La senda de la profecía – David Eddings

La senda de la profecía

David Eddings

 

 
Prólogo
Sobre la Historia de la Guerra de los Dioses y los Actos de Belgarath el Hechicero,
adaptado de El Libra de Alorn
Cuando el mundo era nuevo, los siete dioses vivían en armonía y las razas del hombre eran un solo pueblo. Belar, el
mas joven de los dioses, era amado por los alorn. El se instaló entre ellos y los estimó, y los alorn prosperaron bajo
su cuidado. Los demás dioses también reunieron gente en torno a ellos y cada dios estimó a su pueblo.
Pero Aldur, el hermano mayor de Belar, era un dios sin pueblo. Aldur vivió apartado de hombres y dioses hasta el
día en que un niño vagabundo lo buscó y se presentó ante él. Aldur aceptó al niño como discípulo y lo llamó
Belgarath. Belgarath aprendió el secreto de la Voluntad y del Mundo y se convirtió en hechicero. En los años
siguientes, hubo otros que acudieron también en busca del dios solitario. Estos se congregaron en hermandad a los
pies de Aldur para aprender de él y el tiempo no los toco.
Sucedió entonces que Aldur tomó del suelo una piedra con la forma de un globo, no mayor que el corazón de un
niño, y le dio vueltas en su mano hasta que la piedra se convirtió en un espíritu vivo. El poder de la joya viviente,
que los hombres llamaron el Orbe de Aldur, era muy grande, y Aldur obró maravillas con ella.
De todos los dioses, Torak era el mas hermoso y su pueblo eran los angaraks. Estos quemaban sacrificios ante él y lo
llamaban Señor de Señores. Torak encontraba dulces el olor de los sacrificios y las palabras de adoración. Llegó el
día, sin embargo, en que supo de la existencia del Orbe de Aldur y, desde aquel momento, no conoció la paz.
Por ultimo, disimulando sus sentimientos, acudió a ver a Aldur.
—Hermano mío —dijo Torak—, no está bien que te mantengas apartado de nuestra compañía y consejo.
Despréndete de esa joya que ha seducido tu mente y la ha enajenado de nuestra camaradería.
Aldur miró en el interior del alma de su hermano y lo increpó:
—¿Por qué buscas el poder y el dominio, Torak? ¿No te basta con los angaraks? No permitas que tu orgullo te lleve
a desear la posesión del Orbe, o éste acabará contigo.
Grande fue la vergüenza que sintió Torak ante las palabras de Aldur. Alzó el puño, lo golpeó, y, tras apoderarse de
la piedra, huyó.
Los demás dioses le suplicaron que devolviera el Orbe, pero Torak se negó. Entonces, las razas del hombre se
levantaron y se dirigieron contra las huestes de los angaraks y les declararon la guerra. Las guerras de los dioses y de
los hombres se sucedieron con saña por la tierra hasta que, cerca de las alturas de Korim, Torak levantó el Orbe y le
impuso su voluntad y lo obligó a partir la tierra en dos. Las montañas se derrumbaron y el mar penetró en los
terrenos bajos, pero Belar y Aldur unieron sus voluntades y lograron poner límites al mar. No obstante, las razas de
los hombres quedaron separadas unas de otras y lo mismo sucedió a los dioses.
Pero cuando Torak levantó el Orbe viviente y lo descargó contra la tierra, su madre, la piedra despertó y empezó a
arder con una llama sagrada cuyo fuego azul quemó el rostro de Torak. Presa del dolor, el dios desmoronó los
montes; atormentado, abrió grietas en la tierra envuelto en extrema aflicción e hizo penetrar el mar. Las llamas
prendieron en su mano izquierda y la redujeron a cenizas, la carne del lado izquierdo de su rostro se fundió como si
fuera cera y su ojo izquierdo hirvió en su cuenca. Con un gran alarido el dios se lanzó al mar para mitigar sus
quemaduras, pero su tormento no tuvo fin.
Cuando Torak surgió de las aguas, su costado derecho seguía en bastante buen estado, pero la otra mitad de su
cuerpo estaba quemada y terriblemente marcada por el fuego del Orbe. Bajo la carga de su infinito dolor, Torak
condujo a su pueblo hacia el este, donde los angaraks edificaron en las llanuras de Mallorea una gran ciudad a la que
llamaron Cthol Mishrak, Ciudad de la Noche, pues Torak ocultó sus mutilaciones en la oscuridad. Los angaraks
alzaron una torre de hierro para su dios y colocaron el Orbe en una urna de hierro en la cámara más alta de la torre.
Con frecuencia, Torak acudía ante la urna y luego, llorando, se marchaba deprisa para evitar que lo venciera el ansia
de contemplar de nuevo el Orbe, lo cual podía costarle su completa aniquilación.
Los siglos transcurrieron en las tierras de los angaraks, quienes pasaron a denominar a su mutilado dios Kal Torak,
rey y dios a la vez.
Belar había conducido a los alorn hacia el norte. De todos los hombres, éstos eran los más resistentes y aguerridos y
Belar insufló en sus corazones un odio eterno a los angaraks. Con crueles espadas y hachas, los alorn fueron
incursionando hacia el norte, incluso hasta las extensiones de hielos perennes, en busca de un camino que los
condujera a sus enemigos ancestrales.
Así transcurrió el tiempo hasta que Cherek-Hombros de Oso, el rey más grande de los alorn, viajó al valle de Aldur
en busca de Belgarath el Hechicero.
—La ruta al norte está abierta —anunció—. Los augurios y las señales son propicios. Ha llegado el momento de
descubrir el camino a la Ciudad de la Noche y recuperar el Orbe en poder del Tuerto.
Polendra, la esposa de Belgarath, esperaba un hijo, y el Hechicero era reacio a abandonarla; sin embargo, Cherek lo
convenció, y una noche los dos se marcharon para unirse a los hijos de Cherek: Dras-Cuello de Toro, Algar-Pies
Ligeros y Riva-Puño de Hierro.
Un invierno inclemente se abatió sobre las tierras del norte, cuyos paramos relucieron bajo las estrellas con la
escarcha y el hielo de color gris acerado. Para encontrar el camino, Belgarath formuló un encantamiento y adoptó la
forma de gran lobo. Con paso silencioso, se deslizó a través de los bosques alfombrados de nieve donde los árboles
crujían y se astillaban bajo el frío. Una escarcha siniestra plateó los lomos y los cuartos delanteros del lobo e,
incluso más tarde, el cabello y la barba de Belgarath conservaron el tono plateado.
Bajo la nieve y la bruma, el grupo avanzó hasta Mallorea y llegó por fin a Cthol Mishrak. Tras encontrar un camino
secreto de acceso a la ciudad, Belgarath condujo a los demás al pie de la torre de hierro. Ascendieron en silencio los
oxidados peldaños de una escalera que nadie había pisado en veinte siglos. Con gran temor, atravesaron la cámara
en la que Torak yacía sumido en un letargo causado por el dolor y con su rostro oculto bajo una mascara de acero. El
grupo pasó con sigilo ante el dios dormido y avanzó en la oscuridad hasta alcanzar por fin la cámara donde se
hallaba la urna de hierro que guardaba el Orbe viviente.
Con un gesto, Cherek indicó a Belgarath que cogiera el Orbe, pero Belgarath se negó.
—No debo tocarlo — dijo— o me destruirá. En otro tiempo, el Orbe aceptaba con gusto el contacto con el hombre o
con un dios, pero su voluntad se endureció cuando Torak lo alzó contra su madre. Nunca más volverá a ser usado de
este modo. El Orbe puede leer nuestros pensamientos. Ahora, sólo podrá tocarlo quien carezca de la menor malicia,
quien sea lo bastante puro como para tomarlo y llevarlo con riesgo de su vida y sin dejarse tentar por ambiciones de
poder o de posesiones.
—¿Qué hombre está totalmente libre de malicia en el silencio de su corazón? —preguntó Cherek, pero Riva-Puño
de Hierro abrió la urna y tomó en sus manos el Orbe. El fuego brilló entre sus dedos, pero no lo quemó.
—Ahí lo tienes, Cherek —dijo entonces Belgarath— . Tu hijo menor es puro. Su destino y el de todos quienes le
sigan será portar el Orbe y protegerlo.
Y Belgarath suspiró, sabedor de la carga que había colocado sobre los hombros de Riva.
—Entonces, sus hermanos y yo lo apoyaremos mientras tenga sobre sí esta responsabilidad —declaró Cherek.
Riva envolvió el Orbe en su capa y lo guardó luego bajo la túnica. Los intrusos volvieron sobre sus pasos a través de
las cámaras del dios mutilado, descendieron los herrumbrosos peldaños de la escalera, recorrieron el camino secreto
hasta dejar atrás las puertas de la ciudad y se internaron en los páramos.
Poco después, Torak despertó y como siempre, acudió a la cámara del Orbe. Pero la urna estaba abierta y el Orbe
había desaparecido. Terrible fue la cólera de Kal Torak. Empuñó su gran espada, bajó de la torre de hierro y con un
solo golpe de su arma la derribó. Después, gritó a los angaraks con voz atronadora:
—Por haberos vuelto indolentes y descuidados y haber permitido que un ladrón me robe esa piedra que tan cara me
ha costado, arrasaré vuestra ciudad y os dispersaré. Los angaraks vagarán por la tierra hasta que me sea devuelto el
Cthrag Yaska, la piedra ardiente.
Tras esto, convirtió la Ciudad de la Noche en un montón de ruinas y expulsó a los angaraks a las tierras vírgenes.
Cthol Mishrak dejó de existir.
Tres leguas al norte, Belgarath escuchó el lamento de la ciudad y supo que Torak había despertado.
—Ahora, Kal Torak vendrá tras nosotros y sólo el poder del Orbe podrá salvarnos —murmuró Belgarath—. Cuando
los angaraks nos acosen, Puño de Hierro, toma el Orbe y álzalo para que puedan verlo.
Las huestes de los angaraks se presentaron con Torak a la cabeza, pero Riva sostuvo el Orbe en alto de modo que el
dios mutilado y su pueblo pudieran contemplarlo. El Orbe reconoció a su enemigo. Su odio estalló de nuevo en
llamas y el firmamento se iluminó con su furia. Torak lanzó un grito y dio media vuelta. Las primeras filas de las
huestes de angaraks fueron consumidas por el fuego y los supervivientes huyeron presa del terror.
De este modo, Belgarath y sus compañeros escaparon de Mallorea por las fronteras del norte, trasladando de nuevo
el Orbe de Aldur hasta los reinos del Oeste.
Los dioses, enterados de todo lo sucedido, celebraron un consejo durante el cual Aldur les advirtió:
—Si emprendemos una nueva guerra contra nuestro hermano Torak, el enfrentamiento causará la destrucción del
mundo. Así pues, es necesario que nos ausentemos del mundo para que nuestro hermano no pueda encontrarnos.
Debemos prescindir de nuestros cuerpos y permanecer sólo en espíritu para guiar y proteger a nuestros pueblos.
Debemos hacerlo por el bien del mundo. El día que emprendamos una nueva guerra, el mundo será deshecho.
Los dioses lloraron al escuchar que debían partir. Chaldan, dios toro de los arendianos, intervino para preguntar:
—En nuestra ausencia, ¿no impondrá Torak su dominio? —No lo hará —replicó Aldur—. Mientras el Orbe siga en
poder del linaje de Riva-Puño de Hierro, Torak no podrá imponerse.
Y así fue como se marcharon los dioses y solo Torak permaneció en el mundo. Pero el saber que el Orbe en manos
de Riva le negaba el dominio corroía su alma.
Entonces, Belgarath habló con Cherek y sus hijos.
—Aquí debemos separarnos para proteger el Orbe y prepararnos para la llegada de Torak. Dividámonos según he
planteado y hagamos los preparativos.
—Así será, Belgarath —prometió Cherek-Hombros de Oso —. A partir de hoy, Aloria deja de existir pero los alorn
seguirán resistiéndose al dominio de Torak mientras quede uno solo de ellos.
Belgarath levantó la cabeza al cielo y gritó:
—¡Escúchame, Torak el Tuerto! El Orbe viviente está a salvo de ti y no prevalecerás contra él. El día que vengas
contra nosotros, haré la guerra contra ti. Te mantendré vigilado día y noche y estaré prevenido ante tus maniobras
hasta el final de los tiempos.
En los paramos de Mallorea, Kal Torak escuchó la voz de Belgarath y se revolvió, furioso, pues comprendió que el
Orbe viviente había quedado fuera de su alcance para siempre.
A continuación, Cherek abrazó a sus hijos y se alejó, para no volver a verlos. Dras fue al norte y habitó las tierras
regadas por el río Mrin. Construyó una ciudad en Boktor y llamó a sus tierras Drasnia. Y él y sus descendientes se
apostaron en las fronteras del norte y las protegieron del enemigo. Algar se dirigió al sur con su pueblo y encontró
caballos en las amplias llanuras bañadas por el río Aldur. Los hombres aprendieron a domar y a montar los caballos
y, por primera vez en la historia del hombre, aparecieron guerreros jinetes. Su país recibió el nombre de Algaria y su
gente se hizo nómada que viajaba con sus rebaños. Cherek regresó con tristeza a Val Alorn y rebautizó su reino con
su propio nombre, pues Cherek estaba ahora solo y sin hijos. Con voluntad y determinación, construyó unas grandes
naves de guerra para patrullar los mares y dominar en ellos al enemigo.
La carga del viaje más largo recayó, no obstante, en el portador del Orbe. Al frente de su pueblo, Riva llegó hasta la
costa occidental de Sendaria. Allí construyó unas embarcaciones y, con toda su gente, cruzó las aguas hasta la isla
de los Vientos. A su llegada, los hombres quemaron las naves y levantaron una fortaleza y una ciudad amurallada en
torno a ella. Pusieron a la ciudad el nombre de Riva y llamaron a la fortaleza Mansión del Rey Rivano. Belar, dios
de los alorn, hizo que cayeran del cielo dos estrellas de hierro. Riva tomó las estrellas, forjó una hoja de espada con
una y una empuñadura con la otra, en la que instaló el Orbe en su extremo como pomo. Tan grande era la espada que
nadie salvo Riva era capaz de blandirla. En los paramos de Mallorea, Kal Torak supo en su alma que se había
forjado aquella espada y, por primera vez, conoció el sabor del miedo.
La espada fue incrustada en la roca negra que se alzaba tras el trono de Riva, con el Orbe en su punto más elevado, y
la hoja quedó sujeta a la roca con tal firmeza que sólo Riva podía extraerla. El Orbe despedía un fuego frío cuando
Riva se instalaba en el trono. Y cuando sacaba la espada de la roca y la blandía, la hoja se convertía en una gran
lengua de fuego helado.
El mas admirable de todos los fenómenos era la marca del heredero de Riva. En cada generación, nacía un niño de la
estirpe de Riva con la marca del Orbe en la palma de la mano. El niño así marcado era conducido a la cámara del
trono, donde se le hacía poner la mano sobre el Orbe para que éste lo conociera. Cada recién nacido que tocaba el
Orbe provocaba en éste un centelleante fulgor y, con cada nuevo contacto, el vínculo entre el Orbe viviente y la
estirpe de Riva se hacía más fuerte.
Cuando Belgarath se separó de sus compañeros regresó apresuradamente al valle de Aldur. Pero allí descubrió que
Polendra, su esposa, había muerto después de dar a luz a gemelas. Abrumado por la pena, puso por nombre Polgara
a la mayor, que tenía el cabello negro como el ala de un cuervo. Según los usos de los hechiceros, extendió la mano
hasta posarla sobre la frente de la niña y, con sólo rozarlo, un mechón de su cabello quedó blanco como la escarcha.
Belgarath observó el hecho con preocupación, pues el mechón blanco era la marca de los hechiceros y Polgara era la
primera niña en nacer con ella.
La segunda de las mellizas, de piel blanca y cabello dorado, no poseía la marca. Su padre la llamó Beldarán y tanto
él como su hermana de cabello azabache la amaron mas que a nadie y compitieron entre ellos por su afecto.
Y cuando Polgara y Beldarán cumplieron dieciséis años, el espíritu de Aldur se presentó ante Belgarath en un sueño
y le dijo:
—Mi amado discípulo, me propongo unir tu casa a la del guardián del Orbe. Escoge, pues, cuál de tus hijas quieres
entregar al rey rivano para que sea su esposa y la madre de su linaje: en él reside la esperanza de la humanidad, pues
contra él no podrá imponerse el oscuro poder de Torak.
En el profundo silencio de su alma, Belgarath estuvo tentado de escoger a Polgara; pero, conocedor de la carga que
el rey rivano debía soportar, decidió enviar a Beldarán y, cuando ésta se hubo marchado, lloró de pena. Polgara
derramó también abundantes y amargas lágrimas, pues sabía que su hermana languidecería y moriría lejos de ella.
No obstante, las dos hermanas tuvieron tiempo de consolarse y de conocerse por fin en profundidad.
Las dos juntaron sus poderes para mantener bajo vigilancia a Torak. Y hay quien dice que todavía siguen así,
manteniendo su vigilia a lo largo de incontables siglos.
PRIMERA PARTE
Sendaria
El primer recuerdo que tenía el pequeño Garion era el de la cocina de la hacienda de Faldor. Durante el resto de su
vida, Garion iba a mostrar una especial y cálida preferencia por las cocinas y por aquellos sonidos y olores tan
peculiares que parecían combinarse en una bulliciosa seriedad evocadora de amor, alimento, comodidad y seguridad
y, sobre todo, evocadora del hogar. Por muy alto que Garion llegara en la vida, jamas olvidaría que todos sus
recuerdos se iniciaban en aquella cocina.
La cocina de la hacienda de Faldor era una sala alargada de techo bajo llena de hornos y cacharros y grandes
asadores que giraban lentos en unos hogares de forma arqueada parecidos a cavernas. Había en la estancia largas
mesas de trabajo sólidas y pesadas donde se amasaban las tortas de pan, se partían los pollos y se cortaban a dados
las zanahorias y el apio con grandes cuchillos curvos en movimientos rápidos y precisos. Cuando Garion era muy
pequeño, jugaba debajo de aquellas mesas; y pronto aprendió a apartar sus manos y sus piececitos de los pies de los
pinches que trabajaban en torno a ellas. A veces, a última hora de la tarde, cuando lo vencía el cansancio, se echaba
en un rincón y contemplaba alguno de los fuegos parpadeantes que brillaba y se reflejaba en un centenar de cazos y
ollas y cuchillos y cucharones de largos mangos colgados de los ganchos en las paredes encaladas, y allí,
boquiabierto de asombro, caía dormido en perfecta paz y armonía con el mundo que lo rodeaba.
El centro de la cocina y de todo cuanto sucedía en ella era la tía Pol, quien parecía capaz de estar al mismo tiempo
en todas partes. Siempre era suyo el toque final que volvía rollizo un pato en su fuente de asar, que daba forma con
habilidad a una hogaza con levadura o que adornaba un jamón ahumado recién sacado del horno. Aunque en la
cocina trabajaban varias personas más, no había hogaza de pan, estofado, sopa, asado o verdura que saliera de ella y
no hubiera sido tocado al menos una vez por la tía Pol. Ella sabía por el aroma, por el sabor o por algún instinto
superior, qué era lo que necesitaba cada plato y los sazonaba uno a uno con un pellizco, una pizca o una sacudida
casi negligente de especias que guardaba en unos tarros de arcilla. Era como si estuviera dotada de una especie de
magia, un conocimiento y un poder superiores a los de la gente normal. Y, sin embargo, incluso cuando estaba más
atareada, tía Pol sabía siempre dónde estaba Garion exactamente. En el momento culminante de darle la vuelta a una
empanada o de decorar un pastel especial o de coser un pollo recién rellenado, era capaz de alargar la pierna sin
mirar siquiera y sacar al pequeño de entre los pies de los demás, enganchándolo con el tobillo o con el talón.
Cuando Garion fue un poco mayor, aquello se convirtió incluso en un juego. El chiquillo esperaba hasta que tía Pol
estuviera demasiado atareada como para acordarse de su presencia; entonces, entre risas, echaba a correr con sus
robustas piernecitas hacia una puerta. Pero ella siempre lo alcanzaba. El pequeño se echaba a reír, pasaba sus
bracitos en torno al cuello de la mujer, le daba un beso, y luego volvía a montar guardia a la espera de la siguiente
oportunidad para escapar.
En esos primeros años de su vida, estaba convencido de que su tía Pol era la mujer más hermosa y más importante
del mundo. Desde luego, era más alta que las demás mujeres de la hacienda de Faldor —casi tanto como un
hombre— y su expresión era siempre seria, incluso severa, salvo con él, naturalmente. Tenía el cabello largo y muy
oscuro, casi negro, con un único mechón de canas blancas como la nieve sobre la ceja izquierda. Por la noche,
cuando tía Pol lo arropaba en la camita, muy próxima a la de ella en su alcoba privada sobre la cocina, Garion
alargaba la mano y tocaba aquel mechón blanco; ella le sonreía y le rozaba el rostro con las suaves yemas de sus
dedos. Entonces, el pequeño se dormía tranquilo con la certeza de que ella estaba allí, velándolo.
La hacienda de Faldor estaba muy cerca del centro de Sendaria, un reino brumoso limitado al oeste por el mar de los
Vientos y al este por el golfo de Cherek. Como todas las casas de campo de aquel tiempo y lugar, la hacienda de
Faldor no constaba de uno o dos edificios, sino que estaba compuesta por un complejo de cobertizos, establos,
gallineros y palomares, todos ellos de sólida construcción y abiertos a un patio central con una puerta resistente en la
entrada. A lo largo de la galería que recorría el piso superior se hallaban las habitaciones, algunas de ellas espaciosas
y otras muy pequeñas, en las que vivían los mozos de labranza que araban, sembraban y quitaban las malas hierbas
de los extensos campos al otro lado de los muros. Faldor vivía en las habitaciones de una torre cuadrada que se
alzaba encima del comedor principal, donde los trabajadores se reunían tres veces al día —en ocasiones hasta cuatro,
en la temporada de la cosecha— para gozar de la abundancia de la cocina de la tía Pol.
En conjunto, era un lugar bastante feliz y armonioso. El hacendado Faldor era un buen amo. Era un hombre alto y
serio de nariz prominente y mandíbula más prominente aún. Aunque rara vez reía o siquiera sonreía, trataba con
amabilidad a quienes trabajaban para él y parecía más interesado en mantenerlos a todos sanos y satisfechos que en
extraerles hasta la ultima gota de sudor que pudiera. En muchos aspectos, era más un padre que un amo para las algo
más de sesenta personas que vivían en su propiedad. Faldor comía con ellos —lo cual era inhabitual, ya que muchos
hacendados de la zona preferían mantenerse apartados de sus trabajadores— y su presencia en la cabecera de la
mesa central ejercía una influencia moderadora en algunos de los jóvenes, que en ocasiones tendían a alborotarse en
exceso. El amo Faldor era un hombre devoto: antes de cada comida, invariablemente, invocaba con sencilla
elocuencia la bendición de los dioses. Los campesinos de sus campos, acostumbrados a ello, entraban con cierto
recato en el comedor antes de cada colación y aguardaban sentados con aire piadoso, cuanto menos, antes de atacar
las bandejas y cazuelas de comida que la tía Pol y sus ayudantes habían colocado ante ellos.
Debido al buen corazón de Faldor y a la magia de los hábiles dedos de tía Pol, la hacienda tenía fama en toda la
comarca de ser el mejor lugar para vivir y trabajar en veinte leguas a la redonda. En la taberna del pueblo cercano de
Gralt, los parroquianos pasaban veladas enteras en minuciosas descripciones de las comidas casi milagrosas que se
servían con regularidad en el comedor de Faldor. Era frecuente ver a los peones de otras fincas, menos afortunados,
llorar abiertamente tras consumir algunas jarras de cerveza al escuchar la descripción de uno de los patos asados de
la tía Pol, y la fama de la hacienda de Faldor se extendía a lo largo y ancho de la comarca.
El hombre más importante de la casa, después del propio Faldor, era Durnik, el herrero. Cuando Garion creció un
poco más y se le permitió escapar a la vigilante mirada de tía Pol, los pasos del pequeño lo conducían
inevitablemente a la herrería. El hierro refulgente que surgía de la forja de Durnik ejercía una atracción casi
hipnótica sobre el niño. Durnik era un hombre de aspecto normal, con el cabello castaño y unas facciones vulgares,
enrojecidas por el calor de la forja. No era alto ni bajo, ni tampoco delgado u obeso. Era una persona sobria y
tranquila y, como la mayoría de quienes se dedicaban a su oficio, poseía una fuerza descomunal. Llevaba un chaleco
de cuero basto y un delantal del mismo material. Ambas prendas estaban salpicadas de quemaduras por las chispas
que volaban de su forja. También llevaba calzones y unas botas blandas de piel como era costumbre en aquella parte
de Sendaria. Al principio, las únicas palabras de Durnik a Garion eran advertencias para que mantuviera los dedos
lejos de la forja y del metal al rojo que surgía de ella. Sin embargo, con el tiempo, el herrero y el chiquillo se
hicieron amigos y Durnik empezó a hablar con más locuacidad.
—Termina siempre la tarea que hayas emprendido —aconsejaba a Garion —. Al hierro le va mal que lo dejes
enfriar y lo devuelvas al fuego más de lo necesario.
—¿Y eso por qué? —preguntaba Garion.
—Pues porque es así — respondía Durnik encogiéndose de hombros.
En otra ocasión, mientras daba unos últimos toques a las piezas metálicas de la espiga de un carro que estaba
reparando, aconsejó al pequeño:
—Haz siempre las cosas lo mejor que puedas.
—Pero esas piezas van debajo del carro —dijo Garion—. Nadie las va a ver.
—Yo sé que están ahí y eso basta —replicó Durnik, sin dejar de batir el metal—. Si no hago el trabajo lo mejor que
puedo, sentiré vergüenza cada vez que vea pasar este carro… ¡y lo veré cada día!
De esta manera, sin pretenderlo siquiera, Durnik instruía al pequeño en las sólidas virtudes del trabajo, el ahorro, la
sobriedad, los buenos modales y el sentido práctico que constituían la columna vertebral de la sociedad.
Al principio, a la tía Pol le preocupaba la atracción que sentía Garion por la herrería debido a sus evidentes peligros,
pero después de observar durante un tiempo desde la puerta de la cocina, se dio cuenta de que Durnik estaba casi tan
pendiente como ella de la seguridad del chiquillo y se sintió menos inquieta.
—Si el niño le molesta, señor Durnik, ordénele que se vaya —dijo al herrero cierta vez que le llevó una olla de gran
tamaño para que le pusiera un parche—. O dígamelo usted y lo ataré más corto en la cocina.
—No me molesta, señora Pol —respondió Durnik con una sonrisa—. Es un chico juicioso y sabe muy bien cuándo
debe apartarse de enmedio.
—Es usted demasiado bueno, amigo Durnik —insistió la tía Pol—. El chiquillo está lleno de preguntas. Respóndale
a una y le hará una decena más.
—Los niños son así —comentó Durnik mientras vertía con cuidado un metal burbujeante en el pequeño aro de
arcilla que había colocado en torno al agujero del fondo de la olla—. Yo también era preguntón cuándo niño. Mi
padre y el viejo Barl, el herrero que me enseñó el oficio, tenían la paciencia de responder a todo lo que podían y yo
sería injusto con ellos si no tuviera la misma paciencia con Garion.
El chiquillo, que estaba sentado cerca de los dos adultos, contuvo el aliento durante la conversación. Sabía que una
sola palabra crítica por parte de cualquiera de los dos significaría la prohibición inmediata de rondar por la herrería.
Cuándo la tía Pol cruzó de nuevo la tierra compacta del patio central en dirección a la cocina con la olla recién
reparada, Garion advirtió el modo en que Durnik la miraba y se le empezó a formar una idea en la mente. Era una
idea sencilla y lo más hermoso de ella era que aportaba algo a todos.
—Tía Pol —dijo esa noche a la mujer, encogido mientras ella le limpiaba una oreja con un paño.
—¿Sí? —respondió la tía Pol, con la atención concentrada en su cuello.
—¿Por que no te casas con Durnik? Ella dejó de frotar.
—¿Qué? —preguntó.
—Creo que sería una idea magnífica.
—¿Eso crees? —La voz de la mujer tenía un tonillo extraño y Garion se dio cuenta de que había pisado un terreno
peligroso.
—Tú le gustas —insistió el pequeño, a la defensiva.
—Y supongo que ya habrás hablado de esto con él, ¿verdad?
—No —replicó Garion—. He pensado que era mejor comentarlo antes contigo.
—Al menos, en eso sí has tenido una buena idea.
—Si quieres, puedo hablar con él mañana por la mañana.
Un firme tirón de orejas le obligó a volver la cabeza. La tía Pol, se dijo Garion, tenía una especial manía con sus
orejas.
—No te atrevas a decir una sola palabra de este disparate a Durnik ni a nadie más —le advirtió ella mirándolo
fijamente con un fuego en los ojos como el pequeño no había visto nunca hasta entonces.
—Sólo era una idea —se apresuró a replicar Garion.
—Una idea muy mala. En adelante, déjalas para los adultos —insistió tía Pol sin soltarle la oreja.
—Como tú digas —asintió el chiquillo.
Sin embargo, un rato más tarde, ya en el silencio de la noche, cuando los dos estaban acostados, Garion volvió a
plantear el tema de forma indirecta.
—¿Tía Pol?
—¿Sí?
—Ya que no quieres casarte con Durnik, ¿con quién te propones hacerlo?
—Garion… —dijo ella.
—¿Sí?
—Cierra la boca y duérmete.
—Creo que tengo derecho a saberlo —insistió él en tono ofendido.
—¡Garion!
—Está bien. Me voy a dormir, pero creo que no eres muy justa conmigo.
La mujer exhaló un profundo suspiro y replicó:
—Muy bien, voy a contártelo: no pienso casarme. Nunca he pensado en hacerlo y dudo mucho que vaya a casarme
en el futuro. Tengo demasiadas cosas importantes que atender para ocuparme de una cuestión como ésa.
—No te preocupes, tía Pol —murmuró Garion, tratando de consolarla—. Cuando sea mayor, yo me casaré contigo.
La mujer se echo a reír al escucharlo, con una risa profunda y cantarina, y alargó la mano para acariciarle el rostro
en la oscuridad.
—¡Oh, no, mi querido Garion! —murmuró—. A ti te aguarda otra esposa en el futuro.
—¿Quién?
—Ya lo descubrirás —respondió ella, misteriosa—. Ahora, duérmete. —¿Tía Pol? —¿Sí?
—¿Dónde está mi madre?
Era una pregunta que Garion hacía bastante tiempo que tenía ganas de hacer. Se produjo una larga pausa; por ultimo
la tía Pol suspiro.
—Tu madre murió —respondió escuetamente.
Garion notó un súbito acceso de pena, una angustia insoportable que se levantaba en su interior, y rompió a llorar.
Al momento, la mujer apareció al lado de su cama, se arrodilló en el suelo y pasó sus manos en torno al niño. Un
rato más tarde, cuando hubo llevado al pequeño a su propia cama y lo hubo tenido entre sus brazos hasta que la
sensación de pesadumbre cedió, Garion preguntó con voz entrecortada:
—¿Cómo era mi madre? ¿Qué aspecto tenía?
—Tenía el cabello rubio —respondió tía Pol— y era muy joven y hermosa. Tenía una voz suave y melodiosa y era
muy feliz.
—¿Me quería?
—Más de lo que puedas imaginar.
Y entonces el pequeño se puso a llorar de nuevo, pero esta vez sus sollozos fueron más contenidos, más apenados
que angustiados.
La tía Pol continuó abrazándolo con fuerza hasta que Garion pasó de las lágrimas al sueño.
En la hacienda de Faldor, como era de esperar en una comunidad de más de sesenta personas, había otros niños. Los
mayores trabajaban en los campos, pero había tres chiquillos de la edad de Garion y éstos se convirtieron en
compañeros de juego y amigos del pequeño.
El mayor de ellos se llamaba Rundorig. Tenía un par de años más que Garion y era un poco más alto. En
circunstancias normales, al ser el mayor, Rundorig hubiera sido el jefe del grupo; sin embargo, dado que era un
arendiano, su inteligencia era un poco limitada y delegaba con gusto el mando en sus compañeros menores. El reino
de Sendaria, al contrario de otros, estaba habitado por una amplia variedad de grupos raciales. Chereks, algarios,
drasnianos, arendianos e incluso un número considerable de tolnedranos se habían mezclado para formar el pueblo
sendario. Los arendianos eran, desde luego, muy valientes, pero también notoriamente torpes.
El segundo compañero de juegos de Garion era Doroon, un niño menudo y vivaracho cuya ascendencia era tan
variada que sólo podía catalogárselo de sendario. Lo más notable de Doroon era que siempre corría; nunca
caminaba, si podía ir a la carrera. Igual que sus pies, su mente siempre parecía atropellarse, y su lengua también.
Hablaba muy deprisa y mostraba un continuo estado de gran excitación.
La líder indiscutible del pequeño cuarteto era Zubrette, una rubita encantadora que inventaba sus juegos, imaginaba
historias para contar a los niños e incitaba a éstos a robar para ella manzanas y ciruelas del huerto de Faldor. La niña
los dominaba como una pequeña reina, los incitaba a pelearse y los empujaba a competir entre ellos. Zubrette solía
mostrar una absoluta falta de corazón y cada uno de los tres chicos la odiaba en ciertos momentos, aunque seguían
siendo absolutos esclavos de sus más mínimos deseos.
En invierno se deslizaban sobre anchos tableros por la pendiente de la ladera nevada detrás de la hacienda y luego
regresaban, mojados y cubiertos de nieve, con las manos cuarteadas y las mejillas ardientes, cuando las sombras
púrpura del atardecer empezaban a arrastrarse sobre la nieve. Y, si Durnik declaraba seguro el hielo, los pequeños
patinaban incansablemente por el lago helado que se extendía con su plateado fulgor en un pequeño valle a escasa
distancia de los edificios de la hacienda, en dirección este por el camino de Gralt. Si el tiempo era excesivamente
frío o hacia la primavera, cuando las lluvias y los vientos cálidos hacían acuosa la nieve e inseguro el lago, los niños
se reunían en el granero y pasaban horas saltando desde el altillo al blando colchón de heno que cubría el suelo,
llenándose el pelo de paja y la nariz de un polvillo que olía a verano. Ya en primavera, cazaban renacuajos en las
orillas fangosas del lago o se encaramaban a los árboles para contemplar, admirados, los pequeños huevos azules
que los pájaros ponían en los nidos de ramitas junto a las copas.
Fue Doroon, naturalmente, quien se cayó de un árbol y se rompió un brazo una espléndida mañana de primavera en
que Zubrette lo desafió a trepar a las ramas más altas de un árbol próximo a la ribera del lago. Como fuera que
Rundorig se quedó paralizado y boquiabierto en la contemplación de su amiguito herido y que Zubrette huyó del
lugar antes casi de que Doroon tocara el suelo, le correspondió a Garion tomar las decisiones que juzgó necesarias.
Con sus jóvenes facciones graves y concentradas bajo la mata de cabello color arena, el chiquillo estudió con
seriedad la situación durante unos instantes. Doroon tenía el brazo roto, sin ninguna duda; pálido y asustado, el
pequeño se mordía los labios para contener las lágrimas de dolor.
Un movimiento llamó la atención de Garion alzó los ojos con rapidez; no lejos de él, un hombre envuelto en una
capa oscura a lomos de un gran caballo negro observaba la escena con atención. Cuando sus miradas se cruzaron,
Garion sintió un momentáneo escalofrío y supo que ya había visto a aquel hombre con anterioridad: que, de hecho,
la figura oscura había rondado en el borde de su campo de visión desde que guardaba recuerdo, sin hablarle jamas
pero observándolo en todo instante. En aquella silenciosa contemplación había una especie de fría animosidad,
curiosamente mezclada con algo que casi parecía miedo, aunque no lo era. Entonces, Doroon soltó un gemido y
Garion se dio la vuelta.
Ató con cuidado el brazo herido al pecho de Doroon con su cinturón y, entre él y Rundorig, ayudaron a incorporarse
al lesionado.
—Por lo menos, podría habernos echado una mano —murmuró Garion con resentimiento.
—¿Quién? —preguntó Rundorig mirando a su alrededor. Garion se volvió para señalar al hombre de capa oscura,
pero
el jinete había desaparecido.
—No veo a nadie —añadió Rundorig.
—Me duele —se quejó Doroon.
—No te preocupes —respondió Garion — . Tía Pol te curará.
Y así fue. Cuando los tres aparecieron en la cocina, la mujer se hizo cargo de la situación al primer vistazo.
—Traedlo aquí —les indicó sin la menor muestra de nerviosismo en la voz. Colocó al chiquillo, pálido y presa de
violentos temblores, en un taburete cerca de uno de los hornos, y preparó un té de varias hierbas que tomó de unos
tarros de loza que guardaba en una estantería alta del fondo de una de las despensas.
—Bébete esto —ordenó a Doroon acercándole un tazón humeante.
—¿Eso va a ponerme bien el brazo? —preguntó el chiquillo al tiempo que lanzaba una mirada suspicaz a la
infusión, de olor nauseabundo.
—Bébetelo y basta —insistió ella mientras preparaba unas tablillas y unas vendas de lino.
—¡Puaj! ¡Tiene un sabor horrible! —exclamó Doroon con una mueca.
—El que debe tener —replicó tía Pol—. Bébetelo todo. —Creo que no voy a dar un trago más —afirmó el pequeño.
—Muy bien —asintió ella. Apartó las tablillas y descolgó un largo cuchillo muy afilado de un gancho de la pared.
—¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó Doroon con voz temblorosa.
—Ya que no quieres tomar la medicina —dijo la tía Pol, imperturbable—, me temo que tendré que amputar.
—¿Amputar? —gimió Doroon con los ojos salidos de las órbitas.
—Mas o menos por aquí —asintió ella, y le tocó el brazo herido a la altura del codo con la punta del cuchillo.
Con lágrimas en los ojos, Doroon tragó el resto del líquido y, a los pocos minutos, entró en una especie de sopor,
con la cabeza caída hacia delante en el taburete. No obstante, lanzó un grito cuando tía Pol encajó el hueso roto pero,
una vez vendado y entablillado, el chiquillo volvió a caer en el amodorramiento. Tía Pol habló unos instantes con la
asustada madre del herido y luego hizo que Durnik llevara a Doroon a la cama.
—No le habrías cortado el brazo de verdad… —murmuró Garion.
Tía Pol lo miró con expresión imperturbable.
—¿Ah, no? —murmuró, y el chiquillo ya no estuvo tan seguro —. Ahora me gustaría tener unas palabras con la
señorita Zubrette —añadió de inmediato.
—Salió a toda carrera cuando Doroon se cayó del árbol —dijo Garion.
—Encuéntrala.
—Está escondida —protestó Garion—. Siempre se esconde cuando algo va mal. No sabría dónde buscarla.
—Garion —replicó tía Pol—, no te he preguntado si sabías dónde buscarla. Te he dicho que la encuentres y me la
traigas aquí.
—¿Y si no quiere venir? —insistió el chico.
—¡Garion!
En la voz de tía Pol había un tono rotundo y concluyente. Garion salió a toda prisa.
—Yo no he tenido nada que ver en eso —mintió Zubrette nada más entrar en la cocina de tía Pol, conducida por
Garion.
—¡Tú! —dijo la mujer, señalando el taburete—. ¡Siéntate!
Zubrette se sentó boquiabierta y con los ojos como platos.
—¡Tú! —dijo tía Pol a Garion, indicándole la puerta de la cocina—. ¡Fuera!
Garion salió de inmediato.
Diez minutos más tarde, una chiquilla sollozante dejaba la cocina. Tía Pol apareció tras ella y se quedó en el quicio
de la puerta contemplando a la niña con ojos duros y fríos como el hielo.
—¿Le has pegado? —preguntó Garion con voz esperanzada. Tía Pol lo fulminó con una mirada.
—Claro que no —respondió—. A las niñas no hay que pegarles.
—Yo lo habría hecho —dijo Garion, disgustado—. ¿Qué le has dicho, entonces?
—¿No tienes nada que hacer? —preguntó tía Pol.
—No —respondió Garion—: en realidad, no.
Naturalmente, eso fue un error.
—Muy bien —dijo entonces la mujer, mientras lo cogía de una de sus orejas—. Es hora de que empieces a ganarte
el pan. Encontrarás unas ollas sucias en el fregadero. Me gustaría que las limpiaras a fondo.
—No sé por que te enfadas conmigo —protestó Garion, en un intento de escabullirse—. No tengo la culpa de que
Doroon se subiera al árbol.
—El fregadero, Garion —insistió ella—: Ahora.
El resto de la primavera y el principio del verano transcurrieron con tranquilidad. Doroon, como es lógico, no pudo
jugar hasta que se le curo por completo el brazo, y Zubrette había quedado tan afectada por lo que tía Pol le había
dicho que evitaba la presencia de los chicos. Garion sólo tenía a Rundorig como compañero de juegos, y su amigo
no era lo bastante despierto para mantenerlo entretenido. Como no tenían nada más que hacer, los chicos solían salir
a los campos para ver trabajar a los peones y para escuchar sus historias.
Casualmente, durante aquel verano los hombres de la hacienda de Faldor hablaban de la batalla de Vo Mimbre, el
suceso más catastrófico en la historia de las tierras del oeste. Garion y Rundorig escuchaban embelesados los relatos
de cómo, hacía unos quinientos años, las hordas de Kal Torak habían invadido repentinamente el oeste.
Todo había empezado en 4865, según el cómputo del tiempo en vigor en esa parte del mundo, cuando multitudes de
murgos, nadraks y thulls habían irrumpido en Drasnia a través de las montañas de la sierra oriental y detrás de ellos,
habían aparecido las masas incontables de malloreanos.
Tras aplastar brutalmente Drasnia, los angaraks se habían dirigido hacia el sur por las inmensas praderas de Algaria
y habían puesto sitio a la enorme plaza fuerte llamada la Fortaleza de Algaria. El sitio había durado ocho años hasta
que por fin, a regañadientes, Kal Torak lo había levantado. Pero hasta que volvió sus ejércitos hacia el oeste y
penetró en Ulgoland, los otros reinos no se dieron cuenta de que la invasión angarak iba dirigida no solo contra los
alorn, sino contra todo el oeste. En el verano de 4875, Kal Torak había llegado por la llanura de Arendia hasta la
ciudad de Vo Mimbre, donde lo aguardaban los ejércitos aliados de las tierras del oeste.
Los sendarios que participaron en la batalla constituyeron una parte de las fuerzas comandadas por Brand, el
Guardian de Riva. El ejército, formado por rivanos, sendarios y arendianos de Vo Astur, atacaron la retaguardia
angarak después de que el flanco izquierdo de los invasores se viera acosado por algarios, drasnianos y ulgos; el
derecho, por tolnedranos y chereks, y el frente por la legendaria carga de los arendianos de Vo Mimbre. Cuatro
horas se prolongó la batalla hasta que, en el centro del campo, Brand trabó combate singular con el propio Kal
Torak. En aquel duelo se libró el resultado de la batalla.
Pese a haber transcurrido veinte generaciones, aquel esfuerzo titánico aún estaba en el recuerdo de los campesinos
de Sendaria que laboraban los campos de Faldor, tan fresco como si hubiera sucedido apenas anteayer. En el instante
final, cuando parecía irremisiblemente perdido, Brand había quitado la lona que cubría su escudo y Kal Torak,
turbado por un repentino desconcierto, había bajado la guardia un instante y había caído bajo la espada de Brand.
A Rundorig, la descripción de la batalla le bastó para poner en ebullición su sangre arendiana. Garion, en cambio, se
fijó en que los relatos dejaban ciertos extremos sin explicar.
—¿Por qué Brand llevaba tapado su escudo? —preguntó a Cralto, uno de los mozos de labranza de más edad.
El hombre se encogió de hombros.
—Sencillamente, lo llevaba —fue su respuesta—. Todas las personas con las que he hablado están de acuerdo en
eso.
—¿Era un escudo mágico? —insistió Garion.
—Tal vez lo fuera —asintió Cralto—, pero no se lo he oído decir a nadie. Lo único que sé es que, cuando Brand
dejó el escudo a la vista, Kal Torak dejó caer el suyo y Brand hundió su espada en la cabeza de Kal Torak…
penetrándolo por el ojo, según he oído.
Garion sacudió la cabeza con terquedad.
—No lo entiendo —dijo—. ¿Cómo es posible que Kal Torak se asustara de algo así?
—No sé —respondió Cralto—. No se lo he oído explicar a nadie.
Pese a la poca confianza que le merecía el relato, Garion se apresuró a asentir a la propuesta de Rundorig, bastante
simple, de representar de nuevo el histórico duelo. Tras un par de días de persecuciones y de emplear bastones para
simular espadas, Garion decidió que debían dotarse de cierto equipo para hacer más divertido el juego. Dos cazos y
un par de tapaderas de grandes dimensiones desaparecieron misteriosamente de la cocina de tía Pol y, poco después,
Garion y Rundorig —ahora dorados de cascos y escudos— se dirigieron a un rincón tranquilo para llevar a cabo su
combate.
Todo iba perfectamente hasta que Rundorig, que era mayor y más fuerte, descargó un golpe resonante en la cabeza
de Garion con su espada de madera. El borde del cazo le hizo un corte a Garion en la ceja y de la herida empezó a
brotar sangre. Un súbito pitido resonó en los oídos de Garion y una especie de hirviente exaltación inundó sus venas
mientras se incorporaba del suelo.
Nunca llegó a saber qué sucedió a continuación. Sólo conservó recuerdos fragmentarios de haber gritado un desafío
a Kal Torak con unas palabras que acudieron a sus labios sin que el propio Garion las comprendiera. El rostro
familiar y algo bobalicón de Rundorig se difuminó delante de él y fue reemplazado por unas facciones horriblemente
mutiladas y repulsivas. En un arrebato de furia, Garion golpeó aquel rostro una y otra vez con la mente obnubilada
por la ira. Y, en breves instantes, el combate llegó a su fin. El pobre Rundorig yacía a sus pies sin sentido, molido a
golpes por su frenético ataque. Garion quedó horrorizado ante lo que había hecho pero, al mismo tiempo, notó en su
boca el sabor feroz de la victoria.
Más tarde, en la cocina, donde habitualmente se curaban todas las heridas que se producían en la hacienda, la tía Pol
se ocupó de atender a los dos chicos sin apenas comentarios. Rundorig no parecía tener nada de importancia, aunque
había empezado a hinchársele el rostro y a amoratársele en varios puntos. Con todo, en un primer momento, el
pequeño tuvo dificultades en enfocar bien la mirada y, con unos paños fríos en la frente y una de sus pociones, la tía
Pol consiguió recuperarlo rápidamente.
En cambio, el corte de la ceja de Garion precisó un poco más de atención y tía Pol hizo que Durnik sujetara al niño y
lo inmovilizara mientras ella tomaba aguja e hilo y cosía el corte con la misma tranquilidad que si estuviera
zurciendo un siete en una manga, sin hacer el menor caso de los aullidos de su paciente. En conjunto, la tía Pol
pareció mucho más preocupada por los cazos abollados y las tapaderas melladas que por las heridas de guerra de los
dos muchachos.
Cuando hubo terminado, Garion tenía un fuerte dolor de cabeza y fue llevado a la cama.
—Por lo menos, vencí a Kal Torak —murmuró a tía Pol, envuelto en una especie de sopor.
La mujer le dirigió una profunda mirada.
—¿Dónde has oído hablar de Torak? —preguntó.
—Es Kal Torak, tía Pol —la corrigió Garion con voz paciente.
—Responde a mi pregunta.
—Los mozos de labranza, el viejo Cralto y los demás, contaban historias de Brand y Vo Mimbre y Kal Torak y todo
lo demás. Rundorig y yo jugábamos a eso. Yo era Brand y él hacía de Kal Torak. Pero no llegué al punto de dejar mi
escudo al descubierto. Rundorig me golpeó en la cabeza antes de que llegáramos a ese punto.
—Quiero que me escuches un momento, Garion —lo cortó tía Pol—, y quiero que prestes mucha atención a lo que
voy a decirte. No debes pronunciar nunca más el nombre de Torak.
—¡Es Kal Torak, tía Pol! —volvió a corregirla el pequeño—. No Torak sin más.
En ese instante, la mujer le soltó un cachete, cosa que no había hecho nunca. El bofetón que le cruzó la boca produjo
en Garion más sorpresa que daño, pues tía Pol no le había golpeado con demasiada fuerza.
—No vuelvas a pronunciar nunca el nombre de Torak. ¡Nunca! Esto es muy importante, Garion. Tu seguridad
depende de ello. Quiero que me lo prometas.
—No es preciso que te enfades tanto —replicó él con voz dolida.
—Prométemelo.
—Está bien, te lo prometo. Pero sólo era un juego.
—Un juego muy estúpido —replicó tía Pol—. Podrías haber matado a Rundorig.
—Y yo, ¿qué? —protestó Garion.
—Tú no has corrido peligro en ningún momento —aseguró la mujer—. Y ahora, ve a acostarte.
Mientras dormitaba a intervalos, mareado a causa de la herida y por el efecto de aquella extraña pócima amarga que
le había dado su tía, le pareció escuchar la voz profunda y melodiosa de ésta, que decía: «Garion, Garion, eres
demasiado joven todavía». Y luego, surgiendo de un profundo sueño como un pez se acerca a la superficie plateada
del agua, creyó oírla invocar: «¡Padre, te necesito!». Después, Garion cayó de nuevo en un sueño agitado, visitado
por la figura oscura de un hombre montado en un caballo negro que observaba cada uno de sus movimientos con
una fría animosidad y con otro sentimiento que bordeaba el miedo; y, detrás de la figura oscura cuya presencia
siempre había conocido el pequeño pero nunca había mencionado abiertamente, ni siquiera a su tía Pol, cobró forma
oscura y amenazadora, como el fruto espantoso de un abominable árbol maléfico, el rostro mutilado y horrible que
había visto o imaginado por unos instantes durante su lucha con Rundorig.
No mucho después en el interminable mediodía de la infancia de Garion, el narrador de historias apareció de nuevo
a la puerta de la hacienda de Faldor. El narrador de historias, que no parecía tener un nombre propio como los demás
hombres, era un viejo que gozaba de indiscutible mala fama. Las rodillas de sus calzones estaban llenas de
remiendos y los dedos le asomaban por las punteras de sus zapatos desparejados. Llevaba ceñida con un cordón su
túnica de lana de mangas anchas y su capucha —una prenda curiosa que no se usaba normalmente en aquella parte
de Sendaria y que Garion consideraba muy adecuada, con sus extremos cubriéndole los hombros, la espalda y el
pecho— estaba llena de manchas y sucia de restos de comida y bebida. Sólo la capa que lucía parecía relativamente
nueva. El viejo narrador llevaba sus cabellos canos muy cortos, igual que la barba. Sus facciones marcadas, casi
angulosas, no proporcionaban ninguna pista sobre su procedencia racial. No parecía arendiano ni cherek, algario ni
drasniano, rivano ni tolnedrano, sino más bien un descendiente de algún tronco racial desaparecido mucho tiempo
atrás. Sus ojos eran de un azul intenso y alegre, eternamente juveniles y siempre llenos de malicia.
El narrador de historias aparecía de vez en cuando por la hacienda de Faldor y era siempre bien recibido. En
realidad, era un vagabundo desarraigado que se ganaba el sustento contando historias y leyendas por el mundo. Sus
narraciones no siempre eran nuevas, pero su modo de relatarlas le otorgaba una especie de magia especial. Su voz
podía resonar como un trueno o susurrar como un céfiro. El viejo era capaz de imitar las voces de una decena de
hombres a la vez y de silbar como un pájaro con tal fidelidad que las propias aves acudían a él para escuchar lo que
tenía que decir. Y, cuando imitaba el aullido de un lobo, el sonido era capaz de erizar el pelo de la nuca a los oyentes
y atenazarles los corazones como si hubiera llegado lo más crudo del invierno drasniano. El viejo era capaz de imitar
el ruido de la lluvia y del viento y, lo más asombroso de todo, el sonido de la nieve al caer. Sus narraciones estaban
llenas de sonidos que les daban vida y, a través de ellos y de las palabras con que urdía sus relatos, parecían cobrar
vida también para sus arrebatados oyentes las imágenes, los olores e incluso el tacto de unos tiempos y lugares
remotos y extraños.
El narrador ofrecía gratis todas estas maravillas a cambio de unos platos de comida, unas jarras de cerveza y un
rincón cálido del cobertizo del heno donde poder dormir. El hombre vagaba por el mundo tan libre de posesiones
materiales como los pájaros.
Entre el narrador de historias y la tía Pol pareció producirse una especie de oculto reconocimiento. La mujer siempre
se tomaba la llegada del viejo con una suerte de disgustada aceptación; sabedora, al parecer, de que los tesoros más
recónditos de su cocina corrían peligro mientras él rondara por la vecindad. Pasteles y panes solían desaparecer
como por arte de magia cuando el viejo estaba en las proximidades, y el rápido cuchillo de éste, siempre a punto, era
capaz de despojar de los muslos al pato más laboriosamente preparado y adueñarse de una buena loncha de pechuga
con tres rápidos y precisos cortes aprovechando los breves instantes en que la cocinera le daba la espalda. Tía Pol
llamaba al narrador «Viejo Lobo», y la aparición de éste a la puerta de la hacienda de Faldor marcaba la reanudación
de una disputa que, según todos los indicios, se prolongaba desde hacía muchos años. El narrador adulaba de manera
ultrajante a la mujer incluso mientras le robaba. Si se le ofrecían galletas o pan moreno, los rechazaba con un gesto
educado y luego hurtaba la mitad de una bandeja antes de que la llevaran fuera de su alcance. Las reservas de
cerveza y la bodega de vinos de la cocina parecían quedar en sus manos nada más presentarse en la casa de campo.
El viejo parecía disfrutar con sus raterías y, si tía Pol lo observaba con mirada acerada, no le costaba encontrar una
decena de aliados dispuestos a saquear la cocina a cambio de una nueva narración.
Como era de lamentar, entre sus discípulos más hábiles se contaba el pequeño Garion. A menudo, obligada a dividir
su atención ante la necesidad de vigilar a un ladrón viejo y a otro que aprendía con rapidez a serlo, tía Pol terminaba
por agarrar la escoba y expulsar a ambos de la cocina entre gritos y golpes resonantes. Entonces, el viejo narrador se
echaba a reír y huía con el muchachito a algún rincón apartado donde daban cuenta del fruto de sus raterías; allí,
entre repetidos tientos de la jarra de vino o de cerveza, el viejo deleitaba a su alumno con relatos del brumoso
pasado.
Las mejores historias, desde luego, quedaban reservadas para el comedor, cuando, terminada la cena y retirados los
platos, el viejo se incorporaba de su asiento y transportaba a sus oyentes a un mundo de mágico encanto.
—Háblanos de los principios, mi viejo amigo —pidió Faldor una noche—. Y de los dioses —añadió, siempre
piadoso.
—De los principios y de los dioses… —repitió el viejo narrador en un murmullo—. Un tema digno y respetable,
Faldor, pero árido y lleno de polvo.
—He advertido que todos los relatos te parecen siempre áridos y llenos de polvo, Viejo Lobo —intervino tía Pol,
mientras se dirigía hacia el barril y llenaba una jarra de espumosa cerveza para él.
El narrador aceptó la gran jarra con una ceremoniosa inclinación de cabeza.
—Es uno de los riesgos de mi profesión, señora Pol —replicó el viejo.
Tras dar un largo trago, dejó la cerveza a un lado. Bajó la cabeza un instante en actitud pensativa y luego miró a
Garion directamente, o así le pareció al chiquillo. A continuación, hizo algo extraño que jamas le habían visto
efectuar en el comedor de Faldor mientras narraba sus historias: se envolvió en su capa y se incorporó hasta quedar
totalmente erguido.
—Hete aquí —empezó a decir con su voz rica y melodiosa— que en el principio de los tiempos los dioses hicieron
el mundo y los mares y también las tierras emergidas. Y colocaron las estrellas en el cielo nocturno e instalaron el
sol y su esposa, la luna, en el firmamento para que iluminara el mundo.
»Y los dioses hicieron que la tierra pariera a los animales que la pueblan, y que las aguas florecieran de peces y que
los cielos se llenaran de aves. E hicieron también a los hombres y luego los dividieron en pueblos.
»Los dioses eran siete y todos iguales en rango, y sus nombres eran Belar, Chaldan, Nedra, Issa, Mara, Aldur y
Torak.
Garion conocía la historia; todo el mundo en aquella región de Sendaria la conocía, pues era un relato originario de
los alorn, y las tierras que rodeaban Sendaria en tres direcciones eran reinos alorn. No obstante, pese a estar
familiarizado con el relato, el pequeño no lo había oído contar nunca de aquella manera. Su mente se elevó y, en su
imaginación, los dioses recorrieron de nuevo el mundo en esos días nebulosos y mortecinos de su creación, y un
escalofrío lo estremeció a cada mención del nombre prohibido de Torak.
El niño prestó gran atención mientras el narrador describía cómo cada dios había seleccionado un pueblo: los alorn
para Belar, los nyissanos para Issa, los arendianos para Chaldan, los tolnedranos para Nedra, los maragos —que ya
no existían— para Mara y, para Torak, los angaraks. Y oyó explicar también que el dios Aldur vivía apartado de los
demás, dedicado en su soledad al estudio de las estrellas, y que aceptaba a un reducidísimo número de hombres
como alumnos y discípulos.
Garion observó a los demás oyentes. Sus rostros estaban arrebatados de atención. Durnik tenía los ojos como platos
y las manos del viejo Cralto estaban entrelazadas con fuerza sobre la mesa. Faldor estaba pálido y unas lágrimas
asomaban a sus ojos. La tía Pol permanecía de pie al fondo de la sala. Aunque no hacía frío, también ella se había
cubierto con un chal y estaba muy erguida, con los ojos fijos en el narrador.
—Y sucedió —continuó éste— que el dios Aldur elaboró una joya en forma de globo y he aquí que en el interior de
la joya se encerraba la luz de ciertas estrellas que brillaban en el cielo septentrional. Grande fue el hechizo de la
joya, que los hombres llamaron el Orbe de Aldur, pues con el Orbe podía ver Aldur lo pasado, lo existente y lo que
aún tenía que suceder.
Garion advirtió que estaba conteniendo la respiración, completamente absorto en la historia. Escuchó con
admiración el episodio del robo del Orbe por parte de Torak y la guerra que le habían hecho los otros dioses. Torak
utilizó el Orbe para romper la tierra y abrir paso al mar para que la anegara, hasta que el Orbe respondió al mal uso
que hacía de sus poderes y le quemó la mitad izquierda del rostro y lo dejó sin la mano zurda y sin el ojo del mismo
costado.
El viejo hizo allí una pausa y apuró la jarra de cerveza. Tía Pol, todavía con el chal en torno a los hombros, le trajo
otra con movimientos casi majestuosos y los ojos ardientes.
—Jamas había oído la historia contada de ese modo —musitó Durnik.
—Es el Libro de Alorn (1). Sólo se cuenta en presencia de reyes —comentó Cralto, también en un susurro—. Cierta
vez conocí a un hombre que la había escuchado en la corte del rey, en Sendar, y que recordaba una parte de ella pero
nunca la había oído entera.
La narración continuaba con el relato de cómo, dos mil años más tarde, Belgarath el Hechicero condujo a Cherek y a
sus tres hijos para recuperar el Orbe y de cómo las tierras occidentales fueron colonizadas y protegidas contra las
huestes de Torak. Los dioses se retiraron del mundo y dejaron a Riva para proteger el Orbe en su fortaleza de la isla
de los Vientos; allí, Riva forjó una gran espada y engarzó el Orbe en su empuñadura. Mientras el Orbe siguiera allí y
la estirpe de Riva ocupara el trono, Torak no podría vencer.
Después, Belgarath envió a su hija predilecta a Riva para que fuera madre de reyes, mientras su otra hija se quedaba
con él y aprendía su arte, pues estaba dotada con la marca de los hechiceros.
La voz del viejo narrador era ahora un cuchicheo mientras el relato se acercaba a su final.
—Y entre Belgarath y su hija, la hechicera Polgara, formularon encantamientos para mantener la vigilancia contra la
llegada de Torak. Algunos hombres dicen que estos hechizos impedirán su llegada hasta el mismo fin de los
tiempos, pues está profetizado que un día el mutilado Torak atacará los reinos del oeste para reclamar el Orbe por el
que tan alto precio pagó y se librará un combate entre Torak y el descendiente del linaje de Riva, y en ese duelo se
decidirá el destino del mundo.
Tras esto, el narrador guardó silencio y dejó caer la capa de sus hombros en señal de que el relato había concluido.
Hubo un largo silencio en la sala, roto únicamente por el débil chisporroteo de los troncos en el fuego casi apagado y
la eterna cantilena de ranas y grillos en la noche veraniega.
Finalmente, Faldor carraspeó y se puso en pie, retirando su asiento con un sonoro chirrido sobre el suelo de madera.
—Esta noche nos has hecho un gran honor, mi viejo amigo
—dijo el amo de la casa con voz temblorosa de emoción—. Es un acontecimiento que recordaremos mientras
vivamos. Nos has contado una historia que suele explicarse a los reyes pero que rara vez se narra a la gente normal.
El viejo sonrió entonces, alzando sus ojos azules con un pestañeo.
—No me he juntado con muchos reyes últimamente, Faldor —dijo con una carcajada—. Todos parecen demasiado
ocupados para escuchar viejos relatos, pero las historias deben ser contadas de vez en cuando para evitar que se
pierdan… Además, ¿quién sabe en estos tiempos dónde pueda ocultarse un rey?
Todos se echaron a reír al escuchar estas palabras y empezaron a retirar los bancos en los que estaban sentados, pues
ya empezaba a hacerse tarde y era hora de acostarse para aquellos que debían levantarse con las primeras luces.
—¿Quieres llevarme una linterna al lugar donde voy a dormir, muchacho? —preguntó el narrador a Garion.
—Con mucho gusto —asintió Garion, quien se levantó de un brinco y echo a correr hacia la cocina. Tomó una
lámpara de vidrio cuadrada, encendió la vela de su interior en uno de los fuegos de la cocina y regresó al comedor.
Faldor estaba conversando con el narrador. Cuando se volvió, Garion advirtió que el viejo cruzaba una extraña
mirada con la tía Pol, que seguía de pie al fondo de la sala.
—¿Ya estamos listos, muchacho? —preguntó el narrador a Garion cuando éste se le acercó.
—Cuando gustes —respondió Garion, y los dos dieron media vuelta y salieron del comedor.
—¿Por que está inacabada tu historia? —preguntó el chiquillo, incapaz de contener su curiosidad—. ¿Por que has
terminado la narración antes de revelar que sucedió cuando Torak y el rey rivano se enfrentaron?
—Ésa es otra historia —explicó el viejo.
—¿Me la contarás alguna vez? —insistió Garion. El narrador se echo a reír.
—Torak y el rey rivano todavía no se han enfrentado, de modo que mal puedo contarte su encuentro, ¿no crees?… Al
menos, hasta que éste se haya producido.
—Pero no es más que un cuento, ¿verdad? —quiso saber Garion.
—¿Tú lo crees? —El viejo narrador de historias sacó una jarra de vino de debajo de la túnica y dio un largo trago—.
¿Quién puede saber qué es fantasía y qué es verdad disfrazada de cuento?
—No es más que un cuento —insistió Garion con terquedad, sintiéndose de pronto tan realista y práctico como
cualquier buen sendario—. No puede ser verdad. Porque entonces Belgarath el Hechicero tendría… tendría no sé
cuántos años, y la gente no vive tanto.
—Siete mil años —murmuró el viejo. —¿Qué?
—Belgarath el Hechicero tiene siete mil años de edad…, tal vez algunos más.
—Eso es imposible —declaró Garion. —¿Lo es? ¿Cuántos tienes tú?
—Nueve…, el próximo otoño.
—¿Y a los nueve años ya has aprendido qué es posible y qué es imposible? ¡Eres un muchachito extraordinario,
Garion!
El pequeño se sonrojó.
—Bueno —dijo, no tan seguro ya de sí mismo—, el hombre más viejo de quien he oído hablar es el anciano Weldrik
de la hacienda de Mildrin. Durnik dice que tiene más de noventa años y que es la persona de más edad de la
comarca.
—Y es una comarca muy grande, claro —asintió el viejo narrador con gesto solemne.
—¿Cuántos años tienes tú? —inquirió Garion, reacio a ceder. —Bastantes, pequeño.
—Sigo pensando que es un cuento —insistió el muchacho.
—Muchos hombres buenos y cabales te dirían lo mismo —respondió el viejo alzando la mirada a las estrellas—.
Hombres buenos que pasan sus vidas creyendo sólo en lo que pueden ver y tocar. Pero más allá de lo que se puede
ver y tocar hay otro mundo, y éste se rige por sus propias leyes. Lo que puede resultar imposible en el mundo
normal donde vivimos, es muy posible en ese otro mundo y, a veces, las fronteras entre ambos desaparecen y,
entonces, ¿quién puede saber qué es posible y qué imposible?
—Creo qué prefiero vivir en el mundo normal —respondió Garion—. El otro parece demasiado complicado.
—No siempre tenemos la oportunidad de escoger, muchacho —añadió el narrador de historias—. No te sorprendas
demasiado si algún día ese otro mundo te escoge para hacer algo qué debe llevarse a cabo…, algo grande y noble.
—¿Yo? —exclamó Garion, incrédulo.
—Cosas más extrañas han sucedido. Ve a la cama, muchacho. Creo que yo me quedaré un rato a contemplar las
estrellas. Ellas y yo somos viejos amigos.
—¿Las estrellas? —repitió Garion alzando la vista involuntariamente. Eres un viejo muy extraño… si no te molesta
que te lo diga.
—Desde luego que lo soy —asintió el narrador—. El más extraño que has conocido nunca, probablemente.
—Pero me gustas igual —se apresuró a añadir Garion, temeroso de que tomara a mal su comentario.
—Es un consuelo, pequeño —dijo el viejo—. Ahora, ve a acostarte. Tu tía Pol estará preocupada por ti.
Más tarde, cuando se durmió, Garion tuvo sueños agitados. La figura oscura del mutilado Torak lo acechó en las
sombras y unos seres monstruosos lo persiguieron por unos terrenos tortuosos donde lo posible y lo imposible se
confundían y se mezclaban mientras aquel otro mundo se extendía hacia él para atraparlo.
Algunas mañanas más tarde, cuando la tía Pol ya empezaba a fruncir el entrecejo con aire amenazador ante su
continuo merodear por la cocina, el viejo narrador buscó la excusa de hacer algún recado para dirigirse a la aldea
cercana de Gralt.
—Bueno —dijo tía Pol, con cierta displicencia—. Al menos, mis despensas estarán a salvo mientras estés fuera.
El viejo hizo una reverencia burlona con un guiño en los ojos:
—¿La señora Pol precisa algo? —preguntó—. ¿Hay alguna frivolidad que pueda traerte, ya que voy al pueblo?
Tras pensarlo un momento, tía Pol respondió: —Algunos tarros de especias empiezan a estar vacíos y hay un
mercader tolnedrano que las vende en la calle del Hinojo, cerca de la taberna del pueblo. Estoy segura de que no
tendrás problemas para encontrar la taberna.
—Seguro que el viaje me da sed —asintió el viejo narrador, complacido ante la perspectiva—. Y seguro que será
solitario. Diez leguas sin nadie con quien charlar se harán interminables.
—Habla con los pájaros —sugirió tía Pol con brusquedad. —Los pájaros saben escuchar muy bien —respondió él—
, pero
sus frases son repetitivas y uno se cansa pronto de ellas. ¿Por qué no dejas que me acompañe el muchacho?
Garion contuvo el aliento.
—Ya está adquiriendo suficientes malas costumbres por sí mismo —replicó la mujer con acritud—. Prefiero que no
acabe de instruirlo un experto.
—¡Vamos, señora Pol! —protestó el viejo, al tiempo que robaba un buñuelo casi sin darse cuenta—. No eres justa
conmigo. Además, al chico le conviene un cambio…, ensanchar sus horizontes, podríamos decir.
—Sus horizontes ya son lo bastante anchos, muchas gracias —replicó ella.
A Garion se le cayó el alma a los pies.
—De todos modos —continuó la mujer—, al menos puedo confiar en que no se olvidará de las especias ni se
embriagará de cerveza hasta el punto de confundir los granos de pimienta con el clavo o la canela con la nuez
moscada. Está bien, llévate al muchacho, pero ten cuidado: no quiero que lo lleves a ningún antro de mala fama.
—¡Señora Pol! —continuó la broma el viejo, fingiéndose escandalizado—. ¡No pensará usted que frecuento tales
sitios!
—Te conozco muy bien, Viejo Lobo —replicó ella en tono seco—. Te zambulles en el vicio y la corrupción con la
misma naturalidad que un pato en las aguas de un estanque. Si me entero de que has llevado al chico a algún lugar
inconveniente, tendremos unas palabras, tú y yo.
—Entonces, debo asegurarme de que no te enteres de nada parecido, ¿no es eso?
Tía Pol le dirigió una severa mirada.
—Iré a ver qué especias necesito.
—Y yo iré a pedir prestado un carro a Faldor— añadió el viejo, al tiempo que se apoderaba de otro buñuelo.
Al cabo de un rato sorprendentemente breve, Garion y el viejo narrador iban dando botes en el pescante de un carro
detrás de un caballo al trote por el camino lleno de profundas rodadas que conducía a Gralt. Era una mañana de
verano luminosa, en el cielo había algunas nubes como flores de diente de león y los setos formaban densas sombras
azules. Al cabo de algunas horas, sin embargo, el sol empezó a apretar y el traqueteante viaje empezó a hacerse
fatigoso.
—¿Ya estamos cerca? —preguntó Garion por tercera vez.
—Todavía falta un rato —respondió el viejo—. Diez leguas es una distancia considerable.
—Yo estuve una vez allí —le informó Garion, tratando de aparentar despreocupación—. Por supuesto, entonces no
era más que un niño y no recuerdo casi nada, pero me pareció que era un lugar estupendo.
El viejo se encogió de hombros y, con un aire de ligera aflicción, respondió:
—No es más que un pueblo como tantos.
Garion empezó a dirigirle preguntas con el propósito de inducir al viejo a narrar otra de sus historias que hiciera más
corto el camino.
—¿Cómo es que no tienes nombre…, si no consideras impertinente la pregunta?
—Tengo muchos nombres —respondió el viejo mientras se mesaba su barba canosa—. Casi tantos como años.
—Yo solo tengo uno. —De momento.
—¿Qué?
—Sólo tienes un nombre hasta el momento —explicó el viejo—. Con el tiempo, tal vez tengas otro… o varios más.
Algunas personas van coleccionándolos a lo largo de sus vidas. A veces, los nombres se gastan, igual que la ropa.
—La tía Pol te llama Viejo Lobo —apuntó Garion.
—Ya lo sé —respondió el narrador—. Tu tía y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo.
—¿Por qué te llama así?
—¿Quién puede saber por qué una mujer como tu tía hace las cosas?
—¿Puedo llamarte señor Lobo? —preguntó el pequeño.
Los nombres eran muy importantes para él y el hecho de que el viejo narrador no pareciera tener ninguno siempre le
había preocupado. De algún modo, su carencia de nombre lo hacía parecer una persona incompleta, inacabada.
El viejo lo miró con aire serio un instante y luego estalló en carcajadas.
—Señor Lobo me parece muy bien. Es muy adecuado. Creo que me gusta más ese nombre que cualquiera de los que
he tenido en años.
—¿Puedo, entonces, llamarte señor Lobo?
—Creo que me gusta la idea, Garion. Creo que me gusta mucho.
—Entonces, ¿no querrías contarme alguna historia, por favor?
El tiempo y la distancia pasaron mucho más deprisa desde ese instante, mientras el señor Lobo narraba a Garion
relatos de gloriosas aventuras y oscuras traiciones extraídos de los siglos lóbregos e interminables de las guerras
civiles arendianas.
—¿Por qué son así los arendianos? —preguntó Garion después de un relato más bien siniestro.
—Los arendianos son muy nobles —respondió Lobo, echándose hacia atrás en el pescante del carro con las riendas
colgadas negligentemente en una mano—. La nobleza es un rasgo que no siempre resulta de fiar, pues a veces
provoca que los hombres obren por oscuras razones.
—Rundorig es un arendiano —dijo Garion—. A veces parece…, en fin, no parece muy despierto, ¿sabes a qué me
refiero?
—Es el efecto de toda esa nobleza —respondió Lobo—. Los arendianos pierden tanto tiempo concentrándose en ser
nobles que no tienen tiempo de pensar en otras cosas.
Llegaron a lo alto de la cresta de una larga colina y ante ellos, en el siguiente valle, se extendió el pueblo de Gralt. El
pequeño conglomerado de casas de piedra gris con techos de pizarra decepcionó a Garion por su pequeñez, Dos
caminos, polvorientos y blanquecinos, se cruzaban en el pueblo, que tenía además algunas callejas estrechas y
tortuosas. Las casas eran cuadradas y sólidas, pero casi parecían juguetes colocados al fondo del valle. Más allá, en
el horizonte, se divisaban las crestas de las montañas del este de Sendaria y, aunque era verano, las cumbres estaban
todavía cubiertas de nieve.
El caballo, cansado, descendió al paso por la ladera hacia el pueblo, levantando nubecillas de polvo con sus pezuñas,
y pronto se encontraron traqueteando por las calles empedradas en dirección al centro del pueblo. Los habitantes,
como es lógico, se sentían demasiado importantes para prestar atención a un viejo y a un chiquillo en un carro de
granja. Las mujeres llevaban vestidos largos y sombreros altos y puntiagudos y los hombres lucían jubones y gorros
de suave terciopelo. Sus ademanes parecían altivos y contemplaban con evidente desdén a los contados campesinos
que habían bajado al pueblo, quienes se hacían a un lado con respeto para dejarles paso.
—Son muy elegantes, ¿verdad? —apuntó Garion.
—Así parecen creerlo ellos —asintió Lobo con aire divertido—. Creo que ya es hora de encontrar algo que comer,
¿no te parece?
Aunque no se había dado cuenta hasta el momento en que el viejo lo había mencionado, Garion sintió de pronto un
hambre voraz.
—¿Y dónde iremos? —preguntó—. Toda esta gente parece tan espléndida… ¿ Aceptarán que unos extraños se
sienten a su mesa?
Lobo se echo a reír e hizo tintinear una bolsa que llevaba al cinto.
—No tendremos problemas para hacer relaciones —aseguró —. Hay lugares donde se puede comprar comida.
¿Comprar comida? Garion no había oído nunca algo parecido. Cualquiera que apareciera a la puerta de la casa de
Faldor a la hora de comer tenía un plato en la mesa por costumbre. El mundo de los campesinos era, estaba claro,
muy distinto del que vivía la gente del pueblo.
—Pero yo no tengo dinero —protestó.
—Yo tengo suficiente para los dos —le aseguró Lobo, y detuvo el carro frente a un gran edificio de escasa altura
con un letrero colgado justo encima de la puerta, en el que había un dibujo de un racimo de uvas. Había unas
palabras escritas en el rótulo, pero Garion no supo descifrarlas.
—¿Qué dicen esas palabras, señor Lobo? —preguntó.
—Dicen que dentro se puede comprar comida y bebida —respondió Lobo mientras bajaba del carro.
—Debe de ser estupendo saber leer —comentó Garion, pensativo. El viejo lo observó con aparente sorpresa.
—¿No sabes leer? —preguntó, incrédulo.
—No he encontrado nunca nadie que me enseñara —dijo Garion—. Faldor sabe leer, creo, pero es el único en la
hacienda.
—Tonterías —resopló Lobo—. Hablaré de ello con tu tía Pol. Creo que descuida sus responsabilidades. Debería
haberte enseñado ya hace años.
—¿Tía Pol sabe leer? —preguntó Garion, desconcertado.
—Pues claro —asintió Lobo, en marcha hacia la taberna—. Dice que no le encuentra ninguna utilidad, pero ella y yo
ya discutimos ese asunto hace años y lo dejamos aclarado.
El viejo narrador parecía muy molesto por la falta de conocimientos de Garion. El muchachito, no obstante, estaba
mucho más interesado en el ambiente cargado de humo de la taberna y no le presto atención.
El local era grande y tenía poca luz, con un techo bajo de vigas y un suelo de piedra cubierto de esteras de esparto.
Aunque no hacía frío, había un fuego encendido en un asador situado en el centro de la estancia, del cual se alzaba
una errática columna de humo hacia una chimenea colocada encima sobre cuatro pilares de piedra cuadrados. Unas
velas de sebo colocadas en platillos de barro en varias de las mesas largas llenas de mugre iluminaban la taberna,
que hedía a vino y a cerveza rancia.
—¿Qué tienen de comer? —preguntó Lobo a un hombre de aspecto agrio y barba descuidada que lucía un delantal
manchado de grasa.
—Nos queda un poco de asado —dijo el hombre señalando un espetón situado cerca del asador—. Está hecho
apenas anteayer, y una sopa con carne recién hecha ayer por la mañana, y pan que aún no tiene una semana.
—Muy bien —dijo Lobo, tomando asiento—. Yo beberé una jarra de su mejor cerveza y traiga un vaso de leche
para el chico.
—¿Leche? —protestó Garion.
—Leche —asintió Lobo con firmeza.
—¿Tiene dinero? —exigió saber el hombre de aspecto avinagrado.
Lobo hizo tintinear la bolsa y el individuo pareció, de pronto, mucho menos desabrido.
—¿Por qué ese hombre está durmiendo ahí? —preguntó Garion, señalando a un vecino del pueblo que roncaba con
la cabeza caída en una de las mesas.
—Está bebido —explicó Lobo, sin apenas volver la mirada hacia el hombre.
—¿No debería ocuparse alguien de él? —Seguro que él prefiere que no se ocupen.
—¿Lo conoces?
—Lo conozco a él —respondió Lobo— y a muchos como él. A veces, yo mismo me he encontrado en ese estado.
—¿Por qué?
—En su momento, me pareció oportuno.
El asado estaba seco y demasiado hecho, la sopa era aguada y sin sustancia y el pan estaba rancio, pero Garion tenía
demasiada hambre para advertirlo. Rebañó meticulosamente el plato como le habían enseñado y luego aguardó
mientras el señor Lobo daba cuenta con tranquilidad de una segunda jarra de cerveza.
—Todo espléndido —comentó, más por decir algo que por auténtica convicción. En conjunto, Gralt no respondía ni
mucho menos a sus expectativas.
—Sólo normal —replicó el narrador encogiéndose de hombros—. Las tabernas de pueblo son muy parecidas en
todas partes. Rara vez he encontrado una que me haya dejado ganas de volver. ¿Nos vamos?
Dejó unas monedas sobre la mesa, que el hombre de aspecto avinagrado se apresuró a recoger, condujo a Garion
hacia la puerta y salieron bajo el sol de la tarde.
—Vamos a buscar a ese comerciante de especias que mencionó tu tía: después nos ocuparemos de encontrar
alojamiento para está noche… y un establo para el caballo.
El viejo y el chiquillo dejaron el carro y el caballo junto a la taberna y echaron a andar por la calle.
La casa del comerciante tolnedrano era un edificio alto y estrecho situado en la calle siguiente. Dos hombres de tez
morena y cuerpo rechoncho vestidos con túnicas cortas haraganeaban junto a la puerta de la tienda, cerca de un
caballo negro de aspecto feroz que llevaba una curiosa silla de montar acorazada. Los dos hombres observaron con
aburrido desinterés a los viandantes.
Al verlos, el viejo narrador se detuvo.
—¿Sucede algo? —inquirió Garion.
—Son thulls —murmuró Lobo, lanzando una penetrante mirada a los dos hombres.
—¿Qué?
—Esos hombres son thulls —repitió el viejo—. En general trabajan de porteadores para los murgos.
—¿Qué son los murgos?
—Son el pueblo que habita Cthol Murgos —dijo lacónico Lobo—. Angaraks del sur.
—¿Los que derrotamos en la batalla de Vo Mimbre? —preguntó el muchacho —. ¿Qué pueden estar haciendo aquí?
—Los murgos se han dedicado al comercio desde hace un tiempo —dijo Lobo, con el entrecejo fruncido—. No
esperaba encontrarlos en un pueblo tan remoto. Será mejor que entremos. Los thulls nos han visto y podrían
extrañarse si ahora damos media vuelta y nos alejamos. No te apartes de mi lado, muchacho, y permanece callado.
Pasaron ante los dos robustos individuos de la puerta y penetraron en la tienda del comerciante de especias.
El tolnedrano era un hombre calvo y delgado que llevaba una túnica parda, larga hasta el suelo, con un cinturón. El
hombre pesaba con gesto nervioso varios paquetes de un polvo de olor penetrante colocados en el mostrador.
—Buenos días tenga usted —dijo a Lobo—. Le ruego un poco de paciencia. Enseguida lo atenderé.
El comerciante hablaba con un ligero ceceo que a Garion le pareció muy curioso.
—No tengo prisa —replicó Lobo con una voz gangosa y vacilante. Garion lo miró con expresión de extrañeza y le
asombró ver que su amigo andaba encorvado y movía la cabeza de un lado a otro como un bobo.
—Ocúpate de ellos —dijo con brusquedad el otro hombre que había en la tienda. Era un tipo corpulento de piel
atezada que llevaba una cota de malla y una espada corta al cinto. Tenía altos los pómulos y varias cicatrices de
horrible aspecto cruzaban su rostro. Sus ojos eran curiosamente rasgados y su voz áspera hablaba con un
pronunciado acento.
—No tengo prisa —repitió Lobo con su voz gangosa.
—Mis obligaciones aquí me llevarán algún tiempo y prefiero no ir con prisas —replicó el murgo con frialdad—.
Dile al comerciante qué necesitas, viejo.
—Muchas gracias, pues —balbució Lobo—. He traído una lista conmigo. La tengo por alguna parte —se puso a
rebuscar en los bolsillos con gestos torpes—. Mi amo la escribió. Espero que puedas leerla tú, amigo comerciante,
pues yo no sé.
Encontró por fin la lista y la entregó al tolnedrano.
El comerciante le echo una ojeada.
—Solo tardaré un momento con esto —aseguró al murgo.
Éste asintió y se quedó mirando a Lobo y a Garion rígidamente. Sus ojos se entrecerraron y su expresión cambió.
—Pareces un muchachito muy despierto —dijo a Garion—. ¿Cómo te llamas?
Hasta aquel instante, Garion había sido durante toda su vida un niño sincero y honrado, pero la actuación de Lobo
había abierto ante sus ojos todo un mundo nuevo de engaños y subterfugios. Le pareció escuchar en algún rincón de
su mente una voz de aviso, una voz seca y tranquila que le advertía que la situación era peligrosa y que debía
adoptar medidas para protegerse. Apenas vaciló un segundo antes de pronunciar su primera mentira consciente.
Abrió la boca y adoptó una expresión ausente y estúpida.
—Rundorig, excelencia —murmuró.
— Ése es un nombre arendiano —comentó el murgo entrecerrando todavía más los ojos—. Pero no tienes aspecto de
arendiano.
Garion lo miró boquiabierto.
—¿Eres un arendiano, Rundorig? —insistió el murgo.
Garion frunció el entrecejo como si luchara con una idea, mientras su mente corría para encontrar una respuesta. La
voz seca y tranquila le sugirió varias alternativas.
—Mi padre lo fue —respondió por fin—, pero mi madre es sendaria y la gente dice que he salido a ella.
—Has dicho «lo fue» —apuntó con rapidez el murgo—. ¿Ha muerto tu padre, entonces?
Su rostro cosido de cicatrices lo miraba con expresión torva. Garion asintió con gesto estúpido.
—Estaba talando un árbol y le cayó encima —mintió—. Fue hace mucho tiempo.
El murgo pareció perder el interés de repente.
—Ahí tienes una moneda, muchacho — dijo, y arrojó una pequeña moneda a los pies de Garion con gesto de
indiferencia—. Tiene la imagen del dios Torak en una de sus caras. Tal vez te traiga suerte… o al menos un poco
más de inteligencia.
Lobo se agachó rápidamente y recogió la moneda, pero la que entregó a Garion fue otra: un penique ordinario de
Sendaria.
—Da las gracias al gentil caballero, Rundorig —dijo con su voz fingida.
—Muchas gracias, excelencia —dijo Garion y escondió la moneda en su puño cerrado.
El murgo se encogió de hombros y les dio la espalda.
Lobo pagó las especias al comerciante tolnedrano y salió de la tienda con Garion pegado a sus talones.
—Te has metido en un juego muy peligroso, muchacho —murmuró Lobo cuando estuvieron a suficiente distancia
de los dos thulls de la entrada.
—Me ha parecido que no querías que ese hombre supiera quiénes éramos —explicó Garion—. No sabía muy bien
por qué, pero he creído que tenía que actuar de la misma manera. ¿He obrado mal, tal vez?
—Eres muy despierto —asintió Lobo con un gesto de aprobación—. Creo que hemos conseguido engañar al murgo.
—¿Por que has cambiado las monedas?
—A veces, las monedas angaraks no son lo que parecen —dijo Lobo—. Es mejor para ti que no tengas ninguna.
Vamos a buscar el carro y el caballo. Tenemos un buen trecho hasta la hacienda de Faldor.
—Pensaba que íbamos a buscar alojamiento para pasar la noche.
—Los planes han cambiado ahora. Vamos, muchacho. Es hora de irse.
El caballo estaba muy fatigado y ascendió con lentitud la ladera de la colina; las casas de Gralt quedaron atrás
mientras el sol se ponía ante ellos.
—¿Por que no me has dejado guardar el penique angarak, señor Lobo? —insistió Garion. El asunto aún lo tenía
desconcertado.
—Muchas veces sucede en este mundo que algo parece ser una cosa cuando, en realidad, es otra —comentó Lobo
con aire un tanto sombrío—. No me fío de los angaraks y, sobre todo, desconfío de los murgos. Me parece que será
más conveniente que no tengas nunca en tu posesión nada que lleve la efigie de Torak.
—Pero la guerra entre el oeste y los angaraks terminó hace quinientos años —protestó Garion—. Todo el mundo lo
dice.
—No todo el mundo —replicó Lobo—. Ahora, toma esa ropa de la parte de atrás del carro y tápate. Tu tía no me
perdonaría nunca si pillaras un resfriado.
—Lo haré si tú crees que debo —respondió Garion—, pero no tengo nada de frío y estoy muy despierto. Te haré
compañía mientras volvemos.
—Será un consuelo, muchacho —afirmó el viejo.
—Señor Lobo —preguntó Garion al cabo de un rato—, ¿conociste a mi padre y a mi madre?
—Si —respondió el narrador, lacónico. —Mi padre también está muerto, ¿verdad? —Me temo que sí. Garion emitió
un profundo suspiro.
—Es lo que yo pensaba —murmuró—. Ojalá los hubiera conocido. Tía Pol dice que no era más que un bebé
cuando… —El chiquillo no se atrevió a pronunciar la palabra—. He tratado de recordar a mi madre, pero no puedo.
—Eras muy pequeño —dijo Lobo.
—¿Cómo eran? —quiso saber Garion. Lobo se mesó la barba y respondió:
—Normales. Tan normales que nadie se fijaba en ellos. Garion tomó el comentario como una ofensa. —Tía Pol dice
que mi madre era muy guapa —protestó. —Lo era.
—Entonces, ¿cómo puedes decir que era tan normal? —Me refiero a que no era una persona destacada o importante
—dijo Lobo—. Lo mismo que tu padre. Cualquiera que los viera sólo podía pensar que eran simples aldeanos. Un
hombre joven con su esposa y su hijo: eso era lo único que podía ver la gente. Y precisamente era así como se
supone que debían ser las cosas. —No te comprendo.
—Es muy complicado de explicar.
—¿Cómo era mi padre?
—De estatura mediana y cabello oscuro —respondió Lobo —. Era un hombre muy serio. Me caía bien. —¿Quería a
mi madre? —Más que a nada en el mundo. —¿Y a mi? —Desde luego que sí.
—¿Dónde vivían?
—En un lugar muy pequeño —respondió Lobo—, una aldea cercana a las montañas apartada de todas las rutas
importantes. Tenían una casita al final de una calle, una cabaña pequeña pero sólida. La construyó tu padre con sus
propias manos, pues era cantero. Yo solía detenerme en su casa en ocasiones cuando estaba en la comarca.
La voz del viejo narrador siguió su descripción de la aldea y la casa en la que vivió la pareja. Garion lo escuchó y
poco a poco, sin advertirlo, se quedó dormido.
Debía de ser muy tarde, casi la hora del amanecer. Adormilado, el muchacho notó cómo lo levantaban del carro y lo
transportaban en volandas escaleras arriba. El viejo Lobo resultaba sorprendentemente fuerte. La tía Pol estaba
presente: Garion no tuvo necesidad de abrir los ojos para saberlo. El pequeño habría sido capaz de encontrarla en
una habitación a oscuras gracias a aquel aroma especial que emanaba.
—Cúbrelo bien —dijo el señor Lobo a tía Pol en un cuchicheo—. Será mejor no despertarlo ahora.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó tía Pol en voz tan baja como la del viejo.
—Había un murgo en el pueblo, en la tienda de tu mercader de especias. Hizo muchas preguntas e intentó darle al
muchacho una moneda angarak.
—¿En Gralt? ¿Estás seguro de que sólo era un murgo? —No hay manera de estar seguro. Ni siquiera yo soy capaz
de
distinguir con claridad a un murgo de un grolim. —¿Qué sucedió con la moneda?
—Reaccioné con la rapidez suficiente para cogerla yo, y se la cambié al chico por un penique de Sendaria. Si ese
murgo era un grolim, dejaremos que me siga. Estoy seguro de poder darle varios meses de entretenimiento.
—Entonces, ¿piensas irte? —La voz de tía Pol pareció un tanto triste.
—Es hora de hacerlo —asintió Lobo—. De momento, el chico está a salvo aquí y yo debo viajar muy lejos. Existen
asuntos en vías de realizarse que debo atender. Cuando empiezan a aparecer murgos por lugares remotos como éste,
empiezo a preocuparme. Tenemos una gran responsabilidad y una gran tarea sobre nuestros hombros y no debemos
permitirnos el menor descuido.
—¿Estarás ausente mucho tiempo? —preguntó la tía Pol.
—Varios años, calculo. Hay muchas cosas que debo investigar y mucha gente a la que he de ver.
—Te echaré de menos —dijo tía Pol en un susurro.
El señor Lobo se echo a reír.
—¿Sentimentalismos, Pol? —preguntó con voz seca—. Eso no cuadra mucho contigo.
—Ya sabes a qué me refiero —replicó la mujer—. No estoy preparada para la tarea que tú y los demás me habéis
encomendado. ¿Qué sé yo cómo se educa a un niño?
—Pues lo haces bien —la tranquilizó Lobo—. Átalo corto y no permitas que su carácter te ponga histérica. Ten
cuidado, Pol: ese chico miente como un campeón.
—¿Garion? —dijo la mujer con voz de desconcierto.
—Le mintió al murgo con tal perfección que incluso yo quedé impresionado.
—¿Garion?
—También ha empezado a hacerme preguntas acerca de sus padres. ¿Hasta dónde le has contado? —quiso saber el
viejo.
—Le he hablado muy poco del tema. Sólo le he dicho que estaban muertos.
—Dejémoslo así de momento. No tiene sentido explicarle cosas cuando no tiene la edad suficiente para
comprenderlas.
Las voces siguieron pero Garion volvió a sumirse en el sueño y casi llegó a convencerse de que la conversación de
los dos adultos formaba parte de sus sueños.
Pero a la mañana siguiente, cuando despertó, el señor Lobo se había marchado.
Las estaciones del año se sucedieron una tras otra. El verano se convirtió en otoño, el fuego otoñal se apagó dando
entrada al invierno, éste retrocedió a regañadientes ante el impulso de la primavera, que volvió a florecer en el
verano. Con el paso de las estaciones transcurrieron también los años y Garion fue haciéndose mayor casi sin darse
cuenta.
Mientras él crecía, los demás niños también se hacían mayores… Todos excepto el pobre Doroon, que parecía
condenado a ser bajo y delgado toda su vida. Rundorig brotó como un árbol joven y pronto fue alto y fuerte como
cualquier adulto de la hacienda. Zubrette, por supuesto, no se hizo tan alta como él, pero se desarrolló de otras
maneras que los muchachos empezaron a encontrar interesantes.
A principios de agosto, justo antes de cumplir catorce años, Garion estuvo a punto de sufrir un trágico final. Durante
el verano, respondiendo a algún impulso primordial que poseen los chicos cuando tienen cerca una charca y unos
troncos adecuados, habían construido una balsa. No era muy grande ni estaba especialmente bien construida:
mostraba una tendencia a hundirse por un extremo si el peso a bordo no se distribuía de forma adecuada y
presentaba la alarmante costumbre de desmontarse en el momento menos pensado.
Como era de esperar, fue Garion quien se encontraba a bordo de la balsa, luciendo sus habilidades en un excelente
día de otoño, cuando la balsa decidió de una vez por todas y en un abrir y cerrar de ojos volver a su estado original.
Todas las ataduras se deshicieron y los troncos empezaron a flotar cada uno por su lado.
Garion, que no advirtió el peligro de la situación hasta el último instante, hizo un esfuerzo desesperado por alcanzar
la orilla utilizando la pértiga; pero sus prisas sólo hicieron más rápida la desintegración de la nave. Por ultimo, se
encontró de pie sobre un tronco solitario, agitando los brazos como aspas de molino en un fútil intento por mantener
el equilibrio. Sus ojos barrieron la orilla pantanosa en la búsqueda desesperada de alguna ayuda. A cierta distancia,
en mitad de la ladera y detrás de sus compañeros de juego, el muchacho vio la familiar figura del hombre sobre el
caballo negro. El jinete llevaba una túnica oscura y sus ojos flameantes observaban los apuros del muchacho.
Entonces, el tronco solitario rodó bajo los pies de Garion y éste terminó por caer al agua con un sonoro chapoteo.
Por desgracia, la educación de Garion no había incluido el aprendizaje del arte de la natación y, aunque la charca no
era excesivamente honda, si tenía la profundidad suficiente para resultar peligrosa.
El fondo de la charca era repulsivo: consistía en una especie de limo oscuro y lleno de algas, habitado por ranas,
tortugas y una anguila de desagradable aspecto que se escabulló serpenteante cuando Garion cayó como una roca
entre las matas de algas. El muchacho se debatió, tragó agua y se impulsó con las piernas de nuevo hacia la
superficie. Como una ballena resoplante, se alzó de las profundidades, soltó un par de jadeos para expulsar el agua
de su interior y oyó los gritos de sus compañeros de juegos. La figura oscura de la ladera no se había movido y, por
un breve instante, quedó grabado en la mente de Garion hasta el menor detalle de la luminosa tarde en la charca.
También advirtió otra cosa: aunque el jinete estaba en campo abierto y bien iluminado bajo el sol otoñal, ni hombre
ni caballo dejaban sombra alguna en la colina. Mientras su mente luchaba por entender aquella incongruencia, el
chico se hundió de nuevo en el fondo fangoso.
Mientras pugnaba contra las algas, ahogándose, Garion se dijo que, si conseguía impulsarse hacia la vecindad del
tronco, tal vez pudiera agarrarse a él y mantenerse a flote. Ahuyentó a una rana que lo miraba sobresaltada y se
lanzó de nuevo hacia arriba. Desgraciadamente, emergió justo debajo del tronco. Notó un poderoso golpe en la parte
superior del cráneo, una fuerte luz estalló en sus ojos y escuchó un potente rugido. Volvió a hundirse, esta vez sin
oponerse, cayendo hacia las algas que parecían extenderse para asirlo.
Fue en ese instante cuando apareció Durnik. Garion notó que una mano lo agarraba del pelo, tiraba de él hacia la
superficie y luego lo arrastraba siguiendo el mismo sistema, llevándolo hacia la orilla mediante poderosas brazadas.
El herrero consiguió sacar del agua al muchacho semiinconsciente, lo puso boca abajo en el suelo y le pisó varias
veces la espalda para hacerle expulsar el agua de los pulmones.
A Garion le crujieron las costillas.
—Ya basta, Durnik —jadeó por fin.
Se incorporó hasta quedar sentado y, de inmediato, le goteó ante los ojos la sangre procedente del tremendo corte
que se había hecho en la cabeza. Apartó la sangre con la mano y buscó con la mirada al jinete sin sombra, pero la
figura había desaparecido.
Intentó ponerse en pie pero, de pronto, el mundo empezó a dar vueltas a su alrededor y se desmayó.
Cuando recuperó el sentido, Garion se encontró en su propia cama, con la cabeza envuelta en vendas.
La tía Pol estaba a su lado con ojos flameantes.
—¡Pareces tonto! —exclamó la mujer—. ¿Qué hacías en esa charca?
—Iba en balsa —respondió Garion tratando de que su voz sonara con toda normalidad.
—¿En balsa? —dijo ella—. ¿En balsa? ¿Quién te ha dado permiso?
—Bueno… —titubeó él—. Nosotros solo…
—¿Vosotros sólo qué?
El muchacho la miró, con aire desvalido.
Y entonces ella, con un grito sordo, tomó al muchacho en sus brazos y lo estrechó contra ella hasta casi ahogarlo.
Garion pensó por un instante en hablarle de la extraña figura sin sombra que había observado sus torpes chapoteos
en la charca, pero la voz seca que a veces le hablaba desde el fondo de su mente le dijo que no era el mejor momento
para hacerlo. De algún modo, el muchacho parecía saber que el asunto entre él y el hombre del caballo negro era
muy privado y que, inevitablemente, llegaría el momento en que los dos se enfrentarían en una especie de lucha de
voluntades o acciones. Hablarle de ello ahora a tía Pol la involucraría en el asunto y Garion no lo deseaba. No estaba
muy seguro de por que, pero tenía la certeza de que la figura oscura era un enemigo y, aunque tal pensamiento le
producía cierto temor, también le resultaba excitante. No cabía la menor duda de que tía Pol podía enfrentarse a
aquel extraño pero Garion sabía que, en ese caso, él perdería algo muy personal y, por alguna razón desconocida,
muy importante. Así pues, resolvió no decir nada.
—En realidad, no corrí tanto peligro, tía Pol —dijo por el contrario, con escasa convicción—. Empezaba a hacerme
una idea de cómo se nada. Todo habría ido bien si no me hubiera golpeado la cabeza contra el tronco.
—Pero te diste el golpe contra él —replicó la mujer.
—Bueno, si, pero no fue nada grave. Me habría recuperado en un par de minutos.
—Dadas las circunstancias, no estoy muy segura de que pudieras disponer de ese par de minutos —respondió ella
con brusquedad.
—Bien… —titubeó Garion antes de decidir que era mejor dejar el tema.
Este suceso señaló el fin de la libertad de Garion. La tía Pol lo confinó al fregadero. El muchacho llegó a conocer a
la perfección todos los rasguños y abolladuras de cada olla. En cierta ocasión, llegó a calcular lúgubremente que
había limpiado cada una de ellas veintiuna veces en una semana. Tía Pol, en una aparente orgía de despilfarro, de
pronto parecía incapaz de poner siquiera agua a hervir sin ensuciar al menos tres o cuatro cacharros, y Garion era el
encargado de lavar hasta el ultimo de ellos. El muchacho estaba harto de tanto fregar y empezaba a darle vueltas en
serio a la idea de huir.
Conforme avanzó el otoño y el tiempo comenzó a empeorar, los otros chicos quedaron también más o menos
confinados al recinto de la casa de campo y las cosas mejoraron algo para Garion. Rundorig apenas podía compartir
sus juegos, pues, por su tamaño de hombre hecho y derecho, lo obligaban a trabajar con los adultos más todavía que
a Garion.
Cuando podía, éste escapaba de la cocina para estar con Zubrette y Doroon, pero el trío ya no encontraba tan
divertido ir a saltar al pajar o jugar a alguna de las infinitas variedades del juego del escondite en los establos y
graneros. Habían alcanzado la edad y el tamaño en que los adultos se daban cuenta enseguida de cuándo estaban
ociosos y les encontraban enseguida alguna tarea que hacer. La mayoría de las veces se limitaban a sentarse en algún
rincón a charlar, simplemente; es decir, que Garion y Zubrette se sentaban a escuchar la incansable verborrea de
Doroon. El muchacho, pequeño y vivaracho, era tan incapaz de mantenerse callado como de permanecer quieto,
podía pasarse horas hablando de cualquier nimiedad y las palabras se le agolpaban en la boca mientras sus manos se
mantenían en constante movimiento.
—¿Qué es esa marca que tienes en la mano, Garion? —preguntó Zubrette un día de lluvia, interrumpiendo el
parloteo de Doroon.
Garion se miró la mancha blanca, perfectamente redonda, que tenía en la palma de la mano derecha.
—Yo también la he observado —dijo Doroon, cambiando rápidamente de tema en mitad de una frase—. Pero
Garion ha crecido en la cocina, ¿no es verdad, Garion? Quizá se quemó cuando era pequeño…, ya sabes, alargó el
brazo y puso la mano en algún objeto caliente antes de que nadie pudiera evitarlo. Apuesto a que su tía Pol se puso
furiosa cuando eso sucedió, porque tu tía Pol es la persona que se enfada mas pronto de todas las que conozco y es
capaz de…
—Siempre la he tenido ahí —declaró Garion, y trazó un círculo en torno a la marca de la mano con el índice de la
izquierda.
En realidad, hasta aquel momento no se había molestado en estudiar la mancha con detenimiento. Cubría casi toda la
palma y, bajo ciertas condiciones de luz, despedía una ligera luminosidad plateada.
—Tal vez sea una marca de nacimiento —acotó Zubrette.
—Apuesto a que lo es —se apresuró a decir Doroon—. Una vez vi a un hombre que tenía una gran mancha púrpura
en un lado de la cara. Era uno de esos carreteros que vienen en otoño a recoger la cosecha de nabos. El hombre tenía
la marca en todo el costado de la cara y al principio creí que era un gran morado y pensé que debía de haber
participado en una pelea terrible (ya sabéis, esos carreteros siempre se meten en peleas), pero en realidad no era un
morado, sino una marca de nacimiento, como ha dicho Zubrette. Me pregunto cuál será la causa de que aparezcan.
Esa noche, cuando ya se disponía a acostarse, Garion pregunto a su tía sobre el asunto.
—¿Qué es esta marca, tía Pol? —pregunto, con la mano alzada hacia ella.
La mujer, que se peinaba ante un espejo, apartó la vista de su larga melena de oscuros cabellos.
—No es nada que deba preocuparte —le dijo.
—No me preocupa —replicó el muchacho—. Sólo me gustaría saber qué es. Zubrette y Doroon creen que es una
mancha de nacimiento. ¿Se trata de eso, tía?
—Si, de algo así.
—¿Tenía alguno de mis padres una mancha como ésta?
—Tu padre la tenía. La familia la ha llevado durante mucho tiempo.
Un súbito y extraño pensamiento acudió a la mente de Garion. Sin saber por qué, alargó la mano y tocó el mechón
blanco de la frente de su tía.
—¿Es como ese mechón blanco que tienes en el pelo? —preguntó.
De pronto, notó un escozor en la mano y le pareció como si se abriera una ventana en su mente. Al principio sólo
percibió la sensación del transcurrir de incontables años como un vasto mar de nubes hinchadas y masivas; a
continuación —más aguda que el filo de cuchillo alguno— le embargo una sensación de pérdida, de pesadumbre,
repetida infinitas veces. Luego percibió su propio rostro y, detrás de él, muchos otros semblantes viejos y jóvenes,
majestuosos y muy vulgares y, detrás de todos ellos, las facciones del señor Lobo, carentes de aquel aire bobalicón
que a veces adoptaba. Sin embargo, por encima de todo, le embargo el conocimiento de un poder sobrenatural, más
que humano. Y la certeza de una voluntad inquebrantable.
Tía Pol sacudió la cabeza con gesto casi ausente.
—No hagas eso, Garion —murmuró, y la ventana de su mente se cerró.
—¿Qué ha sido esto? —preguntó el muchacho, lleno de curiosidad y deseoso de abrir de nuevo la ventana.
—Un simple truco —respondió ella.
—Enséñame a hacerlo.
—Todavía no, mi querido Garion —replicó ella, tomándole la cabeza entre sus manos—. Todavía no. Aún no estás
preparado. Ahora, ve a acostarte.
—¿Vendrás pronto? —preguntó Garion, un poco asustado ahora.
—Si, siempre estaré contigo —declaró ella, empujándolo hacia la cama. Después, continuó con el cepillado de su
cabello largo y tupido, mientras tarareaba una extraña cancioncilla con voz intensa y melodiosa. Garion cayó
dormido bajo su tonada.
En adelante, ni siquiera el propio Garion volvió a tener muchas ocasiones de ver la mancha de su mano. De repente,
el muchacho se encontró sumido en toda una serie de trabajos que le exigían ensuciarse no ya sólo las manos, sino
todo el resto de su cuerpo.
La festividad más importante de Sendaria —y, en realidad, de todos los reinos del Oeste— era la celebración del
Paso de las Eras. Conmemoraba el día, eones atrás, en que los siete dioses habían juntado las manos para crear el
mundo con una sola palabra. La fiesta del Paso de las Eras tenía lugar a mediados del invierno y, dado que en las
casas de campo como la de Faldor había poco que hacer en esa época, se había convertido por tradición en una
espléndida fiesta de quince días de duración con banquetes y regalos y adornos en el comedor, donde la gente de
campo se reunía a honrar a los dioses. Esto ultimo, por supuesto, era un reflejo del carácter piadoso de Faldor. Éste,
aunque era un buen hombre, una persona sencilla, no se hacía ilusiones respecto a hasta qué punto compartían sus
sentimientos los demás habitantes de la casa. Faldor, sin embargo, pensaba que cierta manifestación externa de
devoción no estaba de más en aquellos días de fiesta y, siendo un buen amo como era, los trabajadores de su
hacienda preferían seguirle la corriente.
Era también la época del año en que Anhelda, la hija casada de Faldor, y Eilbrig, su esposo, efectuaban su habitual
visita anual para seguir en relaciones con su padre. Anhelda no tenía intención alguna de poner en peligro sus
derechos de herencia con una demostración de falta de afecto. Sus visitas, no obstante, eran una prueba para Faldor,
que miraba con desagrado apenas contenido a su yerno, un hombre engalanado en exceso y de ademanes altaneros
que ocupaba un puesto poco importante en una casa comercial de Sendar, la capital del país.
Pese a todo, la llegada de la pareja marcaba el inicio de la fiesta del Paso de las Eras en la casa de Faldor; de modo
que, si bien a nadie le caían bien personalmente, su aparición siempre era recibida con cierto entusiasmo.
Aquel año, el tiempo había sido especialmente adverso, incluso para lo que era habitual en Sendaria. Las lluvias
habían llegado pronto y las sucedió un período de nevadas saturadas de humedad; no caía el polvo brillante y
crujiente típico del invierno ya avanzado, sino una aguanieve siempre a medio fundir. Para Garion, cuyos deberes en
la cocina le impedían ahora participar con sus antiguos compañeros de juegos en su tradicional orgía de expectante
anticipación, la festividad que se aproximaba aparecía ante sus ojos sosa y carente de perspectivas. Añoraba volver a
los viejos tiempos y lanzaba frecuentes suspiros mientras fregaba el suelo de la cocina como una sombra condenada
de cabellos dorados.
Aquel año, incluso la ornamentación tradicional del comedor donde siempre se celebraban las festividades del Paso
de las Eras le pareció decididamente chillona. Las ramas de abeto que orlaban las vigas del techo no estaban tan
verdes como hubiesen debido y las pulidas manzanas atadas con esmero a las ramas eran mas pequeñas y de un rojo
mas apagado. Garion lanzó un suspiro y continuó su demostración de profundo abatimiento.
Pese a todo, tía Pol no parecía impresionada y su actitud era de firmeza e indiferencia. Se acercó a él y le puso la
mano en la frente con gesto experto para ver si tenía fiebre y, a continuación, le administró una dosis del tónico de
sabor más repugnante que fue capaz de preparar. A partir de entonces, Garion tuvo la cautela de guardar para sí las
demostraciones de pesadumbre y de suspirar en tono más bajo. Aquella voz seca procedente de un rincón secreto de
su mente le informó prosaicamente que su actitud era ridícula, pero Garion prefirió no escuchar. La voz de su mente
era mucho más vieja y sabia que él, pero parecía dispuesta a privar de toda alegría a su vida.
La mañana del Paso de las Eras, un murgo y cinco thulls aparecieron con un carro en la casa de campo y pidieron
ver a Faldor. Garion, que sabía desde hacía tiempo que nadie prestaba atención a un muchacho y que podían
conocerse muchas cosas interesantes si uno se colocaba en situación de escuchar como por casualidad las
conversaciones ajenas, se apresuró a afanarse en una tarea sin importancia cerca del portón de entrada.
El murgo, cuyo rostro marcado de cicatrices se parecía mucho al que había conocido en Gralt, iba sentado en el
pescante del carro con aire importante, y su cota de malla tintineaba cada vez que se movía. Llevaba un sayo negro
con capucha y mantenía la espada a la vista. Sus ojos se movían constantemente, escrutándolo todo. Los thulls, con
botas de fieltro enfangadas y recias capas, se apoyaban en el carro con expresión de desinterés, indiferentes al
parecer al crudo viento que azotaba los campos nevados.
Faldor, con su mejor jubón —al fin y al cabo era la fiesta del Paso de las Eras— apareció por el patio seguido de
cerca por Anhelda y Eilbrig.
—Buenos días, amigo —dijo Faldor al murgo—. Que tengas una buena fiesta.
El murgo replicó con un gruñido.
—Supongo que tú eres Faldor —dijo con un marcado acento en su voz.
—En efecto —asintió el amo de la hacienda.
—Tengo entendido que posees un buen número de jamones a la venta… bien curados.
—Los cerdos se han portado bien este año —respondió Faldor con modestia.
—Te los compro —anunció el murgo, mientras hacía sonar su bolsa.
Faldor hizo una reverencia y contestó:
—Nos ocuparemos de eso mañana por la mañana, a primera hora. —El murgo le lanzó una mirada seca—. Ésta es
una casa piadosa —continuó Faldor—, y aquí no se ofende a los dioses quebrantando el carácter sagrado del Paso de
las Eras.
—Padre —intervino Anhelda—, no seas tonto. Este noble comerciante ha recorrido un largo camino para tratar
contigo.
—En el Paso de las Eras, no —insistió Faldor, terco, con aire de firmeza en su rostro alargado.
—En la ciudad de Sendar —dijo Eilbrig con su voz aguda y nasal—, no dejamos que estos sentimentalismos se
mezclen con los negocios.
—Esto no es la ciudad de Sendar —replicó Faldor con brusquedad—. Estamos en la hacienda de Faldor y aquí no se
traba]a ni se hacen negocios en el Paso de las Eras.
—Padre —protestó Anhelda—, el noble mercader tiene oro. ¡Oro, padre, oro!
—No estoy dispuesto a seguir escuchándoos —dijo Faldor, para volverse enseguida hacia el murgo—: Tú y tus
criados sois bienvenidos a participar en nuestra celebración, amigo. Podemos proporcionaros alojamiento y la
promesa de la mejor cena de toda Sendaria, junto a la oportunidad de honrar a los dioses en este día especial. Ningún
hombre se ha vuelto más pobre por cumplir con sus obligaciones religiosas.
—En Cthol Murgos no observamos esta festividad —respondió el hombre de las cicatrices con toda frialdad—.
Como dice esta noble dama, he recorrido un largo camino para hacer negocios y no tengo mucho tiempo que
desperdiciar. Estoy seguro de que en la comarca hay otros propietarios con la mercadería que busco.
—¡Padre! —gimió Anhelda.
—Conozco a mis vecinos —replicó Faldor con parsimonia—. Me temo que hoy no tendrás mucha suerte. El
cumplimiento de esta celebración es una tradición muy arraigada en la zona.
El murgo permaneció pensativo unos instantes.
—Haremos como propones —dijo por fin—. Acepto tu invitación, siempre que nos concentremos en los negocios
mañana por la mañana, lo más temprano posible.
—Me pondré a tu servicio con las primeras luces del alba, si lo deseas —asintió Faldor con una nueva reverencia.
—Hecho, pues —dijo el murgo, y se apeó del carro.
Por la tarde se celebró la fiesta en el comedor. Los pinches de cocina y media docena más de ayudantes reclutados
para el servicio en aquel día especial iban y venían de la cocina al comedor con asados humeantes, jamones recién
salidos del homo y patos de piel crujiente, todo bajo las órdenes de tía Pol. Mientras luchaba con un enorme asado,
Garion advirtió con amargura que la prohibición de trabajar dictada por Faldor cesaba en la puerta de la cocina.
Al cabo de un rato, todo estuvo preparado. Las mesas estaban repletas, los troncos ardían con fuerza en los hogares,
decenas de velas llenaban el salón con su luz dorada y las antorchas ardían en sus argollas de las columnas de
piedra. Los habitantes de la casa de Faldor, vestidos con sus mejores galas, desfilaron hacia el comedor con la boca
hecha agua ante la expectativa de lo que les aguardaba.
Cuando todos se hubieron sentado, Faldor se incorporó de su banco en la cabecera de la mesa principal:
—Queridos amigos —dijo, con su jarra en alto—, dedico esta fiesta a los dioses.
—Por los dioses —respondieron todos al unísono, y alzaron a su vez las copas con todo respeto.
Faldor tomó un breve sorbo y a continuación todos lo imitaron.
—Escuchadme, oh, dioses —rogó después—. Os damos las más humildes gracias por la abundancia de este buen
mundo que hicisteis en este día, y nos dedicamos a vuestro servicio durante un nuevo año.
Por un instante pareció a punto de decir algo más, pero no lo hizo y volvió a sentarse. Faldor siempre pasaba muchas
horas en la preparación de sus plegarias especiales para ocasiones como aquélla, pero la incomodidad de hablar en
público invariablemente borraba de su memoria las frases ensayadas con tanto esmero. Sus oraciones, por tanto, eran
siempre muy sinceras y muy cortas.
—Comed, queridos amigos —invitó a todos—. No dejéis que la comida se enfríe.
Y todos comieron. Anhelda y Eilbrig, que participaban con los demás en aquélla única comida sólo por la insistencia
de Faldor, dedicaron sus esfuerzos a trabar conversación con el murgo, ya que era el único en la estancia que
merecía su atención.
—Hace mucho tiempo que pienso en visitar Cthol Murgos —afirmó Eilbrig con un aire algo pomposo—. ¿No estás
de acuerdo, amigo mercader, que un mayor contacto entre el este y el oeste es el mejor modo de vencer las
suspicacias mutuas que tanto han perjudicado nuestras relaciones en el pasado?
—Nosotros, los murgos, preferimos seguir solos —replicó en pocas palabras el hombre de las cicatrices.
—Pero tú estás aquí, amigo —apuntó Eilbrig—. ¿No deja ver eso que un mayor contacto podría ser beneficioso?
—Estoy aquí en cumplimiento de un deber —respondió el murgo—. No he venido de visita por mi voluntad. —
Luego dirigió una mirada a la sala y preguntó a Faldor—: ¿Están aquí todos los habitantes de la casa?
—Hasta la ultima alma está aquí —asintió Faldor.
—Tenía entendido que aquí vivía un viejo…, un hombre de cabello y barba blancos.
—Aquí no vive, amigo —afirmó Faldor—. Yo soy el de más edad aquí y, como puedes ver, mi cabello aún está
lejos de encanecer.
—Uno de mis compatriotas habló con un hombre así hace algunos años —dijo el murgo—. Iba acompañado de un
muchacho arendiano… Rundorig, creo que se llamaba.
Garion, sentado en la mesa contigua, siguió sin levantar la cara del plato y escuchó el diálogo con tal intensidad que
pensó que las orejas le iban a crecer.
—Aquí hay un muchacho llamado así —comentó Faldor—. Es el chico alto que está sentado al fondo de esa mesa
de ahí —añadió, señalándolo.
—No —dijo el murgo, una vez estudió a Rundorig—. Ese no es el muchacho que me describieron.
—No es un nombre raro entre los arendianos —añadió Faldor—. Es muy probable que tu amigo se haya confundido
de hacienda.
—Debe de ser eso —asintió el murgo, quien pareció apartar el asunto de su mente—. Este jamón es excelente —
comentó, señalando el plato con la punta del puñal que utilizaba para comer—. ¿Son de parecida calidad los de tu
ahumadero?
—¡Oh, no, amigo comerciante! —exclamó Faldor alzando ligeramente el tono de voz—. No me harás caer tan
fácilmente en la trampa para que tratemos de negocios hoy.
El murgo le dirigió una breve sonrisa que formó una expresión extraña en su rostro cosido a marcas.
—Siempre se debe probar —aceptó—. Reconozco, sin embargo, que debo felicitar al cocinero.
—Ya lo has oído, señora Pol —exclamó Faldor—. Nuestro amigo de Cthol Murgos encuentra de su agrado tu
cocina.
—Le agradezco sus felicitaciones —respondió la tía Pol con cierta frialdad. El murgo la miró y sus ojos se abrieron
en una contenida expresión de reconocimiento.
—Una gran comida, noble señora —murmuró, haciendo una leve inclinación de cabeza en dirección a la mujer—.
Tu cocina es un lugar de magia.
—No —replicó ella, con actitud inesperadamente altanera—, no se trata de magia. Cocinar es un arte que cualquiera
puede aprender con un poco de paciencia. La magia es otra cosa muy distinta.
—Pero también es un arte, gran señora —insistió el murgo, sonriendo con perspicacia.
—Hay muchos que así lo creen —replicó la tía Pol—, pero la verdadera magia surge del interior de uno, y no es el
producto de unos dedos hábiles que engañen al ojo.
El murgo la miró con expresión adusta y ella sostuvo la mirada con ojos acerados. A Garion, sentado muy cerca, le
pareció como si entre los dos hubiera pasado algo que no tuviera nada que ver con las palabras que acababan de
pronunciar. Una especie de desafío pareció flotar en el aire por unos instantes y, a continuación, el murgo apartó su
mirada como si temiera responder a tal desafío.
Cuando terminó la comida, llegó el momento de representar la alegoría, bastante sencilla, que por tradición marcaba
el Paso de las Eras. Siete de los hombres de más edad de la casa, que se habían levantado de la mesa poco antes,
aparecieron en la puerta del comedor con las túnicas largas con capucha y las mascaras delicadamente talladas y
pintadas que representaban las figuras de los dioses. Los disfraces eran antiguos y mostraban arrugas que eran el
resultado de haber permanecido guardados en la buhardilla de la casa de Faldor durante todo el año. Con paso lento,
las figuras enmascaradas penetraron en la estancia y se alinearon al pie de la mesa que presidía Faldor. Luego, uno
tras otro, pronunciaron unas frases cortas que identificaban al dios representado por cada uno.
—Yo soy Aldur —dijo la voz hueca de Durnik tras la mascara de metal—, dios dragón de los angaraks, y ordeno
que este mundo exista.
Garion captó por el rabillo del ojo un movimiento y se volvió con rapidez: el murgo se había cubierto el rostro con
las manos en un gesto extraño, casi ritual. A cierta distancia de él, en la mesa del fondo, los cinco thulls se habían
puesto pálidos y temblorosos.
Las siete figuras al pie de la mesa de Faldor se tomaron de las manos.
—Nosotros somos los dioses —dijeron al unísono— y ordenamos que este mundo exista.
—Prestemos atención a las palabras de los dioses —declamó Faldor—. Bienvenidos sean los dioses a la casa de
Faldor.
—La bendición de los dioses está con la casa de Faldor y con todos los que se encuentran en ella —respondieron los
siete. A continuación, las figuras enmascaradas dieron media vuelta y salieron del comedor con la misma parsimonia
que habían mostrado a la entrada.
Luego llegó el momento de los regalos. Una gran expectación rodeaba aquel instante pues todos los regalos
procedían de Faldor y el buen hacendado se esforzaba cada año por proporcionar el mas adecuado a cada uno de los
suyos. Abundaban sobre todo las ropas nuevas —túnicas, calzones, vestidos largos de mujer y zapatos— pero, aquel
año, Garion se quedó sin habla cuando abrió un pequeño paquete envuelto en tela y encontró en su interior un fino
puñal con su correspondiente vaina de fino repujado.
—Ya es casi un hombre —explicó Faldor a la tía Pol—, y un hombre siempre necesita llevar un buen cuchillo.
Garion, por supuesto, probó al instante el filo de su regalo y no tardó en hacerse un corte en el dedo.
—Supongo que era inevitable —comentó la tía Pol, pero no quedó claro si estaba refiriéndose al corte, al regalo en
sí o al hecho de que Garion crecía muy deprisa.
A la mañana siguiente, el murgo compró sus jamones y partió en compañía de sus cinco thulls. Unos días mas tarde,
Anhelda y Eilbrig prepararon su equipaje y emprendieron también el viaje de regreso a la ciudad de Sendar. Tras
ello, la hacienda de Faldor recuperó su pulso normal.
El invierno continuó su marcha. Las nevadas se sucedieron de forma intermitente hasta que, como siempre, volvió la
primavera. Lo único que hubo de distinto en aquella primavera fue la llegada de Brill, el nuevo mozo de labranza.
Uno de los peones más jóvenes se había casado y había arrendado una pequeña granja cercana, a la que se había
trasladado— cargado de regalos prácticos y de buenos consejos de Faldor—, para iniciar allí su vida de matrimonio.
Brill fue contratado para sustituirlo.
A Garion, Brill le pareció una novedad definitivamente desagradable en la granja. La blusa y los calzones del
hombre estaban llenos de manchas y de remiendos, llevaba el cabello negro y la barba rala muy descuidados y uno
de sus ojos miraba en dirección distinta que el otro. Era un individuo agrio, solitario, poco amante de la limpieza.
Parecía llevar encima un acre hedor a sudor rancio y flotaba en torno a él como una miasma. Tras algunos intentos
de trabar conversación con él, Garion terminó por rendirse y evitarlo.
No obstante, el muchacho tuvo otras cosas en que ocupar sus pensamientos durante aquella primavera y el verano
siguiente. Aunque hasta aquel momento había considerado a Zubrette más un inconveniente que una auténtica
compañera de juegos, de la noche a la mañana empezó a darse cuenta de la presencia de la muchacha. Garion
siempre había sabido que era bonita pero, hasta aquella primavera, tal hecho le había parecido poco importante y
había preferido sin discusión la compañía de Rundorig y Doroon. Ahora, las cosas habían cambiado. Garion se dio
cuenta de que los otros dos muchachos también habían empezado a prestar más atención a Zubrette y, por primera
vez, empezó a notar la inquietud de los celos.
Zubrette, por supuesto, coqueteaba con descaro ante los tres y se mostraba claramente ufana cuando los muchachos
se lanzaban miradas agresivas en su presencia. Las obligaciones de Rundorig en los campos lo mantenían alejado la
mayor parte del tiempo, pero Doroon era una seria fuente de preocupación para Garion, que se volvió muy nervioso
y encontraba frecuentes excusas para rondar por las dependencias de la casa de campo con el objeto de cerciorarse
de que Doroon y Zubrette no estaban juntos a solas.
La campaña de seducción de Garion fue deliciosamente simple: el muchacho recurrió al soborno. Zubrette, como
todas las niñas, era amante de los dulces y Garion tenía acceso a la cocina. En muy poco tiempo, llegaron a un
acuerdo: Garion sacaría dulces de la cocina para su amiguita de cabellos de oro y, a cambio, ella dejaría que la
besara. Tal vez las cosas habrían ido más lejos si la tía Pol no les hubiera sorprendido en medio de uno de tales
intercambios una luminosa tarde de verano en la soledad de un granero de heno.
—Ya habéis tenido suficiente de todo esto —anunció desde la puerta con voz firme.
Garion se apartó de Zubrette dando un brinco, con aire de culpabilidad.
—Se me ha metido algo en el ojo y Garion trataba de quitármelo —se apresuró a mentir Zubrette.
Garion se quedó inmóvil, ruborizado como un tomate.
—¿De veras? —respondió la tía Pol a la muchacha—. ¡Qué interesante! Ven conmigo, Garion.
—Yo… —empezó a decir éste.
—Ven ahora, Garion.
Así terminó el asunto. A partir de ese momento, todas las horas de Garion estuvieron ocupadas en la cocina y los
ojos de tía Pol parecían pendientes de él en todo instante. El muchacho se pasaba el tiempo en lucha con sus
fantasías y preocupado hasta la desesperación por Doroon, quien ahora se mostraba odiosamente presumido. Sin
embargo, tía Pol no bajó su vigilancia y Garion tuvo que permanecer confinado en la cocina.
A mediados del otoño de aquel año, cuando las hojas ya habían amarilleado y el viento las había arrancado de las
ramas como copos de nieve rojos y dorados, cuando las tardes eran ya frías y el humo de las chimeneas de la
hacienda de Faldor se alzaba recto y azul hacia las primeras estrellas frías del cielo púrpura, Lobo, el narrador, se
presentó de nuevo. Una tarde ventosa, cuando el cielo otoñal empezaba a oscurecer, apareció por el camino con las
hojas recién caídas arremolinándose en torno a él y su gran capa oscura batiendo al viento.
Garion, que había acudido a echar las sobras de la comida a los cerdos, lo vio aproximarse y corrió a su encuentro.
El viejo parecía fatigado y sucio del viaje y, bajo la capucha gris, su expresión era sombría. Su habitual actitud
alegre y relajada había sido reemplazada por un aire ceñudo de preocupación que Garion no había visto nunca en su
rostro.
—Garion —dijo Lobo a modo de saludo—. Veo que has crecido mucho.
—Han pasado cinco años —respondió el muchacho.
—¿Tanto tiempo?
Garion asintió, dando media vuelta y echando a andar de nuevo al lado de su viejo amigo.
—¿Está bien todo el mundo? —se interesó Lobo.
—Si, todo sigue igual por aquí… salvo que Breldo se casó y se marchó de la hacienda, y que la vieja vaca pinta
murió el año pasado.
—Me acuerdo de esa vaca —dijo Lobo, para añadir enseguida—: Debo hablar con tu tía Pol.
—Hoy no la encontrarás de muy buen humor —le advirtió Garion—. Será mejor que descanses en uno de los
graneros. Puedo traerte algo de comer y bebida dentro de un rato.
—Tendremos que arriesgarnos a ser objeto de su malhumor —respondió Lobo—. Lo que tengo que decirle no puede
esperar.
El viejo y el muchacho pasaron la verja de entrada y cruzaron el patio central hasta la puerta de la cocina.
La tía Pol aguardaba ya en el umbral.
—¿Otra vez tú por aquí? — fue su acerba bienvenida, con los brazos en jarras—. Mi cocina todavía no se ha
recuperado de tu ultima visita.
—Señora Pol… —replicó el viejo narrador, con una inclinación de cabeza. A continuación, hizo una cosa muy
extraña. Sus dedos trazaron un pequeño dibujo de líneas complicadas en el aire, delante de su pecho. Garion tuvo la
completa certeza de que aquellos gestos no estaban hechos para que él los viera.
Tía Pol abrió ligeramente los ojos con gesto de sorpresa; luego los cerró hasta dejar sólo una rendija y su rostro
adoptó una expresión tétrica.
—¿Cómo es que tú…? —empezó a decir, pero se contuvo a media frase—. Garion —dijo con voz enérgica—,
necesito unas zanahorias. Todavía quedan algunas por arrancar al fondo del huerto de la cocina. Coge una azada y
tráemelas.
—Pero… —protestó el muchacho; sin embargo, a la vista de la expresión amenazadora de la mujer, se apresuró a
salir de la cocina. Recogió una azada y un pozal de un cobertizo próximo y luego se quedó merodeando cerca de la
puerta de la cocina. Escuchar a escondidas no era, por supuesto, una buena costumbre y en Sendaria estaba
considerada la peor de todas las faltas de educación, pero Garion había llegado hacía mucho tiempo a la conclusión
de que, siempre que lo enviaban a otra parte, la conversación posterior resultaba muy interesante y solía girar en
torno a él. Tiempo atrás había pugnado brevemente con su conciencia en torno al asunto pero, como no veía de
hecho ningún mal en aquel proceder, siempre que no repitiera nunca nada de cuanto oía, la voz de la conciencia
había cedido ante la curiosidad.
Garion tenía un oído muy fino, pero tardó un par de segundos en diferenciar las dos voces familiares del resto de
sonidos de la cocina.
—No va a dejarte una pista —decía en ese momento la tía Pol.
—No tiene por que —replicó Lobo—. El objeto mismo dejará su rastro, que yo sabré reconocer. Sabré seguirlo con
la misma facilidad con que un zorro puede oler el rastro de un conejo.
—¿Dónde piensa llevar el objeto? —preguntó la mujer. —Quién sabe… Su mente está cerrada para mi. Intuyo que
irá al norte, a Boktor. Es la ruta más corta a Gar og Nadrak. Él sabrá que voy tras sus pasos y querrá alcanzar las
tierras de los angaraks lo antes posible. El robo no estará completado mientras siga en el oeste.
—¿Cuándo sucedió? —Hace cuatro semanas.
—Entonces, podría estar ya en los reinos angaraks.
—No es probable. Las distancias son grandes; pero si lo ha conseguido, tendré que seguirlo. Necesitaré tu ayuda.
—Pero ¿cómo voy a marcharme de aquí? —preguntó la tía Pol—. Tengo que ocuparme del muchacho.
La curiosidad de Garion se había hecho casi insoportable. Se acercó un poco mas a la puerta.
—El muchacho estará bastante a salvo aquí —replicó Lobo—. Se trata de un asunto urgente.
—No —lo contradijo la tía Pol— . Ni siquiera este lugar es seguro. En el ultimo Paso de las Eras, llegaron a la
hacienda un murgo y cinco thulls. El murgo se hacía pasar por comerciante, pero hizo algunas preguntas de más…
sobre un viejo y un muchacho llamado Rundorig que habían sido vistos en Gralt algunos años antes. Tal vez
también me reconociese a mi.
—Entonces, la situación es mas grave de lo que pensaba —comentó Lobo, pensativo—. Tendremos que trasladar al
muchacho. Podemos dejarlo en alguna parte, con gente amiga.
—No —expresó su desacuerdo tía Pol—. Si yo voy contigo, él tendrá que venir también. Se acerca a una edad en
que debe ser vigilado más que nunca.
—No seas tonta —replicó el viejo narrador con voz tajante.
Garion se quedó asombrado. Nadie le hablaba de aquel modo a tía Pol. Ésta reafirmó con idéntica rotundidad:
—La decisión debo tomarla yo. Todos estuvimos de acuerdo en que estaría a mi cuidado hasta que fuera adulto. No
te acompañaré a menos que él venga conmigo.
A Garion el corazón le dio un vuelco.
—Pol —dijo Lobo, incisivo—, piensa dónde tendremos que ir, tal vez. No puedes entregar al muchacho a esas
manos.
—Estará mas seguro en Cthol Murgos o en la propia Mallorea que si se queda aquí sin mí para vigilarlo —insistió
tía Pol—. La primavera pasada lo sorprendí en el granero con una muchacha de su edad. Como te he dicho, necesita
que lo vigilen.
Lobo lanzó entonces una carcajada sonora y alegre.
—¿Es eso todo? —dijo después—. Te preocupas demasiado por esas cosas.
—¿Qué te parecería si volviéramos y lo encontráramos casado y a punto de ser padre? —preguntó la mujer con voz
agria—. Seria un campesino excelente, ¿y qué importa si tenemos que esperar otros cien años a que las
circunstancias vuelvan a ser adecuadas?
—Seguro que el asunto no habrá ido tan lejos. Todavía son sólo unos niños.
—Estás ciego, Viejo Lobo —afirmó tía Pol—. Estamos en la Sendaria rural y el muchacho está educado para hacer
lo que es justo y honorable. La muchacha es una coqueta de ojos brillantes que está madurando demasiado rápido
para mi comodidad. Ahora mismo, la encantadora Zubrette es un peligro mucho mayor que cualquier murgo pueda
serlo nunca. O viene el muchacho, o yo no voy. Tú tienes tus responsabilidades y yo tengo las mías.
—No hay tiempo para discusiones —dijo Lobo—. Si tiene que ser así, que así sea.
Garion casi se sofocó de emoción. Sólo sintió una punzada de dolor pasajera, muy breve, por tener que dejar a
Zubrette. Dio media vuelta y contempló exultante las nubes que cruzaban a toda prisa el cielo vespertino. Como
estaba de espaldas, no vio a tía Pol cuando se acercaba a la puerta de la cocina.
—El huerto, si recuerdo bien, está al otro lado del muro sur
—apuntó la mujer.
Garion dio un brinco, pillado in fraganti.
—¿Cómo es que todavía están por arrancar las zanahorias?
—exigió saber.
—He tenido que buscar la azada —respondió él sin mucha convicción.
—¿De veras? Pero veo que por ultimo la has encontrado.
—Hace apenas un instante —explicó viendo cómo las cejas de su tía se arqueaban amenazantes.
—Estupendo. Las zanahorias, Garion… ¡Ahora! Garion asió la azada y el cubo y echó a correr.
Había oscurecido ya cuando, de regreso, vio a tía Pol subiendo los peldaños que conducían a los aposentos de
Faldor. Estuvo a punto de seguirla para escuchar de qué hablaban, pero un leve movimiento en el umbral en sombras
de una de las dependencias lo hizo ocultarse, por el contrario, a la sombra del portón. Una figura furtiva se escurrió
desde el umbral del cobertizo hasta el pie de las escaleras por las que acababa de ascender tía Pol y subió los
peldaños sin hacer ruido tan pronto como la mujer cruzó la puerta de la vivienda de Faldor. La luz era escasa y
Garion no pudo ver con detalle quién seguía a su tía. Dejó el cubo y, tras asir la azada como si fuera un arma, avanzó
veloz por el patio interior a cubierto de las sombras.
Se escuchó el sonido de un movimiento en las estancias de arriba y la desconocida figura de la puerta se enderezó de
pronto y corrió escaleras abajo. Garion se ocultó de nuevo, con la azada preparada todavía. Cuando la figura pasó
junto a él, Garion captó por un instante el olor a sudor y a ropas rancias y húmedas. El muchacho supo, con la
misma seguridad que si hubiera visto su rostro, que la figura que había espiado a su tía era Brill, el nuevo mozo de
labranza.
Se abrió la puerta en lo alto de la escalera y llegó hasta Garion la voz de su tía.
—Lo siento, Faldor, pero es un asunto de familia y debo irme de inmediato.
—Te pagaré mas, Pol —ofreció Faldor con voz quebrada.
—No es una cuestión de dinero —respondió tía Pol—. Eres un buen hombre, Faldor, y tu casa ha sido un refugio
para mi en tiempos de necesidad. Te estoy agradecida, más de lo que puedes suponer, pero debo marcharme.
—Tal vez cuando hayas resuelto este asunto de familia puedas volver. —Las palabras de Faldor eran casi una
súplica.
—No, me temo que no será así —respondió ella.
—Te echaremos de menos, Pol —añadió Faldor con lágrimas en los ojos.
—Y yo a vosotros, querido Faldor. Jamas he conocido a un hombre de mejor corazón. Te agradecería que no
anunciaras mi marcha hasta que haya partido. No soy amante de las explicaciones ni de las despedidas emotivas.
—Lo que tú desees, Pol.
—No te pongas triste, viejo amigo —lo animó tía Pol en tono más ligero—. Mis ayudantes están bien preparados y
su cocina será como la mía. Tu estómago no apreciará la diferencia.
—Mi corazón, si —confesó Faldor.
—No seas tonto —respondió ella con voz alegre—. Ahora debo ir a ocuparme de la cena.
Garion se apartó con rapidez del pie de la escalera. Preocupado, guardó la azada en el cobertizo y recogió el cubo de
zanahorias que había dejado junto a la entrada. Si le revelaba a su tía que había visto a Brill que escuchaba a través
de la puerta, seguro que ella empezaría a hacerle preguntas sobre sus propios movimientos y Garion prefería
ahorrarse el trago. Con toda probabilidad, Brill sólo andaba curioseando y no había nada de amenazador o
reprobable en su conducta. Con todo, descubrir al desagradable Brill imitando aquel pasatiempo que hasta entonces
le había parecido inocente le produjo a Garion un sentimiento de gran incomodidad, incluso una cierta vergüenza de
sí mismo.
Aunque estaba demasiado excitado para comer, la cena de aquella noche pareció tan normal como cualquier otra en
torno a la mesa de Faldor. Garion observó a hurtadillas las facciones hoscas de Brill pero el hombre no mostraba el
menor signo externo de haber cambiado en algo después de la conversación que se había tornado tantos esfuerzos
para escuchar.
Al término de la cena, como era costumbre en sus visitas a la casa, los comensales pidieron al viejo narrador que les
contara una historia. El señor Lobo se incorporó y permaneció por un instante sumido en sus pensamientos mientras
el viento gemía y la chimenea crepitaba y las teas parpadeaban, colgadas de sus argollas en las columnas de la sala.
—Como bien saben los hombres —empezó el narrador—, los marangs no existen ya y el espíritu de Mara llora
solitario en la espesura y gime entre las ruinas de Maragor cubiertas por el musgo. Pero también, como todos los
hombres conocen, las colinas y los ríos de Maragor están cargados de buen oro amarillo. Este oro, como es natural,
fue la causa de la destrucción de los marangs. Cuando un determinado reino vecino se enteró de la existencia del
oro, la tentación resultó demasiado grande y el resultado, como sucede siempre que hay un litigio entre reinos por
cuestiones relacionadas con el oro, fue la guerra. El pretexto para ésta fue el hecho lamentable de que los marangs
eran caníbales. Pero, aunque tal costumbre repugna al hombre civilizado, no les habría sido tenida en cuenta de no
haber existido oro en Maragor.
»La guerra, no obstante, resultó inevitable, y los marangs fueron exterminados. Pero el espíritu de Mara y los
fantasmas de todos los marangs muertos permanecieron en Maragor, como pronto descubrieron quienes se
aventuraron en aquel reino hechizado.
»Y sucedió que por ese tiempo vivían en la ciudad de Muros, al sur de Sendaria, tres jóvenes aventureros que, al oír
de la existencia de aquel oro, decidieron viajar a Maragor para hacerse con una parte del mismo. Los hombres eran
arrojados y amantes de las aventuras, y se burlaban de las historias de fantasmas.
»El viaje fue largo, pues hay cientos de leguas desde Muros a las fronteras superiores de Maragor, pero el olor del
oro los atrajo. Y así sucedió que una noche oscura y tormentosa cruzaron los límites de Maragor colándose entre las
patrullas que habían sido apostadas allí para disuadir a la gente como ellos. Aquel reino cercano, después de realizar
el esfuerzo y el sacrificio de la guerra, no estaba dispuesto en absoluto, como es lógico, a compartir su oro con el
primero que se presentara.
»Se escabulleron entre la guardia por la noche, ardientes de codicia por el oro. El espíritu de Mara los envolvió con
sus gemidos pero los tres eran hombres valientes que no temían a los espíritus… y además, se dijeron unos a otros,
aquel sonido no pertenecía en realidad a un espíritu, sino que era el simple ruido del viento al rozar los árboles.
»Mientras la mañana mortecina y bañada de niebla se anunciaba en las montañas, los aventureros pudieron oír, no
muy lejos, el rumor de un río. Todos los hombres saben que el oro es mas fácil de encontrar en la ribera de los ríos,
de modo que los tres se encaminaron veloces hacia aquel sonido.
»Entonces, uno de ellos miró por casualidad a sus pies bajo la escasa luz y he aquí que el suelo estaba sembrado de
oro, grandes pepitas y arenas. Presa de la codicia, el hombre guardó silencio y esperó a que sus compañeros
estuvieran fuera de la vista; entonces se arrodilló y empezó a recoger el oro como un niño recogería flores.
»Escuchó un ruido a su espalda y se dio la vuelta. Es mejor no explicar lo que vio. Dejó caer todo el oro y se levantó
como impulsado por un resorte.
»El río que habían escuchado pasaba por una garganta en las proximidades y sus dos compañeros se sorprendieron
al verlo saltar corriendo el borde de la garganta, sin dejar de correr mientras caía, agitando las piernas en el aire
insustancial. Cuando se dieron la vuelta, también ellos vieron lo que había perseguido a su compañero.
»Uno perdió completamente el juicio y saltó con un grito desesperado al mismo barranco por el que se había lanzado
su camarada, pero el tercero de los aventureros, el más valiente y arrojado de todos, se dijo que ningún fantasma
podía hacer daño de verdad a un hombre de carne y hueso y plantó cara al espanto. Naturalmente, aquel fue el peor
de los errores. Los fantasmas lo rodearon mientras él aguantaba a pie firme, con valor, seguro de que no podían
hacerle daño.
El narrador hizo una pausa y tomó un breve sorbo de su jarra.
—Y entonces —continuó—, como incluso los fantasmas pueden sentir hambre, lo descuartizaron y se lo comieron.
A Garion se le erizó el vello ante la terrible conclusión de la historia del señor Lobo y advirtió que un escalofrío
recorría a sus compañeros de mesa. No era el tipo de relato que habían esperado escuchar.
Durnik el herrero, que estaba sentado cerca del viejo, tenía una expresión de perplejidad en su rostro ordinario. Por
ultimo, comentó:
—No pretendo poner en duda la veracidad de tu relato —dijo a Lobo, esforzándose en escoger sus palabras— pero,
si se lo comieron… los fantasmas, me refiero…, ¿dónde fue a parar ese hombre? Quiero decir… si los fantasmas son
inmateriales, como afirma todo el mundo, carecen de estómago, ¿no es así? ¿Y con qué iban a morderlo?
La expresión de Lobo se había vuelto socarrona y llena de misterio. Alzó un dedo como si se dispusiera a dar alguna
críptica respuesta a la objeción de Durnik y antes de hacerlo, de pronto, se echo a reír.
Durnik pareció molesto, primero, pero a continuación, con cierta timidez, se unió a sus risas. Poco a poco, la risa se
extendió mientras todos empezaban a comprender la broma.
—Un chiste excelente, mi viejo amigo —dijo Faldor, riéndose con las mismas ganas que cualquiera—, y del cual
pueden extraerse muchas enseñanzas. La codicia es mala, pero el miedo es aún peor y el mundo ya es lo bastante
peligroso sin tener que estar pendientes de trasgos imaginarios.
Faldor siempre era capaz de transformar un buen relato en un sermón moralista sobre cualquier tema.
—Tienes bastante razón, buen Faldor —respondió Lobo con voz mas seria—, pero en este mundo existen realmente
algunas cosas que no pueden explicarse o descartarse con una simple risa.
Brill, sentado cerca del fuego, no se había unido a las risas.
—Yo no he visto jamas un fantasma —declaró con acritud— ni he conocido a nadie que lo haya visto y, desde
luego, no creo en ningún tipo de magia, hechicería ni demás cosas de niños.
El hombre se puso en pie y salió del comedor casi como si el relato hubiera sido una especie de insulto personal.
Más tarde, en la cocina, mientras tía Pol supervisaba las tareas de limpieza y Lobo permanecía apoyado contra una
de las mesas con una jarra de cerveza, la lucha de Garion con su conciencia afloró por fin. Aquella voz seca interior
le informó con toda claridad de que ocultar lo que había visto era no sólo estúpido, sino también peligroso, tal vez.
Dejó el cacharro que estaba limpiando y cruzó la estancia hacia donde se encontraban los dos adultos.
—Tal vez no tenga importancia —dijo con prudencia— pero esta tarde, cuando volvía del huerto, he visto a Brill
siguiéndote, tía Pol.
La mujer se volvió y lo miró. Lobo dejó la jarra en la mesa.
—Continúa, Garion —dijo tía Pol.
—Fue cuando subiste a hablar con Faldor —explicó Garion—. Esperó a que llegaras a lo alto de las escaleras y
Faldor te abriera la puerta. Entonces, subió los peldaños y se puso a escuchar tras la puerta. Lo vi cuando iba a dejar
la azada.
—¿Cuánto tiempo lleva en la casa ese Brill? —preguntó el viejo con el entrecejo fruncido.
—Llegó la primavera pasada —dijo Garion—, cuando Breldo se casó y dejó la hacienda.
—¿Y el mercader murgo estuvo aquí por el Paso de las Eras algunos meses antes?
Tía Pol lo miró con fijeza.
—¿Crees que…? —dijo, pero no llegó a terminar la frase.
—Creo que no sería mala idea si saliéramos a tener unas cuantas palabras con nuestro amigo Brill —respondió Lobo
con gesto sombrío—. ¿Sabes cuál es su habitación, Garion?
El muchacho asintió, y notó cómo el corazón se le desbocaba de pronto.
—Enséñamela.
El viejo narrador se apartó de la mesa contra la cual había estado apoyado y, cuando lo hizo, su paso ya no era el de
un anciano. Era, curiosamente, como si de pronto se hubiera quitado muchos años de encima.
—Ten cuidado —le aconsejó la tía Pol.
Lobo soltó una risilla y el sonido resultó escalofriante.
—Siempre tengo cuidado. Ya deberías saberlo.
Garion guió rápidamente a Lobo hasta el patio y, dando la vuelta por el fondo, subió los peldaños de la galería que
conducía a los aposentos de los peones. Al pisar los gastados escalones, sus botas de piel suave no hicieron el menor
ruido.
—Por aquí —cuchicheó Garion sin saber muy bien por qué hablaba en voz baja.
Lobo asintió y los dos avanzaron en silencio por el pasillo a oscuras.
—Aquí —susurró Garion, y se detuvo.
—Apártate —dijo Lobo, tocando la puerta con las yemas de los dedos.
—¿Está cerrada? —preguntó el muchacho.
—Ése no es problema —musitó Lobo.
Puso la mano en la cerradura, se produjo un chasquido y la puerta se abrió de par en par. Lobo entró y Garion lo
imitó.
La habitación estaba completamente a oscuras y el acre hedor de las ropas sucias de Brill invadía la atmósfera.
—No está aquí —dijo Lobo en tono de voz normal.
Se llevó las manos al cinto y pronto se produjo el chispazo del pedernal contra el acero. Unas hebras de tela
prendieron por efecto de las chispas y empezaron a arder, Lobo levantó la mecha sobre su cabeza y observó la
habitación vacía.
El suelo y la cama estaban cubiertos de ropas arrugadas y efectos personales. Garion apreció al momento —sin saber
muy bien por qué estaba tan seguro— que no era una muestra de simple falta de aseo, sino la señal de una huida
apresurada.
Lobo permaneció un momento inmóvil, sosteniendo la mecha. Su rostro parecía ausente, como si su mente estuviera
buscando algo.
—Los establos —dijo de pronto—. ¡Rápido, muchacho!
Garion se volvió y salió de la habitación a la carrera con Lobo pisándole los talones. La mecha encendida cayó al
patio iluminándolo unos instantes después de que Lobo la dejara caer por encima del pasamanos mientras corría.
En el establo había una luz mortecina, parcialmente oculta pero cuyos débiles rayos brillaban a través de las grietas
de la puerta, curtida por la intemperie.
—Ponte a un lado, muchacho —dijo Lobo mientras abría de golpe la puerta del establo.
Brill estaba en el interior, luchando por ensillar un caballo que recelaba de su hedor repulsivo.
—¿Te ibas, Brill? —preguntó Lobo en el umbral, con los brazos cruzados.
Brill se volvió rápidamente y se encogió con una mueca burlona en su rostro sin afeitar. Su ojo desviado lanzó un
reflejo blanquecino bajo la escasa luz de la linterna colgada de una percha sobre uno de los comederos, y su
dentadura mellada brilló bajo sus labios entreabiertos.
—Una hora extraña para iniciar un viaje —comentó Lobo con sequedad.
—No te entrometas, viejo —replicó Brill con tono amenazador—, o lo lamentarás.
—He lamentado muchas cosas en la vida —dijo Lobo—. Dudo que una más vaya a ser una gran diferencia.
—Te lo he advertido —masculló Brill. Se llevó la mano bajo la capa y la sacó de nuevo empuñando una espada
corta manchada de orín.
—No seas estúpido —dijo Lobo en un tono de absoluto desprecio.
Garion, sin embargo, saltó al primer destello de la espada. Se llevó la mano al cinto, sacó su puñal y se plantó entre
el viejo narrador y el mozo traidor.
—Vuelve atrás, muchacho —rugió Lobo.
Pero Garion ya se había lanzado contra el hombre con la hoja refulgente de su arma por delante. Más tarde, cuando
tuvo tiempo de pensar en lo que había hecho, no logró explicarse por qué había reaccionado de aquella manera.
Algún instinto profundamente arraigado parecía haberse adueñado de él.
—¡Sal de en medio, Garion! —exclamó Lobo.
—Mejor así —replicó Brill, con la espada en alto.
Y en aquel momento apareció Durnik. Surgió de la nada blandiendo un yugo de buey con el cual golpeó la mano de
Brill y le hizo soltar la espada. Brill se volvió hacia él, enfurecido, y el segundo golpe de Durnik le acertó en las
costillas, un poco por debajo de la axila. El impacto dejó a Brill sin respiración y el hombre cayó jadeante y
retorcido por el suelo cubierto de paja.
—Qué vergüenza, Garion —murmuró Durnik en son de reproche —. No hice ese puñal tuyo para que lo utilizaras
de esa manera.
—¡Brill iba a matar al señor Lobo! —protestó Garion. —Eso no tiene importancia —dijo el viejo narrador, inclinado
sobre el hombre que jadeaba en el suelo del establo.
Registró con brusquedad a Brill y sacó una bolsa tintineante de debajo de su túnica llena de manchas. Llevó la bolsa
cerca de la linterna y la abrió.
—Eso es mío —jadeó Brill mientras trataba de incorporarse.
Durnik alzó el yugo y Brill volvió a dejarse caer en el suelo.
—Una cantidad sorprendente para estar en manos de un vulgar peón de labranza, amigo Brill —dijo Lobo haciendo
saltar las monedas de la bolsa a su mano—. ¿Cómo has hecho para juntarla?
Brill le lanzó una mirada furiosa. Garion abrió unos ojos como platos a la vista del dorado metal. Hasta entonces no
había visto nunca una moneda de oro.
—No es necesario que respondas, amigo Brill —continuó Lobo mientras examinaba una de las monedas—. Tu oro
habla por ti.
El narrador guardó de nuevo las monedas en la bolsa y arrojó el pequeño saquito de cuero al hombre sentado en el
suelo. Brill lo recogió veloz y volvió a guardarlo debajo de la túnica.
—Tendré que hablar de esto ahora mismo con Faldor —anunció Durnik.
—No.
—Es un asunto grave —insistió Durnik—. Una cosa es una pelea con unos cuantos golpes, y otra muy distinta echar
mano de las armas.
—No tenemos tiempo para todo eso —replicó Lobo, descolgando una pieza de los arneses colocada en un gancho de
la pared—. Átale las manos a la espalda y lo pondremos en uno de los recipientes del grano. Alguien lo encontrará
por la mañana.
Durnik lo miró con aire de sorpresa.
—Confía en mí, buen Durnik —dijo Lobo—. Se trata de un asunto de gran urgencia. Átalo bien y ocúltalo en alguna
parte; después, acude a la cocina. Tú, Garion, acompáñame.
Tras esto, Lobo dio media vuelta y salió del establo. Tía Pol deambulaba de un lado a otro de la cocina con paso
nervioso.
—¿Y bien? —preguntó.
—El hombre intentaba marcharse, pero lo hemos detenido —informó Lobo.
—¿Lo habéis…? —inquinó ella sin terminar la frase.
—No. Sacó una espada, pero Durnik pasaba cerca de allí por casualidad y le quitó a golpes las ganas de pelea. Su
intervención fue muy oportuna. Este cachorro tuyo ya estaba dispuesto a enfrentarse a Brill. Ese puñalito que lleva
es muy bonito, pero no resulta rival para una espada.
Tía Pol se volvió hacia Garion con ojos llameantes. Garion, prudente, se puso fuera de su alcance.
—No tenemos tiempo para eso —dijo Lobo retomando la jarra de cerveza que había dejado en la mesa antes de
abandonar la cocina—. Brill tenía una bolsa de buen oro rojo de los angaraks. Los murgos han enviado un espía para
vigilar este lugar. Me hubiera gustado que nuestra partida fuera más discreta pero, ya que hemos sido observados, no
tiene objeto que mantengamos el secreto. Reúne lo que vayáis a necesitar tú y el muchacho. Quiero poner unas
cuantas leguas entre Brill y nosotros antes de que consiga liberarse. No deseo tener que buscar murgos a mi espalda
en cualquier lugar por donde pasemos.
Durnik, que acababa de entrar en la cocina, se detuvo y se quedó mirándolos.
—Aquí nada es lo que parece —murmuró—. ¿Qué clase de hombre eres y cómo es que tienes enemigos tan
peligrosos?
—Es una larga historia, mi buen Durnik —respondió Lobo—, pero me temo que ahora no hay tiempo para
explicaciones. Presenta nuestras disculpas a Faldor y ocúpate de que retenga a Brill un par de días. Me gustaría que
nuestra pista se enfriara antes de que él o sus amigos intenten encontrarnos.
—Habrás de encomendarle todo eso a otro —respondió Durnik lentamente —. No estoy seguro de qué estáis
haciendo pero tengo la certeza de que se trata de algo arriesgado. Me parece que tendré que acompañaros…, al
menos hasta que estéis a salvo, lejos de aquí.
—¿Qué dices, Durnik? —exclamó tía Pol con una repentina carcajada—. ¿Te propones protegernos a nosotros?
—Lo siento, señora Pol —asintió erguido el herrero—. No permitiré que vaya sin escolta.
—¿Que no lo permitirás? —repitió ella, incrédula.
— Está bien, acompáñanos entonces —intervino Lobo con una expresión de astucia en sus ojos.
—¿Te has vuelto completamente loco? —preguntó la tía Pol volviéndose hacia él.
—Durnik ha demostrado ser un hombre útil —añadió Lobo—. Por lo menos, tendré a alguien con quien hablar
durante el viaje. Tu lengua se ha hecho más afilada con el paso de los años, Pol, y no me agrada la idea de viajar
más de cien leguas sin más compañía que tus insultos y protestas.
—Veo que al final te has vuelto senil, Viejo Lobo —replicó la mujer con acritud.
—Precisamente es a este tipo de comentarios a lo que me refiero —dijo el narrador, imperturbable—. Ahora, recoge
lo imprescindible y marchémonos de aquí. La noche avanza muy rápido.
Ella lo miró un momento y luego salió de la cocina hecha una furia.
—Yo también tendré que recoger algunas cosas —dijo Durnik. Dio media vuelta y salió a la noche ventosa.
A Garion la cabeza le daba vueltas. Las cosas sucedían demasiado deprisa para él.
—¿Tienes miedo, chico? —preguntó Lobo.
—Bueno… —respondió Garion—. Es sólo que no entiendo nada de lo que pasa.
—Con el tiempo lo comprenderás —intentó calmarlo el narrador—. Por ahora, quizá sea mejor que no sepas
demasiado. Lo que estamos haciendo es peligroso, aunque no en exceso. Tu tía y yo (y, por supuesto, el bueno de
Durnik) nos ocuparemos de que no sufras ningún daño. Ahora, ayúdame a entrar en la despensa.
El narrador tomó una luz, entró en la despensa y empezó a cargar varias hogazas de pan, un jamón, un queso
amarillo redondo y varias botellas de vino en un saco que descolgó de un gancho.
Era casi medianoche, según los cálculos de Garion, cuando abandonaron la cocina en silencio y cruzaron el patio a
oscuras. El leve chirrido del portón pareció sonar con terrible estridencia cuando Durnik lo abrió.
Al atravesar la entrada, Garion sintió por unos instantes una punzada de dolor. La hacienda de Faldor era el único
hogar que había conocido. Ahora lo abandonaba, tal vez para siempre, y una cosa así tenía una gran importancia.
Sintió una punzada todavía más dolorosa ante el recuerdo de Zubrette. Cuando pensó en Doroon y Zubrette a solas
en el cobertizo de heno, estuvo a punto de renunciar a todo el asunto, pero ya era demasiado tarde.
Fuera de la protección de los edificios, el viento batía la capa de Garion con sus rachas heladas. Unas densas nubes
ocultaban la luna y el camino sólo resultaba ligerísimamente más claro que los campos de alrededor. Avanzaron
bajo el frío por el solitario paraje, bastante asustados. El muchacho se acercó un poco más a la tía Pol.
Al llegar a lo alto de la cuesta, se detuvo y volvió la vista atrás. La hacienda de Faldor no era más que una mancha
borrosa y pálida al fondo del valle que se abría a sus pies. Con pesar, dejó a su espalda aquella ultima vista. El valle
que se abría ante ellos era muy oscuro e incluso el camino se perdía de vista en las sombras que los aguardaban.
Habían caminado muchos kilómetros, más de los que era capaz de calcular el muchacho. Garion avanzaba
bamboleando la cabeza y en ocasiones tropezaba con piedras que no distinguía en el oscuro sendero. Lo que más
deseaba era poder echarse a dormir. Le escocían los ojos y las piernas le temblaban, al borde del agotamiento.
Al llegar a la cima de la siguiente montaña —siempre parecía haber otra montaña, ya que aquella parte de Sendaria
estaba tan llena de pliegues como una tela arrugada—, el señor Lobo se detuvo y miró a su alrededor, parecía
escrutar la opresiva oscuridad con su mirada.
—Nos apartaremos del camino aquí —anunció.
—¿Te parece prudente? —preguntó Durnik—. Estamos rodeados de bosques y he oído decir que puede haber
asaltantes ocultos en la espesura. Y aunque no haya bandidos, ¿no crees probable que nos perdamos en la oscuridad?
—El herrero alzó la mirada hacia el lóbrego cielo; en su rostro poco agraciado, apenas visible, había un gesto de
preocupación—. Ojalá tuviéramos luna.
—No creo que debamos tener miedo de los bandidos —respondió Lobo con confianza—, y me alegro mucho de que
no haya luna. No creo que aún nos sigan, pero no nos conviene que alguien nos vea pasar por casualidad. El oro de
los murgos puede comprar muchos secretos.
Tras estas palabras, Lobo condujo a los demás hacia los campos que se extendían junto al camino.
A Garion, avanzar a campo traviesa le resultó imposible. Si ya en el camino había tropezado de vez en cuando,
ahora los surcos, hoyos y demás irregularidades del terreno parecían colocarse bajo sus pies a cada paso. Cubierto
apenas un kilómetro, cuando alcanzaron el negro lindero del bosque, el muchacho estaba a punto de echarse a llorar
de agotamiento.
—¿Cómo vamos a encontrar nuestro camino ahí dentro? —quiso saber, mientras observaba la absoluta oscuridad del
interior del bosque.
—No lejos de aquí hay un sendero de leñadores —dijo Lobo, e indicó una dirección—. Sólo tenemos que avanzar
un poco más.
Tras esto, reemprendió la marcha por el lindero del bosque umbrío. Garion y los demás fueron tras él, entre
tropiezos y tambaleos.
—Ya hemos llegado —anunció por fin, y se detuvo para darles tiempo de alcanzarlo—. Ahí dentro vamos a tener
muy poca luz y el camino no es cómodo. Yo abriré la marcha y los demás me seguiréis.
—Yo iré detrás de ti, Garion —dijo Durnik—. No te preocupes. Todo va a salir bien —añadió. Sin embargo, la voz
del herrero dejaba entrever que sus palabras iban más dirigidas a tranquilizarse él mismo que a dar ánimos al
muchacho.
En el bosque, la sensación de frío era menor. Los árboles los protegían de las ráfagas de viento pero la oscuridad era
tal que Garion no lograba entender cómo podía Lobo encontrar el camino. Creció en su cabeza la temible sospecha
de que el narrador tampoco sabía dónde estaba y que, simplemente, confiado en la suerte, daba tumbos a ciegas.
—Alto —dijo de pronto una voz atronadora justo delante de ellos, sobresaltándoles. Los ojos de Garion, ligeramente
habituados ahora a la penumbra del bosque, vieron la confusa silueta de algo tan enorme que no podía corresponder
a un ser humano.
—¡Un gigante! —gritó, presa de un repentino pánico.
A continuación, debido al agotamiento y a que todo lo sucedido aquella jornada había resultado excesivo para
asimilarlo de una vez, el muchacho perdió la presencia de ánimo y, dando media vuelta, echo a correr entre los
árboles.
—¡Garion! —gritó a su espalda la voz de tía Pol—. ¡Regresa! Sin embargo, el pánico se había apoderado de él y
continuó en
su huida. Una y otra vez cayó sobre raíces y arbustos, tropezó con los troncos y se enredó las piernas en las matas y
los zarcillos. Chocó de frente con una rama baja que colgaba invisible y sus ojos se llenaron de lucecitas con el
inesperado golpe en el cráneo. Quedó tendido en el suelo húmedo, jadeando entre sollozos mientras trataba de
superar la conmoción.
Al cabo de unos instantes, notó sobre él unas manos invisibles, horrendas. Mil agujas de terror taladraron su mente
al mismo tiempo, se debatió desesperado e intentó desenvainar su puñal.
—¡Ah, no! —dijo una voz—. ¡De eso nada, conejito! Garion notó que le arrebataban el arma.
—¿Vas a comerme? —balbució Garion, con voz llorosa. Su captor se echo a reír.
—Ponte de pie, conejo —dijo, y el muchacho se sintió levantado por una mano muy poderosa que le sujetó del
brazo y lo llevó medio a rastras por la espesura.
Delante de Garion y a cierta distancia, la luz de una hoguera titilaba entre los árboles y parecía que su captor lo
conducía hacia ella. Debía pensar algo rápidamente, encontrar algún medio de escapar, pero su mente estaba
paralizada por el miedo y el agotamiento y se negaba a funcionar.
En torno a la hoguera divisó tres carromatos que formaban una especie de semicírculo. Allí estaban Durnik, Lobo y
tía Pol, acompañados de un tipo tan enorme que la mente de Garion se negaba a aceptar la posibilidad de que fuera
real. Sus piernas, gruesas como troncos de árboles, iban envueltas en pieles sujetas mediante tiras de cuero, y llevaba
una cota de malla que le llegaba a las rodillas, ceñida con un cinturón. De éste colgaba una pesada espada a un lado
y un hacha de mango corto en el otro. Llevaba el cabello largo en grandes trenzas y lucía una espesa y larga barba
pelirroja muy encrespada.
Cuando salieron a la luz, Garion pudo ver a su captor. Era un hombre menudo, apenas más alto que el propio Garion
y su rostro estaba dominado por una nariz prominente y puntiaguda. Tenía unos ojillos pequeños y rasgados y el
cabello liso, negro y mal cortado. Su rostro no era de los que inspiran confianza y su túnica estaba sucia y llena de
remiendos; junto con el aspecto perverso de su corta espada, todo ello no contradecía en absoluto la impresión que
producían sus facciones.
—Aquí tenemos a nuestro conejo —anunció el hombrecillo de aspecto de comadreja mientras empujaba a Garion
hacia el círculo de luz de la hoguera—. Y vaya si me ha proporcionado una buena caza.
La tía Pol se volvió hacia Garion con ademán encolerizado.
—¡No vuelvas a hacer eso nunca mas! —le dijo con severidad. —No te precipites, señora Pol —intervino Lobo—.
De momento, es mejor que huya a que intente pelear. Hasta que sea mayor, los pies son sus mejores amigos.
—¿Hemos sido capturados por bandidos? —preguntó el muchacho con voz temblorosa.
—¿Bandidos? —Lobo soltó una carcajada —. ¡Qué imaginación más desbocada tienes, chico! Estos dos son amigos
nuestros.
—¿Amigos? —repitió Garion, dubitativo, mientras lanzaba una mirada suspicaz al gigante de barba pelirroja y al
hombrecillo de aspecto de comadreja situado junto a él—. ¿Estás seguro?
El gigante se echo a reír también y sus carcajadas retumbaron como un terremoto.
—El muchacho parece receloso —dijo con su voz grave—. Amigo Seda, tu rostro debe de haberle puesto sobre
aviso.
El hombrecillo lanzó una mirada desabrida a su corpulento compañero.
—Éste es Garion —dijo Lobo—. Ya conocéis a la señora Pol. —Su voz pareció hacer énfasis en el nombre de tía
Pol—. Y éste es Durnik, un valiente herrero que ha decidido acompañarnos.
—¿La señora Pol? —dijo el hombrecillo, y soltó una risilla sin aparente razón.
—Así soy conocida —intervino tía Pol, tajante.
—En tal caso, será un placer para mi llamarla así, noble dama
—añadió entonces el hombre con una burlona reverencia.
—Nuestro corpulento amigo de ahí es Barak —continuó las presentaciones Lobo—. Es muy útil tenerlo cerca
cuando hay problemas. Como puedes ver, no es un sendario, sino un cherek de Val Alorn.
Garion no había visto nunca un cherek y los espantosos relatos de sus hazañas en el combate se hicieron de pronto
muy creíbles ante la presencia del enorme Barak.
—Y yo —dijo el hombrecillo con la mano en el pecho— me llamo Seda… No es un gran nombre, lo reconozco, pero
va muy bien con mi carácter. Nací en Boktor, Drasnia, y soy prestidigitador y acróbata.
—Y también ladrón y espía —añadió Barak con un rugido de satisfacción.
—Todos tenemos nuestros pecados —reconoció Seda con tranquilidad, al tiempo que se rascaba sus ralas patillas.
—Y yo soy llamado señor Lobo en éste momento y lugar
—dijo el viejo narrador—. Es un nombre que me gusta bastante, puesto que fue el muchacho quien me lo puso.
—¿Señor Lobo? —repitió Seda antes de soltar una nueva carcajada—. Vaya nombre más divertido para ti, viejo
amigo.
—Estoy verdaderamente encantado de que te guste tanto, viejo amigo —replicó Lobo con sequedad.
—Sea entonces, señor Lobo —dijo Seda—. Venid al fuego, amigos, calentaos, que yo me ocuparé de traer algo de
comer.
Garion seguía sin saber muy bien qué pensar de la extraña pareja. Era evidente que conocían a tía Pol y al señor
Lobo… pero también era obvio que los conocían por otros nombres. El hecho de que tía Pol pudiera no ser quien él
siempre había pensado resultaba muy perturbador. Uno de los pilares básicos de toda su existencia acababa de
derrumbarse.
La comida que trajo Seda era frugal: un estofado de nabo con grandes pedazos de carne y unas rebanadas de pan mal
cortadas, pero Garion, asombrado de su propio apetito, cayó sobre su plato como si no hubiera comido en varios
días.
Luego, con el estómago lleno y los pies calientes gracias al fuego crepitante, se sentó en un tronco y se adormiló.
—¿Y ahora qué, Viejo Lobo? —oyó preguntar a tía Pol—. ¿Qué plan hay tras esos incómodos carromatos?
—Una idea brillante, aunque esté mal que yo mismo lo diga —respondió Lobo—. Como sabes, en esta época del
año hay carros que circulan por todos los caminos de Sendaria. Las cosechas se trasladan del campo a la casa, de las
haciendas a los pueblos y de las aldeas a las ciudades. No hay nada más normal en Sendaria que ver pasar un carro.
Hay tantos que casi resultan invisibles. Así vamos a viajar nosotros. Ahora, somos honrados transportistas.
—¿Somos qué? —saltó tía Pol.
—Carreteros —respondió Lobo efusivamente—. Esforzados transportistas de las mercancías de Sendaria que van a
hacer fortuna y a buscar aventuras, picados por el deseo de viajar y contagiados sin remedio por el romanticismo del
camino.
—¿Tienes idea del tiempo que nos llevará viajar en carromato? —preguntó tía Pol.
—De seis a diez leguas por jornada —replicó él—. Es lento, lo reconozco, pero es preferible avanzar poco a poco
que atraer la atención sobre nosotros.
La mujer sacudió la cabeza con gesto de disgusto.
—¿Dónde vamos primero, señor Lobo? —intervino Seda.
—A Darine —anunció el aludido—. Si el que seguimos ha tornado hacia el norte, tiene que haber pasado a través de
Darine camino de Boktor y mas allá.
—¿Y que llevamos a Darine, exactamente? —quiso saber tía Pol.
—Nabos, noble señora —le informó Seda—. Esta mañana, mi enorme amigo y yo hemos comprado tres carros de
nabos en el pueblo de Winold.
—¿Nabos? —repitió tía Pol en tono exaltado.
—Si, noble dama, nabos —repitió Seda con aire solemne.
—¿Estamos a punto, entonces? —preguntó Lobo.
—Así es —respondió el gigante Barak, incorporándose acompañado del chirrido de la cota de malla.
—Deberíamos vestir de acuerdo con lo que fingimos ser —comentó Lobo con palabras cautas, mientras observaba a
Barak de arriba abajo—. Tu armadura, amigo mío, no es precisamente el atuendo que llevaría un honrado carretero.
Creo que deberías cambiarla por una ropa de lana.
Barak pareció como si acabara de recibir una afrenta.
—Podría ponerme una túnica por encima —sugirió, indeciso. —El metal hace ruido —señaló Seda— y tu armadura
tiene un
olor muy particular. Cuando sopla el viento de tu dirección, hueles a hierros oxidados, Barak.
—Sin la cota de malla me siento desnudo —protestó con energía Barak.
—Todos tenemos que hacer sacrificios.
Con un gruñido, Barak se acercó a uno de los carromatos, sacó un hatillo de ropa y empezó a quitarse la cota de
malla. La blusa larga de lino que llevaba debajo mostraba unas grandes manchas rojizas de óxido.
—Yo que tú me cambiaría también de ropa —sugirió Seda—. Esa blusa huele peor aún que la armadura.
—¿Algo mas? —replicó Barak con mirada asesina—. En nombre de la decencia, espero que no pienses hacerme
desnudar del todo.
Seda lanzó una risilla.
Barak se quitó la blusa. Su torso era inmenso y estaba cubierto de una espesa pelambrera pelirroja.
—Pareces una alfombra —apuntó Seda.
—No puedo remediarlo —declaró Barak—. En Cherek los inviernos son fríos y el vello me ayuda a conservar el
calor —explicó mientras se ponía una túnica limpia.
—El mismo frío hace en Drasnia —apuntó Seda—. ¿Estás completamente seguro de que tu abuela no se lió con un
oso durante uno de esos largos inviernos?
—Algún día, esa lengua tuya te meterá en un buen problema, amigo Seda —anunció Barak en un tono cargado de
amenazas.
Seda se echo a reír otra vez.
—He estado metido en problemas la mayor parte de mi vida, amigo Barak.
—No puedo entender por qué —dijo Barak con ironía.
—Creo que podríais discutir todo esto más tarde —intervino Lobo con energía—. Me gustaría marcharme de aquí
antes de que termine la semana, si es posible.
—Claro, claro, viejo amigo —asintió Seda, incorporándose de un salto—. Barak y yo solo nos entreteníamos.
Tres troncos de caballos percherones aguardaban estacados en las proximidades, y todos ayudaron a ponerles los
arneses y unirlos a los carros.
—Voy a apagar el fuego —dijo Seda mientras llenaba un par de cubos con el agua de un riachuelo que corría por las
cercanías. La hoguera siseó al contacto con el agua y unas grandes nubes de vapor se alzaron hacia las ramas de los
árboles que se extendían a poca altura.
—Conduciremos los caballos a pie hasta el lindero del bosque —indicó Lobo—. Prefiero no dejarme los dientes en
una rama demasiado baja.
Los caballos parecían ansiosos por empezar la marcha y avanzaron sin necesidad de estímulos por el estrecho
camino que cruzaba el bosque en sombras. Se detuvieron al borde de los campos abiertos y Lobo estudió con
atención los alrededores para comprobar si había alguien a la vista.
—No diviso a nadie —informó—. Vamos allá.
—Monta conmigo, buen herrero —propuso Barak a Durnik—. La conversación con un hombre honrado es
preferible a pasar una noche soportando los insultos de un drasniano rápido y burlón.
—Como tú desees, amigo —aceptó Durnik con educación.
—Yo abriré la marcha —indicó Seda—. Conozco bien los caminos poco transitados y los atajos de esta región. Os
llevaré al camino real más allá de Gralt antes del mediodía. Barak y Durnik pueden cuidar de la retaguardia. Estoy
seguro de que, entre los dos, desanimarán a cualquiera que tenga la intención de seguirnos.
—Muy bien —asintió Lobo; montó en el pescante del carro de en medio y luego alargó la mano y ayudó a subir a tía
Pol.
Garion subió rápidamente a la caja del carromato de en medio, algo nervioso ante la posibilidad de que alguien le
propusiera viajar con Seda. El señor Lobo podía decir y jurar que la extraña pareja que acababan de encontrar eran
amigos suyos, pero el terror que había sentido en el bosque estaba todavía demasiado reciente en su mente para que
se sintiera cómodo entre ellos.
Los sacos de nabos de aroma húmedo estaban llenos de bultos pero Garion no tardó en hacerse, a base de
empujones, una especie de asiento medio reclinado justo detrás del pescante que ocupaban tía Pol y el señor Lobo.
Allí estaba protegido del viento, tenía cerca a tía Pol, y su capa, extendida sobre él, lo mantenía caliente. Llegó a
sentirse bastante cómodo y, pese a la excitación de los acontecimientos de aquella noche, pronto se quedó
amodorrado. La seca voz de su mente sugirió brevemente que no se había portado demasiado bien en el bosque, pero
también esa voz calló muy pronto, y Garion se sumió en el sueño.
Lo despertó el cambio en el sonido. El sordo ruido de las herraduras de los caballos sobre el camino de tierra se
convirtió en un traqueteo estridente cuando llegaron a las calles empedradas de un pueblo aún dormido en las
ultimas horas heladas de la noche otoñal. Garion abrió los ojos y observó, soñoliento, las casas altas y estrechas con
sus esbeltas ventanas a oscuras.
Un perro ladró unos instantes y luego se retiró al calor de su refugio bajo alguna escalera. Garion se preguntó qué
pueblo sería y cuánta gente dormiría bajo aquellos puntiagudos techos de tejas, ajena al paso de los tres carromatos.
La calle empedrada era muy estrecha y Garion podía haber tocado, con sólo extender la mano, las piedras gastadas
por la erosión de las casas junto a las que pasaban.
Pronto el pueblo anónimo quedó atrás y se encontraron de nuevo en el camino. El sordo sonido de las pezuñas de los
caballos lo hizo caer dormido otra vez.
—¿Y si no ha pasado por Darine? —preguntó tía Pol a Lobo en voz baja.
Garion cayó en la cuenta de que, con la excitación, no había llegado a enterarse exactamente de qué era lo que
buscaban. Sin abrir los ojos, presto atención a lo que hablaban.
—No empieces con tus «¿Y si… ?» —replicó Lobo en tono irritado—. Si nos quedamos sentados diciendo «¿Y
si…?», nunca haremos nada.
—Solo era una pregunta —dijo tía Pol.
—Si nuestro hombre no ha pasado por Darine, tomaremos hacia el sur…, a Muros. Tal vez se haya unido allí a una
caravana de la Gran Ruta del Norte a Boktor.
—¿Y si no ha pasado por Muros?
—Entonces iremos a Camaar. —¿Y luego?
—Ya lo veremos cuando lleguemos a Camaar. —Lobo pronunció esta ultima frase en tono concluyente, como si no
quisiera seguir con el asunto.
Tía Pol exhaló un jadeo como si deseara hacer una apostilla final pero, al parecer, decidió abstenerse de ello y se
echó hacia atrás en el asiento del carromato.
Al este, delante de ellos, la primera luz del alba acariciaba las nubes que encapotaban el cielo y la comitiva continuó
su avance bajo los últimos jirones de la larga noche barrida por el viento, en su búsqueda de algo que, aunque
Garion no sabía aún de qué se trataba, era tan importante que había cambiado por completo toda su vida en un solo
día.
Tardaron cuatro días en llegar a Darine, en la costa norte. El primer día transcurrió muy bien pues, aunque estaba
nublado y seguía soplando el viento, el aire era seco y los caminos buenos. Pasaron junto a tranquilas casas de
campo y vieron algún que otro campesino encorvado en mitad de sus campos, dedicado a su trabajo. Sin excepción,
todos ellos hacían un alto en su labor para verlos pasar. Algunos los saludaban con la mano; otros no.
Luego encontraron pueblos, racimos de casas altas en el fondo de los valles. A su paso, los niños salían de las casas
y corrían tras los carromatos, con gritos de excitación. Los aldeanos los observaban, desocupados y curiosos, hasta
que se hacía evidente que los carros no iban a detenerse; entonces, se volvían con desdén y regresaban a sus asuntos.
Cuando la tarde de esa primera jornada avanzaba ya hacía la noche, Seda los condujo a una arbolada próxima al
camino e hicieron los preparativos para pasar la noche. Dieron cuenta de los últimos restos del jamón y del queso
que Lobo había tornado de las despensas de Faldor y, tras ello, extendieron las mantas en el suelo debajo de los
carros. El suelo estaba duro y frío pero la sensación excitante de ser partícipe de una aventura ayudó a Garion a
soportar la incomodidad.
A la mañana siguiente, sin embargo, empezó a llover. Al principio era una lluvia fina, casi un rocío que volaba al
impulso del viento; sin embargo, mientras transcurría la mañana, se convirtió en una llovizna pertinaz. El húmedo
olor de los nabos en los sacos empapados se hizo más intenso y Garion se acurrucó penosamente entre ellos,
envuelto en su capa. La aventura resultaba ya mucho menos excitante.
El camino se volvió enfangado y resbaladizo y a los caballos les costaba un gran esfuerzo salvar las cuestas, por lo
que necesitaron frecuentes descansos. El primer día habían cubierto ocho leguas; al final de esta jornada, con suerte
habrían hecho cinco.
La tía Pol se mostró picajosa y malhumorada.
—Esto es una idiotez —dijo a Lobo hacia el mediodía de la tercera jornada.
—Todo es una idiotez si te lo pones a mirar en la perspectiva adecuada —replicó él, filosóficamente.
—¿Por qué carreteros? —exigió saber ella—. Hay medios de viajar más rápidos; podríamos ser una familia rica en
un carruaje como es debido, por ejemplo, o mensajeros imperiales con buenos caballos… De cualquiera de esas dos
maneras, ya estaríamos en Darine.
—Y habríamos dejado en el recuerdo de estas gentes sencillas que nos ven pasar una huella tan profunda que incluso
un thull podría seguirla —explicó Lobo con voz paciente—. Brill ya habrá informado de nuestra partida a sus amos
y, ahora mismo, todos los murgos de Sendaria deben de estar buscándonos.
—¿Por qué nos escondemos de los murgos, señor Lobo? —preguntó Garion, no muy seguro de si debía interrumpir
la conversación, pero impelido por la curiosidad a intentar penetrar en el misterio de su huida—. ¿No son acaso
simples mercaderes como los tolnedranos y los drasnianos?
—Los murgos no están interesados por el comercio —explicó Lobo—. Los nadraks son mercaderes, pero los
murgos son guerreros. Se hacen pasar por comerciantes por la misma razón que nosotros nos fingimos carreteros:
para poder movernos sin riesgo de ser detectados. Si partes de la base de que todos los murgos son espías, no estarás
muy lejos de la verdad.
—¿A qué vienen tantas preguntas? ¿No tienes nada mejor que hacer, Garion? —intervino tía Pol.
—En realidad, no —respondió Garion y, al momento, supo que había cometido un error.
—Bien —añadió la mujer—. En la parte trasera del carro de Barak encontrarás los platos sucios de la comida de
hoy. También hallarás en ese lugar un barreño. Cógelo y ve a buscar agua a ese riachuelo de ahí; después, vuelve al
carro y lava los platos.
—¿Con agua fría? —protestó él.
—Ahora, Garion— insistió ella con firmeza.
Entre gruñidos, el muchacho saltó del carromato, que seguía su lento avance.
Caía ya la tarde del cuarto día de viaje cuando llegaron a la cresta de una sierra empinada a cuyos pies se extendía la
ciudad de Darine y, detrás de ella, el mar gris plomizo. Garion se quedó sin aliento. A sus ojos, la ciudad era
enorme. La muralla que la rodeaba era alta y sólida, y en su interior había más edificios de los que el muchacho
había visto en toda su vida. Sin embargo, lo que más atrajo su atención fue el mar. El aire tenía un olor intenso y
penetrante. El viento ya había traído hasta él algunos ligeros indicios de aquel aroma durante las ultimas leguas
recorridas, pero ahora, cuando inspiraba en profundidad, podía apreciar el perfume del mar con toda su intensidad
por primera vez en su vida. La sensación lo estimuló de nuevo.
—¡Por fin! —exclamó tía Pol.
Seda había detenido el carro que abría la marcha y retrocedía a pie hacia los demás. Lleva una capucha ligeramente
echada hacia atrás y la lluvia corría por su larga nariz hasta gotearle desde su puntiagudo extremo.
—¿Nos detenemos aquí o continuamos hasta la ciudad? —preguntó.
—Bajamos a la ciudad —respondió tía Pol—. No pienso dormir debajo de un carro cuando hay posadas tan cerca a
nuestra disposición.
—Unos auténticos carreteros buscarían una posada —asintió el señor Lobo— y una taberna donde quitarse el frío.
—Debería haber adivinado esto ultimo —comentó la mujer. —Es preciso que representemos bien nuestros papeles.
Descendieron la ladera de la sierra. Las patas de los caballos
resbalaban en el terreno húmedo en su esfuerzo por frenar los carromatos e impedir que se despeñaran.
A las puertas de la ciudad, dos centinelas de túnicas sucias y cascos manchados de herrumbre salieron de la pequeña
caseta de guardia situada junto a las barreras.
—¿Qué os trae a Darine? —preguntó uno de ellos a Seda.
—Soy Amber de Kotu —mintió con tranquilidad Seda—, un pobre mercader drasniano que espera hacer negocios
en vuestra espléndida ciudad.
—¿Espléndida? —repitió uno de los centinelas con aire burlón.
—¿Qué llevas en esos carromatos, mercader? —quiso saber el otro.
—Nabos —informó Seda con modestia—. Mi familia se ha dedicado durante generaciones al comercio de especias,
pero ahora me veo obligado a traficar con nabos —explicó con un suspiro—. El mundo da muchas vueltas, ¿no es
cierto, mi buen amigo?
—Estamos obligados a inspeccionar tus carromatos —informó el centinela—. Me temo que esa tarea nos llevará
algún tiempo.
—¡Con la humedad que hace! —comentó Seda, a la vez que alzó sus ojos rasgados hacia el cielo lluvioso—. Sería
mucho más agradable matar el tiempo mojándose uno por dentro en alguna acogedora taberna.
—Eso no es fácil cuando uno no tiene demasiado dinero —sugirió esperanzado el centinela.
—Me sentiría muy honrado si aceptaras una pequeña muestra de mi amistad para poder hacer realidad ese deseo —
propuso Seda.
—Eres muy amable, mercader —se apresuró a responder el centinela con una leve inclinación de cabeza.
Algunas monedas cambiaron de mano y los carros entraron en la ciudad sin ser inspeccionados.
Desde lo alto de la sierra, Darine había ofrecido un aspecto muy espléndido, pero Garion la encontró mucho menos
imponente a medida que avanzaban en su traqueteo por las calles empedradas. Todos los edificios parecían iguales y
poseían una especie de altivez y retraimiento, pagados de sí mismos. Las calles estaban llenas de basuras y suciedad.
El sabor salado del mar se mezclaba allí con el del pescado muerto, y las facciones de la gente que pasaba
apresurada por las calles eran severas y poco amistosas. La excitación inicial de Garion empezó a desvanecerse.
—¿Por que parece tan desgraciado todo el mundo? —preguntó al señor Lobo.
—Tienen un dios severo y exigente —fue su respuesta.
—¿Qué dios es ése? —quiso saber el muchacho.
—El dinero —explicó Lobo—. El dinero es un dios peor que el propio Torak.
—No le llenes la cabeza de tonterías —intervino tía Pol—. Esa gente no es desgraciada, Garion. Tienen prisa, eso es
todo. Tienen asuntos importantes que atender y tienen miedo de llegar tarde, eso es todo.
—Creo que no me gustaría vivir aquí —dijo Garion—. Parece un lugar triste y poco amistoso —añadió con un
suspiro—. Hay momentos en que añoro estar de vuelta con vosotros en la casa de Faldor.
—Hay lugares peores que la hacienda de Faldor, en efecto —asintió el señor Lobo.
La posada que Seda escogió para pasar la noche estaba cerca de los muelles y el aroma del mar y de los desperdicios
del encuentro entre el mar y la tierra resultaba allí muy intenso. La posada, sin embargo, era un edificio sólido con
establos anejos y cobertizos para guardar los carros. Como en la mayoría de hospederías, la planta baja estaba
dedicada a la cocina y al gran salón con sus hileras de mesas y sus grandes hogares. En los pisos superiores estaban
las habitaciones de los huéspedes.
—El lugar está bien —anunció Seda cuando salió de nuevo a los carromatos después de hablar un rato con el
encargado—. La cocina parece limpia y no he visto bichos en las habitaciones.
—Iré a inspeccionarlas —dijo tía Pol apeándose del carro.
—Como desees, gran dama —aceptó Seda con educada reverencia.
La inspección de tía Pol se prolongó mucho mas tiempo que la de Seda y ya casi había oscurecido por completo
cuando asomó de nuevo en el patio.
—Parecen adecuadas, pero poco más —informó con desdén. —No estamos buscando un lugar para pasar el
invierno, Pol
—respondió Lobo—. Como mucho, estaremos aquí sólo algunos días.
—He ordenado que suban agua caliente a nuestras habitaciones —anunció ella sin hacer caso del comentario—.
Llevaré arriba al muchacho para asearlo mientras tú y los demás os ocupáis de los carros y de los caballos. Vamos,
Garion —añadió, y dio media vuelta para entrar en la posada.
Garion deseó con fervor que dejaran de referirse a él como «el muchacho». Al fin y al cabo, se dijo, tenía un nombre
y no era tan difícil de recordar. Tuvo la lúgubre sensación de que, aunque algún día llegara a lucir una larga barba
cana, sus compañeros de aventura seguirían llamándolo de aquella manera.
Una vez atendidos los carros y las monturas, todos los viajeros se asearon y bajaron al salón para cenar. Los platos
no estaban a la altura de la cocina de tía Pol, pero resultaron una agradable variación después de tanto nabo. Garion
se dijo con toda rotundidad que no volvería a probar un nabo en su vida.
Cuando terminaron la cena, los hombres se relajaron frente a unas jarras de cerveza y la tía Pol puso cara de
desaprobación.
—Garion y yo vamos a acostarnos ahora mismo —les dijo—. Procurad no tambalearos demasiado cuando subáis.
Lobo, Barak y Seda se echaron a reír ante el comentario, pero Garion creyó apreciar que Durnik se sentía algo
avergonzado.
A la mañana siguiente, el señor Lobo y Seda salieron temprano de la posada y estuvieron fuera todo el día. Garion se
había colocado en un lugar estratégico con la esperanza de que advirtieran su presencia y lo llevaran con ellos, pero
no lo hicieron; así pues, cuando Durnik bajó a ocuparse de los caballos, el muchacho lo acompañó.
—Durnik —comentó después de haber dado el pienso y el agua a las monturas, mientras el herrero examinaba sus
pezuñas para observar posibles cortes o heridas producidas durante el viaje, ¿no te parece extraño todo esto?
Durnik bajó con cuidado la pata del paciente caballo que inspeccionaba en ese momento.
—¿A qué te refieres, Garion? —inquirió, con su rostro inexpresivo.
—A todo esto —dijo Garion sin concretar más—. El viaje, Barak y Seda, el señor Lobo y tía Pol…, todo. A veces, se
ponen a hablar entre ellos cuando creen que no los oigo. Todo este asunto parece terriblemente importante pero aún
no sé si huimos de alguien o si vamos a la busca de algo.
—Yo también estoy un poco confundido, Garion —reconoció Durnik—. Muchas cosas no son lo que parecen…, no
son en absoluto lo que parecen.
—¿Encuentras diferente a la tía Pol? —preguntó Garion—. Me refiero a que todos la tratan como si fuera una dama
de la nobleza o algo así, y a que ella también se comporta de otra manera desde que salimos de la hacienda de
Faldor.
—La señora Pol es, en efecto, una gran dama —asintió Durnik—. Eso lo he sabido siempre.
La voz del herrero poseía el mismo tono respetuoso que empleaba siempre cuando se refería a la mujer y Garion
comprendió que era inútil intentar que Durnik percibiera algo inusual en ella.
—¿Y el señor Lobo? —preguntó Garion, probando otra aproximación—. Siempre había pensado que sólo era un
viejo narrador de cuentos.
—Desde luego, no parece un vagabundo normal —reconoció Durnik—. Creo que nos encontramos entre personas
importantes dedicadas a cuestiones también importantes. Probablemente será mejor que gente sencilla como
nosotros no hagamos demasiadas preguntas, pero debemos mantener muy abiertos los ojos y los oídos.
—¿Volverás a la hacienda de Faldor cuando todo esto acabe? —inquirió Garion con cautela.
Durnik meditó la respuesta con la mirada fija en el patio de la posada, barrido por la lluvia.
—No —dijo por fin en voz baja—. Seguiré a la señora Pol mientras ella me lo permita.
Movido por un impulso, Garion alargó el brazo y dio unas palmaditas en el hombro del herrero.
—Todo va a terminar bien, Durnik.
—Esperemos que así sea —respondió él con un suspiro, antes de concentrar de nuevo su atención en los caballos.
—Durnik —preguntó Garion—, ¿tú conociste a mis padres? —No —dijo el herrero—. La primera vez que te vi,
eras un bebé en brazos de la señora Pol.
—¿Cómo era ella entonces?
—Parecía enfadada —dijo Durnik—. Creo que no he visto nunca a nadie tan enfadado. Estuvo un rato hablando con
Faldor y después entró a trabajar en la cocina. Ya conoces a Faldor, no ha rechazado a nadie en toda su vida. Al
principio, trabajaba sólo como ayudante, pero no por mucho tiempo. Nuestra vieja cocinera estaba volviéndose
gruesa y holgazana hasta que, por fin, nos dejó para ir a vivir con su hija menor. Desde entonces, la señora Pol se
hizo cargo de la cocina.
—Entonces debía de ser mucho más joven, ¿verdad? —preguntó Garion.
—No —respondió el herrero tras pensárselo—. La señora Pol no cambia nunca. Ahora tiene exactamente el mismo
aspecto que el día de su llegada.
—Estoy seguro de que sólo son figuraciones tuyas —replicó Garion—. Todo el mundo envejece.
—La señora Pol, no —aseguró Durnik.
A ultima hora de la tarde, Lobo y su amigo de prominente nariz regresaron con aire abatido.
—Nada —anunció lacónico Lobo mientras se rascaba su barba nevada.
—Ya te lo decía yo —comentó tía Pol, desdeñosa.
Lobo le dirigió una mirada de irritación y se encogió de hombros.
—Teníamos que asegurarnos —comentó.
Barak, el gigante de barba pelirroja, alzó la vista de la cota de malla a la que estaba sacando brillo.
—¿Ni el menor rastro? —preguntó.
—Nada de nada —asintió Lobo—. No ha pasado por aquí.
—¿Dónde vamos ahora, pues? —quiso saber el gigante, que dejó a un lado la cota de malla.
—A Muros —respondió Lobo. Barak se levantó y se asomó a la ventana. —La lluvia amaina, pero los caminos van
a estar difíciles —comentó.
—De todos modos, no podremos salir mañana —dijo Seda, repantigado en un taburete junto a la puerta —. Tengo
que deshacerme de los nabos. Si los llevamos con nosotros a Dorine le resultará curioso y no queremos que se
acuerde de nosotros nadie que pueda tener ocasión de charlar con algún murgo errante.
—Supongo que tienes razón —dijo Lobo—. No me gusta perder tiempo, pero no hay otro remedio.
—Los caminos estarán mejor si dejamos pasar un día para que se sequen —apuntó Seda—; además, los carros
viajarán más deprisa descargados.
—Entonces, ¿estás seguro de poder vender la carga, amigo Seda? —preguntó Durnik.
—Soy drasniano —replicó Seda, confiado—. Puedo vender cualquier cosa. Tal vez incluso saquemos un buen
beneficio.
—No te preocupes de eso —dijo Lobo—. Los nabos han servido para su propósito. Sólo tenemos que librarnos de
ellos.
—Es una cuestión de principios —insistió Seda con voz frívola—. Además, si no trato de conseguir el mejor precio,
también eso podría ser recordado. No te preocupes. El trato no llevará mucho tiempo y no nos retrasará.
—¿Puedo ir contigo, Seda? —preguntó Garion, expectante—. No he visto nada de Darine, a excepción de la posada.
Seda dirigió una mirada de interrogación a tía Pol y ésta meditó la respuesta unos instantes.
—Supongo que no le hará ningún daño —dijo por ultimo—, y así tendré tiempo de atender algunas cosas.
A la mañana siguiente, después del desayuno, Seda y Garion salieron a la calle. El muchacho iba cargado con una
cesta de nabos y el hombrecillo parecía estar de extraordinario buen humor. Su nariz larga y puntiaguda casi parecía
temblar.
—Todo consiste —comentó mientras recorrían las calles empedradas y llenas de basura— en no parecer demasiado
ansioso por vender… y en conocer el mercado, naturalmente.
—Parece razonable —dijo Garion con cortesía.
—Ayer hice algunas averiguaciones —continuó Seda—. Los nabos se venden en los muelles de Kotu, en Drasnia, a
un peso de plata el quintal.
—¿Un que?
—Es una moneda drasniana —explicó Seda—, del valor aproximado del imperial de plata…, no el mismo, pero casi.
El comerciante querrá comprar nuestros nabos a no más de un cuarto de esa cantidad, pero subirá hasta medio.
—¿Cómo lo sabes?
—Es la costumbre.
—¿Cuántos nabos tenemos? —preguntó Garion mientras saltaba por encima de un montón de desperdicios
acumulado en la calle.
—Tenemos treinta quintales —respondió Seda.
—Eso serían… —Garion puso una mueca en su esfuerzo por realizar de memoria la complicada operación.
—Quince imperiales —le ayudó Seda—. O tres coronas de oro. —¿Oro? —repitió Garion con asombro, pues las
monedas de
oro eran tan raras en los tratos rurales que la palabra parecía tener una cualidad casi mágica.
—Siempre es preferible —asintió Seda—. Es mas fácil de transportar. Las monedas de plata resultan engorrosas.
—¿Y cuánto pagamos nosotros por los nabos? —Cinco imperiales —le informó Seda.
—¿El campesino recibe cinco, nosotros sacamos quince y el comerciante los vende por treinta? —comentó el
muchacho, incrédulo—. No parece muy justo.
—Así es como van las cosas —replicó su interlocutor, encogiéndose de hombros—. Ahí está la casa del comerciante
—añadió e indicó un edificio bastante imponente de amplios escalones —. Cuando entremos, él hará ver que está
muy ocupado y no nos prestará la menor atención. Después, cuando él y yo discutamos el trato, se dará cuenta de tu
presencia y comentará que eres un muchacho estupendo.
—¿Yo?
—Pensará que eres pariente mío, tal vez un hijo o un sobrino, y que puede aprovecharse de mi si te halaga.
—Que idea tan estrafalaria —comentó Garion.
—Yo le diré muchas cosas —continuó Seda, hablando ahora con gran rapidez. Los ojillos le parecían brillar; la
punta de su nariz se retorcía literalmente a un lado y a otro—. No prestes atención a lo que le diga y no demuestres
la menor reacción de sorpresa. Él nos observará con mucha atención.
—¿Vas a contarle mentiras?
—Es lo que se espera de mi —dijo el hombrecillo—. El comerciante también lo hará. Quien mejor mienta de los dos
sacará más provecho del trato.
—Todo esto parece muy pero muy complicado —dijo Garion.
—Es un juego —replicó Seda con una sonrisa en su rostro de hurón—. Un juego muy emocionante que se practica
en todo el mundo. Los buenos jugadores se hacen ricos; los malos, no.
—¿Tú eres un buen jugador? —quiso saber el muchacho.
—Uno de los mejores —respondió Seda con modestia—. Entremos —añadió, y empujó a Garion hacia los anchos
peldaños que daban acceso a la casa del comerciante.
Éste llevaba una túnica larga de color verde pálido guarnecida de piel, sin cinturón, y un gorro ajustado a la cabeza.
El hombre se comportó como Seda había predicho: se sentó ante una mesa y repasó numerosos fragmentos de
pergamino con el entrecejo fruncido y aire ocupado mientras Seda y Garion esperaban a que advirtiera su presencia.
—Muy bien, pues —dijo por fin—. ¿Queréis hacer algún negocio conmigo?
—Tenemos una carga de nabos —dijo Seda con cierta humildad.
—Es una lástima, amigo —respondió el comerciante con semblante apenado—. Los muelles de Kotu gimen bajo el
peso de los nabos en este momento. Apenas ganaría nada aunque te los quitara de las manos gratis.
—Tal vez los quieran los chereks o los algarios, entonces —murmuró Seda con un encogimiento de hombros—.
Quizá sus mercados no estén tan saturados como los tuyos. Vámonos, muchacho —añadió, dirigiéndose a Garion.
—Un momento, mi buen amigo —dijo el comerciante—. Detecto por tu manera de hablar que somos compatriotas.
Puede que, por hacerte un favor, eche un vistazo a tus nabos.
—Tu tiempo debe de ser valioso. Si no te interesan los nabos, ¿para que molestarte más?
—Quizá pueda encontrar un comprador en alguna parte —protestó el mercader—, si la mercancía es de buena
calidad, claro…
Tomó la cesta de Garion y la abrió.
Garion escuchó fascinado los comentarios y replicas entre los dos hombres, cada cual tratando de conseguir ventaja.
—Qué muchacho más estupendo —comentó el mercader, como si viera de pronto a Garion por primera vez.
—Es un huérfano puesto a mi cuidado —explicó Seda—. Intento enseñarle los rudimentos del comercio, pero es
lento en aprender.
—¡Ah! —exclamó el comerciante, algo decepcionado. Entonces, Seda hizo un curioso gesto con los dedos de la
mano derecha.
Los ojos del mercader reflejaron una ligera sorpresa y también él respondió con un gesto.
A partir de ese momento, Garion no tuvo la menor idea de lo que sucedía. Las manos de Seda y del comerciante
trazaban complejos dibujos en el aire, moviéndose a veces con tal rapidez que el ojo apenas podía seguirlos. Los
dedos largos y finos de Seda parecían bailar y los ojos del mercader estaban fijos en ellos, bajo su frente sudorosa
por el esfuerzo de concentración.
—¿Hecho, pues? —dijo por ultimo Seda, rompiendo el prolongado silencio de la estancia.
—Hecho —asintió el comerciante, con cierto desconsuelo. —Siempre es un placer hacer negocios con un hombre
honrado —respondió Seda.
—Hoy he aprendido mucho —confesó su interlocutor—. Espero que no tengas intención de seguir en este negocio
mucho tiempo, amigo. De lo contrario, mas me vale entregarte las llaves de mi almacén y de mi bóveda de seguridad
ahora mismo y ahorrarme la angustia que experimentaría cada vez que aparecieras.
—Has sido un valioso oponente, amigo mercader —concedió Seda con una sonrisa.
—Así lo he creído al principio —murmuró el hombre sacudiendo la cabeza—, pero no soy adversario para ti. Envía
tus nabos a mi almacén del puerto de Bedik mañana por la mañana. —Garabateó unas líneas en un pedazo de
pergamino con una pluma de ave—. Mi capataz te pagará.
Seda hizo un saludo con la cabeza y tomó el documento.
—Vamos, muchacho —dijo a Garion, abriendo la marcha hacia la puerta.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Garion cuando estuvieron de nuevo en la calle.
—Hemos conseguido el precio que quería —le informó Seda un tanto presumido.
—Pero no decíais nada —objetó Garion. —Hablábamos muy deprisa, muchacho. ¿No lo veías? —Yo solo os vi a
los dos gesticulando con los dedos.
—Es así como hablábamos —explicó Seda—. Es un idioma particular que inventaron mis compatriotas hace miles
de años. Se llama la lengua secreta y es mucho más rápida que la hablada. También nos permite entendernos en
presencia de extraños sin que nos entiendan. Quienes lo conocen pueden, si lo desean, tratar de negocios mientras
hablan del tiempo.
—¿Me lo enseñarás? —pidió Garion, fascinado.
—Se tarda mucho en aprender —le advirtió Seda.
—¿No va a ser muy largo el viaje a Muros? —replicó Garion.
—Como quieras —accedió el hombrecillo, encogiéndose de hombros—. No será fácil, pero nos ayudará a pasar el
tiempo, supongo.
—¿Volvemos a la posada?
—Todavía no. Necesitaremos un cargamento como excusa para entrar en Muros.
—Pensaba que íbamos a salir de aquí con los carros vacíos.
—Así es.
—Pero acabas de decir que…
—Ahora vamos a ver a otro mercader —explicó Seda—. Compra productos agrícolas por toda Sendaria y los
conserva en las casas de campo hasta que los precios de los mercados de Arendia y Tolnedra son favorables.
Entonces, los hace transportar hasta Muros o hasta Camaar.
—Parece muy complicado —comentó Garion, dubitativo.
—En realidad, no —aseguró Seda—. Vamos, muchacho, ahora lo verás.
El comerciante era un tolnedrano que vestía una blusa ancha de color azul y tenía una expresión de desdén en su
rostro. Estaba hablando con un murgo de facciones rudas cuando Seda y Garion entraron en su despacho. El murgo,
como todos los de su raza que Garion había conocido, tenía el rostro surcado de grandes cicatrices y sus ojos negros
poseían una mirada penetrante.
Seda alertó a Garion con unos golpecitos en el hombro cuando entró y vio al murgo; después, dio un paso adelante.
—Perdona, noble mercader —dijo, obsequioso—. No sabía que estuvieras ocupado. Mi mozo y yo esperaremos
fuera hasta que tengas un momento para atendernos.
—Mi amigo y yo tenemos para casi todo el día —respondió el tolnedrano—. ¿Se trata de algo importante?
—Solo quería preguntarte si tendrías alguna carga para mi —contestó Seda.
—No —dijo lacónico el tolnedrano—. Nada. —Empezó a darse la vuelta hacia el murgo; luego, se detuvo y miró
mas detenidamente a Seda—. ¿No eres tú Amber de Kotu? —preguntó —. Pensaba que eras comerciante en
especias.
Garion reconoció el mismo nombre que Seda había dado a los centinelas de las puertas de la ciudad. Era evidente
que el hombrecillo había utilizado aquel nombre con anterioridad.
—¡Ay! —suspiró Seda—. Mi ultima aventura yace en el fondo del mar frente a la punta de Arendia: dos naves
completas con destino a Tol Honeth. Una tormenta repentina y ahora estoy en la pobreza.
—Un relato trágico, querido Amber —dijo el mercader tolnedrano, algo relamido.
—Y he quedado reducido a pequeño transportista —añadió Seda de mal talante—. Tengo tres carromatos
desvencijados… y eso es todo lo que queda del imperio de Amber de Kotu.
—Todos sufrimos reveses —comentó el tolnedrano con gesto filosófico.
—De modo que éste es el famoso Amber de Kotu —dijo el murgo con su pronunciado acento y la voz en un susurro.
Miró a Seda de pies a cabeza taladrándolo con sus ojos—, Es una casualidad afortunada la que me ha traído hoy
aquí. Me siento enriquecido al conocer a un hombre tan ilustre.
—Eres demasiado amable, noble señor —respondió Seda con una cortés inclinación de cabeza.
—Soy Asharak de Rak Goska —se presentó el murgo, quien se volvió hacia el tolnedrano—. Podemos posponer un
rato nuestras negociaciones, Mingan. Será un verdadero honor ayudar a empezar a recuperarse de sus pérdidas a un
comerciante tan habilidoso.
—Eres muy amable, poderoso Asharak —le dio las gracias Seda con una nueva reverencia.
La mente de Garion estaba gritándole todo tipo de advertencias pero los penetrantes ojos del murgo le impedían
hacer el menor gesto a Seda. Mantuvo el rostro impasible y los ojos inexpresivos aunque su mente trabajaba a toda
velocidad.
—Te ayudaría con gusto, amigo —dijo Mingan—, pero no tengo ninguna carga en Darine en este momento.
—Ya estoy contratado para un transporte de Darine a Medalia —se apresuró a decir Seda—. Tres carros de hierro de
Cherek. Y también tengo un contrato para llevar pieles de Muros a Camaar. Son las cincuenta leguas desde Medalia
a Muros lo que me preocupa. Los carros que viajan vacíos no rinden beneficios.
—Medalia… —repitió Mingan con el entrecejo fruncido—. Déjame examinar los libros. Me parece que tengo algo
allí.
Salió de la estancia y Asharak de Rak Goska aprovechó para comentar:
—Tus hazañas son legendarias en los reinos del Este, Amber. La ultima vez que salí de Cthol Murgos, aún se ofrecía
un buen precio por tu cabeza.
—Un mal entendido sin importancia, Asharak —se rió Seda—. Sólo estaba investigando las actividades de
espionaje tolnedranas en vuestro reino. Me aventuré a algunos riesgos que no debería haber corrido y los
tolnedranos descubrieron el juego. Las acusaciones que lanzaron contra mí eran meras patrañas.
—¿Cómo hiciste para escapar? —quiso saber Asharak—. Los soldados del rey Taur Urgas casi volvieron del revés
el reino para encontrarte.
—Conocí por casualidad a una dama thull de alto rango —explicó Seda—. Conseguí convencerla para que me
ayudara a pasar de incógnito la frontera de Mishrak ac Thull.
—¡Ah! —asintió Asharak con una breve sonrisa—. Las damas thull tienen fama de ser muy fáciles de convencer.
—Pero también son muy exigentes —replicó Seda—. Esperan una recompensa satisfactoria por sus favores. Me
resultó más difícil escapar de ella que de Cthol Murgos.
—¿Todavía realizas ese tipo de servicios para tu gobierno? —preguntó Asharak en tono despreocupado.
—Ni siquiera me hablan —respondió el hombrecillo con expresión sombría—. Amber el mercader de especias es de
utilidad para ellos, pero Amber el pobre carretero es otra cosa muy distinta.
—Claro —asintió Asharak, pero su tono de voz indicaba que evidentemente, no creía nada de cuanto le había dicho.
Dedicó una breve mirada a Garion sin aparente interés y el muchacho tuvo la extraña sensación de reconocerlo. Sin
saber muy bien cómo era que lo sabía, tuvo la repentina certeza de que Asharak de Rak Goska le había seguido toda
su vida. En aquella mirada había una familiaridad surgida de la decena de veces o más que sus ojos se habían
cruzado mientras Garion crecía y Asharak, siempre envuelto en una capa negra y a lomos de un caballo negro, se
detenía a observarlo y a continuación desaparecía. Garion le devolvió una mirada inexpresiva y el levísimo rictus de
una sonrisa iluminó por un breve instante el rostro cosido a cicatrices del murgo.
Mingan hizo su entrada en el despacho en aquel instante.
—Tengo unos jamones en una casa de campo cerca de Medalia —anunció—. ¿Cuándo calculas llegar a Muros?
—Dentro de quince o veinte días —le indicó Seda.
Mingan asintió.
—Redactaré el contrato para el transporte de los jamones a Muros —se ofreció el comerciante—. Siete nobles de
plata por carro.
—¿Nobles tolnedranos o sendarios? —se apresuró a preguntar Seda.
—Estamos en Sendaria, apreciado Amber.
—Nosotros somos ciudadanos del mundo, noble mercader —apuntó Seda—. Las transacciones entre nosotros
siempre han sido en moneda tolnedrana.
—Eres muy rápido, apreciado Amber —suspiró Mingan—. Está bien, siete nobles tolnedranos…, porque somos
viejos amigos y me apiado de tu infortunio.
—Tal vez volvamos a encontrarnos, Amber de Kotu —dijo el murgo.
—Tal vez —respondió Seda; tras esto, él y Garion abandonaron el despacho.
—Tacaño —murmuró Seda cuando llegaron a la calle—. Tendría que haberme pagado diez, no siete.
—¿Qué hay del murgo? —inquirió Garion. De nuevo, lo invadió el habitual rechazo a revelar demasiadas cosas
acerca del extraño vínculo sin palabras que había existido entre él y la figura que ahora, por fin, tenía un nombre.
Seda se encogió de hombros y respondió:
—Sabe que estoy metido en algo, pero ignora en qué, exactamente…, igual que yo sé que él también trama algo. He
tenido decenas de encuentros como éste. Salvo que nuestros objetivos se enfrenten por casualidad, no nos
entrometemos el uno con el otro. Asharak y yo somos dos profesionales.
—Eres una persona muy extraña, Seda —declaró Garion. El hombrecillo le lanzó un guiño—. ¿Por qué discutías
con Mingan sobre las monedas? —añadió el muchacho.
—Las monedas tolnedranas son un poco más puras —le explicó Seda—. Tienen más valor.
—Entiendo —asintió Garion.
A la mañana siguiente, todos montaron en los carromatos y trasladaron los nabos al almacén del mercader drasniano.
A continuación, acompañados del traqueteo de los carromatos vacíos, salieron de Darine en dirección al sur.
La lluvia había cesado pero la mañana estaba encapotada y ventosa. Ya en la ladera de las colinas contiguas a la
ciudad, Seda se volvió hacia Garion, que viajaba a su lado.
—Muy bien —dijo el hombrecillo—, empecemos. Movió sus dedos ante la cara de Garion y explicó:
—Esto significa «buenos días».
Transcurrido el primer día, el viento amainó y el pálido sol otoñal reapareció. La ruta hacia el sur los condujo a lo
largo del río Darine, una corriente turbulenta que bajaba de las montañas hasta el golfo de Cherek. El terreno era
accidentado y lleno de bosques pero, como los carros iban vacíos, los caballos tiraron de ellos con facilidad.
Garion presto escasa atención al paisaje mientras avanzaban por el valle del Darine hacia sus fuentes, toda la
atención del muchacho estaba concentrada casi exclusivamente en los dedos vertiginosos de Seda.
—No grites —le indicó el hombrecillo mientras Garion practicaba.
—¿Gritar? —repitió el muchacho, desconcertado.
—No exageres los gestos, hazlos siempre pequeños. La idea general es conseguir que toda la conversación pase
desapercibida.
—Solo estoy practicando —dijo Garion.
—Es mejor eliminar las malas costumbres antes de que arraiguen demasiado —indicó su maestro—. Y ten cuidado
de no hablar en murmullos.
—¿En murmullos?
—Forma cada frase con precisión. Termina cada una antes de pasar a la siguiente, no te preocupes por la velocidad,
eso viene con el tiempo.
Al tercer día, sus conversaciones eran mitad con palabras y mitad con gestos, y Garion empezaba a sentirse muy
orgulloso de sí mismo. Esa tarde, se apartaron del camino al llegar a una arboleda de altos cedros y formaron el
habitual semicírculo con los carros.
—¿Cómo va la instrucción? —preguntó Lobo al apearse.
—Progresa —informó Seda—. Espero que vaya un poco más deprisa cuando el muchacho supere la tendencia a
parlotear como los niños.
Garion se sintió hundido. Barak, que también había bajado del carro, se echo a reír.
—Muchas veces he pensado que sería útil conocer la lengua secreta, pero los dedos conformados para sujetar la
espada no son lo bastante flexibles para ello. —El gigante extendió su manaza enorme y sacudió la cabeza.
Durnik alzó su rostro y olfateó el aire.
—Esta noche va a hacer frío —declaró—. Caerá una helada antes de que amanezca.
Barak también olisqueó el aire y asintió:
—Tienes razón, Durnik. Vamos a necesitar una buena hoguera esta noche. —Introdujo la mano en la caja del carro y
tomó el hacha.
—Se acercan unos jinetes —anunció tía Pol, sentada todavía en el pescante del carro.
Todos dejaron de hablar y oyeron el ligero retumbar de los cascos en el camino del que acababan de apartarse.
—Tres, por lo menos —dijo Barak con voz sombría. Entregó el hacha a Durnik y volvió a introducir la mano en el
carromato para sacar su espada.
—Cuatro —precisó Seda, y saltó a su carro para empuñar también su espada, que guardaba bajo el pescante.
—Estamos a suficiente distancia de la carretera —aseguró Lobo—. Si permanecemos en silencio, pasarán sin
advertir nuestra presencia.
—Los árboles no nos ocultarán de los grolims —dijo tía Pol—. Ellos no buscan con los ojos. —Hizo dos breves
gestos a Lobo que Garion no supo reconocer.
—No —replicó con otro gesto Lobo—. En lugar de eso, vamos a… —y añadió otro gesto irreconocible. Tía Pol lo
miró un instante y asintió.
—Quedaos todos quietos y callados —ordenó Lobo a los demás. Después, se volvió hacia el camino con gesto
atento. Garion contuvo la respiración y el sonido de los caballos al galope continuó acercándose.
Entonces sucedió algo extraño. Aunque Garion sabía que debía temer a los jinetes por la amenaza que
representaban, notó que le invadía una especie de lasitud soñolienta. Era como si su mente se hubiera adormilado de
repente, aunque su cuerpo siguiera despierto y consciente, contemplando con indiferencia el paso de los oscuros
jinetes por el camino.
El muchacho no supo decir cuánto tiempo permaneció así pero, cuando salió de aquel estado de somnolencia, los
jinetes habían desaparecido y el sol se había puesto. Al este, el firmamento había adquirido ya un tono púrpura ante
la proximidad del crepúsculo y, en el horizonte occidental, aparecían jirones de nubes teñidas por el sol.
—Murgos —dijo tía Pol con toda calma— y un grolim.
La mujer empezó a apearse del carro y Seda se apresuró a ayudarla al tiempo que comentaba:
—Hay muchos murgos en Sendaria, noble dama, y en muchas misiones distintas.
—Una cosa son los murgos —replicó Lobo con aire sombrío— y otra muy distinta los grolims. Creo que será mejor
que nos apartemos de los caminos más transitados. ¿Conoces alguna ruta alternativa hasta Medalia?
—Amigo mío —replicó Seda con modestia—. Conozco rutas alternativas para todos los lugares.
—Bien —asintió Lobo—. Vamos a internarnos más en los bosques. Prefiero que no llegue al camino el menor
resplandor de nuestra fogata nocturna.
Garion sólo había visto por un instante a los murgos envueltos en sus capas. No había modo de estar seguro de si
uno de ellos había sido el mismo Asharak que por fin había tenido frente a él después de tantos años de conocerlo
sólo como una figura oscura sobre un caballo negro, pero de algún modo, el muchacho estaba seguro de que
Asharak formaba parte del grupo. Asharak lo seguiría y estaría siempre donde él se encontrara. Garion supo que
podía estar seguro de ello.
Durnik no se había equivocado al anunciar que caería una helada, A la mañana siguiente, el suelo estaba cubierto de
una capa blanca y el aliento de los caballos formaba nubes en el aire helado cuando reanudaron la marcha.
Avanzaron por caminos y sendas poco utilizados que estaban medio invadidos por la maleza. La marcha era un poco
más lenta de lo que habría sido por la ruta principal, pero así se sentían mucho más seguros.
Tardaron cinco días más en llegar al pueblo de Winold, a unas doce leguas al norte de Medalia. Allí, ante la
insistencia de tía Pol, se detuvieron a pasar la noche en una posada bastante desvencijada.
—Me niego a dormir en el suelo otra vez —anunció categóricamente.
Cuando hubieron cenado en la sucia sala común de la posada, los hombres se dedicaron a sus jarras de cerveza y tía
Pol subió a las habitaciones después de haber ordenado que le llevaran agua caliente para darse un baño. Garion, por
su parte, buscó el pretexto de ir a ver los caballos para salir del edificio. No tenía por costumbre mentir
deliberadamente pero, durante la ultima jornada del viaje, le había pasado por la cabeza que no había disfrutado un
sólo segundo de soledad desde que saliera de la casa de Faldor. El muchacho no era, por naturaleza, una persona
solitaria; sin embargo, había empezado a acusar claramente la limitación de estar siempre ante presencia de gente
adulta.
El pueblo de Winold no era demasiado grande y Garion lo exploró de cabo a rabo en menos de media hora. Vagó
por sus callejas estrechas y empedradas bajo el aire vigorizante de ultima hora de la tarde. La luz dorada de las velas
iluminaba las ventanas de las casas y Garion sintió de pronto una profunda nostalgia.
Después, en la esquina de la calleja retorcida y bajo la breve luz de una puerta al abrirse, vio una figura conocida.
No le dio tiempo a cerciorarse del todo, pero se ocultó de todos modos tras un muro de piedra sin pulir.
El hombre de la esquina se volvió con irritación hacia la luz y Garion captó el súbito destello blanco de uno de sus
ojos. Era Brill. El desaseado individuo se apartó velozmente de la luz con la clara intención de no ser visto; cuando
estuvo de nuevo al amparo de las sombras, se detuvo.
Garion se pegó a la pared y observó a Brill dando unos pasos impacientes en la esquina. Lo más razonable habría
sido escabullirse de allí y regresar a toda prisa a la posada, pero Garion descartó muy pronto tal idea. Allí, protegido
a la sombra del muro estaba bastante seguro y, por otro lado, la curiosidad le picaba lo suficiente para impedirle irse
sin averiguar qué hacía Brill allí, con exactitud.
Le pareció que transcurrían horas pero, en realidad, pasaron sólo unos pocos minutos hasta que otra forma envuelta
en sombras apareció en la calle, con paso sigiloso. La figura iba cubierta con una capucha que hacía invisible su
rostro, pero su perfil revelaba a un hombre vestido con la túnica, el calzón y las botas hasta las pantorrillas propios
de los sendarios. Cuando el segundo desconocido se dio la vuelta, Garion advirtió también la silueta de una espada a
su cintura, y tal cosa le pareció impropia de un hombre como aquél. Aunque no podía considerarse ilegal que los
sendarios de clases inferiores portaran armas, tal hecho era lo bastante infrecuente para llamar la atención.
Garion trató de acercarse lo suficiente para escuchar qué le decía Brill al hombre de la espada, pero apenas
cuchichearon durante un instante. Oyó el tintineo de unas monedas que cambiaban de mano y, tras ello, los dos
individuos se separaron. Brill dobló la esquina con sigilo y el hombre de la espada avanzó por la estrecha calleja
serpenteante hacia el lugar donde se encontraba el muchacho.
No tenía dónde ocultarse y, cuando el individuo encapuchado llegara lo bastante cerca, lo descubriría
irremediablemente. Dar media vuelta y echar a correr sería todavía más peligroso. Privado de otra alternativa,
Garion decidió correr el riesgo y echó a andar con determinación hacia la figura que se aproximaba.
—¿Quién anda ahí? —preguntó el hombre de la capucha llevando la mano a la empuñadura de la espada.
—Buenas noches, señor —dijo Garion con voz deliberadamente forzada, con el tono agudo de un niño mucho más
pequeño—. Vaya frío, ¿verdad?
El individuo soltó un gruñido y pareció tranquilizarse.
A Garion le temblaban las piernas, impacientes por echar a correr. Pasó junto al hombre de la espada y un escalofrío
le recorrió el espinazo al notar la mirada suspicaz que lo observaba.
—Muchacho —dijo el hombre con brusquedad.
Garion se detuvo en seco.
—¿Sí, señor? —dijo, volviéndose. —¿Eres de aquí, chico?
—Si, señor —mintió Garion, tratando de reprimir el temblor de su voz.
—¿Hay alguna taberna cerca?
Garion acababa de explorar el pueblo y respondió con aplomo:
—Si, señor. Siga esta calle hasta la próxima esquina y tome a la izquierda. Verá unas antorchas a la entrada. No
tiene pérdida.
—Gracias, pequeño —dijo lacónicamente el hombre encapuchado, continuando su camino.
—Buenas noches, señor —respondió Garion a su espalda, estimulado por el hecho de que el peligro parecía haber
pasado.
El hombre no volvió a hablarle y Garion continuó calle abajo, eufórico tras el breve encuentro. Sin embargo, una
vez hubo doblado la esquina, abandonó los ademanes de un simple chico pueblerino y echo a correr.
Llegó sin aliento a la posada e irrumpió en la sala común, cargada de humo, donde el señor Lobo y los demás
estaban sentados junto al fuego.
En el ultimo momento, comprendió que sería un error explicar en voz alta lo sucedido en un lugar donde podían
escucharlo otros oídos y se obligó a caminar pausadamente hasta donde se encontraban sus amigos. Se detuvo ante
el fuego como para calentarse y dijo en voz baja:
—Acabo de ver a Brill en el pueblo.
—¿Brill? —repitió Seda—. ¿Quién es Brill?
—Un mozo de labranza con demasiado oro angarak en la bolsa para ser trigo limpio —explicó Lobo con el entrecejo
fruncido. En pocas palabras, explicó a Seda y a Barak la aventura del establo de Faldor.
—Deberías haberlo matado —declare Barak.
—Esto no es Cherek —replicó Lobo—. A los sendarios no nos gusta matar innecesariamente. —Se volvió a Garion
y le preguntó —: ¿Te vio seguirlo?
—No —declaró Garion—. Yo lo descubrí primero y me oculté en las sombras. Se reunió con otro hombre y le
entregó dinero, me parece. El otro hombre llevaba una espada.
El muchacho hizo un resumen del incidente.
—Esto cambia las cosas —dijo Lobo—. Creo que saldremos esta mañana más temprano de lo que habíamos
proyectado.
—No debería ser difícil hacer que Brill perdiera interés por nosotros —comentó Durnik—. Podría salir a buscarlo:
unos cuantos golpes en su cabezota deberían bastar.
—Es una propuesta tentadora —sonrió Lobo—, pero creo que será mejor dejar el pueblo a primera hora de mañana
y evitar que llegue a saber siquiera que hemos estado aquí. No tenemos tiempo de pelearnos con cualquiera que
aparezca en nuestro camino.
—De todos modos, me gustaría echarle un vistazo más de cerca a ese sendario que porta una espada —intervino
Seda, poniéndose de pie—. Si resulta que nos está siguiendo, prefiero saber qué aspecto tiene. No me gusta que me
siga un desconocido.
—Sé discreto —le previno Lobo.
Seda se echó a reír.
—¿Me has visto alguna vez actuar de otra manera? No tardare mucho —continuó—. ¿Dónde has dicho que estaba
esa taberna, Garion?
El muchacho le indicó la dirección.
Seda asintió con un curioso brillo en los ojos y una vibración en su larga nariz. Dio media vuelta, atravesó a buen
paso la sala llena de humo y salió al aire helado de la noche.
—Me estaba diciendo que, si nos siguen tan de cerca —comentó Barak—, ¿no sería preferible deshacernos de los
carros y de estos molestos disfraces, comprar unos buenos caballos y, sencillamente, salir al galope por el camino
más corto hasta Muros?
Lobo sacudió la cabeza en gesto de negativa y respondió:
—No creo que los murgos estén tan seguros de quiénes somos. Brill podría estar aquí por algún otro asunto turbio y
seríamos estúpidos si empezáramos a huir de las sombras. Lo mejor es continuar nuestro avance lentamente. Aunque
Brill esté trabajando todavía para los murgos, prefiero escabullirme y dejarlos dando palos de ciego por toda la
Sendaria central. —Se puso en pie y añadió—: Voy arriba a informar a Pol de lo sucedido.
Lobo atravesó la estancia y ascendió las escaleras.
—Sigue sin gustarme —murmuró Barak con rostro sombrío.
Permanecieron sentados en silencio esperando el regreso de Seda. Un tronco crepitó en el fuego y sobresaltó
ligeramente a Garion. Mientras aguardaban, el muchacho reflexionó sobre lo mucho que había cambiado desde que
salieran de la hacienda de Faldor. Allí, todo le había parecido muy sencillo, con el mundo claramente dividido entre
amigos y enemigos. En cambio, en el breve plazo de tiempo transcurrido desde su partida, había empezado a
percibir unas complejidades como jamas había imaginado que pudieran existir. Se había vuelto reservado y
desconfiado y escuchaba con más frecuencia aquella voz interior que siempre le aconsejaba cautela, cuando no pura
astucia. También había aprendido a no dar nada por sentado. Lamentó por un breve instante la pérdida de su anterior
inocencia, pero la seca voz interior le dijo que tales lamentaciones eran una niñería.
Pronto el señor Lobo apareció en las escaleras y se unió de nuevo a ellos. Casi una hora más tarde, se presentó Seda.
—El individuo tiene un aspecto poco recomendable —explicó, acercándose al fuego—. Supongo que se trata de un
salteador de caminos de poca monta.
—Brill está en contacto con los de su ralea —apuntó Lobo—. Si todavía trabaja para los murgos, es probable que
esté contratando rufianes para que sigan nuestra pista. Sin embargo, buscaran a cuatro personas que viajan a pie, y
no a seis transportistas en carromato. Si conseguimos salir de Winold antes de las primeras luces, creo que podremos
eludirlos totalmente.
—Creo que Durnik y yo deberíamos montar guardia esta noche —dijo Barak.
—No es mala idea —asintió Lobo—. Propongo que salgamos a las cuatro de la madrugada. Me gustaría poner dos o
tres leguas de caminos secundarios entre nosotros y este pueblo antes de que el sol luzca en lo alto.
Garion apenas pegó ojo esa noche y, cuando lo hizo, tuvo pesadillas sobre un hombre encapuchado con una cruel
espada que lo perseguía incansablemente por estrechas callejas oscuras. Cuando Barak los despertó, a Garion le
escocían los ojos y tenía la cabeza espesa tras la noche extenuante.
Tía Pol cerró a conciencia las contraventanas de su habitación antes de encender una sola vela.
—A esta hora hará mas frío —dijo, abriendo el gran fardo que le había hecho trasladar del carromato. Sacó unos
calzones gruesos de lana y unas botas de invierno forradas en borrego—. Póntelas —ordenó a Garion—, y ponte
también la capa gruesa.
—Ya no soy un niño, tía Pol —protestó el muchacho.
—¿Te gusta acaso pasar frío?
—Claro que no, pero… —se detuvo a media frase, incapaz de encontrar palabras para describir cómo se sentía.
Empezó a vestirse y llegó hasta él el leve murmullo de los demás cuchicheando en la habitación contigua con esa
voz susurrante que suelen emplear los hombres cuando se levantan antes que el sol.
—Ya estamos listos, señora Pol —dijo la voz de Seda al otro lado de la puerta.
—Vámonos, pues —respondió ella, levantando la capucha de su abrigo.
Esa noche la luna había salido tarde y brillaba deslumbrante en el hielo que cubría las piedras del exterior de la
posada. Durnik había enganchado los caballos a los carromatos y los había sacado del establo.
—Conduciremos los caballos hacia el camino —dijo Lobo en voz muy baja—. No veo la necesidad de despertar a la
gente del pueblo a nuestro paso.
Seda abrió de nuevo la marcha y avanzaron lentamente, hasta dejar atrás el patio de la posada.
Los campos que rodeaban el pueblo estaban cubiertos de un blanco manto de escarcha y la pálida luz de la luna, de
aspecto vaporoso, parecía haber absorbido todo el color del paisaje.
—Cuando estemos seguros de que ya no pueden oírnos en el pueblo —indicó Lobo, subiendo a su carro—,
pondremos una buena distancia entre nosotros y este lugar. Los carros están vacíos y una pequeña carrera no les irá
mal a los caballos.
—Desde luego —asintió Seda.
Todos montaron en los carros y avanzaron al paso. Las estrellas titilaban en el cielo frío y vigorizante. Los campos
estaban muy blancos bajo la luna y los macizos de árboles junto al camino, muy oscuros.
Cuando llegaron a lo alto de la primera colina, Garion volvió la vista hacia el oscuro racimo de casas al fondo del
valle. En una de las ventanas había una luz, el solitario resplandor dorado de una vela que desapareció enseguida.
—Alguien se ha despertado en el pueblo —informó a Seda—. Acabo de ver una luz.
—Algún madrugador, tal vez —apuntó Seda—. Aunque, claro, tal vez no.
Sacudió ligeramente las riendas y los caballos apretaron el paso. Tras una nueva sacudida, empezaron a trotar.
—Sujétate, muchacho —aviso a éste. Después, se inclinó hacia delante y dio un medido golpe con las riendas en el
lomo de los caballos.
El carro se bamboleó y traqueteó tras el par de caballos y el aire frío cortó el rostro de Garion mientras éste se
agarraba del pescante.
A todo galope, los tres carromatos se lanzaron por la pendiente hacia el valle siguiente, dejando muy atrás el pueblo
y su solitaria luz. Cuando salió el sol, habían cubierto unas buenas cuatro leguas y Seda detuvo los humeantes
caballos. Garion se sentía dolorido y machacado tras la loca carrera por los caminos duros como el metal y
agradeció la oportunidad de descansar. Seda le entregó las riendas y saltó del carromato. Tras hablar un instante con
el señor Lobo y tía Pol, regresó al carro.
—Nos desviaremos por esa senda de ahí delante —dijo a Garion mientras se frotaba los dedos. Garion le tendió las
riendas—. Llévalas tú —le ofreció al muchacho—. Tengo las manos heladas. Sólo tienes que dejar andar a los
caballos.
Garion lanzó un chasquido a los animales y sacudió ligeramente las riendas. Los caballos, obedientes, avanzaron de
nuevo.
—El camino rodea esa colina de ahí —indicó Seda, señalando con la barbilla pues tenía las manos guardadas bajo la
túnica—. Al otro lado hay una arboleda de abetos. Nos detendremos allí para dar descanso a los caballos.
—¿Crees que nos están siguiendo? —preguntó Garion. —Esa será una buena ocasión para descubrirlo —respondió
el
hombrecillo.
Rodearon la colina y continuaron hasta el lugar donde los oscuros abetos bordeaban el camino. Entonces, Garion
desvió los caballos y se adentró bajo las sombras de la arboleda.
—Aquí está bien —indicó Seda, saltando a tierra—. Vamos.
—¿Dónde me llevas?
—Quiero echar un vistazo al camino por el que veníamos —explicó Seda—. Subiremos a la cumbre a través de los
árboles para comprobar si el desvío ha atraído el interés de alguien.
Empezó a ascender por la ladera con considerable rapidez pero sin hacer el menor ruido al andar. Garion lo siguió a
duras penas, haciendo crujir bajo sus pies las ramitas muertas hasta que empezó a aprender el truco que utilizaba el
hombrecillo. Éste se volvió y asintió con la cabeza para mostrar su aprobación, pero no dijo una palabra.
Los árboles terminaban justo en la cresta de la colina y Seda se detuvo allí. Abajo, el valle con el oscuro camino que
lo atravesaba aparecía desierto, salvo por un par de ciervos que habían salido de los bosques para pacer la hierba
helada en la ladera opuesta.
—Esperaremos un rato —dijo Seda—. Si Brill y su mercenario nos siguen, no deberían andar muy lejos.
Tomó asiento en un tocón y observó el valle vacío.
Al cabo de un rato, un carro apareció a la vista: avanzaba lentamente por el camino en dirección a Winold.
Empequeñecido por la distancia, su deambular —por el surco que marcaba la ruta— parecía tremendamente
pausado.
El sol se alzó un poco más y los dos observadores se protegieron los ojos bajo su potente resplandor matinal.
—Seda —dijo Garion en tono vacilante.
—¿Sí, Garion?
—¿Qué es todo esto? —La pregunta era atrevida, pero el muchacho ya creía conocer a Seda lo suficiente para
hacérsela.
—¿Todo esto? ¿A que te refieres?
—A lo que estamos haciendo. He oído algunas cosas y he intuido algunas más pero, en realidad, no les encuentro
demasiado sentido.
—¿Y qué es lo que crees haber intuido, Garion? —inquirió Seda con sus ojillos muy brillantes en su rostro sin
afeitar.
—Hay algo que ha sido robado, algo muy importante… y el señor Lobo y tía Pol, junto al resto de nosotros, están
tratando de encontrarlo.
—Muy bien —asintió Seda—. Todo eso es verdad. —El señor Lobo y tía Pol no son lo que parecen —continuó
Garion.
—No, no lo son —concedió Seda.
—Creo que pueden hacer cosas que son imposibles para los demás —añadió el muchacho, luchando por encontrar
las palabras adecuadas—. El señor Lobo puede seguir esa cosa, sea lo que sea, sin verla. Y la semana pasada en el
bosque, cuando pasaron los murgos, él y tía Pol hicieron algo…, no sé cómo describirlo, pero fue casi como si se
metieran en mi mente y la dejaran dormida. ¿Cómo lo hicieron? ¿Y por qué?
—Eres un chico muy observador —comentó Seda con una risilla. Después, su voz se hizo más seria—. Estamos
viviendo momentos trascendentales, Garion. Los acontecimientos de un millar de años o más se han concentrado en
estos días presentes. El mundo, según me han dicho, es así. Transcurren siglos sin que suceda nada y luego, en unos
pocos años, tienen lugar sucesos de tan tremenda importancia que el mundo no vuelve a ser el mismo.
—Creo que, si pudiera escoger, preferiría uno de esos siglos de tranquilidad —murmuró Garion, abatido.
—¡Oh, no! —replicó Seda, separando los labios en una sonrisa de hurón—. Éste es el momento de estar vivo para
ver cómo sucede todo, para participar en ello. Eso hace correr la sangre en las venas y cada respiración es una
aventura.
Garion dejó pasar el comentario.
—¿Qué es eso que estamos siguiendo? —preguntó.
—Es mejor que ignores incluso eso —le respondió Seda con gravedad—. Igual que el nombre de quien lo ha
robado. Hay gente que intenta detenernos y así no podrás revelar lo que no sepas.
—No tengo por costumbre hablar con murgos —replicó Garion con energía.
—No es necesario hablar con ellos. Hay algunos murgos que pueden penetrar en la mente de uno y leerle los
pensamientos.
—Eso es imposible —dijo Garion.
—¿Quién puede decir qué es posible y qué no? —exclamó Seda, y Garion recordó la conversación que había
sostenido una vez con el señor Lobo acerca de lo posible y lo imposible.
Seda permaneció sentado en el tocón bajo el sol recién salido, observando con aire meditabundo el valle aún en
sombras. No parecía más que un hombrecillo de aspecto vulgar con una túnica y unos calzones de aspecto vulgar y
una capa áspera de color pardo en los hombros, con la capucha cubriéndole la cabeza.
—Tú te has educado como un sendario, Garion —dijo entonces—, y los sendarios son hombres sólidos y prácticos,
poco dados a creer en la magia, la hechicería y las cosas que no pueden verse o tocarse. Tu amigo Durnik es un
perfecto sendario. Puede remendar un zapato, reparar una rueda rota o medicar un caballo enfermo, pero dudo de
que sea capaz de creer lo más mínimo en la magia.
—¡Yo soy un sendario! —protestó Garion.
La insinuación implícita en el comentario de Seda hacía tambalear el centro mismo de lo que tenía por su propia
identidad. Seda se volvió y lo miró fijamente.
—No —replicó—, no lo eres. Sé reconocer a un sendario cuando lo tengo delante, igual que sé advertir la diferencia
entre un arendiano y un tolnedrano, o entre un cherek y un algario. Los sendarios poseen cierta conformación de la
cabeza, cierta expresión en los ojos, que tú no tienes: tú no eres sendario.
—¿Qué soy, entonces? —dijo Garion, retador.
—No lo sé —respondió Seda con expresión de desconcierto—, y eso es muy raro, porque he sido educado para
conocer de qué pueblo es cada cual. Pero tal vez me venga a la cabeza con el tiempo.
—¿Tía Pol es una sendaria?
—Claro que no —dijo Seda, riéndose.
—Eso lo explica, entonces. Probablemente, soy lo mismo que ella.
Seda lo miró detenidamente.
—Al fin y al cabo, ella es hermana de mi padre —continuó Garion—. Al principio pensé que llevaba la misma
sangre que mi madre, pero me equivocaba. Tía Pol era pariente de mi padre, ahora estoy seguro.
—Eso es imposible —afirmó Seda categóricamente.
—¿Imposible?
—Absolutamente. La mera idea es inconcebible.
—¿Por que?
Seda se mordió el labio un instante.
—Volvamos a los carromatos —dijo con brusquedad.
Dieron la vuelta y descendieron entre los árboles umbríos con el brillante sol de la mañana iluminando al sesgo sus
espaldas bajo el aire helado.
Continuaron por los caminos secundarios durante el resto del día. Avanzada la tarde, cuando el sol empezaba a caer
tras una masa de nubes púrpura hacia el poniente, llegaron a la casa de campo donde tenían que recoger los jamones
de Mingan. Seda habló con el robusto campesino y le mostró el pergamino que Mingan les había dado en Darine.
—Me alegro de librarme de ellos —dijo el hombre—. Ocupaban un espacio en mis cobertizos que me hacía mucha
falta.
—Es lo que suele suceder cuando se hacen tratos con tolnedranos —apuntó Seda—. Tienen un gran talento en
conseguir un poco más de lo que pagan, aunque sólo sea la utilización gratuita de los cobertizos de almacenaje de
otro.
El campesino asintió lúgubremente.
—Me pregunto… —dijo entonces Seda, como si acabara de pasársele por la cabeza el pensamiento—, me pregunto
si no habrás visto por aquí a un amigo mío…, Brill, se llama. Es un hombre de talla mediana, cabello y barba negros
y un ojo ligeramente bizco.
—¿Con ropas remendadas y aire avinagrado? —preguntó el campesino.
—Exacto —asintió Seda.
—Ha estado por la comarca —le informó el hombre—. Buscaba, o al menos eso dijo, a un viejo y una mujer con un
muchacho. Dijo que le habían robado algunas cosas a su amo y que éste lo había enviado a buscarlos.
—¿Cuánto hace de eso? —inquirió el hombrecillo. —Hace una semana, más o menos.
—Es una lástima no haber dado con él —se quejó Seda—. Ojalá me llegue el momento de encontrarlo.
—No se me ocurre por qué lo deseas tanto —replicó el granjero con brusquedad—. Para ser sincero contigo, tu
amigo no me gustó nada.
—Tampoco yo estoy muy orgulloso de él —asintió Seda—, pero la verdad es que me debe algún dinero. Me
encantaría librarme de la compañía de Brill, pero añoro el dinero que me debe, no sé si me entiendes.
El campesino se echó a reír.
—Te ruego tengas la amabilidad de olvidar que he preguntado por él —añadió Seda—. Ya me será suficientemente
difícil dar con él sin que esté advertido de que lo sigo.
—Puedes confiar en mi discreción —respondió el hombre, riéndose todavía—. Tengo un desván donde tú y tu gente
podéis pasar la noche, y me encantará que compartáis la cena con mis trabajadores en el comedor.
—Gracias —dijo Seda con ligera inclinación de cabeza—. El suelo está frío y ya hace algún tiempo que no
comemos otra cosa que la aburrida dieta del camino.
—Vosotros los carreteros lleváis vidas de aventuras —comentó el robusto campesino casi con envidia—. Libres
como los pájaros y siempre con un nuevo horizonte tras la siguiente cumbre.
—Eso es exagerar mucho —replicó el hombrecillo—. Y el invierno es época de penuria tanto para los pájaros como
para los carreteros.
El campesino se rió una vez más, dio unas palmaditas en el hombro a Seda y le mostró dónde podía guardar los
caballos.
La comida de la mesa del campesino era sencilla pero abundante y en el desván, el piso superior de un almacén,
corría un poco de viento pero el heno era mullido. Garion durmió como un tronco. La hacienda no era la de Faldor
pero se le parecía bastante y producía también aquella reconfortante sensación de tener unas paredes firmes en torno
a uno que lo hizo sentirse seguro otra vez.
A la mañana siguiente, después de un buen desayuno, cargaron en los carros los jamones cubiertos de sal del
tolnedrano y se despidieron amistosamente del campesino.
Las nubes que habían empezado a asomar por el oeste la tarde anterior habían cubierto el cielo durante la noche y la
jornada se iniciaba fría y gris cuando pusieron rumbo a Muros, a cincuenta leguas hacia el sur.
Las casi dos semanas que tardaron en llegar a Muros fueron las más incómodas que Garion había pasado nunca. La
ruta rodeaba el pie de las colinas por un terreno suavemente ondulado y apenas poblado, y el cielo se mantenía frío y
gris sobre sus cabezas. De vez en cuando encontraban una lengua de nieve y las montañas se recortaban, negras, en
el horizonte oriental.
A Garion le pareció que jamas lograría entrar de nuevo en calor. Pese a los esfuerzos de Durnik por encontrar
madera seca cada noche, sus fogatas parecían siempre lastimosamente pequeñas y el frío que los envolvía,
demasiado intenso. El suelo sobre el que dormían estaba siempre helado y el frío les calaba hasta los huesos.
Su educación en el lenguaje secreto drasniano continuó, y si bien Garion no llegó a convertirse en un experto, para
cuando pasaron el lago Camaar y la extensa pendiente que los conducía a Muros había aprendido lo suficiente.
La ciudad de Muros, en la zona central meridional de Sendaria, era un lugar desparramado y carente de atractivo que
había sido, desde tiempos inmemoriales, sede de una gran feria anual. A fines del verano, los jinetes algarios
conducían inmensos rebaños de reses a través de las montañas por la Gran Ruta del Norte hasta Muros, donde los
compradores de ganado de todas las tierras del oeste se congregaban a la espera de su llegada. Sumas enormes
cambiaban de manos y, como los hombres de los clanes algarios también solían realizar en esas fechas las compras
anuales de artículos de utilidad y ornamentales, su presencia atraía a mercaderes incluso de lugares tan lejanos como
Nyissa, en el remoto sur, para ofrecer sus productos. Una gran planicie al este de la ciudad quedaba dedicada
exclusivamente a corrales para el ganado; las vallas se extendían largos kilómetros pero, aun así, eran inadecuados
para guardar los rebaños presentes en el momento álgido de la feria. Al este, más allá de los corrales, se instalaba el
campamento, más o menos permanente, de los algarios.
A media mañana de uno de los últimos días de la feria, cuando los corrales ya estaban casi vacíos y la mayoría de
los algarios había partido de nuevo y sólo quedaban en el lugar los comerciantes más desesperados, Seda encabezó
la entrada en la ciudad de la pequeña caravana de carros cargados con los jamones de Mingan el tolnedrano.
La entrega de la mercadería se desarrolló sin incidentes y, muy pronto, los carros se detuvieron en el patio de una
posada en el extremo norte de la ciudad.
—Ésta es una posada respetable, gran dama —aseguró Seda a tía Pol mientras la ayudaba a descender del
carromato—. Ya he estado aquí anteriormente.
—Espero que tengas razón —respondió ella—. Las posadas de Muros tienen mala reputación.
—Los locales que han dado lugar a esa fama se encuentran en el extremo este de la ciudad —la tranquilizó Seda con
delicadeza—. Los conozco bien.
—Estoy segura de ello —replicó la mujer, con el entrecejo ligeramente fruncido.
—A veces, mi profesión me exige acudir a sitios que, de otro modo, evitaría pisar —dijo él en tono apaciguador.
Garion advirtió que el local estaba sorprendentemente limpio y sus huéspedes parecían ser, en su gran mayoría,
comerciantes sendarios.
—Pensaba que aquí, en Muros, encontraríamos muchos tipos de gente distintos —comentó el muchacho a Seda
mientras ambos llevaban sus bultos a la segunda planta.
—Así es —explicó Seda—, pero cada grupo tiende a permanecer separado de los demás. Los tolnedranos se juntan
en una parte de la ciudad, los drasnianos en otra y los nyissanos en otra. El Señor de los Muros lo prefiere de esta
manera. A veces se calientan los ánimos en el ardor de un largo día de negocios y es mejor no tener a los enemigos
naturales albergados bajo el mismo techo.
Garion asintió con la cabeza mientras entraban en la habitación que habían alquilado para su estancia en Muros y
comentó:
—Creo que no he visto en mi vida a un nyissano, ¿sabes?
—Eres afortunado —respondió Seda con gesto de desprecio—. Es una raza desagradable.
—¿Son como los murgos?
—No —explicó Seda—. Los nyissanos adoran a Issa, el dios serpiente, y, al parecer, entre ellos es de buen tono
adoptar los hábitos característicos de dicho animal. Es una costumbre que no me resulta nada atractiva. Además, los
nyissanos asesinaron al rey rivano y todos los alorn los han despreciado desde entonces. —Los rivanos no tienen rey
—protestó Garion.
—Ahora, no —respondió Seda—, pero lo tuvieron en otro tiempo…, hasta que la reina Salmissra decidió hacerlo
asesinar.
—¿Cuándo sucedió eso? —preguntó Garion, fascinado. —Hace trece siglos —dijo Seda, como si el hecho hubiese
sucedido el día anterior.
—¿No es mucho tiempo para seguir aún enemistados?
—Hay cosas que no pueden olvidarse nunca —respondió lacónico el hombrecillo.
Como aún tenían por delante la mayor parte del día, Seda y Lobo salieron de la posada después del mediodía para
buscar en las calles de Muros aquellos extraños rastros que, al parecer, Lobo era capaz de ver o de captar y que le
indicarían si el objeto tras el cual iba había pasado por allí. Garion tomó asiento junto al fuego en la habitación que
compartía con la tía Pol, tratando de quitarse el frío de los pies. La mujer también estaba sentada cerca de la lumbre
remendando una de sus túnicas. La reluciente aguja despedía reflejos al entrar y salir de la tela.
—¿Quién era el rey rivano, tía Pol? —preguntó el muchacho. La mujer dejó de coser.
—¿Por qué me lo preguntas? —respondió.
—Seda me estaba hablando de los nyissanos —dijo él—. Me contó que su reina asesinó al rey rivano. ¿Por qué
habría de hacer tal cosa?
—Hoy estás muy preguntón, ¿no es cierto? —murmuró tía Pol moviendo de nuevo la aguja.
—Seda y yo hemos hablado de muchas cosas durante el viaje —comentó el muchacho mientras aproximaba todavía
más los pies al fuego.
—No vayas a quemarte los zapatos —le aviso ella.
—Dice que no soy un sendario —explicó Garion—. Dice que no sabe a qué pueblo pertenezco pero que, con
seguridad, no soy un sendario.
—Seda habla demasiado —murmuró tía Pol.
—Y tú nunca me cuentas nada, tía Pol —replicó él con irritación.
—Te cuento todo lo que necesitas saber —sentenció ella con calma—. De momento, no es preciso que conozcas
nada sobre reyes rivanos o reinas nyissanas.
—Lo que pretendes es que siga siendo un chico ignorante —afirmó Garion, impertinente—. Ya casi soy un hombre
y todavía no sé qué soy… ni quién.
—Yo sé quién eres —dijo ella sin alzar la vista.
—Dímelo, entonces.
—Eres un muchachito que está a punto de quemarse los zapatos en la lumbre.
Garion encogió las piernas rápidamente. —No me has contestado —insistió.
—Es cierto —aceptó ella con el mismo tono de voz enfurecedoramente tranquilo.
—¿Por qué?
—Porque todavía no es necesario que lo sepas. Cuando llegue el momento te lo diré, pero no antes.
—¡No es justo! —protestó él.
—El mundo está lleno de injusticia —replicó tía Pol—. Ahora, ya que te sientes tan mayor, ¿por qué no vas a buscar
un poco mas de leña? Así tendrás algo útil en qué pensar.
Garion le lanzó una mirada de odio y cruzó la estancia con pasos enfurecidos.
—Garion —dijo la mujer.
—¿Qué?
—Ni se te ocurra cerrar de un portazo.
A ultima hora de la tarde, cuando regresaron Lobo y Seda, el viejo narrador, habitualmente alegre y animado,
parecía impaciente e irritable. Tomó asiento en la mesa de la sala común de la posada y se quedó contemplando el
fuego, sombrío.
—No creo que pasara por aquí —dijo por fin—. Quedan algunos lugares para mirar, pero estoy casi seguro de que
no han estado aquí.
—Entonces, ¿vamos a Camaar? —preguntó Barak con voz atronadora mientras se mesaba la barba encrespada con
sus gruesos dedos.
—Es preciso —asintió Lobo—. Probablemente deberíamos haber empezado por ahí.
—No hay modo de saberlo —le replicó tía Pol—. ¿Por qué habría de ir él a Camaar si su intención es llevar el
objeto hasta los reinos angaraks?
—Ni siquiera podemos estar seguros de cuál es el destino de su viaje —insistió él con irritación—. Quizá quiera
guardárselo para él. Siempre lo ha codiciado.
Lobo volvió a concentrar la vista en las llamas hasta que Seda comentó:
—Vamos a necesitar algún tipo de carga para el viaje a Camaar.
—Eso nos retrasaría mucho —respondió Lobo sacudiendo la cabeza en gesto de negativa—. No es raro que los
carros vuelvan sin carga a Camaar tras la feria de Muros, y está llegando el momento en que tal vez sea preciso
poner en riesgo nuestro camuflaje a cambio de una mayor rapidez. Hay cuarenta leguas hasta Camaar y el tiempo
está empeorando. Una nevada copiosa podría inmovilizar por completo los carros y no puedo pasarme todo un
invierno atascado en mitad de un banco de nieve.
De pronto, Durnik dejó caer su cuchillo y se incorporó de un brinco.
—¿Qué sucede? —preguntó Barak al instante.
—Acabo de ver a Brill —informó el herrero—. Estaba en esa puerta.
—¿Estás seguro? —intervino Lobo.
—Lo conozco bien —replicó Durnik con firmeza—. Era Brill, sin duda.
Seda descargó el puño sobre la mesa.
—¡Qué idiota he sido! —se maldijo—. ¡He subestimado al tipo!
—Ahora, eso no tiene importancia —dijo el señor Lobo, casi con una especie de alivio en la voz—. Y nuestro
disfraz resulta inútil. Creo que es hora de darse prisa.
—Yo me ocupo de los carros —se ofreció Durnik.
—No —respondió Lobo—. Los carros resultan demasiado lentos. Acudiremos al campamento de los algarios y
compraremos buenos caballos.
—¿Qué hacemos con los carromatos? —insistió Durnik. Lobo se puso en pie rápidamente mientras contestaba: —
Olvídate de ellos. Ahora sólo son un estorbo. Montaremos
los caballos de tiro hasta el campamento algario y sólo llevaremos con nosotros lo que podamos transportar sin
problemas. Reuníos conmigo en el patio de la posada.
El viejo narrador acudió con pasos rápidos hasta la puerta y salió a la fría noche.
Sólo transcurrieron unos minutos hasta que todos se reunieron de nuevo junto a la puerta del establo en el patio
empedrado de la posada, cada uno cargado con un pequeño hatillo. El enorme Barak venía andando acompañado de
un chirrido y llegó hasta el olfato de Garion el olor a acero aceitado de la cota de malla. Unos copos de nieve eran
arrastrados por el viento ligero y se posaban en el suelo como delicado plumón.
Durnik fue el ultimo en llegar. Salió de la posada jadeante y entregó al señor Lobo un pequeño puñado de monedas.
—Es todo lo que he podido conseguir —se disculpó—. No es ni mucho menos lo que valen los carros, pero el
posadero se ha dado cuenta de que me urgía vender y se ha aprovechado de mi. —Tras encogerse de hombros,
añadió—: Al menos nos hemos librado de ellos, pero no es conveniente dejar bienes de valor tras uno. Son un
fastidio para la mente y le distraen a uno de los asuntos que tiene entre manos.
—Durnik —comentó Seda con una carcajada—, tienes toda el alma de un sendario.
—Cada cual debe seguir su propia naturaleza —respondió el herrero.
—Gracias, amigo mío —dijo entonces Lobo con aire grave, mientras dejaba caer las monedas en la bolsa que
llevaba al cinto—. Llevaremos los caballos de la brida. Galopar de noche por estas calles estrechas no haría más que
atraer la atención sobre nosotros.
—Yo abriré la marcha —anunció Barak, al tiempo que desenvainaba su espada—. Si hay algún problema, estoy
bien preparado para afrontarlo.
—Yo avanzaré a tu lado, amigo Barak —anunció Durnik, y escogió un garrote contundente de entre la leña.
Barak asintió con un lúgubre fulgor en la mirada y condujo por las bridas a su montura a través de la puerta, seguido
de cerca por Durnik.
A imitación del herrero, Garion hizo un alto al pasar junto a la pila de leña y escogió un buen garrote de roble. Tenía
el peso adecuado y lo agitó a un lado y a otro varias veces para tomarle la medida. Luego vio que lo observaba tía
Pol y continuó la marcha sin nuevas demostraciones.
Las calles por las que pasaban eran estrechas y oscuras y la nieve había empezado a caer con un poco más de
intensidad, deslizándose casi con pereza a través del aire encalmado. Los caballos, inquietos por la nieve, parecían
atemorizados y se apretaron contra los que abrían la marcha.
Cuando se produjo el ataque, éste fue inesperado y rápido. Se escucharon unas pisadas en tropel y el tintineo del
acero cuando Barak paró el primer golpe con su espada.
Garion sólo alcanzó a ver unas siluetas en sombras contra la nieve y, enseguida, como en aquella ocasión de su
infancia en que había golpeado ciegamente a su amigo Rundorig mientras jugaban, un zumbido ensordeció sus
oídos, la sangre le hirvió en las venas y se lanzó al combate sin hacer caso del breve grito de tía Pol.
Recibió un golpe seco en el hombro, se volvió y descargó su garrote. El golpe tuvo como respuesta un sordo
gemido. Golpeó de nuevo, una vez más, dirigiéndose a las zonas de su enemigo en sombras que, por instinto, sabía
más sensibles.
La lucha principal, sin embargo, se libró en torno a Barak y Durnik. El estruendo de la espada del primero y el ruido
sordo del garrote del herrero resonaron en las callejas junto con los gemidos de sus atacantes.
—¡Ahí está el muchacho! —gritó una voz detrás de ellos. Garion dio media vuelta. Dos hombres venían veloces por
la
calle hacia él, uno con una espada y el otro con un siniestro machete curvo. Consciente de que era inútil, Garion
levantó el garrote. Pero entonces apareció Seda. El hombrecillo se lanzó desde las sombras directo a los pies de los
dos atacantes y los tres rodaron por el empedrado en una confusión de brazos y piernas. Seda se incorporó como un
gato, giró sobre sí mismo y golpeó con el pie a uno de los desconcertados individuos justo por debajo de la oreja. El
hombre cayó al suelo retorciéndose. Su compinche se apartó gateando y ya se levantaba cuando recibió en la cara el
impacto simultáneo de los dos talones del hombrecillo de rostro de hurón; el drasniano había saltado, había hecho
una pirueta en el aire y había lanzado ambas piernas con todas sus fuerzas. Al aterrizar, se volvió y preguntó a
Garion casi despreocupado:
—¿Estás bien?
—Sí, estoy bien. Eres estupendo en eso de las cabriolas.
—No olvides que soy acróbata —respondió Seda—. Es fácil, cuando uno sabe cómo hacerlas.
—Ya se retiran —le anunció el muchacho.
Seda dio media vuelta: los dos tipos que acababa de derrotar desaparecían por una calleja oscura.
Barak lanzó un grito de triunfo y Garion vio que el resto de los atacantes huía también.
Al fondo de la calle, bajo la luz salpicada de nieve de un ventanuco, estaba Brill salido de sí por la rabia.
—¡Cobardes! —gritaba a sus mercenarios—. ¡Cobardes! Pero cuando Barak se lanzó hacia él, también Brill dio
media
vuelta y echó a correr.
—¿Te encuentras bien, tía Pol? —preguntó Garion, una vez que hubo cruzado la calle hasta donde ella estaba.
—Claro que sí —replicó ella con aspereza—. Y no vuelvas a hacer eso, hombrecito. Deja las peleas callejeras para
los que están mejor dorados para ellas.
—A mí no me pasaba nada —protestó él—. Tenía el garrote. —No discutas conmigo. No me he tomado la molestia
de
criarte para que termines en cualquier cuneta.
—¿Estáis todos bien? —se interesó Durnik con ansiedad, retrocediendo hasta donde estaban los dos.
—Claro que sí —replicó de nuevo la mujer con su proverbial malhumor—. ¿Por qué no pruebas a ayudar al Viejo
Lobo con los caballos?
—Claro, señora Pol —asintió Durnik con mansedumbre.
—Una refriega magnífica —comentó Barak, limpiando su espada mientras se sumaba al grupo—. No ha habido
mucha sangre pero, a pesar de ello, ha sido muy satisfactoria.
—Estoy encantada de que te haya parecido así —comentó tía Pol con ácida ironía—. A mí no me agradan en
absoluto estos encuentros. ¿Han dejado algún herido en su retirada?
—Lamentablemente, no, querida señora —informó Barak—. El lugar era demasiado angosto para descargar buenos
golpes y el empedrado, demasiado resbaladizo para asentar bien los pies. Sin embargo, he marcado a un par de ellos
sin ninguna duda. Hemos roto unos cuantos huesos y hemos abollado un par de cabezas. Como grupo, eran mucho
mejores en la huida que en la lucha.
Seda regresó del callejón por el cual había perseguido a los dos que habían tratado de atacar a Garion. Traía los
ojillos brillantes y un rictus en los labios.
—Muy estimulante —comentó, y se echó a reír sin razón aparente.
Lobo y Durnik habían conseguido calmar a sus monturas de ojos espantados y las condujeron de vuelta hasta donde
se encontraban Garion y los demás.
—¿Algún herido? —inquirió Lobo.
—Estamos todos ilesos —respondió Barak con su voz atronadora—. El encuentro apenas merecía que
desenvaináramos la espada.
Los pensamientos se desencadenaban a toda velocidad en la mente de Garion; llevado de la excitación, habló sin
detenerse a considerar el hecho de que tal vez sería mejor repasar primero todo el asunto.
—¿Cómo ha sabido Brill que estábamos en Muros? —preguntó.
Seda lo miró incisivamente, con los ojos entrecerrados. —Quizá nos ha seguido desde Winold —dijo.
—Pero nosotros nos detuvimos muchas veces a comprobar si venía alguien tras nosotros —replicó Garion—. Brill
no nos siguió cuando dejamos el pueblo y mantuvimos la vigilancia todos los días desde entonces.
Seda frunció el entrecejo y murmuró:
—Continúa, Garion.
—Creo que Brill sabía cuál era nuestro destino —soltó el muchacho, luchando contra un extraño impulso que le
incitaba a no revelar lo que ahora veía con toda claridad en su mente.
—¿Y qué más crees? —intervino Lobo.
—Que alguien se lo dijo. Alguien que sabía que veníamos hacia aquí.
—Mingan lo sabía —apuntó Seda—, pero Mingan es un comerciante y no hablaría de sus tratos y negocios a una
persona de la calaña de Brill.
—Sin embargo, Asharak el murgo estaba en el despacho de Mingan cuando éste nos contrató. —El impulso de no
seguir hablando era tan fuerte que Garion casi notaba la lengua rígida.
—¿Por qué mencionas eso ahora? —exclamó Seda encogiéndose de hombros—. Asharak no sabía quiénes éramos.
—¿Y si no es así? —replicó Garion—. ¿Y si no era un murgo normal, sino uno de esos otros…, como el que iba con
los que nos pasaron un par de días después de nuestra salida de Darine?
—¿Un grolim? —apuntó Seda, abriendo los ojos como platos—. Si, supongo que si Asharak es un grolim, pudo
saber quiénes éramos y que hacíamos.
—¿Y si el grolim que pasó por el camino ese día era Asharak? —dijo a duras penas Garion—. ¿Y si en realidad no
nos buscaba, sino que se dirigía hacia el sur al encuentro de Brill para enviarlo aquí a esperarnos?
Seda lanzó una mirada penetrante al muchacho y murmuró:
—Muy bien. ¡Muy, pero que muy bien! —Se volvió hacia tía Pol—. Mis felicitaciones, señora Pol. Has criado a un
muchacho poco común.
—¿Qué aspecto tenía ese Asharak? —se apresuró a preguntar Lobo.
—E1 de cualquier murgo —respondió Seda encogido de hombros—. Dijo que era de Rak Goska. Lo tomé por un
espía corriente ocupado en algún asunto que no nos afectaba. Parece que se me durmió el cerebro.
—Suele pasar cuando uno trata con grolims —sentenció Lobo.
—Hay alguien observándonos desde esa ventana de ahí —dijo Durnik en un murmullo.
Garion se volvió rápidamente y vio una silueta oscura en una ventana del primer piso, recortada contra una luz
mortecina. La sombra le resultó siniestramente familiar.
El señor Lobo no levantó la vista, pero su rostro se volvió inexpresivo como si estuviera examinando su interior o
como si su mente estuviera buscando algo. Después, volvió a erguirse y miró directamente a la silueta de la ventana
con ojos ardientes.
—Un grolim —dijo escuetamente.
—Un grolim muerto, quizás —añadió Seda.
Se llevó la mano bajo la túnica y sacó un puñal de hoja larga y afilada. Se apartó un par de pasos de la pared de la
casa desde donde el grolim espiaba, giró sobre sus talones y lanzó el puñal con un movimiento fluido por encima de
la cabeza.
La daga penetró en la ventana haciendo añicos los cristales. Se escuchó un grito ahogado y la luz se apagó. Garion
notó un extraño dolor en el brazo izquierdo.
—He acertado —dijo Seda con una sonrisa.
—Buen tiro —comentó Barak con admiración.
—Uno ha adquirido ciertas habilidades —dijo Seda, modesto—. Si era Asharak, se la debía por engañarme en el
despacho de Mingan.
—Al menos le dará algo en qué pensar —añadió Lobo—. Ahora ya no tiene ningún sentido recorrer la ciudad
tratando de no hacer ruido. Saben que estamos aquí. Montemos y salgamos.
Saltó a la montura y abrió la marcha calle abajo a paso rápido.
Libre al fin del extraño impulso que lo había atenazado, Garion quiso hablar de Asharak a sus compañeros, pero no
tuvo ocasión de hacerlo mientras cabalgaban.
Cuando llegaron a las afueras de la ciudad, azuzaron a los caballos a un trote más veloz. La nevada era más copiosa
ahora y el terreno hollado por las pezuñas del ganado en los inmensos corrales ya estaba cubierto por una fina capa
blanca.
—Va a ser una noche muy fría —gritó Seda mientras avanzaban.
—Siempre podemos regresar a Muros —apuntó Barak—. Un par de peleas más y entraréis en calor.
Seda se echó a reír y espoleó de nuevo a su montura.
El campamento de los algarios estaba a tres leguas al este de Muros. Era una extensa zona rodeada de una firme
empalizada de maderos clavados en el suelo. La nieve caía ya en cantidad suficiente para que el campamento
apareciera borroso y uniforme. El portón de entrada, flanqueado por antorchas siseantes, estaba defendido por dos
guerreros de aspecto fiero con polainas de cuero, chaleco del mismo material y cascos de acero redondeados. Las
puntas de sus lanzas brillaban a la luz de las antorchas.
—Alto —ordenó uno de los guerreros apuntando su lanza hacia el señor Lobo—. ¿Qué asuntos os traen por aquí a
esta hora de la noche?
—Tengo urgente necesidad de hablar con el jefe de vuestro rebaño —respondió Lobo de buen grado—. ¿Puedo
echar pie a tierra?
Los dos centinelas hablaron entre sí un instante.
—Puedes bajar —dijo uno de ellos—, pero tus acompañantes deben retirarse un poco… aunque sin salir de la zona
iluminada.
—¡Algarios! —murmuró Seda para sí—. Siempre tan suspicaces.
El señor Lobo se apeó de su caballo, echó hacia atrás su capucha y se acercó a los centinelas pisando la nieve.
Entonces sucedió algo extraño: el centinela de más edad observó al señor Lobo, en particular se fijó en su cabello y
su barba plateados. De pronto, abrió los ojos como platos, murmuró unas apresuradas palabras a su compañero y los
dos hombres hicieron una exagerada reverencia delante de Lobo.
—No hay tiempo para eso —dijo éste, incómodo—. Conducidme ante vuestro jefe de rebaño.
—Al momento, anciano —asintió enseguida el centinela de más edad, corriendo a abrir el portón.
—¿Qué ha sido eso? —cuchicheó Garion a tía Pol.
—Los algarios son muy supersticiosos —se limitó a responder ella—. No hagas tantas preguntas.
Esperaron con la nieve que caía sobre ellos y se fundía sobre el lomo de los caballos. Al cabo de media hora, la
puerta se abrió de nuevo y dos decenas de algarios a caballo, de aspecto fiero con sus petos de cuero llenos de
remaches metálicos y sus cascos de acero, aparecieron conduciendo seis caballos ensillados y listos para montar.
Detrás de ellos caminaba el señor Lobo acompañado de un hombre alto de cabeza afeitada salvo un penacho de
cabello al viento.
—Has honrado nuestro campamento con tu visita, anciano —decía el hombre—. Te deseo toda la rapidez del mundo
en tu viaje.
—Poco temo ahora los retrasos, con estos caballos algarios bajo la silla —respondió Lobo.
—Mis jinetes os acompañarán por una ruta que conocen y que os llevará al otro lado de Muros en pocas horas.
Después, aguardarán un tiempo para estar seguros de que no os siguen.
—No sé cómo expresarte mi gratitud, noble jefe de rebaño —dijo Lobo con una inclinación de cabeza.
—Soy yo quien agradece la oportunidad de prestarte un servicio —respondió el jefe del rebaño con otra reverencia.
El cambio de monturas sólo llevó un minuto. Precedidos por la mitad del destacamento de algarios y con la otra
mitad en la retaguardia, el grupo dio media vuelta y se encaminó de nuevo hacia el oeste a través de la noche oscura
y nevada.
De forma gradual, casi imperceptible, la oscuridad fue haciéndose mas pálida. La nieve que caía con suavidad hizo
borrosa incluso la llegada de la mañana, y los caballos, que parecían inagotables, continuaron su galopar bajo la luz
creciente del amanecer. El sonido de sus pezuñas quedaba amortiguado por la nieve que ahora cubría la ancha
superficie de la Gran Ruta del Norte, y en la que los caballos hundían sus patas hasta los espolones. Garion volvió la
vista atrás en una ocasión y vio las huellas revueltas del paso del grupo que se extendían tras ellos y, ya en el límite
gris y brumoso de su visión, empezaban a cubrirse otra vez de nieve. Cuando ya fue pleno día, Lobo tiró de las
riendas de su caballo humeante y lo hizo avanzar al paso durante unos minutos.
—¿Cuánto trecho hemos recorrido? —preguntó a Seda.
El hombrecillo de rostro de hurón se sacudía la nieve de los pliegues de su capa. Miró a su alrededor tratando de
encontrar un punto destacado del paisaje entre el velo brumoso de los copos que caían de las nubes.
—Diez leguas. Tal vez un poco más —dijo finalmente.
—Viajar de esta manera es agotador —atronó el aire la voz de Barak mientras cambiaba de postura sobre la silla.
—Piensa en cómo debe de sentirse tu caballo —le respondió Seda con una sonrisa.
—¿A que distancia está Camaar? —preguntó tía Pol. —A cuarenta leguas de Muros —dijo Seda.
—Entonces, será preciso encontrar un refugio —apuntó ella—. No podemos galopar cuarenta leguas sin descanso,
no importa quién venga tras nuestros pasos.
—Creo que no debemos preocuparnos por posibles perseguidores, en este momento —replicó Lobo—. Los algarios
detendrán a Brill y a sus mercenarios e incluso a Asharak, si alguno de ellos intenta seguirnos.
—Por lo menos, para eso sí podemos confiar en los algarios —asintió Seda con sequedad.
—Si recuerdo bien, debería haber una hostería imperial a unas cinco leguas hacia el oeste —dijo Lobo—.
Tendríamos que llegar a ella hacia el mediodía.
—¿Nos permitirán alojarnos? —inquirió Durnik, dubitativo—. Nunca he oído que los tolnedranos se destacasen por
su hospitalidad.
—Los tolnedranos tienen un precio para todo —respondió Seda—. La hostería será un buen lugar para hacer un alto.
Incluso si Brill o Asharak eluden a los algarios y nos siguen hasta ella, los legionarios imperiales no permitirán
ninguna tontería dentro de sus muros.
—¿Por qué ha de haber soldados tolnedranos en Sendaria? —preguntó Garion, notando una breve oleada de
resentimiento patriótico ante el comentario del hombrecillo.
—Allí donde haya grandes rutas, encontrarás sin duda a las legiones —respondió Seda—. Los tolnedranos son aún
más hábiles redactando tratados que robando en el peso a sus clientes.
—Eres bastante incongruente, Seda —replicó Lobo con una risilla—. No protestas de sus buenas vías de
comunicación, pero te disgusta la presencia de sus legiones. Pues bien, no se pueden tener las primeras sin las
segundas.
—Nunca he pretendido ser coherente —comentó con voz frívola el hombrecillo de nariz afilada—. Pero, si
queremos alcanzar la dudosa comodidad de la hostería imperial antes de mediodía, será mejor que nos pongamos en
marcha enseguida. No deseo privar a Su Majestad Imperial de la oportunidad de vaciarme la bolsa.
—Muy bien, vamos allá —asintió Lobo, al tiempo que clavaba los talones en los flancos del caballo algario, que ya
había empezado a patear con nerviosismo bajo sus piernas.
Cuando llegaron a ella bajo la luz plena del mediodía nevado, la hostería resultó ser una serie de sólidos edificios
rodeados por una muralla todavía más recia. Los legionarios que la guarnecían no se parecían en nada a los
mercaderes tolnedranos que Garion había conocido con anterioridad. Al contrario que los untuosos comerciantes, los
soldados eran combatientes profesionales de rostros endurecidos que lucían corazas lustrosas y cascos emplumados.
Su porte era orgulloso, arrogante incluso, y cada uno de ellos transmitía la confianza de estar respaldado por el poder
de toda Tolnedra.
La comida de la sala común era sencilla y completa, pero exorbitantemente cara. Los minúsculos cubículos para
dormir brillaban por su pulcritud, contenían camas duras y estrechas y gruesas mantas de lana, y también resultaban
caros. Los establos estaban cuidados, pero también representaron un gasto considerable para la bolsa del señor Lobo.
Garion se asombró al calcular cuánto les iba a costar el alojamiento, pero Lobo asumió todos los gastos con
indiferencia, como si el contenido de su bolsa de monedas fuera inagotable.
—Descansaremos aquí hasta mañana —anunció el viejo narrador de barba canosa cuando terminaron de comer—.
Es posible que haya dejado de nevar cuando amanezca. De momento, no me complace la idea de continuar nuestro
avance a ciegas bajo una tormenta de nieve. Con este mal tiempo, pueden acechar nuestro paso demasiadas cosas.
Garion, ya entumecido por el agotamiento, escuchó estas palabras con satisfacción, medio adormilado sobre la mesa.
Los demás conversaban en voz baja, pero el muchacho estaba muy cansado para entender qué decían.
—Garion —dijo entonces tía Pol—. ¿Por qué no vas a acostarte?
—Estoy bien, tía Pol —dijo el muchacho despejándose rápidamente, mortificado al sentirse una vez más como un
niño pequeño.
—Ahora, Garion —insistió la mujer en aquel tono de voz exasperante que tan bien conocía el muchacho. Parecía
como si tía Pol se hubiera pasado toda la vida diciéndole «ahora, Garion». Pero sabía que era mejor no discutir.
Se puso en pie y le sorprendió comprobar que las piernas le temblaban. Tía Pol también se incorporó y lo acompañó
hacia la puerta del comedor.
—Ya encontraré la habitación yo solo —protestó Garion.
—Claro —respondió ella—. Ahora, ven conmigo.
Una vez acostado en su cubículo, tía Pol lo arropó, ajustando las mantas en torno a su cuello.
—No te destapes —le avisó—. No quiero que cojas frío.
Tía Pol le puso un instante su mano en la frente como solía hacer cuando Garion era más pequeño.
—¿Tía Pol? —preguntó el muchacho, soñoliento.
—¿Sí, Garion?
—¿Quiénes fueron mis padres? Quiero decir, ¿cómo se llamaban?
La mujer le dirigió una grave mirada.
—Ya hablaremos de eso más tarde —respondió.
—¡Quiero saberlo! —insistió él con terquedad.
—Está bien. Tu padre se llamaba Geran y tu madre, Ildera. Garion meditó sobre lo que acababa de oír.
—Esos nombres no parecen sendarios —dijo por ultimo.
—No lo son.
—¿Por qué?
—Es una historia muy larga —dijo tía Pol—, y estás demasiado cansado para oírla entera ahora.
Llevado por un súbito impulso, Garion alargó el brazo y tocó el mechón blanco de la frente de la mujer con la marca
que tenía en la palma de la mano derecha. Como había sucedido en otras ocasiones, una ventana pareció abrirse en
su mente bajo aquel contacto que le producía un hormigueo en la mano. Percibió una sensación de furia, de cólera, y
un único rostro: una cara que guardaba un extraño parecido con la del señor Lobo, pero que no era la de éste, y en
cuyas facciones se recogía toda la violencia y la rabia del mundo.
Tía Pol apartó la cabeza.
—Te he dicho que no hagas eso, Garion —dijo en un tono de voz neutro y desapasionado—. Todavía no estás
preparado para ello.
—Algún día vas a tener que explicarme qué es esto —respondió él.
—Puede ser, pero no ahora. Cierra los ojos y duérmete.
Y entonces, como si la orden hubiera disuelto su voluntad, cayó de inmediato en un sueño profundo y reposado.
A la mañana siguiente había dejado de nevar. El mundo al otro lado de la muralla de la hostería imperial estaba
cubierto de un grueso manto blanco inmaculado y el aire estaba impregnado de una especie de calina húmeda que no
llegaba a ser niebla.
—La brumosa Sendaria —comentó Seda con voz irónica a la hora del desayuno—. A veces me sorprende que el
reino entero no esté oxidado y enmohecido.
Viajaron toda la jornada a un medio galope que los hizo cubrir leguas rápidamente y por la noche llegaron a otra
hostería imperial casi idéntica a la que habían dejado por la mañana, tanto que a Garion casi le produjo la impresión
de haber cabalgado todo el día para regresar al mismo punto de partida. Comentó el asunto con Seda mientras
entraban los caballos en el establo.
—Si algo caracteriza a los tolnedranos es su cabeza cuadrada —explicó Seda—. Todas sus hosterías son
exactamente iguales. Uno puede encontrar edificios idénticos a éste en Drasnia, Algaria, Arendia y cualquier otro
lugar que recorran con sus grandes rutas. Esta carencia de imaginación es su única debilidad.
—¿No se cansan de hacer lo mismo una y otra vez?
—Supongo que los hace sentirse cómodos —respondió Seda entre risas—. Vamos a ver si cenamos.
Al día siguiente volvió a nevar pero, hacia mediodía, Garion captó un aroma diferente al olor levemente polvoriento
que siempre parecía poseer la nieve. Igual que había sucedido cuando se habían aproximado a Darine, empezó a oler
el mar y supo que su viaje estaba a punto de concluir.
Camaar, la mayor ciudad de Sendaria y el principal puerto del norte, era una gran población situada en la
desembocadura del gran río Camaar, donde había existido desde la antigüedad. Allí tenía su término natural por el
oeste la Gran Ruta del Norte, que se extendía hasta Boktor, en Drasnia, y era también el extremo norte natural de la
Gran Ruta del Oeste, que se extendía a través de Arendia hasta Tolnedra y la capital imperial, Tol Honeth. No estaba
fuera de lugar decir que todos los caminos conducían a Camaar.
Avanzada la tarde, bajo el frío y la nieve, el grupo descendió la pendiente poco inclinada de una colina en dirección
a la ciudad. A cierta distancia de la puerta, tía Pol detuvo su caballo.
—Ya que no es preciso fingirnos vagabundos —anunció—, no veo ninguna razón para seguir frecuentando posadas
de mala muerte, ¿no os parece?
—En realidad, no había pensado en ello —dijo el señor Lobo.
—Pues yo, sí —replicó ella—. Ya tengo más que suficiente de hosterías al lado del camino y de destartaladas
posadas de pueblo. Necesito darme un baño, dormir en una cama limpia y tomar una cena como es debido. Si no os
importa, esta vez me encargaré yo de buscar el alojamiento.
—Desde luego, Pol —asintió Lobo, apaciguador—. Lo que tú digas.
—Perfecto, entonces —contestó ella, y abrió la marcha hacia la puerta de la ciudad seguida del resto de aventureros.
—¿Qué os trae a Camaar? —preguntó con rudeza uno de los centinelas del gran portón, enfundado en una capa de
pieles.
Tía Pol se quitó la capucha de la cabeza y fijó una mirada acerada en el soldado.
—Soy la duquesa de Erat —anunció con voz altisonante—. Éstos son mis servidores y lo que me trae a Camaar es
asunto mío.
El centinela parpadeó y efectuó una respetuosa inclinación de cabeza.
—Perdonadme, vuestra gracia —dijo el hombre—. No tenía intención de ofenderos.
—¿De veras? —respondió tía Pol con un tono de voz todavía helado y una mirada aún amenazadora.
—No he reconocido a vuestra gracia —balbució el pobre hombre, encogido bajo la dominante mirada de la mujer—.
¿Puedo seros de alguna ayuda?
—Me parece difícil —replicó tía Pol, contemplándolo de arriba abajo—. ¿Cuál es la mejor posada de Camaar?
—El León, mi señora, sin duda.
—¿Y…? —añadió ella con impaciencia.
—¿Y qué, mi señora? —respondió el soldado, confundido ante su pregunta.
—¿Dónde está? —preguntó—. No te quedes ahí con la boca abierta como un bobo. Habla.
—Está detrás de los edificios de aduanas —respondió el centinela ya sonrojado—. Seguid está calle hasta llegar a la
plaza de Aduanas. Desde allí, cualquier viandante os indicará dónde queda El León.
Tía Pol volvió a cubrirse la cabeza con la capucha.
—Dadle algo a este hombre —dijo por encima del hombro, y emprendió la marcha hacia el interior de la ciudad sin
volver la mirada.
—Muchas gracias —murmuró el centinela mientras Lobo se inclinaba en su montura para entregarle una pequeña
moneda —. He de reconocer que no había oído hablar de la duquesa de Erat hasta hoy.
—Eres un hombre afortunado —respondió Lobo.
—Es una dama de gran belleza —comentó el soldado con admiración.
—Y tiene un genio que la iguala —añadió Lobo. —Ya lo he advertido.
—Y nosotros hemos notado que lo advertías —dijo Lobo, socarrón.
El grupo espoleó los caballos hasta alcanzar a tía Pol.
—¿La duquesa de Erat? —inquirió Seda con voz digna de su nombre.
—Los modales del tipo me han exasperado —respondió tía Pol, altiva—. Además, estoy harta de poner cara de
pobre delante de los extraños.
En la plaza de Aduanas, Seda se acercó a un mercader de aspecto atareado que avanzaba a paso rápido por el
pavimento cubierto de nieve.
—Tú, ven aquí —le dijo en el tono más insultante posible, deteniendo el caballo justo delante del sorprendido
mercader—. Mi señora, la duquesa de Erat, pregunta la dirección de una posada llamada El León. Ten la amabilidad
de indicárnosla.
El mercader parpadeó, turbado ante el tono de voz del hombrecillo de cara de ratón.
—Por esa calle hacia arriba —dijo lacónico, y señaló con el dedo—. Está a bastante distancia y queda a mano
izquierda. Delante hay un rótulo con el dibujo de un león.
Seda lanzó un bufido de displicencia, arrojó unas monedas sobre la nieve a los pies del hombre e hizo girar el
caballo en una elegante cabriola. Garion apreció que el mercader parecía furioso de indignación, pero que terminaba
por recoger de la nieve las monedas que Seda le había arrojado.
—Dudo de que ninguno de los presentes vaya a olvidarse rápidamente de nuestro paso —comentó Lobo con acritud
cuando ya se habían adentrado en la calle indicada.
—Recordarán la presencia de una aristócrata arrogante —replicó Seda—. Es un disfraz que nos sirve tanto como
cualquier otro.
Cuando llegaron a la posada, tía Pol no pidió las habitaciones de costumbre, sino toda un ala para ella y sus
servidores.
—Mi chambelán te pagará —dijo al posadero, señalando a Lobo—. Los caballos con el equipaje vienen unas
jornadas detrás de nosotros con el resto de mis sirvientes, de modo que necesitaré los servicios de una modista y una
doncella. Ocúpate de ello.
Tras esto, la mujer dio media vuelta y subió con aire imperial el largo tramo de escaleras que conducían a los
aposentos, detrás de un sirviente que le indicaba el camino.
—La duquesa tiene una presencia imponente, ¿verdad? —se aventuró a decir el posadero mientras Lobo empezaba a
contar monedas.
—Desde luego —asintió Lobo—. Y hemos aprendido que es mejor no contrariar sus deseos.
—En tal caso, me dejaré guiar por esa enseñanza —le aseguró el posadero—. Mi hija menor es una muchacha bien
dispuesta. Le ordenaré que acuda a servirle de doncella.
—Muchas gracias, amigo —dijo Seda—. Nuestra señora se pone muy irritable cuando las cosas que desea se
retrasan, y somos nosotros quienes padecemos la mayoría de sus accesos de furia.
Lobo, Seda y los demás subieron a los aposentos que había escogido tía Pol y entraron en el salón de estar, una
espléndida cámara mucho mas lujosa que ninguno de los lugares donde había estado Garion en toda su vida. Las
paredes estaban cubiertas de tapices de complicados diseños. Una gran cantidad de velas —de cera auténtica y no de
sebo, que ardía peor y producía más humo— brillaba en los brazos de las paredes y en un enorme candelabro situado
sobre una mesa de madera lustrosa. En el hogar ardía un buen fuego y una alfombra de gran tamaño con unos
curiosos dibujos cubría el suelo.
Tía Pol estaba de pie delante del fuego, calentándose las manos.
—¿No es mejor esto que una de esas posadas destartaladas del puerto que apestan a pescado y a marineros sucios y
sudorosos? —proclamó.
—Si la duquesa de Erat me disculpa el atrevimiento —replicó Lobo con cierta acritud—, no es éste el modo de pasar
inadvertidos, y el coste de nuestro alojamiento aquí bastaría para alimentar a una legión durante una semana.
—No te vuelvas ahorrativo con tus fondos, Viejo Lobo —dijo ella—. Nadie se toma en serio a una aristócrata
arruinada y tus carros tampoco impidieron que ese repugnante Brill nos encontrase. Al menos, este disfraz es más
confortable y nos permite movernos con más rapidez.
—Sólo espero que no nos tengamos que arrepentir de esto
—murmuró Lobo con un gruñido.
—Déjate de gruñidos, viejo —ordenó la mujer.
—Como tú gustes, Pol —dijo Lobo con un suspiro. —Así lo quiero —añadió ella en tono concluyente.
—¿Cómo hemos de comportarnos, señora Pol? —preguntó Durnik, titubeante. Los modales regios que de pronto
había empezado a utilizar la mujer lo habían desconcertado visiblemente—. No estoy familiarizado con los modales
de la nobleza.
—Es muy sencillo, Durnik —respondió ella observándolo de arriba abajo y apreciando su rostro sereno e inspirador
de confianza, así como su aire de hombre firme y lleno de recursos —. ¿Te gustaría ser caballerizo de la duquesa de
Erat? ¿Y jefe de sus cuadras?
Durnik se rió, algo incómodo.
—Títulos nobles para el trabajo que he hecho toda mi vida —respondió—. Puedo encargarme del trabajo con
facilidad, pero los títulos me caen un poco grandes.
—Serás un caballerizo espléndido, amigo Durnik —le aseguró Seda—. Ese rostro de honradez que tienes hará que la
gente crea todo cuanto decidas decirles. Si yo tuviera un rostro como el tuyo, sería capaz de robarle a medio mundo.
—El hombrecillo se volvió hacia tía Pol y le preguntó—: ¿Qué papel has pensado para mi?
—Tú serás mi alguacil —dijo ella—. El amor a las raterías que suele atribuirse a quien ocupa ese cargo te va al pelo.
Seda le dirigió una reverencia cargada de ironía.
—¿Y yo? —preguntó Barak, con una sonrisa abierta.
—Serás mi guardaespaldas. Dudo que nadie creyera que eres mi maestro de baile. Limítate a rondar cerca de mi con
aire de ferocidad.
—¿Qué hay de mi? —intervino Garion—. ¿Qué hago yo?
—Puedes ser mi paje.
—¿Qué hace un paje?
—Me vas a buscar lo que te pida.
—Eso es lo que siempre he hecho. ¿Así que eso tiene un nombre?
—No seas impertinente. También puedes abrir la puerta y anunciar a los visitantes. Y, cuando me sienta
melancólica, puedes cantar para mi.
—¿Cantar? —replicó el muchacho, incrédulo—. ¿Yo?
—Es lo habitual.
—No pretenderás obligarme a hacerlo, ¿verdad, tía Pol?
—Vuestra Gracia —lo corrigió ella.
—Gracia… No te hará tanta gracia si tienes que oírme cantar —le advirtió el muchacho—. No tengo una voz
agradable.
—Lo harás muy bien, querido —respondió ella.
—Y yo ya he sido nombrado chambelán de vuestra Gracia —apuntó Lobo, a lo que ella se apresuró a añadir:
—Serás mi servidor principal, el administrador de mis propiedades y quien se ocupa de mi bolsa.
—No sé por que, estaba seguro de que esto ultimo sería parte de mi cargo.
Se escucharon unos tímidos golpes a la puerta.
—Ve a ver quien es, Garion —dijo tía Pol.
Cuando abrió la puerta, Garion encontró a una muchachita de cabello castaño claro con un vestido sobrio, un
delantal almidonado y un casquete en la cabeza. La muchacha tenía unos grandes o]os pardos que lo miraron con
aprensión.
—¿Sí? —preguntó Garion.
—Me han enviado para servir a la duquesa —dijo la muchacha en un susurro.
—Ha llegado la doncella, Vuestra Gracia —anunció Garion.
—Espléndido —dijo tía Pol—. Entra, pequeña. La muchacha entró en la estancia.
—Eres una criatura preciosa —comentó tía Pol.
—Gracias, señora —respondió la chica con una breve reverencia al tiempo que se ruborizaba.
—¿Cómo te llamas?
—Donia, señora.
—Un nombre encantador —admitió tía Pol—. Bien, pasemos ahora a cuestiones importantes. ¿Hay algún baño en la
posada?
A la mañana siguiente, seguía nevando. Los tejados de las casas cercanas tenían una gruesa capa blanca y la nieve
también era abundante en las estrechas callejas.
—Creo que estamos cerca del final de nuestra búsqueda —proclamó el señor Lobo, quien miraba a través del
imperfecto cristal de la ventana de la sala de los tapices.
—No es probable que nuestro hombre se quedara mucho tiempo en Camaar —comentó Seda.
—Tienes razón —asintió Lobo—, pero, una vez que hayamos encontrado su pista, podremos movernos con más
rapidez. Salgamos a la ciudad y veamos si estoy en lo cierto.
Cuando el señor Lobo y Seda se marcharon, Garion se quedó un rato charlando con Donia, que parecía tener más o
menos su edad. Aunque no era tan bonita como Zubrette, Garion encontró muy atractivos sus grandes ojos pardos y
su voz suave. Las cosas iban bien entre los dos hasta que llegó el sastre de tía Pol y Donia tuvo que presentarse en la
cámara donde la duquesa de Erat se tomaba las medidas para sus nuevos vestidos.
Durnik, sin duda incómodo en el lujoso ambiente de sus aposentos, se había trasladado a los establos después del
desayuno y, debido a ello, Garion quedó en compañía del gigante Barak, que se dedicaba a pasar con mucha
paciencia una pequeña piedra por el filo de la espada hasta hacer en él una muesca, en recuerdo de la escaramuza de
Muros. Garion no se había sentido nunca del todo cómodo con aquel gigantón de barba roja. Barak no solía hablar
mucho y siempre parecía demostrar una cierta actitud amenazadora. Así pues, Garion pasó la mañana en la
contemplación de los tapices del salón. Los tapices mostraban imágenes de caballeros con armadura completa y
castillos en las cimas de los montes, y damas de facciones extrañamente angulosas paseando con aire abatido por
unos jardines.
—Arendiano —dijo Barak justo detrás de él.
Garion saltó. El gigante se había movido con tal sigilo que Garion no lo había oído.
—¿Cómo lo sabes?
—Los arendianos tienen una profunda afición a los tapices —tronó la voz de Barak— y el tejido de estampas ocupa
a las mujeres mientras los hombres están ausentes, abollándose las armaduras unos a otros.
—¿De veras llevan encima todo eso? —quiso saber Garion, e indicó a un caballero con armadura que aparecía en el
tapiz.
—Desde luego que sí —se rió Barak—. Eso y más. Incluso sus caballos llevan armadura. Es un modo estúpido de
hacer la guerra.
Garion señaló con el pie la alfombra y preguntó: —¿También es arendiana?
—Malloreana —replicó Barak sacudiendo la cabeza en gesto de negativa.
—¿Cómo ha podido llegar aquí desde Mallorea? Según ha llegado a mis oídos esa tierra está en el otro extremo del
mundo.
—Bueno, está bastante lejos —asintió Barak—, pero un mercader sería capaz de recorrer el doble de distancia en
busca de un buen negocio. Los productos como éste suelen llegar desde Gar og Nadrak a Boktor por la Ruta de
Caravanas del Norte. Las alfombras malloreanas son apreciadas por los ricos, pero yo no les doy ningún valor
porque no me gusta nada que proceda de los angaraks.
—¿Cuántos tipos de angaraks existen? —preguntó Garion—. Conozco a los murgos y a los thulls y he oído relatos
sobre la batalla de Vo Mimbre y todo eso, pero en realidad no sé gran cosa de ellos.
—Hay cinco tribus de angaraks —le explicó Barak, mientras volvía a sentarse y reanudaba su trabajo con la
piedrecilla y la espada —. Murgos, thulls, nadraks y malloreanos y, por supuesto, los grolims. Viven en los cuatro
reinos del este: Mallorea, Gar og Nadrak, Mishrak ac Thull y Cthol Murgos.
—¿Y dónde viven los grolims?
—En ningún lugar concreto —respondió Barak con gesto lúgubre—. Los grolims son los sacerdotes de Torak el
Tuerto y están por todas partes, en las tierras de los angaraks. Son ellos quienes realizan los sacrificios a Torak. Los
puñales de los grolims han derramado más sangre angarak que una decena de Vo Mimbres.
—¿Por qué se complace tamo Torak en la matanza de su propio pueblo? —inquirió el muchacho con un escalofrío.
—¿Quién sabe? —contestó Barak encogiéndose de hombros—. Es un dios retorcido y perverso. Hay quien cree que
se volvió loco cuando utilizó el Orbe de Aldur para agrietar el mundo y el Orbe le pagó quemándole el ojo y la
mano.
—¿Cómo es posible agrietar el mundo? Nunca he entendido esa parte de la historia.
—El poder del Orbe de Aldur es tal que puede conseguir cualquier cosa —le explicó Barak—. Cuando Torak lo
alzó, la tierra se partió bajo su poder y los mares penetraron hasta ahogar la tierra. La historia es muy antigua pero
creo que probablemente es cierta.
—¿Dónde está ahora el Orbe de Aldur? —preguntó de pronto Garion. Barak lo miró, con sus ojos azules helados y
el rostro pensativo, pero no respondió—. ¿Sabes qué pienso? —añadió el muchacho, dejándose llevar por un
impulso repentino—. Pienso que es el Orbe de Aldur lo que han robado. Creo que es el Orbe lo que intenta encontrar
el señor Lobo.
—Y yo pienso que sería mejor si no le dieras tantas vueltas a esas cosas —le aviso Barak.
—¡Pero yo quiero saber cosas! —protestó Garion, llevado por la curiosidad a pesar de las palabras de Barak y de la
voz de advertencia de su mente—. Todo el mundo me trata como a un muchacho ignorante. Lo único que hago es ir
de un lado a otro sin la menor idea de lo que estamos haciendo. ¿Quién es el señor Lobo? ¿Por qué los algarios se
comportaron como lo hicieron cuando lo vieron? ¿Cómo puede seguir la pista de algo que no ve? Explícamelo,
Barak, por favor.
—Yo no lo haré —se echo a reír Barak—. Tu tía me arrancaría la barba pelo a pelo si cometiera tal error.
—No tendrás miedo de ella, ¿verdad?
—Cualquier hombre con un poco de juicio lo tendría —replicó Barak mientras se ponía de pie y guardaba la espada
en la vaina.
—¿A tía Pol? —preguntó Garion, incrédulo.
—¿Tú no le tienes miedo? —preguntó Barak con cierto sarcasmo.
—No —respondió Garion, pero luego se dio cuenta de que no era exactamente cierto—. Bueno…, miedo, no, en
realidad… Es mas bien… —Dejó la frase inacabada, sin saber cómo explicarse.
—Exacto —dijo Barak—. Y yo no soy más valiente y temerario que tú. Estás demasiado lleno de preguntas que yo
haré mejor en no responder. Si quieres saber algo sobre esas cosas, tendrás que preguntarle a tu tía Pol.
—Ella no me contestará —respondió Garion con abatimiento—. Nunca me aclara nada. Ni siquiera quiere hablarme
de mis padres…
—Que extraño —murmuró Barak, con el entrecejo fruncido.
—Me parece que no eran sendarios —continuó Garion—. Sus nombres no eran sendarios y Seda dice que yo no lo
soy o que, al menos, no lo parezco.
Al oírlo, Barak lo estudió con detenimiento.
—Es cierto —dijo por ultimo—. Ahora que lo mencionas, no lo pareces. Más bien recuerdas a un rivano…, aunque
tampoco tienes del todo su aspecto.
—¿Tía Pol es rivana? Barak entrecerró los ojos.
—Creo que estamos a punto de llegar a esas preguntas que será mejor que no conteste.
—Algún día voy a descubrirlo todo —afirmó Garion.
—Pero no será hoy —replicó Barak—. Vamos. Necesito un poco de ejercicio. Salgamos al patio de la posada y te
enseñaré a utilizar la espada.
—¿A mi? —exclamó Garion. De repente, toda su curiosidad se desvaneció ante la excitación que le produjo el
ofrecimiento.
—Ya tienes la edad debida para empezar a aprender —añadió Barak—. Tal vez algún día se presente una
circunstancia en la que te resulte útil saber manejar el acero.
Avanzada la tarde, cuando a Garion ya había empezado a dolerle el brazo debido al esfuerzo de blandir la pesada
espada de Barak, y la idea de aprender las habilidades del guerrero había perdido gran parte de su excitación para el
muchacho, el señor Lobo y Seda regresaron de su paseo por la ciudad. Traían las ropas mojadas de la nieve que
habían tenido que soportar durante todo el día, pero Lobo tenía un extraño brillo en los ojos y su rostro mostraba una
expresión curiosamente exultante cuando convocó a todo el grupo y lo condujo al salón del piso superior de la
posada.
—Dile a tu tía que acuda aquí —ordenó a Garion mientras se despojaba de su capa empapada y se acercaba al fuego
para entrar en calor.
Garion percibió enseguida que no era momento para preguntas. Corrió a la puerta pulimentada tras la cual tía Pol
llevaba todo el día encerrada con el sastre y llamó con los nudillos.
—¿Qué sucede? —le llegó la voz de tía Pol al otro lado de la puerta.
—El señor…, quiero decir, vuestro chambelán ha vuelto, señora— respondió Garion, al recordar en el ultimo
momento que la mujer no estaba sola—. Solicita hablar con vos.
—Ah, muy bien —dijo ella. Al cabo de un minuto, apareció en el corredor y cerró la puerta tras ella.
Garion soltó una exclamación. El rico vestido de terciopelo azul que lucía tía Pol le daba un aire tan magnífico que
el muchacho se quedó sin habla, contemplándola con absoluta admiración.
—¿Dónde está Lobo? —preguntó ella—. No te quedes ahí con la boca abierta, Garion. No está bien.
—Eres muy bonita, tía Pol —balbució el muchacho.
—Si, cariño —respondió ella dándole unos cariñosos cachetes en la mejilla—, ya lo sé. ¿Dónde está el Viejo Lobo?
—En la sala de los tapices —le indicó Garion, aún incapaz de apartar sus ojos de ella.
—Vamos, entonces —dijo ella, y echo a andar por el corto pasillo hasta el salón. Cuando entraron, todos los demás
estaban congregados de pie junto al hogar.
—¿Y bien? —preguntó tía Pol.
Lobo se volvió a mirarla con los ojos todavía brillantes.
—Una elección excelente, Pol —comentó con admiración—. El azul ha sido siempre el color que mejor te sienta.
—¿Te gusta? —preguntó ella con los brazos abiertos y dandose la vuelta con un gesto casi infantil para que todos
pudieran apreciar su espléndido aspecto—. Espero que si, Viejo Lobo, porque te va a costar bastante dinero.
—Estaba seguro de que así sería —replicó Lobo, con una carcajada.
El efecto del vestido de tía Pol sobre Durnik resultó dolorosamente obvio. Los ojos del pobre hombre se le salieron
de las órbitas y su rostro pasaba de forma alternativa de una profunda lividez a un intenso sonrojo, para adoptar por
ultimo una expresión de tal impotencia que Garion se sintió conmovido hasta el tuétano.
Seda y Barak efectuaron —curiosamente al unísono— unas profundas y mudas reverencias ante tía Pol y los ojos de
ésta resplandecieron ante el silencioso tributo de admiración.
—El objeto ha estado aquí —anunció Lobo con aire grave.
—¿Estás seguro? —inquirió tía Pol. Lobo asintió.
—He apreciado el recuerdo de su paso en las propias piedras.
—¿Llegó por mar? —preguntó ella.
—No. Es probable que nuestro hombre bajara a tierra con el objeto en alguna caleta desierta de la costa y luego
viajara hasta aquí por tierra.
—¿Y embarcó de nuevo?
—Lo dudo —dijo Lobo—. Lo conozco bien y no se siente a gusto en el agua.
—Además de lo cual —añadió Barak—, una palabra del rey Anheg de Cherek habría puesto tras su estela a un
centenar de naves de guerra. En el mar, nadie puede escapar de las naves de Cherek y nuestro hombre lo sabe.
—Tienes razón —asintió Lobo—. Creo que evitará los territorios de los alorn. Esa fue, probablemente, la razón de
que decidiera no pasar por la Ruta del Norte a través de Algaria y Drasnia. El espíritu de Belar está arraigado en los
reinos de los alorn y ni siquiera nuestro ladrón es lo bastante atrevido como para arriesgarse a una confrontación con
el dios oso.
—Lo cual nos deja como posibles rutas Arendia y la tierra de los ulgos —intervino Seda.
—Me decanto por Arendia —dijo Lobo—. La cólera de Ul es más temible incluso que la de Belar.
—Perdonadme —lo interrumpió Durnik con los ojos aún fijos en tía Pol—. Todo esto me resulta muy confuso.
Todavía no sé siquiera quién es ese ladrón.
—Lo siento, querido Durnik —respondió Lobo—. No es conveniente mencionar su nombre. Ese ladrón tiene ciertos
poderes que le permiten conocer todos nuestros movimientos si lo alertamos de nuestra posición, y es capaz de oír
mencionar su nombre a mil leguas de distancia.
—¿Un hechicero? —preguntó Durnik, incrédulo.
—No es la palabra que yo escogería —replicó Lobo—. Es un término que utilizan los hombres que no comprenden
ese arte. En lugar de hechicero, vamos a llamarlo «el ladrón», aunque yo emplearía otros nombres mucho menos
amables.
—¿Podemos estar seguros de que se dirigirá a los reinos de los angaraks? —preguntó Seda con el entrecejo
fruncido—. Si es así, ¿no será más rápido tomar un barco y acudir directamente a Tol Honeth, para retomar allí su
pista por la Ruta de Caravanas del Sur hasta Cthol Murgos?
Lobo movió la cabeza con gesto de negativa.
—Es mejor seguir la pista que tenemos, ahora que la hemos encontrado. Ignoramos sus intenciones. Tal vez quiera
quedarse con el objeto que ha robado en lugar de hacerlo llegar a los grolims. Incluso es posible que haya buscado
refugio en Nyissa.
—No podría hacer tal cosa sin la connivencia de Salmissra —comentó la mujer.
—Tampoco sería la primera vez que la reina del Pueblo Serpiente se entromete en cosas que no son de su
incumbencia —apuntó el viejo narrador.
—Si resulta que tienes razón —proclamó tía Pol con aire ceñudo—, creo que me daré el placer de encargarme
definitivamente de la mujer serpiente.
—Todavía es demasiado pronto para saberlo —insistió Lobo—. Mañana compraremos provisiones y pasaremos a
Arendia cruzando el río en el transbordador. Una vez en la otra orilla, yo me encargaré de seguir el rastro. De
momento, lo único que podemos hacer es seguir ese rastro; cuando sepamos con certeza adónde conduce, estaremos
en condiciones de considerar nuestras alternativas.
De pronto llegó a sus oídos el estrépito de un numeroso grupo de jinetes en el patio de la posada, envuelto en las
sombras del atardecer. Barak acudió deprisa a la ventana y echó un vistazo.
—Soldados —se limitó a decir.
—¿Aquí? —se preguntó Seda, quien corrió también a la ventana.
—Parecen formar parte de uno de los regimientos del rey —informó Barak.
—Seguramente, nuestra presencia no les interesará —dijo tía Pol.
—A menos que no sean lo que parece —replicó Seda—. Al fin y al cabo, no es tan difícil conseguir unos uniformes,
del tipo que sean.
—Desde luego, no son murgos —afirmó Barak—. Si lo fueran, los reconocería.
—Brill tampoco era un murgo —apuntó Seda con la vista fija en el patio.
—Prueba a escuchar lo que dicen —sugirió Lobo.
Barak abrió unos centímetros la ventana con cautela y las velas del salón parpadearon bajo el impulso del viento
helado. Debajo de ellos, en el patio, el capitán de la tropa hablaba con el posadero.
—Es un hombre de estatura algo superior a la normal, de cabello blanco y barba corta y canosa. Tal vez viaje
acompañado.
—Aquí hay un hombre que responde a esa descripción, señor capitán —dijo el posadero, dubitativo—, pero estoy
seguro de que no es el que buscas. Es el chambelán de la duquesa de Erat, que honra mi casa con su presencia.
—¿La duquesa de dónde? —preguntó el capitán con cierta sorpresa.
—De Erat —repitió el posadero—. Una dama muy noble de gran belleza y de presencia autoritaria.
—Desearía poder cambiar unas palabras con esa dama —solicitó el capitán, apeándose del caballo.
—Le preguntaré si quiere recibirle, capitán —replicó el posadero.
Barak cerró la ventana y dijo con firmeza:
—Yo me encargaré de ese capitán entrometido.
—No —dijo Lobo—. Lleva demasiados soldados con él y, si realmente son lo que parecen, se trata de buena gente
que no nos ha hecho ningún daño.
—Tenemos la escalera de atrás —sugirió Seda—. Podríamos estar a tres calles de aquí antes de que lleguen a
nuestra puerta.
—¿Y si han apostado soldados en la parte de atrás de la posada? —intervino tía Pol—. ¿Qué hacemos entonces? Ya
que el capitán desea hablar con la duquesa de Erat, ¿por que no dejamos que ésta le conceda una audiencia?
—¿Qué plan te ronda la cabeza? —quiso saber Lobo.
—Si los demás permanecéis ocultos a su vista, hablaré con el capitán. Conseguiré desembarazarme de él citándolo
de nuevo para mañana por la mañana; para cuando se presente, todos podemos estar ya en Arendia, al otro lado del
río.
—Es posible —replicó Lobo—, pero este capitán parece un hombre obstinado.
—Ya he tratado muchas veces con hombres obstinados —afirmó ella.
— Es preciso tomar una decisión enseguida —les apremió Seda desde la puerta—. Ya está en las escaleras.
—Probaremos tu plan, Pol —aceptó Lobo al tiempo que abría la puerta de la cámara contigua.
—Garion —dijo tía Pol—, tú quédate aquí. Una duquesa no puede estar sin su paje.
Lobo y los demás abandonaron deprisa la sala.
—¿Qué quieres que haga, tía Pol? —cuchicheó Garion.
—Sólo recuerda que eres mi paje, querido —respondió ella al tiempo que se acomodaba en una gran silla cerca del
centro de la estancia y arreglaba con cuidado los pliegues del vestido—. Quédate cerca de mi y trata de estar atento.
Yo me encargaré del resto.
—Si, mi señora —respondió Garion.
Cuando apareció a la puerta de la estancia después de que el posadero llamara con los nudillos, el capitán resultó ser
un hombre alto de aspecto sobrio con unos penetrantes ojos grises. Garion, que hacía todo lo posible por parecer
oficial, solicitó el nombre al soldado y se volvió luego hacia tía Pol.
—Un tal capitán Brendig quiere veros, mi señora —anunció—. Dice que es un asunto de importancia.
Tía Pol lo miró unos instantes como si estudiara la petición.
—¡Ah, muy bien! —dijo por fin—. Hazlo pasar.
El capitán entró en la sala y el posadero desapareció apresuradamente.
—Señora —dijo el capitán con una cortés reverencia. —¿Qué deseáis, capitán? —preguntó tía Pol.
—No os molestaría, mi señora, si mi misión no fuera tan urgente —se disculpó Brendig—. Cumplo órdenes directas
del rey y vos, más que nadie, sabrá que debemos someternos a sus deseos.
—Supongo que puedo concederos unos minutos si se trata de asuntos del rey —concedió ella.
—El rey desea que se detenga a cierto hombre, un viejo de cabello y barba canosos. Tengo entendido que entre
vuestros criados hay uno que corresponde a la descripción.
—¿Se trata de algún delincuente?
—El rey no dijo tal cosa, señora —respondió el capitán—. Sólo se me ha ordenado capturarlo y conducirlo al
palacio de Sendar… junto a todos los que lo acompañen.
—Voy muy poco por la corte —dijo tía Pol—. Es muy improbable que ninguno de mis sirvientes despierte tal
interés en el rey.
—Señora —replicó el capitán midiendo sus palabras—, además de mi cargo como oficial de uno de los regimientos
reales, también tengo el honor de pertenecer a una familia de la nobleza. Llevo toda la vida en la corte y debo
confesar que no os he visto nunca allí. Y una dama de vuestra atractiva presencia no es fácil de olvidar.
Tía Pol inclinó ligeramente la cabeza, en agradecimiento al cumplido.
—Supongo que debería haberlo adivinado, señor capitán —respondió—. Vuestros modales no son los de un soldado
cualquiera.
—Además, mi señora —continuó Brendig—, conozco a todas las grandes familias del reino. Si no me equivoco, el
distrito de Erat es un señorío y el señor de Erat es un hombre bajo y rechoncho…, tío abuelo mío, por cierto. No ha
existido un ducado en esa zona desde que el reino estuvo bajo el dominio de los arendianos wacitas. —Tía Pol lo
atravesó con una mirada glacial—. Señora —prosiguió Brendig casi como si se disculpara—, los arendianos wacitas
fueron exterminados por sus primos de Vo Astur en el tercer milenio. La nobleza wacita dejó de existir hace mas de
dos mil años.
—Os agradezco la lección de historia, capitán —respondió tía Pol con frialdad.
—Sin embargo, todo eso no viene a cuento, ¿verdad? — añadió entonces Brendig—. La misión que me ha
encargado el rey es buscar al hombre a quien me he referido. Por vuestro honor, mi señora, ¿conocéis a ese hombre?
La pregunta quedó flotando en el aire y Garion, presa del pánico al darse cuenta de que estaban atrapados, casi
estuvo a punto de gritar a Barak que acudiera. En ese instante, se abrió la puerta que comunicaba con la estancia
contigua y el señor Lobo entró en el salón.
—No es preciso continuar con esto —dijo—. Yo soy quien andáis buscando, capitán. ¿Qué quiere de mí Fulrach de
Sendaria?
Brendig miró al viejo sin dar señal de sorprenderse.
—Su Majestad no ha creído conveniente confiarme la razón —le contestó—. Sin duda, él mismo te la expondrá
cuando lleguemos al palacio de Sendar.
—En tal caso, cuanto antes, mejor —respondió Lobo—. ¿Cuándo nos vamos?
—Saldremos para Sendar mañana por la mañana, justo después de desayunar —respondió Brendig—. Aceptaré
vuestra palabra de que nadie intentará salir de la posada durante la noche. Prefiero no tener que someter a la duquesa
de Erat a la indignidad del confinamiento en el destacamento militar local. Según me han dicho, las celdas son muy
incómodas.
—Tenéis mi palabra de que así será —asintió el señor Lobo.
—Gracias —dijo Brendig con una ligera inclinación de cabeza—. También debo advertiros que estoy obligado a
colocar centinelas en torno a la posada… para vuestra protección, naturalmente.
—Vuestra preocupación nos abruma, capitán —murmuró tía Pol con sequedad.
—Soy vuestro servidor, señora —declaró Brendig con una reverencia formal. Después, dio media vuelta y abandonó
la estancia.
La puerta pulimentada era sólo de madera y Garion lo sabía pero, cuando se cerró tras el capitán Brendig, al
muchacho le pareció que resonaba con el temible y definitivo estampido de la puerta de una mazmorra.
Tardaron nueve días de viaje por la ruta de la costa desde Camaar a la capital de Sendar, aunque sólo había
cincuenta y cinco leguas de distancia. El capitán Brendig media su paso con tal cuidado y el destacamento de
soldados avanzaba colocado de tal manera que resultaba descabellada cualquier idea de escapar. Aunque había
dejado de nevar, el camino seguía estando difícil y el viento que soplaba de mar a tierra y barría las amplias
marismas cubiertas de nieve era helado y penetrante. Tras cada jornada, hicieron noche en una de las hosterías
sendarias, equidistantes unas de otras, que se sucedían como hitos orientadores a lo largo de la costa deshabitada.
Las hosterías no estaban tan bien dotadas como sus correspondientes tolnedranas de la Gran Ruta del Norte pero, al
menos, resultaban adecuadas. El capitán Brendig pareció ocuparse a conciencia de que el grupo se sintiera cómodo,
pero también apostó centinelas a la puerta cada noche.
La tarde del segundo día, Garion se sentó cerca del fuego con Durnik, contemplando las llamas con aire taciturno.
Durnik era su amigo más antiguo y Garion sintió una desesperada necesidad de tener la amistad de alguien en aquel
instante.
—Durnik —dijo por ultimo.
—¿Sí, muchacho?
—¿Has estado alguna vez en una mazmorra?
—¿Qué podría haber hecho para merecer que me encerraran en una?
—Pensaba que tal vez hubieras visto alguna de cerca. —La gente honrada no anda cerca de tales lugares —dijo
Durnik.
—He oído que son horribles, frías y oscuras y llenas de ratas. —¿Qué es tanto hablar de mazmorras? —quiso saber
Durnik. —Me temo que muy pronto lo averiguaremos todo de esos
lugares terribles —le confió Garion, tratando de no parecer demasiado asustado.
—No hemos hecho nada malo —respondió Durnik.
—Entonces, ¿por qué mandaría el rey que nos prendieran de esta manera? Los reyes no hacen cosas así sin una
buena razón.
—No hemos hecho nada malo —repitió Durnik con terquedad.
—Pero puede que el señor Lobo si —apuntó Garion—. El rey no mandaría todos estos soldados tras él sin una buena
razón… y todos los demás podríamos terminar en las mazmorras junto a él sólo por ser sus acompañantes.
—En Sendaria no suceden cosas así —replicó Durnik con firmeza.
Al día siguiente, el viento soplaba de mar a tierra con gran fuerza, pero era un viento cálido y el palmo de nieve que
cubría el camino empezó a aguarse. A mediodía, se puso a llover y siguieron la marcha hacia la siguiente hostería,
empapados y castigados por el viento.
—Me temo que habremos de retrasar el viaje hasta que el tiempo mejore —anunció el capitán Brendig esa noche,
mientras miraba por una de las pequeñas ventanas de la hostería—. Mañana por la mañana, el camino va a estar
intransitable.
Efectivamente, pasaron el día siguiente, y el otro, sentados en la sala principal de la hostería escuchando el sonido
de la lluvia impulsada por el viento contra las paredes y el techo, bajo la permanente vigilancia de Brendig y sus
soldados.
—Seda —dijo Garion el segundo día, deslizándose hasta el banco donde el hombrecillo de rostro de hurón estaba
adormilado.
—¿Sí, muchacho? —respondió el aludido, incorporándose. —¿Qué clase de persona es el rey?
—¿Qué rey?
—El de Sendaria.
—Un hombre estúpido… como todos los reyes. —Seda se echó a reír—. Los reyes sendarios son tal vez un poco más
estúpidos, pero es lógico que así sea. ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno… —Garion vaciló antes de continuar —. Supongamos que alguien ha hecho algo que ha disgustado al rey
y que esa persona está viajando con otras y que el rey las hace prender a todas. ¿Sería capaz el rey de arrojarlos a
todos a las mazmorras, o más bien dejaría marchar en paz a los demás y se quedaría con el que lo ha hecho enfadar?
Seda lo miró un momento y luego dijo:
—Esa pregunta es impropia de ti, Garion. El muchacho se ruborizó.
—Las mazmorras me dan miedo —dijo con una vocecilla hueca, súbitamente avergonzado de sí mismo—. No me
gustaría que me encerraran para siempre en la oscuridad sin saber siquiera la razón.
—Los reyes de Sendaria son hombres justos y honrados —dijo Seda—. No muy brillantes, me temo, pero siempre
justos.
—¿Cómo pueden ser reyes si no son inteligentes? —protestó Garion.
—La inteligencia es una cualidad útil en un rey —afirmó Seda—, pero no fundamental.
—Entonces, ¿cómo pueden ser reyes? —quiso saber Garion. —Algunos nacen siéndolo —explicó su interlocutor—.
El
hombre más estúpido puede ser rey si tiene los padres debidos. Los reyes sendarios tienen una desventaja porque
empezaron de muy abajo.
—¿Abajo?
—Eran proclamados por elección. Nadie hasta entonces había elegido a un rey…, sólo los sendarios.
—¿Cómo se elige un rey?
—Muy mal, Garion —respondió Seda con una sonrisa—. Es un mal sistema para escoger un rey. Los otros sistemas
son peores, pero la elección es un sistema muy malo de escoger un rey.
—Cuéntame cómo se hizo —pidió Garion.
Seda dirigió una breve mirada a la ventana salpicada por la lluvia del otro extremo de la sala y se encogió de
hombros.
—Supongo que es un medio como otro de pasar el tiempo —murmuró. Se reclinó hacia atrás en el asiento, extendió
los pies hacia el fuego y empezó su relato—: Todo empezó hace unos quince siglos —dijo con voz lo bastante alta
para que llegara hasta los oídos del capitán Brendig, quien estaba sentado cerca de ellos escribiendo algo en un
pergamino—. Sendaria no era por entonces un reino, ni siquiera un país independiente. En diversos momentos de su
historia perteneció a Cherek, Algaria o a los arendianos del norte, wacitas o de Vo Astur, según los vaivenes de la
guerra civil arendiana. Cuando esta guerra terminó por fin y los wacitas fueron destruidos y Vo Astur fue derrotada
y sus gentes expulsadas hacia las extensiones inexploradas del gran bosque de Arendia septentrional, el emperador
de Tolnedra, Ran Horb II, tomó la decisión de que se estableciera un reino en estas tierras.
—¿Cómo es posible que un emperador de Tolnedra tomara una decisión así con Sendaria? —se extrañó Garion.
—El brazo del Imperio es muy largo —comentó Seda—. La Gran Ruta del Norte había sido construida durante la
segunda dinastía Borune…, creo que fue Ran Borune IV quien inició la construcción, ¿no es así, capitán?
—El Quinto —respondió Brendig con cierta acritud y sin alzar la vista—. Ran Borune V.
—Gracias, capitán —dijo el hombrecillo—. Nunca consigo aprenderme correctamente las dinastías Borune. En
cualquier caso, las legiones imperiales ya recorrían Sendaria por aquel entonces para mantener la vía de
comunicación y, si uno tiene tropas en una zona, ejerce cierta autoridad sobre ella, ¿no opináis así, capitán?
—Tú eres quien narra esta historia —replicó Brendig, lacónico.
—Desde luego —asintió Seda—. Ahora bien, si Ran Horb tomó tal decisión no fue en un arrebato de generosidad,
no vayamos a engañarnos. Los tolnedranos nunca regalan nada. Lo único que sucedió fue que los arendianos de Vo
Mimbre habían ganado por fin la guerra civil arendiana, mil años de traiciones y derramamientos de sangre, y
Tolnedra no se podía permitir que el pueblo de Vo Mimbre se expandiera hacia el norte. La creación de un reino
independiente en Sendaria cerraría el acceso de Vo Mimbre a las rutas comerciales que descendían desde Drasnia e
impedirían que la sede del poder mundial se desplazara a Vo Mimbre y con ello arrinconaría la capital imperial de
Tol Honeth dejándola en un segundo piano.
—Todo esto suena terriblemente complicado —dijo Garion.
—En realidad, no lo es —respondió Seda—. Sólo se trata de política, y ése es un juego muy sencillo, ¿verdad,
capitán?
—Es un juego que yo no practico —respondió Brendig sin levantar la mirada.
—¿De veras? —inquirió Seda—. ¿Tanto tiempo en la corte y sin hacer política? Sois un hombre extraño, capitán. En
cualquier caso, los sendarios descubrieron de pronto que tenían un reino pero carecían de una nobleza hereditaria.
Había, claro, algunos nobles tolnedranos retirados que vivían en grandes haciendas aquí y allá, diversos
pretendientes a este o aquel título wacita o de Vo Astur, un par de jefes guerreros chereks con un puñado de
seguidores, pero no existía una auténtica nobleza sendaria. Así pues, se decidió celebrar una votación nacional…, se
escogió un rey, ¿entiendes?, y se dejó a éste el reparto de títulos. Una solución muy práctica y típicamente sendaria.
—¿Cómo se escoge un rey? —preguntó Garion, que empezaba a perder el miedo a las mazmorras, fascinado con el
relato.
—Todo el mundo vota —explicó Seda—. Naturalmente, es probable que los padres pongan los votos en nombre de
los hijos, pero, en general, parecen producirse muy pocas trampas. El resto del mundo contempló esta estupidez y se
burló de ella, pero los sendarios continuaron celebrando una selección tras otra durante una decena de años.
—Seis años, para ser exactos —precisó Brendig sin levantar todavía el rostro del pergamino—. De 3827 a 3833.
—Y hubo más de mil candidatos —añadió Seda.
—Setecientos cuarenta y tres —replicó Brendig, estricto.
—Me doy por corregido, noble capitán. Es un alivio enorme tener aquí un experto semejante para matizar mis datos,
pues no soy mas que un sencillo mercader drasniano con poca instrucción en historia. Sea como fuere, en la
vigésima tercera convocatoria, las urnas dieron finalmente un rey: un cultivador de nabos llamado Fundor.
—Cultivaba otras cosas, además de nabos —replicó Brendig, alzando por fin la mirada con gesto irritado.
—¡Oh, es cierto! —exclamó Seda, golpeándose la frente con la palma de la mano—. ¿Cómo he podido olvidarme de
las coles? ¡Fundor también cultivaba coles, Garion! ¡No olvides nunca las coles! Bien, todos los que se consideraban
importantes en Sendaria acudieron a la huerta de Fundor y lo encontraron abonando sus tierras enérgicamente, y lo
saludaron con grandes voces, «¡Viva Fundor el Magnífico, rey de Sendaria!», e hincaron la rodilla ante su augusta
presencia.
—¿Es preciso continuar con esto? —preguntó Brendig con voz dolida.
—El muchacho quiere saber, capitán —replicó Seda con una mueca de inocencia—. Es nuestro deber, como adultos
que somos, instruirlo con la historia de nuestro pasado, ¿no os parece?
—Sigue diciendo lo que te venga en gana —masculló Brendig con voz tensa.
—Gracias por darme permiso, capitán —añadió Seda con una inclinación de cabeza—. ¿Sabes qué dijo entonces el
rey de Sendaria, muchacho?
—No —dijo Garion—. ¿Qué?
—«Os ruego, eminencias —dijo el rey—, que tengáis cuidado con vuestros atavíos. Acabo de abonar la tierra en la
que estáis arrodillados.»
Barak, que estaba sentado cerca de ellos, lanzó una carcajada como un rugido, golpeándose la rodilla con una de sus
manazas.
—Vuestra historia me resulta muy poco divertida —murmuró el capitán Brendig con frialdad, al tiempo que se
ponía en pie—. Yo no hago bromas sobre el rey de Drasnia, ¿verdad?
—Vos sois un hombre educado, capitán —replicó Seda con suavidad—, y de noble cuna. Yo sólo soy un pobre
hombre que trata de abrirse camino en el mundo.
Brendig lo miró con impotencia, giró sobre sus talones y salió de la estancia con enérgicas zancadas.
A la mañana siguiente, el viento había amainado y la lluvia había cesado. El camino era casi un lodazal, pero
Brendig decidió que era preciso continuar. La jornada fue difícil aquel día, pero al siguiente resultó más fácil pues el
camino empezó a secarse.
Tía Pol no parecía preocupada por el hecho de que los hubieran apresado por orden del rey. Mantuvo su porte regio
aunque Garion no veía ninguna necesidad de continuar fingiendo y deseaba fervientemente que dejara de hacerlo. La
sensibilidad y sentido practico con que había dirigido su cocina en la hacienda de Faldor habían sido reemplazados
de pronto por una especie de exigente testarudez que le resultaba especialmente inquietante al muchacho. Por
primera vez en su vida, notaba una distancia entre ellos, y esa distancia creaba un hueco, un vacío, que hasta
entonces nunca había sentido. Para empeorar más las cosas, la torturadora incertidumbre que había ido creciendo
dentro de él desde la inequívoca declaración de Seda en la colina a la salida de Winold de que la tía Pol no podía ser
su tía carnal tenía el efecto de una sierra en su tambaleante sentido de su propia identidad, y el muchacho solía
descubrirse enfrentado a la terrible pregunta: «¿Quién soy yo?».
El señor Lobo también parecía cambiado. Rara vez hablaba, ni durante el viaje ni por la noche, en las hosterías,
Pasaba gran parte del tiempo sentado en solitario, con una expresión lúgubre e irritada en el rostro.
Por ultimo, a los nueve días de su partida de Camaar, las extensas marismas quedaron atrás y dieron paso a un
terreno más ondulado. Hacia mediodía, alcanzaron la cima de una colina mientras el pálido sol invernal asomaba
entre las nubes, y a sus pies, en el fondo de un valle y de cara al mar, divisaron la ciudad amurallada de Sendar.
El destacamento de guardia de la puerta sur de la ciudad saludó con energía al capitán Brendig cuando éste se acercó
al frente del grupo; el capitán devolvió el saludo a los centinelas con gesto marcial. Las anchas calles de la ciudad
parecían llenas de gente vestida con sus ropas más finas y todos los transeúntes se movían con aire pomposo, como
si sus recados fueran la cosa más importante del mundo.
—Cortesanos —masculló con desagrado Barak, que avanzaba al lado de Garion—. No existe entre ellos un solo
hombre de verdad.
—Son un mal necesario, mi querido Barak —replicó Seda por encima del hombro a su gigantesco compañero—.
Las empresas poco importantes precisan hombres de poca valía, y son los asuntos menores los que mantienen el
funcionamiento de un reino.
Cuando hubieron cruzado una plaza de grandiosas dimensiones, los recién llegados recorrieron una ancha avenida
hasta el palacio. Éste era un edificio muy grande, con muchos pisos y alas extensas a ambos lados del patio central
pavimentado. El edificio estaba rematado por una torre redonda que constituía, seguramente, la estructura más alta
de la ciudad.
—¿Dónde supones que están las mazmorras? —cuchicheó Garion a Durnik cuando se detuvieron.
—Muchacho, te agradeceré mucho que no sigas dándole vueltas a eso de las mazmorras —replicó el herrero con
expresión afligida.
El capitán Brendig desmontó y fue al encuentro de un hombre de aspecto melindroso, vestido con una túnica
bordada y un sombrero emplumado, que descendía los amplios peldaños de la escalinata principal del palacio para
recibirlos. Los dos hombres conversaron durante unos instantes y pronto entraron en una abierta discusión.
—Tengo órdenes directas del rey —exclamó Brendig, y su voz enérgica llegó con claridad a los oídos de los
viajeros—. Se me ha encomendado la misión de llevar a estas personas directamente a su presencia cuando
llegáramos a la ciudad.
—Yo también cumplo órdenes del rey —replicó el hombre de aspecto melindroso— y tengo encomendado asearlos
y dejarlos presentables antes de llevarlos a la sala del trono. Yo me haré cargo de ellos.
—Estas personas seguirán bajo mi custodia, conde Nilden, hasta que hayan sido entregados al propio rey —
respondió Brendig con frialdad.
—No permitiré que vuestros soldados deambulen por el palacio tan sucios de barro, capitán Brendig —replicó el
conde.
—Entonces, esperaremos aquí, conde Nilden —insistió Brendig—. Haced el favor de ir a buscar a Su Majestad.
—¿A buscarlo? —La expresión del conde era de incredulidad—. Soy el edecán mayor del rey, Brendig. Yo no voy a
buscar nada ni a nadie.
Brendig dio media vuelta como si se dispusiera a montar de nuevo su caballo.
—Está bien, está bien —concedió por fin el conde Nilden con gesto malhumorado—, si no hay más remedio, lo
haremos a vuestro modo. Pero al menos limpiaos los zapatos.
Brendig asintió con frialdad.
—No olvidaré esto, capitán Brendig —amenazó Nilden.
—Yo tampoco, conde Nilden —replicó el soldado.
Todos descabalgaron entonces y, rodeado por los soldados del destacamento dispuestos en formación, el grupo
atravesó el patio hasta el gran portalón situado casi en el centro del ala oeste.
—Tened la bondad de seguirme —dijo el conde Nilden, observando con un escalofrío a los soldados de uniformes
enfangados, y los condujo hacia el ancho pasadizo que se abría al otro lado de la puerta.
La aprensión y la curiosidad pugnaron por imponerse en la mente de Garion. Pese a las seguridades que le habían
proporcionado Seda y Durnik y a las esperanzadoras implicaciones del comentario del conde Nilden respecto a que
se proponía darles un aspecto más presentable, la amenaza de una mazmorra húmeda, fría e infestada de ratas, con
sus máquinas de tortura y otros detalles desagradables, seguía pareciéndole muy real al muchacho. Sin embargo, por
otra parte, Garion no había estado nunca en un palacio y sus ojos trataban de captarlo todo a la vez. Aquella voz de
su mente que a veces le hablaba en tono seco y desapasionado le dijo que sus temores eran infundados,
probablemente, y que su embobada admiración por el lugar lo hacía parecer un estúpido patán de aldea.
El conde Nilden los condujo directamente a una zona del pasadizo donde se abrían diversas puertas de madera muy
lustrada.
—Está es para el muchacho —anunció, señalando una de ellas. Un soldado abrió la puerta y Garion pasó al interior
a regañadientes, volviendo la cabeza para mirar a tía Pol.
—Vamos, entra de una vez —dijo una voz algo impaciente en el interior de la estancia. Garion dio media vuelta, sin
saber qué le esperaba—. Cierra la puerta, muchacho —le indicó el hombre de agradable aspecto que lo esperaba en
la estancia—. No tenemos todo el día, ¿sabes? —El hombre estaba esperando junto a una gran bañera de madera de
la cual se levantaba una densa columna de humo—. Deprisa, chico, quítate esos harapos y métete en la bañera. Su
Majestad está aguardando.
Demasiado perplejo para protestar o responder siquiera, Garion empezó a desabrocharse la túnica, aturdido.
Cuando se hubo bañado y terminó de desenredarse el cabello con un cepillo, el hombre le ayudó a ponerse unas
ropas dispuestas en un banco próximo. Sus calzones de lana basta, de sufrido tono pardo apropiado para el trabajo en
el campo, le fueron cambiados por otros de tejido mucho más fino y de un color azul lustroso. Sus botas gastadas y
enfangadas fueron sustituidas por unos cómodos zapatos de piel flexible. Su nueva túnica era de suave lino blanco, y
el chaleco que completaba la indumentaria era de un azul intenso, guarnecido por una piel plateada.
—Creo que no puedo hacer más con tanto apresuramiento —comentó el hombre que le había ayudado a bañarse y a
vestirse, mirando a Garion de arriba abajo con aire crítico—. Al menos no me sentiré del todo avergonzado cuando
seas llevado a presencia del rey.
Garion le dio las gracias en un murmullo y permaneció de pie a la espera de nuevas instrucciones.
—Bueno, chico, vamos. No debes hacer esperar a Su Majestad.
Seda y Barak estaban en el pasadizo, charlando en voz baja. La mole enorme de Barak tenía un aspecto espléndido
con su casaca verde de brocado, pero parecía incómodo sin su espada. La casaca de Seda era de un negro profundo,
guarnecida de plata, y sus patillas ralas aparecían pulcramente recortadas, formando una elegante barba corta.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó Garion acercándose a la pareja.
—Estamos aquí para ser presentados al rey —respondió Barak—, y nuestras honradas ropas quizá le habrían
disgustado. Los reyes no están acostumbrados a ver a la gente normal.
Durnik sacó la cabeza por una de las puertas con el rostro lívido de cólera.
—¡Ese estúpido emperifollado quería darme un baño! —exclamó, escandalizado.
—Es la costumbre —explicó Seda—. Se supone que los nobles invitados necesitan un criado para bañarse. Espero
que no le hayas hecho daño.
—Yo no soy ningún noble y me considero perfectamente capaz de bañarme sin ayuda —respondió Durnik
acaloradamente—. Le he dicho que lo ahogaría en su propia bañera si no apartaba las manos de mi. Después de la
advertencia, no me ha vuelto a incordiar, pero se ha llevado mis ropas y he tenido que ponerme éstas. —Señaló con
un gesto su nueva indumentaria, que era muy parecida a la de Garion—. Espero que no me vea nadie con todos estos
perifollos.
—Barak dice que el rey quizá se ofendería si nos viera con nuestras ropas de verdad —le comentó Garion.
—Estoy seguro de que el rey no me prestará atención —respondió Durnik— y no me gusta esto de intentar parecer
lo que no soy. Esperaré fuera con los caballos si puedo recuperar mis viejas ropas.
—Ten paciencia, Durnik —le aconsejó Barak—. Aclararemos nuestros asuntos con el rey y luego continuaremos
viaje.
Si Durnik estaba enfadado, el señor Lobo mostraba lo que únicamente podía describirse como una cólera extrema.
Apareció en el pasadizo enfundado en una túnica blanca como la nieve, con una gran capucha en la espalda.
—Alguien va a pagar por esto —masculló, furioso.
—¡Pero si te sienta muy bien…! —replicó Seda en tono de admiración.
—Siempre has tenido un gusto más que dudoso, Seda —dijo Lobo con voz helada—. ¿Dónde está Pol?
—La señora aún no ha hecho acto de presencia —informó Seda. —Debí imaginarlo —murmuró Lobo, tomando
asiento en un
banco próximo—. Ya podemos ponernos cómodos. Los preparativos de Pol siempre llevan un buen rato.
Y, en efecto, allí esperaron. El capitán Brendig, que se había cambiado de casaca y de botas, deambuló arriba y
abajo por el pasillo mientras transcurrían los minutos. Garion estaba del todo desconcertado ante aquel recibimiento.
No parecían estar detenidos, pero su imaginación aún veía mazmorras y eso era más que suficiente para mantener
sus nervios de punta.
Entonces apareció tía Pol. Llevaba el vestido de terciopelo azul que se había confeccionado en Camaar y una
diadema de plata en la cabeza que realzaba el mechón blanco de su frente. Su porte era regio y su rostro, serio y
altivo.
—¿Tan pronto, señora Pol? —comentó Lobo con sequedad—. Espero que no hayas tenido que apresurarte.
Ella hizo caso omiso del comentario y examinó uno tras otro a sus compañeros de viaje.
—Supongo que estáis presentables —dijo por ultimo, ajustando con gesto inconsciente el cuello del chaleco de
Garion—. Dame el brazo, Viejo Lobo, y averigüemos de una vez qué desea de nosotros el rey de los sendarios.
El señor Lobo se incorporó del asiento, extendió su brazo y los dos empezaron a avanzar por el corredor. El capitán
Brendig formó rápidamente a los soldados y siguió a la pareja, manteniendo a los hombres en cierto orden.
—Si me permitís, señora —dijo a tía Pol—, yo os enseñaré el camino.
—Lo conocemos perfectamente, capitán —replicó ella sin dignarse siquiera a volver la cabeza.
El conde Nilden, edecán mayor del rey, los esperaba frente a dos puertas inmensas, guardadas por dos centinelas
uniformados y armados. Tras una ligera inclinación de cabeza hacia tía Pol, el conde chasqueó los dedos. Los
centinelas abrieron las pesadas hojas de la puerta hacia el interior.
Fulrach, el rey de Sendaria, era un hombre rechoncho y de aspecto hosco, con una corta barba de color pardo. Estaba
sentado —bastante incómodo, al parecer— en un trono de respaldo alto instalado sobre un estrado, en un extremo
del gran salón al que los condujo el conde Nilden. La sala del trono era inmensa, con un techo alto y abovedado y las
paredes cubiertas con hectáreas de pesados cortinajes de terciopelo rojo. En todos los rincones brillaban las velas
encendidas y decenas de personas deambulaban por su interior, envueltas en finas ropas y cuchicheando
ociosamente en pequeños corrillos, sin hacer el menor caso de la presencia del rey.
—¿Puedo anunciaros? —preguntó el conde Nilden al señor Lobo.
—Fulrach me conoce bien —replicó Lobo, lacónico, al tiempo que echaba a andar por la larga alfombra escarlata
hacia el trono, con tía Pol asida todavía a su brazo. Garion y los demás avanzaron tras ellos, seguidos de cerca por
Brendig y sus soldados, abriéndose paso entre la multitud de cortesanos y damas, que había quedado sumida en un
repentino silencio.
Al pie del trono, el grupo se detuvo y el señor Lobo dedicó al rey una reverencia bastante fría. Tía Pol inclinó la
cabeza con una mirada helada mientras Barak y Seda lo hacían siguiendo los modales cortesanos. Durnik y Garion
trataron de imitarlos, aunque el resultado no fue tan garboso.
—Si Su Majestad me permite —anunció la voz de Brendig detrás de ellos—, éstos son los que me ordenasteis
buscar.
—Sabía que podía confiar en vos, capitán Brendig —respondió el rey en una voz que sonó bastante normal—.
Vuestra fama es merecida. Os doy las gracias.
A continuación, el monarca dirigió una mirada al señor Lobo y a los demás componentes del grupo, con una
expresión indescifrable en su rostro.
Garion se puso a temblar.
—Mi querido y viejo amigo —dijo el rey al señor Lobo—. Hace demasiados años que no nos habíamos visto.
—¿Has perdido por completo la razón, Fulrach? —replicó el señor Lobo en un cuchicheo que sólo pudieron
escuchar los oídos del rey—. ¿Por qué has tenido que entrometerte en mi camino… precisamente ahora, en el
momento más inoportuno? ¿Y qué te ha dado para que me hagas vestir con estas ropas absurdas? —añadió, tirando
de la parte delantera de su túnica blanca con gesto de disgusto—. ¿Pretendes acaso anunciar mi presencia a todos los
murgos desde aquí hasta los confines de Arendia?
El rey lo miró con expresión dolida y, en un tono de voz tan inaudible para los demás como el que había utilizado
Lobo, respondió:
—Temía que te lo tomarías así, pero ya te explicaré más tarde, cuando podamos conversar con más tranquilidad.
El rey se volvió rápidamente hacia tía Pol como si intentara mantener, al menos, una apariencia de dignidad.
—Hace muchísimo tiempo que no os veía, querida dama. Layla y los niños os han echado de menos y yo me he
sentido desolado en vuestra ausencia.
—Su Majestad es muy amable —respondió tía Pol en un tono de voz tan frío como el de Lobo. El rey frunció el
entrecejo.
—Os ruego que no me juzguéis tan deprisa, querida señora
—se disculpó—. Tenía razones poderosas y apremiantes para lo que he hecho. Espero que la misión encomendada al
capitán Brendig no os haya supuesto un excesivo inconveniente.
—El noble capitán ha sido la personificación de la cortesía
—respondió tía Pol sin cambiar un ápice el tono de voz y dirigiendo una breve mirada a Brendig, que había
palidecido visiblemente.
—Y vos, mi señor Barak —se apresuró a decir el rey como si tratara de salir lo mejor librado posible de una mala
situación—, ¿que tal vuestro primo, nuestro querido hermano en realeza, Anheg de Cherek?
—Estaba bien la ultima vez que lo vi, majestad —respondió formal Barak—. Un poco bebido, pero eso no es
inusual en Anheg.
El rey emitió una risilla algo nerviosa y pasó rápidamente a Seda.
—Príncipe Kheldar, de la casa real de Drasnia —proclamó—. Estamos sorprendidos de encontrar tan nobles
visitantes en nuestro reino, y algo más que molestos por el hecho de que decidieran no visitarnos para que los
saludáramos. ¿Acaso el rey de los sendarios es tan poco importante que no merece ni siquiera un breve alto en el
camino?
—No pretendíamos faltaros el respeto, majestad —respondió Seda con una reverencia—, pero nuestro encargo era
tan urgente que no hemos encontrado tiempo para las cortesías habituales.
Al oírlo, el rey dirigió a Seda una breve mirada de advertencia y luego, para sorpresa de Garion, empezó a mover los
dedos en los gestos apenas perceptibles del lenguaje secreto de los drasnianos.
—Aquí, no. Hay demasiados oídos pendientes. —A continuación, el monarca miró inquisitivamente a Durnik y a
Garion. La tía Pol dio un paso al frente.
—Este es Durnik, del distrito de Erat, majestad —lo presentó—. Un hombre valiente y honrado.
—Bienvenido, Durnik —respondió el rey—. Sólo espero que algún día también digan de mí que soy un hombre
valiente y honrado.
Durnik hizo una torpe reverencia con una expresión de perplejidad.
—No soy más que un simple herrero, majestad —murmuró—, pero deseo que todo el mundo sepa que soy el más
leal y devoto súbdito de Su Majestad.
—Bien dicho, Durnik —le agradeció el rey con una sonrisa; después, volvió los ojos a Garion.
Tía Pol siguió su mirada y, en tono de absoluta indiferencia, comentó:
—Este muchacho, majestad, se llama Garion. Fue puesto a mi cargo hace años y nos acompaña porque no supe qué
otra cosa hacer con él.
Un jarro de agua fría cayó sobre Garion. La certeza de que las palabras despreocupadas de tía Pol no eran sino la
verdad desnuda lo aplastó como un enorme peso. Tía Pol ni siquiera había tratado de amortiguar el golpe. La
indiferencia con la que había destruido toda su vida dolió al muchacho casi más que la destrucción misma.
—Sé bienvenido también, Garion —dijo el rey—. Viajas en muy noble compañía, para ser tan joven.
—Yo ignoraba quiénes eran, majestad —respondió Garion, abrumado—. Nadie me cuenta nada.
El rey se echo a reír, entre divertido y tolerante. Después, añadió:
—Cuando seas mayor, Garion, probablemente descubrirás que en estos tiempos la ignorancia es el mejor estado en
el que vivir. Últimamente han llegado a mis oídos cosas que preferiría no saber.
—¿Podemos hablar en privado ahora, Fulrach? —intervino el señor Lobo, con voz todavía irritada.
—A su debido tiempo, mi viejo amigo —replicó el rey—. He ordenado preparar un banquete en vuestro honor.
Vayamos todos a cenar. Layla y los pequeños están esperándonos. Ya tendremos tiempo de discutir ciertos asuntos
más tarde.
Tras esto, el rey se puso en pie y bajó del estrado.
Garion, hundido en su íntima desdicha, se situó a la altura de Seda.
—¿Príncipe Kheldar? —dijo, en un desesperado intento de apartar de su mente la perturbadora realidad que acababa
de caer sobre él.
—Una cuestión accidental de nacimiento, Garion —respondió Seda encogiéndose de hombros—. Algo que queda
fuera de mi control. Por fortuna, sólo soy el sobrino del rey de Drasnia y estoy muy abajo en la línea sucesoria. No
corro un peligro inmediato de ser ascendido al trono.
—¿Y Barak es…?
—Es el primo del rey Anheg de Cherek —explicó Seda. Volvió la cabeza por encima del hombro y preguntó al
gigante—: ¿Cuál es tu título, exactamente?
—Soy señor de Trellheim —contestó la voz atronadora de Barak—. ¿Por qué quieres saberlo?
—Aquí, el muchacho sentía curiosidad.
—Todo el asunto es un disparate —comentó Barak—. Cuando Anheg se convirtió en rey, hubo de delegar en otro el
título de jefe de clan. En Cherek no puede ser ambas cosas el mismo hombre. Se considera que trae mala suerte…
sobre todo entre los jefes de los demás clanes.
—Comprendo que se sientan así —comentó Seda entre risas. —En cualquier caso, es un título vacío —apuntó
Barak—. Hace más de tres mil años que no ha habido una guerra de clanes en Cherek. Dejé a mi hermano menor en
el ejercicio del cargo. Es un hombre bastante ingenuo y fácil de entretener. Además, eso molestó a mi esposa.
—¿Estás casado? —preguntó Garion, sorprendido.
—Si quieres llamarlo así —replicó Barak en tono agrio. Seda dio un golpe disimulado de advertencia a Garion para
indicarle que estaba adentrándose en un tema delicado.
—¿Por que no nos has dicho nada? —inquirió el muchacho en tono acusador—. Me refiero a tus títulos de nobleza.
—¿Habría significado eso alguna diferencia? —intervino Seda.
—Bueno…, no —reconoció Garion—, pero… — Se detuvo a mitad de la frase, incapaz de expresar en palabras lo
que pensaba del asunto—. No comprendo nada de lo que sucede aquí —terminó por decir sin convicción.
—Con el tiempo, todo quedará aclarado —le aseguró Seda mientras entraban en la sala del banquete.
La sala era casi tan grande como el salón del trono. Había largas mesas cubiertas de finos manteles de lino y, de
nuevo, las velas resplandecían en todas partes. Detrás de cada silla había un sirviente y todo estaba supervisado por
una mujercita regordeta de rostro radiante que lucía una pequeña corona colocada con descuido sobre la cabeza.
Cuando el grupo hizo su entrada, la mujer se adelantó deprisa a recibirlos.
—Querida Pol —saludó a ésta—, tienes un aspecto estupendo. La mujer abrazó con afecto a tía Pol y ambas se
pusieron a
charlar con gran animación.
—Es la reina Layla —explicó Seda a Garion—. La llaman la Madre de Sendaria. Esos cuatro niños de ahí son sus
hijos. Tiene cuatro o cinco más, pero son mayores y es probable que estén dedicados a los asuntos de gobierno, pues
Fulrach insiste en que todos ellos se ganen la vida. Entre los demás reyes la broma de que la reina Layla ha estado
embarazada de forma permanente desde los catorce años es moneda corriente, pero eso se debe, creo yo, a que
deben cumplir con la cortesía de enviar un regalo con cada nuevo nacimiento. En el fondo, es una buena mujer y
sabe impedir que el rey Fulrach cometa demasiados errores.
—Ella y tía Pol se conocen —dijo Garion; por alguna razón, la idea le molestó.
—Todo el mundo conoce a tu tía Pol —respondió Seda.
Dado que la tía Pol y la reina seguían con su conversación y se dirigían ya hacia la cabecera de la mesa, Garion se
quedó junto a Seda. No me dejes cometer ningún desliz, le indicó por gestos, tratando de que los movimientos de sus
dedos pasaran inadvertidos.
Seda le contestó con un guiño.
Cuando estuvieron todos sentados y empezó a llegar la comida, Garion se tranquilizó un poco. Se concentró en
seguir los movimientos de Seda y las complicadas sutilezas de la urbanidad en la mesa dejaron de intimidarlo. La
conversación a su alrededor era seria y del todo ajena a su comprensión, pero se dijo que nadie iba a prestarle
excesiva atención si mantenía la boca cerrada y los ojos fijos en el plato.
Sin embargo, un anciano de la nobleza, con una barba blanca que le caía en hermosos rizos, se inclinó hacia él.
—Me han dicho que has viajado recientemente —dijo en un tono de voz un tanto condescendiente—. ¿Qué tal has
encontrado el reino, muchacho?
Garion lanzó a Seda una petición de auxilio con su mirada.
—¿Qué le respondo? —gesticuló con sus dedos.
—Dile que no has encontrado el reino ni mejor ni peor de lo que cabría prever bajo las presentes circunstancias—
respondió Seda.
Garion se apresuró a repetir la frase.
—¡Ah! —exclamó el noble anciano—, es lo que yo esperaba, eres muy observador para tu edad, muchacho. Me
gusta hablar con los jóvenes. Sus puntos de vista son muy frescos.
—¿Quién es? —preguntó Garion.
—El señor de Seline —respondió Seda—. Un viejo latoso y pesado, pero sé educado con él, Llámalo «Señoría».
—¿Y que tal están los caminos? —quiso saber el noble.
—En cierto mal estado —respondió Garion, aleccionado por Seda—. Pero es normal en esta época del año,
¿verdad?
—Desde luego que sí —respondió el noble con gestos de aprobación—. Vaya muchacho tan espléndido tenemos
aquí.
La extraña conversación a tres bandas continuó y Garion empezó incluso a disfrutar de la situación pues los
comentarios que apuntaba Seda parecían complacer al viejo señor de Seline.
Por fin, el banquete terminó y el rey se levantó de su asiento en la cabecera de la mesa.
—Ahora, queridos amigos —anunció—, la reina Layla y yo desearíamos tener una audiencia privada con nuestros
nobles invitados. Os ruego que nos excuséis.
El monarca ofreció su brazo a tía Pol, el señor Lobo ofreció el suyo a la rolliza reina y el cuarteto se encaminó hacia
la puerta del fondo del salón.
El señor de Seline dirigió una amplia sonrisa a Garion y luego volvió la vista hacia Seda.
—He disfrutado mucho con nuestra conversación, príncipe Kheldar. Tal vez sea, en efecto, un viejo latoso, pero, a
veces, eso puede ser una ventaja, ¿no os parece?
Seda soltó una risilla, sorprendido y algo avergonzado.
—Debería haber sabido que un viejo zorro como vos seríais conocedor de la lengua secreta, señoría.
—Es el legado de una juventud disipada —respondió el anciano, riéndose también—. Este alumno vuestro es muy
despierto, príncipe Kheldar, pero tiene un acento extraño.
—El tiempo era muy frío mientras aprendía, señoría—respondió Seda—, y teníamos los dedos un poco
entumecidos. Corregiré el defecto cuando tengamos tiempo para ello.
El anciano señor de Seline parecía inmensamente satisfecho de haberse mostrado más astuto que Seda.
—Un muchacho magnífico —añadió, dando unas palmaditas en el hombro a Garion y se alejó sin dejar de reírse por
lo bajo.
—Tú sabías que él lo entendía todo —acusó Garion al hombrecillo.
—Por supuesto —reconoció Seda—. El espionaje drasniano conoce a todos los que dominan nuestra lengua secreta.
A veces resulta útil para permitir que sean interceptados ciertos mensajes cuidadosamente escogidos con suma
atención, pero no subestimes jamas al señor Seline. No es imposible que sea al menos tan listo como yo, pero
observa cómo ha disfrutado al cazarnos.
—¿No podrías alguna vez hacer algo sin marrullerías ni propósitos ocultos? —preguntó Garion con un gruñido
malhumorado, pues estaba convencido de que, de algún modo, él había sido el blanco de toda la broma.
—No, a menos que fuera absolutamente necesario, muchacho —replicó Seda con una nueva carcajada—. La gente
como yo practica el engaño de un modo constante…, incluso cuando no es necesario. Nuestra vida depende de lo
astutos que seamos, de modo que es preciso que mantengamos a punto nuestras habilidades.
—Debe de ser una vida muy solitaria —comentó Garion con determinada perspicacia, bajo el silencioso impulso de
su voz interior—. Tú nunca confías de verdad en nadie, ¿no es cierto?
—Supongo que no —reconoció Seda—. Es un juego que practicamos, Garion. Tenemos una gran habilidad para
ello…, al menos, debemos poseerla si queremos tener una vida larga. Todos nos conocemos entre nosotros, ya que
somos miembros de una profesión muy selectiva. Las recompensas son grandes, aunque al cabo de un tiempo, nos
dedicamos a nuestro juego sólo por el placer de derrotar al otro. Pero tienes razón: es un trabajo solitario y a veces
desagradable… si bien la mayoría de las veces proporciona una estupenda diversión.
El conde Nilden se aproximó a ellos e hizo una cortés reverencia.
—Su Majestad ha pedido que vos y el muchacho os reunáis con él y vuestros otros amigos en sus aposentos
privados, príncipe Kheldar —anunció—. Si tenéis la amabilidad de seguirme.
—Desde luego —respondió Seda—. Vamos, Garion.
Los aposentos reservados a la familia real eran mucho más sencillos que los engalanados salones del palacio
principal. El rey Fulrach se había quitado la corona y las vestiduras de gala y parecía ahora un sendario mas,
enfundado en ropas bastante normales. El monarca departía tranquilamente con Barak. La reina Layla y la tía Pol,
sentadas en un sofá, continuaban sumidas en su conversación, y Durnik estaba situado cerca de ellas, aunque hacía
cuanto podía para pasar desapercibido. El señor Lobo permanecía apartado de los demás junto a una ventana; negros
nubarrones ensombrecían sus facciones.
—¡Ah, príncipe Kheldar! —dijo el rey—. Pensábamos que tal vez vos y Garion habíais tenido algún mal encuentro.
—¡Qué va…! Sólo practicábamos un poco de esgrima con Seline, majestad —respondió Seda con animación—.
Esgrima verbal, por supuesto.
—Tened cuidado con él —le recomendó el monarca—. Es muy posible que ese hombre sea demasiado astuto
incluso para alguien de vuestro talento.
—El viejo bribón me merece un gran respeto —se echo a reír Seda.
El rey Fulrach miró con cierta aprensión al señor Lobo, encogió los hombros y emitió un suspiro.
—Supongo que será mejor tratar de una vez ese desagradable tema que nos ha reunido aquí —dijo—. Layla, ¿serás
tan amable de atender a los demás invitados mientras yo doy a nuestro amigo de rostro avinagrado y a la noble dama
la oportunidad de regañarme? Es evidente que no van a sentirse satisfechos hasta que me hayan dicho unas cuantas
palabras gruesas respecto a unos asuntos que, en realidad, no han sido culpa mía.
—Desde luego, querido —respondió la reina Layla—. Procurad no tardar mucho y, por favor, no gritéis. Los niños
ya están acostados y necesitan descansar.
Tía Pol se levantó del sofá y, acompañada del señor Lobo —quien no había cambiado un ápice su expresión—,
siguió al rey a una cámara contigua.
—Bien, pues —dijo a continuación la reina Layla—, ¿de qué vamos a hablar?
—Alteza, tengo instrucciones de transmitiros afectuosos saludos de la reina Porenn de Drasnia —respondió Seda
con modales cortesanos—. La reina solicita de vos iniciar una correspondencia sobre un tema de cierta delicadeza.
—Desde luego que sí —respondió la reina Layla, radiante—. Porenn es una joven deliciosa, demasiado bonita y
encantadora para el viejo Rhodar. Espero que ese gordo ladrón no la haga muy infeliz.
—Estad tranquila, alteza —respondió Seda—. Por sorprendente que os pueda resultar, Porenn ama con delirio a mi
tío y él, por supuesto, está loco de alegría con una esposa tan joven y tan guapa. Resulta desarmante ver cómo se
idolatran el uno al otro.
—Algún día, príncipe Kheldar, también vos os enamoraréis —dijo la reina con una mueca burlona—, y los doce
reinos unirán sus risas ante la caída de un soltero tan afamado. ¿Sabéis vos cuál es ese asunto que Porenn quiere
tratar conmigo?
—Es una cuestión relacionada con la fertilidad, su alteza —respondió Seda con una ligera tos—. Quiere ofrecer un
heredero a mi tío y necesita tu consejo para conseguirlo. Todo el mundo contempla con asombro vuestras dotes en
ese aspecto.
La reina Layla se ruborizó, aunque no sin sentirse halagada, y enseguida se echó a reír.
—Le escribiré muy pronto —prometió.
Mientras tanto, Garion se había aproximado poco a poco a la puerta tras la cual se había encerrado el rey Fulrach
con la tía Pol y el señor Lobo. Una vez allí, empezó un minucioso examen de los tapices de la pared para disimular
el hecho de que trataba de escuchar qué se hablaba al otro lado de la puerta. Sólo tardó unos instantes en distinguir
las voces familiares:
—¿Qué significa con exactitud esta tontería, Fulrach? —preguntaba Lobo.
—Por favor, no me juzgues con excesiva precipitación, Anciano —respondió el rey en tono apaciguador—. Han
sucedido algunas cosas que tal vez ignores.
—Ya sabes que estoy al corriente de todo cuanto sucede —replicó Lobo.
—¿Tenías conocimiento de que estamos indefensos si el Maldito despierta? ¿Estabas al corriente de que el objeto
que lo mantenía a raya ha sido robado del trono del rey rivano?
—Precisamente seguía un rastro del ladrón cuando tu noble capitán Brendig interrumpió mi búsqueda.
—Lo lamento —replicó el rey—, pero, de todos modos, no hubieras podido llegar muy lejos. Todos los reyes de
Aloria llevan más de tres meses en tu busca. Tus facciones, dibujadas por los mejores pintores, están en posesión de
todos los embajadores, agentes y funcionarios de los cinco reinos del norte. En realidad, te han perseguido desde que
saliste de Darine con tus compañeros.
—Fulrach, tengo muchas cosas que hacer. Di a los reyes de Aloria que me dejen en paz. ¿A qué viene ese súbito
interés por mis movimientos?
—Los reyes quieren celebrar consejo contigo —explicó el rey—. Los alorn se preparan ya para la guerra e incluso
mi pobre Sendaria, aunque de forma discreta, está siendo movilizada. Si el Maldito se levanta ahora, estamos todos
perdidos. El poder del objeto robado es capaz de despertarlo otra vez, y tú ya sabes, Belgarath, que su primer
movimiento será atacar el oeste. Como también conoces que el oeste carece de auténtica defensa hasta que se
produzca el retorno del rey rivano.
Garion parpadeó y dio un violento respingo; después trató de disimular el brusco movimiento con una inclinación,
como si se interesara por algún detalle concreto del tapiz que tenía ante él. Se dijo que había oído mal: el nombre
que acababa de pronunciar el rey Fulrach no podía ser Belgarath. Belgarath era un personaje de leyenda, un mito.
—Comunica a los reyes alorn que estoy tras los pasos del ladrón —respondió Lobo—. Ahora no tengo tiempo para
consejos. Si me dejaran en paz, sería capaz de alcanzar al ladrón antes de que éste pueda causar algún daño con el
objeto del que se ha logrado apropiar.
—No tientes al destino, Fulrach —le advirtió tía Pol al monarca—. Tu intromisión nos cuesta un tiempo que no
podemos permitirnos desperdiciar. De hecho, estoy a punto de enfadarme contigo.
Pese al comentario, la voz del rey se mantuvo firme cuando respondió:
—Conozco tu poder, Polgara —dijo, y Garion dio un nuevo respingo—. Sin embargo, no tengo otra elección —
prosiguió el rey— He dado mi palabra a los reyes de Aloria de conduciros a todos a Val Alorn, y un rey no puede
quebrantar la promesa hecha a otros reyes.
Se produjo un largo silencio en la cámara mientras por la mente de Garion pasaba vertiginosamente una decena de
posibilidades distintas.
—No eres un mal hombre, Fulrach —dijo por fin el señor Lobo—. Tal vez no tan brillante como yo desearía, pero
eres bueno, sin duda. No levantaré mi mano contra ti… ni tampoco lo hará mi hija.
—¡Habla sólo por ti, Viejo Lobo! —replicó tía Pol con voz severa.
—No, Polgara —respondió Lobo—. Si tenemos que ir a Val Alorn, será mejor hacerlo lo más deprisa posible.
Cuanto antes expliquemos las cosas a los alorn, antes dejarán de entrometerse en maestro camino.
—Creo que la edad empieza a ablandarte el cerebro, padre —replicó tía Pol—. No disponemos de tiempo para una
excursión a Val Alorn. Fulrach puede explicarles las razones a los reyes alorn.
—No serviría de nada, Polgara —terció el rey con pesadumbre—. Como ya ha mencionado tu padre con tanto
sarcasmo, no soy hombre tenido por muy inteligente. Los reyes alorn no me harían caso. Si os marcháis ahora,
enviarán a otro como el capitán Brendig para que os detengan de nuevo.
—Si lo hacen, ese desdichado tal vez se vea convertido de pronto en un conejo o un rábano para el resto de sus días
—anunció tía Pol con voz lúgubre.
—Ya basta, Pol —dijo Lobo—. ¿Tienes preparado algún barco, Fulrach?
—Está amarrado en el muelle norte, Belgarath —asintió el rey—. Es una nave cherek enviada por el rey Anheg.
—Muy bien —continuó Lobo—. En tal caso, mañana zarparemos para Cherek. Creo que voy a tener que puntualizar
unas cuantas cosas a ese grupo de estúpidos alorn. ¿Nos acompañarás?
—Estoy obligado a hacerlo —asintió Fulrach—. El consejo va a ser general y Sendaria participa en él.
—Todavía no sabes en qué te metes, Fulrach —murmuró tía Pol.
—No importa, Polgara —replicó Lobo—. Fulrach sólo hace lo que cree correcto. Ya lo pondremos todo en claro en
Val Alorn.
Garion temblaba cuando se apartó de la puerta. Aquello era imposible. Su escéptica educación sendaria le impidió,
en un primer momento, tomar en consideración siquiera tal absurdo. Sin embargo, a regañadientes, el muchacho se
obligó por ultimo a afrontar la idea con todas sus consecuencias.
¿Y si el señor Lobo era realmente Belgarath el Hechicero, un hombre que había vivido mas de siete mil años? ¿Y si
la tía Pol era realmente su hija, Polgara la Hechicera, sólo unos años más joven que él? Todas las palabras y detalles
sueltos, todos los indicios crípticos y las medias verdades, encajaban ahora. Seda tenía razón: la mujer no podía ser
su tía carnal. Ahora, la condición de huérfano de Garion era absoluta. Iba a la deriva por el mundo sin ningún lazo
de sangre o de herencia al que asirse. Deseó con desesperación volver a casa, a la hacienda de Faldor, donde podría
sumirse en la oscuridad de un rincón apacible en el que no hubiera hechiceros ni extrañas búsquedas ni nada que le
recordara a tía Pol ni al cruel fraude en que ésta había convertido su vida.
SEGUNDA PARTE
Cherek
Recorrieron a caballo las tranquilas calles de Sendar hasta el puerto con las primeras luces grises del amanecer; el
barco los aguardaba. Las galas de la velada anterior habían quedado a un lado y todos lucían de nuevo sus ropas
habituales. Incluso el rey Fulrach y el conde de Seline vestían indumentarias sencillas que les daban el aspecto de un
par de comerciantes de Sendar moderadamente prósperos que se dispusieran a salir en viaje de negocios. La reina
Layla, que no iba a acompañarlos, cabalgaba al lado de su marido; al parecer, hablaba seriamente con él, pues la
expresión de su rostro sugería que estaba todo el tiempo al borde de las lágrimas. El grupo iba acompañado por una
escolta de soldados envueltos en sus capas para protegerse del áspero y helado viento procedente del mar.
Al pie de la calle que conducía desde el palacio hasta el puerto, los muelles de piedra de Sendar penetraban en las
agitadas aguas, y allí, meciéndose en ellas y tirando de las amarras que lo mantenían sujeto, estaba su barco. Era una
nave esbelta, de manga estrecha y proa alta, cuya apariencia afilada, lobuna, estaba lejos de contribuir a calmar a un
Garion nerviosísimo ante su primer viaje por mar. En la cubierta de la embarcación haraganeaba un grupo de
marineros de aspecto salvaje, barbudos y vestidos con unas toscas prendas de pieles. Con la excepción de Barak,
aquéllos eran los primeros chereks que Garion veía en su vida, y su impresión inicial fue que resultarían muy poco
de fiar.
—¡Barak!
Un hombre robusto encaramado en mitad del mástil gritó el nombre y descendió mano a mano por un cabo hasta la
cubierta, desde la cual saltó al muelle.
—¡Greldik! —rugió Barak en respuesta, y desmontó deprisa del caballo para fundirse en un abrazo de oso con el
marinero de temible apariencia.
—Parece que Barak de Trellheim conoce a nuestro capitán —comentó el conde de Seline.
—Eso resulta inquietante —añadió Seda con ironía—. Esperaba tener por capitán a un hombre sobrio y sensible, de
mediana edad y naturaleza conservadora. No soy hombre amante de los barcos y las travesías marítimas.
—Me han dicho que el capitán Greldik es uno de los mejores marinos de todo Cherek —le aseguró el conde.
—Señor —replicó Seda con aire dolorido—, las definiciones chereks pueden ser engañosas.
Después, observó con acritud a Barak y Greldik, que celebraban su encuentro con unas jarras de cerveza que un
sonriente marinero les había bajado de la nave.
La reina Layla había desmontado y abrazaba a tía Pol.
—Por favor, cuida de mi pobre marido, Pol —dijo a ésta con una risita algo nerviosa—. No dejes que esos
pendencieros alorn lo empujen a hacer alguna tontería.
—Desde luego, Layla —la reconfortó tía Pol.
—Vamos, Layla —intervino el rey Fulrach con voz turbada—. No me pasará nada. Al fin y al cabo, soy un hombre
hecho y derecho.
La rechoncha soberana se secó las lágrimas.
—Prométeme que irás bien abrigado —murmuró—, y que no te pasarás toda la noche bebiendo con Anheg.
—Tenemos entre manos un asunto muy serio, Layla —dijo el rey—. No habrá tiempo para eso.
—Conozco demasiado bien a Anheg —aseguró la reina mientras se sorbía las lágrimas. Después se volvió hacia el
señor Lobo, se puso de puntillas y lo besó en su barbuda mejilla—. Querido Belgarath —le dijo—, cuando esto haya
terminado, prométeme que tú y Pol volveréis para hacernos una larga visita.
—Te lo prometo, Layla —declaró el señor Lobo, solemne.
—La marea está cambiando, majestad —indicó Greldik—, y mi barco está cada vez más inquieto.
—¡Oh, querido! —exclamó la reina. Pasó sus brazos en torno al cuello del monarca y hundió el rostro en su hombro.
—Vamos, vamos, está bien… —murmuró Fulrach, sin saber qué hacer.
—Si no te vas ahora mismo, voy a ponerme a llorar delante de todos —dijo ella al tiempo que se apartó del rey de
un empujón.
Las losas del muelle estaban resbaladizas y la estilizada nave de Cherek se mecía y se bamboleaba con el oleaje. La
estrecha pasarela que tenían que cruzar se movía peligrosamente en todas direcciones, pero consiguieron subir a
bordo sin contratiempos. Los marineros armaron los aparejos y ocuparon sus puestos en los remos. El esbelto barco
se apartó del muelle y cruzó deprisa el puerto pasando ante los robustos y amplios buques mercantes anclados en él.
La reina Layla permaneció llorosa en el muelle, rodeada de recios soldados. Después, agitó la mano varias veces en
señal de adiós y siguió mirando, con la cabeza levantada en gesto animoso.
El capitán Greldik ocupó su puesto al timón con Barak a su lado e hizo una seña a un guerrero bajo y musculoso que
estaba acuclillado cerca de él. El guerrero asintió y puso a un lado un trapo de lona que cubría un timbal con un
parche de cuero. Con un mazo en la mano, el hombre inició un lento batir y los remeros se acoplaron de inmediato al
ritmo marcado. La nave saltó adelante y puso proa a mar abierto.
Cuando dejaron atrás la protección del puerto, las olas se hicieron tan poderosas que el barco dejó de mecerse y
empezó, por contra, a subir y bajar a toda velocidad los valles y crestas de las olas. Los largos remos, que se hundían
al ritmo del hosco timbal, apenas dejaban huellas en la superficie de las olas. El mar tenía un color gris plomizo bajo
el cielo ventoso y las costas bajas de Sendaria, cubiertas de nieve, se deslizaron a su derecha, yermas y solitarias.
Garion pasó la mayor parte del día tiritando en un rincón abrigado cerca de la proa, con la vista puesta en el mar y el
ánimo encogido. Las astillas y fragmentos en que se había roto su vida la noche anterior seguían dispersos a su
alrededor. La idea de que Lobo fuera Belgarath y la tía Pol fuera Polgara resultaba absurda, naturalmente. No
obstante, el muchacho estaba convencido de que una parte de todo aquello, al menos, era cierto. Tal vez Pol no fuera
Polgara pero, desde luego, casi seguro que no era su tía. Garion evitó mirarla todo el tiempo que pudo y no habló
con nadie.
Por la noche durmieron en los estrechos camarotes, debajo de la cubierta de popa. El señor Lobo se quedó hablando
un buen rato con el rey Fulrach y el conde de Seline. Garion estudió a hurtadillas al viejo, cuyo cabello plateado y
barba rala casi brillaban bajo la luz de una lámpara de aceite que se balanceaba sin cesar, colgada de una de las vigas
bajas. El señor Lobo parecía el mismo de antes y Garion terminó por darse la vuelta y caer dormido.
Al día siguiente, doblaron el cabo de Sendaria y continuaron con rumbo nordeste favorecidos por un buen viento.
Las velas fueron izadas y los remeros pudieron descansar. Garion continuó atribulado por sus problemas.
El tercer día de travesía el viento se volvió tormentoso y muy frío. Los aparejos crujían a causa del hielo y una
llovizna helada descargó sobre el mar a su alrededor.
—Si no aclara el tiempo, el paso del canal va a resultar difícil —comentó Barak, con el entrecejo fruncido bajo el
aguanieve.
—¿Qué? —preguntó Durnik con aprensión. El herrero no se encontraba nada cómodo a bordo. Acababa de
recuperarse de un prolongado mareo y estaba, obviamente, un poco irritable.
—El canal de Cherek —explicó Barak—. Es un paso de una legua aproximada de anchura que se abre entre el
vértice norte de Sendaria y la punta meridional de la península de Cherek. Está lleno de corrientes, remolinos y esas
cosas, pero no debes preocuparte, Durnik. Este es un buen barco y Greldik conoce los secretos de la navegación por
el canal. Quizás el paso resulte un poco movido, pero estaremos a salvo…, a menos que tengamos mala suerte, claro.
—No sabes cuánto me alegro de oírte —murmuró con aspereza Seda, que se había acercado a ellos—. Llevo tres
días que intento no pensar en el canal.
—¿Tan terrible es? —quiso saber Durnik con voz llena de aprensión.
—Yo siempre me aseguro de no cruzarlo sobrio —le confesó Seda.
Barak soltó una carcajada.
—Deberías dar gracias de que exista ese canal, Seda —dijo a continuación—. Mantiene al Imperio fuera del golfo
de Cherek. De no ser por él, toda Drasnia sería una provincia tolnedrana.
—Desde el punto de vista político, lo admiro —asintió Seda—; pero, personalmente, me sentiría mucho más feliz si
no tuviera que volver a verlo nunca más.
Al día siguiente, echaron el ancla cerca de la costa rocosa del norte de Sendaria y esperaron a que cambiara la
marea. Por fin, el movimiento de las aguas se invirtió y la masa del mar de los Vientos formó olas y corrientes a
través del canal para elevar el nivel del golfo de Cherek.
—Busca algo sólido y sujétate bien, Garion —le aconsejó Barak mientras Greldik ordenaba que fuera izada el
ancla—. Con este viento favorable, el paso puede resultar interesante.
Barak se alejó a grandes pasos por la estrecha cubierta, mostrando los dientes en una abierta sonrisa.
Era una estupidez. Garion lo sabía desde el mismo momento en que se levantó y empezó a seguir al gigante de barba
roja hacia la proa; cuatro días de meditaciones solitarias sobre un problema que no parecía tener ninguna lógica lo
hacían sentirse casi beligerantemente temerario. Con los dientes apretados, se agarró de una oxidada argolla de
hierro incrustada en la proa.
Barak se echo a reír y le dio una contundente palmadita en la espalda.
—Buen chico —asintió, con un gesto de aprobación—. Nos quedaremos los dos aquí y veremos las entrañas del
canal.
Garion prefirió no responder.
Con el viento y la marea a popa la nave de Greldik voló literalmente por el paso, encabritada y estremecida bajo la
fuerza de violentas contracorrientes. La espuma helada salpicaba sus rostros y Garion, medio cegado por ella, no vio
el enorme remolino del centro del canal hasta que casi lo tuvieron encima. Le pareció escuchar un inmenso rugido y
se aclaró los ojos justo a tiempo de verlo bostezar delante de él.
—¿Qué es eso? —gritó, haciéndose oír por encima del ruido. —El Gran Torbellino —respondió Barak—. Sujétate.
El Torbellino era tan grande como todo el pueblo de Gralt y descendía siniestro hasta formar un pozo agitado lleno
de niebla de una inconcebible profundidad. Garion advirtió incrédulo que, en lugar de guiar la nave lejos del vórtice,
Greldik la llevaba directo hacia la vorágine.
—¿Qué hace? —gritó el muchacho.
—Este es el secreto del paso por el canal —explicó Barak con un rugido—. Debemos dar dos vueltas al Torbellino
para ganar velocidad. Si el barco no se rompe, saldrá disparado como la piedra de una honda y salvará las corrientes
del otro lado antes de que éstas frenen su marcha y lo arrastren hacia atrás.
—¿Si el barco no qué?
—A veces, alguna embarcación es destrozada por el remolino —dijo Barak—. Pero no te preocupes, muchacho; no
sucede muy a menudo y el barco de Greldik parece bastante sólido.
La proa de la nave se hundió de modo escalofriante en el borde exterior del torbellino y dio dos vueltas en torno al
enorme embudo a velocidad creciente, mientras los remeros doblaban con ímpetu la espalda bajo el ritmo frenético
del timbal. El viento era como una cuchilla en el rostro de Garion y el muchacho se cogió con todas sus fuerzas de la
argolla de hierro y apartó la vista de las amenazadoras fauces que se abrían debajo de él.
Entonces, la embarcación salió despedida del torbellino y surcó las aguas agitadas como un proyectil silbante. El
viento causado por la velocidad de la nave aullaba en las jarcias y su fuerza dejó a Garion casi sin respiración.
Poco a poco, la nave aminoró su marcha entre las aguas inquietas por las corrientes, pero el impulso que había
acumulado en el remolino fue suficiente para llegar hasta las aguas tranquilas de una ensenada de la costa de
Sendaria. Ellas proporcionaron a los viajeros cierto refugio.
Barak, con una sonrisa de júbilo, se limpió la espuma de la barba y dijo al muchacho:
—Bueno, Garion, ¿qué te ha parecido el canal?
Garion no estuvo seguro de poder contestar y se concentró en tratar de desasir sus dedos entumecidos del aro de
hierro. Una voz familiar se oyó entonces desde la popa.
—¡Garion!
—Ahora sí que me has metido en un buen problema —murmuró Garion con resentimiento, sin recordar que había
sido idea suya quedarse en la proa.
La tía Pol dirigió una severa reprimenda a Barak por su irresponsabilidad y luego volvió su atención al muchacho.
—Muy bien —le dijo—, estoy esperando. ¿Quieres hacer el favor de explicarme esto?
—No ha sido culpa de Barak —respondió Garion. Al fin y al cabo, no era necesario que la responsabilidad los
alcanzara a los dos—. Todo ha sido idea mía.
—Entendido —replicó tía Pol—. ¿Y por qué se te ha ocurrido hacerlo?
Las confusiones y dudas que habían atribulado al muchacho le hicieron responder con descaro.
—Porque me ha dado la gana —replicó con aire medio desafiante. Por primera vez en su vida, se sintió a punto de
rebelarse.
—¿Qué?
—Porque me ha dado la gana —repitió el muchacho—. ¿Qué importa por que lo he hecho, si de todos modos me
vas a castigar?
Tía Pol se puso muy tensa y en sus ojos apareció una llamarada de cólera. El señor Lobo, sentado cerca de la pareja,
soltó una risilla.
—¿Encuentras esto muy divertido? —le soltó de pronto la mujer.
—¿Por qué no dejas que me encargue del asunto, Pol? —sugirió el viejo.
—Puedo encargarme de todo —replicó ella.
—Pero no lo haces bien, Pol —insistió Lobo—. Nada bien. Tienes el genio demasiado vivo y la lengua demasiado
afilada. Garion ya no es un niño. Todavía no es un hombre, pero ya tampoco es un niño. Este problema debe ser
enfocado de una manera especial. Yo me encargaré de ello —repitió, incorporándose—. Debo insistir en ello, Pol.
—¿Qué?
—Debo insistir. —El señor Lobo le dirigió una dura mirada. —Está bien —concedió ella entonces y, dando media
vuelta,
se alejó.
—Siéntate, Garion —dijo el anciano.
—¿Por qué es tan mala? —exclamó Garion.
—No lo es —respondió el señor Lobo—. Está enfadada porque le has dado un susto. A nadie le gusta que lo
sobresalten así.
—Lo siento —murmuró el muchacho, avergonzado de si mismo.
—No te disculpes conmigo —continuó Lobo—. Yo no estaba asustado. —Dirigió una mirada penetrante a los ojos
de Garion por un instante y le preguntó—: ¿Qué problema tienes?
—He oído que te llaman Belgarath —dijo el muchacho como si eso lo explicara todo— y a ella, Polgara.
—¿Y?
—Que no es posible.
—¿No hemos tenido ya esta misma conversación hace mucho tiempo?
—Entonces, ¿eres Belgarath? —exigió saber Garion abiertamente.
—Hay gente que me llama así. ¿Qué importa eso, Garion?
—Lo siento —respondió éste—, pero no puedo creerlo.
—Está bien. —Lobo se encogió de hombros—. No tienes que hacerlo si no quieres pero ¿qué tiene que ver eso con
tratar a tía Pol de la manera grosera en que lo has hecho?
—Es que… —Garion titubeó—. Bueno…
El muchacho deseaba con desesperación poder hacer aquella ultima y fatal pregunta pero, a pesar de estar seguro de
que no existía parentesco alguno entre él y la tía Pol, no podía soportar la idea de ver confirmado irrevocable y
definitivamente tal hecho.
—Te sientes confundido, ¿no es eso? —intervino Lobo—. Nada parece ser lo que debería y estás enfadado con tu tía
porque te parece que ha de ser la culpable.
—Explicado así, suena más que infantil —murmuró Garion, ligeramente sonrojado.
—¿Y no lo es? —El muchacho se ruborizó aún más—. El problema es tuyo, Garion —prosiguió el señor Lobo—.
¿De veras crees que es justo hacer sentirse desgraciados a los demás por culpa de ello?
—No —reconoció Garion con voz apenas audible.
—Tu tía y yo somos quienes somos —respondió Lobo con parsimonia—. La gente ha dicho muchas tonterías de
nosotros, pero eso no tiene importancia, en realidad. Hay cosas que deben hacerse y nosotros somos quienes hemos
de llevarlas a cabo. Eso es lo que importa. No le pongas más difíciles las cosas a tu tía porque el mundo no se ajuste
al modo en que a ti te gustaría. Tal actitud no sólo es infantil, sino desconsiderada, y tú eres un chico demasiado
bueno para comportarte así. Me parece que le debes una disculpa, ¿no crees?
—Supongo que sí —reconoció el muchacho.
—Me alegro de que hayamos tenido ocasión de hablar —añadió el anciano—, pero en tu lugar no tardaría mucho en
ir a ver a Pol. No podrías creer el tiempo que puede llegar a durarle un enfado —con una súbita sonrisa, Lobo
añadió—: lleva enojada conmigo desde que puedo recordar, y eso es tanto tiempo que no me gusta ni pensar en ello.
—Iré a verla ahora mismo —afirmó Garion. —Bien —asintió Lobo con un gesto de aprobación.
El muchacho se puso en pie y se dirigió con paso decidido hacia la tía Pol, que contemplaba desde la cubierta las
corrientes cambiantes que formaban rápidos torbellinos en el canal de Cherek.
—Tía Pol —dijo el muchacho.
—¿Sí, querido?
—Lo siento. Me he portado mal.
La mujer se volvió y lo miró con aire grave.
—Si, tienes razón en eso.
—No volveré a hacerlo.
Pol se echo a reír entonces con una risa cálida y profunda, al tiempo que pasaba sus dedos por el cabello
enmarañado del muchacho.
—No hagas promesas que no puedas cumplir, cariño —respondió ella.
Mujer y muchacho se abrazaron y todo quedó olvidado.
Cuando se hubo calmado la furia de la marea en el canal, la nave tomó rumbo al norte por la costa este de la
península de Cherek, cubierta de nieve, en dirección a la antigua ciudad que era el hogar ancestral de todos los alorn,
tanto de los algarios y drasnianos como chereks y rivanos. El viento soplaba helado y el cielo se extendía
amenazador, pero el resto de la travesía transcurrió sin problemas.
Tres días después, la nave hizo su entrada en el puerto de Val Alorn y quedó amarrada en uno de los muelles
cubiertos de hielo.
Val Alorn no se parecía a ninguna ciudad sendaria. Sus muros y edificios tenían una antigüedad tan increíble que
más parecían formaciones rocosas naturales que obra de la mano del hombre. Las callejas estrechas y serpenteantes
estaban llenas de nieve y, detrás de la ciudad, las montañas se recortaban, blancas e imponentes, contra el cielo
oscuro.
En el muelle los esperaban varios trineos tirados por caballos, con cocheros de aspecto feroz y animales muy
peludos que pateaban la nieve dura con gesto de impaciencia. En los trineos había varias capas de pieles y Garion se
envolvió en una de ellas mientras esperaba que Barak terminara de despedirse de Greldik y de los tripulantes.
—Vámonos —indicó Barak al conductor del trineo al tiempo que montaba en éste—. Veamos si eres capaz de
alcanzar a los demás.
—Si no te hubieras entretenido tanto tiempo con tu charla, conde Barak, no nos habrían tomado tanta delantera —
replicó el cochero con acritud.
—Es probable que tengas razón —asintió Barak.
El hombre del pescante lanzó un gruñido, tocó a los caballos con el látigo y el trineo inició la marcha calle arriba,
siguiendo la ruta por la que habían desaparecido los demás.
Las estrechas callejas estaban repletas de guerreros chereks vestidos con pieles y muchos de ellos saludaron a gritos
a Barak cuando lo vieron pasar en el trineo. En una esquina, el cochero hubo de detener la marcha mientras dos
hombres corpulentos, desnudos de cintura para arriba bajo el frío terrible, estaban enzarzados en una lucha con
llaves en plena calle, sobre la nieve, rodeados por una multitud de curiosos que los jaleaba.
—Un pasatiempo habitual —explicó Barak a Garion—. El invierno es una época aburrida en Val Alorn.
—¿Eso de ahí enfrente es el palacio? —inquirió Garion.
Barak respondió con un gesto de negativa.
—Es el templo de Belar —le informó—. Hay quien dice que el dios Oso reside en él en espíritu, pero yo no lo he
visto nunca personalmente, así que no puedo estar seguro de ello.
Cuando los luchadores se apartaron por fin de su camino, el trineo continuó la marcha.
En la escalinata de acceso al templo, una vieja envuelta en unas raídas prendas de lana y con el cabello revuelto y
sucio cayéndole en guedejas sobre el rostro, se incorporó ayudada de un largo bastón que sujetaba con su mano
huesuda.
—Saludos, conde Barak —exclamó la anciana con voz cascada cuando el trineo se acercó a ella—. El Destino
todavía te aguarda.
—Detén el trineo —ordenó Barak al cochero con un gruñido, al tiempo que apartaba la capa de pieles y saltaba al
suelo—. Martje —dijo a la vieja con voz atronadora—, tienes prohibido vagar por aquí. Si le cuento a Anheg que le
has desobedecido, él hará que los sacerdotes del templo te quemen por bruja.
La anciana le respondió con un graznido que quería ser una risa y Garion advirtió con un escalofrío que la
desconocida tenía los ojos cubiertos por un velo lechoso que le impedía ver.
—El fuego no tocará a la vieja Martje —exclamó ésta con una risa que sonó como un aullido—. No es ése el
Destino que le aguarda.
—Basta ya de destinos —dijo Barak—. Aléjate del templo.
—Martje ve lo que ve —insistió la mujer—. La marca del Destino aún está sobre ti, gran conde Barak. Cuando te
alcance, recordarás las palabras de la vieja Martje.
Tras estas palabras, la anciana pareció mirar hacia el trineo donde Garion seguía sentado, aunque era evidente que
sus ojos estaban ciegos. Su expresión cambió de pronto: la sonrisa maliciosa se transformó en una extraña mueca de
asombro y respeto.
—Salve a ti, supremo entre los grandes —murmuró con voz ronca al tiempo que efectuaba una profunda
reverencia—. Cuando tomes posesión de tu herencia, recuerda que fue la vieja Martje la primera en saludarte.
Barak dio unos pasos hacia la mujer con un rugido, pero ella se escabulló lejos de su alcance, tanteando los peldaños
con el bastón.
—¿Qué ha querido decir? —preguntó Garion a Barak cuando éste volvió al trineo.
—Es una vieja chiflada —replicó Barak con el rostro lívido de furia—. Siempre merodea por el templo, pide
limosna y asusta con su palabrería a las mujeres crédulas. Si Anheg tuviera dos dedos de frente, la habría expulsado
de la ciudad o la habría hecho quemar hace años.
Saltó al vehículo e indicó con sequedad al cochero que reanudara la marcha.
Garion volvió la cabeza, pero no vio a la anciana por ninguna parte.
El palacio del rey Anheg de Cherek era un edificio enorme y sombrío situado junto al centro de Val Alorn. Unas
alas inmensas se extendían a partir del edificio central en todas direcciones; muchas de ellas en ruinas, con sus
ventanas sin cristales enmarcando el cielo a través de los techos hundidos. Por lo que Garion podía apreciar, no
parecía haberse seguido ningún plan arquitectónico para la construcción del palacio, que más bien parecía haber sido
varias veces ampliado de forma anárquica durante los más de tres mil años que los reyes de Cherek habían
gobernado allí.
—¿Por que tiene tantas partes vacías y convertidas en ruinas? —preguntó el muchacho a Barak mientras el trineo se
introducía en el patio central cubierto de nieve.
—Lo que unos reyes construyeron, otros soberanos lo dejan desmoronarse —replicó Barak, lacónico—. Así son los
monarcas.
Desde su encuentro con la anciana ciega del templo, el humor del cherek había cambiado por completo.
El resto de los viajeros habían desmontado ya de los trineos y los estaban esperando.
—Has estado lejos de casa demasiado tiempo, si ya te pierdes en el camino desde el puerto al palacio —comentó
Seda alegremente.
—Nos han retrasado —gruñó Barak.
Una gruesa puerta revestida de hierro se abrió en lo alto de los anchos escalones que conducían al palacio, como si
alguien detrás de ella estuviese aguardando su llegada. Una mujer de largas trenzas de color pajizo y envuelta en una
capa de un intenso tono escarlata guarnecida de ricas pieles apareció en el pórtico que remataba la escalinata y
contempló desde allí a los recién llegados.
—Saludos, señor Barak, conde de Trellheim y esposo mío —dijo la mujer con aire ceremonioso.
El rostro de Barak adoptó una expresión todavía más sombría.
—Merel —se limitó a responder con un seco gesto de cabeza.
—El rey Anheg me ha otorgado permiso para acudir a recibirte, mi señor, como es mi derecho y mi deber —
continuó la esposa de Barak.
—Siempre has sido escrupulosa en el cumplimiento de todos tus deberes, Merel —asintió Barak—. ¿Dónde están
mis hijas?
—En Trellheim, mi señor —respondió ella—. No me ha parecido una buena idea que hicieran un viaje tan largo con
este frío.
En la voz de la mujer había un cierto tono malicioso. Barak exhaló otro suspiro.
—Entiendo —murmuró.
—¿He cometido un error, mi señor? —quiso saber Merel. —Olvídalo —replicó él.
—Si tú y tus amigos estáis preparados, mi señor —dijo entonces la mujer—, os escoltaré hasta el salón del trono.
Barak subió la escalinata, dio a su esposa un solemne abrazo y ambos cruzaron el enorme umbral de la puerta.
—Resulta trágico —murmuró el conde de Seline sacudiendo la cabeza mientras, en compañía de los demás,
ascendía las escalinatas de palacio.
—No hay para tanto —intervino Seda—. Al fin y al cabo, Barak ha encontrado lo que buscaba, ¿no es cierto?
—Eres un hombre cruel, príncipe Kheldar —respondió el conde.
—No, no —protestó Seda—. Soy realista, eso es todo. Barak se pasó años suspirando por Merel y ahora ya la tiene.
Estoy encantado de ver recompensada tanta constancia, ¿tú, no?
El conde de Seline respondió con un suspiro.
Un grupo de guerreros en cota de malla se unió al grupo y lo escoltó por un laberinto de pasadizos, subiendo
escaleras anchas y descendiendo por otras estrechas, internándose más y más en el inmenso edificio.
—Siempre he admirado la arquitectura cherek —comentó Seda con ironía—. Resulta tan inesperada…
—Ampliar el palacio sirve de ocupación a los reyes débiles —apuntó el rey Fulrach—. No es una mala idea, en
realidad. En Sendaria, los malos reyes suelen dedicar el tiempo a promover obras públicas, pero en Val Alorn todas
las calles fueron pavimentadas hace miles de años.
Seda sonrió y añadió un nuevo comentario:
—Majestad, siempre ha sido un problema evitar que los malos reyes se metan en líos.
—Príncipe Kheldar —replicó el rey Fulrach—. No le deseo ningún mal a tu tío, pero creo que sería interesante si la
corona de Drasnia terminara por reposar en tu cabeza.
—Por favor, majestad —respondió Seda con fingida conmoción—, ni siquiera menciones tal posibilidad.
—Y también una esposa —añadió el conde de Seline, socarrón—. Está claro que el príncipe necesita una esposa.
—Eso sería aún peor —respondió Seda con un escalofrío. La sala del trono del rey Anheg era una cámara
abovedada con
un gran hogar en el centro, donde crepitaban ardientes troncos enteros. Al contrario que el salón del rey Fulrach,
adornado con profusión de tapices, las paredes de piedra estaban aquí desnudas y las antorchas ardían y humeaban,
colgadas de unas argollas de hierro clavadas en la roca. Los hombres que deambulaban junto al fuego no eran los
elegantes cortesanos de Fulrach, sino más bien guerreros chereks de largas barbas, relucientes en sus cotas de malla.
En un extremo del salón había cinco tronos, cada uno rematado con un estandarte. Cuatro de éstos estaban ocupados
y tres mujeres de aspecto regio conversaban junto a los mismos.
—¡Fulrach, rey de Sendaria! —anunció uno de los guerreros que los habían escoltado, tras hacer sonar el extremo de
su pica contra el suelo de piedra gastado por el uso.
—Salud, Fulrach —dijo un hombre corpulento de barba negra que ocupaba uno de los tronos, poniéndose de pie.
Llevaba una larga y arrugada túnica azul salpicada de manchas, y el cabello revuelto y descuidado. La corona de oro
que portaba lucía un par de abolladuras y tenía rota una de sus puntas.
—Salud, Anheg —respondió el rey de los sendarios con una ligera reverencia.
—Vuestro trono aguarda, mi querido Fulrach —indicó el hombre de aspecto desaseado con su índice dirigido hacia
la enseña de Sendaria tras el trono vacante—. Los reyes de Aloria reunidos en este consejo dan la bienvenida a la
sabiduría del rey de Sendaria.
A Garion, aquella forma antigua y pomposa de dirigirse le produjo una extraña impresión.
—¿Quién es cada rey, amigo Seda? —cuchicheó Durnik mientras se aproximaban a los tronos.
—El gordo de la túnica roja con el reno en la enseña es mi tío, Rhodar de Drasnia. El de cara chupada y vestido de
negro con la enseña del caballo es Cho-Hag de Algaria. El grande de rostro torvo vestido de gis y sin corona que
está debajo del estandarte con la espada es Brand, el Guardián de Riva.
—¿Brand? —lo interrumpió Garion, desconcertado al recordar las historias de la batalla de Vo Mimbre.
—Todos los Guardianes de Riva se llaman Brand —explicó Seda.
El rey Fulrach saludó a cada uno de los demás reyes con las formulas que parecían ser costumbre y ocupó su lugar
bajo la gran bandera verde con la gavilla de trigo dorada, emblema de Sendaria.
—Salud, Belgarath, Discípulo de Aldur —dijo Anheg—, y salud a ti, Dama Polgara, honorable hija de Belgarath, el
inmortal.
—No tenemos tiempo para tantas ceremonias, Anheg —respondió con acritud el señor Lobo, al tiempo que echaba
la capa a su espalda y avanzaba unos pasos—. ¿Por qué me han convocado todos los reyes de Aloria?
—Permítenos seguir con nuestro pequeño ritual, Anciano —intervino con voz irónica Rhodar, el obeso monarca de
Drasnia—. Rara vez tenemos la oportunidad de actuar como reyes. No tardaremos gran cosa.
El señor Lobo sacudió la cabeza, disgustado.
Una de las tres mujeres de aspecto regio se adelantó entonces. Era una mujer alta y hermosa, de cabello azabache y
vestida con un traje largo de terciopelo negro ceñido con un delicado lazo. Hizo una reverencia al rey Fulrach y rozó
su mejilla con la de él por un instante.
—Majestad, vuestra presencia honra nuestra casa —dijo la mujer.
—Alteza —replicó Fulrach con una respetuosa inclinación de cabeza.
—Es la reina Islena —murmuró Seda a Durnik y Garion—, la esposa de Anheg. —El hombrecillo torció la nariz en
una mueca de hilaridad contenida—. Miradla cuando salude a Polgara.
La reina se volvió e hizo una profunda reverencia al señor Lobo.
—Divino Belgarath —exclamó con voz vibrante de respeto.
—En absoluto divino, Islena —respondió con sequedad el viejo.
—Inmortal hijo de Aldur —continuó ella, sin hacer caso de la interrupción—, el más poderoso de los hechiceros del
mundo. Mi pobre casa tiembla ante el tremendo poder que acogen sus muros.
—Una frase muy bonita, Islena —dijo Lobo—. Un poco inexacta, pero bonita de todos modos.
Pero la reina ya se había vuelto hacia Pol.
—Gloriosa hermana… —se dirigió a ella.
—¿Hermana? —repitió Garion, sobresaltado.
—La reina es una mística —respondió Seda en voz baja—. Sabe algunos trucos de magia y se las da de hechicera.
Observa.
Con un rebuscado gesto, la reina hizo aparecer en su mano una joya verde y se la ofreció a tía Pol.
—La llevaba en la manga —cuchicheó Seda alegremente.
—Un regalo regio, Islena —respondió tía Pol con una voz extraña—. Es una lástima que sólo pueda ofrecerte esto a
cambio. —Y le tendió una solitaria rosa de un rojo intenso.
—¿De dónde la ha sacado? —preguntó Garion, admirado.
Seda le hizo un guiño.
La reina contempló la rosa sin saber qué hacer y luego la guardó entre ambas manos. La examinó con atención y sus
ojos se abrieron de sorpresa. El color desapareció de su rostro y le empezaron a temblar las manos.
La segunda reina se había adelantado hasta donde estaba Islena. Era una mujer rubia y delicada de hermosa sonrisa
que, sin ceremonias, besó al rey Fulrach y al señor Lobo, para abrazar luego a Pol con calor. Su demostración de
afecto parecía sencilla y desinhibida.
—Es Porenn, reina de Drasnia —anunció Seda, y Garion notó una extraña inflexión en su voz. Se volvió a mirarlo y
apareció en su rostro un levísimo asomo de amargura, un parpadeo como burlándose de sí mismo. En aquel preciso
instante, con la misma claridad que si lo hubiera iluminado una centella, Garion comprendió la razón del
comportamiento de Seda, a veces tan extraño. Una oleada de comprensión se le subió a la garganta hasta casi
impedirle la respiración.
La tercera reina, Silar de Algaria, saludó al rey Fulrach, al señor Lobo y a tía Pol con unas breves palabras en voz
baja.
—¿El Guardián de Riva no está casado? —preguntó Durnik tras buscar con la mirada otra reina.
—Tenía esposa —respondió en pocas palabras Seda, con los ojos fijos todavía en la reina Porenn—, pero murió
hace algunos años. Le dejó cuatro hijos.
—¡Ah! —dijo Durnik.
En ese instante, con rostro sombrío y evidentemente irritado, Barak entró en el salón y avanzó hasta llegar ante el
trono del rey Anheg.
—Bienvenido a casa, primo —dijo el rey—. Pensaba que te habías extraviado.
—Asuntos familiares, Anheg —respondió Barak—. Tenía que cambiar unas palabras con mi esposa.
—Entiendo —respondió Anheg.
—¿Conocéis a nuestros amigos? —preguntó Barak.
—Todavía no nos han sido presentados, noble Barak —intervino el rey Rhodar—. Aún estábamos procediendo a las
formalidades de costumbre. —Soltó una risotada y se le agitó toda su enorme panza.
—Estoy seguro de que todos conocéis al conde de Seline —dijo Barak—, y éste es Durnik, herrero y un hombre
valeroso. El muchacho se llama Garion y está al cuidado de la Dama Polgara. Es un buen chico.
— ¿Os parece bien continuar con nuestro asunto? —preguntó el señor Lobo con impaciencia.
Cho-Hag, rey de los algarios, habló con una voz extrañamente grave:
—Tenéis conocimiento, inmortal Belgarath, del infortunio que nos ha sucedido. Es por eso que recurrimos a vos en
súplica de consejo.
—Cho-Hag —replicó Lobo en tono visiblemente irritado—, hablas como salido de algún mal cantar de gesta
arendiano. ¿De veras es necesario tanto «vos» y tanto «inmortal»?
Cho-Hag, con aire avergonzado, volvió la mirada hacia Anheg.
—Es culpa mía, Belgarath —dijo el rey de Cherek, apesadumbrado —. He ordenado a los escribas que tomen nota
de cuanto se habla en el consejo. Cho-Hag, además de a ti, hablaba para la Historia.
La corona se le había ladeado ligeramente y ahora colgaba sobre una de sus orejas en posición precaria.
—La Historia es muy tolerante, Anheg —replicó Lobo—. No debes tratar de impresionarla pues, de todos modos,
olvidará la mayor parte de cuanto hablemos aquí. —Se volvió hacia el Guardián de Riva y le dijo—: Brand, ¿te ves
capaz de explicar todo esto sin excesivas florituras?
—Me temo que yo tengo la culpa, Belgarath —dijo con voz ronca el Guardián, vestido de gris—. El Apóstata ha
conseguido llevar a cabo su robo debido a mi negligencia.
—Se suponía que el objeto se protegía a sí mismo, Brand —le respondió Lobo—. Ni siquiera yo puedo tocarlo.
Conozco al ladrón y no tenías ningún modo de impedirle que penetrara en Riva. Lo que me preocupa realmente es
que haya sido capaz de ponerle la mano encima al objeto sin ser destruido por su poder. Brand extendió las manos
en gesto de impotencia.
—Una mañana, al despertarnos, había desaparecido. Los sacerdotes sólo fueron capaces de adivinar el nombre del
ladrón. El espíritu del dios Oso no reveló nada mas. Como sabíamos de quién se trataba, hemos tenido mucho
cuidado en no citar su nombre ni el del objeto que se ha llevado.
—Muy bien —intervino Lobo—. El ladrón es capaz de captar palabras en el aire a enormes distancias. Yo mismo le
enseñé a hacerlo.
—Eso lo sabíamos —asintió Brand—. Lo cual nos lo hizo aún más difícil. Al comprobar que no venías y que mi
mensajero tampoco regresaba, pensé que algo había salido mal y envié a mis hombres a buscarte.
Seda carraspeó y, con ademán respetuoso, interrumpió el diálogo.
—¿Puedo hablar?
—Desde luego, príncipe Kheldar —asintió el rey Anheg.
—¿Creéis prudente continuar esta conversación en público? Los murgos tienen oro suficiente para comprar oídos en
muchos lugares, y las artes de los grolims pueden extraer los pensamientos de la mente de los guerreros más leales.
Lo que se ignora no puede revelarse, si captáis a qué me refiero.
—Los guerreros de Anheg no son tan fáciles de comprar, Seda
—replicó Barak con enojo—. Y en Cherek no hay un solo grolim.
—¿También confías tanto en los sirvientes y en las criadas de la cocina? —insistió Seda—. Yo he encontrado
grolims en los sitios más insospechados.
—Lo que apunta mi sobrino tiene algo de razonable —intervino el rey Rhodar con aire pensativo—. Drasnia posee
siglos de experiencia en la recopilación de información y Kheldar es uno de nuestros mejores agentes. Si él cree que
nuestros comentarios pueden llegar más lejos de lo que desearíamos, tal vez sería mejor hacerle caso.
—Gracias, tío —dijo Seda con una reverencia.
—¿Podrías tú introducirte en este palacio, príncipe Kheldar?
—preguntó el rey Anheg en tono desafiante.
—Ya lo he hecho, majestad —confesó Seda con modestia—. Una decena de veces o más.
Anheg se volvió hacia Rhodar con una mueca inquisitiva. Rhodar carraspeó ligeramente y se disculpó.
—Hace ya tiempo de eso, Anheg. No era nada serio. Sólo sentía curiosidad por una cosa, nada mas.
—No tenías más que preguntar —dijo Anheg en un tono de voz algo ofendido.
—No quería molestarte —respondió Rhodar con un encogimiento de hombros—. Además, resulta más divertido de
la otra manera.
—Amigos —interrumpió el rey Fulrach—, el asunto que tenemos ante nosotros es demasiado importante para correr
el albur de verlo comprometido. ¿No sería preferible excederse en la cautela, en lugar de correr riesgos?
El rey Anheg frunció el entrecejo y se encogió de hombros.
—Como os guste —murmuró—. Continuaremos esta conversación en privado, entonces. Primo, ¿querrás
despejarnos el viejo salón del rey Eldrig y montar una guardia de seguridad en los pasadizos de los alrededores?
—Ahora mismo, Anheg —asintió Barak, quien tomó una decena de hombres y abandonó el salón.
Los reyes se levantaron de sus tronos… todos salvo Cho-Hag. Un soldado poco robusto, casi tan alto como Barak y
con la cabeza rapada, salvo el mechón largo de los algarios, se adelantó un paso y le ayudó a ponerse en pie y
caminar.
Garion se volvió hacia Seda con aire inquisitivo.
—Sufrió una enfermedad cuando era niño —explicó Seda en voz baja—. Le dejó las piernas tan débiles que no
puede sostenerse en pie sin ayuda.
—¿No le impide eso desempeñarse como rey? —preguntó Garion.
—Los algarios pasan más tiempo montados a caballo que con sus pies en el suelo —respondió Seda—. Y cuando
está en su silla de montar, Cho-Hag vale tanto como cualquier hombre de Algaria. El guerrero que le ayuda es
Hettar, su hijo adoptivo.
—¿Lo conoces? —inquirió Garion.
—Conozco a todo el mundo, muchacho —dijo Seda con una comedida risilla—. Hettar y yo nos hemos encontrado
varias veces. Me cae bien, aunque preferiría que él no lo supiera.
La reina Porenn se acercó hacia donde estaba congregado el grupo.
—Islena nos lleva a Silar y a mí a sus aposentos privados —explicó a Seda—. Al parecer, aquí en Cherek las
mujeres no deben participar en los asuntos de Estado.
—Nuestros primos chereks tienen algunos puntos negros, Alteza —respondió Seda—. Son ultraconservadores,
desde luego, y todavía no se les ha pasado por la cabeza que las mujeres son también seres humanos.
La reina Porenn le guiñó el ojo con una sonrisa irónica.
—Esperaba que tendríamos la oportunidad de hablar, Kheldar, pero parece que no va a poder ser. ¿Le llevaste mi
mensaje a Layla?
Seda asintió.
—Dijo que te escribiría enseguida —respondió—. Si hubiera sabido que ibas a estar aquí, yo mismo habría traído su
carta.
—Fue idea de Islena —comentó ella—. Decidió que sería estupendo celebrar un consejo de reinas mientras los reyes
permanecían reunidos. Habría invitado también a Layla, pero todo el mundo sabe cuánto le asustan los viajes por
mar.
—¿Vuestro consejo ha tornado alguna decisión trascendental? —quiso saber Seda.
La reina Porenn respondió con una mueca.
—Ninguna. Lo único que hacemos es sentarnos a contemplar los trucos de magia de Islena; ya sabes, hacer
desaparecer monedas, sacar objetos de la manga y cosas parecidas. O escucharla cuando echa la buenaventura. Silar
es demasiado educada para protestar y yo soy la más joven de las tres, por lo que se supone que no debo hablar
demasiado. Islena me hace sentir muy incómoda, sobre todo cuando entra en trance delante de esa estúpida bola de
cristal que posee. ¿Qué te dijo Layla? ¿Cree que puede ayudarme?
—Si alguien puede, es ella —le aseguró Seda—. Debo advertirte, sin embargo, que su consejo es probable que te
resulte muy explícito. La reina Layla es una mujercita pragmática y, en ocasiones, puede parecer excesivamente
brusca.
La reina Porenn emitió una risilla traviesa.
—Está bien —murmuró—. Al fin y al cabo, soy una mujer hecha y derecha.
—Desde luego —asintió Seda—. Solo pretendía prepararte, eso es todo.
—¿Te burlas de mi, Kheldar? —replicó ella.
—¿Cómo iba a hacer tal cosa, Alteza! —exclamó Seda con una expresión de inocencia en el rostro.
—Te creo muy capaz, Kheldar —insistió ella.
—¿Vienes, Porenn? —preguntó la reina Islena no muy lejos del grupito.
—Enseguida, Alteza —respondió la reina de Drasnia, mientras sus dedos transmitían un breve y rápido mensaje a
Seda: ¡Qué fastidio!
—Paciencia, Alteza —respondió Seda en la lengua secreta.
La reina Porenn siguió con docilidad a la majestuosa reina de Cherek y a la silenciosa reina de Algaria, que
abandonaban ya el salón. Seda siguió a su reina con la mirada y en su rostro apareció de nuevo la expresión anterior,
como si se burlara de sí mismo.
—Los demás se van —le dijo Garion con tiento, mientras señalaba la puerta del otro extremo del salón, por la cual
salían en aquel preciso instante los reyes alorn.
—Está bien —asintió Seda, y abrió la marcha tras los soberanos con paso ágil.
Garion permaneció en la retaguardia del grupo mientras éste avanzaba por los pasadizos, bajo las corrientes de aire,
en dirección al salón del rey Eldrig. La voz seca de su mente dijo al muchacho que, si tía Pol lo veía era muy posible
que encontrara alguna buena razón para enviarlo lejos, a otra parte.
Mientras Garion remoloneaba al final del grupo, apareció por un instante un movimiento furtivo en uno de los
pasadizos secundarios. Solo llegó a captar la breve imagen de un hombre, un guerrero cherek de aspecto normal
enfundado en una capa verde oscuro, y enseguida dejó atrás la abertura lateral del pasadizo. Garion se detuvo y
volvió sobre sus pasos para echar un nuevo vistazo, pero el hombre de la capa verde ya había desaparecido.
Al llegar a la puerta del salón del rey Eldrig, tía Pol lo esperaba con los brazos cruzados.
—¿Dónde estabas? —preguntó al muchacho.
—Solo echaba un vistazo por ahí —respondió con toda la inocencia de que fue capaz.
—Entiendo —asintió ella. Se volvió a Barak y añadió—: Tal vez el consejo se prolongue bastante y Garion se va a
cansar mucho antes de que termine. ¿Hay algún lugar donde pueda entretenerse hasta la hora de la cena?
—¡Tía Pol! —protestó Garion.
—¿La armería, tal vez? —sugirió Barak.
—¿Qué podría hacer yo en una armería? —preguntó Garion. —¿Acaso prefieres el fregadero? —replicó tía Pol en
tono
mordaz.
—Pensándolo bien, creo que me gustaría ver la armería.
—Estaba segura de ello.
—La encontrarás en el fondo de este pasillo, Garion —indicó Barak—. Es la sala de la puerta roja.
—Ve allí, pues, querido —dijo tía Pol—, y ten cuidado de no cortarte ni nada parecido.
Con aire enfurruñado, Garion recorrió con lentitud el pasillo que le había indicado Barak. Meditó profundamente
sobre lo injusto de la situación; los centinelas apostados en el pasadizo ante las puertas del salón del rey Eldrig
hacían imposible incluso escuchar a escondidas. Garion suspiró y continuó su solitario camino hacia la armería.
No obstante, la otra parte de su mente estaba ocupada en cavilar sobre problemas distintos. Pese a su terca negativa a
aceptar la posibilidad de que el señor Lobo y la tía Pol fueran realmente Belgarath y Polgara, el comportamiento de
los reyes alorn evidenciaba que, por lo menos, éstos si lo creían. También estaba el asunto de la rosa que tía Pol le
había entregado a la reina Islena. Aparte de que las rosas no florecían en invierno, ¿cómo había sabido tía Pol que
Islena iba a regalarle la gran joya verde, para tener preparado también su presente, aquella misteriosa rosa? El
muchacho soslayó con deliberación la posibilidad de que su tía, sencillamente, hubiera creado la flor allí mismo, en
aquel instante.
El pasadizo por el que avanzaba Garion sumido en sus pensamientos estaba mal iluminado por un puñado de
antorchas instaladas en unos aros de hierro en las paredes. Desde ese corredor partían aquí y allá diversos pasillos
secundarios, aberturas lóbregas que se perdían al fondo en las tinieblas más absolutas. Casi había llegado ya a la
armería cuando escuchó un leve sonido en uno de los pasillos oscuros. Sin saber exactamente por qué, Garion
retrocedió hacia otra de las aberturas y aguardó allí.
El hombre de la capa verde apareció en el corredor iluminado y echó una mirada furtiva a su alrededor. Era un
hombre de aspecto normal con una barba corta de color de la arena y, probablemente, podría haber deambulado por
cualquier rincón del palacio sin atraer apenas la atención. Sin embargo, sus ademanes y sus movimientos sigilosos
denunciaban, más que cualquier palabra, que estaba haciendo algo que no debía. El individuo se escabulló por el
pasadizo en la misma dirección que había tornado Garion y el muchacho se refugió en la oscuridad protectora de su
escondrijo. Cuando volvió a asomar la cabeza con suma cautela, el hombre de la capa verde había desaparecido y le
resultó imposible determinar por cuál de los oscuros pasadizos secundarios había tornado.
La voz interior de Garion le dijo que, aunque le contara a alguien lo sucedido, nadie le prestaría atención.
Necesitaría algo más tangible que una mera sensación de inquietud y suspicacia si no quería aparecer como un tonto
delante de los demás. Lo único que podía hacer, por el momento, era mantener los ojos muy abiertos por si volvía a
ver al hombre de la capa verde.
A la mañana siguiente, que amaneció nevando, tía Pol, Seda, Barak y el señor Lobo volvieron a reunirse en consejo
con los reyes, y dejaron a Durnik al cuidado de Garion. Los dos se sentaron junto al fuego en el enorme salón de los
tronos, observando a las dos decenas de barbudos guerreros chereks que haraganeaban allí, dedicados a diversas
actividades para matar el rato. Unos afilaban sus espadas o sacaban brillo a sus corazas; otros comían o bebían,
aunque era todavía muy temprano; un grupo estaba concentrado en una interesante partida de dados y, por ultimo,
había varios que, sencillamente, dormían acuclillados en el suelo con la espalda contra la pared.
—Estos chereks parecen gente bastante ociosa —comentó Durnik a Garion en voz baja—. Todavía no he visto a
nadie que trabajara de verdad desde que llegamos, ¿y tú?
Garion movió la cabeza en señal de negativa.
—Creo que éstos son los soldados del rey —respondió, también en voz muy baja—. Supongo que no tienen
encomendada otra misión que la de estar pendientes de la llamada del monarca para que vayan a combatir contra
alguien.
Durnik frunció el entrecejo en gesto de desaprobación.
—Si es como tú dices, debe de ser una vida terriblemente aburrida —comentó.
—Escucha, Durnik —comentó Garion unos instantes más tarde—, ¿te has fijado en cómo se comportan entre ellos
Barak y su esposa?
—Es muy triste —asintió Durnik—. Seda me contó la historia ayer. Barak se enamoró de ella cuando los dos eran
muy jóvenes, pero ella pertenecía a una familia de alcurnia y no lo tomaba en serio.
—Entonces, ¿cómo fue que se casaron? —quiso saber el muchacho.
—Fue idea de la familia de ella —explicó Durnik—. Cuando Barak se convirtió en conde de Trellheim, los padres
de la chica decidieron que el matrimonio les proporcionaría una entrada valiosa en la aristocracia. Merel, la
muchacha, quiso oponerse, pero no le sirvió de nada. Seda me contó que, cuando ya estaban casados, Barak
descubrió que su esposa era en realidad una persona muy superficial; por supuesto, ya era demasiado tarde. Merel se
dedica a dar rienda suelta a su rencor tratando de herir a su marido y Barak pasa lejos de su casa todo el tiempo que
puede. —¿Tienen hijos?
—Dos niñas —asintió Durnik—, de unos cinco y siete años. Barak las quiere mucho, pero no puede verlas muy a
menudo.
—Ojalá pudiéramos hacer algo al respecto —dijo Garion con un suspiro.
—No debemos intervenir entre un hombre y su esposa —respondió Durnik—. Esas cosas no se hacen.
—¿Sabías que Seda está enamorado de su tía? —comentó el muchacho sin detenerse a pensar en lo que decía.
—¡Garion! —replicó Durnik con un tono de sorpresa en su voz—. Ese comentario es impropio de un chico como tú.
—Pero es verdad —insistió Garion, a la defensiva—. Desde luego, supongo que no es su tía carnal. Es la segunda
esposa de su tío y no es exactamente como si fuera de verdad su tía.
—Pero está casada con su tío —replicó Durnik con firmeza—. ¿Quién se ha inventado ese rumor escandaloso?
—No se lo ha inventado nadie —declaró el muchacho—. Yo mismo me fijé en su expresión cuando Seda hablaba
ayer con ella. Están muy claros sus sentimientos hacia la reina Porenn.
—Estoy seguro de que sólo son imaginaciones tuyas —replicó Durnik con gestos de desaprobación. Se puso de pie
y añadió—: Vamos a echar un vistazo por ahí. Así tendremos algo mejor que hacer que seguir sentados aquí
dedicados al chismorreo acerca de nuestros amigos. Esto es del todo impropio de hombres decentes.
—Está bien —asintió Garion enseguida, un poco avergonzado. Se incorporó y siguió a Durnik a través del salón
lleno de humo hasta salir al pasillo.
—Vamos a echar un vistazo a la cocina —propuso Garion.
—Y a la herrería, también —añadió Durnik.
Las cocinas reales eran enormes. Bueyes enteros estaban puestos a asar en los espetones y bandadas enteras de
gansos se cocían en lagos de salsa. Los estofados burbujeaban en calderos del tamaño de carretas y batallones de
hogazas de pan eran introducidas en unos hornos lo bastante grandes como para caber de pie en ellos. Al contrario
que la ordenada cocina de tía Pol en la hacienda de Faldor, en ésta reinaba el caos y la confusión. El cocinero jefe
era un hombre enorme de rostro encendido que gritaba sin cesar órdenes que nadie obedecía. Las dependencias eran
una confusión de gritos y amenazas y bromas de mal gusto. Uno de los cocineros asió desprevenido un cucharón que
había estado un rato al fuego y sus gritos despertaron la risa de los demás. Al otro de los cocineros le quitaron el
gorro y lo arrojaron adrede a un puchero de caldo hirviente.
—Vámonos a otra parte, Durnik —propuso el muchacho—. Esto no se parece en absoluto a lo que esperaba.
Durnik asintió y añadió en tono de desaprobación:
—La señora Pol no toleraría nunca tamaño alboroto.
En el pasillo de acceso a la cocina, una doncella de cabello rubio rojizo y vestido verde pálido con un escote muy
pronunciado paseaba ociosamente.
—Disculpe —se dirigió a ella Durnik con educación—, ¿podría indicarnos en que dirección queda la herrería?
La mujer lo miró con descaro de arriba abajo.
—¿Eres nuevo aquí? No te había visto nunca.
—Solo estamos de visita en la ciudad —respondió Durnik.
—¿De dónde sois? —preguntó ella.
—De Sendaria —dijo Durnik.
—Que interesante. Tal vez el muchacho podría encargarse del recado en tu lugar, así tú y yo podríamos ir a charlar
un rato —le propuso la mujer mirándolo desafiante.
Durnik carraspeó y se ruborizó hasta las orejas.
—¿La herrería? —preguntó de nuevo. La doncella lanzó una burlona risilla.
—En el patio que encontrarás al final de este pasadizo —respondió—. Suelo rondar por estos alrededores. Estoy
segura de que podrás encontrarme cuando termines con el herrero.
—Si —dijo Durnik—, estoy seguro de que si. Vamos, Garion. Continuaron por el corredor hasta salir a un patio
interior cubierto de nieve.
—¡Es vergonzoso! —murmuró Durnik, tenso y con las orejas todavía encendidas—. Esa muchacha no tiene el
menor sentido del recato. La denunciaría si supiera a quién.
—Sorprendente —asintió Garion, divertido en el fondo ante la turbación de Durnik.
Los dos cruzaron el patio entre la capa de nieve polvo. La herrería estaba al cuidado de un hombre enorme de barba
negra cuyos antebrazos eran tan gruesos como los muslos de Garion.
Durnik se presentó y pronto los dos herreros charlaban muy sueltos de su oficio bajo el acompañamiento de los
golpes estridentes del mazo. Garion advirtió que en lugar de los arados, picos y hoces que llenarían una herrería
sendaria, en las paredes de ésta colgaban espadas, lanzas y hachas de guerra. En una forja, un aprendiz batía con el
martillo unas puntas de lanza, y en otra, un hombre alto, delgado y tuerto trabajaba en una siniestra daga.
Durnik y el herrero continuaron su charla la mayor parte del resto de la mañana; Garion, mientras tanto, vagaba por
el patio interior y observaba el trabajo de los distintos artesanos. Había toneleros y carreteros, zapateros remendones
y carpinteros, talabarteros y cereros; todos trabajaban con gran energía para mantener la gran hacienda del rey
Anheg. Mientras los miraba, Garion mantuvo los ojos muy abiertos en busca del hombre de la barba del color de la
arena y la capa verde que había visto merodear la noche anterior. No era probable que el individuo estuviera allí,
donde todo el mundo se dedicaba a sus honrados oficios, pero él por si acaso se mantuvo alerta.
Hacia el mediodía, Barak fue a su encuentro y los condujo al gran salón, en el cual encontraron a Seda concentrado
en una partida de dados.
—Anheg y los demás desean mantener un encuentro privado esta tarde —dijo Barak—. Tengo que cumplir un
encargo y he pensado que os gustaría acompañarme.
—Tal vez no sea mala idea —respondió Seda, apartando sus ojos de la partida—. Los guerreros de tu primo juegan
muy mal a los dados y estoy tentado de hacer unas tiradas con ellos. Aunque tal vez sea mejor que no lo haga, pues
muchos hombres consideran una ofensa perder con un extranjero.
—Estoy seguro de que se alegrarían de dejarte jugar —respondió Barak con una sonrisa—. Tienen ni más ni menos
que las mismas posibilidades de ganar que tú.
—Eso es lo mismo que decir que el sol tiene las mismas posibilidades de salir por el este que por el oeste —replicó
Seda.
—¿Estás seguro de tu habilidad, amigo Seda? —preguntó Durnik.
—Estoy seguro de la suya —replicó Seda con una risilla, al tiempo que se incorporaba de un brinco—. Vámonos.
Empiezo a sentir un hormigueo en las yemas de los dedos y será mejor que los aleje de la tentación.
—Lo que tú digas, príncipe Kheldar —asintió Barak con una carcajada.
Todos se cubrieron con las capas de pieles y salieron del palacio. La nieve casi había dejado de caer y soplaba un
viento frío.
—Todo ese lío de nombres me tiene un poco confuso —expuso Durnik mientras caminaban hacia el barrio central
de Val Alorn—. Quería preguntaros acerca de ello. Tú, amigo Seda, también eres el príncipe Kheldar y, a veces, el
comerciante Amber de Kotu, y el señor Lobo también es llamado Belgarath. La señora Pol es también la Dama
Polgara o la duquesa de Erat. En mi tierra, la gente sólo tiene un nombre, por lo general.
—Los nombres son como los vestidos, Durnik —explicó Seda—. Nos ponemos el que más conviene a cada ocasión.
Los hombres honrados apenas tienen necesidad de ponerse ropas extrañas o utilizar nombres ajenos. En cambio,
quienes no somos tan honestos nos vemos obligados, a veces, a cambiar de indumentaria o de identidad.
—No me gusta oír a nadie sugerir que la señora Pol no es honrada —murmuró Durnik con voz enérgica.
—No pretendo mostrarme irrespetuoso —lo aplacó Seda—. Con la Dama Polgara no sirven las definiciones
simplistas y, cuando digo que no somos honrados, me refiero sólo a que el asunto que nos ocupa requiere a veces
que ocultemos nuestra identidad a gente que, además de malvada, es lista y tortuosa.
Durnik no pareció muy convencido, pero admitió la explicación.
—Tomemos por esta calle —repuso Barak—. Hoy no quiero pasar por el templo de Belar.
—¿Y eso? —preguntó Garion.
—Ando un poco retrasado con mis obligaciones religiosas —explicó Barak con semblante apenado— y preferiría
que el Sumo Sacerdote de Belar no me lo recordara. Su voz es muy penetrante y no me gustaría que me recriminase
en público, delante de toda la ciudad. Un hombre prudente no da nunca ocasión a que un sacerdote o una mujer le
recriminen en público.
Las calles de Val Alorn eran angostas y tortuosas, y sus antiguas casas de piedra eran altas y estrechas, con las
plantas superiores rematadas por voladizos. A pesar de la intermitente nevada y del viento helado, las calles
aparecían llenas de gente, la mayoría envuelta en prendas de pieles para protegerse del frío.
Se escuchaban muchos gritos alegres e intercambios de insultos y obscenidades. Dos ancianos de aspecto digno se
dedicaban a arrojarse bolas de nieve el uno al otro en mitad de una calle, bajo estentóreas exclamaciones de ánimo
de un grupo de espectadores.
—Son dos viejos amigos —explicó Barak con una sonrisa ancha—. Hacen esto cada día durante todo el invierno.
Muy pronto, los dos acudirán juntos a una cervecería y allí se emborracharán y cantarán viejas canciones hasta que
se caigan de sus sillas. Llevan años así.
—¿Y qué hacen en verano? —preguntó Seda.
—Se tiran piedras —respondió Barak—. Pero el beber y el cantar y el caerse de la silla continúa igual.
—Hola, Barak —saludó a éste una joven de ojos verdes desde una ventana—. ¿Cuándo vendrás a verme otra vez?
Barak levantó la vista y se ruborizó, pero no respondió.
—La señora te ha dicho algo, Barak —dijo Garion.
—Ya la oigo —replicó Barak con sequedad.
—Parece que te conoce —intervino Seda con una mirada irónica.
—Conoce a todo el mundo —respondió Barak, aún más ruborizado —. ¿Continuamos el paseo?
Al doblar otra esquina, apareció un grupo de hombres vestidos con pieles harapientas que desfilaban de uno en uno.
Sus andares presentaban un curioso balanceo a un lado y a otro y los transeúntes se apresuraban a abrirles paso.
— Salud, conde Barak —entonó el hombre que encabezaba la fila.
—Salud, conde Barak —repitieron los demás al unísono, sin dejar de mecerse.
Barak hizo una rígida inclinación de cabeza.
—Que el brazo de Belar te proteja —comentó el líder del grupo.
—Todo honor y toda gloria a Belar, dios Oso de Aloria —añadieron los demás.
Barak hizo una nueva reverencia y permaneció inmóvil hasta que la procesión hubo pasado.
—¿Quiénes eran? —quiso saber Durnik.
—Adoradores del Oso —explicó Barak con desprecio—. Fanáticos religiosos.
—Un grupo problemático —añadió Seda—. Tienen organizaciones por todos los reinos alorn. Son excelentes
guerreros, pero son también el instrumento del Sumo Sacerdote de Belar. Dedican el tiempo a celebrar ritos, a la
preparación militar y a intervenir en los asuntos políticos locales.
—¿Dónde está esa Aloria que han mencionado? —preguntó Garion.
—Está a nuestro alrededor —respondió Barak abriendo los brazos—. Aloria fue en un tiempo el conjunto de los
reinos alorn. Todos ellos formaban una nación y los Adoradores del Oso pretenden la reunificación.
—No parece un objetivo irrazonable —comentó Durnik.
—Aloria fue dividida por una razón —continuó Barak—. Era preciso proteger cierto objeto y la división de Aloria
era la mejor manera de conseguirlo.
—¿Tan importante era ese objeto?
—El más importante del mundo —asintió Seda—. Los Adoradores del Oso tienden a olvidarlo.
—Solo que, ahora, ese objeto ha sido robado, ¿no es eso? —añadió Garion al tiempo que la seca voz del fondo de su
mente le informaba de la relación entre lo que Barak y Seda acababan de explicar y el súbito cambio que había
experimentado su vida—. ¡Es la cosa que el señor Lobo está siguiendo!
Barak le dirigió una rápida mirada.
—El muchacho es más despierto de lo que había pensado, Seda —comentó con semblante serio.
—Es un chico listo —asintió Seda— y tampoco es tan difícil sumar dos y dos. —Su rostro de hurón tenía una
expresión grave—. Por supuesto, Garion, has dado en el clavo. Todavía no sabemos cómo, pero alguien ha
conseguido robar ese objeto. Si Belgarath da la orden, los reyes alorn removerán el mundo hasta la ultima piedra
para recuperarlo.
—¿Quieres decir que habrá guerra? —intervino Durnik, alarmado.
—Existen cosas peores que la guerra —respondió Barak con aire sombrío—. Podría ser una buena oportunidad para
acabar de una vez por todas con los angaraks.
—Esperemos que Belgarath pueda convencer a los reyes alorn para tomar otra opción —añadió Seda.
—Es preciso recuperar ese objeto —insistió Barak.
—Desde luego —asintió Seda—, pero hay otros modos de hacerlo y, además, una calle pública no me parece el
lugar más adecuado para discutir nuestras alternativas.
Barak lanzó una mirada a su alrededor con los ojos entrecerrados.
Habían llegado ya al puerto; los mástiles de las naves chereks se apiñaban como los árboles de un bosque. Cruzaron
un puente sobre un río helado y llegaron a unos grandes astilleros donde las armazones de varias naves estaban
apoyadas en la nieve.
Un hombre cojo con un guardapolvo de cuero salió de un bajo edificio de piedra situado en el centro de uno de los
astilleros y los observó acercarse.
—Hola, Krendig —lo saludó Barak.
—Hola, Barak —respondió el hombre.
—¿Qué tal va el trabajo?
—En esta época, muy lento —respondió Krendig—. No hace buen tiempo para trabajar la madera. Mis artesanos
preparan los accesorios y sierran las cubiertas, pero no podremos hacer mucho más hasta la primavera.
Barak asintió y caminó unos metros para pasar la mano por la madera nueva de una proa que se alzaba de la nieve.
—Krendig está construyendo esta nave para mi —dijo, dando unas palmaditas en la proa—. Será el mejor barco que
exista.
—Si tus remeros son bastante fuertes para moverlo —añadió Krendig—. Será muy grande, Barak, y pesará mucho.
—Entonces, la llenaré de hombres muy grandes —dijo Barak, mientras miraba todavía las costillas de la futura
nave.
Garion escuchó un grito alegre procedente de la ladera que se alzaba detrás de los astilleros y levantó la vista al
instante. Varios jóvenes se deslizaban ladera abajo sobre unas planchas lisas. Era evidente que Barak y los demás
iban a pasar casi toda la tarde hablando del barco y, aunque el tema podía ser muy interesante, Garion se dio cuenta
de que llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie de su edad. Se alejó del resto del grupo y llegó hasta el pie de la
colina, donde se detuvo a observarlos.
Una chica rubia en particular llamó su atención. En algunos aspectos le recordó a Zubrette; si bien eran diferentes.
Mientras que Zubrette era menuda, la muchacha era tan grande como un chico… aunque resultaba evidente que no lo
era. Su risa tenía un timbre de profunda alegría y, mientras se deslizaba por la pendiente con sus largas trenzas al
viento bajo el frío aire de la tarde, sus mejillas lucían sonrosadas.
—Parece muy divertido —dijo Garion cuando el improvisado trineo de la muchacha vino a detenerse cerca de él.
—¿Te gustaría probar? —preguntó ella mientras se incorporaba y se sacudía la nieve de su vestido de lana.
—No tengo trineo —respondió él.
—Te dejaré usar el mío —respondió la muchacha, y le dirigió una mirada socarrona—, si me das algo a cambio.
—¿Y qué quieres que te dé? —preguntó Garion.
—Ya pensaremos algo —replicó ella, con otra mirada descarada—. ¿Cómo te llamas?
—Garion.
—Qué nombre tan raro. ¿Eres de aquí? —No. Soy de Sendaria.
—¿Un sendario? ¿En serio? —En los ojos azules de la niña brilló una chispa—. No había visto nunca ninguno. Me
llamo Maidee.
Garion inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Quieres usar mi trineo? —preguntó Maidee. —Me gustaría probar —asintió Garion.
—Te lo dejaré… a cambio de un beso.
Garion se ruborizó hasta las orejas y Maidee se echo a reír.
Un chico grande, pelirrojo y vestido con una larga túnica, se deslizó por la pendiente nevada hasta detenerse cerca
de la pareja y se irguió en el trineo con una expresión iracunda en el rostro.
—Maidee, apártate de ahí —ordenó.
—¿Y si no quiero? —replicó ella.
El pelirrojo avanzó con aire amenazador hacia Garion.
—¿Qué haces tú aquí? —exigió saber.
—Hablaba con Maidee —respondió Garion.
—¿Quién te ha dado permiso? —preguntó el pelirrojo. Era un poco más alto y un poco más corpulento que Garion.
—No tengo por qué pedir permiso a nadie —replicó Garion. El pelirrojo lo miró con odio y tensó sus músculos en
un nuevo gesto amenazador.
—Puedo darte una paliza si quiero —proclamó.
El muchacho se sentía belicoso y Garion comprendió que era inevitable una pelea. Los preliminares —bravatas,
insultos y demás— se prolongarían probablemente durante varios minutos más, pero sin duda la pelea se iniciaría
tan pronto como el muchacho de la túnica larga se hubiera excitado lo suficiente. Garion decidió no esperar. Cerró el
puño y golpeó al pelirrojo en plena nariz.
El golpe fue certero y el muchacho retrocedió tambaleándose hasta caer sentado pesadamente en la nieve. Se llevó la
mano a la nariz y la retiró con una brillante mancha roja.
—¡Estoy sangrando! —exclamó con un gemido acusador—. Me has hecho sangrar por la nariz.
—Parará en unos minutos —respondió Garion.
—¿Y si no es así?
—Las hemorragias nasales no duran una eternidad —le aseguró Garion.
—¿Por qué me has pegado? —preguntó el pelirrojo, lloroso, mientras se sorbía la nariz—. Yo no te había hecho
nada.
—Todavía no, pero ibas a hacerlo —replicó Garion—. Ponte nieve y no seas tan crío.
—Me sigue sangrando —insistió el muchacho.
—Ponte nieve en la nariz —repitió Garion.
—¿Y si no deja de sangrar?
—Entonces, lo más probable es que mueras desangrado —respondió Garion con crudeza. Era un truco que había
aprendido de tía Pol y resultó tan efectivo en el muchacho cherek como en Doroon y Rundorig. El pelirrojo lo miró
y, tras un enérgico parpadeo, tomó un puñado de nieve y se lo aplicó en la nariz.
—¿Todos los sendarios sois tan crueles? —preguntó Maidee. —No conozco a toda la gente de Sendaria —respondió
Garion.
El encuentro con los chicos no había salido nada bien y, apenado, dio media vuelta e inició el regreso hacia el
astillero.
—Garion, espera —dijo entonces Maidee. La muchacha corrió tras él y lo agarró del brazo—. Te olvidabas del beso
—murmuró, y acto seguido, le echo los brazos al cuello y le dio un sonoro beso en los labios—. Ya está —dijo
después, y se dio la vuelta y echó a correr pendiente arriba, con las doradas trenzas a su espalda tan agitadas como
su risa.
Barak, Seda y Durnik se reían también a grandes carcajadas cuando Garion regreso.
—Ahora tendrías que ir tras ella —comentó Barak.
—¿Para qué? —preguntó Garion, ya ruborizado ante tantas risas.
—Ella quería que tú la alcanzaras. —No entiendo…
—Barak —intervino Seda—, creo que alguno de nosotros tendrá que informar a la Dama Polgara de que nuestro
Garion necesita conocimientos sobre ciertos temas.
—Tú eres muy hábil con las palabras, Seda —replicó Barak—. Estoy seguro de que eres el más indicado para hablar
con ella.
—¿Por qué no echamos a suertes con los dados quién tendrá el privilegio? —sugirió Seda.
—Ya te he visto arrojar los dados otras veces, Seda —replicó Barak con una risotada.
—También podríamos quedarnos aquí un rato más, simplemente —dijo Seda con un tonillo irónico—. Imagino que
esa nueva compañera de juegos de Garion estaría muy contenta de completar su educación y, de este modo, no
tendríamos que molestar a la Dama Polgara con el asunto.
A Garion le ardían las orejas.
—No soy tan idiota como pensáis —replicó acaloradamente—. Ya sé de qué habláis y no es preciso que le contéis
nada de lo sucedido a tía Pol.
El muchacho se alejó a grandes zancadas, dando furiosas patadas a la nieve.
Cuando Barak acabó la conversación con el constructor naval empezaba a oscurecer sobre el puerto. El grupo
emprendió entonces el regreso hacia palacio. Garion caminó detrás de todos con aire hosco, ofendido todavía por sus
risas. Las nubes que habían cubierto el sol desde su llegada a Val Alorn habían empezado a abrirse y se apreciaban
ya retazos de cielo despejado. Aquí y allá, se veía titilar alguna estrella mientras la noche caía lentamente sobre las
calles nevadas. La suave luz de las velas comenzaba a brillar en las ventanas y los escasos transeúntes se
apresuraban a volver a casa antes de que fuera de noche cerrada.
Garion, aún remoloneando detrás de los adultos, vio a dos hombres que entraban por una puerta ancha sobre la cual
habían pintado un tosco rótulo con un racimo de uvas. Uno de ellos era el hombre de barba de color de arena y capa
verde que había visto en palacio la noche anterior. El segundo individuo llevaba una capucha oscura y Garion notó
un hormigueo, pues la silueta le resultaba familiar. Aunque no le podía ver el rostro, no era necesario. Garion y el
encapuchado habían estado frente a frente demasiadas veces para que el muchacho tuviera la menor duda. Como en
todas las ocasiones anteriores, sintió aquel extraño freno interior, casi como si un dedo fantasmal se posara en sus
labios pidiéndole sigilo. El hombre encapuchado era Asharak y, aunque la presencia del murgo en aquel lugar era
muy importante, a Garion le resultó imposible, por alguna extraña razón, comentar el asunto con los otros. Observó
a los dos hombres durante un instante más y luego echo a correr hasta alcanzar a sus amigos. Luchó por vencer el
impulso que le sellaba los labios y luego intentó enfocar el tema desde otro ángulo.
—Barak —preguntó a éste—, ¿hay algún murgo en Val Alorn?
—No hay un solo murgo en Cherek —respondió Barak—. Los angaraks tienen prohibida la entrada en el reino bajo
pena de muerte. Es nuestra ley más antigua, establecida por el propio Cherek Hombros de Oso. Dime, ¿por qué lo
preguntas?
—Por nada —respondió Garion sin convicción. Su mente gritaba la necesidad de hablarles de Asharak, pero su
lengua seguía paralizada.
Por la noche, reunidos todos a la mesa en el salón central del rey Anheg delante de un gran banquete, Barak
entretuvo a los asistentes con un relato a todas luces exagerado del encuentro de Garion con los jóvenes de la colina.
—Le lanza un gran golpe —explicó en tono grandilocuente—, digno del más poderoso guerrero y preciso en la
diana de la nariz del adversario. Mana la roja sangre y el enemigo queda desalentado y vencido. Como un héroe,
Garion se acerca al derrotado y, como un verdadero héroe, no se ufana ni ridiculiza al oponente caído, sino que le
ofrece consejo para detener el reguero carmesí. Luego, con digna sencillez, abandona el campo, pero la doncella de
ojos brillantes no le deja marchar sin recompensarlo por su valor. Aprieta el paso, va tras él y cierra con ardor sus
níveos brazos en torno a su cuello. Y allí mismo le otorga amorosamente ese único beso que es la mayor recompensa
para el héroe. Los ojos de la muchacha arden de admiración y su casto pecho se hincha con una pasión recién
despertada. Pero el recatado Garion, todo inocencia, se aleja y escoge no reclamar esas otras dulces recompensas
que el tierno gesto de la gentil doncella tan claramente ofrece. Y así termina la aventura con nuestro héroe
paladeando la victoria pero, tierno y considerado, declina la auténtica compensación por la victoria.
Los guerreros y reyes sentados a la gran mesa soltaron grandes carcajadas y dieron palmadas en la mesa, en sus
rodillas y en las espaldas de sus vecinos de asiento, regocijados ante la narración de Barak. Las reinas Islena y Silar
le dirigieron una sonrisa benévola y la reina Porenn se rió sin reparos. En cambio, Merel mantuvo su pétrea
expresión y un aire de ligero desprecio mientras contemplaba a su esposo.
Garion permaneció sentado con el rostro encendido y los oídos asediados por los gritos, sugerencias y consejos.
—¿De veras fue así como sucedieron las cosas, sobrino? —preguntó el rey Rhodar a Seda, mientras enjugaba las
lágrimas de las mejillas.
—Más o menos —respondió Seda—. La narración del conde Barak ha sido magistral, aunque bastante adornada.
—Deberíamos hacer venir a un juglar —intervino el conde de Seline—. Esta hazaña debe ser inmortalizada en una
canción.
—No te burles de él —dijo la reina Porenn, al tiempo que dirigía una mirada comprensiva a Garion.
La tía Pol no parecía nada divertida. Cuando se volvió hacia Barak, su mirada era helada.
—¿No es extraño que tres hombres adultos no sean capaces de impedir que un muchacho se meta en líos? —
preguntó, enarcando una ceja.
—Sólo fue un golpe, mi dama —protestó Seda—, y sólo un beso, después de todo.
—¿De veras? —replicó ella—. ¿Y qué va a ser la próxima vez? ¿Un duelo a espada, quizás, y luego otra estupidez
aún mayor?
—No hubo ningún riesgo real, señora Pol —le aseguró Durnik.
Tía Pol sacudió la cabeza y murmuró:
—Pensaba que por lo menos tú, Durnik, sabrías comportarte razonablemente. Ahora veo que me equivocaba.
De pronto, Garion se sintió furioso ante los comentarios de tía Pol. Parecía que ella siempre estaba dispuesta a
tomarlo todo de la peor manera posible. El resentimiento puso al muchacho al borde de la abierta rebelión. ¿Qué
derecho tenía ella a decir nada acerca de sus actos? Al fin y al cabo, no existía ningún vínculo entre los dos y él
podía hacer lo que le viniera en gana sin pedir permiso a la mujer.
Lanzó una hosca mirada de rabia a tía Pol. Ella la captó y se la devolvió con una expresión de finalidad que casi
parecía desafiarlo.
—¿Y bien? —preguntó la mujer.
—Nada —respondió lacónicamente el muchacho.
Fresca y despejada, la mañana siguiente amaneció con un cielo de intenso color azul y un sol deslumbrante que se
reflejaba sobre las blancas cimas que se alzaban detrás de la ciudad. Después del desayuno, el señor Lobo anunció
que él y la tía Pol volverían a reunirse en privado con Fulrach y los reyes alorn.
—Buena idea —dijo Barak—. Las meditaciones sombrías son muy indicadas para los reyes. Sin embargo, salvo que
uno tenga obligaciones reales que atender, hace un día demasiado espléndido para desperdiciarlo entre cuatro
paredes.
Dirigió una sonrisa burlona a su tío. El rey Anheg, tras lanzar una mirada de añoranza por la ventana próxima a él,
respondió:
—Posees una vena de crueldad en tu carácter que no había sospechado hasta hoy, Barak.
—¿Todavía se acercan los jabalíes hasta las lindes del bosque? —preguntó Barak.
—Piaras enteras —asintió Anheg, aún más desconsolado.
—He pensado que podría tomar unos cuantos hombres y salir a ver si podemos reducir un poco su número —dijo
Barak con una sonrisa todavía más radiante.
—Estaba casi seguro de que tenías en la cabeza algo así —respondió Anheg, malhumorado, mientras se rascaba la
descuidada barba.
—Te estoy haciendo un servicio, Anheg —insistió Barak—. No querrás que tu reino sea invadido por los animales
salvajes, ¿verdad?
Rhodar, el obeso rey de Drasnia, soltó una gran carcajada.
—Anheg, creo que te ha pillado —comentó.
—Siempre lo hace —asintió Anheg con voz agria.
—Yo dejo con gusto tales actividades a hombres más jóvenes y en forma —dijo Rhodar al tiempo que se daba unas
palmadas en su enorme barriga con ambas manos—. No hago ascos a una buena cena, siempre que no haya tenido
que luchar con ella primero. Yo resulto un blanco demasiado bueno. Ni el jabalí más ciego del mundo tendría
muchos problemas para encontrarme.
—Bien, Seda —dijo Barak —, ¿qué me dices? —No hablarás en serio —replicó Seda.
—Es preciso que vayas, príncipe Kheldar —insistió la reina Porenn—. Alguien tiene que representar el honor de
Drasnia en esta empresa. —Una expresión de pena asomó en el rostro de Seda—. Puedes ser mi campeón —añadió
la reina con un pronunciado brillo en sus ojos.
—¿Ya has estado leyendo otra vez esos cantares de gesta arendianos, Alteza? —preguntó ácidamente Seda.
—Considéralo una orden real —dijo ella—. Un poco de aire fresco y de ejercicio no te vendrán mal. Empiezas a
tener mal color.
Seda hizo una reverencia cargada de ironía.
—Cumpliré tus deseos, Alteza —respondió—. Supongo que, si las cosas se ponen mal, siempre puedo subirme a un
árbol.
—¿Qué dices tú, Durnik? —preguntó Barak.
—No sé gran cosa de la caza, amigo Barak —respondió Durnik, titubeante—, pero te acompañaré si lo deseas.
—¿Mi señor? —preguntó Barak al conde de Seline en tono cortés.
—No, gracias, conde Barak —dijo el de Seline con una carcajada—. Hace años que se me pasó el entusiasmo por
ese deporte. De todos modos, gracias por la invitación.
—¿Hettar? —inquirió Barak al larguirucho algario. Éste se volvió rápidamente hacia su padre.
—Ve con ellos, Hettar —dijo Cho-Hag con su suave voz—. Estoy seguro de que el rey Anheg me cederá un
guerrero que me ayude a caminar.
—Yo mismo lo haré, Cho-Hag —se ofreció Anheg—. Cargas más pesadas he transportado.
—En tal caso, iré contigo, conde Barak —contestó entonces Hettar—. Y gracias por preguntarme. —Hettar tenía
una voz profunda y resonante pero muy suave, de gran parecido con la de su padre.
Barak consultó por ultimo a Garion.
—¿Y bien, muchacho?
—¿Te has vuelto completamente loco, Barak? —exclamó tía Pol—. ¿No lo metiste ya en suficientes problemas
ayer?
Aquélla fue la gota que colmó el vaso. La súbita alegría que había experimentado ante la invitación de Barak se
convirtió en rabia. Garion hizo rechinar los dientes y olvidó toda prudencia.
—Si Barak no cree que vaya a ser un estorbo, me gustará acompañarlos —proclamó, desafiante.
Tía Pol lo miró con una repentina expresión de gran dureza en
los ojos.
—A tu cachorro le están saliendo los dientes, Pol —comentó el señor Lobo con una risilla.
—Cállate, padre —respondió tía Pol, con su mirada colérica clavada aún en el muchacho.
—Esta vez no, señorita —declaró el anciano con un atisbo de férrea decisión en su voz—. El muchacho ha tomado
una decisión y no vas a humillarlo obligándolo a desdecirse de ella. Garion ya no es un niño. Quizá no te hayas dado
cuenta, pero ya casi tiene la altura de un hombre y empieza a aumentar de peso. Pronto cumplirá los quince años,
Pol. Algún día tendrás que empezar a aflojar las riendas y ésta es una ocasión tan buena como cualquier otra para
que empieces a tratarle como a un adulto.
Pol lo miró durante unos segundos y por fin, con una engañosa docilidad, respondió:
—Como tú digas, padre. Pero estoy segura de que más tarde podremos volver a hablar sobre este tema… en privado.
El señor Lobo dio un respingo.
Después, tía Pol se volvió hacia Garion.
—Procura tener cuidado, querido —le dijo—. Y cuando regreses hablaremos largo y tendido sobre todo esto,
¿verdad?
—¿Precisará mi señor de mi ayuda para vestirse las ropas de caza? —preguntó Merel con los mismos modales
altivos y pomposos que siempre utilizaba con Barak.
—No será necesario, Merel —respondió Barak.
—No querría desatender ninguna de mis obligaciones —insistió ella.
—Olvídalo, Merel. Ya has cumplido con tu papel.
—Entonces, ¿tengo permiso de mi señor para retirarme?
—Lo tienes —se limitó a contestar él.
—Tal vez las damas quieran acompañarme —intervino la reina Islena—. Consultaremos los augurios para ver si
podemos predecir el resultado de la cacería.
La reina Porenn, que estaba algo retrasada respecto a la reina de Cherek, levantó los ojos al cielo con aire de
resignación. La reina Silar le dirigió una sonrisa.
—Vámonos, pues —dijo Barak por fin—. Los jabalíes nos esperan.
—Con sus colmillos afilados, sin duda —añadió Seda.
Barak los condujo hasta la puerta roja de la armería, donde se les unió un hombre con aspecto de oso pardo, de
hombros extraordinariamente anchos y con una indumentaria de cuero de toro con varias placas de metal atadas a
ella.
—Este es Torvik —dijo Barak al presentar al hombre de aspecto de oso—. Es el montero jefe de Anheg y conoce
por su nombre a cada uno de los jabalíes del bosque.
—Mi señor Barak es demasiado amable —respondió Torvik con una inclinación de cabeza.
—¿Qué debe hacer uno en las cacerías de jabalíes, amigo Torvik? —preguntó Durnik—. No he participado en
ninguna hasta hoy.
—Es muy sencillo —explicó Torvik—. Yo llevo a mis monteros al bosque y, a base de ruidos y gritos, conducimos
a los animales. Tú y los demás cazadores los esperáis con esto —indicó un montón de lanzas fuertes, de punta
ancha, especiales para la caza del jabalí—. Cuando el animal lo ve a uno en su camino, carga contra él e intenta
matarlo con sus colmillos; cuando se lanza sobre el cazador, éste lo mata con la lanza.
—Entiendo —murmuró Durnik, no muy convencido—. No parece un sistema muy complicado.
—Llevamos cotas de malla, Durnik —intervino Barak —. Nuestros cazadores pocas veces reciben heridas de
consideración.
—Ese «pocas veces» da la impresión de que tal resultado se produce con inquietante frecuencia, Barak —comentó
Seda, pasando un dedo por una cota de malla colgada de una percha junto a la puerta.
—Ningún deporte resulta entretenido sin un cierto elemento de riesgo —replicó Barak, encogiéndose de hombros
mientras sopesaba una de las lanzas.
—¿No has pensado nunca en cambiarlo por las partidas de dados?
—Con tus dados, nunca, amigo mío —dijo Barak con una carcajada.
Empezaron a enfundarse las cotas de malla mientras los monteros de Torvik transportaban varios haces de lanzas de
caza a los trineos que esperaban en el patio nevado del palacio.
Garion encontró que la indumentaria de protección era muy incómoda. Los aros de acero se le clavaban en la piel
pese al grosor de sus ropas y, cada vez que trataba de cambiar de postura para aliviar la presión de alguno de ellos,
otra media docena se le clavaba en otra zona del cuerpo. La temperatura era muy fría cuando montaron en los trineos
y las capas de pieles habituales no parecían capaces de contrarrestarla.
Avanzaron por las calles estrechas y serpenteantes de Val Alorn hacia la gran puerta del oeste, situada en el lado de
la ciudad opuesto al puerto. El aliento de los caballos formaba grandes nubes en el aire helado.
La anciana ciega y harapienta del templo surgió del umbral de una puerta al paso de la comitiva bajo el brillante sol
matinal.
—Salud, conde Barak —graznó la mujer—. Tu Destino está cerca. Probarás su sabor antes de que el sol de esta
jornada encuentre su lecho.
Sin una palabra, Barak se puso en pie en el trineo, asió una lanza de caza y la arrojó con mortífera precisión al
corazón mismo de la vieja.
Con sorprendente rapidez, la vieja bruja alzó su bastón y desvió la lanza en el aire.
—De nada te servirá intentar matar a la vieja Martje —dijo con una carcajada de mofa y desprecio—. Tu lanza no la
herirá, ni tampoco tu espada. Ve, Barak, tu Destine te aguarda. —Tras esto, se volvió hacia el trineo donde se
encontraba Garion, sentado junto al desconcertado Durnik—. Salud, Señor de los Señores —entonó Martje—. El
peligro que hoy correrás será grande, pero sobrevivirás a él. Y será ese peligro lo que pondrá de manifiesto la marca
de la bestia que constituye el Destino de tu amigo Barak.
Tras estas palabras, la vieja hizo una reverencia y se escabulló antes que Barak pudiera echar mano de otra lanza.
—¿A qué se refiere esa mujer, Garion? ¿Qué era todo eso que dijo? —quiso saber Durnik, con la sorpresa todavía en
los ojos.
—Según Barak, es una vieja ciega que no está en sus cabales —explicó Garion—. Ya salió a nuestro encuentro
cuando llegábamos a Val Alorn y acudíamos a palacio, algo rezagados.
—¿Qué era todo ese parloteo sobre el destino? —inquirió Durnik con un escalofrío.
—No lo sé —respondió Garion—. Barak no quiso explicarlo.
—Es un mal presagio, recién levantada la mañana —murmuró el herrero—. Estos chereks son gente extraña.
Garion asintió, completamente de acuerdo.
Más allá de la puerta occidental de la ciudad había campos abiertos que brillaban, blancos y destelleantes, bajo la
intensa luz del sol matutino. El grupo cruzó los campos hacia las oscuras lindes del bosque, a un par de leguas de
distancia, levantando grandes cortinas de nieve polvo tras los veloces trineos.
A lo largo del camino vieron varias haciendas casi cubiertas por la nieve. Los edificios estaban hechos de madera y
tenían techos muy inclinados, también de madera.
—Esa gente parece indiferente al peligro —dijo Durnik—. Desde luego, yo no viviría en una casa de madera, con la
posibilidad de un incendio y todo eso.
—En cualquier caso, estamos en un país distinto del nuestro —replicó Garion—. No podemos esperar que todo el
mundo viva exactamente como lo hacemos en Sendaria.
—Supongo que no —suspiró Durnik—, pero te confieso que no me siento muy cómodo en esta tierra. Hay personas
que no están hechas para viajar. A veces desearía no haber salido nunca de la hacienda de Faldor.
—Lo mismo me pasa a mi, en algunos momentos —reconoció Garion con la vista puesta en las enormes montañas
que parecían levantarse del bosque que tenían delante—. Pero algún día todo terminará y podremos volver a casa
otra vez.
Durnik asintió y exhaló un nuevo suspiró.
Cuando al fin penetraron en el bosque, Barak había recuperado ya el ánimo y el buen humor y se dedicó a apostar a
los cazadores como si nada hubiese sucedido. Con la nieve hasta las pantorrillas, condujo a Garion hasta un gran
árbol a cierta distancia de las estrechas huellas dejadas por los trineos.
—Éste es un buen lugar —anunció—. Aquí hay un sendero utilizado por los venados y tal vez los jabalíes lo
empleen para intentar escapar del estruendo de Torvik y sus hombres. Cuando se presente uno, asienta los pies en el
suelo y sostén la lanza con la punta dirigida hacia el pecho del animal. Los jabalíes no ven demasiado bien y se
arrojará sobre tu lanza antes de que se dé cuenta de tu presencia. Después, lo mejor que puedes hacer es ocultarte
enseguida tras un árbol. A veces, la lanza los pone muy furiosos.
—¿Y si no acierto? —preguntó Garion.
—Mas vale que no lo hagas —le aconsejó Barak—. No es una idea demasiado buena.
—No quiero decir que vaya a fallar a propósito —replicó Garion—. ¿Qué hará el jabalí? ¿Tratará de huir de mi o
qué?
—A veces intenta escapar —explicó Barak—, pero yo no contaría con ello. Lo mas probable es que trate de partirte
en dos con los colmillos. Si así sucede, el mejor recurso suele ser encaramarse a un árbol.
—Lo recordaré muy bien —afirmó Garion.
—No estaré muy lejos si tienes algún problema —le prometió Barak, y le entregó un par de lanzas. Después, volvió
al trineo y el grupo se alejó, dejando a Garion a solas debajo de un gran roble.
El bosque estaba en sombras entre los oscuros troncos de los árboles y hacía un frío penetrante. Garion deambuló un
rato por la nieve en busca del mejor lugar para esperar al jabalí. El sendero de los venados que Barak había indicado
era una pista llena de pisadas que serpenteaba entre los oscuros arbustos y Garion no pudo menos que alarmarse al
ver el gran tamaño de las huellas impresas en la nieve. El roble, con sus ramas bajas extendidas a los costados,
empezaba a parecer acogedor, pero el muchacho desechó con resolución tal pensamiento. Se suponía que debía
mantener el campo y resistir la carga del jabalí, y decidió que prefería morir antes que esconderse en las ramas de un
árbol como un niño asustado.
La voz áspera del fondo de su mente le aviso que dedicaba demasiado tiempo a preocuparse de detalles como aquél.
Hasta que fuera un adulto, nadie lo consideraría un hombre: ¿por que, entonces, tenía que molestarse en intentar
parecer valiente si de todos modos no le serviría de nada?
Ahora, el bosque estaba muy silencioso y la nieve contribuía a amortiguar todos los sonidos. No se oía ningún trino
y sólo se escuchaba, de vez en cuando, el sonido ahogado de una masa de nieve al deslizarse desde las ramas
excesivamente cargadas hasta el suelo, al pie del tronco. Garion se sintió terriblemente solo. ¿Qué estaba haciendo
allí? ¿Qué había llevado a un muchacho sendario, juicioso y serio como él, hasta aquellos bosques interminables de
Cherek, a la espera de la carga de un furioso cerdo salvaje con la única compañía de un par de lanzas que no
dominaba? ¿Qué le había hecho el pobre animal? Garion se dio cuenta de que ni siquiera le gustaba especialmente el
sabor del cerdo.
Estaba a cierta distancia del sendero del bosque por el cual habían pasado los trineos; apoyó la espalda en el tronco
del roble, se estremeció y esperó.
No se dio cuenta del tiempo que llevaba escuchando el sonido hasta que cobró plena conciencia del mismo. No era
el traqueteo apresurado y chillón del esperado jabalí, sino el paso medido de varios caballos que avanzaban con
lentitud por el bosque nevado, y procedía de detrás de su posición. Con cautela, asomó la cara tras el tronco del
árbol.
Tres jinetes envueltos en pieles surgieron de entre los árboles al otro lado del sendero hollado por los trineos, se
detuvieron y aguardaron. Dos de ellos eran guerreros barbudos, en nada distintos de las decenas de hombres
parecidos que Garion había visto en el palacio del rey Anheg. El tercer jinete, en cambio, tenía el cabello largo de
color pajizo y no llevaba barba. Aunque era un hombre de mediana edad, sus facciones tenían el aire hosco y
malhumorado de un niño consentido, y permaneció en la silla de su montura con un ademán desdeñoso, como si la
compañía de los otros dos fuera una ofensa para él.
Al cabo de un rato, llegó el ruido de otro caballo procedente de las lindes del bosque. Garion aguardó, con la
respiración contenida. El nuevo jinete se acercó despacio a los tres que esperaban al borde de la arboleda. Era el
hombre de la capa verde que Garion había visto escabullirse por los pasillos del rey Anheg dos noches antes.
—Mi señor —dijo respetuoso el hombre de la capa verde al llegar junto a los otros tres.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó con voz enérgica el hombre de cabello pajizo.
—El conde Barak se llevó a algunos de sus invitados a cazar jabalíes esta mañana. Tomaron el mismo camino que
yo y no he querido seguirlos demasiado de cerca.
El noble emitió un áspero gruñido.
—Los hemos visto en el interior del bosque —dijo—. Bien, ¿qué has oído?
—Muy poco, mi señor. Los reyes están celebrando reuniones con el anciano y la mujer en una cámara protegida. No
puedo acercarme lo suficiente para escuchar lo que hablan.
—Te pago buen oro para que te acerques lo suficiente. Tengo que saber qué discuten. Vuelve al palacio y encuentra
una manera de enterarte de qué traman.
—Lo intentaré, mi señor —dijo el hombre de la capa verde, con una reverencia un tanto rígida.
—Harás más que intentarlo —replicó el de cabello pajizo. —Como digas, mi señor —asintió el otro al tiempo que
hacía
dar media vuelta a su caballo.
—Espera —ordenó el noble—. ¿Has podido reunirte con nuestro amigo?
—Con tu amigo, mi señor —le corrigió el otro, tirando de las riendas para volverse otra vez—. Sí, me reuní con él y
fuimos a una taberna a charlar un rato.
—¿Qué dijo?
—Nada demasiado concreto. Es lo normal entre los de su raza.
—¿Se verá con nosotros como dijo que haría?
—Me dijo que lo haría. Si quieres creerle, es asunto tuyo, mi señor.
El noble no hizo caso del comentario y continuó sus preguntas:
—¿Quién llegó con el rey de los sendarios?
—El anciano y la mujer, otro viejo que debe de ser algún noble sendario, el conde Barak y un drasniano de cara de
hurón, además de otro sendario, un plebeyo, supongo.
—¿Eso es todo? ¿No iba también con ellos un muchacho? —No pensaba que el muchacho fuera importante —
respondió
el espía, encogido de hombros. —Entonces, ¿está en el palacio?
—Si, mi señor. Es un muchachito sendario corriente de unos catorce años, calculo. Es una especie de criado de la
mujer.
—Muy bien. Regresa a palacio y acércate a esa sala de reuniones lo bastante como para enterarte de lo que hablan
los reyes y el anciano.
—Puede resultar muy peligroso, mi señor.
—Mas peligro correrás si no lo haces. Ahora, vete antes de que ese simio de Barak vuelva y te encuentre
remoloneando por aquí.
El noble hizo dar media vuelta a su montura y, seguido de sus dos guerreros, se sumergió de nuevo en el bosque al
otro lado del sendero nevado que zigzagueaba entre los troncos umbríos.
El hombre de la capa verde aguardó unos instantes observando al trío con expresión torva y luego desapareció por
donde había venido.
Garion se levantó de su posición en cuclillas tras el árbol. Tenía las manos apretadas en torno al asta de la lanza con
tal fuerza que le dolían. Aquello había ido ya demasiado lejos, se dijo. Era preciso llevar el asunto a la atención de
alguien.
En ese instante, a cierta distancia en las profundidades nevadas del bosque, escuchó el sonido de los cuernos de caza
y el estrépito metálico de las espadas al batir rítmicamente sobre los escudos. Los monteros se acercaban,
empujando a todos los animales del bosque delante de ellos.
Oyó un crujir entre los arbustos y un gran ciervo macho apareció ante su vista de un salto, con la mirada loca de
pánico y una enorme cornamenta en lo alto de la testuz. Con tres ágiles saltos, el ciervo desapareció. Garion se
estremeció de excitación.
Acto seguido, acompañada de unos crujidos y de un agudo chillido, una hembra de jabalí de ojos encendidos
apareció en el sendero seguida de media docena de jabatos que corrían cuanto podían. Garion se refugió detrás del
tronco y los dejó pasar.
Los siguientes chillidos sonaron más graves y cargados no tanto de miedo como de rabia. Era el macho. Garion tuvo
esa certeza antes incluso de que el animal irrumpiera entre los espesos matorrales. Cuando apareció el jabalí, Garion
notó que el corazón le daba un vuelco. Aquello no era un cerdo soñoliento y cargado de grasa, sino más bien una
fiera salvaje y enfurecida. Sus horribles colmillos amarillentos le sobresalían del hocico abocinado y entre ellos
llevaba adheridos fragmentos de corteza y ramas tiernas, muda evidencia de que el jabalí embestía contra cualquier
cosa que hallaba a su paso, fueran árboles, matojos… o un muchacho sendario sin la suficiente sensatez para
apartarse de su camino.
Entonces sucedió algo extraño. Como en aquella pelea con Rundorig tantos años atrás, o en la escaramuza con los
sicarios de Brill en las oscuras calles de Muros, Garion notó que le empezaba a hervir la sangre al tiempo que un
intenso pitido le taladraba los oídos. Le pareció escuchar un estentóreo grito de desafío y apenas pudo aceptar el
hecho de que procedía de su propia garganta. De pronto, se dio cuenta de que estaba colocado en mitad del sendero,
en cuclillas, con la lanza bien sujeta y apuntaba hacia la enorme fiera.
El jabalí se lanzó a la carga. Con los ojos rojos y soltando espuma por el hocico, emitió un ronco chillido de furia y
se lanzó hacia el muchacho. La nieve recién caída se levantó ante el avance de sus poderosas pezuñas como la
espuma marina ante la proa de una nave. Los cristales de nieve parecieron quedar suspendidos en el aire, brillantes
gracias a un único y casual rayo de sol que alcanzaba el suelo del bosque.
El impacto del jabalí con la lanza fue tremendo, pero Garion había apuntado con precisión. La ancha punta del arma
penetró en el tórax cubierto de hirsuto pelaje y la baba blanca que rezumaba de los colmillos del animal se convirtió
de pronto en una espuma sanguinolenta. Garion se vio arrastrado hacia atrás por el choque y sus pies resbalaron en
el suelo nevado; a continuación, el asta de la lanza se partió como una rama seca y el jabalí se lanzó sobre el
muchacho.
El primer golpe de los colmillos del animal, dirigido hacia arriba, alcanzó a Garion en pleno estómago y el chico
notó que sus pulmones se quedaban sin aire. El segundo golpe le dio en la cadera mientras Garion trataba, entre
jadeos, de apartarse. La cota de malla desviaba los colmillos del jabalí salvándolo de recibir grandes heridas, pero
los impactos resultaban demoledores. El tercer golpe de la fiera alcanzó al muchacho en la espalda, lo levantó por
los aires y lo estrelló contra un árbol. Los ojos se le llenaron de una luz tenue cuando su cabeza golpeó la áspera
corteza del tronco.
En ese momento apareció en escena Barak cargando a través del camino nevado con un estentóreo rugido…, pero, de
alguna manera, no parecía ser el Barak que el muchacho conocía. Los ojos de Garion, borrosos tras el impacto de su
cráneo contra el árbol, contemplaron con desconcierto algo que no podía ser cierto. Se trataba de Barak, sobre eso
no cabía ninguna duda, pero era también otra cosa. Extrañamente, como si de algún modo ocupara el mismo espacio
físico que Barak, el muchacho apreció también la presencia de un oso enorme, de aspecto terrible. Las imágenes de
ambas figuras corriendo sobre la nieve quedaban superpuestas y sus movimientos eran idénticos, como si, además
del mismo espacio, compartieran también los mismos pensamientos.
Unos brazos enormes cogieron al jabalí, que se debatía ahora mortalmente herido, hasta paralizarlo. Una sangre
brillante brotó de la boca del jabalí y el ser velludo, medio humano y medio oso, que parecía ser Barak y al mismo
tiempo otra cosa, levantó a la fiera agonizante por encima de su cabeza y la estampó con brutalidad contra el suelo.
El hombre-oso alzó su horrible rostro y lanzó un rugido de triunfo que hizo vibrar la tierra. En el mismo instante, la
luz se desvaneció en los ojos de Garion y el muchacho notó que empezaba a caer en el pozo gris de la inconsciencia.
Cuando recuperó el sentido en el trineo, no pudo calcular cuánto tiempo había transcurrido. Seda le aplicaba un paño
lleno de nieve en la nuca mientras el vehículo casi volaba por los deslumbrantes campos blancos en dirección a Val
Alorn.
—Veo que te has decidido por vivir —le dijo Seda con una sonrisa.
—¿Dónde está Barak? —murmuró Garion, todavía atontado. —En el trineo que nos sigue —respondió Seda,
volviendo la
cabeza hacia atrás.
—¿Se encuentra… se encuentra bien? —¿Qué podría herir a Barak? —exclamó Seda. —Quiero decir si… si parece
él mismo.
—A mí me parece que es Barak, en efecto —le aseguró Seda, encogiéndose de hombros—. No, muchacho, quédate
quieto. Ese jabalí puede haberte roto alguna costilla.
El hombrecillo puso las manos sobre el pecho de Garion y lo empujó con cuidado hacia abajo.
—¿Y mi jabalí? —preguntó Garion con un hilillo de voz—. ¿Dónde está?
—Lo traen los monteros —contestó Seda—. Vas a tener una entrada triunfal. Sin embargo, te sugiero que deberías
meditar un poco sobre la virtud de la cobardía constructiva. Esos instintos tuyos pueden acortarte la vida.
Pero Garion ya había caído otra vez en la inconsciencia.
Cuando despertó de nuevo, estaban ya en palacio y Barak lo transportaba en brazos. Tía Pol estaba allí, con el rostro
lívido a la vista de toda aquella sangre.
—No es del muchacho —se apresuró a tranquilizarla Barak—. El ha alanceado un jabalí y el animal se ha
desangrado encima de él mientras los dos forcejeaban. Me parece que el chico está bien: un golpe sin importancia en
la cabeza y poco más.
—Tráelo adentro —replicó con sequedad tía Pol, en marcha ya escaleras arriba hacia la habitación de Garion.
Más tarde, con la cabeza y el pecho vendados y después de tomar una taza de una infusión de sabor desagradable
que le preparó tía Pol y que lo hizo sentirse mareado y soñoliento, Garion permaneció tendido en la cama
escuchando a la mujer cuando ésta se volvió por fin hacia Barak.
—Tú, todo lo que tienes de grande, lo tienes de tonto —exclamó, furiosa—. ¿Te das cuenta de lo que has
conseguido con tu estupidez?
—El muchacho es valiente —respondió Barak en voz baja, sumido en una especie de laxa melancolía.
—La valentía no me interesa —masculló tía Pol—. ¿Qué te sucede? —preguntó a continuación. De pronto, extendió
las manos y las colocó en las sienes de la gran cabeza del cherek. La mujer fijó su mirada en la de Barak durante
unos instantes y luego, poco a poco, le soltó—. ¡Oh!, veo que por fin ha sucedido.
—No he podido controlarlo, Polgara —murmuró Barak, afligido.
—Todo saldrá bien, Barak —trató de tranquilizarlo la mujer, acariciando con suavidad su cabeza abatida.
—Nada volverá a ser como antes —añadió él.
—Ve a dormir un poco —le aconsejó Pol—. Por la mañana no te parecerá tan terrible.
El hombretón dio media vuelta y abandonó la estancia en silencio.
Garion comprendió que habían estado hablando del extraño suceso que había presenciado cuando Barak había
acudido a rescatarlo del jabalí y deseó interrogar a tía Pol acerca del asunto, pero la amarga bebida que la mujer le
había administrado lo dejó sumido en un sueño profundo y sin sobresaltos antes de tener tiempo a ordenar las
palabras y formular la pregunta.
Garion estaba aún demasiado dolorido y magullado al día siguiente para pensar siquiera en levantarse de la cama.
No obstante, un río de visitas lo mantuvo demasiado ocupado para que tuviese tiempo de pensar en sus dolores. La
de los reyes alorn con sus espléndidas galas resultó especialmente halagadora, pues, uno tras otro, los monarcas
ensalzaron su valor. Después acudieron las reinas y armaron un gran revuelo al observar sus heridas, mostrándole su
cálida simpatía con unas caricias reconfortantes en la frente. La mezcla de alabanzas y muestras de cariño, junto con
el hecho de verse como el centro absoluto de la atención de todos, resultaba abrumadora y llenó el corazón del
muchacho.
El ultimo visitante del día, sin embargo, fue el señor Lobo, quien se presentó cuando el crepúsculo ganaba ya terreno
en las calles nevadas de Val Alorn. El viejo llevaba su túnica y su capa habituales, con la capucha levantada como si
acabara de llegar del exterior.
—¿Has visto mi jabalí, señor Lobo? —le preguntó Garion, orgulloso.
—Un animal excelente —respondió Lobo sin mucho entusiasmo—, pero, ¿no te dijo nadie que, una vez alanceado
un jabalí, tenías que apartarte de su camino?
—En realidad, no se me ocurrió —reconoció Garion—. De todos modos, ¿no te parece tal conducta un poco…, en
fin, un poco cobarde?
—¿Tanto te importaba lo que un cerdo pudiera pensar de ti?
—Bueno… —Garion titubeó unos instantes—, en realidad, supongo que no.
—Creo que demuestras una sorprendente falta de juicio para tus pocos años —comentó Lobo—. Por norma, lleva
años y años alcanzar el punto al que tú pareces haber llegado de la noche a la mañana. —Se volvió hacia tía Pol, que
estaba sentada cerca de ellos, y continuó—: Polgara, ¿estás segura de que no hay rastro de sangre arendiana entre los
antepasados de Garion? Ultimamente se porta como un perfecto arendiano. Primero, pasa el Gran Torbellino como
si estuviera montado en un caballito de balancín; ahora, intenta romperle los colmillos a un jabalí con sus propias
costillas. ¿Estás segura de que no lo dejaste caer de cabeza cuando era pequeño?
Tía Pol sonrió, pero no dijo nada.
—Espero que te recuperes pronto, muchacho —añadió Lobo—. Y trata de pensar un poco en lo que acabo de
decirte.
Garion calló, furioso y enconado por las palabras del señor Lobo. Las lágrimas afloraron a sus ojos pese a todos sus
esfuerzos por reprimirlas.
—Gracias por haber pasado por aquí, padre —di]o tía Pol. —Siempre es un placer visitarte, hija —respondió Lobo
antes
de salir de la estancia sin hacer ruido.
—¿Por qué ha tenido que hablarme así? —estalló Garion, sorbiéndose las lágrimas—. ¡Ahora se ha ido y lo ha
estropeado todo!
—¿Estropeado qué, cariño? —preguntó tía Pol alisándose la falda de su traje gris.
—Todo —se quejó el muchacho—. Todos los reyes han dicho que fui muy valiente.
—Los reyes son así —respondió tía Pol—. Yo que tú no prestaría mucha atención a sus palabras.
—¡Pero fui realmente valiente! ¿Verdad que lo fui? —Estoy segura de que sí, querido —replicó ella—. Y estoy
segura de que el jabalí quedó muy impresionado.
—¡Eres peor que el señor Lobo! —la acusó Garion. —Si, cariño, supongo que tienes razón, pero es natural que lo
sea. Bueno, ¿qué te gustaría para cenar?
—No tengo hambre —replicó Garion, desafiante.
—¿De veras? Entonces es probable que necesites un tónico. Prepararé uno ahora mismo.
—Creo que he cambiado de idea —se apresuró a decir Garion.
—Ya sabía yo que lo harías —replicó tía Pol. Y a continuación, sin la menor explicación, pasó de pronto los brazos
en torno al muchacho y lo estrechó durante un momento largo—. ¿Qué voy a hacer contigo? —murmuró por fin.
—Estoy perfectamente, tía Pol —le aseguró Garion.
—Por esta vez, quizá —dijo ella, tomando entre sus manos la cara del muchacho—. Ser valiente es una cosa
estupenda, Garion, pero de vez en cuando debes tratar de pensar un poco las cosas antes de lanzarte a ellas.
Prométeme que lo harás.
—Está bien, tía Pol —asintió el muchacho, un poco incómodo ante todo aquello.
Tía Pol, aunque pareciera extraño, actuaba como si de verdad se preocupase por él. En la mente de Garion comenzó
a abrirse paso la idea de que, pese a no llevar la misma sangre, podía seguir existiendo un vínculo entre ellos. Nunca
sería lo mismo, naturalmente, pero al menos ya era algo. Garion empezó a sentirse mejor respecto a todo aquel
asunto.
Al día siguiente ya estaba en condiciones de levantarse. Los músculos aún le dolían un poco y tenía algo resentidas
las rodillas, pero era joven y se recuperaba deprisa. A media mañana, estaba sentado con Durnik en el gran salón del
palacio de Anheg cuando el conde de Seline, con su barba plateada, se acercó a ellos.
—El rey Fulrach ha pedido si serías tan amable de unirte a nosotros en la cámara del consejo, herrero Durnik —dijo
el conde con su cortesía habitual.
—¿Yo, mi señor? —preguntó Durnik, incrédulo.
—Su Majestad está muy impresionado ante tu buen juicio —expuso el viejo noble—. Considera que representas lo
mejor del sentido práctico de los sendarios. El asunto al que nos enfrentamos es cosa de todos los hombres y no sólo
de los reyes del oeste; por eso es conveniente y oportuno que alguien represente el sentido común y la sabiduría
popular en nuestras discusiones.
—Acudiré de inmediato, mi señor —dijo Durnik, y se incorporó enseguida—, pero tendréis que perdonarme si no
tengo mucho que decir.
Garion aguardó, expectante.
—Hemos tenido noticia de tu aventura, muchacho —comentó el conde de Seline a Garion con un gesto afable—.
¡Ah, volver a ser joven! —Con un suspiro, se volvió hacia Durnik y añadió—: ¿Vamos pues?
—Cuando quieras, mi señor —asintió Durnik, y los dos hombres abandonaron el gran salón en dirección a la cámara
del consejo.
Garion se quedó sentado a solas donde estaba, herido por la exclusión de que había sido objeto. Tenía una edad en la
que su autoestima estaba muy tierna y, por dentro, le angustiaba la falta de consideración que representaba el hecho
de no haber sido invitado a participar con ellos. Herido y ofendido, abandonó el salón con aire enfurruñado y acudió
a visitar a su jabalí, que estaba colgado en una despensa repleta de hielo, contigua a la cocina. Al menos, el jabalí sí
que lo había tornado en serio.
Sin embargo, uno no podía pasar demasiado tiempo en compañía de la fiera muerta sin empezar a deprimirse. El
jabalí no parecía en absoluto tan grande como cuando estaba vivo y cargaba contra él, y sus colmillos eran
impresionantes, pero ni tan largos ni tan afilados como los recordaba Garion. Además, en la despensa refrigerada
hacía frío y sus músculos doloridos se le entumecían rápidamente.
No tenía objeto tratar de visitar a Barak. El hombretón de barba pelirroja se había encerrado en su habitación para
meditar en la más negra melancolía y se negaba a abrir la puerta, incluso a su esposa. Y así Garion, privado de
cualquier compañía, pasó un rato abatido y taciturno hasta que tomó la decisión de explorar aquel inmenso palacio,
con sus salas polvorientas en desuso y sus pasillos oscuros y serpenteantes. Vagó durante lo que le parecieron horas,
abriendo puertas y siguiendo pasadizos que a veces terminaban bruscamente en una lisa pared de piedra.
El palacio de Anheg era enorme pues, como le había explicado Barak, su construcción se remontaba a más de tres
mil años atrás. Una de las alas del lado sur estaba tan abandonada que todo el techo se había derrumbado hacía
siglos. Garion deambuló un rato por los pasadizos del primer piso de las ruinas, con la cabeza llena de lúgubres
pensamientos sobre su condición mortal y sobre lo efímero de la gloria, y recorrió una serie de estancias donde la
nieve se acumulaba sobre antiguos lechos y taburetes formando una gruesa capa recorrida por las minúsculas huellas
de ratones y ardillas. Llegó luego a un pasadizo sin techo donde había otras huellas, éstas correspondientes a un
hombre. Las pisadas eran muy recientes, pues no había en ellas el menor rastro de nieve y ésta había estado cayendo
con intensidad durante la noche. Al principio, Garion pensó que las huellas eran suyas y que, de algún modo, se
había movido en círculo hasta volver a un pasillo que ya había explorado, sin embargo, las huellas eran mucho
mayores que las del muchacho.
Por supuesto, había una decena de explicaciones posibles, pero Garion notó que se le aceleraba la respiración. El
hombre de la capa verde seguía su merodeo por el palacio. Asharak el murgo se encontraba en algún rincón de Val
Alorn y el noble de cabello pajizo se ocultaba en el bosque con intenciones claramente hostiles.
Garion se dio cuenta de que la situación podía ser peligrosa y que, a excepción de su pequeña daga, iba desarmado.
Volvió sobre sus pasos a toda prisa hasta llegar a una estancia nevada que acababa de explorar y descolgó una
espada de hoja oxidada del gancho donde había permanecido olvidada desde tiempo inmemorial. Tras esto, ya un
poco más seguro, reemprendió el seguimiento de las silenciosas huellas.
Mientras el rastro del desconocido intruso siguió por el corredor sin techo largo tiempo abandonado, a Garion no le
costó ningún trabajo reconocerlo pues las huellas se apreciaban con nitidez en la nieve virgen. En cambio, cuando
las pisadas lo condujeron por un montón de ruinas caídas y por la oscuridad de un pasadizo polvoriento que todavía
conservaba el tejado, las cosas se pusieron un poco más difíciles. La capa de polvo del suelo era de cierta utilidad,
pero Garion tuvo que agacharse y detenerse continuamente a comprobar el rastro. Al muchacho todavía le dolían las
costillas y las piernas y, cada vez que tenía que inclinarse a examinar el suelo de piedra, el esfuerzo le arrancaba un
gemido y una mueca de sufrimiento. Al poco rato estaba sudoroso, con los dientes apretados y pensando en
abandonar su empeño.
Entonces escuchó un leve sonido al fondo del pasadizo por el que caminaba. Se ocultó, aplastándose contra la pared,
con la esperanza de que, a su espalda, no se filtrara ninguna luz mortecina que delatara su presencia. A lo lejos, una
silueta pasó furtiva ante un pequeño ventanuco iluminado por una tenue luz. Garion percibió un breve aleteo verde
y, por fin, supo con certeza a quién estaba siguiendo. Se mantuvo pegado a la pared y avanzó, silencioso como un
gato con sus zapatos de cuero blando y empuñando la espada oxidada con mano firme. Sin embargo, de no haber
sido por la sorprendente proximidad de la voz del conde de Seline, probablemente habría tropezado de bruces con el
hombre al que estaba siguiendo.
—¿En verdad es posible, noble Belgarath, que nuestro enemigo pueda ser despertado antes de que se cumplan todas
las condiciones de la antigua profecía? —preguntaba el conde.
Garion se detuvo. Justo delante de él, en una estrecha aspillera de la pared del pasadizo, captó un ligero movimiento.
El hombre de la capa verde acechaba allí, escuchando en la penumbra las palabras que parecían proceder de algún
lugar situado más abajo. Garion retrocedió, pegado a la pared y sin apenas atreverse a respirar. Con cuidado, dio
unos pasos atrás hasta encontrar otra abertura en la pared y se ocultó allí en una profunda oscuridad.
—Es una pregunta muy apropiada, Belgarath —oyó que decía la serena voz de Cho-Hag de los algarios—. ¿Puede
ese Apóstata utilizar el poder que tiene ahora en sus manos para hacer revivir al Maldito?
—Tiene el poder para hacerlo —respondió la voz familiar del señor Lobo—, pero tal vez le dé miedo utilizarlo. Si
no hace las cosas como es debido, el poder lo destruirá. No se apresurará a decidir sobre un asunto así; lo pensará
con mucho cuidado antes de intentarlo. Precisamente es esa vacilación lo que nos proporciona el escaso tiempo de
que disponemos.
Entonces habló Seda.
—¿No dijiste que tal vez quisiera el poder para sí mismo? Acaso tiene el plan de dejar dormir a su amo sin
perturbarlo y utilizar el poder que ha robado para proclamarse rey de las tierras de los angaraks.
—No veo a la casta sacerdotal de los grolims renunciando con tanta facilidad a su dominio sobre las tierras de
Angarak y cediendo paso a un advenedizo —intervino el rey Rhodar de Drasnia—. El Sumo Sacerdote de los
grolims no es un hechicero torpe, precisamente.
—Perdona, Rhodar —lo corrigió el rey Anheg—, pero si el ladrón tiene en sus manos el poder, los grolims no tienen
otra opción que aceptar su dominio. He estudiado el poder del objeto y, si sólo es cierto la mitad de cuanto he leído,
el Apóstata puede emplearlo para arrasar Rak Cthol con la misma facilidad que cualquiera puede aplastar a patadas
un hormiguero. Y, si aun así quisieran resistir, podrían acabar con toda la población de Cthol Murgos desde Rak
Goska a la frontera de Tolnedra. En cualquier caso, tanto si es el Apóstata quien se hace al final con el poder como
si es el Maldito, los angaraks lo seguirán e invadirán el oeste.
—¿No deberíamos, entonces, informar de lo sucedido a los arendianos y a los tolnedranos, así como a los ulgos? —
sugirió el Guardián de Riva—. Que no vuelva a tomarnos por sorpresa.
—Yo no me daría demasiada prisa en alertar a nuestros vecinos del sur —dijo el señor Lobo—. Cuando Pol y yo
dejemos Val Alorn, iremos hacia el sur. Si Arendia y Tolnedra se movilizan para la guerra, la conmoción general no
hará más que obstaculizar nuestro camino. Las legiones del emperador están formadas por soldados expertos, que
saben responder con rapidez cuando surge la necesidad. Además, los arendianos siempre están preparados para el
combate. Todo el reino anda siempre al borde de una contienda generalizada.
—Si, es prematuro —asintió la voz familiar de tía Pol—. Los ejércitos no harían más que entrometerse en lo que
tratemos de hacer. Si conseguimos echar el guante al antiguo discípulo de mi padre y devolver a Riva el objeto que
ha robado, la crisis habrá pasado. No alarmemos a los sureños inútilmente.
—Tiene razón —dijo Lobo—. La movilización siempre supone un riesgo. Un rey con un ejército en sus manos no
tarda en pensar en malas jugadas. Cuando pase a verlos, yo me encargaré de poner al corriente de todo cuanto deban
saber el rey de los arendianos, en Vo Mimbre, y el emperador, en Tol Honeth. En cambio, tendremos que enterar del
asunto al Gorim de Ulgo. Cho-Hag, ¿crees que un mensajero podría llegar a Prolgu en esta época del año?
—Es difícil de decir, Anciano —respondió el aludido—. Los pasos de las montañas están difíciles en invierno, pero
lo intentaré.
—Bien —asintió Lobo—. Salvo esto, no podemos hacer mucho más. De momento, no sería mala idea mantener este
asunto en la familia, por así decirlo. Si las cosas empeoran y los angaraks vuelven a invadirnos, Aloria al menos
estará armada y preparada. Arendia y el Imperio tendrán tiempo de realizar sus preparativos.
El rey Fulrach habló entonces con voz preocupada.
—Es fácil para los reyes alorn hablar de guerra —declaró—. Los alorn son guerreros; en cambio, mi Sendaria es un
reino pacífico. No tenemos castillos ni plazas fortificadas y mi gente son campesinos y comerciantes. Kal Torak
cometió un error al escoger Vo Mimbre como escenario de la batalla y no es probable que los angaraks vuelvan a
cometer el mismo error. Creo que irrumpirán directamente a través de las praderas del norte de Algaria y caerían
sobre Sendaria. Allí tenemos mucha comida y pocos guerreros. Nuestro país les proporcionaría una base ideal para
una campaña contra el oeste y me temo que caeríamos muy pronto.
En ese instante, para sorpresa de Garion, Durnik interrumpió a su rey.
—No menosprecie así a los hombres de Sendaria, majestad —replicó con voz firme—. Conozco a mis vecinos y
ellos lucharán. No sabemos mucho de lanzas y espadas, pero combatiremos. Si los angaraks entran en Sendaria,
adueñarse de ella no les será tan fácil como algunos imaginan y, si prendemos fuego a los campos y los silos, no les
dejaremos mucho que comer.
Se produjo un largo silencio. Por fin el rey Fulrach volvió a hablar con un extraño tono de humildad en su voz.
—Tienes razón, herrero Durnik. Haces que me avergüence de mis palabras. Tal vez llevo tanto tiempo siendo rey
que he olvidado lo que significa ser un sendario.
Hettar, el hijo del rey Cho-Hag, intervino entonces para decir en voz baja:
—Según recuerdo, sólo hay unos pocos pasos de montaña que permitan llegar a Sendaria por la cordillera
occidental. Unos cuantos aludes de piedras en los lugares adecuados podrían dejar Sendaria tan inaccesible como la
Luna. Y si las avalanchas se producen en el momento oportuno, ejércitos enteros de angaraks podrían verse
atrapados en esos estrechos desfiladeros.
—Vaya, es una idea muy interesante —dijo Seda con una risilla—. Así podríamos hacer mejor uso de los impulsos
incendiarios de Durnik que quemar unos sembrados de nabos. Ya que Torak el Tuerto parece disfrutar tanto con el
olor de los sacrificios arrojados a las llamas, quizá podamos satisfacerlo.
Al fondo del pasadizo polvoriento en el que estaba oculto, Garion captó el súbito parpadeo de una antorcha y
escuchó un ligero tintineo de varias cotas de malla. No se dio cuenta del peligro casi hasta el ultimo momento. El
hombre de la capa verde también escuchó el ruido y vio la luz de la antorcha. Salió del rincón donde se ocultaba y
huyó por donde había venido, pasando directamente por el resquicio de la aspillera donde se había escondido el
muchacho. Garion se encogió en las sombras y asió con fuerza su oxidada espada. Por fortuna, en el momento de
pasar delante de él, el individuo volvió la cabeza para echar un vistazo a la antorcha que se acercaba.
Cuando el hombre de la capa verde hubo pasado, Garion se deslizó también de su escondrijo y escapó de la zona.
Los guerreros chereks hacían su ronda en busca de intrusos y le habría resultado difícil explicar que lo había llevado
a aquel oscuro pasadizo. Por un instante, pensó en seguir la persecución del espía, pero decidió que ya tenía bastante
por aquel día. Era hora de hablar con alguien de lo que había visto. Alguien debía saberlo: alguien a quien los reyes
estuvieran dispuestos a escuchar. Cuando al fin llegó a los pasillos mas frecuentados del palacio, se encaminó con
firmeza hacia la cámara donde Barak seguía encerrado, presa de una silenciosa melancolía.
—¡Barak! —gritó Garion delante de la puerta después de haber llamado con los nudillos durante varios minutos sin
obtener la menor respuesta.
—¡Vete! —respondió la ronca voz de Barak.
—¡Soy yo, Barak! Soy Garion. Tengo que hablar contigo.
Se produjo un largo silencio en el interior de la habitación y, por fin, se oyó un lento movimiento. Luego, se abrió la
puerta.
El aspecto de Barak era espantoso. Su túnica estaba arrugada y llena de manchas, tenía la barba despeinada y sus
largas trenzas las llevaba deshechas y desgreñadas. No obstante, lo peor era la terrible mirada que despedían sus
ojos. En ella había una mezcla de horror y de asco por sí mismo tan intensa que Garion se vio obligado a apartar su
mirada.
—Tú lo viste, ¿verdad, muchacho? —preguntó Barak—. Tú viste lo que me sucedió ahí, en el bosque.
—En realidad, no llegué a ver nada —respondió Garion con cautela—. Me golpeé la cabeza contra ese árbol y lo
único que vi de verdad fueron las estrellas.
—Tuviste que verlo —insistió Barak—. Tuviste que ver mi Destino.
—¿Destino? —repitió Garion—. ¿De que estás hablando? Sigues vivo y con salud.
—El Destino no siempre significa la muerte —respondió Barak malhumorado mientras se dejaba caer en una gran
silla—. Ojalá el mío lo fuera. Un Destino es algo terrible que le sucede fatalmente a un hombre, y la muerte no es lo
peor que puede pasarle.
—Estás dejando que las palabras de la vieja ciega chiflada se apoderen de tu imaginación —dijo el muchacho.
—No es sólo Martje —respondió Barak—. Ella no hace más que repetir lo que ya sabe todo el mundo en Cherek.
Cuando nací, llamaron a mi cuna a un adivino como es costumbre en nuestras tierras. La mayoría de las veces, los
adivinos no ven nada en absoluto y eso es que al niño no le va a suceder nada extraordinario durante su vida. Sin
embargo, a veces, el futuro lo señala a uno con tanta claridad que casi todo el mundo puede ver su Destino,
—Eso no son más que supersticiones —se burló Garion—. Nunca he visto uno solo de esos adivinos que sea capaz
de decir con seguridad si va a llover al día siguiente. Una vez, uno de ellos se presentó en la hacienda de Faldor y le
dijo a Durnik que iba a morir dos veces. ¿No te parece una tontería?
—Los adivinos y augures de Cherek son mas hábiles —afirmó Barak con el rostro sumido aún en la melancolía—.
El Destino que han visto para mí siempre ha sido el mismo. Decenas de ellos han llegado a idéntica conclusión: voy
a convertirme en una bestia. Y ahora ha sucedido. Llevo aquí dos días, observándome. El vello de mi cuerpo está
creciendo y los dientes se me empiezan a volver puntiagudos.
—Eso es tu imaginación —replicó Garion—. Eres exactamente el mismo de siempre.
—Garion, eres un buen chico, y sé que sólo tratas de hacerme sentir mejor, pero tengo ojos en la cara. Sé que los
dientes se me están volviendo puntiagudos y que mi cuerpo empieza a cubrirse de pelaje. No pasará mucho tiempo
antes de que Anheg tenga que encadenarme en sus mazmorras para evitar que le haga daño a alguien, o tendré que
huir a las montañas y vivir entre los trolls.
—Tonterías —insistió Garion.
—Dime que viste el otro día —suplicó Barak—. ¿Qué aspecto tenía cuando me transformé en animal?
—Lo único que vi fueron las estrellas cuando me golpeé la cabeza contra el árbol —repitió Garion, tratando de
sonar convincente.
—Solo quiero saber en qué animal me convertiré —dijo Barak con voz cargada de autocompasión—. ¿Voy a ser un
lobo, un oso o alguna especie de monstruo que ni siquiera tiene nombre?
—¿No recuerdas nada de lo sucedido? —preguntó Garion con cautela, en un intento de borrar de su recuerdo la
extraña doble imagen de Barak y el oso.
—Nada —respondió Barak—. Te oí gritar y mi siguiente recuerdo es que tenía el jabalí agonizante a mis pies y tú
estabas caído bajo el árbol, cubierto con la sangre del animal. Pero noté la bestia dentro de mi. La olí, incluso.
—Lo que oliste fue a ese jabalí —dijo Garion—, y lo único que pasó es que perdiste la cabeza con la excitación.
—¿Que enloquecí, quieres decir? —exclamó Barak, levantando la mirada con un destello de esperanza. Sin
embargo, pronto volvió a hundirla —. No, Garion. Ya he enloquecido otras veces y no se parece en nada a lo que
sentí. Esto ha sido completamente distinto.
Exhaló un profundo suspiro.
—¡No te estás convirtiendo en ningún animal! —insistió Garion.
—Sé muy bien que sí —replicó Barak, testarudo.
Y, en ese instante, por la puerta aún entreabierta penetró en la habitación Merel, la esposa de Barak.
—Veo que mi señor está recuperando los ánimos —dijo al entrar.
—Déjame en paz, Merel —respondió Barak—. No estoy de humor para esos jueguecitos tuyos.
—¿Juegos, mi señor? —repitió ella con aire inocente—. Sencillamente, estoy preocupada por mis obligaciones. Si
mi señor no se encuentra bien, tengo el deber de cuidar de él. Es uno de los derechos de la esposa, ¿no es así?
—Deja de preocuparte tamo de derechos y deberes, Merel —dijo Barak—. Vete y déjame en paz.
—Mi señor fue muy insistente respecto a ciertos derechos y deberes la noche de su regreso a Val Alorn —replicó
ella—. Ni siquiera la puerta cerrada de mi alcoba fue suficiente para doblegar su insistencia.
—Está bien —dijo Barak, enrojeciendo ligeramente—. Lo siento. Esperaba que las cosas hubieran cambiado entre
nosotros, pero me equivocaba. No volveré a molestarte más.
—¿Molestarme, mi señor? Un deber no es una molestia. Una buena esposa está obligada a someterse cuando su
esposo lo exija, no importa lo borracho que esté o lo brutal que sea cuando se acerca a su lecho. Nadie podrá
acusarme nunca de negligencia en este aspecto.
—Tú disfrutas con esto, ¿verdad? —la acusó Barak.
—¿Disfrutar con qué, mi señor? —Su tono de voz era ligero, pero tenía un matiz cortante como una cuchilla.
—¿Qué quieres, Merel? —estalló Barak.
—Quiero servir a mi señor en su enfermedad —dijo ella—. Quiero cuidarlo y observar el progreso de su
enfermedad…, síntoma a síntoma, según vayan apareciendo.
—¿Hasta ese punto me odias? —preguntó Barak con profundo desprecio—. Ten cuidado, Merel. Puede que se me
meta en la cabeza insistir en que permanezcas conmigo. ¿Qué dirías a eso? ¿Te gustaría estar encerrada en esta
habitación con una bestia furiosa?
—Si te vuelves imposible de dominar, mi señor, siempre puedo hacer que te encadenen a la pared —apuntó Merel,
haciendo frente a su mirada furiosa con una expresión de despreocupada frialdad.
—Barak —intervino Garion, incómodo—. Tengo que hablar contigo.
—Ahora no, muchacho —respondió el hombretón.
—Es importante. Hay un espía en el palacio.
—¿Un espía?
—Un hombre con una capa verde. Lo he visto ya varias veces.
—Muchos hombres llevan capas verdes — dijo Merel.
—No te metas en esto —murmuró Barak. Se volvió a Garion y le preguntó—: ¿Qué te hace pensar que es un espía?
—Esta mañana he vuelto a verlo y lo he seguido. Lo descubrí cuando se escurría por un pasadizo que, al parecer,
nadie utiliza. Ese pasillo cruza por encima de la sala donde los reyes se reúnen con el señor Lobo y con tía Pol. El
hombre pudo escuchar desde allí todo lo que decían.
—¿Cómo sabes que pudo oír lo que hablaban? —quiso saber Merel, entrecerrando los ojos.
—Yo también estuve allí arriba —explicó Garion—. Me escondí cerca del hombre y también pude oír sus voces,
casi como si estuviera en la misma estancia que ellos.
—¿Qué aspecto tiene ese hombre? —preguntó Barak.
—Tiene el cabello y la barba del color de la arena y, como ya he dicho, lleva una capa verde. También lo vi el día
que bajamos a que nos enseñaras tu barco. Entró en una taberna con un murgo.
—En Val Alorn no hay murgos —afirmó Merel.
—Hay uno —replicó Garion—. Y yo lo había visto antes. Sé quién es.
Garion tuvo que tratar el tema con mucho cuidado. El impulso que lo obligaba a no mencionar a su enemigo de
ropas oscuras era tan poderoso como siempre. Incluso la pista que acababa de proporcionar le dejó la lengua rígida y
los labios entumecidos.
—¿Quién es? —quiso saber Barak.
Garion no hizo caso de la pregunta y añadió:
—Y luego, el día de la cacería del jabalí, volví a verlo en el bosque.
—¿Al murgo?
—No. Al hombre de la capa verde. Se reunió allí con otros hombres y hablaron un rato no lejos de donde yo
esperaba a que apareciera el jabalí. Los hombres no me vieron.
—Eso no tiene nada de sospechoso —dijo Barak—. Cualquiera puede reunirse con sus amigos donde le plazca.
—No creo que fueran amigos, exactamente —continuó Garion—. El de la capa verde llamaba a uno de los otros
hombres «mi señor» y el así llamado le daba órdenes de acercarse lo suficiente para escuchar lo que conversaban el
señor Lobo y los reyes.
—Eso es más serio —murmuró Barak, como si hubiera olvidado su melancolía—. ¿Dijeron algo más esos hombres?
—El de cabello pajizo quería saber cosas de nosotros. De ti, de mi, de Durnik y Seda…, de todos nosotros.
—¿De cabello de color pajizo? —preguntó rápidamente Merel.
—Sí, el que llamaban «mi señor» —ratificó Garion—. Parecía saber quiénes somos. Incluso sabía de mi.
—¿Un hombre con el cabello largo de color claro, sin barba y con algunos años más que Barak? —insistió Merel.
—No puede ser él —dijo Barak—. Anheg lo desterró bajo pena de muerte.
—Eres como un crío, Barak —replicó ella—. Si le convenía, habrá hecho caso omiso de la orden. Creo que será
mejor contarle todo esto a Anheg.
—¿Sabéis quién es? —preguntó Garion—. Algunas de las cosas que dijo de Barak no eran nada corteses.
—Ya lo imagino —comentó Merel con ironía—. Barak fue uno de los que estuvieron a favor de cortarle la cabeza.
Barak ya se estaba poniendo su cota de malla.
—Arréglate el pelo —le dijo Merel en un tono que, cosa extraña, no tenía ni rastro del rencor de momentos antes—.
Parece un pajar.
—Ahora no tengo tiempo para tonterías —exclamó Barak con impaciencia—. Venid conmigo los dos. Vamos a ver
enseguida a Anheg.
No hubo ocasión para más preguntas puesto que Garion y Merel casi tuvieron que echar a correr para mantenerse
cerca de Barak. Entraron como una tormenta en el gran salón y los sobresaltados guerreros se apartaron
apresuradamente de su camino tras echar una mirada al semblante de Barak.
—Conde Barak… —saludó al hombretón uno de los centinelas apostados a la puerta de la cámara del consejo.
—Hazte a un lado —le ordenó Barak al tiempo que abría la puerta con un gran estruendo.
El rey Anheg se volvió, sorprendido ante la repentina irrupción.
—Bienvenido, primo… —empezó a decir.
—¡Traición, Anheg! —rugió Barak—. El conde de Jarvik ha quebrantado el destierro y ha puesto espías en tu
propio palacio.
—¿Jarvik? ¡No se atrevería! —exclamó el monarca.
—Ya lo ha hecho —insistió Barak—. Ha sido visto no lejos de Val Alorn y parte de sus planes han llegado a nuestro
conocimiento.
—¿Quién es ese Jarvik? —preguntó el Guardián de Riva.
—Un noble al que desterré el año pasado —explicó Anheg—. Detuvimos a uno de sus hombres y le interceptamos
un mensaje. Iba dirigido a un murgo en Sendaria y daba detalles de uno de nuestros consejos más secretos. Jarvik
intentó negar que el mensaje fuera suyo a pesar de que llevaba su propio sello y sus áreas rebosaban de oro rojo de
las minas de Cthol Murgos. Yo habría puesto su cabeza en la picota, pero su esposa era pariente mía y me suplicó
por su vida. Entonces lo desterré a una de sus propiedades en la costa oeste. —Miró a Barak y le preguntó—. ¿Cómo
has tenido noticia de todo esto? Lo ultimo que he sabido de ti es que te habías encerrado en tu habitación y no
querías hablar con nadie.
—Lo que dice mi esposo es cierto, Anheg —afirmó Merel con una voz desafiante.
—No lo dudo, Merel —replicó Anheg, mirándola con una expresión de ligera sorpresa—. Solo quería saber cómo se
ha enterado de la presencia de Jarvik, nada más.
—Ese muchacho sendario lo vio —anunció Merel— y lo oyó hablar con el espía. Yo he oído el relato del muchacho
y confirmo lo que dice mi esposo, si alguien de los presentes se atreve a dudar de él.
—¿Garion? —dijo tía Pol, desconcertada.
—¿Puedo sugerir que escuchemos al jovencito? —dijo Cho-Hag de los algarios en tono conciliador—. Un noble en
destierro con antecedentes de contactos es, creo yo, un asunto que nos concierne a todos.
—Diles lo que nos contaste a Merel y a mi, Garion —ordenó Barak, y empujó al muchacho hacia delante.
—Majestad —dijo Garion tras una torpe reverencia—, desde que llegamos aquí he visto en varias ocasiones a un
hombre con una capa verde que se ocultaba aquí, en el palacio. Siempre anda acechando por los pasillos y toma
muchas precauciones para no ser visto. Yo me fijé en él la primera noche que pasamos aquí y, al día siguiente, volví
a verlo cuando entraba en una taberna de la ciudad, con un murgo. Barak dice que no hay murgos en Cherek, pero
yo sé que el hombre con quien estaba el espía era un murgo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Anheg en una exhibición de sagacidad.
Garion lo miró, impotente; era incapaz de pronunciar el nombre de Asharak.
—¿Y bien, muchacho? —preguntó el rey Rhodar.
Garion luchó por pronunciar las palabras, pero no surgieron de su boca.
—¿Tal vez conocías a ese murgo? —apuntó Seda. Garion asintió, aliviado de que alguien pudiera ayudarlo. —No
puedes conocer a muchos de ellos —continuó Seda, frotándose la nariz con un dedo—. ¿Fue el que encontramos en
Darine, tal vez…, y después en Muros? ¿El que es conocido como Asharak?
Garion asintió otra vez.
—¿Por qué no nos lo has dicho antes? —quiso saber Barak.
—No… no podía… —balbució Garion.
—¿No podías?
—No me salían las palabras. No sé por qué, pero nunca he sido capaz de hablar de él con nadie. —Entonces, ¿lo has
visto antes?
—Si —confirmó Garion.
—¿Y nunca se lo has dicho a nadie? —No.
Seda lanzó una rápida mirada a tía Pol.
—Me parece que éste es uno de esos asuntos que tú dominas mejor que nosotros, ¿verdad, Polgara? —preguntó a la
mujer.
Esta asintió.
—Es posible hacerlo —comentó—. Nunca ha sido un medio muy fiable, de modo que no me ocupo de él. Sin
embargo, es posible.
Su expresión se hizo sombría.
—Los grolims creen que es impresionante —intervino el señor Lobo—. Los grolims son fáciles de impresionar.
—Ven conmigo, Garion —dijo tía Pol. —Todavía no —indicó Lobo.
—Es importante —insistió ella con expresión adusta.
—Puedes hacerlo más tarde. Ahora, escuchemos el resto del relato. El daño ya está hecho. Adelante, Garion. ¿Qué
más viste?
Garion hizo una profunda aspiración, aliviado de poder hablar con el viejo en lugar de hacerlo a los reyes.
—Volví a ver al hombre de la capa verde el día que salimos de caza. El tipo se reunió en el bosque con un individuo
de cabello pajizo y sin barba. Hablaron durante un rato y yo pude oír qué decían. El del cabello pajizo quería saber
de qué estabais hablando en esta cámara.
—¡Deberías haber venido inmediatamente! —exclamó el rey Anheg.
—Veréis —continuó el muchacho—, justo después tuve el encuentro con el jabalí, me golpeé la cabeza contra un
árbol y perdí el sentido. No he recordado lo que había visto hasta esta mañana. Cuando el rey Fulrach ha mandado
llamar a Durnik, me he dedicado a explorar el palacio. Me he metido en una parte cuyo techo está completamente
hundido y allí he descubierto unas huellas. Las he seguido y, al cabo de un rato, he visto otra vez al hombre de la
capa verde. En ese momento he recordado todo lo sucedido. Lo he seguido hasta llegar a un pasadizo que cruza justo
por encima de esta cámara. El hombre se ha escondido allí a escuchar lo que se decía aquí abajo.
—¿Crees que ha podido enterarse de mucho, Garion? —quiso saber el rey Cho-Hag.
—Estabais hablando de alguien llamado el Apóstata —respondió Garion— os preguntabais si sería capaz de utilizar
una especie de poder para despertar a un enemigo que ha permanecido dormido durante mucho tiempo. Algunos de
vosotros pensabais que era preciso poner sobre aviso a los arendianos y a los tolnedranos, pero el señor Lobo no
compartía esa opinión. Durnik hablaba de que los hombres de Sendaria acudirían al combate si los angaraks
atacaban.
Todos los presentes se mostraron perplejos.
—Yo estaba escondido bastante cerca del hombre de la capa verde —añadió el muchacho—. Estoy seguro de que
también ha oído lo mismo que yo. En ese momento, se presentó un grupo de soldados y el hombre escapó. Fue
entonces cuando decidí que debía contarle todo esto a Barak.
—Aquí arriba —dijo Seda, acercándose a uno de los muros de la sala y señalando con el dedo una esquina del
techo—. El mortero se ha desmoronado y el sonido de las voces escapa por las rendijas entre las piedras hasta el
pasillo del piso superior.
—Ese muchachito que has traído contigo es una joya, Dama Polgara —comentó el rey Rhodar con el semblante
grave—. Si busca profesión, es probable que tenga un puesto para él. Recoger información es una tarea gratificadora
y el chico parece tener ciertas dotes naturales para dedicarse a ella.
—También tiene otras dotes —respondió tía Pol—. Parece muy capacitado para aparecer en lugares donde se
supone que no debe estar.
—No seas demasiado severa con el muchacho, Polgara —dijo el rey Anheg—. Nos ha prestado un buen servicio que
tal vez nunca podamos recompensarle como es debido.
Garion hizo una nueva reverencia y se apartó de la fija mirada de tía Pol.
—Primo —dijo entonces Anheg a Barak—, parece que tenemos en palacio un visitante indeseable. Creo que me
gustaría mantener una breve charla con ese espía de capa verde.
—Escogeré algunos hombres —respondió Barak con aire ceñudo—. Volveremos el palacio del revés y lo
sacudiremos para ver qué cae.
—Me gustaría tener a ese hombre más o menos intacto —le advirtió Anheg.
—Desde luego —asintió Barak.
—Pero tampoco demasiado intacto. Mientras pueda hablar, servirá para nuestros propósitos.
—Me aseguraré de que se sienta locuaz cuando te lo traiga, primo —asintió Barak con una sonrisa.
En el rostro de Anheg apareció otra mueca semejante como respuesta y Barak empezó a dirigirse hacia la puerta.
En ese instante, Anheg se volvió hacia la esposa de Barak.
—También quiero darte las gracias a ti, Merel. Estoy seguro de que has tenido un papel importante en hacer llegar
todo esto a mis oídos.
—No es preciso que me des las gracias, majestad —respondió la mujer—. Era mi deber.
Con un suspiro, Anheg preguntó con aire abatido:
—¿Siempre tiene que ser el deber, Merel?
—¿Qué otra cosa, si no? —replicó ella.
—Hay tantas otras… —murmuró el rey—. Pero me temo que vas a tener que descubrirlo por ti misma.
—Garion, ven aquí —dijo tía Pol.
—Si, señora —respondió el muchacho, acercándose a ella con cierto nerviosismo.
—No seas tonto, cariño, no voy a hacerte nada —insistió Pol al tiempo que le tocaba la frente con las yemas de los
dedos.
—¿Y bien? —quiso saber el señor Lobo.
—Lo tiene —informó ella—. Es muy leve, si no lo habría advertido antes. Lo siento mucho, padre.
—Veamos —murmuró Lobo; se acercó a Garion y tocó la cabeza de éste con su mano—. No es nada grave —
comentó.
—Podría haberlo sido —replicó tía Pol—. Y era responsabilidad mía ocuparme de que no le sucediera nada
parecido.
—No te sientas culpable de ello, Pol —insistió Lobo—. Eso es muy impropio de ti. Simplemente, elimínalo y no le
des más vueltas.
—¿Qué sucede? —preguntó Garion, alarmado.
—No es nada que deba preocuparte, querido —le dijo tía Pol, al tiempo que tomaba la mano derecha del muchacho
y tocaba con ella durante un instante el mechón de cabello blanco de su frente.
Garion notó una vorágine, una erupción de impresiones e imágenes confusas acompañada de un zumbido agudo
detrás de los oídos. Una repentina sensación de vértigo se adueñó de él y habría caído al suelo si tía Pol no lo
hubiera sostenido.
—¿Quién es el murgo? —preguntó la mujer, con su mirada fija en el muchacho.
—Se llama Asharak —respondió Garion al instante.
—¿Desde cuándo lo conoces?
—Desde siempre. Toda mi vida, desde que era pequeño, ha aparecido esporádicamente por la hacienda de Faldor
para observarme.
—Ya basta por ahora, Pol —intervino el señor Lobo—. Dejemos descansar un poco al chico antes de seguir.
Prepararé algo para impedir que esto vuelva a suceder.
—¿Está enfermo el chico? —preguntó Cho-Hag.
—No es exactamente una enfermedad, Cho-Hag —respondió el señor Lobo—. Resulta un poco difícil de explicar,
pero ahora ya está aclarado.
—Ahora quiero que vayas a tu habitación —dijo tía Pol a Garion, a quien todavía sostenía por los hombros—. ¿Te
sientes lo bastante firme para llegar hasta ella sin ayuda?
—Me encuentro bien —asintió el chico, todavía un poco mareado.
—Nada de excursiones y exploraciones por tu cuenta —le advirtió ella con voz firme. —No, señora.
—Cuando llegues a la habitación, acuéstate. Quiero que hagas memoria y recuerdes cada una de las veces que has
visto a el murgo, lo que hizo y lo que dijo.
—Jamas ha cambiado una palabra conmigo. Sólo me miraba. —Yo iré a verte dentro de un ratito —continuó la
mujer— y te pediré que me cuentes todo lo que sepas de él. Es importante Garion, de modo que debes concentrarte
con todas tus fuerzas.
—Está bien, tía Pol —asintió él.
Ella le depositó un leve beso en la frente y murmuró:
—Ahora, corre a la cama, cariño. Con una extraña sensación de aturdimiento, Garion alcanzó
puerta de la cámara y salió al pasillo.
Cruzó el gran salón donde los soldados de Anheg se ceñían las espadas al cinto y recogían unas hachas de guerra de
temible aspecto para realizar la batida en el palacio. Todavía meditabundo pasó ante ellos sin detenerse.
Una parte de su mente parecía medio dormida, pero otra, más secreta y profunda, estaba totalmente alerta. La seca
voz interior le dijo que acababa de suceder algo importante. Aquel impulso invencible que le impedía hablar de
Asharak había desaparecido, evidentemente. Tía Pol lo había extirpado por complete de su mente de alguna manera
y el hecho había despertado en el muchacho una rara y ambigua sensación. La misteriosa relación entre él y
Asharak, el murgo silencioso de ropas oscuras, había sido siempre un asunto profundamente privado y ahora, de
pronto, había desaparecido. Garion se sintió vagamente vacío y, de algún modo, violado en su intimidad. Con un
suspiro, empezó a subir por la amplia escalera hacia su habitación.
Ante la puerta de su alcoba había media docena de guerreros componentes sin duda de las partidas organizadas por
Barak para la búsqueda del hombre de la capa verde. Garion se detuvo. Allí pasaba algo raro y el muchacho se
sacudió de encima el amodorramiento. Aquella parte del palacio era demasiado frecuentada para pensar que el espía
pudiera ocultarse en ella. El corazón empezó a latirle aceleradamente y, paso a paso, empezó a retroceder hacia el
rellano de las escaleras que acababa de ascender. Los guerreros tenían el mismo aspecto que todos los chereks de
palacio —hombres barbudos provistos de casco, cota de malla y pieles— pero había algo en ellos que no parecía del
todo normal.
Un hombre corpulento, cubierto con una capa oscura con capucha, apareció por el umbral de la puerta de la
habitación y salió al pasillo. Era Asharak. El murgo se disponía a decir algo cuando sus ojos descubrieron a Garion.
—¡Ah! —exclamó en voz baja. Sus ojos oscuros brillaban en su rostro surcado de cicatrices—. A ti te buscaba,
Garion —añadió en el mismo tono de voz—. Ven aquí, muchacho.
Garion notó que algo tanteaba su mente y luego parecía retirarse como si, de algún modo, no encontrara dónde
asirse. El muchacho, sin una palabra, sacudió la cabeza en gesto de negativa y continuó su retroceso.
—¡Ven aquí enseguida! —repitió Asharak—. Nos conocemos desde hace demasiado tiempo para que me vengas
con ésas. Obedece. Sabes que debes hacerlo.
El extraño tanteo en su mente se convirtió en un lazo poderoso, que volvió a retirarse sin conseguir apresarla.
—¡Ven aquí, Garion! —ordenó Asharak con aspereza—. Garion continuó su retirada, peldaño a peldaño.
—¡No! —exclamó.
Asharak le dirigió una mirada furiosa y se lanzó en mitad del pasillo con gesto colérico.
Esta vez no fue un tanteo ni un tirón, sino un golpe tremendo. Garion pudo apreciar su fuerza aunque le pareció que
algo desviaba o amortiguaba el impacto. Durante unos instantes, Asharak puso una expresión de sorpresa, pero
volvió a entrecerrar los ojos.
—¿Quién ha hecho eso? —preguntó—. ¿Polgara? ¿Belgarath? No te servirá de nada, Garion. Te tuve una vez y
puedo volver a tenerte cuando me lo proponga. No eres lo bastante fuerte como para resistirte.
Garion contempló a su enemigo y le respondió, como si tuviera la imperiosa necesidad de replicar a su desafío:
—Tal vez no lo sea, pero creo que tendrás que cogerme para comprobarlo.
Asharak se volvió al instante hacia sus guerreros.
—¡Ese es el muchacho que busco! —les gritó—. ¡Capturadlo!
Rápidamente, casi como si no necesitara pensar sus movimientos, uno de los guerreros levantó su arco y apuntó
directo a Garion con una flecha. Asharak movió el brazo al momento y golpeó el arco en el mismo instante en que la
saeta de punta de acero iba a ser lanzada. La flecha cruzó el aire con un zumbido y dio en las piedras de la pared, a
unos palmos a la izquierda de Garion.
—¡Lo quiero vivo, idiota! —masculló Asharak al tiempo que descargaba un enérgico puñetazo en la cara del
soldado, quien cayó al suelo retorciéndose.
Garion dio media vuelta y echó a correr escaleras abajo. Saltó los peldaños de tres en tres sin molestarse en mirar
atrás. El ruido de los pasos a su espalda le indicó que Asharak y sus hombres lo perseguían. Al llegar al pie de las
escaleras, dobló bruscamente hacia la izquierda y huyó por un pasadizo largo y oscuro que lo condujo de nuevo al
laberinto del palacio de Anheg.
Había guerreros por todas partes, y ruido de combates. En el primer momento de su huida, el plan de Garion había
sido muy sencillo. Lo único que tenía que hacer era encontrar a alguno de los guerreros de Barak y ya estaría a
salvo. Sin embargo, ahora había en el palacio otro grupo de guerreros. El conde de Jarvik había introducido un
pequeño ejército en el palacio a través de las alas en ruinas del extremo sur y, en aquel instante, la lucha se extendía
por los pasadizos.
Garion muy pronto advirtió que no había modo de distinguir al amigo del enemigo. A sus ojos, todos los guerreros
chereks eran absolutamente idénticos. A menos que pudiera encontrar a Barak o a algún otro de sus conocidos,
decidió no dejarse ver por nadie. El frustrante conocimiento de que huía tanto de los enemigos como de sus propios
amigos no hizo sino aumentar su temor. Era perfectamente posible —incluso probable— que cayera directamente en
manos de los hombres de Jarvik tratando de huir de los soldados de Barak.
Lo mas lógico habría sido acudir de inmediato a la cámara del consejo pero, en sus prisas por escapar de Asharak,
Garion había recorrido tantos pasillos iluminados y había doblado tantas esquinas que ya no tenía idea de dónde
estaba ni de cómo llegar a las zonas del palacio que le resultaban familiares. Aquella huida sin objetivo era
peligrosa. Asharak o sus hombres podían aguardar detrás de cualquier esquina para capturarlo y el muchacho
comprendió que el murgo podría restablecer enseguida aquel extraño vínculo existente entre ambos que tía Pol había
hecho añicos con su contacto. Era esto lo que debía evitar a toda costa, se dijo. Si caía en manos de Asharak, nunca
más podría librarse de el. De momento, la única alternativa era encontrar un lugar donde ocultarse.
Penetró en otro angosto corredor y se detuvo, jadeante, con la espalda pegada a las piedras de la pared. Al otro
extremo de aquel pasadizo alcanzó a ver una serie de peldaños de piedra, gastados y estrechos, que ascendían en una
empinada espiral, iluminados por la luz vacilante de una única antorcha. De inmediato se dijo que, cuanto mas
subiera, menos probable era que encontrase a nadie. La lucha se concentraría, sobre todo, en los pisos inferiores.
Inspiró profundamente y corrió hasta el pie de la escalera.
Cuando ya estaba subiendo advirtió el defecto de su plan: en la escalera no había pasadizos laterales. Tenía que
llegar lo antes posible arriba so pena de ser descubierto y capturado… o algo todavía peor.
—¡Muchacho! —gritó alguien debajo de él.
Garion miró al instante por encima del hombro. Un cherek de aspecto torvo, con casco y cota de malla, subía los
peldaños tras él, espada en mano.
Garion siguió subiendo a toda prisa, tropezando con los peldaños.
Escuchó entonces otro grito procedente de arriba y se quedó paralizado. El guerrero de arriba tenía tan mal aspecto
como el de abajo y blandía un hacha de apariencia atroz. Estaba atrapado entre los dos.
Se encogió cuanto pudo contra las piedras. Buscó la daga, aunque sabía que era inútil.
Entonces, los dos guerreros se vieron y, con sendos gritos, se lanzaron el uno contra el otro. El de la espada pasó a la
carga por delante de Garion mientras que el del hacha se abalanzaba sobre él.
El hacha describió un arco, falló el golpe y sacó una lluvia de chispas de las paredes de piedra. La espada fue más
certera. Con el vello erizado de espanto, Garion la vio atravesar el cuerpo del hachero, doblado hacia delante. El
hacha cayó con un estrépito escaleras abajo y el herido, abrazado todavía a su oponente y encima de él, sacó un
puñal de hoja ancha de la vaina que llevaba a la cintura y la hundió en el pecho de su enemigo. El mortal abrazo
desequilibró a los dos hombres y ambos rodaron escaleras abajo sin soltarse; Garion vio el brillo de sus armas
mientras, con fiereza, seguían hiriéndose una y otra vez.
Paralizado de horror, Garion los vio rodar delante de él: hundían el acero en el cuerpo del contrario con gemidos
nauseabundos y la sangre brotaba de sus heridas como rojos manantiales.
El muchacho sintió una arcada, apretó los dientes con fuerza y continuó su carrera escaleras arriba tratando de cerrar
sus oídos a los horribles sonidos que llegaban de abajo mientras los dos guerreros, al borde de la muerte,
continuaban su mutua y terrible carnicería.
Dejó atrás toda prudencia y corrió cuanto pudo. Huía más de aquel espantoso encuentro de las escaleras que de
Asharak o del conde de Jarvik. Después de correr durante un rato que se le hizo interminable, llegó por fin, jadeante
y sin aliento, a la puerta entreabierta de una cámara en desuso y llena de polvo. Entró, cerró la puerta y se quedó
detrás de ella, temblando.
En la estancia había una cama ancha y combada, colocada contra una pared, y un ventanuco a considerable altura en
la misma pared. Dos sillas desvencijadas ocupaban otras tantas esquinas, en la tercera descansaba un arcón con la
tapa abierta. No había nada más. Al menos, la estancia lo preservaba de aquellos pasadizos donde unos hombres
como fieras se mataban unos a otros. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que la aparente seguridad no era tal. Si
alguien abría la puerta, estaría atrapado. Desesperado, empezó a estudiar con detenimiento la polvorienta cámara. En
una de las paredes desnudas colgaban unos cortinajes. Tal vez ocultaran un vestidor u otra estancia contigua. Garion
cruzó la habitación y los descorrió. Tras las colgaduras había una abertura, aunque no conducía a otra estancia sino a
un pasillo estrecho y oscuro. Asomó la cabeza al pasadizo pero la oscuridad era tan absoluta que apenas alcanzó a
ver unos metros de su interior. Se estremeció ante el pensamiento de tener que avanzar a ciegas en las tinieblas, con
un grupo de hombres armados pisándole los talones.
Alzó la vista hacia el ventanuco de la habitación y arrastró el pesado arcón por la estancia para ver si podía
asomarse. Quizá desde la ventana pudiera ver algo que le diera cierta idea de dónde estaba. Se encaramó al arcón, se
puso de puntillas y miró afuera.
Una serie de torres se alzaba aquí y allá entre los largos tejados de pizarra de las interminables galerías y salones del
palacio del rey Anheg. Era inútil. No vio nada que pudiera reconocer. Se volvió hacia la habitación y estaba a punto
de saltar del arcón cuando, de pronto, se detuvo. Allí, claramente visibles en la espesa capa de polvo que cubría el
suelo, estaban las huellas de sus pisadas.
Se apresuró a saltar al suelo y cogió la almohada de la cama, que llevaba mucho tiempo sin ser usada. La colocó en
el suelo y la arrastró por toda la estancia, borrando las huellas. Sabía que no podía ocultar el hecho de que alguien
había rondado por allí pero, al menos, podía borrar pisadas que, debido a su tamaño, revelarían de inmediato a
Asharak o a cualquiera de sus hombres que quien allí se había ocultado era un muchacho aún no crecido. Cuando
terminó, volvió a colocar la almohada en la cama. El trabajo no era perfecto pero, por lo menos, estaba mejor que
antes.
En el pasillo, al otro lado de la puerta, se escuchó un grito y el estrépito del acero contra el acero.
Garion aspiró aire profundamente y se adentró en el corredor oculto por los cortinajes.
Apenas había dado unos pasos cuando la oscuridad se hizo completa en el angosto pasadizo. Se le puso la piel de
gallina al contacto de las telarañas con su rostro y el polvo añejo que se levantó del suelo irregular casi le impidió
respirar. Al principio avanzó muy deprisa, deseoso de poner la mayor distancia posible entre él y los que combatían
en el pasillo, pero pronto tropezó y, durante un instante, estuvo a punto de caer. La instantánea de una escalera
empinada que se abría en las tinieblas pasó por su mente y comprendió que, con el paso que llevaba, no tendría
modo de evitar la posible caída. Desde entonces avanzó con mayor cautela; tanteó la pared con una mano y llevó la
otra extendida ante el rostro para apartar las numerosas telarañas que colgaban del bajo techo del corredor.
El sentido del tiempo se perdía pronto en la oscuridad y a Garion le pareció que llevaba horas dando tumbos por el
pasadizo, el cual parecía extenderse sin fin. Entonces, pese a todas sus precauciones, chocó de bruces con un muro
de ásperas piedras. Por un momento, fue presa del pánico. ¿Terminaba allí el pasadizo? ¿Había caído en una trampa?
¿Se había metido en una ratonera?
A continuación, por el rabillo del ojo, percibió una luz mortecina. El corredor no terminaba, sino que doblaba en
ángulo hacia la derecha. La luz parecía situarse al otro extremo y Garion avanzó hacia ella, agradecido.
Cuando la escasa luz se lo permitió, el muchacho apretó el paso y pronto llegó al punto del que procedía el
resplandor. Era una estrecha grieta al pie de la pared. Garion hincó la rodilla en las losas polvorientas y se asomó por
la hendidura.
Debajo, el salón era enorme y en su centro había un gran fuego encendido, cuyo humo ascendía hasta las aberturas
del techo abovedado, que se alzaba por encima incluso del lugar donde estaba Garion. Aunque desde aquella
perspectiva tenía un aspecto muy diferente, reconoció de inmediato el salón del trono del rey Anheg. Recorriéndolo
con la mirada, vio la gruesa figura del rey Rhodar junto al cuerpo menudo del rey Cho-Hag, con el omnipresente
Hettar de pie tras ellos. A alguna distancia de los tronos, el rey Fulrach conversaba con el señor Lobo y cerca de
ellos se encontraba tía Pol. La esposa de Barak conversaba con la reina Islena, mientras las otras dos reinas no
andaban lejos de ellas. Seda deambulaba por el salón con paso inquieto y dirigía de vez en cuando una mirada a las
puertas, fuertemente protegidas. Una oleada de alivio recorrió a Garion. Estaba a salvo. Se disponía a llamar la
atención de los de abajo cuando se abrió la puerta con un estruendo y penetró en el salón el rey Anheg, con la cota
de malla y la espada en la mano, seguido de cerca por Barak y el Guardián de Riva, que traía entre ambos, pese a su
resistencia, al hombre de cabello pajizo que Garion había visto en el bosque el día de la caza del jabalí.
—¡Esta traición te costará cara, Jarvik! —exclamó Anheg con un rugido mientras se encaminaba a su trono.
—Así pues, ¿la lucha ha terminado? —preguntó tía Pol.
—Pronto, Polgara —aseguró Anheg—. Mis hombres persiguen a los últimos bandidos de Jarvik en las entrañas del
palacio. Sin embargo, de no haber estado sobre aviso, las cosas habrían sido muy distintas.
Garion, con su grito todavía a flor de labios, decidió en el ultimo instante permanecer callado un poco más.
El rey Anheg envainó la espada y ocupó su trono.
—Ahora, antes de hacer lo que es debido —dijo—, vamos a hablar un poco, Jarvik.
El hombre del cabello pajizo abandonó su infructuosa resistencia contra Barak y Brand el Guardián, casi tan
corpulento como aquél.
—No tengo nada que decir, Anheg —replicó, desafiante—. Si la suerte no me hubiera vuelto la espalda, ahora sería
yo quien se sentara en ese trono. He perdido mi oportunidad, y aquí termina todo.
—Todo, no —insistió Anheg—. Quiero saber los detalles. Será mejor que me los cuentes. De un modo u otro, vas a
hablar.
—Haz lo que quieras —se burló Jarvik—. Antes me morderé la lengua que contarte nada.
—Eso ya lo veremos —respondió Anheg con tono tétrico. —No va a ser necesario, Anheg —intervino tía Pol, quien
acto seguido se acercó lentamente al cautivo—. Hay un modo más fácil de convencerlo.
—No voy a decir nada ——repitió Jarvik—. Soy un guerrero y no te temo, hechicera.
—Eres aún más estúpido de lo que pensaba, conde Jarvik —dijo el señor Lobo—. ¿Prefieres que lo haga yo, Pol?
—Puedo encargarme de todo, padre —respondió ella sin apartar los ojos de Jarvik.
—Ten cuidado —le advirtió el anciano—. A veces te excedes un poco. Con un ligero toque bastará.
—Yo sé lo que hago, Viejo Lobo —replicó ella con aspereza, al tiempo que fijaba su mirada con toda intensidad en
los ojos del prisionero.
Garion, todavía oculto, contuvo la respiración.
El conde de Jarvik rompió a sudar y trató con desesperación de apartar la vista de los ojos de tía Pol, pero fue en
vano. La mujer se adueñó de su voluntad y lo obligó a mirarla. El hombre temblaba y su rostro palideció. Ella no
hizo ningún gesto, el menor movimiento, sino que permaneció frente a Jarvik, encendiéndole el cerebro con los ojos.
Y entonces, al cabo de un momento, el hombre soltó un grito. Después, tras un nuevo grito, se derrumbó con todo su
peso entre las manos de los dos hombres que lo sostenían.
—¡Apártala! —balbució el traidor—. ¡Hablaré, pero quítamela de encima!
Seda, situado ahora cerca del trono de Anheg, miró a Hettar.
—Me pregunto qué habrá visto —murmuró.
—Creo que será mejor no saberlo —respondió Hettar.
La reina Islena había observado la escena con interés, como si esperara descubrir alguna pista de cómo se hacía el
truco. Cuando Jarvik se puso a gritar, Islena dio un respingo y apartó la vista.
—Está bien, Jarvik —dijo Anheg, en un tono de voz de pronto apaciguado—. Empieza por el principio. Lo quiero
todo.
—Al principio, fue poca cosa —empezó a explicar Jarvik con voz temblorosa—. No parecía haber ningún mal en
ello.
—Nunca lo parece —comentó Brand.
El conde de Jarvik exhaló un profundo suspiro, dirigió una mirada a tía Pol y se estremeció otra vez. Después,
recobró la compostura.
—Todo empezó hace un par de años. Yo había navegado a Kotu, en Drasnia, y allí conocí a un comerciante nadrak
llamado Grashor. Parecía un tipo bastante correcto y, cuando nos conocimos un poco mejor, me pregunto si me
interesaría participar en un asunto bastante provechoso. Yo le dije que era un noble y no un vulgar comerciante, pero
él insistió. Dijo que le preocupaban los piratas que viven en las islas del golfo de Cherek y que, probablemente, éstos
no atacarían la nave de un noble cuyos tripulantes eran hombres armados. Su carga consistía en un único arcón… y
no muy grande. Creo que eran algunas joyas que había conseguido camuflar en las aduanas de Boktor y que
pretendía enviar a Darine, en Sendaria. Le respondí que el asunto no me interesaba, pero ese Grashor abrió entonces
su bolsa y sacó oro. Recuerdo que era un oro rojo y brillante y que me resultó imposible apartar los ojos de él. En
realidad, el dinero me convenía…, ¿a quién no, después de todo?…, y, por otra parte, no vi ningún deshonor en hacer
lo que me pedía.
»Así pues, llevé al hombre y su carga a Darine y conocí a su socio, un murgo llamado Asharak.
Garion dio un respingo al escuchar el nombre y escuchó un profundo silbido de sorpresa en labios de Seda.
—Como habíamos convenido —continuó Jarvik—, Asharak me pagó una suma igual a la que me había dado
Grashor y terminé el asunto con toda la bolsa de oro en mi poder. Asharak me dijo que les había hecho un gran favor
y que, si alguna vez necesitaba mas oro, él estaría encantado de proponerme algún otro asunto que me permitiera
ganármelo.
»Para entonces, ya había conseguido más oro del que había tenido nunca pero, de todos modos, parecía que no era
suficiente. Por alguna razón, tenía el ansia de conseguir más.
—Esa es la naturaleza del oro angarak —intervino el señor Lobo—. Siempre llama a más. Cuanto más oro rojo
posee, más poseído por él queda su dueño. Por eso son tan espléndidos en regalarlo esos murgos. Asharak no pagaba
tus servicios, Jarvik: compraba tu alma.
Jarvik asintió, con expresión sombría.
—Sea como fuere —prosiguió—, no pasó mucho tiempo hasta que encontré una excusa para navegar de nuevo a
Darine. Asharak me dijo que, como los murgos tenían vedado el acceso a Cherek, sentía una gran curiosidad por
saber cosas de nosotros y de nuestro reino. Me hizo muchas preguntas y me dio oro por cada respuesta. Me pareció
una manera estúpida de malgastar el dinero, pero le di las respuestas y acepté su oro. Cuando volví a Cherek, tenía
otra bolsa llena. Fui a Jarviksholm y puse el nuevo oro con el que ya tenía. Vi que era un hombre rico y que todavía
no había hecho nada deshonroso. Sin embargo, ahora el día no parecía tener suficientes horas: me pasaba todo el
tiempo encerrado en la bóveda de seguridad, contaba mi oro una y otra vez, lo limpiaba hasta sacarle un brillo rojo
como la sangre y me llenaba los oídos con su tintineo…
»Pero, al cabo de un tiempo, empezó a parecerme que en realidad no tenía tanto y acudí de nuevo a Asharak. El
murgo dijo que seguía interesándole Cherek y que desearía conocer las intenciones de Anheg. Me aseguró que me
daría tanto oro como el que ya tenía si, durante un año, le hacía llegar noticias de lo que se trataba en los grandes
consejos de palacio. Al principio me resistí, pues sabía que con ello cometía un grave deshonor, pero Asharak me
enseñó el oro y ya no pude negarme.
Desde su posición, Garion pudo apreciar las expresiones de quienes ocupaban el salón a sus pies. En los rostros
había una curiosa mezcla de lástima y desprecio mientras Jarvik continuaba su exposición.
—Fue entonces, Anheg —dijo el traidor—, cuando tus hombres capturaron a uno de mis mensajeros y me confinaste
a Jarviksholm. Al principio no me importó, pues podía seguir jugando con mi oro; sin embargo, no pasó mucho
tiempo antes de que volviera a parecerme que no tenía suficiente. Envié una nave rápida a través del canal hasta
Darine, con un mensaje a Asharak en el que le pedía me encontrara otro trabajo para conseguir más oro. Cuando la
nave regresó, Asharak venía a bordo de ella y ambos nos sentamos a hablar de lo que yo podía hacer para
incrementar mi tesoro.
—Entonces eres un traidor por partida doble, Jarvik —dijo Anheg con una voz casi apenada—. Me has traicionado a
mi y has quebrantado la ley más antigua de Cherek. Ningún angarak ha puesto el pie en nuestro reino desde los días
del propio Hombros de Oso.
—En realidad, entonces no me preocupó eso— declaró Jarvik, encogiéndose de hombros—. Asharak tenía un plan y
me pareció bastante bueno. Si lográbamos introducirnos en la ciudad en pequeños grupos, podíamos ocultar un
ejército en las alas en ruinas del sector sur del palacio. Contando con la sorpresa y con un poco de suerte, tendríamos
la oportunidad de acabar con Anheg y los demás reyes alorn y yo podría ocupar el trono de Cherek y, tal vez, los de
toda Aloria.
—¿Y cuál fue el precio que te puso Asharak? —inquirió el señor Lobo, con los ojos entrecerrados y la expresión
preocupada—. ¿Qué quería a cambio de hacerte rey?
—Algo tan poco importante que, cuando me lo dijo, me eché a reír —respondió el traidor—. Pero Asharak añadió
entonces que, si se lo conseguía, no sólo me daría la corona sino también toda la habitación llena de oro.
—¿De qué se trataba? —insistió Lobo.
—Me contó que había un muchacho de unos catorce años en el grupo que había llegado con el rey Fulrach de
Sendaria. Me aseguró que, tan pronto como ese muchacho le fuera entregado, me daría más oro del que podría
contar en mi vida… además del trono de Cherek.
El rey Fulrach pareció desconcertado ante la revelación.
—¿Garion? ¿Por qué había de querer Asharak al muchacho?
La exclamación de temor que surgió de la garganta de tía Pol llegó nítidamente al lugar donde Garion se había
refugiado.
—¡Durnik! —dijo la mujer con voz cargada de urgencia, pero el herrero ya se había puesto en pie y corría hacia la
puerta con Seda pegado a sus talones. Tía Pol se volvió hacia el traidor con los ojos flameantes y el mechón blanco
de la frente casi incandescente en la medianoche de su cabello. El conde Jarvik se encogió de temor cuando la
mirada cayó sobre él.
—Si le sucede algo al muchacho, Jarvik, los hombres se estremecerán ante el recuerdo de tu destino durante un
millar de años —le anunció.
Garion ya tuvo suficiente. Se sentía avergonzado y un poco asustado ante la furia que apreció en la reacción de tía
Pol.
—¡Estoy bien, tía Pol! —gritó por la estrecha grieta de la pared—. ¡Aquí arriba!
—¿Garion? —La mujer alzó la cabeza intentando localizarlo —. ¿Dónde estás?
—Aquí arriba, cerca del techo —respondió el muchacho—. Detrás de la pared.
—¿Cómo has llegado ahí?
—No lo sé. Unos hombres me perseguían y eché a correr hasta que he terminado aquí.
—Baja aquí enseguida.
—No sé cómo, tía Pol —respondió Garion—. He corrido tanto rato y he dado tantas vueltas que no sé volver. Me he
perdido.
—Está bien, cariño —respondió Pol, recuperando el aplomo—. Quédate donde estás. Pensaremos un modo de
bajarte.
—Eso espero —añadió él.
—Bueno, tiene que salir a alguna parte —dijo el rey Anheg, mientras forzaba la vista hacia el lugar donde Garion
esperaba, nervioso—. Lo único que debe hacer es seguir el pasadizo.
—¿E ir a caer directamente en manos de Asharak el murgo? —replicó tía Pol—. Será mejor si se queda donde está.
—Asharak habrá huido para salvar la vida —dijo Anheg—. No se ha encontrado ni rastro de él en el palacio.
—Si no recuerdo mal, ni siquiera había indicios de que estuviera en tu reino —comentó ella con sarcasmo.
—Está bien, Pol —dijo el señor Lobo. Luego añadió—: Garion, ¿hacia donde va el pasadizo?
—Parece seguir hacia el fondo del salón de los tronos —respondió el muchacho—. No puedo decir con seguridad si
allí da la vuelta o no. Aquí arriba está muy oscuro.
—Vamos a pasarte un par de antorchas —le dijo Lobo—. Deja una en el lugar donde estás ahora y avanza por el
pasadizo con la otra. Mientras sigas viendo la primera, estarás avanzando en línea recta.
—Muy astuto —comentó Seda—. Ojalá tuviera siete mil años como tú para resolver los problemas con tanta
facilidad.
Lobo hizo caso omiso de sus palabras.
—Sigo pensando que lo más seguro sería traer unas escaleras y abrir un hueco en la pared —propuso Barak.
—¿No podríamos intentar primero lo que sugiere Belgarath? —contestó el rey Anheg con aire dolorido. Barak se
encogió de hombros.
—¡Tú eres el rey!
—Gracias —dijo Anheg con sequedad. Un guerrero trajo una pértiga con la que hicieron llegar las dos teas a
Garion—. Si el pasadizo sigue en línea recta —añadió Anheg—, debería llevarle a algún lugar de los aposentos
reales.
—Vaya, vaya —murmuró el rey Rhodar enarcando una ceja —. Sería muy interesante saber si el pasadizo iba hacia
los aposentos reales o partía desde éstos.
—Es perfectamente posible que sólo sea una vía de escape olvidada hace tiempo —afirmó Anheg en tono
ofendido—. Al fin y al cabo, nuestra historia no es en absoluto tan pacífica. No creo necesario pensar siempre lo
peor, ¿verdad?
—Claro que no —respondió el rey Rhodar en tono conciliador—. No hay ninguna necesidad.
Garion colocó una de las antorchas en la grieta de la pared y siguió el corredor polvoriento, mirando atrás con
frecuencia para asegurarse de que la antorcha estaba aún a la vista. Llegó por fin a una puerta estrecha que se abrió
con un chirrido en el fondo de un armario vacío. El armario se encontraba en una alcoba de espléndido aspecto y,
tras la puerta de la estancia, vio un corredor ancho y bien iluminado.
Varios guerreros venían corriendo por él y Garion reconoció entre ellos a Torvik, el montero.
—Estoy aquí —gritó al tiempo que salía de la estancia con una sensación de alivio.
—Has estado ocupado, ¿verdad? —lo saludó Torvik con una sonrisa.
—No ha sido idea mía —respondió Garion.
—Te llevaremos ante el rey Anheg —indicó Torvik—. La dama, tu tía, parece preocupada por ti.
—Supongo que estará furiosa —murmuró el muchacho, mientras llegaba a la altura del guerrero de anchos hombros
y empezaba a avanzar a su paso.
—Es más que probable —asintió Torvik—. Las mujeres casi siempre se ponen furiosas con nosotros por una razón u
otra. Es una de las cosas a las que te acostumbrarás cuando seas mayor.
Tía Pol estaba esperándolo junto a la puerta de la sala del trono. No le hizo ningún reproche…, al menos, todavía no.
Durante un breve instante lo estrechó con fuerza contra ella y luego lo miró con aire serio.
—Te esperábamos, cariño —dijo con voz casi tranquila; después, lo condujo donde esperaban los demás.
—¿En las habitaciones de mi abuela, dices? —comentaba Anheg con Torvik—. ¡Qué cosa más asombrosa! La
recuerdo como una viejecita arrugada que caminaba con un bastón.
—Nadie nace viejo, Anheg —replicó el rey Rhodar con una mirada pícara.
—Seguro que existen muchas explicaciones, Anheg —intervino la reina Porenn—. Mi esposo sólo se burla de ti.
—Uno de los hombres se asomó al pasadizo, majestad —añadió Torvik escogiendo con tacto sus palabras—. La
capa de polvo era muy gruesa. Es posible que no haya sido utilizado desde hace siglos.
—¡Qué cosa mas asombrosa! —repitió Anheg.
Todos tuvieron la delicadeza de dejar allí la conversación, aunque el rey Rhodar mantuvo su expresión irónica un
buen rato más.
El conde de Seline carraspeó y dijo:
—Creo que el joven Garion tiene una historia que contarnos.
—Espero que así sea —asintió tía Pol volviéndose hacia el muchacho—. Creo recordar que te dije que no salieras de
tu habitación.
—Me encontré en ella a Asharak acompañado de varios guerreros —explicó Garion—. Intentó obligarme a ir con él.
Al ver que me negaba, me dijo que ya me había tenido una vez y que podría cogerme de nuevo. No entendí muy
bien a que se refería, pero le respondí que antes tendría que atraparme. Y eché a correr.
Brand, el Guardián de Riva, soltó una carcajada.
—No creo que puedas encontrar nada malo en lo que hizo el chico, Polgara —comentó—. Si yo me encontrara un
sacerdote grolim en mi dormitorio, lo más probable es que también saliera a la carrera.
—¿Estás seguro de que era Asharak? —preguntó Seda.
—Si —confirmó el muchacho—. Lo conozco desde hace mucho tiempo. Toda mi vida, supongo. Y él me conoce.
Me ha llamado por mi nombre.
—Creo que me gustaría tener una larga conversación con ese Asharak —dijo Anheg—. Querría hacerle algunas
preguntas sobre los problemas que ha estado causando en mi reino.
—Dudo de que lo encuentres, Anheg —respondió el señor Lobo—. Parece ser algo más que un sacerdote grolim.
Una vez toque su mente…, fue en Muros, y te aseguro que no es una mente corriente.
—Me entretendré con la búsqueda —replicó Anheg con expresión impasible—. Ni siquiera los grolims pueden
caminar sobre las aguas, de modo que voy a paralizar la actividad de todos los puertos de Cherek y, a continuación,
pondré a mis guerreros a batir los montes y los bosques en su busca. Los hombres engordan y causan problemas
durante el invierno y esto les proporcionará algo que hacer.
—Llevar a unos guerreros gordos y buscapleitos a la nieve en lo mas crudo del invierno no te va a hacer muy
popular entre ellos, Anheg —apuntó Rhodar.
—Ofrece una recompensa —sugirió Seda—. Tendría el mismo efecto que una orden y aumentarías, a la vez, tu
popularidad.
—Es una excelente idea —asintió Anheg—. ¿Y en qué clase de recompensa has pensado, príncipe Kheldar?
—Promete pagar en oro el peso de la cabeza de Asharak —respondió Seda—. Esa cantidad arrancará del cubilete de
los dados y de las jarras de cerveza al más obeso de los soldados. —Anheg dio un respingo al escuchar la propuesta,
pero Seda continuó—: Asharak es un grolim. Es probable que no lo encuentren, pero pondrán el reino patas arriba
para buscarlo. Tu oro está a salvo, tus guerreros hacen un poco de ejercicio y, con todos los hombres de Cherek tras
él con las hachas preparadas, Asharak va a estar demasiado ocupado en ocultarse como para provocar nuevos
problemas. Un hombre cuya cabeza es más valiosa para los demás que para si mismo no tiene tiempo para tonterías.
—Príncipe Kheldar —murmuró Anheg con voz grave—, eres un hombre de mente tortuosa.
—Lo procuro, rey Anheg —asintió Seda con una reverencia irónica.
—Supongo que no te importaría venir a trabajar para mi, ¿verdad? —le propuso el rey de Cherek.
—¡Anheg! —protestó Rhodar. Con un suspiro, Seda respondió:
—Es la sangre, rey Anheg… Estoy comprometido con mi tío por nuestros vínculos de parentesco. Sin embargo, me
gustaría escuchar tu oferta, pues me puede ser de utilidad en futuras negociaciones sobre las compensaciones por
mis servicios.
La risa de la reina Porenn sonó como el tintineo de una fina campanilla de plata y el rey Rhodar adoptó una
expresión casi trágica.
—Ya ves —dijo a su esposa—. Estoy completamente rodeado de traidores. ¿Qué puede hacer un pobre hombre
gordo y viejo como yo?
En ese instante entró en el salón un guerrero de aspecto torvo que se acercó a Anheg.
—Tu orden se ha cumplido, majestad —anunció—. ¿Deseas ver su cabeza?
—No —replicó Anheg, lacónico.
—¿La debemos colocar en una picota cerca del puerto? —preguntó el guerrero.
—No —respondió Anheg—. Jarvik fue un hombre valiente y pariente mío por matrimonio. Haz que envíen el
cuerpo a su esposa para que le dé entierro como es debido.
El guerrero hizo una reverencia y abandonó el salón.
—Ese problema del grolim Asharak me interesa —comentó la reina Islena a tía Pol—. ¿No podríamos encontrar
entre las dos, Dama Polgara, un medio de localizarlo?
Su rostro reflejaba un cierto engreimiento. El señor Lobo intervino rápidamente, antes de que tía Pol tuviera tiempo
de responder.
—Tu propuesta es muy valiente, Islena, pero no podemos permitir que la reina de Cherek corra tal riesgo. Estoy
seguro de que tus habilidades son formidables, pero una búsqueda como ésta abre la mente por completo. Si
Asharak notara que lo buscas, respondería de inmediato. Polgara no correría ningún peligro, pero me temo que tu
mente ardería como una vela. Sería una gran lástima que la reina de Cherek pasara el resto de su vida como una
furiosa demente.
Islena palideció súbitamente y no observó el guiño de complicidad que el señor Lobo dirigía a Anheg.
—No podría permitir tal cosa —intervino el monarca con firmeza—. Aprecio demasiado a mi reina para permitir
que corra tan terrible riesgo.
—Debo acceder a la voluntad de mi señor —dijo entonces Islena con voz de alivio—. Por orden suya, retiro mi
petición.
—El valor de mi reina me honra —añadió Anheg con una expresión de absoluta seriedad.
Islena hizo una reverencia y acto seguido se retiró. Tía Pol lanzó una mirada de admiración y sorpresa a Lobo, pero
no hizo comentarios.
La expresión de Lobo se volvió mas seria cuando se levantó de la silla en la que había permanecido sentado hasta
entonces.
—Creo que ha llegado el momento de tomar decisiones. Las cosas empiezan a suceder demasiado deprisa para
tolerar más retrasos. —Se volvió hacia Anheg y preguntó—: ¿Hay aquí algún lugar donde podamos hablar sin riesgo
de que nos escuchen?
—Hay una cámara en una de las torres —respondió Anheg—. Había pensado en ella antes de nuestra primera
reunión, pero…
Hizo una pausa y dirigió una mirada a Cho-Hag. —No deberías haberte preocupado por eso —replicó Cho-Hag—.
Si es preciso, puedo subir una escalera, y siempre habría sido mejor para mi sufrir una ligera incomodidad que
permitir que el espía de Jarvik nos escuchara.
—Yo me quedaré con Garion —dijo Durnik a tía Pol, pero ella movió la cabeza en firme señal de negativa.
—No —replicó—. Mientras Asharak siga suelto por Cherek, no quiero perder de vista al muchacho.
—¿Vamos, entonces? —les apremió el señor Lobo—. Se hace tarde y quiero salir mañana a primera hora. La pista
que seguíamos se está borrando.
La reina Islena, con mal semblante todavía, se quedó a un lado con Porenn y Silar, sin hacer el menor ademán de
seguir al rey Anheg cuando éste abrió la marcha para salir del salón del trono.
—Ya te haré saber lo que sucede —gesticuló el rey Rhodar a su esposa en la lengua secreta.
—Desde luego —le respondió Porenn por el mismo sistema. La expresión de su rostro era plácida, pero los
enérgicos movimientos de sus dedos traicionaban la irritación que sentía.
—Calma, niña —le dijeron las manos de Rhodar—. Aquí somos huéspedes y debemos seguir las costumbres locales.
—Como ordene mi señor —replicó ella con un cierto ademán en sus manos que denotaba sarcasmo.
Con la ayuda de Hettar, el rey Cho-Hag consiguió subir los escalones, aunque su ascensión fue penosa y lenta.
—Lamento esto —dijo entre jadeos, detenido a medio camino para recuperar el aliento—. Esto me cansa tanto como
a ti.
El rey Anheg apostó centinelas al pie de la escalera, subió a la cámara y cerró la sólida puerta tras de si.
—Enciende el fuego, primo —dijo a Barak—. Será mejor que nos pongamos cómodos.
Barak asintió y acercó una antorcha a la leña del hogar.
La estancia era circular y no muy espaciosa, pero había sitio suficiente para todos, así como sillas y bancos donde
tomar asiento.
El señor Lobo se acercó a una de las ventanas y contempló a sus pies las luces titilantes de Val Alorn.
—Siempre me han gustado las torres —comentó, casi para si mismo—. Mi Maestro vivía en una como ésta y yo
disfruté mucho el tiempo que estuve con él.
—Daría mi vida por haber conocido a Aldur —intervino Cho-Hag en voz baja—. ¿De veras estaba rodeado de luz,
como dicen algunos?
—A mí me pareció un hombre totalmente normal —respondió el señor Lobo—. Pasé cinco años con él antes de
saber siquiera quién era.
—¿De veras era tan sabio como nos cuentan? —quiso saber Anheg.
—Probablemente, más —respondió Lobo—. Yo era un niño vagabundo y asilvestrado cuando me encontró
agonizando bajo una tormenta de nieve delante de su torre. Consiguió domesticarme… aunque tardó varios siglos en
lograrlo. —Se apartó de la ventana con un profundo suspiro y añadió—: ¡A trabajar, pues!
—¿Dónde continuarás la búsqueda? —preguntó el rey Fulrach.
—En Camaar —contestó Lobo—. Allí encontré la pista y creo que debe dirigirse hacia Arendia.
—Enviaremos guerreros con vosotros —ofreció Anheg—. Después de lo sucedido aquí, parece probable que los
grolims traten de deteneros.
—No —replicó Lobo con firmeza—. Los guerreros serían inútiles para enfrentarse a los grolims. No podremos
desplazarnos con comodidad acompañados de un ejército y no tendremos tiempo de explicar al rey de Arendia por
qué invadimos su territorio con una horda de soldados detrás. Y, por imposible que pueda parecer, todavía se tarda
más en explicar las cosas a los arendianos que a los alorn.
—No seas descortés, padre —dijo tía Pol—. También es su mundo y el asunto los afecta.
—Tal vez no necesites un ejército, Belgarath —insistió el rey Rhodar—, pero ¿no sería prudente llevar contigo a un
puñado de hombres escogidos?
—Hay pocas cosas que Polgara y yo no podamos resolver por nosotros mismos —contestó Lobo—, y ya vienen con
nosotros Seda, Barak y Durnik para ocuparse de los asuntos más mundanos. Cuanto menor sea nuestro grupo, menos
atraerá la atención. —Se volvió a Cho-Hag y añadió— : Sin embargo, ya que hablamos de ello, me gustaría llevar a
tu hijo Hettar con nosotros. Es probable que necesitemos de sus especializadas capacidades extraordinarias.
—Imposible —replicó Hettar con rotundidad—. Tengo que quedarme con mi padre.
—No, Hettar —lo cortó éste—. No quiero que vivas sólo como las piernas de un impedido.
—Nunca he sentido que me prive de nada por quedarme a tu servicio, padre —insistió Hettar—. Hay mucha gente
que comparte mis facultades especiales. Deja que el Anciano escoja a otro.
—¿Cuántos sha-darim hay entre los algarios? —preguntó el señor Lobo con aire grave.
Hettar le dirigió una intensa mirada, como si quisiera decirle algo con los ojos. El rey Cho-Hag hizo una profunda
inspiración.
—¿Es eso cierto, Hettar? —preguntó.
—Tal vez, padre —respondió el aludido, encogiéndose de hombros—. No creía que fuese importante.
Cho-Hag miró a Lobo. Este asintió.
—Es cierto —dijo—. Lo supe la primera vez que lo vi. Es un sha-dar. Pero tenía que descubrirlo por si mismo.
De pronto, los ojos del monarca se llenaron de lágrimas.
—¡Mi hijo! —exclamó con orgullo, estrechando a Hettar en un emocionado abrazo.
—No es nada extraordinario, padre —murmuró Hettar en voz baja, como si de pronto se sintiera turbado.
—¿De qué están hablando? —susurró Garion a Seda.
—Es una cosa que los algarios se toman muy en serio —le explicó Seda sin alzar la voz—. Creen que hay algunas
personas que pueden comunicarse con los caballos utilizando únicamente sus pensamientos. A esas personas se las
denomina sha-darim, o jefes de clan de los caballos. Sólo surgen casos muy esporádicos, apenas dos o tres entre toda
una generación. El algario que posee ese don entra de inmediato en la nobleza. Cho-Hag va a rebosar de orgullo
cuando regrese a Algaria.
—¿Tan importante es? —quiso saber el muchacho.
Seda se encogió de hombros.
—Para los algarios, parece que si. Todos los clanes se reúnen en la Fortaleza cuando se encuentra un nuevo sha-dar.
Todo el reino celebra el acontecimiento durante seis semanas y sus gentes llevan regalos al escogido de la fortuna.
Hettar será un hombre rico si decide aceptarlos, aunque tal vez opte por lo contrario. Hettar es un hombre extraño.
—Debes aceptar —dijo Cho-Hag a Hettar—. El orgullo de Algaria va contigo. Tu deber está claro.
—Tú decides, padre —respondió Hettar a regañadientes.
—Bien —dijo el señor Lobo—. ¿Cuánto tiempo te llevará ir a Algaria, escoger una decena de tus mejores caballos y
llevarlos hasta Camaar?
—Dos semanas —respondió Hettar tras un rápido cálculo—, si no encontramos ventiscas en las montañas de
Sendaria.
—Entonces, mañana por la mañana saldremos todos de aquí —indicó Lobo—. Anheg puede facilitarte una nave.
Lleva los caballos por la Gran Ruta del Norte hasta un lugar a pocas leguas al este de Camaar desde donde parte otra
ruta de caravanas que va hacia el sur. Esta segunda ruta vadea el río Gran Camaar y sigue hasta conectar con la Gran
Ruta del Oeste en las ruinas de Vo Wacune, al norte de Arendia. Nos reuniremos allí dentro de dos semanas.
Hettar asintió.
—Allí se unirá también a nosotros un arendio de Vo Astur y un poco más adelante, otro de Vo Mimbre. Los dos
hombres nos pueden ser de utilidad en el sur.
—Y también se cumplirá así la profecía —añadió Anheg misteriosamente.
Lobo se encogió de hombros y en sus claros ojos azules apareció un súbito fulgor.
—No me opongo a que las profecías se cumplan, siempre que ello no sea un inconveniente para mis planes.
—¿Podemos servirte de alguna ayuda en la búsqueda? —preguntó Brand, el Guardián.
—Ya tenéis suficiente trabajo con lo vuestro —respondió Lobo—. No importa lo que resulte de nuestra empresa, es
evidente que los angaraks se preparan para una gran acción. Si tenemos éxito, tal vez vacilen en llevarlo a cabo, pero
los angaraks no siguen los mismos razonamientos que nosotros. Incluso después de lo que sucedió en Vo Mimbre,
es posible que decidan arriesgarse a un ataque total contra el oeste. Podría ser que estuvieran respondiendo con ello
a unas profecías propias de las que nosotros no sabemos nada. En cualquier caso, creo que debéis estar prevenidos
para algo bastante importante. Deberéis realizar los preparativos necesarios.
Anheg le lanzó una sonrisa lobuna.
—Llevamos esperándolos desde hace cinco mil años —declaró—. Esta vez, vamos a erradicar de la faz de la tierra
esa plaga angarak. Cuando Torak el Tuerto despierte, se encontrará tan solo como Mara… e igual de impotente.
—Tal vez —replicó el señor Lobo—, pero no hagas planes para celebrar la victoria hasta que la guerra haya
terminado. Llevad a cabo los preparativos con discreción y no inquietéis a los súbditos de vuestros reinos más de lo
que ya habéis hecho. El oeste está repleto de grolims y éstos se fijan en todos vuestros movimientos. La pista que
seguiremos puede conducirnos a Cthol Murgos y preferiría no tener que enfrentarme a un ejército de murgos
desplegado en la frontera.
—Yo también soy un experto en el tema de observar y conseguir información —intervino el rey Rhodar con una
mueca ceñuda en su rostro rollizo—. Acaso soy mejor aún que los grolims. Es hora de enviar unas cuantas caravanas
más hacia el este. Los angaraks no se moverán sin la ayuda del este y los malloreanos tendrán que cruzar hasta Gar
og Nadrak antes de desplegarse por el sur. Un par de sobornos aquí y allá, unos cuantos barriles de cerveza fuerte en
los campamentos de mineros adecuados…, ¿quién sabe qué puede salir de un poco de corrupción bien enfocada? Un
par de palabras al azar puede darnos varios meses de ventaja.
—Si traman algo importante, los thull estarán construyendo depósitos de suministros a lo largo de la cordillera
oriental —apuntó Cho-Hag—. Los thull no son muy inteligentes y resulta fácil observarlos sin ser visto. Aumentaré
el número de patrullas a lo largo de esas montañas. Con un poco de suerte, tal vez podamos descubrir con antelación
la ruta escogida para la invasión. ¿Podemos hacer alguna otra cosa para ayudarte, Belgarath?
El señor Lobo permaneció unos instantes pensativo y de pronto, lanzó una sonrisa.
—Estoy seguro de que nuestro ladrón está escuchando con gran atención, a la espera de que alguno de nosotros
pronuncie su nombre o el del objeto que ha robado. Tarde o temprano alguien va a cometer un desliz y una vez que
nos localice, podrá escuchar hasta la ultima palabra de lo que hablemos. En lugar de esforzarnos en mantener
silencio, creo que sería mejor si le proporcionamos algo que escuchar. Si se puede organizar, querría que todos los
juglares y narradores de historias del norte empezaran a contar de nuevo ciertos viejos relatos…, ya sabéis cuáles.
Cuando esos nombres empiecen a sonar por las plazas del mercado de todos los pueblos al norte del río Camaar,
atronarán en sus oídos como el rugido de otras tantas tormentas. Cuando menos, eso nos dará libertad para hablar.
Con el tiempo, se cansará de escuchar y dejará de prestar atención.
—Se hace tarde, padre —le recordó tía Pol.
Lobo asintió.
—Estamos metidos en un juego mortal —dijo a todos los presentes—, pero nuestros enemigos juegan otro
igualmente letal. Corren un peligro tan grande como el nuestro y, ahora mismo, nadie puede predecir qué sucederá al
final. Ultimad los preparativos y enviad hombres de confianza a vigilar. Tened paciencia y no hagáis nada sin
meditarlo bien. De momento, Polgara y yo somos los únicos que podemos actuar y vais a tener que confiar en
nosotros. Sé que, a veces, algunas cosas que hemos hecho han parecido un poco extrañas, pero tenemos razones para
actuar así. Por favor, no volváis a intervenir. Necesitaré tener noticias de vuestros progresos de vez en cuando; si
preciso que hagáis algo más, os lo haré saber. ¿De acuerdo?
Los reyes asintieron con semblante serio y todos los presentes se pusieron en pie. Anheg se acercó a Lobo.
—¿Podrías pasarte por mi estudio dentro de una hora, Belgarath? —le preguntó en voz baja—. Querría tener unas
palabras contigo y con Polgara antes de vuestra partida.
—Si así lo quieres, Anheg… —asintió el señor Lobo.
—Vamos, Garion —dijo tía Pol—. Tenemos que ocuparnos del equipaje.
Garion, un poco abrumado por la solemnidad de la conversación, se incorporó en silencio y cruzó la puerta tras ella.
El estudio del rey Anheg era una sala grande y desordenada de techo muy alto, situada en una torre cuadrada. Por
todos los rincones se amontonaban libros encuadernados en cuero repujado y sobre varias mesas y estanterías se
acumulaban extraños artefactos con palancas y poleas y delicadas cadenas de bronce. Unos mapas muy detallados y
bellamente coloreados colgaban de las paredes y el suelo estaba cubierto de fragmentos de pergamino con
inscripciones en una letra menuda. El rey Anheg, cuyos crespos cabellos negros le caían sobre los ojos, tomó asiento
ante una mesa inclinada bajo el suave resplandor de un par de velas y pasó la vista por un gran libro formado con
finas hojas de crujiente pergamino.
El centinela de la puerta les abrió paso sin una palabra y el señor Lobo se adelantó con paso enérgico hasta el centro
de la estancia.
—¿Querías vernos, Anheg?
El rey de Cherek levantó la vista del libro y dejó éste a un lado.
—Belgarath, Polgara… —dijo tras un breve movimiento de cabeza a modo de introducción. Después, miró a Garion,
que se había detenido cerca de la puerta, titubeante.
—Insisto en lo que dije antes —proclamó tía Pol—. No voy a perder de vista al muchacho ni un segundo hasta estar
segura de que está fuera del alcance del grolim Asharak.
—Como tú quieras, Polgara —aceptó Anheg—. Entra, Garion.
—Veo que prosigues tus estudios —comentó el señor Lobo con gestos de aprobación, mientras recorría el
abigarrado estudio con la mirada.
—Hay tanto que aprender… —respondió Anheg con un ademán de impotencia, indicando la gran cantidad de libros,
documentos y extraños aparatos—. Tengo la sensación de que habría sido más feliz si no me hubieras iniciado en
esta tarea imposible.
—Tú me lo pediste —respondió sencillamente Lobo.
—Y tú te podrías haber negado —respondió Anheg con una carcajada. A continuación, sus toscas facciones
adoptaron una expresión más seria. Dirigió una mirada a Garion y empezó a hablar con evidentes circunloquios—.
No quisiera entrometerme, pero la conducta de ese Asharak me concierne.
Garion se apartó del lado de tía Pol y empezó a estudiar una de las pequeñas máquinas colocadas en una mesa
próxima, con cuidado de no tocarla.
—Nosotros nos ocuparemos de Asharak —dijo tía Pol, pero Anheg insistió:
—Durante siglos han corrido rumores de que tú y tu padre estáis protegiendo… —titubeó, miró a Garion y continuó
la frase— cierta cosa que debe ser protegida a toda costa. Varios de mis libros hablan de ello.
—Lees demasiado, Anheg —comentó tía Pol.
—Me ayuda a pasar el tiempo, Polgara —respondió el monarca—. La alternativa es sentarme a beber con mis
nobles y ya tengo el estómago demasiado delicado para eso… y los oídos, también. ¿Tienes idea del alboroto que
puede armarse en un salón lleno de chereks borrachos? Los libros no gritan ni fanfarronean, ni se caen de las sillas
para quedarse dormidos debajo de las mesas. Si, los libros son mucho mejor compañía.
—Tonterías —replicó tía Pol.
—Todos las cometemos en alguna ocasión —comentó filosófico Anheg— . Pero volvamos a nuestro otro asunto. Si
los rumores que he mencionado resultan ciertos, ¿no estáis corriendo un grave riesgo? Es probable que la búsqueda
se vuelva muy peligrosa.
—No hay ningún lugar realmente seguro —dijo el señor Lobo.
—¿Por qué correr riesgos que pueden evitarse? —preguntó Anheg—. Asharak no es el único grolim del mundo,
¿sabéis?
—Ahora entiendo por qué te llaman Anheg el Astuto —añadió Lobo con una sonrisa.
—¿No sería más seguro si dejarais esa cosa a mi cuidado hasta vuestro regreso? —sugirió Anheg.
—Ya hemos visto que ni siquiera Val Alorn está a salvo de los grolims. —Tía Pol se mantuvo firme en su
negativa—. Las minas de Cthol Murgos y de Gar og Nadrak son inagotables y los grolims tienen a su disposición
más oro del que nunca podrías imaginar. ¿A cuántos más como Jarvik habrán comprado? El Viejo Lobo y yo
tenemos una gran experiencia en la protección de esa cierta cosa que has mencionado. Con nosotros estará a salvo.
—De todas maneras, gracias por tu preocupación, Anheg —añadió el señor Lobo.
—El asunto nos concierne a todos —asintió el monarca.
Garion, pese a su juventud y a sus esporádicas muestras de atolondramiento, no era tonto. Resultaba evidente que la
conversación a la que asistía se refería de algún modo a él y era muy posible, también, que tuviera que ver con el
misterio de su ascendencia familiar. Para disimular el hecho de que estaba prestando toda su atención a la
conversación, tomó de un estante un libro pequeño encuadernado en una piel negra de extraña textura. Lo abrió,
pero no encontró en su interior dibujos o iluminaciones, sino sólo unas páginas repletas de una escritura muy fina de
aspecto extrañamente repulsivo.
Tía Pol, que siempre parecía saber que hacía el muchacho, le dirigió una mirada.
—¿Qué haces con eso? —le preguntó con voz seca.
—Sólo miraba —respondió Garion—. No entiendo esa letra.
—Deja ese libro ahora mismo —ordenó la mujer.
El rey Anheg sonrió y añadió:
—Aunque lo consiguieras, tampoco entenderías lo que pone, muchacho. El libro está escrito en angarak antiguo.
—¿Y qué haces tú con ese libro repugnante en tu poder? —Tía Pol se volvió hacia el monarca—. Tú, más que nadie,
debería saber que está prohibido.
—No es más que un libro, Pol —dijo el señor Lobo—. Carece de cualquier poder a menos que se le conceda.
—Además —añadió Anheg, con el índice apoyado en el costado de la cara en actitud meditabunda—, el libro nos
proporciona algunas claves de cómo puede funcionar la mente de nuestro enemigo. Siempre es algo bueno de
conocer.
—No se puede conocer la mente de Torak —sentenció tía Pol— y es peligroso abrirse a él. Puede envenenarte la
cabeza sin que te des ni cuenta de lo que sucede.
—Yo no creo que haya ningún peligro de que tal cosa suceda —replicó Lobo—. La mente de Anheg está lo bastante
preparada como para evitar las trampas que contiene el libro de Torak. Al fin y al cabo resultan bastante evidentes.
Anheg dirigió una mirada a Garion, que estaba en el otro extremo de la estancia, y le hizo un gesto para que se
acercara. Garion obedeció y se plantó ante el rey de Cherek.
—Eres un jovencito muy observador —comentó Anheg—. Hoy me has hecho un gran servicio y puedes recurrir a
mí en cualquier instante para que te lo devuelva. Ten la seguridad de Anheg de Cherek es tu amigo.
El monarca extendió la mano derecha y Garion, sin pensar lo que hacía, le tendió la suya.
De pronto, Anheg abrió los ojos como platos y su rostro palideció. Asió por la muñeca el brazo del muchacho y
contempló la marca plateada de la palma de su mano.
Al instante, las manos de tía Pol entraron en acción; cogieron con fuerza los dedos de Garion y los retiraron del
alcance del monarca.
—Entonces, es verdad… —murmuró éste en voz baja.
—Ya basta —replicó tía Pol—. No confundas al muchacho —añadió, con sus manos apretadas todavía en torno a
las de Garion—. Vamos, querido —dijo a éste, es hora de terminar de preparar el equipaje.
Tras esto, la mujer abandonó la cámara de la torre con Garion.
Las preguntas se sucedieron vertiginosamente en la cabeza del muchacho. ¿Qué tenía la marca de la mano para que
Anheg reaccionara de aquella manera? Aquella marca de nacimiento era hereditaria, según sabía. Tía Pol le había
contado una vez que su padre había tenido otra idéntica pero ¿por qué había de despertar el interés de Anheg hasta
tal punto? Su reacción había sido exagerada, se dijo. La necesidad de saber se hizo casi intolerable. Necesitaba
conocer la verdad sobre sus padres, sobre tía Pol, sobre todo aquel asunto. Si las respuestas dolían, tendría que
aguantarse. Por lo menos, entonces sabría…
La mañana siguiente amaneció despejada y salieron del palacio muy temprano en dirección al puerto. Todos se
congregaron en el patio donde esperaban los trineos.
—No es preciso que salgas con éste frío, Merel —dijo Barak a su esposa cuando ésta, envuelta en pieles, hizo
ademán de montar en el vehículo.
—Es mi deber despedir a mi señor cuando haya subido a bordo —replicó ella con el mentón en alto en gesto
arrogante.
—Como gustes —suspiró Barak.
Encabezada por el rey Anheg y la reina Islena, la comitiva de trineos dio la vuelta en el patio palaciego y salió a las
calles nevadas de Val Alorn.
El sol brillaba con fuerza y el aire era vigorizante. Garion permaneció en silencio, sentado junto a Seda y Hettar.
—¿Como que estás tan callado? —preguntó Seda.
—Han sucedido muchas cosas que no entiendo —respondió Garion.
—Nadie es capaz de entenderlo todo —comentó Hettar, sentencioso.
—Los chereks son un pueblo violento y taciturno —añadió Seda—. Ni siquiera se entienden entre ellos.
—No se trata sólo de los chereks —expuso Garion, luchando por encontrar las palabras precisas—. Es tía Pol y el
señor Lobo y Asharak…, todo en general. Las cosas están sucediéndose demasiado deprisa y no consigo encajarlo
todo.
—Los acontecimientos son como los caballos —intervino de nuevo Hettar—. A veces se desbocan pero, después de
galopar un rato, vuelven a ponerse al paso. Entonces hay tiempo para hacerse una idea completa de las cosas.
—Espero que así sea —respondió Garion con aire dubitativo, antes de sumirse de nuevo en el silencio.
Los trineos doblaron una esquina y salieron a la amplia plaza frente al templo de Belar. La anciana ciega estaba allí
otra vez y Garion advirtió que casi había esperado encontrarla allí. La mujer se puso de pie en la escalinata del
templo y levantó el bastón. Inexplicablemente, los caballos que tiraban de los trineos se detuvieron, temblando, a
pesar de las órdenes de los cocheros.
—Salve, Magnífico —exclamó la ciega—. Te deseo lo mejor en tu viaje.
El trineo en el que iba Garion era el mas próximo a la escalinata y al muchacho le pareció que la mujer le hablaba a
él. Casi sin pensarlo, replicó:
—Gracias, pero ¿por qué me llamas así?
La anciana no respondió a su pregunta.
—Recuérdame —casi le ordenó, mientras hacía una profunda reverencia—. Recuerda a Martje cuando hayas
recibido tu herencia.
Era la segunda vez que la vieja se refería a aquello y Garion sintió una intensa punzada de curiosidad.
—¿Qué herencia? —preguntó.
Pero, para entonces, Barak rugía ya de furia y pugnaba por desembarazarse de las pieles que lo cubrían, dispuesto a
desenvainar la espada. El rey Anheg descendía también de su trineo, con sus ásperas facciones lívidas de cólera.
—¡No! —exclamó la voz imperiosa de tía Pol en las proximidades—. Yo me encargaré de esto. —Se incorporó de
su vehículo, echó hacia atrás la capucha de su manto y dijo con voz clara—: Me parece que ves demasiado con esos
ojos ciegos que tienes. Voy a hacerte un favor para que no sigas atormentada por las tinieblas y por esas inquietantes
visiones que surgen de ellas.
—Golpéame si quieres, Polgara —replicó la vieja—. ¡Yo veo lo que veo!
—No voy a tocarte, Martje —le aseguró tía Pol—. Al contrario, voy a hacerte un regalo.
Tras sus palabras, levantó la mano y efectuó un curioso y breve gesto.
Garion vio perfectamente lo que sucedía; tanto, que luego no tuvo modo de convencerse a si mismo de que todo
había sido una alucinación. Miraba fijo el rostro de Martje y vio cómo el velo blanco caía de sus ojos como si fuera
leche que resbalara hacia el fondo de un vaso.
La vieja se quedó paralizada donde estaba mientras el azul luminoso de sus ojos aparecía tras el velo que los había
cubierto. Y, entonces, soltó un grito. Alzó las manos, miró al grupo y lanzó un nuevo alarido en el que había un tono
desgarrador, de pérdida irreparable.
—¿Qué le has hecho? —preguntó la reina Islena.
—Le he devuelto los ojos —respondió tía Pol, al tiempo que se sentaba de nuevo y se abrigaba otra vez con las
pieles.
—¿Puedes hacer tal cosa? —musitó Islena, palideciendo.
—¿Tú no? En realidad, es bastante sencillo.
—Pero, ahora que tiene sus ojos, Martje perderá la otra visión, ¿no es eso? —apuntó la reina Porenn.
—Imagine que sí —le confirmó tía Pol—, pero es un precio pequeño a cambio de lo que consigue, ¿no te parece?
—Entonces, ¿ya no seguirá siendo una bruja? —insistió Porenn.
—De todos modos, no era una bruja muy buena, en realidad —añadió tía Pol— su visión era borrosa e imprecisa. Es
mejor así. Ya no seguirá perturbándose a sí misma y a los demás con sombras vagas. —Se volvió hacia el rey
Anheg, que permanecía sentado, boquiabierto de asombro, junto a su reina casi desmayada. Con toda calma, tía Pol
le dijo—: ¿Continuamos la marcha? El barco nos espera.
Como si sus palabras los hubieran liberado, los caballos saltaron adelante y los trineos se alejaron rápidamente del
templo, levantando una cortina de nieve con sus cuchillas.
Garion volvió la vista atrás unos instantes. La vieja Martje seguía en la escalinata del templo de Belar, mirándose las
manos extendidas ante sí entre incontrolados sollozos.
—Hemos tenido el privilegio de contemplar un milagro, amigos míos —comentó Hettar.
—Sin embargo, me parece que la beneficiada no ha quedado muy satisfecha del prodigio —replicó Seda con
aspereza—. Recordadme que no ofenda nunca a Polgara. Sus milagros parecen armas de doble filo.
Los rayos sesgados del primer sol de la mañana se reflejaban en las aguas heladas del puerto cuando los trineos se
detuvieron junto a los muelles de piedra. El barco de Graldik se mecía y tiraba de las amarras; otro barco de menor
tamaño aguardaba también en las inmediaciones; parecía impaciente por zarpar.
Hettar se apeó del trineo y fue a hablar con Cho-Hag y la reina Silar. Los tres conversaron en voz baja y con aire
serio, cerrando en torno a ellos una especie de escudo de intimidad.
La reina Islena había recobrado en parte la compostura y estaba sentada en el trineo con la espalda muy recta y una
sonrisa fija en la boca. Cuando Anheg se alejó para hablar con el señor Lobo, tía Pol cruzó el embarcadero helado y
se detuvo cerca del trineo de la reina de Cherek.
—Yo en tu lugar, Islena —le dijo con voz firme—, me buscaría otro entretenimiento. Tus dotes para la brujería son
bastante limitadas y es un arte en extremo peligroso para quienes no lo dominan. Hay demasiadas cosas que pueden
salir mal si uno no sabe bien lo que hace. —La reina la miró, muda—. ¡Ah! —añadió tía Pol—, otra cosa. Creo que
sería conveniente que rompieras tus relaciones con el culto del Oso. Resulta impropio de una reina tener tratos con
los enemigos políticos de su esposo.
Islena abrió los ojos de sorpresa. Con voz temblorosa, preguntó:
—¿Lo sabe Anheg?
—No me sorprendería —respondió tía Pol—. Es mucho más listo de lo que parece, ¿sabes? Estás al borde de la
traición, Islena. Deberías tener varios hijos. Te darían algo útil en que invertir el tiempo y te ayudarían a mantenerte
lejos de los problemas. Sólo es una sugerencia, por supuesto, pero creo que deberías meditarla. He disfrutado mucho
con la visita, querida. Gracias por tu hospitalidad.
Y, tras esto, dio media vuelta y se alejó.
Seda emitió un leve silbido.
—Eso explica algunas cosas —murmuró.
—¿Cuáles? —quiso saber Garion.
—El Sumo Sacerdote de Belar ha estado entrometido en la política de Cherek en los últimos tiempos. Es evidente
que se ha infiltrado en palacio un poco más de lo que yo pensaba.
—¿La reina? —dijo Garion, desconcertado.
—Islena está obsesionada con el tema de la magia —explicó Seda—. Los adoradores del Oso celebran una serie de
rituales que pueden parecer místicos a personas tan crédulas como la reina. —Dirigió una rápida mirada hacia el rey
Rhodar, quien conversaba con los otros reyes y con el señor Lobo. Exhaló un profundo suspiro y añadió—: Vamos a
hablar con Porenn.
Condujo al muchacho hasta el otro extremo del muelle, donde la rubia y menuda reina de Drasnia contemplaba el
mar helado con expresión seria.
—Alteza —dijo Seda cortésmente.
—Querido Kheldar —respondió ella con una sonrisa.
—¿Podrías darle una información a mi tío en mi nombre?
—Desde luego.
—Parece que la reina Islena ha sido un poco indiscreta —le informó Seda—. Ha tenido contactos con el culto del
Oso aquí, en Cherek.
—¡Oh, vaya! —respondió Porenn—. ¿Lo sabe Anheg?
—Resulta difícil decirlo —le explicó Seda—. Y, en caso afirmativo, dudo que lo reconociera. Garion y yo hemos
oído por casualidad a Polgara cuando le recomendaba que lo dejase.
—Espero que esto ponga fin al asunto —murmuró Porenn—. Si llegase demasiado lejos, Anheg tendría que tomar
medidas y eso podría ser trágico.
—Polgara se ha mostrado muy firme —dijo Seda—. Creo que Islena hará lo que le ha dicho. De todos modos, avisa
a mi tío. Le gusta estar al corriente de este tipo de cosas.
—Le informaré —aseguró ella.
—También puedes sugerirle que mantenga bajo vigilancia las organizaciones locales de ese culto en Boktor y Kotu
—apuntó Seda—. En general, las cosas de este tipo no suceden de forma aislada. Hace unos cincuenta años de la
ultima vez que hubo de prohibirse el culto.
La reina Porenn asintió, muy seria.
—Me encargaré de que lo sepa —dijo—. Tengo algunos de mis propios agentes infiltrados en el culto del Oso.
Cuando regrese a Boktor, hablaré con ellos y me enteraré de qué se está tramando.
—¿Tus agentes? ¿Ya has llegado a eso? —exclamó Seda en un tono de burla—. Maduras muy aprisa, mi reina. No
tardarás mucho en ser tan corrupta como el resto de nosotros.
—Boktor está lleno de intrigas, Kheldar —replicó la reina con ademán de modestia—. No se trata sólo de los
adoradores del Oso, ¿sabes? En nuestra ciudad se reúnen comerciantes de todo el mundo y la mitad de ellos, por lo
menos, son espías. Tengo que protegerme… a mi y a mi esposo.
—¿Sabe Rhodar en lo que andas metida? —preguntó Seda con interés.
—Naturalmente —respondió la reina—. El me regaló mi primera decena de espías. Fue un presente de bodas.
—Un detalle típicamente drasniano —murmuró el hombrecillo.
—Al fin y al cabo, se trata de un regaló practico. Mi esposo está ocupado con los asuntos que se refieren a otros
reinos y yo intento llevar el control de las cosas de casa para permitirle concentrarse en esas otras cosas. Mis
operaciones son un poco más modestas que las suyas, pero me las ingenio para mantenerme al tanto de lo que
sucede. —Porenn le dirigió una mirada furtiva por debajo de las pestañas y añadió—: Si alguna vez decides volver a
Boktor y establecerte, quizá pueda encontrarte trabajo.
—El mundo parece lleno de oportunidades últimamente —replicó él con una carcajada.
La reina lo miró, muy seria.
—De veras, Kheldar, ¿cuándo volverás a casa? ¿Cuándo dejarás de ser Seda, el vagabundo, para regresar adonde
perteneces? Mi esposo te echa muchísimo de menos y servirías mejor a Drasnia como principal consejero del rey
que dando vueltas por el mundo.
Seda apartó la mirada y entrecerró los ojos bajo el intenso sol de la fría mañana.
—Todavía no, alteza —murmuró a Porenn—. Belgarath me necesita también y lo que ahora nos ocupa es muy
importante. Además, todavía no estoy preparado para establecerme. El juego sigue entreteniéndome. Tal vez algún
día, cuando todos seamos mucho más viejos, me deje de interesar… ¿Quién sabe?
—Yo también te echo de menos, Kheldar —añadió la reina con voz dulce tras un suspiro.
—Pobrecita reina solitaria —murmuró Seda, medio en tono burlón.
—¡Eres imposible! —dijo ella con un ademán de impaciencia.
—Se hace lo que se puede —replicó él con una sonrisa.
Hettar terminó de abrazar a sus padres y saltó a la cubierta de la pequeña nave que el rey Anheg había puesto a su
disposición.
—Belgarath —dijo mientras los marineros largaban las amarras que sujetaban el barco al muelle—, nos reuniremos
dentro de dos semanas en las ruinas de Vo Wacune.
—Allí estaremos —asintió el señor Lobo.
Los marineros separaron la nave del embarcadero y empezaron a remar por la bahía. Hettar permaneció en cubierta
con el largo mechón de su cráneo rasurado ondeando al viento. Agitó una vez la mano y luego volvió el rostro hacia
el mar.
Se colocó una larga pasarela desde la borda del barco del capitán Greldik hasta las piedras cubiertas de nieve del
embarcadero.
—¿Subimos a bordo, Garion? —propuso Seda.
Los dos ascendieron hasta la cubierta por la precaria pasarela.
—Diles a las niñas que las quiero mucho —dijo Barak a su esposa.
—Así lo haré, mi señor —asintió Merel en el mismo tono estirado y ceremonioso que siempre utilizaba con él—.
¿Tienes alguna otra instrucción que darme?
—Tardaré algún tiempo en volver —indicó Barak—. Este año, planta avena en los campos del sur y deja en
barbecho los del oeste. Haz lo que creas más conveniente en los del norte. Y no lleves el ganado a los pastos altos
hasta que haya desaparecido del suelo todo el hielo.
—Tendré sumo cuidado con las tierras y el ganado de mi esposo.
—También son tuyos —replicó él.
—Como mi esposo diga.
—Nunca lo dejas, ¿verdad, Merel? —dijo Barak con tristeza.
—¿El qué, mi señor?
—Olvídalo.
—¿Me abrazará mi señor antes de partir? —preguntó la mujer.
—¿Para qué? —replicó Barak. Saltó al barco y, de inmediato, desapareció en la bodega.
Tía Pol se detuvo antes de subir a la pasarela y lanzó una grave mirada a la esposa de Barak. Pareció que se disponía
a decir algo pero luego, de improviso, se echó a reír.
—¿Tan divertido es, Dama Polgara? —preguntó Merel.
—Mucho, Merel —respondió tía Pol con una misteriosa sonrisa.
—¿Me permites que lo comparta contigo?
—Bueno Merel, ya lo compartirás —le prometió tía Pol—, pero no quisiera estropearte la sorpresa revelándote de
qué se trata.
Tras una nueva carcajada, ascendió la pasarela que conducía a la nave. Durnik le ofreció su mano para ayudarla y
los dos subieron a cubierta.
El señor Lobo estrechó sucesivamente la mano de los reyes y subió ágilmente a la nave. Se detuvo un instante en la
cubierta a contemplar la ciudad de Val Alorn, antigua y cubierta de nieve, y las impresionantes montañas de Cherek
que se alzaban tras ella.
—Adiós, Belgarath —lo despidió el rey Anheg.
—No te olvides de los juglares —respondió el señor Lobo.
—Desde luego que no —le prometió Anheg—. Buena suerte.
Lobo le sonrió y a continuación se encaminó hacia la proa de la nave de Greldik. Garion fue tras él, siguiendo un
repentino impulso. Tenía varias preguntas que exigían respuestas y el viejo narrador era el más indicado para
satisfacerlas.
—Señor Lobo —dijo cuando ambos estuvieron en la elevada proa.
—¿Sí, Garion?
El muchacho no sabía por dónde empezar, de modo que enfocó el problema de modo indirecto.
—¿Cómo ha podido tía Pol hacerle correr el velo de los ojos de Martje?
—Por la voluntad y la palabra —respondió Lobo mientras su larga capa ondeaba en torno a su cuerpo bajo la fuerte
brisa—. No es muy difícil.
—No lo entiendo.
—Simplemente, deseas que algo suceda y luego dices la palabra —explicó el señor Lobo—. Si tu voluntad es lo
bastante fuerte, sucede.
—¿Y eso es todo? —preguntó Garion, un poco decepcionado.
—Eso es todo —asintió Lobo.
—Esa palabra que se dice, ¿es una palabra mágica?
El señor Lobo se echó a reír y volvió la mirada hacia el brillante reflejo del sol sobre el mar invernal.
—No —respondió—. No existen palabras mágicas. Alguna gente cree que sí, pero se equivoca. Los grolims utilizan
palabras extrañas pero, en realidad, no son necesarias. Cualquier palabra surte efecto. Lo importante es la voluntad,
no la palabra. La palabra es un medio para la voluntad.
—¿Yo podría hacerlo también? —preguntó Garion, esperanzado.
—No lo sé, muchacho —respondió Lobo—. Yo no era mucho mayor que tú la primera vez que lo hice, pero ya
llevaba varios años de convivencia con Aldur. Supongo que eso cambia las cosas.
—¿Qué sucedió?
—Mi maestro quiso que apartara una roca —dijo Lobo—. Parecía pensar que estaba en medio de su camino. Yo
probé a levantarla, pero pesaba demasiado. Al cabo de un rato, me enfadé y le dije a la piedra que se moviera. ¡Y lo
hizo! Me sorprendí bastante, pero mi maestro no pareció considerarlo tan extraordinario.
—¿Sólo le dijiste «muévete»? ¿Nada más? —Garion se mostró incrédulo.
—Nada más. —El señor Lobo se encogió de hombros y añadió—: Parecía tan sencillo que me sorprendió el no
haber pensado en ello antes. Entonces creí que todo el mundo podía hacerlo, pero los hombres han cambiado
bastante desde aquellos tiempos. Tal vez ya no sea posible repetirlo. En realidad, es difícil de decir.
—Siempre había creído que la hechicería tenía que hacerse con largos encantamientos y signos extraños y cosas así.
—Eso son sólo estratagemas que usan los charlatanes y embusteros —le aseguró el señor Lobo—. Organizan un
buen espectáculo e impresionan a la gente sencilla y asustadiza, pero los hechizos y encantamientos no tienen nada
que ver con lo que sucede realmente. Todo está en la voluntad. Concentra la voluntad, di la palabra y ya está. A
veces, algún tipo de gesto ayuda, pero en realidad tampoco es necesario. Tu tía Pol siempre parece abusar de los
gestos cuando hace que algo suceda. He intentado quitarle esa costumbre desde hace cientos de años.
—¿Cientos de años? —Garion parpadeó —. ¿Cuántos tiene? —Mas de los que parece —respondió Lobo—. Pero no
es de
buena educación preguntar la edad de una dama.
Garion se sintió presa de un súbito y abrumador vacío. Sus peores miedos se veían confirmados.
—Entonces, no es realmente mi tía, ¿verdad? —preguntó con un hilo de voz.
—¿Qué te hace pensar eso?
—No podría serlo, ¿verdad? Siempre he pensado que era la hermana de mi padre pero, si tiene cientos de años, eso
sería imposible.
—Tienes demasiada afición a esa palabreja, Garion. Si vas al fondo de las cosas, verás que nada (o, al menos, muy
poco) es realmente imposible.
—¿Cómo podría serlo? Mi tía, me refiero…
—Está bien —aceptó Lobo—. Polgara no es estrictamente hablando, la hermana de tu difunto padre. Su relación con
él es bastante más complicada. Polgara es hermana de la que fue abuela de tu padre; podríamos decir, si vale la
expresión, que es su abuela ultima. Y por supuesto, también lo es de la tuya.
—Entonces, sería mi tía abuela —murmuró Garion con un destello de esperanza. Al menos, era algo.
—No sé si usar ese término exacto para referirme a ella —sonrió Lobo—. Podría ofenderse. ¿Por qué te preocupa
tanto este tema?
—Tenía miedo de que ella sólo hubiera dicho que era mi tía, pero que no existiera realmente ningún parentesco
entre nosotros —explicó Garion—. Llevaba bastante tiempo temiendo tal cosa.
—¿Por qué te daba miedo?
—Es difícil de explicar —murmuró Garion—. Verás, ahora no sé quién o qué soy en realidad. Seda dice que no soy
un sendario y Barak opina que me parezco bastante a un rivano… pero no del todo. Yo siempre me había
considerado un sendario, como Durnik, pero sospecho que no es así. No sé nada de mis padres, ni de dónde
procedían ni nada de eso. Si tía Pol no está emparentada conmigo, entonces no tengo absolutamente a nadie en el
mundo. Estoy totalmente solo, y eso es terrible.
—Pero ahora estás satisfecho, ¿no es así? —respondió Lobo—. Tu tía lo es de verdad…, al menos, tu sangre y la
suya son la misma.
—Me alegro de que me lo hayas contado —dijo el muchacho—. El asunto me tenía preocupado.
Los marineros de Graldik soltaron las amarras y empezaron a separar la nave del muelle.
—Lobo… —dijo Garion cuando un extraño pensamiento le vino a la cabeza.
—¿Sí, Garion?
—Tía Pol es realmente mi tía… o mi tía abuela, ¿verdad? —Si.
—¿Y ella es hija tuya?
—Tengo que reconocer que lo es —declaró Lobo con ironía—. A veces intento olvidarlo, pero no lo puedo negar.
Garion tomó aliento y soltó de una vez lo que tenía en la cabeza:
—Si ella es mi tía y tú eres su padre, ¿no nos convierte eso en una especie de nieto y abuelo?
Lobo lo miró con un gesto de perplejidad.
—¡Vaya, si! —exclamó, con una repentina carcajada—, Supongo que de algún modo así es. Nunca se me había
ocurrido pensarlo desde ese punto de vista.
De pronto, a Garion se le llenaron los ojos de lagrimas y el muchacho se abrazó impulsivamente al anciano.
—Abuelo —murmuró mientras trataba de acostumbrarse a la palabra.
—Bueno, bueno —respondió Lobo, también con un extraño temblor en la voz—. Vaya un descubrimiento —añadió
al tiempo que daba unas torpes palmaditas en el hombro al muchacho.
Los dos estaban bastante embarazados ante la súbita demostración de afecto de Garion y se quedaron en silencio
donde estaban, contemplando a los marineros de Greidik que impulsaban la nave a golpe de remos hacia la bocana
del puerto.
—Abuelo —dijo Garion al cabo de un rato.
—¿Sí?
—¿Qué les sucedió en realidad a mis padres? Quiero decir, ¿cómo murieron?
Lobo cobró una palidez visible.
—Hubo un incendio —se limitó a responder.
—¿Un incendio? —repitió Garion débilmente, mientras su imaginación escapaba de aquel pensamiento terrible, del
indecible dolor—. ¿Cómo sucedió?
—No es muy agradable de contar —dijo Lobo en tono sombrío—. ¿Estás seguro de que quieres saberlo?
—Es preciso, abuelo —aseguró el muchacho sin alzar la voz—. Tengo que saber todo lo que pueda de ellos. Ignoro
por qué, pero es muy importante.
—Si, Garion. —Con un suspiro, el señor Lobo se dio por vencido—. Supongo que así había de ser. Muy bien, pues.
Si tienes edad suficiente para hacer las preguntas, también la tienes para escuchar las respuestas.
Tomó asiento en un banco abrigado del viento helado y, dando unos golpecitos en la madera del asiento, invitó al
muchacho a sentarse junto a él. Garion lo hizo y se acurrucó bajo la capa del anciano.
—Veamos —prosiguió el señor Lobo, mientras se mesaba la barba con gesto pensativo—, ¿por dónde empezamos?
—Meditó unos instantes y, al fin, continuó—: Tu familia es muy antigua, Garion, y como tantas otras con esos
viejos orígenes, tiene cierto número de enemigos.
—¿Enemigos? —Garion parecía perplejo. Jamas se le había pasado por la cabeza una idea parecida.
—No es raro que así suceda —prosiguió el anciano—. Cuando uno hace algo que disgusta a otros, éstos tienden a
odiarlo. Este odio se acumula con los años hasta que se convierte en algo parecido a una religión. No sólo te odian a
ti y a los tuyos, sino que detestan cualquier cosa que tenga relación contigo. Pues bien, hace mucho tiempo los
enemigos de tu familia se hicieron tan peligrosos que tu tía y yo decidimos que el único modo de proteger a la
familia era ocultarla.
—No me lo estás contando todo —intervino Garion.
—No —reconoció Lobo, imperturbable—, tienes razón. Te estoy contando todo lo que puedes saber por ahora. Si
conocieras ciertas cosas, tu comportamiento cambiaría y la gente se daría cuenta. Es más seguro que, durante un
tiempo más, sigas bajo tu apariencia actual.
—Es decir, que siga en la ignorancia —protestó Garion en tono acusador.
—Muy bien, en la ignorancia, si lo prefieres. ¿Qué quieres, escuchar la historia o discutir?
—Lo siento —se excusó Garion.
—Está bien —respondió Lobo dando unas nuevas palmaditas en la espalda del muchacho—. Como tu tía y yo
estamos emparentados con tu familia de una manera muy especial, nos interesaba, como es natural, vuestra
seguridad. Por eso escondimos a tus antepasados.
—¿Se puede esconder a toda una familia? —quiso saber Garion.
—Nunca ha sido una familia demasiado grande —explicó Lobo—. Parece ser, por alguna razón, una línea
genealógica única e ininterrumpida, sin primos ni tíos ni ese tipo de parentescos. No resulta difícil esconder a un
hombre y a su esposa con un único hijo. Lo llevamos haciendo cientos de años. Los hemos escondido en Tolnedra,
en Riva, en Cherek, en Drasnia…, en todo tipo de lugares. Han llevado existencias sencillas, como artesanos sobre
todo, a veces como simples campesinos…, el tipo de gente que no llamaría la atención de nadie. En fin, todo había
funcionado a la perfección hasta hace unos veinte años. Llevamos a tu padre, Geran, desde un lugar de Arendia
hasta una pequeña aldea al este de Sendaria, a unas sesenta leguas al sudeste de Darine, metida en las montañas.
Geran era cantero… ¿No te he contado ya todo esto en otra ocasión?
—Hace mucho tiempo —asintió Garion con una sonrisa—. Dijiste que te caía bien y que lo visitaban de vez en
cuando. Entonces, ¿mi madre era una sendaria?
—No —respondió Lobo —. Ildera era una algaria; de hecho, era la segunda hija de un jefe de clan. Tu tía y yo la
presentamos a Geran cuando tuvieron la edad conveniente. Las cosas sucedieron como habíamos previsto y los
jóvenes se casaron. Tú naciste más o menos un año después.
—¿Cuándo se produjo el incendio? —quiso saber el muchacho.
—Ahora voy a eso —dijo Lobo—. Uno de los enemigos de tu familia había estado buscando a los tuyos durante
mucho tiempo.
—¿Cuánto?
—Cientos de años, en realidad.
—Eso significa que ese enemigo era también un hechicero, ¿no es así? Me refiero a que únicamente los hechiceros
viven tamo tiempo, ¿verdad?
—Si, tiene algunas facultades de ese tipo —reconoció Lobo—, pero la palabra «hechicero» es un término engañoso
que no solemos utilizar para referirnos a nosotros mismos. Hay quien sí lo hace, pero nosotros no vemos las cosas
exactamente así. Es una palabra adecuada para gente que no comprende realmente lo que tiene entre manos. En fin,
como te estaba contando, ese enemigo siguió por fin la pista de Geran e Ildera. Una mañana, muy temprano, llegó a
la casa que ocupaban tus padres mientras éstos todavía dormían, selló puerta y ventanas y le prendió fuego.
—Pensaba que habías dicho que la casa era de piedra.
—Así era —confirmó Lobo—, pero uno puede prenderle fuego a una casa de piedra si lo desea de verdad. El fuego
ha de ser más caliente, eso es todo. Geran e Ildera se dieron cuenta de que no tenían modo de salir de la casa en
llamas, pero Geran consiguió quitar una de las piedras de la pared e Ildera te introdujo por el hueco para intentar
salvarte. Sin embargo, el incendiario estaba al acecho y esperaba a que esto se produjera. Te recogió y emprendió la
huida del pequeño pueblo. Nunca llegamos a estar seguros de cuáles eran sus planes, si iba a matarte o si, tal vez, te
quería mantener prisionero con algún propósito. Sea como sea, en ese momento me presenté yo en el lugar. Apagué
el incendio, pero Geran e Ildera ya estaban muertos. Entonces empecé a perseguir al que te había secuestrado.
—¿Lo mataste? —exigió saber Garion con aire de ferocidad.
—Procuro no cometer más muertes de las imprescindibles —respondió Lobo—, pues perturban en exceso el curso
natural de los acontecimientos. En aquel momento tenía otros planes para él… mucho mas desagradables que la
simple muerte. —Su mirada se hizo helada—. Sin embargo, las cosas se desarrollaron de tal manera que nunca tuve
la oportunidad de llevarlas a cabo, Ese individuo se volvió, te arrojó contra mi (solo eras un bebé) y tuve que
ocuparme de recogerte, lo cual le dio tiempo para escapar. Yo te dejé con Polgara y salí en busca de tu enemigo,
pero todavía no he podido encontrarlo.
—Me alegro de ello —murmuró Garion. Lobo pareció un poco sorprendido ante sus palabras y el muchacho
añadió—: Cuando sea mayor yo mismo lo encontraré. Creo que debo ser yo quien ‘e exija cuentas por lo que hizo,
¿no te parece?
—Podría ser peligroso —respondió Lobo mirándolo con aire muy serio.
—No me importa. ¿Cómo se llama?
—Creo que será mejor esperar un poco para revelarte su nombre. No quiero que te lances a hacer algo antes de estar
preparado.
—¿Pero me lo dirás?
—Cuando sea el momento oportuno.
—Es muy importante, abuelo.
—Si, ya lo veo —respondió Lobo.
—¿Me lo prometes?
—Si insistes… Y, si no lo hago yo, estoy seguro de que lo hará tu tía. Ella ve las cosas igual que tú.
—¿Tú no, abuelo?
—Yo soy mucho más viejo —declaró Lobo—. Veo las cosas de otra manera.
—Yo no tengo tus años —dijo Garion—, y tampoco podría hacerle a ese enemigo las cosas que tú le tenías
reservadas, de modo que tendré que conformarme con matarlo.
El muchacho se incorporó y empezó a caminar arriba y abajo, bullendo de rabia por dentro.
—Supongo que no podré quitarte esa idea de la cabeza —comentó Lobo—, pero estoy convencido de que cuando
todo termine verás las cosas de otra manera.
—No es muy probable —replicó Garion, sin dejar de deambular.
—Ya veremos —insistió Lobo.
—Gracias por contarme todo esto, abuelo.
—Lo habrías descubierto por tu cuenta tarde o temprano —respondió el anciano—, y es mejor que te lo explique yo
antes de que escuches algún relato distorsionado de los hechos en boca de otra persona.
—¿Te refieres a tía Pol?
—Polgara no te mentiría con deliberación, pero su visión de las cosas es mucho más personal que la mía. A veces,
adorna demasiado lo que ve, Yo intento captar una visión general de las situaciones a grandes rasgos. —Tras una
risilla irónica, Lobo añadió—: Supongo que, dadas las circunstancias, es el único punto de vista que puedo utilizar.
Garion contempló al anciano, cuyas canas en el cabello y la barba parecían luminosas bajo el sol matutino.
—¿Cómo es vivir eternamente, abuelo? —preguntó.
—No lo sé —replicó el señor Lobo—. Yo no he vivido eternamente.
—Ya sabes a qué me refiero.
—La cualidad de la vida no cambia mucho —explicó entonces el viejo narrador—, Todos vivimos lo necesario. Lo
único que ha sucedido es que tengo que resolver un asunto que se ha prolongado durante muchísimo tiempo. —Se
incorporó del banco con brusquedad y añadió—: Esta conversación ha tornado un giro muy sombrío.
—La empresa que estamos llevando a cabo es muy importante, ¿verdad, abuelo? —preguntó Garion.
—La más importante del mundo en este momento —asintió Lobo.
—Me temo que no voy a serte de mucha ayuda.
Lobo lo miró unos instantes con aire grave y luego le pasó un brazo por los hombros.
—Creo que te sorprenderá lo que eres capaz de hacer antes de que este asunto termine, Garion —declaró.
Y, tras esto, volvieron la cabeza para contemplar desde la proa de la nave las costas nevadas de Cherek deslizándose
a su derecha, mientras los marineros remaban hacia el sur en dirección a Camaar y a las tierras de mas allá.

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men age:47 ateo apatrida anarko padre viudo
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