempre pensé dos cosas respecto de esa norma de no interferencia. El
monolito ciertamente la violó con nosotros, allá en África. Se podría argüir que tuvo
resultados desastrosos…
—Así que mejor suerte la próxima vez… en el satélite Europa.
Poole rió, pero sin demasiado humor.
—Son las palabras exactas que usó Khan.
—¿Y qué cree él que debemos hacer al respecto? Y sobre todo, ¿en qué parte de todo
esto intervienes tú?
—En primer lugar, debemos averiguar qué está pasando realmente en Europa… y por
qué. Observarlo desde el espacio no es suficiente.
—¿Qué otra cosa podemos hacer? A todas las sondas que los ganimedeanos enviaron
se las hizo estallar, justo antes de descender.
—Y a partir de la misión para rescatar la Galaxy, a las naves con tripulación humana
las desviaba alguna clase de campo de fuerza, al que nadie puede explicar. Muy
interesante: eso prueba que quienquiera que esté ahí abajo es protector, pero no
malévolo y, y esto es lo importante, debe de contar con algún tipo de sistema explorador
que se interpone en el camino: puede distinguir entre robots y seres humanos.
—Más que lo que puedo hacer yo a veces. Prosigue.
—Pues bien, Ted cree que existe un ser humano que podría alcanzar la superficie de
Europa, debido a que su antiguo amigo está ahí y puede tener alguna influencia sobre las
autoridades establecidas.
El capitán Dimitri Chandler emitió un silbido largo y débil.
—¿Y estás dispuesto a correr el riesgo?
—Sí, ¿qué puedo perder?
—Un valioso trasbordador, si sé lo que estás pensando. ¿Es por eso que estuviste
aprendiendo a volar el Falcon?
—Bueno, ahora que lo mencionas… sí, la idea me pasó por la cabeza.
—Tendré que meditarlo. Admito que estoy interesado, pero hay muchos problemas.
—Conociéndote, estoy seguro de que no serán un obstáculo… una vez que te hayas
decidido a ayudarme.
22 – Aventura
SEÑORITA PRINGLE — LISTA DE MENSAJES PRIORITARIOS DESDE LA TIERRA
REGISTRAR
—Estimada Indra —no estoy tratando de hacer un drama, pero éste puede ser mi
último mensaje desde Ganimedes. Para el momento en que lo recibas, estaré camino del
satélite Europa.
“Aunque es una decisión repentina, y nadie está más sorprendido que yo, la he
considerado con mucho cuidado. Como ya habrás barruntado, Ted Khan es responsable
en gran medida… Deja que él dé las explicaciones si yo no regreso.
“Por favor, no me interpretes mal: ¡en modo alguno veo a ésta como una misión
suicida! Pero estoy convencido en un noventa por ciento por los argumentos de Ted, y
excitó tanto mi curiosidad, que nunca me perdonaría a mí mismo si rechazara esta
oportunidad, que se da una sola vez en la vida… quizá deba decir una vez en dos vidas.
“Estoy volando el pequeño trasbordador monoplaza Falcon, de la Goliath: ¡cómo me
habría encantado mostrárselo a mis antiguos colegas de la Administración Espacial! A
juzgar por registros pasados, el resultado más probable es que me vea desviado de
Europa antes de poder aterrizar. Aun eso me enseñará algo…
“Y si eso —presuntamente el monolito local, la Gran Muralla— decide tratarme como a
las sondas robot que deshizo en lo pasado, nunca me enteraré. Es un riesgo que estoy
dispuesto a correr.
“Gracias por todo, y todo mi aprecio para Joe. Cariños desde Ganimedes… y pronto,
espero, desde Europa.
ALMACENAR
TRASMITIR
IV – El reino del azufre
23 -FALCON
—En estos momentos, Europa está a unos cuatrocientos mil kas de Ganimedes —
informó el capitán Chandler a Poole—. Si hundieras el fierro hasta el piso… ¡gracias por
enseñarme esa expresión…!, el Falcon podría llevarte ahí en una hora. Pero no te lo
recomiendo: nuestro misterioso amigo podría alarmarse ante alguien que llegara tan
rápido.
—De acuerdo. Y quiero tiempo para pensar. Me voy a tomar varias horas, cuando
menos. Y todavía albergo la esperanza… —La voz de Poole se apagó hasta quedar en
total silencio.
—¿La esperanza de qué?
—De que yo pueda hacer alguna clase de contacto con Dave, o lo que quiera que
fuese, antes de intentar el descenso.
—Sí, siempre es una descortesía caer sin invitación, aun con gente a la que conozcas,
y ni que hablar de absolutos desconocidos, como los europanos. Quizá debas llevar
algunos regalos: ¿qué llevaban los exploradores de antaño? Me parece que espejitos y
cuentas de colores alguna vez fueron lo que se acostumbraba.
El tono chistoso de Chandler no ocultaba su sincera preocupación, tanto por Poole
como por el valioso equipo que se proponía tomar prestado… y por el que el capitán de la
Goliath era responsable en última instancia.
—Todavía estoy tratando de decidir cómo manejaremos esto: si regresas hecho un
héroe, quiero que me cubra el reflejo de tu gloria. Pero si pierdes el Falcon, así como a ti
mismo, ¿qué voy a decir? ¿Que robaste el trasbordador mientras no te veíamos? Temo
que nadie se trague eso. El Control de Tráfico de Ganimedes es muy eficiente… ¡tiene
que serlo!… y si te fueras sin avisar previamente, te tendrían localizado en un microseg…
un milisegundo, ¡bah! No hay manera de que pudieras salir, a menos que yo presente tu
plan de vuelo con antelación.
“Así que esto es lo que propongo hacer, a menos que se te ocurra algo mejor:
“Te llevas el Falcon para rendir la prueba final de obtención del permiso de conducir…
todos saben que ya lo volaste solo. Entras en una órbita que está a dos mil kilómetros por
encima de Europa; hasta ahí, nada fuera de lo común, ya que la gente lo hace todo el
tiempo, y las autoridades locales no parecen objetarlo.
“El tiempo total estimado de vuelo es de cinco horas más o menos diez minutos. Si
súbitamente cambiaras de parecer en lo concerniente a volver a casa, nadie podría hacer
algo al respecto… nadie, por lo menos, de Ganimedes. Naturalmente, yo emitiré algunos
sonidos de indignación y diré lo atónito por la comisión de errores tan burdos de
navegación, etcétera, etcétera. Lo que sea que dé mejor impresión en el posterior tribunal
de indagación.
—¿Se llegaría a eso? No quiero hacer algo que te meta en problemas.
—No te preocupes: es hora de que haya un poco de emociones por aquí. Pero
solamente tú y yo conocemos esta conspiración; trata de no mencionársela a la
tripulación: quiero que tengan… ¿cuál fue la otra expresión útil que me enseñaste?…
“denegabilidad razonable”.
—Gracias Dim, realmente agradezco lo que estás haciendo. Y espero que nunca debas
lamentar haberme transportado a bordo de la Goliath, cuando estabas alrededor de
Neptuno.
Poole encontraba difícil impedir provocar sospechas, por el modo en que se
comportaba con sus nuevos compañeros de tripulación cuando éstos preparaban el
Falcon para lo que se suponía que iba a ser un vuelo breve de rutina. Sólo él y Chandler
sabían que en modo alguno iba a ser así.
No obstante, no se dirigía hacia lo absolutamente desconocido, como él y Dave
Bowman habían hecho mil años atrás. Guardados en la memoria del transbordador había
mapas en alta resolución del satélite Europa, que mostraban detalles de hasta pocos
metros de ancho. Poole sabía con exactitud adonde deseaba ir; sólo restaba verse si se le
iba a permitir quebrar la cuarentena existente desde hacía siglos.
24 – Escape
—Control manual, por favor.
—¿Estás seguro, Frank?
—Completamente seguro, Falcon… Gracias.
Ilógico como parecía, la mayoría de la especie humana habría estimado imposible no
ser cortés con sus hijos artificiales, no importaba lo tontos que pudieran ser. Volúmenes
enteros de psicología, así como guías para el público (Cómo no herir los sentimientos de
su computadora; Inteligencia artificial: Verdadera irritación eran algunos de los títulos más
conocidos), se habían escrito sobre el tema de la etiqueta hombre-máquina. Hacía ya
mucho que se había decidido que, no importaba qué intrascendente aparentara ser la
descortesía con los robots, se debía disuadir de su uso a las personas: con demasiada
facilidad eso también se podía extender a las relaciones entre seres humanos.
Ahora el Falcon estaba en órbita, tal como había prometido su plan de vuelo, a unos
seguros dos mil kilómetros por encima de Europa. El gigantesco cuarto creciente de esa
luna dominaba el cielo que estaba hacia la proa, y aun la zona no iluminada por Lucifer
estaba tan brillantemente iluminada por el mucho más lejano Sol, que cada detalle se
podía ver con claridad. Poole no necesitó auxiliares ópticos para ver el destino al que
planeaba arribar, en el todavía helado litoral del Mar de Galilea, no lejos del esqueleto de
la primera nave espacial que descendió en ese mundo. Aunque hacía mucho que los
europanos le habían quitado todos los componentes metálicos, la fatídica nave china
todavía representaba un monumento recordatorio de su tripulación, y fue adecuado que a
la única ciudad —aun cuando fuera de seres no humanos— de todo este mundo se la
hubiera bautizado “Tsienville”.
Poole había decidido descender por sobre el mar y, después, volar con mucha lentitud
hacia Tsienville… con la esperanza de que esa aproximación diera la impresión de ser
amistosa o, por lo menos, no agresiva. Si bien admitía ante sí mismo que eso era una
ingenuidad, no se le ocurría otra alternativa.
Entonces, de pronto, justo cuando estaba cayendo por debajo del nivel de los mil
kilómetros, hubo una interrupción, no de la clase que había tenido esperanzas que se
produjera, sino de otra que lo tomó desprevenido:
—Falcon, aquí Control Ganimedes llamando. Se apartó de su plan de vuelo. Por favor
notifique de inmediato qué está ocurriendo.
Resultaba difícil pasar por alto una solicitud tan urgente pero, dadas las circunstancias,
parecía ser lo mejor que se podía hacer.
Exactamente treinta segundos después, y cien kilómetros más cerca de Europa,
Ganimedes repitió el mensaje. Una vez más, Poole hizo oídos sordos… pero el Falcon no.
—¿Estás completamente seguro de que quieres hacer esto, Frank? —preguntó el
trasbordador. Aunque Poole sabía perfectamente bien que lo estaba imaginando, habría
jurado que en la voz de la máquina había un dejo de angustia.
—Completamente seguro, Falcon. Sé exactamente lo que estoy haciendo.
Por supuesto, eso no era cierto y ahora, en cualquier momento, podría ser necesario
decir más mentiras, pero a un público más complejo.
Luces indicadoras que raramente se encendían empezaron a destellar cerca del borde
del tablero de control. Poole sonrió con satisfacción: todo estaba saliendo de acuerdo con
lo planeado.
—¡Acá Control Ganimedes! ¿¡Me recibe, Falcon!? Está operando en transferencia a
control manual, por lo que no puedo ayudarlo. ¿Qué pasa? Sigue descendiendo hacia
Europa. Por favor, confirme de inmediato.
Poole empezó a experimentar leves punzadas de la conciencia. Creyó reconocer la voz
de la controladora de tráfico, y estaba casi seguro de que era una encantadora mujer que
había conocido en una recepción en su honor ofrecida por el alcalde, poco después de su
llegada a Anubis. La voz de la mujer denotaba legítima alarma.
De pronto, Poole supo cómo aliviarle la angustia… así como intentar algo que antes
había descartado como demasiado absurdo. A lo mejor, después de todo valía la pena
intentarlo; de hecho, no molestaría, y hasta podría funcionar.
—Aquí Frank Poole, llamando desde el Falcon. Estoy perfectamente bien… pero algo
parece estar dominando los controles y llevando el trasbordador hacia Europa. Espero
que puedan recibir esto. Seguiré informando durante tanto tiempo como me sea posible.
Bueno, en verdad no le había mentido a la preocupada controladora de tráfico, y
esperaba que algún día podría mirarla a la cara con la conciencia limpia.
Siguió hablando, tratando de dar la impresión de ser completamente sincero, en vez de
estar caminando al borde de la mentira.
—Repito, acá Frank Poole a bordo del trasbordador Falcon, y descendiendo hacia
Europa. Presumo que alguna fuerza exterior ha tomado el control de mi nave espacial y
que la hará descender con seguridad.
“Dave, te habla tu antiguo compañero Frank. ¿Eres tú la entidad que me controla?
Tengo motivos para creer que estás en Europa.
“De ser así, espero con mucho interés volver a encontrarme contigo… donde quiera
que estés, o lo que fuera que seas.
Ni por un momento imaginó que hubiera respuesta alguna: hasta Control Ganimedes
había quedado enmudecido por la conmoción.
Y, sin embargo, en cierto sentido tuvo respuesta: al Falcon todavía se le estaba
permitiendo descender hacia el Mar de Galilea.
Europa estaba nada más que cincuenta kilómetros debajo de él, que, a simple vista,
ahora podía ver la estrecha barra negra donde el más grandioso de los monolitos
montaba guardia, si es que en verdad hacía eso, en las afueras de Tsienville.
A ningún ser humano se le había permitido acercarse tanto desde hacía mil años.
25 – Fuego en las profundidades
Durante millones de años había sido un mundo oceánico, con sus ocultas aguas
protegidas del vacío del espacio por una corteza de hielo. En la mayoría de los sitios, el
hielo tenía kilómetros de espesor, pero había líneas de debilidad donde se había
resquebrajado y desgarrado. Entonces se produjo una breve batalla entre dos elementos
implacablemente hostiles que en ningún otro mundo del Sistema Solar se habían puesto
en contacto directo. La guerra entre el mar y el espacio siempre terminaba con el mismo
punto muerto: el agua expuesta al mismo tiempo hervía y se congelaba, reparando el
blindaje de hielo.
Los mares de Europa se habrían solidificado por completo haría ya mucho, sin la
influencia del cercano Júpiter: su gravedad moldeaba continuamente el núcleo de ese
pequeño mundo; las fuerzas que producían la convulsiones de Io también estaban en
acción ahí, aunque con mucha menos ferocidad. Por doquier, en las profundidades, había
pruebas de ese forcejeo entre planeta y satélite, en los continuos rugidos y tronar de
terremotos submarinos, en el aullido de los gases que escapaban del interior, en las
ondas infrasónicas de presión provenientes de avalanchas que arrasaban las llanuras
abisales. En comparación con el tumultuoso océano que cubría a Europa, hasta los
ruidosos mares de la Tierra eran silenciosos.
Aquí y por allá, esparcidos sobre los desiertos de las profundidades, había oasis qué
habrían asombrado y deleitado a cualquier biólogo terrícola. Se extendían durante varios
kilómetros alrededor de masas intrincadas de tubos y chimeneas depositados por
salmueras minerales que salían a borbotones desde el interior. A menudo generaban
parodias naturales de castillos góticos, desde los cuales líquidos negros y quemantes
pulsaban con ritmo lento, como si los impulsara el palpitar de un corazón poderoso y, al
igual que la sangre, eran la auténtica señal de la vida misma.
Los bullentes fluidos empujaban hacia atrás el frío letal que se filtraba hacia abajo
desde lo alto, y formaba islas de calor en el lecho del mar. Y lo que era igualmente
importante, desde el interior de Europa traían todas las sustancias químicas que formaban
vida. A esos oasis fértiles, que brindaban alimento y energía en abundancia, los habían
descubierto, en el siglo XX, los exploradores de los océanos de la Tierra. Aquí estaban
presentes en escala inmensamente mayor, y con mucha mayor variedad.
Estructuras delicadas, muy tenues, que parecían la analogía de plantas, florecían en
las zonas “tropicales” más próximas a las fuentes de calor. Entre esas estructuras se
arrastraban extrañísimos caracoles y gusanos, algunos de los cuales se alimentaban de
las plantas, mientras que otros obtenían su alimento directamente de las aguas cargadas
de minerales que los rodeaban. A distancias mayores de los fuegos submarinos, en torno
de los cuales todos esos seres se calentaban, vivían organismos más fuertes y robustos,
no muy diferentes de cangrejos o arañas.
Ejércitos de biólogos podrían haber transcurrido vidas enteras estudiando uno solo de
los pequeños oasis. A diferencia de los mares terrestres del Paleozoico, el abismo
europano no era un ambiente estable, por lo que la evolución se había desarrollado con
velocidad sorprendente, produciendo innumerables formas fantásticas. Y sobre todas
pendía el mismo aplazamiento indefinido de la pena de muerte: más tarde o más
temprano, cada fuente de vida se debilitaría y moriría, cuando las fuerzas que le daban
energía desplazaran su foco hacia otra parte. Por todo el lecho marino europano había
ejemplos de tales tragedias: incontables zonas circulares estaban cubiertas con los
esqueletos y restos incrustados de minerales de seres muertos, donde capítulos enteros
de la evolución fueron suprimidos del libro de la vida. Algunos habían dejado, a modo de
único recordatorio, valvas enormes, vacías, con la forma de trompetas con volutas más
grandes que un hombre. Y había almejas de muchas formas —bivalvas, y hasta trivalvas,
así como patrones espiralados en piedra, de muchos metros de ancho—, exactamente
igual que los hermosos ammonites que desaparecieron de modo tan misterioso de los
océanos de la Tierra, a fines del período Cretácico.
Entre los portentos más grandiosos de la sima europana había ríos de lava
incandescente, que se vertían desde las calderas de volcanes submarinos. La presión
existente a esas profundidades era tan elevada que el agua que se ponía en contacto con
el magma, que estaba al rojo blanco, no podía desaparecer convertida en vapor, así que
ambos líquidos coexistían en una tregua precaria.
Ahí, en otro mundo y con actores alienígenas, algo parecido a la historia de Egipto se
había representado mucho antes del advenimiento del Hombre. Así como el Nilo había
traído vida a una estrecha banda de desierto, así ese río de calor había vivificado las
profundidades europanas. A lo largo de sus márgenes, en una zona que nunca alcanzaba
más que unos pocos kilómetros de ancho, una especie tras otra habían evolucionado,
medrado y desaparecido. Y algunas habían dejado monumentos permanentes.
A menudo no era fácil distinguirlas de las formaciones naturales que había en torno de
los respiraderos termales y, aun cuando resultaba claro que no se debían a una simple
actividad química, era difícil decidir si eran el producto del instinto o de la inteligencia. En
la Tierra, las termitas levantaban edificios casi tan impresionantes como cualquiera de los
que se encontraba en el único y vasto océano que envolvía ese mundo congelado.
A lo largo de la estrecha banda de fertilidad en los desiertos de las profundidades,
culturas enteras, y hasta civilizaciones, pudieron haber surgido y caído, ejércitos podrían
haber marchado, o nadado, bajo el comando de Tamerlanes o Napoleones europanos.
Y el resto de su mundo nunca se habría enterado, pues todos los oasis estaban tan
aislados unos de otros como lo estaban los propios planetas. Los seres que disfrutaban el
fulgor de los ríos de lava y se alimentaban alrededor de los respiraderos de calor, no
podían cruzar el hostil páramo que se extendía entre sus islas solitarias. Si alguna vez
hubieran producido historiadores y filósofos, cada cultura habría estado convencida de
que estaba sola en el universo.
Y, sin embargo, ni siquiera el espacio que había entre los oasis estaba por completo
desprovisto de vida: había seres más resistentes que se habían atrevido a enfrentar los
rigores de ese yermo. Algunos eran las analogías europanas de los peces: esbeltos
torpedos propulsados por colas verticales y mantenidos en curso por aletas ubicadas a lo
largo del cuerpo. El parecido con los habitantes más exitosos de los océanos de la Tierra
era inevitable: dados los mismos problemas de ingeniería, la evolución debe producir
respuestas muy similares. Véase el delfín y el tiburón: en lo superficial, casi idénticos y, no
obstante, provenientes de ramas muy distantes del árbol de la vida.
Había, empero, una diferencia muy evidente entre los peces de los mares europanos y
los de los océanos terrestres: no tenían branquias, pues apenas si se podía extraer
vestigios de oxígeno de las aguas en las que nadaban. Al igual que los seres que
habitaban en torno de los propios respiraderos geotermales de la Tierra, su metabolismo
se basaba sobre compuestos de azufre, presentes en abundancia en el ambiente
volcánico.
Y muy pocos tenían ojos. Aparte del titilante fulgor de los derrames de lava, y de
ocasionales explosiones de bioluminiscencia provenientes de seres que buscaban pareja
o de cazadores en pos de la presa, era un mundo sin luz.
También era un mundo condenado: no sólo sus fuentes de energía eran esporádicas y
cambiaban constantemente, sino que las fuerzas de marea que las impulsaban se
debilitaban en forma permanente. Aun si hubieran desarrollado verdadera inteligencia, los
europanos estaban atrapados entre el fuego y el hielo.
De no mediar un milagro, perecerían junto con el congelamiento final de su pequeño
mundo.
Lucifer había efectuado ese milagro.
26 – Tsienville
En los instantes finales, mientras iba por sobre la costa a tranquilos cien kilómetros por
hora, Poole se preguntaba si podría haber alguna intervención de último momento. Pero
nada desagradable ocurrió, aun cuando la nave se desplazaba con lentitud a lo largo de la
fachada negra, amenazante, de la Gran Muralla.
Era el nombre inevitable para el monolito europano pues, a diferencia de sus
hermanitos de la Tierra y la Luna, estaba colocado en posición horizontal y tenía más de
veinte kilómetros de largo. Aunque literalmente tenía un volumen miles de millones de
veces mayor que el de AMT-0 y AMT-1, sus proporciones eran las mismas con toda
exactitud: esa intrigante relación de 1:4:9, inspiradora de tantas tonterías numerológicas
en el curso de los siglos.
Como la cara vertical tenía casi diez kilómetros de alto, una teoría verosímil afirmaba
que, entre sus funciones, la Gran Muralla actuaba como rompevientos, protegiendo a
Tsienville contra los feroces ventarrones que ocasionalmente venían rugiendo desde el
Mar de Galilea. Eran mucho menos frecuentes, ahora que el clima se había estabilizado,
pero mil años antes habrían constituido un grave disuasivo para cualesquiera formas de
vida que surgieran del océano.
Aunque se había esforzado seriamente por hacerlo, Poole nunca pudo encontrar
tiempo para visitar el monolito de Tycho, que seguía siendo un secreto de máxima
prioridad cuando se hizo la expedición a Júpiter, y la gravedad de la Tierra hacía que el
mellizo de Olduvai le fuera inaccesible. Pero había visto las imágenes tan a menudo, que
le eran mucho más familiares que la proverbial palma de la mano (¿y cuánta gente, se
había preguntado con frecuencia, se reconocería la palma de la mano?). Aparte de la
enorme diferencia de escala, no existía el menor modo de distinguir la Gran Muralla de las
AMT-1 y AMT-0 o, si era por eso, del “Hermano Mayor” con el que la Leonov se había
topado en órbita de Júpiter.
Según algunas teorías, quizá tan alocadas como para ser ciertas, sólo existía un
monolito arquetípico y todos los demás, cualquiera que fuese su tamaño, no eran más
que proyecciones o imágenes de aquél. Poole recordó esas ideas cuando advirtió la
suavidad inmaculada, impoluta de la fachada de ébano de la Gran Muralla, que se alzaba
amenazadora ante él. Indudablemente, después de tantos siglos de haber estado en un
ambiente tan hostil, ¡debieron de habérsele formado algunas zonas de suciedad! Y, sin
embargo, se la veía tan impecable como si un ejército de limpiadores de ventanas
acabara de pulirle cada centímetro cuadrado.
En ese momento recordó que, aunque todos los que habían llegado a ver las AMT-1 y
AMT-0 sintieron un impulso irresistible de tocar esas superficies aparentemente prístinas,
nadie había tenido éxito jamás. Dedos, taladros con punta de diamante, cizallas
laséricas… todo resbalaba sobre los monolitos, como si hubieran estado recubiertos con
una película impermeable… o como si, y esa era otra popular teoría, no hubieran estado
por completo en ese universo, sino separados de él por una fracción de milímetro por
completo infranqueable.
Poole describió de manera pausada el circuito completo de la Gran Muralla, que
permanecía totalmente indiferente al avance del trasbordador. Después llevó la nave —
todavía en control manual, en el caso de que Control Ganimedes hiciera ulteriores
esfuerzos por “rescatarlo”— hasta los límites interiores de Tsienville y quedó flotando ahí,
en busca del mejor sitio para descender.
La escena que veía a través de la pequeña ventanilla panorámica del Falcon le era del
todo familiar; la había examinado tan a menudo en las grabaciones de Ganimedes, sin
imaginar jamás que, un día, estaría observándola en la realidad. Los europanos, según
parecía, no tenían la menor idea sobre planeamiento urbano: centenares de estructuras
hemisféricas estaban esparcidas, aparentemente al azar, por sobre una superficie de
alrededor de un kilómetro de ancho. Algunas eran tan pequeñas que hasta niños
humanos se habrían sentido apretados en ellas. Aunque otras eran lo suficientemente
grandes como para contener una familia numerosa, ninguna tenía más que cinco metros
de altura.
Y todas estaban hechas con el mismo material, que refulgía con un color
espectralmente blanco bajo la doble luz del día. En la Tierra, los esquimales habían
encontrado una respuesta idéntica para el desafío que planteaba su propio ambiente,
frígido y carente de materiales: los iglúes de Tsienville también estaban hechos con hielo.
En lugar de calles, había canales, lo que convenía más a seres que todavía eran
parcialmente anfibios y que, al parecer, regresaban al agua para dormir. Asimismo se
creía que lo hacían para alimentarse y reproducirse, aunque ninguna de esas hipótesis se
había demostrado.
A Tsienville la habían llamado la “Venecia hecha de hielo”, y Poole tuvo que estar de
acuerdo en que era una descripción apropiada. Sin embargo, no había venecianos a la
vista, y el lugar tenía el aspecto de estar abandonado desde hacía años.
Y aquí se planteaba otro misterio: a pesar de que Lucifer era cincuenta veces más
brillante que el distante Sol, y que era un elemento permanente en el cielo, los europanos
todavía parecían estar sujetos a un antiguo ritmo de noche y día: regresaban al océano
con el ocaso, y salían a la superficie cuando salía el Sol… no obstante que el nivel de
iluminación había cambiado nada más que un porcentaje pequeño. Quizás existía un
paralelo en la Tierra, donde el ciclo de vida de muchos seres estaba controlado tanto por
la tenue Luna como por el Sol, más brillante.
El Sol saldría dentro de otra hora y, entonces, los habitantes de Tsienville volverían a
tierra firme y se dedicarían a sus pausados asuntos, ya que, según los parámetros
humanos, por cierto que eran pausados. La bioquímica basada sobre el azufre, que daba
energía a los europanos, no era tan eficiente como la basada sobre el oxígeno, que
permitía la actividad de la inmensa mayoría de los animales terrícolas. Hasta un perezoso
podía ir más rápido que un europano, así que resultaba difícil considerarlos como
potencialmente peligrosos. Ésa era la parte positiva. La negativa era que aun con las
mejores intenciones en ambas partes, los intentos por establecer comunicación serían
extremadamente lentos, quizás hasta intolerablemente tediosos.
Poole decidió que ya era hora de que volviera a comunicarse con el Control de
Ganimedes: debían de estar muy angustiados, y Poole se preguntaba cómo su cómplice
de conspiración, el capitán Chandler, estaría lidiando con la situación.
—Falcon llamando a Ganimedes. Como indudablemente podrán ver, se me hizo… eh…
permanecer justo por encima de Tsienville. No hay señales de hostilidad y como acá
todavía es la noche solar, todos los europanos están debajo del agua. Llamaré de nuevo
tan pronto como esté en el suelo.
Dim habría estado orgulloso de él, pensó Poole, mientras llevaba al Falcon a
descender, con la suavidad de un copo de nieve, sobre un pequeño parche de hielo. No
quería correr riesgos con la estabilidad y dispuso el impulso inercial de manera que
cancelara todo menos una fracción del peso del transbordador: lo suficiente, esperaba,
como para evitar que el aparato fuera arrastrado por el viento.
Estaba en Europa: el primer ser humano después de mil años. ¿Armstrong y Aldrin
habrían experimentado esa sensación de júbilo cuando el Águila descendió en la Luna?
Es probable que hayan estado demasiado ocupados comprobando los primitivos
sistemas, carentes por completo de inteligencia, de su módulo lunar.
El Falcon, claro está, realizaba todo eso en forma automática. La pequeña cabina
ahora estaba muy silenciosa, aparte del inevitable, y tranquilizador, murmullo de los
equipos electrónicos bien templados. A Poole le produjo una conmoción considerable
cuando la voz de Chandler, evidentemente pregrabada, le interrumpió los pensamientos:
—¡Así que lo hiciste! ¡Felicitaciones! Como sabes, está programado que regresemos al
Cinturón la semana después de la que viene, pero eso debe de darte mucho tiempo.
“Después de cinco días, Falcon sabe qué hacer. Encontrará el camino de vuelta a
casa, contigo o sin ti, de modo que, ¡buena suerte!
SEÑORITA PRINGLE
ACTIVAR CRIPTOPROGRAMA
ALMACENAR
—Hola, Dim, ¡gracias por ese jovial mensaje! Me siento bastante tonto usando este
programa, como si fuera un agente secreto en uno de los melodramas de espionaje tan
populares antes que yo naciera. Así y todo, nos brinda algo de privacidad, lo que puede
ser útil. Espero que la señorita Pringle haya descargado esto en forma adecuada… ¡pero
claro, señorita P, sólo estoy bromeando!
“A propósito, estoy recibiendo una andanada de solicitudes de todos los medios de
prensa del Sistema Solar. Por favor, trata de alejarlos de mí o de desviarlos hacia el
doctor Ted: le va a encantar hacerse cargo de ellos…
“Puesto que Ganimedes me tiene en cámara todo el tiempo, no voy a gastar saliva
diciéndote lo que estoy viendo. Si todo va bien, deberemos tener algo de acción dentro de
algunos minutos… y todos sabremos si fue una buena idea, en realidad, permitir que los
europanos me encuentren sentado aquí pacíficamente, esperando saludarlos cuando
salgan a la superficie…
“Ocurra lo que ocurra, no será una sorpresa tan grande para mí como lo fue para el
doctor Chang y sus colegas, cuando descendieron aquí hace mil años. Volví a reproducir
su último mensaje, poco antes de salir de Ganimedes: debo confesar que me produjo una
sensación de pavor. No pude dejar de preguntarme si era posible que algo así pudiera
ocurrir de vuelta… no me gustaría inmortalizarme del modo en que lo hizo el pobre
Chang…
“Por supuesto, siempre puedo despegar si algo empezara a salir mal… y he aquí un
interesante pensamiento que se me acaba de ocurrir: me pregunto si los europanos tienen
historia, alguna clase de registros, algún recuerdo, de lo que sucedió a nada más que a
unos kilómetros de aquí, hace mil años.
27 – Hielo y vacío
—… Aquí el doctor Chang, llamando desde Europa. Espero que me puedan oír, en
especial el doctor Floyd… sé que usted está a bordo de la Leonov… Puedo no tener
mucho tiempo… apuntando la antena de mi traje hacia donde creo que está usted… por
favor, retrasmita esta información a la Tierra.
“La Tsien fue destruida hace tres horas… Soy el único sobreviviente… Usando la radio
de mi traje… desconozco si tiene alcance suficiente, pero es la única alternativa. Por
favor, escuche con cuidado…
“HAY VIDA EN EUROPA. Repito: HAY VIDA EN EUROPA…
“Descendimos sanos y salvos, revisamos todos los sistemas y sacamos las
mangueras, para poder iniciar de inmediato el bombeo de agua hacia el interior de
nuestros tanques de impulsante… tan sólo por si teníamos que salir con apuro.
“Todo estaba yendo según lo planeado… casi parecía demasiado bueno para ser
cierto. Los tanques estaban semillenos, cuando el doctor Lee y yo salimos para revisar la
aislación de las tuberías. La Tsien está —estaba— situada a unos treinta metros del
borde del Gran Canal. Las tuberías salían directamente de ella y descendían a través del
hielo. Muy delgado: no era seguro como para caminar sobre él.
“Júpiter aparecía lleno en un cuarto, y teníamos cinco kilovatios de iluminación
extendidos sobre la nave: parecía un árbol de Navidad; hermosa, reflejada en el hielo…
“Lee fue el primero que la vio: una enorme masa negra que ascendía de las
profundidades. Al principio creímos que se trataba de un cardumen (era demasiado
grande para ser un solo organismo); después empezó a abrirse paso a través del hielo,
quebrándolo, y desplazándose hacia nosotros.
“Parecía como formado por enormes filamentos de algas mojadas, que se arrastraban
por el suelo. Lee corrió de vuelta a la nave para traer una cámara; yo me quedé para
observar e informar por la radio. La cosa se desplazaba con tanta lentitud que fácilmente
pude haberla dejado atrás. Me sentía mucho más excitado que alarmado. Creí saber de
qué clase de ser se trataba, he visto fotografías de los bosques de algas pardas, del tipo
de las laminariáceas, en las costas de California, pero estaba totalmente equivocado…
“… Me di cuenta de que el ser estaba en problemas: no le habría resultado posible
sobrevivir en una temperatura ciento cincuenta grados inferior a la de su ambiente normal.
Se iba congelando y solidificando a medida que avanzaba (se le iban cayendo trocitos,
como vidrios rotos), pero seguía desplazándose hacia la nave, una ola negra de marea
que iba perdiendo velocidad a cada instante.
“Yo seguía tan sorprendido que no podía pensar con lógica y no alcanzaba a imaginar
qué era lo que ese ser estaba tratando de hacer. Aun cuando se dirigía hacia la Tsien,
seguía pareciendo completamente inofensivo, como… bueno… como un bosque en
movimiento. Recuerdo haber sonreído: me hizo recordar el bosque de Burnham, en
Macbeth…
“Entonces, de repente, comprendí cuál era el peligro: aun cuando fuera inofensivo por
completo, era pesado y, con todo el hielo que llevaba encima, debía de pesar varias
toneladas, incluso en esta gravedad baja.. Y lenta y penosamente estaba trepando por
nuestro tren de aterrizaje… las patas estaban empezando a combarse… todo en cámara
lenta, como algo que ocurriera en un sueño… o una pesadilla…
“No fue sino cuando la nave empezó a venirse abajo, que me di cuenta de qué estaba
tratando de hacer esa cosa… y para entonces fue demasiado tarde: pudimos habernos
salvado… ¡si tan sólo hubiéramos apagado las luces!
“Quizás era un ser de fototropismo positivo, con su reloj biológico activado por la luz
solar que se filtra por el hielo. O pudo haber sido atraído como una polilla a una vela. La
luz de nuestros reflectores debe de haber sido más brillante que cualquier otra que
Europa haya conocido jamás, incluyendo la del Sol mismo…
“Después, la nave se desplomó. Vi quebrarse el casco y formarse una nube de copos
de nieve cuando se condensó la humedad. Todas las luces se apagaron, salvo una, que
oscilaba de un lado para otro pendiendo de un cable que estaba a unos metros por
encima del suelo.
“No sé qué ocurrió inmediatamente después de eso. El recuerdo siguiente que tengo es
que yo estaba de pie bajo la luz, al lado del pecio de la nave, y una fina pulverización de
nieve fresca cayendo todo alrededor de mí; pude ver con toda claridad las huellas de mis
propias botas en ella. Debo de haber corrido hacia ahí. Quizá sólo transcurrió un minuto o
dos…
“La planta, porque aún creo que se trata de una planta, estaba inmóvil. Me pregunté si
se habría lesionado con el impacto: grandes secciones, gruesas como el brazo de un
hombre, aparecían diseminadas, como si fueran ramas quebradas.
“Entonces, el tronco principal empezó a desplazarse otra vez. Se apartó del casco y
comenzó a reptar hacia mí. Ahí fue cuando supe con certeza que el ser era sensible a la
luz: yo estaba parado inmediatamente debajo de la lámpara de mil vatios, que para estos
momentos había dejado de oscilar.
“Imagine un roble… no, mejor aún, un banano con sus muchos troncos y raíces…
aplastado por la gravedad y tratando de reptar por el suelo. Se acercó a unos cinco
metros de la luz; después empezó a extenderse hasta formar un círculo perfecto
alrededor de mí: presuntamente ése era el límite de su tolerancia, el punto en el que la
fotoatracción se convierte en repulsión.
“Después de eso, nada ocurrió durante varios minutos. Me pregunté si estaba muerto,
congelado hasta la solidificación final.
“Fue entonces cuando vi las grandes yemas que se le estaban formando en muchas de
las ramas. Era como mirar una película de flores que se abren, pero con cámara
acelerada. En realidad, pensé que eran flores… cada una grande como la cabeza de un
hombre.
“Membranas delicadas, de hermosos colores, empezaron a desplegarse. Aun en ese
momento me vino el pensamiento de que nadie, de que ninguna cosa, pudo haber visto
jamás esos colores de manera adecuada, hasta que trajimos nuestras luces, nuestras
fatales luces, a este mundo.
“Zarcillos y estambres vibraban débilmente… Caminé hacia la pared viviente que me
rodeaba, para poder ver con exactitud qué estaba sucediendo. Ni en ese momento ni en
algún otro, sentí el más leve temor de ese ser. Estaba seguro de que no era malévolo… si
es que lisa y llanamente tenía conciencia.
“Había innumerable cantidad de aquellas flores grandes en diversas etapas de
apertura. Ahora me hacían recordar a mariposas que acabaran de salir de la crisálida, con
las alas plegadas, todavía débiles. Cada vez me estaba acercando más a la verdad.
“Pero se iban congelando, muriendo tan pronto se formaban. Después, una después de
otra, cayeron de las yemas madre. Durante unos instantes se agitaron como peces
varados en terreno seco… y por fin me di cuenta con exactitud de qué eran: esas
membranas no eran pétalos, sino aletas, o su equivalente. Era el estadio larval de
natación libre del ser. Probablemente transcurre mucho de su vida enraizado en el lecho
marino; después envía esas crías móviles en busca de nuevo territorio, exactamente igual
que los corales de los océanos de la Tierra.
“Me puse en cuclillas para mirar más de cerca a uno de los pequeños seres: ahora los
hermosos colores se estaban desvaneciendo y convirtiendo en un marrón deslustrado.
Algunos de los pétalos-aletas se habían caído, transformándose en escamas quebradizas
cuando se congelaban. Pero el ser principal seguía desplazándose débilmente y, cuando
me acerqué, trató de evitarme. Me pregunté cómo había percibido mi presencia.
“Entonces advertí que todos los estambres (como yo los llamaba) tenían puntos azul
brillante en el extremo. Parecían diminutos zafiros estrellados… o las manchas oculares
azules que hay distribuidas sobre el manto de una ostra: perciben la luz, pero no pueden
formar verdaderas imágenes. Mientras yo miraba, el azul brillante se desvaneció. Los
zafiros se convirtieron en piedras opacas, comunes y corrientes…
“Doctor Floyd, o cualquier otro que esté escuchando, no me queda mucho más tiempo:
la alarma de mi sistema de mantenimiento de funciones fisiológicas acaba de sonar. Pero
casi terminé.
“Supe, entonces, qué hacer: el cable que iba hasta esa lámpara de mil vatios colgaba
casi hasta el suelo. Le di unos tirones, y la luz se apagó lanzando una lluvia de chispas.
“Me pregunté si no sería demasiado tarde. Durante unos minutos, nada ocurrió. Así que
fui hasta la pared de ramas enmarañadas que me rodeaba, y la pateé.
“Con lentitud, el ser empezó a desenrollarse para retroceder hacia el Canal. Lo seguí
todo el trayecto de vuelta al agua, alentándolo con más patadas cuando reducía la
velocidad, sintiendo los fragmentos de hielo crujiendo todo el tiempo debajo de mis
botas… Cuando el ser se acercó al Canal, pareció ganar fuerza y energía, como si supiera
que se estaba acercando a su hogar natural. Yo me preguntaba si sobreviviría, para
germinar otra vez.
“Desapareció a través de la superficie, dejando unas últimas larvas muertas sobre ese
suelo que le era extraño. El agua libre expuesta al aire burbujeó unos minutos, hasta que
una costra de hielo protector la aisló herméticamente del vacío que tenía por encima.
Entonces caminé de vuelta a la nave para ver si había algo que se pudiera rescatar… No
quiero hablar sobre eso.
“Sólo tengo dos pedidos para hacer, doctor: cuando los taxónomos clasifiquen este ser,
espero que lo denominen con mi nombre.
“Y, cuando la próxima nave regrese a casa, pídales que lleve nuestros huesos de
regreso a China.
“La energía se agotará dentro de pocos minutos… ojalá supiera si alguien me está
recibiendo. De todos modos, repetiré este mensaje tanto tiempo como pueda…
“Aquí el profesor Chang en Europa, informando sobre la destrucción de la nave
espacial Tsien. Descendimos al lado del Gran Canal y dispusimos las bombas en el borde
del hielo…
28 – La pequeña alborada
SEÑORITA PRINGLE
REGISTRAR
—¡Aquí viene el Sol! ¡Qué extraño: qué rápido parece ascender en este mundo que
rota con lentitud! Pero claro: el disco es tan pequeño que todo él surge en el horizonte en
un abrir y cerrar de ojos… No es que represente mucha diferencia en lo concerniente a la
luz: si no se estuviera mirando en esa dirección, nunca se advertiría que hay otro sol en el
cielo.
“Pero espero que los europanos lo hayan advertido: por lo regular les toma menos de
cinco minutos empezar a salir a la orilla después de la Pequeña Alborada. Me pregunto si
ya saben que estoy aquí, y están asustados…
“No… podría ser exactamente al revés. Quizá sean inquisitivos, quizás hasta estén
ansiosos de ver qué extraño visitante ha venido a Tsienville… casi lo prefiero…
“¡Aquí vienen! Espero que sus satélites-espía estén observando… Cámaras del Falcon
grabando…
“¡Con qué lentitud se desplazan! Temo que va a ser muy aburridor tratar de
comunicarse con ellos… incluso si quisieran hablar conmigo…
“Bastante parecidos a la cosa que hizo volcar la Tsien, pero mucho más pequeños…
Me hacen pensar en arbolitos que caminan sobre media docena de troncos delgados. Y
con miles de ramas que se subdividen en ramitas, que se subdividen otra vez… y otra vez.
Igual que muchos de nuestros robots para aplicaciones generales… ¡cuánto tiempo
tardamos en darnos cuenta de que los humanoides de imitación eran ridículamente
torpes, y que la manera adecuada de caminar era con innumerables manipuladores
pequeños! Cada vez que inventamos algo, descubrimos que la Madre Naturaleza ya
pensó en eso…
“¿No son encantadores los pequeñitos, como diminutos arbustos en movimiento? Me
pregunto cómo se reproducen… ¿brotación? No me había dado cuenta de lo bellos que
son. Casi tan coloridos como arrecifes de coral, y quizá por las mismas razones: para
atraer una pareja o para engañar a los depredadores, simulando ser alguna otra cosa…
“¿Dije que parecían arbustos? Pues digamos que parecen rosales: ¡realmente tienen
espinas! Debe de haber un buen motivo para ello…
“Estoy decepcionado: no parecen haber advertido mi presencia. Todos se dirigen hacia
la ciudad, como si una nave espacial visitante fuese un hecho cotidiano… sólo quedan
unos pocos… quizás esto funcione… Supongo que pueden percibir vibraciones sonoras, la
mayoría de los seres marinos puede hacerlo, aunque esta atmósfera tal vez sea
demasiado tenue como para trasportar mi voz muy lejos…
“FALCON-PARLANTE EXTERNO…
“HOLA, ¿PUEDEN OÍRME? MI NOMBRE ES FRANK POOLE… EJEM… VENGO EN
PAZ, EN NOMBRE DE TODA LA HUMANIDAD…
“Me hace sentir bastante estúpido, ¿pero alguien puede sugerir algo mejor? Y quedará
bien para el registro…
“Nadie presta la menor atención. Tanto los grandes como los pequeñitos, todos reptan
hacia sus iglús. Me pregunto qué hacen realmente cuando llegan ahí: quizá deba
seguirlos. Estoy seguro de que sería del todo seguro; puedo desplazarme mucho más
rápido que…
“Acabo de tener un divertido recuerdo súbito: todos estos seres yendo en la misma
dirección… parecen los empleados que dos veces por día se desplazaban en masa entre
la casa y el trabajo, antes que la electrónica lo hiciera innecesario.
“Probemos otra vez, antes que desaparezcan todos…
“HOLA, HABLA FRANK POOLE, UN VISITANTE DEL PLANETA TIERRA. ¿PUEDEN
OÍRME?
—TE OIGO, FRANK. SOY DAVE.
29 – Los fantasmas de la máquina
La reacción inmediata de Frank Poole fue de absoluto asombro, seguido por una
irresistible alegría: realmente nunca había creído que podría hacer alguna clase de
contacto, ya fuese con los europanos o con el monolito. En verdad, hasta había tenido la
fantasía de, presa de la frustración, darle una patada a esa altísima pared de ébano y
gritar con ira: “¿Hay alguien en casa?”
Y, sin embargo, no debía estar tan asombrado: alguna forma de inteligencia tuvo que
haber vigilado su aproximación desde Ganimedes y permitido el descenso. Poole tendría
que haber tomado más en serio a Ted Khan.
—Dave —dijo con lentitud—, ¿realmente eres tú?
“¿Quién más podría ser?”, preguntó parte de su mente. Sin embargo, no era una
pregunta necia: había algo curiosamente mecánico, impersonal sería más adecuado, en
la voz que salía del pequeño parlante del tablero de control del Falcon.
—Sí, Frank, Soy Dave.
Hubo una breve pausa. Después la misma voz prosiguió, sin cambio alguno de
entonación:
—Hola, Frank. Habla Hal.
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—Bueno, Indra, Dim… me alegra que grabaran todo eso: en caso contrario, no me
creerían…
“Creo que todavía estoy bajo la conmoción. Antes que nada, ¿cómo debo sentirme
respecto de alguien que trató de —que consiguió— matarme? ¡aun cuando eso ocurrió
hace mil años! Pero ahora entiendo que Hal no fue culpable, nadie lo fue. Hay un buen
consejo que a menudo encontré útil: “Nunca atribuyas a la malevolencia lo que
sencillamente se debe a la incompetencia”. No puedo sentir enojo hacia un montón de
programadores a los que nunca conocí, y que han estado muertos desde hace siglos.
“Me alegra que esto se halle cifrado, ya que no sé cómo se lo deba manejar y mucho
de lo que les digo puede resultar una absoluta tontería. Ya estoy padeciendo de
sobrecarga de información y le tuve que pedir a Dave que me dejara un rato… ¡después
de todo lo que arrostré para encontrarme con él! Pero no creo haber herido sus
sentimientos. Todavía no estoy seguro de que tenga sentimiento alguno…
“Qué es él: ¡buena pregunta! Pues bien, realmente es Dave Bowman, pero despojado
de la mayoría de su parte humana, como… ehh… como la sinopsis de un libro o de un
trabajo técnico: ya se sabe cómo un compendio puede brindar toda la información
básica… ¡pero ni el menor indicio de la personalidad del autor! Y, sin embargo, había
momentos en los que yo sentía que algo del antiguo Dave todavía estaba ahí. No iría tan
lejos como decir que lo alegraba encontrarme de nuevo: moderadamente satisfecho se
acercaría más a la verdad. En cuanto a mí, todavía estaba muy confundido: era como
encontrar un viejo amigo después de una larga separación, y descubrir que ahora es una
persona diferente. Bueno, transcurrieron mil años… y no puedo imaginar qué experiencias
conoció, aunque, como les mostraré dentro de poco, trató de compartir algunas de ellas
conmigo.
“Y Hal: está aquí, no hay duda al respecto. La mayor parte del tiempo, no hay manera
de reconocer cuál de ellos me está hablando. ¿No son esos ejemplos de personalidades
múltiples en los anales médicos? A lo mejor es algo así.
“Le pregunté cómo les había ocurrido eso a los dos, y él —ellos, maldición…
¡Halman!— trataron de explicarlo. Permítanme repetirlo: puedo haberlo entendido
parcialmente mal, pero es la única hipótesis de trabajo que tengo.
“Por supuesto, el monolito, en sus diversas manifestaciones, es la clave… no, ésa es la
palabra equivocada… ¿no dijo alguien, alguna vez, que era una especie de cortaplumas
del ejército suizo, pero en escala cósmica? Ustedes todavía los tienen, aunque Suiza y su
ejército desaparecieron hace siglos; es un dispositivo multipropósito que puede hacer
cualquier cosa que desee… o que esté programado para hacer…
“Allá en África, hace cuatro millones de años, para bien o para mal nos dio esa patada
evolutiva en los fundillos. Después, su hermano de la Luna aguardó a que saliéramos de
la cuna. Eso lo conjeturamos, y Dave lo confirmó.
“Dije que no conserva muchos sentimientos propios de los seres humanos, pero sigue
teniendo curiosidad: quiere aprender. ¡Y vaya oportunidad que ha tenido!
“Cuando el monolito de Júpiter lo absorbió (no se me ocurre una palabra mejor), obtuvo
más de lo que jamás pudo haber esperado. Aunque el monolito lo usó —en apariencia—,
como espécimen capturado y como sonda para investigar la Tierra, Dave también estuvo
usando al monolito con ayuda de Hal; ¿y quién mejor que una supercomputadora para
entender a otra?, le estuvo explorando la memoria y tratando de descubrir su propósito.
“Ahora bien, esto es algo muy difícil de creer: el monolito es una máquina
fantásticamente poderosa —¡miren lo que le hizo a Júpiter!—, pero no es más que eso:
funciona en modalidad automática, no tiene conciencia. Recuerdo que una vez se me
ocurrió que podría tener que patear la Gran Muralla y gritar: “¿hay alguien ahí?”. Y la
respuesta correcta debería ser: “Nadie… salvo Dave y Hal”.
“Y lo que es peor, algunos de sus sistemas pueden haber empezado a fallar; Dave
hasta sugiere que, en cierto sentido fundamental, ¡hasta se volvió estúpida! Quizá se la
dejó sola demasiado tiempo: es hora de hacerle una revisión en el taller…
“Y Dave está convencido de que el monolito cometió, cuando menos, un error de juicio.
Quizás esa no sea la palabra adecuada; hasta pudo haber sido deliberado, meditado en
forma cuidadosa…
“Sea como fuere, eso es… bueno… verdaderamente pasmoso y aterrador por lo que
entraña. Por suerte, puedo mostrárselo a ustedes, para que saquen sus propias
conclusiones. ¡Sí, aun cuando ocurrió hace mil años, cuando la Leonov volaba en la
segunda misión a Júpiter! Y todo este tiempo nadie llegó a barruntar…
“Por cierto que me alegra que me hayan provisto con el casquete cerebral.
Naturalmente, fue invalorable; no puedo imaginar la vida sin él, pero ahora está haciendo
un trabajo para que el que nunca se lo diseñó… y lo está haciendo notablemente bien.
“A Halman le tomó unos diez minutos averiguar cómo funcionaba y establecer una
interfaz. Ahora tenemos contacto mente a mente… lo que es todo un esfuerzo para mí, les
confieso: tengo que seguir pidiéndoles que vayan más despacio y que balbuceen como
bebés… o quizá deba decir piensen como bebés…
“No estoy seguro de cómo vaya a resultar esto: es la grabación de mil años de las
propias experiencias de Dave, de alguna manera almacenadas en la ingente memoria del
monolito, después recuperadas por Dave e inyectadas en mi casquete cerebral —no me
pregunten de qué manera exacta—, para ser finalmente transferidas y trasmitidas a
ustedes a través de la Central Ganimedes… ¡fiuuu! Espero que nos le dé una jaqueca
descargándolas.
“Cambio a Dave Bowman en Júpiter, a comienzos del siglo XXI…
30 – Paisaje espumoso
Los zarcillos de fuerza magnética de un millón de kilómetros de largo, las súbitas
explosiones de ondas de radio; los geiseres de plasma electrificado, más anchos que el
planeta Tierra… para Dave eran tan reales y claramente visibles como las nubes que
rodeaban el planeta formando una aureola multicolor. Podía entender el complejo patrón
de sus interacciones, y se dio cuenta de que Júpiter era mucho más maravilloso de lo que
nadie pudo haber imaginado siquiera.
Incluso mientras caía a través del rugiente corazón de la Gran Mancha Roja, con el
relampaguear de sus tormentas eléctricas, amplias como continentes, detonando en
derredor de él, Dave supo por qué el planeta había persistido durante siglos, aun cuando
estaba constituido por gases mucho menos consistentes que los que formaban los
huracanes de la Tierra. El débil chillido del viento de nitrógeno se desvaneció cuando
Dave se hundió en las más tranquilas profundidades, y una cellisca de copos de nieve
céreos, algunos de los cuales ya se estaban fusionando para producir montañas apenas
palpables de espuma de hidrocarburos, descendió desde las alturas. Ya hacía suficiente
calor como para que existiera agua líquida, pero ahí no había océanos: ese ambiente
puramente gaseoso era demasiado tenue como para mantenerlos.
Dave descendió a través de capa tras capa de nubes, hasta que penetró en una región
de tal claridad que hasta el ojo humano podía haber recorrido una zona de más de mil
kilómetros de ancho. No era más que un torbellino de poca monta en el más amplio
vórtice de la Gran Mancha Roja… y guardaba un secreto que los hombres habían
sospechado, pero nunca comprobado.
Al pie de las flotantes montañas de espuma, se alineaban innumerables cantidades de
nubes pequeñas y definidas con precisión, todas aproximadamente del mismo tamaño y
exhibiendo un patrón similar de vetas rojas y marrones. Las nubes sólo eran pequeñas
por comparación con la escala inhumana de lo que las rodeaba: como mínimo habrían
cubierto una ciudad de buen tamaño.
Resultaba claro que estaban vivas, pues se desplazaban con lenta deliberación a lo
largo de los flancos de las montañas aéreas, ramoneando en sus laderas como si fueran
colosales ovejas. Y se llamaban entre ellas con sonidos que estaban dentro de la banda
métrica, con voz radial débil pero clara, sobre el fondo de los chasquidos y sacudidas de
Júpiter mismo.
Nada menos que bolsas vivientes de aire, flotaban en la estrecha zona que estaba
entre las gélidas alturas y las ardientes profundidades. Estrecha, sí… pero un dominio
mucho más grande que toda la biosfera de la Tierra.
No estaban solas: desplazándose con celeridad entre ellas había otros seres, tan
pequeños que con facilidad podían pasar inadvertidos. Algunos guardaban un
fantasmagórico parecido con aeronaves de la Tierra, y casi tenían el mismo tamaño. Pero
también ellas estaban vivas… quizá depredadores, quizá parásitos; quizá, hasta pastores.
Todo un capítulo nuevo de la evolución, tan extraño como el que Dave había podido
atisbar en Europa, se abría ante él. Había torpedos con propulsión a chorro, como los
calamares de los océanos terrestres, que cazaban y devoraban a las enormes bolsas de
gas. Pero los globos no estaban indefensos: algunos de ellos devolvían el ataque con
descargas de rayos eléctricos y con tentáculos provistos de garras, como motosierras de
kilómetros de largo.
Había formas aún más extrañas, que explotaban casi todas las posibilidades de la
geometría: barriletes translúcidos, de formas caprichosas; tetraedros, esferas, poliedros,
marañas de cintas retorcidas… El gigantesco plancton de la atmósfera joviana estaba
diseñado para flotar como telaraña en las corrientes ascendentes, hasta que hubieran
vivido lo suficiente como para reproducirse; después serían arrastrados hacia las
profundidades, para que se los carbonizara y reciclara en una nueva generación.
Dave estaba investigando un mundo más de cien veces mayor que el tamaño de la
Tierra y, aunque vio muchas maravillas, nada de lo que ahí había aparentaba tener
inteligencia. Las voces que llegaban por la radio de los grandes globos únicamente
llevaban mensajes simples de advertencia o de miedo. Hasta los cazadores, de los que
pudo haberse esperado que hubieran desarrollado niveles más elevados de organización,
eran como los tiburones de los océanos de la Tierra: autómatas carentes de inteligencia.
Y a pesar de los pavorosos tamaños y la novedad, la biosfera de Júpiter era un mundo
frágil, un sitio de neblinas y espuma, de delicadas hebras de seda y gasas delgadas como
papel, entretejidas a partir de la perenne nieve de compuestos petroquímicos formados
por los relámpagos que estallaban en las capas superiores de la atmósfera. Pocas de
esas estructuras tenían mayor consistencia que las burbujas de jabón; sus depredadores
más temibles podían ser reducidos a trizas aun por los carnívoros terrícolas más débiles.
Al igual que Europa, en escala vastamente mayor, Júpiter estaba en un callejón sin
salida evolutivo: la conciencia nunca habría de surgir allí y, aun si lo hiciera, estaría
condenada a una existencia imposibilitada de progresar: una cultura puramente aérea se
podría desarrollar, pero en un ambiente donde el fuego era imposible y los sólidos apenas
si existían, ni siquiera podría llegar a la Edad de Piedra.
31 – Guardería
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—Bien, Indra, Dim, espero que eso les haya llegado en buena forma… A mí todavía me
cuesta creerlo: todos esos seres fantásticos; ¡indudablemente debemos de haber captado
sus voces de radio, aun cuando no hayamos podido entenderlas!, borrados de un
plumazo para que Júpiter pudiera transformarse en un sol.
“Y ahora podemos entender el porqué: era para darles su oportunidad a los europanos.
Qué lógica impía; ¿es la inteligencia lo único que cuenta? Puedo imaginar algunas largas
discusiones con Ted Khan por este tema…
“La pregunta siguiente es: ¿lograrán tener éxito los europanos… o permanecerán
trabados para siempre en el jardín de infantes o ni siquiera eso: en la guardería? Aunque
mil años es un lapso muy breve, habría sido de esperar algo de avance pero, según Dave,
están exactamente igual ahora que cuando salieron del mar. A lo mejor ése es el
problema: todavía tienen un pie… ¡o una ramita!… en el agua.
“Y hay otra cosa en la que estábamos por completo equivocados: creíamos que
regresaban al agua para dormir. Pues resulta ser exactamente al revés: regresan para
comer, ¡y duermen cuando salen a tierra! Tal como podríamos haber inferido por su
estructura —esa red de ramas—, son comedores de plancton…
“Le pregunté a Dave:
“¿Qué pasa con los iglús que construyeron? ¿No representan un avance tecnológico?”
Y me respondió:
“En verdad, no: solamente son adaptaciones de estructuras que tienen en el lecho
marino, para protegerse de los diversos depredadores, en especial de algo que se parece
a una alfombra voladora, grande como una cancha de fútbol…”
“Hay un terreno, empero, en el que han demostrado iniciativa, hasta creatividad: los
fascinan los metales, presuntamente porque no existen en forma pura en el océano. Esa
es la razón de que a la Tsien se la haya desguazado. Lo mismo ocurrió con las
ocasionales sondas que cayeron en su territorio.
“¿Qué hacen con el cobre, el berilio y el titanio que juntan? Nada útil, me temo: lo
apilan todo en un solo lugar, formando un montón fantástico que siguen volviendo a
armar. Podrían estar desarrollando el sentido de la estética… He visto cosas peores en el
Museo de Arte Moderno… pero yo tengo otra teoría: ¿ustedes oyeron hablar del culto a
los aviones de carga? Durante el siglo XX, algunas de las pocas tribus primitivas que
todavía existían imitaron aviones en bambú, con la esperanza de atraer a los grandes
pájaros que pasaban por el cielo y, en ocasiones, les traían hermosos regalos. Quizá los
europanos tuvieron la misma idea.
“Ahora, en cuanto a esa pregunta que ustedes me siguen haciendo… ¿qué es Dave?,
¿y cómo él y Hal se convirtieron en lo que sea que son ahora?
“La respuesta rápida es, claro está, que ambos son emulaciones-simulaciones en la
memoria gigantesca del monolito. La mayor parte del tiempo están desactivados: cuando
le pregunté a Dave respecto de eso, dijo que había estado “despierto”, fue la palabra
exacta que empleó, nada más que durante cincuenta años en total, de los mil
transcurridos desde su… eh… metamorfosis.
“Cuando le pregunté si estaba resentido porque su vida hubiera sido dominada de este
modo, dijo: “¿Por qué debía de sentirme resentido? Estoy desempeñando mis funciones a
la perfección”.
“Sí, ya sé que suena exactamente como Hal, pero estoy convencido de que era Dave…
si es que ahora existe alguna diferencia.
“¿Recuerdan esa analogía con el cortaplumas del ejército suizo? Halman es uno de la
innumerable cantidad de componentes de ese cortaplumas cósmico.
“Pero no es una herramienta pasiva por completo: cuando está despierto posee una
cierta autonomía, una cierta independencia, supuestamente dentro de los límites fijados
por el control de transferencia de mando. En el transcurso de los siglos, a Dave se lo
utilizó como una especie de sonda inteligente para examinar Júpiter, como ya vieron
ustedes, así como Ganimedes y la Tierra. Eso confirma esos misteriosos acontecimientos
en Florida, de los que informó la ex novia de Dave, y la enfermera que cuidaba de la
madre de él, instantes antes de que ella muriera… así como los encuentros en Ciudad
Anubis.
“Y también explica otro misterio. Se lo pregunté a Dave sin rodeos: “¿Por qué se me
permitió descender en Europa, cuando a todos los demás se los rechazó? ¡di por
descontado que se haría lo mismo conmigo!”
“La respuesta es ridículamente sencilla: el monolito utiliza a Dave-Halman de vez en
cuando, para vigilarnos. Dave sabía todo sobre mi rescate: hasta vio algunas de las
entrevistas que la prensa me hizo en la Tierra y en Ganimedes… y debo decir que todavía
estoy un poco herido por el hecho de que no hiciera el menor intento por ponerse en
contacto conmigo… pero, por lo menos, puso el tapete que decía ¡Bienvenido! cuando
llegué…
“Dim, todavía me quedan cuarenta y ocho horas antes que el Falcon parta, ¡conmigo o
sin mí!: no creo que vaya a necesitarlas, ahora que hice contacto con Halman, ya que nos
podemos comunicar con igual facilidad desde Anubis… si es que él desea hacerlo.
“Y estoy ansioso por volver al Granomedes: el Falcon es una excelente nave espacial,
pero se le podría mejorar el sistema sanitario: aquí adentro ya está empezando a heder, y
mi picazón está pidiendo una ducha.
“Espero con ansia el reencuentro con ustedes y, en especial, con Ted Khan. Tenemos
mucho de qué hablar, antes que yo regrese a la Tierra. ALMACENAR TRASMITIR
V – Terminación
El esfuerzo de todo lo que es
No ayuda a la culpa primordial;
Llueve en los mares,
y aun así los mares son de sal.
A. E. HOUSMAN
MÁS POEMAS
32 – Un caballero ocioso
En total, habían sido tres décadas interesantes, pero sin rasgos destacados, señalados
por las alegrías y las tristezas que el tiempo y el destino le traen a toda la humanidad. La
más grande de esas alegrías fue del todo inesperada; de hecho, antes de abandonar la
Tierra en pos de Ganimedes, Poole habría desechado la idea, al considerarla lisa y
llanamente descabellada.
Hay mucho de cierto en el refrán que dice que la ausencia ablanda el corazón: cuando
Poole e Indra Wallace volvieron a encontrarse descubrieron que, a pesar de las bromas y
de los ocasionales desacuerdos entre ellos, estaban mucho más cerca el uno del otro de
lo que habían imaginado. Una cosa condujo a la otra… entre ellas, para su mutua alegría,
a Dawn Wallace y a Martin Poole.
Era bastante tarde en la vida para comenzar una familia, y eso sin considerar en
absoluto el pequeño detalle de los mil años, y el profesor Anderson les había advertido
que podría ser imposible. O, aun peor…
—Tuviste suerte en muchos más aspectos de los que puedas darte cuenta —le dijo a
Poole— los daños producidos por la radiación fueron sorprendentemente escasos y
pudimos hacer todas las reparaciones necesarias a partir del ADN que te quedó intacto.
Pero hasta que te hagamos más pruebas, no puedo prometerte la integridad genética. Así
que diviértanse… pero no inicien una familia hasta que les dé el visto bueno.
Los exámenes tomaron mucho tiempo y, tal como Anderson había temido, era preciso
hacer más reparaciones. Hubo un revés grave, algo que nunca pudo haber vivido, aun si
se le hubiera permitido ir más allá de las primeras semanas después de la concepción,
pero Martin y Dawn eran perfectos, con la cantidad exacta de cabezas, brazos y piernas.
También eran hermosos e inteligentes, y a duras penas escaparon de ser malcriados por
sus excesivamente afectuosos padres, que siguieron siendo amigos de lo mejor cuando,
después de quince años, cada uno optó por volver a ser independiente. Debido a su
Calificación de Logros Sociales, se les habría permitido —más aún, alentado— a tener
otro hijo, pero decidieron no sobrecargar su ya asombrosa buena suerte.
Una tragedia había ensombrecido la vida personal de Poole durante ese período y, por
cierto, había producido conmoción en toda la comunidad del Sistema Solar: el capitán
Chandler y toda su tripulación se perdieron cuando el núcleo de un cometa en el que
estaban practicando un reconocimiento estalló de repente, destruyendo la Goliath de un
modo tan completo, que solamente se pudo localizar unos pocos fragmentos. Tales
explosiones, causadas por reacciones entre moléculas inestables que existían a
temperaturas muy bajas, eran un peligro bien conocido para los recolectores de cometas,
y Chandler se había topado con varias durante su carrera. Nadie conocería jamás las
circunstancias exactas que hicieron que un viajero espacial tan experimentado fuese
tomado por sorpresa.
Poole extrañaba muchísimo a Chandler: había desempeñado un papel único en su
vida, y no existía alguien que lo reemplazara… nadie salvo Dave Bowman, con el que
había compartido una aventura de tanta importancia. A menudo habían planeado volver al
espacio juntos otra vez, quizás hasta llegar a la Nube Oort, con sus misterios y su riqueza
de hielo remota pero inagotable. No obstante, algún conflicto de horarios siempre había
interferido en esos planes, así que ése era un futuro deseado que nunca habría de existir.
Otra meta anhelada desde hacía mucho, que Poole se las había ingeniado para
alcanzar… a pesar de las recomendaciones del médico: había descendido a la Tierra… y
una vez fue más que suficiente.
El vehículo utilizado tenía aspecto casi idéntico al de las sillas de ruedas que usaban
los parapléjicos con más suerte de su propia época: estaba motorizado y tenía
neumáticos de baja presión que le permitían rodar sobre superficies razonablemente lisas.
Sin embargo, también podía volar, a una altura de unos veinte centímetros, sobre un
colchón de aire generado por un conjunto de ventiladores pequeños, pero poderosos.
Poole estaba sorprendido de que una tecnología tan primitiva se siguiera empleando
todavía, pero los dispositivos para control de la inercia eran demasiado voluminosos para
aplicaciones en escalas tan pequeñas.
Sentado cómodamente en su silla voladora, apenas si era consciente de que su peso
iba aumentando a medida que descendía hacia el corazón de África. Aunque advertía
algunas dificultades para respirar, las había experimentado mucho peores durante su
preparación de astronauta. Para lo que no estaba preparado fue para el soplo de calor de
horno que lo acometió en el momento de salir del gigantesco cilindro perforador del cielo
que constituía la base de la Torre. Sin embargo, todavía era de mañana: ¿cómo sería al
mediodía?
Apenas si se había habituado al calor, cuando el agredido fue su sentido del olfato: una
cantidad enorme de olores, ninguno desagradable pero todos desconocidos, reclamaron
con insistencia su atención. Cerró los ojos unos minutos, en un intento por evitar la
sobrecarga de sus circuitos de entrada de información.
Antes de que hubiera decidido abrirlos otra vez, sintió un objeto grande y húmedo que
palpitaba en su nuca:
—Dígale hola a Elizabeth —indicó su guía, un joven fornido vestido con el atuendo
tradicional de Gran Cazador Blanco, que estaba demasiado bien cuidado como para
haber visto un uso real—. Es nuestra saludadora oficial.
Poole se volvió en la silla y se encontró mirando los ojos sentimentales de un bebé de
elefante.
—Hola, Elizabeth —respondió, en tono bastante bajo. Elizabeth alzó la trompa como
saludo, y emitió un sonido no habitual entre gente bien educada, aunque Poole estaba
seguro de que era bien intencionado.
En total pasó menos de una hora en el planeta Tierra, dando un rodeo en torno del
borde de una selva cuyos árboles achaparrados salían perdiendo en la comparación con
la Tierra del Cielo, y encontrándose con mucho de la fauna local. Su guía se disculpó por
lo amistoso de los leones, malcriados por los turistas… pero la expresión malévola de los
cocodrilos lo compensaba con creces: aquí estaba la Naturaleza, en bruto e inalterada.
Antes de regresar a la Torre, Poole se arriesgó a dar algunos pasos alejándose de la
silla aérea: Comprendía que eso era equivalente a transportar su propio peso sobre la
espalda, pero eso no parecía ser una hazaña imposible, y nunca se perdonaría el no
haberlo intentado.
No fue una buena idea; quizá debió haberlo intentado en un clima más frío. Después de
no más de una docena de pasos, se alegró al hundirse de vuelta en las voluptuosas
garras de la silla.
—Es suficiente —declaró con fatiga—. Regresemos a la Torre.
Mientras rodaba hacia el vestíbulo del ascensor, advirtió un cartel que, de algún modo,
había pasado por alto durante la emoción de su arribo, y que decía:
¡BIENVENIDOS A ÁFRICA!
“En lo silvestre está la conservación del mundo.”
HENRY DAVID THOREAU
(1817-1862)
Al notar el interés de Poole, el guía preguntó:
—¿Lo conoció usted?
—Era la clase de pregunta que Poole oía con harta frecuencia, y en ese momento no
se sentía capaz de lidiar con ella:
—No me parece —repuso, fatigado, mientras las grandes puertas se cerraban detrás
de él, cercenando imágenes, aromas y sonidos del primer hogar de la humanidad.
El safari vertical le había satisfecho la necesidad de visitar la Tierra, y Poole puso lo
mejor de sí para no prestar atención a los diversos dolores y punzadas obtenidos durante
su visita allá abajo, cuando regresó a su departamento del nivel diez mil, una ubicación de
prestigio, incluso para esa democrática sociedad, Indra, empero, experimentó una leve
conmoción por aspecto de Poole y ordenó que se lo llevara directamente a la cama.
—Exactamente igual que Anteo… pero al revés —refunfuñó sombríamente.
—¿Cómo quién? —preguntó Poole: había ocasiones en las que la erudición de su
esposa era un tanto abrumadora, pero él ya había decidido que eso nunca le crearía un
complejo de inferioridad.
—El hijo de la diosa Tierra, Gea; Hércules luchó con él, pero cada vez que lo lanzaba al
suelo, Anteo renovaba sus fuerzas.
—¿Quién ganó?
—Hércules, por supuesto, al sostener a Anteo en el aire para que no pudiera recargar
las baterías.
—Bueno, estoy seguro de que no tardaré mucho en recargar las mías. Y aprendí una
lección: si no hago más ejercicio, puedo verme obligado a mudarme al nivel de gravedad
lunar.
La buena resolución de Poole duró todo un mes: todas las mañanas salía a dar una
caminata de cinco kilómetros a paso vivo, optando cada día por un nivel diferente de la
Torre África. Algunos pisos todavía eran vastos desiertos retumbantes de metal, que
probablemente nunca se habrían de ocupar, pero a otros les habían puesto paisajes y, en
el curso de los siglos, se los había desarrollado en una desconcertante variedad de estilos
arquitectónicos, muchos de los cuales fueron tomados de edades y culturas pasadas,
mientras otros daban una pauta del futuro que a Poole no le interesaba visitar. Por lo
menos, no existía el peligro del aburrimiento, y en muchas de sus visitas lo acompañaban,
a respetuosa distancia, grupos pequeños de niños amistosos; raramente podían seguirle
el paso durante mucho tiempo.
Un día, mientras daba sus zancadas por una convincente, aunque escasamente
poblada, imitación de los Champs Élysées, de pronto divisó una cara familiar:
—¡Danil! —exclamó.
El otro hombre no se dio por aludido en absoluto, aun cuando Poole volvió a llamarlo,
más fuerte esta vez:
—¿No te acuerdas de mí?
Danil —y ahora que lo había alcanzado, Poole no tenía la más mínima duda de su
identidad—, daba la impresión de estar sinceramente perplejo:
—Lo siento —dijo—. Usted es el comandante Poole, claro, pero estoy seguro de que
nunca nos vimos antes.
Ahora era el turno de Poole para sentirse avergonzado.
—Qué estupidez la mía —se disculpó—. Debo de haberlo confundido con otra persona.
Que tenga un buen día.
Estaba contento por el encuentro, y le agradaba saber que Danil estaba de vuelta en la
sociedad normal. Ya fuera que su delito originario hubiera sido asesinar con un hacha o
devolver tarde libros a la biblioteca, eso no era cuestión que le incumbiera a su ocasional
empleador: las cuentas se habían saldado los libros, cerrado. Aunque Poole a veces
extrañaba los dramas de policías y ladrones que a menudo disfrutaba durante su
juventud, había llegado a aceptar la sabiduría actual: el excesivo interés en la conducta
patológica era patológico en sí mismo.
Con la ayuda de la señorita Pringle Modelo III, Poole había podido organizar su vida de
modo que incluso hubiera ocasionales momentos en blanco en los que se podía relajar y
poner el casquete cerebral en búsqueda aleatoria, para recorrer sus zonas de interés.
Fuera de su familia inmediata, su principal preocupación todavía estaba entre las lunas de
Júpiter / Lucifer, no siendo la menor de las causas el que se lo reconociera como al
principal experto en el tema, y miembro permanente de la Comisión Europa.
Esa comisión se había creado casi mil años atrás, para examinar qué se podía hacer,
si es que había algo que se pudiera y debiera hacer, respecto del misterioso satélite. En el
transcurso de los siglos se había acumulado una vasta cantidad de información
proveniente de los vuelos de circunvalación de las Voyager de 1979 y de las primeras
exploraciones detalladas de las espacionaves Galileo colocadas en órbita en 1996, el
mismo año del nacimiento de Poole.
Al igual que la mayoría de las organizaciones de larga duración, la Comisión Europa
lentamente se había ido fosilizando y ahora solamente se reunía cuando se producían
nuevos acontecimientos. Se había despertado sobresaltada después de la reaparición de
Halman y nombró un enérgico presidente nuevo de la Comisión, cuyo primer acto fue el
de codesignar a Poole.
Aunque había poco en lo que podía colaborar que ya no figurara en los registros, Poole
se sintió muy feliz de estar en la Comisión. Evidentemente, su deber era hacerse
asequible, y también le brindaba una posición oficial de la que, de otro modo, habría
carecido. Con anterioridad, su condición social era lo que otrora se denominaba “tesoro
nacional”, lo que le resultaba ligeramente vergonzoso. Si bien lo alegraba que lo
mantuviera viviendo en el lujo un mundo más rico que lo que jamás pudieron haber
imaginado todos los sueños de las anteriores épocas devastadas por las guerras, sentía
la necesidad de justificar su existencia.
También experimentaba otra necesidad, que raramente expresaba, ni siquiera a sí
mismo. Halman le había hablado, aunque con brevedad, durante el extraño encuentro de
dos décadas atrás. Poole estaba seguro de que le resultaría fácil hacerlo otra vez, si así lo
deseara. ¿Acaso los contactos con seres humanos ya no le interesaban? Poole albergaba
la esperanza de que no fuera el caso; sin embargo, podría ser la única explicación de su
silencio.
Con frecuencia se ponía en contacto con Theodore Khan, tan activo y áspero como
siempre y, ahora, representante de la Comisión Europa en Ganimedes. Ya desde el
momento mismo en que Poole retornó a la Tierra, Khan trataba, en vano, de abrir un
canal de comunicación con Bowman. No podía entender por qué largas listas de
preguntas importantes sobre temas de interés vital para la filosofía y la historia ni siquiera
recibían el más mínimo reconocimiento de haber sido recibidas.
—¿El monolito mantiene a su amigo Halman tan ocupado que no puede hablar
conmigo? —se quejaba a Poole—. ¿Qué hace con su tiempo, en todo caso?
Era una pregunta muy razonable y la respuesta llegó, del mismo Bowman, como un
relámpago en un cielo sin nubes… en forma de llamada videofónica perfectamente común
y corriente.
33 – Contacto
—Hola, Frank. Habla Dave. Tengo un mensaje muy importante para ti. Doy por sentado
que ahora estás en tu suite de la Torre África. Si es así, por favor identifícate dando el
nombre de nuestro instructor de mecánica orbital. Aguardaré sesenta segundos y, si no
hay respuesta, volveré a intentar dentro de una hora exacta.
Ese minuto apenas si fue lo suficientemente largo como para que Poole se recuperase
de la conmoción. Sintió un breve acceso de deleite, así como de asombro, antes de que
predominara otra emoción: contento como estaba de volver a oír a Bowman, esa frase “un
mensaje muy importante” sonaba claramente ominoso.
“Por lo menos fue una suerte”, se dijo Poole, “que me haya llamado por uno de los
pocos nombres que puedo recordar.” Sin embargo, ¿quién podría olvidar a un escocés
con un dejo tan fuerte de Glasgow, que dominarlo les había tomado una semana? Pero
había sido un brillante expositor… una vez que se entendía lo que estaba diciendo.
—Doctor Gregory McVitty.
—Aceptado. Ahora conecta el receptor de tu casquete cerebral, por favor. Descargar el
mensaje tardará tres minutos. No intentes vigilarlo: estoy usando compresión de diez a
uno. Esperaré dos minutos antes de empezar.
“¿Cómo se las arregla para hacer esto?”, se preguntó Poole. Júpiter / Lucifer ahora
estaba a cincuenta minutos luz de distancia, así que el mensaje debía de haber partido
hacía casi una hora. Debió de haberlo enviado con un agente con inteligencia en un
paquete adecuadamente dirigido en el haz Ganimedes-Tierra, pero habría sido una
proeza trivial para Halman, con los recursos que aparentemente podía aprovechar dentro
del monolito.
La luz indicadora del casquete cerebral estaba titilando: estaba llegando el mensaje.
Con la compresión que Halman estaba empleando, a Poole le tomaría media hora
absorber el mensaje en tiempo real. Pero sólo necesitó diez minutos para saber que su
estilo pacífico de vida había llegado a un brusco final.
34 – Dictamen
En un mundo de comunicación universal e instantánea era muy difícil conservar
secretos. Poole decidió de inmediato que era una cuestión para una discusión cara a
cara.
La Comisión Europa había refunfuñado, pero todos sus miembros estaban reunidos en
el departamento de Poole. Había siete de ellos, el número de la suerte, indudablemente
sugerido por las fases de la Luna, que siempre fascinaba a la humanidad. Era la primera
vez que Poole se reunía con tres de los miembros de la Comisión, aunque entonces los
conocía a todos de manera más completa que lo que le habría sido posible en toda una
vida antes que existiera el casquete cerebral.
—Presidenta Oconnor, miembros de la comisión, querría decir unas palabras, ¡nada
más que pocas, lo prometo!, antes de que descarguen este mensaje que recibí de
Europa. Y prefiero hacerlo en forma verbal: me es más natural… temo que nunca estaré
del todo cómodo con la transferencia mental directa.
“Como ustedes ya saben, a Dave Bowman y Hal se los guardó como emulaciones en el
monolito de Europa. Aparentemente, el monolito nunca descarta una herramienta a la que
una vez encontró útil y, de vez en cuando, activa a Halman para que vigile nuestros
asuntos, cuando éstos empiezan a ser de su incumbencia, como sospecho que puede
haberlo sido mi arribo…¿aunque quizá me estoy autohalagando?
“Pero Halman no es tan sólo una herramienta pasiva: el componente Dave todavía
retiene algo de sus orígenes humanos, hasta emociones y, debido a que se nos preparó
juntos —compartimos casi todo durante años—, aparentemente le resulta mucho más
fácil comunicarse conmigo que con cualquier otra persona. Me agradaría pensar que
disfruta haciéndolo pero, quizás, es una palabra demasiado fuerte…
“También es curioso… inquisitivo… y quizás esté un tanto resentido por el modo en que
se lo recogió, como a un espécimen de la vida silvestre. Aunque eso es lo que
probablemente somos, desde el punto de vista de la inteligencia que creó el monolito.
“¿Y dónde está esa inteligencia ahora? Halman parece saber la respuesta, y
probablemente dé escalofríos saberla.
“Tal como siempre sospechamos, el monolito es parte de una red galáctica de alguna
clase. Y el nodo más cercano —el controlador del monolito, o su superior inmediato—
está a cuatrocientos cincuenta años luz.
“¡Demasiado cerca para mi gusto! Esto significa que el informe que sobre nosotros y
nuestros asuntos se trasmitió a comienzos del siglo XXI y se recibió hace medio milenio.
Si el monolito, llamémoslo Supervisor, contestó de inmediato, cualesquiera instrucciones
ulteriores deben de estar llegando ahora.
“Y eso parece ser, exactamente, lo que está ocurriendo: durante estos últimos días, el
monolito estuvo recibiendo una cadena continua de mensajes, y estuvo poniendo a punto
programas nuevos, que es de suponer que van de acuerdo con aquellos mensajes.
“Por desgracia, Halman únicamente puede hacer conjeturas respecto de la naturaleza
de esas instrucciones. Tal como ustedes comprenderán cuando hayan descargado esta
tablilla, Halman tiene acceso limitado a muchos de los circuitos y Bancos de memoria del
monolito, y hasta puede llevar a cabo una especie de diálogo con él… ¡si es que ésa es la
palabra adecuada, pues se necesitan dos personas para conversar! Todavía no puedo
absorber realmente la idea de que el monolito, aun con todos sus poderes, no posee
conciencia… ¡ni siquiera sabe que existe!
“Halman estuvo de vez en cuando meditando sobre el problema durante mil años, y
llegó a la misma respuesta a la que llegamos la mayor parte de nosotros. Pero su
conclusión seguramente debe de tener mucho más peso, debido a que conoce las cosas
por dentro.
“Lo siento, no pretendí hacer un chiste… ¿pero de qué otro modo podría decirlo?
“Lo que haya sido que se tomó la molestia de crearnos o, cuando menos, de chapucear
con la mente y los genes de nuestros ancestros, está decidiendo qué hacer a
continuación. Y Halman es pesimista… no, eso es una exageración… Digamos que no
cree que tengamos muchas probabilidades, pero ahora es un observador demasiado
indiferente como para preocuparse excesivamente. Para él, el futuro —¡la
supervivencia!— de la especie humana no es mucho más que un interesante problema,
pero está dispuesto a brindar ayuda.
De pronto, Poole dejó de hablar, para sorpresa de su atento público.
—Es extraño. Acabo de tener un recuerdo súbito asombroso… Estoy seguro de que
explica lo que está ocurriendo. Por favor, sean pacientes conmigo…
“Dave y yo estábamos caminando juntos un día, por la playa del Cabo, unas semanas
antes del lanzamiento, cuando advertimos un escarabajo grande tendido en la arena.
Como ocurre a menudo, había caído sobre el lomo y estaba agitando las patas en el aire,
pugnando por darse vuelta y quedar con el lomo hacia arriba.
“No le di importancia —estábamos enfrascados en una complicada discusión técnica—,
pero no Dave: se hizo a un lado y, con cuidado, lo hizo darse vuelta con el zapato.
Mientras el insecto se alejaba volando, comenté: “¿Estás seguro de que fue una buena
idea? Ahora irá y se comerá los crisantemos premiados de alguien”. Y me respondió:
“Puede ser que tengas razón, pero me gustaría concederle el beneficio de la duda”.
“Les pido disculpas: prometí decir nada más que unas palabras. Pero estoy muy
contento por haber recordado ese incidente: realmente creo que pone el mensaje de
Halman en la perspectiva correcta: le está dando a la especie humana el beneficio de la
duda…
“Ahora, revisen sus casquetes cerebrales, por favor. Este es un registro de alta
densidad… lo más alto de la banda U.V., canal 10. Pónganse cómodos, pero asegúrense
de estar en la visual. Aquí vamos…
35 – Consejo de guerra
Nadie solicitó una reiteración del registro: una vez fue suficiente.
Se produjo un breve silencio cuando terminó la reproducción del registro. Después, la
presidenta de la Comisión, doctora Oconnor, se quitó el casquete, se masajeó la
reluciente calva y dijo con lentitud:
—Usted me enseñó una expresión de su época que parece muy adecuada ahora: esta
es una lata llena de gusanos.
—Pero sólo Bowman… Halman… la abrió —intervino uno de los miembros de la
Comisión—. ¿En verdad entiende la operación de algo tan complejo como el monolito… o
toda esta trama no es más que el producto de su imaginación?
—No creo que tenga mucha imaginación —respondió Oconnor—, y todo encaja a la
perfección, en especial la referencia a Nuevo Escorpión: supusimos que fue un accidente
y, aparentemente, fue un… dictamen.
—Primero Júpiter… ahora Escorpión —dijo el doctor Kraussman, el distinguido físico al
que todo el mundo consideraba como la reencarnación del legendario Einstein… Un poco
de cirugía plástica, según se rumoreaba, también había ayudado. —¿Quién viene
después?
—Siempre sospechamos —dijo la presidenta— que las AMT nos estaban vigilando. —
Hizo una pausa durante un instante, para después agregar con pesadumbre:— ¡Qué
mala, qué increíblemente mala, suerte que el informe final saliera justo después del peor
período de la historia humana!
Se produjo otro silencio: todos sabían que al siglo XX a menudo se lo había calificado
como “El siglo de la tortura”.
Poole escuchaba sin interrumpir, mientras aguardaba a que surgiera algún consenso.
No por primera vez, estaba impresionado por la calidad de la Comisión: nadie estaba
tratando de demostrar una teoría que le agradaba ni anotarse puntos por su debate ni
alimentar el propio egoísmo. Poole no pudo evitar la comparación con las discusiones, a
menudo verdaderas reyertas, que había oído en su propia época, entre ingenieros y
administradores de la Agencia Espacial, comisiones del Congreso y directivos de la
industria.
Sí, era indudable que la especie humana había mejorado. El casquete cerebral no sólo
ayudó a erradicar a los inadaptados, sino que también aumentó inmensamente la
eficiencia de la educación. Y, sin embargo, también se había perdido algo: en esta
sociedad había muy pocos personajes memorables. De improviso sólo pudo pensar en
cuatro: Indra, el capitán Chandler, el doctor Khan, y la Dama Dragón como recuerdo
nostálgico.
La presidenta permitió que la discusión fluyera suavemente en un sentido y en otro,
hasta que todos tuvieran la oportunidad de decir lo que pensaban. Después empezó a
efectuar el resumen:
—La primera pregunta obvia: “¿Con cuánta seriedad debemos tomar esta amenaza?”
no merece que perdamos tiempo discutiéndola: aun si se tratara de una falsa alarma o de
un error de interpretación, es potencialmente tan grave que debemos presumir que es
real, hasta que tengamos evidencias absolutas que demuestren lo contrario. ¿Todos de
acuerdo?
“Bien. Y no sabemos cuánto tiempo tenemos, así que debemos suponer que el peligro
es inmediato. Quizá Halman tenga la capacidad de brindarnos alguna advertencia más,
pero para ese entonces puede ser demasiado tarde.
“Así que lo único que tenemos que decidir es: ¿cómo protegernos contra algo tan
poderoso como el monolito? ¡Miren lo que le ocurrió a Júpiter! Y, parece ser, a Nueva
Escorpión…
“Estoy segura de que la fuerza bruta sería inútil, aunque quizá debamos contemplar
esa opción. Doctor Kraussman, ¿cuánto se tardaría en fabricar una superbomba?
—Partiendo de la base de que todavía existan los diseños, con lo que las
investigaciones no serían necesarias… pues, quizás unas dos semanas. Las armas
termonucleares son bastante sencillas y utilizan materiales comunes y corrientes…
¡después de todo, volvieron a fabricarlas en el segundo milenio! Pero si lo que se busca
es algo complejo, digamos una bomba de antimateria o un miniagujero negro… bueno,
eso podría necesitar de algunos meses.
—Gracias. ¿Podría empezar la búsqueda? Pero, como ya dije, no tengo fe en que eso
sirva: con seguridad, algo que puede manejar tales poderes también debe de poder
protegerse contra ellos, así que… ¿alguna sugerencia?
—¿Podemos negociar? —preguntó uno de los consejeros, no con muchas esperanzas.
—¿Con qué… o con quién? —contestó Kraussman—. Como ya hemos descubierto, el
monolito es, en lo esencial, puro mecanismo, que hace aquello para lo que se lo
programó. A lo mejor, el programa tiene cierto grado de flexibilidad, pero no hay manera
de saberlo y, por cierto, no podemos acudir a la casa matriz; ¡está a medio millar de años
luz de nosotros!
Poole escuchaba sin interrumpir: no había cosa alguna con lo que pudiera colaborar en
la discusión y, en verdad, mucho de lo que se decía estaba fuera de su alcance. Empezó
a experimentar una insidiosa sensación de depresión. “¿Habría sido mejor”, se preguntó,
“no transmitir esta información? Entonces, si se tratara de una falsa alarma, nadie se
sentiría peor y, si no lo fuera… pues, la humanidad seguiría teniendo paz espiritual, ante
cualquier ineludible destino fatal que la aguardara.”
Todavía estaba rumiando esos lúgubres pensamientos, cuando se sintió súbitamente
alertado por una frase que le era familiar.
Un silencioso miembro de poca monta de la Comisión, con un nombre tan largo y difícil
que Poole nunca pudo recordarlo, y mucho menos pronunciarlo, acababa de dejar caer
intempestivamente dos palabras en la discusión:
—¡Caballo de Troya!
Se produjo uno de esos silencios a los que generalmente se describe como
“elocuente”; después, un coro de “¿por qué no pensé en eso?”, “¡Muy buena idea!”, hasta
que la presidenta, por primera vez en la sesión, tuvo que llamar al orden.
—Gracias, profesor Thirugnanasampanthamoorthy —dijo la doctora Oconnor, sin
perder el compás—. ¿Querría ser más específico?
—Claro que sí. Si el monolito, en verdad, es esencialmente, como todos parecen creer,
una máquina sin conciencia y, por eso, con nada más que una capacidad limitada de
autovigilancia, puede ser que ya tengamos las armas que la pueden derrotar. Bajo llave
en la bóveda.
—Y un sistema de despacho… ¡Halman!
—Precisamente.
—Un momento, doctor T. Nada sabemos, absolutamente nada, sobre la arquitectura
del monolito: ¿cómo podemos estar seguros de que cualquier cosa que nuestra primitiva
especie haya podido diseñar será efectiva contra él?
—No podemos, pero recuerden esto: no importa lo complejo que sea, el monolito tiene
que obedecer con exactitud las mismas leyes universales de la lógica que Aristóteles y
Boole formularon hace siglos. Esa es la razón por la que puede… ¡no, debe! ser
vulnerable a las cosas que están encerradas en la bóveda. Tenemos que armarlas de
manera tal que una, por lo menos, funcione. Es nuestra única esperanza… a menos que
alguien pueda sugerir una alternativa mejor.
—Disculpen —intervino Poole, perdiendo por fin la paciencia—, ¿tendría alguien la
gentileza de decirme qué es y dónde está esta famosa bóveda de la que estamos
hablando?
36 – La cámara de horrores
La historia está llena de pesadillas, algunas naturales, otras creadas por el hombre.
Hacia fines del siglo XXI, a la mayoría de las naturales —viruela, peste bubónica, sida,
los horribles virus que acechaban en la selva africana— se las había eliminado o, cuando
menos, puesto bajo control, merced a los avances de la medicina. Sin embargo, nunca
fue sensato subestimar el ingenio de la Madre Naturaleza, y nadie dudaba de que el
futuro seguiría reservando desagradables sorpresas biológicas para la humanidad.
En consecuencia, pareció ser una precaución inteligente conservar algunos
especímenes de todos esos horrores para el estudio científico… guardados con todo
cuidado, claro está, para que no existiera la posibilidad de que escaparan y volvieran a
hacer estragos en la especie humana. Pero, ¿cómo se podía tener absoluta seguridad de
que no había peligro de que eso ocurriera?
Hubo, comprensiblemente, mucho alboroto a fines del siglo XX, cuando se hizo la
propuesta de conservar los últimos virus de viruela conocidos en centros para control de
enfermedades de Estados Unidos y Rusia. No importa lo improbable que pudiera ser,
existía una probabilidad finita de que se pudieran liberar como consecuencia de
accidentes tales como terremotos, fallas de los equipos… o hasta deliberado sabotaje por
parte de grupos terroristas.
Una solución que satisfizo a todos (salvo a unos pocos extremistas que gritaban
“¡Conserven el yermo lunar!”) consistió en enviar los virus a la Luna y mantenerlos en un
laboratorio ubicado al final de un pozo de un kilómetro de largo, practicado en la aislada
montaña Pico, uno de los rasgos más destacados del Mar de las Lluvias. Y aquí, en el
curso de los años, se les unieron algunos de los ejemplos más sobresalientes de ingenio
humano mal empleado… en verdad, de demencia.
Había gases y nieblas que, aun en dosis microscópicas, causaban la muerte lenta o
instantánea. A algunos los habían creado devotos religiosos que, aunque mentalmente
desviados, se las habían arreglado para adquirir considerables conocimientos científicos.
Muchos de ellos creían que el fin del mundo estaba al alcance de la mano (cuando, claro
está, sólo sus seguidores se salvarían). En el caso de que Dios fuera lo suficientemente
distraído como para no comportarse según lo programado, quisieron asegurarse de que
podían rectificar Su desafortunado descuido.
Las primeras embestidas de estos letales fanáticos se llevaron a cabo sobre blancos
tan vulnerables como subterráneos llenos de gente, ferias mundiales, estadios deportivos,
espectáculos de artistas populares… decenas de miles fueron muertos y muchos más
quedaron heridos antes de que la locura fuera puesta bajo control a comienzos del siglo
XXI. Como ocurre a menudo, no hay mal que por bien no venga, porque eso forzó a los
organismos mundiales de mantenimiento de las leyes a que cooperasen como nunca
antes. Hasta los Estados disidentes que habían fomentado el terrorismo político fueron
incapaces de tolerar esa variedad aleatoria y completamente impredecible.
Los agentes químicos y biológicos utilizados en esos ataques, así como en formas más
primitivas de guerra, se unieron a la colección mortal de Pico. Sus antídotos, cuando
existían, también se guardaron con ellos. Se tenía la esperanza de que nada de ese
material volviera a preocupar a la humanidad… pero todavía estaba asequible, bajo una
fuerte guardia, por si se lo necesitara en una emergencia desesperada.
La tercera categoría de artículos conservados en la bóveda de Pico, aun cuando se los
podía clasificar como pestes, nunca había matado ni herido a alguien, no en forma
directa. Nunca existieron antes de fines del siglo XX, pero en el término de unas pocas
décadas habían hecho daños por un valor de miles de millones de dólares y, a menudo,
arruinaban vidas de un modo tan efectivo como podía haberlo hecho cualquier
enfermedad del cuerpo. Eran las enfermedades que atacaron al servidor más moderno y
más versátil de la humanidad, la computadora.
Con su nombre extraído de los diccionarios de medicina —virus, priones, tenias— eran
programas que con frecuencia imitaban, con precisión sobrenatural, el comportamiento de
sus parientes orgánicos. Algunos eran inofensivos, poco más que bromas juguetonas
pensadas para sorprender o divertir a los operadores de las computadoras, al
presentarles, en pantalla, mensajes e imágenes inesperados. Otros eran mucho más
malignos, agentes diseñados de manera deliberada para crear catástrofes.
En la mayoría de los casos, su propósito era por completo mercenario: eran las armas
que delincuentes de alto vuelo utilizaban para extorsionar a Bancos y empresas
comerciales, que ahora dependían totalmente de la operación eficaz de sus sistemas
electrónicos para procesamiento de datos. Ante la amenaza de que sus Bancos de datos
fueran borrados en forma automática en una fecha dada, a menos que transfirieran unos
cuantos megadólares a un anónimo número fuera del país, la mayoría de las víctimas
decidía no correr el riesgo de sufrir un desastre que muy bien podía ser irreparable.
Pagaban en silencio: a menudo, para evitar la vergüenza pública o, inclusive, privada, sin
informar a la Policía.
Este comprensible deseo de mantener los hechos en privado facilitaba que los
salteadores de caminos informáticos llevaran a cabo sus asaltos electrónicos y, aun
cuando se los capturase, recibían un tratamiento delicado por parte de los sistemas
jurídicos, que no sabían cómo manejar delitos tan novedosos y, después de todo, no
habían herido a nadie, ¿no? En verdad, después de haber cumplido sus breves
sentencias, a muchos de los perpetradores los contrataban sus víctimas sin hacer
alharaca, siguiendo el antiguo principio de que los cazadores furtivos son los mejores
guardabosques.
A esos delincuentes informáticos sólo los guiaba la codicia y, por cierto, no deseaban
destruir las empresas de las que podían abusar: ningún parásito sensato mata a su
hospedante. Pero estaban en acción otros enemigos de la sociedad, y mucho más
peligrosos…
Por lo común eran individuos inadaptados —típicamente, varones adolescentes— que
trabajaban en absoluta soledad y, por supuesto, en completo secreto. Su objetivo era
crear programas que sencillamente crearan estragos y confusión, una vez que se
hubieran difundido por todo el planeta a través del cable de alcance mundial y de las
redes de radio o en portadores físicos como discos flexibles y laséricos compactos.
Después disfrutaban del caos sobreviniente, regodeándose en la sensación de poder que
eso proporcionaba a sus lastimosas psiquis.
A veces, a esos genios pervertidos los descubrían y adoptaban los organismos de
inteligencia de las naciones para sus propios fines secretos… que, por lo general,
consistían en irrumpir en los Bancos de datos de sus rivales. Esa era una línea de empleo
bastante inofensiva, ya que las organizaciones que intervenían tenían, por lo menos, un
cierto sentido de responsabilidad cívica.
No ocurría eso con las sectas apocalípticas, a las que les encantó descubrir ese nuevo
arsenal, que contenía armas mucho más efectivas y de diseminación mucho más rápida
que los gases o los gérmenes. Y mucho más difíciles de contrarrestar, ya que se las podía
trasmitir en forma instantánea a millones de oficinas y hogares.
El colapso del Banco New York-Habana, en 2005; el lanzamiento de los proyectiles
termonucleares indios, en 2007 (por suerte, con las ojivas nucleares desactivadas); la
detención del control de tráfico aéreo paneuropeo, en 2008; la paralización de la red
telefónica de América del Norte, ese mismo año… todos fueron ensayos, inspirados por
las sectas, para el Día del Juicio Final. Gracias a brillantes proezas de contrainteligencia
por parte de organismos de naciones que, por lo general, no cooperaban entre sí y hasta
se hacían la guerra, esa amenaza lentamente se puso bajo control.
Por lo menos, eso es lo que se creía en general: durante varios centenares de años no
se habían producido ataques graves a los fundamentos mismos de la sociedad. Una de
las principales armas de la victoria fue el casquete cerebral… aunque estaban los que
creían que ese logro se había conseguido a un costo muy alto.
Aunque las discusiones sobre la libertad de la persona respecto de las obligaciones del
Estado ya eran antiguas cuando Platón y Aristóteles intentaron codificarlas, y
probablemente habrían de continuar hasta el fin de los tiempos, en el tercer milenio se
había alcanzado algo de consenso: era la aceptación general de que el comunismo era la
forma más perfecta de gobierno… Desafortunadamente, después se demostró, al costo de
algunos centenares de millones de vidas, que sólo era aplicable a los insectos sociales, a
los robots de la clase II, y a otras categorías restringidas similares. Para los imperfectos
seres humanos, la respuesta menos mala era la democracia, a la que con frecuencia se
definía como “codicia individual, moderada por un gobierno eficiente, pero no demasiado
fervoroso”.
Poco después que el uso del casquete fuera generalizado, algunos burócratas, muy
inteligentes y de celo máximo, se dieron cuenta de que tenía un potencial único en calidad
de sistema de alerta temprana: Durante el proceso de puesta a punto, cuando al nuevo
portador se lo estaba “calibrando” mentalmente, fue posible descubrir muchas formas de
psicosis antes que tuvieran la posibilidad de volverse peligrosas. A menudo, eso sugería
la mejor terapia pero, cuando no parecía ser posible cura alguna, se podía rotular al sujeto
en forma electrónica… o, en casos extremos, segregarlo de la sociedad. Naturalmente,
esa vigilancia mental sólo se podía ensayar en quienes estuvieran equipados con un
casquete cerebral pero, para fines del tercer milenio, eso era tan esencial para la vida
cotidiana como el teléfono personal lo había sido en los comienzos. De hecho,
quienquiera que no se uniera a la amplia mayoría era sospechoso de manera automática,
y se lo examinaba como si fuera un degenerado en potencia.
No es preciso decir que cuando el “sondeo mental”, como lo denominaban sus críticos,
empezó a ser de uso general, furibundas protestas de ultraje se hicieron oír desde las
organizaciones de derechos humanos. Uno de los lemas más efectivos era “¿Casquete
cerebral o calabozo cerebral?”. Lentamente, hasta con renuencia, se aceptó que esa
forma de vigilancia era una precaución necesaria contra males mucho peores: y no fue
coincidencia que, con el mejoramiento general de la salud mental, el fanatismo religioso
también iniciara su rápida declinación.
Cuando la largamente sostenida guerra contra los delincuentes de la cibernética hubo
concluido, los vencedores se encontraron en posesión de una vergonzosa colección de
productos defectuosos, todos ellos por completo incomprensibles para cualquier
conquistador de tiempos pasados. Había, claro está, centenares de virus de computadora,
la mayor parte de ellos muy difíciles de descubrir y matar. Y también algunas entidades —
de alguna manera había que llamarlas— mucho más aterradoras: eran enfermedades
brillantemente inventadas para las que no había curación… y, en algunos casos, ni
siquiera la posibilidad de una curación.
Muchas de ellas se relacionaban con grandes matemáticos que habrían quedado
horrorizados por esa corrupción de su descubrimiento. Como es una característica
humana la de empequeñecer un peligro real dándole un nombre absurdo, las
denominaciones a menudo eran humorísticas: el Duende de Grodel, el Dédalo de
Mandelbrot, la Catástrofe Combinatoria, la Trampa Transfinita, el Acertijo de Conway, el
Torpedo de Turing, el Laberinto de Lorenz, la Bomba Booleana, la Celada de Shannon, el
Cataclismo de Cantor…
Si alguna generalización era posible, es que todos esos horrores matemáticos
operaban según el mismo principio: para ser efectivos no dependían de algo tan ingenuo
como el borrado de la memoria o la corrupción de los códigos… todo lo contrario; su
enfoque era más sutil: persuadían a la máquina hospedante de que iniciara un programa
que no se podía completar antes del fin del universo, o que, y el Dédalo de Mandelbrot
era el ejemplo más mortífero, entrañase una serie literalmente infinita de pasos.
Un ejemplo trivial sería el cálculo de Pi, o de cualquier otro número irracional. Sin
embargo, aun la computadora electroóptica más estúpida no caería en una trampa tan
simple: hacía mucho que había pasado el día en que los idiotas mecánicos desgastaban
sus engranajes, girándolos hasta convertirlos en polvo mientras trataban de dividir por
cero…
El desafío para los programadores de demonios era convencer a sus blancos de que la
tarea que se les había asignado tenía una conclusión definida que se podía alcanzar en
un lapso finito. En la batalla de ingenio entre el hombre (raramente la mujer, a pesar de
tales modelos ejemplares como lady Ada Lovelace, la almirante Grace Hopper y la
doctora Susan Calvin) y la máquina, la máquina perdía de manera casi invariable.
Habría sido posible, aunque en algunos casos difícil y hasta riesgoso, destruir las
obscenidades captadas mediante órdenes BORRAR / SOBREESCRIBIR, pero
representaban una enorme inversión de tiempo e ingenio que, no importaba cuán
descarriado, parecía una lástima desperdiciar. Y, lo que era más importante, quizá se las
debía conservar para estudio en algún sitio seguro, como salvaguardia contra el momento
en que algún genio malvado pudiera volver a inventarlas y desplegarlas.
La solución era obvia: a los demonios digitales se los debía encerrar hermética, y, con
suerte, permanentemente, junto con sus contrafiguras químicas y biológicas, en la bóveda
de Pico.
37 – Operación Damocles
Poole nunca había tenido mucho contacto con el equipo que montaba el arma, acerca
de la cual todos teman la esperanza de que nunca tendrían que usarla. La operación,
agorera pero acertadamente denominada DAMOCLES, era de una especialización tan
grande que Poole nada podía aportar en forma directa, y vio lo suficiente de la fuerza de
tareas como para darse cuenta de que algunos de sus componentes casi podrían
pertenecer a una especie alienígena. En verdad, un miembro clave parecía estar en un
manicomio —Poole había quedado sorprendido al descubrir que tales sitios aún
existían—, y la presidenta Oconnor a veces sugería que otros dos, cuando menos,
deberían unirse a aquél.
—¿Alguna vez oyó hablar del Proyecto Enigma? —le preguntó a Poole, después de
una sesión particularmente frustrante.
Cuando él negó con un movimiento de cabeza, la mujer prosiguió:
—Me sorprende: ocurrió nada más que unas décadas antes que usted naciera.
Encontré la información cuando estaba investigando material para DAMOCLES. Fue un
problema muy parecido: en una de las guerras de ustedes, se organizó, en gran secreto,
la reunión de un grupo de matemáticos brillantes para que descifraran un código del
enemigo… A propósito, fabricaron una de las primerísimas computadoras verdaderas,
para hacer posible la tarea.
“Y hay un relato encantador, que espero que sea cierto, que me hace pensar en
nuestro propio equipo: un día, el primer ministro vino en visita de inspección y, después, le
dijo al director de Enigma: “Cuando le dije que no deje piedra sin dar vuelta para brindar a
sus hombres lo que necesiten, no esperé que me tomara en forma tan literal”.
Supuestamente, para el Proyecto DAMOCLES se había dado vuelta a todas las piedras
apropiadas. Sin embargo, como nadie sabía si estaban trabajando con un plazo
determinado de días, semanas o años, al principio fue necesario generar una cierta
sensación de urgencia. La necesidad de secreto también producía problemas: ya que no
tenía sentido sembrar la alarma por todo el sistema solar, no más de cincuenta personas
sabían del proyecto, pero eran las personas que importaban, las que podían reunir todas
las fuerzas necesarias y que, por sí mismas, podían autorizar la apertura de la bóveda de
Pico por primera vez en quinientos años.
Cuando Halman informó que el monolito estaba recibiendo mensajes con frecuencia
cada vez mayor, pareció que quedaban pocas dudas de que algo estaba por ocurrir.
Poole no era el único al que le resultaba difícil dormir en esos días, incluso con la ayuda
de los programas antiinsomnio del casquete cerebral. Antes de que finalmente
consiguiera dormir, a menudo se preguntaba si volvería a despertar. Pero, por lo menos,
todos los componentes del arma fueron ensamblados —un arma invisible, intocable… e
inimaginable para casi todos los guerreros que habían vivido en el pasado.
Nada podía haber parecido más inofensivo e inocente que la tablilla de memoria en
teraoctetos perfectamente clásica, que se utilizaba con millones de casquetes cerebrales
todos los días. Pero el hecho de que estuviera encerrada en un bloque enorme de
material cristalino, entrecruzado con bandas de metal, indicaba que era algo fuera de lo
común.
Poole la recibió con renuencia: se preguntaba si el mensajero al que se había
encomendado la tarea de transportar el núcleo de la bomba atómica de Hiroshima hasta
la base aérea del Pacífico desde la cual se la iba a lanzar, se había sentido de la misma
manera. Y, aun así, cuando todos sus miedos estaban justificados, si su responsabilidad
pudo haber sido mayor.
Y no podía estar seguro de que, por lo menos, la primera parte de su misión tendría
éxito. Debido a que ningún circuito podía ser absolutamente seguro, a Halman todavía no
se le había informado sobre el Proyecto DAMOCLES: Poole lo haría cuando regresara a
Ganimedes.
Después sólo le restaba esperar que Halman estuviera dispuesto a desempeñar el
papel de Caballo de Troya… y, quizás, a ser destruido en el proceso.
38 – Ataque preventivo
Resultaba extraño estar de vuelta en el hotel Granomedes después de todos esos
años, y lo más extraño de todo, porque parecía estar sin la menor modificación a pesar de
todo lo que había sucedido. A Poole todavía lo recibió la familiar imagen de Bowman,
cuando entró en la suite que llevaba el nombre de aquél y, tal como esperaba, Bowman /
Halman estaba aguardando, con un aspecto ligeramente menos concreto que el del
antiguo holograma. Antes que pudieran intercambiar saludos hubo una interrupción que
Poole habría recibido con agrado… en cualquier otro momento menos en ése: el
videófono de la habitación emitió su urgente terceto de notas ascendentes —algo que
tampoco había cambiado desde la última visita de Poole—, y un viejo amigo apareció en
la pantalla:
—¡Frank! —gritó Theodore Khan—, ¿por qué no me dijiste que venías? ¿Cuándo
podremos reunimos? ¿Por qué no hay imagen… hay alguien contigo? ¿Y quiénes eran
todos esos tipos con aspecto de funcionarios que descendieron al mismo tiempo…?
—¡Por favor, Ted! Sí, lo siento, pero créeme, tengo muy buenos motivos… Te lo explico
después. Y sí, tengo a alguien conmigo… te llamaré no bien pueda. ¡Adiós!
Mientras daba tardíamente la orden de “No Molestar”, Poole dijo en tono de disculpa:
—Lamento lo de… ya sabes quién era, claro.
—Sí, el doctor Khan. A menudo trató de ponerse en contacto conmigo.
—Pero nunca le respondiste. ¿Puedo preguntarte por qué? —Aunque había cuestiones
mucho más importantes por las que preocuparse, Poole no pudo resistirse a hacer la
pregunta.
—El nuestro fue el único canal que deseé mantener abierto. Además, a menudo yo
estaba afuera. A veces, durante años.
Eso era sorprendente y, sin embargo, no debía serlo: Poole sabía muy bien que se
había informado sobre la presencia de Halman en muchos lugares, en muchas ocasiones.
No obstante… “¿afuera durante años?”. Podría haber visitado una gran cantidad de
sistemas estelares… quizás así fue como supo lo de la Nova Escorpión, a nada más que
cuarenta años luz de distancia. Pero nunca pudo haber llegado hasta el Nodo: ir y volver
habría sido una travesía de novecientos años.
—¡Qué suerte que estabas aquí cuando te necesitábamos!
Era muy fuera de lo común que Halman vacilara antes de responder. Transcurrió un
lapso muy superior al retraso inevitable de tres segundos antes que dijera con lentitud:
—¿Estás seguro de que fue suerte?
—¿Qué quieres decir?
—No deseo hablar al respecto, pero dos veces he… vislumbrado… poderes…
entidades… muy superiores a los monolitos y, quizá, hasta sus creadores. Puede ser que
ambos tengamos menos libertad de la que imaginamos.
Ese pensamiento, en verdad, daba escalofríos. Poole necesitó hacer un esfuerzo de
voluntad para hacerlo a un lado y concentrarse en el problema inmediato.
—Confiemos en tener suficiente libre albedrío para hacer lo que es necesario. Quizás
ésta es una pregunta tonta: ¿el monolito sabe que nos reunimos? ¿Podría… entrar en
sospechas?
—No tiene capacidad de sentir una emoción como esa. Dispone de numerosos
dispositivos para protección contra fallas, algunos de los cuales entiendo. Pero eso es
todo.
—¿Podría alcanzar a oírnos ahora?
—No lo creo.
“Ojalá yo pudiera estar seguro de que se trata de un supergenio ingenuo y tonto”,
pensó Poole, mientras abría su maletín y sacaba la caja sellada que contenía la tablilla;
con esa gravedad baja, el peso era casi desdeñable: resultaba imposible creer que
pudiera contener el destino de la humanidad.
—No había manera de que pudiéramos tener la certeza de contar con un circuito
seguro hacia ti, así que no pudimos entrar en detalles. Esta tablilla contiene programas
que, esperamos, eviten que el monolito lleve a cabo cualesquiera órdenes que amenacen
a la humanidad. Hay veinte de los virus más devastadores jamás diseñados, para la
mayoría de los cuales no existe antídoto conocido; en algunos casos, se tiene la creencia
de que no hay antídoto posible. Hay cinco copias de cada uno. Querríamos que los liberes
cuando lo creas, y si lo crees necesario. Dave… Hal… a nadie se le confió jamás una
responsabilidad así, pero no tenemos otra alternativa. Una vez más, la respuesta pareció
tardar más que los tres segundos del viaje de ida y vuelta de Europa.
—Si hacemos eso, todas las funciones del monolito pueden cesar. Estamos inseguros
de lo que nos ocurrirá a nosotros entonces.
—Hemos tomado eso en cuenta, claro, pero, para estos momentos, seguramente
debes de tener muchos medios bajo tu mando, algunos que probablemente sobrepasen tu
comprensión. También te envío una tablilla de memoria en petaoctetos. Diez a la
decimoquinta potencia de octetos es más que suficiente para contener todos los
recuerdos y experiencias de muchos lapsos de vida: esto te dará una vía de escape.
Sospecho que tienes otras.
—Así es, decidiremos cuál utilizar en el momento adecuado.
Poole se relajó… tanto como era posible en esa extraordinaria situación. Halman
estaba dispuesto a cooperar: todavía conservaba suficientes ataduras con sus orígenes.
—Ahora bien, tenemos que hacer que te llegue esta tablilla… en forma física. Su
contenido es demasiado peligroso como para correr el riesgo de enviarla a través de
cualquier canal radial u óptico. Sé que posees control a larga distancia de la materia: ¿no
detonaste una vez una bomba que estaba en órbita? ¿Podrías transportarla a Europa?
Como alternativa, podríamos enviarla en un mensajero automático, a cualquier punto que
especifiques.
—Eso sería lo mejor: la recogeré en Tsienville. He aquí las coordenadas…
Poole todavía estaba desplomado en su asiento, cuando el monitor de la Suite
Bowman dio paso al jefe de la delegación que lo había acompañado desde la Tierra. Si el
coronel Jones era un verdadero coronel, o si su nombre era Jones siquiera, constituían
misterios de menor importancia que Poole realmente no tenía interés en resolver; era
suficiente que fuera un soberbio organizador y que hubiera manejado la mecánica de
Operación DAMOCLES con silenciosa eficiencia.
—Bien, Frank, está en camino. Estará descendiendo dentro de una hora y diez
minutos. Presumo que Halman lo puede tomar de ahí, pero no entiendo cómo puede
manejar realmente… ¿ésa es la palabra adecuada?, esas tablillas.
—Me hice la misma pregunta, hasta que alguien de la Comisión Europa lo explicó:
existe un muy conocido, ¡pero no para mí!, teorema que establece que cualquier
computadora puede emular a cualquier otra computadora. Por eso estoy seguro de que
Halman sabe con exactitud lo que está haciendo. Nunca habría estado de acuerdo si no
fuera así.
—Espero que usted tenga razón —contestó el coronel—. Si no… bueno, no sé qué
alternativa nos queda.
Se produjo un silencio lúgubre, hasta que Poole puso lo mejor de sí para aliviar la
tensión:
—A propósito, ¿oyó el rumor local que corre sobre nuestra visita?
—¿Cuál en particular?
—Que somos una delegación especial que se envío aquí para investigar el delito y la
corrupción en este poblado salvaje de la frontera. Se supone que el alcalde y el sheriff
están muertos de miedo.
—¡Cómo los envidio! —dijo el coronel Jones— a veces es todo un alivio tener algo
trivial para preocuparse.
39 – Deicidio
Al igual que todos los habitantes de Ciudad Anubis (población actual, 56.521
personas), el doctor Theodore Khan despertó poco después de la medianoche local, ante
el sonido de la alarma general. Su primera reacción fue:
—¡Otro sismo en el hielo no, por el amor de Deus!
Corrió hacia la ventana gritando “¡Ábrete!” tan fuerte, que la habitación no entendió, y
Khan tuvo que repetir la orden en voz normal. La luz de Lucifer debió de haber entrado a
raudales, pintando en el piso esos diseños que tanto fascinaban a los visitantes de la
Tierra, porque nunca se desplazaban ni una fracción de milímetro siquiera, no importaba
cuánto esperaran…
Aquel invariante haz de luz ya no estaba ahí. Mientras Khan contemplaba, sin poder
dar crédito a sus ojos, a través de la enorme burbuja transparente de la cúpula de Anubis,
vio un cielo que Ganimedes no había conocido durante mil años: una vez más estaba
radiante de estrellas; Lucifer había desaparecido.
Y fue entonces, mientras exploraba las constelaciones olvidadas, cuando Kahn se dio
cuenta de algo todavía más aterrador: donde debió estar Lucifer, había un disco diminuto
de absoluta negrura, que eclipsaba las estrellas desconocidas.
“Hay solamente una explicación posible”, se dijo Khan, aturdido: “a Lucifer lo tragó un
agujero negro… y después podría tocarnos a nosotros.”
En el balcón del hotel Granomedes, Poole observaba el mismo espectáculo, pero con
emociones más complejas. Aun antes de la alarma general, su seccom lo había
despertado con un mensaje de Halman:
—Está empezando. Hemos infectado al monolito, pero uno de los virus, quizá varios de
ellos, penetraron en nuestros propios circuitos. No sabemos si podremos utilizar la tableta
de memoria que nos dieron. Si tenemos éxito, nos encontraremos con ustedes en
Tsienville.
Después llegaron las sorprendentes, y extrañamente conmovedoras, palabras cuyo
contenido emocional exacto iba a ser debatido durante generaciones:
“Si no conseguimos descargar, recuérdennos.”
Desde la habitación que estaba detrás de la suya, Poole oyó la voz del alcalde, que
hacía lo más que podía para tranquilizar a los ahora insomnes ciudadanos de Anubis.
Aunque abrió su alocución con la más aterradora de las declaraciones oficiales: “No hay
motivo de alarma”, el alcalde tenía palabras de alivio en realidad:
—No sabemos qué está ocurriendo… ¡pero Lucifer sigue brillando como siempre!
Repito: Lucifer sigue brillando. Acabamos de recibir noticias del trasbordador interorbital
Alcyone, que partió hacia Calisto hace media hora. He aquí lo que se ve:…
Poole dejó el balcón y corrió a su habitación, justo a tiempo para ver el tranquilizador
brillo de Lucifer en la videopantalla.
—Lo que ocurrió —proseguía el alcalde, sin aliento— es que algo produjo un eclipse
temporario… Haremos un acercamiento para mirarlo… Observatorio de Calisto, adelante
por favor…
“¿Cómo sabe que es ‘temporario’?”, pensó Poole, mientras esperaba que la imagen
siguiente apareciera en la pantalla.
Lucifer se desvaneció, para ser reemplazado por un campo de estrellas. Al mismo
tiempo, el alcalde salió de trasmisión y otra voz se hizo cargo:
—… telescopio de dos metros, pero casi cualquier instrumento servirá. Es un disco de
material absolutamente negro, de poco más de diez mil kilómetros de diámetro, tan
delgado que no exhibe un espesor visible. Y está situado con exactitud, es evidente que
con toda intención, de modo de impedir el ingreso de luz alguna en Ganimedes.
“Haremos un acercamiento para ver si muestra algún detalle, aunque me inclino por
dudarlo…
Desde el punto de vista de Calisto, el disco ocultante se había escorzado hasta adquirir
la forma de óvalo, el doble de largo que de ancho. Se expandió hasta llenar por completo
la pantalla. De ahí en adelante fue imposible reconocer si se estaba haciendo un
acercamiento de la imagen, ya que no mostraba la menor estructura.
—Tal como pensé, no hay nada para ver. Tomemos una imagen panorámica por sobre
el borde de esta cosa…
Tampoco esa vez hubo sensación de movimiento, hasta que súbitamente apareció un
campo de estrellas netamente definido por el borde curvo de ese disco que tenía el
tamaño de un mundo: el efecto era, exactamente, como si hubieran estado mirando por
encima del horizonte de un planeta sin aire y perfectamente liso.
No, no era perfectamente liso…
—Qué interesante —comentó el astrónomo que, hasta ese momento, había hablado
con tono notablemente desapasionado, como si esa clase de acontecimiento fuera cosa
de todos los días— el borde parece dentado… pero en forma muy regular, como una
sierra circular.
—Una sierra circular —murmuró Poole entre dientes—. ¿Nos va a dividir? No sea
ridículo…
—Esto es lo máximo que podemos aumentar antes que la difracción arruine la
imagen… La procesaremos más tarde y obtendremos mucho mayor detalle.
El aumento era ahora tan grande, que todo vestigio de circularidad del disco había
desaparecido. De un extremo al otro de la videopantalla se extendía una banda, serrada a
lo largo de su borde con triángulos tan idénticos que a Poole le resultaba difícil evitar la
ominosa analogía con una sierra circular. Y, sin embargo, algo más lo estaba molestando
en lo profundo de su mente…
Al igual que los demás habitantes de Ganimedes, observaba las estrellas que estaban
a distancia infinitamente mayor, y que derivaban hacia adentro y hacia afuera de esos
valles geométricamente perfectos. Era muy probable que muchas otras personas
hubieran sacado precipitadamente la misma conclusión, aun antes que lo hiciera Poole.
Si se intenta hacer un disco con bloques rectangulares, ya sea que la relación de
proporciones sea 1:4:9 o cualquier otra, no es posible tener un borde liso. Por supuesto,
se puede lograr que sea un círculo casi tan perfecto como se quiera, mediante el empleo
de bloques cada vez más pequeños. No obstante, ¿por qué tomarse tantas molestias, si
lo que se busca no es más que construir una pantalla lo suficientemente grande como
para eclipsar un sol?
El alcalde tenía razón: el eclipse fue temporario. Pero su culminación fue exactamente
lo opuesto de uno solar.
Primero, la luz irrumpió en el centro exacto, no en el collar visual de Cuentas de Bailey,
a lo largo del borde mismo. Líneas serradas irradiaban desde un agujero minúsculo pero
deslumbrante… y ahora, bajo el aumento máximo, se revelaba la estructura del disco:
estaba compuesto por millones de rectángulos idénticos, quizá del mismo tamaño que la
Gran Muralla de Europa, que se estaban separando: era como se estuviera desarmando,
pieza por pieza, un gigantesco rompecabezas.
Su luz de día perpetua, pero ahora brevemente interrumpida, estaba volviendo con
lentitud a Ganimedes, cuando el disco se fragmentó y los rayos de Lucifer pasaron a
raudales a través de las brechas que cada vez se hacían más grandes. Para esos
momentos los componentes en sí se estaban evaporando, casi como si necesitaran el
contacto mutuo para mantener la realidad.
Aunque pareció que habían transcurrido horas para los angustiados observadores de
Ciudad Anubis, todo el acontecimiento duró menos de quince minutos. No fue sino hasta
que todo hubo terminado, que se le prestó atención a Europa mismo.
La Gran Muralla había desaparecido, y pasó casi una hora antes de que llegaran las
noticias, desde la Tierra, Marte y la Luna, de que hasta el Sol pareció titilar unos
segundos, antes de retomar sus actividades de la manera habitual.
Había sido un conjunto de eclipses selectivos en grado sumo, evidentemente dirigidos
contra la humanidad. En ninguna otra parte del Sistema Solar se habría advertido algo.
En la excitación general se tardó un poco más antes que el mundo se diera cuenta de
que tanto la AMT-0 como la AMT-1 habían desaparecido, dejando nada más que sus
improntas de cuatro millones de años de antigüedad en Tycho y en África.
Fue la primera vez que los europanos pudieron llegar a encontrarse con seres
humanos, pero no parecían alarmados ni sorprendidos por los enormes seres que se
desplazaban entre ellos con velocidad tan vertiginosa. Por supuesto, no fue muy sencillo
interpretar el estado emocional de algo que se asemejaba a un arbusto pequeño y sin
hojas, sin órganos evidentes de los sentidos ni medios de comunicación. Pero si
estuvieran asustados por el arribo de la Alcyone y la aparición de sus pasajeros, con
seguridad habrían permanecido escondidos en sus iglús.
Mientras Frank Poole, levemente estorbado por su traje protector y el regalo de brillante
alambre de cobre que portaba, caminaba hacia los desaseados suburbios de Tsienville,
se preguntaba qué pensarían los europanos de los acontecimientos recientes. Para ellos
no había existido el eclipse de Lucifer, pero la desaparición de la Gran Muralla
seguramente debió de haber sido una conmoción. Se había erguido ahí desde tiempos
inmemoriales, como escudo y, sin lugar a dudas, como mucho más; después, de repente,
desapareció, como si nunca hubiera estado…
La tablilla de petaoctetos lo estaba aguardando, con un grupo de europanos parados
alrededor de ella, exhibiendo la primera señal de curiosidad que Poole les hubiera visto
jamás. Se preguntaba si Halman les había dicho, de alguna manera, que cuidaran ese
obsequio proveniente del espacio, hasta que él volviera a recogerlo.
Y llevarlo de vuelta, ya que ahora contenía no sólo un amigo que dormía sino terrores
que alguna sociedad futura podría exorcizar, al único sitio en el que se la podía guardar
con seguridad.
40 – Medianoche: Pico
“Resultaría difícil”, pensó Poole, imaginar una escena más pacífica… “en especial
después del trauma de las semanas anteriores.” Los rayos oblicuos de una casi Tierra
llena revelaban todos los detalles sutiles del carente de agua Mar de las Lluvias, no
haciéndolos desaparecer, como habría hecho la furia incandescente del Sol.
El pequeño convoy de vehículos lunares estaba dispuesto en un semicírculo, a cien
metros de la abertura apenas visible situada en la base de Pico, que era la entrada a la
bóveda. Desde ese sitio de observación, Poole podía ver que la montaña no estaba a la
altura del nombre que los primeros astrónomos le habían dado, confundidos por su
sombra puntiaguda: se parecía más a una colina redondeada que a un pico afilado, y muy
bien se habría podido creer que uno de los pasatiempos locales era subir en bicicleta
hasta la cima. Hasta ahora, ninguno de esos deportistas podría haber imaginado el
secreto oculto debajo de sus ruedas. Poole tenía la esperanza de que el siniestro
conocimiento no los hiciera desistir de su saludable ejercicio.
Una hora antes, con una sensación en la que se mezclaban la tristeza y el triunfo,
había entregado la tablilla que hubo llevado, sin perderla jamás de vista, de Ganimedes
directamente a la Luna.
—Adiós, viejos amigos —había murmurado—. Lo hicieron bien. Quizás alguna
generación futura vuelva a despertarlos pero, mirándolo bien, creo que es mejor que no lo
hagan.
Podía imaginar, con demasiada claridad, un motivo desesperado por el que los
conocimientos de Halman se pudieran necesitar otra vez: para estos momentos era
seguro que un mensaje estaba camino de ese centro desconocido de control, llevando la
noticia de que su servidor de Europa ya no existía. Con razonable suerte se tardaría
novecientos cincuenta años, año más, año menos, antes que se pudiera esperar alguna
respuesta.
Poole a menudo había maldecido a Einstein en el pasado; ahora lo bendecía: ahora
parecía seguro de que ni siquiera los poderes que estaban detrás de los monolitos podían
esparcir su influencia más rápido que la velocidad de la luz. Así que la especie humana
tendría casi un milenio para aprontarse para el próximo encuentro… si es que lo había. A
lo mejor, para ese entonces estaría mejor preparada.
Algo estaba surgiendo del túnel: el robot semihumanoide, montado sobre rieles, que
había transportado la tablilla al interior de la bóveda. Casi resultaba cómico ver una
máquina encerrada en la clase de traje de aislación que se usaba como protección contra
gérmenes letales… ¡y aquí, en la Luna, que carecía de aire! Pero nadie iba a correr el
menor riesgo, no importaba lo improbables que pudieran parecer. Después de todo, el
robot se había desplazado entre esas pesadillas secuestradas con todo cuidado y,
aunque según sus cámaras de televisión todo parecía estar en orden, siempre existía el
peligro de que alguna ampolla hubiera tenido una filtración o de que se hubiera roto el
sello de algún recipiente. La Luna era un ambiente muy estable pero, en el transcurso de
los siglos, había conocido muchos sismos e impactos de meteoros.
El robot hizo un alto, cincuenta metros afuera del túnel. Con lentitud, el macizo tapón
que lo cerraba en forma hermética volvió a caer en posición, y empezó a rotar en sus
rieles, como si fuera una tuerca gigantesca a la que se atornillaba en la montaña.
—¡Todos los que no lleven anteojos oscuros, por favor cierren los ojos o desvíen la
vista del robot! —dijo una voz urgente a través de la radio del vehículo lunar. Poole giró en
el asiento, justo a tiempo para ver una explosión de luz en el techo del vehículo. Cuando
volvió a mirar a Pico, todo lo que quedaba del robot era un montón de escoria
incandescente. Incluso para alguien que había pasado mucho de su vida rodeado por el
vacío, parecía ser completamente erróneo que no hubiera volutas de humo alzándose con
lentitud de esa masa de metal.
—Esterilización completada —anunció la voz del controlador de la misión—. Gracias a
todos. Ahora regresamos a Ciudad Platón.
¡Qué irónico que a la especie humana la hubiera salvado el habilidoso despliegue de
sus propias demencias! ¿Qué moraleja, se preguntaba Poole, sería posible extraer de
eso?
Volvió a mirar a la hermosa y azul Tierra, que se arrebujaba debajo de su rasgada
manta de nubes, para protegerse del frío del espacio. Allá arriba, dentro de unas semanas
a partir de ahora, tenía la esperanza de acunar en los brazos a su primer nieto.
Cualesquiera que fueran los poderes y principados cuasi divinos que acechaban más
allá de las estrellas, se recordó Poole, para los seres humanos comunes y corrientes
únicamente dos cosas eran importantes: Amor y Muerte.
Su cuerpo todavía no había envejecido cien años: todavía tenía tiempo en abundancia
para ambas cosas.
Epílogo
“Su pequeño universo es muy joven, y su dios todavía es un niño. Pero es demasiado
pronto para juzgarlos. Cuando Nosotros regresemos en los Últimos Días, consideraremos
lo que se debe salvar.”
Fuentes y agradecimientos
FUENTES
CAPÍTULO 1: ARREADOR DE COMETAS
Para ver una descripción del coto de caza del capitán Chandler, descubierto en fecha
tan reciente como 1992, véase “The Kuiper Belt”, por Jane X. Luu y David C. Jewitt.
Scientific American, mayo de 1996.
CAPÍTULO 4: UNA HABITACIÓN CON VISTA
El concepto de un “anillo alrededor del mundo” en la Órbita Geoestacionaria (OGE),
enlazado con la Tierra por medio de torres ubicadas en el ecuador, puede parecer por
completo fantástico pero, en realidad, tiene una sólida base científica: es una extensión
obvia del “ascensor espacial” inventado por un ingeniero de San Petersburgo, Yuri
Artsutanov, al que tuve el placer de conocer en 1982, cuando su ciudad tenía un nombre
diferente.
Yuri señaló que era posible, en teoría, tender un cable entre la Tierra y un satélite que
flotara sobre el mismo punto del ecuador, que es lo que éste hace cuando se lo pone en
la OGE, hogar de la mayoría de los satélites actuales de comunicaciones. A partir de este
comienzo, se podría establecer un ascensor espacial (o, para usar la pintoresca frase de
Yuri, un “funicular cósmico”), y se podría transportar cargas útiles hasta el OGE
empleando nada más que energía eléctrica. La propulsión con cohetes se precisaría
únicamente para el resto del viaje.
Además de evitar los peligros, ruidos y daños para el ambiente provenientes del uso de
cohetes, el ascensor espacial haría posibles reducciones, en extremo sorprendentes, del
costo de todas las misiones espaciales. La electricidad es económica, y sólo se
necesitaría alrededor de cien dólares de gastos para poner una persona en órbita. Y el
viaje de ida y vuelta costaría alrededor de diez dólares, ¡ya que la mayor parte de la
energía se recuperaría en el viaje de descenso! (Por supuesto, las comidas y las películas
que se proyecten en vuelo elevarían el precio del pasaje. ¿Aceptaría el lector mil dólares
por la ida y la vuelta a la OGE?)
La teoría es impecable, ¿pero existe algún material que tenga la suficiente resistencia a
la tracción como para colgar durante un trayecto que va desde una altitud de treinta y seis
mil kilómetros hasta el ecuador, y que le quede suficiente margen como para elevar
cargas útiles? Cuando Yuri escribió su trabajo, solamente una sustancia satisfacía esas
especificaciones bastante estrictas: carbono cristalino, más conocido como diamante. Por
desgracia, las cantidades necesarias, que se miden en megatoneladas, no están
prontamente asequibles en el mercado abierto, aunque en 2061: Odisea Tres di razones
para pensar que podrían existir en el núcleo de Júpiter. En Las fuentes del paraíso sugerí
una fuente más accesible: fábricas en órbita, en las que se podría cultivar diamantes en
condiciones de gravedad cero.
El primer “paso pequeño” hacia el ascensor espacial se intentó en agosto de 1992, con
el trasbordador Atlantis, en el que uno de los experimentos entrañaba la liberación, y la
recuperación, de una carga útil en una traílla de veintiún kilómetros de largo. Por
desgracia, el mecanismo de liberación se trabó al cabo de nada más que unos pocos
centenares de metros.
Me sentí muy halagado cuando la tripulación del Atlantis presentó Las fuentes del
paraíso durante su conferencia de prensa en órbita, y el especialista de la misión, Jeffrey
Hoffman, me envió el ejemplar autografiado cuando regresaron a la Tierra.
El segundo experimento con la traílla, en febrero de 1996, tuvo un resultado un poco
mejor: la carga útil se desplegó hasta la distancia completa pero, durante la recuperación,
el cable se cortó, debido a una descarga eléctrica producida por una aislación defectuosa.
(Esto pudo haber sido un accidente con suerte: no puedo dejar de recordar que algunos
de los contemporáneos de Benjamin Franklin se mataron cuando intentaron repetir su
famoso, y arriesgado, experimento de elevar un barrilete durante una tormenta eléctrica.)
Aparte de los posibles peligros, extender desde el trasbordador cargas unidas a traíllas
se parece más a pescar con moscas: no es tan fácil como parece. Pero, con el tiempo, se
dará el “salto gigantesco” final… hasta alcanzar el ecuador.
Mientras tanto, el descubrimiento de la tercera forma del carbono, la
buckminsterfullereno (C60) hizo que el concepto de ascensor espacial fuera mucho más
plausible. En 1990, un grupo de químicos de la Universidad Rice, de Houston, produjo
una forma tubular de C60, que tiene una resistencia a la tracción mucho mayor que la del
diamante. El jefe del grupo, doctor Smalley, llegó hasta el punto de afirmar que era el
material más fuerte que podría existir jamás, y agregó que haría posible la construcción
del ascensor espacial. (Paren las rotativas: me encanta anunciar que por su trabajo, el
doctor Smalley compartió el premio Nobel de Química 1996.)
Y ahora vayamos a la coincidencia verdaderamente asombrosa… una tan misteriosa
que me hace preguntarme Quién Es el Jefe.
Buckminster Fuller murió en 1983, así que nunca vivió para ver el descubrimiento de
las “buckybolas” y los “buckytubos”, que le han dado mucha mayor fama póstuma.
Durante uno de los últimos de sus muchos viajes por el mundo, tuve el placer de llevarlos
volando a él y a su esposa, Anne, por Sri Lanka, y les mostré algunos de los escenarios
reales que aparecen en Las fuentes del paraíso. Poco tiempo después hice una grabación
de la novela en un disco de larga duración de veintisiete centímetros (¿los recuerdan?)
(Caedmon TC 1606), y Bucky fue tan gentil de escribir los artículos del sobre. Terminaban
con una revelación sorprendente, que muy bien puede haber dado pábulo a mi propia
idea sobre la Ciudad de las Estrellas:
En 1951 diseñé un puente-anillo con tensión integral, que flotaba libremente, para que
se lo instalara bien en lo alto, y alrededor, del ecuador de la Tierra. Dentro de este puente
que formaba un “halo”, la Tierra seguiría rotando, mientras que el puente circular giraría a
su propia velocidad. Preví tráfico terrestre que ascendía en forma vertical al puente, y que
giraba y descendía en sitios preferidos de la Tierra.
No tengo duda de que si la especie humana decide hacer tal inversión (trivial, según
algunas estimaciones de crecimiento económico), la Ciudad de las Estrellas se podría
construir. Además de las nuevas maneras de vivir, y de brindar a los visitantes de mundos
con poca gravedad, como Marte y la Luna, un mejor acceso al Planeta Madre, eliminaría
todo el uso de cohetes de la superficie de la Tierra y lo relegaría al espacio profundo, que
es donde debe estar. (Aunque espero que haya ocasionales representaciones por
aniversarios en Cabo Kennedy, para traer de vuelta la emoción de los días pioneros.)
Casi con certeza, la mayor parte de la ciudad estaría constituida por andamiajes
vacíos, y nada más que una pequeña fracción estaría ocupada o se utilizaría para
propósitos científicos o tecnológicos. Después de todo, cada una de las Torres sería el
equivalente de un rascacielos de diez millones de pisos… ¡y la circunferencia del anillo
que rodearía la órbita geoestacionaria sería más de la mitad de la distancia a la Luna!
Muchas veces, toda la población de la especie humana se podría alojar en tal volumen de
espacio, si estuviera íntegramente cerrado. (Esto plantearía algunos problemas
interesantes de logística, a los que me contento con dejar como “tarea para hacer en
casa”.)
Para leer una excelente historia del concepto de “árbol que llega hasta el cielo” (así
como muchas otras ideas aún más descabelladas, tales como la antigravedad y la
curvatura del tiempo) véase Indistingishable from Magic, por Robert L. Forward, Baer,
1995.
CAPÍTULO 5. EDUCACIÓN
Quedé atónito al leer en los diarios locales del 19 de julio de 1966, que el doctor Chris
Winter, jefe del Equipo de Vida Artificial de British Telecom, cree que el dispositivo de
información y almacenamiento que describí en este capítulo ¡se podría desarrollar dentro
de treinta años! (En mi novela de 1956 The City and the Stars lo ubiqué mil millones de
años en el futuro… lo que evidentemente es una seria falla de la imaginación.) El doctor
Winter afirma que eso nos permitiría “volver a crear una persona en lo físico, lo emocional
y lo espiritual”, y estima que los requisitos de memoria serían de alrededor de diez
teraoctetos (10e13 octetos), dos órdenes de magnitud inferiores que el petaocteto (10e15
octetos) que sugiero yo.
Y ojalá se me hubiera ocurrido el nombre del doctor Winter para este dispositivo, lo que
por cierto dará origen a algunos feroces debates en círculos eclesiásticos: el “Cazador de
Almas”… Para su aplicación al viaje interestelar, véase el capítulo 9.
Estaba convencido de que había inventado la transferencia de información interpalmas
de las manos, que se describe en el capítulo 3, así que fue mortificante descubrir que
Nicholas (Ser digital) Negroponte y su Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de
Massachusetts han estado trabajando en esa idea durante años…
CAPÍTULO 7. RENDICIÓN DE INFORMES
Si alguna vez se pudiera emplear la inconcebible energía del Campo de Punto Cero (al
que a veces se suele denominar “fluctuaciones cuánticas” o “energía del vacío”), el
impacto sobre nuestra civilización sería incalculable. Todas las fuentes actuales de
energía —petróleo, carbón, nuclear, hidráulica, solar— se volverían obsoletas, y lo mismo
ocurriría con nuestros temores sobre la contaminación ambiental. Todas quedarían
envueltas dentro de una sola gran preocupación: la contaminación térmica. Con el tiempo,
toda la energía se degrada en calor y si alguien tuviera algunos millones de kilovatios con
que jugar, este planeta pronto estaría siguiendo el camino de Venus: varios centenares de
grados a la sombra.
Sin embargo, este cuadro tiene un lado brillante; puede no haber otra manera de
impedir la siguiente Edad del Hielo que, de otro modo, sería inevitable. (“La civilización es
el intervalo entre dos Edades del Hielo.” Will Durant, The Story of Civilization.)
En el mismo momento en que escribo esto, muchos ingenieros competentes, en
laboratorios de todo el mundo, afirman estar aprovechando esta nueva fuente de energía.
Una idea de su magnitud la da la famosa observación del físico Richard Feynman, en el
sentido de que la energía que hay en el volumen de un pocillo de café (¡cualquier volumen
así, en cualquier parte!) es suficiente para hacer hervir todos los océanos del mundo.
Esto, sin lugar a dudas, es un pensamiento en el que hay que detenerse un instante.
En comparación, la energía nuclear parece tan poca cosa como un fósforo mojado.
¿Y cuántas supernovas, me pregunto, en realidad son accidentes industriales?
CAPÍTULO 9. TIERRA CELESTIAL
Uno de los problemas principales de desplazarse por la Ciudad de las Estrellas estaría
causado tan sólo por las distancias que hay en juego: si se quisiera visitar a un amigo que
vive en la Torre de al lado (y las comunicaciones nunca reemplazarán del todo al
contacto, a pesar de todos los progresos de la realidad virtual), eso podría ser equivalente
a un viaje a la Luna. Aun con los ascensores más rápidos, esto entrañaría días, en vez de
horas, o bien las aceleraciones serían del todo inaceptables para gente que se hubiera
adaptado a una vida en condiciones de poca gravedad.
Al concepto de “impulso inercial”, esto es, un sistema de propulsión que actúa sobre
todos los átomos de un cuerpo, de manera que no se produzcan esfuerzos deformantes
cuando acelera, probablemente lo inventó el maestro de la Radionovela del espacio, E. E.
Smith, en la década de 1930. No es tan improbable como parece, porque un campo
gravitatorio actúa de esa manera precisamente.
En una caída libre cerca de la Tierra (despreciándose los efectos de la resistencia del
aire), la velocidad aumenta en poco menos que diez metros por segundo, durante cada
segundo. No obstante, la persona se siente sin peso: no hay sensación de que se esté
acelerando, ¡aun cuando la velocidad se esté incrementando a razón de un kilómetro por
segundo, cada minuto y medio!
Y esto seguiría rigiendo si se estuviese cayendo en la gravedad de Júpiter (tan sólo dos
veces y media la de la Tierra) o, inclusive, en el enormemente más poderoso campo de
una enana blanca o estrella neutrónica (millones o miles de millones de veces mayor).
Nada se sentiría, aun si uno se aproximara a la velocidad de la luz saliendo del estado de
reposo, en cuestión de minutos. Sin embargo, si uno fuera lo suficientemente necio como
para estar dentro de unos pocos radios del objeto que lo está atrayendo, el campo ya no
sería uniforme en toda la longitud del cuerpo de la persona que cae, y las fuerzas de
marea pronto lo harían pedazos. Para ver más detalles, véase mi deplorable cuento corto,
pero cuyo título fue puesto adecuadamente, “Neutrón Tide” (en The Wind from the Sun).
Sobre el “impulso sin inercia”, que se comportaría exactamente igual que un campo de
gravedad controlable, nunca se discurrió con seriedad, fuera de las páginas de la ficción
científica, hasta hace muy poco. Pero, en 1994, tres físicos norteamericanos hicieron
exactamente eso, desarrollando algunas ideas del gran físico ruso Andrei Sakharov.
“Inertia as a Zero-Point Field Lorentz Forcé”, de B. Haisch, A. Rueda y H. E. Puthoff,
Phys Review A, febrero de 1994) algún día puede ser considerado como el trabajo que
representa el hito y, para los fines de la ficción, eso es lo que hice yo. Enfrenta un
problema tan fundamental, al que normalmente se da por sentado, con una actitud de
encogerse de hombros y decir “Ese es justamente el modo en que está constituido el
universo”.
La pregunta que HR&P formularon es: “¿Qué le da masa (o inercia) a un objeto, de
modo que se precise un esfuerzo para ponerlo en movimiento, y exactamente el mismo
esfuerzo para restaurarlo a su estado original?”.
La respuesta provisoria que dieron depende del hecho asombroso y, fuera de la torre
de marfil de los físicos, poco conocido de que el así llamado espacio vacío es, en
realidad, un caldero de energías en ebullición: el Campo del Punto Cero (véase la nota de
arriba). HR&P sugieren que tanto la inercia como la gravitación son fenómenos
electromagnéticos, resultantes de la interacción con este campo.
Hubo incontables intentos, que retroceden en el tiempo hasta llegar a Faraday, por unir
la gravedad con el magnetismo y, aunque muchos experimentadores afirmaron haber
alcanzado éxito, ninguno de esos resultados se verificó jamás. Sin embargo, si la teoría
de HR&P se puede probar, eso abre la perspectiva, no importa cuán remota, de
“impulsores espaciales” por antigravedad, y la posibilidad, aún más fantástica, de
controlar la inercia. Esto podría conducir a algunas situaciones interesantes: si a alguien
se le aplicase el toque más delicado, esa persona prontamente desaparecería a miles de
kilómetros por hora, hasta que rebotara, en el otro lado de la habitación, una fracción de
milisegundo más tarde. Lo bueno de todo esto es que los accidentes de tránsito serían
virtualmente imposibles; los automóviles, y los pasajeros, podrían chocar a cualquier
velocidad. (¿Y el lector cree que los estilos de vida actuales ya son demasiado
turbulentos?)
La “ausencia de peso” que ahora damos por sentado en las misiones espaciales, y que
millones de turistas disfrutarán en el próximo siglo, les habría parecido como magia a
nuestros abuelos. Pero la abolición —o simplemente la reducción— de la inercia ya es
harina de otro costal, y puede ser completamente imposible.1 (Pero es un lindo
pensamiento, pues podría proporcionar el equivalente de la “teleportación”: se podría
1 En septiembre de 1996, científicos de Finlandia afirmaron haber detectado una pequeña (menos de 1 por
ciento) reducción de la gravedad por encima de un disco superconductor. Si eso se confirma (y
aparentemente experimentos anteriores en el Instituto Max Planck de Munich han dado resultados
similares), podría ser el tan esperado descubrimiento. Aguardo noticias adicionales con interesado
escepticismo.
viajar a cualquier parte (por lo menos, en la Tierra) en forma casi instantánea. Con
franqueza, no sé cómo la Ciudad de las Estrellas se las podría arreglar sin ella…
Una de las suposiciones que hice en esta novela es que Einstein está en lo correcto, y
que ninguna señal, ni objeto, puede superar la velocidad de la luz. Varios trabajos
sumamente matemáticos aparecieron hace poco, en los que se sugiere que, tal como
incontables autores de ficción científica han dado por sentado, los viajeros galácticos a
dedo pueden no tener que padecer esta irritante restricción.
En general, espero que tengan razón… pero parece haber una objeción fundamental: si
la TLF es posible, ¿dónde están todos esos viajeros a dedo… o, por lo menos, dónde
están los turistas adinerados?
Una respuesta es que ningún ET sensato construirá jamás vehículos interestelares, por
precisamente la misma razón por la que nunca desarrollaron naves aéreas impulsadas
por carbón: hay maneras mucho mejores de hacer el trabajo.
La cantidad sorprendentemente reducida de “bits” necesarios para definir un ser
humano, o para almacenar toda la información que sería posible adquirir en toda una vida,
se discute en “Machine Intelligence, the Cost of Interstellar Travel and Fermi’s Paradox”,
por Louis K. Scheffer, Quarterly Journal of the Royal Astronomical Society 35, N9 2 junio
de 1994], 157-175). Este trabajo (¡indudablemente el más estimulante del pensamiento
que la fundamentada QJRAS haya publicado en toda su carrera!) estima que el estado
mental total de un ser humano de cien años con perfecta memoria se podría representar
en diez a la decimoquinta bits (un petabit). Aun las fibras ópticas actuales podrían trasmitir
esta cantidad de información en cuestión de minutos.
Mi sugerencia de que un transportador como los de Viaje a las estrellas todavía no
existiría en 3001 puede parecer, en consecuencia, ridículamente desprovista de previsión
dentro de nada más que un siglo, y la presente carencia de turistas interestelares
sencillamente se debe al hecho de que ningún equipo de recepción se preparó todavía en
la Tierra. Quizá ya esté en camino en un barco lento…
CAPÍTULO 15: TRÁNSITO DE VENUS
Me da particular placer rendirle este tributo a la tripulación de la Apolo 15: en su
regreso de la Luna me enviaron el hermoso mapa en relieve del sitio de descenso del
Módulo Lunar Falcon, que ahora ocupa un lugar de honor en mi oficina. Muestra las rutas
que tomó el Móvil Lunar durante sus tres excursiones, una de las cuales bordeó el cráter
Luz de Tierra. El mapa lleva la inscripción: “A Arthur Clarke de la tripulación de la Apolo
15, con mucho agradecimiento por su previsión del espacio. Dave Scott, Al Worden, Jim
Irwin”. En retribución, ahora he dedicado Luz de Tierra (que, escrita en 1953, se ubicaba
en el territorio que el Móvil iba a recorrer en 1971) “A Dave Scott y Jim Irwin, los primeros
hombres que ingresaron en este suelo, y a Al Worden, que los vigiló desde su órbita”.
Después de cubrir el alunizaje de la Apolo 15, en el estudio de la CBS junto con Walter
Cronkite y Wally Schirra, volé a Control de Misión para observar el reingreso y el
amerizaje. Yo estaba sentado al lado de la hijita de Al Worden, cuando ella fue la primera
en advertir que uno de los tres paracaídas no había llegado a desplegarse. Fue un
momento de tensión pero, por suerte, los dos que restaban fueron muy adecuados para
hacer el trabajo.
CAPÍTULO 16: LA MESA DEL CAPITÁN
Véase el Capítulo 18 de 2001: Odisea del espacio, para la descripción del impacto de
la sonda. Precisamente un experimento así ahora se planea para la futura misión
Clementine 2.
Estoy un poco avergonzado al ver que en mi primera Odisea del espacio, el
descubrimiento del asteroide 7794 se le atribuía al Observatorio Lunar… ¡en 1997! Bueno,
lo desplazaré para el 2017, justo a tiempo para mi cumpleaños número cien.
A las pocas horas de haber escrito lo de más arriba, me encantó enterarme de que al
asteroide 4923 (1981 EO27), descubierto por S. J. Bus en Siding Spring, Australia, el 2 de
marzo de 1981, se lo bautizó Clarke, parte en reconocimiento por el Proyecto Guardián
Espacial (véase Cita con Rama y El martillo de Dios). Se me informó, con profundas
disculpas, que, debido a una desafortunada omisión, el número 2001 ya no estaba
disponible, al haber sido asignado a otra persona llamada A. Einstein. Excusas, excusas…
Pero me agradó mucho enterarme de que al asteroide 5020, descubierto el mismo día
como 4923, se lo bautizó Asimov… aunque me entristeció el hecho de que mi viejo amigo
nunca llegó a saberlo.
CAPÍTULO 17. GANIMEDES
Tal como se explica en la Despedida, y en las Notas del Autor para 2010: Odisea dos y
2061: Odisea tres, yo había tenido la esperanza de que, para esos momentos, la ambigua
misión Galileo a Júpiter y sus lunas nos hubiese brindado un conocimiento mucho más
detallado, así como pasmosas vistas en acercamiento, de esos extraños mundos.
Y bien, después de muchas demoras, Galileo alcanzó su primer objetivo —Júpiter
mismo— y se está desempeñando de manera admirable. Pero, ¡ay!, existe un problema:
por algún motivo, la antena principal nunca se desplegó. Eso significa que las imágenes
tienen que ser enviadas de vuelta a través de una antena de baja ganancia, a una
velocidad desesperantemente lenta. Aunque se hizo milagros de reprogramación de las
computadoras de a bordo para compensar eso, se seguirá necesitando horas para recibir
la información que se debió haber enviado en minutos.
Así que debemos ser pacientes… y estuve en la tentadora posición de explorar
Ganimedes en la ficción, justo antes de que la Galileo empezara a hacerlo en la realidad,
el 27 de junio de 1996.
El 11 de julio de 1996, tan sólo dos días antes de terminar este libro, descargué las
primeras imágenes provenientes del Laboratorio de Propulsión por Reacción: por suerte
nada, ¡hasta ahora!, contradice mis descripciones. Pero si las imágenes actuales de
campos de hielo salpicados de cráteres dejan paso a palmeras y playas tropicales o, peor
aún, a carteles que digan ¡VETE A TU CASA, YANQUI!… pues voy a estar en verdaderos
problemas.
Estoy aguardando con particular anhelo las imágenes de aproximación de “Ciudad
Ganimedes” (capítulo 17): esta llamativa formación es exactamente como la describí,
aunque vacilé en hacerla por temor de que mi “descubrimiento” pudiera ser nota de tapa
del Mentiroso Nacional: lo que yo veo me da la impresión de ser considerablemente más
artificial que la infamante “Cara Marciana” y sus alrededores. Y si sus calles y avenidas
tienen diez kilómetros de ancho, ¿qué importa eso?: quizá los ganimedeanos eran
GRANDES…
La ciudad se encuentra en las imágenes de la Voyager de NASA, números 20637.02 y
20637.29 o, de modo más conveniente, en la figura 23.8 del monumental trabajo de John
H. ROGErs, The Giant Planet Júpiter, Cambridge University Press, 1995.
CAPÍTULO 19: LA LOCURA DE LA HUMANIDAD
Respecto de las pruebas que apoyan la pasmosa aseveración de Khan, de que la
mayoría de la humanidad estuvo, por lo menos parcialmente, loca, véase el episodio 22,
“Encontrar a María”, de mi serie de televisión El universo misterioso de Arthur C. Clarke. Y
téngase presente que los cristianos representan nada más que un pequeño subconjunto
de nuestra especie: cantidades mucho más grandes de devotos que las de los que han
adorado a la Virgen María rindieron igual veneración a divinidades totalmente
incompatibles, como Rama, Kali, Siva, Tor, Wotan, Júpiter, Osiris, etcétera, etcétera…
El ejemplo más llamativo —y lamentable— de hombre brillante cuyas creencias lo
convirtieron en un lunático digno del chaleco de fuerza, es el de Conan Doyle; a pesar de
que es interminable la cantidad de veces que se reveló que sus psíquicos favoritos eran
un engaño, su fe en ellos permaneció incólume, y el creador de Sherlock Holmes hasta
intentó convencer al gran mago Harry Houdini de que se “desmaterializaba” para llevar a
cabo sus proezas de escape… a menudo basadas sobre ardides que, como gustaba decir
el doctor Watson, eran “absurdamente simples”. (Véase el ensayo “The Irrelevance of
Conan Doyle”, en The Night is Large, de Martin Gardner.)
Para encontrar detalles sobre la Inquisición, cuyas piadosas atrocidades hacen que Pol
Pot y los nazis parezcan absolutamente bondadosos, véase el devastador ataque de Carl
Sagan contra las Cretinadas de la Nueva Era, The Demon-Haunted World. Ojalá ese libro
y el de Martin pudieran ser de lectura obligatoria en todas las escuelas secundarias y
facultades.
Por lo menos, el departamento de Inmigración de Estados Unidos inició acciones
contra una de las barbaridades inspiradas en la religión: la revista Time (“Hitos”, 24 de
junio de 1996) informa que ahora se debe conceder asilo a las muchachas amenazadas
por la mutilación genital en sus países de origen.
Ya había escrito este capítulo cuando me encontré con Feet of Clay: The Power and
Charisma of Gurús, de Anthony Storr, The Free Press, 1996, que es, virtualmente, un
manual sobre este deprimente tema. ¡Resulta difícil creer que, para el momento en que
los alguaciles de Estados Unidos lo arrestaron tardíamente, un santo mentiroso había
acumulado noventa y tres Rolls Royce! y, lo que es aun peor, el ochenta y tres por ciento
de sus miles de fanáticos norteamericanos habían ido a la facultad y, por eso, cumplen
con los requisitos de mi definición favorita de lo que es un intelectual: “Alguien a quien se
educó más allá de lo que le da su inteligencia”.
CAPÍTULO 26: TSIENVILLE
En el prefacio de 1982 para 2010: Odisea dos, expliqué por qué a la nave espacial
china que descendió en Europa la llamé Tsien: en honor del doctor Tsien Hsue-shen, uno
de los fundadores de los programas de cohetes de Estados Unidos y China.
Nacido en 1911, Tsien ganó una beca que lo trajo desde China a Estados Unidos en
1935, donde se convirtió en alumno, y después colega, del brillante aerodinamista
húngaro Theodore von Karman. Más tarde, en su calidad de profesor de la cátedra
Goddard, en el Instituto de Tecnología de California contribuyó a crear el laboratorio
Guggenheim de Aeronáutica —el ancestro directo del afamado Laboratorio de Propulsión
por Reacción (JPL) de Pasadena. Tal como comentó el New York Times del 28 de
octubre de 1966, “El jefe de la cohetería china fue preparado en Estados Unidos”,
inmediatamente después que China llevara a cabo, sobre su territorio, una prueba con
misiles guiados portadores de armas nucleares, “La vida de Tsien es una ironía de la
historia de la Guerra Fría”.
Con autorización para tener acceso a material sumamente secreto, colaboró en gran
medida con las investigaciones norteamericanas sobre cohetes de la década de 1950,
pero durante la histeria de la era McCarthy se lo arrestó bajo acusaciones falsas de
violación de la seguridad, cuando intentó hacer una visita a su China natal. Después de
muchas audiencias tribunalicias y de un prolongado período de arresto, al final se lo
deportó a su tierra… junto con todos sus conocimientos y experiencia sin par. Tal como
afirmaron muchos de sus distinguidos colegas, fue una de las cosas más estúpidas (así
como más oprobiosas) que alguna vez hubiera hecho Estados Unidos.
Después de su expulsión, y según Zhuang Fenggan, subdirector de la Comisión de
Ciencia y Tecnología, Administración Nacional Espacial China, Tsien “comenzó la
actividad en cohetes a partir de nada… Sin él, China habría sufrido un atraso de veinte
años en su tecnología”. Y una correspondiente demora, quizás, en la puesta a punto del
letal proyectil antinaves “Gusano de seda” y del lanzador de satélites “Larga marcha”.
Poco tiempo después de haber completado esta novela, la Academia Internacional de
Astronáutica me honró con su distinción máxima, el premio von Karman… ¡que se me
habría de dar en Pekín! Esa fue una oferta que no podía rehusar, en especial cuando me
enteré de que el doctor Tsien ahora es residente de esa ciudad. Por desgracia, cuando
llegué ahí descubrí que estaba en el hospital bajo observación, y que sus médicos no
permitían visitas.
Por consiguiente, le estoy agradecido en extremo a su ayudante personal, general de
división Wang Shouyun, por llevarle ejemplares convenientemente dedicados de 2010 y
2061 al doctor Tsien. En reciprocidad, el general me obsequió el enorme volumen que él
editó, Collected Works of H. S. Tsien: 1938 -1956, Science Press, 16, Donghuangcheggen
North Street, Pekín 100707, 1991. Es una colección fascinante, que empieza con
numerosas colaboraciones con von Karman en problemas de aerodinamia, y que termina
con trabajos individuales sobre cohetes y satélites. El último artículo de todos, “Plantas de
energía termonuclear”, Jet Propulsión, julio de 1956, se escribió cuando el doctor Tsien
todavía era virtual prisionero del FBI, y trata una cuestión que tiene aún más vigencia hoy
en día, aunque se ha avanzado muy poco hacia “la estación de energía que utilice la
reacción de la fusión del deuterio”.
Justo antes de partir de Pekín, el 13 de octubre de 1996, tuve la alegría de enterarme
de que, a pesar de su edad actual (ochenta y cinco años) y de su incapacidad física, el
doctor Tsien todavía continúa con sus estudios científicos. Es mi sincero deseo que
disfrute 2010 y 2061, y anhelo poder enviarle esta Odisea final a modo de tributo
adicional.
CAPÍTULO 36: LA CÁMARA DE HORRORES
Como resultado de una serie de audiencias senatoriales sobre seguridad informática,
en junio de 1996, el 15 de julio de ese año el presidente Clinton firmó el decreto 13010
para enfrentar los “ataques hechos con computadora a los componentes de la información
o de las comunicaciones que controlan infraestructuras críticas (‘amenazas cibernéticas’)”.
Esto establece una fuerza de tareas para contrarrestar el terrorismo cibernético, y cuenta
con representantes de la CIA, la NSA, los organismos de defensa y demás.
Pico, allá vamos…
Desde que escribí el párrafo anterior, quedé perplejo cuando me enteré de que el final
de Día de la independencia, que todavía no vi, ¡también comprende el uso de virus de
computadora a modo de caballos de Troya! También se me informa que su comienzo es
idéntico al de El fin de la niñez (1953), y que contiene todos las frases manidas de la
ficción científica desde el Viaje a la Luna (1903) de Georges Méliés.
Estoy indeciso entre felicitar a los guionistas por su golpe de originalidad… o acusarlos
del delito transtemporal de plagio precognitivo. En todo caso, temo que nada hay que yo
pueda hacer para impedir que el espectador Felipe Lícula crea que fui yo el que copió el
final de DI4.
El siguiente material se extrajo —por lo general, con grandes correcciones— de los
libros anteriores de la serie:
De 2001: Odisea del espacio: capítulo 18, “A través de los asteroides”; y capítulo 37,
“Experimento”.
De 2010: Odisea dos: capítulo 11, “Hielo y vacío”; capítulo 36, “Fuego en las
profundidades”; capítulo 38, “Paisaje de espuma”.
AGRADECIMIENTOS
Mi agradecimiento a IBM por obsequiarme la hermosa maquinita Thinkpad 755CD, en
la que se compuso este libro. Durante muchos años me avergonzó el rumor, por completo
carente de fundamento, de que el nombre HAL provenía del desplazamiento en una letra
de IBM. En un intento por exorcizar este mito de la era de las computadoras, hasta me
tomé la molestia de hacer que el doctor Chandra, inventor de HAL, lo negara en 2010:
Odisea dos. Sin embargo, hace poco me tranquilizaron cuando supe que, lejos de estar
molesto por la asociación, el “Gigante Azul” ahora está muy orgulloso con ella. Así que
abandonaré cualquier intento futuro por poner en claro las cosas, y enviaré mis
felicitaciones a todos aquellos que participaron de la “fiesta de cumpleaños” de HAL en
(claro está) la Universidad de Illinois, Urbana, el 12 de marzo de 1997.
Desconsolada gratitud a mi editora de Del Rey Books, Shelly Shapiro, por diez páginas
de fruslerías que, una vez que fueron analizadas, mejoraron notablemente el producto
final. (Sí, yo mismo fui editor, y no adolezco de la habitual convicción de los autores, de
que los miembros de esa profesión son carniceros frustrados.)
Por último, y lo más importante de todo: mi profundo agradecimiento a mi antiguo
amigo Cyril Gardner, presidente del directorio del Galle Face Hotel, por la hospitalidad de
su magnífica (y enorme) suite personal, que mientras yo escribía este libro me brindó una
Base Tranquilidad en un momento de serios problemas. Me apresuro a añadir que, aun
cuando puede no proporcionar tan extensos paisajes imaginarios, las instalaciones del
Galle Face son muy superiores a las que brindaba el Granomedes y nunca, en toda mi
vida, trabajé en un ambiente más agradable.
O, si es por eso, en uno más inspirador, pues una gran placa en la entrada enumera
más de cien de las cabezas de Estado y otros visitantes distinguidos a los que se atendió
aquí; entre ellos figuran Yuri Gagarin, la tripulación de la Apolo 12 —la segunda misión a
la superficie de la Luna—, y un excelente conjunto de estrellas de teatro y cine: Gregory
Peck, Alee Guinness, Noel Coward; Carrie Fisher, de La Guerra de las Galaxias… así
como Vivien Leigh y Laurence Olivier, que hacen una breve aparición en 2061: Odisea
tres (capítulo 37). Me honra que entre los de ellos figure mi nombre.
Parece lógico que un proyecto que comenzó en un famoso hotel —el Chelsea de
Nueva York, aquel semillero de genio legítimo y de imitación— se deba concluir en otro
que está a medio mundo de distancia. Pero resulta extraño oír el Océano Indico,
castigado por los monzones, rugiendo a nada más que unos pocos metros de mi ventana,
en vez del tránsito que fluye por la lejana y entrañablemente recordada calle 23.
IN MEMORIAM: 18 DE SEPTIEMBRE DE 1996
Fue con la más profunda pena que me enteré, literalmente cuando estaba corrigiendo
estos agradecimientos, de que Cyril Gardner había muerto pocas horas antes.
Proporciona algo de consuelo saber que él ya había visto el tributo que le dediqué más
arriba, y que le había gustado mucho.
Despedida
“Nunca explicar, nunca disculparse” puede ser un excelente consejo para políticos,
magnates de Hollywood y poderosos empresarios industriales, pero un escritor debe tratar
a sus lectores con la mayor consideración. Así que, aunque no tengo la más mínima
intención de disculparme por algo, quizá la complicada génesis de la tetralogía de Odisea
exija un poco de explicación.
Todo empezó en la Navidad de 1948 —¡sí, 1948!—, con un cuento corto de cuatro mil
palabras que escribí para un certamen patrocinado por la British Broadcasting
Corporation. “El centinela” describía el descubrimiento de una pequeña pirámide en la
Luna, colocada ahí por una civilización alienígena para aguardar el surgimiento de la
humanidad como especie capaz de viajar por el espacio. Hasta ese momento, según se
daba a entender, seríamos demasiado primitivos como para despertar interés.2
La BBC rechazó mi modesto esfuerzo y no se lo publicó sino hasta casi tres años
después, en el único número de 10 Story Fantasy (primavera de 1951), revista que, tal
como la invalorable Encyclopedia of Science Fiction comenta con ironía, se “recuerda,
principalmente, por su mala aritmética (había trece cuentos)”.
“El centinela” quedó en el limbo durante más de una década, hasta que Stanley Kubrick
se puso en contacto conmigo, en la primavera de 1964, y me preguntó si tenía algunas
ideas para la “proverbial” (o sea, todavía inexistente) “buena película de ciencia ficción”.
En el transcurso de nuestras muchas sesiones de debate de propuestas, tal como lo narré
en The Lost Worlds of 2001, decidimos que el paciente vigía de la Luna podría
proporcionar un buen punto de partida para nuestro relato. Al final hizo mucho más que
eso, ya que en algún momento, durante la producción, la pirámide evolucionó hasta
transformarse en el ahora famoso monolito negro.
Para poner la serie de Odisea en perspectiva, hay que recordar que cuando Stanley y
yo empezamos a planear lo que llamábamos, en privado, “Cómo se ganó el sistema
solar”, la Era Espacial apenas tenía nueve años de edad, y ningún ser humano se había
alejado del planeta natal más que un centenar de kilómetros. Aunque el presidente
Kennedy había anunciado que Estados Unidos pretendía ir a la Luna “en esta década”,
para la mayoría de la gente ese debe de haber parecido un sueño muy lejano. Cuando
comenzó la filmación en el sur de Londres,3 un gélido 29 de diciembre de 1965, ni siquiera
sabíamos qué aspecto tenía la superficie lunar vista de cerca. Todavía existían los
temores de que la primera palabra que pronunciara el astronauta que salía de la nave
fuera “¡Socorro!”, mientras desaparecía en una capa de polvo lunar con la consistencia
del talco. En general hicimos conjeturas bastante buenas: únicamente el hecho de que
nuestros paisajes lunares eran más dentados que los verdaderos, alisados por eones de
desgaste producido por polvo meteorítico, revela que 2001 fue hecha en la era preApolo.
Hoy, claro está, parece risible que pudiéramos haber imaginado gigantescas
estaciones espaciales, Hoteles Hilton en órbita y expediciones a Júpiter, en fecha tan
temprana como 2001. Ahora resulta difícil darse cuenta de que allá, por la década de
1960, había planes en serio para establecer bases permanentes en la Luna y descensos
en Marte… ¡para 1990! En verdad, en el estudio de la CBS, e inmediatamente después
del lanzamiento de la Apolo 11, oí al vicepresidente de Estados Unidos proclamar,
exuberante: “¡Ahora debemos ir a Marte!”.
Tal como resultaron las cosas, tuvo suerte de no ir a prisión. Ese escándalo, más
Vietnam y Watergate, es una de las razones por las que esos argumentos optimistas
nunca se materializaron.
Cuando la película y el libro de 2001: Odisea del espacio hicieron su aparición en 1968,
la posibilidad de una segunda parte nunca me cruzó por la cabeza. Pero en 1979 tuvo
lugar una misión a Júpiter, y obtuvimos nuestras imágenes en acercamiento del
gigantesco planeta y de su asombrosa familia de lunas.
2 La búsqueda de artefactos alienígenas en el Sistema Solar debería ser de una rama absolutamente
legítima de la ciencia (“exoarqueología”?).
Por desgracia, la desacreditaron en gran medida las afirmaciones de que tales pruebas ya se encontraron…
¡y de que la NASA las oculta deliberadamente! Es increíble que alguien pueda creer un tontería así; es
mucho más probable que la agencia espacial falsifique a propósito artefactos extraterrestres, ¡para resolver
sus problemas de presupuesto! (Cambio a usted administrador de la NASA…)
3 En Shepperton, destruida por los marcianos en una de las escenas más espectaculares de la obra
maestra de Wells, La Guerra de los Mundos.
Por supuesto, las sondas espaciales Voyager4 carecían de tripulación, pero las
imágenes que enviaron volvieron reales, y totalmente inesperados, a mundos que, hasta
ese momento, no habían sido más que puntos de luz en los telescopios más poderosos.
Los volcanes sulfurosos en continua erupción de lo, la faz con múltiples impactos de
Calisto, el paisaje de misterioso contorno de Ganimedes… casi era como si hubiéramos
descubierto un Sistema Solar completamente nuevo. La tentación de explorarlo fue
irresistible, y de ahí nació 2010: Odisea dos, que también me dio la oportunidad de
averiguar qué le había ocurrido a Dave Bowman, después de que despertara en aquella
enigmática habitación de hotel.
En 1981, cuando empecé a escribir el nuevo libro, la Guerra Fría todavía estaba en
marcha, y sentí que salía a un limbo, así como me arriesgaba a las críticas, al mostrar una
misión conjunta ruso-norteamericana. También subrayé mi esperanza de una cooperación
futura, al dedicarles la novela al ganador del Nobel, Andrei Sakharov (a la sazón, todavía
en el exilio) y al cosmonauta Alexei Leonov que, cuando en la “Ciudad de las Estrellas” le
dije que la nave llevaría el nombre de él, exclamó con típica efervescencia: “¡Entonces va
a ser una buena nave!”.
Todavía me parece increíble que cuando Peter Hyams hizo su excelente versión fílmica
de 1983, pudiera emplear los acercamientos reales de las lunas jovianas, obtenidos en las
misiones Voyager (algunos de ellos después de un útil procesamiento por computadora
en el Laboratorio de Propulsión por Reacción, fuente de los originales). Sin embargo, se
esperaban imágenes mucho mejores de la ambiciosa misión Galilea, planeada para llevar
a cabo una exploración detallada de los satélites principales durante un período de
muchos meses. Nuestros conocimientos de ese nuevo territorio, previamente obtenidos
de nada más que un breve vuelo de circunvalación, se ampliarían enormemente… y yo no
tendría excusas para no escribir Odisea tres.
¡Ay!… algo trágico en el camino a Júpiter: se había planeado lanzar la Galileo desde el
trasbordador espacial en 1986, pero el desastre del Challenger descartó esa alternativa, y
pronto se hizo evidente que no obtendríamos nueva información sobre lo y Europa,
Ganimedes y Calisto, durante otra década por lo menos.
Decidí no esperar, y el regreso (1985) del cometa Halley al Sistema Solar interior me
brindó un tema irresistible. Su próxima aparición en 2061 sería una buena oportunidad
para una tercera Odisea, aunque yo no estaba seguro de si podría entregarla. Le pedí a
mi editora un adelanto bastante modesto. Es con mucha tristeza que cito la dedicatoria de
2061: Odisea tres:
A la memoria de
Judy-Lynn del Rey
editora extraordinaria,
que compró este libro por un dólar
pero nunca supo si recuperaría el valor
de su dinero
Es evidente que no hay manera de que una serie de cuatro novelas de ciencia ficción,
escritas en un período de más de treinta años de los avances más apabullantes en la
tecnología (en particular, en la exploración espacial) y en la política, puedan ser
mutuamente consecuentes. Tal como escribí en la introducción de 2061, “Así como 2010:
Odisea dos no fue una segunda parte directa de 2001: Odisea del espacio, así este libro
no es una secuela lineal de 2010. Todos deben ser considerados variaciones sobre un
mismo tema, que entrañan muchos de los mismos personajes y situaciones, pero que no
necesariamente ocurren en el mismo universo”. Si el lector desea una buena analogía
4 Que utilizaban la maniobra de “tiro de honda” o “ayuda de la gravedad”, merced a volar cerca de Júpiter:
precisamente de la misma manera que lo había hecho la Discovery en la versión en libro de 2001.
tomada de otro medio, le recomiendo que escuche lo que Rachmaninoff y Andrew Lloyd
Webber hicieron con el mismo puñado de notas de Paganini.
De modo que esta Odisea final descartó muchos de los elementos de sus precursores,
pero desarrolló otros, y espero que más importantes, con mucho mayor detalle. Y si
hubiera lectores de los libros anteriores que se sienten desorientados por tales
transmutaciones, tengo la esperanza de poder disuadirlos de que me envíen furibundas
cartas de condena, adaptando una de las observaciones más estimadas por cierto
presidente de Estados Unidos: “¡Es ficción, estúpido!”.
Y todo es mi propia ficción, en el caso de que no se hayan dado cuenta. Aunque
disfruté mucho mis colaboraciones con Gentry Lee,5 Michael Kube-McDowell y el fallecido
Mike McQuay… y no vacilaré en llamar otra vez a los mejores pistoleros del ramo, si se
me ocurren futuros proyectos que sean demasiado grandes como para que los maneje
solo. Esta Odisea, en particular, tuvo que ser un trabajo individual.
Así que cada palabra es mía… bueno, casi cada palabra: debo confesar que encontré
al profesor Thirugnanasampanthamoorthy (capítulo 35) en la guía telefónica de Colombo.
Espero que el propietario actual de ese nombre no tenga objeciones a que yo lo haya
usado. También hay material extraído del gran Oxford English Dictionary, y qué me
cuentan: ¡para muy agradable sorpresa mía, encuentro que emplea no menos de sesenta
y seis citas de mis propios libros para ilustrar el significado y el uso de las palabras!
Estimado OED, si en estas páginas encuentra cualesquiera ejemplos útiles, por favor
sírvase… otra vez.
Pido disculpas por la cantidad de modestas toses (alrededor de diez, como mínimo) en
este Epílogo, pero las cuestiones a las cuales dirigieron la atención parecían venir
demasiado al caso, como para que se las omitiera.
Por último, querría tranquilizar a mis muchos amigos budistas, cristianos, hindúes,
judíos y musulmanes, en el sentido de que estoy sinceramente feliz de que la religión que
el Azar les dio haya contribuido a la paz espiritual de ustedes (y a menudo, tal como ahora
admite a regañadientes la ciencia médica occidental, al bienestar físico también).
Quizá sea mejor estar insano y feliz, que sano e infeliz. Pero lo mejor de todo es estar
sano y feliz.
Que nuestros descendientes puedan alcanzar ese objetivo será el más grande desafío
del futuro. En verdad, muy bien puede decidir si tendremos futuro.
Arthur C. Clarke
Colombo, Sri Lanka
19 de septiembre de 1996
FIN
5 Por una inverosímil coincidencia, Gentry era ingeniero en jefe de los proyectos Galileo y Viking. (Véase la
introducción de Rama II.) No fue culpa de él que la antena de la Galileo no se desplegara…

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Acerca de snake1964

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