MAREAS DE LUZ – Serie del centro galáctico/4 – Gregory Benford

MAREAS
DE LUZ
Serie del centro galáctico/4
Gregory Benford

 

PRIMERA PARTE – LA ESTRELLA DE ABRAHAM
1
Al capitán le gustaba caminar por el casco de la nave.
Era el único lugar donde podía disfrutar de auténtica soledad. Dentro del Argo estaba el
roce del movimiento, el crujido de la humanidad que había permanecido durante dos años
en el espacio reducido aunque bastante agradable de una nave espacial.
Y peor aún, en el interior siempre podían interrumpirlo. La Familia estaba aprendiendo
a dejarlo en paz por las mañanas, debía admitirlo. Había difundido con sumo cuidado un
rumor acerca de su mal humor matinal, y la argucia empezaba a dar resultados. Aunque
de vez en cuando todavía se le aparecía de pronto algún niño con una pregunta,
últimamente siempre había un adulto cerca para llevarse al insolente a rastras.
A Killeen le disgustaban las mentiras (no estaba más irritable cuando se levantaba que
en cualquier otro momento del día), pero era la única forma de conseguir un poco de
intimidad. Así que nadie lo llamaba para molestarlo con cuestiones de la nave cuando
estaba fuera. Por supuesto, ningún oficial se atrevía a cruzar la esclusa y salir a buscarlo.
Además, ahora había una razón mucho más poderosa para no salir. Caminar por el
casco implicaba convertirse en un buen blanco para los ojos que vigilaban arriba.
Aquí fuera. Killeen había estado pensando con tanta concentración en sus problemas,
como le solía pasar siempre, que se había olvidado por completo de admirar la vista o de
localizar a la escolta enemiga.
Su primera impresión, cuando levantó la cabeza para ver toda la extensión de luz a su
alrededor, fue la de un cielo ardiente, rodeado de nubes. Sabía que era una ilusión, que
ése no era el cielo planetario y que el casco brillante del Argo no era un horizonte.
Pero la mente humana seguía siempre los esquemas adquiridos en millones de años.
Esas manchas brillantes azules y rosadas, marfileñas y de un naranja acaramelado no
eran nubes en el sentido normal del término. Su fosforescencia provenía de los soles que
habían engullido. No eran vapor de agua, sino enjambres multicolores de átomos en
movimiento. Emitían luz porque las estrellas que cubrían enviaban estímulos intolerables.
Los cielos de Nieveclara nunca habían crujido con la energía atrapada que brillaba,
intermitente, entre esas nubes. Killeen vio un destello de luz azul caliente cerca de una
gran burbuja anaranjada. Las temblorosas curvas de la burbuja se hinchaban como
salchichas rotas, reventadas. De pronto se enroscaron, se cuajaron en bordes titilantes
que avanzaban con la lentitud de las serpientes y después toda la burbuja estalló en
fragmentos lívidos, tortuosos.
¿Sería ése el clima de la estrella? Nieveclara había tenido un clima que podía volverse
bruscamente agresivo, y Killeen suponía que en la escala inimaginable de las estrellas
sucedía lo mismo. Como no entendía la forma en que los planetas forman el clima ni las
complejas leyes de las mareas y las corrientes, el aire y el agua, no le resultaba difícil
suponer que había un sombrío misterio similar en las vidas furiosas de las estrellas.
La furia hería el cielo. Detrás de ellos giraba el disco carmesí del Comilón, una gran
boca devoradora. Engullía soles enteros y eructaba gases calientes. En la huida de Argo
desde Nieveclara, que navegaba cerca del Comilón, habían luchado contra el polvo
ardiente que alimentaba al monstruo. Su gran disco era como azúcar quemado en el
borde y se enrojecía cada vez más hacia el centro. Todavía más hacia el interior había un
amarillo encendido y circular, y en el medio, una ferocidad viva, de un azul blanquecino,
una bola de fuego permanente.
Al mirar hacia fuera, Killeen veía en gran escala la estructura que sus Aspectos le
habían anunciado. Toda la galaxia se alzaba amenazante, como un fantasma plateado
más allá de las tierras polvorientas y oscuras. La galaxia también era un disco. Pero
infinitamente mayor. Killeen había visto antiguas pinturas de las regiones más allá del
Centro, un lago de estrellas. Pero ese lago no tenía ondas ni movimientos. Allí, las
mareas de luz barrían el cielo como si algún dios hubiera decidido que el Centro sería su
última obra de arte luminosa. La estrella a la que se dirigían giraba a lo lejos, un puntito
diminuto en medio de la tormenta. Todas las esperanzas de la Familia se centraban en
ella.
Y flotando en ese hervidero, el enemigo.
Killeen escudriñó atentamente el panorama pero no lo descubrió. El Argo se acercaba
al borde de una nube de polvo negro. El lejano vehículo mec probablemente estaba en el
interior de esa oscuridad que lo ocultaba todo. La Estrella de Abraham luchaba por
liberarse de aquella inmensa mortaja. Muy pronto, el Argo podría espiar a través de los
bordes deshechos de la nube para buscar los planetas.
Algo se movió en la mente de Killeen, pero él descartó la idea, fascinado por el
espectáculo que se desarrollaba a su alrededor. Los cielos se movían con escamas de luz
bailarina, como bestias luminosas que se ahogaran en mares renegridos.
¿Qué posibilidades había de que al descubrirlo ahí, fuera, el vehículo mec quisiera
dispararle?, se preguntó. Nadie lo sabía, y ésa, en la paradójica lógica del liderazgo, era
la razón por la cual debía quedarse.
Había instaurado el ritual de caminar por el casco hacía un año, a instancias de uno de
sus Aspectos principales, una personalidad muy anciana llamada Ling. Reverenciado y
respetado, la Familia había entregado el Aspecto a Killeen con una gran ceremonia en el
salón central del Argo. Ling era el último de los capitanes espaciales en el inventario de
chips de la Familia. La micromente había comandado un antepasado del Argo y tenía
cosas muy interesantes que decir, aunque muchas veces sus palabras resultaban
ininteligibles.
Sí, y mi consejo está dando resultado.
Había pensado en Ling, así que la voz firme y autoritaria del Aspecto empezó a sonar
en su mente. Killeen dejó escapar un gesto de escepticismo y el Aspecto lo percibió.
Esta caminata sirve al segundo propósito de mostrar tu calma personal y tu tranquilidad
frente al enemigo.
Killeen no respondió. Ling sólo sentiría sus dudas como el roce de una llovizna
después de una tormenta. Siguió caminando. Se aseguraba de que sus botas magnéticas
se aferraran bien al casco antes de levantar un pie. Aunque se soltara, había muchas
posibilidades de que su trayectoria lo llevara directo a una antena o un mástil de los de
más abajo. Eso lo salvaría de la vergüenza que había sufrido con bastante frecuencia
desde que empezara con este ritual. Cinco veces había tenido que arrastrarse hasta la
nave sirviéndose de un cable de punta magnética. Sin duda la tripulación lo había visto y
se había reído bastante.
Ahora se cuidaba mucho de no tener el cable muy cerca de la mano en el cinturón. Se
la guardaba en un bolsillo del pantalón. Para los que lo observaran desde los grandes
paneles de la sección agrícola, el capitán aparecería como una figura confiada que
saltaba sobre las grandes curvas del Argo sin un cable de seguridad visible. Una
reputación de confianza en sus propias habilidades podía servirle de mucho en los
tiempos difíciles que se avecinaban.
Killeen se volvió para mirar el disco amarillento de la Estrella de Abraham. Desde hacía
meses sabía que ése era el destino de su largo viaje: una estrella semejante a la de
Nieveclara. Shibo le había dicho que había planetas orbitando a su alrededor.
Killeen todavía no tenía ni idea de la clase de planeta que podía encontrar ni de si le
brindaría un refugio para su Familia, pero el programa automático del Argo los había
conducido allí siguiendo un conocimiento mucho más antiguo que el de sus antepasados.
Tal vez la nave sabía lo que hacía.
De todos modos, el largo descanso de la Familia estaba a punto de terminar. Se
avecinaban tiempos difíciles. Killeen debía asegurarse de que su gente estaría preparada.
De pronto descubrió que estaba saltando con más fuerza, casi sin tocar el casco. Sus
pensamientos lo impulsaban hacia delante y ni siquiera pensaba en el ruido de su
respiración jadeante dentro del casco. El olor acre de su propio sudor le subía en
vaharadas hasta la cara, pero siguió adelante. El ejercicio resultaba agradable, sí, y le
hacía olvidar la amenaza invisible que acechaba la mente antes del inicio de su jornada
oficial.
Su mayor preocupación era la disciplina. Con la ayuda de Ling había enseñado e
instruido a todos, tratando de descifrar los antiguos rompecabezas del Argo y de ayudar a
sus oficiales a convertirse en navegantes espaciales expertos.
Esa era su misión, un rol bastante ambiguo: capitán de una tripulación que era también
su Familia, una circunstancia que no se había dado en el recuerdo de ninguno de los
supervivientes. Sólo contaba con la ayuda lacónica de sus Aspectos o de los Rostros
menores, voces antiguas de tiempos caracterizados por mucha más disciplina y mayor
poder. Ahora, la humanidad era un vestigio harapiento que huía para salvar la vida por los
márgenes de la vasta civilización mecánica que dominaba el Centro Galáctico. Eran ratas
que se escurrían por las paredes.
Manejar una nave espacial era una tarea muy distinta de las maniobras a través de las
llanuras resecas y desnudas de Nieveclara. Los esquemas que la Familia había seguido
durante años se basaban no-minalmente en la jerarquía de la tripulación de una nave,
pero estos años habían demostrado que el abismo entre los dos universos era enorme.
Killeen no tenía ni idea de cómo se comportaría la tripulación cuando tuviera que
reaccionar con fortaleza y precisión instantáneas en un momento de crisis.
Tampoco sabía lo que tendría que hacer. Los mundos sombríos que orbitaban la
Estrella de Abraham podían contener peligros infinitos u ofrecerles un paraíso tranquilo.
La Familia estaba allí guiada por una inteligencia mecánica de motivos desconocidos; el
Mantis los había enviado a uno de los pocos planetas que los seres humanos podían
habitar en el Centro Galáctico. O tal vez se dirigían a un lugar que cumplía solamente las
expectativas de la civilización mec.
Killeen se mordió el labio, concentrado, mientras saltaba a lo largo de la popa del Argo
y se volvía para regresar hacia el cuerpo principal de la nave. Jadeaba un poco, y como
siempre, deseaba poder secarse el sudor de la frente.
Había jugado con el destino de la Familia con la esperanza de que allá adelante les
esperaba un mundo mejor que la vencida y cansada Nieveclara. Pronto podría ver los
dados y sabría si había ganado o no.
Respiró hondo para recobrar el aliento mientras caminaba sobre las redondas zonas de
vida, grandes burbujas que surgían de las líneas esbeltas del Argo como cuerpos
inmensos y quebrados de enormes parásitos. Allí dentro, las paredes opalescentes
estaban cubiertas de gotas de rocío, brillantes como joyas que colgaban apenas a un
dedo del vacío absoluto. Habían grandes hojas verdes aplastadas contra las paredes, una
imagen que al principio había aterrorizado a Killeen, hasta que comprendió que, de alguna
forma, ese material transparente pero flexible soportaba las presiones y pinchazos de la
materia viva sin romperse. A pesar de la rebelión de las plantas en el interior, no había
ningún peligro de escape. El Argo había, mantenido el equilibrio entre las necesidades
permanentes de la vida y las órdenes igualmente imperiosas de las máquinas, un acuerdo
que la humanidad nunca había logrado en Nieveclara.
Mientras caminaba a lo largo de las paredes curvadas de las zonas de vida, veía
algunos rostros achatados que lo observaban desde dentro. Una mujer de la tripulación se
detuvo en la cosecha de frutas y le hizo un gesto con la mano. Killeen respondió con un
seco saludo militar. Ella colgaba boca abajo, porque las burbujas de vida no participaban
en los giros del Argo.
Desde donde estaba la mujer, el traje brillante de Killeen debía de parecer un hombre
en un espejo caminando a cámara lenta con pasos imposibles, enfundado en pantalones
del mismo metal que el casco, con una camisa que era un remolino enloquecido de nubes
y estrellas. Su traje había salido de los viejos depósitos del Argo y tenía una capacidad
sorprendente para resistir tanto el calor como el frío del espacio. Killeen había visto a un
hombre de la tripulación retroceder sin darse cuenta sobre una luz de gas y no sentir ni
una chispa del calor abrasador que había al otro lado de la piel plateada.
Su Aspecto Ling comentó:
Un traje refractor es buen camuflaje contra nuestro acompañante mec.
Ese tipo de comentario significaba que el Aspecto sufría de nuevo fiebre de cabina.
Killeen decidió continuar con la conversación; eso tal vez le ayudaría a fijar la idea
escurridiza que flotaba allí, sin que su mente lograra captarla del todo.
—El otro día me dijiste que, de todos modos, el mec no estaba interesado en mí.
Eso supuse. Todo indicaba que iba a atacarnos y sin embargo ha pasado una semana
y sigue manteniendo la distancia en un curso paralelo.
—Parece armado.
—Sí, pero no dispara. Por eso te aconsejé que caminaras aquí fuera, como siempre. La
tripulación hubiera notado cualquier cambio en la rutina.
—Correr riesgos innecesarios es una estupidez —gruñó Killeen.
En este caso, no. Conozco el comportamiento de las tripulaciones, sobre todo en una
situación de peligro. ¡Escúchame! Un comandante debe imbuir de esperanza a su
tripulación, sobre todo en las circunstancias mortales de una guerra. Ahí es cuando
surgen de nuevo las eternas preguntas: «¿Quién es nuestro líder? ¿Está cerca? ¿Qué
nos dice? ¿Comparte el peligro que corremos?» Cuando desafías el vacío, tu tripulación
te mira con respeto.
Killeen hizo una mueca ante el tono estentóreo de Ling. Se recordó que el Aspecto
había comandado naves espaciales mucho mayores que el Argo. Además, la tripulación
estaba mirando a su capitán a través de las paredes congeladas de las zonas de vida.
Pero la forma académica con que le hablaba la vocecita lo molestaba. Había perdido
varios Rostros menores cuando le agregaron el chip de Ling, porque ya no tenía espacio
en las ranuras alineadas a lo largo de la parte superior de la columna. Ling estaba
incrustado en un chip viejo, pentagonal y enorme, y al correr de los días se había
transformado en un dolor de cabeza, tanto literal como figuradamente.
Killeen miró de nuevo el brillo radiante del río de luz que se abría en el cielo cambiante.
Entonces lo descubrió. El punto distante permanecía quieto frente a la luminosidad que se
movía a lo lejos. Killeen observó la mota brillante durante un largo rato y después levantó
el puño hacia ella, frustrado.
Muy bien. La tripulación aprecia a los capitanes que expresan lo que todos sienten.
—¡Es lo que yo siento, puñeta!
Por supuesto. Por eso funcionan tan bien esos gestos.
—¿Siempre lo calculas todo?
No, pero tú querías aprender a ser un buen capitán. Así es cómo se hace.
Killeen empujó a Ling hacia los rincones oscuros de su mente. Estaba irritado. Otros
Aspectos y Rostros pidieron que los dejaran salir a refrescarse un momento en los lóbulos
frontales de la mente. Aunque captaban un hilo débil de lo que sentía Killeen, esas
presencias interiores, hambrientas y desesperadas, deseaban mucho más. Killeen no
tenía tiempo para eso ahora. La idea escurridiza seguía sin presentarse y de pronto
comprendió que en realidad era eso lo que había provocado parte del enfado que
acababa de descargar en Ling.
Si la tripulación en efecto ya estaba cosechando, Killeen había estado corriendo
demasiado tiempo. Se negaba deliberadamente a dejar el dispositivo de tiempo de su
trabajo porque aquel aparato tenía más de un siglo y los símbolos le parecían montañas
confusas de datos, incomprensibles para su mente sin educación. En lugar de eso,
controló el sistema interior. El reloj emitió un río inútil de información y después le indicó
que había estado corriendo más o menos una hora. El no sabía a ciencia cierta qué
significaba una hora, pero la experiencia le decía que era suficiente.
Abrió la esclusa de aire, se preparó para entrar, levantó la vista para echar un último
vistazo al espectáculo, y la idea apareció en su mente, entera, libre.
En un instante la estudió desde todos los ángulos, la inspeccionó hasta los detalles
más ínfimos y comprendió que era buena.
Escudriñó el cielo, vio el curso que seguiría el Argo en la penumbra cada vez mayor de
la nube. Si tenían que hacerlo, había suficiente luz en el cielo como para navegar a simple
vista.
Giró alrededor de la esclusa axial, pasó rápidamente bajo la ducha cerrada de
gravedad cero y estuvo otra vez dentro de los pasillos de giro en unos pocos minutos.
El lugarteniente Cermo lo esperaba en la sala de mapas del cuerpo principal. Se
cuadró y no hizo ningún comentario acerca de la tardanza del capitán, pero su sonrisa
indicaba que la había notado. Killeen no le devolvió el gesto y dijo con calma:
—Da la alarma.
La forma en que se curvó la boca de Cermo, con una sorpresa infinita, hizo sonreír a
Killeen. Pero, para entonces, el lugarteniente ya se había vuelto y pulsaba una señal en
su comando de pulsera, así que se perdió completamente la diversión de su capitán.
2
Killeen dirigió el asalto desde el casco, no tanto por el consejo pretencioso de Ling, sino
porque en efecto veía mejor las cosas desde allí.
Así que se quedó de pie, sujeto por las botas magnéticas, mientras salía el sol.
No era la aurora desde un horizonte en rotación, una gloria que se extiende lentamente
en la mañana. En lugar de eso, este amanecer falso se desarrollaba como un brillo
gradual del color de la cera, visto a través de un lugar cada vez más cerrado y lleno de
movimiento.
Killeen se había dado cuenta de que el Argo pasaría pronto a través del último banco
de polvo que escondía la Estrella de Abraham. El estallido enfurecido de sol llegaría
cuando la nave casi eclipsara el vehículo mec que los escoltaba hacia la estrella.
«Todavía no comprendo por qué los mecs no pueden estar preparados para esto»,
envió Cermo desde la cabina de control.
—Desde luego que están preparados. El problema es: ¿cuándo lo harán?
Killeen se sentía relajado, casi feliz. Había comprometido a todos después de una
semana de preocupación enloquecedora, irritante. Si entraban en el sistema interior de la
Estrella de Abraham con una nave mec armada como escolta, una orden muy breve
procedente de cualquier lado podía eliminar al Argo en un segundo. Era mejor tomar la
nave ahora. Si la acción era imposible, éste era el mejor momento para averiguarlo.
Buscó en el cielo manchado la figura solitaria.
«Nos acercamos al curso previsto», envió Gianini.
Jocelyn había elegido a esa joven para acercarse al mec. Killeen recordaba que
procedía de la Familia Rook y sabía que era una mujer muy hábil. Siguió la práctica
habitual de dejar que sus lugartenientes eligieran al personal para los trabajos concretos;
ellos conocían los secretos del talento y la disposición de los tripulantes mucho mejor que
él. Gianini había luchado contra los mecs en Nieveclara, estaba fogueada y había sido
herida dos veces.
Killeen la encontró: un punto lejano que brillaba en ámbar y amarillo mientras la Estrella
de Abraham empezaba a aparecer a través de las nubes que colgaban sobre su hombro,
llenando un cuarto del cielo. La masa se había iluminado pasando del ébano al gris a
medida que se estrechaba. Los dedos de luz de la estrella cortaron el espacio alrededor
del Argo. Gianini volaba hacia el mec y usaba la luz cada vez más brillante que se abría a
su espalda para disimular su avance.
Una táctica. Una estratagema. Una vida.
Un riesgo necesario porque el mec estaba demasiado lejos para poder alcanzarle con
las armas, diseñadas para luchar en tierra. El Argo no iba armado, no tenía defensas.
«Voy a atacarlo con microondas e infrarrojos, después con algo más grande.» La voz
de Gianini era firme, casi despreocupada.
Killeen no se atrevió a contestar y había ordenado a Cermo que no permitiera
transmisiones desde el Argo, para que no atrajeran la atención del mec hacia la nave de
la muchacha. Las transmisiones directas de Gianini no podían alertar al enemigo.
Tal como habían calculado, la Estrella de Abraham empezó a brillar con un fulgor
ceroso. Los rayos se reflejaron en el yelmo de Killeen y dieron una tonalidad amarillenta a
su rostro endurecido. De pronto se dio cuenta de que estaba apretando y soltando los
puños sin querer.
Ahora, pensó, ahora.
«Fuego.»
Killeen se esforzó por ver, pero no hubo cambios en la posición de Gianini ni en el
punto negro donde se movía el mec contra el fondo azul y brillante de una nube
molecular.
«No veo que haya surtido efecto.»
Killeen hizo una mueca. Quería dar una orden, aunque sólo fuera para aliviar la
tensión. Pero ¿qué podía decirle a Gianini de todos modos? ¿Que tuviera cuidado? Una
orden estúpida, vacía. Si la daba, pondría a la muchacha en peligro.
«Me acerco mucho.»
Gianini era un puntito amarillo y suave que se acercaba a una oscuridad informe. La
acción en el espacio tenía una cualidad fantasmagórica, en un silencio absoluto, que
enervaba a Killeen. La muerte llegaba deslizándose con valores balísticos y entraba en
las cáscaras frágiles que protegían la vida húmeda.
El brillo de la estrella, que venía desde atrás, giró de pronto, se encendió y golpeó con
fuerza las sombras a través del casco del Argo. Killeen sintió el espacio, vacío, desnudo,
intuyó cómo absorbía las acciones humanas y las hundía en perspectivas infinitas. Gianini
era un punto aislado en medio de una plétora de puntos semejantes, puntos que no tenían
sentido.
Se sacudió la idea de la cabeza. Deseaba desesperadamente hacer algo, anhelaba
correr y gritar y disparar en medio de una batalla que se pudiera percibir con los sentidos.
Pero por encima de él, los puntos se acercaban uno al otro en perfecto silencio. Eso
era todo. Nada de fervor, nada sólido, ninguna realidad segura.
Una luz solar quemada atacó el casco. El tiempo proseguía. Él trató de ver entre los
párpados y de encontrar un sentido donde sólo había trazos de brillo esporádico.
«Bueno, esperemos que eso fuera todo», se oyó la voz de Gianini.
¿Qué?, pensó Killeen. Su corazón saltó al oír la voz de la muchacha, pero sus palabras
lentas, casi perezosas, podían significar casi cualquier cosa.
«Ese trasto tenía los cojones cortados. Una ruina. Todas esas antenas y pintas que
vimos en las imágenes. La fuente de energía voló por el aire. Aquí no funciona nada
excepto algunas cámaras y una mente principal. Supongo que eso es lo que la dirigió
hacia nosotros.»
Killeen sintió que respiraba después de haber contenido el aliento durante mucho
tiempo. Decidió arriesgarse a enviar una transmisión.
—¿Estás segura de que no puede disparar?
«No, no. Algo la mató. Todo está hecho un lío.»
—Retrocede, entonces.
«¿Quieres que mate la mente principal?»
—Sí. Deja una carga explosiva.
«Lo estoy haciendo.»
—Aléjate antes de que estalle.
«La voy a poner bien cerca, para asegurarme.»
—No hagas contacto, déjalo así.
En los oídos de Killeen aulló el sonido horrible de los circuitos que crujen, un ruido
agudo, oscilatorio, como cuando una carga de energía eléctrica explota en el espacio y
actúa como antena involuntaria para la energía que la atraviesa.
—¡Gianini! ¡Gianini! ¡Gianini, contesta!
Nada. El alarido chillón bajó a frecuencias distintas, una canción triste, dolorosa.
Finalmente desapareció.
—¡Cermo! ¡Sigue la señal!
«No haya nada.» La voz de Cermo era firme y tranquila, como siempre.
—Mierda…, la mente principal.
«¿Piensas que estaba en una mina con disparador?»
—Seguramente.
«No hay nada.»
—¡Mierda!
«Tal vez la explosión destruyó el comunicador de Gianini.»
—Esperemos que sea eso. Envía a alguien.
Cermo ordenó a un hombre de la tripulación que reconociera el vehículo mec. Pero el
hombre encontró a Gianini flotando lejos de la nave destruida, los sistemas silenciosos, el
cuerpo frío y duro en el vacío implacable.
3
Killeen caminó muy erguido por los pasillos de cerámica del Argo, el rostro tan
inexpresivo como las paredes. La operación contra la nave mec había sido un éxito:
desapareció una amenaza plausible contra el Argo. Detonaron la carga que había dejado
Gianini en el mec y el vehículo voló en pedazos.
Pero en realidad no habían corrido ningún peligro, y Killeen había perdido a un
miembro de la tripulación para averiguarlo.
Repasó mentalmente la conversación que había mantenido con ella y se convenció de
que no hubiera podido decir ni hacer nada más, pero el resultado era el mismo: un
instante de descuido, una aproximación poco prudente a la mente principal del vehículo y
Gianini se había achicharrado. Y el número de miembros de la Familia Bishop era menor,
había desaparecido un individuo irreemplazable.
Menos de doscientos; estaban peligrosamente cerca del número mínimo de genotipos
que necesitaba una colonia. Si seguían disminuyendo, las futuras generaciones decaerían
en espiral, quebradas por deficiencias genéticas.
Killeen sabía eso, a pesar de que lo ignoraba casi todo acerca de la ciencia que
subyacía a esa verdad. Los ordenadores del Argo tenían lo que llamaban «operaciones
de base de datos ADN». Había un laboratorio para trabajar en biología. Pero los Aspectos
de la familia Bishop no sabían manejar genes. La bioingeniería básica se usaba sólo
marginalmente. Además Killeen no tenía tiempo ni ganas de aprender más acerca de
estos temas.
Pero Gianini, la perdida Gianini…, no podía olvidarla tan fácilmente ni considerarla sólo
un valioso portador de información genética. Había sido vibrante, trabajadora, capaz;
ahora no era nada. La habían grabado en chip hacía un año, así que sus habilidades
sobrevivían como herencia espectral. Pero su Aspecto fantasmal tal vez no reviviría en
siglos.
Killeen no quería olvidarla. No podía.
Mientras caminaba nervioso y erguido hacia sus obligaciones oficiales, retrasadas por
el ataque, se obligó a apartar los pensamientos sombríos. Ya habría tiempo para eso más
tarde.
Una sabia decisión. Un comandante puede sentir remordimientos y cuestionar sus
propias órdenes, pero nunca debe hacerlo ante la tripulación.
Killeen apretó los dientes. Un regusto amargo se le instaló en la boca y no consiguió
suprimirlo.
Su Aspecto Ling era buena guía en esos asuntos, pero a Killeen seguía molestándole
la forma segura y tranquila con que el viejo capitán recitaba los preceptos del buen
liderazgo. El mundo era mucho más complejo, más intrincado y difícil de lo que Ling
quería aceptar.
Estás suponiendo cosas de mí, cosas que ignoras. Yo conocí las mareas que te
sacuden cuando vivía en un cuerpo. Pero en la mayor parte de los casos, son defectos,
no virtudes.
—Yo me ocupo de mis defectos, pequeño Aspecto.
Killeen empujó a Ling para que desapareciera de su mente. Tenía que cumplir con una
misión y el pequeño coro de micromentes que sentía en su interior no podía ayudarlo.
Había seguido el consejo de Ling y había decidido continuar con la rutina diaria de la nave
a pesar del drama del ataque. Una rutina sin cambios, como si esos sucesos formaran
parte de la vida cotidiana de la nave, ayudaría a que la tripulación se tranquilizara.
De esta forma, había ordenado a Cermo que siguiera con el orden del día tal como lo
había previsto. Pero solamente ahora comprendía lo que eso significaba.
Volvió una esquina y caminó hacia la sala abierta donde esperaba la tripulación que
hacía la guardia matinal. A mitad de camino, Cermo lo saludó.
—¿Hora de castigo, señor?
Killeen se contuvo para no apretar las mandíbulas y asintió recordando el acto del día
anterior.
Cermo había descubierto a una mujer de la tripulación en el módulo de motores. Sin
consultarlo con su capitán, la había arrastrado sin ceremonias fuera de la zona de vida,
ladrando y proclamando su felicidad por la captura. Era una mujer de cabello negro y
rizado llamada Radanan. El hecho se hizo público antes de que Killeen tuviera
oportunidad de encontrar otra forma de solucionarlo. Había tenido que apoyar a su oficial
en nombre de la disciplina; su Aspecto Ling le había inculcado ese principio.
—Sí. Procede.
—Podríamos darle más, ya sabe…
—Te digo que procedas.
Estaba decidido a hablar lo menos posible a sus oficiales durante las operaciones
cotidianas de la nave. Era como un alcohólico que no puede confiar en sí mismo para
beber moderadamente. En las reuniones de la Familia, se dejaba ir un poco, sin embargo.
Allí, la elocuencia, la oratoria incluso, servían a sus propósitos. Sabía que no era muy
buen orador y que cuanto menos dijera, tanto más efecto causaban sus actos. A medida
que el Argo se acercaba al sistema de la estrella, se había puesto más y más nervioso.
Había días en los que la tripulación no le oía más que un murmullo cuando carraspeaba
como señal de desaprobación.
Mientras se acercaban al eje central, Killeen endureció el rostro para que pareciera
pétreo. Se avergonzaba de su adversión al castigo. Sabía que castigar a un miembro de
la tripulación era signo de su propio fracaso. Su deber era descubrir el problema en el
comportamiento de esa persona antes de que se convirtiera en algo grave. Pero una vez
que ocurrían los hechos, no había forma de volver atrás.
Esta vez, Radanan había estado tratando de introducirse en los peligros de la zona de
motores, con su sonido monótono y terrible, justo cuando estaban desacelerando. Eso
sólo habría sido una tras-gresión leve aunque muy estúpida. Pero cuando Cermo la
descubrió, ella se enfureció y llamó a algunos amigos para intentar provocar un motín
menor.
Un capitán debería administrar una justicia más dura que ésta.
El Aspecto Ling le ofreció sus ideas por sí mismo, sin que Killeen se lo hubiera
solicitado.
—Solamente gritó un poco y dijo algunos tacos. —Killeen pensó en silencio para
contestarle—. Y fue lo bastante tonta como para atacar a Cermo.
El motín es una ofensa capital.
—No en el Argo.
Incitará a otros, seguirá resentida…
—Estaba buscando comida, es una ofensa men…
Perderás el control si…
Killeen hundió en el silencio del inconsciente el ladrido convencido de su Aspecto.
Sin duda, Radanan había estado buscando una forma de conseguir un complemento,
aunque Killeen no imaginaba qué pensaba encontrar ella. Era normal descubrir a
miembros de la tripulación robando comida como resultado del estricto racionamiento
impuesto por Killeen hacía un año.
La tripulación de guardia se puso firmes cuando Killeen entró en la zona. Radanan
estaba en el centro de un círculo porque el castigo era tanto un asunto de la nave como
un reproche de la Familia. La mujer estaba cabizbaja. Sus ojos parecían haber aceptado
ya lo que significaban las esposas que unían sus muñecas a un cable de amarre.
Cermo ladró la sentencia. Dos miembros de la tripulación se prepararon para sostener
a Radanan de los hombros en caso de que ella tratara de eludir el castigo. Pero ella se
limitó a mirar con ojos ciegos a Cermo, que esgrimía la varilla corta y brillante.
Killeen se obligó a no apretar los dientes. Tenía que hacer cumplir sus propias reglas o
nada de lo que dijera parecería cierto. Sin embargo, se culpaba, sí. La mujer no era muy
inteligente. Había sido un miembro de la Familia Rook en otros tiempos.
Por consentimiento tribal, los que habían decidido navegar en el Argo habían formado
un nuevo grupo, una nueva Familia compuesta por miembros de las Familias Bishop,
Rook y King. Habían decidido llamar Bishop a la Familia, y Killeen nunca había estado
seguro de si eso era una señal de respeto hacia él, un Bishop, o simplemente una
elección de conveniencia.
De todos modos, mientras miraba la varilla dura que bajaba sobre las nalgas de
Radanan, consideró improbable que una mujer tan tonta como para aventurarse por un
territorio peligroso en busca de una estupidez se beneficiara de una táctica como el azote.
Pero la tradición era la tradición. Era lo poco que les quedaba como guía en esa vasta
oscuridad.
Una docena de cortes con la varilla como castigo de la Familia, contados en voz alta
por un guardia. Y como castigo de la nave, otros doce. Radanan lo soportó bien durante
los seis primeros y después empezó a sacudirse y a jadear entre los dientes apretados.
Killeen pensó que tendría que volverse para no verlo, pero se obligó a pensar en algo,
cualquier cosa, mientras Cermo contaba hasta veinte.
Entonces, la mujer cayó sobre la cubierta.
—¡Basta! —dijo Killeen con severidad, y el horrible momento terminó. Radanan estaba
tan mal que colgaba de las muñecas. Eso llevaba la cosa más allá de lo que Killeen
estaba dispuesto a soportar, y le daba una excusa para ahorrarle los últimos cuatro
golpes.
Buscó algo que decir.
—Mmmm. Muy bien, oficial Cermo. Sigamos con el orden del día.
Luego dio media vuelta y se alejó. Esperaba que nadie se hubiera fijado en que estaba
sudando.
4
Avanzó de muy mal humor por los pasillos resbaladizos que unían las zonas de vida
con la espiral del eje central. Su rabia contra sí mismo no encontraba una expresión clara.
Sabía que ya debería haberse acostumbrado a la necesidad de imponer castigos, pero
también tendría que haber sido lo bastante inteligente como para encontrar una salida a la
situación provocada por la rápida acción de Cermo.
Un vaho pestilente le alcanzó la nariz. Killeen se apresuró. Toda la tercera cubierta
estaba sellada. Sin embargo, algo se había colado por los conductos de ventilación y la
tripulación nunca logró limpiarlo del todo. El problema había empezado un año antes, con
los baños atascados. Se intentó arreglar las válvulas y mecanismos afectados. Y la
basura se extendió a través de la tercera cubierta hasta que las brigadas de limpieza
sufrieron náuseas, desmayos y finalmente se negaron a entrar. Killeen había tenido que
sellar la cubierta y había perdido los cuartos con las literas y las tiendas.
—¿Estas absolutamente seguro de que no recuerdas nada acerca de tuberías y esas
cosas? —preguntó a Ling, irritado.
No. Ya te dije que yo formaba parte del personal combatiente, no del de
mantenimiento. Si no hubieras permitido que los de la tripulación, unos ignorantes,
manosearan…
—No tengo ingenieros, ni en chip ni vivos. Nadie. Tú, que sabes tanto, ¿por qué…?
Sí hubieses leído el curso de la nave…
—¡No puedo! Es demasiado complicado. Es como intentar averiguar lo que piensa una
mujer estudiando cada uno de sus cabellos…
Incluso una nave como ésta, aunque es más avanzada que las que yo comandé,
necesita un capitán inteligente. Si hubieras instaurado las sesiones de estudio que te
recomendé…
—¿Hacer que la Familia se siente a descifrar estupideces durante semanas? —Killeen
se rió con sequedad—. Ya viste lo mucho que avanzamos con eso.
Nunca había visto gente como la tuya. Admito eso. Tú vienes de una sociedad que
saqueaba y robaba para vivir…
—Que ganaba batallas contra los mecs, dirás. La comida y el equipo que teníamos era
nuestro botín de guerra.
Llámalo como quieras. Ese entrenamiento está muy alejado de la disciplina y la
habilidad que se necesitan para arreglar hasta una cañería rota. Sin embargo, con tiempo
y con práctica…
Killeen empujó a su Aspecto de nuevo. Había oído todo eso antes. Ling recordaba bien
la Era de los Candeleros, cuando los humanos habitaban enormes ciudades en el
espacio. Los capitanes hacían viajes de un año entre un Candelero y otro, arriesgándose
a navegar en medio de los ataques mecs. Ling mismo había funcionado después como
una Personalidad totalmente interactiva. La Familia ya no podía mantener
Personalidades, así que ahora sólo se podía consultar a Ling como una proyección
menor, truncada: un Aspecto.
Ling recomendaba invariablemente la disciplina estricta que había sido necesaria en la
Era de los Candeleros.
Pero aparte de eso había un tema más antiguo. El Ling viviente, original, procedía de
los fabulosos Tiempos de Gloria, o tal vez incluso de tiempos anteriores. La memoria del
Aspecto confundía las distinciones temporales, así que resultaba difícil determinar de cuál
de las facetas de su ser estaba hablando en un momento dado. La sensación de tener
una voz de un pasado inimaginable y glorioso en la nuca, un pasado en el que los
humanos habían vivido lejos de la dominación mec, enervaba a Killeen. Se sentía absurdo
con la persona de un capitán antiguo en su cuerpo, un capitán que le hacía sentir el poder
infinitamente mayor de esos tiempos perdidos.
Mientras ascendía por el eje, cuadrándose cuando se cruzaba con el personal, se
angustiaba al descubrir los golpes y desperfectos que habían sufrido las paredes. Aquí,
una mancha amarilla cubría una escotilla. Allí, alguien había tratado de cortar un trozo de
panel de material desgarrado. Pedazos de servos y elementos electrónicos yacían por el
suelo, abandonados. Después de arrancarlos de una pared, el personal los había
considerado inútiles para sus propósitos, fueran cuales fueran.
Los sistemas del Argo podían arrostrar casi cualquier amenaza, excepto el gran bagaje
de ignorancia de la Familia Bishop. Hábitos de toda la vida los llevaban a desgarrar y
robar, llevarse y utilizar, con la confianza absoluta de que la civilización mec volvería a
producirlo todo. Evidentemente, no eran costumbres convenientes para la tripulación de
una nave espacial. A Killeen le había llevado bastante tiempo y unos cuantos castigos
públicos severos conseguir que dejaran de apropiarse de pedazos de los sistemas
operativos de la nave.
Ahora tendría que ordenar otra limpieza general. Cuando se acumulaban deshechos, la
tripulación volvía a caer en sus viejas costumbres. En la última semana, distraído por el
problema de la nave mec, Killeen había dejado que las cosas se le escaparan un poco de
las manos.
El desayuno lo esperaba en su estrecho cuarto. Se tomó una sopa espesa de verduras
y comió un tazón de grano duro. El horario del día brillaba en el tablero, un dibujo gráfico
en tres dimensiones de las tareas que había que realizar en la nave.
Killeen no sabía cómo se formaba el dibujo ni se preocupaba por aprenderlo. En esos
últimos años había quedado tan saturado por la jerga bizantina del Argo que se
conformaba con manejar los objetos indispensables y dejar todo lo demás a la tripulación.
Shibo se había enfrentado muy bien a la situación, tenía un instinto casi infalible para todo
lo que se relacionara con los sistemas de control de la nave.
Killeen hubiera querido tenerla con él para desayunar, pero ella estaba de guardia en el
timón.
Un golpecito en la puerta. Cermo. Killeen tuvo que sonreír ante la rapidez del hombre:
en Nieveclara lo habían llamado Cermo el Lento. Algo en el espacio limitado del Argo
provocaba una precisión en el hombre que contrastaba enormemente con su corpachón
inmenso. La cara de Cermo, que Killeen recordaba suave y sonriente, estaba siempre
alerta en la nave. Las raciones le habían achatado las mejillas hasta convertirlas en
colinas musculosas.
—Permiso para revisar el orden del día, capitán —solicitó Cermo con voz cortante y
militar.
—Claro —dijo Killeen, e indicó una silla al otro lado de la mesa.
Mientras el segundo de a bordo pasaba, Killeen se preguntó cuál de los Aspectos de
Cermo habría formado parte de la tripulación de una nave espacial. Eso tal vez explicara
la forma en que el hombre se adaptaba a la vida de la nave. La cara redonda y suave de
Cermo se abría con una sonrisa alegre cada vez que Killeen daba una orden, como si
recordara momentos agradables. Killeen le envidiaba. Nunca se había llevado bien con
sus Aspectos.
Cermo se lanzó a un resumen de los problemas menores del día. Estaban apretados
en un espacio muy reducido, manejando una enorme nave espacial que sus antepasados
les habían legado. Aunque cada uno de lo miembros de la tripulación llevaba Aspectos de
miembros anteriores de la Familia que podían ayudar con algo de la antigua sabiduría de
los navegantes, a diario surgían problemas irritantes.
Mientras Killeen hablaba, con la mano izquierda golpeaba automáticamente sobre el
pote de grano cocido que descansaba sobre la mesa de cerámica brillante. Dos años
antes, un miembro de la tripulación que atendía las cosechas había estado curioseando
en el almacén agrícola. Había leído mal una etiqueta y no se había preocupado por
confirmar el rótulo con sus Aspectos. Había abierto sin pensar un frasco de gusanos de
crecimiento automático. Eran seres desagradables, viscosos y la mujer se había asustado
tanto que había dejado caer el frasco. Algunos de los gusanos se habían escondido antes
de que la mujer diera la alarma. Habían desatado un infierno en la tierra fértil de los
jardines, cada uno con sus genes y toda su antología de pestes menores.
El golpeteo de Killeen había sacado del gran cubo de grano dos gorgojos pequeños
que se retorcían. Killeen alejó a los bichos con las manos y mordió la comida dura,
gustosa. Era una estupidez tratar de matarlos ahora que se habían apoderado de toda la
nave. Y además, todavía le molestaba matar seres vivos. Las máquinas eran el enemigo.
Si la vida inferior se escapaba de su lugar por errores humanos, eso no era excusa para
dar golpes contra lo que estaba vivo. Para Killeen eso no era un principio moral, sino un
hecho evidente de su universo, de la sabiduría oculta y a veces muda de la Familia.
Cermo estaba sentado en una silla muy pequeña, incómodo, hablando con alegría del
castigo a la mujer y de los beneficios para la disciplina de la tripulación.
El debería llevar a Ling, no yo, pensó Killeen. O tal vez resultaba más fácil ser estricto
cuando la responsabilidad final no recaía en uno.
Él ya lo había observado años antes, cuando Fanny era la capitana. Sus lugartenientes
habían estado a favor de medidas muy drásticas, pero por norma general Fanny tomaba
decisiones más moderadas y cuidadosas. Tenía en cuenta las consecuencias de sus
decisiones en un momento en que un error podía destruirlos a todos.
A Killeen se le ocurrió que su propia personalidad, tan llena de dudas y
contradicciones, tal vez había empujado a Fanny a ascenderlo en la pequeña pirámide de
poder de la Familia. Tal vez ella había confundido eso con un ponderado sentido de la
proporción. La idea lo divertía, pero la apartó inmediatamente. Fanny había sabido cómo
juzgar a los demás, mejor que cualquiera que Killeen hubiera conocido, excepto su padre,
Abraham. Killeen había tenido éxito sobre todo por suerte, pero sabía que nunca tendría
las habilidades de Fanny.
—Los Rook y los King siempre protestaban por los azotes a los suyos —dijo Cermo—.
Pero lo entienden.
—¿Todavía les molesta la forma en que elijo a mis oficiales?
Había nombrado a Cermo y Jocelyn, los dos Bishop, oficiales superiores. La
lugarteniente Shibo era Piloto y al mismo tiempo primer oficial. Era la última superviviente
de la Familia Knight. Aunque había vivido con los Rook, todos la consideraban una
Bishop, porque era la amante de Killeen.
Y de esos problemas bizantinos se componía la política. En los días difíciles que
siguieron a la partida de Nieveclara, Killeen había tratado de nombrar oficiales a los Rook
y a los Knight. Pero no sabían desempeñar esos cargos. Así de simple. Killeen se
preguntaba si el tiempo que habían pasado llevando una vida sedentaria los había
ablandado. Pero se daba cuenta de que su decisión no había sido sabia desde el punto
de vista político. Abraham habría disimulado el problema de alguna otra forma.
—Sí —dijo Cermo—, pero no más que de costumbre.
—No dejes de prestar atención a la cubierta. Quiero saber qué se cuece.
—Claro. Hay muchos que se pasan el día charlando.
—Eso es asunto privado de la Familia.
—Me parece que les convendría un toquecito de castigo.
Killeen sabía por experiencia que era mejor dejar que Cermo siguiera hablando un rato
y terminara con el tema de la disciplina. Sin embargo, hubiese deseado estar
desayunando con Shibo, cuyos silencios cálidos, seguros, lo ayudaban tanto. Shibo y él
se entendían sin necesidad del ruido incesante de la charla.
—… entrenarlos, que entiendan algo de la técnica de la que hablan los ordenadores de
la nave.
—¿Crees que los jóvenes serán más hábiles en eso? —preguntó Killeen.
—Sí. Shibo dice…
Cermo siempre le proponía distintas estrategias para lograr que la Familia se
entrenara. Pero lo cierto era que todos eran gente encallecida que no aprendía la técnica
con facilidad. Las Familias intercambiaban nociones técnicas, pero tenían una tradición
artesanal, no científica.
Killeen asintió ante el entusiasmo de Cermo. Escuchaba a medias, atento sobre todo a
los ruidos incesantes de la nave. El golpe sordo de la quilla, el burbujeo de los líquidos en
los conductos, un crujido sutil en las cubiertas y las juntas. Pero ahora había una nota
más grave, que procedía del roce del polvo interestelar contra los globos gigantescos de
las zonas de vida.
Ese rasgueo se había hecho más insistente en las últimas semanas, una voz profunda
que hablaba en tono bajos, subliminales, de la llegada de la estrella amarilla que los
llamaba. El Argo, que aminoraba su marcha, pasaba a través de enormes nubes de polvo
que rodeaban ese lado del sol. Llanuras de polvo, negras como la ceniza, ocultaban la
vista de los planetas interiores.
La nota baja y sonora mantenía siempre su tono irritante. A veces, en sueños, Killeen
se imaginaba que una voz solemne, lenta, le hablaba de desastre y desgracias con
palabras confusas que se con-vertían en un quejido monótono. Otras noches, era la voz
de un gigante borracho que pronunciaba frases ininteligibles. El tono de esas frases le
hacía temblar.
Había tratado de olvidar aquellas tormentosas visiones. Un capitán no podía permitirse
esos pensamientos irracionales y amargos. Pero el murmullo seguía metiéndose entre
sus manos, que descansaban sobre la mesa. De niño no sabía que las estrellas eran
otros soles. El flujo permanente de gas y polvo destructor del Centro Galáctico le había
parecido intrascendente, silencioso e inalcanzable por lo distante.
Ahora, la canción espesa cantaba contra el Argo, un viento cada vez más rápido,
producido por la rueda de la galaxia. El Argo, él lo sabía, había descubierto de alguna
forma esa corriente, había dominado su dinámica oculta. Esas corrientes gigantescas y
polvorientas escondían soles y bañaban planetas, así lo indicaba su Aspecto Arthur. El
quejido que sonaba y temblaba a través del Argo parecía un lamento por mundos
muertos, tiempo estancado y visiones casi ahogadas de razas perdidas que él nunca
conocería.
La superficie de la mesa entre los dos hombres brilló, intermitente. La cara tallada de
Shibo apareció allí de pronto, se acható y se distorsionó por el ángulo de la imagen.
—Perdón —dijo ella cuando vio al lugarteniente Cermo—. El camino ya está
despejado, capitán, podemos ver.
—¿Ves algún planeta interior?
—Sí, uno nuevo. No podíamos distinguirlo antes porque lo ocultaba el polvo.
—¿Buena imagen?
—Sí, señor —respondió Shibo; los ojos brillantes traicionaron un entusiasmo rápido,
alerta. Si hubieran estado solos, ella probablemente habría hecho una broma.
Killeen se obligó a terminar lentamente el bol de cocido verde y después saboreó lo
que quedaba del té. Habló despacio, casi como si no le importara.
—¿Lo investigaste bien, con todos los detectores?
—Claro —asintió Shibo, con una leve mueca en la boca para indicar que entendía que
esa payasada era sólo para Cermo.
—Entonces, iré para allá dentro de un rato —dijo Killeen con una indiferencia
deliberada. Había visto a su padre usar un tono semejante hacía años, en la Ciudadela.
Cermo se levantó, impaciente, de la silla. Todos querían saber a qué mundo habían
llegado después de dos años de viaje. Muchos todavía pensaban que el Mantis los había
enviado hacia un mundo fértil y verde. Killeen no estaba seguro de ello. No confiaba en
los mecs. Todavía recordaba con placer cómo habían destruido al Mantis en la salida del
Argo.
Saboreó el té lentamente mientras pensaba en las reacciones posibles de la Familia si
no se cumplían sus expectativas. La idea podía preocupar a cualquiera.
Pensó en pedir otra taza de té. No, eso sería una tortura excesiva para Cermo, aunque
el hombre también había disfrutado con el castigo de Radanan, unos minutos antes.
Olvidó el té, pero se puso la túnica completa y caminó con bastante lentitud por el eje
de la nave hasta el primer nivel.
Los oficiales ya se habían reunido en la bóveda de control. Estaban observando
fijamente la gran pantalla, señalando y murmurando. Killeen comprendió que un auténtico
capitán no hubiera permitido esas libertades dentro de los límites de la cabina de control,
a pesar que era una reacción absolutamente natural después de años de viaje.
—¿Qué pasa? ¿Nadie tiene trabajo? Lugarteniente Jocelyn, ¿cómo anda el trabajo de
remiendos de la zona seca? Faldez, ¿todavía están obturados los conductos del desagüe
de Agricultura? —preguntó con severidad.
Su voz seca los dispersó. Se fueron, echando a la pantalla ocasionales vistazos,
Killeen quería demostrar que todavía no se había dignado mirar la pantalla, que había
atendido primero los asuntos de la nave.
No podían saber que había mantenido el cuello deliberadamente tenso para que la
vista no se le desviara. Intercambió unas palabras con algunos oficiales que se iban para
asegurarse de que lo habían comprendido bien. Después se volvió, con los labios
apretados para que ninguna expresión de sorpresa cruzara su rostro, y miró directamente
al destino de todos.
5
Dos años antes, el capitán Killeen había temblado al ver la devastada cara marrón de
su planeta natal, Nieveclara, cuando el Argo despegó de su superficie.
Ahora, con alivio infinito, comprobó que la imagen brillante que había frente a él no se
parecía a aquella cáscara quemada. Cerca de los polos anidaban pequeños trazos de
azul blanco entre grandes cascos de hielo que extendían sus dedos quebradizos hacia la
cintura del mundo. Pero esos rasgos le llegaron solamente después de un hecho
sorprendente:
—Malos colores —dijo, asustado.
Shibo meneó la cabeza.
—En absoluto. El hielo es oscuro, sin duda. Pero en la mitad es verde, lleno de
bosques. ¿Ves los grandes lagos?
—Las áreas pálidas que hay en el centro parecen muertas.
—Cierto, ahí no hay mucha vegetación —aceptó Shibo.
—¿Por qué? —Killeen frunció el ceño y comprendió que no le hubiera venido mal tener
algunos conocimientos de evolución planetaria además de técnicas de naves espaciales.
—¿Te parece que pueden haber sido esas nubes? —apuntó Shibo—. El polvo mató las
plantas, ensució el hielo, lo volvió gris.
Killeen intuyó que no sería inteligente admitir una ignorancia total frente a Cermo, que
estaba presente.
—Tal vez. Hay mucho polvo aquí. Por eso venimos en ese ángulo cerrado. —Killeen
estudió la imagen del planeta para comprobar si había huellas de actividad humana. El
lado oscuro estaba totalmente negro; si hubiera visto luces, habrían podido ser ciudades
construidas por los mecs.
—Señor, no entiendo… —dijo Cermo, sin atreverse a seguir.
Por norma general era una estupidez explicar a los oficiales inferiores el motivo de las
decisiones que uno tomaba, le había dicho su Aspecto Ling. Pero era conveniente
tenerlos entrenados. Los días que se avecinaban serían muy peligrosos, y si Killeen caía,
el que lo reemplazara tendría que saber muchas cosas.
—Esas pequeñas manchas negras, ¿las ves? —Killeen señaló adelante a medida que
aumentaba la escala de la pantalla e incluía el disco caliente de la estrella madre. Más
allá de ese disco, flotaban las sonrisas anchas y rayadas de dos gigantescos planetas
gaseosos contra el tapiz manchado de las nubes moleculares. La imagen estaba teñida
por el color de unas pequeñas pecas, motas que cambiaban y desaparecían día a día—.
Esa estrella acaba de dividir una nube. Hay muchas de esas burbujas en el plano de los
planetas.
Killeen hizo una pausa. La geometría tridimensional le había resultado fácil de entender
en las simulaciones de los Aspectos, pero era difícil captarla en una proyección plana
como ésa.
—Así que conduzco la nave en un ángulo muy cerrado —explicó—, cortando el plano
para impedir que nos metamos en nubes indetectables. El Argo no aguantaría que nos
metiéramos a ciegas en una de ésas.
Miró con cariño cómo vibraba el exoesqueleto de Shibo mientras sus manos se movían
sobre los tableros de control. El látex de policarbonato trazaba movimientos seguros,
rápidos. Para Killeen, una de las muchas delicias del lento giro del Argo consistía en que
Shibo casi nunca necesitaba ayuda mecánica, excepto cuando debía ser rápida y precisa.
En la pesada gravedad de Nieveclara, había usado el exoesqueleto constantemente para
poder seguir adelante. Un defecto genético le había dado solamente la fuerza humana
normal, un nivel mucho más bajo que el de los miembros comunes de una Familia.
Sin embargo, Killeen solamente necesitaba verla para sonreír y, en ese momento,
sentía que el peso de la jornada desaparecía por un instante.
Ella le mostró en pantalla diferentes imágenes del sistema planetario, imágenes
coloreadas en trazos de color rojo violento, castaño dorado, azules fríos. Killeen sabía que
eso procedía de distintos espectros, pero no entendía cómo sucedía. Las imágenes
mostraban las motas que flotaban como granos de maíz en órbita entre los planetas,
pequeñas condensaciones nudosas que navegaban hacia las estrellas del Centro
Galáctico, y que, ahora, atrapadas por la Estrella de Abraham, golpeaban los planetas sin
misericordia.
—Seguramente el cielo es polvoriento ahí abajo —comentó Shibo, pensativa. Mostró
una imagen de cinco colas de cometas iluminadas en motas anaranjadas. Estaban por
encima y por debajo de las órbitas planetarias, arroyos fantasmales que señalaban hacia
el interior como dedos acusadores.
Killeen la entendió enseguida.
—No lo creo —dijo con seguridad absoluta—. No creo que el polvo pueda acabar con
la vida. Ese planeta ya pasó por esto antes y, como ves, las selvas todavía están ahí.
Todavía puede ofrecernos un refugio.
Shibo lo miró de costado, los ojos preocupados y astutos. A veces le decía cosas como
ésas, cosas que le permitían convencer a la tripulación de que él había pensado en los
problemas mucho antes de que aparecieran. El hecho de que el capitán y la primera
oficial fueran amantes era excelente para mantener a la tripulación en forma, pensó
Killeen. Resistió la tentación de sonreír, seguro de que Cermo adivinaría sus
pensamientos.
—¿Lunas? —preguntó.
—No veo ninguna —replicó Shibo—. Pero hay otra cosa…
Sus brazos delgados se extendieron sobre los controles de funciones, que Killeen
entendía muy poco. Allá a lo lejos, vio un nudo de dureza broncínea.
—Una estación —contestó ella a la pregunta muda de Killeen.
Cermo contuvo el aliento.
—¿Un… Candelero?
—No lo veo con suficiente precisión. Podría ser.
—¿No podemos acercarnos más? No deberíamos esperar hasta estar más a su
alcance; puede resultar peligroso.
Ella lo pensó, despacio.
—No, no de esta forma. Hay otro sistema de lentes, claro. Pero alguien tiene que
manejarlo a mano en el casco de popa.
—Hazlo —ordenó Killeen. Y luego a Cermo—: ¿Quién está de guardia?
—Besen —replicó Cermo—. Pero es joven. Yo preferiría…
—Usa la tripulación asignada. Besen es rápida e inteligente.
—Sí, capitán, pero…
—Nunca aprenderán si no se enfrentan a los problemas. —Killeen recordaba que su
padre decía exactamente lo mismo cuando se negaba a proteger a Killeen de los trabajos
más duros.
Estudió la pequeña mota de bronce durante un instante y después le pidió a Shibo que
se la mostrara a la luz natural. En el espectro verdadero del hombre, el objeto brillaba con
la calidez de una joya, pero incluso al máximo de ampliación, la estructura resultaba
invisible.
Posiblemente era un puesto de avanzada de seres humanos. Tal vez. Killeen sintió una
excitación enorme al pensarlo, era un viejo Candelero, esos legendarios edificios de
perfección cristalina.
Una vez había visto uno a través de un telescopio en Nieveclara, tan lejano que no
había podido distinguir los detalles. Había advertido solamente esa presencia extraña y
brillante, la sospecha de la belleza un paso más allá de la percepción. La posibilidad de
encontrar algo fabricado por el ser humano que colgaba en esa bóveda irritada de cielo en
movimiento bastante para conjurar todo su respeto y temor por los antiguos maestros, los
que habían construido el Argo y los Candeleros, todavía más antiguos que la nave. Poder
ver uno cerca…, la idea lo hizo inclinarse hacia la pantalla como si quisiera obligarla a
entregarle las respuestas que buscaba.
En ese momento llegó Besen, una joven de ojos duros y boca suave, sensual. Se
movía con los gestos estrictos que usan los miembros de una tripulación y se cuadró
apenas entró en la sala.
—Señor, yo…
El hijo de Killeen, Toby, entró corriendo por la escotilla antes de que ella lograra
terminar. Era larguirucho, una cabeza más alto que Besen, y estaba jadeando.
—He oído que hay trabajo en el casco.
Killeen parpadeó. Su hijo estaba acalorado de excitación, los ojos le bailaban en la
cara. Pero un capitán no podía permitir esas intrusiones.
—¡Marinero! No le he pedido que viniera.
—Oí el nombre de Besen. Déjeme…
—¡Firmes y en silencio!
—Papá, sólo quiero…
—Firmes y cierra la boca. Aquí eres solamente un miembro de la tripulación, no mi hijo,
¿entiendes?
—Ah…, sí, yo…
—De puntillas —ordenó Killeen con firmeza. Se llevó las manos a la espalda y levantó
la mandíbula frente al joven indisciplinado en que se había convertido su hijo.
—¿Qué…?
—¿Estás sordo o qué? Te quedarás de puntillas hasta que yo termine de dar órdenes a
Besen. Después discutiremos el castigo correspondiente.
Toby parpadeó, abrió la boca para hablar y después lo pensó mejor. Tragó saliva y se
puso de puntillas, las manos a los costados del cuerpo.
—Muy bien —dijo Killeen lentamente. Se dirigía a Besen, que se había quedado firmes
durante la escena, los ojos fijos al frente aunque las palabras «cierra la boca» la habían
hecho sonreír levemente—. Creo que la oficial Shibo tiene instrucciones para ti.
Cúmplelas lo más rápido que puedas.
6
Besen se las arregló muy bien para encontrar y sacar del viejo casco de la nave los
lentes que necesitaba Shibo. Los demás observaron su avance en el monitor principal.
Killeen le dio una buena amonestación a Toby frente a Cermo y Shibo. Sabía que a través
de Cermo el incidente llegaría a oídos de toda la nave con más rapidez que si hubiera
dejado el comunicador conectado para toda la tripulación. Toby tuvo que quedarse de
puntillas todo el rato, incluso cuando el dolor empezó a torcerle el gesto y el sudor le brilló
sobre la frente. En ese duelo entre padre e hijo sólo podía haber un ganador —la herencia
de la Familia y la nave lo exigían—, pero Toby aguantó como pudo. Finalmente, en medio
de una conferencia deliberadamente larga de Killeen acerca de la necesidad de cumplir
las órdenes con exactitud, Toby se derrumbó con estruendo sobre la cubierta.
—Muy bien. Ya he terminado —dijo Killeen, y se volvió hacia el monitor.
Besen había colocado bien los lentes translúcidos, fibrosos, demasiado delicados para
estar expuestos constantemente al vacío. Movió la plataforma en que estaban instalados
para alinearlos con el pequeño planeta brillante que giraba envuelto en los brazos
polvorientos del plano elíptico de la estrella.
Shibo consiguió la imagen muy pronto. Killeen observó cómo se enfocaba la luz
mientras Toby se levantaba y Cermo le ordenaba que volviera a la estación. Había sido
difícil, pero Killeen estaba seguro de tener razón y su Aspecto Ling estaba de acuerdo.
Las contradicciones inherentes al puesto de capitán de la nave y cabeza de Familia
exigían momentos como éste, los hacían absolutamente inevitables.
—¿Qué es eso? —preguntó Cermo, olvidando que por principio no debía preguntar
nada a un capitán. Killeen fingió no haber oído la pregunta porque él también sentía
deseos de hacerla.
Contra el fondo moteado de las nubes, colgaba un objeto perlado con un disco en el
centro cruzado por una gran vara muy gruesa. La vara, casi una torre, tenía extraños
salientes que se abrían en ángulos asimétricos. Killeen supo instintivamente que no era
un Candelero. No tenía nada de aquella majestuosidad legendaria o de la belleza
entretejida y perfecta.
—Tal vez es una construcción —dijo. Shibo asintió.
—Gira siempre sobre el mismo punto del planeta.
—¿Hay alguna forma de acercarnos al planeta con esa cosa siempre al otro lado? —
preguntó Killeen.
Su comprensión de la mecánica de las órbitas planetarias seguía siendo muy vaga. Su
Aspecto Arthur le había mostrado varios esquemas de naves y estrellas, pero no le había
explicado gran cosa. Esas cuestiones estaban muy alejadas de la experiencia de un
hombre que había vivido entre huidas y maniobras de guerra sobre llanuras desiertas.
Una vez, cuando Killeen le preguntó si una nave podía orbitar permanentemente sobre
el ecuador de un planeta, Ling se había reído de él, una sensación extraña, porque la
vocecita parecía traer ecos de otros Aspectos que Killeen no había conjurado. Había
tardado bastante tiempo en darse cuenta de que esa órbita era imposible. La gravedad
atraería a la nave detenida.
—Puedo intentarlo cuando estemos más cerca. Pero tal vez ese artefacto ya sepa que
estamos aquí.
—Entonces, lo evitaremos. Oficial Shibo, deme una órbita lateral para que ese satélite
no nos pueda descubrir.
Shibo asintió. Killeen supo por los ojos brillantes, rápidos, que ella captaba sus
pensamientos más íntimos. Como capitán, tendría que decidir muy pronto si iban a
detenerse en ese sistema o no. El Mantis, esa inteligencia congelada y mecánica de
Nieveclara, les había dado ese curso. Pero si el planeta que veían estaba dominado por
los mecs, Killeen los sacaría del sistema tan rápido como pudiera. Pero había un
problema: ¿cuál era el momento indicado para hacer esa elección crucial? No había
sabiduría familiar que le dijera cómo elegir, ni siquiera cuándo.
Dejó los controles y caminó por los pasillos retorcidos y estrechos del Argo. Lo
esperaban distintas inspecciones y se tomó su tiempo con ellas. Mantuvo el paso
mesurado y no dejó que nadie advirtiera su fiebre interior de reflexiones, cálculos y dudas.
Quería que la tripulación viera a su capitán con aire tranquilo.
Había una expectativa cada vez mayor, un murmullo en el aire a medida que se
acercaban a la estrella, es decir, al fin del viaje. Pronto sabrían si habían llegado a un
paraíso o a otro mundo dominado por los mecs. La cara descolorida y extraña del planeta
no les había dado respuestas, y Killeen tendría que negarse a contestar las preguntas de
los miembros de la Familia que querían asegurarse de su destino.
Mientras caminaba por un pasillo lateral, oyó un roce leve, como si alguien raspara
desde un conducto de aire. Instantáneamente, Killeen pegó un salto hacia el conducto,
sacó la rejilla que lo cubría y miró al interior. Nada.
El sonido, como de pies diminutos que se alejaban, se desvaneció. Sí, un micromec.
A pesar de lo mucho que lo había intentado, la tripulación nunca había logrado destruir
a todos los pequeños mecs que había dejado el Mantis en el Argo. Las máquinas que
quedaban carecerían de importancia, de eso estaba seguro, habían servido para
reparaciones menores y limpieza. Pero su presencia molestaba a Killeen. Sabía cuánta
inteligencia puede albergarse en un espacio menor a la punta de un dedo. Después de
todo, los chips que tenía ubicados en la columna albergaban personalidades enteras.
¿Qué serían capaces de hacer esos pequeños mecs?
No había forma de averiguarlo. Se habían dado extraños incidentes durante el viaje,
momentos en que de repente habían desaparecido problemas enteros, y Killeen no había
sabido nunca si la nave se había arreglado por sí misma con subsistemas escondidos, o
si se debía al trabajo de los micromecs, que seguían sus propios planes.
A ningún capitán le gustaba que su nave estuviera bajo el control de otra persona u
otro tipo de ser, y Killeen no podría dormir tranquilo hasta que todos los micromecs
hubieran desaparecido. Pero a menos que pensara en algún remedio muy drástico, no
había forma de librarse de esa molestia.
Irritado, furioso, se tomó un momento de asueto y se detuvo en un pequeño espacio
vacío junto al pasillo en espiral. Allí estaba la única habitación del Argo dedicada a honrar
el lazo que unía la nave con el pasado. Era lo bastante espaciosa para celebrar
ceremonias, ritos para casamientos o muertes, que Killeen había encabezado durante dos
años como parte de las obligaciones de su cargo. El gran salón estaba dominado por dos
grandes planchas negras de hierro sujetas sobre dos paredes.
Las memorias de los ordenadores del Argo las llamaban Legados. Tenían inscripciones
finas que brillaban en todos los colores cuando las iluminaban. Un lenguaje digital, sin
duda, pero de tal complejidad que ni siquiera los programas del Argo podían descifrar. La
nave tenía instrucciones de preservar esas tablas sujetas en paredes de cerámica y de
defenderlas contra cualquier ataque. Era evidente que se trataba de alguna clave
incomprensible con respecto al origen de los humanos en el Centro, y tal vez había
muchas otras cosas, pero Killeen no tenía ni idea de cómo recorrer el camino que le diera
algún tipo de respuesta al respecto.
En lugar de intentarlo, acudía a esa habitación a sentarse en un banco y pensar. La
presencia sombría y amenazante de los Legados mellizos le resultaba curiosamente
tranquilizadora. Sentía un lazo firme con el pasado desconocido pero magnífico del
hombre. En los viejos tiempos, los seres humanos habían construido naves como ésa,
habían navegado las débiles corrientes entre los soles y habían vivido libres, libres de la
presencia horrible de seres muy superiores.
Killeen envidiaba a la gente de aquellos tiempos. Ahora se detuvo para acariciar la
superficie suave de los Legados, como si algún fragmento de la visión y la sabiduría de
los antiguos pudiera penetrarle por las manos.
Cuando lo perseguían los problemas del liderazgo, pensaba muchas veces en
Abraham y en los tiempos anteriores. Esos hombres habían capitaneado la retirada frente
a los mecs. Lo habían dado todo.
Para Killeen y los Bishop, el destino había tenido un hilo de esperanza. Un mundo
nuevo, nuevas visiones. Killeen podía liberar a su gente o perder la última apuesta.
Pero esa oportunidad llegaba una generación tarde. Abraham habría sabido qué hacer.
Abraham había sido un líder natural. Con su aire tranquilo, de hombre tostado por el sol,
había comandado sin esfuerzo visible. Killeen añoraba más a su padre ahora que en los
tiempos que siguieron a su desaparición en la Calamidad, cuando cayó la Ciudadela
Bishop. Una y otra vez se había preguntado cómo habría actuado su padre en su lugar.
Suspiró y se levantó. Rozó los Legados con la mano. Después se volvió y salió de la
habitación, con la cara moteada y castaña del planeta en el ojo derecho para estudiar las
fotos que llegaban.
Estaba pensando con tanta concentración en esa visión que no oyó los pies que
corrían por el pasillo en espiral. Un cuerpo se le clavó en el hombro y lo hizo girar.
Él se apoyó contra la pared, sin aliento. Su hijo lo miraba a la cara.
—¿Estás bien, papá?
—No te oí llegar.
Besen y otros tres acudían corriendo. Perseguían a Toby, pero se detuvieron en seco
al ver al capitán.
—Estábamos jugando a la pelota —explicó Toby sumiso, mientras levantaba una
pequeña esfera roja.
—Es muy divertido en el eje —comentó otro chico.
—Sí, y todavía más con gravedad baja —agregó Besen. Tenía los ojos brillantes y
alerta.
Killeen asintió.
—Me alegro de que os mantengáis en forma —dijo. Una mirada a los ojos y los demás
lo dejaron solo con Toby.
—¿Te molesta lo que pasó en la sala de control?
Toby se mordió el labio; el conflicto se reflejó en su rostro.
—No sé por qué tenías que ponerte así.
—No te voy a dar una conferencia sobre disciplina, pero…
—Me alegro. Últimamente no haces más que pronunciar conferencias sobre disciplina.
—No me diste alternativa de decir nada más.
—Y tú no me das a mí muchas alternativas.
—¿Qué quieres decir?
Toby se encogió de hombros, irritado.
—Estás encima de mí constantemente.
—Solamente cuando me obligas.
—Mira, trato de hacer las cosas bien.
—Tal vez lo intentas demasiado.
—Estoy cansado de estar sentado. Quiero hacer algo.
—Solamente cuando te lo ordenen.
—¿Eso crees? No…
—Y vas a cuidar tu lengua cuando yo te dé una orden.
El labio de Toby se curvó.
—El que habla es ese viejo de Ling, ¿verdad? «Cuidar tu lengua.»
—Que te cuides sí, y mis Aspectos son…
—Desde que tienes a ése, parece que es él quien da las órdenes.
—Naturalmente acepto sus consejos.
—Parece que el Argo está al mando de una vieja puta y no de mi padre.
—Controlo mis Aspectos. —Killeen oyó su propia voz, dura, formal y se obligó a hablar
con más énfasis—. Pero ya sabes cómo son esas cosas a veces. Tú sólo tienes dos
Rostros y hace… ¿cuánto?, ¿un año?
Toby asintió.
—Y los tengo muy bien.
—Claro que sí. ¿Te resulta fácil?
—Bastante. Me hablan de tecnología sobre todo.
—Pero te das cuenta que ves las cosas de otro modo con ellos.
—Me cansa estar sentado todo el tiempo tratando de arreglar cosas.
—Cuando llegue el momento…
La boca de Toby se frunció con exasperación.
—Yo y los chicos. Besen, todos nosotros. Queremos estar en el asunto cuando suceda.
—Claro. Pero mientras tanto, debéis tener paciencia, ¿me oyes?
Toby suspiró y la tensión se desvaneció poco a poco de su rostro.
—Papá, es como si ya no hubiera un momento para estar los dos juntos como
cuando…
—¿Cuando estábamos solos?
Toby asintió y tragó saliva.
—Será mejor que lo entiendas. La mayor parte de las veces soy Capitán, no tu padre.
La mandíbula de Toby se tensó de nuevo.
—Parece que últimamente la tienes tomada conmigo.
Killeen hizo una pausa, trató de pensar si eso era verdad.
—Tal vez.
—Yo trato de hacer bien las cosas.
—Yo también —dijo Killeen.
—No quiero perderme nada cuando lleguemos a tierra.
—No lo harás. Necesitaremos a todos.
—No me dejes al margen por ser…, ya sabes.
—¿Mi hijo? Bueno, no dejarás de serlo, pero ya verás que habrá momentos en que
desearás ser el hijo de cualquier otro.
—Nunca.
—No creas que vas a conseguir privilegios.
—No lo creo.
—¿Hijo? Nada de esto cambia lo que somos, ya lo sabes.
—Supongo que no. —La cara de Toby parecía golpeada y chata bajo la luz
esmaltada—. Pero ya no es como en los viejos tiempos.
—¿Cuando corríamos para salvar nuestras vidas? Diría que estamos mucho mejor.
—Sí, pero, bueno…
—Los malos tiempos parecen buenos sólo cuando los recuerdas desde épocas
mejores.
La cara de Toby se relajó un poco.
—Supongo.
—El tiempo no puede cambiar nuestra relación.
—Supongo que no.
7
Toby volvió a su juego en el eje. Killeen pidió a todos que tuvieran cuidado y no
molestaran a la tripulación, pero no consideró necesario ordenarles que interrumpieran el
juego. Por lo que veía, la humanidad había aprendido a estar siempre en marcha, a cazar
pequeñas presas que saltaban casi como pelotas, y no estaba dispuesto a interponerse
en un impulso tan básico como ése. El juego mantenía en forma a la tripulación y aliviaba
tensiones y antagonismos.
Pero no todas las tensiones desaparecían. Cuando pasó junto a una sala de
mantenimiento, se tropezó con una docena de miembros de la Familia arrodillados
alrededor de un fuego pequeño de cortezas y cáscaras secas. A Killeen le disgustaban las
manchas negras que dejaba esa práctica en las paredes de la nave, pero entendía la
seguridad que proporcionaba el fuego comunal. En la luz pálida y leve, las lenguas
crujientes y amarillas de las llamas se elevaban como espíritus salvajes, proyectando
sombras vibrantes sobre las caras tensas en la discusión.
Killeen esperaba que hubiera conversaciones nerviosas. La nave estaba llena de ecos
y rumores ansiosos. Para su sorpresa, el grupo de holgazanes incluía a la contramaestre
Jocelyn.
—¡Capitán! —saludó ella. Era una mujer madura, delgada, dura, de ojos astutos y
rápidos. Usaba el traje apropiado para el trabajo en la nave, libre de impedimentos y
cubierto de bolsillos con cierre. Después de dos años de viaje, las viejas habilidades de
costura y manejo de metales de la Familia habían dado a cada uno de sus miembros un
guardarropa bien pensado a partir de los tejidos orgánicos y la fibra de las plantas de las
burbujas de las zonas de vida.
Killeen esbozó un medio saludo militar, un gesto que había perfeccionado. Significaba
bienvenida y aceptación del otro, pero también les recordaba que él se presentaba como
capitán, no como un miembro más de la Familia. Estaba a punto de seguir su camino
cuando Jocelyn dijo en voz bien alta:
—Estábamos pensando en tomar esa estación.
Killeen se quedó de una pieza.
—¿Qué…? —empezó a decir, pero después se detuvo. No debía mostrar sorpresa por
el hecho de que se hubiera sabido tan rápido lo de la estación. Los chismes eran
legendarios en las naves espaciales—. ¿Qué queréis decir? —terminó.
Sabía que los viejos formalismos exigían otro tipo de lenguaje, mucho más estricto y
restringido. Las largas horas con los Aspectos habían convertido las estructuras más
familiares del habla de los antiguos en una segunda naturaleza para él y ahora solía
usarlas para distanciarse de sí mismo. Pero en casos como ése, también podía servirle un
uso más directo del lenguaje común de la tripulación.
—Se dice que hay un lugar grande de los mecs allí delante —dijo uno de los hombres
lentamente.
—Las cosas se saben —admitió Killeen, poniéndose en cuclillas. Desde los tiempos de
Nieveclara, la Familia descansaba en esa posición, siempre lista para saltar y seguir
adelante si la sorprendían. Aquí no tenía sentido, por supuesto, pero subrayaba el pasado
común y la igualdad de todos los miembros de la comunidad. Todos los que estaban en el
círculo permanecían en cuclillas y algunos sostenían pequeñas botellas de agua con
sabor. Un marinero le ofreció una a Killeen y él tomó un trago. Melocotón sabroso y
aromático, la fruta que florecía ahora en las zonas de vida.
—Sí —dijo Jocelyn—. ¿Vamos a celebrar una asamblea?
—No veo por qué —dijo Killeen con cuidado.
—¡Planes de batalla! —exclamó un marinero de cabello rizado en voz bien alta.
—¿Y qué batalla es ésa? —replicó Killeen con rapidez.
—¿Cómo qué batalla? ¡Contra el complejo mec, claro! —espetó el hombre. Hubo
varios gruñidos de asentimiento. Sí, estaban de acuerdo.
—¿Estáis seguros de que es un complejo mec? —preguntó Killeen con tranquilidad.
—¿Qué otra cosa puede ser? —señaló una mujer.
Killeen se encogió de hombros y los miró a los ojos. Parecían nerviosos por la idea de
un ataque, las caras tensas y concentradas.
—Veremos.
—Tiene que ser humano o mec —apuntó Jocelyn—, y os aseguro que no es humano.
—No vamos a atacar ningún complejo mec sin ver antes cómo es —rebatió Killeen.
—¡Mejor si los sorprendemos! —dijo el hombre de rizos, con la voz ronca de
entusiasmo. Killeen sospechaba que el hombre había tomado algo más que agua con
sabor. En realidad, había varias caras con un brillo, un cierto descuido en la forma de
dejar caer el labio o el ojo que apuntaban a lo mismo. Una clara violación de las reglas.
Pero le pareció que no era el mejor momento para recriminarlos. Estaba sucediendo algo
más, y él tenía que averiguar qué era.
—¿Venir por un cielo vacío os parece una sorpresa? —Killeen se rió.
—¡Matamos a los mecs que estaban en la nave! —replicó el hombre.
—Entonces sí que los sorprendimos. No estaban preparados para un ataque en el
momento del despegue. Tuvimos una oportunidad para limpiar la nave y lo hicimos. —
Killeen meneó la cabeza—. No volveremos a tener la misma suerte.
Eso los dejó en silencio. Se habían alzado murmullos constantes en el grupo en los
últimos momentos. Killeen todavía no sabía de dónde venían esas ideas. Durante algún
tiempo había visto cómo la Familia adquiría las malas costumbres de un grupo nómada
forzado a vivir demasiado tiempo en un lugar estrecho: bebían, jugaban, discutían sin
razón.
Detrás de esas infracciones, que él podía manejar fácilmente, había surgido otro
problema. Se regalaban unos a otros con cuentos falsos sobre batallas del pasado,
aventuras fabulosas, fuera de toda proporción. Killeen, en cambio, recordaba muy bien los
años de la huida a través de Nieveclara, el terror paralizante, la indecisión que revolvía el
estómago, las muchas retiradas torpes después de fracasos humillantes. Ahora, según los
cuentos, todos (pero generalmente sobre todo el narrador) habían sido valientes, sabios,
rápidos y enérgicos, y habían dejado un tendal de mecs en su camino.
Había algo más que falso orgullo en eso. Killeen contemplaba las llamas poderosas, el
humo que lamía los ojos con un dolor que casi era bienvenido. El ardor renegrido traía
innumerables recuerdos de noches difíciles, noches que habían pasado mirando los
fuegos del campamento, temblando con cada sonido que les llegaba desde la oscuridad.
Las cáscaras hacían un fuego más dulce que el de la madera del bosque, pero el humo
envolvía al grupo en una niebla azul muy reconfortante, una señal momentánea de su
dependencia mutua.
Killeen se sentía de mejor humor y guardó silencio, para que ese estado de ánimo se
consolidara. Finalmente, Jocelyn rompió la pausa.
—Por lo que recuerdo, Fanny decía que no debíamos dejar nunca un vehículo mec a
nuestra espalda cuando seguíamos avanzando.
Las cabezas asintieron en el círculo. Killeen aspiró el néctar de melocotón para
disimular su sorpresa. Así que era Jocelyn quien sugería esas ideas, citando a la vieja
capitana Fanny. Aunque Fanny había muerto hacía ya años, cortada en dos por el Mantis
en Nieve-clara, todavía ejercía una profunda influencia en la Familia. Killeen la respetaba
y amaba más allá de las palabras. Muchas veces, durante el largo viaje, se había
preguntado: ¿Qué haría Fanny ahora? La respuesta siempre le servía de guía.
Pero esto era diferente. Jocelyn se servía de la leyenda de Fanny para provocar
problemas.
—También decía que no nos buscáramos enemigos que no necesitábamos. —Killeen
miró a su alrededor con deliberación. Fijó la vista en cada uno de los miembros del
grupo—. Sobre todo cuando eran más poderosos que el grupo.
Hubo murmullos. Estaban de acuerdo con él. Jocelyn no miró directamente a Killeen
pero dijo:
—Si no podemos tomar una estación, ¿cómo lo conseguiremos con ese maldito
planeta?
Killeen sabía que debía andar con cuidado. Flotaba tensión en el ambiente, como si
Jocelyn hubiera resumido lo que todos sentían. Era una charla de Familia, y Jocelyn la
había mantenido fuera del alcance de la rigidez de la disciplina militar. Killeen podía
interrumpirla, demostrar su rabia, pero eso hubiera dejado preguntas sin responder y
nuevas irritaciones en la tripulación. Decidió no recurrir a su rango. En lugar de eso, se
rió.
Eso tomó por sorpresa a Jocelyn. La risita seca de Killeen la asustó. Entonces, él dijo
con una media sonrisa:
—Es tu Aspecto asesino de nuevo, ¿no? —Se volvió para mirar al resto—. Jocelyn
tiene nuevos chips de Aspectos desde el año pasado. Uno es un capitán que se
especializaba en ataques contra los mecs, casi la única maniobra que sabía, porque os
aseguro que no vivió mucho. El Aspecto le da muy buenos consejos, pero claro, son
siempre los mismos…
Varios sonrieron en el círculo. La Familia no habría podido sobrevivir al viaje sin los
consejos de los Aspectos acerca de la antigua tecnología humana que había construido el
Argo. Pero esas presencias siempre deseaban entrar más de lleno en la red sensorial del
huésped, estaban sedientas de aire y sentido real, querían contacto con la vida.
Resultaba imposible satisfacerlas. Procedían de distintas eras y sus consejos podían ser
contradictorios. A veces, había uno que dominaba el pensamiento de su huésped. Perder
el control de un Aspecto era humillante.
Los músculos tensaron la mandíbula de Jocelyn.
—Yo hablo por mí misma, no por mandato de un Aspecto polvoriento —escupió.
—Entonces, será mejor que evites las peleas mientras puedas. —Killeen mantuvo la
voz tranquila y amistosa.
La respuesta de Jocelyn fue dura.
—¿Las peleas como ésta?
Había entendido la indirecta y sin embargo quería hacer pública la discusión. Muy bien.
—Ahora que lo mencionas…
—Algunos de nosotros pensamos que el honor de la Familia exige…
—El honor es lo primero que se pierde en el campo de batalla —replicó Killeen con
sequedad.
Inmediatamente lamentó haber interrumpido a Jocelyn, porque los ojos de la
lugarteniente se entornaron con furia.
—Deberíamos tomar ese complejo mec antes de que ellos nos ataquen.
—Nuestra meta es un mundo, no una cajita en el espacio —objetó Killeen con voz
tranquila. Sabía que saldría victorioso si dejaba que ella perdiera los estribos.
—¡Con eso en nuestras manos podemos controlar todo lo que llegue a la superficie! —
exclamó ella con excitación.
—Y alertar a cualquier cosa que esté allí antes de que podamos aterrizar —apuntó él.
—Bueno, Fanny nunca…
—Lugarteniente Jocelyn deje ese asunto de la Familia. Ahora yo soy el capitán.
Ella lo miró, sorprendida. Él siempre había creído que ella era la más hábil de toda la
Familia para seguir una táctica en tierra. Pero no cuando llegaba el momento de trabajar
mucho y cambiar el tipo de ataque.
—Sí, sí, pero…
—Y yo digo que vamos a ir directo. ¿Entiendes? Prescindiremos de la estación.
—Mierda, esa estación nos puede dar…
«¡Capitán!» La llamada no venía del círculo, sino del cinturón de Killeen. Killeen se
asustó con el ruido de aquella vocecita que le hablaba desde la cintura. Shibo.
—Sí —contestó. De pronto, perdió interés en Jocelyn. Shibo casi nunca le hablaba por
el comunicador de la nave. Debía de ser algo importante.
«El tablero», empezó a decir, pero Killeen cortó la comunicación. Nunca permitía que la
tripulación oyera los mensajes de los oficiales a menos que tuviera una poderosa razón
para hacerlo.
Se levantó, dirigió un gesto a Jocelyn y se fue por la espiral hacia la sala de control. No
le gustaba dejar en el aire su disputa con Jocelyn. Ella había perdido el impulso, pero le
quedaba un centro de resistencia. Y de ambición.
Cuando llegó a la sala, Shibo estaba de pie, inmóvil, meditando. Era una actitud rara en
ella. Tenía los brazos alrededor del cuerpo, los dedos enganchados en las brillantes
costillas negras de su exoesqueleto Por lo general movía las manos sin cesar sobre los
tableros, llamando a las energías y micromentes del Argo.
—Capitán, tengo un problema. Y uno nuevo, además. —Los ojos luminosos y la boca
amargada no ocultaban la sensación de alarma.
—¿Es la estación?
—En cierto modo. —El exoesqueleto se movió como una jaula de huesos negros,
subrayando su gesto. Algo entre un encogimiento de hombros y un movimiento de
despecho—. El tablero está co-lapsado. No puedo determinar la trayectoria.
—¿Cómo?
—Una orden superior
—¿Quién la dio?
—Tal vez la pregunta es ¿cuándo la dieron?
—¿El Mantis?
—Quizá. Nos lleva a una meta levemente distinta del planeta mismo.
—¿No puedes detenerlo?
—No.
Cuando Shibo admitía un fracaso, Killeen estaba seguro de que lo había intentado
todo. Frunció el ceño.
—¿Adonde vamos?
—Hacia la estación. Contra nuestra voluntad.
8
Gemidos profundos y graves recorrían el Argo, como el canto de grandes bestias
hinchadas.
El polvo exterior murmuraba contra las burbujas de las zonas de vida a medida que la
nave desaceleraba. Era como si los restos leves del Centro Galáctico, que giraban en
espiral hacia la estrella cubierta que quedaba más adelante, jugaran con el Argo como un
gran instrumento en tensión. Melodías de luz roja bailaban sobre el casco bruñido.
Killeen observó cómo se acercaba la estación. Permaneció de pie, dando la espalda a
la tripulación que se reunía, y miró con cuidado el puerto que se aproximaba. La
trayectoria era clara. El Argo bajaba paralelo al gran plano circular de la estación,
arrastrado por fuerzas desconocidas. Shibo no podía hacer nada.
Killeen se permitió una sonrisa de desprecio hacia sí mismo. Su orgulloso despliegue
de seguridad había terminado en nada. La insubordinación y astucia de Jocelyn para
arrastrar tras ella a la tripulación y su desacuerdo en público lo habían irritado. Ella había
aprovechado el contexto Familiar para contradecir las decisiones de su capitán. Y ahora,
irónicamente, la forma en que ella había preparado a los demás para la acción, lo
ayudaba.
Tendría que animar a la tripulación para un ataque que prometía poco. Iban a atacar a
oponentes desconocidos sobre un terreno mec que no se parecía en nada a lo que
habían visto en Nieveclara. Las tácticas de la Familia, aprendidas con tanto esfuerzo a lo
largo de tanto tiempo, no servirían de nada, porque tal vez esas tácticas eran erróneas.
Ahora que lo veían más cerca, el disco hinchado que tenían debajo revelaba parte de
sus muchas complejidades. A la velocidad que llevaban, cada vez menor a medida que se
aproximaban a la estación, tardarían casi una hora en llegar a la torre central. Sí ése era
el destino que tenían, había tiempo para preparar la trampa que había urdido. Si no,
formaría un escuadrón sorpresa para atacar en lugares que los mecs no pudieran prever.
Killeen se había puesto la túnica ceremonial azul y dorada sobre el suéter gris y un
cinturón completo de herramientas y armas por debajo. No perdería tiempo en cambiarse
si los hechos interrumpían la ceremonia. Los escuadrones de batalla estaban listos en las
puertas de la nave, dispuestos para atacar a la señal indicada. El resto de la tripulación,
reunida en el puente de mando, estaba allí para producir un cierto efecto. Killeen no podía
saber si lo que manejaba la estación ya había colocado espías en el casco, micrófonos lo
bastante poderosos como para captar conversaciones completas. Pero tenía que pensar
en esa posibilidad y usarla contra el enemigo si era posible.
Allí delante, el disco brillante y circular llenaba la mitad del cielo. Ondas fosforescentes
giraban en espiral hacía el interior sobre el disco, los surcos plateados, las puntas
doradas. La luminosidad colgaba como una niebla sobre el metal del disco. En el borde se
formaban arcos que se hundían y temblaban en arroyuelos de curso variable.
De alguna forma, ese caos se resolvía en ondas que crecían y brillaban con cada
movimiento, inclinándose hacia el interior para unirse a un remolino que giraba con aire
majestuoso hacia la gran torre que se alzaba en medio del disco. Ese eje central, erizado
de puntas, reunía las ondas que giraban hacia dentro en una lluvia gloriosa de todos los
colores, que se derramaba cuando el remolino golpeaba contra su base acanalada.
La torre sobresalía kilómetros, rodeada de redes de antenas brillantes por encima y por
debajo del disco. Un extremo de la torre emitía un vapor de flujo bifurcado que ardía
constantemente, silencioso, de color marfil, contra el fondo del polvo de la nube que
pasaba. El otro terminaba en una especie de tocón renegrido.
Las ondas parecían conducir al Argo hacia abajo en un deslizamiento largo, rápido, a
través del plano circular. Las escotillas crujían y la cubierta se movía con una gracia
muscular, perezosa, como algo que acaba de despertar de un sueño muy profundo.
Killeen se preocupaba: ¿cuántos movimientos de esos soportaría la nave?
—¿Seguimos escondidos? —le dijo Shibo en voz baja para que no la oyera el resto de
la Familia.
—Un poco más, sí. Parece que lo que nos atrae no toma ninguna precaución.
—Tal vez piensa que somos una nave mec.
—Eso espero. —Killeen observaba las descargas que se fundían y se enroscaban en el
plano. Tenía la sensación de estar esquiando sobre un gran mar y recordaba el tiempo
que había pasado en un lugar semejante, el mundo digital interior del Mantis, un gran mar
gris dentro de la mente.
—¿Y ahora? —preguntó ella.
—Nos movemos en sentido contrario a ellos.
Killeen se volvió cuando sintió que la habitación estaba en silencio. Los oficiales Cermo
y Jocelyn habían ordenado a la Familia en filas atentas y tranquilas.
Ésa era la atmósfera que Killeen quería, la que había programado con mucho cuidado.
Aquí estaba probablemente toda la humanidad que él llegaría a conocer en su vida. Los
hermanos más cercanos habían quedado en Nieveclara, a una distancia impresionante,
allá atrás. Por lo que sabía, la pequeña banda que dirigía tal vez era la última que
quedaba con vida en el universo.
—¿Papá? ¿Capitán?
Killeen se volvió, sorprendido, y encontró a Toby cerca de su codo.
—Estás desobedeciendo órdenes, marinero —advirtió con severidad.
—Sí, pero tengo que llevar esta porquería por culpa tuya y solamente tuya. —Toby
torció el cuello, incómodo bajo la coraza que se enroscaba sobre sus hombros, apoyada
contra el anillo de su casco.
—Tienes que llevar tu equipo a la batalla —indicó Killeen secamente.
—Sólo servirá para retrasarme.
—Nos dará una buena vista de lo que suceda a tu alrededor. Alguien tiene que llevar el
ojo de vigilancia. —Killeen usó un tono duro para poner distancia entre su posición corno
capitán y la familiaridad de Toby.
No resultó.
—Tú lo decidiste, ¿verdad?
—El Lugarteniente Cermo es quien elige a sus hombres.
Toby hizo un gesto de burla.
—Sabía lo que tú querías.
—Cermo designa a los más hábiles para cada trabajo —replicó Killeen con dureza—.
Me enorgullezco de que él pensara que mi hijo es capaz de realizar ese trabajo esencial.
—Papá, seré un blanco muy lento arrastrándome por ahí con ese trasto puesto. Me
harán retroceder a la segunda línea.
—Exactamente. Deseo vistas desde la segunda línea, no de la primera.
—¡No es justo! Quiero…
—O vas a la segunda línea o no pones los pies fuera de aquí —dijo Killeen cortante.
Toby abrió la boca para protestar, y el capitán gritó:
—¡Ya!
Toby se encogió de hombros de forma un tanto elaborada y marchó reluctante hacia su
posición en el escuadrón del tercer flanco izquierdo. Se detuvo detrás de Besen, la joven
de ojos oscuros. Killeen les veía a menudo juntos últimamente. Era cierto que pertenecían
al mismo escuadrón, pero posiblemente este hecho disimulaba más de lo que explicaba.
Killeen esperaba que la Familia no les hubiera oído y pensara que estaban bromeando
como por casualidad. En cierta forma lo dudaba, dada su escasa habilidad para esconder
sus emociones cuando se trataba de su hijo. Como una confirmación, Besen guiñó el ojo
a Toby. Killeen se dio cuenta de que su diálogo con Toby debía de haber sido bastante
obvio para todos los que estaban en la amplia sala.
Evitó un gesto de irritación y dirigió una señal afirmativa a Cermo. La inspección
comenzó. Killeen caminó ante las filas, los lugartenientes Cermo, Jocelyn y Shibo a un
paso tras él. Inspeccionó detenidamente cada miembro de la tripulación. Rostros que
recordaba bien, rostros que habían crecido saludables con el descanso y con la comida
mejor. Pero también rostros que habían tenido oportunidad de ver cómo las viejas
costumbres de fidelidad y organización de la Familia no se acomodaban bien a las
necesidades de gobernar una verdadera nave espacial. Rostros que, sin ninguna duda,
elaboraban planes para mejorar por sí mismos infringiendo la disciplina de la Familia y de
la tripulación.
Desaparecida la presión de la necesidad de cada día, los brotes de ambición individual
crecían en suelo fértil. ¿Se comportarían bien en la batalla tras esa indolencia? Multitud
de minúsculas impresiones se congregaban en la mente de Killeen. Las digeriría después,
durante sus solitarios paseos por el casco, formaban el material confuso y basto con el
que mejorar la eficiencia de la nave… si alguna vez volvían a navegar en el Argo. Pese a
todo, el ritual valía la pena y era digno de él.
La Familia había aumentado en treinta y dos miembros nacidos durante el viaje. Las
madres cuidaban a los más jóvenes en la parte trasera de la abovedada sala de reunión.
Killeen se preguntaba si esos niños, orgullosos y libres, pondrían alguna vez los pies en el
mundo que estaba allá abajo. O, incluso, en cualquier mundo.
Ya era hora. Antes de la acción sería mejor que les recordara quiénes eran. Empezó a
leer los antiguos Ritos de la Familia.
El Aspecto Ling le había proporcionado un texto procedente de los viejos tiempos. Las
Ciudadelas de Nieveclara, limitadas al planeta, habían olvidado los ritos del viaje espacial.
Pero aquí eran perfectamente adecuados.
Era un código oscuro y severo, repleto de deber y tradición y engrasado con horrorosas
advertencias de castigo que caerían sobre cualquier miembro de la Familia que lo
transgrediera.
Muchos de los oscuros pasajes no significaban nada para Killeen, pero los leía sin
dejar que la más ligera sugestión de incomprensión cruzara por su frente.
—Ninguna Familia deberá contrarrestar o poli-integrar más de dos índices genéticos
separables en un único nacimiento, por medio de sistemas artificiales. El castigo por ello
es la expulsión de ambos padres y de su descendencia durante toda la vida del niño
engendrado.
¿Qué significaría poli-integral. ¿Y cómo se podían manipular los rasgos de los niños o
niñas que iban a nacer? Era cierto que Killeen había oído susurrar viejas historias de
antiguas habilidades como ésa. Estaban enterradas en la niebla de los orígenes de la
humanidad en los Grandes Tiempos. Ese pasaje, indirectamente, afirmaba el antiguo
origen de las Familias, que era, así lo suponía Killeen, tranquilizador. El destino de los
humanos había sido fijado hacía mucho, y su enfrentamiento con los mecs era una verdad
que emergía desde tiempos inmemoriales.
Algo en los monótonos pasajes, repletos de legalismos y punteados con términos
técnicos, capturó y mantuvo la atención de todos. La Familia seguía de pie, tensa, con
rostros solemnes y sin expresión. Se conmovieron mientras Killeen se enfrascaba en las
frases largas y envolventes que detallaban los estragos de los mecs y las valientes
acciones que se esperaban de cada miembro de la Familia para oponerse a ellos. Los
ojos de un muchacho de la primera fila, Loren, parecían llenar su cara. Las lágrimas
brotaban de esos ojos y se deslizaban gota a gota hacia abajo sin que él se diera cuenta.
Su mirada estaba perdida en la lejanía, tal vez soñaba en las clásicas batallas y las
valientes victorias que tenían que ser las suyas.
Con un repentino sabor amargo, Killeen se preguntó si esos antiguos y sublimes
sentimientos protegerían al muchacho de los disparos de los mecs. Había visto más de un
muchacho como ése convertirse en gelatina roja…, o en algo peor, con la mente vaciada,
con los ojos, otrora vívidos, en blanco y vacíos.
Ese repentino acceso de emoción no le hizo errar ni una sílaba del recitado. Siguió
hasta el final, proyectando los severos tonos morales que eran correctos y efectivos,
incluso cuando sus dudas volaban y balbuceaban.
Ahora el toque final, fruto de su cosecha.
—Para alcanzar esos altos objetivos, voy a asignar un nuevo nombre. La tradición
concede al capitán el derecho a bautizar un sistema estelar recién descubierto. Ya he
ejercido ese derecho. Esa brillante oportunidad que está ante nosotros es la Estrella de
Abraham.
Vitorearon. La leyenda de Abraham seguía viva.
—En la tripulación de la nave recae el honor de bautizar un nuevo planeta. Vuestra
junta ha elegido un nombre que es, a la vez, sagrado y vibrante: Nuevo Bishop.
Terminó y, siguiendo la tradición, la Familia gritó:
—¡Sí!, ¡sí!, ¡sí! —Y estalló en una ruidosa sinfonía de gruñidos y gritos. Unos pocos,
pensando en la batalla que les aguardaba, dieron rienda suelta a rudas obscenidades,
algunas de las cuales eran ingeniosamente imposibles y describían actos de improbable
pasión sexual entre los mecs y unas asombrosas geometrías.
Killeen dio un paso atrás, su mente se mantenía fríamente distante del efecto que
había deseado obtener. Los humanos no podían lanzarse al ataque sin la adrenalina alta
y sin el entusiasmo potenciado por esa hormona. Los mecs, simplemente, se ponían en
marcha, pero los humanos que iban a poner en peligro la vida necesitaban un poderoso
cóctel en sus venas.
Killeen se daba cuenta ahora de que, en esos últimos años, había llegado a pensar en
la capitanía como en una mezcla de inacabables detalles. Ser un buen tripulante
significaba dominar los in-terminablemente minuciosos pero importantes elementos de las
reglas de la zona de vida, de las presiones y de los flujos, de los servos y de los motores.
Sólo las memorias de los Aspectos les habían permitido pasar, a él y a su tripulación, a
través de la ventisca de los insignificantes misterios que permitían que la vida sobreviviera
en el más inhóspito de los ambientes.
Pero ahora percibía cómo volvía al viejo y original sentido de lo que necesitaba un
capitán. Iniciativa audaz, unida a un cálculo sensato. Ingenuidad y viveza. Valor físico y
moral, ambos. Gobierno diplomático de la Familia, que, en términos de la nave, eran
subordinados pero que, en toda la extensión de la vida, eran la gente más querida que
jamás conocería.
Ésas eran las características cruciales. Tan sólo esperaba tener algunas de ellas.
Mucho de lo que iba a suceder dependía de él, y sólo disponía de sus recuerdos de
Fanny y de Abraham —esa cara esculpida por el viento que nadaba ahora ante él,
surcada por una mueca paternal— para guiarle.
Su red sensorial personal resonó con pequeños alfilerazos. Ahora la planificación en el
tiempo era esencial, y Killeen quería que los espías acústicos de los mecs —si había
alguno— registraran el entusiasmo de los humanos y su júbilo para que no estuvieran
preparados para lo que iba a suceder.
—¡Capitán! —le llamó Cermo.
Y mientras la Familia se disolvía en pequeños grupos que charlaban, Killeen se volvió
hacia Cermo y, de reojo, percibió un indicio de movimiento en las inmensas perspectivas
del exterior.
Se movían con rapidez y seguridad hacia el eje central. Nuevas energías surgían del
intrincado suelo en forma de disco que estaba debajo de ellos. Era como si la actividad
que anticipaba, fuera a ocurrir bajo un océano en movimiento, y él sólo pudiera percibir los
destellos de un plan mucho mayor que se desarrollara bajo las olas. Formas alargadas se
movían con rapidez entre vainas voluminosas. Las máquinas giraban en los raíles, formas
angulosas se movían como bancos de peces en movimiento… y todo ello tenía la
apariencia de un trabajo ordenado, que se desarrollaba por debajo de las agitadas bandas
de luminiscencia.
Unas notas bajas retumbaron a lo largo de la cubierta. El metal resonó.
Algo se había agarrado con firmeza a la piel exterior del Argo. Killeen cambió a la
frecuencia protegida de comunicaciones y susurró el código:
—¡Hoyea! ¡Hoyea!
Conectó una comunicación desde el control de supervisión de Shibo. Hizo eclosión en
su ojo izquierdo, una vista hacia arriba desde las burbujas de la zona de vida. Al lado del
casco ardiente y brillante del Argo, esas protuberancias húmedas y transparentes
parecían ser algo que había crecido anormalmente y devenido salvaje. Desde las
pequeñas hendiduras de las burbujas opalescentes surgían figuras en rápido movimiento.
Iban hacia abajo, hacia las irritadas olas de electroluminiscencia y hacia las protectoras
ranuras del disco.
Killeen parpadeó dos veces y obtuvo una vista hacia delante. Largos mecs de forma
tubular habían aparecido desde algún lugar y se movían rápidamente hacia las esclusas
del Argo. Se hizo a sí mismo una señal afirmativa con la cabeza y vio sólo las formas
flexibles que volaban para encontrarse con ellos.
Justo a tiempo. Estarían en las esclusas en pocos momentos, sin duda habían sido
enviados por la mentemec para aprovecharse de los momentos rituales de los humanos.
Así que los mecs de esta estación sabían algo de los humanos. Por lo menos lo
suficiente para reconocerlos como enemigos. Eso podía ser provechoso. Killeen había
aprendido ciertos modelos de pensamientos obtenidos del Mantis, formas oblicuas de
percibir la humanidad. Las costumbres de los mecs eran ahora más comprensibles,
aunque no menos odiosas.
Los mecs de esta estación probablemente seguían las órdenes del Mantis, órdenes
enviadas probablemente antes de que el Argo dejara Nieveclara. Fuera cual fuere la
intención del Mantis al enviar el Argo aquí, la Familia se hallaba unida en un punto: iban a
destruir a cualquiera que intentara controlarles. Inmediatamente después del despegue,
habían hecho pedazos a los pequeños mecs que habían encontrado a bordo del Argo.
Algunos pensaban que los planes del Mantis podían haber sido benignos, pero eran una
minoría.
Killeen seguía de pie en medio del decreciente jolgorio de la Familia, sin ver ni oír nada
más que el silencioso drama del otro lado del casco.
—¡Preparados! —susurró en el circuito de comunicación. Le contestaron unos clicks
metálicos.
Ahora unas formas delgadas y enrolladas se acercaban a la esclusa principal y lateral
del Argo. Killeen esperó hasta que la primera de ellas logró el contacto. Serpenteó
formando un aro en torno a la puerta de la esclusa. Killeen vio cómo surgían pequeños
taladros que mordían el casco del Argo. Las otras también habían alcanzado sus
objetivos, estaban instalándose…
—¡Fuego! —Las minas, instaladas junto a cada esclusa, explosionaron. Cada una de
ellas formó una nube de disparos azules que se expandió y se aceleró entre los cuerpos
de los mecs, haciéndolos pedazos.
Killeen se permitió una sonrisa. Ese primer golpe había estado bien pero, a partir de
ahora, peligrarían vidas a cada momento de los acontecimientos. Se dio cuenta de que la
sala de reunión había devenido silenciosa, pensativa y de que todos le miraban.
Parpadeó, dispersando las visiones del exterior. Cermo estaba de pie a su lado.
Respiraba con fruición, repleto del extraño y palpitante placer de estar de nuevo, tras
tanto tiempo, en medio de la acción.
—¡Tropas! —gritó—. ¡Formad la estrella!
9
Sin aire, silencioso, el paisaje metálico surgió como una reluciente promesa de orden
perfecto ante la distante negrura moteada Contemplando la vista, Killeen pensó cuan
divertido era que su trabajo consistiera en hacer pedazos esa autosuficiente certeza
geométrica y en establecer el caos perfecto.
Estaba de pie en la bóveda de control. Shibo estaba a su lado. Era la primera vez que
dirigía un complicado movimiento de la Familia sin estar realmente allí, participando. La
Familia Bishop tenía una larga tradición de capitanes que luchaban, se arriesgaban y
morían junto a sus compañeros de Familia. Pero ahora, al operar por primera vez desde
tiempo inmemorial, desde una verdadera nave espacial, eso era imposible. Sólo desde
aquí podía supervisar y controlar a todos los reducidos equipos que trepaban por la torre
en busca de la mente principal.
La cambiante escena de la pantalla principal procedía directamente de la cámara
omnidireccional de la espalda de Toby. Los ojos de Killeen se enfocaban en cada
centelleo y cada nuevo movimiento del disco plano, pero dejaba que sus propios reflejos
respondieran a las imágenes. Cerraba y abría los puños para volver de nuevo a cerrarlos.
Shibo le miró con prudencia:
—¿Dijiste a Cermo que se llevara a Toby?
—No.
—¿De verdad? —Parecía sorprendida.
—Esperaba que Cermo eligiera a Toby porque es rápido. Seguro que alguien de la
tripulación lo verá como un simple favor. Pero si le contradecía e interfería a causa de
Toby…
—Me doy cuenta.
—Es un compromiso. Esa cámara hace que tengas que ir más despacio, te convierte
en un blanco más fácil, pero…
—Pero te da una oportunidad de avisarle si no se da cuenta de algo.
La boca de Killeen se curvó en una mueca de irritación.
—¡No! Iba a decir que eso le coloca en segunda línea.
—Lo que es mucho más seguro.
—Por supuesto.
Se volvió para ver la sonrisa silenciosa e irónica de Shibo. Estaba a punto de ladrarle
una respuesta, cuando se detuvo, se obligó a sí mismo a apartarse de su máscara de
capitán y se sorprendió haciendo su habitual gruñido de diversión. Ella le comprendía
perfectamente, y cuando estaban solos, no le permitía abandonarse completamente al rol
de capitán. Estaba a punto de besarla —habría sido más fácil que hablar— cuando la
pantalla de arriba cambió.
Toby avanzaba rápidamente a través del disco plano, a grandes zancadas y con
algunos problemas para encontrar los agarres de las botas. Estaba en una de esas
miríadas de «calles» abiertas que, debido a insondables razones, cruzaban el disco. La
torre aparecía directamente por encima de él, mayor de lo que el objetivo podía abarcar.
Lo que había atraído la atención de Killeen era el amplio salto de Toby hacia fuera de la
«calle» que, hasta entonces, le había protegido. Se alzó hasta el lateral de la torre, aplicó
el acoplador magnético y se agarró con un sonido seco a la tachonada pared de la torre.
Dos nuevas figuras con traje espacial se le unieron. Corrían a lo largo de la pared,
dejando que las botas se agarraran e impulsaran. Sobre el horizonte de la curva de la
torre apareció un agujero. Los tres se dejaron caer en él. Killeen vio que una de las figuras
era Besen; los dientes eran lo único visible dentro del casco a la luz amarilla de la estrella.
Se alzó un eco chirriante. Algo les escupió microondas desde un pasaje lateral. Los
mecs de bajo nivel siempre creían que sus armas podían matar cualquier cosa. No se
daban cuenta de que las formas orgánicas podían cerrar todo el espectro
electromagnético y seguir funcionando independientemente.
Killeen se alegró de haber mandado a sus hombres con los receptores internos
totalmente desconectados, excepto la conexión de la cámara que llevaba Toby. En ese
momento aparecieron Toby y Besen cerca de los grandes aparatos mec y les abrieron
unos buenos agujeros.
El escuadrón se introdujo en la torre. Trabajaban sin comunicar, para no proporcionar
señales electromagnéticas a los mecs. Un brillo duro y amarillo los llamó desde un túnel
estrecho y Toby no dudó en entrar tras él.
Killeen retrocedió un paso y los surcos de su rostro se hicieron más profundos, pero no
dijo nada. Por un momento siguió el rastro de otros escuadrones y dio órdenes para las
maniobras.
El ataque iba demasiado bien. Los escuadrones se movían de lado, se detenían y
seguían avanzando con agilidad. Los mecs eran ineptos y no estaban preparados para el
fracaso de su primer plan. Probablemente habían querido humillar al Argo con una
demostración de fuerza. Eran guardias, no luchadores expertos.
Bien ordenados, sin embargo. Sugiero que tengas cuidado cuando tu línea progrese
hacia el interior. Una defensa lenta puede llevar a un atacante rápido y poco reflexivo a
una buena trampa.
La interrupción del Aspecto Ling recordó a Killeen que debía ordenar a los escuadrones
laterales que atacaran las líneas de comunicación que encontraran. Respondieron al
instante y cortaron varias líneas claramente visibles. Killeen estaba preocupado por las
que no lo eran. Su Aspecto Ling aprovechó la oportunidad para salir del rincón.
Tiendes a dar órdenes demasiado resumidas y breves. Los grandes generales de la
antigüedad tenían la cabeza bien fría, recuerda, y no permitían que el desorden de la
batalla perturbara la claridad de su pensamiento. Por ejemplo, un general de tierra muy
antiguo, llamado Iron Wellington, dirigía una gran batalla, Waterloo, cuando vio un fuego
que amenazaba con quebrar la línea de sus tropas. Envió una nota que decía: «Veo que
el fuego se extiende desde el granero hacia el techo del castillo. Cuando se derrumben,
ocupen las paredes del jardín, sobre todo si el enemigo se desliza a través de las cenizas
hacia el interior de la casa.» Con gracia, con claridad, con exactitud; escrita a caballo,
bajo fuego enemigo, en medio de una gran crisis militar. Esa debe ser tu meta.
Killeen hizo una mueca y apareció su Aspecto Arthur:
Advierto que el mensaje contiene tiempos verbales y vocabulario difíciles incluso en
circunstancias mucho menos tensas.
Arthur era un científico de tiempos de la última Era de las Arcologías. Era preciso,
remilgado e invaluable. Killeen empujó a los dos hacia el fondo de su mente. Vio que el
escuadrón de Toby llegaba hasta una especie de cuenco enorme rodeado de paneles
titilantes. Reconoció el lugar por las fotografías que le habían mostrado algunos Aspectos
en años anteriores. Un tipo de trampa antigua que utilizaba rayos láser cruzados.
—¡Salid de ahí! —envió por el canal de rayos.
Toby lo oyó y miró a la izquierda. La aceleración convirtió la imagen en una mancha
confusa y aplastada.
La pantalla ofreció rápidas imágenes de conductos retorcidos, láminas cortadas de
color naranja pálido, revoltijos de cables. Alrededor del escuadrón se oyó el gruñido de
unos rayos que rebotaban sobre superficies curvas de metal. A lo largo de los ejes
laterales, las sobrecargas eléctricas, como de oro quemado, trazaron arcos hacia delante.
—Minas —dijo Killeen—. Sellad los trajes.
Aunque la imagen rápida y crujiente siguió adelante por un túnel abierto y amplio,
Killeen oyó el leve ruidito del traje de Toby, que se cerraba a todas las señales eléctricas.
El voltaje brillaba alrededor del grupo, esperando humanos que no soportarían una carga
simultánea de Volts y Amps, por lo frágil de su interior.
Killeen controló a varios escuadrones que habían entrado en la torre. Todos
encontraban las mismas defensas débiles y torpes. Los depósitos retorcidos de circuitos
de enorme densidad dificultaban la búsqueda de la mente principal. Ninguna Familia
había entrado jamás en un lugar como ése. La experiencia no les servía de nada.
Lo que era todavía más extraño: algunos puntos habían sufrido daños evidentes. Allí
había habido lucha. Los cortes parecían recientes, además. Su Aspecto Ling dijo:
—Tal vez eso explica la resistencia rudimentaria que estamos encontrando.
—¿Cómo?
Si alguien tomó la estación, tal vez la dejó en manos de fuerzas meramente simbólicas.
—¿Algún grupo rival de mecs? —Killeen sabía que las ciudades mecs a veces
luchaban entre ellas, que había una competencia salvaje. Tal vez habían acabado con el
comité de bienvenida del Mantis.
Tal vez. Es probable que entendamos mejor las cosas cuando encontremos a la mente
principal.
Killeen miró cómo se movían sus equipos en una proyección tridimensional de la torre
completa. Shibo hacía entrar en el sistema la información reciente que enviaban los
escuadrones y llenaba rápidamente bloques de detalles en los grandes espacios vacíos
del extremo norte de la torre.
A Killeen le pareció descubrir un esquema, una lógica en los túneles retorcidos como
serpientes. La multitud de pasillos y ejes de la estación no tenían su centro en el plano del
disco. En lugar de eso, apuntaban a un punto muy por encima, en el extremo norte de la
torre. Envió órdenes a los equipos para que investigaran ese sector. Después volvió a
prestar atención al ojo de Toby, que le enviaba las imágenes más completas. Los
sistemas del Argo las integraban inmediatamente al mapa tridimensional de la estación.
Toby estaba deslizándose por un eje hexagonal. Besen volaba por delante. Los dos se
movían con habilidad en la gravedad cero, maniobrando con la experiencia que habían
adquirido con los ejercicios diarios a bordo del Argo.
Por delante había otro escuadrón, que había llegado antes al nexo. Estaban
introduciendo aparatos en un gran cubo negro.
«Mente principal», llegó una señal por el comunicador.
—Eso parece.
«Estoy cableando para hacerla estallar, capitán.»
—Sí.
Toby aterrizó sobre el cubo y sus botas produjeron un sonido sordo. Killeen vio cómo
fijaban los cables y hacían agujeros con rápidos punzones automáticos.
Aparecieron algunos mecs defensivos, pero eran torpes y muy visibles. Murieron entre
estallidos de fosforescencia rubí. Killeen frunció el ceño. Los mecs parecían demasiado
lentos y estúpidos. ¿O tal vez era que no estaban acostumbrados a combatir contra
humanos? Algo le cruzó la vista. Los índices mostraban un alto nivel radiactivo. «Incluso
una defensa lenta puede llevar a un atacante rápido a una trampa.»
—¡Salid ahora mismo! —ordenó a Toby. Una vez que llegó, la orden provocó un
apresuramiento en la colocación de las minas.
—¡Dejad las cargas extra! —gritó Killeen.
«Pero están preparadas —objetó Toby—. Tengo que…»
—Mejor todavía. ¡Fuera!
Apareció algo por el extremo del eje. Era grande y se movió con rapidez, pero el aviso
de Killeen había sido claro. El artefacto no tenía un buen ángulo para disparar.
Los dos escuadrones corrieron por una salida.
—Haz estallar esas cargas extra —ordenó Killeen.
«Pero están flotando —contestó Toby—. No matarán a la mente principal.»
—¡Ahora!
El golpe llegó crujiendo a través del espectro electromagnético. Un alarido extraño y
descendente cortó el ruido. Killeen frunció el ceño. El alarido parecía el de un animal
moribundo. Los mecs no hacían ese sonido. La cosa debía de haber sufrido el estallido
cuando pasaba por la mente principal. Killeen suponía que eso era lo que ejercía el
control de la estación. Sólo la suerte había permitido escapar a los escuadrones. Pero
todavía les aguardaban peligros.
Las imágenes de Toby mostraban a los escuadrones corriendo por un túnel que
conducía lejos de la mente principal.
—No —dijo Killeen por el comunicador—. Tomad el que tiene curvas. Seguro que han
apostado emboscadas en los caminos rápidos. Las curvas bloquearán los estallidos.
En un silencio fantasmagórico y extenso, sintió que transcurrían los minutos. La
pantalla brillaba y giraba y se sacudía mientras Toby avanzaba a toda velocidad en
gravedad cero. El muchacho abría los brazos y los hacía girar, y ponía los pies en
posición para aterrizar con un cálculo perfecto de tiempo. La pantalla giraba cuando Toby
tropezaba en espacios cerrados, estrechos. El movimiento barría imágenes que daban
vueltas sobre el mundo enloquecido de tecnología mec que se acercaba en manada
desde la oscuridad y se desvanecía rápidamente.
Al final, llegaron a un largo túnel por donde se veía la luz de estrellas en un círculo
distante. Toby aceleró hacia ese punto. La pantalla cambió de pronto.
—La mente principal está muerta —anunció Killeen—. Eso que oíste fue un estallido
magnético en el momento en que la mente voló en pedazos.
«Fantástico», intervino Besen.
Killeen se puso tenso. Toby tropezaba sin ruido por la oscuridad profunda, como la de
una boca que bosteza. Brazos fantasmales se extendieron hacia él, azules, temblorosos,
buscando algo que quemar. Además, Killeen sabía que había otras presencias llamadas
Inductancias, Resistores y Capacitores, que cumplían funciones misteriosas y tal vez
fatales en esos pasillos electrodinámicos. Killeen había aprendido a usarlas, pero su
esencia más profunda estaba más allá de los programas prácticos que había estudiado.
Toby giró. Lo seguían tres escuadrones que buscaban constantemente el espacio
exterior.
Después la pantalla mostró sólo estrellas que giraban y el amarillo pálido y crudo del
disco.
Toby dio la vuelta hacia atrás. Desde la abertura que habían encontrado en la torre
llegaba una forma arrugada en un traje brillante, que cambiaba de color con la radiación
bailarina cuyo poder casi había alcanzado al grupo principal hacía un momento.
Killeen vio que la imagen se aproximaba al cuerpo que estaba al frente. Reconoció la
espalda de Waugh, una mujer que había pertenecido a la Familia Knight y que ahora era
una Bishop. La forma no se movió. Giraba en lenta revolución, tan solemne y tranquila
como un planeta en su órbita. Toby se acercó con cuidado. Dentro del casco no había
nada.
Entonces, Killeen advirtió un punto negro en la bota de Waugh, tal vez un defecto, un
golpe por el ataque. Era un agujero muy pequeño, apenas lo bastante profundo como
para quebrar el sello de vacío del traje. Pero había dejado entrar voltaje y estaba rodeado
por un halo negro de tejido quemado. Killeen vio que el casco de Waugh estaba
levemente deformado y agrandado. Comprendió entonces por qué no había podido
distinguir lo que había dentro. El carbón había teñido de negro el visor. Agradeció esta
circunstancia: así no veía la cabeza de Waugh, que había volado en pedazos.
10
Lo recordó de pronto en plena cena de celebración. Waugh, un buen elemento al que
no había conocido bien. Ella había pagado el precio de la decisión de su capitán y él
nunca sabría si el costo podría haberse reducido.
Por suerte, su material genético y sus óvulos se conservan en el Argo. Debemos tomar
medidas para asegurarnos de que toda la Familia contribuirá a la diversidad genética de
las futuras generaciones. Aconsejo…
—¡Cállate! —murmuró Killeen. Su Aspecto Arthur no tenía sentido de la oportunidad ni
de la decencia, y Killeen no estaba de humor para sus análisis fríos y analíticos. Levantó
la vista de su berenjena, cocida y condimentada, y vio que nadie había advertido sus
palabras, o tal vez eran demasiado educados como para demostrarlo. En la actualidad se
consideraba más correcto ignorar las manifestaciones externas en las conversaciones con
los Aspectos. La vida fácil del Argo estaba refinando a la Familia.
No podía evitar recordar una y otra vez la batalla, una costumbre que había adquirido a
través de los años de huida en Nieveclara. La Familia siempre llevaba a cabo un
Testimonio Público si un miembro terminaba herido o muerto en un ataque y en esta
ocasión habían perdido a Waugh y Leveerbrok, los dos muertos por armas eléctricas. Así
que el Testimonio era un símbolo de duelo, y después la Familia se dividía en unidades
más pequeñas y huéspedes para una comida que dejaba a los muertos atrás y permitía
expresar una alegría muda por la victoria. Killeen había visto muchas ceremonias como
ésta, pero la mayoría eran para celebrar nuevamente el escape con éxito de otra
emboscada o persecución mec. Resultaba agradable presidir esa comida como capitán
después de una auténtica batalla, una acción intensa que habían ganado con rapidez.
—Espero que la próxima vez cargues a otro con el ojo —comentó Toby mientras
pasaba una cacerola con pasta aromática.
Killeen se permitió sonreír.
—Cermo toma las decisiones menores acerca del personal —dijo severo.
—Ah, ¡vamos, papá! —repuso Toby con tono risueño—. Estás escurriendo el bulto.
—¿Que estoy qué?
—Escurriendo el bulto —explicó Besen, pronunciando las palabras con cuidado—.
Quiere decir soslayando el tema.
—¿Un nuevo lenguaje para los indómitos jóvenes Turk? —preguntó Shibo.
Toby y Besen los miraron, mudos, pero el segundo invitado, Loren, dijo con alegría:
—Bueno, supongo que tenemos nuestra forma de hablar.
—¿Turk? —insistió Toby.
—Una vieja expresión —explicó Shibo—. Los Turk eran una familia de vida muy
agitada.
Eso era nuevo para Killeen, que nunca había oído esta palabra, pero no lo demostró.
Estaba casi seguro de que si los Turk habían sido una Familia, debía de haber sucedido
mucho antes de que la humanidad llegara a Nieveclara. Tal vez habían estado en los
Candeleros o incluso podían venir de la antigua Tierra. Shibo había hecho buen uso de
los años de viaje: había establecido una buena relación con sus Aspectos y había
aprendido mucho. Además de la ayuda técnica, los Aspectos y hasta los Rostros
hablaban de sus tiempos perdidos y sus antiguas tradiciones.
—Sí —corroboró Killeen—, los Turk luchaban bien y eran muy rápidos. —Vio que Shibo
lo miraba con escepticismo, pero siguió adelante—. Sin embargo, no tuvieron un día tan
glorioso como éste.
—Sí, los reventamos —observó Loren con ojos brillantes.
—Los dejamos limpios —confirmó Toby.
Besen asintió.
—Y eran mecs nuevos, además.
—Ah, te diste cuenta —dijo Shibo con aprobación, mientras pasaba un plato de galletas
de la nave, aderezadas con mostaza.
Toby parecía ofendido.
—Claro que nos dimos cuenta. ¿Crees que no recordamos, que no distinguimos un
peón de un Rastreador?
Besen contestó con tranquilidad:
—Ésos eran mecs de Nieveclara. ¿Por qué iban a tener los mismos aquí?
—Los mecs están en todas partes, por eso —dijo Toby.
Loren era más alto que Toby, pero también más delgado, y eso le daba el aspecto de
un hombre preocupado y estudioso.
—¿Quién lo dice?
—La tradición. Los mecs están en todo el Centro Galáctico —se burló Toby.
—Tal vez se adaptan a cada estrella —intervino Loren con parte de razón.
Toby no podía contestar a eso, pero Besen frunció los labios y observó.
—Los mecs pueden adaptarse con facilidad a los planetas, de eso estoy segura. En
cambio la vida tiene más dificultades.
—¿La vida? —preguntó Toby, indignado—. Podemos ir mucho más rápido que los
mecs.
—No —replicó Besen con paciencia—. Me refiero a adaptación real. Cambiar el
cuerpo, cosas como ésas.
Killeen dirigió a Shibo una mirada de aprobación. Para ser simples tripulantes,
conocían mucho más de lo que él había sabido a esa edad.
—¿Cómo eran esos mecs?
—Lentos como una puesta de sol —se burló Toby.
—Parecían desorganizados. No se formaban bien —apuntó Loren con más juicio.
—No creo que fueran luchadores —dijo Besen.
—Peleaban —protestó Toby—. Recuerdo que tú también te escapaste de los disparos.
Killeen se inclinó hacia delante, interesado.
—Besen, ¿por qué crees que no eran luchadores?
Ella se detuvo. Sabía que el Capitán había dejado que expresaran sus pensamientos y
de pronto se sentía muy consciente de sí misma y muy avergonzada.
—Bueno, tenían anclas, gatos, brazos múltiples. Equipo de trabajo.
—Trataron de achicharrarnos —intervino Toby.
Besen insistió con lo suyo.
—Esos discos de microondas tal vez eran equipo común, no armas.
—¿Y qué me decís de lo que atrapamos en la mente principal? —insistió Toby.
—No estoy segura de eso —admitió Besen, después de una pausa.
Killeen la observó con atención. Fuera lo que fuera, lo que había estado acechándolos
cerca de la mente principal se había desintegrado cuando estallaron las cargas. La
Familia había encontrado sólo fragmentos inconexos. Pedazos de carne, pero los mecs
de Nieveclara usaban componentes que imitaban la química autorreparadora de la vida.
—No creo que averigüemos la respuesta hasta que nos encontremos con los mecs que
construyeron la estación —continuó Besen.
—Vamos, estás inventando fantasmas —dijo Toby, riéndose.
—Reconozco a un mec peón en cuanto lo veo —rezongó Besen—. Eso es lo que
encontramos en la estación. Los mecs superiores estaban en la mente principal.
—No lo sé —suspiró Toby—. No vimos gran cosa.
—Es lógico —dijo Besen, y miró a Toby con ojos cariñosos, divertidos—. La estación
ya estaba dañada. Probablemente alguna fracción mec la tomó de manos de otra. Los
agarramos antes de que pudieran volver a instalar las defensas. Ésa es mi opinión.
Killeen vio que Toby sopesaba la idea. El muchacho era inteligente pero dejaba que el
entusiasmo le empañara o inutilizara la mente.
—No sé, incluso si era un mec importante o algo así, fuimos más rápidos que él.
—Tuvimos suerte, eso es todo —opinó Besen.
—¿Suerte? —Toby se sentía ofendido—. ¡Rapidez, dirás!
—Si el Capitán no nos hubiera ordenado que lo dejáramos todo y escapáramos,
habríamos sido carne de mec.
Killeen se sentía satisfecho al ver que Besen no aceptaba a ciegas todo lo que decía
Toby. Las hembras adolescentes de la Familia mostraban una lamentable tendencia a
aceptar el punto de vista de sus parejas. Las generaciones de vida sedentaria en la
Ciudadela Bishop habían provocado eso. La Larga Retirada después de la caída de la
Ciudadela lo había borrado, o eso era lo que Killeen había creído, pero unos pocos años a
bordo del Argo parecían haber logrado que esas costumbres recobraran vigencia. Él
quería que las mujeres de la Familia no cedieran a la seguridad de los hombres y que
desarrollaran su habilidad para ser líderes. En una crisis de batalla, la timidez era fatal.
Killeen compartía la creencia tradicional de que las mujeres eran mejores capitanes
que los hombres. La sabiduría convencional indicaba que cuando las mujeres superaban
la fase adolescente y romántica y acababan la crianza de sus hijos demostraban sus
habilidades públicas, sobre todo en el campo de las negociaciones y la diplomacia.
Podían pasar de ser buenos contramaestres y oficiales ejecutivos a buenos capitanes.
Pero ahora, la Familia no tenía tiempo para esos métodos largos, sutiles y probablemente
poco económicos. El debía alentar un pensamiento independiente en todos, y a la mierda
con el baile de consagración de la unión de los sexos.
—Yo estoy de acuerdo con Besen —dijo.
Besen sonrió. Toby parecía sorprendido, pero lo disimuló rápidamente tomándose el
puré frío de patatas.
—Aunque Waugh y Leveerbrok tal vez pensarían lo contrario.
La cara de Besen se ensombreció. Killeen lamentó haberse mostrado tan directo. No
sabía cómo manejar a los jóvenes de la tripulación.
—Sin embargo tienes razón. Creo que cometieron muchos errores.
Loren asintió con seriedad.
—No se detuvieron. No arreglaron sus trajes cuando los golpearon.
—Cierto —asintió Shibo enfáticamente. Killeen captó su mirada, con la cual le decía
que acudía en su ayuda aunque consideraba que él había sido muy torpe—. Les
dispararon láser en los circuitos. No lo arreglaron. El voltaje los mató.
Killeen todavía no entendía bien la diferencia entre los Volts, esos espíritus poderosos
que vivían dentro de los mecs, y los Amps, el sentido misterioso de flujo que ayudaba a
los Volts a buscar y moverse en el mundo de las máquinas. Los Volts eran la intención, y
los Amps, los corredores que la realizaban contra los Ohms. Sabía que nunca entendería
ese tipo de cosa. Había oído la explicación científica, pero no la entendía del todo.
En lugar de eso, como hacía casi toda la Familia, trataba las esencias científicas de su
mundo como un grupo de espíritus y personalidades llenos de color, animación y
voluntades elementales que orquestaban hechos que él no podía percibir. Aprender a
usarlos significaba estudiar determinados rituales aburridos, conectar cables, colocar
números y órdenes, arreglar conexiones y chips, y eso permitía un comportamiento
adecuado en las entidades que habitaban el interior de la complejidad del Argo.
Killeen sentía que había motivaciones vivas en la materia inerte, pero imaginaba que
eso procedía de la humanidad misma y animaba la vieja tecnología humana con una
nueva fuerza. La tecnología mec, en cambio, era inerte por definición y quedaba más allá
de la comprensión humana. Venía de evoluciones más recientes y más altas en la
galaxia, pero él la despreciaba por lo que le hacía a la humanidad y por su indiferencia
ante el dolor, la angustia y la pasión inexpresable de los sentimientos humanos, que los
mecs, en su universo seguro e inconsciente, no podrían sentir nunca.
—Sí —agregó—. Los Volts se escondieron en los ejes. Como minas; los mecs no
tenían proyectos. El descuido mató a Waugh y a Leveerbrok.
Esa frase trajo un silencio pesado y miradas pétreas en la mesa. Killeen se mordió el
labio y deseó saber cómo expresarlo de una manera más suave. Lo mejor sería zanjar el
problema de una vez por todas, antes de que la experiencia se desvaneciera en el tiempo.
—Así fue —dijo alegremente—. Pero vosotros tres fuisteis rápidos y seguros,
excelentes.
Levantó un vaso de sidra y todos le imitaron. Había un brindis tradicional en cada cena
post-Testimonio, y ésa parecía una buena manera de quebrar el mal humor. Murmuraron
su acuerdo y Killeen dijo:
—Limpiemos la mesa. —Todos lo miraron intrigados—. ¿No tenían esa costumbre en
la Familia Knight? —preguntó a Shibo.
—¿Terminar toda la comida?
—Después de un Testimonio, sí. Demuestra confianza en el futuro y se hace para
reunir energías en previsión a futuras batallas y victorias.
Shibo meneó la cabeza.
—La Familia Bishop siempre fue muy glotona.
—No somos nada —intervino Toby—, comparados con los Knight.
—Supongo que empezó en los malos años en la Ciudadela Bishop —explicó Killeen—.
Yo era pequeño, ¿recuerdas? Terminar la comida era lo mejor; sazonados, crujientes…
Shibo levantó una ceja, mirándolo.
—¿Qué era sazonado y crujiente?
—La comida. Insectos, gusanos.
Todos lo miraron, sorprendidos.
—¿Os los comíais? —preguntó Shibo, incrédula.
—Ah, sí. Había épocas en que no teníamos nada más.
—¿Comíais gusanos? —preguntó Toby, con la boca abierta.
—Éramos considerados, nos comíamos sólo los que se metían en nuestros cultivos
para robarnos la comida. ¿No te parece justo? —Y agregó, ante las miradas de horror—:
Los salábamos y los cocíamos sobre el fuego de la Familia. En grandes canastas,
mezclados con lo que estuvieran comiendo ellos.
Loren tragó saliva con dificultad y los otros observaron fijamente sus platos.
—Comed ahora —indicó Killeen, y casi no pudo contener una carcajada.
Los labios de Shibo jugaban con una sonrisa y después se convirtieron en una línea
delgada y solemne cuando comprendió lo que sucedía. Aquella tontería les había hecho
olvidar a Waugh y Leveerbrok. Killeen suponía que la tripulación sabría pronto que su
capitán había comido gusanos, y estaba orgulloso de ello. No era malo que circularan
historias desagradables acerca de los viejos tiempos. Ayudaba a reforzar la débil
comunidad que tan necesaria le resultaría en el futuro.
Killeen terminó los restos de berenjena y judías que había en su plato. Los demás
empezaron a charlar de nuevo, pero él no dijo nada, porque de repente, sin previo aviso,
había empezado a sentir algo negro y desagradable.
Había disfrutado de la comida en compañía de su hijo y sus amigos, pero no había
podido actuar solamente como padre. No podía abandonar su papel de capitán al igual
que se quitaba la túnica y el emblema. Loren y Besen eran amigos de Toby, pero también
eran tripulantes y un buen capitán debía aprovechar cualquier oportunidad para
entrenarlos. Aunque habían viajado muy cómodos durante estos años, a partir de aquel
momento no habría lugar para la buena vida.
La experiencia de ver correr a su hijo por pasillos oscuros y alienígenas había llenado
de horror a Killeen. En ese instante había suprimido la sensación, pero ahora volvía a él
en forma de mal humor mientras los demás seguían comiendo. Estaban calculando en
qué proporción habrían subsistido las antiguas Familias gracias a comida horrenda, o en
qué proporción tendrían que hacerlo ellos en el futuro, y él sabía que estaban tratando de
captar su atención. Pero no podía borrar de sus ojos las imágenes del asalto.
Para esos tres tripulantes, que bromeaban alegremente, la acción había sido un triunfo
emocionante. Para Killeen había conjurado recuerdos de docenas de batallas y toda la
angustia que había sentido en ellas. Los jóvenes todavía no habían comprendido que la
muerte no era el resultado dramático de un ataque heroico, sino que se aproximaba con
un sonido súbito y entonces caía un miembro de la Familia, quemado, achicharrado
alcanzado por un arma. Desaparecían antes de comprender lo que les había pasado. El
hecho de que cayera éste o aquél dependía de miles de factores que no se podían juzgar
nunca por adelantado: posiciones, terrenos, velocidad, color de la armadura del cuerpo,
detalles de los movimientos mec y de su forma de disparar, detalles ínfimos que
cambiaban constantemente. Así que la muerte era azarosa e incomprensible, eso era lo
que se aprendía en el campo de batalla. Los Testimonios y las cenas ceremoniales no
podían eliminar esta verdad penetrante y horrible.
¿Cómo había manejado su padre este conocimiento? Abraham nunca había parecido
preocupado por las pérdidas que sufrían cuando salían a atacar a los mecs fuera de la
Ciudadela. Incluso en los peores momentos, su espíritu astuto no parecía deprimido. Sin
embargo debía de estarlo. Esa era la diferencia entre Killeen y su padre. Él tenía que
luchar para mantener la fachada digna de un capitán. En Abraham no había habido
falsedad. Abraham siempre había sido sincero.
Se dio cuenta de que hacía ya mucho tiempo que permanecía en silencio y abrió la
boca para unirse a la conversación. Antes de que pudiera pronunciar una palabra, se oyó
la señal de Cermo en su comunicador. Toda la mesa la oyó y de repente la charla cesó.
Sabían que Cermo, que estaba de guardia, no habría llamado si la cosa no fuera
importante.
Killeen se tocó la muñeca.
—¿Informe?
«Capitán, algo le pasa al planeta.» Todos oían la tensión en la voz de Cermo.
—¿Otra nave que llega? —Ya había llegado una procedente de la superficie del
planeta. La Familia había dominado a los dos pilotos. La nave estaba llena de repuestos
para motores.
«No, señor, es…, bueno, mejor que venga y lo vea.»
—Ya voy —dijo Killeen y se levantó. Tener que terminar la comida así lo irritaba, y
agregó—: Deberías mejorar tu capacidad de descripción. —La frase tenía la agudeza y la
agresividad del viejo estilo de capitán, y Killeen quedó satisfecho de haberla dicho.
«Lo siento, capitán.» La vocecita de Cermo parecía ofendida. «Es…, bueno, hay un
anillo alrededor del planeta. Cada vez es más brillante.»
Killeen sintió frío.
—¿Está en órbita?
«No, señor. Parece… que está cortando…»
—¿Cortando qué?
«El maldito planeta, señor.»
11
Al principio, Killeen no podía creer que la imagen de la gran pantalla fuera real.
—¿Has comprobado si había malformaciones en la imagen? —le preguntó a Cermo.
—Sí, señor. Traté… —El hombretón frunció el ceño. Cermo trabajaba duro, pero para él
la complejidad de los tableros de mando era un laberinto traicionero. Shibo lo tocó con
amabilidad para indicarle que quería sustituirlo. Sus manos delicadas se movieron como
ondas veloces sobre las teclas.
—Todo está bien. Eso es real —dijo después de un instante.
Killeen no quería creer en el círculo brillante que pasaba en un gran arco a través del
espacio libre y después hundía un tercio de su circunferencia en el planeta. Sin
comprenderlo, de inmediato intuyó que aquello era tecnología a una escala que nunca
habría imaginado. Si los mecs habían hecho eso en el planeta, se habían metido en un
lugar donde se verían amenazados por peligros mucho mayores que en sus peores
pesadillas.
—Auméntalo —ordenó con severidad. Sabía que debía enfrentarse a eso sin mostrar
temor.
El aro era tres veces mayor que Nueva Bishop. Su brillo dorado y refulgente atenuaba
incluso la luz de la Estrella de Abraham. Killeen esperaba ver detalles cuando se
agrandara la imagen. Pero a medida que el borde de Nueva Bishop crecía y se aplastaba
en la pantalla, el aro dorado no parecía más grueso; seguía siendo una línea titilante y
dura trazada sobre el espacio.
Excepto en el punto donde tocaba la superficie del planeta. Allí brillaba un remolino de
radiación intermitente. Killeen comprendió de inmediato que los bordes duros del aro
cortaban el planeta. La fina capa de aire de Nueva Bishop giraba y se sacudía cerca del
borde afilado del aro.
—Máxima ampliación —pidió, tenso—. Al pie, donde toca el planeta.
No, no es que lo toque, lo corta, pensó.
Los relámpagos azules y calientes que surgían en el pie hablaban de vastas
catástrofes. Allí hervían nubes de polvo marrón. Había tornados moviéndose en los dos
pies, que eran discos gruesos y rotativos, rodeados de nubes quebradas. En el vértice,
unos chorros rojos y enfurecidos indicaban la violencia que se desarrollaba.
Sin embargo, incluso en ese nivel de ampliación, el aro dorado era una línea precisa,
brillante. En esa escala, parecía absolutamente recto, la única geometría rígida en un
maremágnum de tormentas oscuras y energías desatadas.
Toby, Besen y Loren los habían seguido a la sala de control, y permanecían de pie
junto a la pared. Killeen sintió la presencia de los tres a sus espaldas.
—Se mueve —murmuró Besen, asustada.
Killeen apenas distinguía el pie, que se desplazaba cavando a través de una inmensa
cadena de montañas. Su brillo afilado como un cuchillo parecía deslizarse con facilidad a
través de la superficie. Nubes de polvo grisáceo rodeaban el corte. Los vientos esparcían
el polvo en líneas suaves y el aro cortaba a través del pico de una montaña nevada, sin
detenerse.
Examinó cuidadosamente la tormenta. En realidad la devastación no era tanta. La
constante agitación de las nubes y los vientos daba la impresión de un movimiento febril,
pero la causa de todo seguía adelante con una indiferencia serena ante los obstáculos.
—Atrás —ordenó él.
Shibo hizo que la pantalla se alejara de esa línea afilada hasta lo increíble. El aro
presionaba sin detenerse hacia el centro de Nueva Bishop. Ya no era un círculo perfecto,
se achataba cada vez más hacia el lado que empujaba hacia dentro.
—Se alinea con el polo —comentó Shibo—. Mira, voy a proyectarlo.
Apareció una proyección gráfica junto a la imagen real.
Sin nubes, la imagen del planeta brillaba con fuerza. El lado chato del aro era paralelo
al eje de rotación de Nueva Bishop.
—No es natural —observó Cermo.
Killeen dominó el impulso de soltar una carcajada maníaca. ¡No es natural! ¿Qué
quiere decir eso, oficial Cermo?
Pero en cierto modo, sus instintos batallaban contra su inteligencia. El aro compartía
las curvas suaves de los planetas, el tamaño, la gracia inmensa y tranquila. Killeen
luchaba para concebirlo como algo artificial. Era una tecnología que estaba más allá de
todo lo imaginable.
Los mecs, él lo sabía, podían tallar y dar forma a cadenas de montañas para construir
sus extrañas ciudades chisporroteantes, pero esto…
—Se mueve hacia los polos —anunció Shibo; su voz era como un lago tranquilo sin
olas.
El aro brillaba cada vez más encendido y se achataba progresivamente a medida que
su extremo interno se acercaba al centro de Nueva Bishop. Killeen sintió todas sus
esperanzas y decisiones aplastadas por aquella cosa inmensa y simple que se
desplazaba con tanta tranquilidad a través de un planeta.
—¿De dónde ha venido?
Cermo se mordió el labio, frustrado.
—De ninguna parte, capitán. Se lo juro. Cuando lo vi por primera vez estaba sin luz,
casi invisible.
—¿Dónde?
—Estaba empezando a cortar el aire. Por lo visto vino desde fuera y se encontró con
Nueva Bishop.
Killeen no lo creyó ni por un momento. Se burló de la idea con un gesto.
—¿Se encendió cuando golpeó el planeta? —preguntó Shibo. Cermo asintió.
—Lo habría visto antes si hubiera estado iluminado.
—Así que saca la luz de lo que le está haciendo al planeta —dedujo ella, los ojos fijos
en la distancia—. Por eso no lo vimos antes.
Killeen se preguntó durante un instante cómo conseguía Shibo permanecer tan
analítica frente a hechos tan inmensos. Él sentía la imaginación paralizada. Luchaba por
retener parte de los hechos y trató de concentrarse en los detalles.
—¿Qué ancho tiene?
La mirada de Shibo le indicó que ella también había perdido el filo del artefacto.
—Más estrecho que el Argo, diría yo —apuntó ella, los ojos entornados.
—Así de pequeña —comentó—, pero lo atraviesa todo.
—El planeta no se parte —observó Shibo.
Cermo asintió.
—Se mantiene unido. En algunos lugares se ven los puntos donde el artefacto cortó
por la roca y dejó una cicatriz. Pero la roca se cierra detrás.
—La presión cierra la abertura —explicó Shibo.
—No se parece a ningún cuchillo que yo haya visto antes —dijo Killeen e
inmediatamente lo lamentó. Frente a un objeto como ese, la tripulación tenía que creer
que su capitán no estaba desorientado. No cabía duda de que ya muchos habían visto el
aro dorado desde otros lugares de la nave. Tal vez la imagen los atemorizara hasta a
locura. El propio impulso de Killeen había sido escapar, partir lo más lejos posible. Tal vez
eso era lo que se debía hacer en realidad. Pero habían venido desde tan lejos…
—Tal vez no es un cuchillo. ¿Podría tratarse de un ser que vive de los planetas? ¿Que
se los come? —preguntó Toby.
La idea parecía absurda, pero no se podía descartar sin considerarla bien, supuso
Killeen. Era una tontería creer en los razonamientos lógicos con respecto a estos hechos.
—Si se come toda esa roca, ¿por qué está tan delgada? —objetó con tranquilidad
elaborada.
Besen soltó una carcajada alegre y, de alguna forma, aquella broma tonta relajó al
pequeño grupo.
—Si no es para eso, ¿para qué lo querrían los mecs? —insistió Toby.
Killeen comprendió que nadie pensaba en la posibilidad de que los seres humanos
hubieran construido un artefacto como ése. Los Candeleros brillantes, que flotaban como
joyas en el espacio, habían sido la cima de la aventura humana. La simplicidad cegadora
de aquel aro brillante hablaba de una mente alienígena que actuaba siguiendo
perspectivas majestuosas.
La muda indiferencia del objeto era el juicio final contra todos ellos, pensó Killeen. Sus
deseos y pensamientos interminables habían puesto tantas esperanzas en el destino del
viaje…, y ahora ese corte silencioso de su mundo recién bautizado terminaba con todas
las especulaciones. La humanidad, frágil, quebradiza, no podría vivir sobre ese fondo de
actos vastos, con fuerzas que estaban más allá de todo sueño. Su viaje en busca de la
libertad había terminado en desastre antes de que hubieran puesto un pie sobre el suelo
del nuevo paraíso.
—Eh, tal vez el Argo pueda hacer algo acerca de esa cosa —sugirió Toby, ansioso.
Loren se unió a la conversación.
—Sí, preguntemos a los sistemas si pueden intervenir.
Killeen tuvo que sonreír aunque no apartó la mirada de la pantalla. Un muchacho de
dieciséis años carecía del sentido de los límites, no podía imaginarse que existieran
problemas irresolubles si se aplicaba la medida correcta, la energía correcta, la sabiduría
necesaria. ¿Quién era él para afirmar que en el fondo eso no era cierto?
—Inténtalo —ordenó a Shibo mientras hacía un gesto con la mano.
Ella manipuló el panel de control durante un largo rato; las líneas cruzaban su rostro
concentrado y alerta. Por fin golpeó la consola y agitó la cabeza.
—No hay datos. El Argo no reconoce ese artefacto.
Killeen conjuró a todos sus Aspectos. Estaban contentos de que les prestaran al menos
una atención momentánea, pero sólo uno tenía una idea útil. Era Grey, una mujer de la
Alta Era de las Arcologías. Era una personalidad algo truncada, que sufría de una falta de
habilidad para construir las frases porque se había producido un error de transcripción un
siglo antes. Conocía la tradición histórica y científica de su tiempo y de eras anteriores. Su
voz se detenía de vez en cuando y crujía como con estática, con el acento de tiempos
muy antiguos.
—Creo… los teóricos lo llamaban… una «cuerda cósmica». En la Era de los
Candeleros… los conocían… pero solamente teoría… objetos hipotéticos… Estudié… en mi
juventud…
—A mí me parece muy real —murmuró Killeen para sí.
Creíamos… los… hicieron en los… primeros tiempos… del universo. Se puede pensar…
ese momento… una gran masa que se enfría y se expande. No logró… ser simétrica y
uniforme. Algunas fluctuaciones pequeñas… producían… defectos en el estado de vacío…
estados de ciertas partículas elementales…
¿Qué mierda quiere decir con eso?, pensó Killeen, irritado. Estaba observando cómo
cortaba lentamente a través de una llanura de granito gris. Alrededor de Killeen, la sala de
control estaba en perfecto silencio. El Aspecto Arthur interrumpió sus pensamientos.
Considero que el asunto funcionaría mejor si te tradujera lo que dice Grey. Tiene
dificultades.
Killeen captó el tono desagradable y agudo que adoptaban a veces los Aspectos
cuando los consultaban con poca frecuencia para su gusto. Recordaba que su padre le
decía: «Los Aspectos huelen mejor si los aireas un poco», y resolvió dejarlos entrar con
más frecuencia en su propia red sensorial, incluyendo la visual, para que no contrajeran la
fiebre del encierro. Murmuró una frase entre dientes para dar permiso al Aspecto a seguir
adelante.
Piensa en el hielo que se congela en la superficie de una laguna. Cuando se forma no
hay área suficiente, y por lo tanto aparecen pequeñas ondas y movimientos. Esos
espacios de hielo más grueso marcan el límite entre regiones que sí lograron congelarse
de forma uniforme. Los errores, por llamarlos de algún modo, se agrupan en un lugar muy
pequeño. Así sucedió con el universo, al comienzo. Esas reliquias exóticas son pliegues
compactos en el espacio, nudos de topología. Tienen masa, pero se mantienen enteros
gracias a la tensión. Son como cables tejidos con el propio espacio-tiempo.
—¿Y qué significa eso?
Bueno, son objetos extraordinarios y merecen respeto en sí mismo. A lo largo de ellos,
me dice Grey, no hay ningún impedimento para el movimiento. Eso los convierte en
superconductores y responden con mucha fuerza a los campos magnéticos. Y si son
curvados, como ése, ejercen fuerzas similares a las mareas sobre la materia que los
rodea. Solamente a muy poca distancia, claro, unos pocos metros. Imagino que esa
extensión de mareas permite que ejerzan presión contra materiales sólidos y los
seccionen.
—¿Cómo un cuchillo?
Sí, el mejor cuchillo es el que está mejor afilado, y las cuerdas cósmicas son más
delgadas que un átomo. Pueden seccionar los enlaces moleculares.
—Así que lo corta todo —murmuró Killeen.
Sí, pero bueno, piensa en lo que estás viendo. Una falla en la continuidad de las leyes
que gobiernan la materia. La naturaleza sólo permite un espacio muy reducido a esas
alteraciones y la discontinuidad obtiene una tensión de su propia naturaleza de materia
reducida, una fuerza que se comunica a través del eje extendido. Así podemos ver esta
maravilla increíblemente delgada, porque es mayor que el planeta en cuanto al largo.
—¿Y por qué está cortando Nueva Bishop? ¿Por casualidad?
A decir verdad, dudo que un objeto tan valioso pudiera estar vagando sin un propósito.
Ciertamente, no en el Centro Galáctico, donde existen entidades lo bastante sofisticadas
como para comprender la utilidad que tiene.
—¿Alguien lo está usando? ¿Y para qué?
Eso no lo sé.
Los tenues tonos de Grey se alzaron por encima de los de Arthur.
Me dijeron que hubo… astrónomos observaron cuerdas distantes… no hay informe
sobre… uso. Nacieron como objetos… relativistas… pero se hicieron más lentos… por
choques con… galaxias… Al final terminaron aquí… en Centro…
Cuando la voz de Grey se desvaneció, Arthur dijo:
Imagino que habrá dificultades técnicas para manejar esa masa. Como es un
superconductor perfecto, supongo que lo que hacen es mantenerlo bajo control
magnético. Mi punto de vista se podría comprobar infaliblemente fluctuando los campos
magnéticos de la región cercana a la parte exterior del aro.
Killeen reconoció el esquema habitual de Arthur: explicar, predecir, después fingir un
retroceso hasta que Killeen o algún otro comprobaba su hipótesis. Killeen se encogió de
hombros. La idea parecía absurda, pero era de sentido común probarla.
—¿Puedes analizar con el Argo los campos magnéticos que están cerca de esa cosa?
—preguntó a Shibo.
Ella empezó a examinar el problema sin contestar. Reflexionó intensamente un rato, y
cuando pensaba, casi nunca hablaba.
Toby dio un paso al frente con entusiasmo.
—¡Campos magnéticos! Claro, debería haberme dado cuenta. Eso es un artefacto
magnético, ¿verdad? ¿Recuerdas, en Nieveclara? Nos dijo: «Busca el Argo.» ¿Crees que
tal vez nos siguió hasta aquí, papá?
El Aspecto Ling intervino inmediatamente:
Ésta es una crisis muy grave. No pierdas el control de la tripulación o te verás en
dificultades todavía más terribles.
Killeen comprendía el entusiasmo de Toby, pero Ling tenía razón. La disciplina era lo
primero.
—Marinero, por favor, silencio.
—Bueno, sí señor, pero…
—¿Has dicho algo?
—Sí, sí, señor. Pero si es la…
—Firmes, señor, contra la pared. —Killeen vio que Besen y Loren sonreían ante la
reprimenda que recibía su compañero y dijo—: Los tres: ¡firmes! Hasta que ordene lo
contrario. Les dio la espalda y Shibo le tocó el codo.
—Los detectores del Argo informan acerca de campos muy fuertes. Cambiantes.
—Aja —murmuró Killeen para no comprometerse. Delineó para Cermo, Shibo y los
Aspectos lo que había dicho Arthur. Utilizó gráficos muy sencillos, que describían campos
magnéticos como manos extendidas que tomaban y apretaban. No se necesitaba más.
Las explicaciones científicas no eran mejores que simples brujerías. Ninguno de ellos
tenía una idea muy clara de cómo actúan los campos magnéticos sobre la materia, o de la
geometría de las corrientes y potenciales que se necesitan para comprender el fenómeno,
ni de la jerga antigua de los productos cruzados de vectores. Los campos magnéticos
eran actores invisibles en un mundo que los seres humanos no comprendían, tan
invisibles como los vientos que habían recorrido y peinado el aire de Nieveclara.
—Pero… ¿para qué sirve? —dijo Cermo con lentitud.
—Vigila bien —ordenó Killeen en voz tensa. Los capitanes no arriesgan opiniones.
—Tal vez eso fue lo que causó las zonas grises y muertas en el planeta. —Shibo
señaló las regiones polares devastadas, a las que se aproximaba el aro.
—Aja —murmuró Killeen sin comprometerse. Intuía que no debían aferrarse a una
idea, que debían mantener la mente abierta. Si Nueva Bishop no era un refugio adecuado
para ellos, quería estar convencido antes de emprender otro viaje hacia alguna meta
increíble en medio del espacio. Ahora que había dispuesto de un momento para
recuperarse, ni siquiera ese aro pantagruélico aplastaba por completo sus esperanzas de
que todavía pudieran disfrutar de una existencia en ese planeta.
—¿Por qué sucede ahora? —preguntó Shibo.
—¿Cuando nosotros llegamos? —Killeen le leía los pensamientos—. Tal vez el Mantis
nos quería para eso.
—Espero que no —dijo Shibo con una mueca sardónica en los labios. Shibo estudió el
tablero—: Hay otra cosa.
—¿Dónde?
—Viene de cerca del polo sur. Señales rápidas.
—¿De qué tipo?
—Como de una nave.
Killeen examinó la pantalla con atención. El glorioso círculo aplastado había
seccionado el planeta. Todavía estaba alineado con la cara chata, paralela al eje de
rotación. Killeen pensaba que el borde interior no alcanzaría el eje de planeta al menos
durante varias horas. A medida que penetraba, el aro tenía que cortar más y más roca, y
eso probablemente frenaba un tanto su velocidad.
Shibo cambió la imagen y buscó en la región del polo sur. Una raya blanca de luz
crecía rápidamente hacia ellos. Era apenas un punto, comparada con la cuerda cósmica
brillante.
—Viene hacia aquí —informó Shibo.
—Tal vez es carga para la estación, si todavía siguen con sus asuntos. —Killeen se
interrumpió de pronto. No estaba bien pensar en voz alta. La tripulación esperaba de su
capitán una seguridad de hierro. Recordaba la forma en que la capitana Fanny permitía
que los jóvenes oficiales hablaran de sus ideas sin expresar las suyas. Ella nunca se
comprometía con las opiniones de los demás.
Se volvió hacia Cermo.
—Alarma general. Posiciones para tomar esa nave cuando llegue.
Cermo saludó y se fue. Habría podido alinear los escuadrones de la Familia desde la
sala de control, pero prefería ir a pie. Killeen sonrió ante el placer de ese hombre por la
acción en sí misma. Él compartía este sentimiento. Piratear un transporte mec era un
juego de niños comparado con el espectáculo del aro que seccionaba el planeta.
Los tres tripulantes partieron rápidamente, tras echar una última ojeada a la pantalla,
donde dos misterios completamente distintos colgaban en el espacio, luminosos y
amenazantes.
12
Killeen se deslizaba en silencio por la elegante nave, admirando las curvas y la
economía de medios. El casco era de un acero cerámico rugoso que se fundía sin ondas
en los motores de los flancos. La captura había sido fácil, directa.
El escuadrón que había tomado la nave estaba de pie, cerca de las dos grandes
esclusas de aire a los costados de la nave. Habían esperado allí, en la nave, sin nada que
hacer excepto impedir que seis pequeños robots mecs conectaran líneas de energía y
cables de control a las entradas externas de la nave. Sin eso, la nave flotaba inerte en el
muelle de carga de la estación.
Era sin lugar a dudas una nave de carga. Killeen se sintió aliviado y un poco
desilusionado. Esa nave no los amenazaba, pero por otra parte aprenderían muy poco de
ella.
Es de diseño antiguo. Recuerdo que los mecs usaban esas naves cuando
transportaban materiales a Nieveclara. Me veo capaz de recordar cómo manejarla,
incluyendo las dificultades de la entrada en la atmósfera. Eran de una sencillez admirable.
La gente de épocas anteriores a las mías las usaban para propósitos humanos.
La voz precisa y pedante de Arthur siguió hablando mientras Killeen inspeccionaba el
muelle de carga. Arthur señaló algunos elementos de la tecnología mec. El Aspecto
resultaba útil en casos como éste, ya que la antigua tecnología del vacío parecía haber
cambiado muy poco en los incontables siglos desde que la humanidad había abandonado
el espacio por completo. En Nieveclara, los mecs se habían adaptado con más rapidez
que los humanos y habían convertido a los Aspectos en elementos casi inútiles. La
creciente seguridad de Arthur acerca de lo que veía a su alrededor empezó a alegrar a
Killeen. Se sentía casi optimista.
¡Flitters! ¿Los ves?
Un miembro del escuadrón, que exploraba cerca de la estación, había logrado abrir una
esclusa. Un gran panel se desplazó de lado y dejó ver un depósito de naves pequeñas,
similares a la nave de carga que acababan de atrapar.
Son pequeñas naves rápidas que pueden llegar a la superficie con facilidad. Las
recuerdo muy bien. Las llamábamos Flitters porque se movían con rapidez tanto en la
atmósfera como en el vacío. Son magníficas para evitar ataques. Eso fue antes de que las
Arcologías perdieran el control de sus fábricas orbitales. Antes de que los mecs
adquirieran tanto poder en Nieveclara.
Killeen ordenó a otros escuadrones que inspeccionaran el depósito y estimaran la
capacidad de carga de los Flitters. La Familia había explorado solamente una fracción de
la estación, así que no era de extrañar que no hubieran descubierto ese depósito antes.
Killeen esperaba encontrar algo similar; la nave de carga sólo les había marcado el
camino.
En ese momento llegó una señal de Shibo.
«Algo pasa con el aro.»
Killeen se apresuró por los ejes y pasillos hacia la superficie del disco de la estación.
Tuvo que equilibrar su felicidad por haber encontrado naves que podían conducirlos a la
superficie del planeta con el hecho importante de que algo terrible estaba pasando en
Nueva Bishop.
La visión a la que se enfrentó era desconcertante. El aro casi había alcanzado el eje
polar. Pero no se movía hacia el interior. En lugar de eso, parecía girar. Su punta interior,
afilada como una navaja y recta como una regla, cortaba el eje de rotación del planeta. En
una representación gráfica que Shibo le proporcionó vio cómo giraba el aro sobre su lado
achatado.
«La aproximación al eje se redujo —explicó Shibo—. Después, empezó a girar.»
—Parece que va cada vez más rápido —apuntó Killeen.
Una pausa.
«Sí, los campos magnéticos tienen más fuerza.»
—Mira, está cortando alrededor del eje.
«Como si extrayera el corazón de un manzana.»
—Da vueltas.
«Sí, cada vez más rápido.»
Killeen vio que el aro giraba alrededor del eje de Nueva Bishop. El brillo dorado se hizo
más intenso, como si el artefacto estuviera recuperando energía.
—Rápido —replicó Killeen, aunque no tenía sentido decirlo, mientras luchaba por
entender el propósito de esos movimientos colosales.
El gráfico se llenó de detalles a medida que la misteriosa onda de comunicación entre
Shibo y los ordenadores del Argo completaba la información.
Killeen dijo, extrañado:
—Esa línea de puntos más externa…
«Es la estación. Estamos lejos del aro», dijo Shibo.
«En realidad parece un anillo cósmico —musito Killeen. Un anillo de bodas, pensó.
Casarse con un planeta…—. ¿Está golpeando algo?
«No. No hay nada en órbita…»
—Parece que hay algo en las órbitas polares. —Killeen había aprendido algo de la
jerga de sus Aspectos, pero todavía tenía problemas con los gráficos bidimensionales,
como el que le mostraba Shibo.
«Es pequeño. Demasiado lejos para saber qué es.»
—¿En el medio?
«¿El ecuador? Sí, hay otras cositas ahí. Y una señal muy extraña. Parece muy grande
en algunos momentos, en otros los ordenadores la interpretan como a algo pequeño.»
—¿Dónde?
«Cerca. Justo por encima de la atmósfera. Parece…»
—Me suena a tecnología mec. Hemos puesto las manos en el avispero. ¡Mierda!
«Hay más noticias. He estado monitoreando Nueva Bishop. He captado señales
débiles, parecen humanas.»
—¿Gente? —Killeen sintió una oleada de alegría primitiva. Una presencia humana en
medio de esa extraña enormidad—. ¡Fantástico! Tal vez todavía podamos vivir ahí.
«No entiendo las señales. Tal vez son comunicadores de traje que se amplifican. Como
alguien que hablara a una multitud».
—Trata de investigar más.
«Sí, mi amor.» Shibo se rió con alegría y Killeen comprendió que la había estado
tratando con mucha sequedad, como capitán.
—Puedes desquitarte esta noche en la cama.
«¿Es una orden?»
—Tú das las órdenes.
«Tanto mejor.»
Él rió y se volvió hacia el espectáculo.
Su mente funcionaba con terror y agitación. Pensó que había sido una locura llamar a
ese sol Estrella de Abraham. Un tributo a su padre, sí, y con una tristeza brusca deseó
desesperadamente poder hablar con él. Le parecía que no había tenido tiempo de
aprender de su padre, para adquirir esa seguridad que Abraham había poseído como una
segunda piel, sin esfuerzo.
Recordó la cara maltratada por el clima pero alegre, la sonrisa ancha y espontánea, y
los ojos cálidos. Abraham había conocido el valor de las épocas sencillas, de los días
tranquilos que transcurren trabajando con las manos o caminando por los grandes
campos verdes que rodeaban la Ciudadela.
Pero él no había nacido en una época sencilla y se había convertido en un maestro en
las artes de la astucia que necesitaban los seres humanos. Killeen había recibido de él la
sabiduría necesaria para sobrevivir cuando asaltaban los laboratorios mecs, pero eso no
era lo que más recordaba. El rostro astuto, cansado, con su promesa perpetua de amor y
ayuda; la mirada con que bañan los padres a los hijos cuando ven una parte de sí mismos
en sus herederos…, eso se había grabado en la mente de Killeen a pesar de los años de
miedo y sangre que habían borrado casi todas las imágenes placenteras de la Ciudadela.
No recordaba a su madre de ese modo, tal vez porque ella había muerto cuando él
todavía era un niño.
¿Y qué diría Abraham, ahora que su hijo le había dado su nombre a lo que era una
caldera de fuerzas colosales, frente a las cuales la humanidad era una pulga, un bichito
molesto? ¡La Tierra Prometida, claro! Killeen hizo una mueca.
El aro había terminado su primera revolución y empezaba la segunda, cada vez a
mayor velocidad. Su borde interior no estaba exactamente alineado con el eje de Nueva
Bishop, sino levemente fuera de nivel.
Killeen observó que terminaba la segunda revolución, girando cada vez más rápido.
Parecía parte de una máquina colosal que daba vueltas para conseguir un efecto
desconocido. Brillaba con un fulgor alto, erizado de puntas, cuando lo sacudían nuevos
impulsos, ámbar, azul frío, anaranjado, tostado, colores que manchaban la miel dorada
del fondo y luego desaparecían de nuevo.
«Recibo un crujido en los campos magnéticos», dijo Shibo por el comunicador.
El Aspecto Arthur intervino al instante.
Ésa es la señal inductora de la revolución de la cuerda cósmica. Está actuando como
una bobina de cable en un motor gigante.
—¿Para qué? —preguntó Killeen, con la garganta tensa. No había puesto ni un pie
encima, pero sentía que Nueva Bishop le pertenecía, que pertenecía a su Familia y no a
un monstruo grotesco y pantagruélico. Llamó a su Aspecto Grey.
No… entiendo. Es evidente que se mueve… por el mando… mano desconocida…
Nunca supe que los mecs trabajaran a esa escala… ni que usaran cuerdas cósmicas…
Claro que… la teoría humana suponía que las cuerdas… eran poco frecuentes. Que se
movían… casi a velocidad de la luz. Ésta habrá… chocado con estrellas cercanas… y
nubes… y va más lenta. Alguien la domina… la atrapó con campos magnéticos.
Arthur la interrumpió:
Una tarea difícil, claro. Más allá de los recursos de los seres humanos, aunque en
principio no es imposible. Solamente hace falta manipular los gradientes de los campos
magnéticos en una escala que no conocemos…
—¿Qué quieres decirme? —preguntó Killeen, impaciente.
Aunque las palabras del Aspecto se deslizaban por su mente con una rapidez
cegadora, no tenía paciencia para el tono orgulloso de las pequeñas conferencias de
Arthur. Las ecuaciones brillaron en su ojo derecho. Eran mensajes de Arthur, o tal vez el
Aspecto pensaba que muchos números incomprensibles lo impresionarían. Killeen hizo
una mueca. El Aspecto había asimilado los recuerdos de Grey, los manejaba. La
presencia polvorienta de Grey se desvaneció mientras Arthur proseguía con rapidez:
Simplemente, que están usando la cuerda cósmica en algún tipo de obra de ingeniería
civil. Shibo detecta los fuertes campos electromagnéticos que genera el movimiento, pero
ése no puede ser el propósito, de eso estoy seguro. No, ése es un efecto colateral.
—¿Para qué cortar cuando la sección se cierra casi de inmediato?
Buena pregunta. Un misterio. Pero ese objeto resulta admirable por su belleza
intrínseca. Según Grey, la formación de las galaxias e incluso la de grupos galácticos se
atribuye a inmensas cuerdas cósmicas en el alba del universo. En eras remotas, las
cuerdas fueron grandes a escala cósmica. Las galaxias se formaron por la turbulencia que
producían al pasar, como las estelas detrás de un barco. A medida que transcurría el
tiempo, se torcieron sobre sí mismas y se quebraron al cortarse. Las cuerdas en espiral lo
hicieron muchas veces y se convirtieron en otras más pequeñas, como este fósil.
—Mira, ¿qué está haciendo esa cosa?
Algo ofendido, Arthur contestó con frialdad:
Tendremos que deducir su función de su forma, eso es evidente. Cabe señalar que el
borde recto interior no llega a ubicarse a lo largo del eje del planeta. No puede tratarse de
un error, no con ingenieros de esta habilidad. Sin lugar a dudas, eso es lo que quieren.
El aro giraba cada vez más rápido. A través de la línea del comunicador, Killeen oía el
ruido distante de los detectores magnéticos en la sala de control.
—¿Por qué tendría que alinearse con los polos? —preguntó.
Me atrevería a afirmar que ese giro rápido provoca una presión alrededor del eje polar.
Cuanto más rápido gira, tanto más regular es la presión. Libera la roca que se halla cerca
del eje. Eso desliga el cilindro central que se formó al cortar, lo libera de la masa
planetaria que está a su alrededor. Pero no sé cuál es el propósito de eso.
—¡Ah, vamos! —se burló Killeen con exasperación—. Entonces cállate hasta que se te
ocurra algo.
13
Killeen volvió al laberinto de pasillos dentro del disco de la estación. Llamó por
comunicador a otros dos escuadrones para que exploraran los Flitters. Se encontraron
con él en el muelle para recibir instrucciones referentes a la forma de poner en marcha la
nave. Tal vez la Familia tuviera que huir muy pronto. Killeen no tenía la menor idea de
cómo atravesar el aro para aterrizar en Nueva Bi-shop. Tal vez la cuerda cósmica se
marcharía. Tal vez se detendría. Lo único que Killeen sabía era que la Familia podía rezar
para que tuviera la oportunidad de hacerlo.
Los marineros y otros miembros de la tripulación se apresuraban a su alrededor
buscando los cables correctos, llamando constantemente por los comunicadores para
pedir información de la memoria de los antiguos ordenadores del Argo. Trabajar con la
tecnología mec siempre había sido peligroso, difícil de organizar.
Killeen vio que el primer escuadrón había roto la cabina que contenía el primer Flitter.
Estaban revisando cajas. No había tiempo para examinar el contenido. Killeen ordenó que
despejaran la zona por si necesitaban el Flitter. Se sentía particularmente incómodo al
pensar que habían tomado la estación en un momento de mucha suerte. Se estaba
llevando a cabo un experimento de magnas proporciones en Nueva Bishop y habían
llamado muy poco la atención. Quienquiera que llevara la voz cantante en esa galaxia,
estaba ocupado en otra cosa. Pero ¿durante cuánto tiempo?
Se dedicó a ayudar a un grupo a sacar la carga. Disfrutaba con el calor del trabajo
físico, le gustaba usar las manos, y eso le despejaba la mente para pensar en algunas
cuestiones importantes.
¿El curso programado del Argo había tenido en cuenta el encuentro con la cuerda
cósmica? Recordaba que, años atrás, el Mantis había hablado con las inteligencias
enterradas en el Argo, mentes mecánicas construidas y programadas por los humanos,
mentes leales a la humanidad. ¿El Mantis había trazado el curso para el Argo sabiendo
que llegarían cuando el aro dorado estuviera en Nueva Bishop?
La idea de una predicción tan concreta parecía fantástica, como descubrir la forma de
las nubes sobre una montaña en particular cinco años antes de que se formaran, pero no
era completamente imposible. Esa habilidad, si en efecto existía, formaba parte de las
alturas inalcanzables de la inteligencia de los mecs. Killeen la aceptaba sin pensarlo dos
veces; no había pasado un solo día de su vida en que no hubiera observado un claro
dominio de la mente mec sobre la humana.
Dejó de plantearse preguntas sin respuesta. Los hechos siempre premiaban al que
estaba preparado, y él pensaba actuar.
—Vamos —dijo a uno de los escuadrones recién llegados—. Esas naves, tratemos de
entenderlas. —Los llevó hacia el Flitter que acababa de llegar. El escuadrón que estaba
descargando tuvo que volver a fijar la nave en los cables de energía de la estación para
abrir las puertas del depósito de carga.
—Capitán, póngame a cargo —pidió Jocelyn a su espalda—. Yo la pondré en marcha.
Había una mirada concentrada de perfecta disciplina en los ojos de la mujer. Era una
oficial en quien Killeen podía confiar cuando se trataba de hacer un trabajo rápido y sin
errores. Delgada y capaz, los años en el Argo no la habían ablandado. Sólo cuando se
ponía a hablar con los demás se convertía en un problema.
—De acuerdo —aceptó Killeen—. Quiero tantos Flitters como se pueda en condiciones
de ser tripulados.
—¿Suficientes como para transportar a toda la Familia? —preguntó ella.
—Sí. —Jocelyn ya había adivinado sus intenciones. Aquí estaban demasiado
expuestos. La estación era un nexo para las naves en un esquema económico que él no
alcanzaba a comprender, pero sabía que quien estuviera al mando, no toleraría durante
mucho tiempo la presencia de seres humanos en un sitio tan clave. La victoria sobre los
ayudantes mecs había resultado estimulante pero demasiado fácil. La inteligencia que
gobernaba la estación estaba en otra parte.
Como para confirmarlo, apareció la voz de Shibo por el comunicador.
«Capto otra nave que viene hacia nosotros. Se mueve muy rápido. Y es mucho más
grande.»
—Es hora de tocar el trombón —dijo Killeen, que repetía una frase misteriosa que
usaba su madre, muerta hacía tiempo. El último músico había desaparecido hacía un
siglo en la Familia.
Jocelyn había oído el comunicador en un circuito superpuesto.
—¿Cree que es un grupo de ataque, capitán? —preguntó enseguida.
—Mmmmm —dijo Killeen. No le gustaba que la tripulación lo acosara, sobre todo si
tenía razón.
—Podemos atacarlos aquí mismo, cuando lleguen al muelle —sugirió ella.
Él negó con la cabeza.
—Sean quienes sean, no son tan tontos. Incluso los mecs de defensa más sencillos,
que apenas si son mejores que los peones, se darán cuenta de una cosa así.
—Podemos atraparlos a medida que vayan llegando al disco —insistió ella.
—Si van en esa dirección. ¿Qué pasará si atracan en las últimas torres?
—¿Allá? —Jocelyn frunció el ceño—. No hemos llegado allí todavía. Yo hubiera
creído… Pero ¿qué sentido tiene poner un muelle tan lejos?
—Para atracar cuando hay problemas en el cuerpo principal, para eso —replicó Killeen,
irritado. No le gustaba discutir sus tácticas con la tripulación, ni siquiera con los oficiales,
porque eso le impedía aclarar la mente y limpiarla de ideas tontas. Necesitaba
concentrarse, decidir cuáles eran los mayores riesgos en la batalla que se avecinaba. Una
nave tan grande que venía en la misma trayectoria que el Flitter solamente podía
significar una cosa.
—¿Ya habéis preparado esa primera nave? —preguntó.
—Ah… —Jocelyn se tocó la sien y habló con su escuadrón por un comunicador—. Sí,
capitán. Los otros Flitters nos llevarán algo de tiempo todavía. Ya sabe…, revisar, volver a
revisar, todo eso.
—¿Y el primero?
—Está listo.
—Bien. Saquémoslo de la estación.
Jocelyn parpadeó, sorprendida.
—¿Por qué?
Killeen la miró, sin alegría.
—Ahora.
—No me…
—Ahora mismo, oficial.
—¡Sí, señor!
Killeen caminó por el muelle al que estaba aferrado el Flitter justo cuando se cerraban
las puertas. Quería tener una visión completa de la estación y ésa era la forma más
sencilla. Pasaría un tiempo antes de que llegara la nave grande, había comprobado eso
con Shibo y tenía la cifra exacta: 1,68 horas.
Quería examinar lo que podía usar para maniobrar y cuáles eran las defensas de la
estación. Las inmensas energías crujientes que trabajaban sobre la superficie del disco
probablemente no molestarían a los humanos mientras estuvieran disparando contra el
recién llegado, ya que no habían reaccionado contra el Argo. Pero no estaba seguro de
nada.
Caminó zigzagueando a través de pasajes estrechos y pronto llegó a la habitación de
control, un cilindro geométrico y preciso, rodeado de material electrónico.
Jocelyn flotaba cerca de un complicado aparato mec.
—Creo que lo tengo revisado, capitán —empezó a decir. Y luego algo se movió
bruscamente. Killeen sintió que su red sensorial recibía señales muy ruidosas.
El Flitter se movió bajo sus pies.
—¿Qué…?
Los ojos de Jocelyn se ensancharon.
—No…, no sé. La nave se mueve pero yo no la puse en marcha.
Killeen saltó hacia el final de largo cilindro. Era transparente y mostraba un gran muelle
de carga abajo, un muelle que se alejaba.
—Nos vamos.
Jocelyn gritó.
—Pero yo no…
—Lo sé. Es otra cosa.
El muelle se alejó y Killeen descubrió que navegaban por la tobera de entrada. El Flitter
zumbaba y crujía bajo los pies de los dos, buscando una dirección.
Killeen abrió el comunicador general.
—¡Suelten los Flitters!
Respuestas débiles por el comunicador.
—¿Qué está pasando? —preguntó Jocelyn mientras pulsaba los comandos en el
módulo de la muñeca. No sucedió nada.
—La nave que está llegando. Nos ha ganado por la mano.
—Tal vez podamos salir. —Jocelyn trató de abrir las puertas que daban al
compartimento de carga. Fue en vano.
—No. Estamos atrapados —dijo Killeen. Su mente examinó las posibilidades lo más
rápido que pudo. ¿Sabía la nave que había humanos en el interior de ese transporte?
Debía de haber una salida de emergencia, algo que se activara manualmente. El
diseño del Flitter era extraño, no parecía seguir un esquema de simetría bilateral, aunque
los rasgos exteriores y el casco sí lo tenían. Tendría que explorarlo con cuidado y ver qué
recursos les quedaban.
Los que llegaban, fueran quienes fuesen, seguramente abrirían la nave para ver qué
clase de bicho había en el interior. Le asaltó una rápida imagen de un ser grande y terrible
arrastrándolo a él y a Jocelyn.
La oficial miraba el frente con la cara pálida, impresionada. Estaban lejos del muelle
ahora y el Flitter giró bruscamente. Aceleró para alejarse de la estación, que se convirtió
en una gloria plateada detrás de ellos.
Jocelyn apretó los dientes pero no expresó su nerviosismo. Era una buena oficial.
Killeen sabía que ella se consideraba con derecho a ser la capitana. La tradición señalaba
a las mujeres como líderes de las Familias, y Jocelyn había sido la mejor oficial de Fanny.
Pero su voz normalmente dura temblaba un poco cuando ella lo miró.
—¿Por qué quiere el Flitter?
—Ya lo veremos —dijo Killeen.
SEGUNDA PARTE – AMO DE ESTRELLAS
1
Clin, clin.
Clac, clac.
Nervios.
Quath caminaba a grandes zancadas sobre la tierra quemada.
Todavía había una última colina entre ella y el Sifón. Quath articuló con fuerza, sintió
crujir las piernas, las abrió y ascendió a la cumbre.
Una piedra de la cosecha le golpeó el vientre y se alejó rodando con un ruidito que
recordaba un quejido. Quath apagó el aullido del metal que se quebraba cuando sintió
que la aleación cayó burbujeando.
Ella miró al frente. Allí, hacia arriba, envuelto de plumas de oro, crecería el Sifón.
<¿Dónde estás, ojo partido?>, llegó la voz agridulce de Nimfur’thon.
<Vengo por el costado, monópoda.> Quath escupió con un gesto de amistad dulce
para que la otra olvidara la acidez de la broma. Llamar a alguien «una sola pierna» era un
insulto muy duro según el elaborado código de convenciones. Pero la imagen de algo que
saltaba en un solo pie resultaba también lo bastante graciosa como para convertirse en
una broma entre amigas.
<Te vas a caer y llegarás tarde, te lo advierto.>
<Me dijiste que estarías lejos de Sifón. Pero leo que estás delante de mí.>
<¡Atrápame!>, envió Nimfur’thon.
<Estás demasiado cerca.>
<Para ti, tal vez. No para mí.>
Quath siguió adelante, acercándose al lugar donde vendría el Sifón. Ya había nubes
revueltas, rojas y torturadas. La línea dorada y tallada en roca ya había pasado una vez
frente a sus ojos. Pronto aparecería de nuevo y se elevarían grandes sombras negras.
Podía secarse si Quath y Nimfur’thon se acercaban demasiado.
<¡La Tukar’ramin nos lo advirtió en especial! Pueden salir partes de1 chorro.>
Sin duda ella y Nimfur’thon habían sido valientes al atreverse a ir ese sitio. Ahora Quath
sentía que había rasgos tímidos en su conversación, alimentados por sus submentes. Las
submentes siempre se mostraban prudentes. Pedían que las consultaran una y otra vez.
Hacían correr una voz de duda e inquietud por debajo de la principal. Odiaba esas claves
indeseadas de su naturaleza interna que se deslizaban a través de los filtros y la hacían
tan fácil de leer para otras.
Nimfur’thon dijo en confianza:
<Son solamente fluctuaciones estadísticas, amiga coja. La estación atrapará el bulto y
lo volverá a poner en su bolso madre.>
Quath dejó de medir su posición con puntos fijos en los picos cercanos. No había lunas
alrededor de ese mundo; para navegar con facilidad, usaba la estación alta de los mecs
que los suyos habían capturado. Ese brillante botín de guerra agradaba a las submentes
de Quath, una señal del poderoso éxito de la especie en ese mundo. Habían acabado con
los superintendentes mec de la estación: La Horda de Podia descendió como una
sorpresa y con un coraje a toda prueba. Quath estaba orgullosa de formar parte de ese
ataque valiente contra una provincia interior de los mecs.
Siguió bajando la colina, crujiendo, rugiendo, tañeando cuando los podios encontraban
apoyo en las piedras sueltas. Se lanzó sobre el cuerpo rojo y atento de Nimfur’thon. En
calma, sin dejar que entraran colores en sus palabras, dijo:
<Espera, estamos muy cerca.>
<Monópoda. ¡Deja de preocuparte!>
La mente de Quath se coaguló por un instante al sentir que en uno de sus podios
delanteros crujía un servo caliente. Pensó en la Tukar´ramin, que trabajaba a salvo en la
Colmena, detrás de la línea alta de los riscos. Ella y Nimfur’thon deberían estar allí,
celebrándolo en la Colmena con el resto de la raza.
Quath había caminado por esas colinas muchas veces con Nimfur’thon cuando
trabajaban juntas. Habían luchado con los tubos de flujo. Nimfur’thon se había partido un
hueso de un podio con un escotillón roto. No había podido caminar del dolor hasta que
Quath fue a buscar un recambio artificial.
El nuevo podio de Nimfur’thon funcionaba mejor que el original orgánico, como
siempre. Quath envidiaba el podio nuevo. Nimfur’thon era más rápida con él. Ya no tenía
podios naturales. El cuerpo largo y tembloroso de Nimfur’thon brillaba con las intenciones
de su dueña, cubierto casi por completo por capas metálicas.
La Colmena había decidido otorgar a Quath y a Nimfur’thon lo último de la cibernética
avanzada, sistemas y subsistemas de órganos, miembros y antenas, sistemas hermosos
y autosuficientes. Era un honor que las eligieran, pero eso no les hacía olvidar el espíritu
de la juventud.
<¿Ya no lo recuerdas, Quath? Juramos escaparnos y encontrarnos aquí para desafiar
las grandes energías y mirar cómo baila el plasma sobre las colinas.>
<Yo…, nosotras…>
<¿Tus osículos se sobrecargan ante ese pequeño vuelo?>, envió Nimfur’thon en tono
agudo. Al mismo tiempo, dejó pasar en voz entonada: «Yo…, nosotras… Yo…, nosotras»,
en una banda lateral de su onda principal, bromeando.
<No, yo…, yo…>
<Te estás convirtiendo en una terrenal apegada al suelo, Cigarra-Quath. Tu tórax hace
grandes anuncios, pero en el momento de…>
<¡Ya basta, chupadora de esporas! ¡Pronto te atraparé!> Esas palabras sonaban
falsas. Como le sucedía a toda la especie, las alturas aterrorizaban a Quath. Volar era
peor todavía. Sus submentes dieron la alarma. Reunió todo el valor que tenía.
Con una sacudida, hizo nacer un huevo rosado de llamas detrás de su cuerpo. Salió
disparada hacia arriba, contra la cara pecosa de un acantilado de granito. Mientras
Nimfur’thon se burlaba, Quath había estado calculando, planificando. Ahora usaba todas
sus reservas de un golpe, se levantó en arco sobre la pared de piedra y aterrizó entre las
rocas del pico, con el combustible formando una niebla negra detrás de ella y los cohetes
casi ahogados. Se aferró a las piedras.
Se tambaleó sobre el borde.
Acarició el aire azul.
Luego se aferró de nuevo.
Criiiinch, aulló un nexo, pero Quath se arrastró hacia la seguridad y sintió el calor del
equilibrio cuando su centro de gravedad se deslizó a la posición correcta sobre el suelo
firme. El miedo se transformó en orgullo.
<¡Ríete ahora, venga!>, ladró.
<¿Cómo…? Ah, has usado hasta la última gota de combustible. No es inteligente.>
Nimfur’thon era un disco chato contra la llanura, más abajo.
<¿Tú me hablas de inteligencia? ¿Tú, que me empujaste a venir aquí?>
De pronto, Quath se sintió expuesta, en ese punto tan alto. Espió las mantas de
fosforescencia que flotaban en el aire, cerca, terriblemente cerca.
La señal ondeante de Nimfur’thon revelaba un leve hilo de miedo.
<Se forma el Sifón>, gritó Quath.
Un vapor amarillo surgía de las colinas lejanas. Había edificios de barro en esa línea de
acantilados, las casas provisionales de los constructores de los tubos de flujo.
<Baja por el otro lado, Quath. Lejos del Sifón.>
Quath se lanzó hacia abajo y las piedras cayeron con su saltos.
<¿Y tú? Tenemos que darnos prisa.>
<Yo voy a cruzar esa llanura. Nos encontraremos en la quebrada, allá.> Nimfur’thon
envió una imagen vectorial en una parrilla. <Y contemplaremos un rato el Sifón.>
Quath emitió un quejido mientras se alejaba a toda prisa.
Nimfur’thon la llamó con orgullo.
<Nos merecemos un buen descanso. Para nosotros es el primero, no como para una
de esas multipodia avinagradas, que ya están aburridas de todo. Hemos trabajado mucho
para conseguir esto.>
Quath ignoró esas justificaciones y se dedicó a examinar las rocas que tenía por
delante mientras saltaba y corría abajo. No era momento para quedar enterrada bajo el
abrazo de los cascotes, no. Rodeó un borde de rocas, se deslizó en un movimiento
controlado…
<Quath, ¡hay animales aquí!>
<Imposible. Ya quemamos esta área.>
<No, los asusté con mis pasos. Salieron corriendo de sus pozos.>
Quath giró en redondo y enfocó a Nimfur’thon en la llanura. Había puntos que giraban
en el disco gris y blanco.
<Voladores. Pájaros.>
<No. Nadas. Son los peores. Una auténtica peste.>
Nimfur’thon disparó fuego a los puntos. Se ennegrecieron y cayeron.
<¿Estás segura de que no son mecs?> Quath tenía miedo, auténtico miedo. Habían
vencido a las fuerzas principales, pero aún podía haber mecs vagando por las colinas.
<No, nada tan peligroso. Pero ¡hay tantos!>
<¡Adelante! ¡Apenas si tenemos tiempo!>
<No. Siento que hay más de esas bestias. ¿Y si han entrado en los constructores de
los tubos de flujo? Podrían estropear el Sifón.>
<Olvídalos. ¡Corre!> Quath se lanzó a toda velocidad por una quebrada estrecha.
<Percibo los ruidos que hacen>, gritó Nimfur’thon. <Hay muchos. Están formados en
filas.>
<Buscan comida. Son recolectores. Pero tenemos que irnos de esa llanura expuesta
ahora mismo.> Clinc, clinc, smash, se lanzó por el acantilado.
<Debemos llamar a la Tukar’ramin. Estas bestias tal vez ya están dentro de los tubos
de flujo.>
<Entonces, pronto van a desaparecer. ¡Monópoda estúpida! No podemos llamar a la
Tukar’ramin. ¿Ya has olvidado que vinimos sin una orden?>
<Ah, ahí está. Ya he quemado al último. Si hay más…>
<¡Olvídalos!>
<Tienes razón, ya voy.>
El cielo se dobló. Una riqueza dorada giró hacia las dos.
<¡Vuela! El tiempo no permite que…>
<Ya voy. Disparo…>
El cielo se estremeció.
Quath se detuvo, erguida sobre sus podios y, clic, cerró las puertas y los escudos. El
aire que corría cantó una canción ionizada. Desde detrás de las colinas bajas avanzaba
una pared. La línea brillante había pasado hacia el norte a medida que aumentaba la
velocidad de sus revoluciones. El gran Círculo Cósmico giraba más rápido; sus golpes
formaban una nube ciega. El giro había levantado una presión de corte. Ahora la pared
dorada se movía hacia el exterior con respecto al polo, un cilindro casi perfecto que se
levantaba y señalaba el cielo.
Una estación de flujo cercana envió sus remolinos magnéticos, que tomaron el hilo y lo
colocaron en el lugar correcto. Miles de estaciones similares empujaban y tiraban de la
línea giratoria y rápida en su camino alrededor del polo del planeta.
Ese tubo de luz danzante, el Sifón, hacía sangrar colores en el cielo herido,
suministraba rosado duro, rojo y anaranjado. El viento aullaba y aferraba los dedos
delgados y superficiales de Quath como si quisiera tumbarla. Quath se volvió
desesperada hacia el canal de la especie para pedir auxilio. En lugar de eso, la inundó la
visión que tenía la especie del risco lejano.
El tubo de flujo se veía recto y real desde la falda de las colinas. Golpeó el techo de
nubes y las despejó en remolinos brillantes y purpúreos. Se dispararon puntos muy
oscuros, arriba, arriba, y en un instante el calor limpió las nubes marfileñas.
Ahora apareció el negro del vacío, un punto que se formaba en lo alto, una meta que se
convertía en realidad a medida que la flecha se le acercaba. Las estrellas brillaron de
nuevo.
Se forjó el nexo superior cuando el tubo se abrió en el vacío limpio del espacio. Quath
observó con los ojos abiertos, estupefactos, cómo subían las motas ambarinas y grises.
La especie envió un coro de aplausos, una canción saltarina y chirriante.
*¡Terminado!*, llegó la señal cálida de la Tukar’ramin.
Ahora el Sifón murmuraba con vida nueva, bien hundido en la roca. Las paredes del
tubo mantenían abierto el agujero de roca sólida que presionaban hacia el interior,
excepto en el núcleo. Allí, fuerzas inmensas obligaban al metal a entrar en el tubo giro
tras giro. Presiones inconmensurables luchaban a lo largo de las paredes del tubo, que se
abría, palpitante, sacando un cilindro quemado y liberándolo del planeta madre. La parte
superior enfrentaba el vacío, y abajo liberaba fuerzas que empujaban la roca hacia la
superficie.
*Fluyendo está*, llegó la voz melosa y tranquila de la Tukar’ramin. De pronto, el tubo de
flujo se llenó.
Paredes perladas, transparentes de fuerza, se volvieron grises. Un flujo de roca surgió
hacia arriba.
<¡Nimfur’thon!>, llamó Quath con fuerza en el vendaval rugiente y poderoso. Los
pétreos dientes del viento le golpeaban la piel. <¡Nimfur’thon!>
<Aquí. He aterrizado pero estoy expuesta.>
<¡Aguanta!>
<Ciegas estamos, mi monópoda. Esta brisa hiriente…>
Una ráfaga rugiente pasó por las colinas. El tubo de flujo se inflamó. El cilindro se llenó,
oro a rojo a blanco.
<¡El núcleo!>
Y así salió la superficie.
La lanza de la especie había golpeado el tesoro de este mundo. La garganta del tubo
se formó con habilidad y engordó un poco cuando pasó la primera honda de metal. La
corriente de metal fundido salió a toda velocidad de las vastas presiones del núcleo hacia
el vacío del espacio. La riqueza se elevó para huir del peso abrumador del planeta.
Quath trató de distinguir algo. Las paredes del tubo de flujo brillaban y le herían los
numerosos ojos. Se sumergió en la fuerza de la visión de la Tukar’ramin.
Hubo un baile delicado de corrientes verdes y ambarinas, metales preciosos, lo único
que era valioso en aquel mundo devastado. La visión de la Tukar’ramin varió y siguió una
mancha negra de impurezas por el conducto brillante hacia las estrellas, en el vacío que
la absorbía por encima de los límites del aire.
Allí arriba, campos magnéticos flexibles deshojaban las corrientes y buscaban una
órbita para aquella papilla multicolor. El flujo amarillento, tembloroso, libre al fin del ahogo
de la gravedad, se disparaba hacia el frío. Volvía al espacio que había conocido hacía
siglos y el metal se formaba, se mezclaba, con la superficie cubierta de impurezas
marrones. El hilo que nacía crujía y gruñía en algunos sitios a medida que se abría. Se
fracturaba a veces, pero seguía deslizándose suavemente a lo largo de la órbita.
Al enfriarse, se ponía gris.
Al ponerse gris, se trenzaba.
<¡Quath! Algo…>
Confundida, Quath enfocó a Nimfur’thon. Pero la señal se cortó.
Envió un mensaje a la Colmena a través del ruido. Llegó un tono de respuesta y la
visión de la especie se apartó del hilo brillante de metal hacia las colinas hundidas. Un
viento huracanado segó el aire. La luz fantasmagórica del metal del núcleo sembraba la
llanura de sombras. Pero algo se movía…
El tubo. Se retorcía, murmuraba, se doblaba en hélice, volvía a enderezarse. La luz
surgió en las paredes.
Se formó un bulto. Y creció.
Quath miró la imagen, se perdió en ella. El tubo de flujo se acható y ondeó. De pronto,
se dobló más rápido de lo que podía captar el ojo. En el exterior, sobre la llanura. La sopa
de metal escapó. Una pelota blanca y cegadora se abrió en el tubo y escupió rocas, creció
cada vez más.
La hojuela gris que era Nimfur’thon se agachó en un arroyo poco profundo. La roca que
tenía encima cantó cuando la tocó el líquido burbujeante. La marea dudó y después se
derramó, quemando, quemando, quemándolo todo.
<¡Nimfur’thon!>
Ahora las imágenes llegaban demasiado veloces y Quath no las comprendía.
Las piernas flotaban en el aire. Un aullido desgarrador. Las almohadillas de los pies se
fundían al ser tocadas por el blanco cegador del metal. Nimfur’thon se volvía, los podios
separados del cuerpo. La piel abierta. Las entrañas al aire, quemadas en humo
marronáceo.
Los podios de movimientos de Nimfur’thon se fundieron lentamente en una pasta
blanca. Sus podios de manipulación se aferraron frenéticos al cielo, como si pudiera
levantarse con ellos.
Penachos anaranjados crujieron en la escotilla superior. Los podios golpearon las
llamas en movimientos espasmódicos. Las lenguas amarillas la lamieron. Una escotilla se
abrió de pronto. Saltaron fragmentos de metal.
Así recordaría Quath a Nimfur’thon. El espectáculo borró todos sus otros recuerdos.
Durante mucho tiempo, Quath no vería nada más que aquel momento terrible de la
muerte. Sus ópticos registraron otras entradas, pero la mente las rechazó. Se quedó
congelada. En silencio. Empezó a temblar.
2
El Sifón chorreaba. Colosales nudos magnéticos rodeaban el flujo. La pared brillante de
presión se transformó de nuevo en la solitaria cuerda cósmica; su belleza dorada y aguda
colgó en los polos del planeta. Reinó cierta calma. Por encima orbitaba un montón oscuro
y desordenado de metal enfriado del núcleo. En medio de esa masa nueva se movían
formas, desplazándose, seccionando.
Se diagnosticó la inestabilidad helicoidal. Había signos de interferencia de los Nadas.
Cuadrillas de trabajo cruzaron las llanuras hacia los tubos de flujo. Llevaban los restos
de Nimfur’thon, seccionados, de vuelta a la Colmena. Sólo unos pocos hablaron con
Quath, no porque la consideraran una vergüenza —la inspección del diario de vuelo
rastreador de Nimfur’thon demostró que ella había corrido el mismo peligro— sino más
bien porque estaban ocupadas restaurando los proyectores de los tubos de flujo que se
habían fundido.
Mientras los equipos trabajaban, Quath se arrastró de regreso a la Colmena. Le dolían
las articulaciones y conyunturas por el daño de los pinchazos. Danni’wer, ayudante de
entrenamiento de la Tukar’ramin, envió constantes preguntas, investigando detalles de la
razón por la cual las dos habían maniobrado tan cerca y —a través de frases suaves
como alfileres— sintió la nube que descendía sobre Quath.
Siguió un período de descanso durante el cual Quath trató de comprender. No lo logró.
Sintió en las paredes cálidas el ruido del movimientos de otras multipodia, que no
descansaban. Escuchó los datos febriles, urgentes, que no la dejarían dormir.
La inestabilidad del aro era una dificultad que las atrasaba. Legiones de las tejedoras
de hilos orbitaban lejos, en el espacio, más allá del Círculo Cósmico. Esperaban las gotas
de metal para empezar a tejer. Debían apresurar el ritmo de la Colmena. Al final, Quath
hizo callar las voces molestas de las submentes. Se rindió, agradecida, a un sopor con las
piernas dobladas con fuerza en la red pulida porque algo oscuro la perseguía.
Se despertó jadeando con los podios enredados; la mancha de su tráquea se hinchaba
roja, amarilla, roja de nuevo, en un ritmo apresurado. Una llamada zumbó hacia ella a
través de la estancia llena de ángulos. Quath contestó y encontró una llamada de
Danni’wer.
Desmontó, ansiosa. Su mente era una masa confusa. Su hidráulica se anudaba y se
llenaba con una presión dolorosa.
Vertió un vómito sobre una espora ácida. Quath, carcomida, se tambaleaba hacia
delante, tratando de no apoyarse en la rodilla dañada. Renqueó a través de bóvedas
inundadas de trabajo. La saludó una pentapodia, pero excepto por esas palabras, la
ignoraron. Eso no era nuevo y en realidad era lo que Quath quería ese día. El peso que
había descendido sobre ella no deseaba compañía.
<¿Te das cuenta de que eres culpable?>, razonó la voz de Danni’wer en la entrada de
la cámara principal.
<Necesariamente.>
<Tu Ascenso será más lento.>
<Sí.>
<El agregado de un brazo manipulador para convertirte en pentapodia…>, Danni’wer
consul-tó su pizarra a fin de no mirar a Quath directamente. <Eso llevará más tiempo.>
<Sí.>
<Me complace que te resignes tan fácilmente. Algunas no tienen esa habilidad, incluso
algunas miriapodia.>
<Sí.>
Danni’wer abrió una puerta en su piel pegajosa. Estudió a Quath durante un momento y
dijo:
<A pesar de tu error, la Tukar’ramin va a entrar en ti.>
Quath sintió que sus espacios internos estallaban. El miedo se extendió por su cuerpo.
El temor le apretó los espiráculos hasta que el aire silbó a través de las ventanillas. Se
avergonzó, estaba segura de que Danni’wer lo notaría. La pared se abrió con un murmullo
suave que apagó el aliento jadeante de Quath. Ella se adelantó sobre miembros ateridos.
Sabía que la verían como lo que era.
*El terror te domina.*
El pensamiento brillante llegó súbitamente cuando ella levantó la vista, poniéndose de
puntillas para ver la altura. Un bulto enorme se movía en las redes. Perlas húmedas se
agitaban en la nube tintineante. Enormes rocas arqueadas daban al aire callado un peso
inmenso.
Quath empezó a hablar:
<Abadesa, tengo una pena abismal…>
*No trates de expresar tu ser interior. Lo veo.*
Una luz vibrante jugaba en el cuerpo de la Tukar’ramin, que estaba apoyado sobre la
cámara superior. Quath nunca había estado a solas con un ser tan augusto. Trató de
verla entera. La presencia infinita estaba rodeada de piernas innumerables.
Sintió que la examinaban. Cinco cables danzaron a través de su interior fangoso.
Luego percibió un fantasma que bailaba y giraba para acabar desapareciendo,
evaporándose.
*No es la muerte de Nimfur’thon la que te inunda.*
Las palabras sonaron frías aunque flotaban sueltas y bienvenidas en el mar cálido de la
Tukar’ramin.
<No. Tengo miedo de algo, algo…>
*Basta. El peso que llevas debe levantarse poco a poco. La inmersión en nuestro
Camino tal vez ayude.*
<Conozco el Camino.>
*Ni siquiera las miriapodia pueden rastrear más que una rama o dos del Camino,
Quath’jutt’kkal’thon. No añadas la arrogancia a tu peso.*
<Yo…> La presión del miedo volvió a subir en ella. Quath jadeó para gritar.
*Ya veo. Lo sé. Pero debes viajar a través de ese musgo.*
<Pero yo…>
*La Factótum te mostrará la Crónica más profundamente de lo que hayas visto jamás.
Explórala. Fíjate en nuestro alcance. Eso te restaurará.*
Quath se fue, renqueando sobre los podios entumecidos; sus espiráculos abiertos
trataban de chupar y temblaban, agitados.
3
Dentro de la Crónica, el tiempo engulló a Quath.
La Factótum, seca, rápida, irritable, la dejó anclada en una malla pegajosa que
exudaba a través de muchos pares de podios. El lugar se usaba generalmente para la
educación elemental de las muy jóvenes, las lentas.
Quath apenas recordaba esa fase. En aquella época ella había sido totalmente natural,
sin las capacidades aumentadas por las máquinas. Débil, suave, estúpida. Había
memorizado las Verdades de la Crónica, por supuesto. Ahora, todo eso le parecía inútil.
Había perdido la fe.
Así que aquí estaba de nuevo. En medio de los olores de la juventud. Encasquetada,
apretada en todos sus sentidos.
Frente a ella se abrió la vasta historia.
Quath conocía los rasgos generales, había aprendido eso sin pensarlo a fondo.
Pasaron imágenes de la antigüedad. Para las antiguas multipodia, la vida era placentera,
un juego dulce. Incluso las miriapodia vivían entre hilos pegajosos, llenos de lujo. Subían
y bajaban, la garganta llena de papilla.
Sin embargo, al transcurrir del tiempo, la especie se había extendido por el mundo
nativo. Las ciencias y filosofías de aquellas eras distantes estaban entumecidas por el
descuido general.
Los podía no habían sido así siempre. En los primeros dibujos, animales fieros, ya
extinguidos, tomaban las pinzas en la garganta, se debatían, quedaban inmóviles. Aunque
habían sido perezosos, los antiguos habían limpiado el mundo de aquella peste.
Sin enemigos, la especie empezó a progresar. Pero la estrella madre se había
internado en los espacios del Centro Galáctico. Los mecs empezaron a penetrar en el
reino de las podia. La enormidad de los propósitos de los mecs de pronto se hizo
evidente. Sólo reproduciéndose a un ritmo enloque-cido alcanzarían el poderío expansivo
de los mecs.
El espíritu de sus ojos rasgados revivió. Después de eso, llegaron los descubrimientos
científicos que dieron sentido a su universo.
/¿A qué has venido?/
La Factótum estaba siempre alerta, alimentando a Quath con un torrente de datos,
todos codificados en filigranas y nudos hormonales.
<Estoy aquí porque la Tukar’ramin…>
/¿Te gustaría ver alguna faceta educativa de la Crónica?/
<Bueno.>
Quath estaba distraída. Su mente se balanceaba en la superficie de una lágrima que
brillaba como un planeta, mientras la tensión superficial la arrastraba para que bailara
sobre su brillo gélido. Se sostuvo mientras aromas muy bien orquestados empezaban a
cantar «Ensillando a las Estrellas Caídas».
La introducción repasó por encima la sabiduría convencional. Los fuegos profundos de
los soles se debilitaban sin que nadie pudiera evitarlo. Las estrellas así apagadas
explotaban hacia el interior y su fuego era un estallido que se veía en toda la galaxia. Las
más pequeñas dejaban núcleos de neutrones puros. Giraban, sus cascos polares
escupían partículas, hacían brillar luces fantásticas de pulso regular: los faros de la
galaxia. Una fuente muy útil de energía.
Cuando la velocidad de giro disminuía, las podia podían aproximarse. Equipos de
tejedoras bloqueaban las corrientes circulares de partículas, construían diques para
capturar la energía, silenciaban el quásar para convertirlo en una herramienta útil.
Habían descubierto que los mecs se sentían atraídos por los quásares, no sólo por la
riqueza energética, sino para usarlos en colosales experimentos científicos. El propósito
de aquellos complejos trabajos, realizados sobre los polos de los quásares mientras éstos
expulsaban plasmas de electrones y positrones, era algo que las podia ignoraban.
Los mecs estimulaban soles para convertirlos en supernovas en toda la zona que
rodeaba el Centro Galáctico, al parecer para generar quásares. Las trampas para los
escuadrones mec que rodeaban los quásares habían sido los primeros triunfos militares
de las podía.
De repente, Quath sintió un miedo terrible. Lo descubrió de pronto en las imágenes que
nadaban frente a ella.
Una nebulosa brillaba con el rosado delicado de las estrellas nacientes. Más cerca,
titilaba un quásar, la lápida de un sol vencido. A través de la tenue lámina de luz fluía una
nube de polvo que ocultaba la cara de la nebulosa, una imagen precisa de la muerte que
esperaba a todas las podia, a todos los seres, a todo.
Nimfur’thon, primero amarronada, después negra, la carne crispada y frágil,
despedazándose.
Nimfur’thon no era nada ahora, se había marchado. Quath sintió una tristeza enorme
por su compañera tejedora, por el espíritu que había vivido con ella en los cuarteles de la
Colmena. Pero esa tristeza era sólo la piel de la bestia que se agazapaba por debajo, el
sentimiento que Quath no había podido expresar hasta entonces, mientras el polvo
borraba el brillo leve de la nebulosa. Polvo. Oscuridad. La muerte que lo engullía todo.
Quath sintió un estremecimiento de miedo, no por Nimfur’thon, sino por sí misma. Llamó a
la Factótum.
/¿Sí? Tu instrucción no está completa./
<Olvida eso. Quiero la Crónica de nuevo. Cuéntame cosas acerca de los Intrusos.>
La historia de siempre estaba ahí. Cómo había empezado la larguísima guerra contra
los mecs. Cómo la especie había visto el desafío. Cómo los mayores de las podia, los
Iluminados, habían comprendido lo que implicaba el paisaje de la ciencia: la sagrada
visión cósmica.
Pero no todos estaban de acuerdo. Algunos disidentes llamados Intrusos se oponían a
la Síntesis. El debate fue enorme. Por fin desapareció toda disidencia y se liberaron las
energías de la especie. Después, al averiguar la verdad, la especie siguió adelante…
Quath dejó ese material estándar.
/¿Sí?/
<Los Intrusos, sus teorías. No menciona eso.>
/Por lo general no me piden esas cosas. /
<Pero yo lo quiero ahora.>
¿Hubo una duda?
/Bueno, supongo…/
Un nuevo brillo de historia. Datos, lugares, hechos, planetas y eones, todos
desvanecidos ahora. Después, prosiguió el tiempo.
Quath se sintió de pronto en medio de la visión de los Intrusos, tal como se la citaba en
los textos.
La muerte del individuo era un hecho, decían, brutal e inevitable. No había
renacimiento para las podia. No había un mensaje oculto en la ciencia.
Una voz resonante y sedosa cantó desde algún enramado antiguo:
NUESTRO ESTADO ES VIVIR DENTRO DE LAS LEYES QUE NOS DAN EL SER,
PERO ESAS LEYES NO NOS OFRECEN PROPÓSITOS NI PROMESAS, NINGÚN
TRIUNFO COMO ESPECIE. EL UNIVERSO NOS CONCEDE UN LUGAR EN SUS
MOVIMIENTOS SISTEMÁTICOS, PERO SÓLO LE INTERESA EL SISTEMA MISMO, NO
NOSOTROS.
Quath jadeó al ver aquellas ideas expresadas de esa forma.
Sin embargo, sentía que una respuesta la amenazaba por dentro, un sentimiento
creciente de bienvenida. Ella compartía esas ideas. El terrible momento de la muerte de
Nimfur’thon había traído esos pensamientos a la superficie de su mente. No se
sumergirían de nuevo, nunca. Escuchó un poco más la voz confidencial, suave, que
cantaba su verdad final:
INCLUSO ESTA FORMA DE DECIR LA VERDAD INDUCE AL ERROR. EL MUNDO
FUERA DE NOSOTROS ES INCAPAZ DE PREOCUPARSE. EXISTIMOS COMO
HECHOS AZAROSOS EN UN MUNDO QUE ES ORDENADO EN SUS LEYES PERO NO
TIENE PLAN MÁS ALLÁ DE LOS TRABAJOS FÉRTILES DE LA DINÁMICA.
Quath retrocedió, como si un hilo carnívoro se le hubiera enredado en las piernas para
convertirse en una serpiente.
Aquí estaba lo que había temido. Ahora tenía sustancia y era inamovible, un sólido
fragmento de historia. Otras podia habían contemplado el mismo abismo devorador. El
mundo era una cosa podrida, vacía. Un roce y se desharía en pedazos.
Los corazones de Quath latían, desordenados; podía sentir cada uno de los líquidos
surgiendo en un tubo diferente. Las hormonas la bañaron y le mostraron con pinchazos e
hilos sabrosos el desarrollo seco de la historia.
Los herejes refutaban con facilidad la Síntesis con la que Quath había vivido. La
historia, tallada por un cuchillo diferente, se hacía irreconocible. Había algo acerca de una
manía religiosa que se había suscitado por la guerra despiadada e interminable contra los
mecs.
Pero la Síntesis no era religión, se dijo Quath. Era un descubrimiento filosófico. Las
religiones habían nacido y habían desaparecido. Ninguna había conseguido que las podia
se levantaran como un solo ser.
Sin ceder, la lógica con sabor a hormona siguió adelante, sobre las objeciones de
Quath. Los Iluminados habían surgido en aquel tiempo antiguo. Y su reino de hierro
continuaba.
Las imágenes brillaron, una por una: podia que aplastaban nidos, seccionaban hilos.
Pero ella no podía luchar contra sus propios pensamientos. ¿Acaso era lógico esto?
¿Cómo podía la Síntesis estar tan segura de lo que decía?
De pronto, se separó. La Factótum seguramente la había vigilado de cerca.
/¿Te vas?/
<Sí, sí. ¿Y qué?>, escupió Quath, irritada.
/No has acabado. No sirve de nada… / Y la Factótum se lanzó a una oración entretejida
y venerable.
<Sí, Factótum, sí>, interrumpió ella. <Estoy perturbada por las mentiras de los herejes,
eso es todo. Olvida lo que he dicho.>
Quath comprendió que la Factótum tomaría las palabras al pie de la letra y borraría la
conversación. Tal vez sería lo mejor. La pobre criatura no podía manejar esas cuestiones.
Quizá, se dijo Quath con amargura, ninguna podia era capaz de hacerlo.
Entonces, ¿por qué debía ella cargar con este peso?
4
Beq’qdahl pasó por su lado con estrépito; se movía rápido y bien.
<La confluencia empezará pronto>, dijo.
<¿Qué?> Quath levantó la vista, distraída por un robot que colocaba la manga de la
pierna dañada.
<La confluencia para Nimfur’thon, ojo rasgado.>
Beq’qdahl movió las piernas traseras con elegancia y facilidad, y los colores del tórax y
los ojos brillaron con un humor sardónico. Los pelos que rodeaban sus ojos se
extendieron en ondas hacia el exterior para expresar camaradería de tejedora. Agregó:
<No lo has olvidado, supongo.>
Quath ardió de vergüenza. Siempre que pensaba en Nimfur’thon, la pesadilla borraba
cualquier otro recuerdo.
<Claro que no. Algunas sentimos el duelo en privado.>
<Un punto a tu favor. Hasta luego, entonces.>
Quath decidió disimular su confusión con palabras sarcásticas:
<Sin embargo, tampoco he visto mucho duelo público.>
Beq’qdahl comprendió lo que le insinuaba su compañera.
<¿Quieres decir que todas debiéramos hacer lo que tú no haces?> Le mostró la
cavidad anal para demostrar que lo que decía tenía doble sentido.
<Al menos yo no he tratado de que me transfieran al tejido orbital.>
<Claro que no. Muy prudente de tu parte. No tienes experiencia.>
<Tus ojos se están llenando de baba>, espetó Quath con rabia. <Lo que pasa es que
no ves mi pierna herida. Tengo cuatro podios, como tú.>
<Y los has llevado durante más tiempo que yo. Estoy segura de que tendrás otro muy
pronto.>
<El pensamiento salta a los lóbulos, sí.>
<Muy bien.> Beq’qdahl se colocó en el suelo con las rodillas dobladas, raak, raak. <¿Te
parece que trepo demasiado?>
<Cuando llegaste aquí eras cuadrada. Yo cubrí menos área que tú, es cierto, pero
tenía cuatro piernas. Todavía las tengo. Todas aspiramos al tejido en órbita, por supuesto,
pero tu actitud arrogante…>
<Eres una simple larva. Mi ambición es reemplazar a la Tukar’ramin.>
Quath se alisó los pelos de los ojillos y envió una papilla roja para demostrar que casi
no podía controlar la rabia.
<Increíble.>
<No tanto. No estoy apegada al suelo, como tú.>
Quath se enfureció. Su miedo a las alturas y al vuelo era una mancha en su carne.
<Tú tienes fiebre de sueños. Lo siguiente que me dirás es que pretendes convertirte en
una Iluminada.>
Beq’qdahl se sorprendió.
<¡Estúpida! Ándate con cuidado. Las Iluminadas nos trascienden completamente.
Alguien puede oírte.>
<Proceden de seres como nosotras>, dijo Quath.
<Pero están aumentadas hasta quedar fuera de nuestro alcance.>
<Nada está a salvo de la duda.>
<Es cierto, pero es inteligente fingir que crees lo contrario.>
<Quiero la verdad, sea cual sea. No pienso fingir.> Escupió Quath como respuesta.
Una pausa.
<¿Te molesta algo? Hablas con coraje, pero tus cilias y el espectro de tu tórax indican
otra cosa.>
La inquietud recorrió el cuerpo de Quath. ¿Acaso Beq’qdahl podía leer lo que ella
sentía realmente? ¿Conocía sus dudas? Si las dudas se hacían públicas, el futuro de
Quath quedaría arruinado para siempre.
Empezó a componer una frase inteligente para defenderse y después cambió de idea.
<Mis pensamientos son privados.>
<Muy bien. Espero que tu precioso ser permanezca bien dominado, incluso cuando me
asciendan antes que a ti.> Beq’qdahl compuso una sinfonía burlona con sus osículos y
excretó bilis por sus orificios. El túnel se inundó de un humo acre. <Si somos rivales, no
finjamos lo contrario.> Y se fue mientras cerraba frente a Quath una de sus puertas
traseras para excrementos.
Quath empujó a un robot de servicio parecido a una rata, que estaba lustrando el nuevo
podio de manipulación. Beq’qdahl era ambiciosa, no cabía la menor duda. Por un
momento, Quath había querido descargar sus inseguridades en ella. Eso habría sido un
error. Nadie podía ayudarla. Sin embargo, si pudiera encontrar un gesto, una palabra…
Caminó apoyando las piernas con fuerza por el túnel para probar el podio nuevo, clinc,
clanc, y notó una referencia en la pared de cerámica. Algo la llamaba, algo que venía de
su brillante ansiedad interior. Buscó Información General, dio índices, y consiguió el
siguiente texto:
LA SÍNTESIS: (1) COMPRENSIÓN DE QUE EXISTE UNA CONTINUIDAD ENTRE LA
MATERIA INERTE A TRAVÉS DEL GRAN DISEÑO DEL UNIVERSO PRIMIGENIO Y LA
VIDA INTELIGENTE DE NUESTROS DÍAS. ACEPTADA AHORA POR TODAS, ESTA
PERSPECTIVA CÓSMICA TAL VEZ PUEDA CONSIDERARSE LA CULMINACIÓN DE
LAS RELIGIONES ANTIGUAS, AUNQUE POR SUPUESTO, ESTÁ ERIGIDA SOBRE
UNA BASE FIRME DE CONOCIMIENTO CIENT…
Continuidad, Eso significa que las cosas seguían adelante. En esa forma de expresión
tan pobre, en líneas austeras y objetivas, las frases adquirían cierto poder.
Una grieta muy pequeña, pero Quath se refugió allí.
5
Las podia se reunieron para la confluencia en una caverna muy profunda, en la
madriguera de la Colmena. La habían excavado cuando llegaron a ese lugar mientras
destrozaban y quemaban legiones enteras de mecs. La caverna les recordaba sus
orígenes. Sobre las paredes brillantes, inclinadas, se reflejaban imágenes acuáticas de
las podia, entremezcladas y traqueteantes. Las crisálidas que se arrastraban por el suelo
habían pulido la piedra cruda mientras jugaban y llamaban.
Danni’wer apareció a la entrada del portal de confluencia. Entonó el canto ritual, sílabas
que resonaban en los techos arqueados.
Para esa ocasión, nadie usaba los escudos grises y bastos de las trabajadoras. En
lugar de eso, había cobertores de piernas, amplios y redondos como globos. Algunos
lucían arcos rosados y flameantes en la cabeza. Se oía el ruido de las cilias excitadas.
Baños de pus multicolor y perfumado destacaban en los ojillos, inflamados artificialmente.
Plumas de tráquea y caparazones acerados y brillantes exaltaban a sus dueñas. Algunas
jugaban con castañuelas perladas de huesos de animales que colgaban de las
articulaciones de las piernas. Las miriapodia viejas mostraban incrustaciones nuevas de
mica o piedra pómez cocida.
Las que acababan de ser ascendidas encontraban la oportunidad de exhibir la pierna
brillante que habían ganado, pulida y bien visible entre la masa de podios gastados. Otras
mostraban sus antenas sonoras, refulgentes, cobrizas, o grandes colmillos negros.
Nuevos lentes de cuarzo resaltaban los espectros como joyas en aceite. Las que habían
recibido hacía poco tubos digestivos artificiales exhibían vejigas hinchadas que hervían
con comida recién convertida en papilla.
Las podia que llegaban más tarde colmaron los hilos y el hoyo de confluencia. A
medida que crujían para colocarse con las piernas encogidas, se iba formando la imagen
de Nimfur’thon por encima de ellas. Comenzó la invocación tradicional. Una voz sonora
agradeció a las trabajadoras que hubiesen abandonado sus tareas para acudir a honrar a
una tejedora recientemente desaparecida. Quath prestaba mucha atención, pero había
muchos grupos entre los que zumbaban los chismes. Después, y eso era increíble,
apareció la Tukar’ramin muy por encima de Nimfur’thon.
Todas abrieron la boca. La Tukar’ramin nunca se había dignado a aparecer ante todas.
<¡Qué! ¿Por qué?>, dejó escapar alguien.
La Tukar’ramin, que por lo visto no advertía el revuelo que había suscitado, llenó la
gran cámara con su voz sonora. Entonó las Verdades. Quath escuchó con mucha
concentración mientras se desarrollaba la vieja historia, tratando de comprender más, de
extraer nuevos sentidos.
La letanía era, por supuesto, verdadera y grandiosa. Hablaba de cómo las
perturbaciones formaron bolas giratorias de gas, que a su tiempo, se achataron para
convertirse en galaxias. Luego, los núcleos vencidos de las jóvenes galaxias se
encendieron: quásares. Esos dolores de muerte se convirtieron en rayos encendidos
lanzados a través de un abismo tan vasto que la distancia los apagó hasta convertirlos en
meros puntitos de radiación. Sin embargo, las podia habían deducido que en su centro
acechaban inmensos agujeros negros de un billón de masas estelares o más, que
dominaban con mano dura el polvo que los rodeaba.
Así fue en todas las galaxias, incluso en la nuestra.
*Los agujeros negros giran y chupan, giran y chupan*, dijo la Tukar’ramin.
Así siguió el camino de la evolución de la materia. Junto a los agujeros negros giraban
discos de crecimiento. Mareas que deshicieron estrellas hasta convertirlas en polvo. Los
campos electrodinámicos inductivos se llevaron grandes concentraciones de partículas
lejos de los discos, como géiseres. Solamente en las zonas benignas de las afueras de
una galaxia existen condiciones moderadas que permiten la aparición de la vida orgánica.
*Así es como, a través de la curvatura refractaria del universo mismo, solamente vemos
las piras de antiguas catástrofes inmensas. La combustión de la materia misma. Las
tumbas de los soles.* La Tukar’ramin hizo que el espectáculo se desarrollara ante los ojos
de todas. Las galaxias ardieron, se incendiaron y murieron en las paredes del gran
abismo.
Sin embargo, éste era sólo el primer acto del gran drama. En los silenciosos e invisibles
discos giratorios de las galaxias comunes, la Verdad proseguía. Las estrellas fraguaron
elementos pesados. El carbono se unió al oxígeno, el fósforo, el nitrógeno, el hidrógeno. Y
se combinaron. Los planetas giraron. La vida surgió con esfuerzo.
Contra el florecimiento del trabajo de la naturaleza estaban los mecs. Se hundían en
una guerra eterna y viciosa contra la vida soberana.
Quath se adormeció. Muchas piernas crujieron, impacientes. Las multipodia cercanas
enviaron un parloteo encubierto en sus longitudes de banda privadas. La Tukar’ramin las
oyó, de eso no cabía duda, pero prosiguió la narración. La letanía familiar:
Nadas. La vida calificada como Nada dominaba las fuentes de energía de un mundo.
Eran especies simples, poco sofisticadas. La primera etapa. La evolución divina decretaba
que los Nadas debían dejar el escenario del gran drama universal. Sus tierras se
convertían en la presa de la segunda etapa de la vida.
Primeros. La vida que llegaba a la Primera etapa convertía estrellas completas en
herramientas útiles. Sus logros se evidenciaban en los brazos de la galaxia, esos vacíos
inmensos de oscuridad y confusión. Esas especies escribían su nombre en la pizarra
abierta de la materia muda, inerte.
Las podia eran Primeras, habían llegado a esa etapa. Conocían la razón por la que
estaban en el universo.
Amos de Estrellas: Ésa era la meta de las podia. Los Amos de Estrellas manejaban las
colosales fuentes de energía de la galaxia misma.
Ese torrente, utilizado para enviar señales a través del vacío entre una galaxia y otra,
podía conseguir que la existencia de las podia se extendiera al universo entero. Ése era
su destino: convertirse en Amas de Estrellas.
Si lograban manejar la energía del centro de su galaxia, comparativamente menor y
casi irrelevante, tal vez conseguirían un papel destacado en la etapa superior de la vida:
el canto de comunicación entre los grandes lagos de estrellas. Así podrían cosechar la
sabiduría de los tiempos antiguos y compartir el destino cada vez más unido de otros
Amos de Estrellas.
La Suma, la unión de lo mejor del universo, vendría después.
La Tukar’ramin siguió el antiguo texto tal como las podia lo habían recibido de las
Iluminadas:
*…todas las tejedoras, las que están cerca y las que están lejos, las chatas y las
delgadas, las absorbidas y las atadas. Todas lamerán esto unidas. Cuando llegue este
momento supremo, la mente dominará la materia y la transformará según los propósitos
de los Amos de Estrellas. Entonces se detendrá la carrera de la entropía hacia la muerte.
La mente será suprema. Así como se fraguaron los átomos de nuestros huesos y metales
en las primeras estrellas, así volveremos a ser un todo con el universo y…*
Algo se retorció dentro de Quath. En los brazos espiralados que brillaban como
enloquecidas supernovas anaranjadas, no vio las estrellas que salían de la nada, sino el
polvo negro que lo engullía todo, una marea inevitable de suciedad que se tragaba los
soles rubíes y ambarinos.
<¿Pero qué pasa con nosotras?>
Su voz hizo temblar las Verdades. La ceremonia de confluencia se interrumpió en un
silencio asombrado. Quath descubrió que se había levantado de la posición encogida.
Estaba de pie entre las demás.
*Tienes una pregunta. Eso está bien, mi tejedora.*
Pero nadie formulaba preguntas en la confluencia, nunca; todas lo sabían.
<¿Cómo sabe que nos reuniremos en la Suma?>
*Toda la vida renacerá.*
<¿Dónde nos esconderemos mientras tanto?>
*Esperaremos.*
<Pero ¿seremos conscientes de que esperamos?>
*En cierto modo.*
<¿Aunque estemos muertas? ¿Como Nimfur’thon?>
*Será como si durmiéramos.*
Por encima de todas, la Tukar’ramin flotaba amenazante, vasta y brillante, anclada en
hilos delgadísimos. Quath oyó un murmullo de descontento a su alrededor. Pero siguió
presionando:
<¿Todas juntas?>
*La información no desaparece nunca del universo si podemos eludir las fauces
abiertas de la entropía. Esta es nuestra meta.*
«¿¡Pero todavía no lo hemos logrado! ¡Apenas hemos empezado a ser Amas de
Estrellas!>
*Quath’jutt’kkal’thon…* Al usar el nombre completo, la Tukar’ramin bajó un probiscus
incrustado con sensores fértiles, para ver. Las cilias le temblaron de preocupación. *Es
mejor pensar en la Suma como algo mucho mayor que tú misma. Y eso es lo que es.*
<Claro que sí, pero…>
*Vivimos en el sentido en que viven nuestros trabajos. Lo que somos, vive. Nuestro
vector general permanece en el universo para siempre.*
<Pero ¿somos conscientes?>
*Eso, a mi entender, no lo sabe nadie.*
<Sin embargo, es lo más importante de todo.>
*No lo creo.*
Esa reducción del núcleo de la cuestión a una opinión dejó estupefacta a Quath. Sin
ese tornillo, el edificio entero se derrumbaría.
<¿Las Iluminadas vivirán para siempre?>
*No lo sabemos.*
Muchas de las miriapodia mayores enviaron discretas señales en baja frecuencia para
pedir a Quath que se callara. Otras murmuraban y crujían.
*Recuerda, lo que se propaga es la esencia.*
Más homilías. Quath sintió una súbita oleada de vergüenza por lo que hacía. Todas
aceptaban la tradición en silencio, todas. Seguían callando. Esto significaba que en
realidad ninguna lo creía. Sólo Quath, la estúpida, la ciega, lo cuestionaba todo.
*Ha sido una conversación muy interesante. ¿Están resueltas tus dudas?*
<Yo…, bueno, sí.>
*Sospecho que estás más alterada por la muerte de Nimfur’thon que el resto de
nosotras. Comprende que lo entendemos.*
<Lo sé.> Para disimular su miedo y su confusión, Quath retrocedió y se refugió en el
ritual del <Doy las gracias>. Luego volvió a la posición correcta, con las piernas dobladas,
raak, raak.
Las podia cercanas a ella movieron las cilias en señal de desaprobación. Quath tomó
una hebra sin darse cuenta, la enroscó entre los podios de manipulación y empezó a
formar hilos con la cera pegajosa. Sus garras tiraron de los filamentos dulces al interior de
la boca y los extendieron en sábanas, aumentando la superficie. Huesecillos diminutos
presionaron los hilos contra los órganos del gusto para sentir más. Quath se sentó y
masticó como todas las que la rodeaban.
¿Por qué era ella la única que sentía el peso de esas dudas?, se preguntó. La única
que no podía ignorarlas.
La confluencia terminó con canciones y ruidos de masticación cuando todas devoraron
el resto del unfalum. Quath convirtió en un espectáculo el hundimiento de su tórax, pero a
pesar de lo mucho que presionaba el unfalum, no podía engullirlo, no podía comer de la
esencia de la visión compartida.
6
Esa tarde se alejó de la Colmena, que flotaba como una sombra sobre una llanura seca
y devastada. Vagó por las colinas al norte del Sifón. Al día siguiente, volvería al fermento
del trabajo, pero ahora algo la conducía lejos de la seguridad de las barracas.
La tierra temblaba como si el planeta estuviera respirando. Si en realidad fuera así,
pensó Quath en su angustia, pronto exhalaría su último aliento. Inexplicablemente, la
imagen la perturbaba.
Pasó lentamente un techo de nubes de vientres hinchados con el azul de la lluvia. El
fulgor vago del sol poniente inundaba el paisaje de rojos y anaranjados perezosos. Quath
cambió a transópticos y vio al Círculo Cósmico en órbita, inerte y sin luz ahora que no
tenía el estímulo de los campos magnéticos de las podia.
Quath deseaba trabajar allí, ayudar a dirigir el filo increíble del Círculo contra el pecho
de aquella pelota de barro moribunda. Eso era la gloria, el honor, el destino.
El Círculo era el recurso natural más preciado de su raza. Los nombres de las podia
que habían encontrado y capturado el Círculo resonarían para siempre en la historia. La
posesión del Círculo otorgaba a la especie entera la clave para cortar el cuello de los
mundos. Lo habían usado contra los mecs, que se oponían al movimiento hacia el Centro
de la Galaxia.
Podían arrojarlo contra las naves mecs a una velocidad inmensa. Las partían en dos y
después hacían que emitiera ondas terribles de radiación electromagnética y quemara a
todos los mecs que se encontraran desprotegidos dentro de un sistema solar completo.
Las Maestras del Círculo eran benefactoras y guerreras más allá de toda comparación en
la historia de las podia. Quath se enorgullecía de caminar por el suelo que el trabajo de
esas heroínas había quebrado.
Vio las ruinas mecs colgando en los angostos valles de esa llanura agrietada. Fábricas
que abrían la boca con los dientes podridos, destrozados. Cascarones mecs que todavía
humeaban pasadas batallas. Las podia habían arrancado todas las piezas útiles y habían
dejado solamente el caparazón. Quath se hinchó de orgullo ante la devastación que
habían causado los suyos.
Pero habían tenido que entregarse al máximo incluso para tomar aquel mundo poco
defendido. Habían caído sobre él cuando los mecs locales estaban sacudidos por luchas
intestinas. Las Iluminadas habían detectado signos de competencia desatada entre los
mecs y habían ordenado a las Colmenas que descendieran. Cuando las podia se
aseguraron la mayor parte de la superficie para la construcción de las estaciones de
sujeción por magnetismo, las trabajadoras llevaron el Círculo Cósmico. La victoria abría la
posibilidad de penetrar en las estrellas mec más cercanas hasta el núcleo ardiente de la
espiral galáctica.
Una manada de animales descubrió a Quath y huyó en desorden. Estaban
alimentándose. Parecían estúpidos y sin gracia, incluso entre los animales. ¡Y pensar que
Nimfur’thon había dudado durante un momento fatal por culpa de aquellas insignificantes
criaturas! Ése era una planeta duro, incapaz de dar refugio a ninguna especie superior en
esa espuma de mar y cielo.
Todavía quedaban algunos Nadas, esas criaturas apegadas a los planetas con
herramientas muy primitivas. Las podia los habían descubierto sólo después de la derrota
de los mecs. Cuando el mundo quedara sin entrañas, esos seres triviales morirían.
Sin embargo, las podia morían a manos de sus guerreros. Incluso esas criaturas
menores podían arrojar a las podia a la negrura que Quath presentía en todas partes,
detrás de la aparente solidez de cada uno de los objetos que la rodeaba.
Esa negrura se había tragado a Nimfur’thon y engulliría inevitablemente a Quath, a la
Tukar’ramin, a todas, a todas y a todo, y la continuidad se convertiría en una broma cruel.
Quath pateó una piedra, irritada, y la arrojó hacia el cielo, hacia una manada distante
de estúpidos animales. La piedra abrió grandes agujeros en el camino y golpeó a algunos
animales. Los más pequeños saltaron asustados en los agujeros. Se perdieron en las
sombras del atardecer y Quath se volvió, cansada, hacia la montaña flotante de alabastro
que era su Colmena.
El Sifón se alzó de nuevo hacia el cielo. Esta vez, el Círculo Cósmico se mantuvo firme
en su curso y no se deslizó de lado. No hubo caída de lazos ardientes ni escapes de la
gran mezcla amarillenta.
Las podia se preocuparon mucho por conseguir ese primer disparo con éxito. El Círculo
giraba a la perfección, acariciado por campos fibrosos. Tendrían que repetir el ejercicio
muchas veces antes de abandonar aquel pedazo de mundo, y cada vez sería un poco
más difícil que la anterior, debido a las presiones de las capas inferiores, que se hacían
más y más variables a medida que se destrozaba la superficie del planeta.
Quath se refugió en un trabajo febril. Se ofreció como voluntaria para tiempo extra en el
monitor de estabilización que controlaba la situación. Se adelantó para estudiar la pantalla
verde y ondeada que integraba resultados y sintió que la presión del vacío de la vida se
aflojaba un poco. Si no había una faceta redentora en las cosas, al menos tenía esto: un
momento de profunda actividad escondía el hecho de que la actividad, en el fondo, no
significaba nada.
A medida que el Sifón afirmaba su producción de metales del núcleo, la Colmena se
levantaba hacia el cielo. Quath miraba desde una ventanilla de observación. El suelo se
resquebrajaba y quebraba abajo, arrojando al aire fuentes de polvo. La tierra gruñía. Las
piedras hacían ruido contra el vientre de la ventanilla. Los animales tropezaban ciegos de
pánico frente a la caída de colinas enteras. Se abrían abismos, de pronto, entre sus patas.
Quath sintió que sus hilos de descanso se movían y se volvió para no ver el caos
exterior. Beq’qdahl se enmadejó en una red y dijo:
<Un buen espectáculo.>
<Sí.>
<Creo que empezaremos con la mina mañana.>
Quath se permitió observar la masa enorme y peluda de Beq’qdahl.
<Te encanta pensar en eso, ¿verdad?>
<¿A ti no? Es una oportunidad para demostrar lo que puedes hacer sin ayuda.>
Quath no había pensado en la cuestión de las minas desde este punto de vista, pero la
seguridad de Beq’qdahl despejaba todas las dudas. Con cada chupada del Sifón, la
corteza terrestre se quemaba y exponía nuevas vetas de minerales raros, tal vez algunos
fueran los que se necesitaban en el tejido de la red térmica que ahora se desarrollaba en
la órbita.
Tejer las grandes bandas de acero níquel formadas en frío requería pastas y
soldaduras, así que los cargueros llevaban una corriente constante de materiales de la
superficie.
Las naves y la gran estación orbital capturadas a los mecs facilitaban ese trabajo.
Quath y Beq’qdahl habían tenido el privilegio de pilotar vuelos hacia la estación mec, y
en esos momentos habían estado más cerca que nunca del sitio donde las tejedoras
orbitales conjuraban su habilidad mágica.
No había esperanza de conseguir una misión tan noble por ahora. Todas las podia que
trabajaban en la superficie tenían que encontrar vetas de metales que los movimientos del
Sifón arrastraban. Todas las que no eran necesarias allí, se convertían en exploradoras.
<Es un trabajo aburrido>, dijo Quath.
<Eso dicen las que no lo cumplen bien.>
<Preferiría enfocar al Sifón.>
<Eso es como montar un rompecabezas. No hay nada de difícil.>
<Es intelectualmente más difícil que…>
<Ah, yo nunca me atrevería a dudar de tus credenciales intelectuales.> Beq’qdahl
hundió su trompa con sarcasmo y colocó un poco de comida escupida sobre ella. <Sobre
todo después de tu brillante interrogatorio a la Tukar’ramin.>
Quath hizo temblar sus cilias.
<Estaba buscando respuestas.>
<A preguntas estúpidas y capciosas. ¿Qué importa todo eso?> Beq’qdahl sacó un
animalillo de un hilo de tela húmedo.
<Es lo único que importa.>
<Palabras, solamente palabras. Estamos aquí para actuar.>
<Pero ¿qué sentido tiene si…?>
Beq’qdahl se inclinó hacia ella con gracia y sus sistemas hidráulicos crujieron.
<El propósito, ojo rasgado, es llegar a la órbita. Tejer, no correr por el suelo como un
gusano.>
Quath empezó a pronunciar una respuesta, y de pronto comprendió que Beq’qdahl
alcanzaría el éxito. Sus modales suaves, elegantes, descuidados eran naturales en ella
porque estaba en contacto con fuentes más profundas, sentía las cosas como eran en
realidad. Y en ese mundo claro, la Síntesis era sólo palabrería, y la Suma, un azúcar
prometido para calmar a las larvas, no algo que las podia debían considerar seriamente
durante mucho tiempo. El mundo de Beq’qdahl era real. Totalmente real.
7
Llamada de reunión, llegó el sonido agudo, agresivo, a través de la concentración de
Quath. Ella se agachó sobre la lava fruncida y buscó vetas verdes y plateadas.
Llamada de reunión.
Quath deslizó una aguja en el verde plateado del flanco, midió y agitó sus osículos con
frustración. Eso no era palazinia. Encontrar una carga de palazinia, la más rara de las
pastas de unión, habría sido todo un golpe. Ese material falso que brillaba no tenía valor,
y Quath le propinó una patada con furia.
Llamada de reunión,
Contestó, con miedo.
¡Cita! La noble Beq’qdahl ha encontrado una veta profunda de…
Quath silenció el mensaje con rabia. Otra vez un gran éxito de Beq’qdahl.
Ése era el quinto hallazgo importante desde que había empezado la exploración de
minería, y todos habían sido de Beq’qdahl. La mayoría de las otras podía estaban
ocupadas sacando lo que había encontrado ella, y le dejaban el campo libre para
encontrar más y destacarse. Quath había pensado en dejar ese trabajo: no era una buena
exploradora, se desanimaba y vagaba en lugar de escarbar como un hurón,
introduciéndose en cada pequeña grieta. Había pensado en hacerse minera. Pero algo la
obligaba a seguir con su intento de ser mejor que Beq’qdahl. No le dejaría el campo libre
con tanta facilidad. Si al menos…
¡Quath’jutt’kkal’thon! ¡Llamada!
<Estaba atrasada, estoy a punto de…>
No. No vayas a la llamada general. Vuelve a la Colmena. A la Tukar’ramin.
Por hilos resbaladizos, a lo lejos, se acercaba la Tukar’ramin: una masa brillante de
acero y caparazón granulosa. Ondas de bienestar tibio se extendieron alrededor de Quath
cuando los sentidos de la Tukar’ramin se introdujeron en su mente para palparla. Estaba
nerviosa, pero las tensiones del día se desvanecieron.
*Alégrate, pequeña.*
<Todas celebran en tu presencia.>
*No quiero formalismos, por favor. Molestan a la mente porque fingen tener significado
sin que sea cierto. Alégrate porque ya no necesitas caminar por la tierra destruida. Sé que
no te gusta.*
<¿Tanto se me nota?>
La Tukar’ramin atrajo a Quath y la bañó de comodidad y perdón.
*Tus dudas pesan en cada uno de los pasos que das.*
<He cumplido con mi trabajo.> Las palabras salieron con más tensión de la que Quath
pretendía, pero había querido decirlo por dignidad.
*¿Siempre tienes que ser tan seria?*
<Yo…> Quath dudaba. ¿Cómo decirle a aquella inmensa criatura que las abarcaba a
todas que el universo era un remolino que lo arrastraba todo hacia la nada? <Solamente
tengo cuatro podios y soy muy solitaria.>
*Beq’qdahl es solitaria también. Siempre está a solas, buscando metales raros. Sus
podios no se arrastran como los tuyos.*
¡Beq’qdahl otra vez! Quath dijo, tensa:
<Todas tenemos nuestra forma de hacer las cosas.>
*¡Pero ninguna de vosotras está sola!* Una exasperación leve, punzante. *Todas
estamos unidas a la gran tarea final. Las ondas térmicas que tejemos alrededor de esta
estrella dominarán su energía ardiente. Nuestras compañeras ensillarán la crujiente
electrodinámica del Centro Galáctico, que está tan cerca. Pronto habremos combinado
todas esas energías. Así reunidas, después de vencer a los mecs —¿quién puede dudar
que los venceremos, dada nuestra gran victoria en este planeta?— podremos usar esa
energía para comunicarnos con otros Amos de Estrellas en galaxias lejanas.*
<Lo comprendo, pero…>
*Creo que no lo comprendes. Dominamos la galaxia para dar sentido a la materia. No
dentro de nuestras mentes, en los castillos sitiados de la razón, sino en las estrellas
mismas.* La Tukar’ramin hizo el signo de las ocho patas.
Quath se encogió, sin saber qué responder.
*Todavía siento tu inquietud.*
Quath envió una orden severa a su cerebro secundario, el de los podios, para que
detuviera su danza nerviosa.
<No…, no tengo vector.>
Cuando la Tukar’ramin volvió a hablar, las palabras resonantes tenían una gravedad
nueva, llevada por golpes de hormonas muy llamativos.
*Tú manifiestas un rasgo muy extraño en nuestra especie, Quath’jutt’kkal’thon.*
Quath contestó con miedo a ponerse en evidencia:
<Mis dudas pasarán pronto, estoy segura…>
*No. El profundo secreto que sostiene la expansión de las podía desde nuestro sistema
nativo es algo que voy a revelarte ahora. Hace muchos siglos, encontramos una especie
de pequeños seres que explicaban la naturaleza de la llegada de los mecs. Nuestros
salvadores de esos tiempos comprendieron que nuestra naturaleza perezosa nos
convertiría en presa fácil de los mecs, así que mezclamos nuestro material genético con el
de aquellos pequeños seres para potenciar nuestra agresividad.*
<Debieron de ser muy feroces.>
*Sí. No sé qué forma física tenían, pero eran astutos y persistentes. Al seleccionar esos
rasgos sutiles de su ADN, ya que compartíamos la hélice portadora fundamental,
incorporamos otras facetas. Era inevitable. Una era la capacidad de dudar, de cuestionar
las cosas.*
<Yo también tengo valor>, dijo Quath, con falso orgullo.
*Tal vez. Sin embargo, estoy convencida de que perteneces a esa rara clase que
llamamos Filósofa. La sabiduría convencional de la Síntesis, tal como la dictaron las
Iluminadas, basta a la mayoría. Incluso las que no creen…, como Beq’qdahl, funcionan
bien dentro de ese contexto. Pero el liderazgo de nuestra raza depende de las Filósofas.*
<¿Liderazgo?>
*Cuando llegue el momento, sí…, si demuestras que tienes la mente cuestionadora que
necesitamos.*
<Pero…, pero…>
*Ese rasgo profundo es lo que te ha llevado a la desesperación después de la muerte
de Nimfur’thon. Conlleva dolor, sí, pero también puede proporcionarte sabiduría.*
<Una herencia maldita>, comentó Quath con amargura.
En la gran piel arrugada de la Tukar’ramin brilló un código hormonal.
*Te incrustaremos. Una pequeña adición para tu nueva tarea.*
<La búsqueda de metales…>
*No se adapta espiritualmente a ti. Hay trabajo en la Colmena, y el personal es escaso
por el problema de la minería. Aquí podré sentirte mejor mientras trabajas. Ahí está,
¿tienes el código? Ve a ver a la Factótum para que te incruste tu nueva herramienta.*
Un gesto indicó a Quath que la entrevista había terminado. ¡Ya no tendría que buscar
metales! ¡Y una incrustación…!
Después del ascenso, que implicaba un podio más, la incrustación era el mayor tributo
a una trabajadora. Quath podría pasearse por las barracas mostrando la adición sin
anunciarla. Una ventaja, definitivamente. Sí. Se sintió mejor.
Pasó junto a Danni’wer hacia la terminal más cercana. Envió el número de código y
esperó las noticias. Los servos murmuraban en su cuerpo. Podría pensar en las extrañas
noticias referentes a su naturaleza más tarde, cuando tuviera tiempo. Después de todo,
por lo visto era una Filósofa, significara lo que significase.
La pantalla brilló en un marfil nervioso. Apareció una imagen de la nueva herramienta.
La bilis se elevó en el cuerpo de Quath, un azul acre que le quemaba la garganta.
Nadando frente a ella había una pistola clasificadora. Una herramienta sencilla, de lo más
fácil de manejar. Una incrustación tan estúpida y baja que casi parecía un insulto.
8
Transcurrieron los días, y cada hora traía un dolor.
Quath usaba un poco la pistola clasificadora, y de vez en cuando fijaba máquinas y
grúas a la pared de la Colmena en compañía de robots de bajo nivel a los que dirigía.
Las pequeñas criaturas de la Colmena chillaban y parloteaban en su minilenguaje.
Quath sentía una punzada de vergüenza cuando pasaba alguna conocida.
Pero con el tiempo, esa sensación desapareció. Después de todo, trabajaba como
todas las podia y poco a poco llegó a sentir que ése era un buen lugar para ella. Los
hechos tenían su propia dureza, pero uno podía dormir con ellos.
A Quath no le importaba la forma estudiada en que algunas miriapodia la ignoraban en
la conversación. Siempre había alguien con quien hablar, de todos modos. Las miriapodia
eran distantes y aburridas, en realidad; sólo se preocupaban por sus muchas joyas
mecánicas y por cómo adquirir otras.
Hacía eones, la idea tal vez había sido buena, pensó Quath: aumentar a las podia a
medida que crecían para utilizar su experiencia y reemplazarles los órganos entumecidos.
Pero ahora, esos monstruos incrustados se preocupaban más por las apariencias que por
el trabajo. Y la Quath de la que se burlaban, la de cuatro podios, la que atropellaban sin
darse cuenta mientras ella trabajaba entre robots sin cerebro, esa Quath sabía que las
brillantes miriapodia se desvanecerían para siempre, inevitablemente, a pesar de los
incontables músculos endurecidos y venas obturadas que les cambiaran.
Una noche, Quath pasó junto a una banda de mineras y exploradoras cuando volvía
sola al tejido comunal por los pasillos arteriales grises e inertes. Una de ellas la llamó:
<Ven a felicitarla como corresponde.>
<¿A quién?>, preguntó Quath, cansada.
<¡A Beq’qdahl! ¡La Tukar’ramin le ha concedido dos podios más!>
<¿Por qué?> Quath no estaba al corriente de las noticias.
<¿Bromeas, trepadora de paredes?>
<No. ¿Por qué?>
<Hoy ha encontrado una veta nueva y rica de palazinia.>
<Un hallazgo con suerte. Ya veo.>
<¡Es más que suerte! ¡Es habilidad! Espiráculos que huelen los metales raros. ¡Eso es
lo que vamos a festejar!>
Apareció Beq’qdahl. La escoltaban tres podia. La pierna nueva brillaba como la plata y
Beq’qdahl se inclinó hacia ella, articulando bien, con manchas de color convincentemente
humildes en la garganta. Sin embargo, sus ojillos miraban en todas direcciones, llenos de
niebla, como abandonados por un cerebro en estado de saturación.
<Ven con nosotras, Quath’jutt’kkal’thon.> Tenía la voz espesa por el exceso de
celebración.
<Estoy un poco cansada.>
<¿No quieres celebrarlo?>, gritó una podia de cuatro miembros. <A Beq’qdahl la han
ascendido dos veces, tonta. ¡Un honor muy raro!>
<Ya veo.>
<Estás enfadada porque Beq’qdahl es hexapodio ahora, mientras que tú tienes sólo
cuatro. Es eso, ¿verdad?>
<En serio, no estoy de humor para…>
<¡Estupideces! ¡Monópoda tonta!>
La podia se acercó a Quath, amenazante.
Quath se apartó. Otra lanzó un pedo de desprecio, una nube ácida y amarilla.
Beq’qdahl fingió indiferencia y estudió las paredes granulosas.
Quath se agachó por un pasaje lateral y se dirigió a la gran estación comunal de hilos
finos, a dormir.
Dormir.
Pero el sueño tardaba en llegar, atajado por relámpagos calientes detrás de los ojos.
Quath se retorció y se aferró a los hilos suaves de la cama. A veces se despertaba y
entonces le parecía que vivía en el Tiempo del Sueño, cuando viajaron desde su mundo
nativo a una velocidad mucho menor que la luz. Habían viajado colgando en bolsas
perladas que se balanceaban en el viento mientras recorrían el sueño, los cuerpos
suspendidos, las mentes flotando entre visiones nebulosas que después había sido mejor
olvidar.
Justo antes de la madrugada, la algarabía distante de la celebración de Beq’qdahl
desapareció en la noche. Quath esperaba dormir bien después de eso. Pero se despertó
muy pronto con picazón, emocionada por una visión especial.
La Tukar’ramin, muy vieja y encogida, pronunciaba una conferencia. No era la
Tukar’ramin resistente y dura que conocía, sino una anciana podia tartamuda, que repetía
la sabiduría de un pasado muerto. A pesar de la magia técnica que le permitía atravesar
el abismo entre una mente y otra, era sólo una anciana, nada más.
En el sueño, la Tukar’ramin le había descrito cómo caerían los mecs frente a las podia
y el aguzado Círculo Cósmico, vencidos por la vida triunfadora.
En el sueño, Quath había gritado:
¡Sabes que nuestra misión es vacua!, y la Tukar’ramin, impresionada, caía y se dividía
en bronce, cerámica y huesos quebradizos y antiguos. Caía sin cesar, infinitamente, la
autoridad reducida a la nada bajo el peso terrible del tiempo, que no tenía remordimientos.
Cuando se despertó, Quath se dio cuenta durante un momento brillante de que su
preocupación por la muerte ocultaba una pista. De alguna forma, eso tenía importancia
dentro de los hechos del Centro Galáctico. Pero ¿cómo? Los pequeños rasgos de
Filósofa que la recorrían como hilos muy débiles no le dieron la respuesta a esa pregunta.
9
Una vez más, el Sifón aspiraba con fuerza. Otra vez la piel del planeta crujía y escupía
vastos penachos de polvo castaño.
Era una suerte que ese mundo no tuviera grandes océanos. El agua habría hecho que
cada chupada del Sifón destruyera una fracción de la corteza y las minas se habrían
obturado. Por eso habían elegido a ese mundo para el tejido térmico. Eso había
compensado la ausencia de lunas, que siempre proporcionaban material de construcción,
ya que resultaba fácil destruirlas. Por otra parte, había un aparato antiguo que orbitaba en
el ecuador y que podía llegar a ser útil en el futuro.
Sin embargo, ahora llegaban noticias de disturbios. Las podia habían capturado la
estación y la habían convertido en un depósito de carga. Pero algo se había introducido
en el depósito y retrasaba los transportes. La noticia casi pasó desapercibida en la fiebre
del trabajo de la Colmena. Quath no se preocupó por esos problemas, aunque aún
deseaba trabajar por encima del peso del polvo y la gravedad. Cumplió con sus tareas y
buscó consuelo en la maravilla del progreso del trabajo más allá de la Colmena.
Las podia ya habían capturado una pequeña fracción de luz de la estrella amarilla. El
tejido proseguía según el plan, desplegando grandes llanuras bordeadas de siliconas
fotosensibles. Cuando se terminara, la tela sería solamente un marco claro para
expediciones posteriores. Esas expediciones convertirían a los planetas en una sopa poco
densa de material, una tarea aburrida, como preparación para dominar el flujo total de la
estrella.
Cuando sucediera eso, Quath esperaba estar muerta desde mucho tiempo atrás y el
sueño de los Amos de Estrellas que se comunicaban entre las galaxias en la Suma sería
solamente polvo para ella. Las otras no se daban cuenta o no le daban importancia. Una
cosa era saber en abstracto que un día llegaría la muerte, y otra muy distinta despertarse
de noche y sentir los corazones palpitantes de miedo. Hundirse en los cerebros
secundarios y sentir que el oxígeno aguzado entraba en los flujos sanguíneos, el rumor
lento y perezoso de los tejidos que se reconstruían, un tirón hidráulico cuando el titanio
entraba en el cartílago, la combustión anaranjada y no muy brillante de las calorías
almacenadas…, y saber que algún día se terminarían, que uno se precipitaría hacia la
negrura.
Esos momentos sombríos se repitieron hasta tal punto que perdieron parte de su
fuerza. Quath empezó a considerarse un ser simple y humilde frente a los hechos brutales
de la vida. Trabajaba con robots ratoniles, usando su clasificador masivo cuando se
necesitaba mucha fuerza, cumplía con las órdenes y se mantenía lejos de las demás. Por
los murmullos de las transmisiones en los pasillos de la Colmena, oyó hablar de los éxitos
de Beq’qdahl. Beq’qdahl está creciendo, observaban las miriapodia. Como si Beq’qdahl
fuera un pastel hinchándose al cocerse, y ellas fueran las cocineras indirectas. Pero a
Quath eso ya no le dolía.
Por eso no se sorprendió cuando se reorganizaron los equipos de trabajo y la
Tukar’ramin le ordenó que acompañara a Beq’qdahl como portadora de equipo. Ser una
joven Filósofa no significaba que se hubiera librado del contacto con el mundo.
Allá adelante iba Beq’qdahl, las piernas crujiendo sobre las rocas.
Sus salientes de fósforo formaban una pequeña mancha de luz en la noche. Quath la
seguía como podía, saltando ante cada temblor de la roca por el miedo a que hubiera
empezado otro corrimiento de la corteza del planeta. Sobre las dos flotaba el Círculo
Cósmico, con el aura opaca cuando no lo usaban. Las estrellas, afiladas, eran ojos que
miraban desde un abismo donde la llamaban voces misteriosas.
<Date prisa. Quiero investigar este saliente.> Beq’qdahl transmitía solamente mensajes
breves, eficientes.
Quath seguía adelante bajo el peso de sus sensores acústicos. La Tukar’ramin había
otorgado una estación analítica completa a Beq’qdahl, para que pudiera hacer las
comprobaciones sobre la marcha. Los componentes de la estación eran muy
voluminosos. Además, Quath también llevaba los cohetes suplementarios de Beq’qdahl
para elevarse por encima de la superficie si el magma caía sobre las colinas arrugadas.
<Rápido…, un espectrómetro diferencial.>
Quath se lo tendió. Llegó la aurora y el sol apareció de pronto detrás de las nubes
huidizas. Quath pensó en Nimfur’thon y en los juegos que habían llevado a cabo en esas
tierras, que entonces estaban cubiertas de verde. Hacía ya mucho tiempo.
Desde detrás de un saliente inclinado de roca, salió una manada de animales.
Resultaba sorprendente, pensó Quath, que hubieran sobrevivido a los movimientos de
tierra. La próxima serie de disparos del Sifón acabaría con la vida en ese mundo.
Algo crujió en el alto portaherramientas de Beq’qdahl.
<No me empujes.>
<Yo no te he empujado.>
<He dicho que…>
Los animales corrieron entre las rocas partidas. Algo golpeó el flanco de Beq’qdahl. Un
podio hizo un movimiento espasmódico.
<¿Nos están tirando piedras?>, preguntó la hexapodia.
<No. Son armas.> Quath sintió una punzada de dolor ardiente.
Otro disparo vibró en el portaherramientas de bronce de Beq’qdahl.
<Son más que animales.>
<Una hipótesis razonable.>
<Pero la Tukar’ramin dijo que no había Nadas significativos por aquí. Ninguna
civilización. Ningún trabajo artificial. Solamente los mecs.>
<Eso fue lo que dijo, sí.>
Dos rápidos estallidos alcanzaron a Quath en el costado. Levantó un palpo herido y vio
que rezumaba un poco de pus salado.
<Evidentemente, la inspección no fue completa>, observó Quath sin alzar la voz.
<¡Miserable arácnida! ¡Tienen armas!>
<Sí, y con una inercia considerable y mucha densidad. Simples, pero…>
El grito agudo de Beq’qdahl desgarró el aire. Su quinto podio se partió en dos y lanzó
un humo maloliente.
<¡Estoy herida! ¡Herida! Ayúdame a volar.>
<Una rotura de poca importancia.>
<¿De poca importancia? Me duele.>
<Tu sistema de eliminación de fluidos se ha roto.>
<¡Dame los cohetes suplementarios!>
Quath se adelantó con rapidez. Su parte trasera extrajo dos agujeros humeantes.
<¡Vamos! ¡Los cohetes!>
<Aquí están.>
Beq’qdahl se colocó los cilindros azules. Dos disparos agudos le rozaron el caparazón.
<Cuando estés sobre los Nadas…>, dijo Quath con lentitud, <dispara sobre el suelo.
Las llamas…>
<¿Maniobrar cuando pueden dispararme en el vientre?> Soltó una risa histérica. <De
verdad, eres un gusano.>
<Entonces, quédate. Tal vez podamos atacarlos y…>
<¡Huye, tonta! No es cosa nuestra. Limpiar la tierra de Nadas requiere armas.> Las
antenas infrarrojas de Beq’qdahl se retorcieron y se partieron con un chillido. <¡Ag! ¡Qué
dolor! ¡Me voy!>
<Y yo estoy atrapada.>
<Yo pediré ayuda. Tú salta lo más que puedas y espera.> Terminó de fijar los cohetes
y se preparó. Disparos perdidos silbaron en el aire.
Quath sentía una herida muy dolorosa en su tercer podio. Los animales grises, no, los
Nadas, se corrigió, estaban más cerca. Formaban un abanico. El metal brillaba sobre sus
pequeños sensores.
Cuando Quath se volvió a mirar al cielo, Beq’qdahl era un punto amarillo que se
arqueaba hacia la distante Colmena. Quath sabía que aunque tuviera cohetes, perdería
un tiempo valioso tratando de dominar las submentes. El miedo a volar que había en ellas
era casi insoportable.
Se resignó y se volvió para estudiar a los Nadas. No tenía armas para repelerlos.
Pequeñas puntadas le pinchaban la piel. Se sacó los cohetes y los colocó entre las
mangas, rascando los puntos pinchados que le causaban los disparos de los Nadas.
Pequeños, pero muy numerosos.
Mientras articulaba un brazo telescópico, algo le llamó la atención. Su clasificador
brillaba a la luz de la aurora.
El humilde clasificador que había clavado herramientas en las rocas de la Colmena. No
sería como arma…
Empezó a correr. Luego se detuvo. Los Nadas podían seguirla, después de todo. Si se
quedaba, al menos conservaría la dignidad, si no podía salvar la vida.
Se volvió para enfrentarse a la marea de Nadas que la envolvía. Algo en ella lo
deseaba.
Levantó el clasificador y miró con tres ojos. Un Nada cargó hacia su centro de foco y
ella disparó. El clasificador golpeó en una roca, no tocó al Nada. Ella lo corrigió. Disparó.
Otro error.
Sentía una calma suave y extraña. Los disparos le golpeaban los palpos y le
fracturaron uno. Lentamente, calibró y disparó. El clasificador se movió con una sacudida.
Un Nada se derrumbó y cayó en una grieta.
El siguiente blanco gris zigzagueó y se tambaleó. Quath compensó el arma y lo atrapó
al tercer disparo. La cosita se partió en dos.
Los Nadas emitieron llamadas agudas, frenéticas. Muchos se agacharon entre las
rocas. Quath mató a tres rápidamente.
Las armas la herían, los pinchazos perturbaban su concentración. Mató a otros cinco.
Luego se unieron todos, saltando como garrapatas de un refugio sombrío a otro. El
clasificador araba sobre los Nadas desnudos, suaves, sin armadura.
El costado de Quath se abrió de pronto y una onda de dolor la recorrió como un hilo
tenso. Se agachó, jadeando. El aceite corría sobre dos de sus podios. Los cilindros
hidráulicos a control remoto no respondían. Estaba atrapada.
Se desvió de lado para eludir una cuña de Nadas y una descarga cerrada la aplastó
contra una roca. Sus lentes se nublaron. Los procesadores de oxígeno crujieron. Dedos
furiosos tiraron de sus entrañas.
Aquí está, pensó Quath. Ahora voy a conocerla. Y la negrura se cerró sobre ella.
Vagaba al azar.
Nadaba.
Y la oscuridad llegaba, lenta, muy lentamente.
Pero el tiempo seguía adelante.
En su pantano borroso de sentidos, Quath sintió una ráfaga de aire fresco, como el
plasma que mueve las orillas polvorientas entre los soles. Imágenes acuáticas flotaron
ante sus ojos. Oxidó azúcares con ácido nítrico, abriendo sus depósitos internos de
mucosidad para acelerar el proceso. Se esforzó.
Con una sacudida intensa disparó los cohetes, una columna amarilla y cantora. Una
alegría feroz la dominó.
Aterrizó con mucha inseguridad. Los Nadas la persiguieron. Ella se preparó con frialdad
y apuntó. Disparó de nuevo.
La pistola cortó a los Nadas. Ella se movió, crujiendo, arrastrándose, y volvió a
encender los cohetes. Disparó mientras volaba.
En sus trajes grises, los Nadas estallaron cuando los disparos los alcanzaron desde
arriba. Sus entrañas se esparcieron sobre la roca aplastada.
Una fiebre agradable dominó a Quath mientras los veía caer, vocecitas que aullaban,
jadeando en el último aliento.
Quath los empujó hacia atrás sobre el campo. Los disparos de sus enemigos se
hicieron más esporádicos, cesaron. Huyeron. Ella se volvió y buscó a los pocos que
quedaban. Se habían ocultado en sus madrigueras, sudando de miedo, como animales.
Cada uno se transformó en un pequeño detalle que Quath liquidó rápidamente con el
estallido agudo de la pistola. Murieron con un gritito, como si los hubiese tomado por
sorpresa.
Cuando terminó con el último, Quath se quedó sola, jadeando, la mente confusa. Ató
un gancho y una línea al cuerpo de un Nada que todavía estaba entero y lo levantó para
verlo mejor. En el silencio absoluto del campo de batalla, uno de sus servos crujió,
pidiendo aceite. Le temblaron las coyunturas con el esfuerzo. El cuerpo del Nada giró en
el gancho. Quath levantó la piel gris. Era como una película y se le rompió.
El traje gris desapareció, al igual que se desvanecía ese mundo convirtiéndose en una
cáscara vacía. El Nada quedó libre.
Al principio, Quath vio solamente los apéndices colgantes con sus extremos incómodos
y anchos. Dos para caminar, dos para manipular. Las articulaciones eran débiles,
evidentemente incapaces de soportar mucha presión.
Sin embargo, a medida que estudiaba la criatura, por las arrugas y nudos de la piel
descubrió cómo vivía. Manchas más gruesas en las articulaciones, de los podios más
cortos, una evidencia de uso. Un crecimiento semejante a un hongo por encima y debajo
de los ojos, para conservar el calor en el pequeño cerebro. Otra mancha oscura, más
abajo, para proteger algún tipo de equipo.
Quath siguió el vello fino que cubría el cuerpo, a lo largo de lo que, según veía, eran
líneas de flujo para que circulara el agua si la cosa nadaba. Un hermoso diseño. Así que
ese Nada era un nadador, pero en cierto modo también caminaba.
Abrió el cráneo y retorció la coyuntura dorsal hasta que se rompió. Envió un murmullo
de sonar a lo largo del cuerpo. Con cuidado, levantó el cráneo. Así liberó el esqueleto,
que dejó la carne al exterior.
El gesto reveló una visión nueva y maravillosa. Los huesos color tiza no eran toscos ni
pesados. Parecían tallados con delicadeza, encajaban bien unos con otros, delgados
donde podrían dificultar el avance de la bestia, fuertes donde formaban los ejes de las
palancas.
El centro era una jaula fina de varillas de calcio. Costillas. Florecían en una onda
quebradiza y muy exacta, una canción de diseño intrincado y orden maravilloso que
Quath percibía en las intersecciones del tejido.
Sin embargo, esa cosa Nada era un bicho molesto. Se arrastraba sobre el suelo y
probablemente ni siquiera captaba las estrellas. Había dominado a medias los recursos
ínfimos de ese pequeñísimo mundo intrascendente. Sus armas primitivas eran apenas
mejores que los dientes y cascos de los animales sin inteligencia.
Quath escupió al esqueleto, pero la cosa la maravillaba. En su interior, un coro de
voces cantó sus dudas, sus debilidades. Trató de olvidar el paisaje horrendo de la lógica
de las pequeñas mentes, los miedos que la habían dominado.
Aquí al menos estaba la verdad. Su fe volvía.
La razón resonaba en ese lugar. Un universo que se tomaba tanto trabajo con un Nada
inútil y despreciable, seguramente no quitaría sentido al drama descartándolo al final,
dejando que la oscuridad lo engullera todo, permitiendo que Quath’jutt’kkal’thon fracasara
y muriera.
TERCERA PARTE – UNA CUESTIÓN DE INERCIA
1
Killeen golpeó con la mano enguantada contra la escotilla alienígena.
—¡Mierda!
Después oyó llegar a Jocelyn, que volvía, y se obligó a respirar hondo para calmarse.
Nunca era buena idea dejar que un oficial viera a su capitán en un ataque de rabia
desatada, ni siquiera si se trataba de una oficial tan disciplinada como Jocelyn.
—Nada —informó ella—. No he visto que pasara nada en toda la nave.
Killeen asintió. Había estado convencido de que la nave estaba completamente fuera
de control, pero tenía que considerar todas las posibilidades. Ya no podían hacer casi
nada más.
Recordó que durante el asalto a la estación había lamentado no poder estar en plena
acción debido a su papel de capitán. Bueno, ahora su deseo de participar en el baile se
había cumplido.
El Flitter había volado ya durante una hora. Un ruido constante de motores le
proporcionaba una leve aceleración hacia la cubierta de popa. En esos compartimentos
hexagonales y torcidos, la orientación resultaba particularmente molesta, pensada
solamente para algún propósito desconocido de la mente de los mecs.
Jocelyn se levantó con habilidad sobre una sección de conductos en U que surgían del
suelo y dio un salto hacia la cabina exterior. Killeen trató de ver algo en medio de la
misteriosa masa de cables Y cuñas electrónicas que había descubierto bajo una puerta en
el suelo. Llamó a sus Aspectos: Arthur para que le proporcionara la habilidad electrónica
de la era de las Arcologías; el antiguo capitán Ling, que conocía la vieja sabiduría de las
naves de milenios anteriores; incluso Grey, lejana, sofisticada, tan remota que resultaba
casi inaccesible. Pero ninguna de esas viejas personalidades le ofreció nada útil. Ling fue
el que más se acercó.
Los medios que tiene la entidad externa para controlar esa nave tal vez sean malignos,
recuerda cómo volvió a afirmarse el Mantis a nuestra llegada, pese a todas tus
precauciones. Tu dominio sobre el Argo era ilusorio.
—Quieres decir que nunca tuvimos ninguna oportunidad —dijo Killeen con amargura—.
No la tuvimos antes, no la tendremos ahora.
Hace mucho tiempo, antes de mis tiempos, antes de los de Grey, antes de la época de
los grandes Candeleros, se dice que nuestros antepasados desafiaron a los mecs.
Entidades mucho mayores que nosotros tuvieron que reconocer nuestra existencia para
no verse obligados a delegar nuestra destrucción a mecanismos minúsculos como los que
vosotros conocisteis en Nieveclara.
A Killeen le resultaba difícil concebir que un ser como el Mantis fuera minúsculo,
aunque el Mantis mismo se lo había dicho. La mente de Killeen no lograba captar los
tiempos de los que hablaba Ling, las alturas a las que había llegado la humanidad antes
de su larga y terrible caída.
En cuanto el problema de este momento, hay una solución muy simple. Una forma de
impedir que la entidad exterior controle la nave.
—¿Cuál es?
Destruyendo los instrumentos a través de los cuales recibe las instrucciones. Ve y
destroza la antena.
Killeen se rió tanto que Jocelyn levantó la vista de su trabajo inútil bajo las planchas del
suelo.
—Ya se me había ocurrido. ¡No podemos salir!
Antes de que Ling pudiera responder, Killeen lo empujó al fondo de la mente. Trató de
volver a llamar a Shibo por el comunicador.
La recepción había mejorado desde el último intento, aunque todavía se desvanecía a
veces y bañaba la voz de Shibo con una estanca suave. Para Killeen, sonaba hermoso.
«¿Cómo andas?», preguntó ella, tensa y preocupada.
—Vamos tirando. Os echo de menos a ti y a Toby. ¿Cómo está?
«Bien. Está aquí, en el puente, conmigo y con Cermo. Os estamos rastreando.» Hubo
una pausa. «Todavía vais en dirección a la nave que se aproxima. Es una mierda tener
que quedarse aquí sentada, mirando. No puedo mover al Argo, ni seguiros.»
—¿Has tratado de pintar la cabina con material aislante? Tal vez eso mantenga a lo
que sea apartado de los controles.
«Sí. No da resultado. Lo que nos tiene detenidos aquí es el programa del Mantis, y está
muy internado en el sistema.» La tranquilidad de la voz no ocultaba a Killeen la
preocupación de la piloto. «Parece que el método sirvió para los otros Flitters, eso sí.
Están bajo control. Vamos a cargarlos pronto.»
Era evidente, aunque ella no lo dijo, que ninguno estaría listo a tiempo para rescatar a
Killeen y a Jocelyn. Ésta reaccionó escupiendo a la pared de la cabina.
—De acuerdo —dijo Killeen—. Quiero que formes a la Familia, Shibo. Con todo el
equipo de campo.
«¿Para qué?»
—Para abandonar la estación. Llévate a la Familia bien lejos.
«Pero ¿y el Argo?»
—Tendremos que abandonar el Argo también. Desprende las cúpulas de la granja. Ya
lo hemos discutido. Se pueden mantener solas. Arrástralas. Pero sal en veinticuatro
horas.
«¡Pero si podemos defender la estación!» Era la voz de Toby, que interrumpía la
comunicación, frustrado y rabioso.
—Hijo —dijo Killeen—. Apártate del comunicador.
«¡Te digo que podemos vencer a esos malditos mecs!»
Antes de que Killeen tuviera tiempo de empezar a gritar a su hijo, Shibo interrumpió la
comunicación. Estaba de acuerdo con el muchacho.
«Sí. Nos quedaremos en el Argo, lucharemos contra lo que venga.» La voz de Shibo
estaba llena de pasión por lo que hacía. Los motivos de su amante reconfortaron a
Killeen, pero le frustraba saber que no podría hacerle comprender su punto de vista.
La voz fuerte y dura del lugarteniente Cermo se introdujo en la conversación.
«¿Luchar contra mecs de alto nivel? ¿Desde una posición fija? ¡Una locura! ¡No, no!»
La réplica de Shibo parecía incierta.
«Los destrozaremos desde aquí, los haremos saltar.»
«¡Están preparados para eso!» Cermo hablaba más alto de lo que era necesario.
«¡Estos mecs son pequeños!», interrumpió Toby de nuevo. «Los vencimos muy
fácilmente.»
La respuesta de Cermo fue muy amarga:
«Ésos eran guardias nocturnos. Nada más. Espera a que aparezcan los luchadores.
Insisto en que no podemos combatir a ese nivel. No desde posiciones fijas. Al menos no
sin ayuda de otros mecs como el Mantis.»
«¡Seguidores del Mantis!», gruñó Toby. «Los mecs del Mantis iban a recibirnos aquí,
eso decíais vosotros. ¿Dónde están? Tienen que haberse encontrado con otra cosa antes
de que llegáramos nosotros, eso es evidente.»
«¡Eso es lo que digo! Sea quien sea el que venció a los aliados del Mantis, volverá muy
pronto. Ya tiene al capitán.»
—Cermo tiene razón —dijo Killeen, contento de que su segundo mostrara un poco de
sentido común. Iba a añadir algo cuando Cermo apuntó contra un blanco inesperado.
«Gracias, capitán. Por eso pienso que tenemos que ir abajo ahora mismo. Busquemos
un territorio donde sepamos cómo movernos, como en los viejos tiempos, un territorio
donde podamos encontrar aliados.»
—No puedo creer que quieras…
«Sí, tenemos que ir a la superficie.»
—¡No! ¡Sacad los Flitters de la estación! Podéis alcanzar el cuarto planeta. Tiene hielo,
carbono. Tenemos algunos Aspectos que conocen ese tipo de vida. Podemos construir
domos.
Pero Cermo interrumpió de nuevo.
«El Argo nos trajo aquí por alguna razón, capitán. Algunos de nosotros queremos bajar
y ver qué hay.»
—¡Pero esas razones tal vez ya no existan! Probablemente los aliados del Mantis
perdieron. De todos modos, ¿qué hay de los demás miembros de la Familia? ¿Los que no
confían en el Mantis?
Ese había sido desde el principio el grupo mayoritario. Killeen había contado siempre
con su apoyo para vencer al misticismo o la credulidad que ponía su fe en las promesas
de un mec, aunque fuera un mec tan diferente y peligroso como el Mantis. Killeen
confiaba en que la presión de ese grupo vencería la resistencia de Cermo.
Sin embargo, las palabras de Shibo hicieron que la cubierta se moviera bajo sus pies.
«La mayoría opina que hay que combatir por la estación», anunció ella en una voz
baja, amarga, que él apenas podía entender. «Pero el capitán me ha convencido de que
no podemos. Si tomamos eso en cuenta, Cermo tiene razón.»
—¡No! Tomad el Argo, huid.
«Si tomamos los Flitters, tal vez podamos buscarte después.»
—No hay muchas posibilidades de que continúe con vida. Alguien quiere echarnos una
mirada a Jocelyn y a mí. No creo que sea solamente un interés amistoso.
«Capitán, votamos por bajar», dijo Cermo.
—Y yo digo que no.
«El Mantis…», insistió Cermo con menos calor.
—¡Somos dueños de nuestras propias vidas! —gritó Killeen.
«El Mantis tenía algún plan», insistió Cermo.
—¿Y qué? ¿Supones que había planeado esto del anillo cósmico? ¡Shibo! ¿Qué hace
esa cosa?
Ella le envió una imagen simulada. La respuesta brilló en el ojo izquierdo de Killeen.
El arco giratorio ensombrecía todo el planeta. Desde la pequeña abertura en el eje se
elevaban huellas como trazos de un lápiz oscuro. Los dos polos exhalaban arroyos de
material. Una lava amarilla de metal golpeaba el vacío y estallaba en bancos de niebla.
De ese vapor surgían hilos delgados y blancos.
—Por lo visto está construyendo algo —apuntó Killeen.
«Y de paso, vacía el planeta», observó Shibo.
—Haced lo que os ordeno —dijo Killeen, severo de pronto—. Shibo, ¿ya has emitido el
aviso a la tripulación?
«Sí», respondió Shibo, a regañadientes.
—Bien. Ahora…
«Los Flitters también están listos. Están preparados para un programa de destino fácil.
Los archivos del Argo me han enseñado cómo hacerlo. Los tengo a punto para intentar
una aproximación al planeta.»
Killeen vio con amargura que ella lo había pensado a fondo. Probablemente era capaz
de realizarlo, además. Shibo era mas hábil adivinando cómo funcionaban los aparatos de
los mecs.
—¡No y no! Algo horrible está sucediendo allá abajo. ¡Hay que marcharse!
«Lo siento, amor mío. Te hemos ganado por votación.» Shibo dio a las palabras un
tono alegre, pero Killeen sentía la tensión que se ocultaba en esa voz.
—Como capitán, yo…
«Si quieres legalismos, ahí va esto», lo interrumpió ella de nuevo. «Estás relevado.
Como oficiales, expresamos la decisión de la Familia.»
—¡No! ¡No podéis hacer eso!
«¡Escucha!» De pronto, la voz de ella relampagueó de auténtica rabia. Él se la
imaginaba con los ojos bruscamente abiertos, los dientes apretados. Las emociones casi
nunca alteraban la tranquilidad del rostro de Shibo, pero cuando lo hacían, el efecto era
espectacular, como el de una fuerza natural desatada. «Trataremos de salvarte. Pero nos
aferramos a nuestro sueño.»
—Shibo, quiero que…
«Amor, ya sabes que yo no puedo quedarme aquí sentada sin hacer nada.»
Killeen se esforzó en guardar silencio. Tenía que dirigir su frustración contra el ser que
hubiera tomado la nave, no contra la mejor de todas las mujeres.
—De acuerdo…, de acuerdo. De todos modos, no puedo deteneros desde aquí…
Cermo contestó con calor sorprendente:
«No. No.»
—¿Adonde pensáis ir?
Una pausa. Killeen supuso que ella estaba intentando dominarse también. La pequeña
onda de comunicación que los unía parecía cantar con pensamientos no expresados.
«¿Recuerdas…, recuerdas la señal desde Nueva Bishop?»
—Sí. Me dijiste que había indicios humanos.
«Ahora la tengo más ubicada. Hay voces cerca del ecuador. Trataremos de aterrizar
cerca de allí.»
—Bien.
«Hay gente ahí abajo. Eso ha convencido a muchos. Si no podemos defender el Argo,
bajaremos y nos reuniremos con los nuestros.»
No sonaba mal. Killeen admitió a regañadientes que Shibo y Cermo tenían de su parte
la lógica y la lealtad de la especie.
—¡Pero está el anillo! —gritó, golpeando la consola—. ¿Cómo pensáis atravesarlo?
«Gira un día o dos, después se detiene», explicó Shibo. «Nos lanzaremos desde la
estación. Cuando el aro se detenga, volaremos hacia la atmósfera.»
—Demasiado arriesgado.
«Amor…»
Durante un momento, no dijeron nada. La estática parecía casi un coro de fondo para
los pensamientos, poderosos, inexpresables.
—¿Cuándo partiréis?
«Pronto. Ya estamos casi listos. Yo trataré de protegerte de lo que haya en esa nave…,
siempre que podamos llegar a tiempo. Si no…»
La voz de Shibo se desvanecía por momentos. Killeen escuchó con atención durante
un minuto para establecer un último contacto. Por fin, apagó el comunicador y se dio
cuenta de que había estado conteniendo el aliento.
Jocelyn lo observaba, nerviosa. Killeen no tenía ideas y no quería demostrarlo. Tensó
los músculos de la mandíbula, sabiendo que eso le daba un aspecto severo. Esta vez
valoraba todavía más el gesto porque le ayudaba a dominar su frustración.
—Quieren tenernos aquí hasta que… —Jocelyn no sabía cómo terminar la frase.
—Sí. Hasta que nos puedan hacer salir, hasta que nos pasen por encima.
—Si nos han traído hasta aquí, tal vez solamente quieran saber quiénes somos antes
de entrar en la estación.
—Parece razonable. Los mecs son precavidos.
—Les daremos la información que buscan aunque estemos muertos —dijo Jocelyn
directa-mente.
Él la comprendía.
—Sí.
—Mejor será que nos vayamos antes de que lleguen.
La furia tembló dentro de Killeen. Tenía que pensar, pero su rabia parecía fuera de
control. Tenía tantas ganas de destrozar algo que le dolían las manos.
En ese momento, percibió el brillo de una idea. La herencia muda de la evolución
hormonal lo había enfurecido y tal vez eso lo ayudaría después de todo. Usar la rabia, sí.
—Divirtámonos —propuso con una sonrisa leve.
—¿Qué?
—Esta nave tiene una mente a bordo, aunque no sepamos dónde está. Démosle un
problema. Un problema grave.
Killeen levantó una varilla de metal que había arrancado de un mecanismo de carga. La
golpeó con alegría contra los conductos en forma de U. Uno, dos, tres golpes, y uno de
los caños se quebró. Se fracturó. Se abrió y la sala se inundó de un gas espeso y verde.
—¡Sellar! —gritó Jocelyn, asustada. Los dos cerraron los cascos justo en el momento
en que el gas llenaba la nave con una niebla color esmeralda que se retorcía como vapor
de agua.
Sonó una sirena lejana, en los sensores. Killeen dirigió un gesto a Jocelyn para que lo
siguiera y se movieron tan rápido como pudieron a través de los túneles retorcidos del
Flitter. Había habido una esclusa que no consiguieron abrir, una esclusa simple, pero
ahora, si confundían lo suficiente a los sistemas internos de la nave…
La esclusa era un mecanismo simple de salida, sellada por una gran tapa con
hendiduras. Habían pasado mucho tiempo intentando abrirla, y ahora Killeen sólo tuvo
que golpearla con la varilla. Le quebró el borde y rompió los costados. Jocelyn había
entendido lo que hacía y buscó un pesado eje de compuesto de bronce. Lo aplicó a la
esclusa con placer, sonriendo.
Después del primer ataque de rabia, al menos eso les aclaraba la mente. Quemaba
oxígeno, pero no tenía demasiada esperanza de usar toda la reserva de todos modos.
Sabía que se había equivocado mucho y que tendría que pagar por eso.
En los sensores se dispararon más alarmas, aullidos electromagnéticos de
mecanismos desesperados. Killeen golpeó los cables de energía. Saltaron chispas.
Llevaba los guantes de goma para evitar las sacudidas eléctricas, pero la onda lo cegó de
todos modos. Dedos color naranja se aferraron a la cubierta. El gas verde se hacía más y
más denso. Killeen aplastó un panel de control, quebró el costado y los cables salieron a
la luz como entrañas destrozadas.
De pronto la esclusa se abrió. Killeen la observó con los ojos muy abiertos. Las
estrellas lejanas lo llamaban. Sólo dispuso de un instante antes de que el rugido atronador
del escape de aire lo arrastrara con la cabeza por delante hacia la esclusa abierta.
Abrió los brazos en la tormenta. Golpeó contra la boca abierta de la esclusa, de lado, y
la boca no consiguió engullirlo. Jocelyn se aplastó contra sus piernas. Él se arrastró de
costado. Ella se deslizó hacia el suelo, donde consiguió aferrarse a la base.
Pero al ayudarla con su cuerpo, Killeen perdió fuerza en la mano que lo anclaba al
borde de la esclusa. El ruido cada vez mayor de la presión lo rodeó desde todos lados.
Trató de sentarse. Una mano gigantesca lo empujó hacia atrás. Pequeñas bocas le
succionaron los brazos, las piernas, la cabeza.
Algo sólido le dio en el cuello y de pronto se encontró en la esclusa, golpeándose
contra el borde en una oscuridad teñida de verde…, y se encontró en el exterior, libre,
girando y alejándose de la piel brillante del Flitter.
Girando. Dando vueltas.
Hizo un giro brusco según la teoría de los vectores para corregir la deriva. De pronto la
jungla de impresiones empezó a cobrar sentido.
Colgaba al costado de Nueva Bishop, lejos de la estación. Estaba cerca de un polo.
Muy por debajo, la aurora roja extendía las sombras de las montañas a través de llanuras
grises y yermas. Hacia el ecuador, todavía había vida verde en los valles y los llanos,
donde crecían los bosques.
Todo eso yacía ahora bajo el brillo dorado e incandescente de la cuerda cósmica. La
cuerda giraba con energía infinita. Un extremo se extendía directo hacia el polo. El otro
estaba mucho más allá del ecuador.
Giraba más rápido de lo que podía apreciar la vista. Un tapiz sombrío se extendía
sobre el mundo entero. El eje polar estaba libre ahora. Killeen no veía la fuente de metal
que escupía materia. Pero la nave brillante todavía estaba allí.
Iba a verla con toda claridad. Flotaba casi por encima del polo. Allá lejos, casi por
encima de la curva del mundo, giraban vastos depósitos grises. La fruta arrancada al
núcleo de metal del planeta, pensó Killeen.
Vio todo eso con apenas una ojeada, incapaz de reaccionar porque algo se le
acercaba, hinchándose cada vez más con la velocidad.
La nave era mucho mayor que el Flitter mec que flotaba como un insecto indefenso
cerca de un pájaro depredador. La nave estaba frenando hasta que por fin se detuvo. La
comparación surgió de pronto en la mente de Killeen porque había algo rápido y agresivo,
evocador, en las líneas de la nave grande. Tenía alas refulgentes, formadas por
intrincados pentágonos que se interceptaban, como si
hubieran surgido de un solo hilo trenzado y firme. La cabina frontal sobresalía como el
cuello de un animal insaciable. En la cola se distinguían los bultos de algunos ejes
renegridos. El Aspecto Ar-thur intervino con serenidad.
Los Flitters expresan la rigidez de los mecs, pero esta enorme nave está esculpida para
expresar simetrías corpóreas de algún tipo. La Aspecto Grey me indica que es una
característica de las inteligencias orgánicas, no de los mecs. Sin embargo, me doy cuenta
de que éstas no son las formas bilaterales de las construcciones humanas.
—Jocelyn! Hay algo aquí fuera. ¡Escóndete!
Muy leve, muy lejana, oyó la respuesta de ella:
«Sí. De todos modos, el Flitter ya casi se ha detenido.»
Las naves colgaban una junto a la otra en el espacio. Killeen se preguntó si ése había
sido el destino elegido para el Flitter. En ese caso, tal vez toda la rabia que había
desplegado dentro sólo había logrado liberarlo unos instantes antes, cuando el Flitter se
libró del animal que lo irritaba, arrojándolo al vacío.
Dio vueltas alrededor del Flitter, pensando que tal vez la nave grande lo perdería de
vista entre los restos que habían salido despedidos por la esclusa. Si podía seguir en
libertad durante un tiempo, tal vez descubriera qué forma de vida pilotaba la gran nave.
Sin embargo, tuvo que interrumpir sus pensamientos. Una forma salió de un agujero
oval oscuro en el costado de la nave. Se movía mucho más rápido que cualquier ser
humano. Se acercó a él por el vacío.
Killeen se alejó a toda velocidad. No tenía adonde escapar, pero no pensaba dejarse
atrapar sin más. Su vuelta lo obligó a ver el polo y el brillo dorado del aro que giraba por
debajo. Ese brillo cubría toda Nueva Bishop excepto por el pequeño cilindro abierto en un
polo.
Killeen trató de zigzaguear para evitar a la forma que se acercaba, y luego se le ocurrió
buscar refugio en el Flitter. Una mirada por encima del hombro le demostró que la cosa se
acercaba cada vez más. Cambió otra vez de dirección.
A cada vuelta, la cosa estaba un poco más cerca. Lo seguía con una facilidad casi
insultante. Ahora estaba tan cerca que Killeen distinguía partes de metal llenas de
protuberancias. Entre las secciones de cobre había una cosa dura, áspera, que parecía
doblarse y moverse con esfuerzo.
De pronto comprendió que la cosa estaba viva. Los músculos se movían en su cuerpo.
Seis piernas de cuero se doblaban por debajo y terminaban en grandes garras.
Y la cabeza…, Killeen vio ojos, más de los que pudo contar, ojos que se movían
independientemente sobre pedúnculos separados. Junto a ellos había discos rotatorios de
microondas. La cosa tenía brazos telescópicos forrados de acero brillante. Terminaban en
aparatos de manipulación con dedos que se oponían.
Era al menos veinte veces mayor que un ser humano. Una garganta inflada temblaba
bajo una piel rugosa, dura y de un gris verdoso. Tenía los cuartos traseros hinchados,
como si hubiera tubos de expulsión allí dentro. Sin embargo, estaba marcada por rayas
amarillas y marrones, como un ser vivo.
Killeen comprendió que ésa era la cosa que había estado cerca de la mente principal
de la estación. Pero aquélla era mucho más pequeña. Este ser era diferente. Era una
forma viva con algunas características de los mecs.
Eso fue todo lo que se le ocurrió antes de que las garras lo apresaran en un abrazo
rudo pero seguro.
La cosa se lo llevó cerca de los ojos. Lo estudió durante un buen rato. Killeen estaba
tan atento a los óvalos anaranjados que solamente después de un tiempo se dio cuenta
de la fuerza de la aceleración.
La cosa lo estaba arrojando hacia delante. No lo devolvía a la nave, sino que lo dirigía
al polo. Se lo pasaba de una garra a otra y lo dejaba flotar unos instantes en el espacio
antes de volver a atraparlo.
Como un gato jugando con un ratón.
Era la voz quejosa del Aspecto Arthur.
—¿Qué es un «gato»?
Un animal antiguo, reverenciado por su sabiduría. Grey me contó algo acerca de él.
La mente de Killeen giraba, vacía de terror y de rabia. Experimentaba sólo un
remordimiento distante, doloroso, por todo lo que dejaba atrás: la risa de Toby, el amor
sedoso de Shibo, la sonrisa constante de Cermo, el abrazo tibio de toda la Familia a la
que había fallado y que ahora moriría en un sacrificio absurdo en aras de algo que estaba
más allá de la experiencia humana.
Trató de apartarse de las grandes garras negras. Parecían estar en todas partes.
Un peso terrible lo aplastó. Durante un momento largo y terrible se limitó a tratar de
respirar con desesperación.
Se preguntó en abstracto cómo lo mataría esa cosa. Un abrazo demoledor, o las
piernas arrancadas, o electrocución.
Con una rabia profunda y brusca trató de patear las garras. Apoyó una rodilla en una y
empujó de lado con el brazo.
De repente se sintió libre. Parecía imposible, pero se dejó ir a alta velocidad para
alejarse de la forma larga, romboidal, de su brillo de metal y carne arrugada y
marronácea.
La cosa no lo siguió.
Killeen giró buscando dominio sobre sí mismo y no vio nada excepto un brillo duro.
Estaba cerca del aro. No, no solamente cerca, el aro lo rodeaba.
Killeen miró atrás. Por encima de su cabeza, el alienígena, que disminuía de tamaño
progresivamente, flotaba al final de un tubo brillante que se extendía, se extendía y se
estrechaba cada vez más a su alrededor.
Estaba alejándose por la garganta del conducto fabricado por el aro giratorio. Lo rodeó
un fulgor enceguecedor.
Se enderezó y disparó los cohetes. El alienígena lo había acelerado para meterlo justo
en el tubo del aro. Si podía corregir la dirección a tiempo…
Pero las paredes brillantes se acercaron a él cada vez más rápidamente.
Aplicó el máximo de fuerza para detenerse, aunque sabía que la fuerza máxima
disminuía la eficiencia de la combustión. Sus cohetes de traje eran pequeños, pensados
sólo para maniobrar en caída libre.
Iba directo hacia abajo. El alienígena le había aplicado la aceleración con tanta
exactitud que Killeen no se desviaba de lado contra las paredes del aro. Caía
directamente hacia el polo de Nueva Bishop.
A través de las paredes translúcidas y brillantes veía los bordes del planeta, tan
fantasmagóricos como un sueño perdido.
Sus cohetes tosieron, volvieron a funcionar bien durante un instante, después tosieron
de nuevo y se apagaron. Cayó en un silencio fantasmal, absoluto.
Había sido tonto pensar que esa cosa de acero y carne lo mataría de una manera
previsible. En lugar de eso, por una razón que el no alcanzaba a comprender, una razón
retorcida y enorme, le había dado esa trayectoria extraña hacia la boca de una gran
máquina de destrucción.
En cualquier momento, pensó, el tubo volverá a expeler metal líquido hacia el exterior.
Entonces él se convertiría en humo en un instante.
Activó los sensores, pero en vano. No hubo ninguna respuesta humana. Hizo una
mueca con el aliento rápido en el casco nublado por el sudor.
Las paredes brillantes se acercaron. Killeen sentía que casi iba a tocarlas, pero
mantuvo los brazos pegados a los costados. Cayó con los pies por delante, mientras el
punto amarillo que había entre sus dos botas aumentaba cada vez más.
El Aspecto Grey dijo a lo lejos:
Esto… es un trabajo maravilloso… nunca… estudié… comparable a las construcciones…
en tiempos antiguos… las de los mecs mismos…
Arthur la interrumpió:
Estamos dentro del tubo que se extiende a lo largo del eje polar. Esperemos que todo
el tubo esté vacío, que los alienígenas no estén realizando excavaciones mineras. Parece
que tenemos una trayectoria bastante exacta. El alienígena nos envió directo a lo largo
del eje de rotación de Nueva Bishop. Tal vez atravesemos el planeta.
Killeen trató de pensar.
—¿Cuánto nos llevará eso?
Déjame calcularlo un momento. Sí, tengo los datos de Nueva Bishop que me anunció
Shibo. Eso da…, estoy realizando la integral dinámica analíticamente…
Sobre el campo visual de Killeen apareció lo siguiente:
Tiempo =
El tiempo para atravesar el planeta es de 36,42 minutos. Te aconsejaría que
conectaras un reloj.
Killeen llamó a un marcador de tiempo para que se instalara en su ojo derecho, lo
colocó en cero y miró cómo cambiaban los dígitos amarillos. Nunca los había entendido y
en toda su vida no había necesitado más que una estimación muy burda de minutos, y
solamente cuando organizaba el comienzo de un ataque. Que lo leyera Arthur. El tiempo
no tenía importancia cuando el resultado era tan evidente.
2
Quath’jutt’kkal’thon se infló de orgullo.
Una aceleración poderosa la apretó contra la red áspera. Se cantó a sí misma algo
acerca de la aventura que la esperaba el primer fruto de su nuevo estatus en la Colmena.
Beq’qdahl la llamó:
<¡Mira la termorred!>
Quath podría haber golpeado el aura eléctrica de la nave, pero prefirió inclinarse hacia
delante y mirar a través de la puerta óptica. Estaban por encima de la suave curva azul
del planeta. El Círculo Cósmico todavía colgaba a lo lejos, gris y sereno. Pronto
empezaría a girar de nuevo. Más metal del núcleo para… Examinó con cuidado la
extensión negra cubierta de estrellas. ¡Ahí!
La termorred era una puntilla negra como la pizarra, difícil de distinguir. Algunos hilos
estaban casi completos, anudados en las intersecciones por nexos perlados mayores que
una montaña. La extensión total tenía forma de arco y el extremo yacía más allá del
horizonte.
Quath trató de ver con más exactitud. Las podia trabajaban sobre las inmensas
bóvedas y vigas maestras fraguando, cortando, puliendo. Muy pronto, la red estaría lista
para dominar la energía solar de la estrella y la misión de la especie de Quath podría
seguir adelante con su inercia inexorable.
Pero primero había que aclarar ciertos detalles menores. Quath y Beq’qdahl habían
viajado en ese transbordador para ocuparse de unos bichos que infestaban la antigua
estación orbital de los mecs.
Era un gran honor para Quath. Se había distinguido en la batalla contra los Nadas. La
árbitro mayor de la Colmena, la Tukar’ramin, había sido testigo de la huida cobarde de
Beq’qdahl. Así que Quath tenía ahora nuevas adiciones en su cuerpo, incluyendo dos
piernas nuevas. En los pasillos, la llamaban Quath-el-Terror y La-que-lucha.
Y ahora esto: ¡una misión para acabar con una peste en órbita! ¡Honor! ¡Oportunidad!
Una plaga muy dañina había ocupado la estación, matando a una funcionaría menor.
Las trabajadoras orbitales estaban demasiado ocupadas para atender ese problema y lo
habían delegado a las podia de menor rango, que trabajaban más abajo. Sin embargo, la
tarea era más de lo que Quath había soñado para ella, un hilo muy superior en la red
social.
<Ya he extraído el transbordador mec y lo acelero hacia nosotras>, anunció Beq’qdahl.
<Yo creo que tenemos que ir directamente a la estación.> Quath la acorralaba.
<No me extraña. Atacar sin pensar, sin saber a qué nos enfrentamos.>
<¡El valor nos sacará adelante!>
<Yo prefiero el riesgo controlado.> A Beq’qdahl todavía le molestaba el recuerdo del
vergonzoso encuentro con los Nadas.
Quath dijo con astucia:
<Los informes de nuestros esclavos mecs afirman que en la estación sólo hay un grupo
de Nadas. Seguramente no necesitamos tanta prudencia para pisotear a unos simples…>
<Yo voy a decidir lo que es necesario.>
Quath comprendió las intenciones de Beq’qdahl. Quería recuperar su fama. Un ataque
rápido tal vez le restablecería su buen nombre. Tal vez la Tukar’ramin había permitido que
fueran las dos solas en esa misión precisamente por eso.
Quath se sintió furiosa. Había pensado que ella era la honrada. Ahora veía que tal vez
la Tukar’ramin estaba cuidando la estatura de Beq’qdahl en la sociedad y que la enviaba a
ella como guardia, para salvarla. Si Beq’qdahl echaba a perder las cosas, Quath, Laasesina-
de-Nadas, lo solucionaría todo.
<Basta con decir que prefiero un plan mesurado y seguro>, dijo Beq’qdahl.
Quath dudó. Después de todo, la acción en órbita era un privilegio. Hizo titilar los pelos
de los ojos para demostrar que estaba de acuerdo.
<¿Qué vamos a hacer?>
<Nos encontraremos con la nave mec. Hice que saliera de la estación y se acercara a
nosotros para inspeccionarla. Algunas señales internas indican que contiene algunos
Nadas. Tomaremos las medidas oportunas.>
<¡Ah!> La Tukar’ramin daba mucho valor a la lucha contra los Nadas desde que habían
destruido las estaciones de flujo magnético. Tal vez la muerte de Nimfur’thon era
consecuencia del vandalismo de los Nadas, que la había hecho desviarse hacia el Sifón.
Quath se alegraba de tener la posibilidad de matar a más de esos enemigos enanos.
Rodearon la gran pelota del planeta. Por debajo de las dos titilaba el Círculo Cósmico
sobre el lejano horizonte y ya empezaba a girar de nuevo con gracia tranquila. Brillaba en
toda su extensión, mientras convertía una pequeña fracción de la masa del núcleo en auto
energía.
Quath lo observaba con respeto. Veía que intersectarían al transbordador cerca del
polo, donde podían presenciar la actividad del Círculo Cósmico.
Esperaba estar cerca, sentir el poder cíclico que desprendía. Entre las podias circulaba
una leyenda que afirmaba que el Círculo, la mayor herramienta y arma de la especie,
irradiaba un aura mágica. Las podia que se aventuraban cerca conseguían una larga vida.
Quath pensaba que era una leyenda estúpida, pero no estaba segura del todo. ¿Por
qué no probarla? Después de todo, ella era una Filósofa.
Su conversión a una seguridad interior acerca de su propia inmortalidad, eso que había
aparecido en ella como una iluminación después de la batalla, tenía un eco en toda su
vida. Ya no cuestionaba la razón última y la corrección del papel central de las podia y de
su lugar en el esquema de la galaxia. La calma segura de su conversión era una alegría
permanente.
Sin embargo, cuando le había contado eso a la Tukar’ramin, la gran entidad ni siquiera
se había conmovido.
Quath atisbaba con atención por la puerta óptica para ver cómo se acercaba el
transbordador. Se había puesto tensa de excitación. En ese momento, Beq’qdahl ordenó:
<Puedes inspeccionar a los Nadas. Los estoy liberando ahora. Mientras tanto
prepararé las armas de asalto.>
Quath crujió y raspó al pasar a través de la esclusa. Estaba cargada de reservas y
condensadores. Su cuerpo ardía con el deseo de vencer.
Se lanzó a través de la esclusa hacia el abrazo fresco del vacío. Ondas de placer le
atravesaron la piel dura, la piel original y orgánica con la que había nacido. Había
pensado en cubrirla con una armadura o algún otro aparato útil, pero el encanto de la piel
verdadera era preferible a la utilidad que pudiera darle la cobertura. Deseaba su ser
original, el primero. Borrar toda dependencia de la carne hubiera significado una ruptura
demasiado brusca con el pasado. Era demasiado pronto. Ya habría tiempo para eso
después, cuando hubiera llegado a los hilos más altos de la vida. Sólo las Iluminadas,
según se decía, eran aumento puro. Esos seres enormes y sabios habían alcanzado la
última síntesis de la carne y el mecanismo.
El transbordador se había acercado mucho. Quath vio inmediatamente que una nube
de basura flotaba tranquila alejándose de la pequeña esclusa de la nave. En medio de
esa materia que giraba sin sentido había un Nada plateado.
Se acercó volando a él. Sí, era el mismo tipo de bípedo aburrido que había asesinado
en el campo de batalla. El acabado brillante de la piel hablaba de una alta tecnología, una
textura aislante. Tal vez el Nada había robado ese material de los almacenes de las podia
en la estación orbital. Esa sospecha enfureció a Quath. Se apresuró a interceptar el paso
lentísimo y despreciable del Nada.
Lo atrapó con facilidad. La lucha del animal era lamentable, cómicamente débil.
<¿Qué forma tiene?>, preguntó Beq’qdahl.
<Tú escapaste de seres con esa forma, ¿recuerdas?>
<No me ofendas, te lo advierto. ¡Informa!>
<Es evidente la tecnología mec de bajo nivel, aunque el traje parece de alto nivel.
Mueve los miembros como si se desplazara con dos de ellos y manipulara con los otros
dos. No se aprecian aumentos corporales. Probablemente es una forma animal muy
primitiva.>
<Deben de ser bien fáciles de erradicar.>
<Sí. ¿Le saco el traje, para ver el interior con detalle?>
<No me gusta ver la forma primitiva y asquerosa de los animales, Quath.> Beq’qdahl
aspiró con fuerza. <Está por debajo de mi dignidad.>
<Ah, lo lamento.> Quath suprimió una expresión de risa intensa. Las palabras de
Beq’qdahl la divertían muchísimo.
<Basta. Se ha acabado la inspección.>
<¿No podemos ver el Sifón, Beq’qdahl? Está brillando muy
cerca.>
<No veo el propósito…>
Quath sintió que una idea rondaba una de sus submentes.
<¡Espera! Este Nada ya nos ha causado problemas, ¿verdad?>
La voz de Beq’qdahl traicionó su interés.
<¿Y qué?>
<Noble Beq’qdahl, tengo una idea para un juego muy divertido…>
3
Killeen caía. Le había llevado años acostumbrarse a la sensación de la caída libre y
eso había sido fuera del Argo, en la enormidad silenciosa del espacio abierto. Despacio,
había convencido a sus reflejos de que en cierto modo estaba volando, aéreo y flotante,
lejos de las crueles leyes de la gravedad. Pero ahora se lanzaba hacia abajo entre
paredes coloreadas y brillantes que pasaban por su lado a una velocidad alarmante.
Sentía que el horizonte plateado de Nueva Bishop se acercaba cada vez más a medida
que el planeta se achataba hasta parecer una llanura. Crecieron montañas arrugadas, los
detalles se precisaban a cada instante. Veía crecer el planeta a través de la sábana
fantasmal del aro cósmico.
La región polar aún tenía unos pocos trazos blancos, nieve de lo que alguna vez había
sido un casquete de hielo. La tierra tenía un aspecto desnudo y desierto, como si hubiera
aparecido hacía muy poco en la superficie. Se extendía llenando la mitad del cielo más
allá de las paredes brillantes y translúcidas del tubo. Era tierra violada y recorrida por ríos
nuevos que se volcaban sobre abismos escarpados. Veía caminos primitivos trazados por
los arroyos, huellas anchas de avalanchas de lodo. El suelo se acercó cada vez más, una
mano vasta que lo golpearía con fuerza. Él se encogió, un movimiento instintivo. Caía
hacia una gran cadena montañosa…
… se preparó para el impacto… y no sintió nada.
Instantáneamente pasó volando a un mundo dorado, solo.
Las paredes brillantes le proporcionaban algo de luz, pero no veía nada al otro lado.
Más abajo, entre las botas, estaba el punto amarillo. La voz de Arthur llegó a su
conciencia.
He estado hablando con Grey. Por desgracia ella no sabe mucho más que yo, pero
intentaremos adivinar algo con la ayuda de nuestros conocimientos. Este tubo está vacío,
libre incluso de aire. Ahora estamos dentro del planeta. Estimo que nuestra velocidad es
de 934 metros por segundo.
Formas de todos los colores se acercaban volando a toda velocidad y hacían señales
luminosas en las paredes, sin ruido.
—¿Adonde vamos?
Si los ciborgs alienígenas construyeron este aparato para llegar al núcleo del planeta
con la precisión que yo espero de ellos, predigo que pasaremos por el centro y saldremos
por el otro lado.
—¿Qué es un ciborg? —preguntó Killeen, para concretar las ideas. El Aspecto Grey le
contestó con voz leve:
Una ser que es mitad orgánico… mitad máquina… No puedo asegurar… proporciones
exactas… con una observación tan… breve… las fuentes históricas… hablan de una raza
así… en los primeros días… los Tiempos de Gloria…
—¡Ya basta! ¿Cómo salimos?
Arthur replicó con severidad:
No podemos. Al poner la cuerda cósmica tan cerca del eje planetario, los ciborgs se
aseguraron de que no hubiera ningún giro a lo largo del tubo. La materia que viene del
núcleo, o baja hacia fuera, no se mueve con lentitud y por lo tanto no golpea las paredes.
Además, de acuerdo a esa opción, no hay ninguna fuerza de Coriolis que pueda
desviarnos.
Killeen no comprendía la jerga, pero entendía que eran malas noticias. A pesar de las
paredes brillantes, alrededor de él, la noche se hacía cada vez más profunda.
Luchó contra el pánico. Parte de su miedo procedía del simple hecho de que estaba
cayendo cada vez más rápido, y el terror animal más primitivo amenazaba con dominarlo
por completo. Se debatía contra ese miedo que lo consumía como un animal que golpea
una ola oscura que se eleva cada vez más. Se quedó sin aliento, parecía como si los
pulmones le estallaran por dentro.
A su lado pasaron formas llenas de granos, borrosas, como relámpagos. Eran rasgos
de la roca, iluminados por la barrera leve del aro que giraba.
El brillo amarillento que había debajo se había convertido en un disco brillante. Killeen
sentía en sus sensores un ruido bajo que le temblaba en los huesos, el murmullo de la
rotación de los campos magnéticos.
—Tal vez pueda llegar a las paredes. ¿Hay alguna forma de frenar?
Killeen sintió la risa aguda y despectiva de Arthur. Apareció un círculo en su ojo
izquierdo. Se transformó en una esfera: el planeta, con una línea roja a lo largo del eje de
revolución. Un puntito azul se movía hacia el interior cerca del tope del eje, justo por
debajo de la superficie.
PROBABLE FALTA DE PAGINAS
íirritantes por escapar. Los sensores cerámicos de Quath lo veían como un remolino
ardiente de infrarrojos bien guardado en sus entrañas.
Pero ese pequeño ser no era lo único que irritaba a Quath. Sabía lo que encontraría allí
delante y se retrasaba, rebuscando en sus cilias como si se estuviera arreglando. Algunos
animalitos se acercaron a ella, y Quath dejó que le inspeccionaran el caparazón.
Atrapaban microparásitos, que eran los inconvenientes inevitables de esos mundos
extraños, pestes que ya habían aprendido a alimentarse de las mangas que perdían y los
escudos porosos de las podia.
Enseguida, demasiado pronto, se abrió ante ella la gran caverna brillante de la
Tukar’ramin. La boca húmeda de la cueva parecía engullir todas las certidumbres de la
vida de Quath.
*Misión bien cumplida*, la saludó la Tukar’ramin desde las altas redes resbaladizas.
Quath se sintió satisfecha con este cumplido, hasta que descubrió que Beq’qdahl había
entrado al mismo tiempo que ella desde otro de los innumerables túneles que conducían
al hogar de la Tukar’ramin. Beq’qdahl bailó una danza artificial con sus muchos podios,
aceptando las palabras de la Tukar’ramin como si se las hubieran dirigido exclusivamente
a ella.
<Hicimos sólo lo que tu sabiduría nos indicó>, dijo Quath. Usaba la primera persona
plural por formalidad. Después, para irritar a Beq’qdahl, cambió a la primera persona
singular. <Y yo capturé a uno de los Nadas que infestaban la estación.>
*¿Qué clase de Nada es éste?*
<Una cosa de piel suave y dos piernas. Hábil para su tamaño.>
*Sin duda, porque tomaron la estación y a los mecs que la habitaban. Creía que
teníamos el control completo allá arriba. Sin embargo, esos Nadas la tomaron con una
facilidad humillante.*
No cabía duda, por las inflexiones hormonales de pasado imperativo, que Quath y
Beq’qdahl estaban entre las humilladas.
Quath suprimió un impulso de doblar los podios en un gesto de disculpa total y ruego.
En lugar de eso, transmitió con rapidez varias imágenes y detalles sensoriales de la cosa.
Las había tomado después de sacarle el traje y las armas, en la nave.
<Observa, por favor, desde tu sabia perspectiva>, pidió Quath con reverencia. <Esta
cosa ofrece señales evidentes de evolución reciente. Quiero hacer notar el cabello, sólo
encima de la cabeza y en los genitales. El primero para protegerlo de la luz solar,
supongo. El segundo tal vez sea una forma primitiva de poner un elemento atractivo en el
área que él más desea que otros reverencien…>
*Algo por el estilo, sin duda. La ausencia de pelo sugiere una vida sensorial aguda, ya
que sirve para exponer la superficie de los nervios a los impulsos con mayor eficiencia.*
<¡Criaturas sucias!>, susurró Beq’qdahl con furia.
<Pero eficientes.> Quath aprovechó la oportunidad para parecer más astuta. <Creo
que llevaron al transbordador cerca del Sifón para estudiarlo.>
<¡Por favor!>, se burló Beq’qdahl. <Yo hice que el transbordador dejara la estación en
cuanto los sistemas demostraron que había Nadas. Para conseguir una muestra.>
*No podemos descuidarnos*, dijo la Tukar’ramin con lentitud. *Ese Nada puede tener
una inteligencia y una habilidad superiores a las que aparenta su torpeza.*
<Estoy de acuerdo>, se atrevió a decir Quath mientras dejaba escapar un perfume de
confianza, teñido de filigranas colgantes y rayadas de preocupación adulta. Estaba a
punto de agregar que había guardado al Nada para seguirlo estudiando, cuando la
Tukar’ramin continuó su discurso en un tono pensativo, sin prestar atención a las palabras
de Quath.
*Entonces, es bueno que hayáis terminado con ellos. Son muy hábiles y eso es muy
extraño. Incluso uno solo podría causarnos problemas.*
Quath y Beq’qdahl guardaron silencio. Quath luchaba para encontrar una forma de
aceptar eso sin divulgar la verdad, así que le alegró que Beq’qdahl dijera:
<Se dispersaron frente a nosotras como granos de polvo. Los perseguimos hasta la
atmósfera superior, donde se quemaron.>
La ferocidad de esa declaración no lograba disimular el tono escondido y dulce de duda
que dejaban escapar las glándulas rebeldes de Beq’qdahl.
*¿Por los fuegos de entrada quieres decir?*
<La mayoría, sí. No pude contarlos.>
Quath se enfureció al oír la primera persona de Beq’qdahl. Las dos habían buscado a
los Nadas. Se sintió mejor, sin embargo, cuando la Tukar’ramin dijo con fuerza:
*Deberíais haberlos matado a todos.*
Beq’qdahl se ahogaba de mortificación y dejó escapar un pedo de miedo, maloliente y
anaranjado. Logró balbucir: <Yo, es decir, nosotras…>
*Tú eras la superior, Beq’qdahl. ¿Me puedes asegurar que los Nadas, que tal vez
tengan el poder de viajar entre las estrellas, están vencidos?*
<Eso es absolutamente imposible, salvadora de mi vida.> Esa era una salida
diplomática, mezclada con una niebla piadosa de aceite de humillación, pensó Quath.
Pero no ayudó a Beq’qdahl.
*Entonces, termina la tarea.*
<Claro. ¿Es nuestra tarea o mía solamente?>
*Tú eres la que posee más experiencia. Las dos camináis sobre seis patas. Quath
parece estar mejorando en sus habilidades. Supongo que puedes contar con su ayuda.
Ella se las arregló bien, tal vez mejor que tú.*
Brillos amarillooscuros de rabia y ansiedad apenas dominadas subieron y bajaron por
el tórax de Beq’qdahl, pero la voz se mantuvo formal y áspera. Con satisfacción, Quath vio
un tono de envidia verdeazulada que se traicionaba en los pelos lechosos de la trompa de
Beq’qdahl.
<Supongo que puedo continuar con mis fructíferas exploraciones mineras mientras
resolvemos esos problemas menores>, apuntó Beq’qdahl.
*¿Qué? ¿Qué?*
Al instante Quath se dio cuenta de que Beq’qdahl había dado un paso en falso. Las
ondas de una emoción desconocida bajaron desde el cuerpo de la Tukar’ramin.
*¡Persigue a los Nadas! Deja lo de la minería. He recibido indicios de que las
Iluminadas mismas prestan atención a estos hechos.*
La mención de esas augustas entidades paralizó el aire frío de la gran caverna de roca.
*Beq’qdahl, no busques aumentarte por vanidad cuando hay una misión vital en juego.*
<Te aseguro, reverenciada, que no…>
*Puedes empezar con una tarea que conlleva un poco de riesgo, ya que fueron tus
errores los que precipitaron este problema. Mira…*
Quath recibió una imagen de la estación. Junto a ella, asegurada con firmeza por cabos
rayados, estaba la nave de los Nadas.
<Podemos…>, empezó a decir Beq’qdahl.
Coros de preocupación angustiada sonaron a través de los espacios de la imagen,
arrastrando a Quath hacia las emociones de la Tukar’ramin.
*Esta pequeña nave es su base. Vosotras la ignorasteis. Es posible que todavía haya
algunos dentro. La tarea es limpiarla. Inspeccionar, analizar. Encontrar las mentes
principales. Abrirlas y examinarlas.*
Asustada por ese torrente de órdenes severas y olores ácidos que hendían el aire,
Beq’qdahl trató de protestar:
<Yo…, bueno, nosotras, no tenemos la habilidad necesaria para…>
*¡Ya! ¡Ahora mismo!*
La rabia súbita y verde de la Tukar’ramin asustó a Quath. Por fortuna, Beq’qdahl era la
que soportaba lo peor, un chorro amarilloblancuzco que abrasó los sistemas sensoriales
de Quath. Beq’qdahl, en medio de la corriente, retrocedió con las piernas temblorosas.
La Tukar’ramin no les dio permiso para partir; en realidad, no les prestó más atención
que a dos animalitos inferiores que se escurrieran entre sus pies. Las dos se alejaron con
lentitud mientras el gran bulto de la entidad superior se elevaba hacia la oscuridad, entre
hilos húmedos y brillantes.
Quath sintió el temblor y el miedo de Beq’qdahl mientras las dos se alejaban. En un
canal inferior, Beq’qdahl envió sus pensamientos preliminares referentes a logística,
esquemas de búsqueda, armas… los había reunidos con una rapidez impresionante, si se
tenía en cuenta el golpe que había recibido.
Los pensamientos de Quath se sumergieron en un malestar creciente. Se alejó de
Beq’qdahl y corrió por un estrecho eje lateral. Se dejó caer en el aire callado y fresco
hasta las profundidades de la madriguera. De alguna forma, su terror a las alturas no
guardaba relación con esa zambullida. Las alturas abiertas, o peor aún, el vuelo,
aterrorizaban a su especie. Beq’qdahl había dominado ese rasgo, otra razón para
despreciarla.
Luego, sus frenos magnéticos hicieron contacto. Una nube de comida le hirió los ojos, y
sin embargo, era como si se moviera en un sueño.
No registraba nada, consumida por la mentira que ocultaba en su interior. La
Tukar’ramin, Beq’qdahl y todas las podia creían que había matado al Nada después de
sacar las muestras. Esperaban pedazos de piel y fragmentos de cerebro para entender
mejor a ese bicho desconocido.
Pero el Nada arañaba las secciones interiores de acero del cuerpo de Quath. Se daba
golpes, saltaba y emitía olores desagradables. Tal vez incluso había dejado sus
excrementos. ¡Qué riesgo innecesario! Y todo por un Nada.
Los brazos de Quath empezaron a abrir el compartimento interno para sacar al Nada,
pero de pronto, acosada por una duda, se detuvo.
Aquella cosita insignificante era el mismo tipo de Nada que ella había matado con tanto
valor en defensa de Beq’qdahl. Unos momentos después de su victoria, había estudiado
el cadáver de uno de ellos y eso le había ayudado a superar el miedo a la muerte
Así que sentía un extraño vínculo con esa criatura. Al principio mientras bajaba desde
la órbita, se había dicho que mantenía vivo al Nada porque era una forma de asegurarse
de que sus muestras estarían frescas. Pero una vez en la madriguera humeante y
atestada de podia, había empezado a recibir pensamientos vagos, extrañas cintas de
sensación, visiones tangenciales de su mundo.
Era el Nada. A esa distancia tan exigua, tan íntima, su examen se había prendido del
sistema sensorial sorprendentemente complejo del Nada, que a Quath le parecía una
espiral esférica formada por hilos de colores brillantes que se retorcían como serpientes
lánguidas.
Por más que lo deseaba, no lograba penetrar en ese nudo. Su mente sintió una bolsa
pequeña y aceitosa de impulsos exóticos. No podía matarlo. Todavía no.
La cosa que tenía en su interior se entrelazó con su propia aura eléctrica y emitió
imágenes y sabores indefinibles que la llevaban por un laberinto de pasillos sin aire,
iluminados por nieblas esparcidas y humeantes, salpicados de silencios reflexivos y
aceleraciones súbitas a lo largo de declives invisibles. Esa pequeña criatura vivía en un
universo inclinado anegado de corrientes, hormonas y olores.
Algo en ese mundo sesgado llamó la atención de Quath. Sintió que florecían en ella
bordes vertiginosos de obstrucciones comprimidas, duros como el hueso. Sus
certidumbres, pálidas y frágiles, se quebraron. El terreno ya resbaladizo del paisaje
oblicuo de su interior se retorció y se inclinó aún más.
Pero no tenía alternativa, pensó. Debía hacerlo. La Tukar’ramin la desterraría para
siempre si lo averiguaba, la condenaría a una vida de hambre y recolección desesperada
en las tierras desoladas, al otro lado de las paredes de la Colmena.
Peor, ya no podía limitarse a soltarlo, era tarde para eso. Tenía que matarlo.
Esconderlo. Hacer una pasta con el cuerpo, introducirlo en las paredes porosas donde
nunca lo encontrarían, ni lo reconocerían, ni lo entenderían.
¿Podría hacerlo? Quath se detuvo al borde de su decisión, como ante un abismo.
7
Killeen apenas podía respirar.
Nadaba en un líquido empalagoso, pero cuando abría la boca para respirar, se le
llenaba de la materia dulzona, y con restos de ácido que lo rodeaba y lo hacía flotar, y
convertía cada uno de sus movimientos en un gesto impotente y lento.
Como en un sueño, se sacudía, nadaba. Golpeaba con rabia contra el aire pesado que
le atrapaba los puños en una suavidad resistente y parecida a una telaraña, una suavidad
que restaba eficacia a todos sus movimientos.
Como un bebé en el útero. Indefenso, con miedo al nacimiento.
Su piel era una membrana lívida y estirada. La quemadura que había sufrido le dolía el
doble. Una sábana ardiente, irritante, le cubría el cuerpo, un hervor lívido. Se pasó las
manos entumecidas sobre el pecho y los muslos, y cada roce conllevaba un ardor furioso
e hiriente que le incrustaba pequeñas tormentas de calor en el cuerpo.
Algo le rascaba la mente. Una picazón desgarradora que se deslizaba hacia el interior.
Un estremecimiento esporádico en la columna.
Dolor líquido y frío. Se endureció ante esa invasión brutal y súbita.
Una presencia tentativa, telescópica, se deslizó en las sombras malolientes.
Lo lamieron pequeñas brisas tibias que le tocaban los cabellos.
Algo enorme y deliberado lo rodeó. Se movía en mareas de luz, afiligranadas por
sombras danzantes que temblaban como pájaros pequeños y enloquecidos contra los
cristales de su mente.
De pronto, ya no estaba en el aire denso, espeso. Frente a él se alzaba un aura
brillante. Rojo y rosado luchaban y rascaban. Pasaban burbujas cambiantes, eclipsándose
unas a otras como planetas perezosos. Sus sombras jugaban entre arcos azules.
Killeen se esforzó por ver, o le pareció que lo hacía. Sus brazos y piernas todavía
nadaban en el líquido paciente y burbujeante que impedía cualquier movimiento, pero él
olía un viento acre. Oía crujidos y rupturas violentas. Paladeaba el sabor de la sangre y
una pasta fría, hiriente. Entreveía un túnel neblinoso que se proyectaba hacia delante en
un esplendor rojizo, ardiente.
Comprendió que el ciborg había entrado en su sistema sensorial. Estaba
investigándolo; sintió una exploración dura, helada. Una luz astringente osciló entre
paredes arrugadas cerca de él. En alguna parte sonaba una música resbaladiza, apenas
audible.
Él había conseguido un acceso simétrico a ese mundo envuelto. Algo adornado con
protuberancias de formas elegantes pasó volando a su lado. Sin un punto de referencia,
no sabía si el movimiento era rápido o lento, pero un tirón en el estómago le habló de una
aceleración violenta, de curvas muy cerradas, de laderas abruptas con inclinaciones
aparentemente imposibles.
Llovían fragmentos de una sustancia amarronada y pegajosa. Eran esferas lánguidas,
oscilantes, que flotaban sobre un viento cálido, orondas y voluptuosas. Killeen se dio
cuenta de que un eco lejano del hambre del ciborg se había colado en él, haciéndole
salivar. Una gota sabrosa se aferró a la pared y saltó, blanda, jugosa y tentadora.
El ciborg se la comió. Un tirón crujiente lo atravesó, no en la boca, sino en el pecho,
arriba, golpeándolo con fuerza en el pene, retorciéndole el ano en un reflejo exquisito,
ingobernable. Killeen sintió que algo se lanzaba en él como en una zambullida,
tropezando.
El ciborg aceleró. Killeen sintió que se apresuraba con un desvío violento y rotatorio
hacia un cilindro blanco y anaranjado de punta roma. No disminuyó la velocidad y Killeen
instintivamente se apuntaló para evitar el choque, que no llegó a ocurrir.
En lugar de eso, el cilindro se tragó a los dos. Lo que parecía una punta era una
abertura. Mientras se deslizaban por tubos hexagonales, apoyándose en las caras
laterales con la facilidad de la fuerza centrífuga, Killeen empezó a recibir una sensación
de lo que había fuera.
Arthur dijo:
Tus ojos vieron el cilindro gracias a las sombras. Grey me dice que el ojo humano ha
evolucionado para ver la luz desde el cielo, recuerda, e interpreta las sombras desde ese
ángulo. Aquí el brillo viene desde el suelo, y más débilmente, desde las paredes. Las
sombras están invertidas y significan lo contrario de lo que tú interpretas de forma
automática.
—¿Puedes cambiarlo?
No. Esas nociones están profundamente enterradas en tu cerebro. El ciborg ve por
infrarrojos, supongo. En un planeta que está siempre cubierto por nubes, el suelo muchas
veces está más cálido que el cielo, y por lo tanto resulta más luminoso en el infrarrojo.
Ese aspecto de la evolución explicaría la razón por la que estos túneles están iluminados
desde abajo. Como recibimos los datos de la mente de este ciborg en bruto, los
procesamos a nuestra manera y conseguimos el resultado opuesto. Para ver como él,
tendríamos que invertir tus esquemas de percepción por completo.
—Oye, ¿cómo puedo salir de aquí?
Piensa…, esa habilidad significa que probablemente la especie original, que ahora es
ciborg por decisión propia, vivía bajo tierra. No hay duda de que se alimentaban en la
superficie, pero la visión infrarroja les permitiría ver desde las paredes calientes de su
madriguera. Una vez que estuvieran ocupados, el calor de su propio cuerpo les daría una
radiación leve. Esos nichos ecológicos siempre destacan las habilidades constructoras y
relacionadas con los espacios tridimensionales. Tal vez eso explica por qué construyen
enormes edificios en órbita.
—¿Vacían el planeta para construir hormigueros?
Tal vez. La evolución es destino, siempre lo creí así. Pero hay más implicaciones.
—¿Algo que podamos usar? —Killeen ya había oído suficientes explicaciones inútiles.
Mi primera conclusión es que estamos bajo tierra, sin duda. Si dejamos este lugar,
tendremos que avanzar a ciegas por un laberinto de túneles. A mi entender, sería una
estupidez escapar ahora.
Killeen gruñó con amargura. Te aconsejo precaución.
—No veo que mis decisiones tengan alguna importancia.
Hasta que averigüemos por qué el ciborg te trajo aquí, deberíamos ser flexibles.
Killeen trató de distanciarse de las sensaciones que dominaban su cuerpo, intentó
pensar. Se preguntó con desesperación qué le habría sucedido a la Familia. Había tenido
una vaga impresión de otra nave que se movía en el cielo en el momento en que lo
transportaban los ciborgs. Su comunicador había zumbado dos veces con voces
humanas, leves e ininteligibles.
¿Había sobrevivido alguien? Una cosa era que un capitán muriera en un encuentro
casual con un mec o con un ser como ese conjunto de vida y mecanismos, y otra muy
distinta verse separado de todos, estar vivo cuando todos los que uno amaba y honraba
ya habían muerto, asesinados por la incompetencia del que los guiaba.
Se obligó a pensar en distintas posibilidades. Tal vez los ciborgs no se habían
molestado en sacar a Jocelyn del Flitter. Pero a menos que ella llegara a la superficie,
automáticamente Cermo ocuparía el cargo de capitán. Y Cermo no era rápido en
aprender cosas nuevas durante una crisis. Lo intentaría, claro, pero Shibo tendría que
asumir gran parte de las decisiones importantes. Ella y Cermo podían mantener a la
Familia en suelo extraño.
Si es que todavía estaban vivos.
CUARTA PARTE – LOS HOMBRES COMO ÉL SON PELIGROSOS
1
La bolsa se contrajo, se dividió y lo escupió.
Killeen jadeaba para recuperar el aliento, como si hubiera estado sin respirar durante
todo el encierro: ¿días?, ¿semanas? La emulsión liviana como una pluma que lo había
contenido había conseguido proporcionarle aire y alimento a través de los pulmones,
porque no tenía hambre.
Se arrodilló y levantó la vista. Esperaba ver los túneles de la madriguera del ciborg. En
lugar de eso, una brisa fresca y poderosa le trajo los olores de la tierra fragante y las
colinas polvorientas. Se le aclararon los ojos. Los esquemas borrosos de su visión se
estabilizaron de pronto hasta convertirse en imágenes definidas. El mundo pareció
expandirse y acercarse a su alrededor.
Estaba en un campo de piedras destruidas, de pie, tambaleándose. Le dolían los
tobillos por los golpes que se había dado contra la pantalla de presiones magnéticas de la
cuerda cósmica.
El ciborg estaba a su lado, alto, inmenso, como una incrustación natural increíble. Sus
brazos de dos articulaciones alisaban una espuma de curación rápida.
Es inútil correr, pensó Killeen. Se sacudió para secarse, aunque la humedad que sentía
parecía estar por debajo de su piel y no por encima; mientras tanto, el ciborg crujía,
murmuraba y lo examinaba. Estaban solos en aquel inmenso paisaje. A lo lejos, Killeen
distinguía lo que parecía ser una colina deforme, pero comprendió enseguida que era la
entrada a alguna estructura mec. Había cráteres a su alrededor. Tenía el aspecto vacío,
vencido, de un cráneo abandonado.
Sintió que le temblaba el cuerpo como si le extrajeran con brutalidad alambres fríos y
muy profundos, y le dejaran los brazos y las piernas convertidos en gelatina de músculos.
Se tambaleó.
Percibió una cascada de imágenes en la mente: silenciosas, meditativas, bordadas.
Secciones del Argo. Una imagen sorprendente de algo grande, blanco y pegajoso, atado
a hilos descendentes, pálidos, blandos como plumas.
Después, como un bofetada rápida en la cara con una mano invisible, el ciborg lo soltó.
La mente de Killeen perdió esa niebla plomiza, inquisitiva, constante. Sintió que un viento
desagradable le agitaba el cabello.
El bulto inmenso del ciborg se alejó. Tenía una cola larga, semejante a la de una
lagartija, que terminaba en una antena, como el bulbo de una flor de cuero.
Se alejó caminando, como si nada. Se movía a una velocidad sorprendente. Sus
innumerables patas crujían y murmuraban.
Killeen también se fue, cojeando, dolorido y cansado a través de aquella tierra yerma.
La luz del sol, que caía tangencial sobre la tierra, traía un brillo de aurora a una línea
lejana de colinas quemadas.
Killeen se detuvo y se inclinó para sacudir la cabeza. Un material lechoso le fluyó por el
oído. Ahora le llegaban mejor los sonidos del mundo. Una sustancia limosa se le
deslizaba por el traje, lentamente.
El olor intenso pero dulce de los espacios interiores del ciborg seguía rodeándolo por
todas partes. Empezó a trotar. Muy pronto, su sudor cubrió el olor del alienígena.
Avanzó durante horas por un valle desolado. La cuerda cósmica colgaba justo sobre el
horizonte: la curva se veía opaca y rojiza como un corte a través del brillo de una nube
molecular rayada. Killeen recordaba las percepciones que había recibido del ciborg
(¿accidentalmente tal vez?), algo referente a una detención temporal para permitir que la
construcción se pusiera al día con el suministro permanente de hierro níquel. Los dedos
magnéticos mantenían el aro quieto como un corte ardiente en el cielo.
Sin ese brillo dorado y refulgente, la lenta llegada del ocaso permitía que los
alrededores de la Estrella de Abraham le mostraran su vida incierta. Leves fulgores
sacudían las orillas brillantes que colgaban más allá de aquel sistema solar tan pequeño y
restringido. Contra el azul cada vez más profundo se destacaban de nuevo los estallidos
rápidos de amarillo azafranado. Un rosado vibrante descargaba energías dentro de un
manto de polvo opaco y marrón. Se formaban filamentos escarlata como hilos de una tela
de araña y luego morían para formarse de nuevo, como si el sol poniente atrapara perlas
de sangre y las hiciera brillar con una belleza satánica.
Killeen se preguntó si las efervescencias momentáneas que conmovían las negras
entrañas del polvo eran obra de los mecs o tormentas naturales provocadas por el
remolino constante de materia en el Centro Galáctico. ¿O tal vez alguna especie
trabajaba allí con herramientas tan inimaginables como la cuerda cósmica?
Avanzaba con cuidado, ocultándose en los recovecos que le ofrecía el entorno. Había
mucho sitio para esconderse entre las rocas caídas y los bosquecillos súbitos. El ciborg le
había devuelto su equipo, incluso el rifle corto. Tenía una carga entera de combustible. Su
Aspecto Arthur comentó al pasar:
En realidad, este combustible es más eficaz. La lectura de tu traje indica que hay más
de cien kilojulios en cada gramo de combustible. Mucho más de lo que lograba la
tecnología de Nieveclara. El ciborg nos ha dejado bien provistos.
Killeen se movía con cuidado, ignorando los ruegos de sus Aspectos. En aquel extraño
mundo confiaba más en los instintos de su juventud. Sus sentidos desarrollados para la
caza todavía recordaban las sutiles gracias de Nieveclara. Aquí, todos los detalles eran
levemente distintos. Killeen buscaba trampas en cada quebrada, venteaba la brisa para
captar olor a aceite. Eran reacciones automáticas. Una montaña distante en forma de
cono expulsaba al aire una larga pluma de carbón con matiz ácido.
Aquella tierra necesitaba un descanso. Alrededor de Killeen habían caído miles de
acantilados orgullosos. Capas de roca esparcidas como mazos de cartas se habían
derrumbado hacia los costados, como abandonadas por la mano de un gigante aburrido.
El polvo cubría cada rincón, cada capa, y sobre el horizonte se arrastraban nubes de
suciedad, enormes, lentas, perezosas.
Sin embargo, aquí y allá aparecían arroyitos cantores que saltaban al aire, fuentes
frívolas entre estratos de roca revueltos y antiguos. Killeen se detuvo junto a una y dejó
que el agua le mojara las manos. Tomó un poco entre los dedos y se lo llevó a la cara.
Experimentó un eco distante, casi olvidado, de aguas que había bebido en Nieveclara
hacía ya tanto tiempo.
El calor interno liberado por la caída de los materiales hacia el interior asciende a la
superficie desde el núcleo. Sospecho que éstos son depósitos muy profundos de hielo
que se funden y dejan escapar el agua.
—Aja.
Killeen no estaba de humor para una charla técnica con Arthur. Todavía menos para la
voz chiflona de Ling. Necesitaba huir de las zonas cerradas, solemnes de su mente; el
ciborg había dejado un olor húmedo, enrarecido.
Además, ya era hora de dar salida a la tensión que había acumulado durante tantas
horas, mientras el ciborg lo investigaba. Durante todo ese tiempo había recorrido su
mente de arriba a abajo, con la consciencia en el fondo, una capa dura que las mentes
inferiores no podían penetrar. Ahora, dejó que su yo interior emergiera y se relajara, que
dirigiera lentamente esa experiencia dolorosa y la aceptara. El simple hecho de estar vivo,
de haber sobrevivido, era un milagro continuo. Se entregó a él. Desde las batallas
primitivas en Nieveclara conocía bien la sensación y la disfrutaba. Dolor, pena, miedo,
rabia… todo eso tenía que florecer y marchitarse, encontrar su lugar.
Absorto, liberó a sus Aspectos: Ling, Grey, Arthur, incluso los otros menores como Bud,
y les permitió jugar alegremente en la zona cerrada pero no permitió que sus vocecitas lo
distrajeran. Los Rostros y Aspectos jugaron y corrieron, aspirando el aire frío de Nueva
Bishop, las fragancias polvorientas. Hablaron unos con otros, presencias diminutas que
pasaban por la red sensorial de Killeen como corrientes a través de nudos de integración
y puntos factoriales causales.
¡Le habían pasado tantas cosas! Para evitar un desorden fatal, tenía que lograr una
integración por lo menos parcial de sus Rostros y Aspectos con las emociones y
tormentos que había sufrido su mente. Sin la Familia, era un harapo que vagaba por un
mundo destruido como un forastero; Killeen no sabía si la Familia estaba viva. Tenía que
mantenerse entero hasta que pudiera averiguarlo, aunque le llevara años de
investigación.
Así que se fijó en los bosques aplastados que estaba atravesando, en las llanuras
torcidas y las cadenas de montañas interrumpidas que pasaban bajo sus botas voladoras.
El dolor en el tobillo había remitido y ya no cojeaba, los servos le respondían de nuevo y
tenía mucha hambre.
La Familia Bishop siempre había sido hábil en conseguir alimentos. Llamó al Rostro de
una vieja para que le ayudara a localizar bayas y hojas comestibles. Era una mujer
caprichosa, llena de consejos y severidad. Gran parte de sus conocimientos no tenían
aplicación en aquel mundo extraño. Encontró raíces gustosas, pero chilló alarmada ante
las hojas y las frutas helicoidales que recogía Killeen. Sin embargo, después de un
mordisco de tanteo, él comprobó que eran comestibles.
Caminó por la selva destruida. Los árboles estaban derrumbados y heridos, como si los
hubiera atacado una maldad vasta e indiferente. Se recostaban en posiciones
inverosímiles, con las entrañas de raíces retorcidas al aire. Hojas de un color verde claro,
círculos exactos se apilaban en el lecho de los arroyos. Había cosas diminutas que se
movían entre ellas. Los lugares planos y húmedos estaban cubiertos de pisadas: tres
dedos, siete dedos, pezuñas partidas, algunas patas anchas y suaves. Killeen nunca
había visto huellas de criaturas tan grandes, y lo llenaron de respeto por la riqueza
pasada de ese lugar. Su Aspecto Arthur le dijo:
Todo esto es obra de los ciborgs, claro. Vaciaron el tubo por el que caímos. Ese eje de
un kilómetro de ancho apenas si causó un derrumbe de un dedo de ancho por aquí.
—¿Eh? Si sacaron tanto metal y roca, me parece que aquí tendría que haber un gran
desmoronamiento.
No, en absoluto. Es una ley geométrica muy simple. La pérdida se extiende sobre el
área mucho mayor del planeta completo. Mira…
El diagrama en tres colores que saltó en el ojo derecho de Killeen cobró sentido cuando
lo estudió, pero de todos modos dijo:
—¿Sacar un dedo de ancho de algo causó todo esto?
Todas las capas se resintieron. Los ajustes sísmicos son irregulares.
—Eso diría yo…
Killeen estaba cruzando un claro. De pronto, una fuente amarronada saltó desde el
suelo y lo bañó de agua y arena.
Ah, sí. Todavía se mueven fuerzas hidrostáticas. Las vibraciones convirtieron este
suelo en una pasta muy húmeda.
Los temblores, que pasaban rodando como olas marinas, obligaron a Killeen a buscar
suelo más sólido, y mientras corría, ahogó la voz del Aspecto para no distraerse. Encontró
hojas comestibles y las masticó con placer. El suelo seguía temblando y saltando, como si
quisiera sacarse de encima los restos de vida que persistían en él.
Satisfecho por primera vez en un tiempo que le parecía muy largo, Killeen empezó a
sentirse mejor y echó a trotar con paso firme, largo. En las colinas siguientes encontró
una ciudad mec. Destruida. Las inmensas fábricas, derrumbadas por grandes
explosiones. Gran parte de los daños parecía provenir de cargas colocadas en el interior,
como si alguien hubiera burlado la seguridad y hubiera entrado en el recinto con bombas
escondidas en alguna parte.
Había armazones amarronados por todas partes. Algo había saqueado los cuerpos de
los mecs en busca de piezas útiles. Los ciborgs, pensó Killeen.
Vagó al azar en el silencio absoluto de las calles en ruinas. No había mecs trabajando
para ordenarlo todo. Nada se movía. En algunas intersecciones se elevaban torres de
aleaciones adornadas. Killeen recordaba el arte de Mantis. No sabía si esas cosas altas y
delgadas tenían alguna función práctica o si su único propósito era adornar la ciudad.
Se sentía incómodo e inquieto en ese sitio mec y no trató de encontrar alimento entre
las ruinas. A la puesta del sol, todavía no había terminado de cruzar el complejo. Por la
noche se escondió en un cobertizo para repuestos y durmió. Se despertó varias veces,
perseguido por sueños febriles. Regresaba al momento de la prisión dentro del alienígena
y se sacudía en el aire viscoso, tratando de nadar en vano, los pulmones incendiados en
el pecho. Cada vez que se despertaba, sentía que tenía los brazos y las piernas tensos
como si hubiera estado debatiéndose en sueños. Después volvía a adormecerse y las
pesadillas regresaban.
Antes del amanecer, sintió que algo se movía en las cercanías. con cuidado a su
alrededor. Un animal grande se acercaba. La criatura de mayor tamaño que había visto
en su vida era una gallina vieja y anaranjada de la Ciudadela. Esa cosa podía engullir a la
gallina sin masticarla. En aquellos dientes largos había algo que hizo pensar a Killeen que
la idea tal vez complacería en gran medida al animal.
Sin duda lo había olido. Después de tantos años de cazar mecs y huir para que los
mecs no lo cazaran, no tenía ni idea de cómo comportarse ante un animal. El bicho se le
acercó con las orejas gachas. Killeen preparó el rifle. El animal se detuvo en mitad del
movimiento. Se quedaron así durante mucho tiempo. Un extraña sensación recorrió la
mente de Killeen. Se estaban comunicando de algún modo. Los ojos amarillos del animal
eran claros y profundos.
La aurora se extendió, pálida, alrededor de los dos. Por fin el animal se lamió las
fauces con desinterés y aburrimiento, y se fue lentamente. Se detuvo en el rincón de un
almacén cercano para observarlo una vez más y después se perdió entre las sombras.
Killeen se puso en marcha de nuevo y comprendió que el rifle estaba preparado para
pulsos electromagnéticos. No habría tenido ningún efecto sobre el animal.
Sin pensar demasiado en nada, sintió que en su interior los conflictos brillaban,
nadaban, morían. Por debajo de la calma de aquel mundo, la garra natural de la vida
emitía su propio mensaje silencioso.
2
El día era claro y fresco. Killeen encontró bayas y hojas comestibles y siguió adelante.
Oyó sonidos leves que provenían de otra ciudad mec, también destruida, y la rodeó para
no entrar en ella.
A lo lejos, las rampas curvadas le recordaron la última imagen de la Ciudadela, en
medio de la Calamidad. En sueños, había revivido ese día muchas veces. El aire mismo
parecía rodar y estirarse, lo recordaba bien. La radiación había lavado las nubes antes de
que empezara el ataque mec, y eso les había dado una pista de lo que iba a suceder. No
bastó, claro, porque los mecs habían reunido recursos enormes para ese ataque. Su
padre había estado en el centro de la defensa. A pesar de la desesperación que dominó a
todos cuando llegaron los primeros informes de situación, siempre malos, Abraham había
mantenido la calma y la serenidad. Killeen había estado cerca cuando los mecs derribaron
la pared de la Ciudadela. Abraham había dirigido un efectivo ataque de flanco sobre los
intrusos. Killeen ni siquiera había captado el propósito de los mecs hasta que el hábil
ataque de su padre cortó la cabeza del avance mec y acabó con los que quedaban.
Pero para entonces, Killeen ya había perdido de vista a su padre en el caos de los
múltiples asaltos. Las naves aéreas de los mecs habían bombardeado la Ciudadela
Central y las rampas cayeron.
Killeen ayudó a transportar municiones para los cañones antiaéreos. Extrañas luces
iluminaron el cielo. Todos habían sentido presencias extrañas sobrevolando la batalla.
Cuando murió su esposa Verónica, Killeen dejó de entender lo que sucedía a su
alrededor. Sintió la muerte de su compañera en el aparato sensor que los unía. Sin
embargo, le llevó muchísimo tiempo encontrarla en el caos.
Ahora estaba de pie, sobre una colina lejana, contemplando la ciudad mec y
meditando. Parte de él se alegraba ante la visión del gran poderío mec hecho pedazos.
Otra parte recordaba la Ciudadela, y no sólo porque guardaba cierto parecido con esa
ciudad. El cielo empezó a moverse con grandes pinceladas luminosas que le recordaron
la Calamidad. La luminosidad estaba en el aire mismo, no en el juego de colores de las
leves nubes moleculares. La visión lo dejó helado.
Pero al mismo tiempo, le recordó los encuentros con la entidad que le había hablado a
través de los campos magnéticos del planeta, en Nieveclara. Esa cosa extraña había
hablado sin sentido de Abraham y de temas que Killeen no alcanzaba a comprender.
Ahora que lo recordaba, se preguntó si ese ser magnético había estado presente en la
Calamidad, si él había sido la razón de que el cielo se encendiera de esa extraña manera.
¿Qué motivo podría haber para que una criatura tan grande se preocupara por una
especie tan pequeña, tan insignificante? No había respuesta.
Killeen apartó el pensamiento y siguió adelante. La quietud del mundo natural lo
envolvió como un manto.
Poco después, percibió un agudo olor a azufre. Una nota baja y hueca se prendió al
otro lado de sus sensores. ¿Rastros de los mecs?
Esta vez, la sensación tenía un extraño regusto a azúcar, diferente de las señales mecs
que él conocía. Sus sensores traducían la información electromagnética en olores porque
ése era el sentido humano que se relacionaba más directamente con los centros de la
memoria; un leve rastro de un olor antiguo traía recuerdos a la superficie y eso muchas
veces ayudaba a tomar decisiones.
Killeen se deslizó entre los troncos caídos de los árboles, que todavía mostraban algo
de verdor y hojas nuevas. La tierra se había desprendido, pero los sistemas de raíces
parecían resistentes incluso frente a la implosión del planeta. Se deslizó entre las hojas
con rapidez para ver qué pasaba más adelante.
Siiing. Algo rápido cortó el aire cerca de él. Killeen se dejó caer en el lecho de un
arroyo seco y se esforzó por ver a través de los sensores. Un olor caliente lo rodeaba.
Avanzó de costado por una línea de riscos y el leve quejido hirió el silencio otras tres
veces. Algo le estaba disparando. Pero lo hacía mal. Un cuarto disparo le pasó muy cerca
y logró oler el pulso cortante de las microondas. Las microondas tenían poder para
destruir las estructuras internas que él conocía por el nombre de Diodos, pero cuya
función en realidad no entendía. Sintió que sus Diodos se cerraban, protegiéndose.
Silencio. Los Diodos se abrieron lentamente, con cuidado. Los sensores volvieron a
llenarse de colores y perspectivas. Killeen se acercó muy despacio al borde del risco y
usó un visor para ver por encima.
Un mec solitario luchaba por subir en la otra cara del risco. Grandes cicatrices
cruzaban su caparazón. Los disparos habían arrugado el acero. Su diseño angular no se
parecía a nada que Killeen hubiera visto en Nieveclara.
Disparó al mec sin pensar y lo tocó directamente en el complejo de la antena anterior.
El mec se detuvo por un instante, pero Killeen no distinguió ningún daño en aquel cuerpo
metálico y decidió disparar de nuevo. Esta vez el mec bloqueó el disparo, que rebotó en
una llamarada rubí. La escena se iluminó contra la negrura creciente del atardecer.
En ese momento el Aspecto Ling gritó con furia:
¡Ese es un nesgo totalmente innecesario! Corre mientras puedas.
—Ya he corrido suficiente —gruñó Killeen.
Tenía la vaga idea de que necesitaba atacar algo, matar. Toda la rabia que había
reprimido durante los últimos días lo dominó de pronto al ver al mec.
Conocía las defensas sofisticadas de los mecs. La Familia Bishop no disponía de
armas para penetrarlas. Los mecanismos de movimiento del mec se enredaron entre las
plantas. El artefacto se tambaleó, sacó proyectores de costado y los movió a su alrededor
para tener una vista completa de lo que pasaba, a fin de disparar otra vez contra Killeen.
Killeen se escondió. Sabía que los campos adyacentes de la explosión de una banda
de microondas podían alcanzarlo incluso al otro lado de los riscos. Se agachó apretando
los dientes: la señal para ordenar a sus subsistemas que se cerraran.
Pero no pasó nada. No se oía ni un murmullo.
Se arriesgó a echar un vistazo. El mec se había vuelto y se estaba quemando. A través
de la pira negra y la soga enredada de humo, Killeen vio que se acercaba un ciborg. El
cuerpo era un conjunto de bloques hexagonales dobles que se acoplaban unos con otros.
La piel amarronada y dura se arrugaba y estiraba cuando movía las piernas para subir
desde el valle. El tiro había partido en dos al mec. La envoltura lateral de acero carbónico
se había desplazado hacia fuera formando una mano de dedos retorcidos, una señal clara
de que el ciborg había hecho estallar una fuente de energía interior.
Killeen decidió quedarse a cubierto. Probablemente el ciborg formaba parte del equipo
destinado a limpiar lo que quedara de mecs y humanos en el planeta. Si corría, el ser lo
alcanzaría con facilidad. Su única esperanza era que el alienígena no hubiera percibido su
disparo, tan pequeño e ineficaz.
Cerró todos los sistemas y se movió hacia la derecha, cuesta abajo, para refugiarse
aún más en el risco. El mec que ardía estaba muy cerca. Aun sin la amplificación
acústica, Killeen percibía fácilmente el crujido de las llamas. Después, súbitamente estalló
un recipiente interno con un ruido atronador. De pie, jadeando, le pareció que podía oír el
lento avance del ciborg: una cadencia de roce y crujido cuando se articulaban los
miembros de acero carbónico.
El ruido crecía contra el murmullo leve de las llamas. Seguramente el ciborg ya había
llegado hasta el mec. Pero los sonidos no se detuvieron. En lugar de eso, el ritmo pareció
desplazarse hacia la derecha, como si el ser estuviera rodeando la pira del mec.
Después, el movimiento se hizo más lento. Se aproximaba a él desde arriba.
Killeen retrocedió todavía más colina abajo. El ciborg tal vez no sabía que él se
escondía por allí; debía andar con cuidado.
Quedarse quieto era su única defensa. Tal vez podría haber bajado el risco y alejarse
cuando el ciborg cruzaba el valle, saltando agachado para que su oponente no lo
descubriera. Entonces habría tenido algunos momentos de ventaja para correr. Intentó oír
el leve sonido de la piel correosa del ciborg al caminar.
Ahí estaba, subiendo el último fragmento de roca antes de la cima del risco. Killeen
retrocedió un poco más con cautela. El tiempo se contrajo y oyó cada uno de los pasos
del ciborg, cada temblor y cada ajuste de las piernas al buscar apoyo sobre las piedras en
declive.
El alienígena estaba cerca de la cima, pero Killeen no sabía exactamente dónde. En el
profundo silencio, puntuado apenas por el crujido del fuego, su oído natural amplificaba
cada sonido insignificante y lo convertía en un mensaje profundo e importante. En alguna
parte, sobre el risco, se oyó el ruido de una piedrecilla que se despeñaba. Luego, Killeen
la vio caer desde una gran roca y estallar en fragmentos diminutos.
Siguió con la vista la probable trayectoria de la piedra hacia el lomo de una colina
donde se destacaba un saliente maltratado. En el pasado había servido de desagüe
natural y Killeen se dio cuenta de que el lecho profundo del arroyo bajaba desde allí y se
desviaba hacia el otro lado del risco. Eso significaba que el ciborg se había detenido en la
cima, tal vez para descansar, pero seguramente porque deseaba esperar, examinar el
espectro antes de exponerse del otro lado.
La cima no estaba lejos. El ciborg debía de estar estudiando la ladera más lejana. Pero
Killeen no se atrevió a conectar los sistemas sensoriales para comprobarlo.
Se ubicó bien y cruzó hasta el saliente de roca más cercano en una carrera rápida.
Rodó por encima del pico y aterrizó sobre una capa de grava. Se levantó; se sentía torpe
y pesado sin los sistemas conectados. Corrió hacia abajo por la colina, inestable, con las
articulaciones doloridas, buscando un refugio.
Echó una mirada atrás. La antena de la cola del ciborg desaparecía detrás de la cima
inclinada hacia el otro lado. Sin embargo, el alienígena no tardaría mucho en comprender
la situación.
Killeen corrió confuso, tropezando sobre las piedras. Estuvo a punto de caer varias
veces. No había lugar donde esconderse. Las convulsiones planetarias habían limpiado la
ladera libre que ya no tenía piedras grandes, las quebradas estaban dobladas sobre sí
mismas y eran muy poco profundas. Killeen buscó alguna grieta en la línea del risco, pero
las pocas cuevas que habían existido antes se habían derrumbado con los últimos
terremotos. Pasó cerca del mec que se quemaba y entonces se le ocurrió la idea.
El mec estaba destrozado y lleno de cenizas, sacudido por explosiones internas. Las
llamas empezaban a brotar de sus entrañas. Un humo espeso, grasiento, lamía las rocas
de la ladera.
Killeen eligió una grieta en el caparazón por encima del pesado dispositivo de tracción.
Volvió a mirar la línea del risco. Algo se movía allí arriba, pero no se tomó el tiempo de
averiguar lo que hacía el ciborg. Se arrojó dentro de la sección del caparazón recubierta
con protección térmica. En cuanto aterrizó, se sintió atrapado en medio de una maraña de
cables y sustancias pegajosas, malolientes.
No había señales de que el ciborg lo hubiera descubierto. Sin los sensores, los
métodos comunes de ataque de los mecs, microondas, saturación infrarroja, hiperflechas,
lo golpearían sin aviso previo, definitivamente.
En el refugio maloliente del mec muerto, sintió que la ira lo dominaba. Lo habían
cazado, herido y maltratado y no tenía la menor intención de morir así. Podía esperar a
que el ciborg se marchara, siempre que no volviera para saquear los recambios del mec o
investigar el estado de su enemigo. Pero algo lo obligó a mirar hacia el exterior para
contemplar cómo se acercaba el gigante, para verlo con claridad por lo menos una vez.
Ling ladró enfurecida. Killeen la empujó hacia abajo al instante.
Escuchó con atención, pero los crujidos del fuego acallaban cualquier otro sonido.
Tendría que exponerse para averiguar qué estaba sucediendo.
Ahora que observaba de cerca el cuerpo del mec, veía dispositivos, bastidores y
articulaciones como los que había saqueado en Nieveclara. La piel exterior le había
parecido extraña, pero por lo visto los mecs del Centro Galáctico se regían por los mismos
principios de diseño básico.
Extrajo la cabeza con cuidado. La mayoría de los mecs tenían detectores visuales que
registraban el movimiento rápido; el ciborg parecía por lo menos tan sofisticado como
ellos, o más. Vio movimientos en la línea superior del risco. Remolinos de humo acre le
golpearon los ojos y lo cegaron. Empezó a preguntarse si había sido una buena idea
esconderse allí, después de todo. El ciborg sólo tenía que llegar hasta allí, rodear el
cuerpo del mec y…
Sin previo aviso, el ciborg apareció en su campo visual, una imagen acuosa que se
refractaba a través de una cortina de humo amargo. Caminaba con habilidad sobre el
suelo quebrado, con las antenas temblando en el aire. Pero no se acercaba al mec. En
lugar de eso, corría a una velocidad sorprendente a través de la amplia extensión del
lecho del arroyo. Uno de sus discos parabólicos giró en el aire y Killeen sintió un zumbido
leve en el cuello. Incluso con los sistemas sensores desconectados, los chips que llevaba
en la médula habían captado el estallido del ciborg.
Ese pulso tan fuerte no podía haber sido una señal. El ciborg estaba disparando a algo
que le preocupaba mucho, porque ahora se adelantó con los miembros biarticulados
crujiendo en el apresuramiento y las patas resbalando sobre las piedras sueltas.
Killeen se mordió el labio para tratar de dominarse, pero fue en vano. Largos años de
entrenamiento, la reciente captura que lo había humillado tanto, todo eso combinado lo
obligó a tomar el rifle de cañón estrecho, el que había heredado de su padre y su abuelo,
y colocar una bala preciosa en el cargador. Se inclinó sobre un puntal de aluminio y
apuntó con mucho cuidado hacia la protuberancia voluminosa del comunicador del ciborg.
Luego apretó el gatillo. El disparo golpeó la base de la gran antena de red esférica y la
quebró. El ciborg se tambaleó ostensiblemente.
Killeen sabía que en circunstancias normales no habría podido hacer ese disparo sin
que lo descubrieran. Sin duda el ciborg se había metido en graves problemas y por eso se
había descuidado tanto. Eso significaba que algo lo perseguía. Más mecs. Ese ciborg
había tenido la mala suerte de encontrarse con una fuerza poderosa cuando estaba solo.
Killeen se obligó a guardar el rifle en su lugar. Había descargado su furia y ya se
arrepentía por lo que había hecho. Había tenido extraños momentos de conexión con el
ciborg que lo había llevado desde la órbita al planeta y luego lo había liberado. Le debía
algo a ese ciborg en particular. Pero la ofensa que le habían infligido exigía venganza
según una ley tan antigua como la misma humanidad, y ahora él había cumplido con esa
ley.
Volvió a instalarse en su cuna protegida y esperó que nadie hubiese descubierto de
dónde procedía el disparo. El ciborg siguió adelante, colina abajo. Ya estaba casi fuera
del campo de visión cuando estalló un disparo cerca del caparazón protector y el aire se
llenó de polvo. Killeen parpadeó. Los mecs casi nunca usaban armas balísticas. Preferían
la limpieza, la precisión, la comodidad de los medios electromagnéticos.
Después, una segunda bala golpeó al ciborg en el centro del cuerpo. Por lo visto, eso
interrumpió alguna función mental primaria, porque el cuerpo largo y rechoncho se
retorció, sacudiéndose en espasmos de locura casi sexuales en cuanto a la intensidad.
El ciborg se volvió contra sus perseguidores. La maniobra tenía un aire de abandono,
de desesperación. Killeen sintió el desafío obstinado y fatalista de los movimientos de
ciborg. Los brazos cayeron en un gesto que parecía aferrar el aire, como seis puños que
se sacuden a la vez en un ataque de rabia.
Disparaba contra todo lo que veía, pero no le quedaba ninguna esperanza. Se
tambaleó y recibió otro golpe decisivo. El humo brotó con fuerza de su cuerpo. Pequeños
estallidos crujientes cruzaron sus partes naturales y orgánicas, dejando cráteres rojos y
poco profundos sobre el cuero.
Killeen vio que aquel ser moría, pero no experimentó ningún placer. Los ciborgs, a
pesar de su brutalidad y naturaleza extravagante, estaban basados en seres naturales,
orgánicamente derivados del mundo. Sentía un extraño respeto por el que lo había
salvado para dejarlo en ese planeta malherido. No le satisfacía ver a uno destrozado por
los mecs, aunque él mismo hubiera estado entre los atacantes.
La llamada le llegó a los oídos en medio de toda la trifulca y al principio no la registró.
Sólo cuando vio las pequeñas figuras humanas que agitaban sus armas diminutas en un
gesto de triunfo, comprendió lo que sucedía.
3
La carpa estaba muy usada, manchada y un poco rota. Killeen se preguntó si eso
formaba parte del camuflaje, porque se confundía muy bien con el terreno quebrado y
desolado.
Durante la caminata hasta allí, la escolta sólo había impartido órdenes cortantes. A
Killeen no le había sorprendido que ese idioma espeso y de acento extraño fuera el suyo
propio; nunca se le había ocurrido que los seres humanos pudieran hablar de otra
manera.
Lo habían llevado a través de campamentos de carpas mal cuidadas y camuflajes de
piedras y arbustos; él nunca había visto tanta gente junta. Ni siquiera la Ciudadela Bishop
había tenido tantos habitantes. Las banderas que ondeaban en el aire con símbolos
desconocidos sugerían que ésta era una Tribu completa. No se había celebrado una
reunión tan numerosa como ésa en Nieveclara desde que él alcanzaba a recordar.
Una mujer vestida de gris empujó a un lado la cortina de lona de una carpa y alguien
hizo pasar a Killeen hacia dentro. Killeen entró con pasos rápidos y largos para evitar que
lo empujaran y conservar un poco de dignidad.
La carpa parecía mayor desde dentro, con una parte muy alta en el centro, iluminada
por una bola de marfil fluorescente. Lámparas de aceite brillaban sobre las cabezas de
una docena de personas, que se habían reunido a una distancia respetuosa y ordenada
de un hombre. Éste permanecía de pie en el centro de la carpa.
Un escritorio negro de cerámica unida con algún tipo de plástico dominaba la
habitación. Killeen se preguntó si aquella gente lo había transportado de un campamento
a otro. Parecía mec, por las curvas suaves y la forma preparada especialmente para que
el arco enfocara directamente al hombrecito que había detrás, sentado sobre una silla de
metal liviano.
La figura no parecía merecer la atención fija y callada de todos los que la rodeaban.
Era un hombre bajo, de rasgos macizos, con el cabello tan oscuro como el escritorio. Una
cicatriz roja y encogida le corría desde la sien derecha hasta la piel morena de la
mandíbula. Algo lo había golpeado cerca del ojo, porque la marca desaparecía bajo las
pestañas espesas.
Una guardia formada por una docena de hombres y mujeres flanqueaban el escritorio.
Nadie pronunció una palabra. Todos contemplaban al hombre, que comía un gran pedazo
de fruta verde. El jugo le corría por el mentón y caía en un pedazo de tela blanca que
tenía sobre el pecho. El uniforme del hombre era azul frío, liviano, de una tela de aspecto
cómodo que Killeen nunca había visto antes. El hombre emitió un sonido raro con los
labios. Estaba centrando toda su atención en la comida, y al parecer todos los demás
también lo hacían.
El largo silencio continuó. Killeen se preguntó si aquella demostración estaba destinada
a él, pero después descartó la idea al ver la profunda fascinación de las caras que lo
rodeaban. Eso era una especie de privilegio, una audiencia especial, diferente de
cualquier reunión conocida entre un capitán y su Familia. El hombre que comía no llevaba
ninguna prenda que tuviera un significado concreto. La gente que lo rodeaba lucía
uniforme de tela áspera, con una insignia vagamente similar a los emblemas de las casas
de Nieveclara. Las caras, aunque parecían confusas, tenían un cierto tono de autoridad.
Algunos llevaban medallas de plata oscura, áspera, semejante a un hilo basto. ¿Serían
los capitanes de las legiones que había visto fuera?
Por fin, el hombrecito aspiró el aire entre los dientes, volvió a chasquear los labios y tiró
el corazón de la fruta que estaba comiendo por encima del hombro.
Alguien se movió para cogerlo. El hombrecito se retrepó en la silla y se estiró,
bostezando, sin mirar a nadie en particular, no todavía. Después, pareció reparar en la
presencia de Killeen y lo observó con ojos vacíos, ojos inescrutables.
—¿Y bien? —dijo.
—Yo… me llamo…
—¡De rodillas! —gritó el hombre.
Killeen parpadeó.
—¿Qué?
Alguien lo golpeó con fuerza detrás de las rodillas. Killeen, sin apoyo, cayó hacia
delante y dio en el suelo. Apenas si lograba no desmayarse por el dolor.
—¡Identificación! —murmuró una voz a su lado.
—Vengo de la Familia Bishop. Me inclino ante estas tierras de los…, de los… —Killeen
había empezado a recitar los viejos saludos entre Familias con la esperanza de ganar
tiempo para comprender lo que debía decir, pero para seguir adelante necesitaba insertar
el nombre de la Familia que lo rodeaba.
—Trey —acotó el murmullo.
—Trey, y busco ayuda en tiempos de crisis, contra las depredaciones y tormentos
infligidos por nuestro mutuo…
—¡Atadlo! —ordenó el hombre que estaba detrás del escritorio.
Al instante unas manos aferraron los brazos de Killeen y se los ataron por detrás. Él los
dejó hacer sin protestar. Había visto algo peligroso en los ojos del hombrecito cuando
daba las órdenes. Su mirada vacía se había encendido de pronto con un fuego animado,
un espasmo de placer infinito.
El hombre se levantó. De su cinturón escarlata, que partía en dos el traje azul,
colgaban pendientes honoríficos que flotaban en el aire.
—¿Está desarmado?
—Sí, Su Supremacía —murmuró alguien.
—¿Entiende su posición en nuestra causa?
El que murmuraba cerca de Killeen dudó y luego dijo:
—Es capitán, Su Supremacía. No nos pareció adecuado instruirlo.
Evidentemente ese intento por evitar la responsabilidad dio resultado con el
hombrecito, porque éste asintió con calma y levantó las manos hacia Killeen como si se
dirigiera a un problema.
—Tengo que hacerlo yo mismo, entonces. —Frunció el ceño—. ¿Tu Familia?
—Bishop.
—Esa Familia no existe.
—No somos de este planeta.
—¿Qué quiere decir eso? No entiendo.
—Hemos venido buscando refugio; huimos de los mecs.
— ¡Ah! Entonces habéis llegado al lugar correcto. Aquí ya los hemos vencido.
—Eso veo.
—Verás sólo lo que yo te diga que veas —espetó el hombrecito como si recitara una
razón irrefutable—. Ya lo entenderás.
—Yo…, sí…
—Ahora luchamos contra los malditos cíbers. Ellos también caerán ante nuestra
valentía, nuestro ardor y nuestro espíritu de lucha.
—¿Cíbers?
Su Supremacía asintió, los ojos vacíos de nuevo. Los labios se doblaron, una expresión
de espera le llenó el rostro, como si estuviera escuchando una voz muy lejana. Luego, su
atención se fijó de nuevo y los músculos del rostro tensaron la piel color oliva, que brilló
bajo el cono de fosforescencia que bajaba desde el techo a su alrededor. La bola brillante,
que se alzaba justo encima de su rostro, formaba un círculo perlado en el suelo, con el
hombrecito en el centro. La multitud mantenía las distancias y se acercaba solamente
cuando la luz más suave de las lámparas de aceite entraba en el círculo blanco, duro.
De pronto, siguió hablando, como si no se hubiera producido ninguna pausa:
—Cortan la tierra con su gran espada. Justo después de la victoria, cuando los mecs
huyeron ante nuestros asaltos, esas cosas gigantes cayeron sobre nosotros desde el
cielo. Se nos negó el triunfo. ¡Pero venceremos!
Se oyeron enérgicos gritos de alegría en la carpa. Todos participaron.
El hombre miró a Killeen. Esperaba.
—Este ataque es un tributo a mi naturaleza inmortal. Envían contra mí lo más horrible y
malvado que pueden crear los cielos.
Sus ojos se apartaron del rostro de Killeen y observaron la habitación. Los movía con
atención de cara en cara bajo la luz amarilla y aceitosa. Los labios sobresalían en la boca
como si no pudieran contener cierta presión interna.
—¡Es un honor! Nos envían lo más terrible, lo más poderoso, ahora que los mecs son
simples ratas que huyen bajo nuestras botas. ¡Es un gran honor! También esos gigantes
morirán.
De repente dirigió su rabia brillante y poderosa hacia el sitio donde lo esperaba Killeen,
siempre de rodillas, y con un suspiro largo, la soltó. Después de un parpadeo leve, los
ojos volvieron a quedar neutros y vacíos.
—Me alegro de que hayáis venido a ayudarme en tiempos de necesidad —manifestó
con voz tranquila.
—Estoy solo ahora, señor —empezó a decir Killeen con cuidado—. Mi…
—¡Supremacía! —lo urgió un murmullo áspero en el oído.
—Estoy solo, Supremacía, mi Familia…
—¿Los Bishop, los llamabas? —dijo el hombrecito, pensativo.
—Sí, yo…
—Pensaba que era una mentira. Nunca había oído ese nombre, creía que eran
renegados de los Deuces y los Tromps.
Killeen preguntó inmediatamente, excitado:
—¿Hay algún Bishop aquí?
—Supongo que es fácil de entender que una mente dedicada a la defensa de nuestra
especie tenga que dejar los detalles en otras manos. Me reservo mi tiempo para la
comunión con el espíritu que se mueve por encima y dentro de nosotros.
—¿Están aquí, Supremacía?
Las cejas pesadas, oscuras, se arquearon en una expresión de interés divertido:
—Los encontramos caminando por ahí. Contaron una historia acerca de un aterrizaje
en una nave mec y una huida de los ataques aéreos de los cíbers que habíamos visto el
día anterior. Supuse que era una mentira complicada. Ahora que has aparecido…, un
capitán según indica la insignia, eso lo explica todo.
—¿Cuántos son?
La cara del hombre quedó inexpresiva y Killeen se dio cuenta de que había cometido
un error. ¿Pero cuál? ¿Era demasiado directa la pregunta? El silencio completo de los
demás le sugirió que todavía podía arreglarlo.
—Su Supremacía, le ruego le ruego que me dé el número de los que sobrevivieron.
La boca de su Supremacía perdió parte de su rigidez y el hombrecito miró al pasar a
una mujer que tenía a la izquierda.
—Más de cien —replicó.
Killeen contuvo el aliento. La mayoría de los Bishop se habían salvado.
—Los pondré en libertad —dijo Su Supremacía, con un gesto majestuoso y general de
los brazos. Todos lo saludaron con alegría, como si esa decisión fuera un acto único,
como si ese ser humano de nombre ridículo hubiera salvado las vidas de los Bishop.
La cara morena de Su Supremacía tejió una expresión reflexiva, los ojos clavados en el
pico del techo.
—Había pensado que eran unos cerdos cobardes, lo que quedaba de los Palos de las
Familias. Como tales, no merecían participar en los grandes asaltos que nos esperan y
pensaba usarlos para trabajo común. Luchar es un honor que no se otorga con facilidad
en nuestra Tribu invencible. Sin duda lo comprenderás.
—Sí, sí.
Las cejas se arquearon con disgusto.
—Sí, Su Supremacía.
Las cejas se relajaron y la cara se distendió, los ojos inexpresivos de nuevo.
—Ahora podéis incorporaros a las luchas heroicas del futuro. Espero que asumas el
mando de nuevo, capitán.
—Sí, Supremacía, en cuanto…
—Y haremos sacrificios.
Killeen observó al hombre, pero no entendió sus palabras.
Su Supremacía hizo un gesto y alguien desató los brazos de Killeen. ¿Debía
levantarse? Algo en la forma en que se erguía el hombrecito, las manos sobre las caderas
y las piernas rígidas, le indicó que era mejor permanecer de rodillas.
Su Supremacía extendió los labios una vez; los ojos vagaron de nuevo por la
habitación. Dijo de forma distante:
—Entiendo tu confusión porque soy un hombre de facetas innumerables y comprensión
inmensa. Has venido aquí desde otra esfera de la acción humana; eso era lo que yo
deseaba. Por eso lo hiciste. Te moviste en respuesta a mis ruegos, aunque lo hicieras a
ciegas, en la ignorancia. Yo fui el rostro invisible que te atrajo a través de los cañones de
la noche que separan los mundos del universo. Yo lo deseaba y envíe mis emanaciones
para guiarte.
Un murmullo saludó ese discurso. La carpa se llenó de exclamaciones en voz baja.
—Ahora entras en la etapa más importante del destino humano.
La frase tenía la resonancia de algo que se ha repetido muchas veces.
—Sí, sí, Su Supremacía.
—Yo soy el que ha sido dado. En esta conversación, tú rozaste la falta de respeto al
dirigirte a mí.
—Las cejas se anudaron de nuevo—. Tal vez se deba a la ignorancia. En ese caso, es
justo y correcto que te revele mi naturaleza más profunda.
—Sí —respondió Killeen con cuidado. La carpa murmuró, llena de expectativa. Alguien
apagó las lámparas, y las sombras convirtieron el lugar en una gran reunión de perfiles
oscuros. La excitación de los hombres y mujeres reunidos recorrió el aire cerrado como
un viento súbito y poderoso.
—¡Sé testigo!
El hombrecito extendió las manos y de repente su cuerpo se encendió y brilló. Contra el
tejido azul apareció un esqueleto amarillo, como una segunda entidad viva dentro del
hombre. Se movía con él, huesos, costillas y el aro de la cadera. Crujían y se rozaban a
medida que Su Supremacía se movía un paso hacia un lado, luego hacia el otro. Por
encima de la columna curvada sonreía una calavera de muerto que giraba con orgullo.
Los huesos se movían con suavidad, como si sugirieran que una criatura hecha de esa
dureza pura y brillante era capaz de caminar y conocer el mundo protegida por fuerzas
permanentes. El cuerpo proyectaba una luz radiante que hendía la oscuridad de la carpa,
tan profunda como la que existe en los espacios vírgenes entre las estrellas. En esas
sombras confusas que se movían, con la brisa que hacía flamear la carpa como el ruido
de truenos lejanos, la puntilla intrincada de luz transmitía la idea de una raza interior de
seres invulnerables, más resistentes que los humanos.
La mandíbula dorada y brillante pulsó una bisagra invisible cuando Su Supremacía dijo:
—Soy la esencia de la humanidad, que ha venido a salvar y a vengar. A través de mí
se manifiesta el destino humano. Los mecs y los cíbers serán vencidos, los segundos
como los primeros.
En el aire espeso y sombrío, el esqueleto vibraba de vida. Cuando los huesos se
articulaban, se veían recorridos por matices huidizos, conyunturas nudosas que se
doblaban con rapidez y animación artificial en el marco de la oscuridad.
—¿Mortal? —gritó esa figura fantasmal—. No. La mortalidad está en mí y sin embargo
no soy mortal. ¡Soy la manifestación! ¡Dios mismo!
Killeen supuso que ese truco técnico estaba destinado a impresionarlo. Dejó que una
expresión de sorpresa se instalara en su rostro mientras trataba de adivinar cómo se
dibujaban las costillas y las piernas en el azul del traje.
—Soy el espíritu inmanente de la humanidad, tal como lo ofrece el Dios Divino, En esta
hora cruel pero fértil de la humanidad la verdad más gloriosa es que yo he sido imbuido
de una totalidad divina. Dios ya no actúa a través de mí. Se ha transformado en mí. ¡Soy
Dios! Ésa es la razón por la que la Tribu me seguirá hasta su destino seguro. Ésa es la
razón por la cual tú, capitán de los Bishop, entregarás tu esfuerzo final a mi causa, la
causa del verdadero Dios de la humanidad.
4
La extensión de las instalaciones humanas era amplia e impresionante. Dos mujeres
escoltaron a Killeen a través de los nudos de reunión de la Familia, Las dos eran
capitanas, pero Killeen no les preguntó nada.
Se había dejado conducir a ese campamento inmenso ante la insistencia de los
hombres y mujeres que lo habían encontrado. Todos sus sentidos le gritaban que
estuviera alerta. Esa gente era amarga, silenciosa, y la entrevista con Su Supremacía lo
había alterado mucho. Recordaba el consejo breve y tajante de su padre: «Lo primero que
hay que recordar de los alienígenas es que son alienígenas.» Eso podía aplicarse
también a ese vestigio de la humanidad.
El atardecer derramaba rayos color azufre a través de la tierra maltratada y los detalles
se destacaban más cuando la luz se hacía ambarina.
Pasó un anciano de aliento entrecortado que arrastraba un gran marco de metal. Su
avance dejaba rastros profundos sobre la tierra. Había parejas jóvenes con las manos
unidas junto a las hogueras brillantes. Charlaban en cuclillas, con los bebés sobre el
regazo. Junto a una lámpara anaranjada y poderosa, una matrona grandota ponía cara de
disgusto mientras discutía con un mercader por una bolsa de plástico llena de grano. Los
chicos se escondían en los escombros, disparándose y apuntándose con palos, aullando
los alaridos de batalla de las Familias con voces roncas y excitadas. Los hombres
permanecían sentados, limpiando y aceitando las armas con toda solemnidad. Colocaban
las partes brillantes sobre pedazos de tela usados y disponían las quemadas entre rodillas
protuberantes, aumentadas mecánicamente. Una joven se inclinaba contra un transporte
mec, tocando una leve canción en una pequeña arpa. Tenía las botas y los escudos
puestos, y las agarraderas neumáticas brillaban con fuerza sobre sus tobillos. Sin duda
estaba de guardia. Pero la música flotaba en la brisa prometiendo una alegría, una
superficialidad que no había en ninguna otra parte.
Aquí y allá se veían chozas medio derrumbadas y depósitos alzados con tela y palos.
Los fuegos grasientos encendidos del interior proyectaban una luz rojiza contra las
delgadas paredes y amplificaban los movimientos hasta convertirlos en una especie de
teatro de sombras. Había multitudes reunidas alrededor de las llamas, y Killeen reconocía
en las caras no el cansancio que había esperado, sino una fuerza firme, silenciosa,
incomprendida. Trabajaban cada uno en lo suyo para aprovechar hasta el último rayo de
luz diurna.
Había grupos de hombres y mujeres que descargaban transportes mecs. Toda una
flota de autocamiones esperaba en el campamento. Killeen estaba impresionado por el
alto nivel de los saqueos de aquella gente. Nunca había visto nada semejante en
Nieveclara. Había piezas mecs por todas partes y una riqueza incalculable en recambios.
Killeen preguntó los nombres de las Familias y las escoltas se los fueron diciendo a
medida que atravesaban los fuegos de los campamentos: Trey, Deuce, Double-Nougth,
Niner, Sept, Jacte, Ace. Cuando llegaban frente a cada grupo, un guardia les daba la voz
de alto y ellas replicaban con palabras en clave.
El campamento, que primero le había parecido un conglomerado sin sentido, estaba
bien organizado. Cada Familia se formaba en cuña, con las armas apuntando hacia el
exterior para dominar una parte del perímetro, que desde arriba hubiera parecido una
torta. Pasó la instalación de la Familia Niner, reunida en una formación que elevaba las
largas varas de sus armas hacia el cielo.
—Antiaéreas —explicó una de las escoltas ante su pregunta. Tenía la nariz
congestionada por un resfriado y los ojos hinchados—. Pueden derrumbar a los mecs.
—¿Cómo?
—Electromagnetismo.
—¿Qué banda? ¿Microondas? ¿Infrarrojos?
La cara tostada de la mujer se tensó de sospechas.
—Asunto de la Familia.
—¿Eres de los Niner?
—No. Las Familias se guardan su tecnología para ellas mismas, ya sabes.
—¿La tuya lo hace?
—Claro. Soy capitana de los Seben. Créeme, hay razones para proceder así.
—¿Por ejemplo? —insistió Killeen.
—Son costumbres de los días en que los mecs no nos causaban tantos problemas.
—Pensaba que todas las Familias estaban unidas bajo el poder de la Supremacía.
—Su Supremacía.
—Sí, sí. Mira, ¿cómo se coordinan los Seben con todas las otras Familias? No
recuerdo bien los nombres y…
—Hay un viejo dicho. Los Seben van con los Elebben. Pero no quedan muchos
Elebben ahora. Los mecs los eliminaron. Y lo que quedaba casi desapareció bajo el
ataque de los cíbers.
La voz de la mujer era como grava contra metal. Killeen oía el sesgo de autoridad que
había tenido Fanny. Dijo con cuidado:
—Pero si estáis unidos, ¿por qué no compartís la tecnología?
—Entonces ya no sería secreta.
—Sería muy útil que todos conocierais las armas de todos.
—¿Útil? ¿En qué?
—Si las cosas se ponen feas, hay más de una Familia que puede usar las armas.
La mujer negó con la cabeza.
—Si no te guardas una técnica, la pierdes.
—Pero… —La mujer meneó la cabeza de nuevo, exasperada, y Killeen comprendió que
era inútil explorar ese territorio. Cambió de táctica y comentó como por casualidad—:
Debe de ser duro llevar todo ese equipo sobre la espalda.
—Hay cosas peores.
—Eso está bien para un lugar fijo, como la Ciudadela, pero…
—¿Vosotros teníais una Ciudadela?
Era la primera señal de interés que le mostraban. No se habían preocupado por sus
orígenes hasta ese momento. Killeen se preguntó si a él le hubiera interesado mucho
cuando huía de los mecs en Nieveclara. Probablemente no.
—Sí, una Ciudadela. Excelente. Con defensas antiaéreas.
—Nosotros seguimos teniendo algunas armas grandes. Rechazamos a los mecs, así
que pudimos desmontarlas y llevarlas en los transportes.
Killeen adivinaba el orgullo que había en la descripción de esa acción defensiva,
envuelta en el remolino salvaje y confuso de la batalla, cruzada por variaciones de fortuna
imposibles de prever. Dijo con respeto:
—Eso debió de retrasaros mucho cuando atacabais y luego os retirabais, supongo.
—Con los mecs, sí. Pero contra los cíbers es mejor tener armas pesadas, porque si no,
te aplastan. Los cíbers son peores.
—¿Por qué?
—Enseguida leen la técnica que tienes. Sientes un tic en la cabeza y todo se te va.
—¿Invaden la red sensorial y leen el sistema operativo? Pero supongo que eso
significa la muerte.
—No siempre. —Ella carraspeó y escupió algo marronáceo a un palmo de distancia
frente a la bota derecha, todo sin cambiar el ritmo del paso.
—De donde yo vengo —dijo Killeen—, los mecs también hacen eso, pero no se
preocupan y siempre te matan en un instante cuando lo hacen.
Ella asintió y tosió. Llegaron quince hombres por el sendero con un aparato mec que
Killeen no pudo identificar, y tres de ellos se apartaron para dejarlos pasar.
—Sí, hubo un tiempo en que los mecs lo hacían también —dijo ella—. Pero después
los espantamos.
—Su Supremacía dice que vosotros los derrotasteis.
—Por un tiempo —explicó ella, a regañadientes.
—¿Cómo?
—Cooperamos un poco con algunas ciudades mecs. Las ayudamos a acabar con la
competencia.
Killeen estaba intrigado.
—¿Otros mecs?
—Sí. Su Supremacía lo arregló con ellos.
—Donde yo nací hubo Familias que lo intentaron. Era peligroso. Los tratos nunca
duraban demasiado.
—Los nuestros sí. Colocábamos cosas en los transportes de los mecs. Por ejemplo,
una ciudad nos daba suministros falsos. Parecía una cosa real. Entrábamos y los
poníamos en una caravana que salía desde las fábricas hacia las grandes ciudades.
—Impresionante —comentó Killeen con respeto—. ¿Cómo?
—Sin metal. No nos poníamos nada de metal. Nos arrastrábamos a través de los
detectores de la caravana muy lentamente.
—Parece astuto.
—Sí. Eso nos salvó la vida.
—¿Su Supremacía hizo todo eso? —preguntó Killeen despacio.
—Sí. Empezó con un trato que era solamente para su Familia. Los mecs para los que
trabajaban los protegían. Cuando nos dimos cuenta, toda la Tribu lo siguió.
—Vi algunas ciudades mecs bien destruidas.
—Lo hicimos nosotros. Introdujimos bombas en los transportes, después las hicimos
estallar.
—Un trabajo peligroso.
—Pusimos las trampas con ayuda mec.
—Nunca aprendimos a hacer eso —reconoció Killeen para que ella siguiera hablando.
—Resulta fácil, cuando se sabe cómo hacerlo. Conseguimos equipo sofisticado. Ojalá
hubiera seguido así.
—¿Qué pasó?
—De pronto, no hubo más mecs. Al menos no muchos. Parecía que todos estaban en
la órbita. Los veíamos de noche.
—Tal vez tenían algo más importante que hacer. Los cíbers.
—Eso suponíamos.
—¿Cuándo fue eso?
—Hace un tiempo, tal vez dos estaciones, pero no tuvimos un buen verano, claro, con
esas nubes ocultando el sol la mayor parte del tiempo.
—Y vosotros los echasteis —dijo Killeen para sonsacarla. Ella seguía mirando
alrededor, siempre alerta, un hábito que nunca se abandonaba cuando se había pasado
la vida al aire libre, huyendo. Killeen lo sabía.
—Su Supremacía dijo que era nuestra gran oportunidad. Atacamos las ciudades mecs
a solas. Ya conocíamos los trucos.
—Ah —dijo Killeen, con respeto.
—Les dimos duro. Y justo cuanto todo marchaba bien, hubo cinco noches en que
aparecieron las bolas de fuego. —Hizo un gesto con la mano hacia el cielo—. Y el trueno
a veces. En el cielo, por todas partes, muy fuerte.
Pasaban junto a un gran fuego rugiente, donde había cientos de personas sentadas
alrededor. Killeen sentía el calor que sacudía las llamas. Una canción baja y quejumbrosa
se elevaba hacia el cielo desde la multitud, que cantaba cada vez con más fuerza a
medida que desaparecían los últimos rayos de luz. Killeen no conocía la canción, pero su
solemnidad grave le recordaba la Ciudadela y las canciones que la Familia no había oído
desde hacía años.
La capitana de los Seben, que caminaban a su lado, hizo un gesto, que cruzaba del
hombro a la cadera, a través del pecho, y luego hacia el otro hombro, sin duda un signo
de respeto. La multitud les cerró el paso y ellos se detuvieron.
La capitana murmuró:
—Así que después de eso, no vimos muchos mecs. Pero están los cíbers. Son
muchos.
—¿No habíais visto a los cíbers antes?
—No. La Familia Jack dice que combatió contra algunos mucho antes de esos tiempos,
pero mi hombre Alfa dice que los Jacks siempre están hablando de lo que no saben.
Tiene razón. —Una mirada inexpresiva se instaló en su rostro—: No es que esté diciendo
nada contra una Familia unida bajo el mando de Su Supremacía, eso sí que no.
—Así que los cíbers vencieron a los mecs, ¿eso es lo que me estás diciendo? —
preguntó Killeen.
—Sí. Así parece.
Killeen pensó que tal vez convendría contarle algo acerca de su experiencia en el nido
de los cíbers, pero decidió que todavía no entendía bien lo que sucedía y que no valía la
pena. En lugar de eso, empezó a abrirse paso a través de la multitud. Estaban cantando
la canción lenta con algo más de ritmo, puntuándola con alaridos agudos e irritantes que
le ponían los pelos de punta. Todas las caras estaban vueltas hacia las llamas, los ojos
ciegos, llenos de lágrimas. Killeen sintió la gravedad del ritual de esa Familia, aunque era
distinto de cualquier cosa que hubiera visto antes. Una gran insignia roja flameó sobre el
hombro de un hombre, y eso le indicó que todos formaban parte de los Eight of Hearts.
Los tres formaron un círculo para evitar la parte más concurrida de la multitud y
volvieron al sendero justo cuanto un pequeño carro salía del atardecer ambarino,
conducido por seis mujeres. Killeen se apartó para dejarlos pasar y en ese momento la
gente vio el carro y se oyó un suspiro colectivo. El atardecer se llenó de gritos de
angustia.
Una guardia de honor flanqueaba el carro con las armas preparadas. La gente se
arremolinó alrededor y Killeen quedó junto al vehículo. Vio tres cuerpos dispuestos
formalmente sobre el fondo, los brazos a los costados. Todos tenían los ojos muy abiertos
a la noche; caras olvidadas, desapasionadas, sobre cuerpos que desmentían esa calma.
Dos eran mujeres, flacuchas, la piel hundida y lacerada. Y las dos tenían un moretón muy
notable que se extendía desde el cuello hasta el vientre.
Pero no era un moretón, Killeen se daba cuenta de eso. El color púrpura se había
extendido hasta los senos de la mujer, levantando zonas de piel amarillenta. El borde de
la herida estaba arrugado y envuelto, como si alguna cosa en el interior hubiera intentado
escapar abriéndole el pecho, hubiera fracasado y estuviera todavía dentro; como si la
presión forzara las costillas hacia fuera y convirtiera los pulmones y los vientres en una
gran pelota hinchada que goteaba en una bolsa acuosa, transparente.
El cadáver del hombre estaba boca abajo en el centro. El cabello raído le cubría la
cabeza. Una pelota dividía la parte posterior de su uniforme. Otra cúpula estirada,
brillante, transparente. Ésta estaba bordeada por una costra marrón como barro reseco.
Los tres yacían juntos y apenas cabían en el ancho del carro, así que los cuerpos no
podían rodar y quebrar la piel fina, tensa, inflada hasta lo grotesco.
Killeen sintió que se le llenaba la boca de vómito incipiente. Se volvió, aspirando aire a
través de los dientes para anular el gusto asqueroso que venía flotando en el aire como
una bofetada. Empujó los cuerpos de la multitud y miró directamente a los ojos de los que
lo miraban sin verlo para volver al sendero. Las dos mujeres lo esperaban. En cuanto las
vio, preguntó:
—¿Qué…, qué ha sido?
—Los cíbers —dijo la mujer más comunicativa—. Hacen eso a veces cuando están
muy cerca.
—Pero, ¿qué…?
—Esa gente está infectada. Su Supremacía dice que debemos limpiarlos, purificarlos.
Tratarlos como corresponde.
—Sigamos, sí…
Ella agitó la cabeza y los mechones de su cabello negro se movieron como cuerdas
imbuidas de vida.
—Si nos vamos ahora, será una falta de respeto.
Los cuerpos de hombres y mujeres apretujaron a Killeen en medio de la multitud. La
inercia muda lo condujo hacia la hoguera.
En la estela del carro se elevó la tensión grave de la canción fúnebre de los Eight of
Hearts. Él miró cómo las manos enguantadas sacaban los cuerpos rígidos y sucios del
carro. Los apoyaron con mucha suavidad, con el hombre en el centro y boca abajo, y un
corazón rojo de tela sobre la cabeza de cada uno. Después, una mujer alta con insignia
de capitana habló un rato, la voz bien modulada, fuerte, acostumbrada al esfuerzo.
Killeen no escuchó las palabras. Miraba los cuerpos. A medida que los cadáveres se
ponían más rígidos, las piernas y los brazos temblaban un poco, como si los ritmos que
definían la forma de vida de las Familias (correr, la infinita sucesión de huidas del
nómada) siguiera inexorable incluso al otro lado de la frontera de la muerte.
Después, la capitana se acercó a la primera mujer, hizo un movimiento ritual con un
cuchillo largo y lo hundió con seguridad en la hinchazón brillante. La cúpula se rompió con
un ruido fuerte. Líquidos lechosos salieron por la herida, corrieron sobre la cara del
cadáver, sobre el rictus de la muerte, cubrieron los ojos todavía abiertos y gotearon sobre
las piernas. Parecía haber una cantidad inverosímil de ese material acuoso. Cuando la
cavidad se hubo vaciado, la costra exterior de la herida crujió y se rompió bajo los golpes
repetidos de la capitana.
La mujer siguió golpeando. La punta del cuchillo entró de pronto un poco más abajo y
el cuerpo se sacudió por dentro, temblando con un ruido de succión húmeda. Algo se
estremecía en el interior, agitando el cuerpo de un lado a otro, temblando, empujando las
costillas rotas. Un espasmo, otra convulsión y luego el cuerpo quedó inmóvil
definitivamente. Las costillas se derrumbaron hacia dentro.
La mujer muerta parecía haberse encogido, vaciado. En el descanso final de la muerte,
la cara se parecía a las de los que asistían a la ceremonia, una nariz pequeña como la
hoja de una espada entre pómulos prominentes. Los ojos parecían hundirse en las
cuencas oscuras. Un insecto pequeño se deslizó por la nariz hacia un labio lívido.
La capitana extrajo el cuchillo. En la punta afilada había una cosa dura, marrón y
queratinosa que todavía se sacudía con energía febril. Era dura pero informe, como si las
piernas y la cabeza todavía tuvieran que desarrollarse a partir de los segmentos marrones
unidos unos con otros. Se debatía contra el cuchillo, retorciéndose. Después,
bruscamente, se le escapó la vida y se quedó quieta.
La multitud se apartó un poco. La capitana arrojó la masa marronácea al suelo.
Instantáneamente, una mujer saltó hacia delante y la aplastó con las dos botas. Gritó algo
que Killeen no entendió, un alarido de furia, pena y desesperación. Después retrocedió y
se perdió entre la multitud. Los hombres y mujeres que la rodeaban la aferraron, se la
pasaron de uno a otro, abrazándola, protegiéndola con sus murmullos.
La capitana terminó con la segunda mujer de la misma manera. Killeen miraba la
ceremonia sin decir nada, aterido, paralizado. Esta vez fue un hombre el que aplastó la
cosa marrón. Crujió como los huesos de una mano aplastada. El hombre sollozaba
mientras lo hacía y aplastó la cosa varias veces antes de volver con los demás.
La hinchazón en la espalda del cadáver que quedaba era mayor que las de las
mujeres. La piel estaba cada vez más tensa, más transparente. Latía en pequeños
movimientos, una convexidad aquí, una concavidad allá, hasta que toda la espalda del
hombre pareció llenarse de una intención salvaje. El tronco era irreconocible ahora, salvo
por los paréntesis de las costillas que se abrían para dar cabida a la colina de carne que
se elevaba y latía, enfurecida.
La capitana de los Eight of Hearts levantó la espada y pronunció las palabras rituales.
Pero antes de que pudiera hundir la hoja en la espalda del hombre, la piel se abrió. Un
líquido lechoso empezó a rezumar por el agujero. Grietas oscuras corrieron por la parte
superior del moretón.
Algo pequeño y escurridizo salió a la luz del fuego. Luego se alejó corriendo. La
capitana no dudó ni un instante. Clavó el cuchillo en la cosa mientras ésta corría por la
pierna del cadáver. Unas patitas pequeñas lucharon y arañaron la hoja plateada. Pero el
cuchillo había logrado lo suyo.
Un suspiro colectivo se elevó en la multitud. Los tres cadáveres estaban fláccidos y
yertos ahora. Los parientes más cercanos, porque todos allí estaban relacionados de
alguna forma, se adelantaron para enterrarlos.
Killeen caminó con piernas rígidas y torpes, alejándose del rugido de la hoguera. Al
llegar al sendero, dijo con voz ronca a la capitana de los Seben:
—¿Eso es lo que hacen los cíbers? ¿Plantan las semillas en nosotros? ¿Ni siquiera
nos dejan morir con honor?
—Sí —contestó la mujer tostada por el sol—. Pero esas cositas no son cíbers.
—¿Qué son?
—Algún tipo de garrapata. Los vimos trabajando, siguiendo a los cíbers. A veces se
suben en ellos y les sacan cosas de las articulaciones, algo así.
—¿Pulgas?
—Supongo.
—Nos usan para espantar las pulgas —dijo Killeen, incrédulo.
—Nos dejan ahí tirados, y unas horas después vienen esas cosas. O nos matan con
limpieza desde lejos, si no tienen tiempo.
—¿Para qué usan a los mecs?
—No lo sé. Repuestos, supongo.
Killeen se chupó el labio para esconder su sensación de inquietud. La mujer dijo:
—Sí, pero vamos a triunfar. Es la forma en que Dios nos está probando.
Siguieron adelante a través de la noche iluminada por los fuegos de las lámparas de
aceite. Por encima de ellos, el cielo se abría y se extendía.
5
Para Killeen, la mirada de Jocelyn fue infinitamenre graciosa. La boca y los ojos de la
contramaestre se convirtieron en enormes oes abiertas.
Se abrazaron, y los otros Bishop se arrodillaron cerca de un pequeño fuego que saltaba
con un crepitar agradable y se reunieron a su alrededor.
Cermo lo palmeó en la espalda y lo abrazó. Lo que siguió fue confuso, rápido, intenso.
Las caras y las risas abrieron una alegría ferviente en el frescor de la noche a medida que
la noticia llegaba a oídos de todos y las voces llamaban y respondían a gritos entre las
formas convergentes que saltaban junto a fuegos cercanos y llegaban corriendo en una
celebración incrédula y excitada. Después, Toby estuvo allí, junto a él, la cara flaca y gris
incluso bajo el brillo cálido de las llamas crujientes que alguien había cuidado y
aumentado. Los ojos del muchacho bailaban con una alegría cálida y radiante. Killeen
levantó a su hijo en el aire y lo hizo girar a su alrededor en un estallido brusco de
sentimientos. El peso del muchacho lo sorprendió.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? —preguntaban las voces, y Killeen meneó la cabeza con
un nudo en la garganta y el mundo hecho un borrón entre los ojos. Toby no necesitaba
explicaciones y saltaba y reía como cuando era un niño. Killeen reía con alegría y se
volvía para ver a todos, gloriosos grupos de Bishop, una inundación cuando él había
esperado un arroyito reseco. Todos corrían hacia él, cruzando los últimos rayos del
crepúsculo. Le dolía la garganta por ser de nuevo el centro de lo único que realmente le
importaba, ese grupo abierto y unido como por una fuerza centrípeta que giraba alrededor
de él, mientras la Familia se acercaba desde la oscuridad para rodearlo con sus brazos.
Las preguntas lo bombardeaban desde todos los ángulos y no parecían ideas separadas,
sino el medio por el cual la Familia lo rodeaba, lo aceptaba de nuevo en su seno.
Después, en la luz brillante del fuego, a través de las conversaciones enloquecidas y los
gritos, la vio. Un poco más atrás que los demás las manos detrás de la espalda para que
no traicionaran sus emociones, los ojos parpadeando con furia para contenerse, la boca
torcida en una angustia interna, los ojos húmedos, abiertos, suplicantes. Shibo.
Ella no le hizo preguntas. Invocó una costumbre antigua de los Bishop por la cual una
mujer podía sacar a su hombre de la Familia si estaba herido o confuso. Killeen nunca
había oído hablar de ese privilegio aplicado a un capitán, pero no se resistió. Dejó que
Shibo lo guiara hacia una carpa pequeña, cuadrada y extraña, y se dejó caer como en un
pozo tibio y suave.
Le dolía todo. El miedo y la angustia que había reprimido se habían almacenado en
forma de tensión muscular, depósitos anudados en su sistema sensorial como pedazos
de granito en un lecho de arena. Cada uno de esos puntos sólo esperaba que perdiera el
control para gritar su dolor. Shibo no dijo gran cosa. Empezó a entonar una canción
aguda, danzante, acerca de antiguos hechos heroicos. Lo fue desnudando para poner un
poco de tibieza en esa piel sucia y cansada. Aplicó las cremas aceitosas y las masajeó
con una hoja de piedra. La piel de Killeen ardía y aullaba por la limpieza y después, de
pronto, se hundió por completo en un brillo cosquilleante.
Ella se movía a su alrededor, fantasmal, leve, diáfana; parecía sacarle las palabras de
la boca, así que la historia fue emergiendo casi involuntariamente, como si estuviera
contestando con las manos. El sistema sensorial de Killeen temblaba y ardía con el
aliento húmedo de Shibo, con su rapidez. Sentía la desesperación de ella, los días
terribles que había pasado y que ahora tejía entre los dos para unir a la pareja con el
deseo de ambos. Estaban juntos en un lugar nuevo, una zona que nunca habían
penetrado antes porque durante años la vida había sido tranquila y serena e incapaz de
provocar sentimientos profundos. Empujaron, empujaron. Hundidos el uno en el otro,
hueso contra hueso. Killeen se sentía enfurecido por la carne que se resistía a la fusión
de la pareja con su peso terco. Luchaba con la mera dureza de los cuerpos. Shibo mordió,
empujó y se tensó, luego se transformaron en cuñas aguzadas que se hunden unas en
otras. Dejaron atrás los cuerpos. Juntos se deslizaron por espacios lejanos, como si
navegaran.
Hubo un largo intervalo sin tiempo.
Después, como al azar, Killeen oyó una conversación lejana y murmurada. El ruido
agudo de alguien que manejaba objetos metálicos. El crepitar del fuego. Las risas
cansadas de los niños.
El mundo estaba allí de nuevo.
—Ah —suspiró Shibo con los ojos cerrados—. Aquí estás.
Se quedaron abrazados y rieron juntos. Killeen sintió un murmullo de dolor en la parte
inferior de la espalda y supo que no había dejado atrás todo el pasado, que jamás podría
hacerlo.
Habían venido de los espacios silenciosos. En blanco, sí, pero la presión del futuro ya
estaba en Killeen de nuevo.
Hechos, hechos, sí. Siempre la masa brutal e ineludible de los hechos.
Estaban varados en una tierra destruida, entre dos fuegos de hostilidad alienígena. La
Familia vivía en compañía de un grupo extraño de seres humanos.
Los planes de Killeen para Nueva Bishop ya carecían de sentido. La huida parecía la
única solución posible y, sin embargo, si entendía bien lo que había sucedido mientras él
estaba en las entrañas del ciborg, ese tiempo abigarrado y lejano, el Argo estaba perdido,
en manos enemigas.
Volvió a acurrucarse junto a Shibo y se dejó ir en el perfume de la mujer, buscando un
momento más de olvido.
6
Las gotas de lluvia le humedecían el espíritu. La mañana pálida cortaba el cielo a
través de una masa de nubes purpúreas. Killeen se acurrucaba bajo un montón de
piedras, protegido por una lona que se sacudía en el viento frío que corría al encuentro
del frente de tormenta.
—Parece que amaina —comentó Killeen a Jocelyn, que estaba en cuclillas a su lado.
Ella contempló el valle bajo, lleno de cambios en el nivel del terreno, donde docenas de
fuegos trazaban volutas de humo en el cielo, hilos agitados por el viento.
—Eso espero. Odio correr en el barro.
—Yo estaba pensando lo mismo. ¿Cómo es que acampan así, con toda la Tribu junta,
casi tocándose los codos?
—Su Supremacía dice que es lo mejor. —La cara de Jocelyn era una máscara
inexpresiva, los ojos no decían nada.
Killeen mordió una barra de grano. Vio los gorgojos que la habitaban. Bueno, también
había habido gorgojos en el Argo, ese tipo de bicho era eterno. Pero los humanos también
eran bichos.
—Si supieran que pueden atrapar a tantos —dijo—, los mecs atacarían este lugar de
inmediato.
—Por lo que he visto, los mecs ya no importan. El problema es con los cíbers —
observó Jocelyn.
—De acuerdo, hablemos de los cíbers. Esos fuegos de anoche nos delataron. ¿Cómo
es que no atacan a una multitud como ésta?
—No es su estilo.
—¿Quién lo dice?
—Su Supremacía.
—¿Y qué es él? Ayer me ofreció todo un espectáculo y apenas pude contener la risa.
Jocelyn frunció el ceño con desaprobación.
—No te burles. Nunca.
—¿Todos están tan locos como él?
—Ven a ver.
Killeen no tenía ganas de arrastrarse por el terreno lleno de barro, pero había una nota
en la voz de Jocelyn que lo decidió. Sentía las articulaciones y los servos, todos, como
cuñas pesadas y mojadas en las piernas. Había corrido mucho el día anterior y después
había pasado parte de la noche caminando con el grupo que lo llevó al campamento. La
tripulación y él se habían ejercitado en las cubiertas de gimnasia del Argo para
mantenerse en forma. El había esperado que la gravedad menor de ese mundo lo
ayudaría. Demasiado optimismo. No era así. La lluvia le provocó un dolor opaco en las
pantorrillas y la parte inferior de la espalda. Caminaba con torpeza, tenso, cojo, agobiado
como los viejos. Pensaba en eso cuando caminaba un paso más atrás de Jocelyn. Lo
cierto es que no estaba preparado para lo que vio al otro lado.
Una gran viga estaba enterrada en el suelo, casi vertical. Había una mujer atada a ella,
con la cabeza abajo. La lengua púrpura asomaba entre los dientes apretados y los ojos
parecían a punto de estallar.
—Por favor, por favor…
Killeen dio un paso hacia ella y sacó el cuchillo.
—No. —Jocelyn le puso una mano sobre el hombro para detenerlo—. Si la tocas, te
meterás en problemas. Todos.
—Por favor, las manos. Dios…
Killeen vio que las manos de la mujer estaban hinchadas y azules, sobre todo en el sitio
donde el alambre las sostenía atadas a la viga. En los tobillos, las ataduras cortaban los
pies grandes, oscuros de sangre congestionada.
—No puedo permitir que…
—Todos nos mantuvimos al margen. Su Supremacía dice que quien la toque tendrá lo
mismo. —La voz de Jocelyn era cuidadosa, controlada.
—¿Por qué?
—No «cree», como dicen por aquí.
—¿No cree en qué?
—En Su Supremacía. Y en la victoria inevitable del grupo, supongo.
—Es… —La voz de Killeen se apagó cuando miró el rostro suplicante y enrojecido de la
mujer. En aquel valle estrecho había tres vigas más clavadas en la tierra y mantenidas
con piedras. Cada una sostenía un cuerpo cabeza abajo. Killeen recordó de pronto el
«arte» del Mantis hacía años. Arte con seres humanos. Estos monumentos a la maldad
del hombre tenían una cualidad extrañamente familiar.
Dio unos pasos hacia ellos, y entonces vio la nube de insectos que zumbaban y
murmuraban alrededor de los cuatro. Se acercó al más cercano con las piernas rígidas. El
cuerpo estaba lleno de hormigas. Zumbaron con rabia cuando él se acercó y se inclinó
para ver el rostro congestionado, negro de sangre.
—¡Es Anedlos! —exclamó. Jocelyn tiró de él para alejarlo.
—No mires. Lo pusieron ahí hace días. Murió ayer. Los otros dos son de la Tribu, de
uno de los Card Suit.
Killeen tartamudeó, atónito:
—Anedlos…, Anedlos era un buen tripulante. Sabía…, sabía…
—No quería participar en el servicio religioso. Discutió con Su Supremacía.
—¿Y por eso…? —Killeen se obligó a dejar de hablar, a pensar—. ¿Qué hiciste?
—¿Con Su Supremacía? Le rogué…
—¿Le rogaste? ¿Nada más?
—¿Qué podía hacer? —le preguntó Jocelyn, desafiante.
—Decirle a ese maníaco que nadie, nadie puede hacer justicia en la Familia Bishop
excepto la Familia Bishop.
—Por aquí las cosas no funcionan de esta forma.
—Ninguna decisión tribal puede pasar por encima la decisión de una Familia, ya lo
sabes.
Jocelyn hizo un gesto, como para decirle que esas ideas eran inútiles.
—Las viejas reglas no funcionan aquí. Su Supremacía dice que es la encarnación de
Dios y lo que él decide es la ley.
—Está loco.
—Sí, pero muchas Familias creen que realmente es Dios.
—Matar mecs no convierte a nadie en Dios. Jocelyn se encogió de hombros.
—Estas Familias siempre tuvieron dioses y todo eso, y Su Supremacía lo unió todo en
una sola cosa.
Killeen recordó al Aspecto Nialdi, que había llevado años antes, un hombre religioso.
Nialdi nunca le había servido de gran cosa, aunque había guiado a otros capitanes a
través de las eras Cuando Killeen se transformó en capitán, con poder sobre las
asignaciones de Aspectos, había puesto a Nialdi en el depósito de chips.
El fervor religioso… aparece… tiempos de crisis… cambios intolerables. Fin de la Era de
los Candeleros… mucho ardor religioso… Nialdi vivió después… parece que Su
Supremacía lleva… personalidades como ésa… eso le da… poder carismático… sobre la
Tribu…
Era la voz del Aspecto Grey, que murmuraba lentamente. Killeen se dio cuenta de lo
que quería decir. Nialdi aplicaba las verdades aparentes de ese período al presente. Su
Supremacía estaba haciendo lo mismo. Tal vez el truco de hacer que su gente se
alquilara para distintas ciudades mecs le había dado el poder suficiente como para hacer
que los Aspectos poderosos que había por debajo entraran en acción.
—Pero no podemos permitir… —dijo a Jocelyn.
—Mira —lo interrumpió ella con calor—, ya lo intenté todo. Su Supremacía me puso al
mando desde que pensamos que estabas muerto. Es lo único que puedo hacer. Al menos
consigo comida. Estábamos muy mal cuando aterrizamos. Esta gente nos protegió.
Hemos tenido suerte.
—A pesar de lo que puede hacerte ese loco, tú lo sigues —espetó Killeen, exasperado.
Volvió hasta la mujer, sacó una herramienta para cortar los cables. Resultaba difícil
seccionar las ataduras porque el cable se había hundido en las muñecas. Pero antes de
terminar, vio que la sangre corría por la boca de la víctima, salpicando el barro y
mezclándose con la lluvia que corría por el arroyo del valle. La mujer estaba muerta.
De nuevo en el campamento de los Bishop, llamó a Cermo, Jocelyn y Shibo y los
interrogó con cuidado. Empezó con el abandono del Argo.
Shibo había conducido el vuelo desde la estación. Logró reactivar el Flitter donde se
escondía Jocelyn. Los cíbers que habían capturado a Killeen no repararon en la nave.
Cuando salieron de allí y abandonaron su control sobre la nave, Shibo reunió la dispersa
flota de Flitters que transportó a la Familia.
Habían tenido suerte. Cuando el anillo cósmico dejó de girar, Shibo vio la oportunidad.
Su manejo hábil y eficiente de las micromentes de los transbordadores los había
conducido rápidamente hacia la atmósfera. Una de las naves se había partido en dos con
cuatro Bishop adentro. Shibo llevó a todos a un aterrizaje bastante duro a un día de
marcha del campamento de Su Supremacía. Bajaron de noche. La guardia del
campamento había enviado un destacamento para ver quiénes eran.
—El asunto es quiénes son ellos.
—Tribu de Naipes. Tienen unos rectángulos de pasta que usan para jugar y que tienen
los símbolos y nombres de las Familias como señales —explicó Cermo. Tenía la cara
flaca y llena de barba.
—Ah, parece gracioso hacer Familias a partir de un juego —dijo Killeen—. Pero es así,
según parece.
—Un Niner me dijo que nuestras Familias provienen también de un juego —comentó
Shibo. Killeen se burló, incrédulo:
—¿Qué? ¿Los Bishop y King y Rook?
Shibo se encogió de hombros. Cermo dijo:
—Supongo que lo inventaron porque a nosotros nos pareció gracioso que se llamaran
como unos rectangulitos de papel dibujados.
—Sin embargo, tenemos mucho en común —dijo Killeen, pensativo—. Tribus, Familias,
incluso las mismas reglas.
—Debemos de venir del mismo lugar —concluyó Shibo.
Jocelyn asintió.
—Su Supremacía dice que venimos todos del mismo Candelero.
—¿Y él, cómo lo sabe? —preguntó Cermo.
—Los Aspectos —apuntó Jocelyn—. Supongo que los Aspectos mantuvieron
características similares. Reglas, leyes, todo eso… Los Aspectos siempre hablan de eso.
—Sí —admitió Killeen—. Los Aspectos siempre quieren hablar.
—Eso explicaría por qué todavía podemos entendernos con estos de los Naipes —
sugirió Shibo.
—Suena lógico —reconoció Jocelyn—. Si el lenguaje cambiara, no podríamos
hacernos entender por los Aspectos. Tampoco podríamos intercambiarlos con los de los
Naipes.
—¿Quién ha dicho que íbamos a intercambiar Aspectos? —preguntó Killeen
cuidadosamente.
—Su Supremacía —respondió ella.
—¿Por qué?
—Para reunir la tecnología.
Killeen la miró y dijo muy despacio:
—La capitana de los Seben no parecía interesada en eso.
—Bueno. Su Supremacía dice que quiere controlar los Aspectos que usan los oficiales
de los Bishop.
Se miraron unos a otros.
—Tal vez piensa que no tenemos suficientes Aspectos amantes de Dios —espetó
Shibo.
—Yo sólo repito lo que me dijo Su Supremacía —dijo Jocelyn.
—Que no es gran cosa —observó Cermo.
—Yo me llevo bien con él —se pavoneó Jocelyn—. Conseguí comida y carpas.
Killeen recordó una noche en que la Familia había sido sorprendida en Nieveclara y
había tenido que abandonar las camas y las carpas y los utensilios de cocina. Aunque
ahora estaban muy lejos de las comodidades extrañas, maravillosas e hipnóticas del
Argo, le alegraba ver que la Familia se había amoldado con facilidad a la dureza de la
vida en tierra.
Cerca del campamento, un trabajador de metal, un robot, creaba una plataforma de
transporte con algunas cañerías rotas de los mecs. El campamento Bishop se movía con
esfuerzo a medida que resurgían las viejas habilidades y Killeen veía en las caras la lenta
confianza que provenía de descubrir que los métodos familiares y casi olvidados todavía
servían para muchas cosas.
Killeen examinó los arreglos que había hecho Jocelyn en la Tribu, detalles de comida y
suministros. Había enviado a cincuenta hombres y mujeres para ayudar a recoger la
comida del día, trabajo que hacían todas las Tribus coordinadas, lejos del campamento de
la Tribu. Killeen tenía que decidir cómo volver a formar la secuencia de mando de la
Familia, ya que habían perdido a los cuatro del transporte partido y, por supuesto, a
Anedlos. Killeen habló de ese asunto con ira, la voz silbaba entre los dientes apretados.
—No toleraremos este tratamiento. Pero mejor será que miremos bien lo que pasa a
nuestro alrededor para entender mejor lo que ocurre.
Sus lugartenientes asintieron. Él siguió discutiendo otras cosas, pero sabía que no
podía decirles gran cosa para tranquilizarlos. La imagen cruda y realista de la situación en
que se encontraban hablaba con claridad. Aquí estaban, en cuclillas, como años atrás,
listos para saltar y moverse a la menor alarma. Habían perdido todo, el Argo y los sueños,
en apenas unos pocos días.
Al hablar, Shibo manifestó los pensamientos de todos.
—Si tenemos una oportunidad, aconsejaría que volviéramos al Argo.
—Ojalá hubieras podido controlarlo —se lamentó Killeen—. Tal vez habrías podido
escapar.
—No —replicó ella—. Esa nave cíber que te atrapó navegaba mucho más rápido que el
Argo. Nos habría alcanzado con facilidad.
—Pero me siguió a mí. Me atrapó al otro lado del planeta.
—Solamente después de que nos fuéramos en los Flitters —apuntó Shibo.
—Supongo que me querían a mí —dijo Killeen como sin darle importancia, tratando de
pasar por alto el momento.
—¿Para qué? —preguntó Jocelyn.
—Me examinaron y me soltaron.
—¿Estás seguro de que eso es todo? —preguntó Jocelyn.
¿Qué hacía Jocelyn? ¿Estaba tratando de despertar sospechas en los demás?
—No lo puedo explicar. Pero sobreviví.
Jocelyn levantó su ropa y no dijo nada. Killeen sintió que la inquietud abandonaba a
sus oficiales. La simple presencia de un líder aclaraba mucho las cosas.
Había aprendido de Fanny el valor de olvidar los errores y disputas del pasado.
Abraham había sido un genio para eso. Killeen sabía que le faltaba la levedad de tacto de
su padre.
Para romper el humor sombrío del grupo, levantó una taza de líquido marrón y tibio, lo
bebió y después, bruscamente, lo escupió.
—Enviad una partida pequeña, los cinco que tengan mejor olfato —dijo—. Que vean si
encuentran plantas de algún brebaje en esta tierra maldita. Me gustaría tomar algo
decente por una vez.
Cermo se bebió lo suyo.
—No está tan mal.
Killeen arrugó la nariz.
—Parecen meados de mec.
—Sí —admitió Cermo—. Pero tiene algunas cualidades a pesar de todo.
—¿Como qué?
—Bueno, por lo menos no crea adicción.
Todos se miraron unos a otros brevemente y, después, Cermo empezó a reírse entre
dientes y Jocelyn ahogó una carcajada. De pronto, todos se estaban riendo y los gemidos
y las toses parecían aliviar las presiones internas, estallidos que colmaban el aire frío y
húmedo de la lluvia como balas de cañón, afirmaciones explosivas, pequeños gestos
contra la mala suerte.
7
La aurora del día siguiente trajo un horrendo vendaval de polvo que colmó el aire
agudo y agresivo. Llegó justo cuando empezaba el trabajo del desayuno. En el
campamento de la Familia Niner, los fuegos se descontrolaron. Un viento lleno de
gemidos barrió las llamas en ráfagas traicioneras. El incendio llegó a las carpas y cruzó
una zona de pasto seco. Un hilo de humo rodó a través del terreno de la Familia Bishop y
Killeen se apresuró a formar un equipo.
Nadie quería ir, por supuesto. El viento se llevaba sus órdenes y eso les daba una
excusa para fingir que no lo oían. El fuego era culpa de los Niner, pero eso no importaría
mucho si llegaba hasta ellos. Tuvo que arrastrar a una docena de hombres y mujeres por
el cuello.
Avanzaron a través de los dientes del vendaval, arrancando el pasto antes que las
lenguas anaranjadas, que saltaban con velocidad alarmante. No lo controlaron. Se
unieron a la brigada de los Niner, que dedicaban sus esfuerzos a apartar las carpas y el
equipo del camino del fuego.
Killeen discutió con los oficiales de la otra Familia y no consiguió nada. No se atrevía a
dejar su propio equipo y buscar al capitán Niner. Si lo hacía, los Bishop se marcharían a
poner a salvo sus cosas. El polvo facilitaba que se escabulleran en los bancos rugientes
de suciedad, que se deslizaban a ras del suelo como animales marrones y sucios. No
había una buena solución a mano, así que Killeen envió a un mensajero con órdenes de
reunir a toda la Familia y poner manos a la obra.
Abrieron una zanja grande frente a las llamas que saltaban. Resultaba imposible
enfrentarse a la tormenta con esa arena ardiente y las llamas enloquecidas saltando a
pocos metros de distancia. Detuvieron el fuego justo antes de que llegara a un grupo de
árboles muertos y secos, que se habrían incendiado en un instante y habrían esparcido
las cenizas en todas direcciones.
El viento se calmó tan bruscamente como se había levantado. Acabaron con las llamas
que quedaban y volvieron al campamento. Había polvo en todas partes. Todas las
aberturas de las carpas habían dejado pasar poderosas ráfagas de polvo. Killeen y Shibo
estaban barriendo el refugio que compartían cuando llegó Toby, las manos en los bolsillos
de los pantalones.
—Sabía que me iba a alegrar de dormir al aire libre —dijo con tono risueño.
—Sí, sé que te metiste en el refugio de otro cuando llovía —sonrió Killeen.
—Ahora todo está seco.
—¿Duermes en una bolsa y nada más?
—No tengo bolsa. No la necesito. El traje me mantiene abrigado. —Toby llevaba
puesto todo el equipo de carrera, la cobertura pélvica de aluminio, los servos y las
perneras de acero pesado.
—Debes de estar cansado con todo eso puesto —comentó Killeen.
—Me gusta —dijo Toby, ajustándose la llave de un compresor—. Cambié parte de mi
equipo por esto.
—¿Qué les diste?
—Algunos chips que tenía en el hombro.
—Ésos son chips de la Familia.
Toby lo miró, a la defensiva.
—¿Y qué?
—¿Te pidieron Aspectos religiosos?
—¿Eh? No. No. Nada de eso.
Killeen suspiró, aliviado. Estaba seguro de que Su Supremacía trataría de conseguir
chips de los Bishop porque el conocimiento es poder. Por otra parte, no quería convertir
cualquier incidente en un portento inconmensurable.
—¿Qué les diste? —repitió.
—Vamos, papá. Tengo chips técnicos que nadie volverá a usar.
Killeen mantuvo la voz sin matices.
—¿Qué, por ejemplo?
—Cosas para construcciones. Hacer paredes con repuestos mecs, cosas así.
—Tal vez necesitemos eso más adelante.
—¿Cuándo? No se puede construir nada aquí.
La voz de Killeen se descontroló de pronto. Ahora era dura, cargada de severidad.
—Encontraremos un lugar. Construiremos una Ciudadela, mayor y mejor que la última
que tuvimos. Ahora no sabremos cómo hacerlo porque tú regalaste la tecnología.
—Cuando llegue ese momento —replicó Toby, sarcástico—, la compraré de nuevo. Si
voy a establecerme en un lugar fijo, no necesitaré el equipo de carrera.
—Ve a buscar a la persona que tiene tus chips.
—Son dos Niner. Y no se los di, los negocié, los cambié por algo.
—Ahora dales lo que quieran. Pero esos chips deben volver a la Familia. Ahora mismo.
—¡Papá! —Toby saltó en el aire, ayudado por los compresores—. No puedo ir…
—Claro que sí. Y lo vas a hacer. La propiedad de la Familia se queda en la Familia.
—Mira, hay muchos otros que intercambian cosas. Es natural.
—¿Quiénes?
—¿Cómo supones que conseguimos el equipo de cocina, las carpas, las…?
—Haciéndolos, como en Nieveclara. ¿Quiénes?
—No hay suficientes cosas de los mecs para eso. Además, tardaríamos mucho ti…
—Vi repuestos en el campamento Niner. Buscad ahí y usad las herramientas que
guardamos. ¿Quién más intercambió cosas?
Cuando Toby le dijo los nombres de los otros cuatro, Killeen llamó a Jocelyn y le
ordenó que los buscara y consiguiera lo que habían dejado en manos de otras Familias.
Por el rictus de Jocelyn comprendió que a ella no le gustaba el trabajo, pero lo obedeció
sin replicar.
Killeen se quedó de pie mirando a Toby, que partía hacia el campamento Niner. Se
daba cuenta de que habría podido manejar mejor el asunto. Shibo se le acercó y le pasó
un brazo alrededor del cuerpo y le acarició el cuello.
Él gruñó, frustrado.
—Resulta difícil volver a ser padre después de ser capitán.
Ella asintió.
—Toby tiene miedo, como todos. Necesita ayuda.
—Me doy cuenta. Pero…
—Todos nos estamos recobrando. Hemos perdido el Argo. Necesitamos algún tipo de
dirección.
—Toby parece firme.
—Él y Besen se ayudan mutuamente.
—¿Quieres decir que…?
Ella asintió e hizo un gesto que significaba amor, romance, cortejar a otro.
—Ah. —Killeen parpadeó—. No me había dado cuenta.
—Los padres suelen negarse a ver. —Shibo sonrió.
—Bueno…, yo quise…
Buscaba algo sabio e inteligente que decir, pero se dio por vencido. Su mundo interno
era un desastre. Sabía que era absurdo sentirse así, pero su primera reacción ante las
novedades era un profundo sentimiento de pérdida. Reconocerlo parecía ofensivo para
Shibo, porque ella seguía a su lado, por supuesto. Por otra parte, era inevitable que Toby
creciera.
Se dijo que tal vez la crisis lo había hecho vulnerable y que el dolor que sentía era un
efecto colateral de las otras preocupaciones que lo agobiaban. Mientras trataba de
comprender lo que sucedía en su interior, vio que la boca de Shibo se torcía en una
mueca típica del que se siente divertido por algo y trata de ocultarlo, y comprendió de que
ella interpretaba a la perfección la confusión en el rostro de su compañero. Finalmente, rió
y levantó las manos en un gesto de resignación.
—Tenía que pasar tarde o temprano. Además, ella es muy buena chica.
—Me alegro de que te hayas despertado por fin —dijo Shibo, alegre. Killeen la besó.
El Aspecto Ling dijo con severidad:
Todavía me opongo a las muestras públicas de cariño. Te enfrentas a graves
dificultades, y todo lo que perjudique la estructura de tu liderazgo…
Killeen empujó al Aspecto hacia el pequeño espacio que ocupaba en la parte posterior
del cerebro y sintió una gran satisfacción al hacerlo. Ahora que estaban otra vez en tierra
firme, podía confiar mucho más en sus propios instintos.
Dejó a Shibo y recorrió el campamento Bishop, preguntándose qué medidas podría
tomar para aliviar la creciente sensación de peligro. Besen estaba sentada en una piedra
natural mientras manipulaba un metal mec para convertirlo en una herramienta de
transporte.
—Toby está un poco resentido —comentó ella cuando él se sentó a su lado.
—Todos lo están —replicó él.
Siempre había podido hablar a Besen con naturalidad. Ahora que pensaba en ella, se
daba cuenta de que esa «niña» era una mujer con una gran confianza en sí misma. Su
cara angulosa tenía una cualidad de introspección e inteligencia.
—Algunos dicen que estamos peor que en Nieveclara —apuntó ella.
—Tal vez.
—Piensan que esa cuerda se moverá en cualquier momento. Nunca podremos volver a
atravesarla.
—A menos que averigüemos cuándo funciona y cuándo deja de hacerlo —observó
Killeen.
—¿Cómo? —preguntó ella.
Killeen sonrió.
—No tengo ni idea.
Besen rió.
—Bueno, al menos ahora que tenemos capitán de nuevo no todos están tan
deprimidos.
Killeen parpadeó.
—¿Qué?
—Yo había perdido la esperanza. Nos quedábamos sentados sin hacer nada, mirando
el suelo, hasta que llegaste.
Killeen estaba realmente asombrado.
—¿Por qué?
—Jocelyn trató de levantarnos el ánimo. Pero no podía.
Killeen no dijo nada, así que ella siguió hablando.
—Te seguíamos porque tenías un sueño en el que todos creímos. Ésa fue la única
razón por la que dejamos nuestro hogar.
—Y no hay sueño.
—Sí. Nos damos cuenta. No somos tontos. —Lo miró con severidad, la boca tensa.
—Y los cíbers son peores que los mecs.
—Pero tú tienes más de un sueño.
Killeen se quedó asombrado de nuevo.
—¿Qué?
—Ya se te ocurrirá una forma de salir de aquí. Lo sabemos.
Él no sabía qué decir y habló para que ella no se diera cuenta:
—Vamos, muéstrame cómo están las cosas por aquí.
La boca grande de ella parecía contener una alegría interna ante la confusión del
capitán.
—Sí, señor —dijo con solemnidad.
Por lo que sabía, quedarse sin hacer nada en un campamento como ése, muy visible
desde el aire e incluso desde la órbita, era una estupidez. Fogatas nocturnas, humo de
día, una disposición regular de las carpas, los mecs conocían bien todo eso. Y
posiblemente los cíbers también.
Caminó junto a las trincheras retrete de los Bishop, que ya hedían, y probó el palo que
había a un lado para sostenerse. Cuando niño, y más de una vez, se había puesto en
cuclillas en una de esas trincheras sin la ayuda del palo y había perdido el equilibrio. En
esta ocasión el palo era un largo brazo de aluminio cerámico de tecnología mec,
sostenido por horquetas en los bordes. Soportó con facilidad todo su peso cuando él se
agachó para el ritual diario anterior al desayuno. Los Bishop había perdido hacía ya
mucho la vergüenza en esas cuestiones, y ya no construían refugios alrededor de las
trincheras. Incluso en la Ciudadela perdida, la intimidad había sido un problema
secundario. Killeen caminó sobre el risco que se alzaba después de la trinchera y vio que
la otra Tribu era diferente. Algunos habían construido refugios, incluso con techo. Pero
más allá, en el valle, vio un arroyito, ensanchado por la lluvia reciente, que servía primero
como fuente de agua potable y después, más abajo, como cloaca.
—Una estupidez —comentó Besen, que caminaba a su lado.
—¿El río? —preguntó él.
—Sí. Ya hay disentería en algunas de las Familias. En un campamento así, si aparece
una enfermedad peor se diseminará como el fuego en un campo seco.
—¿Ves alguna señal de eso?
—He oído rumores —dijo ella.
—Avísame si te enteras de algo más.
—Es difícil arrancarles información.
—¿Por qué?
—Siempre hablan de lo que es correcto, y afirman que si siguen el sendero de la
verdad, todo irá bien al final.
—Tal vez sus Aspectos no los tratan muy bien en esos asuntos.
Besen miró el valle mientras decía:
—Sí, parece que son de los tiempos de las Arcologías.
Killeen la observó, complacido.
—La mayoría de los jóvenes no se preocupan lo suficiente por la historia como para
recordar eso.
Ella dio media vuelta para estudiarlo.
—No lo creo. Es la única forma de hacer que todo tenga sentido.
—Claro, si se tiene tiempo. Ahora estamos muy ocupados.
Ella lo miró, severa.
—Si nos olvidamos de quiénes somos, ¿para qué seguir adelante?
—En efecto. —De alguna manera, Killeen se enorgullecía de esa vehemencia tranquila.
Las otras Tribus sucumbían frente a Su Supremacía, pero él estaba seguro de que los
Bishop no lo harían.
—Besen, me alegro de que estés con Toby. Él y yo no nos entendemos muy bien
últimamente. Ella sonrió.
—Son tiempos duros para todos.
—Cuando un muchacho rompe con los suyos y elige su propio camino, bueno…, ya
sabes…
—Sí.
—Te…, te agradezco la ayuda —dijo él con torpeza.
—No lo haces tan mal —respondió ella y volvió a su trabajo. Killeen se quedó de pie,
mirando el valle y luchando con sus pensamientos. En principio, era una situación muy
sencilla. Un capitán debía seguir las órdenes de la Tribu. Pero él sentía que había algo
muy peligroso en todo aquello.
—Vengo a informar, capitán —dijo Jocelyn formalmente. El no la había oído llegar.
—¿Has conseguido los chips?
—Sacudí un poco a algunos, pero parece que todo está resuelto.
—Muy bien. ¿Cómo andamos de reservas?
—Flojos. —Ella apretó algo en su muñeca y apareció un diagrama gráfico del
inventarío de suministros comestibles en el ojo derecho de Killeen, un diagrama al que se
podía acceder con un parpadeo.
Killeen estudió las colinas. Habían crecido bosques espesos en esos arroyos. Muchos
estaban aplastados por deslizamientos de barro. Había árboles grises y muertos.
—Pero vamos a recorrer el territorio con rapidez. Lo limpiaremos lo antes posible.
—Veré si las otras Familias tienen depósitos de comida.
Killeen dirigió un gesto hacia la quebrada que zigzagueaba por el valle polvoriento.
—El agua no será problema de momento. Pero si algo controla el agua más abajo,
sabrá que estamos aquí.
—¿Los cíbers?
Killeen se encogió de hombros, mirando el movimiento abierto y descuidado de las
Familias en el valle.
—Probablemente. La cuestión es qué vamos a conseguir luchando contra los cíbers.
Jocelyn estudió el rostro de su capitán. ¿Sospechaba algo?, se preguntó Killeen.
Él le había dicho a Shibo todo lo que recordaba de su encierro dentro del cíber. Ella
había estado de acuerdo en que hasta que lo entendieran mejor, probablemente no
convenía contarlo todo a los demás.
Cuando la Familia le preguntó, había dicho con franqueza que de alguna forma había
pasado un tiempo en el cuerpo de un cíber y después se había escapado del nido
subterráneo a la primera oportunidad. No podía explicar las sensaciones de comunicación
y acuerdo que lo habían asaltado dentro del cuerpo del cíber. Esos recuerdos le
provocaban asco. A veces se le presentaban imágenes de ese encierro en sus sueños.
Había trabajado duro el día anterior pensando que el cansancio probablemente le
impediría soñar. Pero el fuego de esa mañana lo había rescatado de una sensación de
ahogo en el aire esponjoso que inundaba sus pulmones cada vez que intentaba respirar.
Salir al mundo real, incluso a un incendio gigantesco y descontrolado, había representado
un alivio.
—¿Tenemos alternativa? —preguntó Jocelyn, los ojos preocupados. Killeen se
preguntó si la Familia no lo consideraría como un extraño. No cabía duda de que Jocelyn
estaba actuando de una manera formal, como si estuviera incómoda con él. Shibo
también había tenido cuidado desde su regreso, como si Killeen fuera frágil y al mismo
tiempo poco fiable. Bueno, pensó Killeen, tal vez ésa era la situación.
—Probablemente no. Parece que los cíbers están interesados en sacarle las entrañas
al planeta, no su superficie.
Killeen dirigió un gesto hacia arriba, donde una pequeña cobertura de nubes oscurecía
en parte una gran mancha gris y distante. Los arcos de las construcciones de los cíbers
se veían ya en las órbitas polares, muy cerca del horizonte. El largo arco de la cuerda
cósmica era una raya leve, pálida, en el cielo. Algo giraba en el extremo de la visión de
Killeen. Volvió el rostro para distinguirlo bien, pero era solamente un trazo leve que se
movía en una órbita ecuatorial. Los cíbers eran dueños del espacio, pero por alguna razón
no usaban el ataque desde arriba contra los seres humanos. ¿Por qué?
—Absorben el núcleo, le sacan todo el metal, no nos dejarán más que la basura
superficial —se lamentó Jocelyn—. Eso matará a las plantas y probablemente también a
nosotros.
Killeen escuchó un momento a Arthur y dijo:
—Mis Aspectos afirman que no habrá grandes cambios en la temperatura durante un
buen tiempo. El problema son los terremotos.
—Su Supremacía dice…
—Mira, un hombre que cree que es Dios no me suscita mucha confianza.
—Yo opino que deberíamos creerle.
—¿Creerle a él o creer en él?
Jocelyn le contestó con cansancio:
—Lo he visto más veces que tú. Fue muy bondadoso. Después de todo, ¿quiénes
éramos? Gente que cayó repentinamente del cielo y le pidió cosas: comida, refugio. Nos
ayudó a salir de los transbordadores antes de que los cíbers los descubrieran. ¡Es un
comandante nato!
—Mira, ¿recuerdas a Fanny? Ella sí que era una comandante nata. Este tipo…
—Está usando métodos nuevos —replicó Jocelyn, inflexible—. Estos son tiempos
terribles, las viejas fórmulas no sirven.
—Lo único que nos queda son las viejas fórmulas.
—Bueno, entonces, según las viejas leyes, como Mayor, él tendría que haber
nombrado un nuevo capitán. Tú no estabas, probablemente habías muerto. Así que si nos
guiamos por las viejas leyes, tú ya no eres capitán.
—¿Y quién lo sería?
Ella dudó, y después dijo:
—Su Supremacía me pidió que formara el campamento. Yo negocié con las otras
Familias.
—Te felicito por eso. Eso es todo —dijo Killeen, y la saludó militarmente. Le dio la
espalda y miró el valle de nuevo.
El Aspecto Ling apareció en sus pensamientos:
Esa oficial se regodea con el sabor del mando. Mi experiencia me dice que ni siquiera
los tiempos de peligro sacian esa sed.
Killeen pateó una piedra, satisfecho por el ruido del rebote sobre la ladera.
8
La carpa de Su Supremacía estaba impregnada de la dulzura del incienso y el olor
picante del sudor. Los quince capitanes permanecían de pie en una formación
semicircular frente al escritorio negro, en posición de firmes, tal como él les había
ordenado. Sobre las cabezas de todos flotaba una capa de humo azulado. El olor formaba
un nudo en la garganta de Killeen. Tosió. Su Supremacía frunció el ceño y repitió la orden.
—Todas las Familias pondrán la misma fuerza en este ataque. Atacaremos
simultáneamente. Todos nos arriesgamos, triunfamos todos.
Y si perdemos, nadie estará en la retaguardia para cubrirnos, pensó Killeen. Pero no se
atrevió a objetar.
—Seguiremos la misma táctica victoriosa de acción directa que nos ha llevado tan
lejos. Después del asalto, destruiremos tantos edificios cíbers como podamos.
Killeen abrió la boca y dijo sin poder controlarse:
—Lo siento, pero ignoro la táctica.
Su Supremacía se volvió casi con pereza para mirarlo directamente. Hasta ese
momento, el hombrecito robusto y macizo había hablado con los ojos fijos en el humo
azul, como si viera secretos escondidos allá arriba en la carpa.
—Supuse que habías aprendido las tácticas de batalla que yo inventé.
—He visto las armas. Gran tecnología, algunas me resultan desconocidas, pero…
—Capitán de los Bishop, un Palo poco familiar para mí, pero un Palo que estoy
dispuesto a aceptar en mi compañía de devotos, comprendo tu ignorancia. Cuando me
enteré de que tu Familia llegaría, me dije que la ayuda que bajara del cielo necesitaría
preparación, y yo y mis oficiales estamos dispuestos a cambiar en ti todo lo que sea
necesario para que participes de mis grandes propósitos, no te preocupes.
—Bueno, señor, se lo agradezco mucho. Mi Familia necesitaría…
—Tal vez no te has dado cuenta de que nadie utiliza el título leve y despreciable de
«señor» para dirigirse a mí.
Killeen hizo el gesto que había visto en otros capitanes, una reverencia con un pie atrás
y las manos apoyadas en el suelo. Parecía una señal de sumisión total.
Su Supremacía asintió, pero parecía casi aburrido.
—En el mundo de donde vienes, ¿practicabais el ataque frontal?
—En Nieveclara, sí, pero muy raras veces, porque los mecs tenían sus perímetros muy
vigilados. Nos descubrían enseguida —dijo y se esforzó por terminar—, Su Supremacía.
—Yo diseñé una forma nueva y devastadora de ataque frontal. Hay que designar a una
Familia como guerrera primaria, los que se exponen primero para distraer la atención del
enemigo y recibir el fuego. Un segundo equipo cae por sorpresa sobre el enemigo
saltando desde un escondite. Después, el asalto principal destruye el nido de los malditos.
—La segunda fuerza, ¿cómo se esconden…, Supremacía?
—Se deslizan por los túneles de los nidos de los malditos cíbers.
Killeen frunció el ceño y guardó silencio. A pesar de ello, el hombrecito de uniforme
brillante lo miró con gesto de reproche y dijo:
—Tienes mucho que aprender aquí, capitán de los Bishop. La revelación que me
proporcionó este método revolucionario nos ha asegurado la victoria. No se trata de
atacar a ciegas y en la sombra.
Killeen asintió sin saber qué decir.
—Preveo nuestro triunfo porque vamos prendidos de las alas de Dios, de mis hombros.
Ya ves, capitán de los Bishop, que yo ascendí ya al Olimpo de los dioses. Como
representante del Deseo Esencial de la naturaleza, soy necesariamente Divino por
derecho propio.
Su Supremacía explicaba esto como si estuviera hablándole a un niño inteligente pero
sin educación. Killeen tenía preguntas, pero algo en los ojos extraños e inexpresivos del
hombrecito le aconsejaba guardar silencio.
Su Supremacía asintió como si estuviera satisfecho, y después gritó bruscamente:
—¡Que suene la convocatoria! Debo preparar a las Familias para el próximo paso en la
ruta de nuestro destino.
Los capitanes y oficiales menores se deslizaron fuera de la carpa para alertar a las
Familias. Apareció todo un grupo de mujeres y hombres de rango, con las armas y el
equipo de carrera brillantes, bruñidos y limpios. Crujían y chiflaban al escoltar a Su
Supremacía hacia el exterior, y Su Supremacía parecía un enano junto a las botas altas y
poderosas de los demás.
Killeen envió una llamada a Jocelyn, Shibo y Cermo. La asamblea se reunía ya en el
valle y los Bishop formaban a la derecha de todos los demás. El discurso breve de Su
Supremacía a los capitanes no había seguido las formas Tribales que conocía Killeen. A
decir verdad, la mayor parte le había resultado incomprensible. Ahora Su Supremacía se
dirigía a toda la Tribu.
La Tribu estaba formada por todas las Familias supervivientes de esa parte de Nueva
Bishop. Nadie hablaba de las otras Tribus que habían vivido en ese mundo. Al parecer las
ciudades mecs habían empezado a usar humanos en sus conflictos hacía ya tiempo.
Aunque se habían producido incidentes semejantes en Nieveclara, la tradición de la
Familia de Killeen decía que la competencia entre facciones mecs era como arrancar
ramas podridas de un árbol floreciente. Aquí, sin embargo, los mecs parecían estar
verdaderamente en guerra unos con otros. ¿Tal vez los cíbers habían decidido su
invasión para aprovechar esa circunstancia?
Killeen caminaba hacia el valle junto a la capitana de los Trey. La luz del sol de la tarde
se descomponía en manchas irregulares a través de las nubes cerradas. Killeen buscó la
cuerda cósmica en el cielo, pero en ese momento era invisible. Si veía que la gran hoz
dorada empezaba a girar y a prepararse para otra extracción, Killeen tenía pensado llevar
a su Familia a suelo llano, hiciera lo que hiciera el resto de la Tribu.
Parecía haber transcurrido mucho tiempo desde que la capitana de los Trey lo llevara
hacia el campamento Bishop, desde que Killeen viera la ceremonia del entierro de las dos
mujeres y el hombre atacados por los cíbers. Killeen se lo mencionó a la capitana y ella
replicó:
—Ha habido más. Los cíbers están operando en la otra montaña, bueno, en lo que
queda de ella. Algunos tomaron a miembros de los Seben y dejaron los cuerpos con esos
huevos en las entrañas
—Podrían poner otras cosas también —sugirió Killeen con delicadeza.
Unas líneas cruzaron la cara resignada, ya vieja, de la capitana.
—¿Como qué?
—Rastreadores. Podrían encontrar el campamento con eso.
Ella agitó la cabeza.
—No se preocupan. Nos matan cuando nos ponemos en su camino. No son como los
mecs, al menos todavía no.
—Vosotros trabajáis para los mecs.
—Sí, es la única forma de sobrevivir.
—En el sitio de donde vengo, no se podía confiar tanto en los mecs.
—Aquí se han vuelto locos. Se matan unos a otros.
Killeen se arriesgó a decir, con cuidado:
—Eso que le pregunté en la carpa. No lo entendí muy bien.
—Significa integrar todos los elementos electromagnéticos de nuestra gente, los
códigos, todo.
—Pero mira, hace falta planificar…
—Entramos separados, cuando el equipo ya está en los túneles.
—¿Y el fuego de apoyo?
—Tienes que hacerlo tú mismo. Cada Familia apoya a los suyos.
—Me parece que sería mejor si… —rebatió Killeen, escéptico. La capitana de los Trey
lo miró con los ojos sardónicos, cansados.
—A mí me gusta así. Su Supremacía dice que hay que hacerlo así y me parece bien.
Así puedo sacar a mi Familia con rapidez si hay problemas.
—Pero la coordinación…
—Mira, este plan es palabra de Dios.
Lo dijo con voz inexpresiva, como si recitara un hecho irrefutable. Killeen abrió la boca
para replicar con una burla y vio que lo seguían tres oficiales más. Cuando miró sobre su
hombro, los tres parecían interesados en lo que iba a decir, así que cerró la boca y asintió
con un gesto tenso.
Llegó a la formación de los Bishop justo antes de que empezara el discurso de Su
Supremacía. Las palabras le llegaban a través del comunicador general, emitidas por un
triángulo de oficiales reunidos justo por debajo de Su Supremacía en una pequeña loma.
Aunque Killeen sabía que la Tribu tenía más de dos mil miembros, la visión de tantas
personas formadas en fila, una multitud que casi cruzaba el valle de un extremo a otro, le
resultó impresionante. No había visto tanta gente junta desde aquella gran fiesta en la
Ciudadela, cuando él era más joven que Toby ahora. Aquella ocasión había sido un
momento de alegría; ahora un aire solemne y siniestro flotaba sobre la comunidad. Las
banderas de las Familias flameaban y golpeaban los mástiles en el viento, desteñidas por
el sol, remendadas después de muchas batallas.
Su Supremacía empezó con una complicada historia de las batallas, tan llena de
nombres y honores que Killeen no entendió absolutamente nada. No decía nada acerca
de la forma en que combatían las Familias y Killeen empezó a sospechar que en realidad
Su Supremacía no se preocupaba mucho por los detalles esenciales de maniobra y
estrategia. Esto se confirmó muy pronto, cuando el hombrecito agitó las manos y describió
las maldades de los enemigos, con la cara congestionada de rabia. No era por casualidad
que los cíbers se parecieran a demonios salidos del abismo, no…, pero pronto volverían
allí, desterrados para siempre de las tierras de la humanidad.
—¡Desprecio y rechazo, eso es lo que les espera! ¡Castigo y derrota!
Su Supremacía se alzó para seguir hablando, y a pesar de que Killeen mantenía una
parte de sí mismo a resguardo tras un escudo de frialdad y escepticismo, el ardor de
aquel hombre empezó a penetrar por sus oídos.
—¡La muerte llega para todos nosotros! ¡Pero no puede tocarnos! ¡La tumba no tiene
victoria! Pero es una victoria si nos trae una recompensa!
La gran multitud se movió al ritmo de las frases que rodaban, largas, como olas
marinas. Killeen se sintió conmovido por esa inundación rítmica, semejante a una
plegaria. Por primera vez comprendió la forma en que Su Supremacía había logrado unir
a una Tribu que había sufrido grandes derrotas y ahora se enfrentaba a un enemigo
incomprensible e indiferente hacia todo lo humano.
—… a los que llegan para juzgar Todo lo que Existe, les digo que me pondré del lado
correcto…
El aire parecía temblar con una nueva intensidad y había filamentos cálidos corriendo
en la brisa.
—… convertiré a los seres de metal y carne en materia baja. Quebraré los fragmentos
de la última batalla de la historia contra nosotros. Porque nosotros provenimos de las
sustancias naturales del universo y formamos un único ser con ellas y disfrutamos de sus
ofrendas sin artificio ni corrupción en el espíritu. Nosotros somos el producto de la
evolución de Dios mismo. Los monstruos que caen del cielo no conseguirán los frutos
sagrados, no si veneramos los nombres antiguos.
Se oyeron ruidos lejanos, como si las montañas arañaran un cielo sombrío.
—… porque después de la batalla final, la batalla liberadora, seguiremos adelante.
Llamaremos al más majestuoso y sagrado de los Sembradores del Cielo y él nos
alimentará y nos llevará adelante…
Las nubes se iluminaron de relámpagos. Algo plateado se movía allí arriba.
—… para librarnos de la maldad de este lugar. Estos devoradores de mundos caerán,
sí, caerán como los mecs antes que ellos. Tenéis que creer en mí…
Un remolino ciclónico partió las orillas de las nubes de varios colores. Killeen vio que la
multitud empezaba a reparar en ello.
—… en la Tierra…, y como sucede ahora…, en el Paraíso…
De pronto, bajaron varias estrías azules por el cielo, curvándose a lo largo de arcos
prolongados. El aire se llenó de trazos multicolores. Una onda de calor se propagó desde
arriba, desde un cielo que parecía vacío. Sin embargo, el sistema sensorial de Killeen
parecía temblar con una complejidad rápida, pálida, intrincada.
—Tu reino llegará. Tu reino será creado y tu voluntad será la ley. Te desafiamos,
maldad que nos llega por voluntad divina…
Una presencia inmensa acechaba en el sistema sensorial de Killeen, y sin embargo, el
aire sólo dejaba ver trazos translúcidos, escurridizos. Killeen recordó de pronto que había
visto este temblor inmenso en otra parte. Era el mismo que había encendido los cielos la
noche después de que el ciborg lo dejara en libertad.
—¿Qué es? ¿Qué…? —La voz de Su Supremacía sonaba como el croar de una rana.
Se le había quebrado el ritmo, y de pronto, miró el dibujo del cielo.
Entonces llegó una voz que Killeen conocía bien y que al principio se perdió en los
murmullos del viento:
Busco a un ser humano en particular. Quiero una señal de que recibís este mensaje.
Hablo sobre alas magnéticas y traigo noticias del centro mismo de este reino.
La voz de Su Supremacía se dejó oír de inmediato, llena de sorpresa no fingida y de
alegría.
—¡Estoy aquí! He traído tu palabra a través de la valentía y de la espada y…
No, tú no eres el que busco. Solamente puedo darle mi mensaje al blanco humano que
me han designado. Mis pies están hundidos en el plasma y estos brazos se extienden
incluso hasta las zonas congeladas que habitáis todos vosotros. Quiero al que llaman
Killeen. Yo hablo por su padre.
9
Una onda de inquietud atravesó el valle. Las filas de Familias reunidas se movieron
sacudidas por la marea. Los pies rozaron el suelo, nerviosos, y levantaron una nube de
polvo que se elevó como una respuesta visible. Las cabezas se levantaron, tratando de
ver la filigrana sombría que danzaba como una pluma encendida a través del cielo.
—¿Qué? —La voz de Su Supremacía parecía débil y nerviosa, comparada con el
poderío resonante que había llegado desde el aire conmovido—. ¿Eres Dios? ¿Dios habla
así?
Busco a un ser de la clase que, según percibo, está reunida aquí. He buscado en este
mundo mucho más de lo que me correspondía y he encontrado a muy pocos de vosotros,
seres diminutos. Las formas bajas de vida suelen ser numerosas, pero vosotros sois raros
en los enclaves protegidos que acabo de examinar, en los planetas congelados de
materia lenta y poco interesante.
—Yo soy la voz de la humanidad aquí —exclamó Su Supremacía.
En el aparato sensorial de Killeen la voz humana parecía inundada por ondas suaves.
Esas olas macizas eran como rejillas que se inflaban y se deslizaban. Killeen recordó los
océanos matemáticos que había recorrido en la mente del Mantis.
¿Tú eres el que busco? Emites un chillido agresivo, como el suyo, de eso me doy
cuenta. Pero tu esencia tiene menos ángulos y está coloreada con los tonos más
profundos de los gases que se queman. No, no eres el que busco. Vete.
La boca de Su Supremacía se torció, llena de furia.
—¡Tú no eres Dios! ¡Tú vienes de los cíbers! ¡Estoy seguro! ¡Vete, demonio asqueroso!
Killeen retrocedió, inseguro. Ésa era la voz que lo había llamado hacía años, en
Nieveclara. La que le había aconsejado que no reconstruyera la Ciudadela Bishop y que
buscara el Argo. Después de encontrarlo enterrado bajo una colina gastada, Killeen había
esperado otro contacto con la voz, más órdenes, pero no había llegado nada en dos años
de navegación por el espacio. Deseaba contestarle.
Pero ¿allí? Todos lo oirían, sin duda, y eso les revelaría lo que Killeen pensaba hacer
más adelante.
Trató de adivinar lo que comprendería Su Supremacía, sobre todo ahora que la cara
rubicunda del hombre estaba retorcida de frustración. El acto de recibir el mensaje tal vez
impediría que Killeen obedeciera las órdenes de la voz si Su Supremacía utilizaba la
información para sus propios fines.
Hay muchos de vosotros, pequeños seres, cada uno con un aura diferente y una forma
distinta. ¡Es frustrante! La creación es infinita, pero aquí esa diferencia parece trivial.
¿Qué necesidad puede haber de esta variedad, esta multiplicación infinita de sombras y
matices? Pero eso no significa que vosotros seáis un trabajo artístico, claro. Es un hecho
que dificulta mi trabajo.
—¡Vete, agente del mal! ¡O te mataremos! —Su Supremacía había puesto todo el
poder de su garganta, nada desdeñable por cierto, en ese grito de burla.
¿Te atreves a desafiarme? ¿Quieres destruir a un ser hecho de los campos más
tenaces? Mis bordes magnéticos podrían pulverizarte en un instante, bicho molesto. Una
descarga de un pensamiento cualquiera, un pensamiento insignificante en mi organismo,
podría acabar violentamente con miles de seres como tú. Pero no importa, no tengo
tiempo de comprender los cenagales de pestilencias y ángulos chatos que conforman a tu
especie inexperta. No puedo investigar una legión de seres como tú para enviar un
mensaje de sentido confuso. Me voy.
Las ondas multicolores empezaron a apartarse de los cielos. La presión en el sistema
sensorial de Killeen disminuyó un poco.
—¡No! ¡Espera! —Saltó en el aire, los brazos extendidos como para atrapar las líneas
de líquido azul que huían muy por encima de su cabeza—. ¡Yo soy Killeen! ¡Aquí estoy!
La puntilla de luces se detuvo y se ondeó en el cielo. Killeen vio cómo lanzaba dedos
azules hacia abajo, siguiendo el arco de los campos magnéticos del planeta.
Sí. Siento tu olor penetrante y tu ser inclinado. Me alegro. Estaba cansado ya de esta
persecución, esta obligación agotadora. Recibí esta petición de un poder que se sienta
todavía más cerca del Comilón que yo mismo. Puedo llegar con mi cabeza al reino de los
mundos fríos, duros como éste; mis pies se fijan en un plano ordenado y áspero de
plasma, un plano cortado por las tormentas, el disco de aumento que alimenta con calor el
apetito del Comilón. Desde el interior de mi reino agitado llega este marco de preguntas
que voy a hacerte.
Killeen miró a Su Supremacía. La rabia parecía estar confinada en su cuerpo,
forcejeando detrás de los ojos congestionados y los labios protuberantes. El hombrecito
tenía la mandíbula colgando hacia un lado y la movía constantemente. Pero no daba
órdenes. Killeen se apartó de su Familia para que su sistema sensorial estuviera tan
limpio como fuera posible.
—Dime, la última vez aseguraste que conocías a algo que decía ser mi padre. ¿Qué…?
Lo primero es una pregunta. ¿Cómo está Toby?
Cualquier duda que hubiera tenido Killeen referente al sentido de aquella frase extraña,
hacía años, se desvaneció de pronto con esas palabras. ¿Quién, si no Abraham,
preguntaría primero por su nieto?
—Está bien. Crece constantemente. Está de pie a mi lado. ¿Puedes sentir el…?
Percibo un aura débil, sí, similar en algo a la tuya. Me la llevaré hacia atrás, por las
líneas magnéticas que van en espiral hacia el Centro. Se refractará en el mar de
geometrías donde espera algo sombrío. Cerca de mi pie hay una fuente de antimateria
que surge por medios artificiales, por eso no puedo garantizar las transmisiones de datos
tan efímeros como vuestras pequeñas auras.
—¿Mi padre está contigo? Dile que necesitamos…
No. Aquí conmigo, no. Lo único que sé es que él vivía más adentro, girando en alguna
parte en los remolinos agitados por el tiempo.
—¿Vivía? ¿Todavía vive? —La voz de Killeen se tensó de angustia.
Las formas como tú parecen estar ahí, escondidas, por razones que no se han
revelado. No puedo decir si esa unidad en particular aún persiste. La presencia de esas
entidades primitivas e insignificantes es un misterio más grande que ningún otro en tus
mensajes, pequeña mente, pero no te voy a agobiar con temas que no puedes
comprender. Presta atención, el siguiente mensaje es: Aplica los códigos del Argo a los
Legados.
—¿Legados? Pero hemos perdido… —gritó Killeen.
Silencio, pequeña mente.
—Ya no tenemos nave…
La entidad electromagnética, sin interés alguno por lo que oía, se movió como si la
recorriera una inquietud. Emitió auroras que tiñeron de verde brillante las nubes cercanas,
luego las empujó hasta que todo el cielo quedó despejado. Las orillas de los altos cirros
se abrieron como una boca que quisiera morder el cielo sombrío que empezaba un poco
más allá.
Los mensajes que debo enviar no son simples frases, sino más bien inteligencias
microscópicas, fragmentos de la mente que los envía. Por lo tanto, debo esperar que ese
punto en mí piense una respuesta a lo que me dices. Ahora dice: Entonces, estás perdido.
—Pero eso…
Su Supremacía lo interrumpió, gritando:
—¡Capitán de los Bishop! Te ordeno que desistas. Una conversación con este agente
de la corrupción confundirá a nuestra Tribu y nos llevará al error.
Killeen echó una mirada al hombrecito e hizo un gesto como para borrarlo de su mente.
Quería pensar. Su padre…
—¡Te lo advierto! —La voz de Su Supremacía se llenó de amenazas—. Tratar con…
—¡Cermo! ¡Perímetro estrella!
Los Bishop rompieron filas y se formaron en una falange dirigida hacia el exterior. El
aire ardía con los sistemas sensoriales de los suyos enfocados hacia los campos de las
otras Familias.
—No voy a tolerar interrupciones —declaró Killeen en voz tranquila—. ¡Eso no es un
diablo ni un asesino de Dios! ¡Déjanos hablar!
—Ordeno… —empezó Su Supremacía, pero se interrumpió al percibir el impacto del
campo unido y compacto de los Bishop.
Las armas bajaron de los hombros, se prepararon, apuntaron los blancos principales.
Empezando por Su Supremacía.
—Nosotros, los Bishop, pedimos un momento. ¡Invoco la primera y más conocida de
las reglas, la intimidad de la Familia…!
El valle zumbó de inquietud. Las otras Familias no se movieron. Su Supremacía apretó
los puños, pero permaneció en silencio mientras Killeen volvía a enfocar su sistema
sensorial hacia el cielo.
Me pidieron que no te diera estos mensajes hasta que estuvieras libre de las
influencias de la inteligencia mecánica. Por eso no te hablé en la nave. Estaba poblada
por formas mecánicas que no debían recibir la clave de los Legados.
—¿Hay mecs a bordo del Argo? —Killeen sabía que había unos pocos que habían
eludido la captura después del motín humano en Nieveclara, pero suponía que no tenían
poder alguno, que eran insignificantes.
Los mecs están en todas partes. Son el polvo que flota entre los soles.
Había casi una nota de simpatía en la voz que presionaba en el sistema sensorial de
Killeen.
—Mira, ¿hay alguna forma en que mi padre pueda ayudarnos? Estamos atrapados
aquí. Hay otra forma de vida que está partiendo el planeta en dos. No podemos
liberarnos, a menos que algo más poderoso que nosotros nos ayude.
Soy un mensajero, no un salvador.
—Dile a mi padre, si es que todavía está vivo, que nos mande ayuda.
La pequeña mente que interrogo envía lamentos de remordimiento, si eso te ayuda.
Pero nada más. De todos modos, mis poderes no están a su disposición.
Los trazos de colores empezaron a desaparecer.
—¡No nos dejes aquí!
Adiós.
—¡No!
Pero la cosa ya se había marchado.
Killeen se dejó caer al suelo presa de un cansancio brusco y terrible. Una depresión
intensa se instaló en su mente como una nube, y él jadeó como si hubiera estado
corriendo. El color azul se escurrió dejando al mundo a oscuras.
Shibo tiró del traje de Killeen para levantarlo. Las manos de su gente lo sostenían.
Toby le puso un brazo sobre el hombro y lo llevó hacia delante. Los Bishop todavía
mantenían una formación defensiva. El aire estaba tenso. Las otras Familias los
estudiaban, las manos muy cerca de las armas.
—Volverá —lo consoló Shibo—. No te des por vencido.
Killeen miró a su alrededor, contempló la llanura polvorienta, sombría, y las filas de
humanidad harapienta que la llenaban.
—Sí, claro, claro —respondió automáticamente, sin creer en lo que decía.
—Lo hemos asustado —resonó la voz de Su Supremacía—, sí, sí. ¡Ese ser huyó por
nuestra demostración de unión y solidaridad frente a él!
Killeen agitó la cabeza y no replicó. Esperaba que Su Supremacía lo castigara de
inmediato, pero el hombrecito se limitó a mirarlo con furia. Y luego, sus ojos se vaciaron,
como dos pedazos de cristal.
Se volvió, dando la espalda a los Bishop, y empezó a entonar el resto de su antigua
letanía. Killeen hizo un gesto y los Bishop deshicieron la formación agresiva y volvieron a
las filas. Pero la tensión, muda, aguzada, no abandonó el valle.
—Ese tipo no lo olvidará —murmuró Toby junto a Killeen.
—Tal vez esa cosa del cielo lo asustó. Por lo menos a mí me dio miedo —dijo Besen.
—Es difícil asustar a un hombre que ya es Dios —declaró Shibo con amargura.
Killeen escuchó el resto del servicio religioso sin entenderlo; las palabras pasaban
sobre su mente como gotas de lluvia sobre el cristal de una ventana.
Cuando terminó la ceremonia, condujo a los Bishop hasta el campamento. Caminaban
con elegancia, aunque tenían los ojos inexpresivos y lejanos. Killeen oyó los murmullos de
las otras Familias. Algunos se burlaban y los amenazaban. No respondió. Recordaba el
rostro de su padre.
Al pasar junto al grupo de oficiales que rodeaban a Su Supremacía, el hombrecito lo
miró con atención, como si lo estudiara, los ojos oscuros y entornados.
—Ya hablaremos contigo, capitán —se limitó a decir. Después le dio la espalda y echó
a andar en dirección contraria.
La Aspecto Grey de Killeen dijo:
Esa Supremacía… tiene una mirada estrecha y enojada. Los hombres como él son
peligrosos… como decían los antiguos.
Killeen asintió, pero las opiniones de los hombres le parecían triviales frente a lo que
los Bishop acababan de perder.
QUINTA PARTE – SEMBRADOR DEL CIELO
1
Una luz leve se escapaba entre las nubes sembrando pálidos senderos sobre la colina
a la que se había retirado la Familia Bishop. Killeen se detuvo y miró hacia atrás. La
retaguardia acababa de llegar al pie de ese risco y se detendría allí para defender la
retirada.
—Quédate ahí hasta que lleguemos a la cima —ordenó Killeen a Cermo.
«Sí», respondió Cermo en el nivel mínimo del comunicador. Mantenían las
transmisiones muy débiles y muy cortas para que no los detectaran los cíbers que los
perseguían. «Tenemos pocas municiones.»
Killeen no contestó porque no podía hacer nada. Tampoco había más municiones en el
cuerpo principal de la Familia. Dada la habilidad de los cíbers para atacar desde cualquier
dirección, no tenía sentido reforzar la retaguardia o la vanguardia.
Cermo había tenido que usar los brazos y el depósito de energía para escabullirse de
las cositas tubulares que seguían a la Familia. Estas criaturas del tamaño de un perro
parecían ser cíbers en miniatura, con caparazones rojizos y piernas protegidas por
aluminio. Aunque sin armas, habían seguido a la Familia desde el desastre en las
estaciones generadoras de magnetismo. Eran inteligentes; se quedaban muy atrás, se
escondían y separaban cuando Cermo enviaba a alguien a atraparlos, con lo cual la
Familia se retrasaba aún más.
Los insectos de los cíbers podían delatar la posición de los seres humanos, y había
miles escondidos en el valle que acababan de dejar.
Killeen caminó por la ladera empinada. Tenía los pies magullados y se apoyaba más en
el izquierdo, cojeando un poco. Había agua en el escudo de sus perneras y ahora un poco
de líquido le había llegado a las medias de red. Toda la tecnología de botas y
compresores que había en el mundo era incapaz de evitar la presión en el tejido dolorido
e inflamado de sus talones.
El agua provenía de géiseres que habían estallado de pronto en un cañón arenoso,
cuando los Bishop lo cruzaban a toda velocidad después de la batalla. No tuvo tiempo de
detenerse y controlar la situación, y ahora docenas de miembros de la Familia cojeaban
con el mismo problema.
«Ya he encontrado el sonido de la alarma de Jocelyn», anunció Shibo. Ya había
llegado a la cima. Dirigía una avanzadilla. Killeen envió una nota chillona como respuesta
pensando que eso los delataría menos como humanos si los cíbers recibían la
transmisión.
El mensaje le traía un poco de alegría. Jocelyn capitaneaba la otra parte de la Familia,
separada durante el ataque. Según los informes, el plan de retirada estaba funcionando
bien; Jocelyn había encontrado un camino a través de los riscos paralelos y había pasado
los cañones bajos dejando una señal, tal como lo habían previsto. Eso significaba que no
habían tenido que eludir a ningún cíber y que tal vez los alienígenas no estaban siguiendo
a los Bishop. Eran pruebas muy circunstanciales, pero Killeen se permitió este consuelo.
Tal como andaban las cosas, la esperanza era una fuerza de la que no se podía
prescindir.
«Más muertos», envió Shibo, y el humor de Killeen se oscureció.
Usó las reservas de energía y saltó sobre el último escalón de rocas rotas antes de la
cima. Un ocaso rojizo cortaba momentáneamente las nubes de polvo y las sombras
negras bañaban los arroyos empinados. Killeen llegó hasta la punta de la ladera.
Jadeaba. Expandió su sistema sensorial por un momento y recibió el rastreador de Shibo.
La vio dispersando a su grupo por los flancos, en posiciones defensivas.
Killeen saltó con toda la energía disponible y bajó por la ladera empinada en una serie
de saltos. Sus compresores gimieron y dejó que las pantorrillas absorbieran el golpe del
salto, pero de todos modos los pies le dolieron horriblemente.
Los arroyos estaban cubiertos de un follaje extraño y afiligranado. Disminuyó la
velocidad para atravesarlo. Los árboles espigados formaban una capa verde sobre su
cabeza. Se cruzaba con otros miembros de la Familia bajo las sombras. Los troncos
duros y retorcidos todavía se aferraban al suelo en movimiento y ya habían empezado a
corregir la dirección para tratar de buscar el cielo entre las nuevas líneas verticales.
Aunque había espacios vacíos muy anchos que cortaban la selva espesa, silenciosa, con
fragmentos enteros de colinas y arroyos nuevos, la vida parecía capaz de aferrarse a ese
sitio con tenacidad. Las señales de garras afiladas en el polvo indicaban la supervivencia
de los animales grandes, aunque Killeen sólo los había visto de lejos. Temían a los mecs,
a los cíbers y a los seres humanos. Para ellos las tres especies eran igualmente
peligrosas. Encontró a Shibo sentada en la base de una ladera que subía hacia el cielo.
Siguió la mirada de ella y vio un cuerpo colgado de un árbol enorme y nudoso.
—¿De los nuestros?
—No —contestó ella—. Parece un Jack.
Cuando se acercaron al árbol, se dieron cuenta de que los acompañaban varios
miembros de la Familia. El cuerpo fantasmal de la mujer se balanceaba sobre cuerdas de
fibra, atado con mucha habilidad. Todo el pecho y el estómago estaban hinchados con
uno de los moretones vidriosos y opacos que Killeen ya había visto en el campamento y
que ahora perdía un líquido lechoso por el extremo.
—Parece a punto. Estallará muy pronto —comentó Shibo.
—De acuerdo. ¿Cuánto hace que Jocelyn pasó por aquí? —preguntó Killeen.
—Supongo que unas dos horas. Su señal ya estaba bastante gastada.
—¿Dónde la encontraste?
—Justo donde nos vimos.
—Así que la dejó ahí para que la viéramos.
—O algo dejó a esa cosa junto a la señal.
—Sí, después de que Jocelyn se fuera.
Shibo lo miró; los huesos de los pómulos parecían estirarle la piel castaña hasta
ponerla tensa y brillante.
—¿Cuál de las dos cosas? —preguntó con inquietud.
Killeen trató de pensar como un cíber.
—¿Te parece que Jocelyn haría eso? Supongo que trataría de que no pasáramos
cerca del cuerpo. Shibo asintió.
—Así que un cíber encontró la señal y dejó esto.
Killeen dio un paso atrás y observó a las hormigas que recorrían el rostro del cadáver,
que giraba lentamente en el viento.
—Me pregunto si es para asustarnos.
—¿Ves eso? —preguntó Shibo, y señaló algo.
El cadáver tenía las manos y los pies agujereados. De las heridas sangrientas salían
tallos verdes que terminaban en capullos amarillos. Las flores parecían crecer del cuerpo
de la mujer.
Killeen sintió que un frío helado se esparcía por su sangre y recordó las grotescas
esculturas del Mantis. El mismo tema horrible.
—¿Qué razón puede tener el cíber para hacer algo semejante?
—Combinación de planta y animal —dijo Shibo.
—¿Algún tipo de mensaje?
—¿Por qué?
—Lo primero que hay que recordar con respecto a los alienígenas es que son
alienígenas. —Killeen escupió en el suelo, exasperado. ¿Por qué hacer ese «arte» con la
unión de humanos y plantas? Y tanto los cíbers como el Mantis.
Un hombre que estaba cerca se movió hacia el cuerpo y alargó el cuchillo para cortar
las cuerdas.
—¡No! —Killeen golpeó la mano del hombre.
—Solamente quería…
—No lo toques.
—… bajarlo, matar a la cosa que hay dentro.
—Probablemente es una trampa. Si lo tocas, sonará una alarma y vendrán los cíbers.
El hombre parecía lívido de rabia.
—Si lo dejamos crecer, saldrá y habrá un cíber más…
—No —dijo Shibo—. Hacen crecer a sus ayudantes en nosotros, no a los de su propia
clase.
El hombre parpadeó y después una expresión pálida, cansada, se extendió por su
rostro; dio media vuelta. Killeen miró la ladera que subía con la selva, la ladera donde
combatían los Bishop en la larga retirada. En ese momento, todos los miembros de la
Familia se dejaban caer sin molestarse por poner una mano sobre los árboles y yacían en
el suelo sobre sus mochilas.
—Estamos casi agotados —dijo él, pensativo.
—No podemos detenernos aquí —declaró Shibo—. Los cíbers conocen este lugar.
Killeen asintió.
—Tal vez vuelvan.
Se preguntó si a los cíbers les resultaría difícil moverse y buscar algo en la noche.
Probablemente no, porque recordaba que los sentidos ópticos naturales de los cíbers
actuaban mejor en el infrarrojo. Eso significaba que la oscuridad que se acercaba no daría
ninguna ventaja a la Familia Bishop.
Caminó en medio de la multitud que se estaba reuniendo y se sentó; las piernas le
agradecieron el descanso. Los terremotos habían sacudido las extrañas hojas triangulares
y las habían depositado en el suelo de la selva. Formaban una cama deliciosa para
descansar. Las botas de los Bishop que se aproximaban no hacían ruido y el atardecer
fundía la escena en una luz suave, serena.
Los pies de Killeen aullaban, pidiendo reposo, pero no hubiera sido prudente sacarse
las botas: si lo hacía, después no podría ponérselas cuando se le hincharan los pies.
Deseaba conectar el sistema sensorial y contar a sus hombres, pero el cuerpo que
colgaba del árbol lo había asustado y tenía miedo de cualquier rastreador
electromagnético.
De todos modos, ya conocía las proporciones de las bajas, al menos superficialmente.
La Familia Bishop había formado el flanco exterior en el asalto, una posición relativamente
menos peligrosa porque permitía una fácil ruta de escape. Habían entrado después de
que las unidades frontales surgieron de sus escondites en los túneles de los cíbers. La
batalla se había extendido a la llanura que se abría junto a los edificios electromagnéticos
y las unidades habían aparecido directamente en medio de los cíbers.
Killeen había sido testigo del destino de esas valientes Familias. El promedio del asalto
debía de haber sido al menos una Familia por cíber. El primer ataque había acabado al
menos con dos cíbers, y en ese momento, las cosas habían tenido un matiz positivo.
Después, hombres y mujeres empezaron a caer en la llanura como arrasados por un
viento súbito e inaudible. Killeen no había podido captar señales de microondas ni de
elementos ópticos, ni siquiera de armas cinéticas. La gente caía en medio de un paso,
como si una mano invisible y gigantesca los hubiera levantado y luego arrojado al suelo
con todas sus fuerzas.
Luego, repentinamente todo se detuvo. Las Familias se reagruparon detrás de los
cíbers caídos, que todavía humeaban. Pero incluso allí, algún tipo desconocido de arma
los detectó y los mató uno por uno. Intentaron un ataque contra los generadores
magnéticos, que se alzaban como colinas rectangulares color barro, y cayeron por
docenas. Los gritos retorcidos y terribles aullaban en los comunicadores.
Los Bishop contestaron la señal de ataque de Su Supremacía. Otras Familias subieron
por las colinas distantes. Se expandieron y se movieron en carreras súbitas e
interrumpidas entre los refugios que podían encontrar entre los arroyos, los bosquecillos y
las grandes rocas. El campo de batalla era una tierra seca y gris, arrasada por algún tipo
de líquido del magma que había destruido la vida del lugar recientemente. Killeen no
sabía si había sido por accidente o por alguna causa concreta. Los cíbers ya habían
cavado túneles en el lago de lava apenas un poco más frío por el tiempo transcurrido. Las
arrugas de esa corteza de tierra les proporcionaron refugio mientras la Tribu descendía y
disparaba a discreción a los cuatro cíbers que quedaban.
Si hubieran sido mecs, los estallidos directos les habrían quebrado las piernas y las
antenas. Pero no pasó nada. Los cíbers se detuvieron como si estudiaran la situación a la
luz de los cambios que se habían producido, y después siguieron atacando a los blancos
humanos como si los hubiera rociado una leve lluvia de verano.
Killeen había estado corriendo en el centro de su Familia. Vio cómo caían los primeros
miembros del grupo y ordenó a todos que se cubrieran. Habían derramado un torrente de
fuego sobre el cíber más cercano y le habían volado algunos apéndices. Pero el
alienígena repelía los disparos incluso con la piel natural, cuarteada.
Killeen no daba crédito a sus ojos hasta que intentó tres tiros sucesivos directamente a
la sección media, la más expuesta. Solamente después de ver cómo los tres se perdían
como trazos luminosos en el aire, notó el leve brillo que colgaba sobre el cíber, y oyó el
crujido del aire ionizado en su sistema sensorial.
Entonces llamó a retirada. Su Supremacía entró inmediatamente en el comunicador de
Killeen y lo maldijo, pidiéndole otro ataque directo. Killeen dudó durante un instante
mientras los Bishop morían a su alrededor. El caos del resto de la batalla había golpeado
de lleno en su sistema sensorial, cegándolo con los gritos de auxilio de las voces
agonizantes.
Había tenido que resistir la presión de siglos de tradición familiar, la regla absoluta
según la cual un mayor debía ser obedecido, sobre todo en el tumulto de una batalla. Se
había detenido, angustiado, y entonces vio volar en pedazos a Loren, un muchacho de la
edad de Toby. El muchacho se deshizo, simplemente. Algo lo golpeó en el pecho y lo
convirtió en una flor sangrienta. Aunque Loren parecía estar bien escondido en el hueco
de una hendidura en la lava, la roca no pudo contra el arma del cíber.
Entonces, se decidió. Retirada. Le pareció oír órdenes similares de otros capitanes por
el comunicador, pero no estaba seguro. Había organizado un fuego de apoyo para el
cuerpo principal de los Bishop, pero ordenó claramente que nadie tratara de recuperar los
cuerpos caídos. Habían perdido a once en la huida de la llanura y todavía murieron más
mientras avanzaban por los arroyos y la línea de los riscos. Había logrado que la retirada
no se convirtiera en una masacre, pero poco había faltado. Y desde el principio había
ignorado las enloquecidas maldiciones de Su Supremacía.
La única buena noticia era que los niños, las mujeres embarazadas y los ancianos de la
Familia estaban todos con el cuerpo de suministros. Eso era un avance comparado con lo
que se hacía en Nie-veclara. Pero las habilidades de los cíbers compensaban eso, claro
está.
Killeen se preguntó durante un momento que pasaría la próxima vez que viera a Su
Supremacía. ¿Ordenaría que lo mataran en un palo, como a esas personas que había
visto en el campamento tribal? Había una buena posibilidad. Sin embargo, la Familia
Bishop tendría que acudir al punto de reunión. Sin la Tribu, el grupo estaría perdido en
ese planeta desolado. Sabían demasiado poco acerca de ese mundo para sobrevivir
durante un tiempo prolongado.
Por un momento, Killeen sopesó su destino personal contra las necesidades de la
Familia. Había visto bastante de las tácticas de Su Supremacía. Eran desastrosas en la
lucha contra los cíbers y probablemente no muy efectivas contra los mecs. Las victorias
de las que hablaban todos debían de haber ocurrido en el pasado, cuando los hombres
tenían aliados entre los mecs. Además, después de la insubordinación de Killeen en el
campo de batalla, Su Supremacía colocaría a los Bishop en el centro de la siguiente
batalla, donde pudiera controlarlos mejor, y eso, con Killeen o sin él, por supuesto. Si es
que Killeen seguía vivo para entonces.
Suspiró y Shibo, echada a su lado, lo miró con los ojos sabios, pensativos. Era evidente
que sabía en qué pensaba su compañero, pero no dijo nada. Él sacó un bocadito y mordió
los granos densos, azucarados. Cermo llegó al lugar con el grupo de retaguardia. Killeen
lo miró ceñudo, una señal conocida de que no quería hablar. Necesitaba pensar.
En resumen, tendría que llevar a la Familia al lugar de encuentro. Iba a ser en la cima
de una montaña, al parecer un lugar relacionado con revelaciones de símbolos religiosos.
Allí se encontrarían con el grupo de suministros. Después, si decidían dejar el liderazgo
enloquecido de Su Supremacía, podrían escapar con el estómago lleno y las mochilas
repletas. Valía la pena arriesgar su seguridad personal por eso; ningún capitán tomaría
otra decisión.
El Aspecto Arthur observó:
Es lógico esperar fervor religioso, incluso un fundamentalismo apasionado, ante las
calamidades que sufren estas personas. Ten cuidado, porque ese ardor es el reflejo de un
miedo interno que apenas pueden contener. Los han arrancado de sus hogares…
—A nosotros también —murmuró Killeen.
Sí, pero nosotros viajamos durante años en medio de la comodidad del Argo.
—No nos volvimos locos, ni siquiera en los peores tiempos de Nieveclara.
¿Y Hatchet? ¿Acaso no estaba desequilibrado?
Killeen recordó la mirada cerrada y tensa en la cara de Hatchet.
—No. Solamente era un egoísta, un malvado. Supuso que podría hacer un trato con los
mecs, pero eran ellos los que lo estaban usando para el zoológico donde pretendían
colocarnos a todos.
No veo la diferencia. Pero ten en cuenta que la Tribu también experimentó victorias
sobre los mecs cuando los conflictos internos les dieron una ventaja. Después vinieron los
cíbers, claro, y eso fue devastador. Esta forma de destripar el planeta… La reacción,
entonces, la necesidad de un líder perfecto que sea la encarnación de sus esperanzas,
que les diga que habla en nombre de Dios…, un efecto como ése está dentro de los
límites normales de las respuestas humanas.
—¿Lo estás disculpando? ¿A un hombre que dice que es Dios?
Digo, solamente, que la Tribu todavía es eficiente y que tal vez no sea bueno que la
Familia la abandone.
Killeen, irritado, llamó a Ling y preguntó:
—¿Tú qué dices?
U» capitán inteligente debe tener en cuenta las flaquezas de sus superiores. Yo…
—¿Flaquezas?
Una debilidad leve en el carácter. La disciplina es esencial y no puedo oponerme a un
comandante que impone disciplina a sus capitanes…
Killeen encerró la vocecita en el espacio estrecho que le correspondía y se levantó.
Tenían que ponerse en marcha en cuanto la luz desapareciera por completo. El descanso
había dejado todavía más sensibles a sus pies. Tendría que caminar un buen rato antes
de devolverles un cierto aletargamiento protector.
Los demás lo miraban con interés. Una en particular, Telamud, cuyo rostro parecía
brillar de energía. La mujer se levantó y caminó con el cuerpo erguido, las piernas rígidas.
Los ojos abiertos y parpadeantes miraban a su alrededor. Como intentando el
movimiento, se balanceó de lado y después dobló las rodillas como si probara los
escudos de las pantorrillas. Caminó de nuevo, la lengua fuera como para saborear el aire,
jadeando un poco. Los otros se habían dado cuenta. Un hombre se levantó y le preguntó
si se encontraba bien. Killeen se preguntó si no tendría fiebre. Telamud miró a su
alrededor como si nunca los hubiera visto antes. Empezó a temblar. Killeen tenía miedo
de que sufriera una tormenta de Aspectos, de que sus inteligencias la estuvieran
dominando. La mujer tembló con más fuerza, un gorgoteo profundo salió por su boca
abierta. Después, cayó, totalmente inerte.
Sus amigos la examinaron, le dieron algunos cachetes, trataron de despertarla. La
mujer volvió en sí poco a poco, cansada y gris. No decía nada, pero parecía capaz de
caminar de nuevo.
Mientras Killeen observaba todo eso, empezaron a caer gotas a través de las ramas de
los árboles. Era una lluvia verdosa, extraña y fría, cortinas de agua que se movían como
puntillas transparentes entre los árboles.
La Familia yacía en el suelo como muerta. Algunos ya habían comido lo que llevaban
en las mochilas como si se estuvieran acomodando para pasar la noche.
—Eh, lluvia —dijo alguien, con la voz muy dormida.
—Nunca pensé que odiaría la lluvia —le contestó otro—. Nunca teníamos suficiente en
Nieveclara. Pero ahora…
—Agua arriba, agua abajo —dijo Killeen—. Más en mis pies que la que cae del cielo.
—Eso impedirá que vengan los cíbers —comentó uno—. Espero.
Killeen agitó la cabeza. Esa lógica fútil no tenía base, pero la fatiga de la voz del
hombre era muy profunda. Killeen recordó su repertorio de viejas leyendas y dijo:
—¿Recordáis a Jesús, el gran capitán? Bueno, yo soy más importante que él, porque
camino sobre más agua que él.
La broma le consiguió una risita y algunos se levantaron. Estaban demasiado cansados
para resistir gran cosa, pero Killeen sabía que no debía exigirles mucho más antes de que
se terminaran las reservas. Después, tendría que enfrentarse a la rebelión desatada.
—Vamos —ordenó—. ¡Caminad bien! Esta noche, doble ración.
Esas palabras animaron un tanto al grupo, y la columna se movió lentamente hacia la
noche cada vez más oscura.
2
Quath perseguía a los Nadas con una alegría confusa.
Disfrutaba con los ataques enloquecidos y súbitos a que los sometía, corriendo de una
banda de Nadas aterrorizados a otra, cortando y destrozando y haciendo volar todo en
pedazos. Era una consumación de su plan y una gran alegría.
Sin embargo, experimentaba un impulso vago y extraño en el cuerpo. Sentía dolor
cuando morían los Nadas. Sufría una especie de temblor involuntario cuando los veía huir
aterrorizados.
Eso la molestaba, le doblaba los brazos, perturbaba su puntería. Así que Beq’qdahl
gritó:
<¡Estás disparando mal! ¡Cuidado!>
<Sí, sí>, replicó Quath. Esperaba que ninguna de las otras podía se hubiera dado
cuenta de su mal estado.
<¡Persíguelos!>, llegó el grito conjunto de las podia armadas. Quath se unió a ellas en
el ataque.
Persiguieron a los estúpidos Nadas sin cerebro por acantilados medio derrumbados, a
través de las ruinas grises de los mecs y de las selvas verdes y destrozadas, y por los
abismos aplastados de aquella zona llena de simas.
El plan de Quath había funcionado. El Nada que había capturado y después liberado
en la zona donde se pensaba que vivían las manadas mayores, buscó a los suyos de
inmediato. Un pequeño sensor que ella le había colocado le enviaba una señal varias
veces al día, una señal localizadora. Quath los había rastreado de este modo y adivinó
sus intenciones cuando atacaron parte de las estaciones magnéticas que controlaban los
movimientos del Círculo Cósmico.
Ahora, la trampa que les había tendido se cerraba, atrapando a miles de aquellos
insectos. Mientras avanzaba a toda velocidad por una vieja fábrica mec buscando Nadas
escondidos, la voz de la Tukar’ramin entró de pronto en su aura, con toda su sonoridad.
*Eres realmente astuta y feroz*, dijo la voz. *He observado la forma en que funcionó tu
admirable plan. Ten cuidado de no arriesgarte demasiado en estos ataque brutales.*
<Estamos aumentadas en cuanto a las armas, vasta señora. No temas>, replicó Quath.
*También te traigo noticias alegres. La segunda muestra que sacaste de la nave de los
Nadas ya está decodificada, al menos en todo lo que es posible hacerlo. Es realmente
valiosa.*
Quath sintió que Beq’qdahl, que subía por una ladera cercana, se encendía de celos
ambarinos. Fingió no darse cuenta.
<¿Ah sí? Me siento dos veces feliz. Pero ¿quién la tradujo?>
*Las Iluminadas.*
Las submentes de Quath balbucearon un fuego cruzado de sorpresa.
*Han logrado comprender el sentido resumido en esas muestras.*
<¿Las Iluminadas están aquí?>
*Esas dos muestras están directamente relacionadas con asuntos muy importantes.*
<¿Tú hablas directamente con ellas?>
*Sí, a través de las distancias entre los soles. Recibí instrucciones de las Iluminadas
que están cerca de este sistema. Dos de ellas están aquí, vigilando nuestras
construcciones orbitales. Están debatiendo.*
<¿Las Iluminadas saben las respuestas a las preguntas que tanto me torturan?>, dejó
escapar Quath.
*Quath…*
<¿Qué hay de la muerte? ¿Hay un sentido en lo que hacemos, un sentido más allá del
final individual? ¿Qué hay de…?>
*La respuesta que todas creemos, la Suma, es una formulación de las Iluminadas. Es
una sabiduría muy antigua. No, no están debatiendo eso ahora. Se preocupan por el
modo de alcanzar nuestro gran propósito. ¿Recuerdas lo que te revelé acerca de tu
naturaleza?*
Asombrada, Quath se detuvo para reflexionar. Al mismo tiempo, pasó por un grupo de
árboles retorcidos, sin corteza (¿comerán corteza los Nadas?, se preguntó). Buscaba
blancos. Pero Beq’qdahl ya había acabado con los dos Nadas que Quath había estado
siguiendo y ahora anunciaba a todo vapor su pequeña victoria, tal vez porque su ego lo
necesitaba. Quath se volvió y bajó a la carrera una ladera empinada.
<Claro que recuerdo lo que me ofreció la Tukar’ramin. Soy una Filósofa, me dijiste.>
*¿Te molesta el tema?*
<Sí, me pregunto por qué yo…>
*La forma azarosa en que se distribuyen los genes. Incorporamos facetas de aquella
vieja especie y ahora reaparecen en la superficie constantemente,*
<¡Preferiría ser una luchadora pura, llena de rabia!>
*No se puede ser nada en estado puro, Quath. Es el Legado de la especie perdida, ver
todos los aspectos de la vida como una mezcla. Siempre.*
<¡Pero eso no me gusta!>
*No tiene importancia. Tu dolor, tu indecisión, tu deseo de encontrar grandes
respuestas, ése es tu destino, tu prueba, tu trabajo.*
<¡Preferiría estar segura!>
*La seguridad es el destino de los que nunca formulan preguntas. Así son la mayoría
de las podia. Hemos dominado el mundo material, sabemos cómo funciona. Pero no nos
hacemos las preguntas que tú te formulas, Quath.*
<¡Cómo me gustaría ser como tú!>, gritó Quath con una rabia extraña y solitaria.
*Como Filósofa deberías saber que los rasgos que fueron implantados genéticamente
hace ya tanto, se manifestarán en ti de forma impredecible y perturbadora. Además,
aumentarán con la edad. Puedes llegar a ser una muestra de los rasgos innatos de los
antiguos seres o una combinación de la naturaleza de las podia y la suya.*
<No veo cómo puedo contestar mis preguntas, ése es el problema.>
*Hay otras preguntas, tal vez más importantes, Quath. Te traigo novedades. Las
muestras que me trajiste contienen suficiente información para que las Iluminadas se
propongan una nueva aventura, algo que las podia nunca se habían atrevido a intentar:
un viaje al centro mismo de la galaxia.*
<Pero todos los textos dicen que eso es imposible, tú misma lo afirmaste. Los mecs
tienen fuerzas enormes allí dentro.> Quath caminaba por una zona fangosa de suelo
destrozado y suelto. Los terremotos habían derribado esas montañas.
*Las muestras hablan de una época en que seres orgánicos, los que nos dieron los
genes tal vez, se aventuraron cerca del agujero negro central. Tal vez haya una forma de
entrar, a pesar de la interferencia de los mecs. Pero necesitaremos todos nuestros
recursos.*
Quath se detuvo cerca de una quebrada. En la selva que se alzaba un poco más allá
estaban los humanos a quienes perseguía. La señal que había colocado brilló durante un
microsegundo. Su Nada estaba entre ellos. Pero ahora no podía pensar en la caza.
<Pongo mi alma y mi cuerpo, todo, en esa empresa>, dijo.
*Tal vez sea necesario poner eso y más.*
Algo en el tono de la Tukar’ramin hizo que Quath le contestara con una pregunta:
<¿Podríamos aprender mucho en el Centro Galáctico?>
*Es lo que suponemos, lo que hay que esperar. Los mecs esconden sus actividades en
los pocos años luz del interior. Las Iluminadas se han preguntado durante milenios por
qué coleccionan quásares, se han interesado por los experimentos que vienen realizando
desde hace siglos. No podemos pensar en terminar con esos seres si no conocemos sus
habilidades más profundas, que tal vez son las más peligrosas.*
<Yo sólo tengo habilidades muy limitadas. No sé nada de…>
*Tienes algo que necesitamos.*
<¿Qué puedo tener? ¿Qué?>
*Tu Nada.*
<Yo, no sé qué…>
*Percibí a tu pequeño pasajero cuando todavía estabas en la Colmena.*
<Yo supuse…>
*Más vale que sepas que yo conozco tus corrientes cruzadas y tus oscuros
pensamientos, Quath. No habíamos tenido una Filósofa en esta Colmena desde hacía
mucho tiempo. Decidí que siguieras con tus deseos internos.*
<Mi Nada…>
*Tal vez te lo guardaste como mascota. Ya se ha hecho antes. No es un crimen. En
realidad, el hecho de que te guardaras a ese Nada en secreto es una muestra de la
sabiduría misteriosa que contiene una Filósofa, aunque ella lo ignore. Cuídalo bien.*
<No, es que no…>
*Dime.*
<No lo tengo.>
*¿Qué?*
<Lo estoy usando para rastrear a otros Nadas.>
Una alarma se disparó en el aura proyectada de la Tukar’ramin.
*Las Iluminadas necesitaban a ese Nada. Era personaje principal en la nave que los
trajo aquí y lo necesitamos.*
<Pero yo…>
* ¡Búscalo!*
Y con esa orden, el aura proyectada de la Tukar’ramin desapareció como si se la
hubiera llevado una brisa súbita. Quath sintió que la Tukar’ramin se alejaba para transmitir
la información a toda velocidad.
Debería haber sentido alegría ante ese giro del destino. Las muestras que habían
encontrado ella y Beq’qdahl parecían más importantes que cualquier sueño fabuloso. Su
Nada representaba una clave. Su transgresión, haber escondido al Nada, haber mentido
por omisión a la Tukar’ramin, todo eso estaba perdonado.
Sin embargo, se sentía enfadada y frustrada. Se acercó rápidamente a la selva. Si las
Iluminadas no sabían responder a sus preguntas, ¿quién podría hacerlo? ¿Era posible
que la terrible visión de un universo vacío y completamente absurdo no tuviera enemigos,
ni siquiera en los niveles más altos?
Inquieta, Quath se adelantó con su aura, esperando encontrar algo del gusto salado de
su Nada. No iba a resultar fácil si confiaba solamente en las emisiones escasas de la
señal que había colocado en el equipo primitivo del Nada, aumentos muy elementales que
eran una parodia absurda de las piernas elegantes de las podia.
Nunca imaginó que pudiera necesitar al mismo Nada, solamente al grupo que lo
acompañaba. ¡Qué molesto!
Captó un sabor eléctrico de Nadas diseminados en la masa espesa de la selva, más
adelante. Al aire libre, resultaba difícil distinguir cuál de ellos era el que había tenido
antes. Amplificó las señales y se sofocó.
Verticales y horizontales muy feas por todas partes. Una luz cambiada. Y con estas
percepciones tan obvias, un torrente de emisiones muy intensas.
Coloraciones silenciosas de cansancio y dolor. Olores rojos y amargos de miedo.
Amarillos de vergüenza.
Orgullo. Una confusión ruidosa, inmensa. Una envidia acre malicia escondida y deseos
incomprensibles y confusos.
Deseos desconocidos, inquietos, bajo la capa aceitosa de los sentidos. Resultaba difícil
creer que esos Nadas fueran tan inconscientes.
Un estado de semiconsciencia enigmática flotaba en esas mentes. Sufrían
continuamente de sentidos ambiguos y divididos. Sus pensamientos se interrumpían
constantemente con mensajes que detallaban su hambre, la situación que los rodeaba,
sus incesantes deseos sexuales (¡incluso cuando estaban tan agotados!), sus mundos
pequeños, vívidos, confusos.
Quath enfocó su aura como una aguja y la colocó en un Nada que yacía muchas
colinas más adelante. ¿Era el suyo?
No estaba segura, perdida en la multitud de percepciones primitivas, rápidas. En ese
pantano pegajoso ni siquiera podía aislar sus submentes. Mantuvo los músculos rígidos
con mucho cuidado y forzó al Nada a levantarse. ¿Le parecía familiar?
Uno de los miembros superiores del Nada presionaba una cosa suave contra su cara.
No, dentro de la cara. Un estallido horrible y salado le dijo que eso era una boca, tal vez la
boca principal. A todas luces el Nada disponía de un sistema de degustación muy
aumentado, porque la comida emitía arroyuelos de bilis caliente como la lava en el interior
del agujero de la boca. Eran muy dolorosos.
Los otros Nadas lo miraban. Ella se dio cuenta de que los alarmaría el hecho de que
escupiera la comida al suelo, donde tal vez quemaría las hojas. Esos Nadas eran pobres;
si desperdiciaba la comida, se convertiría en sospechosa. No debía asustarlos antes de
haber encontrado a su propio Nada o tal vez todos huirían a la carrera. Quath obligó al ser
a tragar. Además, quería averiguar cómo sabía esa comida.
¿Qué podía hacer esa criatura primitiva? Ella no había entrado así en su Nada; estaba
adquiriendo práctica. La curiosidad la azuzaba.
Lo hizo ponerse de pie en un solo miembro, después en el otro. La sensación de la
inestabilidad de un bípedo resultaba extrañamente emocionante. Hizo que uno de los
podios diera un paso, tomó el cuerpo cuando empezaba a caer y después llevó la
segunda pierna hacia delante. La sensación de estar jugando con el peligro, de caerse y
corregir la posición, era decididamente maravillosa.
Dio otro paso adelante. Y otro. Las piernas transmitían el impacto hacia arriba y Quath
aprendió muy pronto a amortiguarlo con las rodillas. Una sola columna vertebral parecía
caminar sobre un colchón de caderas y asentaderas.
Peor, hacía doler abajo. Los músculos estaban muy tensos, como si ésa fuera una
condición constante. ¡Qué diseño tan pobre! ¡Y eran tan poco imaginativos que toleraban
esos dolores irritantes sin hacer nada!
Rotó la cabeza y vio una cantidad sorprendente de lo que sabía que siempre rodeaba a
los Nadas, pero sin la textura filigranada que ella conocía y cargada de pesos
emocionales.
Ese Nada reaccionaba inmediatamente ante casi todo lo que veía. Si pasaba junto a un
arbusto bajo con bayas coloradas y pequeñas, sentía una oleada poderosa de hambre. El
cielo sombrío por encima le pedía que lo revisara para ver si se acercaba alguna
amenaza. Una brisa húmeda se introdujo en sus narices y hubo visiones de lluvia que
dispararon alarmas internas. Una cara cercana excitó recuerdos de tiempos más felices,
una risa, un fuego caliente…
Pero Quath descubrió que esa cara que se acercaba emitía sonidos que pertubaban a
su anfitrión. La cara daba señales rápidas de alarma. Una arruga por debajo de la línea
del cabello. La única boca se partió y los labios se enrojecieron bruscamente. Asomaron
los dientes. Una reducción del espacio entre los ojos y el comienzo del cabello.
Por lo visto no estaba manejando bien a ese Nada, a pesar del excitante
descubrimiento de lo que significaba el caminar sobre dos podios. ¡Y pensar que había
creído que lo estaba haciendo como una experta! ¿Qué calidad podía alcanzar una forma
de movilidad como ésa a pesar de todo?
El Nada que se acercaba pronunció algo incomprensible. El mensaje primario estaba
en el tono de la voz, que se hacía más y más agudo a medida que los sonidos se
sucedían cada vez más rápido. Quath no quería asustar al grupo porque deseaba
explorarlo antes. Además había un elemento más profundo en ellos, algo que todavía no
comprendía. En ese momento deberían haber aparecido aunque fuera algunas
submentes. Seguramente estaban integrados de una forma muy extraña.
Descartó el asunto y decidió dejar al Nada. No había que alarmar a sus acompañantes.
Se desconectó despacio. En un instante estaba de nuevo en su propia aura eléctrica.
Ahora la lluvia llegó bruscamente hasta ella, placentera, extraña, cálida. Le recordaba
los arroyos de comida de la Colmena. Se dejó ir en la suave caricia del viento y el aire.
Después se arrastró con cansancio hacia delante. El asunto de encontrar a su Nada podía
convertirse en una empresa muy difícil. Lamentaba no haberle puesto una señal brillante y
permanente. Había tenido miedo de que incluso una cosa de tan poca inteligencia pudiera
advertir algo así. Muy bien, adelante, pensó y siguió arrastrándose a través del torrente de
agua.
3
El atardecer había regresado antes de que escalaran las últimas colinas y se
arrastraban a través del pecho de la montaña.
Killeen vio cómo se hundía un sol rojizo detrás del pico siguiente. Se dirigía al sur. Le
había costado acostumbrar sus sentidos a ese planeta y comprender que tenía estaciones
más templadas que las de Nieveclara. La gravedad menor y los días más cortos
perturbaban sus ritmos internos. El efecto se hacía patente en todos, pensó, mientras
miraba la retaguardia de los Bishop, que luchaba para subir la ladera de granito oscuro.
Después de la lluvia de la noche anterior, los había acompañado un viento helado y la
marcha se había hecho más difícil. Cuando el agua entraba en las botas, nada funcionaba
bien hasta que tenían tiempo para detenerse y trabajar con el metal. Pero tenían prisa.
Killeen había bromeado, rogado y ordenado, y había mantenido a los Bishop en
movimiento a través del barro resbaladizo y las selvas destruidas.
Ahora miró hacia atrás, buscando a los cíbers. Deseaba librarse de las botas. Buscó
una solución de compromiso sentándose en una piedra y soltando los broches de presión
de las piernas. Hubiese dado un suspiro de alivio, pero Cermo estaba muy cerca y no
quiso abrir los labios. Su sentido de la disciplina se lo impedía.
Los terremotos habían derrumbado los riscos y los habían vuelto a crear. El río que
corría más abajo estaba excavando un nuevo canal, porque lo habían expulsado del
antiguo. La geología parecía haber apresurado su ritmo lento, como si tuviera miedo de
que la alcanzaran nuevos desastres. La lluvia había formado innumerables arroyos
fangosos que se extendían como manos de dedos sinuosos a través de las llanuras,
alimentando lagos marrones. Surgían grupos ahogados de árboles escuálidos de las
aguas turbias, y el sol inclinado se enredaba en las copas condenadas.
Estamos cerca del ecuador, así que al menos no hemos sufrido los efectos de
enfriamiento de la cuerda cósmica. Parece que la cuerda ha despojado al planeta de parte
de su atmósfera, así que no está tan aislado contra el frío del espacio.
—Pensé que los terremotos calentarían las cosas —contestó Killeen al Aspecto Arthur.
La pérdida del aire tiene un efecto inmediato más poderoso. El calor profundo tiene que
difundirse desde el interior. Sin embargo, debemos esperar pronto otra excavación del
núcleo. Ahora el hilo parece estar latiendo con más energía.
Killeen espió el cielo, que se iba oscureciendo, y vio la curva aguzada contra el fondo
multicolor de las nubes interestelares. No se había movido en todo el día, lo cual
significaba que los cíbers lo estaban haciendo rotar con el planeta. Si empezaba a girar,
deberían prepararse para más terremotos o algo peor.
Los terremotos constituyen un peligro solamente para los habitantes de las ciudades o
las Ciudadelas. Al aire libre, el mayor riesgo son los deslizamientos de tierra, y supongo
que ya hay más suelo suelto esperando para formar una avalancha.
—Tal vez, no vaya a ser que esta montaña decida que quiere bajar al valle.
Killeen sintió que la grava se deslizaba por la ladera, como amenazándolos, y se volvió
para enfrentarse con Shibo, que venía caminando desde el grupo de avanzada.
—El Campamento de la Tribu está al otro lado —informó ella. No habían utilizado los
comunicadores desde que llegaron a la cara de la montaña, porque en aquel lugar
cualquier receptor que funcionara en línea visual podía detectarlos a larga distancia.
Significaba perder gran parte del flujo de información, pero Killeen se sentía demasiado
expuesto incluso sin eso. Cada piedra podía ser un detector cíber esperando a que
alguien lo pisara, o funcionando constantemente en secreto.
—Pasa revista a la columna —ordenó—. Quiero una marcha en formación con las
armas listas.
Se sintió orgulloso de los Bishop cuando pasaron frente a las líneas de la Tribu hacia la
cima de la montaña. Las Familias estaban distribuidas sobre los salientes de granito
tachonado de plata que se abrían por debajo de la cima, pero Killeen no se detuvo a
acampar. Marchó con los Bishop directamente hacia el centro, donde ya estaba
preparada la gran carpa que flameaba bajo el viento frío. Dirigió un gesto a sus
lugartenientes para que lo flanquearan y no aminoró la marcha hasta que llegaron al gran
claro que ocupaba la carpa principal en el pico de la montaña.
Su Supremacía salió de la carpa al encuentro de los Bishop. De pie junto a sus
oficiales, lo miró con el rostro severo y los ojos vacíos cuando Killeen le dirigió el saludo
tradicional.
—Retrocediste sin mi orden —espetó el hombre sin devolverle el saludo.
—Comprendí que mi Familia iba a ser derrotada por completo —dijo Killeen con
formalidad.
—¿Quién puede dominar a los que huyen con tanta rapidez?
—Tuvimos muchas bajas. Ocho…
—Todas las Familias tuvieron pérdidas —replicó Su Supremacía. Después lo repitió en
voz más alta, separando y destacando las palabras. La gente lo oyó y llegó hasta allí
corriendo.
Killeen vio que los Bishop desaparecían en medio de las multitudes de la Tribu. Su
Supremacía iba a montar un buen espectáculo.
—Ése es el camino que debemos seguir, ésa es la forma de luchar si queremos
destrozar a esos monstruos. —Su Supremacía hizo resonar la larga frase con deleite,
como una llamada de clarín. Una expresión exaltada le transfiguró el rostro apasionado
cuando se volvió hacia Killeen—. Las otras Familias no se quejan por sus muertos.
Simplemente entierran a los héroes y siguen adelante, obedientes.
—Nosotros no enterramos a nadie —dijo Killeen con cuidado—. Los dejamos en el
campo.
—¡Ja ja! Los Niner trajeron más de una docena de muertos.
—¿Y cuántos murieron en la empresa?
Un crujido en la multitud. Su Supremacía se burló.
—No consideramos que esas pérdidas sean diferentes. Es una causa noble.
—Yo prefiero que me maten en un ataque y no arrastrando cadáveres.
—De eso estoy seguro, capitán. Ya me he dado cuenta de que respetáis muy poco
nuestros métodos probados por el tiempo. No tenéis sentido de las transgresiones.
Killeen empezó a replicar y se contuvo. Eso iba a convertirse en una humillación
pública. O en algo peor. Trató de pensar en algo que pudiera calmar al hombrecito, cuya
cara tenía ahora una cualidad transfigurada, casi transparente.
—Además, he notado que has llegado a faltarle el respeto a Mi Santidad. Hasta este
momento he preferido pensar que era a causa de tus orígenes en una estrella extraña.
Killeen no pudo resistir el mostrarse de acuerdo.
—Sí, tal vez sea por eso.
Los ojos de Su Supremacía perdieron su extraño vacío. Una mirada oscura los convirtió
en rendijas amenazantes.
—¿Tal vez consideras que las reglas de Dios no se aplican a las Familias extranjeras?
La mandíbula de Killeen se puso tensa por el esfuerzo. Killeen trató de dominar el
deseo de contestar con una agresión, para lo cual necesitaba todas sus fuerzas.
—Por supuesto que no —dijo despacio—. La lengua de la Tribu es diferente de la
nuestra, tengo dificultades para hablarla y tal vez vosotros no nos entendéis bien.
Nosotros, los humanos, hemos estado separados mucho tiempo, no debemos olvidarlo.
¿Cómo…? —Apretó la mandíbula otra vez y continuó—. ¿Cómo podría faltar el respeto a
Su Supremacía? ¿A la mente más grande de la historia de nuestra especie?
El hombrecito macizo asintió como si ese último cumplido fuera un hecho. Killeen
experimentó un gran alivio cuando vio que la alabanza directa no lo convertía en
sospechoso. Tal vez ese hombre que se creía Dios desayunaba todos los días con frases
semejantes.
—Tienes una forma muy extraña de mostrar tu respeto, capitán de los Bishop. La
batalla iba bien.
—Caíamos como moscas.
—Pero todas las batallas cuestan un precio, ahí está la gloria. Solamente los grandes
sacrificios pueden conducirnos a la victoria. Ése es el punto que no veían los mayores y
capitanes que me precedieron, y que solamente la intervención divina, corporizada en mí,
ha podido solucionar.
—Ya veo, Su Supremacía.
—Es nuestra valentía, nuestra rabia sagrada, nuestro divino atrevimiento a las heridas
mortales e incluso a la muerte, lo que nos pone por encima de los monstruos y los
demonios que han caído como una maldición sobre nuestro planeta materno…
Eso provocó un grito de alegría de la Tribu. La multitud, con los ojos cálidos y la boca
tensa, parecía un sólo animal subyugado. Las caras de todos temblaban de anticipación
por lo que iba a suceder. Killeen se sumó a los gritos un poco tarde, al igual que sus
subordinados. Su Supremacía lo advirtió, y de pronto, levantó las manos y pidió silencio.
—Veo una lentitud en ti, capitán de los Bishop. Una reticencia a seguir mis órdenes, las
órdenes de Mi Sagrado Yo.
—No, yo…
Los ojos de Su Supremacía brillaron de rabia.
—¿No?
—Bueno, yo…
—El Dios de la Ira Sagrada no acepta la palabra «no», así, sin títulos, sobre todo de un
capitán que huye. Creo que hablas demasiado. ¡De rodillas!
Los oficiales se acercaron y golpearon hábilmente la parte posterior de las rodillas de
Killeen, que cayó hacia delante en el suelo. Alguien le ató las manos a la espalda y las
levantó, de manera que Killeen tuvo que inclinarse involuntariamente. Miró los adornos
que colgaban del cinturón ancho y escarlata de Su Supremacía. Uno era una pequeña
cabeza humana tallada, una cara que sonreía. Otro parecía un fragmento de un
caparazón de mec, trabajando para que se pareciera a un gran palo del cual brotaba una
larga espiga.
—¿Te das cuenta de que los cíbers utilizan los cadáveres que se dejan en el campo?
—Sí. —Killeen no quiso decir nada más porque sabía que si seguía adelante, sin lugar
a dudas se le escaparía el sarcasmo.
—Infectan a nuestros héroes con huevos. ¡Huevos de demonios!
—Sí.
—Y sin embargo, aunque lo sabías, preferiste desobedecer.
—Pensé en la seguridad de mi Familia.
—¿Y cómo te sentirás cuando veas a los demonios arrastrándose por las colinas,
demonios nacidos de tus muertos abandonados?
A Killeen no se le ocurrió nada que decir a eso, así que bajó la cabeza.
—Una parte de Mi Santidad me exige que te borre de mi causa. Podría ordenar que te
llevaran al pozo hasta que los fluidos de corrupción se te hayan secado en el cuerpo.
La multitud murmuró ansiosa. Killeen vio que Toby acercaba una mano al rifle. Meneó
la cabeza levemente. Su hijo dejó caer la mano de mala gana. Killeen vio por el rabillo del
ojo que la mirada de Shibo estaba preñada de algo que él no podría dominar. Ella estaba
quieta, de pie, tensa, en una posición que Killeen conocía bien.
—Nosotros, los Bishop —dijo rápidamente—, estamos hambrientos por su causa.
—¿Con ferocidad? ¿A pesar de lo que dijo ese demonio celeste del que todos fuimos
testigos?
—Un hambre profunda. Sí. Sí —se obligó a gritar—. Muéstrenos usted el camino
correcto.
Hubo gritos y silbidos en la multitud.
Una expresión de extrañeza cruzó la cara de Su Supremacía, y sus ojos se vaciaron de
nuevo. Le temblaron los labios y miró hacia arriba, como si buscara la inspiración
celestial. La multitud se movió, inquieta. Un viento helado barrió la cima de la montaña.
Finalmente, Su Supremacía dijo:
—La generosidad también es sabia a veces. La piedad puede surgir de mí tanto como
el castigo.
La multitud suspiró, desilusionada.
—Pero no puedo permitir que una Familia completa se someta a la guía de un capitán
así.
Killeen abrió la boca y la cerró. Los estados de ánimo de aquel hombre cambiaban
tanto que no podía seguirlos.
—Así que voy a nombrar un nuevo capitán para los Bishop. A prueba y conservando el
derecho de nombrarlo. Tú —dijo señalando a Jocelyn—, tú serás la nueva capitana de los
Bishop. ¡Un paso al frente!
Jocelyn avanzó un paso e hizo el saludo militar con elegancia.
Unas manos soltaron a Killeen y lo ayudaron a levantarse.
—Espero una obediencia instantánea en todo lo que diga.
—Sí, señor.
—Empezaremos a organizar de inmediato la próxima batalla, una lucha enorme que
significará el principio del fin para los monstruos. Esta vez los Bishop irán delante.
—Muy bien, Su Supremacía —asintió Jocelyn—. Nos sentimos honrados.
—Los Bishop deben prepararse —ordenó Su Supremacía en voz tonante—. Esta
noche, celebraréis con vuestros exaltados y santos compañeros de la Tribu las victorias
que vendrán…
Hizo un gesto para que ella se retirara. Jocelyn dio un paso atrás y se inclinó. La
multitud aulló y empezó a desordenarse. Los Bishop se miraron unos a otros,
desconcertados.
Jocelyn fue hasta donde estaba Killeen, que no se había movido. Sólo cuando ella se
colocó firmes a su lado, Killeen se dio cuenta de que debía volver a ponerse con los
demás. Se quedó mudo, tembló y se colocó en la fila. Detrás de él, Su Supremacía siguió
anunciando la celebración de algún acto religioso. La idea de participar en un festival esa
noche, después de las pérdidas que habían sufrido las Familias, llenaba la boca de
Killeen de un gusto amargo. Los miembros de la Familia, atónitos por el cambio brusco de
capitanes, lo miraban con los ojos muy abiertos mientras él desfilaba junto a los
escuadrones bien formados. Algunos lo saludaron a escondidas y otros inclinaron la
cabeza en señal de respeto. Bajo los pies magullados de Killeen, el mundo parecía fresco
y duro.
4
Quath se apresuró a subir hasta la cima un acantilado difícil. No debía exponerse tanto,
pero necesitaba buscar con rapidez. Tenía que encontrar a su Nada. Había supuesto que
lo seguía de cerca, pero después se había encontrado con un gran grupo y había tenido
que alejarse para que no la detectaran.
La Tukar’ramin estaba de acuerdo en que debía evitar alarmar a los Nadas hasta que
estuviera segura de que el animal que había visto era el correcto, el que conocía la nave
de los Nadas desde hacía tiempo. Para estar segura de que su Nada no cayera en las
emboscadas de sus hermanas, la Tukar’ramin había interrumpido los ataques. Ahora toda
la atención se centraba en la búsqueda de Quath.
Pero ¿dónde estaba el Nada? La señal no había aparecido cuando debía. Tal vez se
había estropeado.
Esa complicación irritaba a Quath. Envió su aura electromagnética hacia delante y
logró captar fragancias de Nadas en el aire de las montañas. Se estaban reuniendo allí,
sí. ¡Qué oportunidad! Las podia podían aniquilar a miles de esas bestias cuando Quath
asegurara su presa.
Desde el lugar donde se encontraba, ladera arriba por la cara abrupta de una roca
inclinada, recibía la protección de los picos caídos y agudos de toda la cadena. Luchó
contra el pánico terrible de sus submentes, que habían empezado a percibir la altura.
Solamente la seguridad con que se había aferrado la había salvado de caer en las garras
del pánico.
Resultaba extraño, pero allí, en el ecuador, el efecto del Sifón había formado montañas
todavía más altas con la corteza del planeta. Había comprimido las capas de basalto,
partiendo la roca en grandes grietas, y había arrojado en ellas la roca del vientre inferior
de la cadena montañosa. A lo lejos, vio un cono que escupía gotas ennegrecidas en el
aire cargado de polvo ardiente. La calamidad había abierto quebradas anchas a través de
los bosques y las llanuras. Las minas de los mecs se habían derrumbado. Sus vías de
ferrocarril estaban enterradas y partidas en pedazos.
Todo eso estaba bien, pero las ruinas del paisaje ofrecían infinitos escondrijos a las
bestias. Quath trepó con sus seis podios sobre un nudo alto en la montaña. La mayor
concentración de Nadas estaba un pico más allá y ella esperaba que tuvieran los sentidos
tan imperfectos y primitivos como le había parecido en la batalla, porque si no era así, la
detectarían.
*¡Quath!*, llegó la voz de la Tukar’ramin, *tengo malas noticias.*
<¡Mi Nada!> Quath rompió el silencio del comunicador llena de alarma. <¿Alguien lo ha
matado?>
*No, esto es mucho peor. Hay un conflicto entre las Iluminadas.*
<¿Qué…? ¿Cómo es…?> En el cuerpo de Quath reinaba el caos. <Pero ellas tienen la
sabiduría suprema de nuestra especie…>
*Sí.*
<¿Cómo pueden estar en desacuerdo?>
*No lo comprendo, joven podia, y eso que tengo mayores habilidades que tú. Es la
primera vez que se produce un conflicto entre las Iluminadas. Golpear levemente una
fracción mínima del flujo es sentir conjeturas vastas, resbaladizas que funcionan como
mareas en el alma. No me pidas que te lo describa, porque no puedo. Entre ellas el
conflicto es furioso, como el estallido de los soles en el cielo de mi mente. Todavía…,
todavía trato de recuperar el equilibrio.*
<Entiendo>, dijo Quath, aunque le resultaba incomprensible. Las señales de la
Tukar’ramin llevaban una corriente succionadora de dudas y miedos grises.
*Algunas Iluminadas ya no quieren entrar en el Centro Galáctico y discuten con
ferocidad por su posición.*
<Pero… ¿por qué?> Quath tembló al pensar en su audacia. Estaba interrogando a un
ser tan poderoso como la Tukar’ramin acerca de las majestades todavía superiores de las
Iluminadas. Era una osadía.
*Se dan cuenta de que hay un propósito aún mayor detrás de todo esto. Un artificio
mec, tal vez, para arrastrarnos al Centro.*
<Pero es nuestra meta histórica, según dijiste una vez.> Quath tuvo buen cuidado de
poner su objeción dentro de los límites de las palabras de la propia Tukar’ramin.
*Eso me habían dicho, y hasta ahora, nunca lo había dudado. Tú eres una Filósofa,
Quath, no puedes conocer el refugio maravilloso que conocemos nosotras, las
inteligencias que no dudamos
nunca…*
Quath entrevió lo que sentía la Tukar’ramin. Ver cómo se destrozan las cosas en las
que una ha puesto toda su confianza, el espectáculo de las Iluminadas discutiendo, debía
de representar una experiencia terrorífica para alguien que nunca había dudado. Quath
sintió simpatía por la Tukar’ramin, y bruscamente se dio cuenta de lo mucho que había
cambiado aquella Quath de los días simples en la Colmena. Sentir cualquier cosa que no
fuera respeto infinito o miedo ante la Tukar’ramin le habría parecido incomprensible hacía
apenas unos días.
*Otras Iluminadas creen que nuestro destino histórico es usar a esos Nadas
intrascendentes, que poseen una clave para entrar en la región interior de la Galaxia,
aunque la tengan por casualidad.* Las frecuencias perturbadas de la Tukar’ramin corrían
por el aire, sombrías enredadas, corrompidas por pálidas pecas de dudas.
<¿Qué designio ven en esto las Iluminadas?>
*No se ponen de acuerdo. Han estudiado estos hechos, y algunas sienten que los
Nadas llegaron aquí como parte de una voluntad superior.*
<¿Qué tipo de voluntad?>
*Es un concepto que no llegamos a entender por completo. Algunos mecs hacen cosas
por razones inexplicables. Lo llaman «arte». Esas obras no tienen ninguna utilidad, según
parece.*
<Entonces no debemos preocuparnos por ellas>, dijo Quath, con sentido práctico.
*No necesariamente. Algunas Iluminadas opinan que los mecs enviaron a los Nadas en
la nave antigua para estabilizar los conflictos entre las ciudades mecs.*
<En ese caso, son nuestros enemigos.>
*Tal vez. Los mecs utilizan un sistema jerárquico de mando, como nosotras. Las
entidades que controlaban este mundo antes de nuestra llegada eran de bajo rango en la
escala mec. Lo que hacían aquí era solamente una operación secundaria, algo que
funcionaba de forma secundaria en los intereses de los mecs.*
Quath suprimió su sensación de sorpresa absoluta ante esa novedad. Había creído que
los esfuerzos de las podia tenía un gran impacto y que llenaban de terror a los mecs de
todo el universo.
*En esos casos, se delega el control en el nivel local y se puede hacer un uso muy libre
de los estímulos de la competencia entre las subunidades.*
<Explica eso, por favor>, dijo Quath, y envió subtonos de confusión.
*La eficiencia surge a partir de un conflicto regulado con mucho cuidado. Piensa en
cuánto más diligente fue tu comportamiento, pequeña, cuando te estimulamos a través de
la rivalidad con tu hermana Beq’qdahl.*
¡Qué pocas cosas escapaban a la atención de la Tukar’ramin! ¿O era que la gran
entidad había diseñado uno a uno los detalles de la vida de Quath?
*Ese uso de la lucha entre unidades es universal, o casi universal. Los mecs tenían un
diseño unificado para este mundo. Pero se permitió, hasta se alentó, a las ciudades y
complejos mecs a competir por los recursos o por los cargos. Incluso las células de los
seres vivos actúan así, luchando unas contra otras, buscando nutrientes y tareas más
importantes. Un delicado equilibrio químico mantiene el proceso bajo control. Cuando sale
bien, todo el organismo florece.*
<Los mecs eran débiles en este planeta. ¿Estás diciendo que perdieron el control del
proceso?> Quath recordaba las muchas señales de batallas entre ciudades en la
superficie del planeta. Esas cicatrices no parecían «bien reguladas», desde luego.
*Exactamente. Los mecs, como las criaturas vivas, corren peligro en el proceso. Un
aumento exagerado del ego, una agresión desatada de una parte contra el todo… Las
mentes de nivel medio de los mecs de este mundo empezaron a luchar a muerte.
Empleaban armas nuevas, muy poderosas, contra sus propias hermanas.*
Quath experimentó la sensación urgente y poderosa de la comprensión súbita.
<¡Los Nadas!>
Detectó un gruñido de satisfacción de la Tukar’ramin, acompañado por algo más, un
trazo leve de… ¿respeto tal vez?
*En efecto, mi pequeña. Tu agilidad de pensamiento me es muy agradable. Los Nadas
habían infestado los intersticios de la cultura mec como elementos irritantes, pero no más
que eso, como insectos que se aplastan con un podio. Hasta que empezó el cáncer.
Entonces, resultaron poderosamente útiles a uno de los bandos en litigio. Catástrofe. La
alianza entre ese bando y los Nadas debilitó el poder de los mecs en este sistema.*
<Una debilidad que nosotros hemos aprovechado.>
*Justamente. Por eso las Iluminadas se arriesgaron a enviar nuestra expedición y la
preciosa Gran Cuerda a este lugar tan cercano a las fronteras del poder mec.*
Quath sintió que empezaba a percibir parte de la grandeza del asunto. Era vasto,
impresionante. La intimidaba.
<¿Y las mentes grandes de los mecs, las que viven cerca del Núcleo, no han advertido
este retroceso?>
*Claro que sí. Pero el cáncer se extiende con tanta rapidez y nuestro poder descendió
con tanta fuerza sobre este sistema, que pudimos fijar una posición antes de que ellos
tomaran medidas para eliminar el fallo. Con la cuerda a nuestra disposición, vencimos a
todas las expediciones que llegaron para «curar» esta colonia mec. Las Iluminadas
estimaron que habría razones económicas para que los mecs no lanzaran un ataque
decisivo. Esta avanzada fronteriza era demasiado intrascendente, y sin duda decidieron
no organizar una operación como ésa.*
<Las Iluminadas son sabias.>
*En efecto, a pesar de todo lo que ocurre. Los mecs de otros lugares probablemente
enviaron ayuda a sus hermanos en formas más sutiles, utilizando tácticas para introducir
la cura por debajo de nuestro cordón de seguridad.*
Quath volvió a sentir que comprendía.
<¡Los otros Nadas! Los que llegaron en la pequeña nave. ¿Los enviaron como cura?
¿Para interferir en el proceso cancerígeno?>
*Eso es lo que creen algunas de las Iluminadas, las que ven a la nave como un arma
mortal enviada por nuestros enemigos, que transporta agentes fatales para nuestra
causa. Por eso recibí órdenes de eliminar a los Nadas. Por eso, al principio, os envié a ti y
a tu hermana tras ellos, para destruirlos a todos.*
La Tukar’ramin se interrumpió. Luego siguió hablando en tonos más bajos.
*Pero ahora otras Iluminadas dicen que estos extraños Nadas que han llegado del
espacio son especiales en otro sentido. Afirman que su destino está ligado al nuestro. Es
tan confuso… La nave y sus elementos señalan en ambos sentidos. Hay claras marcas de
diseño mec en el perfil de vuelo y los rasgos del tablero de la nave. Sin embargo, esas
tablas antiguas que encontraste han llevado a muchas Iluminadas a creer que hay mucho
más en juego en este asunto.*
Las submentes de Quath giraron en el vacío ante la complejidad del problema. Le
recordaba las emociones extrañas y conflictivas que había sentido al cazar a los Nadas
en la superficie del planeta.
<¿Qué debemos hacer entonces?>
Detectó un eco de su confusión en la Tukar’ramin misma, y encontró que ese eco
resultaba más perturbador que todo lo demás.
*Esta crisis es distinta de todo lo que he tenido que sufrir en mi larga vida, pequeña
Quath. Obedezco a la mayoría de las Iluminadas que son capaces de juzgar y escuchar
estos problemas. Como la misión misma era de riesgo, esa mayoría está formada por las
muchas que creen en la necesidad de arriesgarse, de hacer, de aceptar las oportunidades
que nos indican vagamente las tablas de la nave.*
<Pero ¿por qué…?>
La Tukar’ramin agitó su gran forma, rechazando la pregunta antes de que Quath
terminara de formularla.
*Lo único que sé es cómo. Las leyes de la materia y de la luz, de la mecánica y los
flujos sedosos de la termodinámica.*
<Sí, claro, y eso lo sabes muy bien.>
*No sé por qué. Ése no es el punto fuerte de nuestra especie, como debes de haberte
dado cuenta ya por las que te rodean, pequeña Filósofa.*
<¿Tienes miedo de los vientos hirientes de la indecisión?>
* Claro que sí. Tú también los temías, en un tiempo. Pero he visto cómo los genes de la
antigua especie perdida resurgen en ti, buscando, creciendo. Sabrás mejor que yo cómo
actuar en este remolino de caos.*
<La derrota es la semilla del conflicto. Si las podia reflejan en ellas la división de las
Iluminadas…>
*Sí. Entonces, estamos perdidas. Solamente nuestra ferocidad, nuestra capacidad para
actuar sin un instante de duda nos ha dado el poder sobre este mundo y otros como él.*
<Eso, sin tener en cuenta la posibilidad de que caigamos en manos de los mecs>,
apuntó Quath con absoluta certeza.
*Entonces, decidamos antes de que nos rodee la tormenta circular de la duda. Busca a
tu Nada y terminemos con esto.*
Quath aulló una respuesta-canción, clara como un clarín, aguda y poderosa. El sonido
era ceremonial y, sin embargo, extrañamente conmovedor, incluso ahora que ella conocía
la falsedad de esos gestos comparados con las preguntas inmensas que rodeaban a las
podia, que giraban alrededor de todos los seres vivos.
Buscó en la noche con habilidad. Rozó un leve olor de pensamiento mec. Estaba
inundado de dolor y hundido en una agonía de confusión. Probablemente el último de su
especie en esa zona, pensó Quath. Parecía estar cerca, tal vez vigilaba a los Nadas. Los
esquemas típicos, enredados, zigzagueantes, estaban inmersos de algún modo en una
coraza Nada y resultaba difícil detectarlo. Lo haría más tarde, pensó Quath.
Buscó de nuevo. Voces, hambres pálidas, músicas tímidas, y bruscamente su aura la
condujo al campo de un Nada. Tenía una esencia parecida a la de su Nada, pero Quath
no estaba segura de que fuera la misma. Este Nada era una cosita de piel suave,
excitable, con puntos de dolor distribuidos en todo el cuerpo. Tenía las mismas manos
gruesas e inteligentes, una columna nudosa, las piernas largas y sorprendentes con los
pequeñísimos podios que las sostenían. Irradiaba sentimiento, tonos que hacían crujir el
aire con su timbre, y Quath comprendió de pronto.
Éste tenía el mismo sabor que su Nada porque tenía el mismo sexo. ¡Qué extraño y
sorprendente, diferenciar los sexos! ¿Por qué? Este era más alto, más pesado, con 1,8
veces más de radio de masa muscular que el cuerpo del último Nada que ella había
invadido en el bosque. ¿Era ésa la intención: especialización de funciones a través de
cuerpos alterados?
No, enseguida comprendió que las diferencias provenían de los orígenes naturales del
Nada. ¿Qué presión selectiva habría forzado esas divergencias entre los sexos? ¿Qué
ventaja podrían ofrecer? Quath captó al instante los conflictos que eso provocaba. Nunca
había sospechado que los sabores fuertes de los Nadas significaran diferencias sexuales,
en realidad, esos sabores contaminaban el aire entre ellos.
Así que había pensado que ese Nada era el suyo porque tenía el mismo olor fuerte y
masculino.
Le mantuvo los músculos semirrígidos, pero el Nada deseaba irse, o eso le pareció a
ella. Con un esfuerzo logró que los innecesariamente complicados aparatos de músculos
y huesos entrelazados se contrajeran y extendieran para llevar una herramienta hacia la
cara del Nada. Los olores se reunían en dos cavidades en el rostro, donde los brillos de
reconocimiento provocaron cálidas palabras de bienvenida.
Ella dejó que los sistemas semiautomáticos del Nada colocaran la comida en la boca
principal. Le permitió que masticara. En el aura eléctrica de Quath explotaron sonidos
extraños y ella comprendió que eran las sensaciones gustativas que experimentaba esa
criatura. El sabor de la comida masticada nadaba en el centro, construyendo notas sobre
las submelodías, una pequeña sinfonía de canciones gratificantes.
Había otros tres Nadas muy cerca. Una oxidación primitiva y desnuda aullaba su calor
amarillento en el centro del pequeño grupo. El Nada se balanceaba siguiendo las
emisiones infrarrojas.
Había esquemas acústicos en la cabeza del Nada. Quath vio que ése era el único
modo de comunicarse que tenían a corta distancia. ¿Habían mantenido eso como un
tributo nostálgico a las formas primitivas? ¿O eran todavía tan elementales, lo cual
resultaba realmente sorprendente?
Quath trató de estudiar las submentes del Nada, pero descubrió un pantano muy difícil
de comprender. ¿Dónde estaban las semillas fundamentales de la inteligencia
subsidiaria? La confusión interior era demasiado caótica como para desenredarla. Decidió
ocuparse de asuntos más prácticos.
No podía dejar que el Nada pronunciara ni una sola palabra sin antes aprender a
controlarlo mejor. ¿Y cómo se construía el discurso en ese antiguo modo acústico?
Nerviosa, liberó la boca. Curvó los labios. Hizo un rodete con la lengua gorda y suave
que, ahora que Quath se concentraba, parecía hincharse y llenar toda la boca.
—Comida buena —dijo el Nada.
Quath se aseguró de que las palabras tuvieran un significado muy simple, porque así
habría menos posibilidad de error. Las dos palabras florecieron naturalmente en la mente
del Nada, después de emerger del pantano de conceptos. Quath las había inspeccionado
con cuidado cuando el sistema nervioso del Nada transmitía las instrucciones a la boca
para que emitiera los sonidos correctos.
Dos palabras, probablemente el mensaje más simple que pudiera imaginarse. Un buen
comienzo. Cumplían las reglas rudimentarías de esa lengua, que se movía en una sola
dimensión, sorprendente sí, sin métodos para agregar matices de sentido en dimensiones
paralelas. Era casi como hablarle a un parásito en la Colmena. Pero el experimento
pareció llenar los rostros de los otros Nadas de gestos de confusión y angustia. Ella
decidió disimular el error, fuera el que fuese.
—Boca siente mal —informó la mente del Nada.
¿Había algo equivocado en la forma en que Quath lo estaba controlando? Los otros
Nadas abrieron mucho los ojos y la boca, mostraron los dientes curiosos y arcaicos.
—Fuego es bueno —dijo el Nada dominado por Quath. Tal vez si complicaba la frase
eso solucionaría el problema. Prestó mucha atención a que la lengua y los labios
desempeñaran bien el trabajo.
Hubo un desplazamiento de músculos y tendones bajo la piel delgada de los demás.
Esas simples señales hablaban de tensión, pero ella no sabía interpretarlas
correctamente. Aparecieron pequeñas arrugas alrededor de los ojos. Los músculos de la
boca se tensaron hacia los lados. Sí, una falta de simetría probablemente comunicaba
preocupación. ¿O enojo? ¿Tal vez amenazas veladas? Era tan confuso…
Le hablaban, y la acústica llegaba en una mezcla tan cacofónica, que de pronto Quath
no supo si los que la rodeaban hablaban el mismo lenguaje que el Nada en el que había
entrado.
—No siento bien —dijo a través del Nada.
Lo elevó sobre sus dos pies precarios y lo llevó lejos. Los otros no lo siguieron de
inmediato. Bien. Quath no quería que esos seres simples sospecharan lo que pasaba.
El crujido del complejo acústico que la seguía confirmó sus sospechas. Cada uno de
esos seres hablaba una especie de lenguaje propio de idiosincrasia diferente a la de los
demás. Las bocas estaban fabricadas de forma tan poco elegante y tan inexperta que
cada movimiento involuntario o formación de músculos o cartílagos modificaba las
palabras.
¡Qué poca eficiencia! Cada palabra tenía que ficharse y ubicarse por separado en un
proceso rápido de la mente, asociada con alguna palabra que el cerebro recordaba en
boca de algún individuo, y después había que integrarla con las otras palabras en la
secuencia lineal primitiva…, todo para comprender el sentido.
Eso ocupaba un espacio enorme en las submentes. ¡Con razón nunca habían
avanzado más allá del idioma unidimensional!
Empezaban al comienzo de una secuencia de palabras y tenían que pasar sin ayuda
por cada uno de los sonidos individuales antes de comprender la suma de ellos. Sin
embargo, eso era esencial dado el problema permanente que debían de tener para filtrar
y traducir la variedad infinita de pronunciaciones que llegaban como una inundación a las
pequeñas orejas anudadas. ¿Qué propósito podía tener semejante variación?
Fuera cual fuera la razón, los Nadas todavía estaban preocupados. Uno de ellos se
levantó y llamó al que Quath había poseído. Quath decidió dejarlo y no tratar de arreglar
la situación.
Pero cuando intentó abandonar la pequeña mente, sus conectores no se cortaron.
Se esforzó. No.
Más. Todavía no podía liberarse.
Una percepción incompleta trataba de colarse desde sus submentes hasta la
conciencia. No había tiempo para eso. Tenía que liberarse antes de que los Nadas
comprendieran lo que pasaba. Tal vez atacarían a ese otro Nada para dañarla a ella. Y si
ella todavía estaba presente, el trauma tal vez rebotaría en su aura y la lastimaría.
Necesitaba algo para soltarse del aura pegajosa y molesta de ese Nada. Hizo que las
manos se deslizaran por el cuerpo, buscando una herramienta útil. Ah, ahí estaba.
Tenía una muy buena idea y la llevó a cabo de inmediato.
5
Ahora que era sólo un miembro más de la Familia, Killeen se unió inmediatamente a los
trabajos esenciales de la puesta a punto del campamento. El grupo de suministros de la
Tribu había traído muy pocas provisiones y las había dejado en medio de la ladera del
acantilado de granito. Cada Familia tenía que cargar su parte hasta el campamento. El
viento soplaba más intenso y más frío después de la caída de la noche. La carpa de Su
Supremacía dominaba la gran corona de piedra de la montaña, y el personal de guardia
estaba erigiendo una especie de altar por delante.
Killeen y Shibo colocaron su pequeña carpa de espaldas al viento. Toby y Besen
estaban cerca. Compartieron lo poco que había para comer, después de pensar en una
forma de cocer aquellos ingredientes salados y extraños.
La mayor parte de los suministros tribales eran fruto de los pillajes a los depósitos
mecs: una materia pegajosa y verde como la lima. Killeen pensaba que eso
probablemente había alimentado y lubricado las partes orgánicas de los componentes
mecs. Alguien se había ocupado de agregarle especias para hacerla más sabrosa. Una
recompensa poco atractiva después de un día de dura marcha a pie. Cuando los Bishop
protestaron, los oficiales de la Tribu prometieron misteriosamente que habría más comida
por la noche. Ya había pequeños fuegos encendidos en la montaña como flechas
anaranjadas e intermitentes. Killeen se sentía inseguro por eso y empezó a decirle a su
gente que se detuviera.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó Jocelyn.
—Estamos muy arriba, cualquier cosa puede disparar IR sobre estos fuegos —
respondió Killeen casi sin pensar—. Además, se destacan contra el cielo.
—Su Supremacía ha permitido fuegos esta noche. Hay una celebración.
—Yo creo…
—Ya no eres el capitán —espetó Jocelyn, severa.
—Bueno, mira, los dos sabemos que es la Familia la que nombra a su capitán. Ese
lunático no tiene derecho a…
—Es un mayor. Ya lo oíste, invocó el poder de la emergencia. Y tú harás lo que se te
ordene. —Jocelyn cruzó los brazos y sonrió con frialdad.
Killeen sospechaba que Jocelyn ya había aceptado de buen grado alguno de los chips
especiales sobre lo «sagrado» que le habían ofrecido a él a su llegada. Su Supremacía
los intercambiaba por otros que llamaba «irrelevantes». Aspectos más recientes. La
elección de llevar o no un Aspecto era algo tan personal desde tiempos inmemoriales que
ese mayor, a pesar de su mesianismo, no se atrevía más que a «aconsejar»
enérgicamente el intercambio. No lo imponía. Killeen se las había arreglado para negarse.
Las conversaciones con otros capitanes lo habían convencido de que esos chips
reforzaban el fanatismo de los seguidores de Su Supremacía.
Tal vez en ese mismo momento, Jocelyn estaba escuchando voces poderosas,
urgentes, que le pedían celo y obediencia ciega. Si ése era el caso, ¿cuánto pasaría
hasta que esos Aspectos entraran en el sistema de todos los miembros de la Familia
Bishop? ¿Cuántos tendrían la fortaleza de espíritu necesaria para conservar un
pensamiento independiente? El pensamiento independiente era algo raro entre los
habitantes de ese lugar.
Killeen miró a Jocelyn sin decir nada.
—Te agradecería que me enviaras los chips de sistemas tácticos —le dijo ella con
furia.
Eso al menos era razonable. Eran los chips que utilizaba un capitán en batalla.
—¿Los quieres ahora?
—Enviaré a un técnico para sacarlos.
Killeen la miró marcharse y sintió un nudo en el estómago.
Una pérdida de control del mando por interferencias externas puede tener serias
consecuencias psicológicas…
Killeen suprimió el resto de las palabras de Ling. No quería que el viejo capitán
pronunciara una larga crítica acerca de la forma en que él había perdido el poder. Tenía
otros fantasmas que podían acosarlo con eso.
Sentado sobre una piedra, mientras esperaba que llegara el técnico para extraerle sus
últimas prerrogativas, Killeen recordó a los otros capitanes que había conocido: Fanny,
que había muerto en sus brazos, siempre tan segura y capaz; el viejo Sal, que se retiró
con gracia y honor para ceder el puesto a uno que había nacido para ser líder: Abraham…
Sí, Abraham. Un hombre de sonrisa siempre tranquila. De risa terrenal y contagiosa.
De confianza invencible. Abraham, que había conducido a la Familia Bishop a través de
tiempos de pobreza y dolor infinitos, venciendo uno a uno a los mecs exterminadores,
mostrándoles cómo resistir en el desierto que se extendía sobre Nieveclara, cómo trabajar
todos juntos hasta que la Ciudadela se convirtiera en la flor del planeta.
Abraham había logrado que la civilización mec no lo tuviera en cuenta. Sus ataques
eran precisos, eficientes, tomaban sólo lo necesario. Había robado, sí, pero sólo la
cantidad necesaria para mantener un nivel que, aunque fuera infinitamente inferior al de
las Ciudadelas de la épocas de Arthur, les permitía una cierta gracia y dignidad. Un nivel
en el que hasta el lujo era posible todavía. Killeen recordaba que nunca había dejado de
darse un baño completo y aromático en el día de su cumpleaños. No mientras vivió su
padre.
Injusto. La Calamidad había sido un final injusto para Abraham y para todo lo que había
construido en su vida. Porque no habían hecho nada, nada diferente, para que
bruscamente los mecs los consideraran dignos de tal atención. Y sin embargo, las fuerzas
que se armaron contra ellos habían sido titánicas.
¿Por qué? ¿Por qué? La pregunta había torturado a Killeen durante años. Y ese día
habían sucedido cosas que Killeen todavía no comprendía: sensaciones, colores extraños
en el cielo. Nubes rápidas y temblores que nunca había visto antes y que no habían vuelto
a aparecer. Fue como si la naturaleza se uniera a los mecs en el asalto.
Sin embargo, Abraham había seguido luchando. Sin ceder. Con esperanza siempre
renovada, tanto para sí mismo como para los demás. Nadie perdió la confianza en él, ni
siquiera al final, cuando se quedó con el grupo de retaguardia para permitir que la oficial
Fanny tuviera una oportunidad de sacar a los supervivientes hacia el exilio.
Nadie perdió la confianza en mi padre, nunca. Las palabras formaban un eco poderoso
en la cabeza de Killeen. Incluso en la derrota, fue siempre todo lo que un hombre debe
ser.
Killeen dejó que su cabeza bajara hasta sus manos. Se sentía miserable. Olió humo
ácido y supo que no era de las luchas de ese día. Era de aquel otro atardecer, hacía tanto
tiempo. El día en que debería haber muerto junto a su padre. Su sistema sensorial había
hecho la asociación olfativa automáticamente.
¿Por qué sigues… pensando que ha muerto…?
La cabeza de Killeen se enderezó de golpe. En parte era la sorpresa ante el hecho
inusitado de que Grey saliera a la superficie sin ser llamada para hacer una observación
personal; y en parte era por las palabras mismas. Parpadeó.
… la entidad magnética dijo…
Él agitó la cabeza.
—Creo lo que vi. Vi cómo un rayo se llevaba lo que quedaba de la Ciudadela. Un
relámpago, y ya no había nada; Abraham está muerto y pronto nosotros también lo
estaremos.
Killeen se dio cuenta de que había murmurado en voz alta. Miró a su alrededor y vio a
Toby que lo observaba desde el otro lado del fuego. Hizo un esfuerzo por enderezarse.
Trató de modificar su expresión, de serenarla, y lo logró en parte. Luego llegó un
muchachito escuálido con instrumentos y manos muy frías a extraerle los chips de mando.
Él se quedó sentado y quieto, sin moverse, mientras el técnico le abría la parte posterior
del cuello y sacaba pedazos de aparatos sensoriales que a Killeen le resultaban tan
familiares como los nervios de las manos. En el sitio que había ocupado cada uno había
un vacío ahora, una parálisis.
Cuando llegó Jocelyn con un mandato de castigo para un hombre de los Bishop,
Ahmed, Killeen estaba en buena posición para observarlo todo. Le ataron las manos y
Jocelyn lo castigó con el látigo. El técnico explicó a Killeen que Ahmed había dicho algo
desagradable a uno de los Seben y Su Supremacía lo había oído.
Normalmente, ese tipo de cosas se pasaban por alto, así que a nadie se le ocultaba
que la vida no iba a ser un lecho de rosas para los Bishop.
Killeen miró en silencio cómo Jocelyn castigaba a Ahmed. Recordó lo horrible que le
habían parecido esas sesiones en el Argo. Ahora el espectáculo resultaba igualmente
desagradable, pero al menos no tenía que sentirse responsable.
Había pensado vagamente en hacer un trato con Jocelyn, ya que sabía que ella tendría
dificultades para guiar a una Familia que ya había sufrido tanto. Un cambio de capitán no
era una decisión sabia en medio de un desastre, y la situación era peor que cualquiera
que Killeen alcanzara a recordar, incluyendo los peores tiempos en Nieveclara.
Ahora veía en los ojos y la boca de la nueva capitana a una mujer que había esperado
mucho ese momento y que no querría compartir ni la menor partícula de su autoridad. Se
preguntó fugazmente si él hubiera hecho lo mismo en el lugar de ella. Pero en realidad
carecía de importancia.
Y entonces, de pronto, sintió que el peso del poder se levantaba de sus hombros y que
había menos horror, menos pena en su alma. Podría sentirse uno de los Bishop, sólo eso.
Podría prestar más atención a Toby y a Shibo, y tal vez escapar de la catástrofe que
sentía cada vez más inminente, una presencia oscura que yacía agazapada en ese lugar
maltratado.
El muchacho de las manos frías había terminado. Killeen se levantó y se alejó con un
sentimiento de alivio genuino.
Shibo y Toby cocieron la pasta verde sobre un fuego crepitante. Sabía mucho mejor de
lo que cabía imaginar, clara señal de lo cansados y hambrientos que estaban todos.
Killeen dejó que sus pies se humedecieran en un baño tibio y limpio para ver si podía
calmar un tanto el dolor de sus heridas. El placer del baño valía la pena. Ese mundo lleno
de agua tenía sus compensaciones, a pesar de todo. Sus años a bordo del Argo le habían
suavizado los pies, los habían ablandado mucho. Pensó con nostalgia en las
comodidades de la nave perdida, en el alimento rico en elementos naturales, exótica,
perfecta; en el placer simple pero crucial de la tibieza y la luz. Estudió las caras ojerosas
que rodeaban la hoguera. Con qué rapidez habían caído del cielo, para hundirse de nuevo
en la existencia desesperada de los años de Nieveclara. Shibo los había mantenido
unidos, pero sus sueños estaban perdidos para siempre.
Era inevitable que discutieran la batalla, y al principio, el tono de voz de todos era
curiosamente desapasionado. Las voces, bajas sombrías, con la gravedad de recuerdos
demasiado frescos.
Primero analizaron la defensa de los cíbers, un tema relativamente neutral.
—Si saben de dónde viene el ataque principal, pueden bloquear los disparos —dijo
Besen.
—Entonces, apuntemos desde distintas direcciones a la vez —sugirió Toby.
—Difícil de hacer —observó Shibo—. Mueven muy rápido sus pantallas.
—Pero podemos intentarlo —dijo Besen.
Killeen se sentía feliz de que Besen y Toby hubieran comprendido cómo actuar según
las lecciones de la vida, lecciones no sistemáticas. Estaban creciendo mucho. Besen
sobre todo; sería una buena oficial en poco tiempo. Era decidida. Y Toby mejoraba mucho
bajo su influencia. Killeen recordaba la forma en que el sexo atraía a los jóvenes de esa
edad y la forma en que después, bruscamente, empezaban a aprender de él. Sentía una
satisfacción tranquila al pensar que Toby ya estaba saliendo de la confusión de la
adolescencia. Los dos, Besen y él, se habían sacudido ya el horror de la batalla.
Pero entonces Toby dijo lentamente:
—¿Quién empezó la huida? —Y Shibo miró a Killeen.
—Como la mayor parte de las veces, el pánico empezó en la retaguardia —respondió
él con tranquilidad.
—¿Cómo? —preguntó Besen.
—Se ve mejor desde atrás, son los de la retaguardia los que realmente saben qué
sucede.
—Uno pensaría que el horror está siempre delante —dijo ella, pensativa.
—Las unidades de la retaguardia creen que nadie las ve —declaró Shibo.
—Nadie se rajó en el frente —explicó Killeen.
—¿Quieres decir que Loren no estaba huyendo? —Toby parpadeó, sorprendido.
—No —dijo Killeen suavemente—. Iba hacia la izquierda, buscando un mejor ángulo
contra los cíbers.
El alivio cruzó la cara de Toby.
—Me alegro. El rumor decía que había dejado caer su rayo para huir.
—No. El cíber lo mató cuando estaba en lo que parecía un buen escondrijo.
Besen y Toby suspiraron, y sus rostros perdieron algo del dolor terrible que sentían.
Killeen comprendió entonces que la cuestión en apariencia insignificante de lo que había
hecho Loren antes de morir les había pesado casi tanto como la muerte misma. La moral
curiosa y totalmente humana del campo de batalla los protegía del peso directo del dolor.
Se aferraban a la esperanza de que la buena conducta significara una buena muerte.
Killeen les envidiaba esa defensa, muy común entre los jóvenes. No les duraría mucho.
Se quedó sentado un largo rato, inmerso en sombríos pensamientos, hasta que Toby
dijo repentinamente:
—Cumida buna.
Killeen lo miró, pensando que el muchacho había hablado con la boca llena.
—Boca sinte mal.
Killeen lo observó de lado, pensando que todo era una broma. Shibo y Besen, parecían
más preocupadas que él.
—Fugo es buno. —Un espasmo pasó por la cara de Toby como una tormenta de nubes
que se abre bajo el viento.
El muchacho se levantó sin equilibrio, miraba a su alrededor con ojos salvajes.
—Nu sinto ben.
El muchacho se alejó del fuego con piernas temblorosas. Killeen lo llamó:
—Mejor será que te acuestes. Esa cosa que…
Toby sacó el cuchillo de su cinturón. Era todo un orgullo para él, la hoja de acero azul,
usada pero flexible, tan larga como uno de los pies del muchacho. La boca de Toby se
movía mientras contemplaba la hoja como si estuviera estudiando los reflejos. Después,
dio dos pasos torpes hacia un árbol de corteza dura que surgía de costado en la pared del
acantilado. Sin detenerse en absoluto, sacó el cuchillo con la mano derecha y colocó la
izquierda en el árbol con la palma hacia abajo.
Killeen comprendió lo que iba a pasar un segundo antes de que sucediera, como a
cámara lenta. Saltó hacia delante, con un grito ya en la garganta.
Toby se hundió la hoja en la mano y quedó clavado al árbol.
Para cuando Killeen llegó a su lado, Toby aullaba con toda la fuerza de sus pulmones.
Cuando el aire se le terminó, jadeó y empezó de nuevo. La sangre le manchó las mejillas
y el cabello. Un arroyito rojo empezó a deslizarse árbol abajo, siguiendo las grietas de la
corteza rugosa.
La mano derecha de Toby hizo fuerza contra el mango de la daga, pero sin éxito. Toby
aulló hasta ponerse ronco, jadeó, tragando aire y volvió a gritar, esta vez de dolor, con
desesperación.
—¡Déjalo! —gritó Killeen. Tomó la mano derecha de Toby, que estaba tratando de
extraer el cuchillo. La hoja estaba introducida en la corteza hasta la mitad—. Yo lo haré.
A través del brillo vidrioso, enloquecido y verde que había en sus ojos, Toby parecía
reconocer a su padre. Abrió la boca para respirar y empezó a gritar de nuevo.
—¡Lo estás retorciendo! —gritó Killeen. La fuerza de Toby en el puño del cuchillo hacía
girar la hoja y la mano se había herido más.
El arroyo de sangre se ensanchó. Llegó al suelo y empezó a deslizarse hacia un
charco.
Killeen gritó a Shibo:
—Sostenlo.
Ella y Besen corrieron hacia el árbol y sostuvieron a Toby, que había empezado a
sacudirse sobre los pies, gritando y jadeando. El gemido se hizo más animal todavía.
Killeen oía el grito afónico de su hijo entre sus dientes.
Sacó los dedos de Toby del mango del cuchillo con mucho cuidado.
—¡Ah, dolor! ¡Dolor! —exclamó Shibo repitiendo el conjuro tradicional.
—Toby…, ¿qué…?, ¿cómo…? —empezó a decir Besen y después se echó a llorar,
asustada.
De la garganta lastimada de Toby se escapaban sollozos ahogados. Su boca se torcía,
pero no podía hablar.
Killeen se preparó. Se concentró y con un solo movimiento arrancó el cuchillo del árbol.
Toby se derrumbó. Las mujeres lo colocaron sobre la grava polvorienta, evitando el
charco de sangre manchada de tierra.
Killeen arrojó el cuchillo a un lado y buscó su mochila, apoyada a unos pasos de
distancia. Encontró una tela orgánica en un bolsillo y la cortó en tiras con su cuchillo. Toby
se movía bajo las manos de las mujeres, gimiendo, aspirando aire, gritando
incoherencias. Otros Bishop llegaron corriendo hasta el árbol.
Killeen hizo un torniquete y vendó la mano de su hijo mientras las mujeres seguían
sosteniéndolo. Después, Shibo lo desató todo y mejoró el vendaje.
Toby jadeaba con rapidez, la cara cenicienta.
—Hijo…, hijo… —dijo Killeen. El muchacho levantó la vista hacia la noche, donde la luz
rojiza se escapaba de las lejanas nubes moleculares entre las estrellas—. Hijo, ¿qué…?
Besen había dejado de llorar mientras los tres se esforzaban con la mano de Toby.
Ahora empezó de nuevo, con suavidad. Killeen tenía la boca seca y no podía quitarse el
gusto cobrizo de la sangre que se le había colado por la nariz.
—Yo…, algo… tuvo una idea. Hacer eso. —Toby consiguió sacar las palabras entre los
labios lívidos, apretados.
—¿Fue idea tuya? —preguntó Shibo.
—No…, no lo sé.
—¿Cómo era?
—Grande, resbaladizo. Casi brillante.
—¿Pero a qué se parecía? —preguntó Besen, tragándose las lágrimas.
—Yo… Grande, me apretaba. ¿Parecerse…? —Toby frunció el ceño, mirando al
espacio.
Killeen levantó una mano para que no siguiera hablando. Asintió para que Toby lo
viera.
—Sí, hijo. ¿A qué se parecía?
—Tan…, tan brillante. Y… sin cara. Sin cara.
6
Los arbustos y plantas de esas montañas harapientas se aferraban al cuerpo de Quath
mientras huía. Los dientes agudos de las piedras la mordían. Tropezó varias veces y casi
se cayó. Los fragmentos de roca recién surgidos del subsuelo habían florecido en
abanicos negros con los nuevos terremotos. Ella sentía cómo arañaban la parte inferior de
su organismo. Sus mentes crujían en medio de una confusión completa y su única
reacción por el momento era huir, moverse, correr.
Había estado muy cerca. Casi se había quedado atrapada dentro de la mente del Nada
que había invadido.
Sin embargo, eso era imposible. La suya era una mente múltiple, bien ordenada, capaz
de recordar enormes volúmenes de conocimiento, de dominar fuentes mentales en un
microsegundo, de aplastar con su masa impresionante y sólo con ella cualquier mente
simple y lineal como la de un Nada. En realidad, allá en la Colmena sólo se había
asomado a la mente de su Nada. Preocupada por otras cuestiones, sólo había procurado
un contacto leve. Ocupar al segundo Nada había resultado igualmente fácil. Y, claro, cada
vez había superado una barrera insospechada y había ido un poco más adentro.
A pesar de los golpes lacerantes y las torceduras, no había podido liberarse de esa
última inteligencia aparentemente menor. Mientras trataba de soltarse, había descubierto
que su aura estaba sumergida en una capa inferior pantanosa que quería tragársela. Era
una superficie espesa y empalagosa, una confusión de impulsos inconscientes,
recuerdos, subsistemas deformes.
Allí era donde vivía el Nada en realidad. Quath había sentido su llamada pringosa y
primitiva en un instante de dolor y sorpresa infinitos. Las capas superiores de la mente
eran mediocres y complacientes, como pasillos suaves, frescos, por debajo de los
compromisos lineales de la conciencia; más abajo, en cambio, en cámaras emparedadas
y ramificadas con propósitos duros como el hueso, se agazapaba un laberinto complejo,
viscoso de energía extraña.
Tal vez eran mentes. Quath no estaba segura de que el Nada fuera una inteligencia
solitaria.
Los escalones superiores habían parecido sobre todo un estadio pasivo y no una
entidad directiva. Ahí, en un área llana, ancha, por encima de los hervideros pegajosos,
luchaban facciones de la sub-mente. Un abismo como unas grandes fauces abiertas y
negras.
Los instintos hablaban con tranquilidad, con eficiencia, sin callarse nunca. Las
emociones brillaban con mucho calor, deseando, buscando, llamando siempre a la
inteligencia superior, arrastrándola hacia lugares que la alejaban de sus propósitos.
Había súbitos crecimientos hormonales, no para llevar información ni imágenes
holísticas, como sucedía en el interior de Quath, sino para inundar el flujo sanguíneo con
exigencias urgentes.
Esos heraldos llevaban las respuestas de órganos muy alejados del cerebro, obligando
a otras hormonas a entrar en el flujo lleno de latidos y agregando voces alcalinas al rumor
de charla.
Las ideas se elevaban como torres cristalinas desde ese pantano, brillantes y frías,
pero el barro químico y aromático las salpicaba como sangre sobre un cristal.
Esos elementos se fundían y luchaban como ejércitos que se enfrentaban en
emboscadas pasajeras, fermentando, girando en encontronazos salvajes. Los bastiones
quebradizos del pensamiento analítico estaban quebrados por estallidos constantes y
atronadores. Un pantano devorador lamía con rabia las duras orillas de la razón,
erosionando los salientes antiguos mientras se construían otros nuevos.
Sin embargo, esa batalla interior no producía una confusión o una indecisión
permanentes. De alguna forma, había una visión única que controlaba las facciones
vitales y fervientes. Los actos de esa visión seleccionaban partes de la miríada de
influencias y no dejaban que ninguna dominara durante mucho tiempo.
Quath se maravillaba ante la energía desatada que había detrás de esas luchas
constantes, y al mismo tiempo sentía una especie de reconocimiento mezclado con
repulsión.
El paisaje interior del Nada resultaba mucho más complejo de lo que debía ser. Las
razones por las que no habían alcanzado la sofisticación tecnológica de las podia eran
evidentes: avanzaban arrastrados por una tormenta llena de alaridos y cada una de sus
percepciones estaba borrada por los vientos desatados de la pasión.
Pero al mismo tiempo, tenían una forma curiosa de navegar sobre la superficie de esas
corrientes cruzadas y salvajes con sabor a alquimia. De todo eso surgía algún tipo de
equilibrio o extraña firmeza. Así caminaban, cayendo hacia delante y después
rescatándose con la fuerza de la otra pierna. Eso hacía surgir una cadencia que parecía
un eco de la naturaleza precaria del ser mismo.
No era una mente aislada, pero tampoco una serie entrelazada de inteligencias
múltiples, como Quath.
Tenía que informar a la Tukar’ramin, sí. Ese descubrimiento constituía toda una
sorpresa y tenía consecuencias que Quath no podía imaginar. Pero por ahora no podía
pensar con claridad. Sus mentes más pequeñas le pedían que siguiera diferentes cursos
de acción, aullando y resistiéndose. Ella las silenció e impuso una decisión absoluta:
quedarse lo bastante apartada de los Nadas para evitar la detección. Tenía que aprender
más acerca de ellos.
Todavía sentía hilos de la mente del Nada aferrados a su cuerpo. Rozaban su campo
de visión como brillantes trazos de duda. El aire mismo gritaba con vientos de
escepticismo.
En medio de una confusión llena de ruidos, Quath siguió adelante, tropezando.
7
Killeen estaba durmiendo profundamente cuando la primera sacudida se deslizó a
través de las montañas. Se despertó de inmediato y saltó para salir de la carpa. Se puso
de pie y Shibo lo siguió al exterior. Un segundo temblor lo arrojó al suelo.
La agitación le obligó a ajustar el sistema óptico. Los ojos buscaron automáticamente el
modo más sensible, porque él los había dejado preparados para visión nocturna. Eso
hacía que el paisaje brillara como en un día sin sol.
Un brillo poderoso bajaba del cielo, fundiendo colores y sombras. El universo entero se
encendió en oro.
El Sifón. La cuerda cósmica estaba girando de nuevo, chupaba otra vez el núcleo rico
del centro del planeta. Y la roca que se derrumbaba hacia dentro y causaba ondas
inmensas mucho más abajo. Killeen sintió bajo los pies el surgimiento lento y regular de
movimientos colosales, miles de kilómetros más abajo.
—¡Afuera! —gritó por el comunicador—. ¡Abandonad los valles! ¡Hay que salir a las
llanuras!
Él y Shibo habían dormido con las botas puestas. Se colocaron las mochilas y se
dirigieron al arroyo. Allí estaban Toby y Besen, tratando de colocarse las botas, uno junto
al otro.
—¡Dejad eso! —gritó Killeen. El suelo se movió debajo de ellos; era difícil mantenerse
en pie—. Corred descalzos.
Toby miró a su padre con los ojos confusos, medio dormido todavía. Los Bishop le
habían suministrado todos los remedios que tenían contra el dolor y la infección de la
herida.
Killeen le sacó la mochila y Shibo tomó la de Besen.
—¡Vamos! —gritó la piloto.
Una roca grande como un hombre bajó tronando por el valle. Rodaba directo hacia dos
carpas que se alzaban por encima de ellos. Cayó sin ruido y siguió adelante. Los lados se
aplastaron con la fuerza de la caída, disparando grava al pasar. Se había llevado las dos
carpas con ella.
Corrieron subiendo la cuesta hasta que llegaron a la cima. Killeen ayudó a Toby a
pasar por los sitios donde el polvo recién desprendido hacía resbaladizo el paso. El
muchacho todavía estaba confuso y llevaba la mano izquierda apoyada en la derecha.
Killeen vigilaba las piedras que caían para sacar a Toby del camino si hacía falta.
El brillo firme del cielo hacía fácil esquivar la escoria y las rocas que los pasaban en su
camino hacia abajo. No todos fueron tan afortunados ni tan rápidos; desde el fondo del
valle llegaban gritos de dolor y sorpresa.
El grupito de cuatro se detuvo al llegar a una explanada de roca llana y abierta. La alta
estribación de granito y la cresta angular que se alzaban por encima parecían limpias de
rocas sueltas.
—¡Agrupaos aquí! —llamó Killeen por el comunicador.
«¡Silencio!», gritó Jocelyn, furiosa. «¡Bishop! ¡Aquí, conmigo!»
—Jocelyn, aquí está limpio el panorama —dijo Killeen.
«¡Conmigo! ¡No vayáis con él!»
El suelo tembló, se deslizó y tembló de nuevo. Parecía interminable. Los Bishop se
arrastraban y corrían por los flancos de la montaña, huyendo de los valles que recibían las
avalanchas de las laderas. Killeen no volvió a abrir la boca.
Jocelyn estaba aferrada a una chimenea de roca no muy lejos. Parecía un lugar
seguro, siempre que el gran saliente de roca que había por encima no se deslizara de
lado. Unos pocos Bishop se reunieron allí con ella. La mayoría fueron hacia donde estaba
Killeen. Los temblores se detuvieron lentamente. El área de Jocelyn se mantenía entera.
Después de un rato, la capitana bajó por la ladera y condujo al grupo a través de la
montaña. Bajaron hacia la zona abierta, donde por lo menos cien Bishop se habían
dispersado para poder esquivar las piedras si llegaba alguna hasta allí en los últimos
temblores.
—Estás socavando mi autoridad —espetó Jocelyn, que jadeaba al aproximarse.
Killeen agitó la cabeza; no quería contestarle porque no confiaba en sí mismo. Desde el
valle llegaban crujidos y gritos. Un ruido sordo, profundo, barrió la montaña, como si todo
el planeta estuviera jadeando con los pulmones doloridos.
«¡Reunión! ¡Reunión!», llegó la voz clara y poderosa de Su Supremacía.
—¡Vamos! —gritó Jocelyn a los Bishop.
—Es más seguro aquí —advirtió Killeen.
—¡Harás lo que ordene Su Supremacía! —ladró Jocelyn.
Toby y Besen se habían puesto las botas y el equipo. Los cuatro empezaron a caminar
por una llanura de granito maltratada por las avalanchas. Los temblores habían cambiado
y eran menores, como si los dientes que horadaban el centro de ese mundo se hubieran
detenido. Killeen estudió la brillante cortina dorada que se extendía por encima de su
cabeza, pero no vio ninguna señal del metal del núcleo en el cielo. Algo oscuro se movía
allí arriba, apenas una mancha contra el brillo dorado.
Cuando llegaron al saliente de roca que seguía, Su Supremacía hablaba ya a las
Familias que se reunían harapientas frente a él.
—Éste es otro intento de los demonios y diablos que han venido a atacarnos, un intento
fallido por dispersarnos, por desbaratar nuestra unión, el único hilo de esperanza que nos
queda. El Sembrador del Cielo está a punto de llegar, según dicen mis Aspectos.
¡Preparaos!
Las otras Familias comenzaron a reunir ramas retorcidas y arbustos para encender una
gran fogata. Tropezaban y caían cuando temblaba el suelo, pero seguían con su tarea.
Killeen y los otros Bishop los miraban sin dar crédito a sus ojos.
Entonces, Su Supremacía gritó:
—¡Mirad! ¡El momento ha llegado!
Killeen levantó los ojos. Una banda delgada colgaba sobre la montaña; aparecía sólo
como un segmento negro contra el brillo del anillo. Se movía. Una línea casi recta que se
acortaba y se hacía más ancha, en un movimiento lento.
Killeen tenía la sensación de que estaba mirando algo mucho más grande de lo que
parecía. La banda se curvó levemente con una gracia casi lánguida. El brillo ambarino
que había detrás de ella permitía ver que se movía con mucha rapidez, barriendo el cielo
como un dedo negro que girara con habilidad, sereno, tranquilo. A Killeen se le ocurrió
que parecía un palo lanzado con tanta fuerza al cielo que nunca volvería a descender.
Entonces llegó el sonido. Al principio, Killeen pensó que estaba oyendo una nota grave
y profunda que subía a través de las suelas de sus botas, pero después se dio cuenta de
que el sonido lento y bajo procedía del cielo. Murmuraba una sola nota que se quebraba
de pronto en un coro de tonos cambiantes; éstos se hundían más y más hacia frecuencias
casi inaudibles, longitudes de onda que resonaban en todo el cuerpo de Killeen, una
canción que percibía con todo el cuerpo. Era como el golpe regular de grandes olas
llevadas por las mareas de luz del espacio contra las piedrecillas llamadas planetas y
estrellas, olas que pasaban sobre esas piedras flotantes en grandes remolinos líquidos.
Algo descendía del cielo.
Las notas lentas, como grandes piedras rodantes, llevaban miedos de reverberaciones
muy antiguas. La roca que toda la Tribu tenía bajo los pies había traicionado su promesa
de solidez y ahora la cinta extraña y oscura abría su propio abismo de dudas. Killeen se
preguntó si esa cosa sería otro de los instrumentos de los cíbers, como el anillo cósmico.
Si en efecto era así, no había escape. La cosa se dirigía directamente hacia ellos, que la
esperaban de pie sobre la cima expuesta y desnuda de la montaña. La inmensidad de
aquella banda oscura era una sensación muy real, a pesar de que nadie la veía con
detalle.
Killeen empezó a oír las corrientes de notas que colgaban en el aire. Se elevaban como
el sonido del viento a través de los altos árboles, como si una brisa intensa moviera esa
cosa enorme que flotaba allá arriba, como si estuviera hecha de madera y hojas.
Su Supremacía estaba gritando algo, frases religiosas que se anudaban unas con otras
sin adquirir sentido.
—Mirad, un Sembrador ha salido a sembrar. Los elegidos conocerán los misterios del
reino de los cielos, traídos aquí por el Sembrador. Las cosas mecánicas no tendrán ese
conocimiento, no les ha sido dado…
De repente Killeen vio que la cinta se expandía y se curvaba para señalar directamente
al suelo con su extremo largo, cónico. Hacia el suelo, hacia todos ellos.
Ahora que estaba más cerca, distinguía detalles iluminados por la cuerda cósmica.
Había grandes tendones que se extendían hacia abajo, como cables interrumpidos por
bultos nudosos o como las vértebras de una columna inmensa. Gruñía. La cosa bajaba
por el cielo hacia ellos, emitiendo ruidos vastos y vibrantes. Unas fibras tensas hendieron
el aire con crujidos súbitos. Una sinfonía de estallidos y ruidos metálicos, como de algo
que se cerrara de pronto, resonó por el cielo, hasta que todo se convirtió en un río de
sonidos.
Algo golpeó la roca junto a ellos. Se abrió con el golpe y bañó a Killeen con una lluvia
de jugo aromático que se le enredó en la barba. Killeen saltó hacia atrás, aunque el
perfume resultaba agradable, dulce, seductor.
Hubo otro golpe en la montaña y después varios más. Los bultos caían sobre la ladera.
Las Familias gritaban de placer, no de terror, mientras las formas grandes, oblongas, se
derramaban sobre ellos como lluvia.
Killeen comprendió de pronto que no había tenido miedo mientras la cosa descendía.
Había intuido de alguna forma que ésa no era una máquina cíber, que no constituía una
amenaza.
Los crujidos y estallidos todavía seguían cayendo desde el cielo, pero eran cada vez
menos, y en ese momento Killeen descubrió la línea delgada, levemente curva, que se
alejaba de nuevo. Había tenido la sensación de que el artefacto llegaba muy cerca,
tendido en el cielo como un dedo acusador (¿o una llamada?) dirigido hacia la humanidad
que esperaba en la cima de la montaña.
Killeen se acercó a uno de los objetos caídos, el más cercano. Esa especie de huevo
se había partido en dos, y la humedad se extendía a su alrededor como una mancha
oscura. Unas esferas grises y pequeñas se mezclaban con el jugo.
Killeen levantó una con la mano. Desprendía un olor dulce y leve. Sin pensar, sin tomar
precauciones, la mordió. Un gusto agradable y aceitoso le llenó la boca.
—¡No! ¡No! —le gritó un Trey—. Guárdalas para cocer.
Killeen vio que el hombre cogía el resto del huevo y se alejaba con él, casi
arrastrándose por el peso. Todos corrían a buscar los frutos del cielo sobre las montañas.
Otros avivaban los fuegos moribundos.
Algunos colocaban las pelotitas sobre palos y las cocían sobre el baile de las llamas.
Killeen se dejó llevar por la animación de la fiesta. La Tribu, agotada por la larga
retirada y famélica, necesitaba una celebración. Sin preguntar por qué ni cómo, él sabía
que ese maná, literalmente caído del cielo, era bueno, saludable. El perfume espeso y
pegajoso de la comida sobre el fuego prometía delicias al olfato y al gusto.
Incluso los temblores de tierra que amenazaban con sacudir la montaña parecían
intrascendentes ahora.
Miró la gran hoja que había cortado el cielo y que ahora se alejaba cada vez más,
haciendo temblar el aire, curvándose levemente mientras se elevaba.
Había tardado apenas un instante mientras caía sobre la montaña como si quisiera
impartir una bendición; y en realidad eso era lo que había pasado.
8
En la noche fría de la montaña, Quath sintió que descendía una presencia enorme.
Se había refugiado en una grieta más allá de donde acechaban los Nadas. Desde ese
punto, podía ver sus efusiones y radiaciones. Evidentemente pensaban que sus pequeñas
burbujas de percepción eléctrica, reducidas al mínimo, podían eludir a las podia. Quath
penetraba esas pequeñas esferas transparentes con mucha facilidad, inspeccionando las
radiaciones que se escondían tras ellas.
Pero la información que obtenía de esa forma era escasa. Desde luego, no aprendió
nada añadido a las inmensas revelaciones que había tenido cuando estaba encerrada en
el Nada. Arroyuelos de pensamiento se deslizaban por el aire frío y entraban en el aura
eléctrica de Quath, flameando como pequeñas banderas en la brisa de la percepción.
Además, el aparato que había colocado en su Nada seguía en silencio.
Sin embargo, no quería aproximarse a la cima de la montaña. Otro incidente los
alertaría definitivamente y los dispersaría, y entonces, la búsqueda de Quath se
dificultaría aún más.
Entonces sintió la primera nota tenue, que descendía muy alto desde el oeste. El trino
se deslizaba en el aire, perseguido por notas bajas y resonantes. Rodaban como truenos
permanentes. La fuente del sonido bajaba hacia ella y hacia el planeta con una velocidad
que al principio Quath creyó producto de la ilusión. Las imágenes Doppler, entrecortadas
como un tartamudeo, bajaban con demasiada velocidad, y ella no lograba interpretarlas.
Los viejos miedos la acosaron.
Las podia se habían aferrado al suelo en sus orígenes. Las alturas les producían un
pánico agudo, desesperante. Por eso no cazaban a sus enemigos desde el aire, a pesar
de lo eficiente que pudiera ser ese tipo de búsqueda. Les había llevado milenios soportar
la sensación de caída de la órbita. Solamente las alteraciones genéticas les habían
permitido viajar por el espacio, aunque no habían eliminado del todo el terror que suponía
volar cerca de un planeta, un vuelo lleno de imágenes de caídas y precipicios. Quath y las
demás se las arreglaban para volar en distancias cortas solamente si ponían el control en
manos de una submente y reducían la tarea a movimientos mecánicos independientes.
Pero esa cosa se zambullía como si no le importara la presión poderosa del aire. ¿Una
nave?
No, la línea oscura ocupaba un cuadrante del cielo. ¿Un fragmento de la construcción
de las podia que caía del cielo? Imposible, su coloración verde y marrón era totalmente
distinta de los laberintos grises de las construcciones.
Bajaba cada vez más. Quath rompió el silencio de su aura y llamó a la Tukar’ramin.
La enorme inteligencia llegó enseguida, temblando en el aire lleno de movimientos.
*Entiendo tu miedo. Si no hubiera estado preocupada por asuntos más graves, te
habría advertido.*
<¿Va a caer sobre mí?>, preguntó Quath, tratando de guardar el control y salvar su
dignidad.
*No. No tocará el suelo.*
<¿Es de los mecs? ¿Es algo de los mecs? Le dispararé.>
*No intentes una tontería como ésa. Aquí tienes.*
En el aura de Quath hubo un estallido: un esquema eléctrico de conocimiento,
opulento, floreciente. Los datos desenfrenados golpearon a Quath con toda su fuerza.
Quath engulló el esquema y convirtió la pelota giratoria de corrientes inductivas en
hormonas legibles. Florecieron perfumes y olores, llenos de detalles sorprendentes.
<¡Es tan pleno, tan lleno de riqueza!>
*Viene sin ningún filtro de parte de las Iluminadas.*
El honor de recibir datos sagrados dejó a Quath sin habla. Lo saboreó tentativamente.
Un hecho sorprendente pasó sobre ella como un arroyo de hielo: la cosa de ahí arriba
estaba viva.
Su historia había estado enterrada bajo una bóveda antigua de supuestos
conocimientos menores. Quath se impresionó al descubrirlo. Desde luego ningún
miembro de la comunidad de las podia había hablado mucho de aquello. Sin embargo, al
pasar una por una las capas de conocimiento hormonal, ella sentía que el enigma se
hacía cada vez más impresionante.
<¿Por qué no se nos dijo esto?>, exclamó a medida que la historia de la cosa se
derramaba sobre ella y sus submentes accedían a los detalles más íntimos.
*No lo consideramos vital*, replicó la Tukar’ramin. *Es un objeto curioso, estoy de
acuerdo. Tal vez nos pueda ser útil en el futuro.*
<¡Útil…!> El desinterés de la Tukar’ramin parecía casi un sacrilegio a los ojos de Quath.
Luego, su submente caracterólogica le recordó que, después de todo, ella era solamente
un miembro de la Colmena, y ascendido hacía bien poco. Su gran adelanto, la revelación
de sus componentes Filosóficos, todavía no significaba que pudiera desafiar sin más las
ideas de la Tukar’ramin. Saboreó la extraña presencia fría, la voz de las Iluminadas.
Por encima, la cosa bajaba a través de las capas y el vórtice de la noche.
Había comenzado como una bestia semilla, lejos, en el borde exterior de ese sistema
solar.
En aquellos tiempos era una barra delgada de vida lenta, que luchaba en el frío más
amargo. Algunos hilos colgaban de ella y sostenían un espejo ambarino mucho más
grande que la barra misma. La luz del sol, débil y lejana, se reflejaba en ese espejo de
mica y enfocaba el núcleo vital, calentándolo lo suficiente como para mantener un flujo de
líquidos tibio y permanente.
En la oscuridad más completa, lejos de la estrella meta, la barra esperaba y vigilaba.
Las nubes moleculares la rozaban con polvo al pasar, y esa comida desnuda y pobre
bastaba para componer los daños causados por los rayos cósmicos.
Una filigrana de fibras musculares mantenía el espejo en la dirección correcta y
formaba el aparejo para el crecimiento posterior. Incluso tan lejos de la estrella, la presión
de la luz del sol hinchaba la estructura grande y frágil de la criatura. Un giro leve y lento le
daba la tensión necesaria para alinearla a lo largo de vigas que se cruzaban unas con
otras.
La luz débil pero concentrada por el espejo caía en fotorreceptores, que convertían la
energía en sustancias químicas. La bestia semilla no necesitaba moverse con rapidez, de
manera que ese débil flujo de energía le bastaba para cumplir su misión.
Aquel fragmento frío y negro no tenía mente, no la necesitaba todavía.
El espejo también cumplía otra función. A medida que la cama de fotorreceptores
crecía lentamente década a década, la imagen formada por el espejo se ensanchaba. De
vez en cuando, las fibras contráctiles se retorcían. Sin peso alguno, el espejo se doblaba
hacia un lado y se curvaba en un paraboloide, sesgado artificialmente. El campo de mica
se llenaba de oscilaciones lentas. Despacio, las imágenes onduladas de la estrella se
desplazaban hacia los bordes y enviaban largas ondas a través del aparejo de
crecimiento. Las superficies brillantes formaban una radiación leve y la comprimían. En
ocasiones, los receptores captaban una imagen rápida del espacio que rodeaba al sol,
ese sol al que la criatura se acercaba progresivamente.
Durante mucho tiempo, no hubo nada que notar en la expansión de la imagen,
solamente el fondo multicolor y los rayos perezosos de luminosidad en las nubes
moleculares. Contra ese baño de luz, la presa de la bestia semilla era obviamente muy
pálida.
Pero la bestia encontró un punto de luz sospechoso. ¿Era una bola de hielo? Con esta
pregunta empezaron a jugar los antiguos instintos.
Los fotorreceptores especializados crecieron desmesuradamente. Eran capaces de
analizar el espectro en busca de las astillas enviadas por el punto sospechoso y lejano.
Uno de ellos localizó los fragmentos ionizados de hidrógeno y oxígeno. Otro revisó el
manojo de púas del espectro buscando dióxido de carbono, amoníaco, rastros de formas
todavía más complejas a través de pequeños restos.
El éxito no podía llegar al primer intento, ni siquiera al décimo. La bestia necesitaba que
su presa distante emitiera un rastro de hielo, un rastro que estaba siempre a punto de
desaparecer; además, la cabeza precometa debía moverse en una órbita que estuviera al
alcance de la bestia.
Finalmente, un punto de luz llenó todos los requisitos programados en los genes y la
bestia se lanzó hacia delante. Así comenzó una caza larga y ardua. Mecánica celestial,
balística, toma de decisiones…, todas estas interacciones complejas al ritmo lento que
permite la presión constante de la luz solar. La bestia desarrolló grandes velas que se
desdoblaron a sus costados. Luego se aferró al viento de fotones, viró y se torció.
Transcurrieron siglos. La pequeña imagen de la presa se hizo más amarilla y más débil
a medida que la persecución elíptica seguía las leyes de la gravedad. La presa se hinchó,
se convirtió en un fragmento irregular y ajado de hielo y polvo.
Luego llegó el momento crítico: el contacto. Los datos se acumularon en células y
fibras diseñadas solamente para esta tarea concreta. Inercia angular, pares de torsión,
vectores. Abstracciones reducidas a placas moleculares, agrupamientos de iones y
membranas. Lenta hasta el dolor, la bestia hizo cálculos, los cuales constituyen la
segunda naturaleza de cualquier ser que viva mediante el movimiento. Pero este ser
podía expandir su tiempo infinito y minimizar incluso el menor de los riesgos.
Extendió unas fibras tenues. Se asentaron en la montaña de hielo que giraba
levemente y cada una se aferró a un punto predeterminado. Exactamente al unísono. La
bestia giró en un eje mientras soltaba cuerdas e hilos de retención. La leve aceleración
centrípeta que se produjo activó procesos biológicos y químicos que habían permanecido
aletargados, durante mucho tiempo.
Algo semejante al hambre se movió en la barra fría.
La vela, iluminada por innumerables células de mica, reflejaba el brillo lejano de la
estrella sobre la presa. Esa lanza paciente de luz solar hacía volar una sublime estela de
hielo. La bestia tiró de los velos para que el gas no la desviara, pero mantuvo el foco en el
lugar exacto.
Una de las grietas se profundizó. En algunos puntos internos, la radiactividad residual
había fundido el hielo en agua, formando pequeños bolsones de líquido. La bestia se
extendió hasta transformarse en un hielo fino.
El primer trago de líquido delicioso, que viajaba por el tallo fino como el de una espiga,
llevó una alegría poderosa a la bestia…, si es que un grupo de células que se reproducen
sin estructura alguna puede experimentar una respuesta tan compleja como ésta.
Más cuerdas atravesaron el abismo entre la presa y el cazador. Anclaron a la bestia a
la bola de hielo y le dieron una base para que la vela creciera aún más. La tela brillante,
plateada, envió luz solar hacia el agujero, haciendo estallar la riqueza química en una
niebla especial.
¡Comida! ¡Riqueza! Siglos y siglos de espera que se satisfacían de pronto.
Leves películas transparentes capturaron el líquido arremolinado. Células ansiosas lo
absorbieron. Los nutrientes fluyeron hacia el cuerpo de la bestia: la primavera después un
invierno inimaginablemente largo.
Por fin, el agujero cónico que había en el hielo se agrandó lo suficiente como para
asegurar una protección contra los meteoritos e incluso la mayoría de los rayos cósmicos.
La bestia extendió nuevas fibras contráctiles. Su nido ya estaba tejido y era seguro.
Entonces migró. Cada movimiento era infinitamente cuidadoso. Tiró con mucho cuidado,
como tentando el terreno, de sus cuerdas contráctiles, y finalmente colocó todo el cuerpo
denso y oscuro dentro del agujero. Allí residiría para siempre.
El descenso del eje central, que ahora estaba muy aumentado, suscitó nuevas
respuestas. La bestia desarrolló nódulos arrugados que se convirtieron en raíces pálidas y
débiles. Empezó a surgir una profunda configuración molecular. Aunque no había nada
parecido a una intención verdadera, la bestia se preparaba para una nueva aventura: la
caída hacia el sol.
Todavía no la guiaba ninguna inteligencia. Los marrones oscuros y la corteza rugosa
del cuerpo ocultaban complejos proyectos de acción, pero no había una mente.
Las raíces se hundieron en el hielo. Se torcieron las membranas; el calor de la
explosión fundió el hielo en un sendero preciso. Entonces, las raíces absorbieron el
líquido y produjeron más tejidos, abriendo nuevas cavidades. Una fracción de la lenta
riqueza del flujo llegó al cuerpo central, donde se desenrollaron más proyectos
moleculares majestuosos.
Las raíces mineras buscaban elementos raros para construir estructuras más
complejas. Las velas se agrandaron. La bola de hielo que podría haber sido solamente un
cometa soportó exámenes táctiles cada vez más pacientes y cautos. La bestia podía ir
con cuidado porque no tenía prisa y tal vez habría un peligro escondido dentro de la bola.
La selva correosa que se expandía cada vez más a veces se balanceaba y suspiraba
con indolente energía. Extendió grandes troncos hacia la negrura del espacio. Árboles
marrones y espesos golpeaban unos con otros disputándose la luz del sol. Nacieron las
hojas, arrugadas, verdes como la lima.
Solamente las velas, siempre hinchadas, podían detener el crecimiento de las puntas
de madera. Cuando un tronco hacía sombra a la vela, una señal recorría las cuerdas de
sostén y el crecimiento se detenía en el árbol ofensor.
No eran troncos simples. Dentro del hielo, las raíces mineras buscaban vetas de
carbono. Aunque las plantas de la superficie desarrollaban curvas ornamentales y
florecimientos barrocos, esas formas eran muy simples comparadas con la complejidad
sofisticada que se manifestaba en el nivel molecular de las raíces.
Las raíces cosechaban átomos de carbono y los colocaban en líneas perfectas para
formas un cristal: grafito. Cuando aparecían pequeños defectos en la colocación, se
formaban remolinos de moléculas para obligarlas a entrar en el esquema. Había grandes
fibras de grafito que crecían con lenta deliberación, doblándose siempre hacia el interior,
hacia el sol.
El bosque ya había crecido hasta ser muchas veces mayor que la bola de hielo que lo
había creado. La estrella ya no era un puntito en el espacio. Milenios de navegación sobre
el aliento suave de los fotones habían llevado al cometa bestia cerca de los planetas.
El ritmo se aceleró a bordo. Aparecieron pequeñas criaturas escuálidas, generadas por
nuevos proyectos genéticos. Corrían por el follaje, construyendo, reparando.
Algunas parecían arañas del vacío, y se deslizaban por las hojas de cuero sobre patas
pegajosas. Detectaban errores de crecimiento o daños por los meteoritos que venían
desde la pálida luz del sol. Seguían instrucciones transmitidas por apenas unos miles de
células y metían sus dedos flacos en el centro de los problemas.
Si había algo que esa rutina programada no pudiera resolver, buscaban el más cercano
de los cordones cobrizos que se enlazaban alrededor de los troncos. Esos cordones eran
hilos superconductores. Cuando entraban en contacto con ellos, las arañas podían
comunicarse con el núcleo de la bestia, tal vez no muy eficazmente, pero sin pérdida
alguna de señales.
Por esos cordones fluía también una energía eléctrica permanente, que cargaba los
condensadores y las baterías internas de las arañas. Aunque las arañas estaban
programadas biológicamente, para ciertas tareas podían recibir y almacenar instrucciones
más complejas si surgían problemas circunstanciales que se lo exigieran. La gran bestia
núcleo era sólo un ejemplo a mayor escala de los mismos métodos, complejos y llenos de
recursos, pero todavía no era una inteligencia autónoma.
Luego llegó el momento de las maniobras más intrincadas. Ese momento tenía un
registro dentro de la bestia y trajo una respuesta que un testigo casual tal vez habría
considerado la evidencia de una gran originalidad. Empezaron a reunirse silicatos en un
lugar de la superficie que los árboles habían dejado libre. Las arañas y los hongos
arrugados que también habían crecido en la selva fabricaron boquillas y tanques de
cerámica, unidos entre sí por conductos de arcilla. El oxígeno y el hidrógeno,
cuidadosamente reunidos, se combinaron en la cámara de combustión. Una chispa
electrolítica provocó una combustión controlada y constante. El cometa bestia se dirigió
de nuevo hacia el sol.
Pero, en realidad, su destino no era la furia del reino interior. Su carga de hielo se
habría fundido allí y la bestia se habría quedado sin hogar. El sol nunca podría convertirse
en un amigo cercano para ella.
En lugar de eso, la bola siguió un curso en espiral que se inclinaba lentamente hacia
dentro. Con el tiempo, la energía generada por el motor primitivo a cohetes amenazó con
calentar demasiado al cometa. Cuando empezó la fusión, la bestia cambió el motor por
pequeños bulbos carnosos que habían crecido como parásitos en los árboles, bien arriba.
Esos bulbos combinaban peróxido de hidrógeno con un catalizador enzimático, y luego
expulsaban el vapor destructor lejos de la preciosa reserva de hielo.
La bestia buscaba un asteroide particularmente prometedor que los espejos solares
habían detectado ya hacía tiempo. Hizo crecer unas bolsas de celulosa cerca de los
fotorreceptores y las bolsas se llenaron de agua. Esos lentes gruesos le ofrecieron
imágenes muy claras que utilizó para colocarse hábilmente junto a la presa que buscaba.
Le llevó más de un siglo de trabajo permanente romper la montaña flotante rica en
carbono. Aparecieron arañas más grandes, creadas por nuevas instrucciones. Las arañas
arrancaron los minerales del asteroide con ferocidad mecánica. Unos insectos que se
arrastraban por la superficie aceleraron la fabricación lenta y permanente de inmensos
hilos de grafito.
Miles de enjambres de arañas construyeron una pantalla reflectora con silicatos de
plata. Colgada de las fibras rectráctiles, la pantalla alejaba las frecuentes tormentas
solares de protones de alta energía que llegaban ardiendo a la selva del cometa. La
bestia seguía su espiral hacia el centro. Ahora sus principales preocupaciones eran
proteger los sectores más recientes y débiles de crecimiento, e impedir pérdidas de hielo.
Crecía por combinación. Los hilos de grafito se unían con tejido vivo sobre un solo eje.
Lo que había empezado como una barra delgada reproducía esa forma a gran escala.
La cosa delgada, gris como el hierro, creció lentamente a medida que las meticulosas
arañas le ayudaban a tejerse. El asteroide se consumía. La barra se hacía cada vez más
inmensa. Era más gruesa en el centro, donde vivía ahora el núcleo de la bestia. Ni
siquiera los rayos cósmicos podían atravesar la coraza protectora de hielo y hierro, no
alcanzaban a dañar el código genético maestro.
Entonces, de las cámaras de cerámica hundidas en el cuerpo volvieron a salir vapores
químicos. Apareció un nuevo elemento: la conducción eléctrica. Surgieron bobinas de
inducción henchidas de corriente, fragmentos de metal de propulsión que pasaban por un
disparador especial. Esa conducción masiva emitía materia que la bestia no necesitaba,
material que se alejaba a toda velocidad de su cuerpo, como las balas de una
ametralladora.
Luego, todo el conjunto empezó otro viaje, pero mucho menos costoso en cuanto a
energía. Sin embargo, necesitaba muchas órbitas para completar una vuelta eficiente
hacia el siguiente asteroide.
Pasaron siglos, y la barra, cada vez más larga, consumía más y más pequeños
mundos de piedra. De pronto empezaron a funcionar los hornos solares fabricados con
las películas plateadas refractarias y se crearon aleaciones y vigas de forma exótica,
talladas en vacío para la barra. Pero lo más importante era el hilado incesante de fibras de
grafito, que se unían a las que yacían alrededor de la gran barra como un mar oscuro.
Transcurrieron miles y miles de años antes de que empezara la etapa final del
crecimiento de la barra. Las últimas órdenes genéticas, las más complejas, enterradas
profundamente en el sustrato biológico, comenzaron a replicarse bruscamente.
Y ahora sí, la inteligencia. Un observador habría pensado que las acciones que
siguieron a este estadio eran la prueba evidente de una capacidad para resolver
problemas y una creatividad a una escala y una velocidad imposible de imaginar para
nada que no fuera una mente considerable.
Tal vez las células que dirigían a la gran bestia barra hacia el sol eran, en cierto modo,
una mente. Aquí las distinciones se convierten en un problema de definición, no de datos.
La bestia había decidido su destino final mucho antes: un planeta con agua líquida.
La barra era inmensamente larga ahora, al menos un tercio del radio del planeta al que
se dirigía. A los ojos de un habitante de ese planeta, sin embargo, resultaba casi
totalmente invisible, porque la vasta construcción marrón y negra no era mucho más
gruesa que el cometa bestia original. En realidad, una astilla de hielo todavía se aferraba
al centro de aquel cable inmenso. Debía ser prudente preverlo todo; era necesario contar
con alguna reserva.
A medida que el planeta se convertía en un disco cada vez mayor, se abrieron más
espejos detrás de la bestia, una precaución contra una defensa a manos de posibles
habitantes. Pero nadie fue al encuentro de la bestia. Los mecs todavía no habían llegado
a ese planeta y la vida menor que se desarrollaba en su seno probablemente no prestó
mucha atención a la leve línea que apareció en el cielo nocturno.
Pero sí pasaron unos pocos asteroides a través de la cara del planeta. La bestia, con
cuidado infinito, como siempre, enfocó hacia ellos sus grandes espejos. Las motas que la
molestaban se fundieron en un barro fino.
La bestia era cautelosa. Siempre. Pero todavía tenía que enfrentarse al mayor de todos
los riesgos.
Los conductores masivos de electricidad se dispararon con gran lentitud a todo lo largo
de la barra. Destruyeron poco a poco lo que quedaba de escoria, restando inercia angular
a la órbita. El planeta no tenía satélites, así que la bestia no debía enfrentarse a repetidos
encuentros ni perder su inercia en ellos. En lugar de eso, una navegación cuidadosa de
siglos la llevó cada vez más cerca de ese mundo.
Por fin llegó el gran momento. El extremo romo de la bestia barra tocó los primeros
átomos de la atmósfera. Eso disparó señales muy complejas a través de los hilos
superconductores que envolvían la barra. Algo semejante a un alivio estimuló transiciones
moleculares todavía más rápidas.
La barra probó el aire tenue de la superficie de la atmósfera. Era otro tipo de riqueza:
gases, vapor de agua, ozono. Unas hojas especialmente grandes capturaron cantidades
leves de estos materiales y las llevaron hacia las venas enormes como ríos. Las muestras
llegaron al núcleo de la bestia, que las consideró buenas.
La tierra que había debajo estaba llena de vida. Ese era el paraíso previamente
ordenado que la bestia había buscado desde siempre. Ahora tenía que cumplir con la
tarea final de su madurez. La gran barra empezó a girar.
*Como puedes ver*, dijo la Tukar’ramin, interrumpiendo las meditaciones de Quath, *las
Iluminadas saben mucho de estos objetos.*
Quath había absorbido la gran historia de la bestia en un fragmento brillante de
segundo. La cosa todavía bajaba con rapidez hacia la tierra, enmarcada contra el brillo del
Círculo Cósmico, que giraba de nuevo.
<¿No hay peligro? ¿No puede matarla el Círculo Cósmico?>
*No, el Círculo tiene una órbita mucho más abierta. Tu señal está llena de
sobrecorrientes de alarma, Quath. ¿Por qué?*
<Tengo miedo por ella.>
*¿Miedo?*
<Es…, es enorme. ¡Y está viva! Volar así…>
*No te preocupes. Ese objeto ya estaba aquí cuando llegamos. Los mecs no sabían
cómo utilizarlo. Tal vez no se dieron cuenta de que estaba viva porque si no, la habrían
matado.*
<¿Quién la hizo?>
*Es una forma que se replica a sí misma de forma espontánea entre las estrellas del
Centro Galáctico. No conocemos sus orígenes.*
<¡Tan inmensa! ¿Qué propósito tiene su existencia?>
*Nosotros no le vemos ninguno. ¿Qué sabe la vida de propósitos, Quath?*
<La vida siempre va hacia delante, aunque sólo sea para perpetuarse.>
*Probablemente eso es lo que hace esta cosa. La hemos visto cerca de otros planetas.
No nos hemos tomado el tiempo ni el trabajo de estudiarlas en detalle.*
<¡Pero debemos hacerlo! Son los seres más grandes que haya visto nunca.>
*Te equivocas.*
El tono de la Tukar’ramin era frío, de pronto.
<Quiero decir, después de ti>, dijo Quath, diplomáticamente.
*No te olvides de las Iluminadas*, advirtió la Tukar’ramin en tono formal.
<No, claro que no. Pero…>
La conversación se desarrollaba en microsegundos, y Quath seguía mirando hacia
arriba con temor y respecto.
<Es…, es maravillosa.>
*No, en absoluto*, dijo la Tukar’ramin, condescendiente. *Esas estructuras son un
elemento menor en la gran ecuación del universo. Tengo novedades para ti.*
<¡No! Tú solamente ves el tamaño de esa cosa. Yo veo la majestad.>
Un torrente de emoción estalló en el cuerpo de Quath. El terror y la fascinación que
había experimentado se inflaron para convertirse en una onda demoledora que la ahogó
en corrientes bruscas y poderosas. Por fin sintió lo que la había separado siempre de las
otras podia. Respeto, miedo, nada más, y sin embargo, intolerablemente poderoso. Pasó
por su cuerpo como una ola, divina, transparente, limpia.
* Vamos, Quath, presta atención. Hay una grave y profunda división entre las
Iluminadas. Algunas han tomado a las podia de este mundo.*
<¿Tomado? Pero sólo hace falta dar a conocer una presencia como ésta y todas las
podia se arrodillarán ante ella con gratitud, para servirla.> Quath repitió la homilía interior
mientras su mente giraba en impulsos calientes, suprimidos durante mucho tiempo.
El perfil acústico magnético de la Tukar’ramin tomó tintes y sabores que Quath nunca
había percibido antes.
*Hay un conflicto sagrado. Hasta las Iluminadas están divididas, luchan unas contra
otras.*
Tonos aguzados transmitieron la gravedad de esta revelación.
<¿Y están en guerra?>
*No entiendo lo que pasa. Algunas de las podia de nuestra Colmena no responden a
mis órdenes. Llevan a cabo acciones que yo ignoro.*
<¿Para qué?>, preguntó Quath con tonos agudos de alarma.
*Algunas de las Iluminadas sienten que no debemos seguir con nuestra misión ni
aventurarnos hacia el Centro Galáctico todavía. Sostienen que, desde luego, no debemos
basarnos en la ayuda del conocimiento que nos ha traído un miserable Nada.*
<¿Y esas Iluminadas se oponen a nosotras?>
*Sí. Supongo que sí.* La tristeza y la incredulidad resonaron a través de la riqueza del
espectro de la Tukar’ramin.
<¿Quién? ¿Dónde?>
*Muchas. En todas partes.*
<¿Aquí? Estoy a punto de capturar al Nada que estamos buscando, si logro detectarlo
entre los que viven aquí. Dame tiempo y…>
*No tenemos tiempo. ¡Encuéntralo! Pero cuídate de otros miembros de la Colmena.
Actúan en favor de seres que no puedo imaginar.*
<Bien>, dijo Quath con firmeza.
Pero esa mueca de valentía era para ocultar el derrumbamiento de su mundo interno.
Miró hacia arriba, a la enorme presencia marrón, y se dijo:
<Toda esta charla acerca de las Iluminadas, a las que nunca he logrado ver…, ¡y ahora
se enfrentan unas con otras! ¿En qué medida pueden ser mayores que esa cosa que gira
y que casi no alcanzo a comprender? ¿Esa cosa cuya majestad siento en cada poro, en
cada membrana? No, aquí hay un error. Las Iluminadas son tamaño solamente, y ése es
el punto de apoyo de su mundo. Lo que yo busco es sentido. Eso es lo que quiero, y lo
quiero mucho más que a ese maldito Nada.>
El aire frágil quedó preñado de notas gloriosas.
9
Killeen se despertó con una languidez blanda y sedosa. Se volvió y descubrió que
estaba junto a Shibo. Ella yacía encogida a su lado y él se dejó llevar por ese momento de
pereza y placer. Pasó un rato hasta que las mentes intranquilas de sus Aspectos lograron
turbar su dulce indolencia y le trajeron preguntas que había apartado la noche anterior.
La fruta semilla, ése era el problema. Su riqueza aromática se había convertido en un
remolino en el interior del cuerpo de Killeen y había borrado las voces de rabia, acallado
sus viejos instintos de vigilancia y constante alerta.
A mitad de la celebración, Shibo le había dicho:
—Me alegro por ti. Por todos nosotros. —Y cuando él había hecho un leve gesto de
asentimiento, ella se había reído alegremente y le había tocado la cara con un racimo
húmedo de frutas semilla.
El banquete se había prolongado durante horas. La fruta se coció con todo su perfume
sobre los fuegos de la Familia. Se alzaron cánticos sobre las laderas de las montañas.
Rezos espontáneos y tristes surgieron de pronto en los fogones, por los muertos
recientes. Los labios desgranaron canciones de duelo, primero con rabia y después como
estallidos de energía desnuda. Cuando los efectos de la fruta semilla se manifestaron, las
canciones se transformaron en las baladas suaves y lentas, que hablaban de los viejos
tiempos. Las Familias de este planeta también habían vivido sus tiempos de gloria,
también tenían sus lugares sacralizados por el trabajo y el sacrificio, sus Ciudadelas y
campos maravillosos, perdidos y asolados para siempre. Y seguían cantando, a pesar de
las últimas derrotas.
El alcohol también había corrido. Los pequeños recipientes que transportaban algunos
hombres eran como los de las Familias de Nieveclara, cuidadosamente tallados y
ornamentados. Killeen se había obligado a no probar el licor con olor a fruta cuando
llegaba a sus manos, a pesar de que se le hacía la boca agua al olerlo. Si lo tomaba, la
caída sería brutal.
Su Supremacía había reunido a las Familias cuando la celebración general se convirtió
en fatiga y borrachera. Killeen había escuchado sólo a medias los aullidos del hombre,
porque esperaba que explicara lo que había sucedido esa noche. Su Supremacía habló
del Sembrador del Cielo, lo cual era una buena definición: las semillas caían en cada uno
de los descensos de la cosa.
Pero la jerga religiosa oscurecía los encantamientos rítmicos de Su Supremacía.
Frases que se encadenaban unas a otras y describían al Sembrador del Cielo como la
fuente del contacto del ser humano con todas las fuerzas naturales, la Tribu se sentía
parte del ciclo de la vida del Sembrador del Cielo. El hombrecito de voz autoritaria habló
de devolver esos dones infinitos con las frutas del suelo fértil y fructífero. La señal más
perfecta de la vida era su unión, lo que tejía Toda la vida en Una. Habló mucho rato con
voz potente, habló del Sembrador del Cielo como el lazo vivo de la unión de la Tribu con
los Candeleros, como mensajero divino, como el único ser vivo que los meses no podían
destruir. Comer sus semillas era un acto religioso, una comunión sagrada con las altas
fuentes del reino de la vida.
—Aquí está la sangre y el cuerpo de los reinos más vastos; nos los han puesto entre
las manos —había aullado Su Supremacía, los ojos en blanco y la cara inundada de
sudor e inspiración—. ¡Tomad! ¡Comed! ¡Y preparaos! Preparaos para la marcha de
mañana. ¡Para las victorias que vendrán!
La novedad de los planes para nuevas batallas había acallado a las Familias, había
llenado de tristeza la celebración. Su Supremacía había vuelto a usar el recurso de
encender su propio esqueleto. Killeen se había preguntado por qué mantenía aquella
técnica eléctrica que no parecía tener otro uso. Tal vez formaba parte de aparatos más
grandes que no se veían.
Sin embargo, Killeen no había visto habilidades como ésas entre los humanos de
Nieveclara. El Mantis había desplegado algo semejante cuando Killeen se hundió en su
sistema sensorial. Seguramente la humanidad había usado eso en el pasado, tal vez se
trataba de tradición para aumentar la autoridad de un líder. Debía admitir que los huesos
articulados, luminosos, conferían al hombrecito un aspecto impresionante. Las Tribus
desconocidas, se dijo, podían ser tan extrañas como los alienígenas.
La verdad era que la forma en que manejaban el aire de depresión y angustia que
había rodeado la retirada era digna de todo respeto. El grave canto fúnebre de Su
Supremacía decía:
Sembrador, sembrador lleno de pena.
Dador, dador lleno de angustia.
Hablaba de una historia larga y triste en la que el Sembrador del Cielo estaba unido a
la suerte de la humanidad.
Esas Familias tenían a sus heridos en orden, incluso a los hombres y mujeres que se
quedaban mirando a lo lejos y no sabían qué debían hacer. Mantenían a los heridos al
cuidado de los viejos y los jóvenes; todos los que no podían combatir, siempre en el
centro de la Formación de la Familia. Todo eso se parecía a las tácticas honradas por el
tiempo en Nieveclara, costumbres que estaban instauradas en la médula, en lo más
profundo de la sangre.
Ahora yacía en el aire aguzado y congelado de la mañana y miraba las nubes
polvorientas sucias de los terremotos. La cuerda cósmica había interrumpido su giro
durante la celebración. La montaña todavía crujía y roncaba, como si quisiera quitarse de
encima a los seres humanos que se habían apoyado sobre su lomo. Entre las nubes
oscuras, arremolinadas, llegó a vislumbrar el azul pálido del cielo y buscó la línea leve,
rápida. Nada. El misterio del Sembrador del Cielo todavía lo molestaba.
Llamó a su Aspecto Grey, y la voz ronca y quebrada tardó mucho rato en contestarle.
Creo… deben de ser… ruedas giratorias… las llamaban… los historiadores. Cables
vivientes… crecidos en el espacio interplanetario…, incluso entre las estrellas… o en
nubes moleculares…
—¿Cómo pueden vivir en el espacio?
La voz de la anciana arrastraba un tono de lamento y maravilla.
Leyenda… todo perdido… no sé por qué las hacen. Textos parciales… parece…
evolucionaron de cosechadores de asteroides… o algunos dicen de animales que dirigen
cometas… debe de ser desde… al menos… Era de los Candeleros… o antes.
—¿Y qué hace aquí?
Busca superficie planeta… deja semillas… está en fase reproductora… necesita acceso
a la bioesfera fértil…, no es suficiente con los cometas… o eso creían los historiadores.
Fue antes, mucho antes… tiempo de mis antepasados…
De repente en el ojo izquierdo de Killeen apareció un mapa de la órbita del Sembrador
del Cielo. Killeen intuyó la habilidad de Arthur en eso pero la voz seguía siendo de Grey.
—¿Viene directo desde la atmósfera? —Killeen casi no podía creer esos esquemas de
simulación de movimiento.
Debo decir que esa información me parece muy dudosa. Grey debe de estar
equivocada. ¡Piensa en las dificultades de ese proyecto desde el punto de vista de la
ingeniería! La resistencia de los materiales que se requieren… Además, ningún planeta es
una esfera perfecta. Las protuberancias atraerían a cualquier cable como éste y variarían
la longitud y latitud. Por otra parte, debe de haber vibraciones torsionales severas
inducidas por el paso hacia la atmósfera. Además, ¿cómo es posible que un sistema
dinámico como ése soporte el peso de la atmósfera? No…, se derrumbaría
inmediatamente.
—Entonces, ¿cómo explicas lo que hemos visto?
Estoy formulando un modelo. Pero eso requiere un tiempo, claro.
—Mira, haz los cálculos, ¿quieres?
Después de una pausa, la voz serena de Arthur dijo:
No puedo probar que los recuerdos de Grey sean erróneos, claro. Pero me gustaría
señalar que la velocidad de semejante artefacto superaría el kilómetro por segundo
cuando entrara en la atmósfera. Esa veloci…
—Sí, provocaría esos bombazos que oímos.
No me entiendes. ¿Te parece que una planta puede tolerar esa fuerza? A mí me
resulta imposible de creer…
Killeen dejó que la voz de Grey se adelantara en su mente, con su acento y su lentitud
habituales.
Muchos historiadores… incluso los de los Candeleros… pensaban lo mismo. Pero
nosotros sabíamos que… los viajeros de las estrellas hablaban de ellos… ruedas que
giran sobre mundos de pasto y selva… bajo lejanos soles…
—¿Para qué?
Concepto de motivación… complejo en biología… la vida trata de reproducirse… llenar…
su medio… todo lo que puede…
—Pero esa cosa vive en el espacio
Podría… llenar la galaxia… con el tiempo.
—Los mecs parecen más eficientes en eso. Ellos soportan el vacío y el frío.
Sí… y tal vez para contrarrestar eso… de alguna forma… alguien… creó materiales
biológicos… pudieran sobrevivir a los rayos cósmicos… nadar entre estrellas…
expandirse…
—¿Quién?
Historiadores de… Candeleros… decían… humanos antiguos en el Centro Galáctico…
en los Tiempos de Gloria. Pensaban… tal vez… ruedas que giran… fabricadas en ese
tiempo…
—¿Podían hacer eso los humanos?
Éramos… tan grandes… pero como en mis tiempos… de lamentables… Arcologías… no
más grandes que esta montaña… diminutas… comparadas con… Candeleros…
—Sí…, sí…, supongo… —Killeen trató de imaginarse una ciudad tan grande como las
enormes rocas que lo rodeaban. Si Grey consideraba que eso era una construcción trivial,
pequeña…—. Los Candeleros, claro…, eran lo más grande que hicimos.
No, no… hubo cosas mucho mayores… antes… en los Tiempos de Gloria…
Killeen se preguntó si debía creer en los recuerdos desconectados de ese Aspecto. Tal
vez Grey repetía antiguas leyendas. La Humanidad había sobrevivido durante demasiado
tiempo con comida robada y mentiras gloriosas.
Agitó la cabeza y empezó a levantarse, pero sus articulaciones protestaron. Ya era
hora de cumplir con sus obligaciones. Entonces lo recordó: no era Capitán. Sintió tristeza
por la reducción de su papel en la Familia pero también alivio por el peso que le habían
quitado de encima. Así que, en realidad, nada cambiaba.
Lo cual significaba que podía olvidarse de los asuntos de la Familia por un tiempo. Se
levantó sin despertar a Shibo y fue a ver cómo estaba la mano de Toby.
10
Quath se quedó esperando a las podia que se acercaban. Llegaban a través de un
valle largo, quebrado, donde el polvo se había instalado como una gran manta gris. Los
bosquecillos de árboles extraños y escuálidos oscurecían el paisaje, pero Quath veía
claramente a sus compañeras por las auras eléctricas pálidas y palpitantes que no podían
dejar de emitir cuando se comunicaban.
Aquí, en la parte inferior de la montaña, la tierra estaba removida y arrugada. Todos los
seres humanos se habían retirado a terrenos más altos. Una quietud amenazadora flotaba
sobre las rocas partidas. Los picos de las colinas rotas ofrecían innumerables escondites
para el enemigo.
¿Habría podia escondidas, enviadas por las facciones rivales de Iluminadas? La
Tukar’ramin le había advertido que irían a buscarla. En ese momento, la señal de la gran
podia se había silenciado tras una cortina de estática.
<¡Alto ahí!>, ordenó en tono severo y decidido. El grupo todavía estaba muy lejos, pero
debía tener cuidado.
<¿Qué? ¿Quién lo dice?>
Quath degustó las emisiones llenas de señales y reconoció la firma familiar.
<¡Beq’qdahl! ¿Te envía la Tukar’ramin?>
<Sí. Me dijo que estabas en un lío, monópoda.>
<Vengo siguiendo a un Nada en particular y casi lo atrapo.> Quath sacó sus sensores
de alta resolución para controlar el ambiente. <¿Y tú?>
<He venido a ayudarte.>
<¿Y las demás?>
<Están bajo mis órdenes.>
<¿Tus feroces osículos azules pueden comandar a tantas?>
<He llegado lejos. Como tú.>
<¿Tanto como para obedecer directamente las órdenes de la Tukar’ramin?>
<Sí, por supuesto. Podemos darte apoyo y fuego suplementario.>
Quath experimentó una tensión súbita a medida que sus submentes comprendían las
implicaciones de las palabras aparentemente intrascendentes de Beq’qdahl. La
Tukar’ramin estaba fuera de contacto. Una pared de estática había descendido entre
Quath y la Gran Colmena, hacia el sur.
<¿Fuego? ¿No te das cuenta, insecto aferrado al suelo que no quiero matar?>, dijo
como en una broma.
<Estás cazando, ¿verdad? Ese trabajo siempre es peligroso.>
<Cazo para capturar.>
Los gustos brillantes de la voz de Beq’qdahl adquirieron un tono agudo y agresivo.
<Sí. Podemos rodear a las manadas de Nadas y empujarlas hacia ti.>
<Es demasiado arriesgado>, objetó Quath, tensa.
Beq’qdahl emitió un sabor seco y alegre.
<¿Para nosotras dos, tonta?>
<No…, para los Nadas. Se quedarán quietos y morirán antes que retroceder. Ya están
acorralados.>
<Los Nadas huyen cuando nos ven. Es una regla inamovible y verdadera.>
Beq’qdahl trataba de esconder algo tras su arrogancia o fingía valor en beneficio de las
podia que la rodeaban.
<Éstos nos atacarán.>
<¡Que lo hagan!>
<¿Recuerdas aquella batalla en la que luchamos juntas?>, dijo Quath, con astucia.
<No estábamos preparadas.>
<También los Nadas estaban menos desesperados>, replicó Quath.
Beq’qdahl envió un sabor de talante divertido e inteligente.
<Los Nadas están siempre desesperados. Por definición. Además, tú solamente
necesitas a uno, ¿verdad? El resto puede morir.>
Quath tomó una decisión.
<Ven, Beq’qdahl. Estoy perdiendo tu señal. Hay estática.>
<Sí. Yo también la huelo. Hay una dificultad en la Colmena, según creo.>
Las figuras lejanas y achatadas de las podia se desplazaron con rapidez. Parecían
flotar sobre los salientes y las fallas que marcaban el valle. Quath tenía buena ventaja y
las distinguía bien. Descubrió a Beq’qdahl y suspiró hacia su antigua rival y amiga.
<¡Quietas ahí!>, ordenó. A pesar de lo mucho que lo intentaba, no podía suprimir los
tonos temblorosos de su discurso severo principal.
<¿Qué?> El color hormonal de Beq’qdahl llevaba irritación…, o tal vez el perfume más
oscuro de la rabia y la astucia.
<Deberías ir hacia el oeste si buscas a los Nadas.> Quath esperaba engañarlas con
eso.
<Hemos registrado Nadas en la cima de la montaña, no abajo.>
<A ésos, los tengo atrapados. Otra noche de estudio y tendré al mío.>
Eso era una mentira, pero sólo en parte. Quath percibía el leve sabor de su Nada en la
cima. Lo estaba sintiendo en ese mismo instante. En realidad, no podía quitárselo de
encima y eso la perturbaba. Pero necesitaba tiempo para localizarlo con precisión.
Después debía encontrar una forma de capturarlo sin provocar una guerra que podría
matarlo y arrancárselo de las manos.
<Estamos seguras de que es arriba>, objetó Beq’qdahl con tranquilidad.
Una de sus compañeras la interrumpió:
<¡Déjanos pasar, comedora de papilla! Venimos a matar, no a chismorrear.>
Los podios de Quath crujieron con rabia ante el insulto y buscó a la ofensora hasta que
la tuvo en su mira.
<Ten cuidado, cuatro podios.>
<Déjanos llevarlos hasta ti, venerada y cansada compañera>, dijo otra.
Quath replicó con un desprecio rápido, efectivo.
<Puedo venceros a todas vosotras, fabricadoras de estiércol. Y no vais a pasar, de eso
podéis estar seguras.>
De pronto, Beq’qdahl envió un tinte aguzado, enlazado de bilis.
<¡Paso, chupadora de esporas!>
<No.> Quath apuntó las armas contra Beq’qdahl, empezó a cambiar los
condensadores… y descubrió que le molestaba hacerlo.
<¡Siempre has robado los frutos de mi trabajo!>
<No te acerques>, respondió Quath con tranquilidad.
<¡Me atacabas por la espalda!>
<Esta es la última advertencia.>
Las podia se situaron para el ataque.
<¡Ahora!>, ordenó Beq’qdahl en tono salvaje.
Quath trató de disparar a la imagen de Beq’qdahl que se aproximaba…, pero no lo
logró.
Movió las antenas. Las que habían gritado se agrandaron frente a ella. Envió un
potente disparo hacia el blanco. El caparazón exterior de una voló en mil pedazos.
Beq’qdahl ni siquiera gritó de desesperación. Se arrojó a un agujero, como si hubiera
esperado un conflicto desde el principio. Quath perdió de vista a las demás, que corrieron
y se cubrieron bajo auras llenas de angustia.
Resistió la tentación de disparar contra blancos que se exponían ocasionalmente,
porque de esta forma ellas podrían triangular el terreno y localizarla. Si se mantenía en
silencio, conseguiría rechazarlas. No la alcanzarían allí…, lo sabía, no a través de tanto
terreno expuesto.
Cuando las otras se dieron cuenta de la situación, Quath recibió varias burlas:
<¡Compartidora de esfínteres! ¡Orificio para todas en la Colmena!>
Esas señales insultantes temblaron en el aire cuando ella las relegó a una submente.
Si soltaban la lengua y decían algo útil, esa faceta inferior de su mente estaría alerta y la
avisaría.
Tenía sólo una meta. La urgencia de su tarea surgió en su cuerpo como una tormenta
súbita y feroz de arena en el viejo mundo de las podia. Algo primordial dominaba su
imaginación, un deseo febril que iba más allá de su deber para con la Tukar’ramin e
incluso para con las distantes y misteriosas Iluminadas. Quath debía encontrar a su Nada.
11
—La Familia Bishop llevará el ataque de flanco —dijo Su Supremacía dramáticamente.
El sol de la mañana parecía presionar las paredes harapientas de la gran carpa. Haría
calor ese día en las laderas de la montaña, pero la carpa todavía conservaba el frío de la
noche. Los capitanes y suboficiales de las Familias de la Tribu estaban de pie, firmes,
frente a Su Supremacía, que caminaba de un lado a otro.
Killeen recordaba el gran escritorio negro tras el que se había sentado Su Supremacía
la primera vez que se vieron. Sin duda el equipo de suministros lo había abandonado.
Incluso los transportes mecs habían tenido problemas para ascender esa montaña, y
ningún grupo de hombres habría podido arrastrarlo tan arriba. Killeen no podía creer que
Su Supremacía hubiera podido persuadir a nadie de intentarlo.
—Yo dirigiré el cuerpo principal, por supuesto. Después de que los Bishop hayan
alejado al enemigo, aplicaré el golpe mortal y definitivo. —El hombre se detuvo, pateó el
suelo y miró a sus oficiales uno por tono—. ¿Entendido?
Jocelyn, de pie junto a Killeen, dijo:
—Nosotros, los Bishop, nos sentimos honrados por esta oportunidad de ser los
primeros en atacar al enemigo.
La cara de Su Supremacía, que había expresado concentración, se suavizó un tanto.
—Os doy esta oportunidad para que podáis compensar en algo vuestro mal
comportamiento en el último ataque.
—Puede estar seguro de que lo haremos bien —contestó Jocelyn, inclinando
levemente la cabeza.
Los ojos de Su Supremacía mostraron placer al oírla. Después, se vaciaron en una
mirada lejana.
—Ésta es la oportunidad que esperábamos. Los horribles demonios cíbers están
concentrados en el gran valle, hacia el este, como nos han dicho nuestros exploradores.
Con la atención dirigida al fondo del valle, sin duda se reunirán bajo el ataque de los
Bishop. En ese momento, podremos hundirlos bajo fuego masivo. Cuando abramos una
brecha, toda la Tribu entrará por ella. Entonces, los Bishop podrá huir y reunirse con
nosotros en el otro valle, al otro lado de la cadena del este.
—¿Cómo vamos a saber si podemos atacarlos con la fuerza necesaria? —preguntó la
capitana de los Seben—. Podría haber muchos cíbers y…
—Cuantos más, mejor —replicó Su Supremacía con vehemencia—. Estarán en el
suelo, por todas partes, y serán muy vulnerables a nuestro ataque. Podemos atacar
todavía con más facilidad desde la montaña cuando bajemos.
—Sí —dijo otro capitán—. Cuantos más matemos ahora, menos tendremos como
enemigos más adelante.
Toda la carpa pareció bailar con el asentimiento absoluto de los otros oficiales. Su
Supremacía asintió y los recompensó con una pequeña sonrisa.
—Ignoramos cuántos son, pero sabemos que nuestra causa es justa. ¡Triunfaremos!
—Son veintiocho —dijo Killeen, sin poder contenerse.
Silencio. Las cejas de Su Supremacía se arquearon en el aire.
—¿Ah sí? ¿Has estado patrullando el valle?
—No, pero sé cuántos son.
—¿Ves por revelación divina? —Su Supremacía parecía estar haciendo una pregunta
auténtica, como si ésa fuera una fuente plausible de conocimiento.
Killeen captó una mirada significativa de la capitana de los Seben. Ella meneó la
cabeza muy levemente.
—No. Los conté mientras vigilaba el valle.
Killeen vio la mirada fija en el rostro de Su Supremacía y comprendió la razón. El
hombre se creía Dios y cualquier otra persona que afirmara tener una línea directa de
comunicación con el infinito se convertía en su rival. Killeen pensó en los hombres y
mujeres destrozados al sol. Tal vez algunos de ellos había reclamado un papel especial y
eso los había perdido.
—Muy bien. Pero suponía que incluso una persona de tan poca experiencia y habilidad
para la batalla como tú se daría cuenta del error de esta afirmación. Sólo contaste a los
enemigos que se mostraron frente a tus ojos. Sabemos que los demonios se hunden en el
suelo, como dice la doctrina, porque son agentes del mundo subterráneo. Por lo tanto,
solamente contaste una fracción.
—Sí, Su Supremacía —acató Killeen.
—Pido disculpas por la interpretación de este oficial —intervino Jocelyn.
—Entendemos —dijo Su Supremacía, como si les hiciera un gran favor.
—Puede estar seguro de que los Bishop cumplimos nuestra tarea como es debido —
agregó ella con firmeza.
—Muy bien. No hay necesidad de quedarnos aquí, acorralados por estos demonios.
Mis Aspectos me dicen que el Sembrador del Cielo no volverá pronto a esta montaña.
Está esparciendo su riqueza sagrada alrededor del globo, cien descensos diarios. Ahora
que ya nos hemos alimentado, cumplamos con nuestra misión divina.
El hombre hablaba como si estuviera dirigiéndose a un grupo de chicos, con los ojos
enfocados en la parte superior del techo de la carpa.
—Supremacía, deseamos su bendición para la batalla —dijo el capitán de los Niner
como cierre de la ceremonia.
Killeen se arrodilló con los demás y recibió la salmodia como un árbol en el viento.
Contenía referencias a batallas perdidas y ciudades caídas hacía ya mucho tiempo. Nada
de eso tenía sentido para Killeen, pero de alguna forma resonaba con la misma triste
verdad que él había oído en las oraciones de la Ciudadela Bishop cuando era un niño. No
importaba que la Tribu se hubiera aferrado a aquel hombrecito en su desesperación…, el
dolor que sentían tal vez era todavía mayor que el que habían sufrido los habitantes de
Nieveclara. Aquí la humanidad había pasado por algo que creyó una victoria sobre los
mecs, había destruido ciudades…, y luego, de repente, la llegada de los cíbers había
acabado con todo. Crecer así y luego derrumbarse era un doble error. Tal vez el deseo de
refugiarse en la religión y en un líder tiránico era comprensible.
Cuando abandonó la carpa, Killeen vio las miradas de los demás y comprendió lo cerca
que había estado de la muerte. Su Supremacía no aceptaba ninguna competencia.
Había deseado contar a los demás algo acerca de las extrañas percepciones que le
pasaban por la cabeza. Era como si una cosa extraña lo engullera, lo aferrara para
hundirlo en una nube espesa. Veía el terreno cambiante y arenoso, atravesado a la
carrera por enormes cíbers, rodeados de las proyecciones de sus pieles brillantes; la
imagen parecía construida en filamentos. Le llegaban fragmentos de charla en una lengua
hueca e intermitente como el sonido de un tamboril.
Conocía el valle que iban a tratar de atravesar, lo conocía en un sentido profundo, un
sentido que le recorría la piel como una cosquilla. Podía cerrar los ojos y paladear el
sabor de los cíbers. Pero ¿cómo lo hacía?
Pensó que en realidad lo sabía. Lo que no alcanzaba a imaginar era las consecuencias
de la respuesta.
Y no cabía duda de que si hubiera hablado del asunto en la carpa, la interpretación
habría sido clara para Su Supremacía. Revelación divina, sí. Y Killeen habría estado
chillando y agonizando en un palo sobre aquella montaña desnuda.
12
Quath sabía que debía quedarse en el presente, anclada en la realidad geográfica de
los collados profundos y los grandes salientes macizos de roca. Tenía que vigilar a las
podia de Beq’qdahl que se movían allá abajo. Se acercaban cada vez más. Solamente los
disparos de Quath las mantenían en su sitio.
Pero el mundo interior la llamaba, confundido…
Había encontrado al Nada, estaba segura de eso. Acercándose con cuidado, tocando
levemente las pequeñas esferas pálidas de aquellas extrañas entidades separadas, había
tocado por fin una que tenía el sabor agudo y la valentía que tan bien conocía. El Nada
que había invadido anteriormente, sí, veía el parecido…, pero no era el mismo.
Esa cualidad de semejanza era curiosa en sí misma pero no disponía de tiempo para
inspeccionar las miles de implicaciones que tenían esas sutilezas.
Ahora se daba cuenta de que con cada encuentro aprendía un nuevo camino para
entrar en los Nadas.
Cada entrada le proporcionaba una perspectiva nueva y le mostraba nuevos abismos.
Los portales de su propio Nada la habían hundido en un pantano muy profundo.
Al principio había sido como una radiación oscura que bajaba por recuerdos confusos y
crujientes por los años. Filigranas amarillentas que se pudrían y caían, puntilla que se
deshacía, telas de araña que perdían su brillo, hechos duros como el bronce…, que se
disolvían luego como polvo cantor bajo el roce implacable del tiempo.
Dentro del Nada, sí…, pero ¿dónde?
Quath sintió que caminaba a través de un patio ancho como el que precedía al gran
salón de adoración de la Colmena. Las paredes formaban una filigrana de sombras sobre
las piedras…, pero el suelo no era rocoso, estaba formado por huesos, cráneos blancos,
caparazones rojos, gastados, jaulas de costillas y abdómenes. Crujían y se quebraban
cuando ella pisaba sobre ellos hacia el pasado amplio, oscuro. Órbitas oculares vacías
parecían seguir el progreso lento de sus podios. La calle de huesos murmuraba y escupía
palabras como burbujas. Algunas eran afiladas, amargas, arrancadas de gargantas que
todavía deseaban y buscaban. No entendía esos sonidos retorcidos, extraños. De repente
comprendió que procedían del pasado de las podia, goteando historia, sangre, médula y
deseo en un nudo de sonidos tenso e imposible de desatar.
Sus pasos sólidos se convirtieron en fantasmas. Se arrojó hacia delante sin poder
detenerse, y cada paso aterrorizado la hundía hasta la rodilla en el húmedo pasado. De
pronto caía, caía…, y el miedo la recorrió como un dolor rojizo y profundo.
¡No!, gritaban sus submentes. Aterrizó sobre plumas suaves.
Allí, por debajo de la calle de los muertos, se extendía un laberinto de secretos
vergonzantes. Sus pasillos sinuosos y llenos de ángulos se abrían como dedos en
diseños entretejidos. Quath trató de seguir adelante. Ahora corría con todas sus fuerzas.
Aunque sabía que en cierto modo estaba inmersa en la falsedad del aura eléctrica de
otro, no podía deslizarse. Era como la otra vez, con el Nada que la había tenido
prisionera, pero peor, mucho peor. Ya no estaba atada a la experiencia de un Nada, sino
a un pantano de deseo profundo, un misterio colectivo.
Al final, la confusión llegó hasta ella. Había oído los pies que golpeaban sobre los
suelos negros, gastados, sin perseguirla pero cada vez más cerca. Se acercaban poco a
poco en la oscuridad húmeda que parecía proceder de las paredes. Sombras eternas y
devoradoras, exhaladas por una antigüedad enorme.
Quath se alejó de ellas. Se aplastó contra un rincón quebradizo. Siguió adelante,
tropezando.
Aunque sólo tenían dos pies, esos Nadas eran más rápidos de lo que ella esperaba. Se
le acercaban lentamente en el silencio absoluto, y entonces ella vio las caras y
comprendió.
<¡Tukar’ramin!>, llamó ella.
La suave ladera por donde se estaba deslizando enviaba grandes piedras frente a ella,
como heraldos que anunciaran la llegada de una reina.
<¡Tukar’ramin!>
La experiencia la había golpeado con fuerza, pero ahora el mundo ya no era un
torbellino confuso como antes. Una claridad de bordes definidos presionaba hacia ella en
el aire agudo, coagulado.
*Te siento con mucha dificultad.*
<¡Aquí! ¡Aquí estoy! Si cierras el espectro podremos eliminar la niebla de estática.>
*He tratado de enviar refuerzos, pero estaban bloqueados y emboscados. Beq’qdahl y
otras aislaron el área donde estás. Sirven a una facción equivocada de las Iluminadas.
Buscan…*
<Lo sé. Lo sé. Olvídalas… ¡He descubierto una cosa!>
*No subestimes esa amenaza.*
<Ya sé de dónde vienen los genes de Filosofía.>
*¿Qué? ¿Cómo…?*
<¡Son de los Nadas!>
*Imposible. Los Nadas, tan pequeños, no…*
<No eran Nadas entonces. Los mecs los aplastaron tanto que ahora no tienen
recursos. Pero hace tiempo conocieron a nuestros mayores. Los elementos de Filosofía
entraron en nosotros en esa época.>
*¿Te has metido en ellos?*
<Profundamente, sí. Y he encontrado mis orígenes…>
*Ya veo… Esto es todavía más extraño de lo que yo me había imaginado.*
<¿Imaginado? ¿Sospechabas que estos Nadas…?>
*Percibí desde el principio elementos muy complejos debajo del parloteo superficial de
sus mentes. Sí, me intrigaban. Eso, y la llegada de otros Nadas en una nave…, todo me
parecía sospechoso.*
Quath había pensado que no podía haber más sorpresas ese día, pero entonces otro
pensamiento la hirió de nuevo.
<¡La estación! Nos enviaste a Beq’qdahl y a mí. Sabías que era una Filósofa y…>
*Sí. Si había aspectos insospechados en esos Nadas, sabía que serías la más
adecuada para descubrirlos.*
<¡Deberías haberme explicado la verdadera naturaleza de mi tarea!>
*No. Tu habilidad está en formular las preguntas…, y no puedo asignarte preguntas.*
<Pero… al menos una pista… Me habrías ahorrado mucha preocupación interior.>
*La ansiedad es tu destino.*
<¿Eso es lo que significa ser una Filósofa?>
*Ah, eso lo tienes que descubrir por ti misma. Los genes se expresan de muchas
formas.*
Quath se sintió bruscamente vacía, a la deriva.
<Estar relacionada así con los Nadas…, y ya he matado a muchos de ellos…>
*Quath, yo manejo grandes redes de información y tengo habilidades técnicas mucho
mayores que las tuyas…, pero carezco absolutamente de ese talento extraño que tú
manifiestas.*
<Pero… ¿qué implica estar relacionada con esos insectos?>
*No tengo ni idea.*
<¿Quién puede saberlo?>
*Tú.*
<No, otros también lo saben>, dijo Quath con convicción súbita y absoluta. <Los
Nada.>
13
En ese momento en que podía observar la pelea sin hundirse en ella todavía, pensó
Killeen, en ese momento, llegaba el miedo hasta la garganta y la cerraba casi por
completo.
Los cientos de batallas anteriores que había librado carecían de importancia, siempre
se repetía la misma sensación. Miedo a las heridas. Miedo a la muerte. Aquí, quedar
malherido era lo mismo que morir, pero más lento, arrastrado por el equipo de
mantenimiento, sufriendo tirones y hemorragias, despacio.
Además, tenía el miedo terrible al fracaso. Fallar ahora destruiría toda su obra. Si
perdían, su larga búsqueda de un refugio para la humanidad, cualquier refugio, habría
terminado para siempre y nunca se reemprendería.
Había aprendido lo que debía hacer para soltar la garra que le aferraba la garganta.
Cuando estuviera en la batalla, el instinto y el entrenamiento se ocuparían de todo. Pero
mientras sus ojos registraban la llanura seca y quebrada, temblorosa en el espectro,
todavía tenía una oportunidad para retirarse. Eso lo empeoraba todo. Su lado racional
pedía un motivo, cualquier motivo, para detenerse, para reconsiderar. Después de todo, la
capitana Jocelyn lo había dejado allí, a cargo de las reservas. El día anterior le había
pedido con todo derecho los chips que daban a un capitán la visión completa de los
movimientos de la Familia.
Y unos pocos momentos antes, ella había tomado las reservas bajo su comando
directo. El avance de Cermo se había detenido un poco más adelante. Evidentemente
Jocelyn quería romper ese punto muerto arrojando más material a la cabeza del ataque.
Había llevado a los Bishop hacia la derecha, por una garganta estrecha que les permitía
protegerse de los disparos certeros de largo alcance de los cíbers.
Había dejado a Killeen sin tarea alguna. De acuerdo. Podía unirse al ataque cuando la
Familia se lanzara por las laderas de las montañas hacia los pies de las colinas.
O podía quedarse allí, como le exigía el grito ronco de la razón. Si se quedaba atrás, tal
vez podría ofrecer refugio a los Bishop en el equipo de suministros de la Tribu. Esa
también era una tarea vital.
No se había sentido así desde hacía años. Resultaba delicioso dejar de lado por un
momento toda la responsabilidad, tomar el camino más fácil. Y era más seguro.
Suspiró. Ahora era un hombre diferente. No era más sabio, probablemente, pero se
daba cuenta de cómo se sentiría si llevara a cabo esa fantasía.
Se dirigió colina abajo. No sería capaz de quedarse atrás mientras los seres que más
quería en el mundo libraban una guerra difícil.
Encontró un blanco cíber que huía y disparó. No hubo señales de que le hubiera
acertado, pero eso no importaba. Su entrenamiento lo empujaba hacia delante, corriendo
y protegiéndose entre las rocas, y él dejó que la práctica y el instinto tomaran el control de
las cosas.
La Familia Bishop se había distribuido sobre la loma. Se movían a través de los
bosques de árboles escuálidos que crecían en las laderas. La luz inclinada de la tarde
confundía las sombras. Su Supremacía había insistido en llevar a cabo la acción aunque
ya no quedaban muchas horas de luz. Su juicio divino había prevalecido sobre el consejo
de sus oficiales, por supuesto.
Killeen había vigilado el valle desde atrás de un grupo de rocas grandes sobre la línea
de los árboles. Cuando entró en los bosques, echó una mirada sobre los extraños arcos
de los árboles, que parecían paraguas, y escudriñó el cielo. No encontró señales de
naves. Eso era un alivio. Los cíbers parecían incapaces de copiar los avances de los
mecs en el aire.
—¡Cermo! A la izquierda. Puedes hacer fuego de enfilada desde esa quebrada
profunda en la colina.
—Sí —contestó Cermo en el comunicador—. Estoy recibiendo estallidos IR aquí. Nadie
está herido.
—No tiene sentido que te quedes ciego. Cúbrete.
—Ya lo he hecho —replicó Cermo, remilgado.
Killeen siempre recordaba que debía dejar libertad de acción a sus oficiales. Jocelyn
era capitana, pero Cermo y Shibo solamente la aceptaban a regañadientes. En el fragor
del combate, los oficiales todavía prestarían atención a sus sugerencias si él decidía
romper el silencio.
Corrió a través de la selva espesa con pasos largos, apresurados. Un suelo fértil y
húmedo amortiguó sus pasos. Los bosques parecían escuchar la batalla con una
expectativa silenciosa. Las reservas de energía de las botas le daban una fuerza que lo
conducía hacia abajo con gran rapidez, y ni siquiera se preocupaba por cubrirse. La única
información útil que habían obtenido del desastre de la batalla anterior era que los cíbers
todavía usaban parte de sus energías en los pulsos de microondas. Los mecs veían el
mundo en microondas, sobre todo, y tal vez los cíbers pensaban que los humanos
funcionaban igual. O los consideraban tan insignificantes que no se molestaban en afinar
el tiro, reflexionó Killeen.
Salió a descubierto sobre el pie en la colina mientras la llamada ronca de Jocelyn
resonaba por el comunicador.
—¡Formad la estrella!
Killeen vio que la capitana se desplazaba a través de una pendiente desnuda. Corría.
Las reservas eran apenas puntos inestables en la distancia.
Se volvió hacia la izquierda y vio al grupo de Cermo, que disparaba con firmeza a
través del desfiladero en una ladera muy empinada. Los deslizamientos de tierra habían
formado escondrijos estratégicos en ese terreno y Cermo sabía muy bien cómo utilizarlos
a su favor.
Pero los cíbers podían hacer lo mismo, pensó Killeen mientras veía una figura diminuta
que se dejaba caer al suelo. Killeen parpadeó tres veces y apareció una ampliación
electromagnética en su ojo izquierdo. Un enjambre azul y crujiente se desvanecía
lentamente alrededor de un miembro de la Familia que había caído, señal de un halo de
un golpe de microondas.
—¡Papá!
El tono agudo de la voz de Toby aterrorizó a Killeen. Tal vez la figura caída era…, pero
no, la señal de Toby temblaba en un punto más hacía el este.
—Sí —contestó Killeen.
—Shibo está rodeada abajo de la ladera.
—¿Dónde?
—No lo sé. Los cíbers han tendido una cortina de estática.
Killeen buscó a Shibo y no descubrió señal alguna de su código de colores. El centro
de su sistema sensorial era una gran cortina gris.
—Quédate ahí.
Se lanzó a toda velocidad mientras reducía el sistema sensorial al mínimo
indispensable. Entre los árboles leñosos y los arbustos, los insectos cantaban
alegremente, sin consciencia de la muerte que brillaba en el aire.
Toby estaba arrodillado en el borde de una grieta estrecha. Cuando Killeen aterrizó a
su lado sobre la grava suelta, un golpe de microondas descendió hasta ellos y luego se
disipó con un ruido agudo y desagradable.
—Ahí —dijo Toby señalando hacia abajo—. ¿Ves? Ondas de calor.
Pero las imágenes ondeadas de la colina siguiente tenían una cualidad extraña que no
se parecía al efecto del aire que refracta calor.
—Es una imagen falsa —advirtió Killeen.
—Resulta difícil decir dónde está el cíber.
—Ojalá supiéramos más acerca de sus trucos. —Killeen miró el brazo vendado de
Toby. Jocelyn había decidido que el muchacho se quedara atrás de la línea de fuego y
llevara las municiones de reserva en su mochila—. ¿Cómo te encuentras?
—Voy tirando. Por suerte no fue mi mano derecha. No podría disparar.
—Quédate atrás, no tienes por qué disparar hoy.
Toby se mordió el labio.
—¿Eso es lo que crees?
En Nieveclara, Killeen habría hecho una observación trivial, optimista. Aquí no.
—En este ataque somos la punta de lanza de toda la Tribu. Nos resultará muy difícil
retroceder cuando los cíbers nos ataquen.
—Ya se me había ocurrido.
—Algo bueno hay en no ser capitán: puedo moverme por donde quiero.
Toby sonrió.
—Casi tan bueno como una mano herida.
—Capitán falso, sí. —Killeen apoyó la mano en el hombro de su hijo—. Mira, quédate
cerca. Nos cubriremos mutuamente.
Toby asintió en silencio; sus ojos seguían el plano de visión de su sistema sensorial.
—Ojalá supiéramos dónde está el cíber.
—Formemos un círculo.
Usaban el equipo estándar de fuego y maniobra. Uno de los dos dejó escapar un pulso
rápido infrarrojo mientras el otro se quedaba agachado para ver el efecto de la imagen
que quedaba. Cubrieron el terreno con rapidez y dejaron atrás los últimos árboles
paraguas. Más abajo, los arbustos enredados y las piedras ofrecían cientos de
escondrijos para que se ocultara un ser humano, pero muy pocos para ocultar a un cíber.
Toby corría libremente de roca en roca. Mucho más ágil que su padre, pensó Killeen.
También había una especie de orgullo en la valentía de su hijo, intacta todavía, a pesar de
los años que había pasado huyendo en Nieveclara.
—Tengo algo a la izquierda —anunció Toby.
Killeen corrió sobre un grupo de zarzas y llegó junto a su hijo, jadeando. Vio una forma
a través de un claro pantanoso, una forma que se movía entre los árboles.
—No dispares todavía.
—¿Piensas que es un solo cíber el que está tendiendo esta pantalla?
—Tal vez. —Pero la criatura parecía estar de pie tan escondida como podía. No
disparaba, ni siquiera cuando aparecía un Bishop en el horizonte, bajando la colina.
—¿Qué hace? ¿Está escuchando?
—O buscando algo —murmuró Killeen.
—¿Qué?
—Tal vez quiere cenarse a Su Supremacía.
Toby se rió. Killeen se acomodó y miró al cíber, que subía un lejano escalón de piedra.
El fragmento gris en el sistema sensorial de Killeen se estrechó más.
Miró mientras las señales de los Bishop se deslizaban a través de las colinas cercanas,
hacia el valle. Era una excursión que parecía plausible, diseñada para atraer a los cíbers.
Pero ¿cuánto podrían seguir sin que los interceptaran y acorralaran? Killeen dio a Toby un
pedacito de azúcar que había guardado del desayuno.
—Vamos hacia la izquierda. No saltes, quédate abajo.
—Sí. Besen está con Shibo, ya sabes.
Un zumbido agudo pasó junto a Killeen. Padre e hijo se dejaron caer al suelo.
—¡Mierda! —Killeen escupió polvo—. Algo nos ha pasado bien cerca.
Toby disparó hacia el último lugar donde habían visto al cíber.
—Parece que lo estamos haciendo difícil.
Se arrastraron lentamente, golpeando contra las rocas con las botas y los escudos.
Killeen se detuvo y se examinó la cobertura del hombro. Con una emoción súbita,
descubrió un agujero amarronado y nítido que la atravesaba de lado a lado. El láser no
había dañado ninguna parte importante de los sistemas de transmisión. Para su sorpresa,
no experimentó miedo, solamente nerviosismo.
—Disminuye el sistema sensorial, por favor —dijo a Toby con severidad.
Cortaron a través de un arroyo medio cubierto de suelo desprendido y piedras, señales
de los últimos terremotos. El cíber estaba lejos. Era una vaina tubular de piel brillante y
húmeda que parecía estar sudando. Tenía incrustaciones de metal y cerámica cocida que
dibujaban un esquema de rompecabezas sobre la piel marrón y rugosa.
Toby le disparó primero y quemó la antena posterior. Killeen sabía que sólo tenían un
momento antes de que el alienígena reaccionara. De pronto, tembló en su mente una
comprensión brusca de las capas interiores del cíber, una imagen definida, segura y libre.
Sacó un proyectil de su reserva y lo colocó en su lugar sobre la varilla de lanzamiento.
Apuntó al promontorio central en el caparazón brillante y luego disparó sin pensar. El
pequeño cilindro voló como un pájaro y destrozó una pequeña compuerta de apariencia
insignificante…, pero Killeen sabía que los controles principales de los transmisores del
cíber funcionaban cerca de la piel. De repente la pantalla gris se desvaneció del sistema
sensorial.
—Vamos —dijo, porque no quería ver lo que haría el cíber. Escaparon tan
silenciosamente como pudieron, y Killeen vio de reojo que el cíber sufría espasmos y
emitía una mancha eléctrica amarillenta. Killeen sintió que la cosa estaba inmovilizada y
no se preguntó cómo lo sabía.
En ese momento se oyó la señal de Shibo, no muy lejos. Corrieron a través de dos
grupos de piedras derrumbadas y luego hacia arriba, sobre la cara quebrada de una capa
oscura. Besen vigilaba
el flanco del grupo y pudo haber matado a Toby cuando éste subía por la colina. Shibo
llegó desde el otro lado. Gritaba órdenes mientras corría. Killeen descubrió que estaba
jadeando tanto que casi no podía hablar, y solamente la miró, como para preguntarle qué
había pasado.
—Empezamos a recibir disparos —explicó ella con calma, pero Killeen veía pequeñas
señales de preocupación en sus labios tensos, leves.
—¡Ya hemos derribado a dos! —exclamó Besen con alegría.
—Muy bien —dijo Toby, que miraba alrededor con cuidado—. Nosotros a uno.
—Los cíbers no mueren, ése es el problema —dijo Shibo.
—¿Se reparan? —preguntó Killeen, aunque misteriosamente ya sabía la respuesta.
—Sí, y muy rápido —dijo Shibo.
—Los mecs lo hacían a veces —apuntó Toby—. El Mantis…
—No tan rápido como éstos —advirtió Shibo.
—¿Y siguen avanzando? —preguntó Killeen.
—Algunos.
—Esta vez es demasiado fácil —dijo Killeen.
Shibo lo estudió con cuidado.
—Quieres decir que no entiendes cómo les estamos dando tanto esta vez.
—Y cómo no morimos nosotros.
—Hay algo raro en el asunto.
—¿Tu cíber?
—Eso me parece. No sé cómo.
Ella meneó la cabeza.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco.
Todos miraron entre dos grandes piedras hacia el suelo del valle que se extendía más
abajo. El grupo de Cermo bajaba a través de la última línea de colinas que quedaba frente
a la llanura polvorienta. Jocelyn maniobraba las reservas a través de un laberinto de
arroyos que le daba buena protección. La formación estrella estaba un poco
desorganizada, pero se movía. La vanguardia llevaría adelante las reservas apenas
emergieran de los grandes montones de piedras. Killeen apenas reconocía las figuras
lejanas con el telescopio.
—Tenemos cíbers alrededor —anunció Toby, y refirió a las mujeres cómo habían
golpeado al cíber que construía la pantalla.
Shibo asintió. Se oyó el estallido de un disparo muy cerca del grupo.
—Jocelyn llegará a la llanura muy pronto.
—¿Ves algún cíber? —preguntó Besen. Su cara redonda lucía siempre una sonrisa
muy leve que a veces, sin razón aparente, se abría y se llenaba de sol.
Por un momento, nadie contestó. Examinaron el suelo arenoso del valle que se
extendía hasta el horizonte. Las rocas que caían de las montañas formaban un nuevo río
en el centro, con el agua de varios afluentes.
El suelo del valle, que alguna vez había sido llano, estaba cubierto de fábricas mecs.
Todavía había paredes erguidas, como dientes solitarios que formaban sombras bajo el
sol de las últimas horas de la tarde. Los cíbers habían librado una gran batalla en aquel
mismo sitio, eso era evidente por la cantidad de caparazones mecs sembrados en el
lugar. Algunas ya comenzaban a oxidarse. Killeen pensó, inquieto, que los cíbers
probablemente conocían bien el terreno.
También le molestaba la forma en que Besen quería entrar en combate. Los años en el
Argo tal vez habían dado al antiguo capitán una capa sentimental que le resultaría difícil
quitarse de encima. La Familia Bishop era otra vez una banda de perseguidos en huida
constante. Tendría que acostumbrarse.
—Ya he visto dos —dijo Shibo. Envió la imagen a los sistemas de los demás. Unas
formas confusas y rápidas ondearon y bailaron en medio del terreno quebrado cerca del
río ancho, fangoso—. Están interfiriendo nuestros sentidos con alguna cosa.
—Yo sólo recibo estallidos y flechas —dijo Toby.
—¿Dónde? —preguntó Killeen.
—En el valle en todas partes. Se mueven despacio, pero no puedo fijar la imagen. —
Toby manipuló, irritado, los controles de la puerta de su cuello.
Killeen vio las mismas claves confusas. Si cada uno de los puntitos temblorosos era un
cíber y no una estratagema, el enemigo se estaba cerrando alrededor y era muy
numeroso.
—Bajemos —dijo Shibo. Envió una llamada a su grupo, que estaba escondido en la
colina siguiente.
Las leves señales del comunicador indicaban a Killeen cómo se desarrollaban las
cosas allí abajo, sin necesidad de expandir su sistema sensorial. Gritos amortiguados y el
ruido especial de los disparos de microondas de la Familia: evidentemente había
confusión, incertidumbre. Killeen se movió para buscar blancos y automáticamente se
mantuvo atento a todo, cosa que nadie que hubiera sido comandante alguna vez podía
dejar de hacer en ningún momento. ¿Cuántos heridos? ¿Las líneas se estaban moviendo
al unísono? ¿Había una zona vulnerable al ataque de flanco? ¿Estaba bien cerrada la
formación de estrella y las distancias entre los grupos eran lo bastante cortas como para
que pudieran apoyarse mutuamente?.¿Las tácticas elegidas eran las adecuadas para el
terreno? El cambio constante de líneas de fuego, ¿no estaba dejando huecos por los que
pudiera colarse el enemigo?
Los cíbers eran difíciles de juzgar. ¿Era firme el tipo de fuego que usaban?
Evidentemente, las formas avanzaban valle abajo, tratando de cortar por el saliente que
estaba por debajo del grupo de Cermo.
Por alguna razón, un acercamiento lento y firme parecía mucho más terrible que un
ataque a la carrera. Pero el ritmo de los cíbers era furtivo, extraño, parecía correr en
extraños ángulos que, sin embargo, Killeen podía prever. Podía decirse que los Bishop
estaban llevando a la fuerza principal lejos del punto de ataque de la Tribu, tal como se
había planificado.
Llegaron ecos de estallidos en el valle. La vanguardia de Jocelyn se extendía sobre la
parte más baja. Había una falla en el centro del valle y algunos arroyos convergían hacia
ella. Pequeñas cataratas se derramaban desde los altos acantilados cortando las capas
de terreno que los terremotos habían dejado expuestas a la luz. El nuevo río era un dedo
que señalaba hacia el horizonte. Contra esa imagen, Killeen vio los dardos neblinosos de
luz fantasmal y temblorosa que tal vez eran los cíbers mismos.
—Ya es hora de que ataque la Tribu —dijo.
Shibo asintió.
—Vienen muchos cíbers, y muy rápido.
De pronto, los comunicadores se encendieron: llamada general. Jocelyn gritaba:
«¡Shibo! Ya he llamado tres veces a Su Supremacía y no contesta.»
—¿Estás segura de que te has comunicado bien?
«Sí. Oigo la onda de su emisión.»
—¿Le diste la señal para que empiece el ataque?
«Claro, los cíbers están aquí.»
—Está muy expuesta allá abajo —comentó Killeen, preocupado.
—Vamos —dijo Shibo.
—Estamos cuidando el flanco desde aquí —intervino Killeen, tratando de mantener una
voz neutral.
Shibo se humedeció los labios.
—No van a necesitar fuego de enfilada si los vencen por completo.
—Podemos cubrirlos cuando se retiren.
La voz de Shibo se tensó en el aire.
—Vamos.
La siguieron a través de los pies de las colinas que las circundaban. Killeen estuvo de
acuerdo con la decisión de Shibo cuando vio el fuego que había abierto la línea débil de
los Bishop. Los cíbers utilizaban pocos proyectiles, así que la batalla parecía consistir en
señales aisladas de IR, UV o microondas. Los estallidos golpeaban a los Bishop y
acababan con sus sistemas. A veces, el impacto también los mataba. Por primera vez,
Killeen se alegró realmente de no estar al mando.
«¿Oyes algo de la Tribu?», llegó el mensaje de Jocelyn.
—No —replicó Shibo.
Killeen maldijo entre dientes.
—El combate sin comunicadores siempre constituye un problema.
Shibo activó uno de los disparadores del comunicador.
—¡Supremacía! ¿Me oye?
Para sorpresa de Killeen, se oyó la voz calmada del hombrecito en el aparato.
«Sí. Estoy al corriente de la situación.»
—Entonces, ¿por qué cono no trae a sus Familias al valle? —le espetó Shibo.
«Los demonios cíbers son demasiado fuertes…, considero que no sería inteligente
arriesgar a mi tropa principal hasta que sepamos cuál es la fuerza del enemigo…»
—¡La fuerza…! —Shibo jadeaba de sorpresa—. ¡Nos están acorralando aquí abajo!
«Sí, es lamentable. Pero tengo que saber más antes de…»
—No podemos mantenerlos alejados durante mucho tiempo —exclamó ella.
«Está anocheciendo… Creo que sólo empezaré a moverme cuando nos cubra la
oscuridad.»
Shibo miró a Killeen.
—Déjalo —dijo él.
—Jocelyn! —espetó Shibo—. ¿Has oído?
«Yo…, sí…, algo… No puedo creer…»
—Será mejor que lo creas. No piensa moverse hasta que le dé la gana, no importa lo
que haya dicho en las reuniones. —La cara de Shibo era una máscara furiosa.
«¿Qué…, qué hacemos?»
La voz de Jocelyn estaba cubierta de fatiga.
—¿Papá? Tres cíbers —informó Toby.
Killeen siguió las indicaciones de Toby en sus sensores. Tres imágenes temblorosas se
endurecieron hasta convertirse en formas definidas. Los fantasmas pálidos de esas
formas descendían por la colina justo detrás de la posición del grupo.
—Mierda —masculló Killeen.
Shibo lo entendió inmediatamente y dijo:
—Aquí estamos en terreno alto. Se te vienen encima.
«Si retrocedemos, tendremos que combatir subiendo la colina en la oscuridad»,
respondió Jocelyn.
Los cíbers veían mejor en el infrarrojo. A medida que la tierra se enfriara, el cuerpo
humano se destacaría contra el fondo del bosque frío. Habían previsto estar al otro lado
del valle al anochecer, en una posición alta, en la cima de la montaña. Si lo hubieran
logrado, los cíbers no habrían tenido presas en movimiento, que era lo que detectaban
con más facilidad. En lugar de eso, hubieran tenido que atacar subiendo la ladera contra
una defensa preparada y ordenada.
«Creo que tenemos que tomar posición en el valle», decidió Jocelyn.
Shibo frunció el ceño y miró a Killeen.
—¿Por qué?
«Su Supremacía tiene que atacar pronto. Estaremos en buena posición para sumarnos
al ataque…»
—Eso, suponiendo que ataque —rebatió Killeen.
«¿Por qué lo dices?», preguntó Jocelyn con pasión.
—Porque nos está sacrificando. Somos extranjeros. Le causamos problemas. Dejará
que nos maten para sacarles tiempo a los cíbers.
Shibo asintió lentamente. Los rostros de Besen y Toby parecían tensos y amargos.
«No…, no sé si puedo estar de acuerdo con eso.» El tono severo y autoritario de
Jocelyn se había llenado de dudas.
—Papá, parece que hay dos cíbers más en las cercanías, detrás de nosotros —
interrumpió Toby.
Killeen controló las imágenes y vio cómo se cerraba la trampa.
—Mejor será que te decidas, Jocelyn —urgió—. No tenemos elección.
—Ni tiempo —añadió Besen. Tenía la cara muy pálida, los ojos agrandados.
Shibo miró a Killeen con desesperación. Él le contestó en palabras:
—Empieza a pensar. Tiene que haber una salida.
Sin decir más, se lanzaron colina abajo hacia el cuerpo principal. Adelante, los Bishop
disparaban, huían y caían.
14
Quath se concentró en su principal prioridad en medio del clamor del combate: el Nada.
Su Nada.
La incursión de los Nadas había bajado la montaña a una distancia considerable de
Quath, sorprendiéndola con su velocidad. Beq’qdahl y su banda se habían movido para
interceptarlos. Quath había visto cómo se apresuraban hacia el valle ancho y quebrado,
más abajo.
Ella no podía avanzar tan rápido a través de las capas rotas de tierra. Llamó a la
Tukar’ramin para pedir ayuda.
*Aquí reina el caos, Quath’jutt’kkal’thon. La insurrección se expande en nuestra
Colmena.* Los olores sombríos y pesados de la Tukar’ramin llegaban con fuerza al aura
eléctrica de Quath.
<¡Necesito ayuda!>
*Lo comprendo. Pero estoy sitiada en lo que fue una vez mi gran provincia.*
<Envía aunque sea a unas pocas.> Quath emitió hilos desesperados de urgencia.
*Ya no puedo desprenderme de más. He enviado ayuda dos veces pero los dos grupos
han caído en emboscadas. Las podia renegadas que obedecen las órdenes de la facción
rebelde de las Iluminadas están en todos los pasajes alrededor… ¡Qué herejía! ¡Qué
traición!*
Quath siguió trepando sobre viejos caparazones de mecs, y los aplastaba al pasar, sin
reparar en ellos. No tenía dudas de que la Tukar’ramin estaba en lo cierto, pero ahora
tenía que actuar con enorme prudencia.
<¿Qué haremos?>
*¡Permanecer fieles a nuestra ley! A las gloriosas Iluminadas, las líderes del Camino
verdadero…, las que dicen que los Nadas de la nave son importantes.*
<Puedo tomar al Nada principal>, replicó Quath. <¿Qué hago después?>
*Escapar con él. Debes volver a la nave.*
<Entonces, envía un transbordador. Puedo encontrarme con él en…>
*Los campos de aterrizaje de los transbordadores están en poder de las renegadas.
Están en todas partes.*
Quath comprendió que su visión de las cosas había sido demasiado limitada. Se había
preocupado por cuestiones como la vida y la muerte mientras a su alrededor las podia
conspiraban y manejaban la situación en secreto. ¡Una insurrección contra la Tukar’ramin!
¡Peor que eso: la revuelta se debía a una disensión entre las Iluminadas! La idea todavía
la llenaba de alarma.
<¿No puedes tomar un transbordador?>
*Ni siquiera sé si podré conservar mi posición en la Colmena.* La frase cabalgaba
sobre una corriente de desesperación y oscuridad.
<Beq’qdahl tiene a muchas con ella. No sé si podré mantenerlas a raya mucho
tiempo.>
*Estás mejor equipada que ellas. Recuerda que se equiparon de forma precipitada.*
<Pero si encuentro al Nada en medio de la batalla, seguramente me perseguirán hasta
que el cansancio me venza.>
*No puedo enviarte ayuda, Quath.*
Ese mensaje teñido de tintes hormonales oscuros calmó a Quath mientras seguía
adelante por la montaña. Los Nadas ya saltaban y corrían en las colinas de abajo. Gracias
a su agilidad resultaban difíciles de atrapar. Eran más rápidos y más hábiles que las
manadas que había atacado ella para defender a Beq’qdahl.
La vio ahora, una niebla pálida que corría sobre edificios mecs aplastados por la
guerra. Entonces, tenía buenas defensas. Para retrasarlas, Quath necesitaría una buena
dosis de astucia y habilidad.
Extendió un cono de interrogación eléctrica hacia los Nadas. Ahora que sus pequeñas
auras pulsaban con tanta intensidad podía introducirse en ellas más fácilmente. Entró…, y
tuvo que retroceder, asustada.
¿Cómo no se había dado cuenta antes? Los muchos sabores de los Nadas los
separaban en dos grupos. No era una distinción cruda, como digital/analógico o
acústico/magnético, sino una diferencia antigua: el sexo.
Había sabido que esos Nadas todavía mantenían el antiguo mecanismo que proveía la
evolución. Lo había experimentado antes, al entrar en el Nada macho.
Ahora veía la razón por la que no había podido soltarse con rapidez de esa aura. Para
esos animales, el sexo era un punto de apoyo inalienable. Los definía con un poder
absoluto. La falta de habilidad de Quath para desatar esos nudos primitivos en la mente
del Nada la había atrapado.
¿No habían aprendido a prescindir de esas fuerzas primitivas y cegadoras en la
personalidad? Las podia habían visto hacía ya siglos que el macho era irrelevante, que se
le podía suplantar con facilidad mediante la manipulación genética. Todavía vivían
algunos en reservas especiales en el planeta de origen, pero sólo como curiosidad
histórica.
Entre los Nadas, en cambio, el intenso sabor del sexo inundaba cada una de las
percepciones, cada juicio. ¿Cómo podían pensar en medio de aquella tormenta de gritos?
Pasó sobre los olores y armonías disparadas de los Nadas en combate. ¡Tantas
emociones juntas! Además no las delegaban a submentes.
En lugar de eso, se desarrollaba una lucha despiadada de impulsos en el escenario
abierto de una sola mente. Las facciones se gritaban y chocaban unas contra otras. El
instinto, la razón, todo el mundo abigarrado de las emociones hormonales…, cada una
respirando en las venas del sexo que salpicaban constantemente con su calor ferviente.
¡Una complejidad imposible! Con razón parecían tan ridículos. Su interior era el
escenario de combates incesantes.
Eso complicaba más su búsqueda. Pero en el momento en que ya desesperaba, olió a
su Nada. Allí estaba…, ¡a salvo! Se movía con rapidez un poco más abajo.
Su aura se mezclaba con la de otro, el Nada que Quath había ocupado en una ocasión.
Los dos estaban desplazándose alrededor de las podia. Quath se apresuró colina abajo.
Si podía ponerse a tiro…
Los dos Nadas pretendían asaltar a una podia de seis miembros. Quath se encontraba
demasiado lejos para estar segura de poder disparar contra la podia sin dañar a los
Nadas. En lugar de eso, buscó una entrada en las capas oscuras de la mente de su Nada.
Ahí estaba. Transmitió conocimientos acerca de la podia. Al Nada le resultaría extraño,
pero tal vez podría asimilar los datos.
Sí…, vio que los Nadas acertaban fácilmente a la podia con disparos certeros en los
puntos más fáciles e importantes.
Bien. Entonces podía ayudarlos. Pero ¿conseguiría recoger al Nada y alejarse con él?
No, había algo más. Al entrar en los ambientes posteriores del aura eléctrica de su
Nada, sintió poderosos hilos de conexión. Estaba ligado con otros. La red vibraba y se
ondulaba con una canción curiosa de emoción espesa e instinto salvaje, de un color
esmeralda.
Mientras los Nadas bajaban por la colina a la carrera, Quath se esforzó por comprender
esta nueva faceta. Aunque los Nadas se creían individuales, debajo de su conciencia se
extendían conexiones fuertes, sinuosas y enredadas. Operaban con orgullo pero
necesitaban la unión. Ésa era la razón por la que el sexo tenía tanta importancia para
ellos. Si desconectaba a su Nada de los demás, lo dañaría terriblemente.
Las órdenes de la Tukar’ramin eran que debía salvar a ese Nada, pero ahora se daba
cuenta de que eso no funcionaría. Los Nadas no vivían en soledad.
No había sentido la profundidad de ese Nada cuando lo bajó de la órbita. Había
ignorado el dolor que sufría cuando lo separaban de los de su especie.
Ahora comprendía que cortar los lazos de los Nadas implicaba un daño en todo el
sistema.
Los dos Nadas se reunieron con otros. Uno emitió una emoción aguda, llena de
necesidad en el ser murmurante de su Nada. Aquí estaba la verdadera resonancia. Su
Nada experimentó una sinfonía de deseos enlazados profundamente con el murmullo
complejo del sexo.
No, no podría arrancarlo de esas anclas tan poderosas. Tendría que pensar en otra
cosa.
Mientras tanto, los disparos y los estallidos resonaban de colina en colina. Quath corrió
desesperadamente hacia el valle, donde empezaba la batalla. Una de las del grupo de
Beq’qdahl detectó a su Nada más abajo.
Quath envió un disparo poderoso contra la podia, que se derrumbó y empezó a
humear.
Bien. Era una extraña para Quath y pudo olvidar el estigma que venía subiendo desde
sus submentes. Pero Beq’qdahl estaba en el valle y Quath no sabía si podría intervenir
allí. Sintió un nudo duro y enredado: era el conflicto que se agrandaba en su cuerpo. Trató
de empujarlo hacia abajo, hacia las submentes, pero ellas no aceptaban aquellas fibras
hinchadas. La agitaban interiormente como un quiste rosado. ¿Podría matar a las suyas
para defender a un Nada?
No sabía cómo desatar aquel nudo. Mientras tanto, siguió corriendo.
15
Al acercarse al pequeño grupo que comandaba Jocelyn, Killeen disminuyó la velocidad.
Le parecía mala idea que los hombres lo notaran ansioso. Eso los pondría nerviosos.
Entonces, se le ocurrió que estaba pensando como capitán. Al comienzo de la batalla,
había disfrutado la libertad de no serlo; ahora le parecía un placer vacío.
—Killeen, presente —dijo simplemente al llegar junto a Jocelyn. Ella estaba agachada
detrás de la pared derrumbada de una factoría mec, escuchando con atención por el
comunicador. Tenía la cara consumida y cubierta de polvo, pero los ojos bailaban con una
energía especial. Le había ordenado que bajara desde la posición de Shibo sobre la
colina.
Lo miró con apuro y alivio.
—Killeen…, bien. —Parecía dejar salir las palabras después de alguna cruenta lucha
interna. Jadeaba al respirar y se sentó sobre el caparazón volcado de un mec. Los restos
de la fábrica estaban esparcidos a su alrededor—. Tengo…, tengo miedo de que Su
Supremacía haya decidido que no quiere atacar.
Killeen asintió sin pronunciar palabra.
—¿Crees que es porque nos retiramos la última vez? —le preguntó Jocelyn,
sorprendida.
—Ese tipo está loco. Es inútil tratar de entender lo que hace.
Jocelyn apretó los labios; era evidente que intentaba reunir sus recursos. Un estallido
de microondas siseó junto a ellos. Killeen vio que los cíbers estaban más cerca, bajando
desde las colinas. Cortaban por el terreno que no tenía cobertura. La Familia Bishop
había formado una línea irregular a lo largo del río. Maniobraban entre las rocas
destrozadas que bordeaban la gran falla central. La luz del crepúsculo proyectaba largos
dedos azules a partir de cada una de las puntas de piedra. A medida que los miembros de
la Familia retrocedían en las quebradas y arroyos secos, sus sombras los hacían cada
vez más fáciles de encontrar para los cíbers.
Killeen vio que una mujer corría para ponerse a cubierto. Un estallido de UV la golpeó
en la espalda y la bañó en fuegos rápidos y crujidos poderosos. En el atardecer brillaron
chispas azules y moribundas. La mujer cayó. Era Lanaui, una vieja amiga. Demasiado
lejos para que él pudiera hacer algo. Se apresuró vigilante esperando que el golpe no le
hubiera dañado los sistemas principales. Oyó los ruidos de los disparos de la Familia
contra los cíbers. Lanaui se movió. Rodó por el suelo y se enroscó bajo la protección de
un transporte mec quemado. Killeen vio que no tenía energía en los sistemas. Ahora
tendría que huir utilizando sólo la fuerza normal del ser humano, algo muy fácil de vencer
para un cíber.
—¿Qué…, qué podemos hacer? —Jocelyn se mordió el labio.
Killeen le contestó con cuidado:
—No podemos llegar a las colinas si la Tribu no nos cubre.
—Es cierto. —Jocelyn estaba tensa, erguida; Killeen se dio cuenta de que le resultaba
difícil pedirle consejo. Era una forma de darse por vencida.
—No podemos seguir avanzando.
—No.
Las microondas golpearon el sistema sensorial de Killeen. Algunos miembros de la
Familia se agacharon en las cercanías. Él solamente se reclinó contra la pared destruida
de la fábrica. Sentía que, si se sentaba, sus piernas se negarían a levantarse de nuevo.
—Llega la noche. No podemos quedarnos aquí. Los IR del cuerpo nos van a delatar
con facilidad. —Killeen sentía una idea rondándole por la cabeza y sabía que la única
solución para liberar su mente era seguir hablando.
Los ojos de Jocelyn seguían observando el combate con suma atención. Le costaba
cada vez más mantenerse al corriente de lo que sucedía porque los grupos de Bishop
caían hacia el terreno abrupto, torturado por los últimos terremotos.
—De acuerdo. Tal vez podamos salvar a los más rápidos, ¿qué te parece? Dejar al
resto y que los rápidos los cubran…
Eso violaba la doctrina de combate de la Familia, y ella lo sabía.
Sus ojos implorantes se fijaron en Killeen durante un momento.
—Nos perseguirían de todos modos. Nos quieren a todos —replicó Killeen, la voz
tensa. No había razón para demostrarle lo mucho que le molestaba la propuesta.
—Supongo…, supongo que estamos atascados aquí entonces. Si podemos sostener
las líneas durante la noche…
—Imposible. Ni siquiera sabemos si los cíbers duermen. Cuando nos hayan rodeado,
podrán llamar a todos los que deseen y traer las armas que necesiten.
—Entonces…, entonces…
Killeen sabía que era inútil empeorar las cosas, así que escondió su irritación pasando
su sistema sensorial al infrarrojo. Tal vez eso le daría una idea de la forma en que los
cíbers veían la situación. Recordaba el tiempo que había pasado en la Colmena, la forma
en que automáticamente interpretaban los objetos como si la iluminación viniera desde
abajo. Sin embargo, se habían adaptado bien a la superficie.
A medida que la luz disminuía, el suelo brillaba más que las coloridas nubes
moleculares allá arriba. Eso le recordaba la iluminación de la Colmena y probablemente
daba todavía más ventaja a los cíbers. Los arroyos frescos y salvajes parecían más
oscuros que la tierra. Las colinas mantenían bien el calor y brillaban como suaves
alfombras verdes. Killeen se volvió hacia la falla y vio un brillo leve en el sitio donde
probablemente corría la lava más abajo. Como para confirmar lo que estaba pensando, el
suelo tembló levemente como una bestia que se sacude una mosca molesta. Por debajo
de la falla veía la cinta negra del nuevo río, que fluía como si estuviera excitado por la
aventura de labrar un nuevo lecho a través del valle, oscuro y rápido en la noche.
—Espera —dijo Killeen—. Espera un momento.
Vigilaba la noche con atención. El cíber que se había movido hacia la izquierda había
desaparecido. ¿Estaba fuera del alcance visual o tal vez se había disimulado tan bien en
el sistema sensorial que Killeen no lo percibía?
Disparó un pulso de microondas hacia el punto donde pensaba que podía estar el
alienígena y después se arrastró alrededor de una roca caída que lo protegía. Shibo ya se
movía hacia la siguiente línea. Killeen corrió deprisa por el saliente de roca y después
dobló hacia una quebrada. Algo cantó a su lado y él se dejó caer por la ladera. El polvo se
le metió en las botas y tuvo que detenerse para sacárselo. Para cuando pudo volver a
levantar la vista, Shibo había ordenado otra retirada.
«¡De nuevo! ¡Toby!», gritó Shibo.
Killeen vio que la señal de su hijo se movía hacia el río. El muchacho corría con
rapidez.
«¡Carmen!», exclamó Shibo por el comunicador.
La mujer dejó el refugio que se había buscado y corrió. Tuvo que saltar sobre el cuerpo
caído de un Bishop que había muerto hacía apenas unos minutos. El traje del hombre no
daba signos de vida, así que nadie había tratado de recuperar el cuerpo. El grupo
formaba parte de la retaguardia: tenía que ser ligero y moverse con rapidez.
Killeen llamó a Jocelyn:
—Ya vamos hacia allí.
«Danos un poco de tiempo», pidió ella.
—Quedamos bien pocos, mierda —masculló Killeen.
Casi toda la Familia Bishop estaba evacuada. Pero entre las paredes de la fábrica y la
tierra quebrada y rota yacían muchos cuerpos, demasiados cuerpos.
«¡Killeen!», ordenó Shibo.
El se levantó como pudo sobre sus cansadas piernas y se dejó ir corriendo por el lecho
seco del arroyo donde estaba. Era una carrera muy dura hasta la siguiente línea de lucha,
y se le empezaron a nublar los ojos con el cansancio. Veía puntos negros en los
extremos. El aire fresco le secaba la garganta.
Tropezó sobre un montón de piedras muy afiladas y rodó hasta la quebrada, más
abajo. Se apoyó contra una pila de restos mecs. Mientras tanto, su visión había cambiado
el sistema a la forma normal humana y se quedó allí un momento, jadeando en la
oscuridad total. Volvió a cambiar el sistema a infrarrojos. Shibo se agachó muy cerca,
pero ni siquiera lo miró.
«¡Besen!», llamó ella.
Killeen se arrodilló y su cuerpo sufrió una sacudida al hacerlo. El polvo del suelo se le
metía por los poros y los agujeros del traje y tuvo que limpiarse el cuello para poder volver
la cabeza y ver a Besen, que corría desde las ruinas de la fábrica. La muchacha llegó
hasta el arroyo seco en una sola tirada y ya casi estaba en él cuando algo anaranjado la
golpeó en el casco. Pareció volar hacia delante, y golpeó el suelo con mucha fuerza.
Quedó inmóvil.
«¡Toby!», llamó Shibo como si nada hubiera sucedido.
Killeen llegó hasta donde estaba Besen y marcó los códigos familiares en la nuca. Casi
todos los indicadores estaban en cero.
Toby entró en la quebrada con facilidad. Un disparo de microondas le pasó por encima
de la cabeza, sin dañarlo. Y en ese momento, vio a Besen.
—¿Qué…, qué?
—Es que… —Killeen no supo expresarlo en palabras.
«¡Harper!», ordenó Shibo.
Toby se arrodilló junto al cuerpo de Besen y le levantó un brazo. Estaba de espaldas, y
cuando la dio vuelta, vio una red de arrugas y grietas en el casco. Eran fracturas
electrostáticas. A través de esas líneas se veían los ojos, abiertos todavía. Ella los miraba
como si fuera a hacer una pregunta, una pregunta que Killeen no podría contestar.
Harper llegó corriendo hasta el lecho seco. Jadeaba. Se arrodilló y disparó un estallido
ultravioleta en la dirección por donde había venido.
«Todos estamos aquí, Jocelyn», dijo Shibo por el comunicador.
«Quedaos ahí», ordenó Jocelyn. «Casi tengo listo el aparejo…»
Shibo caminó agachada hasta donde estaban los demás.
—No puede estar muerta —dijo, Toby, confuso—. No puede ser.
—Le han dado justo en el centro —observó Killeen, y lo lamentó inmediatamente.
Había sido demasiado directo.
—No. No. —Toby movía las manos sobre el yelmo de Besen, con torpeza.
—Déjala —indicó Shibo.
Toby desprendió el aparejo del cuello. Le dio un cuarto de vuelta y levantó el yelmo.
Los conectores del cuello de Besen saltaron por el aire, pero el cuerpo no respondió con
una sacudida, como sucedía siempre.
Tenía los ojos abiertos.
Toby le tocó la cara.
—Besen, escucha. Arriba, arriba, ¿me oyes? Besen…
—Tranquilo, Toby —dijo Killeen con la voz monótona y vacía. La gente no se
recuperaba con facilidad de un golpe como aquél.
—Está desmayada, eso es todo. Sólo eso. Le daremos un estimulante de algún tipo y
listo. —Toby empezó a frotar las mejillas de la muchacha.
—Controlemos los valores —apostó Shibo.
—Es un desmayo, nada más. —Toby volvió la cabeza de Besen con dedos torpes. Él y
Killeen tuvieron que girarla para examinar los monitores internos. El círculo digital sobre la
columna estaba azul, uniforme. Las cifras se deslizaban por las ventanas, en un ciclo sin
sentido
Shibo los observó y después volvió a escudriñar las colinas, donde estaban los cíbers.
—Malo —dijo.
—No. No. —Toby volvió a frotarle las mejillas, con más fuerza—. Está sobrecargada,
eso sí. Ése es el problema.
—Le podemos dar un estimulante —sugirió Killeen, y buscó en su mochila. Tenía que
hacer el gesto, aunque ése fuera el último bulbo que tenía.
—Es arriesgado —dijo Shibo—. los sistemas necesitan tiempo para los reflejos.
—Yo sé hacerlo —aseguró Toby—. Lo único que le hace falta es un poco de sangre en
la cabeza…
—Aquí tienes —dijo Killeen, y ayudó a Toby a destapar el bulbo de estimulantes y
vaciarlo en la cabeza de Besen.
Toby miraba los ojos vacíos.
—Tienes que despertarte.
Un disparo de microondas pasó sobre las cabezas del grupo. Shibo dijo:
—Hay que intentarlo ahora.
Toby se lamió los labios. La boca le colgaba como si no la sintiera.
—Si los sistemas se estimulan de más…
Killeen puso los brazos sobre los hombros del muchacho, pero no se le ocurrió nada
que decirle. Las manos de Toby temblaron sobre el bulbo.
—¿Cómo…, cómo lo hago? Si…
—Es tuya. Tú tienes que decidir.
Toby estaba pálido. Miró a Killeen un largo rato. Después tomó el bulbo y preguntó:
—¿Qué…, qué dosis?
—Mejor toda —dijo Killeen—. Está muy mal, Toby. —Creía que Besen estaba muerta,
pero con el bulbo lo sabrían sin lugar a dudas. Tendría que arrancar a Toby de allí con
rapidez, a pesar de los deseos del muchacho de quedarse con el cuerpo.
—De acuerdo. —Toby controló el dispositivo.
—Hijo, creo…
Toby disparó el dispositivo. Se produjo un ruido sordo y leve.
Besen se sacudió. Abrió los labios. Tosió. Toby la incorporó hasta sentarla y todos
vieron cómo se estabilizaban los números en su espalda. Parpadeó con furia.
La miraron sin pronunciar palabra. Ella volvió a toser y dijo:
—Sí…, ¿qué…?
Toby la abrazó y rompió a llorar.
Dos disparos infrarrojos encendieron el aire.
—A caminar —ordenó Shibo.
Toby y Killeen levantaron a Besen. Ella los miró con los ojos vacíos.
«¡Shibo! ¡Retirada!», aulló Jocelyn.
—¡Harper! ¡A cubrirse! ¡Carmen, ya! —ordenó Shibo.
Toby masajeaba el cuello de Besen.
—Tenemos que irnos. Un paso, eso es todo. Apóyate en mí.
—Toby…, Besen…, tenemos que irnos —dijo Shibo con amabilidad.
—¿Qué? —Toby levantó la cabeza bruscamente—. No, Besen…
—Los otros flancos ya se han replegado —anunció Shibo.
Killeen tomó a Besen por el otro hombro.
—Vámonos o nos rodearán.
—La mochila —indicó Toby.
—Déjala.
—No, espera… —Toby buscó el paquete. Manipuló un mecanismo un instante y
después soltó algo—. Le regalé esto —dijo, sosteniendo una cadena con un pequeño
colgante amarillo—. No…, no quiero que se lo quede un cíber.
—Llévatelo —dijo Shibo—. Cúbrete —añadió, dirigiéndose a Killeen.
Killeen se acercó a la pared del arroyo seco y disparó con rapidez hacia la noche.
Shibo y Toby cayeron hacia atrás con Besen. Killeen se deslizó hacia la mochila de Besen
y buscó las armas. Las usó hasta el final, un disparo tras otro, alta energía contra todos
los blancos móviles que pudo distinguir. Oyeron el fuego en respuesta y la pared superior
se ennegreció. Killeen se agachó y huyó, corriendo con la velocidad enloquecida del
miedo. Mientras corría hacia el río, se daba cuenta de lo grande que era su espalda como
blanco para los infrarrojos.
Se deslizó por las orillas de arena del río y tropezó con Jocelyn. Oyó el siseo de un
disparo.
—¿Cuántos más? —preguntó ella en un susurro.
Tres Bishop manipulaban un enorme fragmento de mec, arrastrándolo hacia el agua.
Killeen miró alrededor y vio a Toby y Shibo, quienes subían a Besen a un gran
conglomerado de láminas de metal mec que flotaba en el agua.
—Estamos todos —informó él, y empezó a caminar hacia el agua.
—Sólo caben tres. No hay lugar para ti.
—¿Estás segura?
—Baja por allá.
—Mira, quiero…
—Cállate y obedece.
—Pero… —Killeen dejó la frase en el aire.
—Eres el último. Ayúdanos con esto.
Jocelyn volvía a ser rápida eficiente y se desenvolvía bien si tenía un plan establecido.
Pero un capitán debe ser más que eso.
Tres hombres corpulentos llevaron algo hasta el agua. En el infrarrojo, parecía una
gran caparazón. Killeen se aferró al objeto y ayudó a meterlo en el agua. El líquido
cortaba como un cuchillo y le lastimaba los talones. Percibía el olor de los cíbers. Las
microondas estallaban más arriba, en la orilla alta.
Tropezó con grandes rocas y se aferró al caparazón, que se mecía en la corriente.
—Adentro —indicó Jocelyn.
Killeen dudó. El equipo traía ya otro pedazo de lámina de metal que habían combado
para formar un bote primitivo. El metal ya casi había perdido el calor del día y resultaba
invisible.
—¿Cuántos? —preguntó.
—Sólo nosotros —dijo Jocelyn.
—Me quedo hasta que…
—Vete. —Jocelyn lo miró de frente, los rasgos transmutados por el brillo infrarrojo de la
cara—. Yo soy la capitana. Me quedo hasta el final.
—De acuerdo —acató Killeen. Era inútil discutir.
Entró en el bote mientras Jocelyn lo mantenía sujeto. Se acostó. Estaba incómodo.
Flotaba como sobre un cuenco, a sólo una mano del agua negra. Jocelyn lo empujó. El río
arrebató el bote como si fuera algo insignificante que por alguna razón consideraba
valioso.
El bote se sacudía y el río arrojaba a Killeen una lluvia helada en la cara. Cayó por
laderas desconocidas golpeándose con fuerza.
Se quedó lo más quieto y aplastado que pudo en el fondo del bote. Su imagen infrarroja
se sumergía en el agua fría. Los cíbers que estaban en la orilla lo perderían. Al menos
eso creía.
Esperó, aferrado al interior del bote mientras el bramido del agua se elevaba a su
alrededor. No hubo disparos. Killeen se preguntó adonde lo conduciría el torrente. No se
le había ocurrido indicar a la Familia un lapso determinado para permanecer en los botes.
Ahora tal vez desembarcarían en cualquier sitio y se perderían por tierras desconocidas.
Se quedó así, acostado, preocupado por este asunto, hasta que de pronto reconoció el
olor leve del caparazón donde navegaba. Era el caparazón de un mec. Estaba
atravesando los rápidos en la piel endurecida de su más antiguo enemigo.
16
Quath se arrastró con cuidado hacia delante. Apenas le quedaban armas.
Había llegado la hora de usar la astucia y la prudencia, o el día estaba perdido.
Los Nadas seguían cayendo.
En una lucha franca contra la banda de Beq’qdahl, habrían caído todos en pocos
instantes, pero ella había maniobrado en ese terreno ventajoso para atacar a las podia
desde atrás. Bailó sobre las laderas como una nube efímera y fantasmal. El equipo
adicional que le había proporcionado la Tukar’ramin funcionaba bien, gimiendo y
ronroneando en el aire lleno de imágenes ilusorias. Cuando las podia la atacaban, los
disparos salían completamente errados y terminaban levantando aún más el suelo
torturado.
Pero el juego se estaba poniendo difícil.
Los Nadas estaban acorralados junto al río y Quath ya no podía hacer mucho por ellos.
Oyó que Beq’qdahl se enorgullecía, excitada:
<¡La manada principal se está moviendo! ¿Los ves?>
Quath enfocó la montaña lejana, donde temblaban las pequeñas auras de un gran
grupo de Nadas. Se había preguntado por qué no entraban en batalla.
Una de las podia de Beq’qdahl la interrumpió:
<¿Los perseguimos?>
Quath se ilusionó, pero Beq’qdahl contestó:
<No. Tenemos que terminar con estos insectos cuanto antes. Si no, no podremos estar
seguras.>
Claro. Beq’qdahl no sabía cuál de los Nadas era el importante y ni siquiera sospechaba
que todos lo eran por la interdependencia que los unía, a pesar de que ellos se creían
seres individuales.
<¡Los quiero a todos!>, gritó Beq’qdahl.
Quath acabó con una podia distante mediante una onda rápida de ultravioletas. La
podia se agachó, desorientada y rodó por una colina, con dos piernas menos. Bien hecho.
Se estaba acercando a su Nada pero ahora sentía un sesgo de la rabia furiosa que ese
animal, bueno no, él, estaba experimentando. No contra las podia, sino contra el cuerpo
principal de Nadas.
Los Nadas cercanos estaban unidos por los hilos ambarinos que Quath sentía cada vez
con más fuerza. La extraña tensión entre su yo y los de los demás emitía una poderosa
energía. Había una red entre ellos. Sintió que los hilos translúcidos se le hundían
gradualmente en las mentes y submentes. El toque resultaba fresco y extrañamente
reconfortante.
La rabia recorría a todo el grupo. Una rabia que procedía de la médula de los huesos,
rabia contra los suyos, la rabia feroz de la traición.
Quath se dio cuenta, sorprendida, de que esos olores amargos se parecían a la ira
caliente que ella experimentaba contra Beq’qdahl y las otras traidoras.
Su humor se alzó, alcalino, en las gargantas secas. Se deslizó por una quebrada recién
abierta en las colinas. Su Nada estaba al frente y lo que hacía parecía urgente.
Los que estaban junto a él seguían luchando, envueltos en un aura de fatiga intensa.
La desesperación formaba lazos amarillos de bilis entre ellos.
Quath vio a Beq’qdahl que se acercaba corriendo mientras trataba de permanecer
oculta en el refugio de las rocas caídas y las ruinas de las fábricas de los mecs.
Amargura. Las llamas anaranjadas consumían la cobertura de una podia de seis patas
que había muerto muy cerca.
Quath cambió a visión normal. El suelo se hundía en rosados agresivos. Las montañas
lejanas se enfriaban con rapidez y parecían reductos azules que se desvanecían en la
noche. Un torrente púrpura y negro marcaba la gran línea de la falla.
Se acercó a la batalla con sigilo.
Vio a una multipodia y le paralizó los discos de microondas con un disparo certero.
Se giró y vio retroceder a un Nada. Antes de que pudiera darse cuenta de cuál de las
podia lo perseguía, un disparo agudo perforó la noche.
Demasiado tarde. Otro Nada herido o muerto.
Entonces la red entre las criaturas se retorció y se quebró con violencia. Así sentían la
muerte, como algo todavía más fuerte que el rechazo de Quath a los fríos hechos del
universo. Una tristeza tal vez más profunda, enlazada con una sensación sombría de
mortalidad. Era peor ser pequeño y frágil y estar solo en la noche. Quath lo comprendía
ahora. Sin embargo, aquellos seres lo hacían.
Demasiado tarde. Demasiado tarde.
17
Killeen había tratado de dormir en el bote, pero el caparazón del mec giraba y se
balanceaba constantemente. Llegó a adormecerse un par de veces, pero sólo porque la
corriente fluía más despacio.
Apenas entrevió la aurora, llevó el bote hacia la orilla. Vadeó por la playa rocosa,
aterido, dolorido y mareado por la fatiga.
Expandió el sistema sensorial con cuidado y recibió los puntos neblinosos y
fantasmales de los cíbers. Estaban muy por detrás, dispersos sobre las orillas. Pero se
acercaban con rapidez.
Volvió al bote. La corriente era más débil allí y lo condujo lentamente por un cauce lleno
de saltos sobre rocas que se alzaban en medio de las aguas fangosas como enormes
peces blancos con pintas negras.
Pasó dos rápidos antes de oír el rugido. No sonaba como una batalla. Cuando le
preguntó a su Aspecto Arthur, la pequeña mente le dijo:
Me había olvidado de que Nieveclara se había secado mucho en tus tiempos.
Recuerdo ese sonido. Lo oíamos en los hermosos días de esparcimiento, cuando íbamos
a los ríos que recorrían como una bendición el valle de la gran Ciudadela. Es un salto de
agua…, seguramente alto, a juzgar por la intensidad del ruido.
Arthur le dibujó un esquema. Killeen siempre había considerado el agua como una
entidad plácida, rara, gloriosa. Que pudiera rugir y matar le parecía una violación
tremenda a una promesa implícita. Remó con fuerza contra la corriente que fluía cada vez
con más velocidades. La orilla estaba cerca, pero él volaba sobre la corriente como una
hoja en un vendaval.
El agua le paralizaba las manos. Se inclinó desde el bote y remó con furiosa energía.
La orilla se acercó, pero muy lentamente. El rugido lo rodeaba por completo. Al frente,
había una niebla de agua. Killeen miró en esa dirección, pero el río parecía desvanecerse
de pronto. No, imposible. Se acercaba cada vez más al borde del abismo.
Desesperado, saltó del caparazón. El agua lo mordió mientras se hundía. Se le
sumergió la cabeza justo cuando lograba aspirar una bocanada de aire. Las botas
golpearon contra algo sólido. Remó contra la corriente. Ya deseaba respirar.
El agua formaba una pared marrón. ¿Dónde estaba la orilla? La corriente lo había
hecho girar con tanta fuerza que estaba desorientado. Caminó con cuidado por el cauce
del río y sintió que el fondo estaba inclinado. Se dirigió hacia arriba. Sabía poco acerca
del agua pero intuía que el equipo era lo único que podía salvarlo de caer en manos de la
corriente.
Resbaló. Por un instante, le pareció que perdía pie. Consiguió colocar la bota sobre
otra roca, pero la base se movió. El agua estaba muy fría. Empujó hacia delante con los
brazos y por fin consiguió erguirse. Le dolían los pulmones. Cada vez más. Empujó el
agua. Deseó fervientemente que la suerte le ayudara y ésa fuera la dirección correcta.
Las botas resbalaban, pero él se equilibraba con los brazos y se mantenía de pie. Tres
pasos más…, y la cabeza salió del agua. Trepó como pudo por la pendiente y se dejó caer
sobre un suelo de grava.
Se sentó. Necesitaba entrar en calor. Miró la gran columna de gotas de agua más
adelante. El agua flotaba en el espacio, suave, cristalina. Los árboles y arbustos
arrancados navegaban en la superficie amarronada y brillante, y después caían al olvido.
Caminó a través del rugido y miró la gran columna blanca que caía en picado. El agua
tenía un espíritu quijotesco, el barro plácido se convertía en una furia hermosa y dura en
el espacio de un milímetro. Se preguntó si de alguna manera estaría viva, si pertenecía al
mismo reino vivo que las plantas, las criaturas diminutas y la humanidad.
Después algo lo pinchó en el sistema sensorial que ya estaba débil, derrumbado. Se
levantó de pronto. Tal vez algunos de los cíbers ya lo habían alcanzado.
Pero no…, era una voz muy débil. Una llamada de reunión de los Bishop.
El comunicador calló, pero Killeen ya había fijado el punto de emisión. Caminó hacia
allí durante un rato a través de una cadena de colinas derrumbadas, caídas, deshojadas.
Las piedras rotas de los estratos sacudidos: por los terremotos parecían aferrarse a las
botas. Se tambaleaba, y en una ocasión casi perdió el equilibrio.
«Por aquí», se oyó la señal de Shibo.
Pero Killeen no quería usar el sistema de búsqueda por temor a los cíbers…, por si el
enemigo todavía no lo había localizado.
«¡Papá!» La llamada rápida de Toby fue suficiente para darle de nuevo la dirección.
Corrió hacia abajo por una colina y llegó al refugio de una selva espesa. Los mismos
árboles parecidos a sombrillas, erguidas, serenos frente a la suave promesa de la aurora.
Allí abajo se sintió más seguro, envuelto en lo que quedaba de vida en ese planeta
desolado.
Se le estaba acabando la reserva de energía. Se apoyó en un árbol. Los bosques
estaban silenciosos, sombríos, y después, sin transición, vio a Shibo que caminaba hacia
él, y el peso de la noche se levantó de pronto, insustancial como la niebla.
—Tú…, tú… —No tenía palabras para expresar lo que sentía, después vio a Toby y fue
como cuando volvió al campamento la primera vez, toda la Familia rodeándolo en un
abrazo silencioso.
Entonces se abandonó, se sentó en el suelo. El tiempo no significaba nada. El mundo
era inmediato, sin pasado ni futuro. Cada uno de los árboles y arbustos tenía una claridad
aguda, definida. Las caras colgaban ante él, divididas por inmensas sonrisas. Una luz fría
se filtraba entre ellos, iluminando todo con un brillo regular, eterno. Un trago de agua le
inundó la garganta de frescura y pureza. El crujido de las raciones estalló en su boca
como una explosión de placer. El roce de la mano de Shibo. El brazo de Toby sobre el
cuello…, esos detalles enmarcaban cada momento y dejaban un halo de inmediatez
incandescente.
No supo nunca cuánto tiempo había transcurrido, pero llegó un momento en que el
mundo real volvió como el ruido de un disparo.
—Andando —ordenó Jocelyn. Estaba de pie en medio de los Bishop, cansada, la
mandíbula tensa—. Ya he localizado a Su Supremacía. Están bajando, siguen el risco de
allí arriba.
—¿Y los cíbers? —preguntó Toby.
—Nos entenderemos mejor con ellos si tenemos a la Tribu con nosotros —dijo Jocelyn.
—Besen no puede correr —insistió Toby.
Besen estaba apoyada en un árbol. Tenía la mirada perdida y la cara consumida.
Jocelyn asintió.
—Nos turnaremos para cuidar a los heridos.
—No les hará ningún bien —señaló Toby—. Los vamos a cansar mucho.
—No tenemos alternativa.
—¿Os parece que debemos unirnos de nuevo a esos hijos de puta?
—Sí, porque cuando nos alcancen los cíbers, necesitaremos ayuda.
Eso era irrefutable. Killeen se sintió orgulloso de la forma en que Toby se había
resistido para defender a Besen, pero sabía que Jocelyn debía mantenerlos en
movimiento.
Nadie dijo nada. Se levantaron y volvieron a marchar. Estaban agotados. No había
tiempo para reunirse y contar las bajas ni para llorar por los desaparecidos. La
desesperación estaba allí, de nuevo, colgando en el silencio seco.
Killeen descubrió que tenía los pies lastimados. Las botas lo habían aislado del agua
pero todavía tenía los protectores húmedos por la noche anterior. Es un hecho que la
gente se olvida de esos descubrimientos apenas la alegría o el dolor del día se hunden en
la conciencia. Pero hay un momento en que cada dolor reclama atención para sí mismo.
Después de tanto ejercicio, todas las articulaciones duelen. A Killeen le pareció oír
crujidos cuando se levantaba.
Ayudó a Toby a ponerse de nuevo el vendaje en la mano. No dijeron gran cosa. Toby
se pasaba el tiempo cuidando de Besen, que estaba débil y confundida. El muchacho
parecía mucho más enérgico y decidido que antes.
Killeen se movió por toda la línea para ordenar a algunos miembros de la Familia, que
se limitaban a mirar al frente sin hacer nada. Siempre había quienes no podían olvidar las
pérdidas de una batalla y las llevaban con ellos hasta la siguiente. Los años de huida
había enseñado a Killeen que la gente podía olvidar sus emociones, pero sólo cuando
había acción de por medio. Si tenían tiempo para pensar o si alguien les hablaba del
asunto, a veces se derrumbaban por completo. Azuzó a uno o dos para que se
levantaran. Eso lo ayudó a olvidar las caras que no veía en la columna y que nunca
volvería a ver.
Todos tenían pocas energías esa mañana. Algunos habían guardado un poco más y
empezaron a caminar con ímpetu, a grandes zancadas que los pusieron al frente. Killeen
sonreía. Era una tontería gastar las reservas cuando uno todavía estaba fresco. Jocelyn
ladró a la vanguardia y les hizo tomar posiciones en el flanco.
La salida del sol enviaba rayos amarillos y afilados que cortaban las superficies de las
primeras nubes. Killeen pensó en la actividad que se desarrollaba por encima de esas
nubes: los grandes depósitos que construían los cíbers, el anillo cósmico que giraba
esperando que lo usaron de nuevo, el Sembrador del Cielo que seguía adelante,
plantando sus semillas. ¿Para qué? A los ojos humanos, esas estructuras inmensas
parecían absurdas, tan naturales e inevitables como el clima, e igualmente imposible de
cambiar.
La línea de la Familia siguió avanzando despacio por las laderas, siempre hacia arriba.
Cermo había recibido un golpe técnico en la cintura, no estaba herido y podía caminar.
Manipulaba constantemente su equipo y consiguió poner en funcionamiento la mayoría de
los sistemas de la parte superior del cuerpo. Después se levantó y se unió a la línea,
empujando a los demás y haciéndose el simpático con los miembros de la Familia que le
parecían tristes o descorazonados. Jocelyn hizo lo mismo al frente de la columna. Killeen
observaba todo esto con aprobación, tranquilo, curiosamente tranquilo. Al frente estaba la
Tribu y el equipo de suministros. Y por detrás se acercaban los cíbers. Para sobrevivir ese
día, La Familia debía ser rápida y tener mucha suerte.
Pensó mucho en el asunto, pero después lo dejó de lado. No había nada que hacer
excepto disfrutar lo que era probablemente la última mañana del grupo. Caminó con el
brazo sobre los hombros de Shibo, apoyados en el exoesqueleto de su compañera. El
exoesqueleto se estaba cargando con los paneles solares, y la ayudaba a subir la cuesta.
El murmullo gatuno del equipo parecía caldear el aire. Ese sonido lento, perezoso, flotaba
sobre la mente de Killeen. Se abandonó en él y descubrió de pronto que lo rodeaba el
silencio y que no se había dado cuenta de que el ruido se había interrumpido.
Un peso frío y seco descansaba en el espacio que Killeen tenía detrás del cuello. Era la
misma sensación que cuando tomaba un nuevo Aspecto, como un peso o algo
prominente en la nuca. Pero esa vez era más intenso, como si el aire se hubiera
condensado y retorcido hasta formar una gelatina oscura que colgaba de su cuerpo.
Había rastros de ideas a medio formar flotando y golpeándose contra la bola de aire llena
de grumos. Killeen subía jadeando las laderas de grava, tratando de mantener la
velocidad de los demás, sin decir nada. Estaba absorto en la presencia que parecía colgar
como mantequilla caliente sobre su cabeza. Sentía que los pies y las piernas se movían
como un aceite espeso. Los pulmones parecían llenos de un líquido paciente,
burbujeante. El aire tenía el regusto metálico de la sangre.
—Está aquí —murmuró.
Shibo lo miró sin entender. En ese momento, Killeen tropezó y tuvo que apoyarse para
no caer.
Los movimientos macizos, deliberados, eran inconfundibles. Era el cíber que lo había
capturado antes. Estaba tras ellos. Con razón los habían seguido tan bien los cíbers,
pensó. Sin duda habían colocado algún tipo de señal en su equipo. Nada complicado, un
transmisor capaz de emitir una señal en código. Tal vez no fuera mayor que la uña del
pulgar.
En el siguiente descanso, Killeen inspeccionó las botas y el traje.
Tal vez lo hubieran colocado en algún lugar difícil de encontrar.
En pocos minutos, descubrió el pequeño círculo pegado dentro de los protectores
superiores. Pero estaba partido y destrozado por los golpes que había recibido. Cuando
intentó hacerlo sonar, no respondió.
Lo arrojó al suelo y miró las colinas destruidas. La niebla matinal ascendía desde los
grandes grupos de árboles con troncos semejantes a barriles. Las ramas del árbol se
arqueaban en la forma característica, como paraguas. Los pájaros volaban trazando
círculos alrededor de esos árboles y entre las ramas esmeralda. La presencia pegajosa
todavía se advertía tras su cuello.
El transmisor circular probablemente había dejado de funcionar hacía ya mucho. Ahora
el cíber lo seguía oliéndolo por el sistema sensorial.
La idea le hizo sentir un miedo hueco, pero también lo sacudía otro recuerdo. En la
pelea del día anterior había sentido algo semejante a ese peso tenue. Era este peso el
que le había transmitido datos para ayudarlo a eludir a los cíbers.
La presencia no parecía hostil. Sin embargo, Killeen se sentía cada vez más inquieto
mientras experimentaba aquel pesado peso que vigilaba, expectante. Su mente se llenó
de imágenes como frescos del mundo real, finas como filigranas. Le recordaban
confusamente los viajes que había hecho en la mente del Mantis. Había visto enormes
cavernas de experiencias separadas, volúmenes que hacían que Killeen se sintiera
insignificante.
Ahora estaba al borde de otro abismo gris, a punto de lanzarse a él. La sensación
perturbó los latidos de su corazón y luego, lentamente, se dio cuenta de que ya no tenía
miedo. Se levantó con cuidado, inclinado sobre Shibo y caminó hasta el otro grupo de
árboles.
Algunos miembros de la Familia recolectaban plantas para comer. En los arbustos
había pequeños brotes que, según su Aspecto Ann, eran comestibles. Los árboles
grandes tenían hongos de color turquesa que formaban círculos en la parte inferior del
tronco. Una mujer Bishop los sacaba con un cortador láser y se los comía inmediatamente
con la mano libre. Ofreció algunos a los demás. Era un sabor acerbo pero jugoso.
Toby y Besen estaban mucho más atrás. Besen ya caminaba bien pero todavía tenía
círculos oscuros alrededor de los ojos y se movía con mucho cuidado, como si se sintiera
frágil.
Habían caminado unos pocos pasos cuando la mujer que estaba detrás emitió un grito.
El árbol humeaba. La mujer retrocedió un paso, cortó los impulsos láser y el árbol empezó
a emitir una llama leve, blanca y caliente. De pronto, un calor intenso formó un cono rojo
como el de una antorcha y la llama sin humo creció con rapidez.
La mujer la observaba, paralizada. Toby la arrancó del lugar.
—¡A correr! —gritó.
Killeen llevó a Besen colina arriba. Los Bishop se tomaron un instante para comprobar
los daños. Después arrancaron con un trote decidido hacia la cima mientras las llamas
crecían tras ellos. Cermo gritaba órdenes.
—¿Qué…, qué ha sido eso? —preguntó Shibo a Killeen mientras trotaban juntos. Trotar
era todo lo que podían hacer mientras subían. Cualquier otra cosa los hubiera agotado en
un momento.
—Algún tipo de fuente energética, supongo —dijo Killeen—. Los mecs debieron de
ponerlas allí, o las cultivaban.
—¿Los mecs usaban biotecnología?
—En Nieveclara sí, algo.
—Pero sólo repuestos de fábrica. Repuestos para sus propias partes interiores.
—Por lo que sabemos, sí. Parece que aquí eran mucho más hábiles.
Se detuvieron frente a la primera loma por encima de la selva. Toby y Besen se
arrastraban subiendo la colina, y detrás de ellos se cernía una pared de humo. La mujer
había provocado un feroz incendio forestal.
Al menos eso tal vez detendría a los cíbers, pensó Killeen. Trató de encontrar una
forma de usar las llamas contra los alienígenas. La idea lo llenó de energía y llegó hasta
el grupo de vanguardia, comandado por Cermo. Todavía pensaba en las posibilidades
cuando descubrieron un escuadrón de gente sobre una línea lejana de riscos altos.
—¡Tribu! —llamó Cermo—. Llegan los Bishop.
«Ese fuego os delatará», dijo una voz distante, con sorna.
—¡Hijos de puta! ¡Vosotros nos dejasteis abajo! —respondió Cermo.
«Órdenes. Su Supremacía dijo que era la única manera…»
—La única manera de salvar vuestro pellejo, querrás decir —replicó Cermo.
«Deja eso. Lo que dice Su Supremacía, se hace. Tenéis suerte de haber salido con
vida.»
Para Killeen, la actitud de la Tribu era realmente extraña. Cuando llegaron a los riscos,
encontraron filas formadas en posición defensiva. La Tribu avanzaba a buen paso hacia
un promontorio boscoso y alto. Aunque saludaron a los Bishop de forma amistosa,
muchos no parecían sentirse culpables por haberlos dejado abandonados en el campo de
batalla. Los Bishop rezongaron furiosos. Algunos miembros de la Tribu parecían
reticentes y se apartaron. La mayoría, en cambio, miraba a los supervivientes de los
Bishop con interés, pero sin pensar ni por un instante en la traición a las reglas
elementales de moral que habían llevado a cabo el día anterior.
—No os importamos una mierda, ¿eh? —espetó Toby.
—Es la fe —dijo Besen—. Su Supremacía dice que somos prescindibles, así que ellos
no lo cuestionan.
—No existe hombre más sordo que quien no quiere oír —intervino Shibo, la voz suave
por la fatiga. Había ayudado a Besen a subir la última cuesta y ya no tenía energía en el
equipo.
Killeen la miró, extrañado y ella añadió:
—Uno de mis Aspectos me dijo esa frase. Es un viejo dicho del capitán Jesús.
Supongo que necesitamos toda la sabiduría que podamos conseguir.
La situación habría sido mucho más tensa si los Bishop no hubieran estado tan
cansados. Se recostaron contra la línea de riscos mientras veían pasar más formaciones
de Familias, flancos formados contra los cíbers.
Desde el fuego de la selva, más abajo, llegaban grandes oleadas de humo aceitoso.
Killeen veía que los árboles se incendiaban y escupían sus entrañas delgadas como
lápices. Era curioso, pero los árboles se quemaban solamente en determinados puntos
del tronco. Killeen vio que el fuego alcanzaba un ejemplar muy alto. La primera llamarada
tomó la planta en la base. Después hubo otra arriba en el tronco, por encima de la
primera. Pronto había siete llamaradas blancas distribuidas a espacios regulares sobre el
tronco. La copa del árbol empezó a sacudirse lentamente; después estalló y voló por los
aires. Un gas brillante que venía del interior hacía las veces de motor propulsor. A pesar
del cansancio, Killeen se maravillaba.
El incendio forestal se convirtió en humo amargo cuando se terminaron los árboles.
Killeen sentía en la mente el peso persistente de eso que ahora llamaba «su cíber» pero
no sabía si se acercaba o no. El humo cubría el valle como un cristal oscuro y Killeen no
alcanzaba a distinguir los cíbers. Si es que estaban allí. Sin embargo, olía la humedad
neblinosa de los alienígenas a través del sistema sensorial.
Yacían bajo el sol amarillo del mediodía y dejaban que los rayos les quitaran los
dolores del cuerpo. Besen trataba de despertarse del todo y hasta hizo una broma. Era
como si todos hubieran decidido dejar de lado la presión del mundo y evocar algún
vestigio de los viejos tiempos de la Familia. Shibo intervino con una adivinanza:
—¿Cuál es la campaña más extraña?
—¿Qué es esto, un dicho de la familia Pawn? —preguntó Killeen.
—Sí —respondió Shibo, única sobreviviente de esa Familia.
—No hay campañas extrañas, se hacen con reglas —contestó Besen, con tranquilidad
razonada.
—Me doy por vencido —dijo Toby.
—No puede ser una campaña tradicional, ¿verdad? —apuntó Shibo con una leve
sonrisa.
—¿Una campaña distinta? —Toby estaba extrañado.
—Sí —dijo Shibo—. La campaña para robar champaña es la más extraña.
Era un chiste muy malo pero todos estaban débiles y se rieron. Nadie había visto
champaña desde los tiempos de las Ciudadelas, y el origen del término se perdía en la
antigüedad. Grey trató de hablarle a Killeen de la Familia Francia, pero Killeen estaba
tumbado al sol y no la escuchó. Los Bishop repitieron el trabalenguas de Shibo y él oyó la
risa que se transmitía lentamente por el grupo siguiendo la línea del risco.
Un descanso puede parecer muy largo cuando uno lo necesita en serio y Killeen tuvo
que volver de muy lejos cuando una voz atronó con fuerza.
—¿Así que estáis aquí?
Su Supremacía estaba de pie con su escolta hablando con Jocelyn. Killeen no había
registrado el comienzo de la conversación, pero ahora sentía un furia desatada contra el
líder de la Tribu.
—Nos dejasteis ahí fuera —espetó Jocelyn mirando a Su Supremacía a la cara.
Killeen se levantó mientras Su Supremacía decía con tranquilidad:
—Decidí que nuestras fuerzas eran demasiado pequeñas.
—Hemos sufrido muchas bajas.
Su Supremacía tosió levemente mientras un hilo de humo negro y aceitoso se elevó
desde el valle.
—En esta lucha heroica, hay mártires. Ya se sabe.
—Vosotros huisteis —dijo Jocelyn con los puños apretados.
—Usé la distracción del grupo de los Bishop para que el grupo principal escapara…
—¡Huisteis como cobardes!
—… de una situación insostenible. Espero que se utilice un tono respetuoso cuando
alguien se dirige a mí.
—Podríamos haber retrocedido antes de llegar al fondo del valle si usted lo hubiera
ordenado…
—Como he dicho…
—Ni siquiera me contestaban por el comunicador. No querían…
—¡Ya basta! —Los ojos de Su Supremacía brillaron con una luz extraña y pálida.
—Exijo que usted…
—Nadie puede exigirle nada a Dios. Ahora mismo…
—¡Dios, sí! Usted es solamente un…
Su Supremacía hizo un leve gesto con la mano. Uno de sus guardias se adelantó y
puso una pistola en la sien de Jocelyn como si lo hubiera hecho muchas otras veces. Ella
se quedó quieta de inmediato.
—Al castigo —ordenó Su Supremacía—. Es evidente que los demonios que atacaba la
han dominado.
Miró hacia la línea del risco donde se reunían los Bishop. Un grupo se había formado
ya detrás de Killeen, que estaba de pie sin decir nada ni moverse, casi sin parpadear.
—Y veo a otros entre los Bishop que parecen olvidar la naturaleza sagrada de mi
misión —continuó Su Supremacía. Era evidente que lo decía para hacer cundir el pánico
entre la Familia.
—¡Sois una banda de cobardes, todos! —gritó uno de los Bishop.
—Corres muy bien para ser Dios —intervino una mujer, con tono sarcástico.
Algunas manos Bishop empezaron a buscar las armas. Pero Su Supremacía había
ordenado a la escolta desenfundar las suyas y los tomó por sorpresa. Cuando vio que
dominaba la situación, dijo con calor:
—Me parece que veo demonios bailando en muchos de estos ojos. Cuidado con lo que
decís.
—Suelte a Jocelyn, mierda —bramó una voz del grupo que estaba detrás de Killeen.
—¡Sí!
—¡Hijo de puta!
—¡Cobardes de mierda!
—¡Gallina! ¡Culo sucio!
Su Supremacía hizo un gesto y dos hombres de su escolta empezaron a caminar hacia
el grupo. Trotaron hacia delante, tratando de distinguir quiénes habían gritado.
Killeen habló con voz muy tranquila:
—Será mejor que no siga o provocará una pelea.
Su Supremacía lo miró como si examinara un insecto.
—¿Te atreves a amenazar al representante de La Santidad del Todo lo Vivo?
—Solamente hago una predicción —respondió Killeen sin variar el tono de voz.
Y cuando terminó de decirlo, tuvo que cerrar la boca con fuerza para dominar una
brusca sacudida interna. El peso que se detenía detrás de su cuello era una herida
abierta. La presión le recorría el cuerpo como una corriente. Su visión se redujo a un
pequeño tubo cónico centrado en la cara del hombrecito.
Su Supremacía levantó una mano y su guardia se detuvo. Se humedeció los labios y
miró a los Bishop, que cada vez eran más. Killeen se preguntó si el hombre se atrevería a
iniciar un tiroteo tan cerca de su persona. Si la respuesta era afirmativa, los muertos
serían muchos.
Pero entonces, la mirada vacía volvió a tomar los ojos de Su Supremacía y Killeen se
dio cuenta de que el hombrecito trataría de solventar el problema hablando.
Charla. Charla vacía e inacabable. Toda la rabia y la pena de Killeen se le agolparon en
la garganta. La bilis le mordió la boca. Una tormenta se quebró en el peso que sentía
detrás de la nuca y lo atravesó como un viento huracanado.
Su Supremacía empezó a hablar:
—Marchamos a recibir otra vez la gracia de Dios que cae del cielo. Yo os digo: alejaos
de los que no creen en el camino inmaculado. La capitana Jocelyn ha cometido graves
errores. Ha causado muchas pérdidas en la batalla. Alejaos de ella, libraos de ella.
En ese momento la rabia no expresada de Killeen buscó una válvula de escape. Un
pulso de energía electromagnética zumbaba sobre su hombro. El pulso se refractó en el
aire y golpeó a Su Supremacía en la cara.
Killeen se dejó caer de costado. El disparo del cíber había venido desde arriba y su
primera idea fue que debía encontrar la fuente. Pero cuando se volvió hacia la izquierda,
sintió que un líquido dulce y súbito goteaba del peso que había detrás de su cabeza.
Comprendió que quien había disparado era su cíber. Se sentó entre los gritos y las
exclamaciones de los demás.
El hombrecito que se hacía llamar Su Supremacía había caído al suelo. Killeen se dio
cuenta de pronto de que ya no había peligro. Se levantó y caminó hasta el cuerpo
enroscado.
Los miembros de la Tribu miraban con la boca abierta a su líder caído. La confusión los
dominaba por completo. Buscaban la fuente del asesinato y no veían nada.
El loco parecía todavía más pequeño en la muerte. Killeen vio que la cara había
mantenido una expresión de dignidad y poder sólo por una gran fuerza de voluntad. En
reposo, era un rostro vulgar, blando incluso. Pero eso no fue lo que le llamó la atención. El
disparo había quemado una gran parte de las sienes de Su Supremacía, el sitio donde
generalmente se colocaban los sistemas sensoriales y de movimiento. La violencia del
golpe de calor había hecho estallar todo el material de la cabeza.
Alrededor de la línea del cráneo había un dispositivo muy elaborado, colocado por
debajo de los aparatos más comunes.
Killeen se arrodilló y extrajo ese aparato. Experimentó una sensación repelente a través
de los nervios enredados. El olor lo golpeó con la fuerza de los recuerdos.
—Tecnología mec —observó. Sacó más piel.
Shibo se arrodilló junto a él. Se le ensancharon los ojos cuando vio el escudo complejo
alrededor de la coronilla. Entraba en el cerebro directamente a través de miles de
conexiones.
—Microelectrónica.
—No tiene heridas en el cráneo. Hace tiempo que está así, supongo —dijo Killeen, muy
tenso.
—¿Qué…, qué es eso…? —inquirió Shibo.
—Debieron de traerlo antes de que llegaran los cíbers. Para cuando llegaron, ya era el
líder de la Tribu, y así es como se hizo con ese puesto de poder.
—Le daban órdenes directamente.
—Sí. Y puedes estar segura de que él las obedecía. —Killeen miró con cuidado a los
miembros de la Tribu que lo rodeaban, pero todos parecían sumidos en un estado de
sorpresa total. Ni se movían. Miraban la cabeza destrozada, atónitos y confusos. Killeen
se preguntó cómo afectaría este espectáculo la fe de toda aquella gente.
—Supongo que cuando llegaron los cíbers, los mecs lo pusieron a trabajar contra ellos
—apuntó Shibo.
—Sí. Por eso no permitía nada que implicara un ataque directo y continuo; por eso no
le importaba el precio.
—Esto… —Shibo parecía incapaz de expresarlo en palabras—. Humanos manejados
por mecs…
—Aquí somos títeres. Nada más.
—Debe de haber sido terrible. Estaba atrapado dentro de sí mismo.
—Pobre. Después de todo, no estaba loco.
18
Quath disparó con limpieza en medio de los Nadas. El angosto rayo golpeó directo
contra ese extraño Nada manejado por los mecs. Ella sintió que la presencia mec se
desvanecía, que los fragmentos empezaban a girar hacia la nada. Perfecto.
Su plan, urdido a solas en la larga noche, estaba casi listo. Hasta hacía unos minutos,
los Nadas habían estado en orden. Solamente tenía que actuar.
Pero entonces había empezado aquella discusión entre los Nadas. Y algo todavía peor:
Beq’qdahl, que se acercaba. Quath sentía que la elegancia de su plan se deshacía en
pedazos.
El tiempo transcurrió más lento para ella. Sus submentes buscaron y solucionaron los
problemas y consecuencias.
El parásito mec estaba muy bien escondido. Quath lo había sentido al pasar por la cima
de la montaña. Pero las mentes complejas de los Nadas habían oscurecido la inteligencia
de acero que se escurría como una sombra cada vez que Quath la buscaba.
En el momento del disparo, el mec se había abierto hacia fuera. Quath captó la esencia
de aquel mec, la energía delicada, dividida como un mosaico, que se había unido con
fuerza a la debilidad del Nada. Quath se extendió para comprender el perfume de aquel
defecto en los Nadas: una necesidad furiosa, negra, ahogada, de dolor y de sangre.
¡Sí! Y con una ironía monumental, aquel lugar blando y venenoso giraba sobre la
mayor fuerza de los Nadas. Su sabiduría surgía del poderoso sentido de la mortalidad.
Eso ella lo sabía. Eso les daba la energía necesaria para aferrarse a cada momento como
algo único, para recordarlo sin remordimiento, como algo incluso luminoso.
Sin embargo, muchos Nadas huían de aquella roca de poder. Su fiebre los llenaba de
fantasías y deseos. Deseaban no ser Nadas, anhelaban llegar a ser la más poderosa de
las entidades vivas, unida de algún modo con la encarnación de la naturaleza misma.
¡Locura! Era evidente que la sabiduría significaba aceptar el estado de cada uno en la
jerarquía de la vida e inteligencia. Reclamar poderes grotescos era una negación de todo
lo que enseñaba la vida.
Pero al comprender esta faceta, Quath vio que las podia se equivocaban en igual
medida. Las Verdades, la Síntesis…, ¿no hacían lo mismo, acaso? Reclamaban una
conexión entre el yo y la materia inerte. Entonaban creencias en poderes invisibles.
Los mecs eran muy inteligentes si habían descubierto esa debilidad en los Nadas. Un
escalofrío amargo recorrió el cuerpo de Quath. Se daba cuenta de que los mecs también
debían de haber comprendido las profundas motivaciones de las podia.
Con este conocimiento, los mecs tenían una inmensa ventaja sobre las podia. ¿Por
qué, entonces, les habían permitido tomar aquel planeta con tanta facilidad?
Quath sintió que el suelo se estremecía bajo sus pies y en ese instante sus mentes
tejieron los hilos leves de sospecha que habían estado allí, esperando, durante tanto
tiempo.
¡Sí! Los mecs eran mucho más de lo que sospechaban las podias. Sus submentes
crujieron llenas de incógnitas.
Habían traído a esos Nadas a la lucha contra las podia y también habían traído la nave
antigua.
Los experimentos con los quásares nunca se habían explicado.
La defensa del Centro Galáctico contra todas las formas de vida se basaba en razones
desconocidas.
Claro, dijo una de las submentes, las densidades de energía son mayores allí. Los
mecs saben cómo dominar el flujo en bruto de las corrientes y los fotones. La vida es más
vulnerable a esas energías. En el esquema más natural de las cosas, la vida orgánica no
tiene por qué desear acercarse al apetito insaciable del agujero negro. Incluso las podia,
incrustadas con cerámica y aleaciones fuertes, sufren la lluvia de protones en el espacio
profundo. Los Nadas, tan indefensos, tienen que recibir en mayor medida la amenaza de
las efusiones del agujero.
Sin embargo, habían llegado. ¿Por qué? Quath nunca había examinado este asunto
hasta el fondo; en realidad, hasta ese momento ni siquiera lo había visto como un enigma
particular.
Toda la vida, ya fuera envuelta en hueso, en caparazón o en piel frágil y delgada,
parecía sentir que el Centro Galáctico era la meta, el secreto que debían conquistar. La
clave, tal vez, para hallar el significado de sus breves existencias.
Pero ¿qué buscaban en realidad? ¿Y por qué?
¿Lo sabían las Iluminadas? El simple hecho de que hubieran discutido acerca del
destino de un Nada hablaba en contra de esa creencia.
¿Acaso los Nadas tenían una de las piezas cruciales del rompecabezas? De pronto,
esa idea no le pareció tan descabellada.
Se tambaleó durante una fracción de segundo. Después, las lecciones de décadas de
historia se afirmaron en ella. Volvió a fijar su atención en el mundo exterior, más allá del
clamor de sus sub-mentes.
Porque había empezado lo peor. La banda de Beq’qdahl se preparaba para el ataque.
Quath se había escondido entre los estratos derrumbados por encima del nido de los
Nadas. La guardia final del grupo ya había pasado y no estaban lejos de su meta.
Aquí, las fallas eran como planos fracturados sostenidos en el aire. Los salientes de
piedra se alzaban hacia el cielo argentino. Beq’qdahl y las suyas habían subido
arrastrándose entre las piedras y estaban muy cerca de los confusos Nadas.
Quath captó la señal de ataque que enviaba Beq’qdahl. Ahora desatarían el infierno.
Tenía que dar tiempo a los Nadas y avisarles.
<¡Alto!>, llamó. Dejó que la señal se diseminara en el espectro. Su Nada la sentiría.
<¡Quath!> Beq’qdahl estaba sorprendida.
<Sí, traidora.>
<¡Nos heriste, nos perseguiste!>
<Tú desobedeces a la Tukar’ramin. Hubo un tiempo en que antes habrías preferido
morderte parte de tus piernas.>
<Hubo en tiempo en que tú no eras tan estúpida.>
<¿Ah sí? Tal vez fue cuando te ayudé.>
Beq’qdahl hablaba con cuidado y trataba de disimular su furia.
<La ambición no es ningún pecado.>
<Tampoco la lealtad.>
<Yo sigo a las Iluminadas.>
<A algunas Iluminadas…>
<Aléjate de esos animales mientras trabajamos. Después hablaremos.>
<No, será mejor que lo hagamos ahora.>
Quath envió un estallido duro y directo hacia la voz de Beq’qdahl. El disparo se perdió
entre las paredes de piedra.
Empezó la batalla. Quath corría y se agachaba. Había elegido bien su posición. La
superioridad de su equipo le permitía interceptar la mayoría de los disparos. Incapacitó a
tres podia con pulsos rápidos, destructivos. Pero tenía poco armamento.
Beq’qdahl era la clave. Las otras huirían si la líder caía. Quath buscó con un aura
cónica y disparó a Beq’qdahl.
Ahora veía el verdadero ser de su enemiga. Sus metas eran simples. Chupar hilos
dulces y planificar maldades; era culpable sólo de malicia casual y de ignorancia, y estaba
armada con una gran seguridad en sí misma.
No habría sido mucho peor que eso si no se hubiera suscitado el conflicto entre las
Iluminadas. ¿Debía morir por ese accidente menor?
Quath no tenía respuesta a esa pregunta. Si sus genes de Filósofa la hubieran dejado
en paz, esos interrogantes nunca se le habrían ocurrido. Ella lo sabía. Se tranquilizó y
corrió hacia delante.
Luego llegó el momento en que Beq’qdahl quedó expuesta…, y Quath no pudo
disparar.
En lugar de eso, trepó sobre los últimos estratos fracturados y corrió directamente
hacia la banda de Nadas, que huían, disparando.
Gritos, aullidos, explosiones. Pasaron junto a ella como motas pequeñas y rápidas. Ella
llevaba sus escudos en alto y los disparos no la afectaban más que pinchazos torpes y
molestos.
¡Su Nada! ¡Ahí estaba! Emitía ondas opalescentes de calor. Ayudaba a otro Nada a
levantarse…, sí, una hembra, tenía que acostumbrarse a no pensar en ellos como
animales.
Pero Beq’qdahl también había visto cuál era el Nada de Quath. Ahora se preparaba
para dispararle.
Sin embargo, Quath no podía matarla. Era Beq’qdahl, su compañera tejedora,
Beq’qdahl…
La presencia rabiosa de su Nada se abrió paso de pronto a través de Quath con una
inercia enorme. El animal…, no, ese ser… comprendía la esencia resbaladiza y terrible de
aquel instante. Se volvió y miró a Beq’qdahl en el paisaje confuso y quebrado.
Apuntó. Disparó.
Beq’qdahl saltó en pedazos. Las llamas asomaron por su cuerpo.
Quath sintió una sacudida de dolor. Oyó el grito angustiado de Beq’qdahl, que se
diseminó como un incendio por el espectro.
Su amiga y rival estaba agonizando. El arma del Nada había quebrado su
comportamiento principal. Todavía había fragmentos ocultos en las submentes de
Beq’qdahl. A menos que Quath se acercara a salvar lo que quedaba, Beq’qdahl se
extinguiría, se debilitaría, moriría.
Un remordimiento feroz inundó a Quath. Pero siguió adelante.
Hacia su Nada. Ignoró las flechas y disparos de la multitud que la rodeaba.
Hacia la cita que había hecho con el remolino y la rotación de la gravedad y el tiempo.
19
Shibo cayó durante la primera descarga.
Los cíbers abrieron fuego desde el risco quebrado que quedaba sobre el campamento.
Lo hicieron en el momento más oportuno. La escolta de Su Supremacía todavía estaba
atónita, confusa; buscaban cubrirse sin saber de quién.
Killeen había empezado a levantarse cuando sintió que el estallido pasaba junto a sus
piernas, y entonces vio cómo Shibo recibía el golpe. Ella se dejó caer hacia delante desde
las rodillas. No se apreciaban daños visibles en su traje. Era un disparo contra la
tecnología, entonces. Él la tomó del hombro y le dio la vuelta.
—Estuvo cerca…, esta vez —jadeó ella.
—¿Sientes las piernas?
—Sí.
—¿Los brazos?
—Sí…, sí, creo que sí.
—Muévelos.
El disparo había destruido la mayor parte de su exoesqueleto, que suspiraba y se
retorcía en el último espasmo. El sostén de las costillas chilló, ronroneó y se desactivó.
Sin eso, Shibo tenía menos fuerza de la que proveían incluso las tecnologías más
simples: los protectores de pantorrillas y las botas. Si había que correr, no llegaría lejos.
Y al parecer sería necesario, imprescindible. Los cíbers se abrían paso a través de la
guardia de Su Supremacía.
—¿Puedes caminar? —preguntó él.
—No lo sé. Me duele la cabeza, estoy mareada. A ver…
Se apoyó sobre un hombro y gruñó por el esfuerzo de ponerse de rodillas. Un disparo
le pasó cerca, silbando.
Killeen empezó a ayudarla, y entonces su mente se llenó de un imperativo afilado,
definitivo. Algo le apuntaba directamente a la espalda. Lo sentía como un círculo de calor
comprimido. Le arañaba el sistema sensorial.
Se volvió para alejarse. Una onda feroz estalló en el espacio que acababa de
abandonar.
Por primera vez en su larga batalla contra los cíbers, Killeen supo con severidad de
dónde procedía el fuego. Su sistema sensorial buscó la trayectoria del disparo con
sistema Doppler y encontró un aura de niebla aceitosa entre las rocas.
Ahí estaba, era un enemigo. Sintió la inmensidad cruda del ser que lo atacaba. Era una
mente que venía desde un lugar de movimientos brillantes, desde el espacio húmedo y
oscuro, desde velocidades duras y terribles. Esa certeza absoluta, súbita, llegó como un
torrente a través del peso que se le apoyaba en la parte posterior de la cabeza.
Buscó el último proyectil que le quedaba. Lo colocó en su lugar. Apuntó con cuidado…
…y sintió que la mente se le llenaba de un arroyuelo de pena y duda. No eran
emociones suyas, pero lo bañaron como chorros de agua. Se le tensó la mano. No tenía
sentido, pero era una emoción relacionada con el arrepentimiento.
Killeen aspiró para zafarse de aquel humor sombrío, asfixiante.
—Déjame —dijo Shibo muy cerca—. Vete. Yo…
Killeen disparó. El proyectil dio en el sitio correcto.
Instantáneamente el aire se aclaró. La nevada de decepciones eléctricas ya no estaba
allí.
En un instante comprimido, Killeen sintió una espina triste de deseo. Otra vez llegó la
emoción fluida, bifurcada mil veces, que atravesaba el peso azul y sombrío clavado detrás
de su cabeza.
Vio a Besen, a cubierto ladera abajo. Toby…
Su hijo disparaba cuidadosamente desde un sitio seguro. Killeen lo llamó.
—¡Apártate! —gritó Toby.
—Vamos —dijo Killeen, y ayudó a Shibo a levantarse. Ella se tambaleó, muy débil.
El aire estaba lleno de silbidos de disparos. Los estallidos de infrarrojos detenían a las
pequeñas figuras en medio de la desesperación y la carrera. Se oía el crujido de las
microondas.
Y algo más en la bóveda del cielo, arriba, un ruido sordo, grave y duro.
Él y Toby arrastraron a Shibo hasta la ladera. Buscaban el refugio de un arroyo seco
cuando Killeen sintió más que oyó el martilleo de la persecución. Una cosa maciza se les
acercaba. Apenas tuvo tiempo de darse la vuelta y ver la piel arrugada, llena de verrugas.
Parecía más grande esta vez. El tronco semejante a un barril tenía una coraza brillante
de cerámica y se movía mediante grandes ejes tallados en una aleación de carbono.
Killeen no distinguía bien la cabeza. La piel fértil, arrugada, estaba llena de incrustaciones
de antenas y proyectores que se elevaban como espigas florecientes. Estaba envuelta en
un halo brillante. Se movía sólo para detener los disparos con que la atacaban.
Y después, estuvo sobre ellos.
Un tirón doloroso. Correr. Unos dedos como cintas que lo aferraban.
Lo hundieron en una red resistente y blanda. Las sombras lo sacudieron. Ay, no, pensó
Killeen. Otra vez.
Estaban dentro del cíber. Un olor acerado ardía en la nariz de Killeen. Sintió que el
comparti-mento húmedo y mucoso se cerraba sobre él de nuevo. Shibo, que se había
aferrado a él con fuerza, se abandonó sobre aquel material espumoso. Y entonces
sintieron la aceleración, poderosa, intensa.
Killeen vio que Shibo sangraba. No había sido solamente un ataque tecnológico.
Se inclinó sobre ella y vio que parpadeaba constantemente y que sus índices giraban
sin sentido, así que también había daños internos. Ignoró el avance del cíber y colocó un
vendaje sobre el vientre de su compañera en el lugar de donde brotaba la sangre.
—¡Toby! ¿Tienes una linterna o algo?
—No…, no…
—¡Mierda! —Killeen había usado la última lámpara que le quedaba para ver a Besen.
—Entonces…, espera, aguanta por favor, voy a… —Pero no pudo terminar la frase
porque no se le ocurría nada.
Shibo lo escuchó y agitó la cabeza. No podía hablar. Una luz nueva le inundó los
rasgos aturdidos.
Killeen se volvió para ver de dónde venía y descubrió que una de las paredes del
cuerpo del cíber se había vuelto transparente.
El cíber avanzaba a grandes zancadas. Ya estaban más allá de las formaciones y las
carreras enloquecidas de la batalla. El alienígena los llevaba ladera abajo por el risco.
Killeen vio que algunos miembros de la Tribu le disparaban, pero los proyectiles no le
hicieron daño. El cíber llegó hasta los árboles y se hundió en ese refugio como en una
cueva.
Killeen comprendió que la pared supuestamente transparente era una proyección, una
imagen falsa. Pero gracias a esa imagen vio cómo pasaba la selva a su lado, a la carrera.
Su sistema sensorial funcionaba bien todavía, aunque estuviera contaminado con rayas
errantes y flecos sin sentido. Lo extendió y sintió algo alto y macizo.
—Mierda —masculló, porque no creía lo que sentía.
—¿Qué? —dijo Toby. Se aferraba a la red húmeda que los rodeaba.
—Hay algo por encima de nosotros. En el aire. El cíber tiene miedo.
—¿Mecs? —Toby se aferró con más fuerza para luchar contra el ritmo rápido, casi
enloquecido, de la carrera del cíber. Las piernas del alienígena bajaban hacia el suelo en
una cadencia fuerte como la onda de una ola.
—No… —Killeen sintió un nudo en la garganta y le pareció que no podía respirar.
Lo inundó una ansiedad intensa, poderosa, que recorrió la aislación que separaba su
mente de la del otro.
El cíber estaba aterrorizado por lo que tenía que hacer. Sin embargo, algo así como un
sentido del deber lo empujaba hacia delante.
De pronto, giraron. La escena de la pared viró hacia arriba. Las ramas entrecruzadas
de los árboles atravesaron el azul del cielo como cables en la Ciudadela. En ese azul
profundo, creció un punto negro.
La cinta grande y larga bajó del cielo como una vara arrojada al suelo. La forma
procedía del oeste, buscándolos como un enorme dedo extendido. Ahora veían que el
Sembrador del Cielo tenía el calor de la madera antigua. Unas venas oscuras como el
carbón atravesaban la profunda superficie de caoba. Había enredaderas cruzadas sobre
las láminas extendidas, que brillaban como madera pulida.
Killeen vio todo esto en el mismo momento en que los Aspectos empezaban a gritarle.
Grey dijo:
Se mueve… alrededor del ecuador… así que baja en un lugar distinto… sembrando…
Killeen sintió que el cíber se preparaba. Aferró a Shibo y murmuró a Toby:
—Acuéstate. —Se acomodó sobre el almohadón blando y esponjoso.
Tan grande… un tercio del radio del planeta… aunque gira… nos mira como si… cayera
directo… y después se eleva en vertical…
Killeen captó la ansiedad dolorosa que inundaba al cíber, su lucha contra un terror
ancestral. El conflicto era como una charla de voces separadas que no se entendían.
Sonaban alarmas muy antiguas y había tonos razonables que pedían precaución mientras
otros urgían al cíber a cumplir con su deber. Una cacofonía de murmullos.
El ser…, no, era «ella». Killeen comprendió de pronto de que se trataba de una entidad
femenina. Sí…, pero en un sentido seco, extraño, casi mecánico.
Envió un sentimiento de confianza. Ella estaba frente a algo que era como un desafío.
Anda, envió a esa mente extraña. Hazlo.
Y en los pensamientos rápidos de la cíber sintió la victoria sobre los miedos
primordiales. Una voz solemne, clara, se alzó en medio del griterío y la confusión.
El triunfo se anunció con un rugido que surgía desde muy profundo, como un estallido
en el compartimento del grupo. La presión los hundió entre las ondas de espuma. La cíber
volaba.
La pared mostró una imagen de los árboles. Los grandes troncos pasaron fugaces
frente a los ojos de los seres humanos. La cíber se elevó entre ellos impulsada por sus
motores de vuelo. Después de un momento, volaron sobre una llanura de hojas: la cara
superior de la selva. Killeen miró el mundo, abajo, manchado, herido y cortado. Las copas
de los árboles estaban desnudas. Las ramas se curvaban hacia abajo para formar los
paraguas.
La imagen giró de nuevo y enfocó el cielo. El extremo romo y obtuso del Sembrador
bajaba hacia ellos a toda velocidad.
Pero no cayeron semillas. En lugar de eso, grandes ramas flexibles se curvaron hacia
fuera y descen-dieron a una velocidad impresionante.
Killeen vio pasar una junto a la cíber. Estaba lo suficientemente cerca para distinguir
pequeñas bandas que se curvaban helicoidalmente unas alrededor de las otras como en
las cuerdas que se utilizaban en la Ciudadela.
Docenas de estos apéndices cayeron hacia la selva. La velocidad descendente del
Sembrador del Cielo los arrojó contra las copas de los árboles. Algunos se enredaron en
las ramas superiores. Tenían músculos flexibles que se tensaron inmediatamente.
Killeen vio cómo pasaban grandes ondulaciones por los zarcillos extendidos. Contuvo
el aliento al darse cuenta de lo que iba a suceder…, y antes de que pudiera volver a
respirar, lo vio ante sus propios ojos.
Cada zarcillo prendido se alzó hacia el cielo. Simultáneamente, el extremo del
Sembrador alcanzó su punto más bajo. Durante un instante de tensión extrema, la gran
cinta colgó en el aire, derivando hacia el este. Luego empezó a subir aceleradamente.
En ese instante, un efecto de látigo recorrió los tentáculos extendidos. Y luego, el
Sembrador arrancó los árboles. Algunas ramas superiores se quebraron y cedieron. Pero
otras no. Con un movimiento brusco, las raíces se liberaron del suelo y subieron desde la
selva hacia el cielo.
Como si quisieran desarraigarse del planeta, golpearon el extremo de sus correas y
sacudieron nubes de polvo. Los zarcillos que se retraían formaron un bosque con los
árboles bajo el extremo romo del Sembrador del Cielo.
Killeen sintió un ruido sordo y duro. La pantalla de la pared volvió a virar. La cíber se
había anclado a un extremo del Sembrador. Sus patas extendieron garras para aferrarse
a la superficie.
Killeen veía arbustos y brotes. La cíber se aferró a ellos con todas sus fuerzas para
colocar ejes y sostenes sobre la superficie nudosa.
Killeen sabía por qué. El aire de los compartimentos pareció enrarecerse y ahora todo
el grupo sentía un peso enorme que los empujaba hacía abajo. Arthur le dijo:
Deberías prepararte para una aceleración sustancial. Grey calcula que tendremos que
soportar más de dos gravedades normales en los próximos segundos.
Una mano inmensa y pesada aplastó a Killeen contra el suelo. Le dolía el pecho y no
podía respirar. Toby estaba pálido y consumido al otro lado del compartimento.
—Shibo… —logró articular Killeen, pero nada mas. Ella estaba quieta y muy pálida.
El tiempo transcurrió mucho más lento. Se redujo a una sucesión de dolorosos latidos
del corazón. El sistema sensorial de Killeen parecía inundado de arena húmeda.
El compartimento se llenó de ruidos secos y huecos. Killeen trató de tocar la mano de
Shibo. Aunque usó un motor para ayudar a su brazo derecho, no consiguió mover los
dedos para atravesar el pequeño espacio que lo separaba de ella.
Esta aceleración se debe en parte a la gravedad y en parte a la fuerza centrípeta. A
medida que nos elevamos, el componente gravitacional disminuye. La fuerza centrípeta,
en cambio, es constante y…
Killeen movió los labios sin emitir ningún sonido.
—¿Cuánto… tiempo…?
Estimo por observación (no es que Grey resulte útil en esto…, no es muy clara con sus
recuerdos) que el objeto toca la atmósfera cada veinte minutos aproximadamente.
Deberíamos experimentar menos de dos gravedades durante un cuarto de ese período,
mientras nos elevamos. Eso ocurrirá dentro de cinco minutos. Sin embargo, nos
enfrentamos a un problema peor. En realidad, los efectos de ese problema ya se
evidencian.
Killeen oyó un ruido sordo en el interior de los oídos.
Estamos abandonando la atmósfera.
No había esperanza. Killeen sentía los brazos como plomo. No podía buscar el casco
ni enroscar el sello. Además, ignoraba si el maltrato de los últimos días había dejado
intactos los anillos de cierre.
El viento silbó en el compartimento.
De las pequeñas grietas de la pared, delgadas como cabellos o todavía menos, llegaba
un sonido agudo y desagradable.
Durante un momento, mientras la mano seguía aplastándolo, Killeen se abandonó sin
pensar en nada. No podía pensar. Después, ordenó sus ideas y formó un mensaje único,
simple, para la mente que lo transportaba.
Le llegó una respuesta. Difusa, nebulosa, como si procediera de varias gargantas a la
vez. La voz de la cíber.
Sí, lo intentaremos.
Algo golpeó contra la piel exterior de la cíber. Un globo azul y pegajoso rozó las líneas
de las grietas. El silbido murió. El fluido azul emitió un humo ácido. Killeen sabía que era
algún tipo de pezón interno que utilizaba la cíber. Tenía un olor muy desagradable. El
silbido del aire que se escapaba desapareció de pronto.
El peso que aplastaba el pecho de Killeen disminuyó lentamente. Logró mover la
cabeza y vio la imagen de la pantalla.
En el exterior, el Sembrador del Cielo se extendía hacia el vacío azul y negro. Killeen
miraba la longitud marrón de aquel objeto misterioso. Los brotes cercanos estaban
aplastados contra el tronco rugoso. El aullido agudo del viento los sacudía sin piedad.
El Sembrador era un gran cable extendido hacia un cielo cada vez más oscuro. Lo
cubrían láminas de ébano, conectadas por segmentos de un color rubio ceniza que
formaban una parrilla. Esas astillas aferraban la curva de madera de la corteza y el viento
no conseguía separarlas.
El rugido sólido e implacable hacía vibrar el compartimento como un ser vivo. Su
ferocidad era cada vez mayor. Killeen se preguntó cuánto podría permanecer la cíber en
ese sitio.
De pronto, el ruido enmudeció como si alguien hubiera pulsado una tecla.
Creo que acabamos de rebasar la barrera del sonido.
Killeen vio que a lo largo de toda la extensión del gran cable se elevaban puntas color
nogal. Eran como alerones esculpidos en el aire. Unas notas largas, profundas, tocaron
su oído en la oscuridad.
Se diría que se está manejando una especie de gran ala voladora. La aceleración neta
disminuye al elevarnos a la atmósfera superior. La estructura se relaja.
Otra vez estallidos.
—¿Qué…? ¿Dónde…? —consiguió decir Toby entre los dientes apretados.
—Tranquilo…
—Besen…
—Es rápida. —Killeen trató de llenar su voz de confianza—. Saldrá de esa pelea.
La herida de Shibo empeoraba. Killeen aseguró el vendaje, pero resultaba difícil
hacerlo en medio de los bruscos cambios de aceleración. Lo que más lo preocupaba era
el daño en el sistema. Deseaba poder decirle algo a Toby, algo que relajara al menos la
ansiedad que se reflejaba en el rostro del muchacho. No tenía ni idea de adonde se
dirigían.
Si la cíber puede aferrarse a esto durante otros quince minutos, tal vez podamos saltar.
Entonces habremos recorrido un sexto del ecuador y estaremos bien lejos de los otros
cíbers.
—Sí —logró articular Killeen—. Y nos aplastaremos contra el suelo.
Cierto. Nuestra aceleración total hacia abajo será considerable…, unas 2.4 gravedades.
Pero en el momento óptimo, cuando la punta casi toque la superficie, podemos bajar,
simplemente, y sentir sólo la velocidad de costado. Entonces tal vez la cíber nos lleve
volando a un lugar seguro.
Esa teoría parecía una especulación remota, comparada con la forma en que se
movían los índices de Shibo. Tenía el rostro inerte y blanco como la tiza.
En el exterior, el último resto de azul se desvaneció, convertido en negro ébano. Ya se
veían las estrellas, puntos cercanos que herían los ojos de Killeen en su luz poderosa.
Las nubes moleculares llenaban la gran bóveda con una luz fantasmal.
Los pensamientos de Killeen volvieron a su mente como un frasco de mermelada
espesa. La gran mano que lo había presionado contra el suelo aflojó la tensión un
instante. Después volvió a acelerar. Le dolía el pecho debido al esfuerzo de la respiración.
Se preguntó insensiblemente cuánto les duraría el aire del compartimento cerrado.
Estaremos en el vacío por lo menos ocho minutos más. Creo que podemos sobrevivir
con facilidad.
Pero Arthur no sentía el dolor cada vez mayor del pecho de Killeen, un dolor que se
desplazaba ahora a piernas y brazos. Si esa situación continuaba, Shibo perdería el
sentido…, y tal vez eso no fuera mala idea excepto que Killeen no sabía qué hacer para
que todos sobrevivieran. Si la cíber fallaba…
Ya no podía permitirse el lujo de especular. Vivir era suficiente trabajo. Centró toda su
atención en el esfuerzo cada vez mayor de llevar aire a sus pulmones. Le dolía el
corazón, que latía cada vez más lentamente, como en espasmos torturados.
Buscó a Shibo con movimientos torpes. Un movimiento leve en la punta de los dedos le
dijo que todavía respiraba.
Formuló una pregunta, lentamente, y la mostró a la cíber a través de su yo consciente,
cada vez más asediado y pobre.
Somos Quath’kkal’thon. Te habíamos llevado antes.
—¿Qué…, qué es lo que pasa…?
Debemos ajustar nuestra dinámica con cuidado.
Killeen no entendía. Miró hacia el exterior y vio la curva marfileña del planeta que
atravesaba la pared pantalla. Más allá colgaba la cuerda cósmica, quieta como un arco
ambarino apagado.
Sintió que la cíber se balanceaba y giraba en ondulaciones lentas. Veía venir grandes
ondas desde el centro del Sembrador del Cielo hacia ellos. Ondas excitadas por la
turbulencia del aire. Cuando llegaban a las puntas, producían un ruido agudo como el de
un látigo en el aire. La cíber se aferraba con fuerza.
Las vibraciones habían apartado la mano de Killeen del cuerpo de Shibo. Rodó para
observarla y el dolor le quebró el hombro de un manotazo. Shibo tenía los ojos hundidos.
Killeen no sabía si su compañera todavía respiraba.
A medida que se alejaban del planeta, pudieron ver todo el disco. La extracción
repetida del material del núcleo había aplastado los picos de las cadenas montañosas.
Los ríos habían encontrado nuevos cursos. Los lagos se derramaban en nuevas cuencas
fangosas y dejaban al descubierto enormes llanuras amarronadas.
Ahora veía todo el Sembrador, curvado como una serpiente delgada que quisiera
morderse la cola. El extremo más lejano golpeaba la atmósfera. Las ondulaciones corrían
como ondas en un cable, a partir de la colisión supersónica de aquel ser colosal con la
capa de aire del planeta.
Killeen observó el cable de nuevo y se dio cuenta de que algunos de los zarcillos más
gruesos latían con fuerza. Tenían bultos enormes que se contraían rítmicamente.
Comprendió de pronto que el Sembrador del Cielo tenía que hacer circular sus fluidos,
como cualquier otro ser vivo. Esos tubos primitivos y marrones eran como el corazón de
un vegetal y funcionaban contra la presión constante del giro del Sembrador. En algún
lugar bajo la corteza granulosa, había algo semejante a un músculo que se deslizaba y
apretaba para corregir los desplazamientos y las masas, y mantener la rotación regular y
permanente de aquel organismo enorme.
De pronto, con el rabillo del ojo, descubrió grandes columnas de gas que estallaban
muy cerca, sobre el horizonte. Géiseres luminosos que atrapaban los rayos del sol. La
cíber lo comprendía. El gran cable necesitaba respirar aire durante el pasaje, para
mantener la rotación. Después lo exhalaba y probablemente quemaba los gases y de
paso conseguía más energía. Eso compensaba la inercia captada por la turbulencia
supersónica de la atmósfera.
Lo comprendió todo mientras luchaba contra la presión creciente. Pensaba lentamente
ahora, como distanciado, apenas capaz de permanecer consciente.
Después, algo pasó volando junto a ellos y le llamó la atención. Luego vio una segunda
forma tubular y algunas bolas amarillas que se quemaban a intervalos regulares a lo largo
del gran cable. Recordó el fuego en el bosque. Los árboles que habían arrancado los
zarcillos de la selva eran los árboles paraguas, los árboles del incendio.
Logró sorprenderse a pesar de la presión del pecho. Las selvas de árboles paraguas…,
sí, debían de haber crecido de las semillas del Sembrador. Y ahora, el Sembrador las
arrancaba con los zarcillos de cosecha y se las llevaba. Killeen había creído que los
árboles eran fuentes de energía de los mecs, pero ahora veía que la energía química
almacenada en ellos les servía para despegarse de la madre planta.
Otro árbol. Las columnas amarillas de gas lo lanzaron con fuerza y velocidad. Salió tras
sus compañeros que ya parecían troncos voladores, cada vez más pequeños en el
horizonte.
Después de discutirlo con Grey (y te aseguro que es un proceso muy difícil) calculo que
nuestra velocidad supera los trece kilómetros por segundo. En tus términos…
—Olvídalo —murmuró Killeen—. ¿Qué significa esto?
Esta criatura —me resisto a aceptar que sea solamente una planta porque tiene
muchas funciones semejantes a las de los animales, incluyendo un sistema circulatorio
activo— está esparciendo a su progenie. La deja aquí, en la punta del arco, con la
velocidad máxima. Llegan con facilidad a los límites exteriores del sistema solar. Desde
allí, pueden caer hacia otras estrellas. En pocas palabras: es una siembra.
Killeen miró a Shibo y pensó en una forma para reparar la avería en el sistema, pero no
encontró ninguna. Ella estaba cada vez más pálida.
Te repito las especulaciones de Grey, claro. Ya he hecho los cálculos, y lo que dice me
parece probable, aunque no mucho.
—¿Así que en cada uno de estos árboles…, hay la semilla de otro Sembrador del
Cielo?
Killeen apenas podía respirar. Miraba los árboles que despegaban en sus columnas de
llamas. Nadar en ese mar de estrellas. Crecer y transformarse en otros Sembradores del
Cielo. La vida persistente, innegable en los árboles que colgaban todavía por encima del
cuerpo inerme de Shibo.
De pronto, le pareció que los huesos se le estiraban. Buscó a Shibo y no consiguió
alcanzarla. Unas notas bajas y distantes atravesaron el cuerpo de la cíber mientras las
ondas recorrían la superficie de madera.
De pronto, la alienígena dejó de aferrarse a la corteza. Todas sus piernas visibles
soltaron las garras de acero y empujaron la superficie amarronada. Al instante, el peso
desapareció. Killeen flotó en libertad.
—¿Estás…? —Killeen abrazó a Shibo. ¿Parpadeaba?
En un silencio absoluto, la cíber se despegó de la silueta delgada del Sembrador del
Cielo. La cinta giratoria apuntaba ahora directamente hacia el planeta herido.
Estamos en la dirección correcta, llegaron los extraños pensamientos líquidos de la
cíber. Mis hermanas han detenido el Círculo Cósmico para que no constituyera un peligro.
Estamos entrando en la órbita de enlace.
—¿Adonde vamos?
A la estación. Tu nave está allí. Tu especie tiene una misión.
—¡Date prisa! Hay equipo médico en el Argo.
Killeen miró adelante y vio un brillo que lo llamaba, lleno de promesas.
Pero Shibo murió mucho antes de que pudieran alcanzarlo.
EPILOGO – NAVEGANDO CON LA MAREA
El capitán volvía a caminar por el casco.
Parecía haber pasado mucho tiempo desde la última vez. Eran sólo unas semanas, en
efecto. Pero el tiempo no podía medirse por el ritmo de árbitros invisibles. Dejaba sus
marcas indelebles en el alma.
En ese otro momento, tan distante, había visto acercarse la estación y se había
preguntado qué fuerzas la dominaban. Le habían preocupado problemas de estrategia.
Se había preguntado si debía asaltar la gran construcción plateada o pasar de largo.
Ahora también la veía, una raya dura como el platino, iluminada, cerca de la curva marrón
de Nueva Bishop.
El nombre parecía una burla. Los Bishop habían encontrado allí los mismos desafíos
de siempre. El planeta había significado más lucha, no un destino pacífico y feliz. Y
también pérdidas. Graves pérdidas, pérdidas amargas.
—Shibo —dijo—. ¿Funciona ese nexo?
La leve voz llegó desde lejos, como con dudas:
«Sí…, sí…»
—¿Toby?
«Estoy aquí, papá…»
Sí, pensó Killeen. Estamos aquí. Todos unidos de la única forma en que podemos
estarlo ahora.
Toby estaba en la sala de controles con un aparato muy complejo sobre la cabeza. Un
nexo de comunicación lo unía con Killeen. Y Shibo… era sólo un Aspecto en la mente de
Toby.
—¿Estás seguro de que no le perjudicará? —preguntó Killeen.
—No, papá. Confío plenamente en los conocimientos tecnológicos de Shibo.
Shibo había establecido esta unión. Normalmente, un Aspecto no puede hablar a
través de su huésped. El término para esta anomalía es «tormenta de Aspectos». La
Familia tomaba medidas inmediatas para acabar con los chips que provocaban tormentas
en el cuello del huésped.
Pero esto era diferente. Killeen estaba conectado directamente a la sensación de Shibo
que recibía Toby. El complicado aparato era un invento de Shibo y si se usaba con
cuidado, tal vez ampliaría las habilidades de la Familia. Era una modificación de viejas
técnicas de la Familia Pawn, decía Shibo.
Hasta el momento no había habido necesidad de recurrir a este recurso, sobre todo
porque aquel tipo de operación rozaba el límite de los tabúes de la Familia.
Pero ahora la necesidad era imperiosa y podía más que cualquier tabú. Solamente la
habilidad de Shibo para comandar el Argo podía salvarlos.
—¿Ves mejor la nave cíber?
La voz susurrada de Shibo le contestó enseguida:
—Acaba de ejecutar otra maniobra.
—¡Mierda! ¿Qué dice Quath?
—Está calibrando algo —respondió Toby—. Si quieres, puedo conectarla aquí.
—No. Que trabaje. Su última estimación indicaba que todavía teníamos unos minutos
antes de que empezaran a disparar…
—El Argo está listo —informó Shibo con seguridad.
Killeen todavía tenía problemas para acostumbrarse a aquella voz. Era un Aspecto
incorporado y daba la sensación de ser una personalidad completamente operativa. Él y
Toby habían logrado poner el cuerpo de Shibo en la sala de grabación del Argo antes de
que hubiera demasiado daño por falta de oxígeno. Las máquinas habían hablado de
equilibrios de potasio y de matrices digitales, pero todo eso había pasado muy lejos de
Killeen, bajo una capa de vidrio.
Sabía por experiencia que alguna gente sobrevivía a heridas terribles y pérdidas de
sangre mientras que otros morían de lo que parecía un rasguño. Sin embargo, este
conocimiento no le había ayudado cuando Shibo se le escapó entre las manos y sus
sistemas marcaron cero para siempre.
Toby había recibido el Aspecto. No solamente porque había reglas familiares que
prohibían albergar a un amante muerto, sino porque hacerlo, significaba desafiar al
destino. No, era evidente que Killeen no estaba preparado para recibir al Aspecto de
Shibo. Sólo consiguió recuperarse cuando oyó la voz de ella a través de Toby. Ella
bromeó y se burló hasta que logró arrastrarlo de nuevo al mundo. Además, él necesitaba
aferrarse a aquella voz.
Pero era sólo una voz. Nunca la vería de nuevo, nunca tocaría aquella piel suave ni
vería brillar la picardía en sus ojos como antes.
Se obligó a interrumpir sus pensamientos. Era una estupidez. No tenía sentido.
Se lo había dicho cientos de veces en los últimos días. Dominaba sus emociones sólo
porque sabía que debía pilotar la nave. El caos no esperaría a verlo recuperado para
cernerse sobre ellos.
Observó otra vez la curva de Nueva Bishop. Todavía se veían los brillos de las
explosiones en la oscuridad. El conflicto cíber continuaba allí abajo, pero ahora estaban
triunfando las aliadas de Quath.
La Familia había tenido suerte de perder sólo a doce miembros en ese trance. Habían
logrado escapar solamente porque los asuntos de los humanos eran indiferentes para los
cíbers.
Cermo y Jocelyn habían conseguido sacar a la Familia del planeta. En el caos que
siguió a la muerte de Su Supremacía, reunieron a la Familia y escaparon de la Tribu.
La revelación de que Su Supremacía estaba manejado por los mecs había bastado
para derrumbar toda la organización tribal. Los cíbers que quedaban siguieron
provocando bajas, pero ellos tampoco tenían un líder.
La confianza de Cermo y la rapidez de Jocelyn frente a lo que parecía el desastre final
arrancaron a la Familia Bishop de la batalla justo a tiempo. Killeen conocía bien las
dificultades de una maniobra como aquélla, la más intrincada de las hazañas tácticas.
Había condecorado a los dos oficiales.
Pero nada de eso habría tenido importancia sin la ayuda de Quath, claro. Ella había
llevado el Flitter a la superficie porque entendía que había que mantener unida a la
Familia.
En la guerra entre las facciones cíbers, una banda de humanos carecía de importancia.
Los Flitters habían devuelto a la Familia a bordo. Nadie les disparó.
Algunos miembros de la Tribu habían corrido hacia los transbordadores. Se reunieron
frente a los Bishop y pidieron un lugar en la huida.
Killeen dudó. No podía confiar en nadie que hubiera pertenecido a una Tribu dominada
por los mecs. Se habían llevado a la mayor parte de la Familia Seben y algunos
elementos rebeldes. Pero cuando llegaron a la nave, examinaron cuidadosamente a
todos. Tres tenían cables mecs en el cráneo.
Los mataron. Una decisión difícil de tomar, pero Killeen sabía lo que debía hacer.
Durante un tiempo, se torturó con la idea de que a él la decisión le había resultado más
fácil porque no había tenido que llevarla a cabo. Jocelyn y Cermo lo hicieron sin dudar ni
un instante. En cierto modo, eran mucho más duros que él.
Tenemos datos que pueden reconciliarte con el resultado, le llegó el mensaje confuso
de Quath.
La gran alienígena estaba dentro de la nave, pero eso no impedía la comunicación
entre ambos. Killeen no entendía cómo se realizaba ese proceso y suponía que nunca lo
averiguaría.
Quath no hablaba con frases claras. Killeen tenía que enmarcar las vagas impresiones
que recibía en algo semejante a una serie de palabras para poder comprenderlas en
profundidad. Era como avanzar a través de una niebla con brisas congeladas en el rostro.
Cada roce aportaba una nueva comprensión, y al mismo tiempo, dejaba innumerables
preguntas sin contestar. Y la niebla seguía firme en su sitio.
Killeen no entendía lo que le decía Quath.
—¿Cómo?
La Tukar’ramin es más fuerte ahora. Los elementos rebeldes que quedaban huyen. Las
Iluminadas de buena voluntad obtendrán el triunfo.
Eso sólo daba a Killeen un vaga idea de los hechos inmensos que se desarrollaban
alrededor de Nueva Bishop. Ahora, después de días de comunicarse con Quath, sabía
que nunca lograría entender todo lo que le decía la alienígena. Muchas de sus
explicaciones eran ininteligibles. Las Iluminadas al parecer eran inteligencias superiores,
pero no tanto como para evitar desacuerdos que se dilucidaban por la fuerza. La tarea de
Killeen era intentar que esos conflictos no destruyeran impensadamente a su Familia.
—Y eso, ¿en qué nos afecta?
La Tukar’ramin garantizará la vida a los miembros de tu especie que se quedan en este
mundo.
Killeen envió varias preguntas a Quath para asegurarse de que había entendido bien.
Se sintió aliviado. La Familia Bishop tenía una deuda con la Tribu, que los había recibido
en un mal momento. Esa deuda se había saldado con la traición de Su Supremacía, pero
se alegraba de que los vestigios de humanidad que quedaban en el planeta tuvieran
oportunidad de seguir adelante.
—Envía mi agradecimiento —dijo Killeen. Las palabras eran inadecuadas, pero sabía
que Quath intuía el significado de sus sentimientos, y que los transmitiría a la Tukar’ramin,
fuera quien fuese.
Le pareció que el cielo se abría a su alrededor.
—¿Significa que la nave que nos sigue se detendrá?
Esta vez la respuesta fue muy clara.
No. Los elementos renegados enviaron esa nave en una última maniobra desesperada.
No podemos detenerla, Cuando se acerque, disparará.
—¿Puedes desviar los disparos?
Una vez. ‘Tal vez dos. No durante mucho tiempo.
La respuesta de Quath venía marcada con malos presentimientos. La alienígena
esperaba y temía, pero había otras emociones subyacentes que Killeen no podía
describir. Parecían como estallidos de vidas separadas, fragmentos de posibilidades.
Nunca estaba seguro si se dirigía a una u otra de las innumerables facetas de Quath en
un momento dado. A veces, la criatura era increíblemente paciente. Otras, Killeen sentía
que hablaba con un criado muy ocupado mientras la dueña de la casa se movía en otra
parte de la propiedad.
Pero al menos, la naturaleza de la alienígena se desdoblaba lentamente ante su vista.
Había otros misterios que nunca conseguiría resolver. Killeen amplió el poder de sus
sistemas óptimos, pero el borde de Nueva Bishop ya era casi invisible. Los depósitos de
los cíbers parecían enormes en ese momento, un cordón que trazaba un círculo lejano
alrededor del planeta. Esas estructuras macizas, impresionantes, ¿podían realmente
capturar y dominar la energía de una estrella? La tarea parecía imposible hasta para
criaturas capaces de absorber el núcleo de un planeta.
Todavía quedaba un misterio en Nueva Bishop. Killeen captó un movimiento lento a lo
lejos y supo que el Sembrador del Cielo seguía con su tarea. Más secretos.
Nunca averiguaría si aquella entidad era consecuencia natural de la vida o una
construcción de ingeniería imaginada por seres de habilidad antigua e impresionante.
Casi no podía creer que aquel ser llevara a cabo propósitos tan complejos obedeciendo
órdenes atemporales incrustadas en la química y la genética de su cuerpo. Semejante
complejidad parecía imposible sin inteligencia. Pero debía admitir que no sabía nada de
los hechos que sucedían a semejante escala. Una inteligencia de orden inferior no puede
juzgar los límites de las cosas.
«La nave cíber acaba de dispararnos», anunció la voz de Shibo.
—¿Tiempo y dirección?
«No lo sé. Se acerca con rapidez.» Todavía sentía dolor cuando oía esa voz.
—¿Qué…, qué hace?
«Trucos, supongo.» El Aspecto Shibo era tranquilo y eficiente. Killeen se obligaba a
recordar que ella no había experimentado su propia muerte. Esa Shibo era la mujer que
recordaba que Quath la había tomado en su seno. Y luego, nada más. Sería eternamente
esa persona, no otra.
—¿La tripulación está lista? —preguntó él.
«Sí, señor», respondió Jocelyn. «Preparados.»
—Controla los sellos otra vez.
«Ya lo he hecho, señor.»
—He dicho otra vez.
Jocelyn había sido muy obediente desde que ella y Cermo volvieron al Argo. Su
liderazgo durante la huida de la Familia había mitigado el antagonismo entre ella y Killeen.
Una vez en la nave, ella había aceptado a Killeen como capitán sin protestas. No se había
rebelado. Pero Killeen sabía que la ambición de Jocelyn estaba apaciguada, no destruida.
Una pausa.
—¿Cómo va? —preguntó Killeen.
«Tenemos un pequeño problema…»
—¿Qué? —urgió él, impaciente.
«El sello está roto. Lo estamos reparando.»
La nota dolida en la voz de Jocelyn hizo sonreír a Killeen. Había ordenado que toda la
tripulación que no participara en las operaciones cruciales de la nave trabajara
constantemente en los corredores inundados de basura y agua corrompida. Los
elementos de la Familia Seben y otros miembros de la Tribu se habían rebelado, pero él
había vencido la resistencia.
Alguien tenía que hacer ese trabajo, después de todo. Quath había caminado con
torpeza por la nave abandonada. Había encontrado los Legados pero había quebrado la
cubierta justo en el lugar por donde pasaban los conductos. Ahora el desastre se extendía
a lo largo de tres cubiertas. Habían sellado la zona utilizando mecanismos de vacío.
La tarea había consumido tiempo y trabajo que habrían podido destinarse a construir
defensas…, pero de todas formas las armas de los pequeños humanos apenas podrían
oponerse a los atacantes. El Argo sólo disponía de escudos.
Los misiles cíbers tal vez se confundirían con los trucos de Quath, pero ella estaba
segura de que eran armas inteligentes. Eso significaba que cada una de ellas aprendería
de los errores de la anterior. Si Quath fallaba…
Killeen trató de ver al enemigo.
—¡Shibo! Quiero ver la parrilla.
La respuesta fue una imagen cuadriculada en el ojo izquierdo. Tres puntos rojos
rastreaban el Argo, y eran cada vez mayores.
Killeen volvió a visión normal. Había decidido enfrentarse al destino ahí fuera, donde
podía ver y juzgar las cosas con sus propios ojos. Las ayudas electrónicas eran
excelentes, pero había un cierto sentido de la dignidad humana que le impelía a usar sus
propias capacidades en un momento como ése. Un capitán debía saber decidir según los
consejos de su propia experiencia.
Por otra parte, el exterior era más seguro si las cosas se ponían feas. Tenía oficiales
apostados en cada puerta para evacuar a la tripulación si el casco del Argo se partía. No
sabía cómo sobrevivirían sin una nave, pero esos preparativos le daban algo que hacer
antes de la batalla. Cualquier cosa era mejor que dejar que la tripulación esperara inactiva
en una agonía inacabable.
Claro que él estaba quieto ahí fuera. Justamente lo que no quería que hicieran los
demás. Dejó de darle vueltas al asunto y caminó por la leve curva de la nave. El Argo
estaba colocado en dirección opuesta al sol. La luz cada vez más leve de las estrellas
hacía que las nubes moleculares parecieran mucho más cercanas. El Argo enfilaba hacia
el disco terrible del Comilón.
«Vienen», envió Shibo.
—¿Quath?
Estamos actuando.
Killeen contuvo el aliento. De pronto, el primer misil viró hacia el costado. Tembló y
luego se alejó.
Hemos engañado al primero.
Justo en ese momento, el misil se convirtió en una bola carmesí.
—¿Shibo?
«Detenemos los ultravioletas con los escudos.»
—Bien.
Pero esa amenaza era trivial. El propósito principal de los misiles era muy simple:
romper el casco del Argo
Los dos misiles que quedaban se habían convertido en discos rojos sobre la parrilla de
Shibo.
Estamos tocando el segundo.
Uno de los discos tembló y cambió de dirección al azar. Killeen vio cómo explotaba:
otro globo carmesí.
Lo intentamos con el tercero.
—¿Hay más detrás?
Todavía no.
Entonces, había esperanzas.
Estamos…, dificultades, dificultades…
Por primera vez, el tono de Quath estaba teñido de impresiones de guerra. Killeen tuvo
la sensación de que veía varias mentes que gritaban y luchaban para conseguir un sólo
propósito. Antes de captarlo del todo, sintió una urgencia pesada, terrible.
Hemos fallado…, hemos fallado.
La muerte creció detrás de Killeen. Killeen la veía en esa forma débil que se acercaba.
—¡Quath! ¿No hay…?
No. Se resiste a mis engaños.
Killeen miró el punto que crecía progresivamente. En la claridad bien definida del vacío,
sintió como si pudiera estirarse y golpearlo. O arrojarle algo. En el espacio, hasta las
cosas más insustanciales…
La idea era tan simple que lo sorprendió.
—Jocelyn! ¡Cermo!
«¡Sí!»
—¡Abrid los sellos! ¡Ahora!
«Sí, señor», contestaron al unísono.
De las tres aberturas del Argo surgieron nubes oscuras. Los sellos de mantenimiento
se habían abierto en la zona contaminada de la nave. Ahora el aire salía disparado hacia
fuera, llevándose con él los líquidos corruptos y la basura. Todo lo que quedaba salió
hacia el vacío a gran velocidad.
La luz del sol se enredó en las nubes de suciedad que aumentaban cada vez más. De
pronto, se extendieron como láminas grandes, abiertas. Alas amarillas que se retorcían,
como si el Argo se deslizara golpeando en el vacío. Detrás de la nave se abrieron varias
estelas ambarinas y, luego, el Argo aceleró para alejarse de ellas.
Killeen se quedó de pie en el casco, por delante de la primera abertura para que lo
tocara el líquido. Durante un largo instante, los fluidos parecieron estallar bajo la luz del
sol. Salían de la nave en un torrente y cada uno agregaba mayor claridad a la estela
temblorosa.
—¡Shibo! ¡Vector lateral!
El Argo viró. Shibo había apagado los motores en uno de los flancos. La nave se
escoró.
Killeen ya no veía al enemigo. La niebla luminosa lo oscurecía todo. Esperaba que el
misil también se confundiera.
—¿Quath?
Se acerca muy rápido. Acelera.
—¡Poned en marcha el motor principal!
Killeen se aferró a una tubería para sostenerse. El Argo aceleró de pronto.
Y de pronto, allá atrás, estalló la gloria. El plasma del motor golpeó la nube de
desperdicios. Los iones agitados provocaron una radiación. Como una linterna que jugara
en medio de la niebla más cerrada, el material de desecho encendió una gran burbuja
irregular de gotas luminosas.
Killeen se aferró a la tubería para contrarrestar la aceleración. Había hecho todo lo
posible. Ahora…
Una bola de fuego brilló muy cerca de la nave. Iluminó la niebla por debajo, formando
ondas encendidas.
—¡Han fallado! —gritó Killeen.
«Joder!», exclamó Cermo.
Shibo rió. La voz cantarina tintineó en los oídos de Killeen.
«¡Que coman mierda!», volvió a aullar Cermo.
—Eso es lo que hacen —dijo Killeen—. ¿Shibo?
«No hay informes de daños.»
—Explotó, donde creyó que estábamos. No pudo atravesar esa porquería.
La risa se desgranó por el comunicador, Killeen se unió a ellos: no podía dejar de reír.
—¿Quath?
No detectamos más misiles. Tal vez ese engaño funcionó. La nube radiactiva emite
frecuencias típicas de componentes orgánicos en combustión.
—-No me sorprende —asintió Killeen—. Esa nube tiene componentes orgánicos.
Sin embargo, la nave que nos persigue los interpretará como evidencia de que el casco
se ha quebrado. Es inteligente.
—¿Crees que dejarán de seguirnos?
Eso parece.
—¿Estás segura de que no hay más cíbers enemigos?
Nos lo aseguró la Tukar’ramin. Nuestra victoria es absoluta. Las Iluminadas tienen de
nuevo el poder.
—Me alegro de oírlo —dijo Killeen. Todavía se enfurecía al pensar que la Familia había
sufrido todo aquello por culpa de una disputa entre facciones de seres que él no
conocería nunca.
Dejó que se le pasara la onda de irritación. No tenía sentido abrigar resentimientos
contra seres cuyos motivos eran tan extraños, tan poco humanos. Pensaba que a veces
comprendía algo de Quath, pero sabía que la esencia profunda de ese ser se le
escapaba. ¿Quién habría pensado, por ejemplo, que los Legados del Argo podrían
significar algo para una cíber cuando no comprendían las frases más simples? Las
Iluminadas habían ordenado que llevaran los Legados de vuelta al Argo. La orden se
había cumplido justo en el momento en que el Argo salía de la estación y las cíbers
rebeldes habían tratado de destruir el Flitter que los transportaba. Las Iluminadas habían
gastado nave tras nave para defenderlos.
¿Por qué?
Killeen agitó la cabeza.
De pie bajo el cielo, bajo toda aquella majestad incandescente, se sentía más tranquilo.
Caminó por el casco mientras la estela luminosa se desvanecía en el espacio. Unos
pocos minutos más y aquel descanso lo prepararía para las tareas de capitán. Necesitaba
serenarse.
Una risa poderosa recorrió el comunicador. Que lo celebraran. La Familia necesitaba
un poco de alivio. Después tendrían que vigilar bien a la nave que los había perseguido.
Se permitió una sonrisa. Tal vez, sólo tal vez, estaban casi a salvo.
Pero ¿hacia dónde huían? Miró adelante. Hacia la terrible majestad azul caliente del
disco que rodeaba el Comilón. Era un largo viaje y tendrían que prepararse para lo que
los esperaba en ese lugar.
La Familia… Todo había cambiado desde que los supervivientes de los Bishop huyeron
de la Ciudadela destruida de Abraham hacia la desolación de Nieveclara. Se habían unido
a restos de las Familias Knight y Rook para huir de aquel mundo. Lo habían visto mucho
después como un punto en un océano de noches.
Ahora, la Familia estaba herida otra vez…, y se le habían unido miembros nuevos que
aportaban la herencia de otro mundo. Una totalidad diferente. Tal vez un sol más grande.
Se volvió y caminó por el casco, provocando ruido con las botas sobre los anclajes
magnéticos. La nube que se expandía poco a poco se hacía también cada vez más tenue
y ya dejaba pasar un poco de luz. Ahora podía distinguir el pequeño círculo dorado allá
atrás. Estaba más lejos que el enemigo, pero Quath decía que aceleraba con fuerza.
Pronto se acercaría al Argo.
Killeen trató de imaginarse el tipo de naves que podrían transportar la masa enorme de
la cuerda cósmica. Bueno, ya las vería. Cada cosa a su tiempo.
La gran hoz de las cíbers los seguiría hacia el Comilón, había dicho Quath. Así lo
habían decretado las Iluminadas. Habían detenido la destrucción del planeta para enviar
al anillo con el Argo. Habían interrumpido el trabajo de millones de cíbers. Pero nadie
sabía por qué.
¿Y después? Todavía quedaba el enigma del ser electromagnético. En algún lugar allí
delante, anclado al disco del Comilón.
El contacto leve de Killeen con aquella mente, allá en Nueva Bishop, había insinuado
mucho sin explicar nada. Había hablado de su padre. Tal vez Killeen había tentado al
destino al dar al sol que se desvanecía detrás de la nave el nombre de Estrella de
Abraham. Pero tal vez Abraham era una de las claves de todo aquello. Sin embargo,
¿cómo era posible que su padre, perdido en la caída de la Ciudadela, figurara en las
palabras de una tenue mente magnética? ¿O acaso aquella mente magnética podía
resucitar a los muertos?
Sintió que su Aspecto Grey le reclamaba atención. Su voz le llegó lentamente, como si
cruzara el abismo del tiempo que separaba a Killeen de la Era de las Arcologías.
Había informes… una vez vi… incompletos… muy antiguos… Algunos decían… antes de
los Candeleros… antes de los Primeros incluso… una cultura… origen legendario,., cuando
los humanos vivían… bajo la voluntad de seres más vastos… Los dioses se movían en el
cielo… fijaban… destino de hombres… y bestias… En esos tiempos… la humanidad se
arrastraba… en el suelo… bajo cielos torturados… donde había cosas grandes… que
vivían cómodamente… Algunos pensaban que esos seres superiores… eran dioses. Pero
la vida de los seres humanos tenía sentido… a pesar de su irrelevancia… en el esquema
general de las cosas. Así que no te desesperes… la humanidad ha encontrado antes
voluntad e inspiración… en un lugar llamado Grecia.
Killeen asintió. Así que incluso aquello era antiguo. Las alegrías más sentidas y las
derrotas más terribles de la humanidad habían sido meros entretenimientos marginales,
pequeños dramas al pie de las grandes entidades.
No importaba que se les diera el nombre de dioses o de productos superiores de la
evolución. Tal enormidad desafiaba cualquier definición. El Sembrador del Cielo estaba
vivo, pero Killeen no sabía si había sido pensado o había aparecido, simplemente. Tal vez
aquella distinción resultaba absurda a semejante nivel de grandeza.
Miró el cielo. Dedos de fuego anudado desplazaban las nubes moleculares. Las
tormentas golpeaban las estrellas al pasar. Mareas de luz subían y bajaban con majestad
inimaginable. En medio de todo aquello, navegaba el Argo, apenas un puntito
insignificante.
—Shibo —murmuró Killeen—. Te amo.
Le pareció que las palabras eran nuevas y que las pronunciaba por primera vez en todo
el universo.
APÉNDICE – CRONOLOGÍA DE LA ESPECIE HUMANA
(VERTEBRADOS SOÑADORES) EN EL CENTRO GALÁCTICO
Este resumen se preparó a petición tuya, para que puedas entender el punto de vista
humano. Confieso que eso me parece casi imposible incluso para seres de clase
antología, como yo, y probablemente para cualquier entidad que no provenga de una
base orgánica inicial. Sin embargo, trataré de tomar la versión humana en cuanto sea
posible a pesar de lo distorsionada e inadecuada que pueda resultarnos.
Estos asuntos no nos interesaban hasta los sucesos extraños de la caída de la
Ciudadela Bishop (véase apéndice 1). El esfuerzo por entender esa circunstancia me llevó
a involucrarme con los humanos que escaparon de nuestro exterminio.
Utilicé a los supervivientes para mis propósitos. Hace poco partieron en una nave
antigua de construcción humana. Llegarán al Mundo #l936B. La competencia destructiva
entre ciudades que existe allí tal vez cambie con la llegada de estos seres. He arreglado
que los reciban nuestros representantes, siempre que la situación no se haya deteriorado
aún más en el momento de su llegada.
Sin embargo, tal como se aclara en el apéndice 2, la salida de los humanos de
Nieveclara y su llegada al Mundo #l936B también tiene otras funciones en este momento.
Estos humanos no comprenden en absoluto el contexto general, pero tal vez nos
proporcionen más información útil. A la luz de nuestra ignorancia acerca de estos seres,
las entidades superiores han decidido permitir su supervivencia mientras no resulten
demasiado molestos para sus proyectos.
[Nota: Esta entrada es un resumen de archivos más largos. Los tiempos están
manejados en medidas del espacio-tiempo plano, aunque han ocurrido algunos hechos
importantes en las geometrías curvas de las magnetosferas de los quásares y en las
cercanías del agujero negro. Se incluyen notas referentes a un refugio humano en
particular: el planeta Nieveclara.]
Los manuscritos y datos existentes permiten algunas descripciones preliminares de
hechos que llevaron al momento actual. El esquema histórico de la humanidad puede
dividirse en períodos que reflejan estados en el proceso de declinación permanente de los
seres humanos en el Centro Galáctico. Se utilizan siempre los términos humanos, aun en
los casos en que resultan inadecuados y confusos.
Tiempos de Gloría
Es una edad muy mal recordada, que abarca varios milenios. Los seres humanos se
movían con libertad entre las estrellas cercanas al Centro. Pero incluso entonces debían
permanecer lejos de la civilización mec.
La leyenda de los humanos sostiene que llegaron al Centro en varias oleadas
colonizadoras.
La primera estuvo formada por un pequeño grupo que capturó una nave mec de
velocidad casi lumínica. Al parecer no los detectaron durante un tiempo porque la nave
era convencional. Observaron a la civilización mec y aprendieron de ella hasta que
adquirieron un nivel de habilidad poco frecuente entre las formas orgánicas.
Aparentemente también formaron alianzas con otras formas orgánicas cercanas, pero no
se sabe nada de ellas.
Para entonces, había comenzado ya el desarrollo de grandes configuraciones de
quásares y eso absorbía gran parte de las energías de los mecs. La creación de grandes
nubes de electrón-positrón contribuyó a aumentar la cantidad ya considerable de rayos
gamma cerca de las quásares. Estos rayos gamma calentaban las nubes moleculares e
impedían las incursiones humanas en muchas regiones del Centro. Los pocos informes
que nos quedan sugieren que la primera expedición humana organizó varias
persecuciones que involucraron a civilizaciones biológicas que vivían cerca del Centro.
Sin embargo, esos seres humanos desaparecieron después, sin dejar rastros.
La segunda oleada de exploración procedió directamente de la Tierra. Enviaron una
flota entera de naves de ataque en menos de cien años para la guerra contra los mecs,
quienes habían introducido vida marítima alienígena en los océanos de la Tierra.
La tercera oleada fue una gran expedición que buscaba la legendaria Biblioteca
Galáctica por los rayos guías. La Tierra está a 8,63 kilopársecs del Centro Galáctico
(véase apéndice 3 para consultar las comparaciones Universales Estándar). Es decir que
estas naves habían empezado su viaje en una era en la que la Biblioteca todavía se
anunciaba. Mucho antes de su llegada, la Biblioteca ya había desaparecido, llevada
misteriosamente por seres desconocidos, de modo que todos los esfuerzos por
encontrarla fracasaron. Se dice que la Biblioteca contenía informes de muchas especies
orgánicas extinguidas. La búsqueda terminó bruscamente cuando los mecs advirtieron la
presencia de los intrusos y decidieron terminar con ellos.
Era de los Candeleros
En ese tiempo, los humanos se reunieron en grandes ciudades espaciales para buscar
protección. Archivos de naves de guerra que sobrevivieron a esa época informan que los
mecs habían comenzado a convertir los viajes interestelares en un asunto peligroso para
los humanos. Además, en la zona que rodea el agujero negro del Centro Absoluto (a
veces «Centro Verdadero») estaba aumentado la radiación y eso empeoraba las
condiciones para la vida orgánica en los alrededores.
Los estudiosos de ese tiempo investigaron a los seres humanos conocidos del Centro
Galáctico, y la mayor parte de lo que sabemos proviene de los estudios detallados de
estos tiempos. Hay mucho arte y literatura de los siglos que llevaron a la transición hacia
los Candeleros, aunque la mayor parte es abstracta y no resulta útil para propósitos
históricos.
Alta Era de las Arcologías
Esta época llegó después de la «Agachada» (jerga): el éxodo desde los Candeleros
hacia las superficies planetarias. La competencia mec forzó a los humanos a efectuar esa
retirada. En la mayor parte de los mundos, los seres humanos construyeron grandes
Arcologías, ciudades simples que todavía eran técnicamente avanzadas y conservaban
muchas facetas de la vida de los Candeleros.
El planeta Nieveclara era un lugar particularmente fértil y recibió una gran colonización.
La asignación de territorios se realizó mediante la estructura familiar, como en muchos
otros lugares. El trauma de la «Agachada» provocó un fervor religioso. La religión se
conoce como una forma de arte humano (véase apéndice 4), aunque se requiere un gran
esfuerzo para comprimir este medio de expresión en términos racionales.
Baja Era de las Arcologías
Al comienzo de esta era desaparecieron los últimos Candeleros pequeños, las naves
de carga y los transbordadores. No hubo más vuelos interestelares. Los viajes
interplanetarios y el aprovechamiento de recursos se hicieron difíciles a causa de los
mecs. Antes se había creído que los planetas húmedos y con vegetación no interesaban a
los mecs. Pero en ese momento de la historia humana, los mecs avanzaron también
sobre estos planetas. Como allí florecían las Arcologías, la humanidad se sintió todavía
mas limitada y circunscrita.
Alta Era de las Ciudadelas
Bajo la creciente presión de los mecs, los humanos no pudieron controlar ni sostener
las Arcologías. Después de este período, las Arcologías, ciudades grandes como
montañas, fueron abandonadas para siempre sobre todo por las crecientes dificultades de
la especie para mantener la alta tecnología. Muchos seres humanos retrocedieron hacia
las Ciudadelas, que eran menos imponentes y por lo tanto, menos detectables.
Las incursiones de los mecs eran constantes, pero la mayor parte de los daños se
debían a la creación de las ciudades mec, que se expandían cada vez más, modificando
la biosfera y consumiendo los recursos planetarios. Los mecs saquearon muchas de las
Arcologías en busca de materiales y recursos. Las Ciudadelas, ciudades pequeñas,
sobrevivieron. De esta época data la expansión de los mecs sobre la mayor parte del
territorio de Nieveclara mediante procesos de transformación climatológica.
Muchos Aspectos de los humanos datan de esta época, al parecer porque la ruptura de
la infraestructura humana amenazaba la base de datos general de la humanidad.
Surgieron nuevas habilidades para complementar la agricultura, cada vez más precaria y
difícil de mantener, con técnicas de pueblos cazadores-recolectores. Se trataba sobre
todo de ataques y saqueos a depósitos mecs. Los humanos empezaron a perder su
tecnología y se concentraron en trabajar modificando la de los mecs. Ya no eran rivales
potenciales de sus enemigos: apenas insectos que se alimentaban de las sobras de una
civilización superior; seres marginales.
La Calamidad (en Nieveclara)
Esta época abrió el capítulo final de la conquista de Nieveclara. Aunque los mecs
toleraron las Ciudadelas de las Familias durante un tiempo, mientras utilizaban a los seres
humanos como títeres en el ámbito de las luchas entre facciones mecs, su utilidad era
marginal para la civilización superior, que decidió atacar las Ciudadelas una por una a
medida que lo permitieran los recursos. Cada Ciudadela cayó por separado y expulsó a
los supervivientes a lo que quedaba del planeta.
Para ese tiempo, era evidente que la estrella de Nieveclara, Denix, seguía una órbita
destinada a llevarla cerca de la región del agujero negro. Las actividades de los mecs
habían provocado este cambio a través de un empalme electrodinámico con las nubes
moleculares, que utilizaba un efecto de anclaje magnético para conseguir inercia. Eso
significaba que Nieveclara se volvería lentamente inhabitable para las formas orgánicas
de vida. Cabe suponer que los humanos no supieron nada de este cambio orbital. Por lo
general sus especulaciones de estudio se concentran en las actividades en gran escala
en el Centro Verdadero.
Todavía hay seres humanos en Nieveclara. La complejidad de los hechos que se
desarrollaron alrededor de la Calamidad en la Ciudadela Bishop sugieren que debe
dejarse a algunos humanos con vida en caso de que hayan sido importantes para los
hechos de ese día. Es evidente que los actores principales, humanos y mecs, sólo
comprenden una fracción del rompecabezas general.
Se envía este informe con todo respeto. Siguen los apéndices.
FIN

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