A TRAVÉS DEL MAR DE SOLES – Serie del centro galáctico/2 – Gregory Benford

A TRAVÉS DEL
MAR DE SOLES
Serie del centro galáctico/2
Gregory Benford

A David Hartwell
Tras el no postrero se insinúa un sí.
Y de este sí depende el mundo futuro.
El no era la noche. El sí es el sol actual.
WALLACE STEVENS
PRIMERA PARTE – 2056 RA
1
Arde a popa el fuego, impulsando a la nave hasta casi la velocidad de la luz. Sus
toberas magnéticas rizan el uniforme campo dipolar.
…Una saeta que surca la negrura…
…un penacho blanquiazul de rugiente hidrógeno…
…un asteroide de granito gris que surca la rugiente llamarada…
Succiona el polvo interestelar. Agita un caldero de isótopos. Y los vomita a la tiniebla,
una bengala ultravioleta en el abismo insondable.
En el interior, Nigel Walmsley comía ostras.
La última copa de vino, pensó con enojo, escudriñándola. Eso era todo lo que quedaba.
Hasta donde se podía dar crédito a los rumores de la nave, ningún otro había traído más
de una botella, y eso era lo que se había consumido en los últimos dos años.
Hizo girar la copa e ingirió el gélido trago final. El Pinot Chardonnay suprimió el leve
sabor metálico de las ostras y dejó sólo el aroma marino y la suculenta textura. Un
recuerdo de la Tierra. Se bebió el frío líquido que quedaba en las conchas y lo paladeó.
A ocho años luz de la Tierra, el eco de la Corriente del Golfo se extinguió.
—Se terminaron —murmuró Nigel.
—Hum… ¿qué?
Se dio cuenta de que se había olvidado de su invitado. Ted había llegado de improviso,
después de todo, y justo a la hora de cenar.
—Dudo que pueda reponer el California Chardonnay, y las ostras desde luego que no.
—¡Oh! No. Supongo que no. ¿Estás… estás seguro de que las ostras estaban buenas
todavía? —Ted 33 Landon se removió desmañadamente.
—¿Considerando que han estado almacenadas al vacío durante años, quieres decir?
—Nigel se encogió de hombros—. Ya veremos. —Se recostó en la alfombra tatami, y
estuvo a punto de hacer añicos con el codo una lámpara lacada. Su desnudez molestaba
claramente a Ted. El hombre volvió a moverse, se acomodó en su postura, sentado con
las piernas cruzadas. ¡Qué se le iba a hacer! Nigel no había tenido tiempo aún de hacerse
con algunas sillas en la tienda de maderas.
Ted sacó su bolsa de tabaco.
—¿Te importa?
Nigel negó con la cabeza. Sí le molestaba durante las comidas, pero probablemente
Ted ya lo sabía. Lo sabía todo.
Ellos tenían un perfil de la personalidad de Nigel de más de un metro de largo y
también almacenado en ferritas. Él mismo nunca lo había visto.
—¿Sabes?, cuando me enteré de que te estabas construyendo un apartamento en el
Área Inferior de Esparcimiento, pensé que estarías viviendo de mala manera. Pero esto
tiene un aspecto magnífico.
Nigel asintió y estudió la sala de estar, intentando verla con los ojos de Ted.
Había un jarrón carmesí, brotes de pálidas flores amarillas, una bandeja de palmatorias
con un poco de incienso que ardían lentamente, una caja de madera de teca y paredes
con papel de gasa fina. Oblicuos haces de luz amarilla descubrían motas de polvo en el
aire ventilado —espera a que Ted tenga que evacuar y vea el retrete, un agujero revestido
con porcelana traída de Corea, cerrado con una tapa de madera y flanqueado por unos
soportes, en forma de pie, para los principiantes tardíos: agáchate y evacúa—. ¿Por qué
enmascarar un valioso momento de la jornada…?
—¿Qué hay? —inquirió Nigel, pasando al habla transatlántica abreviada.
Ted lo fulminó con la mirada, algo envarado aún.
—Estoy reorganizando al personal.
—¡Aja! Eres el nuevo Encargado de Ocupaciones.
—No es ése el término, pero… Mira, Nigel, algunas decisiones son difíciles.
—Así es.
Ted, tranquilizado, compuso una sonrisa amplia pero susceptible de desvanecerse
junto con el aleteo de uno de los párpados, tan repentinamente como había aparecido.
—Has sido un ExOp hasta ahora.
—Conectado, sí.
Nigel era demasiado viejo para hacer el trabajo directamente, con la fuerza de sus
músculos. Pero su coordinación y reflejos, intensificados por el constante servicio médico,
todavía eran buenos. Por lo que le conectaban mediante circuitos a robots servoasistidos
que operaban en el exterior de la nave.
—Bueno, hay una larga lista de espera para ese tipo de trabajo. Y tú eres…
—Demasiado viejo —dijo Nigel bruscamente.
—Muchos así lo creen. Cuando se recibió la votación de la comunidad, la votación
sobre quién hará algo en el espacio Isis, obtuviste un montón de descalificaciones.
—No me sorprende.
—Así que estoy aquí para pedirte que dimitas. Deja el ExOp.
—No.
—¿Qué?
Seguramente no podía haber sido tan difícil de entender.
—No.
—Pero la votación de la comunidad está muy cerca de ser obligatoria.
—No. Es meramente indicativa. Mis compañeros de tripulación no pueden darme el
carpetazo, zip, de ese modo. Tú eres la estructura de mando, Ted. Seguramente sabes
que puedes derogar cualquier cosa, salvo una mayoría absoluta en la comunidad.
—Bueno…
—Y con 1.266 votos, dudo que la mayoría me quisiera fuera de mi puesto. Gran parte
de ellos no conoce mi trabajo, ni les importa.
Ted tenía un pequeño hábito. Apretaba la mandíbula levemente y fruncía la boca, de
forma tan leve que Nigel apenas pudo ver cómo la presión blanqueaba el rojo de los
labios.
Luego se tocó los dientes frontales y los frotó cuidadosamente arriba y abajo, como si
estuviera afilándolos metódicamente unos contra otros. Los músculos de su barbilla se
contrajeron.
—Técnicamente, Nigel, estás en lo cierto.
—Estupendo, pues.
—Pero tu sentido comunitario debería conducirte a ver que la oposición activa a una
mayoría significativa es, bueno, contraria a los intereses a largo plazo de nuestra misión
y…
—¡Al infierno!
Ted realizó de nuevo su ademán de afilarse los dientes, mientras distendía los
músculos de la mandíbula.
—Creo que encontrarás atractiva la labor alternativa.
—¿En qué consiste?
—Una tarea de altos hornos. Se trataba de fundir la roca del asteroide y pretensar
puntales, utilizando cortadores láser y rayos e.
—¿Conectado?
—¡Eh! Sí, por supuesto.
Te enganchaban a las grandes máquinas, te conectaban por la cadera, la rodilla, el
codo y la muñeca, empalmando la delicada interfaz electrónica directamente con tus
nervios. Y experimentabas la máquina, sentías la máquina, hacías funcionar la máquina,
servías a la máquina, eras la máquina.
—No.
—Has estado utilizando mucho esa palabra últimamente, Nigel.
—Es enormemente económica.
Ted suspiró. ¿Aquello era espontáneo o calculado? Era difícil de precisar. Se cogió las
rodillas con sus grandes manos. La postura zazen era incómoda para él, incluso con los
zapatos quitados. Por alguna razón, la mayoría de los invitados adoptaba esa posición,
aun cuando Nigel por lo general se repantigaba sobre los cojines. Tal vez estimaban que
la simplicidad rectangular de su habitación oriental sugería a sus ocupantes una disciplina
de enderezamiento de la columna. A Nigel le sugería justo lo contrario.
—Nigel, sé que no te agrada abandonar las operaciones externas, pero creo que
cuando te hayas adaptado al trabajo de fusión te sentirás…
—Como un sello matasellado.
La cara de Ted enrojeció repentinamente.
—¡Maldita sea, espero sacrificios de todos los de a bordo! Cuando te pido que cambies
de trabajo, lo elemental…
Nigel le hizo callar. Había descubierto que un gesto especialmente abrupto, que
concluía con el índice extendido, casi siempre daba fin a la furia desatada de Ted. Era
una valiosa argucia.
—¿Y si no me someto? ¿Las Cámaras de Retardo?
Éste era el efecto esperado. Sacar de pronto las Cámaras de Retardo a colación
elevaba las apuestas. Sin embargo, alteraba la manera comedida con la que los
administradores gustaban de negociar y, asimismo, recordaba a Ted el hecho de que
Nigel había ayudado a desarrollar las Cámaras de Retardo como conejillo de Indias
voluntario. Había pagado deudas que eran más que simbólicas.
—Nigel… —balbució Ted, meneando la cabeza con tristeza—. Me sorprende que
pienses en esos términos. Nadie de la comunidad del Lancer quiere meterte en una urna
de sueño. Tus amigos simplemente están tratando de decirte que quizás es hora de
retirarse de las tareas que requieren reflejos, pericia y vigor que, afrontemos los hechos,
estás perdiendo gradualmente. Todos…
—De acuerdo. En otras palabras, siempre han visto mi nombramiento para una labor
exterior en activo como un pez político arrojado a una foca sublimada por la 3D.
—Éstas son unas palabras muy duras Nigel. Y por supuesto completamente falsas.
Nigel sonrió, juntó las manos en la nuca, y se recostó con los codos alzados para aliviar
el silente coro de la tensión en los músculos inferiores de su espalda.
—No tan lejos de la verdad como podrías pensar —repuso casi con ensoñación—. No
tan lejos…
Por su mente desfilaron viejas imágenes: la incursión alienígena en el sistema solar; la
perlada esfera del Snark, un navío explorador con el que se había encontrado, sólo unos
instantes, más allá de la Luna; el naufragio del Mare Marginis, una cáscara de huevo
aplastada que había caído de las estrellas hacía un millón de años; la lógica propia del
ordenador alienígena de Marginis que les había enseñado cómo construir el Lancer.
Había estado allí, lo había visto, pero ahora las imágenes estaban difuminadas.
Ted dijo solemnemente:
—Había confiado en poder impresionarte con el peso de la opinión que hay tras esta
votación. Estaremos en el espacio de Isis dentro de unos meses. Los equipos de
superficie deben empezar a practicar en serio. No puedo, en aras…
—Pasaré al status de apoyo —declaró Nigel casualmente.
—¿Qué?
—Ponme en la unidad exploradora de reserva. Seguramente habrá horas muertas
cuando estemos en la superficie. Horas en las que la mayor parte de la tripulación estará
durmiendo o trabajando en alguna otra cosa. No querrás que esos módulos servoasistidos
permanezcan ociosos en la superficie, ¿verdad? Yo simplemente mantendré el puesto.
Haré guardia hasta que la auténtica cuadrilla de trabajo vuelva a asumir el mando.
—¡Hum! Bueno, aunque no es exactamente lo que yo había…
—Tus planes me importan un comino, si he de serte sincero. Te estoy ofreciendo un
arreglo.
—El puesto de apoyo no es de jornada completa.
—Haré pluriempleo, entonces.
—Bien…
—Trabajaré con los hidros. Agricultura, tal vez. Sí, eso me va a gustar.
Observó a Ted sopesando esta nueva posibilidad. El sujeto barajó la idea como si se
tratase dé un animalito huidizo. Probablemente no era ninguna amenaza, aunque sí,
impredecible, tan presto a clavarle los colmillos en el pulgar como a escurrirse
súbitamente en cualquier dirección insospechada. Nigel no era ni una serpiente ni un
esturión, y a Ted le disgustaban las cosas sin etiqueta. Tras el aparente grupo de
gobierno político del Lancer acechaban esos directivos tradicionales de segunda fila, con
instintos tan viejos como Tyre.
La sonrisa de Ted reapareció de pronto.
—Bien. Bien. Nigel, me alegro de que hayas sido capaz de verlo a nuestro modo.
—En efecto.
—Nigel.
Hubo un embarazoso silencio.
—¿Hay algo más, Ted?
—Sí, lo hay. Creo que debes darte cuenta de que estás algo así como… distante… del
resto de tus compañeros de la tripulación. Eso puede haber influido en esa votación.
—Generaciones diferentes.
Ted abarcó con la mirada las planas, casi romas superficies de la estancia. En la
mayoría de los interiores del Lancer cada pared estaba cubierta por una vivida imagen de
un bosque, de un océano o de montañas. Aquí, en cambio, los ángulos eran severos y no
había ningún sucedáneo de exterior. Ted parecía encontrarlo perturbador. Nigel le
observó rebullir en su asiento y trató de adivinar lo que el hombre estaba pensando. Nigel
sentía dificultad en entender a gente como Ted si no se entregaba al abrumador proceso
de adentrarse en ellos por completo. Por otro lado, Ted era americano. Nigel había vivido
en Estados Unidos gran parte de su vida, pero retenía sus hábitos mentales ingleses.
Muchos de los puestos de relieve en el Lancer los detentaba el afable tipo directivo
americano como Ted, y a Nigel le separaba de ellos algo más que la diferencia de edad.
—Mira —comenzó Ted de nuevo. Su voz era resuelta y pragmática—, todos sabemos
que eres… Bueno, tu actividad neural de alguna forma resultó incrementada por el
ordenador del Marginis. Por lo que tu entrada sensorial, tu procesamiento, tu correlación
de datos…
todo puede darse en cantidad de niveles distintos. Simultáneamente. Con claridad.
—Je, je.
—Vas a parecer algo extraño, seguro. —Sonrió quejumbrosamente—. Pero ¿tienes
que ser tan reservado? Quiero decir, si tan siquiera mostrases algún signo de que intentas
hacernos comprender cómo es eso, incluso, creo…
—Tanaka y Xiaoping y Klein y Mauscher… —Nigel confirió a los nombres una cadencia
machacona. Esos hombres habían ido, después de él, a experimentar con la red del
ordenador alienígena de Marginis. Todos habían sufrido un cambio, todos pensaban de
manera distinta, todos declararon ver el mundo con una oblicua intensidad.
—Sí, conozco su obra —prorrumpió Ted—. No obstante…
—Has leído sus descripciones. Has visto las cintas.
—Claro, pero…
—Si te sirve de algo, ni yo mismo puedo entresacar mucho de ese galimatías.
—¿De veras? Suponía que todos tendríais mucho en común.
—Lo tenemos. Por ejemplo, ninguno de nosotros habla muy bien de ello.
—¿Por qué no?
—¿Para qué? Difícilmente sea ése el camino a seguir.
—El 3D que Xiaoping realizó significa mucho para nosotros. Si tú…
—Pero no para mí. Y ese mismo hecho es más importante que cualquier otra cosa que
pueda contarte.
—Si solamente hubieras…
—Muy bien. Mira, hay cuatro estados de conciencia. Está el ¡Aja! y el Yum-yum y el Oy
vey! Pero la mayor parte del tiempo se da el ¡Ho-hum! —Nigel lució una mueca
enajenada.
—Vale, vale. Debería haber sido más sensato. —Ted sonrió cansinamente. Sorbió los
restos del té.
Nigel cambió de posición y apoyó menos peso en el nudoso extremo de la columna. El
apartamento estaba lejos del eje de giro del Lancer, por lo que la atracción centrífuga
local era más fuerte que la de sus antiguos alojamientos en la cúpula. Al moverse, su piel
se arrugó y plegó como una bolsa demasiado usada. Aún poseía vigor, pero sabía mejor
que nadie hasta qué punto se estaban acartonando sus músculos, se volvían fibrosos e
inseguros. Se miró las rojas manchas pecosas de las manos y se permitió un suspiro. Ted
malinterpretaría el sonido, pero ¡qué demonios!
Ted rió entre dientes.
—Habré de recordar eso. ¡Ho-hum! Sí. ¡Eh!, mira —-dijo animadamente, preparándose
para marcharse—, tu respuesta a este asunto del trabajo ha sido de primera categoría.
Me alegro de que haya resultado. Me alegro de que hayamos zanjado el problema antes
de que se hiciera, bueno, más espinoso.
Nigel sonrió. Sabía que no habían zanjado nada en absoluto.
2
—¿Qué crees que quiere decir Ted en realidad? – inquirió Nikka.
Paseaban por un sendero que cubría todo el ámbito en torno al interior de la cúpula. En
su mayor parte era una extensión de cien metros de bosque, cuajada de pinos, de robles
y frondosos matorrales. Podía ser fruto de su imaginación, pero el aire parecía mejor allí,
menos rancio.
—Probablemente no más de lo que dice. Por ahora.
—¿Crees que me harán a mí lo mismo?
Una tenue bruma se acumulaba sobre las copas de los árboles y oscurecía los campos
que pendían directamente sobre sus cabezas. En la distancia, a lo largo del eje, Nigel
acertaba a divisar el otro extremo de la cúpula. Nubes como bolas de algodón se
amontonaban a lo largo del eje de cero g de la cúpula, y a través de ellas pudo avistar la
distante alfombra verde, tan remota que sólo las rayas euclidianas de las hileras de
cultivos resultaban evidentes. Era una zona ajardinada.
—No dijo nada al respecto. —Nigel se volvió hacia ella, extendiendo las manos—. Y en
cualquier caso, ¿qué más da?
—Junto contigo, soy el miembro más viejo de la tripulación.
—¡Maldita sea! Tú no eres vieja.
—Nigel, aventajamos en dos décadas a cualquier otro miembro de la tripulación. Él se
encogió de hombros.
—Mi labor requiere habilidades motoras. Y están consumidas, me estoy volviendo torpe
y pesado. Pero tú eres de las que se mantienen ágiles. No hay ningún…
—Los años que has pasado en las Cámaras de Retardo han atrasado eso.
—Algo. No mucho.
Nikka caminó más aprisa. Su enérgica irritación se traslucía en el modo particularmente
cargante que tenía de contonear las caderas al dar cada zancada. Se hallaba todavía en
magnífica forma, pensó él. Su cabello negro y liso estaba recogido en un moño espartano
enmarcado sobre el franco rostro. Confluía en cascada natural en la coronilla, para
convertirse en negro torrente saltarín a mitad de la espalda. Nigel se obligó a mirarla
como si fuese una extraña, intentó verla desde la perspectiva de Ted.
Con la edad, la piel se había atirantado sobre sus altos pómulos. Era verdad que ya no
poseía toda su fortaleza, o el esplendor de la mediana edad inicial que una vez tuvo. Pero
disfrutaba de un magnífico y esbelto edificio que no mostraba signo alguno de estar
venciéndose o desmoronándose.
Ella aspiró el aire con evidente regocijo. Se estaba mejor allí, junto a las plantas y
cubetas de algas. Si cerrabas los ojos casi podías llegar a creer que te encontrabas en un
bosque auténtico. Podías ignorar el grave rumor amortiguado de la interminable llama de
fusión.
—Nigel, ¡parece que haga tanto tiempo! —dijo ella súbita y quejumbrosamente.
Él asintió. Doce años desde que el Lancer encendiera sus aceleradores de despegue y
se impeliera dolorosamente hasta la velocidad de la luz. Él le cogió la mano y la apretó.
Todos habían pasado prolongados períodos de tiempo en el trabajo; en el estudio; en los
experimentos, como las Cámaras de Retardo, y en las observaciones astronómicas. Mas
los años poseían peso y presencia.
El Lancer fue un trabajo rápido. En el 2021 una gigantesca red de radio, enlazada a
través de la cara oculta de la Luna, recogió una extraña señal. Era una pauta débil,
variable, de amplitud modulada. Llegó de improviso en 120 megahertzios y dio de lleno en
el centro de la banda de radio comercial. Al principio, la red radiofónica del lado oculto
había sido prevista para llevar a cabo estudios astrofísicos en el alcance de la baja
frecuencia, hasta la región de los 10 kilohertzios. Sólo recientemente los diseñadores de
Goldstone, Bonn y Beijing habían instalado un equipo para ampliar el sistema hasta un
alcance de megahertzios, porque las atestadas bandas comerciales resultaban ya tan
ruidosas que la sensible labor astrofísica era imposible desde la superficie de la Tierra. La
Luna era un escudo eficaz.
La pauta de emisión tenía, al decir de la jerga, significativos elementos no achacables
al azar y recordaba, quizás, al decamétrico farfullar de Júpiter. La radiación provenía de
enjambres de electrones en los cinturones magnéticos de Júpiter. El paso de las ondas a
través de los cinturones hacía que los electrones se aglutinasen, por lo que irradiaban
como una antena natural. Las emisiones de Júpiter tenían longitudes de onda de cientos
de metros, muy por debajo del alcance de los megahertzios. Para explicar estas nuevas
emisiones, los astrónomos invocaron a un gigante gaseoso con campos magnéticos
mucho más potentes, o densidades electrónicas más elevadas.
Cuando localizaron la fuente, este modelo cobró sentido. Era BD +36° 2147, una
oscura estrella roja a 8,1 años luz de distancia, y parecía poseer un planeta grande. Esto
resultó algo embarazoso.
La agencia patrocinadora, AIE, se preguntaba por qué una estrella tan próxima no
había sido examinada rutinariamente en busca de emisiones inusuales. Una explicación
obvia era que la actividad y los fondos se concentraban en los objetos espectaculares de
alta energía: pulsares, quásares y emanaciones de radio. Asimismo, las enanas rojas
eran un fastidio. Resultaba difícil verlas y llevaban una vida anodina. BD +36° 2147 nunca
había recibido un nombre. El batiburrillo de letras y números significaba meramente que la
estrella había aparecido por vez primera en el catálogo Bonne Durchmeisterung en el
siglo diecinueve. El ángulo de declinación era de +36 grados y 2147 correspondía al
número de serie del catálogo, relacionado con la otra coordenada de la estrella, la
ascensión vertical.
Por la leve oscilación de la estrella, se podía inferir que algo grande y oscuro giraba a
su alrededor. Era una candidata perfectamente lógica para la superjoviana. Los
telescopios ópticos orbitales habían descubierto, hasta la fecha, cientos de compañeras
oscuras en torno a estrellas cercanas, se había demostrado que esos sistemas
planetarios eran bastante comunes, finalizando una controversia centenaria.
Este primer hecho perturbador salió a relucir cuando la AIE hurgaba en los viejos
informes de reconocimiento de los radiotelescopios con base en la Tierra. Se evidenció
que BD +36° 2147 había sido observada, repetidamente. No había habido emisión
detectable alguna. Las ondas de radio actuales debían haberse iniciado en algún
momento de los últimos tres años.
La segunda sorpresa se presentó unos meses más tarde. Durante un anómalo intervalo
de dos minutos, se filtró una potente pauta ondulatoria. La señal de amplitud modulada
era una onda portadora, como la radio comercial de AM. Cribada, acelerada e insertada
en una salida de audio, dijo claramente la palabra “y”. Nada más. Una semana después,
otro fragmento de tres minutos dijo “Nilo”. La gran antena de radio se hallaba ahora
continuamente orientada a BD +36° 2 1 47. Siete meses más tarde interceptó la palabra
“después”.
Las palabras se sucedían con exasperante lentitud. Algunos radioastrónomos
aseguraban que podía ser debido a un modo extraño de reducción del costo. Dado que la
señal se extinguía y reaparecía, un oyente que se perdiese una parte de un largo sonido
podía aún reconocer la palabra. Mas esta teoría no explicaba por qué la señal se volvía
difusa y variaba de modo tan frustrante. Era como si la remota estación comenzara a
transmitir una palabra y luego cambiase a otra antes de que la primera hubiese acabado.
Las señales continuaron. Escupían ocasionalmente un fragmento, una sílaba, pero
nunca lo suficiente para dar lugar a un mensaje claro. No obstante, tenían que ser
artificiales. Eso erradicó la teoría de la magnetosfera superjoviana. Se mantuvieron en
una frecuencia bastante alta, sin embargo, y esto resultó útil.
Ocho meses de minuciosas observaciones interceptaron un desplazamiento Doppler en
la frecuencia. El desplazamiento se repitió cada veintinueve días. La explicación lógica
era que los pulsos diseminados provenían de un planeta, y que éste se movía
alternativamente, acercándose y alejándose de la Tierra como si orbitara a la enana roja.
Las observaciones ópticas determinaron la luminosidad de la estrella, y una teoría
fidedigna pudo entonces dar la masa probable de la estrella. Era de 0,32 masas solares,
una estrella M2. Dado el “año” de veintinueve días del planeta, y la masa de la enana, las
leyes de Newton postulaban que la proximidad del planeta a su fría estrella era nueve
veces mayor que la de la Tierra al Sol.
Hasta ahí podían alcanzar las observaciones desde las cercanías de la Tierra. Los
equipos de radio pasaron años tratando de ver un desplazamiento Doppler debido a la
resolución del planeta mismo. No apareció, pero nadie esperaba que lo hiciera. Un
planeta tan próximo a su estrella estaría inmovilizado con una cara eternamente hacia el
sol, a causa de la atracción de marea entre ellos. La Luna de la Tierra y los satélites
galileanos de Júpiter estaban inmovilizados por la misma razón a sus planetas. Mercurio
estaría inmovilizado hacia el Sol, de no ser por la atracción en sentido contrario de los
demás planetas.
Era sabido por todos que los mundos inmovilizados por la marea eran letales. Un lado
estaría calcinado y el otro helado. ¿Quién podría sobrevivir en lugar semejante y erigir un
transmisor de radio? ¿Vivían únicamente en la banda crepuscular?
El único medio de descubrirlo era ir allí. En el 2029, la AIE lanzó pequeñas sondas
relativistas en misiones de reconocimiento hacia BD +36° 2147. Una fracasó por una
explosión de rayos gamma a 136 años luz de la Tierra. Los diagnósticos de a bordo
revelaron mucho acerca de la llamarada en la combustión por fusión, antes de que la
nave se desintegrara. La AIE ajustó la combustión en la segunda sonda y ésta sobrevivió
y se internó en el sistema BD +36° 2147 a un 0,99 de la velocidad de la luz.
Divisó un gigante gaseoso, en el lugar exacto, como causa de la oscilación de la
estrella, según se viera desde la Tierra. Pero el crepitar de radio provenía de un mundo
del tamaño de la Tierra más próximo a la estrella. La sonda había sido programada para
pasar junto al gigante gaseoso, dado que su órbita pudo ser deducida del leve ritmo de
BD +36° 2147. El otro planeta se hallaba exactamente al otro lado de la enana roja
cuando la sonda penetró con celeridad, por lo que los aparatos automáticos, en denodada
pugna por reajustarse, no obtuvieron muchos datos.
Las sondas pequeñas y veloces eran más baratas. La Agencia Internacional del
Espacio las favorecía. Pero no podían responder con flexibilidad y la teoría de juegos
demostraba que eran una mala elección estratégica, a tenor de los riesgos desconocidos.
Según calcularon quienes valoraron el problema, la mejor actitud era el reconocimiento
en firme: el Lancer. Por ello, las tres superpotencias utilizaron su primacía y se apropiaron
del recién terminado proyecto Colonia de Liberación. La AIE se hizo con la zona interior
del mundo asteroide rotatorio, perforó más dependencias en la roca y agregó cámaras
con tracción de duralita que podían contener un horno de fusión. El diseño era una copia
del naufragio del Mare Marginis y funcionó bien. Removieron la tierra, plantaron cosechas,
abrieron galerías, cortaron rocas y armonizaron una ecología en miniatura dentro de la
agujereada cúpula elipsoidal.
Todo esto para volar a velocidades una fracción por debajo de la luz. Hacia el rojo faro
de BD +36° 2147, ahora denominado Ra. La palabra “Nilo” en la transmisión, aun cuando
parecía irrelevante y posiblemente una equivocación —los niveles de error en la
decodificación sí eran significativos— se convirtió en un pretexto para invocar la mitología
egipcia. Al mundo transmisor se le llamó Isis, la diosa de la fertilidad. El gigante gaseoso
externo recibió el nombre de su hijo, Horas. A la comunidad astronómica le llevó dos años
decidir todo esto. En el Times de Londres se publicaban cartas poniendo en discusión el
asunto. A los ingenieros, por descontado, aquello les importaba un comino.
Las mieses susurraban mientras seguían caminando por los plantíos, y el seco sonido
era como el de Kansas en un exuberante día otoñal. Nigel se protegió los ojos del fuerte
resplandor de los fosforescentes. Los enormes cuadrados estaban regularmente
espaciados en el curvado suelo de la cúpula, iluminaban los campos del lado opuesto,
fortalecían la ecología del Lancer. Era un fulgor envolvente.
La combustión de fusión de la tobera del Lancer suministraba abundante electricidad a
los paneles de fósforo, pero a Nigel le seguía pareciendo un fútil despilfarro de fotones.
Nikka interrumpió sus pensamientos.
—¿Cuál crees que puede ser nuestra mejor táctica?
—Hemos de salir al paso de las críticas. Sobre nuestras…
—Habilidades físicas en declive.
—Sí.
—De acuerdo, pues… deberíamos trabajar en tareas modestas. Superfluas.
—Hasta que alcancemos Isis.
—Entonces… bueno, nos agenciaremos un trabajo interesante.
—No les dejaremos que nos convenzan para hacer un trabajo de oficina.
—Exacto. Tal vez tengamos que contentarnos con el control de robots o algo así,
pero…
—Nada de papeleos.
—Eso es. Mientras tanto…
—Evitaremos a los bastardos.
Ella sonrió y repitió con cierto alivio:
—Evitaremos a los bastardos.
Meses antes, el Lancer había soltado una emisora de radio auto constructora,
dejándola caer en su estela. Al navegar en el interior de un capullo de plasma ionizado
por descargas, no podían elaborar mapas de radio de alta resolución. La emisora se
desovilló y desplegó. Alex controlaba las antenas servoasistidas mediante control remoto
y preparó concienzudos mapas de apertura sintética del sistema Ra. La estrella misma
refulgía violentamente, enviaba lenguas de fuego a gran altura en su corona. La detallada
cartografía de su meta, Isis, llevó mucho más tiempo.
Nikka despertó a Nigel zarandeándole cuando repiqueteó el Sec del apartamento.
—Déjame —masculló él.
—Basta de representar al lagarto tendido al sol. Es el examen de la Asamblea.
—¡Ah! Le echaré una ojeada.
Nikka tecleó en su muñeca y la pantalla mural se encendió. Acalló la voz de Alex que
daba explicaciones e hizo más grande el mapa. Nigel escrutó la imagen redondeada. El
disco de Isis era un revoltijo de curvas de nivel parecidas a espaguetis.
—Acné planetario —comentó él. Nikka dijo:
—Eso de ahí, parece el sistema de un valle fluvial.
—No puede ser. Es un engaño de la vista, probablemente. Recuerda que esto no es un
radar. Están recogiendo las transmisiones de Isis.
—¿Cómo pueden venir del planeta entero? Él entornó los ojos.
—La manera más sencilla y eficaz de emitir, a través de distancias interestelares, es
con una antena fija.
—Sí… —Ella se peinó el negro y liso cabello con los dedos—. O eso es lo que
creemos.
—Las ondas electromagnéticas son independientes de la cultura. No tiene sentido
utilizar montones de antenas.
Él se conectó al sistema interactivo de discusión, tumbado aún en la cama. Pero no
surgió ninguna idea interesante.
—Espera a que estemos más cerca —dijo él. Nikka amplió el mapa hasta la escala
máxima.
—Sigo diciendo que esto parece un valle fluvial.
3
Isis era un mundo rojo. Del color de Marte, pensó Nigel al mirarlo. Más pródigo en aire,
abarrotado de nubes.
Una cálida faz vuelta siempre hacia Ra. La otra mirando gélida e inexpresiva hacia el
frío eterno. Estaba inmovilizado por la marea. En la noche inmemorial, la Tierra gemía
bajo inmensos glaciares azules. La mitad de un planeta coronado de hielo.
Los vientos, que provenían del ocaso, nutrían a las grandes montañas adormecidas,
revestidas de blanco, trayendo hálitos de fresca humedad. En la línea perpetua del
amanecer, donde resplandecía la lóbrega luz rosácea, los icebergs surtían a un rojo
océano. El mar circundaba a Isis de polo a polo y separaba hielo y tierra. Era rosáceo y
especular, azotado por vientos y tachonado de nubes amarillo-anaranjadas.
Más hacia la estrella aún, amplios abanicos de olas batían contra precipicios de
pedernal cortados a pico. El mar desgarraba los altos acantilados del único continente de
matiz parduzco.
Dedos de agua se adentraban en la tierra, hacia Ra. Los valles fluviales tallaban el
granito gris, como si quisieran aferrar la faz del mundo para obligarla a ir hacia el fuego.
Eran dedos que hurgaban el Ojo.
Canal=11: Sí, la pauta, como digo, corrobora la teoría. Allí hay una perfecta pauta de
tensión. Puedes ver las fallas y depresiones normales en los polos…
Canal=20: Un momento, no hay ningún polo y, si entiendo tus cálculos, tu equilibrio es
erróneo desde el primer paso…
Canal=5: ¡Jesús!, comprobad el inventario químico los de abajo, yo…
Canal=11: No, dispongo de todo un continuum de equilibrio teórico que puedo utilizar y
este caso encaja. Todo encaja si asumimos que por el movimiento de rotación de Isis se
formó una protuberancia en el ecuador y, luego, cuando Ra lo invirtió, quedó liberada la
energía centrífuga, por lo que Isis intentó reajustar su superficie para deshacerse de esa
panza. Así, se obtiene una fractura en una pauta global…
Canal=5:… demasiada absorción en esos océanos, y algunas líneas extrañas, mira
esos picos en torno a los 5.840 angstroms, eso no es…
Canal=18: Es curioso, los lagos de aquellas tierras altas, parcialmente fuera del Ojo,
son azules, pero el océano es rosa. Supongo que lo que quiera que…
Canal=5: Aquello de allí arriba es agua de lluvia fresca en los pasos de montaña, nieve
fundida, debería parecer azul…
Canal=11:… eso deja libre el ecuador, ¿ves?, por lo que el empuje de las fallas
escindió el esquema cupular, y la energía quedó desencadenada hacia el borde…
Canal=20: Vale, nada de polos, tus cálculos estipulaban una capa limítrofe y eso es lo
que hace que éstos se adecuen. ¿Ves aquellos desfiladeros con forma solapada de
gubia? Imagino que demuestran algún tipo de distensión de la corteza al detenerse e
iniciar todo un proceso tectónico…
Canal=5:… la estructura 5.840 es sólo un bancal de las colinas. Así ha de ser, Nigel,
porque está tan claro como el agua que ése es el grupo de silicato de hierro, si no fuera
por el día tan asqueroso que hace ahí abajo, y…
Canal=11:… obtienes redes de compresión que dan lugar a esas fallas dislocadas, o
fallas laterales. Puedo verlas en esta ampliación IR, aquí, cantidad de grietas, toda una
morfología erigida cuando aminoró la rotación del planeta…
Canal=3:… pero, entonces, ¿qué son esos espantosos picos justo en el centro del
esquema de polarización, eh? Seguramente no me vas a pedir que crea que una llanura
de barro nos está dando esos picos, ¿verdad? Difícilmente. Nos los está dando el mar, y
ha de tener óxidos de hierro para hacerlo y proporcionar potencia lineal suficiente…
Canal=18: Los lagos azules implican que lo que hace rojo el mar no opera a grandes
altitudes…
Canal=5: Eso es una patraña, no puede haber un efecto de altitud con un gradiente tan
nimio, no soportaría un…
Canal=18: Vale, entonces lleva tiempo hacer que la química entre en acción, así que
para cuando la lluvia ha discurrido hasta las tierras bajas algo está…
Canal=29:… se había equivocado por dos veces, Cristo, por lo que me encogí de
hombros y refunfuñé, no hay nada malo en no tener nada que decir, claro, pero intenta no
decirlo en voz alta, y el hijoputa entonces se lo soltó a Gulvinch sin tapujos…
Canal=20:… intensifica todo eso hasta que el estrato abovedado… Sí, así me gusta…
no pueden soportar la presión lateral y se quiebran, apuesto a que también todo ese hielo
debajo del otro hemisferio, hum, y tienes cantidad de ciclos en los materiales de superficie
que desgajan la vetas cada dos milenios hunnert. Piensa en lo que eso hace al promedio
reiterativo con la atmósfera cuando horneas ese hierro recién expuesto cada vez…
Canal=5: Mira, eso es algo que sabemos. Observa ese espectro, debería tratarse de
una atmósfera reducida con todo ese hierro, por descontado, de no ser porque los niveles
de oxígeno se elevan, pero incluso así es únicamente a un nivel de un dos por ciento, dos
por ciento de O2. Puedes verlo aquí mismo, mira, es sólo un pico en ese viento. Las líneas
son erróneas, no son en nada similares a las de la Tierra, pero apuesto a que es el mismo
condenado proceso, el mismo modo en que nuestro aire se transformó en lugar de
reducirse hace millones de años. El problema es que no hay mucho O2, ¿verdad? No
mucho si quieres respirar ahí abajo.
Canal=6: Es de ambas formas, abre los ojos, pon éste sobre el otro y te quedará
claro…
Canal=3: ¡Ah, ferroso y férrico! Ambos. Así que hay cantidad de oxígeno ahí abajo,
tanto como en la Tierra, pero está asociado al hierro.
Canal=29:… nada de lo que pudiera decir serviría…
Canal=20:… así que esto corrobora lo que dicen los muchachos del espectrógrafo de
radicación reflejada dispersa, las fallas revientan de tal forma la maldita turba que el hierro
resulta reprocesado continuamente junto con el aire. No pudiendo retener el oxígeno, el
agua se vierte cada vez que llueve, y el mar es una solución de mierda ferrosa, ahí es
donde está el O2, hombre, te digo…
Canal=56: A ese mequetrefe del P4 se le ha ocurrido alguna idea disparatada,
escúchalo, cree que todo es hierro. Pero fíjate en esto, el punto grande de allí, mira ese
inmenso volcán. Eso es azufre, sin duda, grandes emanaciones que, emergen de forma
tan regular como en el Maybelle; volcanes sulfurosos engastados en el centro del Ojo, y si
eso no retiene un montón de oxígeno, con tales vientos… Quiero decir que hemos medido
la velocidad de expulsión de los cráteres en activo y enrarece rían toda la maldita
atmósfera en dos, quizá tres años; por lo que todo eso de abajo es óxido de azufre, eso
es el Ojo no dunas de arena, ni dióxido de silicona, es dióxido de azufre…
La imagen cobró nitidez cuando los ordenadores eliminaron las refracciones fortuitas
del grumoso aire de abajo. Isis se avecinaba.
Era de color amarillo. Un amarillo reseco, antiguo. Tersas arenas amarillas rielando,
tachonadas de oscuras crestas de roca erosionada. Desde el centro calcinado, el punto
subsolar, se levantaban vientos cargados de un polvo ácido y acre. Las dunas marchaban
delante de los vientos en hileras de cien kilómetros de longitud. Se torcían lentamente al
girar las corrientes de aire, de forma semejante a un sistema de vientos alisios, y
regresaban a la pupila abrasada del Ojo, en un oleaje con un ciclo intemporal.
El Ojo se tornó rojizo y más tarde marrón. Un vestigio de humedad. Lo demás era un
desierto. Un conjunto de escabrosas colinas rojas, erigidas en un anillo concéntrico de
montañas: la cuenca del Ojo. La nieve moteaba de blanco las cumbres. Los altos valles
acogían el frío aire por encima del acerado fulgor de los lagos.
El azote constante de los vientos del Ojo había alisado la tierra. La brisa levantaba un
polvo rosáceo en gruesas columnas que se derramaban sobre las altas laderas de la
montaña hacia abajo, lejos del Ojo, e inundaba los valles con un envolvente calor. Sólo en
los cambiantes parajes donde ni las nubes ni el polvo se cernían sobre la tierra podían los
distantes telescopios avistar las secas llanuras y los valles esculpidos de Isis.
La única, inmensa y concéntrica cadena montañosa era intrincada y cortada a pico.
Ríos fangosos descendían por las anchas faldas, lejos del Ojo, hacia el mar que
circundaba el planeta. A mayor distancia del Ojo, el ralo desierto cedía el paso a la
enmarañada vegetación. La hierba era parduzca. Había algo semejante a árboles. Eran
sombras verdosas, rosáceas, grises y de un naranja pálido.
Una fina capa de polvo flotaba en el aire inferior y enturbiaba las imágenes ópticas,
hurtando la nitidez. Sólo mediante los rayos infrarrojos la visión era lo bastante buena
para distinguir objetos en la escala de los cinco metros. La flora era abundante. Franjas
de vegetación invadían los ríos serpenteantes.
El IR escudriñó lo de abajo e identificó algunos detalles. Eran lechos oscuros de vida
vegetal en el mar. Praderas. Y después, movimiento.
—ReppleDex, soy el comandante. ¿Habéis instalado ya ese sistema, o tendremos que
daros una patada en el culo?
—Acabamos de conseguir buena definición en la radio. Ted. Échale un…
—Lo estoy viendo, Alex. Lo que queremos es la interferometría…
—Son fuentes puntuales, ¿no?
—Nigel, soy Ted. Sal de las líneas del comunicador.
—Soy un consejero, ¿recuerdas? Sólo estoy fisgoneando, de todas formas.
—Bien, mientras no entorpezcas… ¿Eh, RD, cuándo podremos tener…?
—Tiene razón, Ted, todavía no podemos determinar las fuentes. Son condenadamente
pequeñas. Podríamos ver cualquier disco realmente grande en un alcance de una A U,
por lo que creo que ya deberíamos haber detectado…
—Vale, vale, eso es interesante. Pero…
—…y la razón por la que nunca hemos conseguido descifrar las señales, tendríamos
que habernos imaginado a estas alturas…
—¡Oh! ¿Qué?
—Están estas fuentes puntuales, puede que un millón, pero no están transmitiendo al
unísono. Quiero decir que no están acopladas en sincronía de fase. Todas las fuentes
están intentando emitir la misma cosa, pero todas van un poco por detrás o por delante de
las demás, por lo que resulta un desbarajuste.
—Que me aspen, ¿por qué iba alguien a escoger ese método de comunicación
interestelar?
—Alex, ¿sobre qué longitud están correlacionadas las señales?
—Nigel, te he pedido…
—Piérdete un rato, ¿eh? ¿Alex?
—Bueno, déjame activar esto de aquí… Sí, la longitud de la correlación espacial es de
unos treinta Klicks, puede que algo más.
—¿Cómo se corresponde con la topografía?
—Escucha, conéctame a ese multicanal, Ted, y… Sí, ahí está.
—¿Siguen los perfiles del valle?
—¡Hum!, sí. Más o menos. Las fuentes están repartidas a lo largo de los valles. No hay
muchas en las montañas.
—Es en los valles donde se dan las mejores condiciones de vida. El agua. Te doy
paso, Ted.
—Muchas gracias, Nigel. Es estupendo intercalar una palabra de vez en cuando.
Déjame poner esto en orden, Alex. Si exploras el valle con el interferómetro hallas que la
señal es coherente. ¿Todas las fuentes puntuales están emitiendo juntas?
—Correcto.
—Pero si vas al siguiente valle, las fuentes están emitiendo algo ligeramente por
delante o por detrás del primero.
—Sí. Eso es lo condenadamente extraño. El promedio de bits es todavía bajo,
igualmente. Y las fuentes no son regulares.
—¿Cómo es eso?
—Bueno, en el plazo de unos minutos alguna de ellas se extingue. Asimismo, aparece
una nueva de vez en cuando, por lo que el número es aproximadamente constante.
—¡Hum! Mira, Alex, llamaba para preguntarte por el disco exterior. Ibais a tenerlo en
línea a las 14 horas, y ya han pasado. Necesitamos esa línea de base más grande, para
obtener la definición que precisamos, y la necesitamos ahora.
—Dale tiempo, Ted.
—Nigel, creí que…
—Estoy meramente curioseando, si no te importa. Estoy seguro de que Alex tendrá las
cosas a punto, en su momento, si dejas de incordiarle por ello. Deseaba disponer de un
instante para revisar todo esto, Ted. Tienes los perfiles óptico e IR delante de ti, a buen
seguro.
—Sí, puedes bajar a Control para verlos, si quieres.
—Ya lo he hecho. Estoy limitado a esta consola, para utilizar las capacidades de
autoprogramación. De todas formas, Control está abarrotado.
—Vale, vale. Si esperases la entrada como el resto de la tripulación…
—Me estaba preguntando si has considerado las implicaciones, Ted. Ninguna traza de
ciudades. Ninguna área urbana. Ningún rasgo rectilíneo de envergadura, ni campos, ni
carreteras. Y las emisiones EM son débiles, a excepción de la señal interestelar.
—Sí. Condenadamente curioso. Aunque puede que estén viviendo bajo el suelo, que
utilicen toda la tierra para la agricultura y se sirvan de cables para las transferencias de
información. ¡Demonios!, nosotros hacemos eso en la Tierra. Despilfarramos energía en
transmisiones atmosféricas sólo en los primeros días de la radio y de la TV.
—Incluso la agricultura se evidenciaría a esta distancia. Podríamos ver sembrados.
—Puede que sí, puede que sí.
—He estado haciendo correlaciones cruzadas de las ubicaciones preliminares de Alex
sobre las fuentes de radio (los puntos EM, los llama así por el electromagnetismo) con el
IR. ¿Ha hecho eso alguien de Control?
—¡Eh! Yo no…
—Me gustaría cotejar mi trabajo. Hay problemas por la relación señal-ruido y he estado
sirviéndome de los subsistemas de autoprogramación para desplegarlo…
—No, mira, Nigel, hemos estado demasiado ajetreados para intentar eso aun.
Sugeriría…
—La cuestión es que algunos de los puntos EM y de los puntos IR son los mismos.
—¿Cuáles?
—Ahí está la dificultad. Son las fuentes IR móviles, al parecer.
—¿De las que hemos obtenido ubicaciones variables? No entien…
—Lo que estoy diciendo, Ted, es que los transmisores de radio desprenden calor
igualmente. Y lo más importante, están en movimiento.
—Bueno, no…
—Eh, hemos acoplado todo esto, pero tenéis que manteneros alineados con nosotros o
no conseguiremos una mierda cuando…
—Alex, soy Ted, pásanos una proyección de tus mapas. Quiero compararlos…
—¿Con el IR?
—¿Eh? Sí.
—Nigel me ha estado dando la paliza con ese rollo. Quería los primeros resultados.
Acabo de reiterar y verificar los puntos que me pidió. Son variables. Lentos, pero en
movimiento.
—¿Estás seguro?
—Sí. Los puntos IR son bastante débiles, casi suprimidos por el fondo térmico del
paisaje. Jenkins me ha dicho que se trataban probablemente de leves vientos
volcánicos…
—No es en absoluto plausible.
—¿Desde cuándo te has convertido en geólogo? Mira el polvo y los detritus de ahí
abajo, nadie sabe a qué atenerse con ese IR.
—Cierto. Hemos de bajar a ver.
—Eso es algo prematuro, Nigel. Nos mantenemos a una distancia segura. Pasar ahora
al estadio de superficie sería violar nuestras normas, y lo sabes.
—Desde luego que lo sé. Pero eso es lo que tendremos que hacer.
4
Ted llegó al apartamento de Nigel y Nikka con algo de retraso. Llevaba su accesorio
habitual, un cuaderno repleto de notas. Nigel le condujo primero al bar, después a los
mullidos cojines de su nuevo sofá. Ted se acomodó en él como inseguro de su fiabilidad;
con sus patas inclinadas y oblicuas ensambladuras, su equilibrio parecía precario. Nigel lo
había diseñado para la baja gravedad de su apartamento, usando la madera de que
disponía en su asignación personal de peso. Era la única persona en el Lancer que
poseía roble de primera calidad, y lo había tallado cuidadosamente, puliéndolo con el
aceite de sus manos.
—Ojalá hubieras bajado a Control para charlar —empezó Ted.
—Aquello es un jaleo.
—Sí, es muy ajetreado. No es de extrañar que te quedases en casa, baja gravedad,
mucho reposo…
Alex llamó, Nigel le indicó que entrara. Alex era un hombre corpulento de calva
incipiente y con una cara demacrada por el cansancio. Se sentó en el sofá como quien
está aligerando un peso de su espalda. Los músculos se rizaron en sus hombros cuando
los flexionó, buscando la forma de mantenerse erguido en el hondo sofá. Nigel lo había
diseñado para mermar tales propósitos.
Finalmente, Alex se relajó.
—¡Uf! —resopló Alex—. He estado adorando esas consolas como un acólito.
—¿Un trago?
—Me hará irme a dormir.
—¿Los has traído, a pesar de todo? —subrayó Ted.
—Claro. Los he transferido a tu conexión de aquí. Te están esperando en la pantalla.
Nigel pronunció un quedo “Gracias” y conectó la pantalla. Ésta se llenó con una
retícula. Blancos puntitos salpicaban el fondo verde.
—¿Éstos son tus mapas de intervalo temporal, Alex? —apuntó Nigel.
—Sí, semanas de trabajo. Los rastreé uno por uno. Dan constancia de tu bajo
promedio de bits…
Ted sonrió y se puso las manos sobre las rodillas.
—Excelente, es una labor de primera, Alex, en su conjunto. De primera.
Nikka estaba sentada en postura zazen junto a Nigel y estudiaba a los hombres.
—Pero ¿y el mensaje? —inquirió—. Eso es lo que está esperando todo el mundo, una
señal con suficiente coherencia de fase para apreciar…
—Lo hemos logrado —las palabras brotaron secas y cansinas.
—¿Lo habéis logrado? —dijo Nigel, sorprendido.
—Sí, no es tan difícil, una vez que entiendes que son quizás uno o dos millones de
fuentes a la vez. Cada una se enciende y se apaga, pero lo que están haciendo es
intentar difundir la señal, aunque se interfieran.
Ted dijo cuidadosamente:
—No hemos divulgado la información todavía, porque es… inquietante. Pero Alex ha
dado en el clavo, de eso estamos seguros. Hasta…
Alex dijo fatigosa y enfáticamente:
—Es un espectáculo de Arthur Godfrey de 1956.
—¿Qué? —repuso ahora Nikka—. ¿Hablas… literalmente?
—Sí. Es una lenta, lentísima grabación de una comedia de radio emitida en 1956.
—¡Jesucristo! —exclamó Nigel con entusiasmo. Ted empezó:
—Hemos estado intentando situar esto en un contexto, comprended…
—¡Así que… hemos venido! Nigel prorrumpió en carcajadas. Los demás parpadearon,
atónitos. Continuó riendo jubilosamente mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Los
otros comenzaron a cambiar de posición desmañadamente, a mirarse uno al otro. Nikka
sonrió lentamente. Por último, Nigel se avino a una risa ahogada, jadeó, respiró hondo y
pareció reparar de nuevo en ellos.
—¡La hipótesis Bracewell! Ted asintió.
—Algunos de nosotros hemos aventurado esa explicación, pero estimo que es
demasiado pronto…
—¡Cristo, es obvio! Esos pobres cretinos de ahí abajo son inteligentes, no cabe duda.
Nikka intercaló.
—Pero no más que el doctor Bracewell.
—Cierto —dijo Nigel—, porque han dado con la misma idea. —Extendió las manos,
palmas arriba, abiertas y manifiestas—. Captaron de nosotros débiles señales de radio.
Reflexionaron sobre ellas. Para atraer nuestra atención se imaginaron que la estrategia
más inteligente era emitir lo mismo de vuelta. No algún preclaro código matemático o
imagen de TV… ¡Demonios!, no pueden captar la TV, mucho menos la 3D.
—Bueno… —Ted rebulló entre los cojines—. Lo hemos cotejado con nuestros discos
de entretenimiento, un archivo enorme. El perfil de la voz es similar al de Arthur Godfrey,
el locutor más popular de los años 50 en EE.UU.
—¡Infame! —dijo Nigel—. Un programa de radio anticuado, pésimo, evasivo.
Escandalosamente banal. Algo que reconoceríamos. —Volvió a reír—. ¡Ah, viejo
Bracewell, ojalá pudieras estar aquí con nosotros…!
Alex masculló.
—Deprimente, si me lo preguntas. Hacer todo este camino para encontrarnos con que
nos estamos escuchando a nosotros mismos.
Ted palmeó el grueso hombro de Alex.
—Mira, éste es un descubrimiento fantástico. Simplemente es que estás cansado.
—Sí. Tal vez —suspiró Alex.
—Entonces, ¿has obtenido algo más, Alex? —dijo Nigel con despreocupación. Alex se
animó.
—¡Eh!, sí. Tuve que rastrear fuentes individuales de radio para conseguir una ubicación
de fase. Me figuré que, ¡demonios!, igualmente podía conseguirlas todas. Era tan sólo un
problema de promedio de repetición, había que seguir a todos aquellos emisores sobre
una base de compartición temporal.
—Observad. —Ted pulsó su propio comunicador de pulsera y la pantalla plana cobró
actividad. Los puntos blancos comenzaron a moverse, algunos fluctuaron—. Estos EM
son también avezadas fuentes de infrarrojos. Debido a su calor corporal, presumo. Están
vivos, y aparentemente cada uno lleva un transmisor.
—¿Una cultura nómada quizá? —preguntó Nikka quedamente.
—Bueno, hemos pensado en eso. No han fijado transmisores, eso es seguro, pero en
cuanto al porqué…
—No —terció Alex—. Descubrí unos cuantos que no se mueven.
—¿Oh? —inquirió Ted, intrigado—. Es tu resolución lo bastante buena para estar…
—Sí, mira, ¿ves eso? —Alex se puso en pie con dificultad y fue hasta la pantalla.
Señaló un racimo de puntos que no se unían al lento torbellino de copos de nieve—.
Éstos no van a ninguna parte. Puedo afirmarlo con seguridad porque poseen algunas
escasas marcas individuales en el espectro de radio, si te fijas. Pocos desplazamientos de
fase y amplitud, cosas así.
Nikka estudió los puntos mientras éstos se movían dando saltos bruscos.
—Unos pocos permanecen inmóviles. ¿Serán viejos, quizá? ¿Ya no toman parte en el
ciclo nómada?
—A mí no me parece nómada —repuso Nigel—. No se están moviendo todos juntos.
Observa cuan espaciados están. No forman un racimo.
Ted asintió.
—Correcto. Se mueven a través del sistema de valles, según cree Alex. A veces siguen
a las nubes de polvo, a veces no.
—¿Hay alguna toma óptica? —preguntó Nigel. Ted meneó la cabeza.
—Polvo, nubes, la puñetera y difusa luz del sol en primer termino…
—¿Cuál es el siguiente paso, entonces? No podemos quedarnos aquí a oscuras para
siempre —declaró Nikka con firmeza.
Ted dijo:
—Bueno, nuestra resolución es…
—Tan buena como cabe esperar —atajó Alex. Nikka dijo juiciosamente:
—Entonces quizás haya llegado la hora de las sondas de superficie.
Los artilugios descendieron, vivaces y límpidos. Los vientos los chamuscaron; los
ondulantes paracaídas aminoraron su descenso. El mundo adormecido de abajo se veía
moteado y encapotado de nubes. En algunos valles entrelazados prevalecía la sequedad
del polvo sulfuroso. Allí, salobres estanques acogieron a la primera sonda voladora de
retorno.
En los valles más húmedos, el polvo rodaba por encima del lento aire inferior. El barro
caía del cielo. Se acumulaba en los perezosos ríos. En las riberas brotaban retorcidos
hierbajos amarillos y curiosas criaturas menudas se escurrieron para ponerse a salvo
cuando la segunda sonda retumbó, rugió y lanzó al frente una traqueteante pala dentada.
El verdor saludó a la tercera sonda allí donde el agua se había adjudicado una victoria
permanente. El polvo soplaba y se arremolinaba en los cercanos pasos de montaña, pero
no refluía, y se precipitaba allí. Para esta inquisitiva sonda esférica el festejo de la vida fue
más fecundo. Y más fecunda aún era la tierra en dirección a los mares.
La estrategia del vuelo con retorno era golpear y atrapar. Tenían instrucciones de
despegar al primer signo de un ser cualquiera de gran tamaño. De tal modo la quinta
sonda tomó únicamente una prolongada vista de la criatura EM que se aproximaba
atraída por el atronador impacto. Pero la imagen era vivida: un ser enorme, correoso y
desvestido. Tres brazos delgados oscilaban sobre el amasijo de rígidas piernas. La
cabeza era espeluznante.
No llevaba nada. Ningún instrumento. Ningún transmisor de radio.
Carecía de ojos.
En lugar de ellos, había una achaparrada ranura rectangular de un metro de ancho. Se
volvió hacia la sonda justo cuando los impulsores se encendieron para lanzar al negro
cilindro hacia el cielo.
La sonda de radio registró una eclosión de ruido, un balbuceo chisporroteante. Luego el
paisaje se empequeñeció por debajo y las densas nubes rosadas de Isis anegaron a la
criatura EM.
Pero el agudo repiquetear del espectro de radio había surgido de la criatura misma.
Eso era innegable.
5
La exploración preliminar avanzaba pausadamente. Nigel intentó acelerar las cosas,
pero hacía mucho que había aprendido la futilidad de intentar insuflar la política inglesa al
universo.
En vez de ello, trabajó en los campos y en los tanques, hizo que las gruesas verduras
creciesen bajo los fosforescentes ultravioleta. Las gomosas plantas ganaban altura,
acuciadas, no por la cruel competitividad de la naturaleza, sino por un ADN bien dirigido.
Eran engendros de laboratorio. En medio de estos árboles catedralicios utilizables en un
99 por ciento, el hombre era el centro de la vida, caminaba con lento arrastrar de pies,
administrando su energía. Los demás hombres y mujeres del equipo de agricultura hacían
su labor con vigor lleno de eficacia y viveza, pero flaqueaban al final del turno, más por
aburrimiento que por fatiga. Nigel lo realizaba despacio, porque le agradaba la humedad
almizcleña y cruda del suelo, el chasquido de la azada, el revoloteo en el aire de un
manojo de crepitantes tallos secos.
Esto era algo que le había sido otorgado por los alienígenas. La habilidad, la
sensibilidad extrañamente larvada, habían estado en él —estaba en todo el mundo— y los
cegadores momentos en contacto directo con el ordenador Mare Marginis, en la nave
alienígena despedazada, las habían liberado. En los primeros años sucesivos, el olor de
la revelación le había seguido a todas partes. Antes, el chorrear del agua desde una urna
de sillería de gruesos bordes había sido una visión reposada, hermosa, nada más.
Después, tras la nave Mare Marginis, el mismo chorrear se había convertido en algo
portentoso, preñado de significado. Ahora, por último, se trataba de nuevo del chorrear
dentro de una urna de gruesos bordes.
Había hablado de ello, ocasionalmente, y las palabras habían quedado tergiversadas,
ramificadas y definidas hasta el olvido. Sabía, aunque los demás no, que en realidad no
podía hablar por nadie más, no podía penetrar en su experiencia para que otros la
sintieran. Las cosas te ocurren y aprendes de ellas. Pero pretender un paisaje interior
común susceptible de ser cartografiado era absurdo. Nadie se lo apropiaba. Había visto al
acostumbrado surtido de eruditos, con sus fórmulas cristalizadas, pero no parecían
diferentes. Escuchó aquellas frases del Tao, de Buda y del Zen, cual grandes bloques
blanquiazules de luminoso granito, a través de los cuales se filtraban pálidas láminas de
luz, frías y desde un lugar remoto, eternamente ciertas y por siempre inmutables y tan
válidas como estatuas de alabastro en la plaza de una ciudad.
Se sintió agradecido cuando, por fin, los demás le dejaron en paz. Había trabajado y
hecho la labor de la Cámara de Retardo, se sometió a sí mismo a la serie de ensayos con
la calma de un animal domesticado. Pero la jeringonza alfabética de organizaciones —la
AIE, después la UNDSA, luego la ANDP— eran máquinas, no personas. Y las máquinas
no tienen necesidad alguna de olvidar. Así que para ellas era una rara avis con cierta
fama y gloria en declive. Había estado en el programa espacial desde los veinte años.
Había tomado parte en el conjunto de descubrimientos que condujeron a la yerma llanura
del Mare Marginis y al encuentro con el ordenador alienígena. Eso daba utilidad a su
nombre para la AIE.
Significaba también que tenían que dejarle ir en el Lancer. Había dedicado años al
desarrollo de la Cámara de Retardo que había dispuesto de diecisiete años de su vida. Lo
había hecho por la importancia de la investigación, sí. Para poner las estrellas al alcance
del tiempo de la vida humana expandida. Mas también se había pasado años flotando en
los lechosos fluidos nutritivos para ralentizar su auténtica edad, de forma que las agencias
alfabéticas no pudieran utilizar sus años de vida como un arma contra él.
El yerro en la lógica, apreció, era que después del lanzamiento, la tripulación del
Lancer podía hacer lo que le viniese en gana con la asignación de tareas. Ahora tenía que
maniobrar.
Sabía lo que era y que ellos no harían de él un santo de yeso… aun así, la ilusión tenía
su utilidad. Le dieron mayor intimidad que a cualquier miembro corriente de la tripulación,
dejando que Nikka y él se labraran un apartamento nuevo para sí mismos en la roca del
Lancer. Y la intimidad le ofreció tiempo para pensar.
Nigel interrumpió su labor de jardinería y se enderezó. Sintió como un esguince en la
espalda y luego un súbito dolor lacerante. La conmoción le hizo soltar tres tomates que
había arrancado. Parpadeó e hizo una mueca y después, antes de que nadie viese su
aspecto, asomó en su rostro un aire impasible. El dolor menguó. Se inclinó
cuidadosamente para recoger los polvorientos tomates. Los traidores músculos que se
extendían a lo largo de su columna se estiraron y protestaron. Dejó que el dolor lo
inundara, sintiéndolo con plenitud y, por tanto, desarmándolo. Era bastante por hoy. Una
leyenda no debía airear problemas si podía remediarlo.
SEGUNDA PARTE – 2061 LA TIERRA
1
Warren contempló cómo el Manamix se iba a pique. El océano había penetrado en él y
pronto ahogaría los motores, hundiéndolo en el silencio. Sus luces refulgían aun bajo la
niebla y la lluvia.
Se hallaba en su varadero, en la parte frontal, y la marejada lo acometía firmemente
con un sordo martilleo. Las hebras que los Pululantes arrojaron se habían entrelazado por
sus cubiertas y envuelto el emplazamiento de los cañones y a los hombres que se habían
ocupado de ellos.
Las largas hebras verdes y amarillas todavía lamían los costados y se extendían por
encima de la cubierta, buscando y adhiriéndose, desplegadas desde las abultadas bolsas
ventrales de los Pululantes. Sus verdes cuerpos se agolpaban en la umbría agua a proa.
Un largo relámpago del trópico iluminó el espacio entre las negras nubes tormentosas
que se cernían y la encrespada superficie del mar, golpeada por la lluvia. Los grandes
alienígenas cabrillearon en el resplandor.
Warren braceó en el agua y flotó, tratando de no hacer ruido alguno. Una hebra flotaba
cerca y una ola le restregó contra ella, pero no hubo picadura. El Pululante del que
provenía estaba muerto probablemente y zozobrando. Pero había muchos más en el
batiente oleaje junto al navío y acertó a oír gritos de otros tripulantes que habían saltado
por la borda con él.
Las serviolas de babor colgaban en la cubierta superior. Los cabos oscilaban, y los
botes salvavidas pendían inclinados e inútiles. Warren había tratado de bajar uno, pero la
manivela y las amarras se enredaron y, finalmente, había saltado por la borda como el
resto.
Sus luces de navegación fluctuaron y luego recobraron su intensidad nuevamente. Las
hebras formaban ya una red enmarañada sobre las cubiertas. Una vez que había aturdido
a un hombre, la pegajosa savia amarilla del nervio dejaba de manar y perdía su ponzoña.
Mientras observaba, meciéndose en las olas, uno de los grandes alienígenas en medio
del navío se dio la vuelta, retrajo su hebra y empujó un cuerpo por encima de la
barandilla. El hombre estaba muerto y cuando el cuerpo golpeó el agua se produjo una
espumeante avalancha tras él.
Jirones de vapor se ensortijaban desde la escotilla de la sala de máquinas. Creyó
poder oír el gemido de los diesel. La hélice de babor estaba despejada y giraba como una
flor de metal. Acertó a ver en las planchas del casco los dentados orificios practicados por
las bandadas de Pululantes. Ahora hacía agua con gran celeridad.
Warren sabía que los reactores que los Filipinos le habían prometido al capitán nunca
se alejarían tanto. La tormenta era torrencial, tempestuosa, y dejar caer los recipientes de
veneno que darían muerte a los Pululantes obligaba a un vuelo bajo y peligroso. Los
Filipinos no correrían el riesgo.
Se hundió sin previo aviso. La marejada invadió la proa y la chimenea se sumergió
deprisa. Las tenebrosas aguas se vertieron en su interior y en los altos sombreretes de
sus ventiladores, y las luces de navegación empezaron a apagarse. El oscuro canalón de
su cubierta de paseo delantera y la rada se inundaron, y el vapor salió a chorro por las
escotillas, como la exhalación de un ser gigantesco.
Se cubrió protegiéndose, pensando en la máquina de la que se había ocupado, y la
detonación repentina, grave, llegó cuando el mar alcanzó el interior. Se sumergió
rápidamente. Brilló un relámpago y fue reflejado por un millar de espejos marinos hechos
añicos. Las aguas lo acogieron y lo último que vio fue un enorme torrente de vapor
cuando reventaron grandes cordajes en el casco.
En la quietud posterior, llegaron hasta él llamadas y gritos, llevados por las ráfagas de
aire. Habían sido tantos los hombres que abandonaron la cubierta a popa que los
Pululantes no se habían fijado en él. Ahora habían vuelto a enrollar sus hebras e iban a
encontrarlo pronto. Braceó, flotando de espaldas, tratando de no chapotear. Algo le rozó
la pierna. Se quedó inmóvil. Regresó.
Contuvo el miedo, apartándolo de sí. El ser estaba ahí abajo, en la oscuridad, viendo
únicamente con sus bandas fosforescentes a lo largo de la mandíbula. Si captaba algún
movimiento…
Una ola le volteó. Flotaba boca abajo y nada hizo por evitarlo. Le meció una ola y luego
otra, su cara emergió por un instante e inhaló una bocanada de aire. Lentamente, dejó
que la corriente lo girase a la izquierda hasta que un resquicio de su boca se abrió camino
hasta el aire y pudo succionarlo en cortas inspiraciones.
Sintió el frío contacto en un pie. En la cadera. Aguardó. Dejó escapar el aire despacio,
cuando empezó a arderle el pecho, para tener los pulmones vacíos al salir a la superficie.
Una piel lisa se restregó contra él. Empezó a formársele un nudo en la garganta. Su
cabeza volvió a quedar sumergida y se percibió a sí mismo ingrávido en la tiniebla y vio
un oscuro rielar, una estela de luz plateada como de estrellas. Se dio cuenta de que
estaba mirando la fosforescente sonrisa de la mandíbula del Pululante.
La quemazón de la garganta y el pecho era constante y pugnó porque no se convirtiera
en un espasmo. La sonrisa de luz grisácea se acercó. Algo frío le tocó el pecho, le golpeó
con el hocico, le empujó…
Una ola rompió con fuerza sobre el, se giró y se mantuvo a flote, boca arriba,
resollando, con un pitido en los oídos. La ola era profunda y tomó dos rápidas
inspiraciones antes de que el agua se cerrase sobre él nuevamente.
Abrió los ojos en las sombrías aguas. Nada. Ninguna luz por parte alguna. No podía
arriesgarse a agitar una pierna para que le impulsara hasta el aire. Esperó a emerger de
nuevo, lo hizo, y en esta ocasión vio algo descendiendo por la ola a su lado. Un bote
salvavidas. Se impulsó despacio, con soltura, hacia él. Nada le rozó. Si el Pululante había
comido ya, podía haber sentido meramente curiosidad. O tal vez, sólo estuviera dando un
rodeo para regresar.
Una ola, una brazada, otra ola. Se estiró y aferró la amarra de popa que iba a
remolque. Se izó y se tendió abordo, haciendo crujir los remos en la regala. Bogó
silenciosamente hacia los débiles gritos. Luego la corriente le arrastró a estribor. No
utilizaba los remos en las guardas porque rechinarían y el ruido se propagaría. Remó
hacia los sonidos pero éstos se extinguieron. La niebla vino tras la lluvia.
Había un palmo de agua en el bote y el fondo estaba astillado allí donde un Pululante
había intentado agujerearlo. Un maletín de suministros estaba sujeto todavía en la regala.
Un rato después avistó un bulto amarillo. Se trataba de una mujer, Rosa, que se asía a
un chaleco salvavidas que apenas había logrado ponerse.
Él había permanecido agachado en el bote para mantenerse oculto de los Pululantes
pero, sin pensárselo dos veces, la izó a bordo.
Era una periodista a la que había visto anteriormente en el Manamix. Estaba haciendo
un reportaje sobre la travesía para la TV brasileña y deseaba hacer esta veloz singladura
desde Taiwán hasta Manila. Había dicho que quería ver a un Pululante rezagado y sus
cámaras estaban todo el día en la cubierta, incordiando a la tripulación del navío.
Ella se sentó a popa, se acurrucó y después, al cabo de un rato, empezó a hablar. Le
tapó la boca. Los ojos de ella rodaron de lado a lado, escudriñando el agua. Warren
remaba despacio. Llevaba unos vaqueros y una camisa de manga larga, e incluso
empapados le evitaban el frío de la noche. La bruma era densa. Escucharon algunos
chapoteos distantes y en una ocasión el estampido de un rifle. La bruma ahogaba los
sonidos.
Comieron algo de las provisiones cuando hubo claridad suficiente para ver. Había
árboles desarraigados, probablemente arrastrados hasta el mar por la tormenta. La lluvia
había comenzado justo cuando las primeras bandadas acometieron la proa. Eso había
dificultado el alcanzarlos con los rifles automáticos de cubierta y Warren estaba
convencido de que los Pululantes lo sabían.
Cerca de ellos había maderas despedazadas de otros botes, una caja vacía, algunas
cuerdas finas, chalecos salvavidas, botellas. Nadie había visto nunca a los Pululantes
mostrar interés por los pecios en el agua, sólo por las presas. Los seres no poseían
instrumentos. Ciertamente ellos no habían fabricado las naves que cayeron en la
atmósfera e infectaron los océanos. Hubiera valido la pena ver esos aparatos, pero
habían quedado destruidos en los mares y se habían hundido antes de que nadie pudiera
llegar hasta ellos.
El naufragio no atraería a los Pululantes, pero podían estar siguiendo la corriente para
hallar supervivientes. Warren sabía que no había cerca ningún grupo de Pululantes
porque siempre emergían a la superficie en tropel y su número era visible desde la
lejanía. Siempre había que contar, no obstante, con los Pululantes solitarios a los que
alguna gente consideraba exploradores. Nadie sabía qué hacían en realidad, pero eran
tan peligrosos como los otros.
No pudo gobernar lo bastante bien para recoger restos. El bote hacía cada vez más
agua y no creía que dispusieran de mucho tiempo. Necesitaban la madera a la deriva y
hubo de nadar a por ella. Se tiró al agua en cinco ocasiones y cada vez tuvo que dominar
el miedo que sentía. Nadó tan suave y sigilosamente como pudo hasta que finalmente el
miedo hizo presa en él con fuerza y no fue capaz de hacerlo ni una vez más.
Desbastó la corteza de dos grandes maderos, utilizando el cuchillo del maletín de
provisiones, y confeccionó amarres. El bote estaba ya rezumando agua, mientras se
bamboleaba en la marejada. Rosa y él cortaron ligaduras y las ensamblaron. Cuando
tuvieron una armazón de maderos, despedazaron el bote y utilizaron parte de las tablas
para la cubierta. El bote se hundió antes de que lograran salvar su mayor parte, pero
subieron el maletín a la balsa.
Extrajo clavos de algunos de los pecios. Pero se le estaba enturbiando la vista, ante el
fulgor de la luz del Sol y le embargó la torpeza. Despejaron un espacio en el armazón
para tenderse y Rosa cayó dormida mientras estaba clavando el último tablón. Cada tarea
que le quedaba ahora se le hacía eterna. Se observó las manos mientras hacía el trabajo
y las sintió entumecidas y gruesas como si llevara guantes. Aseguró el maletín y otras
piezas sueltas y afirmó el brazo derecho en un saliente para no caer por la borda. Se
durmió boca abajo.
2
Al día siguiente, mientras recogía más madera a la deriva y la amarraba a la balsa, una
especie de ira pausada, ardiente y extraña, se apoderó de él. Podía haber seguido en
tierra y vivir del subsidio de paro. Conocía el riesgo cuando aceptó el cargo de ingeniero.
Ya habían pasado seis años desde que aparecieron los primeros signos de los
extraterrestres. Cada año aumentaban los buques que se iban a pique, con el casco
perforado en alta mar y sin protección desde el aire. Las naves pequeñas, pesqueros y
similares, habían sido los primeros. Eso no cambiaba mucho las cosas. Después los
Pululantes se multiplicaron y empezaron a irse al fondo los buques de carga. El comercio
en alta mar se hacía imposible.
Por esa época los oceanógrafos y biólogos dijeron que estaban empezando a
comprender el apareamiento de los Pululantes y los métodos de ataque. Resultaba un
trabajo lento. Estudiarlos en alta mar era peligroso. Al ser capturados se golpeaban contra
las paredes de los contenedores hasta quebrarse los prominentes huesos de la frente y
se clavaban astillas en el cerebro.
Posteriormente, los Pululantes comenzaron a hacerse con buques más grandes.
Hallaron un medio de congregarse y perforaron incluso el casco de los grandes
superpetroleros.
Por entonces también los oceanógrafos estaban pereciendo, en sus navíos de
investigación con el casco reforzado. Los Pululantes podían hundir cualquier cosa y nadie
acertaba a explicar cómo habían aprendido a modificar sus tácticas. En verdad, tales
seres no poseían cerebros particularmente grandes.
Hubo informes sobre Pululantes de extraña apariencia, sobre algunos que se alejaban
del grupo, sobre voluminosos Pululantes que podían mandar a pique una nave en
cuestión de minutos. Luego llegaron fotografías de un espécimen totalmente nuevo, los
Espumeantes, que brincaban y se zambullían y eran de menor tamaño que los Pululantes.
Los especímenes habían sido muertos por robosondas, en profundidades por debajo de
las doscientas brazas, donde nunca habían sido vistos los Pululantes.
En aquella época el único medio que tenían los hombres de estudiar a los Pululantes
eran las estaciones automáticas y los cazadores. Los grandes buques de carga no podían
navegar con seguridad. El petróleo no salía del Antartico, ni de China, ni de las Américas.
El trigo se quedaba en las naciones agrícolas. La intrincada economía del mundo se
desplomó.
Warren se encontraba sin empleo y bloqueado en el caos de Tokio. Su mujer le había
dejado años atrás y no tenía ningún sitio en concreto a donde ir. Cuando el Manamix
anunció que tenía planchas especiales en el casco y defensas de cubierta, se contrató en
un fondeadero. La paga era buena y no había ninguna otra faena marítima en parte
alguna. Podía haberse enrolado en las embarcaciones ligeras que cruzaban los estrechos
de Taiwán o en dirección a Corea, pero esos buques no precisaban ingenieros. Si se les
averiaban las máquinas estaban acabados antes de que pudiera hacerse ninguna
reparación, porque los estruendosos motores siempre reunían a los Pululantes en torno a
su estela.
Warren era ingeniero y deseaba aferrarse a lo que conocía. Había trabajado duro por
ese rango. Las pesadas planchas de las bodegas de proa y popa le habían parecido
resistentes. Pero se combaron en media hora.
Rosa aguantó bien al principio. No vieron a ningún otro superviviente del Manamix.
Cogieron más pecios y troncos y los unieron con cuerdas. Flotando con la madera
hallaron un carrete de alambre y una barandilla de aluminio. Sujetó la barandilla con
clavos y construyeron un cobertizo para protegerse del sol.
Al principio fueron a la deriva hacia el norte. Luego la corriente cambió y les llevó al
este. Se preguntaba si el plan de rescate tomaría aquella circunstancia en consideración y
daría con ellos. Una noche tomó a Rosa, con una fortaleza y una confianza que no había
sentido, desde hacía años, con su esposa. Le sorprendió.
Comieron de las latas de provisiones. Él utilizó algunos restos como cebo y capturó
varios peces, pero eran pequeños. Ella conocía un método para dar tirantez y elasticidad
al sedal. Él lo utilizó para hacer un arco y flechas y resultó lo bastante certero como para
alcanzar a los peces si se aproximaban.
Empezó a acabárseles el agua. Rosa guardaba las reservas bajo el cobertizo y Warren
descubrió a los siete días que casi no quedaba agua. Ella había estado bebiendo más de
lo que le correspondía.
—He tenido que hacerlo —repuso, apartándose de él y agazapándose—. No puedo
soportarlo. Me… me pongo tan enferma. Y el sol, es demasiado caluroso. Sólo…
Quiso contenerse pero no pudo y la golpeó varias veces. No le aportó ninguna
satisfacción.
Rosa permaneció acurrucada a lo largo de la tarde y Warren yació bajo el cobertizo,
meditando. Encontró una especie de descanso en los fríos y ordenados límites del
problema. Se acuclilló sobre un madero meciéndose con el oleaje y, en su fuero interno,
donde había llegado a habitar más y más en los últimos años, el mundo no era
únicamente el gorgoteo y el ímpetu de las olas y la quemadura aguda de la sal y el sol. En
el interior estaban los libros y los diagramas y las cosas que había conocido. Se debatió
por aunarlos.
Química. Practicó una pequeña hendidura en una tapadera de goma de una lata de
agua y la hundió en el mar con un sedal largo.
Las aguas mas profundas eran frías. Izó la lata y la metió dentro de una mayor.
Restalló como un tapón de champaña. El agua formó gotas en la superficie de la lata
pequeña. La grande las contuvo. El agua contenida en esta lata no tenía sal, pero era
escasa.
Al cabo de nueve días se terminó el agua. Rosa lloró. Warren trató de hallar un medio
mejor de hacer la condensación, pero no disponían de muchas latas. La producción no
excedía de un trago por día.
Ese mismo día por la tarde Rosa le golpeó súbitamente y se puso a gritarle
improperios. Dijo que él era marinero y debía conseguir agua y llevarles a tierra y que,
cuando fueran recogidos finalmente, le contaría a todo el mundo cuan pésimo marinero
era él y cómo habían estado a las puertas de la muerte, porque no sabía hallar la tierra.
La dejó desahogarse y se mantuvo a distancia. Si le arañaba con sus largas uñas la
herida se curaría mal y de nada servía correr el riesgo. Llevaban ya mucho tiempo sin
coger un pez en los sedales y se estaban debilitando. El esfuerzo de subir latas desde el
fondo le hacía temblar los brazos.
El mar se encrespó al día siguiente. La balsa crujía, elevándose indolentemente y
cabeceando con fuerza. Las olas los bañaban una y otra vez, por lo que era imposible
dormir o siquiera descansar. Al ocaso, Warren descubrió gelatinosos caballitos de mar tan
grandes como una uña del pulgar cabalgando en la espuma que saltaba sobre la balsa.
Los miró e intentó recordar lo que había aprendido de biología.
Si empezaban a beber cualquier cosa con un alto contenido de sal el final llegaría
deprisa. Pero tenían que tomar algo. Se puso unos cuantos en la lengua, para probar, y
esperó a que se disolvieran. Eran salobres y sabían a pescado, aunque parecían menos
salobres que el agua de mar. La fría humedad le resultó adecuada y su garganta le dio la
bienvenida. Habló con Rosa, se los mostró y recogieron puñados de caballitos de mar
hasta el anochecer.
Al undécimo día no quedaba ningún caballito de mar y el sol les hostigaba. Rosa había
confeccionado sombreros, usando trapos procedentes del naufragio. Eran una ayuda en
lo más riguroso de la jornada, pero para dejar pasar las horas, Warren tenía que sentarse
con los ojos cerrados bajo el cobertizo, afanándose cautelosamente por los vericuetos
accesibles de su mente.
La tentación de beber agua de mar le acuciaba, inundaba los lugares despejados de su
interior a los que se había retirado. Mantuvo ante sí la cadena de los acontecimientos
para seguir incólume.
Si bebía agua de mar ingeriría una cantidad de sal disuelta. El cuerpo no necesitaba
mucha sal, así pues tenía que deshacerse de la mayor parte de la que tomaba. Los
riñones absorberían la sal de su sangre y la secretarían. Pero llevar esto a cabo requería
agua pura, al menos medio litro diario.
Las olas bullían ante él y sintió el bamboleo de la cubierta e hizo de ello un sonsonete.
Bebe medio litro de agua de mar al día. El cuerpo lo convierte en unos veinte
centímetros cúbicos de agua pura.
Pero los riñones necesitan más para procesar la sal. Reaccionan. Toman agua de los
tejidos del cuerpo.
El cuerpo se seca. La lengua se vuelve negra. Náusea. Fiebre. Muerte.
Se quedó allí durante horas recitándolo, puliéndolo hasta unas cuantas palabras clave,
perfeccionándolo. Se lo contó a Rosa y ella no lo entendió, pero daba igual.
En la larga tarde entrecerró, los ojos ante el resplandor y el mundo se convirtió en un
universo de sonidos. Por encima del murmullo del mar le llegó el tintineo de las latas y el
batir de las olas contra la parte inferior de la balsa. Luego se produjo un ruido sordo. Miró
a estribor. Un rizo en el agua. Rosa se incorporó. Él le indicó silencio. Las tablas y los
troncos entrechocaron y nuevamente se dejó oír el sordo ruido.
Había escuchado antes el golpeteo de los delfines bajo la balsa y ésta no era su
juguetona retahíla de tabaleos. Warren salió arrastrándose del cobertizo hasta el fulgor
amarillo del sol. De pronto, una gran silueta verde emergió rodando sobre la panza,
mirándoles con un ojo desorbitado. Su boca era como un tajo en la obtusa faz. Los
dientes eran finos y aguzados.
Rosa gritó aterrorizada y el Pululante pareció oírla. Rodeó la balsa, siguiendo la torpe
retirada de la mujer. Rosa gritó y se movió más deprisa, pero el ser sacudió la cola y se
mantuvo a su altura.
La concentración de Warren se redujo a un problema crucial que incluía al Pululante y
sus rodeos y la cerrada geometría de la balsa. Si lo dejaban venir cuando quisiera
arremetería contra la balsa, les haría perder el equilibrio y tendría una buena oportunidad
de hacerles caer al agua o de destrozar la balsa.
La forma verdosa se giró y se zambulló por debajo de la balsa.
—¡Rosa! —Se arrancó la camisa—. ¡Escucha! Agítala en el agua junto al costado. —
Sumergió la camisa, acuclillado en el borde—. Así.
Ella retrocedió.
—Yo… pero… no, yo…
—¡Maldita sea! Lo detendré antes de que te alcance.
Ella le miró boquiabierta y el Pululante salió a la superficie en el extremo opuesto de la
balsa. Se volteó pausadamente, como si tuviera problemas para entender cómo atacar
algo de mucho menos tamaño que una nave, y atacarlo solo.
Rosa cogió la camisa con grandes dudas. La alentó y ella se inclinó meneándola por
una punta con el oleaje.
—Bien.
Warren sacó la basta flecha que había hecho con una astilla de un centímetro de
grosor proveniente del bote salvavidas del Manamix. La había afilado y le había colocado
un clavo en la cabeza. Insertó la flecha en el cordaje de goma y la comprobó. La flecha
tenía un surco y no volaba muy recta. Valía para poco más que para pescar.
Entornó los ojos ante el resplandor y escrutó las someras depresiones entre las olas. El
mar bullía y se rizó allí donde el ser acababa de desaparecer. Warren estimó que ya les
había evaluado y que volvería surcando las azules sombras de debajo de la balsa,
trazando un círculo para dar la pasada final. No vería la camisa hasta que se girase y eso
lo haría emerger cerca de donde Warren se hallaba ahora, entre su camino y Rosa. Tiró
hacia atrás de la flecha en ágil ademán, observando, escudriñando…
Rosa vio primero la forma difusa. Sacó los jirones del agua de un tirón. Warren vio algo
que se abalanzaba, que parecía ascender desde el fondo mismo del océano, captando las
bandas refractadas de luz de las olas.
Rosa chilló y retrocedió. El morro afloró, la boca como una raja les sonrió torvamente y
Warren soltó la flecha, zunk, y siguió su avance, corriendo a gatas. El ser tenía la flecha
bajo las agallas y los grandes repliegues de carne verde se hincharon y ensancharon en
espasmos cuando volteó a un lado.
Warren intentó agarrar el sedal de la flecha y falló.
—¡Coge el extremo! —gritó. La flecha era suficiente para aturdir al Pululante, pero nada
más. El ser estaba conmocionado con el clavo bien hundido, pero Warren deseaba ahora
algo más que el simple hecho de darle muerte, y chapoteó parcialmente fuera de la balsa
para asir el morro y tirar de él hacia adentro. Cogió la resbaladiza aleta ventral azul. La
boca del animal chasqueó. Se revolvió y Warren utilizó el movimiento para remolcarlo
hacia la balsa. Giró sobre sí mismo, la madera se le hincó en la cadera pero afianzó parte
del cuerpo sobre la cubierta. Rosa, a su vez, cogió una aleta y tiró. Él se sirvió del
bamboleo de la balsa y de su peso para voltear al ser sobre el costado. Éste arqueó el
lomo, retorciéndose para hacer palanca y así volver a lanzarse por la borda. Warren había
sacado el cuchillo y, cuando el ser se escurría de él, hundió la hoja, sacando los blandos
tejidos del flanco y abriéndolo en canal hasta la columna. Warren acuchillaba el cuerpo,
sintiendo cómo se crispaba en agonía. Luego éste se enderezó y pareció
empequeñecerse.
Ambos retrocedieron y contemplaron el verde cuerpo escamoso de tres metros de
largo.
Su peso hizo que la balsa se escorara y virase en el oleaje.
Algo viscoso estaba empezando a manar del largo tajo. Warren fue a por una lata y
recogió la sustancia. Era un fluido ligero, de un amarillo pálido. No oyó los gimoteos de
Rosa, aproximándose trastabillando cuando él se llevó la lata a los labios.
Paladeó su frío sabor, ligeramente acre, por un instante. Abrió la boca para ingerirlo.
Ella le arrebató la lata de las manos de un golpe y ésta repiqueteó en la cubierta.
Su puñetazo la hincó de rodillas.
—¿Por qué? —chilló—. ¿Qué te importa…?
—Está mal —balbució ella—. Repulsivo. No son… no son normales… para… para
comérselos.
—¿Quieres beber? ¿Quieres vivir? Ella sacudió la cabeza, parpadeando.
—No… ¡ah!, sí, pero… no eso. Tal vez…
La miró fríamente y ella se apartó. La carcasa estaba goteando. La apoyó en cuña
contra un tronco y sujetó latas debajo. Se bebió la primera lata llena, y la segunda. Con la
muerte, las aletas dorsal y ventral quedaron fláccidas. En el agua las había visto cobrar
envergadura como alas. La abultada caja craneana y los ojos prominentes parecían fuera
de lugar, incluso en la extraña cara de formas aplastadas. El resto del cuerpo era liso
como el de un gran pez. Había oído decir a alguien que la evolución había instigado los
mismos contornos delgados a cualquier ser veloz que habitase en el océano, incluso a los
submarinos.
El Pululante tenía extensiones escamosas en torno a las aletas delanteras y en cada
aleta ventral. La piel parecía estar tornándose gruesa y dura. Warren no recordaba
haberlo visto en las fotografías de los muertos, aunque tampoco habían dicho nada los
artículos y películas sobre los Pululantes exploradores hasta hacía un año. Continuaban
cambiando.
Rosa se acurrucó bajo el cobertizo. En una ocasión, cuando él bebía, farfulló una
palabra ininteligible.
Puso la tercera lata sobre las tablas a medio camino entre ellos. Seccionó el cuerpo y
halló las blandas partes pulposas en las que era vulnerable a una flecha. Desentrañó las
venas y arterias y las ristras de músculos. Había grandes espacios en la cabeza que
tenían algo que ver con la audición. En la bolsa de la panza, la hebra estaba arrugada y
enroscada con una especie de músculo azul. En torno a las aletas, donde la piel se volvía
escamosa, había huesecillos, cartílagos y ternillas que no parecían tener utilidad alguna.
Rosa se acercó a hurtadillas en tanto él se afanaba. El calor la abrumaba. Se lamió los
labios hasta pelárselos y finalmente bebió.
3
Él mantuvo la cuenta de los días haciendo un corte cada mañana en una rama de
árbol. El irritante rocío de sal y el asedio del sol enturbiaban las distinciones. Halló que en
el simple cálculo se daba algún orden, la belleza del número que existía ajeno al
constante roce de la verdosidad del mar.
Entre ambos hicieron un ritual de la muerte de los Pululantes. Los exploradores venían
en azarosos intervalos ahora, nunca con más de tres días de espera hasta el próximo
golpeteo exploratorio en el maderamen. Entonces Rosa se inclinaba y agitaba la camisa
en el agua. El ser hacía una pasada para mirar y viraba luego para acometer,
acercándose por la esquina que sobresalía, y Warren hundía la flecha en lugar blando.
Después Rosa se acuclillaba bajo el refugio y rezongaba entre sí y esperaba a que él lo
destripara y sangrara las bolsas acuosas de ligero fluido y finalmente ingería a escondidas
el jarabe amargo.
Él averiguó más con cada nueva muerte. Cortaron telas e hicieron bolsas pequeñas
para guardar las partes más suculentas del cuerpo y luego las masticaron hasta extraer la
última gota. A veces les hacía enfermar. Después de eso, él exprimió pedazos de carne
en una bolsa de tela y dejó que las gotas se orearan al sol. Así no resultó tan malo. Se
comieron las grandes tajadas de carne, pero era el fluido lo que más necesitaban.
Rosa se volvió más distante con cada muerte. Se sentaba balanceándose
ensoñadoramente en el centro de la isla de troncos, murmurando, cantando para sí,
encerrándose en sí misma. Warren trabajaba y reflexionaba.
Al vigésimo primer día de ir a la deriva, Rosa le despertó. Él abandonó a regañadientes
el vago y voluble sueño. Ella gritaba.
Había algo esbelto y azul que cruzaba el desvaído amanecer con veloces movimientos.
Brincó en el aire y se zambulló con un torrente de espuma y luego, casi en el mismo
instante, salió volando desde la pronunciada pared de una ola, girando bajo el
resplandeciente nuevo sol.
—Un Espumeante —murmuró él. Era el primero que había visto.
Rosa chilló.
Warren escrutó las colinas y valles de agua en movimiento, parpadeando, siguiendo el
dedo de ella. Un cilindro gris del tamaño de su mano flotaba a diez metros de distancia.
Cogió el tronco de árbol que usaban para marcar los días. Tenía ya las manos
abotargadas por la constante humedad, y la corteza del tronco las arañó. Ninguna forma
verde se agitaba debajo. Se meció con el oleaje, aguardando en el borde de la balsa a
que una corriente fortuita acercase el objeto gris.
Pasó largo tiempo. Se bamboleaba perezosamente y no se aproximaba. Warren se
apoyó contra el cabeceo de la balsa y se estiró para cogerlo. Al tronco le faltaba al menos
un metro de largo.
Retrocedió, relajándose, dejando que remitiera la tirantez de sus músculos. Le
temblaban los brazos. Podía nadar hasta él en unas cuantas brazadas rápidas, virar y
volver en unos…
No. Si se dejaba ir, sería atraído a la misma caverna interminable por la que Rosa
estaba errando. Tenía que aguantar. Y no correr riesgos.
Retrocedió. Lo que había que hacer era esperar y ver si…
Un blanco rocío estalló frente a él. La delgada forma se abalanzó en el aire y Warren
rodó apartándose de ella. Se irguió sosteniendo el cuchillo a corta distancia.
Pero el Espumeante se alejó de la balsa trazando un arco. Se adentró en una ola,
desapareció por un instante y después emergió y cogió el cilindro con la boca sesgada.
Dio un giro en el aire y sacudió la cabeza. El cilindro tintineó sobre la balsa. El
Espumeante volvió a brincar, blanquiazul, y se desvaneció en las facetas perpetuamente
cambiantes de verde mármol.
Rosa estaba acurrucada en el refugio. Warren tomó el cilindro cuidadosamente. Era
liso y regular, pero algo en él decía que no había sido realizado con instrumentos. Había
pequeñas imperfecciones en el suave gris espumoso, como las manchas de un tomate.
Formaba arrugas en un extremo como si se hubiese caído una borla.
Lo frotó, tiró de él, dio vueltas a los extremos. Se abrió con un húmedo taponazo. En el
interior había una gruesa hoja enrollada del mismo material gris de atemperada
resistencia. Lo desenrolló.
SECHTON XMENAPU DE AN LANSDORFKOPPEN SW BY W ABLE SAGON MXIL
VESSE L ANSAGEN MANLATS WIR UNS? FTH ASDLENGS ERTY EARTHN
PROFUILEN CO NISHI NAGARE KALLEN KOPFT EARTHN UMI.
Estudió las combinaciones y trató de asociarlas para hallar alguna lógica. No era
ningún código, supuso. Unas cuantas palabras eran alemanas y había algunas inglesas y
japonesas pero, en su mayoría, resultaban carentes de significado o no pertenecían a
ningún lenguaje que conociera. VESSE L, podía ser vessel, navío. ANSAGEN, ¿decir?
Sintió deseos de recordar más del alemán que había aprendido en la marina mercante.
Las palabras estaban en claros caracteres como los de un periódico y grabadas a
fuego en la hoja.
No logró desentrañar más. Rosa no quería mirar la hoja. Cuando la convenció, ella
sacudió la cabeza. No, no podía reconocer nuevas palabras.
Aquel día vino un Pululante más tarde. Rosa no retrocedió con suficiente rapidez y la
gran silueta se abalanzó fuera del agua. Dio una fuerte dentellada a la camisa cuando la
flecha de Warren le acertó y el impacto volteó hacia atrás la obtusa cabeza. Rosa no se
hallaba prevenida y dio un traspié hacia delante y cayó al mar. El Pululante intentó
escurrirse. Warren la asió cuando se iba al agua. El alienígena acometió contra ella, pero
Warren le aupó la espalda sobre la cubierta. Había soltado el arco. El Pululante volteó y el
arco se fue por la borda y luego las aletas de la cola trabaron el borde de la balsa, se
retorció y fue a desplomarse a bordo. Warren lo golpeó con el tronco de árbol.
Continuó dando coletazos, pero los golpes lo aturdieron. Él esperó a dar con el ángulo
apropiado y clavó hondo el cuchillo, lejos de las chasqueantes mandíbulas, y el ser se
quedó rígido.
Rosa ayudó a cortarlo. Empezó a hablar de improviso mientras él buscaba el arco.
Estaba abstraído viendo si flotaba cerca y al principio no se apercibió de que ella no
estaba murmurando simplemente. Divisó el arco y se las ingenió para cogerlo. Rosa
estaba hablando de los Pululantes, sosegadamente y con un tono de voz pragmático que
él no le había oído anteriormente.
—Lo importante es no dejar que uno escape —concluyó ella.
—Eso supongo —dijo Warren.
—Saben de la balsa, vienen en bandada.
—Si consiguen encontrarnos, sí.
—Envían a estos exploradores. El grupo irá a donde los grandes le digan.
—Los alcanzaremos.
—¿Siempre? No. La única solución es la tierra.
—Ninguna que yo haya visto. Estamos derivando al oeste, podría ser…
—Creí que eras marinero…
—Lo era.
—Entonces llévanos a tierra.
—No es tan fácil —repuso Warren, y prosiguió para contarle lo difícil que era gobernar
una balsa, y que en cualquier caso no sabía dónde estaban. Ella resopló
desdeñosamente ante estas noticias.
—Encuentra una isla —repitió varias veces. Warren discutió, no porque tuviera ninguna
razón de peso, sino porque sabía cómo sobrevivir allí y un temor vago lo embargaba al
pensar en la tierra. Rosa estaba hablando ahora libremente y con soltura, segura de sí
misma. Finalmente él se desentendió y se puso a trabajar almacenando las tajadas de
carne del Pululante. La charla le confundía.
Al día siguiente vino un Espumeante, saltó cerca de la balsa y apareció otro cilindro. Se
alejó nadando. Parecía un borrón de plateada movilidad. Leyó la hoja.
GEFAHRLICH CROSS HIRO ADFIN SOLIO MNX 8 SHIO NISHI. KURO NAGARE.
ANAXLE UNS NORMEN 286 W SCATTER PORTLINE ZERO NAGARE. NISHI.
No pudo extraer ningún significado. Rosa lo examinó, no muy interesada, y se encogió
de hombros. Él trató de hacer marcas en las hojas, pensando que podía enviarles algo o
formular preguntas. La hoja no admitió impresiones.
Un Pululante emergió al oeste al siguiente día. Rosa vociferó. Les rodeó dos veces y se
aproximó veloz al señuelo de Rosa. Warren le disparó y le alcanzó demasiado atrás. La
punta se enterró inútilmente en un punto en el cual sabía que solamente había tejido
adiposo. El Pululante arremetió contra Rosa. Sin embargo, ella estaba dispuesta y se
alejó del borde, y aquél falló. Warren tiró del sedal y soltó la flecha. El Pululante se
replegó al salir la flecha y se alejó de la balsa. Se hundió y desapareció.
—¡No lo dejes escapar! —gritó Rosa.
—No se aproxima.
—Le diste en mal sitio.
—Sin embargo, le entró hondo. Puede que muera antes de poder volver con la
bandada.
—¿Eso crees?
Warren no lo creía, pero dijo:
—Es posible.
—Tienes que encontrar una isla. Ahora.
—Sigo pensando que estamos a salvo aquí.
—¡Increíble! En modo alguno eres un marino y te da miedo admitirlo. Miedo de decir
que no sabes cómo hallar tierra.
—Sandeces. Yo… —Pero ella le interrumpió con un aluvión de palabras que no alcanzó
a seguir. Hizo como que la oía, asintió finalmente, sin saber él mismo por qué deseaba
permanecer en la balsa, en el mar. Le parecía mejor, eso era todo, y no sabía cómo
contárselo.
Cuando la perorata acabó finalmente, él se retiró para rumiar el segundo mensaje. En
parte estaba en alemán y él sabía un poco, pero no aquellas palabras en particular.
Nunca había aprendido japonés a pesar de haber vivido en Tokio.
Al despuntar la mañana siguiente despertó de repente y supo que había algo cerca de
la balsa.
El oleaje era calmo y anaranjado y el sol espejeaba. No vio nada en el vidrioso
horizonte. Tenía mucha hambre y se acordó del Pululante de ayer. Había utilizado la
carne de las primeras matanzas como cebo para los sedales, pero nada picaba. Se
preguntó si era debido a que los peces no se comerían la carne del Pululante o si allí
debajo no había ningún pez que llevarse a la boca. Los alienígenas habían estado
alterando la cadena alimenticia de los océanos, según había leído.
Entonces vio el punto gris flotando en lontananza. La balsa estaba derivando hacia él y
lo cogió al cabo de unos minutos. El mensaje rezaba:
CONSQUE KPOF AMN SOLID. DA ØLEN MACHEN SMALL YOUTH SCHLET UNS.
DERINGER CHANCE DA. UNS B WSW. SAGEN ARBEIT BEI MOUTH. SHIMA CIRCLE
STEIN NONGO NONGO UMI DRASVITCH YOU.
Escudriñó las palabras… y se agazapó en la cubierta experimentando el prolongado
transcurrir de los minutos. Si pudiera…
—¡Warren! ¡Wa…Warren! —exclamó Rosa. Él siguió su gesto.
Un borrón en el horizonte. Se hundía y alzaba entre las accidentadas olas. Warren
inspiró profundamente.
—Tierra.
A Rosa se le humedecieron los ojos y prorrumpió en una risotada aguda. Se le
pusieron blancos los labios de reír y gritó:
—¡Sí! ¡Sí! ¡Tierra! —Y agitó los puños en el aire.
Warren parpadeó y midió a simple vista la corriente y el ángulo que formaba la mancha
parduzca respecto a su rumbo. No lo alcanzarían mientras fueran a la deriva.
Puso manos a la obra rápidamente.
Tomó el tronco de árbol y derribó los soportes del cobertizo. Se arrodilló en el centro de
la balsa y calculó las distancias con manos y dedos y practicó un agujero entre dos
tablones. Logró introducir el tronco. Elaboró un collar con tiras de corteza. El tronco
estaba torcido, podía servir como mástil.
Cogió la hoja de madera contrachapada del cobertizo y la amarró al tronco. Abrió
mastelerillos en la lámina contrachapada con el cuchillo. El alambre que mantenía los
maderos unidos en la cubierta hubiera servido, pero no podía arriesgarse a desatarlos.
Utilizó, en vez de ello, la última ligadura. La pasó a través de los mastelerillos del
contrachapado para convertirla en cordeles colgantes. El contrachapado se estaba
alzando ahora como una vela que captaba el viento, y tirando de la ligadura podía virar.
La balsa tomaba mal las olas, pero al girar el contrachapado pudo dejar de forzar los
lugares débiles, donde se encontraban los troncos y la tablazón.
Al término de la mañana el viento soplaba del este. No pudieron avanzar mucho y la
tierra era todavía una franja oscura en el horizonte. Warren quebró un gran trozo de
madera en la esquina de la balsa. Lo desbastó con el cuchillo. Un Pululante salió a la
superficie cerca y Rosa empezó con su griterío. La golpeó y observó al Pululante, mas en
ningún momento dejó de mondar la madera en el regazo. El Pululante trazó un circulo,
luego dio la vuelta y se alejó nadando hacia el sur.
Terminó con el madero. Confeccionó un envoltorio para él con las tiras de corteza
restantes. Encajó pésimamente en el extremo de la balsa, pero su lado ancho se hundió
en el agua y, apoyándose en su parte superior, consiguió mantener el ángulo. Hizo que
Rosa sostuviera dos tarugos de madera contra la balsa como palanca y de ese modo el
artefacto funcionó como una especie de timón. La balsa viró al sur, hacia la tierra.
Pasó el mediodía. Warren pugnó contra el viento y el timón y trató de estimar la
distancia y el tiempo que quedaba. Si caía la noche, antes de que alcanzaran la tierra, la
corriente les haría sobrepasarla y jamás serían capaces de virar a barlovento para hallarla
de nuevo. Llevaba tanto tiempo lejos de tierra firme que la necesidad que sentía de ella
era peor que el hambre. El bamboleo de la cubierta les robaba fuerzas noche y día,
resultaba imposible dormir y mantenerse sobre cubierta cuando el mar se encrespaba, y
harían cualquier cosa por algo sólido bajo sus pies, aunque sólo…
Sólido.
En el mensaje se leía solid. ¿Significaba eso tierra?
Gefahrlich gross algo, algo sólido.
Gefahrlich Devaba aparejado una sensación, algo sobre lo malo o peligroso, creía.
Gross engrande. ¿Gran tierra peligrosa vacía? Luego algo de japonés y otras cosas y
después scatter portline zero. Scatter. ¿hacer que se vaya?
Warren sudaba y meditaba. Rosa le trajo un trozo rancio de Pululante, pero no pudo
comérselo. Pensó en las palabras y vio que había alguna clave en ellas, alguna belleza en
ellas.
El timón crujía contra los calzos de madera. La tierra era una mota marrón ahora y
estaba convencido de que se trataba de una isla. El viento cobró bríos. Estaba mejorando
con la llegada del atardecer.
Rosa deambulaba por la balsa murmurando para sí, cuando él no la necesitaba. Había
olvidado a los Pululantes y masticaba los trozos de comida que aún quedaban. No intentó
detenerla. Estaba comiendo a deshoras, pero el problema requería todo su raciocinio.
Estaban entrando por la costa norte. Haría que enfilasen tangencialmente, para echar
un vistazo antes de desembarcar. La corriente luchaba contra ellos, pero el
contrachapado era suficiente para deslizarles hacia el sur.
¿Sur? ¿Qué había allí sobre…? ¡WSW! ¿Oeste sudoeste?
UNS B WSW.
Uns era nosotros en alemán, a buen seguro. ¿Nosotros estaremos en WSW? ¿En la
parte WSW de la tierra? ¿La isla? ¿O al WSW de la isla? Nosotros… los Espumeantes.
Se percató de que Rosa estaba agazapada en la proa de la balsa, ansiosa, escorando
con su peso el maderamen en el oleaje verdeazulado y haciendo irrumpir la sibilante
espuma sobre la tablazón. Ello los demoraba, pero no parecía darse cuenta. Él abrió la
boca para gritarle y luego la cerró. Si iban despacio, dispondría de más tiempo.
Los Espumeantes eran todo lo que había allí y habían tratado de contarle…
Portline. Port, babor, era a la izquierda. ¿Una línea a la izquierda?
Hasta donde le era dado juzgarlo, estaban entrando desde el nordeste. Virar les haría
dar un rodeo y dirigirse al sudoeste. O al OSD, el WSW del mensaje.
La isla semejaba ahora crecer aprisa mientras se ponía el sol detrás de ella. Warren
entornó los ojos ante el cabrilleo en las olas. Había algo entre ellos y la isla. Aguzó la vista
en la cima de una ola y pudo divisar una línea más oscura contra la arena pálida.
Rompían allí blancos rodillos de olas.
Un arrecife. Iba a ser más difícil alcanzar la isla. Tendría que internar la balsa con
holgura y buscar un pasaje. O eso o estrellarse contra él y cruzar a nado la laguna, de no
haber ninguna senda a través del círculo de coral en torno…
Circle stein nongo. No sabía lo que significaba stein, alguna bebida o algo por el estilo,
mas el resto podía ser no entres en el círculo.
Warren empujó la caña del timón denodadamente. Gimió y el collar casi se combó,
pero lo sujetó, apoyando en él el hombro.
Rosa rezongó y le fulminó con la mirada. La balsa viró a babor. Haló de la amarra y
puso el contrachapado más de cara al viento.
Small yottth scklect uns. Los Espumeantes eran de mayor tamaño que los Pululantes,
aunque la frase podía aludir a otros más pequeños en algún otro sentido. (Smaller, menor,
desarrollo) ¿De cerebro más pequeño? Scklect uns. Algo acerca de nosotros y los
Pululantes. Si eran younger, más jóvenes que los Pululantes, puede que su desarrollo
estuviese aún por venir. Algo le decía que schlect era una palabra similar a gefahrlich,
pero desconocía cuál era la diferencia. ¿Pululantes peligro nosotros? Nada había en las
palabras que denotase acción, que denotase quiénes eran nosotros. ¿Incluía nosotros a
Warren?
Rosa trastabilló hacia él. El oleaje venía ahora de popa y se asió a él para sujetarse.
—¿Qué? ¡Tierra! ¡Vamos!
Él se restregó los ojos y enfocó el rostro de ella, pero semejaba distinto a la luz
decreciente. Vio que en todos los días que habían estado juntos no había llegado a
conocerla. El rostro era meramente un rostro. No había habido entre ellos las suficientes
palabras para convertir el rostro en alguna otra cosa. El…
Varió el viento, hizo caso omiso de la distracción y maniobró la amarra. Examinó la
verde masa oscura de delante. Era de bosque tupido y había extensiones peladas y una
playa.
Las blancas curvas de la rompiente eran claras ahora. El macizo arrecife marrón…
Había cosas moviéndose en la playa.
Al principio creyó que eran pecios, troncos arrastrados por una tormenta. Después vio
moverse uno y luego otro, y se trataba de cuerpos verdosos en la arena. Reptaron tierra
adentro. Unos cuantos lo hicieron en dirección a la linde de los árboles.
Small youth. Jóvenes que se estaban desarrollando todavía. Anonadado, observó
cómo se acercaba la isla. Sintió vagamente que Rosa le estaba dando golpes en el
pecho y el hombro.
—¡Condúcenos adentro! ¿Me oyes? Haz que esta cosa…
—¿Qué… qué?
—Temes las rocas, ¿no es eso? —Ella farfulló algo en español o portugués, algo
airado y lleno de desprecio. Tenía los ojos anormalmente desorbitados.
—Ningún hombre…
—Cállate. —Sentía los labios agarrotados. Iban pasando velozmente junto a la isla
ahora, espoleados por las rápidas corrientes..
—Necio, vamos a pasar de largo.
—Mira… mírala. Los Espumeantes nos están diciendo que no vayamos allí. Verás…
—¿Veré qué?
—Los seres. En la playa.
Ella miró hacia donde le indicaba. Echó un detenido vistazo a la playa, meneó la
cabeza y dijo con vehemencia:
—¿Y bien? No son nada más que troncos.
Warren entrecerró los ojos y vio los troncos cubiertos de musgo verde. El oleaje rompía
sobre algunos de ellos y rodaban en la resaca, al igual que si estuviesen reptando.
—Yo… no… —comenzó él.
Rosa sacudió la cabeza impacientemente.
—¡Ja! —Se inclinó y halló una tabla larga que se estaba soltando. Refunfuñando, la
extrajo. Warren escrutaba la playa y vio tocones en los troncos, tocones donde antes
había habido aletas. De nuevo se pusieron a obrar contra la arena. Los troncos se
agitaron.
—Tú puedes quedarte aquí y morir —dijo Rosa claramente—. Yo, no. —El arrecife
pasaba a sólo unos metros de distancia. Las olas batían y resonaban contra sus flancos.
Las grises conchas de coral se hundieron bajo el agua. Su masa umbría de debajo se
adelgazaba y apareció una nítida extensión de arena. Un pasaje estrecho, aunque tal vez
suficiente…
—Espera… —Warren volvió a mirar hacia la playa. Si estaba equivocado… Los troncos
tenían ahora tocones carnosos que se impelían en la arena, reptando playa arriba. Lo que
había visto como agujeros de nudos eran otra cosa. ¿Llagas? Aguzó la vista…
Rosa se zambulló en la rompiente del arrecife. Acertó limpiamente y se encaramó a la
tabla. Cruzó las aguas con brazadas resueltas, pugnando contra las ondulaciones de las
olas que se reflejaban en la abertura.
—¡Espera! Creo que los Pululantes están… —Ella no pudo oírle a causa del batir de las
olas en el arrecife.
Él rememoró desapasionadamente los largos días… Los Espumeantes…
—¡Espera! —gritó.
Rosa estaba cruzando el pasaje y adentrándose en la calma del otro lado.
—¡Espera! —pero ella prosiguió.
Donde había visto troncos vio ahora algo abultado y grotesco, repulsivo. Meneó la
cabeza. Su vista se aclaró. ¿Era cierto? se preguntó, pero no acertaba a decidir qué era lo
que le esperaba a Rosa en la arena rielante.
La perdió de vista según la balsa seguía una corriente desviada en torno a la isla. Los
vientos alisios soplaron renovados. Lo sintió en la piel como un recordatorio, y el sol se
puso rojo y brillante al oeste. Viró automáticamente libre del arrecife y cambió el rumbo al
OSD. Cuando volvió a mirar a la tenue luz crepuscular le fue difícil distinguir las formas
que forcejeaban como enormes delfines en su nuevo hogar. Bajo la sesgada luz, el viento
quebraba el mar en irisadas facetas que se convertían en un campo de espejos que
reflejaban imágenes hechas añicos del cielo color naranja encendido y de la balsa. Atisbo
los espejos.
Los troncos en la playa… Sintió el tirón de la amarra y realizó un cambio en el curso
para asegurar la guiñada.
Ganó velocidad. Cuando el leve grito se dejó oír desde el crepúsculo a sus espaldas no
dio la vuelta.
TERCERA PARTE – 2056 RA
1
Nigel contemplaba a Nikka arreglándose meticulosamente el kimono. Tenía brocados
en marrón y azul y, como dictaba la tradición, era diez centímetros demasiado largo.
Nikka se lo subió hasta que el dobladillo estuvo justo a la altura de los tobillos, una, dos
veces… al quinto intento él dejó de contar y la observó afectuosamente volverse de un
lado a otro delante del espejo de acero bruñido. Se puso un cordón de seda roja en la
cadera y redujo la anchura del kimono, alisándolo. Luego vino el obi: una faja ancha,
rígida, con sus buenos cinco metros de longitud. Se lo ciñó en torno a la altura del pecho,
frunció el entrecejo y se la volvió a ceñir. Cada vez que contemplaba esta ceremonia le
parecía más sutil, revelaba algo más de la voluble mente de ella. Murmuró un elaborado
cumplido y en ella se deshizo un nudo de indecisión; anudó firmemente los dos
cordoncitos que sujetaban el obi. Colocado éste y puntualmente alisado, se prendió una
hebilla de latón. Hizo un mohín. La cambió por un alfiler de ónice. Se dio la vuelta y
examinó el efecto. Prendió una peineta de marfil en el moño. Después una peineta
cerúlea y pálida. A continuación, una de un amarillo brillante. Luego de vuelta al marfil. Él
apreciaba estos momentos absortos e indecisos, en los que ella revelaba el núcleo
luminoso y pueril de sí misma. El Lancer tendía a eliminar estos interludios gráciles y
momentáneos, pensó él, y a reemplazarlos por certezas categóricas, claras y rotundas.
—Debes tener el mayor guardarropa de a bordo.
—Algunas cosas son dignas de tomarse la molestia —repuso ella, retocando un zori de
tallos tejidos y mustios. Y sonrió, sabiendo que también él estimaba cuan importantes
eran para ella tales momentos en atención a la edad.
Un golpecito en la puerta. Se dirigió a ella, sabiendo que Bob Millard y Carlotta Nava
estarían allí, aunque aún fuera pronto. El multifase del escenario de la nave comenzaba
dentro de diez minutos: una comunidad apuntalada en el tiempo.
El Lancer estaba organizado según el esquema actualmente aceptado. Siempre que
era posible, las decisiones referentes al trabajo se tomaban desde abajo, involucrando a
la mayor cantidad posible de trabajadores. La onda intrincadamente estructurada de
fuerzas sociales y políticas era una sofisticada descendiente de un viejo grito, ¡la
propiedad de los medios de producción para los trabajadores!, sin las autoritarias
inflexiones que Marx dejó en el modelo original. Era flexible; permitía a Nigel trabajar en
cualquier fragmento extraño de dato astronómico que captase su ojo, siempre y cuando
se aviniera igualmente a ingratas labores generales cuando se le presentaran. Los
detalles eran resueltos por pequeñas células de trabajo.
Para eliminar las rigideces de la jerarquía que permanentemente se formaban, el
Trueque Social Multifacetado de la Nave amalgamaba a todos los trabajadores, los
mezclaba en un conjunto sin clases. Se daban un mínimo de distinciones relativas a la
clase. Los oficiales al mando de la nave comían del mismo abastecimiento, la misma
comida insulsa y se quejaban de ella del mismo modo amargo y desesperanzado. Vestían
los mismos trajes azules que la marinería y carecían de privilegio alguno. Nigel disfrutaba
de algunas concesiones debido a su edad, no a su rango; dentro de los límites de la
eficiencia, no había ningún rango. Ted encabezaba la asamblea de la nave, mas su voto
tenía el mismo peso que el de un oscuro técnico.
A Nigel le agradaba: un socialismo de autoservicio, sin un auténtico motivo de
provecho, pues el Lancer únicamente había de regresar a la Tierra para ser un éxito. El
análisis sociométrico simplificado y las comunidades consensuadas, al decir de la jerga,
eran notablemente estables. Nigel ignoraba la mayoría de los ruegos fervientes para que
participase más. Le gustaba bastante la comunidad, en tanto que le disgustaba su blanda
superficie y su solícita receptividad. Pero la exuberancia ampulosa del multifase lograba
cautivarle y menoscabar su reserva. La gente joven y brillante tenía una pujanza
innegable.
—Hola. Carlotta le besó.
—Veo que te has hecho otro planchado facial.
—No, decidí prescindir de eso e ir directamente a embalsamarme. ¿Qué aspecto
tengo?
—Eres tú, querido. ¿Eso son arrugas de reír o un proyecto de irrigación?
Bob les estrechó la mano en el papel de “bravo, buen chico”.
—¿Te figuras que hay mucho en ella esta noche? Nigel trajo bebidas.
—El sexo de estilo libre es por el pasillo, la segunda a la izquierda.
—No le busques a él allí —repuso Carlotta—. Nigel se agota con sólo luchar contra la
tentación.
Nigel le alargó a ella una copa.
—Niña de sangre caliente. Supongo que esta noche te la pasarás jugando a la rayuela
con escocés auténtico.
—Sí. Me resultas mucho más ingenioso después de haberme tomado unos cuantos
tragos.
—¡Vosotros dos! —Nikka sacudió la cabeza—. Una nunca se figuraría que habéis
pasado la noche juntos.
—Rituales de apareamiento de los primates superiores —dijo Carlotta, empinando el
vaso. Acarició el kimono de Nikka—. ¡Madre! Te queda tan atractivo.
Nigel se preguntó por qué hablaban de ese modo las mujeres cuando presumiblemente
eran los hombres quienes estaban mejor cualificados para juzgar el atractivo; sin
embargo, los hombres raramente utilizaban el término. Curioso. Aunque desde luego en
este caso su generalización le repercutía. En su trato personal reestablecieron una
indolente sensualidad familiar.
Observó cómo Carlotta se aproximaba a Nikka, hablando rápida y aprobadoramente,
se apartaba y regresaba, en un ir-y-venir inconsciente para tirarle de la lengua a Nikka. Él
cabello profuso y vaporoso de Carlotta flotaba con estos movimientos. En acentuado
contraste, sus grandes ojos marrones no participaban de este juego social. Le gustaba el
rigor de aquellos ojos y la manera desvergonzada en la que se clavaban en cualquier
cosa de su interés, dándoles fijeza para concitar la atención.
Su intensidad era excesiva para el humor de Nikka, ensimismada aún en su reflexivo
ataviarse con el kimono. Nikka escapó a la cocina a por unos aperitivos. Carlotta alargó
una mano como para detenerla y después la retiró, viendo que sin proponérselo había
revuelto alguna corriente. Se dio la vuelta, con un revoloteo de su larga falda escarlata, y
examinó un tríptico sunsomi próximo. Nigel contempló cómo entrecerraba los ojos por
algún esfuerzo interno. Ella estaba sacando recursos de una reserva emocional extraña
para él. Algo profundo, otro apoyo para su personalidad. Lo cual demostraba que el mero
hecho de dormir con una mujer no te daba pleno acceso a ella, sin importar cuánto
empeño pusieras en ello.
Bob la emprendió con la política laboral de a bordo y Nigel se le unió, regocijado por la
diversión. Sonaba un tema musical: el multifase.
—¡Humm! —murmuró Carlotta y se volvió hacia Nikka para intentarlo de nuevo—.
¿Qué estás haciendo con la nueva rotación de tareas?
Un tema relativamente neutral.
—Trabajos raros aquí y allá. —Nikka se replegó tras una afabilidad inexpresiva. Él
reconoció esto como un viejo hábito, común a los japoneses, aunque Nikka lo había
retomado únicamente en los últimos años, como una coraza cotidiana a bordo del Lancer.
En este caso, estaba incómoda porque se hallaba implicada una pequeña mentira. Nikka
y él habían convenido en colaborar, sin que pareciera que lo hacían, en las áreas débiles
del otro. Esto sería de ayuda para mantener sus promedios laborales por encima del
mínimo. Parecía ser una táctica prudente para los miembros más viejos de la tripulación—
. ¿Y tú?
—Bueno, sistemas de análisis del inventario de microbios, por supuesto, provenientes
de la primera sonda con vuelo de retorno.
Nigel dijo:
—¿No bajaremos hasta que hayáis acabado? Carlotta rió, moviendo ahora sus ojos
despreocupadamente.
—Bob nos ha estado atosigando durante una semana, pidiendo luz verde a gritos.
Tenemos cantidad de resultados…
—Más que muchos —masculló Bob. Carlotta frunció el ceño. ¿Fricción entre
departamentos por fijar una fecha para el aterrizaje?
—De cualquier forma, tenemos tanta bioquímica que interrelacionar que no veo cómo
vamos a poder entenderlo todo en términos de relaciones con procesos terrestres, cuando
sólo disponemos de unas semanas para…
Otra llamada. Nigel fue a contestar. Sí, debería dejar la puerta dilatada ahora. Todavía
se le antojaba extraño, pero precisamente la mayoría de las decisiones políticas, como la
fecha de aterrizaje, podían ser tratadas y alcanzar un consenso en medio de un multifase.
Y todo con una despreocupación que desarmaba. El análisis había revelado que la mayor
parte de los asuntos eran zanjados de este modo. El aparato formal simplemente
confirmaba lo que ya se había resuelto. Una noción que desarmaba a aquellos que se
habían criado en los tiempos de las pirámides directivas.
He aquí en el umbral a tres personas a las que apenas conocía, -rebosantes de buen
humor y dispuestos a sumarse al murmullo constantemente en aumento que podía oír
elevándose en el corredor, el eterno parlotear y gañir del primate, las voces de la nave…
—Hablando de esto: Rojo Nebraska, cosas de alto momento angular…
—Nunca han visto nada semejante a esos microbios. Ceñidores del polvo. Bichejos no
más grandes que un paramecio.
—Él dijo que si no le gustaba, ¡qué demonios!, podía cambiarse toda la línea de la
mandíbula, que a él le daba igual. Ella la perdió cuando se rompió aquella lengüeta de
perno, ¿te acuerdas de aquel descalabro en Bahía C? Acabó con Jake Sutherland y con
ella, le voló limpiamente el hueso hasta cerca del ojo y le extrajeron los pedazos de la
córnea…
—…son las mismas pautas químicas repetidas miles de veces por toda la biosfera de
Isis, al igual que nuestros azúcares con giro a izquierda y derecha y las cadenas largas,
ya sabes. Me refiero a que de cualquier forma en el universo entero tienes tan pocos
átomos con los que trabajar, ¿no es cierto? Por tanto no debería ser una sorpresa muy
grande el que las agrupaciones químicas básicas de Isis, un azúcar de cinco carbonos,
con un fosfato más en el mensajero, mientras que nosotros nos las apañamos con sólo
tres en ATP, sean similares. Nada muy asombroso. También posee una base añadida. Es
una simple alteración de nuestro esquema, muy cercano al terrestre, pero puedes
distinguir las diferencias.
—Cristo, creí que ella se mearía cuando el porcentaje A4 no apareció procedente de la
célula. Se puso hecha una energúmena en la siguiente charla, pero no estábamos
sacando ninguno, joder, no se nos puede tomar el pelo, así que ha vuelto a los
autotornos. Los odia. Ruby ha logrado el A4 y me parece bien, porque esa zorra era…
—…esa bazofia se aferra al polvo del aire como si se tratase de un almuerzo gratis.
Ceñidores del polvo. La espina dorsal de la ecología. Los flagelos cavan y, ¡zas!, toman
los sulfatos directamente del estado mineral. ¡No se precisa ninguna solución de fluidos!
—Bravo por esa patraña de que la vida necesita agua.
—Sí, ¿por qué debería conseguirlo yo cuando un martini no lo hace?
—Así que esos tíos se tiran toda su vida sin beber. Hay agua, claro, pero no cerca del
Ojo. Así pues, la biosfera generó esta forma de extraer energía de los sulfatos. Pobres
bastardos, viviendo en el polvo…
—Los pequeños ceñidores tienen que currar como desgraciados para producir un
ergio.
…en la vorágine de la perorata técnica, él retrocede y estudia a Carlotta.
Ve apretadas arrugas en sus ojos y desea poder hacerlas desaparecer.
Fácil, mucho más fácil sería si los tres pudieran entregarse a una vida cómoda de
viejos camaradas, cada uno satisfecho con un eco menguante de la pasión que todos
habían sentido.
Ella se vuelve, haciendo visiblemente acopio de palabras para entablar una charla —
las cejas fruncidas, crispada la boca, la chata punta de su nariz se hunde un milímetro— y
Nikka se aproxima. Cambios nerviosos recorren en ondas el rostro de Carlotta, se rozan
casualmente, y Nigel rememora cómo han estado unidas instintivamente desde el
principio compartiendo quehaceres, viviendo juntas, mientras Nigel estaba en las
Cámaras de Sueño.
Intercambian una palabra, Carlotta le mira, hace el familiar ademán de desperezarse, el
que le enseñó a él para soltar los músculos agarrotados, y Nigel comprende porque ha
restringido, con el paso de los años, su capacidad de ver en los demás.
Ahora es simplemente demasiado espinoso, demasiado comprometedor.
Con Nikka y Carlotta, sí. Pero la idea de acceder de esta manera a Ted, o a Alex, o a
los demás, resulta excesivamente enrevesado y fatigoso. Lo había obtenido del naufragio
de Marginis y lo había utilizado para abrirse camino por el Bizancio de la AIE: para dar
coba a quienes detentaban el poder, estimando lo que expresaban los ingenieros del
Lancer como opuesto a lo que decían, dándoles la apariencia de avezado astronauta que
deseaban.
Y le había complacido, lo había disfrutado.
En años sucesivos se había acordado de la flagrante necedad de cada inspector. Pero
ahora, siente que menguan las reservas para esto; no puede invocarlas para un multifase
o un seminario siquiera. La revelación aflora en destellos de cualquier modo ahora, y la
receptividad es dolorosa cuando entra en contacto con los abrasivos misterios que la
gente lleva en su interior. Carlotta le da una palmadita a Nikka en el brazo
abstraídamente, su atención de nuevo es atraída por un aluvión de jerga en curso, y Nikka
viene hacia él…
Carlotta estaba espantosamente
sarcástica cuando llegó.
Quizás esté enfadada por algo.
No hay nada incubándose entre ella y
Bob si es eso lo que estás pensando.
La verdad es que no estoy pensando
en absoluto.
No creo que ella misma sepa lo que
la está atosigando: no puede hablar de
ello, observa la manera forzada en que
se está riendo y cómo no deja de
mirarnos.
Bueno, míralo bajo su punto de vista,
nosotros dos hemos estado juntos
desde el Pleistoceno y ella siempre va a
ser la última en llegar, el número primo.
Es curioso, resulta más fácil hablar de
ella aquí cuando estamos solos.
Oh, viejo multifase, todo hace acto de
presencia aquí.
Y tú siempre por ahí dando vueltas,
parece que vayas caminando sin
rumbo…
Caminando sí, sin rumbo no.
¿Fisgoneando?
A mí me gusta la mezcla…
—La cuestión es que están dando un largo rodeo en términos bioquímicos, utilizando lo
que pueden coger después de que la luz del sol se disemine en todo ese polvo. Ninguna
UV digna de mención se filtra en la superficie. Esa pobre biosfera, de alguna forma
amontonan fotones, uno encima de otro, para obtener suficiente energía, luego se aferran
al agua cerca del océano, escinden el oxígeno, ¡Dios!, qué cantidad de trabajo.
—Petrowski calcula que la biosfera es más vieja que nuestro sistema solar. Es
realmente vieja, en una existencia de más de cinco millones de años, piensa en eso, lo
extrajo por la abundancia de elementos pesados.
—…el polvo transfiere la energía a las formas de vida más grandes, utiliza sobre todo
los sulfuros como donantes de electrones, una auténtica artimaña cuando consideras…
—…surcando esos vientos, comiendo condenado polvo, pequeños microbios roedores
dirigiéndose desde el Ojo hasta el mar…
—…sigo pensando que tienes el culo más hermoso, cariño, de todos los que llevan
esos monos de mantenimiento…
—Me parece que vosotros habéis obtenido de la biosfera una información
deleznablemente buena, no entiendo por qué no dais vía libre a la opción del aterrizaje y
nos dejáis proseguir con ella.
—Bob, no es tan sencillo.
—Escucha, dejando que los especialistas desmenucen el asunto a perpetuidad nos van
a salir canas aquí, antes de bajar y empezar a movernos.
—Exprímelo un poco y verás lo que obtienes.
—Una ardua ecología, hombre, quiero decir ardua. Este lugar estaría muerto como
Marte con sólo un poco menos de luz solar y atmósfera. Los de biología se están
rompiendo la cabeza para ver qué más hay debajo de ese polvo.
—Demasiado pronto para decirlo, no podemos ver lo bastante bien para estimar la
amplitud de la pirámide vital.
—¡Mierda!, si esto es todo lo que hay para beber, tendría que estar yéndose por el
sumidero de Nguyen.
—Verle te hace preguntarte cómo puede funcionar un multifase con gente que se está
dejando llevar por el entusiasmo, la bebida e incluso las drogas en una nave, ¡nada
menos!
—¿Él? Se están autoeliminando, ¿no lo ves? Dejan correr las cosas, pero cuando la
hora de la votación es inminente están demasiado embarullados para preocuparse…
Considera los paramecios o tus
propias células de esperma, incluso
ellas padecen este pequeño latiguillo.
No, gracias, no es mi estilo.
Los flagelos de ahí abajo son tus
cojones merecidamente famosos, mi
buen amigo.
… retorciéndome comente arriba
como un salmón. Es la historia de mi
vida.
y si este botarate me deja terminar.
Hay nueve fibras en el exterior de ese
latiguillo por cada fibra del interior
… es estupenda, ya sabes,
maravillosa, aunque también es
formidable para quitarle lo que tiene de
viejo romance.
…. y la proporción, ese nueve a uno,
es la misma en los miles de organismos
que hay por toda la Tierra y nadie tiene
ni la menor idea…
… un Dios nada original es la mejor
explicación. Simplemente se cansó.
¿No puedes hablar un poco más
bajo? Todavía puedo oír lo que estás
diciendo.
… Vale, vale, con que nos haces
saber que nueve a uno.
No alcanzamos a ver ninguna ventaja
obvia para la supervivencia selectiva en
el promedio de nueve a uno, pero,
¿quién sabe? La salida más fácil sigue
siendo que, remontándonos al principio,
cuando se inició el sexo, los nueve a
uno fueron afortunados, eso es todo, y
ese promedio quedó incorporado pronto.
… bésame deprisa, estoy nueve a
uno
…ya has esnifado demasiado, ¿eh?
… ámame, ama mi promedio
bueno, tú sigue sosteniendo esa
compuerta, parece una labor difícil,
mientras los adultos hablan.
escucha, ha hablado la reina
así pues lo primero que busqué en
los trepas del polvo de Isis fueron los
flagelos, y por descontado… ¡Oh!
gracias, estoy tomando esa especie de
ron… Por descontado eché un vistazo al
microscopio electrónico y allí estaban
los minúsculos latiguillos agitándose
como locos, sólo que cuando empalmé
unos cuantos se da un siete a uno, no
nuestro nueve a uno. Por tanto la
cuestión es, ¿qué hay de mágico en los
promedios extraños?
sólo dos casos, demonios, querida,
no es estadísticamente significativo.
me sigue sonando sospechoso
¿podría ser que un promedio extraño
les otorgue márgenes a los que
aferrarse?
así pues, ¿cuál es la ventaja
comparativa?
¿mayor predominio con un promedio
extraño? quizá de ese modo te sea más
fácil hacer valer tu criterio aun cuando la
dama no esté interesada
hablando de antropocentrismo
debe ser que necesitan tener bien
sujeto a Nigel
Jamás especulo sobre pornografía extraterrestre
Bueno, usan algo para aferrarse a
esas motas de polvo mientras están
surcando los vientos que salen del Ojo,
ascienden esas montañas y bajan al
mar, cebándose de esos sulfuros
donantes de electrones
entonces, cuando los vientos del Ojo
hacen virar a la gran pauta ciclónica es
cuando cae el polvo…
Es notable la celeridad con la que se
despeja su cabeza, casi pude seguirlo…
¿Pero necesitamos dilucidar mecanismos básicos como ése antes de un
aterrizaje tripulado?
Hay tanta bioquímica por estudiar que
fácilmente podríamos pasarnos un
año…
No, yo…
Vamos, llevamos ya meses en órbita, es tiempo más que suficiente.
Por mucho que todos queramos bien
al viejo muchacho, prefiero confiar en la
opinión de Nigel.
Gracias, ¿pero no es de eso de lo que trata este multifase?
Condenado polvo, si alcanzáramos a
ver más. Esa tercera sonda de retorno
halló montones de ceñidores del polvo
desparramándose cerca de los mares,
pero sabes que continúo pensando…
Sí, al parecer todos esos bichejos
constituyen un sistema alimenticio
planetario para las formas de vida
mayores, por lo que hemos de mirar a
quién beneficia…
Quieres decir que su función es
transportar energía química, ¿eso es
todo?
Claro, han absorbido fotones en el
Ojo y elaborado los compuestos de
carbono y oxígeno indicados
… el cual es vertido en los valles montañosos donde están esos EM…
Correcto.
Un tipo inusitado de vector
energético, extrayendo la energía
bioquímica del Ojo. Es difícil entender
cómo toda una biosfera como ésa pudo
evolucionar.
Esto no es Nueva Jersey, mi amor.
Me he dado cuenta.
No obstante es un proceso con una inclinación condenadamente baja, con ese
presupuesto energético tan escaso la cubierta está apilada contra toda esa
biosfera.
Dios es ingenioso.
Bueno, tuvo más tiempo para trabajar en éste.
Una biosfera de cinco billones de
años de antigüedad te hace preguntarte
qué pudo ocurrir.
Vosotros dos podríais hablar con Bob acerca de la exploración, si tenéis
tiempo…
Claro, vamos, mi alma gemela.
¡Maldita sea! Ese esnifo es una
porquería, ¿verdad? ¿Qué os dije?
Déjame hablar a mí.
Nigel, Nigel, deja que te cuente, supongo que puedes hacer algo. Amigo, estaba tan
desquiciado, me sentía como corriendo por encima de un sapo con una cortadora de
césped…
Más bien es a Ted a quien has de quejarte, muy poco es lo que yo puedo hacer.
Claro, pero con las palabras apropiadas, ya sabes.
No puedo prometerte nada pero si lo que buscas es alguien que te escuche…
Vamos, podrías tener ese trabajo cuando quisieras, todos votaremos por ti.
Es absurdo, por aquí el ruido es espantoso, bien, ¿de que…?
—Él valora la avalancha de impresiones más que a ninguna otra cosa. Vaga por los
corredores tallados en la roca, entra y sale de las estancias, sin demorarse nunca, lo…
—…sí, le conozco, es del GHQ, trabaja con Ted. Más o menos agradable pero
igualmente un mamarracho…
—…ja, ja, semejante fealdad es el anticonceptivo de la naturaleza, imagino. Olvídalo.
No obstante tendrás a algún otro en la cabeza, la noche es joven incluso si yo…
—Ella vino hacia mí y me lo susurró de un tirón, lo cual parece una especie de tributo
cuando te paras a pensarlo, viniendo de una mujer que obviamente no ha encontrado
mucho en el mundo que requiera ser dicho en un susurro…
—La evolución sigue todo tipo de caminos, por tal motivo no creo que vayamos a
desentrañar las fuentes de radio escudriñando la bioquímica básica. No, dado que la
resolución que obtenemos con todo ese polvo es deplorable. Me refiero a que los seres
de toda especie están seleccionados, ¿no es cierto? Tú y yo somos miopes porque los
machos cortos de vista no podían cazar igual de bien, por lo que se quedaban en casa
mientras que los aguerridos salían tras la carne. Puramente holgazaneando por las
cavernas y pintando las paredes a cubierto de los rigores de la jornada. No eches cuenta
de toda esa mayestática patraña sobre el vínculo de la pareja que siempre te cuentan. Lo
cierto es que nunca sabes quién es el padre y es por eso que tiene éxito la estrategia del
macho de esparcirlo tanto como sea posible. Así resulta seleccionado. Demonios, suena
bien. Ésa es la evidencia fidedigna; la evolución no lee nuestras normas, tiene su propio…
—¿… crees que has tenido bastante? Ese ron no es ron, es espuma de mar y tú estás
empezando a parecerte a una langosta…
—…necesitamos hacer un mayor reconocimiento de lo de ahí abajo para soslayar esos
disparates bioquímicos…
—…sí, de acuerdo, a mi modo de ver contamos con un excedente de genios, y faltan
redaños por aquí…
—…un ciclo de reducción y oxidación, eso es lo que es. En ese polvo de abajo están
jugando al mismo viejo juego que nosotros, sólo que no es tan provechoso.
Remontándonos en la cadena de esos ceñidores del polvo ha de haber una producción de
fécula que utiliza esa pésima luz solar de reducidas calorías. Deja oxígeno residual, y eso
es lo que deben respirar los EM, pero ¡que me cuelguen si sé cómo puede vivir nada de
ese…!
… no entiendo por qué tiene ella que
echarme una bronca sólo por haber
derramado un contenedor de
muestras…
Nos has contaminado con esporas de
Isis. Te voy a poner al vacío tan
deprisa…
… bueno, no lo hice, ¿por qué habría
de hacerlo? Mira, no creo que puedas
decir eso porque sí…
Podría estar equivocado pero alguien
quitó los cierres.
—…entonces no me mires cuando…
—…llamas a esto un multifase, bueno, esto puede que mejore tu imagen en una
votación, pero nadie está hablando de lo que yo quiero.
—…en parte se trata de descubrir qué condenado tejido es, si me escucharas por una
sola…
—…estaba diciendo que cuando los animales más pequeños respiran disponen de este
saquito, una especie de trampilla de aire, y éste filtra el polvo del aire, antes de que
inspiren para absorber una bocanada…
—…realmente lento, unas dos respiraciones por minuto, lo he visto.
—…no mayores que tu dedo, minúsculos seres complejos con un diseño magnífico
para zamparse a los que se adhieren al polvo. Seguidamente los que son gruesos, como
tu mano, se atiborran de los del tamaño de un dedo.
—…Vamos, Elinor, ninguna mujer civilizada se lamenta nunca de un placer, y esto va a
ser…
—…¿Él? Algo pasajero, aquello del “mete-y-saca”, eso es todo…
—…así que mientras vosotros os lo estáis montando con el reconocimiento a lo grande,
alguien está recogiendo la basura, haciendo la comida; agrónomos y comparsas, todo
chapuzas. Así que al menos nos gustaría tomar parte en lo que está ocurriendo en vez de
verlo de pasada en los semanarios que enviáis a la Tierra.
—…continúo diciendo que estropeas tu historial de navegación, puedes almohadillarte
el rabo como hizo él, sólo tienes que dar el toque usual a Dexter, del montaje médico, te
incluirán, no será más que una cicatriz del grosor de un pelo, en la que nadie se fijará a
oscuras.
Se sumó al grupo que había en torno a Ted Landon y aguardó hasta que hubo una
pausa. Aún le llegaba todo en forma de voces yuxtapuestas, de modo que incluso la suya
propia sonaba como involuntaria, parte de una corriente.
—Ted, tenemos que descender y echar un vistazo.
—No te precipites, ¡diantres!, éste no es el mejor sitio para analizar los detalles
técnicos, Nigel; si vinieras a las reuniones informativas estarías más al tanto para correr…
—Son demasiado largas, nunca he entendido por qué los llamáis «breviarios» pero
hojeo las cintas.
—Me alegra oír eso, y por supuesto estamos haciendo un estudio de todas las
ramificaciones, buscando un medio seguro de hacerlo.
—Me parece algo obvio, realmente.
—Bueno, algunos están abogando por una fase de reconocimiento activo, ya sabes, el
uso de sensores remotos de radar para indagar la bioquímica interna de los EM por…
—Eso me suena horriblemente mal.
—¡Ah! Hay otra alternativa, una pasiva que, incidentalmente, yo apoyo. Consiste en
estacionar ojos servoasistidos en lugares bien protegidos, y observar a los EM si pasan
cerca. Hemos tenido una buena acogida del personal a esa propuesta.
—¿Sólo ojos? Utilizad andadores. Necesitaremos movilidad.
—A largo plazo, seguramente. Contamos con andadores en el equipo disponible.
¡Señor!, estamos preparados para todo lo que la Tierra pudo anticipar. Hay almacenados
incluso sumergibles, para el caso de que Isis fuera un planeta lleno de océanos.
Bob apareció junto a Ted y asintió vigorosamente.
—¿Andadores? Eso me parece mejor que quedarnos quietos.
—Ted, me da la impresión de que es técnicamente factible hacer un manto reflector de
radio. Uno que pudiéramos desplegar sobre un andador estándar.
—¿Qué te parece, Bob?
—Claro. ¿Estás pensando en calibrarlos hasta que reflejen de vuelta las señales de los
EM?
—Exacto. Pero esparciendo sus impulsos a un lado, tal como lo hacen las rocas
normales.
—Es mejor que quedarse al acecho, esperando a que los EM pasen cerca.
—Tal vez podríamos programar el manto de alguna manera, de modo que su
reflectividad cambie con el tiempo. Así los EM no registrarán un objeto de forma similar
que les sigue a todas partes.
—Quizá sea posible. He de echar un vistazo a los rendimientos.
—Magnífico. Pondré en ello toda mi pericia.
—¿Quiénes están allí, Nigel? Ésa es la sección de Bob. No puedo…
—Estupendo pues. Bob, estoy listo para la primera salida.
—Espera un momento…
—Ha sido idea mía, chicos. Debería corresponderme alguna parte de la acción, según
dice el argot.
—Yo no sé nada sobre equipos de tierra. Es decir, suponiendo que la aproximación
funcione. No sé si cumples los rendimientos físicos, Nigel.
—Sin lugar a dudas. Pero la mayoría de esos andadores están servoasistidos, ¿no es
cierto?
—Claro. Así ha de ser. No podemos permitirnos llevar un equipo grande a tierra. El
estudio de operaciones de Ted demostró…
—Ya vale, Bob, no necesitas molestar a Nigel con los detalles.
—Tenemos que mantener una vigilancia máxima, Ted. Quedó demostrado en tu propio
estudio.
—¿Cómo es que has leído esa parte? Su divulgación no estaba prevista hasta…
—Sólo rumores, te lo aseguro.
—¡Ja! Se me antoja que tenemos una buena filtración en algún sitio, Bob. Bien, puesto
que has revelado lo confidencial… Llevaremos a tierra a bastante gente para que se
ocupe del equipo. Después colocaremos grupos que, desde aquí, darán servoasistencia
al hard-ware. Salvo problemas logísticos. Se harán turnos de cinco horas.
—Vale. Pero allí habrá inevitablemente muchas horas muertas. Nadie puede estar
mucho tiempo acoplado a las máquinas, no en ese circuito tan extenso, de nave a
superficie. Arreglad un turno corto para gente como yo. Podemos reforzar la guardia,
vigilar cualquier cosa rara. Patrullar.
—Bueno, no sé si me parece…
—No le falta razón, Ted. Mientras esté únicamente reforzando la guardia, nada
especial…
—Muchas gracias, Bob. Te lo agradezco.
—¡Eh! Oye, no he afirmado rotundamente que pudieras.
—Terriblemente amable por tu parte.
—Nigel, estamos ya curdas por el ron y…
—No es ron, amor, es espuma de mar.
—¡Eh! Vamos…
—Bueno, de cualquier modo estamos curdas y si pudieras…
—Ciertamente. Una brillante interrupción. Tu aspecto es el de quien tiene la copa
deplorablemente vacía, Bob, voy a escurrirme y te traeré…
—Pero, escucha…
—Realmente no es ninguna molestia. Ted, deberías venir para tomar un poco de…
—¡Eh!…
2
Nigel se agita con desasosiego, siente picores debidos a las sondas que le oprimen y a
los receptores que están acoplados a él. Está sujeto a esta red electroneural y sólo
percibe difusamente la atestada cápsula.
Aguarda a que Isis se despliegue en su interior. Allí… empieza. Por todas partes se
hallará atrapado en la asfixiante presa de una máquina, mas está deseoso de soportar las
sensaciones desagradables que esto comporta a cambio de la experiencia que le brinda.
Allí…
Sale del cobertizo de almacenamiento y mantenimiento, el traje produce sonidos
metálicos. Sisean los hidráulicos y camina sobre la escabrosa faz de Isis.
Difuminada en tonos marrones y rosas, el polvo azota a su paso con una persistente
ferocidad tumultuosa, aunque refluye lentamente, perdida ya su fuerza de torbellino
ciclónico procedente del Ojo, después de estos tres días de procelosa tormenta. Hay una
capa rosácea por doquier. Alcanza quizás a ver a unos diez metros en la óptica, treinta en
el IR, nada más allá de sus guantes enlosUV.
¿Dónde están los EM? Lejos, en esa dirección, indica la pantalla de su placa facial.
Pasados los zumbantes tabuladores de referencia que han dejado los primeros equipos
como faros en la tiniebla, corrige el rumbo. El traje se desvía, escorándose como de
costumbre. Garras enormes se elevan en los silicatos horneados, mientras en el silencio
opresivo chirrían las deslizantes láminas de brazos y piernas.
Nigel recibe señales escindidas de sus dos mundos. Encajonado en el módulo
silencioso a bordo del Lancer, percibe la sutil flexibilidad dirigida de los servos
respondiendo y amplificando cada movimiento. Al mismo tiempo, a través de kiloclics de
espacio, los exosensores y sensoceptores retroalimentados le transfieren el tacto y el
resonar metálico de los robots de hidracero que se desplazan sobre montículos y piedras,
dos locomotoras dirigidas hacia delante mientras dos estabilizadores recogen la turba
desmenuzada. Todo va grabándose en las cintas a medida que él recopila datos en busca
de marcas en el terreno, puntos familiares ya para el Mando, pero que a él le resultan
nuevos y vividos, recién llegado a este lugar nacido de la tormenta.
Un mundo herrumbroso. Pasan volando granos de hierro, rozando sus lentes, y los
dióxidos de sulfuro dibujan blancas trayectorias en la atmósfera rojiza, tanto oxígeno
aprisionado para siempre en la tierra, agitado por los vientos. Un estallido de IR crepita
por encima de la vertiente que está ascendiendo y Nigel pulsa el amplificador, amalgama
los fotones en los conductos lumínicos y los procesa, filtra la turbulencia del aire y las
rachas de polvo, reduce el cono de recepción y la escala. Porque a él le consta que este
claro en las nubes pasará, así que sólo dispone de unos momentos para captar una
panorámica, ve el valle que ha memorizado, lo coteja con la sobreimpresión que destella
en su placa facial y se desplaza para seguir el giro de su cabeza. La distante escarpadura
forma una silueta como un cuchillo de filo mellado, y se abre en abanico, debajo suyo, el
flujo de negro basalto. Matorrales escuálidos tachonan las quebradas donde la hierba
parduzca, semejante a una estera, se arracima, agarrándose al suelo arcilloso que los
vientos no logran arrancar. Tuerce ladera abajo, con el clank clank de las botas sobre
piedras ricas en metal. El brillo perseverante de Ra colma momentáneamente el
firmamento, como réplica al tono rosado del terreno. A la izquierda, el humo se eleva en
volutas desde el pie de la montaña. Vislumbra el soporífero calor en el descomunal
cúmulo de rocas al oeste, el horno que puede retumbar con caprichosos flujos de lava y
amoníaco hirviente y de cuya caldera se lleva el vapor, fresca humedad libre al fin para
empapar los vientos y detener la marea de polvo procedente del Ojo. Se inclina hacia
adelante e, inopinadamente, se produce un cambio en el sonsonete que escucha a
medias, alterando el balbuceo de la radio. Es una onda cromática, eso al menos han
averiguado, no los tonos diatónicos de la música oriental, por lo que Nigel no puede fingir
que asimila los chasquidos desperdigados y cambios como música, aun cuando acertara
a ensamblarlos en su mente tras eliminar las largas pausas entre cada fugaz pitido. Y, sin
embargo, algo que ahora está cambiando en ellos atrae su atención. El zumbido del
espectro de radio hace destellar un exhibidor de tiempo aditivo y lo observa evolucionar,
está ganando rapidez, se añaden nuevas pulsaciones de amplitud modulada a la pauta
constante.
¿Dónde están? Algunos sensores regionales, enterrados en hendeduras para pasar
desapercibidos a los EM, le informan con una ráfaga de datos puntuales. Allá unos
cuantos EM están en activo, emitiendo su elaborada señal al cielo, hacia la recóndita
Tierra invisible que, durante algunas horas va a estar pendiente de Ra. Pero la mayoría
están dormidos y sus trazadores permanecen estáticos, a pesar de que unos pocos dan
muestra de perezosos movimientos en el mapa proyectado en 3D. Nigel pulsa una
anticipación de su sendero de reconocimiento, constata que no alcanzará la proximidad
de las criaturas EM durante algunas horas, y desciende sin titubeos, reforzado por el traje.
El impulso le envía en arco por encima de un peñasco gris, hasta la cara opuesta de la
cima. Los giróscopos le evitan dar traspiés en este nuevo avance desaforado, y aterriza,
con un crujido, para lanzarse de nuevo, con saltos de baja altura a fin de no llamar la
atención del Mando. Pero se mueve deprisa, clavada la vista en la oscuridad que se cierra
ante él cuando se posa de nuevo el polvo, dejando atrás velozmente los achaparrados
árboles alambre de la parte inferior. Sus acústicos registran el persistente hálito
inmemorial de los vientos del Ojo y, más alto, una algarabía de rumores del frenético
escabullirse de seres que se dispersan frente a él. Corren sólo unos pocos metros y se
detienen, exhaustos y a la escucha, conservando sus reservas musculares en tanto que
husmean el aire, cargado de polvo, en busca de oxígeno. Esta nueva tormenta
impregnada de azufre, proveniente del Ojo, ha sustraído del aire más oxígeno de lo que
es habitual y, por debajo del vendaval, la vida se torna torpe, indolente. Corre a ras del
suelo. Queda atrás, más abajo, uno de los curiosos túmulos, hendidas sus piedras por
rayas dentadas, sin que parezcan una representación de nada que los hombres puedan
determinar, aunque han sido realizadas por los EM, de eso están convencidos. Algunas
de las criaturas se han detenido cerca de los túmulos, colocando de nuevo las piedras,
musitando en el microondas.
Avanza entre las escabrosas colinas, gasta reservas de energía sin comedimiento,
corre con trepidar metálico, sondea la lobreguez rojiza que se extiende ante él. Por
encima suyo una brillante lanza amarilla aflora en la escarpadura: la lava. Su humeante
resplandor atraviesa una mortaja de polvo, y Nigel resella, el ejercicio provoca en él un
leve asomo de fatiga mientras baja precipitadamente una prolongada pendiente hasta el
suelo del valle asolado. Una sombra se disipa para volver a formarse luego y Nigel se
detiene en seco, semioculto por un saliente de roca. Una extraña sensación de cosquilleo
penetra en él, mientras contempla la sombra detrás de un velo de polvo, una sombra de
un azul pálido que maniobra hacia adelante. Tiene cuatro piernas, sí, es el imperativo
cuadrúpedo, según había dicho uno de los biomecánicos de a bordo. Y el alienígena se
hace manifiesto, repentinamente cercano, al soplar una racha de aire. Enorme.
Silencioso. Inmóvil. No obstante, dimana de él una pulsación crujiente de microondas
cuando vuelve su larga cabeza rectangular, se agita como una rueda sobre cremalleras,
lejos de Nigel y en dirección a la base de la escarpadura. Su piel es cerúlea basta,
cubriendo un aparato de huesos tan evidente que a Nigel se le antoja estar viendo muy
hondo en el ser radial. Ve la urdimbre, las costillas encajonadas, la frágil jaula de varillas
que reviste el abdomen, las largas piernas rígidas que trepidan cuando el ser tantea el
camino entre las rocas resquebrajadas por el calor, andando con cautela, avanzando a
tientas. Nigel lo deja retirarse hasta ser una sombra tenue en la rosácea calígine, y
después lo sigue. Por encima, unos dedos amarillos entrecruzan la vertiente rocosa. Sus
acústicos registran el borboteo espumeante del volcán. Va en pos de la criatura EM. A la
derecha de Nigel algo borroso aparece de pronto, cobra nitidez; es enorme, descuella
sobre él, en la variable corriente bermeja. Nigel se agazapa, apaga su susurro mecánico,
contiene el aliento…
-¿Nigel, qué te ha llevado a apartarte del sendero de reconocimiento? Acabo de
empezar y be puesto en marcha una comprobación de todas las estaciones. Ramakristen
dice que todo el mundo está bloqueado hasta que amaine esta tormenta, y te encuentro…
—Tranquilo, Bob. Te informaré más tarde.
—¿Qué significa eso de más tarde? Tío, estás a tres sigmas de tu punto.
—En módulo de contacto, Bob. Remite mi salida a T’ang.
Retrocede velozmente en la arremolinada calígine de polvo y las dos sombras se alejan
juntas, con sacudidas de sus piernas envaradas, a mayor velocidad de la que se les ha
visto nunca en la 3D. Las cabezas rectangulares se giran y oye un balbuceo, un chapoteo
de banda ancha de latidos en microondas y armónicos.
—Cristo. Tienes a los EM a tu alrededor, Nigel. ¿Cómo has llegado hasta ahí y por qué
condenada razón?
Nigel activa la sobreimpresión codificada por el color y ve los pitidos que convergen,
ahora apuntan hacia él todos los vectores integrados… No, no, cerca de él, unos cientos
de metros al este.
—Algo está sucediendo.
—Eso es lo que se suponía que no debía suceder; estás ahí para retener la posición,
no para hacer…
—¿Qué indica el mapa radial? —murmura Nigel para despistar al sujeto, y se mueve
cautelosamente por detrás de las oscilantes sombras que se desplazan con sordo ruido,
fundiéndose con el azote del aire grumoso.
—Lo estoy recibiendo. Alex está a la escucha, pero tengo que hacer saber esto a Ted,
Nigel, has mandado las normas tácticas al infierno.
Nigel guarda silencio, atento al hueco ulular de los vientos cuando soplan sobre los
peñascos enhiestos de las rocas quebradas, presta oído a los canales acústicos
pendiente de algo que proceda de los EM. No se oye nada, nunca se ha oído. Al parecer
carecen de habla. Son también ciegos y se perciben unos a otros mediante las
voluminosas cajas emisoras de radio de sus cabezas. Su canción varía ahora, se dispersa
a lo largo de una escala diatónica. Se aproxima esquinadamente. Éstos son de los
mayores, más de cuatro metros de altura, y se tambalean al buscar un punto de apoyo en
las rugosas rocas grises.
Un atronador estallido rueda por los días eternos, amortajados de polvo, hermosos.
—¡Eh! aléjate de ahí, acabo de registrar…
—Se trata del volcán, eso es todo.
—Pero estás atascado en la cima de un…
—Puedo correr más rápido que un torrente de lava.
—¿Y si hay un corrimiento? Están produciéndose continuamente ahí…
—Tranquilo.
—Joder, Nigel, estás…
—¿Qué dice Alex?
Por delante distingue más sombras.
—¡Oh!, los EM han enmudecido todos. Dejaron de oírse hace aproximadamente un
minuto, todos…
—Tranquilo.
El sibilante calor del torrente de lava se halla más lejos; lo registra claramente en los
acústicos. Delante, las sombras se inclinan y se aposentan. ¿Buscando calor? Resultaría
beneficioso; poseen un bajo promedio metabólico y, habida cuenta de que no son reptiles,
podrían ahorrar valiosas reservas calentándose en una fuente oportuna, aunque
peligrosa. Él se encoge en una grieta rocosa. Seis de ellos convergen en una prominencia
irregular, donde unas manchas verdeazuladas salpican la roca quebrada. Se mueven
torpemente, desplazando y ladeando sus voluminosos cuerpos y, paulatinamente, toman
asiento, con las negras protuberancias que enmarcan sus abdómenes henchidos hacia el
frente —a Nigel se le pasa por la cabeza una imagen sexual—, sobre la roca pelada. Él se
aproxima. Ningún chisporroteo de radio. Como si estuvieran dormidos. Alcanzarían a verle
a la menguante luz rosácea si poseyeran ojos, mas no se inmutan. Nigel aguarda. Ningún
movimiento. Luego, despacio, se inicia un cambio en sus pieles. Empiezan a sonrojarse y
su habitual tono azul pálido parece bañado por fugaces arco iris de color. Se hallan
inertes, pero su brillante carne cerúlea danza en abigarrada filigrana cromática. El distante
volcán retumba con amarillos destellos. Algo está sucediendo, algo callado e importante, y
si consigue devanar la madeja…
—Nigel, soy Ted. Se te ordena que regreses, de inmediato. No quiero que…
—Ciertamente.
En la pedante voz de Ted hay un asomo de ira. Nigel entiende que ha llevado los
límites de su misión de vigilancia tan lejos como le permitirán en esta ocasión. Mejor
retirarse. Y está cansado, demasiado, más de lo que era de esperar. Hay algo intenso
aquí que le ha drenado en el esfuerzo por percibirlo.
—Retrocedo, Ted.
Se aleja. Suda dentro de su arnés servoasistido y confía en que las cintas inscritas no
revelen cuan fatigado está. El mero hecho de retornar al módulo de almacenamiento y
mantenimiento de trajes será un gran placer. Ha aprendido a saborear semejante
inmersión. Remueve la arena de color limón y vuelve sobre sus pasos, contemplando a
los EM que se pierden de vista, y se interna en el impetuoso ulular del viento y el
sempiterno fluir del arcaico y transido mundo herrumbroso.
3
Ted asomó la cabeza fuera de la entrada de su oficina cuando Nigel pasaba.
—¡Eh! ¿Dispones de un momento?
—Por supuesto. —Se detuvo en la entrada abierta que daba a la platea semicircular de
Mando. Consolas y pantallas en funcionamiento tachonaban el ancho suelo, y desde el
piso se erguían, como altos árboles, varias gradas de subsecciones separadas. La gente
se afanaba por todas partes, pero sólo se oía un leve murmullo de ruidos imprecisos, una
mezcolanza de máquinas impresoras, voces humanas y un constante temblor, que
parecía estar en todas panes y en ninguna, procedente de la misma roca. Nigel, algo
fatigado, se apoyó en el marco de la puerta. Aquí la roca labrada del Lancer había sido
recubierta con plastilustre.
—Entra.
La oficina de Ted aparecía revestida de pseudomadera de nogal oscuro. Nigel se
preguntó una vez más por qué éste no se había procurado simplemente el material
auténtico. Su peso era sólo ligeramente mayor.
—Te veo mucho, ahí afuera, en la platea —dijo Ted. Nigel sonrió. El ritual preliminar:
un toque de “qué tiempo hace”, y después a la cuestión.
—Me gusta darme una vuelta todos los días. A veces les lleva tiempo insertar nuevos
datos.
—Sí. Tienen esta manía de retocar los mapas radiales hasta dejarlos como Picassos,
cuando continuamente tipos como tú están suspirando por la materia prima. Diferencia de
estilos, imagino. Nigel asintió.
Hacía largo tiempo que había aceptado la diferencia de intereses.
—¿Tienes algo nuevo…? —apuntó.
—Echa un vistazo. —Ted encendió una pantalla mural de un metro y tecleó una
instrucción. Isis se hizo visible. La imagen aumentó, cambió a un foco más reducido y se
centró en una diminuta chispa de luz. Pasaron varias series de números como una
exhalación por el extremo inferior izquierdo. La chispa se trasladó por la rosada faz de las
tierras altas de Isis.
—Un satélite.
—Sí. En una órbita polar que cruza un poco al este del centro del Ojo. He aquí un
primer plano.
Era una roca irregular de un gris pálido, con una retícula de puntos negros diseminados
por la superficie.
—Es curioso —comentó Nigel—. ¿Esos puntos no son un artefacto de los ópticos?
—No, eso es lo que todos creyeron al principio, alguna pega en el programa. Pero
están ahí, es innegable.
—Artificiales.
—Sí. Es un asteroide transformado, imagino. Y hay otro.
—¿Oh? —Las imágenes volvieron a cambiar. Un segundo punto describió una órbita
ecuatorial en tanto que la pantalla medía el tiempo. En un primer plano se veía otra
rugosa roca gris, reticulada—. ¡Hum! En suma, pueden hacer un reconocimiento de cada
centímetro cuadrado de Isis. El mínimo requerido para proveer plena cobertura.
—Exacto. Hemos trazado esas órbitas hacia atrás durante un período de casi un millón
de años. Han sido estables durante todo ese tiempo, pero si fueron situadas con
anterioridad, han tenido que hacer correcciones de ruta para permanecer en su
emplazamiento. —Ted se inclinó hacia adelante sobre su escritorio con los dedos
entrelazados—. ¿Algún comentario?
—¿Cómo es que esto no aparece en los diarios?
—Mira, los técnicos trabajan más aprisa si no tienen a toda la tripulación metiendo las
narices.
—¡Hum! —Nigel escrutó la superficie irregular del objeto—. Hay algunos vestigios de
antiguos cráteres, muy probablemente apagados. ¿Eso de ahí son resquebrajaduras?
Quizá sean fracturas dislocadas a causa de antiguas colisiones. Pero los puntos negros
fueron colocados mucho después de eso. ¿Cuál es su magnitud?
—Observa. —La pantalla quedó oscura y luego retrocedió para mostrar algún
resplandor circundante, roca removida—. No distingo nada. Tal vez sean agujeros.
—¿Han intentado el sondeo activo?
—No, todavía no, pero Alex…
—No.
—¿Eh? ¿Por qué no? Alex dice que seguramente podrá conseguir una buena
perspectiva para esta noche, su interferometría puede proporcionarnos treinta, tal vez
cuarenta píxels en esa extensión. Luego…
—Eres un imbécil si llamas a la puerta de alguien sin saber quién hay dentro.
—¿Dentro? Diantres, Nigel…
—Recomiendo precaución. Éste es el primer fragmento de tecnología que hemos visto
en el espacio de Isis.
—Cierto, pero…
—Estudiemos la superficie primero.
—¡Maldita sea!, no queda nada ahí abajo. Así de rápida es la erosión. Y el experto en
el escrutinio de cráteres, Fraser, dice que se produjo una era de fuerte bombardeo de
meteoritos también hace como un millón de años. Eso ha borrado de la pizarra a lo que
quiera que haya podido situar esos satélites.
—¿No hay ningún rastro de ciudades?
—Todavía no. Ahí abajo no hay nada, por lo que alcanzan a detectar el IR y los del
escáner de profundidad. Por tal motivo creo que deberíamos ver lo que ha quedado en
órbita. Estos dos satélites son probablemente lo único antiguo en los alrededores.
Seguidamente, cuando hayamos comprendido eso, acaso esas criaturas cobren más
sentido, y podamos empezar…
Nigel miraba a Ted fijamente.
—Los datos sobre los cráteres, eso todavía no lo he visto. ¿Cuál es la historia
completa?
Ted agitó una mano, con la cabeza en otra cosa.
—Fraser aún está calibrando el tamaño de los cráteres contra las curvas de frecuencia.
Ha de volver a calcularlo debido a la rápida erosión, y ha de tener en cuenta épocas
diferentes.
—¿Cuántas épocas de formación de cráteres hubo?
—¡Oh! Fraser dice que hubo un período inicial, al igual que en nuestro sistema solar,
pero eso fue hace mucho. Ha obtenido esos datos de prueba a partir de las lunas que
rodean al gigante gaseoso, y eso supone más de cinco billones de años atrás, cuando
cesó la formación inicial de cráteres. Pero luego tenemos esta época reciente, puedes
apreciarla en los terrenos elevados de Isis. Un montón de detritus que cayeron por todas
partes.
—¿Hace aproximadamente un millón de años?
—Sí. ¿Porqué?
—Me parece de veras extraño. Después de que los planetas hubieron despejado sus
órbitas de escombros, absorbiendo los detritus iniciales de la formación de todo el sistema
solar de Ra, debería haber culminado el nacimiento de cráteres.
—Bueno, mira, Nigel… —Ted se arrellanó en la silla de rejilla y se puso a juguetear
ociosamente con una pluma—. Isis se ha desplazado, distanciándose de Ra, obligado por
las fuerzas de la marea; así pues, ¿quién sabe cómo va a cambiar eso el bombardeo? Me
refiero a que éste es un juego de bolos completamente nuevo y las viejas reglas prácticas
anteriores no son aplicables.
—Precisamente —repuso Nigel de manera cortante, introspectiva.
—¿Adónde quieres ir a parar?
—¿Por qué suponer que los satélites son el último fragmento de la civilización que
tuvieran los EM? Su edad orbital es más o menos la misma que la de la última época de
formación de cráteres, pero la coincidencia no implica causalidad.
—Mira, sabremos más cuando hallemos algunas ciudades.
—Un supuesto. —Nigel se encogió de hombros y se levantó para marcharse—. Los EM
tal vez nunca tuvieron ninguna.
Pero había ciudades.
O al menos, edificios. El Equipo de Zona número 6 encontró el sistema circular,
utilizando los estudios IR de una meseta elevada en concreto. Había evidencia de edades
anteriores con pesadas dunas de polvo, mas ahora un cambio en los vientos del Ojo
había desvelado una llanura que contaba 893.000 años según los datos de los
radioisótopos. Depresiones de leve curvatura bordeaban un punto central elevado como
radios en una rueda. La excavación sacó a la luz edificios a sólo quince metros debajo del
terreno seco, lacerado por el viento. Las arcaicas piedras eran rectangulares y tenían
tenues marcas. Los antropólogos del Lancer dedujeron poca cosa a partir de esos
rasguños. Lograron delinear el perfil general de las calles, un sistema de irrigación y una
ecología de valle fluvial. No había rastro alguno de metales fabricados o fundidos, pero
entonces ya nadie esperaba ninguno. Lo que la herrumbre no reclamaba, se lo llevaban
los vientos.
4
Nigel contemplaba cómo la sangre salía fluyendo de él y bostezó. De alguna forma
siempre le producía sueño. Las primeras docenas de veces le había hecho desvanecerse.
—¡Eh! No te he preguntado si deseas tenderte. ¿Quieres?
—Soy proclive a ello, sí —repuso Nigel, pero la doctora no sonrió. Sencillamente bajó
su silla de operaciones con un gesto veloz de la muñeca, despreocupadamente ducho.
Nigel observaba cómo los tubos llevaban hebras rosadas de su plasma al montaje
médico.
La voluminosa máquina chasqueó al pasar a otro diagnóstico de muestras.
—Alguna habilidad he de tener —susurró la doctora.
Nigel habría asentido comprensivamente, de no ser porque la parte superior de sus
brazos, pecho y cuello estaban desconectados. El montaje médico tenía que mantener en
marcha el ritmo cardiovascular, a pesar del descenso de presión, y resultaba más fácil si
el paciente no se inmiscuía. No obstante, podía mover la boca.
—En cuanto algo vaya mal serás necesaria, lo sabes. Al igual que un piloto…
—Me preparé para esto, ya sabes, aunque podría ser tripulante. Yo era ingeniera, la
mejor que había, pero no con la categoría adecuada para el trabajo de navegación. Sólo
que me fijé en esta tarea y me figuré que no era nada a lo que no pudiera acostumbrarme.
Nigel contrajo los labios de un modo que esperaba expresase aprobación. Escrutó el
rostro delgado, aburrido de la doctora y trató de interpretar el estado de ánimo de la mujer
con equidad. Si no otra cosa, este ejercicio sustraía a su mente del desagradable pitido en
sus oídos que siempre se producía cuando el montaje médico empezaba a succionar con
más fuerza, filtrando el plasma y reteniendo sus glóbulos rojos. La máquina en forma de
bloque mezclaba plasma artificial al mismo tiempo, pero el pitido continuaba. Con el
plasma iban presumiblemente las células sanguíneas deterioradas, en tanto que entraban
nuevos elementos. Antioxidantes para suprimir radicales libres. Microenzimas para
desgajar viejas hebras de ADN que se habían enredado. Refuerzos inmunológicos.
Agentes lixiviantes para destruir las células avejentadas que habían perdido la capacidad
de reproducirse correctamente. Era un cóctel antivejez.
—Parece muy aburrida —comentó Nigel con tacto.
—Bien cierto —dijo ella, hoscamente—. Es difícil de creer, pero los médicos solían
hacer esto. Era una enormidad.
—¿De veras? —Nigel procuró mantener algo de interés en la voz, a pesar del hecho de
que podía recordar cuando los médicos lo inyectaban a uno con agujas y creían que
comer carne era perjudicial.
—Ahora lo que resulta un trabajo ingente es, eh…
—¿Mantenimiento?
—Sí, exacto. Me refiero a que me gusta trabajar con las manos en tareas bien
consideradas, pero esta chapu… No es ninguna ofensa, entiendo que lo necesites, pero
es como ser peluquero o algo por el estilo.
—Tú eres ingeniero.
—Así es. Ahora me han puesto a rastrear plasmaféresis y a inyectar hormonas y…
—¿Qué te parecería un chollo en los conductos impulsores?
Ella salió de su fija antología de lamentaciones y le miró. Hasta ahora él había sido otro
cliente anónimo, otro acoplamiento para el montaje médico.
—Bueno, ¡mierda!, seguro que me metería en eso, es sólo que…
—Creo que puedo introducirte en la tripulación.
—¿Quién lo dice?
—Lo digo yo. Lo discutiré con Ted Landon.
—¿Podrías hacerlo? Quiero decir que es complicado conseguir…
—Desde luego. Entiendo que esto es mortalmente tedioso. Debe de ser horrible,
especialmente con gente como yo, siempre el mismo rollo, enganchados al montaje
médico.
—¡No lo sabes bien! —Ella se animó y su delgado rostro se llenó de interés—.
¿Podrías conseguir que yo trabajara con ese equipo? La mera limpieza de los conductos
es, ya sabes, interfaz de estado sólido, mucho trabajo de campo y algo de laboratorio,
también, me…
—Estupendo. Pareces de las que deberían verse libres de esto. —Él hubiera agitado
un brazo en muda demostración, pero hizo el amago y se encontró con que el control
motriz era nulo—. Me siento como un zombi.
—Espera, casi hemos acabado. —Pulsó un interruptor y él pudo mover el brazo
derecho.
—Me parece una lástima tener que desperdiciar el tiempo de alguien para hacer esta…
el control, el remiendo y demás.
—Sí. Deberías ser capaz de manejarlo tú mismo. ¿Cómo es que no estás en el
autoservicio del montaje médico?
—Ted está siendo cuidadoso. Desea controlar a todas las carrozas como yo.
—Jesús. Sólo da más trabajo.
—Precisamente.
—Caramba, si pudieras conseguirme trabajo en los motores…
—¿Crees que puedes colocarme en autoservicio? Lo digo porque es un despilfarro
espantoso.
—Me parece que sí.
—Bien. No voy a incurrir en un error cuando está en juego mi propia salud, después de
todo. Ella le miró.
—Sí, eso supongo.
—Muchas gracias.
Él se relajó. Los relés vibraron y la sensación regresó a su pecho y brazos. Detestaba
tratar a la gente del modo en que acababa de hacerlo, pero en ocasiones no parecía
haber otra salida.
Nigel estaba de buen talante. Carlotta, Nikka y él habían pasado la tarde jugando al
sambau en un tablero tradicional. Había sufrido grandes pérdidas, cediendo el equivalente
a un mes de faenas domésticas a Nikka y algunos créditos de la nave a Carlotta.
Impasible, resistió un aluvión de chistes malos e historias inverosímiles.
—¿Qué te ha entrado? —inquirió Carlotta—. ¿Has estado trajinando de nuevo con
esas drogas prohibidas?
—Nada tan mundano —hizo un guiño y se golpeó el pecho—. He aquí a un hijo de la
Bretaña revitalizado. —Hizo una pausa, sopesando si continuar. Luego dijo—: He entrado
en autoservicio.
—¡Oh! Excelente —repuso Nikka apaciblemente. Carlotta dijo:
—Traducción: ahora nadie sabrá con cuánta rapidez se está desmoronando.
—¡Correcto! Las enzimas de un hombre no son asuntos pertinentes para que curioseen
los directores de programas y chusma semejante.
Carlotta preguntó.
—¿Cómo lo has hecho?
—En un momento oportuno. Convencí a la asistenta del montaje médico.
—¡Hum! Es competencia de la asistenta, autoridad descentralizada y demás… —
comentó Carlotta, frunciendo el ceño—. Pero una simple revisión de los sistemas dará
con ello.
—Ahí es donde entras tú. —Nigel la contempló con expectación en tanto que ella
arqueaba una ceja—. Tienes un montón de lacayos en los sistemas de comunicación.
Seguramente podrás eximirme de su escrutinio.
Las dos mujeres se miraron y rieron.
—Así que eso es…
—El viejo razzmatazz —dijo él con ligereza.
—Nigel, quieres que introduzca en el sistema información que no es cierta.
—La verdad es meramente una opinión que ha prevalecido.
—Te estás refiriendo a datos falsos.
—Correcto, sacrosantos datos.
—Estás abusando de nuestra… nuestra…
—¡Oh!, vamos. No somos colegiales ingleses sentados comiendo tortitas y leyendo
Cuando los Otters vinieron a tomar el té. Esto es a perpetuidad.
Nikka dijo quedamente:
—Estás pidiendo mucho, Nigel.
—El amor siempre prevalece y todo eso, pero la vanidad es menos resistente. No
puedo sentarme en este apartamento a repasar informes y no hacer nada.
—Si no estás físicamente capacitado…
—No lo entiendes, eso es solamente una vara con la que golpearme. Ted…
—¡No puedo hacer algo deshonesto! —gritó Carlotta.
—¿Deshonesto? Me parece que se halla dentro de lo que los americanos denominan
placenteramente una zona gris.
Nikka dijo lentamente a Carlotta:
—Significaría mucho para él. De lo contrario perderá su trabajo.
—¿Lo que implicaría qué? —replicó Carlotta— ¿No más labores de servo en la
superficie?
Nikka se inclinó hacia adelante con gesto adusto.
—Eso es muy importante para él.
¡Él! ¡Siempre él!
Hemos de apoyarnos mutuamente —adujo Nikka severamente—. ¡Mierda seca!1
—Creo que eso quiere decir…
—Lo que yo quiero decir es que ambas estamos dando vueltas a tu alrededor. ¿Es que
no lo ves? Nikka parpadeó, impasible el rostro.
—Inevitablemente hay alguna desigualdad…
—Sí, nadie puede equilibrarlo todo de forma perfecta… Pero estamos compitiendo por
Nigel. Y eso es erróneo.
—Sí —repuso Nigel—, lo es. No veo que esto forme parte de una contienda, sin
embargo. Tú…
—Yo lo veo de esa manera —dijo Carlotta.
—Y yo no —respondió Nikka—. Simplemente estoy diciendo que Nigel necesita ayuda.
Nigel dijo con moderación:
—Me gustaría ir ahí abajo en persona. No hay ninguna posibilidad de que lo permitan.
Así que el servo es el único medio que tengo de ver algo de Isis.
Carlotta miró a Nikka y la duda embargó su rostro. Nigel observaba. Era mejor
mantenerse al margen de las cosas, ahora.
Carlotta procedía de los decadentes barrios de Los Ángeles entreverados por el sol.
Escudada en eficiencia de ejecutivo, se deslizaba con gracia femenina por la miríada de
detalles del universo de los analistas de sistemas.
Su carrera había entrañado encontronazos con administradores y jefes, enchufes y
largas horas de trabajo. La trayectoria natural de una carrera técnica era promoverse a
administrador de contratas, luego a director de programas, después a jefe de división,
siempre capaz de mantenerse a flote en la moderna degradación administrativa. Ella se
resistía. Deseaba atenerse al trabajo.
En su época se ganó una reputación como arbitro terrible en conflictos laborales que ni
remotamente soportaba a los necios, particularmente si eran jefazos. Tenía sus propias
reglas y ellos la malograron. Hasta que el Lancer abandonó la órbita de la Tierra y se
iniciaron las pruebas, había permanecido encerrada en sí misma. A Nikka le había
gustado desde el principio y, junto con Nigel, había entablado relaciones lentamente,
haciendo llevaderos para los tres los primeros años de desasosiego, y llevándolos a una
confortable intimidad.
Pero cualquier dinámica de tres direcciones resultaba agotadora, inevitablemente,
aunque sólo fuese en su constante comparación con el modelo convencional de dos
personas, que semejaba tan indignantemente fácil. ¿Cuánta lealtad exigía su cómodo
refugio?, se preguntó Nigel mientras contemplaba a Carlotta.
—Yo… yo supongo que puedo… durante un tiempo. Sólo mientras estemos en el
espacio de Isis, de todas formas.
—¡Magnífico! Sabía que verías la ventaja que es para un viejo camarada no tener que
dar explicaciones de cada pata de gallo.
Él se mostraba falsamente jovial, y todos lo sabían. Mas ello dio a las mujeres una
oportunidad de arrellanarse y escucharle en tanto que se explayaba sobre el trabajo de
superficie. Nigel estudió la mirada preocupada de Carlotta según hablaba. Ella sonreía
pensativamente ante sus bromas, pero miraba a Nikka de vez en cuando, llena de dudas,
como buscando aprobación. Vio que ella se había comprometido más por Nikka que por
él.
Muy bien. Había rogado y había conseguido lo que pedía. Más valía no preocuparse
por los motivos.
…Estamos compitiendo por él, había dicho ella. Acaso fuera así. Tenía que admitir que
lo había disfrutado bastante, que siempre había estado abierto a este tipo de pactos,
remontándose hasta California, con Shirley y Alejandra…
1 En español, en el original, como el resto de exclamaciones de este personaje más adelante. (N. del T.)
Abruptamente sacudió la cabeza, e interrumpió aquellos pensamientos. Las mujeres le
dirigieron una mirada intrigada. Él compuso una expresión casual, distante.
No le agradaba pensar en sus vínculos anteriores a tres bandas y en cómo habían
terminado. Dejar que el pasado se infiltrase en el presente, de esa manera, era una mala
idea. Había intentado ver a Nikka y a Carlotta tal como eran, más allá del cálculo dictado
por la experiencia.
No obstante, no podía ignorar el otro lado de la ecuación. Como contrapunto al
competir por él, ellas competían por añadidura con él… por ellas.
Funcionó. Ocultó sus historiales médicos y fue capaz de disfrazar lesiones temporales
o agujetas. Le mantuvieron en la lista, pero no le ayudaron a conseguir las tareas que
deseaba. Fue semanas antes de que una buena misión de superficie servoasistida
partiera, y Nigel no formó parte de la patrulla.
El equipo fue tras una criatura EM, sana. Alex había rastreado a miles de ellas con la
gran antena de radio. En un sistema de valles cerca del Ojo, las señales habían
empezado a disminuir. Luego una se apagó.
—¿Muerta? —le preguntó Nigel.
—Probablemente. No se ha movido en diez días. Luego perdimos su señal. Débil, por
descontado.
—¿Se refleja su calor corporal en el infrarrojo?
—Se reflejaba. Ya no.
5
Llevó una semana alcanzar el consenso de la nave completa, luego otra parte planear
la incursión. El grupo, en el que todos eran voluntarios, descendió, cogió al alienígena y
despegó a toda prisa. Todo en menos de dos horas.
Llevaron el gran saco de poliflex a la bahía esterilizada. La criatura EM yacía en ella
como un monstruo de juguete que hubiese caído de costado con las piernas en ángulos
extraños.
A la resplandeciente luz uniforme de la bahía el ser no arrojaba sombra alguna. No se
movió. El equipo de dieciséis personas hizo rodar despacio y con cuidado la carretilla
especialmente hecha para la ocasión, hasta su posición entre los bancos abarrotados de
sensores y diagnosticadores e hileras destellantes de instrumentos quirúrgicos.
Nigel observaba atentamente a través de la gran tronera. Pudo distinguir a Nikka con
un traje sellado de un blanco impoluto. Tiró de la plataforma rodante de la carretilla y el
ser del interior se desplomó en una posición más adecuada. Todos habían sido instruidos
y estaban seguros. Se precipitaron a colocar los instrumentos en torno a la criatura EM.
Luego cortaron la bolsa.
Al introducirse el escalpelo, el saco exhaló una tenue bruma. El equipo retrocedió un
instante y después, inquietos, observaron cómo el polvo se asentaba en la cubierta. El
aire de la bahía era el normal de Isis, mas sin la leve calígine rica en azufre. Nikka aserró
parte del saco y reculó tendiéndole el poliflex a un asistente que estaba detrás de ella.
—Espero que no precise ese viento y ese polvo para, vivir —dijo ella por el
comunicador general.
—El ser ya está muerto —se oyó desde alguna otra parte de la bahía. Y los
especialistas congregados comenzaron. Habían aguardado años para ver algo así, y
ahora la piel cerúlea del EM yacía brillando bajo las luces penetrantes. Hubo un murmullo
general.
Nigel respiró hondo, sin apercibirse del gentío que le rodeaba.
El aire en este corredor era tan insípido, puro y mortecino como lo era en la bahía. Los
biocientíficos habían ordenado un higiénico equilibrio de presión positiva en los
alrededores de la bahía, por si acaso. Él alzó la mano y dio un golpecito al monitor
comunicador sujeto a sus orejas, y sintonizó todos los canales procedentes de la zona de
trabajo.
De nuevo la multifase.
—Cuidado, cuidado ahí. Andreov, rasura esa espalda como si fuese el himen de tu hija.
—…de piel gruesa no es la palabra. Mira eso parecido a cuero de zapato.
—Los rayos X parecen en orden. Tiene una complicada estructura ósea, diría yo.
—Una especie de espina dorsal como un trípode descendiendo hasta el bajo vientre,
¿ves? ¿Qué es esa cosa grande y larga de ahí? ¿Debe estar en la cabeza?
—Sí, eso es parabólico, Jeffreys dice que en el despegue una antena longitudinal
parabólica se encajó en el armazón rectangular de la cabeza, por lo que puede recibir
microondas a todo lo largo del prolongado eje…
—…debe de ser para lo que sirve ese hueso. Aloja las terminaciones nerviosas para su
visión radial, lo detecta todo y en alguna parte de aquí debe de haber un procesador a fin
de adecuar la entrada a ese cerebro de curiosa forma.
—…vale, la materia espectral está entrando sobre estos tejidos; hasta ahora nada de
gran tamaño, verdaderamente es algo muy fibroso.
—…Química dice que la toma de esa primera muestra es pura hemoglobina ferrosa
grasa con enlace de oxígeno envuelta en un manto de corpúsculos. El mismo recurso
bioquímico que la línea de los vertebrados sustenta en la Tierra.
—…esto son cromatóforos tal como yo dije, y lo que dijo McWilliams es una patraña,
¿te acuerdas? Pero, míralo. Responde, ¿ves?
—Hombre, fíjate, da brincos como ése y la superficie lisa se vuelve erizada. Deben de
ser papilas de la piel.
—Quizá sirva para sacudirse el polvo.
—Es un reflejo probablemente no consciente, como lo es el estremecerse para
nosotros.
—…si sigues atosigándome con respecto a eso te voy a… ¡oh!, eso crees, ¡ja! Observa
esa piel, no llegaremos a esas incisiones al menos hasta dentro de media hora, así que
puedes estar esperando con tus microespéculos hasta que Kovaldy haga su corte.
—Me consta que hemos de movernos deprisa. No se puede apreciar si este ser está
clínicamente muerto. Después de todo, lo que ello implica es que ya hemos pasado por
todo eso antes, sólo que ahora mirando al condenado ser. ¡Jesús!, es impresionante lo
grande que resulta, la 3D no te deja verlo realmente. Pero sigo pensando que tendríamos
que aguardar a que acabe el equipo de superficie, no sabemos qué clase de pautas
neurales vamos a encontrarnos…
—…¡Eh! Eso es una especie de saco, has…
—Señor, hay fluido por allí en la incisión del equipo A: en gran cantidad, dicen.
—Lo cogió, estupendo. Sólo que no concibo qué…
—Observa ese Ph.
—No se asemeja a nada que haya visto antes. Es una sal metálica, una gran bolsa de
ella transportada bajo esa…
—Fíjate…
—Admitió la aguja, bien.
—Aquí hay tejidos corrientes. Y tal como esperábamos una elevada capacidad de
almacenamiento de agua…
—No, nadie va a tocar la cabeza, ni nada de la columna todavía. ¿No conviniste en ello
cuando planeamos la…?
—Alárgame el otro. No puedo cortar. Mira, esto es como cuero…
—Los pliegues están por toda la hendidura, puede verlo en los rayos X debajo E.
Fíjese, señor, eso es una boca a pesar de que los pliegues estén por debajo. Hay dientes
ahí atrás.
—Espantosamente afilados. Pero ¡qué es lo que come!
—Avery, sujeta mejor esas piernas. No, no hemos penetrado todavía. No quiero que se
mueva, eso es todo. Dile a Kajima que estamos casi listos.
—Límpido bien antes de…
—Enfoca tus lentes sobre esto. Estoy haciendo un corte de esta forma, hacia arriba y a
través.
—Sostén la escudilla por si acaso.
—Nikka, coge tú una mano, yo…
—…algo resistente aquí. Creo que yo…
—¡Eh!
—¡Jesús!
—Eso no es tejido vivo en absoluto, Sam.
—…pequeñas hebras. Pensaba que a estas alturas ya deberíamos habernos topado
con algunos nervios, pero esta materia no hace más que endurecerse por aquí.
—…correoso por dentro…
—Coge esa…
—¿Sabes lo que es esto? Es silicona, exacto. Filamentos de silicona con boro en el
interior de todas las cosas…
—Esto es algo que no comprendo. Está todo entrelazado a través de este tejido vivo de
aquí, tal vez alguna intrusión…
—¿Cómo el cáncer, tal vez?
—¡Eh! Singh, estamos recibiendo algo como débil ruido electroneural procedente de la
cabeza. Creo que hemos de detenernos hasta que…
—Tiene ganglios. ¿Esa silicona forma tal vez parte de los huesos?
—…algo semejante a una panza aquí. Déjame ver esa instantánea del microscopio. Sí,
está vacía, ¿ves? Mantenla presión y fíjate en cómo está conectada a ese amasijo de
materia; por supuesto eso es un intestino, completamente hacinado. Es curioso lo
regulares que son en su perfecto diseño a fin de obtener una máxima superficie digestiva
para el espacio que desees, concéntricos…
—Sí, conchas concéntricas en vez del sinfín de tendones que tenemos en nuestras
tripas.
—Mucho mejor construido, si quieres saber mi opinión.
—No, hemos de tener muestras separadas de cada una. Sé que están saliendo
deprisa. Deshidrátalas por congelación o al vacío, cada una de ellas si es preciso; pero no
te demores. Le dije a Ladunda que deberíamos contar con más apoyo en eso, pero ¿iba
él…? Desde luego que no. Bueno, haz lo que…
—…el bajo porcentaje metabólico que tienen, sin embargo. Escucha, con tan poca
sangre O2 tú serías un cadáver.
—Éste está listo.
—Bueno, claro, pero no a causa de eso, debe haber habido alguna otra cosa.
—Dejó de moverse al igual que los demás del valle.
—¡Mierda!, ahora mira justo a cuatro centímetros de distancia de ese filamento de
borosilicona. Observa las líneas, eso es fósforo, no cabe duda, en cantidad, todo
mezclado con la silicona.
—Estimo que deberíamos detenernos aquí, hasta que hayamos solventado esto.
—Debe de estar pudriéndose ya. ¿Quieres romperte el traje y darle un soplido?
Adelante.
—Vamos.
—Por supuesto después tendremos que ponerte al vacío, pero en aras de la ciencia
sabes que deberías estar orgulloso…
—Deja de hacer el tonto, Kafafahin, y asegura eso.
—Si lo atraviesas con un descenso de potencial obtienes características curiosas,
¿ves?
—¿Qué estás haciendo, Jeffreys?
—Las características eléctricas de estas hebras de silicona son condenadamente
curiosas, de hecho. Si quieres saber mi opinión, diría que es un transistor, montones de
ellos.
—Sí, eso es lo que hace flexible a la hebra. Está compuesta de pequeñas chapitas
ensartadas juntas, de una longitud máxima de dos milímetros, y tienen dentro algo que
cede.
—No lo entiendo.
—Se trata de una red neural transistorizada, es por eso que no puedes hallar nervio
alguno en esos tejidos. Eso no son huesos, ni nada que se le parezca, es un puñado de
condenados chips llevando información arriba y abajo.
—Los vasos sanguíneos son tan pequeños que seguramente no aportan mucho
oxígeno a los tejidos de esta manera.
—Únicamente hemos penetrado unos centímetros, no te precipites…
—Chapitas, me refiero a chapitas de silicona. ¡Dios mío!, eso es un disparate. ¿Cómo
vas a depositar silicona en un cuerpo cuando…?
—…en el ADN, no es tan obvio que haya multitud de formas de transferir la información
del ácido nucleico a la estructura proteínica y desarrollar estructuras inorgánicas si el
código que hay…
—Secciones de cada una. He de tener secciones de cada incisión. Tráeme a
Hendricks, él puede ser de ayuda, con todo este ajetreo cómo se supone que voy a…
¿Qué significa ese cuchicheo de ahí, en cualquier caso? Se supone que tenemos que
trabajar y no hablar cuando…
—La oportunidad, quiero decir.
—A buen seguro esto son electroplacas, boro para los transistores del tipo p, fósforo
para el tipo n, estimuladas por los ajustes de potencial en los mismos tejidos, idénticas a
nuestros nervios sólo que yo diría que con mayor control, como la diferencia entre un
transistor semiconductor y un simple alambre. Puedes hacer mucho más de ese modo
que con meros nervios como los nuestros, al igual que la diferencia entre esos viejos
conductos de vacío y un microchip, por lo menos.
—Mantén eso firme.
—Mierda, juraría que ese brazo se ha movido.
—No me extraña, están hurgando en su interior.
—Posee transistores del tipo p y n por diferentes…
—¿No crees que deberíamos suspender todo esto hasta que comprendamos de qué
demonios se trata?
—Hendricks, dame esas grapas dobles. Creo que hay algo más, parece…
—Atiende, te ayudaré a cogerlo.
—Una especie de vaina de mielina aunque más gruesa, también está revestida de
silicona. Escucha, sostenlo allí, ten cuidado de tu…
—Sí, vale, aquí hay tejidos espantosamente secos.
—He de atravesarlo cortando. Alárgame ese…
—Bien, me pregunto qué…
—Algo duro aquí, al…
El restallar violento y seco, hizo que se alzaran las cabezas alrededor de la enorme
carcasa, mientras que el hombre se estremecía y agitaba desaforadamente, con el voltaje
precipitándose por su cuerpo y abriéndole de golpe su boca, de la que se escapó un
suspiro entrecortado. Su asistente compartió también la corriente durante un momento, al
expandirse, clavándole en el suelo. Acto seguido la mano del asistente y el brazo
sufrieron un espasmo y éste se desprendió de la grapa que sostenía, con lo que la
corriente dejó de circular por él y se desplomó en la cubierta, sin que los demás casi se
apercibieran, pues el primer hombre se sacudía y temblaba tan violentamente que todo el
mundo le observaba, petrificado. En su interior las cámaras centrales de bombeo, que
habían estado comenzando a relajarse en su ciclo, fueron objeto de una fibrilación
ventricular, se agitaron y entrechocaron, deteniendo el flujo sanguíneo. Los ojos del
hombre estaban en blanco, mientras la corriente se precipitaba por su brazo hasta el pie y
hacia la masa de la nave, inmóvil aún el gentío que le rodeaba, mirando, hasta que
finalmente una mujer asió un instrumento de plastiforme y le golpeó, con fuerza. La mano
se soltó y el hombre cayó fláccido sobre cubierta. Nikka soltó el instrumento y se arrodilló
junto a él. La estancia se llenó de murmullos.
Comprende que no hay nada que él pueda hacer. Al caer, el hombre era ya una
marioneta con los hilos cortados y con los ojos en blanco. Luego, el golpe de Nikka,
pégale siempre a la bola de pleno, había dicho su padre, y Nigel intuye lo que ocurrirá
seguidamente. Las boqueadas y los ronquidos disipan el estupor en torno al enorme
cuerpo, ve el apelotonamiento súbito que se forma para sacar al hombre y llevarle al vacío
y a un entorno retroesterilizado, donde se pueda abrir los trajes de malla y dar tratamiento
a la carne chamuscada.
Podrán salvar probablemente a uno de los hombres, sí, pero no al otro.
Debe de haber corriente de alta tensión, la clase más peligrosa de descarga; habría
resultado más fácil de haber sido únicamente alto voltaje, pero no es eso…
…parpadea, percibe su propia respiración pausada y el olor rancio de la gente asustada
que susurra y arrastra los pies en torno a él. Nota el acre sudor repentino que vicia el aire
antes de que puedan sentirlo ellos mismos.
…eso es inverosímil, ha tenido que ser una descarga eléctrica apropiada a un sistema
biológico, de bajo voltaje y alta corriente, almacenada en alguna parte. Tal vez en las
baterías electroquímicas que llevaban con los salinos fluidos metálicos en sacos aislados.
Una manera muy condensada de almacenar energía en un mundo pobre en oxígeno,
lóbrego, sofocado de polvo rojo, por lo que el ser de la carretilla…
Nigel retrocede, deja que los demás se agolpen a su lado para ver la singular tensión
liberada, se mueven en desorden y sin objeto, disolviéndose en una afanosa actividad
más allá de la tronera, y siente en las aletas de la nariz la oleada enardecida del animal
humano como si fuera una tribu. El ser está vivo, vivo aunque mudo, todavía debe percibir
el cosquilleo de lo exterior, pero a través de una turbia bruma de hibernación. Una táctica
con eones de antigüedad, para dejar que el horno interior mengüe, evitando los apogeos
de los mamíferos y los excesos de la desesperación provocada por el hambre, para
someterse a una prolongada inactividad vigilante. Eso es lo que enseñaría el frío cálculo,
no pertenecer a la clase caliente como nosotros, no ser un esclavo de un metabolismo
constante, no cuando el devenir de la historia es tan lento, tan delicado.
…la muchedumbre vuelve ahora a irrumpir sin titubear desde la portilla con las bocas
redondas como una o. Se escuchan broncos resoplidos y se forma un calor fugaz en el
aire liviano. Al darse la vuelta, Nigel adivina, ve la humana dispersión desde la carretilla.
Nikka, delante de todos, ayuda a transportar a los siniestrados y mira atrás ahora con los
ojos muy abiertos tras la burbuja del casco, en tanto que la criatura EM acapara las líneas
del comunicador con un vibrante crepitar en un agudo sonido, y con dolorosa lentitud
levanta una pierna, se debate, encuentra un asidero, gira la gran cabeza rectangular…
¡Ah!, sí, el eje más prolongado puede resolver todas las longitudes de onda, menores que
su propia longitud. A fin de obtener la mejor visión y enfocar la imagen, giras la cabeza
hasta que el borde alargado se alinea con la dirección que deseas percibir y, por instinto,
el cerebro almacena la imagen, despeja la bruma de imprecisión, y la cabeza —
bamboleante, débil, alzada sólo por una amenaza mortal— vuelve a girar. La piel,
palmeada y cerúlea, refleja la luz. Sacude los brazos en busca de una presa, pataleando
en pos de un punto de apoyo para erguirse. Otro iracundo estallido de ruido radial
atraviesa las líneas del comunicador.
…pero esta señal debe ser únicamente para definir, para percibir, para ver, recuerda
Nigel…
Agarra el extremo de la carretilla, se vuelca hacia un lado, con los brazos extendidos y
la cabeza gacha ahora, descendiendo las piernas hasta la cubierta, pesado, insonoro de
no ser por el zumbido atiplado de las líneas del comunicador. Y se yergue, rígida y
bruscamente, descollando en la bahía.
…Nigel sabe a qué se parece. Por todas partes las superficies metálicas reflejan sus
pulsaciones, cegándole con una identidad diseminada cuando el ser emite impulsos de
radar para percibir su mundo y al mismo tiempo se da nombre a sí mismo, el pulso era su
rúbrica, por lo que ahora el universo, tan firme bajo sus pies, salmodia y hace pedazos el
nombre devolviéndoselo, despedazado e inaprensible; no del modo en que sus
compañeros le devolverían el sonsonete, no, sino a la manera reverberante, de aguzados
bordes del metal arrojándole el nombre como reprimenda y rechazo indiferente; no
acogiendo silencio celeste en las alturas, sino una algarabía de ecos acumulándose en su
ausencia, voces y voces todas haciendo añicos un tartamudeante caos indiscriminado,
duro y hostil, un vacío bullicioso.
Se tambaleaba. Habían pasado dieciocho minutos ya, y continuaba de pie. Las piernas,
como varas, le temblaban. Dio un paso vacilante, tanteando la lisa cubierta de piedra en
busca de asidero. Lento, dolorosamente lento. Las leves sacudidas le hacían voltear la
cabeza, inclinándose a un lado y otro. Estaba intentando intensificar su definición de este
mundo revestido de metal.
—Mira cómo le tiemblan las rodillas —observó un hombre cercano. Nigel echó una
mirada al hombre y a sus compañeros. Vestían trajes lisos y llevaban pesados fardos de
equipamiento.
—Se está quedando sin energía —dijo Nigel a Ted, quien se hallaba próximo,
escuchando atentamente su comunicador acoplado a la oreja.
Ted asintió una vez, dos, y apagó el comunicador.
—Eso es lo que nosotros creemos —repuso.
—Estaba en una especie de fase durmiente —dijo Nigel—. Aunque tiene reservas de
emergencia, eso es evidente. Algo…
—Lo averiguaremos cuando lo desmembremos —alegó Ted.
—¿Desmem…?
—Hendricks y Kafafahin están muertos. Electrocutados.
—¡Hum!
—Es hora de dejar de hacer tonterías —dijo el pelirrojo.
—Lo que yo digo es que podéis dejar que el ser se agote y ser más cuidadosos la
próxima vez. No hay ningún motivo…
Ted se volvió abruptamente hacia Nigel.
—Míralo por ti mismo. Hay dos hombres muertos y no voy a correr más riesgos. Las
directrices son que sigamos las convenciones sobre las formas de vida alienígenas (las
grandes, en cualquier caso) a menos que la vida humana se vea amenazada.
—Bien cierto. Pero…
—Nada de peros, Nigel. Fritz —Ted hizo un gesto al pelirrojo—, cuando caiga, dale
cinco minutos antes de entrar. Luego sigue esa rutina de biopsia preliminar, la
determinada como último recurso.
—No hay necesidad alguna de matarlo —repuso Nigel sosegadamente—. Creo que
podemos entender qué causó esa…
—No voy a arriesgarme —alegó Ted de forma terminante. Una comisura de su boca se
alzó en un rictus—. Manteneos alejados de él cuando entréis —indicó a la patrulla
cercana—. Ningún contacto.
Nigel se interpuso entre Ted y los demás hombres. Si simplemente lograse desviar la
atención del hombre de los preparativos, haciéndole entrar en razón por encima de la
adrenalina.
—Creo que si me permites.entrar podré esclarecer lo que ha sucedido. El ser debe
tener puntos de almacenamiento, condensadores internos. Podemos localizarlos
mediante los rayos X. Después puedo eliminar los restantes…
—No voy a poner en peligro a nadie por ese ser. Particularmente a ti, Nigel. —Hizo un
amago de sonrisa.
—¡Si retrasaras esa orden durante diez jodidos minutos!
—No. Ahora cállate y déjame pensar. —Ted apretó la mandíbula y frunció la boca,
rozándose los pies. Los restregaba cuidadosamente arriba y abajo, mientras formaba
ondas con los músculos de su mandíbula.
Hubo un movimiento abrupto a través de la portilla. Nigel observó cómo la criatura EM
se balanceaba, oscilando la cabeza. Dio una patada a un conjunto de elementos
electrónicos. Los brazos se agitaban inútilmente, asiendo fantasmagóricas imágenes
reflejadas desde las paredes, incapaz de hallar la llave que abriría este mundo informe.
Cayó.
El equipamiento se desperdigó en todas direcciones. La alta figura se desplomó
despacio, tratando de aferrarse a sí mismo y de mantenerse erecto. No pudo encontrar el
equilibrio. Sus manos se crisparon y las uñas afiladas de los seis dedos.ahusados y
nudosos extrajeron chispas de la piedra. No hubo ruido. Pataleó una, dos veces, haciendo
añicos una unidad de bioalmacenamiento.
—Preparados —dijo Ted, con un aflautado hilo de voz.
Nigel contempló a los hombres y a sus caras tensas y concentradas. Se dio la vuelta
para alejarse, cansado y disgustado.
Nigel activó el foco del microscopio de contraste de fase. Los de biología habían
repasado las incisiones de tejido millares de veces y él había leído el informe preliminar,
pero deseaba verlo por sí mismo.
La criatura poseía muchos sistemas de órganos en común con las especies terrestres.
Un hígado, con células de doble membrana, salpicado de ribosomas e intrincado. Un
cerebro gris con circunvoluciones. Y el cuerpo achatado se servía del mismo equilibrio
económico, de haces de tubos, varillas de apoyo y alvéolos giratorios, ora desplegándose,
ora contrayéndose.
Pero la firme mano de la evolución había eliminado los ineficaces combustibles
químicos que sustentan a los animales terrestres. Los EM almacenaban energía eléctrica
en grandes condensadores cilíndricos y la liberaban en descargas cuando era preciso.
Los condensadores eran películas de membranas con finos pliegues de acordeón,
envueltos todos por una textura de toalla turca, relato pictórico de una pugna por emerger
a la superficie. Cada condensador era un bosque de condensadores mas pequeños,
todos aislados y amortiguados para que una torcedura fortuita del cuerpo no pudiese
descargar el preciado tesoro.
Nigel apagó el microscopio. Una vez vislumbrada una idea, ésta parecía natural. El
oxígeno era poco abundante en Isis, con todo el azufre emitido que enrarecía el aire. Así
pues, la naturaleza se había servido de un método completamente aquímico de crear un
animal grande y derrochador de energía. No encierres la energía en enlaces químicos y
traslades la masa con el cuerpo. En vez de ello, ingiere los alimentos que puedas
encontrar, y procesa después los elementos químicos, guardando la energía en cargas
separadas, positivas y negativas. Los nervios de chapitas de silicona realizaban una
parte, y el estómago, de extraño aspecto, se encargaba del resto del trabajo.
Nadie en la Tierra había anticipado nunca un ciclo digestivo electrodinámico. Sin
embargo, cuando llegabas a ver la lógica…
Nigel se rascó la nariz, estupefacto. Era del todo conveniente y loable conocer los
entresijos, pero ¿cómo vivían los EM en realidad? ¿Cómo habían seguido esa dirección?
Las únicas claves debían de descansar allá, en el crudo y lóbrego paisaje.
Bob Millard había establecido nuevos cometidos para los equipos de exploración, a la
luz de los descubrimientos debidos a la muerte del EM.
Nigel disponía de una labor secundaria en la exploración, emparejado a un tipo llamado
Daffler. Volvió a rascarse la nariz.
Quizá se presentase una oportunidad y vislumbrar alguna clave.
Quizá.
6
Resollando, con un resonar de metal y múltiples chasquidos, Nigel gana velocidad.
Detrás de él, Daffler tiene problemas para que su locomotora izquierda gire hacia arriba.
Si logra poner tierra de por medio, puede que Daffler no lo alcance y Nigel esté en
disposición de desenvolverse con cierta libertad, siguiendo su olfato…
—¡Eh! He dicho que esperes.
—Hay algo por este lado…
—Si he dicho que esperes, significa que esperes. Mira, Nigel, Millard lo dejó muy claro.
O sigues mis órdenes sobre el terreno o te desconecto.
Nigel frena. Sabía que no iba a resultar, pero algo en su interior dio validez a la
intentona, algo orgulloso y travieso que afloró cuando de nuevo sintió sus estabilizadores
y locomotoras clavándose en la corteza de Isis. Estima que ésta será su mejor
oportunidad, acaso la única, de ver a los EM tal como son, no a través de la 3D o en
secos informes, todo lo cual le distancia de la experiencia real y le obliga a seleccionar
espectros, datos, lugares y retazos de información para sustituir los que podría obtener
personalmente.
—Ya he asegurado este alojamiento lateral. Estoy contigo.
Nigel sonríe apenas, pensando en el interior de fría piedra de una catedral inglesa, en
los servicios que abnegadamente había soportado allí hacía tanto, un chiquillo
atemorizado aún por las altas columnas de granito y el abrumador peso solemne del
servicio mismo. El Señor sea con vosotros. Amén. Y con tu espíritu. La ostia quemándole
la lengua con su vínculo que se consume blandamente, prometiendo que al final él
ascendería, un nudo de sangre rebosando de un cuerpo marchito, listo para asimilar la
noche, tomad, comed, éste es mi cuerpo y mi sangre, coméoslo todo, engullid un universo
de tinieblas que se cuelan por debajo de las puertas hasta el naranja cálido de la sala de
estar familiar. Su padre sentado en aquella mecedora oscilante, mordisqueándose el labio
mientras escuchaba, meciéndose, meciéndose, severo. Habla su hijo. Tonos
deliberadamente apagados subrayan las largas notas desafinadas que vienen del órgano,
mientras recogen la colección, las monedas tintineando en las bandejas, una gelidez de
liso granito que se alza en el aire. Él afirma que la mecedora2 se trocará en un cohete,
Padre, Padre que estás en los Cielos, Padre que estás en los Cielos ahora…
—Parece que están girando al este de nuevo.
Nigel se alza y conecta la trama de su placa facial. Se ven unos puntos rojos. El avance
temporal muestra que escalan el valle, lejos de los vientos radicados del Ojo. Se están
moviendo deprisa. Más deprisa, afirma Alex, de lo que haya visto trasladarse antes a los
EM a parte alguna, con un ritmo que exige más energía de la que permitiría el entorno
escaso en oxígeno. Alex se percató de la actividad en este valle hacía más de una
2 Juego de palabras intraducible trocando rocker (mecedora) por rocket (cohete). (N. del T.)
semana. Pero otros puntos de la superficie tenían prioridad, y para cuando el gran disco
había enfocado la región, una nueva tormenta se había internado procedente del Ojo. El
valle estaba horadado de orificios volcánicos que manaban.
El polvo se arremolinaba en las columnas de calor ascendentes en el aire rico en agua,
amoníaco y dióxido de carbono.
Nigel vuelve sus instrumentos ópticos hacia abajo, para ver su propio caparazón de
hidroacero, donde unas salpicaduras marrones emborronan los números de serie del
robot, goteando hacia el suelo en regueros. Es lluvia de barro. El polvo se vuelve
sulfuroso cuando aquélla entra en contacto con el aire volcánico. Parece raro que los EM
prefieran este valle resbaladizo, estruendoso, en penumbra, a los valles en declive del
otro lado, donde corre clara el agua y el aire lleva solamente la tenue bruma de polvo del
Ojo que se resiste a los húmedos volcanes.
—Ve rápido hacia el este, Nigel, detecto una microonda aguda procedente de allí.
Traquetea sobre rocas húmedas y se abre camino ladera abajo. La ilusión va
mejorando a medida que los bucles retroactivos le acoplan cada vez mejor a los
elementos dinámicos de la máquina. Llegan hasta él los movimientos diestros y seguros
de los servos al posarse con fuerza los anchos pies, clump, clack, hacen sentir a Nigel
como si diera zancadas por terreno desigual con botas de instrucción. Nota incluso los
estabilizadores, cuyas firmes tenazas se convierten en músculos de la pantorrilla; los
muslos se tensan y relajan; la columna montada sobre sus discos; los brazos oscilan para
mantener el paso uniforme, seguido, mientras que el hidroacero se desplaza con estrépito
por un mundo difuso, escruta y aparta cortinas de polvo con motas de vida, el denso aire
de aquí es una factoría química estimulada en última instancia por las fuerzas de la marea
que desgarran la tierra, erigen las montañas del Ojo, rezuman a través de las capas de
polvo horneadas, perforan orificios en los altos valles montañosos, arrojan por todas
partes humedad y escorias al cielo, ocultan para siempre el firmamento por lo que los EM
nunca han conocido las estrellas, salvo quizá por una noche en un millar de años, cuando
cayera el polvo y los puntos argénteos titilaran en la inmensidad. Pero los EM carecen de
ojos para ver.
—¿Estás recibiendo esto, Nigel? Es una especie de balbuceo en los doscientos
megahertzios.
—Correcto, un poco por debajo de los dieciséis grados desde esta dirección.
—Lo calculo en diecisiete punto dos. Cerca.
—Vamos a localizarlo.
Desciende. Los servos transforman el movimiento en un salto que le lleva por encima
de un cañón de vegetación parda, posándole, con un crump, en un peñasco de basalto
pulido. El pie resbala, pero el robot le endereza a tiempo. Cinco metros de visibilidad en la
óptica. La lluvia enturbia sus lentes. Vuelve a brincar, despegando cuando los hidráulicos
traseros entran en acción con un uuoosh, y patina sobre retorcidos tocones
verdeazulados de plantas —legamosas, dobladas bajo las ramas cargadas de barro—. La
sobreimpresión chisporrotea, con vectores de matiz anaranjado apuntando justo al frente.
No es una única fuente, ahora puede apreciarlo, sino manchas y borrones de ruido radial,
que emiten en torno a los doscientos megahertzios, pero no en una frecuencia fija;
algunas desprenden silbidos erizados, otras atronan con largas pautas que los elementos
electrónicos ralentizadores de Nigel configuran en repiqueteos acústicos. Todo ello
agrupado en un sonido que recuerda a una muchedumbre que pisa cristales rotos.
—Acabo de cotejarlo con Alex. No hay ningún EM en un radio de un klick. Esto debe de
ser alguna forma de vida.
—La señal es débil. Eso puede explicar por qué Alex no puede detectarlo. Pero, sin
embargo…
Por entre el polvoriento torbellino aparece un saliente rocoso. Nigel tuerce a la
izquierda, pasando a IR. La visibilidad mejora. Puede avistar un largo cañón, en
penumbra a la luz sanguinolenta de Ra.
—Aquí parece como si las rocas hubieran sido trabajadas. —Avanza cautelosamente.
No se ve ninguna forma de vida. Las paredes del cañón están entreveradas y talladas,
como largas gubias rizándose al unísono. Vuelve a sintonizar los doscientos megahertzios
y los chasquidos y taponazos irrumpen hacia él, provenientes de los cortes en la roca—.
Parece arte. Las vetas están marcadas con una extraña materia plateada. —Nigel extrae
un manípulo, lo rasga.
—Esta materia es un conductor, una antena. —Se da la vuelta. Se halla en una
extensa zona acotada, como un corral. A través de la oscuridad ve cuevas cavadas en la
roca, cuevas con aberturas ovales, otras rectangulares y cuadradas, otras triangulares—.
Es una aldea. —Los impulsos de radio, crepitantes, repiqueteantes, vienen de unas
marcas situadas junto a los umbrales; uook uook de los ovales, escaah escaah de los
rectangulares. Otras marcas gañen y murmuran desde la roca pelada. ¿Señales de
calles?, piensa Nigel, casi patinando en el suelo fangoso, marcado con unos dibujos
curvos que no parecen tener sentido alguno. Desciende por el cañón, consciente de que
las cintas en marcha lo captarán todo y una docena de especialistas concebirán una
docena de ideas al respecto para cuando se encuentre fuera de la vaina servoasistida.
—He encontrado otro, un cañón muy similar. Estimo que me hallo a unos doscientos
metros al este. Si tú…
—Espera…
Colgaban ante él unas hebras tejidas. Estaban sujetas a las paredes del cañón y se
extendían atravesándolo a unos seis metros por encima del suelo. De las hebras
colgaban películas de la materia plateada, algunas de las cuales desprendían un coro de
balbuceos radiales, otras permanecían en silencio. Nigel se aproximó.
—Hay algo ahí… —Le llega un Hhaa yyy aaalgggo oooah híiiii procedente de las
películas, reverberando por el cañón, enredando—. Creo que las… —ccrre oo oo qqu e
laaaasss— pelícu… —peeluc cu pel lassiiippecuu— películas superconductoras…
Se da la vuelta, huye, sin deseos de abandonar su espectro de radio aunque
confundido por la burlona pared de ecos. Se detiene a unos cien metros de distancia,
cobijado por un reborde de piedra, y dice:
—Tienen algunas, bueno, estancias elaboradas, supongo. Un modo de obtener alguna
intimidad, imagino… No, eso no tiene sentido. ¿Por qué hacerlas reflectoras? No, debe
tratarse de una especie de amplificador, una manera de, bueno, ¿un sistema de
interpelación público? No…
—Nigel, estás confuso. ¿No crees que deberías…?
—Olvídate de eso. Mira, tráete a un equipo, aquí abajo, para estudiar esta, esta aldea.
—Claro, lo haremos. No te pongas tan…
—¿Todavía no te ha causado ninguna molestia, Herb?
—¿Eh? Qué es lo que no…
—Superconductores. ¿Cómo es que los EM elaboran superconductores sin haber
dejado ninguna tecnología, sin haber dejado ninguna ciudad en pie?
—Oh, bueno, están esos satélites. Tal vez…
—He echado un buen vistazo a las películas. Están ajadas. Tienen resquebrajaduras.
Tienen el aspecto de haber sido dobladas y vueltas a doblar muchas, muchísimas veces.
Son viejas, mi buen amigo. Viejas.
—El próximo equipo va a entrar, veamos, seis horas seguidas. Pediré una biodatación.
Pero aguarda, quiero echar una ojeada a tu aldea también. Estaré ahí…
—Espera. Quédate donde estás. O quizá sea mejor que retrocedas.
—¿Porqué? Es sólo un…
—Los EM están en el exterior deambulando incesantemente, dice Alex. Nos hemos
topado con algo que se asemeja a una aldea, ¿correcto? Y posiblemente la razón por la
que no hemos visto antes una es que ellos están siempre ocupados. No deseamos
contacto directo, por tanto hemos pasado por alto las aldeas.
—Suena plausible. Sin embargo, no podemos…
—Pero nadie abandona una aldea realmente. Dejas atrás…
A través de las rachas en forma de torbellinos de la niebla bermeja aparece una forma
oscura. Nigel se lanza detrás de un peñasco, haciendo una mueca, y apaga las
transmisiones de radio. Dejas atrás a los débiles, a los viejos, acaso a los niños. Pero no
los dejas desprotegidos.
Nigel agacha la cabeza, sabiendo que este movimiento no tiene análogo alguno para el
aparato que está manejando, pero lo hace de todas formas, dándose cuenta de que
ahora, distanciarse de la máquina en cualquier sentido disminuirá su efectividad.
Esconderse, agazaparse, evitar el radar acariciante de la criatura que se acerca, esperar
que el traje se refleje como una piedra gris indistinta…
Un pie palmeado desciende sobre su cubierta anterior. La criatura EM se hace
manifiesta, cerniéndose sobre las rocas, con la cabeza oscilando y rastreando, el pie
apretando hacia abajo. Las planchas se comban en la cubierta anterior estriada. Un motor
gime a modo de protesta y enmudece abruptamente. Zumban los circuitos, en alerta.
Nigel siente la presión uniforme convirtiéndose en un dolor lacerante, trepidante. Se
debate contra su impulso de retroceder, de zafarse de debajo.
—He conectado la banda K, Nigel, espero que estés recibiendo esto. Acaba de
interferirse tu pitido de auxilio. ¿Debo dirigirme a ese cañón?
Nigel decide arriesgar una transmisión. Si Daffler se deja ver, moviéndose, la criatura
EM seguramente se dará cuenta, sabrá que hay extrañas rocas dotadas de movimiento
en la aldea. Activa la banda K y emite:
—¡Para!
Un momento congelado. El EM se detiene, balanceándose con dos pies sobre la
quejumbrosa cubierta de Nigel. Alguna banda tangencial de la onda de bandas K debe
haberse abierto paso hasta él, aunque los EM parecen emitir y recibir en una longitud de
onda mucho mayor.
El EM se inclina hacia adelante dubitativamente, tanteando el camino. Alza un pie.
Después el otro. Se va, alejándose cañón arriba. Nigel detecta gorgojeantes estallidos de
radio mientras el ser se localiza a sí mismo mediante el eco, emitiendo interminablemente
su “nombre” y recibiendo el mundo pictórico reflejado y amalgamado, pintado por el
“nombre” mismo: el cañón, los rasguños metálicos, las películas superconductoras, en lo
alto un cielo que es un vacío salvo por el grave susurro de Ra. Nigel se pregunta,
observando su lento avance doloroso, qué efecto debe tener este modo de ver, en la
manera de pensar del EM, si “pensar” fuera la palabra adecuada. Para él el mundo
respondía eternamente con fragmentos de su propio nombre, como un constante coro
tranquilizador que al tiempo dice al EM lo que necesita saber y le reafirma en su
individualidad propia, en su importancia dentro del puro acto de definir el mundo. Si el EM
no pronuncia su nombre, el mundo es un cero, un silencio. Mas si habla, el universo
mismo cobra vida. Únicamente los prójimos EM eran emisores. Cada uno emite en una
longitud de onda ligeramente distinta, a fin de que el parloteo de la comunidad no lo
ciegue todo.
Nigel se pregunta cómo habrá descubierto un EM solitario el leve murmullo de la Tierra,
una voz que aparece periódicamente como un débil punto en el firmamento no lejos del
ensordecedor estruendo de Ra. Acaso un EM solitario, meditando, lo hubiera visto,
sondeado, hubiera adivinado la existencia de otras inteligencias en la hueca inmensidad.
—Nigel, Bob quiere que vaya, hacia ti. Estoy escalando el cañón, dirigiéndome al norte
a treinta y ocho. Tu señal de daños de subsistemas en…
—¡Calla!
—Mira, el EM se va y a Bob se le ha ocurrido que puede comprobar tus sistemas antes
de que intentemos moverte o…
—Continúa si no queda más remedio, pero mantente en silencio.
El EM se ha esfumado, engullido por la desapacible tiniebla roja. Nigel mira en derredor
y distingue más surcos practicados en la roca. Deja que su mirada sea conducida por las
líneas de declive, cañón abajo. Desde este ángulo el diseño se torna evidente de
inmediato. Rodadas que se intersectan en una red que tiende hacia abajo, evacuando
aquí y allá en agujeritos próximos a las paredes del cañón: cisternas. A mayor distancia,
una ráfaga disipa el aire por un instante y Nigel ve un aliviadero, la roca marrón que lo
forma está corroída y erosionada, pero sigue siendo funcional, y más allá, una tosca zona
de recepción. Así pues, los EM acumulaban agua aquí, la almacenaban. Pero no hay
agricultura.
—Te tengo en el IR, Nigel. Quédate quieto, no intentes moverte.
—Ten cuidado con las transmisiones.
—No hay problema, estoy seguro de que…
Viene hacia ellos con asombrosa velocidad, sacudiendo las rodillas a gran altura. Da
trompicones sobre los peñascos. Daffler emerge desde la cortina de polvo y no ve al EM
viniendo del este. Daffler es un andador de hidroacero, como Nigel, y mira al frente
mediante los ópticos enfocados hacia delante con ampliación ajustada, por lo que está
ciego al este a menos que gire el sensor de su cabeza; pero, según avanza, ahora
únicamente a unos metros de distancia de Nigel, de nuevo cayendo polvo grueso y
entreverado de blanco, el EM aparece y golpea a Daffler desde atrás.
—¡Rueda! —exclama Nigel, escapándosele la palabra en su estupor, pero Daffler no
puede contraer sus piernas anteriores a tiempo y el andador se vuelca, arañando las
rocas, con chispas anaranjadas rasgando el aire, y el EM arrolla al robot caído que parece
ahora tan débil. Nigel se aparta de la destacada y sombría figura y contempla cómo
agacha la cabeza y la desvía desde Daffler hacia Nigel. El ser está seguro de donde se
halla él, debe haberle localizado antes y, sin mostrar signo alguno de ello, simplemente
les acechó. Daffler está gritando.
—Tengo que cortar, algo me ha golpeado.
En tanto que la enorme cabeza se bambolea, Nigel siente a Daffler chocar contra él,
trepidando, las piernas en un revoltijo, y percibe un chisporroteo repentino de impulsos
radiales, una forma ondulatoria altamente estructurada, y luego un agudo sonido
crepitante como de freír grasas cuando el EM levanta a Daffler y lo deposita sobre la
cubierta de Nigel, aplastándole. Siente un dolor lacerante y un brillante estallido de
verdor…
El montaje médico se afanaba con premura, olisqueándole, murmurando para sí
mismo. Nigel yacía pasivamente, deseando que esto se acabase. Miraba al techo.
—Ese ser os llevó a ti y a Daffler a los depuradores —dijo Bob Millard casualmente.
—Vino hacia nosotros como una exhalación. De lo contrario, estoy seguro…
—No estamos seguros de nada, Nigel.
—Bueno, yo estoy seguro de que no necesito esta cosa hurgándome —golpeó el
añadido del montaje médico—. ¡Cristo!, Bob, estaba a salvo dentro de la cápsula servo,
no estaba en Isis. No es posible que esté herido.
Bob se encogió de hombros.
—Esto es SOP, según Medicina. Si se produce cualquier accidente de consideración,
nosotros te conectamos.
—¿Entonces por qué no está aquí Daffler?
—Su unidad no quedó chafada, ése es el motivo. Todavía estamos extrayendo un
vector y los diagnósticos de a bordo de su andador. El tuyo está… fundido.
—El EM debe de haber golpeado mis circuitos exteriores. Eso pudo precipitar un cese
en todo…
—Podría ser. La cuestión es que no podemos volver a echar un vistazo todavía. Hemos
de esperar.
—¿Porqué?
—Toda una multitud de EM se han encaminado hacia esa “aldea” tuya. Ted y yo
consideramos que no debemos correr el riesgo de un contacto ulterior con ellos de
inmediato. Estarán aguardando.
—Me gustaría echar una ojeada a esos superconductores.
—Al igual que la mitad de la tripulación.
—Entonces, tal vez…
—No irás, Nigel. —Bob sonrió indolentemente—. Los EM defenderán ese villorrio o lo
que sea. Con todo esto parece que has olvidado para qué te mandé allá abajo.
Nigel comprendió que iba a tener que soportar esta moderada reprimenda para
descubrir lo que la gente con iniciativa pensaba que era el próximo movimiento inteligente.
—¿Para qué era?
—Para averiguar qué está poniendo tan nerviosos a los EM.
7
El punto de Isis que descansa directamente debajo del fulgor de Ra es débil y
enfermizo, su empecinado calor es un motor implacable.
El aire irrumpe afuera del Ojo, cubriendo la tierra de polvo, y las sombras enturbian las
formas que se mueven en las laderas de las colinas. En las alturas las montañas
murmuran como un viejo jurando entre sí.
Una onda de choque se riza por el caparazón del robot, otro desplazamiento de la tierra
mientras que el bullir del planeta cambia y recicla la corteza interminablemente, con los
terremotos y corrimientos y levantamientos haciendo aflorar nuevo hierro para que moldee
los vientos y retenga el oxígeno.
Y volcanes que arrojen más agua, la cual a su vez es separada en hidrógeno y oxígeno
por fotones energéticos erráticos, elementos que nutren la ecología adherida a la corteza
planetaria.
Una delicada vida que padece las sacudidas, el millón de muertes menores y la reseca
aridez. Los vendavales soplan por encima de las montañas llevando su polvo y
arrastrando un sempiterno ulular por estos valles angostos, vacíos y sin esperanza de
cambio, estridentes y remotos, agostados como el mismo aire.
Avanza, dump, clump, con pasos de plomo llevándole a través del cenagoso suelo del
valle hacia las colinas, chirriando las vainas de cerámica de sus hidráulicos, en la boca el
sabor amargo de una tableta estimulante. Adelante.
Daffler va a la cabeza y una mujer, Biggs, se está aproximando a los EM arracimados
desde la otra falda del volcán. Hay un destello naranja y la montaña retumba, y la tierra
por un momento se ve inundada de nueva luz. El polvo disminuye y el hálito húmedo del
volcán se lleva el borrón de óxido de azufre procedente del Ojo. Alex nunca ha visto a un
grupo como éste de EM congregados en los mapas radiales. Algo les trae aquí, lejos de la
“aldea”. Por eso ahora un equipo se acerca a los EM mientras que un equipo mayor
vuelve a invadir la “aldea”, para echar una ojeada a una película superconductora, para
trepar a las cuevas y descubrir lo que puedan. Daffler, Nigel y Biggs son una distracción,
una reflexión tardía en realidad, para vigilar a los EM, pero sin hacer nada más. Si ha de
establecerse contacto debe surgir de los especialistas, los codificadores y analistas que
han permanecido en silencio y aguardando, severos y con los labios apretados, nuevos
datos que añadir. Los biomédicos han atrapado ya a una miríada de animales pequeños,
los han diseccionado, y no han hallado nada que se iguale a los nervios semiconductores
y al cerebro de los EM. El reino animal de Isis es lento, corriente, sustentado por los
procesos químicos agotadores e ineficaces de la oxidación, en una atmósfera en la que el
hierro y el azufre sustraen el oxígeno a cada instante, dejando que la vida se haga con lo
que puedan, antes de que el aire volcánico rico en oxígeno vuelva a quedar constreñido,
durante un billón de años, en las rocas hambrientas. Aunque no es oxígeno lo que los EM
buscan cerca del volcán según vislumbra Nigel, observando sus motas cambiantes en la
sobreimpresión. No se congregan donde la llovizna cae, trayendo oxígeno consigo.
—Avistado uno al sur. Se dirigía hacia mí. No me muevo.
—De acuerdo. —La voz de Daffler suena tensa y cauta.
—Sugiero que te encamines hada él siguiendo un eje quépase a través de mí. De ese
modo no verá ningún movimiento lateral.
—De acuerdo.
Nigel prosigue, activando las piernas. Algo se escabulle a su lado. Un ser pequeño
semejante a un roedor, corriendo tan rápido como puede. Aquí los animales poseen
reservas anaerobias, al igual que los de la Tierra, pero son deficientes y duran sólo unos
cuantos minutos. Después de eso, deben aminorar hasta el porcentaje dictado por el
suministro de oxígeno. Nigel escudriña al frente.
Las nubes se están acumulando, arrastradas por el calor de convección cerca del
volcán, y el fulgor bermejo de arándano embebe a Nigel en un recuerdo del aura sobre
una distante ciudad en llamas, del modo en que las ciudades han sido devoradas desde el
antiguo Egipto, las bibliotecas en llamas, Alejandría…
Otra pequeña criatura, corriendo a la izquierda.
La voz de Bob se abre paso claramente:
—Me parece que debes agazaparte, Nigel. No quiero que se repita lo de la última vez.
Nigel aplica sus servofrenos obedientemente. Se posa en el suelo, apaga sus ondas
transportadoras en las bandas X, K y R. Se oye un ulular ventoso. Un destello naranja
aparece procedente del cráter que está por encima de él. Algo se mueve.
Es del tamaño de un perro con cuatro patas, de un pelaje castaño moteado y con la
lengua colgando. Detrás suyo, a setenta metros de distancia y acercándose, aparece un
EM, dando regulares zancadas sobre las arenas horneadas, sorteando un estrecho
reguero y prosiguiendo tan estólidamente como un tren. Pero el EM está cansado
también, deduce Nigel. Se nota el oscilar de las piernas y los brazos que penden fláccidos
a los costados. Esto es una persecución, y en el lapso de tiempo que el EM requiere para
dar una zancada Nigel registra este último hecho, y todos los datos restantes sobre los
EM, y entiende que por supuesto están siguiendo una pauta carnívora, recorriendo la
tierra continuamente, pero manteniéndose separados a fin de que cada EM tenga un área
para cazar, y en el intervalo entre el paso de cada EM transcurra el suficiente tiempo para
que la presa olvide y crezca despreocupada. Ninguna otra criatura de Isis posee el
cableado de semiconductores porque han sido abatidos, de la misma manera que el
hombre carece de competidor parejo debido a que lo eliminó en el remoto pasado. El EM
frena ahora, con la cabeza levantada, escudriñando al norte por donde el ser, semejante a
un perro, se ha esfumado. Permanece erguido, quieto, con la cabeza alta y vuelta al este.
Parece recobrarse, y Nigel escucha de nuevo el sonido de veloces taponazos, de un
crepitar como el del tocino al freírse, más alto, más alto, más alto, hasta que sus circuitos
receptores se sobrecargan y se hace el silencio.
—/Nigel! /Maldita sea!, este animal viene corriendo junto a mí, no llega ni a cincuenta
metros de distancia, y entonces se desploma. ¿Qué está…?
Nigel estudia al EM. Éste se afloja a un costado, se afianza. Finalmente comienza a
andar, las piernas pesadas y potentes.
—/Maldita sea! Ojalá pudiera…
—Ve hasta ese animal. Echa un vistazo rápido, de cerca.
—Vale.
Hay una pausa. Las cortinas de polvo van a la deriva en una brisa. El EM se pierde de
vista, avanzando con fatiga de sus macizas articulaciones.
—Bueno yo… esto está…
—¿Qué?
—Está todo renegrido, y está, parece… quemado.
Nigel no respira durante un momento. Después asiente.
—Exacto. Aléjate de ahí enseguida. Al EM no le queda mucha energía, espero, pero
podría ser suficiente.
—¿Suficiente para qué?
—Que no te atropelle. Esta vez, no. Podría freírte, con todo, amigo Daffler. Con ondas
de radio bien focalizadas.
Aunque no acierta a ver por entre la niebla agitada de fino polvo que ahora remonta el
valle, Nigel contempla al EM moverse en la sobreimpresión, y sonríe, pensando en la
criatura lenta, descomunal y exhausta, con los condensadores agotados y activando una
energía anaerobia almacenada, en tanto que se inclina hacia adelante para reclamar su
merecida presa.
Nigel se acuclilla en la voluble umbrosidad, contemplando cómo el dedo anaranjado se
abre paso montaña abajo. Más lava. La tierra se encoge. Él aguarda.
Los EM se han congregado a medio klick de distancia y Bob no consentirá ningún
contacto más estrecho hasta que entre de servicio un equipo mayor. Hay otros muchos
sitios diseminados por Isis y los equipos los están trabajando todos. Cavan en las viejas
ciudades consumidas. Clasifican la flora y la fauna en los pasos de las laderas. Se
zambullen en la vida, prolija en orín, del fondo de los mares. Vagan por las áridas tierras
crepusculares próximas al confín.
La expedición completa ha asumido ahora el tono, amplio y disperso de las mismas
fragmentadas especialidades. Hay un ajetreado rumor de trabajo. Primero compilarán los
datos, luego pensarán.
Pero no comprenden que cuanto los datos expresan depende a la postre de la forma
en que se piensa, y Nigel vuelve a sentir la extraña impaciencia lujuriosa que le empuja
hacia adelante, como siempre ha hecho, que penetra y finalmente-se convierte en una
parte de la serenidad que descansa detrás de sus, acicates y bríos mentales, por lo que
simplemente no puede limitarse a reunir datos como trigo, tiene que inhalar este lugar y
verlo al completo, trocarse en los cinco hombres ciegos y el elefante astrofísico, dejar que
el cerdo pringoso de este mundo resbale a través de su brazos y, no obstante, deje atrás
a cada paso una lección vislumbrada, de forma que se fortalezca y crezca, que oiga a los
EM que se encuentran más allá del estruendo de los datos, de la algarabía de los hechos.
—Eh, se están moviendo —la voz viene de Daffler.
—Exacto —emite Nigel con regocijo por la banda X.
—Bob dice que asignará a un equipo nuevo dentro de una hora. Sylvano y sus
muchachos.
—Demonios, Sylvano es biomédico.
—Habrá un especialista en comunicaciones en el equipo, no te apures por eso —
replica Daffler.
Nigel se encoge de hombros, se percata de que, por supuesto, Daffler es el hombre de
comunicaciones de este miniequipo, y por tanto cree que ése es el papel más relevante.
Los de comunicaciones se han estado dando importancia últimamente, convencidos de
que la comprensión de los EM se basa en saber cómo evolucionaron para ver y hablar por
radio. Sin embargo, no tienen ninguna pista acerca de la caza, y el descubrimiento, hacía
sólo dos horas, de la capacidad de los EM de calcinar a una presa a una distancia de cien
metros obviamente había inquietado a Daffler, a Bob y a todos.
Bravo por el poder de predicción de la ciencia. A pesar de ello deberían haber supuesto
algo por el estilo, medita Nigel. Con Ra fijo en el cielo, todas las regiones del planeta
tendrían un grado uniforme de iluminación. Sólo que la excentricidad de la órbita de Isis
haría que Ra oscilase ligeramente en el transcurso del año, sólo un leve balanceo. En la
pauta constante de sombra y luz, o en medio de las tormentas de polvo y fina niebla, la
capacidad de sondear, semejante a un radar, resultaría valiosa para un predador. Los
ojos normales —pasivos, fácilmente cegados por el polvo— serían menos útiles. Y a la luz
enfermiza de la zona vecina, las presas con nervios ópticamente sensibles estarían casi
ciegas, serían incluso más vulnerables.
Pero la habilidad crucial era, como siempre, matar. Por lo que la lógica de la evolución
había puesto en funcionamiento la visión por ondas de radio. Con la escasez de oxígeno,
perseguir a una presa podía fácilmente agotar las reservas energéticas de un EM,
haciéndolo vulnerable. Era mucho mejor quemar el blanco y aproximarse precavidamente.
El ojo de radio podía sondear, identificar y matar; para luego volver a sondear para captar
los signos indicativos de que el sistema nervioso del blanco estaba fuera de servicio. Todo
esto, sin necesidad de acercarse demasiado a las garras, los cuernos o las pezuñas de la
presa. Por ello, con la portentosa economía de la evolución, el ojo lo hacía todo: ver,
hablar, matar, incluso cocinar. Y la mente que recibía el mensaje del ojo pugnaba por
mejorar la percepción, la resolución y la acción. El ojo y la mente debían haber
evolucionado al unísono, acaso en conjunción solidaria, como el vínculo mano/mente en
el hombre..
—Nigel, van en tu dirección.
—Como yo esperaba —murmura para sí mismo.
—¿Qué? ¿Qué es eso? Mira, si algo te ronda la cabeza, Nigel, preferiría no tener a
Bob poniéndonos como un trapo por…
—Calma. No te preocupes, amigo Daffler. Simplemente estoy aquí para ver lo que
pueda.
—Habrá cantidad de muchachos aquí abajo dentro de una hora. Les cuentas qué estás
buscando y…
—Yo mismo no estoy muy seguro.
Los guijarros repiquetean contra sus placas, y la tierra se agita debajo de él, una
llamarada naranja atraviesa la mortaja de polvo, y Nigel vuelve a ver los torrentes que
descienden, más grandes ahora, vertiéndose por las bruñidas caras rocosas, a cientos de
metros en lo alto.
—¡Jesús!, lo está detectando de huevo. La cara oriental puede deslizarse en cualquier
momento, diría yo.
—La geología no es tu departamento, Daffler. Eres el hombre de las comunicaciones.
Yo soy el comodín.
—Bueno, sí, pero la mera…
—Nada aquí es tan simple. Ocúpate de los EM, ¿eh? Se están desplazando.
—¿Qué?¡Oh!, ya veo. Se están dirigiendo hacia ti. Directos a esa vertiente de la cima.
—Exacto. Difícilmente puedes pedirme que maniobre alrededor de ellos. No, dado que
Bob nos previno contra un contacto estrecho hasta que llegue el equipo grande.
—¡Hum!, sí. Pero…
—Corto ahora, si no te importa. Quiero cerciorarme de que no he sido visto.
—Ja, ja —masculla Daffler con suspicacia, pero su transportadora guarda silencio.
Nigel está solo en la incierta luz mientras, entre sus pisadas se abren camino hasta él
los sordos balbuceos y los pitidos chirriantes que conforman las conversaciones y los
continuos sondeos de los EM, dispersando las microondas por los cañones e inundando
con ellas esta tierra esquilmada. Pulsa el mapa radial emitido desde el Lancer y estudia
los puntos agrupados que se dirigen hacia él.
Un animalito se escabulle, asustado, y Nigel se asombra de que el pequeño ser —sin
ojos y con un guisante por cerebro— pueda olisquear a los EM a esta distancia y tenga el
buen juicio de huir.
El cuerpo mismo del EM puede servir como una gran antena, donde los huesos actúan
como receptores de baja conductividad, de modo que en el EM se insinúa una vaga
sensación de seres más pequeños que se aproximan. De lo contrario serían vulnerables a
parásitos o a ingeniosos gorrones, que podrían encaramarse a ellos y resultar invisibles.
Pero de alguna forma la antena total del cuerpo debía “ver” a los pequeños predadores
para que los EM pudieran abrasarlos, pisotearlos y desactivarlos.
Acaso bajo el apremio de la selección, el cerebro había desarrollado alguna técnica de
apertura sintética, como las antenas de radio ampliamente separadas de la Tierra que
“notaban” el tamaño efectivo de su separación. ¿Servirían sus espinas dorsales como
bobinas sintonizadoras?
Nigel se adentra en una quebrada angosta al aproximarse las motas de los EM. Quiere
que su actuación no sea blanco de las críticas de Bob y del resto, que parezca una pauta
perfectamente responsable, a tenor de los movimientos de los EM. Por ello retrocede a la
quebrada, hacia un saliente de roca verde azulada.
Un estallido anaranjado arroja sombras delante suyo. Se detiene en el lugar moteado
de azul y verde, intrigado, haciendo memoria, pero el segundo destello le encandila y,
después, se produce un estrépito. Le llueven piedras, un rugido bronco le hace mirar
hacia arriba donde la montaña vomita nubes y llamas. Ahora manan largos torrentes de
lava desde la boca del nuevo cráter. Inmensos chorros de vapor expelidos hasta los
bancos de polvo, despejan el aire y los óxidos de azufre se precipitan en el valle situado al
otro lado, donde nutrirán a las plantas raquíticas y a los depauperados animalillos que son
la base de la cadena alimenticia de la que se benefician los EM, de la que se han estado
beneficiando desde tiempo inmemorial, aunque los geólogos no puedan decir cuánto, ya
que la corteza de Isis, siempre en ebullición, destruye toda evidencia del pasado.
Nigel, curioso, se gira hacia las motas, se agacha y súbitamente ve al EM, perezoso
aunque firme, bamboleando las piernas y yendo recto hacia él. La gran cabeza está
dirigida directamente hacia él y Nigel confía en que su mano radial le dé ante el EM el
aspecto de una roca común, anodina. Retrocede, apaga todas las ondas transportadoras,
se protege…
Pero el EM hace un alto, ignora a Nigel, oscila la cabeza, y se inclina, aposentándose,
haciendo emerger los protuberantes nudos negros de su abdomen que descienden hasta
que entran en contacto con las vetas verdeazuladas de la roca.
Su piel se riza, se vuelve más consistente. El azul esplendoroso de su piel comienza a
combinarse con otros colores, a medida que aparecen suaves tonos púrpura en el
abdomen. Nigel se acuerda de que, a la luz roja de Ra, este púrpura es de hecho un color
verde, el estandarte bioquímico de un derivado de la porfirina. Los colores le arrebatan la
idea, en tanto que los magentas y los acres amarillos y los rocíos de rojo se ondulan por
el cuerpo del EM. Mientras, más arriba fluye el volcán, y rasga la luz a través de las
cortinas de fino polvo en suspensión. A cincuenta metros, un torrente de lava atraviesa la
cara rocosa como una repentina lanza naranja. El EM tremola una y otra vez, sin
apercibirse de una segunda y después de una tercera formas de gran tamaño que
emergen de entre las salpicaduras de la lenta lluvia que ahora empieza a caer. Son
gruesos goterones de húmedos óxidos sulfurosos, gotas que trazan rayas en las figuras
que se aproximan tambaleándose cuando se agachan a su vez en el saliente,
corpulentas, rebosantes de microondas que se mezclan con una onda nueva y más
potente, variando los desperdigados chasquidos y crujidos de radio cuando se alza el
suelo y una estruendosa explosión en lo alto de la montaña vierte luz en la quebrada. Se
oye ahora la señal de los EM en un sonsonete. Sus cabezas parecidas a cajas se ladean,
escrutando y emergiendo en este instante una nota firme, cuando Nigel reconoce el tono
prolongado y lento que pertenece al viejo espectáculo de radio terrestre.
Se están uniendo para apuntar al cielo y emitir el lento impulso doliente que se
emparejará con el de los otros millones de EM y se propagará, a través de años luz, hasta
la Tierra, un mero punto en el firmamento que tantos siglos atrás pareció hablar a estas
criaturas abrumadas por el tiempo.
Aparece un rocío de brillantes brotes anaranjados en el abdomen de cada EM. Son
chispas que cortan el aire. Nigel retrocede.
Un martilleo acapara sus receptores y la fuga de los EM se expande. Sus cuerpos
enormes se mecen ligeramente, mientras que el aire crepita y cruje por la energía, danza
y canta con júbilo por siempre, se desborda y vuela. La lava se precipita sobre la cima. De
ella se desprende un calor irritante, y Nigel inopinadamente entiende cómo los EM viven
para este momento, el único instante en el cual poseen vida rebosante, henchida, para
brotar y hacer presa del cielo que contiene un rayo de esperanza y promesa, alguna
posibilidad más allá de la simple esencia de su herrumbroso mundo crepuscular.
Buscan los volcanes en pos de comida, no de calor. La lava desciende y fluye por miles
de metros de vertiente montañosa. Es un conductor metálico y caliente que cae en el
potente campo magnético de Isis, cortando las líneas del campo magnético y generando
corrientes y campos eléctricos. Es un circuito inmenso que no puede cerrarse fácilmente
porque la roca que hay en torno a la lava es inerte, un pésimo conductor, y por ello la
corriente eléctrica se incrementa cuando la lava fluye, atravesando más líneas de campo,
acumulando energía hasta que da con una mena rica en metal y súbitamente el circuito
puede cerrarse. Está incompleto, las vastas corrientes discurren por las capas rocosas
verdeazuladas, buscan un canal de retorno a la cima de la montaña, para concluir el
bucle; una ciega corriente que sigue la implacable ley de Faraday.
Cuando las corrientes hallan su camino a través de los corredores metálicos, los EM
hacen una derivación en un saliente del filón y beben del impetuoso río de electrones. Los
absorben para cargar sus bancos condensadores y disfrutan vertiéndolos en ondas de
radio, mientras celebran esta renovación de sí mismos. Extraen de la tierra misma la
energía depurada, sin tener que padecer el proceso lento y agotador de encontrar
alimentos químicos, digerirlos y transferir su energía de enlace molecular a potenciales
eléctricos almacenados.
Un cacofónico júbilo vital crece y decrece en los EM. Nigel ve en las denudas chispas
naranjas el último eslabón, ve cómo oscila Isis en torno a Ra, llevándole la larga elipse ora
más cerca, ora más lejos de su estrella, por lo que la fuerza de la marea primero dilata y
luego contrae a Isis, moldeando y calentando el núcleo planetario como si de gruesa
pasta se tratara. La energía que proviene de la inercia orbital angular del sistema que
forman Isis y Ra es una fuente de energía eterna que agita interminablemente la corteza
de Isis, subsumiendo los metales en el suelo, para luego arrojarlos a su vez, fundidos,
desde las bocas de las montañas, de nuevo en busca de los serpenteantes ríos ricos en
hierro del centro del planeta, provocando corrientes y despojando al hierro de electrones.
Es como un generador vasto y perpetuo que permuta la energía gravitacional en formas
eléctricas útiles. Y ésta es una energía que ninguna criatura más que el EM puede
asimilar, dotándolos del margen que precisan en este indolente mundo de orín, haciendo
posible su ojo de radio y con él una inspección continuada del cielo, en busca de una
réplica cacofónica del impulso electromagnético. Mantiene una vigilia que ha proseguido
durante eones sin máquinas, sin ordenadores, sin el ejército de siervos sin mente que el
hombre ha fabricado como ayuda. Aquí, estas criaturas han puesto riendas al obrar
laborioso del planeta mismo, todo para sobrevivir, todo para gritar una nota quejumbrosa
al firmamento inmóvil y silencioso.
Nigel se aparta de ellos sigilosamente, demorándose para ver a las solemnes figuras
que cantan en coro, bañadas por las hogueras brillantes, chispeantes, de eléctrica
opulencia que arde a través de la tiniebla polvorienta, como cohetes que se esfuerzan por
despegar mientras tres o más hilvanan siempre una sílaba que será lanzada a la noche.
Nigel sonríe, comprende que ha llegado por fin la hora de responder.
8
Ted Landon estaba dirigiendo la reunión hacia una conclusión ambigua. Nigel le
observaba, reflexionando. Ted citaba informes de los equipos de exploración, del
reconocimiento planetario, de la subsección en Ra y de los sistemas de a bordo. Una
pantalla mural plana mostró las alternativas; Ted examinó las misiones sugeridas,
asignando a cada una factores estudiados de ganancias contra riesgos. Cada vez que un
líder de sección se perdía en los detalles, o cambiaba de tema, Ted le hacía volver a la
cuestión. Las cadencias de staccato por las que se disciplinaba venían de su sistema
nervioso.
—Bueno, la gran barrida que intentamos hace dos días, siguiendo los descubrimientos
Walmsley-Daffler, no parece haber dado frutos. ¿Estoy en lo cierto?
Hubo cejas enarcadas y miradas inquisitivas en torno a la mesa. Después
asentimientos. Nigel asintió, también, pues en verdad los hombres y mujeres desplegados
sobre aquella zona volcánica no habían averiguado nada más de importancia. Las
“aldeas” EM eran simples refugios y poco más. Algunas de las cuevas contenían
montones de rocas diestramente trabajadas; otras estaban vacías, únicamente tenían
nichos repletos de deyecciones de los EM, para delimitar su uso. En unas cuantas, había
elaborados diseños rascados en las paredes y rellenos de tiras de materia
superconductora. Para los EM éstas podían ser arte; con igual facilidad, las complejas
espirales y líneas dentadas podían ser historia, literatura o simples graffiti.
Ted pasó tranquilamente a otras misiones en la superficie de Isis. Estaban describiendo
el contorno de una ecología compleja, pero aún quedaban grandes lagunas por resolver.
¿Qué ocurrió a las antiguas ciudades EM? ¿Por qué no había ningún otro sistema
nervioso del tipo semiconductor en la ecología de Isis?
—Todo es muy interesante —comentó Ted atemperadamente—. Aunque, para muchos
de nosotros —su mirada recorrió la longitud de la mesa— el enigma pendiente son los
dos satélites. ¿Cómo llegaron hasta allí? ¿Son todo lo que queda de la tecnología EM?
¿Por qué…?
—Mira —le interrumpió Nigel—, está claro a donde quieres ir a parar. Deseas hacer
una visita.
—Bueno, de nuevo te estás adelantando, Nigel, pero sí.
—Eso es demasiado peligroso.
—Son antiguos, Nigel. La espectrofotometría muestra los componentes artificiales de
esos satélites. Los metales, en cualquier caso, fueron fundidos y moldeados hace mucho
más de un millón de años.
—Viejo no significa muerto.
—Nigel, sé lo que estás dejando entrever. —Ted sonrió con simpatía y sus modales se
volvieron más suaves. Nigel se preguntó hasta qué punto era una respuesta controlada—.
Deseas un primer contacto. Los EM todavía no saben que estamos aquí. Si tus argucias
han funcionado adecuadamente, estoy convencido de que la idea del manto ha
funcionado, Bob, y quiero dejarlo así. Nuestras directrices, como estoy seguro de que no
necesito recordar a nadie aquí, son permanecer invisibles hasta que comprendamos
plenamente la situación.
—Meridianamente claro —repuso Bob, lacónico.
—Hasta que cuestionas la definición de “comprender plenamente”, quizá sí —replicó
Nigel—. Pero hemos visto a los EM. Ya han intentado captar nuestra atención. Y no
sabemos ni una pizca sobre los satélites.
Ted entrelazó los dedos y volvió las palmas hacia arriba. Era un ademán difuso que
Nigel interpretó como, ¿Qué intentas decir?, con un asomo de irritación, un signo que
todos los que estaban a la mesa entenderían, mientras que simultáneamente Ted decía
con calma, sin el menor timbre de irritación en la voz:
—Seguramente un artefacto bien conservado nos revelará más sobre el período
cumbre de esta civilización…
—Si proviene de aquí, sí.
Ted ensanchó los ojos teatralmente.
—¿Crees que el Snark procede de aquí? ¿O el naufragio de Marginis?
—Claro que no. Pero, en ausencia de conocimientos…
—Es por esa ausencia precisamente que estimo, como la mayoría de los reunidos, que
deberíamos mantener la distancia con los EM durante un tiempo. —Los líderes de sección
que estaban alrededor de la mesa, convinieron con asentimientos silenciosos.
—Ni remotamente son tan potencialmente peligrosos para esta misión —repuso
Nigel—. Y son formas de vida nativas. Tenemos cosas en común, debemos tenerlas.
Cualquier oportunidad para nuestra especie de vida de comunicarnos…
—¿Nuestra especie?
—Las civilizaciones de la máquina están ahí afuera en alguna parte también.
—¡Humm! —Ted fingió considerar la cuestión—. ¿Cuan preponderante crees que es la
vida, Nigel?
Era un asunto peliagudo. Isis constituía la única fuente de transmisiones artificiales que
los astrónomos habían hallado en más de medio siglo de prestar oído a cada parte
concebible del espectro electromagnético. Nigel hizo una pausa momentánea y después
dijo:
—Razonablemente.
—¿Oh? ¿Por qué el silencio radiofónico, entonces? A excepción de Isis.
—¿Has estado alguna vez en una fiesta donde la persona que está insegura de sí
misma no deja de parlotear? ¿Y todos los demás guardan silencio?
Ted sonrió.
—El Señor me proteja de las analogías. La galaxia no es una fiesta.
Nigel sonrió, asimismo. No tenía modo alguno de revocar la decisión aquí, pero podía
hacer acto de presencia.
—Probablemente. Aunque tampoco es una casa abierta.
—Bueno, vamos a llamar a una puerta, a ver qué pasa —replicó Ted.
Nigel encontró a Nikka y a Carlotta cocinando un guiso elaborado en el apartamento.
Estaban sazonando con pimienta tajadas de carne blanca y envolviéndolas en aceites
aromatizados. Había varios condimentos y cada mujer trabajaba con solemnidad,
hábilmente, provocando la miríada de pequeñas decisiones, de una frase aquí, o de una
prolongada deliberación allá, tejiendo todo un lazo que él conocía bien. No era el
momento adecuado de inmiscuirse.
Se presentó voluntario para cortar verduras. Desfogó su acaloramiento con las
cebollas, las zanahorias y los brécoles, y se tomó una taza de café. La primera fruta de la
“estación” había llegado, por lo que hizo una ensalada, siguiendo las instrucciones de
Carlotta, elaborando un ligero y especiado aceite de sésamo para ella. Los primeros
cítricos habían madurado el día anterior, acogidos con un pequeño ritual. El Amor por las
Tres Naranjas, de Prokofiev, había acariciado a la multitud que lo presenció, reverberando
en la caverna. Alguien había echado sal a las nubes que se formaban sobre el eje, por lo
que unos gallardetes escarlatas y jades orillaron fantasmagóricas líneas rectas en lo alto,
por la columna de la nave. Finalmente, dijo él, en una tregua:
—Acabo de oír las noticias.
—¡Oh! —exclamó Nikka, comprendiendo.
—¿Por qué no me cuentas que te has presentado voluntario para la misión satélite?
—¿Voluntario? No lo hice. Estoy en la lista de tareas rotativas.
—Pensaron que era mejor para la moral —intercaló Carlotta— que dejáramos que el
programa de optimización personal eligiera a los componentes de la misión. Más justo,
también.
—¡Oh, sí!, debemos ser justos, ¿no? Una idea fabulosamente estúpida —repuso él.
—Todo el mundo se está muriendo por salir de la nave —dijo Carlotta.
—Bien puede resultar que sea precisamente esto lo que ocurra —observó él
amargamente. Nikka dijo:
—Pensé que era mejor dejar simplemente que las noticias salieran a colación como de
costumbre. Estuve a punto de contártelo antes…
—Bien, pues, estoy a punto de darte las gracias.
—¡Es mi oportunidad de hacer algo!
—No quiero que te arriesgues. Nikka repuso retadoramente:
—Yo me acojo a mis oportunidades, al igual que haces tú.
—Estarás en el equipo servoasistido, según dice el manifiesto.
—Sí. Operando los detectores móviles.
—¿Cuan cerca del satélite?
—A unos kilómetros.
—No me gusta. Ted está yendo adelante con esto sin meditarlo.
Carlotta soltó una escobilla batidora y dijo:
—No puedes gobernar la vida de Nikka. Él la miró firmemente.
—Y tú no puedes esperar que no me preocupe.
—¡Madre! ¿Realmente quieres discutir por esto? —inquirió Carlotta.
—La diplomacia parece haberse desmoronado. Nikka dijo tranquilamente:
—La misión está planificada, hay apoyos, cada contingencia…
—Somos unos malditos ignorantes. Demasiado ignorantes.
—El satélite rocoso parece tener la misma antigüedad que los últimos cráteres mayores
de Isis, ¿correcto? —preguntó Nikka con un tono ligero, para suavizar la cuestión.
—¿Y bien?
—Es evidente que representan los últimos artefactos de la tecnología EM. Los dos
satélites, los superconductores de la aldea… eso es todo lo que queda.
—Es posible —musitó Nigel—. Posible. Pero, para comprender Isis hemos de ir con
cuidado, empezar dando palos de…
—Estamos dando palos, eso por descontado —adujo Carlotta.
—No quiero que arriesgues tu vida por una suposición.
El rostro de Carlotta se ensombreció.
—Dios, llevas las cosas demasiado lejos. ¿Realmente vas a impedirle a Nikka hacer la
labor para la que nació?
Nigel abrió la boca para decir: Mira, esto es algo privado entre nosotros dos, pero vio a
donde conducía eso.
—Puede que seas un condenado monumento viviente —dijo Carlotta—, pero no
puedes dominar mediante la autoridad. No con nosotras.
Nigel parpadeó, pensó: Tiene razón. Es tan fácil caer en esa trampa y…
…Súbitamente vio cómo era la cosa para Nikka, con su mente a la deriva,
desasosegada, cuajada de recuerdos, yendo hacia él ahora con las manos todavía
húmedas de cocinar, la expresión resuelta en la cara, el firme empuje en el estómago,
una tirantez lograda gracias a horas interminables de ejercicios, de mantener la
maquinaria preparada para poder salir aún. Las manos extendidas lisas y ajadas por la
edad, con manchas parduzcas, cubrieron el espacio que había entre ellos…
—No puedes preservarme entre algodones —dijo ella.
—A ninguna de nosotras, ¡maldita sea! —agregó Carlotta.
Para él, el rostro de Nikka refulgía de recuerdos asociados, brillaba en la estrecha
cocina con emoción receptiva.
—Yo… supongo que tienes razón.
…Era de nuevo el 2014. Él vuelve a casa en el cálido atardecer de Pasadena,
traqueteando en un escúter. Abre la cerradura y golpea la gran puerta de roble para
anunciarse, sube luego por la escalinata. La llama al llegar a la blanca sala de estar. Algo
chirría levemente en sus oídos. Sus pasos resuenan en las baldosas mexicanas marrones
cuando se encamina a la intersección arqueada de cocina y cenador.
Un zapato claveteado de mujer yace sobre la baldosa. Un zapato. Directamente debajo
del arco del dormitorio. Da un paso adelante y el pitido en sus oídos aumenta. Al
dormitorio. Mira a la izquierda. Alexandria yace inmóvil, boca abajo. Las manos
extendidas, crispadas. En los brazos una repulsiva hinchazón roja, donde la enfermedad
la está corroyendo y no dejará de corroer…
Lo supo entonces, la vio caer en la nada. La ambulancia que chillaba a través de las
nieblas nocturnas, el hospital antiséptico, las cosas terribles que le hicieron después…,
todo eso era una coda a la vida sinfónica que ambos habían compartido, que habían
intentado tener igualmente con Shirley, empero el problema a tres cuerpos había
permanecido insoluble para siempre…
Vio abruptamente que el miedo de perder a Alexandria se había convertido ahora en
parte de él. Nunca se había recobrado. Con la edad, el miedo al cambio penetraba en su
interior y se mezclaba con la pérdida de ella. Nikka llevaba ya más tiempo con él del que
estuvo con Alexandria, y un mero indicio de peligro para ella…
Nigel sacudió la cabeza, dejando que las viejas aunque todavía diáfanas imágenes se
difuminaran.
—¿Estás de vuelta con nosotras? —preguntó Carlotta.
—Eso espero —respondió él trastornado. Nikka le estudiaba. Despacio, la comprensión
afloraba a su rostro. Él dijo:
—Estas cosas requieren un poco de tiempo. Carlotta repuso:
—No dejaré que la avasalles. —Rodeó a Nikka protectoramente con los brazos.
—¿Por qué esta conversación no deja de recordarme a las Naciones Unidas?
—Bueno, es cierto. Nikka dijo a Carlotta:
—Sin embargo, cada uno tenemos algo de poder sobre el otro.
—No de esa clase.
—De todas las clases —alegó Nigel—. Los muslos se abren ante mí como el Mar Rojo.
La cuestión es, ¿cuáles son los límites?
—Si no te hago frente, la arrollarás —dijo Carlotta.
Nikka repuso contemporizadoramente:
—Eso depende de las circunstancias. Nigel sonrió.
—No soy del tipo ambivalente. “¿Siempre trata de ver el asunto por ambos lados, señor
Walmsley?” “Bueno, sí y no”. No es mi estilo.
—Bueno, más te vale hacerlo…
—¡Oh, vamos! Callaos los dos. La crisis ha pasado —dijo Nikka.
—¿Un poco de Mar Rojo más tarde? —preguntó Nigel.
—Negociaremos en el desierto.
9
El equipo de la misión se desplegó cuidadosamente en torno al satélite A. Un tercio
permaneció a cuarenta klick de distancia, con el material pesado y los fardos de
comunicaciones. Otro tercio exploró la superficie. No hallaron nada especial, verificaron la
datación de Fraser y el escrutinio de cráteres, y reconocieron los orificios de entrada. El
último tercio montó las máquinas de reconocimiento, examinó las oscuras aberturas en
busca de sensores y líneas conmutadoras y, finalmente, resolvieron que todo estaba en
orden. Ningún murmullo de vida electromagnética salía de los orificios, nada respondió a
sus rudimentarios sondeos.
Las máquinas entraron, prudentes y silenciosas. Estaban bloqueados por un pasaje
sellado a treinta y tres metros en el interior de la cresta rocosa.
Los robots quedaron constreñidos en el pasaje cuando se estrechó y no pudieron
encontrar nada para abrir el sello. Dos mujeres se internaron para comprobar la situación.
Ajustaron monitores al negro sello de cerámica y prestaron atención a indicios
acústicos que pudieran revelar un cierre.
La cuadrilla que se hallaba junto al borde del orificio de entrada estaba escuchando a
las dos mujeres discutir cuestiones.
Sintieron una leve percusión. Al mismo instante las dos mujeres dejaron de hablar, para
siempre.
Algo azul y blanco como el hielo salió del agujero oscuro. Un análisis escalonado en
milisegundos de la lectura del vídeo mostró únicamente esta bruma blanquiazul, y luego
—próximo encuadre— los inicios de una explosión anaranjada entre las tres figuras
humanas que estaban más cerca del orificio. En dos encuadres más el naranja abrasador
había alcanzado las lentes del vídeo mismo y cesó la transmisión.
El naranja se movía como un líquido, despejando la superficie del satélite en siete
milisegundos. Una lengua anaranjada se desprendió de la superficie, en el punto más
próximo al equipo de la misión en órbita. Se proyectó dieciocho klicks y después se
trasladó, enroscando largas fibras, durante veintidós milisegundos. Para entonces la
cuadrilla de la misión había registrado sólo un borrón de movimiento en sus monitores.
Dos tercios de la dotación, todos los que estaban en el satélite, habían muerto.
Las fibras naranjas se retorcieron, se ovillaron, y todas menos una se retrajeron para
disiparse finalmente. Una creció, se extendió y asestó al aparato de la misión un golpe
debilitado.
El plasma a alta temperatura cegó los sensores y perforó las pieles de acero.
Un gigavatio de muerte restallante, enmarañada, explotó sobre las naves de
extremidades arácnidas.
Murieron más.
Lo anaranjado se contrajo, se consumió, oscureció y deshizo. En cuarenta y dos
milisegundos, quedó reducido a un candente fulgor blanco en el orificio de entrada. La
roca del satélite era ahora de un marrón bruñido. En una fracción de segundo ulterior,
toda la actividad electromagnética del satélite cesó. Los doce miembros de la dotación
restante todavía no habían tenido tiempo de girar la cabeza, para ver lo que había
aparecido y desaparecido.
—Jesucristo, ¿has…?
—Está sobrecargado, no puedo ver nada salvo eyecciones… se han esfumado, he
dicho que no hay rastro por ninguna…
—No, están esas escorias, las detecto ahora en el IR pero…
—Qué espanto, todos están deshechos, todos los módulos en órbita, como guisantes
aplastados.
—El campamento está desparramado por toda la superficie como si algo lo hubiese
chafado. Maldita sea, lanzad el dos ahora, nos impulsaremos y seguiremos…
—…la gente en órbita. No puedo ver mucho, pero olvídate de los demás, los
supervivientes sólo van a estar en los módulos y no muy incólumes tampoco, apostaría…
—Sylvano, no recibo nada de los trajes del A14 al A36 inclusive, ¿tienes
sobreimpresión de eso?
—¿Estamos a salvo? ¿A salvo? Maldita sea, no lo sé, estamos a doscientos mil klicks
de distancia, quizás. Ésa es una distancia suficiente, pero ¿de qué más dispone el
satélite? Respóndeme a eso y te diré…
—Nunca garanticé sellos dE presión contra lo que quiera que fuese eso naranja.
Demonios, Stein, llegué a medir tres kiloTorr en un par de milisegundos en un mamparo
interior, luego toda la instrumentación se jodió y probablemente los aplastó. Estoy
enviando las curvas ahora, ¿qué has hecho de ése…? No, todas sus antenas están
destrozadas, no alcanzo a ver tanto. Es por eso que no podemos obtener…
—Al 4, A14, por favor, respondan.
—Mierda, no puedo captar nada en este alcance. Ningún disco…
—Se están desplomando, en cualquier caso. No puedo apuntar la antena rifle de a
bordo hada nosotros. Aunque mira, Nigel, te aseguro que no hay modo de poder descubrir
eso, así que sal de mi banda y déjame…
—Míralo ahí en el IR, todo el costado del módulo A está calcinado, al parecer. Mira
justo ahí cuando da la vuelta a la luz. Es como castaño y…
—Aquí Alex. Mira, he comprobado esas longitudes de onda de los trajes y sí, puedo
sintonizar el disco grande para eso. Funcionamos en esa banda si empujamos los lóbulos
para adentro un poco. Pero puedes estar seguro de que el contacto ordinario está
desactivado. Ya sabes que estoy a la espera en emergencia, por lo…
—…por supuesto que está desactivado, cretino, sus antenas han desaparecido. Si
queda algún elemento electrónico operando en sus trajes estarán emitiendo una señal de
alarma con sólo el jodido cableado del traje y el único modo de recibirla, Alex, a este
alcance, es a través de ti…
—Sí. Reynolds se está moviendo tan rápido como puede. Yo diría que ETA está a
cuatro horas más. Despacio, pues…
—Sí, menudo aspecto tengo, lo sé, y menuda es la que le voy a dar al cabrón de Ted…
—Mira, he conseguido… ¡Eh!, aguanta un minuto, Nigel, un minuto. He conseguido
mediante Nichols el traje ID y estoy al habla; tengo la lectura ya, puedes dejarlo. Mira, ahí
es donde lo estamos obteniendo. 2,16 gigakertzios, correcto. Sí, espero que esto sea
correcto. Sí, hay líneas aquí, tres, cuatro, cuento ocho. Las estoy intensificando un poco
ahora, puedo captar los ID, tal vez directamente desde la cara del telescopio. Oye, espera
un segundo…
—Nikka es el A27, Alex, eso es a 2,39 gigahertzios.
—¿Has dicho a 2,39? Sí, Nigel, recibo ése y el 2,41 al lado. Están en alarma, sólo el
2,43 está apagado.
—…y el 2,45 también.
—¿Cuánto tiempo crees…?
—Ted, estamos ya en impulsión, y eso está condenadamente bien dadas las
condiciones me parece, considerando…
—Quiero cerciorarme de que no te vas a meter en lo que quiera que les haya sucedido,
por tanto tendrás que hacer una aproximación lenta, nada demasiado…
—Vale, llevándonos allá en 2,68 horas, he elaborado una trayectoria con Ra a nuestras
espaldas que puede ser de alguna ayuda…
—Reduce nuestra visibilidad, pero tendremos que maniobrar para alcanzar toda esa
escoria, se está expandiendo rápido…
—Alex dice que ya no es necesario. Hay seis, no ocho, trajes respondiendo a nuestro
interrogatorio médico retransmitido, y están en dos cápsulas…
—¡Jesús!, ocho de, ¿cuántos eran? ¿Treinta y seis?
—Sí, es por eso que quiero extrema precaución. Aunque, sabe Dios que con ese
tiempo de respuesta las cuadrillas no pudieron haber hecho nada aun cuando hubieran
estado armados. Sin advertencia, alguna ellos…
—A Nigel. ¡Oh!, Zak, ¿puedes buscarme a Nigel? Suena como… he dicho que soy
Alex… suena como un manicomio la Central, ¿puedes…?
—Mantenía. ¡Oh! Vale, aquí…
—Envía esas coordenadas a Reynolds pronto. Quiero…
—Nigel, me alegro de encontrarte. Mira, he estado monitorizando…
—No, no hay nada del satélite, ninguna interferencia. Por tanto eso no puede estar
causándolo.
—Alex. Alex, soy Nigel. He realizado una verificación cruzada y no hay ninguna otra
explicación. ¿Cuánto tiempo falta para que el equipo de rescate…?
—Una hora y veintisiete minutos más. Central dice…
—Diablos, ¿no pueden…?
—Lo siento, yo… Mira, acabamos de perder uno de los trajes, pensé que lo sabrías,
llamaba porque es el 2,39 gigahertzios, uno, Nigel. Se ha desvanecido.
La blanca piel horneada estaba muerta y reseca, desprovista de color. Nigel alargó la
mano y la palpó a modo de prueba. Se sentía anonadado y confuso, el residuo de muchas
horas.
Ella tenía el párpado derecho cerrado. El izquierdo había sido presa de las llamas. El
lado izquierdo del rostro aparecía cerúleo y endurecido. A la esmaltada luz impersonal y
fosforescente, él recorrió con dedo trémulo las familiares líneas, las atezadas depresiones
y cañones, y se maravilló de que los pliegues fluyeran suavemente en la nueva carne que
se iba afirmando sin rastro alguno de transición.
—Volverán a… colocar… el párpado dentro de una hora… han dicho —musitó Nikka. La
brillante piel estaba atirantada aún y tenía los labios hinchados, purpúreos. No podía
articular bien.
—Calla.
—Sigo sin… recibir órdenes… Nigel.
Él la miraba, incapaz de pensar en algo que decir.
—Tú… tenías razón.
—No. Simplemente era precavido.
El esplendente montaje médico amarillo continuaba hurgándole el lado izquierdo,
demorándose para fabricar más piel y volviendo a hurgar después, paciente y con aspecto
perruno.
—-Cuando mi traje intervino y… cerró la circulación… de mi brazo izquierdo creí…
—Lo sé.
—Todavía no entiendo… cómo…
—Te congeló aventando gases en las lumbreras apropiadas. Ingenioso. Era la única
salida.
—No… no creía que los trajes pudieran…
—No pueden, no sin un procesador conmutado a un buen programa de control
metabólico. Cuando tu traje dejó de emitir, calculamos que probablemente estaba
intentando conservar su energía, usar sus reservas en medicina interna. Por ello, Alex
enfocó el disco grande para transmitir, y yo activé los programas necesarios. Alex
incrementó su nivel energético y se las arregló para anular tu traje. Lo interrogó, hizo que
renunciara al control y delegara en nosotros. Los programas de la nave explicaron a la
pequeña mente confusa de tu traje cómo aislarte, cómo situarte en el quemador posterior.
—Haces que suene… muy… liviano. Su fachada de visita a pacientes se esfumó en un
instante.
—Siempre has sido un… actor malísimo.
—Sí. Espantoso. —Debería haber contado con que no podría mantener apartadas de
su cara la tensión y la fatiga.
—Estaba convencida de que me moría allí, Nigel.
—Yo también.
—Deseaba llamarte…
—Lo sé. —No había nada que decir, por lo que le tomó la mano derecha. Tenía una
textura suave, consumida y poco consistente. Contempló su rostro en tanto que pasajeras
tormentas de emoción lo cruzaban silenciosamente, delatadas por ligeros cambios de
expresión en la carne hinchada, descolorida, moteada.
Por una ventanita podía ver a los demás supervivientes que yacían sobre losas
blancas, donde eran operados por grupos de figuras con bata. Estaban siendo preparados
para las Cámaras de Retardo, sus lesiones eran demasiado exhaustivas para la
capacidad del Lancer. Serían almacenados en una nada silente, onírica, hasta el regreso
a la Tierra.
—¿Ha… ha salido algo más de ese…?
—No. Parece muerto como siempre. El otro satélite no muestra ningún signo de
actividad, tampoco. Misterioso.
Ella le estudió.
—Poco convincente.
—¿Hum?
—Estás atando cabos… ¿no?
—Lo intento, sí.
—No crees que los EM… situaran esas… cosas…
—No. Pero sólo tengo intuiciones. Nunca debía haber consentido que la maldita cretina
de Carlotta…
—Lo… sé. —Ella le apretó la mano y esbozó una sonrisa—. Ambas… Carlotta y yo…
reaccionamos… ante algo… no sé cómo lo expresas tú… así…
—Nada diplomático.
—Directo, al menos. —Ella fijó los ojos oscuros en el techo refulgente. El montaje
médico alteró la inclinación en su constante labor y ella se rebulló, incómoda—. Tú… tú no
eres el mismo ahora, Nigel. Tú… siempre percibí un equilibrio… en ti. Ahora…
—Sí. —La miró y se acordó de las largas noches juntos, cuando se encontraron por
vez primera, tendidos en una angosta litera enterrada en la Luna. Nikka paciente y
analítica, mientras que él machacaba, furioso y con los ojos enrojecidos, fustigando lo que
parecía ser el problema y sin acertar a ver en él lo que representaba. El cariz que su vida
tomó le llevó por extraños derroteros, continuó moldeándolo y remoldeándolo. En aquella
época remota no había habido ningún equilibrio, ni siquiera un equilibrio dinámico como el
caminar, consistente en un proceso de dejarse caer adelante y volver a afianzarse justo a
tiempo. Ni siquiera eso era posible cuando el mundo se mostraba a sí mismo como un
acertijo y se alambicaba, manifestando su aspecto más escurridizo, que era sólo una cara
más, una cara a la que había que dar respuesta, que le amasaba y moldeaba como parte
del acertijo mismo, oprimiendo…
—Vas a salir de nuevo… ¿verdad? Así pues, ella lo había percibido.
—No a los satélites, no.
—A la superficie. —Ella frunció el ceño. La materia pastosa que habían utilizado para
fijar su cabello se arrugó y una pequeña burbuja estalló en su superficie, dejando un
cráter gris abierto que se llenó rápidamente—. ¿En persona? ¿O en servo?
—Servo para mí. Resulto ser una tediosa ruina demasiado precaria para que me
consientan en la superficie. He de resultar un adulador, en realidad. Daffler tiene que
hacer los sondeos… es un tipo imperturbable.
—Al menos deberían… dejarte poner pie…
—Imposible, me temo. Pero Ted está accediendo finalmente a un contacto directo, así
que eso hemos ganado. Es lo único bueno que va a salir de esta farsa del satélite. —Los
ojos de Nigel danzaron anticipándose—. Además, he conseguido permiso para que
Daffler haga los sondeos en persona. Con un mínimo de traje.
—¿Porqué?
—Para que los EM puedan ver que es una criatura viva. No otra condenada máquina.
—No lo comprendo. ¿Por qué no enviarles una señal meticulosamente codificada?
—Ésa puede ser una proposición algo aventurada, realmente. Ted y sus teóricos
resaltaron un interesante argumento en contra. El equipo de superficie en el satélite A
halló una trama de materia metálica, radiosensitiva, por toda la roca, tejida dentro de ella
de alguna forma. Parece extraordinariamente sensitiva. Puede resolver y monitorizar las
transmisiones EM fácilmente.
—Y las nuestras.
—Bastante. Pero no nos ha molestado, no hasta que hicimos algo fuera de lo común.
Aparentemente nuestras señales, viniendo desde la órbita más al exterior, no la molestan.
Es…
—Un vigilante. Las transmisiones de ese cántico lento de los EM… están bien. Como
las nuestras, puesto que están viniendo desde lejos. —Ella frunció el ceño.
—Sí, Vigilante… no es un mal nombre. La cuestión es, ¿qué ocurre si empezamos a
devolver la señal salutatoria de los EM, ese viejo espectáculo de radio? ¿Cómo
reaccionarán los Vigilantes?
—Así que el grupo estratégico de Ted cree… que deberíamos saludar a los EM desde
la superficie. Donde no parezca… inusual.
—Ésa es la teoría.
—¿Qué crees tú?
Nigel se encogió de hombros.
—Esas cosas son enormemente peligrosas. Es mejor ser cuidadosos.
—Si sólo… supiéramos más sobre ellas…
—¡Ah!, pero lo sabemos. Algo, en cualquier caso. El equipo de superficie transmitió un
análisis espectral de la roca. Fue fundida en algún proceso de alta temperatura, hace
aproximadamente 1,17 millones de años.
—¡Hum! Cuadra con la estimación de la duración de sus órbitas.
—Sí. Pero son unos doscientos mil años más antiguas que el límite máximo de su
duración orbital.
Los párpados de ella aletearon; la estaba embargando el sopor, se relajaban en su
rostro los nudos de la tensión. Nigel mismo sintió una oleada de regocijo, una convicción
de que para ella la crisis había pasado.
—Ya… veo. Interesante… pero…
—Exactamente. ¿Dónde estuvieron los Vigilantes durante esos doscientos mil años
que sobran?
Nigel estaba ayudando a enfriar un compartimiento de invernadero cuando Carlotta le
encontró. Él contemplaba un retazo de paisaje invernal según el aire forzaba un ciclo
rápido.
La condensación de la mera humedad, meditó, era una fuente infinita de belleza. La
primera escarcha formaba sus bosquejos en los vidrios de la estación de observación.
Ovilladas hojas aplaudían el viento invernal. Vino el otoño, produciendo hielo como la
mejor porcelana china.
—He metido la pata —dijo Carlotta. Él la miró y se encogió de hombros—. Tu
autoservicio ha sido revocado. Creí que tenía todos los programas administrativos
bloqueados, pero…
—¡Ah, bueno! Díscolo de mí, en cualquier caso, queriendo escurrirme de debajo del
microscopio. Ella le rodeó con el brazo.
—¿Crees que te excluirán del trabajo de servos?
—Depende de mi próximo chequeo. —Se restregó las manos, escrutando los
nudillos—. Las articulaciones han estado protestando últimamente.
—No, mantendrán en la brecha al Gran Vejestorio.
—El Gran Velatorio suena mejor. En las reuniones del personal no dejo de perorar
sobre el Snark y Marginis y civilizaciones de la máquina en la galaxia. Historias todas muy
inverificables, insustanciales. Yo…
—Se rehizo, dejó de frotarse las manos, y se enderezó.
—Nigel, pareces cansado.
—Una ilusión óptica. Observa, déjame lanzar algo de ese tonelaje de Gran Monigote y
te conseguiré gente de más. Creo conocer la palanca precisa que hay que utilizar.
—Escucha, lamento haberlo estropeado.
—Carlotta, aquello no fue una simple conversación banal. Nunca pensé que me saldría
con la mía mucho tiempo, de todas formas.
—Si yo hubiera tenido en cuenta esa opción reparadora. Yo… —Se apoyó contra un
mamparo—. ¡Madre de Dios!
—Eres tú quien necesita ayuda. Trabajo extra para la misión. El apuro de Nikka… Te
conseguiré un turno libre.
—No, de veras, yo… —Le tocó a él rodearla con un brazo.
—Es absurdo. Servirá para alguna otra cosa, para empezar. Justo lo que hace falta
para captar la atención de Ted. Un toque de influencia especial disuasoria, del modo en
que lo haría un Gran Intrigante.
—¡Hum! —murmuró ella cansinamente. ¿Y bien?
—Me hará parecer un poco más activo, avivando la política de la nave y demás.
—¡Oh! Escucha, creo que, de cualquier forma, el montaje médico no te va a requerir
hasta después de esta misión de superficie.
—Excelente. ¿Hay alguna posibilidad de retomar esa, ¡ah!, “opción reparadora” en el
futuro? Ella frunció el ceño.
—Bueno, si yo… hum, tal vez.
—Excelente. Puedo necesitarla más adelante. ¿Puedes hacer que parezca que nunca
hemos intentado este ardid?
—Si me muevo deprisa… ¡Eh! ¿Imaginas que puedes volver a necesitarlo?
—Podría ser —dijo él despreocupadamente.
10
Nigel camina inquieto por la cumbre de la colina. Se le ha dicho que se mantenga en su
puesto, que mantenga esta posición. El primer intento de contacto debe ser orquestado
con cautela y cada persona cubrirá un trecho de este largo valle en declive. Pero, a pesar
de ello, él ha sido quien ha apremiado, tranquilo y persistente, a Bob Millard y a Ray
Landon hacia esta tentativa, y estima que debería intentarlo él mismo. Tiene una intuición
sobre estas criaturas.
Ahora el momento se aproxima y está en un punto fijo, listo para flanquear el enjambre
convergente de EM y para reforzar los movimientos de Daffler, atento a las voces según
detallan las actividades de los EM. Espera junto con los demás.
A la primera oportunidad que consiga, me quedo fuera, le había dicho a Nikka esta
mañana, medio en broma, mas los años trabajando en equipo han limado algo su oblicuo
escepticismo, y así recorre con resonar metálico la cresta de la colina, escuchando,
servoasistido en su caparazón, que arroja una sombra como de insecto en la pared
cercana de un valle de un gris pizarra. Una bruma pasajera ha despejado el aire de polvo
sulfuroso. Nigel acierta a oír a los animalillos reviviendo cuando el polvo que absorbe el
oxígeno se convierte en barro. Las altas nubes dejan un claro al aleteo fluctuante de la luz
directa de Ra, dando a la Tierra un fulgor de agria podredumbre.
—Estoy abandonando la cobertura —la voz viene de Daffler—. Hay un grupo de ellos
que dirige los ojos bada arriba. Creo que van a empezar a emitir.
La voz gangosa de Bob Millard replica:
—La Tierra acaba de alzarse por encima de esa colina grande. ¿Te parece que los EM
han recargado?
—Lo garantizo —dijo Nigel—. Han estado junto al volcán en aquella cresta de allí
arriba.
Pasando hacia atrás las posiciones radiales de los EM, incluyendo los hechos de sus
pautas cazadoras, los exobiólogos habían extraído sentido de las sistemáticas correrías
de los EM fuera de sus toscas “aldeas”: excursiones a por caza en las llanuras, a por
agua en las corrientes fangosas, a por los matorrales y líquenes que lograban arrancar del
suelo, pero, lo más importante, a por las elevaciones de corriente que se daban con las
irregulares emanaciones volcánicas. Usaban todas las fuentes en una constante busca de
masa corporal y de energía. Cuando llegaba el polvo, restando oxígeno al aire,
únicamente ellos tenían energía eléctrica almacenada para proseguir, para continuar la
caza de animales, ahora cada vez más torpes. El resto de la ecología de Isis era
puramente orgánica, sin el sistema nervioso semiconductor. Un EM radiaba un haz
focalizado a su presa, y después escuchaba la emisión dispersa lateralmente,
aguardando el ligero desplazamiento en la resonancia de absorción que indicaba un
blanco. Entonces encendía sus condensadores plenamente y abrasaba a la presa antes
de que ésta pudiera sentir el calentamiento de sus tejidos.
—He detectado a uno —dice Bob—. Cuidado, ahora. Están levantando una tormenta
de cánticos.
Nigel escucha atentamente las capas cromáticas según se insertan en las gradas de su
pantalla de radio. Las pausas entre los veloces pitidos ruidosos se reducen, modulando
una onda de motivos en contrapunto, un tiempo aglutinado que anula el bramar de las
voces, trae una premura percusiva creciente.
Los EM están inclinados hacia atrás, puede verlos ahora, al descender la ladera de la
colina. Miran a lo alto y cantan en gran armonía, lanzando una llamada como han estado
haciendo durante años con una paciente necesidad de que algo atraviese los chasquidos
extrañamente espaciados y las largas notas tintineantes. Con las cabezas de par en par,
las piernas se mueven, se asientan en posición. Una señal ha recorrido el valle. A la luz
ambarina, Nigel ve a otros EM detenerse e inclinarse y girar, aprestándose todos para la
enaltecedora canción que les une. Nigel avanza, los cuenta, deseando estar más cerca de
Daffler cuando emita la pauta de respuesta que han convenido.
Hay cientos de EM en el valle ahora. Salen de sus cuevas para buscar, para cazar,
para cantar en el fino aire diáfano.
Si Isis posee una voz, ésta es el viento. Nigel oye su discordancia estridente, soplando
por su caparazón, y el sonido hueco parece amalgamarse con el batiburrillo de
pulsaciones radiales hasta que Nigel capta una resonancia entre ellos, un tenue indicio de
la naturaleza EM cuando se fusionan frases en contrapunto, intersecciones oblicuas de
ritmo que vienen y van, atronan a través de las ondas reiterativas, sinfónicas, medidas,
aunque sumiéndose en progresión…
—Se desplazan abajo, a mi derecha.
…Y el trance se quiebra. Nigel lo siente escurrirse de sus manos, un rastro de una
adicción que ha empezado a vislumbrar, se desmorona. Aparentemente los EM no
pueden oír el fluir de los vientos de este lugar. En cualquier caso, eso afirman los
biomecánicos, por lo que la comparación es probablemente fútil. Nigel se encoge de
hombros. Es difícil asimilar el sentido de una palabra cuando necesariamente está
dividida en pormenores, los hechos se acumulan hasta que, como una pintura
impresionista hecha pincelada a pincelada, emerge la imagen de una vida enmarañada y
triunfante, pues era una victoria vivir en esta esfera trabada en silenciosa pugna contra el
motor calórico de Ra. Habían descubierto que la biosfera está imbricada de maneras
sutiles: el porcentaje de carbón que se aposenta en las tierras húmedas, en los lodazales
de las placas continentales, es precisamente el requerido para regular la concentración de
oxígeno; el nitrógeno sirve para aumentar la presión hasta el útil grado respirable y para
mantener apartado el fino polvo; el metano regula los niveles de oxígeno y ventila los
lodazales sin oxígeno; el polvo suprime los niveles energéticos al soplar, dando a los EM
su margen electromagnético decisivo, colocándolos en la cima de una frágil pirámide.
—He elegido mi emplazamiento. El alcance para los sujetos es de unos doscientos
metros.—Daffler suena seguro de sí mismo.
—Bien —responde Bob Millard—. Te reproducimos más allá de su alcance letal.
Las observaciones de cerca han mostrado que un EM no puede enfocar y lanzar
niveles energéticos mortales a distancias mayores de los 120 metros. Esto fue de suma
importancia en la planificación de la táctica de Daffler, y de su traje. El tejido que viste
reflejará por encima del noventa por ciento de la radiación incidental en las longitudes de
onda del EM cazador-aniquilador. Nigel se encamina por un campo de grava
desmenuzada y a través de un lóbulo arenoso, tratando de hacer visible a Daffler. Allí:
ahora cruza una quebrada llena de surcos, parece una figura delgada a la luz decreciente,
una figura que levanta polvaredas de arena bermeja. Nigel distingue otras formas
servoasistidas en puntos distantes, diseminadas para no causar trastornos a los EM si se
aperciben de algo extraño en los disfraces reflectores que usan los humanos.
Daffler se para, se arrodilla, levanta su aparato. “La energía dispuesta.” El EM que
Daffler ha seleccionado es un revoltijo rígido de piernas dobladas y cuerpo, rígido y
cerúleo en la lejanía. Nigel suprime el coro EM cada vez más nutrido a fin de escuchar a
Daffler. Los EM están cantando una compleja melodía de fugaces cimas, descendiendo
con ahínco en una nota que forma parte de la palabra acaso, un fragmento todavía de ese
viejo programa de la Tierra. “Acá…” Daffler pulsa la onda transportadora; Nigel puede oír
su zumbido… “sooo”.
—Ahí va.
La réplica de Daffler llega atronando. Inicia el antiguo programa de radio desde el
principio: “Es la hora de Arr-thur Gidfrey…” y las notas reverberan desde el valle de
surcos.
Nigel contiene el aliento, se inclina hacia delante hasta que el almohadillado se oprime
contra sus hombros, recordándole dónde está (encapsulado en el Lancer) y las formas
gélidas del valle ambarino nada revelan. El coro sigue pulsando durante un instante, dos,
y luego de los EM dimana una aguda dispersión de notas, un rizo en las frecuencias más
altas, que baja en cascada hasta su fuga central, difundiendo ruido y confusión a través
de la siguiente palabra “dddd…”, hasta que pierde coherencia… “dooonnnddeee”, y se
disuelve en la espuma de un millar de disonancias chasqueantes que resuena al azar.
Como han planeado, Daffler pasa a un programa nuevo, ahora que ha concitado la
atención de al menos unos cuantos alienígenas. Enfoca al frente, hacia el más próximo, e
inicia la señal. Es un código sencillo, unos pocos impulsos. Por debajo de éste,
manteniendo el contacto, Daffler emite la continuación del programa, el presentador largo
tiempo muerto cita los nombres de los invitados animosamente y la música de fondo se
eleva, piano, luz como salpicaduras de agua.
El EM más próximo empieza a bajar la cabeza. Por el valle, las demás figuras estiradas
se están moviendo también. Grandes cabezas cuadradas gachas desde el amortajado
rielar rojizo de arriba, con su distante punto de radio indicador, vivas con el alboroto de la
vida. Las piernas se ponen en marcha, irguiéndolos cuando el más cercano se mueve de
improviso, dando un paso, y una nueva voz se vierte en el espectro radial, alta y clara:
una cháchara veloz de pitidos que se ondulan y remontan en amplitud, obviamente algo
que porta un código complejo.
Nigel se adelanta instintivamente. Repiquetean las rocas debajo suyo mientras corre
colina abajo sin pensar en la pendiente, mientras los hidráulicos protestan con un batir
bisbiseante.
—Es una respuesta… —empieza, y una manera creciente de cliqueteos ansiosos
balbucea por el espectro de la radio— estructurada —grita.
Daffler está transmitiendo su paciente entrada mentora debajo de las silabas dilatadas
de programa, “eso ess…”. Se trata de una sencilla pauta aritmética con implicaciones
geométricas, una fórmula que los exobiólogos especialistas consideraron bastante
general y obvia.
Clank. Súbitamente Nigel se ladea a la izquierda y gira, con los sensores abruptamente
inclinados colina arriba, mientras siente cómo las piernas y los brazos oscilantes pierden
el asidero. Los guijarros repiquetean contra él, derrapa en la estela de una pequeña
avalancha que ha iniciado, el polvo enturbia las lentes, choca contra un peñasco, sus
pisadas despiden grava, el eje central se inclina y comienza a volcar. Pisa los frenos a
fondo, deja que el robot se balancee hacia atrás y acelera bruscamente, arrojándose a la
izquierda en tanto que las piernas giran, los rezones pugnan por un asidero y el eje se
nivela. Se detiene con un golpe sordo, “Cristo, Nigel, ¿qué estás…”, piensa suspendido a
un tercio del camino sobre el reborde de una quebrada.
En los últimos dos segundos la señal salutatoria geométrica de Daffler ha articulado
otra cima de amplitud modulada, “ttooo…” y una refrescante nota de piano brinca en el
aire, cada lapso temporal gravita, cristalizado. El espectro radial es un bosque de picos
erizados, una pauta que Nigel no ha visto antes, agrupándose y reagrupándose, en un
agitarse furioso como de abejas en tropel en torno a la amplitud lineal sobria, con forma
de campana, que es el envoltorio de la señal constante de Daffler… “ddooo…”. Por encima
suyo la nota de piano se subsume, cayendo en un grave “uuummmmm” y Nigel nota que
los EM han dejado de transmitir su retazo del viejo programa, su energía está ahora
convergiendo y aglutinándose en la turbulencia variable, acuciante, que se cierra sobre la
línea de Daffler.
Nigel otea el valle. Las cabezas de los EM oscilan hacia Daffler. Sus brazos se
bambolean, hendiendo el aire en arcos elaborados. Se ponen en pie y las flacas piernas
zanquivanas golpean el suelo ritualmente, martilleando, martilleando. Algunos corren
arriba y abajo, meneando las cabezas con ansiosa energía. Nigel hace un alto para
observar y pierde la sujeción de los puntales anteriores. Se ase a un saliente de piedra,
falla, lo aprieta, y se escora más allá sobre el borde. La quebrada es rocosa y profunda. Si
cae…
—¡Daffler! —emite—. Creo que están tratando de obtener una señal coherente juntos.
—Sí. Bien. Al menos me abro paso. Justo…
—Deben haber planeado alguna respuesta, al igual que nosotros. Pueden triangular
sobre ti, por lo que saben que eres local, pero…
El saliente se desploma y cae por la quebrada. Nigel empuja hacia abajo sobre sus
brazos anteriores, agarrándose al suelo chamuscado para ganar un incremento de
inercia, y se lanza para atrás, rugiendo los motores cuando un penacho de polvo es
expelido por sus pisadas. El contacto de acero aferra, se desliza, aferra y él sale impelido
para atrás, poniéndose a salvo con dificultad en tanto que la voz de Bob repite:
—Cristo, Nigel, ¿qué demonios es todo eso? Tienes que permanecer…
—Están agitados, míralos…
—Sí Dale a Daffler un minuto y veremos.
—No, no…
En el espectro, los picos convergen por centenares en la gruesa línea de Daffler. Los
EM están sintonizando sus frecuencias individuales, flexionando músculos intenores para
ajustar las longitudes de sus columnas entrelazadas de metal. Sus señales balbucean con
detalle, desplazan las amplitudes en las ondas portadoras en pautas complejas, se
esparcen en la línea de Daffler, “caahhnnn…” enfocan hacia él, muchos de ellos ejecutan
la curiosa danza exaltada, arriba y abajo, agitados de un modo nunca visto antes,
embargados de pasión, gastando sus reservas eléctricas en un torrente arrasador. Cada
uno tiende hacia Daffler, alargándose con su frenético balbuceo planificado.
Nigel los percibe como tratando de ver a Daffler, de darle resolución, de desempañarlo,
pero sus bajas frecuencias no logran ver detalles más reducidos que sus amplitudes de
onda, no pueden identificar los brazos y piernas que distinguirían a Daffler de los animales
nativos de Isis, y por ello la tormenta de emisiones se alza hacia frecuencias más altas, en
busca de una definición. Los EM están emitiendo su respuesta premeditada y al mismo
tiempo intentan ver a Daffler, el portador de las mareas, ladeando las cabezas levemente,
inclinándose en ángulos, vertiendo energía en el espectro. Daffler grita.
—-Jesús… es… estoy regís…
Un aullido chisporroteante emerge del hombre con intensidad creciente. Chilla. Daffler
cae, ovillándose. El disco parabólico que está junto a él se hace pedazos. Daffler se
retuerce, oscurecido por las nubes de polvo. El grito se troca en un gorgoteo.
Nigel salva un angosto barranco y desciende la ladera de la colina, desperdigando
piedras mientras que el espectro EM se llena de notas discordantes y la banda del
comunicador dice:
—No recibo de él ninguna lesión… Me estoy moviendo para flanquear al grupo más
próximo de ellos. No me gusta… Su equipamiento está averiado… No puedo ver nada.
Procuraré acercarme más… Nigel, ¿vislumbras algún movimiento?
Y las emisiones EM disminuyen, el amasijo de cimas se apaga. Nigel encuentra un
sendero seguro y se precipita ladera abajo, hacia el palio de fino polvo de hierro que
amortaja el área. Se aproxima.
El traje de Daffler tiene un armazón de metal en los puntos de tensión. Han
desaparecido. El disco está hundido en su montura. Y Daffler… es como un pollo asado
en un horno desatendido, grasiento y calcinado y cauterizado de un marrón negruzco por
todas partes, toda la cara chamuscada, el pelo, incluso las orejas. Los muñones de los
brazos y las piernas están doblados en las rodillas y los codos, apretados con fuerza, en
el último instante de vida, esto que había sido una gloria para los ojos de una madre se ve
reducido ahora a una masa consumida.
—Jesús, mira…
—Esos bastardos no le dieron una oportunidad, sólo…
—¿Cuánto tiempo hace falta para traer ese congelador? Podríamos…
—No lo he contado, le daré unos diez minutos…
—Cancélalo, el cerebro está frito, por descontado. No podríamos de ningún modo…
—Le han abrasado. No le dieron…
—¡Jodidas arañas!
—Nigel, vigila ahí, esos seres podrían…
—Sí, bueno, no están disponiendo de una oportunidad…
—Mira a ése, todavía le está apuntando…
—Digo que los destrocemos…
—Sí, ése que está cerca de ti, Phillips.
—Estoy sobre él. Se me averiaron los garfios…
—Espera, todavía no sabemos qué ha pasado, creo que ellos simplemente…
—Esos dos, Guthridge, las piernas son lo mejor que…
—Míralo cómo cae, ¡jodidas arañas! Cortadles esos accesorios de debajo…
—Maldita sea, se exaltaron, es un craso error…
—Holtz, rodea a ése.
—Derríbalo, derríbalo.
—Míralos, no pueden saber qué les golpea.
—Malditos bichos de mierda…
—Le has dado. Le has dado. Observa, no cae sobre ti.
—Quemaron a Daffler como a un…
—Están huyendo. Están corriendo.
—¡Bastardos! Derribad a todo el que mantenga enfocado…
—Sí, nunca se puede saberlo que estos seres…
—Jodidas arañas, no parecen tan grandes sin piernas…
—Coge a ése, está inmóvil.
—…Condenados idiotas, ellos…
—¡Derríbalo, derríbalo! Es…
—¡Perseguidlos, perseguidlos! Eso es.
—¡Mierda! Ese mejunje atasca los garfios donde frenas las piernas. Observa ésa…
—¡Eh!, a la izquierda.
—¡Jodidas arañas!
11
La pared rocosa de la oficina de Ted era fría al tacto. Poseía una baja conductividad
térmica, pero la masa de hierro y piedra aún permitía que la gelidez del otro lado calara en
el Lancer. Los años de ocupación humana no habían calentado los espacios vacíos.
Nigel estaba sentado en una silla baja, recostada contra la pared.
Ted acabó su trabajo en la pantalla plana, comprobando el material en funcionamiento
que quedaba en la superficie de Isis. Bob Millard se hallaba en silencio en el otro extremo
de la habitación con respecto a Nigel.
Levantó la vista cuando Ted soltó la estilográfica en el escritorio.
—Bueno, Nigel —comenzó Ted—, tu idea no dio resultado.
—Quizá.
—¿Quizá? —Bob parodió el acento inglés—. Yo diría que quizá, sí. Daffler está muerto,
su equipo completamente fundido…
—Se exaltaron —repuso Nigel despacio—. Cada uno intentó emitir su señal de
respuesta. Parecía ser un código comprimido.
—Me pregunto qué pensó Daffler.
—Dudo que tuviera tiempo de pensar en nada —dijo Nigel.
Ted se inclinó hacia adelante sobre el escritorio.
—Lo que sigue siendo un hecho es que le atacaron. Le mataron.
—Habían esperado una respuesta proveniente de arriba, de la Tierra. Cuando se
percataron de que Daffler estaba cerca, intentaron verle. La cuestión es que para ver
mediante radar tienes que emitir. Por lo que cientos de ellos intentaron identificarle, y la
suma… Un feo asunto —concluyó titubeante.
—Es posible —susurró Bob. Nigel se volvió para él.
—Así es como fue.
—¿Sí? ¿Entonces por qué no nos lo contaste previamente? ¿Eh? Estabas tan
entusiasmado con este plan para establecer contacto, ¿por qué no imaginaste…?
—Demonios, no lo tuve todo en cuenta. Especialmente a tu multitud enardecida,
derribando a los EM como a animales…
—Espera. —Ted alzó una mano—. Ambos estáis yendo demasiado lejos. Admitiré que
los hombres en tierra se extralimitaron.
—Derribaron a dieciséis de los bastardos, dispersaron al resto. Yo diría que te
salvamos el pellejo, Nigel.
—A mi robot, quizá. Yo estaba servoasistido.
—Bueno, algunos de nosotros no lo estábamos. Los hombres supusieron…
—Vale, vale —dijo Ted apaciblemente—. Mi opinión es que nuestro intento de
comunicación falló. Nigel enarcó las cejas.
—No del todo.
—¿A qué te refieres? —inquirió Ted.
—A la señal de respuesta. Eso lo tenemos.
—¿Y qué? —preguntó Ted—. Nigel, creo que no comprendes la, ¡ah!, animosidad que
ha suscitado este incidente. Daffler tenía muchos amigos. Tú…
—Lo sé. Se me achacan todas las pérdidas, esto es… Pero mira, déjame trabajar con
el equipo de exocomunicaciones. Sospecho que podremos encontrar algún medio de
decodificarlo. Entonces…
—Vale, vale. Haz lo que te plazca. Pero estás excluido del trabajo de superficie —
anunció Ted severamente—. ¿Entendido?
—De acuerdo —repuso Nigel—. Mientras que no se te ocurra aventurarte otra vez con
esos satélites. —No pudo evitar recalcarlo—. Prométemelo. Bob hizo una mueca y no dijo
nada.
Las largas sartas de código estaban comprimidas, estratificadas, eran complejas, y
además estaban acuñadas en una sintaxis que hacía la tarea difícilmente realizable. Los
EM habían hecho el complicado trabajo de reproducir sus construcciones en algo que se
asemejaba a las formas del lenguaje humano. Las pautas emergían como distantes
lámparas de señales vistas a través de una bruma algodonosa que todo lo consume.
Los matemáticos no podían estar seguros de dónde empezaba o terminaba la
narración, por lo que las imágenes y los símbolos que aparecían permanecían
simplemente de un modo estático, las interrelaciones sugerían pero no extraían relaciones
de causa y efecto.
Una imagen mostraba una única hoja de color acerado perfectamente llana e inmóvil,
resaltada por palos y arcos de negra piedra, conformando la perspectiva con su geometría
angular de intersección, fija y rígida. Algo semejante a una carretera aparecía desde la
izquierda y sin inclinación perceptible se deslizaba abruptamente por debajo de una
superficie azul y gris, cual una espada lisa y plana penetrando oblicuamente en carne
blanda, guiada por una mano delicada.
Nigel contemplaba la imagen generada en la pantalla plana y luego, según entraba más
código, sintió el movimiento del agua implicado, las capas sustentadas de debajo en las
cuales parduzcas corrientes llevaban serpenteantes enjambres como de peces. La
superficie blanda y calma arrastraba tachones de una gélida escoria verde, signo de
emanaciones ricas en metano, aunque por otra parte ocultaba la celeridad secreta de la
capa, un metro más abajo, que fluía desde la remota orilla y arrastraba esas grasas
formas de vida fulgurante de tres aletas que se congregaban en bandadas para
protegerse en las aguas prolijas en orín. Al moverse la imagen, a Nigel le llegó una
sensación como de estar nadando, procedente de las bandadas suaves. Era de color
zafiro, y captó un cálido sentimiento sosegado de júbilo en su estructura, en esa llanura
serena, tan ideal como el sueño de cualquier Euclides, que se extendía hasta el horizonte,
colmada de delicados bucles de información sobre la vida alimentaria que estaba siendo
alumbrada en la marea fluyendo de debajo.
El disco indistinto que se agazapaba por encima, quieto, era de un rojo deslucido,
atemperado por un azul atmosférico, donde las moléculas de agua dispersaban la luz.
Esto era Isis, en una costa en nada parecida a lo que ningún hombre había hallado, una
playa adentrándose en un mar calmo. Cuando el agua, como una cresta de chocolate,
densa, lenta, viscosa, se formó en el extremo inferior de la imagen, Nigel supo que estaba
viendo de alguna forma no lineal el mundo de los EM tal como una vez había sido y, por
ello, la aparición paulatina de una pierna zanquivana no le sorprendió cuando se elevó y
volvió a sumergirse en la corriente. Se dejaron ver los brazos, lanzando redes. Los
sedales se atirantaron, alzándose con una abultada carga, y apareció una masa de los
seres de tenue fulgor, gordos y dispuestos. Así que éste era el cielo de los EM, pensó
Nigel. La serenidad contemplativa de este paraje no podía ser un error de traducción.
Habían mostrado esto porque se trataba de algún recuerdo atesorado, de alguna imagen
normativa.
Había otras parecidas. Algunas eran inconfundiblemente obras de arte, y algunas
sugerían el devenir de vastas extensiones de tiempo. Los astrónomos sabían que Isis
estaba trabado en una resonancia de marea con el gigante gaseoso exterior, y la
incesante agitación del viento y el agua de cada mundo tiraba de Isis hacia afuera, más
cerca del voluminoso planeta del tipo joviano que le hacía señas. Manteniendo un
seguimiento meticuloso del cielo nocturno, mostrado en algunas de las imágenes
decodificadas, hallaron el diámetro aparente del gigante gaseoso y consiguientemente su
situación temporal.
Las imágenes cubrían el transcurso de cientos de miles de años.
Y entonces las imágenes y los símbolos se mezclaban, y aparecían extrañas naves
onduladas, esquemas, diseños; evidentemente cosas que los alienígenas habían
construido ellos mismos, para volar en el vacío.
Naves espaciales. Luego, abruptamente, una imagen de un Isis gris verdoso, y en torno
a él una nube de puntos en torbellino, como candentes rescoldos que crepitaban y se
convirtieron en asteroides que descendieron de forma sistemática sobre el disco
eternamente orientado hacia el sol.
Los largos arcos seguidamente se fundieron en una panorámica en movimiento de un
lago llano. Plantas: largos pedúnculos con filo de sierra, de un azul eléctrico, que
cobraban altura en tanto que Nigel los contemplaba y luego comenzaban a contraerse,
dividiéndose al avanzar la imagen en el rastreo familiar en busca de la efervescente vida
animal debajo del agua, por lo que se hicieron visibles filosas agujas como punzones que
cortaban —le pareció que podía sentir los lancinantes dolores, la sangrante humedad
sucesiva— y entorpecían la cosecha.
Y aquí los matemáticos no acertaban a dar coherencia a los símbolos e imágenes que
les fustigaban como granizo, y simplemente las entregaban en el orden en el que venían:
procedentes de una era denominada el Tiempo del Flujo, y de una noche implacable
consumida por el fuego en la que los cielos se entreveraron de naranja, y de perfiles
ondulados que brincaban hacia arriba en esa misma noche. Estaban apuntados para
destruir o desviar, en medio de ondas sonoras rodando, martilleando como fuego de
cañón perpetuo por encima del fulgurante horizonte.
Había vientos calurosos que soplaban a través de un aire negro. Y después las
enmarañadas imágenes angulares. Y luego el silencio.
Le consta que ha quedado reducido a un ápice de persistencia, tiene agujetas en los
músculos debidas a las conexiones del ordenador de interfaz, y su sensatez le dicta que
deje la oficina de Ted Landon y repose, calcule, decida la mejor manera de informar del
resultado de la decodificación. Mas en el mismo instante sabe que no puede hacer eso, el
proceso debe alcanzar ahora su clímax, y por ello, sentado de un modo deliberadamente
casual, casi repatingado, lo cuenta:
—Algo vino del espacio interestelar y perturbó las órbitas de los asteroides próximos a
Isis. Descendieron como algo esporádico al principio y, luego, incrementados en masa y
número, el martilleo prosiguió durante años. Asoló la superficie, destruyó las extrañas
ciudades de los EM, arrojó polvo y vapor al aire de Isis hasta que el decreciente
resplandor de Ra se vio mermado a algo no mejor que la luz de la Luna en la Tierra. Sin
fotosíntesis, las cadenas alimenticias se deshicieron, destruyendo la vida que los EM
conocían. Habían vivido como bamboleantes forrajeros, comiendo del alimento que fluía
continuamente por la orilla opulenta de las tierras llanas. Libres de la agricultura, no
obstante, habían desarrollado una incipiente tecnología, e incluso naves capaces de
alcanzar la órbita. Habían confeccionado una defensa insuficiente, fútil y minúscula contra
las rocas que caían. A la postre, todo el punto subsolar de Isis fue fustigado y arrasado
hasta no ser más que una planicie esquilmada de nuevos volcanes, por donde el magma
inactivo irrumpía cuando la corteza misma se fracturaba por el profundo batir tectónico.
Tiraba hacia arriba arremetiendo, y negaba la posibilidad de vida en el húmedo punto
primordial en la zona más cálida del planeta, y, en vez de ello, formó el Ojo.
Nigel se detiene y siente los ojos de los demás clavados en él, en medio del silencio
espaciado que llena la oficina.
Ha estado hablando deprisa y con frágil inercia, no demasiado seguro de las
connotaciones, pero deseando sacarlo a relucir para que los demás puedan ocuparse de
ello, comprobando las huidizas imágenes que ha percibido.
A su luz pueden analizar y refinar e incluso mejorar tal vez lo que cree que ha
vislumbrado.
Ted dice: “Parece curioso, yo no…” Y un geólogo prorrumpe: “¿Sabes que eso
cuadraría con la antigüedad de los cráteres que encontramos? Fue en todo el planeta,
eso lo sabemos.” Y de la izquierda de Nigel viene: “Ahora que lo mencionas la edad de la
superficie del satélite era aproximadamente la misma.” Y más bajo, más atrás, en la
oficina atestada, sudorosa: “Cristo, en esa escala temporal no puedes deducir la
causalidad. Eso es absurdo.” Nikka a su lado dice de repente, retadoramente: “¿Seréis
tan amables de darle una oportunidad para que complete esto?” Pero él la hace callar con
un gesto. Es cierto que los acontecimientos de hace un millón de años o más son ahora
nociones difusas, sueños espectrales fluctuantes.
Por lo que él prosigue, y con el ojo de su mente ve la calma apacible que reside en las
criaturas patizambas que se balanceaban y andaban entre rompientes y pleamares.
Buscaban la vida fulgurante que flota por doquier, que hace posible el tiempo en torno a
los fuegos en la orilla, y a partir de ello crearon alguna cultura muy distante de los
imperativos humanos con base en la caza y la inclinación hacia el progreso.
Aproximadamente en el Tiempo del Flujo supieron mucho de sí mismos, habían dominado
el código de ADN en espiral y la acción molecular. Sobrevivieron al martilleo que venía de
arriba y vieron que su mundo se agostaba, sintieron morir a los animales y las plantas en
el crepúsculo mermado e inolvidable de un mundo amortajado de polvo, y sintieron el
advenimiento de una nueva ecología, erigida sobre la cáscara marchita de lo antiguo. Por
lo que sus fragmentos para el cambio, dosificadas las soluciones, dislocadas y
reordenadas las moléculas y, a partir de sí mismos, configuraron una forma nueva de
existencia.
“No lo sé, me parece improbable, realizar tantos retoques genéticos sobre ti mismo…”
Y, “Mira, el vulcanismo se estaba incrementando, de ningún modo pudieron seguir
adelante sin el aire rico en oxígeno que habían tenido.” Y, “Todo ese sulfuro vertiéndose
fuera de los volcanes, igualmente podía… “. Según la estancia se va acalorando, el olor se
vuelve más salado y fuerte, “Pero eso es del todo imposible, insertar en tu propio código
genético cosas como esos nervios transistores y el almacenamiento del condensador. No
se puede llevar a cabo esa especie de…”, y más quedamente, “¿Sí?¿Quién lo dice?, eso
es como la vieja Muriel para ti, cualquier cosa que ella no sepa cómo hacer se convierte
en una ley de la naturaleza, como el límite de la velocidad de Dios.” Y Nigel se retrepa en
su silla, siente espasmos en los músculos de la espalda, debido a las horas de
permanecer sentado rígidamente. Estos jinetes de los ordenadores deberían tener
condenados sofás, los chiflados por las matemáticas nunca aprenderían a vivir,
embarullados en sus números… “Era quizá la única salida para…” Los de exología
murmurando entre ellos porque han elaborado su propio análisis multifactorial de los
esquivos códigos de los EM. “Al menos ésa es una explicación a la falta de otras formas
de vida que almacenen electricidad en la biosfera…” Y Nigel puede ver que la división de
matemáticas no está de acuerdo con su explicación, pero se encoge de hombros,
sabiendo que este intercambio de opiniones inicial no convergirá hasta que haya más
trabajo hecho, aunque las implicaciones… “Implicaría, si no estoy equivocado, Dr. Landon,
que las “habitaciones”, nominales superconductoras que el grupo de Bob encontró, son
de hecho artefactos de una tecnología de un millón de años y, francamente, la
perdurabilidad de ningún superconductor, incluso bidimensional, la considero increíble por
encima de ese período…”. Lentamente la conmoción penetra en ellos y al principio se
arredran, incapaces de aceptar… “Quiero decir que cómo consiguieron aferrarse a un
único fragmento de alta tecnología como las láminas superconductoras y dejaron que todo
lo demás desapareciera, sí, desapareciera…”, y no han sentido todavía la sensación
humillante de lo que implica el cambiar, tanto tiempo atrás, tu propia sustancia
deliberadamente para seguir viviendo, para dirigir fuerzas electrodinámicas cuando la
pirámide química de la vida ha fallado y no puede ser revivida. Porque el Ojo estaba
siempre allí, los cielos ancestrales estaban ahora repletos de polvo y dondequiera que
algún vestigio de tecnología luchaba contra la herrumbre, una arqueada lanza naranja
golpearía hasta que todos estuviesen muertos, averiadas las máquinas, aplastadas, y
finalmente oxidadas por la ecología alterada de granos de sulfuro y nudosas plantas
esculpidas por el viento… “Pero ¿por qué hacerlo tan completo? No encaja. Yo diría…” y
la habitación se disuelve en discusiones, sintiendo Nigel que lo esencial emerge
lentamente como, de hecho, hizo en él… “Bueno, la radio era el único modo de ver en esa
bazofia azotada por el viento…”. Aprieta la mano a Nikka, pues fue ella quien vio la oscura
connotación final… “Claro, y supongo que la única esperanza de comunicación sobre
distancias estelares era gritar débil y ansiosamente a través del abismo. Dios mío, todo
eso sólo para poder sobrevivir…”. Un saco raquítico de carne animada, de tubos y bolsas
tornándose gruesos y cerúleos, empapados de jugos, caminando sobre varas articuladas
en tanto que se bamboleaban pacíficamente por las frías aguas someras. La vida
debatiéndose aún, pulsando, distendiéndose, borbotando, haciendo combustión y
condenada, incluso con su metabolismo reducido al mínimo, a perder la última carga y
descomponerse en los suelos de orín… “¿Sabes? He estado pensando: utilizar la radio en
una forma de vida de esa clase resultaría natural, por así decir, no un producto de la
tecnología…”. Viendo que han dado la última vuelta de tuerca, intercala unas cuantas
frases cansinamente: “Puede ser. Ésa es la cuestión. Los Vigilantes…”, una fiebre
amalgamada de percepciones les recorre, una irritante aproximación, cuando cada uno ve
un fragmento del conjunto… “Claro, no lo contemplaría en absoluto como tecnología,
meramente una argucia de la forma de vida, algún extraño aspecto de la evolución…”, y
ningún Vigilante llegaría a sospechar que incluso el espectro electromagnético, refinado a
lo largo de eones, podía dar placer a una forma de vida, signo de aprobación de la
naturaleza… “Bueno, sólo la navaja de Occam diría que los Vigilantes deben haber sido la
causa, y ahora los Vigilantes se deslizan interminablemente…”, a través de una ruina
lóbrega de mundo… “No lo sé, parece una sarta de…” ignorados indicios de vida dan
origen a la tecnología de nuevo… “Sin embargo, cuando lo piensas… “, acumulando
energía durante eones… “Maldita sea, esto se está enrareciendo. Nigel, necesitas salir,
descansar, dejar…”. No. “Te hace preguntarte si tal vez no deberíamos sacar nuestros
vehículos servoasistidos, o diseminarlos para que no atraigan la atención. No…” Se
desentiende de la preocupación de ella nuevamente… “Sí. Si a ese Vigilante se le ocurre
la idea de que estamos ahí abajo, y que somos una civilización seria o algo…”, y Ted dice
tranquilamente, para ponerlo todo bajo control, que por supuesto los equipos tienen que
estudiar estas ideas, que habrá otra reunión mañana a las 11 horas, y que espera
informes de cada división y… “Nigel, déjame…” La estancia está viciada y cargada por el
sudor y la concentración… “No intentes apoyar…” y descubre que la masa compacta de
detalles en su cabeza no le permite mover los pies adecuadamente, no afirmarán su peso
cuando éste desea apoyarse en el suelo, en esta tenue gravedad centrífuga. “Maldita
sea”, se impreca a sí mismo por ser tan negligente con su cuerpo, aunque no hay signos
claros o los ha pasado por alto. “Eh, ¿qué… “ y se desploma, golpeándose una muñeca y
casi dando la bienvenida al lacerante dolor que sigue.
12
Yace sosegadamente mientras las máquinas le olisquean y hurgan. Nikka explicó:
—Es, sobre todo, fatiga, creen. Pero, además, tu química sanguínea está deteriorada.
—Hum —gruñó Nigel—. Desequilibrio en las pociones antienvejecimiento, sospecho.
Me mantuve lejos del montaje médico, una vez que mi treta salió mal.
—Pareces cansado. Pero extrajiste más de esos mensajes EM que los especialistas,
así que tal vez valió la pena… ¿Qué está haciendo ahora?
—¿Hum? Administrando píldoras. —El montaje médico empujaba una bandeja hacia
él, zumbando. Nikka le preguntó.
—¿Qué es la naranja?
Él se giró envaradamente para verla.
—Ah, la puñetera naranja.
Paz farmacológica. Yace con un tubo de alimentación en la nariz, discos
diagnosticadores en los brazos y el pecho, un termómetro y un muestreador en el ano,
varias sondas y derivaciones repartidas por el vientre.
—Ése es mi afrodisíaco.
Nikka sonrió, se abrió la puerta y entró Ted Landon. Nigel sonrió débilmente cuando los
tres se dedicaron las observaciones acostumbradas de visita de hospital. Ted estaba
nervioso. Para despistarle, Nigel le preguntó sobre la investigación.
—¡Oh!, estamos convencidos de que tu idea era acertada —respondió Ted—. Los EM
deben haber retocado sus genes para dar lugar a ese semiconductor y al sistema de
almacenamiento eléctrico.
—¿Lo hacen parecer natural incorporándolo a una ecología? De forma que lograrán
escapar utilizando la radio —inquirió Nikka.
—Tal vez. Algo evitó que los Vigilantes los atacasen.
—Encontraron una escapatoria. Su radio es natural. Los Vigilantes parecen estar
dando caza a la tecnología. Ergo, la radio natural es segura.
—Podría ser.
—Tendremos que estudiarlos más para cerciorarnos —dijo Nikka—. Pero da la
impresión…
—No temas —declaró Ted tajantemente—. Nos marchamos.
—¡Qué! —masculló Nigel.
—Acabo de recibir una larga proclama desde la Tierra. Tenemos como meta una nueva
estrella. Un largo viaje.
—¿Porqué?
—Las cosas han cambiado allá. Ahora hay algo en los océanos. Nuevas formas de
vida. —Ted les miró sombríamente—. Parece que alguien ha infectado aquello. Es por
eso que la Tierra quiere que sigamos adelante. Que descubramos lo que nos sea posible
de los EM, claro, pero que exploremos también otros sistemas.
Nikka dijo despacio:
—No…
—Alguien ha sembrado nuestros océanos. Utilizando astronaves.
13
2057 Espacio Profundo
Desde hacía semanas, el Lancer había estado inundado por el uniforme rugido sordo
de los impulsores. La piedra enorme, ornamentada, sobrepasó la lóbrega estrella, lejos de
Isis, preparándose para que la propulsión por antorcha de fusión tomase el relevo.
—¿Nigel? Nikka me dijo que te encontraría aquí. Nigel se volvió par toparse con Ted
Landon entrando en la sala panorámica.
—¿Echando un último vistazo?
—Hum.
—No te he visto por Control últimamente. Nigel se giró de nuevo para mirar a Ra.
—Hubiera estado entorpeciendo.
—Mira, sé que no comulgas con las órdenes de la Tierra, pero seguro que puedo
confiar en ti para que te prestes donde tu talento es necesario, especialmente…
—Sí, de acuerdo, como miembro de un equipo y todo eso. —Cruzó los brazos.
—No asistes a las charlas de la comunidad. Creíste que no iba a reparar en ello,
¿verdad?
—No lo había pensado, la verdad.
—Bueno, lo hice, y estuvo muy mal que tu punto de vista no estuviese mejor
representado allí.
—No hubiera supuesto ninguna diferencia. La Tierra llama “¡Adelante, muchachos!”. Y
allá vamos.
Ted permitió que un destello de irritación cruzase su cara.
—Vale, convengo en que aquellas discrepancias fueron muy pro forma, pero…
—Escucha. —Nigel pulsó su muñeca. Una disonancia lenta aunque intrincada llenó la
sala panorámica, pareciendo salir de la imagen mural misma—. Están emitiendo su arte,
su historia, todo.
—Bueno, sí, pero en forma de mitos e historias y un montón de detalles indescifrables
que…
—Eso puede comprenderse, con tiempo. Particularmente si operamos en la superficie,
donde podamos desarrollar algunos signos visuales que ayuden a solventar los
equívocos.
—Necesitamos ver la pauta de todo esto, Nigel. Eso significa explorar más de un
sistema. Sea lo que fuere que ocurrió aquí, pasó hace mucho. Precisamos una línea
sobre la imagen general, otras estrellas…
—Estaba deseoso de quedarme atrás. Un pequeño equipo podría…
—Podría morirse de hambre, sí. No habrá una expedición de apoyo durante décadas,
puede que más. No puedo prescindir de tripulantes.
—Han estado llamando durante mucho tiempo. Ahora hemos establecido contacto, y
entonces como un relámpago lo cortamos. Imagina lo que les supondrá eso a ellos —
señaló Nigel.
—Claro, e imagina lo que esos Vigilantes podrían hacernos a nosotros. El Lancer
comporta más de lo que puedo arriesgar sólo para…
—Echar una mano a unos piojosos desdichados y no obtener nada a cambio.
—¡Maldita sea! Eres un mal perdedor, ¿no?
—Exacto, ahora que lo mencionas. Hay un largo camino hasta la próxima parada, y
tengo que ir lo desee o no.
Ted se tocó los incisivos y los frotó escrupulosamente arriba y abajo, obviamente
calculador.
—Te pondré al cargo de nuestra conexión de radio continua con los EM. Nigel resopló.
—Un regalo. Lo aceptaré, pero sabes muy bien que recibiremos condenadamente poco
con el ruido de la antorcha de fusión.
Ted se encogió de hombros.
—De ellos es la responsabilidad.
—Los de matemáticas ya han determinado que somos el primer contacto que los EM
han hecho. Si lo interrumpimos, incluso por un tiempo, el golpe a su…
—Nigel, la decisión está tomada.
—Por un puñado de expertos.
—En esencia, sí. ¿Se te ocurre algo mejor? No podemos gobernar el Lancer como un
barco teatro a la ventura. Todo el mundo se alegra una enormidad de alejarse con bien de
los Vigilantes.
—Algo me dice que no son un peligro significativo…
—¡Cambias de actitud! Curioso, recuerdo que fuiste tú quien nos advirtió que no nos
posáramos en ese Vigilante, y ahora estás…
—Como estaba a punto de decir, no es significativo a menos que sean provocados.
—¿Por qué? ¿Por docenas de muertos…?
—Es un presentimiento.
—No puedo gobernar una nave con presentimientos —repuso Ted agriamente—.
Necesito tu ayuda para procesar el alimentador de datos que estamos empezando a
recibir de las lentes gravitacionales de la Tierra. Puedes dejar a un lado tus
presentimientos.
Nigel sonrió.
—Estoy obteniendo demasiados votos en el congreso de la nave, ¿eh?
—No me preocupa.
—Difícilmente deseo tu puesto, de todas formas.
—Siempre hay una facción que seguirá tu línea de pensamiento. Si pudieras
convencerlos…
—¿Convencerlos de qué? No estoy maniobrando contra ti, Ted.
—Si la gente a la que influencias no comulga con nuestra política general, será
decisivo.
—Ja, ja. La ciencia es así. Llena de incorregibles.
—Esto no es ciencia. Es de liderazgo de lo que estamos hablando.
—Tal vez el mejor modo de dirigir sea no hacer nada.
—¿Qué demonios significa eso?
—No ves a ese Vigilante sacando conclusiones precipitadas.
—No lo veo haciendo nada.
—Exacto. La paciencia es una estrategia, también.
—Me estoy hartando de tenerte aquí, Nigel.
—Estás al final de una larga fila. Toda mi carrera ha estado plagada de ese tipo de
cosas.
—Eres insoportablemente desdeñoso al respecto.
—A mi edad tienes que serlo.
—¡Eres un engreído, eh!
—No estás recibiendo el mensaje, Ted.
—¿Cuáles?
—¿Por qué no congenio con los americanos? Expresémoslo de este modo, no estamos
hablando de política exterior, estamos hablando de política alienígena. Escucha esa
canción de los EM durante un momento.
—Sí. Indescifrable sin computadoras.
—Dudo que las computadoras solas lograsen resolver el enigma. Dudo de que el
Vigilante lo hiciera.
—Ha tenido tiempo.
—Exacto, pero no las hormonas.
—¿Y bien?
—Puede que en absoluto esté allí para descifrar. Piensa en el diseño de algo
semejante. Ha de durar millones de años. Claro, puede repararse a sí mismo sin límites,
pero ¿quién repara a los reparadores? No se puede confiar únicamente en la redundancia
como seguro. Por lo que la estrategia se vuelve como un topo. Se hace al Vigilante
cuidadoso, conservador. No se malgasta energía. No se arriesga daños o materiales.
—¿Entonces por qué intentó eliminarnos a todos, una vez que había matado a unos
cuantos?
—Por encima de repeler a los incursores, tal vez haya objetivos más importantes.
Quizá tenía algo más que averiguar.
—¿Cómo qué?
—¿De dónde venimos? ¿Qué pretendemos?
—Mira, no hubo tiempo para que ese Vigilante desencadenara aterrizajes en la Tierra.
La elemental…
—Concedido. Así que algo lo supo anteriormente.
—¿Qué?
—¿Tal vez el Snark?
—Sabes que la AIE no acepta tu interpretación sobre eso.
—Así es.
—¡Esto es una sarta de especulaciones, Nigel!
—Por una vez, estoy de acuerdo.
—No es válido para minar mi criterio.
—Creo que es a esto a lo que llego. Nigel guardó silencio, contemplando la luz
menguante de Isis.
—Mira —dijo Ted para concluir—. Tengo que darme prisa. Medita todo esto, ¿eh?
Pásate a echar un trago.
Se marchó deprisa. Nigel había dejado que las suaves notas en aumento de la fuga de
los EM inundasen la habitación, pensando que tendrían el mismo efecto en Landon que
en él. Otros no parecían escuchar el mismo gemido quejumbroso en los chasquidos
ampliamente espaciados y el estruendo sincopado. Los sonidos disminuirían ahora, a
medida que el Lancer se impulsaba hasta casi la velocidad de la luz. Acaso podía haber
averiguado algo de sus canciones de tiempos largos y vacíos, del fluir de siglos sin
variación.
Así pues, el Lancer trazaba ahora una línea a través de la oscuridad, huyendo del
Vigilante, que había vencido. En esta extraña estrategia, entrevió Nigel, la información
tenía más valor que los meros cuerpos. Estaba en la naturaleza de los seres orgánicos,
fraguados por la mano de la evolución. Sobrevivir de momento. Huir. Mientras que el
Vigilante podía rastrear al Lancer por su llamarada de fusión. Y, sin importar cuan rápido
huyera el Lancer, las comunicaciones a la velocidad de la luz siempre lo aventajarían.
CUARTA PARTE – 2061 LA TIERRA
1
El viento se había retirado al nordeste y estaba regresando impetuoso. Warren
contemplaba el avecinarse de las nubes amenazadoras. Sacudió la cabeza. Todavía le
era difícil abandonar su sueño.
Habían transcurrido tres días desde que sobrepasara la isla. Había pensado mucho
acerca del asunto con Rosa. Cuando tenía la cabeza despejada estaba seguro de no
haber cometido ningún error. La había dejado hacer lo que deseaba y si no lo había
comprendido era porque él no pudo hallar una manera de contárselo. Era el mar mismo el
que enseñaba y también los Espumeantes, y tú tenías que escuchar. Rosa se había
escuchado sólo a sí misma y a su estómago.
Al segundo día de sobrepasar la isla, el aire se había vuelto nubloso y la tormenta se
avecinó desde el norte. Había creído que se trataba de un chubasco hasta que la cubierta
se puso a cabecear en ángulos pronunciados y una parte se quebró con un crujido.
Entonces se había atado al tronco e intentó arriar la hoja contrachapada. Logró
alcanzarla, pero el collar que había elaborado con su cinturón estaba resbaladizo por la
lluvia. Haló del cuero resquebrajado. Pensó en usar el cuchillo para zafar la hoja pero
entonces el cinturón no serviría. Retorció el rígido nudo y en ese instante la primera ola
grande se deshizo en espuma sobre la cubierta y lo perdió. Las olas venían veloces y no
pudo ponerse en pie. Cuando alzó la vista estaba oscuro arriba y el contrachapado fue
arrancado del mástil. El viento azotaba el mástil y, en lo alto, el collar colgaba suelto. Una
ola grande le golpeó y cuando volvió a ver la lámina estaba hecha pedazos. Uno cayó en
cubierta y Warren pugnó por cogerlo, resbalando sobre la gastada tablazón. Una ola
arrastró el pedazo por el costado. Las maderas de la cubierta entrechocaban y hubo más
destrozos entre ellas. Warren seguía sujeto al tronco. El segundo collar del mástil se
rompió y la hoja golpeó la cubierta junto a él. Alargó una mano hacia ella y sintió algo
cortante en el brazo. La cubierta cabeceaba. La hoja de contrachapado cayó para atrás,
se deslizó y se fue por el costado antes de que pudiera intentar cogerla.
La tormenta duró toda la noche. Arrastró el refugio y los suministros. Él se aferraba al
tronco, y la amarra que tenía en torno a la cintura le provocó un corte por la noche.
Warren dejó que el agua bañara libremente las heridas, sintiendo el picor de la sal por la
espalda y sobre el vientre, porque sanaría más deprisa de esa forma. Procuró dormir.
Hacia el alba dormitó y despertó sólo al percibir un cambio en las corrientes. El viento se
había retirado al nordeste. La marejadilla bañaba todavía la cubierta y un tercio de la
balsa se había roto, pero el mar se estaba calmando con la llegada del amanecer. Warren
despertó lentamente, sin querer dejar escapar los sueños.
No quedaba más que el mástil, algunos palos que había amarrado al tronco central y
su cuchillo y flecha. De un palo y un metro de cuerda hizo un arpón con el cuchillo. La
cuerda estaba deshilachada. Era una labor lenta y la cuerda se deslizaba entre sus dedos
entumecidos. La corteza del tronco les había provocado cortes por la noche y estaban
reblandecidos por el agua y el roce. El sol ascendió velozmente y el viento trajo el calor
que hostigó sus heridas y las hizo sudar. Pudo sentir que la noche le había agotado y
supo que tendría que conseguir comida para mantener despejada la cabeza. Le constaba
que los Espumeantes volverían a acercársele, y si había un mensaje tendría que
comprenderlo.
Ató rápido el cuchillo en el palo con la cuerda pero no quedó bien sujeto y no quiso
arriesgarse a utilizarlo a menos que fuera preciso. Un parche verdoso de algas se
aproximó y lo cogió con un gancho. Si era posible pretendía usarlo como cebo, pero al
agitarlo cayeron a la tablazón pequeños camarones. Brincaron y sacudieron las patas
como pulgas de arena, y, sin pensárselo, Warren les sacó la cabeza con las uñas y se los
comió. Crujieron en sus dientes las cáscaras y las colas, y le llenaron la boca de una acre
humedad salobre.
Guardó algunos como cebo a pesar de que eran pequeños. La cuerda era demasiado
pesada para resultar un buen sedal, mas la utilizó como lo había hecho antes, en los
primeros días tras el hundimiento del Manamix, cuando lo había intentado con algo de su
comida como cebo y no había capturado nada. Era un marino pero no sabía pescar.
Dispuso tres sedales que se balanceaban y se sentó a esperar, deseando tener el refugio
para aplacar al sol. La corriente discurría bien ahora y la marejadilla había amainado.
Warren sopesó el arpón y esperó a que viniese un Pululante. Pensaba en ellos como
apetitos móviles, insensatos cuando estaban solos, pero peligrosos si venían bastantes a
la vez y acometían la barca.
Se inclinó y miró fijamente a un rizo de agua a unos treinta metros de la balsa. Algo se
movió. Cambiantes prismas de luz verde descendieron en las oscuras aguas. Pensó en
un señuelo. Con Rosa había sido fácil, un ademán para atraerlos y un disparo rápido.
Warren se volvió, buscando algo que aparejar para engatusar, y vio que el sedal oscilante
de la izquierda se atirantaba, luego siseó y saltó agua de él. Alargó la mano para restarle
algo de peso y halar del sedal. Restalló. A la derecha algo brincó desde el agua. La
delgada forma azul coleó ruidosamente tres veces. Otra nadaba enhiesta al otro costado
de la balsa mientras que la primera se zambullía para atrás en alborotado chapoteo
blanco. Una tercera saltó y brilló al sol como un espejo azul plata, y otra y otra, y estaban
brincando por todas partes a la vez, liberándose del mar Uso, con las cabezas inclinadas
a los lados para ver la balsa. Warren nunca había visto a Espumeantes en grupo ni la
manera en que formaban ondas en el agua con sus arremetidas veloces. No se
asemejaban a los Pululantes ni en su aspecto grácil ni en el modo en que planeaban por
el aire durante más tiempo del que parecía verosímil, hasta que observabas de cerca las
dos colas anteriores que batían el agua y creaban casi la ilusión de caminar.
Warren se irguió y miró. El balanceo acrobático de los Espumeantes en la cima del
arco era veloz y diestro, una nota de alborozo. Sus marcas bajaban hacia la cola. Había
motas púrpura y luego tres finas rayas blancas que se abrían en las colas anteriores. No
había ningún orificio en la panza como el lugar en el que los Pululantes enrollaban sus
hebras. Warren estimó que los más pequeños medían tres metros. Más grandes que la
mayoría de los merlines o tiburones. Sus finas bocas se abrían en la punta del arco y
mostraban estrechos dientes afilados, blancos contra la lisa piel azul.
Resultaba fácil entender por qué su desmañada pesca no había capturado nunca
ningún pez grande. Estas criaturas y los Pululantes poseían dientes por algo. Había
multitud de ellos en los océanos ahora y tenían que alimentarse.
Brincaron y brincaron y volvieron a brincar. Sus aletas anteriores se retorcían en vuelo.
Las aletas se separaban en caballetes huesudos en sus extremos y se rizaban
rápidamente. Cada caballete formaba una proyección achatada. Las aletas posteriores
eran iguales. Golpeaban el agua enérgicamente y llenaban el aire de tanto rocío que pudo
ver un arco iris en una de las tenues nubes blancas.
Con similar celeridad desaparecieron.
Warren esperó su regreso. Al cabo de un rato se lamió los labios y se sentó. Comenzó
a pensar en agua sin desearlo. Algo de lluvia había entrado en su boca la noche anterior,
pero poca. Cuando las olas estaban inundando la cubierta se había visto obligado a no
continuar porque el agua salada le habría sido dañina aun cuando tuviera buen sabor al
bebería junto con la lluvia.
Tenía que atrapar a un Pululante. Se preguntó si los Espumeantes los alejaban.
Atrapar a un pez normal sería de alguna ayuda, pero los de aquí no proporcionaban
mucho líquido incluso cuando exprimías la carne y, de cualquier modo, sólo contaba con
dos sedales ahora y los pequeños camarones como cebo. Necesitaba un Pululante.
Por la tarde vio una ondulación al este pero pasó yendo al norte. El resplandor alto,
riguroso del sol lo abrumaba. Nada tiraba de los sedales. El mástil trazaba una elipse en
el cielo cuando venían las olas. La corriente discurría con fuerza.
Una salpicadura de luz blanca captó su atención. Era una mancha en la lisa planicie del
mar. Se acercó paulatinamente. Él entrecerró los ojos.
Una lona. Debajo había una forma azul tirando de una esquina. Warren lo izó a bordo y
el alienígena dio un gran brinco, rodándole de agua, con la huesuda cabeza sesgada para
situar uno de los grandes ojos blancos y elípticos en dirección a la figura de la cubierta. El
Espumeante se zambulló, volvió a brincar, y se alejó nadando veloz, dando cortos saltos.
Warren estudió la lona empapada, albeada. Se asemejaba a una lona empleada para
cubrir los emplazamientos de los cañones en el Manamix pero no podía estar seguro.
Había agujeros orlados de cobre a lo largo del borde. Los utilizó para enderezar el mástil,
atándolos con un alambre y abriendo nuevos agujeros para ceñir la botavara. No tenía
sedales suficientes para ponerlo bien pero la lona se llenó con la brisa rápida del
atardecer.
Contempló la lona abultada y pacientemente dejó de pensar en la sed. Un chapoteo de
rocío le sobresaltó. Un Espumeante, ¿el mismo?, estaba brincando junto a la balsa.
Se lamió los labios hinchados y pensó por un momento en coger el arpón y luego
descartó la idea. Contempló al Espumeante arqueándose y zambulléndose para alejarse
luego velozmente. Recorrió unas cuantas decenas de metros, dio un salto elevado, viró y
regresó. Le salpicó, se fue luego y le salpicó, luego se marchó y volvió a hacer lo mismo.
Warren frunció el ceño. El Espumeante se estaba dirigiendo al sudoeste. Trazó una
línea recta en las aguas semovientes.
Para mantener ese curso precisaría de una caña de timón. Arrancó un tablón del borde
de la balsa y amarró a él una estaca. Realizar un collar que se asentara en la cubierta
resultaría más dificultoso. Enrolló tiras de corteza firmemente dentro de un agujero que
había practicado con el arpón. Se sostuvieron durante un rato y hubo de continuar
reemplazándolas. La caña del timón era endeble y no podía girarla con rapidez por temor
a romper la amarra. Era imposible ejecutar ninguna maniobra seria como girar si el viento
variaba, pero la brisa crepuscular generalmente se mantenía constante y, en cualquier
caso, podía arriar la lona si el viento variaba demasiado. Asintió. Sería suficiente.
Orientó la proa hacia la senda que el Espumeante estaba describiendo. La corriente le
desvió a un lado y pudo sentirlo a través de la caña del timón, mas la balsa se enderezó y
comenzó a producir un gorgoteo donde ésta friccionaba contra la corriente. La lona se
hinchó.
Las nubes estaban engrosándose de nuevo y confió en que no se desencadenaría otra
tormenta. La balsa era más frágil y el maderamen crujía con el alzarse y caer de cada ola.
No duraría ni una hora si tenía que asirse a un tronco en él agua.
Un profundo cansancio se apoderó de él.
El mar se estaba serenando, alisándose. Se rascó la piel donde la sal la había
resecado y escocía. Entornó los ojos y miró hacia el ocaso. En el océano, que ahora al
ocaso semejaba un lago, se reflejaban bancos de nubes. Las olas mudaban la imagen de
las nubes en franjas de luz yuxtapuestas. Una pálida nube, a continuación tres pinceladas
de azul, después hileras de nubes nuevamente. El reflejo otorgaba a la luz un matiz óseo,
quebrado en haces y ángulos. Cremosas cuñas cuadradas flotaban sobre la piel cristalina.
Alzó la mirada al cielo despoblado, por encima de la bola anaranjada del sol, y avistó una
fina raya de color blanco. Al principio intentó discernir cómo se originaba esta ilusión, si
bien nada había en óptica que ocasionara una línea de luz que se proyectara hacia arriba,
en vez de extenderse horizontalmente. No era la cola de ningún reactor o cohete. Se
adelgazaba levemente según ascendía por la bóveda oscura del firmamento.
Tras describírselo a sí mismo de esta manera, Warren barruntó luego lo que debía ser.
El Gancho del Cielo. Había olvidado el proyecto, no lo había oído mencionar durante
años. Supuso que lo estaban construyendo todavía. El ramal comenzaba bien adentrada
la órbita y descendía hacia la Tierra conforme se aplicaban a él más hombres. Faltaban
años aún para que el extremo entrase en contacto con el aire y se iniciase la peor parte
de la tarea. Si lograban hacerlo descender a través de kilómetros de aire y lo anclaban al
suelo, el artilugio sería una especie de ascensor. La gente y las máquinas subirían por él
hasta la órbita, y los cohetes no volverían a surcar el cielo nunca más. Años atrás Warren
pensó en intentar conseguir un empleo trabajando en el Gancho del Cielo, pero
únicamente sabía cómo funcionaban los motores y allí no utilizaban nada semejante,
nada que requiriese aire para hacer combustión. Resultaba hermoso donde captaba el sol
como la tela de una araña. Lo contempló hasta que se convirtió en rojo sobre la negrura
para desvanecerse posteriormente al tenderse la noche.
2
Despertó por la mañana con el primer alborear de luz. Tenía el brazo izquierdo en torno
a la caña del timón a pesar de haberla atado con un alambre. Lo primero que comprobó
fue el rumbo. Se había desviado un poco y se incorporó para corregirlo, descubriendo
entonces que tenía el brazo izquierdo acalambrado. Lo sacudió. Dado que no se
distendía, le dio unos cuantos minutos para que se restableciera la circulación mientras
desataba la caña del timón y giraba en la dirección correcta. Muy seguro estaba de
conocer el rumbo aun cuando podía apreciar que la corriente había cambiado. La balsa
atajaba mejor las olas en este nuevo ángulo. La espuma rompía sobre la cubierta, el
oleaje era más profundo y la tablazón crujía, pero la controló.
El brazo izquierdo no se desentumecía. Ello se debía al frío de la noche y a dormir
sobre él. Esperaba que el calor aflojara los músculos más adelante, aunque entendía que
probablemente era a causa de que su cuerpo no estaba recibiendo suficientes aumentos
o los adecuados. El brazo tendría que distenderse por sí mismo. Lo masajeó. Los
músculos vibraron bajo su mano derecha y al cabo de un rato pudo sentir un cosquilleo
por todo el brazo aunque, a su parecer, era consecuencia de que la sal se estaba
introduciendo con la frotación.
No había nada en los sedales. Extrajo el cebo, pero se lo habían comido. Se mantuvo
ocupado recogiendo algas a sabiendas de que no servirían de mucho y de que estaba
procurando mantener la sed apartada de su mente. Mal le había ido desde que despertó y
estaba empeorando con el ascender del sol. Buscó el Gancho del Cielo para olvidarse de
la garganta y de la acre sensación tumefacta que tenía en la boca, mas no llegó a
avistarlo. Verificaba el rumbo cuando se acordaba de ello, pero en su cabeza se había
alojado un zumbido que le hacía difícil estimar cuánto tiempo había transcurrido. Fantaseó
con los Pululantes y con cuánto ansiaba uno. Los Espumeantes eran distintos, aunque
ahora le habían abandonado aquí y no estaba seguro de hasta cuándo podría mantener el
rumbo ni de recordar cuál era éste siquiera. El regular golpeteo hueco de las olas contra
el envés de la balsa le apaciguó y cerró los ojos ante el sol.
No sabía cuánto tiempo había dormido, pero al despenar le ardía la cara y tenía el
brazo izquierdo libre. Permaneció allí tendido sintiéndolo y se apercibió de un nuevo tipo
de zumbido. Miró en torno en busca de un insecto —a pesar de no haber visto ninguno
durante muchos días—, luego alzó la cabeza y percibió que el sonido venía del cielo. A
kilómetros de distancia una mancha atravesaba una nube. El aeroplano era pequeño y
funcionaba con hélice, no a chorro. Warren se puso en pie con esfuerzo y agitó los
brazos. Estaba convencido de que le verían porque no había nada más en el mar y de
que destacaría con tal de que lograra mantenerse erguido. Hizo señas, el aeroplano
continuó yendo en línea recta y creyó acertar a ver bajo él algo brincando en el agua
después que hubo pasado su sombra. Luego el aeroplano fue una mota, perdió su sonido
y, finalmente, dejó de agitar los brazos aunque realmente no se había hecho a la idea de
que no le hubieran visto. Se sentó desmayadamente. Estaba jadeando de tanto hacer
señas y entonces, sin percatarse de ello durante un tiempo, comenzó a llorar.
Al cabo de un rato volvió a comprobar el curso, entrecerrando los ojos ante el sol,
considerando la corriente. Se sentó, observó y se abstuvo de pensar.
El chapoteo y los golpes le arrancaron de un sueño febril.
El Espumeante se alejó raudo, zambulléndose en una ola y emergiendo del otro lado
con una sacudida de sus aletas posteriores.
Un cilindro parecido a los demás rodó por la cubierta. Lo cogió con denuedo. La hoja
enrollada del interior era desigual y estaba rasgada.
WAKTPL OGO SHIMA
WSW WSW CIRCLE ALAPMTO GUNJO
GEHEN WSW WSW
SCHLECT SCHLECT YOUTH UNSSTOP
NONGO LUCK LOTS
Ahora en vez de NONGO aparecía OGO. ¿Pensaban que esto era lo contrario? De
nuevo WSW y de nuevo CIRCLE. ¿Otra isla? El mal deletreado SCHLECT, si es que de
eso se trataba, y repetido. ¿Una advertencia? ¿Qué objeto podía haber en ello cuando no
había visto a un Pululante hacía días? Si UNS correspondía al nosotros germano,
entonces UNSSTOP podía ser nosotros stop, detener. El renglón podía significar:
nosotros detenemos jóvenes malos no ir. Y podía no significarlo. Si bien GEHEN WSW
WSW significaba ir oeste suroeste, o de lo contrario todo lo demás carecía de sentido, y
venía incurriendo en un error desde la isla. Había también algo en japonés, pero nunca se
había enrolado en un barco en el que se hablara y lo desconocía por completo. SHIMA.
Le vino a la memoria la ciudad, Hiroshima, y se preguntó si shima aludía a “localidad” o a
“río”, o a algo geográfico. Sacudió la cabeza. El último renglón le hizo sonreír. Los
Espumeantes debían haber estado en contacto lo bastante estrecho con algo para saber
que un saludo al final era un gesto humano. ¿O era a eso a lo que se referían? Se le
ocurrió la idea fatídica de que esto podía significar adiós. O, mirándolo de otra forma, le
estaban diciendo que necesitaría lots of luck, muchísima suerte. Volvió a sacudir la
cabeza.
Esa noche soñó con los ojos, la sangre y el fluido de las aletas de los Pululantes, soñó
con nadar en él y empapar en él la cabeza, y con el agua que era clara y fresca. Cuando
despertó, el sol estaba ya en lo alto y abrasaba, la vela ondeaba al oeste. Ajustó el rumbo
tanto como le era dado recordar y luego se arrastró hasta la sombra de la vela, tal como
había hecho días antes.
Se había dejado la ropa puesta durante todo el tiempo que llevaba en la balsa y ahora
eran andrajos. Seguían evitándole el sol pero estaba apelmazada por la sal y le rozaba
las heridas, provocándole escozor al moverse. Tenía manchas negras en el cuello y en
las manos, donde la piel se había despellejado y había vuelto a quemarse. Antes se había
cubierto con una especie de sombrero que hiciera con piel y huesos de Pululante, y le
había dado una buena sombra, pero se fue por la borda durante la tormenta.
Warren meditó sobre el mensaje sin conseguir extraerle ningún sentido. Se rascó la
barba y descubrió que había en ella una costra de sal parecida a escarcha. También
había sal en sus pestañas, se inclinó sobre el costado boca abajo en el agua y se la
sacudió. Escudriñó las briznas descendentes de luz verde y la sombra oscura de la balsa
ahusándose como una pronunciada pirámide en la lóbrega oscuridad semoviente.
Creyó ver algo que se desplazaba allí abajo, mas no podía estar seguro.
La debilidad le atenazaba ahora. Cogió unas cuantas algas más y las utilizó como cebo
en los sedales. El esfuerzo le dejó tembloroso. Fijó el curso y se sentó a la sombra.
Se despertó sobresaltado y percibió chapoteos cerca de la balsa. Espumeantes.
Saltaban a la luz del mediodía y más allá de ellos se veía una calígine amarronada.
Parpadeó y resultó ser una isla. Se había levantado viento y la lona, plenamente
hinchada, impelía hacia la isla.
Se sentó aturdido y exhausto junto a la caña del timón y enfiló la balsa en dirección a la
isla, corriendo veloz delante del viento, cortando las olas y lanzando espuma sobre la
cubierta. Había una laguna. El oleaje rompía en los arrecifes de coral que circundaban la
isla. La tierra parecía estar como a un kilómetro del otro lado, con colinas boscosas y
playas de blanco resplandor. Los Espumeantes se marcharon por la izquierda, y Warren
vio un espacio despejado en la laguna que se asemejaba a un pasaje.
Giró la caña del timón hasta el tope, la balsa guiñó y se escoró contra las olas que
ahora venían con más fuerza. La cubierta crujió y la lona se orzó, pero la balsa entró en la
cavidad del espacio despejado y, entonces, las olas la hicieron cruzar impetuosa y
velozmente. Sobrepasado el batir de las olas en los corales, bogó ciñéndose al viento
para mantenerse alejado de las manchas oscuras de las aguas poco profundas, y luego
viró hacia la orilla. Los Espumeantes se habían ido, aunque no se percató hasta que la
balsa topó con un banco de arena y miró en derredor, calculando la distancia hasta la
playa. Se encontraba débil y sería una estupidez correr ningún riesgo estando tan cerca.
Se irguió con un gruñido y saltó pesadamente sobre el lado libre de la balsa. Se escoró,
zafándose a continuación del banco de arena, y el viento la arrastró otros cincuenta
metros. Cogió sus utensilios y permaneció de pie en la balsa, titubeando como si el
abandonarla después de todo este tiempo fuese difícil de imaginar. Luego se increpó a sí
mismo y descendió.
Nadó despacio hasta que sus pies tocaron arena, encaminándose entonces con andar
pausado hasta la playa, manteniendo el equilibrio cuidadosamente, por lo que no vio al
hombre salir de entre las palmeras. Warren se arrojó hacia adelante sobre la arena y trató
de levantarse. Sintió contra sí la arena dura y caliente. Volvió a levantarse con punzadas
en las piernas. El hombre se hallaba cerca. Chino o quizá filipino. Le dijo algo a Warren,
éste le formuló una pregunta y se miraron mutuamente. Warren aguardó una respuesta y,
al ver que no iba a producirse, extendió la mano derecha con la palma hacia arriba.
En el silencio, se estrecharon las manos.
3
La debilidad hizo mella en él durante un día y no pudo caminar mucho. El chino le trajo
comida fría en latas y leche de coco. Hablaron pero ninguno conocía una sola palabra de
las dichas por el otro y pronto lo dejaron. El chino se señaló a sí mismo y dijo “Gijan”, o
algo parecido, por lo que Warren le llamó así.
Al parecer, Gijan había ido a la deriva hasta aquí en un bote salvavidas pequeño.
Vestía prendas semejantes a un pijama gris y tenía dos maletines con comida enlatada.
Warren dormía profundamente y le despertó una detonación lejana. Bajó a la playa
trastabillando, buscando a Gijan con la mirada. El chino se hallaba hundido hasta la
cintura en la laguna. Apuntó con una pistola en el agua y disparó, produciendo un fuerte
estrépito, aunque sin levantar mucha espuma. Mientras Warren observaba salieron a flote
delgados peces blancos, conmocionados. Gijan los recogió del agua y los puso en una
hoja de palmera que llevaba. Vino a la orilla sonriendo y le mostró uno de los peces a
Warren. Tenía los ojos saltones.
—¿Crudo? —Warren meneó la cabeza. Pero Gijan no tenía fósforos.
Warren señaló la pistola. Gijan cogió la automática de calibre medio y la sopesó,
mirándole.
—No, es decir, dame una concha. —Vio que era inútil hablando. Hizo un gesto como
de cosas saliendo de la boca del arma, Gijan lo entendió y extrajo un cartucho de un
bolsillo. Gijan echó los peces sobre la arena cuando empezaron a agitarse en la hoja de
palmera, despertando de la conmoción.
Warren recogió broza seca y ramas, las mezcló y cavó un hoyo con las manos. Aún
tenía su cuchillo y un poco de alambre. Abrió el cartucho sirviéndose de ellos. Mezcló la
pólvora con la madera. La noche anterior había estado observando a Gijan y éste no
estaba utilizando fuego, meramente comía de las latas. Warren encontró un poco de
madera y friccionó el alambre a lo largo ante la mirada de Gijan, con el ceño fruncido al
principio. Los peces estaban muertos y brillaban al sol.
Ni loco iba Warren a comer pescado crudo ahora que estaba en tierra. Frotó el alambre
con más fuerza, sosteniendo la madera entre las rodillas y friccionando el alambre
velozmente arriba y abajo. Sintió que le calentaba las manos. Cuando estaba sudando y
el alambre le quemaba y laceraba las manos, se arrodilló junto a la madera y le aplicó el
alambre candente. La pólvora crepitó y chisporroteó durante un instante para prenderse
luego con un estampido, las ramas crujieron y el fuego originó un pálido resplandor propio
al sol. Gijan sonrió.
A Warren le había disgustado el uso del arma para conseguir peces. Pensó en ello
mientras Gijan y él los asaban en palos, pero la idea se esfumó cuando se puso a
comérselos y el suculento sabor crujiente irrumpió en su boca. Se comió cuatro seguidos
sin dejar de beber leche de coco de la que Gijan tenía en latas. El hambre le asaltó
inusitadamente, como si acabara de acordarse de la comida, y no desapareció hasta que
dio cuenta de seis peces y se comió medio coco. Después volvió a pensar en el uso del
arma a tal propósito pero no le pareció tan malo.
Gijan intentó describir algo, utilizando las manos y dibujando imágenes en la arena.
Una nave, hundiéndose. Gijan en un bote. El sol elevándose en el cielo siete veces.
Posteriormente la isla. El bote destrozado en los corales; Gijan, a pesar de todo, nadando
junto a él y llevándolo hasta la orilla medio hundido.
Warren asintió y dibujó su propia historia. No mostró a los Pululantes ni a los
Espumeantes salvo en el naufragio, porque no sabía cómo contar al hombre la
experiencia y, también, porque no sabía qué le parecería a Gijan la idea de comer
Pululantes. Warren no estaba seguro de por qué le había rondado la cabeza esta duda
pero decidió atenerse a ella y no contarle a Gijan demasiado sobre cómo había
sobrevivido.
Por la tarde, Warren se hizo un sombrero y paseó por la isla. Era llana en su mayor
parte cerca de la playa con un pronunciado afloramiento de roca parda donde el contorno
de la isla se adentraba en el mar. Había palmeras y matorrales y hierba y lechos secos de
arroyos. Encontró una gran extensión rocosa llena en el extremo meridional de la isla y la
contempló durante un tiempo. Luego regresó, trajo a Gijan hasta ésta e hizo gestos de
recoger algunas de las pálidas rocas y de acarrearlas.
El hombre captó la idea al segundo intento. Warren garabateó SOS en la arena y se lo
mostró. Gijan frunció el ceño, intrigado. Hizo su propio signo con un palo y Warren no
pudo entenderlo. Había cuatro líneas como el contorno de una casa y una transversal.
Warren golpeó la arena junto al SOS y dijo, “¡Sí!”, y volvió a golpearla.
Muy seguro estaba de que SOS era su símbolo internacional, pero el otro simplemente
se le había quedado mirando. El silencio se prolongó. Hubo tensión en el aire. Warren no
acertaba a comprender de dónde provenía. No se movió. Al cabo de un momento, Gijan
se encogió de hombros y fue a coger más rocas de las de color claro.
Las depositaron por el espacio rocoso, letras de cincuenta metros de longitud. Warren
sospechaba que el aeroplano que había visto estaba buscando supervivientes de la nave
de Gijan, que se había ido a pique en las proximidades, y no del Manamix. Resultaba
curioso que Gijan no hubiese pensado en hacer una señal, aunque tampoco había
pensado en hacer fuego.
A la mañana siguiente, Warren representó dibujos de pesca y se halló con que Gijan no
lo había intentado. Warren supuso que el hombre simplemente estaba esperando a que lo
recogieran y que sentía un poco de miedo de la gran isla silenciosa e incluso más del mar
vacío. Las manos de Gijan eran más suaves que las de Warren, y presumió que el
hombre había sido principalmente oficinista. Gijan habría intentado pescar cuando se
agotara la comida enlatada, no antes. Cuanto había hecho hasta ahora era trepar a unas
cuantas palmeras y hacer caer cocos. No obstante, aquí las palmeras estaban poco
crecidas, y no había mucha leche en los cocos. Necesitarían agua.
Warren trabajó el metal de las latas sobrantes y realizó anzuelos. Gijan vio lo que
estaba haciendo y se marchó por la parte norte de la isla.
Warren estaba inspeccionando la laguna, buscando zonas profundas cerca de la orilla,
cuando encontró la balsa amarrada en una caleta angosta. Gijan debía de haberla hallado
a la deriva, asegurándola allí. La tablazón tenía aspecto gastado y frágil, y el conjunto —la
caña del timón resquebrajada, la lona despintada, las ataduras de alambre oxidadas—
transmitía la sensación de un antiguo naufragio fútil. Warren la examinó durante un rato y,
seguidamente, se marchó.
Gijan le encontró en un tosco refugio rocoso que sobresalía por encima de la laguna.
Gijan llevaba una caja que Warren no había visto. Depositó la caja y la señaló, sonriendo
levemente, orgulloso. Warren miró dentro. Había un revoltijo de sedales en el interior,
algunos anzuelos, una caña, una mascarilla de buceo, aletas, un manual en chino o algo
parecido, un destornillador, y algunos cachivaches. Warren miró al hombre y deseó saber
cómo formular una pregunta. La caja era del mismo tipo que la que contenía la comida
enlatada, así pues, Warren supuso que Gijan había traído todo esto en el bote.
Bajaron a la playa y Gijan dibujó algunas imágenes más, y ésa fue la historia que
resultó de ello. No dibujó nada sobre el haber escondido la caja, pero Warren pudo
figurarse que lo había hecho. Gijan debía de haber visto la balsa acercándose y,
precipitadamente, atemorizado, echó mano a lo que pudo y lo escondió. Después, viendo
que Warren no era motivo de preocupación, salió y trajo la comida. Dejó el resto atrás
sólo por ser precavido. Todavía estaba siendo precavido cuando utilizó la pistola para
pescar. Acaso fuera un modo de enseñársela a Warren sin llevar a cabo amenaza alguna.
Warren sonrió ampliamente, le estrechó la mano e insistió en transportar la caja de
vuelta al campamento. Los cangrejos de tierra se escabullían alejándose de sus pies
según caminaban, dos hombres con un silencio extraño entre ellos.
Warren pescó por la tarde. Los artículos enlatados no durarían mucho si tenían que
comer los dos, y Warren no recordaba haber estado nunca tan hambriento. Su cuerpo
estaba despertando después de haber estado medio muerto y deseaba alimentos y agua,
más agua de la que podían extraer de los cocos. Tendría que hacer algo al respecto.
Pensó en ello mientras pescaba, usando gusanos sacados de las partes umbrías de la
isla, y entonces vio sombras que se movían en la laguna. Se trataba de peces grandes
pero se contorsionaban en sus giros de una manera que le era familiar. Observó; aunque
no salieron a la superficie, estaba seguro.
Comenzó a sentir sed tras haber capturado dos peces. Dejó un sedal con cebo, fue
tierra adentro e hizo caer tres cocos, mas no le depararon demasiada cantidad de la dulce
leche. Llevó el pescado al campamento don»de Gijan mantenía vivo el fuego. Warren se
sentó y contempló cómo destripaba el pescado, sin hacer de ello un buen trabajo. Se
sintió como en los primeros días en la balsa. Hechos nuevos, problemas nuevos. Esta isla
era únicamente una balsa mayor con más que extraer, aunque primero tenían que
averiguar los medios de hacerlo.
La extraña caja de equipamiento de Gijan contaba con un trozo de manguera de goma
que había compartido alguna pieza de equipamiento ahora omitida. Warren estudió el
amasijo durante un rato. Ociosamente, comenzó a elaborar una cubierta para una de las
latas grandes, encajando piezas metálicas. Doblándolas sobre el borde de la lata y en
torno al extremo de la manguera, descubrió que constituían un sello excelente. Realizó un
asa para la lata, trabajando pacientemente. Gijan le observaba con interés. Warren le
mandó a por algas en una lata grande. Aparejó la manguera para pasarla a través de una
serie de latas más pequeñas. Llenó la lata grande de algas, selló la cubierta hermética y
la puso al fuego. Contemplaron cómo hervía el agua y luego salía vapor por la manguera.
Gijan entendió la idea y metió algas en las latas pequeñas. Enfriaban la manguera
haciendo que, en el extremo, el fino chorro de vapor se condensara en un reguero de
agua fresca.
Se sonrieron mutuamente y contemplaron el lento goteo. Al atardecer bebieron por
primera vez. Era salobre, aunque no mala.
Warren se sirvió de gestos y dibujos en la arena para preguntar a Gijan por el surtido
del equipamiento. ¿Había estado en un navío de investigación? ¿En una embarcación
ligera muy rápida?
Gijan dibujó el perfil de un carguero corriente, añadiendo incluso las botavaras. Gijan
señaló a Warren, por lo que hizo un bosquejo del Manamix. Mediante pantomima,
ademanes y sonidos imitativos, se comunicaron sus oficios. Warren trabajaba con
máquinas y Gijan era una especie de comerciante. Gijan sacó un mapa desproporcionado
del Pacífico y señaló un punto no lo bastante grande o en el lugar correcto para ser
ninguna isla que Warren conociera. Gijan bosquejó redes y bote a motor y Warren supuso
que habían estado utilizando un carguero para probar fortuna. Sonaba estúpido. Hasta
ahora no se había parado a pensar en las islas aisladas desde hacía años y en cómo
obtenían alimentos. No se podía abastecer a una población pescando en la orilla. La
mayoría de las cosechas eran escasas en el terreno arenoso. Por lo que imaginó que la
isla de Gijan había blindado un carguero, haciéndolo zarpar con redes, a la desesperada.
Si se trataba de una isla lo bastante grande, podían tener un aeroplano y algo de
combustible en reserva, y quizá fuera ése el que había visto.
Gijan volvió a mostrarle los chismes que contenía la caja. Estaban bastante
baqueteados y cubiertos de sal, y Warren presumió que habían sido abandonados hacía
años, cuando el carguero todavía estaba en funcionamiento. En la época en la que los
Pululantes se estaban expandiendo, Warren poseía un arma como todo el resto de la
tripulación, no en su propio petate donde alguien podía haberlo encontrado, sino en un
armario de repuestos para las máquinas. Ahora que pensaba en ello, un bote salvavidas
era un sitio mejor para estibar un arma, junto con algunos pertrechos raros que nadie
querría. Al necesitar un arma, ya estarías en cubierta y podrías acceder a ella fácilmente.
Miró el rostro consternado de Gijan y trató de leer en él, pero los ojos del hombre eran
inexpresivos, meramente observaban con un fruncimiento de estupor. Era difícil apreciar
lo que Gijan quería dar a entender con algunos de sus dibujos, y Warren se hartó de todo
el asunto.
Comieron cocos a la puesta de sol. Los verdes eran como gelatina por dentro. Gijan
tenía un medio de abrir los usando una estaca metida en cuña en el suelo apretado. La
estaca era aguzada y Gijan golpeaba el coco contra ella hasta que la cáscara verde se
rompía. Los de cáscara dura tenían la correosa carne blanca en el interior aunque no
mucha leche. Las palmeras se combaban con los vientos alisios y eran de poca altura.
Warren las contó a todo lo largo de la playa y estimó cuánto les llevaría a los dos despojar
la isla. Menos de un mes.
Más tarde, Warren bajó a la playa y se metió en el agua. Una corriente le tironeó de los
tobillos y siguió con la mirada el rizarse de las aguas claras donde discurría una corriente
profunda. Rodeaba la isla hacia el pasaje en los corales, evacuando la cuenca de la
laguna en el océano bajo la marea nocturna. Las crestas se ondulaban blancas contra la
cuña oscura del anillo de coral y, más allá, se divisaba el negro horizonte abrupto.
Tendrían que conseguir pescado de la laguna y los sedales de la costa no serían
suficientes. Aunque ése era solamente uno de los motivos para volver a salir.
Regresó a la sombría luz de la luna, pasado el fuego donde Gijan estaba sentado
contemplando la silbante destiladora y, luego, se internó en los matorrales. Colina arriba,
Warren encontró un árbol y lo descortezó. Lo hizo astillas y las maceró sobre una roca. Se
hallaba extenuado para cuando tuvo una sopa de amargo sabor cociéndose en el fuego.
Gijan observaba. Warren no tenía ganas de intentar contarle lo que estaba haciendo.
Warren vigiló la cocción, cayó dormido y despertó cuando Gijan se inclinó sobre él para
probar la mezcla espesa de la lata. Hizo una mueca. Warren apartó la lata, quemándose
los dedos. Meneó la cabeza bruscamente y puso la lata donde alcanzaría una
borboteante ebullición. Gijan se marchó. Warren le ignoró y volvió a caer dormido.
Los mosquitos nocturnos dieron con ellos. Warren despertó y se palmeó la frente, y, en
cada ocasión, a la decreciente luz anaranjada del fuego, su mano estaba cubierta por una
masa aplastada de color marrón rojizo. Gijan gruñía y se quejaba.
Por la mañana, volvieron andando penosamente a los matorrales, los mosquitos les
abandonaron y se ovillaron en el suelo para dormir hasta que el sol atravesó el dosel de
hojas de arriba.
Los sedales que Warren había dejado durante la noche estaban vacíos. La pesca
estaba abocada a ser mala cuando no tenías ninguna oportunidad de manejar el sedal.
Para desayunar tomaron más cocos y Warren comprobó la mezcla, ahora enfriándose,
que había preparado. Era espesa y había teñido la madera de un negro intenso. La apartó
sin pensar mucho en el uso que podía darle.
Con el fresco de la mañana, reparó la balsa. El lento obrar de la marea había soltado
las amarras y algunos de los tablones estaban corroídos. Serviría en la laguna, pero
mientras trabajaba rememoró a los Pululantes arrastrándose tierra adentro en la última
isla. Los grandes seres eran lentos y torpes, y con la pistola de Gijan los hombres
tendrían ventaja, aunque sólo eran dos. Nunca podrían cubrir toda la isla. Si los
Pululantes venían, la balsa podría ser la única escapatoria de que dispusieran.
Llevó los aparejos de pescar a bordo y soltó las amarras. Gijan le vio y bajó corriendo
por la dura arena blanca. Warren le hizo señas. Gijan estaba alborotado farfullaba y su
mirada iba de Warren a la abertura en los corales. Sacó la pistola y la blandió en el aire.
Warren izó la vela de lona y giró en redondo el botalón con lo que la balsa se alejó del
pasaje y avanzó a lo largo de la playa, en torno a la isla. Cuando volvió a mirar, Gijan le
estaba apuntando con la pistola.
Warren frunció el ceño. No podía comprender al hombre. Un momento después,
cuando Gijan vio que estaba navegando decididamente por la laguna, la pistola
descendió. Warren le vio devolver el objeto al bolsillo y, a continuación, ponerse a trabajar
disponiendo sus sedales. Mantuvo viento suficiente en la vela para enderezar el impulso y
desplazar el cebo a fin de que pareciera que estaba nadando. Quizá debería haber hecho
un dibujo para Gijan. Warren lo rumió por un instante y luego se encogió de hombros. Un
sedal de popa se agitó al rozarlo algo, y Warren se olvidó de Gijan y de su pistola y se
dedicó a la captura.
Cogió cuatro peces grandes por la mañana. Uno tenía el lomo listado y la panza
plateada de un bonito, no reconoció a los demás. Gijan y él se comieron dos, limpiando y
destripando a los restantes y, por la tarde, volvió a salir. De pie sobre la balsa, acertaba a
ver la sombra de los peces grandes cuando entraban en la laguna. Un Espumeante se
movía veloz en lontananza y permaneció alejado de él, temiendo que viniera a por los
sedales remolcados. Al cabo de un rato se acordó de que nunca habían tocado sus
sedales en el océano, por lo que no viró la balsa cuando el Espumeante dio un gran
brinco cerca, volteando de aquel modo insólito. Gijan se hallaba en la esplendente playa
blanca, reparó Warren, observando. Otro brinco, salpicando espuma, y entonces un tubo
repiqueteó en la tablazón de la balsa.
SHIMA STONES CROSSING SAFE YOUTH
WORLD NEST UNSSPRACHEN SHIG ANO
YOU SPRACHEN
YOUTH UMI HIRO SAFE NAGARE CIRCLE
UNS SHIO
WAIT WAI TYOU
LUCK
Warren fue a tierra con él y Gijan alargó la mano hacia la hoja lisa. El hombre se movió
de improviso y Warren retrocedió, protegiéndose. Ambos permanecieron rígidos durante
un momento, mirándose mutuamente. El rostro de Gijan crispado y atento. Luego, de
manera controlada, se relajó, naciendo un ademán despreocupado con las manos, y
ayudó a amarrar la balsa. Warren llevó el tubo y la hoja de una mano a otra y, finalmente,
sintiéndose torpe, los tendió a Gijan. Éste leyó las palabras despacio, con los labios
apretados.
—Shima —dijo—. Shio. Nagare. Umi. —Sacudió la cabeza y miró a Warren, volviendo
a formar las palabras con los labios en silencio.
Dibujaron imágenes en la arena. Por SHIMA, Gijan bosquejó la isla, y por UMI el mar
que la rodeaba. En la laguna, dibujó líneas sinuosas en el agua y dijo varias veces,
“Nagare”. Al otro lado de la isla dibujó una línea y luego hizo gestos en picado indicativos
de algo grande, diciendo: “Hiro”.
Warren murmuró.
—¿Una isla extensa? ¿Hiro Shima? —Pero, aparte de parpadear, Gijan no mostró
ningún signo de haber comprendido. Warren le enseñó una piedra por STONE, y dibujó la
Tierra en vez de WORLD, aunque no tenía la certeza de si era eso lo que significaban las
palabras de la hoja rebujadas con la otras. ¿Qué significaba la W en negrita de WORLD?
Hablaron atropelladamente sobre el atronar en el arrecife. La retahíla de palabras no
dio pie a ningún plan sensato y, aunque así hubiera sido, Warren no estaba seguro de
poder contar a Gijan su parte en él, los retazos de palabras inglesas, o de que Gijan
pudiera hacerle entender las extranjeras. Sintió en Gijan ahora una inquieta energía, una
impaciencia ante el enrevesado batiburrillo de lenguaje. WAIT WAIT YOU (espera espera
tú) después LUCK, (suerte). A Warren se le antojaba que llevaba ya largo tiempo
esperando. Aun cuando en este mensaje el inglés se prodigaba más y resultaba más
claro, los Espumeantes no tenían manera de saber qué lenguaje comprendía Warren, no
a menos que se lo dijera. Frunciendo el ceño por encima del diagrama que Gijan estaba
dibujando en la arena harinosa, se dio cuenta repentinamente de por qué había hecho la
mezcla de corteza la pasada noche.
Le llevó horas escribir un mensaje en el dorso de la hoja. Una pluma de bambú rascaba
la superficie, pero si la mantenías recta no presionaba. La acre tinta negra goteaba y se
corría, pero poniendo la hoja plana al sol logró que se secara sin muchos borrones.
HABLO INGLÉS. ¿VENDRÁN AQUÍ LOS JÓVENES? ¿ESTAMOS A SALVO DE LOS
JÓVENES EN LA ISLA? SHIMA ES ISLA EN INGLÉS. ¿DE DÓNDE SOIS? ¿PODEMOS
AYUDAROS? SOMOS AMISTOSOS.
SUERTE
Gijan no pudo comprender nada o, al menos, no lo demostró. Warren volvió a sacar la
balsa al anochecer cuando el viento se retiró hacia el norte y amainó en brisas
caprichosas. La vela se orzó y tuvo dificultades para sacar la balsa de las raudas
corrientes de la laguna hacia el punto en el que sombras vacilantes cruzaban la blanca
extensión de un banco de arena. Un Espumeante saltó y giró mientras se aproximaba.
Sostuvo el botalón para beneficiarse de las últimas ráfagas de viento crepuscular y,
cuando las sombras estuvieron bajo la balsa, arrojó el tubo al agua. Se balanceó y
comenzó a derivar hacia el pasaje al mar en tanto Warren aguardaba, observando las
sombras, preguntándose si lo habían visto, con la certeza de no poder alcanzar ahora el
tubo antes de que llegara al arrecife y, entonces, un veloz movimiento impreciso debajo
revolvió la arena pálida y una forma ascendió, rizando el agua lisa al saltar. El
Espumeante se dobló en el aire y gravitó durante un instante, volteando, antes de caer
con un restallido y desaparecer en una cascada de brillante espuma. El tubo se había
esfumado.
Esa noche los mosquitos vinieron de nuevo y les expulsaron hasta el suelo rocoso
cercano al centro de la isla. Por la mañana, tenían las manos entreveradas de sangre
donde se habían palmeado la cara y las piernas durante la noche, pillando a los rollizos
mosquitos a medio camino de su banquete.
Al alba, Warren salió de nuevo y dispuso sus sedales a la mayor brevedad. Había
muchos peces junto al banco de arena. Uno de ellos rozó un sedal, y, cuando Warren lo
sacó, el ser tenía los ojos muy hundidos, una boca pequeña como pico de loro, agallas
legamosas y duras escamas azules. Oprimió la carne y la depresión permaneció durante
un tiempo, como ocurre si aprietas las piernas a un hombre con lepra o hidropesía.
Desprendía mal olor según se iba calentando sobre la tablazón, por lo que lo tiró,
convencido de que era venenoso. Flotó. Un Espumeante saltó en su proximidad, luego lo
cogió y desapareció. Warren pudo ver más Espumeantes moviéndose debajo. Estaban
comiéndose el pez venenoso.
Capturó dos atunes saltarines y los llevó a tierra para que Gijan los limpiara. El hombre
le estaba observando fijamente desde la playa y a Warren no le agradó. Lo que había
entre los Espumeantes y él era algo suyo, y no deseaba continuar con la estupidez de los
dibujos y la gesticulación para intentar explicárselo a Gijan.
Fue al palmeral donde el fuego crepitaba y cogió la mascarilla de buceo que había visto
en la caja de Gijan. Estaba hecha para una cabeza más pequeña, pero con la tira de
goma apretada pudo ceñirla contra el puente de la nariz y hacerla encajar. Cuando bajaba
a la playa Gijan dijo algo, mas Warren prosiguió hasta la balsa y zarpó, bogando con el
viento del sur hacia el banco de arena. Varó la balsa en el banco para que se mantuviera
firme.
Se tendió en la balsa y escudriñó las sombras movedizas. Estaban al menos a cuatro
brazadas por debajo y habían acabado con el pez venenoso. Siete Espumeantes flotaban
por encima de una mancha oscura, ondulando sus aletas delanteras donde los huesudos
lomos sobresalían como gruesos dedos. La luz del sol arrancó destellos del objeto en el
que estaban afanados y una vaharada de niebla gris emergió súbitamente de él,
deshaciéndose en burbujas. Era vapor.
Warren yacía asomado de medio cuerpo sobre el costado de la balsa y observaba las
bocanadas regulares de vapor ascendiendo desde la máquina. Sin pensar en el peligro,
se deslizó por la borda y se zambulló, nadando con fuerza, impeliéndose tan hondo como
le fue posible a pesar de la tirantez y la quemazón en el pecho. Los Espumeantes se
movieron al verle y la máquina ganó nitidez. Era un montón de chatarra, piezas del casco
de un barco y collares de cubierta y aparatos de todos los tamaños. Había cuatro baterías
montadas en un flanco y cables recubiertos de óxido iban desde ellas hasta la máquina.
Había otros fragmentos y trozos de metal trabajado y estaba seguro de que parte de ella
no había sido fabricada por el hombre. Aquí y allá crecían nudos de algo amarillo, y a la
luz ondulante, vacilante, había algo en la forma y configuración del objeto que Warren
reconoció como pertinente y, sin embargo, le constaba no haber visto nunca antes nada
semejante. Hay una lógica en una máquina que deriva de la labor que ha de ejecutar, y
estimó que ésta estaba bien moldeada, en tanto que los pulmones al fin le ardieron
demasiado y pugnó hacia arriba, abandonándole todo pensamiento cuando dejó que el
aire escapara de él y siguió el ascenso de las burbujas plateadas hacia las láminas
cambiantes, oblicuas, de sol amarillo verdoso.
4
En la laguna, el agua se ensombrecía desde el azul pálido de la playa hasta el
esmeralda del profundo canal en el que las corrientes discurrían con las mareas. Más allá
de los corales retorcidos, el mar era de un gris intenso.
Warren faenó durante cinco días en las lentas aguas oscuras próximas al banco de
arena. Realizó un anclaje doble en la balsa con lo que la cubierta quedó afirmada. De ese
modo pudo escribir bien en ella con la mixtura de cortezas, secando luego las hojas que
los Espumeantes le traían.
La primera réplica de ellos no fue mucho mejor que los primeros mensajes, pero él
imprimió una respuesta simple en letras mayúsculas y, gradualmente, averiguaron lo que
no podía comprender. Su siguiente mensaje contenía más inglés, menos japonés y
alemán y menos de las extrañas palabras compuestas a partir de partes de lenguajes.
Había extensiones más largas asimismo, más similares a oraciones ahora que a sartas de
nombres.
Los Espumeantes no parecían pensar en cosas que actúan sino en cosas que
meramente son, por lo que anotaban nombres de objetos en largas hileras como si las
cosas aludidas reaccionaran unas con otras, cada una dotando de mayor claridad a las
demás y de mayor especificidad, hallándose en las relaciones entre ellas lo que las cosas
llevaban a cabo. Era un modo arduo de aprender a pensar, y la mayoría de las veces
Warren no tenía la certeza de saber lo que significaban los apretujados grupos de
palabras. En ocasiones, las sucesiones de palabras no le decían nada. Las formas azules
de debajo recorrían la arena de ósea blancura en elaborados arabescos sinuosos,
volteando y volteando con destellos de sus aletas ventrales, en bosquejos que se le
escapaban. Cuando el sol estaba bajo por la mañana o al anochecer, no lograba distinguir
a los Espumeantes por sus sombras, y las largas siluetas deslizantes se fundían con los
ecos oscuros de la arena en una suerte de lenta danza elíptica.
Se tendía medio asomado en la balsa y los contemplaba, cuando estaba cansado de
los mensajes, y escudriñaba con la mascarilla, tornándosele ostensible algo en su veloz
deslizarse. Intentaba entonces formular una pregunta sencilla. La escribía, la secaba y la
arrojaba a la laguna. A veces eso bastaba para abrirse paso por entre los abigarrados
renglones de sustantivos interminables que le habían ofrecido, y veía un atisbo de
pensamiento suspendido entre las palabras en un espacio que cada una permitía sin
llegar a definir. Era como si las palabras se apelotonaran, aunque dejando entre ellas un
hiato, y la labor consistía en ver el hiato en lugar del borrón que lo rodeaba. Contempló la
espumeante elegancia que poseían en el verde esmeralda crepuscular, pero no pudo
descifrarla.
Cada día iba a tierra al anochecer. La captura de los sedales a remolque era buena por
la mañana y se esfumaba por la tarde. Quizá tuviera algo que ver con los Espumeantes.
La fácil captura matutina le dejaba la mayor parte del día para estudiar las muchas hojas
que le traían y para trabajar en sus propias respuestas titubeantes.
Gijan estaba en la playa la mayor parte del día y observaba. No volvió a mostrar la
pistola de nuevo al salir Warren. Mantenía el fuego y la destiladora en activo, y comían
bien. Warren llevó las hojas acabadas a tierra y las guardó en la caja de Gijan, pero no
pudo contarle mucho de lo que había en ellas, al principio porque las líneas en la arena y
los gestos no eran suficientes y, posteriormente, porque el mismo Warren no sabía cómo
contarlo.
A Gijan no parecía importarle no estar al tanto. Cuidaba del fuego, hacía caer cocos,
los abría y destripaba la captura y, al cabo de un tiempo, no preguntó nada más. En
ocasiones, abandonaba la playa durante horas y Warren supuso que estaba recogiendo
madera o algunas de las agrias hojas comestibles que tomaban en la cena.
Para Warren, el saber era lo único que contaba, y se alegraba de que Gijan hiciera el
trabajo y no le molestara. Al mediodía, bajo el riguroso fulgor del cielo, comía poco porque
deseaba mantener la cabeza despejada. Por la noche, sin embargo, se atiborraba de
pescado caliente y húmedo y agua con sabor a lata. Despertó al temprano sol abrasador.
Los mosquitos seguían picando, pero ahora no le incordiaban tanto.
Al tercer día de este tenor, empezó a escribir para sí mismo una especie de miscelánea
sobre lo que querían decir. Tan pronto como la leyó, supo que no era acertada. Nunca se
le habían dado bien las palabras. Cuando estaba casado, no escribía cartas a su esposa
al embarcar aunque estuviese fuera medio año. Pero este escrito era un modo de
registrarlo, y le gustaba el acto de garabatear los desparejos renglones en los dorsos de
las hojas de los Espumeantes.
EN LA LARGA ÉPOCA ANTERIOR, LAS PRIMERAS FORMAS SE DESENVOLVÍAN
CON FACILIDAD EN EL MUNDO, LUEGO SE ALZARON, SALTANDO DESDE EL
FONDO DEL MUNDO A LA TIERRA. FABRICARON LOS INSTRUMENTOS QUE
CONOCEMOS, DESCUBRIERON EL FUEGO, FABRICARON LA ARENA ENDURECIDA
AL FUEGO POR LA QUE PODEMOS VER A TRAVÉS, CON LO QUE PUDIMOS
PRESERVAR LA LUZ. LAS NUBES SE ABREN, PODEMOS VER LUCES, ESTUDIAR
LOS PUNTOS DE ARRIBA. VEMOS LUCES QUE NO PODEMOS ALCANZAR. NI
SIQUIERA EL MAYOR DE NUESTROS
SALTADORES PUEDE TOCAR LAS LUCES QUE SE MUEVEN. PRESERVAMOS LA
LUZ, LA ELEVAMOS Y DESCUBRIMOS QUE LAS LUCES DEL CIELO SON PEQUEÑAS
Y CALIENTES, PERO HAY UNA LUZ QUE PRESERVAMOS PARA NOSOTROS Y
DESCUBRIMOS QUE ES UNA PIEDRA EN EL CIELO. PENSAMOS QUE OTRAS
LUCES SON PIEDRAS EN EL CIELO AUNQUE MUY LEJOS; NO VIMOS NINGÚN
OTRO LUGAR COMO EL MUNDO. NADAMOS EN EL FONDO DE TODAS LAS COSAS
—EN EL MUNDO, EL LUGAR DONDE QUIEREN CAER LAS PIEDRAS— PERO LA
CORRIENTE QUE CAE COGE LAS PIEDRAS DEL CIELO, HACE QUE NOS DEN
VUELTAS. VUELTAS PARA SIEMPRE COMO LOS CAZADORES DEL MUNDO ANTES
DE REUNIRSE PARA LA MATANZA, ASÍ QUE LAS PIEDRAS NO PUEDEN
GOLPEARNOS EN NUESTRO REFUGIO, EL MUNDO DE LA GENTE.
CREÍAMOS QUE EL NUESTRO ERA EL ÚNICO MUNDO Y QUE TODO LO DEMÁS
ERA PIEDRA FRÍA Y PIEDRA ARDIENTE. Y, AL PRESERVAR LA LUZ SIN PENSAR EN
ELLO, VIMOS QUE LA FRÍA PIEDRA EN EL CIELO HACÍA CRECER UNA LUZ QUE SE
ENCENDÍA, LUEGO SE APAGABA, LUEGO SE ENCENDÍA. UNA Y OTRA VEZ,
MOVIÉNDOSE AHORA DE FORMA EXTRAÑA EN EL CIELO Y DESPUÉS HACIENDO
CRECER MÁS PIEDRAS, SE MOVÍA, CAÍAN PIEDRAS EN EL MUNDO, PIEDRAS MÁS
PEQUEÑAS QUE LA GRAN PIEDRA DEL CIELO, GOLPEABAN, MATABAN, TRAÍAN
GRANDES ANIMALES QUE APESTAN, QUE COMEN CADA PEDAZO DEL MUNDO
QUE SE LES PONE POR DELANTE. METIÉNDONOS DENTRO DE ELLOS A
ALGUNOS DE NOSOTROS, GRANDES PIEDRAS HACIENDO GRANDES ANIMALES
QUE NO ESTÁN VIVOS PERO ENGULLEN, MANTENIÉNDONOS DENTRO DE ELLOS
EN EL AGUA, AGUA AMARGA QUE TRAE DOLOR, VIVIMOS ALLÍ, LA LUZ VENÍA DE
LA TIERRA QUE NO ES TIERRA, UN MUNDO QUE NO ES EL MUNDO, NINGUNA OLA,
NINGUNA TIERRA, PERO ESTÁ LA PIEDRA BRILLANTE A LA QUE NO PODEMOS
TREPAR POR TODAS PARTES, NINGUNA TIERRA A LA QUE SE ARRASTREN LOS
JÓVENES. PASA MUCHO TIEMPO, CANTAMOS UNA Y OTRA VEZ LA CANCIÓN DEL
NACIMIENTO PERO NO LLEGA, LA CANCIÓN NO HACE QUE EL NACIMIENTO SE
PRODUZCA EN ESTE MUNDO ROJO, ESTE MUNDO PEQUEÑO QUE UNO DE
NOSOTROS PUEDE CRUZAR EN EL TIEMPO DE UN SOLO CÁNTICO. LOS JÓVENES
CAMBIARON SU CANCIÓN DESPACIO. LUEGO MÁS Y LUEGO MÁS, SU CANCIÓN
SE ALEJA DE NOSOTROS, CANTAN EXTRAÑAMENTE PERO NO SE ARRASTRAN.
COSAS CALIENTES Y ROJAS BURBUJEAN EN EL PEQUEÑO MUNDO EN EL QUE
VIVIMOS Y LOS JÓVENES SE LAS BEBEN. LA PIEDRA LISA POR TODAS PARTES
QUE HACE BRILLAR ESTE MUNDO CON LUZ QUE NUNCA CRECE Y NUNCA SE
APAGA. GUARDAMOS ALGUNOS DE NUESTROS INSTRUMENTOS Y PODEMOS
SENTIR LA MARCHA DEL TIEMPO. PASAN MUCHAS CANCIONES, NO DEJAMOS
QUE LOS JÓVENES CANTEN O SE ARRASTREN PERO DESPUÉS ELLOS NO NOS
CONOCEN Y CANTAN SU PROPIO RUIDO BEBIENDO EN LAS CORRIENTES SUCIAS
DEL GRAN ANIMAL QUE HABITAMOS. LA PIEDRA LISA REZUMANDO LUZ, SIEMPRE
RETUMBANDO. LAS CORRIENTES NO ADECUADAS. NOS MOVEMOS
PESADAMENTE, PERDIDAS NUESTRAS MAREAS, LAS CORRIENTES ROJAS
CHUPAN Y TRAEN COMIDA DULCE Y AMARGA, EQUIVOCADA, LOS JÓVENES QUE
DEBERÍAN ARRASTRARSE POR LA TIERRA AHORA COMEN Y CAMBIAN. MUCHO
TIEMPO QUE LAS PAREDES ZUMBAN Y NINGUNA OLA PARA QUE NOSOTROS
CRUCEMOS VOLANDO Y CON UN CHAPOTEO BLANCO.
LUEGO LA PIEDRA LISA SE CALIENTA DESPACIO, SE ABRE, ALGUNOS DE
NOSOTROS MUEREN, LA CANCIÓN SE EXTINGUE ENTRE NOSOTROS,
CORRIENTES AZULES MÁS AMARGAS NOS HUNDEN, MÁS DE NOSOTROS
CAEMOS DESDE LA CANCIÓN, LARGOS SONIDOS FRÍOS NOS HIEREN Y CAEN
MÁS, DE LAS CORRIENTES AMARGAS VIENEN OLAS AHORA, FRESCOS
TORRENTES, SABOREAMOS, CANTAMOS DÉBILMENTE, HABLAMOS, ES UN
MUNDO COMO EL MUNDO, LA PIEDRA LISA POR TODAS PARTES HA
DESAPARECIDO. SALIMOS A LA SUPERFICIE. HAY OLAS DE BLANCURA
CORTANTE, AFILADA. ENCONTRAMOS ALIMENTOS SALADOS, BRINCAMOS EN
AIRES CALIENTES. FUERTE Y VELOZ OLEAJE. PRESERVAMOS LA LUZ Y VEMOS
UNA GRAN PIEDRA EN EL CIELO, PIEDRAS LEJANAS MOVIÉNDOSE A TRAVÉS DE
LAS MUCHAS PIEDRAS. COMO NUESTRO MUNDO PERO NO DE NUESTRO MUNDO.
LA CANCIÓN ES DÉBIL, PRETENDEMOS CRUZAR EL MUNDO PERO NO PODEMOS,
SABEMOS QUE NOS PERDEREMOS EN ESTE MUNDO SI NUESTRA CANCIÓN SE
EXTIENDE MÁS LEJOS. PERO LOS JÓVENES TIENEN UNA CANCIÓN EXTRAÑA Y
PARTEN. ENCUENTRAN COMIDA, ENCUENTRAN GRANDES ANIMALES EN LAS
OLAS Y ANIMALES MÁS GRANDES QUE APISONAN LAS OLAS, LOS GOLPEAN DEL
MODO EN QUE LO HICIMOS UNA VEZ HACE MUCHO TIEMPO, LANZAN SUS REDES
PARA HUNDIR A LOS APISONADORES DE OLAS. ESTOS APISONADORES NO SON
LOS GRANDES ANIMALES QUE CONOCIMOS EN EL MUNDO Y CUANDO LOS
JÓVENES LOS REMOLCAN HASTA ABAJO MÁS CERCA DEL CENTRO NO ESTÁN
MADUROS, NO REBOSAN DE FRUTOS, SON PICANTES PARA LA BOCA, Y MATAN A
ALGUNOS JÓVENES SIN LIBERAR LAS VAINAS QUE CONDUCIRÍAN A LOS
JÓVENES A LA TIERRA, LES CONDUCIRÍA AL AIRE PARA ASPIRAR, CONDUCIRÍA
AL CAMBIO QUE CONVIERTE A LOS JÓVENES EN LA FORMA QUE SERÍAMOS
NOSOTROS. TEMEMOS Y HUIMOS DE ESTOS SERES QUE APISONAN LAS OLAS,
PERO LOS JÓVENES SE LOS COMEN Y, SIN EMBARGO, NO VAN A TIERRA A
ARRASTRARSE; PERDIMOS LA CANCIÓN CON ELLOS PARA SIEMPRE, YA NO
VUELAN POR LAS OLAS, COGEN A LOS GRANDES ANIMALES QUE ANDAN POR
ENCIMA DE LAS OLAS. LOS JÓVENES SE HAN VUELTO CAPACES DE MATAR A
LOS ANDA-OLAS, SE ZAMPAN A LOS SERES QUE TIENEN DENTRO. VEMOS A
DISTANCIA QUE ES A VOSOTROS A QUIENES SE COMEN LOS JÓVENES, INCLUSO
SI SOIS DAÑINOS Y CAUSANTES DE MUERTE, OS MATAN EN LAS PIELES QUE OS
LLEVAN ANDANDO POR LAS OLAS, LOS JÓVENES NO CANTAN, ROMPEN
VUESTRAS PIELES, CRECEN Y SE COMEN TODO LO QUE SE LES PONE POR
DELANTE. AHORA TÚ TE HAS IDO COMO NOSOTROS. CASI MASTICADO. VENIMOS
AQUÍ, ALEJAMOS A LOS JÓVENES, EL ACTO NOS MASTICA PERO NO ACABA CON
NOSOTROS. TE ENCONTRAMOS EN LAS PIELES QUE AMAS Y NO PODEMOS
CANTAR CONTIGO. TE ENCONTRAMOS UN SOLO HOMBRE Y COMO UNO PUEDES
CANTAR. JUNTOS SOIS MUDOS. ERES EL VIGÉSIMO CUARTO CON EL QUE
HEMOS CANTADO EN LAS OLAS. TU ESPECIE NO PUEDE CANTAR A MENOS QUE
SEAS UNO Y NO PODÉIS CANTAR UNOS CON OTROS. MUCHOS DE LOS OTROS
QUE CANTAN CON NOSOTROS ESTÁN YA MASTICADOS PERO MANTENEMOS
ALEJADOS A LOS JÓVENES DURANTE UN TIEMPO. NOS DEBILITAMOS, LOS
JÓVENES CORREN CON HERIDAS Y DEJAN HEDOR EN LAS CORRIENTES SUCIAS,
POR DONDE ELLOS VAN LOS OLEMOS. EL MUNDO QUE ERA UN MUNDO FALSO
LOS HIZO DE ESTE MODO, NO COMO ERAN CUANDO LOS CONOCIMOS EN EL
MUNDO QUE ERA NUESTRO. NO PUEDEN CANTAR PERO CONOCEN LOS
LUGARES DONDE VOSOTROS CANTÁIS UNOS CON OTROS Y ALGUNOS VAN ALLÍ
AHORA CON SUS HERIDAS. PUEDEN SER MASTICADOS POR VOSOTROS PERO
HAY MUCHOS, MUCHOS DE ELLOS. AHORA ESTÁN DOLORIDOS POR LAS PIELESQUE-
SE-HUNDEN, PERO ESTÁN LOCURA ESTÁN VINIENDO Y OS MASTICAN.
OTROS DURAN…
5
Cada noche, luego de hacerse demasiado de noche para que Warren pudiera escribir a
la luz amarilla del fuego, se trasladaban al interior de la isla. Los mosquitos se quedaban
cerca de la playa y, asimismo, había otros insectos. Warren escuchaba a los peces en la
laguna brincando a por los insectos, y los chapoteos cuando los Espumeantes, a su vez,
cogían a los peces. Podía ver sus estelas fosforescentes en el agua.
Se embadurnaron de barro para mantener alejados a los mosquitos. Todas las
mañanas, los hombres se inspeccionaban recíprocamente y siempre había unos cuantos
puntos negros donde se amadrigaban las garrapatas. Un ascua del fuego aplicada contra
las patas traseras de la garrapata la hacía desprenderse y, entonces, Warren podía sacar
la garrapata con las uñas. Sabía que si la cabeza se quedaba suelta en la piel, se
descompondría, y toda la zona se convertiría en un forúnculo. Reparó en que Gijan tenía
pocas garrapatas y se preguntó si estaría relacionado con la piel oriental.
A la mañana siguiente, Warren consiguió una buena captura y, cuando la izó, se sintió
dolorido por los días de trabajo en la balsa. Tras comer pescado, fue a por más cocos.
Las hojas más blandas eran buenas, igualmente, para frotar la piel a fin de eliminar el
escozor de las picaduras de mosquito y extraer la sal. Ahora era más difícil hallar buenos
cocos y cruzó la isla laboriosamente, subiendo al promontorio y bajando a una área
pantanosa en el extremo sur. Allí había hojas comestibles, masticó algunas despacio en el
camino de vuelta, cavilando. Se encontraba casi al otro lado de una extensión de terreno
pelado cuando vio que era el sitio en el que habían dispuesto el SOS. Las rocas de color
claro estaban allí, aunque diseminadas. El SOS estaba deshecho.
Gijan estaba mirando en la caja de almacenamiento cuando Warren regresó al
campamento.
—¡Eh! —llamó.
Gijan le miró, tranquilo y firme, y luego se puso en pie, tomándose su tiempo.
Warren señaló al sur, fulminó al hombre con la mirada y después se inclinó, dibujando
el SOS en la arena. Lo borró y apuntó a Gijan.
Warren había esperado que el hombre le dirigiera una mirada inexpresiva o una
expresión atónita. En lugar de ello, Gijan se metió una mano en el bolsillo.
Gijan dijo a continuación con gran claridad:
—No importa.
Warren permaneció absolutamente inmóvil. Gijan sacó la pistola del bolsillo
casualmente, sin apuntar a nada. Warren inquirió con cautela.
—¿Porqué?
—¿Por qué engañarte? Para que prosiguieras con tu —hizo una pausa— buena labor.
Has hecho notables progresos.
—Los Espumeantes.
—Sí.
—¿Y el SOS…?
—No deseaba que nadie que no debiera divisara la isla.
—¿De quién se trataría?
—Varios. Los japoneses. Los americanos. Hay informes de que los soviéticos están
interesados.
—Así que tú eres…
—Chino, por supuesto.
—Por supuesto.
—Me gustaría saber cómo escribiste ese sumario. He leído los mensajes directos que
obtuviste de ellos, los he leído muchas veces. No he podido ver mucho en ellos.
—Hay más en ellos de lo que escribieron.
—¿Estás seguro de haber traído todos sus mensajes a tierra?
—Claro. Los guardo todos.
—¿Cómo es que descubres cosas que no están en los mensajes?
—No creo poder contártelo.
—¿No puedes? ¿O no quieres?
—No puedo.
Gijan se mostró meditabundo, estudiando a Warren. Finalmente dijo:
—No puedo emitir un juicio al respecto. Tendrán que decidirlo otros, otros más sabios
que yo. —Hizo una pausa—. ¿Estuviste de veras en un naufragio?
—Sí.
—Es extraordinario que hayas sobrevivido. Pensé que morirías cuando te vi la primera
vez. ¿Eres marino?
—Maquinista. ¿Y tú qué eres?
—Soldado. Una especie de soldado.
—Una especie insólita, me da la impresión.
—No es éste el cometido que yo hubiera escogido. Me siento en este sitio horrible y
trato de hablar a esos seres.
—Ja, ja. ¿Ha habido suerte?
—Nada. No me responden. Los instrumentos que me dieron no sirven. Algo semejante
a linternas. Productores de sonidos. Cosas que flotan en el agua. Me dijeron que estaban
concebidos para estos seres.
—¿Qué ocurrirá si no responden?
—Mi trabajo habrá terminado, entonces.
—Bueno, supongo que te he dejado sin trabajo. Sin embargo, todavía vamos a
necesitar algo para comer. —Indicó la balsa y se volvió hacia ella, y Gijan le encañonó
con la pistola.
—Puedes descansar —dijo éste—. No llevará mucho tiempo.
QUINTA PARTE – 2060 ESPACIO INTERESTELAR ENTRE RA Y ROSS
1
En el 2046, la Tierra había lanzado una serie de sondas exploratorias a las estrellas
próximas. Ahora estaban llegando, husmeando la miríada de misterios de Epsilon Eridani,
Ross 128, Cygni, y otros nombres crípticos que una vez fueran símbolos anodinos de
catálogo y ahora eran blancos luminosos. Las sondas transmitían sus datos tanto a la
Tierra como al Lancer, para ahorrar años de demora en la retransmisión. Para filtrar y
comprender el flujo multicanal, Ted Landon había formado equipos compuestos de
analistas de datos de alto flujo, variados científicos, y cualquiera con experiencia de
campo.
Nigel entró en la lista. Para dominar los procesadores colectivos tuvo que aislarse
completamente, abierto únicamente al uniforme tecleteo salutatorio de los datos de la
sonda, enfocando el declinar y surgir de sensaciones provenientes de las sondas según
atravesaban sistemas estelares, se zambullían en densas atmósferas y, finalmente,
avanzaban desde sus cápsulas y recorrían incluso las tierras alienígenas.
La primera sonda automatizada alcanzó la estrella Barnard y redujo su velocidad
rebasando dos planetas pequeños. Las señales llegaron sólo unos meses después de
que el Lancer abandonara Isis. Los mundos, del tamaño de Mercurio, eran baldíos,
carentes de interés. No parecía haber nada interesante en relación a las estrellas, aparte
de las mediciones rutinarias de arcos de ondas de choque, escrutinio de cometas y
análisis de manchas solares. A medio camino del sistema, la sonda dejó de transmitir
bruscamente. No volvió a dejarse oír. Los astrónomos sospechaban que, al estar
cruzando el plano eclíptico del sistema por aquel entonces, la sonda no había logrado
esquivar un asteroide.
Nigel se pasaba el tiempo en una cápsula de aislamiento, monitorizando caudales de
datos de Epsilón Eridani. La sonda se internó, localizando el distante brillo móvil que eran
los planetas, cartografiando el plano de la eclíptica de Eridani, bosquejando las historias
orbitales con diestras pinceladas newtonianas. Las tres personas, en sus frías vainas
oscuras, enlazados con datos holográficos, de plenitud sensorial, vieron a la sonda pasar
rutilante junto a un reducido punto lumínico de un gris oscuro.
Antes de que pudieran conjuntar sus impresiones propias, los programas astrométricos
de a bordo de la sonda examinaron el volumen cercano, escucharon en busca de
murmullo infrarrojo o chasquidos similares del gris, y hallaron cuatro: una nube Oort de
protocometas que trazaban sus lentos picados en mortaja de polvo. La sonda con forma
de araña continuó veloz, siguiendo su propia lógica. Los receptores humanos insertos en
el flujo de números y espectros, compusieron una semblanza con implicaciones humanas.
Masa de la estrella: 0,83 solar. Seis planetas. Tipo espectral K2, manchas solares
visibles. Dos gigantes gaseosos; un mundo del tamaño de Marte; el resto, meras rocas.
Ningún océano, ausencia de vida.
“Sí, pero el del tipo terrestre tiene atmósfera, ¿ves?…”, cuando todos sintieron a la
sonda que aminoraba la velocidad, maniobraba… “Claro, aunque no hay nada de oxígeno
y nada de gases en desequilibrio hasta donde alcanzo…”, el mundo estaba aumentando
ante ellos… “Convincente, pero eso es pura teoría…”, un amasijo de grises y marrones y
negros abigarrados… “Mira, eso es una cubierta de nubes, cierto; el preliminar lo pasó por
alto…”, campos de piedra que destellan como las ventanas distantes de una ciudad al
reflejar el amarillo sol poniente… “No lo sé, mica tal vez…”, cadenas montañosas
escarpadas, valles sinuosos… “Algunos indicios de actividad tectónica y, yo diría, que algo
de actividad volcánica por allí, junto al borde…”, el azote del viento y mesetas ruinosas,
grises y llenas de recovecos… “Un planeta insignificante en realidad, tenue atmósfera,
sobre el 0,32 de la masa terrestre… “, ninguna salpidacura de verdor a la vera de los ríos
que van labrando… “Mira esa lectura, C02 más las trazas esperadas…”, tormentas
ululantes, azules sobre las fruncidas tierras pardas; ningún oído que preste atención a su
paso… “Todo el sistema es un desastre, si éste es el mejor…”, la sonda describe un arco
sobre el planeta, pondera para sí la utilidad de desplegar un aparato de superficie… “No,
espera, vuelve a esa última imagen…”, la curva de este mundo es de un esplendoroso
color plateado sobre negro… “Exacto, la toma, del horizonte…”, una esquirla de un gris
acerado como un fino cable… “Curioso, un planeta pequeño como éste con un anillo
de…”, brillando tenuemente, pero, cuando la sonda sigue trazando el arco, la supuesta
línea recta se niega a engrosarse, a mostrar un disco… “No, míralo, baja directamente a la
Superficie…”, anclada al ecuador… “Estoy hecho polvo, es un Gancho del Cielo…”, el
silencio gélido por respuesta, mientras observan el enorme artefacto, siendo visible ahora
su larga curva, como un pelo aún, fino y atrasándose hasta el ecuador… “¿Por qué?, ¿por
qué levantaría nadie un Gancho de Cielo en un desierto?…”, nada se mueve sobre la
fibra. Pueden constatarlo en las exposiciones sucesivas que envía la sonda, centrando su
propia evaluación en la fina cuña de color gris contra las estrellas… “¿Minería? Ninguna
otra cosa vale una mierda ahí abajo…”, la sonda retrocede ahora, cambia la visión…”Tal
vez no fue siempre de esa forma…”, vuela en círculo por campos de estrellas… “¿Quieres
decir que hay rastros de vida ahí abajo?¿Una civilización? Pero, no hay traza alguna
de…”, una mota que crece… “Ahora no, no…”, la sonda rodea el árido horizonte… “En una
escala de tiempo geológica, ¿qué perduraría?…”, un punto redondo incrementándose…
“Es por algo que, bueno no hay nada de vida, qué podría…”, la media luna informe,
mordisqueada… “Sí, si los nativos construyeron eso, hace tiempo que desaparecieron,
estamos hablando de decenas de millones de años fácilmente y no creo…”, irregular,
grises y negros, un lado aplastado como por un impacto lateral, líneas de tensión en la
roca arcaica de la pequeña luna de este mundo… “Es lógico, claro, hay algunos cráteres
pero no tantos y, en cualquier caso, ¿cómo puedes exterminar toda una biosfera…”, algo
destella con súbita luz naranja en las fosas ensombrecidas de la luna… “Eh, ¿estás
viendo eso..?”, una llama intermitente… “Justo como…”, se proyecta al exterior, crece
hacia la sonda… “Un objeto como el anterior, un Vigilante…”, abarca la lente… “Debe ser
de un alcance de doscientos klicks, incluso más…”, un caos naranja punteado de rojo
encendido… “Dios, espero…”, las manos crispadas, aunque todos eran sabedores de que
esto había ocurrido ya años antes, a parsecs de distancia… “Nos ha alcanzado…”, pero la
rauda propagación les atrapa cuando los brazos anaranjados se alargan y envuelven las
antenas disco… “Cristo, si abrasa a ésos, nosotros…”, el acústico de a bordo registra una
descarga ondulante que viene hacia los tres como un rumor… “Perdiendo la baja
frecuencia…”, una sensación hiriente, fulminante… “Lo freirá, sin duda, si eso alcanza el
equipcom…”, plasma ionizando los interferómetros alineados con precisión… “La
telemetría está fluctuando…”, lentes que han encarado el vacío extremo durante una
década, empañadas, agujereadas y fracturadas… “Pérdida de presión en el criotanque
derecho…”, un calor menguante se difunde a través de los delgados sellos… “Maldita sea,
maldita sea, mira eso…”, las nubes ensortijadas se disipan, refulgen unos chorros
violáceos, el hidrógeno ionizado escinde y decolora los UV… “La microonda prácticamente
ha cesado…”, las estrellas retornan… “Las funciones principales están averiadas…”, el
punto decreciente absorbe su propia lengua de un rojo sangre… “Era esa velocidad de
pasada y rebote, lo alcanzó a más de nueve klicks por segundo…”, la consumida
superficie de debajo semejante a una cripta, se enturbia y brilla con la distancia…
“Sobrepasada, es todo…”, cae la sonda hacia las estrellas, cegada en la negrura, y
paralizada… “Me pregunto por qué aquello dejó el Gancho del Cielo…” Parados sus
motores… “¿Aquello?¿Qué aquello?…” y vuelve abnegadamente a medir las miasmas de
vientos solares… “El aquello que puso el pie en ese yermo, dejando detrás a nuestro
Vigilante…”, la mujer inserta la imagen de él en su plexo, le mira… “Quizá sea demasiado
problemático derribarlo…” Se desembarazan, cada uno, del laberinto acoplativo…
“¿Después de hacer eso a la superficie?…” Trastornados, macilentos, estremecidos
todos… “Sabe Dios cómo, pero…”, interrogantes luces verdes de Control destellan sin ser
percibidas… “Eso es una suposición, claro. Vale, puede que teniendo un ascensor a
mano…” La cabeza de Nigel está agachada, su mano mesa su pelo cano
abstraídamente… “¿Para qué? ¿Para trabajar en superficie?…” Frío fulgor de esmalte…
“O para subir materias primas, ¿cómo voy a saberlo…?” Golpea preocupado la escotilla
de cada uno del equipo externo… “Ha estado ahí una inmensidad de tiempo, yo diría que
para hacer reparaciones, acuérdate del armatoste chafado que iba de pasada. Era de
esperar; así pues, se arregla a sí mismo…”, sudoroso y confinado, entonces la escotilla se
abre… “Bueno, podría ser, pero ¿por qué tomarnos una instantánea?…”, desenredando el
espagueti electrónico… “Cuando el de Isis simplemente dejó al Lancer que se fuera,
¿quieres decir? Hum, tal vez, tal vez éste consideró que no tenía nada más que averiguar.
Hum.”
2
Nigel se preguntaba cómo, en una sociedad tan meticulosamente regida como ésta,
“pavor” se había convertido en el término de argot aceptado por pavo relleno.
Trabajaba en el pavor mismo. Era una masa enorme, viscosa, anegada de nutrientes.
Crecía tan deprisa que un equipo tenía que cortar tajadas, utilizando servobrazos, para
que la carne no agotara sus suministros químicos. Pseudovida, con todas las
verificaciones genéticas sobre excedentes hábilmente eliminadas. Malthus a la enésima
potencia.
Cuando dispuso de tiempo, empleó parte de su preciado almacén de madera, dando
forma y cepillando los tablones hasta que tuvieron un acabado lustroso. El aserrín
exudaba su dulce peso en el aire impersonal de la nave. Escamoteó algunos de los
soportes de celulosa de crecimiento forzado de los invernaderos, y trabajó los blandos
pedazos con ardorosa energía, martilleando y cepillando y utilizando la sierra para dar
textura al grano poroso. El material no era muy consistente, pero valdría para muebles. Le
recordó que también él era tres cuartos de agua, corriendo y refrenándose a instancias
del sordo palpitar de sus venas, un ser hidrostático. Con una pizca de sal añadida, para
significar su origen.
Cada primavera, cuando era niño, rememoró Nigel, había ido de excursión por las
húmedas praderas. Allí, y en las cunetas, escucharía un coro pequeño, estridente, que
resonaba por todo el mundo como un “Estamos aquí, estamos aquí, estamos aquí”,
interminablemente repetido. Ranas, confiados animalejos, que anunciaban su ocupación
de ese nicho ecológico concreto. Sospechaba que ahora, para algún oído mayor que el
nuestro, la burbuja expansiva de chapurreo radial del hombre debía constituir una
resonancia similar que se propalaba un corto trecho en la noche. Únicamente al hallarse
cerca sería molesta, cuando cada vez se pudiera captar una voz estridente.
Desde las alturas de las encapotadas colinas cercanas, las ranas se confundían, no
demasiado mal, con todas las otras voces ambiciosas que, croando y gorjeando, decían lo
mismo: Estamos aquí, estamos aquí, estamos aquí. Un ciclista, pendiente de su meta,
podía rodar por entre el coro de las ranas, sintiendo que estaba ahí aunque sin prestarle
atención alguna, sin intentar distinguir la miríada de voces. Una civilización en la galaxia
auténticamente avanzada, probablemente haría lo mismo ante el leve zumbido radial, o
ante la sonda ocasional en vuelo de pasada, zumbando, como un mosquito, más allá de
su oído.
Otras podían asestar un manotazo causal a tan irritante transeúnte. O incluso solicitar
la intervención del control de plagas.
Wolf 359, era una estrella mortecina con sólo un minúsculo volumen cercano
susceptible de mantener vida. No obstante, un mundo orbitaba allí, uno remarcablemente
similar al que circundaba Epsilón Eridani: pequeño, árido, con una tenue miasma de
atmósfera. No arcaico, como el mundo del “Gancho del Cielo”, si bien había indicios de
que había estado habitado. Ninguna biosfera subsistía. Los pequeños lagos se estaban
desecando.
Las estrellas clase M son las que más tiempo han vivido, y los espectros de Wolf 359
decían que era tan vieja como la galaxia. Hubo sobrados eones para que la vida se alzara
bajo este sol tibio.
Y tiempo para que sucumbiera. El aire y la tierra contenían rastros de los equilibrios
químicos que eran la mínima definición de la vida. Estos rastros estaban declinando
lentamente, pero hablaban en favor de una biosfera que debía haber existido en los
últimos millones de años.
Alrededor del pequeño planeta había dos lunas. Una de considerable tamaño, apenas
limitada a su primaria. La otra más pequeña, de unos cuantos kilómetros de anchura.
Poseía marcas extrañas aquí y allá, marcas que podían ser el resultado natural del
bombardeo de meteoritos a lo largo del tiempo e, igualmente, podían no serlo. La sonda
captó sólo un fugaz atisbo de ella al trazar un arco en torno al mundo parduzco y
erosionado de debajo, prosiguiendo luego. Pasó al lado de un gran gigante gaseoso en su
trayecto de salida del sistema.
“Dios, tener que medir esto y analizar aquello es realmente un trabajo de perros, y todo
para que los de astronomía…”, el planeta, ceñido por una banda, entra desde la
izquierda… “Sí, cuando piensas en ello, ¿qué diferencia supone? En la Tierra están
sumando la misma base de datos…”, una salpicadura de luz en el plano de rotación…
“Vale, vale. Dios, Nigel, sólo porque seas jefe de equipo no significa que no puedas burlar
un…”, puntos brillantes, algunos blancos y otros bermejos por el fulgor reflejado del
mundo gigantesco… “Sí, la conozco…”, la sonda cae en picado a una cita relámpago…
“Trabaja en agro, creo, duerme en P4…”, en un vuelo de pasada cronometrado de dos
lunas… “No está muy buena, pero he oído…”, cae sin energía… “Habló el viejo Aarons.
¿Dientes de conejo? Podría comerse una manzana a través de una raqueta de tenis, y
todo el personal…”, evalúa los vientos estelares y calibra partículas energéticas, densidad
del plasma, flujo de UV… “Lavera, te estás rezagando…”, se aproxima ahora a la primera
luna… “Recibe curiosamente, cantidad de luz retrodispersa del plano de rotación, un disco
de hielo probablemente. Es muy frío, a esta distancia…”, retículas que se despliegan,
lentes que oscilan para encarar la faz agujereada y moteada que se avecina… “¡Eh! He
resuelto que el pretendido disco de hielo no es granuloso en absoluto. Es una larga sarta
de materia, uniformemente espaciada como cuentas en un collar; perlas ciertamente,
porque son muy blancas y el radar indica que lisas. Ninguna retrodispersión en las
longitudes de onda de un centímetro…”, valles de surcos profundos arrojan largas
sombras al aniquilador azul… “Multitud de fuentes pequeñas en el plano, pero vienen
únicamente de esta luna. Me refiero a que no la hay a mayor distancia en…”, una costra
de hielo veteada de negro… “La sonda pasará cerca de una de ellas dentro de unos
minutos…”, ningún cráter… “En el primer flash parece una estructura oblonga. Debe ser un
asteroide, o tal vez una luna fracturada. Puede que las fuerzas de la marea la hicieran
pedazos y dejaran toda esta basura a la deriva hacia la primaria…”, un punto gris como
los demás, aumentando… “Me inclino a pensar que no…”, alargado… “Sí, ¿por qué?…”,
dos gotas de un gris más luminoso separadas de la imagen central… “¿Por qué iban a
lanzarse contra esta luna los detritus de ese tipo?…” Las dos gotas se transforman ahora
en círculos… “Una formación muy insólita…”, el ángulo cambia según se mueve la sonda,
que se acerca, se centra y de pronto, una esplendorosa llamarada arde en el campo
visual… “¿Qué es eso tan veloz?…”, por lo que la sonda reduce la entrada de información,
aplicando polarizadores y filtros… “Es un reflejo, luz reflejada de Wolf 359…”, hasta que su
movimiento la lleva más allá, la luz mengua y logra ver mejor la minúscula cabina de
control en el sitio exacto entre las dos enormes velas solares… “Debe estar utilizándolas
para obtener algo de impulso…” y detrás de ella la oscura masa de hielo apelotonado y la
urdimbre constrictora que sujeta la carga… “¿Lanzada desde esa luna, quiere decir?…”,
las velas captan pacientemente los rojos fotones del lejano sol y se ladean para que la
inercia que imparten impela el hielo umbrío suavemente desde el gigante gaseoso…
“Lavera, adjudica una línea visual a estos objetos, calcula sus trayectorias suponiendo,
por simplificar, que algo los está sacando a intervalos de esa luna…”, durante décadas,
hasta que el tirón gravitacional del planeta es equilibrado por el impulso de la débil estrella
roja… “Sí, se están deteniendo correctamente; una espiral pequeña y hermosa…”, motas
distantes extendidas en una amplia curva lisa… “Sólo que separa más afuera, y aquellos
parece que se arraciman…”, cuando titubean y evacúan luego sus reservas de
combustible por toberas de baja tracción, liberando vapor que ha entrado en ebullición
desde la superficie de los hielos que transportan… “ Y parece que pierden la costra y
vuelven a internarse moviéndose muy despacio, aunque…”, esta vez moviéndose no en
espirales sino en largas órbitas hiperbólicas de baja energía… “Y empiezan a diseminarse
ganando velocidad. Supongo… “, zambulléndose en la presa del mundo rodeado por una
banda amarilla y naranja, rebasadas las giratorias bandas marrones a mayor velocidad de
la que han visto nunca, corrigiendo sus rumbos en virtud de instrucciones de la arcaica y
distante luna nodriza… “Después de eso las he ido perdiendo, supongo que se esparcen
demasiado para poder detectarlas, pero ya no están limitadas por la gravedad, eso puedo
precisarlo…”, caen libres por fin hacia el mundo interior que lo había iniciado todo millones
de años antes… “Me inclino a creer que con ese impulso tan leve el viaje…”, transportando
valioso hielo que intersectará la órbita del pequeño planeta y se adentrará en el vestigio
de atmósfera… “Correcto, Nigel, le doy cinco, seis años hunnert para llegar al sistema
interior. Parece que ese terratipo es la meta, asimismo, o próximo a ella…”, de forma que
el cielo empieza a brillar con una lluvia de meteoritos que vierten vapor cuando caen
libres… “¿Todo esto únicamente para trasladar trozos de hielo?…”, icebergs que se
deshacen en lluvias que centellean en el cielo nocturno por encima de una llanura
agreste… “Saca el promedio, puede que uno al mes…”, el cielo se calienta… “y a ese ritmo
llevaría cuarenta eternidades formar un océano…”, suaves, húmedas brisas se levantan
bajo un sol mortecino aunque perpetuo… “Cierto, pero ése es precisamente el tiempo del
que muy bien pueden disponer…”, los icebergs vienen en ayuda de una biosfera muerta
desde hace mucho, pero que puede, con la presión constante de las leyes químicas,
originar de nuevo… “Lo que es más, apreciarás que había lagos en ese lugar
desahuciado…” La sonda pivota y, bajo una faz austera, pasa de largo rauda… “La
cuestión es, ¿qué los está enviando?…” Llanuras cortadas de hielo y roca y regresar a
una mancha central de un marrón acribillado de huellas… “Algo que puede usar energía
solar debe de hacerlo para que perdure todo este tiempo…”, vastas pantallas brillantes,
plantas manufacturadoras desperdigadas, todas cubiertas de hielo… “Por el mismo
argumento, las máquinas han de ser capaces de repararse a sí mismas, de construir otras
idénticas a sí mismas cuando sea necesario, de guiarlas en vuelo…” Lento y uniforme,
desmenuzando montañas veteadas de azul, cargando lanzaderas electromagnéticas
catapultadas… “¿Quién pondría en marcha todo esto? Es decir, ¿qué objeto tiene…?”, el
hielo se ha dislocado y roto bajo fuerzas variables producidas al quitar el peso, y la luna
está resquebrajada, llena de fallas y agujereada, según es corroída… “Lo que quiera o
quienquiera que viviese ahí, en ese planeta, hace millones de años, y puso esto en
marcha…”, las máquinas continúan, se oxidan, se paran y son reemplazadas… “Pero se
han extinguido, Nigel, la biosfera se ha consumido…”, la sonda oscila junto a la luna y
sobrepasa como una flecha el gigante gaseoso, cambiando su inercia para lanzarse hacia
la próxima estrella que se cierne a una docena de años luz… “Seguramente, pero esas
motas negras no saben que…”, la antorcha de fusión interviene… “¿Siguen funcionando,
pues? Cristo, no tiene sentido cuándo lo que sea que acabó con toda una maldita biosfera
subsistió. Por qué no eliminar estas pequeñas…” Atronando, los campos magnéticos se
expanden y atrapan iones para sazonar el nuevo fuego de fusión… “Me imagino que no es
posible precisarlo partiendo de este cúmulo de hechos tan precario, pero ten en cuenta
que había un Vigilante en torno a ese planeta…”, el gigante gaseoso aparece indistinto en
su exhausto… “Bueno, puede ser que no echamos una buena ojeada, y Landon dice que
no ve tanta semejanza…”, partiendo… “Lo bastante buena, pero ¿cómo va a explicar él el
otro hecho?…”, los mundos extintos muy atrás, la luna conmocionada… “¿Qué hecho?
No…”, hacia afuera…” Que no había ningún Vigilante alrededor de esa luna.”
3
En el 2045, el Lancer había hecho una pausa en su uniforme aceleración de un g
desde la Tierra, el tiempo suficiente para desplegar el mayor telescopio concebido jamás.
Era una estructura de receptores ópticos y de microondas de la delgadez de una gasa,
arrojado como una red de pesca. Nigel había ayudado durante días a lanzar los sensores
en el orden adecuado, evitando el trabajo pesado por temor a que reflejase un aumento
del agotamiento en su informe metabólico.
Hombres y mujeres arrojaron su red para capturar fotones, el telescopio mismo era
abastecido por la distante mota blanca y luminosa de su sol. El espacio no es plano, como
los vestíbulos de mármol italiano que Galileo imaginó, donde sus bloques deslizantes
proseguían sempiternamente en experimentos ideales, llevados a cabo libres de fricción.
La masa de esos bloques hipotéticos expandiría el espacio mismo, deformaría al dócil
espacio plano. La masa tira de la luz. Obligada a curvarse, la luz se focaliza. La simetría
de las tres dimensiones, a su vez, transforma cualquier masa considerable en una esfera,
perfecta para una lente. Cada estrella es un refractor inmenso, una lente gravitacional.
El Lancer dejó caer redes sensoras, empezando a tres días luz del Sol. Las redes
recolectaban imágenes como cosecha de primavera, compilaban nítidas imágenes de
estrellas recónditas, resolviendo detalles de sólo diez kilómetros de anchura. Para cada
astro la distancia focal del sol era diferente y, por tanto, las redes tenían que pugnar
contra el viento de partículas que soplaba desde el sol, sirviéndose de los campos
magnéticos más allá de los planetas para orientar y guiar sus prolongadas órbitas
festoneadas.
El Lancer ronroneó y dividió en dos un puro arco de plasma de un ígneo azul, se
impulsó lejos de la lente gravitacional que era su estrella nativa, y dejó atrás el colosal
telescopio. Las primeras e indistintas imágenes tardarían seis años en estar elaboradas.
Desde que el Sol se originara a partir de polvo en suspensión, se habían estado formando
imágenes de mundos a cientos de parsecs de distancia en los espacios allende los
planetas. Esas historias focalizadas, perdidas ahora para siempre, habían seguido sus
cursos en la gigantesca pantalla hipotética, el plano figurativo. A lo largo de billones de
años, hasta este momento, no había habido nadie en el teatro para contemplarlas.
El destino del Lancer era un tenue punto rojo conocido en el catálogo como Ross 128.
Era el duodécimo en vecindad con el Sol, una insignificante estrella M-5. En las
postrimerías del siglo veinte algunos astrónomos lo habían estudiado brevemente con
rayos X, comparando su fuerte radiación con la de nuestro Sol. Era un poco más activo,
pero una vez que los físicos solares, subvencionados por la NASA, le sacaron todo el
jugo, lo olvidaron. Lo mismo hicieron los demás.
La matriz de lentes gravitacionales mostró, sin embargo, un sistema solar al completo:
cinco gigantes gaseosos más dos mundos del tamaño de la Tierra. Una sonda robot
alcanzó Ross 128 en la época en que el Lancer entró en órbita alrededor de Ra. Algo
había silenciado sus transmisiones según se adentraba en el sistema.
El Lancer estaba “cerca”. Podía estudiar un sistema mucho mejor que cualquier vuelo
de pasada. La Tierra estimaba que la destrucción de la sonda robot merecía una segunda
parte. Tal vez se había incrustado en una roca. O tal vez algo quería que diera esa
impresión.
La estrategia de la Tierra era acumular información astronómica, aprisa, y agitarla en la
olla con datos sobre los Pululantes y Espumeantes. Era éste un compromiso alcanzado
por las naciones importantes que tenían bagaje espacial, totalmente al margen de la añeja
estructura de las Naciones Unidas. La facción asiática deseaba fomentar la colonización
de las estrellas próximas a la mayor brevedad. De esa forma, la humanidad estaría
diseminada. Si la flota Pululante-Espumeante regresaba y destruía los recursos
espaciales de la humanidad, al menos la raza se habría extendido ya por las estrellas, y
sólo sería relativamente vulnerable.
Los europeos y los americanos apoyaron un programa puramente exploratorio. Tras
éste había una ventaja calculada. A las economías asiáticas les estaba yendo mejor con
el capitalismo que a las sociedades que habían inventado el concepto en primer término.
Las economías occidentales estaban en quiebra. Si la colonización comenzaba de
inmediato, las estrellas pertenecerían a los de ojos rasgados y corta estatura.
El Lancer tenía orden de investigar a Ross 128 y después retornar a casa. Pero Ra no
había terminado para ellos. Tras un año de aceleración, el Lancer se estabilizó a 0,98 de
la velocidad de la luz. Cuando amortiguó su penacho de fusión, la emanación de plasma
que se desplegaba tras él perdió densidad. Cuanto más tenue es el plasma, más
fácilmente pueden penetrar las ondas de radio.
A las 15.46 horas del 11 de junio, las antenas de a bordo de la nave detectaron una
intensa irrupción de emisión de microondas. Procedía de la popa y duró 73 segundos.
Después de eso, nada.
—No, mira, no puedo disociarla más. Como te estaba diciendo, los datos están por
todo el tablero.
—Hay dispersión en los impulsos por toda esa basura que estamos lanzando detrás
nuestro que distorsiona completamente la señal.
—No procede de los EM, sin embargo, ésa no es su frecuencia. Nunca recibimos nada
de ellos por encima de los diez MGz.
—Bien, cieno, pero Ted quiere saber si hay alguna posibilidad de que la emitieran.
—¿Quién puede saberlo? Cristo, no hay ni la más mínima información en esa irrupción.
—Sí, correcto, pero fíjate en la energía, hombre. Yo diría que no se parece a una
llamarada solar ni a nada natural.
—Por supuesto que no, es una banda demasiado estrecha, y una estrella pequeña
como Ra no puede dar lugar más que a megahertzios hunnert. Nunca llegó a los diez
gigakertzios; y tienes razón en cuanto ala energía. De ninguna forma puede tratarse de
esos EM.
—Ted, lo he calibrado y esa irrupción contiene una descarga energética bestial. No
tiene sentido.
—Demasiada energía. Sí. Ninguna fuente artificial produciría tanta. Es descabellado…
—Exacto, si piensas que están transmitiendo en todas direcciones, una onda esférica,
entonces haría falta una avalancha energética descomunal para que se registrara al nivel
que estamos recibiendo.
—¿Quién está en la línea?
—Parece Walmsley. Mira, Nigel, esto es sólo una charla técnica.
—Estoy meramente haciendo acto de presencia. No me prestéis ninguna atención.
—Debe de ser artificial, aunque la irrupción es tan corta…
—Soy Ted. Estoy seguro de que tus resultados son correctos globalmente, pero, con
toda honestidad, damas y caballeros, no creo que podamos atribuir un nivel energético
como ése a los EM, ni a nadie más. Debe de ser de la misma Ra, una irrupción ocasional
de alguna índole, o…
—Es absurdo, yo digo…
—Bueno, Nigel, no entiendo cómo puedes simplemente desestimar…
—Interesante. ¿No es cierto que nuestro penacho de emanación distorsiona la señal lo
bastante para que no podamos leerla? Decididamente conveniente.
—Bien, así es, pero eso es sólo un accidente de…
—En una irrupción de setenta y tres segundos se puede atesorar mucho.
—Si hay contenido informativo, sí, claro. Pero ¿quién dice que…?
—Ted, soy Nigel. Si alguien hubiera de emitir una-señal estrechamente enfocada a lo
largo de nuestra trayectoria, daría la impresión de poseer una enorme energía, porque
estamos analizándola como si la emisión estuviese fluyendo por todo el espacio, en vez
de estar constreñida a un ángulo reducido.
—Bien, cierto, supongo. Pero las emisiones naturales procedentes de Ra… ¡Oh!, ya
entiendo.
—Así pues, esto nos dice que alguien envió un mensaje en nuestra dirección, pero
lanzado en una frecuencia que resultaría muy absorbida por nuestra propia emanación
para que no lográramos desentrañarla.
—Bien, cieno. Quiero decir que constituye una hipótesis alternativa.
—Soy Ted. Te importa darme la visual de eso. Supongo que tienes razón. No hay
forma de decodificar un embrollo semejante. Pero, mira Nigel, no la sustento. ¿Por qué
iban los EM a emitir en una frecuencia tan elevada? No pueden, con su estructura
corporal, y cualquiera que quisiese comunicar utilizaría algo que, al menos, nos fuera
posible decodificar.
—Así es, si quisieran que lo hiciéramos.
—No comprendo.
—Nos hallamos en línea visual desde Ra, recuerda.
—¿Te refieres a que no ha sido dirigida a nosotros, sino…?
—Exacto. Nos hallamos en una línea recta precisa, y…
—Ross 128 es otro punto en esa línea.
—Bien, lo tomaremos en consideración, Nigel. Gracias, de veras. Sí, gracias.
—Bueno, no, no sé —dijo Nigel.
—Vamos. Eres decididamente tímido. —Nikka sonreía burlona.
—Del todo cierto. —Le gustaba ella con este humor, aunque, en ocasiones, bueno, se
pasaba. Era tímido, y bien que así fuera. Miró en derredor a las esmeradas hileras de
vegetales inverosímilmente altos—. Es demasiado público para mi gusto.
Arriba, pudo ver una figura lejana trabajando en un campo de trigo en el otro extremo
del cilindro que rotaba lentamente. A lo largo del eje discurría una flota de nubes rollizas,
naves con un único destino. Nikka dijo:
—Vamos a esos árboles, ahí. Obedientemente, la siguió.
—¿No violentaremos a God?
—¿A God? Ella procura estimular este tipo de cosas.
—¡Hum! —Nigel agradecía que lo metiera en esto; precisamente por ser disparatado le
haría olvidarse de sí mismo durante un rato. Entraron en un cultivo de abedules. En lo
alto, nubes frescas dispersaban una luz azul. Los ingenieros habían montado espejos y
lentes para traer la potente luminosidad de la llamarada de emanación al volumen vital,
donde su fulgor otorgaba un calor iridiscente al aire.
—Aquí —dijo Nikka, y se quitó rápidamente el mono. Bajo los pies, la tierra crujía con
un hálito de pseudoprimavera, floreciente gracias a los mecanismos microambientales en
vida nueva. El ritmo de variación era instigado por una ajustada sintonización en el nivel
molecular. No obstante, Nigel percibió, al tenderse, la saturada madurez otoñal de las
hojas antiguas, mezclada con un aroma vigoroso de brotes nuevos en los abedules de
arriba y, realzándolo todo, una fragancia húmeda y seca de las cosechas de verano que
florecían al otro lado del eje, donde la siega estaba pronta a llegar. En la Tierra, celosa de
las tradiciones, uno nunca caminaba en medio de tal contracorriente de estaciones.
Al arrodillarse, Nigel apreció que ambos habían empezado a sudar. Lamió el reguero
que corría entre los pechos de ella y lo encontró tibio, salado. La rodeó, libó de ella, trazó
rastros arremolinados que dejaron algunas gotas de saliva que espejeaba en su vello
púbico. Los dardos levemente violáceos de un sol hecho por el hombre pasaban a través
de las ramas e iban a parar a los labios, cárdenos como tajadas de salmón, mientras se
perdía en ella, buscando algún sabor más hondo. Sus manos recorrieron la cadera que
descendía ondulante hasta sus esbeltas piernas, hasta el punto donde el cuerpo se
bifurca. Este portal de bucles se convirtió en lo esencial del teorema de Euclides de ella,
punto axial en el que todas las líneas deben cortarse. Ella parecía precipitarse desde el
aire hasta él en esta gravedad controlada, respirando superficialmente, desbocado el
corazón. La tomó con la sencillez que permitía la edad de ambos. Aferró su centro como
copa de vino y la estrechó contra sí. Sintió que la percepción que ella tenía de él se
ensanchaba paulatinamente. Cerró los ojos. Una brisa agitó las ramas por encima de
ellos. Abrió los ojos cuando ella le apretó y, absorto, estudió sus párpados, de sinuosas
venas purpúreas, y contempló la sonrisa de sus labios. A ella la embargó un sentimiento
de alegría y prorrumpió en un torbellino de risas. La besó en el hombro y lo sintió tan
redondo como una luna. Ella torció la cara a un lado y le hizo alzarse, por lo que la
experimentó como una barca debajo suyo, bogando en sus propias corrientes, algo
inmenso procedente de la oscuridad natural, y, en ese extraño abismo, saltó y volvió a
saltar para unirse a ella.
—¡Oh! —exclamó ella, en un grito repetido.
Al cabo de un rato, él se encontró tendido de espaldas, estudiando solemnemente a los
cuidadores de los campos que, a un kilómetro de distancia, se afanaban cabeza abajo.
Ella estaba tendida como un juguete roto, aceptando plenamente los dardos de la luz
del sol. Nigel contemplaba a unos polluelos que bajaban por el eje, de paseo, en busca de
granos de trigo. Aquí y allá, caían de ellos pequeños glóbulos. Excrementos que
descendían en línea recta. Desde su marco rotatorio, las deyecciones se curvaban en
espirales. Giros newtonianos.
—Pareces contento —murmuró Nikka.
—Esto ha sido una magnífica idea.
—Me alegro de que la apruebes. Iba a pedirle a Carlotta que viniera también, pero tiene
un turno ahora.
—Bien está. Ella y yo, bueno, no congeniamos últimamente.
—Algo así me parecía… ¿Alguna razón en particular?
—Ninguna que yo pueda precisar. Simplemente tiene un aire de inquietud.
—Ha estado muy ocupada, desde luego.
—Cierto. Creo que, sexualmente, ya no estamos en la misma longitud de onda. Fue
agudo e intenso mientras duró, no obstante. —Se desperezó indolentemente y rodó por la
hierba—. ¿Quién fue el que dijo que los placeres sencillos son el último refugio de lo
complejo?
—Osear Wilde. —La voz de Carlotta procedía de detrás de ellos. Se aproximó; al
parecer, se había perdido la charla anterior. Su cabello oscuro se meció al dirigir la mirada
de Nigel a Nikka.
—Nunca antes en mi vida había visto a esta mujer, oficial —dijo Nigel.
—Una historia plausible. Los vecinos me han pedido que viniera a regaros.
—¿Por qué no te apuntas? —preguntó Nikka.
—Da la impresión de que el principal acontecimiento ha concluido. Siempre creí que los
caballeros se ponían en pie al entrar una dama en la habitación.
—¿Yo? Soy un viejo y marchito caso de ansiedad. No soy ningún caballero, tampoco.
Nunca aprendí a cazar ni a cabalgar ni a insultar a los camareros.
Nikka dijo:
—Lo siento, deberíamos haber esperado, pero creí que todavía estarías trabajando.
—Es igual. No estoy de humor —repuso Carlotta bruscamente—. Me escabullí cuando
obtuve estas copias. —Agitó un puñado de fotografías—. Un conjunto de resultados de la
lente gravitacional. Recién salidas del programa de borrado de ruidos.
—¡Ah! —exclamó Nigel, preguntándose por qué se había presentado ella precisamente
en este momento, sabiendo que ellos dos estarían… pero, no, eso era descabellado.
¿Podía Carlotta conocerlos lo bastante bien para imaginar que Nikka planearía una
retozona seducción aquí? Bueno, pensó con rencor, podía ser. De haber sincronizado un
poco mejor, les habría interrumpido. Y, aunque seguían estando ostensiblemente en
términos muy íntimos, se percató de que la llegada de Carlotta les hubiera violentado a
todos. Hubiera creado una mayor fricción. Y la trama resultante habría sido… ¿qué? Difícil
de decir. Se preguntó si Carlotta sabía lo que estaba haciendo, o por qué. Fuera como
fuese, él ciertamente no tenía ni idea.
—Numerosos planetas —observó Carlotta—. Alrededor de Wolf 359, Ross 154, Luyten
789-6, Sigma 2398, en la Estrella de Kapteyn. En todas partes.
Puntos apagados cerca de cada estrella. Las ampliaciones revelaban esferas rocosas,
gigantes gaseosos o yermos mundos nubosos semejantes a Venus.
—Ninguna Tierra —apuntó Carlotta.
—Con tantos planetas alrededor de cada estrella —dijo Nikka—, la probabilidad de
emplazamientos vitales en algún lugar cercano es buena.
—Así reza en el evangelio. Carlotta dijo:
—Lo respaldan cantidad de análisis. Y de datos, también.
—Sí. Datos perfectamente plausibles.
—Vale ya —repuso Carlotta—. Quieres explicarlo todo, valiéndote de un par de
minutos de charla tergiversada con el Snark, sin nada constatado al respecto…
—Sin constatar, sí, por no intentarlo. Ted no asignará recursos para interpretar el
lenguaje EM. Podríamos averiguar un montón de…
—Dios, el ordenador necesitó hacerse con todo eso y procesarlo. Yo realicé el estudio,
deberías saberlo. Utilizando los sistemas de a bordo, no nos restaría espacio para
almacenar el menú de un almuerzo.
Nikka dijo apaciblemente:
—Espero que los equipos de la Tierra…
—¡Ja! —estalló Nigel—. Están ocupados con los estudios de los Pululantes y los
Espumeantes. Dándose cabezazos contra el mismo tipo de pared que hay entre nosotros
y los delfines. ¡Es inútil!
—Mira —repuso Carlotta—. Ted trabajó en mis proyecciones concienzudamente,
conferenció con todos los interesados, fue una buena decisión. Te escucharon, tuvieron
contigo la mayor consideración. Si continúas con esta manía estrafalaria, todo el mundo
empezará a creer lo que Ted dijo el otro… —Se detuvo.
—¡Ah!, sí. Ted siempre es mordaz con gente que ha salido de la habitación.
—¿Y tú no lo eres? —inquirió Carlotta con acritud.
—No puedo soportar la estrechez de miras, simplemente.
—¡Tú eres más estrecho de miras que Ted, por el amor de Dios!
Nikka repuso tajantemente:
—¡No, no lo es!
Nigel esbozó una sonrisa.
—Acaso la realidad no sea mi camisa de fuerza.
—Ted ha de equilibrar presiones —adujo Carlotta—. Tú eres respetado, ni que decir
tiene, y si solamente le dieras algo de apoyo público…
Nigel prorrumpió con voz pomposa.
—Habla por el micrófono, di que eres feliz, Ivan, a pesar de algunas cosas reprobables
que has hecho, y ten buen cuidado de la publicidad.
Carlotta resopló.
—Estás eludiendo la cuestión.
—Probablemente. No he tenido apetito últimamente. Este saco de huesos podría
hacerse una puesta a punto.
Nikka preguntó cautelosamente.
—¿A qué te refieres?
—Mira mi último promedio de trabajo. Estoy convencido de que Ted lo ha memorizado.
Nikka repuso.
—Estás exagerando. Ted no ha tenido tiempo…
—No, tiene razón —dijo Carlotta—. Ted probablemente está “formando un archivo”,
como dicen los funcionarios.
Nikka alegó.
—Pero los problemas de salud no es terreno para…
—Si la mayoría de nuestros estimados compañeros de tripulación creen que lo es, lo es
—repuso Nigel tajante.
Su cara parecía demacrada por una fatiga interior.
Nikka preguntó quedamente.
—¿Pueden meterte en las Cámaras, entonces?
—La hibernación puede devolverte a un rendimiento apto para un trabajo manual —dijo
Carlotta, cavilosa. Nigel suspiró y se encogió de hombros.
—Mira —Carlotta se inclinó adelante—. Cuando menos, te hará vivir más tiempo.
—Y perderme la mayor parte del viaje a Ross 128.
—Es un precio pequeño —repuso Carlotta—. No creo que tengas que hacerlo, sin
embargo. Es mucha la aprobación con la que cuentas. Quizá no estén de acuerdo con tus
teorías, pero la tripulación se acuerda de que todo esto comenzó con el Snarky Mare
Marginis y…
—Ya te lo he dicho, no quiero ganar poniéndome mis medallas y desfilando por la
nave.
—Quieres convencerlos, ¿no? —dijo Carlotta con dureza—. Sólo que ellos ven las
cosas de forma diferente. Bueno…
—Basta, los dos. —Espetó Nikka, esbelta, y ágil y distante sobre la hierba—. Nigel, si
vas a las Cámaras, yo voy contigo.
—¡Qué! —Carlotta se puso en pie de un salto.
—No me vendría mal una revisión.
—No se trata de eso. —Carlotta alzó la voz—. ¡Quieres permanecer con él aunque esté
dormido!
—Mi índice en el montaje médico tampoco es muy alto —repuso Nikka de modo neutro.
—Me dejaréis atrás sólo para…
—Joder, ¿siempre tienes que pensar en ti misma? —Nigel sacudió la cabeza, irritado—
. No estaríamos en la cámara más que unos cuantos años a lo sumo.
—¡Unos cuantos…! Pero nosotros, nuestro…
—Lo sé —dijo Nikka apaciguadoramente—. He pensado en ello, y lo siento, pero debo
permanecer en buenas condiciones físicas. Es distinto cuando eres vieja. No serviré de
mucho a Nigel cuando salga si estoy decrépita y…
—Vosotros… ambos… me abandonáis…
Nigel asintió. Con aire resuelto, Carlotta añadió:
—He de hacerlo. Si Nikka me sigue… bueno, eso es cosa suya. Cada uno de nosotros
sigue disponiendo de algo de libertad, ya sabes.
—Pero estaré sola.
—Es irremediable —repuso Nikka firmemente—. Me voy con él.
Eso fue cuanto dijo sobre el particular.
SEXTA PARTE – 2064 ESPACIO PROFUNDO
1
Nigel giraba lentamente en la Cámara de Sueño. No era un sueño auténtico, sino un
soñar a la deriva, sin rumbo. Experimentaba leves tirones y oscilaciones según le hacían
moverse los fluidos que daban masaje a sus músculos agarrotados, cuidaban de los
tejidos blandos y arrugados, aseguraban un flujo regular de sangre y oxígeno. Los fluidos
mantenían su nivel metabólico una fracción por encima del punto crítico que acarrearía la
muerte.
Era como un nadar doloroso y laborioso, asido por corrientes que uno podía sentir sólo
difusamente. Reposaba en lo húmedo, libre de la tarea de respirar, llenos los pulmones de
una sustancia esponjosa que distribuía fluidos curativos y oxígeno burbujeante
directamente en él.
De su piel manaba una nieve de copos y excrecencias, un torrente de impurezas. En su
interior, la policía celular buscaba renegados.
Morir resultaba ser, con frecuencia, meramente una respuesta inadecuada al universo.
El modo más sencillo de que el cuerpo se defendiera contra los invasores era
generando anticuerpos. Había fracasado, la evolución había forjado una respuesta más
profunda. Generaba linfocitos asesinos, células blancas que atacaban a los invasores y
hacían un molde de ellos.
Elaboraban elementos específicos, toxinas de corto alcance, variaban el veneno hasta
que destruía al invasor. Mucho después de la batalla, los linfocitos portaban el molde de
este intruso para reconocer y matar a primera vista a cualquier enemigo que regresara.
Pero esta respuesta inmunológica puede fallar. Por eso era peligroso comer carne. A
menos que la carne estuviese bien hervida, alguna porción cruda entraría inevitablemente
en la cavidad del cuerpo, a través de orificios en las membranas. Los linfocitos, entonces,
desarrollaban una respuesta de eliminación de la proteína animal, dado que no era una
célula humana.
El problema era que la proteína animal es muy similar a la proteína humana. Mientras
los linfocitos recorrían los ríos sanguíneos, hallando y matando invasores, a veces
cambiaban. La radiación o el calor podía dañarlos. Si los cambios fortuitos hacían que el
molde de la proteína animal se asemejara a la proteína humana, los linfocitos podían
confundirse. Atacarían a las propias células del cuerpo. Un suicidio celular. Cáncer.
Con la edad el cuerpo desarrollaba más y más moldes. Las posibilidades de un error
catastrófico se incrementaban. Para combatir esto, el cuerpo intentaba desarrollar el
llamado supresor de linfocitos, que podía controlar a los asesinos y detener su
multiplicación. A menudo, esto fallaba.
Sin importar cuantas soluciones técnicas pudieran idearse para los problemas
cardíacos y la degeneración de órganos, este nudo irreductible del problema persistía.
Estaba arraigado en la naturaleza misma de las defensas del cuerpo envejecido.
A la evolución no le importaba si una medida preventiva se desmandaba, una vez
pasada la edad de procrear. De hecho, tanto mejor. Constituía un modo sencillo de
despejar el escenario, una vez que los actores habían desempeñado sus papeles.
La medicina del siglo veintiuno se preocupaba de las respuestas inmunológicas
desenfrenadas, de cuerpos que se habían convertido en extraños para sí mismos.
Nigel percibía difusamente el discurrir de fluidos en su interior, buscando linfocitos
desquiciados. Afuera, el mundo continuaba con su chirriar de grillo, el Lancer se acercaba
a la velocidad de la luz, y pensó en el frío mundo que una máquina inteligente debe
experimentar: frágil, árido, un laberinto de diseño lógico y minucioso, un espacio
enrarecido y con rigideces geométricas. Muy distinto al mundo lechoso que lo nutría aquí,
alisando la piel ahora arrugada como papel viejo de carnicero.
Este tratamiento prolongaría su período de vida, oxígeno libre para que pululase por las
partes de su cerebro que ahora declinaban. Pero implicaba años en la nada, entontecido
por las drogas, reducido meramente a unos cuantos días autopercibidos. Años restados
del ritmo de los acontecimientos.
Ese gran borrador era más hondo que el sueño. Como cualquier tecnología nueva, te
hacía la vida más llevadera, te aislaba de un hecho brutal y te dejaba con una visión
desazonadora la naturaleza esculpía la mortalidad en sus hijos haciendo que se atacaran
a sí mismos.
2
2066
Carlotta les condujo a una caverna enorme donde nada era real.
—Ésta es —dijo emocionada—. ¿Sorprendidos?
—Moderadamente —respondió Nigel, aunque ya no estaba seguro de lo que era la
moderación. Llevaba cinco días fuera de las Cámaras de Sueño y todavía tenía el aire
desmadejado, dislocado, de no estar del todo presente. Un efecto secundario esperado,
desde luego, pero lo que había visto por la nave había realzado el efecto—. ¿De verdad
que Ted y los demás aprueban esto? Carlotta se encogió de hombros.
—No estamos recibiendo muchos consejos desde la Tierra. Se dieron signos de
auténticos problemas morales, y los de psicología pensaron… Mira, la Tierra predijo
algunas transiciones socioculturales rápidas a bordo de la nave. ¿Fax?
—¿En cinco años? —inquirió Nikka con calma.
—¿Se puede hacer que las cosas cambien sólo por, ya sabéis, por sí mismas? Pero
mirad, os enteraréis del rollo. Vamos.
La siguieron. Una pareja dio un resbalón por cristales de hielo púrpura arriba. Un gong
sordo; los finos cristales se disolvieron en una lluvia de fuego corrosivo. La gente pasaba
de largo, murmurando, y Nigel vio que tenían caras que se transformaban como
hologramas. Carlotta se polarizó a sí misma en los primarios y se fundió
instantáneamente con la jungla lenta, húmeda, que se estaba formando en torno a ellos.
Se sentaron a una mesa. Rugió una pantera. Nigel vio unos ojos de gato que brillaban
bajo los pliegues de la oreja de un elefante empapado.
—Muestra lo que puede hacer un puñado de chicos listos cuando no tienen nada que
los distraiga —dijo Nigel. Carlotta reapareció, llevando un par de guantes. Levantó la
mesa casualmente y los guantes refulgieron ambarinos—. He estado analizando los
breviarios de la Tierra —comenzó él— y…
—Sobrecogedor, ¿no? Que no acierten a descubrir nada. Te hace pensar —comentó
Carlotta.
Nigel asintió. La invasión del océano acaparaba los informes, pero había muchas
ramificaciones políticas. Había habido el rechazo acostumbrado en Occidente por las
últimas purgas en la Unión Africana Socialista. Estaba saliendo humo, con estridente
ulular, del Nuevo Marxismo, el cual se estaba recubriendo de las mismas lacras de
antaño: comunismo fanático, brutal eliminación de la disidencia en aumento, ningún
milagro económico. Sorprendentemente, incluso los intelectuales franceses lo habían
abandonado. Un siglo o más de teoría, desde el fascismo pasando por el rancio marxismo
hasta el pseudocapitalismo, estaba cediendo ante los eruditos sociómetras que sometían
la Gran Era de la avasalladora Teoría al cómodo gobierno del Número.
—Deduzco por los sumarios que no habéis encontrado ningún emplazamiento de vida
—comentó Nigel.
—Todavía no. Cientos de planetas, ya sea en la lente gravitacional o mediante la
sonda, y… nada.
—Hum. —Él miró a Nikka—. Creo que daré un paseo.
—Pediré bebidas para nosotras. Nikka, hay mucho que poner al corriente, y…
Nigel atravesó iridiscentes nubes privadas de color amarillo y rosa y rubí. Se convirtió
en un intruso revoloteando en un patio de piedra; luego una playa arenosa; una
constelación de estrellas; una lucha atorbellinada, embrollada, entre demonios alados,
broncíneos; una oficina del siglo diecinueve. Se encontró con un oso panda sonriente con
una raqueta de tenis y descartó la proposición susurrada del animal. Alguien le ofreció
una bebida, la vertió en su muñeca y sintió el fuerte sabor.
Al volver, había en la mesa tres jarras de cerveza oscura, olorosa. En el borde de la
esfera nubosa, un trío desastrado tocaba la trompeta, el bajo y la batería. Ahora el aire
contenía el recuerdo insípido, aceitoso de la comida frita de ayer. El camarero estaba
apostado en un tosco mostrador de roble y los fulminaba con la mirada.
Tras él, prendido a un espejo empañado, un letrero mugriento rezaba: RESERVADO
EL DERECHO DE NEGAR EL SERVICIO A CUALQUIERA.
—¿Supones que se refieren a nosotros? —preguntó Nigel, tratando de hacerse al
ambiente.
—Pensé que te gustaría un viejo local de la Tierra. Mira, puedo actualizarlo si tú… —
Tecleó en la muñeca y se encendió una 3-D junto al codo de Nikka. El bar se desvaneció.
Un hombre obeso estaba admirando un montón de huevos, delicadamente revueltos con
compota de crema. Se puso a ingerirlos, sorbiéndolos con una cañita. Nigel miró desde
más cerca y vio que el hombre mismo estaba hecho de espinacas con ajo, hebras
aceitosas de tagliatelli, y que sus pantalones eran de paté.
—¿Glotonería chic? —inquirió él, y se volvió a Nikka—. Amor mío, llevas dos meses
fuera de las Cámaras, ¿cuánto tiempo hace falta para acostumbrarse a esto?
—La cuestión es —explicó Nikka despacio— no acostumbrarse. Se supone que añade
una variedad interminable.
—¿Esto también fue idea de la Tierra?
—La nave y la Tierra lo planearon juntas. Hay una nueva teoría sobre la interacción
variable…
—Discúlpame. Esto parece un maldito parque de atracciones. —Carlotta frunció el
ceño y alargó la mano para sintonizar su cabello de negro a blanco. Nigel echó un vistazo
alrededor. Carlotta se levantó para saludar a una pareja que pasaba. Ella permaneció a
un lado, asiendo un codo, subida a unas nuevas sandalias con plataforma como un
animal ungulado, frágil. Las mujeres parecían sentir mayor aplomo con esa postura, pero
pensó que a él le daba la impresión justamente contraria.
En el gentío, Nigel vio hombres a quienes el pelo les crecía por toda la espalda y en
sinuosas espirales alrededor del cuerpo; mujeres con pigmentos epidérmicos a modo de
parches que cambiaban según se miraba; hombres con pechos; mujeres sin cabello.
Meneó la cabeza. Carlotta le presentó a una pareja y Nigel asintió, recordándolos
vagamente. Se entabló una conversación que no pudo seguir y se marcharon.
—Ah… no me he enterado…
—Eran Alex y David —dijo Carlotta.
—Pero… Alex…
—Bueno, se ha hecho el Cambio, por supuesto.
—¿Ha cambiado de sexo?
—Es sólo un experimento. Es completamente reversible. Unos seis meses en las
Cámaras, redistribuyendo la masa corporal, generando nuevas glándulas y demás.
—Pero Alex… era tan…
—Mira —repuso Carlotta—, poseía cantidad de facetas personales que había
suprimido. Eso estaba claro, ¿no?, por el modo tan severo en el que se desenvolvía.
—Pensaba que simplemente era disciplinado, bien organizado.
—Mira, muchos ingenieros tienen ese aspecto, pero si los abres, si echas un vistazo a
sus entrañas…
—No parece posible, de alguna forma, yo… —Confundido, Nigel quedó sentado en
mitad de la silla, pretendiendo ir tras Alex y… ¿Y qué?, reflexionó… ¿Preguntarle cómo, en
nombre de Dios, podía llegar a hacer tal cosa? Nigel se detuvo. Era un asunto muy
personal, después de todo. No debía inmiscuirse en lo que era, indudablemente, una
época difícil para Alex. Volvió a sentarse.
—Pareces algo aturdido —dijo Carlotta afablemente. Él asintió en silencio.
Transcurrieron unos instantes. La música se filtraba desde otras zonas. El aire fluía
aromatizado con ozono y perfume. Nikka y Carlotta empezaron a hablar de los miembros
de la tripulación que estaban en nuevas tareas, tenían nuevos amantes, o que, en
cualquier caso, habían hecho algo digno de cotilleo en los últimos cinco años. A Nigel esta
conversación le sonaba a algo así como una puesta al corriente de chismes
intrascendentes, similares a los que se pueden oír en cualquier gran edificio de oficinas.
Su ordinariez hizo mella en él. ¿Quién hubiera imaginado que una astronave que recorría
el espacio en un viaje que se medía en años luz llegaría a asemejarse, en su dimensión
humana, a cualquier otra empresa burocrática? Dejó pasar la mayoría de los detalles y,
por ello, se vio aludido de improviso cuando Nikka casualmente remarcó que se había
mudado a la pequeña cabina de Carlotta. Estaba viviendo allí desde que salió de la
Cámara de Sueño, hacía dos meses.
—¿Entonces no has hecho nada por volver a poner en orden nuestro apartamento? —
preguntó. Nikka apretó los labios.
—Ha habido tanto que ver, que comprender. El Lancer es mucho más emocionante
ahora, Nigel, después de todos estos cambios.
—Cierto —repuso él irónicamente.
—Y, no sé por qué, Carlotta y yo nos hemos divertido tanto juntas. Desde luego, me
entristecía que no hubieran fijado nuestra salida de las Cámaras al mismo tiempo. Pero
me daba una oportunidad para adaptarme a, a todo esto. —Indicó la cavidad con una
mano.
Carlotta sonrió triunfalmente.
—Y es magnífico teneros de vuelta —oprimió la mano a Nikka—. A ambos.
—Todavía no logro entender por qué el Lancer habría de necesitar tal, tal… —Nigel
dejó que su voz se perdiera. Carlotta acometió una explicación psicosocial, en parte la
consecuencia de las últimas décadas de trabajo en la Tierra, que había llegado hasta el
Lancer. Escuchó atentamente, preguntándose todo el tiempo si su idiosincrasia británica
le hacía imposible apreciar plenamente estos giros fulgurantes de la matriz social. Su
pasado no consistía sólo en haber aprendido a degustar el té a media tarde, los baños
fríos, el crickect, un cierto grado de incomodidad doméstica y el ocasional acento patricio.
Había corrientes en la sociedad que fluían a mayor profundidad y, consideró
instintivamente, no podían ser tan casualmente desplazadas por un poco de tecnología
encandiladora. No es preciso ser un especialista en lo que Snow llamó las dos culturas
para verlo.
Algunas parejas más se detuvieron en su mesa, les reconocieron y les estrecharon las
manos calurosamente. Nigel pudo recordar la mayoría de sus nombres: sus vestidos
insólitos o pelo o rostros alterados, no parecían tan importantes después de haber oído el
usual estilo de conversación, “¿cómo-va-la-cosa-con-Nikka?”, “¿has-dormido-bien?”,
”digamos-que-os-vamos-a-tener-a-todos-fuera-para-cenar-muy-pronto”. Era gente a la
qué aún conocía muy bien. Desubicado en el tiempo, sí, y deslumbrado por un aire social
de novedad que no acertaba a comprender, del todo. Con tiempo, sin duda…
Y, sin embargo; y, sin embargo…
Eran muchos más los que trabajaban ahora en Estadio Interactivo, acoplados por
computadora a las vastas máquinas que trepidaban en las entrañas del Lancer.
Mantenían el fuego de fusión de popa, reparaban los aparatos de soporte vital,
registraban el flujo de agua y gas que mantenía regulada la biosfera. Esto les había
cambiado a lo largo de los años. Hablaban como si siempre estuviesen escuchando una
voz distante, oída a medias, que murmuraba justo más allá de lo captado en el momento.
Se frotaban en las grandes conexiones en carne viva, en la cadera, el codo, los
omóplatos, donde confluían constelaciones de nervios motrices. Pensaban de forma
distinta; hablaban poco, parecían apoyarse en cada palabra como si debiera tener más
significado del que, posiblemente, podía tener para Nigel. Descubrió que, cuando
deseaban averiguar algo, intercambiaban moldes cerebrales con alguien que conociera la
materia. La técnica había sido transmitida desde la Tierra tres años antes. Ahora, cada
cuatro meses llegaba el envío de un sumario tecnológico por la conexión radial, para
poner al día especulaciones paralelas con la Tierra. Nigel sonreía, reía y lo archivaba todo
para una reflexión futura. La cavidad vibraba con estruendosas fantasías holoaudio,
compitiendo con vistosos haces lumínicos, con insulsos aromas en la brisa. Nikka y
Carlotta se mezclaron con la muchedumbre en aumento. Bob Millard pasó por allí, una
cara inalterada que Nigel se alegró de ver. Pensara lo que pensase del manejo de Bob de
la exploración en Isis, la sencilla hospitalidad del hombre era bien venida. Ambos hicieron
bromas de pasada sobre los caprichos que los rodeaban y luego Bob intercaló
casualmente:
—He estado echando un vistazo a tu rendimiento en el montaje médico hoy mismo. Es
muy bueno.
—Hum. Ajustaron mi combinación destoxificadora, depuraron el viejo flujo sanguíneo.
Parece haber ayudado a los músculos, ligamentos y demás. —Nigel mantuvo un tono de
voz ligero, airoso.
—Tu respuesta motora ha vuelto a ascender. Sorprendente. ¿Pretendes hacer trabajo
manual de nuevo? Una pausa pertinente.
—Me gustaría, sí.
—Hay una faena en la tobera de propulsión. Hay que evacuar el crudo que se acumula,
liberar el flujo vital. —Enarcó una ceja.
Nigel asintió.
—Estoy listo.
Pasó este momento peliagudo, y la fiesta prosiguió bulliciosamente en torno a ellos.
Más tarde, Nigel dijo cavilosamente:
—Debo decir que lo esperaba.
—¿Un trabajo manual? —Carlotta asintió—. Le conté a Ted que deseabas volver a
ensuciarte las manos. Hay un montón de chapuzas por hacer. Cuanto más vieja se hace
esta nave, más requiere. Ted debe de haberlo expuesto al Consejo de Trabajo.
—¿Sin pedirlo siquiera?
—Mira, hace años que estabais en discordia vosotros dos. Ted tiene buen corazón.
Nigel asintió para sí mismo, intentando conciliar los años borrados.
El tiempo había enturbiado y suavizado todas las cosas.
Tenía que recordar que ésta era gente distinta y que no podía proseguir con las
antiguas emociones.
—Una idea anacrónica.
—Sí. Un buen comienzo, Nigel. Te ha ido realmente bien en las Cámaras. Tienes un
aspecto magnífico.
—Espero poder arreglármelas con el trabajo.
—Claro que puedes. Bob no te hubiera adjudicado la tarea si los informes médicos no
fueran buenos.
Nigel volvió a asentir. Un nuevo comienzo. Sintió una vivida oleada de júbilo.
—Así pues, ponme al corriente. ¿Qué más hay de nuevo?
3
Proción era una refulgente estrella blanca F5 con una compañera binaria insignificante,
anodina. La nave en vuelo de pasada enumeró los planetas y midió el viento estelar,
antes de aproximarse al único planeta interesante, del tamaño de la Tierra. Estaba
moteado y tachonado de nubes. Un océano envolvía el planeta de polo a polo, no había
tierra. El vasto mar mostraba extrañas líneas de emisión química. La sonda comprobó y
volvió a comprobar y, en una tormenta cibernética de confusión, retransmitió la respuesta.
Este mundo estaba anegado de petróleo. ¿Habían sido presionadas hasta la superficie
las reservas de la roca? ¿O se condensaban los elementos orgánicos del aire de esta
manera? Era crudo de baja calidad, salobre y alto en azufre. Discurría en mareas y giraba
en embudos bajo tormentas torrenciales. La evaporación del agua regulaba el ciclo
climatológico, pero el petróleo era el fluido de superficie relevante.
Nada vivía en ese mar.
Ninguna esfera pétrea orbitaba el mundo.
Pero a su alrededor daban la vuelta vehículos destartalados, deteriorados. La sonda
pasó veloz junto a uno y vislumbró un objeto cuadrangular, color estaño. Poseía velas
solares, parcialmente desplegadas. Ninguno de los extraños objetos mostró la menor
señal de haber detectado al intruso que pasaba. Había miles de ellos en órbita. Unos
cuantos descendieron a la superficie mientras la sonda observaba. Unos cuantos
ascendieron desde plataformas de lanzamiento que flotaban en el mar. Al concluir su arco
ascendente, extendieron bolsas inmensas con forma de lágrima. Emprendieron órbitas de
larga duración y los penachos anaranjados de sus motores menguaron hasta
desaparecer.
Órbitas estacionarias. Por el promedio de lanzamientos era fácil estimar cuánto tiempo
se habían estado acumulando los miles de vehículos: varios siglos. Su cargamento era,
evidentemente, petróleo; la sonda distinguió arácneas estaciones de bombeo flotando
debajo.
El convoy estaba esperando, tal vez, hasta que cada nave estuviese repleta. Pero
¿adonde irían? No había nada más en el sistema Proción, salvo gigantes gaseosos y
lunas muertas. ¿Cuánto les llevaría alcanzar cualquier destino ulterior?
Nigel yace mudo, ciego e impedido en su sofá y, por un momento, no siente nada salvo
el silencio indistinto. Se aglutina en él, eliminando el vago roce de las terminaciones que
se adhieren como lampreas a sus nervios y músculos, amplificando cada movimiento, un
abrazo opresivo, y…
…bang…
…se zafa de los cables de sujeción, lo inunda un torrente de visión-sonido-gusto-tacto,
un tumulto de sensaciones tan fuerte e inusitado que se sacude con el impacto. Se halla
servoasistido en una anguila que nada, colea y se zambulle en una danza ululante de
protones. Su cuerpo está a trescientos metros de distancia, a salvo detrás de moles de
roca. Pero la anguila es suya, la anguila es él. Se estremece, sacude y retuerce,
deslizándose por hebras fláccidas de campos magnéticos. Para Nigel, es como nadar.
El torrente se precipita a su alrededor y siente su punzante respiración, hojas de otoño
que queman. Nigel cae en picado en un brillo naranja cegador, siente que su dominio del
robot servoasistido crece según adquiere percepción de él. El espléndido aparato está
envuelto por una crisálida de campos magnéticos circunvalantes que repelen los
protones, lanzándolos como en una antigua danza, una gavota demencial, con lo que las
pesadas partículas no pueden crepitar y relumbrar sobre la chamuscada piel lisa.
Nigel distiende la piel, flexible y resistente, y se desliza a través de la turbulencia
magnética de delante. Experimenta las líneas de fuerza magnéticas como manos
gomosas. Se escora y acelera.
Chorros de protones evolucionan sobre él. Ejecutan una danza de colisiones unos
contra otros, pero no reaccionan. La repulsión entre ellos es demasiado grande y, por
consiguiente, este plasma no puede hacerlos arder, no puede hacerlos chocar con
suficiente violencia. Hacer entrechocar meros protones desnudos es como intentar
prender leña húmeda. Se requiere algo más o, de lo contrario, el estatocolector de la nave
no logrará recolectar los átomos de hidrógeno simple, no logrará convertirlos en energía.
Allí… En la ululante tormenta, Nigel ve los puntos azules que son las claves, los
catalizadores: núcleos de carbono que planean como gaviotas en una corriente
ascendente de aire.
Brillan los fósforos que dividen la imagen, marcándole el camino. Flota y nada en el
fulgor blanquiazul que fluye, a través de una lóbrega tormenta de iones que se fusionan.
Contempla penachos de núcleos de carbono que acometen a los enjambres de protones,
tejiéndolos para formar los núcleos de nitrógeno más pesados. El torrente se arremolina y
aúlla junto a la piel de Nigel, y, en sus sensores, ve, siente y degusta el nitrógeno
grumoso, indolente, mientras éste da con un nuevo protón que se avecina; y, con el
restallar carnoso de la fusión, los dos se cohesionan, se sustentan, se cimbrean como
gotas de lluvia. Caen juntos, se amalgaman, se hinchan en un nuevo núcleo, aún más
pesado: oxígeno.
Pero las verdes motilas de oxígeno son inestables. Estas frágiles formas se escinden
instantáneamente. Chorros de nuevas partículas se abalanzan a través del fulgor
circundante: neutrinos, rojizos fotones lumínicos, y más lentas, más oscuras, se
aproximan las pesadas hijas del matrimonio: una nube inflamada, de un dorado
abrasador. Un bamboleante isótopo de hidrógeno más pesado.
El proceso continúa raudo. Cada núcleo colisiona un millón de veces con los demás en
un torbellino de la dimensión de un punto semejante a brillantes copos de nieve. Todo en
el lapso de un parpadeo. Los copos surcan las líneas del campo magnético. Los rayos
gamma se inflaman y chisporrotean entre las erráticas motas, como luciérnagas
caprichosas. El fuego nuclear ilumina el largo corredor que es el propulsor principal de la
nave.
Nigel nada mientras rompen sobre él las chispas de un blanco candente cual espuma.
Al frente, divisa los puntos violáceos del nitrógeno y los oye quebrarse en carbono y
partículas alfa. Así pues, a la postre, la larga cascada produce el carbono que la catalizó,
carbono que iniciará de nuevo su andadura en la ululante ventisca de protones que llega
desde el estómago delantero de la nave.
Con la ayuda del carbono, un átomo de hidrógeno interestelar se ha erigido a sí mismo
desde un mero protón hasta, finalmente, una partícula alfa, grupo estable de dos
neutrones y dos protones. La partícula alfa es la meta de todo ello. Escapa de la
procelosa tormenta, llevando la energía que la fusión aporta. EL gas interestelar, de
intenso color rubí, está desposado ahora, protón a protón, con el carbono como
casamentero.
Nigel siente que un campo eléctrico en aumento tira de él. Se mueve para verter su
excedente de carga. Llevar aquí un manto de electrones es fatal. Corriente arriba se
hallan las fauces devoradoras de la antorcha, donde son absorbidos los protones
entrantes, despojados de su energía cinética por los campos eléctricos. Las partículas son
frenadas allí, traídas al interior de la nave para descansar, almacenada su energía
fluyente en los condensadores.
Un ciclón aúlla detrás de él. Nigel nada lateralmente hacia las paredes de la cámara de
combustión. El fuego de fusión que llamea a su alrededor no es nunca puro, no puede ser
puro porque la escoria del cosmos se vierte por aquí, como cebada entrelazada con
granos de granito. La lluvia atómica entrante salpica continuamente las paredes del flujo
vital, aniquilando las hebras superconductoras orgánicas que hay allí. Nigel se impele
contra los gomosos campos magnéticos y se lanza en picado a lo largo de la costra de las
paredes moteada de amarillo y azul. En el fluctuante fulgor que relampaguea de
infrarrojos y ultravioletas, avista la excrescencia escamosa que mengua los campos
magnéticos y reduce el fuego nuclear de la tobera. Se distiende, se retuerce y hace virar a
la forma semejante a una anguila. Esto sitúa al disparador de haces electrónicos en un
radio de milímetros.
Se incendia. Un crepitar chisporroteante salta sobre la pared escamosa. La lengua
corroe y perfora.
Los copos borbotean como brea, ennegrecidos y, finalmente, calcinados. La impetuosa
corriente de electrones arrastra a los copos, revelando el azul acerado de debajo. Ahora
las hebras superconductoras al descubierto pueden iniciar la lenta poda de sí mismas, la
vida se desprende de su muerte. Sus moléculas de prolongadas cadenas orgánicas
pueden alimentarse y crecer nuevamente. Mientras Nigel corta, gira y talla, observa cómo
el carrete ahusado de fibras se deslía y amontona en remolinos. Finalmente, se alejan
girando en la avasalladora tormenta de protones. Las fibras muertas chisporrotean y se
inflaman donde son golpeadas por los protones entrantes y, posteriormente, con un
retumbo en sus bobinas de recepción acústica, ve cómo son arrasadas.
Algo tira de él. Delante se encuentra la pala rugosa donde se disparan las partículas
alfa energéticas. Se precipitan como luminosas avispas de jade. La pala las succiona. En
el interior serán agrupadas, drenadas de energía para inducir megavatios de potencia
para la nave. La nave se beberá hasta su última gota de inercia y las dejará atrás, una
estela de átomos quebrantados.
Súbitamente, gira a la izquierda, Jesucristo, cómo puede…, piensa, y el campo de la
pala lo fustiga. Un megavoltio por cada metro de cimbreante vórtice eléctrico se apodera
de él. Enorme, veloz implacable se aferra a sus brillantes superficies. La abertura de la
pala es una boca que acomete, aúlla. Chorros de átomos esplendorosos pasan por su
lado en torbellinos, burlones. Las paredes próximas a él contrarrestan su movimiento
incrementando los campos magnéticos. Las líneas de fuerza se expanden y arraciman.
“¿Qué es esto…?”, es todo lo que tiene tiempo de pensar antes de que estalle cerca un
punto hiriente. Su presencia, tan próxima a la estrella, ha alterado los porcentajes
combinatorios. Si la reacción queda fuera de control, puede arder por el depósito
recipiente, por la roca del asteroide, al otro lado, y cruzar con fuego corrosivo hasta la
nave, hacia el domo vital.
Un rugido estentóreo. La pala tira de sus talones. Los iones se ponen al rojo blanco.
Siente una punzada de advertencia. Tantean en su busca enredadas cuerdas magnéticas,
solidificándose a su alrededor.
El pánico le oprime la garganta. Desesperadamente, hace fuego con su disparador de
haces electrónicos contra la pared, confiando en que le facilite un impulso, un vector
nuevo…
No basta. En torno a él, florecen y rugen y se inflaman los iones anaranjados.
Otra muerte.
—Muy mal —dijo Ted Landon. Nigel trató de enfocar la vista. Los artilugios terapéuticos
le hurgaban y acariciaban como amantes mecánicos. Logró distinguir el ceño de Ted, y
dijo en dirección a la imagen borrosa:
—Qué… intenté… volver para afianzar…
—No lo conseguiste.
Nigel yacía de espaldas, dejando que las sensaciones se sumieran en la inconsciencia.
Sentía el cuerpo consumido y tumefacto.
—El…
—Destruido, perdido. El trazador muestra que golpeó la pared. La cuestión es que
sufriste un gran choque retroalimentado en el sistema nervioso central cuando estalló.
—No puedo… mi cuerpo no parece el mismo.
—No lo será durante un tiempo. Eso afirman los médicos, en todo caso. La cuestión es
que nunca antes se nos ha presentado esta lesión precisa. Los demás tipos salieron de
esas oleadas. Tú deberías haber sido capaz de alejarte de ella. No había nada especial
en esa oleada.
—Me… pasó de lado, supongo. No dejaré que ocurra…
—Me temo que esto te aparta permanentemente de las tareas manuales, Nigel. De
ninguna forma puedo permitir que permanezcas en lista.
No se le ocurrió nada que decir, y, en cualquier caso, apenas podía esclarecer la
confusión de impulsos distorsionados que le proporcionaban sus sentidos. Miró hacia la
puerta de exop. La gente se apelotonaba en círculo, atendiendo mientras un médico
hablaba en un murmullo quedo. Sintió que las lágrimas le corrían por la cara. Había
perdido algo, algún equilibro interior; su cuerpo no era el mismo instrumento afinado que
había llegado a tolerar tan fácilmente. De él surgió un sollozo desazonador. Buscó entre la
gente y, en la parte posterior, un punto de reposo tranquilizador en los rostros
arracimados, encontró a Nikka. Ella sonreía.
4
El restablecimiento de Nigel fue lento. Pasó largo tiempo antes de que pudiera volver a
trabajar en los campos, recolectando, gruñendo por el esfuerzo e intentando no
evidenciarlo. Pero le agradaba la labor y se atuvo a ella. Le recordaba momentos del
pasado cuando, ensimismado en alguna abúlica tarea, se presionaba la muñeca con un
dedo por casualidad y experimentaba, como un recordatorio repentino, el palpitar paciente
de su pulso, una nota constante que le abstraía de algún detalle inquietante.
Su confusión interna, empero, no se esfumaba. Era un pensador lo bastante
mecanicista para entender que las descargas súbitas contra el cuerpo entero podían
actuar sobre la mente de formas desconocidas. La glacial templanza y la determinación
que había poseído desde Marginis, le faltaban ahora, dejándole con ansiedades extrañas,
variables.
Nunca había tenido teoría alguna sobre sus propios estados mentales. Se había
negado a suscribir a místicos eruditos en la Tierra. Aquel hatajo había realizado un trabajo
minucioso con Alexandria, gracias. Las cosas te ocurrían y aprendías de ellas lo supieras
o no, pero la pretensión de un paisaje interior común susceptible de ser descrito, un
maldito libro de viajes sobre el alma, eso era una falacia. Ninguna fórmula terminante
podía atrapar la interioridad humana. Kafka, ese espíritu tortuoso, estaba en lo cierto. La
vida queda definida por los espacios cerrados del ser.
Era por ese motivo que siempre se había negado a convertirse en una docta figura,
intérprete de los alienígenas, largo tiempo muertos, del naufragio de Marginis. Se habría
perdido a sí mismo de esa manera, cuando todo consistía en seguir siendo un hombre, en
permanecer en el puñetero mundo y experimentarlo directamente, soslayando
abstracciones. Le constaba que esto le hacía parecer más y más aislado, maniático, al
margen de los tripulantes jóvenes. Poco hacía para atemperar esto, empero, y utilizó toda
la influencia que pudo cuando Nikka obtuvo una asignación de trabajo en la piel del
Lancer, para reparar los campos de la antorcha de fusión. Ted alegó el muy razonable
argumento de que no podía gobernar una nave basándose en los amantes de la
tripulación. Nigel replicó que, con la frecuencia de cambios de sexo en la tripulación, era
jodidamente difícil precisar quién estaba inclinado a hacer qué, o a quién. Se apercibió,
entonces, de por qué Ted sonreía benévolamente ante toda la autoalteración que
resultaba tan a la moda en el Lancer.
—Se ha hecho con la situación, lisa y llanamente —dijo Nigel a Carlotta una tarde—.
Gente clonando nuevos tejidos, gente cada vez más conectada a máquinas para
aumentar la eficiencia. Así pueden tener más tiempo libre para sus pasatiempos,
preocupaciones. ¡Dios mío! En una sociedad animada por el capricho como el Lancer,
Ted semeja tranquilizadoramente inmutable. Maravilloso, el viejo Ted… dejemos que él
mantenga una mano en el timón mientras nosotros nos vamos a consolarnos por tan largo
viaje.
Carlotta meneó la cabeza.
—No tiene sentido. Las instrucciones sobre terapia de involución (ése es el término, no
frunzas la nariz) vinieron de la Tierra. Ted no tuvo nada que ver con…
—Ridículo. Mira lo que estás bebiendo, jerez frappé carbonado, efervescente de
microicebergs de naranja flotantes. ¿De dónde vienen los recursos?
Ella agitó la sedosa bebida.
—De la sección química, imagino.
—El viejo y bueno de Ted podría acabar con tales diversiones si quisiera, pasando de
la Tierra. No, está a favor de un aire festivo, de una regresión a…
—¡Regresión! Mira, puedes creer…
—Sí, lo creo. Seguramente no necesitábamos prestarnos a ello.
—Me cuesta entender cómo puedes negarle a una persona el derecho de… una
oportunidad de… encontrar nuevas definiciones de sí misma.
—Simplemente estoy intentando comprender al amigo Ted. Estoy enterado de que el
cambio de sexo llegó a ser corriente en la Tierra como un método para ayudar a los
adolescentes con sus ajustes sexuales. Y que la búsqueda de la variedad lo ha convenido
con mucho en la máxima moda allí. Pero aquí…
—Creo que es magnífico que Ted y los demás permitan el uso de los recursos de la
nave para ello. Eso ciertamente le muestra en una apreciación imparcial como una mente
abierta.
—O, de forma alternativa, en una comprometidamente franca y sorprendentemente
imparcial apreciación. Con él siempre se da una apreciación u otra, como ha de ver.
—Estás en plan cínico.
—Hum. “Cínico” es un término inventado por los optimistas para describir a los
realistas.
—Eres imposible.
—¡Hum! Generalmente.
Transcurrió un mes sin que apenas se percatara de ello.
Una tarde, cuando llegó Carlotta, murmuró un saludo y continuó viendo una imagen
Fourier tridimensional, cromáticamente factorizada, de las señales de los EM.
Todavía eran casi opacas para él. Estaba columbrando una historia anterior, sobre sus
breves escarceos con las naves espaciales y la astronomía. Había aquí algo rayano en la
poesía, una sugerencia de un tiempo fracturado, atisbos de los seres que habían reunido
fuerzas para rehacerse a sí mismos.
—¿Qué crees que deberíamos votar en este caso que se presenta? —inquirió Nikka….
dientes de rueda fragmentados en la señal…
—¡Eh! ¿qué?
—Esta mujer que robó todos esos créditos nave.
—¿Cómo?
—Haciendo un índice falso, por supuesto.
—¿Qué dices tú, Carlotta?
—Es culpable de pecado.
—¡Hum! Siempre me he preguntado qué significa eso. ¿De qué pecado se supone que
es culpable?
…le hace a uno cuestionarse si la cultura pre-EM salió alguna vez de su propio sistema
solar. Estas imágenes de aquí, podrían representar extremidades que se extienden hacia
afuera, trazadores hacia otras estrellas, o el brote de una descomunal semilla de diente
de león, para el caso…
—Puedes creerme, lo hizo.
—Hum. Eso dictaminó el tribunal.
—La tripulación completa ha de decidir qué hacer con ella, no obstante —dijo Nikka.
…la tripulación está más desconcertada de lo que imagina con este continuo aluvión de
malas noticias de la Tierra. Los Pululantes por todas panes, ni siquiera los elementos
químicos parecen surtir efecto en ellos y, entretanto, el trabajo prosigue en órbita por
encima de los océanos plagados, se construyen las astronaves, utilizando máquinas
autoprogramadas para hacer el trabajo difícil. La humanidad se apresta para
desperdigarse entre las estrellas como semillas de diente de león, un efecto de escape…
Carlotta dijo:
—Creo que debería ser confinada en las Cámaras;
—Eso no es castigo —repuso Nikka.
—Por supuesto que lo es —musito Nigel—. Despertará en la Tierra desacreditada, sin
haber conseguido nada.
…un éxodo incontenible ahora, en el momento preciso…
—Yo creo que debería ser condenada al ostracismo —intercaló Carlotta.
—¿Una solución colectiva? —Nikka apretó los labios—. Me pregunto…
…lo que justamente podía pretender llevar a cabo el abandono del naufragio del arcaico
More Marginis, una cripta de las edades que descansaba en la piedra pómez lunar; y el
Snark lo había activado “accidentalmente”, el viejo y necio renegado del Snark,
demasiado tiempo descarriado de sus amos, traidor para con el torno que lo engendró.
Sabía que sólo nos quedaban décadas una vez que retransmitiera lo que había
descubierto, sabía que sus Señores de la Antigüedad se guardaban algo en la manga y
nos dio una leve oportunidad de afrontarlo, sólo si llegábamos a comprender…
Se estaban peleando.
Nigel se percató de esto despacio. Comenzó con Carlotta diciendo:
—Sabes, hace semanas que no vengo por aquí —dijo casualmente en el curso de la
conversación.
Pero Nikka malinterpretó algo en ello, se incorporó rígidamente y replicó.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, sólo a que no os veo mucho a las dos, eso es todo.
—Hemos estado ocupadas.
Carlotta no iba a ser despachada con una vaga generalidad.
—Vosotros dos no os enrolláis conmigo como lo hacíamos antes.
—Tú no te enrollas con nosotros lo más mínimo.
—Mi apartamento está atestado y, ya sabes, el vuestro es mucho mejor. Nigel terció.
—Es bastante cierto.
—Una de mis compañeras de habitación, Doris, ha rotado y ésta, Lydia, la nueva, no
coopera en absoluto. Creo que por eso la puso con nosotras el Concejo de Bloque.
Necesita relacionarse después de haber roto con algún amante, no sé quién, pero…
—Carlotta, no es de eso de lo que querías hablar —dijo Nikka con voz exaltada.
—¿No?
—Has estado viniendo a verme al trabajo, dejándome mensajes, tirándome de la
manga, exigiéndome atención.
—Bueno, la necesito. Nigel dijo:
—¿No la necesitamos todos?
—Me parece que no comprendes. Nikka observó.
—Quien no comprende es ese de ahí.
Nigel levantó la cabeza.
Acababa de terminar con los puñeteros platos y creía merecer un momento de respiro.
Aparentemente, no iba a ser así.
—¿Qué?
—Al menos ha dicho algo pertinente —replicó Nikka.
Nigel murmuró.
—Lo lamento. No estoy al tanto de los chismes.
—¿Chismes? ¡Nada de chismes! Quiero que digas algo, no que te sientes ahí y te
enfrasques en esas malditas transcripciones.
—No son transcripciones. Son cuadernos de bitácora. De…
—Sí, sí, Alex apunta obedientemente nuestras antenas desplegadas hacia atrás cada
día, a fin de que puedas obtener tu ración de parloteo EM. Pero eso no significa que
tengas que ignorarme.
Rígidamente: No me he dado cuenta de que lo estaba haciendo.
CARLOTTA: Por supuesto que lo haces.
Defensivamente: Trabajo mucho. Mi concentración ya no es tan buena. Las cosas
pasan por mi lado. Yo…
CARLOTTA: No estás respondiendo.
NIGEL: ¿Qué es esto? ¿Pensamiento en grupo?
NIKKA: Si esto es un trío hemos de hablar.
NIGEL: Desde luego. Pero estoy explicando…
CARLOTTA: ¿Cómo has estado descuidando la relación?
NIGEL: ¿Es así como lo ves?
NIKKA: Desgraciadamente, sí.
NIGEL: Es más difícil mantener tres bolas en el aire que dos.
CARLOTTA: Eso es un cliché. ¿Qué significa?
NIGEL: Estoy completamente agobiado y rendido, eso significa.
NIKKA: No, es más profundo que eso.
NIGEL: Por apropiarme de una frase, ¿qué diablos significa eso?
NIKKA: Significa que no me gusta ser tratada como un zapato viejo.
CARLOTTA: No estás en onda aquí.
NIKKA: Las relaciones en tres sentidos son espinosas, pero cada miembro debe dar
tanto de sí como…
NIGEL: Suena a jodido libro de texto de sociología.
CARLOTTA: Empaliza.
NIGEL: Lo hago. Realmente lo hago.
NIKKA: Estas sentado por ahí, leyendo las actualizaciones astrofísicas pero ya no te
escucho nunca como a un hombre corriente.
NIGEL: Existe la posibilidad de que no lo sea.
CARLOTTA: No vuelvas a envararte con nosotras.
NIGEL: ¿Lo estoy imaginando, o hemos pasado de Carlotta a mí?
CARLOTTA: Quizá sea el mismo problema.
NIKKA: No, no lo es. Todos nos ayudamos recíprocamente. Pero Nigel se ha estado
sumiendo en estos estudios neuroantropológicos de la matriz y cerrándose al mundo.
NIGEL: Es verdad.
CARLOTTA: No tan rápido. Mi impresión es que vosotros dos giráis tanto uno alrededor
del otro que no puedo entrar ni de lado.
NIKKA: Admito que he estado preocupada por él. Acaso sea menos, menos accesible
para ti. Pero él se está distanciando de mí. Y de ti.
CARLOTTA: A veces creo que es sólo una táctica. Nigel: ¿Ganar en virtud de la
retirada?
CARLOTTA: No exactamente, pero…
NIGEL: ¿Entonces qué? Soy un renegado, lo he admitido. Y me bebo el tiempo en
grandes gotas ocupado en mis obsesiones. Pero son mis obsesiones. ¿No me he
merecido ya el derecho a…?
NIKKA: No, en esta relación, no lo has hecho. Tienes que participar.
CARLOTTA: Mira, creo que deberías considerar lo que estás haciendo con, o
haciéndole a Nikka. Ella no es ahora la misma persona que cuando abandonamos la
Tierra. No responde a la gente, a mí, de la manera en que lo hacía entonces, y creo que
es…
Nikka se volvió hacia Carlotta.
—¿Por qué no haces lo que tú deseas? Lo que tú realmente sientas, en vez de ser un
eco y reaccionar en virtud de nosotros, de mí, de…
Nigel dijo lentamente:
—Sí, me parece…
—¡Y tú…! —gritó Nikka—. ¡Se supone que hemos de estar andando de puntillas
suavemente a tu alrededor mientras estás murmurando profundos pensamientos sobre
quién sabe qué!
Carlotta empezó:
—Mira…
Nikka se revolvió hacia ella.
—Cada uno hemos de tener nuestra propia vida. ¿No lo ves? Las cosas a tres bandas
son más difíciles. Sólo funcionan si una pareja no es más importante que la otra.
Carlotta dijo:
—Pero tú y Nigel sois más importantes que tú y yo, o que Nigel y yo.
—Dale tiempo —añadió Nigel.
Aunque, realmente, no pensaba de ese modo.
Nikka suspiró. Dijo serenamente a Carlotta:
—Haz lo que realmente desees. Ésa es la respuesta. Es la única forma de que seas
feliz.
Nigel asintió, algo atónito. La tormenta de las dos mujeres le había pillado por sorpresa
y no estaba seguro de lo que significaba.
—Y yo, a mi vez, procuraré no retraerme tanto —dijo seriamente. Ni remotamente veía
cómo, sin embargo.
Estaba haciendo terapia cuando Bob pasó, sudoroso de correr.
—Todavía metiéndote en esa caja, ¿eh? —preguntó Bob. —Golpeó el metal gris—.
¿Ésta es la de neurosincronía?
—Exacto. —Nigel hizo una mueca—. No es mi favorita. Te produce sensaciones de
picor por los nervios, como ratones helados corriendo hacia tu corazón.
Bob se estremeció.
—Yo me mantengo apartado de estos trastos.
—Hazlo, sí.
—Cada vez que tengo que entrar por alguna tarea médica, siento como si estuviese
poniendo los huevos en una fresadora. Algo va mal y ¡puf!
—A mí no me queda elección. Me temo que no volveré a trabajar para ti. De hecho, me
sorprendió que me consintieras en el equipo de rascado de la tobera.
Bob se apoyó contra el voluminoso armario y se enjugó el sudor de la cara, haciendo
una mueca.
—No fui yo. Ted anuló mi dictamen. Ojalá no le hubiera dejado.
—No es culpa tuya. Mi informe médico era bueno, después de todo.
—Regular. Sólo regular.
—¡Oh!
—El asunto fue que te rechacé de inmediato. Ted vino y se me echó encima, realmente
encima. Invocó cierto compromiso, hizo que Sánchez, de Medicina, me engatusara.
Funcionó. Finalmente, cedí.
—¡Ah!
—Ojalá no lo hubiera hecho.
Era, desde luego, el tipo de cosa de la que nunca podías estar seguro. No obstante,
desde el punto de vista de Ted, el cálculo era bastante simple: ¿cómo podía perder Ted?
Si a Nigel le iba bien en el trabajo, la situación habría continuado como antes. Por el
contrario, con el fracaso su largo restablecimiento reducía su efectividad política.
¿O esto era paranoia? Difícil de decir. Decidió guardarse sus pensamientos para sí
mismo. En última instancia, siempre existía la posibilidad de que aquello fuese meramente
un movimiento de apertura.
Carlotta dijo:
—Sigo sin estar de acuerdo —y dio un sorbo a su bebida. Era otro brebaje
efervescente, que colmaba el aire de un dulzor hormigueante.
Nigel insistió.
—Las máquinas pueden evolucionar, al igual que los animales.
—Mira… esos trastos que hemos encontrado, orbitando mundos espantosos,
inextricables. Claro, son artefactos automáticos. Pero ¿inteligentes? Autorreproductores,
vale. El tiempo que se requiere para crear una entidad realmente inteligente es…
—Enorme. Concedido. No hemos dado fecha a la mayoría de esos mundos. No
podemos, con un solo vuelo de pasada. Podrían ser billones de años más antiguos que la
Tierra.
Ése era el meollo. Resultaba difícil pensar en lo que podría ser la galaxia si la
inteligencia orgánicamente derivada era una simple chispa transitoria, si la evolución de la
máquina dominaba a largo plazo. Las ruinas que el Lancer y las ondas estaban hallando
parecían afirmar que incluso las sociedades que habían colonizado otros mundos podían
ser vulnerables al suicidio de la especie. Los sistemas complejos en órbita contarían con
la mejor oportunidad de sobrevivir. Una guerra sería una poderosa presión selectiva para
la supervivencia entre máquinas que poseían, por débil que fuese, un deseo de
supervivencia. Con tiempo…
Ésa era la cuestión. Los acontecimientos a escala galáctica eran lentos, majestuosos.
Ese hecho había sido escrito en la estructura del universo, desde el principio.
Para que las galaxias llegaran a formarse, la energía expansiva del Big Bang tenía que
darse en la cantidad exacta. Para que las estrellas se aglutinaran a partir de nubes de
polvo, ciertas constantes físicas tenían que darse en la medida precisa. De lo contrario, el
hidrógeno común no se propagaría tanto y la evolución estelar sería muy diferente. De ser
las fuerzas nucleares un poco más débiles de lo que son, ningún elemento químico
complejo sería posible. Los planetas serían lugares indistintos, sin una variedad de
elementos para fraguar la vida.
El tamaño de las estrellas, y sus distancias unas de otras, no eran arbitrarios. Si no
estuviesen ligeramente extendidas, las colisiones entre ellas pronto habrían trastornado
los sistemas planetarios que las orbitan. El tamaño de la galaxia estaba establecido, entre
otras cosas, por la fuerza de la gravedad. El hecho de que la gravedad sea relativamente
débil, comparada con el electromagnetismo y otras fuerzas, permitía a la galaxia contener
cien billones de estrellas. La misma debilidad permitía a las entidades vivas, mayores que
los microbios, evolucionar sin ser aplastadas por la gravedad de su planeta. Eso
entrañaba que podían ser lo bastante grandes, y lo bastante complejas, para soñar con
viajar a los recónditos puntos de luz de un negro firmamento.
Estos soñadores orgánicos estaban condenados a un fin patético. La evolución obraba
implacablemente en un ciclo de nacimiento, procreación y muerte. Cada forma de vida
tenía que hacer sitio a su prole, si no el peso del pasado generaría cualquier mutación,
cualquier cambio diezmador. Así pues, la muerte estaba inscrita en el código genético. El
arbitrio indiferente de la evolución seleccionaba tanto la muerte como la vida.
El advenimiento de las entidades inteligentes implicaba el nacimiento de la tragedia, la
aprehensión primera de la finitud personal. Dada la distancia de los planetas habitables a
una estrella, se podía deducir la temperatura de la superficie, contando como factores las
constantes físicas que predicaba la química, no resultaba difícil calcular el tiempo de vida
aproximado que la evolución dictaba para la vida inteligente de tamaño humano: un siglo
más o menos. Lo cual comportaba que apenas había tiempo para mirar en torno,
comprender y trabajar durante unas pocas décadas frenéticas, antes de que se cerrase la
oscuridad. A lo sumo, un organismo inteligente podía dejar su huella en una o dos áreas
del pensamiento. Venía y desaparecía en un parpadeo. A lo largo de su vida, el cielo
nocturno parecería no moverse en absoluto. La galaxia parecía congelada, inmutable.
Estrellas inmóviles, metas recónditas. Los seres orgánicos, sabedores de su propia
muerte venidera, todavía podían soñar en ir allí. Aunque, en sus viajes, estaban sujetos al
límite de velocidad fijado por la luz. De haber sido mayor la velocidad de la luz,
permitiendo vuelos rápidos entre estrellas, el precio a pagar hubiera sido inmenso. Las
fuerzas nucleares serían diferentes; el lento filtrar en las estrellas de los elementos
pesados no funcionaría. La larga marcha ascendente que conducía a las criaturas de
tamaño humano nunca se habría iniciado.
Así pues, todo se entretejía. Surgir en este universo de modo natural implicaba un
conocimiento fidedigno de la muerte inminente. Eso menguaba todas las perspectivas,
obligando a una criatura a pensar en cortas escalas de tiempo: tiempos tan truncados que
una travesía entre estrellas constituía una odisea que periclitaba la vida.
—…No da explicación de los Pululantes, no da cuenta adecuadamente de los EM —
estaba diciendo Carlotta—. Tu explicación tiene demasiadas lagunas. Demasiados
supuestos infundados.
—No ha dispuesto de ayuda para un análisis detallado, recuérdalo —intercaló Nikka.
—No —repuso Nigel—. Carlotta tiene razón. Requiere trabajo. Trabajo conceptual.
Se arrellanó mientras las mujeres discutían las últimas imágenes de la lente
gravitacional, dejó que su mente vagara. Contempló los movimientos veloces, hábiles, de
Carlotta. Dedicaba un montón de tiempo a su vestido, realizando ingeniosas confecciones
con los escasos suministros disponibles. Estaba perdiendo contacto con ella. Ésta veía
más a Nikka que a él, y conocía a muchos tripulantes que ahora estaban multiacoplados.
Esa gente se pasaba no sólo sus horas de trabajo, sino también las de esparcimiento,
conectados, tomando parte en —¿cómo era la frase?— una “socialización asistida por
computadora”. Entretanto, la Sección Teórica no estaba produciendo ninguna hipótesis
nueva, nada aparte de una abúlica compilación de datos. Según se sumaban los años luz,
la tripulación se replegaba hacia dentro, lejos del abominable vacío que había más allá de
los límites de piedra del Lancer. Pocos salían ya al exterior, desasistidos, para contemplar
el arco iris relativizado por el Doppler. Las semanas se sucedían sin que oyese mencionar
siquiera a la Tierra en una conversación casual. Frente a la inmensidad, algo inveterado
en los humanos les hacía reducir los asuntos a lo local, lo presente, lo específico.
Ciertamente, el Lancer estaba abarrotado de personas ambiciosas, inteligentes.
Dados los años de vuelo, las diversiones sociales hicieron su aparición,
indudablemente, desde el principio. Pero, esto… No, algo iba mal. Algo ajeno a su recelo
puntilloso. Ted Landon y los demás podían dar pie a cosas de esta índole si lo deseaban.
Pero una tripulación distraída era una tripulación fácilmente engañada, fácilmente
manipulada. Y, de semejante batiburrillo, emergía con frecuencia un líder fuerte cuando
finalmente llegaba una crisis.
Contemplaba a Carlotta agitando los trozos de hielo naranja en su ruidosa bebida.
Pensaba en Magallanes, viajando con exiguas esperanzas y sin naranjas suficientes para
evitar el escorbuto. Y en el Titanic, que navegara con absoluta certeza y naranjas en
abundancia.
—¿… no lo harían? —Carlotta le estaba formulando una pregunta.
—No capto la derivación —repuso para encubrir su ensoñación.
—¿Qué va a forzarlas a desarrollar una mayor inteligencia?
—Las máquinas autoduplicadoras pueden recoger materias primas en cualquier parte.
Sabe Dios que trabajan mejor en el espacio que nosotros. Somos tipejos desvalidos,
atribulados. Los recursos siempre se agotan, no obstante. Eso asegurará la
competitividad.
—Lleva tanto esquilmar todo un sistema solar —dijo Nikka.
—Hum. Sí. Para nosotros es difícil pensar en esa escala temporal, ¿no? Sin embargo,
acaso una máquina razonablemente lista no tenga que esperar a que la evolución haga
su trabajo. Puede aumentar su inteligencia añadiendo unidades, delegando tareas en sus
nuevos subsistemas. Incrementa la velocidad del pensamiento, lo cual es, al menos, un
paso en la dirección adecuada. Es más sencillo que desear poseer más células
cerebrales, que es lo que nosotros tendremos que hacer.
—Mira, aquí soy yo la que maneja ordenadores —repuso Carlotta—. Y yo digo que la
inteligencia artificial no es tan fácil. Las enormes máquinas de la Tierra son inteligentes,
cieno, pero no es sólo una cuestión de añadir capacidad.
—Concedido. Aunque estamos hablando de millones de años de evolución, tal vez
billones.
—Lo que estás haciendo es una generalización de envergadura, brillante.
—Así es. Supongo que tendré que analizar mejor el asunto.
—Escucha —le hostigó Carlotta—. Esto es ciencia. Debes hacer una predicción si
quieres que la gente te preste atención.
—Exacto. Aquí está. Aparecerá un Vigilante alrededor de cada mundo en el que sea
posible la tecnología. O donde una vez lo fue y puede retornar. Son policías, entiendes.
Pero únicamente custodian zonas en las que la tecnología puede proceder de una
especie que surge de modo natural. Una especie orgánica.
Carlotta frunció el ceño.
—Veamos… Eso encaja…
Nigel prorrumpió impacientemente.
—Los robots que estaban acarreando hielo en Wolf 359, por ejemplo. Allí no había
ningún Vigilante, porque aquellos pacientes aparatos son una forma primitiva de una
sociedad de máquinas. Dales unos millones de años de exposición a los rayos cósmicos,
escasez de materiales y evolucionarán. Se convertirán en un miembro del club.
—¿Club? —inquirió Nikka.
—Una red de arcaicas civilizaciones de máquinas. Ellas envían a los Vigilantes.
—Todavía no comprendo el porqué te concentras en ese tema de las máquinas contra
nosotros —repuso Nikka.
—En parte me baso en lo que dijo el Snark, y en hechos posteriores.
—Bien, Nigel —comentó Carlotta diplomáticamente—, la mayoría de la gente piensa
que estabas, ya sabes, fuera de ti entonces…
—Nunca he proclamado ser un republicano conservador. Pero hay buenas razones
para creer que las máquinas que quedarán tras un Armagedón nuclear no serán
amistosas como perritos falderos.
—¿Porqué?
—Partirán de un genocidio. Uno que causamos nosotros. Lo recordarán.
Puso por escrito su teoría y, debidamente, impartió un seminario para las secciones de
Exobiología y Teórica. Fue cortésmente recibido.
El Vigilante en torno a Epsilón Eridani, dijo, estaba allí para cerciorarse de que no
volviera a surgir ninguna forma orgánica (o retornase de estrellas próximas donde podía
haber colonias). Algo, ¿el Vigilante?, había destruido la civilización orgánica nativa. Había
calcinado el planeta de forma tal que perdurase el Gancho del Cielo.
¿Por qué dejar el Gancho del Cielo? Muy probablemente, porque el Vigilante quería un
medio económico de mandar expediciones a la superficie, donde era posible buscar y
exterminar cualquier vestigio.
Repasó las observaciones sobre los remolcadores de petróleo de Proción. A la máxima
ampliación, las máquinas parecían bien diseñadas, provistas de antenas y compuertas.
Nigel dedujo que estaban algo más avanzadas, tal vez, que los lugares de hielo de Wolf
359. Aún llevaban a cabo tareas mecánicas, pero no funcionaban gracias a instrucciones
dejadas por una civilización largo tiempo muerta. En vez de ello, parecían estar integradas
en algún esquema económico interestelar. Un océano de petróleo era un gran regalo,
desde luego, aunque no meramente para producir energía. Cualquier cosa que pudiera
cruzar las estrellas no se sustentaría mediante una economía de energía química. Sin
embargo, bien podía necesitar cantidades ingentes de lubricantes.
Isis resultaba más difícil de explicar. Los EM se habían modificado a sí mismos para
utilizar la radio como su sentido básico. ¿Iba esto a engañar a los dos Vigilantes
llevándolos a considerarles una sociedad protomáquina?
Eso implicaría una cierta rigidez y literalidad en aquellos Vigilantes. ¿Se habían hecho
viejos acaso y habían degenerado? O aguardaban el momento propicio, estudiando a los
EM. El hecho de que un Vigilante repeliera cualquier intento de examinarlos tendía a
apoyar el segundo punto de vista.
Nigel utilizó cuantos datos pudo reunir. Comparó espectros y diagnósticos de los
diversos Vigilantes, estimó sus edades (todos daban límites superiores al billón de años) y
correlacionó tantas variables como pudo justificar de modo plausible. No había ninguna
forma fehaciente de demostrar un origen común para los Vigilantes. Por otra parte, indicó,
no había razón alguna para creer que los Vigilantes hubieran sido construidos en el
mismo lugar o tiempo.
Su teoría no encontró mucho respaldo. No esperaba encontrarlo.
La noción que prevalecía en la Sección Teórica era la más simple, triunfaba la navaja
de Occam. Todos estos mundos, afirmaba Teórica, eran las cáscaras de culturas
obliteradas por la guerra. Probaban que la vida inteligente era pródiga pero suicida. Los
Vigilantes eran simplemente una forma común de arma, reinventada una y otra vez por
sociedades que evolucionaron separadamente. Estaciones bélicas. Para cuando una raza
desarrollaba una, estaba próxima a la aniquilación.
En cuanto a Isis, lo específico de la gran guerra que asoló ese mundo estaba ahora
sepultado en las leyendas EM. Y las leyendas eran fuentes notoriamente inciertas de
hechos innegables. Los EM habían alterado sus propios cuerpos para sobrevivir, lisa y
llanamente, a los estragos que causaron.
Ningún bando pudo dar explicación de los Pululantes y Espumeantes. Nigel se irguió
ante la audiencia y opuso argumentos lo mejor que pudo. Tenía la vaga impresión de que
los Espumeantes y los EM eran, de alguna forma, similares; pero fue lo bastante juicioso
para no aventurar semejante idea sin el apoyo de una explicación irrefutable.
Alguien de Exobiología señaló que los Pululantes, al menos, demostraban el
predominio de la violencia y la guerra en otras formas de vida. Hubo un aplauso tras su
observación. Nigel guardó silencio, sin saber cómo contrarrestarlo.
Vio la incredulidad cortés, bien oculta en sus caras y la aceptó. Meramente recalcó de
nuevo su predicción: fuera lo que fuese que encontraran en Ross 128, si se daba la
posibilidad de que un mundo generase vida orgánica, o lo hubiera hecho, tendría un
Vigilante en torno. La Regla de Walmsley, lo llamó alguien.
Cumplido su objetivo, se sentó ante un aplauso moderado. El seminario pasó a otros
temas de astrofísica y biología. Nadie apreció ni sacó a colación la excepción obvia a la
Regla de Walmsley: la Tierra.
5
Nigel se quedaba en el apartamento buena parte del tiempo. Nikka se hallaba muy
recuperada, y hacía labores diversas por la nave. Él participaba en seminarios y prestaba
su ayuda con las actas de las asambleas, todo realizado en la pantalla plana del
apartamento. Le gustaban el aislamiento y la paz, aunque, de hecho, se veía obligado a
ello por la necesidad de conectarse los filtros sanguíneos cuatro veces diarias. Nikka y él
habían montado el equipo usando piezas excedentes de la nave; la ingeniería médica era
tan sencilla como la autorreparación, modular y ensamblada en su mayor parte. No
obstante, estaban haciendo chapuzas con su vida; Nikka comprobaba las pautas de flujo
cada día. Por supuesto, eludir al montaje médico era una violación de las reglas de la
nave, pero ello no les causaba ningún desasosiego.
Él acudía regularmente a los seminarios de Exobiología, sobre todo para utilizar bases
de datos interactivas y representaciones 3-D de resultado-teoría-elección. Estas últimas
eran visualizaciones de las consecuencias globales de cualquier teoría sobre vida
extraterrestre que rastreaban las múltiples ramificaciones de la evolución planetaria, la
biología y la socioeconomía. El caudal irregular de noticias acerca de Pululantes y
Espumeantes tenía que ser supeditado a lo que el Lancer y las sondas independientes
encontraban. Había escuelas de pensamiento en mutua competencia, encabezadas por
expertos analistas de la tripulación. Nigel rara vez se reunía con estos eruditos. Para él
existían como constelaciones descorporizadas de teoría en las representaciones de
seminarios, como medios de organizar los datos. Su dominio de las interconexiones era
formidable. Podían relacionar la estructura del naufragio de Marginis con las pautas
natatorias de los Pululantes, amoldarla a una teoría universal del lenguaje, y proponer: (a)
una estimación de la probabilidad de que la mayoría de las formas de vida galácticas
vivieran todavía en océanos; (b) un esquema de la mejor opción para conseguir contacto
radial mediante el uso de faros de radio a nivel de gigavatios; (c) una estrategia de
búsqueda óptima, recalculada para las sondas, hasta las estrellas situadas en un radio de
cien años luz. Nigel evocó la observación de Mark Twain de que lo prodigioso de la
ciencia era la amplitud de la renta especulativa que obtenías a cambio de una nimia
inversión en datos.
Lo malo era que tenías que contar con alguna premisa inicial para cojuntarlo todo. A
bordo de la nave, el consenso generalizado era que todos los contactos alienígenas
anteriores —el vehículo Snark con el que Nigel habló brevemente, y el naufragio de
Marginis— habían sido probaturas. Algo, probablemente los Pululantes y los
Espumeantes mismos, había sondeado la Tierra largo tiempo, considerando su validez
como biosfera. La sapiencia convencional del pasado, según la cual ninguna especie se
molestaría en invadir otro mundo, ya no parecía acertada. El Lancer había descubierto
que la mayoría de los planetas eran reliquias arrasadas. Resultaría mucho más fácil
adaptarse a una biosfera existente como la Tierra, que empezar desde cero con un
planeta agostado, estéril. Así pues, los Pululantes probablemente habían estado
transformándose biológicamente para adaptarse a los océanos de la Tierra, desde que lo
descubrieron en la expedición que abandonó el naufragio de Marginis.
La teoría explicaba incluso la Regla de Walmsley. Los Pululantes —o la civilización que
representaban, la tecnología que construyó las astronaves en las que vinieron— fabricó a
los Vigilantes, para seguir rastreando otros emplazamientos vitales posibles, otras
sociedades en desarrollo. Algunos Vigilantes sobrevivieron a la guerra final que despojó
de vida a algunos mundos, otros no. El hombre estaba llegando tarde al escenario
galáctico; debiera esperar encontrarse con algunos accesorios de actos precedentes,
tragedias la mayoría. Esto postulaba la sabiduría convencional en su nueva edición.
El punto de vista de Nigel fue debidamente escuchado, discutido, anotado a pie de
página para un trabajo posterior, y, entonces, el torrente de teorías, modelos y
comprobaciones que se auto validaban fluyó a su alrededor, como un río de consenso
que sorteara una isla. No sabía lo bastante de análisis para integrar su modelo con la
profusión de datos. Creía probable que el naufragio de Marginis se hubiese producido
mientras destruía al Vigilante de la Tierra. Más de un millón de años después de su
colisión, la cáscara de huevo aplastada había hecho gala de armas poderosas, que fue tal
como lo halló Operaciones Lunares. A plena capacidad, el naufragio podía haber hecho
pedazos asteroides enteros, y Nigel sospechaba que para ese cometido estaba diseñado
precisamente. Muchos de los mundos que habían visto mediante la sonda —Isis
también— habían sido pulverizados por el bombardeo. Era el modo más barato de
deteriorar una superficie planetaria, en términos de energía invertida. Así pues, el
naufragio de Marginis había descansado allí en tanto que el hombre evolucionaba desde
el mono. El naufragio podía detectar y destrozar cualquier asteroide grande que cayese
hacia la biosfera. Pero su potencia declinó. Había resistido violentos ataques, sólo para
deshacerse lentamente según lo consumía el tiempo.
Ahora la humanidad podía defenderse a sí misma contra asteroides o armas incluso
peores. Siempre y cuando, pensó Nigel para sí, podamos reconocerlos como armas.
6
Luyten 789-6 poseía un único mundo que rotaba próximo a uno de los dos pequeños
soles, y fue devorado por el fuego. Cuando la sonda giró cerca de él, las trazas
espectrales y la fotometría mostraron un palio de humo y vaharadas de llamas. El planeta
era del tamaño de la Tierra, confortablemente cálido, con océanos en un 80 por ciento.
Por encima de los mares el contenido de oxígeno del aire era del 25,4 por ciento y, sobre
los continentes, del 23,7 por ciento.
No fueron precisos muchos análisis para ver lo que había ocurrido. Las cálidas
temperaturas de la superficie hacían abundante la vida marina. Los microorganismos
exhalaban allí grandes cantidades de oxígeno. En la Tierra se daba también el mismo
proceso, pero el oxígeno era sólo el 21 por ciento del aire.
La probabilidad de fuego forestal casi se dobla con cada punto de aumento en el
porcentaje de oxígeno. En el único mundo de Luyten 789-6, la vida marina vertía oxígeno
en los bosques tropicales que ardían perpetuamente. Incluso la tundra ártica se
incendiaba. En la estación invernal del planeta, las plantas crecían a pesar del frío,
animadas por los altos promedios de reacciones químicas y por procesos en el suelo. Con
el verano llegaban los fuegos por todo el mundo.
En la Tierra, el metano emanado desde las charcas de barro absorbe oxígeno del aire,
manteniendo un equilibrio estable. De alguna forma, ese mecanismo había fallado aquí.
Había evidencias, procedentes de las muestras químicas, de que este mundo era más
antiguo que la Tierra; el ciclo de crecimiento y fuego había estado sucediéndose durante
billones de años. Ninguna vida animal se movía en la tierra; ninguna podía sobrevivir a los
incendios. Sin embargo, un Vigilante daba vueltas en torno al mundo, impasible, lleno de
marcas y arcaico.
—¡Carlotta!
Ella se volvió. Nigel caminó más deprisa con esfuerzo manifiesto y se puso a su altura
en una bifurcación de los corredores—. ¿Tienes tiempo para charlar?
Ella sonrió, burlona.
—Claro. Yo misma tenía algo que comentar. No he tenido oportunidad.
Se encaminaron a una cúpula panorámica que daba sobre la base del eje de la nave.
Aquí, la gravedad centrífuga era baja. El rostro de Nigel reflejó alivio ante la disminución
del esfuerzo. Al otro lado, podían ver un globo de agua anclado al eje. La gente nadaba
en él en tanto que se balanceaba y corría a lo largo del eje en caída libre. Llevaban finas
bandas de goma prendidas a los tobillos, por si rompían la tensión de superficie y caían
hacia afuera. Pocos lo hacían; eran hábiles peces que soltaban una lluvia de gotas y
risas.
—Echo eso en falta —musitó Nigel—. No lo he hecho desde hace años.
—Bueno, pronto volverás a ser capaz y podremos…
—No. He estado aplazando mi informe médico, pero puedo apreciar que la cosa no
mejora.
—¿La química?
—Exacto. Hay radicales en la sangre, por lo que el cuerpo recurre a mis defensas —un
encogimiento de hombros amargo —y se sobrecompensa.
—Cáncer.
—Ése es su dulce nombre, sí. He estado filtrando mucha sangre por mi cuenta (no
pongas esa cara de espanto, es un truco sencillo, de veras), pero ya no podré volver a
pasar el chequeo del montaje médico.
—Alguna terapia… Él meneó la cabeza.
—Sé lo que dirán Medicina y Ted. Soy una maldita reliquia con demasiado valor para
correr riesgos. Me meterán en una Cámara de Sueño hasta que estemos en la Tierra.
—Mira, falta casi un año para el aterrizaje de Ross. Estoy segura de que te dejarán
aguantarlo.
—Hum. ¿Correr el riesgo de que muera por un tratamiento inadecuado? Inverosímil.
—Eres valioso para nosotros, también. ¿No ha probado Luyten 789-6 la Regla de
Walmsley?
—La primera ley de la dirección es: cúbrete el culo. A esto honrarás por encima de
todas las cosas. Ted no quiere devolverme a la Tierra cadáver.
—Tú tampoco lo quieres. No hay nada que puedas hacer salvo aceptar la suerte que
se te ofrece. Mira, sabes que el tiempo en las Cámaras no es tan malo, yo misma voy a
entrar el viernes próximo por cuatro meses.
—¿Para qué?
—Yo… Una revisión, más o menos. Yo… Los tres deberíamos hablar de ello, imagino…
—Hizo una pausa y luego prosiguió enérgicamente—: No tienes elección.
—Ya he esquivado el control médico antes. Ella vio a qué se refería.
—¡Ah!, ¡oh…!
—Exacto. —Sonrió entre dientes—. Me excluiste, me pusiste en autoservicio hace
años, ¿recuerdas? Hazlo de nuevo. Por favor.
—Yo… Sabes que te aprecio, todavía te aprecio, aunque no estemos… juntos ahora…
pero…
—Por favor.
—¿Realmente te importa tanto hacer el aterrizaje?
—Sí. Sí, me importa. —Se irguió de su silla hamaca e hizo una mueca ante una súbita
punzada. Todavía no había adquirido todos los hábitos de la gente de edad, la percepción
de fuerzas desequilibradas actuando a través de ejes frágiles, débiles, en tobillos, rodillas,
codos, columna vertebral. Carlotta le escrutó y suspiró.
—Los sistemas monitores son mejores ahora —repuso ella—. Los programas y bases
de datos activan algoritmos de decisión a mucha mayor altura en la pirámide sensible.
Tendré que…
Él estaba pendiente de sus próximas palabras. Ella se mordisqueó el labio.
—No estoy afirmando que vaya a funcionar. Puedo acercarme, pero…
—Te lo agradezco, amor. Pero acercarse sólo cuenta en las herraduras y las granadas
de mano. Necesito eludirlo con certeza. Algo que no puedan rastrear.
Ella suspiró.
—Las cosas que pides. Jesús, no sabía que estuvieras tan mal. Aunque estabas
teniendo achaques, claro, pero ¡auténtico cáncer! Señor, se supone que eso tiene cura.
Él parpadeó cansinamente.
—Cuanto más viejo es el cuerpo, más débil se torna la respuesta inmunológica. La
forma más fácil de matar a un ser vivo es hacer que se produzca la mayor parte del daño
a sí mismo. Con sólo añadir el irritante externo apropiado… —Su voz se desvaneció.
En silencio, Carlotta se levantó para abrazarlo.
—Sabes, una vez dijiste que la inteligencia es la habilidad de aprender de los errores
de otros. —Carlotta lo estudió gravemente—. Está claro como el agua que tú no lo eres.
¿Por qué no lo mandas al cuerno, eh?
Él sonrió retadoramente.
—He pagado la entrada. Quiero ver cómo acaba la película.
7
Daba largos paseos por el Lancer, sin verlo apenas. En vez de ello, intentaba evocar la
Tierra, olvidar los rumores de tráfico de influencias y maniobras que podían, finalmente,
decidir su destino. Rememoró el último lugar al que había ido antes de subir a bordo del
Lancer: Venecia. Nikka estaba visitando a su familia, por lo que se quedó solo,
deambulando por calles de losas grises sin aceras. Los hombres cargaban por ellas,
empujando carretillas y gritando, ¡Le gambe!, que Nigel consultó puntualmente en su
diccionario y vio que significaba “¡Las piernas!”, una advertencia bastante brusca. Le
recordó a la americana “¡Arriba la cabeza!”, que era utilizada cuando la respuesta
adecuada era precisamente la contraria.
Se dejó arrastrar por la muchedumbre hasta la plaza de San Marcos, en medio de su
parloteo y sus negros ojos redondos. En el apogeo del poder veneciano, la plaza había
sido denominada Il Broglio, la intriga, porque desde las diez de la mañana hasta el
mediodía sólo los nobles tenían permitido reunirse aquí a urdir sus maquinaciones. Pensó
en Ted y Bob, nombres inocuos que escondían enigmas.
Entró en los espacios enormes, cavernosos, de la basílica. Desde los altos nichos,
áureos santos miraban a las masas de abajo que trasegaban, respiraban la química del
carbono. Subió. Los corredores superiores le acercaron a estos héroes espirituales,
revelando que estaban hechos de teselas azules, rosas y blancas, de un milímetro de
profundidad.
Los espacios ascendentes le recordaban a los reducidos mundos cilíndricos, justo lo
bastante grandes para hacer que un hombre se sintiese empequeñecido. Los arquitectos
habían intentado lograr ese efecto durante milenios. Se acordó de que, originalmente, las
pirámides fuera de Alejandría —ella yacía desmadejada, inconsciente, la vida
escapándosele…—, interrumpió el pensamiento.
Los muros de la basílica estaban recubiertos de esculturas de Constantinopla y joyas
de Tierra Santa. Botín de las Cruzadas. El deseo de vastos entornos parecía correr
paralelo con el ansia de largos viajes, de causas y de montones de piedras por las que
recordarlos…
¡Mira, contempla lo que hice! Los escolares futuros se quedarán boquiabiertos, sin
duda, y luego agacharán sus reverentes cabezas hasta los helados.
En el exterior, las olas batían contra el muelle, juguetonas, arrojándole una rociada a
los ojos para recordarle cuan grandes habían sido más afuera, allí donde el océano era
todavía profundo y azul. Se preguntó, ¿Qué ha traído a esa muchedumbre a este lugar?
Entonces, viendo el mármol que se alzaba luminoso frente al mar, quedó súbitamente
claro. Los hombres habían venido aquí huyendo de la barbarie. Una vez que hubieron
domeñado el mar y comerciado en él, erigieron pétreas declaraciones, negando que el
resultado hubiese estado alguna vez en tela de juicio. Aquellas turbamultas supieron lo
que él veía, y prefirieron la fría piedra, las calles estrechas y los puentes arqueados que
afirmaban el dominio de la geometría sobre las olas. Estos cofres de mármol tallado
tendrían, deberían, habrían de resistir el azote azaroso del mar.
En el Día de la Ascensión, el Dux, gobernador de Venecia, zarparía de la ciudad en su
dorada galera estatal, para lanzar un anillo por la borda, simbolizando los esponsorios de
Venecia con las aguas. Pero, a la postre, el matrimonio no era válido, porque carecía del
consentimiento de la novia. Venecia se aferraba a su roca tallada y declinaba.
Aún realizaba tanto trabajo manual como podía, pero las tareas le parecían más duras
y la debilidad le atenazaba antes de terminar la jornada. Hacía análisis y labores rutinarias
de mantenimiento, para mantenerse ocupado y justificar su presencia, aunque sólo fuese
a sí mismo Su digestión empeoró. Sus músculos estaban siempre doloridos por las
mañanas y experimentaba una inestabilidad general. El empeoramiento fue dichosamente
gradual. Vio, renuente, que había reaccionado a él como la mayoría. Primero culpas a los
males menores en vez de a la edad y proclamas que pronto te recobrarás y atenderás las
cosechas. Hizo esta observación a Nikka en muchas ocasiones y, finalmente, a
continuación, ella se tornaba silenciosa, y él pasaba una noche desapacible. Se estaba
dirigiendo a las estrellas, pero la necesidad de mortalidad de la evolución le alcanzaba
incluso aquí.
Se percató lentamente, en virtud de las pestañas alzadas y las miradas oblicuas de los
amigos, que sus cumpleaños no eran considerados ahora como un culminar, sino como
un posponer. Procuró dar una utilidad a la vida, al realizar cosas que hiciesen el final
menos temible. Sorprendentemente, acaso jubilosamente, no logró encontrar ninguna.
Nigel ojeó las fotos preliminares de Ross 128.
—Muy borrosas —dijo a Nikka.
—Son del telescopio gravitacional. Tienen años de antigüedad, desde luego, están
trabajando tan deprisa como pueden, pero la demora del viaje lumínico…
—Cierto. —Él estudió los puntos brumosos—. Algunos jovianos, dos terrestres. No está
mal. —Debido a que el Lancer había acelerado a 0,98 de la velocidad de la luz, estas
imágenes eran sólo unos meses más viejas que las primeras que habían recibido, hacía
años, en Isis—. Carlotta está trabajando en el reprocesamiento de este material, ¿no?
¿Cuánto mejoraremos…?
—Está en las Cámaras.
—¿Qué? No… ¿Cuánto tiempo lleva?
—Dos semanas.
Nigel estaba atónito. Ni siquiera había reparado en su ausencia. Y le desagradaban los
cambios abruptos como éste, que los amigos desaparecieran inopinadamente.
—¿Cuándo la descongelan?
—Dentro de seis meses, creo.
—¡Para entonces casi estaremos aterrizando! Nikka alzó la vista de su cuaderno de
trabajo.
—Las Cámaras son R y R. Ella saldrá renovada, capacitada para relevar a alguien que
ha estado apresurándose para preparar la llegada a Ross.
—Humm. —Él frunció el ceño—. Parece razonable… pero… No me gusta. —Meneó la
cabeza y volvió a cavilar sobre las impresiones. Pero no logró concentrarse.
8
Gongs de advertencia resonaron por todo el Lancer. Nigel cruzó las piernas y los
ignoró. La nave se estaba topando con una densa nube de polvo y la antorcha funcionaría
o no, sin que nada de lo que él pudiera hacer importara. Deslizó un bastoncillo en el lomo
de un libro y lo abrió. El bastoncillo lo mantuvo de par en par, con lo que pulsó la segunda
proyección y empezó a leer en la página 287. K entonces Tom habló largo y tendido y
dijo, escabullámonos los tres de aquí una de estas noches y consigamos pertrechos, y
vayamos en busca de emocionantes aventuras entre los Injuns, en el territorio, durante un
par de semanas o dos; y yo dije, de acuerdo, eso me cuadra, pero no tengo dinero para
comprar los pertrechos, y reconozco que no pude conseguir nada en casa…
—¡Nigel! —gritó su comunicador. Tecleó con la uña por respuesta—. Activa el altavoz
de la nave. Rápido. —Era Nikka, se esfumó antes de que acertara a replicar. Insertó en su
pantalla plana una audición global y escuchó.
—El conducto propulsor está aguantando bien, apurado al máximo sobre la inercia de
transporte…
—Mejor, pero vamos a navegar justo a través. No hay ninguna prob…
—¿Qué están recibiendo los de ciencia? Yo estoy registrando insólitos…
—Mira esa línea de absorción de ahí. Una grande y gruesa que se sitúa en 2.200
angstroms, gorda como tu pulgar.
—Sección cruzada de absorción sobre 4 veces 10-17cm.Sí.
—Tengo el espectro aquí mismo. El muestreador se ha deslizado ahora. Parecen
granos de silicato, aunque eso no es una línea de silicona…
—Tamaño promedio justo en torno a los100-5 cm, calculo.
—Cristo, eso son pépticos, está claro como el agua. Observa esos enlaces.
—Hay también una sustancia de cadena larga por toda la superficie exterior de esos
granos. Están recubiertos de ella como una pátina de aceite o algo…
—-No lo entiendo. Estamos viendo aminoácidos también allí…
—Se supone que eso son partículas de polvo. ¿Qué hace esa sustancia adherida a…?
—Mira esa estructura semejante a una pared. Las cadenas largas y lo demás es una
barrera celular. Tiene que serlo.
—No tiene sentido.
—La única utilidad de una pared celular es mantener fuera al enemigo.
—Eso aquí significa ultravioletas. Los Uv han mandado al infierno esas cadenas de
péptidos, a excepción de esa pequeña membrana. Apuesto a que contiene silicona par a
bloquearlos UV.
—Así pues, los péptidos pueden permanecer dentro de la pared celular, enlazarse y
reproducirse. Ésa es la única cosa con lógica que puedo entresacar.
—Materia viva en las nubes… no miro… Ahí afuera hace un frío que pela. ¿Cuál es el
impulsor termodinámica para la vida?
—Hay cantidad de IR alrededor. Así es como ves esa línea de absorción, la misma
línea que se presenta en la mayoría de los complejos de carbono.
—Mira en el centro. Eso es un silicato, el fragmento original de polvo sobre el que
empezó esta célula. Apuesto…
—Y dos de ellas adheridas justo ahí. Mira, las cadenas están emigrando a la pared
celular. Eso es. Eso es.
—Dios mío, aquí tienen tal densidad que la antorcha se está casi obstruyendo y este
mejunje se está adhiriendo como lapas al flujo vital. Tendremos que limpiar este revoltijo.
Diablos, lo que hay en estas grandes nubes son células reproductoras. Hay más masa en
estas nubes que en las condenadas estrellas, sin duda. Observa todos los tachones
oscuros del cielo nocturno, sin duda significa que esta química de péptidos se está dando
por todas partes…
Nigel contempló la lista de moléculas y radicales libres acumulados: etanol, cianuro de
acetileno, monóxido de carbono, amoníaco, metano, agua… y concluyó que, en lo que al
universo se refería, era aquí donde aparecía la química. Los planetas eran desdeñables.
Guiadas por la luz de las estrellas, las retorcidas hélices disponían de tiempo para hallar a
sus pares y producir incluso una complejidad mayor. Estas nubes moleculares eran los
montones de abono donde se formaban las estrellas. Asimismo, atravesaban sistemas
solares, sembrando los planetas de células pegajosas, hambrientas.
En el clamor de las voces de la tripulación, captó un arrebato de emoción. Habían visto
docenas de mundos muertos y ahora se habían precipitado ciegamente en un caldero de
vida. Las nubes moleculares eran los objetos de mayor masa de la galaxia, y llevaban
más tiempo fraguándose que las estrellas. El Lancer acometió, abriendo un agujero a
través de ésta, dejando restos candentes. Delante, brillando tenuemente a través de la
vaporosa bruma de química, se encontraba el fulgor grisáceo de Ross 128.
SÉPTIMA PARTE – 2061 LA TIERRA
1
Al mediodía, seis aeroplanos delta vinieron volando bajo, hicieron una pasada y se
remontaron en el área rocosa del sur y, unos cuantos minutos después, los estruendosos
motores se apagaron. Tres pelotones de infantería rápida, ágil, descendieron a paso
ligero hasta la playa.
Warren los contemplaba desde la sombra que ocupaba con clara visión de Gijan. El
hombre le había hecho transportar la radio y los suministros energéticos desde su
escondrijo en los matorrales hasta la playa, donde pudo hablar con los aeroplanos. Gijan
gritó a los hombres y se apartaron de la playa donde los Espumeantes podían verlos. Un
pelotón cogió a Warren y le llevaron al sur, sin mediar palabra. En el lugar de aterrizaje,
hombres y cabrías estaban descargando y construyendo, y nadie le miró dos veces. El
pelotón le condujo a un pequeño edificio asentado en suelo rocoso y le encerraron dentro.
Era una liviana construcción de durabloque, de tres metros cuadrados con tres
ventanas dotadas de fuerte malla de alambre por encima. Había una silla de madera
achaparrada, una fina colchoneta para dormir en el suelo y una placa lumínica de
cincuenta vatios en el techo que no funcionaba. Nigel probó el agua de una jarra de cuatro
litros y la halló tibia y metálica. Había un balde para utilizarlo como retrete.
No podía ver mucho por las ventanas, aunque prosiguió el martilleo y el estrépito de
descarga. Llegó la oscuridad. Un motor arrancó en las proximidades e intentó precisar si
iba o venía, hasta que se percató de que funcionaba con revoluciones constantes. Pulsó
el interruptor de la pared y la suave luz de arriba se encendió, por lo que supuso que el
generador estaba en marcha. A la luz mortecina, todo en la habitación aparecía desvaído
y frío.
Más tarde, vino un soldado musculoso con un plato de hojalata lleno de estofado de
verduras. Warren se lo comió despacio, saboreando las cebollas, zanahorias, espinacas y
tomates hervidos, refrenando su apetito repentino para percibir cada sabor
separadamente. Rebañó la cazuela y bebió un poco de agua. En lugar de sentarse a
pensar inútilmente, se tendió y durmió.
Al alba, vino de nuevo el mismo guardián con más estofado, frío esta vez. Warren no
había terminado cuando el guardián regresó, se lo quitó y le puso en pie. El soldado le
hizo marchar velozmente por un campamento a la pálida luz del amanecer. Warren
memorizó los tamaños y distancias de los edificios lo mejor que pudo. El guardián le llevó
al edificio más grande del campamento, uno prefabricado, con pintura de camuflaje para
la jungla. La habitación frontal era una oficina donde Gijan estaba sentado en una de las
cuatro sillas endebles y un hombre alto, chino o japonés, permanecía de pie junto a un
escritorio de contrachapado.
—¿Conoce al suboficial Gijan? Bien. Siéntese. —El hombre alto se movió con rapidez
para ofrecer una silla a Warren. Se volvió y se sentó tras el escritorio; Warren le observó.
Cada movimiento del hombre poseía una especie de cualidad deslizante, como si
mantuviese su cuerpo centrado y equilibrado en todo momento para adoptar un ángulo
nuevo de defensa o ataque si fuera preciso.
—Relájese, por favor —dijo el hombre.
Warren reparó en que estaba sentado en el borde de la silla. Se retrepó en ella,
sirviéndose del instante para localizar al guardián en un rincón lejano a su derecha, a dos
insalvables metros de distancia.
—¿Cómo se llama?
—Warren.
—¿Sólo tiene nombre? —inquirió el sujeto, sonriendo.
—Sus hombres no se han presentado, tampoco. No creo que tenga que ser educado.
—Estoy seguro de que se hace cargo de las circunstancias, Warren. En cualquier caso,
yo me llamo Tseng Wong. Dado que estamos utilizando sólo el nombre llámeme Tseng.
Sus palabras brotaron separadamente, como bruñidos objetos redondos que se
formaran en el aire inmóvil.
—Puedo entender que ha atravesado una situación difícil.
—No tan mala. Tseng apretó los labios.
—La evidencia dada por su pequeño —buscó la palabra— espasmo en el rostro, basta
para mostrarme…
—¿Qué espasmo?
—Tal vez ya no se dé cuenta. En el lado izquierdo, una tirantez en los ojos y la boca.
—No tengo nada de eso.
Tseng miró a Gijan, sólo una ojeada fugaz, y, después, nuevamente a Warren. Hubo
algo en ello que a Warren no le gustó y se encontró centrando su atención en su propio
rostro esperando a ver si algo andaba mal en él sin que se hubiese percatado. Quizás él…
—Bueno, lo dejaremos pasar. Era una observación casual, eso es todo. No he venido a
criticarle sino a, primero, pedir su ayuda y segundo, a sacarle de esta espantosa isla.
—Podía haberme sacado de aquí hace días. Gijan tenía la radio.
—Su tarea estaba antes. Usted está fascinado por el mismo problema, ¿no, Warren?
—Me parece que mi mayor problema es su gente.
—Creo que estar tanto tiempo desguarnecido aquí le ha trastornado el juicio, Warren.
También creo que sobrestima su capacidad de subsistir mucho en esta isla. Con el
suboficial Gijan, a ambos les fue bastante bien, pero, a la larga, yo… —Tseng se
interrumpió al ver la leve crispación hacia arriba en la boca de Warren que era claramente
una mirada de desprecio.
—Vi ese maletín de raciones que Gijan había ocultado en los matorrales —dijo
Warren—. Ninguno de ustedes sabe nada del hecho de vivir aquí.
Tseng se levantó, alto y firme, y se apoyó en la pared trasera de la oficina. Ello le daba
una apariencia más casual, pero le situó de tal forma que Warren tuvo que mirar hacia
arriba para hablar con él.
—Tendré la gentileza de hablar francamente. Mi gobierno (y varios otros, creemos) ha
sospechado durante algún tiempo que existen dos poblaciones distintas entre los
alienígenas. Una, los Pululantes, es capaz de acciones en masa, acciones casi instintivas,
que resultan muy efectivas contra las naves. La otra, los Espumeantes, es mucho más
inteligente. Tienen, igualmente, la facultad del habla. Sin embargo, no respondieron a
nuestros barcos de investigación. Ignoraron todo intento de comunicación.
Warren dijo:
—¿Todavía tienen barcos?
Gijan tomó la palabra por primera vez.
—No. Yo estaba en el último que se fue a pique. Nos sacaron con helicópteros y
entonces…
—No es necesario entrar en eso —le atajó Tseng llanamente.
—Fueron los Pululantes quienes les hundieron. No los Espumeantes —repuso Warren.
No era una pregunta.
—La inteligencia de los Espumeantes era, en realidad, sólo una hipótesis —indicó
Tseng—, hasta que tuvimos informes de que habían buscado hombres y mujeres solos.
Generalmente gente a la deriva, aunque, en ocasiones, incluso en la costa.
—Más segura para ellos —dijo Warren.
—Aparentemente. Evitan a los Pululantes. Evitan a los barcos. El contacto aislado es
todo lo que les queda. Fue realmente una estupidez por nuestra parte no haber pensado
en ello antes.
—Sí.
—Todo, desde luego, está más claro en, como ustedes dicen, el retrovisor. —Tseng
esbozó una sonrisa.
—Aja.
—Parece que aprendieron las palabras en alemán, japonés e inglés en diferentes
encuentros individuales. Los Espumeantes se pasaban las palabras entre ellos para que
cada nuevo contacto dispusiera de un mayor vocabulario.
—Pero ellos no sabían que las palabras pertenecían a lenguajes diferentes —añadió
Gijan.
—Puede que ellos sólo tengan uno —dijo Warren.
—Eso dedujimos —dijo Tseng—. He leído su, ah, sumario. Hasta ahora su contacto es
el más avanzado.
—Gran parte de él no tiene mucho sentido —repuso Warren. Sabía que Tseng le
estaba tirando de la lengua, pero no importaba. Tseng tendría que ceder información para
obtener alguna.
—Los contactos anteriores confirman parte de su sumario.
—Aja.
—Afirmaban que los Pululantes pueden ir tierra adentro.
—Aja.
—¿Cómo lo sabe?
—Está en lo que escribí. Lo que Gijan robó. Gijan repuso acremente:
—Tú me lo mostraste.
Warren lo miró inexpresivamente, Gijan sostuvo la mirada y, al cabo de un momento, la
apartó.
—Olvidémonos de eso. Todos estamos trabajando en el mismo problema, después de
todo.
—Vale —repuso Warren. Se las había arreglado para desviar la conversación de cómo
sabía que los Pululantes iban a tierra. A Tseng se le daba bien hablar, mucho mejor que a
Warren, por lo que habría de mantenerlo alejado de algunas cosas. Ofreció—: Supongo
que ir a la orilla forma parte de su, eh, evolución.
—¿Se refiere a su desarrollo?
—Dijeron algo, el último día que los vi, sobre una luz letal. Una luz letal descendiendo
sobre la tierra que sólo los Pululantes podían resistir.
—¿Una luz procedente de su estrella?
—Imagino que sí. Desciende en ocasiones, y es por eso que los Espumeantes no van
a tierra.
Tseng se irguió y comenzó a andar pegado a la pared trasera.
Warren se preguntó si sabía que los Pululantes habían ido ya tierra adentro en una isla
próxima. Tseng no mostró señal alguna de ello y dijo, saliendo de su ensimismamiento:
—Eso concuerda con los informes de los anteriores supervivientes. Creemos que
significa que su estrella es irregular. Produce llamaradas de ultravioleta. Los Pululantes
poseen sistemas nerviosos simples, cerebros más pequeños. Pueden tolerar un mayor
flujo de rayos ultravioleta.
—Durante unos dos años de los de su planeta, dijeron los Espumeantes —murmuró
Warren—. Pero usted está equivocado, los Pululantes no son necios.
—La mayor parte de su cabeza es ósea.
—Eso es para dar muerte a los animales grandes, los que flotan en la superficie de su
mar. Algo parecido a ballenas, supongo. Tal vez permanezcan arriba para utilizar los UV o
algo por el estilo.
—¿Los Pululantes arremeten contra ellos, les arrojan esas redes? ¿Los hunden?
—Sí. Justo lo que han hecho con nuestros barcos.
—Una confusión de blanco. Creen que las naves son animales.
—Los Pululantes arrastran al fondo a esos flotantes, comen una especie de vainas que
tienen dentro. Eso es lo que da lugar a su subida a tierra.
—Si lográsemos hallar un medio de impedir que confundan a nuestras naves con…
—Pero ya están yendo a tierra. Están en el siguiente estadio —dijo Gijan.
—Aja. —Warren estudió a los dos hombres, trató de adivinar si conocían algo que le
pudiera servir—. ¿Qué están haciendo cuando ganan la orilla?
Tseng le miró fríamente.
—¿Qué dicen los Espumeantes?
—Por lo que sé, los Pululantes no son necios, no una vez que están en tierra. Ellos
fabrican las máquinas.y los aparatos para los Espumeantes. Son realmente animales de
la misma especie. Desarrollan manos y pies, y los Espumeantes poseen alguna forma de
decirles, cantando, cómo construir aparatos, hacer baterías, instrumentos, cosas de ésas.
Tseng escrutó a Warren durante un largo instante.
—¿Una interrupción en la escalera evolutiva? ¿La vida tratando de emerger de los
océanos, pero obligada a replegarse por las llamaradas solares? —Tseng se inclinó hacia
adelante y posó los nudillos sobre el contrachapado gris. Estaba adornado de un extraño
peso y fortaleza. Y una necesidad desesperada. Warren dijo:
—Tal vez comenzó con los Pululantes arrastrándose a la orilla para poner huevos o
algo. Tuvieron suerte de estar de vuelta en el agua antes de que llegase una llamarada.
Más adelante, los Espumeantes inventaron instrumentos y vieron que necesitaban cosas
que estaban en tierra, necesitaban fuego o algo. Por lo que consiguieron que los
Pululantes, la forma más joven de su especie, prestaran ayuda. Quizá…
—Los fuertes rayos UV aceleraron su ritmo evolutivo. Tal vez los Pululantes adquirieron
mayor inteligencia, en su última fase, en tierra, donde ésta sería útil para fabricar los
instrumentos. Hum, sí.
Tseng dirigió a Gijan una mirada intensa.
—Es posible. Pero creo que hay más. Estas criaturas están aquí por algún propósito
ajeno a este encantador retazo de historia natural que nos han contado. O que nos han
encajado.
Tseng se volvió de nuevo a Warren.
—Disponemos de nuestros procedimientos de comunicación, parcialmente fructíferos,
como probablemente habrá imaginado. Se me ha ordenado que lleve a cabo métodos
sistemáticos de aproximación. —Se desenvolvía con vigor y seguridad, como si hubiese
digerido la información de Warren y encontrado una manera de clasificarla—. El suyo
estará entre ellos. Pero es una técnica sui generis y dudo que podamos enseñarla a
nuestros hombres de campo. Al suboficial Gijan, por ejemplo. —El desprecio por Gijan en
su voz era obvio—. Entretanto, le pediré su ayuda si la precisamos, Warren.
—Aja.
Tomó un mapa del océano del cajón de su escritorio y se lo lanzó a Warren.
—Confío en que esto le será de ayuda para escribir su informe.
—¿Informe?
—Una relación de su trato con los alienígenas. Debo cotejarla con mi superior. Estoy
seguro de que será de su propio interés redactarla tan exacta como sea posible. —
Compuso una sonrisa sin emoción alguna tras ella—. Si logra fijar el punto en el que su
barco se fue a pique, puede incluso que seamos capaces de encontrar a otros
supervivientes.
Warren pudo entender que no había nada en esta última promesa. Meditó y luego dijo:
—Señor Wong, me pregunto si podría, ya sabe, descansar un rato. Y, cuando el
guardián me traiga la comida, me gustaría disponer de largo tiempo para comérmela. Mi
estómago, habiendo estado tanto en el océano, no puede asimilar sus alimentos a menos
que me lo tome con calma.
—Por supuesto, por supuesto. —Tseng sonrió con auténtica emoción esta vez. Warren
descubrió que se alegraba de que se le dispensasen favores y de que tal acto
convenciese a Tseng de haber juzgado la situación, y de haberlo hecho correctamente.
—Se lo agradezco, señor Wong —dijo, insuflando a las palabras el tono adecuado para
que el sujeto le clasificara, le archivara y le olvidara.
2
Trabajó durante dos días en el informe. El guardián le dio un bloc de papel y una corta
pluma gruesa, y Tseng le dijo que escribiese en inglés. Warren sonrió ante aquello.
Pensaban que cualquier marino tenía que hablar un par de lenguas, pero él nunca había
tenido ningún problema, arreglándoselas con una y unas cuantas palabras recogidas de
otras. Se aprendía más observando a la gente que escuchando todas sus peroratas, en
cualquier caso.
Nunca se le había dado bien escribir y no pudo anotar muchas de las cosas referentes
a los Espumeantes. Trabajó en el escrito en su celda, prestando oídos continuamente al
resonar de nuevos motores u objetos gran des en movimiento. Era difícil precisar nada
sobre lo que los equipos estaban haciendo. Se alegró de poder descansar a la sombra de
la celda y meditar, comiendo los aumentos que le traían tan aprisa como podía sin dejar
de saborearlos.
El mismo guardián sin barbilla que tuvo desde el principio venía una vez al día para
llevarle a la orilla. Warren llevaba el balde de excrementos. El guardián no le permitía
tomarse tiempo para enterrar los excrementos y le hacía tirarlos a la rompiente. El
guardián permanecía en los matorrales de uva marina mientras Warren bajaba a la
laguna. Probablemente tenía orden de no dejarse ver en la playa, supuso Warren. A
barlovento de la isla había mucha hierba seca y algunas quebradas. Lechos secos de
arroyos corrían hasta una serie de playas en forma de media luna, y Warren pudo ver que
los equipos habían amarrado allí faluchos y otras embarcaciones pequeñas. Algunos de
los pelotones habían colocado tiendas muy adentro en las quebradas, aunque la mayoría
estaban vacías. El guardián le condujo de regreso por aquel camino. En una de las
medias lunas de arena estaba varada la balsa de Warren, arrastrada por encima de la
línea de la marea pero no anclada o amarrada.
A la vuelta del segundo día había algunas negruzcas golondrinas de mar suspendidas
en el viento, dando gritos prolongados y graves. Algunas anidaban en las rocas a
barlovento y otras en la hierba a sotavento. Las golondrinas de mar se descolgaban del
viento y caían en picado sobre las cabezas de los hombres, recogiendo huevos de los
nidos rocosos. Las aves graznaban y descendían cortando el viento, pero los hombres no
alzaban la mirada.
A la mañana siguiente, el soldado sin barbilla vino demasiado pronto después del
desayuno y Warren tuvo que alisar la colchoneta de dormir apresuradamente.
El guardián nunca entraba en la celda umbría debido al olor del balde que Warren
mantenía junto a la puerta. Había descubierto que Warren no sabía nada de chino y, por
ello, en lugar de darle órdenes, empujaba a Warren en la dirección que deseaba. Esta vez
fueron al norte.
Tseng estaba supervisando a un equipo de trabajo en un punto a medio camino de la
cresta en el centro de la isla. Saludó a Warren e indicó que el guardián debía permanecer
cerca.
—¿Su informe?
—Está casi terminado.
—Bien. Yo mismo lo traduciré. Asegúrese de que es legible.
—Lo he hecho con letra de molde.
—Como los Espumeantes.
—Sí.
—Hemos duplicado sus métodos, ya sabe; y hemos largado varios mensajes a la
laguna.
Señaló una zona al norte del paso entre los acantilados. Desde aquí, en la cresta, las
sombras movedizas se veían diáfanas contra la arena. El suave verdor de la laguna era
como un anillo y, más allá de él, estaba el azul intenso que iba hasta el horizonte.
—Ninguna respuesta —dijo con acritud Tseng.
—¿Cómo los arrojaron?
—Tres hombres, dos armados por seguridad. Después de tantos incidentes, temen
salir desprotegidos.
—¿Fueron en eso? —Warren indicó un esquife varado debajo de ellos.
—Sí. Voy a complementar su trabajo con un conjunto de aparatos acústicos. Deberían
de estar… Sí, aquí llegan.
Se oyó un zumbido procedente del sur y una lancha motora se adentró en la laguna
dejando una blanca estela. Penetró entre los cardúmenes y bancos de arena; en su parte
trasera un carrete estaba girando al sol, lanzando veloces dardos amarillos a los ojos de
Warren.
—Dispondremos de un lecho acústico completo. Un método muy prometedor.
—¿Extraen sentido de eso?
Tseng se protegió los ojos del resplandor y se volvió para sonreír a Warren.
—Sus «canciones» de alta frecuencia constituyen un método básico de comunicación.
Ya tenemos mucha experiencia con los delfines. Podemos conversar libremente con ellos.
Aunque se trata de individuos con poco seso, desde luego. Mucho de lo que sabemos
sobre las actividades de los Espumeantes y los Pululantes es gracias a los delfines.
Warren dijo con acritud:
—Mire, ¿por qué perder el tiempo con esa tontería? Déjeme salir y les preguntaré lo
que desee.
—Eventualmente, puedo hacerlo —asintió Tseng—. Pero debe entender que los
Espumeantes tienen motivos propios para no contarle todo lo que es importante.
—¿Cómo por ejemplo?
—Atención. —Tseng chasqueó los dedos a un edecán que se hallaba cerca. El soldado
tendió un maletín de documentos. Tseng extrajo un conjunto de fotografías y se las alargó
a Warren. La de arriba era una instantánea en color del estómago y pechos de una mujer.
Había en ellos pequeñas hinchazones, bultos blancos en la piel bronceada. Uno de los
bultos estaba en el pezón izquierdo inflamado.
Warren pasó a la siguiente, y la siguiente. Los bultos se hacían mayores y más
blancos.
—Son muy dolorosos —dijo Tseng desapegadamente—. Una especie de larva se
introduce en una glándula sudorípara y, en un día, comienza esto. La larva es mayor
cerca de la piel, armada de agudas púas amarillas. El gusano gira según se alimenta. Las
púas presionan contra los nervios. La víctima siente un dolor súbito, intenso. Al cabo de
otro día la víctima está histérica e intenta arrancarse la larva. Éstas son pequeñas. Hay
informes de larvas mayores.
En una fotografía, las heridas abiertas estaban sangrando y secretando un pus blanco.
—Como una garrapata —comentó Warren—. Quémela. Use yodo. O cúbrala con un
apósito para que no pueda conseguir aire.
Tseng suspiró.
—Cualquier ataque de esa índole y la larva libera algo, no estamos seguros de qué, en
el flujo sanguíneo de la víctima. La paraliza para que no pueda seguir un tratamiento
ulterior.
—Bueno, si…
—La larva aparentemente no respira. Toma oxígeno directamente del anfitrión. Si algo
extirpa las espinas, una vez que están clavadas, la larva libera el paralizador y algo más,
algo que transporta una especie de huevo, con lo que otra larva puede crecer en algún
otro sitio. Todo esto en cuestión de minutos.
Warren meneó la cabeza.
—Nunca he oído hablar de ninguna garrapata o parásito así.
—Proceden de los Pululantes. Cuando están en tierra.
Warren observó cómo la lancha motora cruzaba metódicamente la laguna de lado a
lado, girando el carrete. Sacudió la cabeza.
—¿Guarda relación con su apareamiento? No sé. No tiene sentido. Los Espumeantes…
—No han dicho nada al respecto. Interesante, ¿eh?
—Tal vez no lo sepan.
—Parece improbable.
—¿Qué es lo que pretenden escuchar, pues?
—El contacto entre los Espumeantes y los Pululantes. Algún conocimiento sobre cómo
interactúan.
—¿No hay tratamiento para este parásito? ¿No pueden deshacerse de él?
—Posiblemente. Los centros médicos europeos están en ello ahora. Pero hay otras
enfermedades. Se están extendiendo rápidamente desde los puntos de contacto cerca de
Ning-Po y Macao.
—Quizá puedan cercarlos.
—Los seres están por todas partes. Vienen a tierra y las larvas son portadas por las
aves, los animales, de alguna forma. Por esa razón hemos consumido nuestras reservas
de combustible para venir hasta tan lejos.
—¿A las islas?
—Únicamente traban contacto en lugares aislados. Los incidentes detallados son de la
dársena del Pacífico. Es por eso que hay aeronaves japonesas cerca de aquí, y soviéticas
y americanas. Usted es americano, ¿no?
—No.
—Oh. De alguna forma creí… pero, no importa. Las demás potencias están
desesperadas. Desconocen lo que está sucediendo y envidian nuestro liderazgo
informativo. ¿Ha reparado en nuestra instalación al sur?
Tseng hizo un ademán. Warren vio en el extremo rocoso de la isla un abanico de
esbeltas siluetas apuntando al cielo.
—Misiles antiaéreos. No desearíamos que nadie más explote esta oportunidad.
—Aja.
La lancha motora rugía, abriéndose paso hacia la orilla oriental. Warren estudió la isla,
reparando en dónde estaban ubicadas las tiendas y dónde trajinaban los hombres en
equipos de trabajo y dónde impedía la visibilidad la jungla de matorrales.
—Si fuese listo no usaría una motora en la laguna.
—Los hombres no saldrían sin un medio de retornar deprisa. Comprendo su miedo. He
visto…
Un asistente se aproximó, llevando un maletín. Habló velozmente en chino. Mientras
Tseng le respondía, Warren contemplaba la lancha motora cruzando cerca de un banco
de arena. Debajo, corrían las sombras, rápidas siluetas negras a la cristalina luz verde.
—Las lanchas han hallado algo inusual —le dijo Tseng, haciendo señas al asistente
para que abriese el maletín—. Las olas lo arrastraron al acantilado.
En el interior, húmedos aún, había tres bloques blancos, romboédricos. Warren se
agachó y palpó uno. Era liviano y de color perla, con las esquinas desigualmente vueltas.
—Material de empaquetar, supongo —dijo Tseng.
—Curiosa manufactura —comentó Warren—. Irregular. No forma dobleces.
—¿Procedentes de su naufragio, quizá? No importa. No puedo dedicarle más tiempo
hoy, señor Warren. ¿O preferiría ser interpelado por su rango militar?
—No lo tengo.
—Eso dice usted. —Tseng hizo señas al guardián cercano—. Adiós.
Esa noche sintió una cosa oscura encima, martilleándole, que se movía y movía, su
sombra era una ondulación de luz solar. La cosa nadaba pésimamente, se desplazaba en
líneas rectas sin flexionarse, firme y preternatural, y dejaba caer metal que se asentaba
en él, pesado y repulsivo. El continuo escozor de arriba cortaba y quemaba. Le sacudió
un agudo zumbido que le llegó a los dientes con un dolor lacerante, y se volvió de
costado. Luego se elevó saliendo y alejándose hasta algún lugar muy por encima de lo
que ahora veía que era un motor. Percibió que el volumen de combustible era bajo, sintió
el perezoso retumbar cuando apagaron las líneas y escuchó las bujías que tampoco
funcionaban bien.
Le asaltaron súbitos pensamientos. Eso era: nada funcionaba bien. Los humanos eran
grandes habladores pero aquí abajo, alzándose en la penumbra salobre, acertó a verlos
arriba, en la línea costera y dentro de los botes a trinquete, movían sus bocas sin
resultado alguno, rígidos y distantes, sus mandíbulas se abrían y cerraban inútilmente;
humanos de uniforme —pero uniforme significaba igual y, ¿cómo podía nadie desear
eso?—, las palabras caían muertas en el vacío que mediaba entre ellos. En Tokio nunca
había aprendido una palabra de japonés, y aquí Gijan se había hecho el mudo sin que a
Warren le importase, y ahora los chinos intentaban hablar con los Espumeantes —¿quién
deseaba algo que no iba a poder expresar?— y cada forma de vida poseía su propio
lenguaje privado.
Se volvió de nuevo y sintió a su esposa durmiendo pegada a él, cálida, húmeda y,
después, encima de él como a ella le gustaba. Ella apretó hacia abajo también como ese
metal que caía y se extendía, ese metal que la máquina martilleante repartía por la
laguna, plomiza, oscura y descendente. Ella rodó fácilmente sobre él, pesada y, sin
embargo, suave y su cabello se posó sedoso sobre su cara y en sus ojos. Moviéndose en
las sombras, el rostro era un conjunto de planos que se intersectaban, delgados y
blancos, y él se llevó su cabello a la boca y lo probó. La sal y el almizcle eran como su
sexo, más abajo. Palpó los planos inclinados de ella y se acordó de que ella se había
apartado de él cuando deseaba su peso más que ninguna otra cosa. Y el cabello se
mecía por su cara y su sabor. Hacía años, ella se había desembarazado de todo eso y
era ahora un hombre. La suavidad era ahora una molicie de músculos y los órganos…
mirándola con ojos entrecerrados en la playa desde la distancia, no había sido capaz de
distinguirlos, eran sólo un tachón oscuro, los órganos eran, a la postre, un detalle; pero el
acto del cambio había constituido la enorme diferencia final. Había deseado su peso. Y su
cabello meciéndose sobre él, y su sabor.
Cuando despertó, la colchoneta estaba húmeda de sudor. Fue a tientas en la oscuridad
buscando la mesa que estaba volcada para ocultar la pared opuesta, y este plano liso de
madera le devolvió el presente, con lo que no tuvo que pensar en el pasado. Mas se
acordó del escozor encima y comprendió cuánto aborrecían ellos lo que estaba
sucediendo en la laguna.
Ella vino de nuevo y yació sobre él mientras experimentaba el peso descomunal del
agua por encima. Se preguntó cómo sería vivir en un elemento estratificado con un límite
en lo alto, un lugar al que ir a mirar alzándose, saltando desde el fondo del Mundo, con
formas móviles en la delgada sustancia que hay por encima del agua. Nubes, hechos en
suspensión que comportan la existencia de, al menos, dos elementos en el mundo; el
primer reconocimiento de material que se podía manejar para hacer los instrumentos
que conocíamos que, en su momento, podían ser utilizados. Las nubes se abren,
podemos ver luces. Todo el tiempo pugnando por alcanzar la tierra, donde las cosas
estaban siempre secas y era posible más ciencia. Fabricaba la primera arena
endurecida, seguías mirando hacia arriba, veías y estudiabas las estrellas… según
preservábamos la luz y, con ello, conocimos el origen distante de piedras que caen en
el Mundo… Los habían metido en un Mundo falso, ¿una nave?, y trasladado lejos.
Sobrevivir en un viaje de muchos años dentro de una máquina automática requería una
fuerte organización social, cuando los animales que no están vivos pero engullen —
¿una especie de robot cazador?— los llevaron lejos de sus mares nativos y, en el
transcurso de largos años, empezaron a cambiarlos, trastornando su apareamiento y su
época de procreación agua amarga cambiando a los recién nacidos su canción se aleja
de nosotros, mata a muchos… Hasta que, finalmente, hubo corrientes nuevas y nadaron
débilmente en un océano nuevo extraño como nuestro Mundo aunque no Mundo de
afuera. Sus jóvenes se diseminaban y se comportaban extrañamente, atacaban barcos,
cuando debieran estar tomando parte en una cacería arcaica, genéticamente estipulada,
de grandes animales de superficie. En sus océanos nativos, la caza desencadenó el ir-atierra,
pero, en la Tierra, se estaba dando una grotesca versión de ella, traían naves del
mar, y ahora los jóvenes sufrían heridas, en tanto que sus mayores, los Espumeantes,
intentaban dar un sentido a su caos y desesperación. Habían despejado el área próxima a
esta isla expulsamos a los jóvenes, el acto nos mastica pero no acaba con nosotros
pero ahora era competencia de los humanos, no de los humanos en barcos os
encontramos en las pieles que amáis, no podemos cantar para vosotros pero en
esta isla… y quizá los Espumeantes hablarían solamente con humanos que estaban
solos tu especie no puede oír a menos que seas uno pero los Espumeantes
flaqueaban, no podrían proteger la isla perpetuamente pueden ser masticados por
vosotros pero hay muchos, muchos de ellos y Warren supo de su desazón ante las
lanchas motoras de la laguna, un signo para los Espumeantes de que la ciega, necia
especie de los humanos había regresado. Hombres que no llegarían a saber lo suficiente,
que no podrían impedir a los Pululantes que atacasen ahora están doloridos por las
pieles-que-se-hunden más de lo que lo habían hecho anteriormente están locura están
viniendo y os mastican otros duran.
Dio vueltas y vueltas, golpeándose contra la pared, y despertó. Buscó a su esposa con
la mano pero había desaparecido. Había dado con nuevas ideas, comprendía más, sí;
pero en el frío previo al amanecer se ovilló formando una bola pequeña, procurando
dormir de nuevo, pues en el sueño había sido más feliz de lo que recordaba haber sido
nunca.
Antes del alba su celda retumbó y un trueno cayó del cielo. Se despertó y miró por las
ventanas a través de la pesada malla de alambre. Muy alto en la negrura, cosas
luminosas se desplomaban y estallaban en auras azules, carmesíes, para deshacerse
luego en la nada. Llegaban distantes truenos sordos, mucho después de que los
relámpagos se hubiesen esfumado y los sonidos, a continuación, se perdían en el batir
sobre el acantilado.
Por la mañana, el soldado sin barbilla vino de nuevo y cogió el plato de hojalata que
Warren había rebañado. Al soldado no le gustaba su cometido y dio dos empellones a
Warren para enseñarle hacia dónde caminar. Primero fueron a la playa con el balde de
excrementos, que ahora contenía más porque el cuerpo de Warren ya no absorbía casi
toda la comida. Desde la playa, contempló los pequeños queches y catamaranes con
motor que permanecían cerca de la costa mientras largaban algo al agua, dejando caer
por la popa cajas que yacerían sobre el fondo y, Warren estaba convencido, informarían
del paso de sonidos y movimientos.
El guardián le llevó al norte y al interior de la isla, justo fuera de la vista del acantilado.
Tseng estaba allí con una multitud y todos estaban contemplando las verdes aguas desde
muy atrás entre los árboles.
—¿Los ve? —preguntó Tseng a Warren cuando se hubo abierto camino por entre el
grupo de hombres y mujeres.
Warren tendió la mirada más allá de la brillante arena blanca que hería los ojos y vio
formas de un azul plateado que saltaban.
—¿Qué es…? ¿Por qué están haciendo eso? —inquirió.
—Les estamos devolviendo sus señales acústicas. Como una especie de prueba.
—No es sensato.
—¿Oh? —Tseng se volvió con interés—. ¿Por qué?
—No sabría decirlo, realmente, pero…
—Es una técnica de progresión. Interpretamos sus canciones, apropiadamente
moduladas. Vemos cómo reaccionan. Los delfines, eventualmente, se comportaron bien
con esta aproximación.
—Éstos no son delfines.
—Así es. Sí. —Tseng pareció perder interés en las formas chapoteantes de la laguna.
Se dio la vuelta, las manos pulcramente a la espalda, y condujo a Warren por entre un
grupo de consejeros que les rodeaban—. Pero debe admitir que están dando una especie
de respuesta.
Warren increpó.
—¿Hablaría usted con alguien si no dejan de meterle el dedo en el ojo?
—No es una buena analogía.
—¿No?
—No obstante… —Tseng aflojó el paso, escrutando el agua espejeante a través de los
matorrales y las palmeras—. Usted es el único que ha conseguido material sobre cómo
vinieron aquí. Fueron capturados y realizaron un largo viaje para luego ser arrojados al
océano. Usted consiguió eso. Antes no tenía noticias al respecto.
—Aja.
—Tiene cierto sentido. Peces como ésos… pueden hacer mensajes impresos, sí. Han
demostrado que pueden servirse de nuestros pecios y realizar algo semejante a la
impresión electrostática bajo el agua, incluso. Pero ¿construir un cohete? ¿Una nave que
atraviese las estrellas? No.
—Alguien les trajo.
—Estoy empezando a creerlo. Pero ¿por qué? ¿Para propagar estas enfermedades?
—No lo sé. Déjeme salir y…
—Más adelante, cuando nos hayamos cerciorado. Entonces sí. Pero mañana
tendremos más pruebas.
—¿Han contado cuántos hay ahí afuera?
—No. Es difícil seguirles el rastro. Yo…
—Son muchos menos ahora. Puedo apreciarlo. ¿Sabe lo que ocurrirá cuando los
expulsen?
—Warren, tendrá su oportunidad. —Tseng le retuvo con una mano en la manga—. Sé
que ha pasado momentos difíciles aquí y en la balsa, pero, créame, somos capaces de…
Gijan se aproximó, llevaba algunos trozos de papel. Parloteó algo en chino y Tseng
asintió.
—Me temo que nos interrumpen una vez más. Esos incidentes de la noche pasada,
¿los vio?, nos han involucrado. Un grupo de investigación, en… Bueno, los americanos
han sido humillados de nuevo. Sus misiles fueron abatidos fácilmente.
—¿Está seguro de que aquellos chismes eran suyos?
—Son ellos quienes se están lamentando, ¿no es obvia la conclusión? Creo que ellos y
también, quizá, sus lacayos, los japoneses, han descubierto lo mucho que estamos
progresando. Con sumo agrado sacarían un provecho nacionalista de los Pululantes y sus
larvas. Estos mensajes —agitó un fajo de ellos— son más noticias diplomáticas. Los
japoneses han dado a mi gobierno un ultimátum de alguna índole. ¡Ja! ¡Imagíneselos…!—
Resopló despectivamente.
—¿Cree que poseen fuerzas cerca de aquí? —preguntó Warren.
—Es improbable. Otras potencias, sin embargo… —Ojeó a Warren—. Falta uno de
nuestros hombres.
—¿Oh?
—Imaginamos que se escabulló para ir a pescar anoche. En la playa… nadie es lo
bastante estúpido para salir al agua solo, ni siquiera un soldado. No regresó.
—¡Ah! Los Espumeantes generalmente se van más allá del acantilado al anochecer.
No debiera haber nada en la laguna por la noche. Pescar es peligroso, en cualquier caso.
—Un soldado no lo sabría. Quizá pensó en conseguir carne fresca. Comprensible. —
Tseng frunció el ceño por un instante y después dijo formalmente—: Estoy seguro de que
incluso usted entiende que esto forma parte de un juego de mayor envergadura. China no
desea, por supuesto, utilizar a los Pululantes contra otras potencias. Aunque supiéramos
cómo hacerlo.
—Yo no sé nada al respecto.
—Pero creí que era americano.
—No creo haber dicho tal cosa.
—Ya veo. Creo que es hora de hacer que el suboficial Gijan le lleve de vuelta a su
habitación.
OCTAVA PARTE – CERCA DE ROSS 128
1
Nigel se encaminó despacio por un largo corredor rocoso. Prefería las secciones de
baja g de la nave, donde un tropiezo podía reducirse a un ligero desequilibrio, en lugar de
convertirse en un golpe estrepitoso con el resultado de algunos huesos rotos. Los
miembros de la tripulación le rebasaban fácilmente, pues se conducía con deliberada
precaución. Reconocía a pocos de ellos ahora. Se había pasado la mayor parte del viaje
desde Isis trabajando por su cuenta, y las caras que veía ya no suscitaban
automáticamente nombres y asociaciones. Pero una captó su atención y aflojó el paso,
alargó la mano…
—Nigel —dijo el hombre—. No quería que fuese así. Necesitaba unas cuantas
semanas más para, para acostumbrarme a…
Entonces cayó en la cuenta. Las similitudes eran demasiado estrechas y sin embargo…
—¡Carlotta!
—Sinceramente, iba a dejar una carta para ti y para Nikka, pero, en el último minuto, no
lograba expresarlo adecuadamente y…
—Te has, te has… —Carlotta poseía la misma complexión nervuda, pero las curvas
que la suavizaban habían desaparecido, reemplazadas por una mole de músculos. La
cara era más achatada, aunque, bajo los cambios, había visto inmediatamente la misma
estructura ósea. Los músculos aún componían la misma sonrisa ligeramente torcida, la
inclinación hacia atrás de la cabeza al hablar.
—Vámonos de aquí, puedo ver tu… Bueno, es preciso que hablemos. —Su voz era una
versión más grave del familiar acento californiano.
La siguió, confundido y sin habla. Se sentaron en una glorieta que dominaba el
rebosante tanque amarillo de Lurkey. Carlotta habló con sencillez, despacio, detallando
sus motivos. No pudo entender mucho de lo que ella quería decir.
. Cuando empezó a hablar de Nikka empezó a tenerlo más claro.
—Hay algo entre hombres y mujeres —dijo Carlotta—. No más profundo, quizá, pero
ciertamente distinto a la relación entre mujeres, sin importar cuánto empeño pongas en
hacerla… —Se detuvo—. No me explico, ¿verdad?
—Yo… Pareces estar diciendo, indirectamente, que has hecho esto por Nikka. Que
eres mi rival, ahora.
—Palabras mal escogidas. Pero, si lo quieres así, entonces, sí. Siempre lo fui.
—Pero, tú y yo, dormíamos juntos…
—Al igual que Nikka y yo.
—Tú comprendías… Es decir, yo lo sabía, eso estaba bien.
—Sí. Pero…
—No tengo nada contra ello. Mira, Ted Landon ha estado durmiendo con un tío de
Bioingeniería durante años, y nunca socavó su posición. A nadie le importa ya un bledo.
—Estás afirmando que eso está bien, pero lo que yo acabo de hacer…
—Es diferente.
—Sabía que tú no…
—¿Cómo podías esperar que yo…?
—Aguarda. Aguarda, Nigel. Mira, en una expedición como ésta, ¿qué objeto tiene una
mujer? Tener niños lleva mucho tiempo y, en cualquier caso, la población de a bordo no
debe incrementarse por encima…
—Razones teóricas.
—Vale. Quiero llevar las riendas de una relación. No sólo servir de ayuda y apoyo. Y
deseaba intentarlo. Ver lo que es ser un hombre…
—Hummm.
—¡Ese maldito “hummm” tuyo! Arrellanado, juzgando… un ruido muy masculino, Nigel.
Yo quiero hacer ese ruido, también. —Articuló un sonido a medio camino entre un
murmullo y un gruñido.
Nigel sonrió levemente.
—Carlotta, hay más en…
—Carlos.
Algo en el tono de voz hizo que Nigel se enervara.
—Si vas a interponerte entre Nikka y yo…
—¿No me interponía antes?
—No de esta manera, no…
—¿No como un “rival”, según has expresado tan encantadoramente?
—Estás tergiversando lo que he dicho.
—No tanto como piensas, lo que realmente piensas. Nigel dijo fríamente:
—Eso permanece…
—¿Te das cuenta de hasta qué punto se ha convertido esto en una confrontación? Dos
hombres, sin ceder un ápice de terreno.
—¿Por qué habría yo de dar…?
—No tienes que hacerlo. No lo cambio todo. Seguiremos teniendo un triángulo relajado.
Mi relación con Nikka será diferente, pero no hay ninguna razón…
—No. No me gusta.
—Quiero, quiero afrontar el mundo con una nueva identidad. Poner a prueba este
cuerpo pesado, voluminoso. No tienes ni idea de cuánto lo es.
Carlos contrajo los gruesos músculos de sus hombros experimentalmente.
A pesar de sí mismo, Nigel preguntó.
—¿Cuan diferente… es?
Carlos sonrió de manera amistosa.
—Mucho.
Carlos empezó a ver a Nikka, pero nunca en compañía de Nigel. Nikka encontraba a
Carlos atractivo, y Nigel no podía hallar motivo alguno para oponerse a que ella pusiera
en práctica los privilegios que siempre habían acordado recíprocamente. Su relación
nunca había sido completamente restrictiva, después de todo. Pero la perspectiva teórica
no hacía nada para paliar sus sentimientos de ira y de envidia, profundamente latentes.
Carlos era más joven y más enérgico, eso era parte de su atractivo. Adoptó fácilmente el
ritmo veloz de los preparativos para explorar el sistema Ross. Nigel se pasaba el tiempo
dedicado a la red de análisis, aunque esto le hacía retraerse más.
Habló con Nikka al respecto. Para ella los hechos eran evidentes y, a la luz de la
medicocirugía, nada excepcionales. La libertad de alterar el propio sexo era tan básica
como cualquier otro derecho. Nigel podía aceptar esto teóricamente, pero experimentaba
un fuerte rechazo en el caso específico de Carlos. Había algo en todo el asunto que lo
sacaba de quicio, algo más allá de la simple rivalidad, y, sin embargo, no llegaba a
captarlo con claridad. Cuando hablaba se le hacía un nudo en la garganta, la voz se le
volvía seca y ronca.
Era desconcertante para él, particularmente, puesto que nadie más, ni siquiera Nikka,
parecía tomar la aparición de Carlos como un mero cotilleo pasajero, medianamente
interesante. Surgió en la conversación entre sus amigos durante una semana o así, y
luego se difuminó en el revuelo general relativo a Ross 128.
2
—Es un cabrito muy tenue. Apenas podemos identificar a ninguno de sus planetas en
la óptica.
—Bien abajo en el infrarrojo estoy recibiendo muchas señales de los dos planetas de
tamaño terrestre. Parece que ambos tienen un albedo elevado.
—Ojalá tuviéramos una estrella de tamaño decente para hacer un reconocimiento de
éste, pequeño como Ray con profusión de llamaradas. Echa un vistazo a esa corona con
grandes manchas por todas partes.
—Abocado a ser variable, todos los astros pequeños lo son. Así pues, según la teoría,
esos de tipo terrestre padecen grandes oscilaciones climáticas.
—Por su aspecto, no parece que ésos posean una biosfera estable.
—Planetas exteriores a todo el alrededor, del tamaño de Saturno; multitud de lunas y
dos anillos; algunos asteroides entre esos dos. Parece una pauta bastante normal.
—¿Por qué iba a enviar una señal a este lugar muerto el Vigilante de Isis? No lo sé,
puede que fuese un error, ¿eh, Nigel?
—Espera hasta que hayan entrado los retornos.
—He logrado una imagen aquí Sí, observa, ese primer planeta de tipo terrestre carece
de atmósfera. Albedo elevado, debe ser roca pelada.
—¿Tienes ya esos IR del segundo? Sé que hay un fallo en ese sensor, pero llevamos
esperando mucho tiempo, joder.
—Está entrando ahora. Parece de unos 178 grados kelvin, muy frío, pero lo
esperábamos estando como está, calentado por un sol de pacotilla. Claro que no detecto
mucho más.
—Algo de dióxido de carbono, poco amoníaco. Puede que mucho hielo y nieve.
—Baja el telescopio derecho un poco, esa reflectividad lo está interfiriendo todo cuando
lo conecto en haz estrecho. Debe significar que hay muchas superficies reflectoras.
Pueden ser campos de hielo.
—Ningún signo de bioactividad en esa atmósfera, turbia como agua de fregar los
platos.
—La lente gravitacional nos indicó que su aspecto era completamente abominable. Eso
no es ninguna sorpresa.
—Maldita sea, todo este camino y nada más que basura.
—Todo el tiempo supimos que con una estrella M como ésta, la búsqueda de una
biosfera era como esperar rosas en un tarro de mermelada.
—Un frío que pela y estamos a años de algo interesante, aunque tuviésemos caldo par
a llegar.
—Ted, no hemos perdido todo nuestro impulso. Podríamos girar acelerando, describir
un arco a través del sistema Ross y dirigirnos hacia afuera.
—Eso me gusta. Podríamos ganar un par de meses volviendo a aproximarnos a la
velocidad de la luz, en vez de dar vueltas a esta nevera.
—Más vale que nos demos prisa con ello si vamos a hacerlo. Se está produciendo una
transición crítica en los motores de reacción, Ted.
—Cono, todavía no hemos acabado el reconocimiento.
—Mejor aún, no habrá nada que ver.
—Nada con vida, eso por descontado.
—Yo digo que pasemos de él.
—Para hacer eso es preciso una votación de toda la nave.
—No, la norma es que los líderes de sección pueden decidir en un apuro, y esto está
claro que lo es.
—Janet, envía una solicitud formal desde Exobiología. Pregunta si, a vuestro juicio, hay
emplazamientos vitales aquí.
—Alex, estás aún en la red. ¿Alex? No está conectado.
—Aprémiale, pues. No hay tiempo.
—No, no puedo tomar una decisión, desde luego con el consentimiento de los líderes
de sección, hasta que tenga noticias de Alex.
—Los discos radiales grandes no están plenamente desplegados todavía. No veo…
—Ted, soy Alex. Lo siento, teníamos un problema de resolución en la antena de proa,
pero ya tengo cartografiada la parte exterior del sistema Ross, los gigantes gaseosos. Hay
algo ahí con un montón de metal dentro.
—Aumenta la recepción. Necesito más detalles.
—Ted, soy Nigel. No es conveniente cancelarlo tan pronto.
—Cristo, no le escuches. Aquí Exobiología, Ted. Mira sólo está intentando dilatar el
tiempo de encuentro para probar esta teoría suya en la que nadie cree, en cualquier caso.
Y ésta es la última ocasión que le queda. Yo digo que aceleremos pronto. Soy Alex.
—Sí, podemos registrar los datos restantes en el vitelo de salida.
—Contamos ya con una buena fracción del mínimo.
—Me importa una mierda la ejecución mínima. Estamos ante años de viaje, Cristo.
¿Qué son unos cuantos meses más?
—Pásate e/ tiempo en las Cámaras, Nigel, te vendrá bien.
—Déjalo ya, ¿eh? Ted, apelo a ti, no…
—Caballeros, disponemos de aproximadamente diez minutos para decidir, a lo sumo, o
tendré que aminorar el impulso.
—Cristo, Alex, ¿no puedes ver nada más?
—Estoy registrando metal de alguna clase en una de las lunas de los gigantes
gaseosos. Eso es cuanto puedo decir por ahora. Parece muy brillante en la reflectividad
radial, pero eso es cuanto puedo decir.
—Líderes de sección, soy Ted. Estoy repasando la solicitud de Exobiología. ¿Tenéis
alguna consideración ulterior? Saltadla ahora.
—Es una buena idea mantener la reacción en marcha, por si acaso. Me refiero a que la
mayor probabilidad de fallo se da en la fase de ignición.
—Sí, ten presente eso, Ted. Corremos riesgos cada vez que aminoramos.
—¡Maldita sea! No podemos hacer de esto un desbarajuste por culpa de alguna jodida
restricción de ingeniería.
—Tranquilo,-Nigel. ¿Alguna consideración más antes de que…?
—Sí, haz callar a ese carcamal y sácanos de este agujero de mierda.
—Me parece que está meridianamente claro que hemos visto multitud de sistemas
como éste gracias a las sondas.
—La lente gravitacional ya nos lo indicó en su mayor parte. La cuestión es echar un
vistazo desde más cerca.
—Vale, soy Ted, después de revisar los sistemas de a bordo, encuentro lógico ganar
algún tiempo en el trayecto de salida.
—Alex, ¿hay alguna novedad?
—Tira la toalla, Nigel, por clamor de Dios.
—¡Eh!, he perdido el reflejo.
—¿Qué es eso?
—Ahora no hay ningún reflejo radial procedente de esa luna. Se ha desvanecido.
—Verifica pérdida de sintonía de la antena, Alex. Probablemente se trata de eso.
—No, todavía estoy captando buenas imágenes del gigante gaseoso, no hay
degradación del sistema. Yo diría que ha desaparecido radicalmente.
—Debe de haber sido una imagen fantasma. Olvídalo.
—¡No es posible! La recibí, sin duda, grande como tu boca y dos veces más ancha.
Incluso obtuve un espectro antes de que se desvaneciera.
—¿Cuál es la velocidad de rotación de esa luna, Alex?
—Veamos, no mucha. No, demasiado lenta, está inmovilizada por la marea, eso no da
explicación de ello.
—Entonces fue algo en órbita alrededor de la luna, sólo de esa forma podría irían
rápido. Simplemente descendió bajo el horizonte desde nuestro ángulo de visión.
—Es posible, supongo. Pero…
—¿Posible? Demonios, ¿piensas en alguna otra cosa?
—Bueno, ¡ah! Yo…
—Ted, tienes que dejamos echar un vistazo a lo que quiera que sea eso.
—¡Infiernos, no tiene por qué! No tenemos que hacer nada a menos que haya mayoría.
—No hay tiempo para eso.
—Maldita sea. Soy Ted. Estoy realizando una votación rápida.
—No lo supedites todo a una puñetera votación. Éste es un asunto científico, hombre,
no un…
—Aquí Alex. Te ha acorralado, Ted. Nuestras órdenes son estudiar, no meramente
hacer un reconocimiento, y podría ser que la cosa se perdiera de vista, lo que lo conviene
en una configuración condenadamente curiosa por derecho propio, sin importar que sea
un artefacto o no.
—Escucha, si omitimos este pitido radial, podemos ganar meses. No tendremos que
preocupamos de la rutina de ignición.
—Sí, quién quiere ser el que vaya allí a raspar las paredes de la tobera mientras el
resto de vosotros estáis jugando a los astrónomos.
—Calma, soy Ted y yo… Bueno, las directrices no me dejan mucha elección.
—Maldita sea.
—Hemos de echar un vistazo a ese emplazamiento.
—Alex, esto resulta ser un chantaje. Voy a…
—Y yo quiero una órbita de encuentro próxima a ese gigante gaseoso.
—De pleno, eso es.
—Sí.
3
La lluvia había propagado los aromas de los jardines del crujiente grano, de las raíces,
de la tierra recién removida, mezclándolos y atenuándolos todos. Nigel hizo una pausa en
su abrumadora labor y miró hacia el morro de la nave, donde la esfera vital se reducía a
un simple punto. Era como escudriñar el envés de un silagree de piedra, un pináculo
invertido tejido por una araña enorme.
Se estiró para aliviar los músculos de la espalda. ¡Ah! Ahora apenas si podía resistir
una hora de esta labor. Le dijo a Nikka que era por la apariencia de la cosa, para eludir
comentarios sobre su incompetencia general en asuntos físicos, para evitar una estrecha
variación del suelo, este 6CO2 + 6H2O, en vez de generar un feculento C6H12O6 + oxígeno
destinado a una nueva combustión, tanto a bordo como en el cielo. Con el impulsor
apagado no había ultravioletas dispuestos para que los ingenieros UV dejaran paso a los
de la región óptica, por lo que habían vuelto a usar fosforescentes repartidos a lo largo del
eje de cero g. Estos cables luminosos desprendían un fuerte resplandor que encontraba
desagradable, pero las plantas crecían bien; una hoja es indiferente al foco de donde
obtiene los fotones.
El Lancer estaba describiendo un largo rizo a través del sistema Ross 128, dando la
vuelta para encontrarse con el gigante gaseoso y la apasionante luna. Él prefería pasar el
tiempo lejos del parloteo de la Red de Operaciones. Volvió a inclinarse para arrancar los
tomates de sus plantas. A su juicio, la principal virtud de las biosferas artificiales era la
falta de malas hierbas, porque, de lo contrario, sería una pesada labor de…
—Podía oír tus gruñidos a cien metros de distancia —dijo Ted Landon.
Nigel se enderezó tan deprisa como pudo sin hacer una mueca y sonrió.
—Me gusta sudar un poco.
—Los chicos te echaron de menos en la red esta mañana.
—Imaginé que podíais apañaros sin mis gruñidos.
—Han llegado los últimos análisis de esa luna.
—¿De veras?
—Es un satélite de gigante gaseoso normal. De una insólita coloración púrpura, con
algunos hielos tectónicos que forman crestas. Hay multitud de cráteres, también.
—Como Ganímedes. —No mencionó que él había tenido acceso a las anotaciones
cartográficas y había obtenido los pormenores directamente, algunas horas antes de que
lo hiciera la red.
—Sí, así parece. No obstante, estabas en lo cierto acerca del asteroide que la órbita.
Nigel siguió recolectando tomates. Ted se agachó y cogió algunos maduros.
—Un gran casco de duro acero en un costado —dijo casualmente.
—Un Vigilante, pues.
—Lo parece. Y también parece confirmar la Regla de Walmsley.
—Humm. Es un Vigilante, pero no da testimonio de que esta luna fuese alguna vez un
emplazamiento vital.
—Voy a reducir tu provisión en la red. El primer caso claro para corroborar la regla, y
falla. —Me alegro de no haber estado en la red, entonces.
—Sí.
—Como estar en una recepción de mucha pompa y descubrir que te has pillado el rabo
con la cremallera. Ted se echó a reír.
—Es un caso digno de estudio, no obstante. ¿Eh? Ted se irguió y escrutó un tomate,
meditabundo. Recuperando su tono más resuelto, agregó:
—No he venido por eso —dijo gravemente a Nigel.
—¿Oh? —Nigel se levantó, igualmente, contento de que hubiesen pasado de los
movimientos de apertura.
—Carlos me ha contado que te estás tomando este asunto suyo muy a la brava.
—Quizá sea más fácil para los americanos. Pontífices de la alta tecnología, sin importar
a dónde conduzca, y demás.
—Creo que te estás excediendo, ¿no?
—Es posible. —Siempre era mejor dejar algún área de incertidumbre, para un posterior
compromiso una vez que el sujeto hubiese hecho valer su criterio.
—No eres el primero que se ha enfrentado a esto, sabes.
—Cierto.
—Creo que me gustaría verte probar con algunos de los entornos terapéuticos.
Recibimos algunos nuevos en haz estrecho desde la Tierra, el año pasado mismo.
—Bien —repuso Nigel—, es posible que así sea.
—No sólo posible —dijo Ted serenamente, dando énfasis a cada palabra—-. Sabes
que no me gusta hacer más que sugerencias, pero los de sociometría numérica afirman
que esta clase de cosas pueden irse de las manos.
—Creo que difícilmente…
—Me he expresado claramente. —Ted compuso una amplia sonrisa—. No podemos
hacer esperar a nuestro ciudadano número uno, ¿eh?
Nigel se obligó a sonreír, también.
—Así es.
Ted le palmeó la espalda.
—Vamos a echar un trago.
—Debo terminar…
—Olvídalo. Ya te has hecho notar. Nigel sonrió irónicamente. Así pues, Ted estaba
atento a eso, también.
—Así es.
Nigel permitió que lo sellaran en la vaina de adición sensorial. Había intentado
disuadirles de usar los sensores médicos y transductores, pero los asistentes citaron su
edad como causa para tomar precauciones. Las sesiones de terapia eran confidenciales,
le constaba, así que, después de meditarlo, decidió que los datos médicos no le
perjudicarían. Meramente querían cerciorarse de que no padecía de sobreestimulación.
Se sintió flotar, libre de sensaciones. Esto llevaría únicamente unas cuantas horas, y
podría volver después al trabajo. Sintió cómo se activaban los empalmes de inserción,
acoplándose directamente a las zonas sensoriales de su cerebro. Cayó más y más rápido
en algo que estaba muy abajo.
…Sentado, sentado en una silla de mimbre. Le dominó el sopor. Peso de más, una
panza en el centro, ropas apretadas. Un picor en el muslo derecho. Gradualmente, la
habitación se materializó, emergiendo de la bruma.
Paredes de cristal vidriado, azulejos, un repiqueteo de cerámica según los camareros
quitaban los platos de las mesas cercanas. Una pálida luz amarilla. Un sabor a ajo y
mantequilla en la boca. Una imitación fina, elegante, de mantel bajo la palma de su mano
izquierda. Murmullos de conversación de fondo. La humedad añadiendo peso a cada
inspiración que daba. Una mujer al otro lado de la mesa, atractiva, que hablaba (se
percató repentinamente) con él…
—No estamos haciendo nada —dijo Helen.
—Hemos visto muchas cosas —murmuró su marido a la defensiva.
—Las ruinas de Berkeley, el Monumento de los Huesos, los arroyos —repuso ella—.
Después cenamos y nos vamos a la cama. Eso es todo. Y lo relativo a la cama no tiene
gran atractivo, ¿verdad?
—Anoche mismo fuimos a Casa Sigma…
—Si no estuvieras conmigo, ya sabes, encontrarías sitios.
Robert hubo de admitir que era cierto. Fingió concentrarse en apurar el resto de su
bebida y estudió la expresión de ella con ojos entornados. Se había teñido el pelo de azul
y lo llevaba más largo hoy, la suave luz de la luna le daba un aire exuberante. A él no le
gustaba mucho. Había armonizado su piel con un matiz blanco propio para la tarde, pero
aquí, en la California bañada por el sol, no resultaba convincente porque uno sabía que
tenía que ser artificial. Por otra parte, eso quizá fuera muy trivial en estos tiempos. Las
finas arrugas de irritación que rodeaban su boca daban el tono de toda su expresión.
Por lo visto, poco podía hacer ella al respecto. Una hora después de una tonificación
facial volvían, tan profundas como antes.
—Antes de salir de viaje dijiste que tomaríamos un baño de especias.
—Aquí no, Helen. Es ilegal. Espera hasta Japón.
—Bueno, debe de haber sitios aquí.
—Repulsivos, sí. Los americanos nos mirarían. Especialmente a ti. Aquí no llevan a las
mujeres. Los americanos son rígidos. Es cómico, lo sé, pero…
—Tú eres el rígido. Él jugó toda su baza.
—Esos lugares están llenos de insectos. A los americanos les da igual. Ella parpadeó.
—Si yo estuviese sola en un lugar tan exótico como éste, puedes estar seguro de que
iría a toda clase de sitios así.
—Las danzas en moto… Ella se burló.
—Una pesadez. Son para turistas.
Él empezó a percatarse de su ira. Había gastado una buena cantidad de dinero para
traerla en este viaje de negocios. Anteriormente, la había dejado atrás con frecuencia. Su
conciencia había empezado a reconcomerlo al respecto últimamente. Décadas atrás, su
matrimonio había sido el hecho central de su vida, una culminación. Esos sentimientos se
habían esfumado. Se había visto atrapado por el cruel mundo competitivo de los hombres.
Y había gozado con esa sensación de angustiosos conflictos, de aplastantes victorias tras
los esfuerzos agotadores.
Sin embargo, se sentía en deuda con ella. Pero viajar con una mujer a la que no amas
estaba resultando peor que vivir con ella.
Apuró la bebida y golpeó con el vaso en la tapa de mármol de la mesa.
—¡Vaya! —exclamó ella mordaz.
Él se levantó. La silla chirrió con aspereza y un camarero, sobresaltado, se acercó
rápidamente. Roben hizo retirarse al hombre.
—De acuerdo —dijo en voz alta—. Encontraré algo. Tu sitio. —Escupió la última
palabra.
Robert abandonó el suntuoso hotel y recorrió Ashby. Se sentía acalorado, ya fuera por
la comida o por la ira, y caminaba deprisa. No se había apercibido del hombre delgado
que se puso a su lado y dijo de manera obsequiosa:
—¿Quiere algo? —Robert se detuvo.
—Tengo a mi propia mujer —fue cuanto se le ocurrió inmediatamente.
—¿Un aperitivo, entonces?
—¿Qué?
—¿Un chico?
Fuertes, desconcertantes emociones le asaltaron. Apartó al hombre de un empujón e
hizo un ruido tosco, incoherente.
Se alejó velozmente, produciendo sus pasos un desagradable taconeo contra el
empedrado. Anduvo dos manzanas sin ver el revoltijo de neón que le rodeaba o reparar
en las tiendas mugrientas.
Alguien le dio una palmada en el hombro. Se volvió para ver al mismo tipo demacrado,
esta vez a una distancia prudente. El hombre tenía en la cara un aire de confianza
cortés, astuta.
—¿Senso? —inquirió.
Robert se detuvo, sorprendido al descubrir que no seguía estando colérico. El paseo se
lo había disipado.
—¿Cuánto?
Con el taxi y el hombre delgado como guía salió por más de mil yens. Robert sabía que
el hombre había fijado el precio por encima del valor usual en la calle, por la expresión de
su cara, pero daba igual. Esto suministraría una forma sencilla de terminar con la
cháchara de Helen sobre “sitios” e, incluso, podía ser regocijante. Mejor de lo que había
sido lo real durante largo tiempo, al menos. Dio la vuelta para recoger a Helen.
Los tres tomaron una ruta hacia el norte hasta Richmond, por sobre un canal fangoso
con una costra de sal consecuencia de las tierras baldías al norte. El taxi traqueteó por
calles sinuosas y se detuvo en el exterior de una destartalada cabaña con exiguas luces
anaranjadas fuera.
—Perfectamente fantasmal —murmuró Robert entre sí, pero Helen no replicó.
Subieron por unas escaleras de madera que crujían y por debajo de un panel calórico
agujereado que se había medio desprendido del tejado.
—¿Es comercial? —preguntó Helen y se cogió del brazo de él.
—Por supuesto que no —respondió el hombre, envarado, apartándose de ella—. Aquí
es ilegal.
Cruzaron un suelo de linóleo, a través de dos estancias vacías. El guía deslizó una
llave en una cerradura y se descorrió una pared. Esto les dejó en una habitación
iluminada de rojo con dos sillas vidriosas, anatómicas, entre una maraña de elementos
electrónicos. Un asistente de aspecto aburrido se levantó de un sofá donde había estado
viendo una 3D. Ayudó a ambos a colocarse en las sillas. El equipamiento parecía
razonablemente nuevo. Poseía los insertores cerebrales que Robert había visto en los
anuncios europeos. Su opinión del lugar mejoró. Helen formó un alboroto por el ajuste de
los acoplamientos en el cuello y las muñecas, y luego se sosegó para el primer pase.
El primero fue una incitación, un hors d’oeuvre erótico. Un hombre de mediana edad se
reúne con una mujer más joven en un restaurante. Tras el consabido tira y afloja social,
van al apartamento de ella. El senso consistía en un extenso preámbulo y algunas
fantasías, aunque las partes gráficas eran convincentes y vividas. Él sintió el lánguido
roce de satén de la piel femenina, el empuje delicioso de músculos jóvenes, el olor a
almizcle, una lujuria desenfrenada creciendo en el hombre. A Robert le gustó la obra en
conjunto, aunque el peinado de la mujer le recordaba a algo conocido que, en buena
medida, le desbarató las asociaciones. Supuso que el guía había escogido ésta en
particular porque el hombre se asemejaba bastante a él mismo y utilizar a una mujer más
joven suscitaría las imágenes personales de ambos bandos. Se sonrió ante la ocurrencia.
Cuando acabó, se encontró jadeando ligeramente y dijo: “Adecuado”, como si
estuviese experimentado en esto.
—¿Y eso es todo? No es muy…
—No, no, el plato viene a continuación.
Comenzó. La escena era una calle anticuada al anochecer. Un hombre se aproximó a
una mujer que esperaba el autobús. La mujer llevaba prendas muy bonitas y un tocado de
adorno, desfasado tres décadas, que le ensombrecía el rostro. Hubo poca conversación.
Mucho era lo que expresaba la chulería del hombre, la prominente cadera de la mujer, un
ardiente intercambio de miradas. A la luz en declive de la puesta de sol, sus caras
estaban oscurecidas y una farola captaba únicamente matices sugerentes de sus
expresiones, estableciendo un tono de energía erótica en aumento.
Ella respondió a una inclinación de la cabeza de él y una invitación musitada. Robert
disfrutó este coqueteo ardoroso, casual, le era grata la sensación de un cuerpo esbelto,
musculoso. Al hombre lo inundaba de fortaleza su magnífica complexión, esa tirantez y
fuerza que menguan con la edad.
Caminaron una corta distancia hasta el apartamento de él. Estaba acondicionado y se
adaptaba a la apostura morena, intimidatoria, del hombre. Él se desvistió primero,
mostrando un pecho fornido y vello corporal crespo, negro. La disposición de la luz se
proyectó de una manera misteriosa cuando ella se reclinó. La excitación gravitaba sobre
sus ademanes.
El hombre se miró en un espejo cercano de cuerpo entero. Esto era para consolidar la
identificación con el personaje, pero, al ver la cara al completo, avivó la memoria de
Robert con un inusitado estremecimiento. La apariencia esquiva del hombre, el sofá raído
del rincón, una familiar acuarela francesa junto al espejo…
El hombre inició los preámbulos entre las piernas de la mujer y la sensación húmeda de
la cama llegó hasta Robert mientras se debatía con los recuerdos.
“Vaya.” El pensamiento de Susan, anulando la entrada del senso, le sobresaltó. El
hombre estaba haciendo su efecto.
“Demasiado crudo para mí”, pensó con vehemencia, esperando penetrar la avalancha
de sensaciones que podía experimentar entre ellos. “Me gustaría interrumpirlo”.
El hombre se conducía diestramente, con habilidad fruto de la práctica. Sí, pensó
Robert para sí, era habilidad, técnica. Mera técnica. En su momento había creído que era
pasión tan plena y nueva como la de la mujer. No había considerado el hecho de que el
hombre de pecho fornido era seis años mayor que ella, y mucho más sofisticado.
“No. Quiero quedarme. Concéntrate. Puede ayudarte”, concluyó ella secamente.
“Realmente creo…”
“No. Si lo interrumpes se detiene, ¿verdad? Y yo quiero proseguir.”
Robert sabía que podía extraer las conexiones, terminar con esto ahora. Alargó la
mano hacia los insertores, cogió uno, y se detuvo. Algo en su interior deseaba que esto
ocurriese. Se avivaron viejos recuerdos.
El hombre abrazó a la lánguida mujer y sus manos la recorrieron, expertas. La mujer —
una muchacha, en realidad— se puso de costado a una orden de él. Los movimientos de
ella poseían una fresca calidad a pesar de lo artificial de la situación. Para fijar la
identificación de Helen con el papel, se miró en el espejo.
Sintió el súbito ramalazo de estupor de Helen.
“Es… eres… tú.”
“Era yo. Hace más de treinta años.” La muchacha acariciaba el cuerpo oscuro,
musculoso y Robert captó el temblor de excitación que asaltó a Manuel, el hombre.
“Pero yo… nunca me has contado… todos estos…”
“ Te conocí mucho después.”
“La cara, tu cara. Incluso con la edad y los cambios, puedo ver que eres tú.”
“Cambié lo menos posible. Redistribuí el peso del cuerpo, alteré las hormonas…”
“Todo este tiempo…”
“Sí”
“Podías habérmelo contado.”
“No. Mi cambio tenía que ser completo. Sin mirar atrás”.
“Entonces, es por eso que no podías tener niños. Y yo creía…”
“Sí”.
“Dios mío, no creo que pueda…”
Pero la oleada de emociones que la embargaron a ella atajó las palabras. Robert sintió
la misma marea ascendente que hacía presa en él y no luchó. El ardor y los estentóreos
gritos de décadas anteriores los dominaron a ambos.
Continuó llevándole a él durante unos momentos muy insoportablemente largos a un
febril, hermético y simulado clímax.
En el silencio ulterior, las imágenes se desdibujaron, las cosquilleantes sensaciones se
desvanecieron. Estaban abandonados, dos personas en las sillas vidriosas, los cables
colgando de ellos.
Nada dijeron mientras Robert pagaba al hombre y se metían en el taxi en dirección al
hotel.
—Es indignante —dijo Helen—. Averiguar de esta forma…
—La práctica es común ahora.
—No entre la gente que conocemos, no… —Ella se detuvo.
—Tenía que ocultarlo. Me trasladé posteriormente, a Chile, donde nadie sabía que me
había hecho el Cambio.
—¿Cómo, cómo te llamabas?
—Susan.
—Ya veo —repuso ella rígidamente.
Qué esperaba, pensó él amargamente. Que hubiese cambiado Roberta por Robert,
como en algún chiste malo.
—Así que eras del tipo de mujeres que hacen cosas como ese senso.
—Para él, sí, lo era.
—Él era repulsivo.
—Era hipnótico. Ahora lo entiendo.
—Debía de serlo, para llevarte a hacer cosas degradantes como…
—Qué es más degradante, ¿hacerlas o tener necesidad de ellas?
Ella crispó el rostro y él lamentó haberlo dicho. Ella alegó con amargura.
—No soy yo quien necesita ayuda, recuerda. Y no es de extrañar…, no eres realmente
lo que todo el mundo creía, ¿verdad?
Él ignoró su tono.
—Lo he hecho bastante bien. No tenías ninguna queja al principio, según recuerdo.
Ella guardó silencio. El taxi chirrió por calles mal iluminadas.
—Me has traicionado.
—Todo ocurrió mucho antes de conocerte.
—De haber sabido que eras así, tan desequilibrado como…
—Fue una decisión que tomé. Tenía que hacerlo.
—¿Para qué? El hombre debe haber…
—Él… —Robert se interrumpió—. Yo le amaba.
—¿Qué fue de él, entonces?
—Se fue. Me dejó.
—No me sorprende. Cualquier mujer que… —Ella se estremeció y atravesaron su
rostro emociones encontradas.
El taxi llegó al hotel. Los mendigos salieron renqueando de las sombras, Robert les
rechazó. Ambos se encaminaron a la habitación sin mediar palabra. Sus pasos resonaron
huecamente en los viejos corredores. Ya dentro, él se quitó el abrigo y se dio cuenta de
que le palpitaba el corazón.
Ella se volvió hacia él resueltamente.
—Quiero, quiero saber cómo era. Porque tú… Él la atajó:
—El proceso era espinoso entonces. Manuel me había abandonado. En aquella época
creí que había dejado de amarme, pero, mirando atrás, sintiendo lo que esta noche…
—¿Sí?
—No lo sé. Puede que se hubiera cansado de mí.
—Pero algo te hizo…
—Sí. Todo resulta tan lejano ahora, no puedo estar seguro de lo que sentí. Es como si
hubiese una bruma entre yo y ese senso.
—¿No lo reconociste hasta…?
—No, no lo hice. Pasé dos años de droga, depresión, terapia, insertores. Olvidé tanto.
El esfuerzo de mi cuerpo…
—Todavía no… quizás ese hombre, era tan obsequioso, debe de haberte hecho cosas
para llevarte a desear cambiar.
Robert meneó la cabeza. Se volvió bruscamente y fue al baño. Permaneció allí largo
tiempo, dándose una ducha y dejando que el agua caliente erradicase la noche y diera un
matiz rosáceo a la piel. Se contempló a sí mismo y pensó en lo que los años habían
hecho a los músculos y la piel. Sentía su cuerpo pesado, voluminoso y extraño como una
máquina. Se preguntó qué habría sucedido si esa muchacha, vagamente recordada, no
hubiera…
Cuando volvió al dormitorio las luces estaban apagadas. Fue hacia la cama despacio,
vacilante, y oyó el leve susurro de las sábanas.
—Ven aquí —dijo ella. Le tendió la mano.
—Tú… tú has sido bueno conmigo. —Una caricia apenas iniciada—. Supongo que no
puedo… culparte por un pasado que habías… borrado, incluso antes de que nos…
La besó. Ella murmuró:
—Eras más débil entonces, ya sabes. Creía que era sólo la juventud, la inexperiencia.
Pero te volviste fuerte durante los años siguientes. Recuerdo que estaba sorprendida.
Él vio a dónde iba a parar y dijo:
—Gracias a ti.
Y era cierto. Ella estaba empezando a darse cuenta de que fue ella, y los primeros
años gloriosos de matrimonio, lo que le habían convertido verdaderamente en un hombre.
Y esta constatación la estaba liberando de su encontrada vorágine de emociones.
Ella probó las cosas que había hecho tantas veces antes. Para sorpresa de él, se
produjo alguna respuesta. Las hondas impresiones del senso quizás habían penetrado en
él y hallado alguna reserva.
Un calor húmedo creció rápidamente en ella y él prosiguió, ejecutando los viejos
movimientos que sabía que darían su fruto. Ella fue más deprisa. Una parte de él mantuvo
un tibio interés, el suficiente para hacer convincente la actuación. Ella jadeó, y volvió a
jadear. Algo, en el curso de esta noche, había hecho que su vorágine de emociones se
condensase en este acto, algún acicate había brotado del senso y la conmoción. Ahora
respondía a él como si se tratase de algo exótico.
Robert se acordó inusitadamente de Manuel. Dios, espero que esté muerto ya. Sería
mejor si se daba la posibilidad de que la vida lo hubiese abandonado para siempre. La
terapia había borrado y suprimido a Manuel. Los terapeutas estaban muy convencidos de
que era lo mejor.
Helen se movía enérgicamente debajo de él, tratando de provocarle una pasión que ya
no sentía. Cristo, pensó. Experimentó una nueva empatía hacia ella, por la ayuda que ella
pudiese hallar en esto.
Repentinamente, se sintió por encima de los cuerpos entrelazados que se afanaban en
la cama. Vio la pasión desde una perspectiva elevada aunque sin menoscabo alguno, una
doble visión de sí mismo. Era como las múltiples capas de la impresión que uno tenía en
el senso, la impresión de ser varias personas a la vez. Pero más extraña y más honda.
Vio que el simple hecho de la cópula estaba rodeado de un aura, un halo diferente de
asociaciones para cada sexo. Un acto de esencial autodefinición.
Ciertamente era difícil expresar cuan profunda era la diferencia.
Experimentó un choque y volvió a pensar en Manuel. La muchacha vivaz, confiada de
allí… ¡había deseado a Manuel tan desesperadamente! Y, cuando él se fue, el único
medio de aferrarse a él era intentar, de una manera insólita, huir de sí misma y convertirse
en lo que había querido retener.
Helen gimió y se apretó contra él, como para guarecerse en esta tormenta privada, y
profirió un grito agudo, desgarrador. Él la acarició, lloró y, por primera vez en muchos
años, vio verdaderamente de nuevo, en Helen, a esa muchacha de antaño, la otra margen
de un ancho río silencioso que nunca podría volver a cruzar.
4
Nigel se estremeció. El drama había sido intenso, cercano, más íntimo que nada
artificial que hubiera experimentado. Obviamente, habían seleccionado un drama acorde
a su edad, su sexo, y luego le quitaron la alfombra de debajo, dispararon sus
expectativas.
Él no era ese hombre tan cansado, tan aburrido, y, sin embargo, sin embargo había
algo… Incluso el diálogo del hombre era ligeramente británico, como alguien que ha vivido
en el extranjero durante décadas, al igual que Nigel. Sí, era un asunto condenadamente
acorde. Y no del todo divertido.
Pero el divertimento no era la meta. Con una turbia sensación de movimiento, todo
variaba, se fundía, adquiría otra forma.
Y él era el hombre demacrado y bajo, divisando a su presa en la sórdida calle de
Berkeley. Nigel se sintió arrastrado al aproximarse a la figura corpulenta, distraída, y
decía:
—¿Quiere algo?
A partir de ahí, el drama procedía como antes, dando a Nigel una visión bastante
distinta de los hechos, dejando que las emociones se perdieran…
Otra transición atorbellinada, difusa. Nigel se trocó en Helen.
—No estamos haciendo nada —dijo, y sintió la creciente irritación enojosa. Sabía lo
que iba a venir y, no obstante, las emociones que le llegaron desde la ficticia Helen le
conmovieron. Los hechos le transportaron hacia adelante. Robert, sumido en la ira que
crispaba su gesto. Comenzó el senso, la conmoción de Helen lacerándole…
Y vio que era como el suyo propio, con Carlos. Aunque peor. Hacía mella en lo
profundo. Conllevaba traición, la sensación abismal del suelo abriéndose debajo de
Helen. Ella se había debatido por ver su propio pasado claramente. Todo cuanto había
sentido, cada día, significaba ahora algo diferente. Este extraño taciturno sentado junto a
ella en la lustrosa silla lo sabía todo sobre ella, pero se había estado ocultando a sí
mismo, a sí misma, cada día de sus vidas. Helen le había acariciado, le recibió en sí
misma, aceptó y saboreó su masculinidad, todo sin un pensamiento…
Helen pugnó con fuerza, tratando de hallar un asidero. Tendría que empezar de nuevo,
aprender a aceptar a Robert como alguien que estaba por encima y por debajo de lo que
había creído, hacerse…
Nigel se arrancó del hervidero de emociones. Pulsó HUIDA y la enmarañada palabra se
esfumó.
Retiraron la vaina y penetró la hiriente luz. Salió. Los asistentes sonreían
profesionalmente. Ignoró sus voces cálidas, bien moduladas, sus preguntas amables. Se
envolvió cómodamente en un albornoz azul y se dirigió hacia el vestidor.
—¡Espere! Su consulta…
—No tengo ninguna.
—Es parte de…
—No es obligatoria, ¿verdad?
—No, pero nosotros…
—Eso pensaba. No tengo por qué hablar con vosotros, gilipollas, y no tengo ni
puñetera intención de hacerlo.
—Aparecerá en el historial —repuso la mujer a modo de advertencia.
—Peor para mí. Lástima.
—¿No resulta un poco obvio ser tan hostil al análisis?
Nigel titubeó, sabiendo que debiera ser cortés con esta persona, aunque estuviese
agitado. Se balanceó en el borde, sintiendo el peso de la expectación de ella, cómo
evaluaría esto la sociedad de la nave, y, durante un dilatado instante, tuvo la certeza de
haber estado allí antes, aunque habiendo perdido años con anterioridad.
—Al carajo —dijo tajantemente.
—¿Cómo te ha ido? —preguntó Nikka. Él yacía de espaldas, dejando que su máquina
manipulada le atendiese. Burbujeaba, succionaba y las bombas traqueteaban, pero
funcionaba. Verdaderamente había llegado a sentir un cierto afecto por la maldita cosa.
—Lo aborrecí. Ella suspiró.
—Eso no te hará progresar en el favor de…
—Lo sé, lo sé.
—¿Has visto los mapas de la luna? Cráteres por todas partes. La están llamando
Viruelas. Todavía no hay nombre oficial.
—Apropiado. ¿Crees que podrás hacerte con algún trabajo de superficie?
—¿Qué trabajo de superficie? —Ella se incorporó—. La red ni siquiera ha discutido…
—He hallado una interfaz de sistemas en la sección de máquinas. Tienen mayor
escasez de la que creían en el inventario de deuterio. Antes de que volvamos a encender
el impulsor, necesitarán repostar un poco.
—De la luna, ¿eh? Viruelas.
—Exacto.
5
—Mira, hombre, Viruelas es un colador, como Europa, Calisto y el resto de las lunas
jovianas. Hay docenas como ésta. Vista una, las has visto todas.
—Hay algunos flujos de hielo interesantes. Observa, eso puede ser una escarpadura
de metano.
—Tal vez deberíamos enviar abajo a algún personal científico con la cuadrilla minera.
—Podrían ser precisas algunas perforaciones profundas, incluso hallar una abertura
para acceder a mayor profundidad. Si obtenemos una buena medición de abundante
metal, haremos felices a los Exogeólogos de la Tierra.
—El problema es que todo el hielo está formado por dióxido de carbono, metano,
amoníaco. No hay mucha agua.
—Más nos vale mandar ese equipo de inmersión.
—¿De qué estás hablando?¿De usar ese trasto sumergible?
—Claro, funcionó en Ganímedes. Lo trajimos para un caso exactamente de esta índole.
—Esa piel de hielo tiene, ¿cuánto?, quince klicks de grosor.
—Hay grietas y aberturas. Ya las divisamos en el reconocimiento.
—Claro, abriros paso por ellas, el sumergible se las apañará bien con esa presión.
Recuerda que la gravedad es menor de un quinceavo de g.
—Penetrar la superficie de hielo. Cristo.
—No lo sé. Descortezando, la minería es más segura, y podéis largaros si algo va mal.
—Cieno, pero la cuadrilla de trabajo es tres veces mayor, y hay que buscar yacimientos
de agua por los alrededores.
—Sí, los submarinos son mejores, pueden excavar mucho.
—Y se trata de agua pura, no de impurezas procedentes de los meteoritos.
—Ted, yo recomendaría que, si quieres algo oficial…
—No tengo problema con eso. No hay necesidad de ser tan protocolario, Bob.
Mandaremos a un equipo bien grande. Quiero ese deuterio rápido.
—No hay razón para esperar con ese Vigilante cerca.
—Si se me permite opinar, debo decir que sigue sin gustarme perforar Viruelas estando
al alcance de ese Vigilante. Es condenadamente arriesgado.
—No hay ninguna alternativa óptima, como decidimos ayer. ¿Dónde has estado, Nigel?
No hay ninguna otra luna aquí que posea la topografía apropiada. Las restantes son
rocas.
—Todo el sistema está seco. Debe de tener todos los elementos ligeros confinados en
los gigantes gaseosos.
—Viruelas es una luna bola de nieve típica, una fracción por encima de los dos mil
klicks de radio, noventa por ciento de aguanieve en el interior con una costra de hielo.
—Se parece mucho a Ganímedes, sólo que con más cráteres y con multitud de
movimientos de la corteza.
—Nigel, has estado fuera de la onda demasiado tiempo. Remítele la recapitulación de
esa sonda que enviamos al Vigilante.
—¡Qué! Has metido las narices…
—No te pongas tan exaltado. Míralo de esta forma, estábamos sometiendo a prueba la
Regla de Walmsley dándole una última oportunidad.
—Falló también. Ya te darás cuenta.
—Escucha, la sonda recorrió todo el Vigilante, golpeó el casco, tomó una muestra —
nada especial, una aleación endurecida por los gamma—, probó con la radio y el IR, y…
—Encontró un montón de sensores viejos y material en la superficie. Estaba tan muerto
como…
—Se adentró unos treinta metros. Todos los circuitos están inactivos, ninguna pauta
acústica, ningún signo de nada en funcionamiento.
—Un equipamiento curioso. Unos circuitos muy simples que me parecieron
completamente estropeados. Es infemalmente antiguo, también.
—No obstante, eso no significa que no hayáis puesto en marcha algo…
—Nigel, soy Ted. Tenemos trabajo que hacer, y puedes conseguir todo eso en la
recapitulación. Te aconsejo que salgas de la red y vuelvas cuando…
—Está cabreado porque su Regla no funcionó.
—No, no se trata de eso en absoluto. Meramente quiero decir…
—Demonios, Walmsley. En primer lugar hemos probado que tu teoría no vale una
mierda. Nunca ha habido vida en esa luna. Observa los vuelos de inspección, no hay
ningún bioproducto en la superficie, ni atmósfera. Sólo cantidades ingentes de hielo y roca
que ha sido pulverizada a lo largo de billones de años.
—Así pues, el Vigilante no está aquí al acecho de la vida. Demonios, probablemente se
quedó sin gasolina explorando este sistema y se desactivó. Parece una nave poco veloz,
bastante tosca, que quema su propia roca para obtener una reacción en masa.
—Sí, un fragmento de tecnología chapucera, si quieres saber mi opinión.
—Hace falta una eternidad para llegar a la próxima estrella.
—Bueno, si has estado incordiando siempre…
—Afróntalo, Walmsley. Los Vigilantes no son todos iguales. Son armas excedentes o
exploradores. No hay razón para pensar que estén relacionados unos con otros.
—La materia en órbita perdura mucho tiempo, eso es todo.
—Hay demasiada evidencia para ignorarla. Dejando a un lado mi maldita Regla…
—No, Nigel, soy Ted. Ahora me gustaría que salieras de la red, tómate un descanso.
Repasa el reconocimiento y elabora un informe con nosotros más adelante, si quieres
soltar tu discurso. Pero no podemos estar haciendo controversia teórica cuando tenemos
que realizar un enorme cálculo minimax sobre la operación minera.
—Yo daría…
—Muy bien, Ted, eso haré, pero…
—Bien, ahora quiero un aterrizaje faro, iniciar las excavaciones. Sheila, sitúa esos
sumergibles en los aparatos de superficie. Quiero cuadrillas de apoyo repartidas por toda
la línea, también.
—Adiós, gilipollas.
6
Él nunca había pretendido que Nikka, Carlotta y él optaran por formar una Familia
Nuclear, pero los viejos tiempos entre ellos habían suscitado un torrente de sangre
impetuosa, según cada uno resbalaba por la piel de los otros, alisada por el amor,
jadeando ante el vertiginoso deslizarse de los dedos, buscando la lasitud de los músculos
envejecidos sin juzgar, rindiéndose a la prominencia del hueso. Recordaba vagamente
cuánto desenfreno había habido entre ellos. Más tarde vino el sosiego.
Ahora afloraban las inexpresadas ambiciones del pasado, y Carlotta estaba recubierta
de aparatos.
Nigel se desconectó cautelosamente de la máquina. Selló la tapa de entrada en la vena
de la pierna. Los recuerdos afloraban con frecuencia ahora. Había recuperado gran parte
de su antiguo equilibrio mental, lo bastante para permitir que reaparecieran las viejas
heridas y alegrías.
Lo que quiera que hubiese aprendido en él a reprimir, se estaba batiendo en retirada.
Nikka hizo un amago de ayudarle a levantarse pero él la rechazó.
—Me siento mucho mejor. Más fuerte.
—Sigo deseando que reposes más. Has estado trabajando demasiado en los jardines.
—No, apenas lo bastante. Estoy empezando a creer que todo esto del desequilibrio
sanguíneo, el aumento de las malévolas células rojas y la putrefacción (literalmente,
putrefacción), se debe todo a algo causado por la lesión que sufrí en la tarea de limpieza
del flujo vital. —Se desperezó, disfrutando del crujido delicioso de sus articulaciones.
Nikka sonrió tolerantemente. Cuando ella abrió la boca para hablar, vio fugazmente su
fatiga, contenida hasta más allá de lo perceptible, sedimentada en su interior por las
corrientes de desesperación que debía haber sufrido en estos años que le vieron tornarse
apático e indiferente paulatinamente. La trama de arrugas que tenía junto a los ojos y que
se habían vuelto más profundas y se torcían hacia abajo. Su risa estaba apagada ahora,
rara vez audible, apesadumbrada.
—Las cosas van a ir mejor ahora —dijo él impulsivamente—. Estoy seguro de haberlo
superado.
—Sí —repuso ella, y le rodeó con los brazos—. Sí.
Vio que ella no le creía. Ella pensaba que sus palabras no significaban más que el
compulsivo optimismo de un hombre que sabía a ciencia cierta que iba a morir.
—No, quiero que la veas… que veas la mejoría. Estoy…
Un golpe en la puerta. Fueron a la sala de estar, cerrando la puerta del dormitorio para
ocultar las máquinas médicas. Nigel abrió la puerta. Mantuvo el rostro impasible al ver que
eran Carlos y Ted Landon. Carlos había estado viniendo regularmente, pero Nigel había
decidido que, por el momento, era mejor no ser ni amistoso ni hostil. La simple distancia
podía ser lo mejor.
Carlos estaba nervioso, sudoroso. Dijo abruptamente:
—Nigel, te dije que eludir al montaje médico no duraría. Mientras estaba en las
Cámaras un inventario de sistemas descubrió un ardid, donde te había encubierto.
Acaban de desenredarlo y…
—Pensé que era una buena idea traer a Carlos, para que él pudiera explicarlo. —
Terció Ted con calma—. No te ha traicionado.
Nigel se encogió de hombros.
—En absoluto culpo a Carlos por esto —dijo Ted con grave seriedad—. Ha sido
presionado, como todos sabemos. Te culpo a ti. —Palmeó en el pecho a Nigel—. Vas a
hacerte un chequeo completo. Ahora.
Nigel volvió a encogerse de hombros.
—Es bastante justo. —Miró a Nikka y vio que ella estaba pensando lo mismo: con la
sangre recién filtrada, podía pasarlo.
Carlos dijo:
—Lo lamento, pero tuve que… Nigel experimentó una oleada de simpatía por el
hombre. Le dio unas palmaditas en el hombro.
—Da igual. Olvida toda esta vieja historia, desde antes de que fueses a las Cámaras.
—Quería sugerir que sería mejor emprender una nueva vida, olvidando a Nikka y a él
mismo, pero entendió que sería erróneo tocar tan pronto ese tema.
Estaba desnudo, por lo que Ted no vio nada inusual en que se retirase para ponerse
algo de ropa. En el baño, se bebió una solución de antioxidantes y otros agentes de
control, para enmascarar los claros efectos que evidenciaban el procesamiento de la
sangre. Al regresar, Carlos se había apaciguado y le estaba explicando a Nikka que se
había presentado con éxito para un trabajo en el equipo de tierra en Viruelas.
—Trabajo duro, cierto, pero me permitirá bajar a un planeta. —Se agitó pesadamente,
desacostumbrado aún a la molicie de los músculos, aunque ansioso por utilizarlos. Nikka
parecía complacida. Nigel se maravilló de lo bien que ocultaba su ansiedad. Si
sobrellevaban esto de un modo muy práctico, y las pruebas no eran demasiado
exhaustivas, podían solventarlo.
—Vamos —dijo tranquilo—. Tengo trabajo que hacer. Sacad vuestras agujas.
Ted se encaminó con él hacía el centro médico. Ese día, más tarde, iba a haber una
reunión de toda la nave, por la red. Ted estaba distraído. Informó a regañadientes de que
la última transmisión de la Tierra estaba cuajada de noticias. El telescopio gravitacional
había inspeccionado dos sistemas planetarios más. Cada uno poseía un mundo de
tamaño terrestre, y alrededor de cada uno orbitaba un Vigilante. Eso llevaba la cuenta a
diecinueve mundos del tipo terrestre descubiertos, catorce con Vigilantes, de treinta y
siete sistemas solares.
—Supongo que la vida brota en todas partes —dijo Ted—. Pero comete suicidio con
similar prontitud.
—Hummm.
—Están muy ajetreados con lo del océano. Todo ocurre al unísono. No están
procesando los datos planetarios con velocidad porque este asunto de los Pululantes
está…
—¿Qué asunto?
—Lo anunciaré hoy. Están yendo a tierra. Dando muerte a la gente de alguna forma.
Nigel asintió, silencioso.
Le indujeron una especie de estado de sueño difuso para las pruebas. Las ignoró y se
dedicó a las noticias de Ted. Era importante comprender este acontecimiento, había una
clave enterrada en alguna parte. Pero el sueño lo arrastró hacia abajo.
7
Cuando despertó estaba muerto.
Una negrura extrema, un silencio total. Nada.
Ningún olor. Debería haber el aroma limpio, eficiente de un centro médico.
Ningún murmullo de pasos de fondo. Ningún zumbido de aire acondicionado, ningún
susurro lejano de conversaciones. Ningún timbre de teléfono.
No podía sentir nada de la presión de su propio peso. Ninguna fría mesa o sábanas
almidonadas le rozaban la piel.
Habían desconectado todos sus nervios externos.
Sintió un ramalazo de temor. Pérdida de los sentidos. Hacer eso requería encontrar los
nervios mayores según se enroscaban por la columna. Entonces un técnico médico tenía
que separarlos del nudo enmarañado que formaban en la nuca. Una labor delicada.
Le estaban preparando para las Cámaras de Sueño. Aislarlo hasta este punto
significaba que le metían en almacenamiento semipermanente. Lo que significaba que no
había pasado el examen del montaje médico, ni remotamente.
Pero nunca te metían en la cámara sin avisarte. Hasta la gente con una enfermedad
crítica tenía que despedirse, retocar detalles, prepararse en la medida de lo posible.
Lo que significaba que Ted había mentido. Su conducta suave, casual, trayendo a
Carlos para desviar la atención de Nigel sobre el otro hombre. Sí, ése era su estilo. Evitar
la confrontación, luego actuar drásticamente. Con la Regla de Walmsley desacreditada,
su argucia descubierta…, un buen momento para quitarse de encima el perorar molesto,
insidioso, de Nigel.
El montaje médico probablemente había sacado a la luz alguna información
incriminadora, pero eso, ciertamente, no bastaba para meterle en la cámara sin avisarle.
No, tenía que ser un pretexto…, uno al que pudiera dar contestación sólo años más tarde,
en la Tierra.
Luchó contra la creciente confusión de su mente. Tenía que explorar esto, pensar.
¿Estaba completamente muerto? Aguardó, dejando que su miedo se disipase.
Concéntrate. Piensa en la quietud, en la inmovilidad…
Sí. Allí.
Experimentó un rumor débil, regular, que podía ser su corazón.
Detrás, como desde muy lejos, venía un aletear de pulmones lento, tenue.
Eso era todo. Sabía que los nervios internos del cuerpo estaban escasamente
distribuidos. Proporcionaban sensaciones vagas, indistintas. Pero era suficiente para
indicarle que las funciones básicas seguían en activo.
Había una presión sofocada que podía ser la vejiga. No podía captar nada específico
de brazos o piernas.
Intentó mover la cabeza. Nada. Ninguna retroalimentación.
¿Un ojo abierto? Negrura únicamente.
La piernas… probó con ambas, confiando en que sólo hubieran desaparecido las
sensaciones. Podría ser capaz de detectar una pierna moviéndose por un cambio de
presión en alguna parte de su cuerpo.
Ninguna respuesta. Pero, si podía sentir la vejiga, debería haber recibido algo de
retorno procedente del peso desplazado de una pierna.
Eso implicaba que su control motriz inferior estaba desconectado.
Le atenazó el pánico. Era una sensación fría, quebradiza. Normalmente, una emoción
tan fuerte entrañaría una respiración más honda, unos latidos más fuertes, la contracción
de algunos músculos, una premura cosquilleante. No percibió nada de eso. Había sólo un
torbellino de pensamientos en conflicto, una inquietante bifurcación en su mente cual un
relámpago estival. Esto era ser un ente analítico, una máquina, una matriz móvil de
cálculos, carente de enlaces químicos o glandulares.
No habían cesado o, de lo contrario, nunca hubiera vuelto a despertar. Algún técnico
había desenchufado. Había apagado algún centro nervioso en alguna parte, utilizando
interruptores como cabezas de alfiler, oprimiendo, tal vez, algún filamento de más.
Trabajan en la gran juntura entre el cerebro y la médula espinal, en la base del cráneo.
Era como un gran cable, y los técnicos se orientaban mediante análisis retroactivos. Era
fácil que las fibras nerviosas microscópicas se embrollasen. Si el técnico estaba
trabajando deprisa, pendiente de la hora del café, podía reactivar las funciones cerebrales
conscientes y no reparar en ello en el microscopio hasta más tarde.
Tenía que hacer algo.
El pánico extraño, frío, volvió a hacer presa en él. ¿Adrenalina, sobrante de momentos
previos? ¿Una respuesta psicológica profunda? Tenía miedo ahora, pero no se daba
ninguna sinfonía corporal por respuesta. Sus subsistemas de glándulas estaban fuera de
servicio.
No había forma alguna de apreciar cuan rápido pasaba el tiempo. Contó latidos del
corazón, pero el ritmo de su pulso dependía de tantos factores…
Vale, entonces. ¿Cuánto tiempo le quedaba? Le constaba que hacían falta horas para
desconectar un sistema nervioso, amortiguar las zonas linfáticas, drenar la sangre de
residuos. Horas. Y los técnicos delegarían buena parte de la tarea en el automático.
Se apercibió de una tenue sensación de fondo de escalofrío. Pareció extenderse según
le prestaba atención, inundando su cuerpo, acarreando una quietud plácida, suave…, un
zozobrar…, un resbalar despacio hacia el sueño.
Muy dentro de él, algo dijo no. Se obligó a pensar en la negrura y el frío furtivo. Los
técnicos siempre dejaban una vía libre al exterior, a fin de que, si algo iba mal, el paciente
pudiese hacer una señal. Era una precaución a tomar en situaciones como ésta.
¿Las pestañas? Probó con ellas, no sintió nada. ¿La boca? Igual.
Se puso a pensar en los pasos necesarios para formar una palabra. Constreñir la
garganta. Expulsar el aire a un ritmo más rápido. Mover la lengua y los labios. Nada.
Ningún leve murmullo resonando en las cavidades de los senos para indicarle que los
músculos funcionaban, que el aliento hacía vibrar las cuerdas vocales.
El método más fácil de meterte en la cámara era anular toda una sección del cuerpo.
Debía de ser eso lo que estaba ocurriendo. Exacto. La cabeza bloqueada, las piernas
bloqueadas. Los pies inertes, también. Y los genitales, pensó Nigel con ironía, no estaban
bajo control consciente ni en los mejores momentos.
Los brazos, pues. Probó con el izquierdo. Ninguna variación de presiones internas por
respuesta. Pero ¿cuan grande sería el efecto? Podía tener la mano levantada en el aire, y
no lo sabría nunca. Intenta con el derecho. De nuevo, no había manera de apreciar si…
No, espera. Una sensación difusa de algo…
Procura recordar qué músculos hay que mover. Había ido por la vida con una
retroacción inmediata de cada fibra, andándole a su cuerpo, cada gesto sugiriendo el
siguiente. Ahora tenía que analizar con precisión.
¿Cómo hacía que se alzara el brazo? Los músculos se contraían para tirar en un
extremo del brazo y el hombro. Otros se relajaban para dejar que éste oscilara. Lo intentó.
¿Era aquello un peso por respuesta? Liviano, demasiado liviano. Tal vez fuese su
imaginación.
El brazo derecho podía estar proyectándose para arriba, y él no lo sabría. Los
asistentes lo verían, empero, y acudirían a él, preguntarían qué estaba pasando… a
menos que no estuviesen por aquí. A menos que hubiesen salido a tomar café, dejando al
cuerpo viejo y marchito sumiéndose gradualmente en un éxtasis a largo plazo, con el
montaje médico comprobado para cerciorarse de que nada fallaba en la avejentada
carcasa…
Supón que el brazo funciona. Aunque alguien lo viera, ¿era eso lo que quería? Si
volvían a animar su cabeza, ¿qué haría? ¿Demandar sus derechos? Ted,
indudablemente, había previsto esa coyuntura. Con toda seguridad los asistentes tenían
órdenes de meterle en una cámara, sin importar lo que dijera. Por su propio bien, ya
sabéis.
Desesperado, detuvo su concentración, obligó a los músculos a quedar fláccidos
repentinamente.
Y fue recompensado con un tump por respuesta.
Había golpeado la mesa. Bien, funcionaba.
Esperó. Nada le llegó en la negrura. Ningún asistente vino presuroso a corregir el error.
Probablemente estaba solo. ¿Dónde?
No en una cámara, de lo contrario no hubiera sido capaz de pensar con claridad. En la
mesa de operaciones de un montaje médico, pues.
Intentó recordar la disposición. Las terminales de acceso estaban a ambos lados,
monitorizando el cuerpo. Así que, tal vez, si se extendía, la mano derecha podía alcanzar
la mitad de los conmutadores de entrada.
Se concentró y volvió a levantar el brazo. Probablemente la mano funcionaba; habría
sido demasiado complicado desconectarla mientras que el brazo continuaba animado.
Hizo memoria meticulosamente, bajó el brazo, girándolo…
Un golpe. ¿Alguien aproximándose? No, demasiado cerca. El brazo había fallado.
El equilibrio iba a ser difícil. Practicó girando el brazo sin levantarlo. No había forma de
saber si tenía éxito, pero algunos movimientos parecían correctos, familiares, en tanto que
otros no. Procedía sin retroacción, tratando de suscitar la sensación exacta de girar el
brazo. Inclinándolo hacia el lado, sobre el borde. Moviendo los dedos.
Se detuvo. Si golpeaba el control equivocado podía desactivar el brazo. Sin nervios
externos, no había modo de apreciar si estaba haciendo lo apropiado.
Pura suerte. De haber sido capaz, Nigel se hubiera encogido de hombros.
Qué demonios.
Probó fortuna con los dedos estirados. Nada.
Manipuló y, de alguna forma, tuvo la certeza mediante pautas indiferenciadas, de que
sus dedos estaban tocando el costado de la mesa.
La certidumbre venía de abajo, una sensación holística de alguna índole que procedía
de la fina trama de nervios que tenía en su interior. El cuerpo no podía ser completamente
separado en pedazos; la información se propagaba, y el riñón, el hígado, los intestinos
enmudecidos sabían de alguna difusa manera lo que sucedía en el exterior.
Una tenue presión por respuesta le indicó que sus dedos se habían cerrado sobre algo,
apretándolo. Hizo que los dedos girasen.
Nada ocurrió. No era un mando. ¿Un botón?
Probó para abajo. En las cavidades de los senos experimentó ligeras sacudidas. Debía
de estar golpeando la mesa con fuerza, para hacer eso. Sin retroacción no había forma de
juzgar la potencia. Aporreó, una sacudida. De nuevo. De nuevo.
Un frío temblor recorrió su pantorrilla derecha. Lo inundó el dolor. Su pierna sufrió
espasmos. Trepidaba sobre la mesa, golpeando el montaje médico. La súbita avalancha
de sensaciones le dejó atónito. En la impetuosa avalancha apenas podía distinguir el
dolor del placer.
La pierna golpeaba la mesa como un animal frenético. Su sistema autónomo estaba
procurando mantener la temperatura corporal con espasmos musculares, absorbiendo la
energía del azúcar restante en los tejidos. Una reacción normal; ése era un motivo por el
que estaba desconectado. Pero había activado una red neural, ésa era la cuestión.
Golpeó ciegamente con los dedos de nuevo.
Frío en aumento en su sección media. De nuevo.
Más frío, ahora en el pie derecho. De nuevo.
Una picazón en los labios, en las mejillas. Aunque no eran sensaciones plenas; no
podía percibir el pecho ni los brazos. Empezó a presionar otro botón y, seguidamente, se
detuvo, reflexionando.
Hasta ahora había tenido suerte. Estaba abriendo las redes sensoriales. La mayor
parte de su lado derecho estaba transmitiendo datos externos.
Su pierna estaba trepidando menos ahora, según la sometía a control.
Pero si a continuación tocaba el botón interruptor de su brazo derecho, estaba
acabado. Yacería allí desvalido hasta que volviesen los técnicos.
Nigel movió el brazo sobre la mesa. Lo hizo desplazarse torpemente por el pecho. Su
control motriz debía extenderse hasta el pecho superior y los hombros para permitirle
hacer esto, aunque, sin ninguna entrada procedente de allí, no sabía cuánto podía
moverlo.
Instó a los músculos a desplazarse a la izquierda. Le asaltó una extraña impresión de
balanceo. Una tensión en alguna parte. Músculos esforzándose, trabados, apretando y
alargándose, una distensión… Más…
Un cálido endurecimiento en la mejilla. La nariz oprimida contra algo, pero no percibía
ningún olor. La tapa de la mesa. Se había volteado parcialmente.
Sintió un cansancio creciente, difuso. Los músculos del brazo estaban transmitiendo al
cuerpo circundante su agonía, nutrida por el incremento de moléculas portadoras de
azúcar consumidas.
No había tiempo para descansar. Los músculos tendrían que seguir funcionando. Instó
el brazo a tenderse por encima del costado izquierdo de la mesa. No lograba
experimentar nada, pero ahora no podía incurrir en ningún error fatal.
Golpeó hacia abajo al azar, buscando. Una punzada de dolor atravesó su lado
izquierdo. Tras ella, vino un frío cortante. Racimos de músculos empezaron a agitarse
violentamente, enviando un dolor ondulante por su lado izquierdo.
Volvió a golpear con los dedos. La luz se derramó sobre él. Había acertado a la red del
nervio óptico. Un color rojo intenso, pleno. Se percató de que sus ojos seguían cerrados.
Los abrió. Penetró el amarillo. Los cerró de nuevo ante el resplandor y aporreó de nuevo.
Un olor seco, frío a hospital. Otro golpe. Le inundó el sonido. Un resonar mecánico, un
zumbido remoto, el rumor de los ventiladores de aire. Ninguna voz.
Entornó los ojos. Estaba tendido en una mesa blanca, mirando a las luces
fluorescentes. Ahora que podía ver, reactivó el resto de sus redes velozmente.
Se llevó la mano al cuello y ésta fue en la otra dirección. La paró, movió los dedos para
probarlos. El brazo partía de encima de la cabeza, alargándose hacia abajo… pero eso
era imposible. Movió el otro brazo. Se hizo visible del mismo modo, desde arriba.
Algo iba mal en él. Cerró los ojos. ¿Qué podría producir…?
Se volteó parcialmente y abarcó con la mirada la dependencia del montaje médico. El
letrero de la puerta se destacó. Estaba invertido. Alargó la mano, apretó el borde de la
mesa. Estaba invertido, igualmente.
Eso era. Cuando el ojo recibía luz y la proyectaba en la retina, la óptica ordinaria
invertía la imagen. Los nervios de la retina filtraban esa señal y la enderezaban para el
cerebro.
Así pues, el montaje médico había embrollado también eso. Los nervios de la retina no
estaban funcionando correctamente. Podía ser fácil de arreglar, sólo mover una fracción
de milímetro una juntura fibrosa fina como un punto. Pero Nigel no podía, no sabía cómo.
Tendría que ingeniárselas.
Nigel comenzó a manipular el amasijo de sondas que serpenteaban por su cuerpo.
Resultaría más sencillo si no veía lo que estaba haciendo. Tenía que desconectar
cuidadosamente los acoplamientos en los nexos nerviosos. El gran nudo que formaban en
la nuca era difícil de desprender. Se soltó.
Percibió un dolor candente, difuso, procedente de la zona, propagándose hasta el
cráneo. Los nervios estaban al descubierto, mandando impresiones diseminadas por el
área, provocando espasmos nerviosos.
Se volvió para estudiar el banco de trabajo que había junto a la mesa. Era un revoltijo
de conectores, elementos microelectrónicos, bobinas de alambre casi invisibles. Había
una mancha de la forma idónea. Alargó la mano hacia ella y erró. Su cerebro percibió el
brazo yendo para arriba y corrigió, siempre en la dirección equivocada.
Precisó de tres intentos para anular su propia coordinación. Asió la mancha y casi la
dejó caer. Cautelosamente, se la llevó a la cabeza. El fláccido óvalo de cables encajaba
en el orificio abierto de la nuca. Fue probando con él hasta que se deslizó, snick, en su
sitio. El dolor se esfumó.
Se incorporó. Se vio recorrido por espasmos. Resolló. Brotaba el dolor con cada
movimiento. Pero se sintió completamente despierto y enormemente colérico. Se hallaba
en una sala médica desierta.
Estudió las lecturas opticolíquidas de su monitor médico. El perfil del programa estaba
compuesto de números, sobre todo. No podía asomar la cabeza lo suficiente para leerlos
directamente. Al cabo de un momento, no fue tan difícil. El centelleo del perfil del
programa digital le indicó que su desconexión estaba prevista que durase otros cincuenta
y siete minutos.
Se puso en pie, trémulo y mareado. Era estupendo volver a disponer de su propia
química. Se sintió tentado a descansar un rato, dejando que el interminable río de
sensaciones le arrollase. Incluso esta habitación estéril de inhóspita luz blanca aparecía
fantástica, repleta de detalles, olores, impresiones. Nunca había amado tanto la vida. Pero
no estaba a salvo. Los descansos para el café no duraban eternamente. Tendría que
encontrar su ropa, salir…
Se encaminó a una puerta lateral. Los primeros pasos le enseñaron a mantener la
cabeza gacha, hacia los pies. Tenía que mover los ojos para el lado contrario, no
obstante, a fin de desplazar la visión. Tropezó con el montaje médico y por poco cayó
sobre un escritorio. Al cabo de un momento, pudo orientarse alrededor de las cosas.
Avanzó cuidadosamente, sintiendo cada punzada lacerante de dolor según protestaba su
lado izquierdo. El brazo derecho se arqueaba y temblaba debido a los espasmos.
Alcanzó la puerta, la entreabrió, atisbo. El equipamiento que había al otro lado era
difícil de reconocer boca abajo. La ropa colgada de las perchas se proyectaba para arriba.
Las sillas colgaban del techo. Contuvo una sensación de vértigo. Sus ojos le decían al
cerebro que estaba de pie en el techo y dentro de él los sistemas de alarma pedían a
gritos ser oídos.
Había cajones abiertos con instrumentos quirúrgicos, una estación higiénica, equipo
electrónico. Una sala de preparación. La traspuso.
Encontró su ropa colgando en un armario, desafiando a la gravedad. Le era más fácil
ponérsela si cerraba los ojos, empleando sólo el tacto. Lástima que no pudiese caminar
de ese modo.
8
El aire cortante, reciclado, le hirió la garganta. Bajó por los claustrocorredores,
rozándose con los pocos que pasaban por este angosto corredor lateral, sus caras
relampagueando frente a él. Alcanzó una oscura bóveda almacén y entró, sintiéndose
extrañamente regocijado. Pulsó la uña del dedo y pellizcó un nódulo junto al oído. El
comunicador de la nave
sugiere que, a tenor de las noticias de la Tierra, resuelva estos asuntos menores
tocantes a la colectividad con premura…
La uña de su pulgar, sabedora de que llegaba tarde a la escucha, pasó un resumen del
congreso de la nave que Ted había convocado. Un punto rojo destellante mostró que aún
estaban entre los primeros Temas a Tratar.
…asunto de Nigel Walmsley, cuyos actos están detallados en su memoria, ha mostrado
una actitud en el pasado que sólo puedo calificar de asocial. Soslayó varias reglas
durante su cometido de superficie en Isis. No ha cooperado en la red de análisis. Todos
éstos son rasgos desagradables de un hombre al que sé que muchos de nosotros
reverenciamos por su papel anterior en el descubrimiento del naufragio Marginis. No
obstante, ha llegado a mi conocimiento —los pormenores están documentados y
testificados en sus sumarios— que ha estado engañando sistemáticamente a los equipos
médicos sobre su salud en declive. Hizo esto llevado de un sentimiento erróneo…
Nigel estudió el sumario, incluyendo un análisis detallado de su reacción ante la red de
análisis, ante Carlos, ante sugerencias de que dejase sus tareas. Todo muy detallado.
Retornó al corredor y comenzó a caminar, escuchando, observando las caras que
pasaban.
…constante incremento de respuestas sociopáticas, bien documentadas por los
terapeutas…
Pasaron por su lado hombres y mujeres. Habían sido seleccionados por ser
compatibles, por su facilidad para relacionarse, pues, ¿quién más podría tolerar el
prolongado vivir constreñido entre las estrellas? Ningún sol gravitaba aquí detrás de un
cielo velado, ninguna lluvia súbita ni oscura tormenta alentaban la moral. Únicamente el
lento rumor uniforme de brisas enlatadas, bucles de presión, una réplica programada de la
remota Tierra.
Compartían estos comedidos ritmos, rostros lisos libres de emociones dominantes,
nada de saltar, remontarse, volar, morir. Se alejaban del sempiterno abismo silente del
exterior, del largo silencio opresor que los encerraba, del vacío que definía su ambiente.
…en él ínterin, del estudio de esta constelación de respuestas asociales, muchas de
ellas sin duda producto de su deterioro físico, los terapeutas detectaron igualmente el
engaño médico…
Así pues, Ted le había conectado a la terapia, sabiendo que serviría para abrirle un
informe, sospechando que sacaría a la luz un ardid en el perfil médico. Muy sagaz.
…y, como muchos de vosotros sabéis, ha seguido abrigando esperanzas de demostrar
su personal y muy excéntrico modelo sobre la situación que la humanidad afronta.
Nigel caminó tan rápido como pudo hacia el gran auditorio cóncavo donde estaría
reunido el grueso de la tripulación del Lancer en asamblea. Allí se enfrentaría a Ted, lo
solventaría.
…pero esa esperanza se ha desvanecido y sería una deferencia hacia él no dejarle
consumirse aquí, avergonzándose y apartándose incluso más de la camaradería de sus…
Muy astuto por parte de Ted intercalarlo antes de una gran discusión de las noticias de
la Tierra cuando todo el mundo estaba en vilo por lo que iban a escuchar.
…por lo que, aunque la situación médica no es realmente mala, sigo recomendando…
Se apresuró. Delante, había dos oficiales de la nave apoyados en un mamparo. Nigel
aminoró. Podían no saber nada, pero… Giró para dar un rodeo. Y se apresuro.
…que sea internado en las Cámaras de Sueño hasta que lleguemos a la Tierra. Estoy
seguro de que resultaría mucho más poético que muriese aquí afuera, pero el simple
humanitarismo…
Se estaba acercando. Habría discusión y eso le daría tiempo.
…por ello, lo pongo en discusión antes de que nos dediquemos a la Tierra…
Estaba a la vista de las puertas del auditorio cuando tres mujeres de la tripulación
veterana le vieron.
…su ausencia de esta reunión de sus compañeros dice mucho sobre su actitud y, sí,
creo que su propia vergüenza ante el pueril engaño le ha…
Las mujeres se dirigieron hacia él. Retrocedió y se encaminó velozmente a un conducto
de caída.
…Bueno, parece que nadie quiere rebatir mi recomendación y, por consiguiente…
¡Nikka! ¿Por qué no había dicho nada ella? ¿Por qué no había alegado…?
…pasamos a las recientes noticias sobre una ofensiva Pululante contra todos los
continentes, e indicaciones sobre su campaña biológica concertada…
Pensara ella lo que pensase sobre él, seguramente lo de Carlos no podía haberla
llevado a prestarse a esto. Nigel se negaba a creer lo contrario. Descendió tres cubiertas
a máxima velocidad en el conducto de caída. Salió cerca de un grupo de trabajo que
transportaba el alojamiento de un cohete auxiliar y se situó detrás de él sin ser visto.
Cuando las mujeres salieron del conducto estaba inclinado, fingiendo ajustar el
equilibrio del trineo magnético. Se introdujo en una sala preparatoria y aguardó. Luego
volvió sobre sus pasos. Las mujeres habían desaparecido.
…al igual que, se nos informa, continuas declaraciones provocadoras sobre
cooperación —sí, sé que cuesta creerlo— entre los chinos y algunos elementos de los
Pululantes…
Envió una interrogación a sus habitaciones, pero respondió que no había nadie en
casa.
Siguió avanzando. Si ella no estaba en la reunión, entonces… Por supuesto.
…y, dado que la información más reciente sobre esta transformación biológica del
enemigo puede atribuirse o procurar una clave sobre sus orígenes planetarios, creo que
deberíamos proceder inmediatamente a la revisión de estos datos a la luz de…
Se aproximó al complejo médico sigilosa, cautelosamente. Halló a Nikka discutiendo
con un encargado. Esperó hasta que ella miró en torno, exasperada, captó su mirada y le
indicó que guardase silencio. Ella no dijo nada hasta que se perdieron de vista desde la
arcada del gran centro médico.
—¡Vine a por ti! ¿Qué te ha demorado tanto? Ted ha convocado una…
—Lo sé. —Él se explicó con oraciones rápidas, entrecortadas, sintiendo que lo
embargaba una cólera inapelable—. Y no sirve de nada irrumpir allí ahora. Esos gilipollas
no me escucharán.
—Tienes que hacerlo.
—Ted no tiene el poder de un capitán, pero el consenso está claramente de su lado. Y
el consenso, amor, lo es todo.
—En una discusión libre…
—Tienes razón. Pero que sea libre, ahí está el meollo. El viejo Ted ha estado muy
cabreado conmigo durante algún tiempo, imagino. Es un hombre muy listo.
—Carece de principios, es corto…
—¿Se te ha ocurrido pensar que a todo lo que me estoy resistiendo es a un leve paseo
a casa?
—Es más que eso. Esto es, bueno, tu vida.
—Lo era.
—Todavía puede serlo.
—No veo cómo voy a derrotarle. —Él le tomó la mano en las suyas y la besó en la
frente con un afecto marchito, distante. Sintió extrañas energías erigiéndose en él, una
resolución que había creído perdida.
—Podemos irnos a casa, negarnos a dejarlos entrar. Pedir tiempo a la red del grupo
para discutir tu caso.
—La postura de Ted está avalada por muchas evidencias.
—Hechos vacíos.
Él se reclinó contra un mamparo.
Bajo presión, se las había estado arreglando adecuadamente con la visión invertida,
pero estaba empezando a apreciar el esfuerzo. El girar la cabeza rápidamente le
acarreaba náuseas.
Boca abajo, las expresiones de la gente eran alarmantes, grotescas, generalmente
imposibles de descifrar.
—Sabes, soy un bastardo. Seguramente no se te ha pasado por alto.
Nikka sonrió y asumió un aire determinado.
—Ellos no…
—Espera. —Nigel levantó la palma de la mano—. Escucha. El comunicador de la nave.
…me acaban de entregar una señal de emergencia procedente de la Tierra. La leeré:
“Hoy han sido utilizadas armas nucleares en una confrontación militar lejos de la costa de
China. Los combatientes son China, la URSS y EUA, así como efectivos de flotas más
pequeñas de Japón y Brasil. Se desconocen los daños. Los satélites de reconocimiento
muestran que la acción continúa y se extiende, con todas las potencias mayores
aparentemente en liza. Se desconoce la causa. Puede haber sido desencadenada por el
intento de impedir los desembarcos de Pululantes en las costas. En breve informaremos
sobre las posibles repercusiones para la red de comunicaciones espaciales”. Bueno, no
sé qué decir…
Nigel golpeó el mamparo con el puño.
—Eso es.
—¿Qué?
—Han mordido el anzuelo. Ahora nuestra información no les servirá de mucho.
—Esto, esto puede ser un error…
—No hay ningún error. Todo muy previsible, lo esperaba. Si alguno de nosotros
hubiese sido la mitad de rápido… —Suspiró.
—Bueno… —Ella parpadeó, confusa—. Vamos, vamos a casa. Podemos olvidarnos de
nuestros problemas…
Él asintió lúgubremente, rodeándole los hombros con los brazos, escrutando su rostro
apergaminado, cobrizo.
—Pero ¿no lo entiendes? ¡Ese mensaje data de hace años! No podemos ejercer
ninguna influencia sobre los acontecimientos de allí. Estamos abandonados a nosotros
mismos.
—Bueno, sí, pero…
—Pase lo que pase, el viejo amigo Ted seguirá con su preciada política. Por lo que
nosotros podemos hacer igualmente lo que nos dé la gana. La Tierra es otra cuestión.
—No, no sé… todo es… tan precipitado.
—Mira, hará falta algún tiempo para averiguar más sobre la Tierra. Los grandes
satélites transmisores tienen otra cosa que hacer que radiarnos a nosotros.
—Sí, supongo…
—Por lo que Ted va a continuar con el asunto. Y lo mismo deberíamos hacer nosotros.
—Vamos a casa.
—Exacto. Pero, a nosotros realmente sólo nos queda un lugar, amor.
9
Se acurrucaron juntos en el ascensor de carga, abarrotado de armatostes.
—¿Estás bien? ¿Los ojos? —inquirió Nikka.
—Creo que estoy asimilando el cambio. Descansar me será de ayuda.
—Algo he oído sobre el error del técnico médico. Es común, se produce con facilidad:
Nigel sonrió.
—Es gratificante saberlo. Nikka aseveró:
—No creo que pueda arreglarlo.
—No, sin instrumentos de microcirugía, no.
—Recuerdo que el cerebro se adapta, sin embargo. Eventualmente, verás imágenes
verticales.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Unos días.
—Hum. Me da la impresión de que ha pasado todo ese tiempo desde que salí
alegremente con el sonriente Ted. ¿Por cuánto tiempo desaparecí?
—Medio día —respondió Nikka—. Vinieron a contármelo. Discutí con Ted, pero estaba
ocupado. Carlos estaba allí.
—¿Cuál fue su reacción?
—De tristeza. Bajó a Viruelas en la lanzadera de la mañana, justo después de irte tú.
Estaba informando sobre su nueva tarea. Es una oportunidad de poner en práctica su
entrenamiento. Creo que quiere…
—Lavarse las manos de todo. Así es. Tú seguirás estando aquí, esperando, cuando él
haya acabado.
—Nigel, eso no es justo.
—¿Quién dice que yo sea justo? Carlos está confundido, pero no es necio.
—¿No podemos olvidarlo? Con todo lo que está sucediendo…
—No, no podemos. Quizá tengamos que utilizarlo. —Él dio una palmada en el filtro
médico que había entre ellos. El gemido del ascensor reverberó en el suelo de láminas
metálicas. A Nikka le había llevado más de una hora desmontar el fraudulento artilugio
hasta lo esencial, y después acomodarlo en una maleta de transporte. Su apartamento ya
no era candidato a la Casa Maravillosa.
Confiaba en que el filtro funcionaría aún. Salir del apartamento fue también una
temeridad. Ted no había puesto guardias en la puerta, pero Nigel estaba seguro de que
alguien le pondría una mano encima si se dejaba ver en público.
—Vas a tener que mantener ocupados a los sabuesos mientras yo saco esto adelante
—dijo él. Ella asintió.
—Nuestras probabilidades no son buenas.
—¿Y qué? No nos queda ninguna alternativa. Ted dará con nosotros en unas horas si
nos quedamos.
El ascensor se detuvo con un gemido en gravedad casi nula. La puerta se abrió,
revelando el cierre de popa de la nave. Nadie a la vista.
—Cruzaré furtivamente —dijo Nigel. Se deslizó en la oscuridad del soporte de la
lanzadera. Nikka respiró hondo y fue en busca de la tripulación.
Viruelas era de un gris acerado. La recorrían largos filamentos blancos, rayas de los
escombros de meteoritos arcaicos. Costras de rocas tachonaban los campos de hielo de
un púrpura desvaído.
Nigel pudo sentir el frío a través del traje servoasistido. Avanzó cuidadosamente por la
llanura aplanada. Nikka señaló el submarino esférico fondeado en la orilla de un lago
verdeanaranjado.
—Ahí es donde el registro dice que Carlos está de servicio.
Nigel aceleró el paso. Llevaban entre ambos el filtro médico portátil.
Empezaron a resoplar por el esfuerzo. Las botas crujían sobre el hielo púrpura. Nigel
se subió los ópticos para ver qué aspecto tenía la superficie sin aumentos. Era inhóspita,
iluminada por un airado punto rojo. En lo alto, captó el suspendido borrón gris del
Vigilante. La red de análisis del Lancer había dejado de llamar a la pequeña luna por ese
nombre, pero él se negaba a hacerlo.
¿Había un destello cambiante donde el débil sol hería al arcaico casco? Parpadeó.
Quizá fuera una faceta que captaba la luz. O, más probablemente, se recordó a sí mismo,
le engañaba la vista. Estaba percibiendo, viendo mejor, pero seguía habiendo ilusiones,
distorsiones.
Estaban a quinientos metros del aparato de inmersión. Nadie había intentado
detenerles todavía. Se habían producido miradas inquisitivas de la tripulación de la
lanzadera, pero Nikka había urdido alguna historia aparentemente plausible. Habían
contado con el hecho de que no existía ninguna medida de segundad, no había más que
los guardias habituales en un buque naval corriente. Pero una vez que Landon y esa
pandilla se figuraran a dónde debían haber ido…
—¡Eh! —Nigel se paró en seco, sobresaltado por el grito. Se volvió. No había nadie
detrás. Provenía de una figura que corría hacia ellos desde el sumergible. En su casco
titilaba sobreimpresa una ID codificada cromáticamente: Carlos.
—¿Cómo es que estáis bajando? Nigel no debería estar fuera…
—Te lo explicaremos dentro —dijo Nikka con rudeza, y empujó a Carlos hacia el
sumergible—. ¡Deprisa!
Nigel jadeaba ostensiblemente bajo el negro firmamento. La marcha era difícil y algo en
ella le satisfacía. No pidió ayuda a Carlos.
En el lago, las burbujas se hinchaban y estallaban para después volver a dejar la
superficie cristalina y lisa bajo el fulgor mortecino de Ross 128. Junto al lago, un légamo
amarillo se les pegaba a las botas.
—Desbordamiento —dijo Carlos—. Como desagüe de la marea, sólo que peor. El lago
es amoníaco líquido en su totalidad, pero cada pocos días hay crecida. Sales de potasio,
azufre, tendremos que limpiarnos en el cierre…
Nikka le indicó silencio. Miró para atrás, nadie les estaba siguiendo. Nigel se sintió
seguro; ella tenía aspecto de poder entendérselas con cualquiera.
Les llevó más de diez minutos quitarse los trajes y llegar a la hendidura donde dormía
Carlos. Se volvió hacia ellos, bloqueando la entrada y dijo:
—Ahora oigámoslo. Después de recibir vuestro mensaje comprobé el manifiesto de la
lanzadera. Vosotros dos no estabais en él.
—Unas vacaciones de última hora —repuso Nigel—. Simplemente cogimos lo primero
que salía de la ciudad.
Nikka sonrió tolerantemente.
—Puedes apreciar cuándo es desesperada la situación —dijo ella—. Siempre hace un
chiste.
—Para eso sirven los chistes —alegó Nigel, estirándose en la litera de Carlos.
Descansó mientras Nikka relataba los embrollados acontecimientos. Disfrutó oyéndolo
todo repetido desde otra perspectiva. Era especialmente agradable relajarse totalmente y
dejar que alguien se hiciese cargo, como Nikka había estado haciendo desde que
subieron a bordo de la lanzadera con gran aplomo. Ella se las había ingeniado
maravillosamente bien para persuadir al piloto.
Aunque fuese descubierto, y no se llamaba a engaño en ese sentido, era delicioso
estar de nuevo en movimiento y actuando.
Lo peor de la edad era el sentimiento de impotencia, de estar desgajado de la vida. Los
de mediana edad trataban a los viejos con la misma condescendencia serenamente
desdeñosa que empleaban con los niños. Esa actitud irracional era lo que había detrás de
las acciones de Ted.
—Eres estúpido —dijo Carlos con aspereza—. Estúpido. Sea cual fuere tu opinión
sobre lo que Landon estaba haciendo, le estás ofreciendo un gran caso al…
—Basta de eso, ¿eh? Si hubiéramos permanecido en el Lancer, ahora estaríamos
nadando en una cámara. —Nigel se desperezó indolentemente, a pesar de que no estaba
cansado.
—Tú, quizá. No ella.
—Estamos juntos —repuso Nikka simplemente.
—No necesariamente —alegó Carlos con cautela.
—Yo protestaría si Nigel fuera a las Cámaras. De no conseguir que fuese reavivado, le
seguiría. Así no perderemos ningún tiempo de estar juntos.
—No creo que lo digas en serio —repuso Carlos—. Todavía tienes cosas que hacer
aquí. Y, tú y yo, nos necesitamos también, tienes que…
—Todo se va a ir al carajo si empezamos con los rollos de siempre mientras el reloj
corre —dijo Nigel apremiantemente—. Necesito refugio, Carlos. Ése es el quid de la
cuestión. O me lo das o no me lo das.
Nigel observó emociones encontradas en la cara del hombre. Había planteado el
clásico desafío del macho, desde luego. Interrumpir a Carlos y, abruptamente, cambiar de
tema, para sacar ventaja. Generalmente no resultaba juicioso. Pero Carlos era una
persona profundamente conflictiva, insegura de cómo responder a tales señales.
Precisamente en esto había confiado Nigel: en que las respuestas, harto comprometidas,
de cada sexo se amalgamasen, y que Carlos, en esta confusión, cediera. Nigel rememoró
la idea de Blake sobre el ideal humano: el hombre y la mujer, de alguna forma, fundidos
en el mismo cuerpo, ánima y animus unidos, entrelazados. Deseó que el poeta pudiese
estar aquí para ver el resultado. Los sueños estaban mejor cuando no se concretaban.
Carlos escurrió el bulto.
—No puedo hacer nada. Dentro de unos minutos alguien…
—He cursado una queja formal. La he puesto en el comunicador de la nave desde
nuestro apartamento. Eso tiene que ser oído, ni siquiera Ted puede bloquearlo.
—Según las normas —agregó Nikka—, debe estar en la red abierta durante doce
horas. Ha requerido una votación obligatoria, por lo que la gente no puede ignorarla.
Carlos asintió.
—Entonces no tenéis de qué preocuparos.
—No seas imbécil. Si Ted logra ponerme en aprietos antes de que se haya resuelto la
votación, nadie correrá el menor riesgo por revivirme. Llevar la iniciativa constituye las
nueve décimas partes del juego.
Nikka preguntó cavilosamente:
—¿De veras crees que lo haría?
—Sería tonto de no hacerlo. Ted me ve como a un baluarte de las fuerzas opositoras.
¿Por qué no eliminarme? Esta expedición se está agriando como cerveza vieja. Desea
algo dramático para consolidar su nombre, imagino.
Carlos frunció el ceño.
—¿Cómo qué?
—Puede habérsele ocurrido que el Lancer es un arma condenadamente definitiva.
—¿Cómo? —Carlos parecía estar recobrando su equilibrio. Se puso en pie,
comparando de modo manifiesto su corpulencia y fortaleza con la de los otros dos—.
Mira, suenas más y más…
—¡Carlos! ¿Están contigo?
La voz procedía del audio general y llenó el pequeño camarote.
—Bueno, no les ha llevado mucho tiempo —comentó Nikka.
—Te ha cogido —dijo Carlos.
—Depende —repuso Nigel—. Todo el mundo está angustiado por la Tierra, concedido.
Eso le da libertad de acción con nosotros. Nadie dará un adarme si nosotros…
—¡Carlos! —Luego, quedamente—. ¿Dónde demonios está? Creía que le habías visto
entrar con ellos dos.
—Tengo que responderle —dijo Carlos.
Nigel asintió. Fue hasta un micrófono y lo conectó.
—Te estamos escuchando.
—¿Nigel? ¿Qué demonios te crees que estás…?
—Se diría que es bastante obvio.
—No me vengas con esa chorrada. Abandonaste el centro médico sin permiso,
ignoraste la directriz aprobada por el congreso de la nave, luego…
—Por favor, nada de aburridas listas de pecados.
—El consejo te ordena dirigirte al CG, y…
—Olvídalo —repuso Nigel con acritud.
—¡Puerco bastardo! Te has escabullido una vez, pero maldita sea si dejaremos que
nos hagas perder más tiempo ahora, cuando…
—Basta ya de actuar para la galería, ¿no te parece?
—¡Basta de actuar! Sí, eso es lo que vamos a hacer. Tengo hombres rodeando a ese
sumergible. Van a entrar a menos que abras la escotilla y salgas. Eres sólo un viejo
enfermo, y no queremos ser rudos. Pero esto es una crisis. Dispones de tres minutos.
Nigel apagó su transmisor personal.
—Parece que va en serio.
—Y bien en serio —dijo Carlos—. Vamos. No hay escapatoria.
Nigel dijo atropelladamente:
—Por supuesto que la hay. Llévanos abajo.
—¿A la abertura?
—Está previsto que hagas alguna correría en breve, de todas formas. Lo pone en el
Programa de Actividades.
—Mi… mi copiloto no está a bordo.
—No estaremos abajo mucho tiempo —repuso Nikka razonablemente—. Esos de
afuera se retirarán rápido cuando lo pongas en marcha.
—Pero, yo… —Carlos pasaba la mirada de uno a otro.
Nigel aguardó sabiendo que éste era el momento crucial. El plan que había maquinado
por el camino dependía de lo que Carlos hiciese. Nigel tampoco descartaba el utilizar la
devoción del hombre por Nikka. Carlotta se había introducido paulatinamente en este
extraño triángulo y después había dado un giro radical. Así sea; cada moneda tenía dos
caras.
—Necesito tiempo para pensar. Nikka, ¿realmente deseas esto? —el hombre se
agachó, escrutando con ansiedad los ojos de ella.
—No hay tiempo para eso —repuso Nigel apremiantemente.
—Mira, esto es una violación muy grave de las normas. Podías…
—Decídete —dijo Nikka—. Hemos tenido problemas, pero seguimos juntos los tres. ¿O
no? —A Nigel le dio un vuelco el corazón ante el modo claro, apacible, en el que lo había
expresado. Un poco tarde, pero…
Carlos se irguió.
—Bien. Puedo decir que tengo buenas razones personales. Y las tengo. Hay cosas
entre nosotros, cosas que no he sido capaz de… —Sus palabras se perdieron. Luego dijo
con determinación—: Tampoco voy a dejar que Ted me apabulle.
Nikka abrazó a Carlos. Nigel le puso una mano en el hombro. Carlos dijo hoscamente:
—Es probable que nos mate, apuesto a que sí.
NOVENA PARTE – 2061 LA TIERRA
1
El guardián llevó a Warren al centro de la isla, a lo largo de un sendero trillado en los
últimos días por las tropas. Dejaron atrás a una docena de técnicos afanados en un
equipo acústico y en reproducir los agudos chillidos de la canción Espumeante. Los
soldados estaban realizando algunas anotaciones en las pantallas de unos ordenadores y
parloteaban entre sí mientras desmenuzaban el problema en fragmentos susceptibles de
ser interrelacionados y reagrupados para componer pautas que la gente pudiese
comprender. Tendría que ser excelente porque pretendían escuchar a escondidas. Pero
la manera en la cual hablaban los Espumeantes con los Pululantes podía no asemejarse
a las canciones que los Espumeantes entonaban entre sí.
Carecía de sentido que los Espumeantes tuviesen mucho control sobre los Pululantes,
pensó Warren para sí mientras descendía por el sucio sendero. No tenía ningún sentido.
Algo los había traído a todos a la Tierra y había suministrado a los Pululantes alguna
enfermedad. La respuesta descansaba en la reflexión acerca del hecho, no en llevar a
cabo estúpidos juegos con máquinas en el agua. Las tropas se habían extendido más,
observó. Había nidos de cañones de gran calibre repartidos por la cresta y cerca de las
playas los hombres estaban cavando allí donde podían establecer un fuego cruzado sobre
los claros naturales.
Los hombres y mujeres a los que rebasaba estaban hablando entre sí ahora, no
silenciosos y eficientes como estuvieran al principio. Le miraron con suspicacia. Supuso
que el ataque de misiles les había puesto nerviosos y ni siquiera el trabajo duro de
despejar campos de fuego en medio de la bochornosa humedad les abstraía de ello.
Bajando por la rocosa Línea de la cresta, Warren resbaló en una piedra y se cayó. El
guardián se echó a reír de forma estentórea, atropellada, y le dio una patada para que se
apresurase. Warren prosiguió y vio delante uno de los matorrales con hojas que sabía
eran comestibles y, al pasar de largo, arrancó algunas y las metió en los bolsillos para
más tarde. El guardián gritó, le golpeó en la espalda con la culata del rifle y Warren se
desplomó repentinamente, golpeándose la rodilla con la raíz de un árbol grande. El
guardián le dio una patada en las costillas y Warren observó que el hombre estaba
excitado y aburrido a un tiempo. Eso era peligroso. Se levantó cuidadosamente y avanzó
por el sendero, cojeando debido al agudo dolor que se extendía por su rodilla. El guardián
le empujó dentro de la celda y le dio otra patada. Warren cayó y permaneció allí, inmóvil,
esperando, hasta que el guardián, finalmente, gruñó y dio un portazo.
Transcurrió el mediodía sin que le trajesen alimentos. Se comió las hojas. Constituían
un pobre trueque por la rigidez de su rodilla. Escuchó las órdenes impartidas a gritos y los
ruidos de los trabajos y le pareció que el campamento estaba revuelto, los ruidos iban en
un sentido y luego en el otro. No culpaba a los chinos por el modo en que le trataban. Las
grandes potencias actuaban todas de igual modo, independientemente de cuál dijeran
que era su política, y resultaba más fácil pensar en ella como en grandes máquinas que
hacían lo que estaban diseñadas para hacer antes que en puñados de personas.
Llegó la noche. Warren se había acostumbrado a no pensar en la comida cuando
estaba en la balsa y le fue indiferente que el guardián no trajese ninguna. En un momento
u otro, el achaparrado soldado sin barbilla recorrería el camino hasta la celda, miraría
detrás de la mesa que estaba volcada y vería el montón de inmundicias. Warren yacía
sobre el terreno rocoso que era el suelo y escuchaba el proceloso oleaje sobre el arrecife.
Se preguntó si volvería a soñar con su esposa. Fue un buen sueño porque se llevó todo el
dolor que ambos habían causado y dejó únicamente el olor y el sabor de ella. Mas,
cuando concilio el sueño se encontró en el lugar profundo en el que el estrépito venía
desde arriba, un sonido metálico que se fundía con el zumbido apagado que había oído
durante toda esa tarde, los sonidos se agolpaban hasta que se dio cuenta de que eran el
mismo, aunque los Espumeantes los oían como el fuerte estrépito metálico. Resultaba
difícil pensar con el estridente ruido de martillazos en la cabeza e intentó nadar para subir
a la superficie y huir de él. El estrépito prosiguió y después se produjo un estruendo más
fuerte y despertó, sintiendo que los laterales de la celda temblaban con el ruido. Dos
fugaces estallidos descendieron del cielo y una repentina luz azul se extendió a
continuación.
Warren miró a través de la malla de las ventanas y vio hombres corriendo.
No había luna pero, a la luz de las estrellas, pudo ver que llevaban rifles. Un estruendo
inusitado vino desde el norte y el oeste. Más estallidos y fuego como respuesta,
procedentes de la cresta.
Escuchó según se hacía más fuerte, después se sirvió de la luz centelleante que
entraba por las ventanas para encontrar el mapa que Tseng le había dado. Retiró la
colchoneta de dormir para dejar al descubierto el hoyo que había cavado y, sin titubear,
se arrastró dentro. Conocía bien la sensación y, en la completa oscuridad, halló la piedra
que había utilizado al final. Había estimado que sólo quedaba medio metro de terreno por
encima. Utilizar la cazuela para escarbar los últimos metros de terreno le había dejado
una impresión de la dureza que el suelo tenía por encima, pero no cedió al golpearlo con
la piedra. No había mucho sitio para oscilar, y tres fuertes golpes más ni siquiera
desprendieron terrones. Warren estaba sudando en la angostura del túnel y la suciedad
se le adhería a la cara según golpeaba el duro suelo que tenía encima. Estaba
apelotonado y lleno de rocas que le daban en la cara y rodaban por el pecho. Empezó a
dolerle el brazo y a ser presa del cansancio, pero no cejó. Se pasó la piedra a la mano
izquierda y sintió algo blando que cedía hasta que notó que no golpeaba nada. La piedra
rompió la costra y pudo ver las estrellas.
Estudió el área minuciosamente. Pasó corriendo un soldado que llevaba un trípode
para un rifle automático. El fuego atronador seguía viniendo del norte y el oeste.
Se produjo una chispa de luz muy en lo alto y Warren volvió la cabeza para mantener
su visión nocturna. Después el resplandor desapareció y una detonación sorda recorrió el
campamento. Morteros, no muy lejos. Salió del túnel y se precipitó hacia los árboles
cercanos. A mitad del camino le flaqueó la rodilla y se desplomó maldiciendo en silencio.
Estaba peor de lo que había pensado, con la rigidez debida a haber permanecido tendido
sobre el duro suelo de la celda. Se levantó y fue cojeando hasta los árboles, consciente
en todo momento del punto entre los omóplatos donde se incrustaría la metralla si
cualquiera de los hombres que corrían por el campamento, a sus espaldas, divisaba la
sombra renqueante que huía. No llegó ningún proyectil, pero brotó una llamarada cuando
alcanzó el seto de matorrales. Se arrojó en ellos y rodó para poder ver el claro. La
llamarada le había despojado de casi toda su visión nocturna. Aguardó mientras la
recuperaba y olfateó el viento. Había algo denso y rancio en éste. Era el alisio del este,
soplando persistentemente, lo que significaba que la marea estaba a punto de cambiar y
era pasada la medianoche. Como sería del este no debería haber recogido el olor del
tiroteo, por lo que el olor rancio era alguna otra cosa. Warren conocía su sabor pero no
acertaba a recordar lo que era y lo que podía implicar en relación con la marea.
Entrecerró los ojos, retrocediendo en el matorral, y vio a un hombre en el campamento
que venía derecho hacia él.
La figura se detuvo junto a la puerta de la celda de Warren. Forcejeó con la puerta y un
estallido de armas automáticas vino desde el otro extremo del campamento. El hombre
saltó para atrás, vociferó a alguien y siguió intentando descerrajar la puerta. Warren
tendió la mirada hacia donde unos destellos repentinos iluminaban el campamento con
pálida luz naranja. El tiroteo aumentaba y, cuando miró de nuevo hacia la celda, había
dos hombres y el primero estaba abriendo la puerta. Warren salió del seco
matorral.reptando, moviéndose cada vez que una ráfaga de fuego de ametralladora
sofocaba cualquier ruido que pudiera hacer. Llegó hasta una rala arboleda y se volvió.
Brotó una llamarada de fuego amarillo. Se trataba del soldado sin barbilla. Tenía la puerta
abierta y Gijan estaba saliendo, agitaba una mano, señalaba al norte. Se gritaron
mutuamente durante un momento. Warren se adentró más en la arboleda. Estaba ahora a
unos cincuenta metros de distancia y pudo ver a cada hombre descolgando del hombro el
liviano rifle que llevaba. Los sostuvieron en posición. Gijan señaló de nuevo y los dos
hombres se separaron, abarcando unos treinta metros. Iban en su busca. Giraron y fueron
hasta el matorral. Gijan venía derecho hacia él.
Le sería fácil entregarse ahora. Esperar una llamarada y adelantarse con los brazos en
alto. Había contado con alejarse más antes de que alguien viniese tras él. Ahora, en la
oscuridad y con el tiroteo, era muy probable que estuviesen nerviosos y disparasen si
veían algún movimiento. Pero mientras pensaba esto Warren retrocedió, sumiéndose en
las sombras. Peor fue lo que arrostrara en la balsa. Se alejó cojeando, tanteando en la
penumbra.
Alcanzó una hilera de palmeras y fue a lo largo de ellas hacia el norte. Se hallaba
todavía a unos quinientos metros de la playa, pero había un gran claro en el camino, por
lo que giró hacia la cresta. Las detonaciones amortiguadas procedentes del oeste le
indicaron que los chinos estaban utilizando morteros contra quienquiera que estuviese
internándose en las playas. Cinco chillidos espaciados resonaron entre el intenso fragor
de la lejana batalla.
Warren supuso que los japoneses o los americanos habían decidido tomar la isla y
tratar de hablar con los Espumeantes ellos mismos. Puede que lo intentaran con sus
máquinas y códigos propios. No obstante, debían tener noticias sobre él. Los chinos
querían retenerle o, de lo contrarío, Gijan no habría venido con el soldado. Warren
tropezó y se golpeó la rodilla con un árbol. Se detuvo, jadeando e intentando divisar si los
hombres estaban a la vista. Tras un momento de reflexión, entendió que Gijan podía
querer matarle para que no cayese en manos de los otros. Ya no podía estar seguro de
que entregarse fuese prudente.
Volvieron a oírse las cinco gélidas notas y las reconoció como una señal de
emergencia, tocadas con un silbato. Procedían de las inmediaciones. Gijan estaba
pidiendo ayuda. Con los chinos luchando contra otras tropas en el extremo opuesto de la
isla, Gijan podía no obtener una rápida respuesta. Pero la ayuda llegaría y, entonces, le
acorralarían.
Warren giró hacia la playa. Avanzó tan aprisa como pudo, sin hacer mucho ruido.
Volvió a perder el apoyo de la rodilla y, mientras se levantaba, se percató de que no iba a
causarles mucho problema. Ya le tenían cercado, ellos no tenían problemas en las rodillas
y estaba llegando ayuda. No se hallaba en disposición de dejarlos atrás. Su única
posibilidad era girar en redondo y emboscar a uno de ellos, emboscar con las manos
vacías a un hombre armado y bien entrenado. Después largarse antes de que le
descubriese el otro.
Cogió una roca y la metió en el bolsillo. Rebotaba en la pierna a cada paso. Se oyó un
rumor a sus espaldas, corrió y cayó en el borde de una zanja.
Un grito. Saltó a la cuneta. Mientras aterrizaba se produjo un fuerte estampido y algo
pasó silbando sobre su cabeza. Se empotró en un árbol del otro margen. Warren supo
ahora que no tenía objeto retroceder.
Descendió por la cuneta excavada por el agua, cada vez más profunda. Era demasiado
estrecha para dos hombres. Trató de imaginar cómo lo resolvería Gijan. Lo más sensato
era esperar a los soldados y peinar entonces el área.
Pero Warren podría haber alcanzado ya la playa. Mejor era enviar a un hombre a la
zanja y otro por entre los árboles, para interceptarle.
Warren anduvo lo que le parecieron cien metros antes de detenerse a escuchar. El crac
de una ramita al quebrarse le llegó desde muy atrás en la oscuridad. ¿A la izquierda? No
podía estar seguro. La cuneta era rocosa y ello le hizo aflojar el paso. Había algunos
buenos sitios para esconderse en las sombras, para tratar entonces de golpear al que le
seguía al pasar. De cualquier modo era mejor que en los matorrales de arriba. Aunque,
para entonces, el otro hombre se habría situado entre la playa y él.
Un guijarro repiqueteó levemente tras él. Se paró. La dura arcilla de la zanja era aquí
de tres metros de altura y pronunciada. Halló algunas raíces gruesas que sobresalían y,
cuidadosamente, se aupó. Asomó la cabeza por el borde y miró en derredor. Nada se
movía. Trepó sobre el filo y una piedra se soltó bajo sus pies. Se lanzó a cogerla. Un dolor
lacerante le afligió la rodilla y se mordió la lengua para no hacer ruido.
Los matorrales eran aquí más tupidos. Rodó hasta una arboleda, agachado y eludiendo
la luz de las estrellas. Las ramitas se le enganchaban en la ropa.
Había una posibilidad de que el hombre viniese por este lado de la zanja. De no
hacerlo, Warren podía escabullirse hacia el norte. Pero Gijan probablemente había
adivinado a dónde se dirigía y no dispondría de mucha delantera cuando alcanzase la
playa. Sobre la arena quedaría al descubierto, fácilmente divisable.
Warren reptó hasta las manchas oscuras que había bajo los árboles y aguardó,
frotándose la pierna. El viento olía mal, húmedo y denso. Se preguntó si había cambiado
la marea.
Apoyó la cabeza en las manos para descansar y sintió un músculo crispándose en su
cara. Se sobresaltó. No podía percibirlo si no le aplicaba la mano. Así pues, Tseng estaba
en lo cierto y tenía un espasmo sin saberlo. Warren frunció el ceño. No sabía qué pensar
al respecto. Era un hecho que tendría que comprender. De momento, empero, desechó la
idea y escrutó la oscuridad.
Sacó la roca del bolsillo y la sopesó; una pálida silueta se movía entre los árboles, a
cuarenta metros tierra adentro. Era un soldado bajo, sin barbilla. Warren se agazapó para
seguirlo. El dolor que le atravesaba la rodilla le recordó las patadas que el otro le había
dado, pero el recuerdo no le hizo sentir nada en relación a lo que iba a efectuar. Avanzó.
En la seca maleza, mantuvo todo el sigilo que pudo. Los chasquidos y crujidos sordos
que venían por encima de la cresta estaban amortiguados ahora, justo cuando más
necesitaba que se oyesen con fuerza. El silencio era mayor bajo los árboles y se
sorprendió al oír la ronca respiración del soldado. El hombre andaba despacio, con el rifle
dispuesto, el arma resultaba imponente a la luz de las estrellas. El hombre se mantenía
en la claridad y observaba las sombras. Eso era astuto por su parte.
La figura se acercaba. Súbitamente, Warren vio que el hombre llevaba un casco. Para
emplear la roca ahora tendría que golpearle en la cara. Eso restaba posibilidades. Pero
tendría que intentarlo. El hombre se detuvo, se volvió, miró en torno. Warren se inmovilizó
y esperó. La cabeza se giró y Warren avanzó, acercándose, con la rodilla atravesada de
dolor. La pierna tendería a doblarse cuando se levantara para acometer. Lo tendría
presente y la obligaría a aguantar. El aire estaba enrarecido y cargado bajo los árboles, y
el olor era peor. Algo procedente de la playa. El soldado era el único movimiento visible.
En la pauta inextricable de sombras y luz, resultaba difícil seguir a la silueta. Warren
alargó la mano, unió los pies y palpó algo húmedo y liso, entendiendo de súbito que la
respiración ronca y laboriosa no pertenecía al soldado sin barbilla, sino a algo que había
entre ellos.
Palpó el suelo, se llevó la mano a la cara y olió el fuerte hedor que había percibido en
el viento. Delante, a la tenue luz que caía entre dos palmeras, vio la larga forma
pugnando, impeliéndose hacia adelante con toscas piernas. Aspiraba aire a cada paso.
Era grueso y corpulento, con la piel de un gris acerado, llena de redondos orificios
redondos de tres centímetros de grosor. Warren oyó un zumbido en el aire y algo le rozó
la cara, se detuvo, y se fue. Lo siguió otro zumbido, tan silencioso que apenas acertó a
escucharlo.
Las piernas-aleta achaparradas del Pululante iban mecánicamente adelante y atrás,
tirando de su cuerpo hinchado. A la luz de las estrellas pudo ver destellos donde el fluido
manaba de los húmedos orificios. LOS JÓVENES CORREN CON HERIDAS. Otro leve
zumbido y vio, desde uno de los claros en penumbra, brincar a un ser tan grande como un
dedo, extendiendo las alas. Las batió en el aire denso y pestilente hasta alzar su pesado
cuerpo, zafándose del orificio, aleteando. Se elevó en el aire y planeó, buscando. Salió
disparado, sin dar con Warren, se adentró en la noche. Él no se movió. El Pululante
avanzó. Sus resuellos secos, roncos, captaron la atención del soldado. El hombre se
volvió, dio un paso. El Pululante hizo acopio de fuerzas y saltó.
Alcanzó al hombre en la pierna y la voluminosa cabeza giró para pillar la pantorrilla
entre las mandíbulas. Agarró, torció y Warren pudo oír la fuerte inspiración antes de que
el soldado cayese. Profirió un grito, el Pululante giró y rodó sobre el hombre. La larga
cabeza achatada ascendió y arremetió contra el vientre del hombre; el grito agudo,
estridente, quedó interrumpido de súbito.
Warren se levantó, el olor era más fuerte ahora, y observó a las dos figuras forcejeando
sobre la arena abierta. El hombre trataba de coger el rifle de donde había caído y la
gruesa pierna del Pululante le trabó el brazo. Rodaron de costado. El ser volteó sobre él,
le cubrió con un resplandor espejeante, ahogando los broncos gemidos que emitía.
Warren corrió hacia ellos y cogió el rifle. Retrocedió, quitando el seguro. El hombre se
quedó inerte y el aire escapó de él cuando el Pululante se afianzó. Giró la cabeza hacia
Warren y la mantuvo así durante un momento, para volverla a continuación y hundirla en
el vientre del hombre. Comenzó a alimentarse.
Gijan había oído los gritos y pronto estaría aquí. De nada servía disparar al Pululante
dando a Gijan un sonido que seguir. Warren se volvió y se alejó cojeando de los ruidos de
succión y masticación.
Caminó en silencio por entre los matorrales, renqueaba. El rifle poseía una bayoneta en
la boca. Si un Pululante venía hacia él, utilizaría eso en vez de disparar. Permaneció en
terreno abierto, escrutando las sombras.
De repente a sus espaldas se oyó un martilleo de arma automática. Warren se hizo a
un lado, luego se percató de que no había patrullas entre los árboles próximos a él. Se
trataba de Gijan, que mataba al Pululante a cien metros o más de distancia.
Warren estaba seguro de que los chinos desconocían que los Pululantes se
arrastraban hasta la orilla o, de lo contrario, habrían venido tras él en grupo. Ahora Gijan
estaría agitado y vacilante. Pero se sobrepondría en unos minutos y sabría lo que tenía
que hacer. Gijan correría hacia la playa, con mayor rapidez de la que era dada a Warren,
y trataría de interceptarle.
Warren oyó un ligero zumbido. Miró para arriba entre los árboles de donde procedía y
no acertó a ver nada contra las estrellas.
EL MUNDO QUE ERA UN MUNDO FALSO LOS HIZO DE ESTE MODO NO COMO
ERAN EN EL MUNDO QUE ERA NUESTRO. NO PUEDEN CANTAR PERO CONOCEN
LOS LUGARES DONDE VOSOTROS CANTÁIS UNOS CON OTROS Y ALGUNOS VAN
ALLÍ AHORA CON SUS HERIDAS. PUEDEN SER MASTICADOS POR VOSOTROS
PERO HAY MUCHOS, MUCHOS.
Algo le golpeó la garganta.
Era húmedo y se adhirió con una repentina acometida como un alfiletero. Warren lo
agarró. Se paró en seco a unos centímetros del ser cuando captó de pleno en la nariz el
rancio hedor marino. El húmedo bulto dejó correr algo por su cuello.
Levantó el rifle rápidamente, apuntó la bayoneta a su garganta y sajó, orientándose por
instinto en la oscuridad. Sintió que la punta alcanzaba al ser y giró la hoja para que
raspara, extrayendo la húmeda larva de un centímetro de longitud. Se soltó antes de que
se hubiesen hundido las púas. Manó la sangre, corriéndole por el cuello.
La enjugó con la manga y alzó la bayoneta a la luz de las estrellas. La larva era blanca
como un gusano y se retorcía débilmente en la hoja. Batía una de las alas. La otra había
desaparecido. La piel se desprendió algo más y cayó el ala. Pegó la hoja a la arena para
limpiarla y pisoteó al ser que se movía espasmódicamente en el suelo. Tenía algo
adherido al cuello aún. Se lo quitó. En la hoja se hallaba la otra ala y algunas agujas
oscuras. Las restregó contra la arena y, con súbita cólera desaforada, lo pisoteó con el
talón una y otra vez.
Estaba resollando cuando llegó a la playa. El miedo se había disipado mientras se
concentraba en permanecer lejos de las sombras, sin pensar en lo que podía hallarse en
ella. El lacerante dolor de la rodilla contribuyó. Prestó atención a los hondos ronquidos y a
los zumbidos, olfateando el aire para descubrir el olor.
Salió cojeando de la última hilera de palmeras hacia el blanco resplandor de la playa
bajo las estrellas. Podía abarcar unos cincuenta metros con la vista y no había ninguna
forma oscura saliendo del agua. Pudo oír tenues gritos al norte. Eso no le inquietó porque
no podía ir muy lejos. Se encaminó hacia los gritos, ignorando los destellos fugaces,
ondulantes de luz amarilla de una barrera de morteros y el prolongado crump que venía
tras ellos. Había lanchas motoras amarradas en aguas poco profundas con los grandes
carretes a popa, pero nadie en ellas. Cogió un remo de una. Rodeó el último saliente de
una playa en forma de media luna y vio delante el oscuro borrón de la balsa varada a
cierta distancia en la arena. Lanzó el rifle a bordo y empezó a arrastrar la balsa hacia el
agua. Grandes olas restallaban en el arrecife.
La llevó hasta el agua y se encaramó a bordo sin mirar atrás. Ganó impulso con el
remo y siguió empujando hasta que le alcanzó la corriente. Velocidad, ahora. Velocidad.
La marea acababa de cambiar. Era lenta pero crecería en unos cuantos minutos,
llevándole hasta el pasaje en los arrecifes. Cuando estuvo seguro de ello, se sentó y tomó
el rifle. Sería más difícil divisarle estando sentado, y podía afirmar el rifle contra la rodilla
buena. La garganta casi había dejado de sangrar, aunque tenía la camisa empapada de
sangre. Se preguntó si los seres voladores la olfatearían y le encontrarían. Los
Espumeantes nunca habían dicho nada referente a los seres como gusanos y ahora
estaba convencido de que era porque no sabían de su existencia. No había ningún motivo
para que los Pululantes hubiesen evolucionado algo semejante a fin de que les ayudara a
vivir en tierra. Y, con los Espumeantes expulsados de la laguna por los hombres, nada
impedía a los Pululantes que trajesen a los seres a la orilla.
Vio que algo se movía en tierra, se tumbó en la balsa y Gijan se destacó en la arena,
corriendo. Se detuvo, miró directamente a Warren y se dio la vuelta, se apresuró hacia el
norte.
Warren cogió el rifle. Gijan llevaba el arma en posición. ¿Estaba intentando
interceptarle, aunque manteniéndole con vida? Debería de haber corrido hacia el sur,
hasta las lanchas motoras. Aunque también podía haber botes al norte. Quizá Gijan
hubiese oído los gritos en esa dirección y estuviera yendo en busca de ayuda.
Warren quitó el seguro al rifle y lo puso en fuego automático. Sabría qué hacer si Gijan
le indicaba mediante alguna acción lo que pretendía llevar a cabo. Si pudiera gritarle,
preguntarle… Aunque tal vez Gijan no le había visto, después de todo. Y, aun cuando
respondiera, podía mentir. A Warren le constaba que no podía confiar en las palabras de
Gijan, ni siquiera en su silencio; eran una misma cosa.
De improviso, la figura que corría dejó caer el rifle, se llevó la mano al cuello y cayó
pesadamente en la arena. Se retorció, cogiéndose el cuello con ambas manos, y se
debatió durante un momento. Después se sacó algo del cuello, lo arrojó al agua y profirió
un sonido de terror. Gijan se puso en pie y trastabilló. Todavía se aferraba el cuello con
una mano, pero se volvió buscando el arma. Parecía aturdido. Alzó la cabeza y su mirada
fue más allá de Warren para retroceder luego. Esta vez, sin lugar a dudas, Gijan había
visto la balsa.
Warren deseó poder interpretar el semblante del hombre. Gijan titubeó sólo un instante.
A continuación, cogió el arma y giró al norte. Dio algunos pasos, Warren apuntó
rápidamente, sin pararse a pensar, Gijan estaba volviendo el rifle. Produjo un brillante
destello amarillo, y Warren disparó una ráfaga. Alcanzó a Gijan en el hombro y en el
pecho, haciéndole rodar. Los destellos dejaron de salir del arma de Gijan y Warren se
sorprendió del fuerte tabaleo de su arma, pero lo mantuvo sobre la figura que se
desplomaba, rodando una y otra vez hasta no ser más que un bulto fláccido de harapos y
sangre.
Warren bajó el rifle lentamente, jadeando. En absoluto había pensado en matar a Gijan,
aunque acababa de hacerlo, sin detenerse en su momento a sopesar si debía actuar de
ese modo, y eso era lo que le había salvado. De haber disparado Gijan algunos cartuchos
más, habría sido suficiente.
Volvió a atisbar la playa. Voces. Cerca. Había un poco de mar corriendo aún contra la
resaca, si bien la marea se estaba imponiendo ya y le llevaba hacia dentro. El pasaje era
una mancha oscura en la blancura rizada del oleaje.
Tenía que alejarse deprisa ahora porque los hombres que estaban al norte se estarían
dirigiendo hacia los disparos. Izar la vela les proporcionaría un blanco. Debía aguardar a
que la corriente, lenta y constante, le llevase.
Algo golpeó el fondo de la balsa. Se repitió. Warren se puso en pie y afirmó el rifle. La
tablazón entrechocaba según se internaba en las aguas picadas, próximas al pasaje. Un
ser grande y oscuro emergió y describió un giro enorme. Los ojos le miraron y las piernas,
que habían crecido partiendo de las aletas, pugnaron contra la corriente. El Pululante dio
una virada, volteó en los remolinos del pasaje y se sumergió, girando la descomunal
cabeza hacia la orilla. La laguna se lo tragó.
Warren utilizó el remo para desencallar la balsa de las rocas. El oleaje rompía a cada
lado y las profundas franjas de la corriente succionaron la balsa con ímpetu inusitado.
Warren oyó un grito a sus espaldas, un grito aislado, estridente, lleno de sorpresa. El
fragor de la contienda resonaba más allá de la cresta y se perdió en el batir de las olas
que corrían con fuerza delante de un viento del este, y él salió al océano oscuro, con la
balsa elevándose velozmente y cabeceando al adentrarse en el mar encrespado.
Un fuerte estampido. Una lancha motora venía por detrás a gran velocidad. Warren se
tendió en la balsa y buscó el rifle a tientas. Otro disparo pasó silbando por encima de su
cabeza.
Aquí afuera le cogerían, sin duda. Apuntó hacia el lugar en el que estaría el piloto, pero,
con el veloz oleaje, sabía que fallaría. Se produjo una descarga corta de restallante fuego
de armas automáticas. Oyó cómo pasaban de largo los disparos, a distancia. Aunque no
tenían que hacer puntería si disponían de suficiente munición.
La balsa viró a babor y la lancha giró para seguirla. Warren reptó hasta el borde, presto
a deslizarse si se acercaban demasiado. Era mejor que ser reducido, incluso con los
Pululantes en el agua.
La balsa gemía y se bamboleaba en el oleaje, mar adentro. Él alzó el rifle para apuntar
y entendió que llevaba todas las de perder. Vio el chispazo de la boca de un arma y la
cubierta le lanzó astillas desde el lugar donde hicieron blanco los disparos.
Warren aguzó la vista, entrecerró los ojos para enmarcar la diana y vio que algo
brincaba inopinadamente por la proa de la lancha. Era de gran tamaño y fue seguido de
otro, gravitó frente al piloto y se lanzó por encima del parabrisas en un movimiento único.
Acometió a los hombres que estaban allí. Gritos. Una forma blancoazulada arrojó a un
hombre por la borda y derribó a otro de un golpe. La lancha viró a estribor. Desde este
ángulo, Warren distinguía al piloto, asiéndose al volante y agazapado, para eludir la
restallante cola del Espumeante. El bote cabeceó, se refrenó en la mar picada y su motor
rugió.
Se produjo una detonación del arma automática. El Espumeante brincó y fustigó al
hombre con la cola. Warren se levantó de un salto y se balanceó contra el oleaje para
afinar la puntería. Disparó al hombre dos tiros rápidos. La figura trastabilló, el Espumeante
le golpeó con fuerza y cayó por la borda. El piloto miró hacia atrás y vio que estaba solo.
El Espumeante dejó de colear y se quedó inmóvil. Warren no dio tiempo al hombre a
pensar. Disparó a la mancha oscura que estaba al volante hasta que desapareció. La
lancha quedó en silencio. Nada se movía.
De la costa llegaban gritos distantes pero no se oía ninguna otra embarcación. La
lancha se alejó. Zozobraba. Warren pensó en el Espumeante que yacía muerto en ella.
Trató de alcanzar la lancha, pero las corrientes los separaron aún más. Pronto se perdió
en la oscuridad y la isla misma fue convirtiéndose en una sombra que emergía del mar.
2
Al mediodía del día siguiente, tres grandes cazabombarderos hendieron el cielo con su
atronar. Más tarde, aquella formación cruzó el cielo durante horas, alta e inaudible.
Él había rodeado la isla en la oscuridad, izado la vela desgastada, navegando luego
para distanciarse. Tenía el mapa de Tseng. Los sedales estaban todavía en la balsa con
sus anzuelos. Al rifle no le quedaban cartuchos en el cargador, pero la bayoneta haría
bien las veces de un arpón.
Al amanecer, picó un pequeño atún. Se escapó cuando lo recogía. Confiaba en que
habría más ahora que los Pululantes estaban yendo a tierra y no los capturaban.
Pescó un pez pequeño al mediodía y otro al filo de la puesta del sol. Durmió la mayor
parte del día, bajo el disco frío y tibio del sol. El oleaje y las astillas rotas le hacían difícil el
estar tendido de espaldas.
Por la noche, se produjo un repentino resplandor anaranjado que se reflejó, distante, en
las nubes próximas al horizonte. Luego se redujo a un destello al ir apagándose el color
hasta extinguirse por completo. Más tarde, resonó un estampido ensordecedor. Hubo más
explosiones de luz, atenuadas.
En lo alto, gran cantidad de ascuas plateadas surcaron suavemente el firmamento. Una
por una se desvanecieron para convertirse en luminosas chispas amarillas o de un azul
intenso. Eran satélites logísticos. Desaparecieron poco después.
Despertó al amanecer y escrutó el cielo para hallar la fina hebra plateada que ascendía
hasta la oscura bóveda superior.
Ahora se curvaba sobre sí misma. Warren bajó la mirada hacia el alba, protegiéndose
los ojos, y encontró otra pálida raya mucho más abajo, donde no debía haber nada.
El Gancho del Cielo estaba roto. Parte de él apuntaba hacia arriba mientras que la otra
caía. Alguien lo había partido en dos.
Durante largo rato contempló el descenso de la tenue banda. Finalmente, lo perdió en
la luminosidad al alzarse el sol. Había hombres y mujeres, ingenieros que trabajaban en el
extremo inferior del Gancho del Cielo. Y trató de imaginar lo que era caer sin esperanza
desde tan lejos y durante tanto tiempo, para arder a continuación en el aire cual una
estrella fugaz.
Se le había hinchado la rodilla y no podía estar de pie, por lo que se tendió a la sombra
de la vela. En la herida del cuello sentía palpitaciones y se había formado la costra azul
de una postilla.
No la tocó.
Le entró fiebre y sudó, delirando. Vio a su mujer que caminaba hacia él por las olas
encrespadas, la llamó con la lengua pastosa. Después se halló en la laguna, flotando
perezosamente, contemplando la cascada de los rayos de sol que retozaban sobre él
mientras en su oído resonaba el rrrrrrr de un motor.
No había nada que temer, barruntó. Pasar un rato nadando así en las aguas brillantes,
después un poco de descanso y una bebida fría, con cubitos de hielo, y comida.
Crujientes tostadas, untadas de mantequilla, y un filete bien veteado de grasa, luego
picadillo de carne de vaca en lata con patatas bien doradas, y té helado, mucho té, jarras
enteras para beberlo a la sombra.
Más tarde dejó de sudar y reposó. Pasó un banco de peces y capturó uno, lo raspó, lo
destripó y se lo comió, todo en cuestión de un minuto. Algo más tarde, pescó otro y pudo
empezar a pensar.
Preguntaría a los Espumeantes sobre las larvas, resolvió, aunque probablemente no
serviría de nada. Estaba seguro de que no eran propias de los Espumeantes.
Se acordó de las hojas en las que había escrito hacía mucho, de las abstrusas ideas.
Los Espumeantes aborrecían a las máquinas que se habían introducido en sus aguas
nativas. Averiguaron cosas sobre ellas en los largos años de viaje, trasladados, nutridos e
investigados por objetos que zumbaban y trepidaban y, no obstante, carecían de auténtica
vida. No se asemejaban a la vida que surgía de la nada, floreciendo dondequiera que los
elementos químicos se encontraban y la luz del sol irrumpía a través de un manto de gas.
Su odio les había hecho superar una larga travesía. Así pues, cuando vieron los barcos
simples y ruidosos de los hombres, los odiaron también.
Las máquinas debían de contar con ello. Lo habían planeado. Fácil. Qué fácil.
Siguió pescando, mas no capturó nada.
Esa noche hubo más destellos anaranjados al oeste.
Luego, en las horas previas al amanecer, viéronse objetos que atravesaban el cielo.
Formas que surcaban la negrura, captando la luz del sol según trasponían la sombra de la
Tierra.
Se estaban acercando a gran velocidad, repitiendo las órbitas en menos de una hora.
Eran enormes, irregulares, de superficie granulosa y parcheada. Para que a Warren le
fuese posible ver sus rasgos tenían que ser mucho más grandes que las naves que
habían traído a los Pululantes y Espumeantes. Del tamaño de asteroides.
Ninguna defensa se elevó para salir al encuentro de las formas. No quedaban satélites
militares. Ningún láser de alta energía. Ningún arma emisora de partículas. Ninguno de
los aparatos que habían mantenido la paz nuclear entre los humanos durante medio siglo.
Las naves absorbían la luz del sol y devolvían un fulgor gris insólito. Ante la mirada de
Warren, empezaron a abrirse. Se disgregaron pedazos y cayeron, separándose una y otra
vez mientras cruzaban el cielo.
Con el alba, la luz retornó al cielo. El océano aparecía descolorido en torno a la balsa.
En las inmediaciones las aguas eran pálidas con un azul intenso.
Había algo debajo de él. Algo que se movía.
¿Una máquina? ¿Procedente de las naves grises?
Pero no llevó a cabo ninguna actividad.
Él sondeó con un palo. Ninguna resistencia. El mar estaba en calma y, al cabo de un
rato, pudo apreciar que la balsa no se estaba moviendo, no seguía el empuje constante
de las olas.
Lo que había debajo le mantenía en el mismo sitio.
Tenía que arriesgarse. Se asomó velozmente por el costado y hundió la cabeza. Una
especie de cuerda discurría desde el centro de la balsa hasta algo blanco. Algo sólido.
Una fosforescencia ambarina lo cruzaba en ondas.
Lo observó durante una hora y no se movió, no se alzó ni se alejó a la deriva.
Ningún pez se aventuraba cerca. Si permanecía aquí de esta manera se moriría de
hambre.
El rifle estaba inutilizado, pero cogió el cuchillo. Se zambulló y buceó con rapidez. Se
sentía menos vulnerable bajo la superficie.
Los reflejos engañaban a la vista. Estaba a mayor profundidad de la que había creído,
era más grande, y lo alcanzó a duras penas.
Le ardían ya los pulmones. Las facetas de las perladas paredes estaban recorridas de
dibujos. Girando, miró a través de ellas y vio suelos y niveles al otro lado. Nada se movía
en el interior.
Más abajo había un agujero y nadó hacia él, constriñendo la garganta. Tenía que echar
un vistazo a la parte inferior, tenía que vislumbrar el motor, o la hélice impulsora o lo que
quiera que lo desplazase. Al girar bajo el borde agudo del orificio se enderezó,
escudriñando una orla de luz refractante, y su cara emergió al aire.
Jadeó. Se trataba de una cavidad enrarecida, ubicada entre niveles. Flotó durante un
momento, intentando discernir las imágenes indistintas que le rodeaban, confundido por la
líquida interacción de agua y luz. Las paredes traslúcidas, fundían unas plateadas
vaharadas de aire con haces ondulantes de verde luz solar.
No había nada mecánico. Nadó rebasando los confines abombados, borrosos. Las
superficies eran uniformes, de una blandura que oponía resistencia al ser oprimida.
Algunas eran curvadas, otras planas. Halló un saliente y se encaramó a él.
Descansó, circundado por un juego de luces de jade. Vio que la materia blanca que
configuraba las paredes estaba compuesta de bloques, casi sin junturas, del tipo de los
que habían sido arrastrados hasta la isla, los que Tseng le había mostrado. El saliente era
estrecho y desigual. Reptando por él alcanzó una pared baja que pudo escalar. Al otro
lado había un suelo liso, con orificios esporádicos de casi un metro de ancho. Al otro lado
de éstos, más.
Exploró el laberinto durante mucho tiempo, con cautela, deslizándose por corredores
lisos, angostos. No parecía responder a estructura alguna, reduciéndose a sinuosos
pasajes y estancias pequeñas. Aproximadamente un tercio de la construcción total
contenía aire. Había conductos llenos de agua que atravesaban algunas habitaciones
irregulares en una especie de lógica curvilínea.
Se abrió camino ascendiendo, siguiendo los pozos de sombra que bajaban a través de
las paredes lechosas. Encontró equipamiento, arramblado descuidadamente en pilas,
empapado. Restos de naves, retorcidas superestructuras, chatarra electrónica, válvulas y
tubos y cables. Un montaje completo de combustión. Había un equipo de radio al
completo, compacto, hermético al agua, intacto y dotado de batería de emergencia. Un
buen aparato de navegación, con bandas de alta frecuencia.
Los despojos estaban sin clasificar, diseminados por una larga habitación que contaba
con más aberturas redondas en el suelo. No había indicio alguno de cómo éstos habían
llegado hasta allí.
Manipuló la radio durante un rato. Faltaba un cable de transmisión en cadena, pero
consiguió uno por allí cerca, lo empalmó y la hizo funcionar. Resultaría pesada, pero quizá
podría llevarla a la balsa. Escudriñó el grueso cable que ascendía hasta la balsa.
Ahora descendían oblicuamente verdes dedos de luz solar: el crepúsculo. Halló un
orificio en el suelo que se extendía a lo largo de diez metros y daba luego a la pared
exterior de la estructura. Inspiró hondo durante dos minutos, llenándose la sangre de
oxígeno, se deslizó a través de él, descendió por un tubo ancho y emergió a continuación
al exterior, a las aguas abiertas. Una vez que se vio libre, desapareció la opresión en el
pecho y abrió la boca, dejando salir el aire. Mientras ascendía, la presión del océano
disminuyó y recibió más aire en lo que parecía una fuente interminable que ascendía
hacia la balsa en gruesas burbujas vacilantes.
El oleaje lamía la rechinante tablazón. Brincaban los peces y el horizonte era una línea
diáfana. El mar se estaba recobrando de nuevo tras la prolongada estancia de los
Pululantes, los bancos de peces regresaban, florecían. Ahora podía vivir aquí.
Cogió sus sedales y el rifle y se zambulló, llevándolos abajo, volviendo a entrar en la
construcción. Según menguaba la luz, los bancos de peces se congregaban en las
aberturas cubiertas y los conductos. Les largó los sedales y capturó tres.
Se hizo la oscuridad rápidamente. Se tendió en el suelo. Había aire suficiente en el
laberinto para pasar la noche, y mucho tiempo para pensar mañana. Dormitó intranquilo y,
por la noche, sus pensamientos fueron febriles.
No se habían producido más destellos en el horizonte. Así pues, había concluido un
episodio, consideró. Azuzar una especie de vida contra otra. Trastornar el precario
equilibrio y dar a los humanos lo que al principio estimaron una simple lucha contra algo
proveniente del mar.
Los hombres habían hecho lo que siempre realizaban en grupo y, de alguna forma, la
cosa se les había escapado de las manos. Y, asimismo, habían destruido el Gancho del
Cielo.
Todo sin saber que, en alguna parte, algo deseaba que la vida exterminara otra vida y
que cada una de las formas de vida abatiera a la otra. Allanar el camino a las naves grises
que ahora se arrojaban al mar, lejos de las fútiles batallas que asolaban los continentes.
Algo se movía al otro lado de las paredes. Se despertó al instante, rígidos los músculos, y
escrutó los pozos perlados de luz cercanos. El aire y el agua se fundían, captando el
fulgor frío del alba, engañando a la vista.
Ahí. Movimientos rápidos, fugaces. Espumeantes. Entraron por los conductos de agua,
nadando hasta las proximidades de su habitáculo. Y, de alguna forma, estos
Espumeantes conocían la época precedente, conocían el dificultoso avance paulatino,
conocían la paciencia que exigía.
Llevó horas comprender y, más aún, ordenar las palabras. Habían traído algo que
creían que, probablemente, serviría como utensilio para escribir. La tosca pluma apenas
hacía rasguños en las páginas grasientas, arrugadas, que le dieron. Escribió, ellos
respondieron e intentó ver a través de la abigarrada retahíla de palabras.
LAS COSAS GRISES FLOTAN A LO LEJOS. EXTRAEN MINERAL DEL MAR, SUS
FACTORÍAS RETUMBAN, PODEMOS OÍRLOS. SUS RUIDOS, ATRAPADOS EN
LARGOS PLANOS DE AGUA, RECORREN LARGAS DISTANCIAS. HACEN MÁS
COPIAS DE SÍ MISMOS. LOS PULULANTES HAN IDO A TIERRA, LAS COSAS GRISES
CREEN QUE ESTÁN A SALVO.
Warren sabía que era hombre huraño, sin interés en la conversación, nunca cordial con
los compañeros de tripulación, sintiéndose cómodo solo con su esposa, y eso meramente
durante unos años, antes de que el telón gris descendiese entre ambos. Había un vacío
en su interior, eso también lo sabía, sin sensación de vergüenza o pérdida, no una
carencia sino un espacio en blanco. Una ausencia que le aprestaba a escuchar el susurro
del viento y el batir de las olas y, debido a la propia ausencia, a escuchar auténticamente,
sin considerarlos ya como fondo del incesante platicar demencial del hombre, sino como
una canción separada, el hálito del planeta. Era por esto que prestaba atención a lo que
los Espumeantes y las cosas denotaban y mostraban. Lo expresaba en palabras porque
era irreductiblemente humano y el escribirlo constituía un modo de establecerlo, de asir
las cosas con palabras. Y la ausencia le había salvado, los años de silencio interior
habían gestado una quietud interior que era sólida ahora, pétrea.
CREEN QUE ESTÁN A SALVO. CREEN QUE SÓLO QUEDAMOS NOSOTROS,
ATRAPADOS EN ESTE NUEVO MUNDO. TE TRAEMOS INSTRUMENTOS.
CONOCEMOS LAS AGUAS. LAS MÁQUINAS GRISES SE ESTÁN MOVIENDO AHORA,
NO SIENTEN, NO PUEDEN SABER. NO PUEDEN DEGUSTAR LAS AGUAS.
Esa tarde, los Espumeantes transportaron al interior más restos de naufragios,
izándolos torpemente en plataformas de cuerda que habían elaborado, cuadrillas enteras
compartiendo el peso. Los examinó, clasificando y meditando. Más tarde, le trajeron
pescado para comer.
Estaba atareado con una antena, fabricándola con cables, cuando la luz se extinguió
bruscamente. Al mirar hacia arriba, una larga sombra se proyectó contra la balsa. La parte
interior era un amasijo de tablones y maderos.
Se sujetó a su balsa y Warren se preguntó vehementemente si podía proceder de las
naves grises, algo hecho para flotar y encontrar supervivientes. Se agazapó entre los
motores y piezas, mirando hacia arriba, sin acertar a ver a ningún Pululante.
Algo golpeó el agua y se abrió en una cascada de burbujas. Giró, braceó y Warren vio
de repente que se trataba de una mujer, nadando en torno a la forma grande,
inspeccionándola desde abajo. Tiró de algo, lo encontró firme y prosiguió. Miró hacia
abajo, dejó de desplazarse y permaneció allí, mirando. El tuvo la sensación de que ella
estaba mirando a través de los lechosos bloques de luz y podía verle. Justo antes de
quedarse sin aire, ella hizo un gesto, una señal breve, brusca y se lanzó hacia arriba,
soltando el aire a bocanadas.
Gente. Otros hombres y mujeres que habían aprendido a vivir en el mar. Restos.
Un Espumeante se dejó ver indolentemente ahora, luego aparecieron más, y Warren
entendió que habían guiado a esta gente en su gran balsa, que los habían conducido
hasta aquí.
La reunión de un hatajo de supervivientes y alienígenas sin manos, a la deriva en un
océano infestado ya por las máquinas grises.
De poco dispondrían para trabajar. Naufragios. Pecios. Acaso de algunas naves que
huían del continente, donde la muerte todavía se estaba propagando. No obstante, podían
elaborar cosas.
Estaba convencido de que si extendía una antena por la balsa, la radio podría alcanzar
la órbita profunda de las estaciones espaciales y establecer comunicación, si es que aún
había alguien con vida.
Tendría que fabricar una antena parabólica, para emitir en un cono reducido, sin ningún
lóbulo lateral. Si mantenía las transmisiones en onda corta, la única posibilidad de ser
detectado era que uno de sus vehículos orbitales atravesase el cono.
Incluso de no ser así, debía haber más humanos en el mar. Tendrían que ser
precavidos para evitar que les detectaran.
Los aparatos grises esperarían hasta que acabase la lucha en tierra. Entonces se
pondrían en movimiento. Habrían de iniciar la marcha, prestos a tomar la tierra firme.
Aunque, primero tendrían que cruzar el océano restante, y ahora era un mar con
Espumeantes en él y hombres sobre él. Vida que había luchado y perdido, que había
luchado de nuevo y persistido en silencio, mirando hacia adelante y, por instinto, había
buscado otra vida. Que aguardaría todavía cuando las cosas grises volvieran a ponerse
en movimiento. Vida todavía poderosa y que formulaba preguntas como hace siempre la
vida. Y que era todavía peligrosa y seguía surgiendo.
Se acabó el pescado mientras esperaba. En breve, el cielo plateado de arriba se
quebró en joyas y la mujer chapoteó a través de las burbujas, buceando vigorosamente.
Describió círculos, investigando. Incluso a esta profundidad, él sentía el lento discurrir de
las olas que hacía crujir la construcción.
Él se puso en pie. Ella le vio y agitó la mano. Súbitamente emocionado, extendió los
brazos en el aire, haciendo señas alocadamente. Gritó, aunque sabía que ella todavía no
podía oírle.
DÉCIMA PARTE – VIRUELAS
1
Hacia abajo, en un océano de luz. El sumergible era un huevo de pascua brillante,
vistoso, con lentejuelas de luces irisadas. Difundía un fulgor tenue sobre las voluminosas
vertientes de hielo de dióxido de carbono que amurallaban el orificio. Los motores
vibraban. En la angosta cabina, el aire era gélido y la presión subía.
El análisis de reconocimiento del Lancer había localizado docenas de zonas calientes
en la superficie. Eran grietas en las capas de hielo, donde las corrientes calientes de
debajo se habían abierto paso por las fallas fracturadas de los continentes de hielo. Las
cadenas montañosas de hielo y roca se movían y desplazaban con gravidez tectónica,
quebrándose, plegándose y disgregándose.
Esta luna era más grande que Ganímedes. Debajo de su piel de hielo circulaba un
enorme volumen de aguanieve y líquido. En el centro, un núcleo de roca y metal se iba
calentando con la descomposición de los elementos radiactivos. La Tierra misma adquiría
la mayor parte de su color interno de la descomposición del radio y el uranio. Aquí, el
calor de abajo buscaba una salida, actuaba sobre el fino casquete esférico de hielo, se
difundía hacia arriba, hallaba una abertura acá, un debilitamiento allá, y, por último,
emergía a la superficie en una efímera victoria.
Cuando el flujo irrumpía con fuerza, los líquidos que escapaban erigían volcanes.
Desde sus coronas y laderas, el vapor ascendía incesantemente. Creaban llanuras
jalonadas de lagos cuando menguaban las corrientes. Las cuadrillas de tierra habían
elegido un manantial en calma, para no tener que luchar contra fuertes turbulencias
cuando el sumergible descendiera en su búsqueda.
La abertura se ensanchaba según procedía la inmersión. A la luz de los proyectores
ambarinos, pasaban de largo fragmentos de hielo a la deriva. Descendieron varios
kilómetros a través de soluciones de amoníaco, aguanieve de dióxido de carbono,
cristales de metano, y resplandecientes cascotes de detritus. La rotación de la luna
agitaba los granos de las rocas, manteniéndolos en suspensión liviana como una rielante
cortina delante de las luces encendidas.
Alcanzaron una zona de agua razonablemente pura. Carlos desplegó un saco enorme
y lo enfiló con la corriente. Se rizó, llenándose; era resistente a pesar de tener únicamente
una molécula de grosor. Carlos enseñó a Nikka cómo enganchar flotadores al extremo del
saco en tanto que operaba el tablero. Halló una fuerte corriente ascendente. A una
indicación suya, ella soltó los flotadores y el saco autosellado. Conducido por los
flotadores, ascendió por la abertura. Emergería a la superficie del lago, sería arrastrado a
la orilla y un espectrómetro de masas separaría el raro deuterio. Los motores de fusión del
Lancer podían hacer arder el deuterio, como apoyo a las reacciones que se producían en
la antorcha de fusión.
—Un registro elevado en los detectores de impurezas —observó Nigel.
—Hay todo un corolario de sustancias ahí afuera —murmuró Carlos. Había guardado
silencio desde la inmersión. Tenía el rostro crispado por pensamientos en conflicto y
mantenía su atención puesta en la compleja media luna del tablero de control.
—¿A qué se asemeja? —Nikka se había adelantado después de liberar los flotadores
manualmente.
—A un caldo de pollo, en efecto. O el equivalente de Ross 128 —repuso Nigel desde la
litera de pared en la que yacía.
—La Sección Científica va a bajar dentro de unos días para tomar muestras de
profundidad —dijo Carlos.
—Es interesante. Hay sustancias de gran peso molecular. Y radicales libres, también.
—Este agua es demasiado fría para producir radicales libres espontáneamente —
remarcó Nikka—. No existe ninguna fuente de energía.
—Cierto. —Nigel frunció el ceño—. Os imagináis…
—Carlos, quiero hablar con esos pasajeros tuyos.
—Es la quinta vez que llama —anunció Carlos. Nigel bostezó.
—Pobre tipo. Pregunta si hay novedades.
—Ted, esta situación está realmente fuera de control y deseo hacer lo que es…
—Lo sé. Ese arrebato que os ha embargado a todos, realmente ha puesto en tela de
juicio tu lealtad. Lo sé, Carlos.
Nigel susurró.
—Suena muy sensato y condescendiente. Es un hombre de recursos este Ted.
Nikka sonrió y le hizo callar.
—Es un maravilloso actor. No lo había apreciado hasta ahora.
Carlos había hablado poco en la última hora. El alivio de conversar con un tercer grupo
le había hecho franquearse.
No podía ocultar su confusión e incertidumbre, mas esto aparecía como una resistencia
a responsabilizarse de sus actos; o así lo interpretaría Landon, supuso Nigel. Landon
escuchaba y conferenciaba con el director de la Operación ‘Viruelas. Los equipos de
superficie estaban enojados por la violación de las reglas y el posible daño —
principalmente al equipamiento; bueno era recordar lo que resultaba reemplazable— en el
caso de que Carlos encallase.
Aunque, si se mantenía apartado de las paredes de la abertura, tenía sentido dejarle
seguir adelante, localizando corrientes de agua pura y llenando los sacos como lágrimas.
Landon conferenció un poco más y aprobó provisionalmente que Carlos siguiese abajo. Si
algo cambiaba, o se deterioraba el estado de Nigel, sin embargo…
—He traído un filtro conmigo —intercaló Nigel.
—Me estaba preguntando cuándo iba a tener noticias del gran personaje. Debo decir
que esto está en concordancia con toda tu carrera. Cuando estás bajo presión, te
desmoronas.
Había una caballerosa gelidez en la voz de Landon. Ambos, por supuesto, estaban
hablando en beneficio de cualquier revista de a bordo en el futuro.
—Estoy atravesando una fase de transición, diría más bien. Atemperándome. Se trata
de un proceso maravilloso. Mitiga las flaquezas. Reduce las tensiones internas.
—Bien, aguardaremos hasta tu votación obligatoria. No creas que el consenso no vaya
a tener en consideración esta escapada.
—Yo he venido con él, Ted —dijo Nikka—. ¿Quieres silenciarme a mí también?
—No te comprometas —le interrumpió Carlos—. Ted, espero que entiendas que ella
está muy trastornada y que realmente no…
—Me hago cargo. Bueno, podría haberme pasado sin esta rodaja de porquería que me
has puesto en el plato, Nigel. Las cosas están revueltas aquí de por sí, debido a las
noticias de la Tierra. Ahora estamos esperando una actualización y tendré que
replantearlo todo si…
—¿Qué noticias hay? —preguntó Nikka.
—Estamos recibiendo una onda transportadora desigual. Más actividad termonuclear,
al parecer. Los satélites logísticas parecen haber corrido la suerte que todo el mundo
predijo, anulados completamente. Hay también informes de vehículos alienígenas en
órbita. Algunos están amerizando en los océanos.
—Dios mío —dijo Nikka quedamente.
—Sí. Y Nigel escoge este momento para sacar a relucir una de sus…
—Eres algo desdeñoso con la causalidad, ¿no te parece? —repuso Nigel con
aspereza—. Tú ya tenías señales de advertencia sobre la situación en la Tierra, se ha
estado fraguando durante una semana. Por lo que pensaste en meterme en una cámara
mientras todo el mundo estaba distraído. No es accidental que todo esté ocurriendo a la
vez. Sólo que no está saliendo como habías planeado, ¿verdad?
—Paranoide, Nigel, auténticamente paranoide.
—Está por ver. Si nos quedan amigos ahí que voten por mí…
—¿Después de esto? No apuestes por ello.
Nigel hizo una mueca de irritación.
—Esta charla no sirve de nada. Carlos, ¿qué es lo que hay en el sonar? Una estructura
grande en el cuadrante izquierdo.
—Cierro la transmisión —masculló Carlos. El trabajo tenía prioridad sobre todo lo
demás. Viró para ponerse a babor de una corriente descendente.
—Eso lo has hecho para cortarle la comunicación —repuso Nigel amablemente—. No
hace falta que nos aislemos de todo.
—Si chocamos con uno de esos icebergs…
—Eso no significa que tengamos que mantenernos alejados varios kilómetros. Bien
podemos explorar un poco mientras estamos esperando al verdugo.
—Nikka, ¿te importaría desplegar una bolsa? Estamos obteniendo buenos porcentajes
aquí.
Ella retrocedió hasta los mandos. Los bastidores de los flotadores y los sacos estaban
esmeradamente ordenados en el gran pañol que ocupaba la mayor parte del volumen de
la nave. Operó los grandes controles que estaban en la parte frontal del pañol.
—¡Fuera! —Se oyó un dump seguido de un uuuush a modo de respuesta.
Carlos asintió con la cabeza. Nigel avanzó hasta el asiento del copiloto y se arrellanó
en él, estudiando el tablero. Le recorrió una cosquilleante sensación. Carlos se inclinó
sobre los controles dispuestos en media luna, ensimismado. Había mostrado unas
respuestas típicamente masculinas durante la charla con Landon. Sucedía así con
frecuencia cuando la conversación implicaba sobre todo a hombres; cada uno estaba
ansioso por decir algo, esperando a que el otro acabase para tener la preciada
oportunidad de imponer su criterio personal. Nigel lo había hecho con la frecuencia
suficiente para reconocer el modelo. Pero lo nuevo para él era, de hecho, el reconocerlo.
Se había pasado la vida dirigiendo, manipulando la conversación del modo en que quería
que se desarrollase. Delimitando, siempre delimitando. Había otras formas de proceder,
senderos menos fatigosos. Ésos los había aprendido lenta, gradualmente. El hecho de
que Carlos mostrase signos reconocibles significaba que extraía por sí mismo una
sensación de identidad. Bien. Aunque ello prometía problemas en las próximas horas.
—¿Lista para soltarlo? —dijo Carlos.
—Cierre desplegado. Uno, dos, ya. —Nikka se dirigió a la parte delantera,
restregándose las manos en el suéter carmesí.
—¿Te importaría girar un poco al noroeste? —preguntó Nigel afablemente.
—¿Para qué? La corriente está discurriendo hacia el cuadrante mayor.
—Hay un espectro óptico procedente de allí.
—¡Ah! Vale.
Hacia la tiniebla. Se sumieron en la oscuridad, con el gemido servicial de los motores
como un lamento agudo, estridente, en el que apenas si reparaban. La oscuridad les
atenazó y sustrajo toda sensación de dirección salvo la presión de la gravedad
amortiguada de Viruelas. Buscaron un destello, pero en las cambiantes corrientes el
vehículo no lograba mantener el rumbo.
Constituía una de las sutiles ironías de la historia, pensó Nigel, que este vehículo fuese,
a la postre, el resultado clásico del arte de la guerra, restringido. Los submarinos se
habían convertido en los portadores de la muerte termonuclear casi un siglo antes. Las
superpotencias construyeron sofisticadas naves que podían resistir inmensas presiones,
buscar a cualquier enemigo, sobrevivir y rastrear en una oscuridad extrema. Cuando
fueron exploradas las lunas jovianas, fue natural utilizar semejante tecnología para
penetrar la costra de hielo, hurgando en los mares que se hallaban bajo la misma. El
emparejamiento entre la guerra y la ciencia continuaba, a pesar de ocasionales disputas
domésticas. Así pues, el Lancer había transportado un equipo de sumergibles, para el
caso de que los océanos abiertos fuesen escasos en los planetas y tuvieran que penetrar
en una luna.
Entrecerró los ojos ante la tenebrosa negrura que tenían ante ellos. Sabía, con
terminante certidumbre, que esto era todo lo lejos que iba a ir. Había resistido durante un
tiempo, pero ahora se estaba cansando. Unas cuantas horas, un gesto desdeñable de
desafío y, seguidamente, un regreso triste, amargo.
Al carajo, pensó inusitadamente, no voy.
Había algunas cosas que un hombre no estaba dispuesto a hacer.
2
Buscaron durante horas. Comieron, discutieron, tomaron muestras, desplegaron sacos
y los mandaron arriba por la abertura, arrastrados por armazones de flotadores.
Hablaron atropelladamente, sin lograr ningún progreso ostensible. Nigel se había
hallado en un triángulo profundamente conflictivo con anterioridad, y reconoció algunas
pautas antiguas. Se le antojó que iba en pos de estas complejas geometrías emocionales
porque le contrarrestaban algo de la presión de la exigencia, permitiéndole soñar y
solazarse, centrado en sus propios estados internos. No era uní revelación del todo bien
venida. Pero el que llegara en las postrimerías de una vida implicaba al menos que
también podía aceptar esta verdad, pues ahora era, con toda evidencia, demasiado tarde.
Entonces se rió de sí mismo, lo que provocó una burlona mirada de Nikka, quien
probablemente sospechaba el porqué, dado que ésta era asimismo una manera
convenientemente intelectual de escapar a la presión del cambio. El autoconocimiento
que llega demasiado tarde libera su inercia. Volvió a reírse.
—Estoy recibiendo mucha mayor cantidad de esa sustancia molecular —dijo Carlos
hoscamente.
—Más adentro, entonces —repuso Nigel—. Explórala.
—¡Maldita sea, no recibo órdenes!
—Estaba sugiriendo…
—Tú siempre estás “sugiriendo” y “aconsejando”, ¿no es cierto?
—Tienes toda la razón. No diré nada.
Carlos titubeó, enojado aún. Al haber cedido Nigel tan fácilmente, no le restaba más
que decir. Se ocupó con el tablero de control y, al cabo de un rato, empezó a seguir la
dirección indicada por los sensores químicos. A fin de cuentas, era lo más obvio.
Paulatinamente, de forma que al principio estuvieron inseguros de si lo veían o lo
imaginaban, se formó un borrón verde en la oscuridad. Los instrumentos lo habían
detectado, mas únicamente el ojo daba forma y consistencia al fulgor moteado.
Bruscamente, el verde se trocó en un naranja encendido. Algo vino hacia ellos desde
las tinieblas. Era largo y ahusado. Unas extremidades descoyuntadas se distendieron
según pasaba sigilosamente. Unas prolongaciones ondulantes se retrajeron en la
turbulenta pasada. Después desapareció.
—¿Qué ha…?
—Esa es exactamente la cuestión. Nikka dijo quedamente:
—Autoluminoso.
—Sí. Apostaría que se nutre de los radicales libres.
—No tiene ojos.
—No hay razón para desarrollarlos aquí.
—¿Qué imaginas…?
—Por ese lado.
Un resplandor tenue. El vehículo emitió un ping muy agudo y un crac según
descendían.
—¿Qué es eso?
—No acierto a distinguirlo.
—Debe de estar muy lejos. No hay resolución.
—Si es así de brillante…
—Exacto. Es condenadamente luminoso.
—No uno de los seres que acabamos de ver.
—No. Más grande. Mucho más grande.
Creció. En los remolinos de partículas en suspensión se destacaban franjas de luz
amarilla. El aparato se balanceó y viró ante las repentinas corrientes.
—Se mueve.
—Es una pauta. Mira, ¿ves?, se repite.
—Rotando.
—Sí. Da la vuelta en unos dos minutos.
La cosa adquirió mayor tamaño. Era enorme y estaba jalonada de fuego. Recorrían su
faz un dorado parduzco y un naranja. De cada brillante punto flamígero brotaba una
cascada de burbujas, cada uno en activo con su fuego interno propio.
—Esa maldita cosa tiene más de un klick de anchura.
—Sí. ¿Ves esos grandes sacos prendidos?
—Son globos.
—¿Para mantenerlo a flote?
—Eso debe de ser. El espectrómetro indica que hay rocas. Calientes.
—Los radicales libres.
—Muy cierto.
—¿Provienen de eso?
—Es una gran fuente de energía.
—¿Sacamos las tomas de muestras?
—Sí, hazlo. Hay profusión de materia molecular energética.
—Alimento.
—Para…
Los tres humanos rebulleron con inquietud en sus asientos. Sus proyectores perdían
intensidad en la sedimentada negrura. Observaron la cosa que giraba lentamente en las
tinieblas, emitía pulsaciones irregulares y expelía goterones anaranjados y de un verde
encendido y dorados y rojos, una lluvia de burbujas calientes. Avanzaron con.denuedo,
tratando de ver a mayor distancia.
—Gran cantidad de radiactividad.
—En cifras.
—Me… me estoy poniendo nervioso.
—Sí. ¿Lo sientes, Nigel?
—¿Qué?
—Como… si hubiese algo ahí.
—Algo moviéndose.
—¿Más allá de nuestras luces…? Sí.
—Estamos ahora en la corriente ascendente que produce. Recibo muchos más
impulsos en el contador Geiger.
—¿Es peligroso?
—No. Los gammas no pueden atravesar nuestro casco.
—Son irradiados por esa cosa.
—Supongo que sí. Esa roca inmensa…
—Exacto. Es un tosco reactor nuclear.
—Conduce elementos químicos por su interior, son bombardeados y… obtienen formas
moleculares excitadas.
—¿Cuál es la fuente de las moléculas orgánicas?
—¿Aquí abajo? Algo tiene que suministrarlas.
—Exacto. Y avivan el fuego.
—¿Por qué situarlo cerca de una abertura?
—¿Por qué mudarse a Florida? Porque es más cálida.
—No, espera, ése es el camino errado. La abertura, la abertura está aquí…
—Debido a esto.
—Todo es artificial.
—Los volcanes, los lagos, ¿fueron creados por cosas como ésta?
—La Regla de Walmsley.
—Pródigamente. Corrientes cálidas, alimentos…
—Y una abertura a la superficie. Carlos dijo:
—¿Para hacer qué? Me refiero a…
—No lo sé —repuso Nigel.
—¿Por qué estamos hablando en susurros? —inquirió Nikka. Nigel gritó:
—¡Quizá puedan oír!
—¡Jesús! —exclamó Carlos.
—Aunque, puede que no. —Nigel se arrellanó en su asiento—. De poder hacerlo, ya
han percibido nuestros motores. Y deben de haberlo hecho, pensándolo bien. La audición
es el ojo del pez.
Nikka dijo:
—Ese ser que pasó junto a nosotros era luminoso.
—¿Y? —preguntó Carlos.
—Debe de haber una razón para ello. Para encontrar presas.
Nigel murmuró.
—O para atraerlas. Carlos dijo:
—Me pregunto si no debería apagar las luces de navegación.
—Bien, podría ser una buena idea —comentó Nikka. Él desconectó varios
interruptores. La media luna del control proyectó sombras angulares en la cabina. Nigel
dijo quedamente:
—Deberíamos llamar al Lancer, ponerlos en antecedentes.
Carlos lo hizo. Antes de que pudiera explicarse, Ted Landon ocupó la línea.
—Hemos logrado unanimidad en la votación de tu petición, Nigel. Lo lamento.
Nigel salió de su estado de ensoñación.
—¿Qué…? ¡Oh, sí! ¿Así pues?
—Has perdido. Sal.
Nigel suspiró. El talante de Ted era de lo más jovial.
—Cuéntale, Carlos.
La charla continuó, pero él sabía lo que vendría a continuación. Sintió que la
extenuación le atenazaba, pero con ella apareció una antigua certeza. Ted era un
maniático de las reglas, especialmente de aquellas aprobadas sin dilación por el mandato
consensuado de la bienamada gentuza.
Carlos habló con aplomo, exponiendo los hechos de modo firme, ordenado y
autoritario. Cuanto más clarificara su idea de sí mismo, más difícil resultaría tratar con él.
Nigel se puso en pie y se encaminó hacia la parte posterior de la nave.
—La naturaleza llama —le dijo a Nikka. No pudo arriesgarse a hacer un guiño de
despedida.
3
Los trajes estaban colgados de abrazaderas que oscilaban suavemente. Hizo girar uno
en un arco hasta que quedó prendido sobre la plataforma autoajustable. Retrocedió hasta
su presa envolvente. Se tendió hacia adelante para meter los brazos en las mangas y
luego introdujo la cabeza por el anillo del cuello. Se ciñó a él, un acto que para Nigel
siempre acarreaba la impresión de estrecharle la mano a un cadáver. Se enderezó y la
cremallera le cerró el pecho. Los cierres del cuello chasquearon y encajaron. El traje
estaba dotado de aislamiento térmico total y pesados calefactores, percibida su gravidez
como un manto.
Se dirigió al sector de los equipamientos con un tobillo resintiéndose del peso añadido.
Había un bastidor hexagonal en la vaina de lanzamiento. Contenía los seis flotadores para
el próximo saco. Nigel desprendió las correas del saco, por lo que el bastidor quedó solo.
Extrajo los dos flotadores centrales y trepó al espacio vacío.
El equilibrio resultaría afectado. Miró en torno buscando algo voluminoso. Su vista se
detuvo en el filtro médico, depositado y olvidado hacía horas.
¿Por qué no? Un objeto infernal, recuerdo de horas incontables pasadas en sus
acoplamientos. Éste era el último acto, aunque tal vez el objeto todavía podía mantenerle
alerta, suprimiendo la náusea si regresaba. Y necesitaba lastre. Fue a buscarlo y lo ancló
a la sección media del armazón, moviéndose con toda la premura de que fue capaz.
Muy bien. Era hora de partir.
Giró los controles manuales y se echó hacia atrás. Un transportador llevó el armazón
hasta la escotilla. Halló un medio de prender el cinturón del traje al bastidor. Nigel tecleó
instrucciones para su traje según se cerraba la escotilla a sus espaldas. El aire huyó, bajó
la presión, se protegió…
Se abrió la compuerta exterior. Uuoomp. El bastidor salió despedido de la plataforma.
El aire irrumpió en una ráfaga de burbujas y el rugido le llevó al exterior, dando tumbos.
Los flotadores se soltaron y empezaron a inflarse. Él giró, ingrávido, convertido en el eje
de fuerzas rotatorias en tanto que el traje crujía, se le taponaban los oídos y se alzaba a.
su alrededor una lluvia de burbujas cual una bandada de pájaros centelleantes. Luego
descendió la oscuridad.
Se enderezó y vio la nave debajo, destellante. Los flotadores se balancearon y le
succionaron hacia arriba. No había tenido en cuenta el equilibrio de la flotabilidad y
comprendió ahora que resultaba demasiado ligero.
—¿Qué demo…? Debe tratarse de un error. Nikka vuelve allí comprueba el…
Se estaba alejando deprisa de la rielante bola de luz. Mucho más abajo, los fuegos
candentes del reactor pétreo enrojecían el agua. Desde esta perspectiva, eran productos
tecnológicos de notable similitud.
—¿Se han soltado las bolsas?¿Cómo ha ocurrido? Debe ser…
Nikka respondió.
—Creo que no. Espera.
—Ted opina que deberíamos apartarnos de esto. No te preocupes por el equipamiento,
debe tratarse de una avería de la presión. En cualquier caso, deberíamos largarnos
deprisa y dejar que Exobiología se ocupe de esto.
Estaba ascendiendo demasiado rápido. El armazón, arrastrando tan poco peso, se
precipitaría sobre la capa de hielo. Nigel se percató repentinamente de que el traje podía
resistir presiones extremas, pero no ajustarse velozmente a rápidos cambios de
profundidad. Si continuaba ascendiendo…
—Carlos, ¿dónde se encuentra? No puedo…
Nigel sintió un pitido en los oídos. Alzó la vista hacia los flotadores, que se hinchaban
mientras ascendían. La oscuridad le envolvía ahora con el alejarse de la nave por debajo.
No se atrevía a mostrar una luz estando tan cerca, pero la necesitaría para liberar uno de
los flotadores. Apenas podía ya distinguir su volumen.
—¿Quieres decir que crees que él..?
El traje resultaba grande y engorroso en el agua y tuvo que tantear los resortes del
brazo izquierdo. Destapó el extremo y levantó el brazo. El tercer botón debería de ser…
Una brillante línea azul hendió el agua. La desplegó en abanico, dejando detrás
ondulantes volutas de vapor. El cortador láser vaporizó una fina columna y dio con un
flotador. La bolsa se arrugó, se tornó marrón…
Se rompió. El aire salió en tromba. Nigel volvió a disparar, al flotador opuesto. El haz
hizo bullir el agua inaudiblemente. Abrió una senda estrecha, recta, de un azul fantasmal,
con un halo de vapor. Si se agotaba la energía antes de…
—¡Es una insensatez! Mierda seca, el viejo bastardo va a…
—Ese traje puede resistirlo, pero escúchame, maldita sea. Haz girar los proyectores
para que podamos seguirle el rastro.
El segundo flotador estalló. El rayo se paseó por su interior y perforó un agujero en la
parte superior. Nigel se sintió caer y, posteriormente, el bastidor perdió velocidad,
cayendo aún. Equilibrio.
—Llamaré a Ted, él…
—Más tarde. ¿Ves algo? Debería haber la luz de un traje. Prueba con el rastreador.
—Algo va mal. No detecto nada. No veo…
—No puede hallarse tan pronto más allá del alcance.
—Mira por ti misma. Su código aparece inoperativo. Debe de haberlo manipulado antes
de marcharse.
Flotando, en una ausencia de espacio y luz y peso. Era como el tiempo pasado en la
mesa, desconectado del hastío del mundo. Estar en el vacío tenebroso del espacio se
asemejaba mucho a esta huera negrura absorbente. Sus movimientos resultaban
parsimoniosos, entorpecidos por las aguas invisibles. Ningún sonido. Cuando sus botas
golpearon los tubos se produjo un retumbar no metálico, sino sordo. Colgaba
cómodamente del armazón y aguardó a que ocurriese algo.
—Mira, Ted está a la escucha. Dice que está demasiado ocupado para preocuparse
por este vejestorio. Hay noticias procedentes de la Tierra, parecen malas. Va a comenzar
una nueva asamblea dentro de unos minutos.
—No pueden dejarle ahí afuera. Llama a los equipos que están en la superficie para
que hagan descender más sumergibles y…
—Nikka, soy Ted. He de admitir que Nigel tenía razón sobre una cosa, al parecer… Me
refiero a la Regla de Walmsley y. demás. Eso debe de ser un Vigilante y Operaciones me
indica que está mostrando signos de actividad ahora, probablemente en respuesta a
nuestros equipos de superficie, por tanto…
—Entonces envía algunos sumergibles, maldita sea.
—Mira, ocurren demasiadas cosas al mismo tiempo, Nikka. En este instante no tengo
tiempo de buscara ese bastardo. Deja que se cueza…
—Lo ha hecho para ganar tiempo, ¿no lo entiendes?
—Es una jugada estúpida que nos embrolla aún más.
—Ted, apelo a…
—Está actuando como un energúmeno por nada. ¡Estoy harto de toda esta mierda! Tal
vez pensó que conseguiría el respaldo de alguna simpatía de esta manera, pero no va a
causar mella aquí, te lo puedo asegurar sin temor a equivocarme.
Percibió la corriente llevándole más lejos de ellos. Ésta era la mayor distancia a que
había estado nunca, el límite natural. Era mejor hacerlo de esta forma, a la aventura.
—Voy a sacaros tan pronto como pueda y si él no está, pues no está. Eso es.
—Llevará horas.
—Vale. Puedes buscar durante un rato. La asamblea comienza dentro de diez minutos,
en cualquier caso. Pero te lo advierto… Mira, si está a la escucha todavía podrá enterarse
de esto. Nigel, lo has hecho, el último…
Ignoró la estentórea voz. Algo más inmediato le perturbó.
Rizadas corrientes. Encendió un pequeño fosforescente del casco. Las barras del
bastidor aparecieron a su alrededor, amarillas y lóbregas.
Nada en las proximidades. Un tirón, una nueva dirección…
Algo refulgió. Creció. Una bola de nubes rojizas. Adquiría tamaño, se acercaba con
rapidez. Había actividad dentro. Motas en las nubes. Puntos a la deriva. Trató de calcular
el tamaño, pero sin perspectiva…
El color. Un rojo candente, moribundos rescoldos.
Se asió a los tubos del armazón cuando la jaula trepidó y dio un bandazo. ¿Dónde
había visto…?
Las motas no iban a la deriva sin norte. La nubes de hecho eran vertientes, y los
puntos caminaban sobre ellas, despacio, en medio de torbellinos de polvo. Eran grandes,
imponentes, con cuatro piernas uniformemente articuladas.
EM.
Pero no las bestias de enorme cabeza que conocía. Éstos eran delgados, altos y
gráciles en sus graves andares.
Pero no eran EM. No, sin las cabezas de disco radial y el rudimentario caparazón que
alojaba las vísceras modificadas.
Éstos eran como los EM habían sido con anterioridad. Antes de que la lluvia de
asteroides aplastara su biosfera. Antes de que tuvieran que rehacerse a sí mismos para
convertirse en algo que los Vigilantes tomarían, tal vez, por máquinas.
Se hallaban dentro de una bola inmensa, de cinco kilómetros de anchura. Dentro había
colinas, arroyos, nubes de polvo y altos bosques azules y castaños. Le recordó a aquellos
juguetes de la infancia que, agitados, mostraban una escena invernal donde caía la nieve.
Sólo que aquí el líquido estaba en el exterior, y dentro bullía un mundo confinado de aire y
crecimiento. La concha de la esfera brillaba, proyectando luz rojiza en el interior. Por
encima de ella, masas oscuras. ¿Lastre? ¿Estabilizadores?
Comenzó a menguar. Las corrientes le estaban arrastrando, alejándole.
Disparó el rayo láser por encima de su cabeza, trazando un arco azul. Una de las altas
figuras en movimiento pareció detenerse y mirar al exterior.
¿Le habían visto? ¿Sabían lo sucedido a su raza en el mundo nativo? Estaba
deformada y era hostigada, pero aún seguía adelante…
Por supuesto, algo sabían. Debían de ser los vestigios de una época anterior, de un
tiempo en el cual su mundo envió naves a explorar las estrellas próximas. Se habían
refugiado en esta luna.
¡Tan cerca! Él conocía a sus descendientes, podía contarles que el mundo nativo
seguía incólume. Si pudieran hacer una señal, algún gesto a través del abismo.
El mundo rojo empequeñeció rápidamente. Volvió a hacer señas, desamparadamente,
y se apoyó desmayadamente contra el filtro médico. La oportunidad había pasado por su
lado.
Cerró los ojos y dejó pasar el tiempo.
La imagen de las altas y graves criaturas se desvaneció lentamente.
4
Algo se movió.
Se despertó sobresaltado. Nigel se sacudió preguntándose cuánto tiempo había estado
dormido. El traje le calentaba, le hacía estar cómodo incluso en esta fría tiniebla. Había
estado intentando encajar las piezas…
—¿Ves algún rastro de él?
—No. Maldita sea, ¿cómo puede haberse alejado tanto, tan deprisa?
Se preguntó por qué no podían detectarle en el sonar de largo alcance. Seguramente,
no podía haber ido tan lejos a la deriva, no con ellos siguiendo las mismas corrientes que
él.
—Mira esta imagen de vídeo procedente de la Tierra.
—Es una de esas cosas en órbita, se asemeja endemoniadamente a un Vigilante.
Si él se encontraba lo bastante cerca para recibir las transmisiones generales del
vehículo, tenían que verle. A menos que hubiese algo detrás suyo y no pudieran separar
su imagen del resto. De nuevo movimiento.
Encendió un fosforescente del casco. El contorno afilado y los colores del armazón de
los flotadores se destacaron. Distinguió el filtro médico. Brillantes tubos de aluminio,
flotadores que ondeaban por encima de él…
Algo más allá, había algo en las sombras.
Una pared enorme apareció, viniendo hacia él desde la negrura.
Poros grises. Franjas moteadas de color rojo y púrpura.
Un inmenso orificio oval en la pared de carne, bordeado de pliegues cartilaginosos.
Rozó el armazón. Las ventosas que tenía en el costado se adhirieron a las varillas de
apoyo. Finos zarcillos parduzcos se enroscaron en el metal.
¿Estaba probando? Fuera lo que fuese, el movimiento cesó. Nigel esperó. Sacudió el
bastidor. La presa se hizo más fuerte.
No parecía querer comérselo. ¿Le estaba estudiando de alguna forma? Era mejor
aguardar y ver.
No escuchaba nada procedente de Carlos y Nikka. La mole de aquel ser debía de estar
bloqueándolos.
Transcurrió el tiempo. Sintió la vieja debilidad alojándose en él, señal de que su cuerpo
estaba empeorando de nuevo. La súbita actividad, sin reposo, había desequilibrado su
química interna. Inspeccionó a la enorme criatura que apresaba el armazón y se preguntó
si sabía que él estaba aquí. O de qué clase de ser podía tratarse.
Luego oyó, apenas audible:
—¿Cómo vamos a encontrarle en esto?
—Hay gran cantidad de escoria en suspensión. Sigue las corrientes, mantente
apartado de ese objeto grande.
Había tenido la certeza de que tenían que estar aquí afuera, rondando lejos del extraño
artilugio intruso que exhalaba humos y gemía, inmovilizado contra las corrientes en vez de
seguirlas.
La apuesta consistía en que ellos no poseerían una historia de intrusiones semejante,
en que el Vigilante no había enviado un aparato que rompiese el hielo y buscase la vida
dondequiera que pudiese ser hallada, en que el Vigilante esperaría en su rígida órbita y
miraría hacia abajo sabiendo que mientras la vida se mantuviese dentro de su costra de
hielo era inofensiva. Los Vigilantes eran pacientes, contumaces, y sabían más de la vida
que los hombres, sabían que podía surgir donde quiera que la energía pasara a través de
un entorno químico, desencadenando el proceso que se burlaba de la entropía y erigía un
orden.
Era éste el secreto que Viruelas tenía por enseñar: que en el núcleo de una luna, los
isótopos nucleares se amalgamaban, chisporroteaban y difundían su calor a un océano de
materia elemental, y eso era suficiente.
Finalmente, las moléculas emprenderían otros enlaces y gestarían una cruda copia,
acicaladas a crecer en este océano interior, arracimadas en torno a la parodia de sol del
núcleo del mundo, en medio de presiones aplastantes y una oscuridad inexorable. Sin
relámpagos que precipitaran la fermentación ni fluyentes baños de luz procedentes del
cielo, sino, lisa y llanamente, del bullir silencioso de la descomposición nuclear, del modo
en que la vida brota de un montón de humus húmedo en un rincón olvidado, haciendo uso
de la energía proveniente de debajo en un océano coronado de hielo. Las células
térmicas aglutinarían a los elementos químicos que se buscaron unos a otros en su
pasión —al principio inocentes plantas fotosintéticas y después predadores y presas que
retozaban en las pródigas corrientes de vida nacidas en medio de la continua emanación
de radicales libres—. Los compuestos de azufre, al igual que los que manan de las
hendeduras volcánicas en los océanos de la Tierra, podían metabolizar esta jungla
bulliciosa de inagotable energía.
La naturaleza de la vida de aquí iba a ser siempre rechazada, obligada a ascender por
las corrientes térmicas, a la oscuridad extrema, apartada del fuego nuclear, una biosfera
condenada a buscar la hiriente oscuridad. Cuando el núcleo menguara, culminadas las
largas semividas radiactivas, se produciría una competición diezmadora, un
acontecimiento reductor semejante a la arcaica sequía en África que había agudizado el
ingenio de los primates. Según se fueran apagando los núcleos de fuego carmesíes, al
principio la vida debería meramente luchar por un lugar próximo a los borbollantes fuegos,
mas, con el tiempo, algún ser vería que el calor podía ser apresado, trasladado, utilizado
para empujar hacia arriba por la rígida negrura ingrávida, contra el hielo, y dentro de él, y
luego más allá, hurgando las rocas costrosas que contenían elementos radiactivos,
buscando en el vacío hostil y en el frío cortante.
Debía haberse dado un momento en el cual se debatieron por comprender su
superficie de hielo, acaso se las ingeniaron para descubrir la electricidad y hacer pruebas
con la radio, una época en la que vinieron los pre-EM, cuando las razas se encontraron.
Un primer contacto. Pero aquellos balbuceos iniciales auguraban su presencia en una
creciente burbuja que se movía a la velocidad de la luz.
Así pues, en la noche esplendorosa apareció un objeto gris, antiguo y sabio, que arrojó
rocas y socavó las tierras de hielo e hizo retroceder a las criaturas, las obligó a replegarse
a través de la abertura hasta el mar interior, donde ahora hacían guardia con toscos
instrumentos, utilizada su rudimentaria ciencia para extraer alguna roca del núcleo y
hacerla flotar, para originar esas elevaciones y puntos calientes en la costra que
mantenían ensanchadas las aberturas, permitiendo un atisbo de posibilidad que estos
enormes seres necesitaban y no dejarían escapar.
Así llegó el impasse, con el lento decurso del tiempo discurriendo contra estos seres
ciegos, contra los pre EM que habían huido hacia abajo con ellos. Momentáneamente,
estarían a salvo del pasivo Vigilante. Diez kilómetros de hielo podían detener cualquier
descarga termonuclear, absorber el ruidoso puñetazo de un asteroide, contener la
desatada combustión de su sol deviniendo nova —procedimiento que la civilización de la
máquina había usado con anterioridad en Aquiles, según sabía Nigel por las grabaciones
de Marginis, aunque los astrónomos convencionales contaran con otra explicación— y,
por ello, el Vigilante aguardaba.
Impasse. Permanecieron, resistían y, no obstante, estaban atrapados, confinados en su
mar agostado con la certeza de que la piedra de arriba vencería a la postre. Privados de
la libertad de emerger, de aprender el conjunto de leyes newtonianas que gobernaba la
vida libre del agua, pero esclavizada por la gravedad. No podían esperar equipararse al
Vigilante y destruirle.
Consecuentemente, en sus canciones debía haber relatos de una época gloriosa e
intrépida en la que los valerosos habían ido a la busca del vacío, siendo golpeados y
aniquilados, por lo que retrocedieron para componer sus narraciones y aborrecer de la
cosa que esperaba en lo alto de las largas hendeduras. Sin embargo, el hecho de que
mantuvieran abiertas las hendeduras, atendiéndolas como a fuegos que nunca deben
apagarse, implicaba que los relatos vivían aún y que el juicio severo de la historia no los
había postrado, no los había conducido al núcleo, donde se arracimarían alrededor de los
rescoldos y morirían.
—Vale. Sigue mirando, pero te digo que ha desaparecido.
—Permanece a esta profundidad, Carlos, no voy a dejar…
—Vale. Vale, pero quiero oír el informe.
—Calla. ¡Eh, no hay luz en la cabina! No puedo ver con…
—Sólo quiero…
—Calla.
Sintió que le flaqueaban las piernas. Cada momento requería una energía enorme.
Alargó la mano, cogió el filtro médico. Parecía estar bien. Los acoplamientos… Maldijo. El
recipiente de las interfaces había desaparecido. Las tomas mediante las que se ajustaba
al costado estaban abiertas y vacías. Se habían soltado al golpear a aquella criatura.
Así pues, estaba acabado.
Dentro de una hora el aumento de residuos en su sangre le conduciría desde la náusea
a los espasmos y, más tarde, a un coma misericordioso. Sin un sistema receptor, sin una
fibra de fino entramado que aceptara el sedimento que secretaba el filtro médico, el
artilugio no funcionaría.
Nigel suspiró.
Traicionado al final por una avería. Ninguna lección filosófica podía extraerse de ello,
salvo la sempiterna: morimos debido a la entropía.
Miró hacia abajo. Ningún rastro de la nave. Les llamaría ahora. Si lograban encontrarle
a tiempo, todo iría a la perfección.
Había sido un gesto transitorio, irracional a lo sumo. Un intento, ahora se daba cuenta,
de realizar un contacto fugaz con la vida que sabía al acecho en las sombras más allá de
las luces. Sonrió ante su desatino. Entonces…
Algo le hizo girarse hacia la piel moteada, agujereada, que tenía a su lado. Se extendía
acaparando la mitad del espacio, muda como la piedra en espera del cincel. Frunció el
ceño.
—¡Jesús!¿Has oído lo de esa guerra? ¡Madre de Dios!
Si hubiese el tipo de fibra idóneo bajo la piel…
—Destrucción de un noventa por ciento, una conflagración nuclear total de las cuatro
superpotencias.
—¡Jesús!
—¿De dónde proviene el mensaje, entonces?
—De las estaciones orbitales. Continúan incólumes aún, pero dicen que en modo
alguno van a poder proseguir con las transmisiones durante mucho tiempo, la energía
requerida es excesiva, pero… ¡Jesús!
Nigel se quedó anonadado, dejando que las noticias se hicieran eco en él y, durante un
buen rato, no pudo pensar. La humanidad masacrada. Y por su propia mano.
Las palabras fluyeron a través de él, procedentes del sumergible y luego todo un
diálogo desde la reunión en el Lancer. Escuchaba y, sin embargo, no acertaba a hacerse
completamente a la idea. Sus defensas instintivas embotaban las noticias, los detalles, la
sucesión de números y ciudades arrasadas y el recuento de muertos, de naciones
borradas del mapa y de tierras convertidas en cenizas.
Lentamente, comenzó a moverse de nuevo. Bloqueó el flujo de palabras. Se retrajo
sobre sí mismo e instó a sus manos a hacer lo que sabía que tenían que hacer, a pesar
del caos de emociones que le embargaba.
Desprender el filtro médico. Cortar algunos tubos del armazón, afilar el tubo hasta
sacarle punta, usando el cortador láser.
Empalmar los tubos. Proceder con los mandos de activado.
Incluso en esas presiones y con ese frío, el sistema se puso en completo
funcionamiento. Lo acopló a las tomas médicas del traje. Un simple pinchazo en una vena
era suficiente por el momento.
La pared de carne refulgía bajo sus fósforos encendidos. La surcaban blandas franjas
de pálido color carmesí y púrpura. Dibujos intrincados, líneas en arabescos y grandes
manchas moteadas. Por consiguiente, había estado en un error: en este océano que era
un mundo vivía algo que podía ver tales dibujos o, de lo contrario, no habrían
evolucionado. Quizás el veloz ser autoluminoso que vieron anteriormente. Tenía que
haber una ecología vasta y compleja con bancos de seres, semejantes a peces, de los
que alimentarse, una pirámide de vida. El sumergible los había ahuyentado,
probablemente.
Se percató de que estaba teorizando, demorándose. El saberlo le liberó de la tormenta
de emociones que estaba reprimiendo y se abandonó a ella.
Introdujo la punta del tubo de lleno en la masa de carne. El movimiento arrojó una
sombra, puntiaguda y enorme, por la planicie.
Entró hasta la mitad. Nigel empujó con fuerza y la enterró más. No percibió respuesta
alguna, ningún temblor, ningún indicio de dolor. Procediendo con parsimonia, completó el
acoplamiento. Encendió las bombas. Se relajó en un estado de aturdimiento y vacío,
mientras fluía hacía su interior un empuje insólito.
5
Inerte. A la deriva. Desconectado de las glándulas y del canto de la sangre. Despierto,
aunque no del todo consciente.
Así debía ser para los Vigilantes, y para los laberintos maquinales que los habían
creado. Pacientes y calculadores. En principio, como la vida, en su función analítica y en
las leyes de la evolución que actúan igualmente tanto sobre el silicio-germanio como
sobre el ADN. Pero no se hallaban completamente en el mundo como hacía la vida, no
habían surgido de los límites quebrantados de la ley molecular, no medraban en el
universo de las esencias —como había expresado el Snark, buscando un término humano
para determinar lo que estimaba que se encontraba para siempre más allá de su
entendimiento cibernético— y, por ello, temía y odiaba a los seres orgánicos que los
alumbraron y murieron a cambio.
O, tal vez, las palabras odio y temor no podían penetrar en el frío mundo en el cual el
pensamiento no era capaz de estimular hormonas para amar, o para huir, o para luchar,
donde reinaba el análisis y se erigía, con ladrillos de silogismo, un mundo que conocía la
mano dura de la competencia, pero no la totalidad orgánica que provenía de una
mortalidad empecinada.
No obstante, los Vigilantes tenían cosas en común con la vida orgánica. Una lealtad a
su especie.
Habían destruido completamente el mundo que circundaba a Wolf 359, y seguían
patrullándolo. Mas no inspeccionaban a los obedientes robots que extraían icebergs de
las lunas exteriores de hielo y los arrojaban para que se estrellaran trazando espirales en
lo que una vez fue su mundo natal. Un Vigilante daba vueltas a ese mundo, haciendo
guardia contra cualquier forma orgánica que pudiera surgir cuando el vapor y el líquido,
expuestos finalmente al sol, se condensaran formando estanques y mares.
Hubiera sido más sencillo destruir también a esos robots, dejándolo todo estéril y sin
esperanza. El Vigilante permitía que esos simples sirvientes continuasen, sabiendo que,
algún día, errarían en su autoduplicación según se reparaban a sí mismos, y, en ese
momento, se renovaría la evolución de las máquinas.
En consecuencia, las máquinas deseaban su diversidad propia para que se propagase
y trajera nuevas formas a la galaxia —haciendo guardia todo el tiempo contra una nueva
biosfera, que los robots pacientes, leales, se afanaban por gestar—, a fin de que las
sociedades de máquinas no fuesen estáticas y, subsecuentemente, vulnerables a la
postre, sin importar cuan fuertes fueran ahora.
Necesitaban las múltiples funcionalidades, la emulación de la vida: los transportadores
de petróleo que viajaban a algunas metrópolis remotas, los Snarks para explorar, informar
y soñar en su largo exilio, los Vigilantes que machacaban los mundos una y otra vez con
asteroides.
Debían tener conocimiento, empero, del banquete químico que se celebraba dentro de
las gigantescas nubes moleculares por las que el Lancer había pasado de largo. Debían
saber que todo mundo sería sembrado perpetuamente por las crecientes nubes
voluminosas. Debían saber, pues, que el conflicto se prolongaría hasta la eternidad; no
había victorias, sino únicamente una guerra amarga.
Si las máquinas aplastaban la vida allá donde podían, ¿por qué había surgido la
humanidad? Algo debía de haberles protegido.
Los Vigilantes mantenían centinelas que surcaban el espacio en espera de vida, y se
hacían señales unos a otros, del mismo modo en que el de Isis había enviado una
irrupción de microondas por delante del Lancer, a Ross 128. El naufragio de Marginis
constituía la evidencia de que el Vigilante de la Tierra había sido aniquilado por alguien,
una raza desaparecida ahora hacía un millón de años.
¿Los pre-EM? ¿La raza que se rehizo a sí misma en Isis?
La idea afloró inesperadamente. Tal vez. Era tanto lo que se había perdido en el
tiempo…
Quienquiera que hubiese venido a esa Tierra arcaica había dejado flujo vital, un signo
fehaciente de que el naufragio de Marginis portaba seres orgánicos, dado que sólo ellos
utilizarían algo que se reproducía a sí mismo con un código genético molecular.
Y el flujo vital era el signo y el obsequio: una apertura a las estrellas.
La pulsación que había dentro de él estaba dando la bienvenida a una canción y sus
armónicos evocaban el desmayado lamento de los EM, en una onda intemporal que unía
a esta enorme criatura ciega con el mismo himno de vida en la galaxia, lento, poderoso,
golpeado y machacado, aunque todavía con una persistente esperanza, una urgencia y
una llamada.
Sintió que su mente se aclaraba. Comprobó su componente médico. Funcionaba bien,
sin ningún rastro de reacciones desordenadas. Lo separó con cautela de la sólida masa
silenciosa. Extrajo el tubo afilado.
Los zarcillos que sujetaban el armazón se zafaron en un espasmo de rechazo. El
bastidor se estremeció y quedó libre.
El montaje médico se soltó de la abrazadera del tubo. Nigel giró y alargó el brazo,
jadeando. Logró cogerlo.
Asió el armazón, igualmente, y una punzada de dolor le atravesó el brazo. Lo sostuvo.
Extendido entre dos caballos a la carga, pensó disparatadamente. El armazón se
escoró lateralmente. Le crujieron las articulaciones. No podré resistir mucho. A la
mortecina lámpara del traje vio los soportes que giraban despacio. Los arrastraban unas
bolsas fláccidas. La mayoría de los flotadores estaban reventados. Caía. Por encima, la
inmensa mole se perdía en la decreciente luz ambarina y, sin embargo, era tan grande
que no parecía empequeñecerse al aumentar la distancia. No podía ver sus flancos.
Nigel pugnó por afianzarse con las botas. El bastidor se volcó. Las corrientes tiraban de
él, tratando de arrancarle el montaje médico, de zafar su mano del tubo. Pugnó, dándose
cuenta luego de que ya no necesitaba el bastidor. Estaba cayendo también, con los
flotadores inutilizados. Simplemente lo dejó ir. La oscuridad engulló la forma esquelética.
Su última protección había desaparecido. Estaba cayendo en una absoluta negrura
cerrada, aferrando su filtro ligeramente grotesco, entre corrientes que se arremolinaban y
gorgoteaban.
Se recobró del dolor difuso que sentía en los brazos, para escuchar las frases
frenéticas de la discusión en la reunión consenso del Lancer.
—Los Pululantes están implicados en ello, están implicados totalmente. Pero no seas
necio…
—No hay ninguna evidencia. Ninguna evidencia fidedigna, en cualquier caso.
—Está claro como la nariz que tienes en la cara. Ellos fueron el grupo de avanzadilla.
—Sí Estas naves que están en órbita ahora se parecen a aquellas en las que vinieron
los Pululantes. Mira el…
—Todo revuelto…
La voz de Nikka se abrió paso:
—¡Nigel! ¡Nigel! El tiempo está…
—Sí. Te oigo.
—Tenías tus razones, estoy segura, pero están ocurriendo demasiadas cosas. Estoy
asustada, no te quiero ahí afuera cuando…
—Por supuesto. Lo… lo lamento. Estaba extenuado, completamente liado, y éste
parecía el único modo de acabar por fin… No he estado en una superficie planetaria, no
he tenido ninguna auténtica oportunidad de hacerlo, de… Yo… —Su voz se quebró
cuando sintió la antigua barrera, la incapacidad de comunicar sentimientos profundos que
se hallaban más allá del lenguaje.
—Conecta tu trazador. Funciona, ¿verdad?
—Hecho, estoy cayendo —añadió él, sosegadamente.
—¿Cómo?
—Es una historia larga y aburrida.
—Ya vamos. ¿Estás recibiendo el comunicador del Lancer? Lo he conectado en
circuito abierto.
—Sí. Es espantoso. —No se le ocurría otra cosa que decir. Notaría más adelante su
plena repercusión, era consciente de ello. Su mente hacía lo que era preciso para
sobrevivir.
—Te tengo localizado a unos cuantos klicks de distancia, pero te estás moviendo
aprisa. No hay nada cerca.
—¡Jesús! Tendremos que cogerle. ¿Cómo podremos…?
Nigel se relajó, extendiéndose para ofrecer el mayor flujo de resistencia. Un pitido en
los oídos. Ajustes del traje.
—Es imposible, no poseemos capacidad de maniobra…
—Calla. Va a oírte, Carlos.
—Pero… Mira, podemos llegar hasta allí, pero, ¡Madre de Dios!, requerirá como mínimo
diez minutos y nos estaremos moviendo demasiado deprisa.
Las nudosas articulaciones gruñían de dolor, los músculos se quejaban y el corazón le
latía sordamente en la oscuridad convergente.
—Colocaos… debajo de mí. Después… desplegad… un saco.
Flotaba en la suave noche. Giraba. Lo inminente dependía de la relajación,
expandiéndose con los sentidos. No podía ponerse tenso o los músculos, viejos y frágiles,
se agotarían antes de que hicieran falta. Tenía que dejarse ir.
6
Hacía décadas, tras la muerte de Alejandra, el señor Ichino le había dicho: “Te deseo la
facultad de dejarte ir.”
La necesitaba ahora. Hasta que viera el sumergible y supiese en qué dirección virar, no
podía hacer nada provechoso. O le cogían a tiempo o seguiría cayendo en esta gélida
oscuridad, hacia presiones más altas, y el traje cedería. Quedaría exprimido como una
uva.
Desde el Lancer, llegaba la reunión:
—Obviamente, lo iniciaron esos malditos Pululantes.
—Sí. El caballo de Troya.
—No sé cómo empezó la contienda, pero cuando esos Pululantes empezaron a ir a
tierra, ¿qué se supone que iba a hacer China? Era una cuestión de supervivencia, si lo
que decían sobre los americanos es cierto.
—Era cierto, querrás decir. Norteamérica ha desaparecido, calcinada.
—¡Esas bombas altamente explosivas! ¡Una solo hace arder un continente!
—El continente asiático requirió menos cabezas nucleares. Parece ser que los
Pululantes han sido diezmados allí, gracias a Dios.
—Merde, je ne…
—Esos objetos volantes son repugnantes, ¿los veis?, horribles, y ese informe sobre el
terreno dice que los Pululantes no se reproducen sirviéndose del objeto volante, en
absoluto. Son una especie de suplemento.
—Los Pululantes deben haberlo planeado tiempo atrás, y se han modificado
biológicamente a sí mismos.
—La cuestión es que todo está vinculado, los Vigilantes y esas naves grises y los
Pululantes. Todo está relacionado.
Sentía el roce de las aguas que gorgoteaban y parecían susurrar. Carecía de peso y de
forma y sentía cómo se extendía aún más, como si piernas y brazos se le hubieran
desprendido, igual que si fuera una bandera que ondeaba al viento. Las palabras, las
frases y los retazos de conversación le llegaban desde el Lancer y el sumergible, aunque
parecían vacíos, distantes y en última instancia, irrelevantes.
Se preguntó si las enormes criaturas le percibían a él, sólo una mota que caía, si
estaban intrigados por la burbuja brillante que navegaba a su encuentro.
—Es condenadamente sutil el modo en que ha ocurrido todo, pero está claro como la
nariz que tienes en la cara…
—¡Maldita sea!, Ted, hemos de hacer algo.
—Lo último que se dice es que la red del espacio profundo está lanzando cargas de
fragmentación haciéndolas estallar a diez mil klicks y tratando de alcanzar a algunas de
sus naves en órbita.
—Pueden acertar a algunas de las pequeñas, pero esas grandes…
Vio un hilo de tenue luminosidad naranja a la izquierda, que giraba y se alejaba
velozmente, y sintió, en el mismo instante, una prolongada nota atronadora que resonó
por el agua como una campana remota. Le recordó a los EM y su canción y, mientras
descendía perezosamente hacia el corazón de este mundo oceánico, entendió de repente
cómo se relacionaba esto con los Pululantes, con todas las formas de vida convertidas en
víctimas, porque, a la larga, las máquinas no podían detener a la vida, no podían
suprimirla, no podían eliminar para siempre el retoñar de formas inacabables que
competían con las máquinas para disponer de los recursos y del espacio. Por eso
acababan reclutando a algunos de sus peores competidores: las tecnologías incipientes.
Las máquinas tenían conocimiento de la Tierra hacía largo tiempo, habían librado una
titánica batalla allí, hacía millones de años, y habían perdido —el naufragio de Marginis
era el único testamento mudo que quedaba de ello— y, al perder, habían llegado a temer
el mero hecho de asolarla con asteroides o llevar a cabo cualquier otra cosa que pudiera
ser contrarrestada por el naufragio de Marginis o por los mismos humanos. Si intentaban
bombardear, como hicieran con Isis, y los humanos capturaban algunas de sus naves y
descifraban dónde se hallaban algunos de sus centros de poder, entonces podía
propagarse a través de las estrellas una estrategia bélica idéntica. Podían encontrarlas en
sus cubiles, y desatarían los terribles esponsales entre la mente y el instinto —que las
máquinas no poseían— y destruirían todo cuanto los pacientes e implacables seres
cibernéticos habían construido.
No, resultaba mucho más fácil utilizar a las formas orgánicas unas contra otras, para
distraer su atención, para golpear el punto débil que poseían todos los seres nacidos de la
química, y que era a la vez de índole biológica y social: cáncer, sistemas inmunológicos
sobrerreactivos, una respuesta inadecuada.
Ahí estaba la clave. Era mucho más fácil que los humanos se aniquilaran a sí mismos e
intentaran eliminar a los Pululantes. Era más fácil estimular el antagonismo, profundo y
primordial, que todas las formas orgánicas sentían por lo extraño, lo intruso, lo alienígena.
—¡Maldita sea! Yo digo que tenemos que averiguar algo sobre estos artefactos, no huir
de ellos.
—Lo que averigüemos será de ayuda para la Tierra, ellos tienen ahora encima objetos
de esta clase.
—Hace años, sí Acuérdate del tiempo en el viaje lumínico. Estamos hablando de una
crisis ocurrida hace nueve años.
—No cambia el hecho de que somos los únicos que sabemos bastante sobre estos
artefactos y aquí, aquí mismo, tenemos una oportunidad de ver lo que puede entrañar…
Luz.
Un tenue resplandor fosforescente. Creciendo.
—Nigel, hemos desplegado el saco debajo, y con la boca abierta.
Viró a la izquierda, sintió las corrientes, oyó una leve cacofonía semejante a una
melodía de tonos graves. Volvieron a taponársele los oídos. La presión del traje era
demasiado alta, estaba sobrecargado. Viruelas poseía una gravedad liviana, por lo que la
presión aumentaba sólo a una décima parte de la velocidad que en la Tierra, pero ya
percibía los crujidos del traje. Los pilotos monitores de la barbilla emitían destellos de un
rojo encendido.
—Está cayendo demasiado aprisa, estamos a una distancia excesiva.
—Reduce la velocidad, ¡demonios! Si necesita una estacionaria…
—No, es preciso un mayor acercamiento.
—¡Mantened el rumbo!
Una bola amarilla, azul y ámbar. Pensó en sí mismo como en un ala, girando y
surcando las corrientes. Intentó captar el giro en el momento adecuado, alterar su vector
para procurar que el descenso fuera en un ángulo más pronunciado, utilizando entonces
el embalaje del filtro médico a fin de escorarse a la derecha de nuevo. Hacia abajo, ahora
lateralmente, la bola brillante crecía y los grandes reflectores abrían canales de luz a
través de la oscuridad sedimentada. Gruñó por el esfuerzo de mantenerse rígido. Se le
aceleró el pulso. Estaba aproximándose en un buen ángulo y vio delante la película
abultada del saco, con la boca abierta y los flotadores hinchados haciendo contrapeso en
su extremo.
—Te he localizado con el telescopio óptico. ¿Cómo te va?
—Estoy hecho polvo.
—Suelta el embalaje, Nigel, tendrás mayores probabilidades de conseguirlo sin esa
cosa.
—Creo… que lo voy a necesitar… —jadeó.
Caía en picado. Volaba. Era como una molécula en la profunda y densa oscuridad, un
insecto que volaba hacia el fuerte resplandor de la bombilla. La boca le engulló.
7
Nigel despertó cuando atracaban.
Dormir había sido de ayuda. Ahora estaba casi bien de la vista; girar velozmente la
cabeza sólo le acarreaba una confusión momentánea.
Nikka le había llevado a una litera y él se había negado a hablar. Aún quedaba mucho
por delante, podía percibirlo en el parloteo aturullado de las líneas del comunicador. Así
pues, durmió durante la larga travesía de ascenso por la abertura. Ahora yacía
descansando y escuchaba la línea del Lancer.
—¡Maldita sea! Tenemos que movernos.
—Sí, sin contar lo que nos va a hacer ese artefacto si intentamos partir después de
esto.
—¡Demonios! Sí, ese Vigilante ha recibido noticias de la Tierra. Está tan claro como
que hemos…
—Obsérvalo, hay cosas desplazándose por su superficie de nuevo.
—Me parece que sólo son luces.
—Bob, ¿quieres enviar a una escuadra servoasistida ahí abajo para echar un vistazo?
—No. ¿Es que no lo comprendes? No hay tiempo para medidas indirectas.
—¡Ted! Mi opinión es que no deberíamos intentar nada tan peligroso. Me refiero a que
el Vigilante de Isis nos dejó ir…
—Escuchadle, se está devanando los sesos sobre cómo puede dejarnos ir, el
condenado artefacto, si somos buenos chicos y no causamos problemas. ¡Jesús!
De nada servía intervenir en la algarabía a bordo del Lancer. Su credibilidad era
resueltamente escasa, a pesar de haberse demostrado cierta la Regla de Walmsley.
Abandonaron el sumergible y cruzaron el yermo hielo purpúreo. Carlos siguió
perorando sobre el consenso del Lancer, sobre la rabia, el horror, pero las palabras
alcanzaban a Nigel sin conmoverle.
Se reclinaba en Nikka para sustentarse según se distanciaban del lago, haciendo crujir
el hielo a cada paso. Le atenazaba una insidiosa fatiga, que, al mismo tiempo, le
acarreaba una vertiginosa claridad.
Su traje tenía marcas chamuscadas donde la gran criatura había intentado,
aparentemente, hacer presa en él. No se había dado ni cuenta.
Cerca de las fisuras algo de un curioso gris pálido cubría el hielo. Se extendía por la
planicie en largos canales. En algunos sitios daba la impresión de buscar el
pleno fulgor solar de Ross.
—¿Qué es eso? —señaló Nigel.
—Una especie de planta que puede crecer en el vacío, supongo —contestó Nikka.
Nigel se detuvo para observarla. Tenía una costra en la parte superior. La golpeó con el
puño. Se resquebrajó.
—Parece que aferra el hielo —dijo—. Es maravilloso.
Este leve vestigio le regocijó. La vida había emergido incluso hasta este lugar
esquilmado, hostil. La vida, simplemente, proseguía. Ciegamente, sí, pero invicta.
—Se parece un poco a las algas —dijo, agachándose—. ¿Ves cómo se prende al
hielo? —Trató de levantar el borde. Con considerable esfuerzo, logró levantar un trozo de
un palmo de largo y del grosor de un puño. El hielo estaba agrietado por debajo.
Rezumaba una pátina de líquido. Cuando soltó el alga parecida a una torta, cayó
pesadamente sobre el hielo.
—Vamos —dijo Nikka, trabajadora siempre eficiente y cuidadosa—. Al refugio.
—Ya voy, amor —repuso Nigel en una parodia del acento inglés.
Se sentía extrañamente pictórico, lleno de encontradas emociones.
Contempló a las cuadrillas que se afanaban en la planicie, bajo un cielo negro. Por un
instante, trató de verlas como las vería el Vigilante: sacos de nudosas vísceras, la piel
brillante de grasa, con comida adherida entre los dientes, escamosos por el continuo
declinar de las células que caían de ellos mientras caminaban, desplazando inmundicias,
sacos de tejido adiposo amarillo atrapado entre blancos huesos quebradizos, masas de
músculos fibrosos contrayéndose y alargándose para mover una jaula de varillas de
calcio, rezumante y hediondos…
Se estremeció. Las culturas de la máquina habían existido en la galaxia desde hacía
largo tiempo, desde que el primer mundo habitado cometió el suicido nuclear. Eran un
hecho accidental del universo, que había surgido de la respuesta inadecuada de los seres
orgánicos. Pero eso no significaba que fuesen a reinar con supremacía absoluta, que su
visión fuese más cierta que la oblicua perspectiva de él.
—La, Tierra, necesita, toda, la, información que pueda obtener.
—¿Con nueve años de retraso?
—Ya has oído ese mensaje que recibieron del Pacífico. Allí hay gente a flote. Trabajan
con los Espumeantes, hablan con ellos, esperan a que esos objetos anfibios grises
asciendan a la superficie después de hundirse en el mar…
—Tiene razón, hemos de obtener información, descubrirlo que está ocurriendo, cómo
funcionan estos Vigilantes, y enviarlo a la Tierra para ayudarles.
—Es cierto, Ted, tenemos que…
—Escuchad, yo estoy tan abrumado como cualquiera de vosotros por toda esta
demora, pero creedme, deseo que alcancemos un consenso pleno.
—¿Qué demonios estás diciendo?
—Si no actúas, Ted, podemos reemplazarte rápido, muy rápido…
—Mucha gente puede hacerse cargo de inmediato, tomar el mando.
—Claro, escuchad, podría ocurrir que el Vigilante todavía no haya recibido la historia
completa desde la Tierra. Esas naves grises deben estar muy atareadas.
—El Vigilante es viejo, lento.
—Si lo atacamos ahora puede que lo cojamos por sorpresa.
—Deja de andarte con rodeos, Ted.
—Sí, ya tienes el criterio general de la reunión.
—O haces algo, y rápido, o votamos tu destitución.
—Es tan simple como eso.
—Entiendo vuestra inquietud y si solamente me dejarais pensar.
—Lo pongo en duda, señor Presidente.
—No. Esperad, dejadme preguntar… ¿Bob?
—¡Ah! Sí, Ted?
—¿Tenemos vía libre?
—Todo está revisado.
De acuerdo, pues. Voy a ordenar a Propulsión que ponga en ignición la antorcha de
fusión.
—¡Eso es magnífico!
—¿Doy por sentado que tengo la aprobación de todos vosotros?¿Tiene alguien algo
más que añadir?
—Todo está en regla, Ted.
—El equipo está preparado.
Nigel se estremeció. Ted había utilizado el consenso durante mucho tiempo, y ahora
éste lo estaba utilizando a él.
—¿No creéis que deberíamos entrar? —inquirió Nikka.
—Esa burbuja de aire no nos suministrará protección alguna. Todo lo contrarío, si te
despojases del casco.
Carlos exclamó.
—¡Mirad! Están poniendo en marcha el Lancer. —Luego, quejumbrosamente añadió—:
No nos van a evacuar primero.
—El Vigilante está en activo. Puede destrozar nuestra lanzadera —repuso Nigel,
mirando a Carlos.
El hombre estaba haciendo un esfuerzo por resultar más autoritario ahora, hablaba con
mayor intensidad y usaba frases más abruptas. Sin embargo, no era convincente.
Respuesta inadecuada. Sí, ése era el quid de la cuestión, la respuesta errónea a uno de
los problemas inherentes a la vida orgánica. Las máquinas carecían de necesidades
sexuales; podían reproducirse mediante un molde.
Y podían alterarse a sí mismas a voluntad, una forma de evolución voluntaria.
Los seres orgánicos estaban divididos para siempre por los vínculos, eficientes pero
también aislantes que se creaban entre los dos sexos. Dos visiones del mundo dos
dinámicas que coincidían sólo parcialmente. Dos seres que deseaban al otro, aunque
nunca podían ser totalmente el otro, sin importar que la cirugía o las simulaciones
prometieran una liberación fugaz, falsa. Nunca se deja de ser quien eres en realidad,
separado, diverso y anhelante, en la oscuridad que forjas para ti mismo.
Por encima, en la noche cerrada,, el Lancer entró en movimiento. Giró sobre su eje y
dirigió la emanación de la antorcha en dirección al Vigilante. Hombres y mujeres
permanecían en la planicie baldía y contemplaban el punto plateado que era su hogar. El
Lancer trepidó con renovada energía. Los campos magnéticos se aglutinaron, impelidos
por el flujo vital activado.
—Espero que reduzcan a cenizas al maldito artefacto —dijo Carlos furiosamente.
—Nigel, no me gusta esto —susurró Nikka. Nigel repuso lacónicamente.
—Escucha. Lo están llamando un ataque exploratorio.
—Es venganza —dijo Nikka.
—No seas tan cobarde —imprecó Carlos con rudeza—. Ya era hora de que alguien
hiciera algo.
Nigel enarcó las cejas como orugas de un gris acerado.
—En efecto. Aunque no esto.
Ásperas luces anaranjadas recorrían al Vigilante. Lo entrecruzaban franjas azules. Un
halo de rutilantes motas de un amarillo encendido apareció en torno al Lancer al cobrar
vida la impulsión. La antorcha de fusión requería una mezcla de deuterio y otros isótopos
para iniciar la combustión.
Carlos empezó a decir:
—Apuesto a que nunca antes ha visto un propulsor de fusión, o habría sido más… —Y
el cielo explotó.
Una gota flamígera brotó de la emanación del Lancer. El activado de la fusión exhaló
plasma ionizado en una línea rugiente que golpeó al Vigilante.
—¡Jesús! —gritó Carlos—. Eso va a calcinarlo, sin duda.
Inaudible, el torrente manaba hacia el frente, salpicando de gallardetes azules, dorados
y carmesíes, la piedra gris y el metal deslucido del Vigilante.
—Esto es un mero espectáculo —comentó Nigel. El plasma arqueado iluminó la llanura
que les rodeaba, arrojando sombras grotescas—. En realidad son los rayos gamma de
alta energía los que están haciendo el auténtico daño.
—¿Cuánto tiempo puede…? —preguntó Nikka.
—El Lancer puede prolongar esto durante horas, pero.. ¡Ah! ¿Ves?, ya está alterando
la órbita debido a la reacción.
—Esa condenada cosa ya estará frita. Adiós…
Hubo una agitación procedente del Vigilante.
Un fino chorro de crepitantes llamas naranjas salió disparado hacia delante, cubriendo
la distancia hasta el Lancer tan raudo que al instante pareció una barra de luz entre los
dos. Envolvió las líneas de flujo de la tobera magnética y la emanación. Lamía y devoraba
la nave, ovillándose por los largos túneles magnéticos, difundiéndose hasta los conductos
impulsores, quemándolo todo, corroyendo los elementos electrónicos, el flujo vital y a los
humanos del interior.
El propulsor del Lancer chisporroteó. Se apagó. La llama naranja del Vigilante prosiguió
en su silencio profundo, letal, cortando, calcinando e hirviendo.
Un grave lamento surgió del grupo de la línea del comunicador. Nigel permaneció
rígido, el pecho comprimido. Al hacerlo buscaba un punto de apoyo.
Deberíamos haberla llamado Sífilis, pensó. Miró a los cráteres ciegos de alrededor:
cuencas que no parpadeaban.
* Juego de palabras intraducibles entre Pocks = viruelas y Pox = sífilis (N.delT.)
En lo alto, una zona del Vigilante estalló en una lluvia carmesí violeta. El humo
silencioso y los escombros hicieron que se propagara una niebla gris.
—Algo en el haz de rayos gamma ha desencadenado una reacción retardada —
murmuró Nigel.
…y se experimentó a sí mismo de nuevo, después de tantos años, viviendo en un lugar
absolutamente en blanco y esperando a que algo ocurriera para escribir en él. El tiempo
era como agua vertida en una canción alegre y sublime. Esa calidad que los alienígenas
de Marginis habían intentado aportar a los humanos y de la que Nigel había conseguido
un fragmento —ellos habían venido portando la revelación, esa unión con el mundo de la
que carecían las máquinas, esa unión que las máquinas perseguían y conocían
únicamente como una ausencia abismal.
Nigel vio en un instante, según se enfriaba la llama del Vigilante, que la había perdido
hacía años —al atarse a los hechos mediante las cuerdas de la cautela que le llevaron a
pique, arrastrándole debajo de las olas y la había vuelto a encontrar ahora, al caer en esa
gran noche perpetua que había debajo de sus pies.
Ahora se sentía vacío, el pasado le había sido arrebatado, estaba libre del bagaje de la
edad y de la muerte y tenía que ser el Iluso de Walmsley, de nuevo libre para calibrar
cada momento por lo que era, escabullámonos todos de aquí una, de estas noches.
—¡Heridos! ¡Dios!, cuántos son. Mira esos indicadores.
—¿Qué ha sucedido? ¿Qué ha ido mal?
…una interminable conversación cruzada y bulliciosa, de humanos o Espumeantes o
EM. Todos emergiendo de las profundidades, con el atronador parloteo de las mentes,
privados para siempre de la integración recíproca aunque buscaban, hablaban,
gimoteaban…
—Fallo eléctrico general a bordo. Parece que…
—¿Dónde están los índices de Soporte Vital? Recibo muy pocos.
Aspiró una bocanada de aire, y se dio cuenta de que había estado conteniendo el
aliento.
Pensó en las bestias de abajo. Había la posibilidad de una alianza natural, ellas
conocían lo acuciante de la mortalidad, sentían el acicate inmemorial que llevaba hacia
adelante y vayamos en busca de emocionantes aventuras entre los Injuns.
…en medio de toda la vorágine y el desmoronamiento…
…en el territorio… pero ahora todos estaban en el territorio, en la región de lo extraño.
Aunque, vinculados a la Tierra y a los Espumeantes y a los seres mudos, enormes y
pródigos en sangre de debajo, mediante ciclos de comunicación, y de muerte inevitable.
—El Vigilante ha sufrido daños, señor, pero sigue en activo. Registro señales
procedentes de él.
—Maldita sea. No lo hemos conseguido.
—Una señal débil del Lancer, nada en el comunicador de la nave.
—Montones de heridos, les cogió a la mayoría en la sala.
—¿Ted? ¿Qué pasa con Ted?
—Nada.
Ted nunca había sido capitán y nunca había tenido una nave.
—¡El propulsor está apagado! ¡Lo ha hecho estallar! No disponemos de ningún medio
para ir a casa.
Las voces continuaron resonando, llenas de pánico.
Él había estado aquí antes, en la tierra de la derrota decorosa. Pero ellos no.
Rememoró el clamor de radio que llevaba a los EM por su agostado mundo rojo.
Rememoró las atronantes canciones que había oído en el océano situado debajo de sus
pies. Rememoró el atropellado mensaje recibido desde la Tierra sólo unas horas antes,
acerca del hombre, Warren, y sus palabras deslabazadas sobre los Espumeantes.
Rememoró cómo la humanidad le parecía un mar interminable de conversaciones
irreflexivas y automáticas como el respirar.
Toda la miríada de voces, y yo dije: de acuerdo, eso me conviene. Podía oírlos a todos
—EM, Espumeantes, humanos— desde Viruelas, no era preciso viajar de regreso a la
Tierra, y el diálogo orgánico, incesante y demencial, proseguiría.
Nikka musitó.
—Tantos… desaparecidos…
—Sí.
—Ahora estamos… estamos como los Espumeantes. Lejos de casa y sin medio alguno
de volver.
Carlos comenzó a sollozar.
Se derrumbó sobre el arenoso hielo púrpura. Lo golpeó con el puño.
—¡Estamos solos! —gritó—. Todos moriremos aquí.
Hubo un silencio prolongado en la inhóspita llanura pelada. Luego:
—Probablemente —repuso Nigel. Y, por alguna razón, sonrió.
8
Aguardó a que el Vigilante emergiera.
Nigel continuaba con el corazón desbocado por la incontrolada emoción. Algo en él
evocó días de antaño, cuando había sobrevolado la película de aire de la Tierra en un
aparato transatmosférico. Se había producido un idéntico tirón constante de aceleración
mientras el avión ascendía hasta los leves confines de la atmósfera. Después, la parte del
híbrido que era el cohete cobró vida, catapultándole al firmamento azul y negro. De esa
manera había ascendido en su primera misión al espacio profundo, al asteroide Ícaro,
cubierto de gas. Pero ese pequeño mundo había resultado ser una nave espacial en
ruinas y le lanzó a una larga carrera de graves peligros, de desobediencia impropia de un
astronauta.
Ahora su corazón recordaba aquellos tiempos. Palpitaba conforme, feliz de ir subiendo
en una antorcha hacia la ingravidez. Sintió que menguaba la presión de la aceleración.
Flotó con el goce súbito que para un hombre avejentado representaba el retorno de la
juventud. Su corazón iluso deseaba el conflicto, la exploración, el entusiasmo, el vacío
cruel y la tenebrosa velocidad.
Planeaba sobre Viruelas, dirigiéndose con gracilidad parabólica hacia el Vigilante.
—¿Estás bien? —preguntó Nikka por el comunicador. Él se volvió y le hizo un ademán.
Viajaban en abrazaderas improvisadas, doce personas apelotonadas en la lanzadera
espacial pensada para cinco. Carlos estaba apretujado en un lugar intermedio entre ellos,
y sus ojos estudiaban la pantalla visora ansiosamente.
Ahora era el momento. Habían despegado de Viruelas y dentro de unos segundos
estarían a la vista del Vigilante. Si les veía, podían darse por muertos.
Nigel escudriñó al frente. Sirviéndose de una orden de anulación, pidió un primer plano
del Vigilante tan pronto como su contorno se destacara por encima de la estrecha curva
del horizonte de Viruelas. Luego buscó el misil que habían lanzado contra el Vigilante.
Constituía su única esperanza. Allí. Era una gota gris indistinta que se cernía contra la
inexorable negrura del espacio.
Si hubiesen enviado algo metálico contra el Vigilante lo habría detectado rápidamente.
Los metales eran el lenguaje y el sustrato de las máquinas. Sus texturas y destellos
electromagnéticos eran tan naturales para el Vigilante como la piel y el olor para los
humanos. Y ahí residía una vulnerabilidad. O eso suponía Nigel Y apostaba su vida a ello.
Habían pasado días acumulando las extrañas algas pálidas que vivían en el vacío
absoluto. La persistencia de la evolución había hecho salir a la superficie, a través de las
fisuras del hielo, a la vida nacida en el agua. Allí se había adaptado a un mundo frío, sin
aire. Había aprendido a succionar el sustento del hielo. La capa superior del liquen era
una armadura resistente, rica en silicio, destinada a detener los penetrantes rayos
ultravioleta de la estrella de Viruelas, Ross. Su parte inferior transfería el calor de Ross,
fundiendo el hielo minuciosamente y procurando una fotosíntesis de combustión lenta. La
legamosa dureza hacía presa tenaz sobre cualquier cosa que encontrara.
Podía sobrevivir en el vacío durante algún tiempo sin adherirse al hielo. Podía resistir el
impulso hasta la órbita. Y, lo que era mejor, carecía de entrañas metálicas, era
transparente al radar.
Así pues, el reducido grupo de humanos aislados había montado algunos vehículos y
fabricado una especie de globo lleno de algas. Tenían que hacer esto mientras el
Vigilante se hallaba en el otro lado de Viruelas, para que su actividad no despertase su
interés.
Nigel había pasado largas horas escarbando el légamo. Se adhería a su yermo de hielo
y roca. Había gruñido por el esfuerzo, mientras lo desprendía. Y había rememorado la
jardinería en la remota Pasadena, toda la broza cálida de la vida que perfumaba el aire de
la Tierra. El trabajo le había sanado de nuevo. Su cojera se esfumó. Su pulso se hizo
firme. Se sentía diez años más joven. No, veinte.
Entonces, despegaron.
—La bola de limo se está aproximando al Vigilante —emitió alguien.
Nigel se protegió, luego se relajó, sintiéndose ridículo.
En la pantalla, la salpicadura gris giraba hacia el horizonte curvo, unos cuantos minutos
por delante de ellos en la órbita. Y, en un instante, como en respuesta al globo lleno de
vida, la silueta del Vigilante se cerniría sobre la redondez uniforme de Viruelas. Los
segundos eran cruciales.
El Vigilante les vería pronto. Estaban indefensos contra él. Aunque, primero…
Tock. La carga detonó en el extremo delantero del globo. El sonido del globo
dividiéndose llegó hasta Nigel por el comunicador. Un sonido tenue, apagado.
—¡Vamos, bola de limo!
Por delante de ellos, la masa gris se expandió. Un disparo orgánico explosivo en…
El accidentado casco del Vigilante descolló sobre Viruelas. Grises dedos se
extendieron tanteando hacia él…, lo tocaron… y hormiguearon por la superficie delantera,
ahogando al Vigilante en una marea succionadora, hambrienta.
—¡Lo consiguió!
—¡De pleno!
—¡Cómetelo, bola de limo!
Nigel sonrió. Sintió las fuerzas que fluían en su interior procedentes de alguna fuente
enterrada.
Es bastante agradable estar abstractamente en lo cierto. Ello se había dado
sobradamente en los años a bordo del Lancer, gracias. Era mucho más apetecible actuar
y ganar. Había adelantado la idea de las algas a los demás, casi esperando que la
descartaran. Estaba convencido de que, a pesar de todo, seguirían prefiriendo tener a
Ted como líder. Al bueno y juicioso Ted. Pero estaban desesperados.
La idea había arraigado.
Al igual que las algas mismas arraigaban ahora, reptaban y se deslizaban por los ojos y
oídos del Vigilante. Devorando los delicados sensores. Cegándolos.
Por consiguiente, cuando los humanos en su frágil aparato se aproximaron ningún rayo
les respondió.
Nikka emitió.
—No me gustaría tener sobre mí un poco de esa borra comedora de hielo.
—Toda la vida es un aliado —murmuró Nigel. No todas las respuestas de la vida eran
inadecuadas.
Se aprestaba ya para la batalla.
El Vigilante era un laberinto. No resultaba fácil entrar, incluso con los sensores externos
cubiertos por las sedientas algas. Tuvieron que quemarlas en el casco para encontrar un
camino hacia dentro.
Después de haber conseguido una entrada en una voluminosa compuerta, el grupo de
doce se encontró flotando por sinuosos corredores como espaguetis. Algunos se
estrechaban hasta apenas una mano de anchura. Otros se ensanchaban hasta dar cabida
a un elefante.
Un extraño zumbido se filtraba a través de las paredes lacadas. Tonos fugaces
atravesaban el espectro. Nigel siguió a Carlos por un conducto que parecía descender
hasta el infinito. Rojos paneles salpicaban de centelleos azarosos los mamparos y el
complejo equipamiento. Nigel intentó inferir una pauta en la iluminación, pero en su
mayoría, parecía dilapidarse sobre el metal pelado, liso, y sobre la piedra.
El Vigilante era un semiasteroide, como lo fuera el antiguo Ícaro. En el metal y el
carbón en bruto de un planeta menor, algo había montado una elaborada tecnología.
Y lo que quiera que hiciese funcionar al Vigilante estaba escondido en algún lugar
cercano. Nigel atrajo a Nikka y siguió a Carlos. El silencio del lugar pendía como una
admonición. No tuvieron que esperar mucho.
De los agujeros salieron cosas alargadas y parecidas a serpientes. Máquinas más
grandes, tubulares y desmañadas bajaron en tropel por algunos corredores laterales.
Muchas de ellas eran inverosímiles. Los humanos abrieron fuego contra las máquinas
que se aproximaban con inevitable desespero. Los rayos láser y los haces partieron hacia
adelante.
Casi se sorprendieron al ver que sus disparos alcanzaban, certeros y rotundos, a las
máquinas. Estallaban los componentes. Los arcos eléctricos refulgían en azul y blanco,
luego se esfumaban. Las máquinas se desplomaron hacia delante, fuera de control, y
golpearon las paredes.
—Son tantos —exclamó Carlos. Tenía un proyector láser en cada mano y dos reservas
de energía ceñidos a él con unas correas.
—Gírate de costado, así ofrecerás un blanco menor —respondió Nikka.
—Por aquí —indicó Nigel.
Pusieron en fuga a las hordas. Nigel rebotó en tres paredes en rápida sucesión y se
precipitó por un tubo angosto. La ingravidez le devolvió los diestros reflejos que había
perdido hacía demasiado tiempo. Tan pronto como Carlos y Nikka se sumaron a él, torció
por un pasaje lateral. Dos máquinas esbeltas, espejeantes de cerámica vidriada, vinieron
a por él. Alcanzó a cada una con un rayo de electrones estrechamente ligados.
Carlos empezó a decir:
—¿Qué son…?
Nigel emitió una señal por el pasaje que habían abandonado. Una luz carmesí estalló
sobre ellos. Un retumbar de muerte electromagnética repercutió en sus líneas de
comunicación.
—Son artilugios implosivos que he fabricado —repuso Nigel—. Difunden ruido
electromagnético. Los he estado depositando cada cien metros.
Nikka dijo:
—Entiendo. ¿Harán explotara estas criaturas?
—Eso espero.
Así fue. Los enjambres que servían de apoyo al Vigilante fueron hechos para
defenderlo de intrusiones. Pero el tiempo realiza su labor incluso con las estólidas
máquinas. Aquellas que se consumían eran reemplazadas, pero cada vez que las
instrucciones básicas eran grabadas en la memoria de silicio o ferrita, existía una
pequeña probabilidad de error. El peso de estos errores se acumulaba, como las hojas
otoñales llevadas por el viento a una cavidad fortuita en el patio trasero, formando
montones inverosímilmente densos.
Así pues, los asistentes del Vigilante habían involucionado. Eran lentos, tardos y necios
en las letales artes de la guerra que la vida jamás podía menospreciar. La proclividad de
la humanidad a la guerra rendía sus frutos ahora.
Les llevó horas abrirse paso a través del Vigilante. Había máquinas pequeñas que se
abalanzaban contra cualquier figura en movimiento. Algunas estallaban, suicidas. Otras
saltaban, emboscadas. Las minas detonaban, desgarrando piernas y pulmones.
Nigel jugó al gato y al ratón por los oscuros corredores. Utilizó el sigilo y las artimañas
y, para su propia sorpresa, permaneció con vida.
Más hombres y mujeres partían en lanzaderas desde la base de Viruelas. Se
deslizaban a bordo como piratas y se unían a la batalla.
Por último, las máquinas se batieron en retirada. Corriendo, eran incluso menos
hábiles. Fueron destrozadas o quemadas con descargas de microondas. Cada máquina
luchó hasta el final. Resultaba obvio que quien quiera que hubiese diseñado el Vigilante,
no se había parado a pensar en la posibilidad de que fuese abordado. Después de todo,
estaba previsto que la inmensa nave bombardeara planetas, quizás incluso que avivara
soles hasta una rápida combustión. La lucha mano a mano no era su estilo.
No obstante, más de la mitad de los humanos que entraron en el Vigilante lo
abandonaron como cadáveres. Muchos más gemían y sudaban con profundas heridas.
Otros se mordisqueaban los labios de dolor e imprecaban con orgullo furibundo, airado.
Las últimas máquinas que hallaron, agazapadas en lúgubres escondrijos, fueron
reducidas, con gran júbilo, a fragmentos pequeños, retorcidos.
Nunca comprenderían buena parte del laberinto del Vigilante. Era un bosque de
superficies vidriadas, cables apretujados, inexplicables amasijos de tecnología, ajena a
todas las avenidas del pensamiento de la humanidad.
Pero comprendieron la nave pequeña que encontraron.
Estaba enterrada cerca del centro del vasto complejo. Tenía un curioso brillo
blanquiazul, como si el metal estuviese fundido en algún horno inimaginablemente
caliente. Pero abrió fácilmente al tocar un panel de control.
Carlos dijo:
—No es del mismo diseño que el resto del Vigilante. Parece más acabado. El Vigilante
es sólido aunque tosco. Este ingenio…
Nigel asintió. El vehículo tenía cien metros de largo, aunque continuaba pareciendo
minúsculo y valioso comparado con el monstruoso Vigilante. Y sus superficies de
arabescos, su aire de ligereza y de veloz gracilidad, expresaban su función.
—Es una nave rápida —observó Nikka, pasando una mano por los circuitos, que se
activaron con luz ambarina.
—Estoy de acuerdo —dijo Nigel—. El Vigilante es un trabuco. Esto es un estilete. O
una flecha, quizás.
Carlos palpó sus duras superficies con un brillo mortecino de alabastro. Estaban en lo
que debía ser una sala de control. Las pantallas florecieron en exposiciones ininteligibles
cuando se aproximaron.
—Supongo que los robots volaron en ella —comentó Carlos—. El Vigilante debe haber
sido construido alrededor de esto.
—Tal vez. —Nigel reflexionaba. Ya habían hallado evidencias de que el Vigilante era
muy antiguo, quizás algo así como un billón de años. Las técnicas para la determinación
de la antigüedad mediante isótopos radiactivos eran de gran exactitud, incluso para
duraciones tan prolongadas. Si esta nave era más antigua, ello implicaba una civilización
de máquinas en una edad remota.
—Me pregunto si podríamos utilizarla, si podríamos descifrar los controles —inquirió
Nigel. Carlos se animó.
—¿Hacerla viajar a la Tierra? ¡Dios mío! ¡Sí!
—¿A la Tierra? —Nigel no había pensado en eso.
Todos eran intensamente conscientes de ser como pescadores engullidos por una
ballena.
En alguna parte del enorme Vigilante se encontraba la inteligencia conductora. Al ser
destruidos sus asistentes, se había retirado. Pero no se rendiría.
En algún momento hallaría un medio de devolver el golpe a los parásitos que le habían
invadido. El Vigilante disponía de tiempo. Podía hacer movimientos sutiles, deliberados.
Los corredores componían una expresión cavilosa, expectante.
Nadie iba solo a ninguna parte.
Les llevó tres días encontrar el núcleo.
Un tripulante condujo a Nigel a la sala pequeña, compacta, ubicada cerca del centro
geométrico de la enorme masa del Vigilante.
—Parece una galería de arte —aseveró Nigel tras inspeccionar durante largo rato las
paredes curvadas.
Era un desatino de paredes enmarañadas. Nada se hallaba nivelado con respecto a las
paredes. Las superficies pequeñas, ornadas, se topaban unas contra otras, cada una
ondulada de detalles incrustados. Los dibujos nadaban, se mezclaban, rezumaban. Una
vertiginosa sensación de vuelo recorrió a Nigel mientras contemplaba el deslizarse sin fin
de la estructura que atravesaba la estancia.
—¿Es aquí donde piensa?—preguntó. Un tripulante respondió a su lado.
—Puede ser. Las funciones parecen conducir hasta aquí.
—¿Qué es eso? —Se abría allí un agujero que mostraba toscos soportes hechos
pedazos.
—Un mecanismo de defensa. Acabó con Roselyn cuando entró. Lo reduje con un
mezclador.
Nigel reparó en que algunos de los paneles mostraban secas manchas marrones. El
Vigilante exigía un alto precio por cada uno de sus secretos. Suspiró y señaló:
—¿Y eso?
El tripulante se encogió de hombros.
Una pauta iba y venía, como si se tratase de un inmenso naufragio oceánico hundido
en las profundidades bajo olas que se desplazaban.
Primero era una línea, luego una elipse, ahora un círculo. Su superficie gorjeaba y se
afanaba con tenues detalles. De alguna forma, las paredes parecían contenerlo como una
imagen incrustada, persistente contra la lluvia pasajera de hechos menores. Nigel frunció
el ceño. Un modo enigmático, extraño, de exhibir información. Si es que era eso.
La secuencia se produjo de nuevo. Línea, óvalo, círculo, óvalo, línea. Entonces, dio con
ello.
—Es la galaxia.
—¿Qué? —Nikka acababa de llegar—. ¿Qué es todo esto?
—Observa. —Señaló—. ¿Ves esta ancha línea de luces minúsculas? Ése es el aspecto
que ofrece la galaxia lateralmente. De esa forma la vemos desde la Tierra, en un plano
tomado sesgadamente. Ahora observa. —Sus manos arrugadas hendieron el aire.
La línea se ensanchaba, titilando en una cascada de luces. Se configuraba en un óvalo
mientras otros datos cruzaban la imagen, como nubes que corrieran por encima de la faz
de un continente adormecido. Se encendieron ruegos en el óvalo. Lo atravesaron algunas
líneas, apareció un círculo. Los hilos de su interior se distendieron y desbordaron por
efecto de la luz. Nigel dijo:
—¿Percibes los brazos en forma de espiral? Allí. ¿Los tenues contornos sobre esos
puntos brillantes?
—Bueno… —Ella parecía titubear—. Es posible.
—¿Ves esos puntos azules? —Unos puntos de luz azul se destacaban contra el resto
de los diminutos destellos. Evidentemente todos eran estrellas—. Pero… Me pregunto qué
representan.
—¿Otros Vigilantes? —inquirió Nikka.
—Podría ser. Pero, piensa. Esto es un mapa de toda la maldita galaxia. —Lo dijo
apaciblemente, aunque causó un gran efecto en los demás, que se estaban congregando
en la sala atestada—. Vista desde cada ángulo. Lo que significa que alguien, algo, lo ha
realizado. Navegó muy por encima del disco y miró hacia abajo. Cartografió las
ensenadas de gas, polvo y los viejos soles muertos. Lo vio todo.
En el silencio de la extraña habitación, contemplaron cómo rotaba la galaxia. Se movía
con una lentitud constante. Había chispas que se encendían y apagaban, la hacían variar.
Toda una serie de movimientos, solemnes y fantasmales. Mortecinas presencias grises
pasaban a través de su superficie. Se detenían. Desaparecían.
Luego, un especialista al que Nigel apenas conocía, un fornido astrónomo, dijo:
—Creo reconocer parte del dibujo.
—¿Cuál?
—¿Ves ese cuadrante? Creo que es el nuestro.
A Nigel, ahora que lo señalaba el astrónomo, le pareció un segmento de la galaxia
ligeramente más poblado y luminoso que el resto. Frunció el ceño cuando dio la impresión
de que se derramaran líquidamente por el segmento como un trozo de tarta.
—¿Reconoces algunas estrellas?
—En cierto modo —repuso el astrónomo con remilgada precisión—. Estrellas ópticas,
no. Pulsares.
—¿Dónde?
—¿Ves las de azul intenso?
—Sí, me estaba preguntando…
—Están donde deberían estar los pulsares.
Nigel recordó vagamente que las estrellas de neutrones que rotaban velozmente daban
explicación al fenómeno pulsar. Mientras los núcleos compactos de estas densas estrellas
giraban, liberaban torrentes de plasma. Tales enjambres luminosos ondeaban como
banderas cuando abandonaban la estrella. Emitían ráfagas de ruido radial. Según rotaba
una estrella, dirigía estos haces de emisión radial hacia afuera, como un faro proyectando
su luz hasta un barco distante. Cuando alguno de aquellos haces intersectaba por
casualidad la Tierra, los astrónomos lo veían y medían su frecuencia de barrido.
El astrónomo prosiguió:
—Son muy prominentes en este mapa. Mucho más luminosos de lo que son en
realidad.
—Quizá sean importantes —aseveró Nikka.
—Hum. —El astrónomo frunció el ceño. Su cara estaba surcada de arrugas de
cansancio, pero la fascinación que producía este lugar borraba el pasado. Incluso en
medio de la tragedia, la curiosidad era una picazón que había que rascarse—. Podría ser.
¿Cómo luces de navegación, tal vez?
Nigel pensó en su analogía del faro. ¿Emitían señales a través del ciego abismo?
Aunque había medios más sencillos de hallar el camino entre las estrellas. Volvió a
señalar.
—¿Por qué hay esa gran mancha azul en el centro? El astrónomo pareció más
intrigado.
—No hay ningún pulsar en el centro galáctico. Nikka preguntó:
—¿Qué hay allí? ¿Sólo estrellas?
—Bueno, existe gran cantidad de gas, movimientos turbulentos, acaso un agujero
negro. Es la región más activa de toda la galaxia, claro, pero…
Nikka preguntó:
—¿Podría ser que el centro galáctico y los pulsares tuvieran algo en común?
El astrónomo frunció los labios, como si le disgustara extraer tales conclusiones.
—Bueno… hay gran cantidad de plasma. Nigel inquirió lentamente.
—¿De qué clase?
—De todas clases —respondió el astrónomo con un tono condescendiente—. Gas
caliente que se calienta todavía más. Hasta que los electrones se separan de los iones y
todo el sistema se convierte en eléctricamente activo.
Nigel meneó la cabeza, sin saber él mismo a dónde quería ir a parar. Simplemente
patinaba e iba hacia donde el hielo le quería llevar.
—Aunque eso no ocurre en torno a los pulsares. Eso lo recuerdo.
El astrónomo parpadeó. En su concentración, el peso de las últimas jornadas se disipó
y su cara se suavizó.
—¡Oh! ¡Oh! Tiene razón. Los pulsares emanan plasma realmente relativista. Sale
disparado de la superficie de la estrella de neutrones a casi la velocidad de la luz.
Nigel no estaba de humor para una conferencia. Sin embargo, algo le espoleaba.
—¿Qué clase de plasma?
—No hay ningún ion pesado, ningún protón digno de mención. Es un conjunto de
electrones y sus partículas.
—Positrones —dijo Nigel.
—Exacto, positrones. Los electrones interactúan con los positrones de alguna manera y
originan la emisión de radio. Nosotros…
—¿Y en el centro galáctico? —insistió Nigel. El astrónomo parpadeó.
—Bueno, sí… Hubo un informe hace algún tiempo… Se detectaron positrones en el
centro galáctico. —Su voz se quebró, inflamada luego por un maravillado entusiasmo—.
Positrones. Si reducen la velocidad, se encuentran con los electrones y ambos se
aniquilan. Despiden rayos gamma. Un telescopio de rayos gamma de la Tierra, del grupo
de Jacobson creo que era, vio la línea de aniquilación.
Nigel sintió una certidumbre que aumentaba poco a poco.
—Esos puntos azules… Nikka dijo quedamente:
—El Vigilante rastrea la aparición natural de positrones en la galaxia.
El hecho hizo mella en ellos. La labor principal del Vigilante era erradicar la vida
orgánica, eso estaba claro. Pero algo había indicado al arcaico artefacto que observara
los pulsares y los plasmas de positrones que éstos propagaban por la galaxia. Un
fenómeno que ocurría igualmente en el centro galáctico, aunque en una escala mucho
mayor, aparentemente, a juzgar por la gran zona azul en el foco mismo del torbellino
rotatorio.
El astrónomo dijo, desconcertado:
—Pero no puede haber tantos pulsares en el centro de la galaxia…
—No obstante, ahí está ese globo azul —repuso Nigel.
Algo estaba sucediendo en el centro galáctico. Algo importante.
Y la civilización de máquinas lo consideraba vital, quizá tan importante como la
eliminación de la levadura orgánica que tanto aborrecían.
Nigel dijo quedamente, con una creciente certidumbre:
—Si hemos de habérnoslas alguna vez con estas cosas, con sus Vigilantes y Snarks y
todo su condenado zoo mecánico… hemos de enfrentarnos a ellos.
Nikka entendió a qué se refería.
—Pero… ¡La Tierra! Ahora podemos regresar. Hay tanto que hacer.
Él meneó la cabeza. Recorrió la estancia con la mirada. Observó la miríada de láminas
deslizantes de pensamiento alienígena y extraño diseño y contempló la luminiscencia
reflejada sobre los rostros demacrados.
Rostros perseguidos por una inteligencia voraz e inflexible. Rostros llenos de arrugas y
exhaustos por la silenciosa ansiedad que todos experimentaban con sólo estar aquí.
El Vigilante no les daría tregua. Tenían que partir. Seguir adelante.
No debían volver a casa a toda prisa. Simplemente, la Tierra no representaba ningún
puerto, ya no había ningún santuario bienaventurado. Ningún lugar privilegiado en toda la
hormigueante galaxia.
—No. Contamos con los medios. Esa nave pequeña que hemos encontrado. Debe
tratarse de un vehículo rápido. Apostaría a que vino aquí a supervisar la construcción de
este Vigilante.
—Nigel… —Nikka inició una protesta, luego se detuvo.
—Esa nave funciona todavía. Podría volver a su punto de partida. Allí donde nosotros
debemos ir.
Empezaron a murmurar y protestar.
Eran un grupo reducido de humanos cuya incesante conversación rebotaba en aquellas
superficies alienígenas. Nigel sonrió.
Sus sueños volaban en dirección a la Tierra. Debería convencerles.
…Escabullámonos todos de aquí una de estas noches.
Pero sabía que podía convencerlos. El resto de la humanidad se debatía enfrentada a
la guerra atómica y a una invasión brutal. Si este grupo pequeño no aprovechaba la
oportunidad, moraría para siempre en las tinieblas de la ignorancia, convertidos todos en
víctimas, en presas.
…Y vayamos en pos de emocionantes aventuras entre los Injuns.
No se podía retroceder ahora. Tal vez no había habido nunca ninguna posibilidad de
dar la espalda a lo que se hallaba aquí. Ésa había sido su opinión durante mucho tiempo,
desde los primeros asomos vagos de comprensión en el soleado laboratorio de
Propulsión a Chorro, perdido hacía tanto. Era extraño, ahora casi sentía nostalgia de
aquel lugar.
Ahora que sabía a ciencia cieña que nunca volvería a verlo.
Siempre se daba la apertura al exterior, y siempre ganaría.
…Por el territorio.
Señaló el disco sombrío, rotatorio, de incontables estrellas febriles. Mensajes
insondables recorrían las superficies acolchadas.
…y yo dije: de acuerdo, eso me conviene.
—Vamos —dijo él y señaló el centro galáctico.
FIN

Anuncios

Acerca de snake1964

men age:47 ateo apatrida anarko padre viudo
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s