Stephen King – El Resplandor

Stephen King

El Resplandor

 
Primera Parte
PRELIMINARES
1. ENTREVISTA DE TRABAJO
Qué empleaducho engreído, pensó Jack Torrance.
Ullman no pasaría de un metro sesenta y cinco, y al moverse lo hacía con la
melindrosa rapidez que parece ser especialidad exclusiva de los hombres
bajos y regordetes. La raya del pelo era milimétrica, y el traje oscuro, sobrio,
pero reconfortante. Un traje que parecía invitar a las confidencias cuando se
trataba de un cliente cumplidor, y que transmitía, en cambio, un mensaje
más lacónico al ayudante contratado: más vale que sea usted eficiente.
Llevaba un clavel rojo en la solapa, probablemente para que por la calle
nadie confundiera a Stuart Ullman con el empresario de pompas fúnebres.
Mientras lo oía hablar, Jack admitió para sus adentros que, muy
probablemente, en esas circunstancias no le habría gustado a nadie que
estuviera al otro lado del mostrador.
Ullman le había hecho una pregunta, sin que él alcanzara a oírla. Mala
suerte; Ullman era una de esas personas capaces de archivar en su
computadora mental los errores de este tipo, para tenerlos en cuenta más
adelante.
—¿Decía usted?
—Le preguntaba si su mujer conoce realmente la tarea que ha de
hacer usted aquí. También está su hijo, claro —echó un vistazo a la solicitud
que tenía ante sí—. Daniel. A su esposa, ¿no le asusta un poco la idea?
—Wendy es una mujer extraordinaria.
—Y su hijo, ¿también es extraordinario?
Jack sonrió, con una gran sonrisa de «relaciones públicas».
—Es lógico que pensemos que sí. Para sus cinco años es un chico
bastante seguro de sí mismo.
Ullman no le devolvió la sonrisa. Guardó la solicitud de Jack en una
carpeta, que fue a parar a un cajón. El mostrador había quedado
completamente limpio, a no ser por un secante, un teléfono, una lámpara y
una bandeja de Entradas/Salidas, también vacía.
Ullman se levantó y fue hacia el archivador colocado en un rincón.
—De la vuelta al mostrador, por favor, señor Torrance.Vamos a ver los
planos del hotel.
Volvió con cinco hojas grandes, que desplegó sobre la brillante
superficie de nogal del mostrador Jack se quedó de pie junto a él, y notó
claramente el olor de la colonia de Ullman. Mis hombres usan «English
Leather», o no usan nada. El anuncio le vino a la mente sin motivo alguno, y
tuvo que morderse la lengua para dominar un ataque de risa. Desde el otro
lado de la pared, débilmente, llegaban los ruidos de la cocina del «Overlook
Hotel», al parecer, estaba terminando el servicio de comidas.
—La última planta —anunció con viveza Ullman—, es el desván. Ahí
no hay ahora mas que trastos. El «Overlook» ha cambiado de manos varías
veces desde la guerra y parece que cada uno de los directores ha ido
echando al desván todo lo que no quería. Quiero que se pongan ahí
ratoneras y cebos envenenados esparcidos. Algunas camareras de la tercera
planta dicen que han oído ruidos como de algo que corriera. Yo no lo creo,
ni por un momento, pero no debe haber ni siquiera una oportunidad entre
cien de que una sola rata se aloje en el «Overlook».
Jack, que sospechaba que todos los hoteles del mundo alojaban una o
dos ratas, se calló la boca.
—Naturalmente, no dejará usted que su hijo suba al desván bajo
ninguna circunstancia.
—No —contesto Jack, y volvió a mostrar su sonrisa de «relaciones
públicas». Que situación más humillante. ¿Acaso ese empleaducho engreído,
piensa que voy a dejar a mi hijo jugar en un desván con ratoneras, atestado
de trastos y de sabe Dios que otras cosas?.
Ullman hizo a un lado el plano del desván y lo puso debajo de los
otros.
—El «Overlook» tiene ciento diez habitaciones —anuncio con voz
educada—. Treinta de ellas, todas suites, están aquí en la tercera planta.
Diez en el ala oeste (incluyendo la suite presidencial), diez en el centro y las
otras diez en el ala este.Todas ellas tienen una vista estupenda.
¿No podrías, por lo menos, dejar de hacerme el artículo?
Lo pensó, pero se quedó callado. Necesitaba el empleo.
Ullman puso la tercera planta debajo de las demás y los dos
examinaron el plano de la segunda.
—Cuarenta habitaciones —explicó Ullman— treinta dobles y diez
individuales. Y en la primera planta, veinte de cada clase. Además, tres
armarios de ropa blanca en cada planta y los almacenes uno en el extremo
este de la segunda planta, y otro en el extremo oeste de la primera ¿Alguna
pregunta?.
Jack negó con la cabeza y Ullman hizo a un lado los planos de la
primera y segunda planta.
—Bueno, ahora la planta baja. Aquí en el centro, está el mostrador de
recepción. Detrás de él la administración. El vestíbulo mide veinticinco
metros a cada lado del mostrador. Aquí en el ala oeste, están el comedor
«Overlook» y el salón «Colorado». El salón de banquetes y el de baile
ocupan el ala este. ¿Alguna pregunta?.
—Solo referente al sótano, que para el vigilante de invierno es el
lugar más importante —respondió Jack—. Vamos donde se desarrolla la
acción.
—Todo eso se lo enseñará a usted Watson. El plano de los sótanos está
en la pared del cuarto de calderas —frunció el ceño con aire de importancia,
quizá dando a entender que como director a él no le concernían aspectos del
funcionamiento del «Overlook» tan terrenales como las calderas y la
fontanería—. Tal vez no sea mala idea poner algunas ratoneras ahí abajo
también. Espere un minuto.
Garabateó una nota en un bloc que sacó del bolsillo interior de la
chaqueta (cada hoja llevaba en bastardilla la inscripción De la mesa de Sitian
Ullman), arrancó la hoja y la dejó en el espacio marcado «Salidas» en la
bandeja donde quedó con aspecto solitario. El bloc volvió a desaparecer en
su bolsillo, como si acabara así algún truco de magia. Mira chico, ahora lo ves
ahora no lo ves. Este tipo es un verdadero artista.
Estaban de nuevo en la posición del principio, Ullman detrás del
mostrador y Jack frente a el entrevistador y entrevistado solicitante y patrón
reacio. Ullman entrecruzó sus pulcras manecitas sobre el papel secante y
miró directamente a Jack, Ullman era un hombrecillo menudo y calvo, con
traje de banquero y discreta corbata gris. La flor que lucía en la solapa
estaba contrapesada por una pequeña insignia del lado opuesto sobre la que
se leía simplemente en menudas letras doradas PERSONAL.
—Le seré completamente franco, señor Torrance. Albert Shockley es
un hombre muy poderoso que tiene grandes intereses en el «Overlook»…
que por primera vez en su historia ha dado ganancias en la última
temporada. El señor Shockley pertenece también al Consejo de
Administración pero no es hombre de hostelería y él sería el primero en
admitirlo. Ahora bien en lo que respecta a este asunto del vigilante, ha
expresado claramente sus deseos: quiere que le contratemos a usted, y así lo
haré. Pero de haber tenido libertad de acción en esta cuestión, yo jamás le
habría admitido.
Sudorosas, luchando una con otra, las manos de Jack se trababan
tensamente. Empleaducho engreído, empleaducho engreído,
empleaducho…
—No creo que a usted le importe mucho mi opinión, señor Torrance,
ni a mí me importa la suya. Y sin duda sus sentimientos hacia mí no tienen
nada que ver en mi convicción de que no es usted el hombre para este
trabajo. Durante la temporada que va del 15 de mayo al 30 de setiembre, el
«Overlook» emplea a ciento diez personas en dedicación completa; una por
cada habitación del hotel, podríamos decir. No creo que haya entre ellos
muchos a quienes yo les caiga simpático, y sospecho que algunos me
consideran un poco odioso. Puede que tengan razón al opinar así de mi
carácter; para administrar este hotel de la manera que se merece, tengo que
ser un poco odioso.
Miró a Jack en espera de algún comentario, pero éste volvió a
desplegar su sonrisa de «relaciones públicas», amplia e insultantemente llena
de dientes.
—El «Overlook» —explicó Ullman— fue construido entre los años 1907
y 1909. La ciudad más próxima es Sidewinder, a sesenta y cinco kilómetros al
este de aquí, por carreteras que desde fines de octubre o noviembre quedan
cerradas hasta abril. Lo construyó un hombre que se llamaba Robert Townley
Watson, el abuelo de nuestro actual encargado de mantenimiento. Aquí se
han alojado los Vanderbilt, los Rockefeller, los Astor y los Du Pont. Y la suite
presidencial la han ocupado cuatro presidentes: Wilson, Harding, Roosevelt y
Nixon.
—De Harding y de Nixon yo no estaría tan orgulloso —murmuró Jack.
Ullman frunció el ceño, pero continuó indiferente.
—Para el señor Watson fue demasiado, de manera que vendió el hotel
en 1915. Se volvió a vender en 1922, 1929 y 1936, y estuvo vacante hasta fines
de la Segunda Guerra Mundial. Entonces fue adquirido y completamente
renovado por Horace Derwent, millonario inventor, piloto, productor de
cine, empresario.
—Le conozco de nombre —comentó Jack.
—Claro. Parecía que todo lo que él tocaba se convertía en oro… a
excepción del «Overlook». Se gastó en él más de un millón de dólares antes
de que el primer huésped de posguerra atravesara sus puertas, para
convertir esa reliquia decrépita en un lugar de moda. Fue Derwent quien
hizo instalar las canchas de roque que le vi a usted admirar cuando llegó.
—¿De roque?
—Un antepasado británico de nuestro croquet, señor Torrance. El
croquet es un roque bastardeado. Según cuenta la leyenda, Derwent
aprendió el juego de su secretario social y quedó completamente prendado
de él. Es posible que la nuestra sea la mejor cancha de roque en
Norteamérica.
—No me cabe duda —asintió seriamente Jack. Una cancha de roque,
un jardín ornamental en que los arbustos por allí esparcidos estaban
recortados en forma de animales… ¿qué más? Una figura de tamaño natural
de Uncle Wiggly tras el cobertizo para los equipos del juego. Empezaba a
cansarse del señor Stuart Ullman, pero era obvio que éste no había
terminado. Iba a decir lo que se había propuesto, hasta la última palabra.
—Después de perder tres millones, Derwent se lo vendió a un grupo
de inversionistas californianos, cuya experiencia con el hotel fue igualmente
mala. No eran gente de hostelería, simplemente.
»En 1970, el señor Shockley y un grupo de sus asociados compraron el hotel y me
confiaron su administración. También nosotros hemos seguido teniendo números rojos
varios años, pero me alegro de decir que la confianza que me tienen los actuales
propietarios jamás se ha debilitado. El año pasado no tuvimos pérdidas. Y este año, por
primera vez, en casi siete décadas, las cuentas del «Overlook» se escribieron con tinta negra.
Jack se imaginaba que el orgullo del hombrecillo estaba justificado,
pero después el desagrado del primer momento volvió a inundarle en una
oleada.
—No veo relación entre la historia del «Overlook», realmente
interesante, lo admito, y la sensación suya de que no valgo para el puesto,
señor Ullman —señaló.
—Una de las razones de que el «Overlook» haya perdido tanto dinero
consiste en la depreciación que se produce todos los inviernos, y que reduce
el margen de ganancias mucho más de lo que podría usted creer, señor
Torrance. Los inviernos son de una crudeza increíble. Para hacer frente al
problema contraté a un vigilante permanente, para que mantuviera
encendidas las calderas y fuera rotando diariamente las partes del hotel que
reciben calefacción. Para que fuera reparando las averías que se produjeran,
de manera que los elementos no pudieran ganarnos. Para que estuviera
constantemente alerta a todas y a cada una de las contingencias posibles.
Durante nuestro primer invierno tomé a una familia, en vez de contratar a
un hombre solo, y se produjo una tragedia. Una tragedia horrible.
Ullman miró a Jack con mirada fría.
—Cometí un error, y no tengo inconveniente en admitirlo. El hombre
era un borracho.
Jack sintió que en su boca se dibujaba una mueca áspera y lenta, la
total antítesis de la sonrisa de «relaciones públicas» llena de dientes.
—¿Conque era eso? Me sorprende que Al no se lo haya dicho. Yo he
dejado la bebida.
—Sí, el señor Shockley me dijo que ya no bebía usted. Y me habló
también de su último trabajo… de su último cargo de responsabilidad,
digámoslo así. Usted enseñaba inglés en una escuela preparatoria de
Vermont, y tuvo un arranque de mal genio… creo que no es necesario que
sea más explícito. Pero es que, casualmente, yo creo que el caso de Grady
tiene cierta relación, y por eso he traído a la conversación el tema de su…
historia anterior. Durante el invierno del 70 al 71, después de la restauración
del «Overlook», pero antes de nuestra primera temporada, contraté a ese…
ese desdichado que se llamaba Delbert Grady, y que ocupó las habitaciones
que ahora compartirá usted, con su mujer y su hijo. Él tenía mujer y dos
hijas. Yo tenía mis reservas, entre las cuales las principales eran el rigor de la
estación invernal y el hecho de que los Grady se pasarían de cinco a seis
meses aislados del mundo exterior.
—Pero eso, en realidad, no es así, ¿verdad?. Aquí hay teléfono y
probablemente también alguna radio de aficionado. Además, el Parque
Nacional de las Montañas Rocosas está dentro del alcance de vuelo de un
helicóptero, y estoy seguro de que con una extensión tan grande deben
tener uno o dos de esos aparatos.
—Eso no lo sé —admitió Ullman—. El hotel tiene un emisor y receptor
de radio que el señor Watson le enseñará, y le dará también una lista de las
frecuencias en que debe transmitir si necesita ayuda. Las líneas telefónicas
con Sidewinder todavía son aéreas, y casi todos los inviernos se caen en
algún punto; entonces es probable que queden por el suelo entre tres
semanas y un mes y medio. En el cobertizo hay también un vehículo para la
nieve.
—Entonces, el lugar no está realmente aislado.
El señor Ullman parecía apenado.
—Imagínese que su mujer o su hijo se cayeran por las escaleras y se
rompieran el cráneo, señor Torrance. ¿Pensaría usted entonces que el lugar
no está aislado?
Jack comprendió a qué se refería. Un vehículo para la nieve, a toda
velocidad, le permitiría a uno llegar a Sidewinder en una hora y media… con
suerte. Un helicóptero del servicio de rescate de los parques podría llegar en
tres horas… en condiciones óptimas. Pero si había una tormenta de nieve no
podría despegar, ni se podía contar con ir a toda velocidad en un vehículo de
esos, aunque se arriesgara uno a salir con una persona gravemente herida,
afrontando temperaturas que podían ser de veinticinco grados bajo cero… o
de cuarenta y cinco, teniendo en cuenta el viento como factor de
enfriamiento.
—En el caso de Grady —continuó Ullman—, yo me hice el mismo
razonamiento que aparentemente se ha hecho el señor Shockley en el caso
de usted. La soledad en sí misma puede ser peligrosa. Es mejor que un
hombre tenga consigo a su familia. Si hay algún problema, pensé, lo más
probable es que no sea algo tan urgente como una fractura de cráneo o un
accidente con alguna de las herramientas mecánicas o un ataque epiléptico.
Un caso grave de gripe, una neumonía, un brazo roto… incluso una
apendicitis. Cualquiera de esas cosas habría dejado tiempo suficiente.
»Sospecho que lo que sucedió fue consecuencia de un exceso de
whisky barato (del cual, sin que yo lo supiera, Grady había hecho una
abundante provisión) y de una extraña reacción a la que antes solían llamar
fiebre de encierro. ¿Conoce usted la expresión? —preguntó Ullman con una
sonrisita de suficiencia, dispuesto a explicarla tan pronto como su
interlocutor hubiera admitido su ignorancia; pero Jack, ni corto ni perezoso,
le respondió con rápida precisión:
—Es la forma popular de denominar una reacción claustrofóbica que
puede darse cuando varias personas se encuentran encerradas durante un
tiempo prolongado. La sensación de claustrofobia se exterioriza como
aversión hacia la gente con quien uno se encuentra encerrado. En los casos
extremos puede dar como resultado alucinaciones y violencia, que pueden
llevar al asesinato por motivos tan triviales como una comida quemada o
una discusión sobre a quién le toca lavar los platos.
Ullman le miró un tanto perplejo, de lo cual Jack se sintió muy feliz.
Decidió llevar un poco más lejos su ventaja, mientras silenciosamente
prometía a Wendy que conservaría la calma.
—Me imagino que se equivocó usted en eso. ¿Grady les hizo daño?
—Las mató, señor Torrance, y después se suicidó. Asesinó a las
pequeñas con un hacha y a su mujer con una pistola, y con ésta se suicidó.
Tenía una pierna rota. Indudablemente, estaba tan borracho que se cayó por
las escaleras.
Ullman separó ambas manos, mientras miraba virtuosamente a Jack.
—¿Qué estudios tenía, secundarios?
—En realidad, no —respondió Ullman con cierta rigidez—. Yo pensé
que un hombre… menos imaginativo, digamos, sería menos susceptible a los
rigores, a la soledad…
—Pues ése fue su error —declaró Jack—.Un hombre necio es más
propenso a la fiebre de encierro, de la misma manera que tiene más
propensión a matar a alguien por una partida de naipes o a cometer un robo
siguiendo el impulso del momento. Porque se aburre. Cuando nieva, no se le
ocurre otra cosa que mirar la TV o hacer solitarios, y hacerse trampa cuando
no puede sacar todos los ases. No tiene otra cosa que hacer que quejase a su
mujer, reñir a los niños, y beber. Le cuesta dormirse sin oír más que el
silencio. Entonces se emborracha para dormirse; y después se despierta con
resaca. Se pone quisquilloso. Y para colmo se queda sin teléfono y el viento
le tira la antena de televisión y no puede hacer nada más que pensar y hacer
trampas en el solitario y ponerse cada vez más y más quisquilloso. Y por
último… bum, bum, bum.
—¿Y en cambio un hombre más culto, como usted, digamos?
—A mi mujer y a mí nos gusta leer. Yo estoy escribiendo una obra de
teatro, como tal vez le haya dicho Al Shockley. Danny tiene sus
rompecabezas, sus libros para colorear y su radio de galena. Yo tengo idea
de enseñarle a leer y también a usar las raquetas para la nieve. A Wendy
también le gustaría aprender a manejarlas. Sí, creo que podríamos
mantenernos ocupados y no tirarnos los trastos a la cabeza unos a otros si se
nos averiara la TV —hizo una pausa—. Y Al le dijo la verdad cuando le contó
que yo había dejado de beber. Lo hice, antes, y la cosa llegó a ser grave;
pero en los últimos catorce meses no he probado ni un vaso de cerveza. No
tengo la intención de traer aquí ni una gota de alcohol, ni pienso que haya
oportunidad de conseguirlo después de que empiece a nevar.
—En eso tiene usted toda la razón —aceptó Ullman—. Pero mientras
estén aquí ustedes tres, los problemas posibles se multiplican. Yo se lo
advertí al señor Shockley, y él me dijo que asumía la responsabilidad. Ahora
ya se lo he advertido a usted y, al parecer, está también dispuesto a asumiría.
—Así es.
—De acuerdo. Lo aceptaré, ya que no tengo otra opción. Pero así y
todo, yo preferiría tener un joven universitario sin familia que quisiera
tomarse un año de descanso. En fin, es probable que usted lo haga bien.
Ahora lo llevaré a ver al señor Watson, que le enseñará el sótano y los
terrenos adyacentes al hotel. A menos que tenga usted que hacerme alguna
pregunta.
—No, ninguna.
Ullman se puso de pie.
—Espero que no queden entre nosotros resentimientos, señor
Torrance. En las cosas que le he dicho no hay nada personal. Lo único que
quiero es lo que sea mejor para el «Overlook». Es un gran hotel, y quiero
que siga siéndolo.
—Claro que no hay ningún resentimiento —le aseguró Jack, de nuevo
con la sonrisa de «relaciones públicas», pero se alegró de que Ullman no le
ofreciera la mano. Vaya, si había resentimientos. De todas clases.
2. BOULDER
Al mirar por la ventana de la cocina lo vio sentado en el borde de la
acera, sin jugar con los camiones ni el vagón, ni siquiera con el planeador de
madera de balsa que tanto le había divertido durante toda la semana
anterior, desde que Jack se lo llevó. Simplemente estaba ahí sentado,
esperando que apareciera el descolorido «Volkswagen», con los codos
apoyados en las piernas para sostenerse el mentón con ambas manos: un
chiquillo de cinco años que esperaba a su padre.
De pronto Wendy se sintió mal, casi a punto de llorar.
Colgó el paño de la barra que había junto al fregadero y bajó la
escalera mientras se abotonaba los dos botones superiores de la bata. ¡Jack y
su orgullo! Eh, no, Al no necesito un adelanto. Voy tirando por ahora. Las
paredes del pasillo estaban llenas de rayaduras, de marcas de tiza y de
lápices, de pintura. La escalera, empinada, llena de astillas. El edificio entero
olía a rancio, y ¿qué lugar era ese para Danny, después de la pulcra casita de
ladrillos de Stovington? Los que vivían encima, en el tercero, no estaban
casados y, por más que a Wendy eso no le preocupara, la inquietaban en
cambio las peleas, constantes, rencorosas. Le daban miedo. El hombre se
llamaba Tom, y cuando los bares cerraban y ellos regresaban a casa,
empezaban las peleas en serio… en comparación, el resto de la semana se les
iba en preliminares. Las «peleas nocturnas de los viernes» como las llamaba
Jack; pero no eran ninguna broma. La mujer, que se llamaba Elaine,
terminaba siempre entre lágrimas, repitiendo una y otra vez: «No, Tom. Por
favor, no. Por favor, no.» Y él le gritaba. Una vez habían llegado incluso a
despertar a Danny, que dormía como una piedra. A la mañana siguiente,
Jack se había encontrado con Tom al salir y había estado un rato hablando
con él en la acera. Tom empezó a fanfarronear, Jack le dijo algo más, en voz
demasiado baja para que Wendy lo oyera, y el otro se limitó a sacudir
hoscamente la cabeza y se marchó. Había sido la semana pasada y durante
unos días las cosas fueron mejor, pero desde el fin de semana habían vuelto
otra vez a la normalidad… mejor dicho, a la anormalidad. Y eso era malo
para el niño.
La sensación de congoja volvió a inundarla, pero ya había llegado a la
acera y la dominó. Alisándose el vestido, se sentó junto a su hijo en el
bordillo de la acera.
—¿Qué pasa, doc1?
El chiquillo le sonrió, pero superficialmente.
—Hola, ma.
Tenía el planeador entre los pies, calzados con playeras, y Wendy
advirtió que una de las alas estaba rajada.
—¿Quieres que vea si puedo arreglártelo, cariño?
Danny había vuelto a quedarse con los ojos fijos en la calle.
—No, papá me lo arreglará.
1 Abreviatura de doctor. Más adelante se explica por qué llaman así al niño.
(N. de la T.)
—Es probable que papá no vuelva hasta la hora de la cena, doc. Estos
recorridos de montaña son muy largos.
—¿Tú crees que se romperá el cacharro?
—No, eso no.
Pero el niño le había dado un nuevo motivo de preocupación. Gracias,
Danny. Era lo que me hacía falta.
—Papá dijo que era posible —le informó Danny con tono realista, casi
aburrido—. Dijo que la bomba de la gasolina se iba a la mierda.
—No digas eso, Danny.
—¿Bomba de la gasolina? —lo preguntó con auténtica sorpresa.
Wendy suspiró.
—No, «se iba a la mierda». No digas eso.
—¿Por qué?
—Es vulgar.
—¿Qué es vulgar, ma?
—Es como cuando te hurgas la nariz en la mesa o vas a hacer pis y no
cierras la puerta del baño. O decir cosas como «se iba a la mierda». Mierda es
una palabra vulgar. La gente educada no la dice.
—Papá la dice. Mientras miraba el motor del coche dijo: «Cristo, la
bomba de la gasolina se va a la mierda.» ¿Papá no es gente educada?
—¿Cómo te metes en estas cosas, Winnifred? ¿Las practicas?
—Claro que sí, pero además es una persona mayor, y tiene mucho
cuidado de no decir cosas así en presencia de personas que no las
entenderían.
—¿Cómo el tío, Al, quieres decir?
—Sí, exactamente.
—Y cuando yo sea mayor, ¿puedo decirlo?
—Me imagino que sí, aunque a mí no me guste.
—¿A qué edad?
—¿Qué te parece a los veinte, doc?
—Es mucho tiempo para esperar.
—Sí, creo que sí, pero inténtalo.
—Bueno.
El niño volvió a quedarse mirando la calle. Sus músculos se contrajeron
un poco, como si fuera a levantarse, pero el coche que venía era mucho más
nuevo y de un rojo más brillante. Volvió a descansar. Wendy pensaba en lo
difícil que debía de haber sido para él la mudanza a Colorado. Aunque el
niño no hubiera dicho una palabra, a ella le preocupaba el tiempo que
pasaba solo. En Vermont, tres de los colegas de Jack en la facultad tenían
niños de la edad aproximada de Danny —y además, estaban las clases—,
pero en este barrio el chico no tenía con quién jugar. La mayoría de los
apartamentos estaban ocupados por estudiantes universitarios, y de los
pocos matrimonios que vivían en Arapahoe Street, eran muy escasos los que
tenían hijos. Wendy había visto tal vez una docena que estarían ya en la
escuela secundaría o al término de la primaria, tres bebés y nada más.
—Mami, ¿por qué se quedó sin trabajo papá?
Arrancada bruscamente de su ensueño, Wendy buscó
desesperadamente una respuesta. Ella y Jack se habían planteado distintas
maneras de hacer frente a esa pregunta de Danny, que iban desde la evasión
hasta la verdad pura y simple, sin adornos. Pero el pequeño jamás había
hecho la pregunta. Y se la hacía ahora, justamente cuando ella estaba
deprimida y menos preparada que nunca para recibirla. El niño la miraba,
leyendo tal vez la confusión en su rostro y formándose sus propias ideas
sobre el asunto. Pensó que, para los niños, los motivos y las acciones de los
adultos deben parecer tan enormes y amenazadores como los animales
peligrosos que se vislumbran entre las sombras de un bosque, en la
oscuridad. Y que deben sentirse llevados y traídos como marionetas, sin
tener más que muy vagas nociones del por qué. La idea la llevó otra vez
peligrosamente al borde de las lágrimas, y mientras luchaba contra ellas, se
inclinó a recoger el planeador y empezó a darle vueltas entre las manos.
—Papá dirigía el grupo de controversia, Danny. ¿Te acuerdas de eso?
—Claro —respondió el niño—. «Discutir es disputar, pero por gusto»,
¿era eso?
—Eso mismo.
Con los ojos fijos en la marca («SPEEDOGLIDE») y en las calcomanías
azules de las alas, sin dejar de dar vueltas y más vueltas al planeador, Wendy
se encontró contándole a su hijo la verdad exacta.
—En el grupo había un muchacho que se llamaba George Hatfield, a
quien papá tuvo que excluir, porque no era tan bueno como los demás.
George dijo que papá lo había excluido porque le tenía antipatía, no porque
él no sirviera. Y después hizo algo muy feo. Creo que eso tú lo sabes.
—¿Fue él quien nos pinchó los neumáticos del coche?
—Sí, eso es. Fue después de clase, y papá lo pilló haciéndolo —Wendy
volvió a vacilar, pero ya no era cuestión de evasiones; la alternativa se
reducía a decir la verdad o mentir—, Papá… a veces hace cosas que lamenta
después. No piensa como debería. No es que le suceda muy a menudo, pero
a veces sí.
—¿Hizo daño a George Hatfield como la vez que yo le desparramé
todos sus papeles?
A veces…
(Danny con un brazo escayolado.)
…hace cosas que lamenta después.
Wendy parpadeó furiosamente para hacer retroceder las lágrimas.
—Algo así, cariño. Papá golpeó a George para que dejara de pincharle
los neumáticos, y éste le dio un golpe en la cabeza. Entonces las personas
que dirigen la escuela decidieron que George no podía seguir siendo alumno
y que papá no podía seguir siendo profesor —ya sin palabras, se detuvo,
aterrorizada, en espera del diluvio de preguntas.
—Ah —murmuró Danny, y volvió a quedarse mirando la calle.
Aparentemente, el tema se había agotado. Ojalá ella pudiera darlo tan
fácilmente por terminado.
Se levantó.
—Voy arriba a preparar una taza de té, cariño. ¿Quieres un par de
galletas y un vaso de leche?
—Prefiero esperar a papá.
—No creo que llegue a casa mucho antes de las cinco.
—Tal vez venga temprano.
—Tal vez —coincidió Wendy—. Tal vez sí.
Se alejaba ya por la acera cuando el niño la llamó.
—¿Mami?
—¿Qué hay, Danny?
—¿Tú quieres que nos vayamos a vivir a ese hotel todo el invierno?
Y ahora, ¿cuál de las cinco mil respuestas darle? ¿La que había sentido
ayer, o anoche, o esta mañana? Todas eran diferentes, abarcaban todo el
espectro, desde el rosado más feliz a un negro mortal.
—Si eso es lo que papá quiere, yo estoy de acuerdo —hizo una
pausa—. ¿Y tú?
—Supongo que sí —contestó finalmente el niño—. Aunque no hay
mucha gente con quien jugar allí.
—Echas de menos a tus amigos, ¿no es eso?
—A veces echo de menos a Scott y a Andy. Y casi a ninguno más.
Wendy volvió junto a su hijo para besarlo, y le alborotó el pelo rubio
que empezaba a perder la sedosidad de la infancia. Era un muchachito muy
solemne, y en ocasiones Wendy se preguntaba cómo se las arreglaba para
sobrevivir teniéndolos a ella y a Jack como padres. ¡Con tantas esperanzas
como habían empezado, para verse reducidos a ese sórdido edificio de
apartamentos en una ciudad que no conocían! La imagen de Danny
escayolado volvió a alzarse ante ella. En el Servicio de colocaciones de Dios,
alguien se había equivocado, y a veces Wendy temía que fuera un error que
jamás se podría rectificar y que tendría que pagar el más inocente de todos.
Abrazó fuertemente al niño y le dijo:
—Cuida de no bajarte a la calle, doc.
—Sí, mami.
Wendy volvió a subir, entró en la cocina y puso a calentar el agua para
el té. Dejó un par de galletas en un plato, por si Danny decidía subir
mientras ella estaba recostada. Con el gran tazón de cerámica frente a ella,
se sentó a la mesa y volvió a mirar al niño por la ventana; seguía sentado al
borde de la acera, con sus tejanos y la camisa de color verde oscuro de la
escuela, demasiado grande para él. El planeador estaba caído a su lado. Las
lágrimas que le habían amenazado durante todo el día la invadieron
súbitamente y Wendy, envuelta en el vapor rizado y fragante de la tetera,
estalló en llanto. Llanto de dolor y pérdida por el pasado, de terror ante el
futuro.
3. WATSON
Tuvo usted un arranque de mal genio, había dicho Ullman.
—Bueno, pues aquí está el horno —dijo Watson mientras encendía
una luz en la oscura habitación que olía a humedad. Era un hombre
musculoso, de pelo alborotado, camisa blanca y pantalones verde oscuro.
Abrió una puertecilla enrejada que había en la panza del horno y él y Jack se
inclinaron para mirar dentro.
—Ésta es la luz piloto.
Un incesante chorro azul blancuzco se elevaba con un silbido; fuerza
destructiva canalizada, pensó Jack, pero la palabra clave era destructiva, no
canalizada: si metía uno la mano ahí dentro, en tres segundos o menos la
tendría asada.
Un arranque de mal genio.
(Danny, ¿estás bien?)
El horno, indudablemente el más grande y el más viejo que Jack había
visto en su vida, llenaba todo el recinto.
—El piloto tiene un seguro —le explicó Watson—. Este pequeño
automático que hay aquí mide el calor. Si baja de cierto punto, el
automático acciona un timbre que suena en sus habitaciones. Las calderas
están al otro lado de la pared. Ahora se las enseñaré.
De un golpe cerró la puertecilla enrejada y, por detrás del férreo bulto
del horno, condujo a Jack hacia otra puerta. El hierro irradiaba hacia ellos un
calor abrumador y, sin saber por qué, Jack pensó en algún enorme gato que
dormitara. Watson hizo tintinear las llaves, mientras silbaba.
Un arranque de…
(Cuando volvió a entrar en su despacho y vio a Danny allí, de pie,
vestido sólo con unas bragas y una sonrisa, una roja y lenta nube de rabia le
había eclipsado la razón. En el fondo de su alma pensó que todo había
ocurrido lentamente, pero de hecho debió ocurrir en menos de un minuto.
Esa presunta lentitud debía ser la misma que induce a pensar que son lentos
algunos sueños. Las pesadillas. Parecía como si, en el rato que estuvo fuera,
todas las puertas y los cajones de su despacho hubieran sido saqueados. Y el
armario, los estantes, la biblioteca de puertas corredizas. Todos los cajones
de la mesa aparecían abiertos. Su manuscrito, la comedia en tres actos sobre
la que venía trabajando lentamente, basada en una novela corta escrita siete
años atrás, antes de graduarse, estaba desparramada por todo el suelo. Jack
estaba bebiéndose una cerveza mientras corregía el segundo acto, cuando
Wendy le dijo que lo llamaban por teléfono, y Danny le había volcado sobre
las páginas la lata de cerveza. Para ver la espuma, probablemente. Para ver
la espuma, para ver la espuma: las palabras se repetían y se repetían en su
mente como un acorde que alguien tocara mal en un piano desafinado,
cerrando el circuito de su rabia. Lentamente avanzó hacia su hijo de tres
años que lo miraba con sonrisa complacida, encantado con lo que acababa
de hacer, con pleno éxito, en el despacho de papá; Danny empezó a decir
algo y en ese momento le aferró la mano y se la dobló para hacerle soltar la
goma de borrar y el lápiz portaminas que tenía en ella. Danny había dado
un gritito… no… no… a decir verdad, fue un chillido. ¡Qué difícil era
recordarlo todo a través de la bruma de cólera, el golpe seco y desafinado de
ese único acorde! Wendy preguntando desde alguna parte qué pasaba…
Con voz debilitada, amortiguada por la bruma interna. Eso era cuestión
entre ellos dos. Jack había hecho girar a Danny para darle unos azotes
mientras los gruesos dedos del adulto se hundían en la delicada carne del
pequeño antebrazo, apretando hasta cerrar el puño. El chasquido del hueso
al romperse no había sido muy fuerte, no; bueno sí, había sido muy fuerte,
ENORME, pero fuerte no. Como ruido, apenas lo suficiente para abrirse paso
como una flecha a través de la bruma roja; pero en vez de dejar entrar la luz
del sol, ese ruido había dejado paso a las nubes oscuras del remordimiento y
la vergüenza, del terror, de la angustiosa convulsión del espíritu. Un ruido
preciso, que dejaba de un lado el pasado y todo el futuro del otro, un sonido
como el que hace un lápiz cuando se quiebra, o una astilla para el fuego,
cuando uno la rompe contra la rodilla. Hubo un momento de espantoso
silencio en el otro lado, tal vez por respeto hacia el futuro que comenzaba,
hacia todo el resto de su vida. Ver cómo el rostro de Danny se vaciaba de
color hasta ponerse como el papel, verle los ojos, grandes, agrandándose
más aún, poniéndose vidriosos, y estar seguro de que se desplomaría muerto
en el charco de cerveza y de papeles; y su propia voz, débil y ebria,
farfullando, procurando hacer que todo retrocediera, buscando una manera
de esquivar ese ruido no demasiado fuerte de hueso que se quiebra y de
volver al pasado, como si hubiera un statu quo en la casa, preguntando:
Danny, ¿estás bien? El alarido de Danny por respuesta y después Wendy,
aterrada, boquiabierta al acercárseles y ver ese ángulo tan raro que formaba
el antebrazo de Danny con el codo; en el mundo de las familias normales no
había brazos que articularan así. El grito de ella al abalanzársele para
tomarlo en brazos y el balbuceo insensato: Oh Dios, Danny, oh Dios querido,
oh santo Dios, tu pobre bracito; y él parado, aturdido, estúpido, tratando de
comprender cómo podía haber sucedido una cosa así. Siguió allí parado y sus
ojos se encontraron con los de su mujer y en ellos vio que Wendy lo odiaba.
En ese momento no se le ocurrió lo que podía significar prácticamente ese
odio; sólo más adelante cayó en la cuenta de que esa noche ella podría
haberle abandonado, haberse ido a un motel, haber presentado una
demanda de divorcio a la mañana siguiente; o haber llamado a la Policía. Lo
único que vio fue que su mujer lo odiaba y eso le hizo sentirse abrumado,
completamente solo. Horriblemente mal. Es lo que se sentía al acercársele a
uno la muerte. Después, Wendy corrió hacia el teléfono para marcar el
número del hospital, con el vociferante hijo común sostenido en el nido del
brazo, sin que él se moviera; se quedó parado, en medio de su despacho en
ruinas, oliendo a cerveza y pensando…)
Tuvo un arranque de mal genio.
Ásperamente, se pasó la mano sobre los labios y siguió a Watson al
cuarto de calderas. Allí había humedad, pero no era solamente la humedad
lo que le cubrió de un sudor enfermizo y pegajoso la frente, el vientre, las
piernas. Era el recuerdo, esa cosa total capaz de hacer que aquella noche de
hacía dos años pareciera un momento, hacía dos horas. No había distancia
en el tiempo. Volvieron la vergüenza y la repulsión, la sensación de no valer
nada, esa sensación que le empujaba a tomar un trago, lo cual era motivo de
una desesperación aún más negra. ¿Habría alguna vez una hora, no digamos
una semana ni un día siquiera, nada de eso, una simple hora de vigilia en
que la ansiedad de beber no lo tomara así, por sorpresa?
—La caldera —anunció Watson. Se sacó del bolsillo de atrás del
pantalón un pañuelo azul y rojo, se sonó las narices con un bocinazo y volvió
a hacer desaparecer el pañuelo, no sin mirarlo brevemente para ver si
encontraba algo interesante.
La caldera se erguía sobre cuatro bloques de cemento; era un largo
depósito cilíndrico de metal, recubierto de cobre y remendado en muchas
partes. Se extendía bajo una confusión de cañerías y conductos que
zigzagueaban hacia arriba hasta perderse en el techo del sótano, alto y
decorado de telarañas. A la derecha de Jack, dos grandes tubos de
calefacción atravesaban la pared que los separaba del horno colocado en la
habitación contigua.
—Aquí está el manómetro —Watson le dio un golpecito—. Mide en
libras por pulgada cuadrada. Me imagino que eso ya lo sabe. Ahora lo tengo
en cien, y por la noche las habitaciones están un poco más frías, pero no hay
muchos clientes que se quejen, qué demonios. De todas maneras, en
setiembre se enloquecen por venir. Aparte, esta nena está vieja. Tiene más
remiendos que un mono conseguido en la seguridad social —de nuevo
asomó el pañuelo. Bocina. Mirada. Desaparición.
—Me pesqué un maldito resfriado —le confió Watson—, como me
pasa siempre en setiembre. Primero aquí abajo con esta vieja puta, después
afuera cortando el césped o rastrillando esa cancha de roque. Primero
enfriamiento, después resfriado, solía decir mi anciana madre, que Dios
bendiga. Murió hace seis años, de cáncer. Cuando lo agarra a uno el cáncer,
más vale que vaya haciendo testamento.
»Necesitará mantener la presión en no más de cincuenta o sesenta. El
señor Ullman dice de calentar un día el ala oeste, al siguiente el ala central,
un día después el ala este. ¿No está chiflado? Qué odio le tengo a ese
cabrón. Ladrando todo el día lo mismo que uno de esos perritos que le
muerden a uno en el tobillo y después se ponen a correr por ahí meando
toda la alfombra. Si los sesos fueran pólvora, no le alcanzarían para volarse
la nariz. Es una lástima, las cosas que hay que ver cuando uno tiene un arma.
»Fíjese aquí. Este registro se abre y se cierra con estas anillas. Yo lo
tengo todo marcado. Todas las cañerías que tienen etiquetas azules van a las
habitaciones del ala este. Las de etiqueta roja van al medio, las amarillas al
ala oeste. Cuando vaya a calentar el ala oeste tiene que acordarse que es la
parte del hotel que sufre realmente el clima. Cuando sopla viento, esos
cuartos se ponen peor que una mujer frígida con un cubo de hielo ya sabe
dónde. Cuando sopla el viento del oeste ya puede llevar la presión a
ochenta. Es lo que haría yo, en todo caso.
—Los termostatos de arriba… —empezó a decir Jack, pero el otro
sacudió vehementemente la cabeza. El pelo, esponjoso, le ondulaba sobre el
cráneo.
—No están conectados. No están ahí más que de adorno. Alguna de la
gente que viene de California no está conforme si no tiene calor suficiente
para cultivar palmeras en los jodidos dormitorios. Todo el calor viene de aquí
abajo. Pero tiene que vigilar la presión. ¿Ve cómo va subiendo?
Dio un golpecito sobre el dial principal, que de cien libras por pulgada
cuadrada había pasado a marcar ciento dos durante el soliloquio de Watson.
Jack sintió que un escalofrío le recorría rápidamente la espalda y tuvo una
premonición funesta. Después Watson dio una vuelta al regulador de
presión, para hacer bajar la caldera. Se produjo un silbido y la aguja cayó
bruscamente a noventa y uno. Watson cerró la válvula y el silbido se
extinguió, como de mala gana.
—Ya ve que se sube —continuó Watson—. Pero dígaselo a ese gordo
de Ullman, con cara de pájaro carpintero, y lo único que hará será sacar sus
libros y pasarse tres horas demostrándole que hasta 1982 no se puede
comprar otra. Le aseguro a usted que el día menos pensado todo esto va a
volar hasta el cielo, y espero que ese gordo cabrón esté aquí para montar en
el cohete. Dios, ojalá pudiera ser yo tan caritativo como era mi madre. Ella sí
que era capaz de ver algo bueno en todos. Lo que es yo, soy tan bueno como
una serpiente con sarna. Qué demonios, uno no puede ir en contra de su
naturaleza.
»Bueno, tiene que acordarse de bajar aquí dos veces por día y otra
vez, por la noche antes de meterse en la piltra. Tiene que comprobar la
presión. Porque si se olvida, irá subiendo y subiendo y lo más probable es
que usted y toda su familia se despierten en la maldita Luna. Con que la baje
un poquito ya no tendrá problemas.
—¿Cuál es el límite?
—Bueno, está regulada para dos cincuenta, pero mucho antes de
llegar a tanto habrá volado. No me haría usted bajar y estarme junto a ella si
esa aguja estuviera marcando ciento ochenta.
—¿No tiene interruptor automático?
—No, qué va a tener. Cuando construyeron esto no se exigían esas
cosas. Ahora el gobierno se mete en todo, ¿no? El FBI le abre las cartas, la
CIA le llena la casa de malditos micrófonos… y mire lo que le pasó al Nixon.
¿No fue un espectáculo penoso?
»Pero con que baje usted regularmente a vigilar la presión, andará
estupendo. Y acuérdese de alternar los conductos esos como él quiere. No
quiere que ninguna de las habitaciones esté a mucho más de diez grados, a
no ser que tengamos un invierno asombrosamente suave. Y el apartamento
de ustedes lo puedan mantener a la temperatura que quieran.
—Y de las cañerías, ¿qué hay?
—Sí, a eso iba. Es por aquí, pasando este arco.
Entraron en una habitación rectangular que daba la impresión de
tener kilómetros de largo. Watson tiró de un cordón y una sola bombilla de
60 vatios arrojó un resplandor enfermizo y vacilante sobre el lugar donde se
hallaban. Hacia delante estaba el fondo del pozo del ascensor, con sus cables
cubiertos de grasa que se deslizaban sobre poleas de seis metros de diámetro
y su enorme motor todo engrasado y sucio. Por todas partes había
periódicos, en paquetes, sueltos, en cajas. En otras cajas se leía Registros o
Facturas o Recibos. Todo lo invadía un color amarillento y fangoso. Algunas
de las cajas se caían a pedazos, derramando por el suelo hojas amarillentas
que debían tener más de veinte años. Jack miraba a su alrededor, fascinado.
En esas cajas podridas podía estar enterrada toda la historia del «Overlook».
—Ese ascensor es endemoniado para mantenerlo en funcionamiento
—dijo Watson, señalándolo con el pulgar—. Y sé que Ullman le está
pagando unas cuantas cenas elegantes al inspector de ascensores para no
tener que arreglar esa porquería. Y aquí tiene la instalación central de
fontanería.
Frente a ellos se elevaban cinco grandes cañerías, cada una de ellas
con un revestimiento aislante y sujeta por bandas de acero, que subían hasta
perderse de vista entre las sombras.
Watson señaló un estante lleno de telarañas que había junto al pozo
de ventilación. Sobre él había un montón de trapos grasientos y una carpeta
archivadora de hojas separables.
—Ahí tiene usted todos los planos de fontanería —explicó—. No creo
que tenga ningún problema de filtraciones, porque nunca las hubo, pero a
veces las cañerías se congelan. La única manera de evitarlo es dejar correr un
poco los grifos durante la noche, pero en este jodido palacio hay más de
cuatrocientos grifos. El gordo maricón ese de arriba iría chillando todo el
camino hasta Denver cuando viera el recibo del agua. ¿No tengo razón?
—Yo diría que es un análisis notablemente agudo.
Watson lo contempló con admiración.
—Oiga, usted sí que es hombre de estudios, ¿sabe? Habla como un
libro. Yo admiro a la gente así, siempre que no sean de esos tipos mariposas,
como son muchos. ¿Sabe usted quién tuvo la culpa de todos esos líos de las
universidades, hace unos años? Los «homosexuales», ellos fueron. Como
están frustrados, tienen que soltarse. Salirse del molde, eso dicen. Bendita
mierda, no sé adónde irá a parar el mundo.
»Bueno, y si se le congela lo más probable es que sea aquí en este
pozo, que no tiene calefacción, fíjese. Si le sucede, tiene esto —buscó dentro
de un cajón de naranjas roto hasta encontrar un pequeño soplete de gas.
»Cuando se encuentre el tapón de hielo, quite el aislante y aplíquele
directamente el calor. ¿Entendió?
—Sí. Pero, ¿y si se hiela una de las cañerías que no están dentro del
pozo de ventilación?
—Eso no sucederá si usted trabaja bien y mantiene el lugar caliente. Y
de todas maneras, a las otras cañerías no puede llegar usted. No se preocupe
por eso, que no tendrá problemas. Vaya lugar de muerte éste de aquí abajo.
Lleno de telarañas. Me da escalofríos, créame.
—Me contó Ullman que el primer vigilante de invierno mató a su
familia y se suicidó luego.
—Ajá, el tipo aquel Grady. Mal bicho, lo supe desde que lo vi, siempre
con esa sonrisa de zorrillo. Fue cuando empezaron todo de nuevo aquí, y ese
jodido gordo de Ullman habría contratado al estrangulador de Boston si le
aceptaba el salario mínimo. Los encontró un guardabosque del parque
nacional; el teléfono estaba cortado. Estaban todos en el ala oeste, en la
tercera planta, convertidos en bloques de hielo. Una pena las niñitas; seis y
ocho años, tenían. Preciosas como capullos. ¡Y qué infernal revoltijo! Y el
Ullman, que durante la temporada baja administra algún hotelucho de
Florida, tomó un avión a Denver y alquiló un trineo para que le trajera desde
Sidewinder porque los caminos estaban cerrados… un trineo, ¿no es
increíble? Y por poco se hernió tratando de impedir que saliera en los
periódicos. Lo consiguió bastante bien, tengo que admitirlo. Salió una nota
en el Denver Post, y claro, el «bituario» en ese diariucho que tienen en Estes
Park, pero nada más. Bastante bien, considerando la reputación que ha
alcanzado este lugar. Yo esperaba que algún reportero empezara a escarbar
de nuevo todo y pusiera a Grady como excusa para remover los escándalos.
—¿Qué escándalos?
Watson se encogió de hombros.
—Todos los grandes hoteles tienen escándalos —respondió—. Lo
mismo que cualquier gran hotel tiene fantasmas. ¿Por qué? Demonios, la
gente viene y va. A veces alguno estira la pata en su habitación, un ataque al
corazón, un derrame o algo así. Los hoteles son lugares supersticiosos. No
hay planta trece ni habitación trece, ni se pone un espejo del lado de
adentro de la puerta por donde se entra, cosas así. Mire, en el mes de julio
último perdimos una fulana. Ullman tuvo que ocuparse del asunto, y puede
apostar la cabeza a que se ocupó. Por algo le pagan veintidós mil por
temporada, y por más que me disguste el tipo, reconozco que se los gana.
Parece que hubiera gente que viene aquí nada más que para vomitar y que
contrataran a un tipo como Ullman para limpiar los vómitos. Pues ahí viene
esta mujer, que debía tener sus malditos sesenta años… ¡mi edad! y con el
pelo teñido más rojo que la luz de una casa de putas, las tetas caídas hasta el
ombligo, porque sostén no llevaba, unas venas varicosas en todas las piernas
que parecían un par de mapas de carreteras, ¡y las joyas que tenía en el
pescuezo y los brazos y le colgaban de las orejas! Y venía con ese chico que
no podía tener más de diecisiete, con el pelo largo hasta el culo y el
pantalón que le marcaba todo como si lo rellenara con las páginas de chistes.
Y se pasan aquí una semana o unos diez días, no sé, y todas las noches la
misma historia. En el salón Colorado de cinco a siete, ella tragando ponches
como si mañana fueran a declararlos fuera de la ley, y él con una botellita de
«Olympia», haciéndola durar. Y ella haciendo chistes y diciendo todas esas
cosas ingeniosas, y cada vez que decía una él hacía una mueca como un
jodido mono, como si le hubieran atado hilos a los extremos de la boca. Sólo
que después de unos días ya se notaba que cada vez le costaba más sonreír, y
sabe Dios lo que tendría que pensar para conseguir que le funcionara el
arma a la hora de acostarse. Bueno, y después se iban a cenar, él caminando
y ella tambaleándose, borracha como un pato, imagínese, y él pellizcando a
las camareras y haciéndoles sonrisitas mientras ella no miraba. Créame que
hasta hicimos apuestas a ver cuánto duraría.
Watson se encogió de hombros.
—Entonces, una noche, alrededor de las diez, él baja diciendo que su
«mujer» está «indispuesta», es decir que ha vuelto a desmayarse como todas
las noches que estuvo aquí, y que va a buscarle algún remedio para el
estómago. Y se va en el «Porsche» en que habían llegado y ésa fue la última
vez que se le vio el pelo. A la mañana siguiente ella baja y trata de mantener
el tipo, pero cada vez se va poniendo más y más pálida hasta que el señor
Ullman le pregunta, así, muy diplomático, si no querría notificar a la poli del
Estado, por las dudas de si él hubiera tenido un accidente o cualquier cosa. Y
ella se le viene encima como una gata. No, no, no, si él es un conductor
estupendo, ella no está preocupada, no pasa nada, él volverá para la cena y
cosas así. De modo que esa tarde, sobre las tres, ella se va al «Colorado» y no
cena nada. A las diez y media se va a su cuarto y ésa fue la última vez que la
vimos viva.
—¿Qué sucedió?
—El juez del Condado dijo que se había tomado como treinta píldoras
para dormir encima de todo el alcohol. Al día siguiente apareció el marido,
todo un gran abogado de Nueva York, y lo paseó al viejo Ullman por todos
los corredores del infierno. Que lo demandaré por esto y lo procesaré por lo
otro y cuando acabe con usted no va a poder encontrar ni siquiera un par de
calzoncillos limpios y cosas por el estilo. Pero Ullman no es tonto, el muy
mamón. Al final logró calmarlo. Me imagino que le preguntó al figurón qué
le parecería que su mujer apareciera en todos los periódicos de Nueva York:
Esposa de Prominente Blablablá neoyorquino aparece muerta con la panza
llena de somníferos. Después de haber estado jugando al escondite con un
chico que podía haber sido su nieto.
»La Policía encontró el «Porsche» en la parte de atrás de ese bar que
está abierto toda la noche en Lyonos, y Ullman tiró de algunos hilos para
conseguir que se lo devolvieran al abogado. Después, entre los dos lo
presionaron al viejo Archer Houghton, que es el juez del Condado, y
consiguieron que cambiara el fallo por el de muerte accidental. Ataque al
corazón. Y ahora el viejo Archer conduce un «Chrysler». Yo no se lo critico.
Un hombre tiene que aprovechar lo que encuentra, especialmente cuando
ya van pasando los años.
Apareció el pañuelo. Bocina. Mirada. Desaparición.
—Y entonces, ¿qué pasa? Como una semana después esa estúpida de
camarera, Delores Vickery me llama, da un grito infernal mientras está
haciendo el cuarto donde pararon esos dos y se cae desmayada. Cuando
vuelve en sí dice que ha visto a la muerta en el cuarto de baño, tendida en la
bañera, desnuda. «Con la cara de color púrpura y toda hinchada —cuenta—
y me sonrió.» Así que Ullman la despidió pagándole dos semanas y le dijo
que se esfumara. Yo calculo que en este hotel deben haberse muerto unas
cuarenta o cincuenta personas desde que mi abuelo empezó el negocio en
1910.
Clavó en Jack una mirada de astucia.
—¿Y sabe cómo murieron la mayoría? De ataques al corazón o a la
cabeza, mientras se divertían con la dama que estaba con ellos. Esos son los
que más vienen a estos lugares, tipos viejos que quieren echar la última cana
al aire. Se vienen a las montañas para hacer como si tuvieran otra vez veinte
años. Pero a veces les falla algo, y no todos los tipos que dirigieron este lugar
eran tan buenos como Ullman para escabullirse de los periódicos. Así que el
«Overlook» tiene su reputación, vaya si la tiene. Apostaría a que el jodido
«Biltmore» de Nueva York también la tiene, si uno sabe a quién hay que
preguntarle.
—Y fantasmas, ¿no hay?
—Señor Torrance, yo he trabajado aquí toda mi vida. Cuando era un
crío de la edad de su hijo en esa foto que usted me enseñó, ya jugaba aquí, y
todavía no he visto un fantasma. Venga conmigo al fondo, que le enseñaré
el depósito de herramientas.
—De acuerdo.
Mientras Watson se estiraba para apagar la luz, Jack comentó:
—Vaya cantidad de papeles que hay aquí abajo.
—No lo dirá usted en broma. Parece que se hubieran juntado durante
mil años. Periódicos y recibos viejos y facturas y cuentas y sabe Dios qué más.
Mi padre solía hacer una buena limpieza del lugar cuando teníamos el
antiguo horno de leña, pero ahora la cosa se nos ha ido de las manos. Algún
año de estos tomaré algún chico que los lleve a Sidewinder para quemarlos…
si Ullman quiere correr con el gasto. Me imagino que lo hará, si grito «ratas»
en voz bastante alta.
—Entonces, ¿hay ratas?
—Bueno… supongo que algunas. Ya tengo las ratoneras y el veneno
que el señor Ullman quiere hacerle poner a usted en el desván y aquí abajo.
Tenga cuidado con su hijo, señor Torrance, no querrá que le pase nada.
—Seguro, tiene usted razón —viniendo de Watson, el consejo no
resultaba hiriente.
Al llegar a la escalera se detuvieron un momento mientras Watson
volvía a sonarse las narices.
—Allí encontrará todas las herramientas que necesite, y algunas
innecesarias también me imagino,
Y está el asunto de las tejas. ¿Le habló Ullman de eso?
—Sí, quiere que le cambie parte de las tejas del ala oeste.
—Ese gordo presumido querrá que le haga usted tanto trabajo gratis
como pueda, y en la primavera andará llorando por ahí, porque el trabajo
no está hecho como es debido. Ya se lo dije una vez en su propia cara, le dije
que…
Las palabras de Watson fueron desvaneciéndose en un zumbido a
medida que subían las escaleras. Jack Torrance echó una mirada por encima
del hombro a la impenetrable oscuridad que olía a vejez y a moho y pensó
que si algún lugar había que debiera tener fantasmas, era ese. Pensó en
Grady, enclaustrado por la nieve lenta e implacable, enloqueciendo
lentamente hasta terminar cometiendo aquella atrocidad. ¿Habrían
gritado?, se preguntó. Pobre Grady, sentir que aquello estaba más cerca de
él cada día, saber finalmente que para él la primavera no llegaría jamás. No
debería haber estado allí. No debería haber tenido ese arranque de mal
genio.
Mientras atravesaba la puerta, siguiendo a Watson, las palabras
resonaron dentro de él como el doblar de una campana, acompañadas por
un ruido seco… como el de un lápiz que se quiebra. Dios santo, qué bien le
vendría un trago. O mil.
4. EL PAÍS DE LAS SOMBRAS
Danny sintió debilidad y, a las cuatro y cuarto, subió en busca de su
leche y sus galletas. Las engulló mientras miraba por la ventana y después
entró a besar a su madre, que se había echado. Wendy le sugirió que se
quedara dentro a ver un programa de TV, porque así el tiempo se le pasaría
más rápido, pero el chico negó firmemente con la cabeza y volvió a sentarse
al borde de la acera.
Ahora eran las cinco, y por más que no tuviera reloj ni pudiera todavía
leer muy bien la hora, Danny se daba cuenta del paso del tiempo por el
alargamiento de las sombras y por ese dejo dorado que empezaba a teñir la
luz de la tarde.
Mientras daba vueltas al planeador entre sus manos, empezó a
tararear por lo bajo: «Salta sobre mí, Lou, no me importa… salta sobre mí,
Lou, no me importa… mi maestra se marchó… Lou, Lou, salta sobre mí…» Él y
sus compañeros solían entonar juntos esa canción en el jardín de infancia
Jack y Jill, donde iba cuando vivían en Stovington. Aquí en este pueblo no
iba al jardín porque papá ya no tenía dinero suficiente para mandarle.
Danny sabía que su madre y su padre estaban preocupados por eso,
preocupados porque era algo que aumentaba su soledad (y más
profundamente aún, sin haberlo hablado entre ellos, les preocupaba que
Danny pudiera culparlos), pero en realidad él no quería seguir yendo al viejo
Jack y Jill. Eso era para bebés. Y aunque él todavía no era un chico grande,
tampoco era un bebé. Los chicos grandes iban a la escuela de los grandes,
donde les servían un almuerzo caliente. El año próximo, primer grado. Este
año era como un lugar intermedio entre ser bebé y ser un chico grande. Pero
estaba bien. Echaba de menos a Scott y a Andy —principalmente a Scott—,
pero así y todo, estaba bien. Parecía mejor estar solo para esperar cualquier
cosa que pudiera suceder.
Danny entendía muchísimas cosas de sus padres, y sabía que muchas
veces a ellos no les gustaba que él entendiera, y que muchas otras se
negaban a creer que así fuera. Pero algún día tendrían que creerlo. Él se
conformaba con esperar.
Pero era una pena que no pudieran creerlo, especialmente en
momentos como éste. Mamá estaba echada en su cama, en el apartamento,
a punto de llorar de tan preocupada que estaba por papá. Algunas de las
cosas que la preocupaban eran demasiado de adultos para que Danny las
entendiera; cosas vagas que tenían que ver con la seguridad, con la imagen
de sí mismo de papá, con sentimientos de culpa y de enojo y con el miedo
por lo que podría suceder con ellos, pero las dos cosas principales que en ese
momento la preocupaban eran que papá hubiera tenido una avería en la
montaña (si no, ¿por qué no telefoneaba?) o que se hubiera ido a hacer
Algo Malo. Danny sabía perfectamente qué era Algo Malo desde que se lo
había explicado Scotty Aaronson, que tenía seis meses más que él. Y Scotty lo
sabía porque también su papá había hecho Algo Malo. Scotty le había
contado que una vez, su papá le había dado a su mamá un puñetazo en un
ojo y la había derribado. Finalmente, el papá y la mamá de Scotty se habían
DIVORCIADO por aquel Algo Malo, de modo que cuando Danny lo conoció,
Scotty vivía con su madre y únicamente veía a su papá los fines de semana. El
terror mayor de la vida de Danny era el DIVORCIO, palabra que siempre se le
aparecía mentalmente como un cartel pintado con letras rojas cubiertas de
serpientes sibilantes y venenosas. Cuándo había un DIVORCIO, los padres de
uno ya no vivían juntos y se peleaban por el hijo en un tribunal, y uno tenía
que irse a vivir con uno de ellos y al otro no lo veía prácticamente nunca, y
ese con el que uno estaba podía casarse con alguien a quien uno no conocía
siquiera, si les entraba mucha prisa. Lo que más aterrorizaba a Danny del
DIVORCIO era que había notado que la palabra —o el concepto, o lo que
fuere que se le presentaba en su comprensión— estaba flotando en la
cabeza de sus padres, a veces en forma difusa y relativamente distante, pero
otras como algo tan denso, oscuro e impresionante como las nubes de
tormenta. Ocurría así desde esa vez que papá le castigó por desordenar y
ensuciar los papeles que tenía arriba, en su estudio, y el médico tuvo que
escayolarle el brazo. El recuerdo del episodio ya se había desvanecido, pero
el recuerdo de las ideas de DIVORCIO era nítido y angustiante. Era una idea
que por ese entonces había rondado principalmente a su mamá, y Danny
había vivido en el terror constante de que ella se arrancara la palabra del
cerebro y la echara por la boca convirtiéndola en realidad. DIVORCIO. Era
una corriente subterránea constante en el pensamiento de sus padres, una
de las pocas ideas que Danny podía detectar siempre, como se percibe un
ritmo musical sencillo. Pero, lo mismo que un ritmo, la idea central no era
más que la espina dorsal de otras ideas más complejas, de cosas que él
todavía no podía siquiera empezar a interpretar, que se le presentaban
apenas como colores y estados de ánimo. Las ideas de DIVORCIO de mamá,
giraban en torno de lo que papá le había hecho en el brazo y de lo que
había sucedido en Strovington cuando se quedó sin trabajo. Ese chico. Ese
George Hatfield que se había enfadado con papá y le había pinchado las
ruedas del coche. Las ideas de DIVORCIO de papá eran más complejas, de un
color violeta oscuro y surcadas por aterradoras venas de negro intenso.
Parecía que papá pensara que ellos estarían mejor si él se iba, que las cosas
dejarían de hacer daño. Su papá hacía daño todo el tiempo, principalmente
por su deseo de hacer Algo Malo. Eso también era algo que Danny podía
detectar casi siempre: la constante ansiedad de su padre por refugiarse en
un lugar oscuro a mirar un televisor en colores y comer cacahuetes que iba
sacando de un tazón y hacer Algo Malo hasta que el cerebro se le aquietara
y le dejara en paz.
Pero esa tarde su madre no tenía necesidad de preocuparse, y Danny
habría querido poder ir a decírselo. El coche no se había averiado, ni papá
estaba en ninguna parte haciendo Algo Malo. En ese momento estaba casi
llegando a casa, recorriendo la carretera entre Lyons y Boulder. Por el
momento, papá no pensaba siquiera en hacer Algo Malo, Pensaba en… en…
Danny miró furtivamente a sus espaldas, hacia la ventana de la cocina.
A veces, al esforzarse mucho en pensar le sucedía algo. Sucedía que las cosas
—las cosas reales— se iban, y entonces Danny veía otras que no estaban. Una
vez, durante la cena, le había sucedido eso, no mucho después de que le
hubieran escayolado el brazo. En ese momento ninguno hablaba mucho con
los otros. Pero pensaban, eso sí. Las ideas de DIVORCIO se cernían sobre la
mesa de la cocina como una nube negra llena de lluvia, preñada, próxima a
estallar. Él se sentía tan mal que no podía comer; la idea de comer con toda
esa nube negra de DIVORCIO encima le daba ganas de vomitar. Y como todo
le parecía tan desesperadamente importante, Danny se había sumergido por
completo en la concentración y había sucedido algo. Cuando regresó al
mundo de las cosas reales, estaba tendido en el suelo, sucio de judías y de
puré de patatas, y su mamá lo tenía en brazos y lloraba mientras papá
llamaba por teléfono. Él se había asustado y había tratado de explicarles que
no pasaba nada, que eso era lo que le sucedía a veces cuando se concentraba
para entender más de lo que normalmente podía. Intentó explicarle lo de
Tony, a quien ellos llamaban su «compañero de juegos invisibles».
—Ha tenido una A Lu Ci Nación —había dicho su padre—. Y aunque
ahora parece bien, de todas maneras quiero que lo vea el médico.
Cuando se fue el medico, mamá le había hecho prometer que jamás
volvería a hacer eso, que nunca les volvería a asustar de esa manera, y Danny
había accedido. Él también estaba asustado, porque al concentrarse, su
mente había volado hacia su papá y durante un momento, antes de que
apareciera Tony (desde lejos, como siempre, llamándolo a la distancia) y las
cosas raras hubieran eclipsado la cocina y la tajada de asado sobre el plato
azul, durante un momento apenas su propia conciencia había atravesado la
oscuridad de su padre hasta hundirse en una palabra incomprensible, mucho
más aterradora que DIVORCIO, y esa palabra era SUICIDIO. Danny jamás
había vuelto a encontrarla en la mente de su papá, y ciertamente no había
vuelto a buscarla. No tenía ningún interés en llegar a saber con exactitud el
significado de esa palabra.
Pero concentrarse sí le gustaba, porque a veces venía Tony. No
siempre. A veces las cosas simplemente se ponían inciertas y nebulosas
durante un minuto y después se aclaraban… la mayoría de las veces, en
realidad. Pero otras veces, en el límite mismo de la visión; se le aparecía
Tony, llamándolo a la distancia, haciéndole señas…
Le había sucedido dos veces desde que se mudaron a Boulder, y Danny
recordaba lo sorprendido y encantado que se había sentido al descubrir que
Tony lo había seguido todo el camino desde Vermont. De manera que en
definitiva no había perdido a todos sus amigos.
La primera vez él estaba afuera, en el patio del fondo, y lo sucedido
no era mucho. Simplemente que Tony le había hecho señas y después hubo
oscuridad y unos minutos más tarde Danny regresaba a las cosas reales con
algunos vagos fragmentos de recuerdo, como de un sueño enmarañado. La
segunda vez, dos semanas antes, había sido más interesante. Tony le hacía
señas, le llamaba desde una distancia de cuatro metros: un solo «Danny…
Ven a ver…». Parecía como si estuviera levantándose y después se hubiera
caído en un profundo agujero, como Alicia en el País de las Maravillas.
Después, Danny bajó al sótano de la casa y Tony estuvo junto a él,
señalándole en las sombras el baúl donde su papá guardaba todos los
papeles importantes, especialmente «LA OBRA».
—¿Ves? —le había preguntado Tony con su voz musical y distante—.
Está ahí bajo la escalera. Exactamente bajo la escalera. Los hombres de la
mudanza lo pusieron exactamente… bajo… la escalera.
Danny había dado un paso adelante para mirar más de cerca esa
maravilla y entonces, de nuevo, se encontró cayendo, esta vez desde el
columpio del patio del fondo, donde había estado sentado durante todo ese
tiempo, y de golpe, hasta se quedó sin aliento.
Tres o cuatro días más tarde, papá estuvo paseándose furiosamente
mientras le decía a mamá que se había recorrido todo el maldito sótano y el
baúl no estaba, y que les iba a entablar juicio a los de la maldita empresa de
mudanzas, que le habían perdido entre Vermont y Colorado. ¿Cómo iba a
poder terminar «LA OBRA» si seguían sucediéndole cosas como ésa?
—No, papá —le había dicho Danny—. Está debajo de la escalera. Los
de la mudanza lo pusieron directamente bajo la escalera.
Papá lo miró de una manera extraña y después fue a ver. Y el baúl
estaba allí, exactamente donde Tony había dicho. Papá se lo llevó aparte, lo
sentó en las rodillas y le preguntó quién le había dejado bajar al sótano.
¿Había sido Tom, el del piso de arriba? El sótano era peligroso, decía papá;
por eso el casero lo mantenía cerrado con llave. Si alguien lo dejaba sin llave,
papá quería saberlo. Aunque se alegraba de tener allí sus papeles y su
«OBRA», eso no valdría la pena, le dijo, si Danny se caía por las escaleras y se
rompía e… la pierna. Danny dijo con toda seriedad a su padre que él no
había bajado al sótano. Esa puerta estaba siempre cerrada con llave. Y mamá
dijo lo mismo. Danny nunca bajaba al vestíbulo del fondo, dijo, porque era
húmedo y oscuro y estaba lleno de arañas. Y él no decía mentiras.
—Entonces, ¿cómo lo sabías, hijo? —le preguntó papá.
—Me lo mostró Tony.
Su madre y su padre habían cambiado una mirada por encima de su
cabeza. Había sucedido otras veces, ocasionalmente. Y como eso los
asustaba, lo apartaban cuanto antes de la cabeza. Pero Danny sabía que
estaban preocupados por Tony, especialmente mamá, y él se cuidaba mucho
de no pensar de la manera que podía hacer aparecer a Tony cuando ella
podía verlo. Pero ahora que su madre estaba echada y no iría por el
momento a la cocina, se concentró intensamente para ver si podía entender
en qué estaba pensando papá.
Se le arrugó la frente y las manos, no demasiado limpias, se cerraron
en tensos puños sobre los tejanos. Danny no cerró los ojos; no era necesario,
sino que los entornó bastante, mientras se imaginaba la voz de papá, la voz
de Jack, la voz de John Daniel Torrance, calma y profunda, que a veces se
estremecía de risa o se hacía más grave aún por el enojo, o simplemente
seguía siendo calma, porque su padre estaba pensando. Pensando en.
Pensando sobre. Pensando…
(pensando)
Danny suspiró, silenciosamente, y su cuerpo se aflojó sobre la acera
como si de pronto se hubiera quedado sin músculos. Estaba totalmente
consciente; veía la calle y la chica y el muchacho que venían por la acera del
lado de enfrente, cogidos de la mano porque estaban
(¿enamorados?)
felices por el día y por estar juntos ese día. Veía las hojas de otoño
arremolinándose en el arroyo, como ruedas amarillas de formas irregulares.
Veía la casa frente a la cual pasaban y se fijó en que el tejado estaba
cubierto de
(tejas, sí creo que no habrá problema si la caída de aguas está bien así
estará perfecto, ese watson que personaje, ojalá le encuentre lugar en «LA
OBRA», si no tengo cuidado terminaré por meter en ella a todo el maldito
género humano, sí. tejas, ¿habrá clavos ahí fuera? a la mierda, me olvidé de
preguntarle, bueno son fáciles de conseguir, en la ferretería de sidewinder.
avispas, es la época en que anidan, tal vez tendría que conseguir un
pulverizador de insecticida para cuando saque las tejas viejas, las tejas
nuevas, las)
tejas. Así que estaba pensando en eso. Había conseguido el trabajo y
estaba pensando en las tejas. Danny no sabía quién era Watson, pero todo lo
demás le parecía bastante claro. Y por fin podría ver un avispero. Tan seguro
como que se llamaba
—Danny… Danny…
Levantó los ojos y allí estaba Tony, lejos como siempre, en la calle, de
pie junto a una señal de stop, saludándolo con la mano. Danny, como
siempre, sintió una cálida oleada de placer al ver a su viejo amigo, pero esa
vez le pareció sentir también un aguijonazo de miedo, como si Tony hubiera
venido con alguna sombra oculta a la espalda. Un bote lleno de avispas que,
cuando quedaran en libertad, le picarían despiadadamente.
Pero no era cuestión de no ir.
Se repantingó más sobre el bordillo de la acera, y las manos se le
deslizaron, laxas, entre los muslos para quedar colgando por debajo del
ángulo de la entrepierna. El mentón se hundió sobre el pecho. Después vino
un tirón, leve e indoloro: una parte de él se levantó y echó a correr en pos de
Tony, hacia un cono de oscuridad.
—Danny…
Ahora la oscuridad estaba surcada por una blancura remolineante. Un
ruido convulsivo, como una tos, y sombras doblegadas, torturadas, que se
revelaron como abetos sacudidos en la noche por una borrasca atronadora.
Nieve que giraba y danzaba. Nieve por todas partes.
—Demasiado profunda —dijo Tony desde la oscuridad, y en su voz
había una tristeza que aterró a Danny—. Demasiado profunda para salir.
Otra forma, amenazante, en el fondo. Rectangular y enorme. Un
tejado en pendiente; Blancura que se perdía en la oscuridad tormentosa.
Muchas ventanas. Un edificio largo con tejas de madera. Algunas tejas eran
más verdes, más nuevas. Las había puesto su papá. Con clavos de la ferretería
de Sidewinder. Ahora la nieve estaba cubriendo las tejas. Estaba cubriéndolo
todo.
Una luz verde, sobrenatural, se encendió en el frente del edificio,
parpadeó y se convirtió en una gigantesca calavera que sonreía sobre dos
tibias cruzadas.
—Veneno —advirtió Tony desde la flotante oscuridad—. Veneno.
Otros signos parpadeaban ante sus ojos, algunos en letras verdes,
algunos escritos en tablas que se inclinaban y torcían bajo el empuje de la
ventisca. PROHIBIDO NADAR. ¡PELIGRO! CABLES ELECTRIZADOS. PROHIBIDO
ENTRAR EN ESTA PROPIEDAD. ALTA TENSIÓN. TERCER RIEL. PELIGRO DE
MUERTE. CUIDADO. NO ENTRAR. SE DISPARARÁ SOBRE LOS INFRACTORES.
Danny no entendía del todo ninguno de ellos (¡si no sabía leer!), pero todos
le daban una sensación general de terror onírico que se le infiltró en todos
los huecos oscuros del cuerpo, como esporas leves, oscuras, que se morirían a
la luz del sol.
Los carteles se desvanecieron. Ahora estaba en un cuarto lleno de
muebles extraños, un cuarto que estaba a oscuras. La nieve golpeaba contra
las ventanas como si arrojaran arena. Danny sentía la garganta seca, los ojos
ardientes, el corazón se le paseaba a martillazos por el pecho. Afuera había
un ruido hueco, retumbante, como el de una puerta espantosa que se abre
bruscamente de par en par. Ruido de pasos. Del otro lado de la habitación
había un espejo, y en lo más hondo de su burbuja de plata aparecía una
palabra escrita en fuego verde y esa palabra era REDRUM2.
El cuarto se esfumó. Otro cuarto. Danny lo conocía
(lo conocería)
bien. Una silla derribada. Una ventana rota por donde entraban
remolinos de nieve; nieve que se había helado ya sobre el borde de la
alfombra. Las cortinas habían sido arrancadas a tirones y pendían de su
barrote, quebrado en ángulo. Un armario pequeño, caído boca abajo.
Más ruidos huecos y resonantes, constantes, rítmicos, horribles. De
cristal que se rompe. De destrucción que se acerca. Una voz ronca, la voz de
un loco, más terrible aún por ser familiar:
—¡Sal! ¡A ver si sales, mierda, a tomar tu medicina!
Crash. Crash. Crash. Madera que se parte. Un rugido de satisfacción y
de rabia. REDRUM. Ya viene.
Recorriendo el cuarto, sin rumbo. Arrancando cuadros de las paredes.
Un tocadiscos
(¿el tocadiscos de mamá?)
arrojado sobre el piso. Los discos de ella, Grieg, Händel, los Beatles,
Art Garfunkel, Bach, Liszt, desparramados por todas partes. Rotos, hechos
pedazos. Un rayo de luz que llega desde otra habitación, desde el cuarto de
baño, una luz blanca y cruda y una palabra que parpadea, encendiéndose y
apagándose en el espejo del botiquín, como un ojo de color púrpura,
REDRUM, REDRUM, REDRUM…
—No —susurró—. No, Tony, por favor…
Y pendiendo inerte por encima del labio blanco de la bañera, una
mano. Laxa. Un lento hilo de sangre (REDRUM) que resbala por uno de los
dedos, el del medio, y va a gotear sobre los azulejos desde la uña
cuidadosamente manicurada…
No, oh no, no no…
(oh por favor, Tony, que me das miedo)
REDRUM REDRUM REDRUM
(no sigas Tony no sigas)
Se desvanecía.
En la oscuridad los ruidos retumbantes se hacían más fuertes, seguían
creciendo, en ecos, por todas partes, por todos lados.
Y ahora Danny estaba en cuclillas en un pasillo oscuro, agazapado
sobre una alfombra azul con un tumulto de formas negras retorcidas
2 Esta palabra no tiene significado directo alguno. Aparecerá varias veces en
los sueños de Danny. Más ade lante se descubrirá su misterioso significado.
(N. de la T.)
entretejidas en la trama, escuchando los ruidos retumbantes que se
acercaban y una Forma dobló por el pasillo y empezó a acercársele,
tambaleante, oliendo a sangre y destrucción. En la mano llevaba un mazo
que hacía girar (REDRUM) de un lado a otro describiendo arcos implacables,
asestándolo contra las paredes, destrozando el empapelado y haciendo volar
nubes fantasmales de polvo de yeso:
—¡Ven a tomar tu medicina! ¡Tómala como un hombre!
La Forma que avanzaba sobre él, apestando con un hedor agridulce,
gigantesca, cortando el aire con el mazo con un maligno susurro sibilante y
después el gran retumbo hueco al estrellarlo contra la pared, haciendo volar
el polvo que se le metía a uno por las narices, seco e irritante. Minúsculos
ojos de fuego que relucían en la oscuridad. El monstruo ya estaba sobre él;
lo había descubierto, allí, acurrucado, con la espalda contra la pared. Y la
puerta trampa del techo estaba cerrada con llave.
Oscuridad. Sin rumbo.
—Tony, por favor quiero volver, por favor, por favor…
Y volvió. Estaba sentado en la acera de Arapahoe Street, con la camisa
húmeda pegada a la espalda y el cuerpo bañado en sudor. En los oídos le
resonaba todavía el tremendo contrapunto retumbante de ese ruido y olió
su propia orina que no había podido controlar por el terror. Seguía viendo
esa mano que colgaba flojamente sobre el borde de la bañera mientras la
sangre le corría por un dedo, el del medio, y esa palabra inexplicable que era
mucho más horrible que ninguna de las otras: REDRUM.
Y ahora la luz del sol. Las cosas reales. A no ser por Tony, ya muy lejos,
un puntito apenas, de pie en la esquina, hablándole con su voz débil, aguda,
dulce.
—Cuídate, doc…
Después, en un instante, Tony desapareció y el destartalado cochecito
rojo de papá apareció doblando la esquina, traqueteando por la calle,
arrojando por el escape nubecitas de humo azul. En un segundo Danny
estuvo de pie, saludando con la mano, saltando de un pie a otro, gritando:
—¡Papi! ¡Eh, papi! ¡Hola, hola!
Papá acercó el «Volkswagen» a la acera, paró el motor y abrió la
puerta. Danny corrió hacia él, pero se quedó helado, con los ojos muy
abiertos. El corazón se le subió hasta la garganta y allí se le quedó. Junto a
su papá, en el otro asiento delantero, había un mazo de mango corto, todo
pegoteado de sangre y pelos.
No, no era más que el bolso de la compra.
—Danny… ¿estás bien, doc?
—Sí, muy bien —se acercó a su padre y hundió la cara en el forro de
piel de oveja de su chaqueta de dril y lo abrazó fuerte fuerte fuerte. Jack
también lo abrazó, un poco perplejo.
—Oye, será mejor que no te quedes así sentado al sol, hijo. Estás todo
sudoroso.
—Creo que me quedé un rato dormido. Te quiero, papá. Te estaba
esperando.
—Yo también te quiero, Dan. Mira, he traído algunas cosas. ¿Crees
que eres bastante grande para subirlas?
—¡Claro!
—Doc Torrance, el hombre más fuerte del mundo —anunció Jack,
mientras le desordenaba el pelo—. Que se entretiene quedándose dormido
en las esquinas.
Después los dos fueron hacia la puerta y mamá bajó al porche, a su
encuentro, y Danny se quedó en el segundo escalón, mirando cómo se
besaban sus padres. Estaban contentos de verse. El amor fluía de ellos de la
misma manera que había fluido del muchacho y de la chica que se paseaban
por la calle cogidos de la mano. Danny estaba contento.
El bolso de la compra —que no era más que el bolso de la compra— crujía entre sus
brazos. Todo estaba bien. Papá había vuelto, mamá lo quería. No había nada de malo. Y no
todo lo que Tony le mostraba sucedía siempre.
Pero el miedo se le había instalado en el corazón, profundo y terrible,
en el corazón y en esa palabra indescifrable que había visto en el espejo de
su espíritu.
5. LA CABINA TELEFÓNICA
Jack aparcó el «Volkswagen» frente al «Rexall», en el centro comercial y dejó que el
motor se parara. Volvió a pensar si no tendría que decidirse a cambiar de una vez la bomba
de la gasolina y volvió a considerar que no podían permitirse ese gasto. Si el coche
aguantaba hasta noviembre, podría jubilarse con todos los honores. Para noviembre, allá en
las montañas, la nieve ya estaría más alta que el techo del cacharro… y tal vez más alta que
tres cacharros de esos apilados uno encima del otro.
—Quiero que te quedes en el coche, doc. Te traeré una barra de
caramelo.
—¿Por qué no puedo ir?
—Tengo que hacer una llamada telefónica y es un asunto privado.
—¿Por eso no la hiciste desde casa?
—Por eso.
Wendy había insistido en que tuvieran teléfono, a pesar de lo
ajustado de sus recursos. Con un niño pequeño, había dicho (y especialmente
con un chico como Danny, que a veces tenía pérdidas de conocimiento), no
podían permitirse carecer de teléfono. De modo que Jack había hecho frente
a los treinta dólares de gastos de instalación —lo que ya era bastante
grave— y a un depósito de noventa dólares de fianza, que era realmente
doloroso. Y hasta ese momento, a no ser por dos llamadas equivocadas, el
teléfono había estado mudo.
—¿Puedes traerme uno de fruta, papá?
—Claro. Pero quédate quieto y no juegues con la palanca de cambios,
¿eh?
—Bueno. Miraré los mapas.
—Eso.
Mientras Jack salía, Danny abrió la guantera y sacó los cinco ajados
mapas de carreteras: Colorado, Nebraska, Utah, Wyoming, Nuevo México. Le
encantaban los mapas de carreteras, le gustaba seguir con el dedo el
recorrido de las rutas. Por lo que a él se refería, tener mapas nuevos era lo
mejor de haberse mudado al Oeste.
Jack fue al mostrador del drugstore, compró la barrita de caramelo
para Danny, un periódico y un ejemplar de Selecciones para Escritores del
mes de octubre. Pagó a la chica con un billete de cinco dólares y le pidió que
le diera el cambio en monedas de veinticinco. Con ellas en la mano se dirigió
hacia la cabina telefónica colocada junto a la máquina de hacer llaves y se
metió dentro. Desde allí, a través de tres cristales, podía ver a su hijo dentro
del «Volkswagen». La cabeza del niño se inclinaba con seriedad sobre los
mapas. Jack sintió una oleada de amor casi desesperado por su hijo. La
emoción se tradujo en su rostro en una hosquedad pétrea.
Pensaba que en realidad tendría que haber hecho desde su casa la ineludible
llamada de agradecimiento a Al; desde luego, no iba a decirle nada que Wendy pudiera
objetar. Era su orgullo el que se lo vedaba. Por entonces, casi siempre prestaba oídos a lo
que decía su orgullo, porque aparte de su mujer y su hijo, seiscientos dólares en su cuenta
bancaria y un exhausto «Volkswagen» de 1968, era lo único que le quedaba. Lo único que le
pertenecía. Hasta la cuenta bancaria era conjunta. Un año atrás era profesor de inglés en
una de las mejores escuelas preparatorias de Nueva Inglaterra. Allí había tenido amigos —
aunque no exactamente los mismos que antes de dejar la bebida—, algunas diversiones y
también colegas que admiraban su soltura en el aula, y el hecho de que fuera escritor en su
vida privada. Seis meses antes, las cosas iban bien. De pronto, incluso les quedó el dinero
suficiente, al final de cada quincena, para hacer unos pequeños ahorros. En la época en que
bebía no le quedaba jamás un centavo, por más que Al Shockley le ayudara muchas veces. Él
y Wendy habían empezado, cautelosamente, a hablar de una casa y de dar una entrada,
para dentro de un año o cosa así. Una granja, en el campo, aunque hicieran falta unos seis u
ocho años para renovarla por completo, qué demonios, eran jóvenes, tenían tiempo.
Y entonces había tenido un arranque de mal genio.
George Hatfield.
El aroma de la esperanza se había convertido en el olor a cuero viejo
del despacho de Crommert, donde todo parecía una escena tomada de su
propia obra: las viejas imágenes de los antiguos directores de Stovington en
las paredes, los grabados en acero de la facultad tal como era en 1879,
cuando la construyeron, y en 1895, cuando el dinero de Vanderbilt les
permitió construir la casa de campo que todavía se levantaba al extremo
oeste del campo de fútbol, inmensa y chata, revestida de hiedra. La hiedra
de abril susurraba del otro lado de la estrecha ventana de Crommert, y del
radiador brotaba la voz soñolienta del vapor de agua. Pero no es un
decorado, había pensado él. Era real. Era su vida. ¿Cómo podía haberla
jodido de semejante manera?
—Es una situación grave, Jack. Tremendamente grave. La Junta me ha
pedido que le transmita a usted su decisión.
La Junta quería la renuncia de Jack, él la presentó. En circunstancias
diferentes, para junio lo habrían confirmado en la cátedra.
Lo que había seguido a esa entrevista en el despacho de Crommert
había sido la noche más oscura y terrible de su vida. El deseo, la necesidad de
emborracharse jamás habían sido tan fuertes. Le temblaban las manos. Se le
caían las cosas. Una y otra vez descargó su irritación en Wendy y en Danny.
Su humor era una especie de animal salvaje sujeto con una traílla a punto de
romperse. Aterrorizado ante la posibilidad de hacerles daño, se había ido de
casa. Había ido a parar frente a un bar, y si no entró fue porque sabía que, si
lo hacía, Wendy lo dejaría por fin y se llevaría consigo a Danny. Y cuando
ellos se fueran, todo se habría acabado para él.
En vez de entrar en el bar, donde oscuras sombras inmóviles
saboreaban las aguas del olvido, se había ido a la casa de Al Shockley. El
resultado de la votación de la Junta había sido 6-1. Ese uno había sido Al.
Marcó el número de la telefonista, y la voz le dijo que por un dólar ochenta y cinco
podían ponerlo durante tres minutos en contacto con Al, a tres mil doscientos kilómetros de
distancia. Qué relativo es el tiempo, nena, pensó mientras metía en la ranura ocho monedas
de veinticinco centavos. Débilmente, alcanzaba a oír los zumbidos y chillidos electrónicos de
la conexión que se establecía hacia el Este.
Al era hijo de Arthur Longley Shockley, barón del acero, de quien —
como único hijo— había heredado una fortuna, además de una gran
variedad de inversiones y de cargos en diversos consejos y juntas. Una de
ellas era el de la Junta de Directores de la Academia preparatoria de
Stovington, la institución favorita del viejo. Tanto Arthur como Albert
Shockley eran graduados; y Al vivía en Barre, lo bastante cerca para
interesarse personalmente por los asuntos de la Universidad. Durante varios
años, Al había sido el entrenador de tenis de Stovington.
Jack y Al se habían hecho amigos de una manera completamente
natural e impremeditada: en las muchas reuniones de la Facultad a las que
asistían juntos, ellos eran siempre los dos concurrentes más borrachos.
Shockley estaba separado de su mujer y, en cuanto a Jack, su matrimonio iba
lentamente cuesta abajo, aunque siguiera amando a Wendy y le hubiera
prometido con sinceridad (y con frecuencia) que se corregiría, por ella y por
el pequeño Danny.
De muchas fiestas de la Facultad, los dos salían a recorrer los bares
hasta que cerraban, para después detenerse en alguna tienda que estuviera
abierta a comprarse un cajón de cerveza que se bebían en el coche,
aparcados al final de algún camino solitario. Había mañanas en que, al
entrar tambaleándose en la casa que alquilaban, mientras la aurora se
insinuaba ya en el cielo, Jack se encontraba a Wendy y al bebé dormidos
sobre el diván, Danny siempre del lado de adentro, con un puñito cerrado
bajo la mandíbula de Wendy. Cuando los miraba, el odio y el asco de sí
mismo le subían en una amarga oleada a la garganta, cubriendo incluso el
gusto de la cerveza y de los cigarrillos y de los martinis… los marcianos, como
los llamaba Al. Eran las ocasiones en que, meditada y cuerdamente, sus
pensamientos se volvían hacia el revólver, la soga o la navaja de afeitar.
Si la curda se producía por la noche, como sucedía muchas veces, Jack
dormía tres horas, se levantaba, se vestía, se tomaba cuatro Excedrinas y,
todavía borracho, se iba a dar su clase de las nueve, sobre poesía
norteamericana. Buenos días, chicos, hoy el genio de los ojos enrojecidos os
va a contar cómo perdió Longfellow a su mujer en el gran incendio.
Él nunca había creído que fuera un alcohólico, pensó Jack mientras oía
sonar el teléfono de Al. ¡La de clases a las que habría faltado, o las que había
dado sin afeitarse, apestando todavía a los marcianos de la noche anterior!
No por mí, que yo puedo dejarlo en cualquier momento. ¡La de noches que
él y Wendy habrían pasado en camas separadas! Pero oye, si estoy
perfectamente. Los parachoques abollados. Claro que estoy en condiciones
de conducir. Las lágrimas que ella vertía en el cuarto de baño. Las miradas
cautelosas de los colegas cuando en una fiesta se servía aunque sólo fuera
vino. El ir comprendiendo, lentamente, que todo el mundo hablaba de él. Y
la conciencia de que su «Underwood» no producía más que bolas de papel
arrugado en su mayor parte en blanco, que iban a parar al cesto de los
papeles. En Stovington había sido una pequeña luminaria, un escritor
norteamericano en gradual florecimiento, quizá, y sin duda un hombre con
condiciones para enseñar ese gran misterio de la creación literaria. Había
publicado dos docenas de cuentos. Estaba trabajando en una obra de teatro
y pensaba que en alguna trastienda mental debía estar incubándose una
novela. Pero ahora no producía nada y su enseñanza era un desastre.
Finalmente, la cosa terminó una noche, poco menos que un mes
después que Jack le rompiera el brazo a su hijo. Eso, era la impresión que él
tenía, había puesto término a su matrimonio. Lo único que faltaba era que
Wendy se decidiera… estaba seguro de que si su madre no hubiera sido la
zorra que era, Wendy habría tomado el autobús de vuelta a New Hampshire
en cuanto Danny hubiera estado en condiciones de viajar. Todo había
acabado.
Era poco más de medianoche. Jack y Al entraban en Barre por la
carretera 31, Al sentado al volante de su «Jaguar», tomando sin precaución
alguna de las curvas, pasándose a veces de la doble línea amarilla. Los dos
iban muy borrachos; esa noche los marcianos habían aterrizado en gran
número. Tomaron la última curva antes del puente a más de 110. En el
camino había una bicicleta de niño, y hubo un chillido doloroso y agudo de
la goma arrancada de los neumáticos del «Jag». Jack recordaba haber visto
la cara de Al suspendida sobre el volante como una luna blanca y redonda.
Después, el ruido de metal que se aplasta al chocar con la bicicleta aún a
sesenta y cinco, el vuelo de ésta como un pájaro doblado y retorcido, el
manillar que golpea el parabrisas y vuelve a salir por el aire, dejando ante los
ojos desorbitados de Jack la telaraña astillada del cristal de seguridad. Un
momento después, el golpe final, espantoso, al estrellarse en el camino a
espaldas de ellos. Y algo que los sacudía desde abajo mientras los
neumáticos lo aplastaban. El «Jag» patinó de costado, con Al aún aferrado al
volante, y desde muy lejos Jack se oyó decir:
—Por Dios, Al, le hemos pasado por encima. Lo he sentido.
En el oído, el teléfono seguía sonando. Vamos, Al. Contesta. Así
puedo terminar con esto.
—Un par de llamadas más, señorita, si no tiene inconveniente.
—Sí, señor —dijo obedientemente la voz.
¡Vamos, Al!
Al había atravesado el puente para ir hasta el teléfono público más
cercano, desde donde llamó a un amigo soltero para decirle que se ganaría
cincuenta dólares si le buscaba en su garaje los neumáticos para la nieve del
«Jaguar» y se los llevaba al puente de la carretera 31, en las afueras de Barre.
Veinte minutos después apareció el amigo, en tejanos y chaqueta de pijama.
—¿Habéis matado a alguien? —preguntó después de haber recorrido
la escena con la vista.
Al ya estaba levantando con el gato la parte trasera del coche,
mientras Jack aflojaba los bulones.
—Providencialmente, no —respondió Al.
—De todas maneras, creo que yo me vuelvo. Me pagarás mañana.
—De acuerdo —respondió Al, sin levantar la vista.
Los dos habían cambiado las ruedas sin incidente alguno, y juntos
habían regresado a la casa de Al Shockley. Al guardó el «Jag» en el garaje y
paró el motor.
En la silenciosa oscuridad, declaró:
—Para mí, se acabó el trago, Jacky. Se terminó. Hoy he matado mi
último marciano.
Y ahora, mientras sudaba dentro de la cabina telefónica, a Jack se le
ocurrió que jamás había dudado de la capacidad de Al para llevar a la
práctica su decisión. Él había vuelto a su casa conduciendo el «Volkswagen»,
con la radio encendida, mientras algún conjunto salmodiaba repetidamente,
como un ensalmo en la hora que procede al amanecer: Hazlo de todos
modos… necesitas hacerlo… hazlo de todos modos… necesitas… Por más
fuerte que lo pusiera, seguía oyendo el alarido de los neumáticos, el choque.
Cuando parpadeaba, al cerrar los ojos veía rueda aplastada con los radios
rotos que apuntaban al cielo.
Cuando entró, Wendy estaba dormida en el diván. Miró en el cuarto
de Danny y lo vio de espaldas en su cunita, profundamente dormido, con el
bracito todavía escayolado. Bajo el pálido resplandor que le llegaba de la luz
de la calle alcanzaba a ver sobre la blancura de la escayola las líneas oscuras
donde todos los médicos y las enfermeras del departamento de pediatría
habían firmado.
Fue un accidente. Se cayó por las escaleras,
(mentiroso inmundo)
Fue un accidente. Tuve un arranque de mal genio.
(borracho de mierda basura cuando Dios se sonó las narices lo que
salió fuiste tú)
Escuche eh venga por favor, no fue más que un accidente…
Pero la última súplica fue anegada por la imagen de esa linterna que
oscilaba mientras ellos buscaban entre las malezas secas de fines de
noviembre el cuerpo despatarrado que con toda razón debería haber estado
allí, esperando a la Policía. No importaba que condujera Al. Otras noches era
él.
Acomodó mejor las mantas para cubrir a Danny, fue al dormitorio y
sacó del estante más alto del armario la «Llama» del 38 que guardaba en
una caja de zapatos. Durante casi una hora estuvo sentado en la cama,
mirándola, fascinado por su resplandor mortal.
Amanecía cuando volvió a ponerla en la caja y guardó ésta en el
armario.
Luego llamó a Bruckner, el jefe del departamento para decirle que le
suspendiera las clases porque estaba con gripe. Bruckner había accedido,
pero no con tan buena disposición como de costumbre. El último año, Jack
Torrance había estado demasiado propenso a las gripes.
Wendy le preparó café y huevos revueltos, y desayunaron en silencio.
El único ruido venía del patio de atrás, donde Danny hacía correr
jubilosamente sus camiones por el cuadrado de arena, con su mano sana.
Mientras lavaba los platos, de espaldas a él, Wendy le dijo:
—Jack, he estado pensando.
—¿Sí? —con manos temblorosas, encendió un cigarrillo. Cosa rara, esa
mañana no tenía resaca. Solamente los temblores. Parpadeó; en la oscuridad
instantánea la bicicleta voló contra el parabrisas, astillando el cristal. Los
neumáticos chillaron. La linterna oscilaba.
—Quiero hablar contigo de… de lo que sea mejor para mí y para
Danny. Para ti también, quizá. No lo sé. Tal vez deberíamos haber hablado
antes de eso.
—¿Quieres hacerme un favor? —preguntó él, con los ojos fijos en la
trémula brasa del cigarrillo—. ¿Quieres hacerme un favor?
—¿Qué? —La voz de Wendy era inexpresiva, neutra. Él habló
mirándole la espalda.
—Que lo hablemos dentro de una semana, si quieres todavía.
Ella se dio la vuelta para mirarlo, con las manos bordadas de espuma,
pálido y desilusionado el bonito rostro.
—Jack, contigo las promesas no resultan. Simplemente, sigues con…
Al mirarlo en los ojos se detuvo, fascinada, súbitamente insegura.
—Dentro de una semana —volvió a pedir él. Su voz había perdido
totalmente la fuerza y se convirtió en un susurro—. Por favor. No te prometo
nada. Si entonces todavía quieres hablar, hablaremos. De lo que quieras.
A través de la cocina soleada, los dos se miraron durante largo rato, y
cuando Wendy volvió a los platos sin decir nada más, Jack empezó a temblar.
Dios santo, qué falta le hacía un trago. Nada más que una gotita para ver las
cosas en la perspectiva debida…
—Danny ha soñado que tenías un accidente con el coche —dijo
bruscamente Wendy—. Tiene sueños raros, a veces. Me lo ha dicho esta
mañana, mientras lo vestía. ¿Ha sido así, Jack? ¿Has tenido un accidente?
—No.
Hacia el mediodía, la ansiedad de beber se le había convertido en una
fiebre. Se fue a casa de Al.
—¿Estás en seco? —le preguntó su amigo antes de hacerlo pasar.
Tenía un aspecto espantoso.
—Como un hueso. Pareces Lon Channey en El fantasma de la Ópera.
—Entra.
Se pasaron la tarde jugando a los naipes, sin beber.
Pasó una semana. Él y Wendy no hablaron mucho, pero Jack sabía que
ella lo observaba, incrédula, mientras él bebía café negro e infinitas botellas
de «Coca-Cola». Una noche se bebió un cajón entero de seis «cocas» y
después corrió al cuarto de baño a vomitarlas. El nivel de las botellas de
alcohol del mueble-bar no bajaba. Después de las clases, Jack se iba a casa de
Al Shockley —a quien Wendy odiaba más de lo que había odiado a nadie en
su vida— y, cuando regresaba, su mujer juraba que su aliento olía a whisky o
a gin, pero él conversaba con lucidez con ella antes de cenar, bebía café,
jugaba con Danny después de la cena mientras compartía con él una «coca»,
le leía algo antes de acostarlo y después se sentaba a corregir composiciones
bebiendo interminables tazas de café negro; Wendy tendría que admitir que
se había equivocado.
Pasaron semanas, y las palabras sin pronunciar fueron retrocediendo cada vez más
de los labios de Wendy. Jack percibía el retroceso, pero sabía que nunca sería una
desaparición completa. Las cosas empezaron a mejorar un poco. Después vino lo de George
Hatfield. Había vuelto a tener un arranque de mal genio, y esta vez completamente sobrio.
—Señor, el abonado sigue sin…
—¿Sí? —preguntó la voz de Al, sin aliento.
—Hablen —dijo de mala gana la telefonista.
—Al, soy Jack Torrance.
—¡Jackie! —dijo con auténtico placer—. ¿Cómo estás?
—Bien. Te llamaba para darte las gracias. Me dieron él trabajo. Está
perfecto. Si no termino esa maldita obra encerrado allá por la nieve todo el
invierno, jamás podré.
—La terminarás.
—¿Cómo van las cosas? —preguntó Jack, vacilante.
—En seco. ¿Y tú?
—Como un hueso.
—¿Lo echas mucho de menos?
—Día a día.
Al soltó la risa.
—Qué bien conozco esa escena. Pero lo que no sé es cómo hiciste para
seguir en seco después del asunto de Hatfield, Jack. Eso ya fue el colmo.
—Es que realmente, yo ya había fastidiado bastante las cosas. —Jack
lo dijo con voz tranquila.
—Ah, demonios. Para la primavera habrá reunión de la Junta, y
Effinger ya anda diciendo que tal vez la decisión fue demasiado apresurada.
Y si tu obra llega a concretarse…
—Sí. Escucha, Al, mi chico está esperándome en el coche, y me parece
que está empezando a inquietarse…
—Seguro, te entiendo. Que paséis un buen invierno allá, Jack. Me
alegro de haberte sido útil.
—Gracias de nuevo, Al. —Al cortar la comunicación, cerró los ojos en
la cabina sofocante y de nuevo vio la bicicleta aplastada, la linterna
oscilante. Al día siguiente había aparecido una nota en el periódico, en
realidad un texto no mayor que para relleno, pero sin mencionar al dueño
de la bicicleta. El porqué de su presencia a la intemperie, en plena noche,
sería siempre un misterio para ellos, y tal vez así tuviera que ser.
Volvió al coche, llevando a Danny su caramelo, pegajoso por el calor.
—¿Papá?
—¿Qué?
Danny titubeó, mientras miraba el rostro abstraído de su padre.
—Cuando estaba esperando que regresaras de ese hotel, tuve un mal
sueño. ¿Recuerdas, cuando me quedé dormido?
—Sí.
Pero no servía. Mentalmente, papá estaba en alguna otra parte, no
con él. Pensando de nuevo en Algo Malo.
(soñé que me hacías daño, papá)
—¿Qué era el sueño, hijo?
—Nada —respondió Danny, mientras salían del aparcamiento, y volvió
a guardar los mapas en la guantera.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Jack miró rápidamente a su hijo, con fugaz inquietud, y después siguió
pensando en la obra.
6. PENSAMIENTOS NOCTURNOS
Habían terminado de hacer el amor y su hombre se había dormido
junto a ella.
Su hombre.
Sonrió en la oscuridad al sentir que la simiente de él seguía
escurriéndosele con tibia lentitud por entre los muslos levemente separados,
y la sonrisa era a la vez pesarosa y satisfecha, porque la frase su hombre
evocaba un centenar de sentimientos. Si los consideraba por separado, cada
uno era un motivo de perplejidad. Todos juntos, en esa oscuridad que
derivaba flotando hacia el sueño, eran como la distante melodía de un blue,
escuchado en un nightclub casi desierto, melancólico pero placentero.
Amarte, niño, es como llevar rodando un tronco,
pero si no puedo ser tu mujer,
seguro que no llegaré a ser tu perro
¿Quién lo cantaba, Billie Holiday? ¿O alguien un poco más prosaico,
como Peggy Lee? No tenía importancia. Baja e insistente, la melodía se
repetía blandamente en el silencio de su cabeza, como si saliera de uno de
esos anticuados tocadiscos tragaperras, un «Wurlitzer» tal vez, media hora
antes de que cerraran.
Ahora, dejando de lado su conciencia, Wendy se quedó pensando en
cuántas camas se había acostado con el hombre que estaba junto a ella. Se
habían conocido en la Universidad, y la primera vez que hicieron el amor fue
en el apartamento de él… menos de tres meses después de que su madre la
echara de la casa, diciéndole que no volviera nunca, que si quería ir a alguna
parte se fuera con su padre, ya que ella había sido la responsable del
divorcio. Eso había sido en 1970. ¿Tanto tiempo? Al semestre siguiente se
fueron a vivir juntos, encontraron trabajo para el verano y conservaron el
apartamento cuando pasaron al curso superior. Wendy recordaba con
absoluta claridad aquella cama, la doble que se hundía en el medio. Cuando
hacían el amor, el enmohecido colchón de muelles les marcaba el ritmo. En
el otoño, finalmente, Wendy consiguió romper con su madre; Jack la ayudó.
Lo que quiere es seguir dominándote, le había dicho. Cuanto más la llames
por teléfono, más veces volverás a arrastrarte pidiéndole que te perdone, y
más veces podrá atormentarte con tu padre. A ella le viene bien, Wendy,
porque puede seguir haciéndote creer que la culpa fue tuya. Pero a ti no te
hace bien. Era un tema del que habían hablado una y mil veces en aquella
cama.
(Jack estaba sentado, con las mantas enrolladas en la cintura y un
cigarrillo encendido entre los dedos, mirándola a los ojos de esa manera
entre seria y humorística que tenía de mirarla, diciéndole: ¿Acaso no te dijo
que no volvieras nunca? ¿Que nunca quería volver a ver tu sombra en su
puerta? Entonces, ¿por qué no cuelga el teléfono cuando sabe que eres tú la
que llama? ¿Por qué lo único que te dice es que no puedes ir si yo estoy
contigo? Porque sabe que yo puedo desbaratarle un poco el juego. Lo que
quiere es seguir apretándote las clavijas, nena. Y si tú la dejas, eres una
tonta. Si te dijo que no volvieras nunca, ¿por qué no le tomas la palabra?
Dale un descanso. Y finalmente, Wendy consiguió verlo como él le decía.)
Fue idea de Jack la de separarse durante un tiempo, para tener una
perspectiva de sus relaciones, decía él. Wendy temió que le interesara
alguien más, pero descubrió que no era eso. En la primavera volvieron a
estar juntos, y él le preguntó si había ido a visitar a su padre. Wendy había
dado un salto, como si Jack acabara de asestarle un latigazo.
¿Cómo lo sabías?
La Sombra sabe.
¿Es que estuviste espiándome?
Y la risa impaciente de él, que siempre la hacía sentirse tan torpe…
como si ella tuviera ocho años y Jack pudiera ver sus motivaciones con mayor
claridad que ella.
Necesitaste tiempo, Wendy.
¿Para qué?
Me imagino que… para ver con cuál de nosotros querías casarte.
Jack,.. ¿qué estás diciendo?
Creo que estoy pidiéndote que te cases conmigo.
La boda. Estuvo su padre, pero no su madre. Wendy descubrió que
podía soportarlo si estaba con Jack. Y después llegó Danny, su hermoso hijo.
Ése había sido el mejor año, y la mejor cama. Cuando nació Danny,
Jack le había conseguido un trabajo: hacer copias a máquina para media
docena de profesores del Departamento de inglés. Cuestionarios, exámenes,
resúmenes de clase, fichas de libros, listas de lecturas. Wendy acabó
copiando para uno de ellos una novela que jamás llegó a publicarse… para el
más irreverente y reservado júbilo de Jack. El trabajo le daba cuarenta
dólares semanales, que subieron vertiginosamente a sesenta durante los dos
meses que Wendy se pasó mecanografiando la desdichada novela. Entonces
habían comprado el primer coche, un «Buick» de cinco años con asiento para
bebé en el medio. Matrimonio joven, brillante, en ascenso por la pirámide.
Danny impuso una reconciliación entre Wendy y su madre, una
reconciliación que siguió siendo tensa, nunca feliz, pero, a fin de cuentas,
una reconciliación. Cuando Wendy le llevó a su hijo, fueron sin Jack. Y luego
no le dijo a su marido que su madre era quien cambiaba los pañales a
Danny, quien ponía peros a la dosificación de los biberones y quien
detectaba los primeros signos que acusaban erupciones en las nalgas del
bebé o en los genitales. Su madre jamás decía nada abiertamente, pero el
mensaje llegaba de todas maneras: el precio que Wendy había empezado a
pagar (y que tal vez seguiría pagando siempre) para la reconciliación era la
sensación de no ser buena madre. Así le seguía apretando las clavijas.
Durante el día, Wendy se quedaba en casa. Hacía los trabajos caseros,
daba los biberones a Danny en la soleada cocina del apartamento de cuatro
habitaciones que tenían en un segundo piso, y escuchaba música en el
destartalado tocadiscos portátil que conservaba desde la escuela secundaria.
Jack llegaba a casa a las tres (o a las dos, si podía saltarse la última clase) y,
mientras Danny dormía, se la llevaba al dormitorio y disipaba sus temores de
incapacidad.
Por la noche, mientras Wendy escribía a máquina, él se ocupaba de la
obra y de su trabajo para los cursos. En esa época, a veces Wendy salía del
dormitorio donde trabajaba y los encontraba a los dos dormidos sobre el
diván del despacho, Jack en calzoncillos y Danny cómodamente tendido
sobre el pecho de su padre, con el pulgar en la boca. Ella acostaba al niño y
después se ponía a leer lo que Jack había escrito esa noche, antes de
despertarlo lo suficiente para que fuera a acostarse.
El mejor año, la mejor cama.
Algún día el sol pondrá su brillo
en mi patio de atrás…
Por entonces, Jack no tenía todavía problemas con la bebida. Los
sábados por la noche aparecía en casa un puñado de condiscípulos suyos; de
algún sitio salía un cajón de cerveza y se hablaba de temas en los que Wendy
rara vez intervenía, porque ella había estudiado sociología y aquéllos se
referían a literatura inglesa: si los diarios de Pepys eran literatura o historia;
los problemas de la poesía de Charles Olson; a veces, leían obras que alguien
estaba escribiendo. Esos temas, y otros cien. No, otros mil. Ella no sentía
verdadera necesidad de participar; le bastaba con permanecer en su
mecedora al lado de Jack, que se sentaba en el suelo con las piernas
cruzadas, un vaso de cerveza en una mano y la otra suavemente cerrada
sobre la pantorrilla o el tobillo de ella.
La competencia universitaria había sido reñida y Jack llevaba la carga
adicional del escritor, actividad a la que dedicaba una hora todas las noches,
por lo menos, como cosa de rutina. Las sesiones de los sábados eran una
terapia necesaria, que permitía que en él se soltara algo que, si seguía
acumulándose, podía hincharse e hincharse hasta hacerlo estallar.
Cuando finalmente se graduó, consiguió el trabajo en Stovington,
sobre todo gracias a la fuerza de sus relatos, de los cuales por entonces
llevaba ya publicados cuatro, uno de ellos en Esquire. Ése era un día que
Wendy recordaba con mucha claridad; le harían falta más de tres años para
olvidarlo. Ella estuvo a punto de tirar el sobre, pensando que era un
ofrecimiento de suscripción, pero al abrirlo se encontró con que Esquire
quería publicarl a comienzos del año siguiente el cuento de Jack «Los
agujeros negros». Le pagarían novecientos dólares, no en el momento de la
publicación sino cuando aceptara. Era lo que se podía ganar en casi seis
meses de hacer copias a máquina, y Wendy voló al teléfono, dejando a
Danny cómicamente sorprendido en su sillita alta, con la cara llena de puré
de guisantes y picadillo de carne.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, Jack llegaba de la Universidad, en
el «Buick» hundido bajo el peso de siete amigos y un pequeño barril de
cerveza. Después de un brindis ceremonial (en el que Wendy también aceptó
un vaso, aunque habitualmente no le gustara la cerveza), Jack firmó el
formulario de aceptación y, tras ponerlo en el sobre, salió a echarlo en el
buzón de la esquina. Al volver los saludó gravemente desde la puerta,
diciendo:
—Veni, vidi, vinci.
Hubo hurras y aplausos, y a las once de la noche, cuando el barril
quedó vacío, Jack y otros dos que todavía estaban en condiciones de andar
se fueron a hacer un. recorrido por los bares.
Wendy lo llamó aparte en el vestíbulo de abajo. Los otros dos ya
estaban en el coche, cantando con voces de borrachos el himno de New
Hampshire. Jack, con una rodilla en el suelo, intentaba torpemente anudarse
los zapatos.
—Jack —le dijo Wendy—, no deberías ir. Si no puedes siquiera atarte
los zapatos, muchos menos conducir.
Con calma, él se levantó y le apoyó las manos en los hombros.
—Esta noche podría ir hasta la Luna, si quisiera.
—No —se opuso Wendy—. No hay cuento del Esquire que lo valga.
—Volveré temprano.
Pero no volvió hasta las cuatro de la mañana, tambaleándose y
farfullando mientras subía la escalera, y despertó a Danny al entrar. Después
al tratar de calmar al bebé, lo dejó caer al suelo. Wendy, conjeturando lo
que habría dicho su madre si lo viera, antes de pensar en ninguna otra cosa
—que Dios me ayude, que Dios nos ayude a ambos—, se precipitó a levantar
a Danny y se sentó con él en la mecedora, para calmarlo. Durante la mayor
parte de las cinco horas en que Jack estuvo ausente, ella las pasó pensando
en su madre y en su profecía de que Jack jamás llegaría a nada. Grandes
ideas, había dicho su madre. Seguro que tiene grandes ideas. Las
instituciones de asistencia están llenas de idiotas cultos que tienen grandes
ideas. Y el cuento publicado en el Esquire, ¿le daba la razón a su madre o
no?. Winnifred, no es ésa la manera de tener un bebé en brazos. Dámelo. Tal
vez ella tampoco supiera cómo tener a su marido. Si no, ¿por qué buscaba él
alegrías fuera de la casa? Un terror que tenía algo de desvalimiento había
ganado a Wendy, sin que jamás se le ocurriera pensar que él podía haberse
ido por razones que nada tenían que ver con ella.
—Te felicito —dijo, mientras mecía a Danny, que de nuevo estaba casi
dormido—. Tal vez le hayas producido una conmoción.
—No es más que un chichón —la voz de Jack era hosca, aunque quería
mostrarse arrepentida: la de un niñito. Durante un instante, Wendy lo odió.
—Tal vez, y tal vez no —dijo fríamente, y al decirlo oyó en su propia
voz tanto de la voz de su madre cuando hablaba con su padre, que se sintió
hastiada y asustada.
—De tal madre, tal hija —masculló Jack.
—¡Vete a acostar! —le gritó ella, y en su voz, el miedo sonaba a
cólera—. ¡Ve a acostarte, que estás borracho!
—No me digas lo que tengo que hacer.
—Jack, por favor, no deberíamos… no… —no había palabras.
—No me digas lo que tengo que hacer —repitió él hoscamente, y
después entró en el dormitorio. Wendy se quedó sola en la mecedora, con
Danny que había vuelto a dormirse. Cinco minutos después, los ronquidos de
Jack llegaban al cuarto de estar. Fue la primera noche que Wendy durmió en
el diván.
Se dio la vuelta en la cama, inquieta, ya medio dormida. Sus
pensamientos, libres de todo orden lineal ante la proximidad del sueño la
llevaron más allá del primer año pasado en Stovington, más allá de las
épocas, cada vez peores, que tuvieron su momento más difícil cuando su
marido le rompió el brazo a Danny hasta dejarla en aquella mañana, en el
rincón del desayuno.
Danny, afuera, jugaba con sus camiones en el montón de arena, con el
brazo todavía escayolado. Jack estaba sentado a la mesa, pálido y agrisado,
con un cigarrillo temblándole entre los dedos. Wendy había decidido pedirle
el divorcio. Había encarado el problema desde cien ángulos diferentes; en
realidad, ya antes del episodio del brazo roto llevaba seis meses pensando en
eso. Aunque se decía que si no fuera por Danny ya haría tiempo que habría
tomado la decisión, tampoco eso era necesariamente verdad. Tenía sueños
en las largas noches que Jack pasaba fuera de casa, y sus sueños le
mostraban siempre la cara de su madre y el día de su propia boda:
(¿Quién entrega a esta mujer? Su padre, con su mejor traje —tampoco
demasiado bueno, ya que era corredor de una fábrica de productos
envasados que por entonces estaba próxima a la quiebra—, con su rostro
cansado, qué viejo parecía, qué pálido: Yo.)
Ni siquiera después del accidente, si es que se lo podía llamar
accidente, había sido capaz Wendy de plantearse con claridad las cosas, de
admitir que su matrimonio era una derrota desproporcionada. Había dejado
pasar el tiempo, en la oscura esperanza de que ocurriera un milagro y de
que Jack viera lo que estaba sucediéndole, no sólo a él sino a ella. Pero las
cosas no habían mejorado. Una copa antes de irse a clase. Dos o tres cervezas
en el almuerzo, en «Stovington House». Tres o cuatro martinis antes de
cenar. Cinco o seis más corrigiendo las pruebas de los alumnos. Los fines de
semana, aún peores. Y peores todavía las noches en que salía con Al
Shockley. Wendy jamás se había imaginado que en una vida en que nada
andaba físicamente mal pudiera haber tanto dolor. Sufría continuamente. Y
¿cuándo era culpa de ella? Esa pregunta la obsesionaba. Se sentía como su
madre. Como su padre. A veces, cuando se sentía ella misma, se preguntaba
cómo viviría Danny las cosas, y le aterraba pensar en el día en que tuviera
edad suficiente para culparlos. También se preguntaba dónde podrían ir. Era
indudable que su madre la acogería, y era indudable también que después
de seis meses de verla cambiándole otra vez los pañales a Danny, o
preparándole de nuevo las comidas, de llegar a casa y encontrarse con que
su madre lo había cambiado de ropa o le había cortado el pelo, o con que
los libros que a ella no le parecían bien habían ido a parar al limbo del
desván… después de seis meses así, Wendy tendría un colapso nervioso.
Entonces su madre le daría una palmadita en la mano y le diría con tono
reconfortante; Aunque no sea tu culpa, todo es culpa tuya. Nunca estuviste
en condiciones. Ya mostraste tu verdadero carácter cuando te interpusiste
entre tu padre y yo.
Mi padre, el padre de Danny. El mío, el de él.
(¿Quién entrega a esta mujer? Yo. Muerto de un ataque al corazón,
seis meses después.)
La noche anterior se la había pasado en vela casi hasta que él regresó,
pensando, tomando su decisión.
El divorcio, se decía, era necesario. Su padre y su madre no tenían
nada que ver en la decisión, ni tampoco sus sentimientos de culpa por su
propio matrimonio, ni la incapacidad que sentía ante su propio fracaso. Era
necesario por el bien de su hijo, y por el de ella misma, para poder rescatar
algo de su vida de adulta. Las palabras escritas en la pared eran brutales,
pero claras. Su marido era un borracho. Tenía mal genio, y ya no pudo
controlarlo del todo ahora que bebía tanto y que le costaba tanto escribir.
Accidentalmente o no, le había roto un brazo a su hijo. Además, se iba a
quedar sin trabajo, fuera este año o el próximo. Wendy había notado ya las
miradas compasivas de las esposas de otros profesores. Se dijo que había
afrontado hasta donde le había sido posible la tremenda tarea de su
matrimonio; ahora iba a dejarla. Jack tendría todos sus derechos de visita, y
ella sólo le pediría que la sostuviera hasta que encontrara algo que le
permitiera valerse sola… lo cual tendría que ser muy pronto, porque no sabía
cuánto tiempo podría soportar Jack la ayuda económica. Haría las cosas con
la menor amargura posible, pero era preciso ponerles fin.
Así pensando, había caído en un sueño superficial e inquieto, asediada
por los rostros de su padre y de su madre. No eres más que una destructora
de hogares, decía su madre ¿Quién entrega a esta mujer?, preguntaba el
sacerdote. Yo, decía su padre. Pero al llegar la mañana, luminosa y soleada,
Wendy sentía lo mismo.
De espaldas a él, con las manos sumergidas hasta las muñecas en el
agua tibia y jabonosa, había empezado por lo desagradable.
—Quiero hablarte de algo que puede ser lo mejor para Danny y para
mí. Y para ti también, tal vez. Creo que tendríamos que haber hablado antes
de eso.
Y entonces él le había dicho algo raro. Wendy esperaba desatar su
cólera, provocar amargura y recriminaciones. Esperaba verlo correr como un
loco al mueble-bar. Lo que no esperaba era esa respuesta suave, inexpresiva
casi, que le pareció tan impropia de él. Era casi como si el Jack con quien ella
había vivido durante seis años no hubiera regresado esa noche… como si
hubiera sido reemplazado por algún espíritu extraterrestre que ella jamás
llegaría a conocer, de quien nunca podría estar segura.
—¿Quieres hacer algo por mí? ¿Hacerme un favor?
—¿Qué? —a Wendy le había costado controlar la voz para que no le
temblara.
—Que lo hablemos dentro de una semana, si quieres todavía.
Y ella había accedido. El asunto quedó sin hablar entre ellos. Durante
esa semana, Jack vio más que nunca a Al Shockley, pero volvía a casa
temprano, sin que su aliento oliera a alcohol. Wendy se imaginaba que olía,
pero sabía que no. Otra semana. Y otra más.
El proyecto de divorcio se devolvió a la comisión, sin haber sido
votado.
¿Qué había sucedido? Wendy seguía preguntándoselo, pero sin tener
todavía la menor idea. El tema era tabú entre ellos. Jack era como un
hombre que al dar la vuelta a la esquina se hubiera encontrado con un
inesperado monstruo al acecho, agazapado entre los huesos secos de sus
víctimas anteriores. Las bebidas seguían en el armario, pero él no las tocaba.
Una docena de veces, Wendy pensó en tirarlas, pero en definitiva siempre
retrocedía ante la idea, como si con esa acción pudiera romper algún
ensalmo desconocido.
Y había que pensar también en la parte de Danny.
Si Wendy tenía la sensación de desconocer a su marido, lo que le
inspiraba su hijo era pavor; pavor en el sentido estricto de la palabra: una
especie de terror supersticioso, indefinido.
Mientras dormitaba, se le apareció la imagen del momento en que
había nacido el niño. De nuevo se encontró sobre la mesa de partos, bañada
en sudor, con el pelo enredado, los pies apoyados en las perneras
(y un poco ida por el gas que seguían dándole a respirar; en algún
momento había murmurado que se sentía como un anuncio de violación en
grupo, y a la enfermera, una vieja pájara que había ayudado en tantos
partos como para poblar una escuela secundaria, le había parecido
divertidísimo)
y el médico entre las piernas, con la enfermera a un lado, disponiendo
los instrumentos y tarareando. Los dolores, agudos y vidriosos, se producían
a intervalos cada vez más cortos y había gritado varias veces, pese a su
vergüenza.
Después el médico le había dicho con mucha seriedad que debía
EMPUJAR y Wendy lo hizo. Al instante sintió que sacaban algo de ella. Fue
una sensación clara y concreta, que jamás olvidaría, la de la cosa que le
sacaban. El médico levantó entonces a su hijo por las piernas, y al ver el sexo
minúsculo ella supo inmediatamente que era un varón. Pero mientras el
médico le quitaba la mascarilla había visto algo más, algo tan horrible que le
permitió reunir fuerzas para gritar después de haber creído que se había
quedado ya sin gritos:
¡No tiene cara!
Pero claro que tenía cara, la dulce carita de Danny, y la membrana que
la había recubierto al nacer estaba ahora en un frasco donde ella la había
guardado, casi avergonzada. Aunque no aceptara la antigua superstición, de
todas maneras Wendy había guardado la membrana. Ella no estaba de
acuerdo con esas historias de viejas, pero su hijo había sido excepcional,
desde el primer día. Tampoco creía en la clarividencia, pero…
¿Papá ha tenido un accidente? He soñado que tenía un accidente.
Algo había cambiado a Jack. Wendy no creía que fuera solamente el
hecho de que ella hubiera decidido pedirle el divorcio. Algo había sucedido
antes de esa mañana. Algo ocurrido mientras ella dormitaba, inquieta. Al
Shockley dijo que no había pasado nada, en absoluto, pero había apartado
los ojos al decirlo y, si uno daba crédito a las habladurías de la facultad, Al
también había abandonado la bebida.
¿Papá ha tenido un accidente?
Tal vez un choque casual con el destino, no podía ser nada mucho más
concreto. Ese día, y al siguiente, Wendy leyó el periódico con más atención
que de costumbre, pero no vio nada que pudiera relacionarse con Jack. Dios
no lo permitiera, lo que buscaba era un accidente en que los conductores
hubieran huido, o una pendencian en algún bar que terminara con algún
herido grave, o… ¿cómo saberlo? ¿Y quién quería saberlo? Pero no fue
ningún policía, ni a hacer preguntas ni con una orden de registro que le
permitiera tomar una muestra de pintura de los parachoques del
«Volkswagen. Nada. Nada más que ese giro de ciento ochenta grados en su
marido, y la pregunta soñolienta de su hijo al despertarse:
¿Papá ha tenido un accidente? He soñado que…
Wendy siguió junto a Jack por el bien de Danny en mayor medida de
lo que ella misma admitía estando despierta, pero ahora, en esa
somnolencia, podía admitir que su hijo había pertenecido a Jack por derecho
propio, casi desde el comienzo, de la misma manera que ella, casi desde el
comienzo, había sido de su padre. No recordaba que Danny hubiera vuelto
jamás un biberón sobre la camisa de Jack. El padre podía conseguir que el
niño comiera cuando ya Wendy había abandonado el intento, incluso
cuando Danny estaba echando los dientes y masticar se le hacía visiblemente
doloroso. Cuando al pequeño le dolía el estómago, Wendy lo acunaba
durante una hora antes de que empezara a calmarse; Jack no tenía más que
levantarlo y dar con él un par de vueltas por la habitación, para que se le
quedara dormido sobre el hombro, con el pulgar tranquilamente metido en
la boca.
Sin protesta alguna le cambiaba los pañales, aunque fueran los que él
llamaba de «entregas especiales». Se pasaba horas enteras sentado con
Danny, haciéndolo saltar sobre sus rodillas, haciéndole juegos con los dedos,
poniéndole caras feas mientras el pequeño le tiraba de la nariz y terminaba
ahogándose de risa. Le preparaba los biberones y se los daba cómo un
profesional, sin olvidarse de sostenerlo hasta el último eructo. Lo llevaba
consigo en el coche cuando iba a buscar el periódico o una botella de leche,
o a comprar clavos a la ferretería, y eso cuando su hijo era todavía un bebé.
Cuando Danny no tenía más de seis meses se lo había llevado incluso a un
partido de fútbol entre Stovington y Keene, y el niño se había quedado
inmóvil en las rodillas de su padre durante los dos tiempos, envuelto en una
manta, aferrando un banderín de Stovington en su puñito regordete.
Danny quería a su madre, pero era de su padre.
¿Acaso Wendy no había percibido una y otra vez la informulada
oposición de su hijo ante la sola idea del divorcio? A veces, pensaba en eso
en la cocina, dando mentalmente vueltas a la idea al igual que daba vueltas
a las patatas mientras las pelaba para la cena. Y al volverse, lo veía sentado
con las piernas cruzadas en una de las sillas de la cocina, mirándola con ojos
que le parecían tan asustados como acusadores. Mientras andaba con él por
el parque, el niño le aferraba súbitamente las manos y le preguntaba, casi la
interpelaba: «¿Me quieres? ¿Quieres a papá?» Y ella, confundida, hacía un
gesto afirmativo o le decía: «Claro que sí, tesoro.» Entonces, Danny corría
hacia el estanque de los patos, que ante la mínima ferocidad de su ataque
salían volando, graznando asustados hacia el otro lado, con grandes aleteos
de pánico, dejándola a ella sola, mirando pensativamente a su hijo.
Había veces en que incluso le parecía que su propia decisión de hablar
por lo menos del asunto con Jack se evaporaba, y no por su propia debilidad,
sino bajo la determinación de la voluntad de su hijo.
Yo no creo en esas cosas.
Pero en el sueño las creía, y en el sueño, mientras la simiente de su
marido seguía secándosele entre los muslos, Wendy sintió que los tres, ellos
tres, estaban como soldados en forma permanente… Si esa unidad trina
hubiera de ser destruida, no sería ninguno de ellos quien la destruyera, sino
algo de afuera.
Esa convicción se centraba principalmente en su amor por Jack. Wendy
jamás había dejado de quererle, a excepción tal vez del período de sombras
que siguió inmediatamente al «accidente» de Danny. Y quería también a su
hijo. Pero, sobre todo, los quería a los dos, le encantaba verlos andar o salir
en el coche o simplemente estar sentados, la cabeza de Jack y la cabecita de
Danny atentas a las peripecias de un dibujo animado en la TV, o
compartiendo una botella de «Coca», o mirando las historietas en el
periódico. Le gustaba tenerlos con ella, y esperaba que el buen Dios hiciera
que ese trabajo de vigilante del hotel que Al había conseguido a su marido
fuera el comienzo, nuevamente, de los buenos tiempos.
Y el viento se levantó, niño
y aventó lejos mis «blues».
Suave, dulce, tibia, la canción volvía y se demoraba, hundiéndose con
ella en un sueño cada vez más profundo, donde el pensamiento se
interrumpía y los rostros que aparecían en los sueños desaparecían en el
olvido.
7. EN OTRO DORMITORIO
Danny se despertó. Los golpes seguían retumbándole en los oídos, y la
voz, ebria y salvajemente acariciante, gritaba con aspereza: ¡Ven aquí a
tomar tu medicina! ¡Ya te encontraré! ¡Ya te encontraré!
Pero ahora los golpes no eran más que los de su corazón palpitante, y
la única voz en la noche era el alarido lejano de la sirena de un coche de la
Policía.
Inmóvil, se quedó en la cama, mirando las sombras de las hojas
movidas por el viento que se proyectaban en el techo del dormitorio,
entretejiéndose sinuosamente, dibujando formas que parecían las de las
lianas y enredaderas en una selva, como los diseños entretejidos en la trama
de una espesa alfombra. Tenía puesto su pijama, pero entre el pijama y su
cuerpo se había interpuesto ajustadamente una camiseta de transpiración.
—¿Tony? —susurró—. ¿Estás ahí?
No hubo respuesta.
Se bajó de la cama y silenciosamente se deslizo hacia la ventana. Miró
hacia afuera, hacia Arapahoe Street: la calle estaba desierta y silenciosa. Eran
las dos de la mañana. Ahí fuera no había nada, a no ser las aceras vacías, por
donde se paseaban las hojas caídas; coches aparcados y el largo cuello de la
farola de la esquina, frente a la gasolinera de Cliff Brice. Con la caperuza en
que terminaba y esa inmovilidad alerta, la farola parecía un monstruo de
alguna serie espacial.
Miró hacia ambos lados de la calle, esforzándose por ver la esbelta
forma de Tony haciéndole señas, pero allí no había nadie.
El viento suspiraba entre los árboles, y las hojas caídas crujían por las
aceras desiertas y sobre las capotas de los coches aparcados, con un débil
ruido lamentable; el niño pensó que tal vez, en Boulder, él fuera el único lo
bastante despierto como para oírlo. El único ser humano, en todo caso. No
había manera de saber qué más podía andar suelto en la noche,
deslizándose ávidamente entre las sombras, vigilando, bebiéndose el viento.
¡Te encontraré! ¡Te encontraré!
—¿Tony? —volvió a susurrar, aunque sin mucha esperanza.
Sólo el viento volvió a decir algo, en rachas más fuertes ésta vez,
desparramando hojas por todo el tejadillo, bajo su ventana. Algunas cayeron
en el canalón de desagüe y allí se quedaron lánguidamente, como bailarinas
cansadas.
Danny… Danny …
Lo sobresaltó el sonido de la voz familiar y asomó el cuello por la
ventana, apoyando las manecitas en el alféizar. Parecía como si, con el
sonido de la voz de Tony, la noche entera hubiera cobrado una vida
silenciosa y secreta, que susurraba incluso cuando el viento volvía a acallarse
y las hojas se quedaban inmóviles y las sombras habían dejado de oscilar. Le
pareció que veía una sombra más oscura, de pie en la parada del autobús, en
la manzana siguiente, pero era difícil determinar si era una cosa real o una
ilusión óptica.
No vayas, Danny…
Después vino una nueva racha de viento que le hizo entornar los ojos,
y la sombra que había en la parada del autobús desapareció, si es que en
realidad había estado allí. Se quedó junto a la ventana durante
(¿un minuto? ¿una hora?)
un rato más, pero sin ver nada. Finalmente volvió a meterse en ea
cama y se cubrió bien con las mantas y se quedó mirando cómo las sombras
que arrojaba sobre el cielo raso esa luz lejana se convertían en uña jungla
sinuosa llena de plantas carnívoras que no querían otra cosa que enredarse
en torno a él, estrujarlo hasta quitarle la vida y arrastrarlo hacia abajo, hacia
una negrura donde destellaba, en rojo, una sola palabra, siniestra:
REDRUM.
Segunda Parte
EL DÍA DEL CIERRE
8. VISTA PANORÁMICA DEL «OVERLOOK»
Mamá estaba preocupada.
Tenía miedo de que el «Volkswagen» no pudiera subir, y bajar todas
esas montañas y de que se quedaran parados a un costado de la carretera,
donde alguien pudiera chocar con ellos. Danny estaba más optimista; y si
papá pensaba que el coche haría ese último viaje, entonces probablemente
lo haría.
—Ya estamos llegando —dijo Jack.
—Gracias a Dios —suspiró Wendy, apartándose el pelo de las sienes.
Iba sentada en el asiento de la derecha, con un libro de Victoria Holt
en edición de bolsillo abierto sobre la falda, pero boca abajo. Se había
puesto el vestido azul, el que a Danny le parecía el más bonito de todos.
Tenía cuello de marinero y hacía que su madre pareciera muy joven, casi
como una jovencita aún en la escuela secundaria. Papá le ponía
continuamente una mano sobre la pierna, y continuamente ella sé reía y se
la retiraba, diciendo Vete, mosca.
Danny estaba impresionado con las montañas. Un día, papá los había
llevado a las que había cerca de Boulder, esas que llamaban los Flatirons,
pero éstas eran mucho más grandes, y sobre las más altas se podía ver como
un espolvoreo de nieve, y papá decía que por lo general allí había nieve
durante todo el año.
Y estaban de veras en la montañas, no cerca de ellas. Alrededor de
ellos se alzaban enormes murallas de roca, tan altas que apenas si se podía
ver dónde terminaban, aunque asomara uno la cabeza por la ventanilla.
Cuando salieron de Boulder, la temperatura era de unos veinticinco grados.
Ahora, apenas pasado el mediodía, el aire era frío y seco como en Vermont
allá por noviembre, y Papito había puesto en marcha la calefacción… aunque
en realidad no funcionaba muy bien. Habían pasado junto a varias señales
que prevenían sobre DESMORONAMIENTOS DE ROCAS (mamá se las había
ido leyendo al pasar), y aunque Danny había esperado ansiosamente ver caer
alguna roca, no había pasado nada. Todavía no, por lo menos.
Hacía media hora que, al pasar ante otra señal, papá había dicho que
ésa era muy importante. Decía ENTRADA AL PASO DE SIDEWINDER y papá
explicó que hasta allí llegaban, durante el invierno, las máquinas
quitanieves. Después, el camino ya era demasiado empinado. En invierno el
camino quedaba cerrado desde el pueblecito de Sidewinder, el que
acababan de atravesar antes de encontrar esa señal, hasta Buckland, en
Utah.
En ese momento pasaban junto a otra señal.
—¿Y ésa qué es, mamá?
—Ésa dice VEHÍCULOS MÁS LENTOS POR EL CARRIL DE LA DERECHA.
Como nosotros.
—El coche resistirá —afirmó Danny.
—Dios quiera —mamá cruzó los dedos al decirlo. Danny le miró las
sandalias abiertas, y vio que había cruzado también los dedos de los pies. Le
sonrió, y ella le devolvió la sonrisa, pero Danny sabía que seguía preocupada.
El camino subía y subía en una serie de lentas curvas en S, y Jack puso
la palanca de directa a tercera, y después a segunda. Él coche gemía y
protestaba, y los ojos de Wendy se detuvieron sobre la aguja del
cuentakilómetros, que fue bajando de 65 a 50, y después a 35, donde se
quedó de mala gana.
—La bomba de la gasolina… —empezó a decir tímidamente.
—La bomba de la gasolina aguantará cinco kilómetros más —la
interrumpió Jack, cortante.
La muralla rocosa caía a pico a la derecha, dejando ver un valle
abrupto que parecía seguir descendiendo eternamente, con su verde
revestimiento de oscuros pinos de las Montañas Rocosas. Los árboles
descendían por grises despeñaderos de roca que formaban precipicios de
cientos de metros antes de adoptar pendientes más suaves. Wendy divisó
una cascada que se vertía sobre uno de ellos; el sol de las primeras horas de
la tarde destellaba en el agua como un áureo pez atrapado en una red azul.
Esas montañas eran hermosas, pero despiadadas. Wendy no creía que
perdonaran errores, y un inquietante presentimiento le cerró la garganta.
Más al Oeste en Sierra Nevada, se quedó aislado por la nieve el grupo
Donner, y tuvieron que recurrir al canibalismo para sobrevivir. No, las
montañas no perdonaban muchos errores.
Dándole un tirón a la palanca, con una sacudida, Jack pasó a primera y
laboriosamente siguieron trepando, mientras el motor rezongaba.
—Fíjate que no creo que haya visto cinco coches desde que pasamos
por Sidewinder —observó Wendy—. Y uno de ellos era el del hotel.
Jack asintió con la cabeza.
—Va directamente al aeropuerto de Stapleton, en Denver. Dice
Watson que más arriba del hotel ya hay parles heladas, y para mañana se
esperan más nevadas en las cumbres. Cualquiera que tenga que atravesar las
montañas ahora quiere estar en una de las rutas principales, por si acaso. Es
de desear que ese maldito Ullman esté allá arriba; es lo que espero.
—¿Estás seguro de que la despensa está bien provista? —preguntó
Wendy, que seguía pensando en el grupo Donner.
—Eso me dijo Ullman; quería que tú le pasaras revista, junto con
Hallorann. Hallorann es el cocinero.
—Ah —murmuró Wendy, mirando al cuentakilómetros, que ahora
apenas marcaba dieciséis kilómetros por hora.
—Ahí está la cumbre —anunció Jack señalando unos trescientos
metros hacia delante—. Hay una indicación de lugar pintoresco, y desde allí
se puede ver el «Overlook». Voy a aprovechar para salir del camino, para
que el motor descanse un poco —por encima del hombro miró a Danny, que
iba sentado sobre un montón de mantas—. ¿Qué te parece, doc? Tal vez
veamos algún ciervo, o un caribú.
—Seguro que sí, papá.
Esforzadamente, el «Volkswagen» seguía subiendo. El
cuentakilómetros cayó a una cifra de ocho kilómetros por hora, y empezaba
a dar saltos cuando Jack salió del camino
(¿Qué es esa señal, mamá? LUGAR PINTORESCO, leyó obedientemente
Wendy.)
pisó el freno y dejó que el «Volkswagen» pasará a punto muerto.
—Vamos —dijo Jack, mientras se bajaba del coche.
Juntos avanzaron hacia la barandilla de protección.
—Ahí está —señaló Jack. En ese momento eran las once.
Para Wendy, fue el descubrimiento de que una frase hecha podía ser
verdad: quedarse sin aliento. Durante un momento, realmente no pudo
respirar; lo que veía le había cortado la respiración. Estaban de pie casi en la
cima de un pico. Frente a ellos, imposible saber a qué distancia, se elevaba
hacia el cielo una montaña más alta aún, cuyo pico escarpado se veía apenas
como una silueta aureolada por el sol, que iniciaba ya su descenso. Por
debajo de ellos se extendía todo el fondo del valle, y las pendientes que
acababan de trepar en el sufrido «Volkswagen» eran a tal punto vertiginosas
que Wendy sintió que si miraba demasiado tiempo hacia abajo le daría
náuseas y terminaría por vomitar. En el aire transparente parecía que la
imaginación se llenara de vida, escapara de las riendas de la razón, y mirar
era no poder dejar de verse cayendo y cayendo y cayendo, mientras cielo y
montañas cambiaban lentamente de lugar en un girar lento, mientras el
grito le salía a uno de la boca como un globo ocioso, mientras el pelo y las
faldas flotaban al viento…
Con un estremecimiento, apartó la mirada del precipicio para seguir la
dirección del dedo de Jack. Pudo ver el camino que trepaba por el costado
de esa aguja gótica, girando sobre sí mismo sin perder la dirección hacia el
Noroeste, trepando siempre pero en un ángulo menos escarpado. Más
arriba, engastados aparentemente en la pendiente misma, vio cómo los
pinos hoscamente aferrados a la roca se abrían para dejar lugar a un amplio
rectángulo de césped verde en medio del cual, dominando todo el
panorama, se levantaba el hotel. El «Overlook». Al verlo, Wendy volvió a
encontrar el aliento y la voz.
—¡Oh, Jack, qué maravilla!
—Sí, realmente —asintió él—. Ullman dice que es el que tiene el sitio
más bonito de Norteamérica. No es que yo le dé mucho crédito, pero pienso
que tal vez sea… ¡Danny! ¡Danny, ¿te sientes bien?
Wendy se dio la vuelta para mirarlo, y el súbito miedo por él borró
todo lo demás, por estupendo que fuera. Se lanzó hacia su hijo, que se
aferraba a la barandilla sin dejar de mirar hacia el hotel, con la cara de color
gris pálido y en los ojos la mirada vacía de alguien que está a punto de
desmayarse.
Wendy se arrodilló junto a él y, tranquilizadora, le apoyó ambas
manos en los hombros.
—Danny, ¿qué…?
Jack ya estaba junto a ella.
—¿Estás bien, doc? —le dio una pequeña sacudida y los ojos del niño
se despejaron.
—Sí, papá. Perfectamente.
—¿Qué pasó, Danny? —quiso saber Wendy—. ¿Te mareaste, tesoro?
—No, estaba… pensando. Lo siento, no quise asustaros —miró a sus
padres, arrodillados frente a él, con una sonrisita desconcertada—. Tal vez
fuera el sol. Me dio el sol en los ojos.
—Te llevaremos al hotel y te daré un vaso de agua —ofreció papá.
—De acuerdo.
En el pequeño automóvil, que trepaba con más seguridad ahora que
la pendiente se había hecho más suave, el chico siguió mirando hacia fuera
por entre sus padres, mientras el camino iba desovillándose, permitiéndose
de vez en cuando echar algún vistazo hacia el «Overlook Hotel», con su
imponente serie de ventanas que miraban hacia el Oeste y que reflejaban en
ese momento la luz del sol. Era el lugar que él había visto en medio de la
ventisca, el lugar oscuro y retumbante donde alguna imagen
aborreciblemente familiar lo buscaba a lo largo de oscuros corredores que
tenían una jungla por alfombras. El lugar contra el cual lo había prevenido
Tony. Era allí. Estaba allí. Fuera lo que fuese Redrum, estaba allí.
9. LIQUIDACIÓN DE CUENTAS
Ullman los esperaba al otro lado de las amplias y anticuadas puertas
de entrada. Le estrechó la mano a Jack y saludó a Wendy con un glacial
movimiento de cabeza, observando quizá la forma en que se dieron la vuelta
las cabezas cuando ella atravesó el vestíbulo con el pelo rubio suelto sobre
los hombros del sencillo vestido azul marino. El dobladillo de la falda se
detenía púdicamente tres centímetros por encima de la rodilla, pero no era
necesario ver más para saber que Wendy tenía buenas piernas.
Ullman solamente se mostró cálido con Danny, pero eso era algo a lo
que Wendy ya estaba acostumbrada. Danny parecía ser un niño para la
gente que comparte en general los sentimientos de W. C. Fields hacia los
niños. Ullman se inclinó un poco, desde la cintura, para ofrecer la mano a
Danny. El chico se la estrechó, formalmente, sin sonreír.
—Mi hijo Danny —lo presentó Jack—. Y mi esposa, Winnifred.
—Encantado de conocerlos a ambos —saludó Ullman—. ¿Qué edad
tiene, Danny?
—Cinco, señor.
—Señor, vaya —observó Ullman con una sonrisa, y miró a Jack— Qué
bien educado.
—Claro que sí—se enorgulleció el padre.
—Señora Torrance —Ullman le hizo la misma leve reverencia y por un
momento Wendy pensó, divertida, que le besaría la mano, se la ofreció a
medias y efectivamente él se la tomó, pero se limitó a retenerla un instante
entre las suyas. Tenía manos pequeñas, secas y tersas, y Wendy sospechó que
se las empolvaba.
El vestíbulo bullía de actividad. Casi no quedaba una de las anticuadas
sillas de respaldo alto que no estuviera ocupada. Los botones entraban y
salían cargados de maletas y frente al mostrador había una cola dominada
por una enorme caja registradora de bronce, sobre la cual las calcomanías de
Bankamericard y Master Charge parecían estrepitosos anacronismos.
A la derecha de ellos, en dirección de una alta puerta doble que
continuamente se abría y se cerraba, había una antigua chimenea en la que
en ese momento ardían unos leños de abedul. En un sofá, colocado
demasiado cerca del propio fuego, estaban sentadas tres monjas, que
conversaban entre sí, sonrientes, con sus bolsos de viaje puestos a un lado,
en espera de que la cola para pagar disminuyera un poco. Mientras Wendy
las miraba, estallaron en un acorde de risas infantiles y cristalinas. Wendy
sintió que una sonrisa se le dibujaba en los labios: ninguna de ellas podía
tener menos de sesenta años.
Como fondo se oía el murmullo constante de las conversaciones, el
¡ding! amortiguado de la campanilla plateada junto a la caja registradora
cuando uno de los dos empleados de servicio la hacía sonar, las llamadas
levemente impacientes: «¡El primero, por favor!» A Wendy le trajo
recuerdos, intensos y cálidos, de su luna de miel en Nueva York con Jack, en
el «Beekman Tower». Por primera vez, se dejó creer que estaban a punto de
empezar lo que los tres necesitaban: unas vacaciones juntos, lejos del
mundo, una especie de luna de miel familiar. Sonrió afectuosamente a
Danny, que sin disimulo alguno miraba a todas partes con los ojos
desorbitados. Otro coche, gris como el traje de un banquero, se había
detenido frente al hotel.
—El último día de la temporada —decía Ullman—. Hoy cerramos.
Siempre es una locura. Yo lo esperaba más bien hacia las tres, señor
Torrance.
—Es que quise darle tiempo al coche para recuperarse de un colapso
nervioso si lo tenía —explicó Jack—, pero no pasó nada.
—Qué suerte —asintió Ullman—. Me gustaría llevarlos a los tres a
recorrer el lugar, un poco más tarde, y naturalmente, Dick Hallorann quiere
enseñar a la señora Torrance la cocina, pero me temo…
Uno de los empleados se acercó presuroso y casi tirándose de los
pelos.
—Disculpe, señor Ullman…
—Sí, ¿qué pasa?
—Es la señora Brant —explicó el hombre, incómodo—. Se niega a
pagar su cuenta si no es con la tarjeta del «American Express». Le dije que al
final de la temporada del año pasado dejamos de aceptar «American
Express», pero no quiere… —sus ojos fueron hacia la familia Torrance,
después volvieron a Ullman. Se encogió de hombros.
—Yo me ocuparé de eso.
—Gracias, señor Ullman —el empleado volvió hacia el mostrador,
donde una denodada mujer, envuelta en un largo abrigo de pieles y que
lucía algo así como un boa negro de plumas, protestaba en voz alta.
—Yo vengo al «Overlook» desde 1955 —contaba al empleado, que se
encogía de hombros con una sonrisa—. Y seguí viniendo después de que mi
segundo marido murió de un ataque en esa fatigosa cancha de roque… bien
le había dicho yo que había demasiado sol ese día… y nunca, pero nunca, le
digo, pagué con otra cosa que no fuera con mi tarjeta de crédito del
«American Express». ¡Llame a la Policía si quiere! ¡Hágame llevar por ellos!
Lo mismo seguiré negándome a pagar con nada que no sea mi tarjeta dé
crédito del «American Express». Y le repito…
—Discúlpenme ustedes —pidió el señor Ullman.
Lo siguieron con la vista mientras atravesaba el vestíbulo, tocaba con
un gesto deferente el codo de la señora Brant y abría ambas manos, con una
inclinación de cabeza, en el momento en que ella apuntó sus baterías sobre
él. La escuchó con atención, volvió a hacer un gesto afirmativo y le dijo algo
a su vez. Con una sonrisa de triunfo, la señora Brant sé volvió al infeliz
empleado del mostrador y le dijo:
—¡Gracias a Dios que en este hotel hay un empleado que no se ha
convertido en un ser completamente rutinario!
Después aceptó que Ullman, que apenas si llegaba al macizo hombro
de su abrigo de pieles, la tomara del brazo para conducirla,
presumiblemente a su despacho privado.
—¡Uuuuh! —exclamó Wendy, sonriendo—. Este figurín se gana el
sueldo.
—Pero esa señora no le gustaba —precisó inmediatamente Danny—.
El señor hizo como que le gustaba, pero nada más.
—De eso estoy seguro, doc —Jack, lo miró con una sonrisa—. Pero la
adulación es lo que engrasa las ruedas del mundo.
—¿Qué es adulación?
—Adulación —le explico Wendy— es cuando tu papá dice que le
gustan los pantalones amarillos que acabo de comprarme, aunque no sea
cierto, o cuando dice que no me hace falta rebajar dos o tres kilos.
—Ah. ¿Es mentir por gusto?
—Algo parecido.
El niño había estado mirándola con atención.
—Qué guapa eres, mamá—dijo después, y frunció el ceño,
confundido, cuando sus padres cambiaron una mirada y después estallaron
en risas.
—Ullman no se molestó en halagarme mucho a mí —comentó Jack—.
Venid, vamos a la ventana, que no me siento cómodo aquí, en medio de la
gente, con esta chaqueta de dril. Sinceramente, no creí que hubiera mucha
gente aquí, el día que cierran la temporada, pero parece que me equivoqué.
—Estás muy guapo —le dijo Wendy, y los dos volvieron a reírse;
Wendy se cubrió la boca con una mano. Danny seguía sin entender, pero
sentía que estaba bien. Sus padres se amaban. Danny pensó que ese lugar
traía a su madre el recuerdo de otro
(el Beakman)
donde ella había sido feliz; Deseaba poder estar tan contento como
ella, y no dejaba de decirse y volverse a decir que las cosas que Tony le
mostraba no siempre se realizaban. Andaría con cuidado, atento a algo que
se llamaba Redrum. Pero no diría nada, a no ser que fuera absolutamente
necesario. Porque sus padres se sentían felices, se habían estado riendo, y no
había en ellos malos pensamientos.
—Mira qué vista—señaló Jack.
—Oh, es estupenda. ¡Fíjate, Danny!
Pero a Danny no le parecía especialmente estupenda. A él no le
gustaban las alturas: se mareaba. Más allá de la terraza cubierta que corría
todo a lo largo del hotel, un césped cuidadosamente manicurado (con un
putting green a la derecha) descendía suavemente hacia la piscina
rectangular y alargada. En un pequeño trípode al extremo de la piscina, un
cartel anunciaba CERRADO; cerrado era un letrero que Danny podía leer
solo, lo mismo que Stop, Salida, Pizza y algunos otros.
Más allá de la piscina, una senda de grava serpenteaba entre un
bosquecillo de pinos, abetos y álamos de corta edad, y allí había una señal
que Danny no conocía: ROQUE. Debajo de las letras se veía una flecha.
—¿Qué es R-O-Q-U-É, papá?
—Un juego —contestó Jack—. Se parece un poco al croquet, sólo que
se juega en una cancha de grava en vez de césped, y tiene los lados como
una gran mesa de billar. Es un juego muy viejo, Danny, y a veces aquí se
hacen torneos.
—¿Se juega con un mazo de croquet?
—Algo así —asintió Jack—. Pero con el mango un poco más corto, y la
cabeza tiene un lado de goma dura y otro de madera.
(¡A ver si sales mocoso de mierda!)
—Se pronuncia roké. Si quieres —seguía diciendo su papá—, algún día
te enseñaré a jugar.
—No sé —respondió Danny con una vocecita descolorida que hizo que sus padres
intercambiaran por encima de él una mirada de desconcierto—. No creo que me guste.
—Bueno, doc, pues si no te gusta, con no jugar ya está. ¿De acuerdo?
—Seguro.
—¿Te gustan los animales? —le preguntó Wendy—. Ven a ver el jardín
ornamental.
Al otro lado de la senda que conducía a la cancha de roque había
setos verdes recortados para darles forma de diversos animales. Danny, con
su vista de lince, alcanzaba a distinguir un conejo, un perro, un caballo, una
vaca y otros tres, más grandes, que parecían leones retozando.
—Fueron esos animales los qué hicieron pensar al tío Al que yo podía
servir para el trabajo —les contó Jack—. Él se acordaba de que mientras
estaba en la Universidad yo trabajaba a veces para unos arquitectos
paisajistas, que tenían una sección dedicada al cuidado de céspedes, arbustos
y cercas ornamentales. Yo solía podar y mantener el jardín ornamental de
una señora.
Wendy se puso la mano sobre la boca para disimular una risita.
—Sí, por lo menos una vez por semana solía podarle el jardín —reiteró
Jack, mirándola.
—Vete, mosca —dijo Wendy, y volvió a reírse.
—¿Eran lindos los arbustos que tenía, papito? —preguntó Danny, y sus
padres sofocaron al mismo tiempo grandes estallidos de risa. Wendy se rió
tanto que las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas, y tuvo que abrir
el bolso para sacar un pañuelo de papel.
—No eran animales, Danny —explicó Jack cuando pudo contenerse—.
Eran figuras de naipes. Picas, corazones, tréboles y diamantes. Pero fíjate
que los cercos crecen…
(Van subiendo, había dicho Watson… pero no, no los cercos, la
caldera. Tiene que vigilarla todo el tiempo, porque si no, usted y su familia
irán a parar a la Luna.)
Su mujer y su hijo lo miraban, intrigados. A Jack se le había borrado la
sonrisa de la cara.
—¿Papá? —le pregunto Danny.
Él parpadeó, como si regresara desde muy lejos.
—Crecen, Danny, y pierden la forma. Por eso tendré que echarle una
recortada una o dos veces por semana, hasta que haga tanto frío que dejen
de crecer hasta la primavera.
—Y también una zona infantil —señaló Wendy—.
Vaya suerte.
La zona infantil estaba más allá del jardín ornamental: dos toboganes,
una gran serie de columpios con media docena de asientos colocados a
diferentes alturas, unas barras para trepar, un túnel hecho de tubos de
cemento, un cuadrado de arena y una casa de juguete, que era una réplica
exacta del «Overlook».
—¿Te gusta, Danny? —le preguntó su madre.
—Claro que sí —contestó el chico, con la esperanza de parecer más
entusiasmado de lo que estaba—; Es bonito.
Pasando la zona infantil había una disimulada cerca de seguridad
hecha de enrejado, más allá el amplio camino pavimentado que llevaba
hasta el hotel, y después de todo eso el valle mismo, que se perdía,
pendiente abajo, en la brillante bruma azul de la tarde. Danny no conocía la
palabra aislamiento, pero si alguien se la hubiera explicado la habría
entendido inmediatamente. Allá abajo, tendido al sol como una larga
serpiente negra que hubiera decidido echarse una siestecita, estaba el
camino que regresaba, atravesando por el paso de Sidewinder hasta llegar a
Boulder. Estaría cerrado durante todo el invierno. Danny sintió que le
faltaba él aire al pensarlo, y casi dio un salto cuando papá le apoyó una
mano en el hombro.
—Tan pronto como pueda te conseguiré algo de beber, doc. En este
momento están muy ocupados allí dentro.
—Sí, papá.
La señora Brant salió del despacho privado con aire de desagraviada;
Momentos después dos de los botones, que entre ambos apenas si podían
con ocho maletas, la siguieron, lo mejor que les fue posible, en su retirada
triunfal. Desde la ventana, Danny miraba cómo un hombre de uniforme gris,
tocado con una gorra que parecía la de un capitán del ejército, acercaba a la
puerta el largo coche plateado de la señora Brant, se bajaba, la saludaba
tocándose la gorra y se precipitaba a abrir el maletero.
Y en uno de esos destellos que le sucedían a veces, el chico captó un
pensamiento completo de ella, que flotó por encima de la confusa mezcla
balbuceante de emociones y colores que le llegaban por lo común donde
había mucha gente.
(me gustaría meterme en sus pantalones)
Mientras seguía mirando cómo los botones acomodaban las maletas,
Danny frunció el entrecejo. La mujer miraba de manera penetrante al
hombre de gris, que supervisaba la operación. ¿Por qué querría ella meterse
en sus pantalones? ¿Tendría frío, aunque llevara puesto ese abrigo largo de
pieles?. Y si tenía tanto frío, ¿por qué no se había puesto ella pantalones? Su
mamá usaba pantalones casi todo el invierno.
El hombre de uniforme gris cerró el maletero y se acercó a ella para
ayudarla a subir al coche. Danny se fijó muy bien a ver si ella le decía algo
sobre los pantalones, pero se limitó a sonreírle y darle un billete de un dólar;
la propina. Un momento después, la señora Brant arrancaba con su gran
automóvil plateado.
El chico pensó en preguntarle a su madre por qué la señora Brant
podía querer los pantalones del hombre que le había acercado el coche,
pero decidió que no. A veces, las preguntas podían meterle a uno en un
montón de líos. Ya le había sucedido antes.
De modo que, en vez de preguntar, se metió entre su padre y su
madre, en el pequeño sofá que los tres compartían, y se quedó mirando la
gente que hacía cola ante el mostrador. Se alegraba de ver que su papá y su
mamá fueran felices y se amaran, pero él no podía dejar de sentirse un poco
preocupado. No lo podía evitar.
10. HALLORANN
El cocinero no respondía para nada a la imagen que tenía Wendy del
personaje típico de la cocina de un gran hotel. Para empezar, a un personaje
de esos se le llamaba chef y no era nada tan vulgar como un cocinero;
cocinar era lo que hacía Wendy en su casa cuando metía todas las sobras en
una fuente de horno y les agregaba tallarines. Además, el genio culinario de
un lugar como el «Overlook», que se anunciaba en la sección de hoteles de
temporada del New York Sunday Times, debía ser menudo y regordete y
tener cara de galletita, amén de usar un delgado bigote cómo dibujado a
lápiz, en el estilo de los astros de comedias musicales de la década del 40,
tener ojos oscuros, acento francés y una personalidad aborrecible.
Hallorann tenía los ojos oscuros, pero eso era todo. Era un negro alto,
con un discreto peinado afro que empezaba a matizarse de blanco. Hablaba
con suave acento sureño, riéndose mucho y mostrando unos dientes
demasiado blancos y parejos para que parecieran naturales. También el
padre de Wendy tenía dentadura postiza, y a veces le hacía reír
mostrándosela en una gran sonrisa mientras cenaban… siempre que su
madre estuviera en ese momento en la cocina o hablando por teléfono,
recordó Wendy.
Danny había levantado los ojos hacia ese gigante vestido de sarga
azul, sonriendo ante la facilidad con que Hallorann lo levantó y se lo sentó
en el brazo, diciéndole:
—Tú no irás a quedarte aquí todo el invierno.
—Sí, señor —afirmó Danny con una sonrisita tímida.
—No, señor. Vas a bajar conmigo a St. Pete y te enseñaré a cocinar, y
todas las tardes nos iremos a la playa a buscar cangrejos. ¿De acuerdo?
Danny se rió, encantado, y sacudió la cabeza diciendo que no.
Hallorann lo dejó en el suelo.
—Si piensas cambiar de opinión —le dijo inclinándose hacia él, con
seriedad—, vale más que lo hagas pronto. Dentro de media hora estaré en
mi coche. Dos horas y media después estaré delante de la puerta 32,
vestíbulo B del aeropuerto internacional de Stapleton, en Denver, Colorado.
Tres horas después de eso estaré alquilando un coche en el aeropuerto de
Miami, para irme a St. Pete, donde hay sol, ponerme el bañador y reírme a
reventar de todos los que estén atrapados en la nieve. ¿Comprendes, hijito?
—Sí, señor —respondió el chico, sonriendo.
—Pues parece que tienen ustedes un muchacho estupendo —comentó
Hallorann, volviéndose a Jack y Wendy.
—Creemos que lo es —afirmó Jack, tendiéndole la mano, que
Hallorann estrechó—. Soy Jack Torrance. Mi esposa, Winnifred. A Danny ya
lo conoce usted.
—Y bien que me alegro. Señora, ¿cómo la llaman, Winnie o Fredie?
—Me llaman Wendy —contestó ella sonriendo.
—Muy bien, es más bonito que los otros, creo yo. Venga usted por
aquí. EI señor Ullman quiere que le enseñe a usted el lugar, y vaya si se lo
enseñaré —sacudió la cabeza antes de agregar por lo bajo—: Y vaya si me
alegraré de dejar de verlo a él.
Hallorann los condujo por la cocina más inmensa que Wendy había
visto en su vida. Reluciente de limpieza, cada superficie estaba encerada y
pulida como un espejo. Y era más que grande; era sobrecogedora. Siguió a
Hallorann mientras Jack, completamente fuera de su elemento, se demoraba
un poco con Danny. Junto a un fregadero de cuatro pilas corría una larga
percha de la que pendían utensilios cortantes que iban desde cuchillos de
trinchar hasta cuchillas de carnicero con dos mangos. La tabla de picar era
tan grande como la mesa que ellos tenían en la cocina de su apartamento de
Boulder. Una variedad increíble de ollas y cacerolas de acero inoxidable
cubrían una pared entera, del suelo al techo.
—Creo que cada vez que entre aquí tendré que ir dejando un reguero
de miguitas de pan —suspiró Wendy.
—No se deje impresionar —le aconsejó Hallorann—. Por grande que
sea, no deja de ser una cocina. La mayoría de estas cosas no tendrá que
tocarlas siquiera. Lo único que le pido es que me la mantenga limpia. Ésta es
la cocina que yo usaría si fuera usted. Aunque hay tres en total, ésta es la
más pequeña.
La más pequeña, pensó Wendy, desanimada, mientras la miraba.
Tenía doce quemadores, dos hornos comunes y uno de asador rotatorio, una
plancha sobre la cual se podían mantener salsas a fuego lento o tostar
almendras y avellanas, una parrilla y un calientaplatos, además de un millón
de termostatos y botones.
—Todas de gas —explicó Hallorann—. ¿Ha cocinado con gas antes,
Wendy?
—Sí…
—A mí me encanta el gas —dijo el cocinero y encendió uno de los
quemadores. La llama azul cobró vida y él la bajó con delicadeza hasta
dejarla reducida a un tenue resplandor—. Me gusta ver con qué llama estoy
cocinando. ¿Ve usted dónde están las llaves de todos los quemadores?
—Sí.
—Y las que corresponden al horno están todas enarcadas. Yo,
personalmente, prefiero el horno del medio porque me parece que es el que
calienta más parejo, pero usted puede usar el que le guste más… o los tres,
para el caso.
—Prepararé una cena de televisión en cada uno —dijo Wendy, con
una débil risita. Hallorann pareció muy divertido.
—Sigamos, si usted quiere. Junto al fregadero le he dejado una lista
de todos los comestibles que hay. ¿La ve?
—¡Aquí está, mamá! —anunció Danny, que se acercaba con un par de
hojas de papel escritas por ambos lados con letra menuda.
—Buen chico —aprobó Hallorann, recibiéndole los pápeles mientras le
desordenaba el pelo—. ¿Estás seguro de que no quieres venirte conmigo a
Florida, chiquillo? ¿Y aprender a cocinar los mejores camarones a la criolla
de este mundo?
Danny se cubrió la boca con las manos para ocultar una risita y se
refugió junto a su padre.
—Pues supongo que ustedes tres tendrán aquí comida para un año —
calculó Hallorann—. Tenemos despensa refrigerada, cámara frigorífica,
verduras enlatadas de todas clases, y dos neveras. Venga usted, que se lo
muestro.
Durante los diez minutos siguientes Hallorann abrió cajones y puertas
que les dejaban ver comida en cantidades tales como Wendy jamás había
visto. Las provisiones de comida la dejaron atónita, pero sin tranquilizarla
tanto como la propia Wendy había pensado: seguía acordándose del grupo
Donner, no por el canibalismo (ya que con tanta comida pasaría sin duda
mucho tiempo antes de que se vieran reducidos a raciones tan magras como
ellos mismos), sino con la idea, cada vez más clara, de que la situación podía
ser realmente grave: una vez que la nieve los cercara, salir de allí no sería
cuestión de un paseo de una hora hasta Sidewinder, sino toda una operación
militar. Estarían ahí solos en ese enorme hotel desierto, comiendo la comida
que les habían dejado, como niños en un cuento de hadas, mientras
escuchaban el viento, silbando en los aleros cubiertos de nieve. En Vermont,
cuando Danny se rompió el brazo
(cuando Jack le rompió el brazo)
Wendy llamó a la asistencia médica de urgencia, al número que tenía anotado en
una tarjetita atada al teléfono, y en no más de diez minutos llegaron. Y en esa tarjetita
había otros números. En cinco minutos se podía tener en casa un agente de la Policía, y los
bomberos en menos tiempo todavía, pues el parque de bomberos estaba a menos de 500
metros de donde ellos vivían. Había a quién llamar si se cortaba la luz, a quién llamar si se
estropeaba la ducha, a quién llamar si se averiaba la TV. Pero, ¿qué les pasaría allí si Danny
tenía uno de esos desmayos y se ahogaba con la lengua?
(¡oh Dios qué idea!)
¿Y si el hotel se incendiaba? ¿Si Jack se caía por el pozo del ascensor y
se fracturaba el cráneo? ¿Si…?
(¡si lo pasamos estupendamente aquí, termina de una vez, Winnifred!)
Hallorann les mostró la cámara frigorífica, donde el aliento les salía en
nubecitas, como los globos de las historietas. Allí ya parecía haber llegado el
invierno.
Hamburguesas en grandes bolsas de plástico, cinco kilos por bolsa,
una docena de bolsas. Cuarenta pollos enteros colgados de una hilera de
ganchos en las paredes revestidas de madera. Una docena de jamones
enteros, en lata, apilados uno encima de otro como fichas. Debajo de los
pollos, diez costillares de vaca, diez de cerdo y una enorme pierna de
cordero.
—¿Te gusta el cordero, doc? —le preguntó Hallorann con una sonrisa de
complicidad.
—Me encanta —contestó inmediatamente Danny, que jamás lo había
comido.
—Estaba seguro. No hay nada como un buen par de tajadas de
cordero cuando hace frío, acompañadas con un poco de jalea de menta
también. El cordero es bueno para el estómago; es una carne sin pleitos.
—¿Cómo sabía usted que lo llamábamos doc? —preguntó desde atrás
Jack, con curiosidad.
—¿Decía usted? —Hallorann se dio la vuelta para mirarlo.
—Que a Danny a veces lo llamamos «doc», como en las películas de
dibujos de Bugs Bunny.
—Es que tiene cierto aire de doctor, ¿no le parece? —miró a Danny
arrugando la nariz y frunció los labios—. Eeeh, ¿qué pasa, doc? —le
preguntó.
Danny soltó una risita y en ese momento Hallorann le dijo algo
(¿Seguro que no quieres venirte a Florida, doc?)
con mucha claridad. El chico lo oyó palabra por palabra. Miró a
Hallorann, sorprendido y un poco asustado. El negro le guiñó solemnemente
un ojo y siguió prestando atención a las provisiones.
Wendy apartó los ojos de la ancha espalda del cocinero para mirar a
su hijo. Tenía una sensación extrañísima, como si entre los dos hubiera
pasado algo que ella no había terminado de entender.
—Tiene usted aquí doce cajas de salchichas y doce de tocino —le
explicó Hallorann—. Y también hay cerdo salado. En este cajón, diez kilos de
mantequilla.
—¿Mantequilla de verdad? —preguntó Jack.
—De primera.
—No creo haber comido mantequilla auténtica desde que era niño,
cuando vivía en Nueva Hampshire.
—Bueno, pues aquí la comerá hasta que la margarina le parezca una
delicia —le aseguró Hallorann, riendo—. Y en este cajón está el pan, treinta
hogazas de pan blanco, veinte de integral. En el «Overlook» tratamos de
mantener el equilibrio racial, imagínese. Claro que con cincuenta hogazas no
se arreglarán, pero tienen para varias horneadas y en cualquier momento,
fresco es mejor que congelado.
—Y aquí tienen el pescado —continuó—. Alimento para el cerebro,
¿no es así, doc?
—¿Es así, mamá?
—Si el señor Hallorann lo dice, tesoro… —sonrió su madre.
—El pescado no me gusta —declaró Danny, frunciendo la nariz.
—Pues te equivocas de medio a medio. Lo que pasa es que tú no le
has gustado jamás a ningún pescado. Pero a los que hay aquí les gustarás.
Hay dos kilos y medio de trucha, cinco de rodaballo, quince latas de atún…
—Ah, sí, el atún me gusta.
—…y dos kilos y medio del lenguado más sabroso que jamás haya nadado por los
mares. Muchacho, cuando llegue la primavera verás cómo piensas que el viejo… —hizo
chasquear los dedos como si se hubiera olvidado de algo—. ¿Cómo me llamo yo? Acaba de
olvidárseme.
—Señor Hallorann —le sonrió Danny—. Y para los amigos, Dick.
—¡Exactamente! Y como tú eres un amigo, para ti soy Dick.
Mientras el cocinero los guiaba hacia un rincón, Jack y Wendy se
miraron, intrigados, procurando recordar si Hallorann les había dicho su
nombre de pila.
—Y aquí he puesto esto en especial —anunció Hallorann—. Espero
que lo disfruten ustedes.
—Oh, pero realmente, no debería… —balbuceo Wendy, conmovida.
Era un pavo de unos diez kilos, atado con una ancha cinta roja con un gran
lazo.
—No podía ser que no tuvieran un pavo para el día de Acción de
Gracias —dijo con seriedad Hallorann—. Y creo que por ahí debe de haber
un capón para Navidad. Ya lo encontrará usted. Y salgamos de aquí antes de
que nos pesquemos todos una pulmonía. ¿De acuerdo, doc?
—¡De acuerdo!
En la despensa refrigerada los esperaban más maravillas. Cien
paquetes de leche en polvo (aunque Hallorann le aconsejo a Wendy que
mientras fuera posible comprara leche fresca para el niño en Sidewinder),
cinco bolsas de azúcar de seis kilos cada una, un gran frasco de melaza
negra, cereales, frascos llenos de arroz y fideos de diversas clases; filas y más
filas de latas de frutas en almíbar y ensalada de frutas; un cajón de
manzanas que impregnaban todo el local con su aroma otoñal, uvas pasas,
ciruelas y albaricoques («Si quieres ser feliz, tienes que ser ordenado»,
dictaminó Hallorann y lanzó una carcajada hacia el cielo raso de la despensa,
donde un anticuado artefacto de luz colgaba de una cadena de hierro); un
profundo arcón lleno de patatas y cajones mas pequeños con tomates,
cebollas, nabos, calabazas y coles.
—Palabra que —empezó a decir Wendy mientras salían, pero, atónita
al ver tanta comida fresca después de manejarse con un presupuesto de
treinta dólares semanales para alimentación, no supo como continuar.
—Como estoy un poquito atrasado —se disculpó Hallorann, mirando
su reloj—, dejaré que vean ustedes lo que hay en los armarios y las neveras
cuando se instalen. Tienen quesos, leche condensada, natural y dulce,
levadura, polvos de hornear, pasteles para el desayuno, varios racimos de
bananas a los que todavía les falta madurar…
—Basta —lo detuvo Wendy, soltando la risa—. Ni siquiera podré
acordarme de todo. Es estupendo. Y le prometo dejar todo limpio.
—Es lo único que le pido —Hallorann se volvió a Jack—. ¿Le encargó
el señor Ullman que se ocupara de cazar las ratas de su campanario?
—Me dijo que podía haber algunas en el desván, y el señor Watson
cree que también puede haberlas en el sótano. Allí abajo debe de haber un
par de toneladas de papel, pero yo no vi que estuviera desmenuzado como
cuando lo usan para hacer sus nidos.
—Ese Watson —se condolió burlonamente Hallorann—, ¿no es el
hombre más malhablado que haya usted visto en su vida?
—Es todo un personaje —convino Jack. El hombre más malhablado
que él hubiera visto en su vida era su padre.
—En cierto modo, es una lástima —comentó Hallorann mientras volvía
a conducirlos a través de las amplias puertas de vaivén que separaban la
despensa del comedor del «Overlook»—. En esa familia hubo dinero, hace
mucho tiempo. Fue el abuelo o el bisabuelo de Watson, no lo recuerdo bien,
el que construyó este lugar.
—Eso me dijeron —asintió Jack.
—¿Y qué sucedió? —quiso saber Wendy.
—Pues que no pudieron hacerlo marchar —respondió Hallorann—.
Watson les contará toda la historia… dos veces por día, si lo dejan hablar. El
viejo se dejó sorber los sesos por el lugar, se dejó atrapar por él, me imagino.
Tenía dos hijos varones y uno de ellos se mató en un accidente de
equitación, aquí, mientras todavía el hotel estaba en construcción; eso debió
de ser en 1908 o 1909. Después la mujer del viejo murió de gripe y no
quedaron más que él y el hijo menor… que terminaron siendo vigilantes en
el mismo hotel que el viejo había construido.
—Sí que es una pena —se compadeció Wendy.
—¿Y qué fue de él? ¿Del viejo? —preguntó Jack.
—Por equivocación metió el dedo en un enchufe y ahí se quedó —
explicó Hallorann—. Y a partir de comienzos de la década de los 30, antes de
la Depresión, el lugar quedó cerrado durante diez años.
—Sea como fuere, Jack —continuó—, le agradecería que usted y su
esposa vigilen también si hay ratas en la cocina. Pero si las ven, pongan
ratoneras, no veneno.
Jack abrió mucho los ojos.
—Claro. ¿A quién va a ocurrírsele poner veneno para ratas en la
cocina?
Hallorann soltó una risa desdeñosa.
—¿A quién? Al señor Ullman. Fue su brillante idea del otoño pasado.
Y yo se lo advertí, le dije: «¿Qué le parece si para mayo del año próximo nos
reunimos todos aquí, señor Ullman, y yo sirvo la tradicional cena de
inauguración de temporada (que casualmente es salmón con una salsa
deliciosa), y todo el mundo se pone malo y cuando viene el médico le
pregunta a usted por qué puso veneno para ratas en la comida de ochenta
de los fulanos más ricos de Norteamérica?»
Jack se rió a carcajadas, echando atrás la cabeza.
—¿Y qué le dijo Ullman?
Hallorann se metió la lengua en la mejilla, como si algo le molestara
entre los dientes.
—Me dijo: «Consiga unas ratoneras, Hallorann.»
Esta vez se rieron todos, incluso Danny que no estaba del todo seguro
dónde estaba la gracia del chiste, salvo que tenía algo que ver con el señor
Ullman que, en definitiva, no lo sabía todo.
Juntos, los cuatro atravesaron el comedor, ahora vacío y silencioso,
con su fabulosa vista de los picos cubiertos de nieve hacia el lado oeste. Los
manteles blancos de hilo habían sido cubiertos con otros de plástico
transparente. La alfombra, enrollada, estaba vertical en un rincón como un
centinela que montara guardia.
Del otro lado del amplio salón se abría un par de amplias puertas de
vaivén sobre las cuales se leía, escrito en anticuadas letras doradas: SALÓN
COLORADO.
Hallorann siguió la mirada de Jack y le advirtió:
—Si le gusta a usted la bebida, espero que se haya traído sus
provisiones. Aquí no hay ni gota. Como anoche fue la fiesta del personal,
doncellas y botones andaban por ahí con un buen dolor de cabeza; yo entre
ellos.
—Yo no bebo —declaró lacónicamente Jack, y todos volvieron al
vestíbulo.
Durante la media hora que habían pasado en la cocina, el lugar se
había despejado mucho. El largo salón principal empezaba a asumir el
aspecto silencioso y abandonado que sin duda, suponía Jack, no tardaría en
hacérseles familiar. Las sillas de respaldo alto estaban vacías. Las monjas
antes sentadas junto al hogar ya no estaban, y hasta el fuego se había
reducido a un lecho de carbones tibiamente resplandecientes.
Wendy echó un vistazo al aparcamiento y vio que casi todos los
coches, salvo una docena escasa, habían desaparecido.
Wendy se encontró deseando que pudieran volver a subirse en el
«Volkswagen» para regresar a Boulder… o a donde fuera.
Jack andaba buscando a Ullman, pero no estaba en el vestíbulo.
Se les acercó una chica joven, con el pelo de color rubio ceniza
recogido en la nuca.
—Tu equipaje está fuera en la terraza, Dick.
—Gracias, Sally —Hallorann le dio un beso superficial en la frente—.
Que pases bien el invierno. He oído que te casas.
Mientras la muchacha se alejaba, contoneándose y moviendo
graciosamente el trasero, Hallorann se volvió a los Torrance.
—Tendré que darme prisa para alcanzar ese avión. Les deseo que les
vaya muy bien, y estoy seguro de que así será.
—Gracias, ha sido usted muy amable —reconoció Jack.
—Yo le cuidaré mucho la cocina —volvió a prometerle Wendy—. Que
se divierta en Florida.
—Como siempre —le aseguró Hallorann, que apoyó las manos en las
rodillas y se inclinó para hablar con Danny—. Tu última oportunidad,
muchachito. ¿Quieres venir a Florida?
—Creo que no —contestó Danny, sonriendo.
—De acuerdo. ¿Quieres echarme una mano para llevar mis maletas
hasta el coche?
—Si mamá dice que puedo…
—Sí, puedes —accedió Wendy—, pero tendrás que abotonarte la
americana —se inclinó para hacerlo, pero ya Hallorann se le había
adelantado, y los largos dedos morenos se movían con rápida destreza.
—En seguida lo mandaré de vuelta —prometió.
—Perfecto —asintió Wendy, y los acompañó hasta la puerta. Jack
seguía buscando a Ullman. Los últimos huéspedes del «Overlook» liquidaban
sus cuentas en el mostrador.
11. EL ESPLENDOR
Al lado de la puerta, del lado de afuera, había cuatro maletas. Tres de
ellas eran enormes, viejas y vapuleadas, hechas de un material que imitaba
piel de cocodrilo. La última era un gran bolso con cremallera, de descolorida
tela escocesa.
—Creo que tú podrías coger ése, ¿no podrás? —le preguntó
Hallorann, que con una mano levantó dos de las maletas grandes y se puso
la tercera bajo el otro brazo.
—Seguro —asintió Danny. Lo levantó con ambas manos y bajó tras el cocinero los
escalones de la terraza, procurando virilmente no quejarse ni dejar que se le notara cuánto
le pesaba.
Desde su llegada se había levantado un viento otoñal, frío y cortante,
que silbaba a través del aparcamiento, obligando a Danny a entornar los
ojos mientras avanzaba sosteniendo ante sí el bolso con cremallera, que iba
golpeándole las rodillas. Algunas errabundas hojas de álamo crujían y
giraban sobre el asfalto, ahora casi desierto, y durante un momento le
trajeron a Danny el recuerdo de aquella noche de la semana pasada, cuando
se había despertado de su pesadilla y había oído —o por lo menos le había
parecido que oía— a Tony, que le decía que no fuera.
Hallorann dejó las maletas en el suelo, junto al maletero de un
«Plymouth Fury» de color ocre.
—No es un gran coche —le confió a Danny—; lo tengo alquilado. Si
vieras mi «Bessie», ése sí que vale la pena. Un «Cadillac 1950», y si vieras
cómo corre. Una maravilla. Pero lo dejo en Florida, porque es demasiado
viejo para andar trepando por todas estas montañas. ¿Necesitas ayuda con
eso?
—No, señor —afirmó Danny, y tras haber conseguido dar los últimos
diez o doce pasos con su carga, sin quejarse, la dejó en el suelo con un gran
suspiro de alivio.
—Bien muchacho —comentó Hallorann, y sacó del bolsillo de su
americana de sarga azul un gran llavero para abrir la tapa del maletero.
Mientras acomodaba dentro las maletas, siguió hablando—: Tú sí que
esplendes, hijito. Más que nadie que haya conocido yo en mi vida. Y para
enero cumpliré sesenta años.
—¿Cómo?
—Que tú tienes un don —explicó Hallorann, volviéndose hacia él—. Lo
que yo siempre he llamado el esplendor, que es como lo llamaba también mi
abuela. Ella lo tenia. Cuando yo era un niño no mayor que tú, solíamos
sentarnos en la cocina y tener largas charlas sin abrir para nada la boca.
—¿De veras?
Hallorann sonrió al ver la expresión boquiabierta, ávida casi del chico,
y le dijo:
—Ven a sentarte conmigo en el coche unos minutos. Quiero hablar
contigo —de un golpe, cerró la tapa del maletero.
Desde el vestíbulo del «Overlook», Wendy Torrance vio cómo su hijo
subía al lugar del acompañante del coche de Hallorann, mientras el
corpulento cocinero negro se deslizaba tras el volante. Atravesada por un
cruel aguijonazo de miedo, abrió la boca para decirle a Jack que lo de
llevarse a su hijo a Florida no había sido una broma de Hallorann, que el
cocinero estaba a punto de secuestrarlo. Pero no, estaban ahí sentados, nada
más. Wendy apenas si alcanzaba a distinguir la cabecita de su hijo, vuelta
atentamente hacia la voluminosa cabeza de Hallorann. Incluso desde esa
distancia, la cabecita estaba en una actitud que Wendy reconoció: la que su
hijo tenía cuando por la TV daban algo que lo fascinaba especialmente, o
cuando él y su padre jugaban algún juego de ingenio. Jack, que seguía aún
buscando a Ullman, no se había dado cuenta. Wendy se quedó en silencio,
sin dejar de observar con nerviosidad al coche de Hallorann, preguntándose
de qué podían estar hablando para que Danny tuviera inclinada de ese
modo la cabeza.
En el coche, Hallorann le preguntaba:
—¿Conque te sentías un poco solo, pensando que tú eras el único?
Danny, que además de solo también se había sentido asustado, afirmó
con la cabeza.
—¿Soy yo el único que usted conoce? —le preguntó.
Riendo, Hallorann sacudió la cabeza.
—No, pequeño, no. Pero tú eres el que mas esplende.
—¿Hay muchos, entonces?
—No —respondió Hallorann—, pero algunos hay. Hay mucha gente
que tiene un poquito de esplendor, aunque ni siquiera lo sepa. Son los que
siempre se aparecen con flores cuando su mujer está triste, los que
responden bien a las preguntas en la escuela sin haber estudiado, los que se
dan cuenta de cómo se siente la gente con sólo entrar en una habitación. De
esos, yo me he encontrado con unos cincuenta o sesenta. Pero no había más
de una docena que supieran que esplendían, mi abuela entre ellos.
—Uuuh —se admiró Danny, pensativo—. ¿Conoce usted a la señora
Brant? —preguntó después.
—¿Ésa? —preguntó a su vez Hallorann, desdeñoso—. Ésa no esplende.
No hace más que devolver platos a la cocina, dos o tres veces por noche.
—Ya sé que no esplende —asintió con seriedad Danny—. Pero,
¿conoce usted al hombre de uniforme gris que acerca los coches?
—¿A Mike? Claro que conozco a Mike. ¿Qué pasa con él?
—Señor Hallorann, ¿por qué querría la señora Brant los pantalones de
Mike?
—¿De qué estás hablando, muchacho?
—Bueno, mientras ella lo miraba, estaba pensando que le gustaría
meterse en sus pantalones, y yo me pregunté por qué…
No pudo seguir. Hallorann había echado hacia atrás la cabeza y de su
pecho manaba una risa densa y profunda que llenó el coche como un
retumbo de cañones, con tal fuerza que el asiento se sacudía. Danny sonreía,
intrigado, hasta que finalmente la tormenta fue cediendo. Como si fuera
una bandera blanca de rendición, Hallorann sacó del bolsillo un gran
pañuelo de seda blanca y se enjugó los ojos llorosos.
—Muchacho —le dijo, respirando todavía con dificultad—, tú sí que
vas a saber todo lo que se puede saber de la condición humana antes de
llegar a los diez años. No sé si envidiarte o no.
—Pero la señora Brant…
—No te preocupes por ella. Ni le preguntes a tu mamá tampoco,
porque no harías más que ponerla en un aprieto, ¿me entiendes?
—Sí, señor —asintió Danny. Lo entendía perfectamente. Otras veces
había puesto ya a su madre en aprietos de esa clase.
—Lo único que tú necesitas saber es que la tal señora Brant no es más
que una vieja sucia llena de picazones —miró a Danny con aire intrigado—.
¿Puedes golpear muy fuerte, doc?
—¿Cómo?
—Échame un soplo; piensa en mí. Quiero saber si tienes tanto como a
mí me parece.
—¿Qué quieres que piense?
—Cualquier cosa, pero piénsalo con fuerza.
—De acuerdo —asintió Danny. Lo pensó durante un momento y
después se concentró en enviarlo fuera, hacia Hallorann. Jamás había hecho
hasta entonces una cosa semejante, y en el último momento algo instintivo
se movilizó en él para suavizar en parte la fuerza bruta de lo que enviaba,
porque no quería hacer daño al señor Hallorann. Así y todo el pensamiento
salió de él como una flecha, con una fuerza que el chico jamás se habría
imaginado, como una pelota con efecto.
(Huy, espero no haberle hecho daño)
Y lo que pensó fue:
(¡!HOLA, DICK¡!)
Hallorann se encogió y se echó atrás en el asiento. Sus dientes
entrechocaron con un ruido áspero, y una gota de sangre le apareció en el
labio inferior. Involuntariamente, las manos que tenía laxas sobre las piernas
subieron a apretarse contra el pecho y volvieron a bajar. Durante un
momento, sin poder controlarse conscientemente, parpadeó azorado; Danny
se asustó.
—¿Señor Hallorann? ¿Dick? ¿Estás bien?
—No sé —respondió Hallorann, con una risa incierta—. Realmente, no
sé. Dios mío, muchacho, si eres una pistola.
—Lo siento —se disculpó Danny, más alarmado aún—. ¿Voy a buscar a
papá?
—No, ya se me pasa. Estoy bien, Danny. Quédate aquí. Me siento un
poco alterado, nada más.
—Pero no lo hice tan fuerte como podía —confesó Danny—. En el
último momento, me asusté.
—Pues parece que tuve suerte… si no, se me estarían saliendo los sesos
por las orejas —sonrió al ver la alarma pintada en el rostro del chico—. Pero
no me hiciste daño. Ahora, dime qué sentiste tú.
—Como si hubiera tirado una pelota de béisbol con efecto —fue la
respuesta.
—¿Así que te gusta el béisbol? —preguntó Hallorann, enjugándose las
sienes con cuidado.
—A papá y a mí nos gusta mucho —respondió Danny—. Cuando
jugaron el mundial, vi por TV a los Red Sox contra Cincinatti. Entonces, yo
era mucho más pequeño, y papá era… —el rostro de Danny se nubló.
—¿Era qué, Dan?
—Me olvidé —declaró el chico y empezó a llevarse la mano a la boca
para chuparse el pulgar, pero era un recurso de bebé. La mano volvió a su
regazo.
—¿Tú puedes saber en qué están pensando tu mamá y tu papá,
Danny? —Hallorann lo observaba atentamente.
—La mayoría de las veces, si quiero. Pero generalmente no lo intento.
—¿Por qué no?
—Bueno… —el niño hizo una pausa turbado—. Sería como espiar
dentro del dormitorio para mirarlos mientras están haciendo eso que sirve
para hacer bebes. ¿Sabe usted a qué me refiero?
—Alguna vez lo he sabido —respondió con seriedad Hallorann.
—Y a ellos no les gustaría. Tampoco les gustaría que les espiara lo que
piensan. Sería algo sucio.
—Entiendo.
—Pero sí sé cómo se sienten —continuó Danny—. Eso no puedo
evitarlo. También sé cómo se siente usted. Le hice daño, y lo siento.
—No es más que un dolor de cabeza. Algunas resacas son peores.
¿Puedes leer a otras personas, Danny?
—Todavía no sé leer nada —explicó Danny—, salvo unas pocas
palabras. Pero este invierno, papá me enseñará. Mi papá enseñaba a leer y a
escribir en una escuela grande. A escribir sobre todo, pero también puede
enseñar a leer.
—A lo que yo me refiero es a si puedes decir lo que alguien está
pensando.
Danny caviló un momento.
—Puedo si es fuerte —respondió finalmente—. Como pasó con la
señora Brant y los pantalones. O como la vez que mamá y yo habíamos ido a
unos grandes almacenes para comprarme zapatos, y había un muchacho
grande mirando las radios y estaba pensando en llevarse una, pero sin
comprarla. ¿Y si me atrapan?, pensaba después, y volvía a pensar que
realmente, la deseaba tanto. Y vuelta a pensar si lo atrapaban. Ya se sentía
mal de tanto pensarlo, y me estaba haciendo sentir mal a mí. Como mamá
estaba hablando con el hombre que vendía los zapatos, yo me acerqué a él y
le dije: «Oye, no te lleves esa radio. Vete.» Se asustó muchísimo, y se fue a
toda prisa.
Hallorann lo miraba con una ancha sonrisa.
—Apuesto a que sí. ¿Qué más puedes hacer, Danny? ¿Son solamente
ideas y sentimientos, o hay algo más?
Cautelosamente:
—Para ti, ¿hay más?
—A veces —admitió Hallorann—. No siempre. A veces… a veces hay
sueños. ¿Tú también sueñas, Danny?
—A veces sueño cuando estoy despierto —contestó Danny—. Cuando
viene Tony… — El dedo pulgar pugnaba por metérsele en la boca. Jamás
había hablado de Tonny con nadie, salvo con sus padres.
—¿Quién es Tonny?
Súbitamente Danny se vio agotado por uno de esos relámpagos de
entendimiento que tanto lo asustaban. Era como un atisbo de conocimiento
en el interior de un mecanismo incomprensible, que tanto podía ser seguro
como mortalmente peligroso. Danny era demasiado pequeño para distinguir
entre ambos, demasiado pequeño para entender.
—¿Qué pasa? —exclamó—. Me preguntas todo esto porque estás
preocupado, ¿no es cierto? ¿Por qué te preocupas por mí? ¿Por qué te
preocupas por nosotros?
Hallorann puso sus grandes manos sobre los hombros del niño y dijo_
—No importa. Quizá no sea nada, pero si me equivoco… Verás, lo que
tienes en la cabeza es algo muy grande, Danny. Supongo que tendrás que
crecer mucho antes de poder manejarlo. Eso te exigirá valor.
—¡Pero hay cosas que no entiendo! —exclamó Danny—. ¡Que
entiendo… pero no! La gente… siente cosas, y yo también las siento, ¡pero
no sé qué es lo que siento! —Con aire desdichado, se miró las manos—. Ojalá
supiera leer. A veces Tony me muestra señales y no sé leer casi ninguna.
—¿Quién es Tony? —insistió Hallorann.
—Mamá y papá lo llaman «mi compañero de juegos invisible» —
respondió Danny, recitando cuidadosamente las palabras—. Pero es real, de
veras. Por lo menos, es lo que yo creo. A veces, cuando me esfuerzo por
entender las cosas, él viene y me dice: «Danny, quiero enseñarte algo.» Y es
como si me desmayara. Sólo que… hay sueños, como tú dijiste. —Mientras
miraba a Hallorann, tragó saliva. Antes eran bonitos, pero ahora… no
recuerdo cómo se llaman esos sueños que lo asustan a uno y lo hacen llorar.
—¿Pesadillas?
—Sí, esos es. Pesadillas.
—¿En tus pesadillas aparece este lugar? ¿Aparece el Overlook? Danny
volvió a mirarse el dedo pulgar.
—Sí —susurró, y después añadió, mirando de frente a Hallorann—:
¡Pero a mi papá no puedo decírselo, ni a usted tampoco! Él necesita este
trabajo porque es el único que pudo conseguirle el tío Al, y además tiene
que terminar su obra porque se no empezará de nuevo a hacer «algo malo»,
y yo Ya sé que es… es emborracharse. ¡Antes solía estar borracho, y eso sí
que era algo malo! —Se interrumpió, al borde del llanto.
—Vamos, vamos —lo tranquilizó Hallorann mientras atraía su cara
contra la sarga ápera de su americana, que olía débilmente a naftalina—.
Está bien, hijo. Y si este dedo quiere estar en la boca, déjalo que se dé el
gusto.
Lo animó, pero su expresión era de inquietud.
—Verás, Danny, lo que tú tienes yo lo llamo esplendor, es lo que la
Biblia llamar tener visiones y algunos hombres de ciencia precognición. He
leído sobre este tema, hijo. Lo he estudiado. Todas esas palabras significan
ver el futuro. ¿Entiendes lo que significa?
Sin apartar la cara de la chaqueta de Hallorann, Danny hizo un gesto
de asentimiento.
—Recuerdo el esplendor más intenso que he tenido… No será fácil que
lo olvide. Fue en 1955 y yo todavía estaba en el ejército, con destino en
Alemania Occidental. Faltaba una hora para la cena y yo estaba de pie ante
el fregadero, riñiendo a uno de los pinches porque pelaba mal las patatas.
«Dame, que te mostraré cómo se hace», le dije. Él me dio la patata y el
pelador y de pronto la cocina entera desapareció. Así, como lo oyes… ¿Dices
que es chico se te aparece antes… de que tengas sueños?
Danny asintió con la cabeza. Hallorann le pasó un brazo por los
hombros y agregó:
—Para mí, es como oler a naranja. Esa tarde había estado sintiéndolo
sin darle importancia, porque estaban en el menú de esa noche, y teníamos
treinta cajones de naranjas de Valencia. En aquella maldita cocina todo el
mundo olía a naranjas.
»Por un momento, fue como si me hubiera desmayado. Después oí una
explosión y vi llamas. Había gente que gritaba, y sirenas. Y oí ese ruido, ese
silbido que sólo puede hacer el vapor. Después me pareció que me acercaba
un poco más a… lo que fuera, y vi un vagón de ferrocarril que había saltado
de las vías y estaba tendido de costado, y sobre él leí FERROCARRIL DE
GEORGIA Y CAROLINA DEL SUR, y supe que mi hermano Carl iba en ese tren
y que había muerto. Después todo desapareció y me vi frente a ese pinche,
estúpido y asustado, que seguía con la patata y el pelador en la mano. “¿Se
siente bien, sargento?”, me preguntó, y yo le dije: “no, mi hermano acaba
de morir en Georgia”. Y cuando por fin mi madre me llamó desde larga
distancia, me contó cómo había sido.
»Pero mira, muchacho, yo ya sabía cómo había sido.
Lentamente movió la cabeza como para apartar el recuerdo y miró al
chico que lo contemplaba con los ojos muy abiertos.
—Pero lo que tú tienes que recordar, hijo mío, es esto: Que esas cosas
no siempre resultan verdad. Recuerdo que hace cuatro años tuve un trabajo
de cocinero en un campamento de muchachos en Maine, sobre el lago Long.
Pues cuando estaba ante la puerta de embarque del aeropuerto Logan, en
Boston, esperando mi vuelo, empecé a sentir olor a naranjas. Por primera
vez, en unos cinco años, creo. Entonces me pregunté qué demonios pasaba y
me fui al cuarto de baño y me encerré en uno de los lavabos para estar
tranquilo. No me desmayé, pero empecé a tener la sensación cada vez más
fuerte de que mi avión iba a estrellarse. Después desapareció la sensación y
se fue el olor a naranjas, y supe que la cosa había terminado. Me volví al
mostrador de la «Delta Airlines» y cambié mi vuelo por otro, para tres horas
después. ¿Y sabes lo que sucedió?
—¿Qué? —susurró Danny.
—¡Nada! —respondió Hallorann y soltó la risa, aliviado al ver que el
niño también se reía un poco—. ¡Absolutamente nada! El otro avión aterrizó
a su hora y sin el menor inconveniente. Así que ya ves… a veces esos
sentimientos no llegan a nada.
—Ah —se enteró Danny.
—O si no, está lo de las carreras. Yo voy mucho a las carreras, y por lo
general me va muy bien. Cuando van hacia la salida, me pongo junto a la
barandilla y a veces siento un pequeño esplendor por algún caballo.
Generalmente esas sensaciones me son muy útiles, y siempre me digo que
algún día voy a acertar las tres carreras de la apuesta triple, y que con eso
ganaré lo bastante para jubilarme antes. Pero todavía no me ha pasado, y en
cambio, muchas veces he vuelto a casa a pie desde el hipódromo en vez de
hacerlo en taxi y con la billetera llena. Nadie esplende todo el tiempo, como
no sea tal vez Dios allá en el cielo.
—Sí, señor —asintió Danny pensando en la vez, casi un año atrás, que
Tony le había mostrado un bebé dormido en su cuna, en la casa que tenían
en Strovington. Danny se había emocionado mucho y había esperado,
porque sabía que esas cosas llevan tiempo, pero el bebé no había llegado.
—Ahora, escúchame —continuó Hallorann, mientras tomaba en las
suyas las manos de Danny—. Yo he tenido aquí varios sueños malos, y
algunas malas sensaciones. Llevo dos temporadas trabajando aquí y tal vez
una docena de veces tuve… bueno, pesadillas. Y tal vez una docena de veces
me pareció que veía cosas. No, no te diré qué, porque no son para un
muchachito como tú. Cosas malas, simplemente. Una vez fue algo que tenía
que ver con esos malditos setos recortados de manera que parezcan
animales. Otra vez hubo una doncella, que se llamaba Delores Vickery, y que
tenía cierto esplendor, aunque no creo que ella lo supiera. El señor Ullman la
despidió… ¿sabes lo que quiere decir eso, doc?
—Sí, señor —asintió candorosamente Danny—, porque a mi papá lo
despidieron de su trabajo como profesor, y creo que por eso estamos en
Colorado.
—Bueno, pues Ullman la despidió porque ella dijo que había visto
algo en una de las habitaciones, donde… bueno, donde había sucedido algo
malo. Fue en la habitación 217, y quiero que me prometas que no entrarás
allí, Danny, en todo el invierno. Ni te acerques siquiera.
—Está bien —accedió Danny—. ¿Y esa señora… la doncella…, te pidió
a ti que fueras a ver?
—Sí, me lo pidió, y allí había algo malo. Pero… no creo que fuera una
cosa mala que pudiera dañar a nadie, Danny, eso es lo que intento decir. A
veces la gente que esplende puede ver cosas que van a suceder, y creo que a
veces pueden ver cosas que ya han sucedido. Pero son simplemente como las
figuras de un libro. ¿Viste alguna vez en un libro una figura que te asustara,
Danny?
—Sí —respondió el chico, pensando en el cuento de Barbaazul y en la
figura en que la nueva esposa de Barbaazul abre la puerta y ve todas las
cabezas.
—Pero sabías que no podía hacerte daño, ¿no es eso?
—Ssiií… —Danny no lo decía muy convencido.
—Bueno, pues así son las cosas en este hotel. No sé por qué, pero
parece que de todas las cosas malas que sucedieron alguna vez aquí, de
todas ellas quedan como pedacitos que andan todavía dando vueltas por ahí
como recortes de uñas o desperdicios que alguien poco limpio hubiera
barrido debajo de una silla. No sé por qué tiene que suceder precisamente
aquí, me imagino que en casi todos los hoteles del mundo pasan cosas malas,
y yo he trabajado en muchos sin tener problemas. Sólo aquí. Pero Danny, no
creo que esas cosas puedan hacerle daño a nadie —subrayó cada palabra de
las que iba diciendo con una leve sacudida de los hombros del chico—. De
manera que si vieras algo, en un pasillo o en una habitación o afuera, junto
a los setos… limítate a mirar hacia otro lado, y cuando vuelvas a fijarte, la
cosa habrá desaparecido. ¿Entiendes?
—Sí —Danny se sentía mucho mejor, más calmado. Se puso de rodillas
para besar la mejilla de Hallorann, y lo estrechó en un gran abrazo, que el
cocinero le devolvió.
—¿Tus padres no esplenden, verdad? —le preguntó después.
—No, creo que no.
—Yo hice una prueba con ellos, como la hice contigo —dijo
Hallorann—, y tu mamá se sobresaltó un poquitín. Sabes, yo creo que todas
las madres esplenden un poco, por lo menos hasta que los chicos son capaces
de cuidarse solos. Tu papá…
Durante un momento, Hallorann se interrumpió. También había
tanteado al padre del niño y, simplemente, no sabía. No era como verse
frente a alguien que tuviera esplendor o que decididamente no lo tuviera.
Hurgar en el padre de Danny había sido… raro, como si Jack Torrance tuviera
algo —algo— que ocultaba. O algo que mantenía tan profundamente
sumergido dentro de sí mismo que era imposible de alcanzar.
—No creo que él esplenda para nada —concluyó Hallorann—. Así que
por ellos no te preocupes. Cuídate tú, y nada más. No creo que haya aquí
nada que pueda dañarte, conque mantén la calma, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—¡Danny! ¡Eh, doc!
Danny levantó la vista.
—Es mamá, que me llama. Tengo que irme.
—Ya lo sé —asintió Hallorann—. Que lo pases bien aquí, Danny. Lo
mejor posible.
—Claro. Gracias, señor Hallorann. Me siento mucho mejor.
Sonriente, un pensamiento afloró en su mente:
(Dick, para mis amigos)
(Sí, Dick, claro)
Sus ojos se encontraron, y Hallorann le hizo un guiño.
Danny se deslizó por el asiento del coche hasta abrir la portezuela del
acompañante. Mientras se bajaba, Hallorann volvió a hablar.
—¿Danny?
—¿Qué?
—Si hay algún problema… llámame. Con un grito bien fuerte, como el
de hace unos minutos. Aunque yo esté en Florida, es posible que te oiga. Y si
te oigo, vendré corriendo.
—De acuerdo —repitió Danny, y sonrió.
—Cuídate, muchachote.
—Me cuidaré.
De un golpe, el chico cerró la puerta y atravesó a la carrera el
aparcamiento. En la terraza, Wendy lo esperaba con los codos apretados
contra el cuerpo para protegerse del viento helado. Mientras Hallorann los
observaba, su sonrisa se desvaneció.
No creo que aquí haya nada que pueda hacerte daño.
No creo.
Pero, ¿y si se equivocaba? Desde que vio aquello en la bañera de la
habitación 217, Hallorann había sabido que ésa sería su última temporada en
el «Overlook». Eso había sido peor que cualquier figura en cualquier libro, y
desde aquí el niño que corría hacia su madre parecía tan pequeño…
No creo…
Sus ojos se desviaron hacia los animales del jardín ornamental.
Bruscamente, puso el coche en marcha, hizo los cambios y se alejó,
tratando de no mirar atrás. No pudo, naturalmente, y naturalmente, la
terraza estaba vacía. Madre e hijo habían vuelto a entrar. Era como si el
«Overlook» se los hubiera tragado.
12. RECORRIDO SOLEMNE
—¿De qué hablabais, tesoro? —le preguntó Wendy mientras volvían a
entrar.
—Oh… de nada.
—Pues para ser de nada, habéis hablado bastante.
El niño se encogió de hombros y en el gesto Wendy vio al padre; el
propio Jack no podría haberlo hecho mejor. Ya no conseguiría sacarle nada
más a Danny. Sintió una fuerte exasperación mezclada con un amor más
intenso aún: el amor era desamparado, la exasperación venía de la sensación
de que deliberadamente la excluían. Con ellos dos, a veces Wendy se sentía
como una extraña, un actor de tercer orden que por accidente se encuentra
en el escenario mientras se desarrolla la acción principal. Bueno, pues este
invierno sí que no podrían excluirla, sus dos varones exasperantes; estarían
demasiado juntos para poder hacerlo. De pronto, se dio cuenta de que
sentía celos de la intimidad entre su marido y su hijo, y se sintió
avergonzada. Eso se parecía demasiado a lo que debía de haber sentido su
propia madre… demasiado para que estuviera cómoda.
El vestíbulo estaba ya vacío, salvo la presencia de Ullman y del
empleado principal del mostrador, que hacían el recuento del efectivo en la
caja registradora, y de un par de doncellas que se habían puesto ya
pantalones y suéteres abrigados y que, de pie ante la puerta del frente,
miraban hacia afuera, con el equipaje amontonado en torno de ellas.
También Watson, el de mantenimiento, andaba por ahí, y al ver que Wendy
lo miraba le hizo un guiño… decididamente lascivo. Presurosamente, Wendy
apartó los ojos. Con aspecto de ensoñación y arrobamiento, Jack estaba
junto a la ventana que había al salir del restaurante, mirando el paisaje.
Aparentemente, ya habían terminado con la caja registradora, porque
Ullman la cerró con un gesto autoritario, puso sus iniciales en la cinta y la
guardó en un pequeño estuche con cremallera. Wendy aplaudió
silenciosamente al empleado del escritorio, que parecía muy aliviado Y
Ullman parecía la clase de tipo que podía sacar cualquier falta de dinero del
pellejo del empleado principal… sin siquiera verter una gota de sangre. A
Wendy no le preocupaba mucho Ullman ni sus modales solícitos y
ostentosos. Era como todos los jefes que ella había tenido en su vida,
hombres o mujeres. Con los huéspedes se mostraría dulce como la sacarina, y
un tirano despreciable cuando estaba entre bambalinas, con el personal.
Pero ahora la escuela había terminado y en el rostro del empleado se leía,
con letras mayúsculas, el placer. Vacaciones para todos… salvo para ella y
Jack, y Danny.
—Señor Torrance —llamó perentoriamente Ullman—, ¿quiere venir
aquí, por favor?
Jack se le acercó, mientras con un gesto de la cabeza indicaba a
Wendy y a Danny que se acercaran también.
El empleado, que había desaparecido un momento, volvió a salir con
un abrigo puesto.
—Que lo pase usted bien, señor Ullman.
—Lo dudo —replicó Ullman con aire distante—. El 12 de mayo,
Braddock. Ni un día antes, ni uno después.
—Sí, señor.
Braddock dio la vuelta al mostrador con la expresión sobria y digna
que correspondía a su puesto, pero cuando daba la espalda a Ullman, se le
vio sonreír como un niño. Habló brevemente con las dos muchachas que
todavía esperaban el coche en la puerta y después salió, seguido por un
breve estallido de risas ahogadas.
Wendy empezó a notar el silencio del lugar, que se había abatido
sobre el hotel como una densa manta que amortiguara todo, salvo el débil
latido del viento crepuscular, afuera. Desde donde estaba, Wendy podía ver
a través del despacho interior, que ahora estaba pulcro hasta parecer
esterilizado, con sus dos escritorios desnudos y los dos archivadores de
cajones grises.
Más allá se distinguía la impecable cocina de Hallorann, las enormes
puertas dobles, sostenidas por cuñas de goma, se mantenían abiertas.
—Pensé dedicar unos minutos extra a mostrarle a usted todo el Hotel
—anunció Ullman, y Wendy pensó que en su voz era siempre tan perceptible
la H mayúscula. Imposible no oírla—. Estoy seguro de que su marido llegará
a conocer perfectamente todos los vericuetos del «Overlook», señora
Torrance, o indudablemente usted y su hijo se mantendrán de preferencia
en el nivel del vestíbulo y de la primera planta, donde están sus
habitaciones.
—Sí, sin duda —murmuró formalmente Wendy, y Jack le echó una
mirada de advertencia.
—Es un lugar hermoso —comentó alegremente Ullman—, y a mí me
encanta mostrarlo.
Vaya si te encanta, pensó Wendy.
—Subamos a la tercera planta y desde allí iremos bajando. —Ullman
hablaba con verdadero entusiasmo.
—Si le hacemos perder tiempo… —empezó a decir Jack.
—Nada de eso —le aseguró Ullman—. La tienda está cerrada. Tout
fini, por esta temporada por lo menos. Y pienso pasar la noche en el
«Boulder…» en el «Boulderado», por cierto. Es el único hotel decente que
hay a este lado de Denver… a no ser el propio «Overlook», claro. Por aquí.
Juntos entraron en el ascensor, que estaba lujosamente decorado en
cobre y bronce, pero se hundió visiblemente antes de que Ullman cerrara la
puerta. Danny demostró cierta inquietud, y Ullman le miró sonriendo. Sin
mucho éxito, el chico intentó sonreírle a su vez.
—No te preocupes, jovencito, que es seguro como una casa —lo
tranquilizó Ullman.
—También lo era el Titanic —señaló Jack, mirando el globo de cristal
tallado que pendía del techo del ascensor. Wendy se mordió la mejilla por
dentro para contener una sonrisa.
A Ullman no le divirtió la observación. De un golpe, cerró la puerta
interior.
—El Titanic no hizo más que un viaje, señor Torrance, y este ascensor
ha hecho miles desde que lo instalaron, en 1926.
—Eso me tranquiliza —declaró Jack, y revolvió el pelo de Danny—. El
avión no se nos va a estrellar, doc.
Ullman movió la palanca y durante un momento no hubo nada más
que un estremecimiento bajo los pies de todos, acompañado por el
torturado gemido del motor. Wendy tuvo una visión de los cuatro,
atrapados entre dos pisos como moscas en una botella, para que los
encontraran en la primavera… un poco incompletos… como a los del grupo
Donner…
(¡Basta ya!)
El ascensor empezó a subir, al principio con vibraciones, golpes y
estremecimientos desde abajo. Después el movimiento se suavizó. En el
tercer piso, Ullman lo detuvo bruscamente, corrió la puerta corrediza y abrió
la exterior. La caja del ascensor seguía estando unos quince centímetros por
debajo del nivel del suelo. Danny se quedó mirando la diferencia de altura
entre el vestíbulo de la tercera planta y el piso del ascensor como si acabara
de darse cuenta de que el Universo no era tan cuerdo como le habían
contado. Ullman carraspeó y elevó un poco el ascensor, volvió a detenerlo
con una sacudida (todavía con cinco centímetros de desnivel) y todos
salieron. Liberado del peso, el aparato subió de un salto casi al nivel del
suelo, lo que a Wendy no le resultó nada tranquilizador. Fuera o no fuera
seguro como una casa, decidió que ella subiría o bajaría por las escaleras. Y
por nada del mundo dejaría que subieran los tres juntos en un artefacto tan
inseguro.
—¿Qué estás mirando, doc?—preguntó humorísticamente Jack—. ¿Es
que has visto alguna mancha?
—Claro que no —respondió Ullman, cortante—. Si hace dos días que
se lavaron todas las alfombras.
Wendy, a su vez, estaba mirando la alfombra que recubría el pasillo.
Bonita, pero decididamente no la que ella eligiría para su casa, si algún día
llegara a tenerla. De fibra azul oscuro, el dibujo era un entretejido que
representaba una selva surrealista, llena de lianas, enredaderas y árboles
decorados por pájaros exóticos. Era difícil decir de qué aves se trataba,
porque el dibujo estaba hecho en negro, para delinear sólo las siluetas.
—¿Te gusta la alfombra? —preguntó a su hijo.
—Sí, mamá —contestó el chico con voz descolorida.
Recorrieron el pasillo, bastante espacioso. Las paredes estaban
empapeladas con un material sedoso de color azul pálido, para que
armonizara con la alfombra. Cada tres metros y a una altura de algo más de
dos había lámparas eléctricas que imitaban las farolas de gas de Londres, con
las bombillas enmascaradas tras un nebuloso cristal de color crema
atravesado por un enrejado de hierro.
—Esto me gusta mucho —declaró Wendy. Ullman le sonrió,
encantado.
—El señor Derwent las hizo instalar en todo el hotel después de la
guerra… de la segunda, quiero decir. En realidad, la mayor parte de la
decoración de la tercera planta, aunque no toda, fue idea suya. Ésta es la
habitación 300, la suite presidencial.
Hizo girar la llave en la cerradura de las dobles puertas de caoba y las
abrió de par en par. La vista del cuarto de estar hacia el Oeste los dejó a
todos boquiabiertos, como era probablemente la intención de Ullman.
—¿Estupenda la vista, no? —les sonrió.
—Vaya si lo es —asintió Jack.
La ventana abarcaba casi el largo de la sala de estar. Al otro lado, el
sol parecía detenido directamente entre dos picos de sierra y arrojaba una
luz dorada sobre las laderas de roca y el espolvoreo de nieve que cubría las
altas cumbres. Las nubes que decoraban ese paisaje de tarjeta postal estaban
también teñidas de oro, y un rayo de sol destellaba oscuramente entre los
abetos que llegaban a la línea del límite de navegación.
Jack y Wendy estaban tan absortos en lo que veían que no miraron a
Danny; el chico no estaba fascinado por la ventana, sino por el papel pintado
a rayas rojas y blancas que había hacia la izquierda, donde se abría una
puerta que daba a un dormitorio interior. Y su suspiro de asombro, que se
había mezclado con el de sus padres, no tenía nada que ver con la belleza. El
papel estaba manchado con grandes salpicaduras de sangre seca, mezclada
con trocitos minúsculos de tejido de un blanco grisáceo. Danny sintió
malestar. Era como un cuadro enloquecido pintado con sangre, un
aguafuerte surrealista del rostro de un hombre, contraído por el terror y el
sufrimiento, abierta la boca y la mitad de la cabeza pulverizada.
(Así que si llegaras a ver algo… limítate a mirar hacia otro lado y
cuando vuelvas a fijarte, la cosa habrá desaparecido. ¿Me entiendes?)
Deliberadamente, miró por la ventana, con cuidado de no mostrar
expresión alguna, y cuando la mano de mamá se cerró sobre la suya
respondió a la presión, poniendo cuidado en no estrecharla con fuerza ni
transmitir ningún tipo de señal.
El director le estaba diciendo a su papá algo de que no se olvidara de
cerrar los postigos de esa ventana tan grande, para que un viento fuerte no
pudiera abrirla. Jack asentía con la cabeza. Cautelosamente, Danny volvió a
mirar la pared. Las manchas de sangre seca no estaban. Los copos de color
blanco grisáceo que la salpicaban también habían desaparecido.
Ullman les indicaba que salieran. Mamá le preguntó si las montañas le
parecían bonitas, y Danny dijo que sí, aunque en realidad no le importaban
nada las montañas. Mientras Ullman cerraba la puerta al salir, Danny volvió
a mirar por encima del hombro. La mancha de sangre había vuelto, sólo que
ahora estaba fresca, y corría. Ullman seguía con sus comentarios sobre los
hombres famosos que se habían alojado en esa habitación. Danny descubrió
que se había mordido el labio con tanta fuerza que se había hecho sangre,
sin sentirlo siquiera. Mientras seguían andando por el corredor, se quedó un
poco atrás para enjugarse la sangre con el dorso de la mano, mientras
pensaba en
(sangre)
(El señor Hallorann, ¿habría visto sangre o algo peor?)
(No creo que esas cosas puedan hacerte daño.)
Por detrás de sus labios crecía un grito, pero Danny no lo dejó salir. Su
papá y su mamá no podían ver esas cosas; nunca habían podido. Se quedaría
callado. Su papá y su mamá se querían, y eso era algo real. Las otras cosas
eran sólo como figuras en un libro. Algunas figuras daban miedo, pero no
podrían hacerte daño. No podrían… hacerte… daño.
El señor Ullman les mostró algunas otras habitaciones de la tercera
planta, conduciéndolos por corredores que se retorcían y revolvían como un
laberinto. Aquí estaban todos acaramelados, dijo el señor Ullman, pero
Danny no veía caramelos por ninguna parte. Ullman les mostró las
habitaciones donde había vivido una vez una señora que se llamaba Marilyn
Monroe, mientras estaba casada con un hombre llamado Arthur Miller
(Danny comprendió vagamente que Marilyn y Arthur se habían Divorciado
no mucho después de haber estado en el «Hotel Overlook»).
—¿Mamá?
—¿Qué, tesoro?
—Si estaban casados, ¿por qué usaban apellidos diferentes? Papá y tú
tenéis el mismo apellido.
—Sí, pero nosotros no somos famosos, Danny —explicó Jack—. Las
mujeres famosas conservan su apellido después casarse, porque es lo que les
da de comer.
—Les da de comer —repitió Danny, de lo más confundido.
—Lo que quiere decir papá es que a la gente solía gustarle ir al cine a
ver a Marilyn Monroe, pero tal vez no le habría gustado ir a ver a Marilyn
Miller —explicó Wendy.
—Pero, ¿por qué no? Si seguiría siendo la misma señora. ¿Acaso la
gente no lo sabía?
—Sí, pero… —Wendy miró a Jack en busca de auxilio.
—En esta habitación se alojó una vez Truman Capote —interrumpió
Ullman, impaciente mientras abría la puerta—. Eso fue en mi época. Un
hombre tremendamente simpático. De modales europeos.
En ninguna de esas habitaciones había nada notable (salvo que no se
veían por ninguna parte los acaramelados de que hablaba el señor Ullman),
nada que a Danny le diera miedo. En realidad, en la tercera planta sólo hubo
otra cosa que le preocupó, sin que el chico pudiera explicarse por qué. Era el
extintor de incendios que colgaba de la pared, antes de doblar la esquina
para volver al ascensor, que seguía abierto como una boca con la dentadura
de oro, esperándolos.
Era un extintor anticuado, de manguera plana que se plegaba una
docena de veces sobre sí misma, con un extremo asegurado a una gran
válvula roja y el otro terminado en una boquilla de bronce. Los dobleces de
la manguera estaban asegurados con una pieza articulada de acero, pintado
de rojo. Si se producía un incendio, uno levantaba la pieza de acero,
apartándola con un empujón brusco, y podía usar la manguera. Danny, que
era rápido para comprender cómo funcionaban las cosas, se dio cuenta en
seguida. Ya a los dos años y medio lo habían encontrado abriendo el portón
de seguridad que había instalado su padre en lo alto de las escaleras de la
casa de Stovington. Se había fijado cómo funcionaba la cerradura. Su papá
dijo que eso era un DON. Y ese DON, algunos lo tenían y otros no.
Ese extintor era algo más viejo que otros que había visto —el del
jardín de infancia, por ejemplo—, pero tampoco demasiado raro. Sin
embargo, le produjo una débil inquietud el hecho de verlo ahí enroscado
sobre el papel de color azul claro, como una serpiente dormida. Y se alegró
de dejar de verlo cuando doblaron la esquina.
—Claro que hay que cerrar los postigos de todas las ventanas —dijo el
señor Ullman en el momento en que volvían a entrar en el ascensor, que de
nuevo se hundió inquietantemente bajo sus pies—, pero la que me preocupa
especialmente es la de la suite presidencial. Cuando se instaló, hace treinta
años, esa ventana costó cuatrocientos veinte dólares, y reponerla hoy
costaría ocho veces esa suma.
—La cerraré —le aseguró Jack.
Bajaron a la segunda planta, donde había más habitaciones y un
corredor con más vueltas y revueltas si cabía. La luz que entraba por las
ventanas había empezado ya a amortiguarse apreciablemente a medida que
el sol bajaba detrás de las montañas. El señor Ullman les mostró un par de
habitaciones y nada más. Pasó sin detenerse frente a la 217, la que Dick
Hallorann había mencionado, con prevención, a Danny. Con fascinación
enfermiza, el chico miró el número en la chapa de la puerta.
Después bajaron a la primera planta. Ahí, el señor Ullman no les
mostró ninguna habitación mientras no hubieron llegado casi hasta la
escalera, cubierta por una espesa alfombra, que volvía a descender hacia el
vestíbulo.
—He aquí las habitaciones de ustedes —les dijo—. Espero que les
parezcan adecuadas.
Cuando entraron, Danny estaba preparado para cualquier cosa que
pudiera haber allí. No había nada.
Wendy Torrance se sentía inundada por el alivio. Con su fría
elegancia, la suite presidencial la había hecho sentirse fuera de lugar y torpe.
Estaba muy bien visitar algún edificio histórico, restaurado, con una placa en
el dormitorio donde se anunciaba que allí había dormido Abraham Lincoln o
Franklin D. Roosevelt; pero era muy distinto imaginarse, junto con su
marido, tendidos bajo hectáreas de sábanas de hilo, y tal vez haciéndose el
amor en el mismo lugar donde habían estado los hombres más grandes del
mundo (en todo caso, los más poderosos, rectificó Wendy). En cambio, ese
apartamento era más sencillo, más hogareño, casi seductor. Wendy pensó
que pasar una temporada en ese lugar no le resultaría muy difícil.
—Es muy agradable —al decírselo a Ullman, ella misma sintió el
agradecimiento en su voz.
Ullman hizo un gesto de asentimiento.
—Sencillo, pero cómodo. Durante la temporada, aquí se alojan el
cocinero y su mujer, o bien el cocinero y el aprendiz de cocina.
—¿Aquí vivía el señor Hallorann? —interrumpió Danny.
—Exactamente —con un gesto de condescendencia, el señor Ullman
inclinó la cabeza hacia él—. Él y el señor Nevers —se volvió de nuevo a Jack y
Wendy—: Éste es el saloncito de estar.
Había sillas y sillones que parecían cómodos, sin ser caros, una mesita
para el café que en sus tiempos había sido cara, pero a la que le faltaba
ahora un gran trozo de madera de un lado, dos estanterías atestadas de
condensaciones de libros del Reader’s Digest y de novelas detectivescas de la
década del 40, según advirtió Wendy, divertida, y un anónimo televisor de
hotel que parecía mucho menos elegante que los que habían visto en las
habitaciones.
—No hay cocina, claro —explicó Ullman—, pero sí un montacargas.
Este aparato está directamente encima de la cocina —corrió hacia un lado un
panel del revestimiento y dejó a la vista una gran bandeja rectangular. Le
dio un empujoncito y la bandeja desapareció, seguida por un tramo de
cuerda.
—¡Es un pasadizo secreto! —dijo excitado Danny a su madre,
olvidándose momentáneamente de todos sus miedos ante esa embriagadora
novedad que le ofrecían—. ¡Lo mismo que en aquella película del gordo y el
flaco con los fantasmas!
El señor Ullman frunció el ceño, pero Wendy sonrió con indulgencia
mientras el chico corría hacia el montaplatos para mirar hacia abajo por el
hueco.
—Por aquí, por favor.
Abrió la puerta que había al extremo opuesto del saloncito de estar y
que daba a un dormitorio, espacioso y ventilado, dispuesto con camas
gemelas. Wendy miró a su marido, sonrió, se encogió de hombros.
—No es problema —le aseguró Jack—. Las juntaremos.
El señor Ullman lo miró por encima del hombro, auténticamente
intrigado.
—¿Decía usted?
—Es por las camas —explicó alegremente Jack—. Pero podemos
juntarlas.
—Ah, claro —balbuceó Ullman, momentáneamente confundido.
Después su expresión se aclaró, pero el rubor empezó a invadirle la cara—.
Como ustedes quieran.
Volvió a llevarles al cuarto de estar, desde el cual una segunda puerta
conducía al segundo dormitorio, equipado éste con literas. En un rincón
rezongaba el radiador, y la alfombra era un abominable diseño de salvias y
cactos, pero Wendy vio que Danny se había enamorado ya de ella. Las
paredes de la habitación, más pequeña, estaban revestidas de pino
verdadero.
—¿Te parece que puedes arreglártelas aquí, doc? —preguntó Jack.
—Seguro que puedo. Y pienso dormir en la litera de arriba. ¿De
acuerdo?
—Si tú quieres…
—Y la alfombra también me gusta. Señor Ullman, ¿por qué no tienen
ustedes todas las alfombras como ésta?
Durante un momento, la cara de Ullman dio la impresión de que
hubiera mordido un limón. Después sonrió y palmeó la cabeza de Danny.
—Éste será tu dominio —le dijo—, aunque el cuarto de baño se
comunica con el dormitorio principal. El apartamento no es grande, pero
naturalmente, podrán ustedes moverse por todo el resto del hotel. Según
me dice el señor Watson, la chimenea hogar del vestíbulo funciona bien;
además, si alguna vez desean hacerlo, están ustedes en libertad de comer en
el salón comedor. —Al decirlo, su voz tomó el tono de alguien que hace un
gran favor.
—Perfecto —asintió Jack.
—¿Bajamos ahora? —preguntó el señor Ullman.
—Cómo no —accedió Wendy.
Bajaron en el ascensor y esa vez se encontraron con el vestíbulo
completamente desierto, a no ser por Watson, recostado contra la puerta
principal, con una chaqueta de cuero crudo y un palillo entre los labios.
—Pues yo pensaba que ya estaría usted a kilómetros de aquí —le dijo
el señor Ullman, con voz más bien glacial.
—Me quedé un momento para recordarle al señor Torrance lo de la
caldera —respondió Watson, enderezándose—. Si se acuerda de no quitarle
el ojo de encima, amigo, andará estupenda. Bájele la presión un par de veces
por día, porque se sube.
Se sube, pensó Danny, y las palabras despertaron ecos en un largo y
silencioso corredor mental, uno de esos corredores revestidos de espejos, que
la gente rara vez mira.
—Lo recordaré —dijo su papá.
—Todo irá perfecto —le aseguró Watson, mientras le tendía la mano.
Jack se la estrechó, y Watson se volvió hacia Wendy y la saludó con una
inclinación de cabeza—. Señora…
—Encantada —respondió Wendy, y se extrañó de que no le sonara
absurdo. Ella venia de Nueva Inglaterra, donde se había pasado la vida, y
tenia la impresión de que unas breves frases intercambiadas con ese Watson,
con su mata de pelo revuelto, hubieran sido una síntesis de todo lo que se
supone que es el Oeste. Ya no le importaba el guiño obsceno de un rato
antes.
—Mi joven señor Torrance —saludó con gravedad Watson, ofreciendo
la mano. Danny, que hacía ya casi un año que estaba bien al tanto de lo que
significaba dar la mano, tendió con gesto vivaz la suya y tuvo la impresión de
que se la tragaran—. Tú cuídalos bien a los dos, Dan.
—Sí, señor.
Watson soltó la mano del chico y se enderezó para mirar a Ullman.
—Supongo que será hasta el año próximo —dijo mientras le tendía la
mano.
Ullman se la rozó con un gesto exangüe. El anillo del meñique reflejó
las luces eléctricas del vestíbulo en una especie de guiño amenazador.
—El 12 de mayo, Watson —le recordó—. Ni un día antes, ni uno
después.
—Sí, señor —asintió Watson, y Jack pudo casi leer lo que estaba
escrito en su mente: … tú, jodido marica.
—Que pase bien el invierno, señor Ullman.
—Oh, lo dudo —respondió, distante, el aludido.
Watson abrió una de las dos puertas principales; el viento gimió con
más fuerza y empezó a sacudirle el cuello de la chaqueta.
—Y ustedes, amigos, a cuidarse —fue lo ultimo que dijo.
—Sí, señor, nos cuidaremos —contestó Danny.
Watson, cuyo no tan remoto antepasado había sido propietario del
lugar, se fue humildemente, cerrando la puerta a sus espaldas,
amortiguando el viento. Lo siguieron con la vista mientras bajaba
ruidosamente los amplios escalones de la terraza con sus botas negras
usadísimas, de vaquero. Atravesó el camino para coches rumbo al
aparcamiento destinado al personal. Quebradizas, las hojas amarillas de los
álamos se arremolinaron en torno a sus tacones mientras se dirigía hacia su
furgoneta «International Harvester». Cuando la puso en marcha, del
enmohecido tubo de escape brotó un chorro de humo azul. El ensalmo del
silencio se instaló sobre ellos mientras Watson daba marcha atrás al vehículo
y salía después del aparcamiento. La camioneta desapareció por la cima de la
colina y volvió a verse, ya más pequeña, por el camino principal, rodando
hacia el Oeste.
Durante un momento, Danny se sintió más solo de lo que jamás se
había sentido en su vida.
13. LA ENTRADA PRINCIPAL
La familia Torrance se quedó inmóvil en la larga terraza del frente del
«Overlook Hotel» como si estuviera posando para un retrato de familia:
Danny en el medio, enfundado en su chaquetón con cremallera del año
pasado, que ya le quedaba pequeño y empezaba a rompérsele en los codos,
Wendy tras él apoyándole una mano en el hombro y Jack a la izquierda de
su hijo, con la mano posada en la cabeza del niño.
El señor Ullman estaba un paso detrás de ellos, envuelto ya en un
elegante abrigo de piel marrón. El sol ya estaba totalmente tras las
montañas bordeándolas con un resplandor de áureo fuego que alargaba y
teñía de color púrpura las sombras de todas las cosas. Los tres únicos
vehículos que quedaban en el aparcamiento eran la furgoneta del hotel, el
«Lincoln Continental» de Ullman y el vapuleado «Volkswagen» de los
Torrance.
—Entonces, tiene usted las llaves —dijo Ullman a Jack—, y está bien al
tanto del funcionamiento del horno y de la caldera.
Jack hizo un gesto afirmativo; incluso sentía cierta compasión por
Ullman. Todo había terminado por esa temporada, el paquete estaba
pulcramente embalado hasta el 12 de mayo próximo, ni un día antes ni uno
después, y Ullman (que era el responsable de todo eso y que al hablar del
hotel lo hacía con un tono de enamoramiento inconfundible) no podía
menos que asegurarse de que no quedaran cabos sueltos.
—Sí, creo que estoy bien al tanto de todo —le aseguró.
—Bueno. Yo me mantendré en contacto —durante un momento se
demoró todavía, como si esperara que el viento le diera una mano y lo
llevara hasta su coche—. Está bien —suspiró—. Que pasen bien el invierno,
señor Torrance… señora. Y tú también, Danny.
—Gracias, señor —le respondió Danny—. Espero que usted también.
—Lo dudo —repitió Ullman, y su tono era de tristeza—. Ese lugar en
Florida es un basurero, a decir verdad. Muy engorroso. Mi verdadero trabajo
es el del «Overlook». Cuídemelo usted bien, señor Torrance.
—Espero que cuando vuelva usted para la primavera seguirá aquí —
bromeó Jack, y una idea pasó como un relámpago por la mente de Danny
(¿y nosotros estaremos?)
y desapareció.
—Pues claro. Claro que sí.
Ullman dejó vagar la mirada hacia la zona infantil, tras la cual el seto
de animales se sacudía con el viento. Después recuperó su aire comercial,
para el último saludo.
—Adiós, pues.
Rápidamente y con presunción se encaminó hacia su coche,
ridículamente grande para un hombre tan pequeño, y se metió dentro. El
motor del «Lincoln» ronroneó y las luces de cola destellaron mientras el
coche salía del aparcamiento. Cuando empezó a alejarse, Jack alcanzó a leer
la señal puesta frente al lugar: RESERVADO PARA EL SEÑOR ULLMAN,
DIRECTOR.
—Bueno —suspiró Jack.
Siguieron con los ojos al coche hasta que se perdió de vista por la
ladera del este. Cuando desapareció, los tres se miraron durante un
momento en silencio, asustados casi. Estaban solos. Las hojas de los álamos
giraban locamente y formaban montoncitos al azar sobre el verdor del
césped pulcramente recortado y cuidado para los ojos de huéspedes
inexistentes. No había nadie más que ellos tres para ver las hojas otoñales
que danzaban sobre él. Jack tuvo la extraña sensación de que se encogía,
como si su fuerza vital hubiera quedado reducida a una débil chispa,
mientras el hotel y el parque que lo rodeaba hubieran crecido de pronto al
doble de tamaño, convirtiéndose al mismo tiempo en algo siniestro que los
dejaba a ellos reducidos a enanos con su hosco poder inanimado.
—¡Cómo estás, doc! —dijo Wendy—. Tienes las narices, que parecen
una manguera. Entremos.
Y entraron, y cerraron firmemente la puerta tras ellos para no dejar
entrar el incesante gemido del viento.
Tercera Parte
EL AVISPERO
14. EN LO ALTO DEL TEJADO
—¡Ay, maldita hija de puta!
El grito fue a la vez de sorpresa y de dolor, mientras Jack Torrance se
sacudía la mano derecha contra la tela azul de la camisa de trabajo,
aplastando la gran avispa que acababa de picarle. Después se apresuraba
gateando cuanto podía por el tejado, mirando por encima del hombro para
ver si las hermanas y hermanos de la avispa no se le venían encima para
atacarlo, desde el panal que acababa de descubrir. En ese caso, la cosa podía
ponerse fea; el avispero estaba entre Jack y la escalera de mano, y la
trampilla que le habría permitido bajar al desván estaba cerrada por dentro.
Y desde el tejado hasta la franja de cemento que se extendía entre el hotel y
el césped había más de veinte metros.
Por encima del avispero, el aire seguía sereno y calmo.
Disgustado, Jack silbó entre dientes, se sentó a horcajadas en el
caballete del tejado y se observó el índice de la mano derecha, que ya se le
estaba hinchando; pensó que tendría que bajar hasta la escalera esquivando
el avispero, para ir a ponerse un poco de hielo.
Estaban a 20 de octubre. Wendy y Danny habían ido hasta Sidewinder
en la camioneta del hotel (una vieja «Dodge» que parecía una matraca, pero
que, así y todo, era más segura que el «Volkswagen», que ya parecía estar en
las últimas) a buscar leche y a hacer algunas compras para Navidad. En
realidad era pronto para esas compras, pero nadie podía saber cuándo
quedarían aislados por la nieve. Ya había habido algunas pequeñas nevadas,
y en algunos lugares el camino que bajaba desde el «Overlook» estaba
helado y resbaladizo.
Hasta entonces, el otoño había sido de una belleza casi sobrenatural.
En las tres semanas que llevaban allí, los días hermosos se sucedían uno a
otro. Desde los ceros grados de la mañana transparente y seca, a la tarde, la
temperatura subía a quince, lo ideal para andar haciendo reparaciones en la
suave pendiente occidental del tejado del «Overlook». Jack no había hecho
misterio, al hablar con Wendy, de que ya hacía cuatro días que podría tener
terminado el trabajo, pero no se sentía realmente urgido a hacerlo. Desde
allí arriba la vista era espectacular; le ganaba incluso al panorama desde la
suite presidencial. Y lo que era más importante, el trabajo como tal le hacía
bien. Cuando estaba en el tejado, Jack sentía que iban cicatrizando en él las
heridas de los tres últimos años. En el tejado se sentía en paz. Esos tres años
empezaron a aparecérsele como una pesadilla turbulenta.
Las tejas de madera estaban muy podridas, algunas arrancadas
completamente por las tormentas del invierno anterior. Jack las había
retirado todas, gritando «¡Bomba va!» antes de dejarlas deslizar hacia abajo,
no fuera a ser que Danny anduviera por allí y lo golpearan. Cuando la avispa
le picó, Jack estaba arrancando las tejas estropeadas.
Lo irónico del asunto era que él mismo se lo había advertido cada vez
que se subía al tejado: cuidado con los avisperos. Y por las dudas había
comprado esa bomba insecticida. Pero esa mañana, el silencio y la paz
habían sido tan completos que su vigilancia había aflojado. Había vuelto a
meterse en el mundo de la obra que estaba creando, lentamente, a luchar
mentalmente con la escena en que pensaba trabajar esa noche. La obra iba
muy bien y, aunque Wendy no hubiera hecho muchos comentarios, él sabía
que estaba satisfecha. Jack se había quedado atascado en la escena decisiva
entre Denker, el director de escuela sádico, y Gary Benson —su joven
héroe—, y así se había pasado los seis tristes últimos meses en Stovington,
esos meses en que su avidez de bebida era tal que apenas si podía
concentrarse en sus clases, y menos aún en sus ambiciones literarias
personales.
Pero en las últimas doce noches, sentado frente a la «Underwood»
que había tomado en préstamo de la oficina de abajo, el bloqueo había
desaparecido bajo sus dedos en forma tan mágica como el algodón de
azúcar se deshace en los labios. Casi sin esfuerzo alguno había logrado una
penetración intuitiva del personaje de Denker que siempre le había faltado,
y en función de ella volvió a escribir la mayor parte del segundo acto,
centrándolo en torno de la nueva escena. Y el movimiento del tercer acto,
que era lo que estaba rumiando mentalmente cuando la avispa puso
término a sus cavilaciones, se le hacía cada vez más claro. Pensó que en un
par de semanas podría tenerlo bosquejado, y entonces para Año Nuevo
tendría ya pasada en limpio toda la condenada obra.
Jack tenía su agente en Nueva York, una testaruda pelirroja de
nombre Phyllis Sandler, que fumaba «Tareytons», bebía «Jim Beam» en vasos
de papel y pensaba que el sol de la literatura se levantaba y volvía a ponerse
con Sean O’Casey. Era ella quien había colocado tres cuentos de Jack, entre
ellos el del Esquire. En una carta, Jack le había hablado de la obra, que se
llamaba La escuela y en la que se planteaba el conflicto básico entre Denker,
un bien dotado estudiante que al fracasar se convertía en el director —no
menos embrutecedor que bruto— de una escuela preparatoria de principios
de siglo en Nueva Inglaterra, y Gary Benson, el estudiante a quien Denker ve
como una nueva versión, más joven, de sí mismo. Phyllis le había escrito
expresándole su interés y aconsejándole enfáticamente que antes de
sentarse a escribir leyera a O’Casey. Ese mismo año, meses atrás, había vuelto
a escribirle preguntándole qué demonios pasaba con la obra. Jack le había
contestado sardónicamente que La escuela había quedado indefinidamente
—infinitamente, tal vez— suspendida entre la pluma y el papel, «en ese
interesante Gobi espiritual que denominamos bloqueo del escritor». Ahora,
parecía que por fin Phyllis podría contar con la obra. Que fuera buena o no,
o que alguna vez se representara, ya era otra cosa. Y eso tampoco le
interesaba demasiado a Jack. En cierto modo, sentía que la obra misma, lo
más importante, era el bloqueo, un símbolo colosal de los años malos
pasados en la escuela preparatoria de Stovington, del matrimonio que había
estado a punto de hacer naufragar, del monstruoso ataque a su hijo, del
incidente en el aparcamiento con George Hatfield… un incidente que ya no
podía seguir considerando como una nueva llamarada de mal genio, súbita y
destructiva. Ahora, Jack pensaba que parte de su problema con la bebida era
fruto de un deseo inconsciente de verse libre de Stovington, y de la
seguridad de que estaba> ahogando todo lo que pudiera haber en él de
creativo. Había dejado de beber, pero la necesidad de liberación seguía
siendo la misma. Por eso le ocurrió lo de George Hatfield. Ahora, lo único
que quedaba de esos días era la obra a medio escribir, sobre la mesa que
había en el dormitorio compartido por Wendy, y cuando la hubiera
terminado y se la hubiera enviado a Phyllis, a ese cubículo que era su agencia
literaria en Nueva York, él podría ocuparse de otras cosas. No de una novela;
no se sentía en condiciones de meterse en un nuevo pantano del que le
costara otros tres años salir. Pero más cuentos sí; tal vez un libro de cuentos.
Moviéndose con cautela volvió a bajar a gatas la pendiente del tejado,
hasta más allá de la línea donde terminaban las tejas nuevas, verdes, y
empezaba la parte del tejado que acababa de preparar para arreglarla. Se
acercó al borde yendo por la izquierda del avispero que había descubierto y
se le acercó con desconfianza, pronto a retroceder y bajar rápidamente por
la escalera si las cosas se ponían feas.
Se inclinó sobre la parte donde había quitado el revestimiento
alquitranado y miró hacia dentro.
Ahí estaba el avispero, en el espacio que quedaba entre el
revestimiento alquitranado viejo y la segunda cubierta de planchas de
madera. Y era enorme. Parecía una gran bolsa de papel grisáceo, que en el
medio podía medir unos sesenta centímetros. La forma no era perfecta,
porque el espacio entre el revestimiento y las tablas era demasiado estrecho,
pero así y todo los bichos habían hecho un trabajo bastante respetable,
pensó Jack. La superficie del avispero estaba cubierta de insectos que
zumbaban en un lento y continuo movimiento. Y eran de las avispas grandes
y malas, no las más pequeñas, con pintas amarillas, que son también más
tranquilas. La baja temperatura las tenía atontadas y estúpidas, pero Jack,
conocedor de las avispas desde su niñez, se dio por afortunado de que no lo
hubieran picado más que una vez. Pensó que si Ullman hubiera hecho hacer
ese trabajo en pleno verano, el obrero a quien le hubiera tocado levantar
esa parte del tejado se habría llevado una sorpresa de mil demonios. Ya lo
creo que sí. Cuando una docena de avispas de esa clase se le vienen a uno
encima todas juntas y empiezan a picarlo en la cara, los brazos y las manos, y
hasta en las piernas a través de los pantalones, entonces es muy fácil olvidar
que se está a veinte metros de altura y se salte del tejado mientras intenta
librarse de ellas. Y todo por esas cositas que apenas si tendrán el largo de la
punta de un lápiz.
En alguna parte, en algún suplemento dominical o en un artículo de
revista, Jack había leído que el siete por ciento de los accidentes
automovilísticos queda sin explicar. No hay fallos mecánicos ni exceso de
velocidad, ni alcohol ni mal tiempo. Simplemente un coche que se estrella en
alguna parte desierta del camino, y el único ocupante, el conductor, muere,
incapaz de explicar qué le sucedió. El artículo incluía una entrevista a un
agente de Policía que pensaba que muchos de esos choques inexplicables se
debían a la presencia de insectos en el coche. Avispas, una abeja, tal vez una
araña o una polilla. El conductor se asusta y trata de aplastar el insecto o de
bajar una ventanilla para dejarlo salir.
Tal vez el insecto lo pica; o simplemente, el conductor pierde el
control. De cualquiera de las dos maneras… ¡bang!, y se acabó. Y el insecto,
por lo general ileso, se va zumbando alegremente de entre el montón de
restos humeantes, en busca de más tiernos pastos. El agente pensaba que al
hacer la autopsia de esas víctimas, los forenses debían investigar la presencia
de veneno de insectos, recordaba Jack.
Ahora, al mirar hacia el avispero, le pareció que podía ser un símbolo
tanto de la época que había atravesado (y que había obligado a atravesar a
los seres queridos) como de un futuro mejor. ¿De qué otra manera se podían
explicar las cosas que le habían sucedido? Porque Jack aún sentía que a
todas sus desdichadas experiencias en Stovington había que verlas como
algo en lo que Jack Torrance había desempeñado un papel pasivo. Él no
había hecho nada; a él le habían hecho cosas. En la Facultad de Stovington
había conocido mucha gente —entre ellos dos del departamento de inglés—
, que bebían en exceso. Estaba Zack Tunney, que tenía la costumbre de
llevarse un barrilito de cerveza a su casa los sábados por la tarde, dejarlo
toda la noche en el patio, bajo un montón de nieve y después tragárselo casi
todo mientras el domingo contemplaba partidos de fútbol y películas viejas
en la TV. Sin embargo, durante la semana, Zack era tan sobrio como un juez,
y un cóctel liviano con el almuerzo era cosa rara.
Él y Al Shockley habían sido alcohólicos, que se buscaban uno a otro
como dos parias que todavía conservaran el instinto social suficiente para
preferir ahogarse juntos, y no cada uno por su lado. Y en un mar todo de
arena sin nada de sal. Eso es lo que ocurrió. Mientras miraba las avispas,
parsimoniosamente ocupadas en su trabajo instintivo antes de que el
invierno llegara para matarlas a todas salvo a la reina, protegida por la
hibernación, Jack se sintió capaz de ir más lejos. Él seguía siendo un
alcohólico, y lo sería siempre; tal vez lo hubiera sido ya desde la clase
nocturna de Sophomore en la escuela secundaria, en que bebió la primera
copa. Era algo que no tenía nada que ver con la fuerza de voluntad, ni con
que beber fuera moral o inmoral, ni con la debilidad o fuerza de su carácter.
Dentro de él había un interruptor roto, o un cortacircuitos que no
funcionaba, y Jack se había visto empujado contra su voluntad pendiente
abajo, primero lentamente y después a una velocidad cada vez mayor a
medida que la presión de Stovington sobre él iba acentuándose. Un gran
tobogán aceitado, debajo del cual lo esperaban una bicicleta sin dueño,
hecha pedazos, y un hijo con el brazo roto. Jack Torrance había sido un
juguete pasivo. Y lo mismo sucedía con su mal genio. Se había pasado la vida
tratando de controlarlo, sin éxito. Recordaba que a los siete años una vecina
le había dado unos azotes porque lo encontró jugando con cerillas, y él
había salido corriendo a tirar una piedra contra un coche que pasaba. Su
padre lo había visto y bajó hecho una furia sobre el pequeño Jack, hasta
dejarle el trasero enrojecido… y un ojo negro. Cuando su padre volvió a
entrar en casa, refunfuñando, para ver la televisión, Jack se ensañó a
patadas con un perro que encontró en la calle. En la escuela primaria había
tenido una veintena de peleas, y más aún en la secundaria; el resultado
fueron dos suspensiones e incontables castigos, a pesar de sus buenas notas.
En parte, el rugby le había servido como válvula de escape, aunque Jack
recordaba perfectamente que casi no había habido partido, ni momento de
un partido, que él no hubiera jugado como si cada maniobra de sus
oponentes fuera una ofensa personal. Había sido un jugador excelente
durante toda su vida universitaria, y sabía perfectamente bien que tenía que
agradecérselo… o echarle la culpa a su mal genio. Jack no había disfrutado
con el rugby; cada partido era una lucha de enconos.
Y sin embargo, mientras todo eso pasaba, Jack no se había sentido
hijo de perra; no se había sentido vil. Se había considerado siempre como
Jack Torrance un verdadero buen tipo, que simplemente tendría que
aprender a dominar su mal genio antes de que algún día lo pusiera en
dificultades. De la misma manera, tendría que aprender a manejar su
condición de bebedor. Pero su alcoholismo había sido indudablemente tan
emocional como físico, aunque los dos aspectos estuvieran con toda
seguridad vinculados muy dentro de él, en profundidades en las que uno
prefiere no meterse. Pero no le importaba mucho que las causas, las raíces,
estuvieran interrelacionadas o no, ni que fueran sociales o psicológicas o
fisiológicas. A lo que él tenía que hacer frente era a los resultados: a los
azotes, las palizas de su viejo, las suspensiones, el intento de explicar cómo
era que volvía a casa con la ropa rota después de alguna pendencia en la
escuela, y más adelante las resacas, la lenta disolución de su matrimonio, esa
rueda de bicicleta solitaria, con los radios que apuntaban al cielo, el brazo
roto de Danny. Y el asunto de George Hatfield, por supuesto.
Tuvo la sensación de que, sin darse cuenta, había metido la mano en
el Gran Avispero de la Vida. Como imagen, era hedionda. Como retrato en
miniatura de la realidad, le pareció bastante útil. En pleno verano, había
metido la mano a través del revestimiento podrido de papel alquitranado, y
la mano —y el brazo entero— se le habían consumido en un fuego sagrado,
justiciero, que destruía el pensamiento consciente y dejaba fuera de lugar la
idea de comportamiento civilizado. ¿Acaso se podía esperar que no se
condujera como un ser humano pensante cuando le atravesaban la mano
con agujas calentadas al rojo? ¿Se le podía pedir que viviera en el amor de
sus seres queridos cuando la nube se elevaba, oscura y furibunda, del
agujero abierto en la trama de las cosas (esa trama que a uno le parecía tan
inocente) para arrojarse sobre uno como una flecha? ¿Se podía hacer
responsable de sus acciones a alguien que corría como un loco por la
pendiente de un tejado, a veinte metros de altura, sin saber por dónde iba,
sin recordar que sus pies vacilantes y con pánico, podían precipitarlo en un
abrir y cerrar de ojos hacia la muerte, por encima de los desagües para la
lluvia, llevándolo a estrellarse contra el suelo de cemento que esperaba
veinte metros más abajo? Jack pensaba que no. Cuando sin saberlo uno
metía la mano en el avispero, no era porque hubiera hecho un pacto con el
diablo para deshacerse de su ser civilizado y de todas sus trampas… el amor,
el respeto, el honor. Era simplemente algo que le sucedía. Pasivamente, sin
haber tenido ni voz ni voto, uno dejaba de ser un ente mental para
convertirse en un ente de terminaciones nerviosas; en cinco segundos, el
hombre de formación universitaria se transformaba en un mono vociferante.
Después pensó en George Hatfield.
Alto y desgreñadamente rubio, George había sido un muchacho de
una belleza casi insolente. Con sus ajustados tejanos descoloridos y la
camiseta de Stovington arremangada descuidadamente por encima de los
codos, dejando ver los antebrazos bronceados, había traído a la mente de
Jack el recuerdo de un Robert Redford joven, y estaba seguro de que a
George no le costaba mucho marcar tantos, como diez años atrás no le había
costado al joven jugador de rugby que se llamaba Jack Torrance. Podía
afirmar con toda sinceridad que no se había sentido celoso de George, ni
envidioso de su porte; es más, casi inconscientemente había empezado a
verlo como la personificación del héroe de su obra, Gary Benson; el contraste
perfecto para ese oscuro, gris y envejecido Denker, que tanto había llegado
a odiar a Gary. Pero él, Jack Torrance, jamás se había sentido así hacia
George. Y de haberle sucedido, se habría dado cuenta; de eso estaba
completamente seguro.
George había pasado como a la deriva por sus clases de Stovington. En
su condición de astro del rugby y el béisbol, no le exigían demasiado en sus
programas académicos, y el muchacho se había conformado con notas de
segundo o tercer orden en Historia o en Botánica. En el campo de juego era
un esforzado luchador, pero en el aula, como estudiante, se mostraba
indiferente y desdeñoso. Era un tipo de estudiante que Jack conocía, más de
su propia época de estudiante secundario y universitario que por su
experiencia docente, de segunda mano. George Hatfield era un personaje
cambiante. En el aula podía ser una figura tranquila que pasaba inadvertida,
pero cuando se le aplicaba la serie adecuada de estímulos competitivos
(como los electrodos en las sienes del monstruo de Frankenstein, pensaba
malignamente Jack) podía convertirse en una ciega fuerza arrolladora.
En enero, George y una docena más se habían presentado a las
pruebas para integrar el grupo de controversia. Había sido completamente
franco con Jack. Su padre era abogado de una corporación y quería que el
hijo siguiera sus huellas. George, que no se sentía ardientemente llamado a
hacer nada en especial, estaba dispuesto. Sus notas no eran las mejores, pero
después de todo apenas si estaba en la escuela preparatoria, y tiempo había
de sobra. Si llegaba el caso, su padre sabía de qué hilos tirar, y la capacidad
atlética del propio George le abriría otras puertas. Pero Brian Hatfield
pensaba que su hijo debía integrar el grupo de controversia. Le serviría de
práctica, y eso era algo que en los exámenes de ingreso a las facultades de
derecho siempre se tenía en cuenta. De modo que George entró en el grupo
de controversia, pero a fines de marzo Jack lo separó del equipo.
Los debates entre diversos grupos de fines del invierno habían
despertado el espíritu de competencia de George, que se preparaba a fondo
para las controversias ordenando sus argumentos en pro o en contra de lo
que fuera. Poco importaba que el tema fuera la legalización de la
marihuana, la restauración de la pena de muerte o la actitud de los países
productores de petróleo. George entraba en la discusión con excesivo
apasionamiento para que, con toda sinceridad, le importara el punto de
vista que defendía, rasgo éste poco frecuente y valioso, incluso en
controversistas de experiencia, como bien sabía Jack. El alma de un auténtico
aventurero no difería mucho de la de un auténtico discutidor; a los dos les
interesaba apasionadamente el juego como tal. Hasta ahí, todo iba bien.
Pero George Hatfield tartamudeaba.
No era una deficiencia que se hubiera puesto siquiera de manifiesto
en el aula, donde George se mantenía siempre tranquilo y dueño de sí,
hubiera estudiado o no, y menos todavía en los campos deportivos de
Stovington, donde la conversación no era una virtud y a veces llegaban
incluso a echar a un jugador de la cancha por exceso de discusión.
Pero cuando George se metía apasionadamente en una controversia,
le aparecía el tartamudeo. Cuanto más ansioso se ponía, peor iba la cosa. Y
cuando tenía la sensación de estar a punto de demoler a su oponente,
parecía que se interpusiera una especie de fiebre intelectual entre los
centros del habla y la boca, que lo dejaba helado hasta el toque de
campana. Resultaba penoso observarlo.
—E-e-entonces pienso que ha-ha-hay que decir que en el ca-ca-ca-caso
que cita el señor Dor-dor-dorsky pierden vi-vi-vi-gencia ante las com-comcom-
compro-baciones efectuadas en-en-en…
Sonaba la chicharra y George giraba sobre sí mismo para mirar
furiosamente a Jack, sentado junto a ella. En esos momentos la cara se le
ponía roja y con una mano arrugaba espasmódicamente las notas que había
preparado.
Jack había insistido en conservar a George en el grupo mucho después
de haber dado de baja a otros alumnos incapaces, en la esperanza de que
George reaccionara. Recordaba una tarde, a última hora, más o menos una
semana antes de que se decidiera, de mala gana, a darle el golpe de gracia.
George se había quedado después que los otros se fueron, para enfrentarse
coléricamente con Jack.
—U-u-usted adelantó el cronómetro.
Jack levantó la cabeza de los papeles que estaba guardando en su
cartera.
—George, ¿de qué estás hablando?
—Yo no lle-lle-llegué a tener los cinco mi-mi-minutos. Usted lo
adelantó. Yo estaba mirando el re-re-reloj.
—Es posible que la hora del reloj y la del cronómetro sean un poco
diferentes, George, pero yo no lo toqué para nada. Palabra de boy scout.
—¡Sí que lo hi-hi-hizo!
La actitud beligerante, propia de quien defiende sus derechos, de George, había
encendido la chispa del enojo del propio Jack. Hacía dos meses —dos demasiado largos
meses— que estaba en seco, y se sentía hecho pedazos. Hizo un último esfuerzo por
dominarse.
—Te aseguro que no, George. Es tu tartamudeo. ¿No tienes idea de
qué es lo que lo provoca? En clase no te sucede.
—¡Yo no-no-no tartamu-mum-mudeo!
—Baja la voz.
—¡U-u-usted quiere e-e-e-echarme! No quie-quiere que yo es-es-esté
en su maldito g-g-grupo!
—Baja la voz, te dije. Hablemos sensatamente de esto.
—¡A-a-a a la mierda con e-e-eso!
—George, si puedes dominar tu tartamudeo, yo estaré encantado de
que sigas con nosotros. Vienes bien preparado para todas las prácticas y eres
rápido para las réplicas, lo que quiere decir que no es fácil que te tomen por
sorpresa. Pero todo eso no significa mucho si no puedes dominar ese…
—¡Yo nu-nu-nunca tartamudeo! —la voz era un grito—. ¡Es u-u-usted!
Si fuera o-o-o-otro el que dirige el grupo de-de-de discusión, yo podría…
El enojo de Jack subió una línea más.
—George, si no puedes dominar eso jamás serás un buen abogado, en
la especialidad que sea. El derecho no es como el rugby. Con dos horas de
práctica por noche no lo arreglarás. ¿Es que piensas encabezar una reunión
de directorio diciendo: «Pues bi-bi-bien ca-ca-caballeros, ahora va-vamos…»?
De pronto se ruborizó, no de cólera: de vergüenza ante su propia
crueldad. No era un hombre el que estaba frente a él; era un chico de
diecisiete años que enfrentaba el primer fracaso importante de su vida y tal
vez, de la única manera que podía, estaba pidiéndole que lo ayudara a
encontrar una manera de superarlo.
Con una última mirada de furia, George volvió a enfrentarlo; los
labios le temblaban y se le fruncían en el esfuerzo por pronunciar las
palabras:
—¡U-u-u-usted lo adelantó! U-u-usted me o-o-odia porque sa-sa-be…
s-sabe…
Con un grito inarticulado, George huyó del aula, cerrando la puerta
con un golpe tal que el vidrio armado se estremeció en el marco. Jack se
quedó inmóvil, sintiendo, más que oyendo, los ecos de los elegantes
mocasines de Gucci por los pasillos vacíos. Presa todavía de su cólera y de la
vergüenza de haberse burlado del tartamudeo de George, lo primero que
sintió fue una especie de euforia enfermiza: por primera vez en su vida,
George Hatfield había querido algo que no podía conseguir. Por primera
vez, andaba mal algo que no se podía arreglar con todo el dinero de su
padre. A los centros del habla no se les puede sobornar. No se le pueden
ofrecer a la lengua cincuenta dólares más por semana y una gratificación
para Navidad si accede a dejar de atascarse como una aguja en un disco
rayado. Después, la euforia fue simplemente ahogada por la vergüenza y se
sintió como se había sentido después de romperle el brazo a Danny.
Dios santo, yo no soy un hijo de puta. Por favor.
Esa alegría enfermiza ante la derrota de George era más típica de
Denker, el personaje de la obra, que de Jack Torrance, el autor.
Usted me odia porque sabe…
¿Qué era lo que sabía?
¿Qué podía ser lo que él supiera de George Hatfield y que le llevara a
odiarlo? ¿Que tenía todo su futuro por delante? ¿Que se parecía un poquito
a Robert Redford, y que todas las conversaciones entre las chicas se detenían
cuando él hacía un doble salto mortal hacia atrás desde el trampolín de la
piscina? ¿Que jugaba al rugby y al béisbol con una gracia natural e innata?
Eso es ridículo. Totalmente absurdo. Jack no envidiaba nada de
George Hatfield. A decir verdad, ese lamentable tartamudeo lo hacía
sentirse peor a él que al propio George, porque realmente el chico habría
sido un controversista excelente. Y si Jack hubiera adelantado el cronómetro
—lo que, desde luego, no había hecho—, habría sido porque tanto él como
los demás miembros del grupo se sentían incómodos y angustiados ante el
esfuerzo de George, como le sucede a uno cuando un actor se olvida parte
de su parlamento. Si hubiera adelantado el cronómetro, habría sido
simplemente para… para abreviar el sufrimiento de George.
Pero no lo había adelantado; de eso estaba seguro.
Una semana más tarde lo separó del grupo, y esa vez con absoluto
dominio de sí. Los gritos, las amenazas, corrieron por cuenta de George. Una
semana después de eso, Jack fue al aparcamiento, durante la hora de
práctica, en busca de una pila de libros que se había dejado en el maletero
del «Volkswagen», y se encontró con George, con una rodilla apoyada en el
suelo, el largo pelo rubio cubriéndole la cara, un cuchillo de caza en una
mano, haciendo tiras el neumático delantero del «Volkswagen». Los dos
neumáticos de atrás ya estaban cortados, y el cochecito se apoyaba
tristemente sobre ellos como un perrito cansado.
Jack vio todo rojo, y era muy poco lo que recordaba de lo que siguió.
Recordaba un ronco gruñido que, aparentemente, había salido de su propia
garganta: «Está bien, George. Si lo que quieres es eso, entonces ven aquí a
tomar tu medicina.»
Recordaba que George había levantado los ojos, sorprendido y
asustado. «Señor Torrance…», había dicho, como si quisiera explicar que
todo no era más que un error, que cuando él llegó los neumáticos ya
estaban desinflados y que lo único que él hacía era limpiar el polvo de las
tiras con la punta de su cuchillo de caza, que llevaba encima casualmente y
que…
Jack se le había ido encima con los puños levantados, y sonriendo, le
parecía. Pero de eso no estaba seguro.
Lo último que recordaba era a George, levantando el cuchillo mientras
le decía: «Será mejor que no se acerque más…»
Y después, recordaba a la señorita Strong, la maestra de francés, que
le sujetó los brazos, gritando:
—¡Basta, Jack! ¡Basta, que va usted a matarlo!
Jack miró en torno de sí, parpadeando estúpidamente. Ahí estaba el
cuchillo de caza, brillando inofensivo sobre el asfalto del aparcamiento, a
cuatro metros de distancia. Estaba su «Volkswagen», pobre trasto
vapuleado, veterano de tantos ebrios paseos nocturnos, descansando sobre
tres neumáticos desinflados. Vio que tenía una abolladura nueva en el
guardabarros delantero, a la derecha, y que en medio de la abolladura había
algo que parecía pintura roja, o sangre. Durante un momento se quedó
perplejo, pensando
(cristo, Al, lo atropellamos después de todo)
en aquella otra noche. Después sus ojos se enfocaron en George,
tendido sobre el asfalto, parpadeando aturdido. El grupo de controversia
había salido a ver qué pasaba y estaban todos amontonados en la puerta,
mirando fijamente a George, que tenía sangre en la cara, de un magullón
que no parecía grave. Pero también le salía sangre de un oído, y eso podía
significar una conmoción. Cuando George intentó levantarse, Jack se soltó
de las manos de la señorita Strong para ir hacia él. George se encogió.
Jack le apoyó ambas manos en el pecho y lo obligó a tenderse.
—Quédate quieto —le dijo—. No trates de moverte.
Se volvió a la señorita Strong, que los miraba horrorizada a ambos.
—Por favor, vaya a buscar al médico de la escuela —le pidió. La
muchacha se dio la vuelta y salió corriendo. Entonces Jack miró a los
integrantes del grupo, los miró en los ojos, de nuevo dueño de sí,
recuperado el dominio de sí. Y cuando Jack era dueño de sí, no había mejor
tipo que él en todo el Estado de Vermont. Y ellos lo sabían, seguro.
—Ahora podéis iros a casa —les dijo con calma—. Volveremos a
reunimos mañana.
Pero para el fin de semana siguiente, seis del grupo se habían
marchado aunque, claro, ya no importaba mucho porque para el fin de
semana a él le habían informado que lo echaban de la escuela.
Sin embargo, se las había arreglado de algún modo para mantenerse
lejos de la botella, y eso alguna importancia tenía, se imaginaba.
Y él no odiaba a George Hatfield, de eso estaba seguro. No era que él
hubiese actuado; habían actuado sobre él.
Usted me odia porque sabe…
Pero él no sabía nada. Nada. Podía jurarlo ante el Trono de Dios Padre
Todopoderoso, lo mismo que podía jurar que no había adelantado el
cronómetro más de un minuto. Y no por odio, por lástima.
Dos avispas se paseaban, atontadas, por el tejado, junto al agujero del
papel alquitranado.
Se quedó observándolas hasta que extendieron las alas, tan
sorprendentemente eficientes pese a ser un absurdo aerodinámico, y se
perdieron en el sol de octubre, tal vez en busca de alguien más a quien picar.
Dios había decidido que era bueno darles aguijones y sobre alguien tenían
que usarlos, pensó Jack.
¿Cuánto tiempo había estado ahí sentado, mirando ese agujero que
ocultaba una desagradable sorpresa, atizando antiguas brasas? Miró su reloj.
Casi media hora.
Se deslizó hasta el borde del tejado, bajó una pierna y tanteó con el
pie hasta encontrar el peldaño más alto de la escalera, debajo del alero. Iría
al cobertizo de las herramientas a buscar la bomba insecticida que había
dejado en un estante alto, fuera del alcance de Danny. Y cuando volviera
con la bomba, entonces serían las avispas las sorprendidas. Ellas podían
picarlo, pero también él las podía picar. Estaba sinceramente convencido. En
dos horas más, el avispero no sería más que una bola de papel que Danny
podía guardar en su habitación, si quería, lo mismo que de niño Jack había
tenido uno que conservó siempre un remoto olor a gasolina y a humo de
leña.
Podría ponerlo junto a la cabecera de su cama: no habría ningún
peligro.
—Estoy mejorando.
Aunque no había tenido intención de decirlo en voz alta, el sonido de
su propia voz, confiada en el silencio de la tarde, lo tranquilizó. Claro que
estaba mejorando. Era posible pasar de una situación pasiva a una activa,
hacerse dueño de aquello que había estado a punto de llevarlo a la locura y
tomarlo como un premio, como algo que no pasaba de tener un interés
académico. Y si había un lugar donde podría lograrlo, era seguramente el
lugar donde ahora estaba.
Descendió la escalera para ir en busca de la bomba insecticida. Ya se
las pagarían. Se las pagarían por haberlo picado.
15. EN LA TERRAZA
Dos semanas atrás, Jack había encontrado una enorme butaca de
mimbre pintada de blanco en el fondo del cobertizo de las herramientas y, a
pesar de las objeciones de Wendy, que decía que era la cosa más fea que
hubiera visto en su vida, se la llevó a la terraza. En ella estaba sentado,
leyendo, cuando su mujer y su hijo aparecieron ruidosamente por la entrada
para coches, en la camioneta del hotel.
Wendy la aparcó en la rotonda, aceleró un momento el motor y
después lo paró. La única luz trasera de la camioneta se extinguió. El motor
rezongó un momento antes de detenerse del todo, Jack se levantó de su
butaca para ir al encuentro de los recién llegados.
—¡Hola, papá! —lo saludó Danny, mientras subía corriendo la
pendiente, con una caja en la mano—. ¡Mira lo que me ha comprado mamá!
Jack levantó a su hijo, lo hizo dar un par de vueltas en el aire y lo besó
afectuosamente en la boca.
—¡Jack Torrance, el Eugene O’Neill de su generación, el Shakespeare
norteamericano! —reclamó Wendy, sonriente—. Qué extraño verlo a usted
aquí en las montañas.
—La ordinaria muchedumbre fue demasiado para mí, señora —Jack la
rodeó con los brazos y los dos se besaron—. ¿Qué tal el viaje?
—Muy bien. Danny se queja de que lo sacudo todo el tiempo, pero la
camioneta no se me quedó ni una sola vez y… ¡oh, Jack, lo terminaste!
Wendy miraba al tejado y Danny siguió su mirada. El chico frunció
débilmente el ceño al mirar el gran parche de tejas nuevas en lo alto del ala
oeste del «Overlook», de un verde más claro que el resto del tejado. Después
volvió a mirar la caja que tenía en la mano y su rostro se despejó. Por la
noche, las imágenes que le había mostrado Tony volvían a perseguirlo con
toda su claridad originaria, pero en un día soleado era más fácil no prestarles
atención.
—¡Mira, papá, mira!
Jack tomó la caja que le tendía su hijo. Era un modelo de coche para
armar, una de esas miniaturas por las que en algún momento Danny había
expresado admiración. La que el chico traía era el «Volkswagen Violeta
Violento», y la figura que decoraba la caja mostraba un enorme «VW» de
color púrpura, con la cola de un cupé «Cadillac» del 59, perdiéndose por un
camino de tierra. El coche tenía el techo corredizo y por él se asomaba, con
las manos crispadas como garras sobre el volante, un gigantesco monstruo
lleno de verrugas con los ojos salientes e inyectados en sangre, una mueca
enloquecida y un enorme gorro encasquetado con la visera al revés.
Wendy le sonreía y Jack le guiñó un ojo.
—Eso es lo que me gusta de ti, doc —le dijo Jack, devolviéndole la
caja—. Que tengas gustos tan decididamente sobrios, calmos, introspectivos.
Vaya, si no se puede negar que eres mi hijo.
—Mamá dijo que tú me ayudarías a armarlo tan pronto como pudiera
leer el primer libro de lectura completo.
—Pues entonces será el fin de semana —calculó Jack—. ¿Que más trae
usted en ese misterioso maletero, señora?
—Uuuuh —le hizo Wendy y lo tomó del brazo para hacerlo
retroceder—. No espíes, que aquí también hay cosas para ti. Danny y yo las
llevaremos adentro. Tú puedes llevar la leche, que está en el piso del coche.
—Es lo único que represento para ti —se quejó Jack, llevándose una
mano a la frente—. Un caballo de carga, una bestia cualquiera para las
faenas domésticas. Lleva esto, lleva lo otro, lleva aquello.
—Limítese a llevar esa leche a la cocina, señor.
—¡Es el colmo! —gritó Jack y se arrojó al suelo, mientras Danny, de
pie junto a él, se reía.
—Levántate, buey —le dijo Wendy, empujándolo con la punta de la
zapatilla playera.
—¿Viste? —Jack se dirigió a su hijo—. Me llamó buey. Tú eres testigo.
—¡Testigo, testigo! —repitió gozosamente Danny, mientras saltaba
por encima del cuerpo de su padre.
Jack volvió a sentarse.
—Ahora me acuerdo, amiguito. Yo también tengo algo para ti. Está
en la terraza, junto al cenicero.
—¿Qué es?
—Me olvidé. Ve tú mismo a verlo.
Jack se levantó y los dos, él y Wendy, se quedaron mirando a Danny
que atravesaba corriendo el césped para después subir de dos en dos los
escalones de la terraza. Jack rodeó con un brazo la cintura de Wendy.
—¿Estás contenta, nena?
Ella lo miró con solemnidad.
—Nunca había sido tan feliz desde que nos casamos.
—¿Es eso verdad?
—Por Dios que sí.
El brazo la estrechó levemente.
—Te amo.
Wendy lo abrazó a su vez, conmovida. Jack Torrance no prodigaba
esas palabras, y a ella le sobraban dedos para contar las veces que las había
pronunciado, antes y después del matrimonio.
—Yo también te amo.
—¡Mamá! ¡Mamá! —llamó Danny desde el porche, con voz aguda y
excitada—. ¡Ven a ver, es estupendo!
—¿Qué es? —preguntó Wendy mientras ella y Jack iban hacia el
porche cogidos de la mano.
—Lo olvidé.
—Oh, ya te tocará a ti lo tuyo —su mujer le dio un codazo—. Ya verás
si no.
—Esperaba que me tocara esta noche —respondió Jack, y ella se rió—.
¿Te parece que Danny está contento? —preguntó después Jack.
—Tú deberías saberlo, si es contigo con quien tiene las largas charlas
por la noche, antes de acostarse.
—Entonces, por lo general hablamos de lo que quiere ser cuando sea
mayor, o de si Santa Claus existe realmente. Parece que eso le preocupa
mucho. Me imagino que su antiguo amigo Scott le sembró algunas dudas.
Pero sobre el «Overlook», no es mucho lo que me ha dicho.
—A mí tampoco —admitió Wendy, mientras subían los escalones de la
terraza—. Pero se pasa casi todo el tiempo muy callado. Y además, Jack, me
parece que ha perdido peso, de verdad.
—Es que está creciendo.
Danny estaba de espaldas a ellos, examinando algo que había sobre la
mesa, junto a la butaca de Jack, pero Wendy no alcanzaba a ver qué era.
—Tampoco come demasiado bien, no era así. ¿Te acuerdas del año
pasado?
—Es que tienen etapas —respondió vagamente—. Creo que lo leí en el
libro del doctor Spock. A los siete años ya estará otra vez comiendo como
antes.
Se habían detenido los dos en el último escalón.
—Además, se está esforzando muchísimo con los libros de lectura —
agregó Wendy—. Y me doy cuenta de que quiere aprender para
agradarnos… para agradarte —agregó de mala gana.
—Sobre todo, para agradarse a sí mismo —corrigió Jack—. Yo de
ninguna manera le exijo que se esfuerce. En realidad, quisiera que no se
esforzara tanto.
—¿Crees que sería una tontería pedir hora para hacerle un
reconocimiento? En Sidewinder hay un médico, un hombre joven según me
comentaron en el mercado…
—Te inquieta un poco la proximidad de las nevadas, ¿no es eso?
Wendy se encogió de hombros.
—Me imagino que sí. Si te parece una tontería…
—De ninguna manera. Te diría que pidieras hora para los tres. Más
vale que estemos seguros de nuestro estado de salud, así podremos dormir
tranquilos.
—Pues esta tarde pediré hora.
—¡Mamá! ¡Mira, mamá!
Danny llegaba corriendo hacia ellos con algo grande, de color gris, en
las manos. Durante un momento entre cómico y horrible, a Wendy le pareció
un cerebro. Cuando vio lo que era en realidad, retrocedió instintivamente.
Jack la rodeó con el brazo.
—No hay peligro. A los inquilinos que no se fueron volando los liquidé
yo con la bomba insecticida.
Wendy miraba el gran avispero que sostenía su hijo, pero no quiso
tocarlo.
—¿Seguro que no hay peligro?
—Segurísimo. Cuando yo era chico, tenía uno en mi habitación. Me lo
dio papá. ¿Quieres tenerlo en tu habitación, Danny?
—¡Sí! ¡Ahora mismo!
Se dio la vuelta y a la carrera entró por las dobles puertas. Se oyó el
ruido de sus pies sobre la escalera principal.
—Allá arriba había avispas —dijo Wendy—. ¿Te picaron?
—¿Dónde está mi corazón de púrpura? —tarareó Jack, y le mostró el
dedo, que había empezado a deshincharse. De todas maneras, Wendy se
compadeció adecuadamente de él y le dio un besito terapéutico.
—¿Te sacaste el aguijón?
—Las avispas no lo pierden. Ésas son las abejas, que tienen el aguijón
como una sierra. El de las avispas es liso. Por eso son tan peligrosas, por que
pueden picar y seguir picando.
—Jack, ¿estás seguro de que no hay peligro en que lo tenga?
—Seguí las instrucciones del insecticida. Te garantizan que es una
sustancia que en dos horas mata a todos los bichos, y se disipa sin dejar
residuos tóxicos.
—Qué odio les tengo —murmuró Wendy.
—¿A qué? ¿A las avispas?
—A todo lo que pique —al hablar, Wendy se tomó ambos codos con
las manos, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Yo también —asintió Jack, mientras la abrazaba.
16. DANNY
Del otro lado del vestíbulo, en el dormitorio, Wendy podía oír cómo la
máquina de escribir que Jack había llevado desde la mesa cobraba vida
durante treinta segundos, enmudecía durante uno o dos minutos y después
volvía a tabletear brevemente. Era como escuchar las ráfagas de
ametralladora disparadas desde un fortín. Un ruido que era música para sus
oídos, ya que Jack no había escrito con tanta constancia desde el segundo
año de su matrimonio, cuando escribió el cuento que le compró el Esquire.
Además, decía que para fin de año la obra estaría terminada, bien o mal, y
podría dedicarse a algo nuevo. Decía que no le importaba el eco que
despertara La escuela cuando Phyllis la promoviera, que no le importaría si
se hundía sin dejar rastros, y Wendy se lo creía. El hecho de que él estuviera
escribiendo la llenaba de esperanzas, no porque esperara mucho de la obra,
sino porque tenía la impresión de que su marido estuviera cerrando
lentamente una puerta enorme que daba a una habitación llena de
monstruos. Ya hacía mucho tiempo que Jack apoyaba el hombro contra esa
puerta, pero por fin parecía que estaba cerrándola.
Cada tecla que oprimía la cerraba un poco más.
—Mira, Dick, mira.
Danny estaba inclinado sobre el primero de los cinco libros de lectura
usados que Jack había encontrado hurgando despiadadamente en las
múltiples librerías de libros viejos de Boulder. Con ellos Danny podría
alcanzar el nivel de lectura de segundo grado, aunque Wendy le había dicho
a Jack que el programa le parecía demasiado ambicioso. Claro que su hijo
era inteligente, y ellos bien lo sabían, pero sería un error exigirle demasiado.
Jack estaba de acuerdo. No era cuestión de exigirle, pero si el chico avanzaba
con rapidez, estarían preparados. Y ahora Wendy se preguntaba si Jack no
había tenido razón en eso también.
Danny, preparado durante cuatro años en jardín de infancia,
avanzaba con una rapidez que casi daba miedo, y eso a Wendy le
preocupaba. El chico se inmovilizaba sobre sus viejos libros, olvidando sobre
el estante el planeador y la radio de galena, como si su vida dependiera de
aprender a leer. Bajo el resplandor hogareño de la lámpara de pie flexible
que le habían puesto en su habitación, la carita del niño se veía más tensa y
más pálida de lo que Wendy hubiera querido verla. Lo estaba tomando todo
muy en serio: el libro de lectura y los deberes que le preparaba su padre para
las tardes. Dibujo de una manzana y de un melocotón. La palabra manzana
escrito debajo, con las grandes y pulcras letras de imprenta de Jack. Trazar
un círculo en torno del dibujo correcto, el que concordaba con la palabra. Y
su hijo que miraba fijamente la palabra y las imágenes, moviendo los labios,
articulando, esforzándose, sudando. Y con su enorme lápiz rojo aferrado en
el puñito derecho, ya sabía escribir casi tres docenas de palabras.
Con un dedo, seguía lentamente las palabras de su libro de lectura.
Sobre ellas había una figura que Wendy recordaba de sus tiempos de escuela
primaria, diecinueve años atrás. Un niño riente, de rizado pelo castaño. Una
nena de vestido corto, con tirabuzones rubios, que tenía en la mano una
comba. Un perro que corría haciendo cabriolas tras una gran pelota de goma
roja. La trinidad del primer grado: Dick, Jane y Jip.
—Mira a Jim correr —leyó lentamente Danny—. Corre Jip, corre, corre,
corre —hizo una pausa y el dedito se detuvo en una línea—. Mira la… —se
inclinó más, hasta casi tocar la página con la nariz—. Mira la…
—Tan cerca no, doc, que te harás daño a la vista —le advirtió Wendy
en voz baja—. Es…
—¡No me lo digas! —el chico se enderezó bruscamente. Hablaba con
voz alarmada—. ¡No me lo digas, mami que yo lo sacaré!
—Está bien, tesoro. Pero no es tan importante; de veras que no.
Sin prestarle atención, Danny volvió a inclinarse sobre el libro, con una
expresión en la cara que se parecía demasiado a la que se encuentra en un
alumno universitario a punto de rendir su último examen. A Wendy la cosa
le gustaba cada vez menos.
—Mira la… La pe… ele, o, ¿Mira la…? La pelo… ¡Pelota! —súbitamente
triunfante. Orgulloso. Con un orgullo en la voz que asustó a su madre—.
¡Mira la pelota!
—Muy bien —dijo Wendy—. Pero me parece que por esta noche es
bastante, tesoro.
—Un par de páginas más, mamá, por favor.
—No, doc —con firmeza, Wendy cerró el libro encuadernado en
rojo—. Es hora de acostarse.
—¿Por favor?
—No me fastidies con eso, Danny. Mami está cansada.
—Está bien —asintió el chico, sin dejar de mirar nostálgicamente el
libro.
—Ve a darle un beso a tu padre, y después a lavarte. Y no te olvides
de cepillarte los dientes.
—No.
Salió desganadamente, un muchachito que usaba aún pantalón de
pijama con pies, y una holgada camiseta de franela que tenía delante un
gran balón de fútbol y escrito en la espalda PATRIOTAS DE NUEVA
INGLATERRA.
La máquina de escribir se detuvo, y Wendy oyó el afectuoso beso de
Danny.
—Noches, papá.
—Buenas noches, doc. ¿Qué tal vas?
—Muy bien, creo. Pero mami me hizo dejarlo.
—Mami tenía razón. Son más de las ocho y media. ¿Te vas a lavar?
—Sí.
—Bien. Ya te están creciendo patatas en las orejas. Y cebollas, y
zanahorias, y nabos y…
La risita de Danny, debilitándose, después interrumpida por el clic de
la puerta del cuarto de baño. Danny era delicado con su higiene personal, en
tanto que ella y Jack eran bastante descuidados de la intimidad en ese
aspecto. Otro signo (y se multiplicaban continuamente) de que había otro
ser humano en la casa, no una simple copia de uno de ellos, ni una
combinación de los dos. Eso la entristecía un poco. Algún día su hijo sería un
extraño para ella, y Wendy sería una extraña para él… aunque no tanto
como había llegado a serlo para ella su propia madre. Oh, Dios, que nunca
nos pase eso. Que aunque crezca siga queriendo a su madre.
La máquina de escribir empezó otra vez sus ráfagas irregulares.
Todavía sentada en la silla, junto a la mesa escritorio de Danny,
Wendy dejó que sus ojos vagaran por la habitación de su hijo. El ala del
planeador estaba hábilmente arreglada. El escritorio atestado de libros de
estampas, libros para colorear, viejas revistas de historietas con las tapas
medio arrancadas, lápices al pastel y mil cosas. El «Volkswagen» para armar
estaba cuidadosamente instalado encima de todas esas cosas de importancia
secundaria, todavía con la envoltura intacta. No para el fin de semana, para
mañana a la noche, o pasado mañana a más tardar, él y su padre estarían
armándolo, si Danny seguía avanzando a ese ritmo. En las paredes,
aseguradas con chinchetas, estaban las imágenes de los personajes de sus
cuentos preferidos, que no tardarían en ser remplazadas por retratos de
estrellas de cine y fotografías de músicos de rock que fumaban marihuana,
pensó Wendy. De la inocencia a la experiencia. La naturaleza humana, nena.
Entiéndelo. Pero aunque lo entendiera, le daba pena. El año próximo su hijo
iría a la escuela y la mitad de él, más tal vez, dejaría de pertenecerle; sería de
sus amigos. Durante un tiempo, cuando parecía que las cosas iban bien en
Stovington, ella y Jack habían intentado tener otro, pero ahora Wendy había
vuelto a la píldora. Todo era demasiado incierto, y sabe Dios dónde estarían
dentro de nueve meses.
Sus ojos cayeron sobre el avispero.
Tenía el lugar de honor en el dormitorio de Danny; sobre un gran
plato de plástico puesto sobre la mesa que había junto a la cama. A Wendy
no le gustaba, aunque estuviera vacío. Se preguntó con incertidumbre si no
podría tener microbios y pensó en preguntárselo a Jack, pero se imaginó que
él se reiría de ella. De todas maneras, mañana se lo preguntaría al médico, si
podía hablar con él mientras Jack estuviera fuera. No le gustaba la idea de
que ese objeto, construido con mascaduras y saliva de esos bichos
desagradables, estuviera a pocos centímetros de la cabecera de su hijo.
En el baño seguía corriendo el agua y Wendy se levantó y fue hacia el
dormitorio principal para asegurarse de que todo estaba en orden. Jack ni
levantó la vista; se hallaba perdido en el mundo que estaba creando, con los
ojos fijos en la máquina de escribir, un cigarrillo con filtro sujeto entre los
dientes.
Wendy dio un golpecito en la puerta del cuarto de baño.
—¿Estás bien, doc? ¿No te has dormido?
No hubo respuesta.
—¿Danny?
Silencio.
Wendy probó la puerta: estaba cerrada con pestillo.
—¿Danny? —ahora estaba preocupada. El hecho de que no se oyera
ningún ruido más que el del agua al correr la inquietaba—. ¿Danny? Abre la
puerta, tesoro.
Silencio.
—¡Danny!
—Por Dios, Wendy, no puedo pensar si te vas a pasar toda la noche
golpeando esa puerta.
—¡Es que Danny se ha encerrado en el baño y no me contesta!
Jack salió de detrás de la mesa, con aire fastidiado, y golpeó la puerta,
con fuerza, una sola vez.
—Abre, Danny, y déjate de juegos.
Silencio.
Jack golpeó con más fuerza.
—Déjate de hacer el tonto, doc, que es hora de acostarse. Si no abres,
cobrarás.
Está perdiendo la paciencia, pensó Wendy, y se asustó más. Desde
aquella noche, hacía dos años, Jack no había tocado a Danny con enojo,
pero en ese momento parecía bastante alterado como para hacerlo.
—Danny, tesoro… —empezó ella.
Silencio. Sólo el ruido del agua que corría.
—Danny, si me obligas a romper el pestillo, te aseguro que esta noche
dormirás boca abajo —advirtió Jack.
Nada.
—Rómpelo —pidió Wendy, y de repente se le hizo difícil hablar—.
Rápido.
Él levantó un pie y golpeó con fuerza la puerta, a la derecha del
picaporte. El pestillo no era gran cosa; cedió inmediatamente y la puerta se
abrió, golpeó contra la pared de azulejos y rebotó.
—¡Danny! —gritó Wendy.
El agua corría con toda su fuerza en el lavabo. En la repisa, al lado, un
tubo de dentífrico destapado. Danny estaba sentado en el borde de la
bañera, del otro lado del cuarto de baño, con el cepillo de dientes colgando
de la mano izquierda y la boca llena de espuma de la pasta dentífrica. Como
si estuviera en trance, tenía los ojos clavados en el espejo del botiquín que
pendía sobre el lavabo. La expresión de su rostro era de horror de drogado,
y lo primero que Wendy pensó fue que tenía alguna especie de ataque
epiléptico, que tal vez se hubiera tragado la lengua.
—¡Danny!
El niño no le contestó. No emitía más que ruidos guturales.
Wendy sintió que la apartaban con tal fuerza que fue a estrellarse
contra el toallero, y vio que Jack se arrodillaba frente al niño.
—Danny —le dijo—. ¡Danny, Danny! —repitió, haciendo chasquear los
dedos ante los ojos inexpresivos del chico.
—Sí, claro —balbuceó Danny—. Es un torneo. Mazazo. Nurrr…
—Danny…
—¡Roque! —exclamó Danny, con voz súbitamente profunda, viril
casi—. Roque. Mazazo. El mazo de roque… tiene dos lados. Gaaaa…
—Oh Jack por Dios ¿qué es lo que le pasa?
Jack aferró al niño por los codos y lo sacudió con fuerza. La cabeza de
Danny cayó flojamente hacia atrás y después hacia delante, como un globo
sujeto a una varilla.
—Roque. Mazazo. Redrum.
Jack volvió a sacudirlo y repentinamente los ojos del chico se
despejaron. El cepillo de dientes se le cayó de la mano al suelo embaldosado
con un débil ruido.
—¿Qué? —preguntó Danny, mirando a su alrededor. Vio a su padre
de rodillas ante él, a Wendy apoyada contra la pared—. ¿Qué? —volvió a
preguntar, cada vez más alarmado—. ¿Q-q-qué es lo que pa-pa…?
—¡Déjate de tartamudear! —vociferó súbitamente Jack, en su cara. El
chico dio un grito de sorpresa y su cuerpo se puso tenso, como intentando
alejarse de su padre; después estalló en lágrimas. Dolido, Jack lo atrajo hacia
sí.
—Oh, cariño, lo siento. Lo siento, doc, por favor. No llores. Lo siento.
No pasa nada.
El agua corría incesantemente en el lavabo, y Wendy tuvo la sensación
de encontrarse de pronto metida en una tremenda pesadilla en la que el
tiempo se ovillaba hacia atrás, hacia atrás, hasta llegar al momento en que
su marido borracho le había roto el brazo a su hijo y después había
lloriqueado casi esas mismas palabras.
(Oh, cariño. Lo siento. Lo siento, doc. Por favor, lo siento mucho.)
Corrió hacia ellos, de alguna manera arrancó a Danny de los brazos de
Jack (vio en la cara de él la mirada de colérico reproche, pero la archivó para
pensar en eso más tarde) y lo levantó. Con el niño en brazos volvió al
dormitorio pequeño, los brazos de Danny en torno de su cuello, Jack
siguiéndolos a ambos.
Wendy se sentó en la cama de Danny y empezó a mecerlo, mientras
intentaba calmarlo repitiéndole una y otra vez palabras sin sentido. Cuando
miró a Jack, no pudo leer en sus ojos más que preocupación. Él la miró con
aire interrogante, levantando las cejas, y Wendy sacudió débilmente la
cabeza.
—Danny —siguió canturreando—. Danny, Danny, Danny. No pasa
nada, doc. Nada.
Finalmente el niño se calmó; apenas si temblaba ya en sus brazos. Y
sin embargo, con el que habló primero fue con Jack, que estaba ahora
sentado junto a ellos en la cama, y Wendy sintió la antigua, débil punzada
(A él primero como siempre a él primero)
de los celos. Jack le había gritado y ella lo había consolado. Pero era a
su padre a quien Danny le decía:
—Discúlpame si fui malo.
—No tienes de qué disculparte, doc —Jack le revolvió el pelo—. Pero,
¿qué demonios pasó allí dentro?
Lentamente, aturdido, Danny sacudió la cabeza.
—No… no lo sé. ¿Por qué me dijiste que me dejara de tartamudear,
papá? Si yo no tartamudeo.
—Claro que no —le dijo afectuosamente Jack, pero Wendy sintió que
un dedo de hielo le tocaba el corazón. De pronto, Jack parecía asustado,
como si hubiera visto algo que podría haber sido un fantasma.
—Algo con el cronómetro… —masculló Danny.
—¿Qué? —Jack se había inclinado hacia delante, y Danny se encogió
en brazos de su madre.
—¡Jack, lo estás asustando! —le reprochó Wendy en voz alta, con
tono acusador. De pronto, se le ocurrió que los tres estaban asustados…
pero, ¿de qué?
—No sé, no sé —decía en ese momento Danny a su padre—. ¿Qué…
qué fue lo que dije, papá?
—Nada —farfulló Jack. Sacó el pañuelo del bolsillo de atrás y se lo
pasó por la boca. Durante un momento, Wendy volvió a tener esa
vertiginosa sensación de que el tiempo andaba hacia atrás. Era un gesto que
ella recordaba bien de su época de alcohólico.
—¿Por qué cerraste la puerta con pestillo, Danny? —le preguntó con
suavidad—. ¿Por qué hiciste eso?
—Tony… Tony me dijo que lo hiciera.
Por encima de la cabeza del chico, sus padres se miraron.
—¿Tony no te dijo por qué, hijo? —preguntó Jack, en voz baja.
—Estaba lavándome los dientes y pensando en el libro de lectura…
pensando mucho —explicó Danny—. Y… y entonces vi a Tony en el espejo.
Me dijo que tenía que volver a mostrarme.
—¿Quieres decir que estaba detrás de ti? —le preguntó Wendy.
—No, estaba en el espejo —destacó Danny categóricamente—. Muy
adentro. Y después entré yo en el espejo. Lo único que recuerdo después es
que papito me sacudía y que yo pensé que había vuelto a portarme mal.
Jack se estremeció como si hubiera recibido un golpe.
—No, doc —susurró.
—¿Tony te dijo que echaras el pestillo a la puerta? —preguntó
Wendy, acariciándole el pelo.
—Sí.
—¿Y qué quería mostrarte?
Danny se puso tenso en sus brazos, como si todos los músculos del
cuerpo se le hubieran convertido en algo así como las cuerdas de un piano.
—No recuerdo —dijo, confuso—. No recuerdo. No me lo preguntéis.
No… ¡no recuerdo nada!
—Shh —lo silenció Wendy, alarmada, y empezó nuevamente a
mecerlo—. No importa que no recuerdes, hijo. No importa nada.
Finalmente, Danny empezó de nuevo a relajarse.
—¿Quieres que me quede un ratito contigo? ¿Que te lea un cuento?
—No. Que me dejes la luz de noche, nada más —miró con timidez a su
padre—. ¿Quieres tú quedarte, papá? ¿Un minuto?
—Seguro, doc.
Wendy suspiró.
—Te espero en el cuarto de estar, Jack.
—De acuerdo.
Wendy se levantó y se quedó mirando cómo Danny se metía bajo las
mantas. Le pareció muy pequeño.
—¿Seguro que estás bien, Danny?
—Seguro. Pero enciéndeme el Snoopy, ma.
—Claro.
Wendy encendió la lamparilla de noche, que mostraba a Snoopy
profundamente dormido sobre el techo de su caseta. Danny nunca había
querido tener una luz nocturna hasta que se mudaron al «Overlook», pero
entonces la había pedido específicamente. Wendy apagó la luz del techo y se
volvió a mirarlos a ambos, el pequeño círculo pálido que era la carita de
Danny, y el rostro de Jack inclinado sobre él. Titubeó un momento
(y después entré yo en el espejo) antes de salir silenciosamente.
—¿Tienes sueño? —preguntó Jack, mientras le apartaba a Danny el
pelo de la frente.
—Sí.
—¿Quieres un poco de agua?
—No…
Durante cinco minutos reinó el silencio. Danny seguía inmóvil bajo la
mano de su padre. Pensando que el niño se había dormido, Jack estaba a
punto de levantarse para salir silenciosamente cuando su hijo murmuró
desde el borde del sueño:
—Roque.
Jack se dio la vuelta, helado hasta los huesos.
—¿Danny…?
—Tú nunca le harías daño a mamá, ¿verdad?
—No.
—¿Ni a mí?
—No.
Silencio de nuevo, desovillándose.
—Papá.
—¿Qué?
—Vino Tony y me estuvo hablando del roque.
—¿De veras, doc? ¿Y qué te dijo?
—No me acuerdo mucho, salvo que me dijo que era por turnos, como
el béisbol. ¿No es gracioso?
—Sí —a Jack, el corazón le golpeaba sordamente en el pecho. ¿Cómo
era posible que el chico supiera una cosa así? El roque se jugaba por turnos,
no como el béisbol, sino como el cricket.
—¿Papá? —Danny ya hablaba casi dormido.
—¿Qué?
—¿Qué es redrum?
—¿Red drum? ¿Un tambor rojo3? Podría ser algo que un indio lleva a
la guerra.
Silencio.
—¿Oye, doc?
Danny ya estaba dormido, lenta y regular la respiración. Durante un
momento Jack se quedó mirándolo, y una oleada de cariño lo invadió como
una marea. ¿Por qué le había gritado de semejante manera? Si era
perfectamente normal que el niño tartamudeara un poco. Acababa de salir
de un aturdimiento o una extraña especie de trance, y el tartamudeo era
totalmente normal en esas circunstancias. Perfectamente. Y además, no
había dicho cronómetro, qué va. Habría sido alguna otra cosa, sin sentido,
incomprensible.
¿Cómo había sabido que el roque se juega por turnos? ¿Se lo habría
dicho alguien… Ullman, Hallorann?
Se miró las manos, que la tensión contraía apretadamente en puños
(dios qué bien me vendría un trago)
3 Red: rojo; drum: tambor. (N. de la T.)
al punto de que las uñas se le hincaban en las palmas como pequeños
hierros candentes. Lentamente, se obligó a abrirlas.
—Te quiero, Danny, bien lo sabe Dios —susurró.
Salió de la habitación, pensando que de nuevo había tenido un
arranque de mal genio. Poca cosa, pero lo suficiente para sentirse mal, y
asustado. Con una copa se le borraría esa sensación, claro que sí. Se le
borraría eso
(Algo referente al cronómetro)
y todo lo demás. No había error en esas palabras. Ninguno. Cada una
había sonado tan clara como una campana. Se detuvo en el pasillo, mirando
hacia atrás, y automáticamente se pasó el pañuelo por los labios.
Sus formas sólo eran siluetas oscuras destacadas por el resplandor de
la lámpara de noche. Sin llevar encima más que las bragas, Wendy se acercó
a la cama para volver a arroparlo; el chico se había destapado. Jack, de pie
en la puerta, la observó mientras ella le tocaba la frente con la muñeca.
—¿Tiene fiebre?
—No —Wendy besó la mejilla de su hijo.
—Gracias a Dios que pediste hora —murmuró Jack cuando ella volvió
a la puerta—. ¿Tú crees que ese tipo será bueno?
—Fue lo que me dijeron en el mercado. Es todo lo que sé.
—Si algo anda mal, Wendy, os enviaré a los dos a casa de tu madre.
—No.
—Ya sé cómo te sientes —reconoció Jack, rodeándola con el brazo.
—Cuando se trata de ella, tú no tienes la menor idea de cómo me
siento.
—Wendy, es que no hay otro lugar donde pueda mandaros, y tú lo
sabes.
—Si tú vinieras…
—Sin este trabajo estamos listos —enunció simplemente Jack—. Ya lo
sabes.
La otra silueta asintió con un gesto lento. Sí, lo sabía.
—Cuando tuve la entrevista con Ullman, me pareció que simplemente
estaba exagerando, pero ya no estoy tan seguro. Tal vez, realmente no
debería haber intentado esto con vosotros dos. A sesenta y cinco kilómetros
del lugar más próximo.
—Yo te quiero, y Danny te quiere más aún, si cabe —dijo ella—. Le
habrías destrozado el corazón, Jack. Y se lo destrozarás, si nos apartas de ti.
—No lo plantees de esa manera.
—Si el médico dice que algo anda mal, buscaré trabajo en Sidewinder
—dijo Wendy—. Y si no encuentro nada allí, Danny y yo nos iremos a
Boulder. Pero no puedo ir a casa de mi madre, Jack. De ninguna manera. No
me lo pidas, porque no puedo.
—Sí, creo que te entiendo. Ánimo, que tal vez no sea nada.
—Tal vez.
—¿La hora es para los dos?
—Sí.
—Dejemos abierta la puerta del dormitorio, Wendy.
—Sí, claro. Pero creo que ahora dormirá.
Sin embargo, no fue así.
Buuum… buum… buumbuumBUUMBUUM…
Él escapaba de los ruidos retumbantes, resonantes, a través de
retorcidos, laberínticos corredores, mientras sus pies desnudos susurraban
sobre la suavidad de una selva azul y negra. Cada vez que oía el estruendo
del mazo de roque al estrellarse contra la pared, en algún sitio tras él, quería
gritar. Pero no. No debía. Un grito le delataría y entonces
(entonces REDRUM)
(Ven aquí a tomar tu medicina, llorón de mierda)
Y podía oír acercarse al dueño de esa voz, acercarse en busca de él,
avanzando por el vestíbulo como un tigre en una extraña selva azul y negra.
Devorador de hombres.
(¡A ver si sales, tú, hijito de perra!)
Si pudiera llegar a las escaleras para bajar, si pudiera salir del tercer
piso, estaría a salvo. Incluso en el ascensor. Si pudiera recordar lo que había
olvidado. Pero estaba oscuro y en su terror había perdido el sentido de la
orientación. Había escapado por un corredor y después por otro, con el
corazón en la boca como un bloque de hielo ardiente, temiendo en cada
vuelta que daba encontrarse frente a frente con el tigre humano que erraba
por los pasillos.
Ahora los golpes se oían a espaldas de él, los gritos. El silbido que
hacía la cabeza del mazo al cortar el aire
(roque… mazazo… roque… mazazo… REDRUM)
antes de estrellarse contra la pared. El susurro suave de los pies sobre
la alfombra selvática. El sabor del pánico en la boca, como un jugo amargo.
(Tú recordarás lo que fue olvidado…) ¿lo recordaría? Y ¿qué era?
Al doblar otra esquina, a la carrera, vio con un horror insidioso y sin
resquicios que estaba en un callejón sin salida. Desde todos lados, las puertas
cerradas lo miraban hoscamente. El ala oeste. Estaba en el ala oeste y afuera
oía los gemidos y lamentos de la tormenta, como si se le ahogaran en la
oscura garganta llena de nieve.
Retrocedió contra la pared, llorando de terror, el corazón palpitante
como el de un conejito caído en una trampa. Al apoyar la espalda contra el
sedoso papel de color azul claro en su dibujo de líneas onduladas, las piernas
se le aflojaron y su cuerpo se desplomó sobre la alfombra, abiertas las manos
sobre la jungla de enredaderas y lianas entretejidas, el aliento silbándole
trabajosamente al entrar y salir de la garganta.
Cada vez más fuerte. Más fuerte.
En los pasillos había un tigre, que ahora estaba a punto de doblar
hacia donde él estaba, sin dejar de vociferar en su cólera enloquecida,
lunática, impaciente, esgrimiendo el mazo de roque, porque era un tigre,
andaba en dos piernas y era…
Se despertó haciendo una inspiración súbita, profunda,
enderezándose rígidamente en la cama, con los ojos muy abiertos clavados
en la oscuridad, ambas manos cruzadas sobre la cara.
Tenía algo sobre la mano. Algo que se movía.
Avispas. Tres avispas.
En ese momento le picaron, todas al mismo tiempo, y entonces todas
las imágenes se desintegraron y cayeron sobre él como una oscura
inundación, y empezó a dar alaridos en la oscuridad, siempre con las avispas
en la mano izquierda, picándolo y volviéndolo a picar.
Las luces se encendieron y ahí estaba papá en calzoncillos, con los ojos
brillantes. Y tras él mami, asustada y con cara de sueño.
—¡Quítamelas de encima! —vociferó Danny.
—Oh Dios mío —susurró Jack, que vio los insectos.
—Jack, ¿qué le pasa? ¿Qué le pasa?
Él no le contestó. Corrió hacia la cama, se apoderó de la almohada y
con ella empezó a golpear la mano izquierda de Danny. Una vez, y otra, y
otra. Wendy vio cómo los insectos se elevaban torpemente en el aire,
zumbando.
—¡Coge una revista y mátalas! —vociferó Jack por encima del
hombro.
—¿Avispas? —balbuceó Wendy, y durante un momento el hecho la
dejó fría. Después, se hicieron las conexiones mentales y al conocimiento se
sumó la emoción—. ¡Avispas! ¡Oh, Jack, pero tú dijiste…!
—¡Cállate y mátalas de una vez, carajo! —rugió él—. ¡Haz lo que te
digo!
Uno de los insectos se había posado sobre la mesa de Danny. Wendy
tomó de encima de la mesa un libro para colorear y le asestó un golpe.
Quedó una mancha de color marrón, viscosa.
—Hay otra en la cortina —señaló Jack, mientras salía corriendo del
cuarto con Danny en brazos.
Lo llevó al dormitorio de ellos y lo depositó en la cama, del lado de
Wendy.
—Quédate aquí, Danny. No vuelvas mientras yo no te llame.
¿Entendido?
Con el rostro hinchado y surcado de lágrimas, doc asintió.
—Chico valiente.
Jack atravesó corriendo él vestíbulo, hacia las escaleras. A sus espaldas
oyó dos golpes más asestados con el libro y después un grito de dolor de su
mujer. Sin detenerse, siguió bajando los escalones de dos en dos hasta llegar
al vestíbulo de abajo, a oscuras. Atravesó el despacho de Ullman, entró en la
cocina, sin sentir casi el golpe que se dio en la pierna contra la mesa de roble
del gerente. Encendió la luz principal de la cocina y corrió hacia el fregadero.
Allí estaban los platos de la cena, amontonados en el escurridor, donde
Wendy los había dejado para que se secaran, después de fregados. Jack
cogió la gran ensaladera de vidrio que coronaba la pila. Un plato cayó al
suelo y se hizo pedazos. Sin prestarle atención, giró sobre sus talones y volvió
a atravesar a la carrera el despacho y a subir las escaleras.
Wendy estaba de pie a la puerta del cuarto de Danny, respirando con
dificultad, pálida como un mantel de hilo. Los ojos le brillaban, vidriosos e
inexpresivos, y tenía el pelo húmedo, pegado al cuello.
—Las maté a todas —articuló—, pero una me picó. Oh, Jack, tú dijiste
que estaban todas muertas.
Wendy empezó a llorar.
Sin contestarle, Jack pasó junto a ella con la ensaladera y se acercó al
avispero colocado junto a la cama de Danny. Todo en calma. Nada se movía
allí, del lado de afuera, por lo menos. Cubrió el avispero con la ensaladera.
—Ven, vamos.
Los dos volvieron a su dormitorio.
—¿Dónde te ha picado?
—Me… En la muñeca.
—A ver.
Wendy se la mostró. Sobre el brazalete de líneas que separan la
muñeca y la palma se veía un agujerito en circular, en torno al cual la carne
empezaba a hincharse.
—¿Tú eres alérgica a las picaduras? —preguntó Jack—. Trata de
recordarlo, porque en ese caso también podría serlo Danny. Las muy
malditas lo han picado cinco o seis veces.
—No —respondió Wendy, con más calma—. Yo… las odio, nada más.
Las odio.
Danny estaba sentado a los pies de la cama, sosteniéndose la mano
izquierda, y mirándolos. Sus ojos asustados miraron con aire de reproche a
Jack.
—Papito, tú dijiste que las habías matado a todas. La mano… me
duele mucho.
—Déjame ver, doc… no, no te la voy a tocar. Te haría doler más. Sólo
levántala.
El chico levantó la mano y Wendy gritó:
—Oh, Danny… ¡tu pobre mano!
Al día siguiente, el médico llegaría a contar once picaduras. En ese
momento, lo que se veía era un espolvoreo de agujeritos, como si la palma y
los dedos hubieran sido cubiertos de pimienta roja. Y una gran hinchazón.
La mano había empezado a tener el aspecto de uno de esos dibujos
animados en los que el conejo Bugs o el pato Donald se dan un martillazo en
los dedos.
—Wendy, ve a buscar ese spray que tenemos en el baño —pidió Jack.
Entretanto, él se sentó en la cama, junto a Danny, y le rodeó los hombros
con un brazo.
—Después de ponerte eso en la mano, te voy a sacar algunas fotos con
la «Polaroid», doc. Y después, esta noche dormirás con nosotros, ¿te parece?
—Sí —aceptó Danny—. Pero, ¿por qué me vas a tomar las fotos?
—De la mano, porque con ellas es muy posible que podamos
demandar a esa gente.
Wendy regresó con un aparato que parecía un extintor de incendios en miniatura.
—Esto no te dolerá, tesoro —le explicó mientras lo destapaba
rápidamente.
El chico tendió la mano y la madre se la cubrió con el líquido hasta
dejarla brillante. Danny dejó escapar un largo suspiro, tembloroso.
—¿Te arde?
—No, me sienta bien.
—Ahora éstas. Mastícalas —Wendy le dio cinco aspirinas para niños,
con sabor a naranja. Danny se las fue metiendo una a una en la boca.
—¿No es demasiada aspirina? —preguntó Jack.
—Son demasiadas picaduras —le recordó Wendy encolerizada—. Vete
y deshazte de ese avispero, Jack Torrance, ahora mismo.
—Un momento.
Fue hacia la cómoda en busca de la cámara «Polaroid» que había
guardado en el cajón de arriba. Buscando más, encontró los cuboflashes.
—Jack, ¿qué estás haciendo? —la voz de Wendy sonó un poco
histérica.
—Va a tomarme fotos de la mano —explicó con seriedad Danny—,
para que podamos demandar a cierta gente. ¿No es así, papi?
—Exacto —respondió Jack en tono sombrío, mientras colocaba el flash
en la cámara—. Tiende la mano, hijo. Calculo unos cinco mil dólares por
picadura.
—¿De qué estáis hablando? —casi gritó Wendy.
—Te lo diré. Seguí las instrucciones de la maldita bomba insecticida, y
vamos a demandarlos. El aparato estaba estropeado, no puede ser de otra
manera. Si no, ¿cómo se explica esto?
—Ah —suspiró Wendy.
Jack tomó cuatro fotografías y le fue entregando los negativos a
Wendy para que controlara el tiempo de revelado con el pequeño reloj que
llevaba colgado al cuello. Danny, fascinado por la idea de que las picaduras
que tenía en la mano pudieran valer miles y miles de dólares, empezó a
perder el miedo y a mostrarse más interesado. La mano le latía sordamente y
le dolía un poco la cabeza.
Cuando Jack dejó a un lado la cámara y extendió las copias sobre la
cómoda para que se secaran, Wendy le preguntó:
—¿No tendríamos que llevarlo esta noche al médico?
—Si no le duele mucho, no —respondió su marido—. Si una persona
tiene una fuerte alergia al veneno de las avispas, la reacción se produce
dentro de los treinta segundos.
—¿La reacción? ¿A qué te…?
—A un coma. O convulsiones.
—Oh. Ay, Dios mío —Wendy se cogió los codos con ambas manos,
abrazándose, pálida y temblorosa.
—¿Cómo te sientes, hijo? ¿Crees que podrás dormir?
Danny los miró, parpadeando. La pesadilla se había convertido para él
en un trasfondo sordo, informe, pero seguía estando asustado.
—Si puedo dormir con vosotros…
—Claro —le aseguró Wendy—. Ay, tesoro, lo siento tanto…
—No importa, mamá.
De nuevo Wendy empezó a llorar, y Jack le apoyó las manos en los
hombros.
—Wendy, te juro que seguí las instrucciones.
—Pero, ¿lo destruirás por la mañana? ¿Por favor?
—Claro que sí.
Los tres se metieron juntos en la cama, y Jack estaba a punto de
apagar las luces cuando se detuvo y, en cambio, volvió a apartar las mantas.
—Tomaré una foto del avispero también.
—Ven en seguida.
—Lo haré.
Volvió a la cómoda para recoger la cámara y el último cuboflash y,
mirando a Danny, levantó la mano con el pulgar y el índice unidos,
formando un círculo. El chico le sonrió y repitió el gesto con la mano sana.
Todo un hombrecito, pensó Jack mientras iba hacia el cuarto de su
hijo. Todo eso y algo más.
La luz del techo aún estaba encendida. Jack fue hacia las literas
superpuestas y al mirar la mesita que había junto a ellas se le puso carne de
gallina.
Sintió que los pelos de la nuca le picaban y se le erizaban.
A través de la transparencia del vidrio de la ensaladera apenas si
alcanzaba a distinguir el avispero. El interior de la campana de vidrio hervía
de avispas. Era difícil decir cuántas. Cincuenta por lo menos… tal vez cien.
Mientras el corazón le latía lentamente en el pecho, tomó las
fotografías y después dejó la cámara, en espera de que se revelaran. Se secó
los labios con la palma de la mano. Una idea le daba vueltas incesantemente
en la cabeza, con ecos de
(Tuviste un arranque de mal genio. Tuvistes un arranque de mal
genio. Tuviste un arranque de mal genio.)
un miedo casi supersticioso. Habían vuelto. Él las había matado, pero
ellas habían vuelto.
»Mentalmente, se oía vociferar en la cara de su hijo asustado y lloroso:
¡Déjate de tartamudear!
Volvió a secarse los labios.
Fue hasta la mesa de trabajo de Danny, revisó los cajones y en uno de
ellos halló un gran rompecabezas que se armaba sobre un tablero de
madera. Llevó el tablero a la mesita y, cuidadosamente, deslizó sobre él el
avispero cubierto por la ensaladera. Dentro de su prisión, las avispas
zumbaban coléricas. Jack apoyó firme la mano sobre la ensaladera para que
no se resbalara y salió al vestíbulo.
—¿Vienes a acostarte, Jack? —lo llamó Wendy.
—¿Vienes, papá?
—Tengo que bajar un minuto —respondió Jack, procurando que su
voz sonara despreocupada.
¿Cómo había sucedido? ¿Cómo, en el nombre de Dios?
Indudablemente, la bomba no había fallado. Él había visto el denso
humo blanco que empezaba a brotar de ella al tirar de la anilla. Y cuando
volvió a subir, dos horas más tarde, del agujero en lo alto del nido había
caído una lluvia de insectos muertos.
Entonces, ¿cómo? ¿Por regeneración espontánea?
Qué locura. Tonterías del siglo XVII. Los insectos no se regeneran. Y
aun si de los huevos de avispas pudieran resultar insectos adultos en un lapso
de doce horas, no estaban en la estación de desove de la reina; eso era por
abril o mayo. En el otoño era cuando se morían.
Como una contradicción viviente, las avispas zumbaban furiosamente
bajo la ensaladera.
Jack bajó con ellas las escaleras y atravesó la cocina. En el fondo había
una puerta que daba afuera. El frío viento nocturno castigó su cuerpo casi
desnudo y los pies se le entumecieron casi instantáneamente contra el frío
cemento de la plataforma sobre la cual estaba parado, la plataforma que
durante la temporada de funcionamiento del hotel servía para descargar las
entregas de leche. Dejó cuidadosamente en el suelo el tablero y la
ensaladera, y al enderezarse miró el termómetro clavado al lado de la
puerta. El mercurio señalaba cuatro grados bajo cero. Para la mañana, el frío
las habría matado. Jack entró y cerró firmemente la puerta. Después de
pensarlo un momento, le echó llave además.
Volvió a cruzar la cocina y apagó las luces. Durante un momento se
quedó inmóvil en la oscuridad, pensando, necesitando un trago. De pronto,
el hotel le parecía lleno de un millar de ruidos furtivos: crujidos, gruñidos, y
el insidioso olfatear del viento bajo los aleros, donde tal vez se escondían
más avisperos, a modo de frutos mortíferos.
Habían regresado.
De pronto, Jack se encontró con que el «Overlook» ya no le gustaba
tanto, como si no fueran las avispas las que habían picado a su hijo —avispas
que habían sobrevivido milagrosamente al ataque de la bomba insecticida—,
sino el hotel mismo.
Lo último que se le ocurrió antes de volver a subir a reunirse con su
mujer y su hijo
(en lo sucesivo controlarás tu genio. Pase lo que pase.)
fue una idea firme, sólida, segura.
Mientras iba hacia ellos por el vestíbulo, volvió a secarse los labios con
el dorso de la mano.
17. EN EL CONSULTORIO
En calzoncillos y tendido sobre la cama del consultorio, Danny
Torrance resultaba muy pequeño. Estaba mirando al doctor («puedes
llamarme Bill») Edmonds, que en ese momento acercaba a la cama un gran
aparato negro con ruedas. Danny giró bien los ojos para verlo mejor.
—No te dejes impresionar, muchacho —le advirtió Bill Edmonds—. Es
un electroencefalógrafo, y no hace daño.
—Electro…
—Lo llamamos EEG, para abreviar. Te voy a conectar unos
alambrecitos a la cabeza… no, no te los meteré dentro, irán pegados con
esparadrapo… y estos lápices que tiene aquí la máquina registrarán tus
ondas cerebrales.
—¿Como en El hombre que valía seis millones de dólares?
—Muy parecido. ¿Te gustaría ser como Steve Austin cuando seas
mayor?
—No —declinó Danny mientras la enfermera empezaba a asegurarle
los electrodos en varios puntos del cráneo que previamente le habían
afeitado—. Mi papá dice que algún día se le hará un cortocircuito y que
entonces tendrá que pasarlas sumamente mal.
—Bien que lo sé —comentó amablemente el doctor Edmonds—. Yo
también las he pasado mal a veces. Un EEG puede decirnos muchísimas cosas,
Danny.
—¿Cómo qué?
—Como, por ejemplo, si tienes epilepsia. Es un problema en el que…
—Sí, ya sé lo que es la epilepsia.
—¿De veras?
—Claro. Había un chico en el jardín de infancia donde yo iba en
Vermont… fui al jardín de infancia cuando era pequeñito…, que tenía eso. Y
no podía usar un tablero de destellos.
—¿Qué era eso, Dan? —el médico hablaba atendiendo al aparato. En
la cinta empezaron a dibujarse finas líneas.
—Era algo todo lleno de luces de diferentes colores. Cuando uno lo
encendía, había algunos colores que destellaban, pero no todos. Y uno tenía
que contar los colores, y si se apretaba el botón necesario se apagaba. Bren
no podía usarlo.
—Eso es porque a veces unas luces brillantes que destellan pueden
causar un ataque epiléptico.
—¿Quiere usted decir que al usar el tablero de destellos a Brent
podría haberle dado un patatús?
Edmonds y la enfermera cambiaron una mirada divertida.
—La forma de decirlo no es muy elegante, pero es exacta, Danny.
—¿Qué?
—Dije que tienes razón, pero que lo correcto es decir «ataque» en vez
de «patatús». No es elegante. Y ahora, quédate quietecito como un ratón.
—Bueno.
—Danny, cuando te pasan esas… esas cosas, ¿recuerdas si alguna vez
has visto antes destellos de luces brillantes?
—No.
—¿Ni has oído ruidos raros? ¿Un timbre o una melodía como la de un
carillón?
—Hum.
—Y algún olor extraño, digamos a naranjas o a serrín? ¿O un olor
como de algo podrido?
—No, señor.
—¿Alguna vez sientes ganas de llorar antes de desmayarte? ¿Aunque
no estés triste?
—No.
—Estupendo, pues.
—¿Tengo epilepsia, doctor Bill?
—No lo creo, Danny. Quédate quieto. Ya casi terminamos.
El aparato murmuró y rascó durante otros cinco minutos antes de que
el doctor Edmonds lo apagara.
—Hemos terminado, muchacho —le dijo alegremente Edmonds—.
Deja que Sally te quite esos electrodos, y después ven a la otra habitación;
quiero hablar un ratito contigo, ¿eh?
—Bueno.
—Sally, ocúpate de hacerle la prueba de tuberculina antes de que
venga.
—Perfectamente.
Edmonds arrancó la larga y ondulada tira de papel que el aparato
había expulsado y se fue al cuarto de al lado examinándola.
—Te voy a dar un pinchacito en el brazo —le advirtió la enfermera después que
Danny se hubo puesto los pantalones—, para que podamos estar seguros de que no tienes
tuberculosis.
—Oh, eso me lo hicieron el año pasado en la escuela —le comunicó
Danny sin mucha esperanza.
—Pero de eso hace mucho tiempo, y además ahora tú eres un chico
grande, ¿no?
—Supongo que sí —suspiró Danny, y ofreció el brazo para el sacrificio.
Cuando tuvo puestos la zapatos y la camisa, pasó por la puerta
corrediza que daba al despacho del doctor Edmonds. El médico estaba
sentado en el borde de su escritorio, balanceando pensativamente las
piernas.
—Hola, Danny.
—Hola.
—¿Qué tal va esa mano? —señaló la mano izquierda de Danny, ahora
vendada.
—Bastante bien.
—Me alegro. Estuve mirando tu EEG y me parece bien. Pero se lo voy a
mandar a un amigo mío de Denver, que se gana la vida leyendo esas cosas.
Para asegurarme, sabes.
—Sí, señor.
—Háblame de Tony, Dan.
Danny cambió de posición.
—No es más que un amigo invisible que yo me inventé. Para que me
hiciera compañía.
Edmonds se rió y le apoyó ambas manos en los hombros.
—Oye, eso es lo que dicen tu mamá y tu papá. Pero lo que me digas
quedará entre nosotros, muchacho. Yo soy tu médico. Dime la verdad, y te
prometo que no les diré nada a ellos, salvo que tú me digas que puedo.
Danny lo pensó. Miró a Edmonds y, con un pequeño esfuerzo de
concentración, intentó captar sus pensamientos o, por lo menos, el estado de
ánimo. De pronto, en su cabeza se formó una imagen extrañamente
tranquilizadora: un archivador, cuyas puertas corredizas se cerraban una tras
otra, trabándose con un pequeño clic. Escrito en las etiquetas en el centro de
cada puerta se leía: A-C, SECRETO; D-G, SECRETO, y así sucesivamente. El
chico se sintió un poco más tranquilo.
—No sé quién es Tony —admitió cautelosamente.
—¿Tiene tu edad?
—No, tiene once años, por lo menos. Creo que hasta es posible que
sea mayor. Nunca lo he visto bien de cerca. Tal vez ya tenga edad para
conducir un coche.
—Entonces, ¿no lo ves más que de cierta distancia?
—Sí, señor.
—¿Y siempre viene antes de que tú pierdas el conocimiento?
—Bueno, no es que pierda el conocimiento. Más bien es como si me
fuera con él, y él me muestra cosas.
—¿Qué clase de cosas?
—Bueno… —durante un momento, Danny dudó; después le contó a
Edmonds lo del baúl con todos los escritos de papá, y cómo, después de
todo, los mozos no lo habían perdido en el viaje de Vermont a Colorado.
Durante todo el tiempo había estado allí, bajo la escalera.
—¿Y tu papá lo encontró donde Tony dijo que estaría?
—Oh, sí señor. Sólo que Tony no me lo dijo, me lo mostró.
—Comprendo. Danny, ¿qué te mostró Tony anoche, cuando te
encerraste en el baño?
—No recuerdo —respondió demasiado rápidamente Danny.
—¿Estás seguro?
—Sí, señor.
—Hace un momento dije que tú cerraste la puerta del baño, pero no
era así, ¿verdad? Tony cerró la puerta.
—No, señor. Tony no podía cerrar la puerta, porque él no es real. Pero
quería que yo lo hiciera, y lo hice. La cerré con pestillo.
—¿Tony te muestra siempre dónde están las cosas perdidas?
—No, señor. A veces me muestra cosas que van a suceder.
—¿De veras?
—Seguro. Como la vez que me mostró el parque de diversiones y de
animales salvajes de Great Barrington. Tony me dijo que papá me llevaría allí
para mi cumpleaños, y lo hizo.
—¿Qué más te muestra?
El chico frunció el ceño.
—Letreros. Siempre me está mostrando letreros viejos y tontos. Y yo
casi nunca puedo leerlos.
—¿Por qué crees que Tony hace eso, Danny?
—No lo sé —la cara de Danny se iluminó—. Pero papá y mamá me
están enseñando a leer, y yo me esfuerzo mucho.
—Para poder leer los letreros de Tony.
—Bueno, en realidad quiero aprender. Pero también es por eso, claro.
—¿A ti te gusta Tony?
Sin decir nada, Danny se quedó mirando el suelo embaldosado.
—¿Danny?
—Es difícil decirlo —respondió por fin—. Solía gustarme. Yo solía
esperar que viniera todos los días, porque siempre me mostraba cosas
buenas, especialmente desde que mamá y papá ya no piensan más en el
DIVORCIO —la mirada del doctor Edmonds se hizo más atenta, sin que
Danny lo advirtiera. Miraba con obstinación el suelo, concentrado en
expresarse—. Pero ahora, cada vez que viene me muestra cosas malas. Cosas
horribles, como anoche en el cuarto de baño. Las cosas que me muestra me
pican, como me picaron esas avispas. Sólo que lo que me muestra Tony me
pica aquí —se apoyó gravemente un dedo en la sien; un chiquillo que
inconscientemente parodiaba un suicidio.
—¿Qué cosas, Danny?
—¡No me acuerdo! —gritó el chico, torturado—. ¡Si pudiera se lo
diría! Es como si no pudiera recordarlas porque son tan malas que no quiero
recordarlas. Lo único que puedo recordar cuando me despierto es REDRUM.
—Redrum… Red drum… Red rum… ¿Tambor rojo o ron rojo?
—Ron.
—¿Y eso qué es, Danny?
—No lo sé.
—¿Danny?
—¿Sí, señor?
—¿Puedes hacer que Tony venga ahora?
—No sé. No siempre viene. Ni siquiera sé si yo quiero que siga
viniendo.
—Inténtalo, Danny que yo estaré contigo.
Danny lo miró con incertidumbre, y Edmonds le hizo un gesto
afirmativo, alentándolo.
El chico dejó escapar un largo suspiro y asintió.
—Pero no sé si resultará. Nunca lo he hecho con nadie que me esté
mirando. Y de todas maneras, Tony no siempre viene.
—Si no viene, no viene —lo tranquilizó Edmonds—. Sólo quiero que lo
intentes.
—Bueno.
Danny bajó la vista hacia los mocasines de Edmonds, que se
balanceaban lentamente, y se orientó mentalmente hacia fuera, hacia mamá
y papá, que estaban ahí, por alguna parte… del otro lado de esa pared
donde había un cuadro. En la sala de espera donde habían estado los tres.
Sentados uno junto a otro, pero sin hablar. Hojeando revistas. Preocupados.
Por él.
Se concentró más, frunciendo el ceño, procurando captar el
sentimiento de lo que pensaba su mamá. Siempre le resultaba más difícil
cuando no estaban en la misma habitación que él. Después empezó a verlo.
Mami estaba pensando en una hermana… una hermana de ella que había
muerto. Y mami pensaba que era eso principalmente lo que la había
convertido a ella en una
(¿perra?)
mujer triste y envejecida. Porque su hermana había muerto. De
pequeña, la había
(atropellado un coche por dios no podrá soportar de nuevo una cosa
así como la de aileen pero y si realmente está enfermo cáncer meningitis
leucemia un tumor cerebral como el hijo de john gunter o una distrofia
muscular oh dios todos los días hay chicos de su edad que tienen leucemia
tratamientos con radio quimioterapia son cosas que no podríamos pagar
pero claro que no lo pueden dejar a uno que se muera así en la calle y no de
todos modo él está bien está bien en realidad no tendrías que estar
pensando)
(Danny…)
(en aileen y)
(Danny…)
(ese coche)
(Danny…)
Pero Tony no estaba. Sólo su voz. Y mientras la voz se desvanecía,
Danny la siguió hacia la oscuridad, a tropezones, cayéndose por un mágico
agujero abierto entre los mocasines oscilantes del doctor Bill, pasó junto a
un fuerte ruido de golpes, después una bañera en la que flotaba algo
horrible pasó lentamente por la oscuridad, pasó un sonido que parecía el
carillón de una iglesia, pasó un reloj bajo una campana de cristal.
Después de una única luz, festoneada de telarañas, perforó
débilmente las tinieblas. El tenue resplandor dejaba ver un suelo de piedra,
de aspecto húmedo, desagradable. Por alguna parte, no muy lejos, se oía un
ruido continuo, una especie de rugido mecánico, pero amortiguado, algo
que no daba miedo. Soporífero. Era eso lo que quedaría olvidado, pensó
Danny con onírica sorpresa.
A medida que los ojos se le acostumbraban al resplandor alcanzó a ver
a Tony delante de él, apenas una silueta. Tony estaba mirando algo y Danny
se esforzó por ver lo que era.
(Tu papá. ¿Ves a tu papá?)
Claro que lo veía. ¿Cómo podía haber dejado de verle, aunque fuera con la débil luz
del sótano? Papá estaba de rodillas en el suelo, iluminando con una linterna una serie de
cajas de cartón y viejos cajones de madera. Las cajas de cartón también estaban viejas y
mohosas; algunas se habían despanzurrado y los papeles que tenían dentro se
desparramaban por el suelo. Periódicos, libros, papeles impresos que parecían facturas. Su
papá los estaba examinando con gran interés. Y después papá levantó los ojos y enfocó la
linterna en otra dirección. El rayo de luz señaló otro libro, uno grande, blanco, atado con un
cordón dorado. La tapa parecía de cuero blanco. Era un libro de recortes. De pronto, Danny
tuvo necesidad de llamar a su padre, de decirle que dejara en paz ese libro, que hay libros
que no se deben abrir. Pero papá ya se encaminaba hacia él.
El rugido mecánico, que ahora Danny reconoció como el de la caldera
del «Overlook», que su papá comprobaba tres o cuatro veces por día, había
cobrado un amenazador ritmo de marcha. Empezó a sonar como… como un
latido. Y el olor de humedad y de moho, de papel podrido también se estaba
convirtiendo en otra cosa… en el penetrante aroma de enebro de la Cosa
Mala. Algo que rodeaba a su padre como si fuera un pavor mientras Jack
tendía la mano hacia el libro… y lo cogía.
Tony estaba por ahí, en la oscuridad
(este lugar inhumano hace monstruos humanos. Este lugar inhumano)
repitiendo una y otra vez las mismas palabras incomprensibles
(hace monstruos humanos.)
De nuevo caer por la oscuridad, acompañado ahora por el sordo
trueno palpitante que ya no era la caldera sino el ruido sibilante de un mazo
de roque golpeando paredes revestidas de papel sedoso, arrancándoles
bocanadas de polvo de yeso. Acurrucado, impotente, en la sinuosa selva azul
y negra de la alfombra.
(Sal de una vez)
(Este lugar inhumano)
(¡y ven a tomar tu medicina!)
(hace monstruos humanos.)
Con un jadeo que le resonó en toda la cabeza, Danny se arrancó de la
oscuridad. Primero trató de escapar de las manos que lo sujetaban, creyendo
que ese algo oscuro que había en el «Overlook» del mundo de Tony se las
había arreglado de alguna manera para seguirlo al mundo de las cosas
reales… pero era el doctor Edmonds que le decía:
—Está bien, Danny, está bien. Todo está perfectamente.
Danny reconoció al médico; después comprendió que estaba en su
despacho. Empezó a temblar, incontrolablemente. Edmonds lo abrazó:
—Dijiste algo de monstruos, Danny —le preguntó cuando la reacción
empezó a disminuir—. ¿Qué era?
—Este lugar inhumano —respondió el chico con voz gutural—. Tony
me dijo… este lugar inhumano… hace… hace… —movió la cabeza—. No
puedo acordarme.
—¡Inténtalo!
—No puedo.
—¿Vino Tony?
—Sí.
—¿Qué fue lo que te mostró?
—Algo oscuro. Palpitante. No recuerdo.
—¿Dónde estabais?
—¡Déjeme en paz! ¡No recuerdo! ¡Déjeme en paz! —el chico empezó
a sollozar desesperadamente, de frustración y de miedo. Todo había
desaparecido, disuelto en una masa pegajosa como un manojo de papeles
húmedos, un recuerdo ilegible.
Edmonds fue hacia el refrigerador de agua y le alcanzó un vaso de
papel. Danny se lo bebió y el médico le ofreció otro.
—¿Estás mejor?
—Sí.
—Danny, no quiero importunarte… fastidiarte con esto, quiero decir,
pero ¿no recuerdas nada de antes que viniera Tony?
—Mi mamá —articuló lentamente el chico—. Está preocupada por mí.
—Como todas las madres, muchacho.
—No… es que ella tenía una hermana que murió cuando era pequeña.
Aileen. Y mamá pensaba que a Aileen la atropelló un coche y que eso la dejó
a ella preocupada por mí. No recuerdo nada más.
Edmonds lo miraba atentamente.
—¿Ahora mismo estaba ella pensando eso? ¿Ahí fuera, en la sala de
espera?
—Sí, señor.
—Danny, ¿cómo puedes saber eso?
—No lo sé —su voz era un hilo—. Tal vez sea el esplendor.
—¿El qué?
Danny sacudió con mucha lentitud la cabeza.
—Estoy horriblemente cansado. ¿No puedo ir a ver a mamá y a papá?
No quiero contestar más preguntas. Estoy cansado y me duele el estómago.
—¿Tienes ganas de vomitar?
—No, señor. Sólo quiero ver a mamá y papá.
—Está bien, Dan. Ve un momento a verlos y después diles que vengan
—el doctor Edmonds se levantó—. Quiero hablar un momento con ellos. ¿De
acuerdo?
—Sí, señor.
—Ahí fuera tienes libros para mirar. A ti te gustan los libros, ¿no?
—Sí, señor —respondió obedientemente Danny.
—Eres un buen chico, Danny.
Danny se despidió con una leve sonrisa.
—No encuentro que haya ningún problema con él, físicamente —
explicó el doctor Edmonds al matrimonio Torrance—. Mentalmente, es
inteligente y un poco demasiado imaginativo. A veces sucede que los chicos
tienen que crecer dentro de su imaginación como dentro de un par de
zapatos demasiado grandes. La imaginación de Danny es. todavía, en cierto
modo, demasiado grande paca él. ¿Nunca le hicieron el test de CI?
—Yo no creo en esas cosas —declaró Jack—. No son más que una
camisa de fuerza para las esperanzas de los padres y de los maestros.
—Es posible —asintió el doctor Edmonds—. Pero si le hicieran el test,
creo que se encontrarían con que se aparta mucho de las cifras normales
para su grupo de edad. Para un niño que no tiene todavía seis años, su
capacidad verbal es sorprendente.
—Nosotros jamás le hablamos como a un bebé —dijo Jack con cierto
orgullo.
—Dudo de que alguna vez lo hayan necesitado para hacerse entender
—Edmonds hizo una pausa, jugueteando con un lápiz—. Mientras yo estaba
con él, se puso en trance. A petición mía. Exactamente como ustedes lo
describieron anoche en el baño. Todos los músculos se le relajaron, con el
cuerpo caído hacia delante y los ojos en blanco. La autohipnosis clásica de los
libros de texto. Me quedé atónito, y sigo estándolo.
Los Torrance se alertaron inmediatamente.
—¿Qué sucedió? —preguntó tensamente Wendy y Edmonds les relató
en detalle el trance de Danny, la frase que había mascullado y de la cual
Edmonds no había entendido más que las palabras «monstruos»,
«oscuridad» «latido». Las lágrimas posteriores, la acritud casi histérica, el
dolor de estómago.
—Tony otra vez —comentó Jack.
—¿Qué significa eso? ¿Tiene usted alguna idea? —quiso saber Wendy.
—Algunas, pero tal vez no les gusten a ustedes.
—Adelante, de todas maneras —decidió Jack.
—Por lo que Danny me dijo, su «amigo invisible» era verdaderamente
un amigo hasta que se mudaron aquí desde Nueva Inglaterra. A partir de la
mudanza, Tony se ha convertido en una figura amenazadora. Los contactos
placenteros se han convertido en pesadillas, que para él son mucho más
aterradoras porque no puede recordar exactamente a qué se refieren. Eso es
bastante común. Todos recordamos con más claridad los sueños agradables
que los que nos asustan. Parece que en algún rincón entre lo consciente y lo
subconsciente hubiera un amortiguador y que allí viviera un puritano de mil
demonios, un censor que sólo deja pasar muy poco. Y frecuentemente, lo
que deja pasar no es más que simbólico. Todo esto es Freud
supersimplificado, pero describe bastante bien lo que sabemos de la
interacción de la mente consigo misma.
—¿Cree usted que la mudanza haya trastornado tanto a Danny? —
preguntó Wendy.
—Es posible, si se produjo en circunstancias traumáticas —precisó
Edmonds—. ¿Sucedió así?
Wendy y Jack intercambiaron una mirada.
—Yo era profesor en una escuela preparatoria —explicó lentamente
Jack— y me quedé sin trabajo.
—Ya veo —asintió Edmonds. Volvió a dejar sobre e! escritorio el lápiz
con que había estado jugando—. Hay otras cosas, me temo, que pueden ser
dolorosas para ustedes. Aparentemente, el niño cree que en algún momento
ustedes dos pensaron seriamente en divorciarse. Lo dijo de modo casual,
pero sólo porque cree que ustedes no consideran ya esa posibilidad.
A Jack se le abrió la boca, y Wendy dio un respingo como si la
hubieran abofeteado. Su rostro quedó sin una gota de sangre.
—¡Pero si jamás hablamos de eso! —exclamó—. No sólo frente a él, ¡ni
siquiera entre nosotros!
—Creo que es mejor que usted lo sepa todo, doctor —dijo Jack—.
Poco después del nacimiento de Danny, yo caí en el alcoholismo. Durante
toda mi época de universitario había tenido un problema con la bebida; se
suavizó un poco después, de haber conocido a Wendy y empeoró más que
nunca después del nacimiento de Danny, en la época en que escribir, la
actividad que yo considero mi verdadero trabajo, se me hacía realmente muy
difícil. Cuando Danny tenía tres años y medio, me derramó una lata de
cerveza sobre los papeles con que yo estaba trabajando… o con que estaba
perdiendo el tiempo, en todo caso, y… bueno… a la mierda —se le quebró la
voz, pero los ojos, secos, no rehuyeron la mirada del médico—. Qué
tremenda bestialidad parece al decirlo. Cuando lo levanté para darle unos
azotes, le rompí un brazo. Tres meses después dejé de beber, y no he vuelto
a hacerlo desde entonces.
—Ya veo —asintió Edmonds, con tono neutral—. Naturalmente, yo vi
que había habido una fractura. Soldó muy bien —se apartó de la mesa y
cruzó las piernas—. Si me permiten la franqueza, es evidente que desde
entonces no ha sufrido ningún maltrato. Aparte las picaduras, no se le
encuentran más que los cardenales y rasguños que tiene cualquier chico.
—Claro que no —asintió acaloradamente Wendy—. Jack no tuvo
intención…
—No, Wendy —la interrumpió él—. Sí que tuve intención. Creo que
muy dentro de mí yo tenía la intención de hacerle eso. O algo peor —volvió
a mirar a Edmonds—. ¿Sabe una cosa, doctor? Ésta es la primera vez que
entre nosotros se pronuncia la palabra divorcio. Y alcoholismo. Y malos
tratos a un niño. Las tres en cinco minutos.
—Es posible que eso esté en la raíz del problema —dijo Edmonds—.
Yo no soy psiquiatra, pero si ustedes quieren que Danny vea a un psiquiatra
infantil, puedo recomendarles uno muy bueno que trabaja en el Centro
Médico de Boulder. Sin embargo, estoy bastante seguro de mi diagnóstico.
Danny es un chico inteligente, imaginativo y sensible. No creo que los
problemas matrimoniales de ustedes lo hayan perturbado tanto como creen.
Los niños pequeños son grandes conformistas. No entienden lo que es la
vergüenza, ni la necesidad de ocultar las cosas.
Jack se miraba las manos. Wendy le tomó una y se la apretó.
—Pero el niño sentía que había cosas que andaban mal. Entre ellas,
desde su punto de vista, lo principal no era el brazo roto, sino el vínculo
roto, o en peligro de romperse, entre ustedes dos. Él mencionó el divorcio,
pero no el brazo roto. Cuando mi enfermera se lo mencionó, se limitó a
encogerse de hombros. Para él no era una cosa importante. «Eso pasó hace
mucho tiempo», creo que fue lo que dijo.
—Qué criatura —masculló Jack, con las mandíbulas fuertemente
contraídas, los músculos de las mejillas destacados por la tensión—. No nos lo
merecemos.
—De todas maneras lo tienen —resumió secamente Edmonds—. Y sea
como fuere, él de cuando en cuando se retrae en su mundo de fantasía. En
eso no hay nada excepcional; es lo que hacen muchos chicos. Yo recuerdo
que a la edad de Danny, también tenía un amigo invisible, un gallo parlante
que se llamaba Chug-Chug. Claro que yo era el único que lo veía. Como yo
tenía dos hermanos mayores que muchas veces no me hacían caso, Chug-
Chug me venía muy bien en esas situaciones. Y seguramente ustedes dos
entienden por qué el amigo invisible de Danny se llama Tony, y no Mike o
Hal o Dutch.
—Sí —contestó Wendy.
—¿Se lo han señalado alguna vez?
—No —respondió Jack—. ¿Deberíamos hacerlo?
—¿Por qué preocuparse? Déjenlo que él se dé cuenta en su momento,
usando su propia lógica. Fíjense ustedes que las fantasías de Danny son
considerablemente más profundas que las que acompañan de ordinario al
síndrome del amigo invisible, pero la necesidad que él sentía de Tony
también era más intensa. Tony venía y le mostraba cosas agradables. A veces,
sorprendentes, pero siempre cosas buenas. Una vez Tony le mostró dónde
estaba el baúl que se le había perdido a papá… bajo las escaleras. Otra vez le
mostró que para su cumpleaños, mamá y papá iban a llevarlo a un parque de
diversiones…
—¡Al Great Barrington! —exclamó Wendy—. Pero, ¿cómo podía saber
esas cosas? Son espeluznantes las cosas con que sale a veces. Casi como si…
—Tuviera clarividencia —completó Edmonds, sonriente.
—Nació envuelto en las membranas —evocó débilmente Wendy.
La sonrisa de Edmonds se convirtió en una franca carcajada. Jack y
Wendy se miraron y sonrieron también, atónitos al ver lo fácil que era. Esos
«aciertos misteriosos» que solía tener Danny eran otra de las cosas de las
cuales no habían hablado mucho.
—Ahora falta que me digan que es capaz de levitar —agregó
Edmonds, todavía sonriendo—. No, no, me temo que no. No es nada
extrasensorial, sino nuestra vieja conocida la sensibilidad humana, que en el
caso de Danny es excepcionalmente aguda. Señor Torrance, él supo que su
baúl estaba debajo de la escalera porque era el único lugar donde usted no
había mirado. Un proceso de eliminación tan simple que le daría risa a Ellery
Queen. Tarde o temprano, a usted mismo se le habría ocurrido.
»Y en cuanto al parque de diversiones de Great Barrington, ¿de quién
partió la idea? ¿De ustedes o de él?
—De él, por supuesto —respondió Wendy—. Durante toda la mañana
lo habían anunciado en los programas para niños, y él estaba loco por ir.
Pero la cosa es, doctor, que nosotros no teníamos dinero para llevarlo, y se lo
habíamos dicho.
—Entonces, una revista para hombres que me había comprado un
cuento en 1971 me envió un cheque por cincuenta dólares —explicó Jack—.
Querían reproducir el cuento en un anuario, o algo así. Entonces, decidimos
gastarlo en Danny.
Edmonds se encogió de hombros.
—Un deseo que se cumple por una feliz coincidencia.
—Demonios, parece que está usted en lo cierto —admitió Jack.
—Y el propio Danny me dijo que muchas veces Tony le mostraba cosas
que después no ocurrían. Visiones basadas en un fallo perceptivo,
simplemente. Danny hace subconscientemente lo que los supuestos
«místicos» y «videntes» hacen bien a conciencia y con todo cinismo. Me
parece admirable. Si la vida no lo obliga a retraer las antenas, creo que será
un hombre estupendo.
Wendy hizo un gesto afirmativo, porque naturalmente ella pensaba
que Danny sería un hombre estupendo; pero la explicación del médico le
sonaba a blablablá. Sabía más a margarina que a mantequilla. Edmonds no
había vivido con ellos. No había estado presente cuando Danny encontraba
botones perdidos, le decía a Wendy que tal vez la guía de TV estuviera
debajo de la cama, que le parecía mejor llevar los chanclos a la escuela
aunque hubiera sol… y ese día volvían a casa caminando bajo una lluvia
impresionante, protegidos por el paraguas de Wendy. Edmonds no podía
saber de qué manera tan extraña se anticipaba Danny a los deseos de
ambos. Si excepcionalmente, una tarde, Wendy decidía prepararse una taza
de té, en la cocina se encontraba una taza preparada con un saquito de té
dentro. Cuando pensaba que tenía que devolver los libros a la biblioteca, se
los encontraba todos pulcramente apilados sobre la mesa del vestíbulo,
coronada la pila por su tarjeta de lectora. O a Jack se le ocurría lavar el
«Volkswagen» y se encontraba a Danny ya afuera, escuchando su radio de
galena mientras esperaba, sentado al borde de la acera, para verlo trabajar.
En voz alta, se limitó a preguntar:
—Entonces, ¿por qué ahora tiene pesadillas? ¿Por qué Tony le dijo
que echara el pestillo a la puerta del baño?
—Creo que es porque Tony ha sobrevivido a su utilidad —explicó
Edmonds—. Nació en un momento (Tony, no Danny) en que usted y su
marido se esforzaban por mantener unida la pareja. Su marido bebía
demasiado. Estuvo el incidente del brazo roto. Y el silencio amenazador
entre ustedes dos.
Silencio amenazador, sí, esas palabras eran las que decían la verdad.
Las comidas tensas y ceremoniosas en que no se decían otra cosa que por
favor pásame la mantequilla o Danny, cómete todas las zanahorias o si me
disculpas, por favor. Las noches en que Jack desaparecía y ella se tendía con
los ojos secos en el diván mientras Danny miraba la TV. Las mañanas en que
ella y Jack daban vueltas uno en derredor del otro como dos gatos enojados
con un ratón tembloroso y asustado en el medio. Todo eso sonaba a verdad;
(Dios mío, ¿es que alguna vez dejan de doler las viejas cicatrices?)
horrible, horriblemente verdad.
—Pero las cosas han cambiado —resumió Edmonds—. Ustedes saben
que entre los niños, las conductas esquizoides son algo bastante común. Y se
las acepta, porque en todos nosotros los adultos rige el acuerdo tácito de
que los niños son lunáticos. Tienen amigos invisibles. Cuando están
deprimidos pueden ir a esconderse en el armario, para aislarse del mundo.
Asignan el valor de talismán a una manta, a un osito o a un tigre de trapo.
Se chupan el pulgar. Cuando un adulto ve cosas inexistentes, lo
consideramos listo para que lo metan en un cuarto de paredes acolchadas.
Cuando un niño dice que vio un duende en el dormitorio o un vampiro del
otro lado de la ventana, nos limitamos a sonreír con indulgencia. Tenemos
una frase que nos sirve de explicación para todos los fenómenos de ese tipo
en los niños.
—Ya se le pasará —apuntó Jack.
—Exactamente —parpadeó Edmonds—. Sí. Pues bien, yo sospecho que
Danny estaba en excelente situación para desarrollar una psicosis con todas
las de la ley. Una vida familiar desdichada, mucha imaginación, el amigo
invisible que para él era tan real que casi se hizo real para ustedes. En vez de
«pasársele esa esquizofrenia infantil», Danny podría haberse pasado a ella.
—¿Y terminar siendo autista? —preguntó Wendy. Algo había leído
sobre el autismo, y la palabra misma la asustaba; le sonaba a un terrible
silencio blanco.
—Posible, pero no necesariamente. Podría haberse limitado a entrar
algún día en el mundo de Tony y no haber regresado nunca a lo que él llama
«las cosas reales».
—Dios —suspiró Jack.
—Pero ahora, la situación básica ha cambiado drásticamente. El señor
Torrance ya no bebe. Están ustedes en un lugar nuevo, donde las
condiciones obligan a los tres a estrechar más que nunca la unidad familiar;
bastante más estrecha que la mía, ya que mi mujer y mis hijos no me ven más
de dos o tres horas por día. En mi opinión, está en una perfecta situación
curativa. Y pienso que el hecho mismo de que sea capaz de establecer una
diferenciación tan nítida entre el mundo de Tony y las «cosas reales» habla
muy en favor de la salud mental de Danny. Él dice que ustedes dos ya no
piensan en divorciarse. ¿Tiene razón, como creo?
—Sí —respondió Wendy, y Jack le apretó con fuerza la mano.
Ella le devolvió el apretón.
Edmonds hizo un gesto de asentimiento.
—Entonces ya no necesita a Tony. Danny lo está expulsando de su
sistema. Tony ya no le trae visiones placenteras, sino pesadillas hostiles que
lo asustan demasiado para que pueda recordarlas, salvo fragmentariamente.
Danny interiorizó a Tony durante una situación vital difícil, por no decir
desesperada, y ahora Tony se resiste a irse. Pero se está yendo. Su hijo es un
poco como un drogadicto que está dejando el hábito.
Se levantó, y los Torrance también se pusieron de pie.
—Como ya les dije, yo no soy psiquiatra. Si las pesadillas continúan
todavía para la primavera, cuando termine usted su trabajo en el
«Overlook», señor Torrance, yo les insistiría en que lo llevaran a ver al
especialista de Boulder.
—Así lo haré.
—Muy bien, vamos a decirle que se puede ir a casa —propuso
Edmonds.
—Quiero darle las gracias —dijo penosamente Jack—. Me siento mejor
respecto de todo este asunto de lo que me había sentido en mucho tiempo.
—Yo también —agregó Wendy.
Ya en la puerta, Edmonds se detuvo a mirarla.
—Señora Torrance, ¿tuvo o tiene usted una hermana, de nombre
Aileen?
Wendy lo miró sorprendida.
—Sí, la tuve. La mataron cerca de casa, en Somersworth, de New
Hampshire, cuando ella tenía seis años y yo diez. Bajó corriendo a la calle,
tras una pelota, y la atropelló un camión.
—¿Danny lo sabe?
—No sé. Creo que no.
—Él dice que usted estuvo pensando en ella mientras estaba en la sala
de espera.
—Es así —dijo Wendy, lentamente—. Por primera vez en… Oh, no sé
en cuánto tiempo.
—La palabra «redrum», ¿significa algo para alguno de ustedes?
Wendy sacudió la cabeza, pero Jack, contestó:
—Anoche, antes de dormirse, mencionó esa palabra. Tambor rojo.
—No, ron —rectificó Edmonds—. En eso fue muy categórico. Rum,
como en la bebida. La bebida alcohólica.
—Ah. Pues encaja, ¿no? —balbuceó Jack, y sacó el pañuelo del bolsillo
de atrás para pasárselo por los labios.
—«El esplendor», ¿es una frase que signifique algo para alguno de
ustedes?
Esa vez, los dos negaron con la cabeza.
—Supongo que no importa —Edmonds abrió la puerta que daba a la
sala de espera—. ¿Hay alguien aquí que se llame Danny Torrance y que
quiera irse a su casa?
—¡Hola, papá! ¡Hola, mamá! —el chico se levantó de junto a la mesa
baja donde había estado hojeando un libro mientras leía trabajosamente en
voz alta las palabras que conocía.
Corrió hacia Jack, que lo levantó en el aire mientras Wendy le
desordenaba el pelo.
Edmonds lo miró con aire de complicidad.
—Si tu mamá y tu papá no te gustan, puedes quedarte con el viejo
doctor Bill.
—¡No, señor! —dijo Danny con resolución. Con un aspecto radiante de
felicidad, pasó un brazo alrededor del cuello de Jack, el otro en torno del de
Wendy.
—Perfecto —aceptó Edmonds, sonriendo, y miró a Wendy—. Llámeme
si tienen algún problema.
—Sí.
—Pero no creo que lo haya —concluyó Edmonds, sonriendo.
18. EL ÁLBUM DE RECORTES
Jack encontró el álbum de recortes el uno de noviembre, mientras su
mujer y su hijo daban un paseo a pie por el viejo camino lleno de baches que
desde la parte de atrás de la cancha de roque conducía a una serrería
abandonada, a unos tres kilómetros de allí. El tiempo seguía siendo
espléndido, y los tres habían adquirido un inverosímil bronceado otoñal.
Jack había bajado al sótano a aminorar la presión de la caldera y,
siguiendo un impulso, había cogido la linterna del estante donde estaban los
planos de la fontanería, decidido a echar un vistazo a los periódicos viejos.
Buscaba además lugares adecuados para instalar las ratoneras, aunque eso
no pensaba hacerlo hasta un mes más adelante… cuando estuviera seguro de
que todas las ratas habían vuelto de sus vacaciones, le explicó a Wendy.
Guiándose con la luz de la linterna, pasó junto al hueco del ascensor
(que por insistencia de Wendy no había usado desde que llegaron) y bajo el
pequeño arco de piedra. El olor del papel podrido le hizo arrugar la nariz.
Tras él, la caldera emitió un resoplido grave, como un trueno, que lo
sobresaltó.
Recorrió el lugar con la luz, mientras silbaba entre dientes. Había una
maqueta de la cordillera de los Andes: docenas de cajas y cajones atestados
de papeles, la mayor parte de ellos en blanco, deformados por el tiempo y la
humedad. Otras cajas se habían abierto y desparramaban por el suelo de
piedra amarillentos montones de papel. Había fardos de periódicos atados
con cuerdas. Algunas cajas contenían algo que parecían libros de
contabilidad, y otros formularios sujetos con bandas de goma. Jack sacó uno
y lo iluminó con la linterna.
ROCKY MOUNTAIN EXPRESS, INC.
A: «OVERLOOK HOTEL»
De: SIDEY’S WAREHOUSE, 1210 16th Street, Denver CO.
Vía: CANADIAN PACIFIC RR Contenido: 400 CAJAS PAPEL HIGIÉNICO
«DELSEY».
Firmado: D. E. F.
Fecha: 24 agosto 1954.
Con una sonrisa, Jack volvió a dejar caer el papel dentro de la caja.
Dirigió la luz hacia arriba e iluminó una bombilla colgada del techo,
sepultada casi por las telarañas. No tenía cadena para encenderla.
Se puso de puntillas para enroscar mejor la bombilla. Se encendió
débilmente. Recogió la factura y la empleó para quitar algunas telarañas: la
luz no aumentó mucho.
Empleando aún la linterna se paseó entre las cajas y fardos de papel,
en busca de rastros de ratas. Las había habido, pero hacía mucho tiempo…
años tal vez. Encontró algunas cagarrutas pulverizadas por el tiempo y varios
nidos hechos con trozos de papel, viejos y sin usar.
Sacó un periódico de uno de los paquetes y echó un vistazo a los
titulares.
JOHNSON PROMETE UNA TRANSICIÓN
ORDENADA
Dice que las obras empezadas por JFK
se continuarán el año próximo
El periódico era el Rocky Mountain News, y la fecha el 19 de diciembre
de 1963. Jack volvió a dejarlo en el montón.
Se sentía fascinado por esa elemental sensación del transcurrir
histórico que cualquiera tiene al echar un vistazo a las noticias de diez o
veinte años atrás. En el montón de periódicos y anotaciones había lagunas:
nada de 1937 al 45, del 57 al 60, del 62 al 63. Se imaginó que eran las épocas
en que el hotel había estado cerrado.
Las explicaciones que le había dado Ullman sobre la azarosa historia
del «Overlook» no le parecían del todo convincentes. Parecía que sólo la
situación espectacular del hotel garantizaría un éxito permanente. Los
millonarios norteamericanos habían existido siempre, desde antes que se
inventaran los jets, y a Jack le parecía que el «Overlook» debía de haber sido
una de las bases que tocaran en sus migraciones. Era lo que sonaba más
verosímil. El «Waldorf» en mayo, el «Bar Harbor House» en junio y julio, el
«Overlook» en agosto y a comienzos de setiembre, antes de irse a las
Bermudas, a La Habana, a Río… donde fuera. Encontró una pila de viejos
registros de huéspedes, pero lo aburrieron. Nelson Rockefeller en 1950,
Henry Ford y su familia en 1927, Jean Harlow en 1930. Clarck Cable y Carole
Lombard. En 1956, «Darryl F. Zanuck y compañía» habían ocupado durante
una semana todo el piso alto. El dinero debía de haber rebosado por los
corredores y por las cajas registradoras como una inundación alucinante. Y la
administración tuvo que ser espectacularmente mala.
Vaya si había historia allí, y no precisamente en los titulares de los
periódicos. Estaba ahí enterrada en los asientos de los libros mayores y en los
vales de servicios a las habitaciones donde no era fácil descubrirla. En 1922,
Warren G. Harding había encargado, a las diez de la noche, un salmón
entero y un cajón de cerveza «Coors». Pero, ¿con quién había estado
comiendo y bebiendo? ¿Había sido una partida de póquer, una reunión
estratégica… o qué?
Jack miró el reloj y se sorprendió al ver que ya habían pasado cuarenta
y cinco minutos desde que había bajado al sótano. Tenía las manos y los
brazos mugrientos, y tal vez hasta oliera mal. Decidió subir a darse una
ducha antes de que volvieran Wendy y Danny.
Andando lentamente, pasó por entre las montañas de papeles; se
sentía mentalmente alerta y por su cabeza desfilaban posibilidades con
euforizante rapidez. Hacía años que no se sentía así. De pronto tuvo la
sensación de que el nuevo libro que, medio en broma, se había prometido
escribir, podía ser algo muy real. Hasta era posible que estuviera allí mismo,
sepultado entre esos desordenados montones de papel. Podría ser una obra
de ficción o de historia, o las dos: un libro largo, que desde allí estallara en
un centenar de direcciones.
De pie bajo la bombilla sucia de telarañas, sin darse cuenta sacó el
pañuelo del bolsillo de atrás y se lo pasó por los labios. Y entonces fue
cuando vio el álbum de recortes.
A su izquierda, como una torre de Pisa, se elevaba una pila de cinco
cajas. La de más arriba estaba llena de libros comerciales y facturas, y sobre
todo eso, en equilibrio desde sabría Dios cuántos años, había un grueso
álbum de recortes con tapas de piel blanca, sujetas las páginas por dos trozos
de cordón dorado que alguien había atado con ostentosos lazos. Por
curiosidad lo alcanzó. La tapa de encima tenía una gruesa capa de polvo.
Jack la sostuvo al nivel de los labios, sopló el polvo que se disipó en una
nube, y lo abrió. Al hacerlo, se escapó una tarjeta que Jack atrapó en el aire,
antes de que pudiera llegar al suelo de piedra. Era suntuosa, color crema,
dominada por un grabado en relieve del «Overlook» con todas las ventanas
iluminadas. El parque y el campo de juegos estaban adornados con linternas
japonesas encendidas. Daba casi la impresión de que se pudiera entrar en él,
en un «Overlook Hotel» que había existido hacía treinta años.
Horace M. Derwent solicita
el placer de su asistencia a
un baile de máscaras para celebrar
la inauguración del
«OVERLOOK HOTEL»
La cena se servirá a las 8
de la tarde. Desenmascaramiento
y baile a medianoche.
29 agosto, 1945 Se ruega respuesta
¡La cena a las ocho! ¡El desenmascaramiento a medianoche!
Jack casi podía verlos en el comedor: los hombres más ricos de
Norteamérica y sus esposas. Ellos de esmoquin e impecable camisa
almidonada; ellas con vestidos de noche; la música de la orquesta; el
repiqueteo de los tacones altos. Tintinear de cristales, estampidos de corchos
de champaña. La guerra había terminado, o casi. El futuro se abría ante
ellos, limpio y resplandeciente. Norteamérica era el coloso del mundo, y por
fin ella misma lo sabía y lo aceptaba.
Y luego, a medianoche, el propio Derwent gritando:
—¡A quitarse las máscaras! ¡A quitarse las máscaras!
Y las máscaras que se apartan, y…
(Y sobre todos ellos la Muerte Roja.)
Frunció el ceño. ¿De qué siniestro rincón le salía eso? Eso era de Poe, el insigne
Escritorzuelo Norteamericano. E indudablemente el «Overlook» —ese «Overlook» iluminado
y resplandeciente de la invitación que tenía en sus manos— era lo menos parecido a E. A.
Poe que se pudiera imaginar.
Volvió a dejar la invitación dentro del libro y pasó a la página
siguiente. Un recorte de uno de los periódicos de Denver, y debajo
garabateada la fecha: 15 mayo, 1947.
REAPERTURA DE ELEGANTE HOTEL DE TEMPORADA EN LA MONTAÑA CON
ESTRELLAS DE PRIMERA MAGNITUD COMO HUÉSPEDES
Derwent dice que el «Overlook» será
El «Espectáculo del mundo»
Por David Felton, redactor jefe.
En sus 38 años de historia, el «Overlook Hotel» ha sido inaugurado y
vuelto a inaugurar, pero pocas veces con el estilo y brío que nos promete
Horace Derwent, el misterioso millonario californiano que es el último
propietario del establecimiento.
Derwent, que no hace ningún secreto del hecho de haberse gastado
más de un millón de dólares en su última aventura —aunque hay quien dice
que la cifra se acerca más a los tres millones—, declara que «El nuevo
“Overlook” será uno de los espectáculos del mundo, uno de esos hoteles en
los que, treinta años más tarde, se recordará haber pasado una noche».
Cuando a Derwent, de quien se rumorea que tiene cuantiosos
intereses en Las Vegas, le preguntaron si el hecho de haber comprado y
reformado el «Overlook» representaba el primer disparo en la batalla por la
legalización del juego en casinos en el Estado de Colorado, el magnate de la
aviación, el cine, las fábricas de armamentos y los astilleros lo negó… con
una sonrisa. «Introducir el juego sería abaratar el “Overlook”», dijo «y
tampoco pienso derrotar a Las Vegas. ¡Tengo demasiadas fichas allá para
eso! No tengo interés en entrar en manejos para legalizar el juego en
Colorado; sería como escupir contra el viento».
Cuando el «Overlook» abra oficialmente (en sus instalaciones hubo
una gigantesca fiesta, de enorme éxito, hace un tiempo, cuando se
terminaron los trabajos), sus habitaciones, pintadas, empapeladas y
decoradas de nuevo, darán alojamiento a una lista estelar de huéspedes, que
van desde el diseñador de modas Corbat Stani a…
Con una sonrisa divertida, Jack pasó la página y se quedó mirando un
anuncio a doble página de lasección de viajes del New York Sunday Times.
En la página siguiente había una nota sobre el propio Derwent, un hombre
calvo con ojos capaces de traspasarlo a uno incluso desde la foto de un
periódico amarillento. Llevaba anteojos sin montura y un bigote como
dibujado a lápiz, en el estilo de los años cuarenta, que en nada le hacía
parecerse a Errol Flynn. Tenía cara de contable; eran los ojos los que le
daban aire de ser algo —o alguien— más que eso.
Jack recorrió rápidamente el artículo. La mayor parte de la
información le era conocida por una nota del Newsweek sobre Derwent
aparecida el año anterior. Nacido pobre en St. Paul, no terminó el
secundario y en cambio entró en la Armada. Tras un rápido ascenso se retiró
en medio de un áspero pleito por la patente de un nuevo modelo de hélice
que había diseñado. En el tira y afloja entre la Armada y un joven
desconocido llamado Horace Derwent, el resultado era previsible: ganó el
Tío Sam. Pero el Tío Sam jamás había vuelto a conseguir otra patente, y eso
que había habido muchas.
A fines de la década del veinte y comienzos de la siguiente, Derwent
se orientó hacia la aviación. Compró una compañía arruinada que no hacía
más que juntar polvo, la convirtió en un servicio postal aéreo y la sacó
adelante. Vinieron después más patentes: un nuevo diseño de alas para un
monoplano; un dispositivo para bombas que se usó en las fortalezas volantes
que habían vomitado fuego sobre Hamburgo, Dresde y Berlín; una
ametralladora refrigerada por alcohol; un prototipo del asiento eyectable
que más adelante se usó en los jets de los Estados Unidos.
Y durante todo el proceso, el contable que vivía bajo el mismo pellejo
que el inventor seguía amontonando las inversiones. Una insignificante
cadena de fábricas de munición en los Estados de Nueva York y de Nueva
Jersey. Cinco hilanderías en Nueva Inglaterra. Fábricas de productos químicos
en el Sur acosado por la miseria. Al término de la Depresión su riqueza no
había consistido en otra cosa que en un puñado de intereses predominantes,
comprados a precios abismalmente bajos y vendibles únicamente a precios
más bajos aún. Hubo un momento en que Derwent se jactaba de que si
vendía todo lo que tenía podía comprarse un «Chevrolet» de hacía tres años.
Jack recordaba que se habían difundido rumores de que algunos de
los medios empleados por Derwent para mantenerse a flote no fueron muy
delicados. Enredos con la fabricación clandestina de bebidas; prostitución en
el Medio Oeste; contrabando en las zonas costeras del Sur, donde tenía sus
fábricas de fertilizantes. Finalmente, vinculaciones con los intereses de las
primeras casas de juego del Oeste.
Probablemente, la inversión más famosa de Derwent fuera la compra,
en pleno naufragio, de los estudios Top Mark, que no habían tenido un solo
acierto desde que su actriz infantil, Little Margery Morrys, se les había
muerto de una dosis excesiva de heroína en 1934, a los catorce años. La
versión oficial fue que la estrella —que se había especializado en deliciosas
chiquillas de siete años que salvaban matrimonios y rescataban la vida de
perros injustamente acusados de matar gallinas—, había contraído una
«enfermedad consuntiva» mientras actuaba en un orfanato de Nueva York.
Top Mark le rindió el homenaje del funeral más suntuoso que se hubiera
visto en la historia de Hollywood, aunque algunos cínicos insinuaron que los
del estudio se habían gastado todo ese dinero porque sabían que a quien
estaban enterrando era a Top Mark.
Derwent contrató a Henry Finkel, astuto hombre de negocios y
desaforado maníaco sexual, para dirigir Top Mark, y en los dos años que
precedieron a Peal Harbor el estudio vomitó sesenta películas, de las cuales
cincuenta y cinco no pasaron por la Oficina Hayes más que para sacar la
lengua en las propias narices del censor. Las otras cinco eran películas de
propaganda del gobierno. Los filmes comerciales fueron éxito clamorosos.
Durante la filmación de uno de ellos un anónimo diseñador de modas había
ideado un sostén sin hombreras para que lo luciera la heroína durante la
escena del Gran Baile, en la que mostraba todo lo que tenía, a no ser —
posiblemente— una marca de nacimiento un poco por debajo de donde se
separan las nalgas. También el crédito por ese invento fue para Derwent, y
para aumento de su reputación y notoriedad.
La guerra lo había enriquecido, y seguía siendo rico. Establecido en
Chicago, rara vez se lo veía a no ser en las juntas directivas de «Derwent
Enterprises» (que presidía con mano de hierro) y se rumoreaba que era
dueño de «United Air Lines», Las Vegas (donde se sabía que tenía intereses
predominantes en cuatro hoteles-casino, y la mano metida en otros seis, por
lo menos), Los Angeles e incluso de los Estados Unidos. Conocido por sus
amistades entre los nombres de la realeza, de los presidentes del hampa,
muchos pensaban que era el hombre más rico del mundo.
Pero no había podido sacar adelante el «Overlook», pensó Jack.
Durante un momento, dejó el álbum de recortes para sacar la pequeña
libreta de notas y el lápiz estilográfico que llevaba siempre en el bolsillo del
pecho. «Buscar H. Derwent en bibl. Sidwndr.», anotó y volvió a guardar la
libreta y a coger el álbum de recortes. Tenía la expresión preocupada, los
ojos distantes y continuamente se frotaba la boca con la mano mientras
seguía pasando páginas.
Recorrió rápidamente el material que seguía, mientras tomaba
mentalmente nota para leerlo con más atención en otro momento. En
muchas de las páginas había recortes de gacetillas de Prensa. Fulano era
esperado en el «Overlook» la semana siguiente, zutano organizaba una
recepción en el salón (el que en la época de Derwent se llamaba Red-Eye
Lounge). Muchos de los que invitaban eran apellidos de Las Vegas, y muchos
invitados eran ejecutivos y estrellas de Top Mark.
Después apareció un recorte fechado el 1.º de febrero de 1952:
MILLONARIO VENDE INVERSIONES
EN COLORADO
Trato hecho con inversionistas californianos sobre el «Overlook» y otras
inversiones. Revelaciones de Derwent.
Por Rodney Concklin, redactor financiero.
En un sucinto comunicado proporcionado ayer por las oficinas en
Chicago de la monolítica «Derwent Enterprises» se reveló que el millonario
(billonario, tal vez.) Horace Derwent ha vendido la totalidad de sus
inversiones en Colorado, en una vertiginosa operación financiera que
quedará completada el 1.º de octubre de 1954. Las inversiones de Derwent
incluyen gas natural, carbón, energía hidroeléctrica y una compañía de
bienes raíces, la Colorado Sushine, Inc., que es propietaria de una superficie
de más de 200.000 Ha. de tierra en Colorado o tiene opciones sobre ella.
La inversión de capital más famosa de Derwent en Colorado, el
«Overlook Hotel», ya ha sido vendido, según lo reveló Derwent en una
excepcional entrevista concedida ayer. El comprador fue un grupo de
inversionistas californianos encabezado por Charles Grondin, ex director de
la «Corporación de Tierras de California». Aunque Derwent declinó hacer
referencia al precio, según fuentes bien informadas…
Había vendido todo, absolutamente todo. No era solamente el
«Overlook». Pero de alguna manera… de alguna manera…
Jack volvió a enjugarse los labios con la mano y deseó poder beber
algo. Eso iría mejor si tuviera algo para beber. Siguió pasando más páginas.
El grupo de California había abierto el hotel durante dos temporadas
y después se lo vendió al «Mountainview Recorts», otro grupo de Colorado,
que en 1957 se declaró en quiebra, entre acusaciones de corrupción,
escamoteo de fondos y estafas a los accionistas. Dos días después de haber
sido emplazado para comparecer ante un gran jurado, el presidente de la
compañía se mató de un tiro.
Durante el resto del decenio el hotel había estado cerrado. Sobre esa
época no había más que un artículo, en un periódico dominical, con el titular
ANTIGUO GRAN HOTEL SUMIDO EN EL ABANDONO. Las fotos que lo
ilustraban hicieron que a Jack se le encogiera el corazón: la pintura de la
terraza delantera desconchada, el césped lleno de hierbas y de parches
pelados, las ventanas destrozadas por tormentas y piedras. Eso también sería
parte del libro, si es que llegaba a escribirlo: el fénix que se reduce a cenizas
para después renacer. Jack se prometió que él cuidaría del hotel; lo cuidaría
bien. Le parecía que antes de ese día no había entendido en realidad la
magnitud de su responsabilidad con el «Overlook». Era casi como tener una
responsabilidad ante la historia.
En 1961 cuatro escritores, dos de ellos ganadores del Premio Pulitzer,
habían alquilado el hotel para reabrirlo como escuela para escritores. Eso
había durado un año. Uno de los estudiantes se había emborrachado en su
habitación del tercer piso, se había arrojado por la ventana y había ido a
estrellarse en la terraza de cemento de abajo. El periódico insinuaba que
podía haber sido un suicidio.
Todos los grandes hoteles tienen escándalos, había dicho Watson, lo
mismo que cualquier gran hotel tiene un fantasma. ¿Por qué? Demonios, la
gente viene y va…
De pronto le pareció que casi podía sentir el peso del «Overlook»
como algo que lo oprimía desde arriba, con sus ciento diez habitaciones, los
depósitos de provisiones, la cocina, la despensa, el congelador, el vestíbulo,
el salón de baile, el comedor…
(En el salón las mujeres vienen y van)
(…y sobre todos ellos la Muerte Roja.)
Se frotó los labios y pasó a la página siguiente del álbum de recortes.
Había llegado ya al último tercio de él y por primera vez se preguntó
conscientemente de quién sería ese volumen abandonado encima del
montón de papeles más alto del sótano.
Un nuevo titular, de fecha 10 de abril de 1963.
GRUPO DE LAS VEGAS COMPRA FAMOSO
HOTEL EN COLORADO
El pintoresco «Overlook» convertido en club reservado.
Como portavoz de un grupo de inversionistas reunidos bajo el nombre
de «High Country Investments», Robert T. Leffing anunció hoy en Las Vegas
que la «Hight Country» ha negociado la compra del famoso «Overlook
Hotel», establecimiento de temporada situado en lo alto de las Montañas
Rocosas. Leffing rehusó mencionar específicamente los nombres de los
inversionistas, pero dijo que el hotel sería convertido en un club muy
reservado. Dijo que el grupo que él representa espera contar entre sus
miembros a los más altos ejecutivos de las compañías norteamericanas y
extranjeras.
La «High Country» es también propietaria de hoteles en Montana,
Wyoming y Utah.
El «Overlook» llegó a ser mundialmente conocido en los años 1946-
1952, cuando fue propiedad del esquivo megamillonario Horace Derwent,
quien…
En la página siguiente había un breve suelto con fecha de cuatro
meses más tarde. El «Overlook» había sido reabierto bajo nueva dirección.
Aparentemente el periódico no había podido descubrir quiénes eran los
principales accionistas —o no le había interesado—, porque no se
mencionaban apellidos sino que se hablaba solamente de «High Country
Investments», la firma de apariencia más anónima de que Jack hubiera
tenido noticias, a no ser una cadena de tiendas de bicicletas y
electrodomésticos de Nueva Inglaterra bajo el nombre de «Negocios, Ltd.».
Jack pasó la página y se quedó mirando el recorte que tenía pegado:
¿VUELVE EL MILLONARIO DERWENT
A COLORADO POR LA PUERTA TRASERA?
Revélase que Ch. Grondin es un ejecutivo de la «High Country».
Por Rodney Concklin, director financiero.
El hotel «Overlook», espectacular palacio situado en las tierras altas de
Colorado, que fue en su momento el juguete particular del millonario
Horace Derwent, constituye el centro de una maraña financiera que en este
momento comienza a salir a la luz.
El 10 de abril del año pasado el hotel fue adquirido por «High Country
Investments», empresa de Las Vegas, como club exclusivo para ejecutivos
adinerados del país y del extranjero. Fuentes bien informadas afirman que
«High Country» está presidida por Charles Grondin, 53, que fue director de
«California Land Development Corp.» hasta 1959, fecha en la que renunció
para asumir el cargo de vicepresidente ejecutivo en la oficina de «Derwent
Enterprises» en Chicago.
Esto lleva a conjeturar que quizá «High Country Investments» esté
controlada por Derwent, quien podría así haber adquirido por segunda vez
el «Overlook», en circunstancias muy especiales.
No nos ha sido posible establecer contacto con Grondin, que en 1960
fue acusado y absuelto de una supuesta evasión de impuestos, y Horace
Derwent, que guarda celosamente su aislamiento, no hizo ningún
comentario cuando hablamos por teléfono con él. El representante en el
Congreso Dick Bows, de Golden, ha pedido una investigación a fondo de…
Ese recorte tenía fecha 27 de julio de 1964. El siguiente era una
columna tomada de un suplemento dominical de setiembre del mismo año.
El artículo estaba firmado por Josh Brannigar, periodista muy en la línea de
Jack Anderson. Jack recordaba vagamente que había muerto en 1968 o 1969.
¿ZONA FRANCA DE LA MAFIA EN COLORADO?
Por Josh Brannigar.
Parece posible que el ultimísimo refugio de los superseñores de la
Organización en los EE.UU. se encuentre en un apartado hotel enclavado en
el centro de las Montañas Rocosas. El «Overlook Hotel», un elefante blanco
que fue dirigido sin suerte por casi una docena de grupos e individuos
sucesivos desde que abrió sus puertas por primera vez en 1910, funciona
ahora como un vigiladísimo «club exclusivo» para hombres de negocios en
proceso ascendente. La pregunta que nos hacemos nosotros es ésta: ¿cuáles
son realmente los negocios de los principales accionistas del «Overlook»?
Los miembros presentes durante la semana del 16 al 23 de agosto
pueden darnos una idea. La lista que sigue fue obtenida por un antiguo
empleado de «High Country Investments», compañía de la que primero se
creyó que actuaba como testaferro de «Derwent Enterprises» Con los nuevos
datos disponibles parece mas probable que los intereses de Derwent en
«High Country» (si los tiene) sean superados en mucho por los de varias
grandes figuras del juego en Las Vegas. Estos mismos tahúres de alto vuelo
estuvieron vinculados con personajes a la vez sospechosos y convictos
pertenecientes al mundo del hampa.
Durante aquella soleada semana de agosto estuvieron presentes en el
«Overlook»:
Charles Grondin, presidente de «High Country Investments» Cuando
en julio de este año se supo que Grondin pilotaba la nave de «High
Country», se anunció —con retraso considerable— que había renunciado
antes a su cargo en «Derwent Enterprises». El dignamente canoso Grondin,
que se negó a formular declaraciones para esta columna, fue ya procesado y
absuelto de cargos de evasión de impuestos, en el año 1960.
Charles «Baby Charlie» Battaglia, un sexagenario empresario de Las
Vegas (con importantes intereses en «The Greenback» y «The Lucky Bones»,
en la calle principal de casas de juego en Las Vegas). Battaglia es íntimo
amigo de Grondin. Su historial de arrestos se remonta a 1932, fecha en la que
fué procesado y absuelto por el asesinato, al estilo gángster de Jack
«Dutchy» Morgan. Las autoridades federales lo consideran comprometido en
asuntos de tráfico de drogas, prostitución y asesinatos a sueldo, pero «Baby
Charlie» no ha estado más que una vez entre rejas, por evasión de
impuestos, en 1955-56.
Richard Scarne, principal accionista de «Fun Time Automatic
Machines». La «Fun Time» fabrica máquinas tragaperras para el Estado de
Nevada, billarines y tocadiscos tragaperras para el resto del país. Ha
cumplido condenas por ataque con arma letal (1940), tenencia de armas
(1948) y conspiración para cometer defraudación de impuestos (1961).
Peter Zeiss, importador domiciliado en Miami, próximo a los setenta.
En los últimos cinco años ha corrido el riesgo de ser deportado como persona
indeseable. Ha sido condenado por aceptación y ocultación de bienes
procedentes de robo (1958) y conspiración para cometer defraudación de
impuestos (1954). Encantador, distinguido y mundano, Peter Zeiss, a quien
sus íntimos llaman «Papá», ha sido procesado por asesinato y complicidad en
asesinato. Importante accionista de la «Fun Time» de Scarne, se sabe que
tiene también intereses en cuatro de los casinos de Las Vegas.
Vittorio Gienelli, conocido como «Vito el Descuartizador», procesado
en dos ocasiones por homicidio en cuadrilla, uno de ellos el de Frank Scoffy,
figura del hampa bostoniana, asesinado a hachazos. Gienelli ha sido acusado
veintitrés veces, procesado catorce veces y condenado solamente una vez, en
1940, por raterías. Créese que en los últimos años se ha convertido en una de
las figuras importantes de las operaciones de la Organización en el Oeste,
que tienen por base Las Vegas.
Carl «Jimmy-Ricks» Prashkin, inversionista de San Francisco a quien se
considera heredero forzoso del poder que ostenta ahora Gienelli. Prashkin
posee un importante paquete de acciones de «Derwent Enterprises», «High
Country Investments», «Fun Time Automatic Machines» y tres casinos de Las
Vegas. No tiene historial en Norteamérica, pero en México fue acusado de
fraude, aunque la acusación fue rápidamente retirada tres semanas después
de presentada la querella. Se ha insinuado que quizá sea la persona
encargada de «limpiar» el dinero obtenido del funcionamiento de los
casinos de Las Vegas y de volver a canalizar la mayor parte de estas sumas
hacia las operaciones legítimas de la Organización en el Oeste. Y es posible
que en la actualidad tales operaciones incluyan al «Overlook Hotel» de
Colorado.
Otros visitantes durante la actual temporada fueron…
Había mas, pero Jack se limitó a recorrerlo rápidamente, sin dejar de
enjugarse los labios con la mano. Un banquero con conexiones en Las Vegas.
Hombres de Nueva York cuya actividad en el mundo de la moda no se
limitaba, aparentemente, a fabricar ropa. Hombres a quienes se sospechaba
complicados en cuestiones de drogas, vicios, robos, asesinatos.
¡Dios mío, qué historia! Y todos habían estado ahí, encima de donde
estaba él, en esas habitaciones vacías. Regodeándose con prostitutas de lujo
en la tercera planta tal vez. Bebiendo botellones de champaña. Cerrando
tratos que se traducirían en millones de dólares, tal vez. en la misma suite
donde se habían alojado presidentes. Vaya si había allí una historia. Una
historia de mil demonios. Un poco alterado, volvió a sacar su libreta de
notas; apuntó algunos otros datos para comprobar todo lo de esa gente en
la biblioteca de Denver cuando terminara su trabajo de vigilante. Si todos los
hoteles tenían un fantasma, el «Overlook» tenía todo un aquelarre de ellos.
Primero suicidio, después la mafia, después ¿qué?
El recorte siguiente era una furiosa denegación de las acusaciones de
Brannigar, firmado por Charles Grondin. Jack sonrió escépticamente.
En la página siguiente, el recorte era tan grande que habían tenido
que doblarlo. Al desplegarlo. Jack se quedó sin aliento. La fotografía del
artículo parecía venírsele encima: desde junio de 1966 habían cambiado el
empapelado, pero él conocía bien esa ventana y su visión panorámica. Eran
las del lado oeste de la suite presidencial. Lo que venía después: asesinato. La
pared del cuarto de estar, junto a la puerta que daba al dormitorio, estaba
salpicada de sangre y de algo que no podían ser sino fragmentos de masa
encefálica. Un policía de rostro inexpresivo estaba de guardia junto a un
cadáver cubierto por una manta. Jack miró la foto, fascinado, y después sus
ojos se dirigieron al texto.
ASESINATO MÚLTIPLE EN UN HOTEL
DE COLORADO
Conocido personaje del hampa asesinado en un club de montaña.
Otros dos, muertos.
Sidewinder. Colo (UPI). A sesenta y cinco kilómetros de este apacible
pueblecito de Colorado, en el corazón de las Montañas Rocosas, se ha
llevado a cabo en el estilo de la mafia, una ejecución múltiple. El «Overlook
Hotel», adquirido hace tres años como club exclusivo por una empresa de Las
Vegas, ha sido teatro de un triple asesinato con armas de fuego. Dos de los
hombres eran compañeros o guardaespaldas de Vittorio Gienelli, conocido
también como el Descuartizador por su supuesta intervención en un crimen
cometido hace veinte años en Boston.
La Policía fue requerida por Robert Norman, gerente del «Overlook».
quien declaró haber oído disparos, y que algunos huéspedes decían haber
visto a dos hombres con la cara cubierta con medias y armados, que habían
escapado por la escalera de incendio y se habían alejado en un convertible
ultimo modelo, de color tostado.
El agente Benjaman Moorer descubrió dos cadáveres, identificados
después como los de Víctor T. Boorman y Roger Macassi, ambos de Las
Vegas, en el lado de afuera de la puerta de la suite donde se han alojado dos
presidentes norteamericanos. En el interior, Moorer halló el cuerpo de
Gienelli caído en el suelo. Aparentemente, Gienelli huía de sus atacantes
cuando fue abatido.
Moorer dijo que le habían disparado a quemarropa con armas de gran
calibre.
Charles Grondin, representante de la compañía que es en la
actualidad propietaria del «Overlook» se mostró inaccesible…
Debajo del recorte, con un bolígrafo, alguien había escrito con trazos
gruesos: Le cortaron las pelotas. Jack se lo quedó mirando largo rato; sentía
frío. ¿De quién era ese libro?
Finalmente, dio la vuelta a la página y tragó saliva con un chasquido
en la garganta. Otra columna de Josh Brannigar, ésta con fecha de
comienzos de 1967. Sólo leyó el encabezamiento: TRAS EL ASESINATO DE
UNA FIGURA DEL HAMPA, VÉNDESE CONOCIDO HOTEL.
Las hojas que seguían estaban en blanco.
{Le cortaron las pelotas)
Volvió a hojearlo de atrás hacia delante, buscando un nombre, una
dirección, hasta un número de habitación, porque estaba seguro de que
quien fuera el que hubiese llevado ese pequeño libro de Memorias, había
parado en el hotel. Pero no encontró nada. Se preparaba para leer de nuevo
todos los recortes, con más atención esta vez, cuando una voz lo llamó desde
lo alto de la escalera:
—¿Jack, cariño?
Wendy.
Se sobresalto, sintiéndose casi culpable, como si hubiera estado
bebiendo a escondidas y ella pudiera olfatear los vapores. Era ridículo. Se
frotó los labios con la mano.
—Sí, nena —contestó—.Estoy buscando ratas.
Wendy bajaba. Oyó sus pasos en la escalera, después al atravesar el
cuarto de la caldera. Rápidamente, sin pensar por qué lo hacía, metió el
álbum de recortes bajo un montón de cuentas y facturas, y se enderezó en el
momento en que ella pasaba bajo el arco.
—Pero, ¿qué es lo que has estado haciendo aquí? ¡Son casi las tres!
—¿Tan tarde es? —sonrió Jack—. Me quedé mirando todo esto…
tratando de encontrar dónde están enterrados los cadáveres, me imagino.
Las palabras resonaron en su mente con un eco maligno.
Wendy se le acercó más, mirándolo, y él dio inconscientemente un
paso atrás, sin poder evitarlo. Ya sabía lo que hacía Wendy: trataba de
olfatear si él había bebido. Tal vez ella no se diera cuenta, pero él sí, y eso le
hizo sentirse culpable y enojado a la vez.
—Te sangran los labios —señaló Wendy, con un tono curiosamente
inexpresivo.
—¿Sí? —Jack se llevó la mano a la boca y dio un pequeño respingo,
dolorido. Al retirar el dedo, vio sangre. Se sintió más culpable.
—Has estado otra vez frotándote la boca —señaló Wendy. Él bajó la
vista, encogiéndose de hombros.
—Sí, parece que sí.
—¿Ha sido muy difícil para ti, no es eso?
—No, no tanto.
—¿No se te ha hecho más fácil?
Jack la miró y obligó a sus pies a que empezaran a moverse. Cuando
ya estaban en movimiento era más fácil. Se acercó a su mujer y le pasó el
brazo por la cintura. Apartándole un mechón de pelo rubio, la besó en el
cuello.
—Sí —asintió—. ¿Dónde está Danny?
—Oh, por ahí. Afuera ha empezado a nublarse. ¿No tienes hambre?
Con fingida lascivia, él le pasó la mano por las nalgas tensamente
enfundadas en los tejanos.
—Como un oso en celo, señora.
—Cuidado, gandul. No empieces lo que no vas a poder terminar.
—¿Jueguecitos, señora? —Jack mantuvo la caricia—. ¿Fotos porno?
¿Posiciones exóticas?
Mientras pasaban bajo el arco, se dio la vuelta para echar un vistazo a
la caja donde el álbum
(¿de quién?)
estaba escondido. Una vez apagada la luz, no era más que una
sombra. Se sintió aliviado por haber conseguido apartar a Wendy. Su deseo
sensual empezó a hacerse más natural, menos fingido, a medida que se
acercaban a la escalera.
—Tal vez —respondió Wendy—. Después de que te comas un
sandwich… ¡Zas! —se apartó de él, riendo—. ¡Muy divertido!
—No tan divertido como lo que a Jack Torrance le gustaría divertirla,
señora.
—Déjalo, Jack. ¿Qué te parece jamón y queso… para el primer plato?
Juntos subieron la escalera, sin que Jack se volviera a mirar por encima
del hombro. Pero recordaba las palabras de Watson:
Cualquier gran hotel tiene un fantasma. ¿Por qué? Demonios, la gente
viene y va…
Después Wendy cerró tras ellos la puerta del sótano, dejando atrás la
oscuridad.
19. ANTE LA PUERTA 217
Danny recordaba las palabras de alguien mas que durante la
temporada había trabajado en el «Overlook»:
Ella dijo que había visto algo en una de las habitaciones donde…
sucedió algo malo. Fue en la habitación 217 y quiero que me prometas que
no entrarás allí, Danny… que no te acercarás siquiera…
Era una puerta de lo más corriente, que no se diferenciaba en nada de
ninguna de las otras puertas de las dos primeras plantas del hotel. Pintada
de color gris oscuro, estaba en la mitad de un corredor perpendicular al
pasillo principal de la segunda planta. Los números que había en la puerta
no parecían diferentes de los que señalaban los apartamentos en el edificio
de Boulder donde ellos habían vivido. Un 2, un 1 y un 7. ¡Vaya cosa! Debajo
de los números había un agujerito de cristal, una mirilla. Danny había hecho
la prueba con varios de ellos. Desde adentro se tenía una amplia visión del
corredor, en ojo de pez. Desde fuera, uno podía forzarse los ojos hasta que
se le cayeran sin llegar jamás a ver nada. Que jugarreta sucia.
(¿Por qué estás aquí?)
Después de la caminata por la parte de atrás del «Overlook», cuando
él y mamá regresaron, ella le había preparado su almuerzo favorito, un
sandwich de queso y salchichón, y una sopa Campbell de judías. Habían
comido en la cocina de Dick, mientras conversaban. La radio estaba puesta y
transmitía, débilmente y entre descargas, la música de una estación de Estes
Park. La cocina era el lugar favorito de Danny en el hotel, y se daba cuenta
de que mama y papá debían tener la misma sensación, porque después de
haber intentado durante tres días o algo así comer en el comedor,
decidieron por tácito acuerdo hacerlo en la cocina; allí disponían las sillas en
torno al tablón de cortar carne de Dick Hallorann, que, de todos modos, casi
era tan grande como la mesa que ellos tenían en el comedor de Stovington.
El comedor del hotel les había resultado demasiado deprimente, aunque
tuviera todas las luces encendidas y sonara la música del magnetófono
instalado en la oficina. Así y todo, uno no era más que una de las tres únicas
personas sentadas a una mesa rodeada de docenas de mesas todas vacías,
todas cubiertas con esos guardapolvos de plástico transparente. Mamá decía
que era como cenar en medio de una novela de Horace Walpole, y papá se
había reído afirmativamente. Danny no tenía idea de quién sería Horace
Walpole, pero en cambio sabía que la comida que mamá preparaba le
parecía más sabrosa desde que comían en la cocina. Allí seguía descubriendo
pequeños rastros de la personalidad de Dick Hallorann que lo tranquilizaban
como un cálido abrazo.
Mamá se había comido medio sandwich, sin tomar sopa. Dijo que
papá debía de haber salido a pasear por su cuenta, porque el «Volkswagen»
y la furgoneta del hotel estaban en el aparcamiento. Y que ella estaba
cansada y, si Danny creía que podía entretenerse solo sin problemas, se
recostaría una hora más o menos. Sí, creía que sí, contestó Danny a través de
un bocado de salchichón y queso.
—¿Por qué no te vas a la zona infantil? —le sugirió Wendy—. Creí que
te gustaría ese lugar, que tiene un cuadrado de arena para que juegues con
tus camiones y todo.
Danny estaba tragando, y en la garganta la comida se le convirtió en
un terrón seco que no quería pasar.
—Podría ser —respondió mientras empezaba a juguetear con la radio.
—Y esos animales tan bonitos del cerco —continuó Wendy,
retirándole el plato vacío—. Tu padre tendrá que ocuparse de recortarlos
muy pronto.
—Claro —asintió el chico.
(No son más que cosas malas… una vez tuvieron algo que ver con esos
malditos setos recortados para que parezcan animales…)
—Si ves a papá antes que yo, dile que me he ido a echar.
—Sí, mamá.
Wendy dejó los platos sucios en el fregadero y volvió junto a su hijo
—¿Estás contento aquí, Danny?
Con un bigote de leche sobre el labio, el niño la miró cándidamente.
—Sí… sí.
—¿No has tenido más pesadillas?
—No —Tony había venido una vez, una noche cuando ya estaba
acostado, llamándolo débilmente por su nombre, desde muy lejos. Danny
había apretado fuertemente los párpados hasta que Tony se marchó.
—¿Estás seguro?
—Si, mama.
Wendy pareció conformarse.
—¿Cómo va tu mano?
—Mejor —respondió el chico, abriéndola y cerrándola.
Wendy le sonrió. Después del incidente, Jack había llevado el avispero
lleno de avispas congeladas al incinerador que había al fondo del cobertizo
de las herramientas y lo había quemado. Desde entonces no habían visto
más avispas. Jack había escrito a un abogado de Boulder, incluyendo las
fotos de la mano de Danny, y éste lo había llamado hacia dos días dejando a
Jack de un humor de perros durante toda la tarde. El abogado dudaba de
que se pudiera esperar éxito si se entablaba un proceso contra la compañía
fabricante de la bomba insecticida, porque el único testigo de que había
seguido las instrucciones impresas en el envase era el propio Jack. Éste le
había preguntado si no se podían comprar otras bombas para comprobar si
tenían el mismo defecto de fabricación, y el abogado le contestó que sí, pero
que, aunque todas las bombas funcionaran mal, los resultados serían muy
dudosos. Le contó incluso el caso de una compañía que fabricaba escaleras
extensibles y de un hombre que se había roto la columna. Wendy se había
condolido junto con Jack, pero en su fuero interno se alegraba de que
Danny hubiera salido tan bien librado. Lo mejor era dejar los pleitos para la
gente que los entendía, y los Torrance no eran de esa clase. Además, no
habían visto más avispas.
—Vete a jugar, doc, y que te diviertas.
Pero no se había divertido. Había vagabundeado sin rumbo por el
hotel, mirando dentro de los armarios del servicio y en las habitaciones del
portero en busca de algo interesante, sin encontrarlo. Era curiosa su figura,
la de un muchachito solo andando sobre una alfombra azul oscuro con un
dibujo de líneas negras, retorcidas. De vez en cuando había intentado abrir
alguna puerta, pero estaban todas cerradas con llave, naturalmente. La llave
maestra estaba colgada en la oficina y él sabía dónde, pero papá le había
dicho que no debía tocarla. Ni él quería. ¿O sí?
En definitiva, su vagabundeo no había sido sin rumbo. Una especie de
curiosidad morbosa lo había atraído a la habitación 217. Recordó un cuento
que le había leído una vez papá, cuando estaba borracho. Eso había pasado
mucho tiempo atrás, pero el cuento seguía siendo para él tan vívido como
entonces. Y mamá lo había reñido a papá, preguntándole cómo se le ocurría
leerle algo tan horrible a un niño de tres años. El cuento se llamaba
Barbaazul. Eso también lo recordaba con claridad, porque al principio le
había parecido oír que papá decía Papaazul, y en el cuento no había papás
azules, ni de ningún color en realidad. El cuento era sobre la mujer de
Barbaazul, una señora muy guapa con los cabellos de color de trigo, como
mamá. Cuando Barbaazul se casó con ella, vivieron en un castillo grande y
siniestro, no muy distinto del «Overlook». Y todos los días Barbaazul se iba a
trabajar y todos los días le decía a su guapa esposa que no mirara dentro de
cierta habitación, aunque la llave de esa habitación estaba ahí colgada de un
gancho, lo mismo que la llave maestra estaba abajo, colgada en la pared del
despacho. La habitación cerrada había despertado cada vez más la
curiosidad de la mujer de Barbaazul, que intentó espiar por el ojo de la
cerradura, lo mismo que Danny había intentado mirar por la mirilla de la
habitación 217, con los mismos resultados insatisfactorios. Había incluso una
figura en que se la veía arrodillándose y tratando de mirar por debajo de la
puerta, pero la rendija no era suficiente. Cuando la puerta se abrió…
El antiguo cuento de hadas describía con amoroso y espeluznante
detalle el descubrimiento. La imagen estaba grabada a fuego en la mente de
Danny. En la habitación estaban las cabezas cortadas de las siete mujeres
anteriores de Barbaazul, cada una sobre su propio pedestal, con los ojos en
blanco, la boca torcida, jadeando en un grito silencioso. Del cuello
magullado por el golpe de la espada al decapitarlas seguía rezumando
sangre que se escurría lentamente por los pedestales.
Aterrorizada, la muchacha se daba la vuelta para huir de la habitación
y del castillo, pero en la puerta se encontraba con Barbaazul, inmóvil,
echando fuego por los ojos. «Te dije que no entraras en esta habitación —
decía Barbaazul mientras desenvainaba la espada—. Pero, ¡ay!, tu curiosidad
no es menor que la de las otras siete, y aunque te amé más que a todas ellas,
tu final será el mismo. ¡Prepárate a morir, desdichada!»
A Danny le parecía vagamente que el cuento tenía un final feliz, pero
ese detalle había palidecido hasta hacerse insignificante ante las dos
imágenes que lo dominaban todo: la puerta cerrada, acosadora,
obsesionante con el secreto que guardaba, y el propio secreto, terrible,
repetido más de media docena de veces. La puerta cerrada y tras ella las
cabezas, las cabezas cortadas.
Casi furtivamente, su mano se adelantó hasta acariciar el picaporte de
la puerta. No tenia idea del tiempo que hacía que estaba allí, hipnotizado
ante la puerta gris, cerrada, seductora.
(Y tal vez unas tres veces me pareció que había visto cosas, cosas
malas…)
Pero el señor Hallorann —Dick— también había dicho que no creía
que esas cosas pudieran hacerle daño. Eran como figuras de un libro que
asustaran, nada más. Y tal vez tampoco viera nada. Por otra parte…
Súbitamente, metió la mano izquierda en el bolsillo y la sacó con la
llave maestra. Había estado allí todo el tiempo, claro.
La sostuvo por la chapa metálica rectangular donde se leía DESPACHO, impreso a
troquel, haciéndola girar con la cadena mientras la veía dar vueltas y más vueltas. Después
de unos minutos interrumpió el movimiento y deslizó la llave maestra en la cerradura.
La llave entró sin dificultad alguna, sin tropiezo, como si hubiera
estado deseando que la pusieran allí.
(Me pareció que había visto cosas… cosas malas… prométeme que no
entrarás allí.)
(Lo prometo.)
Y una promesa, por supuesto, era algo muy importante. Pero aún así
la curiosidad le picaba tan furiosamente como una urticaria en un sitio
donde uno no debería rascarse. Pero era una curiosidad terrible, esa que lo
obliga a uno a espiar por entre los dedos durante las partes más espantosas
de una película de terror. Y lo que hubiera detrás de esa puerta no sería una
película.
(No creo que esas cosas puedan hacerte daño, son como las imágenes
que le dan miedo en un libro…)
Súbitamente retiró la mano izquierda, sin que él mismo supiera lo que
iba a hacer hasta que hubo sacado la llave maestra de la cerradura para
volver a hundirla en el bolsillo. Durante un momento más se quedó mirando
la puerta, muy abiertos los ojos de un gris azulado, y después giró
rápidamente y echó a andar por el corredor en dirección del pasillo principal,
que atravesaba en ángulo recto el otro en el que estaba.
Algo lo llevó a detenerse, sin que durante un momento supiera bien
que. Después recordó que directamente después de doblar la esquina, en el
camino de vuelta a las escaleras, había uno de esos anticuados extintores de
incendio enrollado en la pared. Enroscado como una serpiente adormecida.
No eran extintores químicos, decía papá, aunque en la cocina sí había
varios de esos. Los otros eran los precursores de los modernos sistemas de
aspersión. Las largas mangueras de lona se conectaban directamente con el
sistema de cañerías del «Overlook», y con sólo dar la vuelta a una válvula,
uno podía convertirse en un cuerpo de bomberos unipersonal. Pero papá
decía que los extintores químicos, que echaban espuma o CO2 eran mucho
mejores. Las sustancias químicas sofocaban el fuego porque le quitaban el
oxígeno que necesitaba para arder, mientras que un chorro de agua a
presión podía no hacer otra cosa que extender más las llamas. Papito decía
que el señor Ullman debería hacer cambiar esas mangueras anticuadas junto
con la anticuada caldera, pero que probablemente no haría ninguna de las
dos cosas, porque el señor Ullman era un tacaño. Danny sabía que ése era
uno de los peores epítetos a los que solía recurrir su padre. Se lo aplicaba a
algunos médicos, dentistas y reparadores de aparatos domésticos y también
al director del departamento de inglés de Stovington, que no había
aceptado algunos pedidos de compra de libros que le presentaba papá
porque decía que con eso se saldrían del presupuesto. «Al diablo con el
presupuesto», le había comentado furiosamente a Wendy, mientras Danny,
a quien se suponía durmiendo, los escuchaba desde su dormitorio. «Lo que
quiere es ahorrarse los últimos quinientos dólares para él, ese TACAÑO.»
Danny miró antes de dar la vuelta hacia el pasillo.
Allí estaba el extintor, una manguera plana que se plegaba una docena de veces
sobre sí misma, con un tanque rojo colgado de la pared. Encima de él había un hacha en
una caja de vidrio, como si fuera una pieza de museo, con palabras pintadas en blanco sobre
un fondo rojo: EN CASO DE URGENCIA RÓMPASE EL CRISTAL. Danny sabía leer la palabra
URGENCIA, que era también el nombre de uno de sus programas de televisión favoritos,
pero de las demás no estaba seguro. De todas maneras, no le gustaba la forma en que
estaba usada la palabra, en relación con esa larga manguera plana. URGENCIA quería decir
fuego, explosiones, choques de automóviles, hospitales, muertes a veces. Y a él no le
gustaba la forma en que esa manguera pendía de la pared, tan flojamente. Cuando estaba
solo, siempre pasaba lo más rápido posible junto a esos extintores. Por ninguna razón en
particular, simplemente porque se sentía mejor si pasaba rápido. Se sentía más seguro.
Ahora, latiéndole el corazón con fuerza en el pecho, dio la vuelta a la
esquina y miró hacia el pasillo que después del extintor llegaba hasta la
escalera. Allá abajo estaba mami, durmiendo. Y si papá había vuelto de su
paseo, estaría tal vez en la cocina comiéndose un sandwich y leyendo un
libro. No tenía más que pasar junto al viejo extintor y bajar por la escalera.
Empezó a andar hacia allí, acercándose cada vez más a la pared
opuesta hasta que rozó con el brazo derecho el elegante empapelado
sedoso. Faltaban veinte pasos. Quince. Una docena.
Cuando le faltaban diez pasos, súbitamente, la boquilla de bronce se
resbaló del rollo sobre el cual había estado apoyada
(¿durmiendo?)
y cayó con un ruido sordo sobre la alfombra del pasillo. Allí se quedó,
con el oscuro agujero apuntado hacia Danny. El chico se detuvo
inmediatamente, encogiendo los hombros bajo el súbito aguijonazo del
miedo. La sangre le golpeaba, densa, en los oídos y en las sienes. Sentía la
boca áspera y amarga, y los puños se le habían cerrado solos. Sin embargo, la
boquilla de la manguerra sólo seguía ahí tendida, su boquilla de bronce,
resplandeciendo suavemente, una curva de manguera plana que llegaba por
el otro extremo al aparato pintado de rojo, asegurado en la pared.
Se había caído, nada más, ¿y qué? No era más que un extintor de
incendios, nada más. Era una estupidez pensar que se parecía a una
serpiente venenosa de las que había en El mundo animal, y que al oírlo se
hubiera despertado. Aunque la textura de la lona diera un poco la impresión
de ser algo escamoso. Con pasar por encima de ella y seguir por el pasillo
hasta la escalera, con prisa, para tener la seguridad de que no lo siguiera y se
le enroscara en los pies…
En inconsciente imitación de su padre, se frotó los labios con la mano
izquierda y dio un paso hacia delante. La manguera no se movió. Otro paso.
Nada. ¿Viste qué estúpido eres? Te asústate tú mismo pensando en esa
habitación cerrada y en el cuento de Barbaazul, y probablemente hace cinco
años que esa manguera estaba a punto de caerse. Eso es todo.
Danny miró fijamente la manguera en el suelo, y pensó en las avispas.
A ocho pasos de distancia, la boquilla de la manguera relucía
pacíficamente sobre la alfombra, como si le dijera: No te preocupes. No soy
más que una manguera, nada. Y aunque fuera otra cosa, lo que puedo
hacerte no es mucho peor que una picadura de abeja. O de avispa. ¿Qué
puedo querer hacerle a un simpático muchachito como tú… salvo morderlo,
morderlo… morderlo?
Danny dio otro paso, y otro más. Sentía el aliento seco y áspero en la
garganta, y estaba ya al borde del pánico. Empezó a desear que la manguera
se moviera, porque entonces por fin sabría, estaría seguro. Dio un paso más;
a esa distancia, ya podía atacarlo. Pero no te va a atacar, pensó
histéricamente. ¿Cómo puede atacarle ni morderte, si no es mas que una
manguera?
Tal vez esté llena de avispas.
Su temperatura interna descendió súbitamente a cifras glaciales. Casi
hipnotizado, se quedo mirando el agujero negro en medio de la boquilla.
Tal vez estuviera lleno de avispas, de avispas misteriosas, con los oscuros
cuerpecillos rebosantes de veneno, tan llenos de veneno otoñal que se les
escurría de los aguijones en liquidas gotas transparentes.
Repentinamente comprendió que estaba casi helado de terror; si no
obligaba a sus pies a que se movieran ahora, se le quedarían atrapados en la
alfombra y allí se quedaría, con los ojos fijos en el agujero negro en el centro
de la boquilla de bronce como un pájaro que mira fijamente a una serpiente,
se quedaría allí hasta que su papá lo encontrara, y entonces… ¿qué
sucedería?
Con un gemido fuerte, se obligó a correr. Cuando llegó junto a la
manguera, algún juego de la luz le dio la impresión de que la boquilla se
moviera, se levantara como para atacarlo, y saltó lo mas que pudo para
pasar por encima; en su pánico, le pareció que las piernas lo elevaban casi
hasta el techo, creyó sentir que los pelos rebeldes del remolino de la
coronilla rozaban el yeso, aunque mas tarde se daría cuenta de que no pudo
ser así.
Cayo del otro lado de la manguera y siguió corriendo, pero entonces
la oyó a sus espaldas, acercándose; el susurro rápido y seco de la cabeza de
bronce deslizándose rápidamente sobre la alfombra en pos de él era como el
de una serpiente de cascabel que, en el campo, avanza entre la hierba. Venia
persiguiéndolo, y de pronto le pareció que la escalera estaba muy lejos, que
se alejaba un paso por cada paso que él, a la carrera, daba hacia ella.
¡Papa!, intento gritar, pero la garganta cerrada no dejaba pasar ni
una palabra. Se encontraba solo. Tras él, el ruido se hacia más fuerte, el
murmullo seco de la serpiente al deslizarse rápidamente sobre las fibras de la
alfombra. Ya la tenia sobre los talones, enderezando tal vez la cabeza,
mientras el veneno se escurría, transparente, por el hocico de bronce.
Danny llegó a la escalera y tuvo que aferrarse con ambos brazos del
pasamanos para detener su carrera. Durante un momento pareció que
perdería el equilibrio y bajaría los escalones rodando hasta el final.
Volvió a mirar por encima del hombro.
La manguera no se había movido. Seguía tendida lo mismo que antes,
todavía una parte colgaba en la pared, la boquilla de bronce en el suelo del
pasillo, con la boquilla apuntando desinteresadamente lejos de él. ¿Viste,
tonto?, volvió a regañarse. Tú te lo inventaste todo, gato asustado. No fue
más que tu imaginación, gato asustado, gato asustado.
Temblorosas las piernas por la reacción, se aferró al pasamanos de la
escalera.
(Si no le perseguía)
le dijo su mente y se aferró a la idea y la repitió.
(no te perseguía, no te perseguía, no, no, no)
No había por qué tenerle miedo. En realidad, podría volver a colgar
bien la manguera donde estaba, si quería. Podía, claro, pero no creía que lo
hiciera. Porque ¿si lo hubiera perseguido y se hubiera vuelto atrás cuando se
dio cuenta de que no iba a… poder… alcanzarlo?
La manguera seguía sobre la alfombra, casi como si le preguntara si
no le gustaría volver a hacer la prueba.
Jadeante, Danny bajó corriendo la escalera.
20. CONVERSACIÓN CON EL SEÑOR ULLMAN
La biblioteca pública de Sidewinder era un pequeño edificio recoleto,
a una manzana de la zona comercial de la ciudad, sencillo y cubierto de
enredaderas. El ancho camino de cemento que conducía hasta la puerta
estaba flanqueado por los cadáveres de las flores del verano. Sobre el césped
se erguía una gran estatua de bronce de algún general de la Guerra Civil de
quien Jack jamás había oído hablar, por más que durante sus años de
adolescente hubiera sido un experto en la materia.
Los archivos de periódicos estaban en la planta baja, e incluían La
Gazette de Sidewinder, que había dejado de salir en 1963, el diario de Estes
Park y el Camera, de Boulder. De Denver no había ningún periódico.
Con un suspiro, Jack se conformó con el Camera.
A partir de 1965, los periódicos eran remplazados por carretes de
microfilme («Por una subvención federal —le explicó alegremente la
bibliotecaria—. Cuando nos llegue el próximo cheque esperamos hacer lo
mismo con los de 1958-1964, pero es que son tan lentos, imagínese. Tendrá
usted cuidado, ¿verdad? Sí que lo tendrá y llámeme si me necesita.») El único
aparato de lectura tenia una lente que de alguna manera se había
deformado, y para cuando Wendy le apoyó la mano en el hombro, unos
cuarenta y cinco minutos después de haber empezado con los microfilmes,
Jack tenía un agobiante dolor de cabeza.
—Danny está en el parque —dijo Wendy—, pero no quiero que esté
demasiado tiempo afuera. ¿Cuánto tiempo más piensas estar?
—Diez minutos —respondió Jack, que ya había completado la última
parte de la fascinante historia del «Overlook», los años transcurridos desde
el triple asesinato hasta que «Stuart Ullman & Co.» se hicieron cargo del
hotel. De todas maneras, seguía sin decidirse a contárselo a Wendy.
—¿En qué te has metido, dime? —pregunto su mujer mientras le
desordenaba el pelo, pero su voz sonaba un tanto preocupada.
—Estoy viendo algo de la historia antigua del «Overlook».
—¿Por algún motivo especial?
—No,
(¿y por qué demonios te interesa a ti tanto al fin y al cabo?)
sólo curiosidad.
—¿Encontraste algo interesante?
—No mucho —contestó, y esa vez tuvo que esforzarse para hablar con
calma. Wendy estaba espiándolo, como siempre lo había espiado y vigilado
cuando estaban en Stovington y Danny era todavía un bebé. ¿A dónde vas,
Jack? ¿Cuándo volverás? ¿Cuánto dinero llevas? ¿Te vas a llevar el coche?
¿Va Al a salir contigo? ¿Alguno de vosotros te mantendrá sobrio? Y dale y
dale. Era ella, perdón por la expresión, quien lo había empujado a la bebida.
Tal vez no hubiera sido ésa la única razón, pero por Dios admitamos la
verdad y digamos que fue una de ellas. Lo acosaba y lo acosaba y lo acosaba
hasta que uno sentía ganas de abofetearla nada más que para hacerla callar
y terminar con ese
(¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Estás? ¿Vendrás?)
interminable diluvio de preguntas. Realmente, podía darle a uno
(¿dolor de cabeza? ¿resaca?)
dolor de cabeza. El aparato de lectura. El maldito aparato con las
líneas distorsionadas. Por eso tenia ese maldito dolor de cabeza.
—Jack, ¿te sientes bien? Pareces pálido…
Con un gesto brusco, apartó la cabeza de la mano de ella.
—¡Estoy perfectamente!
Wendy retrocedió ante su mirada violenta e intentó una sonrisa, que
no le salió muy bien.
—Bueno… si estás… Me quedaré esperándote en el parque con
Danny… —empezó a apartarse, mientras la sonrisa se le diluía en una
expresión de dolida perplejidad.
—Wendy —la llamó él.
—¿Qué, Jack? —Desde el pie de la escalera, ella se dio la vuelta a
mirarlo. Jack se levantó y se le acercó.
—Lo siento, nena. Es que realmente no me siento bien. Ese aparato…
tiene la lente deformada. Me duele mucho la cabeza. ¿Tienes una aspirina?
—Claro —rebuscó en el bolso y sacó un envase de «Anacin»—.
Quédatelas.
Jack cogió la caja.
—¿«Excedrina» no tienes? —cuando vio la expresión de sobresalto de
ella, entendió. Eso había sido una especie de amarga broma entre ellos, al
principio, antes de que la bebida fuera demasiado grave para hacer bromas.
Jack sostenía que, entre las que se podían comprar sin receta, la «Excedrina»
era la única droga jamás inventada capaz de cortar de raíz una resaca.
Absolutamente la única. Empezó a pensar en los martilleos de la mañana
siguiente a los que llamaba «jaquecas Vat 69».
—«Excedrina» no —contestó Wendy»—. Lo siento.
—No importa, me arreglaré con éstas.
Pero claro que no se arreglaría, y además Wendy debería haberlo
sabido. A veces podía ser la más estúpida…
—¿Quieres que te alcance agua? —preguntó animosa.
(¡No, lo único que quiero es que TE VAYAS DE UNA VEZ, JODER!)
—Cuando me levante yo me serviré agua de la fuente. Muchas gracias.
—De acuerdo. —Wendy empezó a subir la escalera, gráciles las piernas
bajo la corta falda de lana tostada—. Estaremos en el parque.
—Bueno. —Con aire ausente, Jack se metió las aspirinas en el bolsillo,
volvió al aparato de lectura y lo apagó. Cuando estuvo seguro de que Wendy
se había ido, subió a su vez la escalera. Dios, qué dolor de cabeza maldito. Si
uno tenía que aguantarse semejante torniquete, tendría que darse por lo
menos el placer de unas copas, como compensación.
Más malhumorado que nunca, trató de hacer a un lado la idea.
Cuando se acercó a la mesa principal, iba jugueteando con una caja de
fósforos sobre la que tenía anotado un número telefónico.
—Señorita, ¿tienen ustedes teléfono público?
—No, señor, pero si la llamada es local puede usted utilizar el mío.
—Lo siento; es larga distancia.
—Entonces, creo que lo mejor será que vaya usted al drugstore. Allí
tienen una cabina.
—Gracias.
Salió de la biblioteca y echó a andar por la acera, pasando junto al
anónimo general de la Guerra Civil. Con las manos en los bolsillos, la cabeza
latiéndole como una plúmbea campana, se dirigió hacia la zona comercial. El
cielo también parecía de plomo; era el 7 de noviembre y desde principios de
mes el tiempo se mostraba amenazante. Había habido varias neviscas. En
octubre también habían tenido nevadas, pero la nieve no había cuajado. Las
últimas neviscas sí habían cuajado y formaban sobre todas las cosas una
tenue capa escarchada que centelleaba bajo la luz del sol como el fino
cristal. Pero hoy no había habido sol, y mientras llegaba al drugstore empezó
a nevar, levemente, otra vez.
La cabina telefónica estaba detrás del edificio y Jack iba por un pasillo
donde se exhibían específicos, haciendo sonar el cambio en el bolsillo,
cuando sus ojos tropezaron con las cajas blancas impresas en verde. Sacó
una, se la llevó a la cajera, pagó y volvió a la cabina telefónica. Cerró la
puerta, dejó sobre el estante la caja de fósforos y el cambio y marcó el
número.
—¿Dónde llama usted, por favor?
—A Fort Lauderdale, Florida, telefonista.
Le dio el número y el número de la cabina. Cuando ella le dijo que
pusiera un dólar noventa por los primeros tres minutos, introdujo en la
ranura ocho monedas de veinticinco centavos, haciendo un gesto de fastidio
cada vez que el timbre le resonaba en el oído.
Después, suspendido en el limbo sin otro estímulo que los lejanos
tintineos y parloteos de las conexiones, sacó de la caja el frasco verde de
«Excedrina», levantó la tapa blanca y dejó caer al suelo de la cabina el tapón
de algodón. Sosteniendo el receptor del teléfono entre el oído y el hombro,
sacó tres tabletas blancas y las alineó sobre el estante, junto al cambio que le
quedaba. Volvió a tapar el frasco y se lo metió en el bolsillo.
En el otro extremo, tras el primer timbrazo levantaron el teléfono.
—Surf-Sand Resort, ¿en qué podemos servirlo? —preguntó una alegre
voz de mujer.
—Quisiera hablar con el gerente, por favor.
—¿Se refiere usted al señor Trent o…?
—Me refiero al señor Ullman.
—Creo que el señor Ullman está ocupado, pero si quiere usted que
le…
—Sí, por favor. Dígale que llama Jack Torrance, desde Colorado.
—Un momento, por favor —se oyó que dejaban el receptor.
A Jack volvió a inundarlo el disgusto que sentía por ese presumido
barato y tacaño Ullman. Tomó del estante una de las tabletas de
«Excedrina», la miró un momento y después se la puso en la boca y empezó
a masticarla lentamente, con placer. El sabor lo invadía como el recuerdo,
aumentándole la salivación en una mezcla de placer y desdicha. Un gusto
seco y amargo, pero inevitable. Tragó, con una mueca. En la época en que
bebía, masticar aspirina se le había vuelto un hábito; desde entonces no lo
había vuelto a hacer. Pero cuando uno tenía semejante dolor de cabeza,
fuera por una resaca o por lo que fuera, entonces parecía que al masticar las
pastillas el efecto fuera más rápido. En alguna parte había leído que
masticar aspirina podía convertirse en vicio. ¿Dónde lo habría leído?
Frunciendo el ceño, trató de recordarlo, pero en ese momento se oyó la voz
de Ullman en la línea.
—¿Torrance? ¿Algún problema?
—Ningún problema —respondió Jack—. La caldera está al pelo y
todavía no llegué siquiera a asesinar a mi mujer. Eso lo guardo para después
de las fiestas, cuando empiece a aburrirme.
—Muy gracioso. ¿Por qué me llama? Soy un hombre …
—Ocupado, si, ya lo entiendo. Lo llamo por algunas cosas que usted
no me contó al hablarme del grande y honorable pasado del «Overlook».
Como la forma en que Horace Derwent se lo vendió a un hato de
estafadores de Las Vegas que lo hicieron pasar por tantos testaferros que al
final ni el Servicio de Rentas Interiores sabía a quién pertenecía en realidad.
O cómo esperaron el momento adecuado para convertirlo en patio de juego
de los figurones de la mafia, y cómo tuvieron que cerrarlo en 1966 cuando a
uno de ellos lo dejaron un poco hambre. Junto con sus guardaespaldas, que
montaban guardia ante la puerta de la suite presidencial. Gran lugar, la suite
presidencial del «Overlook». Wilson, Harding, Roosevelt, Nixon y Vito el
Descuartizador, ¿no es eso?
En el otro extremo de la línea se produjo un silencio de sorpresa.
—No veo qué importancia tiene eso para su trabajo, señor Torrance —
dijo después Ullman, en voy baja—. Si…
—Aunque lo mejor vino después que tirotearon a Gienelli, ¿no le
parece? Otras dos barajaduras rápidas, ahora las ves, ahora no la ves, y de
pronto el «Overlook» pasa a ser propiedad de una ciudadana particular, una
mujer que se llama Sylvia Hunter… y que casualmente, entre 1942 y 1948 fue
Sylvia Hunter Derwent.
—Pasaron los tres minutos —anunció la telefonista—. Avise cuando
termine.
—Mi estimado señor Torrance, todo eso es del dominio público,
además de ser historia antigua.
—Pues no eran parte de mis conocimientos —le dijo Jack—, y dudo de
que sea mucha la gente que lo sabe. Todo, por lo menos. Se recuerda la
muerte de Gienelli, tal vez, pero dudo que alguien haya atado cabos con
todos los cambios extraños y maravillosos que ha sufrido el «Overlook»
desde 1945. Y parece que el premio gordo se lo lleva siempre Derwent o
alguien relacionado con el. ¿Qué era lo que regentaba allí Sylvia Hunter
durante el 67 y el 68, señor Ullman? Era una casa de putas, ¿no es cierto?
—¡Torrance! —El grito escandalizado atravesó 3.200 kilómetros de
cable sin perder nada de su espanto.
Sonriente, Jack se metió otra «Excedrina» en la boca y la masticó
despacio.
—Lo vendió después que un senador de los Estados Unidos, bastante
conocido, murió allí de un ataque cardíaco. Hubo rumores de que lo habían
encontrado desnudo, salvo un par de medias negras de nylon, un portaligas
y un par de zapatos de tacones altos. Zapatos de charol, en realidad.
—¡Ésa es una mentira repudiable y mal intencionada! —gritó Ullman.
—¿Ah, si? —Jack empezaba a sentirse mejor. El dolor de cabeza se le
estaba pasando. Se tomó la tercera «Excedrina» y la masticó, gozando con el
sabor amargo y polvoriento de la tableta al deshacérsele en la boca.
—Fue un episodio muy desdichado —aceptó Ullman—. Pero, ¿a qué
viene esto, Torrance? Si lo que proyecta es escribir algún sucio articulo si esto
es una estúpida idea de chantaje, despistada…
—No es nada de eso —lo tranquilizó Jack—. Lo llamé porque me
pareció que usted no había jugado limpio conmigo. Y porque…
—¿Que no jugué limpio? —gimió Ullman—. Por Dios, pero ¿creía
usted que iba a ponerme a lavar la ropa más sucia del hotel con el vigilante?
Pero, en nombre del cielo, ¿quién se cree usted que es? Y de todas maneras,
¿como pueden afectarlo a usted esas historias? ¿O cree usted que hay
fantasmas que se pasean por los pasillos del ala oeste, envueltos en sábanas
y gritando «¡Uuuu!»?
—No, no creo que haya fantasmas. Pero usted escarbó bastante en mi
historia personal antes de darme el trabajo. Me puso en tela de juicio,
cuestionando mi capacidad para ocuparme de su hotel, y me trató como se
trata a un niñito a quien el maestro riñe por orinarse en el cuarto ropero.
Me puso usted en una situación incómoda.
—Realmente, no puedo dar crédito a su audacia y a su maldita
impertinencia. —Ullman daba la impresión de que estuviera ahogándose—.
Me gustaría echarlo, y tal vez lo haga.
—Creo que Al Shockley tendría algo que objetar. Enérgicamente.
—Y yo creo que, en definitiva, usted ha sobreestimado la obligación
que siente hacia usted el señor Shockley, señor Torrance.
Durante un momento el dolor de cabeza le volvió en su más
palpitante gloria, y Jack cerró un momento los ojos. Como si él mismo
estuviera lejos, se oyó preguntar:
—¿Quién es ahora el propietario del «Overlook»? ¿Sigue siendo
«Derwent Enterprises»? ¿O usted es un pez demasiado pequeño para
saberlo?
—Creo que con esto es bastante, señor Torrance. Usted es un
empleado del hotel, lo mismo que un botones o un ayudante de cocina. Y no
tengo intención de…
—Está bien, le escribiré a Al —declaró Jack—. Él lo sabrá, después de
todo, es del consejo de dirección. Y es posible que le añada una pequeña
posdata diciéndole que…
—Derwent no es el propietario.
—¿Qué? No le entendí bien.
—Dije que Derwent no es el propietario. Los accionistas son todos de
la costa Este. Su amigo el señor Shockley tiene el mayor paquete de acciones,
más del treinta y cinco por ciento. Usted sabrá mejor que yo si está de
alguna manera vinculado con Derwent.
—¿Quién más?
—No tengo intención de darle a usted los nombres de los demás
accionistas, señor Torrance. Me propongo llamar sobre todo este asunto la
atención de…
—Una pregunta más.
—Yo no tengo ninguna obligación con usted.
—La mayor parte de la historia del «Overlook» —la bien
condimentada y la otra—, la encontré en un álbum de recortes que estaba
en el sótano. Grande, con las tapas de piel blanca, atado con cordones
dorados. ¿Tiene usted alguna idea de quién puede ser el dueño?
—Ni la más remota.
—¿Es posible que haya pertenecido a Grady, el vigilante que se mató?
—Señor Torrance. —El tono de Ullman estaba muy por debajo del
limite de congelación—, ni siquiera estoy seguro de que el señor Grady
supiera leer, y mucho menos de que fuera capaz de descubrir las manzanas
podridas con que me está usted haciendo perder el tiempo.
—Es que estoy pensando en escribir un libro sobre el «Overlook» y
pensé que si llego a hacerlo, el dueño de ese álbum de recortes se merece un
agradecimiento en la página correspondiente.
—Creo que escribir un libro sobre el «Overlook» sería de una necedad
suma —declaró Ullman—. Especialmente, un libro escrito desde el punto de
vista suyo.
—Su opinión no me sorprende.
A Jack se le había pasado completamente el dolor de cabeza. Había
tenido el ataque y nada más. Se sentía mentalmente agudo y sabía que
estaba actuando con una precisión milimétrica. Así era como se sentía
habitualmente cuando su labor literaria iba muy, muy bien, o cuando se
había entonado bebiéndose tres copas. Ésa era otra cosa que había olvidado
de la «Excedrina»; no sabia si para otros funcionaba de la misma manera,
pero a él masticar tres tabletas era algo que lo «colocaba»
instantáneamente.
—Lo que a usted le gustaría —continuó— es una especie de libro guía
hecho de encargo, que les pudiera entregar gratuitamente a los huéspedes a
medida que van llegando. Algo con un montón de fotos abrillantadas de las
montañas a la puesta del sol y a la salida del sol, todo acompañado de un
texto tan empalagoso como el merengue. Y también con una parte dedicada
a los personajes pintorescos que han parado allí, excluyendo naturalmente a
los que son de veras pintorescos, como Gienelli y sus amigos.
—Si supiera que puedo despedirlo a usted y tener un ciento por ciento
de seguridad de que yo conservo mi trabajo, en vez de un noventa y cinco
por ciento —dijo Ullman en tono entrecortado, estrangulado—, lo
despediría ahora mismo, por teléfono. Pero como me queda ese cinco por
ciento de incertidumbre, me propongo llamar al señor Shockley en el
momento mismo en que usted cuelgue, y espero fervientemente que no
tarde.
—Pero en el libro no habrá nada que no sea verdad, fíjese —lo azuzó
Jack—. No necesita adornos.
(¿Por qué intentas hacerle picar? ¿Quieres que te despidan?)
—No me interesa si en el capítulo quinto se cuentan las orgías del
Papa de Roma con el fantasma de la Virgen María —le aseguró Ullman,
levantando la voz—. ¡Lo que quiero es que se vaya usted de mi hotel!
—¡El hotel no es suyo! —vociferó Jack y colgó de un golpe.
Después se sentó en el asiento de la cabina, respirando con dificultad
un poco asustado
(¿un poco? muy asustado, demonios)
preguntándose por qué, en nombre de Dios, había empezado por
llamar a Ullman.
(Has vuelto a tener un arranque de mal genio, Jack)
Si. Si, eso era. No tenía ningún sentido negarlo. Y lo peor de todo era
que no tenía la menor idea de la influencia que pudiera tener ese pijotero
barato sobre Al… como tampoco la tenía de cuántas serian las idioteces que
Al estaría dispuesto a aguantarle en nombre de los viejos tiempos. Si Ullman
era tan eficiente como él pretendía, y si le planteaba a Al que uno de los dos
tenia que irse, ¿no se vería Al obligado a aceptar el ultimátum? Cerró los
ojos y se imaginó diciéndoselo a Wendy. ¿Sabes qué, nena? Me he vuelto a
quedar sin trabajo. Y esta vez he tenido que valerme de 3.200 kilómetros de
cable telefónico para encontrar a quién agredir, pero lo conseguí.
Abrió los ojos y se frotó la boca con el pañuelo. Quería beber algo. Lo
necesitaba, diablos. Había un café calle abajo, y sin duda todavía tenía
tiempo de beberse una cerveza mientras iba hacia el parque, nada más que
una para calmarse…
Se retorció nerviosamente las manos, desesperanzado.
La pregunta volvió a plantearse: ¿por qué había llamado a Ullman? El
número del Surf-Sand, en Lauderdale, estaba anotado en una libretita que
había en el «Overlook», junto al teléfono y al aparato de radio, junto a los
números de fontaneros, carpinteros, vidrieros, electricistas… mil cosas. Poco
después de levantarse, Jack lo había anotado en la caja de fósforos, ya
entonces alegremente decidido a llamar a Ullman. ¿Con qué fin? Una vez,
durante la época en que bebía, Wendy le había echado en cara que, aunque
deseaba su propia destrucción, no tenía la fibra moral suficiente para
respaldar su deseo de muerte. Por eso urdía modos para que otros lo
destruyeran, haciéndose lentamente pedazos, él y su familia. ¿Sería verdad?
¿Tal vez en algún rincón de sí mismo temía que el «Overlook» fuera
precisamente lo que necesitaba para dar término a la obra empezada y, en
términos más generales, para recoger sus pedazos y volver a unirlos? ¿No
estaría jugando en contra de si mismo? Dios mío, no por favor, que no sea
así. Por favor.
Cerró los ojos e inmediatamente se dibujó una imagen sobre la oscura
pantalla de los párpados: meter la mano en el agujero de las tejas para sacar
el alquitranado inservible, el súbito pinchazo como una aguja, su propio
grito de dolor y sorpresa en el aire claro e indiferente: Ay, maldita hija de
puta…
Después la remplazó la imagen de sí mismo dos años atrás, llegando a
casa a las tres de la mañana, borracho, tropezando con una mesa para caer
despatarrado al suelo, entre maldiciones, y despertar a Wendy que dormía
en el diván. Wendy que encendía la luz, le veía la ropa desgarrada y sucia
tras alguna nebulosa pelea en el aparcamiento, algo que él recordaba
vagamente como sucedido lloras antes en un bar miserable cerca del límite
de Nueva Hampshire, con costras de sangre seca en la nariz, mientras miraba
a su mujer, parpadeando estúpidamente bajo la luz como un topo puesto al
sol, mientras Wendy decía sombríamente: Hijo de puta, has despertado a
Danny. Si tú mismo no te importas, ¿no podemos importarte nosotros un
poco? ¡Ay, por qué me molestaría alguna vez en hablarte!
El timbre del teléfono le hizo dar un salto. Levanto rápidamente el
receptor, con la ilógica seguridad de que debía ser Ullman, o Al Shockley.
—Diga —ladró.
—Su tiempo extra, señor. Son tres dólares con cincuenta.
—Tendré que ir a buscar cambio. Un momento.
Dejó el teléfono sobre el estante, depositó las últimas seis monedas de
veinticinco y después fue a pedirle cambio a la cajera. Hizo la transacción
mecánicamente; sus pensamientos giraban en círculo, como una ardilla por
el interior de una rueda.
¿Por qué había llamado a Ullman?
¿Por qué éste lo había avergonzado? Antes también lo habían
avergonzado, y auténticos maestros… entre los cuales el Gran Maestro era él,
naturalmente. ¿Nada más que para fanfarronear ante Ullman y
desenmascararlo en su hipocresía? No creía ser tan mezquino. Mentalmente
trató de aferrarse al álbum de recortes como una razón válida, pero esa
explicación también hacía agua. Las posibilidades de que Ullman supiera
quién era el dueño no serían mayores del dos por mil. En la entrevista,
Ullman se había referido al sótano como si fuera otro mundo… un mundo
sucio y subdesarrollado, para el caso. Si realmente hubiera querido saberlo,
tendría que haber llamado a Watson, cuyo número durante el invierno
también estaba anotado en la libretita del despacho. Tampoco Watson
habría sido una fuente muy fehaciente, pero sí más segura.
Y hablarle de la idea del libro… eso había sido otra estupidez. Una
estupidez increíble. Además de que así ponía en peligro su trabajo, también
podía estar cerrándose canales de información, una vez que Ullman
empezara a llamar a la gente para advertirles que se cuidaran si alguien iba
a hacerles preguntas referentes al «Overlook». Bien podía haber hecho sus
investigaciones con reserva, enviando por correo las cartas necesarias,
cortésmente, incluso tal vez concertando algunas entrevistas para la
primavera y después haberse tapado la cara para reírse de la cólera de
Ullman cuando el libro se publicara y él ya estuviera a salvo y tranquilo… El
Enmascarado vuelve a atacar. En cambio, había hecho esa maldita llamada
disparatada, había tenido otro arranque de mal genio, se había enemistado
con Ullman y había movilizado todas las inclinaciones de pequeño dictador
del director del hotel. ¿Por qué? Si todo eso no era un esfuerzo por
conseguir que lo echaran del excelente trabajo que le había conseguido Al,
entonces, ¿qué era?
Depositó en la ranura el resto de las monedas y colgó el teléfono.
Realmente, era un disparate del tipo de los que podría haber hecho si
hubiera estado borracho. Pero estaba sobrío; total y absolutamente sobrío.
Mientras salía del drugstore se metió otra «Excedrina» en la boca con
una mueca y, sin embargo, gozándose con el sabor amargo.
En la acera se encontró con Wendy y Danny.
—Eh, precisamente íbamos a buscarte —lo saludó ella—. Está
nevando, ¿has visto?
Jack parpadeó, mirando hacia arriba.
—Pues es verdad.
La nevada era intensa. La calle principal de Sidewinder ya estaba
cubierta de un denso polvo blanco con el centro de la calzada oscurecido.
Danny tenía la cabeza levantada hacia el cielo, y con la boca abierta, sacaba
la lengua para recibir en ella los copos que iban cayendo blandamente.
—¿Tú crees que con ésta ya empieza? —preguntó Wendy.
Jack se encogió de hombros.
—No lo sé. Yo esperaba que tuviéramos una o dos semanas más de
gracia, y tal vez sea así.
Gracia, eso era.
(Lo siento, Al. Gracia, misericordia. Misericordia te pido. Una
oportunidad más. Lo siento de todo corazón…)
¿Cuántas veces, a lo largo de cuántos años, había pedido él, ya
hombre adulto, la misericordia de una oportunidad más? De pronto se sintió
tan asqueado de sí mismo, con tantas náuseas, que sintió ganas de gritar.
—¿Qué tal tu dolor de cabeza? —preguntó Wendy, observándole.
Él la rodeó con el brazo, la estrechó.
—Mejor. Venid los dos, vamos a casa, mientras todavía podamos
llegar.
Volvieron hacia donde, ladeada junto a la curva, estaba aparcada la
furgoneta del hotel. Jack iba en medio, con el brazo izquierdo sobre los
hombros de Wendy, y tomando con la mano derecha a Danny. Por primera
vez había dicho «a casa» hablando del «Overlook», para bien o para mal.
Mientras se instalaba tras el volante de la furgoneta se le ocurrió que,
por más que el «Overlook» lo fascinara, no le gustaba. No estaba seguro de
que les hiciera bien, ni a su mujer, ni a su hijo, ni a él mismo. Tal vez fuera
por eso por lo que había llamado a Ullman.
Para que lo despidieran cuando todavía estaban a tiempo.
Dio marcha atrás a la furgoneta para sacarla del aparcamiento y tomó
el camino que salía del pueblo, hacia las montañas.
21. PENSAMIENTOS NOCTURNOS
Eran las diez de la noche. En el dormitorio, ambos fingían dormir.
Tendido de costado, mirando a la pared, los ojos bien abiertos, Jack
escuchaba la respiración lenta y regular de Wendy. Todavía sentía en la
lengua el sabor de las tabletas, su textura áspera, un poco anestesiante. Al
Shockley lo había llamado a las seis menos cuarto, ocho menos cuarto hora
del Este. Wendy estaba en la planta baja con Danny, sentados los dos ante la
chimenea del vestíbulo, leyendo.
—Personal para el señor Jack Torrance —dijo la telefonista.
—Al habla. —Jack se había pasado el teléfono a la mano derecha y
con la izquierda había buscado el pañuelo en el bolsillo de atrás. Se lo pasó
por los labios magullados y encendió un cigarrillo.
Después oyó la voz de Al, retumbante en sus oídos.
—Jacky, ¿en el nombre de Dios, qué estás tramando?
—Hola, Al. —Jack aplastó el cigarrillo y buscó a tientas el frasco de
«Excedrina».
—¿Qué es lo que pasa, Jack? Esta tarde tuve una llamada rarísima de
Stuart Ullman. Y si Stu Ullman hace una llamada de larga distancia y la paga
de su bolsillo, es porque está con el agua al cuello.
—Ullman no tiene ningún motivo de preocupación, Al, ni tú tampoco.
—¿De qué exactamente no tenemos que preocuparnos? Por lo que me
dijo Stu, no sé si pensar en un chantaje o en un artículo de fondo sobre el
«Overlook» en el National Enquirer. Explícamelo tú.
—Es que quise pincharle un poco —empezó Jack— Cuando vine aquí para la
entrevista, Ullman tuvo que sacarme todos los trapos sucios. El problema de la bebida. Que
perdí mi último trabajo por torturar a un estudiante. Que dudaba que yo fuera el hombre
adecuado para el trabajo, etcétera. Lo que me dejó con la espina fue que trajera a colación
todo eso por estar tan enamorado del condenado hotel. El hermoso «Overlook». El
tradicional «Overlook». El sagrado y sangriento «Overlook». Bueno, pues en el sótano
encontré un álbum de recortes, en el que alguien había recopilado todos los aspectos menos
halagüeños de la catedral de Ullman, y a mí me dio la impresión de una pequeña misa negra
celebrada después de hora.
—Espero que eso sea metafórico, Jack. —La voz de Al sonaba
espantosamente fría.
—Lo es. Pero realmente, encontré…
—Yo ya conozco la historia del hotel.
Jack se pasó la mano por el pelo.
—Entonces lo llamé y lo acorralé un poco con eso. Admito que no
estuve muy brillante, y naturalmente no lo volvería a hacer. Punto final.
—Stu dice que planeas sacar por tu cuenta unos cuantos trapos sucios.
—¡Stu es un idiota! —vociferó Jack en el teléfono—. Le dije que tenia
la idea de escribir sobre el «Overlook», sí. Y es cierto. Pienso que este lugar
es una síntesis de lo que fue el carácter norteamericano después de la
Segunda Guerra Mundial. Dicho tan abiertamente, suena muy pretencioso,
ya lo sé ¡pero es que está todo ahí, Al! Dios mío, podría ser un gran libro.
Pero es para muy adelante, eso puedo prometértelo, en este momento
tengo servida una ración más grande de la que puedo tomar, y…
—A mí eso no me basta, Jack.
Jack se encontró mirando boquiabierto el negro receptor del teléfono,
incapaz de creer lo que sin duda alguna había oído.
—¿Qué? Al, ¿has sido tú el que ha dicho…?
—He dicho lo que he dicho. ¿Cuánto tiempo es «para muy adelante»,
Jack? Para ti tal vez sean dos años, o cinco. Para mí son treinta o cuarenta,
porque yo espero seguir durante mucho tiempo asociado con el «Overlook».
Y la idea de que tú te pongas a escarbar mierda en mi hotel para hacerla
pasar como una gran creación de la literatura norteamericana es algo que
me enferma.
Jack se quedó sin habla.
—Yo quise ayudarte, Jacky. Estuvimos juntos en la guerra, y pensé que
te debía cierta ayuda. ¿Te acuerdas de la guerra?
—Sí, me acuerdo —masculló Jack, pero las brasas del resentimiento
habían empezado ya a calentarle el corazón. Primero Ullman, después
Wendy, ahora Al. ¿Qué era todo eso? ¿La Semana Nacional de destrucción
de Jack Torrance? Se mordió con más fuerza los labios, buscó el paquete de
cigarrillos y se le cayeron al suelo. Le había gustado alguna vez ese ex
borracho que le hablaba desde su guarida con revestimiento de caoba, en
Vermont. ¿Le había gustado, de veras?
—Antes de que le pegaras al chico, ese Hatfield —decía Al—, yo había
convencido a la Junta para que te confirmaran, y hasta había conseguido
que pensaran en la posibilidad de darte la cátedra vitalicia. Y eso tu mismo
lo estropeaste. Después te conseguí lo del hotel, un lugar grato y tranquilo
para que te rehagas, termines tu obra de teatro y esperes hasta que entre
Harry Effinger y yo podamos convencer al resto de los tipos esos de que
cometieron un gran error. Y ahora parece que quieres ponerte pesado con
un gran asesinato. ¿Es ésa la forma que tienes de agradecer a los amigos,
Jack?
—No —susurro, sin atreverse a decir más.
En la cabeza le latían las palabras ardientes, como grabadas, que
pugnaban por salir. Intentó desesperadamente pensar en Wendy y en
Danny, que confiaban en él, en Danny y Wendy sentados pacíficamente en la
planta baja, junto al fuego, estudiando el primer libro de lectura de la
segunda serie, seguros de que todo iba perfectamente. Si él perdía ese
trabajo, entonces, ¿qué? ¿Irse a California en el viejo y destartalado
«Volkswagen» con su bomba de gasolina medio rota, como una familia de
emigrantes que huye de la aridez del campo? Aunque se dijo que antes de
dejar que tal cosa sucediera se pondría de rodillas ante Al, las palabras
seguían aún pugnando por salir, y la mano con que sujetaba las riendas de
su furia la sentía como encargada.
—¿Qué dices? —preguntó Al, cortante.
—No, no es así como trato a mis amigos —respondió Jack—. Y tu lo
sabes.
—¿Como lo sé? En el peor de los casos, lo que te propones es enfangar
mi hotel desenterrando cadáveres que hace años que están dignamente
sepultados. En el mejor, te pones a llamar al director, un tipo raro pero
sumamente competente, y me lo dejas frenético, sin mas motivo que un…
un estúpido juego de niños.
—Era algo más que un juego, Al. Para ti es mas fácil. Tu no tienes que
aceptar la caridad de un amigo rico. No necesitas tener un amigo en el
tribunal, porque tú eres el tribunal. Del hecho de que tú también estuvieras
a un paso de ser un borrachín ni se habla, ¿no es eso?
—Supongo que sí. —La voz de Al había bajado de tono, y parecía que
toda la conversación lo cansara—. Pero Jack, eso yo no puedo evitarlo. No lo
puedo cambiar.
—Ya lo sé —admitió Jack—. ¿Estoy despedido? Si me lo vas a decir,
dímelo ahora.
—No, si me prometes dos cosas.
—De acuerdo.
—¿No sería mejor que supieras las condiciones antes de aceptarlas?
—No. Dime cuál es el trato, que yo lo aceptaré. Tengo que pensar en
Wendy y en Danny. Si me pides las pelotas, te las mandaré por correo aéreo.
—¿Estás seguro de que puedes darte el lujo de compadecerte de ti
mismo, Jack?
En ese momento, Jack había vuelto a cerrar los ojos, mientras se metía
una «Excedrina» entre los labios resecos.
—A estas alturas, tengo la sensación de que es el único lujo que puedo
darme. Despáchate… o despáchame.
Durante un momento Al se quedó en silencio. Después dijo:
—Primero, nada de volver a llamar a Ullman. Aunque se incendie el
hotel. En ese caso, llama al encargado de mantenimiento, el tipo ese tan mal
hablado, tú sabes a quién me refiero…
—A Watson.
—Sí.
—De acuerdo. Convenido.
—Segundo, que me prometas bajo palabra de honor, Jack. Nada de
libros sobre un famoso hotel de montaña en Colorado, que tiene su historia.
Durante un momento, la furia fue tan grande que, literalmente, Jack
no pudo hablar. La sangre le latía con fuerza en los oídos. Era como recibir
una llamada de cierto Mecenas del siglo XX… nada de pintar retratos de
familia donde se vieran las verrugas, ¿eh?, o volverás con el populacho. Yo
no subvenciono retratos, sino retratos bonitos. Cuando pintes a la hija de mi
gran amigo y socio en los negocios, por favor olvídate de las marcas de
nacimiento, o volverás con el populacho. Claro que somos amigos… los dos
somos hombres civilizados ¿no? Hemos compartido la cama, la mesa y la
botella. Siempre seremos amigos, y si ahora te pongo un collar de perro
siempre fingiremos no verlo por tácito acuerdo, y yo cuidaré de ti con
generosidad y benevolencia. Lo único que te pido a cambio es el alma. Una
bagatela. Hasta podemos ignorar el hecho de que me la has entregado, lo
mismo que ignoramos el collar de perro. Recuerda, mi talentoso amigo, que
los Miguel Ángel mendigan por todas partes en las calles de Roma…
—Jack, ¿estás ahí?
Emitió un ruido estrangulado que pretendía ser la palabra sí.
La voz de Al era firme, muy segura de si misma.
—En realidad, no creo estar pidiéndote tanto, Jack. Puedes escribir
otro libros. Pero, simplemente, no puedes esperar que yo te subvencione
mientras tú…
—Está bien, de acuerdo.
—No quiero que pienses que intento controlar tu vida artística, Jack.
Sabes que no sería capaz de eso. Es sólo que…
—¿Al?
—¿Qué?
—¿Sabes tú si Derwent tiene todavía algo que ver con el «Overlook»?
—No veo en qué puede interesarte a ti saber eso, Jack.
—No, claro que no. Escucha Al, me parece oír que Wendy me está
llamando. Ya volveremos a hablar.
—Seguro, Jacky. Será una buena charla. ¿Cómo van las cosas? ¿En
seco?
(AHORA QUE YA TIENES TU KILO DE CARNE CON SANGRE Y TODO,
¿NO PUEDES DEJARME EN PAZ DE UNA VEZ?)
—Como un hueso.
—Como yo. En realidad, está empezando a gustarme andar sobrio.
Si…
—Ya te llamaré, Al. Wendy…
—Sí. De acuerdo.
Y se había cortado la comunicación. Entonces fue cuando le dieron los
calambres, castigándolo con la rapidez del rayo, haciéndolo doblarse en dos
ante el teléfono, como un penitente, con las manos apretándose el vientre,
la cabeza palpitante como una ampolla monstruosa.
La avispa, cuando pica, sigue picando…
Se le había pasado un poco cuando Wendy subió a preguntarle quién
había llamado por teléfono.
—Al. Quería saber qué tal iban las cosas. Le dije que muy bien.
—Jack, qué mal aspecto tienes. ¿Estás enfermo?
—Me vuelve a doler la cabeza. Me acostaré temprano. No tiene
sentido que intente escribir.
—¿Quieres que te suba un poco de leche caliente?
—Me encantaría —sonrió Jack, débilmente.
Ahora estaba tendido junto a ella, sintiendo contra el suyo el muslo
tibio, relajado. Pensando en la conversación con Al, en cómo se había
rebajado, todavía se sentía alternativamente invadido por el hielo y por el
fuego. Algún día lo reconocerían. Algún día habría un libro, no ese texto
tranquilo y meditado en que había pensado al principio, sino un arduo fruto
de investigación, con una parte de fotos y todo, donde revelaría toda la
historia del «Overlook», los convenios de propiedad sucios, incestuosos,
todo. Lo expondría todo ante el lector como si fuera la disección de un
cangrejo. Y si Al Shockley tenía algo que ver con el imperio de Derwent…
pues que Dios lo ayudara.
Tenso como las cuerdas de un piano, se quedó mirando la oscuridad,
sabiendo que todavía podían pasar horas antes de que se durmiera.
Tendida de espaldas con los ojos cerrados, Wendy Torrance escuchaba
el ritmo del ronquido de su marido, la aspiración larga, la breve pausa, la
espiración ligeramente gutural. Dónde se irá cuando se duerme, pensó. A
algún parque de diversiones, a un Great Barrington de los sueños donde
todos los juegos son gratuitos y donde no hay ninguna esposa-madre que le
diga a uno que ya comió bastantes perritos calientes o que sería mejor ir
volviendo para llegar a casa antes de que oscurezca. ¿O sería a algún bar
profundamente sumergido, donde la bebida jamás se acababa y las puertas
batientes siempre estaban abiertas y todos los amigos de antaño se reunían
alrededor del juego de hockey electrónico, con los vasos en la mano, Al
Shockley el más visible entre ellos, con la corbata floja y el botón del cuello
de la camisa desabrochado? Un lugar de donde ella y Danny estaban
excluidos y donde el alcohol corría interminablemente.
Wendy estaba preocupada por Jack, con la antigua preocupación, el
viejo desvalimiento que había creído dejar atrás para siempre en Vermont…
como si por algún motivo las preocupaciones no pudieran atravesar las
fronteras estatales. No le gustaba lo que estaba haciéndoles el «Overlook» a
Jack y a Danny.
Lo que más asustada la tenía, el hecho impreciso y nunca mencionado
—tal vez ni siquiera mencionable—, era que todos los síntomas de la época
de bebedor de Jack hubieran vuelto, uno por uno… todos, salvo la propia
bebida. Ese constante frotarse los labios con la mano o el pañuelo, como si
los tuviera excesivamente húmedos. Las largas pausas ante la máquina de
escribir, la mayor cantidad de papeles arrojados al cesto. Después de la
llamada de Al, esa misma noche, Wendy había encontrado un frasco de
«Excedrina» junto al teléfono, pero sin vaso de agua. Jack estaba otra vez
tomando pastillas. Y se irritaba por pequeñeces. Inconscientemente,
empezaba a hacer chasquear con nerviosidad los dedos si las cosas estaban
muy tranquilas. Estaba cada vez más mal hablado. Y Wendy había empezado
a preocuparse también por su mal genio. Casi sería un alivio que perdiera los
estribos, que dejara salir un poco de presión, de manera muy semejante a la
forma en que iba al sótano, lo primero que hacía por la mañana y lo último
por la noche, a bajar la presión de la caldera. Sería casi agradable verlo
maldecir y asestarle un puntapié a una silla o dar un buen portazo. Pero esas
cosas, que parecían ser parte de su temperamento, habían casi desaparecido
por completo. Sin embargo, Wendy tenía la sensación de que los enojos de
Jack con ella o con Danny eran cada vez más frecuentes, pero también de
que él se negaba a darle cauce. La caldera tenía un manómetro, viejo,
estropeado, con pegotes de grasa, pero que todavía funcionaba. Jack no
tenía ninguno. Ella jamás había llegado a interpretarlo muy bien. Danny era
capaz de hacerlo, pero Danny no hablaba.
Y la llamada de Al. Más o menos a la misma hora que se había
producido, Danny había perdido todo interés en el cuento que estaban
leyendo. La dejó a ella sentada junto al fuego y se fue hasta el escritorio
principal, donde Jack le había construido una carretera para los coches y
camiones en miniatura. Ahí estaba el «Volkswagen» Violeta Violento, y
Danny se había puesto a moverlo rápidamente hacia delante y hacia atrás.
Mientras fingía leer a su vez un libro, pero en realidad mirando por encima
de él a su hijo, Wendy había visto una extraña amalgama de las maneras que
tenían ella y Jack de expresar la angustia. Enjugarse los labios. Pasarse
nerviosamente las manos por el pelo, como solía hacer ella cuando esperaba
que Jack regresara de su recorrido por los bares. No podía creer que Al
hubiera llamado simplemente para «preguntar cómo iban las cosas». Si uno
quería charlar un rato, llamaba a AI. Pero si Al lo llamaba a uno, era para
algo serio.
Más tarde, cuando volvió a bajar, Wendy había encontrado a Danny
de nuevo hecho un ovillo junto al fuego, leyendo en su libro de lectura de
segundo grado las aventuras de Joe y Rachel, cuando su papá los llevó al
circo, completamente abstraído. La desazón, la inquietud, se habían
evaporado por completo. Al mirarlo, Wendy había vuelto a experimentar la
certeza, súbita e inquietante, de que Danny sabía más y entendía más de lo
que tenía cabida en la filosofía del doctor («Llámenme Bill») Edmonds.
—Es hora de acostarte, doc —le dijo.
—Sí, esta bien —el chico puso una marca en el libro y se levantó.
—Ve a lavarte y a cepillarte los dientes.
—Bueno.
—Y no te olvides de la seda dental.
—No, mamá.
Durante un momento se quedaron uno junto al otro, mirando cómo
oscilaba el resplandor de las brasas en el fuego. La mayor parte del vestíbulo
estaba helado y lleno de corrientes de aire, pero el círculo alrededor de la
chimenea era de una tibieza mágica, que se hacía difícil abandonar.
—El tío Al llamó por teléfono —dijo Wendy, como quien no quiere la
cosa.
—¿Ah, sí? —ni la menor sorpresa.
—Estaba pensando si estaría enojado con papá —siguió Wendy en el
mismo tono.
—Sí, seguro que sí —asintió Danny, sin dejar de mirar el fuego—. No
quería que papá escribiera el libro.
—¿Qué libro, Danny? —Ése sobre el hotel.
La pregunta que se le formó en los labios era la misma que ella y Jack
le habían formulado mil veces: ¿Cómo lo sabes? Pero no se lo había
preguntado. No quería inquietarlo a la hora de acostarse, ni hacer que el
chico se diera cuenta de que estaban hablando en tono casual de su
conocimiento de cosas que él no tenía manera alguna de saber. Pero las
sabía, de eso Wendy estaba convencida. La charla del doctor Edmonds sobre
el razonamiento inductivo y la lógica subconsciente no era más que eso:
charla. Su hermana… ¿cómo había sabido Danny que ese día, en la sala de
espera, Wendy estaba pensando en Aileen? Y
(Soñé que papá tuvo un accidente.) Sacudió la cabeza, como para
despejársela. —Ve a lavarte, doc.
—Sí, mamá —corrió escaleras arriba, hacia el dormitorio, mientras
Wendy, con el ceño fruncido, se iba a la cocina a calentar la leche para Jack.
Y ahora, insomne en su cama mientras escuchaba la respiración de su
marido y el viento afuera (milagrosamente, esa tarde habían vuelto a tener
otra nevisca, todavía, ninguna gran nevada), Wendy dejó que sus
pensamientos se volvieran sin reserva hacia ese hijo adorable e inquietante,
que había nacido con la cabeza envuelta en las membranas, esa tela que los
médicos veían quizá en un nacimiento entre setecientos, esa tela que según
las historias de viejas era señal de doble vista.
Decidió que era hora de hablar con Danny sobre el «Overlook»… y
mucho más, de conseguir que Danny hablara con ella. Mañana,
seguramente. Los dos tenían pensado ir a la biblioteca pública de Sidewinder
para ver si podían conseguir que les prestaran algunos libros de un nivel de
segundo grado, durante todo el invierno, y entonces hablaría con él. Y
francamente. Con esa idea se sintió más tranquila y por fin empezó a
abandonarse al sueño.
En su dormitorio, Danny estaba despierto, con los ojos abiertos,
sosteniendo con el brazo izquierdo su viejo y traqueteado osito de felpa
(que había perdido uno de los botones que hacían de ojos y perdía relleno
por una docena de costuras reventadas), escuchando cómo dormían sus
padres en su dormitorio. Tenía la sensación de haberse convertido, sin
quererlo, en el guardián de ellos. Las noches eran lo peor de todo. Aborrecía
las noches, y el gemido constante del viento sobre el ala oeste del hotel.
Suspendido de un hilo, sobre él flotaba el planeador. Encima de su
escritorio el «Volkswagen», que el chico había traído desde la planta baja,
resplandecía con un tono púrpura fluorescente. En la estantería estaban sus
libros de lectura, y los de pintar sobre el escritorio. Un sitio para cada cosa y
cada cosa en su sitio, decía mamá. Entonces cuando quieres algo sabes
dónde lo tienes. Pero ahora las cosas estaban cambiadas de lugar. Faltaban
cosas. Y, lo que era peor, se habían agregado cosas, cosas que uno no podía
ver bien, como en esas figuras que decían ¿PUEDES VER LOS INDIOS? Y si
uno se esforzaba y miraba con los ojos entornados, entonces veía algunos;
eso que al primer vistazo le había parecido un cactus era en realidad un
guerrero con un cuchillo entre los dientes, y había otros ocultos en las rocas,
y hasta se podía ver uno de los rostros hoscos y despiadados mirando por
entre los radios de la rueda de un carro con toldo. Pero nunca se los podía
ver a todos, y era eso lo que lo inquietaba a uno. Porque eran los que no se
podían ver los que se arrastrarían furtivamente por atrás, con el tomahawk
en una mano y en la otra el cuchillo para arrancarte el cuero cabelludo…
Danny se acomodó de nuevo en la cama, con zozobra, buscando con
los ojos el resplandor reconfortante de la lamparilla de noche. Aquí las cosas
eran peor, de eso estaba seguro. Al principio no había sido tan malo, pero
poco a poco., su papá pensaba mucho más en beber. A veces estaba enojado
con mami no sabía por qué. Se paseaba enjugándose los labios con el
pañuelo, con una expresión nebulosa y distante en los ojos. Mami estaba
preocupada por él, y Danny también. No necesitaba del esplendor para saber
que le había hecho preguntas el día que a él le pareció que la manguera del
extintor se convertía en una serpiente. El señor Hallorann había dicho que
todas las madres podían esplender un poquito, y ese día ella supo que había
pasado algo, pero no qué.
Danny había estado a punto de decírselo, pero hubo un par de cosas
que lo detuvieron. Sabía que el médico de Sidewinder había restado
importancia a Tony y a las cosas que Tony le mostraba, como algo
perfectamente
(bueno casi)
normal. Entonces, era posible que su madre no le creyera si le contaba
lo de la manguera. Y peor sería que lo creyera, pero equivocadamente, que
pensara que a Danny se le estaban AFLOJANDO LOS TORNILLOS. Él algo
sabía de lo que era AFLOJARSE LOS TORNILLOS; no tanto como sabia sobre
ENCARGAR UN BEBÉ, porque eso mami se lo había explicado bastante bien
el año pasado, pero algo sabía.
Una vez, en el jardín de infancia, su amigo Scott había señalado a un
chico que se llamaba Robin Stenger, que andaba lloriqueando junto a los
columpios con una cara tan larga que casi se la podía pisar. El padre de
Robin enseñaba aritmética en la misma escuela que papá, y el de Scott era
profesor de historia. La mayoría de los pequeños del jardín de infancia
tenían alguna vinculación con la escuela preparatoria de Stovington, o bien
con la pequeña planta de «IBM» que había en las afueras del pueblo, y
ambos formaban dos grupos por separado. Naturalmente, había amistades
entre niños de los dos grupos, pero era bastante natural que el contacto
fuera mayor entre los pequeños cuyos padres se conocían. Cuando en uno de
los grupos pasaba algo entre los adultos, casi siempre se filtraba hasta los
niños, de alguna manera más o menos distorsionada, pero era raro que
trascendiera al otro grupo.
Esa vez, él y Scotty estaban sentados en la nave espacial de juguete
cuando Scotty señaló a Robin con un gesto del pulgar.
—¿Conoces a ese chico? —le preguntó.
—Sí —contestó Danny.
Scott se inclinó hacia él.
—Anoche, a su papá se le AFLOJARON LOS TORNILLOS, y se lo
llevaron.
—¿Ah, sí? ¿Porque se le aflojaron algunos tornillos, nada más?
Scott lo miró con desdén.
—Se enloqueció, vamos —Scott se puso bizco, dejó caer la lengua y
empezó a describir amplias elipses con el índice sobre las sienes—. Se lo
llevaron al LOQUERO.
—Uau —se asombró Danny—. ¿Y cuándo lo dejarán volver?
—Nunca-nunca-nunca —respondió sombríamente Scotty.
En el transcurso de ese día y del siguiente, Danny llego a saber que
a) El señor Stenger había intentado matar a toda su familia, incluso a
Robin, con la pistola que guardaba como recuerdo de la Segunda Guerra
Mundial;
b) El señor Stenger había hecho pedazos la casa mientras estaba
MAJARETA;
c) Al señor Stenger lo habían encontrado comiéndose un tazón de
bichos muertos y hierba seca como si fueran copos de cereales con leche, y
mientras lo hacía estaba llorando;
d) El señor Stenger había tratado de estrangular a su mujer con una
media porque su equipo favorito había perdido un partido.
Finalmente, demasiado angustiado para seguir guardando el secreto,
Danny le había hablado a su papá del señor Stenger. Papá se lo había
sentado en las rodillas y le había explicado que el señor Stenger había
estado soportando demasiadas tensiones, en parte por su familia y en parte
por el trabajo y en parte por cosas que nadie más que los médicos podían
entender. Había tenido ataques de llanto, y tres noches atrás se había puesto
a llorar sin poder refrenarse y había roto un montón de cosas en las casa de
los Stenger. Eso no era porque se le hubieran AFLOJADO LOS TORNILLOS,
decía papá, sino porque había tenido un COLAPSO NERVIOSO, y el señor
Stenger no estaba en un LOQUERO sino en un SANATORIO. Pero a pesar de
las cautelosas explicaciones de papá, Danny estaba asustado. No le parecía
que hubiera ninguna diferencia entre que se le AFLOJARAN LOS TORNILLOS
a alguien y que tuviera un COLAPSO NERVIOSO, y aunque se dijera
SANATORIO en vez de LOQUERO, el lugar seguía teniendo rejas en las
ventanas y a uno no lo dejaban salir aunque quisiera. Y, de manera
totalmente inocente, su padre había confirmado sin modificarla otra de las
frases de Scotty, que despertaba en Danny un terror impreciso y vago. En el
lugar donde vivía ahora el señor Stenger había HOMBRES DE BATA BLANCA,
que venían a buscarlo a uno en una furgoneta sin ventanillas y pintada de
un funesto color gris. La aparcaban junto a la acera, junto a la casa de uno, y
entonces los HOMBRES DE BATA BLANCA iban a buscarlo a uno y lo
separaban de su familia y lo llevaban a vivir en una habitación con paredes
acolchadas. Y si uno quería escribir a su casa, tenía que hacerlo con crayola.
—¿Y cuándo lo dejarán volver? —preguntó Danny a su padre.
—Tan pronto como mejore, doc.
—Pero eso, ¿cuándo será? —había insistido Danny.
—Dan. ESO NADIE LO SABE —le respondió Jack.
Y eso era lo peor de todo. Era otra manera de decir nunca-nuncanunca.
Un mes más tarde, la madre de Robin lo había sacado del jardín de
infancia y los dos se fueron de Stovington, sin el señor Stenger.
Eso había pasado hacia más de un año, después de que papá dejara de
tomar Algo Malo, pero antes de que perdiera el trabajo. Danny aun solía
pensar en eso. A veces, cuando se caía o se daba un golpe o le dolía la
barriga, empezaba a llorar y de pronto se acordaba, y le daba miedo de no
poder dejar de llorar, de seguir y seguir, llorando y gritando, hasta que
papito fuera al teléfono, marcara un número y dijera: «¿Hola? Habla Jack
Torrance, de 149 Mapleline Way. Estoy con mi hijo, que no puede dejar de
llorar. Por favor, envíen a los HOMBRES DE BATA BLANCA para que lo lleven
al SANATORIO. Si, eso es, se le AFLOJARON LOS TORNILLOS. Gracias.» Y
entonces la furgoneta gris sin ventanillas llegaría a la puerta de su casa, lo
meterían a él dentro, siempre llorando histéricamente, y se lo llevarían. ¿Y
cuándo volvería a ver a su papá y a su mamá? ESO NADIE LO SABE.
Era ese temor lo que le había impuesto silencio. Ahora que ya tenía un
año más, estaba seguro de que mamá y papá no dejarían que se lo llevaran
por haber pensado que la manguera del extintor era una serpiente, su
mente racional estaba segura de eso, pero así y todo, cuando pensaba en
contarles la historia, el viejo recuerdo se alzaba dentro de él como una
piedra que le llenara la boca y no le dejara articular las palabras. No era
como lo de Tony; Tony siempre le había parecido perfectamente natural
(hasta que empezaron las pesadillas, claro) y también había parecido que sus
padres aceptaban a Tony como algo más o menos natural. Las cosas como
Tony venían porque uno era INTELIGENTE, y los dos daban por sentado que
él lo era (como también daban por sentado que lo eran ellos), pero una
manguera de incendios que se convertía en serpiente, o eso de ver sangre y
sesos en la pared de la suite presidencial, cuando nadie más podía verlo, esas
cosas no serían naturales. Sus padres ya lo habían llevado a ver al médico.
¿No era razonable suponer que después de eso vendrían los HOMBRES DE
BATA BLANCA?
Así y todo, podría haberlo contado, pero estaba seguro de que en ese
caso, tarde o temprano, querrían sacarlo del hotel. Y Danny deseaba
desesperadamente irse del «Overlook». Pero al mismo tiempo sabia que esa
era la última oportunidad de su padre, que estaba ahí en el «Overlook» para
algo más que cuidar del lugar. Estaba ahí para trabajar con sus papeles. Para
superar lo que sentía por haber perdido el trabajo. Para amar a
mami/Wendy. Y hasta hacía muy poco tiempo, parecía que todas esas cosas
estuvieran sucediendo. Sólo últimamente papito había empezado a tener
problemas. Desde que encontró esos papeles.
(Este lugar inhumano hace monstruos de los humanos.)
¿Qué quería decir eso? Danny había rogado a Dios, pero Dios no se lo
había dicho. ¿Y qué haría papito si dejaba de trabajar aquí? Había tratado
de saberlo mirando en la mente de su padre, y estaba cada vez, más
convencido de que su padre no lo sabía. La prueba más cierta le había
llegado esa misma tarde, cuando el tío Al había llamado por teléfono a papá
y le había dicho cosas feas, mezquinas, y papito no se había animado a
contestarle porque tío Al podía despedirlo del trabajo como el señor
Crommett, director de la escuela de Stovington, y la junta lo habían
despedido de su puesto de profesor. Y papito le tenía un miedo espantoso a
eso, por él y por mami y también por él mismo.
Por eso no se había animado a decir nada. No le quedaba más que
estar alerta, indefenso, esperando que en realidad en la figura no hubiera
indios, o que si los había se conformaran con esperar a la caza mayor y
dejaran en paz a las presas pequeñas como ellos. Pero eso Danny no podía
creerlo, por más que se esforzara.
Ahora, las cosas estaban peor en el «Overlook».
La nieve estaba próxima, y cuando llegara, las escasas opciones que
tenían quedarían suprimidas. Y después de la nieve, ¿qué? ¿Qué entonces,
cuando estuvieran encerrados allí, a merced de cualquier cosa que hasta
ahora estuviera apenas jugando con ellos?
(¡Sal de una vez a tomar tu medicina!)
Entonces, ¿qué? REDRUM.
Se estremeció en la cama y volvió a darse la vuelta. Ahora ya sabía leer
mejor. Tal vez mañana intentara llamar a Tony, intentara conseguir que
Tony le mostrara exactamente qué era REDRUM y le dijera si había alguna
forma de evitarlo. Correría el riesgo de las pesadillas. Tenía que saber.
Danny todavía estaba despierto cuando ya el falso dormir de sus
padres se había convertido en sueño real. Dio vueltas en la cama,
enredándose en las sábanas, luchando con un problema demasiado grande
para él, para su edad, despierto en la noche como un solitario centinela. Y
después de medianoche, cuando él también se durmió, no quedó despierto
más que el viento, lanzándose contra el hotel y silbando en los aleros bajo la
mirada fría y penetrante de las estrellas.
22. EN LA FURGONETA
Veo salir mala luna
Veo dificultades en el camino
Veo terremotos y rayos
Veo mal tiempo para hoy
No salgas esta noche
puede costarte la vida
Hay mala luna al salir
Alguien había agregado al tablero de la furgoneta del hotel una vieja
radio para automóvil, y el altavoz dejaba salir, metálico y lleno de descargas,
el inconfundible sonido de la banda «Creedence Clearwater Revival» de John
Fogerty. Wendy y Danny iban a Sidewinder. El día era claro y luminoso.
Danny jugaba interminablemente con la tarjeta anaranjada de lector de Jack
y parecía bastante animado, pero a Wendy le parecía verlo fatigado y tenso,
como si no viniera durmiendo lo suficiente y sólo la energía nerviosa lo
mantuviera en pie.
La canción terminó y se oyó la voz del locutor.
—Acaban de escuchar a «Credence». Y hablando de mala luna, parece
que no tardaremos en tenerla, por difícil que parezca con el hermoso tiempo
primaveral que hemos disfrutado en los dos o tres últimos días. El pronóstico
del tiempo anuncia que alrededor de la una de la tarde la presión alta
cederá el paso a una zona de baja presión que llegará hasta donde nos
encontramos, haciendo descender rápidamente las temperaturas y
provocando precipitaciones hacia el anochecer. Las elevaciones inferiores a
los dos mil metros, entre ellas la zona de Denver, tendrán precipitaciones de
aguanieve y nieve. Es posible que se hielen algunos caminos. Más arriba sólo
habrá nieve. Se espera un espesor de tres a ocho centímetros por debajo de
los dos mil metros, y posibles acumulaciones de quince a veinticinco
centímetros en la zona central de Colorado y en la montaña. Se recuerda a
quienes deban viajar por las montañas esta tarde o esta noche que será
obligado el uso de cadenas. Además, es preferible no salir a menos que sea
imprescindible. Recuerden lo que pasó con el grupo «Donner» —agregó el
locutor en tono de broma—. No estaban tan cerca del próximo refugio como
habían pensado.
—¿No te importa si la apago? —preguntó Wendy a su hijo cuando
empezaron los anuncios.
—No, está bien —Danny miró al cielo, de un color azul brillante—.
Parece que papá eligió bien el día para recortar esos animales del cerco,
¿no?
—Parece que si —coincidió Wendy.
—Pero no parece mucho que vaya a nevar —comentó Danny,
esperanzado.
—¿No se te están enfriando los pies? —preguntó Wendy, que seguía
pensando en el chiste del locutor sobre el grupo «Donner».
—No, no creo.
Bueno, se dijo Wendy, es el momento. Si vas a traer el tema, hazlo
ahora o jamás estarás tranquila.
—Danny —empezó, en el tono más casual que pudo—, ¿no te gustaría
más que nos fuéramos del «Overlook»? ¿Que no pasáramos aquí el invierno?
Danny se miró las manos.
—Creo que sí —asintió—. Sí, pero es el trabajo de papá.
—A veces —prosiguió ella, cautelosamente—, tengo la idea de que
papito también estaría mejor si nos fuéramos.
Pasaron junto a una señal que anunciaba SIDEWINDER 30 KM y Wendy
entró con precaución en una curva muy cerrada, puso el coche en segunda.
No quería correr riesgos; esos lugares le daban miedo.
—¿Estás segura de eso? —le preguntó Danny, mirándola atentamente;
después sacudió la cabeza—. No, a mí no me parece.
—¿Por qué no?
—Porque está preocupado por nosotros —respondió el chico,
eligiendo cuidadosamente las palabras. Era difícil de explicar, porque no era
mucho lo que el mismo entendía. Encontró que le volvía a la memoria un
incidente que había comentado con el señor Hallorann, el del muchacho que
en unos almacenes estaba viendo las radios, con intención de robar una. La
situación había sido penosa, pero por lo menos entonces lo que sucedía
estaba claro, incluso para el propio Danny, que no era mucho más que un
bebé. Pero con los adultos todo era siempre más complicado, ya que
cualquier acción posible se teñía con la idea de las consecuencias, la
empañaban las dudas, la imagen de si mismo, los sentimientos de amor y de
responsabilidad. Parecía que todas las elecciones posibles tuvieran alguna
desventaja, y a veces Danny no entendía por qué esas desventajas eran
desventajas. Era muy difícil.
—Piensa… —volvió a empezar Danny, y miró rápidamente a su madre.
Wendy no lo miraba, tenía los ojos puestos en el camino, y el chico sintió que
podía seguir.
—Piensa que tal vez nos sentiremos solos. Y además piensa que este
lugar le gusta y que para nosotros es bueno. Papá nos quiere y no quiere
que nos sintamos solos… ni tristes, pero piensa que aún si lo estamos, es
posible que sea para bien ALALARGA. ¿Tú sabes lo que es ALALARGA?
—Sí, tesoro, lo sé.
—Y le preocupa que si nos vamos tal vez no consiga otro trabajo. Que
tengamos que pedir o algo así.
—¿Eso es todo?
—No, pero lo demás está todo mezclado, porque él ahora es
diferente.
—Sí —asintió Wendy, casi en un suspiro. La pendiente se hizo menos
abrupta y ella volvió cautelosamente a la tercera.
—Te juro por Dios que todo esto no lo estoy inventando, mami.
—Ya lo sé —le sonrió Wendy—. ¿Te lo dijo Tony?
—No, pero lo sé. ¿Ese doctor no creyó en Tony, no es cierto?
—No te preocupes por el doctor. Yo sí creo en Tony. No sé qué es ni
quién es, si es una parte especial de ti o si viene de… fuera, pero creo en él,
Danny. Y si tú… si Tony piensa que debemos irnos, nos iremos. Nos iremos tú
y yo y nos reuniremos de nuevo con papito en la primavera.
El chico la miró, con súbita esperanza.
—¿A dónde? ¿A un motel?
—Tesoro, un motel es muy caro para nosotros. Nos iríamos a casa de
mi madre.
En el rostro de Danny, la esperanza se extinguió.
—Yo sé… —empezó, y se detuvo.
—¿Qué?
—Nada —farfulló el chico.
Como la pendiente había vuelto a acentuarse. Wendy pasó a segunda.
—No digas eso, doc, por favor. Creo que hace semanas que
deberíamos haber hablado de esto. Por favor, dime qué es lo que sabes, que
yo no me enojaré. No puedo enojarme, porque esto es demasiado
importante. Háblame con toda sinceridad.
—Sé como te sientes tú con ella —respondió Danny, y suspiró.
—¿Cómo me siento?
—Mal —declaró Danny y siguió enumerando en un sobrecogedor
sonsonete—: Mal. Triste. Furiosa. Te sientes como si ella no fuera tu mamá.
Como si quisiera comerte —la miró asustado—. Y a mí no me gusta estar allí.
Ella siempre está pensando cómo puede ser conmigo mejor que tú, y cómo
puede apartarme de ti. Mami, no quiero ir allá. Prefiero estar en el
«Overlook» y no allá.
Wendy estaba atónita. ¿Tan malas eran las cosas entre ella y su
madre? Dios, qué infierno para el chico si era así y él podía realmente leer el
pensamiento. De pronto se sintió más desnuda que si estuviera desnuda,
como si la hubieran sorprendido haciendo alguna obscenidad.
—Está bien —lo tranquilizó—. Está muy bien, Danny.
—Estás enfadada conmigo —dijo él con una vocecita próxima a las
lágrimas.
—No, de veras que no, sólo estoy sorprendida —iban pasando frente a
un cartel que anunciaba SIDEWINDER 25 KM, y Wendy se relajó un poco. A
partir de allí el camino era mejor.
—Quiero preguntarte algo más, Danny, y quiero que me lo contestes
con toda la sinceridad que puedas. ¿Lo harás?
—Sí, mami —la respuesta del chico era un susurro.
—¿Papito no ha vuelto a beber?
—No —respondió Danny, y ahogó las dos palabras que se le habían
formado en los labios después de la negación escueta: Todavía no.
Wendy se tranquilizó un poco más. Apoyó la mano sobre el tejano
que enfundaba la pierna de su hijo y se la apretó.
—Papito se ha esforzado muchísimo, porque nos quiere —expresó en
voz baja—. Y nosotros también lo queremos, ¿verdad?
Él chico asintió en silencio, gravemente. Wendy siguió hablando, casi
como para sí misma.
—Sin ser perfecto, se ha esforzado… Danny, ¡se ha esforzado tanto!
Cuando… dejó… pasó por una especie de infierno. Y todavía lo está pasando.
Creo que si no hubiera sido por nosotros, habría dejado de luchar. Quiero
hacer lo que está bien, pero no sé. ¿Tendríamos que irnos? ¿O quedarnos? Es
como elegir entre la sartén y las brasas.
—Sí, lo sé.
—¿Tú harías algo por mí, doc?
—¿Qué?
—Intenta hacer que venga Tony. Ahora. Pregúntale si estamos seguros
en el «Overlook».
—Ya lo intenté, esta mañana —respondió lentamente Danny.
—¿Qué sucedió? ¿Qué te dijo? —le preguntó Wendy.
—No vino —suspiró el chico—. Tony no vino —súbitamente, estalló en
lágrimas.
—Danny, tesoro, no hagas eso —dijo ella alarmada—. Por favor…
La furgoneta se pasó de la doble línea amarilla y Wendy la enderezó,
asustada.
—No me lleves a casa de la abuela —pidió Danny entre sus lágrimas—.
Por favor, mami, no quiero ir allí, quiero quedarme con papito…
—Está bien —aceptó suavemente ella—. Está bien, eso haremos.
Sacó un pañuelo de papel del bolsillo de la camisa vaquera y se lo
ofreció.
—Nos quedaremos, y todo irá bien. Estupendo.
23. EN LA ZONA INFANTIL
Jack salió a la terraza, subiéndose hasta el mentón la cremallera de su
mono de trabajo, y parpadeó bajo el aire frió y claro. En la mano izquierda
llevaba unas tijeras de podar cercos accionadas por pilas. Con la mano
derecha se sacó del bolsillo de atrás un pañuelo limpio, se lo pasó por los
labios y volvió a guardarlo. Por radio habían anunciado nieve. Se hacía difícil
creerlo, aunque se viera cómo las nubes iban acumulándose en el horizonte.
Echó a andar por la senda que llevaba al jardín ornamental,
pasándose las tijeras de podar a la otra mano. El trabajo no le llevaría mucho
tiempo, pensó; con un retoque bastaría. El frío de las noches seguramente
habría detenido el crecimiento de las plantas. El conejo tenía las orejas un
poquito peludas, y a dos de las patas del perro se habían deformado, un
poco, pero los leones y el búfalo estaban perfectos. Con un rápido corte de
pelo sería bastante, y entonces… que viniera la nieve.
La senda de cemento terminaba tan bruscamente como un trampolín.
Jack se salió de ella y, pasando junto a la piscina vacía, tomó por la senda de
grava que serpenteaba entre los animales del jardín ornamental y llegaba
hasta la propia zona infantil. Se dirigió hacia el conejo y oprimió el botón
que ponía en funcionamiento las tijeras. La herramienta empezó a zumbar
por lo bajo.
—Hola, hermano conejo —saludó Jack—. ¿Cómo te va? ¿Una
recortadita en la coronilla y pulirle un poco las orejas? Perfecto. Oye, ¿te
contaron alguna vez el chiste del viajante de comercio y la anciana que tenía
un perro de aguas?
Su propia voz le sonó tan forzada y estúpida que se interrumpió. Se le
ocurrió que no le interesaban mucho esos animales; siempre le había
parecido una especie de perversión eso de recortar y torturar a un pobre
seto para darle la forma de algo que no era. Al costado de una de las
carreteras de Vermont recordaba haber visto un seto convertido en una
cartelera que, desde una elevación que dominaba el camino, anunciaba
cierta marca de helados de crema. Hacer de la Naturaleza, un corredor de
helados de crema no estaba mal, simplemente: era grotesco.
(Nadie lo contrató a usted para filosofar, Torrance.)
Pues era cierto. Y tan cierto. Le recortó las orejas al conejo, y en el
césped fue formándose un montoncito de hojas y ramitas. Las tijeras de
podar ronroneaban en ese tono bajo y con una inquietante resonancia
metálica que tienen, al parecer, todos los aparatos accionados con pilas. El
sol brillaba pero no daba calor: ahora ya no se hacía tan difícil creer que
vendría la nieve.
Jack trabajó con rapidez, pues sabía que en un trabajo como ese, por
lo general, detenerse a pensar significaba equivocarse. Le retocó la «cara» al
conejo (que desde esa distancia no parecía para nada una cara, pero desde
unos veinte pasos más o menos los efectos de luz y sombra se unían a la
imaginación del espectador para hacer creer que la había), y después
empezó a pasarle las tijeras por la barriga.
Cuando terminó, detuvo el funcionamiento de la herramienta, fue
hasta la zona infantil y allí se dio la vuelta bruscamente para ver el efecto
total del conejo. Sí, parecía bien. Bueno, ahora le tocaría al perro.
—Pero si éste fuera mi hotel —les dijo—, os corlaría a todos vosotros a
ras del suelo. Y vaya si lo haría. Los cortaría a todos, repondría el césped en
los lugares donde habían estado y pondría por allí media docena de mesitas
de metal con sombrillas de colores alegres. La gente podría sentarse allí a
tomar el cóctel, en verano. Gin Fitz, cóctel de tequila, pink lady… todas esas
cosas dulzonas que beben los turistas. Quizá ron y agua tónica.
Lentamente, Jack se sacó el pañuelo del bolsillo de atrás y se lo pasó
por los labios.
—Vamos, vamos —se regañó por lo bajo. No era cuestión de estar
pensando en eso.
Cuando iba a empezar de nuevo a trabajar, un impulso lo hizo
cambiar de idea y se fue, en cambio, hacia la zona infantil. Es raro lo
imprevisible que pueden ser los chicos, pensó. Él y Wendy habían esperado
que Danny estuviera encantado con la zona infantil; allí había todo lo que
pudiera pedir un niño. Pero Jack no creía que su hijo hubiera estado allí
media docena de veces… si es que eran tantas. Tal vez de haber tenido otro
chico con quien jugar las cosas habrían sido diferentes.
El portón chirrió ligeramente cuando lo empujó para entrar, y después
la grava empezó a crujir bajo sus pies. Primero fue hacia la casa de juguete,
un perfecto modelo a escala del propio «Overlook». El pequeño edificio
tenía más o menos la altura de Danny cuando estaba de pie. Jack se agachó
para mirar por las ventanas del tercer piso.
—Aquí viene el gigante a comeros a todos en vuestra cama —anunció
con voz hueca—. Ya podéis despediros de la vida.
Pero tampoco eso era gracioso. La casa se podía abrir simplemente,
como una puerta, haciéndola girar sobre una bisagra oculta. El interior era
una decepción; las paredes estaban pintadas, pero casi todo estaba vacío.
Como no podía menos de ser, pensó Jack; si no, ¿cómo podían entrar los
chicos? Y si en el verano había algunos muebles, ahora debían de estar
guardados en el cobertizo de las herramientas. Jack cerró otra vez la casa, y
el cerrojo volvió a encajarse con un pequeño clic.
Después fue hasta el tobogán, dejó en el suelo las tijeras de podar y,
tras haber echado un vistazo a la senda para asegurarse de que Danny y
Wendy no habían regresado, subió hasta arriba y se sentó. Aunque era el
tobogán para los niños mayores, seguía siendo incómodamente ajustado
para las nalgas de un adulto. ¿Cuánto tiempo hacía que él no se subía a un
tobogán? ¿Veinte años? No le parecía posible que fuera tanto, no tenía la
sensación de que fuera tanto, pero claro que tenía que ser eso, o más.
Recordaba que su padre solía llevarlo al parque, en Berlín de Nueva
Hampshire, cuando él tenía la edad de Danny, y que él no se perdía un solo
juego, ni el tobogán, ni los columpios, ni el balancín, ni nada. Después, él y
el viejo se comían un perrito caliente y le compraban cacahuetes al hombre
del carrito. Se sentaban en un banco a comerlos, y en torno de ellos se
formaba una nube de palomas.
—Malditos bichos rapaces —rezongaba su padre—, no les des nada,
Jacky.
Pero después terminaban los dos dándoles de comer, y riéndose de la
forma en que corrían tras las semillas, esa forma tan voraz de correr tras las
semillas. Jack no recordaba que el viejo hubiera llevado nunca a sus
hermanos al parque. Jack era su favorito, y aun así había recibido lo suyo
cuando el viejo estaba borracho; es decir la mayor parte del tiempo. Pero
Jack lo había querido durante todo el tiempo que pudo, mucho después que
el resto de la familia no sintiera por él más que odio y miedo.
Empujándose con las manos, descendió, pero el descenso no le dio
placer alguno. Como nadie lo usaba, el tobogán estaba áspero y no se podía
tomar la velocidad suficiente; además, él tenía el trasero demasiado grande.
Sus pies de adulto chocaron en la leve depresión que había formado el
choque de miles de pies de niños antes que los suyos. Se levantó, se sacudió
los fondillos del pantalón y miró las tijeras de podar pero, en vez de
recogerlas, se dirigió hacia los columpios, que también fueron una
desilusión. Desde el cierre de la temporada, las cadenas se habían
enmohecido, y al moverlas chillaron como si algo les doliera. Jack se
prometió que al llegar la primavera las engrasaría.
Déjalo, se regañó. Ya no eres un niño, y no necesitabas venir a este
lugar para demostrarlo.
Pero siguió hasta los aros de cemento —eran demasiado pequeños
para él y pasó por encima— y después hasta la cerca de seguridad que
delimitaba los terrenos del hotel. Pasó los dedos entre el enrejado y miró a
través de la cerca: el sol le dibujaba sobre la cara las líneas de sombra, como
si fuera un hombre entre rejas. El propio Jack advirtió la similitud, y sacudió
el enrejado, poniendo expresión angustiada y susurrando:
—¡Déjenme salir de aquí! ¡Déjenme salir de aquí!
Pero, por tercera vez, la cosa no le hizo gracia. Era hora de ponerse de
nuevo a trabajar.
Fue en ese momento cuando oyó el ruido, detrás de él.
Se la dio vuelta rápidamente, con el ceño fruncido, avergonzado,
preguntándose si alguien lo habría visto tonteando por ahí, en el territorio
de los niños. Sus ojos recorrieron los toboganes, el zigzag que formaban los
balancines, los columpios en los que sólo se mecía el viento. Más allá de todo
eso, entre el portón y la cerca baja que separaba la zona infantil del césped y
del jardín ornamental, los leones se agrupaban en torno de la senda, como
para protegerla, el conejo se inclinaba fingiendo comer hierba, el búfalo
parecía pronto a atacar, el perro seguía echado. Tras ellos se veía el campo
de golf y el edificio del hotel. Desde donde estaba, alcanzaba incluso a ver el
borde elevado de la cancha de roque, del lado oeste del «Overlook».
Todo estaba lo mismo que hacía un momento. Entonces, ¿por qué
había empezado a ponérsele carne de gallina en la cara y las manos, y por
qué en la nuca el pelo empezaba a erizársele, como si la piel se le hubiera
puesto repentinamente seca?
Con los ojos entornados, volvió a mirar hacia el hotel, sin encontrar
respuesta. Seguía simplemente allí con las ventanas a oscuras, mientras un
tenue hilo de humo se escurría por la chimenea correspondiente al fuego
encendido en el vestíbulo.
(Muchacho, más vale que te pongas en marcha, porque si no cuando
regresen se quedarán pensando que no hiciste nada en todo el tiempo.)
Ponerse en marcha, claro. Porque estaba por nevar y había que
recortar esos malditos cercos. Era parte del acuerdo. Además, no se
atreverían…
(¿Quién no se atrevería? ¿Qué no se atrevería? ¿A qué no se
atreverían?)
Empezó a andar de nuevo hacia donde había dejado las tijeras de
podar, al pie del tobogán grande, y le pareció que el ruido de sus pies al
hollar la grava era anormalmente fuerte. Ahora habían empezado a
contraérsele también los testículos, y sentía las nalgas duras y pesadas, como
de piedra.
(Por Dios, qué es esto?)
Se detuvo junto a las podaderas, pero no hizo ningún movimiento
para recogerlas. Sí, claro que había algo diferente. En el jardín ornamental.
Y era tan simple, tan fácil de ver, que ni siquiera lo había notado. Vamos, se
reprochó, si acabas de recortar el maldito conejo, entonces qué
(eso mismo es)
La respiración se le ahogó en la garganta.
El conejo estaba en cuatro patas, mordisqueando la hierba. Tenía la
barriga contra el suelo. Pero no hacía diez minutos que estaba sentado sobre
las patas traseras, claro que sí, si él le había recortado las orejas… y la
barriga.
Sus ojos se movieron velozmente hacia el perro. Cuando él había
venido por la senda, el perro estaba sentado, en la actitud de pedir una
golosina. Ahora estaba agazapado, con la cabeza inclinada, la muesca de la
boca contraída en un gruñido silencioso. Y los leones…
(oh no, nene, no, oh, no es posible)
Los leones estaban más próximos a la senda. Los dos que habían a su
derecha habían cambiado imperceptiblemente de posición, se habían
acercado más. Y la cola del de la izquierda, ahora, estaba casi sobre la senda.
Estaba seguro de que, cuando pasó junto a ellos para atravesar el portón,
ese león estaba a la derecha y tenía la cola arrollada junto al cuerpo.
Ahora, los leones ya no defendían la senda: la bloqueaban.
De pronto, Jack se cubrió los ojos con la mano, y después volvió a
bajarla. Lo que veía no cambió. Un suspiro, suave, demasiado bajo para ser
un gruñido, se le escapó. En la época en que bebía siempre había tenido
miedo de que le sucediera algo así; pero cuando uno bebía de esa manera, a
eso se le llamaba delirium tremens, lo mismo que le pasaba al viejo Ray
Milland en Días sin huella, cuando veía bicharracos que salían de las paredes.
Y cuando uno estaba sobrio, ¿cómo se le llamaba?
La intención de la pregunta era retórica, pero su mente la respondió
(se le llama locura)
de todas maneras.
Al volver a mirar los animales del seto, se dio cuenta de que algo
había cambiado mientras él tenía la mano sobre los ojos. El perro estaba más
cerca. Ya no seguía agazapado, sino que parecía estar preparándose para
correr, con los cuartos traseros flexionados, una de las patas delanteras
extendida, la otra hacia atrás. Con la boca más abierta, con gesto que
parecía más amenazante. Ahora, hasta le pareció ver forma de ojos entre el
follaje. De ojos que lo miraban.
¿Por qué hay que recortarlos, si están perfectos?, pensó
histéricamente.
Otro ruido, leve. Involuntariamente, retrocedió un paso cuando miró a
los leones. Parecía que uno de los dos de la derecha se hubiera adelantado
apenas al otro. Tenía la cabeza baja. Una de sus garras estaba ya casi junto al
cerco bajo. Santo Dios, ¿y ahora, qué más?
(ahora te salta encima y te devora como en uno de esos cuentos
infantiles de terror)
Era como el juego de las estatuas, que jugaban cuando eran
pequeños. Uno de los chicos contaba, dando la espalda a los otros, hasta
diez, mientras los demás se adelantaban sigilosamente. Cuando llegaba a
diez, el que contaba se daba la vuelta con rapidez y, si alcanzaba a ver
moverse a alguien, lo sacaba del juego. Los demás se quedaban inmóviles
como si fueran estatuas, hasta que el otro se daba otra vez vuelta para
volver a contar. Así iban acercándose cada vez más hasta que finalmente,
cuando la cuenta andaba entre cinco y diez, uno sentía que una mano se le
apoyaba en el hombro…
En la senda, crujió la grava.
Con un movimiento espasmódico, Jack giró la cabeza para mirar al
perro y lo vio en mitad de la senda, apenas por detrás de los leones, con la
boca abierta. Antes no era más que una mata de ligustrina recortada para
que diera la impresión de un perro, algo que si uno lo miraba de cerca
perdía todo el parecido. Pero ahora Jack distinguía perfectamente que
estaba recortada para que pareciera un pastor alemán, y los perros pastores
eran bravos. Podía enseñárseles a matar. Un murmullo bajo, susurrante.
El león de la izquierda había avanzado ya hasta la empalizada, y con
el hocico estaba tocando las tablas. Parecía que lo mirara con una mueca.
Jack retrocedió dos pasos más. La cabeza le latía desesperadamente, y sentía
cómo el aliento le raspaba la garganta. Ahora, también el búfalo se había
movido, describiendo un círculo hacia la derecha, por detrás del conejo.
Tenía la cabeza baja y los verdes cuernos de follaje apuntaban hacia él. La
cosa era que, al mismo tiempo, no se los podía vigilar a todos. Imposible.
Sin darse cuenta, en su concentración desesperada, de que estuviera
articulando ningún sonido, a Jack empezó a escapársele un gemido de la
garganta. Sus ojos saltaban de una a otra de esas criaturas inverosímiles,
procurando ver sus movimientos. Las rachas de viento resonaban,
amenazantes, entre las ramas entretejidas. ¿Qué ruido harían cuando lo
alcanzaran? Pero si ya lo sabía, claro. Un ruido de cosa que se quiebra, se
aplasta, se desgarra. Un…
(no no NO NO ESTO NO PUEDO CREERLO ¡DE NINGÚN MODO!)
De golpe volvió a cubrirse los ojos, apretándose con ambas manos la
cabeza, la frente, las sienes retumbantes. Así se quedó durante largo rato,
juntando miedo hasta que no pudo más; entonces volvió a apartar las
manos, dando un grito.
Junto al campo de golf, el perro estaba sentado como si pidiera
comida. El búfalo miraba con indiferencia hacia la cancha de roque, lo
mismo que cuando Jack llegó con las tijeras de podar. El conejo, erguido
sobre las patas traseras, mostraba las orejas atentas al menor ruido, la
barriga recién recortada. Inmóviles en su lugar, los leones custodiaban la
senda.
Durante largo rato, Jack se quedó paralizado, hasta que finalmente la
respiración se le regularizó. Buscó los cigarrillos, y cuatro se le cayeron sobre
la grava. Se inclinó a recogerlos, sin mirar, sin dejar de vigilar el jardín
ornamental, por miedo a que los animales empezaran a moverse otra vez.
Los recogió a tientas, guardó cuidadosamente tres en el paquete y encendió
el cuarto. Después de dos profundas chupadas, lo dejó caer y lo aplastó. Fue
en busca de las podaderas y las recogió.
—Estoy muy cansado —articuló, y ahora parecía perfectamente hablar
en alta voz, no una chifladura—. He estado demasiado tenso. Con las
avispas… la obra… esa llamada de Al. Pero todo irá bien.
Empezó a andar lentamente hacia el hotel. Una parte de su mente lo
tironeaba, frenética, tratando de obligarlo a dar un rodeo en torno a los
animales, pero Jack pasó directamente entre ellos, por la senda de grava.
Una débil brisa los hizo cuchichear, pero eso fue todo. La cosa no había sido
más que imaginación. Se había llevado un buen susto, pero no había pasado
nada.
En la cocina del «Overlook» se tomó dos «Excedrinas» y después se fue
al sótano y se puso a mirar papeles hasta que oyó el ruido de la furgoneta
del hotel que se acercaba por la entrada para coches. Entonces fue a su
encuentro. Se sentía perfectamente, y no creyó necesario hablar de su
alucinación. Se había llevado un buen susto, pero no había pasado nada.
24. LA NIEVE
Oscurecía.
Los tres estaban en la terraza bajo la luz cada vez más tenue, Jack en
el medio, con el brazo derecho sobre los hombros de Danny y rodeando con
el izquierdo la cintura de Wendy; miraban cómo la posibilidad de decisión se
les escapaba de las manos.
Hacia las dos y media, el cielo se había nublado completamente, y una
hora más tarde había empezado a nevar. Y esa vez no hacía falta un hombre
del tiempo para decir que era una nevada en serio, no unos cuantos copos
que fueran a derretirse o a volarse cuando empezara a azotarlos el viento
nocturno. Al principio, la nieve había caído en una vertical perfecta,
formando una manta que lo cubría todo por igual, pero una hora después
del comienzo de la nevada había empezado también a soplar el viento desde
el noroeste, y la nieve ya se estaba acumulando contra la terraza y los lados
de la entrada para coches del «Overlook». Más allá del parque, la carretera
ya había desaparecido bajo una gruesa manta blanca. Los animales del jardín
ornamental tampoco se veían, pero cuando Wendy y Danny regresaron, ella
había elogiado a Jack por lo bien que había arreglado el cerco. ¿Te parece?,
le había preguntado él, sin hacer más comentario. Ahora, el seto estaba
cubierto por una amorfa capa blanca.
Curiosamente, los tres estaban pensando cosas diferentes, pero
sintiendo la misma emoción: alivio. Por fin habían cruzado el puente.
—¿Llegará alguna vez la primavera? —murmuró Wendy. Jack la
abrazó con más fuerza.
—Antes de que te des cuenta. ¿Qué te parece si entramos y cenamos
algo? Hace frío aquí fuera.
Wendy sonrió. Durante toda la tarde, Jack le había parecido distante
y… bueno, raro. Ahora parecía más normal.
—Por mí, espléndido. ¿Quieres tú, Danny?
—Claro.
Los tres entraron juntos, dejando que afuera el viento empezara a
convertirse en el grave ulular que se prolongaría durante toda la noche, y al
que no tardarían en acostumbrarse. Los copos de nieve danzaban,
arremolinándose en la terraza. El «Overlook» les hacía frente de la misma
manera que lo había hecho durante tres cuartos de siglo, con las oscuras
ventanas flanqueadas ya por la nieve, indiferente a la realidad de verse
aislado del mundo. Aunque tal vez la perspectiva lo regocijara. Dentro de su
caparazón, sus tres habitantes iniciaron la rutina nocturna, como microbios
atrapados en el intestino de un monstruo.
25. EN EL INTERIOR DE LA 217
Una semana y media después, los parques que rodeaban al
«Overlook» estaban cubiertos por una capa de sesenta centímetros de nieve,
blanca, crujiente y uniforme. El zoológico de ligustrina estaba sepultado
hasta los cuartos traseros; el conejo, rígido sobre las patas traseras, daba la
impresión de salir de una piscina blanca. Algunas acumulaciones de nieve
tenían más de un metro y medio de profundidad, y el viento las cambiaba
continuamente, imprimiéndoles formas sinuosas, caprichosas, como si fueran
dunas. En dos ocasiones, Jack se había puesto las raquetas para nieve y había
ido trabajosamente hasta el cobertizo de las herramientas a buscar una pala
para despejar la terraza, pero la tercera vez se había encogido de hombros,
limitándose a abrir una senda en el imponente montón de nieve acumulada
contra la puerta, y dejando que Danny se divirtiera al deslizarse por las
pendientes que quedaban a derecha e izquierda de la senda. Los
ventisqueros realmente imponentes eran los que se formaban contra el lado
oeste del «Overlook»; algunos de ellos se alzaban hasta una altura de seis
metros, y más allá de ellos, el constante azote del viento desnudaba la tierra
hasta dejar la hierba al descubierto. Las ventanas de la primera planta
estaban cubiertas, y la vista que se tenía desde el comedor, y que tanto
había admirado a Jack el día del cierre, no era ahora más emocionante que
el espectáculo de una pantalla cinematográfica en blanco. Hacía ocho días
que estaban sin teléfono, y que la radio que había en el despacho de Ullman
era su único medio de comunicación con el mundo exterior.
Ahora nevaba todos los días, a veces en breves rachas que apenas
espolvoreaban la costra reluciente de nieve ya helada, otras veces en serio, y
entonces el grave susurro del viento se elevaba hasta convertirse en un
alarido de mujer que hacía que el viejo hotel se estremeciera y crujiera de
manera alarmante aun en medio de un profundo lecho de nieve. Las
temperaturas nocturnas no pasaban de los 10 a 12 grados bajo cero, y
aunque el termómetro colgado junto a la entrada de servicio de la cocina
solía subir a cuatro grados bajo cero en las primeras horas de la tarde, el
afilado cuchillo del viento hacía que resultara incómodo salir sin un
pasamontañas. Pero los tres salían los días que brillaba el sol, enfundados
por lo general en dos mudas de ropa completas y protegiéndose las manos
con mitones encima de los guantes. La necesidad de salir era casi compulsiva;
el hotel estaba encerrado en el círculo de la huella del trineo plegable de
Danny, con el que los tres lograban variaciones casi infinitas: Danny iba en el
trineo tirado por sus padres; Jack se desternillaba de risa en el trineo
mientras Wendy y Danny se esforzaban por tirarlo (cosa que les resultaba
relativamente fácil cuando lo intentaban sobre la costra helada, pero
materialmente imposible cuando ésta se hallaba cubierta de nieve en polvo);
Danny y mami iban en el trineo, o iba Wendy sola, mientras sus dos hombres
resoplaban, echando nubes de vapor blanco como caballos de tiro, fingiendo
que ella pesaba mucho más de lo que era su peso real. Se reían mucho en
esas excursiones alrededor de la casa, pero el ulular del viento, con su voz
impersonal, enorme y vacíamente sincera, hacía que las risas parecieran
forzadas y sonaran a falso.
Habían visto huellas de caribúes en la nieve, y una vez vieron los
caribúes, en un grupo de cinco, inmóviles todos en el cercado de seguridad.
Los tres se habían turnado con los prismáticos «Zeiss-Ikon» de Jack para
verlos mejor, y al mirarlos Wendy había tenido una sobrecogedora sensación
de irrealidad: los animales estaban con las patas hundidas en la nieve que
cubría la carretera, y a Wendy se le ocurrió que desde ese momento hasta el
deshielo de la primavera, el camino pertenecía más a los caribúes que a ellos.
Ahora, las cosas que el hombre había construido allí arriba quedaban
neutralizadas, y Wendy pensó que el caribú lo comprendía. Con esa
sensación dejó los prismáticos y dijo algo que se iba a preparar el almuerzo,
y en la cocina había llorado un poquito, tratando de dar cauce a esa horrible
sensación reprimida que a veces le daba la impresión de que una mano
enorme le oprimiera el corazón. Pensaba en los caribúes. Pensaba en las
avispas que Jack había dejado sobre la plataforma de la entrada de servicio
bajo la ensaladera de vidrio, para que se congelaran.
De los clavos del cobertizo de las herramientas colgaban muchísimas
raquetas para la nieve, y Jack encontró un par adecuado para cada uno,
aunque la de Danny le quedaban un poquitín grande. Jack se las arreglaba
bastante bien. Aunque no había andado con raquetas desde que vivía en
Berlín, Nueva Hampshire, siendo un muchacho, volvió a aprender
rápidamente. A Wendy la cosa no le interesaba mucho, ya que con apenas
quince minutos de andar dando vueltas con ese incómodo calzado le dolían
terriblemente las piernas y los tobillos, pero Danny estaba fascinado, y
empeñadísimo en dar con el truco. Todavía se caía muchas veces, pero Jack
estaba encantado con los progresos de su hijo. Decía que para febrero
Danny estaría brincando en círculos alrededor de ellos dos.
Ese día el cielo amaneció cubierto, y para mediodía ya había
empezado a escupir nieve. La radio anunciaba una precipitación de veinte o
treinta centímetros más, y entonaba hosannas a ese gran dios de los
esquiadores en Colorado. Wendy, sentada en el dormitorio mientras tejía
una bufanda, pensaba para sus adentros que ella sabía exactamente qué era
lo que podían hacer los esquiadores con toda esa nieve. Sabía exactamente
dónde se la podían meter.
Jack estaba en el sótano. Había ido a controlar el horno y la caldera —
algo que para él se había convertido en un ritual desde que la nieve los dejó
aislados—, y después de asegurarse de que todo iba bien, había pasado
ociosamente bajo el arco, para enroscar la bombilla y sentarse en una vieja
silla de campamento, cubierta de telarañas, que había encontrado. Estaba
recorriendo las antiguas anotaciones y papeles, sin dejar de enjugarse la
boca con el pañuelo mientras lo hacía. La reclusión había hecho que se le
desvaneciera de la piel el bronceado otoñal, y allí encorvado sobre las
resecas hojas amarillentas, con el pelo rubio rojizo despeinado y caído sobre
la frente, tenía un aspecto un tanto lunático. Había encontrado algunas
cosas raras metidas entre las facturas, cuentas y recibos. Cosas inquietantes.
Un trozo de sábana manchado de sangre. Un osito de felpa que daba la
impresión de que lo hubieran acuchillado. Una arrugada hoja de papel de
cartas para mujer, de color violeta, con un rastro de perfume que perduraba
todavía bajo el musgoso olor del tiempo, una nota empezada y jamás
terminada, escrita con desvaída tinta azul: «Queridísimo Tommy: Aquí arriba
no puedo pensar tan bien como esperaba, pensar en nosotros quiero decir,
claro, ¿en quién, si no? Ja, ja. Las cosas siguen interponiéndose en el camino.
He tenido sueños extraños con cosas que se aniquilan en la noche, puedes
creerlo, y». Eso era todo. La nota estaba fechada el 27 de junio de 1931.
Encontró un títere que parecía una bruja o tal vez un hechicero… algo con
dientes largos y sombrero en punta, en todo caso. Lo encontró
inverosímilmente embutido entre un paquete de recibos de gas natural y un
paquete de recibos de agua de Vichy. También había algo que parecía un
poema, escrito con lápiz oscuro al dorso de un menú: «Medoc/¿estás
ahí?/Otra vez he andado en sueños, amor mío./Las plantas se mueven bajo la
alfombra.» El menú no tenía fecha, y el poema, si es que era un poema, no
tenía firma. Todo escurridizo, pero fascinante. Jack tenía la impresión de que
esas cosas eran como las piezas de un rompecabezas, cosas que terminarían
por encajar unas con otras si él encontraba las piezas intermedias que
faltaban, de modo que seguía buscando, sobresaltándose y enjugándose los
labios cada vez que el horno se ponía a rugir a sus espaldas.
Danny estaba otra vez frente a la puerta de la habitación 217.
En el bolsillo tenía la llave maestra, y miraba fijamente la puerta con
una especie de avidez drogada, con la sensación de que la piel le picaba y se
le estremecía bajo la camisa de franela. Su garganta emitía un murmullo
bajo y monótono.
No había tenido la intención de venir aquí, después de lo que pasó
con la manguera del extintor. Le daba miedo venir aquí. Le daba miedo
haber vuelto a coger la llave maestra, desobedeciendo a su padre.
Sí, había querido venir. La curiosidad
(mató al gato; la satisfacción lo trajo de vuelta)
era como un anzuelo constante en su cerebro, una especie de
obsesionante canto de sirena que no se dejaba apaciguar. ¿Y acaso el señor
Hallorann no había dicho que no creía que hubiera allí nada que pudiera
hacerle daño?
(Tú prometiste.)
(Las promesas se hacían para romperlas.)
La idea le hizo dar un salto. Era como si ese pensamiento le hubiera
venido de fuera, como un insecto, zumbando, seduciéndolo insidiosamente.
(Las promesas se hacían para romperlas mi querido redrum, para
romperlas, astillarlas, reventarlas, martillarlas. ¡OJO!)
El murmullo nervioso se convirtió en el tarareo gutural: «Lou, Lou,
salta sobre mí Lou, salta sobre mí…»
¿Acaso el señor Hallorann no había tenido razón? ¿No había sido ésa,
finalmente, la causa de que él guardara silencio y dejara que la nieve los
encerrara a todos?
Cierra los ojos, simplemente, y desaparecerá.
Lo que él había visto en la suite presidencial había desaparecido. Y la
serpiente no había sido más que una manguera de incendios caída sobre la
alfombra. Sí, hasta esa sangre en la suite presidencial era algo viejo, algo
inofensivo, algo que había pasado mucho antes de que él naciera y de que lo
concibieran incluso, algo que ya no existía. Como una película que sólo él
pudiera ver. No había nada, realmente nada en ese hotel que pudiera
hacerle daño, y si tenía que demostrárselo entrando en esa habitación, ¿no
era mejor hacerlo?
«Lou, Lou, salta sobre mí…»
(La curiosidad mató al gato mi querido redrum, redrum querido la
satisfacción lo trajo de vuelta sano y salvo, de pies a cabeza; desde la cabeza
a los pies estaba sano y salvo. Él sabía que esas cosas)
(son como imágenes que dan miedo, que no pueden hacerte daño,
pero oh dios mío)
(qué dientes más grandes tienes abuelita y eso es un lobo vestido de
BARBAAZUL o un BARBAAZUL vestido de lobo y yo me encuentro)
(feliz de que me lo preguntes porque la curiosidad mató al gato y fue
la ESPERANZA de la satisfacción la que lo trajo)
al pasillo, pisando cautelosamente la alfombra con la retorcida jungla
azul. Se detuvo junto al extintor de incendios, volvió a colgar en su sitio la
boquilla de bronce, después la golpeó repetidas veces con el dedo y mientras
galopaba el corazón, susurró:
—Ven a atacarme. Ven a atacarme, estúpida presumida. ¿No puedes,
ver? ¿Eh? No eres más que una vieja manguera de incendios. No puedes
hacer más que estarte ahí inmóvil. ¡Vamos, atácame!
Se había sentido ebrio de jactancia, sin que nada sucediera. Después
de todo, no era más que una manguera, puro bronce y lona, algo que uno
podría hacer pedazos sin que se quejara siquiera, sin que se retorciera en
espasmos ni vertiera sobre la alfombra azul una fangosa sangre verde,
porque no era más que una manguera, no una nariz ni una rosa, ni botones
de cristal ni lazos de satén, no era una serpiente adormecida… y Danny se
había apresurado, se había apresurado porque era
(«tarde, se me hace tarde», dijo el conejo blanco).
El conejo blanco. Sí. Ahora había un conejo blanco allá afuera, junto a
la zona infantil, y aunque antes había sido verde ahora estaba blanco, como
si algo lo hubiera asustado muchas veces en las ventosas noches de nevada y
lo hubiera envejecido…
Danny se sacó del bolsillo la llave maestra y la deslizó en la cerradura.
«Lou, Lou…»
(el conejo blanco se dirigía a un partido de croquet con la Reina Roja
un partido donde los mazos eran cigüeñas y las bolas erizos).
Tocó la llave, dejó que los dedos la recorrieran vagamente. Sentía que
la cabeza, ardiente, le daba vueltas. Hizo girar la llave y el pasador se corrió.
(CORTADLE LA CABEZA! ¡CORTADLE LA CABEZA! ¡CORTADLE LA
CABEZA!)
(este juego no es el croquet aunque los mazos son demasiado cortos
este juego es)
(¡ZAC-BUM! Directamente a través del aro.)
(¡CORTADLE LA CABEEEZ…)
Danny empujó la puerta, que se abrió suavemente, sin el menor ruido.
Se encontró ante una amplia combinación de dormitorio y sala de estar, y
aunque la nieve no había llegado hasta esa altura, ya que los ventisqueros
más altos todavía estaban unos treinta centímetros por debajo de las
ventanas de la segunda planta, la habitación estaba a oscuras porque dos
semanas atrás, papito había cerrado todos los postigos que daban al oeste.
Se detuvo en la puerta, tanteó hacia su derecha y encontró las llaves
de la luz. En una araña de cristal tallado que pendía del techo, dos bombillas
se encendieron. Danny avanzó más hacia dentro, mirando a su alrededor. La
alfombra, de un grato color rosado, era mullida y suave, calmante. Una cama
doble con el cubrecama blanco. Un escritorio
(a ver si me dices en qué se parece un cuervo a un escritorio)
junto a la gran ventana cerrada. Durante la temporada el Escritor
Constante
(pasándolo estupendamente, ojalá tuvieras miedo)
tendría una bonita vista de las montañas para escribir a los que se
habían quedado.
Siguió avanzando. Allí no había nada, nada en absoluto. Únicamente
una habitación vacía, donde hacía frío porque hoy era el día en que papá
caldeaba el ala este. Un escritorio. Un armario, con la puerta abierta, que
dejaba ver un puñado de perchas de hotel, de esas que no se pueden robar.
Una Biblia sobre una mesita. A la izquierda estaba la puerta del cuarto de
baño, sobre la cual un espejo de cuerpo entero reflejaba su imagen, con el
rostro pálido. La puerta estaba entreabierta y…
Danny vio que su doble hacía un gesto afirmativo, lentamente.
Sí, ahí estaba; lo que fuere, estaba ahí. Ahí dentro. En el cuarto de
baño. Su doble avanzó como para escaparse del espejo. Tendió la mano,
oprimió la de Danny. Después se apartó, oblicuamente, a medida que la
puerta del baño se abría del todo. Danny miró hacia dentro.
Un cuarto alargado, anticuado, que parecía un coche «Pullman». En el
suelo, diminutas baldosas hexagonales, blancas. En el extremo opuesto, el
inodoro con la tapa levantada. A la derecha, un lavabo y sobre él otro
espejo, uno de esos que ocultan detrás un botiquín. A la izquierda, una
enorme bañera blanca con patas como garras, con la cortina de la ducha
corrida. Danny entró en el cuarto de baño y, como en un sueño, fue hacia la
bañera, como si lo moviera algo externo a él, como si todo lo que sucedía
fuera uno de los sueños que le traía Tony, como si fuera tal vez a ver algo
lindo cuando apartara la cortina de la ducha, algo que papito se hubiera
olvidado o que mami hubiera perdido, algo que los hiciera felices a los dos…
Por eso apartó la cortina.
Hacía mucho tiempo que la mujer que había en la bañera estaba
muerta. Abotagada y de color púrpura, el vientre hinchado por los gases se
elevaba como una isla de carne en el agua fría, escarchada. Vidriosos y
enormes, como canicas, los ojos estaban fijos en los de Danny. La cara
sonreía; una mueca separaba los labios purpúreos. Los pechos le colgaban, el
vello púbico flotaba en el agua, las manos estaban crispadas sobre los
ornamentados bordes de la bañera como las pinzas de un cangrejo.
Danny dio un alarido, que jamás salió de sus labios; volviéndose cada
vez más hacia dentro, se hundió en la oscuridad de su ser como una piedra
en un pozo. Tambaleante, dio un solo paso atrás, oyendo el ruido de sus
propios tacones sobre las baldosas hexagonales, y en ese mismo momento
sintió cómo se le escapaba la orina.
La mujer se estaba enderezando.
Todavía sonriendo, con las enormes canicas de los ojos fijas en él, fue
enderezándose. Las palmas muertas hacían ruidos escalofriantes sobre las
paredes de la bañera. Los pechos se sacudían como arrugadas bolsas vacías.
Se oía, casi imperceptible, el ruido de los cristales de hielo al romperse. No
respiraba. Era un cadáver, muerta desde hacía muchos años.
Danny se dio la vuelta y huyó. Como un rayo atravesó la puerta con
los ojos saltándosele de las órbitas y los pelos de punta, como las espinas de
un erizo a punto de convertirse en la bola
(¿de croquet? ¿o de roque?)
del sacrificio, abierta la boca sin poder emitir sonido alguno. Chocó
contra la puerta de entrada del cuarto 217, que ahora estaba cerrada, y
empezó a golpearla con los puños, sin darse cuenta de que no tenía echada
la llave y de que con sólo girar el picaporte podría salir. De sus labios salían
alaridos ensordecedores, más agudos de lo que es capaz de percibir el oído
humano. No podía hacer más que vapulear la puerta, mientras oía cómo se
le acercaba la muerta, con el vientre hinchado, el pelo seco, las manos
extendidas… eso que había pasado tal vez años muerto en esa bañera,
conservado ahí por la magia.
La puerta no se abría, no, no, no se abría.
Y entonces le llegó la voz de Dick Hallorann, tan de pronto e
inesperadamente, tan calmada, que sus atenazadas cuerdas vocales se
distendieron y el chico empezó a llorar débilmente, no de miedo sino de
bendito alivio.
(No creo que puedan hacerte daño… son como las figuras de un
libro… cierra los ojos y desaparecerán.)
Los párpados se le cerraron. Las manos se le contrajeron en puños. El
esfuerzo de la concentración le encorvó los hombros:
(Nada ahí nada ahí ahí nada en absoluto NADA AHÍ ¡NO HAY NADA!)
El tiempo pasó. Y cuando empezaba a relajarse, a entender que la
puerta no debía tener llave y que podía irse, entonces las manos sumergidas
durante años, hinchadas, hediondas, se le cerraron suavemente en torno del
cuello y lo obligaron implacablemente a darse la vuelta para mirar el rostro
muerto de color de púrpura.
Cuarta Parte
AISLADOS POR LA NIEVE
26. EL PAÍS DE LOS SUEÑOS
Hacer punto le daba sueño. Ese día, hasta Bartok le habría dado
sueño, y no era Bartok lo que oía en el pequeño fonógrafo, sino Bach. Las
manos se movían cada vez con mayor lentitud, y en el momento en que su
hijo entraba en relaciones con la antigua moradora de la habitación 217,
Wendy se había quedado dormida con el tejido sobre la falda. La lana y las
agujas oscilaban con el ritmo lento de su respiración. Wendy estaba hundida
en un profundo sueño sin sueños.
Jack Torrance también se había quedado dormido, pero su dormir era
liviano e inquieto, poblado de sueños que parecían demasiado vívidos para
no ser más que sueños; indudablemente, más vívidos que ningún otro sueño
que hubiera tenido en su vida.
Había empezado a sentir que los ojos se le cerraban mientras hojeaba
los paquetes de cuentas de lechería, cien cuentas por paquete, lo que debía
dar decenas de miles en total. Sin embargo, le echaba a cada uno un rápido
vistazo, temeroso de que, si no los recorría con cuidado, pudiera pasar por
alto exactamente la pieza del rompecabezas que necesitaba para establecer
la conexión mística y que —estaba seguro— debía estar ahí, en alguna parte.
Se sentía como alguien que, con un cable en una mano, busca a tientas un
enchufe en una habitación desconocida y a oscuras. Si podía encontrarlo, su
recompensa sería una visión maravillosa.
Había tomado una decisión respecto de la llamada telefónica de Al
Shockley y de su exigencia; para tomarla, había sido una ayuda su extraña
experiencia en la zona infantil. Eso había estado alarmantemente cercano a
una especie de colapso nervioso, y Jack estaba convencido de que era la
rebelión de su mente contra la maldita y arbitraria condición impuesta por
Al al exigirle que renunciara a su proyectado libro. Tal vez hubiera sido un
indicio de que a su respeto de sí mismo sólo se le podía exigir hasta un cierto
punto, so pena de que se desintegrara completamente. Pues escribiría el
libro, y si eso significaba poner término a su relación con Al Shockley, así
tendría que ser. Escribiría la biografía del hotel, la escribiría con toda
franqueza, y como introducción serviría la alucinación que lo había llevado a
ver que los animales del jardín ornamental se movían. El título no alcanzaría
gran vuelo, pero seria pasable: Extraño lugar de temporada. La historia del
«Overlook Hotel». Con toda franqueza, sí, pero no lo escribiría con ánimo
vengativo, no sería un esfuerzo por arreglar cuentas con Al ni con Stuart
Ullman, ni con George Hatfield ni con su padre (maldito borracho fanfarrón
que había sido)… ni con nadie, para el caso. Lo escribiría porque el
«Overlook» lo había fascinado, ¿y acaso había otra explicación más simple o
más verídica? Lo escribiría por la misma razón que en su sentir, llevaba a que
se escribiera todo lo que es gran literatura, sea o no de ficción: la verdad se
sabe, al final siempre se sabe. Lo escribiría porque sentía que tenía que
escribirlo.
Quinientos litros de leche completa. Cien litros de leche descremada.
Pgda. Cargar en c/. Trescientos litros de zumo de naranja. Pagado.
Se hundió más en el asiento, todavía con un paquete de recibos en la
mano, pero sus ojos ya no miraban las letras impresas; los tenía
desenfocados. Los párpados le ardían y le pesaban. Mentalmente, del
«Overlook» había pasado hacia su padre, que había sido enfermero en el
hospital comunitario de Berlín. Un hombrón. Un gordo de un metro ochenta
y cinco, más alto que Jack que nunca había pasado del metro ochenta,
aunque para cuando él alcanzó esa estatura, su viejo ya no estaba. «Enano
de porquería», solía decirle, y después le daba a Jack un afectuoso cachete y
se reía. Había habido otros dos hermanos, los dos más altos que su padre,
además de Becky, que a los quince años medía sólo cinco centímetros menos
que Jack, después de haber sido más alta que él durante la mayor parte de
su niñez.
La relación con su padre había sido como el desplegarse de una flor
que prometía ser bella, pero que, al abrirse del todo, hubiera resultado estar
interiormente roída por el tizón. Hasta los siete años, Jack había querido
mucho y sin crítica alguna a ese hombre alto y barrigón, pese a las palizas, a
los moretones, al ocasional ojo negro.
Podía recordar aterciopeladas noches de verano, con la casa en
silencio, en que Brett —el hermano mayor— había salido con su chica, Mike,
el del medio, estaba estudiando algo, su madre y Becky, en el cuarto de
estar, miraban algún programa en el viejo televisor; entretanto él, sentado
en el vestíbulo sin más vestimenta que su pijama, hacía como que jugaba con
sus camiones, cuando en realidad estaba esperando el momento en que el
estrépito de la puerta al abrirse de golpe rompiera el silencio y resonara el
bramido con que su padre lo saludaba al ver que Jacky lo estaba esperando,
y después era su propio grito de felicidad cuando el hombrón entraba con el
cráneo rosado trasluciéndose bajo el pelo casi rapado, al resplandor de la luz
de la entrada. Esa luz que siempre lo hacía parecer una especie de enorme
fantasma con la ropa blanca del hospital, la camisa siempre fuera de los
pantalones (a veces manchada de sangre), las vueltas del pantalón caídas
sobre los zapatos negros.
Su padre lo cogía en brazos y Jack se sentía levantado de una manera
delirante, con rapidez tal que le parecía sentir la presión del aire contra la
cabeza como si fuera un casco de plomo, cada vez más alto, mientras los dos
gritaban a coro: «¡Ascensor! ¡Ascensor!»; y había habido noches en que, en
su borrachera, su padre no había controlado el impulso ascendente de sus
robustos músculos con la suficiente prontitud, y Jack había pasado por
encima de la cabeza afeitada del hombrón para estrellarse, como un
proyectil humano, en el suelo del vestíbulo, detrás de papá. Pero otras
noches el padre se limitaba a elevarlo a un éxtasis de risitas, atravesando una
parte del aire donde la cerveza parecía formar en torno al rostro del hombre
una niebla de gotitas, y lo hacía girar y dar vueltas y lo sacudía como a un
harapo riente, hasta que finalmente volvía a dejarlo en el suelo, sacudido
por la reacción del hipo.
Los recibos se le escaparon de la mano y, planeando por el aire,
fueron a aterrizar ociosamente en el suelo; los párpados, que se le habían
cerrado con la imagen de su padre grabada interiormente como en una
linterna mágica, se abrieron apenas y después volvieron a cerrarse. Jack se
estremeció apenas. La consciencia, como los recibos, como las hojas caídas de
los árboles en otoño, descendía y descendía, perezosamente.
Ésa había sido la primera etapa de la relación con su padre, y a
medida que la etapa se acercaba a su término, Jack había cobrado conciencia
de que tanto Becky como sus hermanos, todos mayores que él, odiaban al
padre, y de que su madre, una borrosa mujer que más susurraba que
hablaba, se limitaba a aguantarlo porque era el deber que le imponía su
educación católica. En esos días a Jack no le había parecido raro que el padre
ganara todas las discusiones con sus hijos valiéndose de los puños, como no
le había parecido raro que el cariño que sentía por él fuera de la mano con
el miedo: miedo del juego del ascensor, que la noche menos pensada podía
terminar haciéndole pedazos; miedo de que el oso bonachón que solía ser su
padre cuando estaba en casa se transformara súbitamente en un fiero jabalí
bramando, y en el rápido revés de esa «buena mano derecha»; a veces,
recordaba, había sentido incluso miedo de que la sombra de su padre cayera
sobre él mientras estaba jugando. Fue hacia el final de esa etapa cuando
empezó a observar que Brett jamás traía a casa los chicos con quienes salía,
ni Mike o Becky a sus amiguitos.
El cariño empezó a agriarse cuando él tenía nueve años, cuando su
padre mandó a la madre al hospital a fuerza de bastonazos. Había
empezado a usar bastón un año atrás, después que un accidente de coche lo
dejó cojo. Tras eso lo usaba siempre: largo, grueso, negro, con el puño de
oro. Ahora, semidormido, el cuerpo de Jack se estremecía en el evocado
encogimiento ante el ruido del bastón en el aire, un silbido asesino seguido
por el pesado estrellarse contra la pared… o contra la carne. Había golpeado
a la madre sin ningún motivo válido, de pronto y sin previo aviso. Estaban
sentados a la mesa, cenando, y él tenía el bastón junto a la silla. Era un
domingo por la noche, tras un fin de semana de tres días que él se había
pasado en una bruma alcohólica, en su inimitable estilo habitual. Pollo
asado. Guisantes. Puré de patatas. Papá a la cabecera de la mesa, una
abundante ración en el plato, dormitaba o poco menos. Su madre pasaba los
platos. Y de pronto papá se había despertado, bien abiertos los ojos
hundidos en las órbitas rodeadas de gruesas bolsas, brillantes con una
especie de mal humor estúpido y maligno. Rápidamente fueron recorriendo
uno a uno a todos los miembros de la familia, mientras la vena en el centro
de la frente le sobresalía en forma notable; siempre mala señal. Una de las
grandes manos pecosas se había puesto a acariciar el puño de oro del
bastón. Después había dicho algo sobre el café… hasta el día de hoy, Jack
estaba seguro de que su padre había hablado de «café». Y cuando mamá
había abierto la boca para responderle, ya el bastón zumbaba en el aire,
para ir a estrellársele en la cara. Un chorro de sangre le brotó de la nariz. Un
chillido de Becky. Las gafas de mamá caídas en el plato. El bastón se había
retirado, había vuelto a bajar, esta vez sobre el cráneo, desgarrando el cuero
cabelludo. Mamá se había desplomado en el suelo. Él se había levantado de
la silla para ir hacia donde estaba ella, aturdida sobre la alfombra,
blandiendo el bastón, moviéndose con esa grotesca rapidez y agilidad de los
gordos, con los ojillos brillantes, temblorosas las mejillas fofas mientras le
hablaba a ella de la misma manera que hablaba siempre a los hijos durante
esos estallidos.
—Ahora. Ahora sí, por Cristo. Ahora te vas a tomar tu medicina.
Cachorro maldito. Sigue gañendo. Ven a tomar la medicina.
Siete veces más, el bastón había subido y había vuelto a caer sobre ella
antes de que Brett y Mike pudieran sujetarlo, apartarlo, arrancarle el bastón
de la mano. Jack
(el pequeño Jacky ahora era el pequeño Jacky medio adormecido y
farfullando solo sentado en una silla de campo cubierta de telarañas
mientras el horno rugiente cobraba vida a espaldas de él)
sabía exactamente cuántos golpes habían sido porque cada blando
hump contra el cuerpo de su madre se le había quedado grabado en la
memoria como el golpe irracional del cincel en la piedra. Siete humps, ni más
ni menos. Él y Becky llorando, incrédulos, mientras miraban las gafas de su
madre caídas en el puré de patatas, con un lente astillado y sucio de salsa.
Brett, gritándole a papá desde el pasillo del fondo que no se moviera porque
lo mataría. Y papá repitiendo una y otra vez:
—Cachorro maldito. Maldito llorón. Dame el bastón, cachorro de
mierda. Dámelo —mientras Brett lo blandía histéricamente, diciendo sí, sí, ya
te lo daré, muévete un poco y te daré lo que quieres y un poco más también.
Te daré doble ración. Mamá que se ponía lentamente de pie, aturdida, ya
con la cara hinchada e hinchándose como un neumático con demasiado aire,
sangrando por cuatro o cinco sitios diferentes, y que había dicho una cosa
terrible, tal vez era la única vez que mamá había dicho algo que Jack podía
recordar palabra por palabra:
—¿Quién tiene el periódico? Paquito quiere las historietas. ¿Todavía
sigue lloviendo?
Y después volvió a caer de rodillas, el rostro hinchado y sangrante
cubierto por el pelo. Mike llamó al doctor, balbuceante, por teléfono. ¿Podía
venir en seguida? Era por su madre. No, por teléfono no podía decirle de
qué se trataba, y menos por una línea compartida. Que viniera, nada más. El
médico vino y se llevó a mamá al hospital donde papá había trabajado
durante toda su vida de adulto. Papá, un tanto superada la borrachera (o tal
vez, apenas con la astucia estúpida de cualquier animal acosado), le dijo al
médico que se había caído por las escaleras. Si había sangre en el mantel era
porque él lo había usado para enjugarle la cara. Y las gafas, ¿habían
atravesado volando todo el cuarto de estar y el comedor para ir a caer en el
plato de puré de patatas?, había preguntado el médico con una mueca
horriblemente sarcástica. ¿Fue eso lo que sucedió, Mark? Yo he oído hablar
de gente que tiene un transmisor de radio en la dentadura postiza, y he
visto un hombre que llegó vivo al hospital con un balazo entre los ojos, pero
ésta es nueva para mí. Papá se había limitado a sacudir la cabeza, diciendo
que él no sabía; debían de habérsele caído de la cara cuando él la trajo al
comedor. Los cuatro hijos se habían quedado mudos de estupor ante la
soberbia calma de la mentira. Cuatro días después, Brett dejó su trabajo en
la hilandería para incorporarse al ejército. Jack había tenido siempre la
sensación de que no fue solamente por la súbita e irracional paliza que el
padre le había dado a la madre mientras cenaban, sino por el hecho de que,
en el hospital, tomada de la mano del sacerdote, ella hubiera corroborado el
cuento de su marido. Asqueado, Brett los había dejado, que en lo sucesivo se
las arreglaran como pudieran. Lo habían matado en la provincia de Dung Ho
en 1965, el mismo año en que Jack Torrance, a punto de terminar sus
estudios, se había unido al movimiento activista universitario al terminar la
guerra. Jack había hecho flamear la camisa ensangrentada de su hermano en
mítines cada vez más concurridos, pero mientras lo hacía no era el rostro de
Brett el que contemplaban sus ojos; era el rostro aturdido, atónito de su
madre, preguntando: «¿Quién tiene el periódico?»
Tres años después, cuando Jack tenía doce, fue Mike quien se fue de
casa, con una generosa beca para la Universidad de Nueva Hampshire. Y un
año después el padre murió de un ataque repentino mientras estaba
preparando a un paciente para una operación. Se había desplomado con su
holgada y desaliñada ropa blanca de! hospital, muerto quizás antes de llegar
a caer sobre las baldosas rojas y negras del hospital. Tres días después el
hombre que había dominado la vida de Jacky, el irracional dios-fantasma
blanco, estaba bajo tierra.
En la lápida donde se leía Mark Anthony Torrance, padre amante, Jack
había agregado una línea: Sabía jugar al ascensor.
Habían recibido mucho dinero de seguros. Hay gente que colecciona
pólizas de seguros de manera tan apremiante como otros colecciona
monedas y sellos, y Mark Torrance había sido uno de ellos. El dinero de los
seguros entró al mismo tiempo que se interrumpía el pago de las cuotas y las
cuentas de bebidas.
Durante cinco años habían sido ricos. Casi ricos…
En su sueño superficial e intranquilo, su rostro se elevó ante él como
en un espejo. Era su cara pero no era, los grandes ojos y la boca inocente de
un niño sentado en el vestíbulo con sus camiones, esperando a su papá,
esperando al dios-fantasma blanco, esperando que el ascensor se elevara con
una velocidad euforizante, embriagadora, a través de la bruma de sal y
serrín de tabernas y bares, esperando tal vez que lo estrellara contra el suelo,
haciéndole saltar resortes y ruedecillas de reloj por las orejas mientras su
papá rugía de risa y
(se transformaba en la cara de Danny, tan parecida a la que había sido
la suya, él había tenido los ojos de un azul claro y en cambio los de Danny
eran de un gris nebuloso, pero los labios dibujaban el mismo arco y el cutis
era claro y fino; Danny en su estudio, con pañales, y todos sus papeles
mojados y el tenue olor de la cerveza que subía de ellos… una horrible pasta
toda fermentada, levantándose en alas de la levadura, el aliento de las
tabernas .. crujido de hueso… su propia voz, maullando ebriamente Danny,
¿estás bien, doc…? oh Dios oh Dios tu pobre bracito… y esa cara se
transformaba en)
(la cara azorada de mamá al levantarse de abajo de la mesa,
magullada y sangrante, y mamá estaba diciendo)
(—… de tu padre, repito, un anuncio enormemente importante de tu
padre. Por favor mantén la sintonía inmediatamente la frecuencia del Feliz
Jack. Repito, sintoniza inmediatamente la frecuencia de la Hora Feliz.
Repito…)
Disolvencia lenta. Voces incorpóreas que le llegaban en ecos como
desde un nebuloso corredor interminable.
(Las cosas siguen obstruyéndome el paso, querido Tommy…)
(Medoc, ¿estás ahí? Otra vez he andado en sueños, amor mío. Lo que
temo son los monstruos inhumanos. ..)
(—Discúlpeme, señor Ullman, pero ¿no es este el…)
… despacho, con sus archivos, el gran escritorio de Ullman, un libro de
reservas en blanco, para el año próximo, puesto ya en su lugar —se las sabe
todas, este Ullman—, todas las llaves pulcramente colgadas de sus ganchos
(salvo una, cuál, qué llave, la llave maestra… la llave maestra, la llave
maestra, ¿quién tiene la llave maestra? si fuéramos arriba tal vez lo
veríamos)
y el gran radio-receptor-transmisor, sobre su estante.
Jack lo encendió. Descargas, palabras entrecortadas. Cambió de banda
y recorrió con el dial fragmentos de música, noticias, un sacerdote que
sermonea a una congregación quejosa, un parte meteorológico. Pasó otra
voz y Jack volvió atrás para sintonizarla. Era la voz de su padre.
—… mátalo. Tienes que matarlo, Jack, y a ella también. Porque un
verdadero artista debe sufrir. Porque todos los hombres matan lo que aman.
Porque estarán siempre conspirando contra ti, intentando retenerte y
hundirte. En ese momento mismo ese hijo tuyo está donde no debería.
Desobedeciéndote. Eso es lo que hace. El maldito cachorro. Dale de
bastonazos por eso, Jacky, dale de bastonazos hasta que apenas le quede
vida. Bébete un trago, Jacky hijo mío, y entonces jugaremos al ascensor. Y
después yo te acompañaré mientras tú le das su medicina. Sé que eres capaz
de hacerlo, vaya si lo eres. Debes matarlo. Tienes que matarlo, Jacky, y a ella
también. Porque un verdadero artista debe sufrir. Porque todos los
hombres…
La voz de su padre, cada vez más alta, más sonora, convirtiéndose en
algo enloquecedor, que no tenía nada de humano, algo vociferante,
apremiante, enloquecedora, la voz del Fantasma-Dios, del Dios-Cerdo, que
muerta llegaba hasta él desde la radio y…
—¡No! —vociferó Jack—. ¡Tú estás muerto, estás en tu tumba, no
estás en mí para nada!
Porque él había amputado de sí mismo todo lo que era el padre y no
estaba bien que volviera, que se infiltrara insidiosamente en ese hotel, a tres
mil doscientos kilómetros del pueblo de Nueva Inglaterra donde su padre
había vivido y había muerto.
Con ambas manos levantó la radio y la arrojó al suelo, donde se
estrelló, desparramando resortes y tubos como el resultado de un
enloquecido juego del ascensor que se hubiera escapado de las manos,
haciendo desaparecer la voz de su padre, dejando solamente su voz, la voz
de Jack, la voz de Jacky, salmodiando en la fría realidad del despacho:
—… muerto, estás muerto, estás muerto!
Y el ruido súbito de los pies de Wendy, golpeando el suelo por encima
de su cabeza, y la voz sobrecogida, asustada de Wendy:
—¿Jack? ¡Jack!
Se quedó inmóvil, mirando estúpidamente la radio hecha pedazos.
Ahora no tenían otro vínculo con el resto del mundo que el vehículo para
nieve que estaba en el cobertizo de las herramientas.
Se llevó las manos a la cabeza, oprimiéndose las sienes. Estaba
doliéndole la cabeza.
27. EL CATATÓNICO
Sin más calzado que las medias, Wendy corrió por el pasillo y bajó de a
dos los peldaños de la escalera principal hasta llegar al vestíbulo. No le se le
ocurrió levantar los ojos al tramo alfombrado que llevaba a la segunda
planta pero, de haberlo hecho, habría visto a Danny en lo alto de los
escalones, silencioso e inmóvil, con los ojos desenfocados clavados en el
espacio indiferente, el pulgar en la boca, húmedos el cuello y los hombros de
la camisa. En el cuello y bajo el mentón tenía amoratados magullones.
Jack había dejado de gritar, pero no por eso se amenguó el terror de
ella. Arrancada del sueño por la voz de él, elevándose en esa vieja
resonancia amenazante que tan bien conocía, aún tenía la sensación de estar
soñando, aunque otra parte de ella sabía que estaba despierta, y eso la
aterrorizaba más. Esperaba, temerosamente, irrumpir en el despacho para
encontrárselo de pie borracho y confundido, sobre el cuerpo inerte de
Danny.
Empujó la puerta y entró y ahí estaba Jack, frotándose las sienes con
los dedos, con la cara de una palidez fantasmal. El aparato de radio estaba a
sus pies, en un pequeño mar de vidrios rotos.
—¿Wendy? —balbuceó con inseguridad—. ¿Wendy…?
Su perplejidad parecía ir en aumento y durante un momento Wendy
vio el rostro auténtico, el que su marido ocultaba en general tan hábilmente,
un rostro desesperadamente desdichado, la cara de un animal caído en una
trampa que excede su capacidad de comprensión y de la que no puede
evadirse. Después los músculos empezaron a contraerse, a retorcerse bajo la
piel, la boca se puso a temblar de una manera enfermiza, mientras la nuez se
le sacudía convulsivamente.
La propia alteración y sorpresa de Wendy quedaron dominadas por la
impresión: él iba a echarse a llorar. Ya lo había visto llorar otras veces, pero
nunca desde que dejó la bebida… y jamás en aquellos días a no ser que
estuviera muy borracho y patéticamente arrepentido. Él era hombre tenso,
tenso como un parche de tambor, pero que perdiera el dominio de sí mismo
volvía a asustarla.
Dio unos pasos hacia ella, mientras las lágrimas empezaban a
desbordársele de los párpados inferiores y la cabeza se le sacudía
involuntariamente como en un esfuerzo estéril por controlar la tormenta
emocional. El pecho se le sacudía en una respiración convulsiva, jadeante,
convertida en enormes sollozos desgarradores. Calzados con mocasines, sus
pies tropezaron con los despojos de la radio y Jack poco menos que cayó en
brazos de su mujer, haciéndola tambalearse hacia atrás, con su peso. Al
recibir en la cara el aliento de él, Wendy no sintió ni asomo de alcohol. Claro
que no; si no había bebidas allí arriba.
—¿Qué te pasa? —le preguntó sosteniéndolo lo mejor que podía—.
Jack, ¿qué es lo que tienes?
Pero al principio él no podía hacer otra cosa que sollozar, aferrándose
a ella hasta casi dejarla sin respiración, moviendo la cabeza sobre el hombro
de Wendy en un gesto desvalido, como si tratara de apartar algo. Los
sollozos eran devastadores, y todo el cuerpo se le estremecía; bajo la camisa
escocesa y los tejanos, continuos espasmos le recorrían los músculos.
—¿Jack? ¡Por favor! ¡Dime qué es lo que pasa!
Finalmente, los sollozos empezaron a convertirse en palabras, la
mayor parte de ellas incoherentes al comienzo, después más claras a medida
que Jack empezaba a quedarse sin lágrimas.
—… sueño, me imagino que fue un sueño, pero era tan real, yo… era
mi madre que decía que papá iba a hablar por radio y yo… él me decía que…
no sé, pero me gritaba… y entonces rompí la radio… para hacerlo callar. Para
hacerlo callar. Está muerto. No quiero ni siquiera soñar con él. Está muerto.
Dios mío, Wendy, Dios mío. Jamás había tenido una pesadilla semejante. Ni
quiero volver a tenerla. ¡Cristo, qué espantoso!
—¿Te quedaste dormido aquí, en el despacho?
—No… aquí no. Abajo.
Ahora empezaba a enderezarse un poco, liberando a Wendy de parte
de su peso, y el movimiento de la cabeza de atrás hacia delante empezó a
hacerse más lento, hasta que se detuvo.
—Estaba mirando esos papeles viejos. Sentado en una silla que
encontré allí. Recibos de leche, cosas así, aburridas. Y me parece que me
adormilé un poco. Debió ser entonces cuando empecé a soñar, y debe haber
venido aquí sonámbulo —ahogó una risita temblorosa contra el cuello de
Wendy—. Otra cosa que es la primera vez.
—¿Donde está Danny, Jack?
—No sé. ¿No está contigo?
—¿No estaba… contigo en el sótano?
Jack miró por encima del hombro. Ante lo que vio en la expresión de
ella, el rostro se le puso tenso.
—Jamás dejarás que me olvide de eso, ¿no es cierto, Wendy?
—Jack…
—¿Jack qué? —preguntó vehemente y se puso en pie de un salto—.
¿O vas a negar que es eso lo que estás pensando? ¿Que yo lo lastimé? ¿Que
si lo lastimé antes, bien puedo volverlo a lastimar?
—¡Quiero saber dónde está, y nada más!
—¡Pues sigue vociferando hasta que te quedes ronca, que así vas a
arreglar mucho las cosas!
Wendy se dio la vuelta y salió.
Jack la miró alejarse, inmovilizado durante un momento, sosteniendo
en la mano un secante cubierto de fragmentos de vidrio. Después lo dejó
caer en el cesto de los papeles, salió tras de Wendy y la alcanzo junto al
mostrador del vestíbulo. Apoyándole las manos en los hombros, la obligó a
darse vuelta. La expresión de ella era cautelosa.
—Wendy, lo siento. Fue ese sueño, que me dejó mal. ¿Me perdonas?
—Claro —respondió ella, sin cambiar de expresión. Rígidos, sus
hombros se le escurrieron debajo las manos. Desde la mitad del vestíbulo,
empezó a llamar:
—¡Doc! ¡Eh, doc! ¿Dónde estás?
El silencio volvió a cerrarse. Wendy fue hacia la doble puerta del
vestíbulo, la abrió y salió a la senda que Jack había abierto en la nieve.
Parecía una trinchera; la nieve a través de la cual pasaba la senda le llegaba
casi a los hombros. Cuando volvió a llamar, su aliento era un vapor blanco.
Al volver, ya empezaba a parecer asustada.
—¿Estás segura de que no está durmiendo en su cuarto? —preguntó
razonablemente Jack, dominando su irritación con ella.
—Ya te dije que andaba jugando por ahí mientras yo hacía punto. Yo
alcanzaba a oír que estaba abajo.
—¿Y te quedaste dormida?
—Y eso, ¿qué tiene que ver? Si. ¿Danny?
—Pero ahora, cuando bajaste, ¿miraste en su habitación?
—En… —balbuceó Wendy. Jack hizo un gesto afirmativo—. En
realidad, no lo pensé.
Sin esperarla, él empezó a subir la escalera. Wendy lo siguió, a medias
corriendo, pero él subía de a dos los escalones. Wendy estuvo a punto de
chocar con él cuando Jack se detuvo bruscamente en el descansillo de la
primera planta y se quedó inmóvil, mirando hacia arriba, con los ojos muy
abiertos.
—¿Qué…? —empezó a preguntar Wendy, y siguió la mirada de él.
Danny aún estaba allí, inmóvil, con los ojos ausentes, chupándose el
pulgar. La luz de la araña eléctrica del pasillo destacaba cruelmente las
marcas del cuello.
—¡Danny! —la voz de Wendy fue un alarido.
El grito rompió la parálisis de Jack y los dos juntos se precipitaron
escaleras arriba, hacia donde estaba el chico. Wendy se arrojó de rodillas
junto a él y lo tomó en brazos. Danny la dejó hacer, pero sin devolverle el
abrazo. Era como estrechar un palo acolchado y Wendy sintió en la boca el
gusto dulzón del horror. Danny no hacía más que chuparse el pulgar y clavar
los ojos, inexpresivos e indiferentes, en el hueco de la escalera, más allá de
donde estaban sus padres.
—Danny, ¿qué pasó? —interrogó Jack, mientras tendía la mano para
tocar el hinchado cuello del niño—. ¿Quién te hizo seme…?
—¡Tú no lo toques! —exclamó Wendy, sibilante. Cogió a Danny en sus
brazos, lo levantó y ya había retrocedido la mitad de los escalones antes de
que Jack alcanzara a levantarse, confundido.
—¿Qué? Wendy, ¿qué demonios estás…?
—¡Tú no lo toques! ¡Si vuelves a ponerle las manos encima, te mataré!
—¡Wendy!
—¡Eres repugnante!
Giró sobre sí misma y bajó corriendo los escalones que la separaban de
la primera planta, la cabeza del chico balanceándose con sus movimientos. El
pulgar seguía firmemente alojado en la boca. Los ojos eran dos ventanas
enjabonadas. Al pie de la escalera, Wendy torció hacia la derecha y Jack
sintió cómo sus pies se alejaban. Después, el golpe de la puerta del
dormitorio. El cerrojo al correrse. La llave en la cerradura. Breve silencio.
Después, sofocado, el murmullo suave de una voz, que consuela.
Se quedó ahí durante un tiempo incalculable, literalmente paralizado
por todo lo que había sucedido en tan breve tiempo. El sueño seguía
estando con él, imprimiéndole a todo un matiz levemente irreal. Era como si
se hubiera tomado una dosis muy leve de mescalina. ¿Tal vez, él habría
lastimado a Danny, como pensaba Wendy? ¿Habría intentado estrangular a
su hijo por indicación de su padre? No. Él jamás le haría daño a Danny.
(Se cayó por las escaleras, doctor.)
Ahora, jamás le haría daño a Danny.
(¿Como podía yo saber que la bomba no funcionaba?)
Jamás en su vida había sido deliberadamente agresivo cuando estaba
sobrio.
(Salvo cuando estuviste a punto de matar a George Hatfield.)
—¡No! —gimió en la oscuridad, y con ambos puños empezó a
golpearse las piernas, una vez, y otra, y otra más.
Wendy estaba sentada junto a la ventana, en el sillón tapizado, con
Danny en el regazo, meciéndolo, cantándole las viejas palabras sin sentido
que uno jamas recuerda después, no importa cómo se resuelva la cosa. El
chico se le había aflojado sobre el regazo sin protesta y sin alegría, como si
fuera un dibujo recortado de sí mismo, sin que sus ojos se movieran siquiera
hacia la puerta cuando afuera, en el vestíbulo, se oyó a Jack que gritaba
«¡No!».
En la cabeza de Wendy, la confusión se había atenuado un poco, pero
ahora descubrió que tras ella se ocultaba algo peor: el pánico.
Jack era el que había hecho eso, ella no lo dudaba.
Para Wendy, la negación de él nada significaba. Le parecía
perfectamente posible que Jack hubiera tratado de estrangular a Danny en
sueños de la misma manera que en sueños había hecho pedazos la radio.
Sufría algún colapso, o algo así. Pero ella, ¿qué podía hacer? Imposible
quedarse allí encerrados. Tendrían que comer.
En realidad, la cuestión era solamente una, mentalmente formulada con la frialdad y
el pragmatismo mas absolutos, con la voz de su maternidad, una voz fría y desapasionada
que se apartaba del círculo cerrado entre madre e hijo para apuntar hacia afuera, hacia
Jack. Era una voz que le hablaba de su propia salvación sólo después de hablarle de la
salvación de su hijo, y lo que preguntaba era:
(¿Hasta qué punto, exactamente, es peligroso?)
Jack había negado que él lo hubiera hecho. Se había quedado
horrorizado ante los magullones, ante la blanda, implacable desconexión de
Danny. Si él lo había hecho, la responsabilidad era de una parte distinta de
él. El hecho de que hubiera podido hacerlo mientras estaba dormido era
alentador, de una manera terrible y retorcida. ¿No seria posible confiar en él
para que los sacara de allí? Para que los sacara y los llevara, y después…
Pero Wendy no podía ver más allá de ella misma y Danny llegando,
sanos y salvos, al consultorio del doctor Edmonds en Sidewinder. Ni siquiera
necesitaba ver más allá. Con la crisis actual tenia más que suficiente para
preocuparse.
Siguió arrullando a Danny, meciéndolo sobre su pecho. Al apoyar los
dedos en el hombro del chico, había advertido que tenía la camisa húmeda,
pero la información no le había llegado al cerebro más que de una manera
totalmente mecánica. Si la hubiera registrado, habría recordado tal vez que
las manos de Jack, cuando la abrazó en el despacho, sollozando contra su
cuello, estaban secas. Y eso podría haberla calmado. Pero seguía teniendo la
cabeza en otras cosas. Tenía que tomar una decisión: ¿acercarse a Jack o no?
En realidad, la decisión no era tal. Nada había que ella pudiera hacer
sola, ni siquiera bajar con Danny hasta el despacho para pedir auxilio por
radio. Él chico había sufrido un shock grave, y había que sacarlo de allí a
toda prisa, antes de que el daño pudiera hacerse permanente. Wendy se
negaba a creer que ya pudiera serlo.
Pero así y todo se angustiaba, y buscaba otra alternativa. No quería
volver a poner a Danny al alcance de Jack. Se daba cuenta ahora de la mala
decisión que había tomado al ir allí contrariando sus sentimientos (y los de
Danny) y dejar que la nieve los aislara .. todo por el bien de Jack. Otra mala
decisión había sido archivar la idea del divorcio. Ahora se sentía casi
paralizada por la sensación de que podía estar cometiendo otro error, y de
que lo lamentaría cada minuto de cada día que le quedara de vida.
En el hotel no había armas de fuego. En la cocina había cuchillos
colgados de los soportes imantados, pero entre ella y la cocina se interponía
Jack.
En su esfuerzo por tomar la decisión adecuada, por encontrar la
alternativa, no percibió la amarga ironía de sus pensamientos: una hora
antes se había quedado dormida, firmemente convencida de que las cosas
iban bien y seguirían mejorando. Ahora, estaba sopesando la posibilidad de
defenderse de su marido con un cuchillo de carnicero, si él trataba de
interponerse entre ella y su hijo.
Finalmente se levantó, con el niño en los brazos, las piernas
temblorosas. No había otra salida. Tendría que suponer que Jack despierto
era Jack cuerdo, y que él la ayudaría a llevar a Danny a Sidewinder y a la
consulta del doctor Edmonds. Y si Jack intentaba cualquier cosa que no fuera
ayudarla, que Dios tuviera piedad de él.
Fue hasta la puerta y le quitó el cerrojo. Apoyó a Danny en el hombro,
abrió la puerta y salió al pasillo.
—¿Jack? —llamó con nerviosidad, sin obtener respuesta.
Cada vez más insegura, fue hacia la escalera, pero Jack no estaba allí.
Y mientras estaba inmóvil en el descansillo, pensando qué hacer, desde
abajo le llegó la canción, pícara, colérica, amargamente satírico:
Hazme rodar
En la hie-er-ba,
Hazme rodar y tiéndeme y vuélvelo a hacer.
La voz la asustó todavía más de lo que la había asustado el silencio,
pero no había otra alternativa. Wendy empezó a descender la escalera.
28. «¡FUE ELLA!»
Jack se había quedado en la escalera, escuchando el ahogado arrullo
consolador que llegaba a través de la puerta cerrada, y lentamente su
confusión había cedido el paso a la cólera. En realidad, para Wendy las cosas
no habían cambiado. Él podría pasarse veinte años en seco y todavía, al
llegar a casa por las noches y abrazarla en la puerta, podría ver/sentir esa
imperceptible dilatación de las narices que trataban de detectar vapores de
whisky o de gin en su aliento. Wendy siempre supondría lo peor; si él y
Danny tenían un accidente y chocaban con un ciego borracho que acabara
de sufrir un ataque antes de la colisión, Wendy le echaría silenciosamente la
culpa de las heridas de Danny y se apartaría de él.
Ante sus ojos surgió el rostro de ella en el momento en que le
arrebató a Danny para llevárselo y, de pronto, Jack deseó borrar a puñetazos
la expresión que le había visto.
¡Qué derecho tenía, carajo!
Sí, tal vez al principio. Él había sido un curda y había hecho cosas
terribles. Romperle el brazo a Danny había sido una cosa terrible. Pero si un
hombre se reforma, ¿no merece que tarde o temprano le sean reconocidos
sus méritos? Y si no lo consigue, ¿no merece que el juego haga honor al
nombre que le aplican? Si un padre acusa constantemente a su hija virgen de
acostarse con todos los muchachos de la escuela, ¿por fin no se hartará ella
lo suficiente como para merecerse que la riñan? Y si secretamente —o no tan
secretamente— una mujer sigue creyendo que su marido abstemio es un
borracho…
Jack se levantó, bajó lentamente hasta el descansillo de la primera
planta y se quedó allí un momento. Sacó el pañuelo del bolsillo de atrás, se
lo pasó por los labios y pensó que podría ir a golpear la puerta del
dormitorio, exigiendo que lo dejaran entrar para ver a su hijo. Wendy no
tenía derecho a ser tan autoritaria, demonios.
Bueno, pero tarde o temprano tendría que salir, a no ser que planeara
someterse, junto con Danny, a una dieta bien exigua. Al pensarlo, una
mueca desagradable le crispó los labios. Que viniera ella, en su momento.
Bajó a la planta baja y durante un momento se quedó con aire
incierto junto al mostrador del vestíbulo. Después tomó hacia la derecha,
entró en el comedor y se quedó en la puerta. Las mesas vacías, con los
manteles de hilo blanco implacablemente cubiertos por el plástico
transparente, brillaban como si estuvieran llamándolo. Ahora todo estaba
desierto, pero
(La cena se servirá a las 8.
Desenmascaramiento y baile
a medianoche.)
Momentáneamente olvidado de su mujer y de su hijo, olvidado del
sueño, de la radio destrozada, de los magullones, Jack se paseó entre las
mesas. Pasó los dedos sobre las pegajosas cubiertas de plástico, tratando de
imaginarse lo que debía de haber sido esa calurosa noche de agosto de 1945,
recién ganada la guerra, abierto hacia delante el futuro, nuevo y abigarrado
como un país de sueños. Las alegres linternas japonesas de papel multicolor
pendían todo a lo largo de la pasarela circular, una luz dorada entraba por
las ventanas que, entonces, no estaban tapiadas por los ventisqueros de
nieve. Hombres y mujeres vestidos de noche, aquí una princesa
resplandeciente, más allá un caballero de botas altas, por todas partes
conversaciones no menos chispeantes que las joyas, el baile, la pródiga
abundancia de bebidas, primero vino y después cócteles y después, quizá,
mezclas más fuertes, el nivel de la conversación más y más y más alto hasta
que de la plataforma de la orquesta partía, regocijante, el grito esperado de
«¡Quitarse las máscaras! ¡Quitarse las máscaras!».
(Y la Muerte Roja dominaba…)
Se encontró de pronto al otro lado del comedor, a punto de atravesar
la estilizada doble puerta del Salón Colorado donde, aquella noche de 1945,
las bebidas debían de haber sido gratuitas.
(Acérquense al bar, señores, que la casa invita.)
Pasó por la doble puerta y se adentró en la honda penumbra del bar,
y entonces sucedió algo extraño. Jack había estado allí una vez para cotejar
el inventario que le había dejado Ullman, y sabía que en el lugar no había
una sola gota de alcohol. Los estantes estaban completamente vacíos. Pero
ahora, turbiamente iluminados por la luz que llegaba desde el comedor
(tampoco muy bien iluminado, ya que la nieve bloqueaba las ventanas) le
pareció ver hileras y mas hileras de botellas que titilaban silenciosamente
detrás del bar, y sifones, y hasta la cerveza que goteaba de las espitas de los
tres barriles relucientes. Si, hasta olía la cerveza, ese húmedo y fermentado
olor de levadura, el mismo que flotaba como una tenue niebla alrededor de
la cara de su padre, todas las noches, cuando regresaba a casa.
Con los ojos muy abiertos, buscó a tientas la llave de la luz y las tenues
luces del bar se encendieron: círculos de bombillas de veinte vatios
dispuestas sobre las tres ruedas de carro que, suspendidas del techo, hacían
las veces de arañas.
Los estantes estaban todos vacíos, aunque todavía no era muy espesa
la capa de polvo que los cubría. Las espitas de cerveza estaban secas, lo
mismo que los escurridores cromados que tenían debajo. A la derecha e
izquierda de él, los reservados tapizados en terciopelo se erguían como
hombres altos, anchos de espaldas, diseñados como estaban para ofrecer el
máximo de intimidad posible a la pareja que los ocupara. Directamente ante
él, más allá de la alfombra roja que recubría el suelo, cuarenta taburetes
formaban su ronda en torno del mostrador en forma de herradura. Todos
tapizados en cuero, estaban decorados con marcas de ganado: H en un
círculo; barra D barra (muy a propósito); W sobre un semicírculo; B
acostada…
Se acercó más, mientras sacudía con cierta perplejidad la cabeza. Era
como aquel día en la zona infantil, cuando .. pero no tenía sentido pensar
ahora en eso. Así y todo, podría haber jurado que había visto las botellas,
vagamente, es cierto, así como se ven las formas oscuras de los muebles en
una habitación donde las cortinas están corridas. El débil resplandor del
vidrio. Lo único que quedaba era el olor a cerveza, y Jack sabía que se
trataba de un olor que, pasado cierto tiempo, impregnaba la madera de
cualquier bar del mundo, sin que se hubiera inventado ningún detergente
capaz de quitarlo. Pero allí el olor era intenso casi parecía fresco.
Se sentó en uno de los taburetes y apoyó ambos codos sobre el borde
del bar tapizado en piel. A su izquierda había un tazón para cacahuetes, que
en ese momento estaba vacío, naturalmente. Era la primera vez que entraba
en un bar en diecinueve meses, y todo estaba completamente en seco vaya
suerte la suya. De todas maneras, lo embargó una oleada de nostalgia
arrasadora y amarga, y la avidez, física de beber fue subiendo desde el
vientre a la garganta, a la boca, a la nariz, haciéndole contraer los tejidos a
medida que ascendía, haciendo que sus entrañas clamaran por algo líquido,
largo, frío.
Con una esperanza irracional, desaforada, volvió a mirar los estantes,
pero estaban tan vacíos como un momento antes. Hizo una mueca de dolor
y frustración. Contrayéndose lentamente, sus dedos empezaron a arañar el
borde acolchado del bar.
—Hola, Lloyd —saludó—. Noche más bien tranquila la de hoy, ¿no?
Lloyd dijo que si, y le preguntó qué deseaba.
—Pues me alegro de que me lo preguntes, hombre —respondió Jack—
, me alegro de veras. Porque casualmente tengo en la cartera dos billetes de
veinte dólares y dos de diez, y ya me temía que seguirían allí hasta el mes de
abril. No hay ni un bar por aquí, ¿podrás creerlo? Y me imaginé que tenían
bares en la podrida luna.
Lloyd se mostró comprensivo.
—Pues te diré qué haremos —continuó Jack—. Tú me preparas veinte
martinis, ni más ni menos. Así, uno tras otro, muchacho. Uno por cada mes
que me he pasado en seco y uno de añadidura. ¿Lo puedes preparar,
¿verdad? ¿No estás demasiado ocupado?
Lloyd dijo que no estaba nada ocupado.
—Buen muchacho. Pues me pones los marcianos en fila a lo largo de la
barra y yo me los iré soplando uno a uno. Es la carga del hombre blanco,
Lloyd, amigo mío.
Lloyd puso manos a la obra. Jack buscó la billetera en el bolsillo y
encontró en cambio un frasco de «Excedrina». La cartera estaba en el
dormitorio y, claro, las piernas flacas de su mujer lo tenían excluido del
dormitorio. Estuviste bien, Wendy, maldito perro.
—Me parece que por el momento estoy en cero —dijo Jack—. ¿Qué
tal ando de crédito en este bar, ya que estamos?
Lloyd le aseguró que andaba muy bien de crédito.
—Estupendo. Siempre me gustaste, Lloyd. Siempre fuiste el mejor de
todos. El mejor de todos los barman que hay entre Barre y Portland, Maine
Portland, Oregón, quise decir. Lloyd le agradeció la amabilidad de decírselo.
Jack destapó su frasco de «Excedrina», sacó dos tabletas y se las metió
en la boca. El sabor ácido, familiar, lo invadió.
Súbitamente tuvo la sensación de que había gente mirándolo, con
curiosidad y con cierto desprecio. Los reservados que había detrás estaban
ocupados; hombres que encanecían, hombres distinguidos, acompañados de
hermosas muchachas, todos vestidos de noche, observaban con fría
complacencia ese triste ejercicio de histrionismo.
Jack giró en redondo sobre el taburete.
Los reservados estaban todos vacíos, extendiéndose a derecha e
izquierda desde la puerta del salón; los que tenia a su izquierda describían
una curva para adaptarse a la forma de herradura del mostrador, a lo largo
de la pared más corta de la habitación. Asientos y respaldos acolchados,
tapizados en piel. Mesas de fórmica oscura, reluciente, un cenicero en cada
una, una caja de cerillas en cada cenicero, con las palabras SALÓN
COLORADO estampadas en cada una de ellas, en oro, por encima del
logotipo de la doble puerta del salón.
De nuevo se dio la vuelta, al tiempo que con una mueca se tragaba el
resto de la «Excedrina».
—Lloyd, eres una maravilla —declaró—. Todo listo ya. Tu rapidez no
reconoce más rival que la espiritual belleza de tus ojos napolitanos. Salud.
Jack contempló los veinte cócteles imaginarios, los vasos de martini
cubiertos de gotitas de condensación, cada uno con su rechoncha aceituna
verde atravesada por un palillo. Casi sentía en el aire el olor del gin.
—Lloyd —preguntó— ¿has conocido alguna vez a un caballero que
haya subido al furgón del agua?4.
Lloyd admitió que alguna que otra vez había conocido gente así.
—¿Y alguna vez has vuelto a tener contacto con un hombre así
después que se bajara del furgón?
Con toda sinceridad, Lloyd no podía recordar semejante cosa.
—Pues entonces, nunca te pasó —declaró Jack. Cerró la mano en
torno de la primera copa, se llevo el puño a la boca, que ya estaba abierta, y
dio vuelta el puño. Después de tragar, arrojó por encima del hombro el vaso
imaginario. La gente había vuelto de nuevo, la del baile de disfraces, y
estaban observándolo, riéndose furtivamente de él. La sensación era nítida.
Si en el fondo del bar hubieran puesto un espejo en vez de esos estúpidos
estantes vacíos, habría podido verlos. Pues que miraran. A la mierda con
ellos. Que cualquiera que quisiera mirarlo, lo mirara.
«Entonces nunca te pasó —volvió a decir Jack—. Son muy pocos los
hombres que vuelven de ese furgón fabuloso, pero los que regresan vienen
contando una historia tremenda. Cuando uno se sube a él, le parece el
furgón más limpio, más reluciente que haya visto en su vida, con ruedas de
tres metros de altura para que el suelo quede bien lejos del arroyo, donde
están tirados todos los borrachos con sus bolsas marrones y las botellas de
whisky y de cerveza a medio vaciar. Está lejos de toda la gente que lo miraba
mal y le decía que se dejara de hacer payasadas o se fuera a hacerlas a otra
parte. Si lo miras desde el arroyo, amigo Lloyd, es el furgón más estupendo
que hayas visto jamás, todo lleno de colgaduras y con una banda en el frente
y tres “majorettes” a cada lado, haciendo girar los bastones y enseñándote
las bragas. Hombre, uno no puede menos que subirse a ese furgón y
apartarse de las curdas que viven ordeñando la botella y olfateando su
propio vómito para volver a ponerse en forma, y que buscan en el arroyo
alguna colilla hasta medio centímetro por debajo del filtro.
4 Todo el parlamento que sigue debe entenderse en función de las siguientes expresiones
del slang norteamericano: to beoff the (water) wagon = volver a beber tras un periodo de
abstinencia. (N. de la T.)
Apuró otros dos tragos imaginarios, y siguió arrojando los vasos por
encima del hombro. Casi alcanzaba a oír cómo se hacían añicos contra el
suelo. Y maldito sea si no empezaba a sentirse colocado. Era la «Excedrina».
—Conque te subes —siguió explicándole a Lloyd—, y vaya si te alegras
de haber subido. Dios mío, vaya si te alegras. El Furgón es el más grande y el
mejor de todo el desfile y todo el mundo está en la calle aplaudiendo y
gritando y agitando pañuelos, todo porque tú te subiste. Salvo los
borrachines que se han desmayado en el arroyo, los tipos que eran tus
amigos, pero tú ya dejaste atrás todo eso.
Volvió a llevarse a la boca el puño vacío para engullir otro trago… ya
iban cuatro, le faltaban dieciséis. La cosa iba estupendamente. Se tambaleo
un poco sobre el taburete. Que lo miraran, si eso les divertía. Sacadme una
foto, chicos, así os dura más.
—Entonces es cuando empiezas a ver cosas, Lloyd amigo mío. Las cosas que no veías
desde el arroyo. Por ejemplo, que el piso del Furgón está hecho de tablas de pino sin
cepillar, y sin secar, de manera que aún sueltan resina, y si te quitas los zapatos en seguida
te clavas una astilla. O que los únicos muebles que hay en el Furgón son esos bancos largos
de respaldo alto y sin cojines donde sentarse, que en realidad no son más que bancos de
iglesia con libros de himnos cada metro o metro y medio. O que todos los que están
sentados en los bancos del Furgón son esas pájaras de pecho chato y faldas largas con
cuellitos de encaje y el pelo recogido en un rodete, tan tirante que casi se lo oye gritar. Y
todas las caras son chatas y pálidas y brillantes, y todos cantan «Canteeemos, canteeeemos,
canteeemos al Seeeeñor», y delante de todos hay una fulana nauseabunda de pelo rubio
que toca el órgano y les dice que canten más fuerte, más fuerte. Y alguien te mete en las
manos un libro de himnos y te dice «Canta, hermano. Si quieres seguir en nuestro Furgón
tienes que cantar, mañana, tarde y noche. Especialmente de noche». Y entonces tú te das
cuenta de lo que es realmente el Furgón, Lloyd. Es una iglesia con barrotes en las ventanas,
una iglesia para las mujeres, y para ti una prisión.
Jack se calló. Lloyd se había ido. Peor aún: no había estado nunca.
Tampoco habían estado las bebidas. No estaba más que la gente de los
reservados, los del baile de disfraces, y se oían casi las risas sofocadas,
disimuladas por las manos puestas sobre la boca, mientras lo señalaban y le
clavaban mil ojos brillantes como crueles alfileres de luz.
De nuevo, se dio la vuelta.
—Dejadme.
(¿solo?)
Todos los reservados estaban vacíos. El rumor de las risas se había
extinguido como el susurro de las hojas de otoño. Durante cierto tiempo,
Jack se quedó mirando el salón desierto, con los ojos sombríamente abiertos.
Una vena le latía perceptiblemente, en mitad de la frente. En lo más
profundo de sí mismo iba formándose una fría certidumbre, y esa
certidumbre le decía que estaba perdiendo la cabeza. Sintió el impulso de
levantar el taburete que tenía a su lado y, blandiéndolo como un torbellino
de viento vengador, recorrer con él todo el salón. En cambio, se volvió otra
vez hacia la barra y empezó a vociferar:
Hazme rodar
En la hie-erba,
Hazme rodar y tiéndeme y vuélvelo a hacer.
Ante él surgió la cara de Danny, no su cara normal, vivaz y despierta,
de ojos abiertos y chispeantes, sino el rostro catatónico, de resucitado, de ese
extraño de ojos turbios y opacos, cuyos labios se fruncían como los de un
bebé alrededor del pulgar. ¿Qué estaba haciendo él ahí, sentado a solas y
hablando consigo mismo como un adolescente enfurruñado, cuando su hijo
estaba arriba, conduciéndose como alguien que estuviera a punto para la
habitación de paréeles acolchadas, conduciéndose como decía Wally Hollis
que se había comportado Vic Stenger antes de que los hombres de bata
blanca vinieran a llevárselo?
(¡Pero yo nunca le puse la mano encima! ¡Jamás, carajo!)
—¿Jack? —la voz era tímida, vacilante.
Y lo sobresaltó de tal manera que estuvo a punto de caerse del
taburete al darse vuelta. Wendy estaba parada apenas pasado el vano de la
doble puerta, con Danny sostenido en los brazos como un horrendo maniquí
de cera. Los tres componían un cuadro que impresionó profundamente a
Jack: el momento antes de que bajara el telón del segundo acto de algún
antiguo melodrama, tan mal puesto en escena que los tramoyistas se habían
olvidado de las botellas en los estantes de la Guarida de la Iniquidad.
—Yo jamás lo toqué —articuló pastosamente Jack—. Jamás lo toqué
desde la noche en que le rompí el brazo. Ni siquiera le he dado un azote.
—Jack, ahora eso no importa. Lo que importa es…
—¡Si que importa! —bramó él, y asestó sobre el mostrador un
puñetazo que levantó en el aire el tazón de cacahuetes vacío—. ¡Importa,
carajo, sí que importa!
—Jack, tenemos que sacarlo de la montaña. Está…
En sus brazos, Danny empezó a moverse. La expresión vacía y atónita
del rostro había empezado a resquebrajarse como la capa de hielo que
recubre una superficie. Sus labios se estremecieron como si percibieran un
sabor horrible. Los ojos se abrieron, las manos se elevaron como si quisieran
cubrirlos y después, volvieron a caer.
Bruscamente, el chico se puso rígido en brazos de Wendy. La espalda
se le arqueó hasta hacer tambalear a la madre. Y repentinamente, Danny
empezó a chillar, a emitir gritos resonantes y enloquecidos que se le
escapaban de la garganta tensa en una serie increíble de alaridos. El eco
hacía que los ámbitos vacíos les devolvieran los gritos como alaridos
fantasmales. La impresión era que hubiera cien criaturas como Danny,
gritando todas al mismo tiempo.
—¡Jack! —clamó Wendy, aterrorizada—. Jack, por Dios, ¿qué le pasa?
Entumecido de la cintura para abajo, más asustado de lo que jamás lo
hubiera estado en su vida, Jack se bajó del taburete. ¿A qué agujero se había
asomado su hijo, a qué oscura madriguera? ¿Y qué había habido allí que lo
lastimara?
—¡Danny! —rugió—. ¡Danny!
Danny lo vio y, con una fuerza súbita y salvaje que no dejó a su madre
posibilidad de sostenerlo, se arrancó de sus brazos. Tambaleante, Wendy
retrocedió contra uno de los reservados y estuvo a punto de caerse dentro
de él.
—¡Papito! —aulló el chico, mientras se precipitaba hacia Jack con los
ojos enormes, desorbitados—. ¡Oh papito fue ella! ¡Ella! ¡Ella! ¡Ay papiii…!
Con el ímpetu de una flecha se arrojó en brazos de Jack, obligándolo
a tambalearse sobre sus pies. Danny se aferró furiosamente a él, al principio
sacudiéndolo como un luchador, hasta que finalmente empezó a sollozar
contra su pecho. Jack sentía contra su cuerpo el pequeño rostro, ardiente y
contraído.
Papito, fue ella.
Jack levantó lentamente la mirada hasta el rostro de Wendy; sus ojos
parecían pequeñas monedas de plata.
—¿Wendy? —La voz era suave, casi un ronroneo—. Wendy, ¿qué le
hiciste?
Con el rostro pálido, con atónita incredulidad, ella lo miró a su vez, y
sacudió la cabeza.
—Oh, Jack, pero tú sabes…
Afuera, había empezado a nevar otra vez.
29. CONVERSACIÓN EN LA COCINA
Jack llevó a Danny a la cocina. El chico seguía sollozando
desesperadamente, negándose a apartar la cara del pecho de Jack. En la
cocina, Jack volvió a entregárselo a Wendy, que seguía pareciendo azorada e
incrédula.
—Jack, no se de qué está hablando. Créeme, por favor.
—Te creo —asintió él, aunque para sus adentros tenía que admitir que
le daba cierto placer ver la forma tan inesperada, tan desconcertante, en que
se habían dado la vuelta las cosas. Sin embargo, su furia con Wendy no había
sido más que un arranque del momento; en su fuero interno, Jack sabía que
Wendy se vertería encima una lata de gasolina y se prendería fuego antes de
dañar a Danny.
Sobre el quemador de atrás de la cocina, con fuego bajo, se mantenía
la tetera. Jack puso un saquito de té en su gran tazón de cerámica y lo llenó
de agua caliente hasta la mitad.
—¿Tienes jerez para cocinar, verdad? —presunto a Wendy.
—¿Cómo? Ah, si… hay dos o tres botellas.
—¿En qué armario?
Ella se lo señaló, y Jack bajó una de las botella, Echó un buen chorro
en el tazón, volvió a guardar el jerez y llenó de leche el resto del tazón. Le
agregó tres cucharadas de azúcar y lo revolvió. Después se lo alcanzó a
Danny, cuyos sollozos habían disminuido hasta convertirse en un lloriqueo
entrecortado. Pero seguía temblando de pies a cabeza y los ojos, muy
abiertos, no habían perdido su fijeza.
—Haz el favor de beberte eso, doc —le pidió Jack—. Te va a parecer
horrible, pero te hará sentir mejor. ¿Quieres bebértelo, por papá?
Con un gesto afirmativo, el chico cogió el tazón. Bebió un sorbo, hizo
una mueca y miró interrogativamente a su padre. Jack asintió con la cabeza
y Danny siguió bebiendo. Dentro de ella, Wendy sintió el familiar aguijonazo
de los celos; sabia que su hijo no lo habría bebido por ella.
Inmediatamente se le ocurrió una idea inquietante, alarmante incluso:
¿habría deseado ella pensar que el culpable era Jack? ¿Estaría tan celosa?
Era la forma en que habría pensado su madre, y eso era lo más horrible de
todo. Wendy recordaba un domingo en que su papá la había llevado al
parque y que ella se había caído del armazón de gimnasia y se había
lastimado las rodillas. Cuando su padre la llevó a casa, la madre le había
gritado: «¿Y tú qué hacías? ¿Por qué no estabas vigilándola? ¿Qué clase de
padre eres?»
(La madre lo había llevado a la tumba; cuando por fin él se divorció ya
era demasiado tarde.)
Wendy sentía que jamás había concedido a Jack el beneficio de la
duda. Ni por asomo. Wendy sentía que le ardía la cara, y sin embargo sabía
irremediablemente, que si todo hubiera de suceder otra vez, ella haría lo
mismo y pensaría de la misma manera. Para bien o para mal, llevaba por
siempre consigo una parte de su madre.
—Jack… —comenzó, no muy segura de si quería disculparse o
justificarse, y sabiendo que ninguna de las dos cosas serviría de nada.
—Ahora no —la interrumpió él.
Danny tardó quince minutos en beberse la mitad del contenido del
tazón, pero pasado ese rato se había calmado visiblemente Los
estremecimientos casi habían desaparecido.
Jack apoyó solemnemente las manos en los hombros de su hijo.
—Danny, ¿crees que puedes contarnos exactamente lo que te sucedió?
Es muy importante.
Danny miró de Jack a Wendy y después volvió de nuevo los ojos a su
padre En la pausa de silencio, se pusieron de relieve el marco en que se
hallaban y su situación: afuera el alarido del viento, que seguía
amontonando nieve desde el noroeste; adentro los crujidos y gemidos del
viejo hotel que se preparaba para otra tormenta. La realidad de su
aislamiento se abatió con inesperada fuerza sobre Wendy, como solía
sucederle, como un impacto en el corazón.
—Quiero contaros todo —susurró Danny—. Ojalá lo hubiera hecho
antes —volvió a levantar la taza y la sostuvo con ambas manos, como si la
tibieza le diera seguridad.
—¿Por que no lo hiciste, hijo? —suavemente, Jack le aparto de la
frente el pelo desordenado y sudoroso.
—Porque el tío Al te había conseguido el trabajo, y yo no podía
entender que este lugar fuera bueno y malo para ti, al mismo tiempo. Era…
—los miró pidiendo ayuda, al no poder encontrar la palabra necesaria.
—¿Un dilema? —le preguntó suavemente Wendy—. ¿Cuando nada de
lo que puedes elegir parece bueno?
—Eso, si —asintió el chico, aliviado.
—El día que tú estuviste podando el cerco, Danny y yo tuvimos una
conversación en la furgoneta —terció Wendy—. El día de la primera nevada
en serio, ¿te acuerdas?
Jack hizo un gesto afirmativo. El día que arregló los setos estaba muy
bien grabado en su memoria.
—Pues me parece que no hablamos lo suficiente —suspiró Wendy—.
¿No te parece, doc?
Danny, la imagen del infortunio, movió la cabeza.
—¿De qué hablasteis, exactamente? —preguntó Jack—. No estoy
seguro de que me guste que mi mujer y mi hijo…
—…hablen de lo mucho que te quieren.
—De lo que fuere, no lo entiendo. Me siento como si hubiera entrado
a ver una película después del descanso.
—Hablamos de ti —reconoció Wendy en voz baja—. Y tal vez no lo
dijéramos todo en palabras, pero los dos lo sabíamos. Yo porque soy tu
mujer, y Danny porque él entiende cosas.
Jack siguió en silencio.
—Danny lo dijo con toda exactitud. El lugar parecía bueno para ti.
Estabas lejos de todas las presiones que tan desdichado te hacían en
Stovington. Eras tu propio jefe, y estar trabajando con las manos te
permitiría reservar tu cerebro, sin restricciones, para escribir por las noches.
Después… no sé exactamente en que momento, empezó a parecer que este
lugar no era bueno para ti. Te pasabas todo el tiempo en el sótano,
revisando esos papeles viejos, toda esa historia antigua. Hablas en sueños.
—¿En sueños? —preguntó Jack, mientras en su rostro aparecía una
expresión entre sorprendida y cautelosa—. ¿Que yo hablo en sueños?
—La mayor parte no se entiende. Una vez que me levanté para ir al
baño, tú estabas diciendo: «Demonios, traed las ranuras por lo menos, que
nadie lo sabrá jamás.» Otra vez me despertaste, vociferando prácticamente:
«Quitaos las máscaras, quitaos las máscaras.»
—Cristo —susurró Jack y se pasó una mano por la cara. Parecía
descompuesto.
—Y todos los hábitos de cuando bebías, también. Masticar
«Excedrina». Frotarte continuamente la boca. Caprichoso por las mañanas. Y
tampoco has podido terminar la obra todavía, ¿no es eso?
—No, todavía no, pero no es mas que cuestión de tiempo. Estuve
pensando en otra cosa. Tengo un proyecto nuevo.
—Este hotel. Es el proyecto por el cual te llamó Al Shockley. El que no
quería que pusieras en práctica.
—¿Y tú como lo sabes? —ladró Jack—. Estabas escuchando?
¿Estabas…?
—No —respondió Wendy—. Aunque hubiera querido escuchar, no
habría podido hacerlo, y tú te darías cuenta si usaras la cabeza. Esa noche,
Danny y yo estábamos abajo. El conmutador está desconectado. Nuestro
teléfono de arriba era el único que funcionaba en el hotel, porque está
conectado directamente con la línea exterior. Tú mismo me lo dijiste.
—Entonces, ¿cómo pudiste saber lo que me dijo Al?
—Porque Danny me lo dijo. Danny sabía, de la misma manera que a
veces sabe dónde están las cosas que se han perdido, o sabe que alguien está
pensando en divorciarse.
—El médico dijo…
Wendy movió la cabeza con impaciencia.
—Ese médico era una mierda y los dos lo sabemos. Lo hemos sabido
todo el tiempo. ¿Te acuerdas de cuando Danny dijo que quería ver los
camiones de bomberos? Eso no fue una corazonada. Apenas si era un bebé.
Danny sabe cosas. Y ahora tengo miedo —miró los magullones en el cuello
del chico.
—¿Sabías de verdad que el tío Al me había llamado, Danny?
Danny afirmó con la cabeza.
—Y estaba de veras enfadado, papá. Porque tú habías llamado al
señor Ullman, y el señor Ullman lo llamó a él. El tío Al no quería que tú
escribieras nada sobre el hotel.
—Jesús —suspiró Jack—. Y los magullones, Danny… ¿quién intentó
estrangularte?
El rostro de Danny se ensombreció.
—Ella —respondió—. La mujer que hay en esa habitación. La 217. La
señora muerta.
Nuevamente, los labios empezaron a temblarle, y volvió a tomar el
tazón para beber.
Por encima de su cabeza inclinada, Jack y Wendy cambiaron una
mirada de inquietud.
—¿Sabes tú algo de esto? —preguntó Jack. Wendy negó con la
cabeza.
—No, de esto no sé nada.
—¿Danny? —Jack levantó la carita asustada de su hijo—. Inténtalo
hijo, que estás con nosotros.
—Yo sabía que este lugar era malo —dijo Danny en voz baja—. Ya
desde que estábamos en Boulder, porque Tony me hacía soñar con eso.
—¿Que clase de sueños?
—No los recuerdo todos. Me mostraba el «Overlook» de noche, con
una calavera y tibias cruzadas en el frente. Y se oían golpes. Y había algo…
no recuerdo qué… que me perseguía. Un monstruo. Y Tony me mostró lo de
redrum.
—¿Y eso qué es, doc? —interrogo Wendy. El chico negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Será ron, como lo de «ay, ay., ay la botella de ron»? —le preguntó
Jack, pero Danny volvió a hacer un gesto negativo.
—No lo sé. Después llegamos aquí, y el señor Hallorann hablo
conmigo en su coche. Porque él también tiene el esplendor.
—¿El esplendor?
—Es… —Danny abrió las manos en un gesto que lo abarcaba todo—.
Es poder entender las cosas. Saber cosas. A veces uno ve cosas… como
cuando yo supe que había llamado el tío Al. O el señor Hallorann, que sabia
que vosotros me llamabais doc. Y el señor Hallorann, una vez que estaba
pelando patatas en el Ejército, supo que su hermano se había matado en un
choque de trenes . Y cuando llamó a su casa, era verdad.
—Santo Dios —susurró Jack—. ¿No estarás inventando todo esto,
verdad, Danny?
El chico negó violentamente con la cabeza.
—No, lo juro por Dios. El señor Hallorann —añadió después con un
toque de orgullo— dijo que yo tenia el mejor esplendor que él hubiera visto
en su vida. Los dos podíamos hablarnos sin tener siquiera que abrir la boca.
Sus padres volvieron a mirarse entre si, francamente aturdidos.
—El señor Hallorann quiso hablar conmigo porque estaba preocupado
—continuó Danny—. Me dijo que este es un mal lugar para la gente que
esplende. Dijo que el había visto cosas. Yo también vi algo, después de haber
hablado con él, mientras el señor Ullman nos llevaba a los tres por el hotel.
—¿Qué viste? —pregunto Jack.
—En la suite presidencial. Sobre la pared que hay junto a la puerta,
yendo hacia el dormitorio. Había un montón de sangre y algo más. Algo
desagradable. Creo… que eso desagradable deben de haber sido sesos.
—Ay, Dios mío —suspiró Jack.
Wendy estaba muy pálida, con los labios casi de color gris.
—De ese lugar —explicó Jack—, hace algún tiempo. fueron
propietarios unos tipos bastante siniestros. Gente de una organización de
Las Vegas.
—¿Mafiosos? —preguntó Danny.
—Exactamente mafiosos —confirmó Jacky y miró a Wendy—. En 1966,
allí mataron a un gángster llamado Vito Gienelli, y a sus dos guardaespaldas.
En el periódico se publicó una foto; es exactamente la imagen que acaba de
describir Danny.
—Y el señor Hallorann dijo que él vio algunas otras cosas —siguió
contando Danny—. Una vez, en la zona infantil. Y otra vez vio algo malo en
ese cuarto, el 217. Una de las camareras lo vio y la echaron de su trabajo por
contarlo. Entonces, el señor Hallorann subió, y él también lo vio, pero no se
lo dijo a nadie porque no quería quedarse sin trabajo. Salvo que a mí me
dijo que nunca entrara allí… pero yo entré, porque él también me dijo que
las cosas que viera aquí no podían hacerme daño, y yo le creí —las últimas
palabras fueron casi un susurro, emitido en voz baja y ronca, y Danny se tocó
el hinchado círculo de magullones que le rodeaba el cuello.
—¿Y qué pasó con la zona infantil? —preguntó Jack con voz
extrañamente diferente.
—Eso no sé. Él habló de la zona infantil, y de los animales del seto.
Jack se sobresaltó, y Wendy lo miró con curiosidad.
—¿Es que tú has visto algo allí, Jack?
—No, nada —negó él.
Danny lo miraba.
—Nada —repitió Jack, con más calma. Y era la verdad. Había sido
víctima de una alucinación, y nada más.
—Danny, tienes que contarnos lo de esa mujer —lo animó suavemente
Wendy.
El chico empezó a contar, pero las palabras le salían en cíclicos
estallidos, que a ratos se convertían en un farfullar incomprensible, movidos
por la prisa de sacarlo todo fuera y terminar de una vez. Mientras hablaba,
iba oprimiéndose cada vez más contra el pecho de su madre.
—Entré —contó—. Robé la llave maestra y entré. Era como si no
pudiera contenerme. Tenía que saber. Y ella… la señora… estaba en la
bañera. Estaba muerta, toda hinchada. Estaba des… desnu… no tenía puesta
nada de ropa —con aire lamentable, miró a su madre—. Y empezó a
levantarse y quería atacarme. Yo lo sé, porque lo sentía. No es que ella
pensara, así como pensáis papá y tú. Era algo negro… ruin… un pensar
hiriente… como… ¡como las avispas, aquella noche en mi cuarto! Sólo quería
herir. Como las avispas.
Tragó saliva y, durante un momento, mientras la imagen de las avispas
se adueñaba de todos, reinó el silencio.
—Entonces corrí —prosiguió Danny—. Quise escapar, pero la puerta
estaba cerrada. Yo la dejé abierta, pero estaba cerrada. No se me ocurrió
que podía volver a abrirla y salir corriendo. Estaba asustado. Entonces… me
apoyé contra la puerta y cerré los ojos y me puse a pensar que el señor
Hallorann había dicho que las cosas de aquí eran como las figuras de un
libro, y que si… me repetía a mí mismo… tú no existes, vete, tú no existes…
ella se iría. Pero no resultó.
Su voz empezó a elevarse en tonos histéricos.
—Me cogió… me hizo dar la vuelta… y le vi los ojos… vi cómo eran los
ojos… y empezó a asfixiarme… le sentí el olor… le sentí el olor a muerta…
—Basta, shii… —interrumpió Wendy, alarmada—. Basta, Danny, ya
está bien…
De nuevo se preparaba para empezar a arrullarlo. El Arrullo para
Ocasiones Múltiples, de Wendy Torrance, patente en trámite.
—Déjalo terminar —intervino secamente Jack.
—No sé más —articuló el chico—. Me desmayé, no sé si porque ella me
estaba ahogando o porque tenía miedo. Cuando reaccioné estaba soñando
que tú y mami os peleabais por mí, y que tú querías hacer de nuevo Algo
Malo, papito. Entonces me di cuenta de que no era un sueño y… me
desperté del todo… y… me mojé los pantalones. Me mojé los pantalones
como un bebé —volvió a dejar caer la cabeza sobre el pecho de Wendy y
empezó a llorar con un desvalimiento horrible, las manos yertas e inmóviles
sobre las piernas.
—Ocúpate de él —Jack se puso de pie.
—¿Qué vas a hacer? —la expresión de Wendy era de terror.
—Voy a subir a esa habitación, ¿qué pensabas que iba a hacer?
¿Prepararme café?
—¡No! ¡Jack, por favor, no!
—Wendy, si hay alguien más en el hotel, tenemos que saberlo.
—¡No te atrevas a dejarnos solos! —le gritó ella con tal fuerza que
una lluvia de gotitas de saliva brotó de sus labios.
Jack se detuvo.
—Wendy, estás haciendo una excelente imitación de tu madre.
Wendy estalló en llanto, sin poder ocultar la cara porque tenía a
Danny sentado en el regazo.
—Lo lamento —se disculpó Jack—, pero tú sabes que tengo que
hacerlo. Por algo soy el maldito vigilante, me pagan para eso.
Wendy siguió llorando, y llorando la dejó Jack al salir de la cocina,
frotándose la boca con el pañuelo mientras la puerta se cerraba a sus
espaldas.
—No te preocupes, mami —la tranquilizó Danny—. No le pasará nada.
Papá no esplende, y allí no hay nada que pueda hacerle daño.
—No, creo que no —suspiró ella, entre sus lágrimas.
30. NUEVA VISITA A LA 217
Para subir tomó el ascensor, cosa rara, porque desde que llegaron
ninguno de ellos había utilizado el ascensor. Manipuló la palanca de bronce
y el aparato subió, entre quejosas vibraciones, por el hueco, mientras las
puertas de reja se sacudían desaforadamente. Jack sabía que a Wendy el
ascensor le inspiraba un horror realmente claustrofóbico. Se imaginaba a
ellos tres atrapados entre dos plantas, mientras afuera rugían las tormentas
invernales, y podía verlos cada vez más flacos y más débiles, hasta morirse de
hambre. O se imaginaba que se devorarían entre ellos, como había pasado
con aquellos jugadores de rugby. Recordó una de esas etiquetas que se
pegan en los parabrisas, que había visto en Boulder: JUGADORES DE RUGBY
DEVORAN A SUS MUERTOS. También recordaba otras: USTED ES LO QUE
COME. O frases de menús. Bienvenido al comedor del «Overlook», el orgullo
de las Montañas Rocosas. Coma espléndidamente en el techo del mundo.
Cuadril humano asado a las cerillas, la spécialité de la Maison. La sonrisa
despectiva volvió a juguetear en sus labios. Cuando en la pared del hueco
apareció el número 2, volvió la palanca de bronce a su posición inicial y el
ascensor se detuvo. Jack se echó tres pastillas de «Excedrina» en la mano y
abrió la puerta del ascensor. En el «Overlook» no había nada que lo
asustara. Él y el hotel simpatizaban.
Recorrió el pasillo mientras se iba echando las tabletas en la boca y
masticándolas una por una. Dobló la esquina del corto pasillo que se
apartaba del corredor principal. La puerta de la habitación 217 estaba
entreabierta y la llave maestra colgaba de la cerradura.
Jack frunció el ceño, sintiéndose recorrido por una oleada de irritación
y hasta de cólera. Cualquiera que hubiera sido el resultado no importaba; el
chico había desobedecido. Se le había dicho, y de manera inequívoca, que
había ciertas partes del hotel que no eran para él; el cobertizo de las
herramientas, el sótano y todas las habitaciones para huéspedes. Tan pronto
como se le hubiera pasado el susto, hablaría con Danny de ese asunto. Le
hablaría de manera razonable, pero con severidad. Eran muchos los padres
que no se habrían limitado a hablar; le habrían dado una buena zurra, y tal
vez fuera eso lo que Danny necesitaba. Y si ya se había llevado un susto, ¿no
era eso exactamente lo que se merecía?
Fue hacia la puerta, quitó la llave maestra, se la echó al bolsillo y
entró. La luz del techo estaba encendida. Echó un vistazo a la cama, vio que
no estaba deshecha y después fue directamente hacia la puerta del baño. En
su interior se había afirmado una curiosa certidumbre. Aunque Watson no
hubiera mencionado apellidos ni número de habitación, Jack tenía la
seguridad de que esas eran las habitaciones que habían compartido la mujer
del abogado y su amante, que ése era el cuarto de baño donde la habían
encontrado muerta, llena de barbitúricos y de alcohol del Salón Colorado.
Empujó la puerta de espejo del cuarto de baño, la abrió y entró. Allí,
la luz estaba apagada. La encendió y se quedó mirando el largo cuarto
parecido a un coche «Pullman», decorado en el estilo característico de
comienzos de siglo y remodelado en la década del 20, que parecía común a
todos los cuartos de baño del «Overlook», excepción hecha de los de la
tercera planta, que eran directamente bizantinos… como convenía a los
miembros de la realeza, los políticos, estrellas de cine y capos de la mafia
que habían desfilado por allí a lo largo de los años.
La cortina de la ducha, de color rosado pastel, estaba corrida
defensivamente en torno de la gran bañera con patas en forma de garras.
(sin embargo se movía)
Y por primera vez Jack sintió que la flamante sensación de seguridad
(de lactancia casi) que se había apoderado de él cuando Danny corrió a sus
brazos gritando ¡Fue ella! ¡Fue ella!, lo abandonaba. Un dedo gélido le
oprimió suavemente la base de la columna, provocándole un escalofrío. Se le
unieron otros dedos que de pronto empezaron a subirle por las vértebras a
lo largo de la espalda, recorriéndole la espina dorsal como si fuera un
instrumento musical.
Su furia con Danny se evaporó, y al avanzar un paso para apartar la
cortina, con la boca seca, no sentía más que compasión por su hijo y terror
por sí mismo.
La bañera estaba seca y vacía.
La irritación y el alivio se exhalaron en un súbito suspiro que se lo
escapó de los labios tensos, como una pequeña explosión. Al terminar la
temporada, la bañera había sido escrupulosamente fregada y, a no ser por la
mancha de herrumbre que se había formado bajo los grifos, brillaba de
limpia. El olor del detergente era débil, pero inconfundible, uno de esos que,
semanas después de haber sido usados, pueden seguir irritándole a uno las
narices durante semanas y meses con el olor de su virtuosa pulcritud.
Se inclinó para pasar los dedos por el fondo de la bañera. Seca como
un hueso. Ni el más leve rastro de humedad. O el chico había tenido una
alucinación o había mentido, directamente. Volvió a sentirse irritado, y en
ese momento le llamó la atención la alfombrilla de baño sobre el suelo. La
miró con el ceño fruncido. ¿Qué hacía allí una alfombrilla de baño? Debería
haber estado en el armario de la ropa blanca, al final del ala oeste, junto con
las sábanas, toallas y fundas. Se suponía que ahí estaba toda la ropa blanca.
Ni siquiera las camas estaban hechas en las habitaciones de huéspedes; los
colchones, tras haberlos protegido con fundas de plástico con cremalleras,
estaban directamente cubiertos por las colchas. Se imaginó que tal vez
Danny hubiera ido a buscarla, ya que con la llave maestra se podía abrir el
armario de la ropa blanca, pero… ¿por qué? La recorrió con las yemas de los
dedos. La alfombrilla estaba seca.
Volvió hacia la puerta del cuarto de baño y se quedó ahí parado. Todo
estaba en orden. El chico había soñado; no había nada fuera de lugar. Lo de
la alfombrilla de baño lo tenía un poco intrigado, es cierto, pero la
explicación lógica sería que alguna de las camareras, apresurándose como
locas el día de cierre de la temporada, se hubieran olvidado de recogerla.
Aparte de eso, todo estaba…
Las narices se le dilataron un poco. Desinfectante, ese virtuoso olor a
limpieza. Y…
¿Jabón?
No, seguramente. Pero, una vez identificado el olor, era demasiado nítido para no
darle importancia. Jabón. Pero no uno de esos jabones corrientes que le dan a uno en
hoteles, y moteles. Era algo leve y aromático, un jabón de mujer. Como si fuera un olor
rosado. «Camay» o «Lowila», alguna de las marcas que usaba siempre Wendy en Stovington.
{No es nada. Es tu imaginación.)
(sí como los setos que sin embargo se movían)
(¡No se movían!)
Con paso irregular se dirigió a la puerta que daba al pasillo, sintiendo
cómo en las sienes empezaba a martillarle un dolor de cabeza. Ese día había
sido demasiado, habían sucedido demasiadas cosas. Claro que no castigaría
al niño ni le daría una zurra, solamente hablaría con él, pero por Dios que ya
tenía bastantes problemas para agregarles la habitación 217. Y sin más base
que una alfombrilla de baño seca y un débil perfume a jabón de tocador…
Tras él se produjo un súbito ruido metálico. Lo oyó en el momento
mismo en que su mano se cerraba sobre el picaporte, y un observador podría
haber pensado que la manija de acero pulido le había transmitido una
descarga eléctrica. Se estremeció convulsivamente, con los ojos muy abiertos,
contraídos todos los demás rasgos en una mueca.
Después consiguió dominarse, un poco por lo menos, soltó el
picaporte y se dio vuelta cuidadosamente. Las articulaciones le crujían.
Empezó a volverse hacia la puerta del baño, paso a paso, como con pies de
plomo.
La cortina de la ducha, que él había apartado para mirar dentro de la
bañera, estaba otra vez corrida. El ruido metálico, que a él le había sonado
como el crujir de huesos en una cripta, lo había producido los anillos de la
cortina al deslizarse por la barra. Jack se quedó mirando la cortina. Sentía la
cara como si se la hubieran encerado, cubierta por fuera de piel muerta, por
dentro llena de vivos, ardientes arroyuelos de espanto. Lo mismo que había
sentido en la zona infantil.
Había algo detrás de la cortina de plástico rosado. Había algo en la
bañera.
Alcanzaba a verlo, mal definido y oscuro a través del plástico, una
figura casi amorfa. Podría haber sido cualquier cosa. Un juego de luz. La
sombra del dispositivo de la ducha. Una mujer muerta desde hacía mucho
tiempo, yacente en la bañera, con una pastilla de jabón «Lowila» en la mano
rígida mientras esperaba pacientemente la eventual llegada de un amante.
Jack se dijo que debía avanzar sin vacilación para correr de un tirón la
cortina. Para dejar al descubierto lo que hubiera allí. En cambio, se dio la
vuelta con espasmódicos pasos de marioneta, con el corazón retumbándole
espantosamente en el pecho, y volvió al dormitorio.
La puerta que daba al pasillo estaba cerrada.
Durante un largo segundo permaneció inmóvil, mirándola. Podía
sentir el gusto del terror, en el fondo de la garganta, como un sabor de
cerezas pasadas.
Con el mismo andar convulsivo fue hacia la puerta y obligó a sus
dedos a cerrarse sobre el picaporte.
(No se abrirá )
Pero se abrió.
Con gesto torpe apagó la luz, salió al pasillo y, sin mirar hacia atrás,
cerró la puerta. Desde adentro, le pareció oír un ruido extraño, de golpes
húmedos, lejano, incierto, como si algo hubiera conseguido salir demasiado
tarde, trabajosamente, de la bañera, como para saludar a su visitante, como
si se hubiera dado cuenta de que el visitante se iba antes de haber satisfecho
las convenciones sociales y se precipitara ahora hacia la puerta, algo
purpúreo y horriblemente sonriente, para invitarlo a que entrara de nuevo.
Tal vez para siempre.
¿Pasos que se aproximaban a la puerta, o solo los latidos del corazón
en sus oídos?
Tanteó en busca de la llave maestra. La sintió fangosa, remisa a girar
en la cerradura. La golpeo, y de pronto los pestillos se corrieron y él
retrocedió contra la pared opuesta del pasillo, dejando escapar un gruñido
de alivio. Cerró los ojos y por su mente empezaron a desfilar todas las
antiguas frases, parecía que las hubiera por centenares
(estás chillado no estás en tus cabales te chalaste, perdiste la chaveta
chico, se te fue la onda, estás mal del coco, estás para la camisa de fuerza,
estás ido del todo, perdiste un tornillo, estás sonado)
y todas querían decir la misma cosa: perder el juicio.
—No —gimoteó, casi sin darse cuenta de que estaba reducido a eso, a
gimotear con los ojos cerrados, como un niño—. Oh no, Dios. Dios por favor,
no.
Pero bajo el tumulto de sus pensamientos caóticos, bajo el martilleo
de los latidos de su corazón, podía oír el ruido suave, fútil del picaporte
movido de un lado a otro porque eso encerrado dentro trataba inútilmente
de salir, eso que querrá conocerlo, que quería que él le presentara a su
familia mientras la tormenta vociferaba en torno de ellos y la luz blanca del
día se convertía en lóbrega noche. Si abría los ojos y veía moverse el
picaporte, se volvería loco, así que los dejó cerrados y después de un tiempo
inconmensurable, hubo tranquilidad.
Jack se obligó a abrir los ojos, convencido a medias de que, cuando los
abriera, ella estaría en pie ante él. Pero el pasillo estaba vacío.
De todas maneras, se sentía observado.
Sus ojos se posaron en la mirilla que había en el centro de la puerta y
se preguntó que sucedería si se acercaba para mirar a través de ella. ¿Con
qué clase de ojo se vería enfrentado su ojo?
Sus pies empezaron a moverse
(pies no me falléis ahora)
antes de que él se diera cuenta. Se apartaron de la puerta y lo llevaron
hacia el corredor principal, susurrando sobre la jungla negra y azul de la
alfombra. A mitad del camino hacia la escalera se detuvo para mirar el
extintor de incendios. Le pareció que los pliegues de lona de la manguera
estaban dispuestos de manera diferente. Y estaba seguro de que cuando él
vino por el pasillo, la boquilla de bronce apuntaba hacia el ascensor. Ahora
estaba mirando para el otro lado.
—Yo no vi nada de eso —dijo muy claramente Jack Torrance. Tenía la
cara blanca y ojerosa, y sus labios insistían en dibujar una sonrisa.
Pero para bajar no tomó el ascensor. Se parecía demasiado a una boca
abierta. Demasiado. Bajó por la escalera.
31. EL VEREDICTO
Jack entró en la cocina y los miró, mientras hacía saltar la llave
maestra en la mano izquierda para recogerla al caer, tintineante la cadena
de la blanca chapa de metal. Danny estaba pálido y agotado. Wendy había
estado llorando, era evidente; tenía los ojos enrojecidos y se la veía ojerosa.
Advertido lo alegró súbitamente. Por lo menos no era él el único que sufría.
Ellos lo miraban, sin hablar.
—Allí no hay nada —declaró Jack, atónito ante la despreocupación de
su propia voz—. Absolutamente nada.
Siguió haciendo saltar en el aire la llave maestra, tranquilizándolos
con su sonrisa, sintiendo cómo el alivio se les pintaba en la cara, y pensó que
jamás en su vida había necesitado tan desesperadamente un trago como en
ese momento.
32. EL DORMITORIO
Más hacia el atardecer, Jack cogió un catre en el cuarto destinado a
almacén en la primera planta, y lo puso en un rincón del dormitorio de ellos.
Wendy se había imaginado que Danny no se dormiría hasta bien avanzada la
noche, pero el niño estaba cabeceando antes de que estuviera mediada la
serie de TV, y quince minutos después de que lo hubieran arropado, estaba
ya sumergido en el sueño, inmóvil, con una mano debajo de la mejilla.
Wendy, sentada vigilante junto a él, marcaba con un dedo el punto donde
había llegado en la novela que leía. Ante su escritorio, Jack recorría con la
vista su obra de teatro.
—Qué mierda —farfulló Jack.
—¿Cómo? —interrogó Wendy, arrancada a su contemplación de
Danny.
—Nada.
Jack siguió mirando la obra con creciente furia. ¿Cómo podía haberle
parecido que era buena? Era pueril. Algo que se había hecho un millar de
veces. Y lo peor era que no tenía idea de cómo terminarla. En algún
momento le había parecido bastante simple. En un acceso de rabia, Denker
se apodera del atizador que hay junto a la chimenea y golpea santamente a
Gary, hasta matarlo. Después de pie junto al cuerpo, con el atizador
ensangrentado en la mano, vocifera dirigiéndose al público: «¡Está aquí, en
alguna parte, y yo lo encontraré!» Entonces, a medida que las luces pierden
intensidad y el telón baja lentamente, el público ve el cuerpo de Gary boca
abajo sobre el proscenio, mientras Denker se encamina a zancadas hacia la
biblioteca y empieza a arrojar febrilmente los libros de los estantes,
tirándolos a un lado después de mirarlos. Había pensado que era algo lo
bastante viejo para parecer nuevo, una obra cuya originalidad era tal que
podría convertirla en un éxito en Broadway: una tragedia en cinco actos.
Pero, además de que su interés se había orientado súbitamente hacia
la historia del «Overlook», había sucedido algo más: sus sentimientos hacia
los personajes habían cambiado, y eso era algo totalmente nuevo. Por lo
general, a Jack le gustaban sus personajes, los buenos y los malos. Y se
alegraba de que fuera así. Eso le facilitaba el intento de verlos desde todos
los ángulos y entender con mayor claridad sus motivaciones. Su cuento
favorito, el que había vendido a una revista pequeña del sur de Maine, era
un relato titulado: Aquí está el mono, Paul DeLong. El personaje era un
violador de niños, a punto de suicidarse en su cuarto amueblado. El hombre
se llamaba Paul DeLong, y sus amigos lo llamaban Mono. A Jack le había
gustado mucho Mono: comprendía sus extravagantes necesidades y sabía
que no era él el único culpable de las tres violaciones seguidas de asesinato
que tenía en su historial. Sus padres habían sido malos, el padre violento y
agresivo como había sido el de Jack, la madre un estropajo blando y
silencioso como su propia madre. Una experiencia homosexual en la escuela
primaria. La humillación pública. Experiencias aún peores en la secundaria y
en la universidad. Después de hacer víctimas de un acto de exhibicionismo a
dos niñitas que se bajaban de un autobús escolar, lo habían arrestado y
enviado a un correccional. Y lo peor de todo era que allí lo habían dado de
alta, lo habían vuelto a dejar en la calle, porque el director del
establecimiento había decidido que estaba bien. Ese hombre se llamaba
Grimmer, y sabía que Mono DeLong presentaba síntomas de desviación,
pero había presentado un buen informe, favorable, y lo había dejado en
libertad. A Jack también le gustaba y simpatizaba con Grimmer. Grimmer
tenía que dirigir una institución con escasez de fondos y de personal,
intentando que las cosas no se le vinieran abajo a fuerza de saliva, alambre
de embalar y míseras subvenciones de una legislatura estatal que estaba
pendiente de la opinión de los votantes. Grimmer sabía que Mono podía
establecer contacto con la gente, que no se ensuciaba en los pantalones ni
trataba de asesinar a los otros reclusos con las tijeras. No se creía Napoleón,
tampoco. El psiquiatra a quien se confió el caso pensaba que eran excelentes
las probabilidades de que Mono pudiera valerse por sí mismo en libertad, y
los dos sabían que cuanto más tiempo pasa un hombre en una institución,
tanto más llega a necesitar de ese medio cerrado, como un drogadicto de la
droga. Y entretanto, la gente se les agolpaba a la puerta. Paranoicos,
esquizoides, ciclotímicos, semicatatónicos, hombres que sostenían haber
subido al cielo en platillos volantes, mujeres que les habían quemado los
genitales a sus hijos con un encendedor, alcohólicos, pirómanos,
cleptómanos, maníaco-depresivos, suicidas frustrados. El mundo de siempre,
vaya. Si no estás bien atado, te sacudes, te desintegras, te desarmas antes de
haber llegado a los treinta. Jack podía entender el problema de Grimmer,
como podía entender a los padres de las víctimas asesinadas. Y a las propias
víctimas también, por cierto. Y al Mono DeLong. Que el lector se ocupara de
buscar culpables. En aquel tiempo, Jack no quería juzgar. La capa del
moralista le caía mal sobre sus hombros.
Con el mismo ánimo optimista había empezado La escuelita, pero
últimamente había empezado a tomar partido y, lo que era peor, había
empezado a odiar a su héroe Gary Benson. Imaginado originariamente como
un muchacho brillante para quien el dinero era más bien una carga que una
bendición, un muchacho que nada ambicionaba más que hacer valer sus
méritos para poder entrar en una buena universidad porque se lo había
ganado y no porque su padre le hubiera abierto las puertas, a los ojos de
Jack se había convertido en una especie de fatuo engreído, un postulante
frente al altar del saber (en vez de ser un acólito sincero), una imitación
superficial de las virtudes del boy scout, cínico por dentro, caracterizado no
por una auténtica inteligencia —tal como lo había concebido al principio—,
sino por una insidiosa astucia animal. A lo largo de toda la obra se dirigía
infaliblemente a Denker llamándolo «señor», tal como Jack había enseñado
a su hijo a llamar «señor» a las personas mayores e investidas de autoridad.
Jack pensaba que Danny empleaba con toda sinceridad la palabra, al igual
que el Gary Benson originario, pero al comenzar el quinto acto, tenía cada
vez más la sensación de que Gary decía «señor» en vena satírica, como una
careta que se pusiera exteriormente, en tanto que el Gary Benson que había
detrás de ella se mofaba de Denker. De Denker, que jamás había tenido
nada de lo que tenía Gary. De Denker, que había tenido que trabajar
durante toda su vida, nada más que para llegar a director de una mísera
escuelita. Que ahora se veía enfrentado con la ruina por obra de ese
muchacho rico, apuesto y de apariencia inocente que había hecho trampa
con su composición y después había disimulado astutamente las pistas.
Cuando empezó La escuelita, Jack veía a Denker como alguien no muy
diferente de los pequeños cesares sudamericanos ensorbecidos por sus
imperios bananeros que fusilan a los oponentes contra el frontón de la
cancha de pelota más próxima, un fanático exagerado para la magnitud de
su causa, un hombre que de cada uno de sus caprichos hace una Cruzada. Al
comienzo, había querido hacer de su obra un microcosmos que fuera una
metáfora del abuso del poder. Ahora, se sentía cada vez más impulsado a ver
a Denker como una especie de Mister Chips, y la tragedia no residía en la
vejación intelectual infligida a Gary Benson, sino más bien en la destrucción
de un viejo maestro bondadoso que no alcanzaba a ver las cínicas
supercherías de ese monstruo disfrazado de estudiante.
En definitiva, Jack no había podido terminar la obra.
Ahora estaba inmóvil, con los ojos fijos en los papeles, hosco,
preguntándose si habría alguna manera de rescatar la situación. En realidad,
no creía que la hubiera. Había empezado con una obra que a mitad de
camino se le había convertido en otra, abracadabra. Bueno, con mil diablos.
De cualquiera de las dos maneras, era algo que ya se había hecho antes. De
cualquier manera era un montón de mierda. Y en definitiva, ¿por qué se
estaba preocupando por eso esa noche? Después del día que acababa de
tener, no era de maravillarse que no pudiera hilar bien los pensamientos.
—¿… llevarlo abajo?
Levantó los ojos, parpadeando en el intento de sacarse las telarañas.
—¿Que?
—Decía que cómo haríamos para llevarlo abajo. Tenernos que sacarlo
de aquí, Jack.
Durante un momento se sintió tan disperso que ni siquiera estaba
seguro de qué era lo que quería decir Wendy. Cuando lo entendió emitió
una breve risa, casi un ladrido.
—Lo dices como si fuera tan fácil.
—No quise decir…
—No es ningún problema, Wendy. Me cambiaré de ropa en esa cabina
telefónica que hay en el vestíbulo y lo llevaré volando a Denver, sobre los
hombros. Cuando era muchacho, solían llamarme Supermán Jack Torrance.
El rostro de Wendy se mostró dolido.
—Entiendo el problema, Jack. La radio está rota. Y está la nieve, pero
tú tienes que entender el problema de Danny. ¿No te das cuenta, por Dios?
¡Si estaba casi catatónico, Jack! ¿Y si no hubiera salido de ese estado?
—Pero salió —señaló Jack, con cierta sequedad. Los ojos inexpresivos
de Danny, las facciones muertas, también lo habían asustado a él,
indudablemente. Al principio. Pero, cuanto más lo pensaba, más se
preguntaba si no habría sido una escena montada para escapar del castigo.
Después de todo, Danny había estado desobedeciendo.
—Es lo mismo —continuó Wendy, se acercó y se sentó en el extremo
de la cama junto al escritorio de su marido, Con expresión a la vez
sorprendida y preocupada—. Jack, ¡esos magullones en el cuello! ¡Algo lo
atacó, y yo quiero alejarlo de eso!
—No grites —pidió Jack—. Me duele la cabeza, Wendy. Y estoy tan
preocupado como tú, así que por favor… no grites.
—Está bien, no gritaré —Wendy bajó la voz—. Pero es que no te
entiendo, Jack. Hay alguien aquí con nosotros. Y alguien que no es muy
buena persona, por cierto. Tenemos que volver a Sidewinder, no solamente
Danny: todos. Y pronto. Y tú… ¡tu estás ahí sentado, leyendo la obra!
—«Tenemos que bajar, tenemos que bajar.» Ya puedes seguir
diciéndolo. Realmente, tú debes pensar que yo soy Supermán.
—Pienso que eres mi marido —articuló Wendy, suavemente y se quedó mirándose
las manos.
El mal humor de Jack estalló. De un golpe dejó el manuscrito sobre el
escritorio, volviendo a desordenar la pila y arrugando las hojas de abajo.
—Es hora de que te des cuenta de algunas cosas, Wendy, que
aparentemente no has interiorizado, como dicen los sociólogos, y que te
andan dando vueltas por la cabeza como bolas de billar. Y más vale que las
metas de una vez en las troneras. Tienes que entender que estamos cercados
por la nieve.
En su cama, repentinamente, Danny se mostraba inquieto. Aunque
seguía dormido, había empezado a retorcerse y a dar vueltas. Como hacía
siempre que ellos peleaban, pensó Wendy con desánimo. Y nos estamos
peleando de nuevo.
—No lo despiertes, Jack, por favor —pidió.
Jack miró rápidamente a Danny y pareció que la cara se le viera menos
arrebatada.
—Está bien. Disculpa. Lamento haberme enojado, Wendy. En realidad
no es contigo. Pero es que yo rompí la radio; la culpa es sólo mía. Era nuestro
principal vínculo con el exterior. Por favor, venga a buscarnos, señor
guardabosques. No podemos seguir aquí hasta tan tarde.
—No —pidió Wendy, apoyándole una mano en el hombro. Jack
reclinó la cabeza sobre ella, y Wendy le pasó la otra mano por el pelo—.
Supongo que tienes razón, después de mis acusaciones. A veces son como mi
madre. Puedo ser malintencionada. Pero tienes que entender que algunas
cosas, son difíciles de superar. Tienes que entenderlo.
—¿Te refieres al brazo? —Jack se quedó tenso.
—Si —reconoció Wendy, y se apresuró a continuar—: Pero no es sólo
por ti. Me preocupo por él cuando sale a jugar. Me preocupa que quiera una
bicicleta para el año próximo, aunque sea con ruedas suplementarias. Me
preocupo por sus dientes y por sus ojos y por eso que él llama el esplendor.
Me preocupo… Porque es pequeño y parece muy frágil y porque… porque
en este hotel hay algo que parece que quiere apoderarse de él. Y que si es
necesario pasará por encima de nosotros para conseguirlo. Por eso tenemos
que sacarlo de aquí, Jack. ¡Lo sé, lo siento! ¡Debemos sacarlo de aquí!
En su agitación, Wendy había cerrado dolorosamente la mano sobre el
hombro de su marido, pero Jack no se apartó. Con una mano buscó el firme
peso del pecho izquierdo y empezó a acariciárselo por encima de la camisa.
—Wendy —empezó y se detuvo. Ella espero a que diera forma a lo
que iba a decir. Sobre su pecho, la mano de Jack era un contacto bueno,
sedante—. Tal vez podría bajarlo yo, con las raquetas para la nieve. Él podría
hacer andando una parte del camino, pero la mayor parte tendría que
llevarlo en brazos. Eso significaría acampar una o dos noches, tres quizás. Y
tendríamos que armar un pequeño trineo para llevar provisiones y mantas.
Tenemos la radio AM/FM, de modo que podríamos elegir un día en que el
pronóstico fuera de tres días de buen tiempo. Pero si el pronóstico no fuera
exacto —concluyó Jack, con voz calma y medida— podría significar la
muerte.
Wendy había palidecido. Su cara brillaba con algo casi espectral. Jack
siguió acariciándole el pecho, pasándole suavemente la yema del pulgar por
el pezón.
Wendy dejó escapar un gemido, Jack no sabía si provocado por sus
palabras o como reacción a la caricia de él sobre su pecho. Levantó un poco
la mano y le desabrochó el primer botón de la camisa. Wendy movió un poco
las piernas. De pronto los tejanos le parecían demasiado ajustados, un poco
incómodos aunque de una manera no desagradable.
—Significaría dejarte a ti sola, porque tú no sabes andar bastante bien
con las raquetas para la nieve. Podrían pasar tres días sin que supieras nada.
¿Es eso lo que quieres? —la mano bajó hasta el segundo botón y lo
desabrochó, dejando al descubierto el surco entre los pechos.
—No —respondió Wendy, con voz que se había vuelto pastosa. Se dio
la vuelta a mirar a Danny, que había dejado de moverse y tenía otra vez el
pulgar en la boca. Entonces, todo iba bien. Pero había algo que Jack estaba
dejando fuera del cuadro. Era todo demasiado yermo. Había algo más… pero
¿qué?
—Si nos quedamos aquí —continuó Jack, mientras desabrochaba los
dos botones siguientes con la misma deliberada lentitud—, en algún
momento vendrá un guardabosques del parque, nada más que por ver qué
tal andamos. Entonces, simplemente, le decimos que queremos bajar, y él ya
se ocupará del asunto —por la amplia V de la camisa abierta hizo salir los
pechos desnudos, se inclinó y apoyó los labios alrededor de un pezón. Estaba
duro y erecto. Jack lo recorrió suavemente con la lengua, varias veces, en la
forma en que sabía que a ella le gustaba. Wendy volvió a gemir, arqueando
la espalda.
(¿No hay algo que he olvidado?)
—¿Mi amor? —le preguntó. Inconscientemente sus manos se
deslizaron hacia la nuca de él, de manera que la respuesta quedó ahogada
contra su carne.
—¿Cómo nos sacaría de aquí el guardabosques?
Jack levantó un poco la cabeza para contestar y después rodeó con la
boca el otro pezón.
—Si el helicóptero estuviera reservado, me imagino que tendría que
ser con un vehículo para la nieve.
(¡¡¡!!!)
—Pero, ¡nosotros tenemos un vehículo para la nieve! ¡Fue lo que dijo
Ullman!
Durante un momento pareció que la boca de él se hubiera congelado.
Después, Jack se enderezó. Wendy tenía el rostro arrebatado, los ojos
brillantes; en cambio, la expresión de Jack era tan calma como si en vez de
estar en preliminares eróticos con su mujer estuviera leyendo un libro
bastante aburrido.
—Si tenemos un vehículo para la nieve no hay problema —exclamó
Wendy, acaloradamente—. Podremos bajar los tres juntos.
—Wendy, yo jamás en mi vida he conducido un vehículo de esos.
—No puede ser tan difícil. Si allá en Vermont se ve a chiquillos de diez
años paseándose con ellos por las pistas… aunque en realidad, no sé en qué
pueden estar pensando los padres. Y cuando nos conocimos, tú tenías una
motocicleta.
Así era. Tenía una «Honda» de 350 c.c., que había cambiado por un
«Saab» poco después que él y Wendy se fueran a vivir juntos.
—Me imagino que podría —respondió lentamente—. Pero no sé en
qué condiciones estará. Ullman y Watson… están a cargo de este lugar desde
mayo a octubre, y lo dirigen con la mentalidad del verano. Seguramente no
tendrá gasolina, y tal vez le falten las bujías o la batería, también. No quiero
que te hagas demasiadas ilusiones, Wendy.
Ya totalmente excitada, Wendy se inclinó hacia él, escapándosele los
pechos de la camisa, Jack tuvo el súbito impulso de retorcerle uno hasta que
gritara. Tal vez así aprendería a callarse la boca.
—La gasolina no es problema —le recordó Wendy—. Tanto el
«Volkswagen» como la «Furgoneta» del hotel están llenos. Y hay más para el
generador de emergencia que está en la planta baja. Y hasta debe de haber
una lata en el cobertizo, así que podrías llevar una reserva.
—Sí, la hay —reconoció Jack. En realidad había tres, dos de veinte
litros y una de diez.
—Y lo más seguro es que las bujías y la batería también anden por ahí.
A nadie se le va a ocurrir guardar el vehículo para la nieve en un lugar y los
repuestos en alguna otra parte, ¿no te parece?
—Muy probable no parece, no —convino Jack. Se levantó y fue hacia
donde Danny seguía durmiendo. Un mechón de pelo le había caído sobre la
frente y Jack se lo apartó con suavidad. Danny no se movió.
—Y si puedes ponerlo en marcha, ¿nos llevarás? —preguntó Wendy a
sus espaldas—. ¿El primer día que la radio anuncie buen tiempo?
Durante un momento, Jack no respondió. Estaba mirando a su hijo, y
la confusión de sus sentimientos se disolvió en una oleada de amor. Danny
era como había dicho Wendy: vulnerable, frágil. Las marcas del cuello se le
notaban muchísimo.
—Sí —respondió—. Lo pondré en condiciones y saldremos de aquí tan
pronto como podamos.
—¡Gracias a Dios!
Jack se dio la vuelta. Wendy se había quitado la camisa y lo esperaba
en la cama, con su vientre plano, los pechos apuntados al cielo raso, mientras
sus dedos jugaban ociosamente con los pezones.
—Dense prisa, caballeros, que ya es hora —susurró.
Después, sin más luz en la habitación que la lamparilla nocturna que
Danny había traído de su cuarto, se quedó acurrucada en el hueco del brazo
de él, con una deliciosa sensación de paz. Se le hacía difícil creer que
pudieran estar conviviendo en el «Overlook» con un polizón asesino.
—¿Jack?
—¿Hum?
—¿Qué fue lo que lo atacó?
Él no le respondió directamente.
—Él tiene algo. Como un talento que a los demás nos falta. A la
mayoría, vamos. Y tal vez el «Overlook» también tenga algo.
—¿Fantasmas?
—No sé. No en el sentido de Algernon Blackwood, seguramente. Más
bien algo así como residuos de los sentimientos de las personas que han
estado aquí. Cosas buenas y malas. En ese sentido, supongo que cualquier
gran hotel tiene sus fantasmas. Especialmente si es viejo.
—Pero una mujer muerta en la bañera… Jack, ¿no estará perdiendo el
juicio, verdad?
Jack la abrazó fugazmente.
—Ya sabemos que cae en… bueno, llamémosle trances, a falta de una
palabra mejor… de vez en cuando. Sabemos que cuando está en ese estado,
a veces… ¿ve?… cosas que no entiende. Si los trances de precognición son
posibles, probablemente sean funciones del subconsciente. Freud dijo que el
subconsciente nunca nos habla en lenguaje literal. Se vale de símbolos. Si
uno sueña que está en una panadería donde nadie habla su idioma, tal vez
esté preocupado por su capacidad para mantener a su familia. O tal vez sea
que siente que nadie lo entiende. He leído que soñar que uno se cae es una
de las canalizaciones más comunes de los sentimientos de inseguridad. Son
juegos, nada más que juegos. La parte consciente de un lado de la red, el
subconsciente del otro, pasándose uno a otro una imagen absurda. Lo
mismo que con la enfermedad mental, las corazonadas y todo eso. ¿Por qué
habría de ser diferente la precognición? Tal vez Danny realmente hubiera
visto sangre en las paredes de la suite presidencial. Para un chico de esa
edad, la imagen de la sangre y el concepto de la muerte son poco menos que
intercambiables. De todas maneras, para los niños la imagen es siempre más
accesible que el concepto. William Carlos Williams lo sabía, como pediatra
que era. A medida que crecemos, los conceptos nos resultan poco a poco
más fáciles y dejamos las imágenes para los poetas… pero estoy divagando.
—Me gusta oírte divagar.
—Lo dijo, muchachos, lo dijo. Todos lo habéis oído.
—Pero las marcas en el cuello, Jack… eso es real.
—Sí.
Durante largo rato no hubo más palabras. Wendy empezaba a pensar
que Jack debía de haberse quedado dormido, y ella misma empezaba a
adormecerse, cuando lo oyó decir:
—Para eso, se me ocurren dos explicaciones, y ninguna de ellas implica
que haya alguien más en el hotel.
—¿Qué? —Wendy se enderezó sobre un codo.
—Estigmas, tal vez.
—¿Estigmas? ¿Eso no es cuando la gente sangra el Viernes Santo, o
algo así?
—Sí. A veces, la gente que cree profundamente en la divinidad de
Cristo exhibe marcas sangrantes en las manos y en los pies durante la
Semana Santa. En la Edad Media era más común que ahora. En esa época, a
personas así se las consideraba bendecidas por Dios. No creo que la Iglesia
católica lo proclamara directamente como milagroso… y era muy inteligente
al no hacerlo. Los estigmas no se diferencian mucho de algunas cosas que
pueden hacer los yoguis. Ahora se comprende mejor, eso es todo. La gente
que entiende la interacción entre mente y cuerpo… que la estudia, quiero
decir, porque como entenderla, nadie la entiende… cree que tenemos
mucho más control de nuestras funciones involuntarias de lo que solía
creerse. Si uno se concentra lo suficiente, puede disminuir el ritmo de los
latidos cardíacos, o acelerar su metabolismo. O aumentar la cantidad de
transpiración, o provocarse hemorragias.
—¿Quieres decir que Danny se concentró hasta que le aparecieron
esos magullones en el cuello? Jack, eso no puedo creerlo.
—Yo creo que es posible, aunque a mí también me parece
improbable. Lo que es más probable es que se lo haya hecho solo.
—¿Sólo?
—Ya otras veces ha caído en esos «trances», y se ha lastimado él solo.
¿Recuerdas aquella vez mientras cenábamos? Hace un par de años, creo. Tú y
yo estábamos muy mal entre nosotros, y nadie hablaba mucho. Entonces,
repentinamente, se le pusieron los ojos en blanco y se cayó de cara sobre el
plato. Y después, al suelo. ¿Te acuerdas?
—Sí, claro que sí —asintió Wendy—. Yo pensé que era una convulsión.
—Otra vez estábamos en el parque —continuó Jack—, Danny y yo
solos. Un sábado por la tarde. Él estaba en un columpio, balanceándose, y de
pronto se cayó al suelo. Fue como si le hubieran disparado. Yo corrí a
levantarlo, y de pronto volvió en sí. Parpadeó un poco y me dijo: «Me hice
mal en la barriga. Dile a mami que esta noche cierre las ventanas del
dormitorio si llueve.» Y esa noche llovió a cántaros.
—Sí, pero…
—Y siempre aparece con arañazos y raspones en los codos. Tiene las
piernas que parecen un campo de batalla. Y cuando le preguntas cómo se
hizo tal o cual magullón, te dice que estaba jugando, y no da más
explicaciones.
—Jack, todos los chicos se hacen chichones y se lastiman. Con los
muchachitos es lo de siempre, desde el momento en que aprenden a andar
hasta que tienen doce o trece años.
—Y estoy seguro de que Danny no se queda atrás —continuó Jack—.
Es un chico activo. Pero yo me acuerdo de ese día en el parque, y de esa
noche durante la cena, y me pregunto si todos los chichones y los cardenales
de nuestro hijo vienen simplemente de que se cayó de rodillas. ¡Demonios, si
ese doctor Edmonds dijo que Danny se puso en trance allí mismo, en su
despacho!
—Está bien. Pero esos magullones son de dedos, puedo jurarlo. Eso no
se lo hizo porque se cayó.
—El chico cae en trance —insistió Jack—, y tal vez ve algo que sucedió
en esa habitación. Una discusión, un suicidio tal vez. Emociones violentas. No
es como estar viendo una película; está en un estado de gran
sugestionabilidad, en mitad misma del episodio. Tal vez subconscientemente
esté contemplando de manera simbólica algo que sucedió… por ejemplo,
una muerta que vuelve a la vida, un resucitado, un vampiro, un espectro o la
palabra que más te guste.
—Me haces poner la carne de gallina —se estremeció Wendy.
—No creas que a mí no se me pone. Yo no soy psiquiatra, pero me
parece que la explicación es coherente. La muerta que camina como símbolo
de emociones muertas, de vidas muertas que se resisten a desaparecer, a
irse… pero como es una imagen subconsciente, ella también es él. En el
estado de trance, el Danny consciente queda sumergido, y la que mueve los
hilos es la imagen subconsciente. De modo que Danny se pone las manos al
cuello y…
—Basta —lo detuvo Wendy—. Ya lo veo, y creo que es más aterrador
que tener a un extraño merodeando por los pasillos, Jack. De un extraño te
puedes apartar, pero de ti mismo no. De lo que estás hablando es de
esquizofrenia.
—De un tipo muy limitado—aclaró Jack, un poco inseguro—. Y de
naturaleza muy especial. Porque efectivamente, parece que pudiera leer el
pensamiento, y de veras parece que ocasionalmente tuviera premoniciones.
Y a esas cosas, por más que me esfuerce, no puedo considerarlas como
enfermedad mental. De todas maneras, todos tenemos componentes
esquizofrénicos. Pienso que a medida que Danny crezca, los controlará
mejor.
—Si estás en lo cierto, entonces es imperativo que lo saquemos de
aquí. Tenga lo que tuviere, este hotel está empeorándolo.
—Yo no diría eso —objetó Jack—. Para empezar, si hubiera hecho lo
que le habían dicho, jamás habría ido a esa habitación. Y jamás habría
ocurrido eso.
—¡Por Dios, Jack! ¿Quieres decir que el hecho de que estuviera a
punto de morir estrangulado fue… el castigo que se merecía por haber
desobedecido?
—No… no. Claro que no. Pero…
—No hay peros —Wendy sacudió violentamente la cabeza—. La
verdad es que sólo hacemos conjeturas. No tenemos la menor idea de cuál
será el momento en que, al doblar por un pasillo, Danny caiga en uno de
esos… pozos de aire, una de esas películas de terror o lo que sea. Tenemos
que sacarlo de aquí —dejó escapar una risita en la oscuridad— porque si no,
seremos nosotros quienes empezaremos a ver cosas.
—No digas disparates —la regañó Jack, que en la oscuridad de la
habitación veía los leones del cerco amontonándose junto a la senda, ya no
flanqueándola sino vigilándola, los hambrientos leones de noviembre.
Gotitas de sudor frío le cubrieron la frente.
—¿Realmente, tú no viste nada? —le preguntaba Wendy—. Cuando
subiste a esa habitación, quiero decir, ¿realmente no viste nada?
Los leones habían desaparecido, y ahora Jack veía una cortina para
ducha de color rosado pastel, tras la cual se perfilaba una forma oscura. La
puerta cerrada. Esos golpes ahogados, presurosos, y después el ruido que
podía haber sido de pasos que corrían.
El latido lento y horrible de su propio corazón, mientras él luchaba
con la llave maestra.
—Nada —respondió, y era la verdad. Se había sentido tenso e
inseguro de lo que pasaba. No había tenido ocasión de pasar revista a sus
pensamientos en busca de una explicación razonable para los magullones
que tenía su hijo en el cuello, él mismo había estado demasiado
sugestionable. A veces, las alucinaciones podían ser contagiosas.
—¿Y no has cambiado de opinión? Sobre el vehículo para la nieve,
quiero decir.
Súbitamente, las manos de Jack se convirtieron en puños
(¡Déjate de fastidiarme!)
a sus costados.
—Ya te dije que lo haría, ¿no? Pues lo haré. Ahora, ponte a dormir,
que el día ha sido largo, y duro.
—Ya lo creo —suspiró Wendy. Las sábanas susurraron cuando se volvió
hacia su marido para besarlo en el hombro—. Te amo, Jack.
—Yo también —le aseguró él, pero sólo era de labios afuera. Seguía
aun con los puños contraídos, y los sentía como si fueran piedras al extremo
de los brazos. En la frente, una vena le latía obstinadamente: Wendy no
había dicho una palabra de lo que les sucedería después de que bajaran a
Sidewinder, cuando la fiesta hubiera terminado. Ni una sola. Lo único había
sido Danny esto y Danny lo otro y Jack estoy tan asustada. Sí, claro, estaba
asustada de los espantajos que había en los armarios y las sombras al acecho,
vaya si lo estaba. Pero tampoco faltaban las preocupaciones reales. Cuando
llegaran a Sidewinder no tendrían más que sesenta dólares y la ropa que
llevaban puesta. Ni coche siquiera. Y aunque en Sidewinder hubiera un
prestamista —que no lo había—, no tenía qué empeñar, como no fuera el
brillante del anillo de casada de Wendy, que valdría unos noventa dólares, si
era un usurero bondadoso. Tampoco habría trabajo, ni siquiera por horas o
para la temporada de invierno, a no ser despejar de nieve las entradas para
coches, a tres dólares por casa. La imagen de Jack Torrance, a los treinta
años, tras haber publicado en Esquire y haber acariciado el sueño (no del
todo irrazonable, en su sentir) de convertirse en un importante escritor
norteamericano en el curso del siguiente decenio, llamando a las puertas con
una pala al hombro… esa imagen acudió de súbito a su mente con mucha
mayor nitidez que la de los leones del cerco, y Jack contrajo los puños con
más fuerza todavía, sintiendo cómo las uñas se le clavaban en las palmas,
arrancándole sangre en la forma de místicas medias lunas. John Torrance,
haciendo cola para cambiar sus sesenta dólares por cupones de
racionamiento, volviendo a hacer cola en la iglesia metodista de Sidewinder
para conseguir que le dieran alojamiento, mirado con rencor por los
necesitados del lugar. John Torrance, explicándole a Al que simplemente
habían tenido que irse, que él había tenido que apagar la caldera e irse y
dejar el «Overlook» y todo lo que contenía a merced de los vándalos o los
ladrones o las barredoras de nieve, porque fíjate Al, attendez-vous, Al, allá
arriba hay fantasmas y la habían tomado con mi hijo. Adiós, Al. Título del
capitulo cuatro, «Llega la primavera para John Torrance». Y entonces, ¿qué?
¿Qué demonios, entonces? Se imaginaba que en el «Volkswagen» podrían
llegar a la costa Oeste. Con cambiarle la bomba de aceite, asunto arreglado.
A noventa kilómetros hacia el oeste, ya todo el camino era descendente, así
que casi se podía poner el coche en punto muerto y seguir costeando hasta
Utah. Hacia la soleada California, tierra de naranjas y de oportunidades. Un
hombre con sus legítimos antecedentes de alcohólico, de colérico con los
estudiantes y de cazador de fantasmas, conseguiría indudablemente
cualquier cosa. Lo que pidiera. Como ingeniero de caminos… para
desempantanar autobuses «Greyhound». En el negocio de automotores…
lavando coches, enfundado en un mono de goma. En las artes culinarias, tal
vez, como lavaplatos en algún restaurante. O tal vez un cargo de más
responsabilidad, como podía ser cargar gasolina. Un trabajo así le ofrecería
incluso el estímulo intelectual de contar el cambio y recibir los talones de
crédito. Puedo darle veinticinco horas semanales, pagándole el salario
mínimo. Melodía celestial, oír eso en un año en que el pan envasado se
vendía a sesenta centavos la hogaza. La sangre había empezado a
escurrírsele de las palmas. Como si tuviera estigmas, vaya. Contrajo con más
fuerza los puños, complaciéndose en el dolor. Su mujer estaba dormida a su
lado, ¿por qué no? Si no había problemas. Jack había accedido a ponerlos, a
ella y a Danny, fuera del alcance del gran espantajo malo, y ya no había
problemas. Conque ya ves, Al, me pareció que lo mejor que podía hacer
era…
(matarla.)
La idea se elevó desde la misma nada, despojada y sin ornamentos. La
necesidad de arrojarla de la cama, desnuda, atónita, apenas empezando a
despertarse; de abalanzarse sobre ella, aferrarle el cuello como se coge el
débil tallo de un álamo joven y estrangularla, con los pulgares contra la
tráquea, los demás dedos oprimiendo las vértebras del cuello, sacudiéndole
la cabeza y golpeándosela contra las tablas del piso, una y otra vez, golpear,
sacudir, romper, destrozar. Eso sí que es bailar, chiquita. Sacúdete con ritmo
de rock and roll. Ya se ocuparía él de que tomara su medicina. Hasta la
última gota. Hasta las heces.
Percibió oscuramente que de algún lado llegaba un ruido ahogado,
desde fuera de su mundo interior afiebrado y tumultuoso. Miró hacia el otro
lado de la habitación y vio que Danny se agitaba de nuevo en la cuna,
retorciéndose y envolviéndose en las mantas. De su garganta brotaba un
profundo gemido, un grito débil, como enjaulado. ¿Una pesadilla? ¿Una
mujer de color púrpura, muerta desde hacía tiempo, que lo perseguía por los
retorcidos corredores del hotel? De alguna manera, Jack no pensó que fuera
eso. Era otra cosa la que perseguía a Danny en sus sueños. Algo peor.
El amargo nudo de sus emociones se deshizo. Jack se bajó de la cama y
fue hacia donde estaba el niño, sintiéndose asqueado y avergonzado de sí
mismo. Era en Danny en quien tenía que pensar, no en Wendy ni en sí
mismo. Solamente en Danny. Y no importaba la forma que se esforzara por
imponer a los hechos: en su fuero interno, él sabía que debía sacar a Danny
de allí. Le acomodó las mantas y les agregó el edredón dispuesto a los pies
de la cama. Danny había vuelto a calmarse. Jack le tocó la frente
(¿qué monstruos jugueteaban tras esa pantalla de hueso?)
y la encontró tibia, pero no caliente. Y el chico había vuelto a
dormirse profundamente. Qué extraño.
Volvió a acostarse, y él también intentó dormir. Inútilmente.
Era tan injusto que las cosas tuvieran que resultar así… parecía que la
mala suerte lo acechara. Después de todo, al venir aquí no habían
conseguido quitársela de encima. Para cuando llegaran a Sidewinder,
mañana por la tarde, la dorada oportunidad se habría evaporado, se habría
ido por el camino del zapato de gamuza azul, como solía decir uno de sus
antiguos compañeros de habitación. En cambio, ¡qué diferencia si no
bajaban, si de alguna manera conseguían aguantar! La obra quedaría
terminada; de una manera o de otra, ya le encontraría un final. Su propia
incertidumbre respecto de sus personajes podía agregar al desenlace original
un toque de conmovedora ambigüedad. Y tal vez le permitiera ganar algún
dinero, no era imposible. Y aunque así no fuera, era muy posible que Al
convenciera al consejo directivo de Stovington de que volvieran a
contratarlo. Claro que si lo tomaban sería a prueba, y una prueba que podía
ser de hasta tres años, pero si se mantenía sobrio y seguía escribiendo, tal
vez no tuviera que quedarse tres años en Stovington. Por cierto que
Stovington nunca le había interesado mucho; ahí se sentía ahogado,
enterrado vivo, pero de todos modos su reacción había sido inmadura.
Aunque tampoco se podía esperar que un hombre disfrutara de la
enseñanza cuando cada dos o tres días daba las tres primeras horas de clase
con una resaca que hacía que se le partiera la cabeza. Pero eso no le volvería
a suceder. Ahora sería capaz de afrontar mucho mejor sus responsabilidades,
de eso estaba seguro.
En mitad de esos pensamientos, las cosas empezaron a desmembrare y
Jack flotó a la deriva hasta hundirse en el sueño. Ese último pensamiento lo
siguió en su descenso como el resonar de una campana:
Le parecía que allí podría encontrar la paz. Por fin. Sólo faltaba que lo
dejaran.
Cuando se despertó, estaba otra vez de pie en el cuarto de baño del
217.
(otra vez andando en sueños… ¿por qué…? si aquí no hay radios para
romper)
La luz del cuarto de baño estaba encendida y, a sus espaldas, el
dormitorio estaba a oscuras. La cortina de la ducha estaba corrida, ocultando
la larga bañera con patas como garras. Junto a ella, la alfombrilla estaba
arrugada y húmeda.
Jack empezó a tener miedo, pero un miedo cuya propia cualidad
onírica le decía que la situación no era real. Sin embargo, no por eso
desaparecía el miedo. En el «Overlook» eran tantas las cosas que parecían
sueños…
Atravesó el baño en dirección a la bañera; no quería hacerlo, pero le
era imposible retroceder.
De golpe, abrió la cortina.
En la bañera, desnudo, flotando casi ingrávidamente en el agua,
estaba George Hatfield, con un cuchillo clavado en el pecho. El agua estaba
teñida de un color rosado brillante. Los ojos de George estaban cerrados. El
pene flotaba blandamente, como algas.
—George —se oía decir Jack.
Cuando él pronunciaba la palabra, los ojos de George se abrían
bruscamente. Ojos de plata, que no tenían nada de humanos. Las manos de
George, blancas como peces, se apoyaban en los lados de la bañera, y
George se levantaba hasta quedar sentado. El cuchillo le asomaba
limpiamente del pecho, por una herida sin labios, equidistante de las dos
tetillas.
—Usted adelantó el cronómetro —le decía ese George de ojos de
plata.
—No, George, de ningún modo. Yo…
—Yo no tartamudeo.
Ahora George estaba de pie, sin dejar de mirarlo con esa inhumana
fijeza de plata, pero la boca se le había contraído en una sonrisa burlesca,
letal. Pasaba una pierna por encima del borde esmaltado de la bañera, y
apoyaba sobre la alfombrilla de baño un pie blanco y arrugado.
—Primero usted trató de atropellarme cuando yo iba en bicicleta y
después adelantó el cronómetro y después intentó apuñalarme pero así y
todo yo no tartamudeo. —George se le acercaba con las manos extendidas,
ligeramente curvados los dedos. De él emanaba un olor húmedo y mohoso,
como el de las hojas caídas cuando les ha llovido encima.
—Fue por tú bien —decía Jack, y empezaba a retroceder—. Lo
adelanté por tú bien. Además, casualmente sé que tú plagiaste tu
composición.
—Yo no plagié… y además no tartamudeo.
Las manos de George le tocaban el cuello.
Jack se daba la vuelta y corría, corría con esa lentitud flotante e
ingrávida que es tan común en los sueños.
—¡Sí! ¡Sí que plagiaste! —vociferaba Jack, furioso, mientras
atravesaba a la carrera el dormitorio a oscuras—. ¡Yo lo demostraré!
Las manos de George le alcanzaban otra vez el cuello. El miedo
hinchaba el corazón de Jack hasta que parecía que fuera a estallar. Entonces,
finalmente, su mano se cerraba en torno del picaporte, y éste giraba bajo la
mano y Jack abría la puerta y se precipitaba, no en el pasillo de la segunda
planta, sino en la habitación que había en el sótano, pasando el arco. La luz
de las telarañas estaba encendida. Su silla de campamento, austera y
geométrica, lo esperaba debajo. Todo rodeado por una cordillera en
miniatura, hecha de cajas y cajones y paquetes de recibos y facturas y Dios
sabría qué. Una oleada de alivio lo inundaba.
—¡Lo encontraré! —se oía vociferar, y se apoderaba de una caja de
cartón, húmeda y a punto de deshacerse, que se le desarmaba en las manos,
dejando caer una cascada de delgados papeles amarillentos.
—¡Está por aquí! ¡Lo encontraré! —Jack metía ambas manos en lo más
hondo de la pila de papeles y las sacaba con un avispero seco en una mano y
un cronómetro en la otra. El cronómetro estaba en marcha; se oía el tictac.
Del dorso le salía un cable, que por el otro extremo estaba conectado a un
cartucho de dinamita.
—¡Aquí! —vociferaba—. ¡Ven a cogerlo!
Su alivio se convertía en una absoluta sensación de triunfo. Había
hecho algo más que escapar de George; lo había vencido. Con semejantes
talismanes en sus manos, George jamás volvería a tocarlo. George escaparía
aterrorizado.
Jack empezaba a darse la vuelta para poder hacer frente a George, y
ése era el momento en que las manos de George se le cerraban en torno del
cuello, apretándolo, cortándole el aliento, bloqueándole completamente la
respiración después de una última boqueada.
—Yo no tartamudeo —susurraba George a sus espaldas.
Jack dejaba caer el avispero y las avispas salían bullendo de él en una
furiosa oleada amarilla y negra. Él sentía fuego en los pulmones. Sus ojos
vacilantes caían sobre el cronómetro y la sensación de triunfo reaparecía,
junto a una ola creciente de justa cólera. En vez de conectar el cronómetro
con la dinamita, el cable iba hasta el puño de oro de un recio bastón negro,
como el que acostumbraba a llevar su padre después del accidente con el
camión lechero.
Al cogerlo Jack, el cable se partía. El bastón, en sus manos, era pesado
y justiciero. Jack lo levantaba con fuerza por encima del hombro. Al subir, el
bastón rozaba el cable del cual pendía la bombilla de luz, y la luz empezaba
a mecerse hacia atrás y hacia delante, haciendo que las sombras embozadas
en las paredes y en el techo se columpiaran monstruosamente. Al volver a
descender, el bastón golpeaba algo mucho más duro. George dejaba escapar
un alarido, y la presión sobre el cuello de Jack se aflojaba.
Arrancándose de las manos de George, giraba sobre sí mismo. George
estaba de rodillas, con la cabeza caída, ambas manos entrelazadas sobre la
coronilla. Por entre los dedos le brotaba la sangre.
—Por favor —susurraba George, humildemente—. Déme una
oportunidad, señor Torrance.
—Ahora te tomarás tu medicina —gruñía Jack—. Vaya si lo harás, por
Dios. Cachorro, mocoso inútil. Ahora mismo, por Dios, ahora mismo. ¡Hasta
la última gota, carajo!
Mientras la luz oscilaba por encima de él y las sombras danzaban y se
arremolinaban, él empezaba a blandir el bastón, haciéndolo bajar una y otra vez,
levantando y subiendo el brazo como si fuera una máquina. La ensangrentada protección
de los dedos de George se le desprendía de la cabeza y Jack volvía a asestarle una y otra vez
el bastón encima, en el cuello, en los hombros, en la espalda, en los brazos. Pero el bastón
ya no seguía siendo un bastón; se había convertido en un mazo con una especie de mango a
rayas brillantes. Un mazo con un lado duro y un lado blando. Y el lado con el que golpeaba
tenía pegotes de pelo y sangre. Y el ruido seco y sordo del mazo al golpear contra la carne
había sido reemplazado por un ruido hueco, retumbante, que se ampliaba en ecos y
reverberaba. Su propia voz había asumido una cualidad así, la de un bramido desencarnado.
Y sin embargo, paradójicamente, sonaba más débil, confusa, impaciente… la voz de un
borracho.
La figura que estaba de rodillas levantaba lentamente la cabeza, en
un gesto de súplica. Lo que había allí no era un rostro, precisamente, sino
apenas una máscara sangrienta a través de la cual atisbaban los ojos. Jack
volvía a alzar el mazo para asestar el último, sibilante golpe de gracia y ya lo
había lanzado, con todas sus fuerzas cuando se daba cuenta de que el rostro
suplicante que se alzaba hacia él no era el de George, sino el de Danny. Era
la cara de su hijo.
—Papito…
Y entonces el mazo daba en el blanco, golpeando a Danny entre los
ojos, cerrándoselos para siempre. Y parecía que algo, en alguna parte,
estuviera riéndose…
(¡No!)
Se despertó de pie, desnudo, junto a la cama de Danny, con las manos
vacías, el cuerpo cubierto de sudor. Su último alarido no había pasado de su
mente. Volvió a articularlo, esta vez en forma de susurro.
—No. No, Danny. Jamás.
Volvió a su cama con piernas que se le habían vuelto de goma. Wendy
estaba profundamente dormida. Sobre la mesa de noche, el reloj decía que
eran las cinco menos cuarto. Jack siguió insomne hasta las siete, cuando
sintió que Danny empezaba a despertarse. Entonces bajó las piernas de la
cama y empezó a vestirse. Era hora de ir abajo, a verificar la presión de la
caldera.
33. EL VEHÍCULO PARA LA NIEVE
En algún momento después de medianoche, mientras estaban todos
sumidos en un sueño inquieto, la nieve había dejado de caer, tras haber
agregado unos veinte centímetros más a la antigua capa. Las nubes se
abrieron, un viento fresco las disipó, y ahora Jack estaba parado en mitad de
un polvoriento lingote de sol que entraba oblicuamente a través de la sucia
ventana situada en la pared oriental del cobertizo para herramientas.
Por sus dimensiones, el lugar se parecía mucho a un vagón de carga.
Olía a grasa, a petróleo y a gasolina y también —débil y nostálgicamente— a
césped cortado. Cuatro cortadoras de motor se alineaban como soldados en
revista a lo largo de la pared del sur; dos de ellas eran del tipo para ir
sentado, como en un pequeño tractor. A la izquierda de ellas se veían
azadas, palas de punta destinadas a reponer el césped en el campo de golf,
una sierra de cadena, las tijeras eléctricas para podar el cerco y un poste de
acero, largo y delgado, con una banderita roja en la punta. Caddy, si me
traes la pelota en menos de diez minutos, te ganarás veinticinco centavos. Sí,
señor.
Contra la pared del este, por donde el sol de la mañana entraba con
más fuerza, había tres mesas de ping-pong apoyadas unas contra otras como
un desmoronado castillo de naipes. Se les habían retirado las redes, que
colgaban de un estante. En el rincón había una pila de discos para jugar al
tejo y un equipo de roque; los aros estaban atados juntos con varias vueltas
de alambre y las bolas, pintadas de brillantes colores, dispuestas en una caja
parecida a las que se utilizan como hueveras (qué gallinas raras tienen
ustedes aquí, Watson… sí, y si viera usted los animales que hay en la parte de
césped del frente, ja-ja). Ordenadamente dispuestos en sus soportes, había
dos juegos de mazos.
Jack fue hacia ellos pasando por encima de una vieja batería de ocho
elementos (que indudablemente había pertenecido a la furgoneta del
hotel), de un cargador de batería y un par de rollos de cable. Retiró del
soporte del frente uno de los mazos de mango corto y lo levantó,
sosteniéndolo frente a la cara como un caballero que antes de entrar en
combate saludara a su rey.
Volvieron a elevarse en él fragmentos del sueño (ahora ya apenas una
maraña que iba esfumándose), algo de George Hatfield y el bastón de su
padre, lo suficiente para que se sintiera un poco inquieto y —qué cosa
absurda— un poco culpable por estar sosteniendo en la mano un simple
mazo de roque, ese antiguo juego de jardín. Claro que en la actualidad el
roque ya no era tan popular como juego de jardín; lo había sustituido el
croquet, su primo más moderno… que, para el caso, era una versión infantil
del juego. El roque, en cambio… eso sí que debía de haber sido juego de
hombres. Jack había encontrado un enmohecido folleto con las reglas en el
sótano; debía de haber quedado allí desde principios de la década del 20,
cuando en el «Overlook» se había jugado un torneo norteamericano de
roque. Juego de hombres.
(esquizofrénico)
Frunció un momento el ceño y después sonrió. Sí, claro que era un
juego un poco esquizofrénico. El mazo lo expresaba a la perfección, con la
parte blanda y la parte dura. Un juego de precisión y destreza, y también de
fuerza bruta.
Hizo silbar el mazo en el aire… huuup, sonriendo apenas ante el ruido
poderoso y silbante que hacía. Después volvió a dejarlo en el soporte y se dio
la vuelta hacia la izquierda. Lo que vio allí le hizo fruncir nuevamente el
ceño.
El vehículo para la nieve estaba casi en el medio del cobertizo; era
bastante nuevo, y a Jack no le gustó nada su aspecto. Sobre el costado de la
tapa del motor que miraba hacia él se leía BOMBARDIER SKIDOO, escrito en
grandes letras negras que se inclinaban hacia atrás, probablemente para dar
la sensación de velocidad. Los esquís, que sobresalían hacia delante, también
eran negros. A la derecha y a la izquierda de la tapa del motor había unos
tubos negros como los que tienen los coches de carreras. Pero el color básico
de la pintura era un amarillo brillante, agresivo, que era lo que no le
gustaba a Jack. Ahí sentado bajo el rayo de sol matinal, con el cuerpo
amarillo y los tubos negros, los esquís negros y negra también la cabina
abierta, tapizada, el vehículo parecía una monstruosa avispa mecanizada. Y
en marcha debía de hacer un ruido también como si lo fuera. Algo como un
zumbido, un silbido… y dispuesto a picar. Pero claro, ¿qué otro aspecto
podía tener? Por lo menos, no se disfrazaba. Y una vez. que esa avispa
hubiera hecho su trabajo, bien doloridos que estarían. Todos. Para la
primavera, la familia Torrance estaría tan dolorida que lo que las otras
avispas le habían hecho en la mano a Danny parecería el beso de una madre.
Se sacó el pañuelo del bolsillo de atrás, se lo pasó por los labios y fue
hacia el «Skidoo». Se quedó mirándolo, con el ceño ahora muy fruncido,
mientras volvía a meterse el pañuelo en el bolsillo. Desde afuera, una súbita
ráfaga de viento se lanzó contra el cobertizo, haciéndolo rugir y
estremecerse. Al mirar por la ventana, vio que el viento arrastraba un manto
de chispeantes cristales de nieve hacia el fondo, ya cubierto por los
ventisqueros, del hotel, y los elevaba en glandes remolinos hacia el
implacable cielo azul.
El viento se calmó y Jack volvió a mirar la máquina. Que cosa
repugnante, de veras. Uno casi esperaba ver que de la parte de atrás le
asomara un largo aguijón flexible. A él siempre le habían disgustado esos
malditos vehículos para la nieve, que astillaban el religioso silencio del
invierno en un millón de estrepitosos fragmentos. Que sobresaltaban a la
fauna del bosque. Que dejaban tras de sí enormes nubes de contaminación,
de ondulantes humos azules de la combustión… tos, tos… ejem, ejem,
dejando respirar. Tal vez fueran el último juguete grotesco de una edad del
combustible de la que pronto no quedarían sino fósiles, y que ahora se
regalaba para Navidad a los niños de diez años.
Jack recordó un artículo periodístico que había leído en Stovington,
un relato procedente de algún lugar de Maine. Un chico andaba tonteando
en un vehículo para la nieve, por un camino que no conocía, a más de
cincuenta kilómetros por hora. De noche, y sin encender las luces delanteras.
Entre dos postes habían tendido una gruesa cadena de la cual pendía una
señal de PROHIBIDO EL PASO. En el diario decía que lo más probable era que
el chico no la hubiera visto. Tal vez la luna se hubiera escondido entre las
nubes; la cadena lo decapitó. Al leer la nota, Jack casi se había alegrado y
ahora, al mirar esa máquina, volvió a tener la misma sensación.
(Si no fuera por Danny, qué placer me daría coger uno de esos mazos,
levantar la tapa del motor y empezar a golpearlo hasta que…)
Dejó que la respiración contenida se le escapara en un suspiro, largo y
lento. Wendy tenía razón. Que fueran a parar al infierno, que les llegara el
agua al cuello o los esperara la cola de bienestar social, Wendy tenía razón.
Destruir a mazazos ese aparato, por placentero que pudiera parecerle, sería
el colmo de la locura. Sería casi el equivalente de matar a mazazos a su
propio hijo.
En voz alta, masculló una maldición.
Fue hacia la parte de atrás del vehículo y destornilló la tapa del
depósito de gasolina. En uno de los estantes que, más o menos a la altura
del pecho, rodeaban totalmente las paredes, había encontrado una varilla
medidora y la sumergió en el depósito. Apenas si habría medio centímetro
de gasolina. No era mucho, pero alcanzaba para ver si el maldito armatoste
funcionaba. Después tendría que hacer sifón para cargar más gasolina,
sacándola del «Volkswagen» y de la furgoneta del hotel.
Volvió a atornillar la tapa del depósito y levantó la del motor. No
había bujías ni batería. Volvió hacia el estante y empezó a recorrerlo,
apartando destornilladores y llaves inglesas, un viejo carburador que alguien
había sacado de una de las cortadoras de césped, cajas de plástico donde
había tornillos, tuercas y clavos de diferentes tamaños. El estante estaba
cubierto de una espesa capa de grasa oscura y rancia, sobre la cual se había
acumulado el polvo de años hasta darle un aspecto de piel. A Jack le daba
asco tocarlo. Encontró una caja pequeña, manchada de aceite, sobre la cual
se leía, lacónicamente anotada con lápiz, la abreviatura Skid. La sacudió y
algo hizo ruido dentro. Bujías. Levantó una para mirarla a la luz, tratando de
ver cómo estaba la separación de electrodos sin andar por ahí buscando el
medidor. A la mierda, pensó con resentimiento, mientras volvía a dejar caer
la bujía dentro de la caja. Si los electrodos estaban mal, sería una reverenda
mala suerte. Se joderá, esa perra maldita.
Tras la puerta había una banqueta. Jack la acercó, se sentó e instaló
las cuatro bujías; después le ajustó a cada una el pequeño sombrerete de
goma. Una vez hecho eso, dejó que sus dedos juguetearan un momento
sobre la magneto. Y cómo se reían cuando yo me sentaba al piano.
Volvió a los estantes. Esta vez no pudo encontrar lo que buscaba: una
pequeña batería, de tres o cuatro elementos. Había llaves de tuerca, un
cajoncito lleno de brocas y trozos de brocas, sacos de fertilizante para el
césped y para los arrietes de flores, pero la batería del vehículo para la nieve
no estaba… cosa que no lo preocupó en lo más mínimo. Hasta lo alegró, en
realidad. Se sintió aliviado. Hice todo lo que pude, capitán, pero no pude
pasar. Estupendo, muchacho. Te propondré para la Estrella de Plata y el
«Skidoo de Púrpura». Eres el orgullo de tu regimiento. Gracias, señor. Yo lo
intenté, de veras.
Empezó a silbar Red River Valley con un ritmo un poco acelerado,
mientras seguía recorriendo el último par de metros del estante. Las notas
salían en nubecitas de vapor blanco. Había hecho un recorrido completo del
cobertizo, y la batería no estaba. Tal vez se la hubiera llevado alguien. Quizá
fuera Watson. Jack soltó la risa. El viejo contrabando de siempre, en las
oficinas… unos cuantos clips, un par de resmas de papel, este mantel que
nadie echará de menos o este servicio de mesa… ¿y qué tal esta hermosa
batería del vehículo para la nieve? Ya lo creo que puede venir bien. Pues a
meterla en el bolso. Delincuencia de guante blanco, nena. A todo el mundo
se le queda algo pegado en los dedos. Un descuento «bajo la chaqueta»,
como decíamos cuando éramos chicos.
Volvió lentamente hacia el vehículo, no sin asestarle una buena
patada en el costado al pasar. Bueno, pues ése era el fin del proyecto.
Simplemente, tendría que decirle a Wendy lo siento, nena, pero…
En el rincón, junto a la puerta, había una caja que había quedado
antes oculta por la banqueta. Sobre la tapa, escrita con lápiz, estaba la
abreviatura: Skid.
Jack la miró, mientras la sonrisa se le marchitaba en los labios. Mire, señor, llegó la
caballería. Parece que, después de todo, las señales de humo que usted hizo funcionaron.
Pero eso no era justo.
No era justo, carajo.
Algo —se llamara suerte, destino, providencia— había intentado
salvarlo. Alguna otra suerte, una suerte blanca. Y en el último momento la
eterna mala suerte de Jack Torrance había vuelto a aparecer. La piojosa
racha de cartas mal servidas todavía no se había cortado.
En una oleada hosca y gris, el resentimiento le cerró la garganta. De
nuevo, las manos se le habían convertido en puños.
(¡No es justo, carajo, no es justo!)
¿Acaso no podía haber mirado hacia cualquier otra parte?
¡Cualquiera! ¿Por qué no le había dado un dolor en el cuello o una picazón
en la nariz, o no había parpadeado en ese preciso instante? Una pequeñez
así, nada más, y jamás la habría visto.
Bueno, pues no la había visto. Asunto arreglado. Era una alucinación,
como lo que le había pasado ayer fuera de esa habitación de la segunda
planta, o la vez pasada con el maldito zoológico del seto. Un momento de
tensión, eso era todo. Qué raro, me pareció ver una batería de vehículo para
la nieve en ese rincón. Y ahora no está. Supongo que es fatiga del combate,
señor. Lo siento. No te desanimes hijo, aunque a todos nos sucede, tarde o
temprano.
Abrió de par en par la puerta, con tanta fuerza que estuvo a punto de
arrancar las bisagras, y entró las raquetas para la nieve, tan cubiertas de
copos que cuando las golpeó contra el suelo para limpiarlas la nieve voló en
una pequeña nube. Cuando estaba poniendo el pie izquierdo sobre la
raqueta correspondiente, se quedó inmóvil.
Allí afuera, junto a la plataforma de la leche, estaba Danny. Por lo que
parecía, estaba intentando hacer un muñeco de nieve, aunque no le salía
muy bien; la nieve estaba demasiado helada para mantener la forma. Pero
así y todo, el chico estaba empeñado en hacerlo, en la mañana
resplandeciente, una motita de niño envuelto en ropa sobre el brillo de la
nieve, bajo el brillo del cielo. Con la gorra puesta hacia atrás como Carlton
Fiske.
(Pero en nombre de Dios, ¿en qué estabas pensando?)
La respuesta le llegó sin la menor demora.
(En mí. Estaba pensando en mí.)
Súbitamente recordó que la noche anterior había estado tendido en la
cama, tendido y nada más, y que de pronto se le había ocurrido la idea de
asesinar a su mujer.
En ese instante, de rodillas en el cobertizo, todo se le aclaró. No era
solamente sobre Danny sobre quien estaba actuando el «Overlook»; estaba
actuando sobre él también. No era Danny el eslabón más débil, era él. Él era
el vulnerable, era a él a quien podían doblar y retorcer hasta que algo se
quebrara.
(hasta que afloje y me duerma… y entonces si es que pasa…)
Levantó la vista hacia las hileras de ventanas y el sol le devolvió un
reflejo brillante casi cegador desde las múltiples superficies espejeantes de
los cristales, pero Jack siguió mirando. Por primera vez advirtió qué parecidas
a ojos eran las ventanas: reflejaban la luz del sol mientras guardaba dentro
su propia oscuridad. Y no era a Danny a quien estaban mirando: era a él.
En esos pocos segundos lo entendió todo. Recordaba que de niño,
cuando iba al catecismo, les habían mostrado una figura, en blanco y negro.
La monja la había puesto sobre un caballete para que ellos la vieran,
diciéndoles que era un milagro de Dios. Los chicos la habían mirado atónitos,
sin ver nada más que una maraña de negro y blanco, informe y sin sentido.
Después, uno de los chicos de la tercera fila se había quedado boquiabierto,
balbuceando: «¡Es Jesús!» Y después se había ido a su casa con un ejemplar
flamante del Nuevo Testamento, además de un calendario, por haber sido el
primero. Los otros, y entre ellos Jack Torrance, se esforzaron más por ver.
Uno por uno, todos los demás chicos habían ido conteniendo el aliento de la
misma manera; hasta hubo una niñita, transportada al borde del éxtasis, que
gritaba con voz aguda: «¡Lo veo! ¡Lo veo!» También a ella la habían
recompensado con el Nuevo Testamento. Al final, todos habían visto la cara
de Jesús en la maraña de blancos y negros, salvo Jacky, que se esforzaba
cada vez más, finalmente asustado. Una parte de él pensaba cínicamente
que todos los otros chicos no hacían más que actuar para agradar a la
hermana Beatrice, pero otra estaba secretamente convencida de que, si no lo
veía, era porque Dios había decidido que él era el más sucio pecador de toda
la clase. «¿No le ves, Jacky?», le había preguntado con su voz dulce y triste la
hermana Beatrice, y él con perversa desesperación, había pensado «Te veo
las tetas». Empezó a negar con la cabeza y de pronto exclamó, con fingida
excitación: «¡Oh, sí, lo veo! ¡Es Jesús!» Y todos los chicos de la clase habían
reído y habían aplaudido, dándole una sensación de triunfo, de vergüenza y
de miedo. Más tarde, cuando todos los otros salieron tumultuosamente del
sótano de la iglesia para desparramarse por la calle, Jack se quedó atrás,
mirando la absurda maraña blanca y negra que la hermana Beatrice había
dejado sobre el caballete. Cómo la odiaba. Todos eran unos farsantes, lo
mismo que él, hasta la hermana. Todo era una gran farsa. «A la mierda, al
infierno, a la mierda», farfulló en voz baja y, en el momento en que se daba
la vuelta para irse, por el rabillo del ojo, vio el rostro de Jesús, afectuoso y
triste. Con el corazón en la garganta, giró sobre sus talones. Con una especie
de clic, súbitamente, todas las piezas habían caído en su lugar, y Jacky se
había quedado mirando la imagen con temeroso asombro, incapaz de
entender cómo no la había visto antes. Los ojos, el zigzag de sombra que
atravesaba la frente preocupada, la nariz delicada, el gesto de compasión de
los labios. Y miraba a Jack Torrance. Lo que no había sido más que un
garabato sin sentido se convertía de pronto en un inequívoco boceto en
blanco y negro de la faz de Cristo Nuestro Señor. El temeroso asombro se
convirtió en terror: había blasfemado frente a una imagen de Jesús. Se
condenaría por siempre; iría al infierno, junto con los pecadores. El rostro de
Cristo había estado allí todo el tiempo. Todo el tiempo.
Ahora, arrodillado al sol mientras miraba a su hijo jugar a la sombra
del hotel, Jack supo que todo era verdad. El hotel quería a Danny, a todos
ellos tal vez, pero a Danny seguramente. Los animales del cerco se habían
movido de veras. Y en la habitación 217 había una mujer muerta, una mujer
que probablemente no era más que un espíritu Inofensivo en la mayoría de
las circunstancias, pero que ahora significaba un peligro activo. Como un
malévolo juguete mecánico al cual hubiera dado cuerda y puesto en
movimiento la extraña mentalidad de Danny… y la del propio Jack. ¿Había
sido Watson el que le habló de un hombre que un día, en la cancha de
roque, se había desplomado muerto de un ataque? ¿O fue Ullman? En
realidad no importaba. En la tercera planta había habido un asesinato.
¿Cuántas antiguas rencillas, cuántos suicidios, ataques? ¿Cuántos asesinatos?
¿No estaría Grady al acecho por algún rincón del ala oeste, con su hacha,
esperando que la fuerza de Danny lo pusiera en movimiento para volver a
salirse de las paredes?
El círculo de hinchados magullones en torno al cuello de Danny.
Las botellas titilantes, entrevistas apenas en el salón desierto.
La radio.
Los sueños.
El álbum de recortes que había encontrado en el sótano.
(Medoc, ¿estás aquí? Otra vez he andado caminando en sueños, amor
mío…)
Súbitamente se levantó, volvió a arrojar fuera las raquetas para la
nieve, temblando todo entero, cerró de un golpe la puerta y levantó la caja
donde estaba la batería. La caja se le escapó de los dedos temblorosos
(oh cristo si se me rompe)
y cayó ruidosamente sobre un lado. Jack abrió las solapas de cartón
para sacar de un tirón la batería, sin prestar atención al ácido que podía
estar escapándose si se había rajado la cubierta de la batería. Sin embargo,
no: estaba entera. Un suspiro se escapó de sus labios.
Sosteniéndola en brazos como si fuera un niño, la llevó hasta el
«Skidoo» y la dejó sobre su plataforma, justo a la parte delantera del motor.
En uno de los estantes encontró una pequeña llave inglesa y con ella conectó
rápidamente los cables de la batería, sin dificultad alguna. La batería estaba
cargada; no sería necesario volverla a cargar. Cuando Jack conectó el cable
positivo con su terminal se había producido una chispa y un leve olor a
ozono. Cuando terminó de colocarla dio un paso atrás, mientras se frotaba
nerviosamente las manos sobre la descolorida chaqueta tejana. Listo. Tenía
que funcionar. No había motivo para que fuera de otro modo. Ninguno, en
absoluto, a no ser que era parte del «Overlook» y el «Overlook» en realidad
no quería que ellos se fueran de allí. De ninguna manera. El «Overlook» se
estaba divirtiendo en grande. Tenía un niñito a quien aterrorizar, un hombre
y su mujer para convertirlos en recíprocos enemigos, y si jugaba bien sus
cartas, serían ellos quienes terminarían paseándose por los pasillos del
«Overlook» como sombras insustanciales en una novela de Shirley Jackson, lo
que andaba en Hill House andaba solo, pero claro que en el «Overlook» no
andarían solos, nada de eso, ahí estarían muy bien acompañados. Pero en
realidad, no había razón para que el vehículo para la nieve no arrancara.
Excepto, naturalmente
(Excepto que en realidad él no quería irse.)
sí, excepto eso.
Se quedó inmóvil mirando el «Skidoo», respirando frías nubecillas
blancas. Él quería que las cosas siguieran siendo como eran. Al venir, no
había tenido la menor duda. Ya desde entonces había sabido que bajar sería
una decisión equivocada. Wendy apenas si estaba asustada del espantajo
convocado por un muchachito histérico. Ahora, de pronto, Jack podía ver el
punto de vista de ella. Era como su obra, su condenada obra, en la que ya no
podía saber de qué lado estaba o cómo debían resolverse las cosas. Una vez
que uno veía el rostro de un dios en esa confusión de blancos y negros, ya la
suerte estaba echada: nunca más podía dejar de verlo. Otros podrían reírse y
decir que no era nada, apenas un montón de manchas sin sentido, a mí que
me den una de esas pinturas rutinarias hechas por un buen artesano en un
día cualquiera, y siempre verás allí el rostro de Cristo Nuestro Señor que te
está mirando. Lo había visto una vez, en un salto guestáltico en el que lo
consciente y lo inconsciente se mezclaban en un sobrecogedor momento de
comprensión. Desde entonces, uno lo vería siempre. Estaría condenado a
verlo.
(Otra vez, he andado caminando en sueños, amor mío…)
Todo había estado bien hasta que Jack vio a Danny jugando en la
nieve. La culpa era de Danny. Todo había sido culpa de Danny. Era él quien
tenía el esplendor o lo que fuere. Porque no era un esplendor; era una
maldición. Si él y Wendy hubieran estado allí solos, podrían haber pasado
tranquilamente el invierno. Sin ningún sufrimiento, sin tensiones cerebrales.
(No quiero irme. ¿No puedo?)
El «Overlook» no quería que ellos se fueran, y Jack tampoco quería
que se fueran. Ni Danny tampoco. Tal vez el chico ya fuera parte del hotel.
Quizás el «Overlook» como un enorme y vagabundo Samuel Johnson que
era, lo hubiera elegido a él para ser su Boswell. ¿Conque dice usted que el
nuevo vigilante escribe? Estupendo, contrátelo. Era hora de que diéramos
nuestro punto de vista. Sin embargo, nos libraremos primero de la mujer y
del mocoso de su hijo. No queremos que nadie lo distraiga. No queremos…
Jack estaba de pie junto a la cabina del vehículo para la nieve; de
nuevo empezaba a dolerle la cabeza. ¿A qué se reducía todo? A irse o a
quedarse. Muy sencillo. Pues no lo compliquemos. ¿Nos vamos o nos
quedamos?
Si nos vamos, ¿cuánto tiempo tardarás en encontrar el exacto lugar de
Sidewinder? le preguntó una voz interior. Ese lugar sombrío con un piojoso
televisor en colores frente al cual un grupo de hombres sin afeitar y sin
trabajo se pasan el día contemplando los partidos. Donde en el lavabo de
hombres hay un olor a pis que parece que tuviera dos mil años y una eterna
colilla de «Camel» mojada y despachurrada en el inodoro. Donde te sirven
cerveza a treinta centavos el vaso y uno la corta con sal y el fonógrafo
tragaperras tiene setenta viejísimas canciones folklóricas.
¿Cuánto tiempo?, ¡Cristo! tenía tanto miedo de que no fuera un
tiempo largo.
—No puedo ganar —dijo muy suavemente. Era eso. Era como tratar
de hacer un solitario con un mazo donde falta uno de los ases.
Bruscamente se inclinó sobre el compartimiento del motor del
«Skidoo» y arrancó la magneto. Salió con una facilidad aterradora. Se quedó
un momento mirándola y después fue hacia la puerta del fondo del
cobertizo y la abrió.
Desde allí nada obstruía el panorama de las montañas, una imagen de
una belleza de tarjeta postal bajo la rutilante luz de la mañana. Una
extensión de nieve inmaculada se elevaba hasta los primeros pinos, a un
kilómetro y medio de distancia. Jack arrojó la magneto en la nieve, tan lejos
como pudo. Cayó mucho más lejos de lo que habría debido, levantando un
montoncito de nieve. La brisa se llevó los gránulos de nieve para depositarlos
nuevamente en otro sitio.
Dispérsate, te ordeno. No hay nada que ver. Todo ha terminado.
Dispérsate.
Se sintió en paz.
Durante largo rato se quedó en la puerta, respirando la pureza del
aire de montaña, y después la cerró firmemente y volvió a salir por la otra
puerta, a decirle a Wendy que se quedarían. En el camino, se detuvo a
entablar con Danny una batalla con bolas de nieve.
34. LOS SETOS
Era el 29 de noviembre, tres días después del Día de Acción de Gracias.
La última semana había sido espléndida, y la cena de Acción de Gracias la
mejor que había conocido la familia. Wendy había cocinado bien el pavo
que les había dejado Dick Hallorann, y habían comido todos a reventar sin
conseguir siquiera que la enorme ave perdiera la forma. Jack se había
quejado, gruñendo, de que se pasarían el resto del invierno comiendo pavo:
pavo a la crema, sandwiches de pavo, pavo con tallarines, pavo surprise.
No, le había dicho Wendy con una sonrisita. Sólo hasta Navidad.
Después tendremos el capón.
Jack y Danny gimieron al unísono.
Los magullones en el cuello de Danny habían desaparecido, y con ellos parecían
haberse disipado los miedos de todos. Durante la tarde del día de Acción de Gracias, Wendy
había estado paseando a Danny en el trineo, mientras Jack trabajaba en su obra, que ya
estaba casi terminada.
—¿Todavía tienes miedo, doc? —le había preguntado, sin saber cómo
plantear la cuestión de manera menos directa.
—Sí —le había contestado sencillamente el chico—. Pero ahora me
quedo en los lugares seguros.
—Papito dice que tarde o temprano a los guardabosques les extrañará
que no nos comuniquemos por radio y vendrán a ver si nos pasa algo.
Entonces podremos bajar con ellos, tú y yo, y dejar que papito termine aquí
el invierno. Tiene sus razones para hacerlo. En cierto modo, doc… y sé que
para ti es difícil entenderlo… estamos entre la espada y la pared.
—Sí —había respondido el chico, sin comprometerse.
Durante esa tarde rutilante, sus padres estaban arriba, y Danny sabía
que habían estado haciéndose el amor. Y que ahora dormitaban. Él sabía
que eran felices. Su madre seguía teniendo un poco de miedo, pero lo
extraño era la actitud de su padre. Era la sensación de que hubiera hecho
algo que era muy difícil, y lo hubiera hecho bien. Pero Danny no conseguía
ver exactamente qué era ese algo. Su padre lo ocultaba cuidadosamente,
incluso de sí mismo. ¿Sería posible, se preguntaba Danny, que uno se
alegrara de haber hecho algo que, sin embargo, lo avergonzara tanto que
tratara de no pensar en eso? La cuestión era inquietante. A él no le parecía
que una cosa así fuera posible… para una mente normal. Sus más empeñosos
intentos de sondear a su padre no le habían dado más resultado que la
incierta imagen de algo que parecía un pulpo, que giraba sobre un helado
cielo azul. Y en las dos ocasiones en que se había concentrado hasta
conseguir esa imagen, se había encontrado de pronto con que papá lo
miraba de una manera intensa, inquietante, como si supiera lo que él estaba
haciendo.
Ahora, el chico estaba en el vestíbulo, preparándose para salir. Le
gustaba salir, con el trineo o con las raquetas para la nieve. Le gustaba salir
del hotel; cuando estaba fuera, al sol, tenía la impresión de que le hubieran
quitado un peso de los hombros.
Buscó una silla, se subió en ella y sacó del guardarropas del salón de
baile su anorak y los pantalones para la nieve; después se sentó en la silla a
ponérselos. Sus botas estaban en el botinero y Danny se las calzó
cuidadosamente, sacando la punta de la lengua mientras se concentraba en
pasar las correas por los ganchos y atar bien los nudos. Después se puso los
mitones y el pasamontañas, estaba dispuesto.
A grandes pasos cruzó la cocina para salir por la puerta de atrás, pero
se detuvo. Estaba cansado de jugar en la parte de atrás, y además a esa hora
haría sombra sobre la parte donde él jugaba. Y no le gustaba estar a la
sombra del «Overlook». Decidió que en cambio se pondría las raquetas para
la nieve e iría hasta la zona infantil. Dick Hallorann le había dicho que no se
acercara al jardín ornamental, pero la idea de los animales del seto no lo
inquietaba demasiado. Ahora estaban sepultados por los ventisqueros, y
apenas si se veía algo como una vaga joroba que era la cabeza del conejo, o
la cola de un león. Al asomarse de la nieve en la forma en que se asomaban,
las colas daban más sensación de absurdo que de miedo.
Danny abrió la puerta del fondo y buscó sus raquetas para la nieve en
la plataforma para la leche. Cinco minutos después estaba en la terraza del
frente, asegurándoselas en los pies. Su papá le había dicho a él que él
(Danny) tenía condiciones para usar las raquetas para la nieve: el paso lento
y arrastrado, la forma de mover el tobillo que hacía que la nieve se
desprendiera de los cordones antes de volver a bajar el pie. Lo único que le
faltaba era desarrollar mejor los músculos en los muslos, pantorrillas y
tobillos. A Danny le parecía que lo que se le cansaba más pronto eran los
tobillos. Andar con raquetas para la nieve era casi tan cansado para los
tobillos como patinar, porque había que ir sacando la nieve de los cordones.
Cada cinco minutos más o menos, el chico tenía que detenerse con las
piernas abiertas y las raquetas bien planas sobre la nieve, para descansar.
Pero mientras bajaba hacia la zona infantil no necesitó descansar,
porque era todo cuesta abajo. Menos de diez minutos después de haberse
esforzado en trepar y volver a descender la monstruosa duna de nieve que se
había formado en la terraza del frente del «Overlook», Danny apoyaba la
mano enmitonada en el tobogán de la zona infantil. Y ni siquiera respiraba
con agitación.
Bajo la nieve, esa zona parecía mucho más agradable que en el otoño,
una especie de escultura de cuento de hadas. Las cadenas de los columpios
se habían helado en posiciones extrañas, y los asientos de los columpios de
los chicos mayores descansaban directamente sobre la nieve. El armazón de
hierro para gimnasia formaba una caverna de hielo guardada por los
goteantes dientes de los carámbanos. Sólo las chimeneas del «Overlook» de
juguete asomaban por encima de la nieve
(ojalá el otro estuviera tan sepultado como éste pero nosotros no
estuviéramos adentro)
y la parte alta de los tubos de cemento asomaba, en dos lugares, como
los iglús de los esquimales. Danny fue hacia allí y, poniéndose en cuclillas,
empezó a cavar. No tardó mucho en dejar al descubierto la oscura boca de
uno de ellos y en deslizarse al interior del frío túnel. En su imaginación era
Patrick McGoohan, el agente secreto (por el canal de TV de Burlington
habían vuelto a pasar episodios de ese programa en dos ocasiones, y su papá
nunca se los perdía; era capaz de no ir a una fiesta por quedarse en casa a
ver el Agente secreto o Los vengadores, y Danny siempre había visto esas
series con él), persiguiendo a los agentes de la KGB por las montañas de
Suiza. Se habían producido aludes en la zona, y Slobbo, el conspicuo agente
de la KGB, había matado a su novia con un dardo envenenado, pero la
máquina antigravitatoria rusa debía de estar por las inmediaciones. Tal vez
al final de ese mismo túnel. Sacó la automática y empezó a recorrer el túnel
de cemento, con los ojos muy abiertos, alerta, respirando lentamente.
El otro extremo del tubo de cemento estaba totalmente bloqueado
por la nieve. Trató de cavar para atravesarla y se quedó atónito (y un poco
inquieto) al ver qué dura estaba, casi totalmente congelada por el frío y
endurecida por el peso de la nieve que tenía encima.
De pronto, la ficción del juego se desplomó sobre él y súbitamente
cobró conciencia de que se sentía encerrado y sumamente nervioso en el
estrecho tubo de cemento. Oía el murmullo de su respiración, húmeda,
rápida y hueca. Estaba bajo la nieve, y por el agujero que había excavado
para llegar hasta allí apenas si se filtraba la luz. De pronto deseó, más que
ninguna otra cosa, estar a la luz del sol, recordó súbitamente que su mamá y
su papá dormían y no sabían dónde estaba él, que si el agujero que había
excavado se desmoronaba, él quedaría atrapado, y que el «Overlook» era su
enemigo.
Danny se dio la vuelta con cierta dificultad y se arrastró de vuelta a lo
largo del tubo de cemento, oyendo cómo las raquetas para la nieve
traqueteaban a sus espaldas con un ruido de madera, hundiendo las manos
en las hojas secas que quedaban del otoño. Acababa de llegar al extremo del
túnel y a la fría luz que entraba inciertamente desde arriba, cuando la nieve
efectivamente se desmoronó, no en mucha cantidad, pero la suficiente para
espolvorearle la cara y tapar la abertura por la que había entrado y dejarlo
en la oscuridad.
Durante un momento, el pánico más absoluto le heló el cerebro y lo
dejó incapaz de pensar. Después, como si viniera desde muy lejos, oyó la voz
de su papá, diciéndole que nunca debía jugar en el vertedero de basura de
Stovington, porque a veces había gente estúpida que llevaba allí frigoríficos
viejos sin haberles quitado la puerta, y si un niño llegaba a meterse dentro
de uno de ellos y la puerta se cerraba, no había manera de salir. Y uno se
moría en la oscuridad.
(Y tú no querrás que te pase una cosa así, ¿no es cierto, doc?)
(No, papá.)
Y sin embargo le había pasado, le dijo su cerebro aterrorizado, ahora
estaba en la oscuridad, estaba encerrado y hacía tanto frío como en un
frigorífico. Y…
(aquí dentro hay algo conmigo.)
La respiración se le cortó bruscamente. Un terror que era casi una
somnolencia se le infiltró en las venas. Sí, sí. Había algo allí dentro con él,
algo espantoso que el «Overlook» tenía reservado precisamente para un
momento como ése. Tal vez alguna araña enorme que se hubiera escondido
bajo las hojas, o una rata… o quizás el cadáver de algún niñito que hubiera
muerto allí, en la zona infantil. ¿Había ocurrido eso alguna vez? Sí, Danny
pensaba que sí. Pensó en la mujer de la bañera. En la sangre y los sesos sobre
la pared de la suite presidencial. O en algún niñito que se hubiera partido el
cráneo al caerse de las barras o de un columpio y que ahora se arrastrara tras
él en la oscuridad, con una mueca horrible, en busca de un último
compañero para sus juegos interminables. Eternos. En un momento lo oiría
acercarse.
En el extremo opuesto del tubo de cemento, Danny oyó los crujidos
furtivos de las hojas muertas, mientras algo se acercaba a él lentamente, a
gatas. En cualquier momento sentiría sobre el tobillo una mano helada…
Esa idea lo arrancó de su parálisis. Empezó a excavar la nieve suelta
que se había desmoronado y obstruía la salida del tubo de cemento,
arrojándola hacia atrás por entre las piernas, en polvorientos montones,
como un perro que intenta desenterrar un hueso. Una luz azul se filtraba
desde arriba y hacia ella se dirigió Danny, como un buceador que emerge
desde aguas profundas. Se raspó la espalda en el borde del tubo. Una de las
raquetas para la nieve se le enredó en la otra. La nieve se le metía dentro del
pasamontañas y por debajo del cuello del anorak. Con las manos convertidas
en garras, siguió excavando la nieve, que parecía empeñada en retenerlo, en
absorberlo hacia abajo, hacia el tubo de cemento por donde andaba eso,
todavía no visto, que hacía crujir las hojas, y en dejarlo allí. Para siempre.
Después consiguió salir, su rostro se volvió hacia el sol, y se encontró
arrastrándose por la nieve, arrastrándose para alejarse del tubo de cemento
semienterrado, jadeando ásperamente, con la cara casi cómicamente
blanqueada por la nieve en polvo… una máscara viviente de terror. Llegó
como pudo hasta las barras gimnásticas y allí se detuvo a ajustarse mejor las
raquetas para la nieve y recuperar el aliento. Mientras se enderezaba las
raquetas y volvía a ajustarles las correas, no separó un momento los ojos del
agujero del extremo del tubo, esperando a ver si algo salía de allí. No salió
nada y, pasados tres o cuatro minutos, a Danny empezó a regularizársele la
respiración. Fuera lo que fuere, era algo que no podía soportar la luz del sol.
Algo que estaba recluido allá abajo, que tal vez sólo pudiera salir cuando
oscurecía… o cuando los dos extremos de su prisión circular estaban
taponados por la nieve.
(pero estoy a salvo ahora estoy a salvo y me volveré porque ahora
estoy…)
Tras él se oyó un golpe, suave, de algo que caía.
Danny se dio la vuelta a mirar, en dirección del hotel. Pero ya antes de
mirar
(¿Puedes ver los indios que hay en esta figura?)
sabía lo que iba a ver, porque sabía lo que había sido ese ruido suave
de algo que se desmoronaba. Era el ruido de un gran montón de nieve al
caerse, el mismo ruido que hacía cuando se deslizaba del tejado del hotel y
caía al suelo.
(¿Puedes ver…?)
Sí. Sí que podía. Al perro del seto se le había caído toda la nieve.
Cuando él se acercó, el perro no era más que un inofensivo montón de
nieve, fuera de la zona infantil. Ahora se lo veía perfectamente, como una
incongruente mancha verde en mitad de esa blancura que hacía llorar los
ojos. Estaba sentado, como si pidiera que le dieran un dulce o sobras de
comida.
Pero ahora Danny no se enloquecería, no perdería la calma. Porque
por lo menos ahora no estaba atrapado en un viejo agujero oscuro. Estaba a
la luz del sol. Y eso no era más que un perro. Hoy hace bastante calor afuera,
pensó esperanzado. Tal vez el sol derritió tanto la nieve que toda la que
cubría al perro se cayó en un montón. Quizá sea eso y nada más.
(No te acerques a ese lugar… manténte alejado.)
Las correas de las raquetas para la nieve estaban tan tirantes como
debían estar. Danny se levantó y miró hacia atrás, hacia el tubo de cemento,
casi completamente cubierto por la nieve, y lo que vio en el extremo por
donde había salido le heló el corazón. En ese extremo había una mancha
redonda oscura, un pliegue de sombra que señalaba el agujero que él había
excavado para meterse dentro. Ahora, pese al deslumbramiento de la nieve,
le pareció que veía algo allí. Algo que se movía. Una mano. La mano
aleteante de un niño desesperadamente desdichado, una mano aleteante,
suplicante, que se ahogaba.
(Sálvame oh por favor sálvame y si no puedes salvarme por lo menos
ven a jugar conmigo. Por siempre. Por siempre. Por Siempre Jamás.)
—No —susurró roncamente Danny. La palabra le salió como algo
áspero y desnudo de la boca, que se le había secado por completo. Sintió
que su mente estaba a punto de perderse en la inconsciencia, de desaparecer
como había desaparecido cuando aquella mujer de la habitación había… no,
mejor era no pensar en eso.
Él se agarró a los aspectos de la realidad y los sujetó con firmeza.
Tenía que salir de allí. Concéntrate en eso. No pierdas la calma. Pórtate como
un agente secreto. ¿Acaso Patrick McGoohan estaría llorando y mojándose
los pantalones como si fuera un bebé?
¿O su papá?
Al pensar eso se calmó un tanto.
Desde atrás llegó de nuevo el mismo ruido, el flamp de la nieve al
caer. Se dio la vuelta y vio que ahora la cabeza de uno de los leones se
alzaba sobre la nieve, mostrándole los dientes. Y estaba más cerca de lo que
debería haber estado, casi junto al portón de la zona infantil.
El terror intentó resurgir y él lo dominó. Era el Agente Secreto, y se
escaparía.
Empezó a andar para salir de la zona infantil, dando el mismo rodeo
que había dado su padre el día de la primera nevada. Se concentró en la
forma de andar con raquetas. Pasos lentos y llanos. No levantar demasiado el
pie, para no perder el equilibrio. Girar el tobillo para hacer que la nieve
caiga de las correas. Qué lento parecía. Llegó a la esquina de la zona, donde
la nieve formaba un ventisquero alto, que le permitió pasar por encima de la
cerca. Ya estaba a mitad de camino cuando estuvo a punto de caerse,
cuando la raqueta del pie que quedaba atrás se le enredó en uno de los
postes de la cerca. Se inclinó en un ángulo inverosímil, extendiendo los
brazos, recordando lo difícil que era volver a levantarse cuando uno se caía.
Desde su derecha le llegó el mismo ruido sordo de desmoronamiento
de nieve. Al mirar vio que los otros dos leones, despejados de nieve hasta las
garras delanteras, estaban uno junto al otro, a unos sesenta pasos de
distancia. Las muescas verdes que señalaban los ojos estaban fijas en él. El
perro había vuelto la cabeza.
(Eso sólo sucede cuando no estás mirando.)
—¡OH! Ay…
Las raquetas para la nieve se le habían cruzado y Danny cayó boca
abajo en la nieve, extendiendo inútilmente los brazos. La nieve se le metió
por la capucha y por el cuello y dentro de los bordes de las botas. Se esforzó
por enderezarse y salir, procurando volver a pisar sobre las raquetas,
sintiendo cómo el corazón ya le latía enloquecido
(El Agente Secreto recuerda que eres el Agente Secreto)
y volvió a perder el equilibrio, esta vez hacia atrás. Durante un
momento se quedó tendido mirando al cielo, pensando que lo más sencillo
era entregarse.
Después pensó en eso que había en el tubo de cemento y se dio
cuenta de que no podía. Volvió a ponerse de pie, y se dio la vuelta a mirar el
jardín ornamental. Ahora los tres leones estaban juntos, tal vez a unos doce
metros de distancia. El perro se había desplazado a la izquierda de ellos,
como para bloquearle la retirada a Danny. No tenia nada de nieve, salvo un
collarín polvoriento en torno del cuello y del hocico. Y todos estaban
mirándolo.
La respiración había vuelto a acelerársele, y detrás de la frente sentía
el pánico como una rata que lo roía desde dentro, retorciéndose. Peleó con
el pánico, peleó con las raquetas para la nieve.
(La voz de papá: no, no pelees con ellas, doc. Camina sobre ellas como
si fueran tus propios pies. Camina con ellas.)
(Si, papa.)
Empezó de nuevo a caminar, intentando recuperar el ritmo fácil que
había practicado con su papá. Poco a poco empezó a encontrarlo, pero con
el ritmo vino el darse cuenta de lo cansado que estaba, de hasta que punto
el miedo lo había extenuado. Sentía los tendones de las piernas ardientes y
temblorosos. Hacia delante se distinguía el «Overlook», burlescamente
distante, que daba la impresión de estar mirándolo con sus múltiples
ventanas, como si todo no fuera más que una especie de competición en la
que apenas estaba interesado.
Danny volvió a mirar por encima del hombro y la respiración presurosa
se le cortó durante un momento antes de reanudarse, más entrecortada aún.
El león más próximo no estaría ahora a más de seis metros a sus espaldas,
abriéndose paso en la nieve como un perro que nadara en un estanque. Los
otros dos, a derecha e izquierda lo seguían. Eran como un pelotón del
ejército en misión de patrulla; el perro, que seguía un poco a la izquierda,
guardándoles el flanco. El león más próximo tenía la cabeza baja; los
músculos de las paletillas se le perfilaban poderosamente por encima del
cuello. Tenia la cola levantada, como si en el instante antes de que Danny se
volviera a mirarlo hubiera estado agitándola inquietamente. El chico pensó
que parecía un gato común, pero grande, que se divirtiera en jugar con un
ratón antes de matarlo.
(…caerse…)
No, si se caía estaba perdido. Jamás lo dejarían que se levantara. Le
saltarían encima. Extendió desesperadamente los brazos y se precipitó hacia
delante; el centro de gravedad se le desplazó fuera del cuerpo. Danny lo
atrapó y siguió adelante, sin dejar de mirar por encima del hombro. El aire le
silbaba al entrar y salir de la garganta, seca como un vidrio.
El mundo se había reducido a la nieve cegadora, el verde de los setos y
el murmullo susurrante de las raquetas para la nieve. Y algo más. Un ruido
suave, ahogado, acolchado. Trató de apresurarse más, pero no podía. En ese
momento iba andando por la senda sepultada bajo la nieve, con su carita de
niño casi hundida en la capucha del anorak, en la tarde calma y luminosa.
Cuando volvió a mirar hacia atrás, el león delantero estaba apenas a
un metro y medio de él. Con una mueca. La boca abierta, las grupas tensas
como la cuerda de un reloj. Por detrás de él y de los otros leones alcanzó a
ver al conejo, que ahora también asomaba fuera de la nieve la cabeza, de un
verde brillante, como si se hubiera despojado de su horrenda máscara
inexpresiva para ver el final de la cacería.
Ahora, ya sobre el césped del jardín delantero del «Overlook» entre la
calzada circular para coches y la terraza, Danny se dejó ganar por el pánico y
empezó a correr torpemente con sus raquetas para la nieve, ya sin atreverse
a mirar hacia atrás, cada vez más inclinado hacia delante, con los brazos
extendidos ante él como un ciego que tanteara los obstáculos. La capucha se
le había caído y dejaba al descubierto la cara de un blanco enfermizo,
pastoso, que en las mejillas dejaba lugar a rojas manchas afiebradas, los ojos
desorbitados por el terror. Ahora ya estaba muy cerca de la terraza.
Tras él oyó de pronto el crujido áspero de la nieve, en el momento en
que algo saltaba.
Cayó sobre los escalones de la terraza, gritando sin emitir ruido
alguno, y trepó a gatas, mientras las raquetas se sacudían ruidosamente tras
él.
En el aire resonó un ruido sibilante y Danny sintió un repentino dolor
en la pierna. Ruido de tela que se desgarra. Algo más que tal vez estuviera
—que tenia que estar— únicamente en su mente.
Un bramido, un rugido colérico.
Olor de sangre y de arbustos.
Cayó en la terraza cuan largo era, sollozando roncamente, sintiendo
en la boca, rico, metálico, un sabor a cobre. El corazón le golpeaba como un
trueno en el pecho. De la nariz se le escurría un hilillo de sangre.
No tenía idea de cuánto tiempo llevaba allí tendido cuando se
abrieron las puertas del vestíbulo y Jack salió corriendo, sin más ropa que los
tejanos y un par de zapatillas. Tras él venia Wendy.
—¡Danny!
—¡Doc! ¡Danny, por Dios! ¿Qué te pasa? ¿Qué sucedió?
Papá lo ayudaba a levantarse. Por debajo de la rodilla, Danny tenía los
pantalones desgarrados. Además, el calcetín de lana de esquiar también
estaba desgarrado, y en la pantorrilla se le veía un raspón superficial… como
si hubiera intentado abrirse paso a través de un seto verde muy vivo muy
tupido y las ramas lo hubieran rasguñado.
El chico miró por encima del hombro. Allá lejos en el parque, pasando
el campo de golf, se veían varias formas imprecisas, cubiertas de nieve. Los
animales del seto. Entre ellos y la zona infantil. Entre ellos y el camino.
Las piernas se le aflojaron. Jack lo recogió, y Danny empezó a llorar.
35. EL VESTÍBULO
Danny les había contado todo, salvo lo que le sucedió cuando la nieve
le dejó bloqueada la entrada del tubo de cemento. Eso, no pudo obligarse a
relatarlo. Tampoco sabía con qué palabras expresar la insidiosa, lánguida
sensación de terror que lo había invadido cuando oyó que las hojas secas
empezaban a crujir, furtivamente, en la fría oscuridad. Pero sí les habló de
ese ruido suave que hacía la nieve al desmoronarse. Del león, con la cabeza
inclinada y las paletillas tensas por el esfuerzo de salir de la nieve para
perseguirlo. Hasta les contó que, hacia el final, el conejo había vuelto la
cabeza para vigilarlo.
Estaban los tres en el vestíbulo. Jack había encendido un rugiente
fuego en la chimenea. Danny, envuelto en una manta, estaba acurrucado en
el sofá donde, hacía como un millón de años, se habían sentado las tres
monjas, riéndose como chiquillas mientras esperaban a que disminuyera la
cola formada frente al mostrador. Tenía en las manos un jarro con sopa de
fideos y, sentada junto a él, Wendy le acariciaba el pelo. Jack se había
sentado en el suelo; parecía que sus rasgos hubieran ido cobrando una
expresión cada vez más impasible, cada vez más rígida a medida que Danny
contaba su historia. En dos ocasiones sacó el pañuelo del bolsillo de atrás del
pantalón y se lo pasó por los labios irritados.
—Y entonces me persiguieron —concluyó Danny. Jack se levantó y fue
hacia la ventana, donde se quedó dándoles la espalda. El chico miró a su
madre—. Me persiguieron todo el camino hasta llegar a la terraza.
Danny se esforzaba en mantener tranquila la voz porque si conseguía
mantener la calma, era posible que le creyeran. El señor Stenger no había
mantenido la calma; había empezado a llorar sin poder contenerse, de
manera que LOS HOMBBRES DE BATA BLANCA habían venido a llevárselo
porque si uno no podía dejar de llorar eso significaba que se le habían
AFLOJADO LOS TORNILLOS y entonces, ¿cuándo volvería? NADIE LO SABE. El
anorak, los pantalones para la nieve y las raquetas estaban sobre el felpudo
que había del lado de adentro de la doble puerta.
(No quiero llorar no me dejaré llorar)
Tal vez eso podría, pensó; lo que no podía era dejar de temblar. Se
quedó mirando al fuego, esperando a que su papá dijera algo. Las largas
llamas amarillas danzaban en el hueco de piedra del hogar. Una piña estalló
ruidosamente y las chispas subieron por la chimenea.
—Danny, ven aquí —Jack se dio la vuelta. Su rostro seguía teniendo
esa expresión mortalmente atormentada, que a Danny no le gustó al
mirarla.
—Jack…
—Quiero que el chico venga un momento aquí, nada más.
Danny se bajó del sofá y se acercó a su padre.
—¡Buen chico! Ahora, dime qué ves.
Antes de haber llegado a la ventana, Danny ya sabía lo que iba a ver.
Más allá de la maraña de huellas de botas, trineo y raquetas para la nieve
que señalaba la zona donde solían salir a jugar, la nieve que cubría el parque
del «Overlook» descendía lentamente hacia el jardín ornamental y la zona
infantil. En su blancura no había más que dos series de pisadas, una que iba
en línea recta desde la terraza hasta la zona infantil, la otra, una larga línea
sinuosa que regresaba.
—Nada más que mis huellas, papito. Pero…
—Y con los setos, ¿qué pasa, Danny?
A Danny empezaron a temblarle los labios. Estaba a punto de llorar.
¿Y si no podía contenerse…?
(no lloraré No Lloraré NO NO LLORARÉ)
—Están todos cubiertos de nieve —susurró el chico—. Pero, papito…
—¿Qué? No alcancé a oírte.
—Jack, ¿qué haces? ¿Estás haciéndole un examen? ¿No ves que no se siente bien,
que está…
—¡Cállate! ¿A ver, Danny?
—Pero me rasguñaron, papá. En la pierna…
—Ese raspón en la pierna debes de habértelo hecho con la nieve
congelada.
Con el rostro pálido y colérico, Wendy se interpuso entre ellos.
—¿Qué quieres obligarle a hacer? —preguntó—. ¿A confesar un
asesinato? ¿Qué demonios te pasa?
Pareció que algo quebrara la extraña mirada fija de los ojos de Jack.
—Quiero ayudarle a encontrar la diferencia entre algo real y algo que
es solamente una alucinación, nada más —se puso en cuclillas junto al chico
para mirarlo desde su altura, y lo abrazó con fuerza—. Danny, eso no
sucedió en realidad. ¿Entiendes? Fue como uno de esos trances que tienes a
veces, y nada más.
—Pero, papito…
—¿Qué, Dan?
—Yo no me corté la pierna con la nieve. La nieve no tiene costra, es
toda nieve en polvo. Si ni siquiera se pega lo suficiente para hacer bolas. ¿Te
acuerdas de que cuando quisimos hacer bolas de nieve no pudimos?
Sintió que su padre volvía a ponerse tenso, a la defensiva.
—Entonces, en los escalones de la terraza.
Danny se apartó de él. Súbitamente, entendía. Todo se le había
aclarado mentalmente en un relámpago, como se le revelaban a veces las
cosas, como le había sucedido con la mujer aquella que quería estar en los
pantalones del hombre gris. Miró a su padre con ojos muy abiertos.
—Tú sabes que digo la verdad —balbuceó, horrorizado.
—Danny… —la cara de Jack se crispó.
—Tú lo sabes porque viste…
El ruido de la palma de Jack al abofetear la mejilla del chico fue sordo,
nada espectacular. Mientras la cabeza de Danny rebotaba hacia atrás, la
huella de los dedos ya empezaba a enrojecerse, como una marca de ganado.
Wendy dejó escapar un gemido.
Durante un momento, los tres se quedaron inmóviles, y después Jack
tomó del brazo a su hijo.
—Danny, discúlpame, ¿estás bien, doc?
—¡Le pegaste, bestia! —gritó Wendy—. ¡Oh, qué bestia repugnante
eres!
Le cogió el otro brazo, y durante un momento Danny se debatió entre
los dos.
—¡Por favor, dejad de tironearme! —clamó el chico, y era tal la
angustia de su voz que los dos lo soltaron, y entonces las lágrimas lo
inundaron y Danny se desplomó, llorando, entre el sofá y la ventana,
mientras sus padres lo miraban impotentes, como dos niños podrían mirar el
juguete que han roto mientras discutían furiosamente a quién pertenecía.
En el hogar estalló otra piña, como una granada de mano, sobresaltándolos
a todos.
Wendy le dio aspirina para niños y Jack lo deslizó, sin que el chico
protestara, entre las sábanas de su catre. En un abrir y cerrar de ojos, Danny
se quedó dormido, con el pulgar en la boca.
—Eso no me gusta —observó Wendy—. Es una regresión.
Jack no le contestó.
Ella lo miraba serenamente, sin enojo, sin sonreír tampoco.
—¿Quieres que me disculpe por haberte llamado bestia? Está bien,
discúlpame. Lo siento. Pero de todas maneras, no deberías haberle pegado.
—Ya lo sé —masculló Jack—. Bien que lo sé. No sé qué demonios me
pasó.
—Pero prometiste que nunca volverías a pegarle.
Él la miró con furia, y después la furia también se desmoronó. De
pronto, con horror y compasión, Wendy vio cómo sería Jack cuando fuera
viejo. Nunca lo había visto con ese aspecto.
(¿con qué aspecto?)
Derrotado, se respondió ella misma. Parece derrotado.
—Siempre pensé que era capaz de cumplir una promesa —murmuró
Jack.
Wendy se le acercó y le apoyó la mano en el brazo.
—Bueno, ya pasó. Pero cuando venga el guardabosques a buscarnos,
le diremos que queremos bajar todos. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —asintió Jack y en ese momento, por lo menos, lo sentía
así. Como siempre lo había sentido así las mañanas siguientes al mirar en el
espejo del cuarto de baño su cara pálida y ojerosa. Voy a terminar con esto,
lo voy a cortar de una vez por todas. Pero a la mañana le seguía la tarde, y
por las tardes se sentía un poco mejor. Y a la tarde seguía la noche. Como
había dicho algún gran pensador del siglo XX, la noche debe caer.
Jack se encontró deseando que Wendy le preguntara por los animales
del seto, que le preguntara a qué se refería Danny al decir Tú lo sabes
porque viste… Si se lo preguntaba, se lo contaría todo. Todo. Lo de los
animales, lo de la mujer en la habitación, incluso lo de la manguera para
incendios que le había parecido ver cambiada de posición. Pero, ¿dónde
debía detenerse la confesión? ¿Podía contarle a Wendy que había tirado la
magneto y que si no hubiera sido por eso ya podrían estar todos en
Sidewinder?
Pero lo que le preguntó ella fue:
—¿Quieres una taza de té?
—Sí. Una taza de té me vendría bien.
Wendy fue hacia la puerta y allí se detuvo, frotándose los antebrazos
por encima del suéter.
—La culpa es tanto mía como tuya —comentó—. ¿Qué estábamos
haciendo mientras él tenía semejante… sueño, o lo que fuera?
—Wendy…
—Estábamos durmiendo —continuó ella—. Dormidos como una pareja
de adolescentes que acaban de rascarse a gusto.
—Déjalo —protestó Jack—. Ya pasó.
—No, no pasó —respondió Wendy, mirándolo con una sonrisa
extraña, excitante.
Salió para preparar el té, dejando a Jack a cargo del hijo de ambos.
36. EL ASCENSOR
Jack se despertó de un sueño superficial e inquieto en el que formas
enormes e imprecisas lo perseguían a través de interminables campos
cubiertos de nieve hacia algo que, primero, le pareció otro sueño: una
oscuridad llena de un súbito estrépito de ruidos mecánicos… golpeteos,
chirridos, murmullos, tintineos y crujidos.
Sólo cuando Wendy, junto a él, se sentó en la cama, comprendió que
no era un sueño.
—¿Qué es eso? —fría como de mármol, la mano de ella le cogió la
muñeca. Jack dominó el impulso de quitársela de encima… ¿cómo diablos
iba a saber él qué era? El reloj luminoso que tenían sobre la mesita de noche
marcaba las doce menos cinco.
Otra vez el murmullo, sonoro y continuo, casi sin variación. Seguido
por un choque metálico al cesar el murmullo. Un ruido seco. Un golpe sordo.
Después volvió a empezar el murmullo.
Era el ascensor.
Danny también se había sentado.
—¡Papá! ¿Papito? —la voz, soñolienta y asustada.
—Estoy aquí, doc —respondió Jack—. Vente a nuestra cama. Mami
también está despierta.
Las sábanas crujieron mientras el chico se metía en la cama, entre
ellos.
—Es el ascensor —susurró.
—Eso mismo —asintió Jack—. No es más que el ascensor.
—¿Qué quieres decir con no es más? —lo apremió Wendy, con un
gélido filo de histeria en la voz—. Es medianoche. ¿Quién lo puso en
marcha?
Hummm. Click/clak. Ahora se oía por encima de ellos. El traqueteo de
la puerta al correrse, el golpe de las puertas que se abrían y se cerraban.
Después de nuevo, el murmullo del motor y de los cables.
Danny empezó a lloriquear.
Jack sacó los pies de la cama, los apoyó en el suelo.
—Probablemente sea un cortocircuito. Lo comprobaré.
—Jack, ¡no salgas de esta habitación!
—No seas estúpida, que es mi trabajo —Jack se enfundó en la bata.
Un momento después, Wendy también salía de la cama, con Danny en
brazos.
—Nosotros también vamos.
—Wendy…
—¿Qué pasa? —preguntó sombríamente Danny—. ¿Qué pasa, papá?
En vez de contestar, Jack se dio la vuelta para ocultar su expresión
tensa y colérica. Parado en la puerta, se ató el cinturón de la bata. Después
abrió la puerta y salió a la oscuridad del pasillo.
Wendy vaciló un momento, y en realidad fue Danny quien empezó a
moverse. Rápidamente, ella lo alcanzó y los dos salieron juntos.
Jack no se había preocupado en encender las luces. Wendy buscó a
tientas la llave que accionaba las cuatro luces colocadas en el techo del
pasillo que conducía al corredor principal. Delante de ellos, Jack daba ya la
vuelta hacia el corredor. Esta vez fue Danny el que encontró la llave y
encendió las luces. El pasillo que conducía a la escalera y al hueco del
ascensor se iluminó.
Jack estaba parado, inmóvil, frente a la puerta cerrada del ascensor.
Con el desteñido albornoz escocés y las chinelas de piel marrón con el tacón
gastado, el pelo todo enredado por la almohada y sus mechones pajizos,
parecía un absurdo Hamlet del siglo veinte, una figura indecisa tan
hipnotizada por el precipitarse de la tragedia que era incapaz de desviar su
curso o alterarlo de ninguna manera.
(jesús basta de pensar semejantes locuras…)
En su mano, la mano de Danny se había crispado dolorosamente. El
niño la miraba con atención, con expresión tensa y angustiada. Wendy
comprendió que había estado siguiendo el hilo de sus pensamientos.
Imposible era decir cuánto era lo que había entendido, pero Wendy se
ruborizó, casi como si su hijo la hubiera sorprendido masturbándose.
—Vamos —le dijo, y los dos fueron por el pasillo hacia donde estaba
Jack.
Allí los murmullos, crujidos y golpes metálicos eran más fuertes,
aterradores en una forma inconexa, aturdidora. Jack estaba mirando con
afiebrada intensidad la puerta cerrada. A través de la ventanilla en forma de
rombo que se abría en la puerta del ascensor a Wendy le pareció ver los
cables, que vibraban levemente. Estrepitosamente, el ascensor se detuvo
debajo de ellos, en la planta baja. Oyeron el ruido de las puertas al abrirse.
Y…
(fiesta)
¿Por qué había pensado en una fiesta? La palabra le había aparecido
simplemente en la cabeza, sin razón alguna. En el «Overlook» el silencio era
total e intenso, salvo por los ruidos escalofriantes que les llegaban por el
hueco del ascensor.
(vaya fiesta que debe de haber sido)
(¿¿¿QUÉ FIESTA???)
Durante un momento apenas, una imagen tan real que parecía un
recuerdo invadió la mente de Wendy. No un recuerdo cualquiera, sino uno
de esos que uno atesora, que guarda para ocasiones muy especiales y al que
muy rara vez se alude en voz alta. Luces… centenares, tal vez millares de
ellas. Luces y colores, el ruido de los corchos de champaña, una orquesta de
cuarenta instrumentos tocando In the Mood, de Glenn Miller. Pero Glenn
Miller había pasado de moda antes de que ella hubiera nacido… ¿cómo
podía, pues, tener un recuerdo de Glenn Miller?
Miró a Danny y lo vio con la cabeza inclinada hacia un lado, como si
oyera algo que ella no alcanzaba a oír. El chico estaba muy pálido.
Zump.
Allá abajo, las puertas se habían cerrado con un golpe sordo. Se oyó
un murmullo quejoso, mientras el ascensor empezaba a subir. Wendy vio a
través de la ventanilla en forma de rombo, primero el motor alojado en la
parte alta de la caja del ascensor, después, a través de los rombos adicionales
que dibujaba el bronce de las puertas corredizas, el interior de la caja. De la
parte alta del ascensor salía una luz amarilla. Venía vacía. La caja venía vacía,
estaba vacía, pero
(la noche de la fiesta debían de haberse metido allí por docenas,
amontonándose allí dentro sobrepasando el límite de seguridad pero claro
que entonces era nuevo y todos llevaban máscaras)
(¿¿¿QUÉ MASCARAS???)
La caja se detuvo encima de ellos, en la tercera planta. Wendy miró a Danny. La cara
del chico no parecía tener más que ojos. Los labios, apretados hasta quedar exangües, eran
una línea de terror. Sobre ellos, volvieron a resonar las puertas de bronce. Se oyó cómo se
abría la puerta del ascensor, se abría porque era la hora, había llegado el momento, era el
momento de decir
(Buenas noches… buenas noches… sí, estuvo encantador… no,
realmente no puedo quedarme para el desenmascaramiento… acostarse
pronto, levantarse temprano… ah, ¿sabe, ésa era Sheila?… ¿el monje?… ¿No
es gracioso que Sheila vistiera de monje?… sí, buenas noches… buenas)
Zump.
Ruido de engranajes. El motor que arrancaba. Gimiendo, la caja
empezó a descender.
—Jack —susurró Wendy—. ¿Qué es esto? ¿Qué le pasa?
—Un cortocircuito —reiteró él. Su rostro parecía de madera—. Ya te
dije que era un cortocircuito.
—¡Pero yo oigo como si tuviera voces dentro de la cabeza! —gimió
Wendy—. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es todo esto? ¡Siento que voy a
volverme loca!
—¿Qué voces? —Jack la miró con una dulzura siniestra. Wendy se
volvió hacia Danny.
—¿Tú oíste?
—Sí —el chico asintió lentamente con la cabeza—. Y música. Como si
fuera desde hace mucho tiempo, dentro de mi cabeza.
La caja del ascensor volvió a detenerse. El hotel seguía silencioso, lleno
de crujidos, desierto. Afuera, el viento gemía en los aleros, en la oscuridad.
—Creo que vosotros dos estáis chiflados —declaró con toda
naturalidad Jack—. Yo no oigo nada, maldita sea, a no ser ese ascensor que
está con un ataque de hipo eléctrico. Si queréis tener un ataque de histeria a
dúo, daos el gusto, pero no contéis conmigo.
El ascensor volvía a descender.
Jack dio un paso hacia la derecha, donde una caja con el frente de
cristal pendía de la pared, a la altura del pecho. Asestó un puñetazo al
vidrio, que cayó tintineando hacia dentro. De los nudillos empezó a brotarle
sangre. Jack metió la mano en la caja y sacó de ella una llave larga y pulida.
—Jack, no, por favor.
—Estoy aquí para hacer mi trabajo. Déjame en paz, Wendy.
Cuando ella trató de aferrarlo del brazo, Jack la apartó bruscamente.
Enredados los pies en el borde del salto de cama, Wendy cayó pesadamente
sobre la alfombra. Con un grito agudo, Danny se arrojó de rodillas junto a
ella. Jack se volvió hacia el ascensor y metió la llave en su lugar
correspondiente.
En la ventanilla rombal, desaparecieron los cables y se hizo visible el
piso de la caja. Un segundo después, Jack hacía girar con fuerza la llave. Se
oyó un ruido áspero y chirriante al detenerse instantáneamente la caja del
ascensor. Durante un momento, en el sótano, el motor desconectado se
quejó con más fuerza aún, hasta que el interruptor lo apagó y en el
«Overlook» se instaló un silencio sobrenatural. Afuera, en comparación, el
viento nocturno sonaba muy fuerte. Jack estaba mirando estúpidamente la
puerta gris del ascensor. Bajo el agujero de la llave había tres salpicaduras de
sangre, de sus nudillos heridos.
Durante un momento se volvió hacia Danny y Wendy. Ella estaba
levantándose, mientras el chico la rodeaba con un brazo. Los dos lo miraban
con cautelosa fijeza, como si él fuera un extraño que jamás hubieran visto
antes, posiblemente peligroso. Abrió la boca, sin saber bien qué era lo que
iba a salir de ella.
—Es… Wendy, es mi trabajo.
—A la mierda con tu trabajo —respondió ella.
Jack se volvió otra vez hacia el ascensor, metió los dedos por la rendija
que quedaba al lado derecho de la puerta y consiguió abrirla un poquito.
Después pudo echar contra ella todo el peso de su cuerpo, hasta que se abrió
del todo.
La caja se había detenido a medio camino, y el piso quedaba a la
altura del pecho de Jack. De su interior salía una luz cálida que contrastaba
con la oscuridad aceitosa del hueco que quedaba abajo.
Durante un tiempo que pareció muy largo, Jack se quedó mirando
dentro.
—Está vacío —declaró después—. Es un cortocircuito, lo que yo dije —
introdujo los dedos en la rendija que había detrás de la puerta para correrla
y empezó a tirar de ella… pero, con fuerza sorprendente, la mano de Wendy
lo sujetó por el hombro, para apartarlo.
—¡Wendy! —gritó él, pero su mujer ya se había afirmado en el borde
del piso, subiéndose lo bastante como para poder mirar hacia dentro.
Después, con un esfuerzo convulsivo de los músculos del hombro y del
vientre, trató de entrar en la caja. Durante un momento pareció que no lo
conseguiría; sus pies aletearon sobre la negrura del hueco. Una chinela
rosada se le cayó y se perdió de vista en la oscuridad.
—¡Mami! —chilló Danny.
Después, Wendy estuvo arriba, con las mejillas arrebatadas, la frente
pálida y brillante como una lámpara de alcohol.
—¿Y esto, Jack? ¿Es esto un cortocircuito? —arrojó algo, y súbitamente el corredor
se llenó de confeti rojo, blanco, amarillo, azul—. ¿Y esto? —un gallardete de papel verde,
descolorido por el tiempo hasta quedar de color pastel.
—¿Y esto?
Su mano arrojó hacia fuera algo que quedó inmóvil sobre la jungla
azul y negra de la alfombra: un antifaz de seda negra, espolvoreado de
lentejuelas en las sienes.
—¿A ti eso te parece un cortocircuito, Jack? —la voz de Wendy era un
alarido.
Jack se apartó con paso lento, sacudiendo lentamente la cabeza.
Desde la alfombra salpicada de confeti, el antifaz miraba inexpresivamente
hacia el techo.

37. EL SALÓN DE BAILE
Era el primero de diciembre.
Danny estaba en el salón de baile del ala este, y se había subido a un
alto sillón tapizado, de respaldo de orejas, para mirar el reloj que, protegido
por un fanal de cristal, ocupaba el lugar de honor en la ornamentada repisa
de la chimenea, flanqueado por dos grandes elefantes de marfil. El niño
esperaba casi que los elefantes empezaran a moverse e intentaran ensartarlo
con los colmillos, pero siguieron inmóviles. Los elefantes eran «seguros».
Desde la noche que había sucedido lo del ascensor, Danny había dividido
todas las cosas del «Overlook» en dos categorías. El ascensor, el sótano, la
zona infantil, la habitación 217 y la suite presidencial eran lugares
«peligrosos». Los cuartos de ellos, el vestíbulo y la terraza eran «seguros».
Aparentemente, el salón de baile también.
(Los elefantes sí, en todo caso.)
De otros lugares Danny no tenía la certeza, de manera que, por
principio, los evitaba.
Miró el reloj cobijado bajo el fanal. Lo tenían bajo vidrio porque tenía
todas las ruedecillas, engranajes y resortes al descubierto. Alrededor del
mecanismo, exteriormente, corría una especie de raíl cromado o de acero, y
directamente bajo la esfera del reloj había un pequeño eje con un engranaje
en cada extremo. Las manecillas del reloj estaban detenidas a las XI y cuarto,
y aunque no sabía los números romanos, por la posición de las agujas Danny
podía adivinar a qué hora se había parado el reloj, situado sobre su base de
terciopelo. Delante y ligeramente deformada por la curva del fanal, había
una llavecita de plata bellamente labrada.
El chico se imaginaba que el reloj sería una de las cosas que él no
debía tocar, lo mismo que el juego de atizadores de bronce que se
guardaban junto a la chimenea del vestíbulo o el enorme armario para la
porcelana, al fondo del comedor.
Dentro de él se elevó de pronto una sensación de injusticia, lo invadió
un impulso de colérica rebelión y
(qué me importa lo que no tengo que tocar, no me importa nada,
¿acaso no me tocaron? ¿no jugaron conmigo?)
Claro que sí. Y sin haber puesto ningún cuidado especial en no
romperlo, tampoco.
Danny tendió las manos, cogió el fanal de cristal, lo levantó y lo puso
a un lado. Durante un momento dejó que un dedo se paseara por el
mecanismo; la yema del índice se detuvo, en los dientes de los engranajes,
acarició las ruedecillas. Cogió la llavecita de plata, que habría sido incómoda,
por lo pequeña, para la mano de un adulto, pero que se adaptaba
perfectamente a sus dedos. La insertó en el agujero que había en el centro
de la esfera. La llave quedó encajada con un pequeño clic, más bien una
sensación táctil que sonora. Se le daba cuerda hacia la derecha,
naturalmente: en el sentido de las agujas del reloj.
Danny hizo girar la llavecita hasta que encontró resistencia, y después
la retiró. El reloj empezó a latir. Las ruedecillas giraron. Una gran rueda
catalina se movía en semicírculos, hacia delante y hacia atrás. Las manecillas
avanzaban. Si uno mantenía la cabeza perfectamente inmóvil y los ojos bien
abiertos, se veía cómo el minutero marchaba con su acostumbrada lentitud
hacia la próxima reunión de ambas agujas, dentro de cuarenta y cinco
minutos, en el XII.
(Y la Muerte Roja imperaba sobre todos.)
Danny frunció el ceño, y sacudió la cabeza para librarse de la idea, que
para él no tenía significado ni connotación alguna.
Volvió a extender el índice y empujó el minutero hasta hacerlo llegar
a la hora, con curiosidad por ver lo que sucedería. Evidentemente, no era un
reloj de cuco, pero ese raíl de acero tenía que servir para algo.
Resonó una breve serie de clics metálicos, y después el reloj empezó a
entonar, en un campanilleo, el vals del Danubio azul, de Strauss. Empezó a
desenvolverse un prieto rollo de tela de no más de cuatro centímetros de
ancho, mientras una serie de martillos diminutos se levantaban y caían
rítmicamente. Desde atrás de la esfera del reloj aparecieron dos figurillas
deslizándose por el raíl de acero, dos danzarines de ballet, a la izquierda una
muchacha de falda vaporosa y medias blancas, a la derecha un muchacho
con ajustada malla de baile negra y zapatillas de ballet. Con las manos
formaban un arco por encima de la cabeza.
Los dos se reunieron en el centro, frente al número VI.
Danny advirtió que en los costados, debajo de las axilas, los
muñequitos tenían unos surcos muy pequeños. En esos surcos se insertó el
pequeño eje y volvió a percibirse un clic. Los engranajes que había en los
extremos del eje empezaron a girar, mientras seguía tintineando el Danubio
azul. Los dos bailarines se abrazaron. El muchacho levantó a la chica y
después resbaló sobre el eje hasta que los dos quedaron tendidos, la cabeza
del chico oculta bajo la breve falda de la bailarina, el rostro de ella oprimido
contra el centro del leotardo de él, sacudiéndose ambos con mecánico
frenesí.
Danny arrugó la nariz. Se estaban besando los pipís; eso le pareció
asqueroso.
Un momento más, y la secuencia empezó a repetirse al revés. El
muchacho se enderezó sobre el eje y dejó a la chica en posición vertical.
Danny tuvo la impresión de que se cruzaban una mirada de entendimiento
mientras volvían a poner los brazos en arco sobre la cabeza. Después los dos
se retiraron por donde habían venido, y desaparecieron en el momento en
que terminaba el Danubio azul. El reloj empezó a desgranar lentamente una
hilera de gorjeos argentinos.
(¡La medianoche! ¡El toque de medianoche!)
(¡Vivan las máscaras!)
Bruscamente, Danny giró sobre el sillón, y estuvo a punto de caerse. El
salón de baile estaba vacío. Por la enorme ventana doble, que parecía la de
una catedral, se veía que de nuevo estaba empezando a nevar. La enorme
alfombra del salón de baile (naturalmente, arrollada para poder bailar),
ricamente entretejida de dibujos en rojo y oro, descansaba tranquilamente
en el suelo. Alrededor se agrupaban mesitas para la intimidad de dos, y
sobre ellas, con las patas apuntadas al techo, las livianas sillas que las
acompañaban.
El lugar estaba completamente vacío.
Pero, en realidad, no lo estaba, porque allí, en el «Overlook», las cosas
seguían y seguían. Allí, en el «Overlook», todos los momentos eran un
momento. Había una interminable noche de agosto de 1946, llena de risas y
bebidas, en que unos pocos elegidos —que esplendían— se paseaban
subiendo y bajando en el ascensor, mientras bebían copa tras copa de
champaña y se prodigaban unos a otros cortesanas atenciones. También
había una hora, antes del amanecer, en una mañana de junio de veinte años
después, en que los asesinos a sueldo de la Organización disparaban
interminablemente sus armas sobre los cuerpos retorcidos y sangrantes de
tres hombres cuya agonía se prolongaba interminablemente. En una
habitación de la segunda planta, flotando en la bañera, una mujer esperaba
a sus visitantes.
En el «Overlook», todas las cosas tenían una especie de vida. Era como
si a todo el lugar le hubieran dado cuerda con una llave de plata. El reloj
estaba en marcha.
El reloj estaba andando.
Él era esa llave, pensó tristemente Danny. Tony se lo había advertido,
y él había dejado que las cosas siguieran su curso.
(¡Si no tengo más que cinco años!)
protestó ante alguna presencia que sentía inciertamente en la
habitación.
(¿Acaso no significa nada que no tenga más que cinco años?)
No hubo respuesta.
De mala gana, el chico volvió a mirar el reloj.
Había estado demorándolo, en la esperanza de que sucediera algo
que le hubiera permitido no volver a intentar llamar a Tony; que apareciera
un guardabosques, o un helicóptero, o un equipo de rescate; como pasaba
siempre en los programas de TV, que llegaban a tiempo y salvaban a la
gente. En la TV los guardabosques y las patrullas de rescate y los médicos
paracaidistas eran un ejército blanco y amistoso que contrapesaba las
confusas fuerzas del mal que Danny percibía en el mundo. Cuando la gente
tenía dificultades, la ayudaban a salir de ellas, le arreglaban las cosas. Nadie
tenía que salir solo de un embrollo.
(¿Por favor?)
No había respuesta.
No había respuesta y, si Tony venía, ¿no sería la misma pesadilla? ¿Los
ruidos retumbantes, la voz áspera e impaciente, la alfombra azul y negra
que parecía hecha de serpientes? ¿Y redrum?
Pero, ¿qué más?
(Por favor oh por favor)
Sin respuesta.
Con un tembloroso suspiro, el niño miró la esfera del reloj. Los
engranajes giraban y se articulaban con otros engranajes. La rueda catalina
se mecía hipnóticamente, adelante, atrás. Y si uno mantenía la cabeza
perfectamente inmóvil, podía ver el minutero arrastrándose
inexorablemente de XII a I. Si uno mantenía la cabeza perfectamente inmóvil
podía ver que…
La esfera del reloj desapareció. En su lugar se instaló un redondo
agujero negro que se hundía por siempre hacia abajo. Empezó a hincharse.
El reloj desapareció. Tras él, la habitación. Danny vaciló y se precipitó en la
oscuridad que durante todo el tiempo se había ocultado tras la esfera del
reloj.
El pequeño que estaba en el sillón se desplomó y quedó tendido en un
ángulo deforme, antinatural, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos
clavados, sin ver, en el techo del salón de baile.
Abajo y abajo y más y más abajo hasta…
…el corredor, agazapado en el corredor, y se había equivocado de
dirección, queriendo volver a la escalera se había equivocado de dirección Y
AHORA…
… vio que estaba en el breve corredor sin salida que no conducía más
que a la suite presidencial y los ruidos retumbantes se acercaban, el mazo de
roque silbaba de manera salvaje a través del aire, y a cada golpe la cabeza se
incrustaba en la pared, destrozando el empapelado, levantando nubecillas
de polvo de yeso.
(¡Ven aquí, carajo! A tomar tu…)
Pero en el pasillo había otra figura. Recostada negligentemente
contra la pared, a espaldas de él. Como un fantasma.
No, un fantasma no era, pero estaba todo vestido de blanco. Todo de
blanco.
(¡Ya te encontraré, maldito ENANO alcahuete!)
Danny se encogió, aterrorizado por los ruidos. Que ahora venían por
el corredor principal de la tercera planta. El dueño de esa voz no tardaría en
aparecer en el pasillo.
(¡Ven aquí! ¡Ven aquí, mocoso de mierda!)
La figura vestida de blanco se enderezó un poco, se quitó un cigarrillo
de la comisura de los labios y escupió una hebra de tabaco que le había
quedado en el carnoso labio inferior. Danny vio que era Hallorann, vestido
con su traje blanco de cocinero, no con el azul que él le había visto el último
día de la temporada.
—Si estás en dificultades —dijo Hallorann—, entonces llámame. Con
un grito bien fuerte, como el que diste hace unos minutos y me atontó.
Aunque yo esté en Florida, es posible que te oiga. Y si te oigo, vendré
corriendo. Vendré corriendo. Vendré…
(¡Ven ahora, entonces! ¡Ven ahora, AHORA! Oh
Dick te necesito todos te necesitamos)
—…corriendo. Lo siento, pero tengo que irme corriendo. Perdona,
Danny, muchacho, perdona doc, pero tengo que irme corriendo. Fue muy
agradable, hijo de tu madre, pero tengo que darme prisa, tengo que irme
corriendo.
(¡No!)
Pero mientras él lo miraba, Dick Hallorann se dio la vuelta, se puso de
nuevo el cigarrillo en la comisura de los labios y pasó negligentemente a
través de la pared.
Dejándolo solo.
Y fue en ese momento cuando la figura sombría apareció en el pasillo,
enorme en la penumbra del pasillo, sin más claridad que el rojo que se
reflejaba en sus ojos.
(¡Ahí estás! ¡Ahora te alcancé, jodido! ¡Ahora te enseñaré!)
Se precipitó sobre él con horribles pasos vacilantes, blandiendo cada
vez más alto el mazo de roque. A tientas, Danny retrocedía, chillando, hasta
que de pronto estuvo cayendo, del otro lado de la pared, cayendo y dando
tumbos por el agujero abajo, por la conejera que llevaba a un país de
maravillas dementes.
Muy por debajo de él, Tony también caía.
(Ya no puedo venir más, Danny… él no me deja acercarme a ti…
ninguno de ellos me dejará que me acerque a ti… llama a Dick… llama a
Dick…)
—¡Tony! —vociferó el chico.
Pero Tony había desaparecido y de pronto él se encontró en una
habitación a oscuras. Pero no estaba completamente a oscuras. De alguna
parte llegaba una luz amortiguada. Era el dormitorio de mami y de papito;
podía ver el escritorio de papá. Pero el cuarto era un desorden espantoso.
Danny ya había estado en ese cuarto. El tocadiscos de mami volcado en el
suelo. Sus discos desparramados por la alfombra. El colchón caído a medias
de la cama. Los cuadros arrancados de las paredes. Su catre volcado sobre un
costado como un perro muerto, el «Volkswagen» Violeta Violento reducido
a fragmentos de plástico.
La luz venía de la puerta del cuarto de baño, que estaba entreabierta.
Un poco más allá una mano pendía, inerte, goteando sangre las puntas de
los dedos. Y en el espejo del botiquín se encendía y se apagaba la palabra:
REDRUM.
De pronto, frente al espejo se materializó un enorme reloj metido en
un fanal de vidrio. La esfera no tenía cifras ni manecillas, nada más que una
fecha, escrita en rojo: DICIEMBRE 2. Después, con los ojos agrandados de
horror, Danny vio que en el fanal de cristal se reflejaba inciertamente la
palabra REDRUM; y al verla así, doblemente reflejada, pudo deletrear:
MURDER5.
Danny Torrance dejó escapar un alarido de terror desesperado. La
fecha había desaparecido de la esfera del reloj, y la esfera también había
desaparecido, devorada por un agujero negro circular que iba
ensanchándose y ensanchándose como un iris que se dilata, hasta que lo
cubrió todo y Danny cayó hacia delante y empezó a caer y a caer.
Estaba…
5 Asesinato. La primera vez que el niño leyó esa palabra, la vio reflejada en
un espejo, por tanto, al revés.
… cayéndose de la silla.
Durante un momento quedó tendido en el suelo del salón de baile,
respirando con dificultad.
REDRUM.
MURDER.
REDRUM.
MURDER.
(Sobre todos ellos imperaba la Muerte Roja.)
(¡Quitaos las máscaras! ¡Quitaos las máscaras!)
Y debajo de cada máscara —rutilante, encantadora— que caía, el
rostro todavía ignorado de la forma que lo perseguía por eso pasillos a
oscuras, muy abiertos los ojos enrojecidos, inexpresivos y homicidas.
Oh, tenía miedo de qué cara aparecería a la luz cuando llegara
finalmente el momento de quitarse las máscaras.
(¡DICK!)
gritó con todas sus fuerzas, con una intensidad tal que le pareció que
la cabeza le estallaba.
(¡¡¡OH DICK POR FAVOR POR FAVOR
OH POR FAVOR VEN!!!)
Por encima de él, el reloj al que había dado cuerda con la llave de
plata seguía marcando los segundos, los minutos, las horas.
Quinta Parte
CUESTIÓN DE VIDA O MUERTE
38. FLORIDA
Dick, el tercer hijo de la señora Hallorann, con su ropa blanca de
cocinero y un «Lucky Strike» aparcado en un ángulo de la boca, hizo
retroceder su recuperado «Cadillac» para sacarlo del aparcamiento que
había al fondo del Mercado Mayorista de Verduras y dio lentamente la
vuelta al edificio. Masterton, que pese a ser uno de los dueños seguía
andando con el paso cansado que había adoptado desde antes de la
Segunda Guerra Mundial, estaba entrando un cajón de lechugas en el
edificio alto y oscuro.
Hallorann oprimió el botón que bajaba la ventanilla del acompañante.
—¡Esos aguacates están demasiado caros, tacaño! —vociferó.
Masterton lo miró por encima del hombro, dilató su sonrisa hasta
dejar ver los tres dientes de oro y gritó a su vez:
—¡Y te puedo decir exactamente dónde puedes metértelos,
compañero!
—Comentarios como ése son dignos de atención, hermano.
Masterton le mostró el dedo del medio. Hallorann le devolvió la
cortesía.
—¿Encontraste los pepinillos en vinagre, sí? —preguntó Masterton.
—Sí.
—Ven mañana por la mañana, que te daré las mejores patatas nuevas
que hayas visto en tu vida.
—Te enviaré al chico —respondió Hallorann—. ¿Vienes esta noche?
—¿Tú pones las bebidas, hermano?
—Ya las tengo compradas.
—Cuenta conmigo. Y no pises a fondo cuando vuelvas, ¿me oyes?
Desde aquí hasta St. Pete todos los polis se saben tu nombre.
—Qué enterado estás, ¿no? —comentó Hallorann, burlón.
—Más de lo que estarás tú en tu vida, hombre.
—Pero escuchen qué negro impertinente. ¿Qué te crees?
—Vamos, vete de una vez si no quieres que empiece a tirarte las
lechugas.
—Pues si me las tiras gratis, ya puedes empezar.
Masterton hizo ademán de tirarle una. Hallorann la esquivó, volvió a
subir la ventanilla y se alejó. Se sentía estupendamente. Hacía más o menos
media hora que venía sintiendo olor a naranjas, pero no le parecía extraño.
Se había pasado la última media hora en un mercado de frutas y verduras.
Eran las cuatro y media de la tarde, hora del Este, del primero de
diciembre, y el perro invierno estaría asestando su trasero helado sobre la
mayor parte del país, pero aquí los hombres andaban con camisas de manga
corta y cuello abierto, y las mujeres usaban vestidos de verano y shorts. En lo
alto del edificio del «First Bank» de Florida, un termómetro numérico
adornado con enormes pomelos anunciaba obstinadamente 29 grados.
Gracias te sean dadas, oh Dios, por Florida, pensó Hallorann. Con mosquitos
y todo.
En la parte de atrás del coche llevaba dos docenas de aguacates, un
cajón de pepinos, otro tanto de naranjas y de pomelos. Tres sacos llenos de
cebollas de Bermudas, la mejor hortaliza que pueda habérsele ocurrido a un
Dios bondadoso, algunos guisantes estupendos que serían servidos como
entrada y que en nueve casos de cada diez volverían a la cocina intactos, y
una magnífica calabaza que era estrictamente para su consumo personal.
Hallorann se detuvo en el carril de salida ante el semáforo de Vermont
Street y cuando la flecha verde le dio paso tomó por la carretera estatal 219,
subió la velocidad a 65 y allí se mantuvo hasta que la ciudad empezó a
diluirse en la sucesión suburbana de gasolineras y cafeterías. La compra del
día no era grande y podría haber encargado a Baedecker que la hiciera, pero
Baedecker había estado fastidiando para que lo enviaran a comprar la carne
y, además, Hallorann no se perdía la oportunidad de una alegre discusión
con Frank Masterton si no era un caso de fuerza mayor. Tal vez esa noche
Masterton se apareciera a ver un rato de televisión y tomar algunas copas
con él, y tal vez no. De cualquier manera estaría bien. Lo que importaba era
haberlo visto. Y ahora cada vez importaba, porque ya habían dejado de ser
jóvenes. En los últimos días, Dick tenía la impresión de estar pensando
mucho en eso. Ya no era tan joven, y cuando uno se acercaba a los sesenta
(o cuando los pasaba, más bien; para qué mentir) tenía que empezar a
pensar en la salida de escena, que podía ser en cualquier momento. Era en
eso en lo que había estado pensando esa semana, aunque no era una
obsesión: era un hecho. Morir era una parte de la vida, y para ser una
persona entera había que reconocer ese hecho. Y por más difícil de entender
que pudiera ser el hecho de la propia muerte, por lo menos no era imposible
de aceptar.
Hallorann no podría haber dicho por qué se le ocurrían todas esas
cosas, pero la otra razón que tenia para hacer personalmente esa pequeña
compra era que así podría llegarse hasta la pequeña oficina que había sobre
el «Bar-Parrilla» de Frank. Allí había instalado su despacho un abogado (ya
que aparentemente el dentista que estuvo el año anterior había quebrado),
un joven negro de apellido McIver. Hallorann había subido a decirle al tal
McIver que quería hacer testamento y a preguntarle si él podría ayudarle.
Bueno, preguntó McIver, ¿para cuándo lo quiere? Para ayer, contestó
Hallorann y se echo a reír, echando la cabeza hacia atrás. La pregunta
siguiente de McIver fue si la idea que tema Hallorann era muy complicada.
Pues no. Tenía su «Cadillac», su cuenta de ahorros —unos nueve mil
dólares—, una exigua cuenta corriente y un poco de ropa. Y quería que todo
fuera para su hermana. ¿Y si su hermana muriera antes que usted?,
preguntó McIver. No se preocupe, contestó Hallorann, que en ese caso haré
un nuevo testamento. El documento había quedado redactado y firmado en
menos de tres horas —rápido para ser un abogadillo—, y se alojaba ahora en
el bolsillo del pecho de Hallorann, protegido por un rígido sobre azul en el
que se leía la palabra TESTAMENTO en pulcras mayúsculas.
Hallorann no habría podido decir por qué había elegido ese día cálido
y soleado en que se sentía tan bien para hacer algo que venía posponiendo
desde hacía años, pero se había sentido acometido por el impulso y no se
había negado a seguirlo. Hallorann estaba acostumbrado a seguir sus
corazonadas.
Ahora ya estaba bastante alejado de la ciudad. Llevó el automóvil a
cien —más de lo permitido— y lo dejó rodar por el carril de la izquierda,
mientras iba pasando a la mayoría de los coches. Sabía por experiencia que
incluso a ciento cuarenta el «Cadillac» seguiría aferrándose al cemento, y
que a ciento ochenta apenas si parecería perder estabilidad. Pero hacia
tiempo que había dejado atrás esas locuras. La idea de poner el coche a
ciento ochenta en una recta no le despertaba más emoción que el miedo. Se
estaba haciendo viejo.
(Dios, qué olor fuerte tienen esas naranjas. ¿No estarán pasadas?)
Las mariposas se aplastaban contra el parabrisas. Sintonizó en la radio
una estación de negros de Miami y le llegó la voz suave y gemebunda de Al
Green.
Qué hermoso rato hemos pasado juntos. Ahora se está haciendo tarde
y tenemos que despedirnos…
Volvió a bajar un poco la ventanilla para arrojar fuera la colilla del
cigarrillo, y después siguió bajándola para que se fuera el olor a naranjas.
Mientras tamborileaba con los dedos sobre el volante, empezó a tararear
para sus adentros. Colgada sobre el espejo retrovisor, la medalla de San
Cristóbal se mecía suavemente hacia delante y hacia atrás.
Y de pronto, el olor a naranjas se intensificó y Hallorann comprendió
que venía, que algo venía hacia él. Se vio los ojos en el espejo retrovisor,
agrandados por la sorpresa. Después todo se le vino encima, como una
enorme explosión que echara fuera todo lo demás: la música, el camino, la
vaga conciencia que tenía de sí mismo como criatura humana, única. Era
como si alguien le hubiera apoyado en la cabeza un revólver psíquico y le
hubiera disparado un grito de calibre 45.
(¡¡¡OH DICK POR FAVOR POR FAVOR OH POR FAVOR VEN!!!)
El «Cadillac» acababa de ponerse a la par de una camioneta «Pinto»,
conducida por un hombre con mono de obrero. El obrero vio que el coche
serpenteaba por su carril y se apoyó sobre la bocina. Como el «Cadillac»
seguía su trayectoria irregular, el hombre miró rápidamente al conductor y
vio a un negro grande, sentado muy erguido al volante, con los ojos
dirigidos vagamente hacia arriba. Más tarde, le contó a su mujer que
seguramente debía ser uno de esos peinados afro que llevaba todo el
mundo hoy en día, pero que en ese momento había tenido la impresión de
que el maldito negro idiota tuviera todos los pelos de punta. Hasta pensó
que el negro estaría sufriendo un ataque al corazón.
El obrero clavó los frenos y aprovechó un espacio vacío que quedaba
afortunadamente tras él. La parte de atrás del «Cadillac» lo pasó, sin dejar
de cerrarse sobre él, y el obrero vio con atónito horror cómo las largas luces
de cola en forma de cohete pasaban a no más de medio centímetro de su
parachoques delantero.
Sin dejar de apoyarse sobre la bocina, el hombre se apartó a la
izquierda y pasó vociferando junto al coche cuyo conductor parecía
borracho, invitándolo a que cometiera actos sexuales solitarios, penados por
la ley; a que incurriera en sodomía con diversas aves y roedores. De paso
verbalizó su convicción de que todas las personas de sangre negra deberían
volverse a su continente; expresó su sincera opinión sobre el lugar que le
correspondería en la otra vida al alma del otro conductor y terminó
diciéndole que le parecía haber conocido a su madre en un prostíbulo de
Nueva Orleáns.
Cuando hubo terminado de pasarlo y se vio fuera de peligro, se dio cuenta
repentinamente de que tenía mojados los pantalones.
En la mente de Hallorann seguía repitiéndose la misma idea
(VEN DICK POR FAVOR VEN DICK POR FAVOR)
pero empezó a perderse, de la misma manera que se pierde una
estación de radio cuando uno se acerca a los límites de su alcance de
emisión. Nebulosamente, se dio cuenta de que su coche rodaba sobre el
arcén a más de ochenta kilómetros por hora, y lo volvió a la carretera,
sintiendo cómo coleaba durante un momento antes de volver a afirmarse
sobre el asfalto.
A poca distancia, delante de él, había un puesto de cerveza. Hallorann
indicó la maniobra y se detuvo, con el corazón todavía latiéndole
dolorosamente en el pecho, la cara de un color gris enfermizo. Se dirigió al
lugar de aparcamiento, sacó el pañuelo del bolsillo y se enjugó la frente.
(¡Santo Dios!)
—¿En qué puedo servirle?
La voz lo sobresaltó, aunque no fuera la voz de Dios, sino la de una
camarera muy mona que se había acercado al coche con un anotador en la
mano.
—Sí, nena, un vaso grande de cerveza y dos paquetes de patatas, ¿eh?
—Sí, señor. —La chica se alejó, haciendo oscilar agradablemente las
caderas bajo el uniforme de nylon rojo.
Hallorann se recostó contra el asiento de cuero y cerró los ojos. La
transmisión había terminado; había acabado de disiparse mientras él detenía
el coche y hacía el pedido a la camarera. Lo único que le quedaba era un
dolor de cabeza atroz, palpitante, como si le hubieran retorcido el cerebro
para escurrírselo y colgarlo a secar. Como el dolor de cabeza que le había
quedado cuando se expuso al esplendor de ese chico, Danny, allá en el
Manicomio de Ullman.
Pero esta vez había sido mucho más intenso. Entonces el chico lo
había hecho como un juego nada más. Ahora había sido el pánico en estado
puro, cada palabra un grito de terror en su cabeza.
Se miró los brazos, que a pesar de la cálida caricia del sol seguían
mostrando la carne de gallina. Él le había dicho al chico que lo llamara si
necesitaba ayuda, recordó Hallorann. Y ahora, el chico lo estaba llamando.
De pronto, se preguntó cómo era posible que hubiera permitido que
ese niño se quedara allá, con semejante manera de esplendor. Era inevitable
que hubiera problemas, y graves tal vez.
Sin esperar más, volvió a hacer girar la llave del coche, le dio marcha
atrás y se lanzó a la carretera con un chirrido de neumáticos que dejó a la
camarera de caderas oscilantes paralizada en la entrada del puesto, con la
bandeja y el vaso de cerveza en las manos.
—Pero, ¿qué le pasa a usted, hay un fuego? —gritó la chica, pero
Hallorann ya no estaba.
El apellido del gerente era Queems, y cuando Hallorann llegó,
Queems estaba hablando por teléfono con su corredor de apuestas. Quería
apostar a cuatro caballos en Rockaway. No, nada de apuesta triple ni de
quiniela ni ninguna otra sutileza. Lo más sencillo, a cuatro caballos,
seiscientos dólares por cabeza. Y a los Jets el domingo. ¿Cómo, que él no
sabía con quién jugaban los Jets? Jugaban con los Bills, por eso apostaba.
Quinientos, sí, como siempre. Cuando Queems colgó, con aire fastidiado,
Hallorann comprendió cómo era que un hombre podía sacar cincuenta mil
por año con un pequeño balneario y, así y todo, seguir teniendo brillantes
los fondillos de los pantalones. El gerente miró a Hallorann con ojos todavía
irritados de tanto haber mirado anoche la botella de whisky.
—¿Algún problema, Dick?
—Sí, señor Queems, creo que sí. Necesito tres días de permiso.
En el bolsillo del pecho de la camisa amarilla de Queems había un
paquete de «Kent». Sin sacárselo del bolsillo, extrajo un cigarrillo del
paquete, entre dos dedos, y mordisqueó con mal humor el filtro patentado.
Después, lo encendió con un encendedor de mesa.
—Yo también —declaró—. Pero, ¿cómo se le ocurre?
—Necesito tres días —repitió Hallorann—. Es por mi hijo.
Los ojos de Queems bajaron a la mano izquierda de Hallorann que no
llevaba anillo.
—Estoy divorciado desde 1964 —explicó pacientemente Hallorann.
—Dick, usted sabe cómo son las cosas el fin de semana. Todo lleno.
Hasta los bordes. El domingo por la noche, hasta el «Florida Room» se llena,
los lugares más baratos. Así que pídame el reloj, la billetera, la cuota de la
pensión. Vaya, hasta mi mujer se la doy si la aguanta. Pero por favor no me
pida días de permiso. ¿Qué le pasa, está enfermo?
—Sí, señor —asintió Hallorann, tratando de verse a sí mismo mientras
daba vueltas al sombrero en la mano y ponía los ojos en blanco—. Le
dispararon.
—¡Le dispararon! —Se espantó Queems, y dejó el «Kent» en un
cenicero con el emblema de la escuela de administración de empresas donde
había estudiado.
—Sí, señor —volvió a asentir sombríamente Hallorann.
—¿En un accidente de caza?
—No, señor —respondió Hallorann, haciendo que su voz sonara aún
más grave y ronca—. Jana está viviendo con un camionero. Blanco. Él le
disparó al muchacho. Está en un hospital en Denver, Colorado. Muy grave.
—¿Y usted cómo demonios lo supo? Creí que había ido a comprar la
verdura.
—Sí, señor, eso es.
Antes de volver, Hallorann había pasado por la oficina de la «Western
Union» para reservar un coche de la «Agencia Avis» en el aeropuerto de
Stapleton. Al salir, sin saber por qué, había tomado un formulario. Ahora lo
sacó, doblado y arrugado, del bolsillo y lo pasó rápidamente ante los ojos
inyectados en sangre de Queems. Se lo volvió a meter en el bolsillo y,
bajando todavía más la voz explicó:
—Lo mandó Jana. Estaba en mi buzón, ahora cuando regresé.
—Cristo. Cristo santo —farfulló Queems, con una peculiar expresión
preocupada y tensa en la cara, una expresión que Hallorann conocía bien:
era lo que más se aproximaba a una expresión de simpatía que podía
conseguir un blanco que se consideraba «bueno con la gente de color»,
cuando el objeto de su compasión era un negro o su mítico hijo.
—Sí, está bien, váyase —concluyó—. Me imagino que durante tres
días, Baedecker puede arreglárselas. Y el lavaplatos puede ayudarle.
Hallorann hizo un gesto afirmativo y puso una cara más larga todavía,
pero la idea de que el lavaplatos ayudara a Baedecker le provocó
internamente una sonrisa. Ni siquiera estando en uno de sus mejores días,
pensaba Hallorann, el lavaplatos sería capaz de acertarlo al orinal al primer
chorro.
—Y quisiera adelantada la paga de la semana —continuó Hallorann—.
Completa. Ya sé que lo estoy poniendo a usted en un lío, señor Queems.
La expresión del otro se hacía cada vez más rígida, como si tuviera una
espina de pescado atravesada en la garganta.
—Ya hablaremos de eso. Vaya a hacer su equipaje, que yo hablare con
Baedecker. ¿Quiere que le haga la reserva para el avión?
—No, señor, la haré yo mismo.
—De acuerdo. —Queems se levantó, se inclinó con aire de sinceridad
hacia delante y al hacerlo inhaló el humo que subía de su cigarrillo, se ahogo
y tosió violentamente, mientras el delgado rostro blanco se le enrojecía.
Hallorann se esforzó por mantener su expresión sombría—. Espero que todo
salga bien. Dick. Llámeme cuando sepa algo.
—Lo haré, seguro.
Por encima de la mesa se estrecharon la mano.
Hallorann se obligó a llegar a la planta baja y a las dependencias del
personal antes de estallar en sonoras carcajadas. Todavía estaba riéndose y
enjugándose los ojos con el pañuelo cuando reapareció el olor a naranjas,
denso y repugnante, seguido por el golpe, en plena cabeza, que lo hizo
retroceder tambaleando como un borracho contra la pared estucada de
color rosado.
(¡¡¡POR FAVOR VEN DICK POR FAVOR
DICK VEN PRONTO!!!)
Se recuperó poco a poco hasta que por fin se sintió capaz de subir la escalera que
llevaba a su apartamento. Siempre guardaba la llave bajo el felpudo y cuando se inclinó a
recogerla algo se le cayó del bolsillo del pecho y aterrizó en el suelo con un ruido leve y
sordo. Hallorann seguía oyendo tan intensamente la voz que le había sacudido la cabeza
que durante un momento no hizo más que mirar el sobre azul sin entender, sin darse cuenta
de que era.
Después le dio la vuelta y la palabra TESTAMENTO saltó ante sus ojos,
en negras letras ornamentales.
(Oh Dios mío, ¿conque era esto?)
Aunque en realidad no lo sabía, era posible. Durante toda la semana
la idea de su propio fin le había rondado la cabeza como una bueno, como
una
(Adelante, dilo)
como una premonición.
¿La muerte? Durante un momento le pareció que su vida entera se
mostraba ante él, no en un sentido histórico, no como una topografía de los
altibajos que había vivido Dick, el tercer hijo de la señora Hallorann, sino su
vida tal como era en ese momento. Poco antes de que una bala lo convirtiera
en mártir, Martin Luther King les había dicho que había llegado a la
montaña. Dick no podía pretender tanto pero, sin ser una montaña, había
llegado a una soleada meseta tras años de lucha. Tenía buenos amigos.
Tenía todas las referencias que pudiera necesitar para conseguir trabajo en
cualquier parte. Si lo que quería era sexo, encontraba amigas que no
hicieran preguntas ni se empeñaran en buscarle significados ocultos. Había
llegado a aceptar, y a aceptar bien, su condición de negro. Pasaba ya de los
sesenta y, a Dios gracias, iba tirando.
¿Iba a correr el riesgo de terminar con todo eso —de terminar consigo
mismo— por tres blancos a los que no conocía siquiera?
Pero eso era mentira, ¿o no?
Hallorann conocía al chico. Los dos tenían en común algo que suele
ser difícil incluso después de cuarenta años de amistad. Él conocía al chico y
el chico lo conocía, porque los dos llevaban en la cabeza una especie de foco,
algo que no habían pedido tener, algo que les había sido conferido
(No, tú tienes una linterna, el que tiene un foco es él.)
Y había veces que esa luz, ese esplendor, parecía algo bastante grato.
Uno podía acertar con el caballo o, como había dicho el chico, podía decirle
a su papá dónde estaba el baúl que faltaba. Pero eso no era más que el
condimento, el aderezo para la ensalada, de una ensalada en la que había
tanto el amargo de la arveja como la frescura del pepino. Uno podía
saborear el dolor, la muerte, las lágrimas. Y ahora que el chico estaba
encerrado allá, él tenía que ir. Por el chico. Porque, hablando con él, sólo
habían sido de colores diferentes cuando abrían la boca. Por eso iría para
hacer lo que pudiera, porque si no lo hacía, el chico iba a morírsele ahí,
dentro de la cabeza.
Pero era humano, y no pudo dejar de desear amargamente que
hubieran apartado de él ese cáliz.
(Ella había empezado a salir y a perseguirlo.)
Estaba metiendo una muda de ropa en una bolsa de viaje cuando se le
apareció la idea, inmovilizándolo con todo el poder del recuerdo, como le
sucedía siempre que pensaba en eso. Por eso trataba de pensar en ello lo
menos posible.
La camarera, Delores Vickery se llamaba, se había puesto histérica. Les
había contado algo a las otras camareras y, lo que era peor, a algunos de los
huéspedes. Cuando Ullman llegó a enterarse, como la muy tonta debería
saber que sucedería, la había despedido sin más trámites. Ella había ido a ver
a Hallorann deshecha en llanto, no porque la despidiera, sino por lo que
había visto en esa habitación de la segunda planta. Había entrado en el 217
para cambiar las toallas, dijo, y allí estaba la señora Massey muerta en la
bañera. Claro que eso era imposible. El cuerpo de la señora Massey había
sido discretamente retirado el día anterior, y en ese momento estaría en
camino a Nueva York, no en un vagón de primera como solía viajar ella, sino
en el furgón.
Aunque a Hallorann no le gustaba mucho Delores, esa noche había
subido a ver qué pasaba. La camarera era una chica de veintitrés años, de
cutis oliváceo, que servía las mesas al final de la temporada cuando ya había
menos ajetreo. En opinión de Hallorann, tenia cierto esplendor, no más que
una chispa en realidad; por ejemplo, para la cena llegaba un hombre de
aspecto arratonado, con una mujer vestida de algodón desteñido, y Delores
hacía un cambio con una de sus compañeras para atender esa mesa. El
hombrecillo de aspecto arratonado dejaría bajo el plato un billete de diez
dólares, y eso ya era bastante malo para la chica que había aceptado el
trato; pero lo peor era que Delores se jactaría de ello. Era haragana, una
necia en un lugar dirigido por un hombre que no permitía necedades. Se
escondía en los armarios de la ropa blanca a leer revistas sentimentales y a
fumar, pero cada vez que Ullman hacía una de sus imprevistas rondas (y
pobre de la muchacha a quien encontrara con las manos cruzadas), a ella la
encontraba trabajando afanosamente, tras haber escondido la revista en
algún estante, bajo las sábanas, y con el cenicero bien metido en el bolsillo
del uniforme. Sí, Hallorann pensaba que había sido una necia y una vaga, y
que las otras chicas no la querían, pero Delores tenia su chispita de
esplendor, que hasta entonces siempre le había facilitado las cosas. Pero lo
que había visto en la habitación 217 la había asustado lo suficiente para que
se alegrara, y mucho, de aceptar la nada amable invitación de Ullman para
que se fuera de paseo.
Pero, ¿por qué había ido a verlo a él? Un negro sabe quién esplende,
pensó Hallorann, divertido por el retruécano6.
De manera que esa misma noche había subido a ver qué pasaba en la habitación,
que volvería a quedar ocupada al día siguiente. Para entrar se valió de la llave maestra del
despacho, a sabiendas de que, si Ullman lo descubría con esa llave, se habría unido a Delores
Vickery en el camino del desempleo.
En torno de la bañera, la cortina de la ducha estaba corrida. Hallorann había vuelto
a abrirla, pero antes de haberlo hecho tuvo la premonición de lo que iba a ver. La señora
Massey, hinchada y purpúrea, yacía mojada en la bañera, llena de agua hasta la mitad.
Hallorann se había quedado paralizado mirándola, mientras una vena le latía sordamente
en la garganta. En el «Overlook» había habido otras cosas: un mal sueño que se repetía a
intervalos irregulares (una especie de baile de disfraces durante el cual él atendía el salón
del «Overlook» y en el que, cuando se daba la voz de quitarse las máscaras, todos los
presentes mostraban repugnantes rostros de insectos), y también estaban los animales del
seto. En dos ocasiones, tres tal vez, Hallorann había visto (o le parecía haber visto) que se
movían, casi imperceptiblemente. El perro daba la impresión de haber aflojado un poco su
postura erguida, y parecía que los leones avanzaran un poco, como si quisieran amenazar a
los chiquillos de la zona infantil. Y el año pasado, en mayo, Ullman le había encargado que
fuera al desván a buscar el juego de atizadores de bronce que adornaban ahora la chimenea
del vestíbulo. Mientras estaba allá arriba, se habían apagado de prontos las tres bombillas
que pendían del techo, y Hallorann se había desorientado, sin poder regresar a la trampilla.
Cada vez más próximo al pánico, había andado a tientas en la oscuridad durante un tiempo
que no podía precisar, hiriéndose las espinillas contra cajones y golpeándose contra las
cosas, sintiendo con creciente intensidad que algo lo acechaba desde las tinieblas. Alguna
criatura enorme, aterradora, que había rezumado entre el maderamen al apagarse las luces.
Y cuando tropezó —literalmente— con el pasador de la trampilla se apresuró a bajar a todo
lo que le daban las piernas, dejando la puerta sin cerrar, sucio de polvo y desaliñado, con la
sensación de haber escapado del desastre por un pelo. Después, Ullman había ido
6 A shine knows a shine: como termino de slang. «shine» es «negro»; en el
contexto de la novela, es alguien que «esplende». (N. de la T.)
personalmente a la cocina a informarle que había dejado la puerta del ático abierta y las
luces encendidas. ¿Acaso pensaba que los huéspedes querrían subir allí a jugar a la caza del
tesoro? ¿Y se creía que la electricidad era gratuita?
Además, Hallorann sospechaba —bueno, estaba casi seguro— que
también algunos huéspedes habían visto cosas, o las habían oído. En los tres
años que llevaba allí, la suite presidencial había sido ocupada diecinueve
veces. Seis de los huéspedes que la habían ocupado se fueron del hotel antes
de lo previsto, y algunos de ellos con bastante mal aspecto. En forma
igualmente imprevista se habían ido otros huéspedes de otras habitaciones.
Una noche de agosto de 1974, al anochecer, un hombre que había ganado
en Corea la Estrella de Bronce y la Estrella de Plata (que en la actualidad
formaba parte de la directiva de tres importantes empresas, y de quien se
decía que había despedido personalmente a un conocido locutor de TV) tuvo
un inexplicable ataque de histeria mientras estaba en la cancha de golf. Y
durante el tiempo que Hallorann llevaba en el «Overlook», había habido
docenas de chicos que se negaban, lisa y llanamente, a ir a la zona infantil.
Un niño había sufrido convulsiones mientras jugaba en los tubos de
cemento, pero Hallorann no sabía si atribuírselo al letal canto de sirena del
«Overlook» o no, ya que entre el personal de servicio del hotel se había
difundido el rumor de que la criatura, hija única de un apuesto actor de cine,
y que estaba bajo vigilancia médica por su condición de epiléptica,
simplemente se había olvidado ese día de tomar su medicamento.
Pues bien, al mirar el cadáver de la señora Massey, Hallorann se había
asustado, pero sin llegar a aterrorizarse. La cosa no era del todo inesperada.
El terror se apoderó de el cuando ella abrió los ojos, dejando ver las
plateadas pupilas inexpresivas, y le dirigió una mueca. Y se convirtió en
horror cuando
(ella había empezado a salir y a perseguirlo.)
Entonces huyó, con el corazón palpitante, y no se sintió seguro ni
siquiera después de cerrar la puerta tras él y volver a echarle la llave. En
realidad, admitió ahora mientras cerraba su bolsa de vuelo, nunca más había
vuelto a sentirse seguro en el «Overlook».
Y ahora, ese chico., clamando por él, pidiendo socorro.
Miró su reloj. Eran las cinco y media de la tarde. Cuando iba hacia la
puerta del apartamento, recordó que en Colorado estaban en pleno
invierno, especialmente arriba en las montañas, y volvió a su guardarropas.
Sacó de la bolsa de la tintorería su abrigo largo, forrado en piel de oveja, y
se lo colgó del brazo; era la única prenda de invierno que tenía. Apagó todas
las luces y miró a su alrededor. ¿Se olvidaba de algo? Sí, de una cosa. Sacó
del bolsillo su testamento y lo encajó en el marco del espejo de la cómoda. Si
tenía suerte, ya volvería para sacarlo.
Si tenía suerte.
Salió del apartamento, echó llave a la puerta, dejó la llave, bajó el
felpudo, bajó la escalera y subió a su coche.
Mientras se dirigía al aeropuerto internacional de Miami a distancia
segura del conmutador donde, bien lo sabia, Queems o alguno de sus
adulones podía estar escuchando, Hallorann se detuvo en una lavandería
automática para llamar a «United Airlines». Preguntó por los vuelos a
Denver.
Había uno que salía a las 6:36. ¿El señor podría alcanzarlo?
Hallorann miro el reloj, que marcaba las 6:02, y contestó que podría.
¿Habría plazas para ese vuelo?
Un momento, lo comprobaré.
El auricular hizo un ruido metálico, seguido por el azucarado
«Mantovani»; debían suponer —erróneamente— que así la espera era más
agradable. Hallorann empezó a pasar el peso de un pie a otro, mientras
miraba alternativamente su reloj y a una muchacha que llevaba colgado a la
espalda un bebé dormido, y sacaba ropa de una de las lavadoras. La joven
temía llegar a su casa más tarde de lo que había planeado; pensaba que se le
quemaría el asado y que su marido (¿Mark? ¿Mike? ¿Matt?) se enfadaría.
Pasó un minuto. Dos. En el momento en que se decidía a seguir viaje y
correr el riesgo, volvió a resonar en el auricular la voz metálica de la
empleada de reservas de vuelo. Había un asiento vacante en ese vuelo, una
cancelación. Pero era primera clase. ¿Tendría él inconveniente?
No, lo reserva.
¿A pagar en efectivo o a crédito?
En efectivo, nena. Lo que necesito es volar.
¿Y su apellido era…?
Hallorann, con dos eles y dos enes. Hasta luego.
Colgó y se apresuró a salir. Parecía que la sencilla obsesión de la chica,
su preocupación por el asado, lo acosarían hasta enloquecerlo. A veces las
cosas eran así, sin motivo alguno se recibía una idea así, completamente
aislada, completamente pura y clara y por lo general, completamente inútil.
Casi lo alcanzó.
Iba casi a ciento treinta y estaba ya a la vista del aeropuerto, cuando
uno de los patrulleros de Florida lo detuvo.
Hallorann bajó la ventanilla eléctrica y abrió la boca para explicarle al
policía, que pasaba las páginas de su libreta.
—Ya sé —le dijo el otro, en tono comprensivo—. Es en Cleveland, el
funeral de su padre. Es que se casa su hermana en Seattle. En San José hubo
un incendio que destruyó la tienda de caramelos de su abuelito. O una
pelirroja estupenda que está esperándolo en la consigna de equipajes de
Nueva York. Me encanta esta parte del camino, llegando al aeropuerto. Ya
de pequeño, en la escuela, la hora de contar cuentos era mi favorita.
—Escuche, oficial, mi hijo está…
—La única parte del cuento que nunca llego a saber de antemano —
continuó el policía, que ya había encontrado la hoja que buscaba—, es el
número de carnet de conductor del automovilista/narrador en falta y la
matrícula correspondiente. Sea buen chico y déjeme verlos.
Hallorann miró los tranquilos ojos azules del policía, pensó si valdría la
pena insistir con el cuento de que su hijo estaba muy grave y comprendió
que con eso no haría más que empeorar las cosas. Ese tipo no era Queems.
Sacó la billetera.
—Estupendo —asintió el policía—. Hágame el favor de sacar los
papeles, así puedo ver el final de la historia.
Silenciosamente, Hallorann sacó su carnet de conductor y el recibo de
matrícula de Florida y se lo entregó.
—Muy bien. Tan bien que se merece un premio.
—¿Qué? —preguntó Hallorann, esperanzado.
—Cuando termine de anotar estos números, le voy a dejar que me
hinche un globito.
—¡Oh, por Dios! —gimió Hallorann—. Agente, mi vuelo…
—Calladito —le aconsejó el policía—. No se haga el malo.
Hallorann cerró los ojos.
Llegó al mostrador de «United Airlines» a las 6.49, esperando contra
toda esperanza que el vuelo se hubiera demorado. Ni siquiera tuvo que
preguntar: el monitor de partidas, encendido sobre la puerta de entrada de
los pasajeros, le informó que el vuelo 901, para Denver, de las 6:36. hora del
Este, había salido a las 6.40. Hacía nueve minutos.
—Mierda —mascullo Dick Hallorann.
Repentinamente, denso y pegajoso, el olor a naranjas. Apenas si le dio
tiempo para llegar al lavabo de nombres antes de recibir el mensaje,
aterrado, ensordecedor:
(¡¡¡VEN DICK POR FAVOR POR FAVOR VEN!!!)
39. EN LAS ESCALERAS
Unas de las cosas que habían vendido para salir un poco del paso
mientras estaban en Vermont, poco antes de mudarse a Colorado, fue la
colección de antiguos álbumes de rock and roll y de rythme and blues que
tenia Jack, y que fueron a parar a la subasta a un dólar por disco. Uno de
esos álbumes, el favorito de Danny, era una colección de discos dobles de
Eddie Cochran con cuatro páginas en la cubierta con notas de Lenny Kaye.
Muchas veces, a Wendy la había sorprendido la fascinación de Danny por ese
determinado álbum de un hombre-niño que vivió deprisa y murió joven…
que había muerto cuando ella sólo tenía 10 años.
Ahora, a las siete y cuarto (hora de las montañas), en el momento en
que Dick Hallorann le contaba a Queems la historia del amante blanco de su
ex mujer, Wendy se encontró a Danny sentado en mitad de la escalera que
iba del vestíbulo a la primera planta, pasándose de una mano a otra una
pelota roja de goma y cantando con voz baja y monocorde una de las
canciones de ese álbum: So / climb one-two flight three flight four, five
flight six flight seven flight more… when I get to the top, I’m too tired to
rock…7
Wendy se le acercó, se sentó en uno de los escalones y vio que el niño
tenía el labio inferior hinchado al doble de su tamaño, y rastros de sangre
seca en el mentón. Aunque el corazón le dio un salto de terror en el pecho,
se las arregló para hablar con voz neutra.
—¿Qué sucedió, doc? —le preguntó, aunque estaba segura de saberlo.
Jack le había pegado, seguro. Era lo mas probable, ¿no? Eso tenía que
suceder. Las ruedas del progreso, que tarde o temprano lo llevaban a uno al
punto de partida.
—Llamé a Tony —explicó Danny—. Estaba en el salón de baile; y creo
que me caí del sillón. Pero ya no me duele; sólo noto… que el labio es
demasiado gordo.
—¿Fue eso lo que sucedió de verdad? —insistió su madre, mirándolo
preocupada.
—Papito no fue —le aseguró el chico—. Hoy no.
Wendy lo miró, atemorizada. La pelota seguía pasando de una mano
a otra. Danny le había leído el pensamiento. Su hijo le había leído el
pensamiento.
—¿Qué… qué fue lo que te dijo Tony, Danny?
—No importa. —El rostro estaba tranquilo, la voz de una indiferencia
helada.
—Danny… —Wendy lo cogió del hombro, con más fuerza de la que se
proponía, pero el chico no se encogió ni trató de apartarse.
(Dios estamos destruyendo a este chico. No es solamente Jack, soy yo
también, y quizá no seamos solamente los dos, también el padre de Jack, mi
madre, ¿no estarán ellos aquí también? Seguro, ¿por qué no? Si de todas
maneras el lugar bulle de fantasmas, por qué no ha de haber un par más?
7 Entonces subo uno, dos pisos, tres pisos, cuatro/cinco pisos, seis pisos, siete
pisos mas cuando llego arriba, estoy demasiado cansado para bailar rock…
Oh Dios del cielo si es como una de esas maletas que muestran por la TV,
aplastadas, arrojadas desde los aviones, pasadas por trituradoras. O como un
reloj de cuerda automática. Lo maltratan y siguen funcionando. Oh, Danny,
lo siento tanto.)
—No importa —repitió el chico. La pelota pasó de una mano a la
otra—. Tony no puede venir más, porque no lo dejan. Lo vencieron.
—¿Quién no lo deja?
—La gente que hay en el hotel. —Por fin Danny la miró, y en sus ojos
no había indiferencia alguna; había miedo, profundo miedo—. Y las… las
cosas que hay en el hotel. Cosas de todas clases. El hotel está lleno de ellas.
—Tú puedes ver…
—Yo no quiero verlas —dijo el chico en voz baja, y volvió a mirar la
pelota, que seguía pasando de mano en mano—. Pero a veces las oigo, por
la noche muy tarde. Son como el viento, suspirando todas juntas. En el
desván, en el sótano, en las habitaciones En todas partes. Yo pensé que la
culpa era mía, por ser como soy. La llave. La llavecita de plata.
—Danny, no te… no te alteres de esta manera.
—Pero es por él también —continuó Danny—. Por papá. Y por ti. Nos
quiere a todos. Lo tiene atrapado a papá, lo está engañando, tratando de
hacerle creer que es a él a quien más necesita. A quien más necesita es a mí,
pero nos atrapará a todos.
—Si el vehículo para la nieve…
—Ellos no lo dejaron —siguió explicando Danny, con la misma voz.
monocorde y sombría—. Fueron ellos los que le hicieron arrojar a la nieve
una pieza del vehículo. Bien lejos. Yo lo soñé. Y él sabe que esa mujer está
realmente en el 217. —Miró a su madre con los oscuros ojos asustados—. No
tiene importancia que tú me creas o no.
Wendy lo rodeó con el brazo.
—Te creo. Danny, dime la verdad. Jack… ¿intentará hacernos daño?
—Ellos tratarán de obligarlo —explicó Danny—. Yo estuve llamando al
señor Hallorann, que me dijo que si alguna vez lo necesitaba, lo llamara. Y lo
hice. Pero es muy difícil y me deja muy cansado. Y lo peor es que no sé si él
me oye o no. No creo que él pueda contestarme, porque es demasiado lejos
para él. Y no sé si para mí es también demasiado lejos. Mañana .
—¿Qué pasa con mañana?
El chico movió la cabeza.
—Nada.
—¿Dónde está ahora? —pregunto Wendy—. ¿Tu papá?
—Está en el sótano. No creo que esta noche suba.
Súbitamente, Wendy se puso de pie.
—Espérame aquí, solo cinco minutos.
Bajo los tubos de luz fluorescente, la cocina estaba helada y desierta.
Wendy fue al estante donde los cuchillos de trinchar pendían de su soporte
imantado. Tomó el más largo y más afilado, lo envolvió en un paño de
cocina y salió sin olvidarse de apagar las luces antes.
Danny seguía sentado en las escaleras, siguiendo con los ojos el ir y
venir de la pelota entre una y otra mano, cantando.
—She lives on the twentieth floor uptown, the elevator is broken
down. So I walk one-two flighl three flight four…8
(Lou, Lou, salta sobre mí, Lou…)
Danny interrumpió su propia canción, para escuchar
(Salta sobre mí, Lou…)
la voz que hablaba dentro de su cabeza, a tal punto parte de él, tan
aterradoramente próxima, que podría haber sido parte de sus propios
pensamientos. Suave e infinitamente insidiosa. Como si se burlara de él.
Como si le dijera:
(Oh sí, sí que te gustará estar aquí. Prueba, que te gustará. Prueba,
que te gustaaa….)
Ahora que los oídos se le habían abierto podía oírlos de nuevo: la
reunión de fantasmas o espíritus, o tal vez fuera el hotel mismo, un
espantoso laberinto de espejos donde todos los espectáculos terminaban en
la muerte, donde todos los espantajos pintados estaban realmente vivos,
donde los setos se movían, donde una llavecita de plata podía desencadenar
la obscenidad. Suspirando suavemente, susurrando, cuchicheando como el
interminable viento invernal que de noche jugueteaba bajo los aleros,
entonando esa mortífera canción de cuna que los huéspedes del verano
ignoraban. Era como el zumbido soñoliento de las avispas que, adormecidas
desde el verano en un avispero subterráneo, empezaran a despertarse. Y
estaban a tres mil metros de altura.
(¿En qué se parece un cuervo a un escritorio? ¡Cuanto más arriba
menos seguro! ¿No quieres otra taza de té?)
Eran ruidos vivientes, pero no voces, ni respiración. Alguien en vena
filosófica podría haber hablado del eco de las almas. La abuela de Dick
Hallorann, que había crecido allá en el Sur a fines del siglo pasado, habría
hablado de aparecidos. Un psicólogo le habría dado algún nombre largo:
resonancia psíquica, psicocinesis, juego telésmico. Pero para Danny no era
más que la voz del hotel, del viejo monstruo que crujía incesantemente en
torno de ellos, cada vez más cerca: pasillos que ahora se extendían no sólo
por el espacio, también por el tiempo, sombras ávidas, huéspedes inquietos
que no conseguían descansar.
En el salón de baile a oscuras, el reloj protegido por el fanal de vidrio
anunció las siete y media con una sola nota, melodiosa.
Una voz ronca, que el alcohol hacía brutal, vocifero:
—¡Quitaos las máscara y todo el mundo a joder!
Wendy, que regresaba de la cocina, se detuvo bruscamente
paralizada.
Miró a Danny, que seguía en la escalera, pasándose la pelota de una a
otra mano.
—¿Tú oíste algo?
El chico no hizo más que mirarla y seguir jugando con la pelota.
8 Ella vive en el centro, en el piso veinte, y el ascensor está roto. Entonces yo subo uno,
dos pisos, tres pisos, cuatro.…
Poco podrían dormir esa noche, por más que se encerraran juntos bajo
llave.
En la oscuridad, con los ojos abiertos, Danny pensaba:
(Lo que quiere es ser uno de ellos y vivir para siempre. Eso es lo que
quiere.)
(Si es necesario, lo llevaré más arriba. Si tenemos que morir, prefiero
que sea en la montaña), pensaba Wendy.
Había puesto el cuchillo de trinchar, todavía envuelto en el paño de
cocina, debajo de la cama, para tenerlo bien a mano. Madre e hijo
dormitaron intermitentemente. El hotel seguía crujiendo en torno de ellos.
Afuera, desde un cielo que parecía de plomo, había empezado de nuevo a
caer la nieve.
40. EN EL SÓTANO
(¡¡¡LA CALDERA LA MALDITA CALDERA!!!)
La idea apareció de pronto en la mente de Jack Torrance, grabada a
fuego en brillantes letras rojas. Tras ella, la voz de Watson:
(Si se olvida irá subiendo y subiendo y lo más probable es que usted y
toda su familia se despierten en la maldita luna… está regulada para dos
cincuenta pero mucho antes de llegar a eso habrá volado… a mí me daría
miedo acercarme a ella si está marcando ciento ochenta.)
Jack se había pasado allí toda la noche, recorriendo las cajas de
papeles viejos, poseído por la frenética sensación de que el tiempo se
acortaba y de que tenía que darse prisa. Y los indicios vitales, las claves que
le darían sentido a todo, seguían escapándosele. Tenía los dedos
amarillentos y pegajosos de tanto hojear papeles viejos. Y se había dejado
absorber tanto que no había vigilado la caldera ni siquiera una vez… La
había bajado la noche anterior, a eso de las seis de la tarde, cuando bajó al
sótano. Y ahora eran…
Miró su reloj y dio un salto, derribando una pila de recibos viejos.
Cristo, eran las cinco menos cuarto de la madrugada.
A sus espaldas, el horno se sacudía. La caldera emitía una especie de
gruñido sibilante.
Corriendo, fue hacia ella. Con lo que había adelgazado en el último
mes, y la cara cubierta de una barba de dos días, tenía el aire ausente de un
prisionero de campo de concentración.
El manómetro de la caldera señalaba doscientas diez libras por
pulgada cuadrada. Jack se imaginó que hasta se veía cómo las viejas paredes
de la caldera, soldadas y parcheadas, cedían bajo la fuerza mortífera de la
presión.
(Se sube… a mí me daría miedo acercarme a ella si está marcando
ciento ochenta…)
De pronto, le habló una voz interior, tentándolo fríamente.
(Déjala que estalle. Vete a buscar a Wendy y a Danny, y largaos de
aquí. Déjala que vuele hasta el cielo.)
Podía imaginarse la explosión, como un doble trueno que primero
haría pedazos el corazón de ese lugar, después su alma. La caldera volaría
con un relámpago anaranjado y violáceo que derramaría sobre todo el
sótano una lluvia de esquirlas ardientes. Mentalmente, Jack se imaginó
trozos de metal al rojo, rebotando por el suelo, las paredes y el techo como
extrañas bolas de billar, atravesando el aire con mortífero silbido. Algunos,
naturalmente, atravesarían volando el arco de piedra para ir a caer sobre los
viejos papeles que había del otro lado, para convertirlos en un alegre
infierno. A destruir los secretos, a quemar las claves; un misterio que ningún
ser viviente resolverá jamás. Después vendría la explosión del gas, un gran
estallido de llamas restallantes, una gigantesca llama piloto que convertiría
en una parrilla la parte central del hotel; escaleras, pasillos, techos y
habitaciones, todo en llamas como en el último carrete de una película de
Frankenstein. Las lenguas de luego extendiéndose por las alas del hotel,
devorando las alfombras entretejidas de azul y negro como huéspedes
voraces. El empapelado sedoso achicharrándose, retorciéndose. No había
rociadores automáticos; sólo esas anticuadas mangueras, y nadie que las
utilizara. Y no había coche de bomberos en el mundo que pudiera llegar
hasta allí antes de fines de marzo. Quémate, pequeño, quémate. En doce
horas apenas si quedaría el esqueleto.
La aguja del manómetro había llegado a doscientos doce. La caldera
crujía y gemía como una vieja que trata de levantarse de la cama. Sibilantes
chorros de vapor habían empezado a juguetear en los bordes de los antiguos
parches, que goteaban lentamente material de soldar.
Jack no veía ni oía nada. Paralizado con la mano sobre la válvula que
podía bajar la presión y amortiguar el fuego, sus ojos resplandecían como
zafiros dentro de las órbitas.
(Es mi última oportunidad.)
Lo único que todavía no habían convertido en efectivo era la póliza de
seguro de vida que había sacado, él y Wendy, durante el primer verano que
estuvieron en Stovington. Cuarenta mil dólares en caso de muerte, doble
indemnización si él o ella morían en un accidente ferroviario o de aviación, o
en un incendio.
(Un incendio… ochenta mil dólares.)
Todavía tendrían tiempo de salir. Aunque su mujer y su hijo estuvieran
durmiendo, tendrían tiempo de salir, creía Jack. Y seguramente, ni los
animales del seto ni nada más trataría de retenerlos, si el hotel estaba en
llamas.
(Llamas.)
Dentro del dial grasiento, casi opaco, la aguja había llegado a
doscientas quince libras por pulgada cuadrada.
Otro recuerdo acudió a él, un recuerdo de su niñez. Detrás de la casa,
en las ramas bajas del manzano, había un avispero. Las avispas habían
picado a uno de sus hermanos mayores —Jack no podía recordar a cuál, en
ese momento—, mientras se columpiaba en el neumático viejo que había
colgado su padre de una de las ramas bajas. Había sucedido a fines del
verano, cuando las avispas se ponen peores.
Su padre, que acababa de volver del trabajo, vestido de blanco,
rodeada la cara por la fina niebla del olor a cerveza, había llamado a los tres
varones, Brett, Mike y el pequeño Jacky, para decirles que se iba a deshacer
de las avispas.
—Ahora fijaos —les había dicho, sonriente y tambaleándose un poco
(por aquel entonces no usaba el bastón, para el choque con el camión
lechero faltaban años todavía)—. Tal vez aprendáis algo; esto me lo enseñó
mi padre.
Había amontonado con el rastrillo una gran pila de hojas mojadas por
la lluvia, bajo la rama donde estaba el avispero, un fruto más letal que las
manzanas, arrugadas pero sabrosas, que les ofrecía el árbol para fines de
setiembre, pero para eso todavía faltaba un mes. Su padre puso fuego a las
hojas. El día era despejado y sin viento. Las hojas se convirtieron en brasas,
sin llegar a hacer fuego, y daban un olor —una fragancia— que despertaba
resonancias en Jack siempre que, para el otoño, veía a un hombre con la
ropa de! fin de semana, rastrillando hojas para quemarlas después. Un olor
dulce pero con un dejo amargo, denso y evocativo. Al arder, las hojas
despedían grandes rachas de humo que subían a envolver el avispero.
Durante toda la tarde el padre había dejado que las hojas ardieran
lentamente, mientras bebía cerveza en el porche e iba arrojando las latas
vacías en el cubo de plástico de su mujer, mientras los dos hijos mayores lo
acompañaban y el pequeño Jacky, sentado en los escalones, a sus pies,
jugaba absorto, entonando interminablemente, con monotonía, la misma
canción: «Tu engañoso corazón., te hará llorar, tu engañoso corazón te lo va
a decir.»
A las seis menos cuarto, antes de la cena, papá había vuelto a
acercarse al manzano, cuidadosamente seguido por los tres hijos. En una
mano llevaba un escardillo, con el que apartó las hojas, dejando montoncitos
encendidos que seguían ardiendo un poco antes de extinguirse. Después,
con el mango del escardillo hacia arriba, tanteando y parpadeando, en dos o
tres golpes consiguió derribar el avispero.
Los chicos corrieron en busca de la protección del porche, pero su
papá se quedó junto al avispero, tambaleándose y mirándolo, parpadeante.
Jack volvió a acercarse para ver. Algunas avispas se paseaban torpemente
sobre la superficie de su propiedad, pero sin hacer el menor intento de volar.
Desde el interior del avispero, de ese lugar negro y ajeno, llegaba un ruido
que Jack jamás habría de olvidar: un zumbido bajo, soñoliento, como el de
los cables de alta tensión.
—¿Por qué no tratan de picarte, papi? —había preguntado Jacky.
—Porque el humo las emborracha, Jacky. Ve a buscarme la lata de
gasolina.
Jacky corrió a buscarla y papá roció el avispero con la gasolina.
—Ahora apártate, Jacky, si no quieres quedarte sin pestañas.
Jacky se había apartado, mirando cómo, desde algún rincón de los
pliegues de su voluminosa blusa blanca, papá sacaba un fósforo de madera,
que encendió contra la uña del pulgar y arrojó sobre el avispero. Había
habido una explosión de color blanco y anaranjado, insonora casi en su
ferocidad. Con una risa cascada, papá se había alejado del fuego. El avispero
desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
—El fuego —había explicado su padre, volviéndose a Jacky con una
sonrisa—, el fuego mata cualquier cosa.
Después de la cena, los chicos habían salido para ver, a la última luz
del día, el avispero chamuscado y ennegrecido, todos de pie alrededor de él.
Desde el interior, ardiente, salía el ruido de los cuerpos de las avispas, como
copos de cereal tostados.
El manómetro marcaba doscientas veinte libras. De las entrañas de la
caldera se elevaba un gemido bajo, férreo. Como las espinas de un
puercoespín, de su mole se elevaban, rígidos, cien chorros de vapor.
(El fuego mata cualquier cosa.)
Súbitamente, Jack se sobresaltó. Había estado dormitando y su
dormitar lo había llevado al borde del juicio final. En nombre de Dios, ¿en
qué había estaba pensando? Cuidar del hotel era su trabajo. Él era el
vigilante.
El terror le inundó de sudor las manos, de tal manera que en el primer
momento no pudo afirmarlas sobre la válvula. Después cerró los dedos en
torno a los radios y le hizo dar una vuelta, dos, tres. Se produjo un
gigantesco silbido de vapor, como el aliento de un dragón. Una ardiente
bruma tropical se elevó desde abajo de la caldera, hasta envolverlo. Durante
un momento, sin poder ver el dial, pensó que ya había esperado demasiado;
los gimientes retumbos iban en aumento en el interior de la caldera,
seguidos por una serie de ruidos entrecortados y por el chirrido del metal al
retorcerse.
Cuando el vapor se disipo parcialmente, Jack vio que el manómetro
había descendido a doscientas libras y que seguía bajando. Los chorros de
vapor que se escapaban alrededor de los parches soldados empezaron a
perder fuerza. Los ruidos internos empezaron a disminuir.
Ciento noventa… ciento ochenta ciento setenta y cinco..
(Iba descendiendo la pendiente a ciento cuarenta kilómetros por hora
cuando el silbato prorrumpió en un alarido. )
Pero, seguramente, ya no iba a estallar. La presión había bajado a
ciento sesenta.
(… y lo encontraron entre los restos, con la mano en el regulador, todo quemado
por el vapor de agua.)
Tembloroso, respirando con dificultad, se apartó de la caldera. Se miró
las manos y vio las ampollas que va empezaban a formársele en las palmas.
Al demonio con las ampollas, pensó, con una risa estremecida. Había estado
a punto de morir con la mano en el regulador, como el mecánico Casey en la
novela aquella. Y lo peor era que había estado a punto de matar al
«Overlook». Su último fracaso, el decisivo. Había fracasado como maestro,
como escritor, como marido y como padre. Hasta como borracho era un
fracaso. Pero en la vieja categoría de los fracasados, no se podía ir mucho
mas lejos que dejar volar el edificio que —se suponía— uno tenia que cuidar.
Y este no era un edificio cualquiera.
De ningún modo.
¡Cristo!, que falta le hacia un trago.
La presión había descendido a ochenta. Cautelosamente, contraído el
rostro por el dolor de las manos, volvió a cerrar la válvula. De ahora en
adelante, con la caldera habría que tener más cuidado que nunca. Tal vez
hubiera quedado resentida. Durante el resto del invierno, no la dejaría subir
a más de cien libras. Y si pasaban un poco de frío, sería cuestión de
aguantárselo con buen humor.
Dos de las ampollas se le habían reventado, y las manos le latían como
dientes infectados.
Un trago. Una copa era lo que le vendría bien, y en todo el maldito
hotel no había más que jerez para cocinar. En ese momento, un poco de
alcohol sería curativo. Eso, exactamente, por Dios. Un anestésico. Acababa
de cumplir con su deber y lo que necesitaba era un poco de anestesia… algo
más fuerte que la «Excedrina». Pero no había nada.
Recordó las botellas que destellaban en las sombras.
Acababa de salvar al hotel, y el hotel lo recompensaría; de eso estaba
seguro. Sacó el pañuelo del bolsillo de atrás del pantalón y se dirigió a la
escalera. Se frotó la boca. Una copita, una sola, para calmar el dolor.
Jack había respondido a la confianza del «Overlook», y ahora el
«Overlook» respondería a la suya, qué duda cabía. En los peldaños de la
escalera, sus pies eran rápidos y ágiles; los pasos presurosos de un hombre
que regresa de una guerra larga y cruel. Eran las cinco y veinte de la
mañana, hora de las montañas.
41. A LA LUZ DEL DÍA
Con un grito ahogado, Danny se despertó de una pesadilla terrible.
Había habido una explosión. Un incendio. El «Overlook» se quemaba. Él y su
mamá lo miraban desde el césped del frente.
—Mira, Danny, mira los setos —le decía mami.
Cuando él miraba, los setos estaban muertos. Las hojas se les habían
puesto de color marrón oscuro. Las ramas, prietas, se veían entre el follaje
quemado como el esqueleto de un cuerpo semidescompuesto. Y después su
papá había irrumpido por entre las dobles puertas del frente del
«Overlook», ardiendo como una tea. Tenía la ropa en llamas, la piel de un
color oscuro y siniestro que se ennegrecía más por momentos, el pelo una
zarza ardiendo.
En ese momento se despertó, con la garganta cerrada por el terror, las
manos contraídas sobre la sábana y las mantas. ¿Habría gritado? Miró a su
madre. Wendy estaba tendida de costado, cubierta hasta la barbilla, con un
mechón de pelo color de lino caído sobre las mejillas.
Ella misma parecía una niña. No, no había gritado.
De espaldas en la cama, mirando hacia arriba, sintió como la pesadilla
comenzaba a disiparse. Tenía la curiosa sensación de que habían escapado
por un pelo de algo
(¿un incendio? ¿una explosión?)
espantoso. Dejó vagar la mente, en busca de su padre, y lo encontró
abajo, en el vestíbulo. Danny se esforzó un poco más, intentando penetrar
en su mente. Le hizo daño, porque papá estaba pensando en Algo Malo.
Estaba pensando qué
(bien me vendrían uno o dos qué importa si el maldito sol se pone en
algún lugar del mundo ¿recuerdas al que solíamos decir eso? un gin y tonic
aguardiente con apenas una gota de bitter whisky con soda ron y alguna
cola tweedledum y tweedledee un trago para mí y otro para ti los marcianos
habrían aterrizado en algún lugar del mundo princeton o houston o stokely
sobre carmichael en algún podrido lugar al fin y al cabo es temporada y
ninguno de nosotros está)
(¡SAL DE SU CABEZA, MOCOSO DE MIERDA!)
El chico se encogió, aterrorizado por esa voz que le habló desde
dentro, con los ojos muy abiertos, las manos convertidas en garras sobre el
cobertor. No había sido la voz de su padre, sino una imitación, muy hábil.
Una voz que él conocía. Áspera y brutal, pero matizada por una especie de
humor fatuo.
¿Estaba tan próximo, entonces?
Retiró las mantas para apoyar los pies en el suelo. Tanteó con los pies
las zapatillas que estaban debajo de la cama y se las calzó. Fue hacia la
puerta, la abrió y se dirigió presurosamente al corredor principal. Sus pies
susurraron sobre la felpa de la alfombra del pasillo. Danny dobló la esquina.
En mitad del corredor, entre él y la escalera, había un hombre en
cuatro patas.
Danny se quedó helado.
El hombre levantó los ojos, pequeños y enrojecidos, para mirarlo.
Llevaba una vestimenta plateada, como con lentejuelas. El chico se dio
cuenta de que iba vestido de perro. Del trasero de la extraña vestidura salía
una cola, larga y floja, terminada en una borla. El traje estaba cerrado por
una cremallera que corría por el lomo hasta el cuello. A la izquierda del
hombre había una cabeza de perro o de lobo, con las órbitas vacías sobre el
hocico, la boca abierta en un gesto ociosamente amenazador que, por entre
los colmillos que parecían de cartón piedra, dejaban ver el dibujo azul y
negro de la alfombra.
El hombre tenia la boca, el mentón y las mejillas manchados de
sangre.
Empezó a gruñir a Danny. Aunque sonreía, el gruñido era real, venía
desde lo más hondo de la garganta, era un ruido escalofriante, primitivo.
Después se puso a ladrar; los dientes también estaban manchados de sangre.
Empezó a avanzar a rastras hacia Danny, arrastrando detrás de sí esa cola
invertebrada. La cabeza de perro del traje seguía tirada en la alfombra sin
que nadie le hiciera caso, mirando inexpresivamente por encima de Danny.
—Déjame pasar —dijo Danny.
—Voy a comerte, muchachito —anunció el hombre-perro, y de pronto
su boca sonriente dejó escapar una serie de ladridos. Por más que fueran una
imitación humana, la ferocidad de los ladridos era real. El hombre tenía el
pelo oscuro, aceitoso por el sudor que le hacía brotar el traje ajustado. Su
aliento olía a whisky escocés y a champaña, mezclados.
Danny retrocedió, pero no huyó.
—Déjame pasar.
—Ni se te ocu-u-u-rrra —contesto el hombre-perro, con los ojillos
enrojecidos fijos atentamente en el rostro de Danny, sin dejar de sonreír—.
Pienso comerte, amiguito. Y creo que voy a empezar por la pilila.
Empezó a avanzar con movimientos retozones, a saltitos y mostrando los dientes.
El chico perdió el aplomo y huyó hacia el corto pasillo que conducía al
apartamento de ellos, mirando por encima del hombro. Lo siguió una serie
de ladridos, aullidos y gruñidos, entrecortados por risitas y balbuceos
estropajosos.
Danny se quedó en el pasillo, temblando.
—¡Levántala! —gritaba el hombre-perro, borracho, desde el corredor
principal, con voz violenta a la vez, que desesperada—. ¡Levántala, Harry
hijo de puta! ¡No me importa cuantos casinos y líneas aéreas y compañías
cinematográficas tengas! ¡Yo se lo que a ti te gusta en la intimidad!
¡Levántala, que yo resoplaré… y chupare… hasta que todo lo de Harry
Derwent caiga derribado.
La diatriba terminó con un aullido largo y estremecedor que pareció convertirse en
un alarido de dolor y de cólera antes de extinguirse.
Temeroso, Danny se volvió hacia la puerta cerrada del dormitorio, al
extremo del pasillo, y se acerco silenciosamente a ella. La abrió y asomó la
cabeza. Su madre seguía durmiendo, exactamente en la misma posición.
Todo eso no lo oía nadie mas que él.
Cerró suavemente la puerta y volvió a la intersección del pasillo con el
corredor principal, en la esperanza de que el hombre-perro se hubiera ido,
como se había ido también la sangre que Danny había visto en las paredes
de la suite presidencial. Cautelosamente, espió por el corredor.
El hombre vestido de perro seguía allí. Había vuelto a colocarse la
cabeza del disfraz y en ese momento retozaba a cuatro patas junto a la
escalera, persiguiéndose la cola. A veces, con un salto se elevaba de la
alfombra y volvía a caer sobre ella, con sordos gruñidos.
—¡Guau! ¡Guau! ¡Grrrrr!
Los ruidos salían con una resonancia hueca de la máscara que imitaba
una estilizada mueca amenazante, mezclados con otros ruidos que tanto
podrían haber sitio carcajadas como sollozos.
Danny volvió al dormitorio y se sentó sobre su cuna, cubriéndose los
ojos con las manos. Ahora, el hotel estaba en pleno despliegue. Tal vez al
principio las cosas que habían sucedido no hubieran sido más que accidentes.
Tal vez al principio las cosas que él había visto sólo fueran, realmente,
imágenes que le daban miedo, pero que no podían hacerle daño. Pero
ahora, esas cosas las controlaba el hotel y eran cosas que podían hacer daño.
El «Overlook» no había querido que él viera a su padre, porque con eso
podría estropeársele toda la diversión. Por eso había interpuesto en su
camino al hombre-perro, de la misma manera que había interpuesto, entre
ellos y la carretera, los animales del seto.
Pero su papá podría venir hacia él. Y vendría, tarde o temprano.
Danny empezó a llorar. Las lágrimas le rebosaban silenciosamente por
las mejillas: era demasiado tarde. Iban a morir allí, los tres, y a la primavera
siguiente, cuando el «Overlook» se abriera, ellos seguirían allí para saludar a
los turistas, junto con el resto de los aparecidos. La mujer en la bañera. El
hombre-perro. Esa cosa horrible y oscura que había en el túnel de cemento.
Estarían…
(¡Basta! ¡Termina con eso!)
Furiosamente, el chico se enjugó las lágrimas. Él haría todo lo posible
para evitar que eso sucediera. A él no tenía que sucederle, ni a su mamá ni a
su papá.
Lo intentaría con todas sus fuerzas.
Cerró los ojos y concentró su fuerza mental en una dura flecha
cristalina.
(¡¡¡DICK VEN PRONTO ESTAMOS EN
PELIGRO DICK NECESITAMOS)
Y de pronto, en la oscuridad, detrás de sus párpados, eso que lo
perseguía en sus sueños a través de los oscuros pasillos del «Overlook»
apareció, estaba allí, allí mismo, una enorme criatura vestida de blanco con
el garrote prehistórico levantado por encima de la cabeza:
—¡Ya te haré yo que termines! ¡Cachorro maldito! ¡Ya te haré
terminar con eso, porque yo soy tu PADRE!
—¡No! —con un sobresalto, el chico volvió a la realidad del
dormitorio, con los ojos muy abiertos en la oscuridad, mientras los gritos
salían irrefrenablemente de su boca, ante el espanto de su madre,
súbitamente despierta, apretándose contra el pecho la ropa de cama.
—No, papito, no, no, no…
Y los dos oyeron el silbido maligno, angustiante, del garrote invisible
al descender por los aires, muy cerca, para después desvanecerse en el
silencio mientras Danny corría a abrazarse a su madre, como un conejo en
una trampa.
El «Overlook» no lo dejaría llamar a Dick. Con eso también se le podía
estropear la diversión.
Estaban solos.
Afuera, la nieve caía con más fuerza, aislándolos más del mundo
exterior.
42. EN VUELO
A las 6:45 de la mañana, hora del Este, llamaron a los pasajeros para el
vuelo de Dick Hallorann, pero a él lo retuvieron en la puerta de embarque,
pasándose nerviosamente la bolsa de vuelo de una mano a otra, hasta la
última llamada, a las 6:55. Estaban esperando a Carlton Vecker, el único
pasajero del vuelo 196 de la «TWA», de Miami a Denver, que no se había
presentado.
—Muy bien, tuvo suerte —declaró el empleado mientras entregaba a
Hallorann el billete azul de primera clase—. Puede embarcar, señor.
Hallorann subió presuroso por la escalerilla y dejó que, con una
sonrisa mecánica, la azafata le cortara el pase, y le devolviera el resto.
—Serviremos el desayuno durante el vuelo —anunció la azafata—. Si
quiere usted…
—Café, nada más, niña —respondió Hallorann y se encaminó por el
pasillo en busca de un asiento en la sección de fumar, temeroso de que a
último momento el demorado Vecker hiciera su aparición como un muñeco
sorpresa. La mujer que ocupaba el asiento junto a la ventanilla estaba
leyendo Sea usted su mejor amigo, con una ácida expresión de incredulidad.
Hallorann se abrochó el cinturón de seguridad y afirmó sus negras manazas
sobre los brazos del asiento, mientras para sus adentros prometía al ausente
Carlton Vecker que para sacarlo de allí necesitaría la ayuda de cinco robustos
empleados de la «TWA».
No quitaba los ojos del reloj, que se arrastraba con desesperante
lentitud hasta las 7.00, la hora fijada para la partida.
A las 7.05, la azafata les informó que habría una pequeña demora
mientras el personal de tierra revisaba una de las cerraduras de la puerta de
carga.
—Tienen mierda en vez de sesos —masculló Dick Hallorann.
La mujer de rasgos afilados volvió hacia él su expresión de ácida
incredulidad y volvió a su libro.
Hallorann se había pasado la noche en el aeropuerto, corriendo de un
mostrador a otro, acosando a los empleados que expedían los billetes en
«United», en «American», en «TWA», en «Continental», en «Braniff»… en
algún momento, pasada la medianoche, mientras se tomaba el octavo o
noveno café en el bar, reconoció que era una estupidez haberse hecho
cargo, él solo, de semejante asunto. Para eso estaban las autoridades.
Entonces fue al grupo de cabinas telefónicas más próximo y, después de
haber hablado con tres telefonistas diferentes, consiguió el número de
urgencia del Parque Nacional de las Montañas Rocosas.
El hombre que contestó al teléfono daba la impresión de estar a
punto de morirse de cansancio. Hallorann le había dado un nombre falso,
tras lo cual le informó que había problemas en el «Overlook Hotel», al oeste
de Sidewinder.
Problemas graves.
Le dijeron que esperara.
Después de unos cinco minutos, el guardabosques (Hallorann supuso
que era un guardabosques) regresó.
—Allá tienen un radiotransmisor-receptor —le informó.
—Ya sé que lo tienen —contestó Hallorann.
—Y no hemos tenido ninguna llamada de ellos.
—Hombre, eso qué importa. Están…
—¿Cuál es exactamente el problema que tienen, señor Hall?
—Bueno, hay una familia allí. El vigilante y su familia. Creo que quizá
él no esté muy bien de la cabeza ¿sabe? Es posible que llegue a atacar a su
mujer y a su hijito.
—¿Puedo preguntarle cómo es que tiene usted esa información,
señor?
Hallorann cerró los ojos.
—¿Cómo se llama usted, amigo?
—Tom Staunton, señor.
—Pues bien, Tom, lo sé. Le diré las cosas en la forma más sencilla que
pueda. Allá arriba hay problemas graves. Posiblemente algo mortal, ¿se da
cuenta de lo que estoy diciendo?
—Señor Hall, realmente necesito saber de qué manera…
—Escuche —había insistido Hallorann—, le digo que lo sé. Hace unos
años, allí hubo otro tipo, de apellido Grady, que mató a su mujer y a sus dos
hijas y después se ahorcó. ¡Le digo que va a suceder lo mismo si no se dan
ustedes prisa para evitarlo!
—Señor Hall, usted no está hablando desde Colorado.
—No, pero no veo que importancia…
—Si no esta en Colorado, no le llega la frecuencia de la radio del
hotel. Y si no está en esa frecuencia, no tiene manera de haberse puesto en
contacto con la, a ver —débil ruido de papeles—. Con la familia Torrance.
Mientras esperaba usted, intenté telefonearles, pero la línea está cortada, lo
que no es nada raro. Todavía hay cuarenta kilómetros de líneas telefónicas
aéreas entre el hotel y la central telefónica de Sidewinder. Mi conclusión es
que debe ser usted algún bromista chillado.
—Oh, que estupidez… —la desesperación de Hallorann no le dejó
terminar la frase. Súbitamente, se iluminó—. ¡Llámelos! —gritó.
—¿Cómo?
—Usted tiene el radiotransmisor en la misma frecuencia que ellos.
¡Llámelos, entonces! ¡Llámelos y pregúnteles qué pasa!
Se hizo un breve silencio, y Hallorann oyó el zumbido de los cables.
—Ah, ¿ya lo intentó también, entonces? —preguntó—. Por eso me
tuvo esperando tanto tiempo. Probó con el teléfono y después con la radio,
sin conseguir nada, pero de todas maneras no piensa que nada ande mal
¿para que están ustedes allí arriba? ¿Para estar sentados en sus traseros
jugando a las cartas?
—No, para eso no —contesto Staunton, enojado. Hallorann se sintió
aliviado al percibir emoción en la voz. Por primera vez, tenía la sensación de
estar hablando con un hombre, no con una grabación—. Aquí no hay nadie
más que yo, señor, todos los demás guardabosques del parque, más los
guardas del coto, más un grupo de voluntarios, están en Hasty Notch,
arriesgando la vida porque a tres idiotas con seis meses de experiencia en
montañismo se les ocurrió escalar la ladera norte del King’s Ram. Se
quedaron atascados a mitad de camino y tal vez puedan bajar y tal vez no.
Hemos mandado allá dos helicópteros, y los hombres que los pilotan
también se están jugando la vida, porque aquí es de noche y está
empezando a nevar. Así que si a usted todavía le cuesta entenderlo, le
echaré una mano. Primero, no tengo a nadie a quien mandar al «Overlook».
Segundo, aquí la prioridad no le corresponde al «Overlook»; le corresponde
a lo que suceda en el parque. Tercero, para cuando amanezca ninguno de
los helicópteros podrá volar, porque el Servicio Meteorológico Nacional
anuncia una nevada de mil demonios. ¿Entiende usted la situación?
—Sí, la entiendo —había dicho Hallorann, en voz baja.
—Además, la explicación que se me ocurre de por que no puedo
comunicar por radio con ellos es muy sencilla. No sé qué hora será donde
está usted, pero aquí son las nueve y media. Me imagino que la
desconectaron y se fueron a dormir. Ahora, si quiere…
—Buena suerte para sus montañeros, hombre —le deseó Hallorann—.
Pero créame que no son los únicos que se quedaron atascados allá arriba por
no haber sabido en qué se metían.
Después cortó la comunicación.
A las 7:20 de la mañana, el «747» de «TWA» empezó lentamente a
rodar hacia la pista de despegue. Hallorann dejó escapar, silenciosamente,
un largo suspiro, Carlton Vecker, seas quien fueres, perdiste.
El vuelo 196 despegó a las 7:28, y a las 7:31, mientras el aparato iba
ganando altura, la pistola mental volvió a dispararse dentro de la cabeza de
Hallorann. Se encogió inútilmente para escapar del olor a naranjas y después
se estremeció, impotente, con la frente contraída, la boca tensa en un gesto
de dolor.
(¡¡¡DICK. VEN PRONTO ESTAMOS EN
PELIGRO DICK NECESITAMOS!!!)
Y eso fue todo. Un corte repentino. Esta vez no fue esfumándose
gradualmente. La comunicación quedó limpiamente cortada, como de una
cuchillada. Hallorann se asustó. Las manos, que seguían aferradas a los
brazos del asiento, se le habían puesto casi blancas. Tenía la boca seca. Algo
le había sucedido al chico, estaba completamente seguro. Si alguien había
hecho daño a esa criatura…
—¿Siempre tiene usted una reacción tan violenta ante el despegue?
Se dio la vuelta. Era la mujer de gafas.
—No fue eso —respondió Hallorann—. Es que tengo una plancha de
acero en la cabeza, de cuando estuve en Corea. De vez en cuando, las
vibraciones me molestan, es como si me diera una sacudida.
—¿De veras?
—Sí, señora.
—Siempre es el soldado raso el que en última instancia paga nuestro
intervencionismo en el extranjero —declaró hoscamente la mujer.
—¿Le parece?
—Seguro. Este país no debería seguir con esas pequeñas guerras
sucias. La CIA ha estado en la base de todas las pequeñas guerras sucias en
que se han metido los Estados Unidos en lo que va del siglo. La CIA y la
diplomacia del dólar.
Abrió su libro y empezó a leer. La señal de NO FUMAR se apagó.
Hallorann miró alejarse la tierra y pensó si el chico estaría bien. Le había
tomado cariño a ese chico, aunque los padres no le habían parecido gran
cosa.
Ojalá estén cuidándolo como Dios manda, pensó.
43. INVITA LA CASA
Jack estaba en el comedor, sin haber pasado todavía las puertas
dobles que daban al Salón Colorado, con la cabeza inclinada, escuchando,
con una débil sonrisa.
En torno a él, podía sentir cómo el «Overlook Hotel» cobraba vida.
Era difícil decir exactamente cómo lo sabía, pero se daba cuenta de
que lo que le sucedía no era muy diferente de las percepciones que tenía
Danny de tiempo en tiempo… de tal padre, tal hijo. ¿No era así como se
decía popularmente?
No era una percepción visual ni sonora, aunque se aproximara mucho
a ellas, ya que lo que la separaba de tales sentidos no era más que una
levísima cortina perceptiva. Era como si a escasos centímetros de este
«Overlook» hubiera otro, separado del mundo real (si es que hay algo a lo
que se pueda llamar el «mundo real», pensó Jack), pero que gradualmente
iba equilibrándose con él. Se acordó de los filmes tridimensionales que había
visto de niño. Si uno miraba la pantalla sin las gafas especiales, se veía una
doble imagen… algo un poco parecido a lo que sentía en ese momento. Pero
cuando se ponía uno las gafas todo tenía sentido.
En ese momento, todas las épocas del hotel estaban justas, todas salvo
la actual, la Era de Torrance… que tampoco tardaría mucho en reunirse con
las demás. Qué bien estaba eso. Muy bien.
Casi alcanzaba a oír el arrogante ¡ding! ¡ding! de la campanilla
plateada del mostrador de recepción, que iba llamando a los botones para
que atendieran a clientes vestidos con los trajes de franela que imponía a los
elegantes la década de 1920, y con las americanas cruzadas y a rayas de la de
1940, que iban y venía. Frente a la chimenea había tres monjas sentadas en
el sofá, esperando a que la cola disminuyera, y tras ellas, garbosamente
vestidos con alfileres de diamante en las corbatas estampadas en azul y
blanco, Charles Gordin y Vito Gienelli hablaban de ganancias y pérdidas, de
vidas y muertes. En el patio de atrás, una docena de camiones descargaban
mercaderías, algunos superpuestos uno encima de otro como en una foto
con doble exposición. En el salón de baile del ala este, se realizaban al
mismo tiempo una docena de convenciones de negocios diferentes, a
centímetros de distancia temporal una de otra. Se celebraba un baile de
disfraces. Había veladas, fiestas de bodas, cumpleaños y reuniones de
aniversario. Hombres que hablaban de Neville Chamberlain y del archiduque
de Austria. Música. Risas. Borrachera. Histeria. No había mucho amor aquí,
pero sí una constante corriente soterrada de sensualidad. Una corriente que
Jack casi podía oír, recorriendo todo el hotel en una graciosa cacofonía. En el
comedor donde él estaba se servían simultáneamente a sus espaldas los
desayunos, almuerzos y cenas de setenta años. Casi se los podía… no,
borremos el casi. Se los podía oír, débilmente todavía, pero con claridad,
como oye, uno el trueno a kilómetros de distancia en un ardiente día de
verano. Se los podía oír a todos aquellos hermosos extranjeros. Jack
empezaba a percibir la existencia de ellos como ellos debían de haber
percibido, desde el primer día, la existencia de él.
Esa mañana, todas las habitaciones del «Overlook» estaban ocupadas.
La casa llena.
Y del otro lado de las dobles puertas de vaivén llegaba el bajo
murmullo de las conversaciones y se elevaban como volutas ociosas de humo
de tabaco. Todo más sofisticado, más íntimo. Risas graves y guturales de
mujeres, de esas risas que parecen formar un anillo mágico de vibraciones en
torno a las vísceras y a los genitales. El ruido de una caja registradora, la
ventanilla débilmente iluminada en la cálida oscuridad, mientras iba
marcando el precio de un gin tonic, un Manhattan, un Depression Bomber,
un gin fizz, un zombie. El tocadiscos de monedas, que vertía suavemente sus
melodías para los bebedores, superpuestas todas una con otra en el tiempo…
Jack empujó las puertas de vaivén y pasó a través de ellas.
—Hola, muchachos —saludó suavemente Jack Torrance—. Aquí me
tenéis de vuelta.
—Buenas noches, señor Torrance —le respondió Lloyd, muy
complacido—. Encantado de verlo.
—Y yo encantado de volver, Lloyd —dijo gravemente Jack, mientras
apoyaba una nalga sobre un taburete, entre un hombre trajeado de azul
brillante y una mujer de ojos legañosos de negro que clavaba la vista en las
profundidades de un vaso de Singapur.
—¿Qué va a ser, señor Torrance?
—Martini —respondió Jack, encantado. Miró hacia el fondo del bar, con sus hileras
de botellas que relucían en la penumbra, con sus pequeños tapones que eran sifones
plateados. Jim Beam. Wild Turkey. Gilby’s. Sharrod’s Private Label. Todo. Seagrams’s. Por fin
de vuelta.
—Un Marciano grande, por favor —pidió—. En algún lugar del mundo
ya han aterrizado, Lloyd —sacó la cartera y cuidadosamente extendió sobre
el mostrador un billete de veinte dólares.
Mientras Lloyd le preparaba la bebida, Jack miró por encima del
hombro. Todos los reservados estaban ocupados, y algunos de sus ocupantes
vestían… una mujer con pantalones orientales de gasa y el corpiño salpicado
de diamantes de imitación, un hombre con una cabeza de zorro que
asomaba astutamente de la camisa almidonada, otro con un disfraz de
perro, lleno de lentejuelas, que para regocijo general hacía cosquillas con la
borla que tenía en la punta de la cola en la nariz de una mujer envuelta en
un sarong.
—A usted no se le cobra, señor Torrance —le informo Lloyd, mientras
dejaba la copa sobre los veinte dólares de Jack—. Su dinero no se acepta
aquí, por orden del director.
—¿Del director?
Aunque súbitamente se sintió un poco inquieto, Jack levantó la copa
con el martini y la hizo girar, mirando como se mecía levemente la aceituna
en las heladas profundidades de la bebida.
—Claro, del director —la sonrisa de Lloyd se hizo más amplia, pero sus
ojos se perdían en la sombra y tenía la piel de un blanco horrible, como si
fuera un cadáver—. Y después espera ocuparse personalmente del bienestar
de su hijo. Está muy interesado por su hijo, Danny es un chico inteligente.
Los vapores de la ginebra le daban un mareo placentero, pero
también parecía que estuvieran obnubilándole la razón. ¿Danny? ¿A que
venía todo eso sobre Danny? ¿Y qué hacia él en un bar, con una copa en la
mano?
Había jurado ABSTENERSE, se había SUBIDO AL FURGÓN y había
ROTO su juramento.
¿Para qué podían querer a su hijo? ¿Para que podían querer a Danny?
Wendy y Danny no tenían nada que ver en todo eso. Jack intentó leer algo
en los oscuros ojos de Lloyd, pero eran demasiado oscuros, demasiado; era
como tratar de hallar emociones en las órbitas vacías de una calavera.
(Es a mí quien quieren… ¿no es verdad? Soy el único. No a Danny, ni a
Wendy. Es a mí a quien le encanta estar aquí. Ellos querían irse. Soy yo quien
se ocupo del vehículo para la nieve… quien recorrió los viejos archivos… yo
bajé la presión de la caldera … yo mentí… vendí el alma, prácticamente.,
¿para que puede interesarles Danny?)
—¿Dónde está el director? —intentó hacer la pregunta con aire
casual, pero parecía que las palabras le brotaran de los labios ya empastadas
por el primer trago; eran las palabras de una pesadilla, más bien que de un
sueño.
Lloyd sólo sonrió.
—¿Que quieren ustedes con mi hijo? Danny no tiene nada que ver
en… ¿verdad? —le impresionó la angustiosa súplica de su propia voz
La cara de Lloyd daba la impresión de estar desmoronándose,
cambiando, convirtiéndose en algo pestilente. La piel blanca se
resquebrajaba, se ponía de un amarillo hepático; en ella se abrían llagas
rojas de las que rezumaba un liquido de olor inmundo. Como un sudor rojo,
en la frente de Lloyd aparecieron gotitas de sangre, mientras en alguna
parte, con un sonido argentino, un carillón marcaba el cuarto de hora.
(¡A quitarse las máscaras, a quitarse las máscaras!)
—Beba usted su martini, señor Torrance —aconsejó suavemente
Lloyd—, que lo demás no es asunto que a usted le concierna, a esta altura.
Jack volvió a levantar la copa y se la llevo a los labios, pero titubeó. De
pronto oyó el chasquido áspero, horrible, del hueso de Danny al romperse.
Vio la bicicleta que volaba por encima de la cubierta del motor del coche de
Al y se estrellaba contra el parabrisas. Vio una sola rueda tendida en la
carretera con los radios retorcidos apuntando al cielo como las destrozadas
cuerdas de un piano.
De pronto, se dio cuenta de que todas las conversaciones se habían
interrumpido.
Volvió a mirar por encima del hombro: todos estaban mirándolo
expectantes, en silencio. El hombre que jugaba junto a la mujer del sarong
se había quitado la cabeza de zorro y Jack vio que era Horace Derwent, con
el pelo de un color rubio pálido caído sobre la frente. Todos los que estaban
en el bar también lo miraban. La mujer que tenía a su lado lo observaba
atentamente, como intentando ponerlo en foco. El vestido se le había
resbalado del hombro y al mirar hacia abajo Jack distinguía el pezón
arrugado que remataba un pecho caído. Cuando volvió a mirarla en la cara,
empezó a pensar que esa podría ser la mujer de la habitación 217, la que
había intentado estrangular a Danny. Al otro lado de él, el hombre de traje
azul había sacado del bolsillo de la americana un pequeño revolver de
calibre 32, con cachas de nácar, y lo hacia girar ociosamente sobre el
mostrador, como si estuviera pensando en una ruleta rusa.
(Quiero…)
Al darse cuenta de que las palabras no salían de sus cuerdas vocales,
paralizadas, volvió a empezar.
—Quiero ver al director. No… no creo que él entienda que mi hijo
nada tiene que ver con esto. Es…
—Señor Torrance —la voz de Lloyd, de aborrecible cortesía, le llegaba
desde un rostro asolado por las llagas—, ya verá usted al director a su debido
tiempo, puesto que, de hecho, ha decidido que sea usted su representante
en este asunto. Ahora bébase esa copa.
—Bébase esa copa —le hicieron eco los demás.
Jack la levanto, con una mano que temblaba incontrolablemente. Era
gin puro. Miró dentro de la copa y sintió que se ahogaba.
—Traed… el barril… grande… y., nos reiremos… en grande… —empezó
a cantar la mujer que estaba a su lado, con voz muerta y sin inflexiones.
Lloyd se unió a la canción, y lo mismo hizo el hombre de traje azul.
También el hombre-perro se les unió, marcando el compás con una pata
sobre la mesa.
—¡Es el momento de traer el barril…
La voz de Derwent se sumo a las de los demás. Tenia un cigarrillo en
un ángulo de la boca, con aire jactancioso. Con el brazo derecho rodeaba los
hombros de la mujer del sarong, mientras la mano, suavemente y con aire
ausente, le acariciaba un pecho. AI mismo tiempo que cantaba miraba, con
divertido desprecio al hombre-perro.
—…ahora que estamos todos aquí!
Jack se llevó el vaso a la boca y en tres largos tragos apuró la bebida.
El gin le pasó por la garganta como un camión por un túnel, le estalló en el
estomago y de un salto rebotó al cerebro, donde se apoderó finalmente de
él con un estremecimiento convulsivo.
Una vez pasado el choque, se sintió estupendamente.
—Otro, por favor —pidió, empujando hacia Lloyd la copa.
—Sí, señor —asintió el barman cogiendo el vaso. Lloyd parecía otra
vez perfectamente normal. El hombre de cutis oliváceo había vuelto a
guardar su 32. A su derecha, la mujer tenía de nuevo los ojos clavados en su
Singapur, ahora con un pecho totalmente al descubierto, descansando sobre
el borde de cuero de la barra. De la boca entreabierta salía una especie de
arrullo vacío. El murmullo de las conversaciones se había reiniciado, y otra
vez iba y venía, como una lanzadera.
Frente a él se materializó la copa pedida.
—Muchas gracias9, Lloyd —dijo mientras la alzaba.
—Siempre encantado de servirlo, señor Torrance —le sonrió Lloyd.
—Fue usted siempre el mejor de todos, Lloyd.
—Muy amable de su parte, señor.
Esta vez, Jack bebió lentamente, dejando que el licor se le escurriera
por la garganta, acompañado en su caída por algunos cacahuetes, que
siempre daban suerte.
9 En español en el original (N. de la T.)
En un abrir y cerrar de ojos el gin había desaparecido, y Jack pidió
otro. Señor Presidente, después de mi entrevista con los marcianos tengo la
satisfacción de informarle que su actitud es amistosa. Mientras Lloyd le
preparaba la bebida, Jack empezó a buscar en los bolsillos una moneda para
echar en el tocadiscos. Volvió a pensar en Danny, pero ahora la cara de su
hijo se le presentaba placenteramente borrosa, indescriptible. Una vez le
había hecho daño, pero eso fue antes de que aprendiera a manejarse con la
bebida. En una época que había quedado atrás. Jamás volvería a hacer daño
a su hijo.
Por nada del mundo.
44. CONVERSACIONES EN LA FIESTA
Ahora estaba bailando con una hermosa mujer.
No tenía idea de la hora que era, del tiempo que había pasado en el
Salón Colorado ni de cuánto hacía que estaba allí, en el salón de baile. El
tiempo ya no importaba.
Tenía vagos recuerdos: el de haber escuchado a un hombre que había
triunfado como cómico en la radio, y después, un artista de variedades, en
los primeros tiempos de la TV, contando una historia larguísima y muy
divertida sobre incesto entre hermanos siameses; el de haber visto a la mujer
con pantalones de odalisca y corpiño de lentejuelas haciendo un striptease
lento y sinuoso, al ritmo obsesivo y retumbante de una música del tocadiscos
(que le había parecido el tema musical de David Rose para The Stripper);
haber atravesado el vestíbulo en medio de otros dos hombres, vestidos
ambos con un traje de etiqueta anterior a la década del 20, cantando los tres
algo sobre una mancha seca que había en los calzones de Rosie O’Grandy. Le
parecía recordar que al mirar el parque había visto linternas japonesas
colgadas en graciosos arcos que se curvaban siguiendo la dirección de la
entrada para coches, que resplandecían en suaves tonos pastel como
sombrías joyas. El gran globo de cristal que pendía del cielo raso de la
terraza estaba encendido, y los insectos nocturnos chocaban contra él y se
metían dentro, y una parte de él, tal vez la última chispa, diminuta, de
sobriedad, intentaba decirle que eran las seis de una mañana de diciembre.
Pero el tiempo había quedado anulado.
(Los argumentos contra la locura caen con un leve sonido ahogado
capa sobre capa.. )
¿De quién era eso? ¿De algún poeta que había leído mientras era
estudiante? ¿De algún estudiante poeta que ahora estaría vendiendo
lavadoras en Wausau o pólizas de seguros en Indianápolis? ¿O tal vez algo
original de él mismo? Qué importaba.
(La vaca es un animal/todo forrado de cuero/tiene las patas tan
largas/que le llegan hasta el suelo…)
Se rió, sin poder evitarlo.
—¿De qué te ríes, cariño?
De nuevo se encontró ahí, en el salón de baile. La araña estaba
encendida y las parejas daban vueltas en torno de ellos, algunos disfrazados
y otros no, al sonido terso de alguna banda de posguerra… pero, ¿de qué
guerra? ¿Podía acaso estar seguro?
No, claro que no. Sólo estaba seguro de una cosa: de que estaba
bailando con una mujer bella.
Era alta, de pelo castaño, se envolvía en una adherente túnica de
satén blanco, y bailaba muy cerca de él, con los pechos suave y
deliciosamente oprimidos contra su pecho. Una mano blanca se entrelazaba
a la suya. El rostro estaba semicubierto por un pequeño antifaz con
lentejuelas, y el pelo, cepillado a un lado, caía en una cascada suave y
brillante que parecía remansarse en el valle formado por los hombros de
ambos al tocarse. La falda del vestido era larga, pero Jack sentía los muslos
de ella contra las piernas, de vez en cuando, y cada vez estaba más seguro de
que su compañera estaba lisa y llanamente desnuda bajo la túnica.
(es lo mejor para sentir tu erección, cariño mío)
y él se sentía más bien al rojo vivo. Si a ella le molestaba, lo disimulaba
muy bien; cada vez se arrimaba más a él.
—De nada, tesoro —contestó, y volvió a reírse.
—Tú me gustas —susurró ella, y Jack pensó que su perfume era como
el de los lirios, una fragancia secreta que emanaba de grietas revestidas de
musgo verde, de lugares donde el sol es breve y las sombras largas.
—Tú también me gustas.
—Podríamos subir, si quieres. Se supone que estoy con Harry, pero ni
se dará cuenta. Está demasiado ocupado en fastidiar al pobre Roger.
La pieza terminó. Hubo una ráfaga de aplausos y, casi sin dar un
respiro, la orquesta atacó Mood Indigo.
Al mirar por encima del desnudo hombro de ella, Jack vio a Derwent,
de pie junto a la mesa, acompañado por la muchacha del sarong. El mantel
blanco que cubría la mesa estaba lleno de botellas de champaña en sus
correspondientes cubos de hielo, y Derwent tenía en la mano una botella
recién abierta. A su alrededor se había formado un grupo que reía a
carcajadas. Frente a él y a la chica envuelta en el sarong, Roger hacía
grotescas piruetas, a cuatro patas, arrastrando lentamente la cola. En ese
momento estaba ladrando.
—¡Habla, muchacho, habla! —le ordenó Harry Derwent.
—¡Guau, guau! —respondió Roger y todos aplaudieron; algunos
hombres silbaron.
—Ahora, siéntate. ¡Siéntate, perrito!
Roger se enderezó, en cuclillas. El hocico de la máscara seguía
inmovilizado en su eterno mostrar los dientes. Por los agujeros de los ojos,
los ojos de Roger brillaban con frenética y sudorosa hilaridad. Al
enderezarse, extendió los brazos, dejando colgar las manos.
—¡Guau, guau!
Derwent volcó la botella de champaña, derramando un Niágara de
espuma sobre la máscara que lo miraba. Roger hizo unos ruidos frenéticos,
chapoteantes, entre los aplausos de todos. Algunas mujeres chillaban de risa.
—¿No es gracioso este Harry? —preguntó la compañera de Jack,
volviendo a oprimirse contra él—. Todo el mundo lo dice. Transmite y recibe
en dos bandas, sabes… y el pobre Roger, solamente en una. Una vez… pero
de esto hace meses, ¿eh?, se pasó un fin de semana con Harry en Cuba, y
ahora lo sigue por todas partes, meneando el rabito tras él.
Se rió, y la fragancia de los lirios subió de ella en una oleada.
—Pero claro, Harry no quiere saber nada de segundas partes en esa
banda, por lo menos… y Roger está enloquecido. Harry le dijo que si venía al
baile de máscaras disfrazado de perrito, pero de perrito listo, tal vez lo
volvería a pensar, y Roger es tan estúpido que…
La pieza terminó. Hubo más aplausos, y los músicos empezaron a bajar
del estrado para tomarse un descanso.
—Discúlpame, encanto —dijo ella de pronto—. Hay alguien a quien
tengo que… ¡Darla! Darla, queridísima, ¿dónde te habías metido?
Se le escapo entre la muchedumbre que comía y bebía, mientras Jack
la seguía estúpidamente con la mirada, preguntándose como era que había
llegado a bailar con ella, para empezar. No podía recordarlo. Parecía que los
incidentes se hubieran sucedido sin relación alguna. Primero aquí, después
allá, en todas partes. La cabeza le daba vueltas; sentía olor a lirios y a bayas
de enebro. Junto a la mesa cubierta de bebidas y de comestibles, Derwent
sostenía ahora un diminuto sandwich triangular sobre la cabeza de Roger,
mientras lo instaba, para general regocijo de los espectadores, a que diera
un salto mortal. La máscara de perro miraba hacia arriba; los costados subían
y bajaban como fuelles. De pronto, Roger dio un salto, bajando la cabeza y
procurando dar la vuelta en el aire. Saltó demasiado bajo, y estaba
demasiado exhausto; aterrizó torpemente de espaldas, golpeándose la
cabeza contra las baldosas. De la máscara de perro salió un áspero gruñido.
Derwent inició los aplausos.
—¡De nuevo, perrito! ¡De nuevo!
Inmediatamente, los espectadores empezaron la melopea —de nuevo,
de nuevo—, mientras Jack, sintiéndose vagamente asqueado, buscaba
tambaleante la salida.
Estuvo a punto de caerse sobre el carrito de las bebidas, que
transportaba un hombre ceñudo, de chaquetilla blanca. Al golpear con el pie
contra el estante inferior del carrito, las botellas y sifones entonaron una
azarosa melodía.
—Disculpe —farfulló Jack, que de pronto se sentía encerrado y
claustrofóbico; quería salir. Quería que el «Overlook» volviera a ser como
había sido, que quedara libre de esos huéspedes indeseables. A él no le
demostraban el respeto debido como verdadero iniciador del camino; no era
sino un extra más entre diez mil, un perrito que se hacía el muerto o se
sentaba según lo que le ordenaran.
—No tiene importancia —contestó el hombre de la chaquetilla blanca,
y a Jack le sonó a surrealista el inglés tajante y pulido viniendo de esa cara
de facineroso—. ¿Una copa?
—Un martini.
A espaldas de él volvieron a estallar las risas: Roger estaba aullando la
melodía de Home on the Range. Alguien lo acompañaba en el piano
«Steinway».
—Sírvase usted.
Sintió que le ponían en la mano el vaso helado y bebió con
agradecimiento; el gin volvía a atacar y desmoronar los primeros atisbos de
sobriedad.
—¿Está bien, señor?
—Perfecto.
—Gracias, señor.
El carrito echó a rodar de nuevo.
De pronto, Jack tendió la mano para tocar al camarero en el hombro.
—¿Sí, señor?
—Perdón, pero… ¿cómo se llama usted?
El otro no pareció sorprendido.
—Grady, señor. Delbert Grady.
—Pero usted… Quiero decir que…
El camarero lo miraba cortésmente. Jack volvió a hacer el intento,
aunque sentía la boca empastada por el gin y una sensación de irrealidad;
cada palabra le parecía tan grande como un cubo de hielo.
—¿No trabajó usted aquí como vigilante una vez? Cuando… Fue
cuando usted… —pero no pudo terminar. Le resultaba imposible decirlo.
—Pero no, señor. No lo creo.
—Pero su mujer… y sus hijas…
—Mi mujer trabaja como ayudante de cocina, señor. Y las niñas ya
están dormidas, por cierto. Es demasiado tarde para ellas.
—Pero usted fue el vigilante. Usted… —¡Demonios, dilo!—. Usted las
mató.
En el rostro de Grady no se leía más que inexpresiva cortesía.
—Yo no recuerdo absolutamente nada de todo eso, señor.
El vaso estaba vacío. Grady se lo quitó de los dedos, sin que Jack se
resistiera, y empezó a prepararle otra copa. En el carrito traía un pequeño
cubo de plástico blanco, lleno de aceitunas, que por alguna razón le hicieron
pensar a Jack en cabezas cortadas. Hábilmente, Grady ensartó una, la dejó
caer dentro del vaso y se lo entregó.
—Pero usted…
—El vigilante es usted, señor —articuló suavemente Grady—. Siempre
ha sido usted el vigilante. Estoy seguro, señor, porque yo siempre he estado
aquí. El mismo director nos contrató a los dos, al mismo tiempo. ¿Está bien
así, señor?
Jack se bebió de golpe el martini, sintiendo que la cabeza le daba
vueltas.
—El señor Ullman…
—No conozco a nadie de ese nombre, señor.
—Pero es que él…
—El director —dijo Grady—, es el hotel, señor. Supongo que se da
usted cuenta de quien lo contrato a usted, señor.
—No —dijo dificultosamente Jack—. No, yo…
—Creo que debe usted hablarlo más con su hijo, señor Torrance. Él lo comprende
todo, por más que no se lo haya explicado a usted. Muy criticable de su parte, señor, si me
permite el atrevimiento de decirlo. En realidad, lo ha contrariado a usted casi
constantemente, ¿no es verdad? Y no tiene todavía seis años.
—Sí, eso es —asintió Jack. Desde atrás de ellos llegó otra ráfaga de
risas.
—Es necesario que lo corrija usted, si no le molesta a usted que se lo
diga. Es necesario que hable un poco con él, y tal vez algo más. A mis hijas,
señor, al principio no les importaba el «Overlook». Una de ellas llegó incluso
a sustraerme una caja de cerillas e intentó pegarle fuego. Pero yo las corregí;
las corregí con toda severidad. Y cuando mi mujer intentó impedirme que
cumpliera con mi deber, la corregí a ella también —miró a Jack con una floja
sonrisa inexpresiva—. En mi opinión, es un hecho, triste pero cierto, que las
mujeres rara vez entienden la responsabilidad de un padre hacia sus hijos.
Maridos y padres tienen cierta responsabilidades, ¿no es así, señor?
—Si —coincidió Jack.
—Ellas no querían al «Overlook» como yo lo quería —siguió evocando Grady,
mientras empezaba a preparar otra copa. En la botella de gin, invertida, se elevaron
plateadas burbujas—. Como tampoco lo quieren su mujer y su hijo… por el momento, en
todo caso. Pero ya llegarán a quererlo. Debe usted mostrarles el error en que se encuentran,
señor Torrance. ¿No le parece?
—Sí. Claro que sí.
Bien que lo veía. Había sido demasiado blando con ellos. Maridos y
padres, tenían ciertas responsabilidades. Papá lo sabe mejor. Ellos no
comprendían. Y en realidad, eso no era ningún pecado, pero es que a
propósito no entendían. En general, Jack no era hombre duro. Pero creía en
el castigo, eso sí. Y si su mujer y su hijo se ponían a propósito en contra de
sus deseos, en contra de las cosas que el sabía que eran lo mejor para ellos,
entonces, ¿no tenía hasta cierto punto el deber…?
—Un hijo desagradecido es peor que la mordedura de una serpiente
—dijo Grady mientras le entregaba la bebida—. Realmente, creo que el
director podría poner en línea a su hijo. Y a su mujer también. ¿No cree
usted, señor?
De pronto, Jack dudó.
—Yo… es que… tal vez ellos podrían irse, quiero decir que, después de
todo, a quien quiere el director es a mí, ¿no es eso? Tiene que ser, porque…
Porque ¿qué? Jack sentía que debería saberlo, pero no. Su pobre
cerebro se sumergía.
—¡Perro malo! —decía Derwent en alta voz, entre un contrapunto de
risas—. Perro malo, que te haces pis en la alfombra.
—Naturalmente —Grady se inclinó sobre el carrito para hablarle en
tono confidencial—, usted sabe que su hijo intenta introducir en todo esto a
un extraño. Su hijo tiene un talento muy grande, que el director podría
emplear para introducir mejoras en el «Overlook», para, enriquecerlo,
digamos. Pero su hijo está empeñado en emplear ese verdadero talento
contra nosotros Es testarudo, señor Torrance. Muy testarudo.
—¿A un extraño? —pregunto Jack, estúpidamente.
Grady asintió, sin hablar.
—¿Quién?
—Un negro —respondió Grady—. Un cocinero negro.
—¿Hallorann?
—Creo que ése es su nombre, señor, sí.
Un nuevo estallido de risas detrás de ellos fue seguido por la voz de
Roger que decía algo en quejoso tono de protesta.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —empezó a salmodiar Derwent. Los que lo rodeaban le
hicieron eco, pero antes de que Jack alcanzara a oír qué era lo que querían
ahora que hiciera Roger, la orquesta empezó a tocar de nuevo, esta vez
Tuxedo Junction, con mucho saxo dulzón, pero con poca alma.
(¿Alma? Todavía nadie ha inventado el alma. ¿O no es así?)
(Un negro… un cocinero negro.)
Jack abrió la boca para hablar, sin saber lo que podría salirle. Lo que le
salió fue:
—Me dijeron que usted no había terminado la escuela secundaria,
pero su manera de hablar no es la de un hombre inculto.
—Es verdad que dejé muy temprano mi educación formal, señor. Pero
el director se ocupa de su personal. Considera que eso le rinde. La educación
siempre rinde, ¿no cree usted, señor?
—Sí —asintió Jack, aturdido.
—Por ejemplo, usted demuestra gran interés en saber más sobre el
«Overlook Hotel». Muy sensato por su parte, señor. Muy noble. En el sótano
fue dejado cierto álbum de recortes para que lo encontrara usted…
—¿Quién lo dejó? —preguntó ansiosamente Jack.
—El director, por supuesto. Si lo deseara usted, también se podría
poner a su disposición otros materiales…
—Sí, naturalmente que sí —Jack intentó controlar la ansiedad de su
voz, sin conseguirlo.
—Es usted un verdadero estudioso —dijo Grady—. Sigue hasta el final
con el tema. Agota todas las fuentes —bajó la poco inteligente cabeza, se
miró la solapa de su chaquetilla blanca y le sacudió con los nudillos, con
pulcritud, una mota de polvo que Jack no alcanzaba a ver.
—Y el director no pone límites a su generosidad —prosiguió—.
Ningún límite. Míreme a mí, con poco más que la escuela primaria, e
imagínese hasta dónde podría llegar usted en la estructura organizativa del
«Overlook». Tal vez a su tiempo hasta lo más alto…
—¿De veras? —susurró Jack.
—Pero eso, en realidad, queda librado a la decisión de su hijo, ¿no es verdad? —le
pregunto Grady, levantando las cejas abundantes y enmarañadas.
—¿De Danny? —Jack lo miró, frunciendo el ceño—. No, claro que no.
Yo no permitiría que mi hijo tomara decisiones referentes a mi carrera. De
ningún modo. ¿Por quien me toma usted?
—Por un estudioso —le aseguró cordialmente Grady—. Tal vez yo me
haya expresado mal, señor. Digamos que el futuro de usted aquí depende de
la forma en que decida usted enfrentar la indocilidad de su hijo.
—Yo tomo mis propias decisiones —susurro Jack.
—Pero debe usted ocuparse de él.
—Así lo haré.
—Y con firmeza.
—Naturalmente.
—Un hombre que no es capaz de controlar a su familia ofrece muy
poco interés a nuestro director. De un hombre que no puede encarrilar a su
mujer y a su hijo, mal puede esperarse que a su vez se encarrile, y menos aún
que asuma un cargo de responsabilidad en una operación de esta magnitud.
Si…
—¡Ya dije que me ocupare de él! —gritó súbitamente Jack, furioso.
Tuxedo Junction había terminado y la orquesta no había empezado
aún otra pieza. El grito se había oído perfectamente en el intermedio, y las
conversaciones se extinguieron de pronto a sus espaldas. Súbitamente sintió
como un fuego en toda la piel, y tuvo la absoluta seguridad de que todo el
mundo lo miraba. Habían acabado con Roger y podrían empezar ahora con
él. Échate. Siéntate. Hazte el muerto. Si juegas con nosotros, nosotros
jugaremos contigo. Cargo de responsabilidad. Lo que quería era que
sacrificara a su hijo.
(…Ahora sigue a Harry por todas partes, meneando el rabito tras él…)
(Échate. Hazte el muerto. Castiga a tu hijo.)
—Por aquí, señor —le decía en ese momento Grady—, hay algo que
puede interesarle.
Las conversaciones habían vuelto a empezar, subían y bajaban de tono
según su propio ritmo, entretejiéndose con la música de la orquesta, que
ahora tocaba una versión en swing de Ticket to Ride, de Lennon y
McCartney.
(Lo he oído mejor por los altavoces de los supermercados.)
Se rió estúpidamente, vio que en la mano izquierda tenia de nuevo
una copa mediada y la vació de un trago.
Ahora estaba de pie ante la repisa de la chimenea y el calor del
restallante fuego que ardía en el hogar le calentaba las piernas.
(¿fuego?., ¿en agosto?… sí… y no… todos los tiempos son uno)
Había un reloj bajo un fanal de cristal, flanqueado por dos elefantes
tallados en marfil. Las manecillas marcaban la medianoche menos un
minuto. Jack lo miró con ojos ofuscados. ¿Era eso lo que Grady quería que
viera? Se volvió para preguntárselo, pero Grady había desaparecido.
En mitad de Ticket to Ride, la orquesta prorrumpió en un estruendo
de bronces.
—¡La hora se acerca! —proclamó Horace Derwent—. ¡Medianoche! ¡A
desenmascararse! ¡A desenmascararse!
De nuevo, Jack intentó darse la vuelta para ver que rostros famosos se
ocultaban bajo lentejuelas, pinturas y máscaras, pero se encontró paralizado,
incapaz de apartar los ojos del reloj, cuyas manecillas habían llegado a
juntarse y apuntaban directamente hacia arriba.
—¡A desenmascararse! ¡A desenmascararse! —continuaba el
sonsonete.
El reloj empezó a sonar delicadamente. Por el raíl de acero que corría
bajo la esfera del reloj, de izquierda a derecha, avanzaron dos figuras. Jack
las observaba, fascinado, olvidando que era la hora de quitarse las máscaras.
El mecanismo del reloj chirrió, las ruedecillas de los engranajes giraron y se
articularon con un cálido resplandor de bronce. La rueda catalina se movía
hacia delante y hacia atrás con precisión.
Una de las figuras era un hombre alzado en las puntas de los pies, que
llevaba en las manos algo semejante a un garrote en miniatura. El otro
personaje era un niño pequeño que llevaba puesto un capirote. Las dos
figuras resplandecían con una fantástica precisión. En el frente del capirote
del niño se leía la palabra TONTO.
Los dos personajes se deslizaron hacia los extremos opuestos de un eje
de acero. Desde alguna parte llegaban, en débil e incesante tintineo, los
acordes de un vals de Strauss, que en la mente de Jack movilizaron con su
melodía un insano estribillo comercial: Tenga a su perro contento con Guau,
tenga a su perro contento con Guau…
El mazo de acero que tenía en las manos el papá mecánico descendió
sobre la cabeza del niño. El niño mecánico se desplomó hacia delante. El
mazo se elevaba y caía, se elevaba y caía. Las manos del niño, elevadas en
súplica y protesta, empezaron a vacilar. Estaba acurrucado y su cuerpo
resbaló hasta quedar tendido boca abajo. El martillo se elevaba y seguía
cayendo al ritmo leve y tintineante de la melodía de Strauss, y a Jack le
pareció que podía ver la cara del hombre, tensa y concentrada, como hecha
nudos, que alcanzaba a ver cómo la boca del papá de relojería se abría y se
cerraba mientras ponía como nuevo a su hijo, inconsciente y vapuleado.
Una gota roja se elevó contra el interior del fanal de cristal.
Otra la siguió, y dos más se estrellaron junto a ella.
Pronto el líquido rojo se empezó a elevar como un surtidor obsceno
que daba contra la pared de cristal del fanal y se escurría hacia bajo, velando
lo que sucedía en el interior, y con el líquido escarlata venían minúsculos
fragmentos de tela, de hueso, de sesos. Y Jack seguía viendo el martillo que
se alzaba y caía mientras el mecanismo de relojería seguía andando y las
ruedecillas de los engranajes giraban sin cesar para mantener en movimiento
el diabólico mecanismo.
—¡A desenmascararse! ¡A desenmascararse! —gritaba Derwent a sus
espaldas, y por alguna parte un perro gañía con tonos humanos.
(Pero una maquinaria de reloj no sangra una maquinaria de reloj no
sangra)
Todo el fanal estaba salpicado de sangre y Jack veía coágulos y
mechones de pelo pero nada más. A Dios gracias, no podía ver nada más, y
sin embargo pensaba que iba a ponerse enfermo porque seguía oyendo caer
los golpes, los oía caer a través del vidrio con tanta claridad como oía la
melodía del Danubio azul. Pero el ruido ya no era el tintineo mecánico de un
martillo mecánico que se desploma sobre una cabeza mecánica, era el
retumbo sordo y ahogado de un mazo de verdad que baja a estrellarse sobre
una ruina blanda, esponjosa. Una ruina que había sido antes…
—¡A DESENMASCARARSE!
(…¡sobre todos ellos imperaba la Muerte Roja!)
Con un horrible grito de angustia. Jack se apartó del reloj, con las
manos extendidas, y se dio la vuelta enredándose en sus propios pies, como
si fueran bloques de madera, para pedirles a todos que se detuvieran, que se
lo llevaran a él, a Danny, a Wendy, al mundo entero si querían, pero que por
favor se detuvieran y le dejaran un poquito de cordura, un poquito de luz.
El salón de baile estaba vacío.
Las sillas estaban puestas patas arriba sobre las mesas cubiertas de manteles de
plástico. La alfombra roja, con sus dibujos en oro estaba de forma extendida sobre la pista,
protegiendo la lustrada superficie de roble. El estrado para la orquesta estaba vacío, salvo
un micrófono sin conectar y una guitarra, polvorienta y sin cuerdas, apoyada contra la
pared. Una fría luz matinal, de mañana de invierno, se filtraba lánguidamente por las altas
ventanas.
A Jack la cabeza le daba aún vueltas, todavía se sentía borracho, pero
cuando volvió a mirar hacia la repisa de la chimenea, la borrachera se le
disipó. Allí no estaban más que los elefantes de marfil… y el reloj.
Tambaleándose, atravesó el vestíbulo frío y oscuro, y después el
comedor. Se enganchó el pie en la pata de una mesa y cayó cuan largo era,
derribando estrepitosamente la mesa. Se golpeó contra el suelo, y le empezó
a sangrar la nariz. Se levantó, aspirando sangre al tiempo que se enjugaba
con el dorso de la mano.
Fue hacia el Salón Colorado y apartó violentamente las puertas de
vaivén, haciéndolas chocar contra las paredes.
El lugar estaba vacío… pero los estantes del bar bien provistos.
¡Alabado sea Dios! El vidrio y los bordes plateados de las etiquetas relucían
cálidamente en la penumbra.
Una vez, recordó Jack, hacía muchísimo tiempo, se había enojado al
ver que no había espejo al fondo del bar. Ahora se alegraba. De haberlo
habido, no habría visto en él más que a otro borracho que acababa de
quebrantar su propósito de abstinencia: la nariz ensangrentada, la camisa
fuera de los pantalones, el pelo en desorden, la barba de dos días
(Así queda uno cuando mete la mano entera en el avispero.)
Repentinamente, la soledad lo invadió por completo. Jack gimió con
súbita desdicha, deseando con toda sinceridad estar muerto. Su mujer y su
hijo estaban arriba, y habían echado llave a la puerta para protegerse de él.
Los demás, se habían ido todos. La fiesta había terminado.
Se precipitó hacia delante, hacia el bar.
—Lloyd, ¿dónde carajo estás? —vociferó.
No hubo respuesta. En esa habitación
(celda)
de revestimiento acolchado, ni siquiera el eco de sus propias palabras
le daba una mínima ilusión de compañía.
—¡Grady!
Silencio. Sólo las botellas, rígidamente dispuestas en posición de
firmes.
(Échate. Hazte el muerto. Busca. Hazte el muerto. Siéntate. Hazte el
muerto.)
—No importa, ya me las arreglaré solo, maldita sea.
Mientras se acercaba al bar perdió el equilibrio y cayó hacia delante,
golpeándose la cabeza contra el suelo. Se levantó hasta quedar en cuatro
patas, con los ojos desorbitados, bizcos, farfullando ruidos sin sentido.
Después se desplomó, con la cabeza de lado, respirando con sonoros
ronquidos.
Afuera, el viento aullaba cada vez, con más fuerza, empujando
delante de sí la nieve incesante. Eran las ocho y media de la mañana.
45. AEROPUERTO DE STAPLETON, DENVER
A las 8:31 de la mañana, hora de las montañas, una mujer que viajaba
en el vuelto 196 de la «TWA» estalló en lágrimas y empezó a anunciar su
opinión personal, tal vez no del todo ajena para algunos otros pasajeros
(incluso para algún miembro de la tripulación), de que el avión iba a
estrellarse.
La mujer de rasgos afilados que iba sentada junto a Hallorann levantó
la cabeza de su libro.
—Papanatas —declaró, y tras ese breve análisis del carácter volvió a
sumergirse en la lectura. Durante el vuelo se había bebido dos vodkas con
zumo de naranja, que no parecían haberla descongelado en absoluto.
—¡Nos vamos a estrellar! —gritaba histéricamente la mujer—. ¡Oh,
estoy segura!
Una de las azafatas se le acercó, presurosa, y se puso en cuclillas junto
a su asiento. Hallorann pensó para sus adentros que solamente las azafatas y
las amas de casa muy jóvenes parecían capaces de ponerse en esa posición
con cierta gracia; lo cual es un talento raro y admirable. Siguió pensando lo
mismo mientras la azafata conversaba en voz baja, sedante, con la pasajera,
tranquilizándola poco a poco.
Hallorann no sabía qué les pasaba a sus restantes compañeros de
viaje, pero él personalmente estaba poco menos que muerto de miedo. Por
la ventanilla no se veía otra cosa que una densa cortina blanca. El avión se
balanceaba de un lado a otro en forma impresionante, acosado por rachas
que lo atacaban desde todos lados. Los motores tenían su funcionamiento
ajustado para compensar parcialmente el movimiento y, como resultado, el
suelo vibraba bajo los pies de los viajeros. En la clase turista, a espaldas de
ellos, varias personas gemían, una azafata acababa de pasar con una nueva
provisión de bolsitas de papel y, tres asientos delante, un hombre acababa
de vomitar sobre el National Observer y miraba con aire avergonzado a la
azafata que lo ayudaba a limpiarse.
—No se preocupe —lo consoló la muchacha—. Es lo mismo que me
pasa a mí con el Reader’s Digest.
Hallorann tenía la experiencia de vuelo suficiente para conjeturar lo
que había sucedido. Durante la mayor parte del viaje habían volado con el
viento de frente y de pronto, sobre Denver, el tiempo había empeorado
inesperadamente, de modo que era demasiado tarde para un cambio de
ruta que les permitiera entrar con un tiempo más favorable. Patitas para qué
os quiero.
(Amigo mío, si esto parece una jodida carga de caballería.)
Aparentemente, la azafata había conseguido calmar bastante la
histeria de la mujer, que seguía lloriqueando y sonándose con un pañuelo de
encajes, pero, por lo menos, había dejado de proclamar públicamente su
opinión sobre la posible terminación del viaje. Dándole una última
palmadita en el hombro, la azafata se incorporó, en el preciso instante en
que el 747 daba su peor bandazo. La joven retrocedió, tambaleante, y fue a
aterrizar en las rodillas del hombre que había vomitado en el periódico,
exhibiendo un delicioso trozo de pierna enfundada en nylon. El hombre
parpadeó y le palmeó bondadosamente el hombro. Aunque la chica le
devolvió la sonrisa, Hallorann pensó que se la notaba tensa. Esa mañana
había tenido un vuelo de mil demonios.
Se produjo un pequeño sobresalto cuando se entendió el anuncio de
NO FUMAR.
—Habla el capitán —informó una voz suave, de acento levemente
sureño—. Estamos a punto de empezar nuestro descenso en el aeropuerto
internacional de Stapleton. Hemos tenido un vuelo difícil y les pido
disculpas. Es posible que el aterrizaje también sea un poco difícil, pero no
tenemos previsto ningún problema grave. Les ruego que observen la
indicación de abrocharse el cinturón y de no fumar, y esperamos que
disfruten ustedes de su estancia en la ciudad de Denver. Esperamos
también…
El avión dio otra violenta sacudida y volvió a caer en otra bolsa de
aire. Hallorann sintió que se le revolvía el estómago. Varias personas (no
todas mujeres) gritaron.
—… tener el placer de volver a verles pronto en otro vuelo de «TWA».
—Espérame sentado —masculló alguien, detrás de Hallorann.
—Qué tontería —comentó la mujer de facciones afiladas, mientras
marcaba con una carterilla de cerillas vacía su libro y lo cerraba al ver que el
avión empezaba su descenso—. Cuando uno ha visto los horrores de una
pequeña guerra sucia… como usted o captado la degradante inmoralidad de
la política de intervención diplomática en el dólar que practica la «CIA»…
como yo… un aterrizaje difícil se reduce a una insignificancia. ¿No tengo
razón, señor Hallorann?
—Indudablemente, señora —asintió Hallorann, y siguió mirando la
nieve que se arremolinaba afuera.
—¿Puedo preguntarle cómo reacciona ante todo esto su plancha de
acero?
—Oh, con la cabeza no tengo problemas —le aseguró Hallorann—,
pero tengo el estomago un poco revuelto.
—Qué pena —y volvió a abrir su libro.
Mientras descendían por entre las impenetrables nubes de nieve,
Hallorann pensaba en un accidente aéreo que se había producido algunos
años atrás en el aeropuerto Logan, de Boston. Las condiciones eran similares,
sólo que lo que había reducido la visibilidad a cero era la niebla, no la nieve.
El tren de aterrizaje del avión había chocado con un muro de retención
próximo al final de la pista de aterrizaje. Lo que había quedado de los
ochenta y nueve pasajeros y tripulantes no era muy diferente a un estofado.
Hallorann pensaba que no le importaría tanto si sólo se tratara de él.
Ahora ya estaba poco menos que solo en el mundo, y a su funeral irían sobre
todo los que alguna vez habían trabajado con él, y el viejo renegado de
Masterton, que por lo menos se bebería una copa en su nombre. Pero el
chico… el chico confiaba en él. Tal vez no hubiera otra ayuda que ese niño
pudiera esperar, y a Hallorann no le gustaba la manera en que se había
interrumpido la ultima llamada. No dejaba de recordar la forma en que le
había parecido ver moverse a esos animales del seto…
Una delgada mano blanca se posó sobre la suya.
La mujer de cara afilada se había quitado las gafas, sin las cuales sus
facciones se suavizaban muchísimo.
—Todo saldrá bien —le dijo.
Hallorann le sonrió e hizo un gesto afirmativo.
Tal como les habían prevenido, el aterrizaje fue accidentado; el avión
tomó contacto con tierra con la brusquedad suficiente para derribar casi
todas las revistas del estante del frente y para provocar en la cocina una
cascada de bandejas de plástico que cayeron como enormes naipes. Aunque
nadie gritó, Hallorann oyó castañetear incontrolablemente más de una
dentadura.
Después se oyó el rugido de las turbinas al frenar el avión, y a medida
que aquél perdía volumen volvió a oírse por el intercomunicador la voz
sureña del piloto, suave aunque tal vez no del todo firme.
—Señoras y señores, acabamos de aterrizar en el aeropuerto de
Stapleton. Permanezcan, por favor, en sus asientos hasta que el avión se
haya detenido por completo en la terminal. Gracias.
La mujer sentada junto a Hallorann cerró el libro y exhaló un largo
suspiro.
—Señor Hallorann, nos espera aún otro día de lucha.
—Todavía no hemos terminado con éste, señora.
—Sí, es cierto. Muy cierto. ¿Le importaría a usted beber algo conmigo
en el bar?
—Me gustaría, pero tengo que acudir a una cita.
—¿Urgente?
—Muy urgente —afirmó con seriedad Hallorann.
—Algo que en su pequeña medida mejorará la situación general,
espero.
—También yo lo espero —asintió Hallorann, sonriendo. Ella le sonrió a
su vez y mientras lo hacía, diez años se le resbalaron silenciosamente de la
cara.
Como su único equipaje era la bolsa de vuelo, Hallorann fue el
primero en llegar al mostrador de «Hertz» en la planta baja. A través de los
vidrios ahumados de las ventanas se alcanzaba a ver que la nieve seguía
cayendo sin pausa. Las rachas de viento la arrastraban de un lado a otro,
formando nubes blancas, y la gente que atravesaba el aparcamiento se
defendía de ellas como podía. Un hombre perdió el sombrero, y Hallorann se
condolió con él al verlo elevarse gallardamente en el aire. El hombre se lo
quedó mirando, mientras Hallorann pensaba:
(Vaya, olvídate de él, hombre, que no creo que aterrice hasta llegar a
Arizona.)
Inmediatamente se le ocurrió:
(Si en Denver hace tan mal tiempo, ¿cómo estará al oeste de Boulder?)
Tal vez fuera mejor no pensar en eso.
—¿Puedo servirle en algo, señor? —le pregunto la chica con el
uniforme amarillo de «Hertz».
—Puede usted servirme, si tiene un coche —le sonrió Hallorann.
Por un poco más del precio medio pudo conseguir un coche algo más
pesado que los comunes, un «Buick Electra», negro y plata. Pero en lo que
pensaba Hallorann no era tanto en el estilo como en los serpenteantes
caminos de montaña; en algún lugar del camino tendría que detenerse para
que le pusieran cadenas, porque sin ellas no podría ir muy lejos.
—¿Qué tal está el tiempo? —preguntó mientras la chica le entregaba
el formulario para firmar.
—Dicen que es la peor tormenta que ha habido desde 1969 —contestó
ella, alegremente—. ¿Va usted muy lejos, señor?
—Más de lo que quisiera.
—Si quiere usted, señor, puedo telefonear a la estación de Texaco, en
el cruce con la 270, para que le pongan cadenas cuando llegue.
—Sería una verdadera bendición, se lo aseguro.
La chica levantó el teléfono e hizo la llamada.
—Estarán esperándole.
—Muchas gracias.
Cuando se apartó del mostrador, vio a la mujer de facciones afiladas
en una de las colas que se habían formado frente a la cinta de equipajes.
Todavía estaba leyendo su libro. Hallorann le hizo un guiño al pasar. Ella
levantó los ojos, le sonrió y le hizo el signo de la paz.
(esplende)
Todavía sonriendo, se levantó el cuello del abrigo y se cambio de
mano la bolsa de vuelo. Aunque no era más que un poquito, eso le hizo
sentirse mejor. Lamentaba haberle contado ese cuento de que tenia una
plancha de acero en la cabeza. Mentalmente le deseó el bien y, mientras
salía al aullido del viento y de la nieve, sintió que ella le deseaba lo mismo.
En la estación de servicio no cobraban mucho por colocar las cadenas, pero
Hallorann deslizó furtivamente un billete de diez dólares en la mano del hombre que lo
atendió, para conseguir que lo adelantaran un poco en la lista de espera. Así y todo, eran las
diez. menos cuarto cuando realmente se puso en camino, acompañado rítmicamente por el
ruido de los limpiaparabrisas y el traqueteo metálico y monocorde de las cadenas sobre las
grandes ruedas del «Buick».
La autopista era un desastre. Ni siquiera con cadenas se podía ir a más
de cincuenta. Los coches se salían de la ruta en los ángulos más inverosímiles,
y en algunas pendientes el tráfico estaba atascado: los neumáticos de
verano, sin cadenas, patinaban irremisiblemente en el polvo de nieve. Era la
primera tormenta importante del invierno allí, en las tierras bajas (si es que
se podía llamar «bajo» a mil seiscientos metros sobre el nivel del mar). A
muchos los había tomado desprevenidos, y era natural, pero así y todo
Hallorann no podía dejar de maldecirlos mientras avanzaba por entre ellos,
centímetro a centímetro, tratando de ver en el retrovisor exterior, rodeado
de nieve, para asegurarse de que
(Se le abalanzaba entre la nieve…)
no se le acercaba nadie por el carril de la izquierda.
La mala suerte seguía esperándolo en la rampa de acceso a la ruta
número 36. Esa ruta, la autopista de peaje que lleva de Denver a Boulder, va
también hacia el Oeste, hasta Estes Park, donde se une a la ruta 7 por un
camino conocido también como Carretera de las Tierras Altas, que atraviesa
Sidewinder, pasa por el «Overlook Hotel» y finalmente desciende por la
planicie occidental hasta llegar a Utah.
La rampa de acceso estaba bloqueada por un camión volcado,
alrededor del cual ardían las balizas como las velitas en el bizcocho de
cumpleaños de algún niño idiota.
Hallorann detuvo el coche y bajó la ventanilla. Un policía
encasquetado hasta las orejas con un gorro cosaco de piel le indicó con una
mano enguantada que se uniera a la caravana de vehículos que iban hacia el
Norte por la I-25.
—¡Por aquí no se puede pasar! —gritó entre el aullido del viento—.
¡Pase dos entradas más, tome la 91 y entre por la 36 en Broomfield!
—¡Creo que puedo darle la vuelta por la izquierda! —gritó a su vez
Hallorann—. ¡Lo que usted me dice es un rodeo de más de treinta
kilómetros!
—¡Lo que yo le digo, usted lo hace! —volvió a gritar el policía—. ¡Este
acceso está cerrado!
Hallorann dio marcha atrás, esperó a encontrar por dónde meterse y se incorporo al
tráfico de la ruta 25. Los letreros le informaron que estaba apenas a ciento sesenta
kilómetros de Cheyenne, Wyoming. Si no alcanzaba a ver la rampa de salida, iría a terminar
allí.
Llevó la velocidad a cerca de sesenta, pero sin atreverse a más. La
nieve amenazaba ya con atascarle los limpiaparabrisas, y el tráfico estaba
verdaderamente enloquecido. Un rodeo de más de treinta kilómetros.
Maldijo por lo bajo, mientras surgía otra vez en él, con urgencia casi
sofocante, la sensación de que el chico tenía cada vez, menos tiempo. Y
además, le invadía la convicción fatalista de que de ese viaje no volvería.
Encendió la radio y fue pasando anuncios navideños hasta dar con un
pronóstico meteorológico.
—… ya quince centímetros, y se espera que esta noche caigan unos
treinta centímetros más en el área metropolitana de Denver. La Policía
Municipal y la del Estado ruegan que nadie saque su coche a menos que sea
absolutamente necesario, y advierten al público que la mayoría de los pasos
de montaña se encuentran ya cerrados. De manera, estimados oyentes, que
a quedarse en casita y a sintonizar…
—Gracias, señora —gruñó Hallorann, y cortó furiosamente la radio.
46. WENDY
A mediodía, en un momento en que Danny había ido al cuarto de
baño, Wendy sacó de bajo la almohada el cuchillo envuelto en el paño de
cocina, se lo puso en el bolsillo de la bata y fue hacia la puerta del baño.
—¿Danny?
—¿Qué?
—Voy abajo a preparar algo para el almuerzo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. ¿Quieres que baje contigo?
—No, yo lo subiré. ¿Qué te parece una tortilla de queso y un plato de
sopa?
—Perfecto.
Ante la puerta cerrada, Wendy titubeó un momento más.
—Danny, ¿está bien así? ¿Seguro?
—Sí —respondió la voz del chico—. Pero ten cuidado.
—¿Dónde está papá? ¿Tú sabes?
—No. Pero ve tranquila. —La voz era extrañamente calmada.
Wendy sofocó la necesidad de seguir preguntando, de seguir
picoteando los bordes de la cosa. La cosa estaba ahí, los dos sabían de qué se
trataba, y seguir insistiendo sólo serviría para asustar más a Danny… y a ella.
Jack había perdido el juicio. Alrededor de las ocho de la mañana,
mientras la tormenta volvía a cobrar nuevo impulso, Wendy y su hijo,
sentados en la cuna, lo habían oído pasearse por la planta baja, entre
bramidos y tropezones. Casi siempre, los ruidos parecían llegar del salón de
baile. Jack cantaba desafinadamente fragmentos de canciones, daba
expresión a una de las partes de una discusión, en un momento dado había
gritado con todas sus fuerzas, helándoles la sangre a ambos, mientras se
miraban sin hablar. Finalmente, lo habían oído atravesar de nuevo el
vestíbulo, tambaleante, y Wendy tenía la impresión de haber escuchado un
gran golpe sordo, como si se hubiera caído o hubiera abierto violentamente
una puerta. Desde las ocho y media más o menos, hacia ya tres horas y
media, sólo había habido silencio.
Wendy tomó por el corto pasillo, siguió por el corredor principal de la
primera planta y fue hacia la escalera. En el descansillo de la primera planta
se detuvo a mirar hacia el vestíbulo. Parecía desierto, pero el día gris y de
nieve dejaba gran parte del largo salón en las sombras. Danny podía
equivocarse. Jack podía estar escondido detrás de un sillón o de un sofá, tal
vez detrás del mostrador de recepción . esperando a que ella bajara…
Wendy se humedeció los labios.
—¿Jack?
No hubo respuesta.
Con la mano sobre el mango del cuchillo, siguió bajando. Wendy se
había imaginado muchas veces el final de su matrimonio: el divorcio, la
muerte de Jack en un accidente, por conducir bebido (la visión más habitual
en la oscuridad de las madrugadas de espera cuando vivían en Stovington) y
alguna vez había fantaseado que llegaría otro hombre, un héroe de novela
de aventuras que se la llevaría, junto con Danny, en la silla de su corcel
blanco como la nieve. Pero jamás se había representado a sí misma
merodeando por pasillos y escaleras como un ladrón, con la mano cerrada
firmemente sobre un cuchillo para defenderse de Jack.
Al pensarlo la invadió una oleada de desesperación, y tuvo que
detenerse en mitad de la escalera, aferrándose al pasamanos, temerosa de
que las rodillas se le doblaran.
(Admítelo. No es solamente Jack. Jack no es más que la única cosa
sólida, en medio de todo esto, a la que puedes colgarle todas las demás, las
cosas que no puedes creer y que sin embargo te ves obligada a creer, esa
historia de los setos, el grupo de la fiesta en el ascensor, ese antifaz.)
Intentó detener el pensamiento, pero era demasiado tarde.
(Y las voces.)
Porque, de vez en cuando, la impresión no había sido la de que ahí
abajo hubiera un loco solitario, conversando con los fantasmas de su propia
mente alterada, gritándoles. Algunas veces, como una onda de radio que se
pierde y que vuelve alternativamente, Wendy había oído —o le había
parecido oír— otras voces, y música, y risas. En un momento había oído que
Jack mantenía una conversación con alguien que se llamaba Grady (y el
nombre le parecía vagamente conocido, pero no podía identificarlo),
dirigiendo afirmaciones y haciendo preguntas al silencio, pero hablando en
voz alta, como si tuviera que hacerse oír por encima de un constante bullicio
de fondo. Y después, escalofriantes, se oían otros ruidos que parecían
completar el rompecabezas: la música de una orquesta, gente aplaudiendo,
un hombre que con voz divertida, pero autoritaria, intentaba persuadir a
alguien de que pronunciara un discurso. Durante treinta segundos a un
minuto, Wendy oía esas cosas y se sentía a punto de desmayarse de terror;
después, todo volvía a esfumarse y sólo quedaba la voz de Jack, hablando en
ese tono de mando, aunque ligeramente pastoso, que ella recordaba como
su hablar de borracho. Pero en el hotel no había nada para beber, salvo el
jerez de la cocina. ¿O no era así? Sí, pero… si ella se podía imaginar que el
hotel estaba lleno de voces y de música, ¿acaso no podía Jack imaginarse
que estaba borracho?
La idea no le gustaba. No le gustaba nada.
Al llegar al vestíbulo, miró a su alrededor. El cordón de terciopelo que
cerraba simbólicamente el salón de baile estaba en el suelo, y el poste de
acero que lo sostenía había sido derribado, como si alguien hubiera chocado
con él al pasar. Una descolorida luz blanca, proveniente de las ventanas altas
y estrechas del salón de baile, atravesaba la puerta abierta e iba a dar sobre
la alfombra del vestíbulo. Con el corazón palpitante, Wendy fue hasta las
puertas abiertas del salón de baile para mirar hacia adentro. Estaba vacío y
silencioso, y no se oía mas que esa extraña especie de eco que parece
perdurar en todos los ámbitos muy grandes, desde una imponente catedral
hasta un modesto salón de bingo pueblerino.
Wendy volvió al mostrador y allí se quedó un momento indecisa,
escuchando cómo vociferaba el viento afuera. Era la peor tormenta que
habían tenido hasta entonces, y su fuerza todavía seguía en aumento. En
algún lugar del ala Oeste se había roto la cerradura de un postigo, y la hoja
se sacudía incesantemente con un ruido seco y crujiente, como si fuera un
tiro al blanco con un solo cliente.
(Jack, realmente tendrías que ocuparte de eso. Antes de que entre
algo.)
Wendy se preguntó qué haría si él se le apareciera en ese momento. Si
surgiera detrás del oscuro escritorio barnizado, con su pila de formularios
por triplicado y su campanilla plateada, como uno de esos muñecos que
saltan por sorpresa de una caja, pero un muñeco asesino, sonriente, con una
maza en una mano y ninguna expresión humana en los ojos. ¿Se quedaría
helada de terror, o le quedaría el instinto maternal necesario para luchar con
él por el hijo de ambos, hasta que uno de los dos muriera? Wendy no lo
sabía, y de sólo pensarlo se sentía enferma, sentía que toda su vida había
sido un sueño largo y fácil que de ninguna manera la había preparado para
esta pesadilla despierta. Wendy no estaba endurecida. Cuando tenía un
problema, dormía. Su pasado no tenía nada notable. Jamás se había visto
sometida a una prueba de fuego, y ésta a la que se veía sometida no era de
fuego, era de hielo, y no podía pasarla durmiendo. Su hijo estaba arriba y la
esperaba.
Aferró con más fuerza el mango del cuchillo y miró por encima del
mostrador.
No había nada.
El alivio se canalizó en un largo suspiro.
Wendy apartó la puerta y pasó, no sin hacer una pausa para mirar en
el interior del despacho antes de entrar. Buscó a tientas, antes de atravesar
la puerta siguiente, las llaves de la luz de la cocina, esperando que en
cualquier momento una mano se cerrara sobre la suya. Después las luces
fluorescentes se encendieron, zumbando y titilando, y Wendy vio la cocina
del señor Hallorann… su cocina, ahora, para bien o para mal: azulejos verde
pálido, fórmica reluciente, esmaltes inmaculados, resplandecientes bordes
cromados. Le había prometido que le conservaría la cocina limpia, y lo había
cumplido. Sentía como si fuera uno de los «lugares seguros» de Danny. Era
como si allí la presencia de Dick Hallorann la rodeara y la consolara. Danny
había llamado al señor Hallorann y allá arriba, sentada junto a su hijo,
aterrorizados ambos mientras su marido deliraba y desvariaba abajo, a
Wendy eso le había parecido la más débil de todas las esperanzas. Pero
ahora que estaba allí, en el lugar del señor Hallorann, le parecía casi posible.
Tal vez Hallorann estuviera ya en camino, empeñado en llegar hasta ellos
pese a la tormenta. Tal vez.
Fue hacia la despensa, descorrió el cerrojo y entró. Buscó una lata de
sopa de tomates, volvió a cerrar la puerta y a correr el cerrojo. La puerta
cerraba muy bien contra el suelo y, si uno la mantenía con cerrojo, no tenía
que preocuparse de que ratas o ratones fueran a ensuciar el arroz, la harina
o el azúcar.
Abrió la lata y dejó caer el contenido, con su consistencia gelatinosa,
en una cacerola donde resonó con un plop. Fue a la nevera en busca de
leche y huevos para la tortilla. Después a la cámara frigorífica a buscar el
queso. Todas esas acciones, tan comunes, tan parle de su vida antes de que
el «Overlook» se convirtiera en parte de su vida, la ayudaron a calmarse.
Wendy derritió la mantequilla en la sartén, diluyó la sopa con leche,
vertió en la sartén los huevos batidos.
Súbitamente tuvo la sensación de que alguien estaba de pie detrás de
ella, pronto a estrangularla.
Giró en redondo, mientras aferraba el cuchillo. No había nadie.
(¡A ver si te dominas, muchacha!)
Ralló la cantidad necesaria de queso, se lo agregó a la tortilla, la
removió y bajó el gas hasta dejarlo reducido a un anillo de tenue llama azul.
La sopa ya estaba caliente. Puso la sopera sobre una bandeja grande, junto
con los cubiertos, dos tazones, dos plalos, el salero y el pimentero. Cuando la
tortilla estuvo hinchada y dorada, Wendy la deslizó sobre uno de los platos y
la tapó.
(Ahora, a volverfe por donde viniste. Apaga las luces de la cocina.
Atraviesa el despacho, después la puerta del mostrador, recoge doscientos
dólares.)
Se detuvo en el costado del mostrador hacia el vestíbulo y dejó la
bandeja junto a la campanilla plateada. La irrealidad no daba más que hasta
cierto punto; todo eso era una especie de surrealista juego del escondite.
Con el ceño fruncido. Wendy se detuvo en la penumbra del vestíbulo.
(Esta vez, no fuerces los hechos, muchacha. Hay ciertas realidades, por
lunática que pueda parecerte la situación. Una de ellas es que tal vez tú seas
la única persona responsable que queda en medio de este grotesco montón.
Tienes a tu cuidado un hijo de cinco años, que va para seis. Y tu marido, sea
lo que fuere lo que le ha sucedido y por más peligroso que pueda ser… quizá
también sea parte de tu responsabilidad. Y aunque no lo fuera, piensa una
cosa: hoy es dos de diciembre. Si no aparece algún guardabosques, todavía
puedes pasarte cuatro meses aquí encerrada. Aunque empezarán a
extrañarse de que nadie haya recibido una llamada nuestra por la radio,
nadie va a venir hoy… ni mañana… ni en varias semanas tal vez. ¿Te vas a
pasar aquí un mes bajando furtivamente a buscar la comida con un cuchillo
en el bolsillo, y sobresaltándole al menor ruido? ¿Realmente crees que
puedes eludir a Jack durante un mes? ¿O piensas que puedes impedirle que
suba si a él se le ocurre entrar? Él tiene la llave maestra, y de una patada
puede hacer saltar el cerrojo.)
Dejando la bandeja sobre el mostrador, Wendy avanzó lentamente
hacia el comedor y miró hacia adentro. Estaba desierto. Había una sola mesa
con las sillas dispuestas a su alrededor: la que ellos habían intentado usar
para comer, hasta que la vacía soledad del comedor los ahuyentó.
—¿Jack? —llamó con vacilación.
En ese momento se elevó una ráfaga de viento que arremolinó la
nieve contra los postigos, pero a Wendy le pareció que había oído algo más.
Una especie de gruñido ahogado.
—¿Jack?
Esa vez no alcanzó a oír nada, pero en cambio sus ojos se posaron
sobre algo que estaba bajo las dobles puertas de vaivén del Salón Colorado,
algo que brillaba débilmente en la luz mortecina. El encendedor de Jack.
Reunió todo su valor para atravesar las puertas de vaivén, abriéndolas
de par en par. El olor del gin era tan fuerte que el aliento se le atravesó en la
garganta. Ni siquiera se le podía llamar olor; era un tufo, realmente. Pero los
estantes estaban vacíos. ¿Dónde podía haberlo encontrado, por Dios? ¿Una
botella escondida en alguno de los armarios? ¿Dónde?
Se oyó otro gruñido, bajo e impreciso, pero perfectamente audible
esta vez. Wendy avanzó lentamente hacia el bar.
—¿Jack? —Nadie respondía.
Wendy miró por encima del bar y ahí lo encontró, despatarrado en el
suelo, sumido en el estupor. Borracho como un lord, por el olor. Debía de
haber intentado pasar por encima del mostrador y perdió el equilibrio.
Increíble que no se hubiera roto el pescuezo. Un viejo proverbio acudió a su
memoria: De los borrachos y de los niños se cuida Dios. Amén.
Sin embargo, Wendy no estaba enfadada con él; al mirarlo, pensó que
parecía un chiquillo horriblemente cansado que se hubiera esforzado
demasiado, hasta quedarse dormido en mitad del suelo del cuarto de estar.
Jack había dejado de beber, pero no era él quien había tomado la decisión
de volver a empezar; en el edificio no había bebidas para comenzar …
entonces, ¿de dónde habían venido?
A lo largo de la barra en forma de herradura, separadas por distancia
de un metro aproximadamente, había botellas de vino con envoltura de
paja, cada una con una vela en la boca. Deben creer que eso parece
bohemio, pensó Wendy. Levantó una y la sacudió, esperando casi oír el ruido
del gin en su interior
(vino nuevo en botellas viejas)
pero no había nada, y la volvió a dejar.
Jack empezaba a moverse. Wendy dio la vuelta a la barra, encontró la
puerta de entrada y pasó al interior, donde estaba tendido Jack, sin
detenerse más que para mirar los relucientes grifos cromados. Estaban
completamente secos, pero al pasar cerca de ellos sintió olor a cerveza, un
olor húmedo y nuevo, como una fina niebla.
Iba llegando donde él estaba cuando Jack se dio la vuelta, abrió los
ojos y la miró. Durante un momento su mirada fue completamente
inexpresiva; después se aclaró.
—¿Wendy? —preguntó—. ¿Eres tú?
—Sí. ¿Crees que puedes subir si te ayudo? ¿Si te apoyas en mí? Jack,
¿dónde te…?
La mano de él se le cerró brutalmente en torno al tobillo.
—¡Jack! ¿Qué es lo que…?
—¡Te tengo! —exclamó él, con una mueca de triunfo. De él emanaba un olor rancio,
a gin y a aceitunas, que desencadenó en Wendy un antiguo terror, un terror más intenso
que ninguno de los que pudieran provenir del hotel. Una parte distante de sí misma
pensaba que lo peor era que todo hubiera quedado nuevamente reducido a eso: ella y su
marido borracho.
—Jack, quiero ayudarte.
—Ah, claro. Lo único que queréis tú y Danny es ayudar. —La presión
de la mano en el tobillo se hacía aplastante. Sin dejar de sujetarla, Jack iba
poniéndose temblorosamente de rodillas—. Tu quisiste ayudar a que nos
fuéramos todos de aquí. Pero… ahora… ¡te tengo!
—Jack, me haces daño en el tobillo.
—Ya te haré daño en algo más que en el tobillo, perra.
El insulto la dejó tan aturdida que Wendy no intentó siquiera moverse
cuando Jack le soltó el tobillo para ponerse de pie, tambaleante, y quedarse
inciertamente parado frente a ella.
—Tú nunca me amaste —se quejó—. Tú quieres que nos vayamos
porque sabes que de ese modo terminarás conmigo. ¿Pensaste alguna vez en
mis res… res… responsabilidades? No, no pensaste un carajo. En lo único en
que tú piensas es en la forma de hundirme. Eres lo mismo que mi madre,
¡perra de mierda!.
—Oh, basta —pidió Wendy, llorando—. No sabes lo que dices. Estás borracho. No sé
como, pero estás borracho.
—Oh, yo si lo sé. Bien lo sé ahora. Tú y él. Ese maldito cachorro de
arriba. Vosotros dos, haciendo planes juntos., ¿no es eso?
—¡No. no! ¡Jamás hemos planeado nada! ¿Qué es lo que…?
—¡Mentirosa! —aulló Jack—. ¡Si yo sé cómo hacéis! ¡Vaya si lo se!
Cuando yo digo que vamos a quedarnos aquí y que yo voy a hacer mi
trabajo, tu dices: «Sí, cariño», y él dice: «Sí, papito», y después os ponéis los
dos a hacer planes. Vosotros planeasteis usar el vehículo para la nieve;
fuisteis vosotros. Pero yo lo sabía; yo me di cuenta. ¿O creísteis que no me
daría cuenta? ¿Pensasteis que era un estúpido?
Wendy lo miraba atónita, incapaz ya de hablar. Jack la mataría,
primero ella y después a Danny. Entonces, tal vez el hotel se diera por
satisfecho y le permitiera suicidarse. Como aquel otro vigilante, como
(Grady.)
Con un horror que la llevó al borde del desmayo, Wendy se dio cuenta
por fin de quién era el personaje con quien Jack había estado conversando
en el salón de baile.
—Y tú pusiste a mi hijo en mi contra. Eso fue lo peor. —La compasión
de sí mismo le desfiguraba el rostro—. Mi hijito, que ahora también me odia.
Tú te encargaste de eso. Ése fue tu plan, desde el principio, ¿no es verdad?
Tú siempre estuviste celosa, ¿no es eso? Lo mismo que tu madre. No podías
estar satisfecha a menos que le comieras todo el pastel, ¿verdad? ¡Contenta!
Wendy no podía decir palabra.
—Bueno, pues ya te arreglaré —declaró Jack, e intentó rodearle la
garganta con las manos.
Wendy retrocedió un paso, después otro, y entonces Jack cayó sobre
ella. Recordó que tenía el cuchillo en el bolsillo de la bata e intentó buscarlo,
pero el brazo izquierdo de él ya la había rodeado y la tenía inmovilizada.
Wendy lo sentía muy cerca, oliendo a sudor y a gin.
—Necesitas un castigo —gruñía Jack—. Un correctivo… Un correctivo
bien fuerte…
Con la mano derecha le encontró la garganta. Al no poder respirar,
Wendy se sintió presa del pánico. Jack había unido la mano izquierda a la
derecha, y ahora Wendy quedaba en libertad de usar el cuchillo, pero se
había olvidado de él. Sus dos manos subieron en el intento desesperado de
apartar las de Jack, más grandes, más fuertes.
—¡Mami! —se oyó desde alguna parte el grito de Danny—. ¡Papito,
basta! ¡Le estás haciendo daño a mami! —gritó con voz penetrante, con un
sonido agudo y cristalino que Wendy oyó como si le llegara de muy lejos.
Frente a sus ojos, como danzarines de ballet, pasaban relámpagos de
luz roja. La habitación se oscureció. Wendy vio que su hijo trepaba al
mostrador y se arrojaba sobre los hombros de Jack. Repentinamente, una de
las manos que le apretaban la garganta desapareció: de un golpe, Jack se
había quitado de encima a Danny. El chico cayó contra los estantes vacíos y
rodó al suelo, aturdido. La mano volvió a la garganta de Wendy. Los
relámpagos rojos empezaron a volverse negros.
Danny lloraba débilmente. Wendy sentía como si tuviera fuego en el
pecho. Muy cerca de ella, Jack vociferaba:
—¡Ya te arreglaré! ¡Maldita sea, yo te enseñaré quién es el que
manda aquí! ¡Te mostraré…!
Pero todos los ruidos empezaban a desvanecerse por un largo
corredor oscuro. La defensa de Wendy empezó a debilitarse. Una de sus
manos soltó la de Jack y cayó lentamente hasta que el brazo quedó
extendido en ángulo recto con el cuerpo, la mano flojamente pendiente de
la muñeca como la mano de alguien que se ahoga.
La mano tocó una botella: una de las botellas de vino envueltas en
paja que servían como decorativos candeleros.
Sin poder verla, con el último resto de sus fuerzas, Wendy tanteó en
busca del cuello de la botella hasta encontrarlo, palpando las grasientas
chorreaduras de cera.
(oh dios si se me escapa de la mano)
La levantó y la dejó caer, rogando que el golpe fuera certero,
sabiendo que si solamente llegaba a acertarle en el hombro o en el brazo
podía darse por muerta.
Pero la botella cayó directamente sobre la cabeza de Jack Torrance, y
el vidrio se hizo pedazos, violentamente, dentro de la envoltura de paja. La
botella tenía la base gruesa y pesada, y al chocar contra el cráneo de Jack
produjo un ruido sordo como el de una gran pelota blanda que se hace
rebotar sobre un suelo de madera dura. Jack giró hacia atrás sobre los
talones, mientras los ojos le quedaban en blanco. La presión en la garganta
de Wendy empezó a ceder y después se aflojó por completo. Jack abrió las
manos, como en un intento de recuperar el equilibrio, y después se
desplomó de espaldas.
Wendy inhaló el aire con un gemido largo y sollozante. Ella también
se sentía a punto de caer; se aferró al borde del mostrador y consiguió
mantenerse en pie. La consciencia era como una ola que iba y venía.
Alcanzaba a oír llorar a Danny, pero no tenía la menor idea de dónde estaba
el niño. El llanto le llegaba como un eco en una cámara acústica.
Turbiamente, vio que grandes gotas de sangre caían sobre la superficie del
mostrador, y se imaginó que debían salirle de la nariz. Se aclaró la garganta
y escupió en el suelo. Toser le produjo un dolor intolerable en la columna, a
la altura del cuello, un dolor que se fue reduciendo luego a una sensación
dolorida, constante, pero soportable.
Poco a poco, consiguió ir recuperando el dominio de sí misma.
Dejó de apoyarse en el bar, se dio la vuelta y vio a Jack, tendido cuan
largo era, junto a la botella hecha pedazos. Parecía un gigante caído. Danny
estaba en cuclillas bajo la caja registradora del bar, con las dos manos en la
boca, mirando fijamente a su padre inconsciente.
Con paso inseguro, Wendy fue hacia él y lo tocó en el hombro. El
chico se apartó de ella.
—Danny, escúchame…
—No, no —farfulló el chiquillo con una ronca voz de viejo—. Papito te
hizo daño… tú le hiciste daño a papito… papito te hizo daño… Quiero irme a
dormir. Danny quiere irse a dormir.
—Danny…
—Dormir, dormir. Toda la noche.
—¡No!
El dolor volvió a atenazarle la garganta. Wendy dio un respingo, pero
Danny había abierto los ojos, que la miraban cautelosamente desde las
órbitas hundidas, rodeadas de sombras azules.
Sin apartar los ojos de los de él, Wendy se obligó a hablar con calma,
con voz ronca y baja que era apenas más que un susurro. Hablar le hacía
daño.
—Escúchame, Danny. No fue tu papá el que intentó hacerme daño. Ni
yo quise hacerle daño a él. El hotel se ha metido dentro de él, Danny. El
«Overlook» se ha metido dentro de tu papá. ¿Puedes entenderme?
Lentamente, cierta expresión de inteligencia volvió a los ojos de
Danny.
—Le dio Algo Malo —murmuró—. Pero antes no había nada de eso
aquí, ¿no es verdad?
—No, lo puso el hotel. El… —la acometió un ataque de tos, y Wendy
volvió a escupir sangre. Sentía la garganta hinchada, como si tuviera el doble
de su tamaño—. El hotel lo obligó a beber. Esta mañana, ¿oíste tú que él
estaba hablando con gente?
—Sí… con la gente del hotel…
—Yo también los oí. Y eso significa que el hotel se está haciendo más
fuerte. Quiere hacernos daño a todos. Pero yo creo… espero… que
únicamente puede conseguirlo a través de papito. Él fue el único de quien
pudo adueñarse. ¿Comprendes lo que te digo, Danny? Es tremendamente
importante que me comprendas.
—El hotel se adueñó de papito —con un gemido de impotencia, el
chico miró a Jack.
—Yo sé que tú quieres a papá. Y yo también. Tenemos que recordar
que el hotel trata de hacerle daño a él tanto como a nosotros.
Wendy estaba convencida de que lo que decía era verdad. Más aún:
pensaba que tal vez fuera a Danny a quien realmente quería el hotel, que el
chico podía ser la razón de que estuviera yendo tan lejos… tal vez, incluso, la
razón de que pudiera ir tan lejos. Hasta podría ser que, de alguna manera
desconocida, el esplendor de Danny estuviera abasteciendo de energía al
hotel, como lo hace una batería con el sistema eléctrico de un automóvil…
así como es la batería lo que hace arrancar el coche. Si conseguían salir de
allí, tal vez el «Overlook» volviera a asumirse en su viejo estado de
semiconsciencia, no volviera a ser capaz de otra cosa que de ofrecer
diapositivas de horror barato a los clientes más dotados de percepción
psíquica que entraran en él. Sin Danny, no era mucho más que la casa
encantada de un parque de atracciones, donde tal vez uno o dos huéspedes
podrían oír golpecitos, o escuchar los ruidos fantasmagóricos de una fiesta
de disfraces, o ver ocasionalmente algo que los inquietara. Pero si el hotel
absorbía a Danny… el esplendor de Danny o su fuerza vital o su espíritu…
como quiera que se llame… y se adueñara de él… entonces, ¿qué sucedería?
La sola idea le hizo sentir frío.
—Ojalá papito estuviera mejor —suspiró Danny, y las lágrimas
volvieron a correrle por la cara.
—Yo también lo quisiera —asintió Wendy, mientras lo abrazaba
estrechamente—. Por eso, tesoro, tienes que ayudarme a poner a papá en
alguna parte, en algún lugar donde el hotel no pueda obligarlo a que nos
haga daño, y donde no pueda dañarse él tampoco. Después… si viene tu
amigo Dick, o un guarda del parque podremos llevárnoslo, y tal vez podría
volver a ponerse bien. Todos podríamos ponernos bien. Creo que todavía
podemos tener una oportunidad, si somos fuertes y valientes, como lo fuiste
tú cuando le saltaste sobre la espalda. ¿Me entiendes?
Al mirarlo con un gesto de súplica, Wendy pensó qué extraño era
todo; jamás había visto cuánto se parecía Danny a Jack.
—Sí —dijo el chico, e hizo un gesto de asentimiento—. Creo que… si
podemos sacarlo de aquí… todo volverá a ser como era. ¿Dónde podríamos
ponerlo?
—En la despensa. Allí tiene comida, y se la puede cerrar desde afuera
con un buen cerrojo. Y es abrigado. Y nosotros comer lo que tenemos en la
nevera y en el congelador. Habrá suficiente para los tres, hasta que nos
llegue alguna ayuda.
—¿Lo hacemos ahora mismo?
—Sí, ahora mismo, antes de que se despierte.
Danny abrió la puerta del mostrador del bar mientras Wendy le
cruzaba a Jack las manos sobre el pecho, deteniéndose un instante para oírlo
respirar, con ritmo lento, pero regular. Por el olor que emanaba de él se dio
cuenta de que debía haber bebido mucho… y ya no estaba habituado.
Wendy pensó que lo que lo había dejado fuera de combate podía haber sido
tanto el licor como el golpe en la cabeza.
Levantándole las piernas, empezó a arrastrarlo por el suelo. Hacía casi
siete años que estaba casada con él y muchísimas veces —miles— el cuerpo
de Jack había estado sobre el de ella, pero Wendy jamás se había dado
cuenta de lo pesado que era. El aliento silbaba dolorosamente al entrar y
salir de su garganta magullada. Sin embargo Wendy se sentía mejor de lo
que se había sentido en muchos días. Estaba viva. Después de haber estado
tan al borde de la muerte, eso era inapreciable. Y Jack también estaba vivo.
De pura suerte, más bien que por haberlo planeado, habían encontrado
quizá la única manera que podía sacarlos a todos del atolladero.
Jadeante, se detuvo un momento, sosteniendo contra las caderas los
pies de Jack. La situación le hacía recordar el grito del viejo capitán en La isla
del tesoro cuando el viejo ciego Pew le entregó la Señal Negra: ¡Esto ya está!
Pero entonces recordó, con inquietud, que el viejo lobo de mar había
caído muerto apenas unos pocos segundos después.
—¿Está bien, mamá? ¿No es… no es demasiado pesado?
—Me las arreglo —Wendy empezó de nuevo a arrastrar a Jack. Danny
estaba junto a su padre. Una de las manos se le había deslizado del pecho, y
el chico volvió a plegársela suavemente, con amor.
—¿Estás segura, mamá?
—Sí, Danny, es lo mejor.
—Es como ponerlo en la cárcel.
—Sólo será por un tiempo.
—Bueno, está bien. ¿Estas segura de que puedes hacerlo?
—Sí.
Pero la cosa no sería tan fácil. Al pasar los umbrales, Danny había
sostenido con ambas manos la cabeza de su padre, pero al entrar en la
cocina se le resbalaron en el pelo grasiento de Jack, y la cabeza de éste fue a
golpear contra las baldosas. Jack empezó a gemir y a moverse.
—Tenéis que usar humo —farfulló con voz. pastosa—. Ahora corred a
traerme esa lata de gasolina.
Wendy y Danny intercambiaron una tensa mirada de alarma
—Ayúdame —pidió ella, en voz baja.
Durante un momento pareció que Danny se quedara paralizado junto
al rostro de su padre. Después, con movimientos espasmódicos, se puso junto
a Wendy y la ayudó a sostenerle la pierna izquierda. Entre los dos lo
arrastraron por el suelo de la cocina en una especie de pesadilla que parecía
filmada a cámara lenta y en la que no había más ruido que el débil zumbido
de insecto de las luces fluorescentes y el ritmo trabajoso de su propia
respiración.
Cuando llegaron a la despensa, Wendy dejó en el suelo los pies de
Jack y empezó a manipular el cerrojo. Danny miraba a su padre, que de
nuevo yacía flojo y relajado. La parte de atrás de la camisa se le había salido
de los pantalones mientras lo arrastraban hasta allí, y Danny no sabia si su
padre estaría demasiado borracho para sentir frío. Le parecía mal encerrarlo
en la despensa como si fuera un animal salvaje, pero ya había visto lo que
intentó hacerle a su madre. Mientras aun estaba arriba, ya había percibido lo
que su papá iba a hacer. Los había oído discutir dentro de su cabeza.
(Si pudiéramos estar todos fuera de aquí. O si esto no fuera más que
un sueño que tengo, mientras estamos allá en Stovington. Si…)
El cerrojo estaba atascado.
Wendy tiraba de él con todas sus fuerzas, sin conseguir moverlo. No
podía correr el maldito cerrojo. Qué estupidez, qué cosa injusta, si cuando
entró en la despensa a buscar la lata de sopa lo había abierto sin ninguna
dificultad. Pero ahora no quería moverse, ¿y qué podían hacer entonces? No
podían ponerlo dentro del cuarto refrigerado; allí se congelaría y moriría.
Pero si lo dejaban suelto, cuando se despertara…
En el suelo, Jack volvió a moverse.
—Ya me ocuparé yo de eso —murmuró—. Ya entiendo.
—¡Se está despertando, mamá! —advirtió Danny.
Sollozando ya, Wendy tiró del cerrojo con ambas manos.
—¿Danny? —aunque todavía borroso, en la voz de Jack había un
matiz suavemente amenazante—. ¿Eres tú, doc?
—Tú sigue durmiendo, papá —respondió nerviosamente el chico—. Es
hora de dormir, ya sabes.
Levantó los ojos hacia su madre, que seguía luchando con el cerrojo, e
inmediatamente vio lo que pasaba. Wendy se había olvidado de hacer girar
el cerrojo antes de empujarlo hacia atrás, de manera que la pequeña traba
estaba atascada en su muesca.
—Déjame —dijo Danny en voz baja, y apartó las manos temblorosas
de su madre con las suyas, no mucho más firmes. Con el borde de la mano
aflojó la traba y el cerrojo retrocedió sin resistencia.
—Date prisa —urgió Danny. Al mirar hacia bajo vio que los ojos de
Jack habían vuelto a abrirse y que esa vez su papá lo miraba directamente a
él con una extraña mirada vacía y calculadora.
—Tú la copiaste —le dijo papá—. Sé que la copiaste. Pero está por
aquí, en alguna parte, y yo la encontraré. Te aseguro que la encontraré… —
las palabras volvieron a hacérsele inciertas.
Con la rodilla, Wendy empujó la puerta de la despensa para abrirla, sin advertir casi
el penetrante olor de frutas secas que salió del interior. Volvió a levantar los pies de Jack y
lo arrastro hacia adentro, jadeando ya penosamente, en el límite de sus fuerzas. En el
momento en que Wendy tiraba del cordón para encender la luz, Jack volvió a abrir los ojos.
—¿Qué es lo que estas haciendo? Wendy, ¿que es lo que estás
haciendo?
Cuando ella dio un paso para pasar por encima de él, Jack se movió
con rapidez; con una rapidez pasmosa. Una mano se lanzó hacia ella como
un látigo, y Wendy tuvo que dar el paso de costado y estuvo a punto de
caerse, para evitar que la agarrara. Así y todo, Jack había conseguido cogerla
por el dobladillo de la bata, y se oyó el crujido de la costura al desgarrarse
Ahora, Jack ya estaba en cuatro patas, con el pelo caído sobre los ojos,
como algún animal enorme. Un perro grande o un león.
—A la mierda con vosotros dos. Ya se lo que queréis. Pero no lo vais a
conseguir. Este hotel… es mío. Es a mí a quien quieren. ¡A mí, a mí!
—¡La puerta, Danny, cierra la puerta! —vociferó Wendy.
Con un fuerte golpe, el chico cerró tras ellos la pesada puerta de
madera, en el momento en que Jack saltaba. El picaporte se cerró y Jack se
estrelló inútilmente contra la puerta.
Las manecitas de Danny se tendieron hacia el cerrojo. Wendy estaba
demasiado lejos para ayudarlo; la cuestión del aprisionamiento o de la
libertad de Jack quedaría resuelta en un par de segundos. A Danny se le
escapó el cerrojo, lo volvió a coger y consiguió correrlo en el preciso instante
en que el picaporte, unos centímetros más abajo, empezaba a sacudirse
furiosamente. Después se inmovilizó de nuevo, pero entonces vino una serie
de golpes sordos, que daba Jack con el hombro contra la puerta. El cerrojo,
una barra de acero de casi un centímetro de diámetro, no dio señales de
aflojarse. Wendy dejó escapar su aliento lentamente.
—¡Dejadme salir de aquí! —gritaba furiosamente Jack—. ¡Dejadme
salir! Danny, ¡maldita sea, que soy tu padre y quiero salir! ¡A ver si haces lo
que te digo!
Automáticamente, la mano del niño se levantó hacia el cerrojo.
Wendy se la detuvo, apretándosela contra su pecho.
—¡Obedece a tu padre, Danny! ¡Haz lo que te digo! Mira que si no lo
haces, te daré una paliza que no olvidarás en tu vida. ¡Abre esta puerta si no
quieres que te aplaste los sesos!
Pálido como el papel, Danny miraba a su madre.
Los dos oían la respiración entrecortada de Jack, detrás de centímetro
y medio de sólido roble.
—¡Wendy! ¡Déjame salir! ¡Déjame ahora mismo! ¡Puta frígida y
barata! ¡Déjame salir! ¡Lo digo en serio! ¡Dejadme salir de aquí y os
perdonaré! ¡Si no, os haré picadillo! ¡Lo digo en serio! ¡Os haré pedazos de
tal manera que ni vuestra madre os reconozca! ¡Abrid la puerta, ahora!
Danny gemía y, al mirarle, Wendy se dio cuenta de que el chico estaba
a punto de desmayarse.
—Vamos, doc —le dijo, y ella misma se sorprendió de la calma de su
voz—. Recuerda que el que habla no es tu papá; es el hotel.
—¡Volved aquí y dejadme salir AHORA mismo! —vociferaba Jack.
Después se oyó un ruido áspero, reiterado, el de las uñas al empezar a rascar
el interior de la puerta.
—Es el hotel —repitió Danny—. Es el hotel, ya recuerdo.
Pero al mirar por encima del hombro, su carita estaba contraída,
aterrorizada.
47. DANNY
Eran las tres de la tarde de un día largo, muy largo.
Wendy y Danny estaban sentados en la cama grande, en sus
habitaciones. Compulsivamente, Danny daba vueltas en las manos al
«Volkswagen» en miniatura, color púrpura, con su monstruo asomándose
por el techo corredizo.
Mientras atravesaban el vestíbulo habían oído todo el tiempo los
golpes que daba su papá, los golpes y la voz, ronca y colérica, jactanciosa
como si fuera la de un rey destronado, vomitando promesas de castigo,
blasfemias, prometiéndoles a ambos que en la vida dejarían de lamentar
haberlo traicionado, después de los años que Jack se había pasado
sacrificándose por ellos.
Danny había pensado que desde arriba ya no llegarían a oírlo, pero
los alaridos de furia les llegaban perfectamente por el hueco del
montacargas. Mami estaba pálida, y tenía unas marcas horribles en el cuello,
donde papito había tratado de…
Danny seguía dando vueltas y vueltas en las manos al «Volkswagen»,
el premio que le había dado papá por haber estudiado tan bien sus lecturas.
(… donde papá había tratado de abrazarla con demasiada fuerza.)
Mamá puso música en el pequeño tocadiscos, un disco rayado, lleno
de corno y flauta, y le sonrió con aire de cansancio. Danny intentó devolverle
la sonrisa, pero no pudo. Hasta con el máximo de volumen, le parecía que
seguía oyendo a su papá que vociferaba y sacudía la puerta de la despensa
como un animal enjaulado. ¿Y si tenía que ir al cuarto de baño? Entonces,
¿qué haría?
Danny se puso a llorar.
Wendy bajó inmediatamente el volumen del tocadiscos, lo abrazó,
empezó a mecerlo en el regazo.
—Danny, amor, todo saldrá bien, ya verás. Si el señor Hallorann no
recibió tu mensaje, alguien lo recibirá. Tan pronto como pase la tormenta.
De todas maneras, antes de que pare nadie puede llegar hasta aquí arriba, ni
el señor Hallorann ni nadie. Pero cuando la tormenta termine todo se
arreglará. Nos iremos de aquí, y, ¿sabes lo que haremos para la próxima
primavera? ¿Los tres?
Con la cabeza apoyada en el pecho de ella, Danny hizo un gesto
negativo. No, no sabía. Le parecía que jamás volvería a haber una primavera.
—Saldremos a pescar. Alquilaremos un bote y saldremos a pescar,
como hicimos el año pasado en el lago Chatterton. Tú y yo, y papito. Y tal
vez saques una lubina para la cena… y tal vez no saques nada, pero ¿te
imaginas lo que nos divertiremos?
—Te quiero, mami —respondió el chico, abrazándose a ella.
—Oh, Danny… yo también te quiero.
Fuera, seguían los latigazos y los aullidos del viento.
Alrededor de las cuatro y media, cuando la luz del día empezaba a
amortiguarse, los gritos cesaron.
Los dos estaban sumidos en una inquieta modorra, Wendy con Danny
todavía en sus brazos, y ella no se despertó. Pero el chico sí. De alguna
manera, el silencio era peor, más amenazador que los gritos y los golpes
contra la recia puerta en la despensa. ¿Papito se habría dormido? ¿O se
habría muerto? ¿O qué?
(¿Se habría escapado?)
Quince minutos más tarde, el silencio era quebrado por un traqueteo
áspero, duro, metálico. Primero un chirrido, después un zumbido mecánico.
Con un grito, Wendy se despertó.
El ascensor estaba de nuevo funcionando.
Los dos se quedaron escuchándolo, con los ojos muy abiertos,
abrazándose. Iba de una planta a otra, se oía el golpe de la puerta, al
cerrarse y al abrirse. Se oían risas, gritos de borrachos, de vez en cuando
alaridos y el ruido de algo que se rompía.
En torno de ellos, el «Overlook» cobraba vida nuevamente.
48. JACK
Sentado en el suelo de la despensa con las piernas abiertas, con un
paquete de galletas entre ellas, Jack miraba hacia la puerta mientras iba
comiéndose las galletas una por una, sin saborearlas, comiéndoselas
simplemente, porque tenía que comer algo. Cuando saliera de allí
necesitaría de todas sus fuerzas. De todas.
En ese preciso instante pensaba que jamás en toda su vida se había
sentido tan desdichado. La mente y el cuerpo no eran más que un largo
escrito de dolor. La cabeza lo atormentaba, con el latido enfermizo de una
resaca. Y estaban también todos los demás síntomas: el mal sabor en la boca,
como si le hubieran pasado un rastrillo después de haber recogido estiércol,
el zumbido en los oídos, la densa palpitación del corazón, que parecía un
tam-tam. Además, le dolían muchísimo los hombros de tanto golpearlos
contra la puerta, y tenía la garganta irritada de tanto gritar inútilmente. Y se
había hecho un corte en la mano derecha, con el picaporte.
Y cuando saliera de allí, vaya si iba a repartir unas cuantas patadas.
Fue masticando una por una las galletitas, negándose a darle el gusto
al estómago, que quería vomitarlo todo. Recordó que en el bolsillo tenía
«Excedrina», pero decidió esperar a tener un poco mejor el estómago. No
tenía ningún sentido engullirse un analgésico para vomitarlo a las primeras
de cambio. Era cuestión de usar el cerebro, el celebrado cerebro de Jack
Torrance. ¿No es usted el tipo que pensaba vivir de su ingenio? Jack
Torrance, autor de bestsellers. John Torrance, aplaudido dramaturgo y
ganador del Premio de los Críticos, en Nueva York, John Stephen Torrance,
hombre de letras, pensador de valía, ganador del premio Pulitzer a los
setenta, por su conmovedor libro de memorias, Mi vida en el siglo veinte. Y
toda esa mierda se reducía a una sola cosa: vivir de su ingenio.
Vivir del propio ingenio es saber siempre dónde están las avispas.
Se puso otra galletita en la boca y la masticó.
Y a lo que todo se reducía en realidad, supuso Jack, era a que no
confiaban en él. A que no podían convencerse de que él sabía qué era lo
mejor para ellos y como conseguirlo. Su mujer había intentado usurpar su
lugar, primero valiéndose de un juego limpio
(bueno, más o menos),
después, sucio. Cuando sus insinuaciones mezquinas, sus gimoteantes
objeciones, no habían podido resistir el peso de los sólidos y meditados
argumentos de él, Wendy había puesto en contra de él a su hijo, había
intentado matarle con una botella, y después le había encerrado, y nada
menos que en la maldita despensa, entre todos los lugares posibles.
Con todo, una vocecilla interior seguía hostigándolo.
(Sí pero, ¿de dónde vino ese alcohol? ¿En realidad no es ese el punto
central? Tú ya sabes lo que te sucede cuando bebes, bien que lo sabes por
amarga experiencia. Cuando bebes, pierdes los estribos.)
Lanzó la caja de galletas a través de la pequeña habitación. Fue a
chocar contra un estante de latas de conserva y después cayó al suelo. Jack
miró la caja, se enjugó los labios con el dorso de la mano, después miró el
reloj. Eran casi las seis y media. Hacia horas que estaba allí dentro. Su mujer
lo había encerrado, y estaba allí desde hacia horas.
Sentía que ahora empezaba a entender a su padre.
Lo que él jamas se había preguntado, Jack se daba cuenta ahora, era
qué fue, exactamente, lo que por primera vez impulsó a su padre hacia la
bebida. Y realmente… si se decidía uno a ir en forma directa a lo que sus
antiguos alumnos habrían llamado el quid de la cuestión ¿no había sido la
mujer con quien se había casado? Semejante esponja estúpida, siempre
arrastrándose silenciosamente por toda la casa con esa expresión de mártir
resignada. ¿No había sido una bola de hierro encadenada al tobillo de su
padre? No, nada de bola de hierro y cadena. Ella jamas había tratado
activamente de convertir a papá en un prisionero, como había hecho Wendy
con él. Para el padre de Jack. su destino debía de haberse parecido más al de
McTeague, el dentista que al final de la gran novela de Frank Norris se
encuentra esposado a un cadáver, en medio del páramo. Sí, esa imagen era
mejor. Mental y espiritualmente muerta, su madre había estado esposada al
padre por el matrimonio. Y así y todo, su padre había intentado seguir el
camino recto mientras arrastraba por la vida ese cadáver en putrefacción.
Había intentado criar a sus cuatro hijos de manera que distinguieran el bien
y el mal, que entendieran lo que era la disciplina y, sobre todo, que
respetaran a su padre.
Pues bien, todos ellos habían sido unos ingratos, él el primero. Y
ahora estaba pagando el precio: su propio hijo también le resultaba un
ingrato. Pero aún tenía esperanzas. De alguna manera conseguiría salir de
allí, y les impondría un correctivo a los dos, bien severo. Para que le sirviera
de ejemplo a Danny, para que llegara el día en que, ya hombre, Danny
supiera mejor que su padre qué era lo que tenía que hacer.
Recordaba aquella cena del domingo, cuando su padre le había dado
de bastonazos a su madre, en la mesa… lo horrorizados que se habían
quedado él y sus hermanos. Pero ahora Jack advertía lo necesario que había
sido aquello; comprendía que su padre no había hecho más que fingir
ebriedad, que su ingenio se había mantenido despierto y alerta, atento al
más leve signo de falta de respeto.
Jack se arrastró hacia donde habían caído las galletas y de nuevo
empezó a comérselas, sentado junto a la puerta que Wendy había atrancado
de manera tan traidora. Se preguntaba qué sería exactamente lo que había
visto su padre, cómo era que la había descubierto en su comedia. ¿Habría
ocultado ella con la mano algún gesto despectivo? ¿La habría visto
sacándole la lengua? ¿Haciéndole algún gesto obsceno con los dedos? ¿O
simplemente lo habría mirado insolentemente, con arrogancia, convencida
de que él estaba demasiado idiotizado por la bebida para verla? Fuera lo
que fuese, él la había sorprendido mientras lo hacía, y la había castigado
severamente. Y ahora, veinte años más tarde, Jacky comprendía finalmente
la sabiduría de su padre.
Claro que siempre se podía decir que éste había sido un tonto al
casarse con una mujer así, al dejarse unir a semejante cadáver, para
empezar… y para colmo, a un cadáver irrespetuoso. Pero cuando los jóvenes
se casan deprisa, tienen mucho tiempo para arrepentirse, y tal vez su abuelo
se hubiera casado con una mujer del mismo tipo, de modo que
inconscientemente su padre lo había imitado, como le había sucedido
también a él mismo. Salvo que su mujer, en vez de conformarse con el papel
pasivo (había arruinado una carrera y obstaculizado otra), había optado por
la actitud —ponzoñosamente activa— de intentar destruir su última y mejor
oportunidad: llegar a ser miembro del personal del «Overlook» y ascender
quizás… hasta lo más alto, hasta el cargo de director con el tiempo. Wendy
trataba de arrebatarle a Danny, y Danny era el precio de que a él lo
aceptaran. Era una estupidez, claro, ya que no se entendía por qué querían
al hijo cuando podían tener al padre… pero era muy común que a los
patrones se les ocurrieran tonterías así, y la condición estipulada era esa.
Naturalmente, Jack advertía ahora que con ella no podría razonar.
Había procurado hacerla entrar en razones en el Salón Colorado, pero
Wendy no sólo se había negado a escucharlo: le había asestado un botellazo
en la cabeza. Pero ya habría otra oportunidad, y pronto. Ya conseguiría salir
de allí.
De pronto, contuvo el aliento e inclinó la cabeza. De alguna manera le
llegaba la música de un piano que tocaba un boogie-woogie, y se oían ecos
de risas y aplausos. Los ruidos llegaban amortiguados por la puerta de
madera, pero se oían. La canción era En la ciudad vieja se armará lío esta
noche.
Cerró los puños desesperanzado; y se contuvo para no volver a
emprenderla a puñetazos con la puerta. La fiesta empezaba nuevamente, y
habría de todo para beber. En alguna parte, bailando con algún otro, estaría
la muchacha que él había sentido tan enloquecedoramente desnuda bajo la
túnica de satén blanco.
—¡Ya me las pagaréis! —volvió a aullar—. ¡Ya me las pagaréis los dos,
malditos! ¡Os prometo que os haré tomar vuestra medicina por esto, seguro!
¡Os…!
—Tranquilo, tranquilo, vamos —se oyó decir a una voz, calma, del
otro lado de la puerta—. No hace falta gritar, amigo. Lo oigo perfectamente
bien.
De un salto, Jack se puso de pie.
—¿Grady? ¿Es usted?
—Sí, señor. Claro que sí. Parece que lo han encerrado a usted.
—Déjeme salir, Grady. Pronto.
—Por lo que veo, mal podría usted haberse ocupado del asunto que
hablamos, señor. De encarrilar a su mujer y a su hijo.
—Son ellos quienes me han encerrado aquí. ¡Quite el cerrojo, por
amor de Dios!
—¿Y dejó usted que lo encerraran? —en la voz de Grady se traslucía
una cortés sorpresa—. Vaya vaya. Una mujer que es la mitad de usted y un
niño pequeño. No es como para pensar que tenga usted madera de
directivo, ¿no le parece?
Acompasadamente, en la sien derecha de Jack empezó a latir una
vena.
—Déjeme salir, Grady, que yo me ocuparé de ellos.
—¿Lo hará, realmente, señor? Lo dudo —la cortés sorpresa había
cedido el paso a una cortés preocupación—. Me duele decir que lo dudo.
Hemos llegado… yo y los otros… hemos llegado a creer realmente que usted
no se toma todo esto muy a pecho. Y que no tiene las… las agallas
necesarias.
—¡Sí que las tengo! —gritó Jack—. ¡Las tengo, lo juro!
—¿Y nos traerá usted a su hijo?
—¡Sí! ¡Sí!
—Su mujer se opondrá enérgicamente a eso, señor Torrance. Y
aparentemente tiene… algo más de fuerza de lo que nos habíamos
imaginado. Y más recursos. A usted, indudablemente, parece que le ganó.
Jack oyó una risita.
—Tal vez, señor Torrance, deberíamos haber empezado desde el
primer momento a tratar con ella.
—Yo se los entregaré, lo juro —aseguró Jack, con la cara apoyada
contra la puerta, transpirando—. Y ella no se opondrá. Le juro que no. No
podrá.
—Me temo que tenga usted que matarla —dijo fríamente Grady.
—Haré lo que tenga que hacer. Usted déjeme salir.
—¿Me da usted su palabra, señor? —insistió Grady.
—Mi palabra, mi promesa, mi voto sagrado, lo que quiera, demonios.
Si…
Se produjo un chasquido al correrse hacia atrás el cerrojo.
Lentamente, la puerta se entreabrió. Jack dejó de hablar, de respirar.
Durante un momento tuvo la sensación de que la muerte misma estaba del
otro lado de esa puerta.
La sensación pasó.
—Gracias, Grady —susurró Jack—. Le juro que no lo lamentarán. Le
juro que no.
No hubo respuesta; Jack cobró conciencia de que todos los ruidos se
habían detenido, salvo el frío ulular del viento, afuera.
Empujó la puerta, y las bisagras cedieron con un débil chirrido.
La cocina estaba vacía. Grady había desaparecido. Todo estaba en
silencio, congelado bajo el frío resplandor blanco de los tubos fluorescentes.
Los ojos de Jack se posaron sobre la enorme tabla de picar carne que los tres
solían usar como mesa para las comidas.
Sobre ella había un vaso para martini, casi un litro de gin y un platillo
de plástico lleno de aceitunas.
Apoyado contra la mesa, estaba uno de los mazos de roque que se
guardaban en el cobertizo.
Jack estuvo largo rato mirándolo.
Después una voz, mucho más profunda, y más potente que la voz de
Grady, le habló desde alguna parte, desde todas partes… desde dentro de sí
mismo.
(Mantenga usted su promesa, señor Torrance.)
—Sí, lo haré —asintió, y él mismo percibió el bajo servilismo de su voz,
pero no era capaz de evitarlo—. Lo haré.
Fue hasta la mesa y apoyó la mano en el mango del mazo.
Lo levantó.
Lo blandió.
El mazo silbó malignamente en el aire.
Jack Torrance empezó a sonreír.

49. EL VIAJE DE HALLORANN
Eran las dos menos cuarto de la tarde, y según decían las señales de
carretera cubiertas de nieve y el cuentakilómetros del coche, Hallorann ya
debía estar a menos de cinco kilómetros de Estes Park cuando finalmente se
salió del camino.
En la sierra, la nieve caía más cerrada y más furiosa de lo que
Hallorann hubiera visto en su vida (lo que probablemente no era mucho
decir, ya que se las había arreglado siempre para ver tan poca nieve como le
fuera posible), y el viento soplaba en caprichosas rachas, que tan pronto
venían del Oeste como daban la vuelta para acosarlo desde el Norte,
oscureciéndole el campo visual con nubes de nieve polvorienta que lo
obligaban a tener continuamente presente que, si no acertaba bien con una
curva, podía despeñarse sesenta metros hacia abajo, dando vueltas
interminablemente dentro del «Buick». Lo peor era su inexperiencia como
conductor de invierno.
Le daba miedo que la raya amarilla del centro estuviera enterrada
bajo remolinos de nieve y le daba miedo que las rachas de viento pasaran
libremente entre los picachos haciendo que el «Buick» se tambaleara. Le
daba miedo ver que las señales de información estuvieran cubiertas de nieve
en su mayor parte, de manera que lo mismo daba arrojar al aire una moneda
para saber si el camino doblaría a la derecha o a la izquierda en la enorme
pantalla blanca de autocine a través de la cual le parecía estar
aventurándose continuamente. Tenía miedo, y cómo no. Desde que empezó
a trepar la sierra, al oeste de Boulder y de Lyons, venía conduciendo bañado
en sudor frío, manejando el acelerador y el freno como si fueran vasos de la
época «Ming». En la radio, en los intervalos de música de rock and roll, el
locutor aconsejaba continuamente a los automovilistas que se mantuvieran
lejos de las carreteras principales y que por ninguna circunstancia se
acercaran a las montañas, ya que muchos caminos estaban totalmente
bloqueados, y todos eran peligrosos. Había información de multitud de
pequeños accidentes, pero también había habido dos graves: un grupo de
esquiadores en un microbús «Volkswagen», y una familia que se dirigía a
Albuquerque atravesando las montañas. Sangre de Cristo. Entre los dos
arrojaban un saldo de cuatro muertos y cinco heridos.
—De manera que ni acercarse a esos caminos, y a quedarse
escuchando buena música por nuestra emisora —concluyó alegremente el
locutor, y terminó de rematar la desdicha de Hallorann anunciando que
tocarían Temporada al sol—. Nos divertimos, nos regocijamos, nos… —siguió
parloteando alegremente, pero Hallorann apagó con furia la radio, por más
que supiera que a los cinco minutos la volvería a encender. Por malos que
fueran los programas, era mejor que seguir andando a solas a través de esa
blancura enloquecedora.
(Admítelo. Este negrito por lo menos tiene un miedo de todos los
demonios, que le corre de arriba abajo por toda la espalda.)
La cosa no tenía ninguna gracia, y Hallorann habría dado marcha atrás
antes de salir de Boulder, si no hubiera sido por su sensación compulsiva de
que el chico estaba en un peligro terrible. Todavía ahora, una vocecita
seguía diciéndole en el fondo de la cabeza (y Hallorann pensaba que era más
bien la voz de la razón que la de la cobardía) que se metiera a pasar la noche
en un motel de Estes Park y esperara, por lo menos, a que las máquinas
quitanieves volvieran a despejar el camino, dejando visible la raya del centro.
La misma voz seguía recordándole el accidentado aterrizaje del reactor en
Stapleton, y la sensación abrumadora de que el aparato aterrizaría de morro
y dejaría a sus pasajeros más bien en las puertas del infierno que en la
puerta 39 del aeropuerto.
Pero la razón no podía prevalecer sobre la compulsión. Tenía que ser
hoy. La tormenta de nieve era cuestión de su propia mala suerte, y tenía que
hacerle frente. Hallorann temía que, de no hacerlo, le tocara enfrentar algo
mucho peor en sus sueños.
El viento volvió a acometerlo, esta vez desde el Noroeste, como dando
efecto a una bola de billar y, Hallorann se encontró de nuevo aislado de las
vagas formas de las montañas, e incluso de los muros de contención que
flaqueaban el camino. Iba conduciendo a través de una nada blanca.
De pronto, de esa especie de sopa blanca emergieron las luces de
sodio de una máquina quitanieves, y Hallorann comprobó con horror que,
en vez de estar a un costado, el morro del «Buik» apuntaba directamente en
medio de las dos luces. La máquina quitanieves no había sido demasiado
escrupulosa en cuanto a respetar su lado del camino y Hallorann había
dejado que el «Buik» se desviara.
El rugido chirriante del motor diesel de la quitanieves se entremetió
con el bramido del viento, y después se oyó el sonido de la bocina, largo,
clamoroso, ensordecedor casi.
A Hallorann los testículos se le transformaron en dos pequeños sacos
arrugados, llenos de hielo picado, y tuvo la sensación de que las tripas se le
habían convertido en una masa informe.
En la blancura empezaba ahora a materializarse un color, un naranja
moteado de nieve. Hallorann distinguió la cabina, alta, e incluso la figura
gesticulante del conductor, detrás del largo limpiaparabrisas. Distinguió
también la forma de V de las palas de la máquina, que venían arrojando
nieve sobre el terraplén izquierdo del camino, en pálidas nubes humeantes.
¡UAAAAA! La bocina bramaba, indignada.
Hallorann apretó el acelerador como si fuera el pecho de una mujer
amada, y el «Buick» se lanzó hacia delante y hacia la derecha. De ese lado no
había terraplén, y las palas de la quitanieves no tenían más que empujar la
nieve directamente pendiente abajo.
(Pendiente abajo, ah sí, pendiente abajo…)
A la izquierda de Hallorann, las palas quitanieves, un metro más largas que el techo
del «Electra», pasaron raspando, con no más de cuatro o cinco centímetros de holgura.
Hasta que la máquina no terminó de pasar junto a él, Hallorann pensó en todo momento
que el choque era inevitable. En su mente se agitaba, como un harapo, una plegaria que era
a medias una disculpa inarticulada, dirigida al chico.
Finalmente, la quitanieves pasó, y Hallorann vio destellar en el espejo
retrovisor las parpadeantes luces giratorias azules.
Volvió a girar el volante del «Buick» hacia la izquierda, pero no pasó
nada. No pudo detener el avance porque ahora el coche patinaba, flotando
soñolientamente hacia el borde de la pendiente, haciendo volar la nieve con
los guardabarros.
Hizo girar el volante en el otro sentido, en la dirección de la patinada,
y el coche empezó a colear. Presa ya del pánico, Hallorann clavó los frenos y
sintió que chocaba con algo. Frente a él, el camino había desaparecido, y se
encontró mirando dentro de un abismo insondable de nieve arremolinada y
vagas formas grisverdosas: pinos que se extendían muy lejos, muy abajo.
(me voy santa madre de Dios me voy abajo)
Y ahí fue donde se detuvo el coche, suspendido en un ángulo de casi
treinta grados, con el guardabarros izquierdo estrujado contra la barandilla
de protección, las ruedas traseras casi levantadas del suelo.
Cuando Hallorann intentó dar marcha atrás, no hicieron más que girar
en el vacío. Sentía el corazón como si fuera un solo de batería de Gene
Krupa.
Se bajó —muy cuidadosamente, por cierto—, y dio la vuelta hacia la
parte de atrás del «Buick».
Cuando estaba ahí parado, mirando con un sentimiento de
impotencia las ruedas traseras, oyó a sus espaldas una voz alegre.
—Hola, amigo. Usted debe estar completamente chiflado.
Al darse la vuelta vio que la quitanieves se había detenido unos
cuarenta metros más allá, y casi desaparecía en la nube de nieve, a no ser
por la columna de humo oscuro que salía del tubo de escape y por las luces
giratorias azules que llevaba sobre la cabina.
El conductor, envuelto en un largo abrigo de oveja, sobre el cual
llevaba un holgado impermeable, estaba de pie detrás de él. Encasquetada
en la cabeza llevaba una gorra de mecánico, a rayas azules y blancas; a
Hallorann le parecía casi increíble que se le quedara allí, con semejante
viento.
(Con cola. Seguramente la tiene pegada con cola.)
—Hola —lo saludó—. ¿Puede usted volverme al camino?
—Oh, me imagino que sí —asintió el otro—. Pero, ¿qué demonios
anda haciendo por aquí? Es una buena manera de romperse la crisma.
—Tengo un asunto urgente.
—No hay nada tan urgente —precisó el conductor de la quitanieves
hablando lentamente y con paciencia, como si se dirigiera a un retrasado
mental—. Si hubiera dado usted contra ese poste con un poquito más de
fuerza, nadie lo habría sacado de allí abajo hasta la primavera. Usted no es
de la zona, ¿no?
—No. Ni estaría aquí si no fuera porque el asunto es tan urgente como
le digo.
—¿De veras? —el hombre se acomodó para seguir hablando, tan
tranquilamente como si estuvieran conversando de vuelta a casa, en vez de
encontrarse en mitad de una tormenta de nieve entre el purgatorio y el
infierno, con el coche de Hallorann haciendo equilibrio a cien metros de un
bosque de pinos.
—¿Hacia dónde se dirige? ¿A Estes?
—No, a un lugar que se llama el «Overlook Hotel» —explicó
Hallorann—. Queda un poco más allá de Sidewinder…
Pero su interlocutor sacudía la cabeza con aire dolorido.
—Oh, yo sé perfectamente dónde queda eso —asintió—. Amigo,
jamás conseguirá llegar hasta el «Overlook». Los caminos entre Estes Park y
Sidewinder son un maldito infierno. Los ventisqueros se vuelven a formar allí
tan pronto como los sacamos. Hace unos cuantos kilómetros tuve que
atravesar ventisqueros que en el medio tenían una profundidad de casi un
metro ochenta. Y aunque consiguiera llegar a Sidewinder, vaya, si el camino
está cerrado completamente desde allí hasta Buckland, Utah. No, no —
sacudió la cabeza—. Jamás podrá llegar, amigo. De ninguna manera.
—Tengo que intentarlo —insistió Hallorann, que ya recurría a sus
últimas reservas de paciencia para hablar con voz normal—. Allá arriba hay
un niño…
—¿Un niño? No. El «Overlook» se cierra a fines de setiembre. No les
rinde tenerlo abierto más tiempo. Hay demasiadas tormentas de mierda, al
estilo de ésta.
—Es el hijo del vigilante, y está en dificultades.
—Y usted, ¿cómo lo sabe?
La paciencia de Hallorann se acabó.
—¡Por el amor de Dios! ¿Piensa pasarse ahí todo el día haciéndome
preguntas? ¡Lo sé y basta! Ahora, ¿me va a volver de una vez al camino, o
no?
—Vaya cabezota que es usted, ¿no? —comentó el hombre, sin
alterarse demasiado—. Seguro. Súbase ahí, que debajo del asiento tengo
una cadena.
Hallorann volvió a sentarse al volante, y sintió que temblaba todo
entero, con retrasada reacción emotiva. Además, tenía las manos tan
entumecidas que casi no las sentía. Se había olvidado de ponerse guantes.
La quitanieves retrocedió hasta la parte posterior del «Buick», y
Hallorann vio que el conductor se bajaba con un largo rollo de cadena.
—¿Puedo ayudarlo en algo? —se ofreció, abriendo la puerta.
—Con que no moleste, basta —le gritó el otro, a su vez—. Esto estará
en un abrir y cerrar de ojos.
Y así fue. El armazón del «Buick» se estremeció en el momento en que
la cadena se puso tensa, y un segundo después estaba de nuevo en el
camino, apuntando más o menos en dirección de Estes Park. El conductor de
la quitanieves se acercó a la ventanilla y golpeó el cristal. Hallorann lo bajó.
—Gracias —le dijo—. Y disculpe que le haya gritado.
—No es la primera vez que me gritan —le informó el hombre, con una
sonrisa—. Parece que anda un poco tenso, usted. Tome, llévese esto —un par
de gruesos mitones azules cayeron sobre las rodillas de Hallorann—. Me
parece que cuando tenga que volver a bajarse los va a necesitar. Afuera hace
frío. Póngaselos si no quiere terminar sus días usando una aguja de ganchillo
cada vez que quiera hurgarse la nariz. Y después me los manda de vuelta.
Me los tejió mi mujer y les tengo cariño. En el forro está cosido el nombre y
la dirección. Me llamo Howard Cotlrell, de paso. Mándemelos cuando ya no
los necesite, y ojo, que no quiero tener que pagar contrareembolso.
—De acuerdo —asintió Hallorann—. Y gracias. Muchas gracias.
—Ande con cuidado. Yo lo llevaría, pero con el trabajo que tengo en
este momento, no puedo.
—No se preocupe. Gracias de nuevo.
Empezó a levantar la ventanilla, pero Cottrell lo detuvo.
—Cuando llegue a Sidewinder… sí es que llega a Sidewinder… váyase
a la estación de servicio Conoco, de Durkin. Está junto a la biblioteca, no
puede equivocarse. Pregunte por Larry Durkin y dígale que le manda Howie
Cottrell y que quiere alquilarle uno de sus vehículos para la nieve. Dígale mi
nombre y muéstrele estos mitones, que le hará precio especial.
—Gracias otra vez —repitió Hallorann.
Cottrell hizo un gesto afirmativo.
—Es gracioso. No hay manera de que usted pueda saber que alguien
está en peligro allá arriba, en el «Overlook»… el teléfono está cortado,
seguro. Pero yo le creo; a veces tengo una sensación.
—Sí. Yo también, a veces —asintió Hallorann.
—Claro. Ya lo sé. Pero cuídese.
—Me cuidaré.
Cottrell desapareció entre los remolinos de nieve con un último
saludo, con la gorra de mecánico gallardamente calada en la cabeza.
Hallorann volvió a ponerse en marcha, y las cadenas se hundieron en la nieve
del camino, encontrando por fin la resistencia para poner en marcha el
«Buick». A sus espaldas, Howard Cottrell lo saludó con un último bocinazo,
deseándole buena suerte, aunque en realidad no era necesario: Hallorann
percibía directamente sus deseos.
Encontrar dos de los míos en un día, pensó, debería ser una especie de
buen augurio. Pero Hallorann desconfiaba de los augurios, buenos o malos.
Y tal vez encontrarse en un solo día con dos personas que tenían esplendor
(cuando por lo general en el transcurso de un año no solía encontrarse con
más de cuatro o cinco) no significara nada. Esa sensación de cosa definitiva,
esa sensación
(como de que el paquete ya está todo envuelto)
que no podía definir del todo, seguía acompañándolo. Era…
El «Buick» se empeñaba en patinar en una curva cerrada, y Hallorann
lo enderezó cuidadosamente, atreviéndose apenas a respirar. Encendió de
nuevo la radio: Aretha. Aretha estaba estupenda. El no tendría
inconveniente en llevarla en su coche, cuando ella quisiera.
Otra ráfaga de viento azotó el coche y lo sacudió. Con una maldición,
Hallorann es inclinó más aun sobre el volante. Aretha terminó de cantar y
apareció de nuevo el locutor, recordándole que conducir un automóvil con
semejante día era una excelente manera de matarse.
Bruscamente, Hallorann apagó la radio.
Finalmente llegó a Sidewinder, aunque en el trayecto desde Estes Park
hasta allí tardó cuatro horas y media. Para cuando llegó a la Carretera de las
Tierras Altas ya había oscurecido del todo, pero la tormenta de nieve no
daba señales de menguar. En dos ocasiones, Hallorann tuvo que detenerse
ante ventisqueros tan altos como la tapa del motor del coche, y esperar a
que vinieran las quitanieves para abrirle paso.
En uno de los ventisqueros, la quitanieves venía de contramano y de
nuevo había estado a punto de producirse un choque. El conductor se había
limitado a pasar junto a su coche sin bajarse a discutir, pero no dejó de
hacerle uno de los dos gestos con los dedos que todos los norteamericanos
mayores de diez años reconocen, y no era el signo de la paz.
Hallorann tenía la impresión de que a medida que se aproximaba al
«Overlook», su necesidad de apresurarse se hacia cada vez más apremiante.
Casi constantemente se encontraba mirando el reloj, y cada vez le parecía
que las manecillas volaran.
Diez minutos después de haber entrado en la carretera, pasó dos
señales, despejadas las dos de nieve por el azote del viento, de manera que
pudo leerlas, SIDEWINDER 16. Anunciaba la primera.
En la segunda se leía: 20 KM HACIA DELANTE, CAMINO CERRADO
DURANTE MESES DE INVIERNO.
—Larry Durkin —murmuró Hallorann, para sí mismo, contraído y tenso
el rostro oscuro al débil resplandor verde del tablero de instrumentos. Eran
las seis y diez—. En Conoco, junto a la biblioteca. Larry…
En ese momento se abatió sobre él, súbitamente, con todas sus
tuerzas, el olor a naranjas y el impacto mental, denso y maligno, asesino:
(NO TE METAS EN ESTO NEGRO SUCIO QUE NO ES ASUNTO TUYO
VUÉLVETE NEGRO PORQUE SI NO TE VUELVES TE MATAREMOS TE
COLGAREMOS DE UN ÁRBOL JODIDO CONEJO NEGRO DE LA SELVA Y
DESPUÉS QUEMAREMOS TU CADÁVER PORQUE ESO ES LO QUE HACEMOS
CON LOS NEGROS DE MANERA QUE VUÉLVETE AHORA MISMO.)
En el mínimo espacio del coche, Hallorann exhaló un grito. El mensaje
no le había llegado en palabras, sino en una serie como de imágenes en
jeroglífico que se le metían en la cabeza con una fuerza tremenda. Apartó
las manos del volante y se las llevó a los ojos, como para borrar las imágenes.
En ese momento el coche se estrelló contra uno de los terraplenes,
rebotó, giró sobre sí mismo y finalmente se detuvo, mientras las ruedas
seguían girando inútilmente.
Hallorann puso el motor en punto muerto y se cubrió la cara con las
manos. Aunque no lloraba, precisamente, de su pecho jadeante se escapaba
un gemido entrecortado. Sabía que si le hubieran asestado semejante golpe
en un tramo del camino que hubiera tenido un precipicio hacia cualquiera
de los dos lados, en ese momento bien podría estar muerto. Y tal vez esa
hubiera sido la intención. Además, el golpe podía volver, en cualquier
momento, y de alguna manera tenía que protegerse contra él. Estaba
rodeado por una fuerza roja, de un poder enorme, que tal vez fuera la
memoria de la raza. Se sentía ahogar en el instinto.
Se quitó las manos de la cara y abrió cautelosamente los ojos. Nada. Si
algo intentaba nuevamente asustarlo, a él no le llegaba. Estaba cerrado.
¿Le había sucedido eso al chico? Dios santo, ¿le había sucedido eso al
pequeño?
Entre todas las imágenes, la que más lo inquietaba era ese ruido
sordo, opaco, como el de un martillo que se estrella contra un queso. ¿Qué
significa eso?
(Jesús, a ese niñito no. Jesús, por favor.)
Volvió a embragar y apretó el pedal para que la gasolina volviera a
entrar poco a poco al motor. Las ruedas giraron, se afirmaron, siguieron
girando, se afirmaron más. El «Buick» empezó a moverse, los faros se
abrieron paso entre los remolinos de nieve. Hallorann miró su reloj: las seis y
media casi. Empezaba a tener la sensación de que era demasiado tarde.

50. REDRUM
Wendy Torrance estaba de pie, indecisa, en mitad del dormitorio,
mirando a su hijo que se había quedado dormido.
Hacía media hora que los ruidos habían cesado, todos juntos, al mismo
tiempo. El ascensor, la fiesta, el ruido de las puertas de las habitaciones al
abrirse y cerrarse. En vez de calmarla, eso hacía que la tensión mental de
Wendy se intensificara; era como un susurro maléfico antes del último
estallido brutal de la tormenta. Pero Danny se había dormido casi de
inmediato, cayendo primero en un sueño superficial e inquieto, que en los
diez últimos minutos se había hecho más profundo. Incluso si lo miraba
directamente, Wendy apenas si veía en su pecho el lento movimiento de la
respiración.
Se preguntó cuánto tiempo haría que el niño no dormía una noche
entera, una noche sin sueños que lo atormentaran, sin largos períodos
desvelado, a oscuras, escuchando algazaras que para ella sólo se habían
vuelto audibles —y visibles— en los dos o tres últimos días, a medida que se
intensificaba la influencia del «Overlook» sobre ellos tres.
(¿Auténticos fenómenos parapsicológicos o hipnosis de grupo?)
Wendy no lo sabía, ni creía que eso tuviera importancia. Lo que había
venido sucediendo era igualmente horrible. Miró a Danny y pensó
(Quiera Dios que siga durmiendo)
que tal vez si nada se interponía podría dormir toda la noche. Por más
poderes que tuviera, seguía siendo un niño y necesitaba descanso.
El que había empezado a preocupar a Wendy era Jack.
Con un repentino gesto de dolor se sacó la mano de la boca y vio que
se había arrancado una uña al mordérsela. Y las uñas eran una cosa que ella
se había cuidado siempre. Aunque no las llevaba muy largas, las tenía bien
cuidadas y
(y en definitiva, ¿qué te importa ahora las uñas?)
La idea la hizo reír, pero con una risa temblorosa, como encogida.
Primero, Jack había dejado de vociferar y de sacudir la puerta.
Después había vuelto a empezar la fiesta
(¿o tal vez nunca se interrumpía? ¿tal vez a veces cuando no querían
que los oyeran se deslizaban apenas en un ángulo temporal levemente
diferente?)
en medio del contrapunto de los ruidos del ascensor. Después eso se
había interrumpido. En ese nuevo silencio, mientras Danny iba durmiéndose,
a Wendy le había parecido oír voces bajas que hablaban en tono de
conspiración en la cocina, casi debajo de donde ellos estaban. Al principio les
había restado importancia, pensando que era el viento, que podía imitar
tantos sonidos vocales humanos, desde el cascado susurro en el lecho de
muerte, en los marcos de puertas y ventanas, hasta un escalofriante alarido
en los aleros… el grito de una mujer que huye de un asesino en un
melodrama barato. Y sin embargo, ahí sentada junto a Danny, la idea de
que se trataba en realidad de voces le parecía cada vez más convincente.
Jack y alguien más, hablando de las condiciones para que él escapara
de la despensa.
Hablando del asesinato de su mujer y de su hijo.
Que no sería ninguna novedad entre esas paredes; ya antes habían
cobijado asesinatos.
Wendy había ido hacia el tubo de calefacción para apoyar contra él el
oído, pero precisamente en ese momento había empezado a funcionar el
horno, y todos los demás ruidos se perdieron en la oleada de aire caliente
que subía desde el sótano. Cuando el horno se había apagado, cinco minutos
antes, el lugar estaba en completo silencio a no ser por el viento, por el
constante azote de la nieve contra el edificio y el ocasional crujido de alguna
tabla.
Wendy se miró la uña partida y vio que por debajo le salían algunas
gotitas de sangre.
(Jack se escapó.)
(No digas tonterías.)
(Sí, se escapó. Y tiene un cuchillo de la cocina, o tal vez la cuchilla de
picar carne. En este momento viene subiendo hacia aquí, pisando los bordes
de los escalones para que la escalera no cruja.)
(¡Estás loca!)
Los labios le temblaban, y durante un momento le pareció que debía
haberlo dicho en voz alta, pero el silencio se mantuvo.
Wendy se sentía vigilada.
Giró en redondo y al mirar a la ventana oscurecida por la noche vio un
horrible rostro blanco que no tenia por ojos más que círculos oscuros y que
le hacía muecas burlonas, la cara de un lunático monstruoso que durante
todo el tiempo se había ocultado en esas paredes y…
Era un dibujo que formaba la nieve en el exterior del vidrio.
Wendy dejó escapar el aire en un largo susurro de miedo y le pareció
que oía, con toda claridad esta vez un murmullo de risitas divertidas.
(Te estás asustando de las sombras. Ya bastante mala está la situación
sin eso. Para mañana por la mañana estarás lisia para el cuarto acolchado.)
No había más que una manera de aplacar esos miedos, y Wendy sabía
cuál era.
Tendría que bajar a asegurarse de que Jack seguía encerrado en la
despensa.
Muy sencillo. Vas abajo. Te fijas. Vuelves. Ah, y de paso vas a buscar la
bandeja que dejaste sobre el mostrador de recepción. La tortilla estará
estropeada, pero la sopa se puede recalentar en el calientaplatos que tiene
Jack junto a la máquina de escribir.
(Claro, y si él anda allá abajo con un cuchillo, no le dejes matar.)
Wendy fue hacia la cómoda, tratando de sacudirse de encima el miedo
que la oprimía. Sobre la cómoda había una pila de monedas, algunos vales
de gasolina para la furgoneta del hotel, las dos pipas que Jack llevaba
consigo a todas partes, aunque rara vez las fumara… y su llavero.
Wendy lo levantó, lo tuvo un momento en la mano y volvió a dejarlo.
Acababa de ocurrírsele la idea de echar llave a la puerta del dormitorio, pero
no le gustaba del todo. Danny estaba dormido. Pensó vagamente en la
posibilidad de un incendio y sintió que algo más quería acudir a su mente,
pero no le prestó atención.
Atravesó la habitación, se detuvo un momento indecisa junto a la
puerta, y después sacó el cuchillo del bolsillo de la bata y apretó con la mano
derecha el mango de madera.
Lentamente, abrió la puerta.
El corto pasillo que llevaba a las habitaciones de ellos estaba desierto.
Todos los apliques eléctricos de la pared estaban encendidos, a intervalos
regulares, destacando el fondo azul de la alfombra, con su sinuoso y
ondulante dibujo negro.
(¿Ves que no hay ningún espantajo?)
(No, claro que no. Si lo que quieren es que salgas. Quieren que hagas
alguna cosa tonta y femenina, que es precisamente lo que estás haciendo.)
Wendy volvió a vacilar, lamentablemente indecisa, sin ganas de
alejarse de Danny y de la seguridad del apartamento y, al mismo tiempo,
ansiosa de asegurarse de que Jack todavía estaba… recluido en la seguridad
de la despensa.
(Claro que está.)
(Pero y las voces.)
(Eso no eran voces. Era tu imaginación. Era el viento.)
—No era el viento.
El sonido de su propia voz la sobresaltó, pero en ese sonido había una
letal certidumbre que la impulsó a seguir. Al costado de su cuerpo, el
cuchillo reflejaba la luz sobre el material sedoso del empapelado. Sobre la
fibra de la alfombra, las chinelas susurraban. Wendy tenía los nervios tensos
como alambres.
Llegó a la esquina del corredor principal y se detuvo para atisbar,
alerta a cualquier cosa que pudiera ver allí.
No había nada.
Tras un momento de vacilación, siguió andando, ahora ya por el
corredor principal. Con cada paso que daba hacia las sombras de la escalera,
su terror iba en aumento y Wendy tenía cada vez más clara conciencia de
que había dejado tras de sí a su hijo dormido, solo e indefenso. En sus oídos,
el murmullo de las chinelas sobre la alfombra sonaba a cada momento más
fuerte; en dos ocasiones se dio la vuelta a mirar por encima del hombro,
para convencerse de que nadie la seguía.
Al llegar a la escalera, apoyó la mano sobre la frialdad del remate que
daba comienzo al pasamanos. Hasta el vestíbulo había diecinueve escalones.
Wendy los había contado demasiadas veces y lo sabía. Diecinueve peldaños
alfombrados, y ni un solo Jack agazapado en ninguno de ellos. Claro que no.
Jack estaba encerrado en la despensa, tras una gruesa puerta de madera y
un recio cerrojo de acero.
Pero el vestíbulo estaba a oscuras y ¡lleno de sombras!
Wendy sentía el pulso, retumbante y profundo, en la garganta.
Hacia delante, un poco hacia la izquierda, la boca broncínea del
ascensor se abría con un gesto de burla, como si la invitara a subir en él para
un último viaje.
(No gracias.)
En el interior de la caja había colgaduras de papel crepé, rosadas y
blancas. El confeti se había derramado de dos paquetes cilíndricos y en el
rincón de la izquierda había una botella de champaña, vacía.
Wendy tuvo la sensación de que algo se movía por encima de ella y
giró sobre sí misma para mirar hacia los diecinueve escalones que llevaban al
descansillo de la segunda planta y no vio nada; sin embargo con el rabillo
del ojo seguía teniendo la sensación inquietante de que había cosas
(cosas)
que, antes de que sus ojos alcanzaran a percibirlas, se habían ocultado
rápidamente en la oscuridad del pasillo.
Volvió a mirar hacia la escalera.
La mano derecha le sudaba contra el mango de madera del cuchillo;
Wendy se lo pasó a la izquierda, se enjugó la palma derecha contra la tela
rosada del albornoz y volvió a aferrar con esa mano el cuchillo. Casi sin darse
cuenta de que su mente había dado al cuerpo orden de avanzar, empezó a
bajar la escalera, primero el pie izquierdo, después el derecho, izquierdo,
derecho, con la mano libre apoyada levemente sobre el pasamanos.
(¿Dónde está la fiesta? ¡A ver si os dejáis asustar por mí, fantasmas
enmohecidos! ¡Por una mujer aterrorizada, con un cuchillo! ¡A ver si hay un
poco de música por aquí! ¡A ver si hay un poco de vida!)
Diez escalones, once, doce, trece.
La luz que llegaba desde el pasillo de la primera planta se filtraba
hasta allí como un opaco resplandor amarillento, y Wendy recordó que
tendría que encender las luces del vestíbulo, ya fuera las que estaban junto a
la puerta de entrada del comedor o las del interior del despacho del director.
Y sin embargo, de alguna otra parte llegaba una pálida luz blanca.
De la cocina, por supuesto. Los tubos fluorescentes.
En el decimotercer escalón se detuvo, tratando de recordar si las había
apagado o las había dejado encendidas cuando ella y Danny salieron de allí.
Imposible, no se acordaba.
Abajo, en el vestíbulo, las sillas de respaldo alto se amontonaban en
reductos de sombra. Los vidrios de las puertas estaban revestidos por la
manta blanca, uniforme de nieve acumulada. En los almohadones del sofá,
los botones de bronce resplandecían débilmente, como ojos de gatos. Había
cien lugares para esconderse.
Con las piernas temblorosas de miedo. Wendy siguió bajando.
Diecisiete, dieciocho… diecinueve.
(El vestíbulo, señora. Baje con cuidado.)
Las puertas del salón de baile estaban abiertas de par en par: dentro
no había mas que tinieblas. De alguna parte le llegaba un tictac constante,
como el de una bomba. Wendy se puso rígida. Después recordó el reloj que
estaba sobre la repisa de la chimenea, bajo un fanal de vidrio. Seguramente,
Jack o Danny le habrían dado cuerda… o tal vez se hubiera dado cuerda solo,
como todo lo que había en el «Overlook».
Se volvió hacia el mostrador de recepción, con la intención de pasar
por allí y atravesar el despacho del director para ir a la cocina. Con un opaco
resplandor de plata, la bandeja seguía allí, con su frustrado almuerzo.
En ese momento, con claras notas tintineantes, el reloj empezó a dar
la hora.
Wendy se inmovilizó, con la lengua contra el paladar. Después se
relajó. Estaba dando las ocho, nada más. Las ocho.
… cinco, seis, siete…
Fue contando las campanadas; de pronto, le parecía mal moverse
mientras el reloj no se hubiera silenciado.
… ocho, nueve…
(¿¿nueve??)
… diez., once…
De pronto, demasiado tarde, Wendy comprendió. Torpemente, se
volvió una vez más hacia la escalera, sabiendo ya que era demasiado tarde.
Pero, ¿cómo podía haberlo sabido?
Doce.
Todas las luces del salón de baile se encendieron. Estridente, resonó
un estrépito de bronces. Wendy dejó escapar un grito, pero el grito sonó
insignificante contra el estruendo que brotaba de esos pulmones broncíneos.
—¡A desenmascararse! —clamaban los ecos—. ¡A desenmascararse, a
desenmascararse!
Después se eclipsaron, como si se perdieran en un largo corredor del
tiempo, dejándola nuevamente sola.
No, sola no.
Al darse vuelta lo vio venir hacia ella.
Era Jack, pero no era Jack. En sus ojos brillaba un resplandor vacío y
asesino; en la boca familiar había ahora una mueca temblorosa, sin alegría.
En una mano traía el mazo de roque.
—¿Pensaste que me habías encerrado? ¿Fue eso lo que te creíste?
Él mazo bajó silbando por el aire. Wendy retrocedió, tropezó con una
banqueta, cayó sobre la alfombra del vestíbulo.
—Jack…
—Perra, bien que te conozco —masculló Jack.
El mazo volvió a bajar con mortífera, sibilante celeridad, y se le hundió
en el vientre. Wendy gritó, súbitamente hundida en un océano de dolor.
Turbiamente vio que el mazo volvía a subir. Como de una abrumadora
realidad, tomó conciencia de que Jack tenía la intención de matarla a golpes
con el mazo que sostenía en las manos.
Wendy quiso gritar nuevamente, rogarle a Jack que se detuviera, por
Danny, por su hijo, pero se había quedado sin aliento. Lo único que pudo
emitir fue un débil gimoteo, poco menos que inaudible.
—Ahora. Ahora, por Cristo —dijo Jack con sonrisa siniestra, mientras
de una patada apartaba del camino la banqueta—. Ahora sí que te tomarás
tu medicina.
El mazo descendió velozmente y Wendy rodó de costado, hacia la
izquierda, enredándose en la bata. La presión de las manos de Jack sobre el
mazo se aflojó cuando éste fue a estrellarse contra el suelo. Tuvo que
inclinarse a recogerlo y entretanto Wendy consiguió levantarse y correr hacia
la escalera, recuperando por fin el aliento en una tempestad de sollozos. Un
dolor sordo y palpitante le atenazaba el vientre.
—Perra —masculló él, con la misma mueca, mientras volvía a
acercársele—. Perra hedionda, me imagino que ya ves qué es lo que te
espera.
Wendy oyó el silbido del mazo al bajar por el aire y después el dolor le
desgarró el costado derecho cuando la cabeza del mazo se le estrelló encima
de la cintura, rompiéndole dos costillas. Cayó hacia delante sobre los
escalones, y el dolor se intensificó: había vuelto a golpearse el costado
herido. Pero el instinto la llevó a rodar sobre sí misma, alejándose, y el mazo
le pasó zumbando junto a la cara, errando por un par de centímetros
apenas, y fue a dar con un ruido ahogado contra la gruesa alfombra que
recubría la escalera. En ese momento, Wendy vio el cuchillo, que se le había
escapado de la mano en su caída, y que brillaba inmóvil sobre el cuarto
escalón.
—Perra —repetía Jack. El mazo volvió a bajar. Ella consiguió subir un
escalón y recibió el golpe bajo la rodilla. Sintió que la pierna se le incendiaba
y vio que la sangre empezaba a correrle por la pantorrilla. Cuando vio que el
mazo volvía a descender, apartó desesperadamente la cabeza. Esta vez se
estrelló en un peldaño, en el hueco entre el cuello y el hombro de Wendy,
raspándole el lóbulo de la oreja.
Cuando él volvió a levantar el arma, Wendy se arrojó hacia Jack,
escaleras abajo, por dentro del arco que describía el mazo al bajar. Un grito
se le escapó al volver a golpearse las costillas laceradas, pero al dar con todo
su cuerpo contra las piernas de él consiguió hacerle perder el equilibrio. Jack
cayó de espaldas, con un aullido de furia y de sorpresa, procurando
inútilmente volver a hacer pie en los escalones hasta que finalmente se
desplomó, mientras el mazo se le escapaba de las manos. Después se sentó, y
durante un momento se quedó mirándola con ojos horrorizados.
—Te mataré por eso —farfulló.
Mientras él rodaba y se estiraba para alcanzar de nuevo el mazo,
Wendy luchó por ponerse de pie. La pierna izquierda era una sucesión de
relámpagos de dolor que la recorrían hasta la cadera. Aunque mostraba una
palidez de ceniza, la expresión de su rostro era resuelta. En el momento en
que la mano de él se cerraba de nuevo sobre el mango del mazo de roque,
Wendy le saltó sobre la espalda.
—¡Oh, santo Dios! —clamó en el sombrío vestíbulo del «Overlook», y
le hundió el cuchillo de cocina, hasta las cachas, en la espalda.
Bajo el impacto, él se puso rígido y exhaló un alarido. Wendy jamás
había oído nada tan espantoso en su vida; era como si todo el hotel hubiera
gritado, las puertas, las ventanas, hasta las tablas, un grito que parecía
seguir prolongándose y prolongándose mientras Jack seguía inmóvil, rígido
bajo su peso. Parecía que los dos estuvieran haciendo algún juego de
prendas, como caballo y jinete. Pero la espalda de la camisa de franela a
cuadros blancos y negros iba oscureciéndose y humedeciéndose de sangre.
Después, Jack se desplomó boca abajo, y al caer hizo rodar a Wendy
sobre el costado herido, arrancándole un grito ahogado.
Durante un rato, ella se quedó inmóvil, respirando trabajosamente.
De pies a cabeza, toda ella no era más que una palpitación de dolor. Cada
vez que respiraba, algo la apuñalaba cruelmente en el costado, y por el
cuello le corría la sangre de la oreja lastimada.
No se oía más que el ruido áspero de su respiración, el del viento y el
tictac del reloj en el salón de baile.
Finalmente, Wendy consiguió ponerse de pie y se dirigió,
tambaleante, hacia la escalera. Cuando llegó a los peldaños se aferró al
remate del pasamanos, con la cabeza baja, sintiéndose a punto de
desmayarse. Cuando la sensación se le pasó un poco, empezó a subir,
apoyándose en la pierna sana y haciendo fuerza con los brazos sobre el
pasamanos para izarse. En un momento miró hacia arriba, pensando que
vería a Danny, pero en la escalera no había nadie.
(Gracias a Dios siguió durmiendo gracias gracias a Dios)
En el sexto escalón tuvo que detenerse a descansar, con la cabeza
baja, el pelo rubio cayéndole sobre el pasamanos. El aire silbaba
dolorosamente al pasarle por la garganta, como si fueran púas, y sentía el
costado derecho como una masa ardiente, hinchada y dolorida.
(Vamos Wendy vamos muchacha cuando consigas interponer una
puerta con llave entre los dos puedes ver lo que te hizo. Faltan trece que no
es tanto. Y cuando llegues al corredor de arriba puedes seguir arrastrándote.
Te doy permiso.)
Respiró lo más profundamente que le permitían las costillas rotas y
subió como pudo un escalón más. Y después otro.
Cuando estaba en el noveno, casi a mitad de camino, oyó la voz de
Jack desde abajo, a sus espaldas.
—Perra infame, me mataste —masculló.
Sobrecogida por un terror tan negro como la medianoche, Wendy vio
por encima del hombro que él se ponía lentamente de pie.
Tenía la espalda encorvada y de ella se veía sobresalir el mango del
cuchillo de cocina. Parecía que los ojos se le hubieran achicado hasta
perderse casi en los flojos pliegues de piel que los rodeaban. En la mano
izquierda seguía sosteniendo el mazo de roque, con el extremo teñido de
sangre. Un trozo de la bata rosada de Wendy estaba pegoteando en el
centro.
—Ya te daré tu medicina —tartamudeó, y empegó a avanzar,
tambaleante, hacia la escalera.
Gimiendo de terror, Wendy empezó otra vez a subir penosamente.
Diez peldaños, once, doce, trece, pero todavía el pasillo de la primera planta
le parecía tan lejano como un inaccesible pico de montaña. Su respiración
era jadeante, el dolor del costado la traspasaba. Frente a sus ojos, el pelo se
le sacudía de un lado a otro. El sudor no la dejaba ver. El ruido acompasado
del reloj oculto bajo su fanal en el salón de baile le llenaba los oídos, sin más
contrapunto que la respiración entrecortada, dolorosa, de Jack que
empezaba a subir por la escalera.
51. LA LLEGADA DE HALLORANN
Larry Durkin era un hombre alto y flaco, de cara adusta, coronada por
una abundante mata de pelo rojo. Hallorann lo encontró en el momento
mismo en que salía de la estación de servicio «Conoco» con el rostro adusto
hundido en la capucha de un chaquetón militar. Con ese día tan tormentoso
ya no tenía ganas de hacer más negocios, por más que Hallorann viniera
desde muy lejos, y menos ganas todavía de alquilarle uno de sus vehículos
para la nieve a ese negro de ojos enloquecidos que insistía en que tenía que
subir hasta el viejo «Overlook». Entre la gente que había vivido casi toda su
vida en el pueblo de Sidewinder, el hotel tenía una reputación malísima. Allá
arriba había habido asesinatos. Durante un tiempo, un grupo de mafiosos
había dirigido el lugar, y también lo habían administrado hombres de
negocios despiadados. Y en el «Overlook» habían pasado cosas de las que
jamás llegan a los periódicos, porque el dinero tiene su propio idioma. Pero
la gente de Sidewinder tenía una idea bastante aproximada. La mayoría de
las camareras del hotel procedían de allí, y ya se sabe que las camareras ven
muchas cosas.
Pero, cuando Hallorann mencionó el nombre de Howard Cottrell y le
mostró a Durkin la etiqueta cosida en el interior de los mitones azules, el
propietario de la gasolinera se ablandó.
—¿Conque fue él quien lo envió, eh? —le preguntó, mientras abría
una de las puertas del garaje e invitaba a entrar a Hallorann—. Pues me
alegro de saber que a ese viejo libertino todavía le quedan sesos. Creí que ya
los había perdido del todo —dio un golpecito a una llave, y un artefacto con
luces fluorescentes, muy vieja y muy sucias, empezó a zumbar fatigosamente
hasta encenderse—. Pero, ¿qué puede haber en el mundo que lo lleve a
usted a semejante lugar, amigo?
Los nervios de Hallorann habían empezado a fallar. Los últimos
kilómetros de recorrido hasta Sidewinder habían sido malísimos. Hubo un
momento en que una racha de viento que andaba jugando por ahí a casi
cien kilómetros por hora hizo dar al «Buick» un giro de 360 grados. Y
todavía le fallaban kilómetros por recorrer y sólo Dios sabía con que se
encontraría al final. Hallorann estaba aterrorizado por el chico. Ahora eran
casi las siete menos diez, y tenía que pasar de nuevo por el mismo baile.
—Allá arriba hay alguien que esta en dificultades —explicó muy
cuidadosamente—. El hijo del vigilante.
—¿Quién, el chico de Torrance? No veo en qué tipo de dificultades
puede estar.
—No lo sé —masculló Hallorann, a quien le ponía enfermo el tiempo
que le estaba llevando todo el trámite. Estaba hablando con un campesino, y
él sabia que todos los campesinos tienen la misma necesidad de acercarse
oblicuamente a un tema, de olfatearlo por los costados y por las puntas
antes de entrar en él de lleno. Pero esta vez no había tiempo, porque él
sentía que no era más que un negro asustado, y si las cosas se prolongaban
mucho terminaría por abandonarlo todo para escapar.
—Mire, por favor —le dijo—. Necesito subir hasta allá, y para llegar
tengo que tener un vehículo para la nieve. Le pagaré lo que me pida, pero
por favor, ¡déjeme que me ocupe solo de mis cosas!
—Está bien —respondió Durkin, sin alterarse—. Si Howard lo mandó,
para mí es bastante. Llévese este «Artic Cal». Le pondré una lata de veinte
litros de gasolina. El deposito está lleno, y con eso le alcanzará para ir y
volver.
—Gracias —respondió Hallorann, todavía no muy convencido.
—Le cobraré veinte dólares, incluyendo el combustible.
Hallorann buscó en su cartera un billete de veinte dólares y se lo entregó. Casi sin
mirarlo, Durkin se lo metió en uno de los bolsillos de la camisa.
—Tal vez sea mejor que cambiemos también los abrigos —dijo Durkin
mientras se quitaba el chaquetón—. El abrigo que usted tiene no le va a
servir de nada esta noche. Los volveremos a cambiar cuando me traiga de
vuelta el vehículo.
—Oh, pero es que no puedo…
—No me discuta —lo interrumpió Durkin sin perder la calma—. No
pienso dejarlo que se congele. Yo solo tengo que andar dos manzanas y
estoy en mi casa. Vamos, démelo.
Un poco aturdido, Hallorann cambió su abrigo por el chaquetón
forrado en piel que le ofrecían. Por encima de ellos, las luces fluorescentes
que zumbaban le hicieron pensar en las luces de la cocina del «Overlook».
—El chico de Torrance —caviló Durkin, sacudiendo la cabeza—. Un
chico muy despierto, ¿no? Él y su papá estuvieron aquí bastante antes de
que empezara a nevar en serio. Casi siempre venían en la furgoneta del
hotel. Me pareció que los dos estaban muy unidos. Es un chico que quiere
mucho a su papá. Espero que esté bien.
—Lo mismo espero yo —Hallorann se subió la cremallera del
chaquetón y se puso la capucha.
—A ver, que yo lo ayudaré a sacarlo —se ofreció Durkin, y entre los
dos llevaron el vehículo sobre el engrasado piso de cemento, hasta la
entrada del garaje—. ¿Alguna vez condujo uno de éstos?
—No.
—Bueno, no tiene ningún secreto. Las instrucciones están pegadas en
el tablero, pero en realidad todo es muy fácil, frenar y marchar. Aquí tiene el
acelerador; es lo mismo que el de una motocicleta. El freno al otro lado.
Acuérdese de él en las curvas. En terreno firme puede dar más de ciento
diez, pero con esta nieve en polvo no podrá ir a más de ochenta, cuando
mucho.
Estaban ya en el aparcamiento, cubierto por la nieve, de la estación de
servicio, y Durkin había elevado la voz para hacerse oír por encima del
estrépito del viento.
—¡No se salga del camino! —gritó en el oído de Hallorann—. No
pierda de vista la barandilla de seguridad ni las señales de carretera, y espero
que no tenga problemas. Si se sale del camino, es hombre muerto.
¿Entendido?
Hallorann le aseguró que sí.
—¡Espere un momento! —lo detuvo Durkin, y volvió a entrar en el
garaje.
Mientras lo esperaba, Hallorann hizo girar la llave del motor y apretó
un poco el acelerador. El vehículo para la nieve cobró vida inmediatamente,
rezongando.
Durkin volvió con un pasamontañas, rojo y negro.
—¡Póngaselo debajo de la capucha! —le gritó.
Hallorann se lo puso. Le iba un poco justo, pero le protegía la cara del
azote despiadado del viento.
Durkin se le acercó más, para hacerse oír.
—Me imagino que usted debe enterarse de las cosas de la misma
forma que se entera a veces Howie —conjeturó—. Está bien, salvo que por
aquí ese lugar tiene una reputación pésima. Si quiere, le daré un rifle.
—No creo que me sirva de nada —gritó a su vez Hallorann.
—Usted manda. Pero si trae al chico, llévelo al numero dieciséis de
Peach Lane. Mi mujer siempre tiene sopa lista.
—De acuerdo. Gracias por todo.
—¡Cuidado! —volvió a gritarle Durkin—. ¡No se salga del camino!
Con un gesto de asentimiento, Hallorann hizo girar lentamente el acelerador. El
vehículo avanzó, ronroneando, mientras el faro recortaba un límpido cono de luz en la
nieve que caía densamente. AI ver en el espejo retrovisor que Durkin lo saludaba,
levantando la mano, Hallorann lo saludó a su vez. Viró el manillar hacia la izquierda y se
encontró recorriendo la calle principal. El vehículo para la nieve avanzaba sin dificultad bajo
la blanca luz que arrojaban las farolas de la calle. El velocímetro marcaba cincuenta
kilómetros por hora. Eran las siete y diez. En el «Overlook», Wendy y Danny dormían
mientras Jack Torrance discutía cuestiones de vida o muerte con el anterior vigilante.
Después de recorrer unas cinco manzanas por la calle principal, las
farolas se acabaron. Durante casi un kilómetro siguió habiendo casitas, todas
firmemente cerradas contra la tormenta; después no quedó mas que la
oscuridad llena del aullido del viento. De nuevo en las tinieblas, sin más luz.
que la delgada lanza que arrojaba el faro del vehículo, el terror volvió a
cerrarse sobre él, un miedo infantil, irracional, que lo descorazonaba.
Hallorann jamás se había sentido tan solo. Durante algunos minutos,
mientras las escasas luces de Sidewinder iban desapareciendo en el
retrovisor, luchó contra un impulso casi insuperable de dar la vuelta y
regresar. Pensó que, con toda su preocupación por el hijo de Jack Torrance.
Durkin no se había ofrecido a acompañarlo en otro vehículo.
(Por aquí ese lugar tiene una reputación pésima.)
Con los dientes apretados, hizo girar más el acelerador, observando
cómo la aguja del velocímetro subía a sesenta y cinco y se estabilizaba en
setenta. Le parecía que iba a una velocidad espantosa, y sin embargo temía
que no fuera suficiente. A esa velocidad, necesitaría casi una hora para llegar
al «Overlook». Pero si iba más rápido tal vez no llegara, simplemente.
No apartaba los ojos de las barandillas que iba pasando y de los
diminutos reflectantes montados sobre ellas. Muchos de ellos estaban
cubiertos por la nieve. En dos ocasiones vio la indicación de una curva
peligrosamente tarde, y sintió que los patines del vehículo empezaban a
trepar el ventisquero tras el cual se ocultaba el precipicio antes de virar hacia
donde, en el verano, estaba el camino. El cuentakilómetros avanzaba con
una lentitud enloquecedora… cinco, diez, quince por fin. Incluso con el
pasamontañas de lana sentía rigidez en la cara, y en cuanto a las piernas, se
le estaban entumeciendo.
(Creo que daría cien dólares por un par de pantalones de esquiar.)
A medida que pasaban los kilómetros, su terror aumentaba, como si el
lugar tuviera una atmósfera ponzoñosa que se hacía más densa a medida
que uno se acercaba. ¿Le había sucedido lo mismo antes? Verdad que nunca
le había gustado el «Overlook», y que otros compartían con él la misma
sensación, pero nunca le había pasado algo así.
Otra vez sentía que la voz que había estado a punto de destruirlo en
las afueras de Sidewinder trataba de adueñarse de él, de penetrar sus
defensas para llegar a la vulnerabilidad interior. Si cuarenta kilómetros más
atrás había sido tan fuerte, ¿qué intensidad podría alcanzar ahora? No podía
excluirla completamente. Algo de ella se le infiltraba sin cesar, inundándole
el cerebro de siniestras imágenes subliminales. Y cada vez con más fuerza se
le aparecía la imagen de una mujer malherida, en un cuarto de baño,
levantando desesperadamente las manos para parar un golpe, y tenía la
creciente sensación de que esa mujer debía ser…
(¡Cuidado, por Dios!)
Desde adelante, el terraplén se le venía encima como un tren de
carga. Perdido en sus pensamientos, había pasado por alto una señal de
curva. Giró bruscamente hacia la derecha y el vehículo para la nieve dio una
vuelta sobre sí mismo, amenazando volcarse. Desde abajo le llegó el ruido
áspero del patín al raspar contra la roca. Hallorann creyó que la brusquedad
de la maniobra lo arrojaría fuera del vehículo, que efectivamente estuvo
durante un momento al borde de perder la estabilidad, hasta que
trabajosamente volvió a la superficie, más o menos horizontal, del camino
cubierto de nieve. Después se encontró de pronto frente al precipicio, y la
luz frontal le mostró el brusco final del manto de nieve y la oscuridad que se
extendía más allá. Con la sensación de que el corazón se le había subido a la
garganta, giro el vehículo hacia el otro lado.
(Dicky viejo amigo no te salgas del camino.)
Hizo girar un poco más el acelerador, con esfuerzo, hasta que la aguja
del velocímetro se acercó a los ochenta. El viento aullaba y rugía. El faro
perforaba la oscuridad.
No sabía cuánto tiempo después, al doblar una curva flanqueada por
ventisqueros, alcanzó a ver, hacia delante, un destello de luz. No fue más
que un resplandor que desapareció tras una elevación del terreno. La visión
fue tan fugaz, que Hallorann trataba de persuadirse de que no había sido
más que una proyección de su deseo cuando en otra curva volvió a ver la luz,
esta vez un poco más cerca, durante algunos segundos. Ahora, su realidad
era ya incuestionable; eran muchas las veces que, antes, lo había visto desde
ese mismo lugar. Era el «Overlook», y parecía que hubiera luces encendidas
en el vestíbulo y en la primera planta.
Parte de su terror —la parte que se refería a salirse del camino o a
estropear el vehículo al tomar una curva que no hubiera visto— se
desvaneció por completo. Comenzó a recorrer con una sensación de
seguridad la primera mitad de una curva en S que ahora recordaba
perfectamente, palmo a palmo, y fue entonces cuando el faro enfocó lo
(oh dios jesús mío qué es eso)
que se alzaba frente a él en el camino. Delineado en blanco y negro,
sin matices, Hallorann creyó al principio que se trataba de algún enorme
lobo gris que la tormenta había hecho descender de las alturas. Después, al
acercarse más y reconocer lo que era, el horror le cerró la garganta.
No era un lobo, sino un león. Uno de los leones del seto.
La cara era una máscara de sombras negras y nieve en polvo, tensos
los músculos en la preparación del salto. Y saltó, por cierto, mientras la nieve
se elevaba, movilizada por el resorte de las patas traseras, en un silencioso
estallido de destellos de cristal.
Dejando escapar un grito, Hallorann giró hacia la derecha el manillar,
inclinándose al mismo tiempo. Un dolor lacerante, desgarrador, se le
extendió por la cara, el cuello, los hombros. El impacto le rasgó el
pasamontañas por atrás y a él lo arrojó del vehículo. Cayó sobre la nieve,
hundiéndose y rodando sobre ella.
Sintió cómo se le acercaba el león. De sus narices emanaba un olor
áspero, de hojas verdes y de acebo. Una enorme garra lo golpeó en la
espalda y Hallorann voló por el aire a tres metros de altura y volvió a caer,
despatarrado como una muñeca de trapo. Vio cómo el vehículo, sin
conductor, iba a chocar contra el terraplén, rebotaba, recorriendo el cielo
con el faro, y se quedaba inmóvil después de desplomarse con un ruido
sordo.
Un segundo después el león estaba sobre él. Con un ruido susurrante,
como el de algo que se desgarra, algo que le rasguñó delante del
chaquetón. Tal vez hubieran podido ser ramitas, pero Hallorann sabía que
eran garras.
—¡Tú no estás ahí! —gritó Hallorann al león que se le volvía a acercar
gruñendo, describiendo círculos—. ¡Tú no existes!
Con un esfuerzo se puso de pie y consiguió empezar a acercarse al
vehículo para la nieve antes de que el león se le abalanzara, cruzándole la
cabeza con una garra que parecía rematada por agujas. Hallorann vio un
estallido de luces, silenciosas.
—No existes —repitió con voz que era apenas un murmullo. Las
rodillas se le aflojaron y lo dejaron caer en la nieve. Hallorann se arrastró
hacia el vehículo, sintiendo cómo le corría la sangre por el lado derecho de la
cara. El león volvió a atacarlo haciéndole quedar de espaldas, como una
tortuga. Rugía gozoso.
Hallorann se esforzó por llegar al vehículo. Lo que necesitaba estaba
allí. Mientras, el león volvía a acercársele, desgarrando y arañando.
52. WENDY Y JACK
Wendy se arriesgó a volver a mirar por encima del hombro. Jack
estaba en el sexto escalón, ayudándose no menos que ella con el pasamanos.
Seguía con su espantosa sonrisa, y entre los dientes le rezumaba, lenta y
oscura, un poco de sangre que descendía por el cuello. Iba enseñándole los
dientes.
—Te voy a aplastar los sesos, aplastártelos y joderlos —consiguió subir
otro peldaño.
Azuzada por el pánico, Wendy tuvo la sensación de que el costado le
dolía un poco menos. Sin hacer caso del dolor, se aferró con toda la fuerza
que podía al pasamanos, convulsivamente, para seguir subiendo. Cuando
llegó arriba, volvió a mirar hacia atrás.
Aparentemente, en vez de perder fuerzas, las de Jack se
multiplicaban. Ya estaba apenas a cuatro escalones del descansillo y,
mientras se ayudaba para subir con la mano derecha, medía la distancia con
el mazo de roque q