Haruki Murakami – Sputnik, Mi Amor

 

Haruki Murakami

Sputnik, Mi Amor 

 

 

 

Traducido del japonés

Por Lourdes Porta y Junichi Matsuura
1

A los veintidós años, en primavera, Sumire se enamo­ró por primera vez. Fue un amor violento como un torna­do que barre en línea recta una vasta llanura. Un amor que lo derribó todo a su paso, que lo succionó todo hacia el cielo en su torbellino, que lo descuartizó todo en un arranque de locura, que lo machacó todo por completo. Y, sin que su furia amainara un ápice, barrió el océano, arrasó sin miseri­cordia las ruinas de Angkor Vat, calcinó con su fuego las selvas de la India repletas de manadas de desafortunados ti­gres y, convertido en tempestad de arena del desierto persa, sepultó alguna exótica ciudad amurallada. Fue un amor glo­rioso, monumental. La persona de quien Sumire se enamo­ró era diecisiete años mayor que ella, estaba casada. Y debo añadir que era una mujer. Aquí empezó todo y aquí acabó (casi) todo.

En aquella época, Sumire luchaba literalmente con uñas y dientes para convertirse en escritora profesional. Por infi­nitas que sean las opciones que puedan tomarse en esta vida, para ella no había otra que la de ser novelista. Su de­cisión era firme como una roca eterna, innegociable. Entre su vida y sus creencias literarias no se abría una grieta don­de cupiera un cabello.

Al acabar el bachillerato en un instituto público de Ka­nagawa, Sumire ingresó en el Departamento de Arte de una minúscula universidad privada de la provincia de Tokio.

Pero aquélla no era, bajo ningún concepto, la escuela apro­piada para Sumire. Y acabó sintiéndose profundamente de­cepcionada por la falta de espíritu aventurero, por el con­vencionalismo de la universidad, por lo poco que casaba con la práctica literaria —y en su caso era así, por supuesto—. Sus compañeros de estudio eran en su mayoría unas media­nías (a decir verdad, yo era una de ellas), seres aburridos, mediocres sin remedio. Ésa fue la razón de que, antes de pasar a tercero, Sumire cursara la solicitud para abandonar los estudios y se perdiera lejos de la universidad. Había lle­gado a la conclusión de que era una pérdida de tiempo. También yo lo creo así. Pero, si se me permite formular una anodina teoría general, en nuestra vida imperfecta las cosas inútiles son, en cierta medida, necesarias. Si de la imperfec­ta vida humana desaparecieran todas las cosas inútiles, la vida dejaría de ser, incluso, imperfecta.

En resumen, Sumire era una romántica incurable, era intransigente, cínica y, dicho con un eufemismo, una inge­nua. Cuando empezaba a hablar, no callaba, pero ante per­sonas con las que no congeniaba (en suma, ante la gran ma­yoría de los seres humanos que conforman este mundo) apenas abría la boca. Fumaba en exceso y, cuando cogía un tren, siempre perdía el billete. Si se le ocurría alguna idea, incluso se olvidaba de comer, estaba delgada como un huér­fano de guerra de esos que salen en alguna película vieja ita­liana, y sólo su mirada mostraba cierta inquietud y vivaci­dad. Más que explicarlo con palabras, lo mejor sería, si la tuviera a mano, mostrar una fotografía, pero desgraciada­mente no tengo ninguna. Detestaba con todas sus fuerzas que la fotografiasen y tampoco abrigaba el deseo de legar a la posteridad un «retrato del artista adolescente». Si tuviera una fotografía de la Sumire de aquella época, ésta sería, con toda seguridad, un documento único sobre uno de los ejem­plares más peculiares de la especie humana.

Pero volvamos al principio, la mujer de quien Sumire se enamoró se llamaba Myú. Todos la llamaban por este dimi­nutivo cariñoso. Desconozco su verdadero nombre (y no saberlo me causaría complicaciones más tarde, aunque ésta es una historia posterior). Era de nacionalidad coreana, pero apenas supo alguna palabra de coreano hasta que, ya con veintitantos, se decidió a estudiar ese idioma. Nació y cre­ció en Japón y, como había estudiado en un conservatorio en Francia, aparte del japonés, hablaba con fluidez el fran­cés y el inglés. Vestía siempre de forma sofisticada, llevaba con desenvoltura pequeños y carísimos accesorios y condu­cía un Jaguar azul marino de 12 cilindros.

La primera vez que vio a Myú, Sumire le habló de una novela de Jack Kerouak. En aquella época estaba totalmen­te metida en el mundo de Kerouak. Cambiaba de forma periódica de ídolo literario y, por aquel entonces, le tocaba el turno a un autor un poco «fuera de temporada»:  Kerouak. Siempre llevaba embutidos en los bolsillos En el camino o Lonesome Traveler y los hojeaba en sus ratos libres. Si descu­bría un párrafo excelso, lo marcaba con lápiz y lo memori­zaba como si fuera un valioso nutra. Entre estos párrafos, el que más le robó el corazón lo encontró en Lonesome Trave­ler, en el capítulo sobre la guardia para la prevención de in­cendios forestales. Kerouak pasó tres meses solo, como guar­da forestal, en una cabaña que estaba en la cima de una alta y perdida montaña.

Sumire me citó el párrafo.

«El hombre, al menos una vez en la vida, debe perderse en un erial y experimentar una soledad absoluta, sana, un poco aburrida incluso. Y así descubrirá que depende completamente de sí mismo y conocerá sus capacidades poten­ciales.»

—¿No te parece fantástico? —me dijo—. Todos los días plantado en lo alto de una montaña mirando trescientos se­senta grados a tu alrededor, hasta donde alcanza la vista, vi­gilando que desde ninguna montaña se alce una humareda negra. Y ése es todo tu trabajo. Aparte, puedes leer cuanto quieras, escribir novelas. Al llegar la noche, grandes osos pe­ludos merodean por fuera de la cabaña. Ése es, exactamente, el tipo de vida que yo quiero llevar. Comparado con eso, el Departamento de Arte de la universidad es una porquería.

—El problema es que todo el mundo debe bajar algún día de la montaña —aventuré yo. Pero a ella, como de cos­tumbre, no le emocionaron mis opiniones realistas y vul­gares.

A Sumire le preocupaba seriamente cómo poder llegar a ser tan salvaje y auténtica como los personajes de los libros de Kerouak. Embutía las manos en los bolsillos, se despei­naba adrede el pelo y, aunque no tenía ningún problema de visión, llevaba unas gafas de plástico de montura negra a lo Dizzy Gillespie, y clavaba sin más los ojos en el cielo. Ves­tía casi siempre chaquetas de tweed que le iban grandes, compradas en tiendas de ropa usada, y calzaba sólidos za­patones. De haber conseguido que le saliera barba, seguro que se la habría dejado crecer.

A Sumire no se la podía calificar de belleza en el senti­do convencional del término. Tenía las mejillas hundidas y la boca un poco demasiado larga. La nariz era pequeña, li­geramente respingona. Era muy expresiva y le gustaba el hu­mor, pero raras veces se reía a carcajadas. Era bajita y ha­blaba en tono agresivo incluso estando contenta. Un lápiz de labios o un delineador de cejas no creo que los hubiera utilizado en toda su vida. Que hubiese tallas de sujetador dudo que lo supiera a ciencia cierta. A pesar de ello, Sumi­re poseía algo especial que cautivaba a los demás. Soy inca­paz de explicar con palabras en qué consistía. Pero, al mirar sus pupilas, siempre podías verlo allí reflejado.

Habría sido mejor que lo hubiese advertido de buen principio, claro está, y es que yo estaba enamorado de Su-mire. Desde la primera vez que intercambiamos unas pala­bras me sentí fuertemente atraído hacia ella y, poco a poco, esa atracción fue mudando hacia un sentimiento sin retor­no. Para mí, durante mucho tiempo, sólo existió ella. Como es natural, intenté confesarle muchas veces mis sentimien­tos. Pero ante ella, no sé por qué razón, era incapaz de tra­ducir mis sentimientos en las palabras justas. En resumidas cuentas, quizás haya sido mejor así. De haberle podido ma­nifestar mis sentimientos, seguro que no me habría tomado en serio.

 

Mientras mantenía con Sumire una relación de «amis­tad», salí con dos o tres chicas. (No es que no recuerde el número. Serían, según se cuenten, dos o tres.) Si incluimos a las chicas con las que sólo me acosté una o dos veces, la lista se alarga un poco más. Mientras pegaba mi cuerpo al de esas chicas, pensaba a menudo en Sumire. Porque, en al­gún rincón de mi mente, su imagen siempre estaba más o menos presente. Incluso soñaba que, en realidad, era a ella a quien tenía entre mis brazos. Todo esto no era muy nor­mal, evidentemente. Pero en vez de pensar en si era correc­to o no, lo cierto es que no podía evitarlo.

Volvamos al encuentro de Sumire y Myú.

A Myú le sonaba el nombre de Jack Kerouak, y también recordaba vagamente que era un escritor. Sin embargo, no le venía a la memoria qué tipo de escritor era.

—Kerouak, Kerouak… ¡Ah! Ése debe de ser un sputnik, ¿verdad?

Sumire no logró entender a qué venía aquello. Con el cuchillo y el tenedor suspendidos en el aire, reflexionó unos instantes.

¿Sputnik?¡Pero si el Sputnik es un satélite artificial so­viético, el primero que fue lanzado al espacio, en la década de los cincuenta! Y Jack Kerouak es un escritor americano. Claro que la época sí coincide, pero…

—¡Ah, ya! ¡Por eso deben de llamar así a esos escrito­res de entonces! —dijo Myú, mientras dibujaba con la pun­ta del dedo círculos en la mesa como si rebuscara algo en el fondo de un jarrón de forma peculiar lleno de recuerdos.

—¿Sputnik…?

—Sí, mujer. Es el nombre de una corriente literaria. Hay muchas de esas, cómo diríamos…, escuelas, ¿no? Como la Shirakaba-ha.[1]

Sumire, entonces, cayó finalmente en la cuenta.

—Beatnik!

Myú se enjugó las comisuras de los labios con la servi­lleta.

—¡Beatnik! ¡Sputnik!… Siempre olvido esos términos. Que si la Restauración Kenmu,[2] que si el Tratado de Rap­paro…[3] De todas formas, hace ya mucho de eso, ¿no?

Durante unos instantes, reinó un ligero silencio, como una alusión al paso del tiempo.

—¿El Tratado de Rapparo? —preguntó Sumire.

Myú sonrió. Fue una sonrisa íntima, añorada durante largo tiempo, como arrancada del fondo de algún cajón. La manera de fruncir los ojos fue maravillosa. Después alargó la mano y, con sus cinco largos y finos dedos, despeinó un poco más aún el alborotado pelo de Sumire. Fue un gesto tan natural y espontáneo que Sumire, sin querer, le devol­vió la sonrisa.

A partir de aquel momento, y en su fuero interno, Su-mire empezó a llamar a Myú «Sputnik, mi amor». Sumire amaba la resonancia de esa palabra. Le traía a la memoria la perra Laika. El satélite artificial atravesando en silencio la oscuridad del espacio. Las dos negras y brillantes pupilas de la perra atisbando por el pequeño ojo de buey. ¿Qué debía de mirar en aquella soledad infinita del cosmos?

La historia del Sputnik surgió en el banquete de bodas de una prima de Sumire que se celebró en un hotel de pri­mera categoría de Akasaka. No era una prima a quien estu­viera muy unida (más bien la detestaba); además, para Su-mire, asistir a un banquete, fuera de quien fuese, represen­taba una tortura, pero en aquella ocasión no pudo librarse con ningún pretexto. A ella y a Myú les asignaron un asien­to contiguo en la misma mesa. Myú no dio demasiados detalles, pero, al parecer, le había dado clases a su prima, de piano o algo así, cuando se había presentado al examen de ingreso del conservatorio. Su relación no era especial­mente larga ni estrecha, pero, por lo visto, la prima se sen­tía en deuda con ella.

En el preciso instante en que le acariciaba el pelo, de una manera tan rápida que casi cabría calificarla de acto re­flejo, Sumire se enamoró. Fue de improviso, como si un rayo la hubiese fulminado mientras cruzaba una vasta llanura. Debió de ser algo parecido a la inspiración artística. De modo que el hecho de que casualmente fuera una mu­jer a Sumire no le pareció, en aquel instante, ningún in­conveniente.

Que yo sepa, Sumire jamás había tenido algo parecido a un novio. En sus años de instituto había tenido algunos amigos. Chicos con quienes iba al cine, a nadar. Pero me imagino que ninguna de esas relaciones fue demasiado pro­funda. Lo que ocupaba gran parte de su cerebro era, exclu­sivamente, el ferviente deseo de ser novelista, y además no parecía que se hubiera sentido atraída por nadie hasta tal punto. Aun suponiendo que en sus años de instituto hu­biese tenido relaciones sexuales (o algo parecido), no habría sido por amor o deseo, sino impelida, tal vez, por la curio­sidad literaria.

—La verdad, ¿sabes?, es que no entiendo muy bien eso del deseo sexual —me había confesado Sumire en una oca­sión poniendo una cara terriblemente reconcentrada. (Creo que fue poco antes de que abandonara la escuela. Se había bebido cinco daikiris de plátano y estaba muy borracha)—. ¿En qué consiste? ¿Tú qué piensas?

—El deseo sexual no es algo que pueda entenderse. —Como de costumbre, le di una opinión sensata—. Es algo que simplemente existe.

Cuando le dije eso, Sumire se me quedó mirando unos instantes de hito en hito, como si observara una máquina que funcionase con algún extraño motor. Luego alzó la vis­ta hacia el techo como si hubiera perdido el interés en el tema. Ahí acabó la conversación. Quizá pensó que no valía la pena hablar conmigo de esas cosas.

Sumire había nacido en Chigasaki. Su casa estaba a ori­llas del mar y, de vez en cuando, ráfagas de viento arenoso azotaban con un seco rumor el cristal de las ventanas. Su padre era dentista en la ciudad de Yokohama. Era un hombre excepcionalmente guapo y su nariz, en especial, te traía a la mente la de Gregory Peck en Recuerda. Por desgracia —lo decía ella misma—, Sumire no había heredado esa nariz. Tampoco su hermano. ¿Adónde habrían ido a parar los genes que habían conformado una nariz tan hermosa?, se preguntaba Sumire con extrañeza. Si habían quedado sepul­tados en el fondo del río de la corriente genética, tal vez pudiera hablarse, incluso, de pérdida cultural. Tan magnífica era aquella nariz.

Como es natural, su muy bien parecido padre tenía una popularidad legendaria entre las mujeres con afecciones den­tales que vivían en los alrededores de Yokohama. En la clí­nica se encasquetaba un gorro hasta las cejas y se cubría el rostro con una gran mascarilla. Lo único que veían sus pa­cientes era un par de ojos y un par de orejas. Sin embargo, no podía ocultar que era un hombre guapo. Su hermosa na­riz alzaba la máscara de una forma gallarda, sexual; al verla, casi todas las pacientes se ruborizaban y —a pesar de que eso no lo cubría el seguro médico— se enamoraban al ins­tante de él.

La madre de Sumire había muerto joven, a los treinta y un años. Tenía un defecto congénito en el corazón. Cuan­do murió, Sumire aún no había cumplido los tres años. Lo único que recordaba de ella era el tenue olor de su piel. Fo­tografías de la madre, apenas las había. El retrato del día de su boda, unas instantáneas tomadas justo después de nacer Sumire. Había sacado el viejo álbum y contemplado esas fotografías innumerables veces. Si nos basamos sólo en la apariencia, la madre de Sumire era, dicho con moderación, una persona de las que dejan «poca huella». De baja estatu­ra, peinado vulgar, vestida sin gusto, una sonrisa incómoda en los labios. Parecía a punto de retroceder y fundirse con la pared a sus espaldas. Sumire se esforzó en grabar los ras­gos de la madre en su cabeza. Tal vez así lograra encontrarse con ella en sueños. Quizá pudiera asir su mano, hablar­le. Pero no resultó. Sus rasgos, por más que los memoriza­se, se borraban enseguida. Y no sólo en sueños; incluso en pleno día, de haberse cruzado con ella en la acera misma, puede que ni siquiera la hubiera reconocido.

Su padre apenas hablaba de la madre muerta. En reali­dad, casi no hablaba en general, y por añadidura, tendía a evitar (como si fuera una infección bucal) muestras de emo­ción en cualquier aspecto de la vida cotidiana. Tampoco Sumire recuerda haberle hecho preguntas sobre la madre muerta. Sólo una vez, cuando era muy niña, le preguntó: «¿Cómo era mi madre?». Sumire recordaba vivamente aque­lla conversación.

Su padre desvió la mirada y reflexionó unos instantes. Luego dijo:

—Tenía muy buena memoria y muy buena letra.

Era una extraña manera de describir a una persona. A mí me parece que él, en aquella ocasión, debería haber di­cho algo que quedase profundamente grabado en el cora­zón de su pequeña hija. Unas palabras cargadas de sentido que representaran una fuente de calor que la confortara. Pa­labras susceptibles de convertirse en la columna y el eje que sostuvieran, mal que bien, aquella existencia de inestables fundamentos en el tercer planeta del sistema solar. Sumire, con un inmaculado cuaderno abierto por la primera página, las esperaba expectante. Por desgracia (no se puede calificar de otro modo), el guapo padre de Sumire no era capaz de pronunciarlas.

Cuando Sumire tenía seis años, su padre volvió a casar­se y, dos años después, nació su hermano pequeño. Su nue­va madre tampoco era bonita. Ni siquiera tenía muy buena memoria. Tampoco puede decirse que escribiera con bue­na letra. Sin embargo, era una persona cariñosa y justa. Para la pequeña Sumire, que se convertiría en su hijastra, aquél fue un acontecimiento afortunado. No, «afortunado» no es la palabra exacta. Porque, al fin y al cabo, quien la había elegido era su padre. Y él, como padre, tal vez dejara algo que desear, pero en cuanto a la elección de su compañera, mostraba siempre inteligencia y realismo.

El amor de la madrastra por Sumire no flaqueó durante los largos y difíciles años de su adolescencia, y, cuando Sumi­re manifestó su deseo de abandonar la universidad para es­cribir novelas, la madrastra —pese a no callarse su opinión—respetó básicamente su voluntad. También había sido la ma­drastra quien había celebrado la pasión que, desde pequeña, Sumire había manifestado por la lectura, y quien la había alentado en sus propósitos literarios.

La madrastra se aplicó en convencer al padre y, al final, decidieron pasarle una pequeña cantidad de dinero para su manutención hasta que cumpliera los veintiocho años. Si para entonces no había podido labrarse un porvenir que le permitiera salir adelante con la escritura, tendría que espa­bilarse sola. Sin la mediación de su madrastra, Sumire tal vez hubiera sido arrojada, sin blanca y sin las dosis necesa­rias de sentido común y equilibrio para desenvolverse en el mundo, a este erial desprovisto de humor —por supuesto, la tierra no se desloma girando alrededor del sol para divertir a los seres humanos— que llamamos realidad. Pero, a lo me­jor, eso habría sido positivo para Sumire.

Sumire conoció a «Sputnik, mi amor» a los dos años y poco más de abandonar los estudios.

Había alquilado un apartamento tipo loft en Kichijóji, donde vivía con el mínimo número de muebles y el máxi­mo de libros. Se levantaba poco antes del mediodía y, por la tarde, paseaba por el parque de Inogashira con el -fervor de un peregrino. Si hacía buen tiempo, se sentaba en un banco del parque, mordisqueaba un poco de pan y leía fu­mando un cigarrillo tras otro. Los días de lluvia o frío se metía en una vieja cafetería donde ponían música clásica a todo volumen, se hundía en un desvencijado sofá y leía con expresión reconcentrada escuchando sinfonías de Schu­bert o cantatas de Bach. Al anochecer, tomaba una única cerveza y cenaba la comida preparada que había comprado en el supermercado.

A las diez de la noche toma asiento frente a la mesa. Delante de ella hay un termo lleno de café hirviendo, un ta­zón (se lo regalé yo por su cumpleaños; lleva un cuadro de Snafkin dibujado), una cajetilla de Marlboro y un cenicero de cristal. Y un procesador de textos, por supuesto. Cada tecla de la máquina muestra su propio signo.

En la estancia reina un profundo silencio. Su mente está clara como el cielo de una noche de invierno. La Osa Ma­yor y la Estrella Polar emiten la luz debida en el lugar asig­nado. Y Sumire tiene mucho que escribir. Muchas historias que contar. Una vez encuentre la boca de salida correcta, ardientes pensamientos e ideas brotarán como la lava, se traducirán en conceptos y conformarán un corpus de obras originales. La gente se quedará boquiabierta ante la repenti­na irrupción de una «genial escritora novel de excepcional talento». En la sección de cultura de los periódicos saldrá la fotografía de Sumire esbozando una serena sonrisa y los redactores se disputarán el privilegio de visitar su aparta­mento.

Pero eso, por desgracia, no ocurriría. En realidad, Sumi­re no logró completar una sola obra que comprendiera prin­cipio y final.

A decir verdad, ella podía escribir indefinidamente, tan­to como quisiera. Jamás había experimentado angustia ante el papel en blanco. Era capaz de traducir en un torrente de palabras todo lo que le viniera a la cabeza. Su problema era, más bien, que escribía demasiado. Siendo así, parece obvio que hubiese bastado con eliminar la parte superflua, pero no era tan simple. De lo que había escrito, Sumire era incapaz de discernir entre lo necesario y lo que no lo era. Al día siguiente, al releerlas una vez impresas, todas las fra­ses le parecían imprescindibles y, según cómo, todas le pa­recían superfluas. A veces, en un arranque de desespera­ción, rasgaba todas las hojas que tenía delante. Si hubiera sido una noche de invierno y en la estancia hubiera habi­do chimenea, le habría dado —igual que en La Bohéme de Puccini— bastante calor, pero en el apartamento de Sumire, como era de esperar, no había chimenea. Ni calefacción ni teléfono. Ni siquiera un espejo que le devolviera fielmente su imagen.

Al llegar el fin de semana, Sumire tomaba entre los bra­zos todos sus escritos y venía a mi apartamento. No hace falta decir que eran sólo los textos que habían escapado a la masacre, pero, con todo, conformaban una cantidad consi­derable. Y la única persona de todo este ancho mundo a quien Sumire podía enseñárselos era yo.

En la universidad, yo iba dos cursos por delante y, ade­más, nuestras especialidades eran distintas, así que apenas teníamos algo en común. Intimamos por casualidad. Un lu­nes de mayo, tras un largo puente, estaba yo en la parada del autobús cerca de la entrada principal de la universidad leyendo una novela de Paul Nizan, que había descubierto en una librería de viejo, cuando una chica bajita que se en­contraba a mi lado alargó el cuello, echó una ojeada a mi li­bro y me preguntó que cómo era que aún leía a Paul Nizan. Su manera de interpelarme fue bastante agresiva. Como si hubiera querido meterse con alguien y, a falta de un objeti­vo más apropiado, me hubiese elegido a mí. Al menos ésa fue la impresión que me dio.

Sumire y yo nos parecíamos mucho. Ambos devorába­mos libros con la misma naturalidad que respirábamos. Cuando teníamos un momento libre, nos sentábamos en un lugar tranquilo y volvíamos interminablemente una pá­gina tras otra. Novelas japonesas, novelas extranjeras, obras nuevas, clásicos, libros de vanguardia, best sellers, leíamos cualquier cosa que nos provocara excitación intelectual. Éra­mos asiduos de las bibliotecas y podíamos pasarnos todo el día entretenidos husmeando por las librerías de viejo de Kanda. No había conocido a nadie, aparte de mí mismo, que leyera con tanta pasión, con tanta profundidad y diver­sidad, y creo que a Sumire le ocurría lo mismo.

Me gradué por la misma época en que Sumire decidió dejar la universidad, pero, incluso entonces, ella siguió visi­tándome dos o tres veces al mes. A veces la visitaba yo, pero su apartamento era, a ojos vista, demasiado pequeño para los dos, y lo más frecuente era que viniese ella. Cuan­do nos veíamos, como es lógico, hablábamos de novelas e intercambiábamos libros. También solía prepararle la cena. No se me daba mal cocinar y, por su parte, Sumire era del tipo de personas que prefieren no comer antes que meterse en la cocina. Como muestra de agradecimiento solía traer­me algo de los lugares donde hacía trabajos de media jor­nada. Una vez que estuvo en el almacén de una empresa farmacéutica me regaló seis docenas de preservativos. Toda­vía deben de quedar algunos en el fondo del cajón.

La novela (o los fragmentos de novela) que por aquel entonces escribía Sumire no era tan horrible como ella creía. No dominaba aún las técnicas narrativas y, a veces, su esti­lo parecía un patchwork elaborado, sin mediar palabra, por un grupo de amas de casa obcecadas, cada una con sus pro­pios gustos y manías. Esta tendencia, dado el temperamento neurótico de Sumire, hacía que las cosas se le descontrola­ran. Encima, por desgracia, a ella sólo le interesaba escribir una obra decimonónica de gran envergadura, una «novela total», donde pudiera embutir cualquier fenómeno que apun­tara a su alma y a su destino.

Sin embargo, pese a adolecer de numerosos defectos, sus escritos tenían una frescura especial y en ellos se traslu­cía la voluntad honesta de querer relatar con sinceridad algo importante que había en el interior de su autora. Como mí­nimo, su estilo no era una imitación del de nadie. Tampo­co eran simples artificios construidos con habilidad. A mí esto me gustaba. No hubiera estado bien reducir aquella fuerza natural e incrustarla en un trabajo preciosista. Aún le sobraba tiempo para dar rodeos. No era cuestión de preci­pitarse. Tal como dice el proverbio: «Quien crece despacio crece bien».

—Tengo la cabeza atiborrada de cosas que quiero escri­bir. Como un granero atestado de cualquier manera —me dijo Sumire—. Imágenes, escenas, retazos de palabras, figu­ras humanas… Están llenos de vida dentro de mi cabeza, lanzando destellos cegadores. Y oigo cómo gritan: «¡Escri­be!». Pienso que de ahí tendría que surgir una gran historia. Tengo la impresión de que van a conducirme a algún lugar nuevo. Pero, llegado el momento, cuando me siento frente a la mesa e intento traducirlos en palabras, me doy cuenta de que se pierde algo vital. El cuarzo no cristaliza, todo queda en pedruscos. Y yo no llego a ninguna parte.

Sumire hizo una mueca, recogió la piedrecilla número doscientos cincuenta y la arrojó al estanque.

—Quizá, de base, me falte algo. Algo imprescindible que debe de tener todo escritor.

Cayó en un profundo silencio. Al parecer, me estaba pi­diendo una de las vulgares opiniones que solía darle.

—En China, antiguamente, las ciudades estaban rodea­das de altas murallas donde se abrían grandes y magníficas puertas —expliqué tras reflexionar unos instantes—. Esas puer­tas tenían un gran significado. No sólo servían para entrar y salir, sino que se creía que era allí donde moraban los es­píritus de la ciudad. O el lugar donde debían morar. Exac­tamente igual que en la Europa medieval, donde la gente consideraba la iglesia y la plaza como el corazón de la ciu­dad. Por eso, aún hoy, quedan en China muchas puertas maravillosas. ¿Sabes cómo construían las puertas los chinos de la antigüedad?

—Ni idea —dijo Sumire.

—La gente se dirigía a los  antiguos campos de batalla ti­rando de carretas, y allí recogía todos los huesos desparra­mados o enterrados que podía encontrar. Al ser un país de tan larga historia, no faltaban campos de batalla. Luego cons­truían una enorme puerta a la entrada de la ciudad incrus­tando todos esos huesos. Esperaban que, honrando de ese modo sus almas, los guerreros muertos protegieran la ciudad. Pero ¿sabes?, no bastaba con eso. Cuando la puerta esta­ba terminada, llevaban hasta allá unos cuantos perros vivos y, con una daga, los degollaban. Después regaban la puerta con la sangre aún caliente de los perros. De esa forma, los huesos resecos se empapaban de sangre fresca y las viejas al­mas adquirían un poder mágico. Al menos eso es lo que creían. —Sumire aguardaba en silencio a que prosiguiera—. Escribir una novela es algo parecido. Por más huesos que reúnas, por magnífica que sea la puerta que construyas, sólo con eso no tendrás una novela viva. Una historia, en algún sentido, no es algo de este mundo. Una verdadera historia requiere un bautismo mágico que conecte este mundo con el otro.

—O sea que tengo que agenciarme unos cuantos perros, ¿no? —Asentí—. Y hacer correr la sangre caliente.

—Tal vez.

Sumire reflexionó unos instantes mordiéndose los la­bios. Volvió a arrojar al estanque unas cuantas desafortuna­das piedrecillas más.

—Preferiría no matar ningún animal.

—Evidentemente, sólo era una metáfora —dije—. No se trata de matar ningún perro.

Estábamos sentados, como de costumbre, uno junto al otro en un banco del parque de Inogashira. Era el banco pre­ferido de Sumire. Ante nuestros ojos se extendía el estanque. Era un día sin viento. Las hojas caídas de los árboles pare­cían adheridas a la superficie del agua. Un poco más allá, al­guien había encendido una hoguera. El aire traía olores de fi­nales de otoño y se oían con nitidez los ruidos lejanos.

—Quizá lo que tú necesites sea tiempo y experiencia. Eso es lo que me parece a mí.

—Tiempo y experiencia —repitió Sumire y alzó la vista hacia el cielo—. El tiempo pasa deprisa. Pero ¿y la experien­cia? Ni me la menciones. No es que me enorgullezca de ello, pero no siento ningún deseo sexual. Y un escritor sin deseo sexual, ¿qué experiencias puede tener? i Si es como un cocinero sin apetito!

—Yo no sé adónde habrá ido a parar tu deseo sexual —le dije—. Quizás esté escondido en algún rincón. Quizás haya emprendido un largo viaje y se haya olvidado de regresar. Pero enamorarse, al fin y al cabo, no tiene ninguna lógica. A lo mejor, de repente, el deseo aparece de la nada y te atrapa. Mañana mismo.

Sumire apartó la mirada del cielo y la clavó en mi ros­tro.

—¿Como un tornado a través de la llanura?

—Si quieres llamarlo así.

Por unos instantes, ella imaginó un tornado a través de la llanura.

—Por cierto, ¿has visto alguna vez un auténtico tornado a través de la llanura?

Nunca —contesté—. En Musashino no suelen verse tor­nados en vivo (y debería añadir que es de agradecer).

Aproximadamente medio año después, mis predicciones se cumplieron y Sumire se enamoró de forma fulminante, sin lógica alguna y con la furia de un tornado a través de la llanura. Se enamoró de una mujer casada diecisiete años mayor. De «Sputnik, mi amor».

Cuando Myú y Sumire se encontraron sentadas, una al lado de la otra, en la mesa del banquete nupcial, primero, tal como suele hacerse en esos casos, se presentaron. Sumi­re odiaba llamarse «Violeta» y prefería no decirle a nadie su nombre. Pero, si se lo preguntaban, tampoco era cuestión de no responder.

Según su padre, quien lo había elegido era su madre muerta. A ella le encantaba la canción Violeta, de Mozart, y hacía tiempo que había decidido que, si tenía una hija, la llamaría así. En la estantería de la sala de estar donde guar­daban los discos había una recopilación de canciones de Mozart (sin duda la que había escuchado su madre) y, de pequeña, Sumire tomaba con cuidado el pesado LP, lo ponía en el plato del tocadiscos y escuchaba el tema Violeta una vez tras otra. La solista era Elisabeth Schwarzkopf y la acompañaba al piano Walter Gieseking. Sumire no entendía la letra. Pero su grácil melodía le hacía suponer que canta­ba la belleza de las violetas que florecían en el prado. Su-mire evocaba esa imagen y la amaba con pasión.

Sin embargo, mientras cursaba secundaria, tuvo una des­agradable sorpresa al encontrar en la biblioteca un libro con letras de canciones traducidas al japonés. La canción narra­ba cómo una humilde violeta que florecía en el prado era trágicamente pisoteada por una zafia pastora. Y, encima, ésta ni siquiera se percataba de la existencia de la flor aplas­tada bajo sus pies. Era una poesía de Goethe, pero en ella no halló ni consuelo ni moraleja.

—¿Por qué debió de ponerme mi madre el nombre de una canción tan terrible? —preguntó Sumire haciendo una mueca.

Myú se colocó bien la servilleta sobre las rodillas, esbo­zó una sonrisa imparcial y clavó la mirada en el rostro de Sumire. Tenía las pupilas muy oscuras. En ellas se mezcla­ban diversos colores, pero eran nítidas y transparentes.

—Y la melodía, ¿te parece bonita?

—La melodía sí lo es.

—Entonces yo me conformaría con que la música sea hermosa. En este mundo, no todo puede ser correcto o bo­nito. A tu madre debía de gustarle tanto la melodía que ni siquiera se fijó en la letra. Además, si sigues poniendo esa cara, te saldrán arrugas y no se te irán.

Sumire borró la mueca de su rostro.

—Quizá tengas razón, pero yo me sentí decepcionada, ¿comprendes?’ Este nombre es la única cosa concreta que me dejó mi madre. Exceptuándome a mí misma, claro.

—De todos modos, Sumire es un nombre precioso. A mí me gusta —dijo Myú y, haciendo ademán de mirar las cosas desde un ángulo distinto, inclinó la cabeza—. Por cierto, ¿ha asistido tu padre a la ceremonia?

Sumire echó una mirada a su alrededor y descubrió la fi­gura de su padre. El salón era grande, pero dada su elevada estatura no era difícil descubrirlo. Estaba sentado dos mesas más allá, de perfil, hablando con un anciano bajito de ex­presión honesta vestido de chaqué. En sus labios se dibuja­ba una sonrisa tan afable y confiada que habría derretido un iceberg recién formado. Bañada por la luz de la araña, su correcta nariz sobresalía ligeramente como una silueta en papel recortado, e incluso la misma Sumire, acostumbrada a verlo, sintió admiración ante tanta hermosura. Su padre tenía las facciones idóneas para una ceremonia de aquel tipo. Su mera presencia confería glamour al ambiente. Como un enorme jarrón de flores recién cortadas o una limusina negra.

Cuando vio al padre de Sumire, Myú se quedó sin ha­bla durante unos instantes. Sumire pudo oír cómo aspiraba una bocanada de aire. Sonó como unas cortinas de tercio­pelo descorridas con suavidad para que la luz natural del sol de una mañana serena despierte a un ser bienamado. «Debería de haber traído un par de anteojos de ópera», pen­só Sumire. Pero ella ya estaba acostumbrada a la teatral reac­ción de la gente —especialmente a la de las mujeres de me­diana edad— ante el físico de su padre. «¿En qué consiste la belleza? ¿Qué valor debe de tener?», solía preguntarse Su-mire con extrañeza. Pero nadie contestaba. Sólo se producía aquel indiscutible efecto.

—¿Qué se siente al tener un padre tan guapo? —pregun­tó Myú—. Por simple curiosidad.

Tras un suspiro —¿cuántas veces le habrían hecho esa mis­ma pregunta?— respondió:

—Pues no es muy divertido que digamos. En su fuero in­terno, todos piensan: «¡Qué hombre tan guapo! ¡Pero qué maravilla! Claro que, en comparación, la hija no es gran cosa. Eso debe de ser lo que llaman atavismo».

Myú se volvió hacia Sumire, le tiró con suavidad de la barbilla y la miró. Igual que si estuviera en un museo, plan­tada ante un cuadro que le gustara, contemplándolo.

—Oye, si realmente piensas eso, te equivocas. Tú eres preciosa. Tanto como tu padre —dijo Myú. Después alargó la mano y, con un gesto lleno de naturalidad, tocó, sobre la mesa, la mano de Sumire suavemente—. Ni tú misma sabes lo encantadora que eres.

La cara de Sumire empezó a arder. Dentro de su pecho, el corazón repicaba con el ruido de los cascos de un caba­llo desbocado cruzando un puente de madera.

Luego, Sumire se enfrascó en su conversación con Myú. No veía siquiera lo que había a su alrededor. Fue un ban­quete muy animado. Varias personas se levantaron a pronunciar discursos (el padre mismo de Sumire, sin ir más le­jos) y la comida que sirvieron no estuvo nada mal. Pero nada de eso quedó grabado en su memoria. ¿Comió carne o pescado? ¿Utilizó propiamente los cubiertos o comió con los dedos, lamiendo el plato a continuación? No recordaba nada, en absoluto.

Ellas hablaron de música. Sumire era una apasionada de la música clásica y, desde pequeña, solía escuchar la colec­ción de discos de su padre. Los gustos de ambas coincidían plenamente. A las dos les gustaba el piano y ambas señala­ban las treinta y dos sonatas de Beethoven como las indis­cutibles obras cumbre de la historia de la música. Ambas creían que la grabación de Wilhelm Backhaus para Decca era maravillosa, una interpretación sin parangón, de referen­cia. ¡Qué alegre era, además! ¡Y cuánto gozo de vivir trans­mitía!

¡Y el Chopin de Vladimir Horowitz de la época de las grabaciones en monoral, en especial el scherzo: impecable, estremecedor! Y los preludios de Debussy ejecutados por Friedrich Gulda, hermosos y llenos de gracia; y el Grieg de Gieseking, adorable, lo miraras como lo mirases. La inter­pretación de Sviatoslav Richter de Prokofiev, con su reflexi­va contención y su prodigiosa recreación de la profundidad plástica de cada instante, exigía ser escuchada conteniendo el aliento. Y las sonatas de Mozart ejecutadas por Wanda Landowska, ¿por qué estaría hasta tal punto infravalorado un trabajo tan impecable y detallista, tan lleno de ternura como aquél?

—¿A qué te dedicas? —preguntó Myú cuando la conver­sación sobre música llegó a su fin.

—He dejado la universidad y estoy escribiendo una no­vela. También hago trabajillos de vez en cuando —explicó Sumire.

—¿Qué tipo de novela estás escribiendo? —quiso saber Myú.

Es difícil de explicar en una palabra —contestó Sumire.

—¿Qué tipo de novelas te gustan entonces? —preguntó Myú.

—¡Uff! La lista es muy larga y no acabaría nunca, pero ahora estoy leyendo a Jack Kerouak —respondió Sumire. Y así fue como surgió el tema de «Sputnik».

Myú, exceptuando algunas novelas muy ligeras que leía como pasatiempo, apenas tocaba los libros.

—No puedo alejar de mi pensamiento la idea de que todo es pura ficción, no logro identificarme con los perso­najes —dijo. Siempre le había sucedido lo mismo. De modo que sólo leía obras que recogieran, tal cual, hechos reales. En su mayor parte, libros que pudieran serle útiles en su trabajo.

—¿Qué tipo de trabajo haces? —le preguntó Sumire.

—Básicamente está relacionado con el extranjero —expli­có Myú—. Hará unos trece años heredé la empresa de im­portación y exportación de mi padre. Yo era la primogénita. Estudiaba para pianista, pero mi padre murió de cáncer y, como mi madre, aparte de estar delicada, no dominaba el japonés y mi hermano aún estaba en secundaria, tuve que asumir yo la responsabilidad y encargarme de la empresa. De ella dependía la subsistencia de varios familiares y no era cuestión de cerrar. —En este punto, Myú suspiró breve­mente como si pusiera una coma—. La empresa de mi padre se dedicaba principalmente a importar de Corea alimentos deshidratados y hierbas medicinales, pero ahora comercia­mos con otras muchas mercancías. Incluso con piezas de ordenador. La empresa sigue estando a mi nombre, pero en realidad la llevan mi marido y mi hermano menor y yo no tengo que aparecer demasiado por allí. Así que puedo dedi­carme a mis propios negocios.

—¿Como cuáles?

Principalmente a la importación de vino. Y, de vez en cuando, algún asunto relacionado con el mundo de la mú­sica. Viajo muy a menudo a Europa; este tipo de negocios se basa mucho en los contactos personales. Así que, al trabajar sola, puedo codearme con empresas comerciales de primera categoría. Sólo que, para establecer toda esta red de relaciones y mantenerlas, hay que invertir tiempo y ener­gía. Eso es evidente, pero… —Levantó la cabeza como si se le hubiese ocurrido una idea—. Por cierto, ¿hablas inglés?

—Hablarlo, no demasiado bien. De aquella manera. Pero me gusta leerlo.

—¿Sabes utilizar el ordenador?

—No entiendo mucho de informática, pero estoy acos­tumbrada a usar el procesador de textos, así que, a poco que estudiara, supongo que aprendería pronto.

—¿Sabes conducir?

Sumire hizo un gesto negativo con la cabeza. Desde el año de su ingreso en la universidad, que fue cuando chocó con la puerta de atrás contra una columna al intentar meter en el garaje el Volvo-Wagon de su padre, no había vuelto a tocar el volante.

—Entonces, ¿puedes explicarme con menos de doscien­tas palabras la diferencia entre «signo» y «símbolo»?

Sumire tomó la servilleta, se enjugó la comisura de los labios y volvió a depositarla sobre sus rodillas. No entendía bien qué estaba preguntándole. «Signo y símbolo.»

—No tiene ningún sentido especial. Es sólo un ejemplo.

Sumire volvió a sacudir la cabeza.

—Ni idea.

Myú sonrió.

—Si no te importa, me gustaría que me dijeras qué habi­lidades prácticas tienes. Es decir, qué sabes hacer. Aparte de leer mucho y escuchar mucha música.

Sumire depositó en silencio el cuchillo y el tenedor en el plato y, contemplando el espacio anónimo que flotaba sobre la mesa, reflexionó sobre sí misma.

Sería más rápido decir las cosas que no sé hacer que las cosas en que soy buena. No cocino, haciendo la limpieza soy un desastre. Soy incapaz de mantener mis cosas en or­den y lo pierdo todo. Me gusta la música, pero, cuando canto, desafino horrores. Soy muy torpe y no sé clavar un cla­vo. No poseo el menor sentido de la orientación y suelo confundir la derecha y la izquierda. Cuando me enfado, ten­go tendencia a romper cosas. Platos, lápices, despertadores. Después me arrepiento, pero, en aquel momento, no puedo controlarme. No tengo ahorros. Me siento incómoda ante la gente sin razón alguna y apenas tengo amigos. –En ese pun­to, Sumire hizo una pausa antes de proseguir–: Sin embar­go, con el procesador de textos, sé escribir muy rápido sin mirar el teclado. No soy muy buena deportista, pero, excep­to cuando tuve paperas, no he estado enferma en toda mi vida. Además, es extraño, pero en lo que se refiere a la pun­tualidad soy muy estricta y jamás llego tarde a ningún sitio. Con la comida no tengo manías. La televisión no la veo. A veces tengo algún arranque tonto de orgullo, pero no suelo justificarme a mí misma. Excepto una vez al mes que tengo los hombros tan agarrotados que no puedo dormir, conci­lio el sueño con facilidad. La regla la tengo poco abundan­te. Caries no tengo ni una. Y hablo bastante bien el español.

Myú alzó los ojos.

—¿Hablas bien el español?

Cuando estaba en el instituto, Sumire pasó un mes en Ciudad de México en casa de su tío, empleado en una fir­ma comercial establecida allí. Creyendo que era una buena oportunidad, Sumire estudió de forma intensiva español y lo aprendió. En la universidad siguió tomando clases.

Myú sostenía la copa de vino entre los dedos y la hacía rodar suavemente como si diera cuerda a una máquina.

—¿Qué me dices? ¿No te apetecería trabajar conmigo una temporada?

—¿Trabajar? –Sumire ni siquiera supo qué cara poner, así que adoptó su sempiterna expresión reconcentrada–. Pero si jamás he tenido un trabajo de verdad. Ni siquiera sé res­ponder bien al teléfono. Siempre trato de no coger el tren antes de las diez y, supongo que ya te habrás fijado, no sé utilizar correctamente el lenguaje formal.

—Eso no importa –repuso Myú con sencillez–. Por cier­to, ¿estás libre mañana al mediodía? –Sumire asintió en un acto reflejo. No era preciso pensárselo dos veces. El tiempo libre era su principal capital–. Entonces podríamos comer juntas. Reservaré una mesa tranquila en un restaurante del barrio –dijo Myú. Observó a contraluz el vino tinto que el camarero le había servido en una copa limpia, comprobó el aroma y, luego, tomó el primer sorbo en silencio. Realizó toda esa serie de movimientos con una elegancia natural que hacía pensar en una corta cadencia pulida a lo largo de los años por un reflexivo pianista–. De los detalles ya ha­blaremos mañana con calma. Hoy quiero olvidarme del tra­bajo. ¿Sabes? Este Burdeos no está nada mal.

Sumire recompuso su adusta expresión y le dijo a Myú sin ambages:

—Pero si acabas de conocerme y casi no sabes nada de mí todavía.

—Sí, es cierto. Es posible que no sepa nada –admitió Myú.

—Entonces, ¿cómo sabes que podré serte útil?

Myú hacía girar suavemente el vino dentro de la copa.

—Desde hace tiempo juzgo a la gente por su rostro –re­plicó ella–. En resumen, que a mí me han gustado tus fac­ciones y tus cambios de expresión. Mucho.

Sumire sintió cómo, de repente, el aire se hacía más lige­ro a su alrededor. Notó cómo los pezones se le endurecían bajo la ropa. Alargó la mano, tomó una copa casi sin pen­sarlo y se bebió de un trago el agua que quedaba. Inmedia­tamente, un camarero con cara de ave rapaz se le aproximó por la espalda y le llenó de agua con hielo la copa vacía. El tintineo resonó dentro de la turbada mente de Sumire como el hueco lamento de un ladrón recluido en una caverna.

«Sí, estoy enamorada de ella», se convenció Sumire. Sin duda alguna (el hielo es, al fin y al cabo, frío, y la rosa es, al fin y al cabo, roja). Y este amor me conducirá a algún si­tio. No puedo impedir que esta fuerte corriente me arrastre. Ya no tengo elección. Tal vez me lleve a un mundo especial que jamás he conocido. A un lugar lleno de peligros, quizá. Donde se esconda algo que me inflija una herida profunda, mortal. Tal vez pierda todo lo que poseo. Pero ya no puedo volver atrás. Sólo puedo abandonarme a la corriente que discurre ante mis ojos. Aunque me consuma entre las lla­mas, aunque desaparezca para siempre.

Su profecía —aunque esto, desde luego, sólo lo he sabi­do ahora— acertaba en un ciento veinte por cien.

 

 

2

 

Un domingo poco antes del amanecer, quince días jus­tos después del banquete, ella me telefoneó. Como cabía esperar, yo dormía como un tronco. La semana anterior me había encargado de organizar una reunión y, para conseguir todos los documentos necesarios (aunque inútiles), había tenido que reducir las horas de sueño. Así que, durante el fin de semana, quería dormir hasta hartarme. Y en ésas sonó el teléfono. Antes del amanecer.

—¿Estabas durmiendo? —preguntó Sumire, sondeán­dome.

—¡Mmm! —solté un pequeño gruñido. En un acto refle­jo lancé una mirada al despertador, a la cabecera de la cama. Las agujas del reloj eran grandes, fluorescentes; inexplica­blemente, no alcancé a ver la hora. La imagen que se pro­yectaba en mi retina y la zona de mi cerebro donde se procesaba la información estaban desconectadas. Como una anciana que no lograse enhebrar una aguja. Lo único que in­tuí fue que a mí alrededor todavía era noche cerrada, que debía de ser más o menos la hora que Scott Fitzgerald lla­mó «noche profunda del alma».

—Pronto amanecerá.

—¡Ah! —dije con lasitud.

—Cerca de casa hay un hombre que todavía cría gallos. Debe de tenerlos desde antes de la devolución de Okina­wa. Enseguida cantarán. Tal vez antes de media hora. ¿Sabes? A decir verdad, ésta es la hora del día que más me gusta. El cielo negrísimo de la noche empieza a clarear por el este y los gallos cantan con todas sus fuerzas, como si se vengaran de algo. ¿Hay gallos cerca de tu casa? —Al otro extremo de la línea telefónica sacudí ligeramente la cabeza—. Te estoy llamando desde la cabina del parque.

—Ya —dije.

A unos doscientos metros de su apartamento había una cabina. Sumire no tenía teléfono en casa y siempre iba an­dando hasta allí para llamar. Era una cabina telefónica nor­mal y corriente.

—Oye, me sabe muy mal llamar a estas horas. De verdad te lo digo. A estas horas, cuando aún no han cantado los gallos. A estas horas, cuando la pobrecita luna está flotando en un rincón del cielo de Oriente como un riñón desahu­ciado. Pero ¿sabes? Para llamarte he tenido que recorrer un camino negro como la boca de un lobo. Agarrando con mi pequeña mano la tarjeta telefónica que me dieron el día de la boda de mi prima. En ella aparecen los dos novios con las manos unidas. Tú ya sabes cómo me deprimen estas co­sas, ¿verdad? Llevo el calcetín derecho diferente al calcetín izquierdo. Uno tiene un dibujo de Mickey Mouse, el otro es un calcetín de lana liso. Mi habitación está manga por hombro y no puedo encontrar nada. Mejor no decirlo en voz alta, pero mis bragas dan pena. Tanto que un ladrón de ropa interior pasaría de largo. Si unos gamberros me mata­ran, con esta pinta no creo que hallara la paz. Así que ya no te pido que me compadezcas, pero ¿no podrías decirme algo con pies y cabeza? Aparte de esas crueles interjeccio­nes tipo «¡Ah!» o «¡Mmm!». No estaría mal una conjun­ción o algo por el estilo. Sí, eso es. Algún «pero» o un «sin embargo».

—No obstante —dije yo. Estaba agotado, sin fuerzas si­quiera para soñar.

—«No obstante» —repitió ella—. De acuerdo. No deja de ser un progreso. Claro que no es más que un pasito. —Por cierto, ¿querías algo?

—Pues sí. Tenía que decirte una cosa. Por eso llamo —contestó Sumire. Carraspeó ligeramente—. Vamos allá. ¿Cuál es la diferencia entre «signo» y «símbolo»?

Tuve una extraña sensación, como si una larga hilera de objetos indeterminados se cruzara por mi cabeza.

—¿Podrías repetirme la pregunta?

Me la repitió.

—¿Cuál es la diferencia entre «signo» y «símbolo»?

Me incorporé en la cama y me pasé el auricular de la mano izquierda a la derecha.

—Es decir, que me has llamado porque quieres saber la diferencia entre «signo» y «símbolo». Un domingo de madru­gada antes del amanecer. ¡Vaya!

—A las cuatro y cuarto de la madrugada —dijo—. No me lo podía quitar de la cabeza. ¿Cuál debe de ser la diferencia entre «signo» y «símbolo»? Alguien me lo preguntó hace días y lo había olvidado por completo, pero hoy, mientras me desnudaba para meterme en la cama, me ha venido a la cabeza. Y me he desvelado. ¿Puedes explicármela tú? ¿La di­ferencia entre «signo» y «símbolo»?

—A ver —dije contemplando el techo. Explicarle a Sumi­re algo con lógica, incluso cuando yo lo tenía clarísimo, no era tarea fácil—. El emperador es el símbolo de Japón. ¿De acuerdo?

—Pues más o menos —dijo ella.

—Nada de más o menos. Esto es lo que dice la Constitu­ción japonesa —dije armándome de paciencia—. Podrás po­ner objeciones o tener dudas al respecto, pero si no lo to­mas como un hecho, mi razonamiento no puede avanzar.

—De acuerdo. Lo acepto.

—Gracias. Repito: el emperador es el símbolo de Japón. Pero esto no implica que Japón y el emperador sean equi­valentes. ¿Me sigues?

—No.

—Es decir, que la flecha apunta en una sola dirección. El emperador es el símbolo de Japón, pero Japón no es el sím­bolo del emperador. ¿Lo entiendes, verdad?

—Creo que sí.

—Pero si, por ejemplo, pusiera: «El emperador es el sig­no de Japón», ambos serían equivalentes. Es decir, que cuan­do nombráramos a Japón nos referiríamos al emperador, y cuando nombráramos al emperador nos referiríamos a Ja­pón. Se puede añadir, incluso, que ambos serían intercam­biables: a=b es lo mismo que b=a. En cuatro palabras, esto es lo que significa «signo».

—O sea, que tú estás hablando de intercambiar el empe­rador con Japón. ¿Es posible eso?

—No es eso. No. —Sacudí enérgicamente la cabeza—. Sólo pretendía explicarte de manera fácil de entender la di­ferencia entre «símbolo» y «signo». No tenía ninguna inten­ción de intercambiar el emperador con Japón. Era sólo una forma de explicártelo.

—¡Hum! —dijo Sumire—. Pero creo que lo he entendido. Como imagen. En fin, me parece que es una cuestión de sentido único o doble sentido, ¿no?

—Un especialista quizá te lo explicara con mayor exacti­tud. Pero definiéndolo de una manera simple viene a ser eso.

—Siempre me ha admirado lo bien que explicas las cosas.

—Es mi trabajo —argüí. Mis palabras sonaban algo mo­nótonas y carentes de expresión—. Tú, también tendrías que trabajar alguna vez de maestra de primaria. ¡Te hacen cada pregunta! «¿Por qué la tierra no es cuadrada?» «¿Por qué los calamares tienen diez patas en vez de ocho?» Ahora ya he aprendido a responder la mayoría de las veces.

—Oye, seguro que eres muy buen profesor.

—Quién sabe —dije—. Quién sabe.

—Por cierto, ¿por qué el calamar tiene diez patas en vez de ocho?

—¿Puedo volver a dormir ya? Estoy realmente cansado. Sólo con sostener el auricular me siento como si estuviera aguantando sin ayuda de nadie un muro de piedra medio derruido.

—Oye —dijo Sumire. E hizo una sutil pausa. Igual que un anciano guardabarrera que cerrara un paso a nivel antes de la llegada del tren para San Petersburgo—. Te pareceré es­túpida diciéndotelo así, pero la verdad es que me he ena­morado.

—¡Hum! —Me pasé el auricular de la mano derecha a la izquierda. Me llegaba el ruido de la respiración de Sumire. No sabía qué decirle. Y, como suelo hacer cuando no sé qué decir, pronuncié las palabras más inapropiadas.

—¿No será de mí?

—No es de ti —contestó Sumire. Oí cómo encendía un cigarrillo con un mechero barato—. ¿Estás libre hoy? Me gustaría que nos viéramos y hablásemos.

—¿De qué te has enamorado de alguien que no soy yo? —Sí, de que me he enamorado apasionadamente. Me puse el auricular entre el cuello y el hombro y me desperecé.

—Por la tarde estoy libre.

—Iré a las cinco —dijo Sumire. Y añadió como si se acor­dara de repente—: Muchas gracias.

—¿Por qué?

—Por responder amablemente a mis preguntas antes del amanecer.

Le di una vaga respuesta, colgué y apagué la luz de la ca­becera. Aún era noche cerrada. Antes de volver a conciliar el sueño intenté recordar si Sumire ya me había dicho «gracias» alguna vez. Alguna vez, quizá sí, pero no logré recordarla.

Sumire llegó a mi apartamento poco antes de las cinco. Al primer vistazo no la reconocí. Había cambiado comple­tamente de estilo. Llevaba el pelo corto y, en el flequillo que le caía sobre la frente, aún se advertía la huella de las tijeras. Llevaba un vestido de manga corta azul marino y, por encima de los hombros, una rebeca. Los zapatos eran de charol negro, de medio tacón. Incluso llevaba medias. ¿Medias!? No soy un gran experto en ropa femenina, pero comprendí que todas y cada una de aquellas prendas eran bastante caras. Vestida de aquel modo, Sumire estaba más bonita y sofisticada que de costumbre. Tampoco se la veía incómoda con aquellas ropas, parecía llevarlas con mucha naturalidad. Sin embargo, puestos a elegir, yo prefería a la Sumire de antes con su aspecto desastrado. Claro que todo es cuestión de gustos.

—No está mal —le dije tras inspeccionarla de arriba aba­jo—. Claro que no sé cómo debe de sentirse Jack Kerouak.

Sumire esbozó una sonrisa ligeramente más sofisticada que de costumbre.

—¿Damos una vuelta?

Nos dirigimos andando, hombro con hombro, por la avenida de la Universidad hacia la estación y, a medio ca­mino, entramos en la cafetería de siempre y tomamos un café. Junto con el café, Sumire pidió, como de costumbre, un trozo de pastel. Era una despejada tarde dominical de fi­nales de abril. El azafrán y los tulipanes se alineaban en la puerta de las floristerías. Soplaba un vientecillo suave que hacía ondear los bajos de las faldas de las chicas y traía el fresco olor de los árboles jóvenes.

Crucé las manos detrás de la cabeza y me quedé miran­do cómo Sumire saboreaba con fruición su pastel. Desde unos pequeños altavoces del techo sonaba una vieja can­ción, un bossa nova de Astrud Gilberto. «Llévame a Aman-da», cantaba. Con los ojos cerrados, el entrechocar de tazas y salseras recordaba el rumor del mar. Aruanda, ¿cómo de­bía de ser aquel lugar?

—¿Todavía tienes sueño?

—Ya no —dije abriendo los ojos. —¿Estás bien?

—Sí, claro. Como el río Moldau a principios de prima­vera.

Sumire se quedó unos instantes contemplando el plato del pastel vacío. Después alzó la cabeza y me miró.

—¿No te extraña que vaya vestida de esta forma? —Pues sí, la verdad.

—No es que esta ropa me la haya comprado yo. Yo no tengo dinero, ya lo sabes. Tiene una explicación.

—¿Puedo tratar de adivinarla?

—Adelante.

—Tú estabas con tu aspecto desastrado a lo Jack Kerouak en algún lavabo, con un cigarrillo entre los labios, lavándo­te las manos, cuando de repente una mujer muy bien vesti­da de un metro cincuenta y cinco de estatura entró corrien­do y, con el aliento entrecortado, te pidió: «i Por favor! ¡Cámbiame toda la ropa, de pies a cabeza! No puedo darte más detalles, pero me persiguen unos malhechores y quiero huir disfrazada. Por suerte, somos casi igual de altas». Lo he visto en alguna de esas películas de Hong-Kong.

Sumire rió.

—Esa mujer calzaba un treinta y cinco y tenía la talla treinta y seis. Por casualidad.

—Y allí le cambiaste incluso las bragas de Mickey Mouse.

—Lo de Mickey Mouse no eran las bragas sino los calce­tines.

—Tanto da —dije.

—¡Hum! —suspiró Sumire—. De hecho, te estás acercan­do bastante

—¿Como cuánto? Ella se inclinó hacia mí sobre la mesa.

—Es una historia un poco larga, pero ¿quieres escu­charla?

—Lo quiera o no, tú has venido hasta aquí para con­tármela, ¿verdad? No importa lo larga que sea. Cuéntamela. Y si, aparte del argumento, quieres añadir un preludio y la Danza de las hadas, hazlo. Por mí no te preocupes.

Y ella empezó a hablar. De la boda de su prima y de la comida con Myú en el restaurante de Aoyama. Efectiva­mente, era una historia larga.

 

 

3

 

 

 

 

 

 

El lunes siguiente al día de la boda llovió. La lluvia em­pezó a caer pasada la medianoche y no cesó hasta el alba. Era una lluvia dulce y suave que tiñó de negro la tierra pri­maveral y despertó en silencio todos los seres sin nombre que se esconden bajo su superficie.

Pensando que volvería a ver a Myú, el corazón de Su-mire hervía de emoción. Era incapaz de hacer algo a dere­chas. Se sentía como si estuviera de pie en la cima de una montaña, azotada por el viento. Como de costumbre, tomó asiento frente a la mesa, encendió un cigarrillo y enchufó el procesador de textos, pero, por más que contemplara la pan­talla, no se le ocurría una sola línea. Cosa muy rara en ella. Desistió, apagó la máquina, se tumbó en el suelo del pe­queño apartamento y, con un cigarrillo apagado entre los labios, se abandonó a pensamientos dispersos.

«Si estoy tan excitada por el simple hecho de volver a hablar a solas con Myú, ayer debería haberme resultado muy duro despedirme de ella sin más. ¿Se tratará de admi­ración por una mujer mayor que yo, guapa y sofisticada? No, no debe de ser eso», Sumire descartó la idea, «cuando estoy a su lado, deseo tocarla siempre. Eso no es simple ad­miración.»

Sumire suspiró y se quedó unos instantes con la mirada clavada en el techo. Luego encendió un cigarrillo. Pensán­dolo bien, era extraño. Que a los veintidós años se enamorara por primera vez, y que casualmente lo hiciera de una mujer.

El restaurante que eligió Myú estaba a unos diez minu­tos a pie de la estación de metro de Omotesandó. Era un local difícil de encontrar para quien no lo conociera, uno de aquellos lugares donde te sientes incómodo al entrar. In­cluso el nombre era difícil de recordar si lo oías una sola vez. Cuando Sumire dio el nombre de Myú a la entrada, la condujeron a un reservado del primer piso. Myú ya estaba allí sentada, tomándose un agua Perrier con hielo, charlan­do animadamente con el camarero sobre el menú. Llevaba un polo azul marino, encima de éste un jersey de algodón del mismo color, en el pelo lucía un fino pasador plateado sin adornos. Los pantalones eran unos tejanos estrechos de color blanco. En una esquina de la mesa había unas gafas de sol de un brillante color azul. Sobre una silla, una ra­queta de squash y una bolsa de deporte de plástico de Mis­soni. Quizá volviera de jugar algunas partidas de squash an­tes del mediodía. En su frente aún quedaba un ligero rubor. Sumire se la imaginó metiéndose en la ducha del gimnasio y lavándose con un jabón de exótica fragancia.

Cuando Sumire entró en el reservado con su chaqueta de tweed, sus pantalones caqui y el pelo alborotado como un huérfano, Myú levantó la mirada de la carta y le dedicó una sonrisa deslumbrante.

—No tienes manías con la comida, ¿verdad? Eso me di­jiste ayer. Entonces, supongo que no te importará que elija yo el menú.

—Por supuesto que no —respondió Sumire.

Myú pidió lo mismo para las dos. De plato principal, pescado blanco fresco a la brasa acompañado de un poco de salsa verde con setas. La rodaja de pescado mostraba un tostado precioso. Un tostado con un poder de convicción tan bello que casi podía calificarse de artístico. A su lado había algunos gnocchi de calabaza y una ensalada de endi­bias dispuesta de manera extremadamente refinada. De pos­tre, créme brûlée, pero sólo Sumire la probó, mientras que Myú ni se dignó mirar la suya. Por último les sirvieron un café exprés. Sumire observó que Myú prestaba mucha aten­ción a lo que comía. Su cuello era delgado como el tallo de una planta y en su cuerpo no se adivinaba un gramo de gra­sa. No parecía que necesitase hacer dieta. Pero quizá desea­ra conservar a toda costa la línea. Como unos espartanos parapetados en una fortaleza en lo alto de las montañas.

Mientras comían mantuvieron una charla más bien in­sustancial. Myú quería saber cosas sobre la vida de Sumire y ésta respondió a sus preguntas con sinceridad. Sobre su padre, sobre su madre, sobre las escuelas a las que había ido (no le había gustado ninguna), sobre los premios recibidos en un concurso de redacción (una bicicleta y una enciclope­dia), sobre las circunstancias que provocaron su abandono de la universidad, sobre su vida cotidiana. No puede decir­se que fuera una vida especialmente emocionante. Pero Myú escuchaba absorta todo cuanto se refería a Sumire. Como si le hablaran de las interesantes costumbres de un país extran­jero que jamás hubiera visitado.

También Sumire quería saber un montón de cosas sobre Myú. Pero a Myú no parecía gustarle hablar de sí misma.

—No hay nada que valga la pena contar —dijo sonrien­te—. Prefiero seguir escuchándote a ti.

Cuando acabó la comida, Sumire apenas si sabía algo nuevo de Myú. Que su padre había donado mucho dinero que había ganado en Japón al pequeño pueblo, al norte de Corea, donde había nacido; que habían construido allí mag­níficas instalaciones para sus habitantes y que, por todo ello, en la plaza del pueblo seguía irguiéndose aún una es­tatua del padre.

—Es un pequeño pueblo entre montañas. Claro que era invierno cuando estuve allí, pero es un lugar que, a prime­ra vista, se advierte que es muy frío. Montañas de rocas de color rojizo, árboles de troncos retorcidos. De pequeña, mi padre me llevó allí una vez. Cuando descubrieron la esta­tua. En el pueblo teníamos muchos parientes que me to­maron en brazos llorando emocionados. Pero yo no enten­día lo que me decían y recuerdo haber sentido miedo. Para mí, aquel pueblo era sólo un lugar extraño que no había visto jamás.

Sumire le preguntó cómo era la estatua. Entre sus co­nocidos no figuraba nadie a quien le hubieran levantado una.

—Era una estatua de bronce normal. La típica estatua, podríamos decir. De las que se ven en cualquier parte del mundo. Pero es extraño ver una estatua de tu propio padre. Imagínate que levantan una a tu padre en la plaza de delan­te de la estación de Chigasaki. Te sentirías rara, ¿no? Mi pa­dre era, en realidad, un hombre de baja estatura, pero, en la estatua, parecía un gigante imponente. Entonces lo pensé. Que, en este mundo, lo que ven nuestros ojos no tiene por qué ser verdad. Sólo tenía cinco años.

«Si a mi padre le levantaran una estatua, no me impre­sionaría tanto», se dijo Sumire. Porque en realidad su padre ya era demasiado guapo para ser una persona de carne y hueso.

—Volviendo a lo que decíamos ayer. —Myú abordó la cuestión después de que les hubieran traído el segundo café exprés—. ¿Qué? ¿Te gustaría trabajar conmigo?

A Sumire le apetecía fumarse un cigarrillo, pero no avis­tó ningún cenicero. Así que se conformó con tomar un sor­bo de agua Perrier fría.

Sumire habló con sinceridad.

¿Qué tipo de trabajo debería hacer? Me parece que ya te lo dije, pero, aparte de labores físicas sencillas, no he tenido un trabajo propiamente dicho en toda mi vida. Tam­poco tengo nada que ponerme para ir a trabajar. Para que te hagas una idea, la ropa que llevaba el día de la boda me la había prestado una conocida.

Myú asintió sin cambiar de expresión. Como si la res­puesta de Sumire no se alejara de la que había previsto.

—Hablando contigo, ya me hice una idea aproximada de cómo eres, creo que eres muy capaz de hacer el trabajo que he pensado para ti. Lo demás no tiene importancia. Lo úni­co que importa es si quieres trabajar conmigo o no. Sólo eso. Es una simple cuestión de sí o no.

Sumire respondió eligiendo cuidadosamente las pala­bras:

—Estoy muy contenta de oírte decir esas cosas, pero lo más importante para mí en estos momentos es escribir nove­las. Por eso dejé incluso la universidad.

Myú la miró de frente por encima de la mesa. Al sentir aquella mirada serena fija sobre su piel, la cara de Sumire empezó a arder.

—¿Puedo decir con sinceridad lo que pienso? —dijo Myú.

—Por supuesto que sí. Lo que sea.

—Quizá te ponga de malhumor.

Sumire, como signo de que no le importaba, frunció los labios con fuerza y la miró a los ojos.

—Creo que en estos momentos, por más tiempo que in­viertas, no lograrás escribir nada que valga la pena —dijo Myú con un tono sereno y determinante a la vez—. Tú tie­nes talento. Seguro que algún día podrás escribir algo mara­villoso. No es un cumplido, te lo digo de corazón. Puedo adivinar ese talento innato dentro de ti. Pero todavía no es­tás preparada. Aún no has reunido las fuerzas suficientes para abrir la puerta. ¿No te has sentido así alguna vez?

—Tiempo y experiencia —resumió Sumire.

Myú sonrió.

De momento quédate conmigo. Creo que será lo me­jor. Y cuando sientas que ha llegado la hora, puedes dejarlo todo, sin reparos, y escribir cuanto quieras. Tú, en prin­cipio, no tienes mucha facilidad para hacer las cosas y tar­das más tiempo que la mayoría para conseguir algo. Así que, aunque a los veintiocho años aún no hayas tenido suer­te, cuando dejen de pasarte dinero tus padres y tú te quedes sin blanca, no será tan grave. Quizá pases un poco de ham­bre, pero tal vez esa experiencia sea buena para un escritor.

Sumire abrió la boca dispuesta a responder, pero no le salió la voz. Asintió en silencio.

Myú alargó la mano derecha hacia el centro de la mesa.

—Dame la mano.

Cuando Sumire le ofreció su mano derecha, Myú la tomó como si la envolviera. Su palma era cálida y suave.

—No hay de qué preocuparse. Así que no pongas esa cara tan reconcentrada. Tú y yo nos llevaremos bien.

Sumire tragó saliva. Y las facciones de la cara se le rela­jaron. Cuando Myú la miraba de frente, tenía la sensación de ir empequeñeciéndose más y más. Quizás acabara des­apareciendo como el hielo expuesto a la luz del sol.

—A partir del lunes que viene ven tres veces por semana a mi despacho. Lunes, miércoles y viernes. Con que llegues a la oficina a las diez y regreses a casa a las cuatro es suficien­te. Así evitarás las horas punta, ¿no? No puedo pagarte mucho, pero el trabajo en sí no es difícil y durante el tiempo libre puedes leer libros. Sólo que tendrás que tomar clases particu­lares de italiano dos veces por semana. Hablando español no te será muy difícil aprender el italiano, ¿verdad? Ade­más, encuentra un hueco para hacer prácticas de inglés y de conducir, ¿podrás?

Creo que sí —respondió Sumire. Pero sonó como si una persona desconocida hablara en su lugar desde la habi­tación de al lado. «En estos momentos, me pidiera lo que me pidiese, me ordenara lo que me ordenase, le diría sin dudar que sí.» Sujetándole todavía la mano, Myú la miraba fijamente. Sumire pudo ver, nítida, su imagen reflejada en las negrísimas pupilas de Myú. Como si fuera su propia alma, absorbida hacia el otro lado del espejo. Por esa ima­gen, Sumire sintió amor y al mismo tiempo pánico.

Cuando Myú sonreía, se le formaban unas arrugas en­cantadoras en el contorno de los ojos.

—Vamos a casa. Tengo algo que enseñarte.

 

 

4

 

Una vez, tras mi primer curso en la universidad, viajé solo a Hokuriku durante las vacaciones de verano. En el tren conocí a una chica ocho años mayor que yo que tam­bién viajaba sola. Pasamos la noche juntos. «Parece el prin­cipio de Sanshirô»[4] pensé entonces.

Ella trabajaba en la sección de divisas en un banco de Tokio. Cuando tenía vacaciones, tomaba algunos libros y, sola, se iba de viaje. «Viajar con gente me cansa», me dijo. Era muy agradable y aún ahora no entiendo cómo pudo in­teresarse por un estudiante de dieciocho años, callado e inseguro. Mientras charlaba sentada frente a mí, parecía muy relajada. Se reía con frecuencia a carcajadas. También yo le hablé de esto y aquello sintiéndome inusualmente cómodo. Por casualidad, ambos nos apeamos en la estación de Kana­zawa.

—¿Tienes alojamiento? —me preguntó.

Le respondí que no. (En aquella época, yo jamás reser­vaba habitación.)

—Yo tengo una habitación, si quieres podemos compar­tirla —me dijo—. No te preocupes —añadió—. Cuesta lo mismo seamos uno o dos.

Debido a los nervios nada fue fluido la primera vez que hicimos el amor. Me disculpé.

—¡Pero vamos! No es necesario que andes disculpándote por todo —exclamó ella—. Eres muy educado, ¿no?

Acababa de salir de la ducha, se puso el albornoz, sacó dos cervezas frías de la nevera y me ofreció una.

Se bebió media, y de repente, como si se acordara de algo, preguntó:

—¿Sabes conducir?

Le respondí que sí.

—¿Y qué tal se te da? ¿Conduces bien?

—No demasiado. Acabo de sacarme el carnet. Lo nor­mal, supongo.

Ella sonrió.

—Como yo. A mí me parece que soy bastante buena conduciendo, pero nadie me lo dice. Así que supongo que no lo hago ni bien ni mal. Pero debes de conocer a varias personas que realmente conduzcan bien, ¿verdad?

—Sí.

—Y a otras que, por el contrario, no lo hagan tan bien. Asentí. Tomó otro trago de cerveza en silencio y refle­xionó unos instantes.

—Hasta cierto punto, debe de ser innato. Quizás pueda hablarse incluso de talento. Los hay muy hábiles, los hay muy torpes. Pero al mismo tiempo los hay muy prudentes y los hay que apenas lo son, ¿verdad?

Asentí de nuevo.

—A ver, ¿qué te parece? Supón que debes hacer un largo viaje en coche con otra persona. Con alguien con quien tie­nes que conducir por turno. En ese caso, ¿a cuál de los dos tipos elegirías? A alguien que condujera bien pero que fue­se imprudente, o a alguien que no fuera tan bueno pero que fuese prudente.

—Al segundo tipo —respondí.

Igual que yo —dijo—. Y creo que todo es bastante pa­recido. Ser bueno o malo, ser hábil o torpe: en realidad, no importa. Lo único importante es prestar atención. Estoy convencida. Serenarse y aguzar el oído.

—¿Aguzar el oído? —pregunté.

Ella no respondió, se limitó a sonreír.

Poco después, cuando hicimos el amor por segunda vez, fue un acto armonioso y compenetrado. Tuve la sensación de haber entendido más o menos lo que quería decir con aguzar el oído. Fue la primera vez que vi cómo reacciona una mujer cuando el acto sexual va realmente bien.

Al día siguiente, tras desayunar juntos, cada cual tomó un rumbo distinto. Ella prosiguió su viaje, yo proseguí el mío. Al separarnos, me confesó que iba a casarse con un compañero de trabajo dos meses después.

—Es muy buena persona —me dijo sonriente—. Hace cin­co años que salimos juntos y ahora, al fin, vamos a casar­nos. Así que, a partir de ahora, no podré viajar sola. Quizás sea ésta la última vez.

Yo aún era joven y creí que historias tan emocionantes como ésta sucedían con frecuencia. Pero mucho tiempo des­pués comprendí que no era así.

Hace mucho que, no sé por qué razón, le conté a Su-mire esta historia. No recuerdo a propósito de qué. Tal vez fuese cuando hablamos del deseo sexual. De todas formas, soy del tipo de personas que, cuando le preguntan algo di­rectamente, suele dar una respuesta sincera.

—¿Cuál es el punto clave de esta historia? —me había preguntado Sumire.

—Pues seguramente que hay que estar alerta —contesté—. No tener ideas preconcebidas, sino aguzar el oído con una disposición honesta, amoldándote a las circunstancias, man­teniendo la mente y el corazón siempre abiertos a lo que venga.

—Humm —dijo Sumire. Parecía estar reflexionando sobre mi pequeña aventura sexual. Tal vez consideraba la posibili­dad de incluirla en su novela—. Después de todo, tú has te­nido muchas experiencias, ¿verdad?

—No he tenido muchas experiencias —protesté con calma—. Me han pasado cosas por casualidad.

Ella le dio vueltas a la idea mientras se mordisqueaba las uñas.

—Pero, para estar alerta, ¿qué hay que hacer? No basta con pensar, llegado el momento: «¡Va! ¡Voy a estar alerta! ¡Voy a aguzar el oído!», para conseguirlo al instante, ¿no te parece? ¿No podrías decirme algo un poco más concreto? Ponme un ejemplo.

—Primero es preciso serenarse. Contando, por ejemplo.

—¿No hay otra manera?

—Pues también puedes pensar en un pepino dentro de la nevera en una tarde de verano. Por supuesto, es sólo un ejemplo.

—Espera un momento —atajó Sumire después de una pe­queña pausa—. ¿Tú haces siempre el amor imaginándote un pepino dentro de la nevera una tarde de verano?

—No siempre.

—¿Pero sí a veces?

—A veces sí —reconocí.

Sumire hizo una mueca y sacudió varias veces la cabeza. —Eres más raro de lo que pareces.

—Todos los seres humanos tenemos nuestras rarezas —re­pliqué yo.

—En el restaurante, mientras Myú me miraba fijamente a los ojos sujetándome la mano, todo el tiempo pensé para mí misma en un pepino. Me dije: «¡Tienes que serenarte! ¡Tienes que aguzar el oído!» —me contó Sumire.

—¿En un pepino?

—Sí, eso que me contaste sobre un pepino frío dentro de la nevera una tarde de verano. ¿No te acuerdas?

—Ahora que lo dices, es verdad que te lo conté —recor­dé yo—. ¿Y qué? ¿Te sirvió?

—Más o menos.—Muy bien —dije.

Sumire volvió a la historia principal.

—La casa de Myú está muy cerca del restaurante. No es muy grande, pero es preciosa. Terraza soleada, plantas, un sofá italiano de piel, altavoces Bose, una colección de gra­bados, un Jaguar en el garaje. Allí vive solamente Myú. La casa que comparte con su marido está en Setagaya. Y los fi­nes de semana regresa allí. Pero ella normalmente vive sola en el apartamento de Aoyama. ¿Y qué crees que me ense­ñó en el piso?

—Las sandalias de piel de serpiente preferidas de Mark Bolan guardadas en una urna de cristal. Una valiosa e inol­vidable reliquia de la historia del rock and roll. No les falta una sola escama. En el arco figura su autógrafo. Irresistible para las fans.

Sumire hizo una mueca y suspiró.

—Si se inventara un coche que funcionase con bromas estúpidas, tú llegarías bastante lejos.

—Es que en este mundo también hay personas con las reservas de inteligencia agotadas —dije con humildad.

—Muy bien. Dejemos eso y, ahora, piensa en serio. ¿Qué crees que me enseñó allí? Si aciertas, pago yo la cuenta. Carraspeé y dije:

—Te enseñó esta magnífica ropa que llevas. Y te dijo que te la pusieras para ir a trabajar.

—Has acertado —dijo Sumire—. Tiene una amiga con un tipo muy parecido al mío. La amiga también es rica y, por lo visto, le sobra la ropa. ¡Qué extraño es el mundo! ¿Ver­dad? Hay personas con los armarios tan atiborrados que no los pueden ni cerrar y hay otras que, como yo, no poseen dos calcetines idénticos. Pero, bueno, ¡qué más da! En fin, que Myú fue a casa de su amiga y se hizo con una brazada de esa ropa «de sobra». Si te fijas con mucha atención, está un poco pasada de moda, pero a simple vista no se nota, ¿verdad?

—Por más que te la mires, no se nota —le dije.

Sumire sonrió con aire satisfecho.

—Parece mentira, pero me está que ni pintada. Los ves­tidos, las blusas, las faldas, todo. De cintura me van un poco grandes, pero con un cinturón estoy de escaparate. Calzo el mismo número de zapatos que Myú. Así que me ha dado algunos que ya no necesita. De tacón, planos, san­dalias de verano. Todos de marca italiana. Y también bol­sos. Y hasta algo de maquillaje.

—Parece Jane Eyre —dije yo.

Así, Sumire empezó a ir tres veces por semana a la ofi­cina de Myú. Se ponía traje chaqueta o un vestido, se cal­zaba zapatos de tacón, incluso se maquillaba un poco, co­gía el tren de la mañana e iba desde Kichiyôji a Harajuku. Jamás hubiera creído que fuese capaz de tomar, como todo el mundo, un tren por la mañana.

Aparte de su despacho en la empresa de Akasaka, Myú tenía su propia oficina en Jingúmae. Allí había una mesa para Myú, otra para su ayudante (es decir, Sumire), un ar­mario para los documentos, un fax, un teléfono y un orde­nador. Era un apartamento y contaba, incluso, con una pe­queña cocina y un cuarto de baño. También había un equi­po de CD, unos altavoces pequeños y alrededor de una docena de discos compactos de música clásica. Era un se­gundo piso y la ventana orientada al este daba a un peque­ño parque. En la planta baja había una tienda de muebles importados del norte de Europa. Como la oficina estaba algo apartada de la calle principal, apenas había ruido.

Al llegar a la oficina, Sumire le cambiaba el agua a las flores y preparaba café. Luego escuchaba los mensajes del contestador automático y repasaba el correo electrónico. Si ha­bía algo, lo imprimía y lo dejaba sobre la mesa de Myú. La mayoría de las veces eran mensajes de compañías o agen­tes extranjeros, casi siempre en inglés o francés. Si había co­rreo, abría los sobres y tiraba lo que a todas luces era inne­cesario. Llamadas, había varias durante el día. Algunas des­de el extranjero. Sumire anotaba el nombre de quien tele­foneaba, su número de teléfono y, si lo había, el motivo de la llamada, y lo pasaba al teléfono móvil de Myú.

Myú solía aparecer por la oficina entre la una y las dos de la tarde. Permanecía allí una hora y daba a Sumire las instrucciones necesarias, se tomaba un café y hacía algunas llamadas telefónicas. Si había cartas que contestar, se las dictaba a Sumire y luego ésta las introducía en el ordenador y las enviaba por correo electrónico o fax. Por lo general, eran cartas comerciales de contenido sencillo. Sumire tam­bién le hacía las reservas para la peluquería, el restaurante o la pista de squash. Cuando acababa de despachar esos asun­tos, Myú charlaba un rato con Sumire y luego se iba.

A veces, Sumire se quedaba sola en la oficina sin hablar con nadie durante horas, pero jamás se sentía sola o se abu­rría. Repasaba los conocimientos adquiridos dos veces por semana en las clases de italiano. Aprendía la conjugación de los verbos irregulares y perfeccionaba su pronunciación con cintas de casete. Tomó clases de informática y pronto fue capaz de resolver por sí misma pequeños problemas. Pudo leer la información contenida en el disco duro y aprender las líneas generales del trabajo de Myú.

Su trabajo era aproximadamente lo que Myú le había contado el día de la boda. Firmaba contratos con pequeños productores de vino extranjeros (sobre todo franceses), im­portaba el vino y lo vendía al por mayor a restaurantes y tiendas especializadas de Tokio. Además, de vez en cuando mantenía contactos con intérpretes de música clásica. Los trámites más complicados los llevaban agentes de empresas especializadas y ella se encargaba de programar y dar los primeros pasos en la contratación. Su especialidad era des­cubrir a jóvenes intérpretes con talento, todavía desconoci­dos, e invitarlos a Japón.

Sumire desconocía a cuánto ascendían los beneficios de estos «negocios particulares». La contabilidad estaba guarda­da aparte y, sin contraseña, no se podía acceder al disco. En todo caso, Sumire estaba loca de contento sólo con ver a Myú, poder hablar con ella. «Ésta es la silla donde se sien­ta», pensaba. «Éste es su bolígrafo. Ésta es la taza en la que toma el café.» Por insignificante que fuera la tarea que le encomendaba, Sumire la desempeñaba con esmero.

De vez en cuando, Myú la invitaba a comer. Como ne­gociaban con vino, debían recorrer con cierta asiduidad los restaurantes famosos para recabar información. Myú siem­pre pedía pescado blanco (alguna vez pollo, y dejaba la mi­tad), nunca tomaba postre. Estudiaba al detalle la carta de vinos y elegía una botella, pero jamás tomaba más de una copa. «Tú bebe cuanto quieras», le decía a Sumire, pero al haber de hacerlo sola, por más que bebiera, nunca era mu­cho. De modo que siempre quedaba más de media botella de aquellos vinos carísimos, pero eso a Myú no parecía im­portarle.

—¿No es una lástima pedir una botella sólo para dos? No podemos bebernos más de la mitad —le dijo Sumire a Myú en una ocasión.

—No te preocupes —dijo Myú riendo—. Cuanto más vino dejemos, más serán los empleados del restaurante que po­drán probarlo. Del sumiller y el maitre al último camarero que llena las copas de agua. Y así todos irán conociendo el vino. Dejar vino caro nunca es inútil.

Myú comprobó el color de un Médoc 1986 y luego lo paladeó con cuidado, desde diversos ángulos, como si estu­viera saboreando un estilo.

—Creo que esto puede aplicarse a todo, pero, al fin y al cabo, lo más útil es lo que hemos aprendido con nuestro propio cuerpo, o gastando nuestro dinero. Y no los conoci­mientos adquiridos en los libros.

Imitando a Myú, Sumire levantó la copa en la mano, tomó un sorbo de vino y dejó que se deslizara por su gar­ganta. Durante unos instantes, un agradable sabor permane­ció en su boca, que luego se desvaneció sin dejar rastro, como se evapora el rocío matinal de las hojas en verano. De este modo, el paladar estaba dispuesto para saborear el siguiente bocado. Cada vez que, durante las comidas, ha­blaba con Myú, aprendía algo nuevo. Y Sumire, ingenua­mente, se admiraba de la gran cantidad de cosas que le fal­taba por aprender.

—Hasta ahora jamás había querido ser otra persona —se decidió a confesarle un día, quizá por haber tomado un poco más de vino que de costumbre—. Pero a veces pienso que me gustaría ser como tú.

Myú contuvo el aliento durante unos instantes. Luego tomó la copa en su mano como si reflexionara y se la llevó a los labios. Por un momento, un rayo de luz tiñó sus pu­pilas del oscuro color del vino. Su cara perdió la delicada expresión de siempre.

—Quizá tú no lo sepas —dijo Myú con voz calmada y depositando la copa sobre la mesa—, pero lo que tienes ante ti no es mi yo auténtico. Hace catorce años me convertí en la mitad de lo que era. ¡Hubiera sido magnífico conocerte cuando yo era enteramente yo! Pero es inútil pensar en ello ahora.

Sumire se quedó tan sorprendida que no pudo pregun­tar más. Y así perdió la ocasión de hacer, en aquel momen­to, las preguntas pertinentes. ¿Qué le habría ocurrido cator­ce años atrás? ¿Por qué se había convertido en «la mitad» de lo que era? ¿Qué quería decir con «la mitad»? Pero esa enig­mática confesión, al fin y al cabo, sólo sirvió para aumentar aún más la admiración de Sumire hacia Myú. «¡Qué perso­na tan extraña!», pensó.

Uniendo retazos de sus charlas cotidianas, Sumire logró recabar cierta información sobre la vida de Myú. Su esposo era cinco años mayor que ella y, aunque japonés, como ha­bía estudiado dos años en la facultad de económicas de la Universidad de Seúl, hablaba con fluidez el coreano. Era afable, extremadamente competente en su trabajo y, a efec­tos prácticos, llevaba el timón de la empresa de Myú. Pese a ser un negocio donde trabajaban muchos familiares, no había nadie que hablara mal de él.

Desde niña, Myú había mostrado un gran talento para el piano. Con poco más de diez años había ganado varios concursos de música. Entró en el conservatorio, recibió cla­ses de renombrados pianistas y, luego, la enviaron a un con­servatorio francés. Su repertorio iba desde románticos tar­díos, como Schumann y Mendelsson, a Poulenc, Ravel, Bar­tok y Prokofiev. Sus armas eran un tono impetuoso y sensual unido a una técnica vigorosa y depurada. Ya en su época de estudiante ofreció varios conciertos y gozaba de muy buena reputación. Ante ella se abría un futuro prome­tedor como concertista de piano. Sin embargo, mientras es­tudiaba en el extranjero, su padre cayó enfermo y ella tuvo que cerrar la tapa del piano y regresar. No volvería a tocar el teclado jamás.

—¿Cómo pudiste dejar el piano así por las buenas? —le preguntó con un titubeo Sumire—. Si no te apetece hablar de ello, no lo hagas. Es que me parece, no sé cómo decirlo, algo extraño. Hasta entonces habías sacrificado muchas co­sas para ser pianista, ¿no es eso?

Myú dijo en voz baja:

—No es que hubiera sacrificado muchas cosas por el pia­no. Lo había sacrificado todo. Todas y cada una de las co­sas consustanciales al crecimiento. El piano me había exi­gido que le ofreciera cada gota de mi sangre, cada pedazo de mi carne, y yo jamás le había dicho que no. Ni una sola vez.

—¿No te pareció una lástima, entonces, dejar el piano? Sólo te faltaba un paso para conseguirlo.

Myú, en vez de responder, clavó la mirada en los ojos de Sumire. Como si buscara en ellos la respuesta. Fue una mirada directa y profunda. En el fondo de sus pupilas, di­versas corrientes mudas se desafiaban entre sí como el poso que deja el torrente. Y lo que levantaron esas corrientes tar­dó cierto tiempo en asentarse.

—Siento haberte hecho más preguntas de la cuenta —se disculpó Sumire.

—No importa. Es que no sé cómo explicártelo. Sólo eso. No volvieron a tocar el tema jamás.

Myú prohibía el tabaco en la oficina y detestaba que fu­maran delante de ella. Por eso, poco después de empezar a trabajar, Sumire decidió dejarlo, aunque, fumando dos caje­tillas de Marlboro al día, no le resultó nada fácil. Un mes después, como un animal al que le hubieran cortado su lar­go y espléndido rabo, perdió la estabilidad emocional (de­bería decir que ésa era una de las características inherentes de Sumire). Y, como era de esperar, empezó a llamarme a medianoche.

—No paro de pensar en el tabaco. No logro conciliar el sueño y, cuando consigo dormirme, tengo unas pesadillas horribles. Voy estreñida. Ni puedo leer ni soy capaz de es­cribir una sola línea.

—Eso le sucede a todo el mundo al dejar de fumar. Es temporal. Pasa antes o después —dije.

—Es muy fácil hablar cuando se trata de los demás —repli­có Sumire—. ¿Verdad que tú no has fumado en toda tu vida?

—Si no se pudiera hablar respecto a lo que atañe a los demás, el mundo sería un lugar deprimente y peligroso. Piensa en lo que hizo Josif Stalin.

En el otro extremo de la línea, Sumire se sumió en un largo silencio. Un silencio pesado como el de las almas de los muertos en el frente del Este.

—¿Estás ahí? —la llamé.

Al fin, Sumire despegó los labios.

—Claro que, a decir verdad, que no pueda escribir tal vez no sea culpa del tabaco. Me da la impresión de que el tabaco no es más que una excusa: «No puedo escribir por culpa del tabaco. ¡Qué le vamos a hacer!».

—¿Por eso estás tan enfadada?

—Pues sí —reconoció Sumire con una docilidad inusual—. Además, no sólo soy incapaz de escribir, ¿sabes? Lo más duro es que no estoy tan convencida como antes sobre el hecho de escribir en sí. Cuando leo lo que he escrito hace poco, no le encuentro el interés por ningún lado, ni siquie­ra puedo imaginar qué trataba de decir. Me parece seco, va­cío, como si estuviera mirando desde lejos unos calcetines sucios tirados por el suelo. Y, al pensar en el tiempo y las energías que he empleado en escribirlo, se me quitan las ga­nas de vivir.

—En casos así, basta con llamar por teléfono pasadas las tres de la madrugada y despertar simbólicamente a alguien que esté sumido en un sueño apacible y semiótico.

Sumire respondió:

—¿Has tenido dudas alguna vez sobre si lo que estás ha­ciendo es correcto o no?

—Más bien son pocas las veces en que no las tengo —dije.

—¿De verdad?

—De verdad.

Sumire repiqueteó con las uñas sobre sus dientes. Era uno de sus vicios cuando estaba pensando.

—Si te soy sincera, hasta ahora jamás había tenido este género de dudas. Sobre si tenía vocación o talento. Yo, ¿sa­bes?, no soy estúpida. Sé muy bien que soy una caprichosa que suele dejar las cosas a medias. Pero no dudaba. Creía que, pese a cometer algunas equivocaciones, en líneas gene­rales avanzaba en la dirección correcta.

—Hasta ahora has tenido suerte —dije—. Justo, justo, como una larga lluvia en la época en que se planta el arroz.

—Quizás haya sido así.

¿Pero últimamente no es así?

—Exacto. Últimamente no. A veces me horrorizo pen­sando que hasta ahora no he hecho más que cometer una equivocación tras otra. ¿Sabes cuando tienes una pesadilla atroz y te despiertas de repente a medianoche? Durante unos instantes no sabes qué es lo real. Pues eso es justa­mente lo que te estoy diciendo. ¿Entiendes?

—Creo que sí —dije.

—Quizá no pueda volver a escribir novelas. No hace mu­cho tiempo que pienso en ello con frecuencia. Que yo no soy más que una estúpida, una niña ingenua de las muchas que van por ahí mirándose el ombligo y persiguiendo sueños irrea­lizables. A lo mejor tendría que ir cenando la tapa del piano y bajar del escenario. Antes de que sea demasiado tarde.

—¿Cerrar la tapa del piano?

—Es una metáfora.

Me pasé el auricular de la mano izquierda a la derecha.

—Yo sí estoy seguro. Si tú no lo estás, yo sí. Algún día tú escribirás una novela magnífica. Me doy cuenta al leer lo que escribes.

—¿Lo piensas de veras?

—Desde el fondo de mi corazón. No te miento —contes­té—. En eso no te mentiría. Entre lo que has escrito hasta ahora hay trozos maravillosos, impresionantes. Por ejemplo, cuando describes la playa en mayo, puedes oír el rumor del viento, oler el agua salada. Puedes sentir en ambos brazos el tibio calor del sol. Y cuando escribes sobre una pequeña ha­bitación llena de humo de tabaco, al leerlo realmente te cuesta respirar. Los ojos empiezan a escocerte. Unas frases tan llenas de vida como ésas no puede escribirlas cualquie­ra. En tus textos hay una fuerza, una corriente natural que hace que respiren y se muevan por sí mismos. Sólo que to­davía no has logrado ensamblarlos unos con otros. No se trata de cerrar la tapa del piano.

Sumire permaneció diez o quince segundos callada.

—¿No estarás consolándome, alentándome, o algo por el estilo?

—No te estoy consolando ni alentando. Es una realidad que habla por sí misma.

—¿Como el río Moldau?

—Como el río Moldau.

—Gracias –dijo Sumire.

–De nada –repuse yo.

—A veces puedes ser realmente dulce, ¿sabes? Como las navidades, las vacaciones de verano y un perrito recién na­cido juntos.

Musité lo primero que se me pasó por la cabeza, como hago siempre que me alaban.

—Pero hay algo que me preocupa, ¿sabes? –prosiguió Sumire–. Si tú, un día de éstos, te casas con una chica nor­mal, a mí me olvidarás del todo. Y entonces ya no podré llamarte a medianoche cuando me apetezca, ¿verdad?

–Bastará con hablar antes del anochecer.

–Durante el día no puede ser. Tú no entiendes nada de nada.

–Eres tú quien no entiende nada de nada. En este mun­do, la mayoría de las personas trabaja a la luz del sol y por la noche apaga la luz y duerme –protesté yo. Pero sonó como si alguien estuviera recitando para sí mismo un poe­ma bucólico en medio de un campo de calabazas.

–Hace poco salió en el periódico –dijo Sumire ignoran­do mis observaciones– que las lesbianas lo son de naci­miento, que un hueso que tienen dentro del oído es clara­mente diferente al de las mujeres normales. Un hueso pe­queño que tiene un nombre imposible. O sea, que el lesbianismo no es una tendencia adquirida sino una carac­terística genética. Lo ha descubierto un médico norteamericano. Qué estaría investigando y con qué propósito, no me lo puedo ni imaginar, pero, de todas formas, desde enton­ces no puedo dejar de pensar en ese huesecillo estúpido que está en el fondo del oído de todo el mundo. ¿Qué forma debe de tener el mío?

Como no sabía qué decir, permanecí callado. Durante unos instantes reinó un silencio que recordaba el aceite lim­pio extendiéndose por una gran sartén.

—¿Estás segura de que lo que sientes por Myú es deseo sexual? –pregunté.

—Segura un ciento por ciento –dijo Sumire–. Cuando estoy ante ella, ese hueso del oído empieza a matraquear. Como un fûrin[5] de finas conchas. Y deseo que me abrace fuerte. Abandonarme por completo. Si eso no es deseo se­xual, lo que corre por mis venas es zumo de tomate.

—¡Humm! –dije. ¿Qué más podía responder?

—Si tenemos eso en cuenta, todo adquiere sentido. ¿Por qué no me apetecía tener relaciones sexuales con chicos? ¿Por qué no sentía nada? ¿Por qué siempre he sabido que era diferente a los demás?

—¿Puedo dar mi opinión? –dije yo.

—Claro.

—Una razón o una lógica que lo explique todo de ma­nera demasiado simple siempre será una trampa. Lo sé por experiencia. Tal como dijo alguien alguna vez, lo que pue­de explicarse en un solo libro, mejor no explicarlo. En re­sumen, lo que quiero decir es que lo mejor es no sacar con­clusiones precipitadas.

–Lo tendré en cuenta –dijo Sumire. Y cortó la comuni­cación de manera más bien brusca.

Me la imaginé colgando el auricular y saliendo de la ca­bina. Las agujas del reloj marcaban las tres y media de la madrugada. Fui a la cocina, me bebí un vaso de agua, volví a deslizarme entre las sábanas y cerré los ojos. Pero el sue­ño no acudió tan fácilmente. Al descorrer las cortinas apa­reció la luna, flotando blanca y taciturna en el cielo como un huérfano inteligente. Comprendí que no podría volver a dormirme. Hice café, llevé una silla junto a la ventana, me senté y me comí unas cuantas galletas con queso. Y, leyen­do, esperé a que llegara el amanecer.

 

 

5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Voy a hablar un poco de mí.

Ya sé que ésta es la historia de Sumire, no la mía.

Pero es a través de mis ojos como se presenta a un ser humano, a Sumire, y es a través de ellos como se desgrana su historia, así que me parece hasta cierto punto necesario explicar quién soy.

Sin embargo, cada vez que debo hablar de mí mismo me siento, en cierto modo, confuso. Me veo atrapado por la clásica paradoja que conlleva la proposición: «¿Quién soy?». Si se tratara de una simple cantidad de información, no habría nadie en este mundo que pudiera aportar más da­tos que yo. No obstante, al hablar sobre mí, ese yo de quien estoy hablando queda automáticamente limitado, condicio­nado y empobrecido en manos de otro que soy yo mismo en tanto que narrador —víctima de mi sistema de valores, de mi sensibilidad, de mi capacidad de observación y de otros muchos condicionamientos reales—. En consecuencia, ¿has­ta qué punto se ajusta a la verdad el «yo» que retrato? Es algo que me inquieta terriblemente. Es más, me ha preocu­pado siempre.

Sin embargo, la mayoría de las personas de este mundo no parece sentir ese temor, esa incertidumbre. En cuanto tienen oportunidad hablan de sí mismos con una sinceridad pasmosa. Suelen decir frases del tipo: «Yo parezco tonto de tan franco y sincero como soy», o «Soy muy sensible y me manejo muy mal en este mundo», o «Yo le leo el pensa­miento a la gente». Pero he visto innumerables veces cómo personas «sensibles» herían sin más los sentimientos ajenos. He visto a personas «francas y sinceras» esgrimir sin darse cuenta las excusas que más les convenían. He visto cómo personas que «le leían el pensamiento a la gente» eran en­gañadas por los halagos más burdos. Todo ello me lleva a pensar: «¿Qué sabemos, en realidad, de nosotros mismos?».

Cuanto más pienso en ello, más reacio soy a hablar de mí mismo (si es que realmente hay necesidad de hacerlo). Antes prefiero conocer, en mayor o menor medida, hechos objetivos sobre existencias ajenas. Y, basándome en la posi­ción que ocupan tales hechos y personajes individuales en mi interior, o a través del modo en que restablezco mi sen­tido del equilibrio incluyéndolos, trato de conocerme de la manera más objetiva posible.

Ésta ha sido la postura o, dicho de una manera más so­lemne, la visión del mundo que he mantenido desde la pu­bertad. Tal como el albañil apila un ladrillo sobre otro si­guiendo el hilo tenso de la plomada, yo he ido conforman­do en mi interior esta manera de pensar. De una forma más empírica que lógica. Más práctica que intelectual. Pero un punto de vista como éste es difícil de explicar a los demás. Yo lo he aprendido sufriéndolo en mi propia piel.

Quizá se deba a eso, pero desde la adolescencia me he habituado a trazar una frontera invisible entre mí mismo y los demás. Empecé a tomar una distancia perpetua ante el otro, fuera quien fuese, y a mantenerla mientras estudiaba su actitud. Aprendí a no creerme todo lo que la gente dice. Mis únicas pasiones sin reservas han sido los libros y la mú­sica. Y, tal vez como lógica consecuencia de todo ello, me fui convirtiendo en una persona solitaria.

Crecí en el seno de una familia normal y corriente. Tan­to que casi no sé por dónde empezar el relato. Mi padre, licenciado en ciencias por una universidad pública provin­cial, trabajaba en el laboratorio de una gran empresa ali­mentaria. Su hobby era el golf. Iba a jugar todos los do­mingos. Mi madre era una apasionada del tanka[6] y solía acu­dir a encuentros de aficionados. Cuando aparecía su nombre en la sección de tanka de los periódicos, estaba de buen humor durante una temporada. Le gustaba limpiar y detestaba la cocina. Mi hermana, cinco años menor que yo, odiaba tanto limpiar como cocinar y creía que de eso de­bían encargarse los demás. Total, desde que tuve edad para entrar en la cocina, me hice yo mismo mi propia comida. Me compré algunos libros y así aprendí a preparar la mayo­ría de los platos. He debido de ser el único niño que ha hecho algo parecido.

Nací en Suginami, pero era aún pequeño cuando nos mudamos a Tsudanuma, en la prefectura de Chiba, y fue allí donde crecí. En los alrededores sólo vivían empleados de empresa como nosotros. Mi hermana sacaba unas notas extraordinarias en la escuela y era el tipo de persona que no está satisfecha si no es la primera; total, que no solía hacer algo en balde. Ni siquiera sacar a pasear a su propio perro. Se licenció en derecho por la Universidad de Tokio y, al año siguiente, obtuvo el título de abogado. Se casó con un asesor financiero sin escrúpulos. Se compraron, cer­ca del parque de Yoyogi, en un elegante edificio, un piso de cuatro habitaciones que siempre está sucio como una pocilga.

Al contrario de mi hermana, yo nunca mostré el menor interés por los estudios ni por sacar buenas notas. Como no quería que mis padres me riñeran, asistía regularmente a las clases y estudiaba lo mínimo posible. Después jugaba al fút­bol y, al volver a casa, me tumbaba en la cama y devoraba una novela tras otra. Ni iba a una academia ni tenía profe­sor particular. A pesar de ello, mis notas no eran malas. Al contrario. De modo que supuse que sería capaz de entrar en alguna universidad decente aunque no me preparara para el examen de ingreso. Y así fue.

Al ingresar en la universidad alquilé un pequeño aparta­mento y empecé a vivir solo. No recuerdo haber mantenido una conversación íntima con nadie de mi familia mientras viví en Tsudanuma. Pese a habitar bajo el mismo techo, no sabía quiénes eran mis padres ni mi hermana, ni tampoco qué esperaban de la vida; no creo que ellos supieran tam­poco quién era yo ni a qué aspiraba en la vida. Diré, de pa­sada, que ni yo mismo lo tenía claro. Me apasionaba leer, pero carecía del talento necesario para ser escritor. Mis gus­tos, por otra parte, eran demasiado escorados para ser editor o crítico. La literatura, para mí, era un simple pasatiempo y debía mantenerla apartada de mis estudios y de mi trabajo. Por eso en la universidad no me especialicé en literatura sino en historia. No me fascinaba, aunque, a la hora de la verdad, descubrí que eran unos estudios muy interesantes. Ello no implica que hiciera el doctorado (como me reco­mendaba mi tutor) o que quisiera consagrarme a la historia. Es cierto que me gustaba leer y pensar, pero no tenía ma­dera de investigador. Y, en este punto, tomo prestados unos versos del Eugenio Onieguin de Pushkin:

No sentía el menor deseo

de hurgar .en esta alta montaña de polvo que son las gestas históricas de los pueblos.

Tampoco me apetecía colocarme en una empresa nor­mal e ir sobreviviendo en medio de una competencia salva­je, escalando, paso a paso, las inclinadas paredes de la pirá­mide del capitalismo.

Dadas las circunstancias, fue a través de un proceso de eliminación, por así llamarlo, como opté por la enseñanza.

La escuela estaba a unas cuantas estaciones de mi casa. Ca­sualmente, mi tío era miembro del Comité de Educación del ayuntamiento y me preguntó si me gustaría ser profesor de primaria. Como me faltaban unos cursos de aptitud pe­dagógica, me dijeron que al principio sería profesor adjun­to, pero que, tras un corto periodo de prácticas, reuniría los requisitos necesarios para ejercer de profesor titular. Jamás había pensado en dedicarme a la enseñanza. Pero, siendo ya profesor, empecé a sentir por el trabajo un respeto y un amor más profundos de lo que esperaba. No, tal vez sería más exacto manifestar que me descubrí a mí mismo sin­tiendo un respeto y un amor profundos hacia algo.

De pie en el estrado, les hablaba a mis alumnos de rea­lidades elementales sobre el mundo, la vida y el lenguaje, pero, al mismo tiempo, a veces también me hablaba a mí mismo sobre realidades elementales del mundo, la vida y el lenguaje redescubiertas a través de los ojos y la mentalidad de un niño. Según cómo se desempeñe, puede ser una acti­vidad tan refrescante como enriquecedora. Además logré mantener una relación bastante buena con mis alumnos, con sus madres y con mis compañeros de trabajo.

Con todo, sigo con las lógicas dudas fundamentales. ¿Quién soy? ¿Qué es lo que espero? ¿Adónde voy?

Cuando hablaba con Sumire era cuando vislumbraba con mayor claridad mi existencia. Más que hablar, estaba pendiente de cada una de las palabras que brotaban de sus labios. Ella me preguntaba por esto y aquello; exigía ade­más una respuesta. Si no se la daba protestaba, y si le salía con evasivas se enfadaba en serio. En este sentido era dis­tinta a la mayoría de la gente. Sumire quería conocer de ver­dad mi opinión sobre diversas cuestiones. Así me acostum­bré a darle una respuesta precisa a sus preguntas y, a través de este intercambio, le revelaba a ella (y de paso a mí mis­mo) muchas cosas sobre mí.

Cada vez que nos veíamos nos pasábamos horas ha­blando. Por más que habláramos, jamás nos cansábamos. Los temas de conversación eran infinitos. Hablábamos con mucha más confianza y entusiasmo que cualquiera de las parejas que había a nuestro alrededor. Sobre novelas, sobre el mundo, sobre el paisaje, sobre la lengua.

Siempre pensaba lo maravilloso que sería si fuésemos novios. Deseaba sentir el calor de su piel sobre la mía. In­cluso soñaba con casarme con ella, con vivir a su lado. Sin embargo, no había ninguna duda al respecto: Sumire no abrigaba hacia mí ningún sentimiento romántico, y tampoco despertaba en ella el más mínimo deseo sexual. A veces, cuando me visitaba y se nos hacía tarde hablando, se que­daba a dormir. Pero en ello no había la menor insinuación. A las dos o tres de la madrugada bostezaba, se escurría entre las sábanas, hundía la cabeza en mi almohada y se quedaba dormida. Yo me acostaba en el futón extendido sobre el sue­lo, pero permanecía despierto hasta el amanecer, sin poder conciliar el sueño, presa de obsesiones, de dudas, de sentimien­tos de repugnancia hacia mí mismo y, a veces, de irreprimibles reacciones físicas.

Claro que no me resultó nada fácil aceptar que Sumire no sintiera apenas (o en absoluto) interés hacia mí como hombre. Cuando la tenía delante, notaba a veces un dolor agudo, como si alguien estuviera arrancándome las entrañas con un cuchillo acerado. Sin embargo, por más dolor que me reportaran, las horas que pasaba con Sumire eran las más preciosas de mi vida. Frente a ella olvidaba momentá­neamente mi eterna soledad. Sumire expandía las fronteras de mi mundo, me hacía respirar hondo. Era la única perso­na capaz de hacerlo.

De este modo, para aliviar mi dolor, para evitar el pe­ligro, empecé a mantener relaciones carnales con otras muje­res. Pensaba que así podría eliminar la tensión sexual entre Sumire y yo. En el sentido usual del término, yo no era un hombre con éxito entre las mujeres. Tampoco gozaba de un especial atractivo varonil ni estaba dotado de ningún talen­to en particular. Sin embargo, no sé por qué (la razón ni yo mismo la conozco), atraía a cierto tipo de mujeres. En un determinado momento descubrí que, dejando que las cosas siguieran su curso natural, no era tan difícil mantener re­laciones sexuales con ellas. No había en ello nada que pu­diera llamarse pasión, pero sí hallaba, al menos, cierto bien­estar.

A Sumire jamás le oculté que mantenía relaciones se­xuales con otras mujeres. No entrábamos en detalles, pero ella lo sabía todo más o menos. Tampoco le preocupaba de­masiado. Si veía algún problema, era que todas eran mayo­res que yo y que no había ninguna que no estuviera casada, prometida o con novio fijo. Mi última conquista fue la ma­dre de un alumno. Nos encontrábamos a escondidas unas dos veces al mes y nos acostábamos.

—Esto va a acabar arruinándote la vida —me advirtió Su-mire una vez.

«Tal vez tenga razón», reconocí yo. Pero tampoco podía hacer nada.

Un sábado, a principios de julio, fui de excursión con la clase. Subí a las montañas de Okutama con treinta y cinco alumnos. Como de costumbre, todo empezó en un clima de alegre excitación y acabó en el más caótico de los albo­rotos. Al llegar a la cima, dos niños descubrieron que ha­bían olvidado meter la comida en sus mochilas. En los alre­dedores no había ninguna tienda. No tuve más remedio que dividir entre ambos los norimaki[7] que la escuela me había preparado para almorzar. Me quedé sin comer. Uno me ofreció chocolate con leche y eso fue todo lo que tomé de la mañana a la noche. Al cabo de un rato, una niña dijo que no podía dar un paso más y tuve que bajar la montaña con la pequeña cargada a la espalda. Medio en broma, dos niños empezaron a pelearse y uno de ellos cayó y se golpeó la cabeza con una piedra. Tuvo una ligera conmoción cere­bral, la sangre empezó a manarle a chorros de la nariz. Nada grave, pero la camisa del niño quedó tan empapada en san­gre que parecía que hubiese sobrevivido a una masacre.

Entre una cosa y otra volví a casa exhausto. Me bañé, tomé un refresco, me escurrí entre las sábanas sin pensar en nada, apagué la luz, me sumí en un apacible sueño. Enton­ces llamó Sumire. Al mirar el reloj en la cabecera, vi que no llevaba ni una hora durmiendo. Con todo, no protesté. Es­taba demasiado cansado, ni ánimos tenía para quejarme. Había días en que sucedían cosas así.

—Oye, ¿podemos vernos mañana por la tarde? —me pre­guntó.

Había quedado con una mujer en mi apartamento a las seis de la tarde. Ella dejaría su Toyota Celica rojo en un aparcamiento un poco apartado de casa y llamaría a mi puerta.

—Estoy libre hasta las cuatro —le respondí lacónicamente.

Sumire vestía una blusa blanca sin mangas, minifalda azul marino, llevaba unas pequeñas gafas de sol. Su único adorno era un pequeño pasador de pelo de plástico. Una imagen muy sobria. Apenas iba maquillada. Se mostraba al mundo con su aspecto casi natural. Pero, no sé por qué ra­zón, al principio no la reconocí. Ni siquiera hacía tres se­manas que nos habíamos visto por última vez, pero la per­sona que tenía ante los ojos, mesa por medio, parecía perte­necer a otro mundo que la Sumire de antes. Estaba, y me quedo corto, mucho más hermosa. Algo había florecido en su interior.

Pedí una caña, ella zumo de uva.

Últimamente, cada vez que te veo se me hace más di­ficil reconocerte —le dije.

—Es la época —repuso ella sorbiendo el zumo con la paja, como si hablara para sí.

—¿Qué época? —le pregunté.

—Pues esta especie de adolescencia tardía que estoy pa­sando. A veces, cuando me levanto y me miro en el espejo, me parece estar viendo a otra persona. Si no ando con cui­dado, esa persona me va a ir dejando atrás.

—¿No sería mejor que la dejaras pasar delante? —dije.

—Entonces, habiéndome quedado atrás, ¿dónde me me­tería?

—Si fueran dos o tres días, podrías quedarte en mi casa. Tratándose de ti, que te has perdido tú sola, siempre serás bienvenida.

Sumire se rió.

—Bromas aparte —dijo—, ¿adónde debo encaminarme?

—Ni idea. Pero, ante todo, has dejado de fumar, vistes ropa bonita, llevas los dos calcetines del mismo par, hablas italiano. Has aprendido a elegir el vino, a usar el ordenador, ahora duermes por las noches y te levantas por las mañanas. A alguna parte sí que estás yendo.

—Pero sigo sin poder escribir una sola línea.

—Todo tiene su lado bueno y su lado malo.

Sumire curvó los labios.

—Oye, ¿esto no te parece una especie de defección?

—¿Defección? —Durante unos instantes no la entendí. —Traición. Abjurar de tu fe, de tus ideas.

—¿Por encontrar un trabajo, vestirte bien y dejar de es­cribir?

—Sí.

Sacudí la cabeza.

—Hasta ahora escribías porque lo deseabas. Si ya no te apetece, no tienes necesidad de hacerlo. No porque dejes de escribir va a incendiarse ninguna aldea. O a hundirse algún barco. O a alterarse el flujo y reflujo de las mareas. O la re­volución va a retrasarse cinco años. A eso nadie puede lla­marlo traición.

—¿Cómo se llama entonces?

Volví a sacudir la cabeza.

—O quizá sólo sea que ya nadie usa la palabra «traición», que ha quedado anticuada, y que ha caído en desuso. Qui­zás en alguna comuna que aún quede por ahí aún encuen­tres a alguien que a eso lo llame «traición». No conozco los detalles. Lo único que sé es que, si no quieres escribir, no tienes por qué hacerlo.

—¿Una comuna es lo que creó Lenin?

—Lo que Lenin creó fueron los kolkhoz. De ésos sí que no debe de quedar ni uno.

—No es que no quiera escribir —dijo Sumire. Y se quedó reflexionando unos instantes—. Es que ni intentándolo si­quiera se me ocurre algo. Me siento frente a la mesa y no me viene al pensamiento una sola idea, una sola palabra, una sola escena. Ni un retazo. Hasta hace poco tenía mu­chísimas cosas por contar. Más de las que podía. ¿Qué dia­blos me ha pasado?

—¿Me lo preguntas a mí?

Sumire asintió.

Tomé un trago de cerveza fría y ordené mis ideas.

—Tal vez ahora te estés encuadrando a ti misma en una nueva ficción. Y, ocupada como estás en ello, no necesites plasmar tus sentimientos por escrito. Seguro. O quizá no tengas la cabeza para eso.

—No acabo de entenderlo. ¿Y tú? ¿Tú estás dentro de una ficción?

—La mayoría de personas de este mundo se encuadran a sí mismas dentro de una ficción. Y yo también, claro. Pien­sa en la transmisión de un coche. Pues es como una trans­misión que te conecta con la cruda realidad. Que regula la fuerza que viene del exterior a través del engranaje, hace que todo sea más fácil de aceptar. Y así protege tu cuerpo vulnerable. ¿Me entiendes?

Sumire hizo un ligero movimiento afirmativo con la ca­beza.

—Más o menos. O sea, que yo no me he adaptado to­davía a mi nuevo marco de ficción. ¿Es eso lo que quieres decir?

—El problema más grave es que tú todavía no sabes de qué tipo de ficción se trata. Tampoco conoces el argumen­to. Y el estilo aún está por decidir. Lo único que sabes es el nombre de la protagonista. A pesar de ello, te acabará trans­formando de verdad. Dentro de poco, esta nueva ficción va a entrar en funcionamiento para protegerte y tú podrás ver este nuevo mundo. Pero aún es prematuro. Y, como es ló­gico, ahí está el peligro.

—Es decir, que me he quitado la transmisión y aún ten­go que acabar de atornillarme la de recambio. Pero, con todo, el motor sigue funcionando. ¿Es eso?

—Tal vez.

Sumire puso la cara reconcentrada de costumbre y estu­vo largo tiempo acribillando el hielo indefenso con el ex­tremo de la paja. Después alzó la cabeza y me miró.

—De que ahí está el peligro ya me había dado cuenta. ¿Cómo podría explicártelo? A veces me siento muy desam­parada. La incertidumbre de cuando te encuentras de golpe desposeída de un marco en el que apoyarte. La pérdida del lazo de la fuerza de gravedad, la sensación de estar flotando sola por el negro espacio, a la deriva. Sin saber siquiera adónde te diriges.

—¿Como un Sputnik pequeñito que se hubiera extraviado?

—Tal vez.

—Pero tienes a Myú —dije.

—Sí, por ahora —dijo.

Y enmudeció unos instantes.

—¿Crees que Myú también desea eso? —le pregunté. Sumire asintió.

—Seguro que ella también lo desea. Posiblemente tanto como yo.

—¿Incluida la parte fisica?

—Es difícil de decir. Aún no lo tengo claro. Me refiero a lo que ella busca. Y por culpa de eso dudo, me siento con­fusa.

—El clásico desconcierto —dije.

En vez de responder, Sumire curvó un poco los labios que mantenía apretados.

—Y tú, ¿estás preparada?

Sumire hizo un solo movimiento afirmativo. Con deci­sión. Estaba muy seria. Descargué el peso de mi cuerpo con­tra el respaldo de la silla y crucé las manos por detrás de la cabeza.

—No irás a cogerme manía por eso, ¿eh? —dijo Sumire. Su voz parecía llegarme desde más allá de los bordes de mi conciencia, como el diálogo de una vieja película en blanco y negro de Jean-Luc Godard.

—No, por eso no voy a cogerte manía —dije.

La siguiente vez que vi a Sumire fue un domingo, quin­ce días después, cuando la ayudé en el traslado. Decidió mudarse de repente y yo era el único que podía ayudarla. Claro que, libros aparte, al ser sus posesiones tan exiguas, apenas me ocasionó trabajo. Al menos, ser pobre tiene tam­bién su lado positivo. Pedí prestado un Toyota Hi-Ace a un conocido y llevé sus cosas al nuevo piso en Yoyogi-Uehara. La nueva casa no era ni especialmente nueva ni magnífica, aunque comparada con el viejo apartamento de madera de Kichijôji, que podía calificarse de monumento histórico, era un progreso notable. La casa la había encontrado un agen­te inmobiliario amigo de Myú, y por lo bien situada que es­taba el alquiler no era alto. Por la ventana se divisaba, ade­más, un paisaje magnífico. Era más del doble de grande que el apartamento anterior. Valía la pena mudarse. Estaba cer­ca del parque de Yoyogi y, si le apetecía, Sumire podía ir andando al trabajo.

—A partir de la semana que viene trabajaré cinco días por semana —dijo Sumire—. Tres veces a la semana es que darse en medias tintas, y además es más práctico ir a la ofi­cina todos los días. El alquiler de la casa nueva es un poco más alto pero, según Myú, ser un empleado normal tiene sus ventajas. Además, total, por más que esté en casa, aho­ra tampoco puedo escribir.

—No está mal —admití.

—Trabajando todos los días, lo quiera o no tendré que lle­var una vida regular. Es posible que incluso deje de llamarte a las tres y media de la madrugada. Esta es otra ventaja, ¿verdad?

—Una gran ventaja —repuse—. Claro que voy a sentirme un poco solo viviendo tú tan lejos.

—¿De verdad?

—Claro. Hasta el punto de que podría arrancarme mi in­maculado corazón y enseñártelo.

Yo estaba sentado en el desnudo suelo de madera del nuevo apartamento, recostado contra la pared. Dada la fal­ta abrumadora de enseres domésticos, la habitación se veía vacía, deshabitada. En las ventanas no había cortinas y los montones de libros que faltaban por colocar en los estantes se apilaban en el suelo como refugiados intelectuales. Sólo un espejo de cuerpo entero novísimo imponía su presencia. Era el regalo de mudanza de Myú. Transportados por el viento del atardecer, se oían los graznidos de los cuervos del parque. Sumire estaba sentada a mi lado.

—Oye —me dijo.

—¿Sí?

—Aunque sea una lesbiana estúpida, ¿seguirás siendo ami­go mío?

—Aunque fueras una lesbiana estúpida, no me importa­ría. Mi vida sin ti sería como Los grandes éxitos de Bobby Da­rin sin Mackie Navaja.

Sumire me miró con los ojos entrecerrados.

—No acabo de entender la metáfora, pero lo que quieres decir es que te sentirías muy solo, ¿verdad?

—Sí, más o menos —dije.

Sumire apoyó la cabeza en mi hombro. Llevaba el pelo recogido hacia atrás, sujeto por el pasador, y sus pequeñas y bonitas orejas quedaban al descubierto. Unas orejas precio­sas, parecían recién hechas. Suaves y sensibles. Podía sentir su aliento sobre mi piel. Ella llevaba unos pantalones cortos de color rosa y una sobria camiseta azul marino descolori­da. Por debajo de la camiseta se perfilaban sus pequeños pe­zones. Un ligero olor a sudor flotaba en el aire. A su sudor, al mío, o a una sutil mezcla de ambos. Me entraron ganas de abrazarla. Me asaltó un impulso irrefrenable de tumbar­la contra el suelo. Pero sabía que era inútil. Desearlo no me llevaba a ningún sitio. Se me hizo dificil respirar, mi campo de visión se redujo violentamente. El tiempo se detuvo y empezó a dar vueltas y más vueltas. Bajo mis pantalones, el deseo se volvió turgente y se endureció como una piedra. Me sentí confuso, turbado. Pero me sobrepuse. Me llené los pulmones de aire fresco, cerré los ojos y, sumido en aquella oscuridad incoherente, conté despacio. El impulso que ha­bía sentido era tan violento que incluso mis ojos se anega­ron en lágrimas.

—Tú también me gustas —dijo Sumire—. Más que nadie en el mundo.

—Después de Myú, claro.

—El caso de Myú es un poco distinto.

—¿Distinto? ¿De qué modo?

—Lo que siento hacia ella es diferente de lo que siento ha­cia ti. Es decir…, no sé, ¿cómo te lo explicaría?

—Nosotros, los vulgares estúpidos heterosexuales, tene­mos una expresión bastante útil —dije—. En estos casos bas­ta con decir sencillamente: «Me la pone dura».

Sumire se rió.

Dejando aparte mi deseo de ser novelista, yo hasta aho­ra no había anhelado nada en la vida. Siempre me había contentado con lo que tenía, no necesitaba nada más. Pero ahora deseo a Myú. La deseo con todas mis fuerzas. Quiero poseerla. Hacerla mía. Tiene que ser así. No hay alterna­tiva posible. Cómo he llegado a esta situación, ni yo misma lo sé. ¿Me entiendes?

Asentí. Mi pene aún no había perdido su abrumadora dureza. Recé para que Sumire no se diera cuenta.

—Groucho Marx tiene una frase muy buena —dije—: «Está locamente enamorada de mí y, por eso, ya no entien­de nada de nada. Ésta es la razón por la cual está enamo­rada de mí».

Sumire se rió.

—Espero que te vaya bien —dije—. Pero es mejor que te an­des con cuidado. Tú todavía eres vulnerable. No lo olvides.

Sin decir palabra, Sumire me tomó la mano y me la apretó suavemente. Su mano era pequeña, suave, estaba cu­bierta por una fina pátina de sudor. Imaginé aquella mano sobre mi pene erecto, acariciándolo. Me dije que no debía pensar en ello. Pero fue inútil. No podía apartar aquella imagen de mi mente. Tal como había dicho Sumire, no ha­bía alternativa. Imaginé cómo mis manos le quitaban la ca­miseta, los pantalones cortos, las bragas. Imaginé el tacto de sus pezones duros y prietos en la punta de mi lengua. Cómo luego le separaba las piernas y penetraba en su interior hú­medo. Despacio, hasta lo más hondo de la negrura. Ella me invitaba, me engullía, me expulsaba… No pude frenar aque­lla obsesión. Volví a cerrar los ojos con fuerza y dejé que pasara aquel espeso grumo temporal. Bajé la cabeza y espe­ré pacientemente a que aquella ráfaga de aire cálido soplara a través de mi cabeza y se desvaneciera.

—¿Por qué no cenamos juntos? —me preguntó Sumire.
Pero yo tenía que ir hasta Hino a devolver el Toyota Hi‑
Ace antes de la noche. Además, deseaba quedarme a solas
lo antes posible con mi violento deseo sexual. No quería implicar a Sumire más de lo que ya estaba. Dudaba hasta dónde podría controlarme estando a su lado. Incluso me preocupaba que, pasado cierto punto, dejara de ser yo.

—Entonces te invitaré a una buena cena. Una de esas ce­nas con mantel y vino. Tal vez la semana que viene —me prometió Sumire al separarnos—. Así que resérvame tiempo el fin de semana.

—De acuerdo —le dije.

Al cruzar por delante del espejo miré involuntariamente y vi mi rostro reflejado en él. Tenía una expresión extraña. Era mi cara, sin duda, pero aquélla no era mi expresión. De todas formas, no me apetecía retroceder y comprobarlo.

De pie, en la entrada de su nueva casa, Sumire se despi­dió de mí. Incluso me dijo adiós con la mano, cosa extraña en ella. Pero al final, como muchas bellas promesas que ha­cemos en esta vida, la de salir a cenar juntos nunca se cum­plió. A principios de agosto recibí una larga carta de Sumire.

 

 

6

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El sobre lucía, grande y vistoso, un sello italiano. El ma­tasellos era de Roma, pero no logré leer la fecha del mem­brete.

Aquel día había ido a Shinjuku por primera vez desde hacía mucho tiempo, me compré algunos libros en Kinoku­niya, me metí en un cine a ver una película de Luc Besson. Luego, en una cervecería, pedí una pizza de anchoas y una cerveza negra. Antes de la hora punta, tomé la línea Chúó y regresé a casa leyendo uno de los libros que acababa de comprar.

Mi intención era hacerme una cena sencilla y mirar un partido de fútbol por televisión. La manera ideal de pasar las vacaciones de verano. Hacía calor, yo estaba solo, libre, nadie me importunaba, yo no importunaba a nadie.

Al volver a mi apartamento, hallé la carta en el buzón. No figuraba el remitente, pero me bastó ver la letra para adivinar que era de Sumire. Como un jeroglífico, letra es­pesa, difícil de leer, personal. Recordaba uno de esos pe­queños ciervos volantes antiguos que se encuentran de vez en cuando en las pirámides egipcias. Como si fueran a po­nerse en movimiento uno tras otro y regresar a las negras profundidades de la historia. ¿Roma?

Primero, guardé en la nevera la comida que acababa de comprar en el supermercado y me serví un vaso grande de té frío. Luego me senté en una silla de la cocina, abrí el sobre con un cuchillo para fruta que tenía a mano y empecé a leer la carta. Cinco hojas con el membrete del Hotel Ex­celsior de Roma atiborradas de pequeños caracteres escritos en tinta azul. Debía de haber tardado bastante tiempo en escribirlas. En una esquina de la última hoja se veía una es­pecie de mancha (¿de café?).

«¿Cómo estás?

»Imagino que te habrá sorprendido recibir de repente, sin previo aviso, una carta desde Roma. Claro que Roma quizá no baste para asombrarte a ti, que eres tan sereno. Roma debe de ser un lugar demasiado turístico. Quizá fue­ra preciso otro lugar, Groenlandia, Tumbuctú o el estrecho de Magallanes. Sin embargo, yo sí estoy sorprendida de en­contrarme en Roma.

»Ante todo, siento mucho no haberte podido invitar a cenar tal como te prometí el día de la mudanza. De hecho, fue justo después cuando surgió lo del viaje. Y, metida en la vorágine, hacerme a toda prisa el pasaporte, comprar maletas, acabar unos trabajos que tenía pendientes, se me pasaron los días sin que me diera cuenta. Como muy bien sabes, no tengo buena memoria, pero las promesas me esfuerzo en cumplirlas. Así que, ante todo, quería disculparme por lo de la cena.

»Estoy muy cómoda en mi nuevo apartamento. Me daba mucha pereza mudarme (y eso que tú hiciste la mayor par­te del trabajo: lo sé muy bien y te lo agradezco), pero, aho­ra que ya lo he hecho, me alegro. Aquí no hay gallos como en Kichijóji; a cambio, hay montones de escandalosos cuer­vos que parecen viejas lloronas. Al amanecer, llegan en ban­dadas al parque de Yoyogi y empiezan a graznar con todas sus fuerzas, como si se acabara el mundo. Así no hay quien duerma tranquila. Casi ni necesito despertador. Gracias a ellos, me he vuelto como tú, llevo una vida de granjero, me levanto pronto por la mañana, me acuesto temprano por la noche. Creo que empiezo a hacerme una idea de lo que debe sentirse cuando te llaman por teléfono a las tres y me­dia de la madrugada. Al menos a hacerme una idea.

»Estoy en una terraza al fondo de una calle en Roma, te escribo mientras me tomo, a sorbitos, un café exprés, fuerte como el sudor del diablo, pero ¿cómo te lo diría…? Estoy experimentando una sensación algo extraña, la de no ser yo misma. No puedo explicártelo bien… No sé, es como si al­guien viniera mientras estás profundamente dormido, te des­montara y, luego, en un santiamén, volviera a ensamblar las piezas. ¿Entiendes lo que quiero decir?

»La verdad es que, si me observo con atención, sigo siendo la misma, pero noto que hay alguna diferencia con mi yo de siempre. Aunque tampoco puedo recordar bien cómo era yo “siempre”. Desde que bajé del avión, siento que se ha apoderado de mí esta ilusión deconstructiva con visos de realidad. Porque ilusión debe de ser. Y yo, que ahora me encuentro aquí, no puedo evitar sentir extrañeza al pensar: “¿Por qué estoy ahora aquí, en Roma (precisa­mente)?”. Claro que, resiguiendo el camino que me ha traí­do hasta aquí, la razón por la cual “ahora estoy en Roma” queda clara, pero no acabo de hacerme a la idea. Busque la explicación que busque, mi yo que está aquí y mi yo que piensa en sí mismo no logran fundirse en uno. Dicho de otro modo: yo, en realidad, no tenía por qué estar aquí. Es una manera un poco vaga de hablar, ¿entiendes a lo que me refiero?

»Pero hay una cosa que sí tengo clara. Y es que me gus­taría que estuvieses conmigo. Tan lejos de ti me siento muy sola, aunque Myú esté conmigo. Y cuanto más lejos me fuera, más sola me sentiría, seguro. Me gustaría que pensa­ras lo mismo que yo.

»En fin, que estoy viajando por Europa con Myú. Por asuntos de trabajo, Myú tenía previsto recorrer sola Italia y Francia durante quince días y, al final, la he acompañado como secretaria. Cuando me lo anunció una mañana, de improviso, me quedé de piedra. Por más secretaria que me llamen, no creo que le sirva de gran cosa, pero de aquí en adelante, ¡quién sabe!, y ante todo, lo que Myú me dijo fue: “Es un premio por haber dejado de fumar”. Así me re­compensa por la larga agonía que he pasado.

»Llegamos a Milán en avión, visitamos la ciudad, luego alquilamos un Alfa Romeo azul y nos dirigimos hacia el sur por la autopista. En la Toscana recorrimos varias bodegas y, tras cerrar algunos tratos comerciales, pasamos varias noches en un hotel encantador de una pequeña ciudad. Después fuimos a Roma. Los negocios siempre se han hecho en in­glés o francés, así que no he llegado a salir a escena, pero, en el día a día del viaje, mi italiano me ha sido muy útil. Si fuéramos a España (esta vez no es posible, por desgracia), podría serle más útil.

»Como el Alfa Romeo que alquilamos tiene el cambio de marcha manual, no he sido de gran ayuda. Myú ha teni­do que conducir ella sola. Pero ella puede estar al volante mucho tiempo sin cansarse lo más mínimo. Cuando ves la facilidad con que toma las curvas por las montañas de la Tos-cana, cambiando constantemente de marcha, mi corazón se estremece (y no lo digo en broma). Me basta con estar sen­tada inmóvil a su lado, lejos de Japón, para sentirme plena de satisfacción. Si pudiera, seguiría así eternamente.

»Si empezara a escribir sobre lo fabulosos que son la co­mida y el vino en Italia, no acabaría, así que lo dejo para la siguiente ocasión. En Milán fuimos de tienda en tienda. Vestidos, zapatos, ropa interior, esas cosas. Aparte de un pi, pues me había olvidado de traerme uno, yo no he comprado nada (no me sobra el dinero y ya tengo muchas cosas bonitas, así que no sabría muy bien qué comprar; en estos casos, mi capacidad de juicio se desvanece como si se me hubiera fundido un fusible), pero me he divertido mu­cho acompañándola a ella. Myú es, por así decirlo, una ex­perta en compras. Elige sólo las cosas preciosas de verdad, y no compra más que un poco. Como si tomara un único bocado de la parte más sabrosa de un manjar. De manera elegante, encantadora. Al mirar cómo elegía medias y ropa interior de seda de primera calidad, de repente tuve dificul­tades para respirar. Incluso se me cubrió la frente de sudor. Esto sí que es raro. Yo soy una chica. En fin, también me he extendido demasiado hablando de compras. Dejémoslo.

»En los hoteles dormimos en habitaciones separadas. Myú es muy susceptible con respecto a eso. Sólo una vez, en Florencia, hubo un error en la reserva y dormimos las dos juntas en una habitación grande. Las camas eran indivi­duales, estaban separadas, pero por el simple hecho de com­partir habitación con ella el corazón se me hinchó de gozo. Vi cómo salía del baño envuelta en una toalla, cómo se cambiaba de ropa. Por supuesto, la miré de reojo mientras leía, haciendo como quien no ve. Myú tiene un tipo es­pléndido. No iba completamente desnuda, se cubría con una escueta ropa interior; tiene un cuerpo que levanta sus­piros. Delgada, las nalgas prietas, una obra de artesanía. Me gustaría que la vieras —aunque resulte un poco raro por mi parte hablar así.

»Imaginé que aquel cuerpo fino y suave me abrazaba. Al encontrarme en la misma habitación que ella, dentro de la cama, pensando obscenidades, me vi arrastrada paulatina­mente hacia el lugar equivocado. Quizá se debiese a la ex­citación, pero aquella noche se me adelantó la regla. ¡Qué mala suerte! ¡Hum! No creo que sirva de mucho contarte esto por carta, pero, en fin, ha sido una de las cosas que me han sucedido.

»Anoche, en Roma, fuimos a un concierto. Fuera de la temporada musical, no esperábamos gran cosa, pero nos en­contramos con una interpretación llena de encanto. La de Marta Argerich ejecutando el Concierto para piano y orquesta N° 1 de Liszt. Me encanta esa melodía. El director era Giu­seppe Sinopoli. Una interpretación maravillosa. Una músi­ca fluida, elegante, amplia de miras, que te mantiene en tensión. Aunque sea, para mi gusto, demasiado perfecta. Para mí, a esta música le convendría una interpretación un poco bastarda, como la de una concurrida fiesta popular en una aldea. Hablando con franqueza, a mí me gusta que haya un puntito de excitación. Y en eso coincidimos Myú y yo. En Venecia se celebra el Festival Vivaldi y hemos ha­blado de la posibilidad de acercarnos. Igual que me sucede contigo cuando hablo de novelas, con Myú podría estar charlando indefinidamente de música.

»¡Qué carta más larga! Por lo visto, cuando agarro la pluma y empiezo a escribir, no sé parar. Siempre me ha su­cedido lo mismo. Dicen que una chica bien educada no debe robarle el tiempo a la gente, pero mis modales, en lo que se refiere a escribir (aunque es posible que no sólo sea en eso), son lamentables. Incluso el camarero, que lleva un delantal blanco, me mira de vez en cuando con cara de asombro. En fin, ya es hora de que me vaya, se me ha can­sado incluso la mano. Además se ha acabado el papel de cartas.

»Myú ha ido a visitar a un viejo amigo que tiene en Roma. Yo he dado un corto paseo por los alrededores del hotel, he visto este café, me he parado a descansar un rato y aquí estoy, escribiéndote una hoja tras otra. Como si es­tuviera enviando un mensaje dentro de una botella desde una isla desierta. Es extraño, pero cuando Myú sale y me deja sola, no tengo ganas de ir a ninguna parte. Aunque es la primera vez que vengo a Roma (y aunque sea quizás la última), no quiero ver ninguna de sus ruinas, no quiero ver ninguna de sus fuentes y tampoco me apetece ir de com­pras. Me basta con estar así, sentada en una silla, husmean­do los olores de la ciudad como un perro, aguzando el oído a ruidos y voces, contemplando la cara de los transeúntes. De repente me acabo de dar cuenta de que, mientras te es­taba escribiendo, aquella “extraña impresión de estar despe­dazada” de la que te hablaba al principio ha empezado a desvanecerse. Ya no me obsesiona. Es la misma sensación que tenía al salir de la cabina de teléfono, después de aque­llas largas llamadas que te hacía a medianoche. ¿Es posible que tengas un efecto curativo sobre mí?

»¿Qué opinas? De todas formas, reza por mi felicidad y mi buena suerte. Seguro que lo necesitaré. Hasta pronto.

»P.S. Es posible que regrese el 15 de agosto. Antes de que acabe el verano, podremos ir a cenar juntos como te prometí.»

Cinco días después me llegó una segunda carta desde una aldea de Francia que jamás había oído nombrar. Esta vez era un poco más corta que la anterior. Sumire y Myú habían dejado el coche de alquiler en Roma y habían ido en tren hasta Venecia. Allí pudieron escuchar dos días se­guidos a Vivaldi. La mayoría de conciertos se celebraba en la iglesia donde Vivaldi había oficiado como sacerdote. «He­mos escuchado tanto Vivaldi que no quiero volver a oírlo en medio año», escribía Sumire. Contaba lo deliciosos que le parecieron el pescado y el marisco a la papillotte que había comido en un restaurante de Venecia. La descripción era tan acertada que me entraron ganas de irme para allá de in­mediato y probarlos yo también.

Después de Venecia regresaron a Milán y de allí volaron a París. Tras descansar en París (e ir otra vez de compras), se dirigieron en tren a Borgoña. Un amigo íntimo de Myú te­nía allí una gran villa, como un palacio, donde se alojaron. Tal como había hecho en Italia, Myú recorrió pequeñas bo­degas y cerró algunos tratos. Cuando tenían la tarde libre, cogían la cesta de la merienda y se iban a pasear por un bosque cercano y, por supuesto, se llevaban también algu­nas botellas de vino. «Aquí el vino es delicioso, como un sueño», escribía Sumire.

«Por cierto, parece que habrá cambios en los planes de regreso a Japón para el 15 de agosto. Cuando acabemos el trabajo en Francia, tal vez vayamos a descansar a una isla griega. He conocido por casualidad a un caballero inglés (un auténtico caballero) que tiene una villa en una pequeña isla que no sé cómo se llama; nos ha dicho que podemos utilizarla todo el tiempo que queramos. ¡Qué emocionante! A Myú también le gusta la idea. Necesitamos unas verdade­ras vacaciones, no oír hablar de trabajo. Nos tumbaremos en las blanquísimas playas del Egeo, expondremos nuestros dos hermosos pares de tetas al sol, contemplaremos hasta hartarnos las blancas nubes que flotan en el cielo mientras tomamos vino con resina de pino. ¿No te Efectivamente, me lo parecía.

Aquella tarde fui a la piscina municipal, nadé un poco y, a la vuelta, me quedé alrededor de una hora leyendo en una cafetería con aire acondicionado. Al volver a casa, plan­ché tres camisas mientras escuchaba las dos caras de un vie­jo disco, Ten Years After. Acabé de planchar, me bebí, rebaja do con agua Perrier, un poco de vino blanco barato que ha­bía comprado de saldo, miré el partido de fútbol que había grabado en el vídeo. Cada vez que veía uno de esos pases que te impulsan a exclamar: «¡Pero qué haces!», negaba con la cabeza y suspiraba. Juzgar errores ajenos es fácil y te hace sentir bien.

Al acabar el partido de fútbol, me hundí en la butaca, dejé que mi mirada se perdiera en el techo mientras ima­ginaba a Sumire en la aldea francesa. ¿O había partido ya hacia algún rincón de las islas griegas? A lo mejor estaba tumbada en la arena contemplando las blancas nubes que flotaban en el cielo. En todo caso, estaba muy lejos de mí. Roma, Grecia, Tumbuctú, Aruanda, ¡qué más daba! Se en­contraba muy lejos, lejísimos. Y, en el futuro, tal vez se ale­jara aún más. Mientras pensaba en ello me invadió la an­gustia. Me sentí como un insecto absurdo en una noche ventosa, adherido a un alto muro, sin razones, sin planes, sin creencias. Sumire decía que me echaba de menos. Pero a su lado estaba Myú. Yo no tenía a nadie. Yo… estaba solo. Como siempre.

Sumire no volvió el 15 de agosto. En su teléfono seguía el antipático mensaje: «Estoy de viaje». Nada más mudarse, Sumire se había comprado un teléfono con contestador au­tomático. Para no tener que ir las noches lluviosas bajo el paraguas hasta la cabina más cercana. Una idea encomiable y sana. No dejé ningún mensaje.

El 18 volví a llamar. Seguía el «Estoy de viaje». Al sonar la señal inorgánica, di mi nombre y dejé un escueto mensa­je: «Llámame cuando vuelvas». No hubo ninguna llamada. Quizá Myú y Sumire se hubieran visto atrapadas por la fas­cinación de las islas griegas y se les hubieran ido las ganas de volver a Japón.

Mientras tanto, acompañé un día al equipo de fútbol de la escuela a un partido de entrenamiento y me acosté una vez con mi amiga. Acababa de regresar de unas vacaciones en la isla de Bali con su marido y sus dos hijos y lucía un bello bronceado. Mientras la abrazaba, no pude evitar pen­sar en Sumire, que estaba en Grecia. Mientras la penetraba, no pude evitar imaginar el cuerpo de Sumire.

De no conocer a Sumire, tal vez hubiese acabado ena­morándome en serio de aquella mujer siete años mayor que yo (y madre de un alumno mío). Quizás, a mi manera, me hubiera dejado absorber por aquella relación. Era hermosa, activa, dulce. Para mi gusto se maquillaba demasiado, pero vestía con elegancia. Aunque le preocupaba estar gorda, en realidad no le sobraba ni un gramo. Tenía un cuerpo rotun­do, intachable. Sabía muy bien lo que yo deseaba, y también lo que no deseaba. Sabía hasta dónde podía llegar y dónde debía detenerse… En la cama y fuera de ella. Me hacía sen­tir como si ocupara un asiento de avión de primera clase.

—Con mi marido hace casi un año que no lo hacemos —me dijo una vez, a modo de confesión, entre mis brazos—. Sólo lo hago contigo.

Sin embargo, nunca conseguí amarla. Entre ambos no brotó aquella intimidad espontánea, casi incondicional, que en todo momento sentía con Sumire. Siempre se interponía entre nosotros un velo fino, transparente. Visible o no, nos separaba lo mismo. Por culpa de aquello, cuando nos encon­trábamos —y en especial cuando nos despedíamos— a veces no sabía qué decirle. Algo que jamás me había pasado con Sumire. Cada vez que veía a mi amiga, confirmaba un hecho incontestable: hasta qué punto necesitaba yo a Sumire.

Cuando se fue, salí a dar un paseo solo, deambulé sin rumbo, luego entré en un bar que había cerca de la estación, pedí un Canadian Club con hielo. Como sucedía siempre, me hizo sentir la persona más miserable del mun­do. Lo apuré enseguida de un trago y pedí otro. Luego ce­rré los ojos y pensé en Sumire. Sumire en las blancas playas de las islas griegas tomando el sol haciendo top-less. En la mesa vecina, cuatro jóvenes, seguramente universitarios, be­bían cerveza entre alegres carcajadas. Por los altavoces sona­ba una vieja melodía de Huey Lewis and the News. Olía a pizza tostándose en el horno.

Me acordé de épocas pasadas. Mi periodo de crecimien­to (así debería llamarse) ¿cuándo, dónde había terminado? Ante todo, ¿había acabado? Hasta hacía poco, yo me en­contraba en pleno proceso de desarrollo, indudablemente. Las canciones de Huey Lewis and the News se oían por do­quier. Unos cuantos años atrás. Ahora me encontraba en un circuito cerrado. Dando vueltas y más vueltas. Sin poder dejar de hacerlo, aun sabiendo que no iba a ninguna parte. No podía evitarlo. Si paraba, no podría sobrevivir.

Aquella noche recibí una llamada desde Grecia. A las dos de la madrugada. Pero quien llamaba no era Sumire, era Myú.

 

 

7

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una profunda voz masculina pronunció mi nombre en un inglés con fuerte acento y luego tronó: «¿Es usted, ver­dad?». Eran las dos de la madrugada y yo estaba, como era de esperar, profundamente dormido. Tuve en la cabeza sen­saciones tan desdibujadas como un campo de arroz bajo un aguacero y no atiné a decir nada. En las sábanas aún persis­tía vagamente el recuerdo del sexo de aquella tarde, todo parecía un escalón desfasado de la realidad, como una cha­queta mal abrochada. El hombre repitió mi nombre.

—¿Es usted, verdad?

—Sí, soy yo –respondí. No sonaba a mi nombre, pero lo era. Luego, durante unos instantes, se oyó una fuerte inter­ferencia que sonó como dos masas de aire que chocaran la una contra la otra. Tal vez Sumire hubiera puesto una con­ferencia internacional desde Grecia. Me separé un poco el auricular de la oreja y esperé a oír su voz. Pero la voz que sonó por el auricular no fue la de Sumire sino la de Myú.

—Supongo que Sumire te habrá hablado de mí.

—Sí –respondí.

A través del hilo telefónico, su voz se oía lejana, distor­sionada por alguna sustancia inorgánica, pero, con todo, se apreciaba con claridad cierta tensión. Algo duro, rígido, como el humo del hielo seco, penetró en mi habitación a través del teléfono y me despertó. Me incorporé sobre la cama, me desperecé y sujeté bien el auricular.

—Tengo poco tiempo –avisó Myú hablando rápido–. Llamo desde Grecia y es muy difícil conectar con Tokio; cuando al fin lo consigues, se corta enseguida. Lo he inten­tado antes muchas veces sin éxito. Así que prescindiré de las formalidades e iré al grano. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —contesté.

—¿Puedes venir aquí?

—¿Aquí? ¿Te refieres a Grecia?

—Sí, y lo antes posible.

Le dije lo primero que se me ocurrió.

—¿Le ha pasado algo a Sumire?

Myú hizo una pausa, el tiempo de tomar aliento.

—Aún no lo sé. Pero creo que quiere que vengas. Estoy segura.

¿Crees?

—Por teléfono no puedo hablar. Puede cortarse de un momento a otro y el tema es delicado. Preferiría hablarlo cara a cara. Los gastos del viaje corren de mi cuenta. Coge un avión. Cuanto antes mejor. Compra un billete, de pri­mera clase, lo que sea.

Diez días después empezaba el nuevo curso. Tenía que estar de vuelta para entonces, pero nada me impedía salir inmediatamente. Durante las vacaciones, un par de asuntos reclamaban mi presencia en la escuela. Pero ya me las arre­glaría.

—Me parece que podré ir —dije—. No creo que haya pro­blema. ¿Adónde debo dirigirme?

Ella me dio el nombre de una isla. Lo apunté en la guar­da del libro que tenía a la cabecera de la cama. Ya había oído aquel nombre antes en alguna parte.

—Ve de Atenas a Rodas en avión y allí toma el ferry. El barco que va a la isla sólo sale dos veces al día, por la ma­ñana y al anochecer, así que intenta ir al puerto a esas ho­ras y estáte al tanto. ¿Vendrás?

—Creo que podré —y cuando iba a añadir: «Sólo que…», la llamada se cortó. Violentamente, de golpe, como si al­guien hubiera cortado una cuerda con un hacha. Luego vol­vieron a oírse las fuertes interferencias de antes. Pensando que tal vez se reestablecería la comunicación, mantuve unos instantes el auricular junto al oído, pero sólo me llegaban unos ruidos muy molestos. Desistí, colgué y salté de la cama. Me tomé un vaso de mugicha[8] frío en la cocina y, apoyado en la puerta del frigorífico, ordené mis ideas.

¿Realmente iba a coger el avión para las islas griegas? La respuesta era: «Sí». No tenía alternativa.

Deslicé fuera de la librería un mapamundi y busqué la isla que me había indicado Myú. Pese a la pista de que queda­ba cerca de Radas, no fue tarea fácil descubrirla entre las in­contables islas diseminadas por el mar Egeo. Al fin logré encontrar aquel nombre impreso en pequeños caracteres. Estaba cerca de la frontera turca. Era tan pequeña que no se distinguía su silueta.

Saqué el pasaporte del cajón y comprobé si todavía era válido. Reuní todo el dinero que tenía en casa y lo embutí dentro de mi cartera. No era una gran suma, pero bastaba con sacar por la mañana dinero del banco con la tarjeta. En mi cuenta tenía ahorros y, además, mi paga de verano casi estaba íntegra. También tenía tarjeta de crédito y un billete de ida y vuelta a Grecia sí que podía comprarlo. Embutí va­rias mudas de ropa dentro de la bolsa de deporte de plásti­co que usaba para ir al gimnasio y metí dentro los artículos de aseo. Añadí dos novelas de Joseph Conrad que tenía pensado leer en cuanto pudiera. Dudé acerca del traje de baño, pero al final lo metí. Era posible que a mi llegada el problema ya estuviera completamente resuelto, que todo el mundo estuviera sano y feliz, que el sol brillara de forma apacible en el cielo y que yo pudiera tomarme un baño tranquilo antes de regresar… No hace falta decir que éste hubiera sido el desenlace más satisfactorio para todos.

Una vez preparado todo, volví a la cama. Apagué la luz, hundí la cabeza en la almohada. Eran poco más de las tres y aún podía dormir un poco hasta la mañana. Pero no con­seguí conciliar el sueño. El recuerdo de aquella violenta conmoción bullía en mis venas. En el fondo de mis oídos, aquella voz masculina pronunciaba mi nombre. Encendí la luz, volví a salir de la cama, fui a la cocina, me hice un té con hielo, me lo bebí. Reproduje dentro de mi cabeza, des­de el principio hasta el final, palabra por palabra, la con­versación que había sostenido con Myú. Aquellas frases, va­gas e inconcretas, estaban llenas de enigmas de doble senti­do. Hechos, sólo había enunciado dos. Los escribí en un bloc de notas.

1)                      A Sumire le ha ocurrido algo. Qué le ha ocurrido, ni siquiera Myú lo sabe.

2)                      Yo tengo que ir allí lo antes posible. Sumire así lo quiere (piensa Myú).

Contemplé fijamente el bloc. Luego subrayé con bolí­grafo las palabras «ni siquiera Myú lo sabe» y «piensa Myû».

1)                      A Sumire le ha ocurrido algo. Qué le ha ocurrido, ni siquiera Myú lo sabe.

2)                      Yo tengo que ir allí lo antes posible. Sumire así lo quiere (piensa Myú).

No podía imaginar qué habría podido sucederle a Su-mire en aquella pequeña isla griega. Pero estaba claro que era algo desagradable: la cuestión era cuánto. Sin embargo, hasta la mañana no podía hacer nada. Me senté en una si­lla, puse los pies encima de la mesa y esperé a que llegara el amanecer leyendo un libro. La noche se me hizo eterna.

Al amanecer, fui hasta Shinjuku en la línea Chûô, hice trasbordo al Narita Express y llegué al aeropuerto. A las nueve empecé a recorrer las ventanillas de diferentes compa­ñías aéreas. Allí me informaron de que de Narita no salían vuelos directos para Atenas. Tras varios intentos fallidos, conseguí un billete de la KLM en business class para Amster­dam. Desde allí podía enlazar con un vuelo para Atenas. En Atenas tomaría un avión de vuelos nacionales de la Olym­pic que me llevaría a Rodas. Las reservas me las harían des­de Narita. Si no ocurría ningún percance, tendría tiempo suficiente para hacer los enlaces con tranquilidad. Éste era, al menos, el camino más rápido. El billete era abierto y po­dría volver el día que quisiera dentro del plazo de tres me­ses. Pagué con tarjeta de crédito.

—¿Cuántas maletas quiere facturar?

—Ninguna —respondí.

Aún quedaba tiempo para embarcar. Desayuné en el restaurante del aeropuerto. Saqué dinero con la tarjeta de crédito, adquirí dólares en cheques de viaje. En la librería del aeropuerto compré una guía de Grecia. Era demasiado pequeña para que figurara la isla que había mencionado Myú, pero daba información básica sobre la moneda, el país y el clima, y me sería útil. Exceptuando la historia y el teatro de la época clásica, yo no sabía gran cosa sobre Grecia. De la misma manera que apenas tenía conocimien­to sobre la orografía de Júpiter o sobre el sistema de refri­geración de un Ferrari. Jamás había contemplado la posibi­lidad de ir a Grecia. Al menos hasta las dos de la madru­gada de aquel día.

Por la mañana llamé a una compañera de trabajo. Le conté que un pariente había tenido un accidente, que debía ausentarme de Tokio alrededor de una semana, le pregunté si, mientras tanto, podía encargarse por mí de unos asuntos de la escuela. Asintió. Ya habíamos hecho antes este trato muchas veces y no me resultó difícil convencerla.

-¿Y adónde vas? —me preguntó.

—A Shikoku —le respondí. No podía decirle que iba a Grecia.

—¡Caramba! ¡Pobre! Bueno, recuerda que debes estar aquí para principio de curso. Y tráeme un souvenir, ¿eh? —dijo ella.

—Claro —repuse. Eso ya lo solucionaría después.

Fui a la sala de espera vip, me apoltroné en un sofá y eché una cabezada. Un sueño intranquilo. El mundo había perdido todo sentido de la realidad. Los colores eran artifi­ciales, los detalles rígidos. El fondo era de cartón piedra y las estrellas de papel de estaño. Eran visibles el celo y las ca­bezas de los alfileres que las sostenían. Se oyó una voz por megafonía: «Se ruega a los pasajeros del vuelo 275 de Air France con destino a París que se dirijan a la puerta de em­barque…». Dentro de aquel sueño incoherente —o, tal vez, en medio de aquella vigilia incierta— pensé en Sumire. Por mi cabeza discurrieron entrecortadamente, como en un do­cumental antiguo, momentos y lugares que habíamos com­partido. Sin embargo, inmerso en el bullicio del aeropuerto, con aquella multitud de pasajeros yendo y viniendo, el mundo que nos pertenecía a Sumire y a mí se veía misera­ble, impotente, falto de precisión. Nosotros no teníamos, ni ella ni yo, la inteligencia precisa, ni siquiera el talento que pu­diera compensar esa carencia. No había ningún pilar que nos sustentara. Éramos casi dos ceros sin límites. Dos exis­tencias insignificantes que iban de un estadio de la nada a otro estadio de la nada.

Me desperté empapado en un sudor desagradable. La ca­misa húmeda se adhería a mi pecho. Sentía el cuerpo pesa­do, las piernas abotargadas. Como si me hubiese tragado un cielo nublado. Debía de estar pálido. La azafata de sala se me acercó y me preguntó con aire preocupado:

—¿Se encuentra usted bien?

—Sí —le dije—, es sólo el calor.

—¿Le apetece algún refresco? —me preguntó.

Y, tras pensármelo unos segundos, le pedí una cerveza.

Me trajo una toallita facial húmeda, una Heineken, una bol­sita de cacahuetes. Tras enjugarme el sudor y tomarme me­dia cerveza, me sentí reconfortado. Y pude volver a echar otra cabezada.

El vuelo con destino a Amsterdam salió de Narita a la hora prevista, cruzó el Polo Norte y llegó a Amsterdam. Mientras tanto, para poder dormir, me había tomado dos whiskys y, al despertarme, había cenado un poco. Apenas tenía apetito y no quise desayunar. Como evitaba, mientras estuviera despierto, pensar más de la cuenta, me había con­centrado en la lectura de Conrad.

Hice el trasbordo, me apeé en el aeropuerto de Atenas, me trasladé a la terminal vecina y, casi de inmediato, tomé un 727 para la isla de Rodas. El avión estaba lleno de ani­mosos jóvenes procedentes de todos los rincones del mun­do. Todos muy bronceados, vestían camisetas, tops y teja­nos. Casi todos los hombres llevaban barba (o iban, tal vez, sin afeitar) y el pelo largo y despeinado recogido en una co­leta. Con mis pantalones beige, el polo blanco de manga corta y la chaqueta azul marino de algodón, yo ofrecía una imagen demasiado formal, fuera de lugar. Me había olvida­do incluso las gafas de sol. ¿Pero quién podía reprochárme­lo? Hasta pocas horas antes estaba en mi casa preocupado por qué hacer con la basura.

En el mostrador de información del aeropuerto de Ro-das pregunté por el embarcadero del ferry que iba a la isla. No estaba lejos del aeropuerto. Si me apresuraba, podría co­ger el barco de la tarde. «¿Cabe la posibilidad de que esté completo?», quise asegurarme. «Aunque lo estuviera, ¡por una persona más!», me respondió con una mueca una mu­jer de nariz afilada y edad indefinida agitando las manos. «No es un ascensor.»

Paré un taxi, me dirigí al puerto. Le dije que fuera lo más rápido posible, pero no pareció entenderme. En el co­che no había aire acondicionado; por la ventanilla abierta de par en par entraba un aire tórrido cargado de polvo blan­co. Durante el viaje, el conductor me ofreció, en un violen­to y sudoroso inglés, una larga y melancólica disertación so­bre el euro. Me limité a asentir cortésmente sin preguntarle nada. Con los ojos entrecerrados, veía desfilar las cegadoras calles de Rodas. En el cielo no había una sola nube, ningún pronóstico de lluvia. El sol calcinaba los muros de piedra de las casas. Había hileras de árboles nudosos cubiertos por una capa de polvo y, a su sombra, o sentada bajo los toldos, la gente contemplaba el mundo casi sin decir palabra. Con­forme iba resiguiendo esta escena con la mirada, mayores eran mis dudas de haber llegado al lugar correcto. Pero los llamativos anuncios de tabaco y ouzo escritos en griego que se sucedían de forma nada mítica a lo largo del camino des­de el aeropuerto a la ciudad me indicaron que, sin posibili­dad de error, me encontraba en Grecia.

El ferry de la tarde aún no había zarpado. Era mucho más grande de lo que suponía. En la parte posterior de cu­bierta había espacio para el transporte de automóviles; dos camiones de mediano tamaño cargados de alimentos y otras mercancías y un viejo Peugeot Sedan esperaban allí a que el barco abandonara el puerto. Compré el billete, embarqué; casi en el mismo instante en que me hundía en un asiento de cubierta, el barco soltó las amarras que lo sujetaban al muelle y sus motores arrancaron con un rumor profundo. Suspiré, alcé la vista hacia el cielo. Ahora sólo me quedaba esperar a que el barco me condujera a mi destino.

Me quité la chaqueta sucia de polvo y sudor, la doblé, la metí en la bolsa. Eran las cinco de la tarde, pero el sol to­davía estaba alto en el cielo y su luz era abrumadora. Bajo el toldo, abandonándome a la brisa que flotaba desde proa, me fui relajando y sintiendo mejor. Los deprimentes pensa­mientos que se habían apoderado de mí en el aeropuerto de Narita ya se habían desvanecido. Me habían dejado sólo un ligero y amargo regusto en la boca.

La isla a la que me dirigía no era, al parecer, un lugar tu­rístico muy concurrido, pues había muy pocos visitantes sentados en cubierta. La mayor parte de los pasajeros eran lugareños que regresaban de despachar algún asunto en Ro-das, casi todos ancianos. A sus pies, depositados con extre­mo cuidado, como si se tratase de animales delicados, lle­vaban los artículos que acababan de adquirir. Sus rostros, casi inexpresivos, estaban surcados de profundas arrugas. Parecía que el sol abrasador y el duro trabajo físico les hu­biera robado la expresión de la cara.

Viajaban además algunos soldados jóvenes. Aún tenían la mirada transparente de los niños y el sudor teñía de ne­gro las espaldas de sus camisas militares de color caqui. Ha­bía dos viajeros de aspecto hippy sentados por el suelo con pesadas mochilas a la espalda. Ambos delgados, las piernas largas, la mirada severa.

También había una adolescente griega que vestía una falda larga. Era una muchacha de pupilas negras y profun­das, de belleza providencial. Charlaba animadamente con una amiga que estaba a su lado mientras dejaba ondear su melena al viento. En sus labios se dibujaba una sonrisa dul­ce, como si insinuara un preciado secreto. Sus grandes pen­dientes de oro brillaban bajo el sol. Los jóvenes soldados, recostados en la barandilla de cubierta, le dirigían de vez en cuando miradas furtivas mientras fumaban con aire displi­cente.

Yo contemplaba el profundo mar azul y la miríada de pequeñas islas mientras me tomaba una limonada que ha­bía comprado en el quiosco. La mayor parte, más que islas propiamente dichas, eran islotes rocosos donde no vivía na­die. Sin agua, sin vegetación, simples peñascos donde sólo se posaban las blancas aves marinas para otear los peces.

Los pájaros, a su paso, ni siquiera le dedicaban al barco una mirada. Las olas rompían en la base de las rocas levantando una espuma tan blanca que cegaba. De vez en cuando apa­recía alguna isla habitada. Con unos pocos árboles de as­pecto sufrido aquí y allá, algunos muros blancos disemina­dos por la ladera. En las pequeñas calas se mecían barcos pintados de colores brillantes, los altos mástiles trazaban ar­cos en el aire al vaivén de las olas.

Un anciano con el rostro surcado de arrugas sentado a mi lado me ofreció un cigarrillo. Le indiqué, sonriendo, con un movimiento de la mano, que se lo agradecía, pero que no fumaba. A cambio, me ofreció un chicle de menta. Lo acepté complacido y lo masqué mirando el mar.

El ferry llegó a la isla pasadas las siete de la tarde. Los rayos de sol ya habían perdido su fuerza, pero el cielo to­davía estaba claro y la luz del verano aumentaba aún más su claridad. En la blanca pared de un edificio del puerto fi­guraba, en enormes letras negras, el nombre de la isla. El barco se aproximó al muelle y los pasajeros, equipaje en mano, empezaron a cruzar la pasarela. Frente al puerto ha­bía un café con terraza donde esperaban quienes habían ido a recibir a los pasajeros.

Después de desembarcar busqué a Myú con la mirada. No vi a nadie que pudiera serlo. Sólo se me acercaron los propietarios de algunas pensiones preguntándome si busca­ba alojamiento. Negué, cada una de las veces, con un mo­vimiento de cabeza. Pero ellos deslizaron sus tarjetas en mi mano.

Los pasajeros que habían desembarcado se perdieron en distintas direcciones. Quienes habían ido de compras se fue­ron a sus casas; los viajeros, a algún hotel o pensión. Las personas que habían venido a recibir a alguien, tras locali­zarlo e intercambiar un rápido abrazo o apretón de manos, desaparecieron junto con el recién llegado en alguna parte. Los dos camiones y el Peugeot Sedan también fueron des­cargados del barco y se alejaron dejando un estrépito de motores. Incluso desaparecieron los perros y los gatos que se habían acercado movidos por la curiosidad. Los únicos que quedamos atrás fuimos un grupo de ancianos tostados por el sol a quienes les sobraba el tiempo y yo, con mi bol­sa de plástico de gimnasio, tan fuera de lugar, colgando de la mano.

Me senté a una mesa de la cafetería y pedí un té con hielo. Me pregunté qué debía hacer. La respuesta era «nada». La noche se acercaba y yo no sabía nada de la isla ni de su geografía. No había nada que yo pudiera hacer. Esperaría un poco más y, de no aparecer nadie, lo único que se me ocurría era buscar alojamiento y volver por la mañana a la hora de llegada del ferry. Era impensable que Myú faltara a la cita por despiste. Al menos, según afirmaba Sumire, Myú era una persona muy cuidadosa y metódica. Si no se había presentado, tenía que ser por alguna razón. Quizá no hu­biera previsto que yo llegara tan pronto.

Me entró un hambre canina. Sentía un vacío tan terrible en el estómago que me daba la sensación de que mi cuerpo transparentaba. Tal vez la brisa marina le había recordado a mi organismo que no había ingerido alimento alguno desde la mañana. Pese a todo, y porque no quería que Myú y yo nos cruzáramos, decidí aguantarme y esperar un rato más en la cafetería. De vez en cuando, los lugareños me lanza­ban al pasar miradas curiosas.

En el quiosco junto a la cafetería compré una pequeña guía en inglés donde figuraban la historia y la geografía de la isla. La estuve hojeando mientras me tomaba un té con hielo extrañamente insípido. La población de la isla oscila­ba, según la estación, entre las tres y las seis mil personas. Aumentaba en verano, con la llegada de los turistas; decre­cía en invierno, cuando muchos de sus habitantes iban a buscar trabajo fuera. En la isla no había nada que pudiera llamarse industria; la agricultura se limitaba al cultivo del olivo y de algunos árboles frutales. Aparte, contaban con la pesca y la recogida de esponjas. A principios del siglo XX, muchos habitantes de la isla habían emigrado a América. La mayoría vivía en Florida, ya que allí podían explotar su ex­periencia en la pesca y la recogida de esponjas. Al parecer había en Florida una pequeña ciudad que se llamaba igual que la isla.

En la parte alta hay unas instalaciones militares de radar. Cerca del puerto civil se encuentra otro puerto pequeño de donde entran y salen las lanchas de la patrulla costera. La frontera con Turquía está cerca y vigilan la entrada ilegal de inmigrantes y el contrabando. Ésa es la razón de que se vean soldados en la ciudad. Si se produjera algún conflicto con Turquía (de hecho abundan las escaramuzas), la entrada y salida de barcos se intensificaría.

Antes de Cristo, en la época de esplendor de la civiliza­ción griega, la isla era un próspero enclave comercial. Se en­contraba en la ruta del comercio con Asia. En aquellos días, los árboles verdes cubrían las montañas de la isla y permi­tían el florecimiento de la construcción naval. Sin embargo, con la decadencia de la civilización griega, se talaron los bosques (posteriormente, la isla jamás recuperaría su fron­doso verdor) y la gloria de la isla también llegó a su ocaso. Después arribaron los turcos. Su dominio fue férreo, total. Cuando algo les desagradaba —eso decía la guía—, cortaban narices y orejas como quien poda los árboles. A finales del siglo XIX, tras una serie de sangrientas batallas contra el ejér­cito turco, la isla alcanzó finalmente la independencia y la bandera nacional griega, azul y blanca, volvió a ser izada en el puerto. Luego llegó el ejército de Hitler. Fueron ellos quienes instalaron el radar en la cumbre de la montaña para vigilar el mar. Porque desde allí se alcanzaba la mejor pano­rámica de los alrededores. Los bombarderos ingleses llega­ban desde Malta, sobrevolaban la zona con la intención de destruir el radar. Dejaron caer sus bombas. No sólo bom­bardearon la base, en la cumbre de la montaña, también bombardearon el puerto y hundieron inofensivos barcos pesqueros, con lo que murieron algunos pescadores. A consecuencia de los bombardeos murieron más griegos que ale­manes. Entre los lugareños aún se les guarda rencor por ello.

Como sucede con la mayoría de islas griegas, la exten­sión de terreno llano es escasa y la práctica totalidad de la superficie de la isla la ocupan escarpadas y abruptas monta­ñas. El único pueblo se encuentra en la costa sur, cerca del puerto. En la isla hay bellas y apacibles playas, aunque para llegar a ellas hay que descender por ásperos barrancos. Las playas de fácil acceso no tienen el menor encanto y ésta es, al parecer, la principal razón de que no aumente el número de turistas. Entre las montañas hay diseminados varios mo­nasterios ortodoxos, pero los monjes viven recogidos si­guiendo unos preceptos muy estrictos y las visitas de los cu­riosos no están permitidas.

Al menos por lo que pude leer en la guía, aquélla era una isla pequeña más, sin ninguna particularidad. Sin em­bargo, por una razón u otra, los ingleses le encontraban un atractivo especial (los ingleses son algo excéntricos) y, con no poco entusiasmo, habían fundado una colonia de villas de verano en una meseta cercana al puerto. Por lo visto, en la segunda mitad de los sesenta, algunos escritores ingleses habían residido allí y habían escrito novelas contemplando el mar azul, las nubes blancas. Algunas de estas obras habían sido aclamadas por la crítica y, gracias a ello, la isla ha­bía cobrado entre los círculos literarios ingleses cierta aureo­la de romanticismo. Con respecto a esta brillante faceta cul­tural de su propia isla, los griegos que la habitaban no mostraban, sin embargo, un gran interés.

Leí todo esto para distraer el hambre. Cerré el libro y eché otra ojeada a los alrededores. Los viejos sentados en el café contemplaban el mar sin cansarse, como si estuvieran sometiéndose a unas largas pruebas de la vista. Ya casi eran las ocho y, en mi estómago, el vacío se había convertido en dolor. De algún lugar me llegaba un olor a carne asada, a pes­cado a la parrilla, que me retorcía las entrañas como si de un jovial torturador se tratase. Sin poder resistirlo más me levanté de la silla. Y, cuando ya me disponía a agarrar mi bolsa con la intención de salir en busca de un restaurante, una mujer apareció en silencio ante mí.

El sol, que finalmente se ponía, daba de frente a una mujer que descendía a paso rápido las escaleras de piedra haciendo ondear ligeramente una falda blanca que le llega­ba hasta las rodillas. Piernas juveniles que acababan en unas pequeñas zapatillas de tenis. Blusa verde pálido sin mangas, sombrero de ala estrecha, un pequeño bolso de tela al hom­bro. Su manera de andar era tan natural, tan cotidiana, tan integrada en el paisaje circundante que, al principio, pensé que era una lugareña. Pero la mujer encaminó sus pasos di­rectamente hacia mí y, al acercarse, vi que sus rasgos eran orientales. Me senté casi en un acto reflejo y me levanté de nuevo. La mujer se quitó las gafas de sol y dijo mi nombre.

—Siento mucho llegar tan tarde —se disculpó—. Es que he ido a la policía y el papeleo no acababa nunca. Además, ni se me había pasado por la cabeza que llegaras hoy mis­mo. Como muy pronto te esperaba mañana al mediodía.

—He tenido suerte con los enlaces —repuse—. ¿La po­licía?

Myú me dirigió una mirada directa y esbozó una son­risa.

—Si te parece bien, podemos hablar mientras comemos algo por aquí. No he tomado nada desde el desayuno. ¿Y tú? ¿Tienes hambre?

Mucha —le dije.

Me condujo hasta una taberna que había detrás del puer­to. Junto a la entrada había una enorme parrilla donde se veían pescado y marisco frescos asándose en las brasas. Me preguntó si me gustaba el pescado. Le respondí que sí. Myú hizo el pedido al camarero chapurreando en griego. Prime­ro nos trajeron una jarra de vino blanco, pan y aceitunas. Uno y otro nos servimos vino blanco en las copas y nos lo bebimos sin formalidades ni brindis. Para calmar la ago­nía del hambre me embutí en la boca un pedazo del tosco pan del lugar y unas aceitunas.

Myú era hermosa. La primera impresión que recibí fue este hecho simple y manifiesto. No, en realidad, quizá no fuera ni tan simple ni tan manifiesto. Quizás estuviera co­metiendo un estúpido error. Quizás yo, por algunas cir­cunstancias, había sido absorbido dentro de un sueño ajeno que no admitía cambio alguno. Si lo pienso ahora, creo que no puedo descartar por completo esa posibilidad. Lo único que sí puedo asegurar es que, en aquel momento, me pare­ció hermosa.

Myú llevaba varios anillos en sus finos dedos. Uno de ellos era una sencilla alianza de oro. Mientras registraba ve­lozmente en mi cabeza la primera impresión que me había causado, Myú me miraba de frente con los ojos serenos lle­vándose de vez en cuando la copa de vino a los labios.

—Es como si ya te conociera —dijo Myú—. Tal vez por­que he oído hablar tanto de ti.

—Sumire también me ha hablado mucho de ti —comenté.

Myú esbozó una sonrisa. Cuando sonreía, sólo enton­ces, unas seductoras arrugas se le formaban junto al rabillo del ojo.

—Entonces no es necesario que nos presentemos. Asentí.

Lo que más me gustó de Myú fue que no intentaba ocul­tar su edad. Según Sumire, tenía treinta y ocho o treinta y nueve años. Y, en realidad, aparentaba los años que tenía. Su piel era preciosa, su figura esbelta, las carnes prietas. Con el maquillaje adecuado, aparentaría estar en la segunda mi­tad de la veintena. Pero ella no hacía el esfuerzo. Myú de­jaba que su edad aflorara con naturalidad y parecía aceptar­lo muy bien.

Se llevó una aceituna a los labios, tomó el hueso y, como un poeta poniendo un signo de puntuación, lo tiró con gran elegancia dentro del cenicero.

—Siento mucho haberte llamado de ese modo, a esas horas de la madrugada —dijo Myú—. Hubiera querido expli­cártelo mejor, pero estaba muy conmocionada, no sabía por dónde empezar. Todavía no me he repuesto, pero como mí­nimo estoy más tranquila.

—¿Pero qué diablos ha sucedido? —pregunté.

Sobre la mesa, Myú cruzó los dedos de ambas manos, los descruzó, volvió a cruzarlos.

—Sumire ha desaparecido.

¿Desaparecido?

—Como el humo —dijo Myú. Y tomó un pequeño sor­bo de vino. Prosiguió—. Es una larga historia. Será mejor que te la cuente por orden, desde el principio. Si no, se te escaparán los matices. La historia en sí es muy delicada. Pero comamos antes. No es cuestión de minutos y, con el estómago vacío, el cerebro no funciona. Además aquí hay demasiado bullicio para hablar.

El restaurante estaba lleno de lugareños que gesticula­ban y hablaban a gritos. Para poder oírnos, sin tener que chillar, Myú y yo tuvimos que inclinarnos por encima de la mesa y juntar las cabezas. Nos sirvieron una gran fuente de ensalada griega y una buena cantidad de pescado blanco a la parrilla. Ella sazonó el pescado, exprimió el zumo de me­dio limón por encima y lo regó con aceite de oliva. Yo la imité. Nos concentramos en la comida. Tal como había su­gerido, lo que teníamos que hacer de momento era calmar el hambre.

¿Cuánto tiempo puedes quedarte? —me preguntó.

—Dentro de una semana empieza el curso. Tengo que es­tar de vuelta para entonces —respondí—. Si no, puedo tener problemas.

Myú hizo un gesto maquinal de asentimiento. Apretó los labios. Parecía estar calculando algo. No dijo: «No te preocupes. Podrás volver a tiempo», y tampoco: «No sé si todo se solucionará tan rápido». Se formó un juicio, sacó sus propias conclusiones, se las reservó para sí misma y si­guió comiendo en silencio.

Tras la cena, mientras tomábamos el café, Myú abordó el tema del importe del billete de avión. Me preguntó si po­día devolvérmelo en cheques de viaje, en dólares. O si pre­fería que hiciera una transferencia en yenes a mi cuenta bancaria en cuanto regresara a Tokio. Qué me parecía me­jor. Le respondí que no iba mal de dinero y que el billete podía pagármelo yo. Myú insistió. Era ella quien me había pedido que viniera.

Negué con un movimiento de cabeza.

—No es por guardar las formas. Sólo quiero decir que posiblemente, más adelante, hubiese venido por iniciativa propia. A esto me refiero.

Tras reflexionar unos instantes, Myú asintió.

—Te estoy muy agradecida de que hayas venido. No pue­do decirte cuánto.

Salimos del restaurante. Caía sobre los alrededores un crepúsculo tan brillante como si lo hubiesen pintado. Un azul que parecía que, si respirabas hondo, los pulmones fueran a quedarse teñidos del mismo color. En el cielo empezaban a vislumbrarse, pequeñas y brillantes, las estrellas. Des­pués de la cena, los lugareños irrumpían fuera de sus casas como si aguardaran impacientes la tardía puesta de sol, sa­lían a pasear por las cercanías del puerto. Había familias, parejas, pandillas de amigos. El dulce olor a mar del ocaso inundaba las calles. Myú y yo cruzamos la ciudad a pie. A la derecha, en el paseo, había tiendas, un pequeño hotel, un restaurante con terraza. Detrás de una pequeña ventana con persianas de madera brillaba acogedora una luz amarilla, so­naba música griega por la radio. A la izquierda del paseo se extendía el mar, las olas negras de la noche rompían con placidez contra el muelle.

—Ahora tendremos que subir una cuesta —dijo Myú—. Podemos ir por escaleras empinadas o por una cuesta sua­ve. Por las escaleras llegaremos antes. ¿Te importa?

—No —respondí.

Subimos unas estrechas escaleras de piedra que reseguían la pendiente de la colina. Eran largas y empinadas, pero los pies de Myú, enfundados en zapatillas de tenis, seguían el ritmo sin dar muestras de cansancio. Ante mis ojos, los ba­jos de su falda se mecían dulcemente de izquierda a dere­cha, sus pantorrillas bien torneadas, bronceadas por el sol, brillaban a la luz de una luna casi llena. Fui el primero en perder el aliento. De vez en cuando tenía que detenerme y respirar hondo. A medida que ascendíamos, las luces del puerto se veían más pequeñas, lejanas. Las actividades de toda la gente que me rodeaba hasta hacía un instante ha­bían estado succionadas por esta sucesión de luces anónimas. Era una vista impresionante, digna de ser recortada con ti­jeras y clavarla con alfileres en la pared de los recuerdos.

La casa donde vivían Sumire y Myú era una pequeña vi­lla con una terraza que daba al mar. De paredes blancas, te­jas rojas y puerta pintada de color verde oliva. En el muro bajo que la rodeaba florecía una profusión de buganvillas rojas. Abrió la puerta, que no tenía echada la llave, y me in­vitó a pasar. Dentro de la casa reinaba un agradable frescor. Había una sala de estar, un comedor no muy grande y una cocina. En las blancas paredes estucadas colgaban, aquí y allá, pinturas abstractas. En la sala de estar había un tresillo, una librería, un aparato estéreo de música para reproducir discos compactos. Había dos dormitorios y un pulcro, aun que no muy amplio, cuarto de baño de paredes recubiertas de azulejos. Los muebles eran poco aparentes, pero tenían una calidez natural.

Myú se quitó el sombrero, se descolgó el bolso del hom­bro, lo dejó en el mármol de la cocina. Me preguntó si que­ría tomar algo o si prefería ducharme primero. Opté por la ducha. Me lavé el pelo, me afeité con cuchilla. Me sequé el pelo con secador, me puse una camiseta y unos pantalones cortos limpios. Entonces me sentí algo mejor. En la repisa del espejo del cuarto de baño había dos cepillos de dientes. Uno con el mango azul, el otro rojo. ¿Cuál de los dos per­tenecía a Sumire?

Volví a la sala de estar. Myú estaba sentada en una bu­taca con una copa de brandy en la mano. Me ofreció una, pero me apetecía una cerveza fría. Yo mismo me dirigí a la nevera, saqué una Amstel, me la serví en un vaso largo. Hundida en la butaca, Myú guardaba un largo silencio. Más que buscando las palabras adecuadas, parecía estar sumergi­da en sus propios recuerdos, sin principio ni fin.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —me aventuré a preguntar. —Hoy ha hecho ocho días —dijo Myú tras reflexionar un instante.

—¿Y Sumire ha desaparecido?

—Sí. Como el humo, tal como te he dicho antes. —¿Cuándo?

—El cuarto día por la noche. —Y barrió la habitación con la mirada como si quisiera hallar en ella la clave. Lue­go prosiguió—: No sé por dónde empezar.

—Sumire me contó por carta hasta el momento en que fuisteis de Milán a París y os dirigisteis a Borgoña en tren. Y cómo, una vez allí, os alojasteis en una gran villa, como un palacio, de un amigo tuyo.

Entonces empezaré por ahí —dijo Myú.

 

 

 

 

8

 

—Soy, desde hace tiempo, amiga de los viticultores de aquellos pueblos y conozco el vino que producen tan bien como mi propia casa. Qué vino da cada una de las terrazas de cada viñedo. Qué influencia tiene el clima del año en su sabor. Quién hace un buen trabajo, el hijo de quién ayuda a su padre con ahínco. Quién tiene deudas, a cuánto as­cienden. Quién se ha comprado un Citróen nuevo. Incluso esto. El vino es como un caballo purasangre. Hay que co­nocer el linaje y toda la información nueva. No puedes basar tu negocio sólo en si el vino sabe o no sabe bien. –Aquí, Myû se interrumpió para recobrar el aliento. Parecía dudar entre proseguir o no. Sin embargo, continuó–. Tengo varios puntos de abastecimiento en Europa, pero los princi­pales son estos pueblos de Borgoña. Así que intento ir allí una vez al año a pasar una temporada. Reavivar viejas amis­tades, recabar nueva información. Suelo ir sola, pero esta vez tenía que pasar primero por Italia y, como viajar sin compañía durante tanto tiempo es muy pesado y Sumire es­tudia italiano, decidí llevármela conmigo. Tenía intención de hacer que regresara con alguna excusa antes de partir para Francia. Desde joven estoy acostumbrada a viajar sola y, por bien que te lleves con alguien, estar juntos de la ma­ñana a la noche se hace bastante dificil.

»Pero Sumire resultó ser mucho más competente de lo que suponía. Se encargaba de un montón de pequeños asuntos. De comprar los billetes, reservar habitación en los hoteles, negociar el precio, llevar las cuentas, encontrar bue nos restaurantes, ese tipo de cosas. Había aprendido mucho italiano y, sobre todo, estaba llena de una curiosidad innata hacia el mundo. Me hizo experimentar cosas que yo ja­más había experimentado yendo sola. Me sorprendió lo pla­centero que podía ser estar con alguien. Quizá sea porque entre Sumire y yo hay un vínculo afectivo muy especial.

»Luego nos dijo que tenía una pequeña villa en una isla de Grecia y nos invitó a utilizarla. Cada verano pasa allí un mes, pero este año tenía trabajo y no podía ir. Una casa, si no se usa, trae problemas, los caseros a veces no prestan la debida atención a su trabajo. Así que, si no teníamos in­conveniente, nos dijo que quería que fuéramos. Así surgió lo de la casa.

Myû repasó la habitación con la mirada.

»Recuerdo muy bien la primera vez que nos vimos, ha­blamos del Sputnik. Ella se refería a los escritores beatnik y yo los confundí con el Sputnik. Nos reímos y la tensión propia del primer encuentro desapareció. ¿Sabes qué signi­fica sputnik en ruso? En inglés sería travelling companion. Compañero de viaje. El otro día, buscando una palabra en el diccionario, lo encontré por casualidad. Bien pensado, es una extraña coincidencia. ¿Por qué pondrían los rusos un nombre tan raro a un satélite artificial? No era más que un in­feliz trozo de metal que daba una vuelta tras otra, comple­tamente solo, alrededor de la tierra.

En este punto, Myû se interrumpió, estuvo reflexionan­do unos instantes.

»Por eso decidí llevármela a Borgoña. Yo reavivaba viejas amistades y cerraba algunos tratos, y Sumire, que no habla francés, recorría los alrededores en un coche alquilado. En un pueblo conoció por casualidad a una rica anciana españo­la y se hicieron amigas charlando en español. Esa señora le presentó a un caballero inglés que se alojaba en el mismo hotel. Un señor de más de cincuenta años, guapo, refinado, que estaba escribiendo algo. Creo que era homosexual. Siempre iba acompañado de un secretario que, al parecer, era su amante. A mí también me lo presentaron. Comimos juntos. Un señor muy agradable. Hablando, descubrimos que teníamos conocidos comunes. Y fuimos congeniando más y más.

»De estudiante estuve una vez en Grecia. Fue uno de esos viajes relámpago, un crucero nos llevó de una isla a otra, pero, aun así, el país me fascinó. Poder disfrutar de una casa en una isla griega por tiempo indefinido me pare­ció una oferta tentadora. También a Sumire le apetecía el viaje, por supuesto. Me ofrecí a pagar un alquiler por la vi­lla, pero él se negó categóricamente, dijo que no se dedica­ba al negocio inmobiliario. Tras varios tiras y afloja, acorda­mos que, como muestra de agradecimiento, le enviaría una caja de vino tinto a su casa de Londres.

»La vida en la isla parecía un sueño. Por primera vez desde hacía tiempo disfrutaba de unas auténticas vacacio­nes, sin obligación alguna. Ya has visto cómo son las co­municaciones en la isla, así que no podía utilizar ni teléfo­no ni fax ni internet. Retrasar mi vuelta a Japón tal vez oca­sionaría molestias a algunas personas en Tokio, pero en cuanto llegué aquí eso dejó de importarme.

»Por la mañana nos levantábamos temprano, metíamos en la bolsa las toallas, una botella de agua y la crema solar e íbamos andando hasta una playa que queda al otro lado de la montaña. Una playa tan hermosa que quita el aliento. La arena es de una blancura inmaculada y apenas hay olas. Como cuesta un poco acceder a ella, son pocas las personas que la visitan, especialmente por la mañana. Allí, hombres y mujeres se bañan desnudos, sin ningún pudor. También nosotras lo hicimos. Bañarse por la mañana en un mar de un azul purísimo y tan desnudo como viniste al mundo es una sensación maravillosa, incomparable. Como si hubieras accedido a otro mundo.

»Cuando nos cansábamos de nadar, nos tumbábamos en la arena a tomar el sol. Al principio nos cohibía mos­trarnos desnudas, pero pronto dejó de importarnos. Debía de ser, sin duda, la magia del lugar. Nos untábamos la es­palda la una a la otra con la crema solar y, tumbadas bajo el sol, leíamos, echábamos una cabezada, charlábamos de esto y aquello. Me sorprendía lo placentera que puede ser la libertad.

»Volvíamos a casa cruzando la montaña, nos duchába­mos, tomábamos un almuerzo ligero y, después, bajábamos juntas las escaleras y entrábamos en la ciudad. En el café del puerto tomábamos un té y leíamos un periódico en in­glés. Comprábamos comida en las tiendas, volvíamos a casa y, luego, cada una pasaba la tarde a su aire: leyendo en la terraza, escuchando música en la sala de estar. Por lo visto, Sumire escribía a veces en su habitación. La oía encender el ordenador portátil y teclear. Al atardecer bajábamos al puer­to a ver cómo llegaba el ferry. Y tomábamos un refresco mientras mirábamos, sin cansarnos, cómo desembarcaban los pasajeros.

»”Me encuentro en los confines del mundo, tranquila­mente sentada sin que nadie repare en mí.” Ésta era la sen­sación que tenía. “Aquí sólo estamos Sumire y yo. No es preciso que piense en nada más. No quiero moverme de aquí”, pensaba. “No quiero ir a ninguna parte. Quiero que­darme aquí para siempre.” Sabía, por supuesto, que era im­posible. La vida que llevábamos era sólo una ilusión pasaje­ra. En un momento u otro nos atraparía la realidad. Y de­beríamos regresar a nuestro mundo. Pero al menos hasta entonces quería disfrutar al máximo de aquellos días sin pensar demasiado. En realidad, lo único que yo deseaba era disfrutar puramente de mi vida aquí. Por supuesto, hasta hace cuatro días.

El cuarto día por la mañana, las dos se dirigieron a la playa como de costumbre, se bañaron desnudas, volvieron a casa y salieron de inmediato hacia el puerto. El camarero del café se acordaba de ellas (y de la generosa propina que Myû le daba siempre), las saludó amablemente. Les dirigió incluso algunos piropos. Sumire compró en el quiosco un periódico en inglés impreso en Atenas. Era la única fuente de información que ligaba a ambas al mundo. Leer el pe­riódico era función de Sumire. Miraba la cotización de la moneda y le leía a Myû, traduciéndoselos al japonés, los ar­tículos importantes o de algún interés.

El artículo que Sumire eligió aquel día hablaba de una anciana de setenta años que había sido devorada por sus ga­tos. Había sucedido en una pequeña ciudad, en el extrarra­dio de Atenas. La mujer había perdido a su esposo once años atrás y, desde entonces, vivía tranquilamente en un piso de dos habitaciones acompañada de sus gatos. Un día tuvo un infarto, se derrumbó sobre el sofá y allí murió. Aún no se sabía el tiempo transcurrido entre el ataque y el falle­cimiento. En cualquier caso, su alma, pasando por los de­bidos estadios, había abandonado definitivamente el cuerpo que había sido su morada durante setenta años. Como la fallecida no tenía parientes o conocidos que la visitasen con regularidad, tardaron en torno a una semana en descubrir el cadáver. La puerta estaba cerrada, las ventanas enrejadas. Muerta la dueña, los gatos quedaron atrapados. En el piso no había comida. Tal vez la hubiera dentro del refrigerador, pero los gatos no tenían la destreza necesaria para abrir la puerta. Cuando no pudieron resistir más el hambre, devo­raron la carne de su dueña muerta. Sumire leyó el artículo, párrafo a párrafo, bebiendo a sorbos el café que les habían servido en una tacita. Se acer­caron unas pequeñas abejas y empezaron a libar con afán la mermelada de fresa vertida por un cliente anterior. Myû es­cuchaba con atención lo que leía Sumire y contemplaba el mar a través de sus gafas de sol.

—¿Qué sucedió después? —preguntó Myû.

—Eso es todo —dijo Sumire. Dobló el periódico, de for­mato reducido, y lo dejó sobre la mesa—. El periódico no dice nada más.

—¿Y qué les habrá pasado a los gatos?

—Vete a saber. —Sumire torció la boca—. Los periódicos son iguales en todas partes. Jamás dicen lo que a uno real­mente le interesa.

Como si hubiesen percibido algo, las abejas alzaron el vuelo al unísono y estuvieron revoloteando unos instantes entre ceremoniosos zumbidos, aunque pronto se posaran de nuevo sobre la mesa. Y volvieron a libar la mermelada con la misma avidez.

—¿Qué habrá sido de los gatos? —dijo Sumire. Se alisó de un tirón las arrugas del cuello de su camiseta, que le iba demasiado grande. Vestía camiseta y pantalones cortos, aun­que debajo, Myû lo había descubierto por casualidad, no llevaba ropa interior de ninguna clase.

—Quizá los hayan matado pensando que unos gatos que han probado la carne humana pueden, si se los deja sueltos, convertirse en gatos antropófagos. O, por el contrario, tal vez los hayan absuelto sentenciando: «¡Vosotros también habéis pasado la vuestra!».

—Si fueras el alcalde o el jefe de policía de la ciudad, ¿qué harías?

Sumire reflexionó durante unos instantes.

—¿Qué te parecería meterlos en un reformatorio, con­vertirlos en vegetarianos?

—No es mala idea —dijo Myû riendo. Luego se quitó las gafas de sol y miró hacia Sumire—. Esta historia me ha re­cordado mi primera lección de catolicismo, la que me dieron cuando entré en el instituto. Quizás ya te lo he conta­do, pero durante seis años fui a una estricta escuela católica femenina. Hasta primaria estudié en una escuela pública, pero después entré allí. Tras la ceremonia de la inaugura­ción del curso, una monja anciana, muy distinguida, con­vocó a las nuevas alumnas en la sala de actos y nos habló de la moral católica. Era una monja francesa, pero domina­ba el japonés. Supongo que nos contaría diversas historias, pero la única que recuerdo es la del naufragio en una isla desierta con un gato.

—Parece interesante —dijo Sumire.

—Tu barco naufraga, vas a la deriva hasta ser arrojado a una isla desierta. En el bote sólo vais tú y un gato. A conse­cuencia del naufragio, llegas a la isla, pero es un islote ro­coso, deshabitado, donde no hay nada que comer. Tampo­co hay agua. En el bote llevas biscotes y agua suficientes para una persona durante diez días. La historia iba más o menos así.

»Entonces la monja escrutó la sala con la mirada y nos dijo en un tono de voz fuerte y penetrante: “Cerrad los ojos e imagináoslo. Habéis sido arrojadas junto con un gato a una isla desierta. Una isla perdida en alta mar. Las probabilidades de que os rescaten antes de diez días son remotas. Cuando se os acaben la comida y el agua, moriréis. ¿Qué haríais voso­tras? ¿Compartiríais el infortunio con el gato, os repartiríais con él la escasa comida?”. En este punto, la monja calló y volvió a escrutar con la mirada nuestros rostros. Luego prosiguió: “No, esto es un error. ¿Lo entendéis? No debéis compartir vuestra comida con un gato. Vosotras sois seres sagrados, elegidos por Dios, un gato no. De modo que el pan debéis coméros­lo vosotras solas”, dijo la monja con expresión solemne.

»Al principio creí que se trataba de una broma. Que a continuación vendría una salida ingeniosa. Pero no hubo chiste. La historia derivó hacia el tema de la dignidad y los valores humanos. Yo me quedé atrás, no sé por qué. Es que, verás, ¿qué necesidad tenía de contar aquella historia? ¿Justamente a unas niñas que acababan de ingresar en la escue­la? ¿El mismo día de la inauguración del nuevo curso? Aún hoy sigo sin comprenderlo.

Sumire reflexionó sobre ello.

—¿O sea que estaría bien que uno acabara comiéndose incluso al gato?

—Pues no lo sé. Hasta ahí no llegó.

—¿Eres católica?

Myû negó con la cabeza.

—No. Me hicieron ir a esa escuela porque quedaba por casualidad cerca de casa. Sólo por eso. Además, el uniforme era muy bonito. Yo era la única extranjera de toda la es­cuela.

—¿Tuviste alguna mala experiencia?

—¿Por ser coreana?

—Sí.

Myû volvió a negar con la cabeza.

—La escuela era muy liberal. Las reglas eran muy estric­tas y había alguna monja tozuda, pero en general la atmós­fera era progresista, no fui víctima de ningún tipo de discri­minación. Hice buenas amigas, me divertí mucho mientras estudiaba en el colegio. Ciertamente, he tenido algunas ex­periencias desagradables, pero ha sido después, al integrar­me en la sociedad. Claro que, en realidad, no creo que exis­ta nadie que no haya vivido, por un motivo u otro, alguna experiencia desagradable cuando se ha integrado en la so­ciedad.

—He oído que en Corea se comen los gatos. ¿Es cierto?

—Yo también lo he oído, pero no conozco a nadie que se haya comido uno.

A primera hora de la tarde no se veía un alma en la pla­za. Era el momento más caluroso del día. Los habitantes de la ciudad se encerraban en el frescor de sus casas y, la ma­yoría, disfrutaban de una siesta. A los únicos a quienes se les antojaba salir era a algunos extranjeros. En la plaza se er­guía la estatua de un héroe. Se sublevó contra el ejército turco que ocupaba la isla al mismo tiempo que en la pe­nínsula griega se producía una revuelta, pero fue capturado y condenado a morir por empalamiento. Los turcos hin­caron una afiladísima estaca en la plaza del puerto, desnuda­ron al infeliz héroe y allí lo clavaron. Con el peso del cuer­po, la estaca fue introduciéndose despacio, avanzando des­de el ano hasta la boca, pero el héroe tardó mucho tiempo en expirar. Al parecer, la estatua se erguía en el mismo lugar donde habían hincado la estaca. En la época en que fue le­vantada, debió de haber sido una grandiosa y gallarda esta­tua de bronce; la brisa marina, el polvo y los excrementos de las gaviotas, el inevitable desgaste del paso del tiempo, habían hecho que ahora apenas se le distinguieran las fac­ciones. Los habitantes de la isla casi ni prestaban atención a la mísera estatua, y a ella, por su parte, poco parecía impor­tarle ya adónde fuera a parar el mundo.

—Hablando de gatos, guardo un recuerdo algo extraño —dijo Sumire como si se acordara de repente—. Cuando es­taba en segundo de primaria, tenía un precioso gatito trico­lor de unos seis meses. Una tarde, mientras yo estaba le­yendo en el porche, empezó a pegar brincos, terriblemente excitado, al pie de un gran pino que crecía en el jardín. Los gatos suelen hacerlo, ¿verdad? Aunque no pase nada. Bu­fan, arquean el lomo, erizan el pelo, se ponen en posición de ataque con el rabo tieso.

»El gato estaba tan excitado que ni se daba cuenta de que yo lo estaba mirando desde el porche. Era una escena tan extraña que dejé el libro y me lo quedé observando. Pa­recía que quisiera proseguir eternamente aquel juego solita­rio. De hecho, conforme pasaba el tiempo, más en serio pa­recía tomárselo. Como si estuviera poseído. —Sumire se be­bió el vaso de agua y se rascó la oreja—. Cuanto más lo miraba, más miedo me entraba. Se me ocurrió que, tal vez, el gato estuviera viendo algo que yo no podía ver, que eso era lo que lo agitaba de aquel modo. Poco después empezó a dar vueltas alrededor del árbol. Con una energía inusita­da, como el tigre que se convierte en mantequilla del cuen­to ilustrado. Tras seguir así durante un tiempo, empezó a trepar por el tronco del árbol. Vi su carita atisbando entre las ramas, allá arriba. Desde el porche, lo llamé en voz alta. Pero no pareció oírme.

»Pronto anocheció y empezó a soplar el viento frío de finales de otoño. Sentada en el porche, esperaba a que ba­jase del árbol. Era un gatito muy sociable y pensé que, si yo permanecía allí, él bajaría enseguida. Pero no lo hizo. Tam­poco lo oí maullar. Oscurecía deprisa. Me entró miedo y fui a avisar dentro de casa. Todos me dijeron: “¡Déjalo! ¡Ba­jará pronto!”. Pero el gato jamás volvió.

—¿No volvió? —preguntó Myû.

—No. El gato desapareció. Como el humo. Todos me dije­ron que, durante la noche, habría bajado del árbol y se ha­bría ido a jugar a alguna parte. Que los gatos, cuando se excitan, suben a lugares altos, pero que, una vez arriba, cuando miran hacia abajo, les entra miedo y ya no pueden bajar. Que pasa a menudo. Pero que si mi gatito aún estu­viera arriba, maullaría desesperado para avisarnos de que se encontraba allí. Eso me dijeron. Pero yo no me lo creí. Pen­saba que el gato debía de estar aferrado a una rama, tan ate­rrorizado que ni le salía la voz. Por eso, cuando volvía de la escuela, me sentaba en el porche, alzaba la mirada hacia el pino y lo llamaba de vez en cuando en voz alta. Pero nun­ca respondió. Una semana después desistí. Quería a mi gatito y me entristeció mucho lo sucedido. Cada vez que miraba el pino me imaginaba al infeliz gatito aferrado aún a las ramas altas, rígido, muerto. Mi gatito no había ido a ninguna parte, sino que había ido languideciendo allí arri­ba, hambriento y reseco.

Sumire alzó los ojos y miró a Myû.

—Desde aquel día, jamás he tenido otro gato. Me siguen gustando. Pero entonces decidí que aquel pobre gatito que había subido al árbol y que no había regresado jamás sería mi único gato. Olvidarlo y querer a otro era algo que yo no podía hacer.

—Ésta es la conversación que mantuvimos aquella tarde en el café del puerto —dijo Myû—. Entonces pensé que no eran más que recuerdos inocuos, pero, al pensar en ello lue­go, me dio la impresión de que todo tenía un significado. O tal vez sean sólo imaginaciones mías.

Myû miró por la ventana, ofreciéndome su perfil. El viento que llegaba del mar hacía ondear las cortinas frunci­das. Mientras ella miraba hacia la oscuridad, el silencio de la habitación pareció intensificarse un grado más.

—¿Puedo hacerte una pregunta? Siento desviarme del tema, pero hay algo que me preocupa desde hace rato —dije—. Has dicho que Sumire ha desaparecido, que se ha desvanecido como el humo. Hace cuatro días. Y que luego has ido a la policía, ¿es así? —Myû asintió—. Pero tú me has llamado a mí en vez de ponerte en contacto con su familia. ¿Por qué?

—No hay ninguna pista sobre lo sucedido. He estado dudando sobre si era mejor llamar a sus padres y preocu­parlos antes de aclarar los hechos. Me lo he pensado mu­cho, pero he decidido esperar un poco más y ver cómo va todo.

Imaginé al guapo y sereno padre de Sumire tomando el ferry y llegando a la isla. ¿Lo acompañaría también, acon­gojada, su madrastra? De suceder tal cosa, la situación se complicaría, sin duda. Claro que, a mi parecer, ya era bas­tante complicada. No era fácil que un extranjero desapare­ciera y nadie lo hubiera visto durante cuatro días en una isla tan pequeña.

—¿Y cómo es que me has llamado a mí?

Myû volvió a cruzar sus piernas desnudas y tiró de los bajos de su falda sujetándolos con dos dedos.

—Eras la única persona a quien podía pedirle ayuda.

—¿Pese a no habernos visto nunca?

—Sumire confiaba en ti más que en nadie. Decía que tú, se tratara de lo que se tratase, eras capaz de ver las cosas en toda su complejidad.

—No creo que haya mucha gente que comparta su opi­nión —repliqué.

Myû entrecerró los ojos y sonrió, de tal forma que se le dibujaron, como siempre, aquellas finas arrugas.

Me levanté, me acerqué a ella, tomé de su mano la copa vacía. Fui a la cocina, le serví Courvoisier en la copa, volví a la sala de estar, se lo ofrecí. Myû me dio las gracias, tomó el brandy. El tiempo pasaba y, de vez en cuando, las cortinas oscilaban en silencio. El viento traía el olor de otra tierra.

—Oye, ¿tú realmente quieres saber la verdad? —preguntó Myû. Su voz tenía un timbre seco, como si al fin hubiese tomado una determinación.

Levanté la cabeza y la miré. Entonces dije:

—Hay una sola cosa que puedo asegurarte. Y es que, si no quisiera saber la verdad, no habría venido.

Durante unos instantes, Myû se quedó mirando las corti­nas con ojos ciegos. Luego empezó a contar con voz pau­sada.

Sucedió la noche del día en que hablamos de los gatos en el café del puerto.

 

 

9

Después de intercambiar sus historias de gatos en el café del puerto, Myû y Sumire fueron a comprar comida y vol­vieron a la casa. Luego, cada una a su manera, dejaron pasar el tiempo hasta la hora de la cena. Sumire entró en su habi­tación, se dirigió a su ordenador portátil y empezó a escribir. Myû se sentó en un sofá de la sala de estar, cruzó las manos detrás de la cabeza, cerró los ojos y escuchó las baladas de Brahms ejecutadas por Julius Katchen. Era un viejo LP, pero la interpretación estaba cargada de una dulce emoción. Sin ser presuntuosa, era rica en matices.

—¿Te molesta la música? —preguntó Myû asomándose a la habitación. La puerta estaba abierta de par en par.

—Brahms no me molesta jamás —respondió Sumire vol­viéndose. Era la primera vez que Myû la veía escribiendo tan concentrada. En su rostro se reflejaba una tensión des­conocida. Mantenía la boca cerrada, como un animal al acecho, sus pupilas parecían haber cobrado profundidad.

—¿Qué estás escribiendo? —preguntó Myû—. ¿Una nueva novela «sputnik»?

Sumire relajó un poco la tensión en torno a su boca.

—Nada importante. Sólo estoy anotando algunas ideas que se me han ocurrido. Quizá puedan serme útiles más adelante.

Myû volvió al sofá, se sumergió en el pequeño mundo que trazaba la música en la luz de la tarde. Pensó en lo ma­ravilloso que sería interpretar a Brahms en toda su belleza. «En el pasado me costaba tocar las piezas pequeñas. Las baladas se me resistían especialmente. Jamás había sido capaz de penetrar en ese mundo de matices y suspiros fluctuantes. Ahora podría tocarlas mucho mejor.» Pero Myû lo sabía muy bien: «Jamás podré volver a tocar algo».

A las seis y media, prepararon juntas la cena en la coci­na y cenaron, una al lado de la otra, en la terraza. Sopa de besugo con hierbas aromáticas, ensalada y pan. Descorcha­ron una botella de vino blanco y, después de la cena, to­maron café. Un barco pesquero apareció desde detrás de la isla y penetró en el puerto trazando una breve estela blan­ca. Quizás en su hogar les estuviera aguardando, a los pes­cadores, una cena caliente.

—Por cierto, ¿cuándo nos iremos de aquí? —preguntó Su—mire mientras lavaban los platos en el fregadero.

—Me gustaría quedarme otra semana, sin hacer nada, pero más tiempo no puedo —contestó Myû mirando el ca­lendario que había en la pared—. Por mí, estaría así siempre, pero…

Y  por mí también, claro —dijo Sumire sonriendo alegre—. ¡Qué le vamos a hacer! Todas las cosas buenas se acaban un día u otro.

Se retiraron, como siempre, cada una a su cuarto antes de las diez. Myû se puso un camisón largo de algodón blan­co y se durmió apenas hundió la cabeza en la almohada. Poco después se despertó sacudida por los latidos de su co­razón. El despertador de viaje que había a la cabecera de la cama marcaba poco más de las doce y media de la noche. La habitación estaba sumida en las tinieblas. Reinaba un si­lencio absoluto. Pero ella sentía que allí cerca había alguien agazapado, conteniendo el aliento. Tiró de la colcha hasta cubrirse la barbilla y aguzó el oído. En el pecho, el corazón le repicaba con intensos latidos de advertencia. No oía nada.

Pero no se equivocaba. Allí había alguien. No era la conti­nuación de una pesadilla. Alargó la mano y, sin hacer mi­do, descorrió las cortinas unos centímetros. La luz pálida y acuosa de la luna penetró en la habitación. Moviendo úni­camente los ojos, Myû inspeccionó su cuarto.

Conforme sus ojos iban acostumbrándose a la oscuridad, algo de oscuros contornos fue emergiendo en un rincón. Cerca de la puerta, a la sombra del armario, donde las ti­nieblas se intensificaban aún más. Aquello era de escasa esta­tura, de formas redondas. Parecía una gran saca de correos olvidada. Quizá fuera un animal. ¿Un perro grande? Pero la puerta del recibidor tenía la llave echada y la de la habita­ción estaba cerrada. Un perro no habría sido capaz de entrar.

Myû siguió conteniendo el aliento mientras mantenía la vista fija en aquella cosa. Sentía la boca terriblemente seca. Le quedaba el ligero regusto del brandy que se había toma­do antes de acostarse. Alargó la mano y descorrió unos cen­tímetros más la cortina. La luz de la luna penetró un poco más en la habitación. Y Myû, como si fuera soltando los hi­los de una madeja, empezó a distinguir, una a una, las líneas del contorno de aquella masa negra. Parecía un cuerpo hu­mano. El pelo le caía sobre la frente y dos piernas delgadas estaban dobladas por la rodilla formando un ángulo agudo. Alguien estaba sentado en el suelo, hecho un ovillo, con la cabeza hundida entre las piernas. El cuerpo ligeramente en­cogido, como dispuesto a protegerse de algo que fuera a caer del cielo.

Era Sumire. Con el pijama azul de siempre, aovillada como un insecto, entre la puerta y el armario. No movía ni un músculo. Tampoco se la oía respirar.

Al identificarla, Myû lanzó un suspiro de alivio. Pero ¿qué diablos estaría haciendo ahí Sumire? Myû se incorpo­ró en silencio y encendió la lamparilla de noche. La luz amarilla iluminó sin recato toda la habitación. Pero Sumire no hizo movimiento alguno. Ni siquiera parecía darse cuen­ta de que la luz estuviera encendida.

—¿Qué te pasa? —la llamó Myû. Primero en voz baja, luego en voz más alta.

No hubo respuesta. La voz de Myû no parecía haber lle­gado a oídos de Sumire. Myû saltó de la cama, se le acercó. Bajo sus pies descalzos, la alfombra parecía más rugosa que nunca.

—¿Te encuentras mal? —le preguntó Myû a Sumire y se puso en cuclillas a su lado.

Como era de esperar, no hubo respuesta.

Entonces, Myû vio que Sumire llevaba algo en la boca. Era una toalla rosa que estaba siempre en el cuarto de baño. Myû intentó quitársela, pero no pudo. Sumire la mantenía fuertemente aferrada entre los dientes, tenía los ojos abier­tos, pero no veía. Myû desistió de estirar de la toalla y le puso una mano sobre el hombro. Se dio cuenta de que lle­vaba el pijama empapado.

—Es mejor que te quites el pijama —le dijo Myû—. Has sudado mucho y te resfriarás. Sumire parecía absorta. No oía nada, no veía nada. Myû decidió quitárselo. Si continuaba con el pijama puesto, que­daría aterida de frío. Era agosto, pero en las islas, por la no­che, a veces refresca. Las dos se bañaban cada día sin baña­dor, estaban acostumbradas a mostrarse desnudas la una a la otra. A Sumire no tenía por qué importarle que la des­nudara.

Myû, sosteniendo el cuerpo de Sumire, desabrochó los botones, le quitó la chaqueta despacio. Luego los pantalo­nes. Al principio, el cuerpo de Sumire estaba rígido, pero se fue relajando gradualmente hasta quedar desmadejado. Myû pudo quitarle la toalla de la boca. Estaba empapada en sali­va. En ella se apreciaba claramente la huella de los dientes de Sumire.

Debajo del pijama no llevaba bragas. Myû tomó una toalla que tenía cerca y empezó a secarle el sudor. La espal­da, los sobacos, le secó el pecho. Y el vientre. De la cintura a los muslos, someramente. Sumire la dejaba hacer, dócil.

Parecía seguir inconsciente, pero en el fondo de sus ojos se veía brillar, tenue, la luz de la percepción. Era la primera vez que Myû tocaba el cuerpo desnudo de Sumire. Su piel era tersa, suave como la de un niño pequeño. Al sostenerla, comprobó que su cuerpo era más pesado de lo que había supuesto, y olía a sudor. Mientras la secaba, Myû sintió cómo, dentro de su pecho, volvían a acelerársele los latidos del corazón. La boca se le llenó de saliva.

Bañado por la luz de la luna, el cuerpo desnudo de Su—mire relucía bello como una cerámica antigua. Los pechos eran pequeños, pero bien formados, los pezones prietos. El vello púbico, empapado en sudor, brillaba como la hierba cubierta de rocío. Aquel cuerpo inerte bañado por la luz de la luna era completamente distinto al que ella había visto en la playa bajo la abrasadora luz del sol. Era un torbellino donde se mezclaban algunos incómodos restos de la infan­cia con una madurez reciente, abierta con ímpetu por el paso del tiempo que dibujaba el sordo dolor de la existen­cia humana. Myû tuvo la impresión de estar curioseando secretos ajenos que no debían ser vistos. Evitaba, en lo po­sible, mirar aquella piel y la secaba en silencio reproducien­do en su mente una pequeña pieza de Bach que había aprendido en su infancia. Le secó el flequillo empapado que se adhería a la frente. Incluso por dentro, sus pequeñas orejas estaban mojadas de sudor.

Myû sintió cómo el brazo de Sumire la rodeaba en si­lencio. Su aliento se proyectaba contra su nuca.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Sumire no respondió. Pero aumentó la fuerza de su abra­zo. Myû la arrastró hasta la cama. La acostó y la cubrió con la colcha. Sumire se tendió y cerró los ojos.

Myû permaneció unos minutos contemplándola, pero Sumire no movió un músculo. Al parecer se había dormi­do. Myû fue a la cocina, bebió, uno tras otro, varios vasos de agua mineral. Se sentó en el sofá de la sala de estar e in­tentó serenarse inhalando lentas, profundas bocanadas de aire. Los latidos de su corazón se habían apaciguado, pero, a causa de la tensión soportada durante tanto rato, le dolía una parte de las costillas. Reinaba un silencio sofocante. No se oía una sola voz, ni el ladrido de un perro. Ni el vaivén de las olas, ni el viento. «¿Por qué habrá un silencio tan ab­soluto?», se extrañó Myû.

Fue al cuarto de baño, arrojó dentro del cesto de la ropa sucia el pijama empapado en sudor de Sumire, la toalla con la que la había secado y la que ella había aferrado con los dientes; después se lavó la cara con jabón. Contempló su rostro reflejado en el espejo. Al llegar a la isla había dejado de teñirse el pelo y éste aparecía inmaculado como la nieve recién caída.

Volvió a su habitación, Sumire tenía los ojos abiertos. Todavía parecían cubiertos por un velo opaco, pero habían recobrado la luz de la conciencia. Sumire permanecía acos­tada con la colcha hasta los hombros.

—Lo siento. Me ocurre a veces —se disculpó Sumire con voz ronca.

Myû se sentó en una esquina de la cama, sonrió, alargó la mano y le tocó el pelo. Aún lo tenía húmedo.

—Será mejor que te duches. Te sentirás más fresca. Has sudado mucho.

Sumire respondió:

—Gracias. Pero ahora prefiero quedarme así, sin moverme. Myû asintió, le dio una toalla limpia, sacó un pijama de su cajón y lo dejó junto a la almohada.

—Póntelo. Tú no tienes otro, ¿verdad?

—¿Puedo dormir aquí esta noche? —preguntó Sumire.

—Claro. Quédate en mi cama. Yo dormiré en la tuya.

Debe de estar empapada —dijo Sumire—. La colcha, todo. Además, no quiero estar sola. No me dejes sola. Por una noche, ¿no podrías dormir conmigo? Es que no quiero volver a tener esos sueños horribles.

Se lo pensó unos instantes, pero Myû accedió.

—Pero ponte el pijama. En una cama tan estrecha, me sentiría incómoda durmiendo junto a alguien desnudo.

Sumire se incorporó despacio y se destapó. Desnuda, de pie en el suelo, se puso el pijama de Myû. Se inclinó para ponerse los pantalones, luego se puso la chaqueta. Le costó abrocharse los botones. Parecía no tener fuerza en la punta de los dedos. Pero Myû la observaba sin prestarle ayuda. Mientras se iba abrochando los botones, parecía oficiar una especie de ceremonia religiosa. La luz de la luna confería una extraña dureza a sus pezones. «Aún debe de ser virgen», pensó Myû de repente.

Cuando terminó de ponerse el pijama de seda, volvió a tenderse en la cama y se corrió hacia un lado. También Myû se acostó, y percibió en el lecho un olor a sudor.

—Oye —dijo Sumire—, ¿puedo abrazarte?

—¿Quieres abrazarme?

—Sí.

Mientras Myû dudaba qué responder, Sumire alargó el brazo y le asió la mano. La palma de su mano aún seguía húmeda al tacto. Una mano cálida, suave. Después rodeó la espalda de Myû con ambos brazos. Los pechos de Sumire se apretaban un poco por encima del vientre de Myû. Entre los pechos de Myû reposaba la frente de Sumire. Ambas permanecieron bastante rato en esa posición. Poco después, Sumire empezó a temblar. Myû pensó que lloraba. Pero, al parecer, no podía derramar lágrimas. Rodeó los hombros de Sumire y la atrajo hacia sí. «Todavía es una niña», pensó Myû. «Sola y asustada, necesita a alguien que la conforte. Como aquel gatito aferrado a la rama del pino.»

Sumire se desplazó un poco más hacia arriba. Con la punta de la nariz rozó el cuello de Myû. Los pechos de am­bas se tocaron. Myû tragó saliva. La mano de Sumire vaga­ba por su espalda.

Me gustas —dijo Sumire en voz baja.

—Tú a mí también —dijo Myû. ¿Qué otra cosa podía de­cir? Era la verdad.

Luego, los dedos de Sumire empezaron a desabrochar los botones del camisón de Myû. Ella intentó frenarla. Pero Sumire no se detuvo.

—Sólo un poco —dijo—. Sólo un momento.

Myû no pudo resistirse. Los dedos de Sumire acaricia­ron sus pechos. Los dedos resiguieron la curva de sus pe­chos. La punta de la nariz de Sumire oscilaba de derecha a izquierda sobre la garganta de Myû. Sumire le tocó los pe­zones. Los acarició con delicadeza, los pellizcó. Al princi­pio tímidamente, luego con más fuerza.

Myû interrumpió el relato en este punto. Alzó el rostro y me miró a los ojos como si buscara algo. Sus mejillas ha­bían enrojecido levemente.

—Creo que es mejor que te lo explique. Hace tiempo me sucedió una cosa extraña y, a causa de ello, mi pelo se volvió completamente blanco. En una sola noche, no se sal­vó un solo cabello. Desde entonces me tiño el pelo de ne­gro. Pero Sumire ya sabía que me teñía y, al llegar a la isla, como me daba pereza, dejé de hacerlo. Aquí no me cono­cía nadie, qué más daba, pensé. Cuando supe que venías, volví a teñírmelo. No quería darte una impresión extraña en nuestro primer encuentro.

El tiempo transcurría a través del silencio.

—Yo no había tenido una sola experiencia homosexual, ni había pensado jamás que pudiera tener esa inclinación. Pero si Sumire lo deseaba, pensé que podía corresponderle. Al menos no me resultaba desagradable. Con Sumire, claro está. Por eso no la rechacé cuando me acarició o cuando me introdujo la lengua en la boca. Era una sensación extraña, pero intenté aceptarla. Y dejé que siguiera. A mí ella me gustaba mucho y quería verla feliz, por eso no me importa­ba que hiciera lo que hizo.

»Pero, aunque pensara eso, mi corazón y mi cuerpo son dos cosas distintas, ¿me entiendes? El hecho en sí de que Sumire me acariciara con tanto amor hacía que una parte de mí se sintiera incluso contenta. Pero por más que mi mente pensara de ese modo, mi cuerpo la rechazaba. No podía aceptarla. Yo sólo sentía excitados el corazón y la mente, el resto estaba seco y duro como una piedra. Es tris­te, pero yo no podía hacer nada. Como es natural, Sumire se dio cuenta. Su cuerpo ardía, estaba dulcemente húmedo. Pero yo era incapaz de corresponderle.

»Se lo expliqué. Que no la estaba rechazando. Que sim­plemente no podía hacerlo. Que después de que sucediera aquello, catorce años atrás, no había podido entregarme a nadie en este mundo. Que era algo que no dependía de mí, que se había decidido en otra parte. Le pregunté si había algo que pudiera hacer por ella. Es decir, con mis dedos, con mi boca. Pero no era eso lo que Sumire necesitaba. Y yo lo sabía.

»Me besó dulcemente en la frente y me dijo que lo sen­tía. Que era sólo que yo le gustaba. Que había dudado mu­cho, pero que no había podido evitarlo. “Tú también me gustas”, le dije. “Así que no te preocupes por nada. Sigo queriendo que estés a mi lado.”

»Luego, Sumire permaneció mucho rato con la cabeza hundida en la almohada, derramando las lágrimas conteni­das durante largo tiempo. Mientras tanto, yo le acariciaba la espalda desnuda. Desde el cuello a la cintura, sintiendo la forma de sus huesos, uno a uno, bajo las yemas de mis de­dos. También yo hubiese querido llorar. Pero no podía.

»Y entonces lo comprendí. Habíamos sido unas magní­ficas compañeras de viaje, pero, en definitiva, no éramos más que dos solitarios pedazos de metal trazando su propia órbita cada una. Desde lejos parecían bellos como estrellas fugaces. En realidad, sólo éramos prisioneras sin destino en­cerradas cada una en su propia cápsula. Cuando las órbitas de los dos satélites se cruzaban casualmente, nos encontrá­bamos. Quizá simpatizábamos. Pero sólo duraba un instan­te. Momentos después volvíamos a estar inmersas en la so­ledad más absoluta. Y algún día arderíamos y quedaríamos reducidas a nada.

»Sumire estuvo llorando un rato, luego se incorporó, recogió el pijama del suelo y se lo puso en silencio —expli­có Myû—. Me dijo que volvía a su habitación, que quería estar sola. Le dije que no pensara demasiado. Por la maña­na empezaría un nuevo día y todo volvería a ser como an­tes. “Claro”, repuso Sumire. Se inclinó y apretó su mejilla contra la mía. Su mejilla estaba húmeda y caliente. Tengo la impresión de que me susurró algo al oído. Pero me habló tan bajo que no la entendí. Iba a pedirle que me lo repitie­ra, pero ella ya me daba la espalda.

»Sumire se secó las lágrimas con una toalla y salió de la habitación. La puerta se cerró. Me arrebujé bajo el futón y cerré los ojos. Pensaba que, después de lo ocurrido, no po­dría conciliar el sueño, pero, extrañamente, me dormí ense­guida.

»Cuando me desperté eran las siete. Sumire ya no esta­ba en la casa, por ninguna parte. Supuse que se habría des­pertado pronto (o tal vez que no habría dormido en abso­luto) y que habría ido sola a la playa. Había dicho que quería estar sola. Me extrañó que no dejara una nota, pero pensé que tras lo ocurrido aquella noche debía de sentirse muy confusa.

»Hice la colada, tendí la ropa de cama de Sumire y, en la terraza, esperé leyendo un libro a que volviera. Pero a mediodía aún no había regresado. Estaba preocupada, así que, aunque me supo mal, registré su habitación. Me preo­cupaba que se hubiera marchado sola de la isla. Pero sus maletas seguían abiertas, su monedero y su pasaporte se­guían allí y, en un rincón de la habitación, tenía puestos a secar el traje de baño y los calcetines. Encima de la mesa había desparramadas algunas monedas, blocs de notas, lla­ves. Entre éstas, la llave de la puerta de entrada de la casa.

»Tuve una sensación extraña. Me refiero a que, cuando nosotras íbamos juntas a la playa, para cruzar la montaña siempre nos poníamos unas zapatillas de deporte y una ca­miseta sobre el traje de baño. Y llevábamos la toalla y una botella de agua mineral dentro de la bolsa de tela. Pero tan­to la bolsa como los zapatos y el traje de baño seguían en la habitación. Lo único que había desaparecido eran unas sandalias baratas que habíamos comprado en la tienda de ultramarinos y el pijama fino de seda que le había prestado yo. Aun suponiendo que sólo hubiera salido a dar una vuel­ta por los alrededores, vestida así no podía permanecer mu­cho tiempo fuera. Estuve buscándola por las inmediaciones de la casa durante toda la tarde. Recorrí los alrededores, me acerqué a la playa, bajé a la ciudad y deambulé por las ca­lles, volví a casa. Sumire no aparecía por ningún lado. El sol se fue poniendo y cayó la noche. Una noche ventosa, muy distinta de la anterior. Hasta la mañana siguiente no paró de oírse el rumor de las olas. Cualquier pequeño ruido me despertaba. No había echado la llave a la puerta de en­trada. Al amanecer, Sumire aún no había vuelto. Su cama permanecía tal como yo la había dejado. Entonces me diri­gí a la comisaría de policía local que está cerca del puerto.

»Había un policía que hablaba un inglés fluido y se lo expliqué todo. Que mi compañera había desaparecido y que llevaba dos noches sin regresar a casa. Pero no me tomó en serio. “Ya volverá”, me dijo. “Suele pasar. Aquí esas cosas suceden. Es verano. Son jóvenes.” Volví al día siguiente. Me prestó algo más de atención. Pero todavía no se pusieron en movimiento, así que llamé al consulado japonés en Atenas y les expliqué la situación. Por suerte, me atendió alguien amable. Con un tono determinante le dijo algo en griego al jefe de policía y, gracias a eso, empezaron a investigar.

»No encontraron ni una sola pista. La policía fue reca­bando información por el puerto, por los alrededores de la casa, pero nadie la había visto. Ni el capitán del ferry ni el hombre que vendía los billetes recordaban haber tenido una pasajera japonesa aquellos días. Sumire debía de estar en la isla. Ante todo, no llevaba dinero suficiente para comprar el billete. Era imposible que una joven japonesa deambulara en pijama por una isla tan pequeña sin llamar la atención. Tal vez se hubiera ahogado mientras nadaba en el mar. La policía interrogó a una pareja de alemanes de mediana edad que había pasado la mañana a orillas del mar, al otro lado de la montaña. Dijeron que no habían visto a ninguna ja­ponesa, ni en la playa ni en el camino de ida y vuelta. La policía me prometió proseguir la investigación y la verdad es que se han movido mucho. Pero el tiempo ha pasado sin que haya aparecido un solo indicio.

Myû respiró profundamente y se cubrió media cara con las manos.

—Lo único que me quedaba era llamarte a Tokio y pe­dirte que vinieras. Había llegado a un punto en que ya no sabía qué hacer.

Imaginé a Sumire vagando sola por las áridas montañas. Con el pijama fino de seda y las sandalias playeras.

—¿De qué color era el pijama? —pregunté.

—¿El color del pijama? —repitió Myû con expresión de extrañeza.

El pijama que llevaba Sumire cuando desapareció.

—¿Que de qué color era? No me acuerdo. Acababa de comprarlo en Milán y aún no me lo había puesto. ¿De qué color podría ser? Un color claro. Verde pálido tal vez. Es muy ligero, sin bolsillos.

—Llama otra vez al consulado de Atenas y pídeles que envíen a alguien a la isla. Que venga alguien, como sea. Y que se pongan en contacto con los padres de Sumire. Ya sé que es duro para ti, pero no podemos permanecer más tiem­po en silencio. —Myû hizo un pequeño gesto afirmativo—. Como ya sabes, Sumire es un poco extremista y a veces se comporta de forma rara. Pero pasarse cuatro días fuera de casa y no decirte nada, eso no lo haría jamás —dije—. En este sentido es muy cabal. Si no ha vuelto, es porque hay al­guna razón que se lo impide. No sé cuál, pero quizá se tra­te de algo serio. Quizá se ha caído en un pozo mientras an­daba y está esperando a que la rescaten. O quizás alguien se la ha llevado a la fuerza. Quizá la han asesinado y enterra­do en alguna parte. A una chica joven que vaga por las montañas a altas horas de la noche con un fino pijama pue­de pasarle cualquier cosa. Sea como sea, debemos tomar ur­gentemente una determinación. Pero ahora es mejor que durmamos. Mañana será un día muy largo.

—¿No se te ha ocurrido que Sumire, en fin…, que Su—mire se haya suicidado? —preguntó Myû.

—Es evidente que no se puede excluir totalmente esa po­sibilidad. Pero, suponiendo que hubiera decidido suicidarse, te habría dejado alguna nota. Habría actuado de modo que no te hubiera dejado con esta incertidumbre, no te habría ocasionado problemas. Ella te quería y, ante todo, ha­bría pensado en el estado de ánimo y la situación en los que te dejaba.

Myû se me quedó mirando con los brazos cruzados.

—¿Lo piensas de verdad?

Asentí.

—Estoy convencido. Ella es así.

Gracias. Eso es lo que más deseaba oír.

Myû me condujo a la habitación de Sumire. Una habi­tación cuadrada, sin ningún adorno, recordaba un gran dado. Había una cama de madera pequeña, un escritorio y una silla, un armario pequeño con un cajón para guardar objetos pequeños. A los pies de la mesa, había una maleta roja de tamaño mediano. La ventana, en la pared de en­frente, se abría a las montañas. Sobre la mesa, un novísimo ordenador portátil Macintosh.

—He retirado sus cosas para que puedas dormir tú.

Al quedarme solo, me invadió un sueño terrible. Ya era cerca de medianoche. Me desnudé y me escurrí entre las sá­banas. Pero no logré conciliar el sueño. «Hasta hace poco, Sumire dormía en esta cama», pensé. La excitación del lar­go viaje reverberaba en mi cuerpo. Dentro de aquella cama dura, me poseyó la ilusión de que aquel viaje sin fin aún proseguía.

Entre las sábanas, recordé el largo relato de Myû e in­tenté enumerar los puntos esenciales. Pero mi cabeza no re­gía. Era incapaz de pensar sistemáticamente. «¡Es inútil! ¡Dejémoslo para mañana!», decidí. Luego, de repente, ima­giné la lengua de Sumire introduciéndose en la boca de Myû. «¡Mañana, mañana!», pensé. Las perspectivas de que fuera un día mejor que el anterior eran escasas. Pero, fuera como fuese, de poco servía pensar entonces en eso. Cerré los ojos y pronto me sumí en un sueño profundo.

 

 

10

 

Cuando me desperté, Myû estaba en la terraza prepa­rando el desayuno. Eran las ocho y media de la mañana y un nuevo sol llenaba el mundo de una nueva luz. Myû y yo nos sentamos a la mesa de la terraza y desayunamos con­templando el mar, que brillaba cegador. Comimos huevos y tostadas, bebimos café. Dos pájaros blancos se deslizaron por la ladera en dirección al mar. De algún lugar cercano llegaba el sonido de una radio. El locutor leía en griego las noticias de forma apresurada.

Debido a la diferencia horaria, una extraña parálisis do­minaba el núcleo de mi cabeza. Posiblemente era ésa la cau­sa de que no pudiera discernir entre la realidad y lo que sólo lo parecía. Me encontraba en aquella pequeña isla desayu­nando con una hermosa mujer mayor que yo que acababa de conocer el día antes. Aquella mujer amaba a Sumire. Pero no podía sentir por ella deseo sexual. Sumire amaba a aque­lla mujer y, además, la deseaba. Yo amaba a Sumire y la de­seaba. Sumire me quería, pero no me amaba ni me deseaba. Yo podía sentir deseo por otras mujeres sin nombre, pero no las amaba. Era todo muy complicado. Como el argumento de una obra de teatro existencialista. Todas las cosas morían ahí, nadie podía ir a ninguna parte. No había alternativa po­sible. Y Sumire había abandonado sola el escenario.

Myû me llenó de café la taza vacía. Le di las gracias.

—A ti te gusta Sumire, ¿verdad? —me preguntó Myû—. Como mujer, quiero decir.

Me limité a asentir mientras untaba el pan con mante­quilla. La mantequilla estaba fría, dura, costaba esparcirla sobre el pan. Después alcé la cabeza y añadí:

—No es algo que se pueda elegir.

Continuamos desayunando en silencio. Acabaron las no­ticias de la radio, empezó a sonar música griega. El viento soplaba y mecía las buganvillas. Aguzando la vista, se vis­lumbraban en alta mar pequeñas olas blancas encrespadas.

—Le he estado dando muchas vueltas y, al fin, he deci­dido partir para Atenas esta misma mañana —dijo Myû pe­lando una fruta—. Por teléfono tal vez no llegásemos a nin­guna parte. Me parece mejor ir directamente al consulado y hablarlo cara a cara. Quizá vuelva acompañada de alguien del consulado o quizás espere en Atenas a que lleguen los padres de Sumire y regrese con ellos. De todas formas, me gustaría que permanecieras aquí mientras te fuera posible. Puede que llame la policía e incluso cabe la posibilidad de que vuelva Sumire. ¿Me harás este favor?

—Claro —respondí.

—Ahora voy a ir a la comisaría a preguntar cómo sigue la investigación, y luego alquilaré un barco en el puerto para ir a Rodas. Se tarda tiempo en ir y venir, así que, en Atenas, me alojaré en un hotel. Unos dos o tres días. Sí, creo que haré eso.

Yo asentí.

Myû terminó de pelar la naranja, secó cuidadosamente el filo del cuchillo con la servilleta.

—Por cierto, ¿has visto alguna vez a los padres de Sumi­re? —Le respondí que no. Myû exhaló un suspiro, profundo como el viento que sopla en los confines del mundo—. No sé cómo voy a explicárselo.

Comprendí muy bien su desconcierto. ¿Cómo diablos se podía explicar lo que no tenía explicación?

La acompañé hasta el puerto. Llevaba consigo una pe­queña maleta con ropa y un bolso de Mila Schón, calzaba zapatos de tacón. Los dos nos acercamos a comisaría para que nos informaran sobre el curso de las investigaciones. Quedamos en que yo sería un pariente suyo que viajaba ca­sualmente por la zona. Seguía sin haber una sola pista. «Pero no se preocupen», nos dijeron con expresión alegre. «No te­man. Miren a su alrededor. Ésta es una isla pacífica. No es que no haya delitos, claro. Hay peleas de parejas, borrache­ras, enemistades políticas. Cosas de la vida que pasan en cualquier parte. Pero todo son asuntos domésticos. Desde hace quince años que en esta isla ningún extranjero ha sido víctima de un crimen.»

Así debía de ser. Pero en cuanto a lo que podía haberle ocurrido a Sumire, no ofrecían explicación alguna.

—En la costa norte de la isla hay unas grutas muy pro­fundas. Tal vez se haya extraviado por allí y no dé con la sa­lida —dijeron—. Las cuevas, por dentro, forman un intrinca­do laberinto. Pero están muy, muy lejos. Una joven no po­dría ir andando hasta allí.

Les pregunté si cabía la posibilidad de que se hubiera ahogado.

Negaron con un movimiento de cabeza. Por los alrede­dores no había corrientes fuertes. Además, durante la última semana, el tiempo había sido bueno, el mar no había esta­do agitado. Todos los días se hacían a la mar muchos pes­cadores. Si la joven se hubiese ahogado, seguro que habrían hallado el cadáver.

—¿Y un pozo? —pregunté—. ¿No es posible que, andan­do, haya caído en algún pozo profundo de por aquí? Volvieron a hacer un gesto negativo.

—En esta isla nadie tiene pozos. No son necesarios. Hay muchas fuentes naturales de donde brota el agua. El sub­suelo de la isla es muy duro, abrir un pozo es un trabajo ímprobo.

Al salir de la comisaría le dije a Myû que aquella maña­na iría a la playa del otro lado del monte que ellas visitaban todos los días. Myû compró en el quiosco un pequeño mapa de la isla, me señaló el camino y me advirtió que se tardaban unos cuarenta y cinco minutos en llegar y que me pusiera unos zapatos adecuados. Luego se dirigió al puerto y, medio en inglés, medio en francés, negoció hábilmente la tarifa del transporte hasta Rodas con el conductor del barco—taxi.

—Si al menos todo acabara bien —me dijo Myû al des­pedirnos. Pero sus ojos decían otra cosa. Sabía perfecta­mente que no era fácil que ocurriera. Y yo también lo sa­bía. El motor del barco se puso en marcha y ella agitó la mano derecha mientras, con la izquierda, se sujetaba el som­brero. Cuando el barco desapareció mar adentro, sentí como si mi cuerpo hubiera sido desposeído de algunas pe­queñas piezas. Vagué sin destino por los alrededores del puerto y me compré unas gafas de sol en una tienda de sou­venirs. Luego subí las empinadas escaleras de vuelta a la casa.

A medida que el sol ascendía en el cielo, el calor au­mentaba. Me puse el bañador y una camisa de algodón de manga corta, las gafas de sol, me calcé unas zapatillas de deporte y me dirigí a la playa por el estrecho y escarpa­do sendero de montaña. Me arrepentí de no haber echado mano de un sombrero, pero, evidentemente, ya era dema­siado tarde. En cuanto empecé a subir la cuesta me entró sed. Me detuve, tomé un sorbo de agua y me unté la cara y los brazos con el aceite solar que me había dejado Myû. El camino era polvoriento, reseco, y cuando soplaba un golpe de viento, un polvo blanco se esparcía y danzaba por el aire. De vez en cuando me cruzaba con algún aldeano que guiaba un burro. Me saludaba en voz alta: «Kalimera!». Yo le devolvía el mismo saludo. Supuse que eso debía de ser lo correcto.

Los árboles que cubrían el monte eran achaparrados, de formas retorcidas. Ovejas y cabras deambulaban por las la­deras rocosas con expresión quisquillosa. Los cencerros que les colgaban del cuello producían un sonido seco. Quienes conducían los rebaños eran en su mayoría niños y ancianos. Al cruzarse conmigo me miraban primero de reojo, y a con­tinuación levantaban un poco la mano como si hicieran una especie de señal. Yo les devolvía el saludo alzando la mano del mismo modo. Sumire no podía estar vagando por aquellos parajes. No había un solo lugar donde esconderse, alguien la habría visto, sin duda.

En la playa no se veía un alma. Me quité la camisa, el bañador, entré desnudo en el mar. El agua era agradable, transparente. Por más que te adentraras, seguías viendo cla­ramente las piedras del fondo. En la boca de la ensenada había anclado un gran yate, con el alto mástil con las velas plegadas balanceándose de izquierda a derecha como un enorme metrónomo. No se veía a nadie en cubierta. Sólo se oía el lánguido eco de innumerables piedrecillas al ser arras­tradas por las olas.

Después de nadar volví a la playa, me tumbé desnudo sobre la toalla y levanté la vista hacia el cielo, de un azul in­tenso. Las aves acuáticas sobrevolaban la bahía avistando peces. En el cielo no se vislumbraba una sola nube. Perma­necí tumbado unos treinta minutos, dormitando. Nadie vi­sitó la playa. De pronto se adueñó de mí una extraña sen­sación de quietud. Era un lugar demasiado tranquilo, de­masiado bello para estar solo. Hacía pensar en algún tipo de muerte. Me vestí y regresé a casa por el mismo camino. El calor era más intenso todavía. Arrastrando maquinal­mente los pies, traté de adivinar qué pensaría Sumire mien­tras andaba por aquel sendero con Myû. Quizá rumiara sobre el deseo sexual que sentía. Del mismo modo que yo, cuando estaba con ella, pensaba en mi deseo sexual. Podía imaginar cuáles debían de ser sus sentimientos en aquellos instantes. Sumire recordaba el cuerpo desnudo de Myû a su lado y deseaba abrazarla. En ello había esperanza, y excita­ción, y resignación, y duda, y desconcierto, y miedo. Se sentía pletórica. A continuación se achicaba. Pensaba que las cosas irían bien. Pero a la vez tenía la impresión de que todo acabaría mal. Y, al fin y al cabo, no había acabado bien.

Subí hasta la cima del monte, hice una pausa, bebí agua, bajé la pendiente. Cuando empezaba a avistar el tejado de la casa, recordé que Myû había mencionado que, desde su llegada a la isla, Sumire se encerraba en su habitación y es­cribía febrilmente. ¿Qué diablos debía de escribir? Myû no había añadido nada más, y yo, por mi parte, tampoco se lo había preguntado. Sin embargo, entre sus escritos, tal vez se ocultara algún indicio de su desaparición. ¿Por qué no habría caído en ello?

\Al llegar a la casa me dirigí a la habitación de Sumire, encendí el ordenador y accedí al disco duro. No encontré nada que valiera la pena. Había datos de la contabilidad del viaje por Europa, direcciones, estaba la agenda. Asuntos, to­dos, administrativos, relacionados con el trabajo de Myû. No había escritos personales por ninguna parte. Seleccioné en el menú «Documentos recientes». No había nada guar­dado. Debía de haberlo borrado de forma deliberada. No querría que alguien pudiera leerlo. En ese caso, debía de ha­ber copiado el texto en un disquete y guardado el disquete en alguna parte. Era poco probable que se hubiera llevado el disquete consigo. El pijama no tenía bolsillos.

Registré los cajones del escritorio. Encontré varios disquetes, pero todo eran copias de documentos del disco duro o documentos de otros trabajos. No encontré nada signifi­cativo. Tomé asiento ante la mesa e intenté deducir dónde, si yo fuera Sumire, habría escondido el disquete. La habita­ción era pequeña, sin un solo lugar donde poder ocultar algo. Y Sumire era muy sensible al hecho de que alguien le­yera sus escritos. La maleta roja, claro. De todo lo que ha­bía en la habitación, era el único objeto que podía cerrarse con llave.

La novísima maleta no pesaba nada, parecía vacía. Cuan­do la sacudí, no hizo el menor ruido. Pero estaba cerrada con un código de cuatro cifras. Probé varias combinaciones susceptibles de componer el número secreto de Sumire. La fecha de su cumpleaños, su dirección, su número de teléfo­no, su distrito postal… Ninguna funcionó. Lógico. Los nú­meros que cualquiera podía deducir no servían de mucho como número secreto. Debían de ser cifras que ella pudiera recordar, pero que no estuvieran basadas en ningún dato personal. Tras pensar largo rato, se me ocurrió. El 0425. El código de Kunitachi…, es decir, de mi ciudad. Y el cierre se abrió con un ¡clac!

Dentro del bolsillo interior de la maleta había una pe­queña bolsa de tela negra. Abrí la cremallera. Aparecieron un pequeño diario de color verde y algunos disquetes. Pri­mero cogí el diario. Era su letra. Pero no había nada im­portante. Adónde había ido, qué había hecho. A quién ha­bía visto. Nombres de hoteles. El precio de la gasolina. El menú de la cena. Marcas de vino y su sabor. Palabras ali­neadas secamente, una detrás de otra. Muchas páginas en blanco. Al parecer, llevar un diario no era uno de sus pun­tos fuertes.

El disquete no llevaba título. En la etiqueta había sólo una fecha escrita con la peculiar letra de Sumire. Agosto de 19**. Introduje el disquete en el ordenador y lo abrí. En la ventana aparecieron dos documentos. Ninguno de los dos tenía título. Sólo había escrito un 1 y un 2.

Recorrí lentamente la habitación con la mirada antes de abrir el documento. En el armario colgaba la chaqueta de Sumire. Estaban sus gafas de natación, el diccionario de ita­liano, su pasaporte. Dentro del cajón había un bolígrafo, un lápiz portaminas. Al otro lado de la ventana, frente a la mesa, se extendía una suave pendiente rocosa. Un gato ne­grísimo se paseaba sobre el muro de la casa vecina. Y aque­lla habitación cuadrada desprovista de adornos estaba en­vuelta en el silencio de las primeras horas de la tarde. Cerré los ojos. En mis oídos aún resonaba el rumor de las olas que aquella mañana barrían la orilla de la playa desierta. Volví a abrir los ojos. Esta vez agucé el oído al mundo real. No se oía nada.

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11

 

DOCUMENTO1

Cuando te disparan, sangras

Yo, ahora, como conclusión provisional a un largo destino (¿existirán, en realidad, otros frutos del destino aparte de los provisionales?; interesante cuestión, pero dejé­mosla correr), estoy en esta isla griega. Una pequeña isla que, hasta hace poco, ni había oído nombrar. Ahora son_ las cuatro de la madrugada pasadas. Todavía no ha amanecido, claro. Las cándidas ovejas están sumidas en su apacible y colectivo sueño. Al otro lado de la ventana, las hileras de olivos siguen succionando el alimento de las tinieblas. So­bre los tejados, nuestra amiga la luna, pa­recida a un monje melancólico, sostiene fría­mente entre las manos la ofrenda de un mar estéril.

Me encuentre en la parte del mundo en que me encuentre, ésta es la hora que prefiero sobre todas las demás. Esta hora es sólo mía. Yo, ante la mesa, escribo. Pronto amanecerá. Como Buda, nacido del costado de su madre (¿era el derecho, el izquierdo?), un nuevo sol asomará de súbito por el extremo de las montañas. Pronto, la siempre discreta Myû despertará en silencio. A las seis prepara­remos un desayuno sencillo, desayunaremos y emprenderemos el camino hasta la hermosa pla­ya de siempre, al otro lado del monte. Antes de que empiece así nuestra jornada cotidia­na, yo (me arremango y) me dispongo a termi­nar este trabajo.

Exceptuando unas cuantas cartas largas, hace mucho tiempo que no escribo nada puramente personal, así que no confío demasiado en poder expresarme bien. De hecho, confian­za en «poder expresarme bien», ¿la habré te­nido alguna vez en la vida? Yo sólo escribía porque no podía estar sin escribir.

¿Por qué no podía estar sin escribir? La ra­zón es muy clara. Para reflexionar sobre algo, yo, previamente, necesitaba plasmar ese algo por escrito.

Ha sido así desde mi infancia. Cuando no entiendo algo, recojo, una tras otra, las pa­labras esparcidas a mis pies y las conformo en frases. Si no funciona, vuelvo a mezclar las palabras y las ordeno otra vez dándoles una forma distinta. Tras repetir varias ve­ces el mismo proceso, al fin soy capaz de pensar como el resto de los mortales. Escri­bir jamás me ha parecido duro o pesado. Igual que otros niños recogían hermosas piedras o bellotas, yo escribía con entusiasmo. Tomaba papel y lápiz y, con la misma naturalidad con la que respiraba, escribía una frase tras otra. Y pensaba.

Quizá me digas que seguir todo este proceso cada vez que tienes que pensar algo es una pérdida de tiempo, y que es muy lento llegar a una conclusión. O quizá no lo digas. Pero sí, de hecho, se tarda tiempo. Cuando entré en primaria, la gente se preguntaba, incluso, si yo no sería «retrasada mental». Era incapaz de seguir el ritmo de los demás niños de la clase.

La conciencia de inadaptación que me provocaba ese desfase había decrecido considera­blemente al acabar primaria. Había aprendido, hasta cierto punto, cómo adaptarme al mundo circundante. Pero aquel desfase permaneció en mi interior hasta después de cortar mis re­laciones con la sociedad. Como una serpiente sin voz entre la maleza.

Y aquí tenéis mi tesis provisional.

Habitualmente, tomo conciencia de mi iden­tidad en forma de palabras.

¿Sí?

¡Pues sí!

Por esta razón llevo escrita hasta ahora una enorme cantidad de textos. De manera cotidiana –casi diaria–. Como si fuese cortan­do, yo sola, con diligencia, la hierba de una extensa pradera que creciera sin descan­so a enorme velocidad. Hoy aquí, mañana allá… Tras dar una vuelta completa, cuando regreso al punto de partida, la hierba vuelve a es­tar tan alta como al principio.

Sin embargo, después de conocer a Myû, casi dejé de escribir. ¿Por qué? La teoría de K. sobre ficción = transmisión es bastante convincente. Probablemente acierte en parte. Pero tengo la impresión de que hay algo más. Intentaré pensar de manera más simple. Sim­ple. Simple.

Quizás yo, en definitiva, dejé de pensar –por supuesto, lo que yo entiendo por pensar–. Me pegué a Myû como una cuchara sobre otra y, junto a ella, me dejé arrastrar a donde fuera (a cualquier parte), pensando: «¡Bueno, ya me está bien!».

En otras palabras, para seguir a Myû he tenido que aligerar al máximo mi equipaje. Incluso el acto básico de pensar se había convertido en un fardo demasiado pesado. En resumen, que debe de ser únicamente eso.

Por más que crezca la hierba, a mí (¡bah!) ¿qué más me da? Tumbada en el prado, con los ojos fijos en el cielo, veo cómo pasan las nu­bes blancas. A ellas confío mi suerte. Me abandono en secreto al olor de la hierba lo­zana, al susurro del viento. Ha dejado de im­portarme, incluso, la diferencia entre lo que sé y lo que no sé.

No, no es cierto. Eso no me ha importado desde el principio. Tengo que hablar con más exactitud. Exactitud. Exactitud.

Pensándolo bien, mi regla básica al escribir ha sido siempre ésta: plasmar por es­crito lo que (creo que) conozco como si «no lo conociera». Pensar: «¡Ah, esto ya lo sé! ¡No vale la pena escribir sobre ello!», es el fin. Quizá no vaya a ninguna parte. Pondré un ejemplo concreto: si pienso (o si piensas) confiadamente de alguien que te rodea: «¡Ah! Lo conozco muy bien. No hace fal­ta que pierda el tiempo pensando en él. No hay problema», tal vez salgas trasquilado. Detrás de lo que creemos conocer de sobra se esconde una cantidad equivalente de desco­nocimiento.

 

La comprensión no es más que un conjunto de equívocos.

 

Ésta (y que quede entre nosotros) es mi simple manera de conocer el mundo.

En nuestro mundo, «lo que sabemos» y «lo que no sabemos» coexisten en una nebulosa, fatalmente unidos, como hermanos siameses. Caos, caos.

¿Quién diablos puede distinguir el mar de lo que en él se refleja? ¿Puedes tú distinguir entre la lluvia que cae y la soledad?

Así pues, renuncio con gallardía a separar el conocimiento del desconocimiento. Éste es mi punto de partida. Un terrible punto de partida, tal vez. Pero las personas necesi­tan partir de algún punto. ¿No es así? En consecuencia, tema y estilo, sujeto y obje­to, causa y consecuencia, yo y las articula­ciones de mis manos, todo se toma como una unidad indivisible. Todo el polvo esparcido por el suelo de la cocina es una única cosa, una mezcla de sal y pimienta y harina y fé­cula de patata.

Yo y mis articulaciones_ Me descubro a mí misma ante el ordenador haciendo crujir los dedos. Poco después de dejar de fumar renació este vicio. Primero hago crujir las ar­ticulaciones de los cinco dedos de la mano derecha, ¡crac!, ¡crac!, luego las articulaciones de los cinco dedos de la izquierda. No es que me enorgullezca de ello, pero pue­do hacer un ruido fortísimo. Un ruido seco, siniestro, como si con las manos desnudas le rompiera a alguien el cuello. Cuando estu­diaba primaria no había en la escuela ningún niño que me ganara.

Poco después de entrar en la universidad, K. me hizo saber discretamente que no era una habilidad digna de alabanza. Que una chi­ca, llegada a cierta edad, no debe hacer cru­jir con tanto entusiasmo los dedos, al menos en presencia de los demás. Que parecía la Lotte Lenya de Desde Rusia con amor. Pero entonces, ¿por qué nadie me lo había dicho antes? Yo pensé: «¡Ah, claro!», y me esfor­cé en desterrar aquel vicio. A mí me encan­taba Lotte Lenya, pero no quería parecerme a ella. Después de dejar de fumar, me descubrí a mí misma sentada ante la mesa haciendo cru­jir los dedos sin darme cuenta: ¡Crac! ¡Crac! ¡Crac! ¡Crac! ¡Crac! Mi nombre es Bond. Ja­mes Bond.

Como iba diciendo. Tengo poco tiempo. No puedo andarme con rodeos. Dejemos a Lotte Lenya. No me sobra el tiempo para perderlo en metáforas. Ya he afirmado antes que den­tro de nosotros coexisten inevitablemente «lo que (creo que) sé» y «lo que no sé». A la mayoría de la gente le conviene vivir levan­tando un biombo que las separe. Porque es más cómodo, más práctico. Pero yo, simple­mente, he quitado el biombo. Porque no he podido evitarlo. Porque odio los biombos. Porque yo soy así.

Si se me permite usar otra vez el ejemplo de los hermanos siameses, éstos no tienen por qué llevarse siempre bien. No tienen por qué esforzarse siempre en comprenderse el uno al otro. Lo más frecuente es, más bien, lo con­trario. La mano derecha no sabe lo que hace la izquierda y la izquierda no sabe lo que hace la derecha. Entonces nos sentimos con­fusos, nos perdemos_ y chocamos contra algo. ¡Badabum!

Con esto quiero decir que una persona, para lograr que «lo que (cree que) sabe» y «lo que no sabe» coexistan en paz, necesita una hábil estrategia. Esta estrategia –¡sí, lo has adivinado! consiste en pensar. En otras palabras, en mantenerse firmemente sujeto a algo. De otro modo, no lo dudes, em­prenderás un estúpido e irremediable «rumbo al desastre».

Una pregunta.

¿Qué debe hacer, entonces, una persona para evitar el choque (¡badabum!) si no pien­sa en serio (tumbada en el prado, contem­plando plácidamente las blancas nubes del cielo, escuchando el rumor de la hierba al crecer)? ¿Es difícil? No, ¡qué va! Expresado con pura lógica es sencillo. C’est simple. Lo que se debe hacer es soñar. Soñar y so­ñar. Entrar en el mundo de los sueños y no salir de él. Vivir allí eternamente.

En los sueños no es preciso hacer distin­ciones. No lo es en absoluto. En primer lu­gar, en los sueños no existen fronteras. Y, por lo tanto, apenas hay colisiones. Y, aunque las hubiera, no dolería. La realidad es distinta. La realidad muerde. La realidad. La realidad.

Hace tiempo, cuando se estrenó Grupo sal­vaje, de Sam Peckinpah, en la rueda de pren­sa una periodista alzó la mano y preguntó en tono inquisitivo: «¿Qué necesidad creen que hay de mostrar tanta sangre?». Ernest Borgnine, uno de los actores, respondió con aire perplejo: «Pero, señora, es que, cuan­do te disparan, sangras». La película se filmó en plena época de la guerra del Viet­nam.

Me gusta esta frase. Posiblemente sea uno de los principios básicos de la realidad. Aceptar las cosas difíciles de desentrañar como cosas difíciles de desentrañar, aceptar el hecho de sangrar. Disparar y sangrar.

Es que, cuando te disparan, sangras.

 

Era justamente por eso por lo que yo escribía. Pienso, en el sentido habitual del término. Y en el territorio anónimo que se encuentra en la prolongación del pensamiento concibo un sueño: un feto ciego llamado comprensión flota en un líquido amniótico opre­sivo y vacío llamado incomprensión. Tal vez sea ésta la causa de que mis novelas se alar­guen sin medida, de que se me escapen de las manos. Yo aún no puedo mantener una línea de suministro de esta envergadura. Ni técnica, ni moralmente.

Pero esto no es una novela. ¿Cómo podría llamarlo?… En suma, sólo son frases. No es preciso pulirlas. De momento sólo estoy pen­sando en voz alta. No tengo aquí ningún deber moral. Yo…, pues sí, yo sólo estoy pensan­do. Hace tiempo que no pensaba nada y quizá tarde mucho tiempo en volver a hacerlo. Pero ahora estoy pensando. Seguiré haciéndolo has­ta el amanecer.

Con todo, no puedo olvidar mis viejas y oscuras dudas de siempre. ¿Debo consagrar mis energías y mi tiempo a un propósito tan in­útil? ¿Debo ir acarreando, uno tras otro, pe­sados cubos de agua a un lugar embarrado tras una larga lluvia? ¿No debería dejarme de es­fuerzos inútiles y abandonarme, simplemente, a la corriente?

¿Colisión? ¿Y esto qué es?

Digámoslo con otras palabras.

¿Pero con qué otras palabras podría explicarlo?

¡Ah, sí!… ¡Ya lo tengo!

Si voy a seguir escribiendo sin ton ni son, será mejor que me meta en la cama, bien calentita, y me masturbe pensando en Myû. A esto me refiero.

Me encanta la curva de su culo, me gusta su cabello, blanco como la nieve. En contraste con su pelo inmaculado, el vello pú­bico es negrísimo y tiene una forma precio­sa. Enfundado en unas pequeñas bragas negras, su culo también es sexy. Pienso sin descan­so en su vello púbico, en forma de T, tan negro como las bragas que lo cubren.

¡Debo dejar de pensar en estas cosas! ¡Basta! Voy a cortar este hilo de fantasías sexuales, no me lleva a ninguna parte (¡clic!), voy a concentrarme, de momento, en la escritura. Debo aprovechar al máximo esto que vale y lo que no vale, eso le corresponde a otra persona que está en algún otro lugar. Y a mí, en estos momentos, me interesa menos ese alguien que un vaso de mugicha.

 

¿Sí?

Pues sí.

Prosigo, entonces.

Dicen que introducir un sueño (real o inventado) en una novela es una opción arries­gada. Que sólo unos pocos escritores bendecidos por el talento logran reformular con palabras la irracional composición de los sueños. No pongo ninguna objeción. A pesar de ello, quiero contar uno. Es un sueño re­ciente. Lo describiré como un hecho auténti­co relacionado conmigo misma. Yo sólo soy una honrada guardiana del almacén. No respondo de la calidad literaria.

A decir verdad, he tenido varias veces sueños parecidos. Los detalles son distintos. El escenario es distinto. Pero están corta­dos por el mismo patrón. También el dolor que siento al despertarme (en intensidad y duración) es similar. En ellos se repite, una vez tras otra, el mismo tema. Como un tren que, en la noche, hace sonar siempre su sil­bato ante una curva sin visibilidad.

El sueño de Sumire

(Este trozo voy a narrarlo en tercera per­sona. Así sonará más auténtico.)

Sumire subía por una escalera de caracol para reunirse con su madre que había muerto mucho tiempo atrás. Su madre la esperaba arriba. Tenía algo que comunicarle. Una in­formación importantísima que Sumire debía co­nocer para seguir viviendo. Sumire temía aquel encuentro. Era la primera vez que veía a un muerto y, además, no sabía cómo era su madre. Tal vez ésta –por alguna razón desconocida– sintiera hacia ella hostilidad o malevolencia. Pero tenía que verla. Era su pri­mera y última oportunidad.

La escalera era muy larga. Subía y subía, pero no llegaba arriba del todo. Sumire, ja­deante, proseguía la ascensión a paso rápido. El tiempo se acababa. Su madre no iba a quedarse eternamente dentro de aquel edifi­cio. Su frente se perlaba de sudor. Y, al final, la escalera acababa.

En lo alto había un amplio rellano con una pared al fondo. Un sólido muro de piedra. Justo a la altura de su rostro, se abría un agujero redondo parecido a un respirade­ro. Un pequeño agujero de unos cincuenta cen­tímetros de diámetro. Y la madre de Sumire estaba allí incrustada, en una posición in­cómoda, como si la hubieran embutido en el agujero a la fuerza, empezando por los pies. Sumire comprendía que su tiempo había aca­bado.

Tendida en el angosto agujero, la madre tenía la cara vuelta hacia Sumire y la miraba de frente. Como si le suplicara algo. En cuanto la vio, Sumire supo que aquella mujer era su madre. Era quien le había dado la vida y la carne. Sin embargo, por una razón u otra, no era la misma persona que aparecía en las fotografías del álbum familiar. «¡Mi auténtica madre es más hermosa, más joven! ¡Así que aquélla no era mi madre de verdad!», pensaba Sumire. «Mi padre me engañaba.»

–¡Mamá! –la llamó armándose de valor. Sin­tió cómo un tabique se derrumbó dentro de su corazón. Sin embargo, en cuanto Sumire pro­nunció esta palabra, la madre fue arrastrada hacia el fondo del agujero como si un vacío gigantesco la succionase desde el otro lado. La madre abrió la boca, se dirigió a Sumire y le gritó algo. Pero, por culpa del sonido hueco del viento que penetraba por los resquicios del agujero, sus palabras no llegaron a los oídos de Sumire, Al instante siguiendo estaba el cielo. Ella se encontraba en la cima de una alta torre. Al mirar hacia aba­jo, la altura la cegó. Por el cielo volaban una infinidad de objetos parecidos a aero­planos. Eran simples aeroplanos de una sola plaza que cualquiera podía construir. Hechos con bambú y ligeras piezas de madera. En la parte posterior del asiento llevaban una hé­lice y un motor del tamaño de un puño. Su—mire pedía a gritos a los pilotos que la res­cataran. Pero éstos ni la miraban.

«Con estas ropas nadie puede verme», pen­só Sumire. Llevaba una bata, larga y blanca, anónima, como las de los hospitales. Se deshizo de ella y se quedó desnuda. Debajo no llevaba nada. Arrojó la bata que acababa de quitarse al vacío, al otro lado de la puer­ta. Y ésta, como alma liberada, desapareció en la lejanía cabalgando en el viento. El mismo viento que acariciaba el cuerpo de Su—mire y arremolinaba su vello púbico. De re­pente, se dio cuenta de que todos los pe­queños aeroplanos que habían estado volando hasta entonces a su alrededor se habían con­vertido en libélulas. El cielo estaba lleno de libélulas multicolores. Sus enormes oce­los miraban en todas direcciones y brilla­ban. Y el batir de sus alas se intensificó más y más como si fuera aumentando el volu­men de una radio. No tardó en convertir­se en un estruendo insufrible. Sumire se puso en cuclillas, cerró los ojos y se tapó los oídos.

Entonces se despertó.

Sumire recordaba el sueño hasta en sus me­nores detalles. Incluso hubiese podido dibu­jarlo. Lo único que era incapaz de recordar era el rostro de la madre que desaparecía succionada hacia el agujero oscuro. También las preciosas palabras que ésta pronunciaba se perdían en el vacío más absoluto. Sumire, en la cama, mordió la almohada con violencia y lloró.

El barbero ya no hace agujeros.

Después del sueño tomé una determinación crucial. Por fin la punta de mi —a su manera— diligente pico ha empezado a golpear so­bre roca sólida. ¡Crac! Le mostraré a Myû con claridad cuáles son mis deseos. No puedo con­tinuar así, colgada toda la vida. No puedo ser como un tímido barbero que abre un agu­jero en el patio trasero de su casa y se aso­ma a su interior para confesar en secreto: «¡Amo a Myû!». Si esta situación se prolon­ga, yo me iré perdiendo poco a poco. Todos los amaneceres y todos los atardeceres irán arrancándome un pedazo tras otro. Dentro de poco, mi existencia se habrá diluido en la corriente y yo me habré convertido en «nada».

Las cosas son tan claras como el cristal de cuarzo. El cristal. El cristal.

Quiero abrazar a Myû, quiero que ella me abrace. Yo ya he entregado todo cuanto me importaba. Ya no quiero darles nada más. Aún no es demasiado tarde. Debo hacer el amor con Myû. Penetrar en su interior. Y que ella penetre en mi interior. Como dos voraces y aterciopeladas serpientes.

¿Y qué haré si Myû no me acepta?

En ese caso, tendré que aceptar las cosas como vengan.

—Es que, cuando te disparan, sangras.

Debe correr la sangre. Debo afilar mi cu­chillo y degollar un perro    alguna parte.

¿Verdad que sí? Pues sí.

Estas líneas son un mensaje que me mando a mí misma. Parecen un bumerán. Cuando lo arrojo, rasga las tinieblas en la lejanía, asusta la pequeña alma de algún desdichado canguro y, pronto, vuelve a mi mano. Pero el bumerán que retorna no es el mismo bumerán que yo he arrojado. Lo sé. Bumerán, bumerán.

 

 

12

DOCUMENTO 2

Son las dos y media de la tarde. El mun­do exterior arde, cegador, como el infierno. Las rocas, el cielo y el mar resplandecen con un blanco fulgor uniforme. Al contemplarlos, pronto se desdibujan las líneas di­visorias y se funden en una única nebulosa. Toda alma consciente evita la luz desnuda del sol y se sume en el sueño de las som­bras. Ni siquiera vuelan los pájaros. En el interior de la casa reina un agradable fres­cor. Myû escuchaba a Brahms en la sala de estar. Lleva un vestido de verano de color azul a rayas y el inmaculado pelo recogido en un pequeño moño. Yo estoy sentada a la mesa, escribiendo esto.

–¿Te molesta la música? –me pregunta Myû. Y yo le respondo:

–Brahms no me molesta jamás.

Estoy siguiendo el hilo de la memoria, tratando de reproducir la historia que Myû me contó días atrás en una aldea de la Borgoña. No es tarea fácil. Su relato era entre­cortado, tiempos y hechos diversos se en­tremezclaban sin cesar. Había veces que yo acababa por no entender qué iba antes y qué iba después, cuál era la causa y cuál la consecuencia. No se lo reprocho a Myû, cla­ro. La cruel cuchilla de la conjura enterra­da en la memoria rasga su carne. A medida que se apagan las estrellas del alba que brillan sobre los viñedos, sus mejillas pier­den el color de la vida.

La convenzo y hago que me lo cuente. La aliento, la amenazo, la mimo, la alabo, la se­duzco. Hablamos hasta el amanecer bebiendo vino tinto. Cogidas de la mano, vamos siguiendo entre las dos las huellas de sus recuerdos, las analizamos, las reconstruimos. Hay fragmentos que Myû es incapaz de recordar. Al pisarlos, Myû se aturde en si­lencio, bebe mucho vino. Es un territorio peligroso. Desistimos de seguir explorándo­lo, nos retiramos con precaución y avanzamos hacia terrenos más seguros.

Decidí convencer a Myû para que me contara esta historia al darme cuenta de que se teñía de negro el pelo. Myû es muy precavi­da, y quienes la rodean –exceptuando unos pocos– no saben que lo hace. Pero yo me di cuenta. Viajando juntas durante tanto tiem­po, viviendo juntas día tras día, llega un momento en que acabas dándote cuenta. O qui­zás es que Myû no trató de ocultármelo. De haberlo querido, habría sido más cuidadosa. Quizá pensó que era inevitable, que acabaría enterándome. O tal vez quería que me diese cuenta. (Por supuesto, todo esto son puras especulaciones.)

Se lo pregunto abiertamente. Mi carácter es así. No puedo evitar preguntar las cosas a bocajarro. ¿Tienes muchas canas? ¿Desde cuándo te tiñes? Desde hace catorce años, contesta ella. Hace catorce años, todo mi ca­bello, sin salvarse ni uno, encaneció, me cuenta ella. ¿Alguna enfermedad? No, no es eso, dice Myû. Me pasó algo y el pelo se me volvió completamente blanco, en una sola noche.

Le pido que me cuente la historia. Se lo imploro. Quiero saberlo todo sobre ti. Yo no te oculto nada, te lo digo todo. Pero Myû, sin palabras, niega sacudiendo la cabeza. Ja­más se lo ha explicado a nadie. Ni siquiera su marido conoce la verdad. Durante catorce años lo ha mantenido como su propio y ex­clusivo secreto.

Al fin hablamos hasta el alba de aquello que le sucedió. Todas las cosas deben ser contadas cuando llega el momento. Si no, uno sigue eternamente encadenado a su secreto.

Cuando se lo digo, Myû me mira como si estuviera contemplando una escena lejana. Algo emerge en sus pupilas para, acto segui­do, sumergirse despacio. Ella dice: «Yo no debo poner punto final a nada. Son ellos quienes tienen cosas que liquidar, no yo».

No logro desentrañar el auténtico sentido de sus palabras. Se lo confieso sinceramente.

Myû dice: «Si te lo contara, acabaríamos compartiendo esta historia. ¿No es así? Pero en realidad yo no sé si esto es lo correc­to. Si destapara la caja, tú te verías in­volucrada en esta historia. ¿Es lo que me estás pidiendo? ¿Quieres saber lo que yo he perseguido olvidar a toda costa, a costa de cualquier sacrificio?».

Sí, le digo. Quiero compartirlo todo contigo, sea lo que sea. No quiero que me ocul­tes nada.

Myû toma un sorbo de vino, cierra los ojos. Reina el silencio, como si el tiempo se distendiera. Ella duda.

Por fin empieza a contármelo. Poco a poco. Pedazo a pedazo. Algunas partes de la histo­ria se ponen enseguida en movimiento, otras permanecen eternamente inmóviles. Dentro del relato coexisten distintos estratos. En al­gunos casos, la diferencia de nivel cobra significado por sí misma. Yo, como narrado­ra, debo ir reuniendo todos estos elementos con precaución extrema.

La historia de la noria de Myû

Es verano. Myû está sola en una pequeña ciudad suiza cerca de la frontera francesa. Tiene veinticinco años y vive en París, don­de estudia piano. Ha viajado hasta aquí a petición de su padre para cerrar un trato comercial. El asunto en sí no era compli­cado, ha concluido yendo a cenar con un representante de la otra empresa y con la fir­ma de un contrato. Ella, nada más verla, se ha prendado de esta ciudad. Una ciudad lle­na de belleza y de encanto. Hay un lago y, a sus orillas, un castillo medieval. Le ape­tece pasar unos días aquí. En un pueblecito vecino se celebra, además, un festival de verano de música. Si alquila un coche, podrá desplazarse hasta allí todos los días.

Tiene la suerte de encontrar un apartamento amueblado que puede alquilarse por un corto espacio de tiempo. Un apartamento pequeño y acogedor en lo alto de una colina, en un extremo de la ciudad. La vista es mag­nífica. Cerca hay un lugar donde puede hacer sus prácticas de piano. El alquiler no es bajo, pero, si no le alcanza el dinero, siem­pre puede pedírselo a su padre.

Myû inicia una transitoria pero plácida vida en la ciudad. Acude al festival, pasea por los alrededores, conoce a algunas perso­nas. Encuentra un restaurante y un café que le gustan. Desde la ventana de su habitación se ve un parque de atracciones a las afueras de la ciudad. Hay una gran noria. Se ven las cabinas, con sus puertas multicolores, que ligan su destino a una enorme rueda que gira despacio en el cielo. Alcanzan el cenit y, luego, inician el descenso. La noria no va a ninguna parte. Las cabinas sólo suben hasta arriba y bajan. Esto le produce a Myû una extraña sensación de placer.

Al anochecer se encienden en la noria múl­tiples luces. Aun después de que cierre el parque y la noria deje de girar, las luces no se apagan. La rueda sigue brillando alegremente toda la noche como si rivalizara con las estrellas del firmamento. Myû se sen­taba junto a la ventana y contemplaba cómo la noria subía y bajaba (o su figura inmó­vil, como un monumento) mientras escuchaba música por la radio.

Ella conoce a un hombre en la ciudad. Un hombre que ronda los cincuenta, guapo, lati­no. Es alto, con una nariz excepcionalmente hermosa, pelo liso y negro. Se dirige a ella en el café. Le pregunta de dónde es. Ella le responde: de Japón. Hablan. Se llama Fernan­do. Ha nacido en Barcelona, pero hace cinco años que trabaja en la ciudad suiza, se de­dica al diseño de muebles.

Habla en tono desenfadado, bromea. Tras intercambiar algunas frases banales, se des­piden. Dos días después vuelven a encontrarse en el mismo café. Se entera de que está soltero, divorciado. Le dice que se ha ido de España para empezar una nueva vida. A Myû no le produce muy buena impresión. Percibe que él intenta seducirla. Huele el deseo se­xual. Y eso la asusta. Decide no volver a acercarse a aquel café.

A partir de entonces empieza a encontrárselo por todas partes. Lo suficiente para hacerla sospechar que él la sigue. Claro que tal vez sea un obsesión absurda. En una ciu­dad pequeña no es raro toparse a menudo con alguien. Él, cada vez que la ve, sonríe, la saluda con familiaridad. Ella le devuelve el saludo. Pero Myû, poco a poco, empieza a sentir una mezcla de desagrado e irritación.

Comprende que su apacible vida en la ciudad está siendo amenazada por el tal Fernando. y, como un acorde disonante expuesto simbó­licamente al principio de un movimiento mu­sical, su plácido verano se ve enturbiado por la sombra de un mal presentimiento.

Pero Fernando, al fin y al cabo, no es más que una parte de la sombra. A los diez días de vivir allí empieza a sentir una espe­cie de rechazo general hacia su vida en aque­lla ciudad. La ciudad, hermosa y limpia en cada uno de sus rincones, empieza a parecer­le estrecha de miras, engreída. La gente es amable, simpática. Pero ella percibe una in­visible discriminación hacia los asiáticos. El vino que le sirven en el restaurante tie­ne un regusto desagradable. Las verduras es­tán llenas de gusanos. Los conciertos del festival le parecen faltos de interés. No puede concentrarse en la música. El aparta­mento, que tan acogedor encontraba al prin­cipio, ahora le parece pueblerino y de mal gusto. Todo va perdiendo su brillo original. La sombra siniestra va extendiéndose. Y ella ya no puede apartar los ojos de la sombra.

El teléfono suena por las noches. Alarga la mano y agarra el auricular. «Alié?», dice. Cuelgan. Se repite lo mismo varias veces. «Debe de ser Fernando», piensa. Pero no tie­ne una sola prueba. ¿Cómo puede saber su nú­mero de teléfono? El aparato es un modelo antiguo, no puede desconectarse. Myû no lo­gra dormir bien. Empieza a tomar somníferos. Pierde el apetito.

Desea irse pronto. Aunque, por alguna ra­zón desconocida, no es capaz de arrastrarse fuera de la ciudad. Busca excusas plausi­bles. Ya ha pagado un mes de alquiler, ha comprado las entradas para los conciertos. y ha alquilado su apartamento de París duran­te las vacaciones de verano. «No voy a echar­me atrás ahora», se dice. «Además, en reali­dad tampoco ha sucedido nada. No he sufrido ningún daño concreto. Quizá sólo se trate de excesiva susceptibilidad por mi parte.»

Cena siempre en un pequeño restaurante del barrio. Hace quince días que vive en la ciu­dad. Después de cenar le apetece respirar, por primera vez desde hace tiempo, el aire fresco de la noche y emprende un largo pa­seo. Va de una calle a otra sumida en sus pensamientos. Se encuentra ante la entrada del parque de atracciones. El parque donde está la noria. Música animada, voces que in­vitan a la gente a pasar, gritos alborozados de los pequeños. Casi todos los visitantes son familias o parejas de la zona. Myû re­cuerda cuando, de pequeña, su padre la lle­vaba al parque de atracciones. Aún hoy re­cuerda el olor de la chaqueta de su padre el día que subieron juntos a las tazas de café. Mientras duró la atracción, Myû no soltó la manga de la chaqueta de su padre. Aquel olor era el signo del remoto mundo de los adul­tos, y para la pequeña Myû era un símbolo de seguridad. Piensa en su padre con nostalgia.

Compra una entrada porque, de pronto, le parece divertido, entra en el parque de atracciones. Hay muchas casetas, muchos ten­deretes. Una barraca de tiro al blanco. Ex­hibición de serpientes. El puesto de una adi­vina. Una mujer ante una bola de cristal llama a Myû haciéndole señas. «Mademoiselle, venga. Es muy importante. Su destino está a punto de dar un gran giro», dice la mujero­na. Myû sonríe y pasa de largo.

Compra un helado y se sienta en un banco a comérselo mientras mira cómo la gente va y viene. Sus pensamientos siguen en un lugar muy alejado de aquel bullicio. Un hombre se le acerca y empieza a hablarle en alemán. Ronda los treinta, es de escasa estatura, rubio, lleva bigote. Es el tipo de hombre al que le sienta bien un uniforme. Ella hace un gesto negativo con la cabeza, sonríe, seña­la el reloj. «Tengo una cita», dice en fran­cés. Se da cuenta de que su voz es más agu­da y seca que de costumbre. El hombre no añade nada más, esboza una sonrisa incómoda, alza ligeramente la mano en ademán de salu­do y se va.

Myû se levanta y empieza a vagar sin rumbo. Alguien lanza un dardo, un globo es­talla. Un oso baila con estrépito. El ór­gano toca El Danubio Azul. Levanta la vis­ta, ve cómo la noria gira despacio en el cielo. «Voy a subir», piensa. «Desde arri­ba miraré mi apartamento. Al revés de como hago siempre.» Dentro del bolso lleva unos pequeños anteojos. Los había metido para ver el escenario en el festival de música día que su asiento estaba lejos, en él un césped, y allí se han quedado. Son peque­ños, ligeros, pero muy potentes. Con ellos: podrá ver bastante bien el interior de habitación.

Compra un billete en la taquilla, frente a la noria.

—Señorita, estamos a punto de cerrar –le dice el viejo vendedor. Masculla estas palabras con la cabeza gacha, casi para si mismo. Y sacude la cabeza—. Esto se acaba. Es la última vuelta. Girará una vez más y ya está.

Una barba blanca le cubría el mentón. Una barba manchada de nicotina. Tosió. Tenía las mejillas enrojecidas como si, durante largo tiempo, las hubiese azotado el viento del norte.

–Ya está bien. Con una vez es suficiente –dice Myû. Compra el billete y sube a la plataforma. Parece que va a ser la única pa­sajera. Por lo que alcanza a ver, dentro de las cabinas tampoco hay nadie. Sólo una mul­titud de cabinas vacías dando vueltas ocio­samente en el cielo, una vez tras otra. Como si el mundo se aproximara a un final des­leído.

Monta en una cabina roja, toma asiento en el banco, el viejo se acerca, cierra la puer­ta, echa la llave. Quizá sea por seguridad. La noria empieza a elevarse hacia el cielo, tambaleándose, como un animal viejo. La mul­titud de casetas apiñadas a su alrededor empequeñecen bajo sus ojos. Las luces de la ciudad emergen en la oscuridad de la noche. A la izquierda se ve el lago. Las lampari­llas de los botes que flotan en el lago es­tán encendidas y se reflejan dulcemente en la superficie del agua. En la lejanía, las luces de los pueblos se esparcen por la la­dera de la montaña. Su belleza le oprime el corazón en silencio.

Empieza a aparecer la zona donde ella vive, en la cima de la colina. Myû enfoca los an­teojos, busca su apartamento con la mirada. Pero no es tan sencillo encontrarlo. La no­ria se acerca rápidamente a la cumbre. Debe apresurarse. Myû, frenética, va enfocando a izquierda y derecha, arriba y abajo, e in­tenta encontrar su casa. Pero en la ciudad hay demasiados edificios parecidos. La noria culmina la ascensión e inicia fatalmente el descenso. Myû, por fin, descubre el edificio que busca. ¡Es aquél! Pero hay más ventanas de lo que esperaba. La mayoría de gente las mantiene abiertas para que entre el aire del verano. Ella desplaza sus anteojos de una ventana a otra y, finalmente, localiza la segunda ventana por la derecha del segundo piso. Pero, para entonces, la noria ya se aproxima al suelo. Los muros de las casas le obstruyen la visión. ¡Qué lástima! Un poco más y habría podido atisbar el interior de su apartamento.

La noria se aproxima al suelo. Despacio.

Se dispone a abrir la puerta y bajar. Pero la puerta no se abre. Recuerda que está cerrada con llave. Busca con la mirada al viejo de la taquilla. Pero éste no aparece. Las luces de la taquilla están apagadas. Va a llamar a alguien. Pero no se ve a nadie a quien pueda avisar. La noria emprende de nue­vo la ascensión. «¿Qué hago ahora?», piensa. Suspira. «¿Qué debe de haber pasado? Seguro que el viejo ha ido al lavabo o a algún otro sitio y se le ha pasado el tiempo. No me queda más remedio que dar otra vuelta.»

«No está mal», se dice. Le basta con pensar que gracias a que aquel pobre hombre chochea, podrá dar una vuelta de más. «Esta vez sí voy a localizar mi apartamento», decide Myû. Sujeta los anteojos con ambas ma­nos y se asoma a la ventanilla. Como ya co­noce la dirección y la posición aproximadas, esta vez encuentra la ventana sin dificultad alguna. La ventana está abierta y la luz en­cendida (detestaba volver a una habitación a oscuras y tenía, además, la intención de regresar en cuanto acabara de cenar).

Contemplar la habitación donde vives desde lejos con unos anteojos tiene algo de ex­traño. Te sientes incluso culpable por estar espiándote a ti mismo. Pero yo no estoy ahí. Es algo natural. Sobre la mesita está el teléfono. Si pudiera, me gustaría llamar. Encima de la mesa, hay una carta a medio escribir. Myû querría leerla desde donde está. Pero, como es lógico, no todo se distingue con tanto detalle.

Pronto, la noria alcanza el cenit y emprende el descenso. Baja un poco, pero de súbito se detiene con estrépito. Myû choca violentamente con el hombro contra la pared, los anteojos están a punto de caérsele al suelo. El motor que hace girar la rueda se detiene, un silencio antinatural cae sobre los alrededores. La animada música que has­ta hace unos instantes sonaba como telón de fondo ha cesado. Las luces de la mayoría de las casetas se han apagado. Myû aguza el oído. Nada se oye aparte del susurro del viento. Silencio absoluto. Ninguna voz invi­tando a la gente, ningún chillido alboroza­do de niño. Al principio le cuesta entender qué ha sucedido. Pronto lo comprende. Me han dejado aquí dentro.

Se inclina por la ventana entreabierta y mira de nuevo hacia abajo. Se da cuenta de que está a una altura formidable. Piensa en gritar. En pedir ayuda. Pero, antes de hacerlo, comprende que nadie la oirá. Es dema­siado alto, está demasiado lejos del suelo, su voz es demasiado débil.

«¿Adónde habrá ido el viejo? Seguro que está bebiendo», piensa Myû. Aquel color de cara, su aliento, la voz ronca… No hay duda. «El hombre estaba borracho, ha olvidado que yo he subido a la noria y ha apagado las má­quinas. Ahora debe de hallarse en algún lu­gar, bebiendo cerveza, o ginebra, y volverá a emborracharse y a olvidarse de todo.» Myû se mordió los labios. Quizá no pueda salir de aquí hasta mañana al mediodía. O quizás al atardecer. ¿A qué hora abrían el parque de atracciones? No lo sabía.

Pese a ser pleno verano, las noches en Suiza son frescas. Myû llevaba sólo una del­gada blusa y una falda corta de algodón. Empieza a soplar el viento. Myû vuelve a inclinarse por la ventanilla y mira hacia aba­jo. Hay menos luces encendidas que antes. Parece que los trabajadores del parque han terminado su jornada y se han ido. Lo que no quiere decir que no deba quedarse alguien a vigilar. Respira hondo y grita con decisión: «¡Socorro!». Aguza el oído. Vuelve a intentarlo, una y otra vez. No hay respuesta.

Saca la agenda del bolso, escribe en fran­cés: «Estoy atrapada en la noria del parque de atracciones. ¡Ayúdenme!». Tira la hoja por la ventanilla. El trozo de papel cabalga en el aire. El viento sopla hacia la ciudad, con un poco de suerte caerá allí. Pero, aun suponiendo que alguien la recoja y la lea, ¿se lo creerá? En la hoja siguiente apunta también su nombre y dirección. Así es más creíble. De esta forma, pensarán que es verdad, que no es una gamberrada, ni una broma. Ella va arrancando medias páginas de su agenda, las arroja, una tras otra, al viento.

Luego tiene una idea, saca la cartera del bolso, la vacía, a excepción de un billete de diez francos, y mete dentro un trozo de papel. «Estoy atrapada en la noria, encima de su cabeza. ¡Ayúdeme!», y tira la cartera por la ventana. Cae en vertical, directamente hacia el suelo. Pero no se ve dónde ha aterrizado, ni tampoco ha hecho ningún ruido al dar contra el suelo. En el monedero metió otra nota y también lo arrojó al suelo.

Myû miró su reloj de pulsera. Las agujas marcaban las diez y media. Inspecciona lo que lleva en el bolso. Algo de maquillaje, un espejo, el pasaporte. Gafas de sol. Las llaves del coche de alquiler y del aparta­mento. La navajita que utilizaba para pelar la fruta. Una bolsa de celofán con tres ga­lletas saladas. Un libro en francés en edi­ción rústica. Cenar, ya ha cenado, así que hasta mañana no pasará hambre. Con el fresco que hace, sed tampoco le dará. Por suerte, tampoco tiene ganas de orinar, de momento.

Se sentó en el banco de plástico, apoyó la cabeza contra la pared. Empezó a hacerse reproches inútiles. ¿Por qué había ido al parque y montado en aquella noria? ¡Ojalá hubiera vuelto directamente a casa tras la cena! De haberlo hecho, ahora estaría en la cama, con un libro, después de haberse dado tranquilamente un baño caliente. Como siempre. ¿Por qué no lo había hecho? Y, ade­más, ¿por qué aquella gente empleaba a un viejo alcohólico irresponsable como aquél?

El viento hacía rechinar la noria. Para impedir el paso del viento, Myû intentó cerrar el ventanuco, pero no tenía suficien­te fuerza para subirlo. Desistió y se sentó en el suelo. Se arrepentía de no haberse traído una chaqueta. Al salir de casa había estado dudando si echarse una chaqueta delgada sobre los hombros. Pero la noche esti­val era muy agradable y el restaurante sólo estaba a tres manzanas de su apartamento. Que encaminaría sus pasos hacia el parque y que montaría en la noria era algo que ni se le había pasado por la cabeza. Todo ha­bía ido mal.

Para tranquilizarse, se quitó el reloj de pulsera, el delgado brazalete de plata, los pendientes con forma de concha y los metió en el bolso. Se acurrucó en un rincón. Desea­ba dormir de un tirón hasta la mañana si­guiente. Por supuesto, no le sería fácil. Sentía frío, inseguridad. De vez en cuando, una fuerte ráfaga de viento hacía temblar de repente la noria. Cerró los ojos y, moviendo levemente los dedos sobre un teclado imagi­nario, empezó a interpretar la Sonata en do menor de Mozart. Sin ninguna razón especial, aún recordaba a la perfección aquella melo­día que tocaba de pequeña. Pero, a medio ca­mino del suave declive del segundo movimien­to, su cabeza se fue nublando y se durmió.

No sabe cuánto tiempo ha dormido. Pero no debe de ser mucho. Se despertó de repente. De momento, no sabía dónde se encontraba. Luego, gradualmente, recuperó la memoria. «¡Ah, ya! Estoy encerrada en la noria del parque de atracciones!» Sacó el reloj del bolso y lo miró. Era alrededor de medianoche. Myû se sentó en el suelo de madera. Había dormido en una posición extraña y le dolían las articulaciones. Bostezó varias veces seguidas, se desperezó, se frotó las muñecas.

No parecía que fuera a continuar durmien­do y, para distraerse, sacó el libro del bolso y empezó a leer por donde lo había dejado. Se trataba de una novela policiaca nueva que había comprado en la librería de la ciudad. Era una suerte que las luces de la noria per­manecieran encendidas toda la noche. Cuando hubo leído unas cuantas páginas, se dio cuen­ta de que no seguía el hilo del argumento. Los ojos recorrían correctamente las líneas, pero su mente erraba por otros derroteros.

Myû desistió, cerró el libro. Alzó la ca­beza, contempló el cielo nocturno. No se veía ninguna estrella, debía de estar encapotado. La luna, en cuarto creciente, también esta­ba velada. Debido a la iluminación, su cara se reflejaba de un modo extrañamente nítido en el cristal encastado de la ventana. Myû permaneció largo tiempo inmóvil contemplando su rostro. «También esto acabará un momento u otro», se dijo a sí misma. «Anímate. Cuan­do haya pasado, seguro que será una historia divertida para contar. ¡Yo encerrada toda la noche en la noria de un parque de atraccio­nes en Suiza!»

Pero ésta no será una historia divertida. La verdadera historia aún ha de empezar.

Poco después alcanza los anteojos y se dispone a mirar de nuevo su habitación. Nada ha cambiado. «Es lo normal, ¿no?», piensa. Y son—ríe para sí.

Desplaza la vista hacia las ventanas de otros apartamentos. Es más de medianoche, casi todo el mundo duerme. Casi todas las ventanas están a oscuras. Pero algunos to­davía no se han acostado, la luz permanece encendida. Los inquilinos de los pisos ba­jos han corrido, precavidos, las cortinas. Pero los que viven en los pisos altos, li­bres de la preocupación de que los vean, han descorrido las cortinas para que entre el aire fresco de la noche. Sus vidas cotidia­nas transcurren dentro de sus hogares, en silencio, sin reservas. (¿Quién puede imagi­nar que, a medianoche, hay una persona ocul­ta en la noria con unos anteojos?) Pero a Myû le interesa poco fisgar en la vida pri­vada de la gente. Le parece más emocionante contemplar su habitación vacía.

Con los anteojos, recorre de manera cir­cular el edificio. Al dirigir de nuevo la mirada hacia su ventana contiene, sin darse cuenta, el aliento. Tras la ventana de su dormitorio ve a un hombre desnudo. No hace falta decir que primero piensa que se ha equivocado de habitación. Mueve los anteojos arriba y abajo, a derecha y a izquierda. Pero aquélla es, sin duda, su habitación. Tanto los muebles y las flores que hay en el jarrón como los cuadros de la pared son los mismos. El hombre es Fernando. Sin duda. Fer­nando está sentado en la cama de Myû, com­pletamente desnudo. Su pecho y su vientre están cubiertos de vello negro, y su largo pene cuelga flácido como un animal incons­ciente. ¿Qué diablos está haciendo ese hom­bre en mi habitación? Su frente se perló de sudor. ¿Cómo ha podido entrar? Myû no lo comprende. Se enfada, se aturde. Aparece una mujer. Llevaba una blusa blanca de manga cor­ta y una falda corta de algodón azul. ¿Una mujer? Myü sujeta con fuerza los anteojos, aguza la vista. Era ella.

La mente de MI/C.1 quedó en blanco. Yo estoy aquí, contemplando mi habitación con los an­teojos. En la habitación, también estoy yo. Myû enfocó una y otra vez los anteojos. Pero aquella mujer, por más que mirara, seguía siendo ella. Va vestida de la misma forma. Fernando la abrazó, la condujo hasta la cama. Besándola, desnudó dulcemente a la Myü que estaba en la habitación. Le quitó la blusa, le desabrochó el sujetador, le quitó la fal­da, los labios pegados a su nuca, le acari­ció los pechos envolviéndolos en la palma de su mano, estuvo acariciándolos un rato, le quitó las bragas con una mano. También éstas eran idénticas a las que llevaba Myû. Se quedó sin aliento. ¿Qué diablos estaba suce­diendo?

El pene de Fernando se ha puesto duro sin que ella se haya dado cuenta, ahora está erecto como un palo. Un pene enorme. Jamás había visto uno tan grande. Él toma la mano de Myü, hace que lo agarre. Fernando acari­cia cada centímetro del cuerpo de Myû, la lame entera. Invierte en ello mucho tiempo. La mujer no lo rechaza. Ella (la Myû de la habitación) se abandona a sus caricias, parece gozar de estos instantes de deseo car­nal. De vez en cuando alarga la mano, aca­ricia el pene y los testículos de Fernando. Le ofrece sin reservas todo su cuerpo.

Myû no podía apartar los ojos de esa ex­traña escena. Se sentía morir. Tiene la boca completamente seca, no puede tragar saliva. Le daban ganas de vomitar. Todo estaba exa­gerado de manera grotesca, como una pintura alegórica medieval, todo rezumaba malicia. Myñ pensó: «Me están mostrando esta escena adrede. Saben muy bien que los estoy miran­do». Pero no pudo apartar la vista.

El vacío.

¿Qué sucedió después?

Myñ no se acuerda de nada más. Sus re­cuerdos se interrumpen en este punto.

–No me acuerdo –dice Myû. Habla en voz baja, cubriéndose la cara con las manos–. Sólo sé que era horrible. Yo estaba ahí, mi otro yo allá, y él, Fernando, le hacía todo tipo de cosas a mi yo del otro lado.

¿Todo tipo de cosas? ¿Como cuáles?

No me acuerdo. Todo tipo de cosas. Mien­tras estuve encerrada en la noria, le hizo lo que quiso a mi yo del otro lado. A mí el sexo no me daba miedo. Disfrutaba de él con libertad. Pero lo que vi allí era distinto. Eran actos obscenos, absurdos, tenían como único objetivo envilecerme. Fernando ponía en juego todas sus destrezas, se servía de sus gruesos dedos y de su gran pene para mancillarme. (Pero mi otro yo, el yo del otro lado, no parecía darse cuenta de que lo mancillaban.) Y, al final, incluso resultó no ser Fernando.

¿Que ya no era Fernando? Myû. Si ya no era él, ¿en había convertido entonces?

No lo sé. No me acuerdo. Pero al final ya no era él. O quizá no lo había sido desde el principio.

Se descubre a sí misma en la cama de un hospital. Una bata blanca cubre su cuerpo desnudo. Siente dolor en las articulaciones. El doctor le explica lo sucedido. Por la ma­ñana temprano, unos empleados del parque han encontrado la cartera que ella había arroja­do y se han percatado de la situación. Han hecho descender la noria, han llamado a una ambulancia. Dentro de la noria, Myû estaba inconsciente, plegada sobre sí misma. Parece que ha recibido un fuerte shock. Sus pupilas no reaccionan con normalidad. Su cara y sus brazos están llenos de desolladuras, su blu­sa tiene manchas de sangre. La llevan al hospital, le hacen un reconocimiento médico. Nadie comprende cómo ha podido herirse de esa forma. Pero ninguna herida es lo sufi­cientemente profunda como para dejar cica­triz. La policía lleva a comisaría al viejo de la noria. Éste no recuerda en absoluto haber dejado que Myñ montara en la noria poco antes de que el parque cerrara.

Al día siguiente, la policía acude al hos­pital y le hace algunas preguntas. Ella es incapaz de responder. Los policías confron­tan el rostro de Myû con el de la fotogra­fía del pasaporte y fruncen el ceño. En sus rostros aflora una expresión extraña, como si, por equivocación, se hubieran tragado algo desagradable. Luego preguntan incómo­dos: «Señorita, perdone, pero ¿tiene usted realmente veinticinco años?». «Sí», responde ella. «Tal como dice el pasaporte.» No en­tiende por qué se lo preguntan.

Poco después, va al lavabo a lavarse la cara, contempla su rostro en el espejo y comprende la razón. Su cabello ha encaneci­do por completo, sin salvarse un solo pelo. Es inmaculado, como la nieve recién caída. Al principio, piensa que en el espejo se re­fleja la imagen de otra persona. Se da la vuelta. Pero no hay nadie más. En el lavabo sólo está ella. Vuelve a mirarse en el es­pejo. Comprende que la mujer de pelo encane­cido es ella misma. Se desvanece, cae al suelo.

Myû se pierde.

–Yo me quedé en este lado. Pero mi otro yo, o quizá tendría que decir mi otra mitad, se fue a la orilla opuesta. Llevándose mi pelo negro, mi deseo sexual, mi menstrua­ción, mi ovulación y, tal vez, mis ganas de vivir. La mitad que se quedó atrás es el yo que está aquí ahora. Así lo he sentido des­de entonces. En una pequeña ciudad suiza, dentro de una noria, por alguna razón desco­nocida, mi ser se escindió de forma defini­tiva en dos. Quizá fuese una especie de transacción. Pero ¿sabes?, no es que me des­pojaran de algo. Porque ese algo aún debe de existir en la otra orilla. Lo sé. Sólo que un espejo se interpone entre nosotras, sim­plemente. Y yo no podré cruzar jamás esa pa­red de cristal. Jamás.

Myû se mordisqueó las uñas.

—Claro que no se puede hablar del futuro. ¿No crees? Quizás alguna vez, en algún lugar, nos reencontremos y volvamos a fundirnos las dos en una. Sin embargo, que aún un gran problema. Yo ya no puedo discernir cuál de las imágenes a ambos lados del espejo es la auténtica. Es decir, ¿era el verdadero yo el que aceptó a Fernando? ¿O el que yo que lo destestaba? No me siento capaz de aclarar esta confusión.

Tras las vacaciones de verano, Myü no vuelve a la universidad. Abandona sus estu­dios en el extranjero y regresa a Japón. Tampoco vuelve a tocar el teclado. Ha perdi­do la fuerza necesaria para crear música. Al año siguiente fallece su padre. Ella le su­cede en la dirección de la empresa.

–No poder seguir tocando el piano me oca­sionó una conmoción, seguro, pero no me pa­reció una gran pérdida. Yo ya presentía que, antes o después, me sucedería. De todas for­mas… –Myü sonrió–, el mundo está lleno de pianistas. Con los veinte pianistas de pri­mera categoría en activo que debe de haber en el mundo es suficiente. Si vas a una tien­da de discos y buscas Waldstein o Kreisle­riana, lo entenderás. El repertorio de músi­ca clásica es limitado y el espacio en los estantes de CD también lo es. Para la pro­ducción discográfica mundial, basta con vein­te pianistas de primera en activo. Que yo desaparezca no puede importarle a nadie. –Myû extendió sus diez dedos ante los ojos, hizo girar las manos una y otra vez. Como si estuviera confirmando, una vez más, sus re­cuerdos–. Cuando llevaba un año en Francia, descubrí algo extraño. Descubrí que personas cuya técnica era inferior a la mía, que se esforzaban menos, eran más capaces que yo de emocionar a la audiencia. En los concursos siempre me ganaban en la última fase. Al principio pensaba que había algún error. Pero se repitió lo mismo cientos de veces. Eso a mí me irritaba, me enfurecía. ¡No es justo!, pensaba. Pero, poco a poco, incluso yo fui viéndolo. Que me faltaba algo. No sé muy bien qué, pero algo importante. Tal vez la profundidad necesaria, como persona, para pro­ducir una música capaz de emocionar a los otros. Mientras estuve en Japón no me daba cuenta. Allí, yo siempre había sido la mejor y tampoco tenía tiempo para hacerme pregun­tas sobre mis interpretaciones musicales. Pero en París estaba rodeada de personas con talento y yo, al final, incluso acabé comprendiéndolo. De una manera diáfana, igual que el sol asciende en el cielo y despeja la niebla.

Myû suspiró. Alzó la cabeza y sonrió.

–A mí, desde niña, me había gustado esta­blecer mis propias normas, sin fijarme en lo que me rodeaba, y seguirlas. Era una niña in­dependiente, concienzuda. Había nacido en Ja­pón, iba a una escuela japonesa, había cre­cido jugando con amigos japoneses. Por eso me sentía completamente japonesa, pero, a pesar de ello, era de nacionalidad extranjera. Para mí, en sentido estricto, Japón era, al fin y al cabo, un país extranjero. Mis padres no eran del tipo que insiste machaconamente en las cosas, pero esto, sólo esto, sí me lo metieron en la cabeza desde pequeña: «Tú aquí eres extranjera». Y yo decidí que, para vi­vir en este mundo, debía hacerme fuerte.

Myû prosiguió con voz serena.

–Fortalecerse, en sí mismo, no es malo. Claro está. Pero ahora veo que yo estaba demasiado acostumbrada a ser fuerte y que jamás traté de entender a los débiles. Esta­ba demasiado acostumbrada a que la fortuna me sonriera y jamás traté de entender a los menos afortunados. Estaba demasiado acostum­brada a gozar de salud y jamás traté de en­tender el sufrimiento de quienes a veces no la tenían. Cuando veía a personas que, no yéndoles bien las cosas, no sabían qué hacer o estaban paralizadas por el miedo, pensaba que se debía sólo a que no se esforzaban lo suficiente. Los que se quejaban a menudo me parecían intrínsicamente holgazanes. Mi con­cepción de la vida era decididamente prácti­ca, pero falta de toda calidez humana. Y no había una sola persona a mi alrededor que me lo advirtiera.

»A los diecisiete años perdí la virgini­dad y, desde entonces, me acosté con no po­cos hombres. Salí con muchos chicos y, ade­más, si se daba la ocasión, me acostaba con hombres a quienes apenas conocía. Pero, amar a alguien…, amar a alguien de corazón, ni una sola vez. A decir verdad, no tenía tiem­po. La idea de convertirme en una pianista de primera categoría ocupaba por entero mi alma, dar un rodeo o desviarme de mi camino ni siquiera se me había pasado por la cabe­za. “¿Qué me falta?”, cuando me di cuenta de ese vacío, ya era demasiado tarde.

Myû volvió a extender los dedos de ambas manos ante sus ojos y reflexionó unos ins­tantes.

–En este sentido, lo que me ocurrió en Suiza hace catorce años tal vez fuera, de alguna forma, algo que yo misma hice. A ve­ces lo pienso.

Myû se casa a los veintinueve años. Deseo sexual, no puede sentirlo en absoluto. Tras lo sucedido en Suiza es incapaz de tener re­laciones íntimas. Algo se ha extinguido en su interior para siempre. Ella le explica este hecho –sólo esto– a él. «Por eso no puedo casarme con nadie.» Pero él le dijo que la amaba y que, aunque no tuvieran re­laciones físicas, quería compartir su vida con ella. Myû no encontró razón alguna para rechazar su propuesta. Lo conocía desde niña y siempre había sentido afecto por él. Como compañero para toda la vida, era impensable otra persona. Y, en el terreno práctico, la formalidad del matrimonio era sumamente im­portante para la empresa que ella dirigía. Myû prosigue:

–Mi esposo y yo sólo nos vemos los fines de semana, pero nos llevamos fundamentalmen­te bien. Somos como dos buenos amigos y com­partimos nuestras vidas, nos sentimos muy cómodos el uno junto al otro. Hablamos de muchas cosas y, también en el plano humano, confiamos el uno en el otro. Cómo y dónde satisface su vida sexual, eso es algo que no sé, pero no me concierne. Sea como sea, no mantenemos relaciones sexuales. Tampoco nos tocamos. Me sabe mal, pero no quiero tocarlo. No quiero tocarlo, sencillamente.

Cansada de hablar, Myû se cubrió en si­lencio la cara con ambas manos. Al otro lado de la ventana, el cielo ya estaba del todo claro.

–Yo antes estaba viva, ahora todavía lo estoy, estoy realmente frente a ti, hablándote. Pero lo que hay aquí no es mi verda­dero yo. Lo que ves no es más que una som­bra de lo que alguna vez fui. Tú estás real­mente viva. Pero yo no. Incluso las palabras que pronuncio ahora me suenan vacías como el eco.

Sin decir nada, rodeo los hombros de Myû con un brazo. No encuentro las palabras ade­cuadas. Por eso, inmóvil, seguiré abrazándola hasta la eternidad.

Amo a Myû. No hace falta decir que amo a la Myû de esta orilla. Pero amo también, con la misma intensidad, a la Myû que seguramen­te se encuentra en la otra orilla. Es un sentimiento intenso. Cuando pienso en ello, siento un chirrido en mi interior, como si estuviera partiéndome en dos. Como si el he­cho de que yo me escinda fuera una proyec­ción de la partición de Myû. Con toda in­tensidad, sin posibilidad de elección.

Después, aún me queda una duda. Si esta orilla en la que Myû está ahora no es el mundo de su imagen real original (es decir, si esta orilla era la orilla opuesta), ¿quién diablos soy yo, qué hago aquí compartiendo simultánea e íntimamente mi existencia con ella?

 

 

13

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Leí dos veces los dos documentos. La primera, deprisa; la segunda, despacio, permanecí alerta al mínimo detalle, lo grabé todo en mi cabeza. Ambos habían sido escritos por Sumire, sin duda. Estaban llenos de palabras y expresiones características suyas, que sólo cabía esperar que salieran de su pluma. El tono era, sin embargo, algo distinto. Había cierta contención, un distanciamiento que no se apreciaba en otros textos. Pero los había escrito ella, sin ningún géne­ro de dudas.

Tras vacilar unos instantes, guardé el disquete en el bol­sillo de mi bolsa. Si Sumire aparecía sana y salva, bastaba con volver a ponerlo en su lugar. El problema era si no re­gresaba. En tal caso, alguien podría ordenar sus cosas y en­contrarlo. Y yo no quería exponer, bajo ningún concepto, sus documentos a miradas ajenas.

Después de leerlos, no pude permanecer quieto en el in­terior de la casa. Me puse una camisa limpia, salí afuera, bajé las escaleras, me dirigí a la ciudad. Cambié cheques de viaje por valor de cien dólares en el banco situado frente al puerto, compré en el quiosco un periódico de formato re­ducido en inglés, lo leí bajo la sombrilla del café. Llamé a un somnoliento camarero, le pedí una limonada y tostadas con queso. Tomándose su tiempo, anotó el pedido en un bloc con un lápiz corto. En la espalda de su camisa blanca se extendía una gran mancha de sudor. Una mancha de con­tornos agudos, como si se quejara de algo.

Después de leer mecánicamente medio periódico, dejé vagar la mirada por la escena del puerto al atardecer. Un pe­rro negro y flaco llegó de alguna parte, me olisqueó las pier­nas, luego, desinteresado, se marchó. La gente dejaba pasar, sin moverse del sitio, aquella lánguida tarde de verano. Los únicos que realmente se movían, poco o mucho, eran el camarero y el perro; claro que no se sabía hasta cuándo se­guirían haciéndolo. El viejo del quiosco, que poco antes me había vendido el periódico, estaba dormido bajo un para­sol, recostado en una silla, con las piernas extendidas. La es­tatua del héroe empalado del centro de la plaza ofrecía su espalda, impertérrito como siempre, al fuerte sol de la tarde.

Me refresqué la frente y las palmas de las manos con la limonada fría mientras cavilaba sobre las posibles conexio­nes entre los textos de Sumire y su desaparición.

Durante mucho tiempo, Sumire no había escrito una lí­nea. Al conocer a Myû, en el banquete de bodas, había per­dido las ganas de escribir. No obstante, en aquella isla grie­ga había escrito, casi simultáneamente, dos textos. Por rápi­do que escribiera, para producir todo aquello había necesitado, con toda seguridad, una considerable cantidad de horas y de concentración. Algo la había estimulado con fuerza y la había hecho ponerse en pie y sentarse ante la mesa.

¿Qué diablos debía de haber sido? Concretando un poco más, ¿cuál debía de ser el tema común —si lo había—de ambos escritos? Alcé la mirada y, mientras reflexionaba sobre ello, contemplé las aves marinas posadas a lo largo del malecón.

Hacía demasiado calor para pensar en cosas complica­das. Al final me sentía confuso, cansado. Sin embargo, como si reorganizara los restos de un ejército, fui capaz de reunir —sin tambores ni cornetas— la capacidad de concen­tración que me quedaba. El estado de mi conciencia se re­hizo y pensé.

«Lo que importa no son las grandes ideas de los otros sino las pequeñas cosas que se te ocurren a ti», me dije en voz baja. Era lo que siempre les enseñaba en clase a mis alumnos. Pero ¿era cierto? Decirlo es muy fácil. En la prác­tica, por pequeña que sea la idea, cuesta horrores concebir­la. No, quizá sea aún más difícil tener ideas simples. En es­pecial cuando estás lejos de casa.

El sueño de Sumire. La división de Myû.

«Dos mundos distintos», se me ocurrió poco después. Ése era el elemento común a los dos «documentos» que es­cribió Sumire.

(Documento 1)

En su mayor parte relata el sueño que tuvo Sumire una noche. Ella sube por una larga escalera para reunirse con su madre muerta. Pero, cuando llega, su madre ya ha regresa­do al otro mundo. Sumire no puede retenerla y, en lo alto de una torre sin destino, se ve rodeada de objetos de un mundo diferente. Ha tenido muchos sueños parecidos.

(Documento 2)

Narra la extraña experiencia que sufrió Myû catorce años atrás. Myû queda atrapada toda la noche dentro de una no­ria en un parque de atracciones de una pequeña ciudad sui­za y, desde allá, con unos anteojos, ve a su segundo yo que está dentro de su habitación. Una Doppelgänger.[9] La expe­riencia aniquila a Myû como ser humano (o pone de mani­fiesto su destrucción). Utilizando sus propias palabras: está dividida en dos y un espejo se interpone entre ambas mita­des. Sumire persuadió a Myû para que se lo contase y, des­pués, lo plasmó por escrito.

El tema común a ambos documentos es, obviamente, la relación entre «este lado» y el «otro lado». Su correspon­dencia. Ése debía de ser el tema que despertó el interés de Sumire. Lo que hizo que se sentara frente a la mesa e in­virtiera tanto tiempo en escribir los documentos. Tomando prestadas sus propias palabras: a medida que los escribía pensaba.

El camarero vino a retirar el plato de las tostadas, le pedí otra limonada. Con mucho hielo. Cuando me la traje­ron, tomé un sorbo y volví a refrescarme la frente.

«¿Y qué haré si Myû no me acepta?», había escrito Su—mire hacia el final del primer documento. «En ese caso ten­dré que aceptar las cosas como vengan. Debe correr la san­gre. Debo afilar mi cuchillo y degollar un perro en alguna parte.»

¿Qué intentaba decir Sumire? ¿Estaba insinuando que se suicidaría? No podía creerlo. No percibía en esas palabras el olor de la muerte. En ellas vibraba, más bien, una espe­cie de desafio, la voluntad de seguir hacia delante. Los pe­rros y la sangre no eran, al fin y al cabo, más que metáfo­ras… Tal como le había explicado en el banco del parque de Inogashira. Se referían a la fuerza de la vida en sentido mágico. Le había hablado de aquellas puertas de China como metáfora del proceso a lo largo del cual un relato atrapa la magia.

«Debo degollar un perro en alguna parte.»

¿En alguna parte?

Mis cavilaciones chocaron contra un duro muro de pie­dra y ya no pude proseguir.

¿Adónde diablos habría ido Sumire? ¿Habría, en aquella isla, algún lugar adonde ella tuviera que ir?

No podía alejar del pensamiento la imagen de Sumire cayendo dentro de un profundo pozo, en algún lugar recóndito, esperando allí, sola, a que la rescataran. Tal vez es­tuviera herida, atenazada por la soledad, por el hambre, la sed. Al pensarlo me desesperaba.

Pero la policía aseguraba que no había un solo pozo en la isla. Jamás han oído que haya en agujero cerca de la ciudad. Dicen. La isla es muy pequeña y, de haber al­gún pozo o algún agujero, lo sabrían. Eso dicen. Y así debe de ser.

Aventuro una hipótesis.

Sumire se ha ido al otro lado. Eso explicaría muchas co­sas. Sumire ha atravesado el espejo, ha pasado al otro lado. Quizás haya ido a reunirse con la Myû del otro lado. Ya que la Myû de este lado no la acepta, ¿no es ése el camino más lógico a seguir?

Ella ha escrito…, reconstruyo mis recuerdos: «Entonces, ¿qué debe hacer una persona para evitar el choque? Si se aborda la cuestión con lógica, es sencillo. Lo que debe ha­cer es soñar. Soñar y soñar. Entrar en el mundo de los sue­ños y no salir de él. Vivir allí eternamente».

Queda una pregunta. Una gran pregunta. ¿Cómo ha conseguido llegar hasta allí?

Desde un punto de vista lógico, es sencillo. Sin embar­go, no puedo dar una explicación concreta, claro está. Y vuelvo al punto de partida.

Pienso en Tokio. En mi apartamento, en la escuela don­de trabajo, en la basura de la cocina que he tirado a hurta­dillas dentro de una papelera de la estación. No hace ni dos días que he dejado Japón y ya me parecen cosas de otro mundo. Dentro de una semana empezará el nuevo curso. Me imaginé a mí mismo de pie frente a treinta y cinco ni­ños. Visto desde lejos, el hecho de estar yo, como maestro, enseñando algo a alguien me parecía extraño, absurdo. Aun­que fuese a niños de diez años.

Me quito las gafas de sol, me enjugo con un pañuelo el sudor de la frente, vuelvo a ponérmelas. Contemplo las aves marinas.

Pienso en Sumire. Pienso en la violenta erección que tuve a su lado el día de la mudanza. Una erección tan turgente y violenta como jamás había tenido. Tanto que parecía que mi cuerpo fuera a desgarrarse. Y yo, en aquellos instantes, en mi imaginación —o, tal vez, como decía Sumire, «en el mundo de los sueños»— hice el amor con ella. Y esa sensación era más vívida en mi recuerdo que el sexo real con otras mujeres.

Me aclaro la garganta con el último sorbo de limonada.

Vuelvo de nuevo a mi «hipótesis». La llevo un paso más allá. Sumire ha encontrado, en alguna parte, una salida. Lo aventuro, simplemente. Qué tipo de salida es o cómo la ha encontrado, esto no puedo saberlo. Lo dejaremos para más tarde. Supongamos que es una puerta. Cierro los ojos y con­figuro una imagen concreta, definida, de una puerta. Una puerta normal que se abre en una pared corriente. Sumire ha hallado esta puerta en algún lugar, ha alargado la mano, ha hecho girar el pomo y ha pasado sin más… De este lado al otro lado. Con un pijama fino de seda y unas sandalias de playa.

¿Qué escena podía haber al otro lado de la puerta? Eso escapaba a mi imaginación. Pero la puerta se había cerrado, Sumire ya no volvería.

Regresé a la casa, me preparé una cena sencilla con lo que encontré en la nevera. Pasta con tomate y albahaca, en­salada y cerveza Amstel. Después me senté en la terraza y me perdí en mis pensamientos. O, quizá, no pensé absolu­tamente en nada. Nadie llamó. En Atenas, Myû debe de es­tar intentando ponerse en contacto conmigo. Pero con los teléfonos de la isla no se puede contar.

Igual que el día anterior, el azul del cielo iba, minuto a minuto, ganando en profundidad, una gran luna esférica as­cendía sobre el mar y una multitud de estrellas perforaban el cielo. El viento que subía la cuesta mecía suavemente los hibiscos. Los faros desiertos que se levantaban en el male­cón parpadeaban con una luz polvorienta. La gente bajaba despacio la pendiente tirando de sus burros. Retazos de con­versaciones a voz en grito se acercaban y se perdían en la distancia. Yo aceptaba esa exótica escena en silencio, como si fuera lo más natural.

Al final no hubo ninguna llamada. Tampoco apareció Sumire. Sólo sentía el tiempo deslizándose con suavidad, en silencio, la noche que avanzaba. Cogí algunas cintas de casete de la habitación de Sumire y las escuché en el apara­to estéreo de la sala. Una de las cintas era una recopilación de canciones de Mozart. La letra de Sumire anunciaba en la etiqueta: «Elisabeth Schwarzkopf y Walter Gieseking (p)». No soy un gran entendido en música clásica, pero ensegui­da comprendí lo bellísima que era. La interpretación de las canciones tenía un aire un poco anticuado, pero te produ­cía una agradable sensación, la misma que cuando lees un texto de estilo fluido y elegante, la sensación de ponerte instintivamente alerta. Los avances y retrocesos del hálito de la cantante y del pianista se reproducían de una manera tan viva como si los tuviera a ambos realmente ante mis ojos. ¿Cuál de aquellas melodías debía de ser Violeta? Me hundí en la silla, cerré los ojos y compartí la música con Sumire.

Me despertó una melodía. No sonaba muy alto. Era un eco lejano, apenas audible. Sin embargo, despertó mis sen­tidos de una manera suave pero infalible, como un marine­ro sin rostro que fuera recogiendo un ancla hundida en el mar de la noche. Me senté sobre la cama, agucé el oído mi­rando hacia la ventana. Es música, sin duda. A la cabecera de mi cama, las agujas del reloj señalan poco más de la una. ¿A estas horas quién diablos escuchará música a todo volu­men?

Me puse los pantalones, me metí por la cabeza la cami­sa sin desabrochar, me calcé y salí afuera. Las luces de las casas de los alrededores estaban apagadas, todas sin excep­ción. No se ve un alma. No había viento, no se oía el ru­mor del oleaje. Sólo la luz de la luna bañando sin palabras la superficie de la tierra. Allí, de pie, agucé de nuevo el oído. La música, al parecer, venía de la cima del monte. Es extraño. Allí no hay ningún pueblo, los únicos que viven allí son los monjes ascetas del monasterio y un puñado de pastores. Era impensable que se reunieran todos a esas ho­ras para alguna celebración.

Fuera, la música se oía con más claridad. No puedo dis­tinguir la melodía, pero, por el ritmo, comprendo que es música griega. Tenía la resonancia, aguda e irregular, propia de la música en vivo. No está sonando por altavoces.

Por entonces, ya me había despejado del todo. La noche estival era agradable, poseía una profundidad íntima. De no haber estado preocupado por la desaparición de Sumire, mi ánimo hubiera sido, incluso, festivo. Con ambas manos en las caderas me desperecé, alcé la vista y respiré hondo. El frescor de la noche me lavó por dentro. «¿No se hallará Su—mire ahora, tal vez, en algún lugar, oyendo esta música?», se me ocurrió de repente.

Decidí acercarme un poco al lugar desde el cual sonaba la música. Tenía que descubrir de dónde venía, quién diablos la estaba tocando. El camino que conducía a la cima era el mismo que aquella mañana había seguido para ir a la playa, no podía perderme. Decidí llegar lo más lejos posible.

La luna iluminaba vivamente los alrededores y andar no resultaba imposible. Entre las rocas, la luz de la luna creaba sombras de formas extrañas, teñía la tierra de tonos enigmáticos. Cada vez que pisaba piedras pequeñas, la suela de goma de mis zapatillas deportivas hacía un ruido excesivo, antinatural. Conforme iba subiendo la cuesta, el sonido au­mentaba progresivamente de volumen y la melodía se apre­ciaba con mayor precisión. Tal como había supuesto, la re­presentación musical tenía lugar en la cima del monte. De­bían de formar parte del conjunto algunos instrumentos de percusión que no podía precisar, un buzuki[10] y, tal vez, un acordeón y una flauta travesera. Y quizá también una guita­rra. Aparte del sonido de los instrumentos, no se oía nada más. Ni cantos ni ovaciones. Sólo una música que prose­guía sin pausas ni cortapisas, con un paso calmado, casi in­expresivo.

Quería ver qué pasaba en lo alto de la montaña y, al mismo tiempo, algo me decía que era mejor no acercarme allí. Me dominaba una curiosidad irrefrenable y, a la vez, sentía, instintivamente, miedo. Con todo, avancé. Me sen­tía como en un sueño. El principio que hacía posible poder elegir no me había sido dado. O, quizá, lo que no me era dado era la alternativa para establecer un principio.

¿Y si, unos días atrás, esa misma música hubiese desper­tado a Sumire e, impelida por la curiosidad, hubiese subido en pijama la cuesta de la montaña? Me vino esta idea a la cabeza.

Me detuve, miré hacia atrás. La pendiente descendía has­ta la ciudad serpenteando, blanca, como el rastro de un gu­sano gigantesco. Alcé la vista hacia el cielo y, luego, bajo la luz de la luna, me miré la palma de la mano. Entonces tuve la repentina impresión de que ya no era mi mano. No pue­do explicarlo. Pero, de todos modos, lo comprendí de un solo vistazo. Mi mano ya no era mi mano, mis pies ya no eran mis pies.

Bañado por la pálida luz de la luna, mi cuerpo carecía de todo hálito de vida, igual que una figurilla de barro. Al­guien se ha valido de un maleficio, como los que hacen los hechiceros de las islas de las Indias Occidentales, y ha insu­flado mi vida transitoria a ese pedazo de barro. Aquí no existe la llama de la vida verdadera. La vida de mi auténti­co yo se encuentra aletargada en alguna parte y una perso­na sin rostro la ha metido en una bolsa y está a punto de llevársela.

Sentí un escalofrío tan violento que casi me dejó sin res­piración. En algún lugar desconocido, alguien estaba reor­denando mis células, desatando el hilo de mi conciencia. No tenía tiempo para pensar. Lo único que podía hacer era guarecerme en mi refugio habitual. Me llené los pulmones de aire y me sumergí en el mar de mi conciencia. De cua­tro enérgicas brazadas bajé a través de la pesada agua hasta el fondo y me abracé con fuerza a una gran piedra que ha­bía allí. Para intimidar al intruso, el agua presionaba con fuerza mis tímpanos. Cerré los ojos, contuve la respiración, resistí. Una vez te decides, no es difícil. Enseguida te acos­tumbras a la presión del agua, a la falta de aire, a las hela­das tinieblas, a las señales que emite el caos. Era un acto que yo dominaba bien, pues lo había repetido una y otra vez desde niño.

El tiempo avanzaba y retrocedía, se entrelazaba, se hun­día, se reordenaba. El mundo se expandía sin fin y, al mis­mo tiempo, estaba limitado. Algunas imágenes nítidas —sólo imágenes— pasaban sin hacer ruido por el oscuro pa­sillo y desaparecían. Como medusas, como almas flotantes. Evité posar los ojos en ellas. Seguro que si hacía ademán de mirarlas, aunque sólo fuera un instante, cobrarían sentido de inmediato. El sentido se une a la temporalidad, la tem­poralidad me empuja con fuerza hacia la superficie del agua. Sellé mi mente, dejé que pasaran en procesión.

No sé cuánto tiempo permanecí de ese modo. Pero cuando volví a la superficie, abrí los ojos y respiré en silencio, la música ya había cesado. Al parecer, la misteriosa in­terpretación musical había llegado a su fin. Agucé el oído. No se oía nada. No se oía nada en absoluto. Ni música, ni voces, ni el susurro del viento.

Quise ver qué hora era, pero no llevaba el reloj de pul­sera. Me lo había dejado a la cabecera de la cama.

Al mirar hacia el cielo, vi que había aumentado el nú­mero de estrellas. O tal vez fueran imaginaciones mías. In­cluso tuve la impresión de que el cielo mismo se había con­vertido en una cosa distinta. Aquella extraña sensación de disociación se había esfumado. Me desperecé, doblé los brazos, los dedos de las manos. No me sentía extraño. Sólo los costados de mi camisa estaban algo fríos, empapados en sudor.

Me incorporé sobre la hierba y reanudé la ascensión. Habiendo llegado a esa altura, quería proseguir hasta la cima. Quería comprobar si quedaba algún indicio de que hubiera habido música. Llegué a la cumbre en cinco minu­tos. Al pie de la ladera sur, por donde había subido, se di­visaban el mar, el puerto y la ciudad dormida. Unas pocas farolas iluminaban, a trechos, el paseo marítimo. Al otro lado de la montaña, las sombras se extienden en lo que al­canza la vista. No hay ni una sola luz. Al aguzar la mirada vislumbré, mucho más allá, otra cresta flotando bajo la luz de la luna. A lo lejos, la oscuridad era aún más profunda. No hay indicio alguno de que, hace poco, se haya celebra­do una animada fiesta.

Ahora ya no estoy seguro de haber oído realmente la música. En el fondo de mis oídos aún resuena aunque muy poco. Pero conforme pasa el tiempo la certeza es cada vez menor. Quizá no haya existido nunca. Quizá fuera una ilu­sión y mis oídos captasen por error algo que pertenecía a un espacio y a un tiempo completamente distintos. ¿Quién podía reunirse a la una de la madrugada en la cima de una montaña y tocar música allí arriba?

Alcé la vista hacia la cumbre. La luna me pareció asombrosamente cercana, feroz. Una salvaje bola de piedra con la piel carcomida por el violento paso del tiempo. Las si­niestras sombras de formas diversas que flotaban en su su­perficie eran células cancerígenas ciegas alargando sus ten­táculos hacia el calor de la vida. La luz de la luna distor­sionaba todo sonido, borraba todo significado, extraviaba todo pensamiento. A Myû la había hecho presenciar su segundo yo. Se había llevado el gato de Sumire. La había hecho desaparecer a ella. A mí me había conducido hasta allí con una música que (probablemente) no había existido jamás. Ante mis ojos se extendía una oscuridad sin fondo y a mis espaldas había un mundo de pálida luz. Yo estaba en lo alto de una montaña, en un país extranjero, expuesto a la luz de la luna. ¿No estaría planeado todo meticulosamente desde un principio? No pude evitar que me asaltara la duda.

Volví a la casa, bebí un poco del brandy de Myû, y me dispuse a dormir. Pero no pude. Ni siquiera pude echar una cabezada. Hasta que empezó a clarear por el este me ase­diaron, implacables, la luna, la gravedad y los susurros.

Me imaginé a los gatos encerrados en el piso, medio muertos de hambre. Aquellos blandos, pequeños carnívo­ros. Yo —mi yo real— estaba muerto, ellos estaban vivos. Vi cómo devoraban mi carne, roían mi corazón, chupaban mi sangre. Aguzando el oído podía sentir cómo, en algún lugar remoto, los gatos sorbían mis sesos. Tres gatos de movi­mientos flexibles rodeaban mi cráneo partido y chupaban la densa sopa gris que contenía. Sus lenguas rojas y ásperas la­mían con deleite cada pliegue de mi conciencia. Y, a cada lametón, mi mente vacilaba y se iba diluyendo como la ne­blina.

 

 

14

No descubrimos qué había sido de Sumire. Tomando prestadas las palabras de Myû: se había desvanecido como el humo.

Dos días después, Myû volvió a la isla en el ferry de an­tes del mediodía. La acompañaba un miembro del cuerpo consular japonés y un oficial de la policía griega encargado de asuntos turísticos. Colaboraron con la policía local, se llevó a cabo una investigación a gran escala. En la prensa griega aparecieron grandes fotografías de Sumire, sacadas de su pasaporte, y se recabó información. Como resultado de ello, no pocas personas se pusieron en contacto con la policía o con los periódicos, pero, desgraciadamente, nin­guna aportó pistas válidas. Casi toda la información hacía referencia a terceros.

También los padres de Sumire fueron a la isla. Aunque, cuando ellos llegaron, yo ya me había ido. El curso estaba a punto de empezar y, ante todo, a mí no me apetecía en­contrarme allí con ellos. Los medios de comunicación ja­poneses, por otro lado, recogieron el suceso de la prensa griega y se pusieron en contacto con el consulado japonés y con la policía local. Le anuncié a Myû que debía regresar a Tokio. Permanecer más tiempo en la isla ya no ayudaría en nada a encontrar a Sumire.

Myû asintió.

—Que hayas estado aquí —dijo— ha representado para mí una gran ayuda. Te lo digo de corazón. Si no hubieras veni­do, me habría hundido hace tiempo. Pero ahora ya está.

A los padres de Sumire se lo explicaré lo mejor que pueda. De los medios de comunicación también puedo encargarme yo. Así que ahora ya no tienes por qué preocuparte. Tampo­co tenías, de buen principio, ninguna responsabilidad en el asunto. Cuando hace falta, puedo ser muy fuerte. Además, estoy acostumbrada a despachar trámites y asuntos prácticos.

Me acompañó hasta el puerto. Volví a Rodas en el ferry de la tarde. Hacía diez días que Sumire había desaparecido. Al final, Myû me abrazó. Fue un abrazo espontáneo. Du­rante largo tiempo, en silencio, mantuvo los brazos alrede­dor de mi espalda. Bajo el cálido sol de la tarde, sentí su piel extrañamente fría. A través de las palmas de las manos, Myû intentaba comunicarme algo. Pude sentirlo. Cerré los ojos y agucé el oído. Pero no era algo que pudiera traducir­se en palabras. Tal vez fuese algo que no debía formularse con palabras. Myû y yo, sumidos en el silencio, intercam­biamos varias cosas.

—Cuídate —dijo Myû.

—Y tú también —dije yo.

Luego, Myû y yo permanecimos en silencio ante el em­barcadero del ferry.

—Quiero que me respondas con sinceridad’—me abordó Myû con tono grave cuando me disponía a embarcar—. ¿Crees que Sumire ya no está viva?

Negué con un movimiento de cabeza.

—No tengo ninguna prueba concreta, pero me da la im­presión de que Sumire está en alguna parte, viva. Ni siquie­ra ahora, tanto tiempo después, siento realmente que haya muerto.

Myû cruzó sus bronceados brazos y me miró.

A decir verdad, yo tampoco. Siento lo mismo que tú. Que Sumire no está muerta. Pero, al mismo tiempo, tengo el presentimiento de que no volveré a verla jamás. Claro que yo tampoco dispongo de pruebas concretas.

No dije nada. El silencio que nos unía llenaba diversos resquicios vacíos. Las diferentes aves marinas cruzaban chi­llando el cielo sin nubes, y en el café el camarero de siem­pre servía bebidas con cara somnolienta.

Myû reflexionó unos instantes con los labios firmemen­te apretados. Luego dijo:

—¿No me odias?

—¿Porque Sumire haya desaparecido?

—Sí.

—¿Y por qué habría de odiarte?

—No lo sé. —En su voz se traslucía una especie de cansancio contenido durante largo tiempo—. Tengo la im­presión de que no es sólo a Sumire a quien no volveré a ver. Que tampoco te veré a ti jamás. Por eso te lo pre­gunto.

—Claro que no te odio —respondí.

—Pero, en el futuro, vete a saber, ¿no es así?

—Yo no odio de ese modo a la gente.

Myû se quitó el sombrero, se arregló el flequillo, se lo volvió a poner. Me miró con ojos deslumbrados.

—Eso seguro que es porque no esperas nada de nadie —dijo. Sus ojos eran profundos y límpidos como las tinie­blas del anochecer en que nos habíamos conocido—. No es mi caso. Pero tú a mí me gustas. Mucho.

Y nos separamos. Myû permaneció de pie en el extremo del malecón, despidiéndome, mientras el barco retrocedía, enfilaba con la popa la salida del puerto y, luego, lenta­mente, levantando espuma con las hélices, iba virando en redondo, como si se retorciera. La figura de Myû, de pie en el pequeño puerto de aquella isla griega, con su vestido blanco ceñido y sujetándose de vez en cuando el sombrero para que no se lo llevara el viento, era tan efímera y ade­cuada que no parecía real. Apoyado en cubierta, no pude apartar los ojos de ella. Por un instante, el tiempo se detuvo y esa imagen quedó impresa, con toda nitidez y para siempre, en las paredes de mi memoria.

Sin embargo, cuando el tiempo reanudó su marcha, la imagen de Myû se fue empequeñeciendo poco a poco, se convirtió en un punto borroso y, al fin, se fundió en la ca­lina. La ciudad se fue alejando, las siluetas de las montañas se desdibujaron y, al fin, la isla entera desapareció como si se fundiera en el halo de luz. Aparecieron otras islas y, también ellas, de igual forma, desaparecieron. Poco después, tuve la sensación de que nada de lo que dejaba atrás había existido nunca.

Quizá debería haberme quedado con Myû. Lo pensé. ¡Qué importaba el nuevo curso! Debería haber permaneci­do en la isla, alentar a Myû, hacer todo lo posible para en­contrar a Sumire y, de suceder algo malo, estrecharla fuerte­mente entre mis brazos. Creo que Myû me necesitaba y yo, en algún sentido, también la necesitaba a ella.

Myû había cautivado mi corazón con una fuerza ex­traña.

Lo descubrí mientras, desde cubierta, miraba cómo su silueta desaparecía en la distancia. Quizás a aquello no pu­diera llamársele amor, pero sí era algo parecido. Sentía cómo innumerables hilos se me enrollaban, apretando, alrededor del cuerpo. Incapaz de sosegarme, me senté en un banco de cubierta, apoyé la bolsa de plástico del gimnasio sobre las rodillas y me quedé contemplando indefinidamente la blan­ca y recta estela que el barco dejaba tras de sí. Unas gavio­tas seguían el ferry como si se aferraran a él. El tacto de la pequeña palma de la mano de Myû permanecería en mi es­palda para siempre como la sombra de un espíritu.

Pensaba volver directamente a Tokio, pero la reserva del avión que había hecho el día anterior quedó cancelada y tuve que pasar una noche en Atenas. Subí al pequeño au­tobús que la compañía aérea puso a nuestra disposición para llevarnos a un hotel de la ciudad. Se trataba de un ho­telito muy simpático, cerca de Plaka, aunque, atestado como estaba de turistas alemanes en un viaje organizado, era te­rriblemente ruidoso. No tenía nada especial que hacer, así que paseé por la ciudad, compré algunos souvenirs no desti­nados a nadie en particular y, al atardecer, subí solo a la Acrópolis. Me tumbé sobre una roca plana y, mientras el viento soplaba sobre mí, contemplé los blancos templos que se dibujaban de forma vaga en la azulada penumbra. Una escena bellísima, de ensueño.

Pero yo sólo sentía una soledad profunda, indescripti­ble. Sin darme cuenta, el mundo que me rodeaba había per­dido definitivamente sus colores. Desde aquella cima mísera de ruinas vacías de sentimientos pude vislumbrar mi propia vida extendiéndose hasta un futuro remoto. Se asemejaba a las desoladas escenas de planetas deshabitados que apare­cían en las ilustraciones de las novelas de ciencia ficción que leía de pequeño. No había ninguna señal de vida. Los días eran todos terriblemente largos, la temperatura de la atmósfera era o tórrida o gélida. El vehículo que me había llevado hasta allí había desaparecido sin que yo me diera cuenta. No podía ir a ninguna otra parte. Lo único que po­día hacer era ir sobreviviendo en aquel lugar valiéndome de mis propias fuerzas.

Comprendí de nuevo lo importante, lo irreemplazable que era Sumire para mí. De una manera que sólo ella co­nocía lograba mantenerme ligado a este mundo. Cuando la veía y hablaba con ella, cuando leía sus textos, mi mente se expandía en silencio y era capaz de vislumbrar escenas que jamás había visto. Ella y yo podíamos unir nuestros corazo­nes. Sumire y yo habíamos abierto nuestros corazones y nos los habíamos mostrado, el uno al otro, igual que una pareja joven se desnuda y se muestra sus cuerpos. Eso era algo que no había experimentado jamás en ningún otro lu­gar ni con ninguna otra persona y, para no malograr este sentimiento —aunque jamás lo habíamos formulado con pa­labras—, lo tratábamos con un cuidado exquisito.

No compartir el placer físico con ella fue para mí, no hace falta decirlo, algo muy amargo. De haber sido posible, ambos habríamos sido, sin duda, más felices. Pero eso so­brepasaba mis fuerzas, era algo como el flujo y reflujo de las mareas o el cambio de las estaciones, algo que yo no po­día alterar. En este sentido, tal vez estuviésemos destinados a no ir a ninguna parte. Por más sensata, serena y reflexiva que fuese la manera en que Sumire y yo salvaguardáramos nuestra sutil relación de amistad, ésta no podía continuar para siempre. No teníamos más que un callejón sin salida que alargábamos tanto como podíamos. Y eso era evidente.

Pero yo amaba a Sumire más que a nadie en este mun­do, la necesitaba. Por más que este sentimiento no me con­dujera a ninguna parte, no podía dejarlo así como así. Era algo que escapaba a la comprensión.

Además, soñaba con que se produjera un «gran cambio repentino». Por remota que fuera esa posibilidad, yo tenía todo el derecho del mundo a soñar. Claro que, por supues­to, ese cambio no se produjo jamás.

Al perder a Sumire, muchas cosas murieron en mi inte­rior. De la misma forma que desaparecen muchas cosas de la playa cuando se retira la marea. Lo único que me ha que­dado es un mundo deforme y vacío. Un mundo frío y te­nebroso. Las cosas que surgieron entre Sumire y yo jamás podrán renacer en ese nuevo mundo. Soy consciente de ello.

En la vida de las personas hay una cosa especial que sólo puede tenerse en una época especial. Es como una pe­queña llama. Las personas precavidas y con suerte la preservan con todo cuidado, la hacen crecer, la llevan como una antorcha que ilumine sus vidas. Pero, una vez se pierde, esa llama no puede volver a recuperarse jamás. Yo no sólo he perdido a Sumire. Junto con ella también he perdido esa preciada llama.

Pensé en el «otro lado». Quizá Sumire esté allí y quizá también la parte perdida de Myû. Su otra mitad, de pelo negro y vivo deseo sexual. Quizás ellas se encuentren allí, y se amen. «Hacemos cosas que no se pueden traducir en pa­labras», me diría tal vez Sumire. (Aunque, al fin y al cabo, ella me lo diría a mí con palabras.)

¿Habrá allí algún lugar para mí? ¿Podría estar allí con ellas? Mientras se amaran apasionadamente, quizás yo, en un rincón de alguna habitación, mataría el tiempo leyendo las obras completas de Balzac. Luego daría un largo paseo con una Sumire recién duchada y ambos hablaríamos de mil cosas (claro que la voz cantante la llevaría ella, como de costumbre). ¿Era posible mantener eternamente una rela­ción como ésa? ¿Era natural? «Claro», diría Sumire. «Eso ni siquiera tienes que preguntarlo. ¡Pero si tú eres mi único amigo de verdad!»

Pero yo no sabía cómo llegar a aquel mundo. Acaricié la lisa y dura superficie de una roca de la Acrópolis y pensé en lo que encerraba, pensé en la larga historia que se había in­filtrado en ella. Yo, como ser humano, estaba confinado, lo quisiera o no, en el interior de aquel flujo intermitente del tiempo. No podía salir de él. No, no es cierto. En realidad, yo realmente no quería escapar.

Mañana tomaré un avión y volveré a Tokio. Pronto aca­barán las vacaciones de verano y pisaré de nuevo la inter­minable senda de la costumbre. Allí sí hay un sitio para mí. Está mi apartamento, está mi mesa, está mi aula, están mis alumnos. Una sucesión de días tranquilos, de novelas por leer, algún amorío de tarde en tarde.

Con todo, jamás volveré a ser el mismo. A partir de ma­ñana seré una persona distinta. Pero nadie de los que me rodean se dará cuenta de que he vuelto a Japón transforma­do en otro. Porque exteriormente nada habrá cambiado. No obstante, algo dentro de mí ha quedado reducido a cenizas, ha desaparecido. Ha corrido la sangre. Dentro de mí, al­guien, algo, se irá. Con la mirada baja, sin una palabra. La puerta se abrirá, la puerta se cerrará. La luz se apagará. Para mí, tal como soy ahora, hoy es mi último día. Éste es mi úl­timo atardecer. Cuando amanezca, yo, tal como soy ahora, ya no estaré aquí. Una persona distinta habrá ocupado mi cuerpo.

¿Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pen­sé. ¿Qué necesidad hay? Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando? Me tumbé de espal­das sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pen­sé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando alrededor de la tierra. El horizonte aún estaba ribe­teado de una pálida luz, pero en aquel cielo teñido de un profundo color vino empezaban a brillar ya las estrellas. Busqué en él la luz de los satélites. Pero aún había dema­siada claridad para que pudieran apreciarse a simple vista. Las estrellas visibles permanecían inmóviles, cada una en su lugar, como clavadas en el cielo. Cerré los ojos, agucé el oído y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal en la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una pro­mesa.

 

 

15

El domingo por la tarde sonó el teléfono. Era el segun­do domingo después de empezar el nuevo curso, en sep­tiembre. Justo en aquel instante estaba preparándome, bas­tante tarde, el almuerzo; tuve que apagar el gas a toda prisa y descolgar. Pensé que a lo mejor era Myû con noticias de Sumire. El timbre dejaba traslucir cierta urgencia. O, al menos, eso me pareció. Pero era mi «novia» quien lla­maba.

—Es muy importante —me dijo sin saludar, cosa extraña en ella—. ¿Puedes venir enseguida?

Por el tono de voz colegí que había pasado algo malo. Quizá su marido hubiera descubierto lo nuestro. Contuve el aliento. Si en la escuela se enteraban de que me acostaba con la madre de uno de mis alumnos, tendría problemas. En el peor de los casos, incluso podría perder el trabajo. Pero, al mismo tiempo, me lo tomé con resignación. Sabía a lo que me exponía desde el principio.

—¿Adónde debo ir? —le pregunté.

—Al supermercado —me dijo.

Cogí el tren, fui hasta Tachikawa. Eran las dos y media cuando llegué al supermercado que estaba cerca de la esta­ción. Era una tarde tan calurosa que parecía que hubiese vuelto el verano, pero yo llevaba, tal como ella me había indicado, camisa blanca, corbata y un fino traje gris. «Vesti­do de esta forma pareces un profesor», me había dicho. «Así darás mejor impresión. Es que tú, a veces, pareces un estu­diante», había añadido.

En la entrada le pregunté a una joven empleada que or­denaba los carros de la compra dónde estaba la oficina de seguridad. Me dijo que en un edificio aparte, al otro lado de la calle, en el segundo piso. Un pequeño edificio de tres plantas de aspecto deslucido que ni siquiera tenía ascensor. Las grietas que se extendían por las paredes de cemento pa­recían anunciar: «Un día de éstos van a demoler la casa, así que no te preocupes demasiado». Subí por una vieja escale­ra y llamé con suavidad a una puerta donde una placa indicaba: OFICINA DE SEGURIDAD. Respondió una profunda voz masculina y, al abrir la puerta, la vi a ella junto a su hijo. Frente a ambos, mesa por medio, había un vigilante de mediana edad con uniforme. Sólo estaban ellos tres. La habitación no podía calificarse de grande, pero tampoco era pequeña. A lo largo de la ventana se alineaban tres mesas y, en la pared opuesta, había unas taquillas de acero. En una pared lateral colgaba un papel con los turnos de trabajo y, en una estantería de acero, se veían tres gorras, la una junto a la otra. Tras la puerta de cristal esmerilado, al fondo, ha­bía otra habitación, destinada, al parecer, a que los guardias echaran un sueñecito. En la habitación no había un solo adorno. Ni flores, ni cuadros, ni siquiera un calendario. Sólo un reloj de pared redondo, exageradamente grande. La habitación parecía desierta, un rincón del viejo mundo que el paso del tiempo hubiera dejado, por alguna razón, atrás. En el aire flotaba una extraña mezcla de tabaco, papeles y sudor, un olor acumulado a lo largo de los años.

El guardia responsable era un hombre rechoncho, de cincuenta y pico años tirando a sesenta. Brazos gruesos, ca­beza grande, pelo entrecano, hirsuto y espeso, domado con una loción capilar de olor barato. Frente a él, un cenicero lleno de colillas Seven Star. Cuando entré en la habitación se quitó las gafas, las limpió con un trapo, se las volvió a poner. Al parecer lo hacía por costumbre cada vez que se encontraba frente a alguien nuevo. Al quitarse las gafas apa­recieron unos ojos tan fríos como una roca lunar. Al po­nérselas de nuevo, la frialdad retrocedió, cubierta por algo turbio y poderoso. Ni una mirada ni la otra tenían como objetivo tranquilizar a la gente.

Hacía calor. Las ventanas estaban abiertas de par en par, pero no entraba ni una gota de aire. Desde la calle sólo lle­gaba ruido. Un gran camión se detuvo en el semáforo con un ronco sonido de frenos neumáticos que recordaba al Ben Webster de los últimos años y su saxo tenor. Todos sudaban copiosamente. Me acerqué a la mesa, dirigí un bre­ve saludo al guardia de seguridad y le alargué mi tarjeta. La cogió en silencio, apretó los labios y la contempló unos ins­tantes. Luego la dejó encima de la mesa, levantó la cara y me miró.

—Es usted muy joven para ser profesor, ¿verdad? ¿Cuán­to tiempo lleva trabajando?

Fingí reflexionar unos instantes.

—Tres años.

—¡Hum! —dijo. No añadió nada más. Pero su silencio fue elocuente. Volvió a tomar la tarjeta y contempló mi nombre como si quisiera confirmar algo una vez más.

—Me llamo Nakamura y soy el jefe de seguridad —se pre­sentó. No me dio ninguna tarjeta—. Eche mano de una de aquellas sillas vacías. Me sabe mal que haga tanto calor aquí dentro. Es que se ha averiado el aire acondicionado. Y los domingos no hay quien te lo repare. Además, ni siquiera se han tomado la molestia de traer un ventilador. Así que, ya ve, hace un calor infernal. Quítese la americana si lo desea. No haga cumplidos. Este asunto puede alargarse y, con sólo mirarlo, me entra más calor.

Tal como me había indicado, tomé una silla y me quité la americana. Tenía la camisa pegada al cuerpo por el sudor.

—¿Sabe usted? Siempre he envidiado a los profesores —comenzó el guardia. En sus labios flotaba la sombra de una sonrisa. Tras las gafas, sin embargo, sus ojos escudriña­ban mi interior como un depredador de las profundidades marinas, alerta al menor movimiento. Su manera de hablar era educada, pero eso no era más que una máscara. En sus labios, la palabra «profesor», en especial, sonaba claramente despectiva—. En verano tienen más de un mes de vacacio­nes, los domingos no trabajan, por las noches, tampoco. Les traen regalos. La verdad, no pueden quejarse. A veces lo pienso. Que ojalá hubiera estudiado más aplicadamente en la escuela y fuese ahora profesor. Pero, entre unas cosas y otras, he acabado siendo vigilante de un supermercado. No debía de ser lo bastante inteligente, supongo. A mi hijo siempre se lo repito. De mayor, sé profesor. Digan lo que digan, son los que mejor viven.

Mi «novia» llevaba un sencillo vestido azul de manga corta. El pelo pulcramente recogido en lo alto de la cabeza y unos pequeños pendientes en las orejas. Calzaba unas sandalias blancas de tacón y, sobre las rodillas, sostenía un bolso blanco y un pequeño pañuelo de color crema. Era la primera vez que la veía desde que había vuelto de Grecia. Sin decir una palabra, nos miraba alternativamente, al guar­dia y a mí, con los ojos abotargados por el llanto. Por su ex­presión, deduje que ella también había pasado antes lo suyo.

Intercambiamos una breve mirada, luego dirigí los ojos hacia su hijo. Su verdadero nombre era Shinichi Nimura, pero sus compañeros de clase lo llamaban «Zanahoria». Con su rostro estrecho y alargado, y su mata de pelo encrespado, realmente lo parecía. Yo también solía llamarlo así. Era un niño tranquilo y no acostumbraba a decir una palabra más de las necesarias. Sus notas no eran malas, no descuidaba los deberes, no se saltaba el turno de limpieza. No ocasio­naba problemas. Sin embargo, en clase jamás alzaba la mano para pedir la palabra ni jamás tomaba las riendas de nada. Sus compañeros de clase no lo detestaban, pero tam­poco podía decirse que fuera muy popular. Quizá su madre se sintiera insatisfecha con esta definición, pero, desde mi punto de vista como profesor, lo encontraba, ante todo, un buen chico.

—Supongo que la madre ya lo habrá puesto en antece­dentes, ¿no es así? Por teléfono —me preguntó el guardia. —Sí —respondí—. Se trata de un hurto.

—Exactamente —dijo el guardia, agarró una caja de car­tón que había a sus pies y la depositó sobre la mesa. Luego la empujó hacia mí. Dentro de la caja había ocho pequeñas grapadoras todavía envueltas en el plástico. Tomé una y la examiné. La etiqueta del precio marcaba ochocientos cin­cuenta yenes.

—Ocho grapadoras —dije—. ¿Eso es todo?

—Sí. Esto es todo.

Volví a meter la grapadora dentro de la caja.

—El valor total es de seis mil ochocientos yenes.

—Exacto. Seis mil ochocientos yenes. Seguro que usted está pensando lo siguiente: «Robar en una tienda es algo que no debe hacerse. Eso no hace falta ni decirlo. Es un acto delictivo. Pero ¿por qué armar tanto revuelo por el hurto de ocho grapadoras? Total, no es más que un estudiante de pri­maria». ¿Me equivoco? —No dije nada—. No, si no importa que piense así. Tiene usted razón. En este mundo se come­ten miles de delitos peores que robar grapadoras. Yo mismo, antes de trabajar aquí como guardia de seguridad, he sido policía muchos años y sé de lo que estoy hablando.

El guardia me miraba fijamente a los ojos mientras ha­blaba. Sostuve su mirada, atento, sin embargo, a no parecer desafiante.

—Si fuese la primera vez, nosotros seríamos los primeros en no darle importancia a un hurto tan pequeño. El nuestro es un establecimiento público y optamos por complicar las cosas lo menos posible. En circunstancias normales trae­mos al niño aquí, lo asustamos un poco y asunto resuelto. Incluso en los peores casos nos limitamos a llamar a los pa­dres y les pedimos que les llamen ellos mismos la atención. No solemos avisar a la escuela. Este tipo de cosas preferi­mos resolverlas amigablemente. Ésta es la política del esta­blecimiento frente a los hurtos infantiles.

»No obstante, no es la primera vez que este niño come­te un hurto. Si contamos sólo nuestro establecimiento, sólo las veces que lo hemos descubierto, son ya tres veces. ¿Se da cuenta? i Tres veces! Y, encima, este niño, tanto la pri­mera como la segunda vez, se negó tercamente a darnos su nombre o el de la escuela. Las dos veces me encargué yo del asunto, así que lo recuerdo bien. No respondió. Le pre­guntaras lo que le preguntases, no abría la boca. La estrate­gia del mutismo, como suele decir la policía. Ninguna discul­pa, ninguna señal de arrepentimiento, una conducta obstruc­tiva y terca. Le dije que si no me daba su nombre, llamaría a la policía, pero ni siquiera entonces abrió la boca. Esta vez, como no había más remedio, le he quitado el pase del autobús a la fuerza y así he logrado averiguar cómo se llama.

Hizo una pausa, dándome tiempo a que asimilara los pormenores. Seguía mirándome fijamente, yo no desviaba la mirada.

—Además, hay otra cosa. Los objetos que roba. No hay nada bonito. La primera vez eran quince portaminas. Por valor de nueve mil setecientos cincuenta yenes. La segunda vez, ocho compases. Por valor de ocho mil yenes. Es decir, que siempre coge un solo tipo de cosas. No son para usar­las él. O roba por el gusto de hacerlo, o bien para venderlo luego a sus compañeros de colegio.

Intenté imaginar al Zanahoria forzando, durante el re­creo, a comprar grapadoras robadas a sus compañeros. Una suposición sencillamente descabellada.

—No acabo de entenderlo —dije—. ¿Por qué habrá hurtado de un modo tan ostensible, siempre en la misma tienda? Al no ser la primera vez, es de esperar que se acuerden de él y que lo vigilen. Además, si lo atrapan, el castigo será ma­yor. De querer salirse con la suya, ¿no sería normal que se hubiese ido a otra tienda?

—A eso no puedo responderle. Tal vez también lo haya hecho en otros establecimientos. O quizá le guste más el nuestro. O, tal vez, no le guste mi cara. Yo sólo soy un guardia de supermercado. No le doy tantas vueltas a las co­sas. Tampoco me pagan por ello. Si quiere usted una res­puesta, ¿por qué no se lo pregunta directamente a él? Ya lle­vamos tres horas aquí y el niño aún no ha abierto la boca. A simple vista, parece un niño tranquilo, pero es de cuida­do. Por eso le he pedido a usted que viniera. Lamento ha­berle molestado en un día de fiesta.

»… Por cierto, hay algo que me estoy preguntando des­de hace rato. Luce usted un bronceado muy bonito. No tie­ne nada que ver con el asunto que nos ocupa, pero ¿ha ido usted a algún sitio durante las vacaciones de verano?

—No, a ningún lugar en especial —dije.

A pesar de ello, continuó escudriñándome la cara. Con ojos de pensar que yo era una parte importante del problema.

Volví a alcanzar una grapadora y la examiné con aten­ción. Era una pequeña grapadora de las que se encuentran en cualquier casa, en cualquier despacho. Un artículo de oficina todo lo barato que podía ser. El guardia se puso un Seven Star entre los labios y lo encendió con un meche­ro de gran tamaño. Se volvió hacia un lado y soltó una nube de humo.

Me dirigí al niño y le pregunté en tono calmado.

—¿Por qué has robado las grapadoras?

El Zanahoria, que había estado todo el rato con los ojos clavados en el suelo, levantó la vista en silencio y me miró. Pero no dijo nada. En aquel instante, me di cuenta, por pri­mera vez, de que su cara había cambiado por completo. Ex­trañamente inexpresiva, los ojos vacíos. Mirada perdida.

—¿Te ha obligado alguien a hacerlo?

El Zanahoria siguió sin responder. Dudaba, incluso, de que me hubiera comprendido. Desistí. Nada sacaría interro­gándolo allí, en aquel momento. El niño ya había cerrado las puertas, atrancado las ventanas.

—¿Y cómo debemos actuar entonces, señor profesor? —me preguntó el guardia—. Mi trabajo consiste en hacer la ronda por el interior del establecimiento, en vigilar por los moni­tores, en traer aquí a los que descubro robando. Para eso me pagan. Qué hacer después es otro asunto. Y difícil de llevar, sobre todo cuando se trata de un niño. ¿Ha decidido cómo vamos a resolver esto, señor profesor? Un profesor debe de saberlo mejor que yo. ¿O prefiere que lo dejemos todo en manos de la policía? Para mí sería lo más cómodo. Así no tendríamos que perder medio día en pulsos inútiles.

A decir verdad, en aquellos instantes yo estaba medio pensando en otra cosa. Aquella mísera oficina de supermer­cado me había recordado la policía de la isla griega y no pude evitar pensar en Sumire. En su ausencia.

Por eso, cuando el hombre se dirigió a mí, al principio no comprendí de qué me estaba hablando.

—Se lo contaré todo a su padre y él lo reñirá severa­mente. Le haremos entender que hurtar en un supermerca­do es un delito. No volverá a molestarlo jamás —dijo la ma­dre con una voz carente de modulación.

—Es decir, que lo que usted no quiere es que se haga pú­blico. Eso ya me lo ha repetido muchas veces —dijo el jefe de seguridad con una terrible voz de aburrimiento. Golpeó el cigarrillo contra el borde del cenicero, hizo caer la ceni­za. Luego se volvió hacia mí—: Pero, desde mi punto de vis­ta, tres veces son demasiadas. Eso han de pararlo en algún lugar. ¿Qué opina usted, señor profesor?

Respiré hondo, arrastré mi conciencia hasta el mundo real. Las ocho grapadoras y la tarde de un domingo de sep­tiembre.

—No puedo decirle nada sin hablar antes con el niño. Hasta ahora jamás había ocasionado ningún problema. Ton­to no es. En este momento, no puedo ni imaginar por qué habrá hecho algo tan absurdo. Pienso hablar con él despa­cio. De este modo, seguro que doy con alguna explicación. Siento muchísimo las molestias que les ha ocasionado.

—Oiga, hay algo que no entiendo —dijo el guardia en­trecerrando los ojos detrás de las gafas—. Este niño, Shinichi Nimura, está en su clase, ¿verdad? Lo que significa que us­ted debe de verlo cada día, ¿no es así?

—Exacto.

—Está en cuarto. Es decir, que va a su clase desde hace un año y cuatro meses, ¿me equivoco?

—No, lo tengo desde tercero.

—¿Cuántos alumnos tiene usted en clase?

—Treinta y cinco.

—Entonces usted habrá podido observarlos a todos con atención. Pero jamás se ha imaginado que este niño pudie­ra ocasionar problemas. Jamás ha visto una sola señal.

—Así es.

—Un momento. Este niño, por lo que yo sé, en sólo me­dio año ha robado tres veces en el supermercado. Siempre está solo. No es que alguien le diga: «¡Va! ¡Hazlo!». Tampo­co es que lo necesite. Ni se trata de un impulso momentá­neo. Tampoco lo hace por el dinero. Por lo que su madre dice, le dan para gastos más dinero del que el niño necesi­ta. Lo hace a sabiendas. Roba por robar. En resumen: es ob­vio que este niño tiene un «problema». ¿Y dice usted que no ha visto ninguna señal?

—Yo, como profesor, puedo decirle que un acto como el hurto habitual en las tiendas, especialmente en el caso de niños, más que un delito suele ser producto de una sutil desviación emocional. Por supuesto, si yo lo hubiera obser­vado con más atención, quizá me habría dado cuenta de ello. Es algo sobre lo que tendré que reflexionar. Sin em­bargo, estas desviaciones son muy difíciles de detectar a simple vista. Además, si sólo se tiene en cuenta el hecho en sí y se les castiga, no se curan. Hay que descubrir la causa fundamental y tratarla adecuadamente. Si no se hace así, más adelante el problema puede manifestarse de forma dis­tinta. No son pocas las veces que, robando, los niños nos envían algún mensaje y, aunque tal vez no sea el camino más rápido, la única manera de solucionarlo es hablar des­pacio con el niño.

El guardia aplastó el cigarrillo y estuvo observándome sin apartar los ojos largo tiempo como si fuera un extraño animal. Los dedos que apoyaba sobre la mesa eran terrible­mente gruesos. Parecían diez seres vivos obesos cubiertos de pelo negro. Al verlos, sentí que me asfixiaba.

—Esto que dice, ¿lo ha aprendido en las clases de peda­gogía de la universidad, tal vez?

—No necesariamente. Se trata de psicología elemental, lo dice cualquier libro.

—Lo dice cualquier libro —repitió inexpresivo. Luego agarró una toalla y se secó el ancho cuello—. Una sutil des­viación emocional… ¿eso qué diablos significa? Escuche, se­ñor profesor. Como policía he estado tratando, de la maña­na a la noche, con personas desviadas de una manera poco sutil. El mundo está lleno de ellas. Hay para dar y tomar. Si tuviese que escuchar detenidamente las historias de toda esa gente y desentrañar cuál es el mensaje, no me bastaría con una docena de cerebros.

Suspiró y volvió a poner la caja con las grapadoras de­bajo de la mesa.

—Señores, tienen ustedes toda la razón. El corazón de los niños es puro. No se les deben infligir castigos corpora­les. Los seres humanos son todos iguales. No se puede juz­gar a nadie por sus notas. Hay que resolverlo todo hablan­do con calma. No, si no me importa. Pero, oiga, ¿cree que así el mundo irá mejorando poco a poco? Yo no lo creo. El mundo irá, por el contrario, cada vez peor. Y no es cierto que todos los hombres sean iguales. Jamás había oído cosa semejante. Mire, sólo en un país tan pequeño como Japón se apretujan ciento diez millones de personas. Haga que to­das ellas sean iguales. Inténtelo. Será un infierno.

»Es muy fácil decir palabras bonitas. Basta con cerrar los ojos, fingir no ver las cosas, ir dejando los problemas para más tarde. No levantéis la alfombra, dad a cada niño su di­ploma cantando una canción de despedida y, ¡ya está!, todos felices. Un robo en una tienda es el mensaje de un niño. Y después ya veremos. Así es más cómodo. ¿Y quién sacará luego las castañas del fuego? ¡Nosotros! ¿Cree que nos gusta hacerlo? Ustedes ponen cara de estar pensando que, total, son sólo seis mil ochocientos yenes, pero pónganse en el lu­gar de la persona a quien roban. Aquí trabajan cien personas y a todas ellas les afecta la diferencia de uno o dos yenes en el precio de algo. Al cerrar caja, si hay una diferencia de cien yenes, tienen que quedarse hasta que cuadren los números. ¿Sabe usted cuánto ganan las mujeres de las cajas registrado­ras? ¿Por qué no les enseña eso a sus alumnos?

Yo callaba. Ella también callaba. El niño también calla­ba. Y también enmudeció el jefe de seguridad, cansado de hablar. En la otra habitación sonó brevemente el teléfono, alguien descolgó.

—¿Qué sugiere que hagamos entonces?

—¿Qué le parece colgarlo por los pies del techo con una cuerda hasta que pida disculpas? —dije.

—No estaría mal. Pero, como usted sabe, si lo hiciéra­mos, nos despedirían. A usted y a mí.

—Entonces, la única solución que queda es hablar con el niño, despacio, con paciencia. No tengo más que decir.

Alguien entró de la habitación vecina sin llamar.

—Señor Nakamura, déjeme la llave del almacén.

El «señor Nakamura» registró durante unos instantes el cajón de su mesa, pero no la encontró.

No está —dijo—. ¡Qué raro! Si siempre la pongo aquí.

Su interlocutor le informó de que se trataba de un asun­to importante, que era imprescindible encontrar la llave. Por su manera de hablar, colegí que era una llave muy im­portante y que, en realidad, no debía estar allí. Volvieron del revés los cajones de la mesa, pero la llave no apareció.

Mientras tanto, los tres permanecimos en silencio. Ella me miraba de vez en cuando con ojos suplicantes. El Zana­horia seguía inexpresivo, con los ojos clavados en el suelo. A mí me asaltaban todo tipo de pensamientos deshilvana­dos. Hacía un calor horroroso.

El hombre que necesitaba la llave desistió y se fue re­funfuñando.

—Ya es suficiente —dijo, volviéndose hacia nosotros, el jefe de seguridad Nakamura con voz mecánica e inexpresi­va—. Lamento haberles robado su tiempo. Lo dejo todo en manos del señor profesor y de la madre. Pero si vuelve a su­ceder otra vez, ¿me oyen?, entonces no se solucionará todo tan fácilmente. ¿Entienden lo que quiero decir? A mí, ¿sa­ben?, no me gustan las complicaciones. Pero el trabajo es el trabajo.

Ella asintió, yo también. El Zanahoria parecía no haber oído nada. Cuando me levanté del asiento, los dos me imi­taron temblorosos.

Una última cosa —dijo el guardia, todavía sentado, le­vantando los ojos hacia mí—. Quizá sea descortés por mi parte hablar así, pero en fin. ¿Sabe? Al mirarlo a usted, hay algo que no me convence. Usted es joven, alto, simpático, luce un bonito bronceado, es una persona lógica. Todo lo que usted dice tiene sentido. Seguro que agrada mucho  a los padres de sus alumnos. Sin embargo…, no sé expresarlo bien, pero, desde el primer momento que lo he visto, hay algo en usted que me inquieta. Hay algo que no acabo de entender. No es nada personal contra usted, así que no se enfade. Simplemente, hay algo que me molesta. ¿Qué debe de ser?

—Me gustaría hacerle una pregunta personal, ¿le impor­ta? —dije.

—Adelante.

—Suponiendo que los hombres no fuesen iguales, ¿dón­de se colocaría usted?

El jefe de seguridad Nakamura dio una profunda calada al cigarrillo y, luego, exhaló el humo muy despacio, como si obligara a alguien a hacer algo.

—No lo sé. Pero no se preocupe. Al menos no sería en el mismo lugar que usted.

Ella había dejado su Toyota Celica rojo en el aparca­miento del supermercado. La llamé aparte y le pedí que vol­viera a casa sola. Que quería hablar con el niño. Y que des­pués lo acompañaría a casa. Ella asintió. Iba a decir algo, pero, al final, entró en el coche en silencio, sacó del bolso las gafas de sol y puso el motor en marcha.

Cuando se hubo ido, entré con el Zanahoria en una ca­fetería de aspecto alegre que descubrí por allí cerca. Suspiré de alivio al sentir el aire acondicionado y pedí un té con hielo para mí y un helado para el niño. Me desabroché el botón del cuello de la camisa, me quité la corbata y me la guardé en el bolsillo de la americana. El Zanahoria, como era de esperar, seguía sumido en el mutismo. Ni su mirada ni su expresión habían cambiado desde que había salido de la oficina de seguridad. Parecía llevar mucho tiempo abstraí­do. Con sus pequeñas manos sobre las rodillas, miraba ha­cia el suelo como si quisiera ocultar el rostro. Me tomé el té con hielo, pero el Zanahoria no tocó el helado. Ni siquiera parecía darse cuenta de que el helado se estaba deshaciendo en el plato. Permanecimos largo tiempo el uno frente al otro en silencio, como un matrimonio cuyas relaciones se han enfriado. La camarera ponía cara de apuro cada vez que tenía que acercarse a la mesa.

—¡Qué cosas pasan! —exclamé mucho después. No es que pretendiera empezar a hablar. Las palabras me salieron espontáneamente del corazón.

El Zanahoria levantó la cabeza despacio y me miró. Pero no dijo nada. Cerré los ojos, suspiré, enmudecí un rato.

—Aún no se lo he contado a nadie, pero este verano he estado en Grecia —dije—. Sabes dónde está Grecia, ¿verdad? Vimos un vídeo en clase de ciencias sociales. Está en el sur de Europa, en el Mediterráneo. Hay muchas islas, allí se re­colecta la aceituna. En el año 500 a.C. la civilización clási­ca estaba en su apogeo. En Atenas nació la democracia y Sócrates tomó un veneno y murió. Pues allí he ido yo. Es un lugar muy hermoso. Pero no he ido de vacaciones. Una amiga mía desapareció en una de aquellas islas y yo fui a buscarla. Por desgracia, no he podido encontrarla. Ha des­aparecido, sin más. Como el humo.

El Zanahoria abrió un poco la boca y me miró directa­mente a la  cara. Su rostro seguía careciendo de expresión, pero en sus ojos volvía a brillar una débil luz. Me estaba es­cuchando.

—Yo quería a mi amiga. La quería mucho. Me importa­ba más que nadie en este mundo. Por eso cogí el avión y me fui a buscarla a la isla griega. Pero he fracasado. No he podido encontrarla, ¿sabes? Y si esa amiga mía desaparece, me quedaré sin ningún amigo. Sin ningún otro amigo. —No le hablaba a él. Sólo me hablaba a mí mismo. Sólo estaba pensando en voz alta—. ¿Sabes lo que me gustaría hacer ahora? Subir a un lugar tan alto como las pirámides. Al lu­gar más alto que pueda encontrar. Desde donde pueda ver lo más lejos posible. Subir hasta la cima, observar todo el mundo a mi alrededor y descubrir con mis propios ojos qué paisajes pueden verse, qué ha desaparecido de la faz de la tierra. No, tal vez no. No lo sé. Quizá no quiera ver eso en realidad. Quizá yo ya no quiera ver nada.

La camarera se acercó, retiró el plato con el helado deshecho que el Zanahoria tenía delante, y a mí me dejó la cuenta a la vista.

—Desde niño he vivido solo. En casa estaban también mis padres y mi hermana, pero yo no podía querer a nadie. No podía comunicarme con ninguno de ellos. A menudo me preguntaba si yo no sería un niño adoptado. Si no ha­bría sucedido algo y me habrían adoptado unos parientes lejanos. O si no me habrían recogido, tal vez, del hospicio. Ahora comprendo que era una tontería. Mis padres no son del tipo de personas que recogen huérfanos desamparados. De todos modos, no podía aceptar que estuviera ligado a aquella familia por lazos de sangre. Era más fácil pensar que aquellas personas me eran totalmente ajenas.

»Imaginaba una ciudad lejana. En ella había una casa donde vivía mi verdadera familia. Una casa pequeña y mo­desta, pero acogedora. En aquella casa todos nos compren­díamos, podíamos hablarnos los unos a los otros con ente­ra libertad. Al atardecer se oía a mi madre en la cocina pre­parando la cena y un cálido olor a buena comida se extendía por la casa. Aquél era el sitio al que yo pertenecía. Mi ho­gar siempre me lo representaba así, y yo me incluía en él.

»En mi casa real teníamos un perro. Era al único de toda la casa al que yo quería con locura. Un perro sin raza, pero muy inteligente, ¿sabes? Una vez aprendía algo, no lo olvidaba jamás. Cada día lo llevaba de paseo, íbamos al par­que, nos sentábamos en un banco y hablábamos. Nos com­prendíamos el uno al otro. Ésos fueron los momentos más divertidos de toda mi infancia. Pero, cuando yo estaba en quinto de primaria, un camión lo atropelló cerca de casa y murió. Después ya no volvimos a tener perros en casa. De­cían que eran ruidosos, sucios, que daban trabajo.

»Desde que murió mi perro, empecé a pasar mucho tiempo encerrado en mi habitación, leyendo. Y es que el mun­do de los libros me parecía mucho más real que el mundo que me rodeaba. Allí se abrían paisajes que jamás había vis­to. Los libros y la música se convirtieron en mis mejores amigos. En la escuela también tenía algunos buenos ami­gos, pero jamás encontré a uno a quien pudiera hablarle con el corazón en la mano. Cada día, cuando nos veíamos, charlábamos, jugábamos al fútbol. Pero sólo eso. Cuando tenía problemas, no se los contaba a nadie. Pensaba por mi cuenta, sacaba mis propias conclusiones y actuaba solo. Pero no sentía la soledad. Creía que eso era lo normal. Que los seres humanos, al fin y al cabo, deben seguir su camino solos.

»Pero cuando yo estaba en la universidad, encontré a esta amiga y empecé a opinar de un modo distinto. Com­prendí que, si sólo piensas por tu cuenta las cosas durante mucho tiempo, acabas por no considerar más que tu punto de vista. Vi que al estar siempre solo sientes a veces una te­rrible soledad.

»Estando solo te sientes como cuando te plantas una tarde lluviosa en la desembocadura de un gran río y te que­das largo rato contemplando cómo va vertiendo sus aguas al mar. ¿Has estado alguna tarde de lluvia en la desemboca­dura de un gran río mirando cómo vierte sus aguas al mar?

El Zanahoria no respondió.

—Yo sí. —El Zanahoria me miraba con los ojos muy abiertos—. No sé por qué se siente uno tan solo al ver cómo una gran cantidad de agua de río se va mezclando con una gran cantidad de agua de mar. Pero es así. De verdad. Tam­bién tú tienes que verlo alguna vez.

Luego alcancé la americana y la cuenta y me levanté despacio. Al ponerle una mano encima del hombro, el Za­nahoria también se levantó. Salimos de la cafetería.

Tardamos unos treinta minutos en llegar a su casa an­dando. Mientras caminábamos, uno junto al otro, no des­pegamos los labios.

Cerca de su casa había un pequeño río que cruzaba un puente de cemento. Ni siquiera merecía ser llamado río. Era una especie de canal de desagüe agrandado. En la época en que por la zona había campos de cultivo debía de haber servido para regar. Pero ahora el agua estaba turbia y des­pedía un ligero olor a detergente. Ni siquiera sé si el agua fluía o no. En el lecho del río crecían, frondosos, los hier­bajos del verano y había un cómic tirado, abierto por la mi­tad. El Zanahoria se detuvo en medio del puente y se que­dó mirando hacia abajo inclinado sobre la barandilla. Yo hice exactamente lo mismo. Permanecimos en la misma po­sición, inmóviles, durante mucho tiempo. A lo mejor no quería volver a su casa. Entendía muy bien cuáles eran sus sentimientos.

El Zanahoria hundió la mano en el fondo del bolsillo de su pantalón, sacó una llave y me la entregó. Una llave corriente que colgaba de una gran placa roja de plástico. En la placa ponía: «Almacén n° 3». Era la llave del almacén que el jefe de seguridad Nakamura había estado buscando. Por algún motivo, debían de haber dejado al Zanahoria solo en la habitación y éste habría descubierto la llave dentro del cajón y se la habría metido, veloz, en el bolsillo. Probable­mente, la mente de aquel pequeño era un enigma mucho mayor de lo que había imaginado. Era un niño extraño.

Cuando me puso aquella llave en la palma de la mano, la sentí pesada y pegajosa, impregnada de las miserias y re­nuncias de tantas personas. Bajo los deslumbrantes rayos de sol se veía terriblemente miserable, sucia, insignificante. Dudé unos instantes, la dejé caer en el río con decisión. Le­vantó una pequeña salpicadura. No era un río profundo, pero el agua era turbia y ocultó la llave. El Zanahoria y yo, en el puente, uno junto al otro, contemplamos unos ins­tantes la superficie del agua allí donde había desaparecido la llave. Librarme de ella aligeró mi espíritu.

—Ya no puedo echarme para atrás —dije hablándome a mí mismo—. Además, tratándose de su preciado almacén, se­guro que en alguna parte tienen un duplicado.

Cuando le alargué la mano, el Zanahoria me la asió sua­vemente. En la palma de mi mano percibí el tacto de la suya, pequeña y delgada. Un tacto que hacía mucho tiem­po, en algún lugar —¿dónde debió de ser?—, ya había senti­do. Caminé hasta su casa sin soltarle la mano.

Al llegar a su casa, ella nos estaba esperando. Se había puesto una pulcra blusa sin mangas de color blanco y una falda plisada. Tenía los ojos rojos y abotargados. Debía de haber estado llorando sola desde que había vuelto a casa. Su marido dirigía una agencia inmobiliaria y los domingos, fuera por el trabajo o por el golf, apenas paraba en casa. Ella mandó al Zanahoria a su habitación, en el primer piso, y a mí me condujo, en vez de a la sala de estar, a la cocina. Pensé que tal vez le resultara más fácil hablarme allí. Había un enorme refrigerador de color verde aguacate, un venta­nal grande y luminoso orientado al este.

—Pone mejor cara que antes —me dijo con voz débil—. En la oficina, al principio, cuando miraba la cara del niño, no sabía qué hacer. Era la primera vez que lo veía con aque­lla expresión. Era como si estuviese en otro mundo.

—No te preocupes. Dale tiempo y volverá a la normali­dad. Durante un rato es mejor que lo dejes solo, que no le digas nada.

—¿Qué habéis estado haciendo los dos?

Hemos estado hablando —dije.—¿De qué?

—De nada importante. Mejor dicho, he hablado yo solo de lo primero que se me ha pasado por la cabeza. De cual­quier cosa.

—¿Quieres tomar algún refresco?

Negué con la cabeza.

—Hay momentos en que no sé de qué hablar con él. Y esa sensación cada vez es más fuerte —dijo ella.

—No hace falta que te esfuerces en hablar con él. Los ni­ños tienen su propio mundo. Si tienen ganas de hablar, ya lo hacen.

—Pero este niño apenas abre la boca.

Estábamos sentados frente a frente, procurando no ro­zarnos, en la mesa de la cocina, hablando con incomodi­dad. Como suelen hablar un profesor y la madre de un niño con problemas. Mientras hablaba, ella se retorcía los dedos nerviosa por encima de la mesa, los estiraba, los apretaba. No pude evitar que me vinieran a la cabeza las cosas que aquellas manos me habían hecho en la cama.

—No voy a informar a la escuela de lo sucedido —dije—. Hablaré con el niño pausadamente y lo resolveré todo. Así que tú no le des demasiadas vueltas. El niño es inteligente, es un buen chico. Con el tiempo, todo se arreglará. Es cues­tión de tiempo. Esto es algo pasajero. Lo principal es que tú te tranquilices.

Se lo repetí una y otra vez, despacio, con voz calmada, hasta metérselo en la cabeza. Al oírme, pareció serenarse un poco.

Me acompañó en coche a mi apartamento de Kunitachi.

—¿Crees que el niño habrá notado algo? —me preguntó mientras esperábamos en un semáforo. Se refería a lo nues­tro, claro está.

Hice un gesto negativo con la cabeza.

—¿Por qué lo dices?

Hace un rato, cuando estaba sola en casa esperando a que volvierais, he tenido esa sensación. Sin ningún funda­mento. Es sólo una impresión. Es un niño muy intuitivo y debe de haberse dado cuenta a la fuerza de que las cosas entre su padre y yo no van bien.

Permanecí en silencio. Tampoco ella agregó nada más.

Metió el coche en un aparcamiento dos manzanas antes de llegar a mi casa. Puso el freno de mano, dio la vuelta a la llave de contacto y el motor se apagó. El motor enmu­deció y, al dejar de oírse el sonido del aire acondicionado, un silencio incómodo reinó dentro del coche. Sabía que ella quería que hiciésemos el amor. Al imaginar su cuerpo aterciopelado bajo la blusa, se me secó la boca.

—Creo que es mejor que dejemos de vernos —decidí.

Ella no repuso nada. Con ambas manos sobre el volan­te, tenía los ojos clavados en el indicador del nivel de aceite. De su rostro se había borrado casi toda expresión.

—Me lo he pensado mucho —dije—, y no quiero conver­tirme en parte del problema. Pienso en varias personas. Si soy una parte del problema, no puedo ser una parte de la solución.

¿En varias personas?

—En tu hijo en especial.

—¿Y también en ti?

—Sí, en mí también. Claro.

—¿Y yo? ¿También me incluyo yo entre esas «varias per­sonas»?

Quería responderle que sí. Pero no me salieron las pala­bras. Ella se quitó las Rayban de cristales color verde oscu­ro pero luego cambió de opinión y volvió a ponérselas.

—¿Sabes? Para mí no es fácil de decir, pero dejar de ver­te me resultaría muy dificil.

A mí también, claro. Me gustaría continuar así. Pero no es lo correcto.

Ella aspiró hondo, espiró.

—«Lo correcto», ¿qué diablos significa eso? ¿Me lo pue­des explicar? A decir verdad, no sé muy bien qué es «lo co­rrecto». Lo que no es correcto sí lo sé. Pero «lo correcto», ¿qué es?

A eso no pude responderle.

 

Parecía a punto de echarse a llorar. O de empezar a gri­tar. Pero logró dominarse. Sólo aferró con fuerza el volante. El dorso de sus manos enrojeció ligeramente.

—Cuando aún era joven, la gente solía hablarme. Me contaban historias de todo tipo. Historias divertidas, histo­rias bonitas, historias extrañas. Pero, a partir de cierto mo­mento, ya nadie se acercó a hablar conmigo. Nadie. Ni mi marido, ni mi hijo, ni mis amigos…, nadie. Como si en este mundo ya no hubiera nada de que hablar. A veces ten­go la sensación de que soy transparente, de que se puede ver a través de mi cuerpo. —Separó las manos del volante y las dejó suspendidas en el aire—. Pero tú seguro que no en­tiendes nada de lo que te estoy diciendo. —Busqué dentro de mí las palabras adecuadas. Pero no las hallé—. Muchas gracias por todo lo de hoy —me dijo ella como si hubiera cambiado de idea. Su voz volvía a ser tan serena como siem­pre—. No creo que hubiese podido solucionarlo sola. Era muy duro para mí. Ha sido una gran suerte que estuvieras tú. Te lo agradezco mucho. Creo que serás un magnífico profesor. Ahora ya casi lo eres.

¿Había ironía en sus palabras? Lo pensé. Quizá, sin duda, la había.

—Todavía no —dije.

Ella esbozó una sonrisa. Así acabó nuestra conversación.
Abrí la portezuela del copiloto, salí afuera. La luz de esa
tarde veraniega de domingo ya había perdido intensidad.
Me ahogaba y, de pie en el suelo, notaba una extraña sensación en las piernas. El motor del Celica rugió y ella salió de mi vida privada. Quizá para siempre. Bajó el cristal de la ventanilla y me hizo un pequeño gesto de despedida. Yo también levanté la mano.

Llegué a casa, arrojé la camisa sudada y la ropa interior en la lavadora, me duché y me lavé el pelo. Fui a la cocina, acabé de prepararme el almuerzo que había dejado a medias y comí solo. Después me hundí en el sofá y me dispuse a leer un libro que acababa de empezar. Pero a la quinta pá­gina no pude continuar leyendo. Desistí, cerré el libro y pensé durante unos instantes en Sumire. Y pensé en la lla­ve del almacén que había dejado caer en aquel río sucio. Pensé en las manos de mi «novia» agarrando con fuerza el volante del Celica. El día acababa al fin y dejaba atrás re­cuerdos deshilvanados. Pese a haber permanecido mucho tiempo bajo la ducha, mi cuerpo aún estaba impregnado del olor del tabaco. Y, en mi mano, aún permanecía la cm—da sensación de haber amputado a la fuerza algo vivo.

¿Había hecho lo correcto? No creía haber hecho lo co­rrecto. Sólo había hecho lo que creía que era necesario para mí. Es muy diferente una cosa de la otra. «¿Varias perso­nas?», me había preguntado ella. «¿También me incluyo yo entre esas varias personas?»

A decir verdad, en aquellos instantes yo no pensaba en varias personas. Pensaba sólo en Sumire. Ni pensaba en ellos que estaban allí, ni en nosotros. Sólo en Sumire, que estaba ausente.

 

 

16

 

 

 

 

No había sabido nada de Myû desde que nos habíamos despedido en el puerto de la isla. Era muy extraño. Había prometido ponerse en contacto conmigo, tanto si descu­brían algo como si no sobre Sumire. No podía creer que me hubiese olvidado, tampoco era el tipo de perso­na que habla por hablar. Tal vez no encontrara, por alguna razón, la manera de ponerse en contacto conmigo. Pensé en llamarla yo. Pero no sabía su nombre. Tampoco sabía el nombre de su empresa, ni el de su oficina particular. Sumi­re no había dejado tras de sí ninguna pista concreta.

En el contestador automático del piso de Sumire, per­maneció el mismo mensaje durante un tiempo; después des­conectaron el aparato. Pensé en llamar a sus padres. Pero tampoco sabía su número de teléfono. Por supuesto, podía averiguarlo fácilmente buscando la clínica dental de su pa­dre en las páginas amarillas de Yokohama, pero no llegué a hacerlo. Fui a la biblioteca y hojeé los periódicos de agosto. En la sección de sucesos había varios artículos sobre ella. «Una turista japonesa de 22 años desaparece mientras viaja por una isla griega. La policía local prosigue las investiga­ciones, pero sigue sin haber pistas. De momento, se desco­nocen las circunstancias de su desaparición.» Sólo se decía eso. No ponía nada que yo no supiera. No eran pocos los turistas que desaparecían durante un viaje al extranjero. Ella sólo era una más.

Dejé de seguir las noticias. Fuera cual fuese el motivo de su desaparición, o el curso de las investigaciones, una sola cosa era cierta: si Sumire regresaba, se pondría en contacto conmigo. Para mí, eso era lo principal.

Terminó septiembre, el otoño pasó en un abrir y cerrar de ojos, llegó el invierno. El 7 de noviembre fue el vigési­mo tercer cumpleaños de Sumire; el 9 de diciembre fue mi vigésimo quinto cumpleaños. Empezó el año, terminó el curso. El Zanahoria pasó a quinto, a otra clase, sin ocasio­nar más problemas. No volví a hablar con él sobre los hur­tos del supermercado. Sólo con mirar su cara comprendía que no era necesario.

Como ya no era el tutor de su hijo, las ocasiones de ver a mi «novia» dejaron de propiciarse. Creo que fue lo mejor, tanto para ella como para mí. Así todo pasó a formar parte del pasado. No obstante, a veces añoraba el calor de su piel y estuve a punto de llamarla en varias ocasiones. Lo que me detuvo fue el tacto de la llave del almacén, aquella tarde de verano, y el tacto de la pequeña mano del Zanahoria den­tro de la mía etapa tan larga que parece eterna) por los que cosa era cierta: si Sumire regresaba, se pondría en contacto conmigo. Para mí, eso era lo principal.

Terminó septiembre, el otoño pasó en un abrir y cerrar de ojos, llegó el invierno. El 7 de noviembre fue el vigési­mo tercer cumpleaños de Sumire; el 9 de diciembre fue mi vigésimo quinto cumpleaños. Empezó el año, terminó el curso[11]. El Zanahoria pasó a quinto, a otra clase, sin ocasio­nar más problemas. No volví a hablar con él sobre los hur­tos del supermercado. Sólo con mirar su cara comprendía que no era necesario.

Como ya no era el tutor de su hijo, las ocasiones de ver a mi «novia» dejaron de propiciarse. Creo que fue lo mejor, tanto para ella como para mí. Así todo pasó a formar parte del pasado. No obstante, a veces añoraba el calor de su piel y estuve a punto de llamarla en varias ocasiones. Lo que me detuvo fue el tacto de la llave del almacén, aquella tarde de verano, y el tacto de la pequeña mano del Zanahoria den­tro de la mía.

A veces me acordaba del Zanahoria. «¡Qué niño tan ex­traño!», pensaba cada vez que lo veía en la escuela. ¿Qué pensamientos debían de ocultarse tras aquel rostro delgado y apacible? Imposible adivinarlo. Pero yo estaba seguro de que eran muchas las ideas que le rondaban por la cabeza. Y de que aquel niño tenía la capacidad de realizarlas raudo, con precisión, cuando era necesario. Percibía una especie de profundidad en su interior. Creo que fue bueno que aque­lla tarde, en la cafetería, le hablara con sinceridad de mis sentimientos. Para él, pero también para mí. Más para mí que para él. Aquel día, él me comprendió, me aceptó —pen­sándolo bien, es extraño hablar así—. Incluso me perdonó. Ni más ni menos.

¿Cómo serán los días (en la etapa de crecimiento, una etapa tan larga que parece eterna) por los que deberá abrirse camino un niño como el Zanahoria hasta hacerse adulto? Días duros, sin duda. Los momentos duros son más fre­cuentes que los que no lo son. Desde mi propia experiencia puedo hacerme una idea aproximada de esa dureza. ¿Llega­rá a amar a alguien? ¿Lo aceptará esa persona a él? Sin em­bargo, no hace falta decir que no sirve de nada que piense en ello en estos momentos. Cuando se gradúe, saldrá a un extenso mundo que no tendrá relación alguna conmigo. Y, además, yo ya tengo mis propios problemas en los que pensar.

Fui a la tienda de discos, compré un CD con las can­ciones de Mozart cantadas por Elisabeth Schwarzkopf y las escuché muchas veces. Amaba la hermosa quietud que con­tenían. Al cerrar los ojos, la música me devolvía a aquella noche en la isla griega.

Lo único que me dejó Sumire, aparte de algunos vívidos recuerdos (entre ellos, por supuesto, el del violento deseo sexual que sentí la tarde de la mudanza), eran algunas largas cartas y un disquete. Leí aquellos documentos cientos de veces. Los releí con tanta atención que casi me los aprendí de memoria. Y sólo con releerlos volvía a compartir el tiem­po con Sumire, podía unir mi corazón al suyo. Eso me re­confortaba más que nada en el mundo. Como si, desde la ventanilla de un tren que atravesara un vasto páramo en medio de la noche, vislumbraras la pequeña luz de una gran­ja. En un instante queda atrás, absorbida por las tinieblas. Pero si cierras los ojos, ese punto de luz permanece un tiem­po, pálido, en tu retina.

A medianoche me desperté, salté de la cama (de todos modos, no podría volver a conciliar el sueño), me hundí en el sofá y, mientras escuchaba a Elisabeth Schwarzkopf, fui rememorando mis recuerdos de la isla griega. Revivo cada escena, una a una, como si fuese volviendo en silencio las páginas de un libro. La hermosa playa desierta, el café al aire libre delante del puerto. La mancha de sudor en la es­palda del camarero. Me represento el noble perfil de Myû, reproduzco en mi cabeza los destellos del Mediterráneo que veía desde la terraza. El desafortunado héroe empalado ir­guiéndose en la plaza. Y la música griega que llegaba de la cima del monte a medianoche. Recuerdo con toda su vive­za la mágica luz de la luna y el misterioso eco de la músi­ca. La sensación de disociación que tuve cuando fui arran­cado del sueño por aquella música lejana. Aquel dolor a medianoche falto de esencia, como si un objeto afilado se clavara en mi cuerpo insensible.

En el sofá, mantengo unos instantes los ojos cerrados, después los abro. Aspiro en silencio, espiro. Voy a pensar en algo, después intento no pensar en nada. Sin embargo, entre una cosa y otra no hay, en realidad, una gran diferen­cia. No puedo discernir una cosa de otra, algo que existe de algo que no existe. Miro por la ventana. El cielo se vuelve blanco, las nubes corren, los pájaros cantan, se levanta un nuevo día para apropiarse de las conciencias de todos los que habitan este planeta.

Volví a ver a Myû una vez en Tokio. Era un templado domingo de marzo, medio año después de la desaparición de Sumire. El cielo estaba uniformemente cubierto de bajos nubarrones y parecía a punto de llover. Desde la mañana, nadie perdía de vista su paraguas. Yo iba a visitar, por cierto asunto, a unos parientes que viven en el centro de la ciudad cuando, a medio camino, en Hiroo, en el cruce de Meiji—ya, vi un Jaguar azul marino que avanzaba a través del embotellamiento. El Jaguar circulaba por el carril izquierdo, de sentido obligatorio, justo al lado del taxi en el que yo iba montado. Me fijé en el coche porque lo conducía una mujer de magnífica cabellera blanca. El azul marino impo­luto del coche y el pelo blanco de la mujer ofrecían, inclu­so de lejos, un vivo contraste. Yo la había visto siempre con el pelo negro, así que me costó asociar ambas imágenes, pero era Myû, sin duda. Tan hermosa como antes, con aque­lla encantadora sofisticación. La blancura abrumadora de su pelo le confería un aire resuelto, casi mítico, un gran atrac­tivo. Sin embargo, aquella Myû no era la mujer de la que yo me había despedido agitando la mano en la isla griega. Sólo había pasado medio año, pero se había convertido en una mujer completamente distinta. Por supuesto, el color del pelo había cambiado. Pero no era sólo eso.

Es corno la muda vacía que dejan tras de sí diversos ani­males… Ésa fue la primera impresión que me produjo. Myû me recordó una habitación vacía después de que todo el mundo la haya abandonado. Algo precioso en extremo (lo que había atraído fatalmente a Sumire con la fuerza de un remolino, lo que me había hecho estremecer a mí en la cu­bierta del ferry) se había perdido para siempre. Y lo que ha­bía quedado en ella no era la existencia sino la ausencia. No era el calor de la vida, sino la quietud del recuerdo. La blan­cura inmaculada de su pelo hacía pensar inevitablemente en el color de los huesos blanqueados por el paso del tiempo. Durante unos instantes no pude exhalar el aire que había aspirado.

El Jaguar que conducía Myû corría a veces por delante del taxi, a veces por detrás, pero ella no se dio cuenta de que la estaba observando desde tan cerca. Tampoco traté de lla­marla. No hubiese sabido qué decirle y, además, las venta­nillas del Jaguar estaban completamente cerradas. Myû tenía ambas manos sobre el volante, conducía sentada con la es­palda recta, concentrada en la escena que tenía ante sí.

 

 

Tal vez estuviera absorta pensando en algo. O tal vez estuviera escuchando con atención el Arte de fuga por el estéreo del coche. Desde el principio hasta el final no se le descompu­so su expresión severa, fría como la nieve, apenas pestañeó. Poco después, el semáforo cambió a verde, el Jaguar avanzó en línea recta en dirección a Aoyama y mi taxi quedó atrás esperando su turno para girar a la derecha.

«Ya ves, continuamos viviendo, cada uno a su manera, incluso ahora», pensé. Por profunda y fatal que sea la pér­dida, por importante que sea lo que nos han arrancado de las manos, aunque nos hayamos convertido en alguien completamente distinto y sólo conservemos, de lo que an­tes éramos, una fina capa de piel, a pesar de todo, pode­mos continuar viviendo, así, en silencio. Podemos alargar la mano e ir tirando del hilo de los días que nos han des­tinado, ir dejándolos luego atrás. En forma de trabajo ruti­nario, el trabajo de todos los días…, haciendo, según cómo, una buena actuación. Al pensarlo, me sentí terriblemente vacío.

Quizás, al volver a Japón, le fue imposible ponerse en contacto conmigo. No, más bien debió preferir guardar si­lencio y perderse en algún lugar remoto sin nombre, lle­vándose sus recuerdos. Eso es lo que imaginé. No pude re­criminárselo. Y, por supuesto, no sentí odio hacia ella, ni nada parecido.

En aquel momento, la imagen que me vino a la cabeza fue la de la estatua de bronce del padre de Myû irguiéndo­se en algún pueblo entre las montañas al norte de Corea del Sur. Imaginé la pequeña plaza, la hilera de casas bajas, la es­tatua cubierta de polvo. En aquellos parajes, el viento sopla con fuerza y todos los árboles se doblan adoptando formas irreales. No sé por qué, pero, en mi mente, la imagen de esa estatua se fue solapando con la imagen de Myû, las manos sobre el volante, hasta convertirse en una.

Quizá todas las cosas ya estén perdidas de antemano se­cretamente en algún lugar remoto. Al menos existe un lugar tranquilo donde todas las cosas van fundiéndose, unas so­bre otras, hasta conformar una única imagen. A medida que vamos viviendo no hacemos más que descubrir, una tras otra, como si tirásemos de un hilo muy fino, esas coinci­dencias. Cerré los ojos e intenté recordar el mayor número de cosas bellas perdidas. Intenté retenerlas en mi mano. Aunque sólo fuera un instante.

Sueño. A veces pienso que es la única acción correcta que puedo hacer. Soñar, vivir en el mundo de los sueños… Tal como escribió Sumire. Pero no dura mucho. La vigilia siempre acaba apoderándose de mí.

Me despierto a las tres de la madrugada, enciendo la luz, me incorporo sobre la cama y contemplo el teléfono a la ca­becera. Imagino a Sumire en una cabina encendiendo un ci­garrillo y marcando mi número de teléfono. Su pelo está al­borotado, lleva una chaqueta masculina de tweed demasiado grande, los calcetines de diferente par. Frunce el entrecejo, de vez en cuando se sofoca con el humo del cigarrillo. Tarda tiempo en marcar correctamente mi número hasta el final. Pero su cabeza está llena de cosas que tiene que decirme. Pue­de que esté hablándome hasta que amanezca y ni siquiera en­tonces acabe. Por ejemplo, de la diferencia entre «signo» y «símbolo». El teléfono parece que vaya a sonar de un mo­mento a otro. Pero no suena. Y yo, todavía acostado, me que­do eternamente mirando un aparato que continúa en silencio.

Pero el teléfono sonó una vez. Sonó de verdad, ante mis ojos. Haciendo vibrar el aire del mundo real. Descolgué de inmediato.

Diga.

—¡0ye! i Ya estoy de vuelta! —exclamó Sumire. De un modo muy natural. Muy real—. Me ha pasado de todo, pero, en fin, ya he vuelto. Ha sido como La Odisea de Homero resumida en menos de cincuenta palabras.

—¡Qué bien! —dije. Aún no acababa de creérmelo. Que estaba oyendo su voz. Que estaba pasando de verdad.

¿Qué bien? —preguntó Sumire frunciendo (tal vez) el entrecejo—. ¿Y qué quieres decir con eso? Vuelvo después de sudar sangre, de tener todo tipo de experiencias inimagi­nables, si te las contara una a una, no acabaría, ¿y a ti sólo se te ocurre decir «i Qué bien!»? ¡No me lo puedo creer! ¡Pero vamos! Frase tan ingeniosa, tan rebosante de calidez y humanidad, guárdatela para los niños de tu clase cuando, al fin, aprendan a multiplicar.

—¿Dónde estás ahora?

¿Que dónde estoy? ¿Y dónde crees que estoy? Dentro de una vieja, añorada cabina telefónica. Por las cuatro paredes de esta pobre caja cuadrada hay pegados anuncios de servi­cios de contacto telefónico y otros de esas empresas de fi­nanciación que son un puro timo. Del cielo cuelga una me­dia luna de tonos enmohecidos y, por el suelo, hay esparci­dos montones de colillas. Miro a mí alrededor, pero no logro descubrir nada que tenga el mínimo calor humano. Es una cabina telefónica intercambiable, simbólica. ¿Dónde se encuentra? No estoy segura. Todo es demasiado simbóli­co. Además, ya me conoces, ¿no? Nunca sé dónde estoy. Nunca logro explicarlo bien. Los taxistas siempre me riñen: «A ver, ¿adónde diablos quieres ir?», gruñen. Pero no creo que esté demasiado lejos. Me parece que está muy cerca.

—Voy a buscarte.

—Me encantará que lo hagas. Averiguo dónde estoy y te llamo otra vez. Además, me he quedado sin monedas. Es­pérame, ¿eh?

—Tenía muchas ganas de verte —dije.

Yo también tenía muchas ganas de verte a ti —dijo Sumire—. Después de dejar de verte lo comprendí todo muy bien, a la perfección. Lo vi tan claro como si todos los pla­netas, de mutuo acuerdo, se hubiesen alineado uno junto al otro. Que te necesito de verdad. Que tú eres una parte de mí, que yo soy una parte de ti. Oye, creo que en algún lu­gar (no sé dónde, en alguna parte) he degollado algo. Con el cuchillo afilado y el corazón de piedra. Simbólicamente, como cuando hacían las puertas en China. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

—Creo que sí.

—Ven a buscarme.

La llamada se cortó de repente. Todavía con el auricular en la mano, me quedo contemplándolo un rato. Como si el auricular fuese, en sí mismo, un mensaje importante. Como si su color o su forma contuvieran algún significado implí­cito. Me lo pienso mejor y cuelgo. Me siento en la cama, espero a que suene de nuevo. Me apoyo en la pared y res­piro lentamente, en silencio, fijando la atención en un pun­to del espacio, ante mis ojos. Compruebo los lazos entre un tiempo y otro tiempo. El teléfono no suena. Un silencio sin promesas llena indefinidamente el aire. Pero yo no tengo prisa. No hay por qué apresurarse. Estoy preparado. Puedo ir a cualquier parte.

¿Verdad que sí? Sí.

Salto de la cama. Descorro las viejas cortinas quemadas por el sol, abro la ventana. Me asomo, alzo los ojos hacia un cielo todavía oscuro. En él, no hay duda, flota una me­dia luna de tonos enmohecidos. Con eso basta. Estamos mirando la misma luna del mismo mundo. Estamos ligados a la realidad por una sola línea. Seguro. Sólo tengo que ir tirando de ella en silencio.

Luego extiendo los dedos y contemplo las palmas de las manos. Busco en ellas rastros de sangre. Pero no hay rastros de sangre. Ni el olor de la sangre, ni rigidez. Quizá se haya filtrado ya hacia algún lugar.

Libros Tauro

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[1] Nombre de una escuela literaria cuyos miembros se agrupaban alre­dedor de la revista Shirakaba, que empezó a publicarse en 1910. La postura de estos autores era muy idealista frente a los cambios que estaba experimen­tando la sociedad japonesa de la época. La mayor parte de ellos eran hijos de familias nobles. De carácter cosmopolita, se interesaban más por el arte inter­nacional que por el japonés y creían en el valor positivo del individualismo. (N. de los T)

[2] – Kenmu no chûkô, en japonés. Instaurada por el emperador Godaigo en 1933 tras derrotar al gobierno de Shogunato da Kamakura. (N. de los T)

[3] Se refiere al Tratado de Rapallo (Raparo no Jôyaku), firmado entre Ale­mania y Rusia el 16 de abril de 1922. (N. de los T)

[4] Título de una novela de Sôseki Natsume. (N. de los T)

 

[5] Campanilla colgante que suena con el viento. (N. de los E)

[6] Poema japonés de treinta y una sílabas. (N. de los E)

[7] Arroz enrollado en alga marina. (N. de los T)

[8] Té de cebada tostada. (N. de los T)

[9] Doble, sosia. (N. de los T)

[10] Instrumento griego de cuerda. (N. de los T)

[11] En Japón, el curso escolar termina en marzo. (N. de los T)

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Acerca de snake1964

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