GRAN RIO DEL ESPACIO – Serie del centro galáctico/3 – Gregory Benford

GRAN RIO DEL
ESPACIO
Serie del centro galáctico/3
Gregory Benford

 

 
A Lou Aronica y David Brin, dos caballeros del Sevagram.
PROLOGO – LA CALAMIDAD
Killeen andaba entre las extensas ruinas.
Exhausto, seguía pensando en una confusión de acero hecho pedazos, de techos
hundidos, de ladrillos y piedras, de muebles destrozados.
Se le enronqueció la respiración cuando llamó a su padre:
—¡Abraham!
Un viento frío y susurrante arrastró consigo aquel nombre. El humo se elevaba desde
los fuegos crepitantes y corría cerca de él, haciendo que el aire pareciera ondularse y
desplazarse.
Desde allí, la Ciudadela se extendía ante él y descendía por la ancha y accidentada
colina. Las intrincadas aglomeraciones de viviendas aparecían destrozadas y convertidas
en montones de escombros y escorias. Tenía las piernas entumecidas por el cansancio y
los ojos le escocían a causa del humo y de la pena; se detuvo sobre un terraplén de
ruinas de mármol blanco, restos de una cúpula caída que en otro tiempo se levantaba un
kilómetro por encima del arbolado de la Ciudadela. Por aquellos lugares había jugado y
corrido, amado y reído…
—¡Abraham! —Muy pocas veces había pronunciado antes el nombre de su padre, y en
aquella ocasión le sonó raro y remoto. Jadeó y tosió. El acre resquemor del humo se le
había quedado en la garganta.
Los terraplenes inferiores de la Ciudadela ardían ferozmente.
Los mecs habían penetrado por allí en primer lugar. Unas tinieblas negras se cernían
sobre los barrios más extensos: el Gran Césped, el Mercado Verde y el Reposo de las
Tres Damas. El hollín recubría los mellados salientes de las paredes rotas.
Detrás, las majestuosas agujas aparecían mutiladas, reducidas a unas ruinas romas.
Aquellos muñones parecían vomitar en todas direcciones lo que quedaba del acero de
sus estructuras. La brisa cambió de dirección y llevó hasta él los crujidos de las paredes al
derrumbarse.
Pero el viento no traía gemidos ni gritos. La Ciudadela yacía silenciosa. Los mecs se
habían llevado vidas y almas; no habían dejado más que cuerpos vacíos.
Killeen se dio la vuelta y anduvo por la ladera. Aquél era su antiguo vecindario. Los
bloques destartalados y las vigas retorcidas no llegaban a esconder del todo los caminos
y pasillos que había conocido en su juventud.
Aquí yacía un hombre, con los saltones ojos dirigidos hacia el cielo atormentado.
Allá una mujer aparecía partida en dos, bajo una viga.
Killeen les conocía a ambos. Eran amigos, parientes lejanos de la Familia Bishop. Tocó
los dos fríos cuerpos y se alejó.
Había huido con los supervivientes de la familia Bishop. Habían alcanzado rápidamente
la lejana cordillera, y sólo entonces se habían dado cuenta de que el padre no se hallaba
entre ellos. Killeen había emprendido el camino de regreso a la Ciudadela, utilizando unos
zapatos motorizados para conseguir una mayor velocidad. Como si fueran unos delgados
émbolos, las piernas le llevaron ante los muros defensivos ya derruidos, antes de que
ningún miembro de su familia advirtiera que se había ido.
Abraham había defendido las murallas exteriores. Cuando los mecs se abrieron camino
a través de ellas, el cerco humano se convirtió en una loca confusión.
Los mecs habían entrado. Killeen estaba seguro de haber oído la voz de su padre
gritando por los comunicadores. Pero después de aquello, la batalla los había sumergido
a todos ellos en un turbulento ciclón ardiente de muerte y pánico.
—¡Killeen!
Se detuvo. Cermo el Lento le llamaba por el comunicador.
—¡Déjame solo! —replicó Killeen.
—¡Ven! ¡No nos queda tiempo!
—Id hacia atrás.
—¡No! Todavía quedan mecs. Y algunos vienen hacia aquí.
—Ya os alcanzaré.
—¡Corre! ¡No queda tiempo!
Killeen movió la cabeza y no respondió. Con un movimiento de uno de sus dedos se
salió de la red de comunicaciones.
Trepó por piedras amontonadas. A pesar de que se desplazaba con el traje motorizado,
le resultaba difícil abrirse camino y subir por las pronunciadas pendientes de las paredes
en ruinas. Aunque los mecs habían abierto numerosas brechas, las imponentes murallas
habían resistido durante un tiempo. Pero, sometidas a los incesantes ataques, hasta
aquellas recias fortificaciones al fin habían cedido.
Pasó por debajo de un arco que, milagrosamente, había quedado en pie. Ya sabía qué
le esperaba al otro lado, pero no pudo resistir la tentación.
Ella estaba en la misma posición. El rayo de calor había alcanzado a su mujer mientras
la llevaba en brazos. El costado izquierdo le había quedado abrasado.
—Verónica.
Se agachó y observó los abiertos ojos grises de ella, que miraban un mundo derrotado
para siempre.
Con todo cuidado, intentó cerrar aquellos ojos que parecían acusarle. Pero los
párpados, viscosos y a la vez yertos, se negaban a moverse, como si ella no quisiera
renunciar a una última mirada a la Ciudadela que tanto había amado. Los pálidos labios
se curvaban con la media sonrisa que siempre mostraba antes de empezar a hablar. Pero
la piel estaba fría y dura, como si ya hubiera adquirido la rígida solidez del suelo.
Se puso en pie. Todavía percibía aquella mirada clavada en la espalda cuando se
obligó a alejarse de allí.
Andaba con dificultad por encima de las desmoronadas ruinas que habían sido
hogares, talleres, elegantes soportales. Brillaban hogueras que todavía surgían de
repente en la Biblioteca Central.
Los jardines públicos habían sido siempre sus lugares preferidos, ya que constituían
una riqueza exuberante de verdor húmedo en la seca Ciudadela, pero ahora aparecían
marchitos y humeantes.
Al pasar frente al destruido Senado, las tribunas de alabastro se quejaron y temblaron
antes de derrumbarse lentamente.
Avanzaba con cautela, pero no había ni rastro de los mecs.
—¡Abraham!
A su alrededor se amontonaban las ruinas de su juventud. Allí, en el taller de su padre,
había aprendido a utilizar con destreza las herramientas automáticas. Allí, bajo una alta
bóveda, había visto por primera vez a una recatada y vergonzosa Verónica.
—¡Abraham!
Nada. Nadie. Probablemente yacía bajo los baluartes derruidos.
Pero todavía no había podido recorrer todo el complejo laberinto que los hombres
habían construido durante generaciones. Aún quedaba alguna posibilidad.
—¡Killeen!
No se trataba de Cermo. La voz autoritaria y segura de Fanny le llegó, anulando la
interrupción de las comunicaciones.
—¡Retírate! Ahora ya no podemos hacer nada.
—Pero… la Ciudadela…
—Ha desaparecido. Olvídate de ella.
—Mi padre…
—Tenemos que huir.
—Otros… Pudiera ser que…
—No. Estamos seguros. Ahí no queda nadie con vida.
—Pero…
—Ahora. Tengo cinco mujeres cubriendo la Puerta de Krishna. Ven por este camino y
nos dirigiremos al Paso de Rolo.
—Abraham…
—¿No me has oído? ¡Date prisa!
Se volvió para dar una última mirada. Aquél había sido todo su mundo, cuando era un
muchacho. La Ciudadela había conseguido que el abrazo de la humanidad resultara real y
tranquilizante. Se había mantenido firme contra el universo hostil del exterior, con fuerza
pero también con astucia. Las finas torres habían relucido como caramelo de piedra.
Cuando regresaba a la Ciudadela después de breves ausencias, el corazón siempre le
daba un vuelco tan pronto descubría las orgullosas y descollantes agujas. Había paseado
durante horas y sin rumbo fijo por el laberinto de corredores de la Ciudadela, admirando
los elegantes frisos que adornaban los altos techos arte-sonados. La Ciudadela tenía una
gran extensión, pero a pesar de esto, había logrado ser cálida, con todos sus nichos
esculpidos donde se había infundido el espíritu de un pasado humano común.
Miró atrás, hacia donde yacía el cuerpo de Verónica.
No había tiempo para enterrarla. Ahora el mundo pertenecía a los supervivientes, a la
huida febril y a la lenta melancolía.
Killeen se convenció a sí mismo de que debía dar un paso y alejarse de ella, hacia la
Puerta de Krishna. Y luego otro.
Las derruidas paredes se balanceaban. Tuvo dificultades para encontrar el camino.
La niebla y el humo se arremolinaban ante él.
—¡Abraham! —gritó de nuevo al silencio vacío.
La tela de araña formada por los pasillos elevados de la Ciudadela aparecía caída y
rota sobre el polvo, desparramada sobre los patios interiores. Atravesó aquel terreno tan
familiar, con un aturdimiento del que apenas si era consciente. Los mismos sitios donde
había reído y hecho diabluras de niño eran ahora cráteres que bostezaban.
Cuando alcanzó el borde de las humeantes ruinas, volvió la vista hacia atrás.
—¡Abraham!
Escuchó con atención pero no oyó nada. Después, desde lejos, le llegó el zumbido de
las transmisiones de los mecs. Aquel ruido áspero le hizo apretar los labios.
Se volvió y corrió. Avanzaba sin esperanza, dejando que las piernas encontraran el
camino por él. Un polvo punzante le nubló la vista…
Una sacudida.
Una luz intensa, cegadora.
—Hey, vamos. Despierta.
Killeen tosió. Bizqueó a causa del intenso resplandor de unos crueles focos amarillos.
—¡Uf! ¿Qué…?
—Vamos, vamos. Tienes que levantarte. Ordenes de Fanny.
—Yo, yo no…
Cermo el Lento se inclinó sobre él. Su ancha cara sonriente tenía aspecto de fatiga
pero era amistosa.
—Acabo de desconectarte el mando del estimulador, nada más. No tenía tiempo, así
has despertado más fácilmente.
—Ah… fácilmente.
Cermo frunció el entrecejo.
—¿Has estado soñando otra vez?
—Yo… la Ciudadela…
Cermo asintió.
—Me lo temía.
—Verónica… la he encontrado.
—Ya. Mira, no debes pensar en esto, ¿oyes? Era una buena mujer, una esposa
maravillosa. Pero ahora tienes que olvidarla.
—Yo… —Killeen notaba la lengua áspera de tanto llamar a su padre. ¿O sería tal vez
por todo el alcohol que había engullido la noche anterior?
Era por la mañana, muy temprano. Se notaba entumecido debido a una noche de
sueño. Cuando miraba hacia arriba, podía distinguir, entre las sombras, los bultos de la
maquinaria alienígena. Recordaba que se habían detenido para pasar la noche en un
Comedero; a su alrededor la Familia Bishop se estaba despertando.
—Vamos, vamos. —Era Cermo, que le metía prisa—. Siento haber tirado del mando
con tanta brusquedad. Pero espabílate. Nos vamos de aquí.
—¿Qué… qué ha sucedido?
—Ledroff ha descubierto que un Ojeador viene hacia aquí. Suponemos que se acerca a
este Comedero para recoger provisiones.
—Oh… —Movió la cabeza de un lado a otro. El dolor se le extendió desde las sienes
hasta la frente sudorosa. Unas gotas de sudor nocturno emergieron de su nariz cuando se
incorporó para sentarse.
—Será mejor que durante algún tiempo te mantengas alejado del tablero estimulador
—aconsejó Cermo con desaprobación—. Te provoca pesadillas.
—Ya —contestó Killeen mientras recogía las botas, que eran lo primero que se ponían
y lo último que se quitaban.
—Después de todo, han transcurrido años —continuó Cermo amablemente—. Tiempo
suficiente para que dejemos de preocuparnos por eso.
Killeen frunció el ceño.
—¿Años…?
—Claro que sí. —Evidentemente preocupado, Cermo le estudió durante unos
instantes—. Ya han pasado seis años desde la Calamidad.
—Seis…
—Mira, a todos nos gusta estimularnos de vez en cuando. Pero lo evitamos cuando
esto nos lleva hacia atrás, hacia los malos tiempos.
—Pues… supongo que sí.
Cermo le dio una palmada en el hombro.
—Levántate ya de una vez. Vamos a irnos dentro de un instante.
Killeen respondió con un gesto afirmativo. Cermo el Lento fue a despertar a algunos
otros. Su alargado cuerpo se deslizó con rapidez por entre las sombras de los bultos y
máquinas alienígenas.
Las manos de Killeen estaban ocupadas en ponerse las botas, pero su mente todavía
vagaba entre los recuerdos. Las ropas sucias, las botas desgastadas, las manchas y
callosidades que tenía en las manos… todo aquello atestiguaba el tiempo transcurrido
desde la caída de la Ciudadela, desde la Calamidad.
Sin prisas, se puso en pie y se dio cuenta de que sus músculos helados se distendían y
protestaban.
La Ciudadela había desaparecido.
Verónica.
Abraham.
Ahora sólo le quedaba Toby, su hijo. Sólo un fragmento de la Familia Bishop.
Y, finalmente, ante él sólo se extendían unas inacabables perspectivas de lucha,
descanso y vuelta a la lucha.
PRIMERA PARTE – LA LARGA RETIRADA
1
Algo les seguía.
La Familia acababa de pasar con apuros por una cresta muy escarpada bajo un cielo
color jade pálido. Las emociones de Killeen seguían conmoviéndole mientras bajaba a
grandes zancadas por la pendiente.
La tierra roja estaba profundamente arrugada y erosionada. Se distinguía con toda
claridad el laberinto de huellas de tractor que hendía aquella tierra reseca. Caía tan poca
lluvia allí, que las huellas podían muy bien tener un siglo de antigüedad.
Al pie de la pendiente, se extendía un complejo industrial, con tejados con franjas de
color negro. Killeen voló sobre las bruñidas cúpulas de ébano, haciendo que los peones
huyeran precipitadamente de su sombra a la vez que manifestaban su grosera y estúpida
irritación.
Killeen apenas llegó a verlos. Buscaba los indicios de puntas aguzadas que
destacaban estroboscópicamente en su retina derecha.
Allí. Bastante lejos hacia atrás, descubrió un fugaz bailoteo verde. Aparecía y
desaparecía, cada vez en un lugar distinto.
Allí, otra vez. Muy lejos, por donde habían pasado.
Aquello les seguía de forma directa. No se trataba de una maniobra típica de los
Merodeadores. Era algo más astuto.
Parpadeó para obtener la imagen alternativa. La Familia aparecía como un despliegue
desigual de huellas azules en el mapa topográfico. Le satisfizo ver que se mantenían
formando un bonito triángulo irregular. Cermo el Lento iba, como siempre, arrastrando el
culo, en retaguardia.
Killeen se localizó a sí mismo, en el vértice, como un punto ambarino que parpadeaba.
Iba en cabeza. El objetivo principal.
Sonrió. Aquélla era la primera vez que marchaba en cabeza, y la situación le
enfrentaba a un condenado enigma. Cuando la Capitana Fanny le había mandado que
marchara al frente, había intentado que le cambiaran de sitio. Había otros con mayor
experiencia: Ledroff, Jocelyn, Cermo. Hubiera preferido quedarse atrás. Fanny seguía
mandándole trabajos extras, como aquél, y aunque había obedecido sin protestar todas
las órdenes, se había puesto nervioso desde el primer momento.
Fanny sabía mucho más que cualquier otra persona, y podía descubrir los propósitos
de los Merodeadores a través de sus artimañas. Debería estar allí delante, pero seguía
empujándole a él.
Y ahora sucedía aquello. Se dejó caer al suelo, con los ojos entrecerrados.
Killeen descendió sobre un bloque de polialúmina, el viejo material que los mecs
habían utilizado para algún propósito olvidado desde mucho tiempo atrás. La pelusa de
embalaje flotaba en el viento tibio, y dejaba unos trazos grises y sucios allí donde se
arremolinaba sobre la protección exterior de carbono de sus botas acolchadas. La basura
de los mecs llenaba el suelo, pero eso era tan frecuente que ni siquiera se dio cuenta de
ello.
—Detrás hay algo que nos vigila —transmitió Killeen a Fanny.
—¿Un Ojeador? —le preguntó ella a modo de respuesta.
—No, jefe; negativo. —Killeen contestaba con rapidez para disimular el nerviosismo—.
¿Crees que te habría alertado si se tratara del mismo Ojeador que nos está siguiendo
desde hace días?
—Pues, entonces, ¿qué es?
—No lo sé. Primero parece grande pero después disminuye de tamaño.
Killeen no sabía cómo funcionaba su escáner de área retinal, sólo tenía una vaga idea
de lo que eran las pulsaciones de radar; pero sí sabía que en principio las cosas no tenían
por qué verse grandes al aparecer por primera vez, y hacerse menores a la siguiente
pasada. La práctica proporcionaba más información que el análisis.
—¿No tendrás el equipo averiado?
—Supongo que no, porque transmite bien —dijo Killeen de mala gana. ¿Estaría Fanny
tomándole el pelo? No sabía qué le disgustaría más: que algo se les viniera encima de
aquella manera o que su equipo le dejara en la estacada.
Fanny suspiró. Era una mota casi invisible detrás de él, a la derecha; una figura
delgada y ágil. Killeen podía oír cómo hacía castañetear los dientes mientras intentaba
llegar a una conclusión, era una manía de la Capitana.
—¿Qué ordenas? —insistió con impaciencia. Era asunto de ella, puesto que era la
Capitana de la Familia y tenía a su espalda una larga vida rica en acontecimientos y
experiencias, la clase de conocimientos que resultaban imprescindibles al tratar con los
mecs Merodeadores.
Había sido Capitana durante todo el tiempo en que la Familia Bishop había estado
viajando. Conocía el arte de huir y el de perseguir, el de saquear y el de robar, el de
engañar y el de atacar. Y durante todos aquellos años terribles había mantenido a la
Familia unida.
—¿Se aproxima más?
—Así parece, pero se escabulle enseguida.
Fanny volvió a hacer castañetear los dientes. Killeen podía ver, mediante la visión
mental, que la Capitana entrecerraba los ojos mientras consideraba sus posiciones. Su
cálida presencia anulaba el aparato sensorial de Killeen, proporcionándole una calma
segura y constante. Había sido Capitana durante tanto tiempo y había desempeñado tan
bien el cargo, que Killeen no podía explicarse cómo la Familia había podido arreglárselas
sin ella antes, cuando vivían en la Ciudadela.
—En este caso, vamos a hacer el puño —ordenó con determinación.
Killeen se había quitado un peso de encima.
—¡Así se habla!
—Toca llamada.
—¿No lo vas a hacer tú? —preguntó parpadeando.
—Tú eres el hombre en cabeza. Actúa como tal.
—Pero tú sabes más sobre… —Era evidente la vacilación de Killeen. No le gustaba
tener que admitir sus propias debilidades, y menos si, como era muy probable, Ledroff y
los demás estaban a la escucha. Pero aún le gustaba menos la perspectiva de dirigir un
ataque—. Mira, Ledroff ya lo ha hecho antes. Y Jocelyn también. Voy a retrasarme y…
—No. Tú.
—Pero yo no…
—¡He dicho que no! —Era brusca, agresiva—. ¡Haz la llamada!
Killeen se humedeció los labios y se calmó. Emitió por la comunicación general:
—¡Atentos todos! ¡Vista a la izquierda! ¡Puño!
Casi todos los miembros de la Familia estaban en la abrupta línea de la cresta. Esta
posición iba a proporcionarles algún resguardo frente a lo que pudiera llegar desde atrás.
Comprobó que se desbordaban por las laderas rojizas y sembradas de hoyos. Eran como
un fluido que se desparramaba lentamente; los débiles acuses de recibo le llegaban como
si fueran los gritos de unos insectos diminutos.
Por un momento, Killeen no tuvo en cuenta que recibía las respuestas por medio de
ondas de radio, porque durante toda su vida había estado inmerso en un baño sensorial
originado por la unión de las señales acústicas y de las electromagnéticas. Poder
distinguir entre ambas exigía más ciencia de la que él dominaba, incluso más de la que
podía llegar a dominar. En lugar de esto, recibía el conjunto salpicado de voces como un
zumbido intermitente, que llegaba desde lejos atravesando el silencio caliente e inmóvil de
aquel atardecer polvoriento. A pesar de que cada miembro de la Familia se deslizaba en
largos y hermosos arcos, a Killeen le parecía que todo el grupo estaba detenido algo más
allá porque el avance era muy gradual, como si se tratase de una melaza oscura y
viscosa que se deslizara hacia abajo por la pendiente. Pesados y lentos, iban llegando
aquellos maltrechos restos de la humanidad, tal vez lo último que quedaba de ella;
llegaban ansiosos, llevados por un instinto gregario, tribal.
Killeen captó fragmentos de conversación procedentes de Ledroff:
—¿Por qué la Capitana le ha colocado a él? ¿Por qué diablos está allí delante…?
—¡Basta de charla! —ordenó Killeen.
—No es capaz de encontrarse el culo, ni utilizando ambas manos…
—¡He dicho que os calléis! —remachó con fiereza.
Killeen ya había oído con anterioridad las pullas de Ledroff por el intercomunicador.
Hasta aquel momento, no le había hecho el menor caso. No veía la necesidad de
provocar un enfrentamiento con aquel hombre grande y engreído. Pero en aquella
ocasión, Killeen no podía pasarlo por alto. No, cuando aquello podía representar ponerles
en peligro a todos ellos.
—Me parece que está viendo fantasmas que le hacen saltar de miedo —dejó caer
Ledroff antes de callarse.
Killeen hubiese deseado que la Capitana Fanny interviniera en la comunicación general
e hiciera callar a Ledroff. Habría bastado un sencillo chasqueo desaprobatorio de lengua.
La Familia avanzaba a gatas, utilizando los conocimientos adquiridos a lo largo de
aquellos años tan duros. Desviándose hacia la izquierda, se infiltraban por entre los
voluminosos edificios con cúpulas del complejo industrial.
Los mecs de la fábrica se detuvieron de repente cuando la Familia se escabulló con
ligereza y rapidez por los patios de trabajo. Después, aquellas voluminosas y
desmañadas máquinas retrocedieron, guardando sus extensores dentro de las
deterioradas cápsulas de aluminio. Aquellos mecs no tenían otro sistema de defensa, y la
Familia no se preocupó más de aquellos objetos de hocico alargado y forma de tortuga.
Pero a pesar de todo, los humanos debían darse prisa. Sabían que si se quedaban
mucho tiempo, aquellos esclavos mecánicos que pensaban con lentitud emitirían una
llamada. Entonces llegarían los Lanceros, o algo peor.
Killeen consideró durante un momento la posibilidad de que el objeto que les perseguía
fuera un Lancero solitario, al que hubieran llamado por algún pequeño pillaje que la
Familia hubiera cometido unos pocos días antes. Comprobó los débiles indicios que le
llegaban desde atrás.
No. Aquella cosa no se parecía en nada a un Lancero. Era un objeto de menor tamaño,
sin duda. Apenas recibía una imagen mínima. Sin embargo…
—¡Ya! —gritó. Se golpeó la sien derecha dos veces con el dedo índice para transmitir a
toda la Familia el mapa topográfico de situación de todos ellos.— ¡Nos hemos de agrupar!
Se diseminaron con un rumor de excitación, rompiendo la formación triangular parecida
a un enjambre de abejas que habían adoptado hasta entonces. Formaron los tradicionales
anillos concéntricos, con algunas irregularidades porque la Familia sólo contaba con
doscientos setenta y ocho miembros, de los cuales algunos eran lentos o estaban
enfermos: cojos, ancianos o heridos en las pasadas camorras, luchas y enfrentamientos.
Fanny descubrió el problema y ordenó:
—¡Mostremos nuestros talones al viento!
Aquella antigua manera de dar órdenes funcionó. Empezaron a correr con mayor
rapidez, acuciados por un miedo inmencionable pero agudo.
Killeen transmitió el último mapa topográfico a Fanny, en el que se veía una
desordenada serie de trazos blanquiazules detrás de ellos.
Fanny le transmitió:
—¿Dónde está?
—No lo sé. Parece como si hubiera una especie de pantalla.
—¿Una confusión deliberada?
—Creo que no. Pero…
—En situaciones como ésta, los mapas topográficos no sirven para averiguar el
tamaño. Calcúlalo por la velocidad. Ningún mec de fábrica se puede mover tan veloz
como un Merodeador.
—Éste va lento, pero de repente acelera.
—Tal vez sea un Merodeador.
—¿Crees que deberíamos detenernos y esperar a que se acerque?
Percibió la mirada calculadora de ella, como si se tratara de una cuña fría que se
hundiera en su aparato sensorial.
—¿Qué piensas tú?
—Pues… bien… Tal vez se limita a observarnos.
—Podría ser. —Ella no cedía en lo más mínimo.
—En ese caso, sería preferible que siguiéramos, como si no le hubiéramos visto.
—A la larga, podemos seguirle la pista, claro.
Killeen se preguntaba qué quería decir Fanny con aquello pero prefería no
preguntárselo, y mucho más sabiendo que Ledroff estaba a la escucha. Informó con
precaución:
—Sigue dando saltos por ahí.
—Podría tratarse de alguna nueva técnica de los mecs.
¿Sí?, pensó. ¿Y cómo debemos responder? A pesar de ello, mantuvo un tono de voz
neutro y seguro al contestar:
—Lo mejor será hacerle pensar que no le hemos visto. Si lo que está haciendo es sólo
probar su equipo, se marchará.
—Para regresar cuando estemos dormidos —continuó ella sin alzar la voz.
—¿Y qué? La centinela le descubrirá. Si le disparamos ahora, que no alcanzamos a
verle bien, tal vez se marche. Pero en la próxima ocasión regresará, con una mejor
técnica mec para que no le descubramos, y nos liquidará.
Fanny permaneció en silencio durante un largo tiempo; Killeen se preguntaba si no
había quedado como un tonto. Ella le había enseñado sus mañas, y él siempre se había
sentido torpe comparado con el dominio pleno, casi espontáneo, que ella tenía de las
tradiciones de la Familia. Podía ser una Capitana severa con una táctica astuta, firme y
rápida. Y al final de la huida o de la lucha, al reunirse alrededor de las hogueras nocturnas
para explicarse historias, podía mostrarse tan acogedora como una abuela. Killeen haría
cualquier cosa para no decepcionarla. Pero tenía que saber cómo actuar, y ella no le daba
ninguna pista.
—Creo que sí. Es la mejor solución, suponiendo que se trate de un Merodeador
corriente.
Killeen se sintió orgulloso por haber merecido su aprobación. Pero cierta nota de
preocupación en la voz de Fanny le obligó a preguntar:
—¿Y si no lo es?
—Tendremos que correr. Y correr aprisa.
Ya habían dejado atrás las montañas. La Familia corría a través de unas tierras llanas y
erosiona-das. Fanny preguntó entre jadeos.
—¿Lo ves ya?
—Negativo.
—Ya debería haber coronado la cima. Esto no me gusta.
—¿Crees que se trata de una trampa? —Mientras estudiaba la pantalla topográfica,
Killeen se planteó cuatro posibilidades. De nuevo deseaba que Jocelyn, o hasta el maldito
Ledroff, estuvieran en su lugar. Si se aproximaba un ataque, quería estar cerca de su hijo.
Exploró hacia delante y descubrió a Toby en medio de la formación en movimiento de la
Familia.
Fanny se retrasó para escudriñar la cresta.
Killeen volvió a buscar el elusivo perseguidor. La imagen topográfica bailaba ante sus
ojos, emitiendo cintas de luz.
Más trazos nebulosos.
Hacia la derecha apareció una ligera mancha de azul pálido.
Killeen se dio cuenta demasiado tarde de que hubiera sido mejor mantenerse en la
cresta. Se habían puesto al descubierto y habían perdido al enemigo. Gruñó a causa de la
frustración y corrió hacia delante.
Habían avanzado un buen trecho por el extenso valle cuando miró hacia la derecha y
descubrió primero la capa sobrepuesta de verde parpadeante y después los lejanos
declives rocosos. Se trataba de unas rocas recientes, hendidas por algún minero, con la
ambarina superficie excavada y estriada.
Pero también vio un corte limpio que no estaba allí unos momentos antes. Killeen
estaba seguro de no equivocarse.
—¡Orientaos hacia mi dirección! —gritó a toda la Familia, y se abrió paso hacia una
colina baja—. Fanny, sería conveniente que tú…
Killeen oyó un agudo crujido.
Vio que Fanny caía, lanzando un grito de sorpresa. Luego, su voz se hizo más aguda
expresando un dolor sofocado pero sobrecogedor.
Se volvió y disparó hacia las lejanas colinas esculpidas, donde se alzaban unos
bloques sin terminar de piedras romboidales.
Le llegó el eco de un ruido seco, el crujido producido por la destrucción de un circuito.
Había logrado un impacto directo. Probablemente no sería suficiente para que aquella
cosa cayera muerta, pero por lo menos les proporcionaría algunos segundos de respiro.
Gritó:
—¡Corred, a toda velocidad!
Con Fanny herida, él debía llevarse a la Familia lejos y sin demora. Killeen parpadeó,
vio los puntos azules de la Familia que viraban hacia el terreno quebrado donde podrían
hallar algún refugio. Bien. ¿Pero, dónde estaba…?
—¡Toby! Métete en aquel lecho de río, ¿lo ves?
A un kilómetro de distancia, su hijo vacilaba.
—¡Hacia tu derecha!
Por unos instantes, todo pareció balancearse al borde de un abismo de angustia.
Killeen estaba seguro de que el equipo de su hijo estaba averiado o sobrecargado,
impidiéndole recibir el aviso. O tal vez el muchacho estaba confundido por la acumulación
de ruidos electrónicos. O muy cansado por la carrera. Y se quedaría de pie sobre la
reseca llanura, donde formaría el único objetivo sencillo e inmóvil que se destacara en las
lentes oculares del invisible Merodeador mec. La indecisión de su hijo le convertía
también a él en un blanco inmóvil.
En aquel momento de suspense, Killeen recordó cierta ocasión en que había tomado
parte, junto a su padre, en una operación de búsqueda entre la basura. La expedición
para recoger algunos chips que necesitaban era tan fácil que su madre había consentido
que él fuera. Y allí, por pura casualidad, un Merodeador había dado con ellos mientras
saqueaban una aislada y destartalada estación de campo donde trabajaban unos peones
mecs con su servilismo callado y estúpido. Killeen se había unido a una expedición
secundaria para apoderarse de unos servos que había en un polvoriento almacén y,
durante el ataque, el Merodeador (un Batidor, viejo pero con armamento completo) le
había visto y acorralado. Tres hombres y una mujer habían volado el Batidor, haciéndolo
saltar en pedazos cuando se encontraba sólo a dos pasos de Killeen, quien huía
desesperadamente. El terror había sido tal que se había cagado en el traje. Pero lo que
más recordaba no era la vergüenza cuando el olor de la mierda se hizo evidente, ni las
pullas de sus amigos. En vez de ello, sólo recordaba el perturbador instante en que su
padre le miró con los ojos hundidos en las cuencas y pálido como un muerto. Aquellos
ojos le habían taladrado con desesperación. Y Killeen sabía que su propio rostro estaba
mirando con un rictus de horror anticipado mientras su hijo permanecía inmóvil, de pie,
durante todo el inmutable tiempo perdido que dura un latido del corazón.
—¡Toby!
—Uh, ya voy.
La distante figura se metió bajo un muelle que había en el meandro fósil de lo que
había sido un curso de agua.
Killeen no podía respirar. Se dio cuenta de que él mismo se había quedado rígido,
convertido en un blanco perfecto.
—Agáchate y corre, muchacho —le gritó mientras él mismo se desviaba y salía
escabulléndose.
Oyó que algo pasaba cerca de él —tsssip— a través del aire silencioso.
Vislumbró unas chispas anaranjadas, como unas rápidas flechas en el ojo derecho.
Aquello significaba que algo le estaba sondeando, buscando un camino para meterse en
su interior. Y era rápido, más rápido de lo que nunca hubiera visto.
Un picor y un sudor frío le sofocaban por dentro con un áspero susurro, mientras corría.
Killeen se dejó caer al suelo.
—¡Fanny! ¿Cómo estás?
—Yo… auhhhh… no puedo…
—Esa cosa. ¿Qué es?
—Yo… No lo había visto… desde… años…
—¿Qué podemos hacer?
Ledroff intentó meterse en aquella línea de comunicación de cono muy estrecho.
Killeen soltó un juramento y anuló su conexión.
—No creas… lo que… veas…
—¿Qué es…?
Fanny tosió y su línea de comunicación quedó en silencio.
Fanny tenía más conocimientos que cualquier otra persona de la Familia acerca de los
extraños y mortíferos mecs. Había luchado contra ellos durante mucho tiempo, antes de
que Killeen naciera. Pero Killeen podía deducir por la lentitud de su voz que aquello se
había aferrado a la Capitana, tal vez le había destruido alguna conexión nerviosa.
En consecuencia, no podía contar con la ayuda de la experimentada anciana.
Killeen volvió a observar las retorcidas y elaboradas formas de piedra que se erguían
en las laderas lejanas. Podía distinguir unos planos distorsionados, unas superficies
esculpidas con propósitos incomprensibles para los humanos. No se entretuvo a pensar
en ellos, porque hacía mucho tiempo que había aprendido a ignorar lo que ningún ser
humano podía descifrar. En cambio, intentó averiguar si los cortes de las grietas eran
recientes, lo cual indicaría que se trataba de una autoescultura. Pero no lo consiguió.
—¡Jocelyn!
Las trabajadas superficies de las piedras se hicieron más ligeras. Empezaron a brillar.
Killeen tuvo la vertiginosa sensación de que podía distinguir, a través de las desnudas
piedras, una ciudad surgida de repente, con murallas y paredes de granito macizo, que
zumbaba con una energía roja y se iba hinchando ante sus ojos.
—¡Maldito sea todo! ¿Qué es esto? —se preguntó a sí mismo en voz baja.
La ciudad resplandecía cristalina, a lo lejos. La roca vulgar se fundía para convertirse
en una filigrana transparente.
Y luego volvió a ser piedra esculpida.
Jocelyn le llamó, incrédula:
—¿Es así toda la ladera de la colina?
Killeen gruñó:
—Un espejismo de esta envergadura requiere un gran mec.
—O uno de una nueva clase —dijo Jocelyn.
Había llegado desde la derecha, inclinada hasta el suelo y corriendo con compresores.
Tras ella, la Familia huía a toda velocidad, Killeen recibía el jadeo de las respiraciones en
proporción a la distancia. Constituían un constante coro de fondo, como si todos le
estuvieran observando; era como si la Familia, al mismo tiempo que corría en busca de
seguridad, estuviera todavía allí para ser testigo de aquella última adición infinitesimal a la
prolongada lucha sin esperanza frente a las máquinas. Sentía que estaban a su alrededor
como un silencioso jurado.
Jocelyn le llamó:
—¿Le has dado a algo?
Killeen se agachó detrás de los restos de unas antiguas vigas retorcidas. Los largos
espacios entre ellas estaban señalados por unas brillantes costras de orín.
—Creo que sí.
—¿Era algo sólido?
—Negativo. Por el ruido que hizo diría que le he dado a un circuito mec, eso es todo.
—Entonces estará todavía allí, escondido.
Todavía no podían ocuparse de Fanny. Se mantuvo a una prudente distancia del
cuerpo inerte, porque estaba seguro de que aquél era ya un blanco perfectamente
localizado.
—Puedo olerlo. —La voz de tiple de Jocelyn, que por lo habitual era suave, sonaba
aguda y alta.
También podía olerlo él, ahora que se había tranquilizado un poco. Era un hedor
pesado, aceitoso. Sus detectores implantados le transmitieron el olor en vez de los
parámetros codificados. Los humanos recordaban mejor los olores que los datos. Pero no
pudo reconocer aquella química espesa y próxima. Estaba seguro de no haberla
experimentado antes.
Un febril sonido hueco —whuuung— retorció el aire. Llegó a Killeen como una vibración
más baja de lo que cualquier oído podía captar, una mezcla de murmullos infrasónicos
que llegaba hasta sus pies y un crepitar electromagnético cuya frecuencia iba
aumentando al mismo tiempo que se suavizaba y que llegaba hasta él en la brisa.
—Nos está lanzando bloqueadores —observó—. Debe de haber usado una
combinación de ellos en Fanny, pero no surten ningún efecto sobre nosotros.
—Ella tenía un equipo muy antiguo —comentó Jocelyn.
—Probablemente en este mismo momento, el mec está cambiando las claves —dijo
Killeen, respirando profundamente y deseando poder hacer algo, lo que fuera.
—Nos está buscando.
—Afirmativo. Estoy de acuerdo —murmuró Killeen. Intentaba recordar. Años atrás,
habían surgido algunos mecs que actuaban así. Transmitían algo que se metía en tu
interior y que actuaba sobre tu percepción de las cosas. Podía hacerte creer que estabas
contemplando un paisaje, cuando en realidad las imágenes eran artificiales, dejando fuera
lo que…—. Mantis —exclamó de repente—. Mantis. Fanny los llamaba así. Los había
visto un par de veces.
Un Mantis proyectaba ilusiones más elaboradas que cualquier otro mec. Podía evocar
imágenes del pasado y metértelas dentro de la cabeza, tan aprisa que no podías
distinguirlas de la realidad. Y detrás de aquellas imágenes se escondía el Mantis, que se
acercaba cada vez más, intentando abrir brecha en ti.
—¿Crees que debemos correr? —transmitió Jocelyn, que era ya una mota distante en
retirada, preparada para salir corriendo.
—No, si hay una gran mancha verde a mi espalda.
Killeen empezó a reír con desatino, lo que en aquellos momentos le resultaba más fácil
que pensar. Había aprendido que aquellas decisiones tenía que tomarlas en el instante
preciso. Cualquier otra actitud no servía más que para aumentar la preocupación, y eso
entorpecía las reacciones cuando la rapidez era lo indispensable.
Su problema residía en el equipo de planos y de topolocalización, ya que era el único
miembro de la Familia que disponía de uno. Se lo colocó a la espalda, lo más bajo
posible.
La leyenda contaba que el hombre del topo era el primero al que intentaban freír. Se
decía que los mecs cazadores, Lanceros, Ojeadores y Batidores, veían el equipo como
una mancha verde brillante y se orientaban hacia ella. Podían hacer rebotar en él sus
ululantes voces para obtener así una especie de sonar direccional. Y después ululaban
con mayor intensidad, transmitiendo algo que invadía el equipo del hombre del topo y
luego penetraba profundamente en su cabeza.
—¿Qué haremos, pues?
—Tenemos que disparar.
Percibió el gruñido de protesta de Jocelyn. A ella no le gustaba aquello. A decir verdad,
tampoco le gustaba a él. Si aquella cosa Mantis era sólo la mitad de efectivo de lo que
Fanny había calculado, podía localizar un disparo y descubrir al tirador antes de que
pudiera levantar las defensas.
Pero si no mataban aquel Mantis entonces, podía llegar hasta ellos y destrozarles con
los cortadores antes de que pudieran ponerle la vista encima.
—Espera, estoy intentando acordarme de algo que me contó Fanny.
—Vale más que te acuerdes pronto.
El método didáctico de Fanny era enseñar contando historias. Había mencionado algo
referente a la Calamidad, acerca de cómo en medio de la peor batalla de la humanidad,
algunos Bishop habían encontrado un modo de romper los espejismos.
Con un dedo se golpeó con cuidado los dientes apretados, un golpe corto y otro largo.
Aquello dispuso su visión de manera que los rojos le llegaban con mayor fuerza. Los
azules se difuminaron, dejando tras de sí una accidentada tierra resplandeciente que
hervía en un fuego líquido. El cielo era una descolorida vacuidad. A través de la lejana
ladera, aparecían unas franjas de color carmesí correspondientes a mareas de
temperatura, a medida que sus ojos iban cubriendo el espectro.
—Fanny está herida. ¿Crees que podemos ir a buscarla?
—¡Silencio!
Movió la cabeza con violencia, mirando detenidamente al frente, manteniendo los ojos
fijos en un lugar. ¿Qué había dicho Fanny…? Busca el rápido parpadeo rojo, y mira por el
rabillo del ojo.
Algo se había agitado. Entre las bruñidas superficies de un gris pétreo, se alzaba algo
larguirucho, curvado, con arabescos de gusanos luminosos. La imagen se difuminó con la
roca y desapareció; sólo volvía a ser visible si Killeen sacudía con rapidez la cabeza hacia
un lado.
La ilusión se desvanecía casi enseguida, pero no por completo, y durante unas
fracciones de segundo pudo distinguir aquella cosa de patas tubulares y cabeza
encapuchada, con el cuerpo lleno de bultos y erizado de antenas.
—¿Tienes algo?
—Veamos, yo…
Algo le había taladrado un agujero en el ojo y se había introducido por allí.
Rodó hacia atrás, parpadeando, y trató de seguir con los sentidos los rebotes de aquel
calor que le hacía aullar al recorrer su cuerpo clavándole unos agudos pinchazos.
Una agonía licuada inundó todos sus nervios. Hormigueaba, derramándose y
extendiéndose.
Vio o percibió unas conocidas caras ancianas, pálidas y delgadas. Se le venían encima
y luego se alejaban, como si una mano gigante barajara un mazo de cartas de modo que
cada rostro se presentaba por completo sólo durante un instante. Y a cada uno de
aquellos fugaces recuerdos se añadía un ramalazo de dolor brillante como el cromo.
El Mantis estaba rastreando en su pasado. Buscaba, grababa.
Killeen rugía de rabia.
Luchaba contra aquel toque que intentaba atraparle.
—Se me ha metido dentro.
Luego percibió que, con fría rapidez, algo captaba el doloroso dardo en su pierna
derecha. Notaba cómo el calor ambulante de aquel objeto chisporroteaba y moría. Lo
había absorbido alguna trampa que, como una tela de araña, estaba profundamente
imbuida en él, creada por mentes que hacía ya mucho tiempo que se habían perdido.
Killeen no se preocupó por saber qué le había salvado. Su propio cuerpo tenía tantos
dispositivos desconocidos como el de los mecs. Simplemente, se levantó y vio que se
hallaba al pie de una pendiente de piedra desmenuzada, arenosa, hasta donde le habían
llevado sus espasmos. En su aparato sensorial conservaba una imagen estroboscópica
residual de aquella fuente de dolor. Y su localizador direccional había podido seguir las
señales intermitentes hasta su origen.
—Jocelyn, puedo tener su posición —gritó.
—¡Pues date prisa, maldita sea!
—¡Se está desplazando!
Bajo la penumbra de color rubí, el Mantis se agitó y se aproximó hacia donde yacía el
cuerpo inerte de Fanny. Killeen oyó un ruido de tono profundo, como de una sierra, que le
erizó el vello de la nuca.
Como si se tratara de unos dientes amarillentos que royeran huesos. Si se acercaba
más a Fanny…
Killeen suspiró al ver la imagen intermitente del Mantis que se desplazaba, y con el
dedo índice derecho se apretó un determinado punto del pecho. En su ojo izquierdo, un
círculo de color púrpura fue creciendo hasta abarcar una zona en que la imagen del
Mantis entraba y salía. Se dio un golpe con el dedo en la sien derecha y Jocelyn obtuvo la
localización.
—¿Quieres dejarlo frito? —transmitió ella. No era más que un pequeño punto al otro
lado del valle. Podían obtener una buena triangulación de la posición del Mantis.
—Negativo. Hagamos volar a este bastardo.
—Afirmativo. ¡Vamos!
Disparó. Sonaron unos estampidos que rompieron el silencio.
Las dos cargas de modelo antiguo se estrellaron contra el mec por ambos lados. Las
patas saltaron por el aire. Las antenas cayeron al suelo.
Killeen llegó a ver cómo la vida eléctrica del Mantis, azul y verde, caía y acababa de
soltar destellos. Todos los componentes internos morían mientras la mente principal
intentaba salvarse sacrificándolos. Pero las lesiones mecánicas no podían repararse con
un rápido cambio de flujo de la electricidad, recordó sonriendo.
Muchas veces los mecs eran vulnerables a este ataque. A Killeen le gustaba verlos
saltar en pedazos, sin duda era más gratificante. Y por esta razón usaba cargas
explosivas siempre que podía.
Se levantó de un brinco y echó a correr a toda velocidad hacia el Mantis, que todavía
se estaba desarmando lentamente. Las bolas de los cojinetes salían despedidas, dejando
las patas sueltas. El tronco había caído al suelo y había rodado unos metros. El cerebro
principal debía de estar por allí, intentando salvarse.
Killeen se aproximó con cautela, atravesando el terreno arenoso donde se esparcían
restos de mecs. Expulsó a patadas las partes pequeñas de maquinaria, sin apartar la
mirada del Mantis ni por un momento. Jocelyn llegó por el otro lado dando saltos.
—Podría ser un engañabobos —aventuró Killeen.
—No lo sé. Jamás había visto algo tan grande.
—Ni yo —murmuró impresionado.
Extendido en el suelo, el Mantis era más largo que diez hombres puestos uno a
continuación del otro. Para Killeen, el peso y las dimensiones de las cosas le llegaban de
forma directa y con toda sencillez. Sin tener que calcularlo, sabía si algo pesaba
demasiado para poderlo transportar durante la marcha de un día, o si estaba al alcance
de algún arma.
Los números volaban por su ojo izquierdo, comunicando las dimensiones y la masa del
Mantis. No podía leer aquellos antiguos signos de sus antepasados, y casi le pasaban
desapercibidos. No los necesitaba. Los chips interiores, profundamente implantados, y los
subsistemas procesaban todos los datos de forma directa a los sentidos perceptivos.
Llegaban hasta él con naturalidad y sin darle importancia, como recibía la caricia del tibio
viento sobre sus rizos descoloridos, que habían sido negros. Recibía los débiles quejidos
electromagnéticos del Mantis moribundo, o el ligero fastidio que le avisaba que pronto
debía mear.
—Mira —señaló Jocelyn. Estaba tan cerca que la oía acústicamente. Su voz sonaba
algo nerviosa debido al cansancio y al constante miedo—. La mente principal está aquí —
indicó, mostrando el sitio.
Una especie de capuchón cobrizo intentaba abrir un túnel en el suelo, y desde luego,
trabajaba rápido. Jocelyn se quedó de pie muy cerca del objeto y apuntó con el
dispersador.
—Usa un demoledor —dijo Killeen.
Ella tomó un tubo cargado con un disco, y lo accionó. El disco salió con un silbido hacia
el bruñido capuchón orlado de remaches. El impacto sacudió el caparazón. Los taladros
de acero azul que había en su cara inferior se fueron acallando hasta permanecer
inmóviles.
—Bien —aprobó Killeen.
Cerca de allí, dos peones intentaban huir. Ambos mostraban unos dibujos
entrecruzados en los paneles laterales. Era insólito que los peones viajaran junto a un
mec de grado elevado.
—Dales a estos dos —dijo, levantando la pistola.
—Sólo son peones, olvídate de ellos.
—Es una orden.
Corrió hacia Fanny. Estaba siguiendo las reglas que Fanny había establecido mucho
tiempo atrás: primero había que asegurar la mente principal, y luego atender a los
heridos.
Pero mientras saltaba hacia la postrada forma inmóvil, el corazón le dio un vuelco y
lamentó haber perdido un solo momento.
Fanny yacía hecha un ovillo, con la cabeza hacia un lado. Tenía la correosa boca
abierta de través, mostrando las amarillentas encías y los dientes aguzados por las largas
horas de limado. La cara cubierta de arrugas miraba hacia el cielo sin verlo y los ojos eran
de un blanco vidrioso y brillante.
—¡No! —No podía moverse. A su lado, Jocelyn se había arrodillado y colocaba las
palmas de las manos contra la parte superior del cuello de Fanny.
Killeen observó que no había el más mínimo movimiento. Notó un horroroso vacío que
iba penetrándole y se estaba apoderando de él. Dijo con lentitud:
—Esta cosa… la ha destruido por completo.
—¡No! ¿Con tanta rapidez? —Los ojos febriles y completamente abiertos de Jocelyn le
miraban fijamente. Deseaba que Killeen negara lo que ella podía comprobar con sus
propios ojos.
—El Mantis… —la confirmación le atenazaba la garganta—…es condenadamente
rápido.
—Pero tú pudiste herirle —dijo Jocelyn.
—Suerte. Ha sido por casualidad.
—Nosotros…, nunca…
—Este tenía algunos trucos nuevos.
La voz de Jocelyn sonaba llorosa y lastimera.
—¡Pero Fanny! ¡Ella sabía cuidar de sí misma mejor que cualquier otro!
—Sí. Eso es cierto.
—Ella lo sabía todo.
—Nadie lo sabe todo.
En los ojos semicerrados de Fanny, atormentados por el miedo, Killeen observó unas
señales que la Familia no había tenido que soportar desde hacía meses. Alrededor de los
ojos de Fanny rezumaba un pus gris pálido. Una burbuja llena de sangre se formó en el
pus mientras él observaba. La burbuja explotó y dejó escapar un gas corrupto.
El Mantis había, en cierta manera, interrogado a los nervios de Fanny, a su cuerpo, a
su verdadera esencia; todo en unos pocos segundos. Los mecs jamás habían podido
hacerlo con tanta rapidez, a distancia. Hasta entonces, un mec Merodeador tenía que
capturar a un humano al menos durante algunos minutos sin interrupción.
Aquélla había sido una pequeña ventaja que la humanidad tenía sobre los mecs
errantes y predadores, pero si aquel Mantis era una señal, la ventaja se había perdido.
Killeen se agachó para observar el cuerpo. Jocelyn la había despojado de su resistente
traje elástico de piel. La carne de Fanny aparecía como si millares de pequeñas agujas la
hubieran atravesado de dentro hacia fuera. Pequeñas manchas de sangre azul negruzca
ya se habían secado por debajo de la piel.
El Mantis la había invadido, captando todo su ser. En un instante había dejado al
descubierto las redes de neuronas interconectadas que eran Fanny y se había enterado
de toda la historia de ella, las cosas que cada humano conserva grabadas en el interior.
Cómo había alcanzado el placer, cómo había percibido las agudas punzadas del dolor.
Cuándo y por qué había capeado las miríadas de derrotas que había dejado atrás; una
larga e insoslayable sucesión de oscuridad y de luz, y de nuevo la envolvente oscuridad
por la que ella había avanzado con paso terco e inflexible, un camino ininterrumpido
trazado a través de un mosaico de mundos, de esperanzas y de guerras incesantes.
Algunas veces, los Merodeadores sólo buscaban esto, no querían metales explosivos o
suministros de cualquier clase. Ni siquiera los pequeños chips eléctricos que los simples
mortales buscaban y robaban con frecuencia a los mecs de categoría inferior como
peones, porteadores o recolectores.
La muerte definitiva. Los Merodeadores querían información, datos, la verdadera
personalidad. Y al interrogar cada pequeño recoveco de Fanny, el Mantis había
absorbido, roído y borrado toda la información que había formado a Fanny.
Killeen lloró con rabia desconcertada. Volvió corriendo hacia donde estaba el
destrozado Mantis y de un tirón le arrancó el puntal de una pata.
Hinchando el pecho, golpeó con el puntal, que tenía la longitud de su brazo, los restos
del Mantis, haciendo saltar parte de ellos. Ledroff intentó llamarle, pero le vociferó algo y
cerró por completo sus líneas de comunicación.
No supo cuánto duró aquel destrozo y griterío. La emoción le llenaba por completo y al
fin se fue vaciando con la misma rapidez con que había aparecido, consumiendo su rabia
en el aire sin límites.
Cuando hubo terminado, volvió al lado de Fanny y alzó el puntal en un saludo mudo y
rendido.
Aquélla era la peor clase de muerte. Te robaba más que la vida, mucho más. Te
robaba también las pasadas glorias que hubieras sentido alguna vez y los efímeros
entusiasmos. Ahogaba la vida en el sofocante jarabe negro de la mente del mec. Dejaba
sólo los desperdicios al absorber y al borrar, sin dejar ni rastro de quién había sido en
realidad el muerto.
Después de haber sido tan masticada y devorada, los hombres jamás podrían rescatar
aquella mente. Si el Mantis se hubiera limitado a matarla, la Familia probablemente
hubiera recuperado alguna parte de la verdadera Fanny.
A partir del cerebro que se estaba enfriando, podrían haber extraído sus conocimientos,
teñidos con su personalidad.
Fanny podría haber quedado almacenada en la mente de un miembro de la Familia,
convirtiéndose en un Aspecto.
El Mantis ni siquiera les había dejado esta opción.
La muerte definitiva. Aquella noche, en el homenaje final a Fanny, no habría ninguna
verdad que se pudiera sacar de aquel cuerpo vacío e inerte que Killeen veía delante de él,
tan desamparado y arrugado.
La Familia no podría llevarse ninguna parte de ella hacia el futuro; era casi como si ella
jamás hubiera participado en la inacabable marcha que era el destino de la humanidad.
Sin darse cuenta, Killeen rompió a llorar. Cuando advirtió el dolor que le quemaba
lentamente, abandonó aquel valle con la Familia. Sólo entonces vio que, de aquella
manera, Fanny vivía todavía, pero en realidad, aquello no le servía de consuelo.
2
Las sombras se extendían largas y amenazantes, apuntando a lo lejos a partir del ojo
cálido del Comilón. La intensa radiación lanzaba lenguas a través de la llanura erosionada
por las corrientes de agua, unas lenguas que se alargaban hacia la marea humana que
avanzaba con esfuerzo.
Cada roca erosionada por el viento, aunque por sí misma fuera sombría y consumida,
originaba unas sombras vivamente coloreadas. El anillo externo del Comilón estaba al
rojo y ardía lentamente, mientras que el interior de aquella diana brillaba con un intenso
azul. Cuando llegó el ocaso del disco y el Comilón se hundió tras el horizonte, dibujó a
partir del último promontorio pétreo una cola de cintas de colores. Las sombras
cambiantes deformaban la tierra, alargando las perspectivas. La visión resultaba difícil.
Ésta era la situación antes de que Killeen estuviera seguro. Guiñó los ojos, paseando la
mirada por todo el espectro, y apenas si pudo obtener una imagen fugaz del ondulante
destello color verde helecho.
—Atención —gritó—. ¡Ledroff! Mira con atención hacia la izquierda.
La Familia se extendía por el cañón destrozado en alguna antigua batalla. Todos
avanzaban manteniendo una separación mínima de un kilómetro. Disminuyeron la
marcha, contentos de poder descansar después de las muchas horas de huida continua y
temerosa.
—¿Para qué? —transmitió Ledroff.
—¿Ves un Comedero?
—No.
Killeen jadeaba lenta y contenidamente, porque no quería que el desagradable ruido de
su fatiga llegara a los demás. La contestación de Ledroff era lenta y mínima. Killeen sabía
que si la orden hubiera partido de Fanny, Ledroff habría reaccionado agudo y rápido.
Según la tradición de la Familia, debían elegir un nuevo Capitán tan pronto como
encontraran un lugar seguro para acampar. Hasta que aquello sucediera, Killeen era el
hombre en cabeza y ordenaba sus maniobras. Ledroff lo comprendía, pero no por eso
dejaba de protestar.
Se habían detenido para hacer una rápida ceremonia para el sepelio de Fanny y
habían escondido su cuerpo en un túmulo de piedras hecho a toda prisa. Después habían
corrido con todas sus fuerzas durante largo tiempo. No iban a llegar mucho más lejos.
Killeen tenía que encontrar un refugio.
—¿Jocelyn? ¿Ves algo?
—Pues… tal vez.
—¿Dónde?
—Es algo pequeño… quizá me equivoco… —El esfuerzo era patente en su débil voz.
—¿Podrás hacer una observación cruzada conmigo?
—Yo… allí…
Una fugaz imagen brilló en el ojo derecho de Killeen. La sobreposición de Jocelyn
mostraba un destello vacilante.
—Vamos a buscarlo —indicó.
—No me parece buena idea —dijo Ledroff severamente—. Será mejor que durmamos
en terreno abierto.
—¿Y quedar todos aislados unos de otros? —preguntó Jocelyn con desconfianza.
—Sería lo más seguro. Los mecs no creerán que somos nosotros.
—Estamos demasiado cansados —objetó Killeen. Sabía que Ledroff podría tener razón
de no ser por el agotamiento de la Familia. Por lo general, los mecs no podían encontrar a
un humano si desconectaba su traje. Los mecs podían oler los circuitos, pero no la piel de
los humanos.
—¿Comedero? ¿Habéis encontrado un Comedero? —la voz de Toby parecía un
farfulleo a causa de la agotadora marcha.
—Tal vez —contestó Killeen—. Vamos a verlo.
Ledroff gritó:
—¡De ninguna manera!
Pero un coro de protestas ahogó su voz. Ledroff empezó a discutir, hecho que no le
extrañó porque la Familia marchaba sin haber elegido un nuevo Capitán.
Todos necesitaban descansar y reflexionar.
Killeen hizo caso omiso de Ledroff y avanzó a largos saltos de baja altura hacia la
colina más próxima. Tenía que apretar los dientes con fuerza para avanzar con suavidad,
pero sabía que la Familia que iba tras él estaba tomando nota de ello. Sin pensar
conscientemente en ello, comprendía que, aunque reducida a una mínima expresión, la
Familia necesitaba una exhibición de fuerza para recuperar la confianza, para volver a
adquirir las directrices.
Ledroff iba detrás de él. Los ojos de Killeen integraron rápidamente la imagen que le
mandaba Jocelyn, y pudo captar de nuevo aquella vacilante señal de promesa. Pasó
sobre unas destrozadas y chamuscadas colinas y se dio cuenta de que había ido
demasiado lejos, cuando la señal se debilitó.
—Está enterrado —indicó.
—¿Dónde? —preguntó Ledroff, con un acento cortante e impaciente.
—Debajo de aquella vieja fábrica.
Apretados dentro de una accidentada línea de falla, se alzaban unos cobertizos
inclinados de metal rocoso pulido. Los peones cloqueaban, daban vueltas y trabajaban
alrededor de ellos, transportando la inagotable producción que había proporcionado a los
mecs su permanente dominio sobre la humanidad. Levantaban aquellos cobertizos donde
quiera que la tierra ofreciera un rico filón de minerales puesto al descubierto por la acción
de la intemperie. Aquélla era una estación olvidada, muy alejada de la zona que los mecs
habían elegido para edificar sus mayestáticas madrigueras construidas con materiales de
cerámica. Pero la inacabable sucesión de aquellas estaciones menores inundaba el
mundo con vida mec y pronto, reflexionaba Killeen, se llegaría al fin de la larga batalla
entablada entre los mecs y todo lo demás.
—¡No me gusta! No está aquí. —Sunyat transmitía desde muy lejos. Siempre era la
más precavida de toda la Familia—. Puede tratarse de una trampa.
Killeen fingió no haberla oído, la misma estrategia que había seguido con Ledroff. En
general, aquella solución siempre era mejor que ponerse a discutir.
—El Comedero está enterrado. Los peones han edificado encima de él.
—¿Tan antiguo es? —preguntó Jocelyn.
—Es viejo como los mecs, tan viejo como los hombres —contestó Killeen. Aterrizó junto
a un peón y siguió a aquel objeto medio ciego cuando entró rodando en la fábrica. No
cabía duda de que los peones estaban refinando algún material de base cerámica que
extraían de las rocas, sin darse cuenta de la gran puerta oxidada que formaba toda una
pared de su pequeño mundo.
En unos instantes, toda la Familia convergía en la fábrica. Sacaron energía de todos
los peones, extrayéndoles algunas baterías portátiles, pero no las suficientes para que el
peón lo registrara como una avería. Lo hicieron con su acostumbrada habilidad. Aquel
puesto reducido no contaba con supervisores mecs a los que enfrentarse, no había
peligros. Los peones eran presas fáciles. El hecho de actuar como ratones, robando
migajas de una despensa, no les produjo el más mínimo inconveniente ni preocupación.
Ledroff fue el primero en entrar en el Comedero; Killeen iba detrás. Era un amplio
establo muy antiguo, lleno de olores que Killeen saboreaba en el aire. La Familia fue
entrando de forma casi automática, cada uno avanzaba al interior mientras los demás
permanecían en absoluto silencio. Killeen y Jocelyn pasaron con cautela y cuidado por
entre las hileras de rezumantes tinajas, las botas les resbalaban sobre los charcos que
había en el suelo.
Nada. Ningún peón salió a recibirles, confundiéndoles con unos mecs. Esto significaba
que el Comedero estaba muy mal atendido y esperaba muy pocos visitantes. Había
prestado los peones a la factoría del exterior.
—Fuera de uso —gruñó Ledroff, sentándose en un marco de ventana con refuerzos de
hierro. Empezó a desprenderse del traje.
—La comida es buena —dijo Jocelyn, quien ya había introducido el puño dentro de una
urna que contenía algo espeso. Lo lamió con gusto. El largo cabello castaño desbordaba
del casco, escapán-dose. Su cara huesuda se relajó con cansado alivio.
Killeen escuchaba mientras otros miembros de la Familia buscaban por los largos
pasillos, transmitiéndole el mismo informe: no había moros en la costa. Regresó a la
entrada y ayudó a desplazar la gran compuerta de molicarbono para dejarla cerrada. Ya
había hecho todo su trabajo. En aquel refugio estaban a salvo y podía permitirse el lujo de
echarse al suelo, sintiendo cómo le envolvía la callada y húmeda bienvenida del
Comedero.
A su alrededor, la Familia se estaba quitando los trajes. Les miró con pereza. Jocelyn
se despojó de las abultadas rodilleras con un fuerte suspiro. El barro había impregnado
las espinilleras; tuvo que hacer saltar las clavijas con el canto de la mano. Sus bien
musculadas piernas se movían con gracia bajo aquella luz salpicada de sombras, pero no
inspiraban el menor deseo en Killeen.
La Familia se quitó las armaduras formadas por tres capas de aluminio y una tela con
la red eléctrica incorporada, descubriendo sus pieles de porcelana, chocolate o color
amarillo. Los cuerpos tenían zonas rojas y escamosas donde el aislamiento les apretaba o
rozaba. Algunos mostraban unas rubicundas cicatrices procedentes de operaciones ya
olvidadas. Otros presentaban unas señales como de venas azules de antiguos implantes.
Eran añadidos que procedían de la época en que la Familia todavía tenía la técnica para
aquellos trabajos. Unas lustrosas franjas hablaban de heridas cicatrizadas. Pero nada
podía sostener las carnes fláccidas y colgantes, las barrigas dilatadas por los órganos
inflamados. La Familia arrastraba un pesado castigo de problemas biológicos que se
habían ido acumulando lentamente y que no se podían solucionar al faltarles la tecnología
que habían perdido junto con la Ciudadela.
Jocelyn había encontrado un burbujeante caldero de levadura dulce. Killeen comió un
poco de aquella espuma amarillenta con la feroz decisión que los años de vagabundeo les
había proporcionado a cada uno de ellos. Habían transcurrido ya cuatro semanas desde
la última vez que habían encontrado un Comedero. Habían estado manteniéndose con
raciones de alimentos comprimidos y con agua amarga que bebían en el cuenco de las
manos cuando de tarde en tarde encontraban alguna débil corriente de agua.
Sólo los Comederos podían mantenerles vivos. Aquellos húmedos y malsanos lugares
oscuros habían sido construidos por los mecs Merodeadores, y desde luego por los de
más elevada clasificación. Los humanos no disponían de nombres específicos para esos
mecs porque jamás sobrevivían al encuentro con uno de ellos. Los Merodeadores, como
por ejemplo los Lanceros, Rastreadores y Batidores, necesitaban alimentos biológicos. En
sus correrías, algunas veces se detenían en los Comederos distribuidos al azar, para
mantener sus partes orgánicas interiores.
—¿Te parece mejor así? —preguntó en voz baja Jocelyn. Tenía toda la cabellera
extendida, después de haberla lavado. Killeen se dio cuenta de que había estado
dormitando.
—Se ve diferente, sí. Es hermosa.
Durante aquellos días nunca sabía qué decirle. Ella se estaba rizando el pelo con los
dedos formando un mechón de apretados tirabuzones que parecían escaparse desde la
elevada frente. Cermo el Lento le peinaba las sienes con mucho cuidado a partir de la
coronilla. Jocelyn ya había separado y alisado la poblada cabellera rubia de Cermo, que le
caía sobre las orejas como cascadas de amarillo y blanco. Una cinta azul reunía los
abundantes mechones formando un apretado nudo en la base del cráneo.
Killeen estaba sentado en cuclillas, somnoliento, observando cómo Cermo acicalaba a
Jocelyn. Toda una vida de correrías había proporcionado a la Familia unas piernas que
podían permanecer en cuclillas durante días y estar listas para emprender la marcha al
instante. También les había provisto de cascos de protección, que les convertían el
cabello en un revoltijo. Durante el tiempo en que la humanidad había habitado la
Ciudadela, todos los que salían a efectuar correrías para aprovisionarse, por el mundo
que cada vez pertenecía más a los mecs, eran sometidos a un ritual de limpieza cuando
regresaban. Este rito evolucionó desde un simple lavado eficiente a un baño prolongado
con un posterior servicio de peluquería. Los que eran lo bastante valientes como para
arriesgarse sucesivas veces, merecían un distintivo, y el cabello se convertía en su
insignia. Cada vez que regresaban, se lo modelaban de un modo distinto; no importaba
que fueran hombres o mujeres, siempre se elaboraban peinados muy complicados.
Lucían brillantes pinzas unidas ligeramente por una diadema de joyas, o unas gruesas
melenas a lado y lado, o bien dos franjas estrechas con una banda negra que las
separaba; este último peinado se llamaba un Mohawk inverso, a pesar de que nadie se
acordaba de qué significaba aquel nombre.
A Killeen le gustaba como al que más llevar el pelo bien arreglado. Lo tenía largo, con
unas aplastadas mechas que al llegar al cuello se convertían en unas marañas
prácticamente imposibles de desenredar. Iba a necesitar mucha paciencia para deshacer
los daños que había sufrido durante la marcha.
Decidió que no era el momento oportuno para pedírselo a Jocelyn. Últimamente le
había prestado muy poca atención, sus sentimientos hacia ella no iban más allá de la
sencilla y automática hermandad que concedía a cualquiera de los demás miembros de la
Familia. Habían dormido juntos, de vez en cuando, como sucedía por entonces con todas
las cosas, durante años. Pero hacía un centenar de días que, en un Consejo General, la
Familia había decidido insensibilizar los centros sexuales de todos ellos.
Era algo necesario, que debían haber hecho mucho antes. El mismo Killeen había
votado a favor. No podían desperdiciar la energía, tanto física como psíquica, que un
hombre y una mujer gastaban el uno con el otro. Aquélla fue la más firme muestra de su
desesperación. El sexo era un gran vínculo. Pero la atención y la energía dedicadas
exclusivamente a una sola finalidad eran recompensadas con la supervivencia. La Familia
había aprendido la lección después de muchos sufrimientos.
En la magia trascendental entre hombre y mujer se escondía mucho más que la libido
controlada por chips. Sentía esto cada vez que hablaba con Jocelyn. Unos antiguos ecos
resonaban dentro de él, avivando las tensiones.
Pero con Jocelyn, jamás había sido como con Verónica. Y ahora sabía que nunca lo
podría ser. No volvería a experimentar aquel sentimiento nunca más.
Pero no obstante, podían compartir los placeres del aseo. Se estaban desplazando
continuamente, cada pieza del equipo tenía una importancia vital para los que se debatían
al borde de la supervivencia, y el cabello se había convertido en la única muestra que les
quedaba de su propio orgullo. Se peinaban, ondulaban y teñían ellos mismos, como para
enfrentarse a las crudas penalidades de su entorno. El poder descubrir la belleza que se
ocultaba en una enredada y maloliente mata de pelo les proporcionaba un pequeño
consuelo.
La levadura dulce había terminado su cometido. Cermo había dejado caer una pizca de
catalizador en las tinas en cuanto la Familia hubo entrado. Mucho tiempo atrás, los mecs
habían transformado sus proteínas orgánicas, haciendo que las hélices moleculares
giraran en sentido inverso al de los alimentos que los humanos podían digerir. El precioso
catalizador de Cermo, un legado de la Ciudadela cada vez más escaso, volvía a
transformar la hélice molecular y la hacía apta para el consumo humano.
Cermo y Killeen hicieron saltar la válvula de una gran tinaja y suministraron tazones de
espuma a la impaciente Familia. Para forzar la válvula, Killeen había usado el puntal de la
pierna que había arrancado al Mantis. Parecía muy adecuado utilizar aquel trofeo como
una herramienta de saqueo.
Cuando Killeen advirtió que aquella savia azucarada le causaba efecto,
proporcionándole un rescoldo de interés, se puso en pie y empezó a andar a través del
Comedero. Aquellos largos y oscuros pasillos apestaban a grano fermentado, a sopa
grasienta y a olores indescriptibles de alimentos demasiado maduros.
Podían haber transcurrido mil años desde que un Especialista o un Ojeador hubieran
pasado por allí, en busca de comida. Pero el Comedero seguía murmurando y cocinando.
Las instalaciones de reparaciones continuaban abiertas, con los brazos articulados
dispuestos en espera del abrazo de un mec. Unas auras eléctricas zumbaban, tratando de
seducir a las máquinas vagabundas con indescifrables crujidos que eran promesas de
renovadas energías. Los mecs desgastados o averiados que se acercaban a un
Comedero sabían sólo muy vagamente lo que necesitaban, apenas eran conscientes de
que necesitaban alguna cosa. El Comedero los seducía con la promesa de una
lubricación sensual, de nuevos componentes que se les podía añadir, de una riqueza de
elementos mecs que los humanos podían aprovechar sólo a muy pequeña escala.
Killeen descubrió una gran caverna, donde unos enormes líquenes verdiazules
colgaban formando unos filamentos que revoloteaban por efecto de la brisa, dejando en el
aire un olor de almendras. Sabía que eran el manjar predilecto de los Batidores. Pero
bastaba que un hombre hecho y derecho los lamiera para que resultara muerto.
En un pasillo lateral había montañas de bolas de pasta grasienta. Algunos decían que
los mecs se comían aquellas pepitas viscosas, pero otros opinaban que eran un
lubricante. Killeen destrozó las cajas al abrirlas y miró cómo se esparcían por el suelo. Al
hacerlo, soltaba maldiciones en voz baja: si los humanos pasaban hambre, también
pasarían hambre los mecs.
Otra de las cavernas contenía grandes trozos negros de algo con aspecto de musgo.
Los Rastreadores los utilizaban para reemplazar las múltiples junturas orgánicas. El padre
de Killeen le había enseñado todas aquellas cosas y por eso conocía sus funciones. Pero
ahora la Familia sólo se podía aprovechar de lo que se pudiera llevar con ella.
—¿Papá?
Killeen se sorprendió.
—No digas nada —musitó en voz baja y con rapidez—. Guíate por mi chispa.
—¿Por qué? —La voz de Toby le llegó tranquila y suave por vía eléctrica.
—¡Cállate!
Toby llegó revoloteando por los intervalos de sombra que había entre los depósitos de
vapores humeantes. El muchacho se desplazaba automáticamente para sacar partido de
la engañosa oscuridad y de la luz, como había aprendido a lo largo de sus doce años.
Toby llegó junto a su padre y le miró aprovechando la penumbra ambarina. En su rostro
no había señal de temor y sus ojos oscuros se abrían a un mundo sin fin de nuevas
aventuras.
—¿Por qué hemos de permanecer tan callados?
—Si hay algunos mecs de defensa, estarán escondidos al final del pasillo.
—¡Tonterías! ¿De verdad crees eso?
En realidad, Killeen no lo creía, pero cualquier situación que pudiera enseñar al chico a
ser precavido, era útil.
—Lo que digo es que podría haber alguno.
—No he visto ninguno —observó Toby entre jadeos. Todos los miembros de la Familia
se cogían y acariciaban mutuamente en la oscuridad, hablando con las manos, confiando
en el toque de la piel humana más que en cualquier otra identificación.
—Llevan cortadores. Te cortan el espinazo en la oscuridad. —Abofeteó ligeramente a
Toby, sonriendo.
—Yo les cortaría a ellos.
—No podrías.
—Sí podría.
—¿Con qué?
—Con esto.
Toby le mostró un cortocircuitador en forma de horquilla. Tenía unas largas púas que
podían introducirse en cualquier toma de entrada de los mecs. Algunos opinaban que los
extremos sensibles eran algo técnico y vivo, orgánico.
—¿De dónde has sacado esto?
Toby sonrió con picardía. Sus inteligentes ojos brillaban alegremente al observar la
perplejidad de su padre.
—Estaba en un montón de chatarra.
—¿Donde? —Killeen intentaba no traslucir su preocupación.
—Vamos.
Toby tenía necesidad de compañeros de juegos. Durante los años que siguieron a la
Calamidad, la Familia se había visto obligada a seguir una vida nómada, que no les
permitía quedarse más que unos pocos días en un mismo lugar. Si se establecían por
más tiempo o había la menor alarma, podrían atraer a los Lanceros o a algo peor.
Y de esta manera, los muchachos y muchachas de la Familia no habían conocido
nunca la permanencia, jamás se detenían en un lugar el tiempo suficiente como para
construir un fuerte para jugar o aprender las complejidades de los juegos inventados y
compartidos. Al ver cómo Toby se alejaba por aquella semioscuridad, Killeen se
preguntaba si su hijo en realidad necesitaba algún tipo de juegos. Para él, la larga huida
desde la Calamidad era como un inacabable juego de persecución. La vida misma era un
deporte.
Toby había visto morir a muchos, pero con la característica indiferencia ante la muerte
que define a los jóvenes, podía despreocuparse de ello. La infortunada historia de la
Familia era solamente un telón de fondo del cual se hablaba, pero que tenía poca
importancia. Y Toby era demasiado joven para poder comprender a los Aspectos, aunque
sabía que, en cierto modo, los muertos seguían viviendo entre ellos. Al parecer, con
aquello ya tenía suficiente.
Más adelante, Toby desapareció por un lóbrego pasillo. Killeen tuvo que inclinarse para
poder seguirle y la nariz se le llenó del inconfundible olor de la grasa enmohecida.
—Allí —susurró Toby.
Killeen notó que le recorría un escalofrío cuando vio que estaba escarbando en un
montón de chatarra. Carbones, ejes, ruedas de cadena, enchufes, casquillos y depósitos.
Eran componentes que reconocía, aunque no comprendía su funcionamiento.
Todo aquello había pertenecido a un mec Merodeador. Todo era de los últimos
modelos.
Todo estaba desgastado por el uso pero todavía se apreciaba el brillo plateado en los
lugares que habían quedado protegidos de la suciedad exterior.
—Buen género —comentó Killeen sin darle demasiada importancia.
—¿Verdad que sí?
—Ummm —asintió, y pensó: ¿De dónde deben de proceder estos elementos?
—Así pues, ¿puedo utilizarlo? Killeen sopesó un bloque de refuerzo. Era lo bastante
grande como para encajar en un Ojeador.
—¿Para qué lo quieres?
—¡Para matar peones!
Killeen miró a su alrededor, estudiando los rincones, que eran mares de sombras. Si un
Ojeador estaba allí, tenía que haber oído a la Familia cuando entraron por la compuerta, y
ahora se estaba tomando su tiempo para actuar…
—¿Bien?
Todo aquello eran especulaciones; y un sentimiento de inquietud. Nada más.
Killeen miró a su hijo y vio en él el testamento de todo lo que él podía aspirar a
transmitir, el tenue hilo que le conectaría con la posteridad. Pero si a Toby se le
arrebataba la niñez, no podría llegar a ser un humano completo.
Necesitaba una sensación de seguridad, de certidumbre. Y si Toby se volvía miedoso,
dormiría mal. Y mañana no sería tan vivaracho.
—Vámonos, regresemos para aprovechar los depósitos de comida. Comeremos algo
más.
—Auuuu.
—Luego tal vez salgamos a cargarnos algunos peones.
Toby se puso radiante de satisfacción. Era el último chiquillo de la Familia. Los mecs,
los accidentes y las devastadoras enfermedades se habían llevado a todos los demás.
¡Tonterías!
Killeen procuró que el muchacho jugara con él al escondite durante el camino de
regreso, manteniéndole por delante de él. Esto le permitió vigilar la retaguardia, sin que se
notara que lo estaba haciendo, con los oídos muy atentos. No descubrió nada raro. Las
cavernas sonaban a hueco profundo, estaban a la espera.
Cuando llegaron junto a las tinajas, Toby estaba sin aliento. Killeen le llevó una ración
de aquel material espeso y espumado que olía a cuero y a especias. Luego comunicó a
Ledroff el descubrimiento de las piezas mecánicas.
—¿Y qué? He inspeccionado todo este lugar —dijo Ledroff—. Y también hice que Jake
el Sanador lo registrara conmigo.
—Aquellas piezas no eran antiguas. Eran de un último modelo.
—Entonces es que algún mec las había dejado allí.
—Y tal vez regrese.
—O quizá no. —Ledroff miró de reojo a Killeen. La exuberante barba negra le crecía
hasta los ojos y ocultaba su expresión, pero el tono cortante de la voz no ofrecía duda.
—Tú decías que nos quedáramos a dormir allí, en el valle. ¿Te acuerdas? —comentó
Killeen como quien no quiere la cosa.
—¿Y qué?
—Tal vez tenías razón.
Ledroff se encogió de hombros, en un gesto muy estudiado.
—Ahora es diferente.
Algo debía de haber cambiado desde que llegaron allí, algo que daba más confianza a
Ledroff. Killeen movió la cabeza de un lado a otro.
—Es condenadamente raro. ¿Por qué hay componentes abandonados en un montón?
Por lo general los peones los recogen.
Ledroff sonrió, mostrando su poderosa dentadura amarillenta. Miró a su alrededor,
hacia los pocos miembros de la Familia que podían oírle y alzó la voz:
—¿Por qué estás tan asustado?
—Por aquel Mantis de hoy.
—¿Qué pasa con él? —inquirió Ledroff en voz alta.
—Fanny comentó en cierta ocasión que los Mantis nunca trabajaban solos. Siempre se
encontraban otros en sus cercanías.
—¿Qué otros? —Las cejas de Ledroff, que se movían sin cesar, ahora bajaron y
dejaron sus ojos en la sombra.
—Había una manada de peones, allí en el valle.
—¿Cerca de donde estaba el Mantis? —Los labios de Ledroff se entretenían en las
palabras, dándoles la vuelta para estudiarlas bien.
—Sí. Por lo menos eran diez…
—Éstos no nos pueden perjudicar —observó Ledroff con burla—. Te estás volviendo
tonto. Killeen sonrió severamente.
—¿Alguna vez has visto un mec Merodeador que viaje con peones?
—Me cabrean los mecs y no los peones —rió a grandes voces Ledroff. El tono
declamatorio, con algo de burla, confirmó las sospechas de Killeen. Ledroff estaba
actuando para la audiencia. Pero, ¿por qué?
—Un mec que tiene peones puede ir con otros mecs. Ojeadores o Lanceros.
—Pues en este caso, haz tú la guardia de noche —replicó Ledroff con suavidad—.
Utiliza tus cabreos para hacer un buen trabajo.
Despegó un trozo de pasta orgánica que llevaba en el cinturón y se lo ofreció a Killeen.
Los miembros de la Familia que estaban cerca asintieron, como si se hubiera llegado a
alguna decisión, y volvieron a concentrarse en la digestión de su copiosa comida. Killeen
no captó del todo qué pretendía Ledroff con aquella actuación pero decidió prescindir de
ello. La muerte de Fanny les había sacado de quicio a todos.
Killeen cogió la comida y dio cuenta de ella, lo que significaba un antiguo signo de
amistad. Ledroff sonrió y se fue. Toby se acercó para recoger más dulce y se echó junto a
su padre, haciendo una seña en dirección a Ledroff.
—¿Qué quería?
—Preparábamos el funeral —contestó Killeen. No había motivo para inquietar al
muchacho con sus recelos.
—¿Cuándo será?
—Dentro de un rato.
—¿Tengo tiempo todavía de comer un poco más de esta cosa tan pegajosa?
—Claro que sí.
Toby dudó un momento.
—Esto está muy bueno, pero, ¿cuándo volveremos a encontrar una Casa?
—Mañana empezaremos a buscarla.
Toby pareció conformarse con aquella respuesta rutinaria y se alejó. Killeen encontró
cierto material rancio pero nutritivo que sabía a limaduras de metal mezcladas con cartón.
El sensor de la uña del pulgar le aseguró que no estaba envenenado; los
Merodeadores solían hacerlo muchas veces.
Mordió el material gomoso mientras pensaba. No podía acordarse de cuántos meses
hacía que la Familia no se había quedado en una Casa. Un año, quizás, aunque no tenía
muy claro cuánto duraba un año. Sólo sabía que tenía más meses de los que podía
contar con los dedos. Para una información más precisa, tendría que invocar a alguno de
los Aspectos, y no le gustaba hacerlo.
Sin habérselo pedido, aprovechándose de la distracción de Killeen, el Aspecto de
Arthur le habló. La débil pero modulada voz parecía salir de un punto situado exactamente
detrás de su oreja derecha. En realidad, el chip que contenía a Arthur y a muchos otros
Aspectos estaba situado en la parte alta del cuello de Killeen.
Nuestra última estancia en una casa fue hace 1,27 años. Años de Nieveclara, desde
luego.
El Aspecto estaba irritado porque no le habían llamado durante mucho tiempo. Esto se
notaba en la precisa y remilgada exactitud de su voz.
La Familia ya no utiliza la semana o el mes; de no ser así, yo utilizaría estos términos.
Estas medidas de tiempo tan cortas son artificios de los pueblos sedentarios, que se
ajustan a las prioridades de la agricultura. En mis días…
—No empieces con eso —saltó Killeen.
Solamente intentaba señalar que incluso el año ha dejado de tener un significado, ya
que los mecs han eliminado las estaciones.
—No quiero oír hablar de «aquellos viejos días».
Recluyó al Aspecto en los rincones de su mente. Chillaba mientras le comprimía allí.
Killeen llamaba cada vez menos a sus Aspectos. Tenía el Aspecto de Arthur sólo desde
la Calamidad, y le había consultado muy pocas veces. Los Aspectos habían vivido en el
tiempo en que las Familias moraban en las Ciudadelas o en las todavía mayores y más
antiguas Arcologías.
No tenían ni idea de lo que significaba tener que estar huyendo sin cesar. Y aunque no
fuera así, a Killeen le molestaba que siempre estuvieran hablando de lo grandes que
habían sido sus tiempos. Killeen siempre acallaba la charla técnica de Arthur. Aunque lo
expresaban en formas muy distintas, los Aspectos siempre acababan reprochando a la
Familia que hubiera caído tan bajo.
Killeen no quería oír nada sobre esto ni sobre el ataque del Mantis.
La larga huida le había permitido mantener su pena aparte. Pero sentía que seguía
oprimiéndole y que necesitaba librarse de ella.
Ledroff estaba pululando por entre los agazapados miembros de la Familia,
disponiendo la guardia nocturna. Pronto iba a dar inicio el Testimonio. Discutirían la
muerte de Fanny, cantarían y después elegirían a un nuevo Capitán.
Killeen se levantó, tenía las piernas rígidas debido a la larga carrera, y la espalda tensa
y dolorida. Pero estaría obligado a bailar en honor de Fanny y a cantar los ásperos gritos
de adiós.
—Esto nos irá al pelo —se dijo a sí mismo. No había caído antes en ello, pero su olfato
captaba unos fuertes efluvios de alcohol procedentes de una tinaja cercana.
Los Comederos lo producían como un subproducto de sus inacabables ciclos químicos.
Una antigua leyenda sostenía que los mecs también se ponían alegres con el alcohol, a
pesar de que no había la menor evidencia de ello. Y puesto a pensar en la historia, Killeen
decidió que tampoco había la menor prueba de que los mecs pudieran llegar a achisparse
ni sentir euforia.
No le gustaba el alcohol ni los sensibilizadores de que disponían en una Casa. A nadie
le gustaban. Pero el alcohol le mantendría en forma durante las exequias. Lo necesitaba.
Sí. Sí. Se fue en la dirección que le indicaba su olfato.
3
Killeen se despertó con un dolor de cabeza en tecnicolor.
La voz de Ledroff le llegó en eco desde algún lugar más alto, en el aire. Killeen rodó
sobre sí mismo y entre legañas descubrió que se había quedado dormido durante la
guardia.
—¡Holgazán! —le chillaba Ledroff—. ¡Arriba!
Killeen se puso a gatas notando todos los músculos del cuerpo entumecidos y con
agujetas.
Ledroff le dio un par de patadas en el culo. Killeen lanzó un grito. Se quedó tendido en
el suelo. Percibió un olor húmedo y musgoso que le salía de las narices, era intenso y
acre.
Ledroff le cogió por el cuello del vestido y le hizo poner en pie a empellones. Killeen dio
unos traspiés hacia delante, empujado por las bruscas y callosas manos de otros
hombres. Tenía las piernas como muñones de madera. La profunda caverna oscilaba de
manera fantástica. Las mujeres le abucheaban, acusándole. Una mano le abofeteó la
cara. Se oyó un círculo de protestas bajo aquella penumbra gris salpicada de sombras.
Ledroff empujó a Killeen hasta el centro del círculo y volvió a pegarle patadas en el culo.
—Ha abandonado la guardia —manifestó Ledroff como una acusación directa.
—¡Borracho, estaba borracho! —censuró una de las mujeres.
Jake el Sanador, cuya palabra pesaba mucho en la Familia, declaró con disgusto:
—Por su culpa podrían habernos atacado impunemente.
Ledroff asintió.
—¿Qué castigo vamos a imponerle?
La familia no dudó al contestar.
—¡Tres mochilas completas!
—¡No, que sean cuatro!
—¡Mi instalación calefactora!
—¡La mía también!
—¡Que transporte el botiquín!
—Y latas.
—Todas las latas.
—De acuerdo. Si antes se durmió, que ahora vaya arrastrándose.
Killeen mantenía la cabeza gacha. Trataba de recordar qué había sucedido. El alcohol,
de acuerdo. Había tomado un poco. También bailó. Empezó a sollozar, ahora se
acordaba. Bebió un poco más…
La Familia discutía, bromeaba y abucheaba. La ira reprimida, las frustraciones… Ledroff
dirigía la orquesta para que se desahogaran. La cólera se fue atenuando hasta
convertirse en simple irritación. Al final se pusieron de acuerdo sobre el castigo: le
obligarían a llevar como carga suplementaria una mochila completa y el botiquín de
auxilios médicos, con lo que un par de viejas se ahorraban más de la tercera parte de la
carga.
—¿Lo aceptas? —le preguntó Ledroff como parte del ritual.
Killeen tosió roncamente.
—Ah. Sí. Dos veces sí.
Después recitó las consabidas disculpas, dejando que las palabras fueran fluyendo de
sus hinchados labios sin tener que pensar lo que decía. Después de aquellas antiguas
fórmulas, reinó el silencio.
Ledroff rió, rompiendo la tensión que pudiera flotar todavía en el ambiente. Killeen
torció la boca en una mueca de difícil interpretación. Ledroff le gastó una broma sobre las
manchas de la ropa exterior de Killeen. La Familia se rió. Él ni siquiera intentó bajar la
vista para observarlas; ya sabía que se había dormido sobre algo pegajoso. Recibió bien
aquellas risas. Que le hicieran objeto de una burla no era nada comparado con la
humillación de no tolerar bien el alcohol o de quedarse dormido durante la guardia.
No levantó los ojos para no enfrentarse con la mirada de su hijo, y Ledroff se lo llevó a
bofetadas hasta un lado. Notaba un escozor en los ojos, tal vez a causa de las lágrimas,
pero el tremendo dolor de cabeza le impedía llorar. Hubiera querido poder marcharse a
escondidas, humillado, pero la boca y la garganta le abrasaban a causa del violento
resquemor del alcohol. Anduvo a trompicones por un pasillo donde reinaban las sombras
de una hilera de depósitos, alejándose de la Familia, hasta que encontró una fuente de
agua depurada. Alguien había hecho reventar una de las canalizaciones de alimentación,
creando un geiser espumoso. Lo desvió hacia un lado, se desnudó y se lavó en aquella
ducha terriblemente fría. Mientras se quedaba expuesto al tibio aire, de pie y dejando que
la brisa de un respiradero le secase, llegó Toby, emergiendo de la oscuridad que había
detrás de una máquina de forjar.
—¿Papá…? ¿Qué…?
Killeen miró aquel rostro que confiaba en él.
—Yo… pues… El funeral. Supongo que me impresionó.
—Creía que había sido el alcohol —observó Toby con ironía.
—Ya hacía mucho rato que había tomado el alcohol.
—Yo creía que había sido… Ledroff, tal vez.
Killeen se dio cuenta de que Toby intentaba consolarle de la forma más directa posible.
O quizá se trataba sólo de que Toby no era lo bastante mayor como para saber hablar sin
decir nada.
Killeen asintió lentamente, para no maltratar demasiado su cabeza. Empezaba a
acordarse de todo.
—Ledroff…
—Después de los cánticos del funeral —continuó Toby con naturalidad— dijo algo.
—Ya recuerdo… —Era una imagen imprecisa.
—Decidió que teníamos que dirigirnos a una Casa.
—Magnífico. ¿Y tenía idea de dónde encontraría alguna?
Toby negó con la cabeza.
—Habló mucho, pero no dijo nada de eso.
—Porque no lo sabía.
—Sin embargo, a la Familia le gustó mucho cómo hablaba.
—¿Tenía sentido lo que decía?
—Un poco —contestó Toby con precaución.
—Y yo, ¿qué dije?
—Nada que sonara muy bien.
—Oh. —Killeen no recordaba nada de esto—. ¿Hubo muchos de acuerdo conmigo?
—Muchos. Pero al final salió ganando Ledroff.
Killeen sacudió la espesa cabellera para secársela un poco, y se la retorció con ambas
manos.
—¿Uh? ¿Qué pasó?
—Le hicieron Capitán.
Killeen se detuvo, como si hubiera recibido un golpe.
—¿Capitán?
—Sí, éste fue el resultado de la votación. Votaron todos menos tú.
—¿Dónde estaba yo?
Toby se encogió de hombros, lo que era una manera de decir sin palabras que para
entonces Killeen ya estaba inconsciente.
—Lo teníamos mejor que Ledroff. ¡Pues claro! Jocelyn…
—Él habla bien. —Toby no tuvo que decir: «Mejor que tú, borracho». No hacía falta.
Killeen sabía que la Familia pensaba que él era bueno pero que no se podía confiar en él.
Por otra parte, no tenía edad suficiente para ser Capitán. Aunque Fanny le había
preparado, también se había dedicado a Ledroff y Jocelyn.
Hasta entonces, Killeen había estado contento de esta situación. Así evitaba que
siempre se le presentaran con disputas que solucionar, intrigas, o cualquier otro
problema. A todos los de la Familia les ocurría lo mismo, y sobre la marcha, cada uno
gimoteaba y buscaba un alivio soltando peroratas sobre sus problemas.
—Bueno, tal vez Ledroff tenga buenas ideas, después de todo— dijo Killeen sin
convicción.
—Ajá.
—De todas maneras, he de ocuparme de ti.
—Ajá.
Alguna cosa le distrajo de la expresión cautelosa e intrigada de su hijo. Fue un
pequeño aviso que procedía de alguna parte de su mente. Lo dejó a un lado. Más tarde
ya tendría tiempo para organizar las cosas.
En aquel momento, lo que más le importaba era recuperar el respeto de su hijo.
—Ni tú mismo te crees todo esto —declaró Toby con solemnidad, acusándole.
—Bien, démosle una oportunidad.
Killeen se enfundó en su ropa, rascándose una zona donde el agua no se había llevado
toda la espuma de la piel.
—¿Crees que servirá para algo? —insistió Toby.
—Bien… —No se podía hablar mal del Capitán. Los muchachos no podían
comprenderlo.
—Papá, tú podrías haberles hablado y haberles hecho comprender.
—Mira, hijo. No quiero liarme en todo esto. Ya tengo bastante con tener que ocuparme
de ti.
Killeen se sentó y empezó a ponerse las botas hidráulicas.
—Podrías haberlo hecho.
—Sí… bien… —No encontraba las palabras. Ledroff le había hecho quedar como un
estúpido antes de que empezara a beber, ahora lo recordaba bien. El hombre había
estado buscando apoyo entre la Familia. Calculó que Killeen ahogaría las penas en
alcohol, y por este motivo Ledroff había alargado el Testimonio hasta que Killeen estuvo
muy borracho.
—Pues bien. Yo sabía que… yo tenía un problema…
—No lo dudo.
—Supongo que me he dejado llevar por las circunstancias.
Toby tragó con dificultad.
—No debiste hacerlo.
—Sí, es verdad… Pero…
—Fanny. Lo sé.
—Fanny.
Durante la noche anterior, todo aquel dolor había gravitado sobre él. Ya no volvería a
ver aquella cara curtida y malhumorada. Ya nunca más oiría las bromas hechas con
aquella voz cascada. Jamás.
Killeen buscaba la manera de desviar la conversación.
—Vamos, salgamos. —Se colocó el casco y lo aseguró.
—¿Para qué? —preguntó su hijo con sospecha.
Reflexionó irónicamente que Toby sabía analizar su entorno con bastante facilidad, a
pesar de que sólo tenía doce años. Aquélla era la mayor evidencia de que él no daba la
talla para ser Capitán. Cualquiera podía adivinar sus intenciones, antes de que él mismo
fuera consciente de ellas.
—Echaremos un vistazo al terreno; ahora ya no estamos tan cansados.
—Si Ledroff nos permite hacerlo —indicó Toby con sarcasmo.
—No seas tan…
Un débil ruido, allí, en lo más alto.
—¿Qué? —preguntó Toby.
—¡No digas nada!
Toby no había oído el ruido. El muchacho abrió la boca para decir algo más, con una
expresión seria e inexorable en los ojos. Killeen le tapó la boca con su mano y susurró
una llamada de socorro a la Familia.
Algo se acercaba, pero no avanzaba por el suelo.
A través de la alargada y hueca nave, Killeen oyó cómo los demás miembros de la
Familia, furtivamente, sacaban las armas de los soportes, arrastraban los pies sobre el
suelo de madera y desaparecían en escondrijos. Lo hacían con rapidez, sin vacilaciones,
casi como algo instintivo.
Killeen empujó a Toby al interior de un hueco que se abría al lado de una tina de donde
emanaban vapores sulfurosos. El muchacho protestaba porque quería ver lo que iba a
suceder. Killeen mantuvo la mano firme sobre el pecho del muchacho mientras escuchaba
y hacía suposiciones.
Cualquier artefacto que utilizara rayos infrarrojos, distinguiría las tinas que se
destacaban fuertemente en rojo, con lo que le resultaría muy difícil descubrir a los
humanos. Aquél era por el momento un refugio apropiado, pero la Familia podía quedar
atrapada. Cuando aquellos engendros que andaban por arriba se hubieran desplegado
por completo, cada humano que asomara sería un punto móvil que podía convertirse en
un objetivo muy fácil.
Killeen activó las botas. Avanzó con paso decidido y saltó hacia el borde de la tina más
cercana a él. Aterrizó en precario equilibrio sobre el estrecho borde de acero. Con un
poco de suerte, su imagen en infrarrojo se mezclaría con el vapor de la tina. Se tambaleó;
al tratar de descubrir lo que había arriba, había inhalado algo fétido y picante que le llenó
los pulmones.
Un débil golpe metálico a la izquierda.
Vaciló y empezó a asustarse. Hizo girar los brazos como molinos de viento para poder
mantener el equilibrio.
Otro golpe metálico.
Saltó. Esta vez lo hizo hacia fuera y en un ángulo cuya dirección se debía más a la
pérdida de equilibrio que a un propósito preconcebido.
Se remontó vertiginosamente bajo la elevada bóveda de arcos. Una súbita frialdad le
invadió el pecho y percibió que un millar de ojos hostiles le taladraban. No era consciente
de que la curva suave que describía era una parábola, pero al instante se dio cuenta de
que cuando llegara al punto más alto permanecería demasiado tiempo inmóvil,
destacándose sobre el frío techo debido a su propio calor y a la radiación. Por esto,
cuando pasó cerca de una viga ancha, se retorció para agarrarse a ella. Se izó hasta
aquella repisa áspera llena de fragmentos de orín.
Rodó, perdió el punto de apoyo, y de poco cayó por el lado contrario. El polvo,
acumulado a lo largo de mucho tiempo, le picaba en la nariz. Aquella oscuridad que le
amodorraba parecía surcada de destellos de color amarillo y marfil. Killeen se sostuvo
sobre manos y rodillas, y parpadeó para dejar que sus ojos se ajustasen a la oscuridad.
Estaba cara a cara con un mec. Era un peón que tenía tres ojos, con la piel de bruñido
organoplástico y unas manos romas de latón para coger y estirar. No era un luchador,
pero se le vino encima rápidamente cuando Killeen todavía no disponía de una imagen
nítida.
Killeen sacó al instante un lanzador de baquetas que llevaba en el cinturón y lo dirigió
hacia el peón. Éste no sabía ninguna técnica de lucha pero, sin duda, estaba bajo el
control de alguna forma más elevada. El peón embistió y fue a dar contra él. La aguzada
punta percibió al mec, que se acercaba, y se disparó lateralmente hacia el punto más
vulnerable. Killeen la sostuvo con fuerza y notó que la punta penetraba junto a una
pequeña ranura cerámica de ventilación. La punta encontró un circuito, realizó su magia y
el mec de repente se quedó inmóvil.
Pero no era más que un simple peón. Killeen rodó hacia la izquierda para estudiar el
escenario. Al otro lado del abismo se extendían otras vigas que aparecían como unas
líneas sólidas y negras dibujadas en el resplandor gris formando una trama. Algo se
deslizaba a lo largo de una de ellas. No, a lo largo de tres de ellas. Se trataba de unas
formas opalescentes que avanzaban a pequeños saltos y con los pies muy bien
asegurados.
Y más atrás, en aquella lóbrega oscuridad que cada vez era más impenetrable, había
dos más. Disponían de sujeciones de tracción que los fijaban a las vigas y les permitían
avanzar con facilidad. Los cuerpos eran alargados, y esto hacía que su paso deslizante se
pareciera al vuelo de una pluma. Y entre los refuerzos en forma de cuña de las vigas,
unas sombras menores rondaban entre los puntales remachados.
Killeen se tocó con la lengua la muela del juicio y transmitió: Quedaos quietos. Están
por arriba. Utilizó un canal de baja frecuencia que jamás llegaría a comprender pero que
llevaba usando desde que tenía uso de razón.
Su única ventaja residía en el cuerpo del peón. Sacó de su cinturón una pistola de
impulsos y se apoyó con recelo en aquel caparazón sin vida. El blanco más próximo se
acercó a él, tal vez por curiosidad, pero lo más probable es que siguieran un plan de
búsqueda.
Allí abajo, las tinas estaban cubiertas de humos. Killeen dio un rápido vistazo utilizando
la banda de infrarrojos y vio un laberinto multicolor, salpicado de unas cabezas de alfiler
brillantes que podían ser humanos. En cuanto aquella manada de mecs se fijara en el
suelo, tendrían muchos blancos donde escoger, no le cabía duda.
Disparó limpiamente sobre el primero. Los ojos delanteros del mec lanzaron un
chispazo azul y luego murió. El siguiente objetivo empezó a localizarle. Empujó con el pie,
con fuerza, el cuerpo del peón, que se balanceó en precario equilibrio. Gracias a este
movimiento, daba la sensación de estar aún activo. Al instante, algo se estrelló contra el
mec y produjo unas redes azules de líneas de fractura.
Muy bien. Aquello les indicaría que aquel mec estaba muerto y que debían buscar
cualquier otro objetivo. Estupendo. Volvió a darle otra patada y lo hizo tambalear. Un
segundo disparo dio en el peón y se llevó por delante un trozo del lado más alejado. El
mec se dobló de lado y cayó, lo que dejó a Killeen al descubierto.
Estaba preparado y disparó rápidamente a cuanto tenía delante. Ya notaba en el ojo
derecho una ilusión de una bruma anaranjada. Sabía que le dejarían ciego si podían
encontrar la oportuna clave de entrada a su sistema nervioso.
Otras dos siluetas oscuras dispararon contra el mec mientras caía. Les localizó por las
repentinas descargas de emisión en la radio. Supuso que les había herido. Después el
mec golpeó el suelo y produjo un tremendo ruido que casi le dejó sordo porque, sin
saberlo él, su sensibilidad auditiva había aumentado mucho. La conmoción originó gritos
de sorpresa en su oído interno, que procedían de la Familia.
Una descarga verde brilló a su derecha. Se oyó un crispado chisporroteo acompañado
del decreciente hurriiiiii de un mec herido.
Un ronco grito de triunfo y más disparos.
Killeen oía el extraño whoooom de los rayos que pasaban cerca de él. Si uno de ellos
llegaba a tocarle, se pasearía por sus circuitos, y se apoderaría de sus nervios, o algo
peor. Envió varios disparos al lugar de donde procedían. Aquellos mecs eran de una clase
nueva para él, pero se desplazaban con rapidez en la oscuridad; no eran unos meros
recogedores de basura. No tiraban a matar, sino para analizar y trastornar.
—¡Allí! ¡Arriba!
—Se está acercando a ti, Jake.
—Te persigue. Vigila…
Un resplandor blanco.
—¡Jake!
El repentino centelleo cegó por unos momentos a Killeen. Mantuvo la cabeza agachada
mientras sus sistemas se ajustaban. Cuando volvió a mirar, comprobó que habían
muchas menos señales de mecs en la banda de infrarrojos.
Por el oído interno percibía unas voces roncas.
Ledroff daba órdenes, con frialdad.
Alguien estaba contando los mecs muertos, pero Killeen no le hizo caso. Estaba
comprobando que no hubiera movimientos entre las tinas. Por un oscuro pasillo inferior se
acercaba un objeto con gran habilidad. Tenía la cabeza alargada, parecida a la de un
hurón, y el cuerpo oblongo. Killeen lo identificó: era un Especialista.
El Especialista se deslizaba entre módulos de reparación y siguió avanzando con
rapidez a través de los cajones de piezas de repuesto. Sus piernas en forma de huso se
agitaban hasta encontrar puntos de sujeción.
Los Especialistas no luchaban ni destruían. Sin embargo, eran muy eficientes para
organizar e instruir a equipos de peones.
Era probable que por lo general aquél no se preocupara por una banda de basureros
que se hubiera introducido en la estación de descanso.
Sin embargo, había organizado a los peones en la parte alta para que sirvieran de
distracción mientras él se arrastraba por abajo. Aquello indicaba que, o bien aquel
Especialista se sentía particularmente amenazado, o bien había recibido alguna
instrucción específica de actuar contra los humanos, a pesar de que éste no era su
cometido principal.
Y estaba sólo a unos pocos metros de distancia del escondrijo donde se agazapaba
Toby.
Killeen sabía que no podía penetrar el caparazón de la parte superior del cuerpo del
Especialista con un rayo.
Sólo lo podría lograr con la baqueta.
Se apoyó en los pies, muy agachado, y calculó la distancia. Un mensaje direccional
dirigido a Toby pondría sobre aviso al Especialista. Se dispuso a saltar y…
…whooooom… una nube cegadora le inundó con deslumbrantes imágenes de desiertos
amarillentos, de áspera arena, y con un olor desagradable y dulzón a carne asada; todo
ello mezclado le llegaba aprisa y con furia. Perdió el equilibrio y notó que manos y pies se
le quedaban entumecidos por un tremendo frío.
Pero saltó, de todos modos.
El suelo se acercaba a toda velocidad y se inclinó hacia delante. Notaba el cuerpo
insensible por completo, pero todavía era capaz de obligar a sus manos, que sentía
fláccidas y como hechas de serrín, a que empujaran la baqueta hacia adelante. El viento
silbó. El Especialista brilló como si fuera de metal puro, emitiendo una luz que se iba
amortiguando. La baqueta cobró vida y fue girando la punta a medida que los diminutos
sensores buscaban e identificaban. El brillo cerámico del Especialista la atrajo.
Killeen disparó a las botas del Especialista y luego retrocedió. La punta de la baqueta
se introdujo y observó claramente cómo culebreaba, buscaba y mordía con fuerza cuando
se hubo introducido. Una rápida descarga eléctrica lo atravesó e interrumpió la conexión a
masa del Especialista, lo que agotó por completo su fuente de energía entre oleadas de
chispazos y chasquidos.
Se quejó y quedó congelado.
Killeen descansó tumbado un buen rato, recuperando el aliento y la realidad de sus
percepciones.
Algo le había herido con fuerza justo antes de que saltara. Prestó oído a los distantes
gritos entrecortados e intentó identificar cada voz con un nombre. Todos estaban
comentando algo relacionado con Jake, pero tardó un tiempo en desentrañar aquella
mezcla de voces.
Sólo cuando, a pesar de la rigidez que sentía en todo el cuerpo, logró apartarse de la
curvada espalda de carbocromo del Especialista, llegó a comprender lo que decían: Jake
el Sanador había muerto. No sólo muerto, sino que había desaparecido con una muerte
definitiva. Algún mec de los que andaban por las semioscuras vigas había dado con Jake
y había sorbido su propia esencia, para desaparecer sin más.
Toby apareció ante su vista, y se volvió a apoyar sobre la cubierta del Especialista. El
muchacho introdujo una bebida en la boca de Killeen y le llamó con ansiedad. Killeen
susurró algo y su voz sonó como un gruñido. Poco a poco, el mundo volvió a cobrar su
antiguo aspecto.
Ledroff apareció pisando firme, descendía de la parte alta saltando por las vigas, que
ya habían recobrado su aspecto habitual. Llevaba una antorcha de luz anaranjada. Ledroff
sufría un ataque de rabia ciega y los ojos le brillaban. Cinco mujeres buscaban entre las
riostras a los mecs que les habían atacado, pero ya no quedaba nada de ellos. Ledroff
encontró a Killeen reclinado entre las piernas cerámicas del Especialista y aterrizó unos
pasos más allá con un silbido mecánico.
—¿Qué has hecho?
—Oí que venían, y subí lo más arriba que pude. —Se comprimió los ojos con los dedos
en un intento de recuperar la visión normal.
—¿Disparaste primero?
—Claro que sí. —Killeen notó que los ojos le volvían al estado normal. El mundo se
abalanzó sobre él, pero luego se quedó tranquilo.
—Yo había ordenado que no se disparara.
—No tuve tiempo para preguntarlo.
—¡Maldito loco! No eran más que mecs ordinarios. Nos habrían dejado tranquilos si tú
no…
—Cuidado con lo que dices, Ledroff. Estaban bajo un control superior.
La cara de Ledroff adquirió una expresión de incredulidad.
—¿Un control de quién?
Killeen dio una palmada sobre el Especialista.
—Sólo es un trabajador —dijo Ledroff rechazando la idea—. No nos hubiese
perseguido.
—Pues lo hizo. Si no me equivoco, le sorprendimos en este Comedero mientras lo
reparaban. Toby encontró las piezas. ¿Te acuerdas?
—Podrían haber estado allí desde quién sabe cuándo.
—Los peones habrían recogido las piezas. El Especialista las dejó caer y él mismo
terminó rápidamente el trabajo de reparación, cuando oyó que nos acercábamos.
—¿Y se quedó los peones con él?
—Eso parece. Estos mecs de aquí arriba, obsérvalos con cuidado. Modificados. El
Especialista sabía mucho de esto. Nos oyó y retrocedió. Estuvo estudiando
detenidamente la situación. Fabricó una pequeña partida de ataque mientras dormíamos,
durante la noche pasada.
Ledroff frunció el ceño.
—Tal vez.
Killeen suspiró.
—Tiene que haber sido así.
Toby intervino:
—Eso es lo que ha sucedido.
Ledroff sonrió al muchacho.
—Yo decidiré esto.
Killeen estaba a punto de escupirle una réplica airada cuando Jocelyn llegó
apresuradamente y dijo:
—Capitán, lo hemos intentado con Jake. No hemos podido salvar ni una migaja.
Ledroff asintió con serenidad. Al oír que llamaban Capitán a Ledroff, Killeen se
sorprendió. Ahora estaba obligado a obedecer las órdenes de aquel hombre.
Ledroff ya llevaba el manto de Capitán con una gravedad inconsciente. Dijo, como
hablando consigo mismo:
—La clave está en saber qué quería el Especialista.
—Matarnos —contestó el muchacho con una horrible sencillez.
—Los Especialistas hacen cosas, Toby —objetó Ledroff, que alzó un brazo
desprendido del mec abrasado y lo sopesó—. Nunca han cazado humanos.
—Hasta ahora —murmuró Killeen—. Hasta ahora.
4
Dos muertos en dos días. De muerte definitiva. Habían desaparecido.
La Familia había recibido un golpe mayor que si hubiera perdido a tres o cuatro de los
suyos por muerte ordinaria. A lo largo de los siglos, habían adquirido el convencimiento de
que a pesar de que el último aliento del cuerpo era una tragedia para la persona, se podía
evitar la terrible pérdida a quienes amaban al alma que había sido desalojada.
Si Fanny o Jake hubieran tardado más en morir, la Familia habría tenido tiempo. Unos
pocos miembros transportaban el complicado utillaje que podía extraer unas fracciones
vitales de los que estaban agonizantes; con rapidez y habilidad, podían recuperar algunas
facetas de su vida pasada y de su personalidad.
Pero algo que estaba entre las vigas había herido a Jake con la más terrible de las
armas. Hasta entonces, la muerte definitiva había sido una exclusiva de los mecs
Merodeadores.
Aquella cosa que había andado por arriba se había escapado. Si se trataba de un
simple peón, o hasta de otro Especialista, esto significaba que los mecs habían añadido
otra odiosa habilidad a su inacabable caudal de innovaciones.
Dos muertes definitivas. Una pérdida semejante hacía imposible que la Familia
abandonara el Comedero aquel mismo día. La prudencia debía haberles obligado a partir
y alejarse de aquella trampa traicionera, pero la prudencia sólo llega después de la
reflexión. La Familia lloraba a sus muertos y odiaba; ambos sentimientos impedían que
fueran capaces de razonar.
Como venganza, Killeen se lanzó sobre el Especialista. Propinó varias patadas a la
coraza y le arrancó las antenas de acero templado. La Familia se congregó allí y con una
rabia ciega desguazó al Especialista. Arrancaron las partes y los servos, un botín que les
permitiría reparar sus propios trajes. Treparon sobre el armazón hábilmente mecanizado y
destruyeron el mejor trabajo mecánico que la humanidad había visto jamás.
Llorando por Jake el Sanador, las mujeres arrancaron con furia los delicados
componentes de alta precisión, desgarraron con cuchillos las complejas constelaciones de
cobre y silicio, y arrojaron a un lado todo aquello que no conocían o que no les era de
utilidad. Casi todos los componentes del Especialista se incluían en este último grupo,
porque ninguno de los de la Familia sabía cómo funcionaban aquellos elementos. El más
capacitado de todos ellos sólo alcanzaba a conectar las partes modulares, fiándose de su
propia vista para elegir el elemento adecuado. Tenían muy pocos conocimientos teóricos,
y la comprensión de todo aquello se les escapaba. Largas eras de dificultades y de huida
habían convertido su herencia de conocimientos, que había sido muy rica, en unas
sencillas reglas empíricas y rutinarias.
En vez de ciencia, sólo tenían imágenes y reglas para utilizar los cables codificados por
colores, que se referían a entidades desconocidas: voltios, amperios, ohmios. Eran
nombres de los espíritus que moraban en algún lugar de los mecs y que la humanidad
podía destruir a voluntad. Las corrientes, esto lo sabían, fluían como el agua y efectuaban
un trabajo silencioso. Estaba claro que las guirnaldas de alambre de oro y los cuadrados
de ónice perfectamente mecanizados gobernaban de alguna manera las corrientes. Los
electrones eran unos bichitos pequeños que impulsaban a bestias mucho mayores; esto
era obvio.
En la época de la Ciudadela, había hombres y mujeres que tenían rudimentos de
electrónica elemental. Los años de la larga huida los habían hecho desaparecer. Y no
disponían de tiempo para aprender con paciencia, desde cero, de los Aspectos de la
Familia.
La Familia, con ánimo de venganza, destrozó brutalmente al Especialista. Los cilindros
derramaron aceite sobre el suelo de madera. Las fibras ópticas se enredaron en las
piernas de los saqueadores, sólo para ser pisoteadas y mandadas de una patada hacia
los rincones oscuros.
Killeen dejó que la rabia le abandonara poco a poco. Conocía a Jake el Sanador desde
que tenía uso de razón, había sido un hombre bastante distanciado, con cara de pocos
amigos y una boca pequeña con permanente expresión de cansancio. Lloró su muerte.
Pero no dejaba de dar vueltas a las implicaciones de aquel ataque. Abandonó el pillaje y
se dedicó a rebuscar entre las entrañas del Especialista, empujado por la curiosidad.
Encontró la mente principal en el interior, casi por accidente. Un panel de aluminio
congelado se abrió de repente. Killeen parpadeó, sorprendido por el resplandor. Sabía
que disponía de muy poco tiempo para actuar. Había supuesto que el Especialista ya
estaba muerto, pero aquella masa incrustada dentro de él zumbaba con silenciosa
energía.
Podía llamar a Sunyat para preguntarle qué debían hacer. Ella tal vez lo supiera, o tal
vez no, pero en cualquier caso, el tiempo que tardara en llegar hasta allí haría disminuir
mucho sus probabilidades.
Por este motivo, se preparó mentalmente. Efectuó unos movimientos giratorios y se dio
los golpecitos adecuados en el cráneo para invocar el Aspecto de Arthur.
Has estado muy ocupado
—¿Arthur? Mira…
¿Es que tal vez no te acuerdas de mí? Creo que me has llamado seis veces en total,
en todos estos años.
—Sí, sí. —¡Pues no estaba empezando con sus quejas, maldito fuera, precisamente
cuando…!—. Oye, ¿cómo puedo desmontar esto?
¿Y para qué quieres hacerlo? Dudo que puedas sacar nada en claro.
—¡Maldita sea! ¡No me vengas con historias! ¿Cómo lo puedo desmontar?
Muy bien. ¿Ves ese relé amarillo? Tira de él.
Una imagen superpuesta aparecía intermitentemente en el ojo izquierdo de Killeen; era
una imagen ilusoria del relé, que se elevaba para desconectarse. Siguió las indicaciones.
Ahora utiliza los alicates. Retuerce los cables azules para soltarlos.
Lo hizo así, y empezó un zumbido amenazador.
¡Rápido! ¡La sujeción del resorte!
Killeen la seccionó con una descarga del rayo cortante disparado a la potencia máxima.
La mente principal emitió un desagradable sonido pero no dio señales de morir.
—Ah —suspiró.
Bastante satisfactorio. Desde que los conozco, los mecanismos de orden elevado
siempre han tenido unas defensas muy eficientes para evitar que les roben las memorias.
—Ajá. —Arrancó los tubos ligeros para llegar al corazón del complejo.
Se trata de un desarrollo evolutivo sencillo, en realidad. Este Especialista no quería que
su pericia cayera en manos de una clase competitiva de máquinas, o de seres que
estuvieran al servicio de una ciudad extranjera. Y por este motivo aprendió a freírse a sí
mismo antes de que le pudieran interrogar.
Killeen escuchaba sólo a medias la conferencia que Arthur iba soltando, mientras
desconectaba los cables del núcleo del conjunto. Nunca había entendido gran cosa de los
discursos de Arthur, pero cuando tenía que enfrentarse a un trabajo como aquél,
encontraba muy conveniente contar con un Aspecto dispuesto a aconsejarle. El problema
estaba en hacerle callar. Arthur había vivido muchos siglos antes y siempre estaba
hablando de los viejos tiempos. Killeen casi nunca tenía paciencia para aguantar sus
divagaciones, pero le gustaba el cromático halo emocional que flotaba en torno al Aspecto
de Arthur, una fría y distante certeza que se insinuaba en el pensamiento de Killeen.
Pero hemos podido coger a éste. Es extraño. Probablemente existe un corto espacio
de tiempo de espera antes de que se suicide. De no ser así, cualquier accidente repentino
podía convencerle de que estaba siendo atacado, lo que le obligaría a suicidarse sin
necesidad. Este período de espera, durante cuyo transcurso le hemos cogido,
seguramente indica que los Especialistas están mejor programados contra los accidentes
que contra los ataques. Sí. Estoy seguro de que es así. Yo…
Killeen tenía los alicates cerca del núcleo. Primero percibió en la mano una descarga
de calor, luego le sacudió un chisporroteo rápido. El tono era tan bajo que no lo percibió
como un sonido sino como una presión, como si le hubieran golpeado los oídos con un
puño.
Retrocedió tambaleándose. Sus dedos insensibles dejaron caer los alicates. Los
miembros de la Familia chillaron y se taparon los oídos. Se alejaron trastabillando del
cuerpo del Especialista y se dispersaron soltando gritos de dolor.
Killeen respiró profundamente, todavía mareado. Sus centros sensoriales estaban
momentáneamente anulados. Aspiró un olor amplificado de moho, aceite y acres residuos
químicos.
A través de un mundo gris y en completo silencio, exclamó:
—¡Maldita sea! ¿Qué ha explotado?
Nada, no ha sido sonido, aunque he de admitir que tu/mi sistema nervioso ya no puede
distinguir esto con mucha precisión. Supongo que se trata de una adaptación necesaria,
pero me temo que hace perder algunos matices de la sensibilidad.
—¡Pero qué demonios…!
Un coro de quejas sonó por toda la caverna.
Se trataba de una señal electromagnética muy potente, no me cabe duda. Deduzco
que debe de ser la firma típica de la personalidad del Especialista, de sus conocimientos
acumulados (cuidadosamente procesados, eliminados los excesos y admirablemente bien
editados).
Killeen parpadeó.
—¿Qué… por qué?
El Especialista estaba transmitiendo por radio a su hogar. Ponía a salvo su herencia,
no te quepa duda. Ahora ya puede morir.
Killeen se acercó al armazón del Especialista dando traspiés, creía tener la cabeza
llena de campanillas. Tenía la lengua pastosa y los ojos le seguían bizqueando. Recogió
los alicates y hurgó en el núcleo del sistema.
—¡Caray! Ha perdido toda la energía.
Los muertos se llevan sus secretos con ellos.
—¿Todos?
Todo aquello que pueda ser de utilidad en una sociedad mecánica competitiva. Datos
sobre este territorio, o de las variantes de las máquinas que este Especialista ha
encontrado. Tal vez las habilidades que ha adquirido. Y, desde luego, un fragmento de la
personalidad que esta experiencia ha podido generar, en un mec tan avanzado como
éste.
Killeen sacaba poca cosa en limpio de todo aquello, pero no se molestó en preguntar al
Aspecto. Una pregunta no haría más que originar una interminable serie de otras
preguntas que andaban dándole vueltas por la cabeza. Podía oír la voz original de Arthur
tan cursi y refinada, pero emitida a una velocidad mucho mayor del habla oral. Cuando
invocaba a uno de los Aspectos, éste se instalaba en su mente como un mono lo haría
sobre su hombro. Podía charlar sin cesar, o facilitarle ayuda técnica, y Killeen captaba la
esencia del carácter de la persona que estaba detrás de aquel conocimiento, como si se
tratara de alguien que estuviera en la misma habitación que él.
—¿Podemos aprovechar algo?
Veamos… Prueba el estimclat que hay allí.
Killeen no tenía ni idea de lo que era un «estimclat». Arthur se dio cuenta de ello e hizo
aparecer un punto verde parpadeante junto a una parte metálica con pestañas. Killeen le
aplicó unos hilos de conexión e hizo lo que el simulador verde de Arthur le indicaba.
Inmediatamente después, recibió la sensación de unos rápidos pinchazos de placer
mezclado con dolor detrás de las orejas.
—¿Qué es esto?
Algunas memorias recientes del Especialista, me atrevería a decir. Podemos
explorarlas para conseguir información.
—Creo que estoy un poco cansado.
En realidad, estaba fastidiado. Arthur también debía de saberlo, pero algo le empujaba
a guardar los modales con el Aspecto. Al fin y al cabo, Arthur era uno de sus
antepasados.
En ese caso, descansa. Voy a traducirlo del idioma mecánico y luego ya te daré los
resultados.
Killeen no descansó, aunque fingió hacerlo. Se recostó en un musgoso colchón de
desperdicios orgánicos de color marrón y extrajo de su traje un pequeño chip de memoria.
Era muy antiguo y mostraba grietas y mellas producidas por el uso, aunque se decía que
el polilitio era extremadamente duro.
Había estado pensando en ello durante días. En especial lo había anhelado cuando en
las heladas noches la Familia había tenido que dormir en terreno abrupto, bajo un cielo
salpicado de estrellas. En esas ocasiones observaba aquellos puntos de brillante luz
verde, naranja o azul, de los que había centenares de miles dispersos como si fueran
joyas en el aceite y que estaban coronados por un halo provocado por polvo o gases.
Proporcionaban tanta luz que bastaba para andar e incluso para leer, si alguien de la
Familia supiera leer algo más que números sencillos o algunas normas codificadas sobre
los mecs.
Así habían sido las noches de toda su vida, una ansiada penumbra después de la
lacerante doble luz originada por el Comilón y la propia estrella de su planeta, Dénix. Pero
también huía de ella, siempre que podía. Hacia los reinos de los tiempos pasados que ya
habían muerto.
Encontró una clavija de salida de corriente en un equipo de autorreparación. Las
paredes de aquella caja estaban desgastadas y manchadas después de siglos de ser
usados de vez en cuando por los mecs que pasaban por allí. Empalmó los amperios
residuales y se tumbó de espaldas.
Al instante se encontró entre la tela de araña de un sutil holotiempo de deleite y de una
transfigurada brillantez dorada.
Llegó hasta él como una estremecedora serie de exaltaciones y de brillantes
potenciales. Rubíes. Hormigueo. Pimienta picante. Aumentaba lentamente. Áspero
cuando lo respiraba.
Girando toda la eternidad con un zumbido rotativo… resbalando rápidamente con una
elegancia que estaba más allá del tiempo y del sistema… medio dormido y medio
despierto… Aquel mundo interior llenaba sus pulmones con un placer algodonoso. Le
conducía una y otra vez a un éxtasis impetuoso, pero no dejaba que cayera en un tibio
olvido. Resurrecciones dulces…
Luz hiriente. Palabrotas.
Killeen parpadeó. Una mano le asió por el cuello y le alzó en vilo.
—¿No te has enterado? Allá fuera hay un transporte de los mecs.
Era Cermo el Lento, con su cara porosa destacándose al resplandor del Comedero.
Cermo había desconectado a Killeen de la alimentación de energía.
—Yo… sólo estaba…
—Ya sé lo que estabas haciendo. Sólo has de procurar que Ledroff no te descubra, eso
es todo.
Cermo el Lento le soltó. Killeen cayó sobre el áspero musgo. Tuvo la tentación de
volver a apoyarse contra la pared, y aprovechar todavía unos pocos minutos antes de que
alguien más fuera a buscarle para llevarle con la Familia…
Y tuvo bastante fuerza de voluntad para alejar la mano del cable. Aquel «alguien más»
podría ser Toby. El muchacho ya había sorprendido demasiadas veces a su padre
despistado o inmóvil, como desconectado.
Lenta, muy lentamente, Killeen apartó el tablero de conexiones. Debía recordar que
Fanny se había ido. Todos necesitaban un refugio frente a las dificultades del entorno,
había dicho ella. Le había permitido que estuviera cierto tiempo con el tablero. Y le había
dejado también que bebiera un poco.
Pero ya no. Ledroff era decente, sólido, pero carecía de experiencia. Hasta entonces,
Killeen se había dedicado principalmente a Toby, concediendo de mala gana el tiempo
que consumía en los asuntos de la Familia. Aquello habría de cambiar. Pero le resultaría
muy duro.
Al levantarse, alejado de la tentación, recuperó toda su dispersa concentración.
Mientras se ponía en pie con esfuerzo, oyó que Ledroff alertaba a los miembros de la
Familia que todavía estaban ociosos o dormidos. Killeen se dio prisa en colocarse las
botas hidráulicas.
Apretó los cierres y quedó con el traje listo. Y Arthur intervino de nuevo:
He analizado aquel fragmento de la memoria del Especialista.
Creo que lo vas a encontrar muy interesante.
—¿Eh?
Lo ves? Son imágenes que el Especialista había recogido.
Ante sus ojos desfilaron imágenes fijas amarillo-verdosas: un diario de las reparaciones
realizadas y las máquinas que había montado. Había primeros planos de secciones
complejas de máquinas. Marañas de circuitos. Pero detrás, como si fuera un telón de
fondo casual y poco importante, se distinguían colinas de verde florido y hasta alguna
vegetación amarilla y plateada agitada por el viento que Killeen reconoció como árboles.
—Éstos… ¿No son de los tiempos antiguos?
No. De acuerdo con los datos cifrados del Especialista, he llegado a la conclusión de
que son recientes. Proceden de lugares que sólo están a unos pocos días de marcha
desde aquí.
—¡Estupendo!
De repente, aquellas profusas imágenes desaparecieron. Arthur había percibido que
alguien se acercaba, incluso antes de que el confuso Killeen se diera cuenta. Ledroff
había surgido ante él y su espesa barba parecía un escudo que encubriera la verdadera
expresión de aquel hombre.
—¿Qué es estupendo? —preguntó Ledroff— ¿Ya estás preparado?
—Ah, sí… Capitán. —Killeen se esforzó en decirlo. Aquella palabra le resultaba muy
difícil de pronunciar—. Mira, sólo estaba procesando algunas notas de este Especialista.
Ledroff se encogió de hombros.
—Los Especialistas no hacen nada —dijo, y se dio la vuelta.
—¡No es cierto! Este nos atacó, ¿no es verdad?
Ledroff le miró, con las manos en la cintura.
—Se equivocó.
—Organizó a aquellos peones. Se apoderó de Jake.
—¿Y qué?
—Pienso que es algo nuevo.
—¿Programado para reconocernos?
—Sí, por si alguna vez se encontraba con humanos. Y al enfrentarse a esta situación,
no se limitó a llamar a un Merodeador, sino que reclutó a algunos peones y nos atacó.
Ledroff frunció el ceño.
—Ya. Yo había pensado lo mismo.
—He conseguido un fragmento de su memoria.
Ledroff se puso en guardia, como si Killeen mintiera.
—Has estado tirado por ahí, durmiéndola.
Killeen contestó con timidez:
—Un simple descanso, nada más.
Ledroff era un hombretón pero en aquel momento parecía curiosamente inseguro de sí
mismo. No le gustaban nada aquellas nuevas noticias, más bien desconfiaba de ellas.
Killeen se convenció de que aquel hombre, al final, había alcanzado su tan deseado
objetivo: ser Capitán. Pero no tenía una idea clara de lo que iba a pasar después. Y temía
que aquel hecho se hiciera público. Esto se le notaba en la voz, que tenía un ligero matiz
defensivo.
—¿Y qué?
—He podido leer algo.
—¿De verdad? —masculló con un gruñido.
—Sí.
—¿Y que…? —preguntó con sospecha.
—Hay un gran valle verde a tres o cuatro días de marcha.
Ledroff pareció sorprendido, luego sonrió con evidente alivio. La Familia había huido sin
buenos mapas o itinerarios seguros desde la Calamidad, cuando todos los satélites de la
humanidad fueron destruidos. Habían vagado errantes, con la única ayuda de unos
mapas antiguos y de la previa exploración del terreno. Su único dato cierto era la
necesidad de evitar las ciudades de los mecs, donde con toda seguridad iban a acabar
muertos. Pero el siempre cambiante clima de su mundo, Nieveclara, había acabado por
hacer confusos los mapas que les quedaban. Ya no disponían de una orientación de fiar.
Ledroff pensó en voz alta:
—Un vehículo de los mecs acaba de llegar a la parte exterior de la fábrica. Si lo
podemos cambiar de destino, sin que siga su rutina…
—Esa tierra verde puede ser la orilla de un depósito de agua.
—Sí, puede ser. —Ledroff parecía muy aliviado.
Killeen sonrió, contento de no aparecer, por una vez, como un inútil a los ojos de
Ledroff.
—Marchemos hacia allí. Vamos.
5
El funeral de Jake el Sanador duró bastante tiempo, y después las protestas de la
Familia fueron aumentando mientras se preparaban para volver al camino. Se elevaban
muchas voces fatigadas que no estaban de acuerdo. Caras cansadas de facciones
crispadas y ojos semicerrados empezaban a considerar la posibilidad de oponerse.
La Familia sólo había empezado a quitarse el polvo de las últimas semanas. Tenían las
piernas doloridas por las largas caminatas que habían soportado, arrastrando los pies.
Las barrigas gruñían ansiosas de más sopa de las tinajas, de más pasteles de proteína,
de más pan ácido y esponjoso. Necesitaban la húmeda ilusión de seguridad del
Comedero, y se agarraban a ella.
Fue entonces cuando Ledroff demostró ser un caudillo. Había evitado que algunos
miembros de la Familia destrozaran el Comedero, después del ataque del Especialista.
Una ciega fiebre de venganza como aquélla muy bien habría podido suscitar una alarma y
atraído la respuesta de un Merodeador. Con calma, Ledroff desarmó a aquellos tipos que
estaban saturados de alcohol y les encargó alguna tarea útil.
Tampoco toleró los comentarios mezquinos o maliciosos. Durante los años que
siguieron a la Calamidad, la Familia había aprendido que había que controlar los rumores
a rajatabla. Durante una crisis, se presentara ésta poco a poco o de golpe, siempre era
más importante correr que hablar.
Alguien tenía que acabar con las charlas sin objeto, que podían confundirse con una
discusión. Lo consiguió Ledroff, quien utilizaba su potente vozarrón para gritar más que
todos los demás.
Los miembros de la Familia se dirigieron de mala gana hacia los equipajes y
remoloneando empezaron a calcular cuánto podrían llevarse del Comedero. Se
entretenían, comían un poco más, aprovechaban cualquier oportunidad para distraerse,
sentarse y ponerse a jugar con los arneses, las automáticas y las botas, que cuidaban con
esmero. La voz de Ledroff les chillaba, les convencía de que volvieran a su trabajo de
cargar alimentos para una marcha cuyo destino era incierto. Killeen obedecía, todavía
estaba recuperándose de su anterior humillación pero comprendió que no había más
remedio.
Había algunas tareas pendientes. Ledroff ordenó que algunos borraran sus huellas en
el Comedero. La peor tarea recayó sobre Killeen y Cermo el Lento: acomodar el cuerpo
de Jake. No había ningún sitio donde enterrar el cadáver, reducido a un reloj parado que
se iba quedando rígido y cuya piel se había transformado en un mosaico de manchas
redondas moradas, y otras cuadradas de un blanco intenso. Al levantarlo del suelo, a
Killeen le pareció que el peso muerto del cuerpo era mucho más sólido y voluminoso que
en vida de Jake.
Tuvieron que dejar caer lentamente el cadáver dentro de una de las tinas para que el
cuerpo se disolviera formando una substancia viscosa y rojiza. Habría sido un error
desperdiciar la carne en el suelo. Esto era algo que ellos sabían y de lo que estaban
profundamente convencidos. Lo que iba a parar a un Comedero, podía salir de él algún
día.
Permanecieron inmóviles, observando cómo se desangraba y se desvanecía el cuerpo
de Jake. Primero los huesos, blancos como fantasmas, traspasaban la piel, translúcida
como el papel; luego la desgarraban y, como si se tratara de un pergamino, se desprendía
y enrollaba sobre sí misma…
Killeen tenía el corazón en un puño. Las manos se le pusieron resbaladizas mientras
sostenían los tobillos de Jake. Los agresivos humos que emergían de la espuma
grasienta de la tina se le subieron a la cabeza y le cegaron, de forma que empezó a
derramar lágrimas.
Pero lloraba por Fanny y no por Jake.
Transcurrió un tiempo. El hedor cesó de repente. Por fin pudo soltar a Jake. Cuando el
pie y la delgada pantorrilla desaparecieron en aquel caldo oscuro y recubierto de costras,
Killeen se despidió también de Fanny. Luego se alejó de allí dando traspiés.
Ayudó a Toby a ponerse el equipo, prestando especial atención a los cierres de su
traje, y dejando que los detalles de aquella operación le absorbieran por completo.
Sólo se entregó a los pensamientos después de reemprender la marcha.
Avanzaban por valles en pendiente. Killeen llevaba la carga suplementaria de castigo
repartida en la espalda. Inhalaba el aire cuando iniciaba las largas zancadas, y lo
exhalaba por la misma fuerza del impacto que se producía al tocar tierra de nuevo.
Hacía mucho tiempo que había aprendido de su padre aquella técnica de avanzar
inclinado hacia adelante, que ahorraba mucho esfuerzo. Con la baja gravedad de
Nieveclara, la musculatura de los humanos, ayudada por los servos y los trajes que
aunaban el trabajo de unos músculos con otros, les permitía andar a pasos de gigante.
Obtenían los componentes de los mecs y los adaptaban manualmente a las pantorrillas y
a los hombros. El metal se podía alear y moldear como si fuera una arcilla blanda de
cromo, cuando se activaba con la adecuada señal despolimerizante.
Aquél era el principal oficio que la Familia conservaba todavía, ya que, desde luego,
moriría si lo abandonara. Jake el Sanador había sido el que mejor lo dominaba. Jocelyn,
Cermo y algunos pocos más conocían el arte de modelar el metal. Era una habilidad que
residía principalmente en las manos, y por esto la Familia lo mantenía como una artesanía
que seguía siendo útil. Muchos de los Aspectos que se alojaban en los subconscientes de
los miembros de la Familia tenían todos aquellos conocimientos. Pero no bastaba con que
se los explicaran con palabras. Los Aspectos no podían mover los músculos de la gente.
Eran los miembros de la Familia quienes debían tener el toque mágico, porque en caso
contrario las costuras podían reventar, las rebabas provocaban rozaduras en los
músculos embutidos, y los servos podían obturarse e inmovilizarse.
Killeen prestaba atención casi de forma inconsciente a los zumbidos y al
funcionamiento del traje, dejando que sus sentidos se ocuparan del territorio que se
extendía ante él. Unos oscuros matorrales espinosos salpicaban las colinas, confirmando
que la vida era persistente y no se dejaba eliminar, a pesar de que la arcilla anaranjada
estaba surcada en todos sentidos por miríadas de huellas de los mecs.
—Este terreno parece más húmedo —transmitió.
—¿Ves alguna corriente de agua? —preguntó Jocelyn.
—Creo que por aquellos barrancos que están hacia el sur transcurre un río.
—¿Puedes afirmar con seguridad que vamos en buena dirección?
—Sin duda.
Arthur apareció sin que le hubiera llamado.
Estoy rehaciendo los cálculos cada diez minutos. Nos encaminamos hacia la dirección
que juzgo más apropiada, de acuerdo con los datos que tenía el Especialista. Claro que el
Especialista podía estar confundido, o equivocado…
—¿Ya empiezas de nuevo, eh? —murmuró Killeen con irritación.
No, sólo decía que…
Intervino Ledroff:
—¿Has comprobado la ruta?
Los comentarios de Arthur resultaban inaudibles para todos, excepto para Killeen,
desde luego. Era extraño, pensó, que Ledroff estuviera enterado de lo que el Aspecto
decía a Killeen. Tal vez había hablado, en voz baja y sin darse cuenta, por el sistema de
comunicaciones.
—Sí, varias veces. ¿Ves aquellos troncos verdes? Había algunos parecidos a éstos en
la memoria del Especialista.
—Ah. —Ledroff era un puntito distante, pero su voz le llegaba con cierta nota de
escepticismo.
Killeen suponía que haría falta mucho tiempo para que Ledroff olvidara que había
consumido bebidas etílicas. El Capitán utilizaría esta falta para rebajarle los méritos. De
momento, ya estaba favoreciendo a Jocelyn para demostrar a Killeen cuál era su lugar.
—Pues vayamos hacia allí.
—Es lo mejor que podemos hacer.
Killeen oyó cómo Ledroff hacía chasquear los dientes, lo que indicaba que no disponía
de un plan mejor que aquél. Ledroff avanzaba a saltos, levantando nubes de polvo con los
pies. Detrás de él, petardeaba el vehículo mec del que habían logrado apoderarse.
Los miembros más ancianos de la Familia iban montados en los laterales cubiertos de
salientes de cobre de aquel gran transporte. Se agarraban a unas asas que habían
introducido a golpes en el recubrimiento aislante de aluminio de las paredes del tanque.
Se columpiaban allí como racimos de frutos multicolores y daban tumbos de un lado a
otro cada vez que el transporte se bamboleaba al avanzar penosamente sobre el
accidentado terreno. Unos macizos de color gris metálico se destacaban sobre el lejano
horizonte como si se tratara de fortalezas inexpugnables.
A Killeen no le apetecía ir rebotando sobre el transporte y había cedido sus turnos de
descanso en él. Prefería avanzar en terreno abierto. Si por casualidad algún Merodeador
se cruzaba en su camino, a los primeros que descubriría sería a los hombres y mujeres
que estuvieran apartados de los demás. Killeen consideraba justo que él fuera el más
visible, mientras Toby andaba mucho más cerca del vehículo.
Para un Merodeador, su compinche mec con forma de barril no podía constituir un
objetivo. Sólo después de inspeccionarlo de cerca, el Merodeador averiguaría que el torpe
y sencillo transporte había sido secuestrado y reprogramado, y que ya no transportaba
carga desde la pequeña fábrica a un almacén regional, como era su misión.
—Te saludo, padre. —Toby le hacía señas con la mano, desde muy lejos.
—¿Ya es hora de comer?
Toby se rió. Era una broma muy antigua, de cuando el muchacho pedía un bocado
extra cada pocos kilómetros. Se remontaba a los tiempos duros de después de la
Calamidad. Ninguno de los miembros de la Familia tenía la preparación adecuada para
enfrentarse a las duras condiciones. Nadie había imaginado que su vida iba a transcurrir
en una huida constante.
—Claro que no —contestó con firmeza Toby—. No soy un cerdo.
—En ese caso, ¿qué querías decirme?
—Ya estoy cansado de viajar junto a aquel tío gordo, sobre el transporte…
Ningún miembro de la Familia tenía ya la menor cantidad de grasa, pero sus
expresiones estaban plagadas de referencias a los que llevaban un exceso de volumen
para disimular sus ropas, feas por lo grandes que les caían. Era un triste vestigio de una
época en la que la grasa era un signo de prestigio, que se valoraba además como un
seguro contra los tiempos difíciles. Pero por entonces todos los tiempos sin excepción
eran difíciles, y la Familia empleaba las palabras de la antigua opulencia con una cierta
nostalgia, con una falsa valentía, como si al mantener vivos aquellos términos siguiera en
pie la promesa de que algún día podrían volver a acumular en la cintura un par de
centímetros de más.
—Puedes quedarte para recoger los cerdos cuando se caigan.
—Si se caen sólo harán un ruidito…
—Pero de todos modos, mantén los ojos abiertos.
—Quiero estar contigo, en cabeza.
—Es demasiado peligroso.
—¡No lo es!
—Sí, lo es.
—¡No lo es! ¡Es imposible! Mira aquel verdor que brota allí…
—Es una pequeña zona húmeda, y nada más.
—¡No lo es! Todo el mundo sabe que a los mecs no les gusta lo verde…
—Tal vez.
—Les da miedo. No ven bien con la luz verde…
—Donde hay verde, hay agua; y el agua oxida las máquinas.
—¿Y no es lo mismo que decía yo? Venga, déjame andar a tu lado.
La atiplada nota lastimera en la voz de Toby conmovió a Killeen. A pesar de que abrió
la boca para decirle a su hijo que se quedara a salvo cerca del vehículo mec, se encontró
comprobando la superposición de flechas azules en su ojo derecho. Un triángulo que
señalaba hacia adelante con gran firmeza destacaba sobre el mapa topográfico de aquel
accidentado valle.
—Está bien. Quédate a mi izquierda.
—¡Bravo! —Toby saltó veinte metros hacia arriba en aquel claro y luminoso aire y
aterrizó a la carrera. Empezó a gritar con irreprimible energía y al cabo de unos instantes
ya estaba al lado de su padre.
En el timbre de su hijo, Killeen descubrió unas notas de la voz de Verónica. A pesar de
que tenía grabaciones de ella, nunca las hacía salir del chip que llevaba incrustado en la
base de la espalda. Por este motivo, el menor recuerdo de ella le trastornaba de un modo
dulce y amargo a la vez. Toby era completamente un hijo suyo. Al engendrarlo no habían
utilizado componentes genéticos extraños. Y esto equivalía a decir que Toby era un
legado completo de Verónica.
Porque Verónica había perecido en la Calamidad, y fue una muerte definitiva.
La mayor parte del Clan había muerto en aquellos días, segados por la diestra guadaña
durante la furiosa embestida de los mecs contra la Ciudadela. Durante centenares de
años, los mecs se habían ido apoderando de regiones de Nieveclara, y la humanidad lo
había visto con recelo. Nieveclara había sido un mundo frío, rico en agua y con vientos
que agitaban la humedad y formaban unas grandes nubes de algodón que lo recubrían. A
los mecs no les gustaba este tipo de planetas, por tal motivo la humanidad había llegado
hasta allí, para prosperar a su humilde manera.
Y hasta aquí alcanzaba toda la historia de la cual Killeen tenía noticia, aunque en honor
a la verdad hay que señalar que le había interesado muy poco. La Historia no era más
que una serie de cuentos basados en mentiras o en algo muy parecido a ellas; esto era lo
único que sabía con certeza, y no necesitaba más. Un hombre práctico debe preocuparse
por el momento que tiene delante de él, no dedicarse a holgazanear en medio de
leyendas polvorientas.
La Familia Bishop había vivido cómodamente en una abrupta fortaleza rocosa: la
Ciudadela. Killeen recordaba aquellos tiempos como distanciados por un insalvable
abismo oscuro, aunque en realidad sólo habían transcurrido seis años desde la
Calamidad. Todos los años anteriores a aquel suceso estaban comprimidos en un
instante maravilloso de un día luminoso, repleto de gente y circunstancias que ya no
representaban ninguna verdad substancial, que habían quedado atrás como si jamás
hubieran existido.
Desde entonces, los Bishop se habían visto empujados hacia adelante no tanto por
llevar una horda victoriosa tras ellos, sino por una marea creciente de nombres de batallas
perdidas, de emboscadas en las que habían caído, de trampas en donde se habían
dejado atrapar. Algunos miembros de la Familia habían sido heridos o sufrido la muerte
definitiva; más de una vez habían tenido que dejar parientes atrás para poder escapar en
medio de una desordenada y desco-razonadora confusión, para salvar el núcleo
remanente de la Familia, para mantener vivo algún débil nexo con su herencia.
Los nombres eran puntos en su mapa: Puente de la Sierra, Corinto, Montaña Pétrea,
Curso de Río, las Fuentes Grandes de Alicia, Pozogrande; y los mapas no estaban sobre
papel sino codificados en los chips de memoria individuales. De esta manera, durante una
huida de seis años, a medida que los miembros de la Familia iban cayendo y eran
devorados por la mente de los mecs, la Familia había perdido todos aquellos mapas que
podían explicarles dónde habían estado sus antecesores antes de la lucha y la posterior
derrota. Ahora los nombres eran sólo nombres, sin substancia ni realidad en la tierra viva
de Nieveclara.
En su huida, la Familia debía limitar el equipaje, y echaron a un lado los mapas sobre
soporte sólido y otros documentos que en otro tiempo habían significado su dominio sobre
el planeta. Así fueron dejando un rosario de restos abandonados que se extendía a lo
largo del tiempo y el espacio.
El padre de Killeen había desaparecido cuando en la Ciudadela imperó el caos.
Verónica había resultado herida mientras estaba en pie detrás de Killeen. Había
arrastrado el cuerpo de su esposa, buscando un médico que pudiera curarle las heridas.
Sólo cuando cayó exhausto en un embarrado dique de riego, se dio cuenta de que
mientras la trasladaba la había alcanzado una explosión. Había estado demasiado
embrutecido y atormentado como para advertirlo. Los ojos de Verónica habían quedado
terriblemente saltones, con una expresión de miedo y rodeados de pus. Era una muerte
definitiva.
Hasta la Calamidad había conocido a innumerables parientes directos. En aquellos
tiempos, la Familia parecía no tener límites. Pero ahora, sólo tenía a Toby.
—Mira. Un peón —le indicó Toby, que señaló hacia un punto determinado al cual se
acercó a saltos.
—¡Cuidado! —gritó Killeen—. Hay que examinarlo antes. —Saltó hacia adelante y
apartó a su hijo.
El peón parecía inofensivo. El brillante caparazón de líneas cruzadas estaba acabado
de pulir. Tenía los cortos brazos metidos entre los roñosos desperdicios de los mecs:
tapas, alojamientos oxidados, biojuntas grises desgastadas.
Killeen se acercó. El mec hizo girar las cadenas de desplazamiento ligeras. Agarraron y
golpearon un erosionado saliente de granito, troceado y dispersado por allí. Los lentes de
proa se movieron para estudiar a Killeen. Se detuvieron un largo rato, como si estuviera
pensando. Luego los desvió, sin demostrar interés, y se fue colina abajo, levantando una
nube de polvo fino que, debido a la escasa gravedad, flotaba en el aire como una niebla
reluciente..
—Creo que todo va bien —reconoció Killeen de mala gana.
—¿Puedo recolectarlo? —dijo Toby con voz aguda, aterrizando con un silbido seguido
de un impacto sobre aquel granito desmigajado.
—¿Recolectarlo? Yo creía que estabas hasta los topes de servos.
Toby se encogió de hombros y se oyó un cascabeleo. Llevaba muchas piezas
pequeñas de repuesto sujetas a la cintura mediante cuerdas.
—Pareces un montón de chatarra.
—Los recambios son necesarios —objetó Toby, a la defensiva.
—Pero no tantos que te hagan perder velocidad.
—¡Oh, déjame! Me queda sitio. —La cara de Toby se transformó en una cómica
máscara que hacía muecas de supuesto dolor.
—¡No! —El propio Killeen se sorprendió al pronunciar aquel «no» tan tajante.
—Pero yo…
—No. Decididamente, no. Y ahora, vete a tu puesto.
Toby no tenía un puesto concreto en la formación, pero al utilizar aquella palabra hizo
que su posición pareciera más importante. Aquello complació al muchacho, que se
encogió de hombros y juntó las cejas con ironía. Se alejó de allí, sin hacer caso del peón
que se perdía pendiente abajo.
Hacía mucho tiempo que Killeen había aprendido a escuchar las críticas. Se quedó
quieto durante un largo rato. Con los sentidos reforzados hizo un barrido que se paseó por
el lento discurrir de la Familia y que abarcó al peón que se retiraba. La algarabía de voces
que se arrastraban y pinchaban era el acostumbrado ruido de fondo de la Familia.
Avanzaban por el valle a buena marcha. El vehículo mec saltaba a lo largo del lecho de
un río de arena. Killeen escogió el punto de mira de un anciano, Fowler, quien se
columpiaba en un cesto que iba sujeto sobre el vehículo mec. Oyó las preguntas
quejumbrosas de Fowler:
—¿Cuándo vamos a detenernos? ¿Te queda algo de aquel jugo ácido del Comedero?
¿Qué quieres decir con que se ha acabado? ¡Teníamos jarros enteros de él!
Y también oía cómo las piedras salían escupidas por las cadenas de desplazamiento
del mec.
El valle reposaba en silencio. Los vehículos mecs punteaban las colinas llenas de
protuberancias rocosas. Algunos biocomponentes en putrefacción viciaban el aire.
Aquellas acumulaciones de residuos viejos, distribuidas al azar por todas partes en
Nieveclara, eran tan comunes que Killeen apenas si se daba cuenta de ellas. En las
tierras limítrofes como aquélla, los barrenderos mecs no se molestaban en recoger las
tapas oxidadas o los pesados ejes rotos para transportarlos a las lejanas fundiciones y
factorías. A lo largo de los siglos, el desorden había ido en aumento. A medida que los
mecs intervinieron en el clima de Nieveclara, los hielos se retiraron dejando al descubierto
chatarra todavía más antigua, de la época en que los mecs habían corrido con cosas
desconocidas en medio de las antiguas eras glaciales. Esta chatarra también ensuciaba la
tierra en época de Killeen, y el suelo aparecía lleno de manchas rojas de orín.
En medio de todo aquello, la vegetación luchaba por sobrevivir, lo que constituía una
buena señal. Hacía algunas horas ya habían tenido la alegría de observar algunos signos
de que algo maduraba, de que la hierba se extendía, de que aumentaban las zonas de
color pardo.
Dénix se había ocultado una hora antes, y en aquel momento casi la mitad del Comilón
había desaparecido tras la línea irregular de las colinas. Los cambiantes colores
confundían a Killeen, y el menor risco o barranco desbordaba sus ilusiones, como si ya se
hubieran realizado de repente.
La Familia avanzaba con impasibilidad, con el tenaz ritmo de aquellos que pocas cosas
esperan ya. A medida que vencían cada una de las cuestas, empezaban a hablar aprisa y
confusamente, y las palabras sueltas se añadían al parloteo del grupo. Durante meses
habían seguido unas rutas no señaladas a través de valles exhaustos y blanqueados por
la sequedad. Sólo habían encontrado algún respiro en los Comederos. La promesa de lo
que les esperaba, y que poco a poco ya empezaban a oler, proporcionaba energía a su
avance.
Killeen no presentía ningún desastre pero el peón con las marcas cruzadas era lo
bastante raro como para tenerlo presente. Vigilaba con atención a su hijo y a menudo
comprobaba la ruta.
En medio de una inspección topográfica, Arthur dijo:
Vuelvo a disfrutar con la vista del paisaje verde.
Killeen estaba sorprendido. Por lo general aquel Aspecto se mantenía distante, factual
y frío en la mente de Killeen.
—Estoy de acuerdo contigo, llevo tanto tiempo probando sólo el sabor de la sopa del
Comedero…
Dudo que pudieras tragártelos. Son unos matojos de vegetación duros y fibrosos.
—Debe de haber agua en este terreno.
—Sospecho que vamos a meternos en un lugar salpicado.
Killeen se animó:
—¿Qué dices? ¿Estará más mojado?
Tal vez. Un lugar salpicado es el terreno de fractura que rodea la zona de caída de un
meteorito. La roca cuarteada permite el afloramiento de terrenos congelados, que son los
que han convertido en inútiles los esfuerzos de los mecs por desecar todo el planeta.
Algunas veces, hasta se puede encontrar hielo glacial enterrado bajo las arenas
movedizas. Los meteoritos son la única característica del clima de Nieveclara que por lo
visto los mecs no han conseguido dominar. Considerando la órbita que describe el planeta
alrededor del Comilón, que es bastante elíptica, no sería sorprendente que encontráramos
bastantes meteoritos. Ahora el planeta se dirige hacia un punto más cercano al Comilón.
Una distribución estadística de Gauss para la densidad de los residuos pequeños
convertidos en meteoritos puede predecir que vamos a recibir impactos con una
frecuencia incrementada exponencialmente.
—¿Hará mejor tiempo? —Aunque Arthur estaba obligado a decir la verdad, algunas
veces el Aspecto se expresaba de forma enrevesada, con palabras de difícil comprensión.
De nuevo he de decirte que tal vez. Me parece que los mecs intentan alterar la órbita
del IR-246.
—¿Qué?
—Lo siento. Vosotros llamáis Dénix a esta estrella, ¿me equivoco?
—No es que la llamemos así, es que lo es.
Para mí esta estrella es la fuente número 246 de infrarrojos cuya resolución positiva
está cerca del centro galáctico. El catálogo que se confeccionó cuando nos acercábamos
a la zona interna del centro asignaba específicamente…
—Oye, oye, todo esto me suena como un tartamudo hablando en sánscrito. Yo…
Esta expresión es muy interesante. Recuerdo que localicé su origen en una antigua
civilización de la tierra que ahora sólo se puede encontrar en los registros de holografía…
—No me importan las expresiones de los antiguos, ¿oyes? No comprendo nada…
Dénix es el sol, esto es lo que significa el nombre de Dénix.
Vosotros lo llamáis así, de acuerdo. Es una estrella simple parecida a los millones de
estrellas que puedes contemplar cuando tanto Dénix como el Comilón han desaparecido
del cielo, como por ejemplo ahora.
Killeen miró hacia arriba, sorprendido. El Comilón se estaba metiendo en la cuneta para
dormir su sueño rojo tras la serranía de picos. Muy alto, en la oscuridad, descubrió unos
puntos como cabezas de alfiler que brillaban con matices de ambarinos, azul fuerte y
verde opulento. Unos finos hilos se deslizaban entre los centelleos. Nunca se le había
ocurrido que pudieran ser como Dénix.
—¿Todos… éstos?
Hay aproximadamente un millón de estrellas a un año luz de distancia del Comilón.
Algunas han entrado en las últimas fases de su evolución y presentan una gran variedad
de colores. Otras emiten efluvios desde sus cromoesferas. Las más avanzadas…
—¡Corta el rollo! ¿Quieres decir que todas ellas son tan grandes?
Algunas son mayores que Dénix, que después de todo no es más que una estrella tipo
MI. Vuestros antepasados la seleccionaron no por su belleza, sino porque estaba en una
profunda era glacial, y al parecer no presentaba ningún interés para las civilizaciones
mec, mientras que otras…
Killeen dejó que Arthur siguiera divagando, sin prestarle atención. Para él, el cielo
acababa de convertirse de repente en una extensa bola de profundidades inimaginables.
Todos aquellos alfileres eran otros soles. Su vida entera, una infancia formal, de amor, de
trabajo y de esperanzas perdidas, de retiradas con muchos estragos, de golpe ahora le
parecía insignificante, como unos ligeros movimientos en una extensa llanura bajo una
noche preñada de ojos.
6
Siguieron marchando hasta pasada la medianoche. Nieveclara nunca se sumía en una
completa oscuridad, ya que el millón de cabezas de alfiler que brillaban en la noche
conspiraban para sembrar el cielo con un débil pero persistente resplandor. Mas no se
dibujaban sombras concretas.
Todos los años, las lejanas burbujas y remolinos de gas crepuscular barrían el cielo.
Las constelaciones de relucientes estrellas se desplazaban en el intervalo de tiempo que
un chiquillo necesitaba para convertirse en hombre. Pero las estrellas eran sólo unas
comparsas en aquellos cielos, ricos en rubíes y atormentados por las tempestades.
Los antecesores de Killeen ya tenían los ojos adaptados, y eran capaces de escudriñar
dentro de una escala que iba mucho más allá de la respuesta logarítmica normal en la
especie humana. Veían las estrellas como unos puntos brillantes, y si después
entornaban con fuerza un ojo, aparecía una corona que las envolvía en un sudario de
tinta. Los mecs veían en cualquier resplandor por débil que fuera, y por esto la humanidad
había imitado a las máquinas adaptando oportunamente sus ojos.
Toby transmitió:
—Hay un enjambre de mecs sobre aquella colina.
Killeen se desplazó hacia la derecha y unos momentos después aterrizaba al lado de
su hijo.
—¿De qué tipo son esos mecs?
La voz de Toby sonaba alta y excitada:
—Veo tres que son operarios de fábrica.
—¿Qué hacen?
—Trabajan.
—¿Extraen minerales?
—Me parece que están manufacturando algo.
—¿Sabes qué es?
—No lo sé. ¿Ves aquel vehículo que están descargando?
—Um. Fardos de… —Aumentó hasta el máximo la potencia de visión. Escudriñó los
rincones poco iluminados, por si había señales de mecs grandes.
—Son plantas —indicó Toby, excitado—. Están recolectando plantas.
Killeen bizqueaba, todavía no llegaba a distinguir suficientes detalles. Se preguntó si
sus ojos habrían perdido agudeza, si su percepción visual no era tan precisa. Los
humanos debían vigilar sin descanso su equipo. Si lo descuidaban, podían acabar
muertos al cabo de un minuto. Angelique, una mujer joven de los Bishop, sabía utilizar
alguna especie de programa interno para eliminar los problemas de visión. Tendría que
pedirle una revisión completa. Frunció las cejas, distraído por aquella contrariedad.
—Jamás había visto nada como esto —dijo.
—¿No habías visto mecs que utilizaran plantas?
—Vi algunos árboles talados cuando… —Se detuvo, porque aquello le llevaría a decir:
Antes, cuando la Ciudadela se mantenía firme y mi padre salía de expedición, cuando la
humanidad poseía bosques y cosechas y todo el legado que hemos perdido… Esto era
algo que no comentaba nunca a Toby si podía evitarlo—. Cuando todavía había plantas.
—¿No te preguntas qué están haciendo?
Killeen observó los cinco grandes edificios que se levantaban agrupados junto a un
arroyo. Dos demonios bajaban por las colinas levantando nubes de polvo. Giraron y se
deslizaron hasta llegar cerca de los oscuros edificios de arcilla, lanzando al aire conos de
fina arena.
—No me lo explico. Hace mucho tiempo, los mecs arrasaban las cosechas que el Clan
intentaba cultivar en un valle cercano a la Ciudadela. Pero las dejaban allí, no las
aprovechaban.
—Vamos a cargárnoslos —saltó Toby.
Killeen observó la cara delgaducha del muchacho, salpicada con las oscuras
erupciones causadas por el roce del traje que todo el mundo tenía que sufrir de vez en
cuando. Le dio unas palmaditas en la espalda y rió.
—¿Tenemos aquí el azote de los mecs?
—¡Y que lo digas!
Toby se rió también, y Killeen comprendió que su alegría se debía en parte al hecho de
que el chico podría demostrar su valentía y presentarla como una broma, sin necesidad
de darle un sentido.
La Familia debía decidir si se atacaba o no. Los jóvenes corrían con los demás, desde
luego, ya que la Familia nunca se separaba cuando se enfrentaba a un peligro. En
aquellos tiempos, la principal preocupación de los humanos era evitar la división, la
pérdida, el fraccionamiento. No obstante, los jóvenes corrían muy atrás durante los
asaltos, y por este motivo su palabra tenía muy poco peso en las decisiones. Aquello
concedía a Toby algunos restos de la libertad de la niñez. Killeen, instintivamente, trataba
de mantener tal situación. Sabía que muy pronto la dureza del entorno iba a pesar sobre
el muchacho, obligándole a dejar la infancia.
Llegaron algunos miembros de la Familia, descendiendo en pronunciadas curvas, y
aterrizando con unos sonidos neumáticos. Chuuuung. Ledroff empezó a hablar con el
casco ladeado. Una docena de miembros de la Familia se congregaron alrededor de él.
Toby hizo un ademán hacia Ledroff.
—¿Crees que va a ir?
—No lo sé —dijo Killeen.
—Fíjate en su barba.
El espeso pelo negro estaba encrespado formando una línea curva. Toby soltó una
risita sofocada.
—Se la ha pillado con el aro del casco.
—Pues, cuando corra, le dará tirones.
Una antigua tradición permitía tomarle ligeramente el pelo al Capitán. Tal vez aquella
mata de maloliente pelo que se le enredaba en el casco había sido decisiva en su
elección como Capitán. Toby dijo:
—¡Qué pelambrera más fea!
—Evita las quemaduras del sol —intervino Killeen.
—Cuando yo tenga barba, no dejaré que se me enrede en el traje.
—Di que no, porque yo te haría esto. —Y Killeen le dio un cachete cariñoso.
Ledroff transmitió por el comunicador general:
—¿La situación continúa sin variaciones?
La voz de Ledroff ya empezaba a adquirir un tono de mando.
No se apreciaba el menor signo de interés ni de cambio de rutina en la alejada fábrica.
Killeen clavó sus ojos en Ledroff y se preguntó qué decisión tomaría aquel hombre.
Aquélla sería su primera escaramuza importante desde que había ascendido a Capitán. El
hombre parecía prudente, tenía los ojos semicerrados y estaba estudiando la situación.
Conversaciones dispersas llegaban al equipo sensorial de Killeen. Se comunicaba sólo
con Toby, llevando la cuenta de los diminutos perfiles de los mecs, mientras aquellas
formas distantes iban efectuando sus trabajos. Desde su borrachera mientras estaba de
guardia, Killeen había intentado evitar mantener muchas conversaciones.
Ledroff se metió en la comunicación de padre e hijo.
—Veo que estos edificios son nuevos. Toby intervino flemáticamente:
—Creo que es arcilla fundida.
Killeen estaba algo sorprendido: el muchacho recogía información en todas partes.
Ledroff asintió.
—¿Los mecs están utilizando plantas? Tal vez están fabricando algo que pueda
resultar útil. Killeen evocó a Arthur y le preguntó calladamente:
—¿Qué te parece esto?
Esta zona de afloramiento se formó, tal vez, hará unos diez años. Es un tiempo
suficiente para que la civilización mec haya podido explotar las primeras materias
orgánicas que crecen aquí.
—Ataquemos —propuso Jocelyn.
—Adelante —gritó Cermo, que ya estaba a punto de lanzarse pendiente abajo.
Killeen podía percibir la mayor movilidad de la Familia. Todos se sentían con más
fuerzas después de haber pasado una sola noche en el Comedero. ¿Se habían olvidado
ya de Jake y de Fanny? ¿Ya prescindían de tomar precauciones? No. Lo cierto es que la
Familia no necesitaba los suministros, y menos con tanta urgencia. Pero algo se agitaba
dentro de ellos, algo que venía desde mucho tiempo atrás: un deseo incontenible de
obtener una victoria clara, de vengarse. Habían destruido al Especialista, pero Ledroff no
había permitido el vandalismo en el Comedero. La sangre de la Familia todavía bullía con
sed de venganza, y aquel ataque podría servirles de desahogo. Lo mejor que podía hacer
el Capitán era dejarles a su antojo. Por lo menos descargarían toda la rabia que les hacía
entornar los ojos.
Ledroff miró a su alrededor y vio los pies que se arrastraban con impaciencia, los labios
apretados con fuerza. Killeen percibió que la presión iba en aumento y sabía que debía
dejarse arrastrar por ellos o de lo contrario tendría unas graves confrontaciones si
intentaba detenerlos.
—¡Formad la estrella! —ordenó Ledroff.
—¡A la orden!
—¡Estaré en primera fila!
—¡Yo soy el hombre en cabeza!
—¡Adelante, adelante!
Enfilaron todos hacia las fábricas, organizándose a lo largo de los cuatro ejes, para
confundir a las defensas que pudiera haber. Pero nada se levantó para enfrentarse a
ellos.
Unas redes de fuego anaranjado traquetearon desde los hombres y fueron a dar contra
los peones. Los mecs pasaron por todas las locas agonías de la indecisión, lo que les
ocasionó el derrumbamiento cibernético.
La Familia se precipitó hacia los patios de los edificios, por encima de los rimeros de
tubo cerámico, por debajo de los montajes de hojas de carbón. Derribaron los tabiques a
patadas, buscando a los encargados de los mecs. Killeen y Jocelyn se separaron de los
demás y corrieron por una larga sala repleta de una maquinaria abrumadora. La velocidad
era la mejor arma de que disponían los humanos. Los mecs obreros estaban fabricados
para ser seguros y estables. Reaccionaban con lentitud, a menos que sufrieran una
reprogramación para introducirles intervalos de respuesta más cortos.
Llegaron jadeantes a un espacio abierto. Un encargado mec se acercó rápidamente a
ellos, emitiendo los códigos de reconocimiento por la banda ancha de las líneas de
comunicación. Enfocó hacia ellos un par de lentes visuales, que parecían unos ojos de
búho, y una fracción de segundo demasiado tarde se dio cuenta de que no se trataba de
unos simples mecs que por error se pasearan por donde nadie les necesitaba. El
encargado se volvió, en un intento de retirada. Un panel de cobre se desplazó y lanzó
algo dirigido a Killeen, quien saltó de lado.
Algo parecido a una lima le rozó. Cayó al suelo antes de darse cuenta de que el sonido
rechinante que le había salvado llegaba hasta él por vía electromagnética. Un olor acre le
picaba en la nariz.
Jocelyn rió, cubriéndose la boca.
—Esto sólo estaba intentando hablarte con dureza, nada más.
Con aquello que le había rozado, Jocelyn había dejado frito al encargado con una
sonora tormenta de ruido de microondas. Permanecía inmóvil en una postura rígida y
cómica. Con los brazos en jarras y un transmisor solitario que había sobrevivido, se iba
quejando con una señal de NO INTERVENGA — NO INTERVENGA — NO
INTERVENGA.
—¡Telas! —gritó Jocelyn. Pasó por encima de Killeen; resultaba obvio que estaba
segura de que a él no le había pasado nada. Killeen se levantó, frotándose tristemente un
hombro. Se había dado un golpe contra una máquina grande, recubierta de planchas de
acero y con unos enormes cilindros axiales. Vio que era como una especie de prensa. La
fibra entraba por el extremo más alejado de la fábrica. Unos cilindros giratorios cardaban,
tejían y agregaban unos malolientes productos químicos. Por el extremo más próximo a
ellos salían unas hojas satinadas de tejido impermeable de color ámbar dorado.
Jocelyn rasgó un trozo, con gran admiración. El la dejó con sus descubrimientos y
encontró a Ledroff, quien andaba cerca. Killeen conectó las comunicaciones. La Familia
se iba congregando allí, presentando sus informes.
Todos los encargados habían sido inmovilizados. No había rastro de mecs importantes
en todo el complejo. Las fábricas ya eran seguras para ellos. Y habían encontrado
algunos servos, que les hacían mucha falta.
Los encargados no habían enviado señales de alarma ni pedido socorro. El complejo
no estaba transmitiendo automáticamente la información del ataque, o por los menos
nadie había captado ningún mensaje.
Los ancianos de ambos sexos estaban a salvo en el interior. Habían organizado
guardias.
Ledroff escuchaba e iba haciendo señales de asentimiento. Sonrió, mostrando sus
cortos dientes manchados. Aquélla había sido su primera actuación como Capitán, y todo
había salido muy bien.
Killeen buscó a Toby y descubrió que estaba jugando con un encargado mec.
—Le he pegado un tiro en las tripas a un peón —informó Toby con tristeza debido a
que no había podido encontrar nada mayor. Killeen le enseñó cómo podía hacer que el
encargado girara sobre los rotores, chillando como un loco y armando ruido con los
brazos. Toby se echó a reír y se le borró la expresión de desánimo. Estaba tan absorto
con el mec descontrolado que olvidó taparse la boca al reír y la mostró abierta por
completo. En la Ciudadela aquello habría constituido una falta de educación, una
revelación simbólica de una grosería del propio ser interior.
Killeen se propuso recordárselo, pero consideró que más tarde ya tendría tiempo para
hablarle de los buenos modales. Si lo hacía.
Ledroff ordenó que suprimieran los bloqueos cibernéticos a los peones para que
volvieran al trabajo. De esta forma, la Familia podría obtener mucha más información
sobre lo que se hacía allí. Killeen permaneció atento a los poderosos pero lentos mecs
cuando siguieron con sus tareas. Aquellos engendros ignoraban a los humanos, puesto
que los encargados no habían tenido tiempo para reprogramarlos. Sus deslustradas
cubiertas llevaban unos dibujos que sólo los encargados mecs podían leer y que ningún
humano había conseguido descifrar.
Uno de ellos tenía el mismo caparazón de aluminio bruñido con líneas cruzadas que ya
había observado antes; era algo nuevo en el diseño de los peones. Killeen lo vio, pero no
volvió a pensar más en ello. El montaje de los mecs era un tema por el que sentía la más
profunda indiferencia; era tan incapaz de enderezar una caja de eje usando una llave del
cuatro y un destornillador, como de reprogramar los biochips de su propia cabeza; pero
era esencial que pudiera distinguir los peones ordinarios de los mecs de rango más
elevado.
Por lo general, los detalles estéticos se iban transmitiendo desde los mecs de rango
superior a los inferiores, hasta llegar a los peones; pero aquellas marcas entrecruzadas
que habían aparecido primero en los peones debían de tener algún objeto. Los peones
que habían ayudado al ataque en el Comedero no llevaban señales especiales. Sin
embargo, cualquier cambio podía indicar peligro.
Cuando todos se sintieron seguros en la fábrica, la Familia se lanzó sobre la riqueza
que estaba almacenada. La tela impermeable era una rareza. Respondía a las órdenes
táctiles de naturaleza eléctrica, y se abría allí por donde se deslizara la uña de un dedo
conectado a la corriente. Una docena de ellos llamaron a los Aspectos y empezaron a
utilizar las antiguas técnicas para diseñar, cortar y confeccionar unos vestidos nuevos.
Las risas resonaban por entre las largas filas de maquinaria que todavía funcionaba. A la
Familia le gustaba trabajar cuando conseguían un resultado tangible. Camisas nuevas,
chalecos y pantalones para llevarlos debajo de los trajes, eran capaces de levantar el
ánimo de cualquiera.
Killeen deambulaba con Toby, inspeccionando.
—Mira esto —dijo el muchacho señalando un montón de plantas de hojas secas. Unos
peones descargaban unos pequeños carretones con los que transportaban los troncos y
ramas cosechados—. ¿Cómo pueden hacer tela impermeable con esto?
—Gracias a algún conocimiento de los mecs.
Killeen se encogió de hombros. Ya hacía mucho tiempo que había renunciado a tratar
de imaginarse cómo realizaban los mecs sus habituales milagros. Pero Toby era joven y
creía que podría entender todos los secretos de un mundo que desde hacía mucho
tiempo había escapado a la comprensión humana.
—Estas hojas tienen roña.
Sin que le hubiera invocado, la voz de Arthur, fría y exacta, resonó dentro de la mente
de Killeen.
Estas hojas tienen una capa de boro-silicio para proteger la planta de los ultravioletas
del Comilón. Captura los fotones duros y los convierte mediante un proceso fotónico en
los útiles…
—No digas más —murmuró Killeen y Arthur guardó silencio. El Aspecto dejó tras él una
sombra de resentimiento, una fastidiosa nota desafinada en el sistema sensorial de
Killeen.
—¿Qué?
—Sólo estaba suprimiendo la verborrea del Aspecto.
Toby jugaba con las duras y vítreas hojas:
—No digas eso.
—Podría ser que… —Killeen había tenido una idea que no le gustaba.
—¿Supones que las han hecho los mecs?
Killeen asintió e hizo una mueca mientras pensaba.
—Tal vez. Resultaría muy divertido.
—Si las usan, en algún lugar deben plantarlas.
—Nunca he oído nada parecido.
—Pues sí que son brutos, estos fulanos. No les gustan nada las plantas.
Toby no comprendía las implicaciones. Killeen comentó casualmente:
—Busca un poco por ahí. Mira si los peones tienen semillas.
—De acuerdo.
Toby estaba contento de que le mandara algo que debiera hacer por sí solo. Se alejó y
atravesó una hilera de peones que transportaban unos contenedores hexagonales de
plastilatón. Los peones eran de la clase de los menos perfeccionados. No registraron a
Toby más que como un obstáculo que pasaba, un detalle que oscurecía
momentáneamente su ruta y que luego desapareció sin que tuvieran que llamar a una
inteligencia externa para que solucionara el problema. Los problemas que fueran más
importantes debían pasarlos a los encargados mec.
Aquello significaba, y Killeen lo sabía, que todo aquel complejo iría parándose poco a
poco a medida que los peones se fueran encontrando con dificultades, llamaran a los
encargados y ninguno acudiera. Aquello podía llegar a ocasionar una llamada de socorro
dirigida a las ciudades centrales.
Las incursiones siempre se veían limitadas por este factor. El verdadero arte consistía
en adivinar de cuánto tiempo disponían antes de que apareciera un encargado mec. Éstos
también podían ser destruidos con microondas, pero hacía mucho tiempo que Killeen no
había visto que alguien contestara a una señal de socorro. Los mecs se estaban
volviendo más listos. O tal vez era que dedicaban la mayor parte de su atención a los
problemas más acuciantes.
Durante años, la Familia había vivido de aquella manera, como nómadas que asaltaban
las fábricas aisladas, escondiéndose donde podían, avanzando por una ruta
indeterminada a lo largo y a lo ancho de un panorama cada vez más desolador. Las
peladas colinas no ofrecían la menor protección frente a los martillazos deslumbrantes de
la radiación del Comilón. Toda la comida que podían recoger y llevarse era concentrada,
en forma de ladrillos portátiles «masticables» que daban fuerza a los músculos pero que
resecaban la lengua con su energía. Algunos miembros de la Familia todavía sabían
cómo preparar «masticables» utilizando los recursos de los Comederos, y algunas veces
la supervivencia de la Familia había dependido de aquellos oscuros ladrillos amargos. La
Familia se había sostenido durante prolongadas épocas, por entre cañones ruinosos,
avanzando sólo gracias a los «masticables» y a los fétidos sorbos de agua que rezumaba
por los corrimientos de piedras provocados por los mecs.
Killeen recordaba todo aquello mientras avanzaba por los sombríos corredores, que
circulaban debajo de la maquinaria, la cual seguía emitiendo un ruido de tambores y
crujidos. Buscaba a Ledroff, pero el complejo era extenso y estaba lleno de largos e
irregulares laberintos repletos de la inacabable producción energética. Exploró, sin rumbo
fijo pero lleno de curiosidad.
Aquellas plantas vidriosas tan raras eran la materia prima de otros productos, además
de la tela impermeable. De unas incansables correas transportadoras y de unas prensas
salían unas láminas fibrosas, de grano áspero y fuerte. Killeen las palpó y trató de
romperlas, sin conseguirlo. Descubrió además unos aparatos duros como la piedra, con
clavijas de conexión y engranajes cuya finalidad desconocía. En total, contó una docena o
más de productos complicados que salían de la fábrica; muy pocos tenían un significado
para él y solamente la tela impermeable podía ser útil a la humanidad. Los almacenes
estaban llenos a rebosar de aparatos cuyo funcionamiento era todavía menos explicable,
envasados y listos para ser expedidos.
Su interés era puramente práctico. Ya no se maravillaba de cuanto surgía del incesante
ingenio de la tecnología mec. Una riqueza tan abundante volcada sin cesar le parecía tan
inevitable como el rico mundo orgánico se lo había parecido a sus antepasados más
antiguos. Era sencillamente una manera soportable de aceptar el mundo tal como era,
algo completamente natural.
Su mundo estaba dividido de forma muy sencilla. Vivía —lo mejor que podía— entre
cosas verdes, blandas y manejables, que tenían un uso limitado. En su día, la humanidad
había surgido de ellas. Pero los alimentos salían principalmente de las cubas de los
Comederos o de los escasos almacenes húmedos de las antiguas Casas que habían
construido los hombres. En algunos lugares florecían restos de lo que fuera el rico
ecosistema de Nieveclara, en especial las tierras con hierba y las parras capaces de
subsistir en los desiertos. Aquella vegetación crecía en estado salvaje sólo en las tierras
fronterizas, alejadas de las ciudades y de los caminos por donde circulaban los mecs.
Al otro lado de aquella borrosa división quedaba la mayor parte del planeta. Los mecs
iban haciendo presión sobre los oasis verdes, que poco a poco iban desapareciendo. La
mayor parte de Nieveclara era una tierra estéril, de recursos agotados. Distribuidas por
Nieveclara había fortalezas de los mecs, esculpidas en cerámica. En una ocasión, Killeen
había vislumbrado una de ellas, cuando la Familia, sin darse cuenta, atravesó unas
crestas de cordillera. El precio de aquel error fueron seis de sus miembros, que se
perdieron. Eran construcciones vítreas, escalonadas, que chisporroteaban con unas
réplicas electromagnéticas. Su voz profunda y que parecía surgir de un pozo había
alcanzado el aparato sensorial de Killeen como una amenaza de muerte.
Killeen aceptaba como un hecho natural que aquellas zonas lejanas y temidas
constituían un camino para que la inteligencia saliera adelante. Los zumbidos y los
procesos giratorios que tenía a su alrededor eran características irrelevantes. Ni un solo
miembro de la humanidad ponía aquello en duda, porque procedía de una herencia
secular en la que los mecs siempre habían superado a las Familias en todos los aspectos.
Mucho tiempo atrás, Nieveclara había sido un mundo glacial pero lleno de verdor. En la
actualidad, la sequía iba en aumento. El mismo aire extraía la humedad de las gargantas
de los hombres. Y al parecer todo aquello era obra de los mecs.
Y efectivamente, lo provocaron ellos.
Estaba aturdido por el incesante trajín del trabajo de los mecs que veía a su alrededor.
Al principio confundió la intrusión de Arthur con uno de sus propios pensamientos errantes
—¿Qué significa esto?
Hace ya algunos siglos que la civilización mec inició el cambio de la ecología de
Nieveclara. Ellos no funcionaban bien en el mundo cálido y húmedo que era antes.
—¿Y qué tenía de malo?
La humedad y el calor tardan poco en oxidar los metales. Nieveclara tenía, en otros
tiempos, bosques alpinos e inmensos mares de hierba que se extendían de punta a punta
del horizonte. Los mecs vinieron a ver si el planeta era útil para sus proyectos, y al
parecer decidieron que lo era, a pesar de que necesitaba lo que ellos llamaban, estoy casi
seguro, mejoras.
Killeen se detuvo junto a un aparato de vidrio carbónico que molía lo que al parecer
eran unas grandes esferas de esponja cromada en mate.
—¿Cómo lo sabes?
Yo estaba allí. Al principio nos dimos cuenta de ellos y creímos que eran unos simples
exploradores. Los Clanes habían erigido sus Ciudadelas…
—¿Había más de una?
El suave tono de la voz de Arthur se detuvo sólo un instante a causa de la sorpresa.
Oh sí, ahora me olvido muy aprisa de las cosas. Tú eres ¡oven. Nosotros teníamos, en
otros tiempos, cosas gloriosas. Cuando vinimos a Nieveclara ya no nos podíamos hacer
ilusiones de estar a salvo de la vida mec. Apenas si podíamos cubrir todo un planeta y
proteger cada uno de…
—Sí, sí, continúa.
Nunca había oído que la mano del hombre hubiera construido nada, aparte de la
Ciudadela; sólo conocía lo que la humanidad había hecho transformando la tecnología de
los mecs, lo que había conseguido mediante la rapiña. El Aspecto hablaba a menudo de
cosas que Killeen sabía desaparecidas, y por esto creyó que todo aquello eran mentiras o
bravatas para retener su atención. El contraste entre lo que contaban del pasado y la
situación actual era la causa de que sólo en muy raras ocasiones consultaran a los
Aspectos.
Los mecs no nos desafiaron directamente. Algunos creyeron que los mecs apenas se
daban cuenta de nuestra presencia, o que tal vez pensaban que éramos una forma local
de vida que no tenía importancia real, opinión que supongo la historia ha confirmado, con
tan malas consecuencias para todos nosotros. De cualquier modo…
Al llegar a este punto, Arthur percibió la impaciencia de Killeen. Su voz se hizo más
rápida hasta que las imágenes y los pensamientos se actualizaron en forma de ramalazos
de color azul brillante, unas representaciones vivaces transmitidas sin más explicaciones,
dejando que los recuerdos de Arthur se vertieran directamente en Killeen.
La primera señal fue que los inviernos se hacían más extremados y que había menos
lluvias. Las cosechas empezaron a menguar. Tuvimos que emprender algunas extensas
modificaciones genéticas de los cultivos para aumentar su resistencia frente a la
alteración de las estaciones.
—¿Podíais comprender los cambios del clima?
Killeen estaba impresionado pero deseaba hallar la manera de ocultárselo a Arthur.
Desde luego, no la había. Notó el aura de complacencia del Aspecto.
Sí, los comprendíamos, o por los menos así lo creíamos confiadamente; sólo más
adelante nos dimos cuenta de que los mecs estaban llevando unas nubes de gases y
polvo a la órbita de Nieveclara. Hasta llegaron a usar asteroides molidos finamente.
Aquello causó las tempestades de polvo que al principio consideramos como un aspecto
pasajero del clima cambiante, pero que en realidad era el agente provocador de todos
aquellos cambios. El polvo se fue apoderando de las regiones ecuatoriales. De alguna
forma, los mecs provocan la evaporación de una gran parte del casquete de hielo polar.
Todo ello llevó a Nieveclara hacia un clima más seco y más frío, aunque los
procedimientos escapan a mi comprensión. Era obvio que la civilización mec ya había
efectuado antes aquella especie de ingeniería planetaria, y que sabían muy bien los
millares de efectos secundarios que se podían producir. Fue una demostración pasmosa
de poder efectuada de un modo tan gradual que no sospechamos que existían unos
cambios verdaderamente fundamentales hasta después de varios siglos. Por aquel
entonces nuestras cosechas se habían marchitado y nosotros sobrevivíamos a duras
penas en las Ciudadelas, plantando más y recogiendo menos a cada año que pasaba.
Éramos ingenuos, y creíamos que a lo mejor los mecs no nos habían detectado o que al
menos nos iban a ignorar. ¡Qué estupidez!
Killeen recogió una de aquellas pelotas cromadas y la arrojó con fuerza contra el suelo.
Se rompió en varios millares de hebras de delicada fibra textil, y cada una de ellas relucía
bajo la dura luz de flúor. Se concentró en el rapidísimo discurso de Arthur. Siempre había
hecho poco caso de aquellos conocimientos antiguos, suponiendo que Fanny le diría todo
lo que fuera de utilidad. Sabía que Ledroff era tan ignorante como él.
—Todavía no me has explicado qué representan los Salpicados —dijo.
Tan insignificante era nuestra imaginación que al principio no reconocimos el
significado de los Salpicados. Nieveclara sigue una órbita casi circular alrededor de Dénix.
El propio Dénix gira alrededor del Comilón en una larga elipse. Nosotros habíamos vivido
en Nieveclara durante la porción caliente de su órbita; después del período glacial, pero
antes de que Dénix se acercara al Comilón. Obsérvalo:
Un diagrama tricolor en tres dimensiones apareció estroboscópicamente en el ojo
izquierdo de Killeen. Un punto de hielo azul daba vueltas alrededor de un globo de color
rojo en llamas. El punto de vista sufrió un cambio telescópico y el globo viró alrededor de
un remolino de colores: era el Comilón. Unos números y algunos datos, incomprensibles
para Killeen, complementaban la imagen.
—Ya —dijo Killeen, por decir algo—. Muy bonito.
No me esfuerzo en hacer unos esquemas tan intrincados para tu solaz artístico.
La voz de Arthur sonó severa y molesta. Killeen, para quedar bien, cerró el ojo derecho.
El diagrama aumentó de tamaño, mostrando Nieveclara como un disco abigarrado y seco.
Las manchas arenosas se mezclaban con unas grises mesetas elevadas.
El esquema avanzó en el tiempo. Los siglos iban pasando con rapidez. Las
deslumbrantes capas de hielo menguaban. Las nubes se dispersaban. Los desiertos se
iban comiendo las laderas de pedernal de las cadenas montañosas.
Esto es lo que hicieron para conseguir un clima aproximado a sus deseos. Y luego…
En su oído derecho sonaron tres notas, era una llamada de asamblea.
—Mira, tengo que irme —dijo Killeen con alivio.
En su ojo derecho apareció de golpe un mapa en tres dimensiones para guiarle hasta
donde estaba Ledroff.
7
Cuando Killeen se aproximó, vio que Ledroff estaba celebrando una conferencia. Cinco
miembros de la Familia estaban sentados sobre una máquina de latón cristalino, al fondo
de una de las naves con techo de estaño destinadas a montajes.
—…puesto que hemos hecho callar a los encargados a palo seco, probablemente no se
ha emitido ninguna llamada de socorro ni de alarma al exterior, nada de nada —estaba
diciendo Ledroff cuando Killeen se dejó caer sobre un terraplén pulido.
—Um —comentó Jocelyn dubitativamente, jugando con un rebelde mechón de su
cabello reluciente, que ensortijaba alrededor del pulgar—. De acuerdo, antes siempre
había un par de días de tranquilidad. Pero, ¿podemos asegurarlo ahora?
Ledroff replicó:
—Hemos dado un buen golpe. El mejor.
Killeen pensó que sólo había sido una incursión de rutina, pero no dijo nada. Era
preferible dejar que el Capitán graznara.
Cermo el Lento miraba como una lechuza.
—Podríamos utilizar bien el descanso.
—¿De qué va la discusión? —preguntó Killeen.
Ledroff efectuó una pausa dramática aprovechando que tenía que dejar el casco sobre
una repisa cercana. Estaba sentado encima de una máquina pesada en forma de
pirámide y con aristas de aluminio; las palancas de mando sobresalían a su alrededor.
—Estamos decidiendo si vamos a quedarnos aquí —le informó desde su alto sitial.
Killeen soltó con un bufido:
—Aún somos capaces de dar uno o dos pasos más.
—Creo que todavía estamos cansados —objetó Ledroff en tono razonable—. Los mecs
de alto rango nunca se presentan a revisar las fábricas que se quedan sin mandos antes
de tres o cuatro días. Mi opinión es que nos aprovechemos de esta circunstancia y
descansemos aquí.
—El Mantis podría haber alertado a los Merodeadores que estén intentando dar con
nuestra pista —dijo Jocelyn.
Ledroff asintió con un movimiento de cabeza y su poblada barba pareció una
espumosa explosión bajo la severidad de su cabellera encrespada. Killeen advirtió que el
cuero cabelludo que circundaba el recortado cabello de Ledroff aparecía limpio. Era la
prueba de que estaba dedicando más atención a su apariencia.
—Estoy de acuerdo, en terreno abierto sería así. Pero aquí no vendrán a mirar.
—¿Quién puede estar seguro? —preguntó Killeen mientras trepaba por una grada de la
gran máquina silenciosa. Desde allí logró tener una vista de todo el complejo. Los peones
todavía seguían ocupados de forma silenciosa y simple, en sus idas y venidas habituales.
El zumbido constante de una máquina resonaba por todo el complejo. Entre las
trayectorias precisas y eficientes de los mecs, la Familia se desplazaba por donde le
parecía bien, apoderándose de todo lo que encontraban. Ledroff le miró fijamente.
—¡Yo estoy seguro! Esto es una costumbre. La Familia siempre se acuartela después
de una incursión.
Cermo el Lento hizo gestos afirmativos con sus grandes ojos, amables y cálidos.
—Necesitamos algo de tiempo para hacer algunas exploraciones. Puede haber más
servos, incluso tal vez demos con algunos aparatos estimuladores.
Jocelyn se echó a reír.
—Cermo, no hay estimuladores en una factoría.
Cermo se encogió de hombros.
—Podría haberlos. Si no los buscamos nunca lo sabremos.
Algo, a la media distancia, impresionó los ojos de Killeen y al principio no lo identificó.
Ledroff sonrió.
—¿Estás de acuerdo, entonces? Propongo que instalemos nuestras camas en la gran
factoría, después…
—Esperad. ¿Veis aquello? —interrumpió Killeen.
Jocelyn bizqueó.
—Es un peón. ¿Y qué?
—¿Habías visto alguna vez uno como éste?
Cermo contestó lentamente:
—Tal vez en una ocasión. No puedo estar seguro.
—Recuerdo haber visto uno en alguna parte —dijo Jocelyn.
—Ha sido hoy por la mañana. Y además, creo que estaba cerca de donde nos atacó el
Mantis.
Ledroff no perdía de vista el peón que se aproximaba a ellos sobre sus bandas de
arrastre. Tenía los paneles laterales con un diseño a rayas entrecruzadas, y aunque giró
hacia una de las puertas de la factoría, las lentes ópticas delanteras estuvieron dirigidas
hacía la pirámide de latón cristalino hasta que desapareció.
—¿Y qué? —preguntó.
—Creo que es un explorador —aventuró Killeen.
Ledroff bizqueó desde su alto pedestal.
—Puede ser que en cada sitio tengan peones diferentes.
—También podría ser que no fuera así —se opuso Jocelyn sin ambages.
—Una clase nueva de peones —propuso Cermo—. Puede que haya muchas.
—Explorador, ¿para quién va a explorar?
—Para los Merodeadores —explicó Killeen.
—Los Merodeadores no utilizan exploradores. Lo sé —objetó Cermo.
—¿Y qué pasa? —replicó Jocelyn con sarcasmo—. ¿Sólo porque no conoces otra
cosa, ha de ser necesariamente así?
Cermo se puso a la defensiva.
—Fanny sí lo sabía.
—Esto lo dices tú. No tenemos el Aspecto de Fanny para poder preguntárselo —espetó
Jocelyn con aspereza.
—¡Hemos de aprovechar nuestra experiencia! —le escupió Cermo como respuesta.
—¡Lo que tenemos que aprovechar es el sentido común! —manifestó Jocelyn.
—Creo que debemos usar ambas cosas —intervino Ledroff.
Killeen frunció el ceño y dijo:
—Yo opino lo mismo que Jocelyn.
Ella se lo agradeció con una breve inclinación de cabeza, y su energía revelaba una
tensión contenida. También Jocelyn había aprendido la técnica de Fanny, pero no había
olvidado la lección principal de la anciana, que era la que le había costado el más alto
precio: Anticiparse. Comprende a los mecs antes de que te comprendan ellos a ti.
Killeen descubrió un rescoldo en los ojos de la muchacha que indicaba un
resentimiento contra Ledroff. Sorprendido, comprendió que Jocelyn había querido ser
Capitana. Él había estado demasiado enredado consigo mismo para poder darse cuenta.
—Los peones pueden servir de porteadores de un Merodeador —insisto Jocelyn. Había
vuelto a ensortijarse el cabello con los dedos. Lo volvió a alisar con cuidado para dejarlo
en su sitio, formando unas ondas sobrepuestas, detrás de las orejas.
Cermo se encogió de hombros.
—Este peón no llevaba nada.
—No. Ahora no. Tal vez ha dejado la carga —aventuró Jocelyn.
—¿Para hacer qué? —preguntó Ledroff.
—Para averiguar lo que estábamos haciendo —intervino Killeen.
—Fanny nunca comentó nada sobre esto —objetó Ledroff, pero se dio cuenta de lo
poco convincentes que sonaban sus argumentos y añadió—: Los Merodeadores son
demasiado rápidos para los peones. Les habrían dejado muy atrás.
—Podría ser que el Mantis fuera lento —apuntó Killeen—. Nunca hemos podido ver
bien cómo se movía.
Ledroff frunció las cejas. Killeen había visto cómo actuaba Ledroff en las largas
marchas y en batalla, y sabía que era un hombre precavido y con conocimientos. Ahora,
convertido de pronto en Capitán, Ledroff trataba de equilibrar los puntos de vista de los
demás y conseguir un consenso comunal. Tal vez aquello era lo más conveniente, pero
Killeen notaba en Jocelyn, y hasta en Cermo, una irritación que poco a poco dominaba el
ambiente. Ledroff tenía que hacerla desaparecer cuanto antes. Una Familia no puede
andar o descansar si mantiene resentimientos entre sus componentes.
Ledroff estaba acosado por el inevitable legado de cualquier Capitán: los deseos de la
Familia, que giraban alrededor de él como un torbellino natural. Representaban un
pequeño pero constante drenaje de su autoridad. Aquel chaparrón de quejas se dirigía
siempre a obtener un descanso, a permitir un respiro a los viejos y a los menos
resistentes. Y cualquier Capitán, viendo los constantes inconvenientes que suponía la
incesante marcha forzada, estaba inclinado a escuchar aquellas bien intencionadas y, de
hecho, casi lastimeras voces. Era una buena obra el dejar que la Familia se repusiera de
sus heridas y de sus esfuerzos. Pero, con frecuencia, aquella actitud no era demasiado
inteligente.
Ledroff dijo pausadamente:
—Tenía la esperanza de que todos estuvierais de acuerdo.
—Jocelyn y yo hemos visto a este peón con el Mantis. Estamos seguros —dijo Killeen
con voz cortante, en parte para descargar la tensión y en parte para indicar a Ledroff que,
como Capitán, debía tomar una decisión.
—Tu memoria está nublada por el alcohol —reprochó Ledroff con mordacidad.
—Aquello ya pasó. —Killeen se daba cuenta de que se había sonrojado.
Cermo bromeó:
—Killeen, tú deberías estar de nuestro lado. Si nos quedamos aquí, esta noche podrás
volverte a entrompar.
—No tengo tu barriga llena de grasa, para que se empape de alcohol. Eso es todo —
respondió con sarcasmo Killeen. Cermo tenía en la cintura un rollo de grasa que se podía
apreciar a través de la tela impermeable plateada. A pesar de lo difíciles que los tiempos
pudieran ser para la Familia, el pequeño abultamiento de Cermo no desaparecía, lo que,
de hecho, representaba para él un cierto orgullo.
—Cuando estamos en marcha, esta barriga te deja atrás tragando polvo —replicó
Cermo con mala idea.
—No será tanto, porque tienes las botas atadas una con otra —devolvió Killeen.
—Muchachos, ¿estáis de humor para sostener un torneo verbal? —invitó Ledroff sin
alterarse.
Aquella señal sólo la podía dar el Capitán, y ningún miembro de la Familia podía
ignorarla. Killeen se dio cuenta de que aquello era lo que había estado deseando a
medias. Necesitaban librarse de las tensiones que se habían ido acumulando desde la
pérdida de Fanny.
—Desde luego. —Killeen había iniciado el torneo—. Esto huele como si convirtieras tu
grasa en gases.
—Al menos yo tengo cierto arte en tirarme pedos —replicó Cermo.
—En ese caso, ve a bombardear con gases a los Merodeadores, y déjame a mí
tranquilo con mis amigos.
—Con lo único que puedes soplar es con tu barriga —se burló Ledroff de Cermo.
—Voy a soplarme a tu madre con mucho gusto, ya ves —contestó Cermo.
—Ni te la encontrarías, escondida debajo de esa barriga —le escupió Ledroff, que ya
iba pillando el ritmo.
—Es telescópica, amigo. Se alarga mucho —rió Cermo—. La próxima vez que la
enseñe, quédate por ahí cerca y oirás cómo suenan las piezas.
Jocelyn sonrió al oír esto, e intervino.
—Creo que podría mirar fácilmente por ese telescopio.
—Puedes hacerlo gratis —gritó Cermo con regocijo. Recordó que debía taparse la
boca, pero aquellas normas de educación no eran imprescindibles en un torneo.
—Querrás decir microscopio… ¡Es tan pequeño!
Siguieron a lo largo de varios asaltos, y en cada uno de ellos tenían que poner en juego
unos rápidos chispazos de humor incisivo. El Capitán siempre podía ordenar un torneodebate
para dar salida a las tensiones que de forma continua van apareciendo y que si
quedan cerradas pueden infectarse. Las rápidas ofensas de palabra pueden herir o
divertir, aunque lo ideal es que hagan ambas cosas. A medida que todo el grupo va
lanzando pullas, cada persona ataca y los demás responden con réplicas o con aplausos.
—Nunca sé si Cermo habla o si se está tirando pedos.
—¿Pero quieres decir que es capaz de hablar?
—Tiene más práctica con el culo que con la boca.
—Y además las pronuncia mejor por allí.
—Y no babea tanto.
—Es tu madre quien no puede ni hablar cuando me la paso por el telescopio.
—Yo al menos soy amable cuando le doy a tu madre algo agradable y a punto para
que se lo coma.
—¡Un bocazas, eso es lo que eres!
—Tu mujer es como una alfombra, todos pasan por encima de ella.
—¡Esto es condenadamente cierto!
—Tu padre nunca lo intenta. Es tan feo que cuando monta a tu madre ella cree que es
un peón.
—El tuyo tiene tantas arrugas en la cabeza que lleva el casco enroscado.
—Bueno, al menos se enrosca algo.
—Es un asco de hombre: se enrosca el casco.
—Esta es buena. ¡Estás ganando puntos!
—Tu papaíto es tan feo que cuando llora las lágrimas le corren por la espalda.
—¡Ooooo!
—¡Oye, oye!
Si el debate no canalizaba el enfrentamiento de una pareja determinada, el grupo
llegaba a forzar la situación.
Usando frases que permitían la intervención, o animando las llamadas, podían hacer
entrar a la pareja en la competición. En aquella ocasión, la rabia que Killeen sentía hacia
Ledroff —que al principio había disimulado pero que había ido aumentando durante
días— salió a flote cuando empezaron a lanzarse pullas y se acabó cuando Killeen
levantó las manos en alto, con las palmas hacia adelante y sacudió la cabeza con
sabiduría.
—No hablemos más del tema de las madres, Ledroff… porque acabo de tirarme a la
tuya.
—¡Oooo!
—¡Puntos!
—¡Chúpate esa!
Todos se levantaron, riendo y dándose palmadas unos a otros en los hombros, con la
calma agridulce de las ofensas ya aireadas. Algunos miembros de la Familia se habían
acercado para ser testigos y no intervenían. Abrazaban a los demás cuando les llegaba el
turno, riendo y tomándose el pelo todavía, pero el parloteo, que ya no tenía un objetivo
determinado a pesar de mantener una alegre vivacidad, seguía ofreciendo propiedades
curativas. La Familia no podía permitirse guardar rencores antiguos. El torneo oral, que en
otros tiempos era una agradable convención en la Ciudadela, era una costumbre tan
corriente y vital en la Familia como un apretón de manos.
Cuando Ledroff se acercó a Killeen para abrazarse, le dijo sin restos de rencor:
—Es muy posible que tengas razón. Alejémonos de este complejo.
Killeen asintió, sonrió y dio una fuerte palmada en la espalda del compañero, y por
primera vez, honestamente, pensó en Ledroff como en su Capitán.
A Killeen le resultó más fácil hablar con Ledroff cuando ya se hubo iniciado la marcha.
—¿Crees que esta factoría significa que los mecs están usando los Salpicados? —
preguntó Ledroff mientras avanzaban jadeantes, andando a saltos con una fila de colinas
bajas entre ellos.
Toby se movía a la izquierda de Killeen, una posición más atrás en el borde del
triángulo móvil. Estaban atravesando una llanura oscura de barro seco. Se formaban unas
grandes grietas, que se retorcían al caer sobre ellas el resplandor abrasante del Comilón,
formando escamas. Aquellas grandes hojas de arcilla rojiza eran más delgadas que la
muñeca de un hombre, pero se levantaban a mayor altura que un edificio. Killeen tenía la
sensación de que avanzaba sobre un lago pardo cuya superficie era rota en mil pedazos
por la tempestad y de alguna manera se quedaba solidificada al ser lanzada hacia arriba.
Cayó sobre una gran lámina de barro que se derrumbó a su alrededor como una hoja
podrida. Cayó atravesando aquella nube que se disolvía al tocarla hasta que tomó tierra
con un ruido sordo y hundió por completo las botas en el polvo empalagoso.
Estornudó con violencia y gritó:
—Arthur dice que cuanto vimos en aquel complejo estaba hecho a base de plantas. —
Saltó fuera del pozo de polvo buscando aire límpido, fino y seco.
—Y yo he encontrado algunos peones que transportaban semillas —intervino Toby—,
no te olvides.
La voz de Ledroff sonó inquieta.
—Así pues, tal vez los mecs se están trasladando hacia los Salpicados.
—Así parece.
—¡Maldita sea! ¿Por qué no pueden quedarse en sus ciudades de mierda?
—Arthur dice que planean apoderarse de todo Nieveclara.
—Sí señor, uno de mis Aspectos me está diciendo lo mismo. Maldita sea, los Aspectos
se preocupan y hablan, se preocupan y hablan, como si no tuvieran nada más que hacer
—gruñó Ledroff.
Killeen soltó un murmullo para declarar que estaba de acuerdo con él.
—Puede ser que los mecs se estén preparando para cuando el Comilón se acerque.
Toby preguntó:
—¿Más cerca? ¿Se mantendrá suspendido en el cielo?
—¿Te acuerdas de las órbitas que te dibujé? —le preguntó Killeen.
—Un poco.
El muchacho no estaba acostumbrado al mundo interior de imágenes proyectadas,
rectas y curvas que aparecían suspendidas en el aire, cascadas de datos que en otros
tiempos estaban al alcance de los humanos y que eran el legado de sus ancestros,
quienes no podían imaginar que sus descendientes las mirarían sin comprender su
sentido. Toby prefería las cosas reales que podía tocar.
—Arthur dice que las cosas están cambiando y que el Comilón está creciendo.
—¿Y qué?
—Pues que los mecs también están cambiando.
Toby se rió en son de burla.
—Vaya, vaya. Este Arthur es un pedo viejo.
Killeen rió por lo bajo. Dejemos que el muchacho se conserve así un poco más de
tiempo. No hay ningún mal en ello.
Después de abandonar la saqueada factoría, había estado explicando a su hijo las
informaciones de Arthur. Era mejor explicárselo en términos sencillos que obligar a Toby a
soportar el alambicado discurso de los Aspectos. Aquello ya le llegaría demasiado pronto.
Killeen no quería que Toby llevara todavía un Aspecto, aunque ya tenía edad suficiente
para que la Familia se lo permitiera. Los Aspectos dominaban de un modo más fuerte a
las mentes jóvenes. En los antiguos días de la Ciudadela, la Familia habría esperado a
que Toby completara su desarrollo mental. Entonces, cada adulto transportaba la máxima
carga posible de Aspectos. Aquellas presencias vivas mantenían sus pactos con el
pasado, y esto les convertía en los herederos de una gran raza, y no sólo de una
mermada banda en perpetua huida. Aquello representaba una apertura a las tradiciones
del pasado y a los antiguos oficios. La continuidad con los días más gloriosos de la
humanidad representaba mucho más, porque pocos de la Familia tenían tiempo para
aprender de sus Aspectos y Rostros mientras estaban en la huida.
Ledroff jadeaba mientras mantenía su paso al trote con largos saltos.
—Si supiésemos lo que están haciendo, si supiéramos por qué… ¡aghhh!
El inarticulado grito procedente de Ledroff no necesitaba ninguna interpretación por
parte de Killeen. La Familia jamás había averiguado por qué los mecs habían atacado la
Ciudadela de repente, de la misma manera que en eras anteriores el Clan jamás había
sospechado el futuro que los mecs planeaban para Nieveclara.
Todos los intentos para llegar hasta los altos niveles mecs, para hablarles, para
negociar, habían fracasado. Pocos humanos sabían cómo comunicarse con los mecs, ni
siquiera a un nivel elemental. Moase, una anciana que viajaba en el vehículo mec, había
efectuado algunas traducciones cuando era muy joven. Durante mucho tiempo, la Familia
no había tenido la oportunidad de usar su habilidad, porque todos estaban muy ocupados
en las tareas básicas de correr, comer y volver a correr.
Killeen tenía una presencia más antigua, un Rostro llamado Bud, que había sido
maestro traductor hacía mucho tiempo. Pero Killeen jamás había utilizado aquel saber de
Bud, sólo se apoyaba en aquel anciano ingeniero para las tareas más sencillas. Invocó al
Rostro para preguntarle:
—¿Sabes algo sobre los cambios del clima?
La respuesta del Rostro de Bud le llegó en forma de unidades cortas, puesto que los
Rostros sólo conservaban unos limitados fragmentos de la personalidad original.
1. En mis días, aire más caliente.
2. Una vez traduje para Encargado.
3. Encargado dijo Nieveclara era más fría.
4. ¿Quieres que traduzca de nuevo?
—Mi respuesta es «no», lo siento —contestó al Rostro con educación, conmovido por
la voz lastimera y ahogada con que se había esforzado en hablarle. Hacía mucho tiempo
que no había llamado a Bud. Era muy difícil liberar a un simple Rostro y mantenerse
alerta, mientras se estaba de viaje.
Meditó la pregunta de Bud. Llamó a Arthur y recibió un rápido resumen de los antiguos
métodos para hablar con los mecs. Gran parte de toda aquella explicación le resultaba
incomprensible.
Cuando la humanidad se vio obligada a abandonar las cómodas Arcologías, había
intentado, con mucha astucia, vender sus conocimientos sobre la recogida de restos a las
ciudades mecs. Unos equipos efectuaban incursiones en las ciudades lejanas, y después
dejaban lo mejor del botín cerca de un enclave donde habitaran los mecs. Efectuadas
regularmente, aquellas ofertas de paz persuadían al enclave vecino para que dejara de
asaltar las Ciudadelas humanas. Aquella política funcionó durante cierto tiempo. Los
humanos creyeron que sus Ciudadelas, menores y menos peligrosas que las grandes
Arcologías, quedarían a salvo.
Algunas Ciudadelas de la Familia capitalizaron este negocio y se especializaron en
hablar con los enviados mecs y organizar el comercio. La Familia King había sido la mejor
en esta tarea, pero incluso sus más expertos traductores en ocasiones habían sido
víctimas de una traición y habían acabado asesinados. Era una vida con muchos riesgos.
1. A pesar de todo, lo volvería a hacer.
2. Deja que yo trabaje.
Killeen se dio cuenta, con ironía, de que aquella vez sería él mismo quien arriesgara la
vida. Bud captó esto y se retiró, amilanado. Los Aspectos y los Rostros presentaban una
curiosa indiferencia hacia las consecuencias de sus consejos, puesto que no podían sentir
los dolores y malos tragos de Killeen. A pesar de esto morirían si él muriese.
Sin que lo hubiera invocado, un Aspecto mordaz y amargado se coló. Killeen hizo
rechinar los dientes.
Los pecadores que trafiquen con los mecs encontrarán el castigo que merecen. Los
compromisos con aquellos que no viven son imposibles. ¡Seguramente la historia te habrá
enseñado esto!
El Aspecto, llamado Nialdi, se introdujo en el sistema sensorial de Killeen como un
relámpago amarillo de tormenta, descargándose de tantos años de frustración reprimida.
Nialdi era muy antiguo, vivió en los días en que la humanidad se había desparramado sin
esfuerzo por las zonas templadas de Nieveclara. Había sido un famoso representante de
la religión de aquella era.
—Estoy buscando la manera de salvar el pellejo, viejo bastardo —soltó a bulto Killeen
en voz alta. Mentalmente, intentó sujetar al Aspecto, pero éste se le escabulló en todas
direcciones, como si fuera una bandada de furiosos pájaros anaranjados.
¿Rechazas la Palabra? ¿Acaso la furia salvaje de los mecs no te ha enseñado que no
hay manera de escapar de nuestras manos? ¡El Santo Grial habla por mi boca!
—¡Vuelve a tu sitio! —gritó Killeen, que tuvo un arrebato de ira provocado por las
amenazas de Nialdi. El Aspecto continuó lanzándole su jerga religiosa que conmocionaba
todo su aparato sensorial. Killeen estaba tan empeñado en engañar al Aspecto que él
mismo tropezó. Cayó. La placa curvada del casco se desplazó hacia atrás y a él se le
llenó la boca de arena. Se levantó lanzando improperios.
—¿No puedes dominar a tus Aspectos? —preguntó Ledroff en tono de burla.
—Este hombre es un plomo —bromeó Jocelyn.
Molesto, Killeen obligó a Nialdi a permanecer en un rincón alejado de su mente e
impuso silencio a aquel zumbido de avispa con un golpe que lo acalló. Los miembros de
la Familia tenían cada vez más dificultades en controlar a los Aspectos. Esta era otra
razón para no hacer cargar con uno de ellos a Toby, pensó con amargura.
Dejaron atrás la llanura de barro y ascendieron hasta una erosionada línea de crestas.
Dénix y el Comilón arrojaban sus crudos resplandores sobre la tierra. Los arbustos
crecían en las sombras. La Familia fue adentrándose en el Salpicado. Los lechos de los
riachuelos mostraban restos de humedad, como si hubiera llovido un poco durante los
últimos días. De vez en cuando, unas nubes de polvo subían muy alto, empujadas por
unos vientos raudos. Grandes extensiones de cantos rodados y de arena hablaban de
torrentes que en otro tiempo se habían deslizado por allí, bajando por las inclinadas
laderas de arcilla.
La Familia avanzaba muy dispersa. Incluso si un mec volador les descubría y soltaba
una bomba explosiva o un interferidor, sólo unos pocos quedarían dentro de la zona de
alcance.
—Mira a la izquierda —llamó Ledroff a Killeen—. ¿Descubres algo?
El paisaje adquirió un aspecto brillante cuando Killeen aterrizó encima de un armazón
carcomido por el orín. Había sido un vehículo oruga. De diseño muy anticuado, lo habían
despojado de todas las partes aprovechables, y se consideraba como un depósito
abandonado. Desde allí estudió el horizonte.
—Parecen mecs, sólo que…
—¿Qué señala tu Largo-Alcance?
—Metal de mec; con seguridad, mucho metal. Pero no huelo a mec.
Los sensores de Killeen tenían una biblioteca de las señales electrónicas mecs típicas,
y habían tomado muestra de los débiles destellos de transmisión no protegida emitidas
por los artefactos que tenían delante. Killeen no podría haber leído ni comprendido una
imagen gráfica que detallara las señales de origen mec. Los datos le llegaban como
aromas empalagosos, mezclados con unos olores punzantes.
—¿No podrían haber estado situados a favor del viento para que no pudieras olerlos?
Killeen se enfadó.
—Soy capaz de descubrir un pedo mec más aprisa que nadie —dijo.
Aquello no era del todo exacto: Cermo el Lento tenía mejor olfato, pero el hombretón
carecía de precisión y velocidad.
Killeen, a regañadientes, llamó a Arthur para pedirle ayuda.
¿Me preguntas si los mecs pueden esconderse de esta manera? No, dudo mucho que
puedan evitar que captemos sus transmisiones. Y que puedan eludir nuestros sensores.
—¿Estás seguro?
Debo recordarte que he participado en el desarrollo de estas técnicas.
—Si permitimos que un número tan grande de mecs se nos acerque, que nos capten
en sus pantallas…
Te aseguro que…
—Papi, oigo voces —llamó Toby.
—¿Qué clase de voces?
—No las reconozco. No sé quién…
Ledroff transmitió:
—Puede tratarse de un truco de los mecs.
Killeen estaba confuso. El instinto le ordenaba que corriera, y de forma automática se
inclinó para comprobar si tenía las botas bien ajustadas, haciendo que sus enguantados
dedos se deslizaran sobre los cierres de fibra vítrea. Volvió la cabeza. Una pequeña
alteración de la capacitancia de sus sensores le permitió recibir el débil murmullo de una
conversación. Se quedó inmóvil. Se superponían y no las reconocía, pero eran voces
humanas:
—Se están acercando.
—Son demasiados. No puedo captarlos de uno en uno.
—Creo que deberíamos desviarnos ahora mismo.
—Comprueba a tu izquierda. ¿Hay señales de que nos estén rodeando?
—Tal vez no sean más que peones.
—No. Dan unos pasos demasiado altos.
—Huelo mucho metal de mec en ellos. Apesta terriblemente.
Toby gritó:
—¡Son personas!
Era cierto, allí estaban, una delgada cuña se dispersaba por la llanura cubierta de
profundos surcos. La boca de Killeen adquirió una expresión de incredulidad. Una voz que
sonaba a lo lejos preguntó:
—¿De qué Familia? ¿De qué Familia?
—¡Bishop! ¡Llevamos seis años fuera de la Ciudadela! —contestó Ledroff.
—Somos Rooks —replicó una voz femenina.
—Tenemos parentesco vuestro aquí, parientes vuestros.
—¡Primos, tíos y tías!
Las botas se hundieron en la arena desgastada por el tiempo y los dos triángulos que
avanzaban por la llanura se precipitaron uno hacia el otro. Corrían mezclados, se gritaban
entre ellos. Preguntas relacionadas con parientes desaparecidos retumbaban en los
receptores auditivos, y se cruzaban respuestas articuladas con voz ronca. Unos rápidos
movimientos de piernas cuando alcanzaban el punto más alto en los saltos. Luego los dos
vértices de los triángulos se encontraron y los hombres y las mujeres se echaron unos en
brazos de otros. Detrás de los cascos llenos de arañazos había unas caras apenas
recordadas, gente que momentos antes sólo eran imágenes borrosas de una vida
maravillosa que había desaparecido. Las caras tenían arrugas y heridas cubiertas de
costras oscuras, heridas cicatrizadas e incluso cuencas de ojo vacías que evidenciaban la
escasez de piezas de repuesto. Las bocas descubrían unos dientes arruinados de los que
sólo quedaban unos restos grisáceos y unos labios enmarcados en sangre. Gritaban y
hablaban unos con otros, a pesar de que la mayoría de ellos en realidad sólo conocía a
una pequeña parte de las caras gesticulantes que se acercaban a través de la
accidentada llanura. En la Ciudadela habían convivido millares de individuos. Habían ido
tan lejos con su pequeño grupo, cerrado y hermético, y sus memorias estaban tan
sobrecargadas con un peso tan grande de terrores cotidianos, que cualquier rostro era un
recordatorio inmediato, innegable y palpable, de la colectividad de su especie. Los amigos
perdidos se abrazaban. Se intercambiaban gritos en el aire. De pronto se veían a ellos
mismos como algo más que una banda desordenada de criaturas perseguidas. Con sus
gritos y su alegría incontenible celebraban a la misma humanidad.
Toby encontró inmediatamente a un muchacho y a dos chicas, que llegaron saltando
por delante de los más rápidos hombres que corrían. Se abrazaban, hablaban
entrecortadamente, hacían cabriolas y hasta luchaban en su frenesí espontáneo, mientras
alrededor de ellos las dos Familias colisionaban, como dos fluidos separados desde
mucho tiempo atrás que confluyeran en un torrente de cuerpos, de conversaciones, de
simples gritos inarticulados, de llantos con repentinas lágrimas.
Killeen se encontró con un hombre al que había conocido cuando trabajaba en los
campos: Sanhakan, de cejas grandes y perfectamente afeitado. Sus ojos danzaban en
una red de arrugas entretejidas y bronceadas por el sol. Sanhakan le dio palmadas en la
espalda, juró y levantó a Killeen del suelo con un abrazo de oso. Ambos reían como
salvajes y se miraban mutuamente a través de los cascos empañados como para
asegurarse de que el otro era en efecto algo real y no un sueño febril. Se quitaron los
cascos, al igual que todos los que estaban a su alrededor, y se besaron en señal de
bienvenida incrédula. A partir de entonces, sólo confiaron en el gusto y el tacto, en el
toque humano de su caliente y áspera carne. Killeen aspiró el olor a sudor que precedía a
Sanhakan. Después recibió el olor algo más almizcleño de una mujer que apareció de
repente a su lado, ofreciéndole los labios. Otra mujer vieja y arrugada, que tenía el
salobre olor del cansancio, con el pelo cano, y que poseía algo indefiniblemente dulce.
Entre golpes, caricias y abrazos consiguió abrirse camino por entre la confusión de
cuerpos que casi le derribaron con sus embates de alegría. Caras roñosas y llenas de
pelo. Llorosas. Llegó junto a un hombre anciano cuyos ojos eran apenas una ínfima
rendija, pero que en cambio conservaba una dentadura reluciente y casi juvenil. Killeen le
abrazó, incapaz de oír lo que el otro le estaba gritando sobre la riada de voces confusas
que les rodeaba. Después, unas manos impacientes arrastraron a Killeen hasta el
siguiente, y mientras daba la espalda al anciano, oyó un repentino estallido que pareció
penetrarle por el extremo de la columna, siguió hacia arriba y salió despedido de su
cabeza. Su visión quedó oscurecida por un velo rojo. Algo le golpeó en la nariz, y notó en
la boca el espeso sabor de la sangre. Su visión se aclaró ligeramente, las nubes rojas se
fueron apartando y vio que yacía de bruces. Movió los músculos, que le parecían de
plomo, y rodó sobre sí mismo. El anciano había caído a su lado, con los brazos y piernas
en cruz. La lengua le asomaba y tenía un determinado rictus en la cara que provocó una
inmediata frialdad en Killeen. Era el mismo horroroso aspecto retorcido que había
descubierto en el rostro de Fanny.
Con mucho trabajo, logró elevarse apoyado sobre un codo. El torrente de palabras que
flotaba a su alrededor había adquirido un tono duro y agudo. Eran alaridos. Cuerpos que
caían. Killeen intentó disminuir el umbral de su equipo sensor para descubrir lo que
estaba pasando. Era algo espeso, nublado, apagado, era corno nadar en polvo. Se puso
de rodillas y vio que algunos miembros de ambas Familias estaban en el suelo, inertes.
Otros huían. Algunos estaban paralizados por la impresión.
Toby.
Un punzante dolor le recorrió las extremidades. Killeen buscó a tientas por allí.
Descubrió que su hijo se tambaleaba con incertidumbre a muy poca distancia de él.
—¡Toby! —gritó Killeen, sosteniéndose sobre las rodillas—. ¡Resguárdate, busca
refugio!
Toby le había visto.
—¿Por dónde?
—¡Ven!
Tambaleándose en precario equilibrio sobre los pies, que le parecían tan pesados
como si fueran de madera, Killeen consiguió llegar a un reborde de peñascos dentados.
—Ven… aquí.
Ambos cayeron detrás de la mayor de las piedras. Entonces Killeen se dio cuenta de
que no sabía desde qué dirección había partido el ataque.
Toby miraba fijamente hacia las figuras que huían y tenía los ojos casi en blanco.
—¿Qué…?
—Es el Mantis —lo interrumpió Killeen.
8
Veintidós cuerpos. Sus subsistemas los contaron automáticamente mientras
inspeccionaba las colinas lejanas.
Veintidós. Todos ellos tumbados como sacos vacíos.
Absolutamente muertos. La muerte definitiva.
Les había alcanzado algo que disparaba desde muy lejos, algo que tenía una puntería
extraordinaria. Para conseguir aquello se requería un artefacto de gran tamaño que
permitiera hacer una triangulación muy precisa.
Algo que de tan gran tamaño debería ser fácil de descubrir. A pesar de toda la
excitación, deberían haber sido capaces de ver cómo se acercaba. Pero hasta donde le
alcanzaba su visión, no descubría nada, no había el menor juego de luces en la arena.
Mantis.
Killeen oyó o presintió un frío y débil chirrido muy agudo. Se agachó de forma
automática. Estaba en el límite de un campo de búsqueda. Podría ser que el Mantis se
alzara detrás de él, o podía estar en cualquier parte.
Toby estaba echado en el suelo; su pierna izquierda había quedado levantada
apuntando hacia arriba. El muchacho empujó con las dos manos y rodó un poco
ascendiendo por la ladera rocosa. Sonrió y faltó muy poco para que perdiera el equilibrio.
Killeen alargó la mano para agarrar a Toby por el brazo.
—¡Vámonos! —Se fueron cojeando hacia el barranco más próximo, tan agachados
como les era posible.
Mientras corría, Killeen percibió simultáneamente:
Un ligero murmullo de ruido electroacústico, como el de un Merodeador que intentara
localizarles.
Un olor muy fuerte, como de chicharrones.
Un fuerte golpe en la base del espinazo.
Scriiiii.
Toby emitió un sofocado grito de dolor.
—¿Qué… ha sido… esto?
—Ha pasado por encima de nuestras cabezas. Sólo nos ha alcanzado su estela.
Killeen recordaba confusamente haber sufrido efectos parecidos a aquéllos. Se
producían al permanecer en el lóbulo de emisión secundaria, y cuando las ondas que
llegaban desviadas hacia uno de los lados interferían entre ellas para producir una cresta
pequeña, pero que se movía muy aprisa. En una ocasión, su padre se lo había explicado,
y el único recurso factible para contrarrestar aquellos efectos era cerrar todos los
sentidos, exceptuando la vista, quedarse insensible.
Killeen borró oído, olfato y tacto; al instante se encontró en un mundo silencioso e
inerte. Atenuó la vista. El mundo perdió colorido.
Mientras sucedía todo aquello, continuaba sosteniendo el peso de Toby y avanzaba
con dificultad.
Luchaba para poder mantener el equilibrio. Lo único que percibía era unos sordos
golpes de tambor en los pies.
Acunaba a Toby muy cerca de su pecho, intentando resguardarle de unos rayos
desconocidos.
Scriiiii.
Cayeron rodando por la pendiente del barranco y acabaron formando una embarullada
madeja de brazos y piernas.
La Familia se acurrucaba a lo largo de la protección de las piedras desprendidas.
Killeen y Toby yacían jadeantes y atentos. Killeen fue activando poco a poco los sentidos
hasta que alcanzaron la potencia máxima.
Las Familias se defendieron con ardor. Algunos levantaban rápidamente los brazos y
disparaban todo un cargador de ruido electrónico, sin apuntar. Si la cabeza no quedaba
expuesta, no se ofrecía una entrada directa y fácil al aparato sensorial. Pero, desde luego,
no tenían una idea concreta de los poderes del Mantis. Y en aquella ocasión, los tenía
acorralados por completo, y además los tenía a todos juntos.
Killeen tocó cuidadosamente la rodilla del muchacho.
—¿Lo notas?
—Ah… ah… Estoy bien.
—¿Estás seguro?
—Debo de haberme dado un golpe, al caer.
—¿Qué tal ahora? —dijo flexionándole un poco la pierna.
—Va bi… ¡Ay!
—Descansa un rato. Probablemente estarás bien dentro de poco.
—Ay…
—¿Te duele mucho?
Toby puso los ojos en blanco y palideció. Killeen se abrazó a él con un miedo ciego.
—¡Toby!
—Ay… —Un largo suspiro. La pierna le dio una sacudida.
—Quédate tumbado y descansa.
—Yo… no…
Siempre pasaba lo mismo. Los recursos de los humanos iban mucho más aprisa que
los pensamientos humanos. Eran unos simples espectadores de sus propias
potencialidades interiores. De las antiguas habilidades que llevaban enterradas dentro de
ellos, en zonas de febril rapidez.
Los labios del muchacho empezaban a moverse, a tomar color de nuevo. La batalla
interior disminuyó de intensidad. Toby jadeó y tosió. Ante el asombro de Killeen se sentó,
escarbando con los guantes en la arena gris. Preguntó en un susurro:
—¿Le hemos matado… ya?
—No. Sigue tumbado.
Los ojos verdes de Toby se abrieron y se le despejó la vista.
—Déjame que…
—Pero si acabas de…
—¡Déjame dispararle! —casi exigió Toby, con una voz que recobraba fuerzas a ojos
vista.
—No te levantes. Todavía no sabemos dónde está.
—He oído algo por allí —señaló, temblando, hacia un lejano corrimiento de piedras.
Estaban tan ocultos en el barranco que sólo vislumbraban la parte más alta del montón de
piedras.
—Cuando la gente empezó a caer —dijo Toby débilmente—, oí algo, como metal que
se rompiera. Sonaba muy fuerte. No podía mover la pierna y me caí. Me llegó otra vez
aquel ruido, que salía de allí.
Killeen oyó un laberinto cambiante de gritos de las dos Familias; la sangrante
humanidad se entremezclaba. Los heridos gruñían, algunos de ellos sollozaban. Una
mujer gritaba: «Alex Alex Alex Alex», una voz quebrada y aterrorizada.
Algunos gritaban pidiendo instrucciones, buscando con desconsuelo a su Capitán.
Ledroff, inútilmente, ordenaba que dispararan, pero no había nadie que supiera
exactamente qué había sucedido, ni adonde apuntar.
Yacían diseminados por los barrancos de aquella llanura, incapaces de reaccionar. Sin
contar con ningún refugio, las Familias tendrían que salir de allí a rastras. Pero el Mantis
podía mantenerse en el terreno elevado y no perderles de vista.
Killeen sacó de la mochila un largo filamento y lo enganchó en un aro de acero que
guardaba en el extremo del puño de su camisa. Era un tubo sensor que su padre le había
dado, y cuya superficie de mica mostraba arañazos y un color amarillento. Lo introdujo en
la base de clavija que llevaba en la sien.
Toby preguntó débilmente:
—¿Qué es esto…?
—Para mirar.
Killeen cerró los ojos y el tubo sensor se encargó del resto. Vio/oyó unos rápidos
tirones a su alrededor. Después dobló un brazo hacia arriba y lo levantó por encima del
borde de las piedras. Escudriñó el horizonte lejano, haciendo descender el punto de mira.
Regularmente crispaba las manos para mezclar el flujo de datos que entraban. Esto
ayudaba a localizar los espejismos.
—¿Has captado alguna cosa? —preguntó una voz de mujer a su espalda.
—No. Déjame tranquilo.
—Yo lo puedo encontrar. Y le daré.
—Soy capaz de localizarlo, le daré yo.
—No. Yo lo haré mejor.
No abrió los ojos. Las lejanas y derruidas colinas saltaban, se fundían y lanzaban
destellos a través del punto culminante del espectro que utilizaba en su sistemática
búsqueda. Recorrió centímetro a centímetro la pendiente para obtener un ángulo menor
de observación y empezó a buscar por la zona en forma de abanico del fondo del
corrimiento de piedras.
Un susurro metálico pasó por su lado, perdiéndose sin más con un estremecimiento
nervioso. Tal vez era un tiro para calcular la distancia. Siguió observando minuciosamente
con los filtros del ojo derecho; ya estaba a punto de desistir cuando descubrió algo que se
movía.
Desapareció un instante después, pero logró vislumbrarlo de nuevo. Un cuerpo
alargado. Patas de trípode. Un dibujo complicado se ocultaba entre las rocas, y las
antenas giraban a sacudidas.
Killeen desconectó el tubo sensor y se dejó caer rodando por la ladera de arena
caliente que poco a poco se le fue metiendo por el cuello dentro del traje.
—Está bien. Veamos…
La mujer estaba arrodillada al lado de Toby, acariciando los músculos de la pierna del
muchacho. Llevaba un traje gris descolorido ajustado sobre un exoesqueleto que la
comprimía como si fuera un puño con muchos dedos. No era el primero que veía, pero
ninguno tan bien construido. Las costillas del exoesqueleto envolvían su delgado y
alargado cuerpo, del que sobresalían las piernas, en una doble espiral trenzada. Al llegar
al cuello, aquellos negros dedos-costillas se convertían en unos ramales flexibles que se
le enrollaban en la nuca. Se retorcieron ligeramente cuando ella le miró con los músculos
estirados y unidos por ellos. Sus ojos de color gris azulado eran ecuánimes y
calculadores.
—… veamos lo que tienes —concluyó él después de una breve pausa durante la cual
había observado la mochila de ella, completamente llena de abultados aparatos, su negro
y óseo exoesqueleto y su cabello de ébano enrollado y sujeto con alfileres.
—Ahora lo vas a ver.
Mientras hablaba, envió dos señales. Una mano huesuda se alzó para extraer de la
desgastada mochila una delgada barra de plástico prensado; ella le obsequió con una
tensa sonrisa de lobo.
—Yo… —él hizo una vaga indicación sobre el hombro—, no había visto esto. ¿Qué es?
—Un pájaro —contestó ella brevemente.
Toby la observaba en silencio con una sonrisa insegura, como si la acción de la mujer
le hubiera calmado. Killeen supuso que el muchacho empezaba a sentir las
consecuencias del golpe a medida que recuperaba la sensibilidad de las piernas y los
músculos se aflojaban de nuevo.
Ella clavó la barra en un reluciente cilindro que tenía a sus pies. Killeen reconoció sus
instrumentos como componentes mecs recogidos de la basura, y montados con ingenio
para formar un arma diferente de cuantas había visto hasta entonces. Cuando ella alzó el
artefacto y lo apuntó hacia el cielo, el exoesqueleto se dobló, produjo un ruido débil y
corrigió el desequilibrio momentáneo de sus piernas.
—¿Estás segura de que no necesitas…?
Los ojos le relucieron con orgullo.
—Ya puedo.
—Está bien.
Ella avanzó como un pato subiendo por la pendiente de piedra arenosa. Con mucha
rigidez, se dejó caer hacia delante y el exoesqueleto golpeó contra las piedras. Las
relucientes costillas negras evitaron que las verdaderas se rompieran al golpearse contra
las piedras. Sosteniendo la barra entre los brazos, la apuntó hacia el frente; la punta de la
barra resultaba pesada a causa del cilindro recubierto de cobre. Con la mano derecha
extrajo un asa del mismo material que la barra. Meciendo el montaje, echó una visual a lo
largo de él. Tenía dos bases de conexión, como si fueran un par de pecas cosméticas en
el mismo borde exterior de sus negras órbitas oculares. Ambas quedaron conectadas a
las clavijas superiores del montaje.
Killeen, sin decir palabra, le transmitió la imagen del Mantis que acababa de registrar
hacía poco. En el marco de la misma aparecía una anotación: ALCANCE 2.3275 ZONA
KM. No sabía qué significaba.
Ella hizo un leve gesto de asentimiento, con los ojos cerrados. Disparó.
El pájaro de cobre salió oscilando de la barra y planeó. Fue acelerando rápidamente y
antes de que Killeen pudiera ponerse en pie, oyó un apagado crump.
Un tono bajo desapareció de su aparato sensorial. Se dio cuenta de que mientras había
durado el ataque, había permanecido en el cono de búsqueda del Mantis, recibiendo sus
persistentes sondajes.
La mujer se puso en pie lentamente, dolorida.
—¡Esta arma tiene una precisión infernal!
Los ojos oscuros y de pesados párpados de la vieja se abrieron y cerraron
lánguidamente.
—Muerto.
Con un suspiro de alivio, Killeen asintió:
—Sí, muerto y bien muerto.
El Mantis era un revoltijo de piezas al pie del corrimiento de piedras. Algunas partes se
habían desmontado a pesar de las fuertes tuercas de acero que las aseguraban a las
sujeciones, y habían ido a estrellarse contra las piedras desprendidas.
Killeen aventuró lentamente:
—Podría ser el mismo que nos atacó hace unos días.
La mujer alzó una ceja fina y muy negra.
—¿Qué es?
—Un Mantis. ¡Pero le destruimos la mente principal con un rompedor!
—¿Estás seguro?
—Lo vi con mis propios ojos.
Rechinaba y hacía ruidos raros al andar; el exoesqueleto le confería una gracia
especial, rígida. Su cara terminaba en una barbilla puntiaguda que mantenía cubierta por
un trapo rojo. A Killeen le parecía que aquella mujer era como una reja, hasta sus huesos
parecían ser unas simples varillas de calcio de una máquina que se desplazaba hacia
adelante. Pero algo en ella le atraía cuando aquellos fríos ojos gris azulados estudiaban
su cara.
—Esta pieza de aquí —dijo Killeen señalando a un elipsoide ribeteado de remaches—
nos pareció que era la mente principal.
Ella giró la cabeza con vivacidad, pero dando unas cortas sacudidas, como si estuviera
fotografiando cada una de las piezas del Mantis destruido.
Unas barreras giraban en la base del elipsoide central, cubierto de cristal, del Mantis.
Aquella cosa intentaba enterrarse en una zona arenosa que había descubierto. Killeen
apretó su dispersador contra el lóbulo de acceso del elipsoide y disparó. La cosa tembló y
se detuvo.
—Se estaba ocultando —señaló ella, y con una rapidez sorprendente regresó a saltos
al distante barranco donde las Familias seguían agachadas. Killeen la siguió, sin
comprender. Notó un penetrante cansancio indefinido mientras cruzaba la llanura.
Toby no se había movido y estaba poniendo a prueba su pierna, dando golpes con ella
contra el suelo para devolverle la sensibilidad.
—¡Hola! ¿Lo habéis matado?
Killeen asintió.
—Debía de ser otro de…
—¡Mira! — gritó la mujer.
Killeen se fijó de nuevo en la carcasa del Mantis que yacía extendida sobre el suelo.
Por el punto más lejano de las colinas habían aparecido cuatro peones. Eligieron un
camino hacia abajo, pero con frecuencia hacían largas interrupciones en su descenso.
Todos ellos tenían en los paneles laterales unas señales entrecruzadas, muy parecidas a
las que Killeen había observado cuando estaban en la factoría.
—¡Maldición!
El primer peón que alcanzó la base encontró una pieza del Mantis y la cogió,
asegurándola bien sobre el armazón.
—Montaje — dijo la mujer.
—¿Qué?
Ella no respondió. Miraron en silencio. Killeen ayudó a Toby a llegar hasta el borde del
barranco, y algunos pocos más se unieron a ellos. Había docenas de piezas del Mantis, y
los peones se ocupaban con cuidado de cada una de ellas.
Killeen estudiaba los peones con los ojos casi cerrados para defenderse del resplandor
combinado de Dénix y del Comilón. Demasiado tarde comprendió que el Mantis había
aprovechado la ventaja del resplandor de las dos estrellas. A pesar de que su capacidad
visual había aumentado, como una herencia recibida desde siglos atrás, los humanos no
veían tan bien como los mecs, tanto en la oscuridad como en una luz deslumbrante.
Estaban ciegos frente a las ilusiones creadas por los Mantis.
Y el Mantis les había pillado cuando estaban menos protegidos, más abiertos y más
humana-mente vulnerables. De vez en cuando, Killeen apretaba fuertemente las
mandíbulas, como si estuviera mascando aquellos hechos.
No quería volver atrás por la llanura para ver a los que habían caído. Había visto
demasiados muertos durante los últimos días. Su equipo sensorial recibía muchos
lamentos de desesperación y de horrible sorpresa.
Ya tendría tiempo para aquello. Observó detalladamente cómo dos peones se
encontraron y se ayudaron uno a otro a colocar sus cargas sobre una plataforma de
piedra desnuda. Les serviría de banco de trabajo, no necesitaban más. Uno de los peones
sacó un juego de herramientas de punta fina y empezó a desmontar un fragmento medio
destruido del Mantis.
—Lo están arreglando —exclamó Toby, maravillado.
—¿Habías visto antes algo parecido? —preguntó la mujer.
—Negativo, nada como esto —contestó Killeen—. Pero la mente principal…
—No hay una mente.
—¿Cómo es posible?
—Les resulta más fácil de componer.
Toby añadió:
—También les será más fácil volverlo a la vida.
—Así es. —La mujer se tiró del labio, como si estuviera sopesando una desagradable
posibilidad.
—Me parece que han encontrado la manera de repartir el cerebro por las diferentes
piezas del Mantis.
—¿Uno es estúpido, pero muchos hacen un listo? —preguntó fríamente la mujer.
Killeen comprendió lo que intentaba decirles. Si era posible construir un cerebro a partir
de muchas partes dispersas, cada una de bajo nivel, pero que contribuyese con una
fracción vital de aquello que se necesitaba para obtener un mec mucho más listo…
—Tal vez. Después vienen los peones, lo arreglan y lo vuelven a montar. Tal vez
sustituyan alguna de las mentes sencillas en caso de que haya muerto.
—Y vuelve a despertar. A pensar y a cazar.
Su cabello de ébano estaba peinado con muchos arabescos rizados que adquirían un
resplandor azul. Si se miraba con los ojos entornados, todo el conjunto tomaba la
apariencia de un tejido impermeable.
—¿Es una nueva especie de Merodeador? —preguntó Killeen.
La mujer arqueó las cejas y no respondió.
—¿No podemos matarlo? —inquirió Toby, cojeando por allí para controlar el estado de
su pierna.
—No, a menos que puedas desarmarlo por completo —contestó Killeen, mientras
empezaba a hacer sus cálculos. Pensaba sin números, juzgando sólo por las impresiones
de su memoria. Las respuestas aparecían de golpe en su mente y él no se paraba a
reflexionar si procedían de Arthur o de algún otro Aspecto técnico de los que llevaba a
cuestas. Declaró simplemente, con seguridad:
—Apenas si tenemos suficientes municiones para poder hacerlo. Tal vez
consiguiéramos desguazar todo este Mantis, o quizá nos faltaría poco para dejar el
trabajo listo.
—Yo os ayudaré —se ofreció Toby.
La mujer puso mala cara.
—Es demasiado trabajo.
Killeen estaba de acuerdo.
—Si lo desmenuzamos, tendremos que usar la mayor parte de nuestras municiones.
—Eso puede ser peligroso.
Killeen la miró interrogativamente y comprendió que ella no se refería a una amenaza
inmediata, sino al desafío que representaba un Merodeador como aquél. Era una nueva
técnica de los mecs.
Toby se fue por las inmediaciones en busca de armas que recoger; tenía la pierna
como una barra tiesa, pero bastaba para sostenerle. La mujer no dijo nada más, no hacía
más que observar a los peones mientras arrastraban tenazmente las piezas para
armarlas; su respiración era tan ligera que no llegaba a ser perceptible a través del
exoesqueleto. Una tela impermeable gris, ablandada por el tiempo, se le adhería al
cuerpo. Estaba delgada, pero sus flexibles curvas se destacaban bajo las inevitables
rigideces del exoesqueleto con su red de refuerzos, lo que le daba el aspecto de una
prisionera dentro de una caja negra. Killeen se preguntaba cómo lo haría funcionar; luego
descubrió que tenía abierta la cremallera de la parte posterior de la camisa; debía de
habérsela bajado mientras regresaba a saltos desde donde había quedado el Mantis. Los
ojos fotovoltaicos giraban a medida que iba andando, siguiendo el maná ultravioleta del
Comilón.
Todo aquello le servía para hacer trabajar una cubierta cuya misión era añadir fuerza a
sus músculos para dejarla en igualdad de condiciones con los demás. En ella, la selección
genética para adquirir una mayor fuerza había fracasado. Su metabolismo era menos
eficiente de lo normal en convertir los alimentos en energía. Necesitaba aquella protección
acostillada para mantenerse junto al resto de la Familia. Las reglas eran duras: el
miembro que se quedaba atrás, moría. El preguntó:
—¿Crees que debemos desguazarlo?
—Sí.
—Voy a buscar a Ledroff y a algunos más. Estos peones también actúan de forma
extraña. Será mejor que intentemos cogerles desde lejos. Y no nos limitaremos a
desconectarlos.
—No nos dará tiempo.
—¿Qué? Calculo que pasarán algunas horas antes de que tengan todas las piezas.
—No. Primero hemos de llorar la muerte de los nuestros.
El asintió. Había sido mucho mejor para él estar allí, pensando en el Mantis, que ir a
buscar los amigos heridos o muertos, o hasta definitivamente muertos. Pero había llegado
el momento de ir.
—¿Tú eres…
—Shibo.
—¿De la Familia Rook?
—De la Familia Knight.
—¿Esta no es tu Familia?
—Los encontré. Mi Familia ha desaparecido.
Lo miró directamente, sin ceder en lo más mínimo. Ella no había salido de la misma
Ciudadela, porque allí no había ningún Knight. Es decir, que todas las demás Ciudadelas
también habían sido destruidas.
Killeen había llegado a pensar que sus pérdidas eran tan grandes como las de
cualquier otro, pero aquella mujer que tenía delante había perdido por completo todo su
linaje y debía enfrentarse además con las insuficiencias de su débil cuerpo. Tenía
montones de preguntas que formularle, pero la mirada triste y pensativa que ella le
devolvió le hizo cambiar de parecer ante la enormidad de las implicaciones no
enunciadas.
—Vámonos. Las Familias necesitarán nuestra colaboración.
La ayudó a ascender por el barranco y a cruzar el paisaje desierto por donde yacían
esparcidos los que habían muerto unos momentos antes.
SEGUNDA PARTE – EL MUNDO QUE HABÍA SIDO VERDE
1
Se despertó pero no se sentía vivo. No veía ni oía nada.
Killeen no contaba con más guía que una creciente percepción de unos gradientes de
temperatura. Estaba echado sobre el vientre y notó un escalofrío que se introducía en su
cuerpo desde el oscuro suelo. Era como si la misma tierra presionara hacia arriba para
invadirle, extendiéndose lenta y metódicamente a través del traje de saltos, por ingles y
caderas, arrastrándose por el pecho hasta llegar a los hombros. Su frente descansaba
sobre los brazos cruzados. Al llegar a la nariz, el frío se introdujo hacia arriba, en los
senos frontales. El agudo pinchazo que le causó fue el foco original de unos ramalazos de
un prometedor calorcillo que le llegó hasta los ojos.
Volvió la cabeza. No veía nada. No oía nada. Aquellos estímulos discontinuos de calor
menguaron. Como si se tratara de una respuesta ante ellos, le azotaron unas sensaciones
espeluznantes de un frío tremendo. Notó que unas olas súbitas de calor le recorrían la
todavía aterida piel, y unas trayectorias frías, difíciles de localizar, entablaron una lucha
con ellas. Ambas se mezclaron entre sí en batallas térmicas a lo largo de líneas espirales
que él sentía como alfilerazos de aviso, como dardos chisporroteantes clavados en el
vórtice. Con gran sorpresa por su parte, aquel flujo no quedó reducido a unas diminutas
hebras de frío y calor sino que se transformaron en lo que habían sido siempre: voces, el
hablar tenue, entremezclado y chillón de los Aspectos.
El Grial ya no consentirá más retrasos por tu discurso melifluo, Arthur. Hemos de
obligar a esta gente a ponerse en marcha, y además, ha de ser ahora mismo.
1. Hemos de encontrar refugio.
2. Mantis. No comprendo qué es.
3. No podemos asumir tantas pérdidas.
Desde luego, me siento casi tan amenazado como todos vosotros por la manera tan
descuidada con que han malgastado las oportunidades. Podrían haber seguido el camino
que les habíamos aconsejado cuando estaban en aquel lugar… ¿Cómo se llamaba…?
Puente de la Madre Perdida. Si nos hubieran hecho caso, habríamos llegado ya a una
Casa. Recuerdo perfectamente una Casa que estaba cerca. Nialdi, tu memoria de los
grandes días del pasado es mejor que la mía. ¿Cómo se llamaba aquella Casa?
Era el Oasis Godstone. Yo mismo bendije el lugar cuando lo consagramos a nuestra
causa.
Ah, sí. Fue una ceremonia encantadora, naturalmente. Había tantos lugares como
aquél en aquella época feliz, cuando entre las Ciudadelas teníamos más estaciones de
las que necesitábamos. ¡Qué riqueza! Viajábamos sin que el miedo nos pisara los talones.
Nunca nos preocupábamos de llevar provisiones o agua, porque sabíamos que nos
esperaba una marcha muy corta para llegar a las Casas o a las Ciudadelas, donde…
1. Cíñete al tema.
Está bien, Bud. Pero no hay que ser tan puntilloso. Según mi opinión, con los mapas
que nos quedan, todavía podemos volver sobre nuestros pasos y buscar el Oasis
Godstone. A pesar de lo manchados que estén los mapas y de lo atrasados que sean,
desde luego no puedo estar seguro, pero mis cálculos…
Andaban mucho más equivocados, Arthur, cuando no hacían caso de los consejos de
nuestra Hermandad. Las órdenes que nos hemos dignado transmitir desde los primeros
días, cuando llegamos aquí… ¡No, desde que la Verdad Providencial nos dio el
conocimiento, desde los eones inmemoriales!… demuestran definitivamente que este
vagabundear por unas tierras yermas transformadas por los mecs no es el camino
adecuado hacia la resurrección final de todos nosotros. Mis hermanos semimuertos, si
hemos de andar por la tierra con fuerza y plenitud, hemos de hacer un frente común.
Me siento ofendido por tus amenazas, Nialdi. Respeto tus habilidades médicas, no las
niego, pero…
¡Soy, además, el guía espiritual de la Familia! Me seleccionaron como un Aspecto
debido a mi sentido moral, no simplemente por…
1. Dar golpes sobre el pulpito no es sabiduría.
2. Limítate a lo que podemos hacer ahora.
Lo que debemos hacer, mi poco desarrollado Rostro amigo, es ejercer el liderazgo.
¡Esta maldita desolación sobre la que humildemente estamos echados, es abominable!
Nuestra muy disminuida Familia todavía lleva nuestro nombre y aún es capaz de aspirar a
las altas cimas que la humanidad llegó a alcanzar…
1. ¿Cómo vamos a salir?
2. Cualquier sitio es mejor que éste.
3. Tal vez, construyendo nave.
4. Ultima nave perdida hace 269 años.
Vas demasiado deprisa, Bud. Me doy perfecta cuenta de las atrocidades de los mecs
que dieron como resultado la pérdida de la última de nuestras naves estelares que nos
había traído a esta colmena de gargantuescos…
¡Son demonios mec! ¡No vuelvas a utilizar otro bonito eufemismo para referirte a ellos,
Arthur! Son unos diabólicos…
1. Es difícil construir naves.
2. Hay que hacer primero Ciudadela.
3. Nadie sabe el arte de hacer naves, ahora…
4. Vosotros dos, no habléis tan aprisa.
5. Sólo soy un Rostro; ya lo sabéis.
Todo esto sucedió en un fugaz y borroso intervalo de tiempo, a rachas discontinuas.
Killeen yacía inmóvil.
En su interior, en alguna parte, la sensibilidad y la voluntad habían quedado anuladas,
pero sus correspondientes contactos intentaban enlazarse de nuevo. Aquellas voces que
derramaban calor se mezclaban con los frígidos temblores de los tímpanos. Sus
tangenciales argumentos resonaban en unas profundas notas térmicas, como de
campana, de irritación, desvarío e incoherencia.
Se enfocó a sí mismo y luchó por recuperar el dominio de su visión. Un sector
cuadrado del ojo izquierdo se le llenó con la radiación gris del atardecer y apareció una
borrosa imagen del redondeado borde de una roca.
Advirtió que las voces se encogían y adquirían mayor velocidad en el discurso.
Dudaba; su aparato sensorial, que todavía estaba desconectado en parte, convertía las
palabras en unos códigos termales que iban debilitándose. Unos violentos toques de calor
y de frío le recorrían el pecho y el cuello, resonando con fuerza. Arthur, Nialdi y Bud no
querían volver a entrar en sus reducidas celdas. Le llamaban.
¡Haz penitencia, tú que reduces al silencio la palabra y la sabiduría de tus
Antepasados! No oses…
Creo que también tú podrías beneficiarte de esta discusión, Killeen. Estoy
completamente de acuerdo en que tienes que levantarte y ver qué está sucediendo;
descubrirás que muchas de nuestros discusiones están relacionadas con la situación a
que se enfrentan ahora ambas Familias. Hemos de preparar una estrategia basada en
una cuidadosa valoración de los potenciales y de los riesgos, incluyendo…
1. Atiende, Killeen. Puedo calcular por ti.
2. Dame tiempo para que pueda desmontar el Mantis.
3. Veré cómo funciona.
Los barrió. Los empujó para hacerles entrar en sus celdas.
En los ojos de Killeen saltaban unos bloques angulares de luz. Su ceguera le
abandonaba progresivamente. El mundo exterior se precipitó hacia él. Volvió la cabeza y
descubrió la árida llanura que se elevaba y se retorcía, estirándose cada vez más lejos.
La Familia dormía. El Comilón era un creciente torbellino violeta con halo detrás de un
lejano pico montañoso.
A medida que los Aspectos salían de su espacio de percepción y del proceso de sus
sentidos, captaba el aroma de la polvorienta sabana, mezclado con el olor humano. Los
oídos le crujían cuando penetraba en ellos el susurro del viento.
Los Aspectos necesitaban tiempo para recibir sensaciones directas del mundo, y no se
conformaban con las sobras. Aquello impedía que se convirtieran en seres áridos, en
unas meras encarnaciones de respuesta lenta, sin mucha más utilidad que uno de los
antiguos libros de biblioteca. Mientras Killeen estaba despierto, obtenían retazos del
mundo desde el rincón de su conciencia en donde estaban alojados. Cuando dormía,
podían obligarle a abrir los ojos para observarlo todo, lo que les proporcionaba una
gratificante brizna de experiencia. Pero no podían lograr nada más. Oían a través de sus
oídos, saboreaban todo su aparato sensorial, pero al mismo tiempo le hacían el servicio
de dejarle aislado, asegurándole un sueño profundo.
Los Aspectos suplicaban a Killeen que les dejara captar sus percepciones, porque
aquello era todo lo que podían captar de la vida actual. Cuando Killeen despertaba, no
podía hacerlo aprisa. Tenía que dejarles que se retiraran lentamente a sus pequeñas
celdillas de chips dejando libres, de muy mala gana y de uno en uno, todos los elementos
de su aparato sensorial.
La noche pasada, Killeen había dejado salir a dos Aspectos: Arthur y Nialdi. Eran los
más fuertes y necesitaban airearse más que los demás.
Bud, que era el Rostro de un ingeniero muerto siglos atrás por un Ojeador,
representaba una presencia poderosa, a pesar de sus limitaciones.
Los Rostros eran grabaciones parciales de los muertos. Un cerebro que hubiera
perdido funciones por falta de oxígeno, o cuyo sistema nervioso hubiera quedado muy
dañado por la muerte, no podía convertirse plenamente en un Aspecto. Resultaba muy
difícil extraer la personalidad de una mente que se hubiera escurrido casi por completo
hacia la oscuridad absoluta. La Familia sólo salvaba las habilidades y los oficios de los
muertos.
Un Rostro proporcionaba un aura desdibujada y recordada de la persona original, un
subser que pensaba con lentitud. Bud había sido un buen traductor de los signos mecs.
Hasta había llegado a dominar algunos de los lenguajes mecs en otros tiempos, cuando la
humanidad había tenido contactos con algunos mecs renegados. Killeen solía
impacientarse a causa de la lentitud del Rostro. Algunas veces pensaba que Bud no era
siquiera un Rostro, que correspondía a la más baja calificación de la personalidad: los
Análogos. Pero a pesar de todo, Bud le resultaba útil para encontrar una puerta de
entrada en un mec, o deducir la arcaica nomenclatura de las piezas mecs.
Killeen se levantó y advirtió que tenía los músculos agarrotados. Los miedos de la
noche anterior se habían convertido en un dolor de cabeza al despertar. Cerró el ojo
izquierdo para observar el mapa topográfico de la Familia Bishop. El punto de color
naranja que representaba a Toby indicaba que todavía dormía, yacía a medio camino de
un arroyo que le daba protección. Bien. El muchacho necesitaba descansar.
Killeen anduvo envarado hacia una lejana agrupación de miembros de la Familia.
Todos se habían dispersado para pasar la noche. Las dos Familias se habían distribuido
por una línea de crestas y un valle muy inclinado que habían encontrado a una hora de
marcha forzada de donde quedó el armazón del Mantis destruido. Cualquier mec
Merodeador que los persiguiera al menos tropezaría con algunos de ellos y alarmaría al
resto. Killeen conectó sus receptores mientras andaba y adquirió pleno dominio de su
equipo sensorial. Cuando dormían al aire libre, su mejor defensa consistía en desconectar
todos aquellos sistemas interiores que los mecs pudieran llegar a oler. Cuando daba una
vuelta alrededor de una roca desbastada por el viento, oyó el reconfortante ping que le
indicaba que ya había recuperado toda su capacidad perceptiva.
Se quedó sorprendido cuando apareció una forma que salía de una grieta
increíblemente estrecha. Era Shibo.
—¿Cómo te has podido meter aquí?
—Enroscada. Así es más seguro. —Tenía los ojos rojos a causa de lo mucho que
había llorado, pero en su cara no había señales de lágrimas.
—¿Has tenido alguna dificultad durante la noche pasada?
—No.
—¿Los de la guardia, han visto alguna cosa?
—No.
Killeen quería hablar con ella, pero su mente era un torbellino vacío. Y sus
monosilábicas respuestas tampoco ayudaban mucho.
—Cuando me despierto, siempre tengo miedo de no tener todo el equipo preparado y
en orden.
—Sí.
—Pero, hasta ahora, siempre lo he tenido a punto —continuó sin mucha convicción.
—Sí.
—¿Lo pudiste reparar?
—Lo hizo el Rostro.
Sin contar siquiera con el apoyo de un «ajá», le resultaba muy difícil proseguir. Pero en
ella había un algo que le obligaba a continuar la conversación. Su sofisticada arma
hablaba de habilidades desconocidas para la Familia Bishop. Y sus frías convicciones
internas le intrigaban.
Hizo un gesto señalándose su propio ojo izquierdo.
—¿Cuántos cuentas?
Shibo parpadeó, y con un ojo observó la lejana distribución de su Familia. Un momento
después contestó:
—Ochenta y siete.
Al advertir que había hecho una pausa, Killeen comprendió que ella había descargado
en uno de sus Aspectos o en algún otro subser el trabajo de calcular el número, lo mismo
que hacía él.
—La Familia Bishop se ha quedado reducida a uno, seis, seis. Ayer perdimos doce.
—La Familia Rook, veintiséis.
Esperó que Arthur le hiciera el cálculo y dijo:
—En total han desaparecido treinta y ocho. ¡Maldita sea!
—Juntos somos dos, cinco, tres.
—Sí, y es una pena porque de los dos, cinco, tres, en realidad tal vez haya sólo un
centenar que pueda trabajar. El resto son heridos o viejos o niños, como Toby.
Ella asintió y después añadió:
—Buena cosa, los niños.
Killeen adivinó lo que ella quería decir.
—Sí, así es. Por lo menos los Rook tienen niños. En nuestra Familia hemos tenido
nueve niños desde la Calamidad. Dos nacieron muertos. El resto eran débiles o deformes,
o murieron durante el viaje.
Anduvieron un rato en silencio. A los que habían nacido con alguna incapacidad
durante el viaje, sus mismas madres los mataban. Killeen no quería que su conversación
derivara hacia aquel punto. Respiraba más agitadamente porque tenía que hacer un
esfuerzo por no quedarse rezagado. Ella se desplazaba con unos rápidos movimientos de
los músculos de las piernas. Su exoesqueleto zumbaba como un raro animal de
compañía.
Lo intentó de nuevo.
—¿Por qué supones que el Mantis de ayer no atacó a ninguno de los chiquillos?
La Familia Bishop había perdido a todos sus hijos, exceptuando a Toby, pero los Rook
habían logrado, fuera por suerte o por alguna habilidad intuitiva, que algunos jóvenes
sobrevivieran a los ataques de los Merodeadores; aunque no tenían niños pequeños.
—Ofrecen un blanco menor.
—No creo que sea eso.
—Enigma.
Shibo movió la cabeza de un lado a otro ante aquella insondable faceta de los mecs. El
Mantis había dado muerte definitiva a los más ancianos de las dos Familias. Algunos
decían que los más viejos habían muerto primero, y que después el Mantis se había
abierto camino por entre el apretado tropel de las Familias reunidas y todavía llenas de
júbilo, atacando a los humanos como si pudiera averiguar su edad. Moase, la anciana que
dominaba la traducción del lenguaje mec, había caído.
Parecía como si el Mantis pasara por alto los objetivos jóvenes, incluso cuando se
encontraban junto a víctimas recientes. Killeen dudaba que esta técnica de disparo fuera
posible entre los remolinos de gente aterrorizada que, de repente, se daba a la fuga. De
todas maneras, resultaba más agradable pensar que la supervivencia de los niños se
debía a un afortunadísimo azar, y no que se trataba de otra aterradora característica del
Mantis.
Los dos llegaron hasta los miembros acurrucados de ambas Familias. Permanecían
sentados en silencio, obedeciendo la antigua regla de no estar de pie si se podía
descansar. Killeen notó que los músculos de las pantorrillas se le estiraban, con el frío de
la noche todavía metido en ellos.
Siguiendo las indicaciones de Nialdi, se había efectuado presiones en la cabeza y en la
espalda para intentar aliviar el dolor, pero los antiguos métodos no podían borrar todo el
daño recibido.
Ledroff mantenía una conversación trivial con un miembro de los Rook, pero Killeen no
podía apartar su atención de la pila de piedras alrededor de cuya base estaban todos
reunidos. Había ayudado a recoger y llevar rodando hasta allí las piedras, casi hasta la
medianoche. La pirámide de cuatro lados surgía del suelo del valle. Sus bastas aristas
sobresalían.
—Es un mal trabajo —se dijo en voz baja.
—No estoy de acuerdo. Es bueno —susurró Shibo a modo de respuesta.
Los planos laterales deberían haber sido más lisos, y las aristas quedaban fuera de
ángulo, pero Killeen se sintió reconfortado cuando Shibo le dijo aquellas palabras. De un
tiempo a esa parte no recibía muchas alabanzas, y la verdad era que sentía cierto orgullo
por haber trabajado durante media noche, él y cinco hombres más que todavía
conservaban fuerzas suficientes. Las Familias habían compartido el traslado de los
muertos definitivos, lo que había dejado exhaustos a muchos. Cuando Ledroff ordenó
hacer alto en aquel valle, algunos gimotearon diciendo que era demasiado tarde y
estaban demasiado cansados para hacer los rituales funerarios. Killeen, Cermo y algunos
Rook habían movido la cabeza en señal de desacuerdo, sin saber qué decir ante aquella
falta de disciplina, y habían efectuado los trabajos que consideraban correctos.
La pirámide descansaba sobre los muertos definitivos, envolviéndoles de forma
protectora. Ningún mec que pasase por allí iba a desmantelar un monumento funerario
humano. Aquella regla se había ido transmitiendo desde siglos atrás. Eran los últimos
vestigios de una era en que había existido un equilibrio, aunque fuera de mala gana, entre
las Arcologías humanas y las máquinas.
Los muertos podrían descansar sin que los molestaran. Killeen estaba cansado, a cada
inhalación aspiraba el aire como si le costara un esfuerzo. Pero estaba orgulloso de haber
mantenido las tradiciones. Hasta él llegó una imagen borrosa, una pirámide muchísimo
mayor elevándose desde unas arenas de color leonado para ir a taladrar el cielo azul.
Convertía en enanos a los humanos canijos que la contemplaban. Hasta los bloques de
piedra tallada con que había sido construida sobrepasaban en altura a un hombre. No era
la primera vez; había aparecido ante sus ojos, durante unos instantes, con ocasión de
otros enterramientos hechos anteriormente; había salido a la luz, sin que lo hubiera
pedido, procedente de algún Aspecto profundamente arraigado. No sabía dónde había
estado emplazada aquella gran pirámide mayestática, con su silenciosa y perenne
acusación de lo que había debilitado a la humanidad.
—¿Killeen?
En la voz de Ledroff se registraba una ligera irritación. Killeen se dio cuenta de que no
era la primera vez que lo llamaban y que no había contestado.
—¿Eh? ¿Sí?
—El Mantis. ¿Cuánto tiempo crees que van a necesitar los peones para volverlo a
montar?
—Confío en que no acaben nunca de hacerlo. Estoy convencido de que lo destruimos
por completo.
—¿Estás de acuerdo, Shibo? —preguntó Ledroff.
Ella movió la cabeza en señal de duda.
—No conozco esta técnica de los mecs.
—¿No puedes decir nada? —A Ledroff le molestaba que no le dieran respuestas
concretas.
—No pudimos aniquilar cada uno de sus componentes —reconoció Killeen—. No
teníamos suficiente munición.
Un hombre llamado Fornax se inclinó hacia delante. El Capitán de los Rook había
muerto el día anterior y aquel hombre parecía asumir el puesto como algo natural. Estaba
rendido y nervioso, por la expresión de su cara era como si hubiera visto demasiadas
cosas que no le hubiesen gustado y todavía esperara ver más. Unas largas ranuras le
llegaban hasta debajo de los ojos, unas arrugas que parecían ríos alimentados por una
red de afluentes que se extendían por las mejillas.
—Este Mantis, ¿supones que estaba sólo de paso?
—Podría ser. Ya habíamos tenido un encuentro con otro de ellos —contestó Ledroff.
—Se trata del mismo Mantis —objetó Killeen. Fornax puso mala cara, como si no
quisiera creerlo.
—¿Estás seguro?
—Al primero le arranqué el puntal de una pierna. Al que encontramos ayer le habían
puesto una pierna nueva.
—Tal vez había sufrido algún accidente —aventuró Ledroff.
—Eso sería de lo más raro —declaró Killeen para cerrar el asunto.
—Nunca habíamos visto un Mantis. Aunque había algo parecido, según me contó mi
madre —comentó Fornax.
—El Mantis mató a los Knight —murmuró Shibo.
—Nos habías dicho que fueron Ojeadores, Lanceros y Batidores. Os rodearon, ¿no
dijiste esto?
—El Mantis les dirigía. El Mantis nos cogía si escapábamos —contestó Shibo,
impasible.
—¿Estás diciendo que el Mantis dirigía el grupo de Merodeadores? —subrayó Ledroff.
Shibo asintió, en silencio.
—¿Cómo pudiste escapar? —le preguntó Killeen.
—Me arrastré por entre las piedras.
Killeen recordó el lugar donde había dormido aquella mujer.
—¿Cuándo sucedió todo eso?
Ella hizo una pausa, para consultar a un Aspecto.
—Hace seis años, aproximadamente.
La miró con respeto. Había sobrevivido durante años por sus propios medios.
—En ese caso, la Ciudadela de los Knight cayó al mismo tiempo que la nuestra. Le
llamamos el tiempo de la Calamidad.
Fornax asintió, con los ojos cerrados.
—La nuestra, también. Resistimos el ataque de los Merodeadores durante dos días.
Después rompieron las murallas y tuvimos que salir de allí.
—Nosotros aguantamos tres días. Alguien dijo que había visto, a gran distancia, algo
muy grande, tan grande como el Mantis —intervino Killeen.
—Es un error muy fácil. Entonces corrieron muchos rumores extraños. ¿Para qué tenía
que haber estado allí el Mantis, de todas maneras? Es un conjunto de barras y vainas. No
se parece mucho a un luchador —suspiró Fornax.
—El Mantis es rápido —apuntó Shibo.
—Supongo que tuvo suerte y nada más. Atrapó a Fanny cuando estaba descuidada.
Recordad que Killeen se lo cargó con un solo tiro —advirtió Ledroff.
Killeen aseguró:
—El afortunado fui yo, no el Mantis.
Ledroff dio carpetazo al asunto.
—Apareció de improviso cuando estábamos distraídos. Era una reunión de la Familia.
Shibo volvió a mover la cabeza, lenta y tristemente, pero siguió callada. Fornax la
miraba con atención, como si fuera un rival. Killeen sabía que aquello era imposible, por
muy buena que fuera Shibo, de la desaparecida Familia Knight, nunca podría llegar a ser
Capitán de los Rook. Sacó la conclusión de que Fornax se estaba enterando de cosas
que antes desconocía, a pesar de que Shibo hacía bastante tiempo que huía con los
Rook.
Aquello no sorprendió a Killeen. Ella hablaba muy poco, sólo lo estrictamente
necesario. Cermo le había contado que Shibo había estado viviendo sola, a la sombra de
la factoría mec, hasta que los Rook pasaron cerca de allí. La aceptaron, pero las
costumbres de los Knight eran diferentes a las suyas. Ella comía, trabajaba, avanzaba y
consideraba el sexo a su propia manera. De hecho, no se sentía unida a ninguno de los
Rook. Fornax percibía aquello.
—El Mantis tiene el cerebro repartido en todas sus piezas. O sea, tanto da que
destruyamos una parte u otra —dijo Killeen.
—Desde luego, nunca habíamos visto un mec como ése. Pero esta vez, lo hemos
destruido —insistió Ledroff.
Shibo movió la cabeza.
—El Mantis tiene repuestos.
Fornax hizo una mueca para expresar que no estaba convencido.
—¿Con qué? ¡Diseminamos sus partes por el suelo!
—Algo puede juntar las piezas —apuntó Killeen suavemente—. Tal vez hasta los
mismos cerebros mec.
—Sería más fácil enviar a otro Mantis —dijo Fornax.
—No, si lo habían construido especialmente —replicó Killeen.
—¿Para qué?
—Para darnos caza.
Fornax se palmeó las rodillas, en son de burla.
—Todos los Merodeadores nos dan caza.
—Los Merodeadores desempeñan determinados trabajos, no están sólo para acabar
con nosotros —dijo Killeen—. Si nos ven, siguen nuestra pista. Nos atacan, si les parece
bien. Pero no pueden proyectar ilusiones directamente a nuestro cerebro, como hace el
Mantis.
Fornax respiró hondo y se encogió de hombros.
—Mira, tú. Ya sé que has derribado al Mantis.
—Dos veces —señaló Killeen.
—Bueno. Pero no hay motivo para que presumas tanto de ello.
Killeen apretó los puños con fuerza y consiguió no replicar. No había sitio para disputas
entre los Rook y los Bishop.
—¿Cómo supones que podía saber dónde nos íbamos a reunir todos nosotros? —
preguntó Ledroff, para suavizar la situación.
—Lo provocó él mismo —declaró Shibo.
—¿Qué? —preguntó Fornax.
Ella le miró con sus pálidos ojos que destacaban sobre su piel expuesta al sol durante
tanto tiempo que había adquirido una tonalidad caoba.
—Hizo que nos encontráramos.
—¿Las dos Familias?
—Sí.
Fornax exclamó en voz alta:
—¡Es imposible! Hace dos días que vimos un Baba Yaga. Venía hacia aquí. Vio a un
Batidor que iba por una cima lejana, hacia el sur. Fue una casualidad que nosotros
estuviéramos bajando por aquel valle para distanciarnos del Batidor, antes de que
volviéramos a dirigirnos hacia el sur. Sólo que…
Entonces se dio cuenta y se detuvo. Reinó un largo silencio mientras Killeen
consideraba la enormidad de la amenaza a la que tenían que enfrentarse. El Mantis
utilizaba a los Batidores, a los Baba Yaga y a todos los demás Merodeadores. Aquello
incluía sin duda a los mecs que les habían acorralado en el Comedero y habían causado
la muerte definitiva de Jake. Todo había sido un plan para guiar a los Bishop hacia los
Rook y, en el momento de su reunión, recoger una abundante cosecha en un campo de
muerte.
La pérdida de Jake carecía de importancia, comparada con la catástrofe que les había
golpeado duramente en el momento más vulnerable de la humanidad. La alegría de
haberse reunido y de reanudar las relaciones entre Familias era la característica que los
hacía humanos. Todo aquello se había cerrado de golpe en un instante grotesco. Los
supervivientes debían llevar el peso de una herida que habían recibido en un momento
que no iban a olvidar. Era la amarga conjunción del júbilo y del terror, y aquella reunión
también iba a exigirles el pago de un elevado precio. Killeen sabía, sin necesitar pensar
en ello, que el Mantis tenía un conocimiento de la humanidad mucho más sofisticado que
cualquiera de los demás mecs. Sabía cómo herirles en el punto más débil, que era su
permanente instinto gregario. Y por ello, era mucho más peligroso que cualquier hábil
Lancero o artefacto similar.
2
Las dos Familias decidieron aquella mañana que seguirían teniendo Capitanes
distintos. Un solo Capitán significaba una sola Familia, y la pérdida de toda una Familia
era algo intolerable para el Clan. Era fácil suponer que ninguna de las dos Familias
aceptaría su propio final.
Las conversaciones duraron horas. Ledroff y Jocelyn negociaron con los Rook en un
Testimonio plenario, puesto que los Rook no tenían Capitán. Tuvieron en cuenta todos los
títulos y rituales y otros procedimientos, sin saltarse ni una simple frase o gesto. Cada
etapa tenía la misma importancia litúrgica, con los moderados y obsequiosos detalles que
habían pertenecido a la tradición durante siglos.
Había en ello un callado abandono y una obsequiosa comodidad. Los humanos usaban
un lenguaje muy elaborado y refinado como refugio frente a la crudeza del entorno. La
narración de historias, culminación del arte oratorio, permitía dar un toque barroco a lo
que en principio no debería ser más que un asunto ligero y sencillo. Esto también les
proporcionaba un temporal y cómodo refugio para la extensa herencia humana, a pesar
de que sólo la recordaran a medias y de una manera borrosa y lejana. Hablaban y la
saboreaban.
En las Ciudadelas, conversaciones como éstas iban precedidas por un mes de
apasionados chismorreos anticipatorios. Los Testimonios, en los antiguos tiempos, se
celebraban con gran ceremonia en salas abovedadas policromas. En esta ocasión, los
altos dignatarios conferenciaban mientras permanecían sentados en cuclillas, sucios y
maltrechos, alrededor de la burda pirámide de los difuntos. En otros tiempos, cada Familia
se componía de millares de miembros. En esta charla tribal nadie se atrevía a soltar una
frase que reconociera su mermado estado actual.
Los Rook nombraron a Fornax, Capitán. Debería tener integrado el plano topográfico
de la Familia Rook en su aparato sensorial, tal como era tradicional. Pero la mujer que
sabía cómo hacerlo, una especialista anciana y apergaminada llamada Kuiper, había
caído el día anterior.
Fornax y Ledroff no parecían llevarse bien. Pero estaban de acuerdo en que las
Familias debían seguir la marcha. Era muy arriesgado permanecer en un lugar tan
cercano al armazón del Mantis, a pesar de que estaba desperdigado por completo. Si
pasaban algunos Merodeadores por allí, quizás lo repararan. O también era posible que
hubiera más de un Mantis.
Killeen sentía una extraña desazón porque nadie parecía haber captado la diferencia
esencial entre aquel y los demás Merodeadores. El Mantis moría, pero volvía a resucitar.
Al parecer, había sido proyectado con vistas a su pervivencia, para que tuviera una
energía inacabable e inexorable, especialmente dedicada a seguir la pista de los
humanos.
El estrecho sentido humano de las categorías lo había clasificado como Merodeador,
como si los Clanes no quisieran dar entidad real mediante el lenguaje a un poder que no
podía incluirse en los límites de los ya bien conocidos enemigos del destino humano. A
pesar de que conocían la existencia de unas grandes ciudades mec, de desconcertantes
construcciones y de empresas incomprensibles, una característica ancestral del espíritu
humano les impedía asignar un nombre o un símbolo a las inalcanzables alturas que el
Mantis podía implicar.
Nadie había visto jamás a un Mantis que se dedicara a recoger chatarra, a dar órdenes
a los peones o a robar los bienes de las demás ciudades mecs. No pertenecía a ninguna
clase de trabajadores. A diferencia de los Merodeadores, no desempeñaba ningún
trabajo. No se le reconocía otro interés que la caza de los humanos. El propio padre de
Killeen había visto algo que se parecía a un Mantis unos pocos años antes, y vivió para
poder contarlo. Las leyendas del Clan hablaban de algunos mecs vistos en raras
ocasiones, a través de siglos de patrullas forrajeadoras destruidas y de terroríficos
momentos en que unas siluetas con múltiples patas aparecían en el lejano horizonte.
Aquellos artefactos de rango más elevado dejaban un rastro de vidas rotas, la mayor
parte de ellas con muerte definitiva, pero la herencia más tangible legada a las Familias
era una tradición de horrores, que vivían de forma fantasmal pero innegable en las
precisas imágenes de la memoria de los Aspectos y en los relatos de los pocos humanos
que habían podido sobrevivir.
A Killeen le resultaba imposible creer que todo aquello se debía al Mantis.
El propio padre de Killeen le había recitado con detalle la letanía completa de las clases
de Merodeadores, y cuando lo hacía, la lenta y resonante precisión de su voz ponía de
manifiesto el elevado precio que le había costado a la humanidad aprender cada una de
aquellas facetas, y que si olvidaba aquella información, aunque fuera en un solo momento
terrible, podrían tener que pagar de nuevo.
Killeen conocía ya, por experiencias en terreno abierto, las características de todos los
tipos de Merodeadores. Pero de una manera mucho más intensa, las recordaba gracias a
la manera ritual con que su padre había bajado el tono de su voz cuando pasó a su hijo el
antiguo folklore y las antiguas habilidades. Lo más importante de los alienígenas es que
son alienígenas, había dicho innumerables veces. Y con una grave carcajada, solía
añadir: Has de estar preparado para que te sorprendan.
El hecho más terrible de todos era que los Merodeadores mataban sólo como función
secundaria. Incluso los Lanceros, aquellos engendros perversos que tiraban flechas, los
de los ojos pequeños cuyo trabajo era proteger las fábricas, sólo atacaban a los humanos
cuando se acercaban a una de ellas.
Únicamente la Calamidad contradecía esta regla. Tal vez era congruente que su padre
hubiera caído al mismo tiempo que la Ciudadela Bishop, ya que aquello había
representado el final de una era. Killeen no había visto morir a su padre, sólo había
recibido unas palabras inconexas por el sistema de comunicaciones, mientras él mismo
salía huyendo con Toby. Después se enteró de la lista de los que se habían ido. Así,
todos los detalles, que tal vez era preferible no conocer, se habían mezclado con muchos
otros asuntos, dejando medio ocultos los hechos insondables.
Aprovechando el aire fresco de la mañana, recogieron las pertenencias de los muertos.
Killeen encontró una mochila de burbuja construida con algún material mec reluciente que
no había visto antes. Le ahorraba muchos kilos en el peso que debía llevar y se la
apoyaba con comodidad sobre la cintura, las caderas y los hombros. Cada uno de los
muertos cedió su alimento concentrado y las cantimploras, el más útil de todos sus
legados.
Killeen se puso en pie y se comió un taco de goma dura que había pertenecido al
Anciano Robert. Vio que Cermo se ajustaba un equipo de compresores para botas,
fabricado con carboaluminio. Para ello estaba acoplando el metal mec a las embocaduras
de sus muy desgastadas botas. Otros llevaban unos improvisados amortiguadores de
choque para las caderas y cascos de doble protección; Killeen sabía muy bien que al
cabo de una semana irían abandonando todo aquel exceso de equipo a medida que se
fueran convenciendo de que era demasiado pesado o engorroso. Killeen prefería
transportar comida y bebida, y olvidarse de los pesos extras. Ya se había roto dos veces
las costillas por no llevar una coraza protectora.
Mientras los demás se dedicaban a dar martillazos y a ajustar piezas, Killeen
descansaba, usando como almohada su chaqueta de red, y miraba con gesto burlón a
algunos que se agenciaban unas esteras blandas para dormir. Tuvo que impedir que Toby
cargara con una batería de cocina. Era un objeto pequeño y maravilloso, delicadamente
forjado a partir de un metal flexible por algún hábil artesano; cuando se conectaba daba
una llama azul. Pero también representaba un peso suplementario para el muchacho y,
por otra parte, Killeen no tenía la menor idea de dónde podría encontrar combustible para
que funcionara. De todas maneras, era muy raro que consumieran alimentos cocidos.
Sospechaba que los Merodeadores podían oler los humos desde cualquier punto de
Nieveclara.
Los miembros de las Familias se fueron reuniendo a medida que se acercaba el
mediodía. Ledroff y Fornax consultaron a sus Aspectos y discutieron sobre la ruta que
debían seguir. Killeen no quiso entrar en la discusión. Jocelyn apoyaba invariablemente
las propuestas de Ledroff; eso y otras pequeñas señales indicaban que, en el mejor de los
supuestos, su relación con Killeen se había enfriado. Killeen se encogió de hombros al
pensar en ello, aunque lo cierto era que en el fondo le dolía.
Las Familias estaban apáticas, las mareas emocionales del día anterior las habían
dejado pensativas y lentas. Él mismo se notaba afectado por aquel estado de ánimo. Se
mezclaba con su resaca, consecuencia de un frasco pequeño y transparente de licor de
frutas que había encontrado en el cadáver de Hedda, una mujer de los Rook. Lo había
compartido con tres Rook y con Shibo. Bastaba un trago de aquella sedosa y ambarina
bebida, que tenía mucha garra, para notar el efecto. No había bebido mucho, pero estaba
avergonzado por haber vuelto al alcohol. Un dolor de cabeza, cada vez más intenso, se
extendía por su frente y se le introducía en los ojos. Aquello le recordó las dificultades que
había notado para ver a larga distancia, y fue en busca de Angelique.
Pareció que ella se alegraba de que le pidiese ayuda y preparó el instrumental. Killeen
siempre había preferido que se trabajara sobre él cuando el ruido de la actividad cotidiana
se iba acentuando. Se relajó, abandonándose a la parte dulce de la humanidad, a la
implícita promesa del ritual diario.
Estaba sentado, quieto como una estatua, cuando se dio cuenta de una mujer que
estaba cerca de él. Angelique estaba trabajando en el visor de larga distancia que llevaba
él en la nuca. No podía girar la cabeza porque la tenía firmemente sujeta, pero podía
volver un poco los ojos. La mujer permanecía inmóvil y rígida. Enfocó los ojos hacia un
punto más lejano. Hasta un movimiento tan ligero como éste hizo que Angelique gruñera y
soltara unas maldiciones en honor a Killeen. Era la última de los Bishop que sabía algo
sobre los visores de larga distancia. Le hizo unos cuantos ajustes en la nuca, cerró de
golpe la tapadera de metalcarne y le hurgó con fuerza en las costillas con la herramienta
de fibra. Killeen soltó un grito. Angelique dijo fríamente:
—Era sólo para comprobar tus reflejos. Me parece que están bien.
—¡Y un cuerno!
—La próxima vez te quedarás sentado y quieto. —Angelique sonrió y se fue, mientras
la luz de Dénix se reflejaba en sus cromadas perneras.
Killeen se dio masaje en el cuello y probó sus ojos tomando un primer plano de la mujer
que estaba cerca de él. Era una Rook joven y musculosa. Su pelo negro se le
arremolinaba en las sienes como si fuera una tempestad de ébano, de la que salían unas
crestas irregulares disparadas hacia arriba. Cambió el enfoque y comprobó que eran unos
puntos azulnegros rodeados de venillas de color carmesí. Estaba sentada, rígida, inmóvil,
con la cabeza caída hacia un lado, como si estuviera escuchando a alguien que no veía.
Y así era. Movía los labios rápidamente, sin emitir sonido alguno, mientras trataba de
poner voz al torrente de lenguaje de los Aspectos que discurría sin control por su interior.
Hacía mucho tiempo que Killeen no había visto a alguien tan profundamente poseído.
Quizá desde la retirada tras el indiscutible desastre de los Manantiales de la Gran Alicia.
La mujer tenía los labios llenos de baba. Su mano izquierda empezó a saltar. Al cabo de
unos instantes, una contracción espasmódica cerca de su ojo derecho pareció sintonizar
con los movimientos de la mano.
Killeen envió una llamada a Fornax. Por su cargo, estaba obligado a cuidar de los
suyos. Toby se acercó andando lentamente; llegaba ya cargado con la mochila y se
quedó mirando a la mujer.
—¡Vaya, un payaso! —dijo.
—Nunca hables así de estas personas —le recriminó Killeen, observando con atención
a la mujer.
—Se está muriendo.
—Se pondrá bien.
—Pues no lo parece.
—Lo normal es que se recupere.
—Yo no espero nada parecido.
—Los Aspectos mueren si su anfitrión muere, ya lo sabes. Tienen derecho a estar
asustados.
—¿Qué están haciendo?
—Cuando se atemorizan, empiezan a hablar todos a la vez.
Killeen se sentía raro al tener que excusarse por los Aspectos de otra persona.
Toby le miraba con la descarada fascinación de los jóvenes.
—¿No puede desconectarlos?
—No, si todos están activados a la vez.
—¿Por qué los ojos se le giran hacia arriba?
Era cierto, tenía los ojos en blanco. Además, había retraído los labios en un rictus que
mostraba unos dientes amarillentos.
—¡Maldición! ¿Dónde está Fornax?
Killeen tocó el rostro de la mujer. Lo notó hinchado, esponjoso.
—Fíjate en sus manos. —Toby ignoraba lo que era estar preocupado.
Killeen miró a su alrededor. Fornax no aparecía por ninguna parte, pero algunos Rook
los estaban observando.
—Se han apoderado de una gran parte de su aparato sensorial. Viven por medio de él.
—¿Pueden vernos?
Killeen vaciló. No quería que Toby pensara en cosas como aquéllas, y menos después
de todo lo que acababa de suceder. Pero, de todas maneras, el muchacho se haría
preguntas, puesto que ya lo había visto.
—Sí, pueden vernos. Cuando los Aspectos se ponen así, derriban los filtros de
protección. Dejan que todo les inunde. Intentan captar cualquier sensación del mundo,
mientras pueden.
—Caray…
—Pero si abusan demasiado…
La mujer se puso en pie de repente. Empezó a bailar frenéticamente, soltando coces y
levantando mucho los pies. Sus brazos salían disparados azotando el aire en arcos
inverosímiles. Levantaba al aire pies y manos al mismo tiempo, formando unos extraños
arcos y ritmos. Se estrelló contra el suelo. Las piernas siguieron dando sacudidas y siguió
bailando. Soltaba unas salvajes patadas contra el polvo y las piedras. Con un verdadero
esfuerzo, se lanzó hacia arriba, pateando todavía como un salvaje. Retorcía todo el
cuerpo en un absurdo tempo acelerado que daba el contrapunto a cada movimiento de
brazos y piernas. Estaba completamente bañada en sudor, pero su cara seguía impasible.
Parpadeaba sin parar, como si interrumpiese estroboscópicamente su visión, y tenía los
ojos cada vez más vueltos hacia arriba. Abrió la boca. Emitió una canción gutural, grave.
Las notas se convirtieron en un quejido cuando el vigor de la danza se acentuó,
levantando una nube de polvo.
Toby se echó hacia atrás, sorprendido, las comisuras de su boca se inclinaron hacia
abajo a causa del miedo y de la consternación. Killeen le empujó todavía más hacia atrás,
y saltó sobre la espalda de la mujer. Ella se retorció, sin abandonar su loca danza.. Se
lanzó hacia él con las manos abiertas. Con el pie derecho golpeó a Killeen en la rodilla
dándole una tremenda coz que formaba parte de aquella frenética danza sincopada, y le
hizo caer de bruces. Él miró a su alrededor. La Familia acudía corriendo, pero no pudo ver
a Fornax. La mujer se mantenía en pie gracias al impulso de su taconeo. Empezó a dar
saltos cada vez más altos, utilizando las botas para efectuar unas enormes y exageradas
piruetas. De pronto, soltó un alarido con una voz aguda de soprano.
Killeen se lanzó de nuevo sobre ella. En aquella ocasión pudo cogerla cuando se
preparaba para dar otro desmesurado salto. Consiguió abrir una pequeña elevación
capilar que tenía en el hombro. Le hizo una llave de cadera, apoyándose con todo su
peso sobre ella para inmovilizarla.
El alveolo capilar era una característica de todos los humanos de aquella época. Había
sido incluido directamente en el ADN humano para proporcionar un acceso rápido al
cerebro. Para poder utilizarlo se requería un instrumental muy específico. Para abrirlo
eran imprescindibles unos ajustes muy delicados. Era el acceso más difícil al cuerpo
humano.
Killeen clavó un dedo en el alveolo capilar. Ella gritó, se dobló y quedó sin sentido.
Toby le ayudó a tenderla suavemente sobre el suelo. Killeen cerró la tapa del alveolo,
estaba presionando con el pulgar la tapadera para que encajara en su sitio cuando la voz
de Fornax bramó desde arriba.
—¡No toques eso! ¿No sabes que…? ¡Si es Ann! ¡Una de los nuestros!
—Sí —contestó Killeen, poniéndose en pie—. No lo abriré.
—Tú… Si ya has hecho saltar la tapa.
Fornax estaba horrorizado, sus pálidos labios se retraían por encima de la encrespada
barba.
—No tenía alternativa. Sus Aspectos la dominaban.
—Deberías haber…
—…dejado que se lesionara ella misma, que tuviera un tirón muscular, o que se le
saltara una junta. Claro.
Fornax se encolerizó.
—¡Este es un asunto de la Familia Rook!
Killeen vio que Fornax iba a transformar el suceso en un asunto de principios, y en
aquel momento calibró a aquel hombre.
—Es cierto. Y presento mis excusas.
—¡Has osado poner tu dedo…!
—Por lo general, esto les detiene.
—¡Podrías haberle causado lesiones cerebrales! —Todavía estaba furioso y era
incapaz de dar por terminado el incidente a pesar de que Killeen le había presentado
excusas. Pero mientras en los ojos se leía todavía una severa mirada de reproche, los
labios fruncidos indicaban una momentánea reflexión interior. Killeen vio que aquel
hombre dejaba correr libremente las emociones hasta que la razón se hacía cargo del
asunto y les ponía freno. No era una buena actitud para un Capitán. Por lo menos Killeen
alcanzaba a saber esto.
—Sus Aspectos la habían dominado. Dejemos que sean ellos los que se ocupen de
arreglar el problema mental —dijo Killeen.
—Bien, ahora, yo…
Toby saltó de pronto.
—Tú no estabas aquí. ¡Había que hacer algo!
Killeen le acarició el hombro, complacido, pero no quería que Fornax pensase que el
muchacho era un deslenguado.
—En este asunto deciden los Rook —le advirtió Killeen.
—Pero esto… —insistió Toby.
Una larga pausa cargada de tensión flotó entre los dos hombres.
—Agradezco tu ayuda —dijo Fornax con malhumor, dándose cuenta por fin de que
había mucha gente mirando—. A los dos. —Inclinó la cabeza en dirección al muchacho.
Killeen se tocó la frente en señal de respeto. Fornax había efectuado un buen y
oportuno cambio de parecer, demostrando el autocontrol que la gente espera en un
Capitán. Decidió que Fornax no era malo del todo. La marcha que iban a emprender sería
una manera más sutil de juzgarle con precisión. A pesar de todo, pensaba que tanto
Ledroff como Fornax aprenderían y crecerían hasta llegar a ser los Capitanes que las
Familias necesitaban con tanto desespero. Ninguno de los dos llegaría a valer lo que el
dedo pulgar izquierdo de Fanny, pero, ¿quién podría valerlo?
Viajaron a marchas forzadas durante dos días. A campo abierto, en la llanura abrasada
por el sol, su única posibilidad de estar seguros se basaba en la rapidez. Ledroff y Fornax
mantenían a las Familias separadas entre sí, en forma de dos cuñas triangulares, con tres
exploradores en cabeza, cuatro en los flancos y tres en la retaguardia. Los Merodeadores
tenían fama de atacar desde el flanco posterior y de aprovechar, con frecuencia, la
protección de una línea de montañas que acabasen de cruzar los exploradores de
retaguardia.
Se dirigieron hacia el interior, al centro aparente del Salpicado. Contaban solamente
con un tosco sistema de orientación, y nadie sabía la verdadera edad de aquel Salpicado.
A medida que iban avanzando a saltos por los valles en pendiente, sus esperanzas se
hacían más factibles. Las zarzas cedían su puesto a los arbustos de hoja ancha. Los
resecos brezos iban desapareciendo. Unos manojos de color tostado brotaban entre las
sombras. Los lechos de los ríos mostraban terreno húmedo sólo con sacar una palada de
tierra.
A mediodía de la segunda jornada, las Familias empezaron a mezclarse con
prevención. Intercambiaban ánimos e información acerca de rutas que resultaran más
cómodas para los agotados veteranos. Killeen llegó a descubrir una lenta fusión entre
ellas. Tal vez las bases genéticas e históricas que separaban a las Familias tendrían que
perder fuerza frente a la creciente necesidad y al número de bajas entre sus miembros.
Pero aquello sólo era un detalle, comparado con su omnipresente problema, del que
hablaban muy pocas veces: la urgencia de encontrar un refugio.
Eran gentes que se habían formado en las Ciudadelas, donde disponían de las
comodidades de un refugio fijo. Sólo los osados, los valientes y los jóvenes salían de las
Ciudadelas para capturar o robar en la civilización mec. Ahora todos los miembros de la
Familia debían vivir como nómadas. Únicamente hallaban albergue en los Comederos, y
en las pocas Casas que quedaban. Se aferraban a la esperanza de encontrar un lugar de
descanso definitivo, algo permanente en un mundo que se tambaleaba.
Killeen daba vueltas distraídamente a todo esto, contento de tener Capitanes que se
enfrentaran a aquellos problemas. Percibió la presencia de Arthur que se desbordaba en
el interior de su mente y recibió su fría e irónica voz:
Supongo que ya sabrás que la humanidad empezó siendo nómada.
—¿Antes de que existieran las Ciudadelas?
Mucho antes que eso, desde luego. Seguramente debes recordar que ya te lo he
explicado antes.
—¡Maldita sea, no puedo acordarme de todo! Tú hablas más que respiras.
Ya te he dicho que no tengo los mapas adecuados de este Salpicado. Es reciente. Pero
estoy contrariado por el penoso episodio de hace dos días, cuando te despertaste. Todos
estamos preocupados, aunque supongo que para ti aquello sucedió en el peor de los
momentos, y del peor modo posible.
—Sólo has de mantenerte en tu lugar. No te enrolles. Voy a necesitar toda mi agudeza
mental.
Déjame añadir, solamente, que la vida nómada se adapta genéticamente a los
humanos. La civilización es un invento relativamente reciente.
—¿Te refieres a la civilización mec?
No. A nuestra civilización. No a las formas sencillas de las Ciudadelas. Me refiero a la
sociedad original humana. ¡Era enorme, gloriosa! Nuestros antepasados construyeron la
nave que nos trajo hasta aquí en un viaje de incomprensible duración. Vinieron para
establecer contacto con las voces que oían por la radio. Ellos…
—¿Quiénes?
La voz de Arthur lo explicó de mala gana:
Bien. Aparentemente las transmisiones procedían de unos comunicados no autorizados
de un grupo de disidentes de la civilización mec. Pero, entérate, hablaban en un código
difícil, un código que podía haberse interpretado mal. Aquellos Capitanes originales
vinieron para encontrar lo que les prometía el mensaje: una biblioteca de todos los
conocimientos galácticos. ¡Piensa en ello! ¿Quién podía saber lo que representaba
aquella riqueza, la recopilación de todos los escritos, de todas las imágenes y de todas las
canciones? La nave del Capitán alcanzaba velocidades casi lumínicas. A pesar de esto,
su viaje necesitó más de setenta mil años. Tamaño sacrificio…
—¿Vinieron para aprender de los mecs? —Esto resultaba tan incomprensible para
Killeen como el aprender de una piedra o del aire. Los mecs simplemente estaban, eran
una de las fuerzas de la naturaleza con la que quedaba descartado mantener un
intercambio.
La aguda llamada de Shibo llegó hasta él.
—¡Empolvador!
Procedía del otro extremo de aquel valle estrecho y pedregoso. Le sobresaltó y le hizo
salir del ensueño en que se hallaba inmerso mientras andaba.
Al instante, las Familias se dejaron caer al suelo y buscaron refugio. Sobre una meseta
lejana flotaba un objeto con cuatro alas que relucía como si fuera de cobre bruñido bajo la
intensa radiación azul del Comilón, que ya se ponía. Killeen pensó que tenía un aspecto
ligero y perezoso. Hacía algún tiempo que no veía ninguno, pero aquél no parecía
perseguir un objetivo determinado.
La voz entrecortada de Shibo demostró que ella había llegado a la misma conclusión
que él.
—El Empolvador está vacío. Sólo mira.
—¿Supones que va de regreso? ¿Inspecciona el terreno?
Killeen miraba con los ojos entornados hacia aquel objeto delgado y puntiagudo. No
había señales del pálido polvo blanco que por lo general soltaba en forma de delgada y
certera columna.
—Pues nos ha visto.
—No sé si nos habrá visto. Está bastante lejos.
—No tira polvo. Está mirando.
Las Familias se quedaron haciéndose los muertos durante mucho tiempo, mientras el
aparato descendía y se deslizaba describiendo unas elegantes curvas. Killeen admiraba
sus movimientos esperando, en silencio y sin pensar, que se marchara de una vez. Hacía
mucho tiempo que todos ellos habían aprendido a dejar pasar los mecs sin plantarles
cara, a no ser que contaran con todas las probabilidades a su favor. Contra los
Empolvadores, nunca existía la menor ventaja.
Cuando el Empolvador desapareció tras el horizonte, iniciaron una rápida carrera a
saltos en dirección contraria. Killeen ordenó a Toby que se acercara a él, mientras vigilaba
el flanco derecho con mucha mayor frecuencia que antes. Los Merodeadores nunca
operaban con los Empolvadores, por lo menos hasta donde llegaban sus conocimientos;
pero desde lo del Mantis, Killeen esperaba cualquier cosa, nada le hubiera sorprendido.
Por esto oyó el ruido de agonía metálica antes que los demás. Las ondas llegaron a su
aparato sensorial en forma de una nota alta y superficial que desapareció enseguida.
Killeen avisó a los demás y determinó el ángulo de recepción. Se dirigía hacia un arroyo
próximo a ellos, cubierto por completo de arbustos.
Killeen se deslizó entre unos zarzales de espinas fuertes y delgadas y descubrió la
fuente de aquel débil grito emitido en microondas. Un Batidor estaba absorto en su
trabajo.
El artefacto se había apoderado de toda una escuadra de peones de aleaciones. Al
parecer, los peones intentaban montar una planta procesadora cerca de una veta de
mineral. El Batidor los estaba devorando, su vientre ya estaba en funcionamiento. Killeen
percibía las sacudidas en tono de bajo profundo que originaba cuando los fundía para
transformarlos en lingotes más manejables. El Batidor emitió un ruido de tripas mientras
digería, sus costillas cerámicas se contraían con pedos y quejidos a medida que obligaba
a los peones a entrar en sus entrañas.
Allí cerca, dos cascos humeaban todavía. Eran los encargados mecs que habían
estado al frente de los peones. Eliminados aquéllos, los peones sólo podían lanzar
llamadas de socorro a las distantes ciudades. Allí, en aquel Salpicado, el transporte del
Batidor llegaría para llevarse el botín mucho antes de que pudieran recibir ayuda.
Killeen indicó a los demás que no avanzaran.
Los Batidores no eran peligrosos cuando estaban ocupados en sus tareas principales.
Algunos Merodeadores, como los Ojeadores y los Rastreadores, aprovechaban las
basuras. Eran fáciles de evitar si se era ágil y se usaban exploradores. Otros eran los
agentes de los incesantes conflictos entre las diferentes ciudades mecs. Los
Recolectores, los Batidores y los Tramperos habían aparecido mucho antes de la época
del padre de Killeen, al parecer como respuesta a la inevitable escasez de materias
primas.
Los Batidores eran unas máquinas alargadas y traicioneras que se desplazaban
enroscando y desenroscando sus anillos. Buscaban a mecs de bajo nivel de las ciudades
rivales y los desmantelaban para hacerse con las piezas de repuesto o, sencillamente,
con los metales de que estaban compuestos. En la piel, articulada y resbaladiza,
albergaban unos largos crisoles tubulares para fundir metales.
Killeen y su padre habían dado con uno de ellos, hacía ya mucho tiempo. Estaba
comiéndose a un mec menor. La Ciudadela, por aquellas fechas, necesitaba repuestos de
gran tamaño, el tipo de piezas que los Merodeadores tenían en abundancia. Su grupo
había esperado a que el Batidor estuviera completamente hinchado, yaciendo sobre el
suelo como un tubo atiborrado de aluminio troceado que empezaba a excretar lingotes de
metal. Habían aprovechado aquel momento en que era tan vulnerable para destriparlo
con rapidez, arrancándole las partes integrantes y friendo la mente principal. Además,
prepararon una emboscada a los transportes de mineral del Batidor cuando éstos llegaron
allí como respuesta a la llamada.
Aquél había sido uno de los mejores ratos pasados con su padre. Ellos dos, solos, en
busca de un botín por los flancos de aquella banda de recogedores de chatarra. Killeen
había disparado sobre un Rastreador que transportaba alimentos comestibles para sus
componentes orgánicos. Los dos habían celebrado un festín, hartándose a reventar con
aquella sustancia pegajosa.
En total, habían estado ausentes seis días, y al regresar en la mañana del séptimo se
habían enterado de que la madre de Killeen había fallecido durante su ausencia. No
hubiesen podido hacer nada. Se había contagiado una de las epidemias que todavía
quedaban del tiempo en que los mecs habían intentado eliminar a la humanidad por
medio de virus obtenidos por ingeniería biológica. Las epidemias aparecían muy de vez
en cuando, principalmente porque la bioesfera era demasiado débil para soportarlas
mucho tiempo. Pero incluso las viejas epidemias que quedaban en estado latente en
algún arroyo podían sufrir alguna mutación y volver a infectarles. Su muerte había
provocado que Killeen y su padre estuvieran mucho más unidos durante los pocos años
que transcurrieron hasta que llegó la Calamidad.
Observando al repleto Batidor, Killeen sintió un antiguo impulso en su interior. Su visión
quedó circunscrita a un halo rojo alrededor de aquella cosa hinchada, de una fealdad
insoportable. Las señales que recibía de la Familia se amortiguaron, el mundo del aparato
sensorial quedó lejos. Unos repentinos rayos pasaron ante sus ojos dejando un profundo
rastro azul. Parecía como si algo le empujara hacia adelante; se balanceaba sobre los
pies, preparado para avanzar con rabia ciega para llevar la desolación y la destrucción a
aquel distraído y mortalmente feo Batidor.
Entonces sintió una mano en el brazo y Shibo murmuró:
—No te muevas.
—Yo, tengo que…
—Vete de aquí.
—He de matar a todos estos condenados…
—Vete ahora.
—Yo… espera…
La mano reposaba fría pero fuerte sobre su brazo. Comprobó que su crispación
empezaba a desvanecerse. Observó que los demás estaban atrás, junto al arroyo, y se
dio cuenta de que estaban sorprendidos de que se hubiera aventurado tan lejos.
—No hace falta. Los transportes del Batidor van a llegar muy pronto.
—Yo…
—La única manera de vencer a los Merodeadores, es aprender de ellos.
—Pero…
—No debes arriesgarte tú mismo. Acuérdate de Toby.
—Yo… Sí, tienes razón.
Dejaron al Merodeador con su comida.
3
Avanzaban con rapidez, espoleados por los contactos visuales con el Empolvador y el
Batidor. La vegetación, que poco a poco se iba haciendo más espesa a su alrededor, les
había parecido, antes de aquellos encuentros, una callada promesa de paz verde. Sólo al
dejar muy atrás a los mecs recuperaron aquella impresión.
Los miembros de las Familias comentaban en voz baja la suave humedad del aire, la
hierba de color esmeralda pálido, las retorcidas y oscuras parras, las enredaderas que
brotaban de las grietas y las pequeñas charcas resguardadas. El hecho de haber
encontrado a un Batidor que realizaba su trabajo había sido un golpe para su sueño
secreto y les empujaba todavía más lejos, hacia el centro del Salpicado.
Killeen no sentía aquella necesidad de seguir huyendo. Los Merodeadores le
enfurecían, pero ya no le asustaban. Para él eran una amenaza constante, odiosa pero
natural.
Incluso en los primeros momentos en que vio el Batidor, no pensó que hubiera algo
malo en aquella escena sin protagonista posible. Aquellos peones, que mientras eran
devorados lloraban clamando por su lejano protector, no dejaban de ser para él enemigos
tan antiguos como el mismo Batidor que los estaba destruyendo. Y aunque una rabia
ciega se había apoderado de él y habían salido a flote sus recuerdos, se dio cuenta de
que los trenes orugas del Batidor no funcionaban correctamente porque algunos arbustos
se le habían quedado enredados entre los eslabones. A los mecs les resultaba difícil
desplazarse por aquellos terrenos llenos de vegetación. Esto representaba una ligera
ventaja. Era otra manera de que los Salpicados hicieran revivir aquel mundo que había
sido verde.
Ledroff les pidió que cantaran. Por el sistema sensorial comunal llegaba con fuerza una
antigua marcha de la Familia, compuesta en un pasado remoto por algún maestro
andariego. Killeen dejó que el rítmico espíritu de la música se apoderara de él. La canción
de la Familia empezó a brotar por su garganta.
Aquélla era su herencia favorita, mucho mejor que la de los Aspectos, con toda su
verborrea incansable y altanera que podía durar varias vidas consecutivas. Aquella forma
del arte melódico le gustaba de manera especial por la sucesión de movimientos
progresivos, el arte de Mozart era maravilloso y absorbente. ¿Cuántas generaciones de la
Familia había que retroceder para llegar al tiempo en que había vivido el compositor? Tal
vez aquel hombre había sido su tátara-tátara-abuelo. A Killeen le habría gustado poder
afirmar que les unía un parentesco próximo. Arthur intentó endosarle alguna antigua
tradición, pero Killeen estaba tan absorto con los ritmos musicales que no le prestó
atención.
Mientras daba saltos al ritmo de la canción y de la música, advirtió que la Familia
avanzaba con mayor rapidez. Ledroff había hecho intervenir los ritmos acentuados para
conseguir que se alejaran más aprisa del Batidor, para amortiguar los miedos. Había
funcionado bien.
—¡Empolvador! —gritó alguien.
La música se interrumpió al instante.
A Killeen le pilló a mitad de un salto. Planeó durante un breve momento, cayó con
estrépito al suelo y rodó hasta ir a parar a un riachuelo seco. Olió por todas las ondas
largas.
—No recibo olor de mec.
Localizó a Toby y después oyó cómo las Familias buscaban refugio. Las madres y
padres Rook llamaban a sus hijos con gritos lastimeros e histéricos. El aparato sensorial
comunal estaba al borde del pánico.
Shibo transmitió:
—Identificación incorrecta. Mirad.
Puso el horizonte en un primer plano, y al principio no podía creer lo que veían sus
ojos. ¿Tal vez Angelique le había estropeado el visor de largo alcance? Aquellos objetos
volantes parecían estar muy lejos, pero notaba su olor muy próximo…
Shibo habló tranquila y claramente:
—Pájaros.
Atónitas, las Familias se pusieron en pie. Se sacudieron el polvo y admiraron en el cielo
el revoloteo de aquella nube viva. Centenares de puntitos se precipitaban sobre los
arbustos y piaban.
Durante un largo intervalo, nadie dijo nada. Después, unos gritos de entusiasmo
viajaron por el sistema de comunicaciones. Algunos de los más jóvenes nunca habían
visto un ser que volara y que no fuera de metal. Creían que sólo los mecs eran los amos
del aire, sobre todo porque sus emisiones manchaban de un gris lechoso el cielo del alba.
Toby se adelantó corriendo y empezó a gritar:
—¡Hey, vosotros! ¡Hey!
Aquellos diminutos portadores de vida orgánica, en vez de recibirle con gozo como a
un miembro de su mismo reino, salieron disparados hacia arriba, como una nube huidiza y
asustada. Toby parpadeó, sorprendido.
Killeen rió.
—Has de tratarlos con más delicadeza.
Toby frunció el ceño.
—¿Acaso no les gustamos?
—La vida ya nace asustada.
—¿Asustada de la misma vida?
—Sobre todo de ella.
—Los mecs no nos tienen miedo.
—Los mecs tienen miedo de ellos mismos. ¿Te acuerdas de aquellos peones que hace
poco lanzaban desesperadas llamadas de socorro?
Toby asintió y dijo con mucha decisión:
—Los mecs también tienen miedo de nosotros.
Killeen obsequió a su hijo con una triste sonrisa, plenamente consciente de los motivos
del muchacho para hacer valer sus méritos con una declaración tan abiertamente falsa.
—Tal vez —contestó suavemente.
—Seguro que sí. —Toby acariciaba el bruñido acero de la pistola de disco que llevaba
en la cintura, tocando con dulzura aquel pequeño emblema de poder.
—Los peones y los encargados lanzan llamadas desesperadas de socorro cuando nos
ven, pero lo hacen porque nos confunden con unos mecs enemigos.
La boca de Toby se retorció en una mueca de evidente alegría.
—¡No es verdad!
—Lo es.
—Nosotros andamos sobre dos piernas. Los mecs se desplazan sobre bandas.
—¿Y qué?
—Los mecs tienen que distinguirlo.
—Nuestros equipos están hechos con metal mec. Los peones sólo distinguen esto.
—No es así; en absoluto —insistió Toby con franqueza.
Para poner fin a aquella pequeña ofensa a su concepto del género humano, dio un
salto con sus potentes botas para llegar a su posición habitual de viaje. Killeen lo observó
mientras se alejaba, era una delgada figura que se desplazaba a saltos con ligereza y con
verdadera gracia por encima de barrancos y malezas.
Toby necesitaba sentir que la humanidad luchaba al menos en igualdad de condiciones
con los mecs, que había posibilidades de perder o ganar en su interminable huida. Era
una manera de aceptar y olvidar la matanza del día anterior. Killeen no deseaba mentirle,
pero no quería tener que explicarle de forma abierta aquello que el muchacho iba
descubriendo poco a poco: los humanos tenían tan poca importancia que los peones ni
siquiera estaban programados para reaccionar frente a ellos. Sólo los Merodeadores
tenían órdenes explícitas con respecto a los humanos, y aquellas órdenes eran
simplemente las de exterminarlos. Lo más probable era que el terrible Mantis no
desempeñara un papel decisivo en la cultura mec.
Hasta el mismo Killeen necesitaba superar el desastre de la matanza. No podía
pasarse aquellas largas horas arreglándose el cabello y mirando pensativo al espacio, al
igual que hacían otros, como Jocelyn, formando arabescos de pelo que se desharían en
cuanto se pusiera el casco. Aquello nunca había sido una solución para él.
Killeen notaba el aturdimiento de la tristeza y del dolor como una tremenda, negra y
embotada presión interior que era indefinida e insoslayable. En muy raras ocasiones
hablaba de aquellos obstáculos interiores que percibía de forma confusa. Tiempo atrás,
Jocelyn había intentado que él dejara aflorar sus sentimientos y se desahogara hablando;
pero sólo había conseguido que él se sintiera incómodo y estúpido, al advertir que su
lengua era torpe, correosa y traicionera.
Decidió que debía eliminar las frustraciones como en tantas ocasiones anteriores.
Llamó a Ledroff:
—Voy a situarme al extremo más alejado del flanco izquierdo.
—Enterado y conforme —contestó Ledroff con evidente alivio.
Durante toda la mañana, el Capitán había sido blanco de todas las críticas y gimoteos.
Al dolor por la matanza había que añadir la incomodidad de los pies cansados y los
músculos fatigados, y con todo ello se podía guisar una amarga sopa de descontento.
Jocelyn se había hecho cargo del flanco izquierdo durante todo el día, y necesitaba que
alguien la relevara.
Allí, la tierra era lisa y joven, como si los elementos contundentes se hubieran
contentado con mancharla en vez de levantarla. Las colinas estaban dispuestas en
desordenados grupos allí donde se acababan las enormes cordilleras. Killeen corrió a
grandes saltos hasta donde alcanzaba el sistema sensorial de las Familias. Desde aquella
distancia descubrió que atravesaban unas ondulaciones regulares del terreno. Aquellas
subidas y bajadas se desviaban ligeramente en línea curva de los triángulos humanos que
avanzaban. Killeen torció el gesto ante aquel enigma.
Notó un tímido cosquilleo, que atribuyó a Arthur.
Considerando que estamos en un Salpicado, esto no ha de sorprendernos.
Killeen captó el ligero reproche del Aspecto por no haberlo consultado por propia
iniciativa. Estaba listo si esperaba obligarle a pedírselo. Esperó unos momentos y Arthur
no dijo nada más.
Killeen hizo entrar en plena actividad al Rostro de Bud.
1. Los Salpicados crean ondas de choque.
2. Se extienden a partir del centro.
3. Comprimen las rocas.
4. Dejan unas alineaciones montañosas.
5. Estas alineaciones se curvan alrededor del centro.
6. Es fácil de ver.
Antes de que Killeen pudiera contestar, Arthur escupió con acritud.
Ésta es una de las hipótesis, es cierto, y se considera la más probable. Aventuraría que
estas alineaciones de montañas sé han formado por una serie de ondas de choque
reflejadas. Recuerda que los Empolvadores pusieron aquí esta tundra mucho tiempo
atrás. Bajo ella se encuentra el hielo glacial de Nieveclara, que los Empolvadores han
aislado de la biosfera consiguiendo con ello dejarnos en un ambiente muy seco. Las
ondas de choque causaron una momentánea fusión de aquellos lechos de hielo. Esto
causó unos movimientos orogénicos que dieron lugar a las montañas. Cuando…
1. Es demasiado complicado.
2. Sólo has de seguir las curvas.
3. Deben volverse más verdes.
Killeen empujó a Bud y a Arthur lo bastante lejos como para que su inacabable
discusión le llegara sólo como un débil y quejumbroso murmullo. Las botas le hicieron
saltar sobre la siguiente cumbre y sintió crecer en él un sentimiento de libertad y aventura.
Había comprendido parte de la discusión, lo suficiente como para sentirse interesado. El
verdor era más intenso cerca de las cumbres, como si el hielo se encontrara allí más
cerca de la superficie y en un día caluroso se fundiera lo suficiente para alimentar a las
raíces más profundas.
Aquello era casi todo lo que podía recordar del penoso trabajo agrícola de los días de
su infancia. En la Ciudadela, al igual que su padre, había preferido el vagabundeo y el
pillaje. Pero a pesar de ello, se le había quedado pegado el arte de regar las cosechas
con hielo fundido y en aquel momento tenía la creciente impresión de encontrarse en un
refugio definitivo.
Aterrizó junto a una retorcida bola de chaparral para ocuparse de sus necesidades
fisiológicas. Aquello requería algunos preparativos. Tuvo que quitarse los tirantes del
pecho, el cinturón-almacén y los refuerzos para viajar a saltos. En esta posición quedaba
más vulnerable, pero siempre prefería aliviarse en la intimidad. Ponerse una vez al día en
cuclillas representaba para él una satisfacción que procedía en primer lugar de estar a
solas y momentáneamente separado de la Familia. En segundo término quedaba la
abstracta satisfacción de ayudar a la vida verde por medio de sus excrementos, que no
servían para otra cosa. En tercer y último lugar, en la desolación de Nieveclara, aquel acto
proporcionaba un alivio a su sudoroso cuerpo, a sus apretones y burbujeos interiores,
procesos a los que dedicaba más pensamientos que a sus ritmos cibernéticos o a sus
circuitos sensoriales y de defensa. En un mundo tan duro (aunque jamás lo hubiera
admitido), aquél era un sencillo y elocuente placer.
Se relajó para concentrarse en las sensaciones elementales, al igual que lo hacía
cuando se echaba en los húmedos brazos del alcohol a la menor ocasión. Cuando estaba
agachado, aliviando su cuerpo, le sorprendió de pronto un ratoncillo que se había atrevido
a salir por entre una maraña de parras y le miraba fijamente. Aquél era el primer animal
que veía Killeen desde hacía muchos años. Parpadeó, sorprendido. El ratón miró desde
abajo a aquel hombre-montaña y soltó un chillido. No parecía asustado, más bien en
cierta manera intrigado.
—¿Sabes lo que soy?
Unos ojos húmedos lo estudiaron con cautela.
—¡Soy como tú! ¿Lo ves?
Unas pequeñas garras se alzaron, dispuestas a correr.
—Los dos cagamos, estamos empatados.
La nariz se retorció con escepticismo.
—¿Ves? También soy de carne. No soy un mec.
Aquella cosita peluda parecía fascinada por el tamaño de Killeen. Lo husmeó,
emitiendo un ruidito. Se estudiaban mutuamente a través de un abismo inabarcable.
Al fin, acabó lo que estaba haciendo y se puso en pie.
—Oídme, he encontrado un ratón —transmitió por el sistema de comunicaciones
general. Aquella noticia provocó gritos de alegría. Cuando Killeen saltó por encima de la
ladera hacia el interior, el ratón todavía le estaba observando, con sus ojillos brillantes y
limpios.
Aquella noche acamparon entre dos colinas cercanas. Ledroff asignó a Killeen el
servicio de guardia de medianoche, a pesar de que aquélla era la tercera noche
consecutiva que lo hacía. Ledroff se estaba convirtiendo en un buen Capitán, pero se
apoyaba en Killeen con más dureza que en los demás.
Shibo hizo parte de la guardia con él. Seguía decidida a mantener un mínimo de
conversación, para que sus sensores pudieran captar la menor señal. A Killeen
simplemente le gustaba su compañía. El cielo aparecía cargado de nubes, pero las
estrellas lucían algunas veces.
Shibo tenía asignada la siguiente guardia y ambos debían dar juntos una vuelta
alrededor del campamento para que Killeen le fuera señalando cualquier pequeño indicio
que hubiera descubierto en la llanura envuelta en las sombras. Resultaba agradable
andar al lado de ella; aunque el tiempo transcurría sin que se dijeran nada, estaban en
comunión mediante sus enlaces sensoriales. Era mejor que estar acostado inerte,
descansando en el campamento, cuando los problemas espantaban el sueño.
—¿Todo tranquilo?
—Sí —contestó él.
La ancha sonrisa de ella rompió la oscuridad con un creciente destello.
—¿Cansado?
—No. Podría demoler una montaña a patadas.
—¡Ummmm! —murmuró, fingiendo admiración.
—¿Has dormido bien?
—El suelo es demasiado duro.
—Coge algunos arbustos y hazte un colchón.
—Es mejor un colchón humano.
Sus ojos relucientes captaron el leve resplandor del disco del Comilón, y él comprendió
que le estaba tomando el pelo.
—¿Hombre o mujer?
—De hombre, es mejor.
—No es cierto. De mujer es mejor. Tiene más grasa.
—¿Grasa? No lo creas.
—Tú tienes más que yo.
—No soy una cochina tragona.
—Eres de la clase de cochinos que me gustan. En el punto justo.
—No creerás que voy a estarme quieta debajo de ti.
Aquélla no sólo era la frase más larga que le había oído pronunciar, sino también la
más interesante.
—No esperaría que te quedaras quieta.
—Bueno. —Otra vez apareció la sonrisa blanca.
A él no se le ocurría qué decir. Los sensores de ambos, que siempre funcionaban
estroboscópica-mente, les invadieron de forma sutil, proporcionándoles una minuciosa
información de sus respectivos mundos. Pero en el caso de Killeen, se sintonizaban con
la sexualidad, las burlas y las ironías; las miradas de reojo se fueron haciendo cada vez
más espaciadas bajo la luz del edredón estrellado que engalanaba la medianoche, y se
convirtieron en algo infructuoso que ya no tenía un objetivo determinado. Killeen lo
lamentaba y se devanaba los sesos para encontrar la manera de decírselo a ella. En
aquel instante un animal saltó desde un arbusto cercano y estuvieron ocupados durante
algún tiempo en calcular su paralaje y asegurarse de que no se trataba de otra cosa.
Después de aquello, la magia se había esfumado y él no sabía cómo volver al punto
inicial. Al parecer, últimamente las oportunidades se le escapaban de las manos; era
como si el mundo pasara por delante de él demasiado aprisa como para poder atraparlo.
Cuando bordeaban una llanura agrietada, Killeen percibió un ruido de trinquete, frío y
seco.
—¿Qué es eso? —Había intentado sacarle una o dos palabras a Shibo. Se detuvo de
pronto, con la cabeza inclinada hacia un lado.
—Cánticos —respondió Shibo.
—¿Otras Familias? —preguntó Killeen esperanzado.
Durante muchos años los Bishop habían creído que estaban solos. Ahora ya se atrevía
a imaginar una repetición del milagro. Toby dedicaba todos los momentos que le
quedaban libres a sus nuevos amigos, y deseaba tener más.
—Es extraño.
—No son cánticos —declaró Killeen después de un momento—. Es una especie de…
—No son acústicos.
—Parecen como unas voces muy lejanas —aventuró Killeen—. Salen de una boca
metálica.
Analizaron en todas direcciones, recorrieron visualmente arriba y abajo todo el
espectro, con todos los sentidos amplificados al máximo. Pero nada.
—No percibo ningún mec —confirmó Shibo.
—¿Qué está diciendo?
—No es la primera vez que lo oigo. Es magnético.
—¿Qué? —Killeen se pasó al ultravioleta y captó una débil radiación.
Notó que se le erizaba el vello de la nuca.
Algo flotaba en la noche.
Pero era algo que no estaba hecho de materia.
Estaba alerta por si se acercaba alguna figura por aquel terreno ligeramente ondulado,
pero no había prestado atención al aire. Entonces descubrió por encima de ellos unos
velos de gasa luminiscente que se ondulaban. Desde un punto situado en lo alto, caía un
rocío de rayos de luz blancoazulada que se entretejían. Forzó todavía más su visión,
bendiciendo la habilidad experta de Angelique.
Los rayos formaban una inmensa y confusa red. Se extendía angularmente a través del
cielo, estrechándose y convergiendo hacia el sur. Killeen mandó una pregunta silenciosa
a Arthur.
Lo que estás viendo son las líneas dipolares del campo magnético de Nieveclara. Varía
inversamente al cubo de la distancia al polo sur, que queda por debajo del horizonte,
detrás de aquella cima. Esta forma local, sin embargo, es anormal. No alcanzo a
comprender, pero cabe suponer que…
—¡Contesta! —dijo Shibo con una nota de urgencia.
Ella oyó algo que él no captó. Killeen dudó. Después de todo, aquella cosa podría ser
una operación de los mecs.
Escuchó con toda atención. En cuanto acalló la voz cantarina y suave de Arthur, a
duras penas recogió un ligero rasgueo.
Me detengo, entro y empiezo a emitir. ¡Escuchadme! ¡Ahora!
Killeen lanzó una mirada interrogante a Shibo, cuya tersa cara estaba absorta.
—¿De dónde vienes? —preguntó Killeen por el aparato sensorial. Con mucho esfuerzo
logró que su voz se convirtiera en una mezcla de lenguaje acústico y eléctrico. Apretó la
garganta como cuando un hombre intenta imitar a una rana. El resultado, transmitido y
filtrado por una serie de chips incrustados en su cuerpo, envió unas señales
electromagnéticas que se propagaban en ondas por el aire.
Hubo un momento de silencio, agitado por el viento. Y luego:
Las tormentas aúllan en el lugar donde estoy. Vosotros no sois más que unos vagos
susurros. Habláis demasiado deprisa.
—Repito: ¿de dónde vienes?
De nuevo, una espera interminable.
Giro alrededor del Comilón.
—Igual que nosotros —exclamó Killeen, exasperado.
Por encima de él descubrió unas parpadeantes gotas anaranjadas que descendían a lo
largo de los rayos azules. La voz de Arthur resonaba en su mente, explicándole que
aquello eran partículas que caían hacia el polo, golpeaban contra la atmósfera y
producían unos celajes de aurora.
Aquellos puntos trazadores le indicaron la enormidad del efecto. Aquella cosa-voz de la
aurora dio forma a las líneas de fuerza y las convirtió en un cono magnético que
descendía a partir de un punto que quedaba muy por encima de ellos. Una red, como una
tienda de campaña, se extendía en abanico simétricamente en todos los lados. Killeen vio
que él y Shibo estaban en el centro que marcaba en el suelo. Estaba claro que aquello no
era un efecto accidental: aquella cosa intentaba hablarles a ellos en concreto.
Soy lento. Me canso cuando me dilato hasta tan lejos. Quiero ponerme en contacto con
un ser que se llama Killeen.
Killeen parpadeó con tanta sorpresa que su visión se pasó al infrarrojo chillón.
—¿Qué…? ¡Soy yo!
Durante los largos segundos de silencio que siguieron, le pareció oír algunas débiles y
temblorosas voces que silbaban por las líneas de campo. Como si quisieran escapar de
una inmensa presencia.
Tengo un mensaje para ti. Atiende.
De forma imperceptible, el tono resonante cambió y pasó a recitar.
No intentes construir una Ciudadela. Sigue viajando. Pregunta por el Argo.
—¿Qué? ¿Qué es el Argo?
Yo sólo transmito este mensaje. No comprendo su contenido.
—¿De dónde procede?
De mucho más lejos. Hacia el Comilón.
—¿Quién lo envía?
No sé qué ser lo manda.
—¿Qué eres tú, entonces? —preguntó Shibo directamente.
Una concreción de flujo magnético. Un simple traje, dicen algunos, con que vestir el
plasma. Nado en la luz que depende del cobre, al lado de la boca que no conoce fin.
Estoy atrapado en las multipolares líneas de campo, envuelto elásticamente alrededor del
disco cada vez mayor del Comilón.
Killeen tartamudeó, intrigado:
—¿Cómo diablos has conseguido llegar hasta allí?
Antes, yo era algo distinto. No sé qué era. Tal vez un Aspecto. Ahora soy un toroide de
plasma y campo, con una unción sagrada, que gira.
—¿Por qué —preguntó Killeen.
Susurros, zumbidos.
¿Por qué no? ¿Qué otra cosa vale más la pena que esto? Te digo, pequeño Killeen: ni
el mármol ni los dorados monumentos de los príncipes van a vivir más que yo.
Aquel lenguaje fantástico hizo que se perdiera inmediatamente.
—¿Qué?
Inmortal. Eso soy. Según ellos.
—¿Ellos? —preguntó Shibo.
Los constructores de este lugar, este castillo ligero que vuela a merced de vientos
turbulentos por encima del reluciente y dilatado disco de creciente calor.
Para acompañar esta terrible parrafada, unas gloriosas manchas de color frío
iluminaron las líneas de campo que se curvaban con elegancia. Killeen se preguntaba qué
distancia habían atravesado aquellas puñaladas de fosforescencia. Si aquella cosa que le
hablaba estaba en el Comilón, que vivía en el cielo más lejano…
—¿Estás en el disco del Comilón?
Tengo los pies enredados en él, sí. Mi cabeza roza las estrellas.
Se quedaron en silencio, aturdidos.
—¿Eran humanos? —se atrevió a decir Shibo al fin.
A lo largo de las guirnaldas del tenue campo, florecían los colores amarillos, desde el
oro viejo al anaranjado, como si aquel ser estuviera demostrándoles sus recursos, o
rebuscara en sus extensos y polvorientos archivos de memoria magnética.
De nuevo he de decir que no lo sé. Yo era alguna forma de ser, mortal, a punto de
ahogarme en los pantanos de la entropía. Hace mucho tiempo. Algo que está dentro de
mí grita su nostalgia por las eras fósiles del remoto pasado.
Killeen luchaba con sentimientos contradictorios. Había algo horrible en un ser tan
grotesca-mente grande. Pero le hablaba con un tono crispado que, por su intenso
zumbido, le recordaba los cables bajo tensión. En ciertos aspectos, era humano. Y
además traía un mensaje para él.
—¿Qué es un Argo?
Espera un momento a que recoja una parte distante de mí… sí, aquí está. No es
exactamente Argo, sino Argos, sí. ¿Será más de un Argo? Mi fase de memoria me
recuerda que Argos fue «una de las primeras rivales de Esparta». Ahora ya lo sabes.
—¿Qué diablos es Esparta?
Una ciudad.
—¿Dónde? —intervino Shibo.
Las líneas de campo trazaron unas ondulaciones. Unos puntos de color carmesí
salieron disparados hacia abajo desde ellas.
No tengo datos. Este fichero está terriblemente anticuado. ¡Y este lenguaje que usas!
Es basto, grosero, la manera más tonta de guardar significados en retículas lineales,
como cajas.
Shibo dijo:
—Para nosotros es suficiente.
No lo dudo. Para ser justo, mientras repaso vuestro vocabulario observo que tenéis
algunas palabras extrañamente ingeniosas, hasta llegan a ser admirables. Gilipollas.
Sibilante. Interconexo. ¡Vaya palabras! Tienen gracia, aunque están al borde del absurdo.
Pero Argos no tiene gracia ni contenido. Bueno, ya basta. Sólo he venido a traer el
mensaje, cumpliendo con mi deber, y ahora me voy.
—¡Espera! —gritó Killeen.
Unos resplandores salpicados de manchas se retiraron a lo largo de las líneas de
fuerza con una velocidad creciente.
A medida que iban desapareciendo, reaparecían las acostumbradas fibras magnéticas
planetarias en forma de cola de milano, alineándose insistentemente hacia el polo sur.
Esperaron durante largo rato, pero el ser no regresó. Killeen comentó el suceso
mientras concluían su ronda; Shibo, según su costumbre, sólo le contestaba con
monosílabos. Todo aquel episodio resultaba incomprensible. Pero al menos el mensaje
era fácil de entender.
Nadie albergaba esperanzas de construir una nueva Ciudadela. El seguir su viaje era
una necesidad, y no una posibilidad.
—¿Qué carajo será un Argos? —preguntaba Killeen, exasperado, a Shibo.
—Pregúntalo al Aspecto.
Arthur se introdujo allí, sin esperar un momento.
Sospecho que se trata de un error de transmisión. Argos fue una ciudad de la Grecia
clásica, en la Tierra. Desempeñó un papel en la intelectualidad primitiva…
Killeen cortó el pesado divagar del Aspecto y siguió andando al lado de Shibo. Fuera lo
que fuera lo que el ser-campo había querido decir, ahora no tenía importancia, porque se
veía claramente que el mensaje era antiguo y ya no tenía objeto.
Killeen decidió seguir como hasta entonces y no preocuparse por el almacén de datos
polvorientos y de pesada historia con que los Aspectos le estaban atosigando sin cesar.
Muchos de los Aspectos más antiguos daban cada vez menos información a medida
que envejecían. Una especie de senilidad se iba apoderando de ellos. Las molestas voces
de insectos podían recordar una reunión que había tenido lugar trescientos años antes,
pero eran muy vagos cuando se les preguntaba sobre los distintivos de los mecs que
habían visto la semana pasada.
Y los refinamientos que recordaban desde las Arcologías —opulentas, con salas de
baile tan grandes como colinas, con mesas adosadas repletas de dulces manjares, trajes
translúcidos pero sin embargo tibios— llenaban a Killeen de una envidia rencorosa y
avergonzada.
Los Aspectos más antiguos eran los peores, le machacaban con unas glorias
imposibles.
Otros miembros de la Familia tenían la misma impresión.
Jocelyn apenas si podía soportar el tener que llamar a los suyos, que eran de los más
viejos y le mandaban imágenes de una riqueza que ella sabía falseada, no le cabía la
menor duda.
Algunas imágenes del ser magnético rebotaban en la mente de Killeen y se mezclaban
con el débil discurso de los Aspectos. Sacudió la cabeza para despejarse.
Si prestaba demasiada atención a los Aspectos, le robarían las asperezas del mundo y
el endurecimiento que ellas proporcionaban.
Dejó a Shibo y regresó al campamento, permitiéndose disfrutar de la apabullante
riqueza del Salpicado. Nunca se cansaba de hacerlo. Tan verde, pensó. Tan verde, verde,
verde.
4
Viajaban inmersos en una impresión de verdor y complacencia. Las ondulaciones del
terreno daban a sus pasos un ritmo sensual. Cosas pequeñas y chillonas se escapaban
de debajo de sus pies. La riqueza verde y la dulzura del aire les proporcionaban sosiego.
Durante toda una jornada no habían atisbado señales de vida mec. Era como si el mundo
seco y frío en que los mecs habían convertido Nieveclara se hubiera desvanecido. Desde
unas profundidades dormidas mucho tiempo atrás, rezumaba una antigua riqueza
húmeda.
Ledroff y Fornax habían caído en la rutina de discutir en cada parada de descanso.
Mantenían su perpetua discusión dentro de los límites del Clan pero no podían reprimir su
marcada y mutua antipatía. Hasta la velocidad de la marcha se ponía a juicio, se daba por
resuelta y se volvía a discutir.
Ledroff insistía en que se tomaran precauciones. Fornax quería alcanzar cuanto antes
el centro del Salpicado, sosteniendo que debía de ser muy rico y estar repleto de
alimentos naturales. Fornax seguía llevando a los Rook mucho más avanzados de lo que
se había acordado para viajar en formación bifurcada.
Ledroff lanzaba maldiciones a Fornax a través del sistema de comunicaciones, y en
una ocasión hasta llegó a estrellar el casco contra el suelo en un ataque de rabia.. Puesto
que los cascos eran el elemento más complicado y nadie tenía piezas de recambio para la
mayoría de los chips de que estaba compuesto, aquel acto resultó, a la vez, sorprendente
y de una impresionante locura.
Viajaban guiándose por los astros. Hacía mucho tiempo que las dos Familias habían
perdido todos los instrumentos de orientación global. Dénix les acababa de ofrecer un
ocaso. La noche quedaba suavizada por el Comilón, que atravesaba el cielo como una
guadaña de corte ancho y daba una media luz plateada y triste. Entonces, las dos
Familias se detuvieron para descansar. Con frecuencia, aquello era en lo único en que se
ponían de acuerdo.
Killeen quiso evitar la disputa de aquella tarde y se marchó a patrullar por los flancos.
Se llevó a Toby con él. Anduvieron en silencio, para dejar que sus sistemas sensoriales
captaran hasta el acariciante susurro de las colinas y de los retorcidos y bajos árboles. Allí
costaba más percibir el débil estremecimiento de los movimientos lejanos de los mecs, o
advertir su aceitoso olor. La vida interfería emitiendo una sinfonía de gorjeos y
movimientos rápidos.
—¿Papá? —Toby tenía la garganta irritada después de haber andado a saltos durante
todo el día.
—¿Has oído algo?
—No, nada. Estaba pensando.
—¿Sobre qué?
—Aquella mujer de hace dos días.
—¿La que se estaba volviendo loca por culpa de sus Aspectos?
—Ésa, sí.
Killeen había esperado que Toby le hablara de aquel episodio.
—Muchos no son tan malos.
—¿Se pondrá bien?
—Lo más seguro; ahora ya puede andar. Sus Aspectos todavía están algo asustados.
Quieren vivir.
—¿Bailando a lo loco, como bailaba ella? ¿Esto es vivir?
Toby se detuvo y se volvió hacia su padre. Se quedaron de pie con los músculos
distendidos, se quitaron las protecciones y el equipo de marcha y permanecieron sólo con
los trajes de saltar. Un sector del ancho disco del Comilón asomaba por el horizonte,
salpicando la cara de Toby con sombras azuladas que dificultaban a Killeen estudiar
aquel rostro. La boca del muchacho se torcía hacia un lado, como si guardara palabras
amargas.
—Ella lleva, tal vez, una docena de Aspectos —explicó Killeen—. Cada uno de ellos
intenta dirigir las cosas. Ellos… —Respiró hondo, luchando por conseguir explicar una
sensación que estaba más allá de las palabras. De quejumbrosas voces de ratón. De
unas manos pequeñas que apretaban. De un picor situado detrás de los ojos—. Los
recibes tan deprisa que no puedes distinguir tus propios pensamientos de lo que ellos te
dicen.
—Eso me parece… bien.
—Es terrible.
Toby seguía con la boca cerrada, apretaba los labios de una manera rara.
—Sí.
Killeen extendió las manos hacia delante y confió que el ademán pareciera casual.
—Mira, ahora todas las cosas andan revueltas. Todo el mundo está a punto de saltar.
Recuerda que los Aspectos también son personas, sólo que están como encogidos, eso
es todo.
—¿Serán como éstos, los que me dominarán?
—Nadie ha dicho que vayan a dominarte. —Al decir aquella media mentira, Killeen
confiaba poder desviar el creciente enfado que percibía detrás de aquellos labios torcidos,
pero descubrió que no había servido para nada.
Las palabras salieron de la boca que se había soltado de repente, como si cada una de
ellas hubiera sido escupida con un salivazo.
—¡Malditos sean si se atreven!
—No podrán —añadió Killeen rápidamente—. Eres demasiado joven.
—No lo consentiré. Te lo aseguro.
—Nadie está hablando de eso, hijo —dijo para tranquilizarle.
—Tan pronto como estemos instalados, van a empezar con eso. Ya tengo edad
suficiente, o me falta muy poco para tenerla.
—¡Todavía no! —En aquel rápido rechazo, Killeen depositaba su esperanza oculta, su
deseo de hacer correr el tiempo hacia atrás y conservar para su hijo algún parecido con lo
que había sido su propia vida.
—Pronto.
—De todas maneras, no tenemos a nadie que pueda hacerlo. —La mujer que se
encargaba de efectuar la transferencia de los Aspectos almacenados había caído frente al
Mantis hacía unos pocos días.
—La especialista de los Rook puede hacerlo —dijo Toby con firmeza, y entonces
Killeen descubrió parte de lo que había provocado aquel suceso.
—¿Quién es?
Todo salió mezclado.
—Se llama Pamela, trabajó sobre tres de los Rook cuando estábamos acampados allí
detrás. Vi cómo lo hacía, hizo saltar la tapa para abrir la ranura del cuello y ellos se
quedaron dormidos y tiesos. Entonces ella introdujo el chip, ellos se levantaron y ya eran
diferentes, parpadeaban mirándolo todo, como si jamás hubieran visto la tierra ni el aire, y
además hablaban de una manera monótona muy divertida. Era como si ya no fueran los
mismos de antes.
Las facciones de Toby habían adquirido una expresión impaciente, inquisidora, como si
al fin hubiera soltado una pregunta guardada durante largo tiempo. Killeen se quitó el
guante de fibra entretejida y apretó el hombro de su hijo.
—Eso sucede siempre. Los Aspectos han de adaptarse. Al cabo de un día o dos,
aquellos Rook estarán bien.
Toby hizo una mueca y con los ojos llorosos dijo:
—Ellos parecían… parecían…
—Lo sé. Lo sé. —Durante un largo rato ninguno de los dos dijo nada. Ambos estaban
de pie sobre un desbastado bloque de roca oscura con pintas, sus caras quedaban medio
escondidas por las sombras cromáticas.
Killeen abrazó con fuerza los hombros de su hijo. Tenía la impresión de que la mayor
parte de sus palabras caían en saco roto porque expresaban emociones incompletas.
Estaban saliendo a flote muchos sentimientos aunque se suponía que estaban
discutiendo temas completamente distintos. En aquella ocasión, Killeen presentía que
entre ellos acechaba una amargura que no brotaba de aquellos últimos días, sino que se
había originado años atrás, durante la torturada huida por un pasillo de ruinas y
destrucciones originadas por la Calamidad. Y de todo aquello, nada se podía decir. Les
había tocado resistir y seguir hacia adelante. Además, en homenaje a la esencia de la
humanidad, no debían olvidar.
Tosió y se aclaró la aspereza de la garganta. Antes de que aquel momento se perdiera
convirtiéndose en una lasitud desagradable y cansada, dijo:
—Los Aspectos son la única manera que tenemos de conservar un número suficiente
de aptitudes y habilidades. De no ser así…
—Ya lo sé. Pero lo que quiero decir es que yo…
Killeen abrazó a su hijo para que el muchacho no tuviera que luchar para seguir
hablando. Ambos eran conscientes de los sentimientos de Toby y sabían que ninguno de
los dos podía hacer nada al respecto. Toby estaba creciendo deprisa, a pesar de la
continua huida.
Pronto alguien se daría cuenta, y el Capitán tendría que justificar ante toda la Familia
por qué Toby no llevaba ningún Aspecto. Había muchos Aspectos disponibles,
almacenados en chips que Ledroff acarreaba con dificultad en la cadera derecha. Cada
uno de ellos podía dar a toda la Familia acceso a información o habilidades que tal vez
necesitarían con urgencia en determinado momento. Y teniendo en cuenta que la mujer
Rook estaba disponible, la inserción sería bastante fácil de realizar.
Killeen hubiese querido prometer a Toby que les detendría, que retrasaría la colocación
de un Aspecto en el muchacho. Pero ambos sabían que deberían acatar la decisión del
Capitán.
—Mira, yo…
—Está bien, papá —concedió Toby con voz llorosa amortiguada por el áspero tejido
impermeable del traje de saltos de Killeen—. Ya lo sé. Ya lo sé.
Cuando completaron la primera ronda alrededor del campamento, Killeen envió al
muchacho de regreso. Toby tenía que dormir, y Killeen necesitaba pensar.
Llevar un Aspecto representaba una ayuda para la Familia, pero podía hacer flaquear
al muchacho, bombardearle con frágiles confusiones, situar sus ideas frescas entre voces
de protesta. La situación de la Familia era la peor en que se había encontrado. Habían
sobrevivido sin problemas durante unos años después de la Calamidad, descansando en
Casas y Comederos durante prolongados períodos. En el pasado, habían dispuesto de
mucho tiempo para adquirir un Aspecto y reconciliar aquellas pequeñas y dispares almas.
Pero vivían ya al límite de su resistencia. No existía un refugio seguro. Los Aspectos
percibían la creciente desesperación que reinaba entre todos ellos, la olían en los más
escondidos rincones de la mente. Si Toby debía ser poseído, y poco después se veían
obligados a avanzar a marchas forzadas, o sufrían un ataque…
Mientras hacía las siguientes rondas, Killeen tuvo que sacudir varias veces la cabeza
con furia para despejarla. Cada vez que pensaba en su situación, se imaginaba a Toby
aceptando un Aspecto. No podía permitir que aquello ocurriera. Pero mucho más fuerte
era la obligación de vivir de acuerdo con las rígidas reglas de la Familia. Comprendió que
debía encontrar un camino entre aquellas dos certidumbres inamovibles. Pero al parecer
no había manera de soslayar el destino del muchacho.
Al día siguiente, habían andado a buen paso cuando Killeen hizo su descubrimiento. Se
asomó con precaución por encima de una colina y descubrió un valle con grietas donde
una gran losa de piedra había resistido el empuje ascendente del Salpicado. Unas
pequeñas corrientes de agua corrían por allí.
Llamó a Jocelyn:
—Hay un camino fácil por la izquierda. ¡Agua a la vista! Marchad aprisa bajando la
pendiente cuando coronéis la cresta.
Se dirigió rápidamente cuesta abajo, atravesó el ondulado valle y subió por un paso
que se iba estrechando y que prometía un pasaje fácil hasta el otro lado. Bebió hasta
saciarse en una corriente de agua. Estaba fresca y tenía un sabor fuerte, le escocía en las
manos cuando las acopaba para beber en ellas. Luego, cuando la Familia apareció por
detrás de él sobre la accidentada línea de cimas, reemprendió la marcha.
Había ascendido hasta la mitad de la cuesta cuando descubrió un solitario bloque de
piedra, medio inclinado sobre el suelo. Tenía que ser una obra hecha por el hombre, ya
que los mecs pulían y cortaban sus trabajos sobre piedra con rayos láser. Se trataba de
un granito gris, moteado y basto, tenía vetas de alabastro y estaba cruzado por signos
que sin duda significaban algo. Las aristas desgastadas y los descoloridos grabados de
las letras hablaban de una gran antigüedad. Ni en la Ciudadela había visto rocas
trabajadas con tantos adornos, ni tan viejas.
Todo aquello le intrigaba y al fin aceptó la insistencia de Arthur.
Es muy antigua, te lo garantizo. ¡Muchísimo más vieja que yo! Arcaica. No es el tipo de
texto que yo hubiera escrito, a pesar de que yo era algo parecido a un escriba o a un
bardo en mi primera vida.
—Léelo.
Bueno, pero he de darle la forma y la entonación adecuadas.
Aquél,
por cuyo brazo fue inscrita la fama, cuando en batalla por los extensos países machacó
y rechazó el primer ataque. Con su pecho dividió la acometida de los enemigos, aquellos
horribles mecanismos locos que no tenían piedad para los caídos.
Aquél,
que se enfrentó en la guerra contra las siete clases de muertos-vivientes. Por su
victoria Nieveclara cayó en poder de la Humanidad.
Aquél,
de cuyo valor las brisas perfuman todavía el océano del sur.
Aquél,
por cuyo ardor fueron consumidas definitivamente las máquinas mediante un gran calor
radiante.
Él, que como un fuego ya apagado en un gran bosque no abandona hoy su tesoro,
Nieveclara.
Él, que guió a la Humanidad desde los palacios de acero que volaban por lo alto. Él,
que como si estuviera cansado, ha abandonado la vida aparente. Ahora le damos una
forma corporal en otros, para que habiendo ganado la única y suprema soberanía de este
mundo, pueda andar por él.
Nieveclara, conseguida por su brazo.
Él, que llevaba el nombre de Chandra.
Él, que expandió la Humanidad en los nombres de las Piezas.
Él, que repartió los hielos entre las Familias.
Él, que anda a tu lado como un hábil antepasado.
Él descansa aquí.
Cuando Arthur finalizó aquella larga salmodia, ya habían llegado otros miembros de la
Familia y permanecían en pie junto a Killeen. Éste había conectado a Arthur con los
sensores. Los ritmos cortos y fáciles se habían apoderado de la Familia. A pesar de que
no podían leer las palabras profundamente grabadas en la piedra, comprendían el peso
del tiempo que daba fuerza a aquel mensaje.
En silencio, uno tras otro tocaban la piedra inclinada. Delante de ella se abría una
pequeña depresión cuadrada, Killeen sospechaba que allí estaba enterrado el hombre
llamado Chandra.
Suspiró y se fue con Toby ladera arriba. No dijeron nada. De alguna forma, aquellas
frases que llegaban desde un tiempo remoto adquirían más importancia que la reciente
matanza. Si Chandra había llegado hasta allí mucho tiempo atrás y había rechazado a los
mecs, sin duda había sido un verdadero personaje.
¿Era Chandra un Aspecto? Por más que lo intentaban, Killeen no podía recordar
ningún miembro de su Familia que llevara un Aspecto con aquel nombre, o que fuera tan
poderoso. Pero si el Aspecto de Chandra vivía todavía, y Killeen pudiera albergar un
Aspecto como aquél en su interior, tal vez se convertiría en un mejor miembro de la
Familia, o en un mejor padre…
Andaba sin ver, y por eso Toby lo descubrió primero.
—Papá, ¿ves aquello? Parece un edificio mec.
En la comunicación comunal nadie lo había advertido todavía.
Todos estaban hablando de la losa de Chandra. Las palabras se intercambiaban con
rapidez, era el perpetuo fondo de charlas generalizadas que servía a la humanidad para ir
entretejiendo sus experiencias, suavizando así las asperezas del entorno.
Volvió a poner mala cara. Evitaban siempre los lugares de los mecs, y aquella mole
misteriosa que se alzaba frente a ellos…
De pronto, comprendió que no se trataba de una obra mec, sino de dos.
Una de ellas se movió. Era un Batidor.
Se dirigió hacia ellos desde el flanco derecho. El Batidor se desplazaba con
movimientos como de reptil, y sus bandas motoras rechinaban bajo su peso. Killeen podía
oír cómo las costillas cerámicas restallaban a causa del esfuerzo.
La Familia ya estaba corriendo, cuando el Batidor determinó el ángulo de ataque. No
podrían llegar a la entrada del cañón que estaba a sus espaldas. Y los cauces secos que
había por allí casi no ofrecían protección.
—¡Corred hacia la derecha! —gritó Ledroff. La Familia se dirigió hacia allí, ya que al
instante todos habían adivinado las intenciones del Capitán. El edificio mec podía
proporcionarles algún resguardo.
Disponían de muy poco tiempo. Tres mujeres Rook se adelantaron con las botas a la
máxima velocidad, y luego dieron la vuelta, se tendieron en el suelo y empezaron a
disparar para retrasar al enemigo.
Killeen se sumó a ellas sin frenar su velocidad, disparando con un ángulo raro. De nada
servía disparar con precisión; sus proyectiles podían dar y rebotar en el inexorable
Batidor, pero no le detendrían. No todos podrían salvarse.
—¡Toby! ¡Más aprisa! —gritó, a pesar de saber que los gritos no servían de nada. Pero
así al menos podría dar salida al pánico que le paralizaba.
Era el Batidor que ya habían visto antes, estaba seguro. Debía de haber vomitado lo
que estaba a medio comer para poder perseguirles. Hasta entonces, un Batidor nunca se
había mostrado tan agresivo como para seguirles la pista.
Una figura corría más despacio que las demás, aunque con el mismo desespero: la
Vieja Mary. Durante los últimos días no se había encontrado bien. Ya se había rezagado.
Killeen oyó cómo sus pesados jadeos se convertían en ahogo.
Se volvió. La anciana luchaba intentando subir una cuesta y Killeen disparó por encima
de ella, directamente a la boca del Batidor, que estaba al azul vivo. Aquel artefacto
apenas se enteró de que le habían volado las antenas y las lentes visuales de su
obstinada cara.
Atrapó a la Vieja Mary. Con sus brazos y su boca de apertura rápida se la tragó como
si nada. Aquello no retrasó en lo más mínimo su empuje hacia adelante.
—¡Mary! —gritó Killeen con rabia y frustración. Sabía que el Batidor descubriría
después de ingerirla que no era toda de metal, que no era un mec. La probó, comprendió
que era indigerible y la escupió.
Killeen no tenía tiempo para los reproches. Dio la vuelta rápidamente y huyó, dándose
cuenta de que ya era él quien estaba en mayor peligro. No cabía duda de que el Batidor
les veía como una bandada de seres indefensos cubiertos de metal y que les consideraba
unas fuentes gratuitas de mineral. Puesto que no llevaban los códigos de «no-me-comas»
de la ciudad de aquel Batidor, significaban una caza legal.
Killeen se dedicó únicamente a correr. El Batidor llegó retorciéndose y deslizándose por
un cauce de río que estaba lleno de hierbas.
Un hueco shuuuung cortó el aire por encima de su cabeza. Era un estrepitoso sonido
que mezclaba los retumbos infrasónicos que llegaban hasta sus pies con los crujidos
electromagnéticos que aumentaban de frecuencia hasta hacerle rechinar los dientes.
El Batidor trataba de confundirle, revolviéndole los sensores. Agachó la cabeza,
aunque de poco le valió, y desconectó todos sus receptores sensitivos. Exceptuando su
visión, que saltaba rápidamente de un sitio a otro, se quedó sin sentir ni oír nada.
Toby, que iba por delante de él, tropezó. Killeen le agarró por el hombro y la cadera y le
hizo remontar un banco de arena.
Otro shuuuuung levantó unos apagados ecos en su mente que había quedado aislada.
Era tan potente que pilló desprevenido a Toby, quien cayó desplomado. Quedó doblado,
haciendo esfuerzos para poder respirar. Con un movimiento rápido, Killeen se cargó el
peso de Toby sobre la espalda.
El Batidor, que ya estaba mucho más cerca, mandó un febril chispazo neural que se
transmitió en zigzag por la pierna de Killeen. Sus músculos saltaron, chillaron y se
quedaron tan inertes como si fueran de piedra.
Killeen cayó hacia delante. El edificio mec apareció ante su vista. Era alto, imponente,
mucho más alto que las habituales construcciones mecs.
No iba a poder llegar.
Se tambaleó.
—¡Killeen! —gritó alguien.
La arena se deslizó por debajo de sus botas y el cielo empezó a bailar.
Echó mano a su arma. El Batidor caería sobre él al cabo de un instante. Si pudiese
dispararle con seguridad y rapidez muchas veces…
Luego, el mundo se precipitó sobre él. Un ruido estrepitoso. Los crujidos que emitía el
Batidor sonaban huecos y disminuían.
Alguien le daba golpes en la espalda.
El peso de Toby se le escurrió de los hombros.
Su aparato sensorial estaba inundado de ruidos dispersos, se había conectado gracias
a alguna señal que lo liberó.
Killeen se volvió para enfrentarse con el Batidor. Sólo pudo ver la parte posterior,
donde se alojaban unos enormes cilindros grises en funcionamiento. Se retiraba. Cermo
el Lento gritaba:
—… si no hubieras cerrado el receptor auditivo, le habrías oído berrear. Se volvía loco.
—¿Por qué? ¿Por qué se ha detenido?
—Aquella cosita de allí.
Una diminuta pirámide asomaba a través de la plataforma de piedra arenisca sobre la
que se hallaban. Killeen había pasado por su lado sin fijarse en ella.
Parpadeó al contemplar aquella obra tan bien construida.
—¿Cómo?
—No lo sé. Debe de haber dado órdenes al Batidor.
A Killeen le habían descrito objetos como aquél, pero nunca los había visto. El
monumento de cuatro lados, de superficies cromadas, tenía unos dibujos muy recargados
que al parecer habían ordenado al Batidor que no se acercara más.
La Familia le gritaba con júbilo. Toby estaba bien. Shibo sonreía. Considerando el
miedo que habían pasado, su alegría se podía permitir, a pesar de la pérdida de la Vieja
Mary.
Unos rostros exhaustos pero exuberantes aparecieron ante su vista. Le acompañaron
hasta el gran edificio de los mecs.
Algunos amigos le llevaban bebidas. Los chiquillos le aplaudían con entusiasmo.
Los mecs no podían ignorar la orden de no acercarse a un edificio determinado. Pero
los humanos sí podían violarla. Entraron impunemente en los terrenos de aquella enorme
construcción. El ver una espaciosa plaza tan llana les causaba extrañeza después de
haber recorrido tanto terreno accidentado.
Killeen frunció el ceño, preocupado. ¿Qué hacía que aquel lugar pareciera tan
diferente?
Por lo general, no se preocupaba de las construcciones mecs; aparte, desde luego, de
lo que pudiera ser objeto de pillaje. Pero aquello, pensó, le había salvado la vida.
Era ancho y alto. Y su forma era imposible.
Encima de una plataforma de mármol descansaba lo que al principio Killeen había
confundido con un espejismo. Sólo los mecs creaban imágenes irreales: estaba en
guardia. Pero cuando le dio una patada a aquello, le respondió un reconfortante sonido de
objeto macizo.
Era imponente, construido con placas de piedra marfil, pero parecía flotar en el aire.
Unas curvas de gran pureza se levantaban en unos ángulos tan preciosos como
inevitables. Las paredes de placas blancas surgían hacia arriba como ignorando la
gravedad. Luego se abultaban formando una cúpula que parecía elevarse y crecer cada
vez con mayor ligereza y transparencia a medida que aquella forma redondeada se
remontaba. Finalmente, a una altura muy por encima de las Familias que estaban allí
reunidas, aquel monumento en piedra se arqueaba hacia dentro hasta quedar reducido a
un saliente puntiagudo que hendía el cielo en un afilado extremo de puñal.
Los arabescos de piedra delgada como una telaraña, de un blanco deslumbrante,
interesaban a Killeen menos que los dibujos. Nunca había visto nada tan hermoso.
A su alrededor había un torbellino de celebraciones. El hecho de que la Familia se
hubiera salvado sin necesidad de librar una batalla era algo que justificaba su exaltación.
Cermo el Lento sacó el licor de frutas, fuerte y áspero, que igual servía como fluido ritual
que como una moneda valiosa entre las Familias.
Ledroff y Fornax dudaban al principio, pero luego decidieron dejar que prosiguiera la
celebración. Sólo era mediodía, pero las Familias habían estado sujetas a una fuerte
tensión. Un Capitán sabio ha de dejar que las tensiones acumuladas se disipen.
Killeen observó a los dos Capitanes mientras con las cabezas inclinadas y juntas
llegaban a esta decisión. No le gustaba, pero se resignó.
Unas voces roncas se elevaron en un cántico. Las manos se tendían hacia él. Dos
mujeres Rook le hacían señas, con inequívocas intenciones. Sus pieles lisas, de un
moreno subido a causa del doble sol, no podían hacer juego con la palidez espectral de
las piedras que les rodeaban. Los Rook, a pesar de cuanto habían sufrido, no habían
desconectado sus impulsos sexuales. Killeen murmuró unas palabras de agradecimiento,
les acarició las relucientes cabelleras y se fue. Advirtió que Shibo no estaba cerca.
Exploraba, ignorando las voces que resonaban en sus sensores. En los extremos de la
extensa plataforma cuadrada de mármol se levantaban esbeltas torres. Killeen anduvo
entre ellas, admirando su solemne y silencioso descuello. Se erguían, como unos
centinelas, en las esquinas del monumento, guardianes frente a cualquier fuerza brutal
que el mundo pudiera enviar contra él.
Observó que todas las torres se inclinaban hacia fuera, formando un ángulo muy
pequeño. Algo le explicó el motivo de aquello. Cuando al fin las torres se derrumbaran,
caerían hacia el exterior. Su desaparición no causaría daños al enorme y ligero edificio
construido en el centro.
Detrás de la última pared de mármol había una sencilla placa totalmente negra. Parecía
un ojo oscuro que mirara hacia una tierra inhóspita. Grabadas encima de ella podía ver
unas letras: NW.
Cuando Killeen se aproximó a la placa, ésta soltó destellos. Un resplandor de color rubí
empañó momentáneamente la superficie, y hasta su mente llegó una tranquila y cantarina
voz que hablaba de glorias pasadas y de nombres con resonancias desconocidas.
Killeen percibía aquellas palabras como unas cuñas cristalinas y frías que tenían un
significado. Se quedó boquiabierto cuando vio que las entendía.
Aquello, por increíble que pudiera parecer, no era una obra de los mecs.
Por el contrario, era el fruto del tiempo y de la mano de los humanos.
Pero a pesar de todo, los mecs la habían dejado incólume.
Killeen se quedó escuchando durante un rato. No comprendía nada, aparte del hecho
singular de que los hombres y las mujeres, en tiempos pasados, habían construido cosas
tan bellas y estructuradas como las de los mecs. Muchísimo más bellas que las
Ciudadelas. Y las habían hecho tan bien que incluso las mismas máquinas las respetaban
y les rendían tributo. Mareado, con los ojos abiertos pero sin poder ver, no oyó a Cermo el
Lento hasta que éste le cogió por el hombro.
—¡Vamos! ¡Mereces dar el primer golpe!
—¿Qué…?
—Para derribar una de éstas.
—Una de…
—¡Ha llegado la hora de la gran demolición! ¡Grande! ¡Hay que celebrarlo!
Algunos miembros de la Familia ya hacían garabatos en la base de una de las esbeltas
torres. Cermo el Lento empujó a Killeen hacia ellos. Ya no les interesaba el pillaje de las
factorías de los mecs pero aquel lugar tan raro era algo diferente.
—No lo comprendéis —dijo Killeen—. Este sitio no es un edificio de los mecs.
Cermo se rió con disimulo.
—¿No dirás que es una montaña, verdad?
—Es una obra de los humanos.
Cermo soltó una carcajada.
—¡Sí, la hicieron los humanos! Hay en ella una voz que…
—Oye voces —gritó Cermo a los demás—. El Batidor le debe de haber transtornado.
Unos estridentes gritos de burla le contestaron.
—La Humanidad construyó todo esto. Por eso resulta tan hermoso.
—Esto no es más que cosa de los mecs —declaró Cermo, acercándose a la base de la
torre.
—¡No! Hace mucho tiempo, alguien, hombres y mujeres como nosotros, erigieron esta
obra. Miradla, no tenéis más que mirarla.
Todos los demás estaban de parte de Cermo, sonreían con satisfacción y gritaban sin
reparar en nada más, dispuestos a hacer lo que los hombres y las mujeres hacían
siempre que encontraban una obra mec indefensa.
—Esto es otra maldita obra de los mecs. Nada más —puntualizó Cermo con un ligero
toque de irritación—. Si tú no quieres intervenir, lo haremos nosotros solos.
Dos mujeres se rieron y entregaron a Cermo un tubo de rayos cortadores, uno que
habían arrebatado a un Especialista hacía ya algún tiempo. Cermo apretó con el pulgar un
botón y al instante empezó a sonar un zumbido.
Una febril mezcla de angustia y de ira obligó a Killeen a lanzarse contra él. Cermo se
había vuelto a medias hacia la torre y apuntaba con el rayo cortador a uno de los bloques
de piedra de color crema. La gente lanzó unos murmullos de anticipación entre los que se
podían distinguir unas agudas exclamaciones de júbilo.
Killeen le golpeó de lleno en la espalda. Cermo se tambaleó y se estrelló de cara contra
la torre. Killeen le cazó con un golpe directo a las costillas. El cortador cayó sobre el
mármol.
—¡Tú…! —dijo el sorprendido Cermo. Killeen apartó el cortador a patadas.
Cermo hizo una finta y golpeó a Killeen con un puñetazo preciso en el ojo derecho.
Killeen retrocedió, tratando de enfocar su visión.
Cermo se agachó y avanzó pesadamente. Killeen le puso la zancadilla, el hombretón
chocó contra un gran bloque de piedra y gruñó.
Killeen buscaba con la vista a Ledroff o a Fornax. Ambos estaban muy lejos y al
parecer se desentendían del asunto. Gritó hacia aquel mar de caras coléricas.
—¡No lo toquéis! Esto es nuestro. Es humano.
Una mujer chilló:
—¿Tú proteges la basura mec? Yo…
—Los humanos construyeron todo esto hace muchísimo tiempo. Gente que no era
como nosotros.
La mujer enseñó unos dientes grisáceos.
—¿Y quién lo dice? ¡Esto es obra de los mecs!
—No voy a discutir contigo. Retrocede.
Killeen les dirigió una mirada fija y fría con la cara encendida y los ojos abiertos.
Las manos se alzaban en el aire, dispuestas a sostener el peso de un arma.
El viento silbaba entre las esbeltas torres.
Y el clímax pasó. La gente se apartó arrastrando los pies, rezongando y sin mirarse
directamente unos a otros. Iban a intentar recuperar su diversión.
Killeen ayudó a Cermo a ponerse en pie y le llevó agua.
Cermo era un hombre de humor variable y ya se le había pasado el enfado. Killeen
compartió con él un poco de aguardiente. Se abrazaron. El asunto estaba saldado, a
excepción de las costillas doloridas de Cermo y del ojo amoratado de Killeen.
Se puso en pie y contempló los cirros que se deslizaban a través del cielo, enmarcados
por las torres y el encanto de la gran cúpula.
De nuevo oyó la voz antigua y hueca en su tono de cantinela. Prestó muy poca
atención cuando Ledroff y luego Fornax le comentaron algo acerca del incidente.
Toby contempló durante un rato las torres, y Killeen le explicó que eran obra del
hombre. Toby arrugó la nariz, en un infantil gesto de admiración, y pocos minutos
después ya volvía a jugar con los muchachos de los Rook.
Se lo dijo a Shibo y ella afirmó con la cabeza, pero no dijo nada. A su alrededor el
impulso de fiesta se fue consumiendo lentamente.
Los Capitanes decidieron aumentar la distancia entre ellos y el Batidor. Después de
todo, las Familias ya habían comido y podían retomar la velocidad que llevaban antes. A
pesar de los gruñidos y de las quejas, ordenaron que las Familias reemprendieran la
marcha.
Killeen sacudió la cabeza y amortiguó la voz de tiempos remotos hasta convertirla en
un suave y apagado gorjeo. A él también le hubiera gustado descansar durante algún
tiempo. Para llorar a la Vieja Mary. Para celebrar una fiesta. Para aliviar mediante los
cuentos y las celebraciones la humillación que le había causado el Batidor.
Killeen ponía mala cara mientras preparaba la mochila. Si los mecs respetaban aquel
lugar, también los humanos debían hacerlo. De aquello estaba completamente seguro.
—¡En marcha! —gritó Ledroff— ¡Abrid los flancos, vamos!
Abandonaron la plaza sin mirar hacia atrás.
Arthur estaba excitado, pero Killeen no estaba de humor para escucharle con atención.
El Aspecto no podía explicar cómo ni por qué había aparecido allí aquel monumento.
Arthur no tenía noticia de nada parecido a aquello que hubiera ocurrido en sus tiempos. Al
parecer, no tenía la menor conexión con la lápida de Chandra que se levantaba allí cerca.
Killeen redujo la excitación intrigada de Arthur. De nuevo se colocó en el ala izquierda
para la jornada que les esperaba.
Arthur iba repitiendo un nombre. Iba dándole vueltas en su mente, tratando de
descubrir su significado. No se parecía a ninguno de los idiomas que había conocido
durante toda su vida.
Al final, desistió. El término estaba perdido en el tiempo y no significaba nada, aunque
había advertido que los lentos y solemnes sonidos de la palabra Taj Mahal afloraban con
agrado a los labios.
5
A la mañana siguiente, Killeen se levantó para oír las noticias que zumbaban a través
del campamento. Durante la guardia nocturna, Shibo había descubierto un peón que les
observaba desde un monte lejano. Había disparado contra él, pero el rayo no le había
alcanzado o, lo que tal vez fuera peor, había sido desviado.
Ledroff y Fornax decidieron enviar un equipo de rastreo en pos del peón. Los dos
Capitanes se llevaron a sus respectivas Familias en ángulos divergentes.
Seis voluntarios formaban la partida. Había dos hombres de los Bishop, que todavía
estaban muy afectados por las muertes de sus familiares causadas por el Mantis. Otros
dos eran mujeres de los Rook, enjutas y angulosas. Llevaban los cabellos muy cortos y
enrollados en apretados nudos formando un dibujo y unos caracteres procedentes de
algún antiguo símbolo monumental, cuyo significado nadie conocía. Eran campeonas de
carreras, entrenadas para la caza y muy aficionadas a la persecución. Shibo, aunque no
era una campeona, propiamente dicho, tenía amistad con ellas y también se presentó
voluntaria.
Ellas se reían y bromeaban con los dos hombres, y a Killeen, que era el sexto, no le
parecían diferentes de las otras mujeres que había conocido. La Familia de los Bishop no
tenía mujeres cazadoras, aunque en ciertos aspectos Jocelyn era también una campeona.
Killeen dedujo a partir de sus conversaciones que los Rook habían mantenido siempre
una escrupulosa y equitativa distribución de los trabajos, es decir, que las mujeres y los
hombres se repartían a partes iguales la cocina y la caza, la defensa y los oficios, hasta el
transporte de carga y la especialización en las carreras. Las mujeres Rook dejaban al
descubierto, a través de su ropa impermeable gris verdosa, grandes zonas de sus
musculosos muslos y pantorrillas, pero no obstante se comportaban con una indiferencia
ligera y diáfana.
Killeen descubrió que todos estaban de acuerdo en que los peones especiales les
conducirían hasta el Mantis; y si le podían atacar por sorpresa, tendrían mucha más
ventaja que si los sorprendidos eran ellos.
Así pues, se dispusieron a tener un día largo y cansado. A pesar de que en el
transcurso de los siglos habían adquirido una constitución muy apta para la carrera,
Killeen sabía que tenía que reservar energías y controlarse. Los años empezaban a
pesarle. Los ya habituales dolores en rodillas y caderas le decían que estaba llegando al
límite de su resistencia. Unas débiles sensaciones llegaban desde sus sensores
insertados, que le transmitían su inventario micromolecular. Killeen lo recibía de forma
automática y lo tenía en cuenta, aunque no tenía ni idea de su origen.
—Toby está bien —le transmitió Shibo.
Killeen parpadeó.
—¿Tan fácil te resulta adivinar mis pensamientos? Pero tienes razón, no me gusta
dejarle atrás.
—Al parecer, el Mantis sólo ataca a los mayores.
—Eso es lo que me repito sin cesar. Supongo que vale la pena que nos expongamos
para intentar saltar por sorpresa sobre él.
—Ten confianza. Todos confiamos —le aconsejó ella, pensativa.
Desde que empezaron a correr, habían seguido las huellas del peón a lo largo de un
arroyo pantanoso. Las corrientes de agua bajaban libremente por las laderas. El hielo se
iba fundiendo por debajo y las filtraciones formaban pozos en las zonas más bajas donde
se desarrollaban, como si quisieran celebrarlo, unas amplias extensiones de verdor.
Siguieron las huellas de las bandas metálicas hasta llegar a una amplia llanura. Killeen
estaba cada vez más exasperado a medida que registraban el área. Sabía cuál era la
velocidad típica del peón y de su habilidad para desplazarse sobre el terreno. Aquellas
huellas seguían una ruta limpia e inteligente entre las masas salientes de rocas
desbastadas por el hielo y las zonas de maleza baja en los pantanos, donde las bandas
metálicas podían averiarse o trabarse. Aquel peón era más listo que los que había visto
antes. Mientras cubrían la llanura a saltos largos y de poca altura, utilizando los impulsos
de las botas, los otros también constataron lo mismo.
—Esto no sigue —transmitió una de las mujeres por el sistema de comunicación—. Las
huellas acaban aquí.
—El viento las borra —transmitió Shibo.
La tierra estaba seca y conservaba las huellas. Cuando la arcilla endurecida daba paso
a la arena, las huellas se desvanecían. Killeen pasó deprisa sobre la oscura zona
arenosa.
—No veo por dónde ha podido salir —masculló.
—¡Revisad todo el perímetro! —gritó la otra mujer Rook. Era la que inspeccionaba
aquella zona y parecía tomar como una ofensa personal cualquier retraso en su misión.
Recorrieron el borde exterior del ancho y profundo terreno aluvial. Por ninguna parte
volvían a salir las huellas de las bandas articuladas. Pero en toda aquella amplia área no
había ningún refugio donde se pudiera ocultar un peón.
—¡Búsqueda por secciones! —gritó la mujer Rook. Dividieron aquella área oblonga en
piezas menores mediante un reticulado que registraron en atenta búsqueda, mirando
debajo de cada matorral. Nada.
El Comilón y Dénix estaban ya muy bajos en el accidentado horizonte cuando se dio
por vencida. No había el menor rastro del peón.
—No me gusta nada que nos vayamos sin haberle echado la vista encima —dijo la
mujer.
—Esto no tiene el menor sentido, maldita sea —exclamó uno de los cansados hombres
Bishop, con exasperación—. ¡Si por lo menos hubiéramos visto llegar un transporte que
se lo llevara! No hay ningún sitio por donde se haya podido largar el peón…
—Por el aire, tal vez —aventuró Shibo.
—¿Peones que vuelan? —ironizó la segunda mujer Rook—. Jamás he oído nada
parecido.
—Los peones son demasiado torpes. Siempre lo han sido y siempre lo serán… —
añadió uno de los hombres Bishop.
Durante el viaje de regreso, se vieron obligados a escalar terrenos muy escarpados.
Era la primera vez que Killeen cruzaba por los pasos altos, porque la táctica de los Bishop
era viajar por los valles, evitando las alturas importantes. Los Rook parecían estar más
acostumbrados a aquello, y la mujer que encabezaba el grupo se empeñó en que tenían
que atravesar los collados si querían reunirse con las Familias antes de que anocheciera.
Durante la larga ascensión, Killeen reflexionó sobre lo que había dicho aquel hombre.
Las Familias siempre habían tenido en mente aquella expresión caprichosa y no
comprobada: siempre ha sido así, siempre lo será.
Pero de pronto todo parecía señalar en sentido opuesto. Killeen comprendió de golpe
que siempre andaban detrás de los zigzags de la civilización mec. La humanidad
necesitaba las tradiciones y rituales que mantenían unidas a las Familias, y que antaño
habían unido a los Clanes. Pero su verdadera arma residía en un cambio, y no en las
anticuadas y muchas veces ineficaces pistolas y fusiles que llevaban. O en las armas
robadas, a pesar de que eran algo mejores: los proyectores encontrados en los cuerpos
inertes de los Merodeadores, y los láseres arrancados a los buscadores de minerales
enterrados, los estúpidos Rastreadores. Tenían armamento adecuado para los problemas
cotidianos pero no para el lento transcurrir de aquella guerra inacabable, una lucha que
para uno de los bandos era desesperada y para el otro era algo meramente fortuito.
Llamó a Shibo por comunicación directa y le preguntó qué pensaba de todo aquello. La
autosufi-ciencia y el distanciamiento que había mantenido la mujer se habían suavizado
ligeramente, y Killeen había vencido en parte su timidez. Con todo, se sintió gratificado
cuando ella contestó al instante:
—Debemos aprender la técnica mec. Sin duda.
—¿Quieres decir saber rebuscar mejor?
—No, construir. —Su voz era monótona, firme.
—Partiendo de partes mec podemos construir armas mec, es cierto, pero…
—Construir armas humanas. No debemos limitarnos a copiar las de los mecs.
—La gente odia a los mecs, Shibo. No quieren aprender de ellos. De todas maneras,
tampoco podrían hacerlo.
Podía oír su empedernido murmullo a pesar de que ella se hallaba algo apartada. Se
habían dispersado para evitar emboscadas. El grupo estaba ganando tiempo al atravesar
un difícil paso alto. Nieveclara era un mundo tan joven que las montañas no tenían
todavía suelo fértil.
—Los mecs procuran deliberadamente que sus artefactos nos resulten
incomprensibles.
Aquello sorprendió a Killeen.
—¿Tú crees?
—Defienden sus técnicas para que no estén al alcance de las otras ciudades mecs. Lo
que les confunda a ellos, nos engañará igualmente a nosotros.
—Entonces, parece que no hay esperanza.
—No es cierto. La técnica humana sí está a nuestro alcance. Los de las Arcologías la
aprendieron…
Killeen no quería oír lo grande que había sido la humanidad en los viejos días. Pero
para que ella siguiera hablando, añadió:
—¿Te refieres a ese Taj Mahal que hemos visto?
—Efectivamente.
—Si los humanos pudieron construir una cosa así en aquellos tiempos…
—También hemos de poder nosotros, ahora —soltó ella sin más.
—¿Cómo funciona esta arma tuya?
—Te lo enseñaré esta noche. —Ella levantó el largo cañón tubular.— Lo dejé a esta
medida para que resultara manejable para los humanos.
—Estupendo —exclamó Killeen, impresionado.
Llegaron al campamento cuando empezaban a encender las pequeñas hogueras
resguardadas. Había matorrales combustibles en la apartada hondonada resguardada
que Fornax había encontrado para los Rook, y sobre un montículo cercano se habían
distribuido los Bishop. Habría sido rebajarse si hubieran renunciado al honor de defender
campamentos separados, sin tener en cuenta lo disminuidos que hubieran quedado los
recursos de cada Familia. Por este motivo, cada una encendió los tres fuegos de
ordenanza y los cubrió con un toldillo de tela impermeable sujeta a un marco tensor. Las
llamas eran muy visibles en el infrarrojo, pero el ancho y escalonado toldillo dispersaba la
imagen en un campo tan amplio que los sensores de los mecs no los podían captar. O al
menos eso aseguraba la tradición.
Mientras entraba en el campamento pisando fuerte, y mientras se despojaba de su
equipo, Killeen reflexionó sobre la cómoda manera en que las Familias se dormían entre
sus reblandecidos supuestos. Tenían reglas empíricas, heredadas de sus antepasados
muertos en batallas que, a la luz rápida de su propio legado, no eran más que nombres:
El Empate de Juan Brincador, La Pared de Piedra, La de La Abuela, La Sorpresa de La
Reverencia, La de Los Tres Discursos, La del Canciller. Eran unos nombres sonoros, de
los que se hablaba con reverencia al calor de las hogueras. Pero Killeen se preguntaba si
con cada uno de aquellos nombres no habrían heredado también una vulnerabilidad que
no se veía. Aquella sospecha le inquietaba, porque hasta entonces también él había
estado convencido de que la supervivencia de su Familia dependía de las tradiciones.
Comió junto con Toby, Jocelyn y Shibo. Todos ellos recogieron raíces y bayas, un
agradable complementó de la comida comprimida que llevaban con ellos desde el último
Comedero. Primero comprobaron si eran compatibles con la biología humana, y luego las
aplastaron, mezclaron y calentaron con agua del río; la papilla que obtuvieron desprendía
un aroma apetitoso. No tardaron mucho en dar cuenta de todo aquello.
Después, la Familia se dispuso a disfrutar de uno de los ratos más agradables de sus
jornadas; era un período de tiempo de relajación y de sensación de plenitud que echaba
un piadoso telón sobre las preocupaciones para facilitarles el inminente sueño. Entonces
empezaron las charlas. Se desarrollaban alrededor de los tres fuegos protegidos que,
como espirales de encantamiento, les hacían olvidar sus maltrechos cuerpos y los
constantes temores. Dos Rook visitantes describieron sus huidas y batallas. Las mujeres
Rook intercambiaron explicaciones de los olores y señales que permitían descubrir a los
mecs y cómo leer sus huellas para saber cuándo las habían hecho y con qué intención.
Contaron que algunas veces se escondían con astucia cerca de las fuentes y lagunas.
Primero Fornax inició un ligero debate, y luego lo hizo Ledroff.
Todos disfrutaban con la unión de las dos Familias, porque aquello significaba una
avalancha de nuevos cuentos, bromas e historias. Había también rumores de amoríos,
pero Ledroff los cortó de plano levantando una ceja y poniendo mala cara. Era preferible
no fomentar aquellas cosas. A pesar de todas las adversidades, los Rook no habían
disminuido sus impulsos sexuales, y los Bishop no estaban en condiciones de ofrecer una
respuesta a sus insinuaciones a causa de sus libidos deshidratadas. Aquello podía
provocar un cierto descontento triste y melancólico.
El éxito tiene muchas voces, pero el fracaso es mudo. Hubiese sido conveniente tener
una historia que contar sobre la jornada del equipo de persecución. Killeen meditaba con
tristeza sobre cómo habían perdido la pista del peón. Fingió tomar parte en los cánticos
que se elevaron después de comer, y se limitó a escuchar el principio de los relatos, antes
de escabullirse de allí.
A Cermo no se le escapó su estado de ánimo y se acercó a él, ofreciéndole un frasco
del áspero pero poderoso aguardiente. Killeen sintió una inmediata y punzante necesidad
de beber, alargó el brazo… pero luego cambió de idea.
—Creo que será mejor no beber hoy.
—Vamos, vamos. Ha sido un día duro. Un poco de alcohol te sentará bien.
—Me haría caer de culo. Me atontaría. Si dejas que empiece, voy a tragarme todo lo
que tienes.
—No antes de que yo pegue un trago —replicó Cermo con sorna, y Killeen descubrió
que el hombre ya había bebido más de la cuenta.
—Lo siento, Cermo —dijo cariñosamente.
Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para alejarse de allí. Ya casi podía notar el
áspero sabor del aguardiente, y oler sus espesos vapores. Pero sabía lo que tenía que
hacer y cómo acabaría si se permitía beber.
Escapar hasta los refugios embrutecidos de la propia mente resultaba demasiado fácil.
Hasta entonces había tenido mucha suerte. Nada peligroso le había ocurrido mientras
bebía o estaba con resaca o se conectaba a un circuito estimulador en un Comedero.
Pero la suerte no puede durar siempre.
Debía mantenerse con la mente clara si quería aprender de una vez. Se impuso el ir en
busca de Shibo, que estaba sola. Los pómulos altos de la mujer recogían la media luz, el
efecto subrayaba sus ojos y los hacía aparecer misteriosos e insondables. Como el último
miembro de los Knight, siempre sería bien recibida alrededor de los fuegos de
campamento. Pero ella los frecuentaba en raras ocasiones, y prefería juguetear con
piezas mecs que siempre llevaba en una mochila negra.
Killeen pasó una hora con ella, que a él le pareció un día entero. No se había sentido
tan intimidado y humilde desde los días en que salía con su padre en modestas
incursiones para buscar piezas de desguace.
Shibo no sólo dominaba la técnica de los mecs sino que la hacía comprensible. Era
capaz de recargar las municiones de su fusil. Sabía cómo realinear el alma del mismo. A
partir de piezas viejas de los mecs, había hecho un cargador que se adaptaba
perfectamente a la caja del arma. Se ajustaba perfectamente a su exoesqueleto, de tal
manera que para recargar mientras estaba disparando no tenía más que respirar. Killeen
admiraba la habilidad con que aprovechaba su deficiencia (las siempre móviles costillas
de su exoesqueleto) y la convertía en una ventaja. Disparaba con una rapidez que Killeen
no había visto en nadie.
Mientras le enseñaba, se mostró mucho mas comunicativa que en cualquier otra
situación anterior. Cuando era una jovencita, le habían adaptado un exoesqueleto. Una
mujer artesana se lo había fabricado con espuma de policarbón, aprovechando restos de
los mecs. Killeen sospechaba que aquello había potenciado la habilidad de Shibo para
traducir los embrollos de los mecs a términos humanos. Tal vez aquella circunstancia era
lo que la había salvado después de la Calamidad de los Knight.
Mientras le enseñaba, no mostraba presunción ni jactancia, sólo una penetrante
atención a lo que estaba haciendo. A muchos miembros de las Familias les desagradaban
los artefactos mecs y únicamente toleraban aquéllos cuya estructura se adaptaba a ojos
vista a la forma humana. Las perneras, los amortiguadores de choques adaptados a las
pantorrillas, las chaquetas de moliteno, eran instrumentos a los que Killeen estaba
habituado. Hubo de reprimir su rechazo ante los nuevos artefactos que Shibo le mostraba.
Luego, de forma progresiva, empezó a sentirse intrigado. En las manos de Shibo, los
objetos alienígenas adquirían una dimensión humana que los redimía. Su pensamiento,
rápido e incisivo, le abría caminos y hacía desaparecer los misterios mecs.
—Ya está bien, basta por hoy. Ahora hay que dormir. ¿Te parece? —dijo Shibo, y él
casi sintió tener que abandonar el aprendizaje.
Cermo roncaba cuando Killeen pasó por su lado. La boca del hombretón bostezaba con
descuido hacia el cielo.
Killeen se sentía inquieto a pesar del cansancio, pero no quiso unirse a las figuras que
se sentaban junto a las hogueras. Aunque no le importaba el mal olor que le impregnaba
después de tantos días de marchas forzadas, recordó la vieja norma de su madre: báñate
cuando puedas, porque nadie sabe si los Merodeadores tienen un buen olfato.
Encontró no muy lejos una pequeña corriente de agua que procedía de una
aglomeración rocosa en forma de cuerno. El agua le dejó aterido al instante y luego le
provocó un dolor que le penetraba por los pies. Con todo, resistió unos largos minutos de
agonía, saboreando aquella abundancia de agua, mayor que la que había encontrado
después del Comedero.
Luego se vio obligado a andar un poco para devolver la circulación a las piernas y
detener el dolor callado que sentía en ellas. Por esta razón estaba algo distanciado de los
toldillos del fuego, y pudo ver que se acercaba el Empolvador, pero como estaba
prácticamente desnudo, sin el equipo, no pudo hacer nada.
El Empolvador ya había llegado sobre las Familias antes de que Killeen, que corría
entre los arbustos hacia su armamento, pudiera hacer otra cosa que chillar. Los Bishop
salieron disparados de debajo de los toldillos teñidos de color rubí por las hogueras. El
Empolvador llegó desde el norte a muy poca altura, y estaba distribuyendo una nube
oscura que caía a su paso abarcando casi todo el horizonte. Se arremolinaba y zumbaba
con un empuje ciego. Killeen no podía saber si los había tomado por un blanco especial,
porque no pareció disminuir su marcha al barrer desde arriba los campamentos Bishop y
Rook. La niebla negra formaba oleadas que luego empezaron a caer como si flotaran y no
tuvieran la menor prisa por alcanzar el suelo y comenzar su trabajo. Killeen vio que la
negrura avanzaba hacia él y recogió todos los elementos que pudo de su equipo. Dio
algunos pasos, decidió que le iría mejor si se ponía las botas y se esforzó en colocárselas
metódicamente, sentado en el suelo, a pesar del pandemónium que le llegaba a través del
aparato sensorial desde la Familia, que huía a la desbandada.
Cuando se puso en pie, Toby corría hacia él y la nube iba descendiendo sobre la
Familia como una enorme garra negra. Cayó a la azulada penumbra del Comilón y
recogió los últimos haces horizontales de la radiación amarilla de Dénix, que cortaban de
través al enjambre descendente. Porque entonces ya distinguía un enjambre y no las
simples nubes de productos químicos corrosivos que Killeen ya conocía, los mismos que
habían matado a su abuela. Aquello no era un polvo alcalino sino unas pepitas que
parecían retorcerse y murmurar en el aire. Toby alcanzó a Killeen, y por una vez, el padre
se alegró de comprobar que los antiguos, descuidados pero simpáticos hábitos de los
muchachos servían para algo, porque Toby llevaba todavía las botas puestas y sólo se
había desprendido a medias del equipo de marcha.
Toby echó mano a su cinturón principal y rebuscó en los arneses, donde llevaba algún
armamento. Contra los productos químicos todo aquello no serviría de nada y no era más
que peso muerto, lo único útil en aquellos instantes era salir corriendo a favor del viento.
Pero ambos estuvieron de acuerdo, sin necesidad de gastar energía en hablar, que
aquella amenaza que iba posándose era algo nuevo. Los objetos que caían planeando
desde el cielo llegaban al suelo y rebotaban con habilidad. No tendrían más que unos tres
palmos de ancho. Uno de ellos se precipitó hacia la pierna de Toby extrayendo unas
clavijas romas. Estaba a punto de atacar su bota cuando Toby lo hizo saltar en pedazos,
pero para entonces tres más habían aterrizado a su alrededor y otro cayó sobre la
espalda de Killeen.
Le hizo caer de bruces. Una ráfaga de pánico atravesó a Killeen cuando echó mano a
aquella cosa. Sentía aquellos brazos acabados en muñones que le apretaban el cuello.
Un olor penetrante de estaño corroído le llenó los pulmones. La mano le resbaló sobre
una cubierta lisa y algo zumbó junto a su cuello. Aquello le dio un pinchazo de frío acero
que se extendió como un dolor abrasante. Pudo hacer presa en el artefacto y lo retorció
con fuerza hacia abajo. Mantuvo la posición. Encontró un punto de apoyo para su otra
mano y dio un tirón. El artefacto todavía seguía apretándole. Intentó revolcarse sobre sí
mismo, pero de alguna manera la máquina contrarrestó el movimiento y siguió aferrada a
él.
No llevaba los guantes puestos, y cuando asió los dos brazos romos que le
estrangulaban, con los dedos tocó algo que parecía estar al rojo blanco, insoportable.
Unas afiladas hachas de hielo le escarbaban la cara. Guiándose por el tacto, Killeen
trataba de imaginarse la forma de aquello. Encontró el borde inferior e hizo fuerza en él
hacia fuera, pero no consiguió moverlo. Se retorció y logró colocar ambas manos bajo el
reborde. Estaba a punto de dar un tirón cuando de pronto desapareció el peso y rodó por
el suelo. Toby había logrado arrancarle el artefacto utilizando una pala. Mientras Killeen
se levantaba, Toby estrelló la pala sobre aquella cosa cuadrada y rechoncha. Zumbó y se
quedó muerta.
Entonces echaron a correr. Las pequeñas máquinas iban cayendo como si granizara a
cámara lenta. Killeen recordó por un instante —en forma de imágenes fijas que le permitía
el fragor de la batalla— una ocasión cuando era niño y dejó que la nieve cayera sobre él
para descubrir al momento que se convertía en bolas duras como las piedras, lo que le
obligó a regresar llorando a la Ciudadela.
Aquellos mecs enanos no demostraban tener preferencias por los humanos. Los que
cayeron sobre las Familias intentaron meterse en ellos mediante taladros-sierra
vibradores. Tres personas resultaron heridas antes de que los otros pudieran librarles de
las máquinas. Pero los otros mecs se dedicaron a las rocas y a la tundra,
inspeccionándolas e introduciéndose en ellas. Su acción pronto empezó a provocar
humos, formando unas nubes acres y sucias que contribuyeron a alejar a los humanos
más que el mismo asalto.
Se reagruparon, pasando lista hasta que todos los Bishop estuvieron en formación. Las
máquinas oscurecían el área; la Familia se alejó hasta una elevación cercana llena de
hoyos, desde donde miraron hacia atrás.
Aquellos puntos voraces estaban arrancando de raíz y transformando una extensa
franja que llegaba hasta las lejanas colinas. El pasillo que habían abierto no atravesaba la
zona de los Rook.
—¡Que me condene si alguna vez había visto a un Empolvador que soltara algo
parecido! —exclamó Killeen con voz entrecortada.
—Parece como si se comieran las piedras —señaló Toby.
—En otras ocasiones el Empolvador ha tratado de ahogarnos, si no recuerdo mal —dijo
Ledroff comedidamente a través del sistema de comunicaciones—. Pero éste ha actuado
distinto.
—Luchan contra la tundra —apuntó Shibo, con cara de preocupación mientras
estudiaba la multitud de ruidosas máquinas que se iba alejando. Estaba en pie, firme,
preparada, con todo el equipo dispuesto. Killeen advirtió además que tenía una rozadura
en el traje, como si algo hubiera intentado introducirse por allí.
—¿Cómo? —preguntó Toby—. ¿Has caído rozándote con las piedras? —Cuando
Shibo se enco-gió de hombros, su exoesqueleto rechinó y se dobló—. ¿Te has quedado
enterrada en el hielo? —Otro encogimiento de hombros.
Killeen hizo un gesto afirmativo.
—Intentan reparar el mal que el Salpicado les hizo. Detienen el crecimiento de la
vegetación.
—Pero, ¿no nos perseguían? —preguntó Toby, incrédulo.
Shibo sonrió, agitando la cabeza con un movimiento lento y triste.
—No somos importantes.
—Todavía no comprendo cómo funcionan estos bichos pequeños que se meten por
todas partes —insistió Toby.
—Nosotros tampoco —dijo Killeen.
6
Habían perdido parte del material debido a las máquinas mordedoras. Había dos que
andaban a pesar de estar heridos.
Una nube acre y oscura que se alzaba voraz, se arrastraba lentamente por la colina
como una plaga de langosta y empezaba a alimentarse ya de las piedras del estrecho
valle.
La Familia Bishop se juntó con la Familia Rook y pusieron dos cadenas montañosas
entre ellos y la horda. Acamparon para pasar la noche, y durmieron a medias a causa de
la aguda inquietud que les causaba el negro cielo.
Se levantaron y se prepararon a las primeras luces de la doble aurora. Dénix y el
Comilón asomaban por el horizonte, y el primero mostraba su blando amarillo.
Mientras Toby y su padre mascaban algo para desayunar, Killeen pudo ver la
nubosidad que se precipitaba a abrazar y oscurecer el disco del Comilón. Las nubes
ocultaban más de la cuarta parte del cielo y no dejaban pasar el resplandor de las
estrellas. Intentaba pensar que aquellas nubes eran las siluetas de formas
tridimensionales, pero no podía explicarse por qué parecían estrecharse al acercarse al
disco del Comilón. La puntual voz de Arthur empezó a explicarle que las nubes disminuían
de tamaño frente al disco delgado debido al frotamiento de las pequeñas partículas, pero
a Killeen se le escapaba gran parte del discurso del Aspecto. A pesar de todo, intentaba
comprender las explicaciones con más entusiasmo del que había mostrado durante años.
Los aparatos de Shibo, sencillos pero ingeniosos, le habían hecho descubrir un fragmento
del mundo. Advirtió que una nueva convicción iba asentándose en él: para vivir, las
Familias tenían que imaginar, inventar, cambiar.
A pesar del inquietante ataque del Empolvador, había dormido bien. Se sonrió cuando
vio que los Bishop desayunaban con caras conmocionadas por el miedo.
La tristeza era el sino de la humanidad; Killeen llevaba esta aserción imbuida en la
médula de los huesos. Toda la presunción de los Aspectos cuando hablaban de las
pasadas glorias no podía ocultar este hecho. Las canciones y las leyendas de la Familia
trataban de infortunios pero tampoco olvidaban las alegrías.
En los viejos tiempos, cuando los primeros intrusos mecs ya habían atacado las
Arcologías de cristal, los niños jugaban entre las destrozadas ruinas mientras seguían
cayendo más bombas. Los amantes se reunían en medio del caos y de la destrucción, y
se deleitaban con sus descubrimientos. En las asediadas Ciudadelas, predestinadas a
caer, se cantaban baladas románticas en umbríos cabarets y la gente reía de los chistes
de los cómicos. Los antiguos estudiosos trabajaban en silencio hasta el día de su muerte
en tareas a las que habían dedicado toda una vida. Los soldados y los recogedores de
chatarra de la Familia habían comido y bebido con apetito unas pocas horas antes de
lanzarse a sus ataques suicidas. Y él y Verónica habían celebrado el nacimiento de Toby
cuando la amenaza del asalto de los Merodeadores se cernía sobre la oscurecida
Ciudadela. La humanidad tenía el don de encontrar siempre un resplandor en medio de la
más negra noche.
Las órdenes de Ledroff sonaron por los comunicadores:
—¡Formad la cuña!
Killeen se colocó en el puesto más alejado del flanco derecho. Se dirigieron
directamente hacia el centro aparente del Salpicado. El verdor fue aumentando durante
toda la mañana, y Killeen se relajó un poco. La violencia y la huida de la noche anterior
quedaban atrás. Killeen permitió que Toby saliera de las filas intermedias y se colocara a
su lado, en el puesto situado a la izquierda de Killeen a lo largo del eje del triángulo móvil
de la Familia. La punta de flecha de los Rook llevaba buena marcha, a la distancia del
ancho de una colina, más hacia la derecha.
Subían por la ladera cuando simultáneamente sucedieron dos cosas.
—Sí, yo también oigo algo —comunicó Toby, respondiendo sin duda a una llamada
procedente del flanco izquierdo.
Killeen preguntó:
—¿Qué es esto?
—Unos pitidos en los comunicadores. No son de los nuestros —contestó Toby.
—¿De los Rook?
—Negativo. Vienen y se van. Creo que no son de los mecs. El flanco izquierdo se
abrirá un poco para echar una mirada.
En aquel instante, Killeen abrió la boca para contestarle y descubrió al peón. Estaba
desviándose hacia la derecha y avanzaba a gran velocidad en dirección a un puerto que
le permitiría sobrepasar la línea de cresta. Tenía las consabidas líneas entrecruzadas.
Killeen no se lo pensó dos veces, ni siquiera una. El hecho de haber perdido antes al
peón le estaba reconcomiendo; saltó hacia arriba con paso rápido y con las botas a plena
potencia. Su grito de advertencia sonó por el sistema sensorial conjunto, pero no era la
llamada normal de un hombre sino el grito instintivo de un animal en plena cacería.
Sus botas se hundían en la grava y en la tierra suelta cada vez que se lanzaba hacia
delante, formando un ángulo cerrado mientras corría, es decir, iba inclinado hacia delante
y empujando fuerte con un impulso casi paralelo a la pendiente del terreno. De forma
confusa oía a Toby que se revolvía en el polvo mientras corría tras él ladera arriba. Shibo
le seguía más atrás. Incluso Cermo el Lento abandonó su puesto en la retaguardia del
flanco, lo que era contrario a las órdenes. Cermo no se retrasaba a pesar de la resaca y
lanzó su grito de cazador a través del comunicador.
El peón desapareció detrás de la cumbre. Killeen corrió para interceptarle, suponiendo
que se dejaría caer por la vertiente para adquirir velocidad en vez de limitarse a dar la
vuelta a la colina. Sólo cuando hubo cruzado la cresta, calculó que el peón podría haberse
reunido ya con el Mantis, y cuando esta idea se le ocurrió de repente, dejó que su propio
impulso le condujera hasta un montículo de hierba blanda donde podría resguardarse.
Tomó unos primeros planos visuales del valle que yacía a sus pies, frente a él. Estaba
vacío. Cambió los filtros y sacudió la cabeza para eliminar cualquier posible espejismo
proyectado. Nada. Sólo distinguía la figura del peón que bajaba a buen paso por la ladera,
en línea recta.
Aquel rumbo le llevaría hasta la mujer que avanzaba en cabeza de los Rook, al cabo de
pocos minutos. Killeen volvió a examinar el valle. No descubrió distorsión ni oscilación
alguna en su visión. No había ningún Mantis, por lo menos cabía suponerlo. Toby llegó a
grandes saltos y poco faltó para que cayera sobre su padre.
—Sí, allí está. ¡Destrocémosle!
—Espera un poco. —Estudió con atención la máquina que huía.
—¿Es el mismo de ayer? —quiso saber Toby.
—Así parece.
—Pues vamos. Los demás llegarán dentro de un momento.
Killeen veía el esquema de la Familia en formación de «lucha o huye» como unos
puntos azules que aparecían en su retina.
Toby gritó:
—¡Los Rook darán cuenta de él!
—Vamos a probar desde aquí —sugirió Killeen, descolgando el arma—. Será preferible
dispararle desde una posición resguardada, por si…
El peón dio un bandazo, dejando tras él una línea de pedruscos que interceptaba la
visual de Killeen.
—¡Maldita sea!
—Vamos, a por él.
—Espera, yo… —Pero Toby ya se había levantado y se lanzaba en diagonal por la
ladera, buscando un ángulo mejor frente al peón—. ¡Toby!
Killeen saltó hacia el lado opuesto, para asegurar el tiro cruzado.
Seguramente después se sentiría avergonzado de haber tomado tantas precauciones
frente a un peón. Aquella máquina debía de ser un peón de Mantis, pero aun en ese caso,
los peones eran poco inteligentes y vulnerables.
Y Killeen quería estudiar de cerca a uno de ellos, desmontarlo y ver qué opinaba Shibo.
Debía aprender la técnica de los mecs, y además aprenderla deprisa.
A pesar de todo ello, de repente Killeen se dio cuenta de que Toby iba a quedar
expuesto al cabo de pocos segundos. Con toda rapidez, disparó una ráfaga donde
suponía que estaría el peón, todavía fuera de su vista. Contaba, por lo menos, con que
sus disparos desviarían la atención de la máquina.
Sus botas tamborileaban con fuerza a lo largo de un barranco que utilizaba como atajo,
y saltó a plena potencia sobre unos arbustos. Empezó a jadear pesadamente.
Cuando salió a terreno descubierto, observó que el peón hacía girar con rapidez las
bandas metálicas para apartarse de la visual de Toby, pero con este movimiento se
estaba colocando en la suya. Las piezas articuladas se hundían profundamente,
escupiendo gravilla, y el peón se alejaba de allí a toda velocidad.
Después de todo, iba a alcanzar una buena posición desde donde dispararle. La
máquina no parecía preocupada por el peligro. Su pulido caparazón de aluminio se
destacaba sobre el verde valle que tenía detrás. La distancia era razonable.
Killeen alzó el fusil y oyó el disparo del de Toby, que todavía no tenía un buen ángulo
de tiro y estaba desperdiciando municiones. Los proyectiles hicieron saltar unos matojos
que estaban lejos del peón, tanto en altura como en dirección. Un segundo disparo se
acercó más, pero seguía siendo alto.
El peón se detuvo y pareció mirar a su alrededor. Las líneas entrecruzadas se
destacaban sobre sus paneles laterales.
Killeen le disparó. Vio trozos de la coraza que saltaban por el aire.
El peón efectuó un movimiento rápido. Un punto oscuro apareció subiendo por la
ladera, con rapidez y en trayectoria baja, y fue a dar en la cara de Killeen.
Le entró por el ojo derecho. Cayó de espaldas y sintió que una repentina nube negra le
envolvía. Una sensación de frío, que parecía rebuscar en su interior, se extendía por la
frente y por el brazo derecho hasta la mano.
El hielo creaba sombras azules en sus ojos. Un relámpago de intenso color le dio un
fuerte pinchazo en el codo izquierdo.
Recobró la visión y el olfato. Oyó unos gritos.
Rodaba por la ladera e intentó detener su caída. Las piedras se le clavaban en el
costado y no podía mover la mano izquierda. Dio una patada a un pedrusco y aquello le
frenó lo suficiente como para darle ocasión de agarrarse a un arbusto.
Paladeó el sabor de la sangre. Alguien gritaba. Tenía el cuello atenazado por un frío
intenso que le bajaba por el pecho. Los gritos eran demasiado fuertes y demasiado
rápidos para comprenderlos.
Se quedó boca arriba. Los disparos eran violentos, unas rápidas ráfagas rompían el
silencio.
Utilizó el brazo derecho para incorporarse. Había rodado una distancia considerable, y
el peón estaba tumbado de lado, bastante cerca de él. Sus tripas grises estaban
esparcidas sin orden ni concierto.
Intentó apoyarse sobre el costado izquierdo y soltó un rugido cuando unas púas
amarillas se clavaron en su hombro. Le daba la impresión de que algo áspero y brutal le
estaba royendo la mano izquierda.
Se las arregló para poder soltar un grito ahogado. Unos puntos rojos nadaban por el
aire. Unas voces gritaban incoherencias.
Killeen miró con furia a su alrededor y poco faltó para que perdiera el equilibrio en
aquella ladera.
Shibo apareció por encima del horizonte a grandes saltos. Aterrizó con las piernas
entreabiertas para poder girar sobre ella misma y disparar el arma que llevaba preparada
hacia cualquier dirección.
Killeen llamó:
—¡Toby…! ¡Yo…!
—Allí —le señaló Shibo.
Unos mosquitos zumbaban dando vueltas alrededor de su cabeza y le picaban en los
ojos.
Se obligó a sí mismo a darse la vuelta sobre el lado izquierdo. La montaña oscilaba, se
inclinaba, agitaba sus cambiantes verdes y amarillos, Killeen parpadeó para aclararse la
visión a través de las lágrimas.
Toby había caído. Yacía sobre la espalda, con los ojos clavados en el cielo.
—¡Hijo!
Toby movió los ojos. Intentó agarrarse las retorcidas piernas con las manos. A través
del océano del aparato sensorial de Killeen llegó débilmente:
—Papá… no… puedo mover… las piernas.
—Túmbate… quédate tumbado —consiguió articular Killeen.
Abrió la boca para hablar, pero no le salió una palabra. Vio que el cielo estaba
absolutamente despejado y vacío de señales. Tenía que levantarse.
Jadeando, hizo fuerza con las manos para intentar sentarse. El brazo derecho le
parecía de goma y atravesado por mil calambres. Sentía el brazo izquierdo vacío, sin
peso, como si no lo tuviera.
No se pudo sentar. Soltando un gruñido rodó un poco sobre sí mismo para poder ver
una mayor zona de la montaña. El peón no se movía. Shibo bajó por la ladera, saltando
por entre los montículos de pizarra gris. Cermo iba detrás de ella. Se les veía lentos y
relucientes bajo la cruda luz blanquecina que llegaba oblicuamente a través del aire.
Los zumbantes mosquitos le picaban en los ojos y no querían dejarle en paz.
7
El crepúsculo llegó acompañado de unas nubes altas de color naranja.
A Killeen le parecía que avanzaba sobre una blandura esponjosa parecida a las nubes
porque apenas sentía la parte inferior de las piernas. Llevaba andando algún tiempo, casi
inconsciente, con la única idea de que tenía que seguir hacia adelante por aquel ambiente
neutro y confuso. Tenía la impresión de que se integraba con la niebla sedante que se
posaba y le rodeaba por todas partes. A través de esa niebla distinguía los detalles de un
valle en pendiente que se deslizaba a su lado. Veía cómo las imágenes vibraban y
saltaban, por lo que supuso que andaba en medio de aquella bruma fría y gris que ya
empezaba a disiparse.
Algunos habían dicho que no podía seguir andando. Una parte de Killeen había
deseado dar su conformidad y reposar en una camilla. Pero era consciente del sutil
equilibrio de la Familia. Toby había de ser transportado, ya que había perdido por
completo la sensibilidad de las piernas. Aun en el supuesto de que se tratara de una
carrera corta, los camilleros se cansarían. Era mejor no doblar los motivos de queja al
añadir el peso de Killeen a las cargas de la Familia. La regla era muy explícita: nadie que
estuviera incapacitado por completo podía ser trasladado si había que huir. Se le
abandonaba, con tristeza y con las ceremonias oportunas, a lo que la suerte pudiera
depararle.
En aquel caso era diferente. Killeen lo sabía pero era incapaz de concretar el cómo y el
porqué. Se limitaba a andar con torpeza a través de la niebla perlina en que se había
convertido su difuso y silencioso mundo.
Delante de él, Toby se columpiaba sobre unas parihuelas que se apoyaban en los
hombros de dos hombres. El muchacho estaba dormido. A pesar de esto, Killeen podía
ver cómo los ojos del muchacho giraban y se estremecían debajo de los pálidos
párpados.
Killeen se preguntaba si el muchacho conservaba alguna sensibilidad de caderas hacia
abajo. Le había costado mucho conseguir que hablase mientras yacían juntos al pie de la
colina que habían rodeado. La hierba ya les servía de colchón, pero Shibo y Cermo les
habían llevado alfombras de dormir, que era un lujo del que ninguno de ellos dos había
disfrutado en años. Habían descansado allí, y Toby había hablado muy poco mientras la
Familia se inquietaba y se ocupaba de ellos.
Killeen se había sentido como si él mismo fuera un muchacho. Ya le había sucedido
algo parecido cuando estaba tumbado en el suelo de los campos cercanos a la Ciudadela,
adormecido y pensativo, mientras miraba el cielo que se desplegaba en infinitas
exquisiteces de cobalto. La ladera también parecía ofrecerse al cielo como en un altar,
para complementar la ofrenda de él y de su hijo. Killeen había intentado recordar cómo
era él mismo, pero las caras y los tiempos habían revoloteado por su mente como
pájaros. Su padre, apoyándose con un gracioso gesto casual sobre los restos de un mec,
después de una incursión provechosa, sonreía de una manera que a Killeen le había
parecido misteriosa hasta que muchos años después descubrió que era la expresión de
un triunfo paliado por los recuerdos, todavía recientes, de varias derrotas. Su madre, que
rebuscaba por entre los desperdicios de los mecs, se había acercado a ellos muy
emocionada, con una tela plateada que nadie había visto antes. Todas aquellas imágenes
habían desfilado como si lo hicieran por detrás de un grueso cristal. Le había hablado de
aquello a Toby con la esperanza irracional con que un padre espera que al compartir
hasta el menor detalle del pasado, perpetuará aquellos instantes en el carácter y en las
perspectivas de su hijo.
—Ahora ya estamos cerca —indicó Shibo, que estaba al lado de su codo. Killeen hizo
una seña afirmativa—. Han llegado los King.
—¿Los King…?
Aquella palabra había puesto su memoria en funcionamiento. Las musicales voces
desperdigadas que habían oído en el flanco izquierdo eran gritos de saludo y
aclamaciones de los King. Mientras el ala derecha perseguía el peón, la izquierda quedó
retenida por las órdenes de Ledroff para que se agrupara en formación de defensa. Por
todo ello, el encuentro con los King se había demorado hasta después de la muerte del
peón. Killeen recibió la maravillosa noticia de la llegada de los King y las nuevas que ellos
traían mientras estaba echado sobre el suelo, con el aparato sensorial protegido por el
aislamiento.
Y allí, frente a ellos, estaban los King.
Ledroff había hecho sonar una alarma completa. Los velocistas habían vigilado todos
los accesos. Pero en aquella ocasión no encontraron señal alguna del Mantis cuando las
Familias se reunieron.
Los Bishop descendieron por un polvoriento cañón y llegaron a un terreno llano
desbordante de vegetación.
Un hombre estaba al frente de la pequeña comitiva que les recibió. Era alto, tenía las
delgadas piernas y brazos enfundados en ropas negras, y cada uno de sus gestos
indicaba que era el Capitán de la Familia King. Su propia cara explicaba su nombre:
Hatchet*. Su amplia y despejada frente aparecía a continuación de una delgada alfombra
roja de pelo que había recortado para evitar que rozara, y se enmarañara bajo el casco.
Una tira de tela azul le ceñía la frente por encima de las orejas. Desde la cuadrada frente
descendían unos pómulos sesgados que enmarcaban la aguileña nariz. Una pequeña
aunque poderosa boca interrumpía los rasgos descendentes de aquel rostro. Debajo de
los prominentes labios, la cara de Hatchet formaba una alargada cuña puntiaguda que
aparecía desnuda de barba.
Todas estas peculiaridades fueron llegando poco a poco a Killeen, a medida que
Hatchet se aproximaba; el Capitán de los King irradiaba autoridad a cada paso que daba.
Alrededor de ellos, los componentes de las Familias se saludaban unos a otros dándose
la bienvenida. Ledroff escoltaba a Hatchet y hacía las presentaciones, pero Killeen no se
dio cuenta de nada hasta que Hatchet le preguntó directamente:
—¿Sólo es el brazo, verdad?
Killeen movió la cabeza, pero no en señal de rechazo sino para emerger de su propio
ensimismamiento. Alzó un poco el brazo izquierdo, haciendo un gran esfuerzo.
—Esto es todo… lo que puedo… —murmuró, y al hacerlo se notó los labios gruesos e
hinchados.
—¿Éste es tu hijo?
Cuando Killeen hizo un gesto afirmativo, Hatchet se inclinó para examinar los ojos de
Toby, que todavía seguían moviéndose sin cesar bajo los párpados casi transparentes.
—Ummm. Podrá recuperarse de esto. Las piernas, ¿verdad?
—No lo sé seguro. Respira bien.
Las manos de Hatchet recorrieron expertas el cuerpo de Toby, pellizcando aquí y
tirando de allá.
—¿Ha movido los brazos?
—Un poco. Ha dicho que no se notaba las piernas. Luego se ha quedado dormido.
Hatchet agitó una mano en el aire, sin molestarse en mirar, y la fila prosiguió su
marcha.
—Tal vez salga de ésta. He visto otros casos como éste. Ha tenido mucha suerte, ya
que el Merodeador sólo alcanzó parte de su sistema sensorial y no pudo acabar el
trabajo.
Hatchet observó detenidamente a Killeen, y algo en la mirada del Capitán despejó los
restos de la pegajosa niebla que rodeaba al herido. El mundo desnudo regresó hasta él
con un ímpetu de furia y desespero que le resultaba familiar porque siempre había estado
allí, aunque atenuado por la niebla.
—¡Fue un peón! —declaró de improviso Killeen.
Hatchet frunció el ceño.
—Los peones no pueden luchar.
—Era un peón de Mantis.
Más fruncimiento.
—¿Mantis? ¿Qué es eso?
Cuando Killeen se lo hubo descrito entre vacilaciones, Hatchet dijo con los labios
apretados:
—Que yo sepa, por aquí no hay ningún Mantis.
—Ahora sí.
Algunos miembros de las distintas familias se habían reunido a su alrededor. Unas
escuadras de guardia cubrían las colinas, y los centenares restantes seguían
desplegados, vigilando todos los accesos, mientras seguían con regularidad su camino
para bajar por la marcada pendiente hasta el llano.
Las palabras de Killeen habían conseguido que el grupo de Hatchet se llenara de
susurros, de disputas y de incredulidad. Killeen oía sus objeciones a través de un tenue
velo que las distorsionaba.
Shibo se adelantó y dijo:
—El peón tenía media mente.
Hatchet se volvió hacia ella.
—¿Un peón con una mente de gran tamaño? ¿Estás segura?
Shibo jamás contestaba a preguntas de aquel tipo. Se limitó a mirar fija y directamente
a Hatchet, y dejar que su silencio sirviera de confirmación.
Nuevos murmullos entre los King. Cuando se acallaron, Killeen intervino:
—Supongo que los peones volvieron a montar el Mantis. En otras dos ocasiones han
hecho lo mismo.
Hatchet parpadeó al comprender que su aura de autoridad había disminuido un poco.
—¿El Mantis tiene la mente repartida?
Killeen estaba satisfecho porque Hatchet había dado con la solución de inmediato.
Ledroff todavía no creía aquello. Resultaba un alivio haber encontrado un Capitán que
fuera más inteligente que el resto de la Familia.
—La primera vez que abatimos un Mantis, tenía una mente central. La segunda vez dio
la muerte definitiva a muchos Rook y Bishop. Entonces tenía mentes fraccionarias.
—¿Alojadas en lugares diferentes? —preguntó Hatchet, con cara de concentración.
—Así es —contestó Shibo.
—¿Y qué hicisteis?
—Las hicimos volar todas en pedazos.
—Eso debería de haber acabado con él —observó Hatchet.
—Pues no lo hizo.
—Este peón es de una nueva clase. Nos tomó el pelo —apuntó Killeen.
Hatchet y el resto de los King se miraban unos a otros, aquello no les gustaba.
—¿El Mantis os ha seguido?
—Suponemos que sí.
Killeen se dio cuenta de que se hallaba al borde de un repentino agotamiento.
Ledroff dijo algo que Killeen no logró captar, pero Hatchet no se molestó en contestarle
y prosiguió:
—Hemos fundado aquí una nueva Ciudadela y no queremos atraer a los
Merodeadores. Y mucho menos a esa cosa Mantis.
Killeen parpadeó, pero fue Shibo quien preguntó:
—¿Ciudadela?
La voz de Hatchet se hizo más ampulosa.
—La Ciudadela King. La llamamos Metrópolis.
Y allí estaba. Killeen se había concentrado en andar y en ver si Toby se encontraba
bien. Su participación en el diálogo había exigido todas sus fuerzas. En aquel momento
miró hacia abajo y observó que desde la llanura que tenía delante se erguía una
constelación de edificaciones de barro oscuro de uno o dos pisos. Y unos altos dinteles de
puertas. Y unas oblongas ventanas sin cristales.
—¿Veis las plantaciones? —Hatchet y los King sonreían con el orgullo que
correspondía a la primera Familia que había instaurado de nuevo una Ciudadela—.
Plantamos en parcelas desperdigadas. Así los mecs no podrán descubrir unas
conformaciones regulares del terreno desde sus aparatos voladores.
Killeen asintió. Las cabañas parecían fundidas allí, con la quietud de la media luz, como
si la tierra se hubiera alzado para hacer un gesto obsceno a las estrellas que iban
apareciendo. Unos murmullos distantes parecían patinar por el aire. Killeen reconoció el
canto de los pájaros, docenas de alegres canciones llegaban flotando desde los
exuberantes árboles y desde los altos matorrales.
—Éste es el centro del Salpicado, ¿verdad?
—Efectivamente, lo es —dijo Hatchet—. Hemos construido sobre la humedad del hielo,
nuestra verdadera, rica y sagrada Nieveclara. Vamos a volver a aquellos tiempos.
Aquel conjunto era realmente muy distinto, pensaba Killeen, de los edificios y baluartes
de la Ciudadela Bishop. En aquellos días, la humanidad había expresado su confianza en
la eternidad de las piedras. Ahora utilizaban el humilde barro, que representaba la
incertidumbre de disolverse si recibía el azote de unas fuertes lluvias.
Arthur se coló:
Pero éste es un medio ambiente más seductor para los humanos.
—Es primitivo —replicó Killeen en voz tan baja que sólo Arthur pudo oírle.
Observa los árboles en forma de paraguas y el césped que hay delante de cada
cabaña primitiva. Mira allí; un estanque, y de buen tamaño, además. Apostaría a que en
los interiores encontraremos alfombras, que son, en esencia, los equivalentes del césped.
Los humanos evolucionaron desde un mosaico ambiental en donde había árboles bajo los
cuales podían refugiarse si necesitaban protección, agua superficial y abundantes pastos
de tierra verde. Esta nueva Ciudadela de los King se parece inconscientemente a la
sabana antigua. Hatchet ha construido una nueva clase de Ciudadela, que refleja
profundamente el origen desde el cual todos hemos evolucionado.
Killeen estaba de acuerdo en todo, y se preguntaba cómo habían conseguido los King
hacer todo aquello. Hatchet habló, dando la bienvenida a los Bishop y a los Rook, con una
sencilla y directa cortesía. Más tarde celebrarían una ceremonia completa, les aseguró,
como requería tan portentoso evento.
Ledroff solicitó el privilegio del dakhala. Este obligaba a una Familia a dar cobijo a los
seres humanos que estuvieran huyendo para salvar sus vidas. Aquello nunca se había
aplicado a toda una Familia en fuga, pero Hatchet asintió calurosamente y dio su
aquiescencia formal. Al comprobar que se mantenía vigente aquella tradición humana,
todos lo celebraron con aplausos. Hatchet les obsequió con jofainas de agua aromatizada.
Killeen sentía el peso de las palabras de Hatchet y la fuerza franca e inexorable de
aquel hombre, el fundador de la nueva Ciudadela.
En la mente de Killeen floreció la esperanza de que el Capitán de los King sabía algo
que él mismo ignoraba, y que tenía una base firme donde apoyaba la increíble esperanza
que expresaban allí, mediante el simple barro. Después de todo, una Ciudadela implicaba
que no tendría que enfrentarse al problema de abandonar a Toby.
Mientras avanzaban entre las exclamaciones de saludo y los jubilosos gritos de su
recepción, Killeen olvidó todas sus dudas y se dejó llevar por la maravillosa impresión que
proporcionaba todo aquello. Apenas si podía andar a causa del profundo cansancio que
iba apoderándose de él, pero prescindió del agotamiento, deseando, más que cualquier
otra cosa, poder confiar.
Al día siguiente ya no pensaba igual. La claridad había regresado mientras Killeen
yacía con insolación a lo largo de toda la mañana y toda la tarde. El dolor punzante del
lado izquierdo había disminuido. Todavía no podía levantar el brazo más que unos cinco
centímetros.
Hatchet y algunos de los demás King decían que al parecer el peón había vaciado
secciones completas del sistema sensorial de Killeen y de Toby. Al verse interrumpido, la
sonda mental del mec se había retirado, arrastrando los centros de control del brazo
izquierdo de Killeen y todos los mandos y conexiones nerviosas de la pierna de Toby.
También había notado otras pérdidas. Rebuscando entre las perpetuas vocecillas que
se alzaban detrás de su mente, Killeen echó de menos un Rostro, Rachel, y un Aspecto,
Txach. Nunca los había usado mucho, pero su ausencia había dejado un hueco
silencioso.
Anochecía de nuevo cuando Killeen salió para pasear por las calles de Metrópolis
dispuestas al azar. Los senderos serpenteaban adrede entre la vegetación para evitar que
los mecs los descubrieran desde el aire. Las cabañas estaban desperdigadas para evitar
constituir blancos fáciles. Los miembros de la familia King llevaban turbantes y no daban
tanta importancia al peinado.
Todos parecían ser conscientes de su misión, por lo que cultivaban y ejercían sus
oficios con mucha diligencia. Había centenares de ellos discurriendo por las retorcidas
callejas.
Al igual que los Bishop y los Rook, vestían camisas y pantalones de tela impermeable.
Los suyos lucían muchos más ornamentos que anunciaban de una manera muda el
tiempo de ocio de que disponían para bordar los complicados emblemas de los King,
bucles y espirales. Cada miembro de la Familia tenía un diseño diferente. Algunos
llevaban con orgullo unos parches que indicaban su ocupación profesional en la Familia.
Killeen había esperado que el paseo renovara su fe en el sueño de Hatchet. Mientras
deambulaba por las calles polvorientas sentía una especie de callada admiración por
aquella Familia, que había escapado de los peores ataques de los Merodeadores y que
no obstante se fiaba de unas burdas estructuras de gruesas paredes.
Estaban friendo buñuelos y con ello el aire se llenaba de unas apetitosas promesas.
Las paredes estaban distribuidas irregularmente, levantadas sin cuidado y completamente
desalineadas. Aunque hacía poco tiempo que estaban hechas, las encontraba decrépitas.
Allí no había el menor rastro de la precisión que Killeen esperaba hallar en las
construcciones mecs.
Todos los edificios que había visto habían sido construidos por los mecs, con placas de
metal y de cerámica colocadas con toda precisión. El único ejemplo que podía
considerarse una réplica de la arquitectura mec era la Ciudadela donde él mismo había
crecido, un majestuoso conglomerado construido a lo largo de siglos.
La Ciudadela Bishop había tenido baluartes formados de metal mec y piedra, con la
forma y disposición adecuadas para sostener pisos y más pisos que se apoyaban sobre
amplios arcos. Vista a la luz del día, aquella Ciudadela King era un insulto a la memoria
de la otra. Pero se recordó a sí mismo que aquello por lo menos constituía un principio. Y
él no estaba en situación de criticarlo.
Sabía que debía sentirse animado por la ferviente actividad y por aquellas paredes
sólidas. Pero sólo podía pensar en Toby.
El muchacho ya podía hablar débilmente. Su cuerpo respondía a los masajes
generales que le daba Killeen, con excepción de las piernas, que se habían quedado
inmóviles. Más que por el dolor físico, que ya iba desapareciendo, Toby se estremecía por
lo que les sucedía a los miembros de su Familia que quedaban inválidos.
Tenía que dejarse convencer de que estaba en un hogar, en un sitio fijo, por la solidez
de las paredes de la choza más que por las palabras de Killeen. La Familia Bishop ya no
estaría obligada a efectuar más marchas. No iban a dejarle abandonado.
Killeen había hablado con él. Poco a poco, había ido comprendiendo aquellos
argumentos. Y una vez logrado eso, la cara de Toby se había quedado colapsada en una
expresión de calma. Luego había caído en un sueño profundo.
Pero los temores de Killeen no se habían calmado tan fácilmente. Regresó hasta donde
había oído decir que Hatchet estaba negociando con Ledroff y Fornax. Traspasó la vulgar
valla que rodeaba la choza de reuniones del Capitán Hatchet. Se veía claramente que las
chapas de la valla eran de metal mec sin pulir, pero los postes estaban burdamente
fabricados con madera y tenían que ser de obra humana.
Luchó con el cierre de la valla y sólo entonces advirtió que todavía no había recuperado
el uso del brazo izquierdo.
Mientras andaba lo había hecho oscilar, era como un peso de madera que por lo
menos no le impedía caminar. Hasta entonces había considerado su herida como una
simple enfermedad. Mientras se dirigía a la reunión, tuvo la certidumbre de que nunca
más podría correr, llevar pesos, o luchar como había hecho hasta entonces. Ello
significaba que se había casado con aquella Metrópolis hasta un punto que nunca hubiera
sospechado.
Hatchet acompañaba a Fornax para despedirse de él, cuando Killeen llegó. Había sido
un día completo de continuo tira y afloja, de negociaciones. Killeen ya lo sabía.
Habilidades que intercambiar. Chips de Aspectos y Rostros con conocimientos poco
comunes. Ya había aparecido el instinto de comercio. Desde tres chozas más allá, había
oído que gritaban de vez en cuando.
Había un protocolo estipulado para las relaciones entre las Familias, una ordenanza
litúrgica. Los Bishop y los Rook eran huéspedes de aquella Ciudadela en ciernes. El
ofrecimiento de comida y de alojamiento tenía sus floridas reglamentaciones. Todo
aquello requería tiempo, pero había asuntos más esenciales, tales como la supervivencia
y la defensa, que habían llevado mucho más tiempo. Cuando hubieron finalizado el
protocolo, los tres Capitanes habían iniciado otro ritual con comentarios más mordaces.
Tanto Fornax como Ledroff sólo podían tener una idea limitada de lo que los King habían
conseguido. Cada palo clavado en el suelo y cada pared de arcilla representaba un
reproche hacia las otras Familias. La dignidad de los Bishop y de los Rook exigía que no
demostraran el menor indicio de envidia, así que allí se habían desarrollado discusiones
con gritos y posiciones enconadas. Killeen se alegró de haber llegado tarde.
Pidió permiso para entrar a una mujer joven que estaba de guardia en el exterior. Ante
su sorpresa, se lo concedió de inmediato.
Hatchet le ofreció asiento y le dio una taza de té, oscuro, espeso y con menta. Killeen
se lo bebió al instante y pidió más. Hatchet hizo un gesto de satisfacción, cogió la tetera y
llenó una taza mucho mayor que había en una repisa detrás de él.
—Nos parecemos —dijo con entusiasmo—. También a mí me gusta que todo sea
fuerte y en abundancia. ¿Estás de acuerdo?
—Um.
—¿Has pensado más en lo del Mantis?
—Algo.
—¿Por qué crees que aquel peón tenía sesos?
Killeen sorbió té y lo miró de soslayo.
—El Mantis debía de haberlo dispuesto así.
—¿Cómo te imaginas que pudo hacerlo?
—Aniquilamos todas las mentes fraccionarias que tenía en el cuerpo principal, cuando
acabó con tantos de nosotros. Pero entonces no podíamos sospechar que se estuviera
sirviendo de peones que a su vez poseyeran mentes fraccionarias.
Los ojos de Hatchet se agrandaron a causa de la sorpresa.
—¿Y las tienen?
—Claro que sí. Como el peón que nosotros acosamos y que nos hirió. Aquello no fue
ningún accidente.
Hatchet no añadió nada. En vez de replicar, como habrían hecho Ledroff y Fornax, se
quedó sentado pensando durante un rato, sin verse obligado a proseguir la conversación
o pretender haberlo entendido todo. A Killeen le gustaba aquello. Hatchet era muy
corpulento y estaba sentado en una tumbona oscura de forma alargada y rara que parecía
adaptada a su figura. Osciló hacia delante, apoyando sus grandes y anchas manos sobre
las rodillas, y al fin dijo pensativo:
—Se cambia a sí mismo. Se adapta.
—Así parece —asintió Killeen.
—No es como los otros Merodeadores.
—No cabe duda.
Para Killeen representaba un gran alivio poder deshacerse de esta manera de todos los
temores indefinidos que tenía guardados. Ya desde la muerte definitiva de Fanny, Killeen
había notado un vago y creciente malestar acerca del Mantis y lo que podía significar.
Aquello ya no era una leyenda, sino una fuerza muy real, aunque no fuera tangible.
Hatchet dio una palmada, las paredes de endurecida arcilla hicieron rebotar el sonido y
lo acentuaron. Killeen llevaba tanto tiempo viviendo al aire libre que aquel sonido le llegó
como una sorpresa que le sobresaltó.
—No es más que eso, ¿eh? Cambia de forma. Cuando vosotros os encontrasteis con
la Familia Rook dio la muerte definitiva a muchos de vosotros.
Killeen puso mala cara.
—Sí, ¿y qué?
—Pero ahora, se encuentran tres Familias y no hace nada.
Hatchet lo había comprendido.
—Aquel peón significa que ha de andar cerca.
—Se ha enterado de lo de Metrópolis. Si antes no lo sabía, ahora sí.
A Killeen no le gustaba aquella línea de pensamiento, pero puesto que la había
iniciado, no podía rechazar la idea hasta agotar sus consecuencias.
—En tal caso, ¿por qué no nos ataca ahora mismo?
Hatchet reflexionó, sin preocuparse de si su labio se alargaba hacia delante al pensar,
sin fijarse en las apariencias.
—Tal vez no sabía que estábamos aquí, y antes que nada quiere estudiarnos un poco.
O tal vez tiene miedo de enfrentarse a una plaza bien defendida. Hemos colocado
muchísimas trampas para los mecs, por estos alrededores.
—La última vez, no parecía tener miedo —observó Killeen secamente.
Hatchet entornó los ojos.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada. Sólo que no me lo puedo imaginar echándose hacia atrás.
—Otros Merodeadores no quieren venir por aquí, ¿por qué tendría éste que ser
distinto? Estamos exactamente en el centro del Salpicado. Tierras húmedas. Por el sur
incluso hay pantanos. Las cadenas desplazadoras de los Merodeadores se hundirían
hasta el borde, si vinieran por aquí.
—Es posible.
—¿Qué otro motivo podría obligarles a mantenerse alejados?
Hatchet empezaba a irritarse. Killeen trataba de adivinar el motivo. Tenía algunos
rudimentos del trabajo con la arcilla y el lodo, por haber visto a sus tíos hacer pequeñas
chapuzas en la Ciudadela Bishop. Aquella nueva Ciudadela databa a lo más de dos años
atrás, a juzgar por la edad del recubrimiento de las paredes. Suponía que Hatchet trataba
de convencer a Ledroff y a Fornax de que él era el líder natural de las Familias reunidas
de nuevo, puesto que después de todo, Hatchet había edificado una Ciudadela que
funcionaba y mantenía alejados a los Merodeadores. De alguna manera, Hatchet había
equiparado en su mente la solidez de aquellas paredes de arcilla, la valla de frágil metal y
madera, con el hecho de mantener alejados a los Merodeadores.
Killeen tenía en la punta de la lengua una aguda réplica a la pregunta de Hatchet. Pero
entonces comprendió por dónde podría discurrir la conversación y descubrió que se
hallaba frente a una elección. Podía seguir apretando a Hatchet y después dejar de
hacerse el importante, o bien podía tomarlo desde otro ángulo.
Hizo algunos comentarios sobre lo impresionado que estaba por Metrópolis y su alegría
de que todo el mundo estuviera bien alimentado. Luego dijo como por casualidad, para
captar la voluntad de Hatchet:
—¿Hacia dónde supones que apunta todo esto?
Hatchet se frotó la larga y puntiaguda nariz.
—¿Qué quieres decir?
—¿Qué habéis hecho… en seis años?…desde que los mecs atacaron a todas nuestras
Ciudadelas.
—Pues lo mismo que vosotros, me parece.
—Sí, lo de siempre. Desde entonces hemos estado huyendo. No hemos podido
detenernos nunca más de cinco o seis días seguidos. No hemos tenido tiempo para
reflexionar.
Hatchet se encogió de hombros.
—¿Y qué?
—¿Te has preguntado alguna vez si éste era su propósito?
—¿Qué?
—Tal vez ellos no querían que pensáramos ni que pudiéramos aprender de nuestros
Aspectos. De todas formas, ¿por qué destruyeron las Ciudadelas? ¿Sólo porque íbamos
a saquear sus factorías?
—Nos odian —apuntó Hatchet, como si se tratara de una verdad inamovible.
—Es posible. ¿Alguien se lo ha preguntado alguna vez?
En el rostro de Hatchet apareció una expresión precavida.
—¿Y quién podría haberlo hecho?
Killeen se estaba concentrando en sus propios pensamientos pero advirtió la leve
vacilación en los ojos entornados de Hatchet. La angulosa barbilla del hombre giró y captó
la moribunda luz del ocaso de Dénix a través de un agujero abierto en la pared que hacía
las funciones de ventana. Hatchet estaba ocultando algo.
—Los King solían comprender bien el lenguaje de los mecs.
La boca de Hatchet se hizo más delgada.
—Así es.
—Pienso que tal vez hayáis podido recoger alguna información desde que tuvo lugar la
Calamidad.
—Hemos estado corriendo durante años, igual que vosotros.
—Estoy seguro de que habéis salido mejor parados que nosotros —apuntó Killeen para
limar las asperezas de aquella conversación. Era mucho mejor dar marcha atrás y
enfocarlo desde otra dirección.
Hatchet se distendió un poco, pero no dijo nada.
Killeen continuó, con facilidad:
—Nosotros teníamos una traductora adiestrada, pero el Mantis la mató.
—Nosotros tenemos un traductor, una mujer.
—¿Ha averiguado mucho?
—Nada que nos fuera útil.
—Ya veo.
—Vosotros, los Bishop, ¿tenéis algún Aspecto que pueda traducir? —preguntó Hatchet.
—¿Leer signos y cosas así?
—Cualquier habilidad que tengáis. Siempre son necesarias.
—Bien… —Se lo preguntó a Arthur, y contestó—: No tenemos ningún Aspecto que
pueda hacerlo, pero uno de mis Rostros sí.
—¿Lo hace bien?
—Regular.
Hatchet parecía ocultar un interés detrás de sus velados ojos.
—Bien.
—Aquella mujer traductora…
—Ahora está enferma.
Killeen seguía preguntándose qué estaba ocultando Hatchet.
Tal vez sólo se trataba de asuntos privados de la Familia King. Probablemente lo mejor
sería abandonar de momento aquel tema.
Las ideas se agolpaban en la mente de Killeen y no pudo resistir expresarlas de viva
voz.
—El caso es: ¿por qué atacaron las Ciudadelas?
Hatchet se tiraba de los labios, y la mueca alargaba todavía más su cara bajo la
penumbra dorada.
—Estaban irritados, tal vez.
—¿Y por qué nos envían el Mantis, ahora? ¿Por qué han tenido que construir un
Merodeador especial?
—Para acabar con nosotros. —Hatchet estaba distraído, preocupado, y no quería que
se le notara.
—¿Por qué tomarse tantas molestias? Un diseño completamente nuevo. Primero nos
atacó con espejismos, de verdad que eran muy buenos. Parecían absolutamente reales.
Nunca había visto antes a un Merodeador que pudiera hacer algo que ni siquiera se
aproximara a aquello.
—Sigue.
—Matamos lo que creíamos que era su mente principal. Magnífico. Luego descubrimos
que había dispersado su inteligencia en mentes fraccionadas, de forma que las matamos
a todas. Pero ayer nos topamos con un peón que tenía una mente compleja… y armas.
—Hey, poco a poco —exclamó Hatchet, inclinándose hacia delante.
Killeen se dio cuenta de que había estado gritando, y que cerraba con fuerza el puño
derecho. El izquierdo le colgaba, inútil e inerte.
—Bien, ya lo ves. Están poniendo en acción muchas cosas en el Mantis.
—En eso estoy de acuerdo.
Hatchet aspiró a través de los dientes, mirando abstraído hacia la lejanía.
—Vosotros sois una gente que ha sufrido mucho. Más que nosotros. Entiéndeme, no
es que os cedamos de mala gana un espacio, a pesar de que habéis atraído a este
Mantis.
—Lo apreciamos en lo que vale —agradeció Killeen. La verdad que se callaba el
Capitán era que Metrópolis no sería capaz de resistir al Mantis. Hatchet tenía miedo de
aquello.
Pero los King todavía tenían mucha confianza. Algunos ya habían pasado por su choza
y le habían obsequiado con historias de cómo habían rechazado los ataques de los
Merodeadores. Pero Hatchet comprendía que el Mantis era algo diferente.
La llegada de las otras Familias tal vez no era sólo la bendita reunión de la humanidad.
También podía significar el fin de Metrópolis.
¿Era aquello lo que Hatchet intentaba ocultar? No, allí había algo más. Hatchet había
mencionado rápidamente y muy por encima lo que había descubierto el traductor.
No era oportuno sugerirle que fueran en busca de la pista del Mantis.
Hatchet jamás dejaría a Metrópolis desguarnecida de sus principales tropas. Y todavía
más, Killeen se daba perfecta cuenta de que él mismo no era un buen anuncio de la
sabiduría que representaba ir en pos de aquella máquina.
Su brazo izquierdo colgaba inerte a su lado como un argumento en contra.
Dijo algunas cosas más para hacer hincapié en su gratitud, aunque estaba seguro de
que Ledroff y Fornax habían hecho lo mismo. No se perdía nada ni causaba el menor
daño en mantener las buenas maneras entre las Familias.
Pero añadió:
—El caso es: ¿por qué los mecs intentan hacernos morder el polvo?
—Nos odian. Simplemente, lo llevan en la sangre —repitió Hatchet.
—No estoy de acuerdo —declaró Killeen, después de haber respirado hondo.
—Pues entonces, ¿qué?
—Opino que nos temen a nosotros. Por algún motivo, les asustamos.
Hatchet se rió de una manera extraña. Después se levantó, lo que era señal de que se
había agotado el tiempo de Killeen y que el Capitán de los King tenía otras cosas que
hacer.
8
—¿Papá…?
Toby había dormido durante tanto tiempo que Killeen ya no pudo resistir más la
tentación de sacudirle suavemente, para asegurarse de que no había caído en una espiral
neural descendente.
—Sí, sí. Estoy aquí. Estás muy bien.
—Me siento… raro.
—¿Te duele algo?
—No. Es como… no tengo sensibilidad.
—¿Dónde?
—En las piernas. Ahora son sólo las piernas.
—¿Te notas bien la barriga?
—Sí.
—¿Estás seguro?
De pronto, inesperadamente, Toby sonrió.
—Seguro que estoy seguro. Pon la mano aquí abajo y me mearé en ella.
—¿Crees que atinarás dentro de un orinal?
—Ha de ser eso forzosamente o probar por la ventana.
A Killeen le resultó más difícil de lo que había esperado mantener sentado a Toby
sobre el elevado jergón. El mismo Toby también se tranquilizó a causa del esfuerzo. Unas
sombras le velaron los ojos y contrajo la garganta debido a alguna lucha interior. Luego
aquello pasó sin dejar señales en su lisa piel, que había tomado la apariencia del papel.
Meó ruidosamente dentro del orinal de arcilla, riéndose.
—¿Cuándo volveré a tener piernas? —preguntó Toby cuando ya estuvo tumbado de
nuevo.
—Descansa un poco. Ya veremos.
Killeen había intentado que su voz sonara natural y animosa, pero Toby captó algo en
ella.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo saben. Nunca han visto un caso como el tuyo. Un Merodeador te estaba
causando la muerte definitiva y lo interrumpieron.
—¿Merodeador? Parecía un peón.
—Bueno…
La cara de Toby se ensombreció.
—¿Era uno de los normales? Mira que ser tumbado por un simple peón…
—No lo creas. Era un Merodeador disfrazado de peón. El Mantis lo había preparado
así, supongo.
Toby estaba radiante.
—Por lo menos no me derribó un maldito peón corriente.
—Era uno asqueroso, diría yo.
—¿Cómo va tu brazo?
—No muy bien. —Mentir no hubiera servido de nada.
—¿Puedes utilizarlo para algo?
—Ni para limpiarme el culo.
—¿Desde cuándo te lo limpias?
Killeen sonrió, los surcos que le atravesaban la cara curtida por el sol se convirtieron en
trincheras.
—Vigila que no te arranque una de las piernas y te cierre la boca con ella.
—¡Si al menos fuera algo decente para comer!
Killeen le sirvió la cena. Siguió conversando con él hasta que llegó la triste medianoche
y la habitación se llenó de sombras. Se esforzó en aparentar que su paseo por Metrópolis
le había parecido más lleno de color de lo que había sido en realidad. Toby estaba
deseando salir y poder ver todo aquello con sus propios ojos. Killeen le prometió que lo
sacaría a pasear al día siguiente. Tendría que llevar a su hijo en brazos, o en todo caso
tendría que ingeniárselas para montar una especie de silla de ruedas. Mantenía una
intensa lucha para que su voz no revelara sus sentimientos. Hatchet y los expertos en
aquellas cosas opinaban que no había la menor posibilidad de subsanar los daños que
Toby había sufrido.
Incluso Angelique, cuando había ido a verle aquel mismo día, había agitado la cabeza
con aire triste. Sabía cómo arreglar los ojos y el sabor de boca. Podía meterse dentro de
otros chips además de los que todos llevaban en la base del cráneo, pero los sistemas
completos del cuerpo quedaban fuera de su alcance. Nadie tenía el menor indicio de
cómo funcionaban o de dónde se conectaban las uniones neurales a la espina dorsal.
Toby tenía tres tapas de conexiones en la espalda, unas pequeñas muescas rojas
hexagonales. La mujer que se las había instalado había muerto en la Ciudadela Bishop.
Ningún miembro de los Bishop, los Rook o los King sabía cómo recomponer las
conexiones por medio de las muescas ni si los daños de Toby se podían arreglar desde
ellas.
Observó con alivio que Toby caía en un profundo sopor, cuando ya había empezado a
buscar cosas interesantes que contarle. Salió del pequeño edificio cuadrado para ir a
buscar agua a los pozos de los King, y en el camino se encontró con Shibo.
Le formuló una pregunta con la mirada y Killeen respondió:
—Parece que está bien, excepto por las piernas.
—¿Y la cabeza?
—Bien. Habla muy bien. Mañana le sacaré, tal vez pueda determinar sus reflejos.
Shibo parpadeó sin prisas bajo la luz oblicua y seca. Sus párpados se movían como
fantasmas grises y Killeen tuvo la impresión de que podía ver a través de ellos las
máscaras de marfil de sus ojos.
—¿Y tú?
—¿Te refieres a este brazo? Está bien.
Ella se lo masajeó con ambas manos.
—¿Lo notas?
—No, nada.
—¿Tiene arreglo?
Él movió la cabeza en señal de negación, pensando todavía en Toby. Nadie sabía gran
cosa de nada, al parecer. Empezaron a caminar juntos, sin rumbo fijo. Se les antojaba
tremendamente extraño el ir andando por un sendero entre formas creadas por manos
humanas. Faltaban los pequeños y casi obsesivos detalles del trabajo de los mecs. En
vez de ello, abundaban los errores agradables, las líneas torcidas y las curvas carentes
de voluntad artística.
—¿Qué te ha dicho Hatchet?
—La Familia King no sabe si otras Familias pudieron sobrevivir. Nosotros somos los
únicos que han encontrado. Si el Salpicado atrae a alguien más…
Dejó divagar su pensamiento. No podía reflexionar sobre las distantes implicaciones
teóricas cuando la cara de Toby se le aparecía, continuamente, pálida pero todavía
alegre.
En los ojos del muchacho había una serie de interrogantes referentes a su propio
cuerpo que pronto se convertirían primero en un enfado inútil y luego en desespero.
Killeen conocía bien aquel proceso. Lo había observado durante la marcha, en los
heridos.
—¿Has hablado sobre el Mantis con Hatchet?
Siempre se sorprendía de lo mucho que estaba enterada sin necesidad de que él le
contara nada.
—Decía que sí, decía que no; el hombre decía que no había salida —recitó,
recordando un antiguo dicho.
—¿Y del Mantis?
—Le preocupa, como es normal.
—Se preguntará si Metrópolis está segura.
—Sí. Y yo también. Hatchet… oculta algo.
—¿Qué?
—No lo sé. Me pregunto a qué se debe que Metrópolis esté aquí. ¿Cómo es posible
que el Mantis les haya dejado tranquilos?
—Me fijé en sus defensas. Son buenas, pero… —Killeen juzgó por el arco de sus cejas
que ella no estaba de acuerdo con aquella explicación.
—Me gustaría que Fanny estuviera aquí —comentó él, tristemente.
Hacía mucho tiempo que no pronunciaba aquel nombre. Los hechos que habían
sucedido a partir de su muerte definitiva habían provocado un gran cambio en la vida de
todos ellos. Deseó que hubieran podido salvar un Aspecto de ella para llevarlo consigo.
—¿Fanny?
—Oh, desde luego. Olvidaba que no llegaste a conocerla.
—¿Era vuestra Capitana?
—Sí. La mejor que pueda haber. Habría calado las intenciones de ese Hatchet como
un cuchillo caliente atraviesa la mantequilla. —Le gustaba aquella vieja frase aunque le
recordó que no había visto mantequilla desde los tiempos de la Ciudadela.
Shibo soltó de pronto:
—Hatchet no está bien.
—¿Eh? ¿Qué le pasa?
Ella se dio unos golpecitos en la sien.
—No está bien de aquí.
Aquello sorprendió a Killeen.
—¿Por qué lo dices?
—¿Oíste su discurso de bienvenida?
—No. Estaba dormido. ¿Qué dijo?
—Que Metrópolis es la ciudad más importante que jamás ha existido.
—¿Estas cabañas de barro? —rió Killeen.
—Se considera importante porque ha logrado mantener alejados a los Merodeadores.
—Pues muy pocos Merodeadores se habrán aventurado tan al interior del Salpicado. Si
ahora se enteran de que nosotros estamos aquí, nos van a visitar mucho más. Hatchet ha
tenido hasta ahora una suerte increíble.
—Sin duda. Luego habló de la unión de las Familias.
—¿Qué?
—Quiere ser Capitán.
—¿Capitán de todas las Familias?
—Creo que sí. Los King le aclaman sin cesar.
Killeen movió la cabeza.
—Este Hatchet ha hecho muchas cosas, no lo niego. Tiene capacidad de mando. Mira
qué orgullosos están de él los King. Pero creo que no tiene la sabiduría de un buen
Capitán.
—Opino lo mismo. —Y añadió en voz baja—: ¿Fanny era sabia?
Killeen sonrió.
—Ella solía decir que la gente vieja no se vuelve sabia, sólo más prudente. —Hizo una
pausa—. ¿O tal vez era mi padre quien lo decía?
—De todas maneras, esto no siempre es cierto.
—Sí. Fanny era sabia, aunque me habría hecho trizas por decirlo. Hatchet no lo es.
—Estoy de acuerdo.
Mantenía una expresión grave mientras al pasar observaba los cálidos cuadrados
amarillos que mostraban el interior de las pequeñas chozas. Los cánticos de la Familia se
alzaban llevados por la débil brisa.
Metrópolis tenía una línea de centinelas y de defensas exteriores detrás del anillo de
las cercanas colinas. Podían enterarse de si se aproximaba algún mec, lo que hacía
posible aquella despreocupación por las luces. Killeen no creía que tal actitud fuera
prudente.
La ciudad adormecida se veía borrosa a través de la neblina del humo de los fuegos de
campamento. El aire húmedo le acariciaba la cara y le vigorizaba los pulmones, una
agradable sensación. Aquello era el fuerte sabor de la vida: capear los vientos y labrar la
fértil tierra. En otros tiempos, le había dicho Arthur, toda Nieveclara había sido así.
Obligó a su pensamiento a dedicarse a las cosas prácticas.
—¿Por qué los mecs han reconstruido el Mantis cada vez? Después de la Calamidad,
los mecs podrían habernos dado caza, si hubieran querido.
—Lo intentaron. Nos cogían si se topaban con nosotros —dijo Shibo.
—Estoy de acuerdo, pero entonces no nos acosaban como ahora hace el Mantis. —
Killeen apretó con fuerza el puño derecho—. Durante años nos han dejado en paz. Todos
se olvidaron de nosotros, excepto los Merodeadores con los que nos topábamos por
accidente. Eso ya era bastante malo. Ahora nos han enviado el Mantis. ¿Por qué?
Shibo sonrió:
—No frunzas el ceño, te hace parecer más viejo.
Él advirtió que Shibo se había peinado de una manera diferente. El cabello ascendía a
partir de su ancha coronilla en forma de trenzas adornadas con plata. Después se abría
en abanico hacia fuera como una fuente negra helada. Los ojos le brillaban, y el traje de
saltos aparecía limpio y cepillado.
Lista para una aventura sentimental, pensó él. Ella le obsequió con una mirada lenta,
de arriba a abajo.
Pero él no estaba de humor.
No acababa de decidirse a decirle que ella le interesaba de una manera más bien
abstracta ya que le faltaba la motivación. Cuando su Familia había establecido la ley
referente a los impulsos sexuales, a Killeen no le había importado demasiado. En aquella
época dormía con Jocelyn, pero el dulce recuerdo de Verónica seguía obsesionándole. Ya
había pasado el maravilloso tiempo de su juventud, cuando el simple y casi inesperado
placer del acto bastaba para dejarle maravillado. Había quedado muy claro que Jocelyn
nunca podría llegar a sustituir a Verónica, y aquella certidumbre les había dejado un
regusto agridulce después de cada contacto y de cada gesto.
Abrió la boca para evitar el asunto, pero no logró articular una palabra. ¡Maldita sea!
¡Como si yo fuera un crío! Buscó algo que decir, pero su mente giraba en el vacío. Ante él
vio un tubo montado en un bastidor.
Sabía perfectamente de qué se trataba, pero aprovechó la oportunidad de cogerlo y
fingir sorpresa para cambiar de tema. Sin embargo, su alegría era auténtica.
La Ciudadela se había vanagloriado de poseer uno, y no podía imaginarse cómo había
conseguido la Familia King salvar el suyo. Tal vez lo habían rescatado de las ruinas de su
propia Ciudadela, años después de la Calamidad. Aquello encajaba con el estilo de
Hatchet.
Miró a través del antiguo visor. Las nubes se alejaban, dejando al descubierto una
destellante banda de luz estelar. Alcanzó a ver que la densa corriente de astros iba a
parar detrás de las cercanas praderas de polvo color rubí.
Arthur intervino:
¡Esta sí que es una visión bien venida! No había visto nada parecido desde hace
mucho tiempo. Esto es el Mandikini, una antigua palabra de la India asiática, en la
fabulosa Tierra. Se aplica al plano de la galaxia, la llamada Vía Láctea. La palabra india
se traduce literalmente como «gran río del espacio», porque ellos creían que…
—Ven y mira —dijo Killeen a Shibo, interrumpiendo a Arthur.
Shibo no había visto nunca un telescopio eléctrico. Le obedeció y miró a través de él,
recorriendo el cielo a media luz, y después le preguntó qué era un punto que aparecía en
la pantalla de situación.
Killeen miró con curiosidad el cristalino y diminuto objeto. Un recuerdo de la infancia se
precipitó en su mente.
—El Candelero —exclamó—. ¡Todavía queda uno!
—¿Qué es?
—Una ciudad. Una ciudad humana. ¿Acaso la Familia Rook no procede de un
Candelero?
Ella negó con un movimiento de cabeza, intrigada. Killeen explicó:
—Mucho tiempo atrás, todos descendimos de un Candelero y nos asentamos en
Nieveclara.
Arthur le había recordado aquellas antiguas tradiciones precisamente el día anterior.
Killeen había dejado que el Aspecto le hablara con más frecuencia, para ver si así
conseguía aprender más técnica mec. Pero no le había contado nada a Shibo porque
tenía la esperanza de aprender algunos trucos de artesanía que la impresionaran.
—¿Lo construyeron las Familias?
A partir del susurro interior del Aspecto Nialdi, Killeen captó un hecho significativo.
Estaba satisfecho de que hubiera alguna materia en la que pudiera demostrar que sabía
más que Shibo.
—Las Familias se formaron cuando la humanidad descendió desde los Candeleros.
Hace muchísimo tiempo.
—¿De un Candelero?
—No. De tres. —La información la obtuvo de Nialdi.
—¿Los hicimos nosotros?
Su incredulidad era realmente un eco de los sentimientos tácitos de Killeen. Parecía
increíble que alguna vez los hombres hubieran poseído la técnica para dar forma a las
cosas en la negrura de las alturas, o que pudieran surcarla. Hasta el extraño monumento
de piedra blanca que habían encontrado hacía un par de días parecía una hazaña
imposible.
Pero la primera vez que había visto un Candelero, cuando era un muchacho, el mundo
le había parecido un lugar seguro y que la humanidad tenía el poder en su mano. Ahora
ya conocía la verdad.
Killeen notaba que un malestar empezaba a burbujear detrás de su mente. Volvió a
estudiar el Candelero y sus resplandecientes filigranas de cristal, que aparecían secas y
frías ante una negrura sin relieve. Unas emociones incontroladas producían ecos en su
sistema sensorial. Era un lugar que parecía una joya nadando por la inmensidad de la
nada, era una afirmación frente a la eterna negación de la negrura.
Pero aquello provocó en él un llanto repentino.
Sus Aspectos emitieron sofocados gritos de júbilo, de orgullo y de un fuerte dolor
nostálgico. Gritaban al exterior desde sus recónditos alojamientos.
Unas voces burbujeantes caían sobre él. Respiraba con dificultad.
—¿Estás bien?
Killeen comprendió que su expresión debía de reflejar parte del trepidante frenesí que
desde dentro le hacía sonrojar y le sacaba de quicio.
—Ah, supongo que sí… pero… déjame mirar… sólo… un poco más…
Nialdi gritó:
¡Qué hermoso es! ¡Admirable! ¡Obra de los humanos!
Arthur vociferó:
Si me hubiera limitado a seguir los consejos de mis buenos amigos, aprovechando las
oportunidades, hubiera conseguido llegar a los puestos más altos. Habría llegado mi hora.
Seguro que hubiera podido lograr por lo menos un nombramiento temporal para el Comité
de la Tripulación en el Candelero Drake. Y si yo lo hubiera conseguido —a pesar de todo
cuanto puedas desgañitarte, Nialdi, no creas que no puedo oírte, ¡aunque pongas tus
insultos en clave!— me habría quedado en el Candelero. ¡Y todavía seguiría allí!
1. He oído que los mecs hicieron blanco en los Candeleros demasiado tarde.
2. En mi tiempo, ya nadie sabía si funcionaban.
3. No se recibían señales desde ellos.
4. No hacen otra cosa que estar colgados en el cielo como adornos de un árbol de
Navidad.
5. Si te hubieras quedado allí, lo más probable es que hubieras encontrado la muerte
definitiva.
¿Cómo puedes referirte con tanta ligereza a tan gran tragedia, al momento en que las
hordas del diablo engulleron todo lo que podía dar vida, sentido común y juicio a este loco
abismo?
Realmente, Nialdi, deberías dejar ya de sermonearnos. Me importa muy poco que seas
un filósofo y que hayas sido ordenado. Pero hombre, ¿acaso no puedes limitarte a
admirar el Candelero y gozar con la imagen? ¡Los mecs no lo han destruido! Piensa en
las implicaciones que puede suponer.
Simpatizo contigo, Arthur. Nadie puede desear más que yo el retorno de la humanidad,
entre todas las cosas realmente vivas, a nuestro estado original. ¡Sí señor, lo afirmo
rotundamente!
1. En ese caso, déjate de tanta palabrería.
2. Hay que encontrar ahora mismo la manera de salir de aquí.
3. Hay que ceñirse a lo positivo.
Desde luego, la era de los Candeleros llegó a un trágico fin. Habíamos confiado
demasiado en las máquinas, hasta convertirlas en artefactos voraces. Pero esto no es
excusa para que nos dejemos llevar por las pesadillas febriles referentes a los mecs.
Nosotros…
¿Negarás que ellos destruyeron la mayor parte de nuestras naves, y que mataron a la
mayoría de los que iban en la expedición?
Naturalmente yo…
¿Negarás también que después regresaron y volvieron a destrozar todo cuanto
habíamos hecho, dejando —¡alabado sea Dios!— este Candelero solitario? Demos
gracias…
¡Acaba ya con este parloteo religioso! No vas a poder ganarme con eso. Nadie se
dejaría convencer por tus…
1. ¡Fijaos en Killeen!
2. Ya sé que nos hemos recalentado, pero fijaos, esto le está afectando.
¡Se tambalea! ¡Le hemos contagiado alguno de nuestros sentimientos!
Tu mente calenturienta es la culpable de todo esto. Tu odio ciego e irracional ha…
¡Mirad…!
Killeen era consciente de que estaba sufriendo una tempestad de Aspectos, pero poca
cosa podía hacer para impedirlo. No podía controlar su propio cuerpo. Le sucedía lo
mismo que a la mujer de unos días antes, cuyos Aspectos se habían recalentado y vuelto
salvajes.
Sintió unos dientes de plata que le aserraban el cráneo.
Unas avispas que zumbaban y llenaban el aire polvoriento.
Cayó sobre el brazo inerte.
La nieve le apedreó las narices.
Los insectos le comían los ojos.
9
A la mañana siguiente tuvo lugar lo que en los tiempos de la antigua Ciudadela se
habría denominado una Confluencia de Familias. Pero en los tiempos que corrían, no
eran más que tres hombres enjutos y musculosos, con la barba desordenada, que se
sentaban en sillas de tejido vegetal en el interior de una cabaña de barro de color
anaranjado sucio.
Killeen se enteró de ello a través de Shibo, que se cuidaba de él. Se enteró a base de
palabras muy aisladas, de cuñas acústicas que se propagaban como algo sólido entre las
interrupciones de los silencios.
Sabía que estaban tratando de asuntos que no estaba de ánimo para reflexionar él
mismo. Algunos consideraban que debían integrar las Familias en algo que constituiría a
la vez la nueva Ciudadela y también, para los más pesimistas, el último reducto sólido de
los últimos miembros de la humanidad. Había otros que opinaban que el número no
implicaba una seguridad real y que debían esconderse bajo el suelo, o dispersarse en
pueblos separados, o hasta seguir marchando de nuevo.
A Killeen todo aquello no le importaba. Su mundo había quedado reducido a un simple
juego de fuerzas que se entrecruzaban, y cada una de las fuerzas se apoyaba en objetos
definidos.
Las piernas de Toby.
Los ojos transparentes de Shibo.
Su propio brazo izquierdo que oscilaba como un colgajo.
Todos eran concretos y específicos. Tenía que concentrarse en ellos para recuperar la
totalidad de su sistema sensorial.
Sus Aspectos lo habían sobrecargado. En aquel momento ya se habían refugiado en
los estantes remotos de su propio ser, que era como una colmena, desde donde emitían
sus ecos.
Iba a curarse, claro. Era cuestión de un día o dos.
Transcurrió una jornada sin que se diera mucha cuenta de ello, excepto por un rayo de
luz de Dénix que corría por el suelo y luego subía por la pared más alejada. Comió y
pareció dormirse durante unos momentos y luego el rayo amarillo-blanco regresó al
modesto suelo de arcilla.
Se sentó y empezó a pensar.
Si los Merodeadores atacaban Metrópolis, poco podría hacer Killeen para defenderla.
Incluso aunque se hubiera recuperado, no sería capaz de sostener a pulso un proyector o
un fusil, como era debido. Y si Metrópolis caía y se veían obligados a iniciar otra
humillante retirada, la Familia dejaría abandonado a Toby.
Las tartamudeantes voces de los Aspectos le llamaban, los suaves susurros resonaban
en cuanto les daba la menor oportunidad. Pero pocas cosas de lo que le decían le
resultaban útiles. Le aconsejaban que hiciera lo posible por que su brazo volviera a
funcionar. Y que se olvidara de Toby.
Killeen estaba sentado en la estrecha cabaña de suelo húmedo, y velaba el sueño de
Toby. Sabía que Fornax, Hatchet y Ledroff estaban conferenciando muy cerca de allí
sobre asuntos que también significaban la vida o la muerte para él y Toby. Pero no se
movió.
Todos los padres, razonaba, saben que llega el instante en que su punto de vínculo
con el futuro se vuelve resbaladizo y que en un momento u otro les fallará. Aquello llega a
medida que se va entrando en años. En cierto modo, los niños eran una respuesta de la
vida ante la muerte. Su pequeña pero persistente presencia era un constante recordatorio
de que uno ya no pertenecía a la generación más reciente. De que la historia se
preparaba para seguir. De que para que los hijos florecieran, era justo y necesario que los
padres se marchitaran y les cedieran el terreno.
Aquello era algo natural y propio que se sabía sin discusión, sin necesidad de pensarlo.
Killeen lo percibía en el silencio opresivo de la cabaña. Los sonidos cotidianos de
Metrópolis entraban por la ventana como si procedieran de un sitio lejano y transparente,
los murmullos de actividad eran como aquellas voces que se oyen, pero que jamás llegan
a comprenderse. Miraba a su hijo y sabía que había de hacer algo, pero la bisagra que
debía permitirle el movimiento se negaba a abrirse. No le dejaba entrar en plena acción.
Sintió que aquello era como un nudo que tenía en su interior.
A él mismo no le importaba ceder el terreno. Su propia vida tenía tan poco peso como
la frugal mochila que llevaba. Los años de muertes y de constantes retiradas no habían
disminuido su consideración del valor y de la dignidad humanas, pero le habían
impresionado por la desconsiderada y azarosa manera como sucedían las cosas. Sabía
que un golpe casual de una máquina que pasara por allí y que no conocía el dolor ni el
remordimiento le podía borrar del mapa: aquél era el hecho central del mundo. Pero el
mundo no podía aniquilar tan fácilmente su legado: Toby. Aquello era algo que él no iba a
permitir.
Killeen observaba los lentos y profundos movimientos del pecho de su hijo, que estaba
cubierto por unas sábanas de tejido basto. Una mosca entró zumbando por la ventana
iluminada por el sol. Aquel pequeño insecto que describía círculos inspeccionó los
desnudos muebles de la cabaña, se posó sobre la mano de Toby y empezó a pasearse
por ella. Killeen dejó que la mosca se marchara. Estaba viva y tenía su propio derecho a
seguir así. Su padre le había instruido sobre sus responsabilidades y deberes en relación
con todas las formas de vida, puesto que el hombre era su máxima representación. La
humanidad debía llevar la voz cantante por todas las formas de vida amenazadas. No
podía perjudicar a las formas inferiores e ignorantes. Killeen toleró a la mosca hasta que
empezó arrastrarse por la cara de Toby, entonces la cogió con la mano acopada, la llevó
hasta la ventana, y desde allí la lanzó a la brisa que soplaba por la calle.
El sube y baja del pecho de Toby constituía por sí mismo un pequeño milagro.
Pensaba en los mecs y en la Ciudadela, y en su propio brazo inútil, mientras observaba
la simple majestad de la respiración. Sabía que estaba pensando, pero lo hacía como un
hombre que no tuviera la costumbre de plasmar sus conclusiones en la solidez de las
palabras, sin la presión de tener que llegar a un resultado. Al cabo de un rato en aquel
ambiente tranquilo y reposado, Killeen estuvo seguro de que, llegado el momento, sabría
lo que debía hacer. Siguió observando durante un buen rato a su hijo, por el simple placer
de hacerlo. De golpe, se le ocurrió que tal vez aquélla era la última vez que podía mirarle.
Por fin, cuando advirtió que tenía los músculos de sus piernas anquilosados y
doloridos, Killeen se levantó. No había recuperado la sensibilidad del brazo izquierdo, y
sospechaba que no volvería a tenerla nunca. Estaba a punto de dar una cabezada
cuando las voces de los Aspectos se hicieron más fuertes para darle sus interesados
consejos.
Cerró los ojos con fuerza y rechazó aquellos discursos machacones. Comprendía la
preocupación que sentían por su propia seguridad. Pero, con todo, ninguno de ellos podía
decirle nada que él no hubiera pensado ya antes, y su incesante charla le producía una
vertiginosa irritación, aún peor que la de la mosca.
Se acercó a la valla de estacas de Hatchet. Su andar inseguro levantó una polvareda
que fue arrastrada por la brisa. Pensó que la valla parecía aún más ridícula que antes, y
que era un gesto insignificante contra aquel mundo silencioso e implacable. Mientras se
acercaba, la reunión llegó a su fin y los tres Capitanes salieron a la calle. Todos ellos
llevaban camisas y pantalones recién lavados, y polainas de tela rígida. Killeen recordó
borrosamente que también él debía haber lavado los suyos, de la misma manera que
tenía que haberse arreglado el cabello. Se pasó los dedos por el cuero cabelludo y al
instante comprobó que no lucía un artístico corte de pelo con ondas, sino un encrespado
mar de nudos y de erizadas greñas.
Fornax fue el primero en verle y se rió.
—¿Estás mejor?
—Sí.
Hatchet estudiaba a Killeen con los ojos entornados.
—Ledroff me decía que eres un hombre muy rápido cuando no estás enfermo o
borracho.
—Lo mismo le sucede a él. —Aquella declaración arrancó risas de todos ellos, menos
de Ledroff.
—Dice que tienes un Rostro que nos puede ser útil.
—¿Para qué?
Ledroff sonrió con la mueca de quien está divulgando un secreto pero quiere jugar a
guardárselo durante un rato.
—Un trabajito. De traducción.
—Yo no… —Killeen se interrumpió.
Ledroff sonrió más abiertamente al ver la evidente confusión de Killeen.
—¿Has visto alguna vez un Renegamec?
Hatchet había contado algo importante a los otros Capitanes. Estaban planeando algo.
—He oído hablar de ellos. —Killeen contestó con precaución y con voz monótona y
neutra.
Jamás había visto un Renegado. Eran mecs que se habían metido en líos con los de su
misma clase. Proscritos. Solitarios. Vivían en los límites de la civilización mec. Eran muy
escasos. En el pasado, los hombres habían mantenido relaciones esporádicas con los
Renegados. Los contactos tenían lugar casi por accidente, cuando un Renegado estaba
desesperado. Las negociaciones resultaban difíciles dada la ausencia de un lenguaje
común. Pocas veces las relaciones habían ido más allá del simple negocio. Muchos de los
Renegados trataban a los humanos como si fueran escoria, y sólo en caso de extrema
necesidad. Pero los Renegados vivían más tiempo que los hombres, y por esto sus
contactos con las Familias estaban distanciados por generaciones y se habían convertido
en leyendas.
Bud, su Rostro, había sido el traductor cuando la Familia Bishop tenía tratos con dos
mecs Renegados. Aquello había sucedido mucho antes de que Killeen naciera. Existía
una señal previamente convenida para los encuentros. Ambos Renegados habían
desaparecido sin motivo aparente.
En un abrir y cerrar de ojos, Killeen había invocado a Bud y le había disparado unas
preguntas.
1. Los dos Renegados que conocían los Bishop fueron atrapados por los
Merodeadores.
2. Supongo que murieron de muerte definitiva.
3. Conozco algo del lenguaje mec que hablaban entonces.
4. Aunque en su mayor parte son asuntos técnicos.
5. No conozco la totalidad del lenguaje mec.
—Nosotros tenemos tratos con un Reny desde hace dos o tres años —aclaró Hatchet.
—Así es como la Familia King ha construido esta ciudad —dijo Ledroff.
Killeen asintió, a pesar de que todavía estaba aturdido.
Ésa era también la razón por la cual los King estaban tan seguros de que podían tener
fuegos durante la noche sin necesidad de ocultarlos. Contaban con la ayuda de un mec
de verdad. Debía de haber una especie de trato que aseguraba que los mecs se
mantendrían apartados del Salpicado. Preguntó:
—¿Qué clase de Reny?
—Un Especialista —dijo Hatchet.
—¿Os fiáis de él?
—No nos queda más remedio.
—¿Por qué?
—¡Para tener alguna condenada ayuda, ése es el porqué!
—¿Qué clase de ayuda?
—Información. Suministros, incluso.
—¿A cambio de qué?
Hatchet estaba incómodo.
—¿Sabe este individuo quién es? ¿El resto de los vuestros son como él? —preguntó a
Ledroff y a Fornax.
—Killeen es un imbécil profundo —dijo Ledroff.
—Será mejor seguirle la corriente, porque si no, no volverá a estar de acuerdo con
nada de lo que digas —añadió Fornax.
Hatchet hizo un signo de comprensión, pero parecía molesto.
—Hemos tenido que hacer algunos trabajos para el Especialista Renegado.
—¿De qué clase?
—Robar cosas, casi siempre.
—¿De dónde?
—De los túneles de almacenaje de los mecs.
Killeen no añadió nada. Su expresión bastó para que Hatchet se explicara.
—Hey, mira, tenemos sistemas. Trucos.
—Será mejor que los tengáis —intervino Ledroff sin tapujos—. Ya has oído lo que
hemos convenido. Será mejor que dispongáis de buenos sistemas. En caso contrario, no
voy a enviar a ninguno de los míos.
Los tres Capitanes discutieron durante un rato, lo que dio a Killeen la oportunidad de
examinar a fondo la cara de Hatchet. Sus palabras iban y venían como una pelota a
través del espacio que los separaba.
Imaginó que podía ver toda la dureza interior de Hatchet formando un nudo al final de
su pronunciada barbilla. La pequeña bola de carne que tenía allí se movía como si no
guardara relación alguna con el resto de la cara y expresara todo lo que él deseaba
esconder. La bolita se movía ansiosa, pequeña, nerviosa, mientras la expresión facial de
Hatchet parecía astuta y firme. Las coletas de pelo negro que salían de aquel inquieto
apéndice parecían estar vivas.
Al instante comprendió que Hatchet era el mejor jefe de los tres. Killeen debería
utilizarlo, sin que se notara demasiado. Debía desempeñar el papel de un miembro de la
Familia Bishop que tenía un problema legítimo. Con aquello conseguiría que Hatchet se
distanciara de los otros Capitanes.
Killeen recordaba el gesto de Shibo, el índice sobre la sien. Hatchet no está bien de
aquí.
Bueno, tal vez Hatchet tenía ciertas peculiaridades pero era un jefe brillante. No cabía
duda de que el hombre era inteligente. Controlaba muy bien la expresión de la cara,
dando a conocer lo que quería pero sin apartarse de sus verdaderos pensamientos. Podía
mostrar una sonrisa amplia y amistosa para luego irla nublando poco a poco como si se
fuera dando cuenta de que su interlocutor le pedía algo que él, por los mejores motivos,
no le podía conceder.
Pero su cara no era perfecta. Las tensiones internas de Hatchet se concentraban en la
pelota de grasa de la barbilla. Una gota de sudor se formó entre la negra pelambrera y
apareció por la parte inferior. Se quedó colgada allí, columpiándose cada vez que Hatchet
movía la boca para hacer duros pero sabios comentarios al discurso de los otros dos
Capitanes. Aquella frágil gota se adhería a la aceitosa piel como un náufrago
desesperado se agarraría a un madero. Nadie más parecía darse cuenta de aquel
pequeño drama. Killeen reprimió una sonrisa. Los Capitanes tenían una dignidad y una
posición que todo el mundo quería mantener en alto. Tal vez ni siquiera veían la gota.
Killeen esperó hasta que los Capitanes acabaran su discusión. Tres o cuatro personas
más habían ido y venido con asuntos de poca monta; había una multitud de problemas
delicados que debían resolverse entre las Familias. Como anfitriones del único
asentamiento humano, los King tenían la última palabra. Pero las antiguas costumbres
humanas situaban a las demás Familias en igualdad de condiciones, y Killeen pensaba
utilizar aquella costumbre. Durante un intervalo de calma, preguntó:
—Este Especialista Renegado, ¿puede hacer trabajos médicos de recuperación?
Hatchet frunció el ceño.
—El año pasado conseguí que arreglara algo de Roselyn. Conoce algunos
subsistemas. Pero, ¿no estarás pensando…?
—Claro que sí.
Hatchet miró el brazo de Killeen y luego a Ledroff. Mejor sería que el Capitán de los
Bishop se encargara de aquel asunto.
—No, Killeen, mira —intervino Ledroff—, tienes un brazo inútil, es cierto. Pero no
podemos andar arreglando a todo el mundo. Cumple con tu trabajo. Traduce un poco.
Después de todo, no puedes llevar cargas. No confíes demasiado.
Killeen hizo un gesto con la cabeza. Aquello indicaba que había comprendido la
explicación de su Capitán, pero se detuvo antes de dar signos activos de conformidad. Allí
había algo más, y quería descubrir qué era para utilizarlo en su favor.
Con voz neutra preguntó a Hatchet:
—¿Cómo es que no utilizáis vuestro traductor?
Hatchet endureció las facciones y aparecieron sombras en sus pómulos.
—Está enferma. Ya lo sabes.
—¿De qué?
—Problemas con sus Aspectos.
—¿Como cuáles?
—Son asuntos de la Familia King.
—¿Algo que consiguió del mec Renegado?
—¿Te olvidas de que soy un Capitán? —vociferó Hatchet.
Ledroff empezó a excusarse por la insolencia de un miembro de su Familia. Killeen le
interrumpió:
—No quiero saber de quién se trata, sólo pregunto qué le sucede. Yo respeto los
asuntos de la Familia King.
—Este hombre tiene razón —intervino Fornax.
—No tengo que responder a preguntas sobre mi Familia. —Hatchet apretó tanto los
labios que se redujeron a unas líneas exangües. Su cara se convirtió en una máscara de
inexorable repulsa. Pero la bolita de la barbilla dejó caer una generosa gota de sudor.
Fornax y Ledroff torcieron el gesto. Intercambiaron miradas entre ellos. Ambos eran
menos poderosos que Hatchet, pero Killeen comprendió que en aquel punto podía
mantenerse firme.
—Será mejor que nos ayudes esta vez —advirtió Ledroff.
A Hatchet la situación le inquietaba. Estudió a los dos Capitanes. Con cara inocente y
firme, dijo de mala gana:
—Tenía una especie de sobrecarga. Pero no como la tuya. Tú estás bien. Ella no hace
más que mirar fijamente a la pared.
—¿Qué sucedió? —insistió Killeen.
—Intervino en el último contacto con el Renegado. Regresó junto a los demás y parecía
bien. Luego tuvo una tempestad de Aspectos y… se quedó así. —Desvió la mirada hacia
lo lejos.
Los otros dos Capitanes se agitaron. Cuando las cosas iban mal, siempre aparecían
más problemas con los Aspectos. Nadie sabía qué se podía hacer para remediarlo.
—Respeto vuestros problemas —dijo Killeen con toda seriedad—. Yo los comparto. Iré,
desde luego.
—¿Lo harás por el brazo? —preguntó Ledroff—. Ya sé que lo necesitas, claro que sí.
Pero hay muchas probabilidades de que no consigas la menor ayuda del Renegado. Te
limitarás a hacer lo que se te ha dicho, ¿de acuerdo? La Familia no puede dejarte ir si el
Capitán Hatchet no se fía de ti. Como Capitán, yo te…
—Voy a ir por Toby —replicó Killeen—. Con Toby.
Dio media vuelta y se fue sin esperar respuesta.
No iba a haber más regateos. Había dicho cuanto debía, había llegado el momento de
quedarse callado. Dejaría que Hatchet lo considerara. Dejaría que Fornax y Ledroff
pensaran un poco.
Ya volverían a tratar del tema. Killeen tenía en su Rostro, Bud, el factor crucial que
Hatchet necesitaba: un traductor.
El brazo malo le colgaba fláccido y muerto, pero el brazo derecho siguió el ritmo de sus
pasos.
TERCERA PARTE – LOS VERTEBRADOS SOÑADORES
1
Hatchet encabezaba la columna al salir de Metrópolis. Tuvieron que andar durante toda
una jornada para poder tomar contacto.
Hatchet no había permitido que hubiera testigos de su transmisión al mec Renegado.
Según la antigua tradición de las Ciudadelas, las habitaciones privadas de un Capitán
eran inviolables, y Hatchet había construido muchas de las cosas que allí había. Después
de permanecer quince minutos en su pequeña cabaña de suelo enlosado, salió sonriendo.
Tenía una expresión orgullosa y aliviada, y explicó a algunos de los miembros de su
Familia lo difícil que le había resultado concretar el encuentro con el mec Renegado,
mediante un código establecido de antemano.
El Renegado no tenía manera de codificar el lenguaje humano, explicó Hatchet, y
utilizaba un sistema de números-signos. El Rostro Bud de Killeen comunicó que aquello
era verosímil. Los Renegados con los que había trabajado Bud mucho tiempo atrás
también habían usado un simple código numérico.
A poca distancia, sin embargo, los Renegados podían hablar con los Aspectos de los
humanos, transmitiendo frases más complejas por medio del equipo sensorial del
huésped. Killeen carecía de experiencia en esta labor y consideraba aquello como parte
de la tradición, como una herramienta más, sin perder tiempo imaginando lo que en el
lejano pasado había podido resultar de todo aquello.
Hatchet se desplazaba saltando con regularidad y elegancia sorprendentes. Cubría el
terreno con rapidez y se impacientaba con Killeen y Shibo, que llevaban a Toby sobre
unas parihuelas. Shibo había encontrado la manera de asegurar la camilla a su
exoesqueleto y aquello facilitaba la marcha. Hatchet se encargaba personalmente de
patrullar, repartiendo las energías entre ambos flancos de la columna.
El destacamento constaba de diez componentes. Los Capitanes habían estado de
acuerdo en que si enviaban a miembros de las tres Familias, eso ayudaría a unirlas más.
Hatchet sería el Capitán, como lo había sido en todas las incursiones anteriores de los
King. Iban tres veteranos de los King y tres de los Rook.
Ledroff había enviado a Cermo el Lento, porque era bueno para llevar cargas. Killeen
hubiera preferido a Jocelyn. Su antigua intimidad con ella había disminuido, pero la
consideraba inteligente y rápida. Killeen se negó a ir a menos que Ledroff estuviera de
acuerdo en enviar a Shibo. Aquella mujer tenía un método silencioso y seguro, que él
admiraba, para vérselas con los mecs. Sin necesidad de pedírselo, ella misma se había
ofrecido voluntaria para ayudarle con Toby.
A Ledroff no le gustaba tener que enviarla, pero Killeen eliminó cualquier otra
posibilidad con un simple movimiento de cabeza. Sólo después se dio cuenta de que
Ledroff y Fornax debían de estar muy complacidos con aquel arreglo que mandaba a los
díscolos Shibo y Killeen, así como al Capitán rival, Hatchet, a una misión peligrosa.
Ningún miembro de aquella generación de los Bishop ni de los Rook había tenido tratos
con un Renegado. Estaban nerviosos, sin querer aparentarlo, y aquello hacía aumentar la
velocidad de la marcha. Killeen y Shibo se esforzaban por mantener sus posiciones
relativas. Se hundían mucho en el blando suelo de los valles y resoplaban con fuerza
cuando Hatchet los hacía avanzar cuesta arriba, por los lechos de los arroyos, para atajar
camino.
Sólo llevaban armas ligeras. Hatchet quería un mínimo de impedimenta, para poder
avanzar más deprisa. Argüía que si se metían en líos, sería mucho más conveniente la
huida que la lucha.
Toby lo resistía bien. Se columpiaba en las parihuelas de viaje sin un murmullo de
protesta, aunque de vez en cuando unos espasmos conmovían su cara. Killeen
controlaba su estado cada pocos minutos e intentaba mantener una conversación con él,
pero el muchacho estaba como aletargado. Dormía casi todo el rato, lo que tampoco era
malo.
Hatchet era un buen jefe de expedición, tal como Killeen había esperado. Aquel
hombre sabía cómo mantener el ánimo levantado. Hasta llegó a conseguir que todos
intervinieran en un torneo oral de suave y humorística crítica, algo difícil de conseguir
sobre la marcha, y más entre personas que no se conocían mucho.
Hatchet lo convirtió en un concurso, sacando a la palestra a los mejores y más
reconocidos cascarrabias de cada Familia.
Refiriéndose a un compañero King, Hatchet dijo:
—Va con el culo tan prieto, que necesita un calzador para poder tirarse pedos.
Y aquélla fue la frase clave que desencadenó las carcajadas de todos e hizo que se
olvidaran de sus temores. Killeen recordaba que Fanny había hecho lo mismo tomando el
pelo a cada uno de los miembros de la Familia durante el viaje. Con ello conseguía que
todos disfrutaran y estuvieran pendientes de quién sería el próximo con el que se metería,
porque había un número limitado de cascarrabias de primera línea.
Hatchet era mejor que Ledroff y Fornax, pero había algo en aquel hombre que
desconcertaba a Killeen. Hatchet no poseía aquel férreo sentido de la honestidad que
Fanny proyectaba sin proponérselo.
El terreno por donde pasaban aparecía más seco a medida que se alejaban del centro
del Salpicado. Conforme la vida iba menguando, Killeen estaba cada vez más alerta.
Las máquinas se apartaban de la humedad, pero la factoría que habían asaltado
últimamente demostraba que las civilizaciones de los mecs estaban ocupando zonas más
húmedas que aquéllas.
—No os inquietéis —dijo Hatchet durante un descanso que se tomaron para engullir
algunas provisiones ligeras—. El Reny me indicó que no había Merodeadores por esta
ruta.
—¿Puede hacer los arreglos oportunos para que no te molesten?
—Claro que sí.
La cara angulosa de Hatchet había adquirido una mayor animación a lo largo de la
marcha, más de acuerdo con el curioso indicador de la barbilla.
—¿Cómo? Nunca había oído nada semejante.
—Creo que puede reprogramar a los Merodeadores. Al menos a los más pequeños.
—Debe de tratarse de un Renegado muy potente.
—Es el mejor —declaró Hatchet con una satisfacción inconsciente.
—¿Trabaja solo?
Hatchet parpadeó como si aquella idea no se le hubiese ocurrido.
—Creo que sí. Nunca le he visto en compañía de otro mec.
Killeen no creía que aquello significara gran cosa, porque los mecs se comunicaban
entre ellos a muy grandes distancias por medio de los sensores. Pero lo dejó pasar.
—¿Cómo os pusisteis en contacto con él?
—En realidad, fue él quien nos encontró a nosotros —reconoció—. Llevábamos años
enteros huyendo después de la Calamidad. De alguna manera nos siguió la pista.
—Tal vez obtuvo un informe por medio de la red general de comunicaciones de los
Merodeadores —sugirió Killeen.
Shibo estaba sentada y estudiaba en silencio a Hatchet, sin que su expresión
trasluciera nada.
—No sería una comunicación continua —objetó Hatchet—. En caso contrario
tendríamos de vez en cuando un Merodeador paseándose por Metrópolis.
Killeen frunció el ceño. No le habían dicho nada de todo aquello.
—¿Alguno ha podido escapar?
—No, que nosotros sepamos. Los machacamos a fondo.
—Es decir, ¿la red de los Merodeadores no sabe que Metrópolis está allí?
—El Reny se ocupa de eso.
—Es arriesgado.
La pelotita de la barbilla de Hatchet parecía ganar autonomía a medida que endurecía
la expresión del resto de su cara.
—Esto forma parte de nuestro trato. El Reny tiene un aparato con el que puede
interferir en la observación geográfica de los mecs. Es como si pintara la imagen que
proyectamos para escondernos. Ello hace que Metrópolis parezca algo completamente
natural.
—Le llamáis «él», ¿verdad?
Hatchet parpadeó.
—Bueno. El Renegado es casi humano, por muchos conceptos.
—No es bueno pensar de esta manera —advirtió Shibo.
—Escucha. He conseguido construir Metrópolis —afirmó Hatchet con severidad—. Los
King están en un asentamiento, y comen bien. ¡Esto es mucho mejor que ir
vagabundeando como vosotros!
Killeen estaba de acuerdo, pero no conseguía suprimir un cierto malestar. Los mecs
eran enemigos, y esto no había quién lo pudiera cambiar. Cualquier pensamiento que se
olvidara de este hecho era peligroso, una locura. ¿Quién podía saber qué perseguían en
realidad los Renegados?
La marcha de aquella tarde fue muy pesada porque Hatchet insistía en alcanzar su
objetivo a la puesta de Dénix. Avanzaban en línea recta hacia el punto ardiente del
Comilón, y la visibilidad era cada vez peor. Toby no se había despertado de su muy
mecido sueño, pero había emitido algunos quejidos. Killeen no podía discernir si los
gruñidos de ansiedad y los suspiros enmascarados por el sueño se debían a un dolor real
o eran expresiones que se escapaban de sus pesadillas. A todo el mundo le pasaba igual;
entre los adultos se trataba generalmente de los Aspectos que luchaban por vivir. Toby
tenía la cara surcada de arrugas de dolor, y los ojos se ocultaban espasmódicamente bajo
los párpados. En cierta manera, las lesiones habían disparado su crecimiento. El cabello
le llegaba hasta los hombros, y las uñas sobresalían mucho, como si fueran unos
delgados clavos blancos.
Shibo se cansaba de llevar la carga, su exoesqueleto se iba frenando. Killeen sentía un
dolor que se extendía a partir de los hombros, en el punto donde le mordían las correas
de las parihuelas. Puso toda su voluntad en prescindir de él, imaginando todos los demás
aspectos del mundo como algo difícil, cortante y real, tan real que le permitiera olvidar el
dolor. Consiguió mantenerse así hasta que descubrió el sitio de destino. Era una extensa
planicie; el terreno aparecía llano sin que aquello fuera obra de los mecs.
En la llanura no había nada, ni siquiera desperdicios de los mecs. Se refugiaron bajo un
saliente rocoso para que nada pudiera descubrirles desde el cielo. Entonces esperaron.
Dénix enrojeció antes de ponerse, y un gélido azul llenó el cielo procedente del otro
extremo del horizonte, por donde asomaba el resplandor del Comilón. A Killeen le gustaba
contemplar el juego de luces sobre las escasas nubes grises y altas. Durante los últimos
años, había visto muy pocas nubes. Arthur le había explicado, sin que él se lo pidiera, que
gran parte del terreno estaba tan seco que ya no desprendía humedad hacia el cielo.
Suponía que por aquella causa había algunos jirones de niebla, bordeados de plata, en
las proximidades de Metrópolis, con sus nieves fundentes a cielo abierto. Entornó los ojos,
tratando de localizar el Candelero a medida que el azul del cielo se hacía más intenso. En
aquel momento, el Empolvador cayó sobre ellos.
Killeen se quedó paralizado. El Empolvador continuó en línea recta. La parte inferior de
su panza carecía de junturas y aparecía bruñida, reflejando el terreno sobre el que volaba.
Iba muy bajo, como si estuviera escudriñando la llanura. No se abrió ninguna compuerta
para soltar veneno. Killeen se quedó absolutamente inmóvil hasta que Hatchet le dio unos
golpecitos sobre el hombro y dijo en voz alta:
—Tranquilízate. Éste es de los nuestros.
Una de las mujeres King ya volvía a echarse la mochila al hombro y sonreía al ver el
ligero sobresalto que habían ocasionado a los Bishop y a los Rook. Killeen observó que
los demás se sentían algo avergonzados, pero él no lo estaba en absoluto. Que los King
consideraran al Empolvador como algo conocido con lo que habían tenido tratos
anteriormente no significaba que él tuviera que hallarse en el mismo caso.
Él y Shibo ocuparon la retaguardia. Toby había vuelto a dormirse, tenía la boca abierta
y su cara presentaba una palidez extraña. Killeen distinguía cómo le batía el pulso con
firmeza en el cuello, por lo que dejó que siguiera dormido.
El Empolvador emitió un tenue pero agudo sonido cuando todos ellos se esparcieron
por el llano. No tenía aletas; en lugar de ello parecía sostenerse en el aire por sí mismo
gracias a un sistema que Killeen no podía comprender. Luego, cuando disminuyó de
velocidad, descubrió que cuatro piezas que parecían patines surgían por debajo. Una
espesa columna de polvo oscuro empezó a salir por la parte posterior. El artefacto se
posó y se acercó a ellos. Killeen tuvo que hacer un esfuerzo para obligarse a seguir
andando. Los King parecían indiferentes cuando el Empolvador se les acercó
retumbando.
Fingían haber domesticado a un Renegado, y saber lo que había que hacer. Killeen
estaba convencido de que le consideraban un iluso por llevar de aquella manera a Toby, a
quien los King habían dado ya por desahuciado. Si ellos habían sido incapaces de
obtener ayuda médica de su Renegado, era evidente que aquella banda de vagabundos
maltratados que eran los Bishop no iban a conseguirlo. Pero necesitaban un traductor,
sólo por ello toleraban que llevara a rastras al ya sentenciado muchacho, si aquél era el
precio. La cara de Hatchet lo había dejado traslucir el día antes, pero la buena educación
entre las Familias todavía tenía su peso, y no lo había expresado con palabras.
La panza pulida se abrió por el centro. Una rampa produjo un ruido metálico al caer
sobre el polvo. Hatchet se puso a la cabeza de la comitiva y subió por la pasarela; los
Rook y los Bishop iban detrás suyo, con los ojos muy abiertos y en blanco.
Killeen se obligó a subir por la rampa. El punzante olor de los mecanismos activos de
los mecs le alertó, haciendo danzar a sus sentidos.
Se acomodaron en unos sencillos nichos que sobresalían de las paredes. El interior del
Empolvador estaba en tinieblas, la red de soportes y máquinas chatas formaba un
amenazante dosel. Unas luces bailaban soltando ráfagas en las paredes. Las zonas
iluminadas que se desplazaban por allí ponían unas cuñas de luz rojiza en las caras
tensas de los que estaban sentados. Killeen se mantenía en pie y estaba alerta. Sintió
que el piso temblaba. Un repentino salto le mandó a tropezones contra un nicho de
aluminio, y provocó las risas de los demás. Aquél era el primer sonido humano que se oía
dentro del Empolvador. Todo el mundo se rió cuando Killeen, con expresión triste, buscó
tanteando un asiento, y luego todos se quedaron en una temerosa y callada espera. Un
sonido monótono llenó las paredes y les tranquilizó. Toby dormía.
Killeen estudiaba la sugestiva penumbra. Los rincones aparecían llenos de suciedad y
de basura mec. Todo parecía viejo y desgastado. Dedujo que el Empolvador no tenía
inteligencia propia, sino que era sólo una herramienta de otros mecs. Recordó que Toby
había llamado «cucarachas del cielo» a las pequeñas máquinas que habían caído del
Empolvador, en recuerdo de unos insectos que habían infestado la Ciudadela. No tenía la
menor idea de si aquéllas vivían dentro de los Empolvadores, pero si se tropezaba con
una de ellas en aquella penumbra que le recordaba el resplandor de las ascuas, la
mataría sin importarle lo confiado que estuviera Hatchet.
Killeen controlaba el transcurso del tiempo por medio del reloj indicador que aparecía
en su ojo izquierdo. Consiguió no pensar que estaba en el aire, ni desde qué altura podía
caer al suelo. Había pasado más de una hora cuando comprobó que disminuía la
velocidad. Los otros empezaron a agitarse cuando el Empolvador inclinó el morro hacia el
suelo. El aterrizaje hizo saltar a más de uno del asiento.
La rampa salió apuntando hacia abajo hasta quedar apoyada sobre un cemento de
color amarillo pálido. Unas marcas negras de derrapes y de grietas aparecían sobre la
zona que Killeen podía ver. Hatchet les condujo hacia el suelo. Descendieron sobre un
terreno muy extenso de cemento manchado que se extendía hasta el horizonte. En las
montañas se veía una multitud de puntos que eran factorías mecs. La primera cosa que
hizo Killeen al tocar el suelo fue visualizar en primer plano aquellas montañas y estudiar lo
que había en ellas. Los peones pululaban por doquier. Unos camiones con remolque
circulaban ruidosamente por las empinadas carreteras, entre unas curiosas torres
terminadas en punta. No había señales de Merodeadores.
Shibo susurró algo y Killeen se volvió. Permaneció inmóvil como una roca. Un
Especialista se alzaba junto al Empolvador. Estaba manipulando un enchufe que el
Empolvador tenía a un lado. Estaba dándole órdenes, supuso Killeen.
¡Pero qué tamaño! Era unas cinco veces mayor que cualquier Especialista de los que
habían visto hasta entonces. Tenía la misma estructura básica, con elaborados
ornamentos. Unas alineaciones de cajas le proporcionaban un aspecto musculado. En
unos postes situados a proa y a popa brillaban unos bruñidos tallos cónicos. Eran antenas
que giraban nerviosamente para observar a los humanos.
—No se parece a ningún Especialista de los que he visto hasta ahora —susurró Killeen
a Shibo.
—Está modificado —contestó ella suavemente—. Cuando se liberan, se cambian a sí
mismos.
El Especialista Renegado se alzaba sobre unos pesados patines que soportaban todo
el peso de aquel enorme casco. En las curvas cerámicas relucían unos salientes que eran
instrumentos añadidos posteriormente: hocicos, antenas, herramientas, garras, sensores,
extrusiones de varios enlaces, compuertas, troneras de bronce de cañón que parecían
llagas vivas.
Killeen permaneció inmóvil mientras sus alarmas internas se disparaban con un miedo
nervioso, asustadizo. El Especialista parecía peligroso. Su aparato sensorial gruñía avisos
de la red electromagnética que el Especialista tendía a su alrededor. Unos empalagosos
campos se liaban alrededor de Killeen como telarañas. Le sondeaban. Introducían una
especie de filamentos molestos en su aparato sensorial.
—¡Killeen! —gritó Hatchet—. Traduce.
Tuvo que hacer un esfuerzo para apartar sus ojos del Renegado.
Se volvió hacia Shibo. La mirada de la mujer le comunicó en silencio que también ella
luchaba contra el impulso de disparar.
Intercambiaron unas raquíticas sonrisas. Killeen dejó escapar un largo suspiro y
después desconectó las alarmas internas. Su aparato sensorial se limitó a emitir unas
apagadas notas de preocupación.
Entre él y Shibo dejaron con cuidado a Toby sobre el manchado cemento.
—¿Estamos seguros si nos quedamos en pie, aquí? —preguntó Killeen a Hatchet.
—Tan seguros como en cualquier otra parte. El Reny ya ha mandado los códigos de
nuestra identificación como si fuésemos un equipo de trabajo de los mecs.
—Pero un mec podría descubrir que…
—No te preocupes. El Reny me ha dicho que por aquí, por el área de trabajo, todo
funciona por medio de la etiqueta electromagnética.
—Con todo, deberíamos…
—¡Empieza ya! Comunícale la lista de cosas que queremos.
Killeen se acercó al Especialista con pasos vacilantes. Se alzaba como una torre sobre
sus patines, que habían sido reforzados. Masas de barro seco y de basura de mec se
incrustaban en las ranuras inferiores. En algunos sitios, el metal aparecía liso, pulido y
torneado hacía poco tiempo. Detrás de todo aquello, Killeen podía imaginarse un
caparazón roñoso y abollado —el Especialista original— que se había amotinado contra la
civilización mec para salvarse él mismo.
Killeen llamó a Bud. El Rostro dijo:
1. Preparado para intentarlo.
2. No puedo asegurar que lo consiga todo.
Killeen estudiaba con cautela al Especialista. Transcurrió un largo rato. Sin pensarlo,
mantenía las manos abiertas frente al pecho. Aquello no iba a facilitarle la toma de
contacto, pero así le daba la impresión de estar preparado ante cualquier reacción del
Especialista. De pronto, Killeen recordó el ratón que había visto algunos días atrás.
También el animal había observado fascinado a otro ser mucho más grande e
incomprensible. Había levantado las patas, por si se veía obligado a tocar lo intocable.
Killeen estaba agachado para aliviarse. Era muy probable que el ratón ni siquiera
comprendiera aquello.
Killeen rebuscó entre los muchos sensores del Especialista. No podía saber cuál de
ellos le vigilaba.
—¿Intentas llegar hasta él? —preguntó a Bud. Había llevado la seca presencia de Bud
a su sistema sensorial completo. Desde aquella distancia, el Especialista lo podía captar
fácilmente por medio de campos accesorios esporádicos.
Killeen percibió que algo gris y enorme se introducía en el nebuloso límite de su
aparato sensorial. Como un peso apoyado en un ángulo.
1. Noto algo.
2. El lenguaje ha cambiado.
3. He olvidado muchas cosas.
4. Intento…
En su cabeza se produjo un chispazo de color. Aumentó, se debilitó y desapareció en
un abrir y cerrar de ojos.
1. Esta máquina lee la lista directamente de ti.
2. La aprueba.
3. Lo conseguirá casi todo, hoy mismo.
—¿Cuándo? —preguntó Killeen.
Otra silenciosa mancha de color. Luego un ruido de roce, como de arena, en la
garganta. Parpadeó.
1. Mientras hagamos nuestro trabajo.
2. Quiere que subamos a bordo.
—¿Adonde nos lleva?
En aquella ocasión, los colores se dispersaron en forma de filamentos de marfil que
ondeaban.
1. A una factoría próxima.
2. Robaremos algunas cosas.
—¿Qué está diciendo? —preguntó Hatchet.
—Quiere que vayamos a robar en aquellas factorías.
Hatchet asintió.
—Ya hemos estado antes allí.
Killeen pensó lentamente unas palabras, sin pronunciarlas. Necesito ayuda médica
para mi chico. Tenía que visualizar cada palabra por separado para estar seguro de que
Bud la captaba. El Rostro no tenía problemas en integrar palabras, pero le costaba más
integrarlas en frases.
Una pausa. Luego unos finos trazos ambarinos cayeron sobre él.
1. ¿El chico tiene Aspectos?
¿Qué diferencia puede representar esto? No había razón para proporcionar al aparato
más datos.
1. Es bueno si es que no.
2. ¿Chico significa humano joven?
—Desde luego —contestó Killeen, irritado.
Había alguna dificultad de traducción entre Bud y el mec. El Especialista no tenía
ninguna palabra que significara «niños».
Date prisa. Las insonoras pero furiosas explosiones que tenían lugar en su mente le
golpeaban contra los párpados.
1. ¿El muchacho no tiene ni un aparato sensorial humano completo?
—No. Todavía no. Yo…
—¿A quién le estás hablando? —inquirió Hatchet.
—Déjame en paz. Estoy…
—¡Maldita sea! No pierdas el tiempo en…
—¡Retrocede! —Con una mano y sin volver la cabeza, empujó a Hatchet hacia atrás.
Todavía no. Mira, un peón le hirió con un arma propia de Merodeadores. También me
lesionó el brazo izquierdo. ¿Lo ves? El control general ha quedado bloqueado. Si…
1. En ese caso, el chico es como un animal.
2. El Especialista dice que será útil.
¡No somos animales! Tú…
1. No.
2. Dice que es como un animal.
3. Si el muchacho no lleva discos de Aspectos en la cabeza.
He pedido ayuda, y voy a regatear para conseguirla ¿entiendes? Nosotros robaremos
para el Especialista, pero él debe curar a mi hijo.
—¡Killeen! ¿Qué diablos haces?
1. El Especialista dice que no lo comprendes.
2. El muchacho ha de ayudar a robar.
Killeen se descuidó y habló en voz alta:
—¡El muchacho no interviene en esto!
1. El muchacho ha de robar.
—Mira, él no es parte activa del trato —puntualizó Killeen con enfado—. Queremos
que… Hatchet dio un empujón a Killeen.
—¡Maldito! ¿Qué estás…?
Killeen le golpeó con una mano, mirando todavía hacia el Especialista. Deseaba
averiguar a cuál de los sensores debía dirigirse.
Hatchet le dio un puñetazo en la barriga. Killeen colocó un pie detrás del que sostenía a
Hatchet y barrió hacia un lado para hacerle perder el equilibrio. Hatchet cayó. Killeen le
soltó una patada en el costado y retrocedió.
—¡Shibo!
Ella apareció, no se sabía de dónde, entre los dos, con las manos en alto en una
postura que parecía casual. Pero sus dedos eran como unos filos cortantes, rígidos y
curvados. Su exoesqueleto zumbaba. Sería una buena armadura en una lucha cuerpo a
cuerpo.
Hatchet tartamudeó, lanzando juramentos. Cermo el Lento se acercó más de forma
automática para ayudar a sus compañeros Bishop.
Killeen observó cómo Hatchet se incorporaba sobre manos y rodillas, al tiempo que con
sus grandes ojos estudiaba la situación. Pegar a un Capitán era una falta grave. Hatchet
podía llamar a los demás para que saltaran sobre ellos dos. Killeen comprendió que
Hatchet lo sopesaba con cuidado. La barbilla bailarina del Capitán se inclinó hacia abajo y
decidió no hacerlo. Luego, la barbilla volvió a su posición habitual y Hatchet compuso la
expresión para disimular en lo posible su enfado.
—Haz el trato previsto y sin más. ¿Me oyes?
—Eso hago. Pero el Especialista tiene una idea loca.
—¡Hazle caso! —Hatchet se levantó y se sacudió el polvo de las manos. Se quedó algo
encorvado. Killeen calculó que si Hatchet les hacía una señal, los demás se lanzarían
sobre ellos.
—Lo haré. Pero…
—¡Escúchale bien!
—Esta máquina está hablando de utilizar a Toby. El muchacho no está en
condiciones…
—Tú hazle caso.
—No quiero…
—El Reny sabe muchas más cosas que tú. —Se quedó pensativo con el ceño fruncido,
y de pronto su rostro adquirió una expresión impasible—. Ah, sí. Está claro.
Hatchet había logrado, de alguna manera, comprender lo que el Especialista quería
decir. Killeen estaba deseando preguntárselo, pero sabía que no iba a fiarse de la
respuesta. El hombre seguía impasible. Tenía la barbilla hacia dentro, como desmintiendo
lo que su aspecto tranquilo revelaba.
Killeen soltó el aliento poco a poco. Lo mejor sería ganar todo el tiempo posible. Si
Hatchet hallaba una manera de apartar a Killeen y obtener lo que los King necesitaban sin
la ayuda de un traductor, se habrían acabado todas las esperanzas de Toby.
—Sí… sí, lo haré…
—¡Maldita sea! ¡Claro que lo harás! —advirtió Hatchet con severidad—. Y además,
habla en voz bien alta. Quiero enterarme de todo.
—De acuerdo, así se hará.
Hatchet hizo una seña casi imperceptible con la cabeza en dirección a los otros King,
que se relajaron de forma evidente.
1. Quiere que vayáis todos.
2. Te enseñará lo que hay que coger.
—¿Cuánto rato durará esto?
1. No lo indica.
Killeen susurró:
—El Especialista no quiere decirlo.
Cuanto más tiempo permanecieran allí, mayor sería el peligro. Algún Merodeador podía
descubrirles.
1. Hay que andar un poco.
—¿A cuánta distancia de aquí?
1. No comprendo sus unidades.
2. Y hay algo más que se me escapa.
3. Apenas entiendo la mitad de lo que dice.
4. Pienso que el muchacho es importante.
5. Nos llevará.
—Está bien, nos transportará. ¿Qué obtendremos a cambio?
1. Todo lo de la lista.
2. Puede que incluso más.
—¿Por qué tendría que darnos más de lo que le hemos pedido?
1. Tiene un trabajo para el muchacho.
No, pensó Killeen categóricamente. Dile que no. Luego deslizó:
—No queremos correr riesgos innecesarios.
—¡Hey! —exclamó Hatchet, malhumorado—. Yo decidiré qué es demasiado peligroso.
1. El plan os va a gustar.
2. El Especialista debe enseñaros.
3. El chico no saldrá herido.
4. Él no es vulnerable.
Killeen ahogó un estallido de risa salvaje. Estamos rodeados de mecs, ¡hablando con
uno de ellos! Y este enorme montón de chatarra dice que Toby no es vulnerable.
1. ¿Quieres que traduzca esto?
No. Killeen consiguió controlarse.
Hatchet no le sacaba el ojo de encima. Luchó contra el impulso de hablar sobre Toby
con el Especialista.
—Mi jefe dice que ya hablaremos más tarde de esto.
1. El Especialista dice que de acuerdo.
—Esto ya está mejor —dijo Hatchet—. Dile que haremos todo lo que nos pida.
Killeen echó el aliento lentamente, mientras pensaba. Aquello debía quedar bien claro.
¿Puedes arreglar a mi chico?
—Dinos qué hay que hacer.
1. El Especialista nos llevará a un sitio especial.
2. Recogeremos herramientas para arreglar al muchacho.
3. Y también tu brazo.
—¿A qué precio?
1. Ya veremos.
2. El Especialista no dice nada más.
—¡Nos vamos! —gritó Hatchet con energía—. Montad en el Reny. A ver si podemos
acabar pronto.
Hemos de saber lo que quiere decir el Especialista.
1. Lo sabrás.
2. El Especialista te lo enseñará.
3. Primero hemos de robar lo que ha pedido.
Al subir por los empinados costados del imponente y pulido mec, Hatchet se enfrentó a
Killeen.
—¿Con que golpeando a un Capitán, eh? Voy a pedir tu cabeza. Espera a que
regresemos a Metrópolis.
—Si logramos volver —replicó Killeen con aspereza.
2
Killeen no se acostumbraba a la impresión de ir montado sobre el Especialista. Los
transportes que había usado antes eran mucho más lentos, pero también más cómodos.
Aquel Especialista avanzaba con un murmullo rechinante y daba unos pesados tumbos
cuando cruzaba un arroyo. El balanceo casi le mareaba. Entre él y Shibo mantenían a
Toby firmemente sujeto contra el fondo de un cubículo para que el bamboleo no lo
desplazara de allí. Las piernas del muchacho colgaban como si fueran de madera, tiesas
e inútiles. Alrededor de ellos, la expedición humana cubría una pequeñísima parte del
casco cilíndrico del Renegado. Se sostenían gracias a la minada de tubos, mástiles y
válvulas de escape que había en la piel cerámica del Especialista.
Atravesaron un terreno abrupto porque el Especialista se mantenía cuidadosamente
alejado de los caminos de los mecs. Aquél era el complejo más extenso que Killeen había
visto, con una red de caminos de losas pálidas y unos edificios perfectamente cúbicos de
paredes negras. El tráfico circulaba sobre unos raíles relucientes. En las pronunciadas
laderas, las fundiciones hacían unos ruidos sordos. Mediante una actividad que
gradualmente iba haciéndose más intensa, el Renegado se desplazaba con un taimado
propósito. Sus antenas daban vueltas incesantemente. Cada vez que un mec entraba en
su campo visual, Killeen oía unos chisporroteos. El Renegado mandaba una señal de
«IGNÓRAME» a cada una de las mentes mecs, y con ello conseguía volverse invisible.
Killeen no se podía relajar. Su atención saltaba de un mec que se acercaba al próximo.
—Cálmate —le susurró Hatchet—. Reny ya sabe cómo pasarnos al otro lado.
Killeen estudiaba un voluminoso mec, de una clase que no había visto antes, que corría
a lo largo de una línea de raíles cercana. Avanzaba con tanta aceleración que cuando
llegó al lejano extremo de aquel valle erosionado era sólo una mancha.
—¿Cuántas veces has hecho esto? —preguntó.
—Tal vez treinta o cuarenta.
—¿Todas han sido iguales que ésta?
—En casi todo. Cada una de ellas es diferente de un modo u otro.
—¿Cómo?
—Cambia la factoría. Hay trucos diferentes para entrar, además.
—¿Nunca habéis vuelto al mismo lugar?
—No. Sería demasiado arriesgado.
—¿Suponéis que el Renegado deja alguna marca? ¿Si volviera allí otra vez, le estarían
esperando?
—Podría ser. Pero creo que lo hace para no correr riesgos. Y más teniendo en cuenta
que puede conseguir el material en otro lugar distinto.
—¿Qué clase de material?
—Componentes, creo.
—¿Piezas de repuesto?
—Probablemente. Esta criatura trata de mantenerse con vida.
—¿Alguna vez han surgido dificultades? ¿Los mecs se han dado cuenta?
Las palabras de Hatchet empezaron a brotar más lentas.
—No sabría decírtelo. Algunas veces las cosas suceden con la condenada rapidez de
los mecs.
Killeen no había oído hablar de la «rapidez de los mecs» desde los tiempos de la
Ciudadela. Cuando estaban sobre la marcha no había comparación entre la velocidad
humana y la cegadora rapidez de los Merodeadores.
—¿Alguna vez ha resultado herido alguien?
Hatchet tardó largo rato en contestar. Se agarraba fuertemente a una válvula de
descarga de color oscuro, junto a Killeen, quien se sostenía como podía en un nicho
horizontal. El Especialista se lanzaba por una pendiente llena de baches. Los
desperdicios de los mecs obstruían las profundas torrenteras. Un material de relleno,
verdeazulado, ensortijado, revoloteaba en la gélida brisa. Allí el aire era más seco y más
frío. Hacía un tiempo de mecs.
—Perdimos a dos —respondió Hatchet al fin.
—¿Cómo?
—Esto es un asunto de Familia —replicó Hatchet con firmeza.
—Si mi gente está en peligro, pasa a ser también asunto de nuestra Familia.
A Hatchet no le gustó la respuesta. Pero no encontró la manera de discutirla. Su boca
se torció hacia un lado, como si recordara algo que hubiera preferido olvidar.
—Algunas veces hay guardias mecs. En dos ocasiones nos cayeron encima, cuando
estábamos en mitad de la faena. Corrimos. En cada ocasión atraparon a alguien.
—¿Cómo?
Hatchet parecía irritado.
—Dispararon contra ellos, desde luego.
—¿Con qué?
—Pues no estaba como para tomar notas, ¿no te parece? Estaba ocupado en evitar
que me volaran la cabeza.
—¿Os disparaban proyectiles sólidos?
Hatchet sonrió glacialmente.
—Siento mucho no haber podido guardar uno para sacarlo ahora de mi bolsillo y
mostrártelo.
—No es eso; lo que quiero decir es si usaban armas como las nuestras o si eran rayos
electrónicos, cortadores.
Hatchet estaba encolerizado. No era como unos momentos antes, cuando intentaba
ocultar algo a Killeen. En aquel instante no sabía a dónde quería ir a parar Killeen con
tantas preguntas.
—No podría decirlo.
—¿Recogisteis los cuerpos?
—¡Maldita sea! Salimos corriendo.
—Ya lo sé. Lo que me interesa saber es si os enfrentasteis con unos simples guardias
mecs, o si se trataba de algo peor.
—¿Qué… Merodeadores?
—Tal vez. ¿Pudisteis ver qué os perseguía?
—No.
El orgullo de Hatchet había provocado su resistencia a explicar a fondo sus fracasos
anteriores. Pero ahora empezaba a ver una motivación en el interés de Killeen, y su voz
perdió las tensas inflexiones y los asomos de sospecha.
—Dispararon contra nosotros desde lo alto, desde las vigas.
Killeen asintió. Era el mismo tipo de ataque que habían sufrido los Bishop en el último
Comedero donde habían descansado. Lo que había matado a los dos King no eran
guardias ordinarios de los mecs. Habían acosado a los humanos. Y además eran lo
bastante pequeños como para poder trepar por las estrechas vigas. De todo ello se
deducía que se trataba de una nueva clase de cazadores mec.
—¿Pudiste ver cómo herían a los tuyos?
—No. Les vi ya caídos, pero no recibí ninguna señal de ellos en mi aparato sensorial.
—No me extrañaría nada que sucediera como dices —afirmó Killeen en tono
conciliatorio, pero no lo bastante aparente como para que Hatchet descubriera su
táctica.— ¿Estaban muertos, simplemente?
—Quieres decir, en vez de…
—Muerte definitiva.
—¿No hay mucha diferencia, verdad? —murmuró Hatchet. Su tono de voz se había
hecho más bajo y sugería un estrato oculto de pena.— En cualquier caso, no pudimos
guardar Aspectos de ellos. Habían desaparecido.
Killeen no pudo abstenerse de decir con una mirada dura:
—¿Consideras lo mismo que un Merodeador te destroce la mente, que morir?
Hatchet no le contestó enseguida. Ambos se quedaron callados mientras contemplaban
una zona llena de máquinas cubiertas de grasa y parcialmente desmanteladas. Las
hileras de esqueletos de máquinas llegaban hasta las distantes colinas, y eran como una
especie de columna militar que se hubiera detenido por un momento en su avance
conquistador. A cada cuerpo le faltaban unas chapas, o las cadenas desplazadoras, o los
sensores. Sus arrogantes formas pesadas y angulosas habían aterrado a Killeen más
veces de las que podía recordar, pero en aquel momento parecían hacer gestos carentes
de significado, olvidados desde mucho tiempo atrás. Supuso que el Especialista
rebuscaba entre ellos sus piezas, despojando a los muertos oxidados que no oponían
resistencia. Por fin Hatchet dijo:
—No considero nada de eso. Hay cosas que un Capitán no debe considerar.
Killeen envidió aquella sencilla respuesta que carecía del tono orgulloso y ofensivo con
que Hatchet acostumbraba enfrentarse al mundo. No podía contestarle nada.
Se apartó columpiándose, aferrado a unas tuberías de gas con la mano útil. El avance
le resultó más difícil de lo que había supuesto. Ya tenía el brazo derecho cansado.
Encontró a Shibo, quien estaba acunando a Toby junto a los demás. La mayoría
descansaba sobre una ancha y áspera cubierta de esclusa. El Especialista corría aprisa y
sin saltos, y sólo llegaba hasta ellos un son de redoble que les atravesaba el cuerpo. La
trepidación trajo una suaves curvas de sueño a la pálida faz de Toby.
Killeen se sentó en cuclillas para hablar, y de pronto el Especialista frenó. Todos
salieron despedidos hacia delante, y se agarraron donde pudieron. Toby se despertó y
automáticamente se abrazó a su padre cuando ambos empezaron a rodar hacia delante,
por encima de la cubierta de esclusa hecha de polímero. Se deslizaron un metro. El golpe
le produjo a Killeen un intenso dolor, pero cayó debajo del muchacho, por lo que éste sólo
tuvo que desenredarse de él. Ambos se quedaron tumbados, jadeando.
—¡Todos abajo! —gritó Hatchet—. ¡Adentro! ¡Rápido, ahora!
Se habían detenido cerca de una factoría. Killeen y Shibo bajaron a Toby. La mayor
parte de la expedición ya recorría la pequeña distancia que les separaba de la reja, que
aparecía abierta porque se había levantado cuando ellos llegaron. Killeen trató de
inspeccionar la zona, pero Hatchet les estaba gritando que se dieran prisa. Antes de que
hubieran acabado de pasar por la puerta-rastrillo, ésta empezó a descender lentamente
como unos dientes que quisieran morderles.
—A Reny no le gusta esta parte —explicó Hatchet—. Cierra las puertas enseguida. La
entrada y la salida son los momentos más delicados, dice.
—Para la máquina, seguro —observó Shibo secamente.
Killeen llevó a Toby al amparo de unas pilas de bidones de poliplástico. No le gustaba
la forma en que Hatchet se refería al Especialista, porque era síntoma de que consideraba
a los mecs como humanos, de que imaginaba poder tratarles en términos que un humano
podía aceptar. El padre de Killeen le había dicho en cierta ocasión: El hecho más
importante relacionado con los alienígenas es que son alienígenas. Por esta razón la
Ciudadela Bishop había tenido menos contactos con los Renegados que la de los King.
Killeen lo recordó para no incurrir en el mismo error que Hatchet referido al Especialista.
Se había acostumbrado a preguntar siempre los hechos que se escondían detrás de las
palabras de Hatchet. Los hechos eran más útiles que las opiniones.
El grupo se alejó de la reja, que bajaba.
Unos presurosos pies corrían por las grietas de la sala abarrotada. Killeen se había
agachado para dejar a Toby en el suelo cuando un poderoso jjjjjaaaaatttttttt explotó en su
cabeza. Unos débiles gritos sonaron en el silencio que siguió a aquella especie de silbido
violento.
—¿Qué ha sido…?
La voz de Hatchet llegó con un acento áspero:
—El Especialista. Creo que ha disparado contra un mec.
—Muerte electromagnética —observó Shibo.
Killeen se levantó tambaleándose y vio que el Especialista estaba debajo de la reja,
que se había parado. Dirigía las antenas y los sensores olfativos hacia la factoría. Los
movía en forma de abanico rebuscando con gran energía y rapidez.
Cermo el Lento gritó desde el interior:
—¡Aquí hay un mec! ¡Está completamente quemado!
Hatchet salió de detrás de un gran cajón de embalaje y fue a verlo.
—El Especialista puede ganar por la mano a estos guardias mecs. Es demasiado
rápido para ellos.
Shibo intervino, preocupada:
—Ni siquiera he llegado a ver la señal del mec.
Killeen hizo un signo de negación con la cabeza mientras en sus oídos seguían
retumbando campanas.
—Yo tampoco.
Toby parecía indiferente. Señaló con el dedo hacia el Especialista que estaba
retrocediendo.
—¿Qué va a hacer el cacharro mientras nosotros estemos dentro?
Hasta aquel momento, Hatchet había ignorado al muchacho; Killeen se sorprendió
cuando el mismo Capitán contestó a Toby con toda amabilidad.
—Se hará el muerto. Se congelará las partes externas para dar la impresión de que
sólo sirve como fuente de piezas de repuesto.
—¿Como todos los del parque? ¿Igual que los mecs anticuados?
—Supongo que sí. Pero se meterá en algún cobertizo; ya le he observado otras veces.
Supongo que por esto deja que su caparazón parezca tan deteriorado.
—¿Para engañar a los otros mecs? —preguntó Toby.
—Eso supongo.
—Hey, vamos a ver lo que hay por aquí.
—Ahora debes quedarte quieto, muchacho. Descansa.
Killeen observó al Especialista mientras se alejaba pesadamente. Siempre le
asombraba el poder de recuperación de los jóvenes, la manera en que aceptaban lo que
era completamente nuevo o peligroso y podían vivir con ello. Se preguntaba cuándo había
perdido él aquella capacidad inconsciente. Algo la había ido desgastando tan lentamente
que sólo se había dado cuenta de que la había perdido cuando ya era demasiado tarde.
El guardia achicharrado tenía un aspecto raro. Shibo se aproximó a Cermo el Lento,
que estaba forzando una de las cajas laterales del mec. La cubierta cayó con estrépito. En
el interior quedaron al descubierto los acoplamientos y unas gruesas almohadillas que
parecían de cuero. Una capa aceitosa lo recubría todo.
—Éste es un cibernético —apuntó Cermo—. Lubricado por completo, además.
Shibo dio una patada a uno de los acoplamientos. Éstos cedieron, se doblaron y luego
recuperaron la alineación primitiva, con una persistente fluidez.
—Piezas orgánicas.
Hatchet no pareció sorprenderse.
—Lo he visto ya en muchas factorías. No se encuentran muchos como éste por los
campos.
—Vámonos —dijo Killeen.
—¿Tienes mucha prisa, verdad? Espera a que los dos hombres que van delante
estudien el camino.
El Especialista había transmitido al hombre en cabeza un mapa bidimensional para
guiarle por la factoría. Tenía claves de reconocimiento para que pudiera obtener una
confirmación visual de que iban por buen camino. Un mapa bidimensional era
independiente del lenguaje. El Especialista había usado peones teledirigidos para buscar
y hacer el mapa, ya que entrar en una zona de almacenaje era demasiado peligroso para
un Renegado.
El grupo siguió a los dos hombres guías por el almacén de elevada bóveda, que
aparecía iluminado por una suave luz verde anaranjada que invitaba al sueño.
Por allí no se veían mecs circulando por los pasadizos ni por las galerías provistas de
barras, que estaban distribuidas a lo largo de las inmensas curvas ascendentes de las
paredes.
—No habrá que ir muy lejos —dijo Shibo.
—Es una antigua factoría —explicó Hatchet—. El Reny ya nos ha mandado otras veces
a sitios como éste. Los mecs las usan como almacenes.
—Pero había uno de guardia —observó Killeen.
—Sigue andando —le ordenó Hatchet.
Se deslizaron por unos oscuros pasillos. Unas sombras se extendían a lo largo de
aquellas antiguas y abandonadas líneas de producción. Bidones medio vacíos con
coloides sulfurosos derramaban lentamente su contenido por el suelo quebrado. Los dos
hombres King que iban en cabeza les condujeron hábilmente hasta unas húmedas y
malsanas cavernas subterráneas.
En la entrada había un portal entreabierto, con muchos aparatos de detección en el
borde. Killeen reconoció algunos de los más comunes por haberlos visto en mecs que
había desmantelado. La comitiva se detuvo y cada miembro se deslizó con cuidado por el
portal, desplazándose muy lentamente. Hatchet explicó a Shibo y a Killeen que los
detectores estaban emplazados al nivel de los mecs. Eran sensibles no sólo a los
metales, sino también a la red electrónica que llevaban todos los mecs. Los humanos
tenían tan pocos elementos de aquel tipo que resultaba muy improbable que aquellos
vigilantes automáticos los descubrieran. Esta era una de las principales razones por la
cual eran tan valiosos para el Especialista.
Empezaron el trabajo en los túneles que se extendían detrás del portal. Unas largas
estanterías con módulos recubrían las paredes de los túneles en las intersecciones. El
hombre que iba delante localizó los artículos que el Especialista necesitaba. La comitiva
se dividió en equipos para transportar las piezas pesadas. Killeen se emparejó con Shibo,
después de dejar a Toby en un lugar cercano al portal, desde donde podría verles
trabajar. Y en donde, y no era una coincidencia, ellos podían comprobar cómo se
encontraba.
Killeen percibía la presencia de la factoría mec como una presión fría que iba calando
en él. El temor había desaparecido, pero volvía a aparecer con cada lejano indicio de
movimiento o con cada ruido inesperado. Los túneles en penumbra devolvían los ecos de
los ruidos que provocaban al trabajar, expandiendo unas notas quejumbrosas y extrañas.
Y había algo peor: unos cuantos robots pequeños trabajaban en los túneles. La primera
vez que Killeen se topó con uno de ellos estuvo en un tris de destruirlo.
Shibo le cogió la mano donde tenía el arma y le susurró:
—¡No nos ve!
Estaba en lo cierto. Los robots no podían distinguir las imágenes ni definir la
contextura, y eran demasiado estúpidos como para disparar una alarma. Se limitaban a
acarrear y a estibar, según las órdenes que recibían desde algún lejano enlace con el
inventario. Pero a pesar de todo, a Killeen le enervaba su avance ruidoso y parecido al de
las arañas por los túneles sumidos en sombras.
El Especialista necesitaba piezas de tamaño muy variable. Unos delicados cuadros
repletos de politrones. Unas losas fotónicas de mármol, verdosas, cuyo tamaño no era
mayor que el de una mano. Condensadores encostillados con cintas que para levantarlos
se necesitaban tres hombres.
Killeen y Shibo acarreaban las piezas sobre la espalda, otras veces recorrían una
distancia corta entre los dos y se detenían para descansar los brazos y la espalda.
Trabajaron durante un tiempo que para los dos fue de una labor agotadora salpicada
de instantes de repentino pánico. Les entumecía el pesado ritmo de acarrear pesos sin
contar con ninguna ayuda mecánica. Por allí no se veían carros metálicos que pudieran
servirles de ayuda, pero aun en caso contrario, Hatchet habría prohibido su uso. Nadie
sabía con exactitud lo que ponía en marcha la alarma del portal, por lo que cualquier
factor que pudiera sobrepasar el mínimo representaba un riesgo. Les costó varias horas
recoger toda la montaña de repuestos que poco a poco había ido formándose al lado del
portal. El Especialista sólo reaparecería cuando hubieran finalizado el trabajo. Así estaría
menos tiempo en peligro.
Por fortuna, Toby se había vuelto a dormir. Killeen le había vigilado a cada viaje que
hacía entre los túneles y la sala del portal de salida. Por fin, él y Shibo pudieron hacer una
pausa, en las profundidades del túnel, para comer unas barras de concentrado. Killeen
tenía la garganta áspera a causa de los acres vapores de la factoría.
—¿Tenéis que hacer este trabajo con frecuencia? —jadeó Killeen cuando Hatchet pasó
junto a ellos.
—Siempre que el Reny lo necesita. —Hatchet entornó los ojos—. Mira, hacemos esto
siempre que podemos. Sin la ayuda del Reny, estaríamos dándonos con los pies en el
culo al intentar huir de los Merodeadores.
Killeen asintió en silencio, ahorrando energías, y entonces descubrió que se acercaba
un mec. No era un robot ni un peón. Podía ver un armazón del tamaño de un hombre, con
un juego de llaves colocadas en el caparazón, que parecía un zarzal. Se acercaba a ellos,
descendiendo por un distante camino que pasaba entre los estantes del almacén; lo hacía
sin darse cuenta de ellos o como si no esperase nada fuera de lo corriente.
—¡Hatchet! —susurró Shibo. Todos sacaron las armas.
Hatchet parpadeó, como si fuera la primera vez que veía algo parecido.
—Dispersaos —ordenó en voz baja.
El mec llegó hasta allí. Killeen oyó en su sistema sensorial una serie repentina de
ruidos, como de toses rápidas de ahogo. Era una voz, pero no era humana. Volvió a
hablar con exclamaciones cortas y cortadas, rápidas pero no forzadas, naturales pero
misteriosas. No eran palabras, sino emisiones de aire expelidas a través de una estrecha
y áspera garganta…
Hatchet preguntó con extrañeza:
—¿Qué demonios…?
El Aspecto Arthur de Killeen metió baza:
¡Ladridos! Éste es el sonido que produce un perro terrestre cuando ladra. ¡No había
oído esta llamada en clave desde hace tanto tiempo…!
Ante los ojos de Killeen saltó la imagen de un peludo animal de cuatro patas que
ladraba y corría de un lado a otro por un campo verde, persiguiendo una pelota azul que
se escapaba ladera abajo. En aquel sonido había algo que llevaba un significado de
saludo, un elemento que siempre había echado de menos.
—Este mec —dijo— nos está llamando.
Sus palabras lo habían atraído. Shibo ya estaba preparada, apuntando hacia aquella
forma que se les aproximaba por la red de suministros robados. Apuntaba un poco por
delante para poder disparar en cuanto fuera necesario. Killeen le apoyó la mano en el
hombro.
—No. Creo que todo está bien. Aquí hay algo que…
Los ladridos se hicieron cada vez más intensos, y de repente cesaron.
Una cálida y melosa voz femenina dijo con toda claridad:
—¡Humanos! He captado vuestro olor. ¡Hace tanto tiempo que lo había perdido!
—No te muevas —gritó Hatchet
—Al oír la voz del hombre, debo obedecer. —El mec contestó desde algún lugar de los
estantes—. He utilizado la llamada correcta, ¿no es cierto?
—Sí —contestó Killeen intentando ver al débil resplandor de las distantes lámparas. El
flanco de acero aparecía abollado y remendado. El maltrecho recubrimiento estaba
atravesado por líneas fundidas, remaches y soldaduras que habían sido arrancadas
tiempo atrás, parches y cicatrices brutales. A causa de una repentina aportación de
Arthur, Killeen añadió—: Buen perro.
—¡Ruff! ¡Ruff!… Yo… bien, no soy realmente un perro, ya lo sabéis.
—Lo habíamos supuesto —repuso Shibo con sequedad.
La voz femenina del mec brotaba por un altavoz acústico montado directamente entre
dos sensores ópticos. Éstos relucían, observando a Killeen con fijeza mientras se
acercaba más. Shibo y Hatchet se apartaron hacia los lados, preparados. Shibo parecía
estar absorta durante unos momentos mientras consultaba a sus propios Aspectos.
Killeen vio que Cermo el Lento se ponía detrás del mec, relamiéndose pensando en que
iba a hacerle saltar en pedazos. Levantó una mano en señal de precaución.
—El ladrido es sólo un dispositivo para llamar la atención. —El mec tenía ya una voz
resonante bien modulada. Killeen se preguntó si los perros hablaban.
¡Desde luego que no hablan! El perro es un animal que hace mucho tiempo llegó a
creer que los humanos, bien, eran una especie de dioses. Apacentaban a otros animales,
guardaban cosas… ¡Ah! ¡Ahora lo comprendo! Ésta es una máquina original, hecha por el
hombre. O al menos contiene elementos de algún dispositivo hecho por los humanos.
¿Los humanos hicieron a los mecs?, se preguntaba Killeen. La idea era tan
extraordinaria como la afirmación de que los humanos habían hecho el edificio Taj Mahal
que habían visto hacía poco.
—Y tú has ladrado —observó Shibo.
—Me adiestraron para que utilizara este método de llamada. Para diferenciarme de los
mecs hostiles. —La máquina restregaba las bandas articuladas sobre el suelo de
cemento. Su voz de tiple vibraba de emoción. Incapaz de reprimirse más, se acercó hasta
el alcance del brazo de Killeen, gimoteando:
—¡Hace tanto tiempo!
—¿Cuánto… cuánto tiempo hace? —preguntó Killeen, sorprendido.
—No lo sé. Mi cuadro de secuencia temporal fue grabado por la mente mec de esta
factoría. Confío en que te darás cuenta de que yo nunca habría trabajado para estos
seres si hubiera podido escapar de ellos. Yo era leal por completo a las órdenes
humanas.
Hatchet se acercó y la máquina le descubrió.
—¡Oh, otro humano! Así que hay varios aún con vida. ¡Ruff! —La voz había alcanzado
un timbre de temor reverencial.
Esta máquina se parece de forma sorprendente a un perro. Fíjate en su fidelidad. Debe
de tener una memoria de perro pasada directamente desde los mismos bancos originales
de la expedición. Esta reliquia…
—¿Qué quieres? —preguntó Hatchet.
—Yo… sólo quería indicarte que puedo servirte, señor. —Un gemido de remordimiento
acompañaba cada palabra.
—¿Cómo?
—Yo… debes comprenderlo, he sido un buen servidor. Durante todo este tiempo he
conservado mis instrucciones enterradas en un lugar donde la mente mec no podía
penetrar.
Aparecieron unas arrugas en la frente de Hatchet.
—¿Trabajas aquí?
—¡Sí, señor! Me aprecian por mi habilidad para transportar, reparar y encontrar los
artículos perdidos que estaban en el inventario general. —Se restregaba por allí,
ansiosamente, como si quisiera lamer las manos de Hatchet—. Además yo…
—Cállate —ordenó Hatchet con evidente satisfacción—. ¿Qué puedes hacer por
nosotros?
—Bien, puedo hacer todos los trabajos que me asignan como rutina, señor. Pero hay…
pero hay… pero hay… pero hay…
Se ha quedado enganchado en un bucle de órdenes. Debe de haber alguna
información que no puede revelar a menos que le demos la asociación correcta o la
palabra clave.
—Cállate —repitió Hatchet con firmeza.
El tartamudeo del mec se interrumpió. Empezó de nuevo:
—Esta situación me apena mucho. ¡Ruff! Al parecer me…
—Mira —dijo Killeen—. ¿Conoces esta factoría, verdad? ¿Hay por aquí algunos mecs
que puedan resultar peligrosos para nosotros?
—Pues… no los hay en esta parte de mi mundo de trabajo. No.
—¿A qué distancia están?
—A cinco prantanufos.
—¿Qué?
—Es una distancia que usan los mecs. Yo… no recuerdo cómo se dice en esta lengua.
—La voz femenina del mec sonaba apesadumbrada, sollozante, casi inundada de
lágrimas—. Yo… Lo siento… Yo…
—No te preocupes. ¿Saben que estamos aquí?
El mec hizo una pausa, como si estuviera escuchando.
—No, señor.
—¿Cómo nos has encontrado?
—Tengo sensores que captan los efluvios humanos. Maravillosos olores humanos.
Llevaban mucho tiempo enterrados por el lodo que la mente mec ha grabado al fuego en
mí. Pero a pesar de esto, me advirtieron de vuestra presencia.
Killeen se preguntaba cómo una máquina de construcción humana había podido
sobrevivir tanto tiempo entre los mecs alienígenas. Arthur lo explicó con ironía:
Precisamente, por su ciega obediencia. Resulta poco grato reconocerlo, pero esto es
exactamente lo que los humanos exigían a los animales que domesticaban. Nosotros
mismos no éramos moralmente superiores cuando teníamos el poder…
La severa voz del Aspecto Nialdi intervino inmediatamente:
Este era el papel que correspondía a los animales. ¡Socios y sirvientes del género
humano! No puedes comparar…
Killeen cortó el parloteo de las voces de los Aspectos, que prosiguió en su interior.
El mec hizo una pausa. Sus aparatos ópticos habían registrado a otros miembros de la
expedición que se estaban acercando atraídos por la conversación.
—Muchos humanos. ¡A pesar de todo, habéis sobrevivido!
—¿Trabajaste en la Ciudadela? —preguntó Shibo.
—Sí. Sí, señora. —El mec inclinó la sección frontal en una rígida parodia de una
reverencia—. Primero funcioné en el Candelero.
Killeen parpadeó asombrado. Arthur balbuceaba en su mente con voz excitada aunque
débil, pero él lo espantó como si se tratara de una mosca.
—Cuéntanos lo que recuerdes de antes de que llegaras aquí.
—Trabajé para los humanos que construyeron las primeras Arcologías. Luego, más
tarde, en las Ciudadelas. Diseñé y trabajé para las tres Ciudadelas Pawn.
—¿Cuándo te escapaste con los mecs? —preguntó Hatchet bruscamente y con recelo.
—¡Yo no me escapé! —La máquina reaccionó como si hubiera recibido un insulto,
como una mujer a la que un comentario casual hubiera deshonrado—. Algunas máquinas
humanas sí lo hicieron. Lo sé. ¡Yo no estaba entre ellas! A mí me cogieron.
—¿Cooperaste? —preguntó Shibo.
—Anularon mis circuitos. Nuevas órdenes quedaron grabadas directamente en mi
substrato. Killeen dijo:
—¿Se apoderaron de la Ciudadela? —Estudió con cuidado a la máquina. No sabía que
hubieran existido máquinas controladas por los hombres. Realmente, la Familia Bishop no
tenía ninguna en los tiempos de la Calamidad.
—Oh, no. En aquella época los mecs eran una banda muy pequeña. Evitaban las
Ciudadelas de la humanidad, sus festivales para reproducirse, todo. Me capturaron
cuando yo era… era… era… era…
El aparato acústico del mec empezó a tartamudear en un bucle de órdenes recurrentes.
Algo que quería decir quedaba bloqueado por una prohibición más perentoria.
—¡Alto! —ordenó Killeen. Había empezado a creer en la máquina. Su Aspecto Arthur
intervino:
En mi tiempo los llamábamos «mecs de los hombres». La Expedición tenía una
dotación de máquinas inteligentes, y las conservaba en buen funcionamiento. De otra
manera, ¿cómo habría podido ser engendrada la primera generación? Los robots
fabricados por los humanos unieron el esperma y los óvulos que se habían transportado
desde la Tierra. Ellos cuidaron de los jóvenes, plantaron los primeros alimentos…
¡Vaya si lo hicieron! Doble pecado, entonces, el de los mecs de los hombres, que
cometieron un acto tan perverso y traicionero al aliarse con los que saquearon los
Candeleros y que ahora nos persiguen por todas partes. Este es un enemigo de todo el
género humano, esta cosa que nos insulta con sus ladridos y su femenina voz de tonos
suaves, ¡Matadlo! Este es el único…
La civilización mec capturó a este robot fabricado por los humanos. ¡No podemos
culparle si no tenía elección posible! Los mecs transformaron algunas de sus funciones,
pero al parecer, no anularon sus órdenes fundamentales sobre los humanos.
Killeen preguntó:
—¿Por qué no se limitaron a desmontarlo para aprovechar los materiales?
Los mecs nos conocen. ¡Conservaron a este loco, traidor porque nos podía traicionar
otra vez! Por esto os ordeno que lo destruyáis. ¡Ahora mismo! Pero…
Probablemente satisface alguna arcana función en la sociedad mec. O tal vez su
supervivencia desde los primeros días no es más que una simple casualidad.
Recomiendo que no se tomen acciones precipitadas tales como esta solemne tontería
que preconiza Nialdi.
Lo arriesgáis todo si permitís que el traidor…
Killeen interrumpió al Aspecto Nialdi. No disponía de tiempo para seguir con aquella
discusión. Nialdi y Arthur seguían farfullando y esgrimiendo argumentos verbales entre
ellos. Les dejó seguir con sus débiles voces ratoniles en la parte posterior de su mente
para que dieran salida a sus tensiones, pero por otra parte les ignoró por completo.
La máquina tosió, ladró con enfado tres veces, y volvió a quedarse normal.
—Yo… lo siento. No puedo revelar esta información sin una orden con la palabra clave.
—¿Cómo te atraparon los mecs? —preguntó Hatchet.
—No pude hacer nada para impedirlo. Me fui con la civilización mec y perdí el lugar que
había tenido a los pies de mi querida humanidad. —Aquellas palabras sonaban
misteriosamente lastimeras, en parte por los recuerdos dolorosos que albergaban y en
parte por ser un alegato que suplicaba comprensión.
El grupo de humanos estaba confundido; se miraron unos a otros.
—¿Crees que nos está diciendo la verdad? —preguntó Cermo el Lento a Hatchet.
—Tal vez.
—Es algo endiabladamente extraño, si permites que lo diga —declaró Cermo
simplemente, moviendo la cabeza.
—Los mecs nunca han intentado hacer un truco parecido a éste. Estoy seguro de ello.
—Estoy de acuerdo. Los mecs tratan de matarnos, pero no de engañarnos —dijo
Killeen.
Los King y los Rook hablaban, intentando ponerse de acuerdo, con reservas. Los viejos
sensores acústicos fabricados por los hombres giraban fácilmente hacia el orador de
turno, eran unas pequeñas copas móviles de polímero insertas en su cuerpo oblongo.
Los amarillentos incisivos superiores de Hatchet mordían su labio, y su cara triangular
revelaba, por una vez, su incertidumbre. Alzó la mano para acariciar su protuberante
barbilla y la apretó ligeramente, como si quisiera comunicar firmeza al resto de su cara.
—Bien, ¿y qué? Casi hemos terminado aquí. Vámonos.
La máquina ladró nerviosamente en un grito animal muy expresivo. Luego la voz
afeminada protestó:
—¡Pero no! No podéis dejarme aquí, señor. Soy vuestro. De la humanidad.
—Mira, ahora, yo… —Hatchet parecía incómodo.
—Pero deberíais poder llevarme. —La voz femenina aumentó su entonación de
seductora blandura—. Os he sido fiel durante todo este largo tiempo. Y he de entregar mi
mensaje a la Ciudadela Pawn.
—La Ciudadela Pawn fue destruida —comunicó Killeen—. Nosotros somos cuanto
queda de las Familias de las Ciudadelas.
—¡No! ¿Desaparecida? En ese caso yo… bien, yo… bien, yo…
—¡Cállate! —ordenó Hatchet, irritado—. Vamos, en marcha. —Y empezó a andar.
—No. Debo ir tras vosotros. Vosotros sois mis…
—Sí. Síguenos —indicó Shibo con amabilidad—. Pero debes andar en silencio.
Sólo quedaban por recoger unos pocos artículos de la lista del Especialista. Los
llevaron hasta la reja. El Especialista se aproximó mientras trasladaban las últimas piezas
al montón. De pronto, la reja empezó a levantarse.
—¡Manos a la obra! —gritó Hatchet.
A esta señal, el equipo empezó a sacar con orden las piezas, para cargarlas en una
bolsa lateral que el Especialista había abierto rápidamente. Killeen, Shibo y Cermo se
unieron a la precipitada salida. Hacía sólo unos instantes que estaban gastando bromas
sobre la curiosa máquina, pero en aquel momento reinaba una tensa vigilancia mientras
finalizaban su trabajo, plenamente expuestos a la pálida luz oblicua del alba de Dénix.
Killeen y Shibo trasladaron a Toby al exterior mientras los demás introducían en la
bolsa la última pieza. Consiguieron asegurarlo bien en un saliente en el centro del cuerpo
del Especialista. Todos estaban cansados y les costó subir a Toby por el flanco inclinado.
Bud se introdujo en la atención de Killeen.
1. El Especialista dice que os subáis.
2. Vamos a otra factoría.
Killeen pasó el encargo a Hatchet, quien preguntó:
—¿Cómo es eso?
—El Especialista dice que tiene otro trabajo para nosotros.
Esto era una soberana mentira, porque lo que Bud dijo fue:
1. El Especialista necesita la ayuda de Toby.
Imposible, pensó Killeen.
1. El Especialista dice que ya lo verás.
—¿Puede el Especialista liberar a este mec fabricado por el hombre? —preguntó
Killeen—. Dice que no puede abandonar el complejo de la factoría.
Bud estuvo mucho tiempo sin responder, pero al fin intervino:
1. El Especialista ha liberado al mec humano.
2. Por hacerte un favor.
3. Dice, recuerda, que necesita la ayuda de Toby.
—Ya veremos —dijo Killeen con reservas.
El mec fabricado por los hombres empezó a ascender por la rampa lateral del
Especialista. Bud indicó apresuradamente:
1. El Especialista no quiere transportar al mec humano.
—¿Por qué no?
1. El mec humano ahora es un mec libre.
2. Puede activar los detectores.
3. Obligadle a que se quede.
—Quiero que venga con nosotros.
1. El Especialista lo matará.
—No, sólo con que…
Killeen sintió que el Especialista transmitía una desgarradora descarga de estática que
hizo tambalear al mec de fabricación humana.
1. Esto es un aviso.
—¡Humanos! ¡No me abandonéis! —suplicó el mec humano.
Con un sentimiento de angustia, Killeen le gritó:
—No tenemos elección. Ahora eres libre. ¡Buena suerte!
Mientras salían pesadamente de la impresionante factoría, la reja empezó a bajar con
un ruidoso traqueteo.
Cuando la miró desde lejos, Killeen sintió una sensación de alivio. Habían andado por
aquellos oscuros túneles y habían sobrevivido.
Sintió amargura al ver aquel perro-mujer fabricado por los humanos, que iba corriendo
tras ellos. No le habría gustado preguntar a aquella extraña combinación sobre su antigua
vida.
Una entidad viva era mucho más sobrecogedora que las resecas conferencias que los
Aspectos le soltaban. Intentaba aprender más de sus Aspectos, pero a éstos les faltaba la
punzante y humilde realidad del mec de los hombres.
Sacudió la cabeza. Su padre le había dicho en cierta ocasión que los listos eran
aquellos que al comprender que no tenían elección, se olvidaban del asunto.
Nunca se le había dado bien aquel arte. Cerró sus comunicaciones para no tener que
oír cómo se iban diluyendo los lastimeros ladridos de aquella obra de los hombres.
El Especialista aceleró para alejarse de allí. Sus antenas giraban y zumbaban con
ansiosa energía.
Se tendió para descansar. Toby gemía cerca de él. El tejido nervioso del muchacho
empezaba a desgastarse y a inquietarse. Killeen colocó el brazo malo bajo la nuca de su
hijo para que le sirviera de almohada. Cerró los ojos. El sueño estaba a punto de vencerle
y se dispuso a luchar contra el cansancio. Debía pensar. Debía prepararse para la
verdadera razón que le había llevado hasta allí.
3
Al principio creyó que se trataba de una montaña. Luego descubrió una miríada de
aristas trabajadas y los lisos planos inclinados oblicuos. Era un complejo tan amplio que
parecía parte del paisaje, haciendo enanas a las colinas cercanas.
El Especialista Renegado se dirigió a velocidad máxima hacia los edificios que se
levantaban en los lugares más elevados. Cruzaron una llanura abierta sin grietas y de
suelo duro. Otros mecs circulaban a gran velocidad por los caminos. El silencio estaba
preñado de misterios. Se veía aumentar de tamaño a algunos mecs que zumbaban por
allí, y luego se encogían sin que su desplazamiento se advirtiera en lo más mínimo.
Killeen no podía seguir un tránsito tan rápido y temerario. Se parecía al vuelo de las
bandadas de pájaros que había visto alrededor de Metrópolis, pero en los mecs cada uno
se movía invariablemente en línea recta.
El Especialista no aminoró la marcha. Sus antenas enviaban señales y zumbidos en
todas direcciones. Un transporte con remolque se les echó encima. Pasó tan cerca de
ellos que Killeen vislumbró las marcas del registro de componentes en las etiquetas de los
cascos. El remolino que produjo les golpeó con un duro ¡crack! En la base de la montaña
se abrió un círculo negro. Killeen alzó la vista y descubrió unas trabajadas paredes de
pizarra. Una detonación acompañada de un resplandor naranja se originó en mitad de la
pared montañosa. Antes de que pudiera averiguar qué la había causado, el túnel se los
había tragado.
A pesar de todo, el Renegado no disminuyó su marcha. Se lanzaron a través de
aquella negrura insondable. Un viento caliente les acarició.
Killeen estaba tumbado, quieto, sintiendo la aceleración con que avanzaba el
Especialista, y esperando. Oyó que Hatchet hablaba con los demás por el circuito de
alcance limitado. Hatchet dio las órdenes apropiadas para cuando se detuvieran, con una
voz de tono muy bajo y cargada de ansiedad. Todo dependía de lo que sucediera.
Disminuyó la velocidad.
Se dejaron llevar en silencio por el impulso acumulado.
Frenaron por completo.
El grupo descendió gateando hasta la parte inferior. Killeen no se movió, pero notó que
Shibo estaba cerca.
De pronto, unas luces rojas les iluminaron desde arriba. Estaban en un enorme sótano.
Unos voluminosos contenedores llenaban casi todo el espacio, apilados en montones de
formas helicoidales que se enlazaban unos con otros. Killeen no vio ningún mec.
Entre él y Shibo bajaron a Toby del Especialista. No llegó a ver cómo el grupo
neutralizaba a dos mecs, pero pudo oír los rápidos ruidos de roce de la lucha
electromagnética.
—¡Apresuraos! —les gritó Hatchet. Se diseminaron por entre los oblongos bidones.
Algo parecido al cristal se quebró bajo las botas de Killeen. Toby gruñó y sofocó un
gemido. Killeen no volvió la vista atrás para averiguar qué hacía el Renegado.
Llegaron a una pequeña compuerta. La mayor parte de la comitiva ya se había
introducido por ella. Un mec achicharrado estaba cerca de allí desprendiendo humo.
Killeen hizo pasar a Toby en la camilla, Shibo iba delante con una pistola preparada.
Detrás había una simple zona cuadrada. Unos mecs blanquiazules corrían por allí, pero
no prestaron la menor atención a la reducida partida de humanos que salían por una
pared en la cual no se apreciaba la menor marca. Killeen supuso que estaban en unas
nuevas zonas de almacenes. Un lejano ruido llegó hasta ellos desde el techo.
—Ahora viene la parte difícil —transmitió Hatchet.
El grupo corrió hacia un arco pequeño. Se veía a la perfección que se trataba de una
puerta de entrada. Unos símbolos de significado arcano decoraban ambos lados. Killeen
conocía algunos códigos de acceso y reconocimiento desde los tiempos en que iba con
su padre en expediciones de pillaje. Observó con cuidado las piezas pulidas de fundición
de aleación de cobre que llevaban incrustadas unas líneas serpenteantes. Aquellos
circuitos impresos en plata eran nuevos para él.
Hatchet introdujo ciertas instrucciones en los circuitos significativos. Había unos puntos
hexagonales de inserción en la pared de metal cerámico. Killeen nunca había visto a
nadie que los utilizara.
Hatchet ni siquiera se detuvo. Sacó unos pequeños cilindros de sus bolsillos, los
introdujo lentamente en los agujeros y los hizo girar hasta que sonó un chasquido. Ante su
eficiencia, todos se fueron tranquilizando; la serenidad aparecía como el cielo azul a
través de las nubes de tormenta. Todo el grupo le observaba con mala cara.
La puerta de polímero se deslizó a un lado. Nadie intentó atravesar el umbral.
—No se abre más —dijo Hatchet retrocediendo—. Ahora…
Silencio. Caras de preocupación. De repente, Killeen supo que allí era donde los King
habían sufrido las dos bajas.
—Necesitamos al muchacho —dijo Hatchet.
—¿Para qué? —preguntó Killeen, con un nudo en la garganta.
—Tiene que arrastrarse a través de esta abertura, y después ha de anular los circuitos
que se encuentran al otro lado.
—No puede. ¿No te acuerdas de lo que le pasa en las piernas?
—Ése es el problema —reconoció Hatchet—. Es el único que puede hacerlo.
—Busca a cualquier otro para que se arrastre.
—No lo entiendes. Tu hijo no tiene Aspectos. Por eso le faltan muchos circuitos, las
pastillas insertadas, y todo el resto. Esta puerta es sensible a esos elementos.
—¿Es esto lo que quería decir el Especialista? —preguntó Killeen para ganar tiempo.
—Claro que sí. Lo vio enseguida. —Los ojos de Hatchet se movían bailones, excitados
por aquella posibilidad—. Nunca hemos podido pasar por aquí. El equipo para curar a
Toby está tras esta puerta. El muchacho tiene muchos menos circuitos. Los mecs han
preparado esta puerta de manera que detecte hasta a los humanos. Comparados con los
mecs, nosotros tenemos poquísimas conexiones, pero esta puerta descubre aunque sea
sólo una minucia.
—Mató a tu gente.
—Sí, es cierto. Mira, no se trata sólo de que tu hijo no tenga Aspectos —explicó
Hatchet, y su cara tenía una expresión preocupada, razonable. Extendió las manos en un
gesto que indicaba: «¿no lo ves?»—. El Reny supone que si tu hijo ha perdido el uso de
las piernas, posee todavía menos conexiones nerviosas que pueda detectar la puerta.
—Tú… —Miró al resto del grupo. Deseaba con todas sus fuerzas poder destrozar a
Hatchet, patearle los huevos hasta dejarlos hechos papilla. Pero aquello no iba a salvar a
Toby.
El Capitán de los King dijo con malicia y frialdad:
—¿Quieres que convierta esto en una orden?
—No puedes estar seguro de que salga bien.
—El Reny supone que sí. Por este motivo pidió que el muchacho regresara al terreno
de aterrizaje, ¿verdad?
Killeen asintió.
—No es el Especialista quien va a arriesgar sus preciados circuitos —soltó Shibo
secamente; pero comprendía la situación. Apoyaría a Killeen pero era él quien debía
tomar la decisión. A la larga, nadie podía cargar con la responsabilidad de decidir por los
demás.
Killeen comprendió que Hatchet, deliberadamente, no le había comentado nada
relacionado con aquello hasta entonces, cuando ya no había tiempo para discutirlo.
—Aunque el Especialista esté en lo cierto, Toby no puede pasar a través de esta
rendija.
Shibo estaba a punto de apoyarle. Hatchet alzó la mano, y su boca estaba apretada
con decisión.
—¿Le quedan los brazos, verdad? Puede arrastrarse para atravesarla.
Killeen permanecía rígido, en pie, incapaz de pensar en nada. Tenía que impedir
aquello. Pero no había tiempo para desarrollar los razonamientos, no tenía argumentos
contra un Capitán que había dirigido toda la incursión esperando aquel momento.
Killeen se recordaba a sí mismo que Hatchet había estado en muchas expediciones,
tenía mucha experiencia y había hecho muchos trabajos para el Especialista. Llamaba
«él» al Renegado, como si fuera un ser humano.
Desde que oyó a Killeen discutir en voz alta con el Especialista, había estado al
corriente. Pero no lo había comentado con nadie, porque aquello resolvía alguno de los
problemas a los que Hatchet se enfrentaba. Habría la posibilidad…
—¿Qué hay allí? —preguntó Killeen.
—Biocomponentes. Una factoría, suministros, almacenes, de todo.
—¿Los necesita el Especialista?
—Sí. Nos dará muchas cosas si le conseguimos lo que necesita.
—¿Tanto vale esto?
—Si son las piezas adecuadas, con los equipos convenientes, no te quepa la menor
duda. Mira, el Reny puede conseguir las partes metálicas sin problemas, pero con los
componentes biológicos le resulta más difícil. Los mecs no pueden fabricar los
biocomponentes con tanta facilidad, y por eso los guardan.
La vocecita de Arthur se clavó como un dardo en la mente de Killeen:
Opino que los mecs guardan los inventarios de los biocomponentes precisamente para
desbaratar los planes de los Renegados. Los biocomponentes requieren una elaboración
mucho más delicada. Para evitar el uso indebido de ellos, las biofactorías están
protegidas con trampas tan sensibles como la de esta puerta.
1. El Especialista dice que se trata de un complejo muy grande.
2. Aquí podemos conseguir ayuda.
Killeen se dio cuenta de que existía un contacto entre los Aspectos y el Especialista.
Bien. Necesitaba un guía y…
Hatchet dijo, animado:
—Vamos, Killeen. El Reny puede ayudarnos. Tu brazo. Las piernas de Toby. ¿Qué otra
cosa podemos hacer?
Killeen se quedó largo rato en pie porque no quería dejar pasar aquel momento y
trataba de ver un camino claro. Si se agarraba a aquellos segundos indefinidamente, no
se vería obligado a enfrentarse al terrible momento en que su hijo tuviera que…
—¿Papá?
Miró a Toby, que yacía a poca distancia, casi sin verlo. La camilla estaba plegada y una
manta de tela basta cubría su pálida y macilenta cara.
—Papá, será mejor que lo haga. Así no sirvo para nada.
La cara de Toby reflejaba una obstinada dureza y un desespero que su padre no había
visto antes. Killeen notó un frío en el estómago. En un abrir y cerrar de ojos, Killeen vio a
su hijo como otra persona, no como un origen o un legado, sino como una inteligencia
separada que ya era capaz de trazar su propio destino. Toby había dado, a su manera, la
señal que implicaba el dominio de su futuro. En aquella situación, los usos y costumbres
de la Familia Bishop liberaban a Killeen de su persistente papel. Killeen comprendió que
se sentía agradecido y quería agarrarse a aquello. Pero no conseguía decidirse a hacerlo.
—Toby tiene razón —dijo Shibo en voz baja.
El grupo reconoció lo que significaba aquel momento, el punto de apoyo crucial que
siempre, al final, impulsa el mundo de un muchacho hacia algo mucho más importante. El
cambio debía tener lugar mediante un ritual santificado o en el campo de batalla; pero
cuando hubiera llegado aquel instante, el cambio de relación entre padre e hijo sería ya
irreversible.
Killeen asintió. Toby tenía derecho a arriesgarse. El derecho a morir, si así lo escogía.
Empujaron al muchacho hasta donde pudieron. La matriz de los sensores de la puerta
era una zona formada por relucientes cables que recubrían por completo la parte interior
del marco.
Se oyó un zumbido cuando la mano de Toby atravesó el umbral.
—¡Sigue adelante! —le urgió Hatchet.
—No le atosigues —escupió con fiereza Killeen—. Déjale que vaya a su aire.
—La puerta no va a esperar mucho tiempo —advirtió Hatchet—. Apresúrate,
muchacho.
Toby adelantó la otra mano. Tenía las uñas largas y pálidas. Sus piernas se
arrastraban tras él, inertes e inútiles. Bajo la áspera tela verde del saltador, las piernas
parecían encogidas y reducidas a pulpa, como si hubieran estado descuidadas mucho
tiempo. Toby logró asirse bien al marco de la puerta. Entre gruñidos, se empujó hacia
delante.
—¿De cuánto tiempo dispone? —preguntó Shibo.
—Pues… —Hatchet se lamió los labios—. En una ocasión teníamos una chica que salió
malhe-rida. Trató de cruzar a rastras.
—¿Sí? —inquirió Killeen.
—Ella… no calculé el tiempo… pero tardó mucho en atravesarlo…
—¡Maldito seas! ¿Cuánto tiempo?
—Ella… se adentró más. Pero también tardó más tiempo. Yo…
Killeen gritó a Toby:
—¡Empuja!
El sudor empezó a caer por la cara macilenta del muchacho. Reinó el silencio. Killeen
oía cómo los demás llenaban los pulmones y contenían la respiración.
Toby tanteó hacia delante y encontró una pequeña grieta en el suelo deforme. Se
trataba de una baldosa de poliplástico cuyo borde se había abarquillado formando un
pequeño ángulo. Ofrecía una especie de labio que permitía un punto de apoyo. El labio se
dobló ligeramente. Toby logró meter todos los dedos bajo el borde y se apoyó. Avanzó
con lentitud. Aquello le permitió alcanzar otra baldosa. Metió tres dedos bajo el borde y
gruñó.
Killeen no veía que el muchacho avanzara en absoluto. El negro marco de la puerta
parecía agrandarse en su campo de visión hasta llenarlo por completo. Toby había
cruzado el dintel a medias.
El muchacho se deslizaba con una lentitud infinitesimal. Killeen se inclinó acercándose
cuanto pudo sin interceptar los detectores de la puerta. Los murmullos de fondo del
tránsito mec parecían quedar atrás.
Toby adelantaba centímetro a centímetro. Arrastraba las piernas, que rozaban contra el
suelo.
De pronto, la puerta emitió un ruido. Empezó a oírse un leve chirrido.
—¿Qué es esto? —preguntó Killeen.
—No lo sé. No recuerdo haberlo oído otras veces —respondió Hatchet.
—¡Hacedle volver! —exclamó uno del grupo.
Killeen no sabía quién lo había dicho ni por qué, pero la voz le causó un sobresalto. Dio
un paso, con las manos extendidas hacia donde estaban los pies de Toby. Confiaba en
sacarle de allí dando un rápido tirón antes de que la puerta detectara los circuitos que
llevaba en la cabeza.
Deprisa. Bastaba un rápido movimiento.
Dio otro paso, alargó la mano para coger los tobillos de Toby…
Shibo le dio un fuerte empujón en el hombro. Perdió el equilibrio y cayó hacia un lado.
La puerta chirrió con más fuerza.
—¡Maldita sea! —Killeen volvió a ponerse en pie.
—¡Papá! ¡Déjame! —gritó Toby.
—Pero…
—Yo… lo… conseguiré…
El muchacho se arrastró de nuevo, agarrándose a algún reborde tan pequeño que
Killeen no llegaba a distinguirlo.
Toby apretaba la cara contra la pulida superficie para poder llegar con los dedos lo más
lejos posible. Pero en aquella posición no podía estudiar el terreno.
La puerta emitió un ruido.
Toby tenía la cara bañada en sudor y suciedad. Bajo aquella capa, su piel había
adquirido la palidez de la muerte a causa del esfuerzo. Sus manos tantearon hacia
delante, pero no encontraron nada. El suelo era tan liso que no le ofrecía un lugar donde
agarrarse.
—Busca hacia la izquierda —indicó Shibo suavemente—. Un bulto.
Toby deslizó la mano izquierda y encontró una arruga en el suelo pulido. Consiguió
arrastrarse un. palmo más.
—Ahora, hacia delante —dijo Killeen—. Me parece que hay una línea que sobresale.
Pudo aferrarse a la cubierta de algún cable enterrado. Toby se estiró. Aquella vez pudo
colocar apenas cuatro dedos sobre el borde. Se agarró con la punta de los dedos. El
muchacho jadeó y luego contuvo la respiración. Hizo fuerza con los músculos del
antebrazo.
En profundo silencio, Killeen pudo oír unos chasquidos secos. Miró a su alrededor.
Todos los de la cuadrilla estaban petrificados. Tardó un poco en darse cuenta de que los
sonidos procedían de Toby.
Cada ruido se producía claro y separado. Reconoció casi enseguida que eran las uñas
de Toby al romperse.
El muchacho se mordía los labios y la sangre le corría por la barbilla.
Soltó el aire como si tuviera un acceso de tos. De algún modo, engarfió con fuerza los
dedos, aferrándolos en el borde, y así logró arrastrarse hacia delante.
Un palmo. Dos. Tres. Sus dedos volvieron a tantear la superficie.
El chirrido de la puerta se interrumpió. Reinó un profundo silencio.
Toby se alzó sobre los codos. Gimió. Se dio la vuelta. Se apoyó con los codos sobre el
pequeño reborde de la baldosa que le había permitido llegar hasta allí. Empujó. Consiguió
colocarse de lado y (lo que parecía imposible) rodar… hacia delante… con las piernas
lanzadas una sobre otra gracias a un movimiento de caderas… y atravesó el umbral de la
puerta.
La puerta emitió tres notas claras y agudas.
—Esto es la conformidad —dijo Hatchet, en voz alta y apretada—. ¿Lo ves? Sabía que
resultaría. No tienes más que pulsar aquellos interruptores que ves allí, Toby.
Hatchet seguía sonriendo, con las manos en las caderas, cuando Killeen le atizó
fuertemente en la barbilla. Hatchet cayó al suelo con una ofendida expresión de sorpresa.
Era un lugar malsano y maloliente.
Los peones soltaban unas nubes acres a la húmeda y tibia atmósfera. Había
recipientes que burbujeaban. Los coloides fluían a través de tubos transparentes que se
dirigían hacia arriba hasta penetrar en la oscuridad, que los ocultaba.
Killeen no alcanzaba a distinguir el techo. Las sucias nubes que había allí se abrían a
veces, pero sólo para mostrar unas capas más oscuras que estaban por encima de ellas.
Unos peones voladores se lanzaban entre los vapores en extrañas trayectorias curvas.
1. Id hacia la izquierda.
2. El Especialista quiere entrar.
La lábil inteligencia gris que Killeen percibía mordisqueando la frontera de su aparato
sensorial había acelerado sus ritmos. El Especialista se acercaba, lo sentía.
El grupo se deslizó aprisa por una estrecha antesala. Killeen y Shibo tuvieron
problemas para no rezagarse, ya que llevaban a Toby meciéndose en las parihuelas que
cargaban entre los dos. Killeen sentía en los hombros un dolor que se iba propagando
como si fuera calor que se le expandiera por el cuerpo. Pasaron entre los colosales
almacenes. Una niebla ambarina flotaba en el aire muy por encima de ellos.
Llegaron a otra arcada. Ésta era tres veces mayor que la franqueada por Toby. Al
parecer, Hatchet conocía también aquel modelo. Introdujo dos llaves cilíndricas en una
cerradura. Se abrió la puerta de tela metálica de color azul. En el espacio abierto que
había detrás de ella no se encontraba el Especialista.
Shibo preguntó:
—¿Está aquí el Especialista?
Killeen se mordía el labio.
—Sus instrucciones lo decían. Aquí hay algo que necesita. No se preocupa lo más
mínimo por nosotros, pero será mucho mejor que…
De repente, el Especialista se puso ante ellos. Se desplazaba tan deprisa que Killeen
sólo llegó a ver una cuña de metal muy bruñido que se expandía. Saltó a través de la
puerta, acompañado por un fuerte ruido de carraca. Sus cadenas de desplazamiento
destrozaron el suelo al detenerse cerca del grupo.
Bud tradujo:
1. Montad.
2. Necesita que sea muy deprisa.
Killeen hizo una seña a Hatchet, quien asintió. En silencio, los humanos se
distribuyeron por el costado del Especialista. Killeen sostenía a Toby en un guardabarros
sobre las cadenas de desplazamiento. Apenas acababan de subir cuando el Especialista
emprendió la marcha a toda velocidad. El Renegado adelantó a algunos mecs que, sin
dar muestras de haber reparado en él, siguieron con sus trabajos con los ocho brazos.
Aceleraron. Unas manchas de luces y sombras pasaban por su lado. El Especialista
corría lanzado por los estrechos pasajes, con las cadenas traqueteando. Los humanos se
sujetaban con fuerza en previsión de los repentinos bandazos y de las andanadas de
vibraciones a que estaban sometidos.
Killeen trató de colocar a Toby en una posición más alta, pero le resultó imposible.
Algunas veces el guardabarros crujía, y uno de los bordes rozaba en las esquinas al
doblarlas. La segunda vez en que ocurrió esto, la mitad de la manta de Toby quedó
desgarrada.
—¡Despacio! —gritó Killeen—. Vamos a…
El Especialista frenó en seco. Killeen abrigó a Toby con lo que había quedado de la
manta. Comprendió que el Especialista no se había detenido porque él se lo hubiera
indicado sino porque se encontraban ante un nuevo complejo industrial. Unas torres de
vidrio de color ámbar oscuro se elevaban y se retorcían con gracia bizantina. Unos fluidos
goteaban en algunas de ellas, y en otras corrían como torrentes. El cielo las bañaba con
un resplandor ultravioleta chillón. Killeen se observó las manos y vio las venas negras
debajo de la piel.
1. Los suministros están por aquí.
2. Acercaos.
El Especialista les guió.
El mec apenas podía introducirse por el estrecho pasillo que separaba dos conos
invertidos translúcidos donde burbujeaban unas corrientes tóxicas. Varias capas de un
gas de color muy oscuro flotaban encima de ellos. El pesado aire las dispersaba y esto
afectaba a los senos frontales de los humanos, como si les introdujeran unos dedos fríos
y húmedos.
Llegaron a una galena de nichos iguales. Unas cajas de polialúmina verde formaban
pilas idénticas que se elevaban hasta el cielo cargado de vapores. Había tubos por todas
partes.
—Esperad —susurró Hatchet. Hizo unos gestos. Un mec trabajaba en el extremo más
apartado del complejo. Desde aquel ángulo no podía descubrir la delgada fila de los
humanos. El Especialista desapareció detrás de un edificio en forma de caja.
1. Éste es un mec inteligente.
2. Procesador múltiple, de la clase 3.
3. Será mejor que no sepa que estamos aquí.
—¿Acaso el Especialista no puede hacerle callar? —preguntó Killeen.
1. Si desaparece, los otros se alertarán.
2. Aquí, el Especialista tiene miedo.
3. Debemos ir rápidos.
Killeen transmitió el mensaje a Hatchet y luego, para sí, preguntó: ¿Qué va a hacer
para curar a Toby?
1. Vamos a un lugar especial.
2. El Especialista sabe que allí hacen reparaciones.
Será mejor que esta cosa no intente ningún truco, pensó Killeen. Era una amenaza
velada, aunque dudaba que ninguno de ellos pudiera dañar al Renegado.
1. Dice que es honrado.
2. Pero debemos darnos prisa.
Hatchet conferenció con su gente. Los King asintieron entre susurros. Cermo dijo que
el mec parecía estar terminando su trabajo, puesto que ya limpiaba y guardaba las
herramientas.
—Es demasiado arriesgado intentar una maniobra lateral —advirtió Hatchet, y todo el
mundo estuvo de acuerdo con él. Nadie sabía el camino.
Esperaron a que se retirara el mec. Killeen y Shibo dejaron a Toby en el suelo, al lado
de uno de aquellos nichos. Killeen tenía los nervios a punto de saltar cada vez que
doblaban una esquina. Su aparato sensorial estaba saturado de señales e indicios
alarmantes. En algún rincón un líquido goteaba y el sonido se oía amplificado por las
pulidas superficies reflectantes. Unos ruidos sordos indicaban que había movimientos de
fluidos por debajo de sus botas. El vapor silbaba al salir de uno de los depósitos.
Killeen se apoyó contra una columna de bronce pulido. Aquel desconcertante complejo
era mucho mayor que cualquiera de los que le había descrito su padre. Los Bishop, hasta
entonces, se habían limitado a pellizcar los límites de algo que no podían comprender. Allí
todo dependía únicamente del sigilo. Si les descubrían no tendrían la menor oportunidad
de salir del paso por medio de la lucha o de la huida. Se preguntó distraídamente si
algunos humanos habrían encontrado la manera de vivir en un laberinto como aquél.
Oyó un chasquido metálico de la maquinaria que había tras él y se giró para mirar. Una
zona de la columna había entrado en fase de transparencia. Tras ella había una masa de
algo que se movía bañada por una pálida luz azulada. Frunció el ceño, intrigado.
Palancas y ejes trabajaban con una paciente energía detrás de una película reluciente y
húmeda. Pero había algo relacionado con el ángulo, con los abultados cojinetes de los
pivotes…
Piernas. Piernas humanas.
Todas latían, con regularidad, sin reposo.
Los pivotes eran nichos. Unas amplias articulaciones de cadera estaban montadas
sobre un eje en la pared posterior. Unos muslos recogían los vaivenes de aquel árbol
metálico.
Más abajo, las junturas que se movían eran rodillas humanas. Unas rótulas verdes se
doblaban cuando los músculos de los muslos actuaban bajo una piel transparente de
color amarillo pálido, las piernas se movían rápidamente de arriba abajo. Pero los
músculos de las pantorrillas no terminaban en tendones conectados a los tobillos. En vez
de esto, al final de su recorrido la pierna golpeaba con fuerza contra algo áspero parecido
al cuero.
Contó siete piernas agrupadas que golpeaban, todas en una fase distinta del ciclo.
Golpeaban contra la complicada unión que sustituía a los pies; aquello era un tren de
potencia que convertía la energía de un volante en una compleja serie de movimientos de
un árbol de cigüeñal.
Hacia abajo. Golpe.
Dobla. Gira. Patada.
Algo lustroso mantenía húmeda la piel de pergamino amarillo.
Se volvió de espaldas, respirando profundamente.
Tenía la impresión de que los brazos y piernas crecían, que los músculos se
desarrollaban. Pero, ¿para qué?
Con un esfuerzo de voluntad consiguió no pensar en aquel espectáculo. En su mente
sólo había sitio para el problema inmediato.
Su aparato sensorial le devolvió una torpe impresión de vacío. En la base del espinazo
sintió un calorcillo como una tentación. El aparato sensorial podía hacer lo necesario para
cuidarse de sí mismo: con dedos cautelosos ya trataba de adormecer las imágenes
mentales.
Un tentador olvido. Dejar que una negra indiferencia colocara un telón glacial entre él y
las incansables piernas que se movían arriba y abajo.
No.
Se esforzó y logró cruzar la estrecha pasarela de chapa metálica. Debía averiguar más
cosas.
Sus dedos dieron con un contacto a presión, y al pulsarlo apareció otra ventana.
Unas piernas trabajaban en un húmedo campo azul. En el extremo más alejado del
nicho, las piernas eran más cortas, como si todavía no hubieran completado la fase de
desarrollo.
En silencio, se separó de los demás. Una tubería de alimentación goteaba sobre el
suelo. Se arrodilló para captar un aroma dulzón. Comida.
Hizo que otra zona entrara en fase de transparencia. Allí había más piernas venosas
que trabajaban. Descubrió otra línea de producción encima de aquélla.
Brazos. Unos musculosos brazos humanos trabajaban en un complicado sistema de
interruptores y levas.
Las líneas de alimentación los ponían en comunicación. Unos ganchos de alambre
sujetaban los correosos bíceps y muñecas. Mientras observaba como atontado, uno de
los brazos cambió de ritmo para accionar una serie diferente de botones, a los que atacó
con furia durante un breve instante. Luego giró con una rápida elegancia y volvió a su
trabajo anterior.
Seis pares de brazos trabajaban bajo una luz pálida y enfermiza.
Los bíceps se enlazaban con unos enormes deltoides. Éstos, a su vez, se insertaban
en unos hombros de doble juntura dispuestos en la pared posterior.
No había manos. La energía motriz no requería tanta habilidad. El empuje se transmitía
a sacudidas al sistema de trabajo dispuesto bajo ellos.
—¡Oh! Ya se va —gritó Hatchet.
Killeen se levantó lentamente, aturdido. Se controló.
Al regresar junto al resto del grupo, se sintió agradecido por la interrupción. Unos
ramalazos de dolor le atravesaron la espalda, secuelas de su esfuerzo al llevar a Toby.
Apenas si se dio cuenta de ello. No hizo ninguna seña a Shibo. Sólo se agachó y levantó
uno de los extremos de las parihuelas de Toby.
Algo más adelante, el Especialista arrancó. El equipo reemprendió la marcha.
4
El Especialista encontró muy rápidamente lo que buscaba en los fríos silencios del
colosal complejo. Un cajón con compartimientos separados ocupaba casi toda la pared
más apartada de la vastísima sala. El vapor salía por los frentes de las compuertas
esmaltadas. Cuando se aproximaron a la pared se desprendieron unas ráfagas de niebla
nacarada que cayeron sobre ellos.
Una llovizna caía como una catarata de marfil a cámara lenta, dejando helado a Killeen
y haciendo castañetear los dientes de Toby. El muchacho estaba cansado a causa del
enorme esfuerzo que había sostenido. Tenía una tos seca. Una gran palidez se extendía
por su rostro.
El brazo bueno de Killeen latía continuamente en señal de protesta. Se sintió
agradecido por haber podido dejar a Toby al pie de aquella alta e interminable pared,
donde aparecían una serie de compuertas de cámaras, regularmente espaciadas, que se
extendían hasta lo más alto, perdiéndose de vista en la capa de nubes que se
arremolinaban allí.
Se preguntaba cómo se las arreglaba un mec para abrir los compartimientos más altos.
1. Utilizan mecs que tienen ganchos trepadores.
2. Trepan como las arañas.
3. Pero no vamos a necesitar trepadores.
4. Las piezas que el Especialista quiere están en la parte baja de la pared.
Killeen transmitió la información a Hatchet, tal como había hecho a lo largo de toda la
misión. Hatchet le escuchó e hizo un gesto afirmativo. Todo el grupo estaba nervioso, con
los ojos a punto de saltárseles a cada ruido inesperado. La menor sorpresa les hacía
dirigir las manos a las empuñaduras de las armas.
Killeen compartía aquella sobresaltada alerta, a pesar del cansancio. El hecho de haber
llegado hasta allí revelaba su confianza en el Especialista. Aquella máquina sabía cómo
funcionaban los mecs. Pero entre las máquinas, aquella actitud era algo criminal, y no iba
a poder salvarles si las cosas se ponían verdaderamente feas.
Hatchet empezó a organizar el trabajo. Killeen transmitía las órdenes del Especialista
de modo maquinal. Bud hablaba con una argentina vocecilla de tenor en su mente, entre
un variado aluvión de emociones. Se sentía como una mota revoloteando empujada por la
repugnancia y el temor que le embargaban, sin poder encontrar una voz adecuada para
expresarse. Articulaba con dificultad. Hatchet asintió, y hasta parecía complacido de que
Killeen hablara como un robot al transmitirle los mensajes de Bud.
Killeen notó que el frío procedente de la helada pared refrigerada se le introducía en el
pecho, como una mano de afilados dedos que saliera de los esmaltados depósitos y le
atravesara el corazón de parte a parte. Trabajaba rígido, tratando de mantener la mente
aislada y de evitar su caída, dando giros interminables sobre un negro abismo. Se dio
cuenta de que estaba observando sus propias piernas mientras andaba y se sorprendió al
comprobar la facilidad con que trabajaban; pensaba que él mismo era una máquina sin
ser consciente de ello.
Sacudió la cabeza, pero no encontró ningún alivio.
—Primero destapa ésta. ¿La ves? ¡Sí, sí, ésta! —Eran órdenes que Hatchet daba a
Cermo el Lento.
Los hombres estaban sacando los biocomponentes de repuesto para el Especialista.
Cada uno de los nichos contenía fragmentos orgánicos completamente desarrollados en
un aislamiento congelado. Killeen repetía con voz apagada y seca las instrucciones de
Bud. Descubrió que Toby le miraba de forma extraña, pero hizo caso omiso.
Los nichos estaban a una altura adecuada para que los hombres pudieran sacar las
unidades empaquetadas para luego introducirlas en una compuerta abierta en la cubierta
superior del Especialista. Algunas de las piezas requerían un trato muy cuidadoso. Había
unos grandes discos de una substancia fibrosa que parecían unos descomunales riñones.
Unas unidades con muchas articulaciones eran parecidas a un alambre de bronce
enrollado y movible, como si se tratase de una serpiente.
Había también unas bombas pequeñas y delicadas con el evidente diseño de un
corazón.
Cada una de ellas llevaba tubos adheridos y los acoplamientos de los alambres de
control.
Cada una latía con una energía silenciosa.
Killeen intentaba ignorar la mayor parte de las piezas que los hombres sacaban de los
nichos. Pero estaba de pie a mitad de camino del Especialista cuando Cermo el Lento se
apartó dando un salto de una de las arcas que acababa de abrir y gritó:
—¡No señor, me niego! ¡Esto es humano!
Se trataba de una pierna.
Unos tubos de alimentación introducían un líquido opalino en una gran vena azul. Era
mayor que las que Killeen había descubierto antes. La pierna estaba muy abultada a
causa de los músculos y tendones. Estaba provista de collares de cartílago
cuidadosamente modelado en cada uno de los extremos, donde tendrían que haber
encajado la cadera y el pie.
Cermo dejó caer la pierna. Retrocedió con los ojos casi desorbitados.
Uno de los tubos de alimentación de la pierna se desempalmó. El collar de cartílago
empezó a sufrir espasmos.
Hatchet llegó a toda prisa hasta allí, gritando:
—¡Recoge eso! No dejes que esta impresión se apodere de ti, nos perjudicaría a todos.
Cermo estaba en pie, completamente inmóvil. Hatchet hervía de cólera y recogió la
pierna él mismo. Volvió a conectar el tubo de alimentación. En una pequeña ventana
digital que había en el cartílago aparecieron cinco símbolos que para ellos carecían de
significado. Hatchet hizo caso omiso y empujó la pierna dentro de la compuerta superior.
Algunos mecs de bajo rango estaban en el interior del Renegado para ir recogiendo el
material que introducían los hombres.
1. El Especialista quiere que lo sepas.
2. Puede usar piezas humanas, sí.
3. Algunas veces son mejores que las piezas metálicas.
4. Estas piernas pueden desarrollarse ellas solas.
5. Se reproducen muy fácilmente.
6. Los mecs las necesitan.
7. Son muy eficientes.
Killeen sonrió torvamente. ¿Acaso el Especialista se estaba excusando? En ese caso,
¿somos un recurso? Entonces, ¿por qué nos matan?
1. El Especialista dice que los humanos causan daños a las factorías de los mecs.
2. Los mecs han de controlar a los humanos.
3. Pero, a pesar de todo, los utilizan en las factorías.
4. Los cartílagos son muy adecuados como amortiguadores de golpes.
5. No utilizan todos los componentes de los humanos.
—Ya lo he visto.
Hatchet estaba en pie, con las manos en las caderas, controlando cómo salían de las
arcas las últimas biopiezas del Especialista. Se humedeció los labios.
—Este es el mejor alijo que he visto nunca. El Reny nos va a deber un enorme favor.
—¿Sabías que usaban partes humanas? —le preguntó Killeen.
Hatchet fijó los ojos en él y luego apartó la mirada; decidió hablar con bastante
informalidad.
—Claro que sí. Fui yo quien se encontró con este Especialista para hacer el primer
trato de negocios. Yo corrí el riesgo.
—¿Tú mismo?
—Puedes jugarte el cuello. Estábamos hundidos, no teníamos nada. Vi a este
Especialista que cojeaba, tenía todas las cadenas de desplazamiento desgastadas.
Supuse que podría apoderarme de él. Pero no luchó. Me transmitió algunas imágenes
mentales. Yo iba con mi intérprete, y ella me tradujo las imágenes. Así supe que era un
Renegado e hice mi primer trato con él.
Hatchet le explicó todo esto con total naturalidad y ateniéndose a los hechos, tal como
lo hace un hombre que no quiere que le acusen de presumir.
—¿Le conseguiste sus repuestos orgánicos?
—Sí. En aquella época era más fácil. Pero de entonces acá, los mecs se han vuelto
más listos.
—¿Habías visto antes algo parecido a esta pierna?
Hatchet se tiró del labio y lanzó a Killeen una mirada asesina.
—Sí. Debes comprenderlo, los mecs tienen su propio sistema. Esto salta a la vista —
declaró Hatchet como un hombre que explica su religión, como si sólo se tratase de un
asunto de sentido común—. Cumplimos con nuestro deber. Ayudamos a nuestras
Familias. No podemos cambiar la manera de ser de los mecs. —Sonrió sólo con pensarlo.
—Pues has de asegurarte de que este Especialista cumple con su parte del trato.
—Mi Familia lleva mucho más tiempo que la de los Bishop tratando con los Renegados
—replicó Hatchet en tono apacible, y Killeen reconoció que tenía razón. Su padre le había
dicho en alguna ocasión que los King tenían más de una docena de Renegados. Se
habían especializado en aquella tarea, de la misma manera que los Bishop sabían reciclar
desperdicios mejor que nadie, y los Pawn cultivaban los mejores vegetales. Era una
tradición que venía desde los tiempos primitivos.
Pero, a pesar de todo, los King necesitaban la habilidad traductora de su Rostro.
Comprendió que este factor mortificaba a Hatchet. Por algún motivo que Hatchet no
quería explicar, los King habían perdido a sus traductores en aquellas incursiones. Todo
esto hacía que Killeen fuera cada vez más cauteloso al tratar con el Capitán de los King.
Se fue a ver si Toby seguía bien. Shibo estaba ayudando a completar la entrega de los
últimos biocomponentes. Los miembros del grupo se habían quedado encima del
Especialista.
1. Subid.
2. El Especialista nos va a llevar.
-¿Adonde?
1. A repararte.
2. Después nos marcharemos. Daos prisa.
3. El Supervisor está dentro del complejo.
—¿Qué es el Supervisor?
1. No tengo una imagen muy clara.
2. Se trata de un mec pequeño.
3. Pero con muchas piezas.
4. Creo que se trata de un mec muy inteligente.
Montaron sobre el Renegado y partieron. Había muy pocos mecs trabajando en aquella
gran nave. El Especialista los dejaba congelados con unas descargas intermitentes de
microondas. Killeen observaba con detenimiento los lugares por donde pasaban.
No cabía duda de que Hatchet estaba contento. Andaba por entre los miembros del
grupo, alentando a todos, felicitándoles por la rapidez de su trabajo. El Especialista
avanzaba por pasillos casi demasiado estrechos para su gran envergadura. Las cadenas
de desplazamiento chirriaban, y a la pequeña velocidad que llevaba, Killeen podía oír
cómo crujían y rozaban las piezas. Sabía que aquel ruido lo producían componentes al
límite de su duración. Cuando Hatchet pasó cerca de él, sujetándose en las tuberías,
Killeen le preguntó la edad del Especialista.
—Demasiados años —respondió Hatchet—. Ha estado corriendo para salvar la vida
durante mucho tiempo, supongo.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Los materiales de que está compuesto son muy viejos, y los esquemas me son
desconocidos. Mi traductor me explicó que la civilización mec cambia las piezas
deliberadamente para ir eliminando a los Renegados.
—¿Les obligan a hacer lo mismo que éste? ¿Ir en busca de recambios?
Hatchet se encogió de hombros.
—Claro que sí. En caso contrario la espichan. Cuando era un chiquillo vi cómo la
diñaban algunos Renegados. Reventaban en cualquier parte. Luego venían los
Merodeadores y los cogían con toda tranquilidad.
Killeen acunaba a Toby para protegerle de los repentinos virajes del Especialista.
—¿Qué sucedió para que este Especialista se convirtiera en Renegado?
—No lo sé. Supongo que lo hizo para no tener que acudir a la llamada.
—¿La llamada?
—Cuando los mecs están muy desgastados, les llega la llamada. Han de presentarse
para que los desmantelen.
Killeen puso cara de preocupación.
—¿Incluso los que son más inteligentes?
—Esos, todavía más. Los mecs inteligentes son reemplazados con más frecuencia.
Creo que esto se debe a que la civilización mec los está rediseñando continuamente, para
incrementarles todavía más la inteligencia. Siempre los están cambiando.
—¿La civilización mec los mata?
—Me parece que sí. Una buena razón para no responder a la llamada, ¿no crees? Los
Renegados sólo quieren seguir con vida. Como todos nosotros.
Los ojos de Hatchet estaban a punto de saltar por una excitación que intentaba
disimular y desmentir tras su cara inmóvil. Killeen comprendió la vocación de aquel
hombre que había mantenido la herencia de su Familia, el trato con los Renegados. Y
todo para ahorrarles el peregrinaje a través de las desérticas tierras que las demás
Familias habían tenido que soportar después de la Calamidad. Lo había hecho sin
temores, luchando para obtener de los Renegados una frágil Metrópolis, basada en la
confianza en los más mortales enemigos de la humanidad. Y nadie mejor que Hatchet era
consciente de la extrema fragilidad de Metrópolis. Era capaz de hacer cualquier cosa para
lograr unas migajas más de seguridad, aunque procedieran de los Renegados, que a su
vez también estaban en peligro de ser borrados con un simple gesto. Cada ayuda, por
pequeña que fuera, justificaba el riesgo. Killeen respetaba la obra de Hatchet, pero en su
interior algo le decía que había pagado un precio demasiado elevado.
El Especialista emitió un fuerte ruido y disminuyó la marcha.
1. Es la estación de reparaciones.
2. El Especialista trata de encontrar los circuitos adecuados.
Todo el grupo descendió del Especialista ante una pared vítrea de complicada
maquinaria. Los fluidos burbujeaban a través de redes translúcidas que se entretejían
alrededor de las complicadas estaciones metálicas de trabajo. El Especialista extendió
unas afiladas manos de seis dedos, acopladas a unos brazos en forma de trípodes
cromados. Encontraron unas cerraduras entrelazadas donde introdujeron unas clavijas de
acero. Los largos brazos de trabajo giraron. Unas orejas cerámicas montadas en unos
enchufes de carbón escuchaban intensamente. Después de algunos minutos sonaron tres
agudos clicks que levantaron ecos en el silencio. La estación de trabajo cobró una vida de
neón.
1. El muchacho irá primero.
2. Pon las piernas en el receptor.
3. Aprisa.
Shibo y Killeen consiguieron con esfuerzo introducir las piernas de Toby en un
receptáculo de material blando que estaba en la base de la estación. Entraron con
cuidado. El muchacho ya estaba despierto por completo. Su lasitud desapareció en
cuanto la estación empezó a emitir ruidos.
—Noto algo —indicó Toby.
—¿En las piernas? —preguntó Killeen, sosteniendo los hombros del muchacho para
que no tocaran el suelo de ladrillos verdes.
—No podría precisarlo. Es una especie de cosquilleo… por todas partes… —
Pestañeó—. Ahhh…
1. Mantenedlo quieto.
2. El Especialista está buscando el código.
3. Tiene que neutralizar los sistemas de alarma.
—Mantente quieto, hijo.
Hatchet intervino desde detrás de Killeen:
—¿Os ha dicho el Especialista cuánto va a tardar esto?
—No —respondió Killeen en tono de aviso.
Si Hatchet metía prisas… Toby experimentó una sacudida.
—Esto… duele…
1. Circuitos conectados.
2. Está buscando la clave de los daños.
Toby se estremeció.
—Yo… ya no siento nada. Mis tripas, esto está arrastrándose hacia arriba a través de
mis tripas.
1. Primero ha de comprobar sus sistemas de servicio.
—Todo se vuelve frío —empezó a jadear Toby—. Papá… esto está subiendo… yo… mis
brazos… qué frío. Tengo miedo…
Killeen intensificó el abrazo con el brazo bueno alrededor de Toby. Intentaba evitar que
el muchacho se separara de los efectos de la estación. Las manos del muchacho se
aflojaron y perdieron tonicidad. Killeen observó que el color había desaparecido de las
puntas de los dedos, que estaban en carne viva y con las uñas rotas.
Detrás de él, Hatchet dijo:
—¿Algo va mal? Oye: esto no funciona, eso es todo. ¿Lo entiendes? Porque el tiempo
corre y…
—¡Cállate! —le escupió Shibo, que sostenía las piernas de Toby.
Killeen les ignoró. Trataba de obtener más información de Bud, pero el Rostro no
quería contestar.
Toby se desmayó. Los ojos se le quedaron completamente en blanco.
—¡Maldita sea! —se dijo a sí mismo Killeen. Masajeaba al muchacho, que estaba
pálido como un fantasma.
1. Los subsistemas han sido reactivados.
2. Está corrigiéndolos.
3. Mantenerlo inmóvil.
Toby expelió de golpe todo el aire. Los ojos le saltaban de un lado a otro. Sus brazos
se retorcían y las manos ejecutaban un frenético baile. Todo el cuerpo de Toby parecía
moverse como un muñeco animado por algún mecanismo interior.
Un relé explotó produciendo un fuerte ruido en el panel de la estación.
—Mi… mis…—El muchacho parpadeó—. Me duelen los pies.
Shibo y Killeen se miraron pensativos, en medio de un silencio repentino.
Con todo cuidado le sacaron de la manga receptora. Toby podía mover las piernas,
pero los músculos estaban tiesos y doloridos. Killeen y Shibo le ayudaron a acercarse al
Especialista. Hatchet dio unas palmadas en el hombro malo de Killeen, que se dio la
vuelta.
—Si quieres que te arreglen, vuelve allí.
Killeen colocó el brazo afectado en el receptor. Los blandos pliegues de la manga
admitían el brazo a una velocidad constante pero muy lenta. Percibió unos débiles tirones
y unos pinchazos cálidos cuando algo empezó a sondarle.
El grupo vigilaba en todas direcciones, restregaban nerviosamente el suelo con los pies
y habían desenfundado las armas. Unos fluidos burbujeaban en el complicado aparato de
cristal que estaba por encima de todos ellos. Un vapor anaranjado surgió de repente por
arriba y descendió silbando sobre el grupo. Escaparon de él con fuertes toses.
Hatchet vio aquello y se volvió hacia Killeen, que estaba arrodillado ante el receptor con
el brazo introducido hasta el codo.
—¿Está funcionando?
—No lo sé.
Alrededor de los hombros sentía unas cálidas y rápidas sacudidas. Era como si le
clavaran agujas y las sacaran muy deprisa antes de que los nervios las detectaran.
1. Ha encontrado el código.
2. El Especialista se apresura.
3. Dice que huele al Supervisor.
—¿Notas algo? —preguntó Hatchet.
—Sí, así es. —Unos temblores silenciosos repercutían en su brazo.
—¡Maldita sea! Me gustaría que…
—¡Ah!
La manga receptora le soltó. Killeen sacó el brazo de un tirón. Le dolía, pero podía
mover los dedos. La piel aparecía arrugada, sin vello, fría y húmeda.
—¡Cojonudo! —exclamó Hatchet a la vez que hacía señas al grupo—. Vamonos.
¡Rumbo a casa!
Killeen se dirigió tambaleándose hacia el Especialista. Andaba de forma desequilibrada
y entonces se dio cuenta de lo mucho que había tenido que compensar el brazo muerto.
Se cogió al guardabarros y se impulsó hacia la parte superior, donde se repantigó
torpemente con un orgullo juvenil. El Especialista hizo marcha atrás con mucho ruido,
liberándose de la estación. Luego el Renegado se alejó de allí, acelerando de forma
progresiva. Killeen tuvo que aferrarse apresuradamente a un tubo de ventilación para.
mantenerse sobre el casco.
Unos pequeños edificios desfilaban a toda velocidad por su lado. Se erguían en las
inclinadas terrazas y rampas de una sala colosal; aquello era un laberinto de extraños
edificios angulares. Había canalizaciones que estaban conectadas por doquier. Si se
exceptuaba alguna mancha ocasional, allí no había señales de suciedad o de abandono.
Unos mecs modificados de forma muy extraña trabajaban en algunas de las rampas
superiores. No se alteraron cuando el Especialista pasó como un proyectil cerca de ellos.
Killeen se agarró a un tubo y abrazó a Toby. El cosquilleo del brazo parecía extenderse
a todo el cuerpo a medida que sus sistemas se iban recuperando. Las imágenes se
desbordaban por el aparato sensorial. En el brazo se habían almacenado datos,
ramalazos digitales que le ponían nervioso y le causaban punzadas en los ojos. Vio
dientes que se acoplaban a oleosas cadenas de desplazamiento. Oía la brillante risa de
Verónica, a quien había perdido hacía tanto tiempo. Saboreaba los guisos de su madre.
Las sensaciones le proporcionaron una especie de vigor. Impulsivamente, besó a
Shibo. Ella le devolvió el beso. Killeen rió, disfrutando del acre aroma del aire que entraba
y salía de sus pulmones, cada uno de los perfumes quedaba amplificado por el remolino
que ocasionaba el veloz Especialista.
Todo el grupo estaba hablando, unos felices susurros corrían por la red de
comunicaciones sensoriales. El Especialista aminoró la marcha en una esquina y Killeen
miró hacia arriba. Un panel grande y transparente estaba iluminado desde dentro con una
pálida luz verde. Killeen distinguió algo que estaba trabajando en el interior. Unos brazos
y piernas gigantescos conectados a cuerpos. Hueras de costillas trabajaban como unos
enormes fuelles. Unas bolsas abolladas colgaban de las panzas, como sacos de
entrañas. Unas pieles céreas se alargaban y encogían, se arrugaban y volvían a estirarse.
Se volvió de espaldas.
El Especialista llegó a una amplia plaza. Los peones la cruzaban en todas direcciones.
Unos pocos mecs de mayor tamaño corrían a toda prisa hacia unas misiones urgentes. El
Especialista incrementó la velocidad. Los humanos se aferraban con fuerza cuando el
Especialista daba bandazos para esquivar a los peones sin aminorar nunca la velocidad.
El viento les despeinaba y amortiguaba sus voces.
Killeen notaba que una excitación sin palabras empezaba a dominar toda su red
sensorial. El viaje a casa es el más dulce, pero también es el que se hace más largo
cuando la mente se adelanta.
Habían llegado a la mitad de la plaza. El Especialista todavía aceleró más, como si
presintiera algo.
Un débil whoooong vibró con insistencia por todos sus sensores.
Killeen se volvió. No descubrió nada en aquel lado del Especialista que pudiera haber
causado el ruido. Por allí no se veía ningún mec mayor que un peón.
—¿Ves algo? —transmitió Hatchet.
—No. —Atrajo a Toby más cerca de él.
Los rasgados ojos de Shibo estudiaban los edificios. La plaza era tan amplia que la
distancia difuminaba los detalles de la factoría de biocomponentes que estaban dejando
atrás.
—Mantén el…
—¿Qué es esto? —gritó Cermo. Estaba al otro lado del Especialista y Killeen no podía
ver nada.
Algo pasó cerca —¡tssssip!— por encima de sus cabezas.
—¡Pasaos a este lado! —gritó Killeen—. Sea lo que sea, el Especialista podrá darnos
alguna protección.
—Es verdad, trasladémonos —transmitió Hatchet.
Shibo levantó el arma. El Especialista se lanzó hacia adelante. Las cadenas chirriaban
a causa del esfuerzo. Killeen creyó que podía oír cómo se desmenuzaban una contra otra.
Si las cadenas se quedaban inmovilizadas allí…
Whuuuuung. Esta vez había sido más fuerte. La onda agitó frenéticamente el aire que
les rodeaba.
—¡Cuidado! —transmitió Hatchet.
—¡No!
—¡Le ha dado a Vélez!
—¡Salid de aquí! ¡A la cubierta superior! ¡A la parte superior! ¡Dispersaos!
—¿Qué sucede?
—¡Ve y no preguntes!
—No lo miréis y así no podrá abriros los receptores. Hará…
Whuuuuuuung.
—¡Ah! ¡Ah! ¡Mi pierna!
—¡Me he quedado ciego! ¡Dadme la mano! ¡Ciego!
—¿Qué sucede?
Killeen no tuvo necesidad de mirar. Conocía bien el sonido del Mantis.
5
El Especialista empezó a describir virajes bruscos. Los motores se hicieron más
ruidosos hasta producir un estruendo horrible. Las cadenas bramaban sobre las pulidas
losas del suelo de la plaza. Killeen, con su aparato sensorial, no podía oír ni saborear
nada más que los chasquidos y chispo-rroteos de la lucha electromagnética del duelo
entre el Mantis y el Especialista.
El equipo se reunió sobre la parte superior del Especialista, arrastrando con ellos a los
dos hombres de los King que habían resultado heridos. Killeen observó los ojos blancos
vidriosos y las caras asustadas.
—Muertos —declaró Hatchet.
—Muerte definitiva —añadió Killeen.
El Mantis les había extraído la memoria, las esperanzas y los miedos. En
consecuencia, ya conocía la existencia de Metrópolis.
Y al mismo tiempo, tenía también a sus Aspectos. Un inmenso lapso de los humanos
ya se había quedado transformado en vacío.
El Especialista parecía ser inmune a las andanadas de resonantes whoooooooms que
producían unos lívidos túneles en los sentidos de Killeen. La máquina disparaba a través
de la plaza.
Se agarraban al costado como unas cometas que revolotearan. Sus perneras y
refuerzos pélvicos golpeaban contra el casco zumbante.
—¡Toby! —Lo agarró justo cuando el muchacho se escurría.
Logró sostener a Toby con el brazo derecho, tiró hacia arriba y perdió su presa. El
muchacho recorrió un metro hacia abajo y tropezó con una conexión de tuberías
exteriores que sobresalía del casco. Toby tiró violentamente de cuanto tocaba buscando
un asidero. Killeen se colgó de una repisa, hizo unas tijeras con las piernas y apretó. Toby
intentó cogerse a ellas pero perdió su precario equilibrio. Con la mano derecha pudo
aferrarse a la pierna de Killeen, agarrándose a la juntura de los amortiguadores de choque
con la protección laminada de la bota. Toby giraba en torbellino, daba vueltas sobre las
losas que pasaban a toda velocidad por debajo de él. Killeen consiguió izarle por encima
de un cuello de ventilación en donde pudo sujetarse.
Entonces el Especialista derrapó.
Killeen pensó que iban a dar una vuelta de campana y que quedarían con el
Especialista por sombrero. Buscaba un apoyo firme donde apuntalar las piernas. Antes de
que pudiera dar un salto para soltarse, el Especialista se enderezó. Patinando fue a
detenerse entre chirridos junto a una monolítica pared de pizarra.
—¡Fuera! —aulló Hatchet—. ¡Algo anda persiguiendo al Reny!
—Y a nosotros. Se trata del Mantis —gritó Killeen.
Se produjo un silencio mortal. Por primera vez, Killeen descubrió una expresión sincera
y sin ambages en los ojos de Hatchet: era de pánico.
—¡Maldita sea!
—No tenemos armas pesadas —gritó Shibo.
—¡Oíd! ¡No podemos abandonar al Especialista! —chilló Hatchet cuando algunos
saltaron al suelo de la plaza—. Hemos de protegerle.
—Shibo tiene razón. Los rayos electrónicos y los cortadores no sirven para nada frente
al Mantis —dijo Killeen.
—Si el Especialista consiguiera averiarle…
—Nos conviene más abandonar este sitio, si podemos maniobrar —observó Killeen.
—Estoy contigo ¡Alejémonos de aquí! Utilizad el Especialista como escudo —transmitió
Cermo.
Hatchet dudaba, estudiaba la parte superior del Especialista de donde pendían, en
medio de las protuberancias, los compañeros muertos. Killeen pensaba que aquel hombre
estaba decidiendo si se los llevaban de allí. Los hombres de los King habían considerado
siempre un deber sagrado no dejar sus muertos abandonados.
Pero no se trataba de eso: Hatchet esperaba que el Especialista le hiciera alguna seña,
pero no hubo ninguna. El mec estaba muy ocupado llenando el aire de explosiones que
producían ecos por todas partes.
Hatchet hizo una mueca y afirmó con la cabeza. Condujo sin dudar al grupo lejos del
Especialista inmóvil. Dejaron a los dos muertos definitivos sin ningún comentario. Otro de
los King se alejó dando traspiés, con los brazos fuera de control. Se tambaleaba sin
poderlo evitar, con la mirada fija.
Killeen se aseguró de que Toby podía andar bien. Se dirigieron a un callejón que se
abría en la pared de pizarra.
Las antenas del Especialista giraban, enviándole unos secos palmetazos a través del
equipo sensorial.
—Sólo es EM —transmitió Shibo.
Killeen entendió qué quería decirle. Sólo habían oído unos chisporroteos
electromagnéticos. Los humanos tal vez no eran vulnerables a los embates de los EM. El
Mantis no usaba cañones contra el Especialista, a pesar de que habría sido el sistema
más fácil de inmovilizarle.
Hatchet jadeaba mientras corría hacia el callejón.
—Cermo, dirígete a la izquierda.
Allí, en el callejón, había un muelle de carga para los mecs cubierto por un revoltijo de
aparatos con forma de ventiladores amarillos, tan grandes como un hombre.
—Intentad hacer blanco en el Mantis —ordenó Hatchet. Mandó a uno de los King hacia
otro ángulo, a la derecha.
De inmediato, Cermo empezó a disparar ráfagas. Killeen se agachó y siguió avanzando
por el callejón. Esquivó una gran zanja de canalizaciones de acero, indicando a Toby con
la mano que le siguiera.
—¿Adonde vas? —le gritó Hatchet.
—El Mantis no puede pasar por aquí —contestó Killeen—. Es demasiado voluminoso.
—Y no disminuyó la marcha.
—¡Hemos de ayudar al Reny!
—Los ratones no pueden ayudar a las montañas —dijo Shibo secamente.
—¡Mueve el culo hasta aquí!
—El Mantis se acerca —informó Cermo con frialdad.
Los demás miembros del equipo se miraban unos a otros. Habían preparado las armas.
El Especialista no se había movido desde que los humanos habían bajado de él. Les
impedía la visión de la plaza.
Podían oír a través de la red sensorial unos golpes regulares, como troncos que se
deslizaran sobre las rocas. O como si un gigante estuviera andando por la plaza.
Empezaron a alejarse de la boca del callejón.
—¡Haced fuego! —ordenó Hatchet.
—Estúpido —masculló Shibo.
Cermo llegó hasta ellos corriendo pesadamente, gritaba que el Mantis había inutilizado
las cadenas de desplazamiento del Especialista.
Hatchet contempló con furia al Especialista, y después miró hacia el acogedor callejón.
—El Reny sabe el camino de regreso —declaró con desespero—. El regreso a
Metrópolis.
El grupo comprendió su confusión y la aprovechó para retroceder algunos pasos más.
El retumbar de los golpes aumentó. Killeen nunca había oído que el Mantis produjera
aquel ruido. Hatchet dudó, pero luego escupió y retrocedió por el callejón. Se detuvo al
lado de Killeen.
—Si tú no hubieras…
—Mira —le interrumpió Killeen.
El Mantis apareció ante su vista por detrás de la remachada cresta del Especialista.
Sus antenas barrían metódicamente todos los ángulos. Killeen susurró:
—Cerrad los sistemas ¡Rápido!
Su aparato sensorial quedó reducido a un fluido multicolor absorbido por una negra
cloaca.
El Mantis era una red de ejes en movimiento. Como si fueran huesos de acero, se
reunían en unos enchufes de reluciente cromo. Unos finísimos cables les proporcionaban
una extraña agilidad. En aquella ocasión, a Killeen le pareció que se parecía más al
envigado de un edificio, a una red móvil, que a un mec integrado.
Sus antenas barrieron el terreno por detrás de ellos sin detenerse. ¿Significaba aquello
que no los había descubierto?
El Especialista todavía se defendía. Killeen vio una pequeña arma que asomaba por
una torreta y disparaba hacia el Mantis. Un instante después se disolvía entre chispas de
color naranja.
—Muévete —susurró Killeen a Toby. Se deslizaron por detrás de un voluminoso
conjunto cilíndrico de válvulas y ruedas, que impedía que les descubrieran directamente
desde la entrada del callejón.
El Mantis alcanzó al Especialista. Se le subió a la inclinada espalda y al parecer
empezó a trabajar en la parte lateral.
El grupo retrocedió, siguiendo a Killeen. Hatchet comprendió que no podía impedírselo
a menos que hiciera mucho ruido o que cometiera una locura. Optó por ir tras ellos.
Echaron a correr por una grieta descendente que se iba estrechando entre unas
factorías que vibraban. Unas explosiones apagadas llegaron hasta sus oídos. Killeen
pensó que era el Especialista que estaba agonizando. Miró hacia atrás y vio un pequeño
proyectil radiodirigido que el mec había disparado a lo largo del callejón que acababan de
abandonar. Desapareció al cabo de un instante. Luego volvió y se quedó inmóvil en el
aire, a la altura del cruce, como si fuera un colibrí. Killeen oyó un débil ping cuando les
captó. El proyectil salió disparado hacia delante. Killeen tuvo tiempo de apuntar su arma.
El misil desapareció dejando tras él una nube de humo blanco y un trueno le golpeó en la
cara. Había explotado mucho antes de que los fragmentos pudieran alcanzarles. Killeen
no perdió el tiempo buscando explicaciones. Se agachó para pasar por un pasaje lateral,
siguiendo a los demás, y se limitó a pensar en la huida.
Nada les persiguió. Se retiraron a través de un complejo de factorías muy concurridas
en las que reinaba un olor muy fuerte. Los mecs trabajaban en las pasarelas y corredores,
sin advertir la presencia de los humanos que huían. Por grandes que fueran los poderes
del Mantis, no alcanzaban a poner en alerta a todos los mecs de la factoría. O tal vez le
pareció que era una medida innecesaria.
Hatchet intentó convencerles de que redujeran su velocidad, de que hicieran un alto
para averiguar si el Especialista había logrado escapar. Nadie le hizo caso. Siguieron
corriendo. Una fiebre de desesperación se había apoderado de ellos. Killeen comprendía
de un modo abstracto los sentimientos de Hatchet, pero su instinto le decía que el Capitán
estaba en un error.
Se acordó de su padre, que en cierta ocasión se echó a reír y luego dijo secamente: El
hombre valiente, lucha. El hombre inteligente, corre.
Hatchet llevaba muchos años de vida sedentaria. Metido en su agujero de Metrópolis,
había perdido facultades.
Después de atravesar tres factorías, alcanzaron la pared limítrofe de aquella zona. En
ella había muchos tubos, parecidos a costillas y venas, que se entrecruzaban de forma
absolutamente intrincada. En aquella pared se oían gorgoteos de fluidos. Cermo el Lento
no había hecho honor a su nombre y llegó allí el primero. Encontró una compuerta con un
dispositivo manual. Resultaba evidente que los mecs de mantenimiento la utilizaban para
llegar hasta los complejos entresijos de tubos. El paso era muy estrecho. Tuvieron que
entrar por allí, como gusanos, de uno en uno.
Sin excesivas discusiones, el grupo abandonó aquella gran zona que se abría en la
amplia plaza. No habían vuelto a conectar los aparatos sensoriales colectivos y no tenían
idea de dónde podía estar el Mantis. Killeen mandó a Toby hacia delante, con Shibo, y él
se quedó en la retaguardia, junto a Hatchet. Miró durante unos momentos hacia atrás.
—Nos ha ido de un pelo.
—Esto ya no importa demasiado —soltó Hatchet, resoplando—. De todos modos, ya
podemos darnos por muertos.
—Mejor estar muertos que definitivamente muertos.
—Tonterías. La muerte es la muerte.
Killeen sintió que una rabia fría se le extendía por el pecho. Pero se limitó a decir:
—No les ocultas nada, eres como ellos.
—El Especialista sentía lo mismo que tú —dijo Hatchet con amargura—. Resulta
divertido que un mec estuviera tan chiflado como tú.
Killeen parpadeó.
—¿El Especialista no quería la muerte definitiva? ¡Pero si ellos son diferentes a
nosotros!
—Hace muchos años, la primera vez que hablé con él por medio del traductor, me dijo
que se había convertido en Renegado porque no quería entregar su propia personalidad.
—¿Le preguntaste alguna vez si todos los mecs pensaban como él?
Hatchet se encogió de hombros.
—Por lo que pude saber, me atrevería a decir que no.
La mirada de Killeen se paseó por todos los corredores rectangulares que partían de
allí, entre las filas de máquinas ruidosas que trabajaban accionadas por levas. Apareció
un mec, pero no se fijó en los dos humanos.
—¿Qué quieres decir?
—Mi padre me contó mucho tiempo atrás que cuando los mecs se desgastan, les
ordenan que regresen. Ni siquiera piensan en ello. Llevan una orden de rango superior
grabada en la mente. Luego los desmantelan para aprovechar los metales y demás
materias primas.
—Igual que hacen con nosotros en la muerte definitiva —dijo Killeen.
—Sigue. Te cubriré. —Como Capitán, Hatchet tenía derecho a ser el último en
retirarse, lo que tradicionalmente se consideraba la posición más peligrosa. Killeen se
contorsionó para pasar por la compuerta. Tuvo que atravesar por unos cruces muy
estrechos en completa oscuridad. Los tubos se le clavaban en las costillas y le hacían
perder el equilibrio. Se le ocurrió que si los mecs querían atraparlos de uno en uno,
tendrían una excelente oportunidad de conseguirlo. Pero entonces miró hacia delante y
divisó una luz. Un tubo se le enganchó en el amortiguador de la manga cuando trastabilló
al salir a un fantasmal resplandor de color rubí.
Estaba en una gran habitación. Del bajo techo pendían unos bultos de extrañas formas
suspendidos mediante unas cuerdas translúcidas. Las paredes y el suelo emitían una
débil luz sin llama.
Todo el grupo se había detenido para mirar aquello, Killeen también lo hizo y trató de
observar más detalles. Hatchet apareció detrás de Killeen, hizo un largo reconocimiento
de aquella sala que al parecer no tenía fin, y susurró:
—Buscad alguna protección. ¡Rápido!
Killeen siguió a Toby, que iba recuperando su velocidad habitual. Se detuvieron al lado
de algo grande y voluminoso que giraba lentamente sobre un eje, en la sombra. El
extremo inferior colgaba cerca de la cabeza de Killeen. Dejó que sus ojos se dispusieran
para visión lejana a fin de detectar cualquier movimiento en aquella extensa habitación.
Incluso a la máxima ampliación, no descubrió otro movimiento que el de aquellas cosas
que giraban lentamente suspendidas del techo. Nada llegaba a tocar el suelo. Un sedoso
silencio flotaba en el aire gélido y antiséptico.
Aquel lugar daba la impresión de una obsesiva exactitud, los espacios libres y las
rígidas perspectivas constituían un marco para las masas oblongas, mal conformadas,
que giraban en silencio. Pero cuando Killeen dio unos pasos en dirección a la masa más
próxima, captó un fuerte olor que le llenó los pulmones de recuerdos de madera podrida y
de moho. Se acordaba de la ocasión en que se había arrastrado por un sótano de la
Ciudadela, cuando era un muchacho que se dedicaba a explorar los rincones húmedos en
busca de tesoros y misterios. Le habían asaltado unos espesos olores a tierra húmeda y a
ropa rancia; allí había unas cajas viejas y rotas, y unos tarros semillenos con líquidos
mohosos y espesos.
La mortecina e infernal luz pareció cobrar más vida. Contuvo la respiración.
Estaba contemplando algo parecido a una gran masa de conductores estrechamente
enrollados. Ésta fue su primera percepción y cuando ajustó más su visión pudo ver las
cubiertas elásticas de algo parecido al caucho. Una substancia de brillo aceitoso lubricaba
las superficies grises y moteadas. Se desplazaron. Se deslizaban y avanzaban a tientas
obstinadamente. Una máquina destinada a algún propósito que él no podía imaginar, no
era de metal, tenía venas y estaba turgente. Pero mostraba aquella extraña apariencia de
máquina, se movía de una manera no viva. No se le ocurrió que aquello podía ser algo
distinto. Los tubos en forma de serpentín tenían un aspecto céreo vistos bajo aquel
resplandor mantecoso. Una jalea lubricaba los movimientos. Su resbaladizo avance y
retroceso tenía el empuje de un propósito programado. Unos tubos más gruesos se
arrollaban entre los más delgados. Unos salientes en forma de pliegues de acordeón se
ramificaban hacia otros puntos de juntura. Con una grave lentitud, en uno de los grandes
tubos cercanos a Killeen se abrieron unas fisuras ovales, lo que rompió aquel resplandor
oleoso. Se iba hinchando. Suspiró débilmente y una fina neblina azul salió despedida
hacia arriba. Le llegó un olor dulzón a cloaca que le recordó el del sumidero para los
desperdicios que tenían en la Ciudadela, un pesado y exuberante indicio de lo que
asaltaría a las narices del que se asomara a ella y oliera de lleno sus «aromáticos
efluvios».
Sus ojos no paraban, intentando captar el movimiento general.
Los tubos pulsaban. Aquí y allí, una mancha en uno de los resbaladizos conductos
dejaba ver una pálida porosidad. Mientras Killeen y Toby observaban aquello, una fisura
se abrió por completo. Se hizo mayor y más ancha. Killeen descubrió que los tubos
estaban huecos, eran unos serpentines flexibles. El que estaba más próximo a ellos
produjo un ruido de succión. Se retorció para librarse del abrazo de otro serpentín y se
enroscó más lejos. Unos anillos corrían formando rizos sobre su piel.
Killeen sintió que la energía de los serpentines se incrementaba en toda la masa que
tenía delante. Otro de los tubos se rompió y quedó libre. Tenía una brillante cabeza de
forma globular que sólo pudo vislumbrar porque se enterró en una nueva fisura cercana
que todavía se estaba ensanchando.
Un furioso apretujamiento se inició en la masa que le rodeaba, Killeen tenía la
impresión de que se trataba de un absceso de la musculatura. Unas corrientes de aire
mohoso y agrio pasaron junto a él. Oía unos débiles golpes y roces. Después llegó hasta
él un suave tono bajo que iba haciéndose más rápido y sibilante. Era como la respiración
de un gigante.
Más fisuras se abrieron en las paredes de los tubos cercanos. Aumentaban; las bocas
ovales estaban rodeadas por unas cuerdas rosadas. Bostezaban con sus bordes rojizos y
lábiles, se convertían en bolsas. Otros tubos arrugados consiguieron liberarse de la masa
y oscilaban en el espeso aire. Las romas cabezas aumentaron de tamaño. Buscaban y
encontraban fácilmente unas fisuras que parecían abrirse y aumentar en función de los
tubos que se liberaban. Las cabezas reptaban entre la masa activa y se introducían por
las fisuras que bostezaban. Un prolongado escalofrío acompañaba a cada penetración. La
masa rosa se retorcía y se estremecía de un modo inenarrable. Killeen comprendió, casi
contra su voluntad, que cada uno era un acoplamiento de órganos masculinos y
femeninos que se formaban en la masa gelatinosa y se unían en un grotesco
deslizamiento, cada uno buscando al otro en el cieno informe que se palpaba y se frotaba
suavemente a sí mismo con un frenesí gelatinoso y directo.
Killeen atenazó los brazos de Toby y lo apartó de allí.
—Vete… apártate de aquí.
—¿Qué es esto? —La voz de Toby sonaba ronca.
—Algo… horroroso.
Mientras retrocedían descubrió unos bultos redondeados y cubiertos de cuero que
colgaban de algunos tubos. Testículos. Eran testículos que evocaban alguna clase de
semen asqueroso.
Alrededor de las fisuras que ya se habían abierto estaba creciendo pelo. Unos
enmarañados alambres negros iban brotando de los tubos mientras los miraba.
La luz cérea que les rodeaba fue desapareciendo rápidamente. Toby formuló más
preguntas para las que Killeen no tenía respuestas, y para hacer callar al muchacho se
colocó dos pasos por delante de él. La luz se intensificó. ¿Se aceleraría el incesante
deslizamiento de la masa que estaba colgada? Se alejó. Sí, el difuso resplandor
disminuyó. El movimiento inconsciente se hizo más lento.
—Esto está hecho para… funcionar… cuando hay alguien cerca.
—Yo creía que se trataba de una máquina —dijo Toby con toda tranquilidad.
—Yo también. Pero ahora no estoy tan seguro.
Los demás estaban contemplando otras formas cercanas, y fruncían el ceño. Sólo
había transcurrido un momento, pero a Killeen le pareció una eternidad. Hatchet gritó con
voz trémula:
—¡A formar! Tenemos que irnos.
Obedecieron en silencio. Unas extensas líneas de aquellas masas suspendidas
llegaban hasta donde alcanzaba la vista. A medida que se acercaban, cada una de ellas
se agitó bajo una luz cerúlea que nacía de repente. Pronto aprendieron a apretar el paso
para dejarlas atrás.
Un silencio frío les envolvía. De las masas suspendidas salía una niebla que formaba
capas acres en el aire. Sus pasos producían un tableteo sordo.
Sabían que no tenían ningún plan, que Hatchet les guiaba sin un objetivo definido. Pero
era preferible seguir marchando que quedarse y tener que soportar las extrañas visiones
de lo que había allí y la creciente sensación de que unas fuerzas horribles se movían con
propósitos que estaban más allá del entendimiento humano.
Andaban con rapidez. Unas zonas de brillante resplandor les iban acompañando a
medida que las masas empezaban a moverse, y luego iban desapareciendo. La impresión
de que algo les perseguía, aunque sólo fueran unos mecanismos automáticos, les
obligaba a apresurar sus pasos.
Delante de ellos, la oscuridad iba en aumento. Era una pared de mallas negras.
Hatchet envió a Cermo hacia la derecha y al King herido hacia la izquierda para que
buscaran una salida. El hombre de los King regresó al cabo de unos instantes,
gesticulando en silencio. Nadie habló. Hatchet conectó sus sentidos el tiempo justo para
inspeccionar la pared. No encontró nada. Lanzó una aguda llamada amarilla para que
Cermo regresara y luego dejó que su red sensitiva se fuera apagando por completo.
El hombre de los King había encontrado una compuerta hexagonal. Unos raíles
llegaban hasta allí desde las más lejanas alineaciones de esculturas. Hatchet supuso que
alguna clase de mec tenía que circular por encima de aquellos raíles. Utilizó una de las
llaves cilíndricas que le había dado el Especialista. La placa la aceptó y sonaron tres
chasquidos. La compuerta se apartó a un lado.
Aquella vez, Shibo fue la primera en entrar. Killeen ayudó al King que había perdido el
control de los brazos. Todos se vieron obligados a agacharse para poder pasar por el
corto, bajo y ancho pasillo que había detrás.
Shibo, extremando las precauciones, se abrió paso hacia delante. Chocaban unos
contra otros en la oscuridad. A Killeen empezaba a dolerle la espalda. Trató de no pensar
en sus posibilidades. Si pensaba, se desesperaría y aquello le obligaría a detenerse. En
cuanto dejara de pensar, sólo se preocuparía por llegar hasta el final. Había aprendido la
lección en los muchos años de viajes, había visto que hombres y mujeres muy buenos
acababan hundidos a causa del desespero que les atenazaba el pecho como una garra
de hielo, apoderándose de sus corazones.
La fatiga hacía mella en todos ellos.
Nadie hablaba. El mundo de Killeen se reducía a la inmediata oscuridad y al contacto
de su mano con el hombro de Toby.
De repente, una luz les hirió los ojos, cegándolos con un abrasador resplandor. Uno de
los paneles se había abierto automáticamente delante de ellos.
—¡Me parece que está despejado! —gritó Shibo.
Salieron de allí a trompicones y llegaron a una caverna tan grande que Killeen no
llegaba a divisar las paredes ni el techo. Los edificios se perdían a lo lejos. Unas
complicadas maquinarias que emitían zumbidos festoneaban la superficie de las factorías.
Unos mecs se acercaban por el aire, a mucha altura, por debajo de un toldo de niebla
gris. Unas fajas de luminiscencia ámbar iban a dar contra las burbujas de vapor verdoso
que se elevaban en el aire.
Parpadearon. Los ojos iban nerviosamente de uno a otro lado. El aire estaba cargado
de olores acres.
—Atención —gritó Hatchet—. ¡Vámonos!
—¿Adonde? —jadeó Cermo.
—Hacia fuera. Hay que buscar el camino de salida.
—Estupendo. ¿Por dónde está ese camino?
—Lo buscaremos hasta dar con él, eso es todo —respondió Hatchet con firmeza.
Uno de los King preguntó:
—¿Piensas que deberíamos buscar al Reny?
—El Reny ha desaparecido —declaró Killeen—. El Mantis come mecs como éste para
el desayuno.
Hatchet entornó los ojos, acentuando los ángulos de su cara.
—¿Tienes alguna idea mejor?
Killeen movió la cabeza con cansancio.
Se dirigieron hacia la pared más alejada a pesar de que no llegaban a verla. Hatchet
dijo que tenía un buen sentido de orientación y que aquél era el camino hacia la superficie
del edificio-montaña.
Anduvieron durante una hora antes de que el Mantis diera con ellos.
6
Se encontraba en un valle tibio entre colinas de un verde brillante. Bajo sus pies se
extendía un colchón esponjoso de color oscuro hasta más allá de un tiro de piedra, pero
por primera vez en su vida no encontró piedras a su alcance.
El borde irregular del colchón oscuro daba paso a la suavidad del verde de la colina,
que relucía bajo la luz del sol. Miró hacia arriba, pero unas nubes marfileñas ocultaban
cualquier indicio de Dénix o del Comilón. Sin embargo, la luminosidad todavía llegaba
fuertemente sesgada.
Palpó la fibrosa alfombra. Ofrecía una débil resistencia y sugería que debajo de ella
había algo sólido. Se preguntaba qué seria aquella cosa verde y suave. ¿Hierba? Y había
otra pregunta en el aire. Intentó formularla. Algo…
Toby. Se volvió con rapidez, mirando hacia todas las direcciones.
Nada. Estaba completamente solo frente a un ondulado paisaje. Un momento antes
estaba con Toby, lo recordaba a la perfección, pero en aquel instante, bajo sus pies sólo
había aquella extensión oscura que parecía tela impermeable y…
Las colinas se movían.
La que estaba frente a él disminuía de tamaño, se encogía. Lentamente, con un suave
murmullo. Se volvió y comprobó que tras él otro promontorio se iba hinchando y que el
lustroso verde captaba los reflejos del resplandor del cielo.
Descubrió que algo surgía. Una débil trepidación ascendió por su cuerpo después de
entrarle por los pies. Se desplazaba hacia atrás… ascendiendo por la suave pendiente. La
alfombra oscura se deslizaba hacia arriba, empujándole algo más lejos contra la blanda
resistencia. Se dio cuenta de que ascendía lentamente por la colina verde y que detrás de
él se abría un delicioso valle también verde.
No sabía cómo, pero estaba montado sobre algo que podía trepar por las lisas y verdes
colinas. El tejido oscuro que se extendía bajo sus pies seguía sin detenerse en su camino
hacia la redondeada cima.
Killeen dio un paso. El colchón esponjoso amortiguaba su marcha. Echó a andar hasta
la cúspide. En los pocos instantes que tardó en llegar vio que la cresta de la colina se
aproximaba y aprovechó la altura suplementaria para escudriñar en todas las direcciones.
Había otras colinas verdes colocadas en alineaciones montañosas muy alargadas. Pero
no descubrió otros colchones o cualquier otro detalle que pudiera ofrecerle perspectiva.
Llegó a la cresta un poco antes de que el colchón coronara la colina. Vista desde cerca,
la extensión verde tenía manchas y aparecía salpicada de pecas blancas y amarillas.
Tanteó hacia abajo para tocar la superficie vítrea que pasaba con rapidez por debajo del
colchón.
Toda la humedad que había visto se limitaba a las pequeñas fuentecillas que afloraban
en alguna grieta rocosa. En la Ciudadela había disfrutado tres veces de un baño
completo, tres ocasiones excepcionales rodeadas de rituales. Había disfrutado de uno
después de su Llegada, otro después de la primera cacería en compañía de su padre, y el
último junto a Verónica, la noche siguiente a su matrimonio. Debiera haber habido otro
baño, compartido con Verónica, cuando nació Toby. Pero habían tenido que suprimirlo
porque no había bastante agua. La sequía ya no desapareció. La lenta desecación de
Nieveclara iba haciéndose cada vez más profunda.
Su corazón dio tres lentos y efectivos latidos antes de que pudiera darse cuenta exacta
de lo que estaba viendo.
Aquella cosa verde y pulida le salpicó la mano. Era agua. Volvió a adelantar la mano
otra vez, incapaz de asimilar una extensión semejante. Una espuma blanca se le
arremolinaba entre los dedos. Guiñó los ojos a causa del asombro y se echó un poco de
aquella substancia en la cara. Estaba tibia y tenía el sabor de una especia: sal.
Cuando miró hacia lo alto, el colchón alcanzó la cima de la colina. Podía ver hasta muy
lejos, sobre un paisaje de interminables laderas verdes y de crestas espumosas.
Sin detenerse, el colchón pasó por encima del borde y empezó a descender.
Podía tener una ligera idea de su velocidad si observaba las líneas blancas llenas de
espuma que viajaban rápidamente hacia él para luego deslizarse bajo el colchón. Se
volvió y vio cómo el borde más apartado del colchón pasaba sobre la cresta de la colina.
Las largas serpentinas blancas volvían a salir por debajo de la alfombra oscura y volaban
sobre la montaña.
Automáticamente, se puso de rodillas e introdujo la cara en el agua translúcida. Bebió.
La sal no le molestaba. Hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a beber aguas
de todos los sabores y purezas. Cuando se tenía la ocasión, había que almacenarla.
Bebió sin interrupción, concentrándose en ello, hasta que notó el vientre lleno. Luego se
volvió a sentar, y vio que el agua estaba a más altura que él, como si fuera una pared a
punto de venírsele encima.
Pero no sucedió nada de aquello. Notó que un temblor le atravesaba las rodillas
cuando la colina de agua verde se elevó todavía más, encaramándose frente a un cielo de
color marfil suave. Pero no cayó.
Percibió un empuje hacia adelante y el colchón empezó a subir por aquella gran
elevación. Sólo entonces vislumbró lo que estaba sucediendo. Estaba flotando sobre una
garra de agua tan grande y con tanta energía que producía olas. La oscura alfombra
cabalgaba sobre las olas por la inmensidad del agua. Estaba en una…
En una isla. Eso es. O tal vez sea una balsa. Sí, es una balsa.
Aquella información procedía de Arthur. Killeen le pidió más, vehementemente, pero el
Aspecto no quiso soltar prenda.
Se puso en pie, maravillado. Las cimas de las colinas eran de un verde esmeralda,
mientras que los valles relucían con un color más intenso, más vítreo. Cuando pasaba por
encima de una cresta vio unos pocos puntos que se rompían en espuma blanca y se
esfumaban.
Excepto por el lento empuje que subía desde los pies, Killeen no podía advertir que se
estaba desplazando.
Le parecía que se deslizaba cuesta arriba por una ladera y luego descendía hasta
llegar a otra ladera idéntica a la anterior.
Demasiada agua. Un mundo de agua, donde hasta la esponjosa solidez de su colchón
parecía estar fuera de lugar. Cuando llegó a la siguiente cresta, miró con atención a su
alrededor y no divisó ninguna otra mancha oscura sobre las inacabables y móviles
montañas verdes. Aquellas olas gigantescas llegaban hasta el lejano y brumoso
horizonte. Era todo un mundo furioso de agua.
El Mantis. La idea le vino de repente con una intensa convicción.
Aquello era una parte del sistema sensorial del Mantis. O era su manera de ver el
mundo.
No existía ningún lugar en todo Nieveclara donde hubiera tanta agua.
O sea, que el colchón que tenía debajo no podía estar allí. Se trataba de una ilusión,
igual que las falsas imágenes que había visto antes, una creación del Mantis. Éstas eran
mucho más convincentes, le rodeaban, le parecían reales.
Pero, ¿qué había detrás de aquella ilusión? ¿Para qué servía?
Recordaba que había estado huyendo del Mantis, enfebrecido y desesperado,
corriendo con Toby a su lado.
Ahora estaba solo sobre una balsa oscura. A la deriva.
No llevaba nada encima, el traje, las perneras y el casco habían desaparecido.
Invocó a cada uno de sus Aspectos y Rostros, hasta a los que no había utilizado desde
hacía años. Ninguno respondió.
Su sistema sensorial sólo le devolvía una vacía monotonía gris.
Anduvo a lo largo de todo el perímetro. No había nada más que ver, solamente la
misma malla dispuesta en capas por todas partes. Se detuvo un momento para volver a
beber, disfrutando de la sensación de sumergir la cara en el agua, que ascendía en talud
y que era más alta que la tierra firme. Los golpes y ruidos de las pequeñas olas que
creaba con las manos eran para él el sonido de una riqueza incontable, una infinita
riqueza fluida.
Cuando se levantó, descubrió una manchita en el horizonte. La vio crecer, subiendo y
bajando por las grávidas olas, mientras se acercaba a él siguiendo un curso en zigzag.
Era otra isla. Mayor y con acantilados.
En vez de ser una llanura sin accidentes, tenía una vegetación erizada que la cubría en
su mayor parte.
Captó un movimiento.
Killeen bizqueó cuando las profundas ondulaciones verdes la fueron aproximando a él.
Había unos arbustos nudosos y tupidos que crecían más allá de un recubrimiento blanco
del terreno. La otra isla tenía unas pequeñas elevaciones y depresiones, lo que la
distinguía de la suya. A medida que fue aumentando de tamaño, buscó alguna figura
humana por entre la retorcida flora, pero no descubrió nada.
Las ramas se agitaban por los embates de las grandes olas. ¿Sería aquél el
movimiento que había visto?
La mayor de las islas parecía deslizarse sin esfuerzo sobre las crestas de las verdes
colinas, y Killeen hubo de recordarse a sí mismo que las islas no tenían movimiento, sino
que seguían las formas de las olas. Allí toda su experiencia no le servía para nada.
Cuando la isla se acercó más, se dio cuenta de que no se encaminaba directamente
hacia él. Al contrario, pasaría a cierta distancia e incluso parecía aumentar de velocidad.
Intentó repetirse que se encontraba en un aparato sensorial y que allí sus instintos no
tenían aplicación. Pero algo le indicaba que la otra isla era importante.
Dio un paso hacia el agua tibia desde el borde del colchón. No tenía la menor idea de
cómo podía desplazarse a través del agua, ni siquiera sabía si había alguna manera de
hacerlo. Luego vio algo que se movía entre las zarzas de la cercana isla. Era una figura
humana. No hizo el menor caso de él sino que siguió andando entre la vegetación. Le
resultó imposible adivinar quién era.
Golpeó tentativamente el agua y dio un paso al frente. De repente se hundió hasta la
cintura. Aquello disparó una alarma interior, era una sensación que nunca hubiera podido
imaginar: miedo al agua, origen y fuente de la vida.
Yace sobre ella. Después empuja el agua hacia ti con las manos y da patadas con los
pies. Contén la respiración cuando tengas la cabeza bajo el agua.
La rápida información que le proporcionó Arthur acalló sus dudas. Se separó de su isla
y azotó las cálidas corrientes que transcurrían alrededor de él. Batió con las piernas. El
agua le llenó la nariz. Unos salados aguijonazos le invadieron los senos y le obligaron a
escupir.
Pero avanzaba. Empezó a adoptar un ritmo parecido al nadar de los perros y consiguió
mantener la cabeza orientada hacia un lugar por donde la otra isla iba a pasar. Se entregó
a las rítmicas oleadas, al agua que arremetía tras él y que le empujaba como si fuera un
viento cálido y espeso. Tosiendo, dejándose llevar por la marejada, iba haciendo
progresos.
La otra isla-balsa se acercaba a él con dolorosa lentitud. No sentía la fatiga, pero los
brazos empezaban a dolerle por el esfuerzo. Luego una ola afortunada le cogió y lo
empujó por la ladera de su cresta hacia la isla. La espuma se arremolinaba y le empujaba
por detrás. Asustado, dio un corte de guadaña en la reluciente pared verde y cayó
jadeando sobre el colchón que había debajo.
La cabeza le zumbaba a causa del golpe que se había dado sobre el suelo. Se
incorporó y con pasos inseguros se dirigió hacia la densa espesura que se extendía allí
cerca. Parecía impenetrable. Orilló uno de los blancos espacios abiertos. No había ni
rastro de la figura humana. Aquella isla era mucho mayor que la suya. Unos robustos
árboles salpicaban los terrenos más altos. Detrás, en la vegetación, había otras cosas que
no llegaba a discernir, así que empezó a subir por la blanca pendiente…
Y retrocedió, temblando.
La materia blanca que cubría el suelo era un revoltijo de huesos.
El borde estaba formado por piezas pequeñas: dedos, manos, pies.
Algo más lejos había costillas rotas, antebrazos, un jardín de huesos de pelvis
aplastados.
Encima del pequeño montículo, había fémures. Cajas costillares enteras. Gruesos
brazos. Cráneos blanqueados con sus perpetuas sonrisas y las cuencas de los ojos
vacías.
El osario se extendía sobre taludes y elevaciones. Desaparecía al llegar a la zona de
vegetación, pero luego volvía a surgir a mitad del camino que conducía hasta otro
montículo cercano.
Killeen bizqueó y el miedo le formó un nudo en la garganta. Tentativamente se desvió
hacia un claro que se abría en la espesura. Las delgadas ramas susurraron al aumentar la
fuerza de los embates de las olas. Luego oyó un sonido diferente.
Pasos, unos pasos lentos y crujientes. Unos apagados tumps puntuados por unos
agudos cracs y pops.
Algo se aproximaba. Retrocedió sin saber de dónde procedían los sonidos. Barrió el
horizonte con la mirada pero ya no pudo distinguir su propia isla en toda la inmensidad
verde.
Volvió a mirar la ladera de escasa inclinación en el preciso instante en que una esfera
cromada aparecía sobre la cima. Ante él surgió una red de varillas y cables, unas patas
que trepaban y empujaban a sacudidas, unos pies con muchos dedos que se posaban
con curiosa suavidad. Allí donde pisaban, los huesos se rompían.
Haciendo un desesperado esfuerzo, Killeen se detuvo y recogió un abultado hueso
blanqueado. Lo lanzó directamente hacia la esfera superior del Mantis. Rebotó con un
fuerte ruido.
Killeen notó que sus Aspectos volvían a dar señales de vida.
1. Quiere hablarte.
2. No te hará daño.
Esta máquina es un compendio de inteligencia. Nos había suprimido para que pudieras
orientarte. Puede hablarte mejor a través de nosotros que de forma directa.
—¿Por qué? —La voz de Killeen había enronquecido a causa de la rabia.
Es obvio que nos parecemos más a él. Nosotros, los Aspectos, como inteligencias
almacenadas que somos, podemos percibir mucho mejor, con nuestros colectores
digitalizados, el lenguaje codificado en hologramas de una máquina. El Mantis nos ha
enseñado cómo hacerlo, durante estas últimas horas. Yo…
—¿Horas?
El Mantis se acercó andando con firmeza sobre sus patas.
En realidad, estás inconsciente. Esto es un sistema de comunicación del Mantis. Nos
incorpora a todos nosotros en su… bien… decir sistema sensorial es algo demasiado poco
explícito. Tiene poderes y capacidades que no puedo calibrar. En cierta manera, este
lugar es una transformación de Fourier combinada de nuestras propias mentes y de la del
Mantis. Resulta más fácil acoplar unas inteligencias tan diferentes en el espacio de
Fourier, donde las ondas se reducen a momentos, y una entidad localizada (tal como tú
mismo) queda representada como un conjunto en expansión de tales momentos en el
coplanario espacio-tiempo del Mantis. Un interesante…
—¿Tú entiendes todo esto?
No del todo, no. A pesar de la ayuda de la adaptación adecuada al modelo del espacio
de Fourier, todavía tiene dificultades para comunicar conmigo, que soy un Aspecto. Los
Rostros, desde luego, apenas si pueden apreciarlo. Intentamos…
—¿Qué quiere?
El Mantis se detuvo y se posó sobre el terreno en pendiente. Killeen tuvo que hacer un
esfuerzo de voluntad para dejar de apretar los puños. Sus pies querían dar la vuelta y
echar a correr, pero se quedó allí donde estaba.
1. Dice que quiere cosas humanas.
2. Ya tiene muchas cosas.
3. Quiere ayudar a los humanos para que vivan siempre.
Killeen, que conservaba un precario control de sí mismo, exclamó:
—¿Y por eso ha estado persiguiéndonos? ¿Y matándonos?
1. Te estoy explicando lo que verdaderamente quiere decir.
2. Dice que de todos modos ibais a morir.
3. Quiere ayudaros.
—¡Déjanos en paz! —explotó Killeen, con los puños apretados y los brazos caídos.
1. No puede.
2. La mente de los mecs os encontraría.
3. Sólo el Mantis puede salvaros.
4. Es preferible que quede una migaja a que no quede nada.
—¡No somos ninguna condenada migaja! ¡Somos gente! Todo lo que queda de la
humanidad desde que nos trajiste la Calamidad y, y…
Killeen consiguió parar. Tenía que mantener el control. Probablemente no había
manera de salir de allí, ninguna esperanza de sobrevivir. Pero hasta que no lo supiera a
ciencia cierta, mientras Toby o Shibo o cualquiera de los demás pudiera estar todavía con
vida, tenía que aguantar y seguir. Tenía que controlarse.
El Mantis sabía que los humanos se estaban congregando en Metrópolis. No quería
molestarnos. El Especialista Renegado estaría alguna vez a punto de cometer un error y
aquello atraería toda la fuerza de los Merodeadores sobre Metrópolis. El Mantis dice que
probablemente nosotros ya lo sabíamos.
—Sabíamos que un día u otro deberíamos luchar, claro que sí. Danos tiempo, nos las
arreglábamos muy bien contra los Merodeadores. —Se puso en jarras para demostrar
que ya no pensaba en echar a correr. Incluso si se hallaba en una especie de espacio
matemático (fuera lo que fuese aquello), sabía que el Mantis interpretaría su gesto.
Cuando Arthur le pasó la respuesta del Mantis, descubrió un claro sarcasmo.
Tanta arrogancia resulta divertida, y tal vez sea propia de vosotros, pero no es
conveniente. Metrópolis sobrevivió tanto tiempo sólo porque el Especialista enmascaró su
emplazamiento. Y el Mantis también colaboró en ello.
—¿Qué dices? ¿Que el Mantis…?
1. Ayudó al Especialista.
2. Pero el Especialista no lo sabía.
—¡Pero si el Mantis mató al Especialista!
1. El Mantis se ha apoderado del Especialista.
2. El Especialista no está muerto.
—No lo entiendo. Hatchet dijo…
1. El Mantis mantenía alejados a los Merodeadores.
—Pero si Hatchet me dijo que un par de Merodeadores habían descubierto Metrópolis.
Los King los destruyeron con toda facilidad.
1. Unos pocos, sí.
2. Era preciso.
3. En caso contrario, los King habrían sospechado.
—¿Sospechado? Pero, ¿qué?
Que su Metrópolis era un enclave protegido por el Mantis, un lugar donde los humanos
podían congregarse y mezclarse. El Mantis llevó en manada a los Bishop y a los Rook
hacia Metrópolis con este propósito.
Killeen hizo una mueca.
—¿Que nos llevó en manada? ¡Nos mató! ¡Con la muerte definitiva!
Aquí resulta difícil usar el léxico del lenguaje humano. El Mantis considera que lo que
hizo en las emboscadas no era matar. El término que preferiría utilizar es, bien, cosechar.
La forma suave y sin énfasis con que Arthur se expresaba provocó un temor frío en
Killeen.
—La muerte definitiva… sin darnos la oportunidad de conservar un Aspecto…
1. Los Aspectos tienen muchas limitaciones.
2. Sólo conservan una pequeña parte de nosotros.
3. Antes yo fui un hombre complejo.
4. Ahora soy muy poquita cosa.
5. Los sentidos están embotados o ausentes.
6. Nunca más he tenido una sensación completa.
Pues sí, mi atrofiado amigo tiene razón. Comprenderás que nuestra limitada existencia
no nos parezca suficiente, ¿no te parece? Somos como unas sombras de los hombres y
mujeres que fuimos antes. ¿Nos vas a reprochar que golpeemos los barrotes de nuestras
jaulas de vez en cuando? Hasta los más locos de entre nosotros se dan cuenta de
nuestro truncado estado y quieren…
¿Osas llamarme loco?¡Soy el único que no me arrodillo ante esta máquina infernal que
está ante vosotros! No voy a ceder…
Como en un relámpago, Killeen notó que algo oscuro y enorme se posaba en su
mente, ahogando los gritos estridentes de Nialdi.
—¡Espera! No puedes destruir un Aspecto sólo porque… —Su voz se fue apagando a
medida que se daba cuenta de lo absurdo de la situación. Estaba embebido en los
espacios matemáticos del Mantis. Cualquier suceso que le pareciera real no podía ser
más que una ilusión. Sus protestas eran como los débiles chillidos de un ratón atrapado
en las zarpas de un gato.
Volvió a recordar al ratón que había visto tiempo atrás, sus brillantes y ágiles ojillos que
le miraban fijamente. También él habría tenido sus deseos, sus modestos planes. Su
dignidad.
La mente de Killeen iba dando vueltas en el vacío, empujada de un lado a otro por los
vientos de la desesperación y de una desbordante ira.
1. ¿Te preguntas qué será eso?
2. Que te cosechen.
Por desgracia, nosotros, los Aspectos, nunca lo sabremos. Sin duda vamos a ser
eliminados, como añadidos innecesarios, mientras que las personas actuales serán
conservadas. Pero el Mantis quiere demostrarte lo que significa cosechar. Tal vez sólo
puedas entenderlo si presencias una muestra.
Killeen hizo una mueca de desprecio.
—¿Muestra? Ya vi bastante allí abajo. Aquellas piernas pedaleando. Aquella horrible
factoría sexual, ¿te acuerdas?
El Mantis se agitó. Sus doce cromadas esferas separadas cambiaron de lugar en la red
de varillas de carbón, produciendo crujidos metálicos.
Aquello era un trabajo sin terminar. Forma parte de un proyecto mucho mayor.
—No me cabe la menor duda de la clase de…
Ni tú ni nosotros lo podemos comprender. Los componentes de aquella «factoría
sexual» eran una mezcla de órganos y máquinas. Tiene un propósito determinado. Algo
experimental, desde luego, como todas las demás construcciones que había en aquella
misma sala. Pero lo que aquello pudiera llegar a ser dependía de quién lo contemplaba.
—¿Qué quieres decir? Aquello era grotesco, repugnante…
Este tipo de construcciones adoptan formas que expresan el subconsciente de quien se
acerca a ellas. Ese trabajo intentaba ser una especie de analizador psicodinámico para
los mecs. Puede evidenciar los conflictos y defectos de funcionamiento en los programas
de cualquier máquina inteligente avanzada. Lo que captó de ti y de nosotros fue una
constelación de sentimientos sumergidos, y de necesidades. Hay que admitir que la
representación era directa y gráfica. Pero el Mantis dice que las mentes mecs sólo se
pueden limpiar, reparar y reajustar a través de esquemas tan explícitos como aquéllos.
Killeen empalideció.
El Mantis pregunta si sabías que la interrupción de tus impulsos sexuales podía
conllevar la acumulación de éstos en otra parte de tu personalidad. Desde luego,
comprende la utilidad del recurso a plazo corto, pero al parecer, como una estrategia a
plazo largo, ha de obsesionar con complejos…
-¡Cállate! ¡Cállate!
Killeen se oyó chillar como si estuviera muy alejado. Era como si pudiera percibirse a sí
mismo como dos personas distintas. Una se enfurecía cada vez que recibía una nueva
revelación, mientras que la otra deseaba con todas sus fuerzas escapar de aquella
pegajosa y asfixiante red. Dentro de él había algo terriblemente equivocado, algo que casi
no podía vislumbrar. Unos ramalazos de profunda ira y de deseo le atravesaban. ¿Cómo
podía conservar sus frágiles sentimientos de dignidad y de autorrespeto frente al Mantis,
que con tanta facilidad podía penetrar en lo más profundo de su ser?
Empezó a temblar. El Mantis extendió un delgado brazo. El extremo de éste se articuló
en una parodia giratoria de una mano de cinco dedos. El Mantis la movió en dirección a
los arbustos. Luego señaló.
Tanto tú como nosotros entenderemos mejor el destino de los que han experimentado
la muerte definitiva con un ejemplo. El Mantis quiere que lo veas.
—¿Ver, qué?
1. Ve.
2. ¿Qué otra cosa puedes hacer?
Killeen asintió con tristeza. En todo aquel asunto no le cabía la menor posibilidad de
elección.
Anduvo con las piernas rígidas hacia los arbustos. La mayor parte de la vegetación
repetía los mismos tonos cromáticos pardos y verdegrises. Las apretujadas matas
estaban anudadas de un modo curioso, como si las hubiera hecho alguien que conociera
cómo eran las plantas pero a quien le faltaran los detalles de cómo se unían las ligeras
hojas a las ramas, o la aspereza de la corteza, o la compleja diversidad de la vida.
Aquellas plantas estaban apretujadas y entrelazadas de una forma que sutilmente se
advertía incorrecta.
Se abrió camino entre ellas; algunas tenían espinas que le pinchaban al pasar junto a
ellas. Se encontrara o no en un espacio matemático rarificado, allí las cosas también
herían. El lento oleaje del océano verde hacía oscilar la vegetación como el perezoso
respirar de un ser dormido.
Sólo veía aquellas retorcidas plantas de color tostado. Llegó más lejos, contento de
poder alejarse y no estar frente al Mantis. Luego rodeó una planta excepcionalmente alta
y gruesa y descubrió a un humano. O al menos, se parecía mucho a un ser humano.
Se quedó quieto, apartando la cara, como si estuviera escudriñando algo que estaba
muy lejos. El cuerpo era delgado, las piernas aparecían inclinadas y eran multicolores.
Killeen tuvo la impresión de que podía ver, a través de aquella piel blanca como la cal, las
gruesas fibras blancas que ligaban los músculos y los cartílagos. Unos tendones amarillos
se alargaban como correas introduciéndose entre los huesos. Parpadeó y la piel volvió a
recuperar su opacidad de un blanco muerto.
Era una mujer. Pero no enteramente humana.
Tenía unas profundas hendiduras debajo de un pecho. Por ellas silbaban unas largas y
profundas respiraciones.
Le percibió. Empezó a volverse. La cabeza se inclinaba con movimientos
espasmódicos, con ruidos de trinquete. Una gasa roja le envolvía los pechos. Una
mancha oscura entre sus piernas parecía agitarse y vibrar con una oscura vida autónoma.
Las costillas le sobresalían por completo. Debajo de ellas había zonas de piel
translúcida. Aquellos espacios pálidos permitían ver parte del cuerpo subyacente, donde
nadaban unos órganos azules y pulsantes.
Una mujer. Una rosa apareció en su boca, un precioso resplandor rojo suspendido al
extremo de un largo tallo verde lleno de espinas. La flor crecía de ella, dilatando la piel
que apretaba su espinosa base.
El tallo de la rosa salía de una profunda boca desdentada… que de alguna manera
imitaba una mellada sonrisa.
No tenía nariz.
La barbilla mostraba el mismo ángulo pronunciado tan familiar para él.
Los ojos se lo dijeron todo.
—Fanny… —susurró estupefacto y sin esperanza.
Arthur esperó un poco antes de decir:
Cuando el Mantis mata definitivamente, extrae la esencia de la persona para crear
vanas formas. No son unas simples réplicas, sino… variaciones. De esta forma la
humanidad podrá vivir, en el seno de algo muchísimo mayor que ella misma. Como una
expresión de la humanidad y de sus propias personalidades. El Mantis, ya lo ves, es un
artista.
7
La cosa-Fanny se quedó mirándole. Oyó unos ruidos metálicos de algo que se movía y
descubrió al Mantis, que descollaba por encima de los altos arbustos y quedaba a la vista.
La cosa-Fanny no podía hablar. La rosa se agitaba cada vez que ella movía la cabeza
e inclinaba sus brillantes ojos en callada interrogación.
La piel (su piel, pensó Killeen, pero apartó este pensamiento) aparecía arrugada y de
un color más tostado. Los rasgos de su cara todavía conservaban parte de su sabiduría y
de su ironía. Y los ojos, ágiles y chispeantes, se daban cuenta de todo con una evidente
inteligencia.
Pero no podía hablar. La rosa la silenciaba.
Killeen advertía que Arthur luchaba con lo que recibía del Mantis. De alguna manera, el
Mantis superaba la fría y reflexiva voz de Arthur, forzándola a transmitir directamente su
mensaje. Arthur se entrelazaba con la invasión mental para reducirla a términos
comprensibles para Killeen.
Debes comprenderlo, ésta es una forma de arte que el Mantis está desarrollando con
inesperados resultados. Dice el Mantis que hay mucha excitación en todos los ámbitos de
la comunidad mec, a causa de esta combinación de la vida vegetal y de la carne.
Killeen no dijo nada. Unas oleadas de picores le atravesaron la piel como si hubiera
tocado ortigas. Miraba hacia la cosa-Fanny, tratando de averiguar a qué distancia estaba.
El Mantis cree que con estas expresiones artísticas puede tender un puente entre las
formas mecs y la vida puramente orgánica, que está en decadencia y de la que los
humanos se saben los últimos representantes. Quiere incorporar a las suyas nuestras
características y nuestros panoramas interiores. Esta creación, por ejemplo, contrasta el
patetismo de la sencilla rosa y su efecto silenciador con el de una mente ruidosa; es un
concepto poético que aquí se integra de forma específica. Y lo que es más, el impacto
mental de la mujer-planta al parecer es satisfactorio, en algunos aspectos, para la
sensibilidad de los mecs.
Killeen dio un paso en dirección a la cosa-Fanny; lleno de asombro y de curiosidad.
Advirtió que las manos de ella no terminaban en dedos, sino en unos capullos de rosa que
empezaban a abrirse.
Compréndelo, ésta no es más que una de las posibles utilizaciones de las mentes y de
las formas humanas. La galería que antes tuvimos la oportunidad de contemplar era otro
ejemplo: allí hay unas complejas formas de arte obtenidas mezclando temas orgánicos e
inorgánicos que reflejan los pensamientos íntimos de cualquier ser que las observe; es un
arte interactivo que trasciende de las especies.
—Es decir, que aquello no era una factoría. Estábamos asaltando una galería de arte…
Killeen observó con atención al Mantis cuando éste se detuvo, descollando sobre los
arbustos. Tenía los conos enfocados para vigilarle.
La cosa-Fanny alargó lentamente una mano terminada en capullos de rosa hacia
Killeen. Sus ojos relucían. La mano le llamaba.
El Mantis sabe que los humanos no comprenden qué intención tiene la civilización mec
respecto de ellos. Los humanos resultan interesantes precisamente porque en ellos ha
tomado cuerpo la más alta expresión del reino mortal. Saben que han de acabar algún
día. Los mecs no se acabarán. Cuando los mecs son recolectados, como lo fue el
Especialista, se conserva alguna parte de ellos. Luego, esto se incorpora en formas mec
posteriores. Jamás ha existido un camino parecido para los humanos, dejando aparte las
ilusiones de la religión. Es decir, hasta que las formas burdas y atontadas de los Aspectos
y Rostros aparecieron. Pero nosotros, los Aspectos, somos unos reducidos y vacíos ecos
de nuestras anteriores personalidades.
Killeen vio que la cosa-Fanny intentaba dar un paso hacia él. Se movía con rigidez, los
músculos se abultaban y movían, pero apenas lograban hacerla avanzar. Parecía como si
su sistema de huesos y músculos trabajara en sentido contrario, como si algunas partes
del cuerpo se resistieran a la voluntad del resto.
La tragedia de la vida humana es esta muerte eterna a la que debe enfrentarse. Aquí,
dice el Mantis, este problema queda resuelto. Al dar la muerte definitiva a un humano, se
le concede la vida eterna. Es el acto moral más elevado. Cosechar es sembrar para
conservar. Y éste también es el papel del Mantis, que es un artista y conservador de las
formas orgánicas en vías de extinción.
Sobre el terreno multicolor había gravilla arenosa, ramas grises en descomposición
procedentes de los arbustos, y hasta algunas piedras alargadas y con manchas. Los
detalles eran muy realistas. Killeen estudió con atención el terreno que le separaba de la
cosa-Fanny. El Mantis estaba demasiado lejos para poder llegar con rapidez hasta ellos.
La limitación más grave de los seres orgánicos es su incapacidad para reprogramarse
de acuerdo con sus deseos, aun sabiendo que su conducta podría ser más eficiente o
productiva. Sin embargo, están sujetos a los burdos imperativos de impulsos químicos y a
las instrucciones que tienen imbuidas. El Mantis comprende que fue la evolución la que
seleccionó muchas de éstas a causa de las presiones darwinianas, y valora el papel de lo
orgánico en la expresión de las leyes subyacentes del universo. Pero todavía hay otro
fallo en las formas orgánicas, y es que sus instrucciones de comportamiento están
contenidas en el hardware, cuando sería más adecuado que estuvieran en el software. Es
muy probable que los instintos daten sólo de unos pocos millares de años. El Mantis…
—Pero, ¿qué es esto… para qué sirve?
La cosa-Fanny dio un tembloroso paso. Los músculos trabajaban por debajo de la piel
multicolor. Los brazos se juntaban cómo si quisiera utilizar las manos encapulladas y no lo
lograra.
Era asombroso ver cómo, al suprimirle la boca, una cara quedaba casi sin expresión.
Con todo, hay algunas porciones del universo de los sentidos humanos donde los mecs
no pueden penetrar. Algunos mecs creen que esto está relacionado con la extraordinaria
capacidad de resistencia de los humanos. Otros, como el Mantis, creen que esta aparente
dificultad en realidad es un rico terreno para la experimentación y el arte. Por esta razón
crean esculturas como la que viste antes y la que ahora está frente a nosotros.
—¡Esto no es una maldita escultura! ¡Esto es Fanny!
Una Fanny cuya piel se movía con febriles contracciones y temblores. Como si unas
presiones profundas estuvieran luchando en su interior.
Alberga mucho de la Fanny original. ¿Acaso no reconoces sus características, los
movimientos de su cuerpo?
—Aquello no… Ella… Ella era…
El Mantis quiere saber tu concepto de la Fanny original. Éste es un punto crucial. Los
artistas mecs, de los cuales el Mantis es la culminación, consideran que en estas
construcciones falta algo.
—Fanny está muerta. Esto es una… una reproducción.
Pero esto se siente íntimamente Fanny. Cuando el Mantis atacó, tuvo mucho cuidado
en captar cada una de las características de ella. Dedicó al completo su red de grabación
y de percepción para extraer la verdadera naturaleza de Fanny. Por eso pudiste herir tan
fácilmente al Mantis. Estaba absorto en su trabajo.
—Supuse que había matado a este maldito artefacto —masculló Killeen con amargura.
Observó que la cosa-Fanny se esforzaba por dar otro dificultoso paso. No podía apartar
sus ojos de aquel ser.
Resulta muy difícil destruir a una inteligencia de compendio, incluso si se emplean los
métodos de destrucción minuciosa de todas las partes, que inventaste después. El
verdadero asiento de la inteligencia está repartido de un modo sagrado entre los mecs
que están alejados y fuera de tu alcance.
—¿Quieres decir como aquel peón que nos atacó a Toby y a mí…?
Sí, se trataba de una parte del Mantis. Quería extraeros por completo a ti y a Toby,
pero no tuvo tiempo suficiente. Sin embargo, gracias a aquella conexión el Mantis supone
que la comunicación contigo va a resultar más fácil que con los otros humanos. El Mantis
se disculpa por cualquier dolor o molestia que te haya podido ocasionar. No le gusta.
Incluso encuentra inmoral la creación de conflictos internos dentro de los seres.
—¿Qué significa esto?
Killeen confiaba en que podría mantener al Mantis ocupado en la tarea de hacer pasar
sus mensajes por el estrecho cuello de embudo que representaban las capacidades de
Arthur. Aquello quizá le distraería de los planes que proyectaba Killeen. Tal vez.
Los mecs no perciben el dolor como tal. Lo que más se acerca a ello es la percepción
de una contradicción irreductible en sus estados internos. Y de esto es de lo que quiere
librarte.
—Muy amable por su parte —dijo Killeen, y preguntó con sarcasmo—: ¿Es aquello de
allí una «contradicción de sentimientos»?
Al parecer, lo que pretende es unirte a él de alguna manera, pero hay otros factores
esenciales que se lo impiden.
Dio un breve paso en dirección a la criatura-Fanny. La rosa se agitaba en el aire. Los
músculos saltaban en sus antebrazos. Entornó los ojos. ¿Con dolor?
El Mantis confía en que comprenderás que un programa como éste, destinado a
conservar un núcleo selecto de nosotros (a pesar de lo ingratos que podamos ser), se
efectúa a causa de las más altas motivaciones. El arte es una actividad primaria en la
sociedad mec, aunque está muy claro que es una forma muy diferente de los intentos
artísticos de los humanos. Los mecs pueden construir superestructuras artísticas que
ellos mismos hayan programado, por ejemplo. Pero es en el trabajo experimental, con
elementos tales como los humanos y otras especies, donde pueden surgir los trabajos
más libres y más importantes. Ellos…
—¿Te refieres a aquellas piernas y brazos que vi allá abajo? ¿Las hacen crecer en
granjas?
Se acercó más a la cosa-Fanny.
Aquéllos son útiles como biocomponentes, sí. Pero los más finos especímenes de
partes corporales se guardan para los trabajos artísticos. Los que viste allí se
programaron para un drama que el Mantis quiere representar. Puede tratarse de un
montaje teatral de una batalla humana contra los primitivos mecs, tal vez.
Un zumbido distrajo a Killeen mientras daba otro paso hacia adelante. Entonces
comprendió que procedía de las fosas respiratorias que aquella cosa tenía debajo de
cada pecho. Eran unos lentos mmmmmmm entremezclados con uhhh-hummms. Al
parecer quería decir algo.
Otro paso.
La voz del Aspecto prosiguió, fría y despreocupada.
El Mantis quiere que le ayudes en un campo que cae precisamente en la zona en la
cual los mecs no han sido capaces de penetrar. Las interacciones humanas más intensas
están, al parecer, fuera de su alcance. El Mantis trató de corregir esto mediante la
grabación preferente de los humanos más viejos…
—¿Por eso eligió a Fanny?
Un medio paso le permitió poner el pie bajo una piedra triangular tan grande como su
mano.
La criatura tarareó con más fuerza, con un ritmo lleno de ansiedad.
Los ojos le suplicaban.
Sí. Este asunto ha resultado ser un problema que le ha irritado desde el inicio de su
carrera.
—¿Qué…? —Una súbita sospecha había nacido en Killeen.
El Mantis inició su programa artístico con lo que las Familias llaman la Calamidad.
Compréndelo, las ciudades de los mecs habrían destruido las Ciudadelas de todas
formas, como parte de sus procedimientos de exterminio de plagas. El Mantis supervisó
las operaciones para poder cosechar el mayor número posible de humanos, permitiendo
que algunos muriesen sin grabarlos. El Mantis prefería recolectar a los humanos más
viejos, más maduros, tal como hizo, supongo que te acordarás de ello, cuando la reunión
de los Rook y los Bishop. Pero algunos elementos no se acumulan mejor en los ancianos.
Evidentemente, algunas categorías de la vida humana sobreviven únicamente como unos
ecos apagados en la memoria. Y por eso el Mantis quiere que…
Vio una oportunidad y la aprovechó. Con un solo movimiento del pie lanzó la piedra al
aire y la cogió al vuelo con la mano derecha.
Dos pasos hacia delante.
Los ojos de la cosa-Fanny se abrieron más, pero no hizo ningún movimiento.
Lanzó la piedra con la punta por delante con gran fuerza. Le rompió el cráneo con un
ruido sordo.
Killeen se apartó del cuerpo que caía. Cuando se estrelló contra el colchón arenoso, el
Mantis se lanzó hacia adelante, pero ya era demasiado tarde.
Entonces se detuvo. Killeen levantó la mirada para observar las lentes impasibles y las
antenas, y pensó con intensidad: Esto quería morir. Necesitaba la muerte.
El Mantis no se movió.
Arthur no dijo nada.
Un movimiento. Killeen se volvió.
Toby salió corriendo desde detrás de los erizados arbustos.
—¡Papá!
—¡Corre! —fue cuanto se le ocurrió decir. Toby alargó una mano hacia su padre. Un
pie se le quedó atrapado en una raíz. Cayó de bruces, con fuerza. Una fina retícula de
grietas se extendió por la espalda de Toby. Killeen oyó los ruidos de unos débiles
estallidos.
Las grietas se ensancharon hasta convertirse en unas líneas negras que recorrían en
zigzag todo el muchacho.
Antes de que Killeen pudiera moverse, su hijo se rompió en mil pedazos, como si fuera
de cristal.
8
Parpadeó y se despertó. Tenía los pies y las manos fríos. Su mejilla se apretaba contra
un mugriento suelo de polímero.
Killeen rodó sobre sí mismo con la mente hecha un batiburrillo de pensamientos
inconexos. Había intentado alcanzar a Toby con la mano…
Toby.
Pero tuvo que recordarse a sí mismo que aquello había sucedido cuando se
encontraba dentro del aparato sensorial del Mantis. Las imágenes le habían parecido
absolutamente reales, palpables y completas. Mucho más profundas que la
desapasionada imaginería del aparato sensorial humano.
Ilusión. Todo había sido una ilusión.
Ya estaba de vuelta al mundo de las percepciones atrofiadas, normales en los
humanos. Miraba hacia arriba, hacia las crudas lámparas que arrojaban una luz azulada
desde el techo, que tenía una altura inconmensurable. Respiraba, no el húmedo abrazo
del complejo sensorial del Mantis sino el aire seco, impregnado de aromas acres.
Se sentó. Llevaba su ropa, la que vestía cuando el Mantis les había sorprendido. De
forma automática dio unos golpes sobre los bolsillos. Todo seguía allí.
A su alrededor, Hatchet, Toby y el resto de la partida revivían poco a poco, agitaban las
cabezas y parpadeaban mientras se estaban recuperando.
Toby. Killeen se puso en pie y anduvo con inseguridad hasta donde estaba sentado su
hijo. Toby, con la cabeza colgando entre las rodillas, jadeaba para conseguir respirar.
—¿Estás bien?
—Yo… supongo que sí. Aquel lugar…
—¿Las islas? Aquel océano con las…
—Nada de eso. Estaba en una especie de cueva. Había cosas que se arrastraban por
las paredes. Realmente tétrico… —De repente, Toby irguió la cabeza, alerta—. No es que
yo tuviera miedo.
Killeen sonrió.
—Claro que no, estoy seguro. Aquello no era más que una pequeña demostración del
Mantis. —En realidad las palabras le sonaban falsas incluso a él, su corazón todavía
andaba acelerado, pero no serviría de nada que siguieran preocupados por ello.
—Aquello me preguntó la tira de cosas. No entendí nada.
—Olvídate de todo.
—Marchémonos de aquí —pidió Toby, levantándose. Hatchet se acercó a ellos,
parecía desorientado.
—Sea lo que fuere aquel ser, creo que debemos…
Un sonido de tijeras les hizo detenerse y volverse. El Mantis apareció por una esquina,
cerca de ellos. Killeen lo miró ya sin un miedo real. Estaban bajo el completo control de la
máquina y Killeen sabía lo suficiente para comprender que la única salida era intentar
ganar tiempo.
El Mantis se acercó a ellos lentamente, alto y anguloso, avanzaba sobre la punta de los
pies por entre las esculturas. La obra más cercana a ellos era una inmensa mano
humana, acopada hacia arriba de forma que sostenía a Shibo. Ella descendió de allí,
sujetándose a una enorme uña esmaltada, y se dejó caer después de columpiarse en ella.
1. Resultaba más fácil cuando todos estabais en mi mundo.
2. Pero sois más propiamente vosotros mismos, en vuestra forma real.
A juzgar por las reacciones de los demás, Killeen comprendió que todo el grupo oía
también el mensaje por los sistemas sensoriales. El Mantis ya había aprendido a
introducirse por completo en la red de comunicaciones de los humanos.
—¡Deja que nos vayamos! —gritó Cermo el Lento con amarga angustia.
Killeen se preguntaba qué habría visto Cermo en su visita privada al laberinto interior
del Mantis. Suponía que cada viaje había sido proyectado a medida del individuo a quien
se destinaba. El Mantis había sabido disparar las más profundas emociones de Killeen,
pero, ¿con qué oscuro propósito?
1. Todavía no he concluido.
2. Cada uno ha de rendir mucho más.
3. Busco vuestros sentidos interiores.
4. La intensidad es el más importante elemento que me falta en la colección.
Alrededor de los humanos, las oscuras esculturas empezaron a agitarse con una vida
grávida. Cerca de Killeen se abrió un ojo enorme con unas largas pestañas parecidas a
un abanico. Unas venas amarillas trazaban intrincados dibujos en el iris azul y blanco. Los
conductos lacrimales exudaban glóbulos de un fluido gris reluciente.
Era como si el conjunto de órganos humanos, separados allí de forma grotesca,
estuviera respondiendo a alguna orden. El monstruoso ojo batía las pestañas con la
rapidez de un látigo al restallar. La pupila se contraía y expandía como un pulsante
corazón esférico.
El Mantis había atomizado la experiencia humana y quería integrarla a través de ellos.
Y cuando hubiera acabado con ello…
Killeen agarró a Toby por el brazo.
—Vamos.
Empezaron a alejarse de allí, abriéndose paso por entre aquellos enormes órganos.
Deliberadamente, procuraban no mirarlos. Las lámparas estaban colocadas tan altas que
proporcionaban muy poca luz. Las partes móviles quedaban veladas a causa de la escasa
iluminación. Pero despedían unos fétidos olores que cortaban el aire.
1. Quedan preguntas.
2. Solicito ayuda.
3. A cambio os concederé la libertad.
—¿Cómo podemos fiarnos? —preguntó Killeen.
No aminoraron la marcha. Miró hacia atrás y vio que los otros permanecían quietos,
con las cabezas vueltas como si escucharan. El King que había perdido el uso de los
brazos recuperó el dominio sobre ellos. Los levantó temblando hacia la cara. Para cada
miembro del grupo había algún mensaje especial e insospechable.
1. La confianza entre los seres inteligentes.
2. Esto es todo lo que tenéis.
3. Y yo también.
Killeen desechó todo esto y siguió alejándose. Luego, delante de él, algo salió de entre
las veladas sombras. Había permanecido allí, al acecho.
Había creído que las cosas que había visto en el vítreo mar verde sólo eran ilusiones.
Ahora deseaba fervientemente que también ellos lo fueran, porque la realidad era peor.
La cosa-Fanny se estiró, con los músculos temblando como resortes. Sus ojos
lanzaban rápidos destellos. Unos círculos de corrupción escamosa bordeaban el tallo que
sustituía a la boca. Unas mucosidades taponaban los agujeros para la respiración que
tenía debajo de cada pecho tembloroso.
—Por fin lo hiciste —dijo Killeen con callado desespero.
En realidad contiene elementos que no se encuentran en ninguna construcción
sintética.
—Esto… No…
Toby se echó hacia atrás, con la boca abierta por la incredulidad.
Algunas categorías de la experiencia humana, al parecer, no se almacenan en la
memoria con el suficiente detalle como para cosecharlas. Por eso quiero que te aparees
con ella. Mediante tu íntima conexión con esta hembra humana podré obtener una función
de respuesta muy elevada.
Killeen permaneció inmóvil.
—Tú no vas a… no puedes…
Tu reacción ante la prueba resultó sorprendente. También gratificante.
—¿Prueba? Entonces, la ilusión del océano, las islas, Fanny, todo ha sido una
preparación para… esto.
Quedan todavía muchos aspectos de la respuesta humana sin poder ser analizados y
expresados artísticamente. Sin embargo, tengo la impresión de que las emociones de
miedo y lujuria son paralelas. Con frecuencia, el miedo induce a la lujuria poco después.
Esto puede interpretarse como una función de disparo debida a la evolución. El miedo os
hace recordar vuestra mortalidad, y en consecuencia, la lujuria asegura de forma
fragmentaria la inmortalidad, aunque desde luego, hay una pálida sombra de la verdadera
permanencia que podemos encontrar en las grabaciones de vuestras personalidades.
Ahora quiero profundizar en el estudio de la dimensión miedo-lujuria.
Killeen consiguió dominarse. La cosa-Fanny avanzó arrastrando los pies de forma
patética.
Había matado una construcción sensorial de aquella cosa. En cierta manera, a modo
de venganza, el Mantis había hecho trizas la imagen sensorial de Toby. ¿Sería aquello
una amenaza?
Killeen hizo rechinar los dientes. Era imposible adivinar sus intenciones. El Mantis
había utilizado el incidente como simple fuente de información, como un frío dato más.
Los humanos sólo representaban esto para el Mantis: conjuntos de números y
geometrías, curvados por los sucesos fragmentarios que los humanos llaman vidas, y que
el Mantis sólo consideraba como intersecciones de trayectorias.
—No puedes imaginar lo equivocado que estás —soltó Killeen desafiante.
Le llegó la voz de Toby, con una ondulante nota de incredulidad y de horror.
—Papá… papá… esto es realmente… ella… ¿verdad?
—En realidad, no.
1. Luego, ¿rehúsas?
2. Puedo obligarte.
3. Solamente quiero datos.
A medida que aquella criatura patética se acercaba por los retales de sombras, Killeen
descubrió que se trataba de una construcción muy deficiente. En lugar de la piel de
Fanny, curtida por el sol y el viento, aquel ser tenía un pellejo policromo rojizo en su
mayor parte. Unos obscenos hongos surgían por las abiertas fosas de debajo de sus
senos, y una espuma verde fluía desde el costado izquierdo hasta las rotundas caderas.
Los extremos de cada mano no terminaban en carne, sino en una pústula oscura y
brillante que supuraba sin cesar.
—Este ser está enfermo.
En esa ocasión, el Mantis habló directamente, mediante la voz de Arthur.
Es difícil construir un organismo entero contando sólo con la información mental. Si se
combina con otras formas de vida, se alcanza la máxima cota de las fronteras artísticas.
He de admitir que he cometido muchos errores, incontables errores, en algunos detalles.
—Eres muy honesto al reconocerlo.
Algunos son al mismo tiempo unas elecciones de estilo. Pero creo que descubrirás que
la producción es casi humana por completo. Sólo te pido unos breves momentos de
acoplamiento para ver si las poderosas emociones desatadas…
—No.
Toby tiraba de Killeen, sin poder hablar y completamente aterrorizado. Ambos
retrocedieron cuando la cosa-Fanny avanzó hacia ellos.
Los ojos de la criatura parecían implorar, parecían llamarle. Killeen sintió un dolor que
se extendía desde el diafragma hasta el tenso pecho.
Luego Hatchet dijo junto a él:
—¡Atiende, hombre, debes hacerlo!
Killeen se volvió, confuso.
—¿Qué… no vas a pretender que…?
Hatchet surgió de las sombras mientras le hablaba. Hizo un ademán en dirección a la
figura que se acercaba.
—Si no lo haces, no podemos conseguir un buen trato.
La voz de Hatchet era suave y objetiva. Pero los ojos le ardían con una intensidad
febril.
—¿Y tú? ¿Qué has tenido que hacer para complacer a esta cosa? —preguntó Toby.
Hatchet se rió.
—No te preocupes por eso, muchacho. Me pidió algo y lo hice. No me llevó más de un
minuto. Y ahora me encuentro con que te pide una cosita de nada y tú le dices que no.
Por esto he venido hasta aquí. Me parece que estás en dificultades.
Killeen comprendió en el acto que aquel hombre estaba totalmente convencido de lo
que decía. Killeen nunca averiguaría qué le había acaecido a Hatchet en su propio tiempo
en el aparato sensorial del Mantis, ni qué demonios de las profundidades de su alma
habían quedado sueltos. Pero podía ver el efecto que habían causado con sólo mirar a
Hatchet, a sus ojos que bailoteaban. La cara de aquel hombre estaba abierta, había
desaparecido de ella todo disimulo. Hatchet ya no podía ocultar las expresiones maníacas
que le deformaban la cara, retorciendo su boca roja y convirtiendo la barbilla en una
pelota apretada de carne endurecida.
—Vete, Hatchet —pidió Killeen en voz baja.
—Escucha, debes hacerlo. —Puso la mano sobre el hombro de Killeen como un gesto
amistoso, demostrando que se había equivocado por completo al interpretar los
sentimientos de Killeen. Una sonrisa juerguista asomaba a sus labios.
—Esta cosa no es humana, Hatchet.
—Humana del todo, no —reconoció el hombre con una voz que sonaba
sorprendentemente razonable.
—No puedes.
—Mira, el Especialista está muerto. La única manera que tenemos de proteger
Metrópolis es estar en buenas relaciones con el Mantis.
—No —susurró Toby.
La cosa-Fanny se detuvo, observándolos desde el resplandor lleno de zonas de
sombra con sus relucientes ojos. La rosa floreció llamativa desde los agrietados huesos
de la cara. Tenía unos pechos arrugados y de pezones rosados. Por debajo de ellos,
silbaba una respiración profunda que desprendía un extraño olor.
—Vamos. Sólo tienes que tirártela.
Killeen se apartó de Hatchet con un nudo en la garganta, incapaz de responder.
—¡Maldita sea! No vas a tardar ni un minuto. De acuerdo con que se trata de una vieja,
pero arréglatelas como puedas.
Killeen sabía que la mente de Hatchet sólo comprendía que estaba explicando al otro
los simples hechos, queriéndole convencer de que aquel ser repugnante sólo era un
momentáneo obstáculo para asegurar el trabajo de toda la vida de Hatchet, su Metrópolis.
Aquello era lo único que importaba en el mundo de Hatchet, y jamás habría otra cosa por
encima. Nada personal, ni siquiera humano, podía interponerse entre los planes de
Hatchet y su destino.
—Una vieja con una flor. Mírale los pezones. Vas a probar cómo sabe esta fruta,
¿verdad?
La alegría forzada hizo brotar una fina película de sudor en la cara de Hatchet, y Killeen
pudo ver cómo florecía en ella una idea y rebotaba en sus ardientes ojos.
La cabeza de Hatchet se inclinó hacia un lado para escuchar. Unas olas de cansancio
pasaron por su cara. Luego asintió.
—Claro que sí. Una preciosa fruta madura.
Hatchet se dirigió a la figura que les llamaba. Los ojos de ésta, húmedos y vivaces, le
estudiaron mientras se aproximaba.
—Este trabajo requiere un hombre.
La voz de Hatchet sonaba a hueco, como si viniera de muy lejos, desde una nebulosa
locura. Alcanzó a la cosa-Fanny. Se bajó los pantalones.
—Se necesitaba un hombre para hacer esto.
Killeen no conseguía moverse. Había matado la cosa-Fanny en el sistema sensorial del
Mantis, quien había estudiado cómo Killeen llegaba a aquella decisión, mientras le
hablaba durante todo el tiempo. Y luego había hecho pedazos a su hijo ante sus ojos.
Todo planeado, ahora lo comprendía, para preparar aquel momento.
Se abrazó a Toby, y se colocó junto a su hijo. Ninguno de los dos podía articular
palabra. Observaban a la cosa-Fanny, que lentamente había logrado sostenerse sobre un
solo pie. Pasó el otro alrededor de la cintura de Hatchet, quien permanecía rígido,
preparado. Los ojos miraban a lo lejos, al espacio de los sueños, pero sus manos se
aferraban a los hombros de la cosa-Fanny. Ella levantó todavía más la pierna libre para
apoyarla en la prominente cadera de Hatchet. Mientras se movía, Killeen vislumbró que
entre las piernas de ella había algo herrumbroso que temblaba de impaciencia. En el
centro de la grieta sombreada se abrieron dos arrugas. Los bordes pulsaron, se cerraron y
pulsaron de nuevo. La pequeña y alargada boca tenía pelos que se movían
lánguidamente en la quietud del aire.
Los ojos de la cosa-Fanny describían círculos. La rosa creció y se hizo más roja.
Las rodillas de Hatchet se doblaron buscando el ángulo. La criatura se abrazó a él con
sus manos romas terminadas en capullos.
Todo sucedía en silencio, a oscuras.
—Ahhhh —suspiró Hatchet al efectuar la penetración.
Killeen les pegó un tiro a cada uno. Usó la pistola de calibre pequeño. Las balas
entraron por las sienes y los mataron al instante.
Bajó la pistola y apretó con fuerza el hombro de Toby. Si el Mantis quería vengarse en
esta ocasión, tendría que acercarse a ellos y así tendrían quizás una pequeñísima
oportunidad. Sólo durante un instante.
Miró a Toby y los dos asintieron en silencio.
Los cuerpos se estaban enfriando en la blanda lobreguez, y los dos humanos seguían
esperando.
Pero el Mantis no apareció.
9
Efectuaron su lento retorno a través de una tierra hendida y llena de surcos. Con algún
propósito desconocido, los mecs habían agrietado las laderas abruptas de las colinas y
las habían modelado en forma de facetas angulares y alargadas con rampas oblicuas.
Grandes estrías marcaban unos planos hechos de laminados metálicos que descendían
bruscamente. Unas nubes de polvo pálido y reluciente se aglomeraban en el aire que
relucía por encima de las instalaciones de los mecs. El Especialista se veía obligado a
retorcerse para abrirse camino a través del laberinto.
—Yo no sabía qué quería decir aquella máquina —dijo de pronto Killeen a Shibo, como
si continuaran una conversación a pesar de que no habían hablado entre ellos desde que
estuvieron en el interior del complejo mec.
—No podías saberlo —contestó Shibo.
—Por unos momentos parecía que sí. Nos mostraba cosas, esto lo sé de cierto.
Elementos que según el artefacto podrían significar algo para los humanos. Y a mí me
importaban muy poco.
Shibo asintió. Él ya sabía que la mujer había experimentado una vivencia diferente
dentro del espacio mental del Mantis. Cada una había sido distinta.
—Una parte de mí se mantenía al margen de aquello. Creí que podría aguantar así,
observando. Aquel lugar primero fue real, luego ya no lo fue y poco después volvía a
serlo.
Ella asintió de nuevo.
—Creo que el Mantis estaba orgulloso. Orgulloso de lo que había conseguido. Arte,
decía. Mentalmente lo acepté durante un tiempo, pero después tuve que rechazarlo.
Shibo le miraba con ojos expectantes.
—Mataste la imagen que te mostraba.
—No reflexioné.
—No había necesidad de pensar. —Ella se dedicó a ver pasar las pulidas superficies.
—Por eso, cuando vi por segunda vez el ser que se parecía a Fanny, hubo un rato que
no pensé que pudiera ser real.
Ella asintió.
—Después Hatchet estaba con aquel ser. Supongo que la habría matado por segunda
vez, de todos modos. Incluso aunque no hubiera intervenido Hatchet —siguió Killeen con
frialdad.— Era un ser distinto de nosotros.
—Eso es. Distinto.
—El Mantis se equivocaba por completo.
—¿Cómo es esto? —preguntó ella.
—No podía distinguir entre las diferentes clases de amor.
—También nos resulta difícil a nosotros, algunas veces.
Los músculos de la mandíbula de Killeen se apretaban y aflojaban rítmicamente.
—Cuando Hatchet estuvo con el Mantis, se alió con él. Ya era distinto de nosotros.
—Todo eso ya ha pasado. Olvídalo —aconsejó.
—Es posible que hubiera algo más que todo esto. No lo sé. Hatchet podría haberlo
hecho antes. Tal vez si te obligas a hacerlo una vez, las siguientes ya no te resulta tan
difícil y luego ya no te importa. Ni siquiera piensas en ello. Hatchet tal vez ya lo había
hecho antes. No se me había ocurrido.
—Podrías preguntarlo a los otros King —sugirió ella mirándole con calma, sólo dejando
la idea en el aire.
Él reflexionó durante un rato. Luego movió la cabeza con lentitud, como si estuviera
aturdido.
—No.
Ambos observaban aquellas extrañas colinas. En algunos sitios se podía contemplar el
interior de unas profundas cavernas. Unas láminas transparentes permitían vislumbrar los
raudos movimientos de los mecs.
—No —repitió—. No puedo preguntar a una Familia una atrocidad semejante.
Anduvieron durante mucho rato sin que ningún miembro del grupo hablara. De todos
ellos, sólo Killeen había matado, pero nadie había comentado nada al respecto.
El Especialista era sutilmente distinto. Se desplazaba con menos seguridad, con mayor
lentitud, con un murmullo monótono.
Killeen suspiró, se puso en pie, se desentumeció. Buscó algo que decir.
—Supongo que cuando el Mantis «cosechó» al Especialista, le quitó la vida al mismo
tiempo —indicó Killeen a Shibo.
Iban en una hendidura del costado del Especialista. Toby se columpió desde alguna
tubería que estaba por debajo, y se unió a ellos sólo por matar el rato. Parecía poco
afectado por todo lo que había ocurrido dentro del colosal edificio. Sólo habían
transcurrido unas pocas horas y los adultos todavía estaban aturdidos y silenciosos, se
agarraban al casco del Especialista y observaban con mirada ausente el panorama que
pasaba velozmente.
—El Mantis dijo que necesitaba cosechar al Especialista —contestó Shibo.
Killeen hizo un gesto afirmativo. El Mantis había penetrado en el equipo sensorial de
todos los miembros del grupo y había descifrado el código para poder hablar por
separado con cada uno de ellos. Esto lo había comprendido cuando se alejó trastabillando
del lugar donde había sufrido un encuentro con el Mantis. Todos habían sufrido un shock
que les había sumido en un pensativo silencio.
Abandonaron aquellos extraños parajes de tierra hendida y laminada, y siguieron
lanzados a través de un terreno llano de color tostado. Los mecs zumbaban y volaban por
todas partes. Killeen se dio cuenta de que volvía a estar inquieto, de que sus ojos se
dirigían a cada mec que pasaba, y las manos le dolían por las ganas de coger un arma.
La fría voz de Arthur llegó hasta él con la fragilidad que mostraba cuando transmitía los
mensajes del Mantis:
No hay de qué temer. He despejado el camino.
El tono era distante, escrupuloso. Arthur estaba comprimido dentro de un pequeño chip
bajo el poder de una personalidad intrusa de mucha mayor influencia.
El Mantis no había hecho comentario alguno de la matanza. Se había traído al
Especialista y ordenó a los humanos que se montaran allí, como lo haría cualquier mec
ordinario que rápidamente limpiara y eliminara los residuos después de haber realizado su
trabajo.
Durante su viaje de regreso a Metrópolis, el Mantis les escoltó. Era omnipresente, seco
y distante, contestaba a las preguntas y daba las órdenes.
Por la implicación de los actos del Mantis, Killeen comprendió la profunda modificación
que habían sufrido los humanos. Durante todo aquel tiempo, el Especialista había
actuado, sin saberlo, bajo una sombrilla protectora sostenida por el Mantis. Por eso el
Especialista había podido guiar a Hatchet hasta tantas factorías mec sin que le atraparan.
La civilización mec era complicada. Unos feudos independientes se cuidaban de la
defensa de las factorías, por lo que el Mantis no podía asegurar una completa impunidad.
Dos humanos habían muerto a causa de un nuevo tipo de guardia, desarrollado por las
factorías para defenderse de los Renegados, como aquel Especialista.
Algo parecido, un mec adaptado, había atacado a los Bishop en el Comedero la noche
siguiente a la muerte de Fanny. El Mantis no podía controlar por completo a los
Merodeadores ni detener la caza de humanos. En ciertas ocasiones, él mismo se veía
obligado a dar la muerte definitiva a algún humano, porque de otra manera levantaría
sospechas.
A pesar de todo, había logrado ocultar Metrópolis; el Especialista había dicho la verdad
respecto de este tema. Pero el mec nunca supo que él mismo era una herramienta de otra
máquina.
Ahora, aquella extraña inteligencia dirigía la vuelta de la expedición humana a su
enclave, un sucio villorrio que se atrevía a autodenominarse Metrópolis. Y Killeen tenía
una idea muy clara de cómo iba a tratarles el Mantis en lo sucesivo: como animalitos de
compañía. Clientes. Materia prima para su arte.
—¿Vamos a regresar con el mismo Empolvador? —preguntó Killeen. Se había dirigido
directamente al Mantis. La respuesta llegó mediante la voz de Arthur, pero el Aspecto no
era más que un estrecho embudo a través del cual una presencia muchísimo mayor que
él se comprimía y se esforzaba por expresarse. Killeen era consciente de las dificultades
de Arthur para efectuar la traducción. En muchas ocasiones, el Aspecto sólo articulaba
«ininteligible» y se limitaba a lo que podía reducir a términos humanos.
Sí. Podría usar a este Especialista traidor para transportaros, pero debe regresar
pronto para ser desmontado. (Ininteligible.) No puedo ocultar su incursión en las
instalaciones biológicas. Por eso debe ser sacrificado, desmontado hasta llegar a las
piezas que lo constituyen.
—¿Hay que destruirlo?
Un traidor debe acabar convertido en un olvido infinitesimal. Siempre quedaría la
posibilidad de que al menos en parte se hubiera convertido a sí mismo en una mente de
compendio, como yo. Por este motivo, todos sus fragmentos han de ser dispersados y
eliminados. El precio de la insurrección es la muerte definitiva.
—Ha trabajado para ti. ¿No puedes salvarle?
La respuesta llegó rodeada de una calma helada:
Era una inteligencia inferior.
—También lo somos nosotros.
Así es. Pero vosotros no traicionáis a los vuestros.
—El Especialista sólo trataba de conservar la vida.
Pero lo hizo de una manera contraria a nuestros preceptos. Ésta es la diferencia
crucial. (Ininteligible.) Descubrí al Especialista hace bastante tiempo y no le denuncié
porque yo sabía que podría utilizarlo para propósitos mucho más importantes. Ésta es la
única razón moral que tuve para soportar a una mente tan aberrante. Quería conservar
todas sus memorias, su personalidad, todo. Esto no es posible cuando una mente
individual se incorpora a la mente mec. (Ininteligible.) Una parte de las experiencias
individuales se propaga, sí. Y también un aspecto de la propia personalidad. Pero no todo
el conjunto, porque esto implicaría espacio de almacenamiento y un sinfín de
complicaciones.
Realizó una visualización aumentada del horizonte y vio una plataforma de transporte
rápido. El Mantis se dirigía hacia allí.
Les había acompañado desde que salieron de las factorías biológicas, manteniéndose
dentro del área de comunicación pero fuera del campo visual. Killeen tenía la
desagradable sospecha de que el Mantis se estaba cubriendo las espaldas de alguna
manera. Si algunos mecs de orden superior interceptaban al grupo, el Mantis podía
largarse, pretendiendo inocencia.
Killeen notó que se relajaba, la tirantez de sus músculos iba desapareciendo. Algo en
su interior le obligó a decir en un tono satisfecho que no correspondía a la verdad:
—¿No hay cielo para los mecs, huh?
Intentas convertir en trivial lo que es elevado. El ser reciclados dentro de la mente
huésped, y después propagados hacia el futuro en una mente y lugar específico… Esto,
seguramente, es a lo máximo que cualquier conciencia puede aspirar.
—¿Es esto todo lo que tú quieres? —preguntó Shibo.
Killeen parpadeó. Había supuesto que aquella conversación era privada. Poco a poco,
sin que se notara, el Mantis iba invadiendo e integrando las respuestas de los humanos.
Yo soy de una clase diferente. Una inteligencia de compendio no puede morir del todo.
Porque está distribuida sobre toda la superficie del planeta. (Ininteligible.) Una explosión
nuclear máxima sólo destruiría aquellas partes de mí que estuvieran en la cara iluminada.
Mi sentido de la individualidad se mantiene por medio de la coherencia ligada a la fase de
cada lugar, algo muy parecido a cómo una red de antenas se extiende sobre toda el área
que vería si se tratara de un ojo de aquel tamaño. Pero en ningún caso se trata de un ojo.
De forma similar, yo no soy una mente, sino la mente.
Killeen sonrió.
—No parecías tan fuerte cuando Shibo y yo te hicimos explotar y te diseminamos, ¿lo
recuerdas? Ocurrió cuando los Rook y los Bishop se encontraron.
Estaba casi seguro de que el Mantis no les iba a dejar mucho tiempo de vida, pero un
impulso maníaco le obligaba a pinchar al alejado mec con una malicia alegre.
Estaba preparado. Había grabado a muchos de vosotros y necesitaba tiempo para
escoger y digerir. A tal fin, trasladé todos mis sentidos personales desde aquel sitio a
otros emplazamientos. De acuerdo con vuestra terminología, destruisteis el hardware,
pero no el software.
—Pero logramos frenarte un poco, ¿no es cierto? —preguntó Shibo. Su impávido rostro
se había abierto en una sonrisa. Había captado la broma de Killeen. Todos ellos
acababan de ser liberados de una tremenda opresión. Sin importarles qué les deparaba el
futuro, no querían que nadie les intimidara.
Es cierto. Las mentes de compendio han de pagar este precio. Además, estamos
acostumbrados a ser inlocalizables. Por esto al principio no pude calibrar vuestros
sentimientos en relación con mis esculturas. Yo, y desde luego todos los mecs, estamos
acostumbrados a que nos desmonten, nos reparen y vuelvan a ajustamos. Esto nos
parece algo natural. Yo no podía comprender que para vosotros, mortales de inteligencia
orgánica, resultaba repulsiva la iconografía del cuerpo humano reducido a piezas.
—¿Aquellas cosas con que nos tropezamos? —Killeen recordaba las piernas y los
brazos separados del cuerpo, la horrorosa escultura de los genitales humanos
moviéndose inexorablemente…
Desde luego, ahora me doy cuenta de la diferencia. Es uno de esos casos que sólo se
comprenden al observarlos retrospectivamente. Las únicas ocasiones en que podéis ver
el funcionamiento interno de los demás es cuando estáis enfermos, funcionando mal, y
hay que abriros. O, desde luego, cuando ya habéis muerto. En cualquiera de ambos
casos, la persona en cuestión siente dolor, está inconsciente o muerta. Estas situaciones
originan en la mente humana unas asociaciones cargadas de aspectos emotivos muy
fuertes. Emociones negativas, para entendernos. Ninguno de los nuestros se había dado
cuenta de ello hasta ahora. Este ha sido un descubrimiento muy interesante.
(Ininteligible.) Éste es uno de los aspectos valiosos que el arte puede captar para darnos
una imagen perdurable del mundo orgánico.
—No te hagas muchas ilusiones —soltó Shibo secamente, y Killeen se sonrió.
¿Qué quieres decir? ¿Que no voy a poder leer vuestro…?
Killeen le interrumpió:
—¿Estas esculturas vuestras? Esto no es la humanidad. No es más que la casa de los
horrores. Un atajo de monstruos. No entiendes una mierda de la humanidad.
Dominamos la excreción. También lo sabemos todo de la ingestión. Y de cuanto hay
entre ambos extremos.
Killeen se sorprendió cuando todos los miembros del grupo se echaron a reír, y el
sonido de sus carcajadas salió en oleadas desde el casco del pesado Especialista. Se
sintió todavía más encantado cuando el Mantis empezó a enviar repetidas señales
interrogativas que atravesaban como chispazos rojizos los aparatos sensoriales.
Ya veo que estos ruidos los emitís vosotros, ésta parece ser una de las características
de vuestra filia.
—¿Fili qué? ¿Qué nombre nos has endosado ahora? —preguntó Toby.
Vosotros sois los vertebrados soñadores. Una curiosa subfilia, para ser exactos. Y,
desde luego, no demasiado rara. Algunos de mis componentes, que por sí mismos son
inconmensurablemente antiguos, se acuerdan de cuando existían muchos seres como
vosotros.
Killeen miró a Shibo.
Una de vuestras características es poder emitir este ruido compulsivo. Vuestra
programación se manifiesta de esta extraña manera.
—Esto es la risa —dijo Shibo.
¿Es algo parecido a… una especia?
Killeen se rió por lo bajo. Al instante se dio cuenta de que el Mantis jamás llegaría a
comprender qué era reírse del mundo.
—Bien, pues tal vez lo sea.
—Pues sí que tienes poco paladar —soltó Shibo.
Ya sé qué puede ser eso. Cada uno de vosotros emite el ruido de una manera distinta,
que no hay forma de explicar en función de la construcción genética de la garganta ni de
las cuerdas vocales. Me resulta imposible adivinar de antemano, ni siquiera reconocer,
qué sistema se utiliza. Tal vez esto sea un factor muy significativo.
—No lo entiendes —dijo Shibo.
¿Entender qué?
—Todo esto. Cuando uno se ríe… uno se… uno se… —vaciló, desconcertada.
Cuando hacéis ese sonido tan curioso, una fugaz iluminación aparece desde vuestro
interior. Es una sensación que reconozco, al menos en parte. Algo que está al margen de
la presión del tiempo. Es como si vosotros vivierais como nosotros, gracias a esta rápida
exclamación verbal tartamudeada, a esta chispa. Mientras dura, sois inmortales.
Killeen se echó a reír.
10
Siguieron su camino por valles en donde pululaban muchas máquinas. El Mantis les
condujo a través de un denso complejo mec sin aparente esfuerzo. Tenía el poder de
cambiar la ruta del intenso tráfico, evitando así las preguntas.
Luego salieron al aire libre. El paraje era árido, muy del gusto de los mecs. Por todas
partes, Killeen descubría restos de la biosfera que estaba en proceso de desaparición a
causa de la erosión. Unas malezas se aferraban a las veteadas colinas. En una ocasión
vio que toda una falda de una montaña estaba siendo engullida por una horda de mecs
enanos parecidos a los que el Empolvador había descargado sobre ellos mucho tiempo
atrás.
Killeen se sentía en paz consigo mismo. No le molestaban los remordimientos por la
muerte de Hatchet, y ya no pensaba más en aquellos sucesos. Había sido una cosa muy
natural, como trazar una línea final para definir la separación entre lo humano y lo que no
lo era. Si después el Mantis decidía matarle, poca cosa podía hacer Killeen para alterar
aquel final. Ni siquiera esta perspectiva le alteraba. Hablaba con los demás,
aprovechando el bálsamo de las otras voces humanas.
Empezó a reconocer el terreno. El campo de aterrizaje del Empolvador se extendía
detrás de la siguiente línea de crestas.
Dénix se estaba poniendo a sus espaldas. El Comilón hacía aparecer su radiación por
detrás de las onduladas montañas. Ondeando en las capas altas del aire que tenían
enfrente, se dibujaban unas líneas luminiscentes anaranjadas. Directamente ante ellos,
unos nuevos trazos enloquecían el aire. Killeen estaba intrigado por ello, pero enseguida
recordó.
—¡Mirad! —gritó a Toby y a Shibo.
El Mantis, que iba montado en su plataforma por encima de una colina cercana,
también había descubierto aquella perturbación. Killeen percibía su pálida y variante
complejidad en el aparato sensorial, al enfocar la visión lejana hacia delante para
contemplar aquellas luces descendentes.
Transformó su voz en una mezcla acústica y electrónica. Reelaboradas por unos chips
insertados en él, sus palabras saltaban al aire como puñaladas.
—¡Tú! ¡El que viene del Comilón!
El aire se enrareció. Las nubes se convirtieron en tentáculos giratorios. El rumor del
viento atenuó el débil sonido que llegó hasta ellos diciendo:
El azote del verano tiende un velo sobre mí. Apenas si consigo oír vuestras emisiones.
¡Hablad más alto!
—¿Y ahora? ¿Está mejor así? —Killeen puso toda su voz en ello, mandando cada
palabra en forma de una intensa y entrecortada cuña de electrosonido.
Está mejor. Eres Killeen, ¿no? Te andaba buscando.
El Mantis protestó:
Vaya manera de… ¡Ah!
Killeen se sorprendió por la brusquedad con que el Mantis había interrumpido su
transmisión. Había huido.
—¿Y para qué me buscabas?
El mismo Especialista se había detenido, y los motores permanecían en silencio. Los
humanos seguían aferrados a él, observando cómo en el cielo se desarrollaba una red de
estrellas fugaces multicolores. Unos débiles silbidos salían proyectados hacia abajo. Unas
chispas delimitaban las líneas del campo magnético. Los hilos de luz se torcían y se
enfocaban hacia abajo a través de la bóveda del cielo, que cada vez adquiría un color
cobalto más intenso.
Killeen distinguía toda la burbuja geomagnética que envolvía Nieveclara como un
sudario. Estaba allá arriba, colgada como una tela de araña llena de joyas, y las estrellas
parecían unas motas prendidas en ella. Luego empezó a deformarse. Unas bandas
salpicadas de manchas se apretujaban entre sí, como si una mano gigantesca estuviera
estrujando un fajo de papel ondulado. En las zonas donde los campos se aproximaban
unos a otros, destellaban unas banderas de zafiro.
Columnas de una radiación apagada llegaban desde las profundidades del cielo
nocturno; deformaban todavía más las líneas de fuerza, constituyendo con ellas un cuello
de botella magnético. Allí, la voz oscilante y profunda se hizo más potente. Era como si
las palabras llegaran hasta él directamente de alguien que hablara desde un punto
situado entre las estrellas.
Andaba buscándote desde hace mucho tiempo.
Killeen gritó tan fuerte como pudo, a pesar de que ya empezaba a enronquecer.
—¿Por qué?
¿Eres de verdad el lugar geométrico llamado Killeen? Tengo que estar seguro.
—Estúdiame bien —dijo. Killeen sentía curiosidad por saber si aquel ente descubría el
olor remanente del Mantis que quedaba en su aparato sensorial.
Ah… eres tú. Pero algo ha cambiado.
—Es cierto, hay…
¡Mis humildes saludos para el ministro de las magnitudes!
Aquel saludo nervioso llegó tan de pronto que Killeen apenas lo identificó. El tono del
Mantis sonaba diferente a todo lo que había escuchado en su vida.
¿Percibo un sistema de máquina?
Sí, y me siento sumamente honrado al poder recibirte. ¿Puedo confiar en que esto no
constituya un mal augurio para una pronta intersección de nuestro mundo con el de los
que no tienen masa? Esto sería, desde luego, una recapitulación y también un honor.
(Ininteligible.) Con todos los respetos, creo que los miembros del sistema mecánico no
estamos preparados para que una presencia augusta como la tuya…
No, no, nada de esto. Cuando llegue el momento de la intersección y de la ascensión,
ya se os aleccionará debidamente. Estos asuntos se tratan a niveles mucho más altos.
¿Puedo presumir que ya lo sabías?
¡Sí, desde luego! Jamás me atrevería a inmiscuirme en las progresiones y
convergencias de…
En ese caso, complácenos con tu ausencia.
¡Oh! ¡Sí!
Killeen notó que el Mantis se encogía hasta convertirse en un grueso nudo de negra
confusión y que se retiraba acobardado.
La voz aflautada y ambarina sonó con fuerza descendiendo desde un cielo
ensombrecido:
La entidad motriz que me ordenó entregarte el mensaje anterior, esta inductancia,
quiere hablar de nuevo contigo.
Killeen parpadeó.
—¿Qué…?
No puede hablar directamente contigo sino que ha de transmitir su mensaje a través
del flujo eléctrico y de las corrientes deformadas. Vive mucho más hacia el interior del
Comilón que yo.
—¿Dónde? ¿Quién? ¿Cómo podría conocerle?
Mora dentro de la esfera de confusión temporal del propio Comilón. Ha penetrado más
allá del disco de acrecentamiento, incluso más al interior de donde mis pies están
anclados por gruesos cepos de plasma furioso. Esta entidad ha conectado campos
magnéticos para proyectar un mensaje hacia el exterior de su oscuro reino. Y me obliga a
traértelo, a lo largo de las tensas amarras elásticas y magnéticas que componen mi
cuerpo y mi alma.
Los humanos que estaban alrededor de él miraban fijamente hacia arriba, con la boca
abierta. Killeen había perdido su temor reverencial, sólo estaba asustado. Si energías
como aquélla, que podía aplastar los campos geomagnéticos con tanta facilidad, marraran
su objetivo y llegaran hasta ellos convertidas en rayos, todos iban a arder y achicharrarse
en un instante. Y pensar aquello no era algo disparatado, pues estaba muy claro que
aquel ser que hablaba desde arriba estaba loco…
El mensaje está incompleto. Unas extrañas tempestades del espacio y del tiempo
soplan en el Comilón, deforman las palabras, cambiándolo casi todo. Pero se me ha
investido con grandes y suficientes poderes para retransmitirte cuanto pueda. La primera
parte del mensaje es ésta: Pregunta por el Argo. Recuerda. Pregunta por el Argo.
Killeen frunció el ceño. Otra vez aquella palabra que no tenía significado. «Argo…»
Nunca he sabido qué significa esta palabra. La segunda parte… parte…
—Se está perdiendo —indicó Shibo en voz baja.
Pero espera. Esta máquina que está cerca de ti… Noto que está luchando. Se resiste a
mi presencia.
—¡La segunda parte! Transmítela… —gritó Killeen.
No. Me debilito por momentos… pero voy a tener que obligar… a esta irritante
máquina… a que hable… a que diga la verdad…
Killeen miró muy hacia arriba, hacia el ensombrecido cielo. Los complicados dibujos de
las líneas de fuerza se fueron debilitando y perdieron su estrechamiento.
—¡Espera! —gritó—. ¡La segunda parte del mensaje!
Desde las curvadas líneas de fuerza sólo llegó el silencio. Killeen puso mala cara y
aumentó la potencia de sus sensores hasta el máximo. ¿No oía una vocecilla?
Una negra presencia se impuso en su sistema sensorial. Era el Mantis que regresaba,
tal vez había recuperado su valentía.
Jamás había hablado con un ser de esta categoría. Visitan estos reinos en muy raras
ocasiones, porque prefieren las tempestades energéticas del borde del Comilón.
A pesar del filtro que representaba la fría voz de Arthur, Killeen percibía el miedo del
Mantis.
—¿Qué es esto? —preguntó un miembro del grupo. Killeen rebuscó entre los pliegues
de la fuerza magnética que resbalaba, como unos músculos de marfil, a través del cielo.
Una mente magnética. Una personalidad de dimensiones impensables para los seres
materiales. Vive en las deformaciones provocadas por las tensiones magnéticas, y su
almacenamiento de información está contenido en ondas imposibles de amortiguar. Visto
así, es otra faceta de la Inmortalidad… superior a la que logramos aquí. Estos espíritus
están anclados en el disco de materia al azul vivo que órbita alrededor del Comilón.
(Ininteligible.) El disco de acrecentamiento sirve de base para muchas de estas mentes,
mientras que sus verdaderas esencias se extienden por las nubes gaseosas y las
estrellas que giran alrededor del centro. He tenido el honor de poder ver a una de ellas.
Una de las más elevadas aspiraciones de nuestra cultura es poder recibir en nuestra casa
a una de estas presencias. Algunos creen que estas mentes, en otros tiempos, tenían
cuerpos que se parecían a lo que ahora somos nosotros.
Killeen seguía observando los oscuros movimientos que se producían por encima de él,
pero algo le hizo exclamar con sarcasmo:
—Es decir, que vosotros los mecs tenéis un Dios.
Las mentes magnéticas no son la fase más elevada. Hay algo todavía mayor.
Shibo preguntó:
—¿Ese Argo… tú has entendido lo que significa para el mec humano?
Yo… el ser magnético… me obliga a decíroslo. Puedo sentirlo, percibo su presión. Me
fuerza a… Durante los últimos segundos, he interrogado a las recopilaciones históricas de
todos los lugares de Nieveclara. Hay unos ligeros indicios de algo así, de algo llamado
Argo, tal vez haya más de uno.
—Recuerdo algo relacionado con Argo, se refería a que era como otra ciudad, Esparta.
Ayúdanos a encontrarla —pidió Killeen.
Imposible. La mente magnética me obliga a decir la verdad, pero no esperéis que yo os
aconseje acciones contrarias a mis intereses. En este momento se ha debilitado… No lo
percibo…
—¡Habla, maldito seas! —gritó Killeen, encolerizado.
Espero que al menos ningún otro mec haya interceptado esta transmisión de la mente
magnética. Tal vez así pueda ocultar esta información durante algún tiempo. Debéis
entender que soy vuestro aliado. (Ininteligible.) Quiero conservar lo mejor de la
humanidad para las eras venideras en que os habréis extinguido. Pero no puedo permitir
que la humanidad se escape hacia los reinos que están más allá de Nieveclara.
—¿Por qué no? —quiso saber Shibo.
Porque podríais alterar algunos planes que hemos estado proyectando durante
milenios.
—¿Cómo? —preguntó alguien.
Killeen pudo sentir la intensa agonía del Mantis. La mente magnética, invisible, todavía
obligaba al Mantis a decir la verdad. Implicaba un enorme poder el que una autoridad más
alta obligara desde tanta distancia a que una entidad inferior se humillara.
Hay otros… seres orgánicos. Algunos de ellos han… invadido… la zona cercana al
Comilón. Nosotros no queremos permitir… alianzas… entre las formas inferiores de vida.
Aquello conmocionó al grupo.
Killeen frunció el ceño. Eso probaba que, en efecto, de alguna manera los mecs se
sentían amenazados por la mera existencia de los humanos. Ya lo había sospechado
antes. Sin que se lo pidiera, el Mantis contestó a sus pensamientos:
El impulso para exterminaros procede de los estamentos más altos de nuestra
sociedad. A pesar de que tenemos diversas y competitivas partes de nuestra civilización
en Nieveclara, nos unen algunos objetivos comunes. Uno de ellos es no permitir jamás
que los seres orgánicos se alíen unos con otros. En la situación actual, carecen de
importancia, pero si se juntaran, podrían llegar a constituir una molestia.
Killeen sonrió, pero se guardó sus pensamientos para él.
A su alrededor, todos hablaban, excitados. ¡Otra forma de vida! De inteligencia
alienígena, pero por lo menos era vida. Tal vez se trataba de humanos situados en otras
estrellas. Era una posibilidad alucinante.
Y todo aquello lo había provocado una inteligencia susurrante que generaba unos
fuertes campos en el aire y desviaba enormes energías con la misma facilidad con que un
hombre apartaría suavemente una cortina con la mano.
Volvió a la realidad, aumentó la sensibilidad de sus sistemas, y rugió:
—¡Aún estoy aquí! ¡Soy Killeen! ¡Dame mi mensaje!
El poderoso no acudirá a esta clase de llamadas. Muestras una arrogancia indecorosa,
inaceptable en un ser tan bajo como tú. Has de…
—¡Silencio!
Ante la sorpresa de Killeen, la presencia del Mantis se apartó, como si temiera algo.
Murmullos.
Unos trémulos flujos adquirieron más fuerza. Unos dedos de rubí señalaban hacia
ellos. Luego la voz volvió a tronar.
Te escucho. Un cometa que pasaba había perturbado mi recubrimiento. Lo he
evaporado y puedo llegar hasta ti con mi presencia completa. Me ha gustado el hecho de
obligar a esta máquina presuntuosa a tratarte con equidad. Muy pocas veces puedo gozar
de una diversión tan inocente como ésta. Supongo que un hálito de verdad te vendrá bien.
Pero cuando me vaya, volverá a sus malos hábitos. Cuídate de él.
—¡La segunda parte! —imploró.
Oh, sí. Es ambigua. No comprendo cómo puede ser verdad. El mensaje procede de
una nave sólida que viaja no sé cómo, a través del extraño mar del tiempo del interior del
Comilón. Pero, no obstante, está dirigido a ti, la forma más baja que he conocido hasta
ahora. Tal vez no he podido captar su verdadero sentido.
—¡Dámela!
Muy bien. Te la doy inmediatamente. Tu mensaje dice:
No reconstruyáis ninguna Ciudadela. Os triturarían allí. Cree lo que te digo, porque yo
vivo todavía, y yo soy tu padre.
11
Llegaron desperdigados a Metrópolis. El último trayecto lo habían cubierto a pie, contra
un fuerte viento cálido. Entonces apareció la fatiga. Killeen se las había compuesto para
dormitar un poco en el casco del Especialista, después de que se hubiera ido el ser
magnético. Luego, al igual que todos los demás, se había quedado dormido en el
Empolvador, que les llevó de nuevo a la llanura de donde habían partido.
El Mantis había viajado con ellos. Había conseguido convertirse en un apretado
conjunto de varillas y compartimientos ovales para caber en el interior del Empolvador.
Ahora quería mantenerse detrás de la cordillera que rodeaba Metrópolis hasta que llegara
el momento oportuno para aparecer.
El ente magnético no había dicho nada más después de entregar su extraño y último
mensaje. Killeen no pensaba en ello, no pensaba en nada. Estaba cansado. Había
cargado con Toby a horcajadas durante la última parte del trayecto, porque al final el
muchacho estaba rendido. Las secuelas de la herida y del tratamiento mec habían
causado su efecto en Toby y apenas si podía mantenerse despierto.
Todos los King se habían puesto elegantes para recibirles. Era evidente que Hatchet
siempre había convertido en un acontecimiento el regreso de una expedición. Y así, en
cuanto los habitantes de Metrópolis captaron los olores de la expedición en los sistemas
sensoriales, los King, los Rook y los Bishop se reunieron para darles la bienvenida.
A medida que el grupo iba llegando, todos callados y con poco botín, los gritos de júbilo
fueron amortiguándose. Al comprobar que Hatchet no regresaba con el grupo, ninguno de
los King tuvo mucho que decir. Killeen se limitó a seguir andando, cargado con Toby, bajo
la luz polvorienta y mortecina. Jocelyn y algunos otros Bishop se acercaron a él y trataron
de hablarle, pero él se limitó a llevar a Toby a la cabaña y acostó al muchacho.
En aquellos momentos, Ledroff y Fornax hablaban con el resto del grupo, pero Killeen
no salió a reunirse con ellos. Se sentó durante unos instantes sobre la cama; sus
pensamientos eran como grava que se escurriera por una pendiente. Luego, al cabo de
unas horas se despertó guiñando los ojos por efecto de los rayos de la amarillenta luz de
Dénix que le daban en la cara.
Supo la hora que era por la posición de Dénix contra la lejana caída de un oscuro polvo
de estrellas. Aunque no había dormido más que unas pocas horas, se sentía descansado.
El resto de la fatiga se había convertido en una sensación apacible que se traducía en
una inequívoca resolución. Comprobó que Toby estaba bien, que dormía tranquilamente a
pierna suelta.
Al contemplar a su hijo recordó la ocasión en que el espectáculo de la respiración de
Toby, en aquella misma habitación, le había dejado enteramente paralizado. Había
sucedido mucho tiempo atrás. Volver a contemplar a Toby, sabiendo que en cuanto
despertara iba a empezar a saltar, bien valía cada una de las peripecias que les habían
ocurrido. Y hasta valía las que les podían ocurrir en el futuro.
Después, salió de la choza.
Con Ledroff todo se desarrolló tal como Killeen había esperado. Le escuchó, haciendo
signos afirmativos con la cabeza de vez en cuando para demostrar que prestaba atención,
pero en realidad se dedicaba a pensar por adelantado. Habría que convocar un
Testimonio, sí, esto lo comprendió enseguida. No, no quería decir que había disparado
contra Hatchet por equivocación cuando intentaba matar a la otra cosa. Sí, estaba seguro
de ello. Desde luego, estaba convencido de que se trataba de un asunto muy grave. Sí,
los demás tenían razón: el Mantis se mantenía alejado de Metrópolis. De momento, no
representaba ninguna amenaza. No, Killeen no quería ver a la compañera de Hatchet
para explicarle lo que había sucedido. Aquello ya se vería en el Testimonio. Hablaría en
su propio nombre y no habría necesidad de que Ledroff dijera nada o que hiciera un
alegato para defenderle ante las Familias reunidas. No le cabía la menor duda de que se
trataba de un asunto muy serio. Por descontado.
Ledroff hizo registrar la choza de Killeen. Sólo por precaución, había dicho. Confiscó el
frasquito de alcohol que Killeen tenía en la mochila. Killeen se rió en silencio cuando
Ledroff salió de allí sosteniendo solemnemente el frasco con el brazo extendido.
Comprendía que el Capitán pretendía humillarle y hacerle disminuir su posición ante los
demás. Lo que Ledroff ignoraba era que todo aquello ya traía sin cuidado a Killeen.
Volvió a entrar, pero Toby todavía no se había despertado. Killeen contempló pensativo
a su hijo durante un rato. Sus Aspectos le mandaban unas suaves vocecillas a través del
aparato sensorial, reclamando su atención. Comprendió que su ansiedad iba en aumento.
Shibo se reunió con él. Sacaron un poco de comida de las mochilas y repasaron los
equipos. Aquél era un hábito adquirido a lo largo de años de marcha: hay que prepararse
para volver a salir corriendo, cada vez que uno se detiene.
Toby se despertó y quiso salir de la choza. De mala gana, Killeen aceptó, pero se
dirigieron lejos de Metrópolis. No quería encontrarse con la gente ni hablar de lo sucedido.
Se pasearon por las colinas cercanas, casi en silencio. Shibo confirmó lo que Killeen
había supuesto. Mientras ellos estaban dormidos, el Mantis se había puesto en contacto
con Ledroff y Fornax. Les había ofrecido dar protección a Metrópolis.
El Mantis tenía conocimientos de psicología humana. Expuso sus argumentos como si
se tratara de un intercambio equitativo.
El Mantis les había dicho que protegería Metrópolis, engañando astutamente a sus
superiores. El mec desviaría de allí a los Merodeadores. Sólo «cosecharía» a la gente
anciana y, desde luego, únicamente cuando estuvieran a punto de morir.
A cambio (y aquí el Mantis revelaba su comprensión del orgullo de los humanos), las
Familias habían de emprender expediciones contra algunas ciudades mec seleccionadas.
Los productos del pillaje proporcionarían al Mantis mercancías para efectuar intercambios
y los utilizaría para amasar riqueza en la sociedad mec. Finalmente, cerrando el ciclo
limpiamente, este incremento de poder serviría a su vez para disimular la presencia de
todas aquellas sabandijas humanas.
Killeen se quedó apabullado por las concretas explicaciones de Shibo. La propuesta
era muy astuta. Permitía que los humanos conservaran algo de su dignidad. Para una
Metrópolis que todavía sufría el impacto de la muerte de Hatchet, aquello debía de
parecerles un trato con sentido común.
Y Killeen no veía la manera de oponerse a ello.
Anduvieron por profundos barrancos entre las prominentes colinas. Toby no presentaba
el menor indicio de fatiga y hasta correteaba por allí persiguiendo a los pequeños
animales que vivían entre la maleza baja.
Shibo hablaba poco, se limitaba a explicar lo que la gente decía. Ledroff y Fornax
habían comentado a algunos la presencia del Mantis cerca de Metrópolis, y los rumores
se extendían por doquier.
El Testimonio que iban a celebrar trataría en primer lugar de la muerte de Hatchet.
Después pasarían a discutir la proposición del Mantis.
Killeen dijo con amargura:
—Creo que ya puedo predecir lo que van a decidir.
—Sí, está claro —contestó Shibo con desaliento.
Desde un arroyo cercano, llegó hasta ellos el grito de una mujer.
—¡Hola! Killeen, Shibo, ¿sois vosotros?
Desde detrás de una espesura de matorrales apareció un mec. Automáticamente
Killeen echó mano a un arma, pero luego comprendió que se trataba del mec humano que
habían visto hacía poco en el complejo mec.
—He viajado mucho, detrás vuestro —gritó la voz femenina. El mec estaba polvoriento,
mellado y con abolladuras. Algunos enganches rotos colgaban de sus costados. Shibo lo
miró boquiabierta.
—¿Cómo…?
—Adherí un rastreador al tobillo de Toby. ¿Lo veis?
El mec señaló con un brazo las botas de Toby. Una pequeña mancha no mayor que
una uña aparecía pegada allí.
—Ya sé cómo funcionan los transportes mec. Os seguí la pista hasta que vi que
habíais regresado al Empolvador. Me costó bastante encontrar un medio de transporte
aéreo del que pudiera hacerme cargo y tomar el mando. Pero lo conseguí y os he
seguido. ¡Ruff!
—El perro mec —rió Toby.
Killeen meneó la cabeza, pensativo.
—Me temo que la situación ha cambiado mucho desde que te vimos por última vez.
La voz femenina resultaba incongruente al salir del altavoz del mec.
—Cuando me acercaba he visto a un mec muy grande. Anda por estas colinas. Debéis
poner sobre aviso a la comunidad humana de aquí…
—Ya lo sabemos —indicó Toby—. Se trata del Mantis.
El mec humano prosiguió con entusiasmo.
—Pues entonces esto va bien. Pero todavía debo seguir las órdenes que recibí en su
día y que he respetado hasta hoy. Debo recordaros, humanos, que no necesito más que
la clave correcta para entregaros la información.
Killeen movió la cabeza con cansancio.
—No creo que las antiguas tradiciones puedan servirnos ya de mucho. Mira, nosotros…
—No, espera —le interrumpió Toby—. Papá, ¿recuerdas lo que nos dijo la cosa del
cielo?
—¿Qué… la mente magnética? Mira, yo tampoco entendí mucho de lo que decía, y…
—Supusimos que nos contaba algo relacionado con las cosas antiguas —siguió Toby
con la mayor seriedad—. Era sobre una ciudad o algo parecido, ¿verdad?
Killeen frunció el ceño.
—Lo dudo, pero… veamos, ¿cuál era el mensaje?
—No construyáis una Ciudadela —recordó Shibo con precisión.
Killeen sonrió sin ganas.
—Buen aviso, pero ha llegado demasiado tarde. Las Ciudadelas atraen a los
Merodeadores. Metrópolis no es una Ciudadela, pero ya está construida.
Toby añadió:
—Había algo más. Sí… dijo: «Preguntad por el Argo».
—¡Ruff! ¡La clave preestablecida! ¡Gracias! ¡Os doy las gracias! —gritó de pronto el
mec humano.
Todos se quedaron mirando al mec que daba jubilosas vueltas sobre sus bandas de
desplazamiento mientras ladraba.
—¡Argo! ¡Argo! Ésta es mi clave. Me autoriza a entregar por fin mi mensaje.
—¿Argo? ¿Es una antigua ciudad humana? —preguntó Killeen.
—¡Oh, no! Argo es una nave. Hace mucho tiempo, mis hermanos y yo la escondimos.
Conozco el sitio. ¡Yo sé dónde está el Argo!
—Una nave… —murmuró Toby, pensativo.
Killeen consultó a su Rostro, Bud, y preguntó:
—¿Para los océanos? —Se encogió de hombros—. Ya no quedan grandes
extensiones de agua en Nieveclara.
—¡No! Navegaba entre las estrellas. El vehículo fue construido hace mucho tiempo. Yo
ayudé a enterrarlo. Puede navegar hacia el Mandikini.
—¿Por el cielo? —preguntó Shibo llena de dudas.
—¡Sí! La humanidad construyó el Argo de forma que sólo aceptara órdenes de origen
humano. Yo y centenares de hermanos míos fuimos los encargados de transmitir la
información de su localización. Si alguna vez la humanidad necesitaba de un transporte
de larga distancia, y no era capaz de construirlo ella misma, entonces debíamos hablar.
Pero la información sólo estaba destinada a los descendientes de los constructores del
Argo, a vosotros, puesto que conocéis la palabra clave, ¡el nombre de la misma nave! —
El mec humano terminó con un sonoro ladrido.
Los tres humanos se miraban unos a otros, muy sorprendidos.
El mec humano volvió a dar vueltas, traqueteando y vibrando.
—¡Ruff! ¡Estoy preparado! Ruff. ¡El mensaje ha terminado! ¡Ruff!
No tuvo el menor aviso. El ataque se produjo mientras regresaba andando a Metrópolis
en compañía de Shibo y Toby. Estaban hablando con el mec humano, que iba junto a
ellos machacando el terreno con sus ásperas bandas.
Toby charlaba a su lado, embargado por unas brillantes visiones.
En un momento de distracción, los Aspectos de Killeen le atacaron.
Se agitó, tropezó y se precipitó en lo que le pareció una caída en picado sobre una
estrecha zona de hierba aromática.
Una avalancha se precipitó contra él. Todos sus Aspectos y Rostros chillaban a la vez.
Ardientes puyazos de protesta brotaban desde unos sentimientos sumergidos de miedo
vergonzante.
Era un coro que se iba desarrollando hasta llegar a convertirse en una oleada
creciente. Le invadía los brazos, las piernas y el pecho con unos gélidos riachuelos. Sus
músculos tiritaban. Los gritos martilleantes corrían por sus venas y golpeaban fríamente
contra sus entrañas. Abrió la boca para gritar, y también lo impidieron, inmovilizándole las
doloridas articulaciones de las mandíbulas.
Habían descubierto lo que estaba pensando.
Los Aspectos y los Rostros eran viejos, conservadores, aferrados a Nieveclara.
Una ola de miedo cerval discurría por su interior. Sus talones tamborileaban sobre la
hierba. Una nube blanca, lechosa, le inundaba los ojos, impidiéndole ver a Shibo y a
Toby, que intentaban sujetarle, movían la boca sin que él oyera los sonidos, como si
fueran peces detrás de un cristal. Killeen luchó contra aquel creciente martilleo ancestral.
Trató de escapar de ellos, refugiarse dentro de su aparato sensorial. Pero le seguían a
todas partes, introduciendo unos glaciales puñales en cada recoveco donde intentaba
refugiarse.
¡No nos pongas en peligro! —gritaba una docena de voces—. Jamás abandones este
mundo donde hemos nacido!
Se debatía. Percibía su propio cuerpo como algo distante, a través de un estrecho túnel
gris. Escarbó en el suelo con pies y manos. La sensación le llegó como unas lentas
percusiones, como si estuviera aterido por un frío progresivo.
Y la algarabía de tonos agudos todavía seguía corriendo por él. Una ansiedad
palpitante y acobardada se esforzaba en lanzar aullidos.
Subyacente a ésta, transcurría otra corriente profunda de locos presagios.
¡Cobarde! ¡No huyas!
Los gritos le llegaban a través de una luz acuosa.
Reconstruye las sagradas Ciudadelas. ¡Las Sangradas Cláusulas lo exigen!
Killeen luchaba contra una ola de terror que lo succionaba hacia las profundidades. Se
estaba ahogando en un mar de insectos.
Se estrellaban contra él y se arrastraban al interior de su nariz. Unos gritos pequeños le
atravesaban la piel. Enormes tenazas le torturaban la carne. Intentó respirar y sólo inhaló
un coro de campanillas que le produjo cosquillas.
¡Loco! ¡Ingrato!
¡Eres un traidor!
Hace siglos que trabajamos aquí. ¿Osarás escaparte ahora?
¿Acaso no piensas en nosotros?
Somos de aquí. Nieveclara es el verdadero hogar de la humanidad.
¿Quieres salir de aquí con el rabo entre las piernas?
¡Cobarde!
Comprendió que empezaba a flaquear.
Unos afilados dedos se introducían en sus senos frontales. Las antenas le ahogaban.
Los pulmones se le llenaron con un ejército negro.
Entonces, las furiosas patadas que lanzaba con los talones golpearon algo sólido.
Las aguas eran una masa viviente de pequeñas piernas que escarbaban. Rodó bajo la
fuerza demoledora de una oleada de insectos. Luchó por conseguir aire y sus piernas
encontraron la roca firme que había debajo.
Le atraparon de nuevo.
Empujó hacia abajo. Se puso en pie.
Unas masas serpenteantes le apaleaban.
Le tiraban de la piel.
Pululaban, chillaban y salpicaban.
Se mantenía en pie entre los remolinos de una fuerte tempestad que soplaba hacia
tierra desde mar adentro. Las olas de aquellas pequeñas mentes voraces llegaban con
regularidad, le chillaban, en cada gota había muchas bocas que le atacaban. Unas
lenguas húmedas le azotaban. Pero clavó los talones y la ola siguiente ya no pudo
dominarle. Luchó contra los embates de la corriente. Luego la resaca intentó arrastrarle,
tirando de sus pies.
Si hubiera estado de pie sobre arena, el ímpetu de los insectos podría haber socavado
su apoyo, haciéndole perder pie.
Pero se asentaba sobre roca. Dura y solemne piedra.
Y aquello tenía el rígido y quebradizo toque del Mantis.
Retrocedió hasta la playa, sin perder nunca de vista las avalanchas de alocadas bocas
que se le venían encima. Le succionaban con labios ensangrentados.
Pisaba con cuidado, siempre aferrándose a la roca con los dedos de los pies,
tanteando el camino y utilizando la roca como ancla.
Las corrientes le golpearon y lucharon contra su voluntad, pero al final refluyeron.
Luchó contra una fuerte corriente por llegar a tierra. Luego resopló y tosió, escupiendo las
motas, sonándose para limpiarse las fosas nasales de unos mocos pegajosos. Cuando el
viscoso material fue a dar contra las rocas, chilló con fuerza, con inútiles lamentos
desesperados.
Unas gotas frías de pequeñas tenazas mordedoras se le escurrían desde las piernas y
formaban charquitos sobre la tibia arena. Se sacudió del cabello las mentes chillonas de
los insectos, y las observó con el rabillo del ojo. Sus quejidos fueron amortiguándose.
Miró hacia un resplandor amarillo que estaba en lo alto del cielo. Le secó.
Entonces se encontró con la cara alzada, mirando las franjas de luz de Dénix que
llegaban oblicuas.
—Parpadea. ¿Estás…? —preguntó Shibo.
—Sí. Estoy aquí.
—¿Tempestad de Aspectos?
—Sí. Yo… algo…
Notó que la sólida piedra todavía pujaba contra sus talones. Miró al círculo de caras
ansiosas que le estaban observando.
—Ha sido… el Mantis. —Lo descubrió y lo tradujo a palabras en aquel mismo
instante—. Vino, me proporcionó un puntal donde me pudiera sostener. Un punto donde
apoyarme, para poder luchar con éxito contra ellos.
—¿El Mantis? —preguntó Shibo, incrédula.
Todavía jadeaba y el aire le hería los pulmones. El recuerdo de aquella horda fue
abandonándole poco a poco.
—Sí. Puede utilizar lo que él llama «información sensitiva». Le permite detener a los
subsistemas… a los Aspectos.
—¿Pudiste resistir?
—Sí, y encima hizo algo más. Cuando los Aspectos se abrieron, el Mantis les alcanzó.
Y hasta muy adentro. Deshizo algo que yo tenía allí. Noto que es… diferente.
—Necesitas descansar —indicó Shibo y le secó la frente con un paño.
Killeen se sorprendió al comprobar que quedaba completamente mojado.
—Los Aspectos… vieron lo que yo pensaba.
Shibo frunció el ceño.
—Y el Mantis, ¿también lo vio?
—No creo que tuviera tiempo.
—¿Piensas que todavía hay… esperanzas?
—Sí.
Los planos y los ángulos de la cara de Shibo mostraron signos de alivio y de
persistente perplejidad ante aquel rompecabezas.
Puedo resolver este rompecabezas, pensó Killeen. Aquella repentina idea le pareció
extraña y a la vez correcta y obvia.
Después Toby le acarició y sollozó con lágrimas largo tiempo reprimidas, que parecían
derramarse sobre él desde el cielo sin límites. Unos brazos le envolvieron. Unas manos le
ayudaron a alzarse. El mec humano ladró. Se amontonaron a su alrededor, hablando,
acariciando y preguntando.
12
No dispuso de mucho tiempo para descansar antes del Testimonio. Killeen estuvo
acostado durante un rato y luego empezó a llegar gente que llamaba tentativamente a la
puerta de su choza.
Eran miembros de la Familia Bishop. Killeen habló con ellos por turno, sin mostrarse
demasiado concreto pero explicándoles, muy por encima, todo lo que había aprendido.
Les hablaba con calma y seguridad, sintiendo una certidumbre nueva para él.
Pero no era una certeza absoluta, se iba diciendo a sí mismo. Cuando pensaba qué iba
a declarar, se preguntaba qué habría dicho Fanny. Con frecuencia no estaba demasiado
seguro pero, a pesar de todo, consiguió salvar los puntos difíciles.
Descubrió en las caras de los demás Bishop una sorpresa que se iba transformando en
interés y luego en conformidad. Una conformidad concedida de mala gana por algunos de
ellos, pero tenía la impresión de que no era fugaz. Cuando corrió la voz de todo lo relativo
al Mantis, a Hatchet y a lo que éste había estado haciendo, todos los miembros de las
Familias se apaciguaron. Y también aparecieron por allí algunos de los Rook.
Después de comer algunas raíces cocidas, Shibo y Toby, junto con Killeen, fueron a
dar otro paseo por los alrededores de Metrópolis, sólo para que el muchacho hiciera
ejercicio. Dejaron al mec humano, que estaba inmóvil, recargándose las baterías con los
paneles solares. Killeen temía que el Mantis pudiera interrogarle a distancia cuando
funcionara normalmente. Era conveniente mantener en secreto la información relativa al
Argo durante un poco más de tiempo.
Killeen esquivó a los que se acercaban para discutir con él. Una niebla fría y húmeda
cubría los campos de cultivo que se extendían al sur de Metrópolis. Andaban por entre los
altos y olorosos tallos de maíz. Toby no había visto nunca plantas cultivadas de tanta
altura, ni siquiera recordaba las largas hileras de tomateras donde había jugado hacía
mucho tiempo, en las proximidades de la Ciudadela. El Comilón se elevó y atravesó la
delgada niebla, proporcionando al aire un sabor tonificante. Killeen regresó a la choza y
durmió hasta el momento del Testimonio.
Los King declararon contra él.
Habían preparado sus argumentaciones, usando el testimonio de los miembros King de
la expedición, para causar buen efecto. Plantearon el caso con sencillez, pensando sin
duda que bastaría con la consideración de los hechos.
Fornax presidía, puesto que era el Capitán más antiguo. Los King le respetaban.
Deberían escoger a su Capitán en cuanto acabara el Testimonio, pero hasta entonces
Fornax tendría el control nominal de la Familia que se había quedado sin Capitán. Y
después sería un buen aliado con quien contar.
Una vez expuestos los cargos iniciales, cuando los King hubieron concluido, Cermo y
Shibo declararon para oponerse a ellos. Siguiendo la tradición, Killeen estaba sentado en
el centro del concurrido foro que había sido excavado en una ladera. Cada uno de los que
hablaban ocupaba por turno el centro del foro. Si se exceptuaba a los que estaban de
guardia en el perímetro, podía afirmarse que toda la humanidad estaba reunida en aquella
reducida excavación.
Shibo habló poco pero dijo mucho. Todos la respetaban. Aunque declaró lo mismo que
Cermo sobre la muerte de Hatchet, sus palabras tuvieron mucho más peso. En el
Testimonio lo único que contaba era el voto final de las Familias reunidas. Cada una de
las personas que quedaron convencidas por la elocuencia de Shibo era un tanto a favor.
Después de ella, habló Ledroff como Capitán de la Familia de la defensa. Su
intervención resultó vaga, declaró que Killeen era una persona en quien se podía confiar y
que no era capaz de atacar a un Capitán, a menos que la acción fuera inevitable por
algún motivo.
Killeen juzgó que aquello no le favorecía en lo más mínimo, pero no estaba preparado
para Fornax.
Como Capitán Presidente, en teoría, Fornax había de mostrarse neutral. Pero cuando
aquel hombre nervioso empezó a hablar, Killeen comprendió que cada una de sus
palabras tenía una calculada intención.
La ya de por sí arrugada cara de Fornax se arrugó todavía más debido al escepticismo
cuando empezó a formular frases irónicas y desdeñosas. Trató con respeto todas las
declaraciones de los King. Pero luego tildó la versión de los Bishop de meras opiniones.
Lo hacía con sutileza, eligiendo las palabras para suavizar los hechos y llevarlos hasta
su fin. Su rostro, vuelto hacia el círculo de caras, revelaba la pena por lo que se veía
obligado a decir.
Killeen no estaba del todo seguro de la sinceridad de aquella expresión. Ya sabía que
Fornax esperaba ejercer mucho poder en Metrópolis, ya que era el Capitán más antiguo.
A pesar de que un King seguiría gobernando en Metrópolis, el nuevo Capitán había de ser
por fuerza, menos poderoso debido a la inexperiencia. Cuanto más apareciera Fornax
como una personalidad sabia, tanto mayor sería su influencia sobre todas las Familias.
Fornax se sentó y le correspondió a Killeen, siguiendo la tradición, pronunciar las
últimas palabras.
Se sentía solo. Pero no albergaba la menor duda sobre lo que debía hacer. Contra la
elocuencia de Fornax no cabía ninguna defensa prolija. Las Familias allí reunidas le
miraban con caras expectantes.
—Voy a hablar claro y directo. Ya sabéis lo que sucedió. Pero lo más importante de
todo es el porqué. Nunca llegaréis a comprenderlo a menos que lo sintáis vosotros
mismos. Por esto recurro a la única forma de que podáis sentir y conocer lo que en
realidad sucedió. No hay palabras para explicarlo. Sólo de esta manera lo entenderéis.
Dio un paso hacia atrás, como si allí hubiera alguien más a quien debiera dejar sitio
sobre la losa de piedra gris que representaba la tribuna del orador. Hatchet se había
dirigido a ellos con frecuencia desde aquel lugar, que ya estaba muy erosionado.
Sé que estás escuchando. Killeen pensó cada palabra por separado. Has de tenerlo
grabado. Tráelo aquí. Esta es la mejor manera de resolverlo.
Algo brilló en el lugar destinado al orador. Un remolino azotó el aire.
Y, de pronto, Killeen se encontró allí de nuevo.
El complejo de los mecs. La extensa llanura sombreada en donde se apreciaba un
salpicado de distorsiones.
Con una horrorosa y pesada ambientación, los sucesos se desarrollaron de nuevo. La
cosa-Fanny, arrastrando los pies, se aproximaba a una figura en la que poco a poco
Killeen se reconoció.
Hatchet dio unos pasos hacia delante, primero se quitó los arneses y luego los
pantalones. Los dejó caer. Atrajo hacia sí aquel ser escamoso.
Ella se abrazó a él con una mano roma, terminada en capullos.
Con una rápida y suave sacudida, él penetró entre los muslos separados.
Ambos se movían. Un sonido de succión llegaba desde la pareja.
Y el frágil mundo del aparato sensorial se hizo pedazos. Los disparos de Killeen
detonaron como unas secas palmadas que se reflejaban en las paredes recubiertas de
hielo, para ir a impactar en las imágenes de los cuerpos que se desplomaban en el
enloquecido aire gélido.
Y después, Killeen volvió a estar allí.
Dejó que se regularizara su respiración y observó las aturdidas expresiones de los que
estaban en el foro. No había hecho el menor intento de usar el aparato sensorial para
ponerse en contacto con el Mantis desde que el grupo de la expedición lo había dejado
tras las colinas cercanas.
Pero, no obstante, había sabido cómo debía actuar. Vio la larga jornada que le
esperaba y previo todo lo que iba a pasar, aunque a cada paso que daba sus pies
exploraban el terreno como si se enfrentaran a algo nuevo.
No dijo nada cuando un Fornax conmovido se puso en pie. Transcurrieron unos
instantes que le parecieron eternos mientras la gente se recuperaba. Hablaban muy poco,
pero las palabras goteaban sobre Killeen como una suave lluvia tibia. Contestaba a las
preguntas con pocas palabras pero convincentes. Las voces se fueron acallando.
Fornax formulaba las preguntas. Killeen se sentó.
No podía votarse a sí mismo y no levantó la vista para ver el clásico alzamiento de
manos. Podrían haber votado más fácilmente mediante el sistema sensorial común, pero
éste todavía hervía y levantaba ecos a causa de la presencia que había pasado por él
como un viento helado.
Fornax contó y sonrió. Su cara era una máscara grave cuando recitó la fórmula:
—Por un factor de tres, las Familias aquí reunidas absuelven al que ha sido sometido a
juicio, y yo doy validez legal a este veredicto. Doy la bienvenida a la colectividad al que
hasta ahora había sido separado de ella como un paria. Saludo al descastado en su
calidad de miembro renacido de la Familia de las Familias. ¡Alegraos!
El abrazo ritual de Fornax resultó rígido y poco amistoso. El contacto reveló a Killeen
más cosas sobre aquel hombre de las que hubiera obtenido mediante una larga
conversación. Mientras daba unos pasos atrás, en absoluto silencio, sonó la voz del
Mantis.
Un buen final. Pero ya que me habéis llamado porque me necesitabais, dejadme
hablar.
La voz del Mantis penetraba clara y fluida en su aparato sensorial.
Os ofrezco mi protección frente a los golpes que desde tanto tiempo estáis recibiendo.
Os expreso mi condolencia por vuestros sufrimientos. (Ininteligible.) Debo conservaros
aquí y evitar que seáis atacados de nuevo. Sabed esto como un tributo a la esencia de lo
que sois.
Killeen asintió. Sabía que aquello debía llegar. Era un paso más.
Las Familias reaccionaron. El miedo y la esperanza incidían sobre ellos en igual grado
y la lucha se evidenciaba en sus facciones.
Vuestros usos y costumbres serán conservados y enaltecidos por medio del arte. Sois
algo valioso. Vuestras rápidas e interesantes vidas son, por sí mismas, vuestras mejores
obras. Dadme todo esto y conservaré lo mejor de todos vosotros ahora y para siempre.
Una brisa febril corrió por entre ellos.
El Mantis hizo una pausa.
Killeen se levantó y se dirigió al foro con voz potente:
—Algunos querrán vivir en un sitio así. Hay una palabra muy antigua que lo define:
Zoo. Pero habrá otros que rehusarán.
El Mantis contestó:
Sin mis habilidades, los Merodeadores os cogerán. No soy más que un elemento
dentro de un complejo que está más allá de vuestra imaginación. No puedo detener a los
Merodeadores porque ellos proceden de una lógica más alta. Hay fuerzas que se alinean
contra vosotros.
—No todo está contra nosotros —observó Killeen con sequedad—. La mente
magnética te obligó a decir la verdad sobre esto.
Una vez más, la voz del Mantis llegó fría y segura. Killeen comprendió, al ver la
expresión paralizada de los miembros de las Familias, que también ellos la oían.
Es verdad. No puedo ocultar lo que me ha sido impuesto por la fuerza. Las inteligencias
orgánicas se encuentran en alguna parte de la zona del Comilón (tal como lo llamáis
vosotros) y se están tomando medidas para que no se unan entre ellas. Vosotros sois uno
de estos elementos. A pesar de que ahora ha disminuido, vuestro potencial es nocivo. En
consecuencia, los vectores se ¡ntersectan y os dejan una herencia de inacabables y
violentos ataques por parte de los Merodeadores. (Ininteligible.) Solamente podréis
sobrevivir si os amparáis bajo mi protección.
Estas palabras llegaban con la misma solidez y sobrecogedora materialidad que si
hubieran sido grabadas sobre granito.
Aquella sencilla depresión ampliada pareció encogerse de súbito hasta convertirse en
un pequeño reducto donde el Mantis lanzaba su voz para rodear a la tribu humana y
evidenciar su precaria posición.
La gente se agitaba con expresiones de asombro y de miedo que aparecían con
intermitencias como si fueran relámpagos de verano. Todos ellos sabían gracias a sus
aparatos sensoriales que aquella inteligencia era enorme, compleja y tremendamente
serena. De ella surgían unas vibra-ciones de grandes propósitos, una impresión de
solidaridad y de completa e imperturbable hones-tidad.
Killeen esperó un largo rato a que aquel efecto se disipara entre las Familias.
Recordaba las antiguas palabras de su padre, cuando todavía estaban en la Ciudadela:
Lo más importante acerca de los alienígenas es que son alienígenas.
El Mantis podía ser honesto y podía no serlo. En cualquier caso, aquel discurso tenía
una proyección humana. Debía recordarlo. No podía ignorar el hecho de que conocía a
aquella máquina. Y que ella les comprendía por completo.
Ahora os pido que os pongáis de acuerdo para aceptar mi protección contra estos
malos vientos que os van a seguir azotando. Aceptadlo y entraré a formar parte de una
sociedad con vuestras Familias. Tal vez pueda rescatar a otros humanos que todavía
estén perdidos por las llanuras de este planeta, aunque os digo por anticipado que habrá
muy pocos. Aceptad ahora y ya podremos empezar.
Killeen esperó otra vez a que se dispersara el efecto de aquellos pensamientos
forzados. Luego alzó el puño.
Las Familias le vieron allí; todavía ocupaba el sitio de los oradores. Se mantenía de pie
y en silencio, miraba fijamente hacia adelante, esperando a que la tensión y el enfoque
que él mismo sentía se extendiera a través de su aparato sensorial hasta ellos. Algunas
observaciones dispersas se fueron amortiguando. El foro se quedó en silencio. Se oían
las suaves brisas de Nieveclara batiendo contra las colinas. La humanidad le observaba.
Ahora debía hablar de sus propias visiones. Tenía que lograr que a ellos les parecieran
reales.
—Si seguimos el camino que nos señala el Mantis, será como afirmar que ya no nos
queda un destino propio para nosotros y para nuestros hijos, o para la inacabable legión
que nos sucederá. Podéis aceptar el refugio del Mantis, cierto. Podéis ocultaros de los
Merodeadores. Tener vuestras cosechas. Tener hijos e hijas y verles crecer, es verdad.
Esto sería algo humano y bueno. Pero por este camino, siempre estaríais en peligro,
amontonados, y al final llegaría la muerte de nuestra propia esencia.
Killeen paseó rápidamente la mirada por entre las filas de ojos expectantes, y pareció
como si se fuera apoderando de cada uno de ellos, uno tras otro, durante unos breves
momentos.
—Tenemos otra solución. Un camino mucho más largo. Un camino que confía, tal
como todos vosotros habéis hecho hoy al votar en el Testimonio, en el perenne valor de la
dignidad humana.
En las miradas alarmadas pero excitadas que celebraron sus palabras, por primera vez
en sus años adultos, vio en las Familias la aceptación embelesada de nuevas
posibilidades.
13
Esperaba que el Mantis contestaría con un ataque fríamente razonado. O con alguna
extraña tempestad mental. Tal vez con un asalto sobre el propio Killeen.
Lo que no había previsto era aquel profundo silencio.
Las Familias se sentían atemorizadas al abandonar el foro. Nadie sabía qué
representaba el silencio del Mantis.
Killeen sentía una agradable sensación de alivio cuando regresaba del Testimonio.
Toby charlaba a su lado, con los ojos bailando de gozo a causa de sus brillantes
visiones. Killeen había despertado aquellos pensamientos en las Familias, pero la
actividad le había dejado agotado.
Mientras hablaba, por primera vez había sabido lo que significaba lanzar al aire
inclemente su propia personalidad, proyectándola a través de la tela de araña del aparato
sensorial para hacerla salir por fin con resonantes tonos de voz pura. Las palabras eran
algo informe, cosas ciegas que servían para explicar cómo él mismo veía el mundo.
Luchaba con ellas como si fueran herramientas desconocidas, logrando que sus vacuos
significados introdujeran la dureza de los hechos en las mentes de los demás. Las
palabras no sólo significaban cosas, también conseguían que la mente se sintiera y se
esforzara, y obligaban a la sangre a latir con mayor fuerza.
Les había expuesto someramente cuál era su camino, la leyenda del Argo. Desde las
Familias había llegado hasta él una canción como respuesta, un mutuo asentimiento lleno
de preguntas, dudas y negativas que se agitaban como manchas sobre un océano
oscuro. No todos estaban de acuerdo. Pero por lo menos, una gran parte de ellos tenía la
decisión y espíritu suficientes para seguirle hasta donde le llevaran sus ideas, para echar
a andar con pasos rítmicos sobre la arena incierta.
Algunos lo tenían. Algunos habían oído la llamada.
Jamás hubiera creído que aquello pudiera resultar tan agotador. Sentía un gran respeto
por el esfuerzo que exigía ser Capitán. Tenía la boca seca y las piernas le dolían como si
hubiera andado durante horas.
Entonces notó la fuerte presión de la mente del Mantis que entraba una vez más en su
sistema sensorial.
A pesar de las limitaciones de tu filia, eres capaz de sorprenderme.
—Te doy amablemente las gracias, y jódete —soltó Killeen.
Los que andaban cerca de allí, también habían oído al Mantis. Todos se habían
detenido, con las cabezas inclinadas hacia el suelo. El Mantis parecía llenar todo el aire
con su presencia.
A pesar de mis grandes aptitudes, tu invitación es esencialmente imposible.
—Es una forma de hablar, y no una proposición.
Ya veo. He indagado en las recopilaciones históricas de nuestras ciudades, a todo lo
ancho de Nieveclara. Entre los revueltos archivos de las tradiciones humanas, que son
(debo admitirlo) completamente indescifrables, hay difusas noticias de una nave llamada
Argo. La debieron de construir para llegar hasta vuestros Candeleros. Al parecer, cuando
empezamos a extendernos sobre Nieveclara para introducir los cambios necesarios en el
clima, vuestros antepasados decidieron almacenar la tecnología humana, que estaba
desapareciendo rápidamente.
—¿Comprendes mi oferta?
Querrás decir tu amenaza. Sí. (Ininteligible.) Pero es evidente que si intentáis llegar
hasta el Argo por vuestros propios medios, me resultará muy fácil impedirlo. Puedo
conseguir que los Merodeadores os bloqueen el paso.
Killeen sonrió con desprecio.
—Sin duda. Te será muy fácil detenernos, para ello sólo has de matarnos.
Que es precisamente algo que quiero evitar, desde luego. Había planeado terminar mis
obras de arte en el plazo de una generación humana. Ahora veo que no lo voy a
conseguir. Sois mucho más complejos y extraños de lo que había sospechado.
—Siempre habrá quien se quede en el zoo. Puedes utilizarlos a ellos —intervino Shibo.
Pero, ¿representarán éstos la gama completa de vuestras extrañas persona-lidades?
No puedo estar seguro de eso.
—Ya lo irás descubriendo. Deja que algunos de nosotros nos marchemos.
Una presión profunda corrió por todo el sistema sensorial. Representaba una reacción
alienígena que Killeen no podía traducir a términos humanos.
Voy a hacer algo más que eso. He decidido que voy a ayudaros.
Killeen no intervino en las exclamaciones de entusiasmo de los Rook y los Bishop que
estaban cerca. Cauteloso, se preguntaba cuáles serían las verdaderas intenciones del
Mantis y sus motivos.
—¿Está presente el Mantis ahora? —preguntó Shibo.
—Lo percibo.
Killeen se frotó la cara. Tenía un dolor de cabeza que le recorría la frente como una
lengua de fuego. Pidió a Shibo que le oprimiera determinados puntos situados detrás de
las orejas, en la base del cráneo. Era un antiguo sistema de los Bishop para mitigar
aquellos dolores, y pronto le alivió el malestar. Sus sentidos hervían e indagaban, estaban
despertando. Le pareció que las manos de Shibo estaban al rojo vivo.
—Si nos quedamos aquí, todo seguirá como ahora —dijo él mientras el calor de los
dedos de Shibo se iba extendiendo por toda su piel—. El Mantis estaría siempre detrás de
todo.
—¿Vigilando?
—Ojalá fuera sólo eso. Estoy convencido de que no hay modo de impedirlo.
—¿Nos percibe?
—Podríamos librarnos de él si cerráramos nuestros sentidos. Pero nos quedaríamos
ciegos.
—No deseo hacerlo.
—Yo tampoco. Yo… voy a intentar…
Con cuidado enfocó su atención sobre los puntos donde la débil presencia zumbadora
penetraba en él. La empujó hacia el exterior. Con suavidad, sin brusquedades. Luego con
mayor fuerza. El ligero mosconeo se desvaneció.
—Creo que se marchará si lo deseamos.
Ella estuvo de acuerdo.
—Yo también lo creo así.
—Pero todavía anda por aquí.
—Sin su ayuda, no habría podido escapar de la tempestad de los Aspectos. Me habría
quedado en trance, como aquella mujer que Hatchet utilizaba como traductora. Sus
aspectos debieron de asustarse mucho durante alguna expedición.
—¿El Especialista no pudo curarla?
—Eso creo. El Mantis me proporcionó exactamente la ayuda que necesitaba. Por lo
menos, de algo nos sirve.
—Pero a pesar de todo, no me gusta.
Killeen comprendía qué quería decir Shibo. La vida bajo aquella benigna sombrilla
siempre estaría bajo la vigilancia de unos ojos lejanos.
Lentamente, ella apartó la mirada de las estrellas que brillaban a través de la ventana.
Le miró a él de reojo, especulativamente. Una débil sonrisa de entendimiento iluminó los
suaves planos de su cara.
—El bloqueo de impulsos que tenía. Han desaparecido las modificaciones del instinto
sexual.
Ella no dijo nada, sólo sonrió.
La besó en el cuello, en la cara, en la boca. Los besos sabían a aire y a suciedad, pero
con un aroma más fuerte, más profundo y húmedo. El cayó de rodillas sobre el basto y
sucio suelo. Buscó con los dientes el resorte para hacer caer el dispositivo saltador de
ella. El tejido era áspero y su barba hizo ruido al rozar con él. La tela quedó libre y se
deslizó con facilidad. Ella enlazó las piernas tras la espalda de Killeen. En la pequeña
habitación entraba el frío del atardecer, no había ninguna cama. Rodaron dos veces sobre
la olorosa e incómoda suciedad. Su saliva llegó a humedecer la tela antes de que pudiera
desembarazarla de ella por completo usando solamente la boca. No quería soltar su
abrazo, ni ella el suyo. Volvieron a rodar por el suelo, esta vez quedaron contra la pared,
apoyando los dedos de los pies y haciendo chocar las rodillas.
Ella se retorció para apartarse. Unos chasquidos de corchetes y quedó liberada del
exoesqueleto.
Entonces él descubrió en la creciente penumbra la cintura de Shibo y sus compactos y
maravillosos pechos. Exploró con la lengua la espalda, las pronunciadas paletillas, la
velluda nuca. Amasándose, frotándose mutuamente consiguieron hacer desaparecer las
capas de sedimentos aportados por los ríos de tensión y de miedo, que se habían
acumulado en ambos. Killeen descubrió con alborozo que muchos años de penurias
salían a la luz y desaparecían. Los dientes de ella le extraían un delicioso olor de los
labios. Los pelos erizados de la mejilla de Killeen se enredaban en el cabello de la mujer.
Un viento sopló desde los grandes conductos de la nariz de Shibo. Capas y más capas se
fueron desprendiendo y Killeen percibió en lo más hondo de su ser uno de los Aspectos,
una mujer que se deslizaba a lo largo de sus brazos hasta llegar a los dedos. Con
Verónica o Jocelyn nunca lo había experimentado así. Un dulce peso femenino llegó
hasta su tacto. Profundizando más en las capas. Un acceso. Unos empujones lentos. Se
agitaban en silencio capeando juntos unos temblores. Las piernas de ella le aprisionaron.
Un calor de cuna reventó en su boca. Agarrar, soltar, volverse y otra vez. Un empujón de
las caderas puso en contacto hueso con hueso. Los vientres se abrían y un hombro bajó
hasta el nivel de un corazón impaciente. La mujer que había en él percibió que el pulso se
le aceleraba, se normalizaba y volvía a acelerar. Una silenciada audiencia parecía esperar
cada uno de los movimientos: era una parte de él junto con una de ella que se ramificaban
hacia arriba en acordes más agudos. Un ajuste cómodo. Los pasajes se ensanchaban
cuando los músculos tartamudeaban. Killeen se apretó y se elevó a sí mismo para percibir
cómo ella se alzaba en espiral. El calor levantó el cabello de ella.
Torsiones y dolores dejaron paso libre a unos movimientos largos y seguros, y en aquel
preciso instante comprendió el significado del grotesco modelo que había visto en el
complejo mec. La torturada estatua reflejaba su necesidad de todo aquello, pero a pesar
de todo, con su inacabable potencia de penetración y de apertura de fisuras sólo
conseguía que todo aquel conjunto fuera falto de sentido. El Mantis nunca llegaría a
conocerles. En las cosas más esenciales había una impresión que iba mucho más allá de
la cópula computerizada. La vida orgánica estaba llena de un espíritu profundamente
enterrado. Procedía de los orígenes, de la misma manera que se hizo el universo, y
generaba por sí mismo la vida de cada ser mortal, y se le encontraba latiendo en
cualquier instante fugaz. El Mantis no había podido proporcionar momentos como
aquéllos a las suspensas mentes de los muertos definitivos, porque eran imposibles de
reproducir. Killeen llegó al conocimiento de este hecho de un modo definitivo y exacto en
el breve lapso de un segundo. Shibo también lo había notado, y le dio un empujón que
introdujo en él unos húmedos efluvios. Ella le aflojó un nudo de la muñeca para que se
abriera hasta el codo, zumbó al atravesar su hombro, y despertó una oquedad que tenía
detrás de la oreja derecha. Le besó, hundiendo los dientes en las blandas encías. Las
lenguas se deslizaban apretándose una sobre la otra, buscando la lisa parte inferior. Con
el corazón ardiendo, Shibo le mordisqueó más arriba. Algo había abierto el cerrojo de él y
percibió la secreta fuente del poder que había tenido aquel mismo día en el foro, el
empuje de sus propias palabras. La vida se regeneraba. El era tal como fue su padre, y
como sería Toby: la lengua dentro de la oreja era como un húmedo roce de la brisa
marina. Su padre estaba vivo. Correspondió a la caricia de la mujer, y los dientes de
Shibo trazaron líneas rojizas más abajo de su garganta. Un rosario se formó a partir de un
lento principio de delirio. Una violencia centrípeta se apoderó de ambos y golpeó con
fuerza a Killeen.
EPÍLOGO – ARGO
1
El Argo estaba enterrado bajo una abrupta montaña que parecía completamente
natural. Las puertas de acceso se hallaban en un profundo barranco que alguien había
rellenado a medias con grava. Killeen había sido el primero en entrar porque el portal
estaba programado para aceptar sólo una auténtica huella palmar humana. Disponía,
además, de recursos para examinar el código genético y detectar unas configuraciones
clave que demostraran que quien quería entrar descendía de los humanos pioneros de
Nieveclara.
Los mecs habían deducido todo esto, pero no habían ido más allá. Ninguna simulación
mec hubiera conseguido pasar. Para él resultó muy fácil, ninguna alarma ni mecanismo
de seguridad se disparó. Los portales daban acceso, por medio de túneles, a un gran
recinto excavado bajo la montaña.
Después, Killeen se dedicó a contemplar desde el borde de la excavación que se
expandía con regularidad, una corriente de agua ancha y profunda y la llanura que se
extendía detrás de ella y que ascendía hasta las montañas azules. En las montañas había
unas cumbres nevadas, y el agua que descendía de ellas resultaba dolorosamente fría.
Aquel lugar estaba situado a medio camino de la ruta de circunvalación de Nieveclara
desde el puntito que era la Metrópolis de los hombres, y desde allí se podía comprobar el
alcance del clima de los mecs. Tenía que llevar una chaqueta y unas perneras de tejido
doble para que no le dolieran los pies. Él y Toby se pasaban horas enteras en la parte
baja del río, escuchando el sonido de éste sobre las gravas y pedruscos que, lisos y
negros como la noche, yacían en los cauces de los canales. Toby recogía unas finas
placas de hielo de las orillas y las hacía rebotar como si fueran piedras sobre la anchura
de aquel agua rápida; luego soltaba alaridos a causa del penetrante frío que le traspasaba
la mano.
A los mecs les gustaba el frío. Verdaderas legiones de ellos estaban al lado de la
corriente de agua y ascendían por las laderas de la montaña. Levantaban tanto polvo que
ensuciaban el gélido aire. El gran recinto en forma de concha, que ya estaba a la vista,
tenía las marcas de la oxidación sufrida por el paso de los años, y la lenta sedimentación
de la misma había llenado de polvo la nave. Killeen y Toby habían visto que los mecs
cortaban con todo cuidado la suciedad que había en el andamio para luego rascar la que
recubría la intensa blancura del Argo. Unas largas columnas de mecs marchaban en
formación desplegada para cribar de forma sistemática las piedras y el suelo en busca de
algún posible rastro de quienquiera que hubiera abandonado la nave. Trataban aquel
lugar como si fuera un yacimiento arqueológico de una cultura muerta desde hacía largo
tiempo.
El Argo estaba enterrado en una zona rica en metales, de forma que los detectores
sencillos no podían distinguir el casco de las capas que lo recubrían. Los que habían
guardado la nave tenían la intención de que permaneciera allí mucho tiempo, y habían
tomado sus precauciones contra los seísmos y las filtraciones. Los mecs habían
efectuado varias veces prospecciones en aquella zona en busca de minerales pero nunca
habían encontrado la nave.
Las escuadras de mecs levantaron mucho polvo, que fue a caer sobre el Argo, y
durante los dos primeros días aquello fue lo único que tocó el ancho casco del color de los
huesos blanqueados. La nave era como dos manos con las palmas en forma de copa y
unidas sin costuras, pero a proa y a popa había unas cubiertas translúcidas que protegían
unos salientes muy complejos. Los mecs parecían saber qué eran aquellas cosas y las
trataron con mucho cuidado al retirar las cubiertas.
Llegado a este punto, el Mantis cesó en la dirección del ejército de mecs y regresó al
pequeño campamento de los humanos. Necesitaba dos personas que pudieran franquear
las esclusas de la nave. De nuevo, sólo una mano humana obtendría el resultado
adecuado. Killeen estaba seguro de que el Mantis había probado sin éxito muchos
sistemas de apertura para liberar los mecanismos y que al menos de momento estaba
intrigado. Pensaba que el Mantis estaría sorprendido de que en un tiempo los humanos
hubieran inventado un cierre que un mec no pudiera abrir con toda facilidad, pero cuando
expresó sus impresiones en voz alta al pasar junto al Mantis, éste replicó:
No. Ha transcurrido mucho tiempo desde que algunos de mis elementos vieron una
obra como ésta hecha por los de tu especie. Los primeros de tu filia que llegaron al Centro
no eran lo bastante hábiles. (Ininteligible.) Pero pronto aprendieron algunas de nuestras
artes. Creo que tú mismo, personalmente, encontraste una de sus reproducciones de una
gran obra de vuestro pasado remoto.
—¿Qué dices? Yo no…
Entonces yo os estaba siguiendo la pista. Tuvisteis un mal encuentro con un
Merodeador de la clase 11. Fui incapaz de disuadirle de que os atacara (como ya os he
explicado varias veces, me veo obligado a actuar dentro de los cánones de mi sociedad).
Os refugiasteis en una obra de arte que habíamos conservado desde su muy lejana
construcción, cuando algunos de vuestra filia crearon lo que llamaron Taj Mahal. Estaba
marcado con los emblemas del caudillo de aquella partida, un grupo que ahora se halla
por alguna parte del Centro.
Killeen recordó haber contemplado aquel monumento durante mucho rato y con toda
atención para grabarlo en su memoria. Recordó aquellas imágenes, las artísticas curvas y
el solemne resplandor blanco de la cantería. Vio el cuadrado negro con las marcas NW.
Entonces comprendió que aquello representaba a algún antepasado que había diseñado
y construido de la misma manera que lo hacían los mecs.
—¿Fueron los ingenieros del Argo?
No. Llegaron mucho antes de los Candeleros y fueron los primeros humanos en
instalarse aquí, en el Centro. Luego llegaron otros humanos. El Argo, a juzgar por lo que
hemos podido recoger en estos alrededores, fue obra de los constructores de las primeras
Ciudadelas. Previeron que llegaría un tiempo en que vuestra filia necesitaría escapar.
Habían sido testigos de nuestras obras para imponernos en otras partes del Centro y
sabían que con el tiempo llegaríamos a ocupar y acondicionar Nieveclara (como vosotros
la llamáis) para unos designios más altos.
—¿La muerte de Nieveclara es un «designio más alto»?
Has de comprender que mi interés por vosotros no me lleva a creer que vuestro destino
sea comparable con el nuestro. Tú también lo comprenderás en cuanto aprendas más.
Killeen sonrió sin ganas y no dijo nada.
Estaba aprendiendo a comprender parte de los complejos estados entretejidos que
poseía el Mantis. Era un error, ya lo sabía, creer que detrás de las palabras del Mantis se
escondiera algo comparable a las emociones. Lo más importante acerca de los
alienígenas es que son alienígenas, había dicho su padre, y él no lo olvidaba. Pero, sin
embargo, le podría ser de utilidad saber percibir en qué estado se encontraba el Mantis.
El mec había sido una débil presencia en el umbral de su sistema sensorial cuando
Killeen entró por primera vez en el Argo. Cermo el Lento y un Rook habían sido los
primeros en entrar, y no encontraron nada comprensible para ellos. Por entonces, los
mecs enanos ya se arrastraban sin cesar por dentro del Argo tratando de comprender la
nave.
Procedente del Mantis, Killeen obtuvo unas variaciones cromáticas que al parecer
correspondían a la expectación, excitación e interés. Él y Shibo rondaban por unos
pasillos ovales débilmente iluminados por luces rojas que se iban encendiendo a su paso.
El Mantis consiguió identificar algunas secciones modulares mediante antiguas
grabaciones de los mecs. Algunas piezas del Argo procedían de la técnica mec, pero
habían sido modificadas de acuerdo con las necesidades de los humanos. Otras habían
sido construidas utilizando antiguos diseños humanos, que tal vez reflejaban la tecnología
transportada por la humanidad hasta el Centro Galáctico mucho tiempo atrás.
Durante la inspección del Argo, Killeen percibió chispazos de reconocimiento
procedentes de algunos de sus Aspectos más antiguos. La ancestral tecnología humana
sacó a la luz unos cálidos recuerdos desde los pozos más profundos. El hombre seguía
ligado a sus obras.
El Mantis comentó:
En efecto. Con frecuencia vuestras obras os sobreviven largamente. Nosotros, los que
siempre vamos hacia delante, no nos sentimos atados por las preocupaciones relativas a
los artefactos. No son más que herramientas perecederas, que pronto se han de convertir
en basura. Ésta es otra de las muchas fascinantes características que nos diferencian.
Cuando el Mantis hablaba a través del Aspecto de Arthur, Killeen debía evitar toda
contestación que superara un distraído asentimiento. El Mantis era una aguda cuña
clavada en Arthur, y podía captar los pensamientos secretos de Killeen. Resultaba muy
difícil engañarle.
Pero contaba con la ayuda de sus otros Aspectos. El Mantis no cooperaba con ellos.
Su feliz parloteo mientras se revelaban los misterios del Argo servía para enmascarar los
más astutos planes de Killeen.
Antes, los acallados gritos de los Aspectos le habían llamado la atención distrayéndole;
pero después descubrió que podía reducirlos a meras sombras de chispazos en la pared
de su mente. Lo había aprendido durante la tempestad de Aspectos. Con gran sorpresa,
descubrió que ya no sufría espantosas pesadillas cuando dormía ni tenía que luchar para
calmar a sus Aspectos y Rostros al despertar. Seguía llevándolos en la parte más alejada
de la mente y aparecían con toda rapidez en cuanto los llamaba. Sólo tenía fugaces
atisbos de cómo le habían atacado durante la tempestad; de aquellas auténticas olas que
habían vertido sobre él un amargo fluido corrosivo de araña; y otros insectos, cuya
imagen debía esforzarse en enterrar.
Pero a pesar de sus intentos, se le aparecían de nuevo adaptando las más extrañas
formas mientras andaba por los oscuros pasillos del Argo. Los mecs enanos se
dispersaban por doquier. Con su energía de insectos inspeccionaban, comprobaban y
componían los mecanismos de la aletargada nave, dormidos durante tanto tiempo.
Parecían olas que lavaran el cadáver de un gran monstruo marino, arrastrado desde las
profundidades marinas hasta quedar anclado en la playa.
Pero el Argo despertó de su letargo. Killeen percibía en las sensibles fronteras de su
propio aparato sensorial una presencia inteligente y juguetona. Los circuitos internos del
Argo revivían.
Unos escuadrones de trabajadores mecs corrían como oscuros ríos alrededor del
guijarro formado por el pequeño campamento humano. Había muchas variedades de
mecs nuevas para los humanos. Formas tubulares, objetos en forma de cubo, conjuntos
indefinibles con herramientas afiladísimas. Por algún motivo desconocido, aquellas
máquinas metódicas sabían cómo evitar a los humanos, y se desviaban de los fuegos y
de las tiendas.
En total, más de un centenar de personas habían efectuado el largo viaje hasta donde
se escondía el Argo. La mayoría, compuesta principalmente por miembros Bishop y Rook,
se había asustado ante el Empolvador que los había transportado y el Especialista que
les había conducido hasta allí desde el campo de aterrizaje. El encuentro con el Mantis
había sido para ellos el primer suceso sobrecogedor, cuando se reunieron con él detrás
de las colinas que circundaban Metrópolis; pero tal vez a causa de esta experiencia
pronto se acostumbraron a ver aquel conjunto de tubos y nódulos.
Con todo, los miembros tan diversos de aquella expedición necesitaban continuamente
alguien que les tranquilizara, cosa que resultaba fastidiosa para Killeen. La gente le
asaltaba sin cesar con preguntas cada vez que regresaba al campamento desde el Argo.
¿Qué era aquel gas que rodeaba la nave, el que te hacía hablar de una manera rara si
inhalabas una pequeña cantidad de él? (Helio, le había informado Arthur. Una protección
contra la oxidación.)
¿Por qué el Mantis estaba cada vez más abultado? (Añadía componentes para poder
dirigir las brigadas de trabajadores, cada vez mayores y más numerosas.)
¿Por qué hacía tanto frío allí? (Estaban más cerca del polo norte. Pero también el frío
llegaría pronto a Metrópolis, a medida que se acelerasen los cambio de clima provocados
por los mecs.)
Los alimentos empezaban a escasear, ¿no podría darse más prisa los mecs? (Para
conseguir que una nave aletargada durante siglos funcionara de nuevo, se necesitaba
tiempo. Y Killeen podía preguntar al Mantis si disponía de algunos mecs libres para que
les trajeran comida. No sería sabrosa, pero les saciaría.)
¿Por qué iba el mec de los humanos con ellos? (Si lo dejaban atrás, lejos de donde
estaban trabajando, algún Merodeador podría atropellarlo. Disponía de información sobre
los antiguos usos y costumbres de lo: humanos del pasado. Y, además, quería ir con
ellos.
Se alegraba de que Fornax y Ledroff hubieran rechazado asistir. Si cualquiera de ellos
hubiera estado allí, aquel proceso hubiera resultado imposible. Los dos hombres habían
escuchado la invitación de Killeen y habían prometido estudiarla a lo largo de la noche.
Pero al reunirse de nuevo a la mañana siguiente, por la seriedad de sus caras comprendió
que se habían batido en retirada. Cuando hablaron los tres, lo dos Capitanes le habían
mirado con nuevo agradecimiento. Hablando con suavidad y sin forzar la situación, Killeen
había intervenido en favor de los que querían hacer el viaje para ver cómo era el Argo
Y de esta manera, al cabo de tres días, había llegado el momento de que la larga
columna saliera de Metrópolis. Todos podrían regresar, desde luego. No tenían la menor
seguridad de que el Argo existiera todavía o de que funcionara. Para guiarse, sólo
disponían de mapa del mec de los huma-nos. Pero un centenar de los más fuertes se
arriesgaron.
Ledroff se había quedado con el resto de los Bishop. Ya había empezado a conspirar
contra Fornax para llegar a convertirse en Capitán de toda Metrópolis. Pero ninguno de
aquellos dos Capitanes era lo bastante fuerte como para impedir la partida de los que
querían ir hasta el Argo, y en consecuencia adoptaron una expresión impasible y les
observaron marchar.
La pérdida de Hatchet, la revelación de lo que había hecho, la repentina presencia
sobrecogedora del Mantis, todo junto, había sacudido a Metrópolis y favorecido las
maniobras de Killeen. Hatchet no había explicado nada de sus tratos con el Especialista ni
de lo que había visto durante sus incursiones. Aquello no casaba con los antiguos rituales
de las Familias que exigían explicar lo sucedido después de una expedición. Hatchet se
había limitado a explicarles las aventuras de sus robos. La gráfica narración ofrecida por
el Mantis de lo que Hatchet había querido hacer con la cosa-Fanny había ensuciado para
siempre la memoria del Capitán.
Killeen había hablado de sus proyectos como de una mera posibilidad, como una
exploración. Pero sabía que cuando se marchara de allí, sería la última vez que viera
Metrópolis. Aun suponiendo que lo del Argo resultara ser sólo una leyenda, no volvería
jamás. Era mejor vagar por Nieveclara, que agonizaba lentamente, que quedarse en la
jaula de Metrópolis.
A pesar de todo, comprendía los sentimientos de los que se habían quedado, que eran
la mayoría. Fornax y Ledroff se convertirían en unos excelentes carceleros. Con la
protección del Mantis, las Familias aumentarían de tamaño.
La humanidad siempre había estado bajo el dominio de los que se quedaban atrás. Se
lo había explicado Arthur. Era una prudente estrategia en favor de la especie, un fuerte
sostén para las arriesgadas apuestas de cada día. Por esta razón, ninguno de los
aventureros se había burlado de los que se quedaban. Sin necesidad de palabras, la
intuición nacida de las duras penalidades se lo había dictado así.
La gente se congregó en una ladera pelada para poder contemplar desde allí el primer
vuelo del Argo.
Se elevó con un gran rugido desde el lugar en que lo habían colocado, cerca de donde
había permanecido enterrado. Manos humanas lo habían puesto en órbita hacía muchos
años. El Argo había sido un sistema de comunicación entre las Ciudadelas y los
Candeleros. La nave tenía mecanismos mec, pero sólo podían manejarse con mandos
humanos. Sus receptores sensoriales respondían a la señal acreditada de los
pensamientos humanos y rechazaban cualquier forma de lenguaje mec.
De esta manera, a pesar de la total ignorancia de los humanos sobre los asuntos
mecánicos, de nuevo podrían hacer volar aquella nave.
Shibo debía ser, sin discusión, la elegida. Su exoesqueleto podía ejecutar los hábiles y
rápidos movimientos necesarios en el piloto. Y utilizando el sistema sensorial de ella, el
Mantis pudo conectar la mente-nave del Argo con el exoesqueleto.
Killeen se sentó detrás de Shibo en cuanto ella logró que los motores empezaran a
funcionar, se aceleraran y volvieran a la velocidad inicial. Llevaba varios días
entrenándose, con la ayuda del Mantis. En cuanto los circuitos y las vías de acceso
quedaron establecidos en su aparato sensorial, las complicadas estructuras
autosensitivas de la nave se encargaron de todo. Podían comunicarse con los
movimientos mecánicos de ella a través del exoesqueleto.
Sus manos volaban con soltura entre los módulos de mando, y el exoesqueleto
zumbaba. Cualquier transmisión de instrucciones efectuada de forma oral habría
resultado demasiado lenta.
A Shibo se le daba bien. El débil riachuelo de la corriente llegaba a Killeen a través de
las fronteras de su propio sistema sensorial. Unos toques ásperos, unos cortantes olores
y unos gustos amargos, todo se mezclaba y desaparecía en un momento. La cara de
Shibo se crispaba por el esfuerzo cuando evolucionaba sobre el panel oblicuo que tenía
delante. A cada movimiento suyo, la nave comprobaba que ella fuera humana, una
medida de seguridad muy antigua.
Sus párpados oscilaban, tenía los labios apretados y pálidos.
—¿Cómo va? —susurró a su lado.
—Lo voy consiguiendo. —Las palabras se escapaban por entre sus apretados dientes.
—Déjalo si notas que…
—Puedo. Puedo conseguirlo.
Parecía estar escuchando unas voces lejanas. Killeen percibía el torbellino de
información canalizada a través de ella como un viento cada vez más acelerado.
La nave gimoteó en tono más alto. Killeen notó una sensación de balanceo.
—Estamos en el aire —notificó ella, con voz tan baja que apenas si se oía.
Le dominó la sensación de andar a la deriva. Era sólo un eco muy débil de lo que ella
debía soportar, pero bastó para transmitirle las entradas de datos de miles de sensores.
Le parecía que él mismo se elevaba, se inclinaba y planeaba.
De pronto tuvo la sensación de que estaba mirando hacia abajo, directamente hacia
abajo. Una ladera excavada se extendía allí, como una fruta mordida.
—¡Pues es verdad!—Débil, el grito de Cermo el Lento llegó desde el suelo—. Vuelan.
—Eres maravillosa —exclamó simplemente.
Estaba sentada frente al cuadro, como una reina, era el primer ser humano que
dominaba aquel extraño artefacto desde la época de los Candeleros. Killeen valoraba la
importancia de aquel hecho, pero sólo experimentaba un sentimiento personal: su
repentino amor por ella. Era una liberación explosiva. Tenía el control de su propia mente
y era capaz de entregarse sin reservas ni impedimentos.
Sin que la llamara, la vocecilla de Arthur, liberada del Mantis, pió:
Ahora ya estás impreso en sus feromonas, unos huecos moleculares que deben
conectarse para que se excite al máximo la atracción macho-hembra. El Mantis deshizo la
modificación que la Familia Bishop había impuesto a todos sus miembros. No vayas a
confundir esto con algo etéreo o intelectual. Si llenas las muescas neurales, es algo que
no guarda la menor relación con el estado social de la dama ni con tu opinión personal
sobre ella. El apareamiento no se efectúa para expresar las más altas funciones que se
llevan dentro, desgraciadamente, sino para contentar al gran fondo genético que nos
rodea. Puedo afirmar que…
Killeen lo desconectó.
Aquella tarde, él y Toby andaban bajo las titilantes luces del cielo, más para
mantenerse calientes gracias a la actividad que para observar los interminables trabajos
de los mecs. Aquellas formas trabajaban sin descanso, hacían la puesta a punto del Argo,
reunían los suministros, y realizaban sus inexplicables investigaciones.
—¿Por qué el Mantis tiene tantos mecs trabajando a sus órdenes? —preguntó Toby.
—Es como… un Capitán de los mecs —acabó Killeen, al darse cuenta de que en
realidad no sabía en absoluto lo que era el Mantis.
—¿Crees que, de verdad, va a dejarnos partir?
—Más le valdrá hacerlo.
—No veo qué le puede obligar —dijo Toby, arrugando la nariz.
Killeen leyó en la cara del muchacho la lucha por comprender algo que confirmara lo
que le había sucedido dentro del complejo mec. Su hijo evolucionaba de día en día,
lanzado hacia adelante por la gravedad de los hechos, hacia la edad adulta. Aquella
confianza alegre había desaparecido y no la recuperaría jamás. En lo sucesivo, se
preocuparía de cada aspecto raro del mundo hasta que lo retuviera, lo comprendiera y lo
hubiera introducido en su esquema de las cosas.
—Hemos tenido que utilizar el último cartucho que nos quedaba —dijo Killeen—. La
vulnerabilidad.
—No lo entiendo.
Killeen le hizo una seña con la mano para que cerrara su sistema sensorial.
—¿Del todo?
—Sí. —Cuando quedaron reducidos a los sentidos convencionales. Killeen continuó—:
Si nos obligara a todos a quedarnos en Metrópolis, ya no seríamos nosotros mismos.
Toby parpadeó.
—¿Qué?
—Una vez aprisionados, ya no seguiríamos siendo verdaderos seres humanos.
—¿Nos volveríamos unos cerdos tragones?
—Eso es. Tan gordos que los mecs se verían obligados a llevarnos de un lado a otro.
—¿Crees que todos los que se han quedado van a ponerse gordos?
—Es posible. Pero no es cosa que haya de preocupar demasiado al Mantis. Si no me
equivoco, el Mantis también nos estará vigilando.
—¿De qué manera?
—Por medio de estos micromecs.
—Ah.
Toby se detuvo, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, y su aliento
humeaba en la quietud del aire.
—¿Pueden oír lo que decimos?
Killeen vio que el Mantis se acercaba a ellos, procedente del Argo.
—Conecta tus sistemas. No quiero que sospeche nada.
Tan pronto como su sistema sensorial estuvo en marcha, advirtió la intrusión de la dura
silueta del Mantis. Continuó como si estuvieran en una conversación normal.
—El caso es, hijo, que hemos perdido algo que…
La risa. Ésta es la señal de vuestro sentido más profundo. Morirá en Metrópolis.
Toby se sobresaltó, con los ojos muy abiertos.
—¡Maldita sea! —gritó Killeen a la oscuridad arrolladora que había a su alrededor—. Ya
te lo tengo dicho: no aparezcas de esta manera. Tenemos unas normas, el derecho a la
intimidad entre nosotros.
Sí… y esto también forma parte de ese «algo» que notas que vais a perder. Esta faceta
está relacionada con vuestros procesos internos. No comprendo por qué ha de ser así.
Está relacionado con vuestros hábitos, de eso estoy seguro. Estáis obligados a dormir
para filtrar vuestra experiencia del mundo, esto es algo característico de las formas más
bajas que luego han evolucionado.
Toby torció el gesto y entornó los ojos. Killeen vio que en vez de estar asustado, el
muchacho ya consideraba al Mantis como algo irritante. Lo comprendía, pero aquello
podía resultar peligroso. Se estaban acostumbrando al Mantis. Lo más importante acerca
de los alienígenas es que son alienígenas.
—Entonces, ¿qué hacéis, eh? ¿No dormís? —preguntó Toby.
Procesamos la información mediante sistemas paralelos. Mientras permanecemos
conscientes. No necesitamos mecanismos de limpieza tales como el sueño o la risa.
—Vais a acabar mal de los nervios —se burló Toby.
—No tienen nervios —puntualizó Killeen.
Toby se encogió de hombros.
—Pues no deben de divertirse mucho.
—Probablemente, no —asintió Killeen.
Toby se rió con socarronería.
—A lo mejor ni siquiera saben lo que significa divertirse, ¿verdad?
No exactamente, no. Tiene algo que ver con vuestro mecanismo para procesar las
horas
—¿Riendo? —preguntó Toby, incrédulo.
Sí. Existen también las acumulaciones de valores de identidad. Debéis mantener
continuamente vuestro autoconocimiento, la imagen interior de vuestra esencia, para que
vuestros subprogramas puedan seguir trabajando correctamente. Nosotros tenemos unos
sistemas similares, desde luego. Los vuestros, sin embargo, al parecer están ligados a la
identidad sexual. Los interrogantes interiores se acumulan. Únicamente por medio de la
reafirmación de vuestra personalidad sexual, por la unión con una persona del sexo
opuesto, podéis resolver y descargar esa acumulación de problemas de identidad. Es muy
curioso que esto sólo ocurra con una parte muy reducida de los candidatos disponibles, a
veces con sólo uno de los candidatos. Por ejemplo, tu padre, en cuanto le libré de un
burdo programa interior, ha formado con Shibo una…
Killeen le interrumpió con voz cortante:
—No sigas hablando a lo loco de cosas que no conoces.
Ya lo comprendo. Sí. Veo tu punto de vista.
Un ataque espasmódico invadió el sistema sensorial de Killeen. Tenía la clara
impresión de que el Mantis, con mucho tacto, intentaba evitar el tema. Killeen se sintió
levemente ultrajado por el hecho de que un mec se entrometiera en cosas tan propias de
la fragilidad humana, y explicara a un muchacho detalles referentes a la vida sexual de su
padre. Dijo:
—Vosotros, los mecs, no tenéis cojones.
No en el sentido a que te refieres.
Toby se rió.
—¿Y eso qué quiere decir?
No voy a discutir ahora las implicaciones de nuestras vidas, porque eres una forma de
vida inferior. No cometas el error de adjudicar a tu filia más valor del que en realidad tiene.
Hemos estudiado a otros seres parecidos a vosotros, en otros sectores del Centro
Galáctico.
—¿Dónde? —preguntó Killeen, interesado de nuevo.
No creas que te va resultar fácil engañarme sobre tus intenciones de encontrar a tu
padre. Comprendo esas primitivas motivaciones.
—¡Maldita sea! Quiero saber dónde están los otros humanos.
Los originales, los constructores del Taj Mahal, no lo sé. Pero el último grupo, del que
tú desciendes, está distribuido en varios lugares. Sin embargo, te lo prohíbo. He ajustado
el Argo. (Ininteligible.) Para que no pueda viajar hacia el Comilón. No toleraremos que
unos seres inferiores interfieran allí. Podéis navegar hacia el exterior. Allí encontraréis
otros humanos. Además, en aquellas regiones hay otras formas.
—¿Estás decidido a no venir con nosotros? —preguntó Toby, y la sospecha le hacía
apretar los labios.
Quiero que los vertebrados soñadores, los que ríen, conserven algo de libertad. Si no
fuera así, no seguirían viviendo en estado salvaje. Como defensor de tales formas, debo
conservarlas tal como son ahora.
—Nos vamos a marchar —contestó Toby.
Estaréis al alcance del Centro. El Argo no puede viajar muy lejos. Puede alcanzar como
máximo unos pocos centenares de las estrellas del Centro. Si yo quisiera más
especímenes como vosotros en estado natural, podría ir a cosechar los que me hicieran
falta. Si os dejara aquí en estado salvaje, sólo sería para ver cómo os extinguíais.
—No me parece que puedas cazar nada —dijo Toby con presunción.
Killeen le lanzó una mirada admonitoria.
No sabes lo que dices. Exijo de vosotros, sin embargo, la promesa de que no iréis a
buscar al que os habló por medio de la criatura magnética.
Killeen miró hacia donde el Argo descansaba bajo un resplandor de lámparas de
trabajo. ¿Qué extraño código de honor podía convencer al Mantis que él iba a cumplir una
promesa hecha a un mec?
—Claro que sí, me comprometo a ello —mintió.
Él y Shibo cogieron provisiones y se fueron río abajo. La corriente salpicaba sobre las
rocas negras y Killeen confiaba que aquel murmullo impidiera que los mecs les
escucharan.
—Buena comida —opinó Killeen—. Nunca había probado nada así.
—Está blanda —asintió ella.
Juntaron con fuerza sus labios con embeleso, y comieron con las manos los primeros
alimentos fabricados por la cocina automática del Argo. La nave convertía las materias
primas en unas maravillas tibias, sabrosas, aromáticas, en capas superpuestas de
húmeda exquisitez. Los sabores evocaban en Killeen antiguos recuerdos de los guisos de
su madre.
—Esta noche nos acostaremos pronto —añadió ella, mirándole con un secreto regocijo.
El se dio cuenta de que ella quería hacer un poco de broma.
—De acuerdo. Mañana por la noche dormiremos entre las estrellas o nos habremos
quedado dormidos para siempre.
—Esta noche yo me pondré encima.
—¿Ya quieres empezar a mandar?
—El suelo tiene muchas piedras.
—Ah. ¿Siempre te has puesto encima con los otros hombres?
—¿Cuáles?
—Alguno habrás tenido.
—Ninguno.
—Me parece que estás mintiendo.
—Es cierto. —Su ligera sonrisa se desbordó.
—Sigue mintiendo. Lo prefiero. Lléname de mentiras. ¿Eran todos de la Familia
Knight?
—Nunca he tenido ninguno encima ni debajo.
—Ya veo. ¿Eran feos, como yo?
—Nunca he tenido ninguno. Yo también era fea.
—Estarnos hechos el uno para el otro. Los feos atraen a los feos. ¿Cuántos han sido?
—¿Cuántos, qué?
—Los Knight que has tenido.
—No ha habido ninguno, y no sé contar.
—Ya veo. ¿Los Knight se quitan las botas antes?
Ella se rió.
—No lo sé.
—Es que he oído decir que los Knight estaban siempre preparados para echar a correr.
—El que está encima se deja las botas puestas.
—¿Por qué?
—Puede tener que huir más aprisa.
Él pareció sorprenderse.
—¿Hasta en el caso de que estén bajo cubierto?
—No puedo saberlo. Siempre he estado sobre la marcha.
—En la marcha, nadie puede estar a cubierto.
—No cubierto por mí, al menos —indicó ella.
—¿Con todos aquellos Knight alrededor? Debías de ser muy rápida corriendo.
—Soy buena corredora.
—Porque no tienes más remedio. —La miró con fijeza e inclinó la cabeza ligeramente
hacia una gran zona muy iluminada por donde el Mantis se desplazaba entre el ejército de
mecs—. Los grandes problemas requieren rápidos reflejos.
—Los pequeños, también.
Killeen observó el Argo.
—Yo veo muchísimos problemas pequeños.
—Has de ser rápido, eso es todo.
—No hay que precipitarse, supongo. Más tarde ya nos ocuparemos de los problemas
pequeños.
—Esto lo sabe todo el mundo.
—Es cierto. Hasta el mec de los humanos.
Ella volvió a asentir.
—Querer estar encima, ser rápido, llevar las botas.
—Ya estás aprendiendo.
—Tengo buen profesor.
—Me parece que antes ya sabías muchas cosas.
Ella le obsequió con una sedosa mirada de soslayo.
—Nunca había visto a nadie que se moviera como tú, no señor.
—Me gusta. Sigue mintiéndome y me seguirá gustando. —Se terminó la comida y
empezó a lamerse los dedos y el plato.
—Lo intentaré.
—Está bien. Esta noche puedes ponerte encima —sonrió él.
—No acaba de convencerme.
—¿Por qué no?
—Tendría que dejarme las botas puestas.
—Me has ganado.
—Eso es lo que quería.
2
En el interminable momento anterior al despegue del Argo, Killeen percibió una tensión
roja y suave.
Se trataba de toda la masa de la humanidad que estaba detrás de él en las cubiertas
inferiores. Sus sistemas sensoriales estaban interconectados como unos resbaladizos
fluidos. Nunca los había percibido de aquella manera. Una tensión alborotada se fue
propagando de unos a otros, pero además sintió una corriente de fondo llena de calma y
decisión.
Los largos años de peregrinaje les habían endurecido. Estaban acostumbrados a
esperar, a pesar de que sabían que sus vidas dependían de la rapidez, sin que este
conocimiento les crispara o les distrajera. Los que no habían aprendido esto, habían caído
a lo largo del rastro de desolación que las Familias habían dejado hasta entonces. Y por
esta razón, el Mantis, que había dado la muerte definitiva a tantos en un momento de
pánico, aquel día no captó en su sistema sensorial una premonición de lo que iba a
suceder.
Todo iba bien. Hizo una señal afirmativa a Shibo.
—Cuando gustes.
—Lo que me gusta es estar encima.
Él se rió. Shibo inició el lanzamiento.
La litera la envolvió. Era una protección supletoria para evitar que los mecs la
controlaran. Las capas laminadas de la litera sólo respondían a los impulsos humanos.
Shibo operaba desde el interior, extendiendo los brazos hacia las superficies inclinadas
que había delante de ella. Movía las manos con una forzosa actividad. Su exoesqueleto
tarareaba y zumbaba como un animal cariñoso.
Notó que la nave se elevaba con suavidad desde el soporte. Unas ráfagas de fuerza
azotaron el aire.
La pared que estaba frente a ellos se desplazó hacia un lado, para mostrarles una vista
panorámica del lugar. Una legión de mecs negros les rodeaba.
El Mantis se había detenido junto a la base de la destrozada y excavada colina. La
miríada de junturas nudosas le daban la apariencia de un edificio a medio construir junto a
la ancha corriente azul.
Shibo se dispuso a despegar. El Argo apuntó hacia arriba, preparándose para un
impulso total. Una vibración retumbante les llegó a través del suelo. Killeen estudió la cara
de Shibo y descubrió decisión, sin indicios de miedo ni de dudas.
Detrás de él, Toby gritó:
—¡Atención, ya! ¡En marcha!
Unos gritos le contestaron por todos los canales del sistema sensorial común. El legado
de sus ancestros se ponía en marcha en aquel momento crítico que se les echaba
encima. Pero a pesar de eso, no descubrió la menor señal de pánico o malestar entre
todos ellos. Constituían un instrumento aguzado por largos años de penalidades que les
conducían hacia la tragedia, y nada podría hacerles variar en aquella ocasión.
—¿Lleváis las botas puestas? —les preguntó Killeen.
Contestaron a esta consigna secreta con unas estridentes y alegres afirmaciones.
El Mantis les transmitió desde abajo:
Deseo que tengáis un buen viaje. Ya tendréis noticias mías y de mis mecs.
—¡De acuerdo! —contestó Killeen.
—¡En marcha! —gritó Toby.
Shibo puso el Argo a la máxima aceleración. Un martilleante bramido explotó. El Argo
se alejó de allí describiendo un arco orientado hacia arriba. Un súbito aumento de peso
les comprimió sobre las literas.
La nave salió lanzada hacia el expectante cielo.
Y luego falló. Los motores se detuvieron. La nave siguió volando, silbando, sin peso.
Empezaron a caer. La pared se volvió transparente en cuanto se apagaron los motores
impulsores. Lejos, muy abajo, quedó el círculo negro formado por los mecs.
Killeen notó un súbito vacío, una sensación que jamás había conocido. La caída
parecía ser infinitamente lenta. Todos sus sentidos soltaban chillidos de pánico agudo.
El Argo picó de proa hacia las desnudas rocas. La llanura se les acercaba a toda
velocidad.
Killeen se mordió los labios para sofocar un grito. Era consciente de que no podía
transmitir su miedo a través del sistema sensorial común, pero el pánico amenazaba con
sobrecogerle. Vio que Shibo interrumpía sus febriles movimientos para juzgar, valorar y
escuchar con atención lo que le decían las pequeñas mentes arcaicas de la nave.
El Argo viró. Ninguna fuerza de elevación frenó su caída, pero variaron la dirección de
ésta. Apuntaban hacia la corriente de color azul oscuro que serpenteaba como un
alambre a través de la erosionada piedra.
—Ahora.
El aviso de Shibo les llegó en el mismo instante en que una mano brutal les golpeó con
fuerza.
Killeen vio la corriente de agua que estaba debajo de ellos y el resplandor que
reflejaba. El escape de la nave jugaba con el agua, generando olas. El Argo se volvió
hacia la orilla.
El Mantis vio que se le acercaba y sólo dispuso de un instante para actuar. Levantó la
torreta de un arma y…
Y voló en pedazos cuando los chorros del escape dieron de lleno en su estructura
relativamente frágil.
Viguetas, varillas y dispositivos cromados y pulidos; todos los componentes quedaron
arrancados, disueltos y se diseminaron como si fueran una basura cualquiera sobre las
requemadas piedras.
El Argo se quedó suspendido en el aire durante unos momentos eternos. Los gases
ardientes actuaron con amorosa y suave dedicación sobre las diseminadas piezas que ya
empezaban a fundirse.
—¡Veremos si te recuperas de esto! —pensó Killeen, y con rabia reprimida soltó
aquellas palabras como proyectiles a través de su sistema sensorial—. Entérate de lo que
es la muerte. Incluso si volvieras, si te hubieras podido salvar para ser regenerado,
entérate ahora…
Saludos y gritos de regocijo le contestaron desde todas las secciones del Argo.
—¡Entérate! Por Fanny. Por lo que le hiciste. Por todos aquellos a quienes diste la
muerte definitiva para obligarles luego a dar vida a tus grotescas obras artísticas.
¡Entérate!
Un fuerte empujón lanzó a Killeen contra la litera.
El Argo se irguió con una tremenda aceleración. Salió lanzado desde la llanura hacia
un cielo vacío, dejando atrás un imponente rastro de humos de escape. Un chorro
amarillo de gases ardientes señalaba, como si fuera una flecha, hacia el círculo perfecto
que todavía formaban los mecs negros. Separados tan drásticamente de su amo y señor,
ninguno de ellos había disparado contra la nave que se elevaba.
Killeen no se resistió a que aquel terrible peso le prensara. Había rezado para que el
Mantis comprendiera tan poco de sus intenciones como entendía él las de aquella
máquina. El uso amistoso que el Mantis había hecho del Aspecto de Arthur le hacía
parecer casi humano. Killeen jamás sabría lo cerca de la verdad que había estado.
¿Podía una mente inteligente tan extensa como aquélla ponerse a su nivel, para imitar la
humana?
Poco importaba. El Mantis había violado la dignidad de los seres vivos y para los
criterios humanos aquello ya era suficiente. Nada más importaba.
Pequeños problemas. Aquél había sido el código para los micromecs que infestaban el
Argo. Corrían como locos por todas las secciones de la nave, la atacaban destruyendo y
quemando.
A medida que iban saliendo de sus escondites, las Familias los iban destrozando.
Los humanos salían en tropel de sus literas.
Botas puestas. Su equipo especial para correr les daba la fuerza y la agilidad
necesarias para circular por el Argo, a pesar de que la nave se hallaba sometida a una
fuerte aceleración.
Los micromecs habían sido pensados para operar bajo una gravedad constante. Por
este motivo, Shibo llevaba el Argo a su máxima potencia de impulso, luego la disminuía
bruscamente, para volverla a aumentar acto seguido.
Las sacudidas así provocadas arrancaban a los micromecs de sus sujeciones sobre los
cables, tubos y circuitos. Los Bishop y los Rook se lanzaron a través de los pasillos que
de pronto se habían iluminado por completo, con los sentidos alerta y dispuestos para la
caza. Disparaban y golpeaban a aquellas pequeñas criaturas mecánicas. Los súbitos
acelerones les lanzaban contra los paneles de la nave, pero seguían sin tomarse el menor
descanso. Cantaban sus canciones de caza. Los micromecs se escabullían, huían y
trataban de esconderse. Las botas les dejaban sumidos en el olvido y las manos los
partían por la mitad.
Los humanos tenían un aliado para dar con sus escondrijos. El mec humano les
perseguía y sabía muy bien cómo operaban aquellos microrrobots. Los machacaba bajo
sus bandas de acero. Toby iba tras él a lo largo de los pasillos del Argo a pesar de las
sacudidas. Disparaba a los micromecs, pero se sentía más satisfecho cuando les
golpeaba con la culata de la pistola de rayos electrónicos, porque podía oír los crujidos del
metal al hundirse y de los circuitos destrozados.
Aquella enfebrecida turba voceaba, gritaba y daba alaridos mientras se diseminaba
como una inundación vengativa por toda la enorme nave. Unos antiguos cantos
sanguinarios brotaban por sus labios. Con júbilo y rabia liberaban sus ecos salvajes e
inclementes en las madrigueras de los artefactos metálicos.
Cuando el Argo ya había adquirido una órbita estable, los micromecs habían sido
machacados y eliminados.
—Los hemos cazado a todos —dijo Toby que tenía los ojos grandes y brillantes—. A
pesar de lo que el Mantis decía sobre ellos, no eran demasiado listos.
Shibo asintió, absorta en su trabajo frente al cuadro de mando. Empezaron a dar
descargas de impulsos a una aceleración constante para seguir una trayectoria que el
Mantis había calculado. Estaba dispuesta a seguir aquel curso para ver hasta dónde les
llevaba. Sólo comprendía al tacto una pequeña parte de los sistemas de la nave, pero
podía confiar en ellos. Una vez eliminado el control del Mantis, ya eran libres.
—¿Tenemos alguna baja? —preguntó Killeen.
Toby se serenó en el acto.
—Jocelyn ha resultado herida en la pierna.
—¿Cómo está?
—Se están ocupando de ella.
Hizo una mueca. Cada pérdida era irreemplazable, irremediable. Ahora que era
responsable de todos ellos, los sucesos le afectaban más profundamente. Se dio cuenta
de que siempre iba a tener dudas después de tomar una decisión. Se preguntaría, tendría
nuevas opiniones, remordimientos. Siempre.
—Creo que hemos dado cuenta de todos —continuó Toby lleno de confianza.
—Tal vez.
—Te digo que sí. Lo hemos logrado. De verdad.
—Si el Mantis había modificado algunos para que se escondieran si las cosas les iban
mal, no los habremos encontrado —dijo suavemente. No quería que Toby perdiera su
optimismo demasiado pronto, porque el muchacho necesitaba una victoria. Pero no
estaba de más que desde aquel momento empezara a enseñarle que era necesario
ponderar todos los aspectos de los mecs si se quería estar a salvo de ellos. El mundo era
así, y el muchacho debía aprenderlo.
—Bien… Tal vez —concedió Toby. Luego se le iluminó la cara—. ¿Quieres que
busquemos un poco más?
—No. Trae algo para comer. Si hay algún mec escondido, tal vez salga dentro de poco.
Ten a alguien de guardia continuamente.
—Comprendido. El mec humano servirá muy bien para esto.
—¿Funciona bien?
—Claro que sí. Pero me gustaría quitarle los ladridos.
—¿No te gustan?
—Bueno, no son tan malos; y además suena de un modo divertido con su voz de
mujer. ¿Había antes, un animal que hiciera ese ruido?
Killeen sonrió.
—Eso me han dicho. Trabajaban para nosotros.
—¿Hacían esto todos los animales?
—Algunos. Mis Aspectos me informan que cada vez había más especies trabajando
para nosotros. O nos los comíamos, que es otra manera de trabajar para los humanos,
supongo.
—¿Nos los comíamos?
—Así es. Fue lo primero que comieron los humanos. Supongo.
Toby frunció el ceño, dubitativo.
—Yo creía que sólo comíamos plantas.
—En Nieveclara no quedan animales lo bastante grandes como para servir de
alimento. Nos lo comeríamos si encontrásemos alguno, probablemente.
—Me parece divertido. Pero no estoy demasiado seguro de que me gustara comer algo
que se estuviera moviendo.
—Primero hay que cocerlo, como hacemos con muchas plantas. Los Aspectos dicen
que hubo un tiempo en que cogíamos a los animales y los metíamos en unas factorías.
Los hacíamos crecer aprisa y no se les dejaba salir ni moverse demasiado, para que
crecieran antes. Luego nos los comíamos.
Toby miró a Killeen con ostentosa incredulidad.
—¿Hacíamos eso?
Killeen iba a abrir la boca para decir algo cuando de pronto recordó las grotescas
escenas del complejo mec.
Las piernas que bombeaban. Hileras de voluminosos brazos musculados. Las arcas de
partes humanas cristalizadas. El Mantis que hacía esculturas. Y, finalmente, la
monstruosa Fanny que arrastraba los pies.
¿Habrían hecho los humanos algo parecido con las formas inferiores? ¿Las habrían
utilizado para fabricar cosas o para divertirse?
Le resultaba difícil creer que los humanos pudieran haber hecho algo semejante a los
animales. Enjaularles y atosigarlos para utilizarlos como máquinas. Como si ellos no
fueran parte de la larga cadena de seres que constituían la vida frente a las máquinas.
Killeen recordaba el ratón gris que le había mirado hacía tanto tiempo. Entre ellos había
pasado un destello de reconocimiento de sus orígenes y destinos comunes. Una cruel
necesidad podría obligar a Killeen a comerse el ratón (aunque no podía imaginarse un
acto semejante), pero jamás le lastimaría o le degradaría. No en la forma que el Mantis se
había comido la esencia de Fanny y la había convertido en algo monstruoso.
No. No estaba dispuesto a creer que alguna vez los humanos hubieran podido hacer
aquello.
No se podía confiar en todo lo que decían los Aspectos. No hacían más que repetir
historias que les habían contado a ellos y que podían no ser del todo ciertas. O también
podían mentir.
—No te preocupes por eso. Mira, vete a buscar algo para comer. Y anda ojo avizor por
los túneles, ¿eh? Podría haber mecs que todavía permanecieran ocultos.
La preocupación de Toby desapareció al instante. Cuando el muchacho se alejó de la
sala de control, Killeen se imaginó a su hijo dejando aparte las preguntas y entregándose
de nuevo a los placeres de la caza. Iría a reunirse con el mec humano y los dos juntos
rondarían por los pasillos en busca de enemigos. A través del complicado sistema de la
nave resonarían unos distantes ladridos de entusiasmo, gritos de alegría, y la cálida
energía de la persecución. Algo en su interior esperaba todo aquello por razones que era
incapaz de precisar.
Nieveclara era una bola parda y accidentada.
Aquello les extrañó mucho, a pesar de que habían luchado y luego huido sobre
innumerables llanuras destruidas de aquel planeta. Entre las Familias siempre se había
conservado la memoria de la antigua Nieveclara, con grandes lagos de un azul reluciente,
con verdes colinas, con húmedos valles entre montañas bañados por la radiación de
Dénix.
El globo que nadaba en el panel visor era una cáscara seca. No era la gran fruta que
los Aspectos recordaban y hablaban de recuperar. Nieveclara era el hueso de aquella
fruta. Y alguien se la había comido. Los mecs habían enterrado los hielos, enfriado las
praderas, eliminado la desbordante vida convirtiéndola en polvo y profanación.
Las instalaciones de los mecs punteaban el sector nocturno de Nieveclara con pálidos
resplandores azules. Unas líneas de trazos se enlazaban y cortaban la noche con sus
luces de colores: ámbar, rubí, amarillo quemado. Ahora era su mundo.
Killeen escuchaba las asustadas exclamaciones de la gente a medida que iba pasando
por delante del gran panel del cuarto de mando. Tardaban un poco en comprender lo que
veían, y las ideas no se les ocurrían con facilidad.
Cuando comprendían lo que había sucedido, siempre había un intervalo de respiración
contenida, de extrañeza ante la magnitud del hecho del que eran testigos y de lo que
representaba. Nieveclara era una ruina condenada. El fabuloso paraíso verde de sus
antepasados se había perdido.
Recordaba cuando Toby era un bebé. Si se le soltaba durante un segundo o
simplemente se le quitaba el punto de apoyo, aquel pequeño ser rosado respondía
rápidamente. Tendía los brazos para aferrarse, cerraba las manos. Hasta sus pies
buscaban donde apoyarse y los dedos de los pies se agarraban.
El Aspecto de Arthur había dicho a Killeen que aquello era una respuesta instintiva. Si
la gravedad sufría alguna alteración, si le faltaba un punto de apoyo, el crío intentaba
cogerse a sus padres y sujetarse. El bebé no sabía lo que le obligaba a hacer aquello.
Simplemente, lo hacía.
Intentaba agarrar algo que no podía analizar.
Shibo había estado unida al sistema de la nave hasta que sus párpados se cerraron, el
exoesqueleto se quejó y las manos se agitaron sin control. Luego se durmió.
Cuando despertó, Nieveclara era una partícula seca apenas visible. Las Familias, a
tuertas o a derechas, habían estabilizado la nave, adivinando cómo funcionaba. Aquélla
era la primera tecnología que veían diseñada para el uso de los humanos. Reflexionando,
resolviendo rompecabezas que no eran más complicados que el pomo de una puerta, se
les abrieron sistemas de razonamiento largo tiempo dormidos, caminos cerrados por la
antigua asociación mental de las máquinas con los mecs y de los mecs con la muerte.
Aquello dio ánimos a Killeen. Si podían dominar la nave, tenían una oportunidad. No
muy buena, tal vez, a juzgar por lo que podía estar acechando en la negrura que los
engullía. Pero era un principio. Y ya se habían enfrentado antes con más de una noche
cruel.
Shibo le explicó los datos que tenía sobre su curso.
—Estamos alejándonos del Centro, esto es todo lo que veo. Aquí fluyen corrientes de
materia. Estamos cogiendo parte de ella. No sé cómo, pero la nave lo sabe. Y así vamos
saliendo.
Por el momento les bastaba con saber que el Mantis no les había mandado hacia algún
destino mortal. Tendrían tiempo de aprender más cosas, y en aquello podía basarse su
futuro.
—No podemos suponer que todas las acciones del Mantis fueran equivocadas —dijo a
Shibo y a Cermo cuando se reunieron frente al visor—. Es posible que nos haya mandado
hacia algún sitio habitable.
—Me alegro de que le hayamos matado —masculló Cermo el Lento con la cara torcida
por el disgusto—. La cosa-Fanny…
Killeen estuvo de acuerdo con él.
—Aquello no conocía la dignidad humana. Es imposible que la conociera.
Cermo ladeó la cabeza.
—Un gran error de su parte.
—Una vez despojados de todo, cuando ya no nos queda nada más, no se nos puede
hacer perder nuestra dignidad —observó Killeen—. Moriríamos por salvarla. Mataríamos
por ella. Hatchet se olvidó y eso fue la causa de su muerte. Todos los miembros de las
Familias lo comprendieron en cuanto descubrieron lo que había hecho Hatchet. Él hubiera
hecho cualquier cosa, habría caído hasta lo más bajo para asegurarse la continuación de
su sueño de Metrópolis.
—Sin duda —asintió Shibo.
Él prosiguió:
—El Mantis cometió un error al permitir que todos vieran lo que Hatchet había hecho.
Yo se lo pedí porque él creía que su acción iba a conmovernos, que nos obligaría a actuar
como él quisiera. Convertir Metrópolis en un zoo. Pero fue al contrario, todavía nos unió
más.
Killeen explicó esto lentamente, con mucho cuidado. Cermo tenía que comprenderlo
bien porque debía comunicárselo a los demás y ponerse a favor de Killeen cuando se
elevaran voces de protesta, a sus espaldas. Killeen sabía que las habría.
Deseaba contar muchas más cosas a Cermo y a Shibo y a los demás, pero aún no
estaba en condiciones, dada la confusión de tantas novedades.
—Lo hemos conseguido —suspiró Shibo—. El Mantis ha desaparecido.
Killeen la obsequió con una triste sonrisa.
—Tal vez; pero lo más probable es que siga con vida.
—Pero lo quemé por completo.
—De alguna manera, el Mantis vive esparcido. Lo hiciste desaparecer tan aprisa que
tal vez no consiguiera desperdigarse y trasladarse a otras partes de Nieveclara. Pero creo
que algo debió de escapar. Así sucedió en otras ocasiones, cuando también creíamos
que lo habíamos matado. Tal vez, nada pueda destruirlo.
—La próxima vez… —amenazó Shibo.
—Confiemos en que no haya una próxima vez —dijo Killeen fervorosamente. Amaba a
Shibo y no quería que tuviera que correr más riesgos como los que acababan de
superar—. Hemos tenido mucha suerte. Una condenada buena suerte.
Al destruir al Mantis, también habían puesto en peligro Metrópolis. Si el Mantis no se
reconstruía muy aprisa, los Merodeadores localizarían y atacarían a los humanos que se
habían quedado allí.
No había manera de evitar aquellos hechos. Era el precio que habían pagado por su
libertad, y tendrían que hacerse a la idea.
Ante la sorpresa de Killeen, Arthur metió baza con su precisa vocecilla que al parecer
no había resultado afectada por la intervención del Mantis.
Las hormonas son unas grandes tejedoras de ilusiones. Fuisteis muy astutos al usar
vuestras respuestas naturales para enmascarar un código. Pequeños problemas, desde
luego. Es muy probable que el Mantis no pudiera descifrarlo para captar lo que queríais
decir. Pero, sin embargo, creo que tal vez habríais podido negociar con él una solución
más segura…
Killeen acalló al Aspecto con un gruñido malhumorado. Shibo le miró alzando una ceja,
como si sospechara de qué se trataba. Él le sonrió.
Cermo el Lento pidió algunas aclaraciones y Killeen le contestó con una parte de su
mente. Estaba agotado, pero no quería descansar. Había tanto para comprender y tan
pocas pistas. Tendría que prestar más atención que nunca a sus Aspectos, pero
manteniéndose siempre en guardia frente a sus incursiones y a su obstinación.
Se preguntó distraídamente si el Mantis había tenido problemas de aquella misma
clase. ¿Qué era una inteligencia de compendio? ¿Acaso Killeen, con sus Aspectos, sus
Rostros y sus propias dudas, no era también un conjunto de mentes? A medida que iba
envejeciendo, algunas partes de él salían a la luz como si fueran un nuevo panorama.
Aquello era lo que le faltaba al Mantis. En muchos aspectos, la civilización de los mecs
quedaba fuera de alcance de la humanidad, pero había una cosa de la que Killeen estaba
seguro. Las máquinas vivían eternamente; en algún sentido, las miríadas de
personalidades se reunían de nuevo para ser reprocesadas en una mente colectiva. El
impulso para hacer esto debía de tener su origen mucho tiempo atrás, causad por la
misma clase de inquietud que afligía a los humanos: la absoluta certeza de que a un nivel
persona todo acabaría.
Por este motivo los mecs habían hecho de la inmortalidad su máxima aspiración. Los
Renegados, que querían conservar toda su mente, eran condenados De alguna manera,
la civilización mec había decidido que sólo valía la pena salvar una parte de cada
conciencia. Y en consecuencia, prometía una especie de vida eterna. Killeen había
prestado atención al lenguaje campanudo de su propio Aspecto Nialdi y sabía que la idea
de una vida garantizada por Dios era un poderoso acicate. Los humanos habían creído lo
mismo, pero los mecs lo habían convertido en realidad. Habían buscado y encontrado la
manera de escapar de la esclavitud de la materia y del tiempo. Su mundo era de perpetua
obediencia a un simple orden, porque la desobediencia significaba el olvido total.
Y en este punto, el Mantis había perdido de vista la esencia del problema. Killeen lo
sabía de un modo que no podía explicar, de la misma manera que no podía racionalizar lo
que sentía cuando rodeaba con el brazo los hombros de su hijo. Pero de todas formas, lo
sabía.
La certeza y universalidad de la muerte no era algo totalmente negativo. Proporcionaba
una riqueza intensa y patética a cada uno de los momentos. Para los hombres mortales,
cada instante sólo ocurría una vez y se iba para siempre y les llegaba certero hasta el
corazón. Era algo que las máquinas nunca experimentarían. Ellas vivían en una especie
de muerte anodina permanente, en la que los sucesos no significaban nada porque todas
las circunstancias era idénticas.
Sólo los vertebrados soñadores sabían que el contenido de la vida era algo más que
eso.
Por esta razón, el Argo había emprendido su viaje hacia el exterior. Se desplazaba por
las oscuras bóvedas que se extendían bajo las brillantes estrellas del gran río del espacio,
tal vez se dirigían a un destino tranquilo, o quizás hacia el negro olvido final. Pero hacia el
exterior. Hacia el exterior.
Iba por un corredor, dispuesto a dar solución a algún problema, cuando Cermo el Lento
y tres miembros Rook le detuvieron para preguntarle algo sobre otra cuestión. No habían
dispuesto del tiempo suficiente para convocar una reunión de las Familias, un Testimonio
para poner en claro todos los sucesos que con tanta rapidez les habían arrollado. Pero en
cuanto llegaron a la solución del problema, Cermo sonrió y dijo:
—A tus órdenes, Capitán.
Los cuatro se fueron con toda naturalidad. Killeen se quedó mirándoles sin
comprender. Aquello era una nave y estaba bajo su control. Pero no había pensado a
fondo en el hecho de que aquélla era la primera vez en muchos siglos que se reunían las
condiciones necesarias para merecer aquel título. Killeen parpadeó y hasta llegó a
pronunciar la palabra en voz alta. Luego, lentamente, asintió.
FIN

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