EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS – Joseph Conrad

EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS
Joseph Conrad

 

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I
El Nellie, un bergantín de considerable tonelaje, se inclinó hacia el ancla sin una sola
vibración de las velas y permaneció inmóvil. El flujo de la marea había terminado,
casi no soplaba viento y, como había que seguir río abajo, lo único que quedaba por
hacer era detenerse y esperar el cambio de la marea.
El estuario del Támesis se prolongaba frente a nosotros como el comienzo de un
interminable camino de agua. A lo lejos el cielo y el mar se unían sin ninguna
interferencia, y en el espacio luminoso las velas curtidas de los navíos que subían
con la marea parecían racimos encendidos de lonas agudamente triangulares, en los
que resplandecían las botavaras barnizadas. La bruma que se extendía por las
orillas del río se deslizaba hacia el mar y allí se desvanecía suavemente. La
oscuridad se cernía sobre Gravesend, y más lejos aún, parecía condensarse en una
lúgubre capa que envolvía la ciudad más grande y poderosa del universo.
El director de las compañías era a la vez nuestro capitán y nuestro anfitrión. Nosotros
cuatro observábamos con afecto su espalda mientras, de pie en la proa,
contemplaba el mar. En todo el río no se veía nada que tuviera la mitad de su
aspecto marino. Parecía un piloto, que para un hombre de mar es la personificación
de todo aquello en que puede confiar. Era difícil comprender que su oficio no se
encontrara allí, en aquel estuario luminoso, sino atrás, en la ciudad cubierta por la
niebla.
Existía entre nosotros, como ya lo he dicho en alguna otra parte, el vínculo del mar.
Además de mantener nuestros corazones unidos durante largos periodos de
separación, tenía la fuerza de hacernos tolerantes ante las experiencias personales,
y aun ante las convicciones de cada uno. El abogado el mejor de los viejos
camaradas tenía, debido a sus muchos años y virtudes, el único almohadón de la
cubierta y estaba tendido sobre una manta de viaje. El contable había sacado la caja
de dominó y construía formas arquitectónicas con las fichas. Marlow, sentado a
babor con las piernas cruzadas, apoyaba la espalda en el palo de mesana. Tenía las
mejillas hundidas, la tez amarillenta, la espalda erguida, el aspecto ascético; con los
brazos caídos, vueltas las manos hacia afuera, parecía un ídolo. El director,
satisfecho de que el ancla hubiese agarrado bien, se dirigió hacia nosotros y tomó
asiento. Cambiamos unas cuantas palabras perezosamente. Luego se hizo el
silencio a bordo del yate. Por una u otra razón no comenzábamos nuestro juego de
dominó. Nos sentíamos meditabundos, dispuestos sólo a una plácida meditación. El
día terminaba en una serenidad de tranquilo y exquisito fulgor. El agua brillaba
pacíficamente; el cielo, despejado, era una inmensidad benigna de pura luz; la niebla
misma, sobre los pantanos de Essex, era como una gasa radiante colgada de las
colinas, cubiertas de bosques, que envolvía las orillas bajas en pliegues diáfanos.
Sólo las brumas del oeste, extendidas sobre las regiones superiores, se volvían a
cada minuto más sombrías, como si las irritara la proximidad del sol.
Y por fin, en un imperceptible y elíptico crepúsculo, el sol descendió, y de un blanco
ardiente pasó a un rojo desvanecido, sin rayos y sin luz, dispuesto a desaparecer
súbitamente, herido de muerte por el contacto con aquellas tinieblas que cubrían a
una multitud de hombres.
Inmediatamente se produjo un cambio en las aguas; la serenidad se volvió menos
brillante pero más profunda. El viejo río reposaba tranquilo, en toda su anchura, a la
caída del día, después de siglos de buenos servicios prestados a la raza que
poblaba sus márgenes, con la tranquila dignidad de quien sabe que constituye un
camino que lleva a los más remotos lugares de la tierra. Contemplamos aquella
corriente venerable no en el vívido flujo de un breve día que llega y parte para
siempre, sino en la augusta luz de una memoria perenne. Y en efecto, nada le resulta
más fácil a un hombre que ha, como comúnmente se dice, “seguido el mar” con
reverencia y afecto, que evocar el gran espíritu del pasado en las bajas regiones del
Támesis. La marea fluye y refluye en su constante servicio, ahíta de recuerdos de
hombres y de barcos que ha llevado hacia el reposo del hogar o hacia batallas
marítimas. Ha conocido y ha servido a todos los hombres que han honrado a la
patria, desde sir Francis Drake hasta sir John Franklin, caballeros todos, con título o
sin título… grandes caballeros andantes del mar. Había transportado a todos los
navíos cuyos nombres son como resplandecientes gemas en la noche de los
tiempos, desde el Golden Hind, que volvía con el vientre colmado de tesoros, para
ser visitado por su majestad, la reina, y entrar a formar parte de un relato
monumental, hasta el Erebus y el Terror, destinados a otras conquistas, de las que
nunca volvieron. Había conocido a los barcos y a los hombres. Aventureros y colonos
partidos de Deptford, Greenwich y Erith; barcos de reyes y de mercaderes;
capitanes, almirantes, oscuros traficantes animadores del comercio con Oriente, y
“generales” comisionados de la flota de la India. Buscadores de oro, enamorados de
la fama: todos ellos habían navegado por aquella corriente, empuñando la espada y
a veces la antorcha, portadores de una chispa del fuego sagrado. ¡Qué grandezas no
habían flotado sobre la corriente de aquel río en su ruta al misterio de tierras
desconocidas!… Los sueños de los hombres, la semilla de organizaciones
internacionales, los gérmenes de los imperios.
El sol se puso. La oscuridad descendió sobre las aguas y comenzaron a aparecer
luces a lo largo de la orilla. El faro de Chapman, una construcción erguida sobre un
trípode en una planicie fangosa, brillaba con intensidad. Las luces de los barcos se
movían en el río, una gran vibración luminosa ascendía y descendía. Hacia el oeste,
el lugar que ocupaba la ciudad monstruosa se marcaba de un modo siniestro en el
cielo, una tiniebla que parecía brillar bajo el sol, un resplandor cárdeno bajo las
estrellas.
—Y también éste —dijo de pronto Marlow— ha sido uno de los lugares oscuros de la
tierra.
De entre nosotros era el único que aún “seguía el mar”. Lo peor que de él podía
decirse era que no representaba a su clase. Era un marino, pero también un
vagabundo, mientras que la mayoría de los marinos llevan, por así decirlo, una vida
sedentaria. Sus espíritus permanecen en casa y puede decirse que su hogar —el
barco— va siempre con ellos; así como su país, el mar. Un barco es muy parecido a
otro y el mar es siempre el mismo. En la inmutabilidad de cuanto los circunda, las
costas extranjeras, los rostros extranjeros, la variable inmensidad de vida se desliza
imperceptiblemente, velada, no por un sentimiento de misterio, sino por una
ignorancia ligeramente desdeñosa, ya que nada resulta misterioso para el marino a
no ser la mar misma, la amante de su existencia, tan inescrutable como el destino.
Por lo demás, después de sus horas de trabajo, un paseo ocasional, o una
borrachera ocasional en tierra firme, bastan para revelarle los secretos de todo un
continente, y por lo general decide que ninguno de esos secretos vale la pena de ser
conocido. Por eso mismo los relatos de los marinos tienen una franca sencillez: toda
su significación puede encerrarse dentro de la cáscara de una nuez. Pero Marlow no
era un típico hombre de mar (si se exceptúa su afición a relatar historias), y para él la
importancia de un relato no estaba dentro de la nuez sino afuera, envolviendo la
anécdota de la misma manera que el resplandor circunda la luz, a semejanza de uno
de esos halos neblinosos que a veces se hacen visibles por la iluminación espectral
de la claridad de la luna.
A nadie pareció sorprender su comentario. Era típico de Marlow. Se aceptó en
silencio; nadie se tomó ni siquiera la molestia de refunfuñar. Después dijo, muy
lentamente:
—Estaba pensando en épocas remotas, cuando llegaron por primera vez los
romanos a estos lugares, hace diecinueve siglos… el otro día… La luz iluminó este río
a partir de entonces. ¿Qué decía, caballeros? Sí, como una llama que corre por una
llanura, como un fogonazo del relámpago en las nubes. Vivimos bajo esa llama
temblorosa. ¡Y ojalá pueda durar mientras la vieja tierra continúe dando vueltas! Pero
la oscur idad reinaba aquí aún ayer. Imaginad los sentimientos del comandante de un
hermoso… ¿cómo se llamaban?… trirreme del Mediterráneo, destinado
inesperadamente a viajar al norte. Después de atravesar a toda prisa las Galias,
teniendo a su cargo uno de esos artefactos que los legionarios (no me cabe duda de
que debieron haber sido un maravilloso pueblo de artesanos) solían construir, al
parecer por centenas en sólo un par de meses, si es que debemos creer lo que
hemos leído. Imaginadlo aquí, en el mismo fin del mundo, un mar color de plomo, un
cielo color de humo, una especie de barco tan fuerte como una concertina,
remontando este río con aprovisionamientos u órdenes, o con lo que os plazca.
Bancos de arena, pantanos, bosques, salvajes. Sin los alimentos a los que estaba
acostumbrado un hombre civilizado, sin otra cosa para beber que el agua del
Támesis. Ni vino de Falerno ni paseos por tierra. De cuando en cuando un
campamento militar perdido en los bosques, como una aguja en medio de un pajar.
Frío, niebla, bruma, tempestades, enfermedades, exilio, muerte acechando siempre
tras los matorrales, en el agua, en el aire. ¡Deben haber muerto aquí como las
moscas! Oh, sí, nuestro comandante debió haber pasado por todo eso, y sin duda
debió haber salido muy bien librado, sin pensar tampoco demasiado en ello salvo
después, cuando contaba con jactancia sus hazañas. Era lo suficientemente hombre
como para enfrentarse a las tinieblas. Tal vez lo alentaba la esperanza de obtener un
ascenso en la flota de Ravena, si es que contaba con buenos amigos en Roma y
sobrevivía al terrible clima. Podríamos pensar también en un joven ciudadano
elegante con su toga; tal vez habría jugado demasiado, y venía aquí en el séquito de
un prefecto, de un cuestor, hasta de un comerciante, para rehacer su fortuna. Un país
cubierto de pantanos, marchas a través de los bosques, en algún lugar del interior la
sensación de que el salvajismo, el salvajismo extremo, lo rodea… toda esa vida
misteriosa y primitiva que se agita en el bosque, en las selvas, en el corazón del
hombre salvaje. No hay iniciación para tales misterios. Ha de vivir en medio de lo
incomprensible, que también es detestable. Y hay en todo ello una fascinación que
comienza a trabajar en él. La fascinación de lo abominable. Podéis imaginar el
pesar creciente, el deseo de escapar, la impotente repugnancia, el odio.
Hizo una pausa.
—Tened en cuenta —comenzó de nuevo, levantando un brazo desde el codo, la
palma de la mano hacia afuera, de modo que con los pies cruzados ante sí parecía
un Buda predicando, vestido a la europea y sin la flor de loto en la mano—, tened en
cuenta que ninguno de nosotros podría conocer esa experiencia. Lo que a nosotros
nos salva es la eficiencia… el culto por la eficiencia. Pero aquellos jóvenes en
realidad no tenían demasiado en qué apoyarse. No eran colonizadores; su
administración equivalía a una pura opresión y nada más, imagino. Eran
conquistadores, y eso lo único que requiere es fuerza bruta, nada de lo que pueda
uno vanagloriarse cuando se posee, ya que la fuerza no es sino una casualidad
nacida de la debilidad de los otros. Se apoderaban de todo lo que podían. Aquello
era verdadero robo con violencia, asesinato con agravantes en gran escala, y los
hombres hacían aquello ciegamente, como es natural entre quienes se debaten en la
oscuridad. La conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a
quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que las
nuestras, no es nada agradable cuando se observa con atención. Lo único que la
redime es la idea. Una idea que la respalda: no un pretexto sentimental sino una
idea; y una creencia generosa en esa idea, en algo que se puede enarbolar, ante lo
que uno puede postrarse y ofrecerse en sacrificio…
Se interrumpió. Unas llamas se deslizaban en el río, pequeñas llamas verdes, rojas,
blancas, persiguiéndose y alcanzándose, uniéndose y cruzándose entre sí, otras
veces separándose lenta o rápidamente. El tráfico de la gran ciudad continuaba al
acentuarse la noche sobre el río insomne. Observábamos el espectáculo y
esperábamos con paciencia. No se podía hacer nada más mientras no terminara la
marea. Pero sólo después de un largo silencio, volvió a hablar con voz temblorosa:
—Supongo que recordaréis que en una época fui marino de agua dulce, aunque por
poco tiempo.
Comprendimos que, antes de que empezara el reflujo, estábamos predestinados a
escuchar otra de las inacabables experiencias de Marlow.
—No quiero aburriros demasiado con lo que me ocurrió personalmente —comenzó,
mostrando en ese comentario la debilidad de muchos narradores de aventuras que a
menudo parecen ignorar las preferencias de su auditorio—. Sin embargo, para que
podáis comprender el efecto que todo aquello me produjo es necesario que sepáis
cómo fui a dar allá, qué es lo que vi y cómo tuve que remontar el río hasta llegar al
sitio donde encontré a aquel pobre tipo. Era en el último punto navegable, la meta de
mi expedición. En cierto modo pareció irradiar una especie de luz sobre todas las
cosas y sobre mis pensamientos. Fue algo bastante sombrío, digno de compasión…
nada extraordinario sin embargo… ni tampoco muy claro. No, no muy claro. Y sin
embargo parecía arrojar una especie de luz.
“Acababa yo de volver, como recordaréis, a Londres, después de una buena dosis
de Océano Índico, de Pacífico y de Mar de China; una dosis más que suficiente de
Oriente, seis años o algo así, y había comenzado a holgazanear, impidiendoos
trabajar, invadiendo vuestras casas, como si hubiera recibido la misión celestial de
civilizaros. Por un breve periodo aquello resultaba excelente, pero después de cierto
tiempo comencé a fatigarme de tanto descanso. Entonces empecé a buscar un
barco; hubiera aceptado hasta el trabajo más duro de la tierra. Pero los barcos
parecían no fijarse en mí, y también ese juego comenzó a cansarme.
“Debo decir que de muchacho sentía pasión por los mapas. Podía pasar horas
enteras reclinado sobre Sudamérica, África o Australia, y perderme en los proyectos
gloriosos de la exploración. En aquella época había en la tierra muchos espacios en
blanco, y cuando veía uno en un mapa que me resultaba especialmente atractivo
(aunque todos lo eran), solía poner un dedo encima y decir: cuando crezca iré aquí.
Recuerdo que el Polo Norte era uno de esos espacios. Bueno, aún no he estado allí,
y creo que ya no he de intentarlo. El hechizo se ha desvanecido. Otros lugares
estaban esparcidos alrededor del ecuador, y en toda clase de latitudes sobre los dos
hemisferios. He estado en algunos de ellos y… bueno, no es el momento de hablar
de eso. Pero había un espacio, el más grande, el más vacío por así decirlo, por el
que sentía verdadera pasión.
“En verdad ya en aquel tiempo no era un espacio en blanco. Desde mi niñez se
había llenado de ríos, lagos, nombres. Había dejado de ser un espacio en blanco
con un delicioso misterio, una zona vacía en la que podía soñar gloriosamente un
muchacho. Se había convertido en un lugar de tinieblas. Había en él especialmente
un río, un caudaloso gran río, que uno podía ver en el mapa, como una inmensa
serpiente enroscada con la cabeza en el mar, el cuerpo ondulante a lo largo de una
amplia región y la cola perdida en las profundidades del territorio. Su mapa,
expuesto en el escaparate de una tienda, me fascinaba como una serpiente hubiera
podido fascinar a un pájaro, a un pajarillo tonto. Entonces recordé que había sido
creada una gran empresa, una compañía para el comercio en aquel río. ¡Maldita
sea! Me dije que no podían desarrollar el comercio sin usar alguna clase de
transporte en aquella inmensidad de agua fresca. ¡Barcos de vapor! ¿Por qué no
intentaba yo encargarme de uno? Seguí caminando por Fleet Street, pero no podía
sacarme aquella idea de la cabeza. La serpiente me había hipnotizado.
“Como todos sabéis, aquella compañía comercial era una sociedad europea, pero
yo tengo muchas relaciones que viven en el continente, porque es más barato y no
tan desagradable como parece, según cuentan.
“Me desconsuela tener que admitir que comencé a darles la lata. Aquello era
completamente nuevo en mi. Yo no estaba acostumbrado a obtener nada de ese
modo, ya lo sabéis. Siempre seguí mi propio camino y me dirigí por mis propios
pasos a donde me había propuesto ir. No hubiera creído poder comportarme de ese
modo, pero estaba decidido en esa ocasión a salirme con la mía. Así que comencé
a darles la lata. Los hombres dijeron ‘mi querido amigo’ y no hicieron nada.
Entonces, ¿podéis creerlo?, me dediqué a molestar a las mujeres. Yo, Charlie
Marlow, puse a trabajar a las mujeres… para obtener un empleo. ¡Santo cielo! Bueno,
veis, era una idea lo que me movía. Tenía yo una tía, un alma querida y entusiasta.
Me escribió: ‘Será magnífico. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa, todo lo que
esté en mis manos por ti. Es una idea gloriosa. Conozco a la esposa de un alto
funcionario de la administración, también a un hombre que tiene gran influencia allí’,
etcétera. Estaba dispuesta a no parar hasta conseguir mi nombramiento como
capitán de un barco fluvial, si tal era mi deseo.
“Por supuesto que obtuve el nombramiento, y lo obtuve muy pronto. Al parecer la
compañía había recibido noticias de que uno de los capitanes había muerto en una
riña con los nativos. Aquélla era mi oportunidad y me hizo sentir aún más ansiedad
por marcharme. Sólo muchos meses más tarde, cuando intenté rescatar lo que había
quedado del cuerpo, me enteré de que aquella riña había surgido a causa de un
malentendido sobre unas gallinas. Sí, dos gallinas negras. Fresleven se llamaba
aquel joven.., era un danés. Pensó que lo habían engañado en la compra, bajó a
tierra y comenzó a pegarle con un palo al jefe de la tribu. Oh, no me sorprendió ni
pizca enterarme de eso y oír decir al mismo tiempo que Fresleven era la criatura
más dulce y pacífica que había caminado alguna vez sobre dos piernas. Sin duda lo
era; pero había pasado ya un par de años al servicio de la noble causa, sabéis, y
probablemente sintió al fin la necesidad de afirmar ante sí mismo su autoridad de
algún modo. Por eso golpeó sin piedad al viejo negro, mientras una multitud lo
observaba con estupefacción, como fulminada por un rayo, hasta que un hombre, el
hijo del jefe según me dijeron, desesperado al oír chillar al anciano, intentó detener
con una lanza al hombre blanco y por supuesto lo atravesó con gran facilidad por
entre los omóplatos. Entonces la población se internó en el bosque, esperando toda
clase de calamidades. Por su parte, el vapor que Fresleven comandaba abandonó
también el lugar presa del pánico, gobernado, creo, por el maquinista. Después
nadie pareció interesarse demasiado por los restos de Fresleven, hasta que yo
llegué y busqué sus huellas. No podía dejar ahí el cadáver. Pero cuando al fin tuve la
oportunidad de ir en busca de los huesos de mi predecesor, resultó que la hierba
que crecía a través de sus costillas era tan alta que cubría sus huesos. Estaban
intactos. Aquel ser sobrenatural no había sido tocado después de la caída. La aldea
había sido abandonada, las cabañas se derrumbaban con los techos podridos. Era
evidente que había ocurrido una catástrofe. La población había desaparecido.
Enloquecidos por el terror, hombres, mujeres y niños se habían dispersado por el
bosque y no habían regresado. Tampoco sé qué pasó con las gallinas; debo pensar
que la causa del progreso las recibió de todos modos. Sin embargo, gracias a ese
glorioso asunto obtuve mi nombramiento antes de que comenzara a esperarlo. Me di
una prisa enorme para aprovisionarme, y antes de que hubieran pasado cuarenta y
ocho horas atravesaba el canal para presentarme ante mis nuevos patrones y firmar
el contrato. En unas cuantas horas llegué a una ciudad que siempre me ha hecho
pensar en un sepulcro blanqueado. Sin duda es un prejuicio. No tuve ninguna
dificultad en hallar las oficinas de la compañía. Era la más importante de la ciudad, y
todo el mundo tenía algo que ver con ella. Iban a crear un gran imperio en ultramar,
las inversiones no conocían límite.
“Una calle recta y estrecha profundamente sombreada, altos edificios, innumerables
ventanas con celosías venecianas, un silencio de muerte, hierba entre las piedras,
imponentes garajes abovedados a derecha e izquierda, inmensas puertas dobles,
pesadamente entreabiertas. Me introduje por una de esas aberturas, subí una
escalera limpia y sin ningún motivo ornamental, tan árida como un desierto, y abrí la
primera puerta que encontré. Dos mujeres, una gorda y la otra raquítica, estaban
sentadas sobre sillas de paja, tejiendo unas madejas de lana negra. La delgada se
levantó, se acercó a mí, y continuó su tejido con los ojos bajos. Y sólo cuando pensé
en apartarme de su camino, como cualquiera de ustedes lo habría hecho frente a un
sonámbulo, se detuvo y levantó la mirada. Llevaba un vestido tan liso como la funda
de un paraguas. Se volvió sin decir una palabra y me precedió hasta una sala de
espera.
“Di mi nombre y miré a mi alrededor. Una frágil mesa en el centro, sobrias sillas a lo
largo de la pared, en un extremo un gran mapa brillante con todos los colores del
arco iris. En aquel mapa había mucho rojo, cosa que siempre resulta agradable de
ver, porque uno sabe que en esos lugares se está realizando un buen trabajo, y una
excesiva cantidad de azul, un poco de verde, manchas color naranja, y sobre la costa
oriental una mancha púrpura para indicar el sitio en que los alegres pioneros del
progreso bebían jubilosos su cerveza. De todos modos, yo no iba a ir a ninguno de
esos colores. A mí me correspondía el amarillo. La muerte en el centro. Allí estaba el
río, fascinante, mortífero, como una serpiente. ¡Ay! Se abrió una puerta, apareció una
cabeza de secretario, de cabellos blancos y expresión compasiva; un huesudo dedo
índice me hizo una señal de admisión en el santuario. En el centro de la habitación,
bajo una luz difusa, había un pesado escritorio. Detrás de aquella estructura emergía
una visión de pálida fofez enfundada en un frac. Era el gran hombre en persona.
Tenía seis pies y medio de estatura, según pude juzgar, y su mano empuñaba un
lapicero acostumbrado a la suma de muchos millones. Creo que me la tendió,
murmuró algo, pareció satisfecho de mi francés. Bon voyage.
“Cuarenta y cinco segundos después me hallaba nuevamente en la sala de espera
acompañado del secretario de expresión compasiva, quien, lleno de desolación y
simpatía, me hizo firmar algunos documentos. Según parece, me comprometía entre
otras cosas a no revelar ninguno de los secretos comerciales. Bueno, no voy a
hacerlo.
“Empecé a sentirme ligeramente a disgusto. No estoy acostumbrado, ya lo sabéis, a
tales ceremonias. Había algo fatídico en aquella atmósfera. Era exactamente como
si hubiera entrado a formar parte de una conspiración, no sé, algo que no era del
todo correcto. Me sentí dichoso de poder retirarme. En el cuarto exterior las dos
mujeres seguían tejiendo febrilmente sus estambres de lana negra. Llegaba gente, y
la más joven de las mujeres se paseaba de un lado a otro haciéndolos entrar en la
sala de espera. La vieja seguía sentada en el asiento; sus amplias zapatillas
reposaban en un calentador de pies y un gato dormía en su regazo. Llevaba una
cofia blanca y almidonada en la cabeza, tenía una verruga en una mejilla y unos
lentes con montura de plata en el extremo de la nariz. Me lanzó una mirada por
encima de los cristales. La rápida e indiferente placidez de aquella mirada me
perturbó. Dos jóvenes con rostros cándidos y alegres eran piloteados por la otra en
aquel momento; y ella lanzó la misma mirada rápida de indiferente sabiduría.
Parecía saberlo todo sobre ellos y también sobre mí. Me sentí invadido por un
sentimiento de importancia. La mujer parecía desalmada y fatídica. Con frecuencia,
lejos de allí, he pensado en aquellas dos mujeres guardando las puertas de la
Oscuridad, tejiendo sus lanas negras como para un paño mortuorio, la una
introduciendo, introduciendo siempre a los recién llegados en lo desconocido, la otra
escrutando las caras alegres e ingenuas con sus ojos viejos e impasibles. Ave,
viejas hilanderas de lana negra. Morituri te salutant. No a muchos pudo volver a
verlos una segunda vez, ni siquiera a la mitad.
“Yo debía visitar aún al doctor. ‘Se trata sólo de una formalidad’, me aseguró el
secretario, con aire de participar en todas mis penas. Por consiguiente un joven, que
llevaba el sombrero caído sobre la ceja izquierda, supongo que un empleado (debía
de haber allí muchísimos empleados aunque el edificio parecía tan tranquilo como si
fuera una casa en el reino de la muerte), salió de alguna parte, bajó la escalera y me
condujo a otra sala. Era un joven desaseado, con las mangas de la chaqueta
manchadas de tinta, y su corbata era grande y ondulada debajo de un mentón que
por su forma recordaba un zapato viejo. Era muy temprano para visitar al doctor, así
que propuse ir a beber algo. Entonces mostró que podía desarrollar una vena de
jovialidad. Mientras tomábamos nuestros vermuts, él glorificaba una y otra vez los
negocios de la compañía, y entonces le expresé accidentalmente mi sorpresa de
que no fuera allá. En seguida se enfrió su entusiasmo. ‘No soy tan tonto como
parezco, les dijo Platón a sus discípulos’, recitó sentenciosamente. Vació su vaso de
un solo trago y nos levantamos.
“El viejo doctor me tomó el pulso, pensando evidentemente en alguna otra cosa
mientras lo hacía. ‘Está bien, está bien para ir allá’, musitó, y con cierta ansiedad me
preguntó si le permitía medirme la cabeza. Bastante sorprendido le dije que sí.
Entonces sacó un instrumento parecido a un compás calibrado y tomó las
dimensiones por detrás y delante, de todos lados, apuntando unas cifras con
cuidado. Era un hombre de baja estatura, sin afeitar y con una levita raída que más
bien parecía una gabardina. Tenía los pies calzados con zapatillas y me pareció
desde el primer momento un loco inofensivo. ‘Siempre pido permiso, velando por los
intereses de la ciencia, para medir los cráneos de los que parten hacia allá’, me dijo.
‘¿Y también cuando vuelven?’, pregunté. ‘Nunca los vuelvo a ver’, comentó, ‘además,
los cambios se producen en el interior, sabe usted.’ Se río como si hubiera dicho
alguna broma placentera. ‘De modo que va usted a ir. Debe ser interesante.’ Me
lanzó una nueva mirada inquisitiva e hizo una nueva anotación. ‘¿Ha habido algún
caso de locura en su familia?’, preguntó con un tono casual. Me sentí fastidiado.
‘¿También esa pregunta tiene algo que ver con la ciencia?’ ‘Es posible’, me
respondió sin hacer caso de mi irritación, ‘a la ciencia le interesa observar los
cambios mentales que se producen en los individuos en aquel sitio, pero…’ ‘¿Es
usted alienista?’, lo interrumpí. ‘Todo médico debería serlo un poco’, respondió aquel
tipo original con tono imperturbable. ‘He formado una pequeña teoría, que ustedes,
señores, los que van allá, me deberían ayudar a demostrar. Ésta es mi contribución a
los beneficios que mi país va a obtener de la posesión de aquella magnífica colonia.
La riqueza se la dejo a los demás. Perdone mis preguntas, pero usted es el primer
inglés a quien examino.’ Me apresuré a decirle que de ninguna manera era yo un
típico inglés. ‘Si lo fuera, no estaría conversando de esta manera con usted.’ ‘Lo que
dice es bastante profundo, aunque probablemente equivocado’, dijo riéndose. ‘Evite
usted la irritación más que los rayos solares. Adiós. ¿Cómo dicen ustedes, los
ingleses? Good-bye. ¡Ah! Good-bye. Adieu. En el trópico hay que mantener sobre
todas las cosas la calma.’ Levantó el índice e hizo la advertencia: ‘Du calme, du
calme. Adieu.’
“Me quedaba todavía algo por hacer, despedirme de mi excelente tía. La encontré
triunfante. Me ofreció una taza de té. Fue mi última taza de té decente en muchos
días. Y en una habitación muy confortable, exactamente como os podéis imaginar el
salón de una dama, tuvimos una larga conversación junto a la chimenea. En el curso
de sus confidencias, resultó del todo evidente que yo había sido presentado a la
mujer de un alto funcionario de la compañía, y quién sabe ante cuántas personas
más, como una criatura excepcionalmente dotada, un verdadero hallazgo para la
compañía, un hombre de los que no se encuentran todos los días. ¡Cielos! ¡Yo iba a
hacerme cargo de un vapor de dos centavos! De cualquier manera parecía que yo
era considerado como uno de tantos trabajadores, pero con mayúsculas. Algo así
como un emisario de la luz, como un individuo apenas ligeramente inferior a un
apóstol. Una enorme cantidad de esas tonterías corría en los periódicos y en las
conversaciones de aquella época, y la excelente mujer se había visto arrastrada por
la corriente. Hablaba de ‘liberar a millones de ignorantes de su horrible destino’,
hasta que, palabra, me hizo sentir verdaderamente incómodo. Traté de insinuar que
lo que a la compañía le interesaba era su propio beneficio.
“‘Olvidas, querido Charlie, que el trabajador merece también su recompensa’, dijo
ella con brío. Es extraordinario comprobar cuán lejos de la realidad pueden situarse
las mujeres. Viven en un mundo propio, y nunca ha existido ni podrá existir nada
semejante. Es demasiado hermoso; si hubiera que ponerlo en pie se derrumbaría
antes del primer crepúsculo. Alguno de esos endemoniados hechos con que
nosotros los hombres nos las hemos tenido que ver desde el día de la creación,
surgiría para echarlo todo a rodar.
“Después de eso fui abrazado; mi tía me recomendó que llevara ropas de franela,
me hizo asegurarle que le escribiría con frecuencia, y al fin pude marcharme. Ya en la
calle, y no me explico por qué, experimenté la extraña sensación de ser un impostor.
Y lo más raro de todo fue que yo, que estaba acostumbrado a largarme a cualquier
parte del mundo en menos de veinticuatro horas, con menos reflexión de la que la
mayor parte de los hombres necesitan para cruzar una calle, tuve un momento, no
diría de duda, pero sí de pausa ante aquel vulgar asunto. La mejor manera de
explicarlo es decir que durante uno o dos segundos sentí como si en vez de ir al
centro de un continente estuviera a punto de partir hacia el centro de la tierra.
“Me embarqué en un barco francés, que se detuvo en todos los malditos puertos que
tienen allá, con el único propósito, según pude percibir, de desembarcar soldados y
empleados aduanales. Yo observaba la costa. Observar una costa que se desliza
ante un barco equivale a pensar en un enigma. Está allí ante uno, sonriente, torva,
atractiva, raquítica, insípida o salvaje, muda siempre, con el aire de murmurar: ‘Ven y
me descubrirás.’ Aquella costa era casi informe, como si estuviera en proceso de
creación, sin ningún rasgo sobresaliente. El borde de una selva colosal, de un verde
tan oscuro que llegaba casi al negro, orlada por el blanco de la resaca, corría recta
como una línea tirada a cordel, lejos, cada vez más lejos, a lo largo de un mar azul,
cuyo brillo se enturbiaba a momentos por una niebla baja. Bajo un sol feroz, la tierra
parecía resplandecer y chorrear vapor. Aquí y allá apuntaban algunas manchas
grisáceas o blancuzcas agrupadas en la espuma blanca, con una bandera a veces
ondeando sobre ellas. Instalaciones coloniales que contaban ya con varios siglos de
existencia y que no eran mayores que una cabeza de alfiler sobre la superficie
intacta que se extendía tras ellas. Navegábamos a lo largo de la costa, nos
deteníamos, desembarcábamos soldados, continuábamos, desembarcábamos
empleados de aduana para recaudar impuestos en algo que parecía un páramo
olvidado por Dios, con una casucha de lámina y un asta podrida sobre ella;
desembarcábamos aún más soldados, para cuidar de los empleados de aduana,
supongo. Algunos, por lo que oí decir, se ahogaban en el rompiente, pero, fuera o no
cierto, nadie parecía preocuparse demasiado. Eran arrojados a su destino y
nosotros continuábamos nuestra marcha. La costa parecía ser la misma cada día,
como si no nos hubiésemos movido; sin embargo, dejamos atrás diversos lugares,
centros comerciales con nombres como Gran Bassam, Little Popo; nombres que
parecían pertenecer a alguna sórdida farsa representada ante un telón siniestro. Mi
ociosidad de pasajero, mi aislamiento entre todos aquellos hombres con quienes
nada tenía en común, el mar lánguido y aceitoso, la oscuridad uniforme de la costa,
parecían mantenerme al margen de la verdad de las cosas, en el estupor de una
penosa e indiferente desilusión. La voz de la resaca, oída de cuando en cuando, era
un auténtico placer, como las palabras de un hermano. Era algo natural, que tenía
razón de ser y un sentido. De vez en cuando un barco que venía de la costa nos
proporcionaba un momentáneo contacto con la realidad. Los remeros eran negros.
Desde lejos podía vislumbrarse el blanco de sus ojos. Gritaban y cantaban; sus
cuerpos estaban bañados de sudor; sus caras eran como máscaras grotescas; pero
tenían huesos, músculos, una vitalidad salvaje, una intensa energía en los
movimientos, que era tan natural y verdadera como el oleaje a lo largo de la costa.
No necesitaban excusarse por estar allí. Contemplarlos servía de consuelo. Durante
algún tiempo pude sentir que pertenecía todavía a un mundo de hechos naturales,
pero esta creencia no duraría demasiado. Algo iba a encargarse de destruirla. En
una ocasión, me acuerdo muy bien, nos acercamos a un barco de guerra anclado en
la costa. No había siquiera una cabaña, y sin embargo disparaba contra los
matorrales. Según parece los franceses libraban allí una de sus guerras. Su enseña
flotaba con la flexibilidad de un trapo desgarrado. Las bocas de los largos cañones
de seis pulgadas sobresalían de la parte inferior del casco. El oleaje aceitoso y
espeso levantaba al barco y lo volvía a bajar perezosamente, balanceando sus
espigados mástiles. En la vacía inmensidad de la tierra, el cielo y el agua, aquella
nave disparaba contra el continente. ¡Paf!, haría uno de sus pequeños cañones de
seis pulgadas; aparecería una pequeña llama y se extinguiría; se esfumaría una
ligera humareda blanca; un pequeño proyectil silbaría débilmente y nada habría
ocurrido. Nada podría ocurrir. Había un aire de locura en aquella actividad; su
contemplación producía una impresión de broma lúgubre. Y esa impresión no
desapareció cuando alguien de a bordo me aseguró con toda seriedad que allí
había un campamento de aborígenes (¡los llamaba enemigos!), oculto en algún lugar
fuera de nuestra vista.
“Le entregamos sus cartas (me enteré de que los hombres en aquel barco solitario
morían de fiebre a razón de tres por día) y proseguimos nuestra ruta. Hicimos escala
en algunos otros lugares de nombres grotescos, donde la alegre danza de la muerte
y el comercio continuaba desenvolviéndose en una atmósfera tranquila y terrenal,
como en una catacumba ardiente. A lo largo de aquella costa informe, bordeada de
un rompiente peligroso, como si la misma naturaleza hubiera tratado de desalentar a
los intrusos, remontamos y descendimos algunos ríos, corrientes de muerte en vida,
cuyos bordes se pudrían en el cieno, y cuyas aguas, espesadas por el limo, invadían
los manglares contorsionados que parecían retorcerse hacia nosotros, en el extremo
de su impotente desesperación. En ningún lugar nos detuvimos el tiempo suficiente
como para obtener una impresión precisa, pero un sentimiento general de estupor
vago y opresivo se intensificó en mí. Era como un fatigoso peregrinar en medio de
visiones de pesadilla.
“Pasaron más de treinta días antes de que viera la boca del gran río. Anclamos
cerca de la sede del gobierno, pero mi trabajo sólo comenzaría unas doscientas
millas más adentro. Tan pronto como pude, llegué a un lugar situado treinta millas
arriba.
“Tomé pasaje en un pequeño vapor. El capitán era sueco, y cuando supo que yo era
marino me invitó a subir al puente. Era un joven delgado, rubio y lento, con una
cabellera y porte desaliñados. Cuando abandonamos el pequeño y miserable
muelle, meneó la cabeza en ademanes despectivos y me preguntó: ‘¿Ha estado
viviendo aquí?’ Le dije que sí. ‘Estos muchachos del gobierno son un grupo
excelente’, continuó hablando el inglés con gran precisión y considerable amargura.
‘Es gracioso lo que algunos de ellos pueden hacer por unos cuantos francos al mes.
Me asombra lo que les ocurre cuando se internan río arriba.’ Le dije que pronto
esperaba verlo con mis propios ojos. ‘¡Vaya!’, exclamó. Luego me dio por un
momento la espalda mirando con ojo vigilante la ruta. ‘No esté usted tan seguro.
Hace poco recogí a un hombre colgado en el camino. También era sueco.’ ‘¿Se
colgó? ¿Por qué, en nombre de Dios?’, exclamé. Él seguía mirando con
preocupación el río. ‘¿Quién puede saberlo? ¡Quizás estaba harto del sol! ¡O del
país!’
“Al fin se abrió ante nosotros una amplia extensión de agua. Apareció una punta
rocosa, montículos de tierra levantados en la orilla, casas sobre una colina, otras con
techo metálico, entre las excavaciones o en un declive. Un ruido continuo producido
por las caídas de agua dominaba esa escena de devastación habitada. Un grupo de
hombres, en su mayoría negros desnudos, se movían como hormigas. El muelle se
proyectaba sobre el río. Un crepúsculo cegador hundía todo aquello en un resplandor
deslumbrante. ‘Ésa es la sede de su compañía’, dijo el sueco, señalando tres
barracas de madera sobre un talud rocoso. ‘Voy a hacer que le suban el equipaje.
¿Cuatro bultos, dice usted? Bueno, adiós.’
“Pasé junto a un caldero que estaba tirado sobre la hierba, llegué a un sendero que
conducía a la colina. El camino se desviaba ante las grandes piedras y ante unas
vagonetas tiradas boca abajo con las ruedas al aire. Faltaba una de ellas. Parecía el
caparazón de un animal extraño. Encontré piezas de maquinaria desmantelada, y
una pila de rieles mohosos. A mi izquierda un macizo de árboles producía un lugar
umbroso, donde algunas cosas oscuras parecían moverse. Yo pestañeaba; el
sendero era escarpado. A la derecha oí sonar un cuerno y vi correr a un grupo de
negros. Una pesada y sorda detonación hizo estremecerse la tierra, una bocanada
de humo salió de la roca; eso fue todo. Ningún cambio se advirtió en la superficie de
la roca. Estaban construyendo un ferrocarril. Aquella roca no estaba en su camino;
sin embargo aquella voladura sin objeto era el único trabajo que se llevaba a cabo.
“Un sonido metálico a mis espaldas me hizo volver la cabeza. Seis negros
avanzaban en fila, ascendiendo con esfuerzo visible el sendero. Caminaban
lentamente, el gesto erguido, balanceando pequeñas canastas llenas de tierra sobre
las cabezas. Aquel sonido se acompasaba con sus pasos. Llevaban trapos negros
atados alrededor de las cabezas y las puntas se movían hacia adelante y hacia atrás
como si fueran colas. Podía verles todas las costillas; las uniones de sus miembros
eran como nudos de una cuerda. Cada uno llevaba atado al cuello un collar de hierro,
y estaban atados por una cadena cuyos eslabones colgaban entre ellos, con un
rítmico sonido. Otro estampido de la roca me hizo pensar de pronto en aquel barco
de guerra que había visto disparar contra la tierra firme. Era el mismo tipo de sonido
ominoso, pero aquellos hombres no podían, ni aunque se forzara la imaginación, ser
llamados enemigos. Eran considerados como criminales, y la ley ultrajada, como las
bombas que estallaban, les había llegado del mar cual otro misterio igualmente
incomprensible. Sus pechos delgados jadeaban al unísono. Se estremecían las
aletas violentamente dilatadas de sus narices. Los ojos contemplaban
impávidamente la colina. Pasaron a seis pulgadas de donde yo estaba sin dirigirme
siquiera una mirada, con la más completa y mortal indiferencia de salvajes infelices.
Detrás de aquella materia prima, un negro amasado, el producto de las nuevas
fuerzas en acción, vagaba con desaliento, llevando en la mano un fusil. Llevaba una
chaqueta de uniforme a la que le faltaba un botón, y al ver a un hombre blanco en el
camino, se llevó con toda rapidez el fusil al hombro. Era un acto de simple prudencia;
los hombres blancos eran tan parecidos a cierta distancia que él no podía decir
quién era yo. Se tranquilizó pronto y con una sonrisa vil, y una mirada a sus hombres,
pareció hacerme partícipe de su confianza exaltada. Después de todo, también yo
era una parte de la gran causa, de aquellos elevados y justos procedimientos.
“En lugar de seguir subiendo, me volví y bajé a la izquierda. Me proponía dejar que
aquella cuerda de criminales desapareciera de mi vista antes de que llegara yo a la
cima de la colina. Ya sabéis que no me caracterizo por la delicadeza; he tenido que
combatir y sé defenderme. He tenido que resistir y algunas veces atacar (lo que es
otra forma de resistencia) sin tener en cuenta el valor exacto, en concordancia con
las exigencias del modo de vida que me ha sido propio. He visto el demonio de la
violencia, el demonio de la codicia, el demonio del deseo ardiente, pero, ¡por todas
las estrellas!, aquéllos eran unos demonios fuertes y lozanos de ojos enrojecidos que
cazaban y conducían a los hombres, sí, a los hombres, repito. Pero mientras
permanecía de pie en el borde de la colina, presentí que a la luz deslumbrante del sol
de aquel país me llegaría a acostumbrar al demonio blando y pretencioso de mirada
apagada y locura rapaz y despiadada. Hasta dónde podía llegar su insidia sólo lo
iba a descubrir varios meses después y a unas mil millas río adentro. Por un instante
quedé amedrentado, como si hubiese oído una advertencia. Al fin, descendí la
colina, oblicuamente, hacia la arboleda que había visto.
“Evité un gran hoyo artificial que alguien había abierto en el declive, cuyo objeto me
resultaba imposible adivinar. No se trataba ni de una cantera ni de una mina de
arena. Era simplemente un hoyo. Podía relacionarse con el filantrópico deseo de
proporcionar alguna ocupación a los criminales. No lo sé. Después estuve casi a
punto de caer por un estrecho barranco, no mucho mayor que una cicatriz en el
costado de la colina. Descubrí que algunos tubos de drenaje importados para los
campamentos de la compañía habían sido dejados allí. Todos estaban rotos. Era un
destrozo lamentable. Al final llegué a la arboleda. Me proponía descansar un
momento a su sombra, pero en cuanto llegué tuve la sensación de haber puesto el
pie en algún tenebroso círculo del infierno. Las cascadas estaban cerca y el ruido de
su caída, precipitándose ininterrumpida, llenaba la lúgubre quietud de aquel
bosquecillo (donde no corría el aire, ni una hoja se movía) con un sonido misterioso,
como si la paz rota de la tierra herida se hubiera vuelto de pronto audible allí.
“Unas figuras negras gemían, inclinadas, tendidas o sentadas bajo los árboles,
apoyadas sobre los troncos, pegadas a la tierra, parcialmente visibles, parcialmente
ocultas por la luz mortecina, en todas las actitudes de dolor, abandono y
desesperación que es posible imaginar. Explotó otro barreno en la roca, y a
continuación sentí un ligero temblor de tierra bajo los pies. El trabajo continuaba. ¡El
trabajo! Y aquél era el lugar adonde algunos de los colaboradores se habían retirado
para morir.
“Morían lentamente… eso estaba claro. No eran enemigos, no eran criminales, no
eran nada terrenal, sólo sombras negras de enfermedad y agotamiento, que yacían
confusamente en la tiniebla verdosa. Traídos de todos los lugares del interior,
contratados legalmente, perdidos en aquel ambiente extraño, alimentados con una
comida que no les resultaba familiar, enfermaban, se volvían inútiles, y entonces
obtenían permiso para arrastrarse y descansar allí. Aquellas formas moribundas eran
libres como el aire, tan tenues casi como él. Comencé a distinguir el brillo de los ojos
bajo los árboles. Después, bajando la vista, vi una cara cerca de mis manos. Los
huesos negros reposaban extendidos a lo largo, con un hombro apoyado en el árbol,
y los párpados se levantaron lentamente, los ojos sumidos me miraron, enormes y
vacuos, una especie de llama blanca y ciega en las profundidades de las órbitas.
Aquel hombre era joven al parecer, casi un muchacho, aunque como sabéis con ellos
es difícil calcular la edad. Lo único que se me ocurrió fue ofrecerle una de las
galletas del vapor del buen sueco que llevaba en el bolsillo. Los dedos se cerraron
lentamente sobre ella y la retuvieron; no hubo otro movimiento ni otra mirada. Llevaba
un trozo de estambre blanco atado alrededor del cuello. ¿Por qué? ¿Dónde lo había
podido obtener? ¿Era una insignia, un adorno, un amuleto, un acto propiciatorio?
¿Había alguna idea relacionada con él? Aquel trozo de hilo blanco llegado de más
allá de los mares resultaba de lo más extraño en su cuello.
“Junto al mismo árbol estaban sentados otros dos haces de ángulos agudos con las
piernas levantadas. Uno, la cabeza apoyada en las rodillas, sin fijar la vista en nada,
miraba al vacío de un modo irresistible e intolerante; su hermano fantasma reposaba
la frente, como si estuviera vencido por una gran fatiga. Alrededor de ellos estaban
desparramados los demás, en todas las posiciones posibles de un colapso, como
una imagen de una matanza o una peste. Mientras yo permanecía paralizado por el
terror, una de aquellas criaturas se elevó sobre sus manos y rodillas, y se dirigió
hacia el río a beber. Bebió, tomando el agua con la mano, luego permaneció sentado
bajo la luz del sol, cruzando las piernas, y después de un rato dejó caer la cabeza
lanuda sobre el esternón.
“No quise perder más tiempo bajo aquella sombra y me apresuré a dirigirme al
campamento. Cerca de los edilicios encontré a un hombre vestido con una elegancia
tan inesperada que en el primer momento llegué a creer que era una visión. Vi un
cuello alto y almidonado, puños blancos, una ligera chaqueta de alpaca, pantalones
impecables, una corbata clara y botas relucientes. No llevaba sombrero. Los
cabellos estaban partidos, cepillados, aceitados, bajo un parasol a rayas verdes
sostenido por una mano blanca. Era un individuo asombroso; llevaba un portaplumas
tras la oreja.
“Estreché la mano de aquel ser milagroso, y me enteré de que era el principal
contable de la compañía, y de que toda la contabilidad se llevaba en ese
campamento. Dijo que había salido un momento para tomar un poco de aire fresco.
Aquella expresión sonó de un modo extraordinariamente raro, con todo lo que
sugería de una sedentaria vida de oficina. No tendría que mencionar para nada
ahora a aquel individuo, a no ser que fue a sus labios a los que oí pronunciar por vez
primera el nombre de la persona tan indisolublemente ligada a mis recuerdos de
aquella época. Además sentí respeto por aquel individuo. Sí, respeto por sus cuellos,
sus amplios puños, su cabello cepillado. Su aspecto era indudablemente el de un
maniquí de peluquería, pero en la inmensa desmoralización de aquellos territorios,
conseguía mantener esa apariencia. Eso era firmeza. Sus camisas almidonadas y
las pecheras enhiestas eran logros de un carácter firme. Había vivido allí cerca de
tres años, y, más adelante, no pude dejar de preguntarle cómo lograba ostentar
aquellas prendas. Se sonrojó ligeramente y me respondió con modestia: ‘He logrado
adiestrar a una de las nativas del campamento. Fue difícil. Le disgustaba hacer este
trabajo.’ Así que aquel hombre había logrado realmente algo. Vivía consagrado a sus
libros, que llevaba con un orden perfecto.
“Todo lo demás que había en el campamento estaba presidido por la confusión;
personas, cosas, edificios. Cordones de negros sucios con los pies aplastados
llegaban y volvían a marcharse; una corriente de productos manufacturados, algodón
de desecho, cuentas de colores, alambres de latón, era enviada a lo más profundo
de las tinieblas, y a cambio de eso volvían preciosos cargamentos de marfil.
“Tuve que esperar en el campamento diez días, una eternidad. Vivía en una choza
dentro del cercado, pero para lograr apartarme del caos iba a veces a la oficina del
contable. Estaba construida con tablones horizontales y tan mal unidos que, cuando
él se inclinaba sobre su alto escritorio, se veía cruzado desde el cuello hasta los
talones por estrechas franjas de luz solar. No era necesario abrir la amplia celosía
para ver. También allí hacía calor. Unos moscardones gordos zumbaban
endiabladamente y no picaban sino que mordían. Por lo general me sentaba en el
suelo, mientras él, con su aspecto impecable (llegaba hasta a usar un perfume
ligero), encaramado en su alto asiento, escribía, anotaba. A veces se levantaba para
hacer ejercicio. Cuando colocaron en su oficina un catre con un enfermo (un inválido
llegado del interior), se mostró moderadamente irritado. ‘Los quejidos de este
enfermo’, dijo, ‘distraen mi atención. Sin concentración es extremadamente fácil
cometer errores en este clima.’
“Un día comentó, sin levantar la cabeza: ‘En el interior se encontrará usted con el
señor Kurtz.’ Cuando le pregunté quién era el señor Kurtz, me respondió que era un
agente de primera clase, y viendo mi desencanto ante esa información, añadió
lentamente, dejando la pluma: ‘Es una persona notable.’ Preguntas posteriores me
hicieron saber que el señor Kurtz estaba por el momento a cargo de una estación
comercial muy importante en el verdadero país del marfil, en el corazón mismo, y que
enviaba tanto marfil como todos los demás agentes juntos.
“Empezó a escribir de nuevo. El enfermo estaba demasiado grave para quejarse.
Las moscas zumbaban en medio del silencio.
“De pronto se oyó un murmullo creciente de voces y fuertes pisadas. Había llegado
una caravana. Un rumor de sonidos extraños penetró desde el otro lado de los
tablones. Todo el mundo hablaba a la vez, y en medio del alboroto se dejó oír la voz
quejumbrosa del agente jefe ‘renunciando a todo’ por vigésima vez en ese día… El
contable se levantó lentamente. ‘¡Qué horroroso estrépito!’, dijo. Cruzó la habitación
con paso lento para ver al hombre enfermo y volviéndose añadió: ‘Ya no oye’ ‘¡Cómo!
¿Ha muerto?’, le pregunté, sobresaltado. ‘No, aún no’, me respondió con calma.
Luego, aludiendo con un movimiento de cabeza al tumulto que se oía en el patio del
campamento, añadió: ‘Cuando se tienen que hacer las cuentas correctamente, uno
llega a odiar a estos salvajes, a odiarlos mortalmente.’ Permaneció pensativo por un
momento. ‘Cuando vea al señor Kurtz’, continuó, ‘dígale de mi parte que todo está
aquí’, señaló al escritorio, ‘registrado satisfactoriamente. No me gusta escribirle…
con los mensajeros que tenemos nunca se sabe quién va a recibir la carta… en esa
Estación Central.’ Me miró fijamente con ojos afectuosos: ‘Oh, él llegará muy lejos,
muy lejos. Pronto será alguien en la administración. Allá arriba, en el Consejo de
Europa, sabe usted… quieren que lo sea.’
“Volvió a sumirse en su labor. Afuera el ruido había cesado, y, al salir, me detuve en
la puerta. En medio del revoloteo de las moscas, el agente que volvía a casa estaba
tendido ardiente e insensible; el otro, reclinado sobre sus libros, hacía perfectos
registros de transacciones perfectamente correctas; y cincuenta pies más abajo de
la puerta podía ver las inmóviles fronteras del foso de la muerte.
“Al día siguiente abandoné por fin el campamento, con una caravana de sesenta
hombres, para recorrer un tramo de doscientas millas.
“No es necesario que os cuente lo que fue aquello. Veredas, veredas por todas
partes. Una amplia red de veredas que se extendía por el jardín vacío, a lo largo de
amplías praderas, praderas quemadas, a través de la selva, subiendo y bajando
profundos barrancos, subiendo y bajando colinas pedregosas asoladas por el calor.
Y una soledad absoluta. Nadie. Ni siquiera una cabaña. La población había
desaparecido mucho tiempo atrás. Bueno, si una multitud de negros misteriosos,
armados con toda clase de armas temibles, emprendiera de pronto el camino de
Deal a Gravesend con cargadores a ambos lados soportando pesados fardos,
imagino que todas las granjas y casas de los alrededores pronto quedarían vacías.
Sólo que en aquellos lugares también las habitaciones habían desaparecido. De
cualquier modo, pasé aún por algunas aldeas abandonadas. Hay algo patéticamente
pueril en las ruinas cubiertas de maleza. Día tras día, el continuo paso arrastrado de
sesenta pares de pies desnudos junto a mí, cada par cargado con un bulto de
sesenta libras. Acampar, cocinar, dormir, levantar el campamento, emprender
nuevamente la marcha. De cuando en cuando un hombre muerto tirado en medio de
los altos yerbajos a un lado del sendero, con una cantimplora vacía y un largo palo
junto a él. A su alrededor, y encima de él, un profundo silencio. Tal vez en una noche
tranquila, el redoble de tambores lejanos, apagándose y aumentando, un redoble
amplio y lánguido; un sonido fantástico, conmovedor, sugestivo y salvaje que
expresaba tal vez un sentimiento tan profundo como el sonido de las campanas en un
país cristiano. En una ocasión un hombre blanco con un uniforme desabrochado,
acampado junto al sendero con una escolta armada de macilentos zanzíbares, muy
hospitalario y festivo, por no decir ebrio, se encargaba, según nos dijo, de la
conservación del camino. No puedo decir que yo haya visto ningún camino, ni
ninguna obra de conservación, a menos que el cuerpo de un negro de mediana edad
con un balazo en la frente con el que tropecé tres millas más adelante pudiera
considerarse como tal. Yo iba también con un compañero blanco, no era mal sujeto,
pero demasiado grueso y con la exasperante costumbre de fatigarse en las
calurosas pendientes de las colinas, a varias millas del más mínimo fragmento de
sombra y agua. Es un fastidio, sabéis, llevar la propia chaqueta sobre la cabeza de
otro hombre como si fuera un parasol mientras recobraba el sentido. No pude
contenerme y en una ocasión le pregunté por qué había ido a parar a aquellos
lugares. Para hacer dinero, por supuesto. ‘¿Para qué otra cosa cree usted?’, me dijo
desdeñosamente. Después tuvo fiebre y hubo que llevarlo en una hamaca colgada
de un palo. Como pesaba ciento veinte kilos, tuve dificultades sin fin con los
cargadores. Ellos protestaban, amenazaban con escapar, desaparecer por la noche
con la carga… era casi motín. Una noche lancé un discurso en inglés ayudándome de
gestos, ninguno de los cuales pasó inadvertido por los sesenta pares de ojos que
tenía frente a mí, y a la mañana siguiente hice que la hamaca marchara delante de
nosotros. Una hora más tarde todo el asunto fracasaba en medio de unos
matorrales… el hombre, la hamaca, quejidos, cobertores, un horror. El pesado palo le
había desollado la nariz. Yo estaba dispuesto a matar a alguien, pero no había cerca
de nosotros ni la sombra de un cargador. Me acordé de las palabras del viejo
médico: ‘A la ciencia le interesa observar los cambios mentales que se producen en
los individuos en aquel sitio.’ Sentí que me comnzaba a convertir en algo
científicamente interesante. Sin embargo, todo esto no tiene importancia. Al
decimoquinto día volví a ver nuevamente el gran río, y llegué con dificultad a la
Estación Central. Estaba situada en un remanso, rodeada de maleza y de bosque,
con una cerca de barro maloliente a un lado y a los otros tres una valla absurda de
juncos. Una brecha descuidada era la única entrada. Una primera ojeada al lugar
bastaba para comprender que era el diablo el autor de aquel espectáculo. Algunos
hombres blancos con palos largos en las manos surgieron desganadamente entre
los edificios, se acercaron para echarme una ojeada y volvieron a desaparecer en
alguna parte. Uno de ellos, un muchacho de bigote negro, robusto e impetuoso, me
informó con gran volubilidad y muchas digresiones, cuando le dije quién era, que mi
vapor se hallaba en el fondo del río. Me quedé estupefacto. ¿Qué, cómo, por qué?
¡Oh!, no había de qué preocuparse. El director en persona se encontraba allí. Todo
estaba en orden. ‘¡Se portaron espléndidamente! ¡Espléndidamente! Debe usted ir a
ver en seguida al director general. Lo está esperando’, me dijo con cierta agitación.
“No comprendí de inmediato la verdadera significación de aquel naufragio. Me
parece que la comprendo ahora, pero tampoco estoy seguro… al menos no del todo.
Lo cierto es que cuando pienso en ello todo el asunto me parece demasiado
estúpido, y sin embargo natural. De todos modos… Bueno, en aquel momento se me
presentaba como una maldición. El vapor había naufragado. Había partido hacía dos
días con súbita premura por remontar el río, con el director a bordo, confiando la
nave a un piloto voluntario, y antes de que hubiera navegado tres horas había
encallado en unas rocas, y se había hundido junto a un banco de arena. Me pregunté
qué tendría que hacer yo en ese lugar, ahora que el barco se había hundido. Para
decirlo brevemente, mi misión consistió en rescatar el barco del río. Tuve que
ponerme a la obra al día siguiente. Eso, y las reparaciones, cuando logré llevar todas
las piezas a la estación, consumió varios meses.
“Mi primera entrevista con el director fue curiosa. No me invitó a sentarme, a pesar
de que yo había caminado unas veinte millas aquella mañana. El rostro, los modales
y la voz eran vulgares. Era de mediana estatura y complexión fuerte. Sus ojos, de un
azul normal, resultaban quizá notablemente fríos, seguramente podía hacer caer
sobre alguien una mirada tan cortante y pesada como un hacha. Pero incluso en
aquellos instantes, el resto de su persona parecía desmentir tal intención. Por otra
parte, la expresión de sus labios era indefinible, furtiva, como una sonrisa que no
fuera una sonrisa. Recuerdo muy bien el gesto, pero no logro explicarlo. Era una
sonrisa inconsciente, aunque después dijo algo que la intensificó por un instante.
Asomaba al final de sus frases, como un sello aplicado a las palabras más anodinas
para darles una significación especial, un sentido completamente inescrutable. Era
un comerciante común empleado en aquellos lugares desde su juventud, eso es
todo. Era obedecido, a pesar de que no inspiraba amor ni odio, ni siquiera respeto.
Producía una sensación de inquietud. ¡Eso era! Inquietud. No una desconfianza
definida, sólo inquietud, nada más. Y no podéis figuraros cuán efectiva puede ser
tal… tal… facultad. Carecía de talento organizador, de iniciativa, hasta de sentido del
orden. Eso era evidente por el deplorable estado que presentaba la estación. No
tenía cultura, ni inteligencia. ¿Cómo había logrado ocupar tal puesto? Tal vez por la
única razón de que nunca enfermaba. Había servido allí tres periodos de tres años…
Una salud triunfante en medio de la derrota general de los organismos constituye por
sí misma una especie de poder. Cuando iba a su país con licencia se entregaba a
un desenfreno en gran escala, pomposamente. Marinero en tierra, aunque con la
diferencia de que lo era sólo en lo exterior. Eso se podía deducir por la conversación
general. No era capaz de crear nada, mantenía sólo la rutina, eso era todo. Pero era
genial. Era genial por aquella pequeña cosa que era imposible deducir en él. Nunca
le descubrió a nadie ese secreto. Es posible que en su interior no hubiera nada. Esta
sospecha lo hacía a uno reflexionar, porque en el exterior no había ningún signo. En
una ocasión en que varias enfermedades tropicales hablan reducido al lecho a casi
todos los ‘agentes’ de la estación, se le oyó decir: ‘Los hombres que vienen aquí
deberían carecer de entrañas.’ Selló la frase con aquella sonrisa que lo
caracterizaba, como si fuera la puerta que se abría a la oscuridad que él mantenía
oculta. Uno creía ver algo… pero el sello estaba encima. Cuando en las comidas se
hastió de las frecuentes querellas entre los blancos por la prioridad en los puestos,
mandó hacer una inmensa mesa redonda para la que hubo que construir una casa
especial. Era el comedor de la estación. El lugar donde él se sentaba era el primer
puesto, los demás no tenían importancia. Uno sentía que aquélla era su convicción
inalterable. No era cortés ni descortés. Permanecía tranquilo. Permitía que su
‘muchacho’, un joven negro de la costa, sobrealimentado, tratara a los blancos, bajo
sus propios ojos, con una insolencia provocativa.
“En cuanto me vio comenzó a hablar. Yo había estado demasiado tiempo en camino.
Él no podía esperar. Había tenido que partir sin mí. Había que revisar las estaciones
del interior. Habían sido tantas las dilaciones en los últimos tiempos que ya no sabía
quién había muerto y quién seguía con vida, cómo andaban las cosas, etcétera. No
prestó ninguna atención a mis explicaciones, y, mientras jugaba con una barra de
lacre, repitió varias veces que la situación era muy grave, muy grave. Corrían
rumores de que una estación importante tenía dificultades y de que su jefe, el señor
Kurtz, se encontraba enfermo. Esperaba que no fuera verdad. El señor Kurtz era… Yo
me sentía cansado e irritado. ¡A la horca con el tal Kurtz!, pensaba. Lo interrumpí
diciéndole que ya en la costa había oído hablar del señor Kurtz. ‘¡Ah! ¡De modo que
se habla de él allá abajo!’, murmuró. Luego continuó su discurso, asegurándome que
el señor Kurtz era el mejor agente con que contaba, un hombre excepcional, de la
mayor importancia para la compañía; por consiguiente yo debía tratar de
comprender su ansiedad. Se hallaba, según decía, ‘muy, muy intranquilo’. Lo cierto
era que se agitaba sobre la silla y exclamaba: ‘¡Ah, el señor Kurtz!’ En ese momento
rompió la barra de lacre y pareció confundirse ante el accidente. Después quiso
saber cuánto tiempo me llevaría rehacer el barco. Volví a interrumpirlo. Estaba
hambriento, sabéis, y seguía de pie, por lo que comencé a sentirme como un salvaje.
‘¿Cómo puedo afirmar nada?’, le dije. ‘No he visto aún el barco. Seguramente se
necesitarán varios meses.’ La conversación me parecía de lo más fútil. ‘¿Varios
meses?’, dijo. ‘Bueno, pongamos tres meses antes de que podamos salir. Habrá que
hacerlo en ese tiempo.’ Salí de su cabaña (vivía solo en una cabaña de barro con
una especie de terraza) murmurando para mis adentros la opinión que me había
merecido. Era un idiota charlatán. Más tarde tuve que modificar esta opinión, cuando
comprobé para mi asombro la extraordinaria exactitud con que había señalado el
tiempo necesario para la obra.
“Me puse a trabajar al día siguiente, dando, por decirlo así, la espalda a la estación.
Sólo de ese modo me parecía que podía mantener el control sobre los hechos
redentores de la vida. Sin embargo, algunas veces había que mirar alrededor; veía
entonces la estación y aquellos hombres que caminaban sin objeto por el patio bajo
los rayos del sol. En algunas ocasiones me pregunté qué podía significar aquello.
Caminaban de un lado a otro con sus absurdos palos en la mano, como una multitud
de peregrinos embrujados en el interior de una cerca podrida. La palabra marfil
permanecía en el aire, en los murmullos, en los suspiros. Me imagino que hasta en
sus oraciones. Un tinte de imbécil rapacidad coloreaba todo aquello, como si fuera la
emanación de un cadáver. ¡Por Júpiter! Nunca en mi vida he visto nada tan irreal. Y
en el exterior, la silenciosa soledad que rodeaba ese claro en la tierra me
impresionaba como algo grande e invencible, como el mal o la verdad, que
esperaban pacientemente la desaparición de aquella fantástica invasión.
“¡Oh, qué meses aquellos! Bueno, no importa. Ocurrieron varias cosas. Una noche
una choza llena de percal, algodón estampado, abalorios y no sé qué más, se
inflamó en una llamarada tan repentina que se podía creer que la tierra se había
abierto para permitir que un fuego vengador consumiera toda aquella basura. Yo
estaba fumando mi pipa tranquilamente al lado de mi vapor desmantelado, y vi correr
a todo el mundo con los brazos en alto ante el resplandor, cuando el robusto hombre
de los bigotes llegó al río con un cubo en la mano y me aseguró que todos ‘se
portaban espléndidamente, espléndidamente’. Llenó el cubo de agua y se largó de
nuevo a toda prisa. Pude ver que había un agujero en el fondo del cubo.
“Caminé río arriba. Sin prisa. Mirad, aquello había ardido como si fuera una caja de
cerillas. Desde el primer momento no había tenido remedio. La llama había saltado a
lo alto, haciendo retroceder a todo el mundo, y después de consumirlo todo se había
apagado. La cabaña no era más que un montón de ascuas y cenizas candentes. Un
negro era azotado cerca del lugar. Se decía que de alguna manera había provocado
el incendio; fuera cierto o no, gritaba horriblemente. Volví a verlo días después,
sentado a la sombra de un árbol; parecía muy enfermo, trataba de recuperarse; más
tarde se levantó y se marchó, y la selva muda volvió a recibirlo en su seno. Mientras
me acercaba al calor vivo desde la oscuridad, me encontré a la espalda de dos
hombres que hablaban entre sí. Oí que pronunciaban el nombre de Kurtz y que uno le
decía al otro: ‘Deberías aprovechar este incidente desgraciado.’ Uno de los hombres
era el director. Le deseé buenas noches. ‘¿Ha visto usted algo parecido? Es
increíble’, dijo y se marchó. El otro hombre permaneció en el lugar. Era un agente de
primera categoría, joven, de aspecto distinguido, un poco reservado, con una
pequeña barba bifurcada y nariz aguileña. Se mantenía al margen de los demás
agentes, y éstos a su vez decían que era un espía al servicio del director. En lo que a
mí respecta, no había cambiado nunca una palabra con él. Comenzamos a
conversar y sin darnos cuenta nos fuimos alejando de las ruinas humeantes.
Después me invitó a acompañarlo a su cuarto, que estaba en el edificio principal de
la estación. Encendió una cerilla, y pude advertir que aquel joven aristócrata no sólo
tenía un tocador montado en plata sino una vela entera, toda suya. Se suponía que el
director era el único hombre que tenía derecho a las velas. Las paredes de barro
estaban cubiertas con tapices indígenas; una colección de lanzas, azagayas,
escudos, cuchillos, colgaba de ellas como trofeos. Según me habían informado, el
trabajo confiado a aquel individuo era la fabricación de ladrillos, pero en toda la
estación no había un solo pedazo de ladrillo, y había tenido que permanecer allí
desde hacía más de un año, esperando. Al parecer no podía construir ladrillos sin un
material, no sé qué era, tal vez paja. Fuera lo que fuese, allí no se conseguía, y como
no era probable que lo enviaran de Europa, no resultaba nada claro comprender qué
esperaba. Un acto de creación especial, tal vez. De un modo u otro todos
esperaban, todos (bueno, los dieciséis o veinte peregrinos) esperaban que algo
ocurriera; y les doy mi palabra de que aquella espera no parecía nada desagradable,
dada la manera en que la aceptaban, aunque lo único que parecían recibir eran
enfermedades, de eso podía darme cuenta. Pasaban el tiempo murmurando e
intrigando unos contra otros de un modo completamente absurdo. En aquella
estación se respiraba un aire de conspiración, que, por supuesto, no se resolvía en
nada. Era tan irreal como todo lo demás, como las pretensiones filantrópicas de la
empresa, como sus conversaciones, como su gobierno, como las muestras de su
trabajo. El único sentimiento real era el deseo de ser destinado a un puesto
comercial donde poder recoger el marfil y obtener el porcentaje estipulado.
Intrigaban, calumniaban y se detestaban sólo por eso, pero en cuanto a mover
aunque fuese el dedo meñique, oh, no. ¡Cielos santos!, hay algo después de todo en
el mundo que permite que un hombre robe un caballo mientras que otro ni siquiera
puede mirar un ronzal. Robar un caballo directamente, pase. Quien lo hace tal vez
pueda montarlo. Pero hay una manera de mirar un ronzal que incitaría al piadoso de
los santos a dar un puntapié.
“Yo no tenía idea de por qué aquel hombre deseaba mostrarse sociable conmigo,
pero mientras conversábamos me pareció de pronto que aquel individuo trataba de
llegar a algo, a un hecho real, y que me interrogaba. Aludía constantemente a
Europa, a las personas que suponía que yo conocía allí, dirigiéndome preguntas
insinuantes sobre mis relaciones en la ciudad sepulcral. Sus ojos pequeños brillaban
como discos de mica, llenos de curiosidad, aunque procuraba conservar algo de su
altivez. Al principio su actitud me sorprendió, pero muy pronto comencé a sentir una
intensa curiosidad por saber qué se proponía obtener de mí. Me era imposible
imaginar qué podía despertar su interés. Era gracioso ver cómo luchaba en el vacío,
porque lo cierto es que mi cuerpo estaba lleno sólo de escalofríos y en mi cabeza no
había otra cosa fuera de aquel condenado asunto del vapor hundido. Era evidente
que me consideraba como un desvergonzado prevaricador. Al final se enfadó y, para
disimular un movimiento de furia y disgusto, bostezó. Me levanté. Entonces pude ver
un pequeño cuadro al óleo en un marco, representando a una mujer envuelta en telas
y con los ojos vendados, que llevaba en la mano una antorcha encendida. El fondo
era sombrío, casi negro. La mujer permanecía inmóvil y el efecto de la luz de la
antorcha en su rostro era siniestro.
“Eso me retuvo, y él permaneció de pie por educación, sosteniendo una botella vacía
de champaña (para usos medicinales) con la vela colocada encima. A mi pregunta,
respondió que el señor Kurtz lo había pintado, en esa misma estación, hacía poco
más de un año, mientras esperaba un medio de trasladarse a su estación comercial.
‘Dígame, por favor’, le pedí, ‘¿quién es ese señor Kurtz?’
“‘El jefe de la estación interior’, respondió con sequedad, mirando hacia otro lado.
‘Muchas gracias’, le dije riendo, ‘y usted es el fabricante de ladrillos de la Estación
Central. Eso todo el mundo lo sabe.’ Por un momento permaneció callado. ‘Es un
prodigio’, dijo al fin. ‘Es un emisario de la piedad, la ciencia y el progreso, y sólo el
diablo sabe de qué más. Nosotros necesitamos’, comenzó de pronto a declamar,
‘para realizar la causa que Europa nos ha confiado, por así decirlo, inteligencias
superiores, gran simpatía, unidad de propósitos.’ ‘¿Quién ha dicho eso?’, pregunté.
‘Muchos de ellos’, respondió. ‘Algunos hasta lo escriben; y de pronto llegó aquí él, un
ser especial, como debe usted saber.’ ‘¿Por qué debo saberlo?’, lo interrumpí,
realmente sorprendido. Él no me prestó ninguna atención. ‘Sí, hoy día es el jefe de la
mejor estación, el año próximo será asistente en la dirección, dos años más y… pero
me atrevería a decir que usted sabe en qué va a convertirse dentro de un par de
años. Usted forma parte del nuevo equipo… el equipo de la virtud. La misma persona
que lo envió a él lo ha recomendado muy especialmente a usted. Oh, no diga que no.
Yo tengo mis propios ojos, sólo en ellos confío.’ La luz se hizo en mí. Las poderosas
amistades de mi tía estaban produciendo un efecto inesperado en aquel joven.
Estuve a punto de soltar una carcajada. ‘¿Lee usted la correspondencia confidencial
de la compañía?’, le pregunté. No pudo decir una palabra. Me resultó muy divertido.
‘Cuando el señor Kurtz’, continué severamente, ‘sea director general, no va usted a
tener oportunidad de hacerlo.’
“Apagó la vela de pronto y salimos. La luna se había levantado. Algunas figuras
negras vagaban alrededor, echando agua sobre los escombros de los que salía un
sonido silbante. El vapor ascendía a la luz de la luna, el negro golpeado gemía en
alguna parte. ‘¡Qué escándalo hace ese animal!’, dijo el hombre infatigable de los
bigotes, quien de pronto apareció a nuestro lado. ‘De algo le servirá. Transgresión…
castigo… ¡plaf! Sin piedad, sin piedad. Es la única manera. Eso prevendrá cualquier
otro incendio en el futuro. Le acabo de decir al director… ‘Se fijó en mi acompañante
e inmediatamente pareció perder la energía: ‘¿Todavía levantado?’, dijo con una
especie de afecto servil. ‘Bueno, es natural. Peligro… agitación’, y se desvaneció.
Llegué hasta la orilla del río y el otro me acompañó. Oí un chirriante murmullo:
‘¡Montón de inútiles, seguid!’ Podía ver a los peregrinos en grupitos, gesticulando,
discutiendo. Algunos tenían todavía los palos en la mano. Yo creo que llegaban a
acostarse con aquellos palos. Del otro lado de la empalizada la selva se erguía
espectral a la luz de la luna, y a través del incierto movimiento, a través de los débiles
ruidos de aquel lamentable patio, el silencio de la tierra se introducía en el corazón
de todos… su misterio, su grandeza, la asombrosa realidad de su vida oculta. El
negro castigado se lamentaba débilmente en algún lugar cercano, y luego emitió un
doloroso suspiro que hizo que mis pasos tomaran otra dirección. Sentí que una
mano se introducía bajo mi brazo. ‘Mi querido amigo’, dijo el tipo, ‘no quiero que me
malinterprete, especialmente usted, que verá al señor Kurtz mucho antes de que yo
pueda tener ese placer. No quisiera que se fuera a formar una idea falsa de mi
disposición…’
“Dejé continuar a aquel Mefistófeles de pacotilla; me pareció que de haber querido
hubiera podido traspasarlo con mi índice y no habría encontrado sino un poco de
suciedad blanduzca en su interior. Se había propuesto, sabéis, ser ayudante del
director, y la llegada posible de aquel Kurtz lo había sobresaltado tanto como al
mismo director general. Hablaba precipitadamente y yo no traté de detenerlo. Apoyé
la espalda sobre los restos del vapor, colocado en la orilla, como el esqueleto de
algún gran animal fluvial. El olor del cieno, del cieno primigenio, ¡por Júpiter!, estaba
en mis narices, la inmovilidad de aquella selva estaba ante mis ojos; había manchas
brillantes en la negra ensenada. La luna extendía sobre todas las cosas una fina
capa de plata, sobre la fresca hierba, sobre el muro de vegetación que se elevaba a
una altura mayor que el muro de un templo, sobre el gran río, que resplandecía
mientras corría anchurosamente sin un murmullo. Todo aquello era grandioso,
esperanzador, mudo, mientras aquel hombre charlaba banalmente sobre sí mismo.
Me pregunté si la quietud del rostro de aquella inmensidad que nos contemplaba a
ambos significaba un buen presagio o una amenaza. ¿Qué éramos nosotros,
extraviados en aquel lugar? ¿Podíamos dominar aquella cosa muda, o sería ella la
que nos manejaría a nosotros? Percibí cuán grande, cuán inmensamente grande era
aquella cosa que no podía hablar, y que tal vez también fuera sorda. ¿Qué había allí?
Sabía que parte del marfil llegaba de allí y había oído decir que el señor Kurtz estaba
allí. Había oído ya bastante. ¡Dios es testigo! Pero sin embargo aquello no producía
en mí ninguna imagen; igual que si me hubiesen dicho que un ángel o un demonio
vivían allí. Creía en aquello de la misma manera en que cualquiera de vosotros
podría creer que existen habitantes en el planeta Marte. Conocí una vez a un
fabricante de velas escocés que estaba convencido, firmemente convencido, de que
había habitantes en Marte. Si se le interrogaba sobre la idea que tenía sobre su
aspecto y su comportamiento, adoptaba una expresión tímida y murmuraba algo
sobre que ‘andaban a cuatro patas’. Si alguien sonreía, aquel hombre, aunque
pasaba de los sesenta, era capaz de desafiar al burlón a duelo. Yo no hubiera
llegado tan lejos como a batirme por Kurtz, pero por causa suya estuve casi a punto
de mentir. Vosotros sabéis que odio, detesto, me resulta intolerable la mentira, no
porque sea más recto que los demás, sino porque sencillamente me espanta. Hay un
tinte de muerte, un sabor de mortalidad en la mentira que es exactamente lo que más
odio y detesto en el mundo, lo que quiero olvidar. Me hace sentir desgraciado y
enfermo, como la mordedura de algo corrupto. Es cuestión de temperamento, me
imagino. Pues bien, estuve cerca de eso al dejar que aquel joven estúpido creyera lo
que le viniera en gana sobre mi influencia en Europa. Por un momento me sentí tan
lleno de pretensiones como el resto de aquellos embrujados peregrinos. Sólo porque
tenía la idea de que eso de algún modo iba a resultarle útil a aquel señor Kurtz a
quien hasta el momento no había visto… ya entendéis. Para mí era apenas un
nombre. Y en el nombre me era tan imposible ver a la persona como lo debe ser
para vosotros. ¿Lo veis? ¿Veis la historia? ¿Veis algo? Me parece que estoy
tratando de contar un sueño… que estoy haciendo un vano esfuerzo, porque el relato
de un sueño no puede transmitir la sensación que produce esa mezcla de absurdo,
de sorpresa y aturdimiento en un rumor de revuelta y rechazo, esa noción de ser
capturados por lo increíble que es la misma esencia de los sueños.”
Marlow permaneció un rato en silencio.
—… No, es imposible; es imposible comunicar la sensación de vida de una época
determinada de la propia existencia, lo que constituye su verdad, su sentido, su sutil y
penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos… solos.
Volvió a hacer otra pausa como reflexionando. Después añadió:
—Por supuesto, en esto vosotros podréis ver más de lo que yo podía ver entonces.
Me veis a mí, a quien conocéis…
La oscuridad era tan profunda que nosotros, sus oyentes, apenas podíamos vernos
unos a otros. Hacía ya largo rato que él, sentado aparte, no era para nosotros más
que una voz. Nadie decía una palabra. Los otros podían haberse dormido, pero yo
estaba despierto. Escuchaba, escuchaba aguardando la sentencia, la palabra que
pudiera servirme de pista en la débil angustia que me inspiraba aquel relato que
parecía formularse por sí mismo, sin necesidad de labios humanos, en el aire
pesado y nocturno de aquel río.
—Sí, lo dejé continuar —volvió a decir de nuevo Marlow— y que pensara lo que le
diera la gana sobre los poderes que existían detrás de mí. ¡Lo hice! ¡Y detrás de mí
no había nada! No había nada salvo aquel condenado, viejo y maltrecho vapor sobre
el que me apoyaba, mientras él hablaba fluidamente de la necesidad que tenía cada
hombre de progresar. “Cuando alguien llega aquí, usted lo sabe, no es para
contemplar la luna”, me dijo. El señor Kurtz era un “genio universal”, pero hasta un
genio encontraría más fácil trabajar con “instrumentos adecuados y hombres
inteligentes”. Él no fabricaba ladrillos. ¿Por qué? Bueno, había una imposibilidad
material que lo impedía, como yo muy bien sabía, y si trabajaba como secretario del
director era porque ningún hombre inteligente puede rechazar absurdamente la
confianza que en él depositan sus superiores. ¿Me daba yo cuenta? Sí, me daba
cuenta. ¿Qué más quería yo? Lo que realmente quería eran remaches, ¡cielo santo!,
¡remaches!, para poder continuar el trabajo y tapar aquel agujero. Remaches. En la
costa había cajas llenas de ellos, cajas amontonadas, rajadas, herrumbrosas. En
aquella estación de la colina uno tropezaba con un remache desprendido a cada
paso que daba. Algunos habían rodado hasta el bosque de la muerte. Uno podía
llenarse los bolsillos de remaches sólo con molestarse en recogerlos; y en cambio
donde eran necesarios no se encontraba uno solo. Teníamos chapas que nos podían
servir, pero nada con qué poder ajustarlas. Cada semana el mensajero, un negro
solo, con un saco de cartas al hombro, dejaba la estación para dirigirse a la costa. Y
varias veces a la semana una caravana llegaba de la costa con productos
comerciales, percal horriblemente teñido que daba escalofríos de sólo mirar,
cuentas de cristal de las que podía comprarse un cuarto de galón por un penique,
pañuelos de algodón estrafalariamente estampados. Y nunca remaches. Tres negros
hubieran podido transportar todo lo necesario para poner a flote aquel vapor.
“Se estaba poniendo confidencial, pero me imagino que al no encontrar ninguna
respuesta de mi parte debió haberse exasperado, ya que consideró necesario
informarme que no temía a Dios ni al diablo, y mucho menos a los hombres. Le dije
que podía darme perfecta cuenta, pero que lo que yo necesitaba era una
determinada cantidad de remaches… y que en realidad lo que el señor Kurtz hubiera
pedido, si estuviese informado de esa situación, habrían sido los remaches. Y él
enviaba cartas a la costa cada semana… ‘Mi querido señor’ gritó, ‘yo escribo lo que
me dictan.’ Seguí pidiendo remaches. Un hombre inteligente tiene medios para
obtenerlos. Cambió de modales. De pronto adoptó un tono frío y comenzó a hablar
de un hipopótamo. Me preguntó si cuando dormía a bordo (permanecía allí noche y
día), no tenía yo molestias. Un viejo hipopótamo tenía la mala costumbre de salir de
noche a la orilla y errar por los terrenos de la estación. Los peregrinos solían salir en
pelotón y descargar sus rifles sobre él. Algunos velaban toda la noche esperándole.
Sin embargo había sido una energía desperdiciada. ‘Ese animal tiene una vida
encantada, y eso sólo se puede decir de las bestias de este país. Ningún hombre,
¿me entiende usted?, ningún hombre tiene aquí el mismo privilegio’, dijo.
Permaneció un momento a la luz de la luna con su delicada nariz aguileña un poco
ladeada, y los ojos de mica brillantes, sin pestañear. Después se despidió
secamente y se retiró a grandes zancadas. Me di cuenta de que estaba turbado y
enormemente confuso, lo que me hizo alentar mayores esperanzas de las que había
abrigado en los días anteriores. Me servía de consuelo apartar a aquel tipo para
volver a mi influyente amigo, el roto, torcido, arruinado, desfondado barco de vapor.
Subí a bordo. Crujió bajo mis pies como una lata de bizcochos Hunley & Palmer
vacía que hubiera recibido un puntapié en un escalón. No era sólido, mucho menos
bonito, pero había invertido en él demasiado trabajo como para no quererlo. Ningún
amigo influyente me hubiera servido mejor. Me había dado la oportunidad de
moverme un poco y descubrir lo que podía hacer. No, no me gusta el trabajo.
Prefiero ser perezoso y pensar en las bellas cosas que pueden hacerse. No me
gusta el trabajo, a ningún hombre le gusta, pero me gusta lo que hay en el trabajo, la
ocasión de encontrarse a sí mismo. La propia realidad, eso que sólo uno conoce y
no los demás, que ningún otro hombre puede conocer. Ellos sólo pueden ver el
espectáculo, y nunca pueden decir lo que realmente significa.
“No me sorprendió ver a una persona sentada en la cubierta, con las piernas
colgantes sobre el barro. Mirad, mis relaciones eran buenas con los pocos
mecánicos que había en la estación, y a los que los otros peregrinos naturalmente
despreciaban; me imagino que por la rudeza de sus modales. Era el capataz, un
fabricante de marmitas, buen trabajador, un individuo seco, huesudo, de rostro
macilento, con ojos grandes y mirada intensa. Tenía un aspecto preocupado. Su
cabeza era tan calva como la palma de mi mano; parecía que los cabellos, al caer,
se le habían pegado a la barbilla y que habían prosperado en aquella nueva
localidad, pues la barba le llegaba a la cintura. Era un viudo con seis hijos (los había
dejado a cargo de una hermana suya al emprender el viaje) y la pasión de su vida
eran las palomas mensajeras. Era un entusiasta y un conocedor. Deliraba por las
palomas. Después del horario de trabajo acostumbraba ir a veces al barco a
conversar sobre sus hijos, y sobre las palomas. En el trabajo, cuando se debía
arrastrar por el barro bajo la quilla del vapor, recogía su barba en una especie de
servilleta blanca que llevaba para ese propósito, con unas cintas que ataba tras las
orejas. Por las noches se le podía ver inclinado sobre el río, lavando con sumo
cuidado esa envoltura en la corriente, y tendiéndola después solemnemente sobre
una mata para que se secara.
“Le di una palmada en la espalda y exclamé: ‘Vamos a tener remaches.’ Se puso de
pie y exclamó: ‘¿No? ¡Remaches!’, como si no pudiera creer a sus oídos. Luego,
añadió en voz baja: ‘Usted… ¿Eh?’ No sé por qué nos comportábamos como
lunáticos. Me lleve un dedo a la nariz inclinando la cabeza misteriosamente. ‘¡Bravo
por usted!’, exclamó, chasqueando sus dedos sobre la cabeza y levantando un pie.
Comencé a bailotear. Saltábamos sobre la cubierta de hierro. Un ruido horroroso
salió de aquel casco arrumbado y el bosque virgen desde la otra margen del río lo
envió de vuelta en un eco atronador a la estación dormida. Aquello debió hacer
levantar a algunos peregrinos en sus cabañas. Una figura oscura apareció en el
portal de la cabaña del director, desapareció, y luego, un segundo o dos después,
también la puerta desapareció. Nos detuvimos y el silencio interrumpido por nuestro
zapateo volvió de nuevo a nosotros desde los lugares más remotos de la tierra. El
gran muro de vegetación, una masa exuberante y confusa de troncos, ramas, hojas,
guirnaldas, inmóviles a la luz de la luna, era como una tumultuosa invasión de vida
muda, una ola arrolladora de plantas, apiladas, con penachos, dispuestas a
derrumbarse sobre el río, a barrer la pequeña existencia de todos los pequeños
hombres que, como nosotros, estábamos en su seno. Y no se movía. Una explosión
sorda de grandiosas salpicaduras y bufidos nos llegó de lejos, como si un ictiosaurio
se estuviera bañando en el resplandor del gran río. ‘Después de todo’, dijo el
fabricante de marmitas, en tono razonable, ‘¿por qué no iban a darnos los
remaches?’ ¡En efecto, por qué no! No conocía ninguna razón para que no los
tuviésemos. ‘Llegarán dentro de unas tres semanas’, le dije en tono confidencial.
“Pero no fue así. En lugar de remaches tuvimos una invasión, un castigo, una visita.
Llegó en secciones durante las tres semanas siguientes; cada sección encabezada
por un burro en el que iba montado un blanco con traje nuevo y zapatos relucientes,
un blanco que saludaba desde aquella altura a derecha e izquierda a los
impresionados peregrinos. Una banda pendenciera de negros descalzos y
desarrapados marchaba tras el burro; un equipaje de tiendas, sillas de campaña,
cajas de lata, cajones blancos y fardos grises eran depositados en el patio, y el aire
de misterio parecía espesarse sobre el desorden de la estación. Llegaron cinco
expediciones semejantes, con el aire absurdo de una huida desordenada, con el
botín de innumerables almacenes y abundante acopio de provisiones que uno podría
pensar habían sido arrancadas de la selva para ser repartidas equitativamente. Era
una mezcla indecible de cosas, útiles en sí, pero a las cuales la locura humana hacía
parecer como el botín de un robo.
“Aquella devota banda se daba a sí misma el nombre de Expedición de
Exploradores Eldorado. Parece ser que todos sus miembros habían jurado guardar
secreto. Su conversación, de cualquier manera, era una conversación de sórdidos
filibusteros. Era un grupo temerario pero sin valor, voraz sin audacia, cruel sin
osadía. No había en aquella gente un átomo de previsión ni de intención seria, y ni
siquiera parecían saber que esas cosas son requeridas para el trabajo en el mundo.
Arrancar tesoros a las entrañas de la tierra era su deseo, pero aquel deseo no tenía
detrás otro propósito moral que el de la acción de unos bandidos que fuerzan una
caja fuerte. No sé quién costearía los gastos de aquella noble empresa, pero un tío
de nuestro director era el jefe del grupo.
“Por su exterior parecía el carnicero de un barrio pobre, y sus ojos tenían una mirada
de astucia somnolienta. Ostentaba un enorme vientre sobre las cortas piernas, y
durante el tiempo que aquella banda infestó la estación sólo habló con su sobrino.
Podía uno verlos vagando durante el día por todas partes, las cabezas unidas en una
interminable confabulación.
“Renuncié a molestarme más por el asunto de los remaches. La capacidad humana
para esa especie de locura es más limitada de lo que vosotros podéis suponer. Me
dije: ‘A la horca con todos.’ Y dejé de preocuparme. Tenía tiempo en abundancia
para la meditación, y de vez en cuando dedicaba algún pensamiento a Kurtz. No me
interesaba mucho. No. Sin embargo, sentía curiosidad por saber si aquel hombre
que había llegado equipado con ideas morales de alguna especie lograría subir a la
cima después de todo, y cómo realizaría el trabajo una vez que lo hubiese
conseguido.”
II
—Una noche, mientras estaba tendido en la cubierta de mi vapor, oí voces que se
acercaban. Eran el tío y el sobrino que caminaban por la orilla del río. Volví a apoyar
la cabeza sobre el brazo, y estaba a punto de volverme a dormir, cuando alguien dijo
casi en mi oído:
“Soy tan inofensivo como un niño, pero no me gusta que me manden. ¿Soy el
director o no lo soy? Me ordenaron enviarlo allí. Es increíble…” Me di cuenta de que
ambos se hallaban en la orilla, al lado de popa, precisamente debajo de mi cabeza.
No me moví; no se me ocurrió moverme. Estaba amodorrado. “Es muy
desagradable”, gruñó el tío. “Él había pedido a la administración que le enviaran allí”,
dijo el otro, “con la idea de demostrar lo que era capaz de hacer. Yo recibí
instrucciones al respecto. Debe tener una influencia tremenda. ¿No te parece
terrible?” Ambos convinieron en que aquello era terrible; después hicieron
observaciones extrañas: la lluvia… el buen tiempo… un hombre… el Consejo… por la
nariz… Fragmentos de frases absurdas que me hicieron salir de mi estado de
somnolencia. De modo que estaba en pleno uso de mis facultades mentales cuando
el tío dijo: “El clima puede eliminar esa dificultad. ¿Está solo allá?” “Sí”, respondió el
director. “Me envió a su asistente, con una nota redactada más o menos en estos
términos: ‘Saque usted a este pobre diablo del país, y no se moleste en enviarme a
otras personas de esta especie. Prefiero estar solo a tener a mi lado la clase de
hombres de que ustedes pueden disponer.’ Eso fue hace ya más de un año.
¿Puedes imaginarte desfachatez semejante?” “¿Y nada a partir de entonces?”,
preguntó el otro con voz ronca. “Marfil”, masculló el sobrino, “a montones… y de
primera clase. Grandes cargamentos; todo para fastidiar, me parece.” “¿De qué
manera?” preguntó un rugido sordo. “Facturas”, fue la respuesta. Se podía decir que
aquella palabra había sido disparada. Luego se hizo el silencio. Habían estado
hablando de Kurtz.
“Para entonces yo estaba del todo despierto. Permanecía acostado tal como
estaba, sin cambiar de postura. ‘¿Cómo ha logrado abrirse paso todo ese marfil?’,
explotó de pronto el más anciano de los dos, que parecía muy contrariado. El otro
explicó que había llegado en una flotilla de canoas, a las órdenes de un mestizo
inglés que Kurtz tenía a su servicio. El mismo Kurtz, al parecer, había tratado de
hacer el viaje, por encontrarse en ese tiempo la estación desprovista de víveres y
pertrechos, pero después de recorrer unas trescientas millas había decidido de
pronto regresar, y lo hizo solo, en una pequeña canoa con cuatro remeros, dejando
que el mestizo continuara río abajo con el marfil. Los dos hombres estaban
sorprendidos ante semejante proceder. Trataban de encontrar un motivo que
explicara esa actitud. En cuanto a mí, me pareció ver por primera vez a Kurtz. Fue un
vislumbre preciso: la canoa, cuatro remeros salvajes; el blanco solitario que de
pronto le daba la espalda a las oficinas principales, al descanso, tal vez a la idea del
hogar, y volvía en cambio el rostro hacia lo más profundo de la selva, hacia su
campamento vacío y desolado. Yo no conocía el motivo. Era posible que sólo se
tratara de un buen sujeto que se había entusiasmado con su trabajo. Su nombre,
sabéis, no había sido pronunciado ni una sola vez durante la conversación. Se
referían a ‘aquel hombre’. El mestizo que, según podía yo entender, había realizado
con gran prudencia y valor aquel difícil viaje era invariablemente llamado ‘ese
canalla’. El ‘canalla’ había informado que ‘aquel hombre’ había estado muy enfermo;
aún no se había restablecido del todo… Los dos hombres debajo de mí se alejaron
unos pasos; paseaban de un lado a otro a cierta distancia. Escuché: ‘puesto militar…
médico… doscientas millas… ahora completamente solo… plazos inevitables… nueve
meses… ninguna noticia… extraños rumores’. Volvieron a acercarse. Precisamente
en esos momentos decía el director: ‘Nadie, que yo sepa, a menos que sea una
especie de mercader ambulante, un tipo malvado que les arrebata el marfil a los
nativos.
“¿De quién hablaban ahora? Pude deducir que se trataba de algún hombre que
estaba en el distrito de Kurtz y cuya presencia era desaprobada por el director. ‘No
nos veremos libres de esos competidores de mala fe hasta que colguemos a uno
para escarmiento de los demás’, dijo. ‘Por supuesto’, gruñó el otro. ‘¡Deberías
colgarlo! ¿Por qué no? En este país se puede hacer todo, todo. Eso es lo que yo
sostengo; aquí nadie puede poner en peligro tu posición. ¿Por qué? Porque resistes
el clima. Sobrevives a todos los demás. El peligro está en Europa. Pero antes de
salir tuve la precaución de…’
“Se alejaron y sus voces se convirtieron en un murmullo. Después volvieron a
elevarse. ‘Esta extraordinaria serie de retrasos no es culpa mía. He hecho todo lo
que he podido.’ ‘Es una lástima’, suspiró el viejo. ‘Y esa peste absurda que es su
conversación’ rugió el otro. ‘Me molestó mucho cuando estaba aquí: «Cada estación
debería ser como un faro en medio del camino, que iluminara la senda hacia cosas
mejores; un centro comercial, por supuesto, pero también de humanidad, de
mejoras, de instrucción.» ¡Habráse visto semejante asno! ¡Y quiere ser director! ¡No,
es como…!’
“El exceso de indignación lo hizo sofocarse. Yo levanté un poco la cabeza. Me
sorprendió ver lo cerca que estaban, justo debajo de mí. Habría podido escupir
sobre sus sombreros. Miraban el suelo, absortos en sus pensamientos. El director se
fustigaba la pierna con una fina varita. Su sagaz pariente levantó de pronto la cabeza.
‘¿Y te has encontrado bien todo el tiempo, desde que llegaste?’, preguntó. El otro
pareció sobresaltarse. ‘¿Quién? ¿Yo? ¡Oh, perfectamente, perfectamente! Pero el
resto… ¡santo cielo!, todos enfermos. Se mueren tan rápidamente que no tengo casi
tiempo de mandarlos fuera de la región… ¡Es increíble!’ ‘Hum. Así es precisamente’,
gruñó el tío. ‘Ah, muchacho, confía en eso… te lo digo, confía en eso.’ Le vi extender
un brazo que más bien parecía una aleta y señalar hacia la selva, la ensenada, el
barco, el río; parecía sellar con un gesto vil ante la iluminada faz de la tierra un pacto
traidor con la muerte en acecho, el mal escondido, las profundas tinieblas del
corazón humano. Fue tan espantoso que me puse en pie de un salto y miré hacia
atrás, al lindero de la selva, como esperando encontrar una respuesta a ese negro
intercambio de confidencias. Ya sabéis que a veces uno llega a abrigar las más
locas ideas. Una profunda calma rodeaba a aquellas dos figuras con su ominosa
paciencia, esperando el paso de una invasión fantástica.
“Los dos hombres maldijeron a la vez, de puro miedo creo yo… Después
pretendieron no saber nada de mi existencia y volvieron a la estación. El sol estaba
bajo; e inclinados hacia adelante, uno al lado del otro, parecían tirar a duras penas,
colina arriba, de sus dos sombras grotescas, de longitud irregular, que se
arrastraban lentamente tras ellos sobre la hierba espesa, sin inclinar una sola brizna.
“Unos días más tarde la Expedición Eldorado se internó en la paciente selva, que se
cerró sobre ellos como el mar sobre un buzo. Algún tiempo después nos llegaron
noticias de que todos los burros habían muerto. No sé nada sobre la suerte que
corrieron los otros animales, los menos valiosos. No me cabe duda de que, como el
resto de nosotros, encontraron su merecido. No hice averiguaciones. Me excitaba
enormemente la perspectiva de conocer muy pronto a Kurtz. Cuando digo muy
pronto, hablo en términos relativos. Dos meses pasaron desde el momento en que
dejamos la ensenada hasta nuestra llegada a la orilla de la estación de Kurtz.
“Remontar aquel río era como volver a los inicios de la creación cuando la
vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se convirtieron en reyes. Una
corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. El aire era caliente, denso,
pesado, embriagador. No había ninguna alegría en el resplandor del sol. Aquel
camino de agua corría desierto, en la penumbra de las grandes extensiones. En
playas de arena plateada, los hipopótamos y los cocodrilos tomaban el sol lado a
lado. Las aguas, al ensancharse, fluían a través de archipiélagos boscosos; era tan
fácil perderse en aquel río como en un desierto, y tratando de encontrar el rumbo se
chocaba todo el tiempo contra bancos de arena, hasta que uno llegaba a tener la
sensación de estar embrujado, lejos de todas las cosas una vez conocidas… en
alguna parte… lejos de todo… tal vez en otra existencia. Había momentos en que el
pasado volvía a aparecer, como sucede cuando uno no tiene ni un momento libre,
pero aparecía en forma de un sueño intranquilo y estruendoso, recordado con
asombro en medio de la realidad abrumadora de aquel mundo extraño de plantas, y
agua, y silencio. Y aquella inmovilidad de vida no se parecía de ninguna manera a la
tranquilidad. Era la inmovilidad de una fuerza implacable que envolvía una intención
inescrutable. Y lo miraba a uno con aire vengativo. Después llegué a acostumbrarme.
Y al acostumbrarme dejé de verla; no tenía tiempo. Debía estar todo el tiempo
tratando de adivinar el cauce del canal; tenía que adivinar, más por inspiración que
por otra cosa, las señales de los bancales ocultos, descubrir las rocas sumergidas.
Aprendí a rechinar los dientes sonoramente antes de que el corazón me estallara
cuando rozábamos algún viejo tronco infernal que hubiera podido terminar con la
vida de aquel vapor de hojalata y ahogar a todos los peregrinos. Necesitaba
encontrar todos los días señales de madera seca que pudiéramos cortar todas las
noches para alimentar las calderas al día siguiente. Cuando uno tiene que estar
pendiente de ese tipo de cosas, los meros incidentes de la superficie, la realidad, sí,
la realidad digo, se desvanece. La verdad íntima se oculta, por suerte, por suerte.
Pero yo la sentía durante todo el tiempo. Sentía con frecuencia aquella inmovilidad
misteriosa que me contemplaba, que observaba mis artimañas de mono, tal como
os observa a vosotros, camaradas, cuando trabajáis en vuestros respectivos cables
por… cuánto es… media corona la vuelta.”
—Intenta ser más cortés, Marlow —gruñó una voz, y supe que por lo menos había
otro auditor tan despierto como yo.
—Perdón. ¿En realidad, qué importa el precio si la cosa está bien hecha? Vosotros
desempeñáis muy bien vuestros oficios. Yo tampoco he hecho mal el mío desde que
logré que no naufragara aquel vapor en mi primer viaje. Todavía me asombro de ello.
Imaginad a un hombre con los ojos vendados obligado a conducir un vehículo por un
mal camino. Lo que puedo deciros es que sudé y temblé de verdad durante aquel
viaje. Después de todo, para un marino, que se rompa el fondo de la cosa que se
supone flota todo el tiempo bajo su vigilancia es el pecado más imperdonable.
Puede que nadie se entere, pero él no olvida el porrazo, ¿no es cierto? Es un golpe
en el mismo corazón. Uno lo recuerda, lo sueña, despierta a media noche para
pensar en él, años después, y vuelve a sentir escalofríos. No pretendo decir que
aquel vapor flotara todo el tiempo. Más de una vez tuvo que vadear un poco, con
veinte caníbales chapoteando alrededor de él y empujando. Durante el viaje
habíamos enganchado una tripulación con algunos de esos muchachos. ¡Excelentes
tipos aquellos caníbales! Eran hombres con los que se podía trabajar, y aún hoy les
estoy agradecido. Y, después de todo, no se devoraban los unos a los otros en mi
presencia; llevaban consigo una provisión de carne de hipopótamo, que una vez
podrida hizo llegar a mis narices todo el misterio de la selva. ¡Puuuf! Aún puedo
olerla. Llevaba a bordo al director y a tres o cuatro peregrinos con sus palos. Eso era
todo. Algunas veces nos acercábamos a una estación próxima a la orilla, pegada a
las faldas de lo desconocido; los blancos salían de sus cabañas con grandes
expresiones de alegría, de sorpresa, de bienvenida. Me parecían muy extraños.
Tenían todo el aspecto de haber sido víctimas de un hechizo. La palabra marfil
flotaba un buen rato en el aire, y luego seguíamos de nuevo en medio del silencio, a
lo largo de inmensas extensiones desiertas, alrededor de mansos recodos, entre los
altos muros de nuestro camino sinuoso, que resonaba en profundos ruidos al pesado
golpe de nuestra rueda de popa. Árboles, árboles, millones de árboles, masas
inmensas de ellos, elevándose hacia las alturas; y a sus pies, navegando junto a la
orilla, contra la corriente, se deslizaba aquel vapor lisiado, como se arrastra un
escarabajo perezoso sobre el suelo de un elevado pórtico. Uno tenía por fuerza que
sentirse muy pequeño, totalmente perdido, y sin embargo aquel sentimiento no era
deprimente. Después de todo, por muy pequeño que fuera, aquel sucio animalillo
seguía arrastrándose, y eso era lo que se le pedía. A dónde imaginaban arrastrarse
los peregrinos, eso sí que no lo sé. Hacia algún lugar del que esperaban obtener
algo, creo. En cuanto a mí, el escarabajo se arrastraba exclusivamente hacia Kurtz.
Pero cuando el casco comenzó a hacer agua nos arrastramos muy lentamente.
Aquellas grandes extensiones se abrían ante nosotros y volvían a cerrarse, como si
la selva hubiera puesto poco a poco un pie en el agua para cortarnos la retirada en el
momento del regreso. Penetramos más y más espesamente en el corazón de las
tinieblas. Allí había verdadera calma. A veces, por la noche, un redoble de tambores,
detrás de la cortina vegetal, corría por el río, se sostenía débilmente, se prolongaba,
como si revoloteara en el aire por encima de nuestras cabezas, hasta la primera luz
del día. Si aquello significaba guerra, paz u oración es algo que no podría decir. La
aurora se anunciaba por el descenso de una desapacible calma; los leñadores
dormían, sus hogueras se extinguían; el chasquido de una rama lo podía llenar a uno
de sobresalto. Éramos vagabundos en medio de una tierra prehistórica, de una tierra
que tenía el aspecto de un planeta desconocido. Nos podíamos ver a nosotros
mismos como los primeros hombres tomando posesión de una herencia maldita,
sobreviviendo a costa de una angustia profunda de un trabajo excesivo. Pero, de
pronto, cuando luchábamos para cruzar un recodo, podíamos vislumbrar unos muros
de juncos técnicos de hierba puntiagudos, un estallido de gritos, un revuelo de
músculos negros, una multitud de manos que palmoteaban, de pies que pateaban,
de cuerpos en movimiento, de ojos furtivos, bajo la sombra de pesados e inmóviles
follajes. El vapor se movía lenta y dificultosamente al borde de un negro e
incomprensible frenesí. ¿Nos maldecía, nos imprecaba, nos daba la bienvenida el
hombre prehistórico? ¿Quién podría decirlo? Estábamos incapacitados para
comprender todo lo que nos rodeaba; nos deslizábamos como fantasmas,
asombrados y con un pavor secreto, como pueden hacerlo los hombres cuerdos ante
un estallido de entusiasmo en una casa de orates. No podíamos entender porque
nos hallábamos muy lejos, y no podíamos recordar porque viajábamos en la noche
de los primeros tiempos, de esas épocas ya desaparecidas, que dejan con
dificultades alguna huella… pero ningún recuerdo.
“La tierra no parecía la tierra. Nos hemos acostumbrado a verla bajo la imagen
encadenada de un monstruo conquistado, pero allí… allí podía vérsela como algo
monstruoso y libre. Era algo no terrenal y los hombres eran… No, no se podía decir
inhumanos. Era algo peor, sabéis, esa sospecha de que no fueran inhumanos. La
idea surgía lentamente en uno. Aullaban, saltaban, se colgaban de las lianas, hacían
muecas horribles, pero lo que en verdad producía estremecimiento era la idea de su
humanidad, igual que la de uno, la idea del remoto parentesco con aquellos seres
salvajes, apasionados y tumultuosos. Feo, ¿no? Sí, era algo bastante feo. Pero si
uno era lo suficientemente hombre debía admitir precisamente en su interior una
débil traza de respuesta a la terrible franqueza de aquel estruendo, una tibia
sospecha de que aquello tenía un sentido en el que uno (uno, tan distante de la noche
de los primeros tiempos) podía participar. ¿Por qué no? La mente del hombre es
capaz de todo, porque todo está en ella, tanto el pasado como el futuro. ¿Qué había
allí, después de todo? Alegría, miedo, tristeza, devoción, valor, cólera… ¿Quién podía
saberlo?… Pero había una verdad, una verdad desnuda de la capa del tiempo.
Dejemos que los estúpidos tiemblen y se estremezcan… El que es hombre sabe y
puede mirar aquello sin pestañear. Pero tiene que ser por lo menos tan hombre
como los que había en la orilla. Debe confrontar esa verdad con su propia y
verdadera esencia… con su propia fuerza innata. Los principios no bastan.
Adquisiciones, vestidos, bonitos harapos… harapos que velarían a la primera
sacudida. No, lo que se requiere es una creencia deliberada. ¿Hay allí algo que me
llama, en esa multitud demoniaca? Muy bien. La oigo, lo admito, pero también tengo
una voz y para bien o para mal no puedo silenciarla. Por supuesto, un necio con puro
miedo y finos sentimientos está siempre a salvo. ¿Quién protesta? ¿Os preguntáis si
también bajé a la orilla para aullar y danzar? Pues no, no lo hice. ¿Nobles
sentimientos, diréis? ¡Al diablo con los nobles sentimientos! No tenía tiempo para
ellos. Tenía que mezclar albayalde con tiras de mantas de lana para tapar los
agujeros por donde entraba el agua. Tenía que estar al tanto del gobierno del barco,
evitar troncos, y hacer que marchara aquella caja de hojalata por las buenas o por las
malas. Esas cosas poseen la suficiente verdad superficial como para salvar a un
hombre sabio. A ratos tenía, además, que vigilar al salvaje que llevaba yo como
fogonero. Era un espécimen perfeccionado; podía encender una caldera vertical. Allí
estaba, debajo de mí y, palabra de honor, mirarlo resultaba tan edificante como ver a
un perro en una parodia con pantalones y sombrero de plumas, paseando sobre sus
patas traseras. Unos meses de entrenamiento habían hecho de él un muchacho
realmente eficaz. Observaba el regulador de vapor y el carburador de agua con un
evidente esfuerzo por comprender, tenía los dientes afilados también, pobre diablo, y
el cabello lanudo afeitado con arreglo a un modelo muy extraño, y tres cicatrices
ornamentales en cada mejilla. Hubiera debido palmotear y golpear el suelo con la
planta de los pies, y en vez de ello se esforzaba por realizar un trabajo, iniciarse en
una extraña brujería, en la que iba adquiriendo nuevos conocimientos. Era útil porque
había recibido alguna instrucción; lo que sabía era que si el agua desaparecía de
aquella cosa transparente, el mal espíritu encerrado en la caldera mostraría su cólera
por la enormidad de su sed y tomaría una venganza terrible. Y así sudaba, calentaba
y observaba el cristal con temor (con un talismán improvisado, hecho de trapos,
atado a un brazo, y un pedazo de hueso del tamaño de un reloj, colocado entre la
encía y el labio inferior), mientras las orillas cubiertas de selva se deslizaban
lentamente ante nosotros, el pequeño ruido quedaba atrás y se sucedían millas
interminables de silencio… Y nosotros nos arrastrábamos hacia Kurtz. Pero los
troncos eran grandes, el agua traidora y poco profunda, la caldera parecía tener en
efecto un demonio hostil en su seno, y de esa manera ni el fogonero ni yo teníamos
tiempo para internarnos en nuestros melancólicos pensamientos.
“A unas cincuenta millas de la estación interior encontramos una choza hecha de
cañas y, sobre ella, un mástil inclinado y melancólico, con los restos irreconocibles
de lo que había sido una bandera ondeando sobre él, y al lado un montón de leña,
cuidadosamente apilado. Aquello constituía algo inesperado. Bajamos a la orilla, y
sobre la leña encontramos una tablilla con algunas palabras borrosas. Cuando
logramos descifrarlas, leímos: ‘Leña para ustedes. Apresúrense. Deben acercarse
con precauciones. ‘Había una firma, pero era ilegible. No era la de Kurtz. Era una
palabra mucho más larga. Apresúrense. ¿Adónde? ¿Remontando el río? ¿Acercarse
con precauciones? No lo habíamos hecho así. Pero la advertencia no podía ser para
llegar a aquel lugar, ya que nadie tendría conocimiento de su existencia. Algo
anormal encontraríamos más arriba. ¿Pero qué, y en qué cantidad? Ése era el
problema. Comentamos despectivamente la imbecilidad de aquel estilo telegráfico.
Los arbustos cercanos no nos dijeron nada, y tampoco nos permitieron ver muy lejos.
Una cortina destrozada de sarga roja colgaba a la entrada de la cabaña, y rozaba
tristemente nuestras caras. El interior estaba desmantelado, pero era posible
deducir que allí había vivido no hacía mucho tiempo un blanco. Quedaba aún una
tosca mesa, una tabla sobre dos postes un montón de escombros en un rincón
oscuro y, cerca de la puerta, un libro que recogí inmediatamente. Había perdido la
cubierta y las páginas estaban muy sucias y blandas, pero el lomo había sido
recientemente cosido con cuidado, con hilo de algodón blanco que aún conservaba
un aspecto limpio. El título era Una investigación sobre algunos aspectos de
náutica, y el autor un tal Towsen o Towson, capitán al servicio de su majestad. El
contenido era bastante monótono, con diagramas aclaratorios y múltiples láminas
con figuras. El ejemplar tenía una antigüedad de unos sesenta años. Acaricié aquella
impresionante antigualla con la mayor ternura posible, temeroso de que fuera a
disolverse en mis manos. En su interior, Towson o Towsen investigaba seriamente la
resistencia de tensión de los cables y cadenas empleados en los aparejos de los
barcos, y otras materias semejantes. No era un libro apasionante, pero a primera
vista se podía ver una unidad de intención, una honrada preocupación por realizar
seriamente el trabajo, que hacía que aquellas páginas, concebidas tantos años
atrás, resplandecieran con una luminosidad no provocada sólo por el interés
profesional. El sencillo y viejo marino, con su disquisición sobre cadenas y tuercas,
me hizo olvidar la selva y los peregrinos, en una deliciosa sensación de haber
encontrado algo inconfundiblemente real. El que un libro semejante se encontrara allí
era ya bastante asombroso, pero aún lo eran más las notas marginales, escritas a
lápiz, con referencia al texto. ¡No podía creer en mis propios ojos! Estaban escritas
en lenguaje cifrado. Sí, aquello parecía una clave. Imaginad a un hombre que llevara
consigo un libro de esa especie a aquel lugar perdido del mundo, lo estudiara e
hiciera comentarios en lenguaje cifrado. Era un misterio de lo más extravagante.
“Desde hacía un rato era vagamente consciente de cierto ruido molesto, y al alzar los
ojos vi que la pila de leña había desaparecido, y que el director, junto con todos los
peregrinos, me llamaba a voces desde la orilla del río. Me metí el libro en un bolsillo.
Puedo aseguraros que arrancarse de su lectura era como separarse del abrigo de
una vieja y sólida amistad.
“Volví a poner en marcha la inválida máquina. ‘Debe de ser ese miserable
comerciante, ese intruso’, exclamó el director, mirando con malevolencia hacia el
sitio que habíamos dejado atrás. ‘Debe ser inglés’, dije yo. ‘Eso no lo librará de
meterse en dificultades si no es prudente’, murmuró sombríamente el director. Y yo
comenté con fingida inocencia que en este mundo nadie está libre de dificultades.
“La corriente era ahora más rápida. El vapor parecía estar a punto de emitir su
último suspiro; las aspas de las ruedas batían lánguidamente el agua. Yo esperaba
que aquél fuera el último esfuerzo, porque a decir verdad temía a cada momento que
aquella desvencijada embarcación no pudiera ya más. Me parecía estar
contemplando las últimas llamadas de una vida. Sin embargo, seguíamos
avanzando. A veces tomaba como punto de referencia un árbol, situado un poco más
arriba, para medir nuestro avance hacia Kurtz, pero lo perdía invariablemente antes
de llegar a él. Mantener la vista fija durante tanto tiempo era una labor demasiado
pesada para la paciencia humana. El director mostraba una magnífica resignación.
Yo me impacientaba, me encolerizaba y discutía conmigo mismo sobre la
posibilidad de hablar abiertamente con Kurtz. Pero antes de poder llegar a una
conclusión, se me ocurrió que tanto mi silencio como mis declaraciones eran
igualmente fútiles. ¿Qué importancia podía tener que él supiera o ignorara la
situación? ¿Qué importaba quién fuera el director? A veces tenemos esos destellos
de perspicacia. Lo esencial de aquel asunto yacía muy por debajo de la superficie,
más allá de mi alcance y de mi poder de meditación.
“Hacia la tarde del segundo día creíamos estar a unas ocho millas de la estación de
Kurtz. Yo quería continuar, pero el director me dijo con aire grave que la navegación
a partir de aquel punto era tan peligrosa que le parecía prudente, ya que el sol
estaba a punto de ocultarse, esperar allí hasta la mañana siguiente. Es más, insistió
en la advertencia de que nos acercáramos con prudencia. Sería mejor hacerlo a la
luz del día y no en la penumbra del crepúsculo o en plena oscuridad. Aquello era
bastante sensato. Ocho millas significaban cerca de tres horas de navegación, y yo
había visto ciertos rizos sospechosos en el curso superior del río. No obstante, aquel
retraso me produjo una indecible contrariedad, y sin razón, ya que una noche poco
podía importar después de tantos meses. Como teníamos leña en abundancia y la
palabra precaución no nos abandonaba, detuve el barco en el centro del río. El cauce
era allí angosto, recto, con altos bordes, como una trinchera de ferrocarril. La
oscuridad comenzó a cubrirnos antes de que el sol se pusiera. La corriente fluía
rápida y tersa, pero una silenciosa inmovilidad cubría las márgenes. Los árboles
vivientes, unidos entre sí por plantas trepadoras, así como todo arbusto vivo en la
maleza, parecían haberse convertido en piedra, hasta la rama más delgada, hasta la
hoja más insignificante. No era un sueño, era algo sobrenatural, como un estado de
trance. Uno miraba aquello con asombro y llegaba a sospechar si se habría vuelto
sordo. De pronto se hizo la noche, súbitamente, y también nos dejó ciegos. A eso de
las tres de la mañana saltó un gran pez, y su fuerte chapoteo me sobresaltó como si
hubiera sido disparado por un cañón. Una bruma blanca, caliente, viscosa, más
cegadora que la noche, empañó la salida del sol. Ni se disolvía, ni se movía. Estaba
precisamente allí, rodeándonos como algo sólido. A eso de las ocho o nueve de la
mañana comenzó a elevarse como se eleva una cortina. Pudimos contemplar la
multitud de altísimos árboles, sobre la inmensa y abigarrada selva, con el pequeño
sol resplandeciente colgado sobre la maleza. Todo estaba en una calma absoluta, y
después la blanca cortina descendió otra vez, suavemente, como si se deslizara por
ranuras engrasadas. Ordené que se arrojara de nuevo la cadena que habíamos
comenzado a halar. Y antes de que hubiera acabado de descender, rechinando
sordamente, un aullido, un aullido terrible como de infinita desolación, se elevó
lentamente en el aire opaco. Cesó poco después. Un clamor lastimero, modulado
con una discordancia salvaje, llenó nuestros oídos. Lo inesperado de aquel grito hizo
que el cabello se me erizara debajo de la gorra. No sé qué impresión les causó a los
demás: a mí me pareció como si la bruma misma hubiera gritado; tan
repentinamente y al parecer desde todas partes se había elevado a la vez aquel grito
tumultuoso y luctuoso. Culminó con el estallido acelerado de un chillido exorbitante,
casi intolerable, que al cesar nos dejó helados en una variedad de actitudes
estúpidas, tratando obstinadamente de escuchar el silencio excesivo, casi
espantoso, que siguió.
“‘¡Dios mío! ¿Qué es esto?’, murmuró junto a mí uno de los peregrinos, un
hombrecillo grueso, de cabellos arenosos y rojas patillas, que llevaba botas con
suelas de goma y un pijama color de rosa recogido en los tobillos. Otros dos se
quedaron boquiabiertos por un minuto, luego se precipitaron a la pequeña cabina,
para salir al siguiente instante, lanzando miradas tensas y con los rifles preparados
en la mano. Nada podíamos ver más allá del vapor: veíamos su punta borrosa como
si estuviera a punto de disolverse, y una línea brumosa, de quizás dos pies de
anchura, a su alrededor. Nada más. El resto del mundo no existía para nuestros ojos
y oídos. Aquello era nuestra tierra de nadie. Todo se había ido, desaparecido,
barrido, sin dejar murmullo ni sombras detrás.
“Me adelanté y ordené que acortaran la cadena, con objeto de poder levar anclas y
poner en marcha el vapor si se hacía necesario. ‘¿Nos atacarán?’, murmuró una voz
amedrentada. ‘Nos asesinarán a todos en medio de esta niebla’ murmuró otro. Los
rostros se crispaban por la tensión, las manos temblaban ligeramente, los ojos
olvidaban el parpadeo. Era curioso ver el contraste entre los blancos y los negros de
nuestra tripulación, tan extranjeros como nosotros en aquella parte del río, aunque
sus hogares estuvieran a sólo una distancia de ochocientas millas de aquel lugar.
Los blancos, como es natural terriblemente sobresaltados, tenían además el aspecto
de sentirse penosamente sorprendidos por aquel oprobioso recibimiento. Los otros
tenían una expresión de alerta, de interés natural en los acontecimientos, pero sus
rostros aparentaban sobre todo tranquilidad, incluso había uno o dos cuyas
dentaduras brillaban mientras tiraban de la cadena. Algunos cambiaron breves,
sobrias frases, que parecían resolver el asunto satisfactoriamente. Su jefe, un joven
de amplio pecho, vestido severamente con una tela orlada, azul oscuro, con feroces
agujeros nasales y el cabello artísticamente arreglado en anillos aceitosos, estaba
en pie a mi lado. ‘¡Ajá!’, dije sólo por espíritu de compañerismo. ‘¡Cogedlos!’,
exclamó, abriendo los ojos inyectados de sangre y con un destello de sus dientes
puntiagudos. ‘Cogedlos y dádnoslos.’ ‘¿A vosotros?’, pregunté. ‘¿Qué haríais con
ellos?’ ‘Nos los comeríamos’, dijo tajantemente y, apoyando un codo en la borda,
miró hacia afuera, a la bruma, en una actitud digna y profundamente meditativa. No
me cabe duda de que me habría sentido profundamente horrorizado si no se me
hubiese ocurrido que tanto él como sus muchachos debían de estar muy
hambrientos; el hambre seguramente se había acumulado durante el último mes.
Habían sido contratados por seis meses (no creo que ninguno de ellos tuviera una
noción clara del tiempo como la tenemos nosotros después de innumerables siglos;
pertenecían aún a los comienzos del tiempo, no tenían ninguna experiencia
heredada que les indicara lo que eso era) y, por supuesto, mientras existiera un
pedazo de papel escrito de acuerdo con alguna ley absurda, o de cualquier otro
precepto (redactados río abajo), no cabía en la cabeza preocuparse sobre su
sustento. Era cierto que habían embarcado con carne podrida de hipopótamo, que
no podía de cualquier manera durar demasiado tiempo, aun en el caso de que los
peregrinos no hubieran arrojado, en medio de una riña desagradable, gran parte de
ella por la borda. Parecía un proceder arbitrario, pero en realidad se trataba de una
situación de legítima defensa. No se puede respirar carne de hipopótamo podrida al
despertar, al dormir y al comer, y a la vez conservar el precario asidero a la
existencia. Además, se les daba tres pedazos de alambre de cobre a la semana,
cada uno de nueve pulgadas de longitud. En teoría aquella moneda les permitiría
comprar sus provisiones en las aldeas a lo largo del río. ¡Pero hay que ver cómo
funcionaba aquello! O no había aldeas, o la población era hostil, o el director que,
como el resto de nosotros, se alimentaba a base de latas de conserva que
ocasionalmente nos ofrecían carne de viejo macho cabrío, se negaba a que el vapor
se detuviera por alguna razón más o menos recóndita. De modo que, a menos que
se alimentaran con el alambre mismo o que lo convirtieran en anzuelos para pescar,
no veo de qué podía servirles aquel extravagante salario. Debo decir que se les
pagaba con una regularidad digna de una gran y honorable empresa comercial. Por
lo demás, lo único comestible (aunque no tuviera aspecto de serlo) que vi en su
posesión eran unos trozos de una materia como pasta medio cocida, de un color de
lavanda sucia, que llevaban envuelta en hojas y de la cual de vez en cuando
arrancaban un pedazo, paro tan pequeño que parecía más bien arrancado para ser
mirado que con un propósito serio de sustento. ¿Por qué en nombre de todos los
roedores diablos del hambre no nos atacaron (eran treinta para cinco) y se dieron
con nosotros un buen banquete? Es algo que todavía hoy me asombra. Eran
hombres grandes, vigorosos, sin gran capacidad para meditar en las consecuencias,
valientes, fuertes aún entonces, aunque su piel había perdido ya el brillo y sus
músculos se habían ablandado. Comprendí que alguna inhibición, uno de esos
secretos humanos que desmienten la probabilidad de algo, estaba en acción. Los
miré con un repentino aumento de interés, y no porque pensara que podía ser
devorado por ellos dentro de poco, aunque debo reconocer que fue entonces cuando
precisamente vi, bajo una nueva luz, por decirlo así, el aspecto enfermizo de los
peregrinos, y tuve la esperanza, sí, positivamente tuve la esperanza de que mi
aspecto no fuera ¿cómo diría?, tan poco apetitoso. Fue un toque de vanidad
fantástica, muy de acuerdo con la sensación de sueño que llenaba todos mis días en
aquel entonces. Quizá me sintiera también un poco afiebrado. Uno no puede vivir
llevándose los dedos eternamente al pulso. Tenía siempre ‘un poco de fiebre’, o un
poco de algo; los arañazos juguetones de la selva, las bromas preliminares a un
ataque serio, que se presentó a su debido tiempo. Sí, lo miré como lo podríais hacer
vosotros ante cualquier ser humano, con una curiosidad ante sus impulsos,
motivaciones, capacidad, debilidades, cuando son puestos a prueba por una
inexorable necesidad física. ¿Represión? Pero, ¿de qué tipo? ¿Era superstición,
disgusto, paciencia, miedo, o una especie de honor primitivo? Ningún miedo logra
resistir al hambre, ni hay paciencia que pueda soportarla. La repugnancia
sencillamente desaparece cuando llega el hambre, y en cuanto a la superstición,
creencias, y lo que vosotros podríais llamar principios, pesan menos que una hoja en
medio de la brisa. ¿Sabéis lo diabólica que puede ser una inanición prolongada, su
tormento exasperante, los negros pensamientos que produce, su sombría y
envolvente ferocidad? Bueno, yo sí. Le hace perder al hombre toda su fortaleza
innata para luchar dignamente contra el hambre. Indudablemente es más fácil
enfrentarse con la desgracia, con el deshonor, con la perdición del alma, que con el
hambre prolongada. Es triste, pero cierto. Y aquellos sujetos, además, no tenían
ninguna razón en la tierra para abrigar algún escrúpulo. ¡Represión! Del mismo
modo podría yo esperar represión de una hiena que deambulara entre los cadáveres
de un campo de batalla. Pero allí, frente a mí, estaban los hechos, el hecho
asombroso que podía ver, como un pliegue de un enigma inexplicable, un misterio
mayor, si pienso bien en ello, que aquella curiosa e inexplicable nota de
desesperación y dolor en el clamor salvaje que nos había llegado de las márgenes
del río, más allá de la ciega blancura de la bruma.
“Dos peregrinos discutían en murmullos apresurados sobre cuál de las orillas estaba
ocupada. ‘A la izquierda.’ ‘No, no. ¿Cómo se te ocurre? Están a la derecha, por
supuesto.’ ‘Esto es muy serio’, oí que decía el director detrás de mí. ‘Lamentaría que
le hubiera ocurrido algo al señor Kurtz antes de que lleguemos.’ Me volví a mirarlo y
no me cupo la menor duda de que hablaba con sinceridad. Era precisamente de esa
especie de hombres que saben guardar las apariencias. Aquél era su freno. Pero
cuando dijo algo sobre la posibilidad de seguir en el acto, ni siquiera me tomé la
molestia de responder. Tanto yo como él sabíamos que eso era imposible. En
cuanto perdiéramos nuestro único punto de apoyo, el fondo, quedaríamos
completamente en el aire, en el espacio. No podíamos decir adónde iríamos, si
hacia arriba o hacia abajo, o hacia los lados, hasta que llegáramos a alguna de las
márgenes, y entonces ni siquiera podríamos decir en cuál estábamos. Por supuesto
no hice ningún movimiento. No podéis imaginar un sitio más abominable para un
naufragio. O nos ahogaríamos enseguida, o pereceríamos después de una u otra
manera. ‘Le autorizo a correr todos los riesgos’, dijo, después de un breve silencio.
‘Me niego a correr ninguno’, dije tajantemente. Y era la respuesta que él esperaba,
aunque el tono quizá lo sorprendiera. ‘Bueno, debo ceder a su juicio. Usted es el
capitán’, dijo, con pronunciada cortesía. Hice un movimiento con el hombro en señal
de reconocimiento y miré hacia la niebla. ¿Cuánto podía durar? Era un espectáculo
desesperante. La aproximación a aquel Kurtz que extraía el marfil de aquella maldita
selva estaba rodeada de tantos peligros como la visita a una princesa encantada,
dormida en un castillo fabuloso. ‘¿Cree usted que nos atacarán?’, preguntó el director
en tono confidencial.
“Yo no pensaba que fueran a atacarnos, por varias razones obvias. La espesa niebla
era una de ellas. Si se alejaban de la orilla en sus piraguas, se encontrarían perdidos
en el río, igual que nosotros si intentábamos movernos. No obstante, yo había
considerado que la selva de ambas orillas era absolutamente impenetrable y a pesar
de ello había allí ojos que nos habían visto. La selva en ambas márgenes del río era
con toda certidumbre muy espesa, pero la maleza podía por lo visto ser penetrada.
Sin embargo, yo no había visto canoas en ninguna parte, y mucho menos cerca del
barco. Pero lo que hacía que me resultara inconcebible la idea de un ataque era la
naturaleza del sonido. Los gritos que habíamos escuchado no tenían el carácter feroz
que precede a una intención hostil inmediata. A pesar de lo inesperados, salvajes y
violentos que fueron, me habían dejado una impresión de irresistible tristeza. La
contemplación del vapor había llenado a aquellos salvajes, a saber por qué razón, de
un dolor desenfrenado. El peligro, si existía, expliqué, residía en la proximidad de
una gran pasión humana desencadenada. Hasta el dolor más agudo puede al fin
desahogarse en violencia, aunque por lo general tome la forma de apatía…
“¡Debería haber visto la mirada fija de aquellos peregrinos! No se atrevían a sonreír,
o a rebatirme, pero estoy seguro de que creían que me había vuelto loco, por el
miedo, tal vez. Les dirigí casi una conferencia. Queridos amigos, de nada valía
asustarse. ¿Mantenerse en guardia? Bueno, ya podían imaginar que yo observaba la
niebla esperando señales de que se abriera, como un gato puede observar a un
ratón, pero nuestros ojos no nos servían de nada, era igual que si estuviéramos
enterrados a varias millas de profundidad en un montón de algodón en rama. Así me
sentía yo, fastidiado, acalorado, sofocado. Además, todo lo que decía, por extraño
que sonara, era absolutamente cierto. Lo que nosotros considerábamos como un
ataque era realmente un intento de rechazo. La acción distaba mucho de ser
agresiva, ni siquiera era defensiva en el sentido clásico. Se había iniciado bajo la
presión de la desesperación, y en esencia era puramente protectora.
“Aquello tuvo lugar, por decirlo así, dos horas después de que se levantara la niebla,
y su principio, aproximadamente, fue una milla y media antes de llegar a la estación
de Kurtz. Precisamente acabábamos de ser sacudidos en un recodo, cuando vi una
isla, una colina herbosa de un verde deslumbrante, en medio de la corriente. Era lo
único que se veía, pero cuando nuestro horizonte se ensanchó vi que era la cabeza
de un amplio banco de arena, o más bien de una cadena de pequeñas porciones de
tierra que se extendían a flor de agua. Estaban descoloridas, junto a la superficie, y
todo el grupo parecía estar bajo el agua, exactamente de la manera en que puede
verse la columna vertebral de un hombre bajo la piel de la espalda. Podíamos
dirigirnos a la derecha o a la izquierda. Por supuesto yo no conocía ningún paso.
Ambas márgenes tenían el mismo aspecto, la profundidad parecía ser la misma.
Pero como me habían informado de que la estación estaba situada en la parte
occidental, tomé naturalmente el paso más próximo a esa orilla.
“No bien acabábamos de entrar, cuando advertí que era mucho más estrecho de lo
que había previsto. A nuestra izquierda se extendía, sin interrupción, el largo banco
de arena, y a la derecha una orilla elevada y abrupta, densamente cubierta de
maleza. Los árboles se agrupaban en filas apretadas. Las ramas colgaban sobre la
corriente, y, de cuando en cuando, el gran tronco de un árbol se proyectaba
rígidamente en ella. Era ya por la tarde, el aspecto del bosque era lúgubre y una
amplia franja de sombra caía sobre el agua. En esa sombra bogábamos muy
lentamente, como ya podéis imaginar. Dirigí el vapor cerca de la orilla, donde el
agua era más profunda, según me informaba el palo de sonda.
“Uno de mis hambrientos y pacientes amigos sondeaba desde la proa, exactamente
debajo de mí. Aquel barco de vapor era exactamente como un lanchón con una
cubierta. En la cubierta había dos casetas de madera de teca, con puertas y
ventanas. La caldera estaba en el extremo anterior, y la maquinaria en la popa.
Sobre todo aquello se tendía una techumbre ligera sostenida por vigas. La chimenea
emergía de aquel techo, y enfrente de la chimenea una pequeña cabina de tablas
delgadas albergaba al piloto. Había en su interior un lecho, dos sillas de campaña,
una escopeta cargada, colgada de un rincón, una pequeña mesa y la rueda del
timón. Tenía una amplia puerta al frente con postigos a ambos lados. Tanto la puerta
como las ventanas estaban siempre abiertas, como es natural. Yo pasaba los días
en el punto extremo de aquella cubierta, junto a la puerta. De noche dormía, o trataba
de hacerlo, sobre el techo. Un negro atlético procedente de alguna tribu de la costa, y
educado por mi desdichado predecesor, era el timonel. Llevaba un par de
pendientes de bronce, una tela azul lo envolvía de la cintura a los tobillos, y tenía una
alta opinión de sí mismo. Era el imbécil menos sosegado que haya visto jamás.
Guiaba con cierto sentido común el barco si uno permanecía cerca de él, pero tan
pronto como se sentía no observado era inmediatamente presa de una abyecta
pereza y era capaz de dejar que aquel vapor destartalado tomara la dirección que
quisiera.
“Estaba yo mirando hacia el palo de sonda, muy disgustado al comprobar que
sobresalía cada vez un poco más, cuando vi que el hombre abandonaba su
ocupación y se tendía sobre cubierta, sin preocuparse siquiera de subir a bordo el
palo, seguía sujetándolo con la mano, y el palo flotaba en el agua. Al mismo tiempo el
fogonero, al que también podía ver debajo de mí, se sentó bruscamente ante la
caldera y hundió la cabeza entre las manos. Yo estaba asombrado. Después miré
rápidamente hacia el río, donde vi un tronco de árbol sumergido. Unas varas, unas
varas pequeñas, volaban alrededor; zumbaban ante mis narices, caían cerca de mí e
iban a estrellarse en la cabina de pilotaje. Pero a la vez el río, la playa, la selva,
estaban en calma, en una calma perfecta. Sólo podía oír el estruendoso chapoteo de
la rueda, en la popa, y el zumbido de aquellos objetos. ¡Por Júpiter, eran flechas!
¡Nos estaban disparando! Entré rápidamente en la cabina a cerrar las ventanas que
daban a la orilla del río. El estúpido timonel, con las manos en las cabillas del timón,
levantaba las rodillas, golpeaba el suelo con los pies, y se mordía los labios como un
caballo sujeto por el freno. ¡El muy imbécil! Estábamos haciendo eses a menos de
diez pies de la playa. Al asomarme para cerrar las ventanas, me incliné a la derecha
y pude ver un rostro entre las hojas, a mi misma altura, mirándome fija y ferozmente.
Y entonces, súbitamente, como si se hubiera removido un velo ante mis ojos,
descubrí en la maleza, en el seno de las oscuras tinieblas, pechos desnudos, brazos,
piernas, ojos brillantes. La maleza hervía de miembros humanos en movimiento,
lustrosos, bronceados. Las ramas se estremecían, se inclinaban, crujían. De ahí
salían las flechas. Cerré el postigo.
“‘Guía en línea recta’, le dije al timonel. Su cabeza miraba con rigidez hacia adelante,
los ojos giraban, y continuaba levantando y bajando los pies lentamente. Tenía
espuma en la boca. ‘¡Mantén la calma!’, le ordené furioso. Pero era igual que si le
hubiera ordenado a un árbol que no se inclinara bajo la acción del viento. Me lancé
hacia afuera. Debajo de mí se oía un estruendo de pies sobre la cubierta metálica y
exclamaciones confusas. Una voz gritó: ‘¿No puede dar la vuelta?’ Percibí un
obstáculo en forma de V delante del barco, en el agua. ¿Qué era aquello? ¿Otro
tronco? Una descarga de fusilería estalló a mis pies. Los peregrinos habían
disparado sus winchesters, rociando de plomo la maleza. Se elevó una humareda
que fue avanzando lentamente hacia adelante. Lancé un juramento. Ya no podía ver
el obstáculo. Yo permanecía de pie, en la puerta, observando las nubes de flechas
que caían sobre nosotros. Podían estar envenenadas, pero por su aspecto no podía
uno pensar que llegaran a matar a un gato. La maleza comenzó a aullar, y nuestros
caníbales emitieron un grito de guerra. El disparo de un rifle a mis espaldas me dejó
sordo. Eché una ojeada por encima de mi hombro; la cabina del piloto estaba aún
llena de humo y estrépito cuando di un salto y agarré el timón. Aquel imbécil negro lo
había soltado para abrir la ventana y disparar un Martini-Henry. Estaba de pie ante la
ventana abierta y resplandeciente. Le ordené a gritos que volviera, mientras corregía
en ese mismo instante la desviación del barco. No había modo de dar la vuelta. El
obstáculo estaba muy cerca, frente a nosotros, bajo aquella maldita humareda. No
había tiempo que perder, así que viré directamente hacia la orilla donde sabía que el
agua era profunda.
“Avanzábamos lentamente a lo largo de espesas selvas en un torbellino de ramas
rotas y hojas caídas. Los disparos de abajo cesaron, como yo había previsto que
sucedería tan pronto como quedaran vacíos los cargadores. Eché atrás la cabeza
ante un súbito zumbido que atravesó la cabina, entrando por una abertura de los
postigos y saliendo por la otra. El estúpido timonel agitaba su rifle descargado y
gritaba hacia la orilla. Vi vagas formas humanas que corrían, saltaban, se deslizaban
a veces muy claras, a veces incompletas, para desvanecerse luego. Una cosa
grande apareció en el aire delante del postigo, el rifle cayó por la borda y el hombre
retrocedió rápidamente, me miró por encima del hombro, de una manera extraña,
profunda y familiar, y cayó a mis pies. Golpeó dos veces un costado del timón con la
cabeza, y algo que parecía un palo largo repiqueteó a su lado y arrastró una silla de
campaña. Parecía que, después de arrancar aquello a alguien de la orilla, el
esfuerzo le hubiera hecho perder el equilibrio. El humo había desaparecido,
estábamos libres del obstáculo, y al mirar hacia adelante pude ver que después de
unas cien yardas o algo así podría alejar el barco de la orilla. Pero mis pies sintieron
algo caliente y húmedo y tuve que mirar qué era. El hombre había caído de espaldas
y me miraba fijamente, sujetando con ambas manos el palo. Era el mango de una
lanza que, tras pasar por la abertura del postigo, le había atravesado por debajo de
las costillas. La punta no se llegaba a ver; le había producido una herida terrible.
Tenía los zapatos llenos de sangre, y un gran charco se iba extendiendo poco a
poco, de un rojo oscuro y brillante, bajo el timón. Sus ojos me miraban con un
resplandor extraño. Estalló una nueva descarga. El negro me miró ansiosamente,
sujetando la lanza como algo precioso, como si temiera que intentara quitársela.
Tuve que hacer un esfuerzo para apartar mis ojos de su presencia y atender al timón.
Busqué con una mano el cordón de la sierra, y tiré de él a toda prisa produciendo
silbido tras silbido. El tumulto de los gritos hostiles y guerreros se calmó
inmediatamente, y entonces, de las profundidades de la selva, surgió un lamento
trémulo y prolongado. Expresaba dolor, miedo y una absoluta desesperación, como
podría uno imaginar que iba a seguir a la pérdida de la última esperanza en la tierra.
Hubo una gran conmoción entre la maleza; cesó la lluvia de flechas; hubo algunos
disparos sueltos. Luego se hizo el silencio, en el cual el lánguido jadeo de la rueda
de popa llegaba con claridad a mis oídos. Acababa de dirigir el timón a estribor,
cuando el peregrino del pijama color de rosa, acalorado y agitado, apareció en el
umbral. ‘El director me envía…’, comenzó a decir en tono oficial y se detuvo. ‘¡Dios
mío!’, dijo, fijando la vista en el herido.
“Los dos blancos permanecíamos frente a él, y su mirada lustrosa e inquisitiva nos
envolvía. Os aseguro que era como si quisiera hacernos una pregunta en un lenguaje
incomprensible, pero murió sin emitir un sonido, sin mover un miembro, sin crispar un
músculo. Sólo al final, en el último momento, como en respuesta a una señal que
nosotros no podíamos ver, o a un murmullo que nos era inaudible, frunció
pesadamente el rostro, y aquel gesto dio a su negra máscara mortuoria una
expresión inconcebiblemente sombría, envolvente y amenazadora. El brillo de su
mirada interrogante se marchitó rápidamente en una vaguedad vidriosa.
“‘¿Puede usted gobernar el timón?’, pregunté ansiosamente al peregrino. El pareció
dudar, pero lo sujeté por un brazo, y él comprendió al instante que yo le daba una
orden, le gustara o no. Para decir la verdad sentía la ansiedad casi morbosa de
cambiarme los zapatos y los calcetines. ‘Está muerto’, exclamó aquel sujeto,
enormemente impresionado. ‘Indudablemente’, dije yo, tirando como un loco de los
cordones de mis zapatos, ‘y por lo que puedo ver imagino que también el señor Kurtz
estará ya muerto en estos momentos.’
“Aquél era mi pensamiento dominante. Era un sentimiento en extremo
desconsolador, como si mi inteligencia comprendiera que me había esforzado por
obtener algo que carecía de fundamento. No podía sentirme más disgustado que si
hubiera hecho todo ese viaje con el único propósito de hablar con Kurtz. Hablar con…
Tiré un zapato por la borda, y percibí que aquello precisamente era lo que había
estado deseando… hablar con Kurtz. Hice el extraño descubrimiento de que nunca
me lo había imaginado en acción, sabéis, sino hablando. No me decía: ahora ya no
podré verlo, ahora ya no podré estrecharle la mano, sino: ahora ya no podré oírlo. El
hombre aparecía ante mí como una voz. Aquello no quería decir que lo disociara por
completo de la acción. ¿No había yo oído decir en todos los tonos de los celos y la
admiración que había reunido, cambiado, estafado y robado más marfil que todos
los demás agentes juntos? Aquello no era lo importante. Lo importante era que se
trataba de una criatura de grandes dotes, y que entre ellas, la que destacaba, la que
daba la sensación de una presencia real, era su capacidad para hablar, sus
palabras, sus dotes oratorias, su poder de hechizar, de iluminar, de exaltar, su
palpitante corriente de luz, o aquel falso fluir que surgía del corazón de unas tinieblas
impenetrables.
“Lancé el otro zapato al fondo de aquel maldito río. Pensé: ‘¡Por Júpiter, todo ha
terminado! Hemos llegado demasiado tarde. Ha desaparecido… Ese don ha
desaparecido, por obra de alguna lanza, flecha o mazo. Después de todo, nunca oiré
hablar a ese individuo.’ Y mi tristeza tenía una extravagante nota de emoción igual a
la que había percibido en el doliente aullido de aquellos salvajes de la selva. De
cualquier manera, no hubiera podido sentirme más desolado si me hubieran
despojado violentamente de una creencia o hubiera errado mi destino en la vida… ¿A
qué vienen esos resoplidos? ¿Os parece absurdo? Bueno, muy bien, es absurdo.
¡Cielo santo! ¿No debe un hombre siempre…? En fin, dadme un poco de tabaco.”
Hubo una pausa de profundo silencio, luego brilló una cerilla, y apareció la delgada
cara de Marlow, fatigada, hundida, surcada de arrugas de arriba abajo, con los
párpados caídos, con un aspecto de atención concentrada. Y mientras daba
vigorosas chupadas a su pipa, el rostro parecía avanzar y retirarse en la oscuridad,
con las oscilaciones regulares de aquella débil llama. La cerilla se apagó.
—¡Absurdo! —exclamó—. Eso es lo peor cuando trata uno de expresar algo… Aquí
estáis todos muy tranquilos, en un viejo barco bien anclado. Tenéis un carnicero en la
esquina, un policía en la otra. Disfrutáis, además, de excelente apetito, y de una
temperatura normal. ¿Me oís? Normal, desde principios hasta finales de año. Y
entonces vais y decís: ¡Absurdo! ¡Claro que es absurdo! Pero, queridos amigos,
¿qué podéis esperar de un hombre que por puro nerviosismo había arrojado por la
borda un par de zapatos nuevos? Ahora que pienso en ello, me sorprende no haber
derramado lágrimas. Por lo general estoy orgulloso de mi fortaleza. Pero me sentí
como herido por un rayo ante la idea de haber perdido el inestimable privilegio de
escuchar al excepcional Kurtz. Por supuesto, estaba equivocado. Aquel privilegio me
estaba reservado. Oh, sí, y oí más de lo suficiente. Puedo decir que yo tenía razón. Él
era una voz. Era poco más que una voz. Y lo oí, a él, a eso, a esa voz, a otras voces,
todos ellos eran poco más que voces. El mismo recuerdo que guardo de aquella
época me rodea, impalpable, como una vibración agonizante de un vocerío inmenso,
enloquecido, atroz, sórdido, salvaje, o sencillamente despreciable, sin ninguna clase
de sentido. Voces, voces… incluso la de la muchacha… Pero…
Permaneció en silencio durante largo rato.
—Finalmente logré formar el fantasma de sus méritos gracias a una mentira —
comenzó a decir de pronto—. ¡La muchacha! ¿Cómo? ¿He mencionado ya a la
muchacha? ¡Oh, ella está completamente fuera de todo aquello! Ellas, las mujeres
quiero decir, están fuera de aquello, deberían permanecer al margen. Las
deberíamos ayudar a permanecer en este hermoso mundo que les es propio y
asumir nosotros la peor parte. Sí, ella está al margen de aquello. Debíais haber oído
a aquel cadáver desenterrado que era Kurtz decir “mi prometida”. Entonces
hubierais percibido por completo qué lejos se hallaba ella de todo. ¡Y aquel
pronunciado hueso frontal del señor Kurtz! Dicen que a veces el cabello continúa
creciendo, pero aquel… aquel espécimen, era impresionantemente calvo. La calva le
había acariciado la cabeza; y se la había convertido en una bola, una bola de marfil.
La había acariciado y la había blanqueado. Había acogido a Kurtz, lo había amado,
abrazado, se le había infiltrado en las venas, había consumido su carne, había
sellado su alma con la suya por medio de ceremonias inconcebibles de alguna
iniciación diabólica. Lo había convertido en su favorito, mimado y adulado. ¿Marfil?
Ya lo creo. Montañas de marfil. La vieja cabaña de barro reventaba de él. Vosotros
habríais supuesto que no había dejado un solo colmillo encima o debajo de la tierra
en toda la región. “La mayor parte es fósil”, observó desdeñosamente el director.
Era tan fósil como lo puedo ser yo, pero él llamaba fósil a todo lo que había estado
enterrado. Según parece los negros enterraban a veces los colmillos, y por lo visto
no habían enterrado aquella cantidad a la profundidad necesaria para contrariar el
hado del dotado señor Kurtz. Llenamos el vapor y tuvimos que apilar una buena
cantidad en cubierta. Así él pudo verlo y disfrutarlo mientras aún pudo ver, porque el
aprecio de aquel material permaneció vivo en él hasta el final. Debían oírlo, cuando
decía “mi marfil”. Oh, sí, yo pude oírlo: “Mi marfil, mi prometida, mi estación, mi río,
mi…” Todo le pertenecía. Aquello me hizo retener el aliento en espera de que la
barbarie estallara en una prodigiosa carcajada que llegara a sacudir hasta las
estrellas. Todo le pertenecía… pero aquello no significaba nada. Lo importante era
saber a quién pertenecía él, cuántos poderes de las tinieblas lo reclamaban como
suyo. Aquella reflexión producía escalofríos. Era imposible, y además a nadie
beneficiaría, tratar de imaginarlo. Había ocupado un alto sitial entre los demonios de
la tierra… lo digo literalmente. Nunca lo entenderéis. ¿Cómo podríais entenderlo,
teniendo como tenéis los pies sobre un pavimento sólido, rodeados de vecinos
amables siempre dispuestos a agasajaros o auxiliaros, caminando delicadamente
entre el carnicero y el policía, viviendo bajo el santo terror del escándalo, la horca y
los manicomios? ¿Cómo poder imaginar entonces a qué determinada región de los
primeros siglos pueden conducir los pies de un hombre libre en el camino de la
soledad, de la soledad extrema donde no existe policía, el camino del silencio, el
silencio extremo donde jamás se oye la advertencia de un vecino generoso que se
hace eco de la opinión pública? Estas pequeñas cosas pueden constituir una
enorme diferencia. Cuando no existen, se ve uno obligado a recurrir a su propia
fuerza innata, a su propia integridad. Por supuesto puede uno ser demasiado
estúpido para desviarse… demasiado obtuso para comprender que lo han asaltado
los poderes de las tinieblas. Estoy seguro, ningún tonto ha hecho un pacto con el
diablo sobre su alma; puede que el tonto sea demasiado tonto, o el diablo
demasiado diablo, no lo sé. O puede ser uno una criatura tempestuosamente
exaltada y quedar sordo y ciego para todo lo demás, menos para las visiones y
sonidos celestiales. Entonces la tierra se convierte en una estación de tránsito… Si
es para bien o para mal, no pretendo saberlo. Pero la mayor parte de nosotros no
somos ni una cosa ni otra. La tierra para nosotros es un lugar donde vivir, donde
debemos llenarnos de visiones, sonidos, olores; donde debemos respirar un aire
viciado por la carne podrida de un hipopótamo, por así decirlo, y no contaminarnos. Y
entonces, ¿lo veis?, entra en juego la fuerza personal, la confianza en la propia
capacidad para cavar un agujero oculto donde esconder la materia esencial, el
poder de devoción, no hacia uno mismo sino hacia el trabajo oscuro y aplastante. Y
eso es bastante difícil. Creedme, no trato de disculpar, ni siquiera explicar, trato sólo
de ver al señor Kurtz… a la sombra del señor Kurtz. Aquel espíritu iniciado en el
fondo de la nada me honró con sus asombrosas confidencias antes de
desvanecerse definitivamente. Gracias al hecho de hablar inglés conmigo. El Kurtz
original se había educado en gran parte en Inglaterra y —como él mismo solía
decir— sus simpatías estaban depositadas en el sitio correcto. Su madre era medio
inglesa, su padre medio francés. Toda Europa participó en la educación de Kurtz.
Poco a poco me fui enterando de que, muy acertadamente, la Sociedad para la
Eliminación de las Costumbres Salvajes le había confiado la misión de hacer un
informe que le sirviera en el futuro como guía. Y lo había escrito. Yo lo he visto, lo he
leído. Era elocuente, vibrante de elocuencia, pero demasiado idealista, a mi juicio.
Diecisiete páginas de escritura apretada había llenado en sus momentos libres. Eso
debió haber sido antes de que sus, digamos nervios, se vieran afectados, y lo
llevaran a presidir ciertas danzas a media noche que terminaban con ritos
inexpresables, los cuales, según pude deducir por lo que oí en varias ocasiones,
eran ofrecidos en su honor. ¿Me entendéis? Como tributo al señor Kurtz. Pero aquel
informe era una magnífica pieza literaria. El párrafo inicial sin embargo, a la luz de
una información posterior, podría calificarse de ominoso. Empezaba desarrollando la
teoría de que nosotros, los blancos, desde el punto de evolución a que hemos
llegado “debemos por fuerza parecerles a ellos (los salvajes) seres sobrenaturales:
nos acercamos a ellos revestidos con los poderes de una deidad’, y otras cosas por
el estilo… “Por el simple ejercicio de nuestra voluntad podemos ejercer un poder
para el bien prácticamente ilimitado”, etcétera. Ese era el tono; me llegó a cautivar.
Su argumentación era magnífica, aunque difícil de recordar. Me dio la noción de una
inmensidad exótica gobernada por una benevolencia augusta. Me hizo estremecer
de entusiasmo. Las palabras se desencadenaban allí con el poder de la elocuencia…
Eran palabras nobles y ardientes. No había ninguna alusión práctica que
interrumpiera la mágica corriente de las frases, salvo que una especie de nota, al pie
de la última página, escrita evidentemente mucho más tarde con mano temblorosa,
pudiera ser considerada como la exposición de un método. Era muy simple, y, al final
de aquella apelación patética a todos los sentimientos altruistas, llegaba a
deslumbrar, luminosa y terrible, como un relámpago en un cielo sereno: “¡Exterminad
a estos bárbaros!” Lo curioso era que, al parecer, había olvidado todo lo relacionado
con aquel importante post-scriptum, porque más tarde, cuando en cierto modo logró
volver en sí, me suplicó en repetidas ocasiones que velara celosamente por “mi
planfeto” (así lo llamaba), ya que estaba seguro de que en el futuro podía influir
beneficiosamente en su carrera. Tenía yo entonces una amplia información sobre
esas cosas, y, además, como luego resultó, me tocaría a mí conservar su memoria.
Ya he hecho lo bastante como para concederme el indiscutible derecho de
depositarla, si quiero, para su eterno reposo, en el cajón de basura del progreso,
entre todos los gatos muertos de la civilización. Pero entonces, veis, yo no podía
elegir. No será olvidado. Fuera lo que fuese, no era un ser común. Poseía el poder
de encantar o asustar a las almas rudimentarias con ritos de brujería que organizaba
en su honor. Podía llenar también las estrechas almas de los peregrinos con
amargos recelos: tenía además un amigo devoto, había conquistado un alma en el
mundo que no era rudimentaria ni estaba viciada por la rapacidad. No, no logro
olvidarlo, aunque no estoy dispuesto a afirmar que fuera digno de la vida que
perdimos al ir en su busca. Yo echaba atrozmente de menos a mí difunto timonel; lo
echaba de menos, ya en los momentos en que su cuerpo estaba tendido en la
cabina de pilotaje. Tal vez juzguéis bastante extraño ese pesar por un salvaje que no
contaba más que un grano de arena en un Sahara negro. Bueno, había hecho algo,
había guiado el barco. Durante meses yo lo había tenido a mis espaldas, como una
ayuda, un instrumento. Era una especie de socio. Conducía el barco y yo tenía que
preocuparme de sus deficiencias, y de esa manera un vínculo sutil se había creado,
del cual fui consciente sólo cuando se rompió. Y la íntima profundidad de la mirada
que me dirigió cuando recibió aquel golpe aún vive en mi memoria, como una
súplica de un parentesco lejano, afirmado en el momento supremo.
“¡Pobre tonto! ¡Si hubiera dejado en paz aquella ventana! Pero no podía estarse
quieto, igual que Kurtz, igual que un árbol sacudido por el viento. Tan pronto como
me puse un par de zapatillas secas, lo arrastré afuera, después de arrancar de su
costado la lanza, operación que debo confesar ejecuté con los ojos cerrados. Sus
talones rebotaron en el pequeño escalón de la puerta; sus hombros oprimieron mi
pecho. Lo abracé por detrás desesperadamente. ¡Oh, era pesado, pesado!, ¡más de
lo que hubiera podido imaginar que pesara cualquier hombre! Luego, sin más, lo tiré
por la borda. La corriente lo arrastró como si fuera una brizna de hierba; vi el cuerpo
volverse dos veces antes de perderlo de vista para siempre. Los peregrinos y el
director se habían reunido en cubierta junto a la cabina de pilotaje, graznando como
una bandada de urracas excitadas, y hubo un murmullo escandalizado por mi
despiadado proceder. Para qué deseaban conservar a bordo aquel cuerpo es algo
que no logro adivinar. Tal vez para embalsamarlo. Pero también oí otro murmullo, y
muy siniestro, en la cubierta inferior. Mis amigos, los leñadores, estaban igualmente
escandalizados y con mayor razón, aunque admito que esa razón era del todo
inadmisible. ¡Oh, sí! Yo había decidido que si el cuerpo de mi timonel debía ser
devorado, sólo serían los peces quienes se beneficiaran de él. En vida había sido un
timonel bastante incompetente, pero ahora que estaba muerto podía constituir una
tentación de primera clase, y posiblemente la causa de algunos transtornos serios.
Además, estaba ansioso por tomar el timón, porque el hombre del pijama color de
rosa daba muestras de ser desesperadamente ineficaz para aquel trabajo.
“Eso hice precisamente, después de haber realizado aquel sencillo funeral. Íbamos a
media velocidad, manteniéndonos en medio de la corriente. Yo escuchaba las
conversaciones que tenían lugar a mis espaldas. Habían renunciado a Kurtz,
renunciado a la estación. Kurtz habría muerto; la estación habría sido quemada,
etcétera. El peregrino pelirrojo estaba fuera de sí ante el pensamiento de que por lo
menos aquel Kurtz había sido debidamente vengado. ‘¿No es cierto? Debemos
haber hecho una magnífica matanza entre los matorrales. ¿Eh? ¿Qué piensan?
¿Digan?’ Bailaba de júbilo. ¡El pequeño y sanguinario mendigo color jengibre! ¡Y
casi se había desvanecido al ver el cadáver del piloto! No pude contenerme y le dije:
‘Al menos produjo usted una gloriosa cantidad de humo.’ Yo había podido ver, por la
forma en que las copas de los arbustos crujían y volaban, que casi todos los disparos
habían sido demasiado altos. No es posible dar en el blanco a menos que apunten y
tiren desde el hombro, pero aquellos tipos tiraban con el arma apoyada en la cadera
y los ojos cerrados. La retirada, sostuve, y en eso tenía toda la razón, había sido
provocada por el pitido de la sirena. En ese momento se habían olvidado de Kurtz y
aullaban a mi lado con protestas de indignación. El director estaba junto al timón,
murmurándome confidencialmente la necesidad de escapar río abajo antes de que
oscureciera, cuando vi a distancia un claro en el bosque y los contornos de una
especie de edificio. ‘¿Qué es esto?’, pregunté. Dio una palmada sorprendido. ‘¡La
estación!’, gritó. Me acerqué a la orilla inmediatamente, aunque conservando la
navegación a media velocidad. “A través de mis gemelos vi el declive de una colina
con unos cuantos árboles y el terreno enteramente libre de maleza. En la cima se
veía un amplio y deteriorado edificio, semioculto por la alta hierba. Los grandes
agujeros del techo puntiagudo se observaban desde lejos como manchas negras. La
selva y la maleza formaban el fondo. No había empalizada ni tapia de ninguna
especie, pero era posible que hubiera habido antes una, ya que cerca de la casa
pude ver media docena de postes delgados alineados, toscamente adornados, con
la parte superior decorada con unas bolas redondas y talladas. Los barrotes, o
cualquier cosa que hubiera habido entre ellos, habían desaparecido. Por supuesto el
bosque lo rodeaba todo. La orilla del río estaba despejada, y junto al agua vi a un
blanco bajo un sombrero parecido a una rueda de carro. Nos hacía señas insistentes
con el brazo. Al examinar los lindes del bosque de arriba abajo, tuve casi la
seguridad de ver movimientos, formas humanas deslizándose aquí y allá. Me fui
acercando con prudencia, luego detuve las máquinas y dejé que el barco avanzara
hacia la orilla. El hombre de la playa comenzó a gritar, llamándonos a tierra. ‘Hemos
sido atacados’, gritó el director. ‘Lo sé, lo sé. No hay problema’, gritó el otro en
respuesta, tan alegre como se lo puedan imaginar. ‘Vengan, no hay problema. Me
siento feliz.’
“Su aspecto me recordaba algo, algo que había visto antes. Mientras maniobraba
para atracar, me preguntaba: ‘¿A quién se parece este tipo?’ De pronto encontré el
parecido. Era como un arlequín. Sus ropas habían sido hechas de un material que
probablemente había sido holanda cruda, pero estaban cubiertas de remiendos por
todas partes, parches brillantes, azules, rojos y amarillos, remiendos en la espalda,
remiendos en el pecho, en los codos, en las rodillas; una faja de colores alrededor de
la chaqueta, bordes escarlatas en la parte inferior de los pantalones. La luz del sol lo
hacia parecer un espectáculo extraordinariamente alegre y maravillosamente limpio,
porque permitía ver con cuánto esmero habían sido hechos aquellos remiendos. Una
cara imberbe, adolescente, muy agradable, sin ningún rasgo característico, una nariz
despellejada, pequeños ojos azules, sonrisas y fruncimientos de la frente, se
mezclaban en su rostro como el sol y la sombra en una llanura asolada por el viento.
‘Cuidado, capitán’, exclamó. ‘Anoche tiraron allí un tronco.’ ‘¿Qué? ¡Otro obstáculo!’
Confieso que lancé maldiciones en una forma vergonzosa. Estuve a punto de
agujerear mi cascarón al concluir aquel viaje encantador. El arlequín de la orilla
dirigió hacia mí su pequeña nariz respingada. ‘¿Es usted inglés?’, me preguntó con
una sonrisa. ‘¿Y usted?’, le grité desde el timón. Las sonrisas desaparecieron, movió
la cabeza como apesadumbrado por mi posible desilusión. Luego volvió a
iluminársele el rostro. ‘¡No importa!’, me gritó animadamente. ‘¿Llegamos a tiempo?’,
le pregunté. ‘Él está allá arriba’, respondió, y señaló con la cabeza la colina. De
pronto su aspecto se volvió lúgubre. Su cara parecía un cielo de otoño,
ensombrecido un momento, para despejarse al siguiente.
“Cuando el director, escoltado por los peregrinos, armados todos hasta los dientes,
se dirigieron a la casa, aquel individuo subió a bordo. ‘Puedo decirle que no me
gusta nada esto’, le dije. ‘Los nativos están escondidos entre los matorrales.’ Me
aseguró confiadamente que no había ningún problema. ‘Son gente sencilla’, añadió.
‘Bueno, estoy contento de que hayan llegado. Me he pasado todo el tiempo tratando
de mantenerlos tranquilos.’ ‘Pero usted me ha dicho que no había problema’,
exclamé. ‘¡Oh, no querían hacer daño!’, dijo. Y como yo me le quedé mirando con
estupor, se corrigió al instante: ‘Bueno, no exactamente.’ Después añadió con
vivacidad: ‘¡Dios mío, esta cabina necesita una buena limpieza!’ Y me recomendó
tener bastante vapor en la caldera para hacer sonar la sirena en caso de que se
produjera alguna dificultad. ‘Un buen silbido podrá hacer más por usted que todos los
rifles. Son gente sencilla’, volvió a repetir. Charlaba tan abundantemente que me
abrumó. Parecía querer compensar una larga jornada de silencio, y en realidad
admitió, sonriendo, que tal era su caso. ‘¿No habla usted con el señor Kurtz?’ ‘Con
ese hombre no se habla, se le escucha’, exclamó con severa exaltación. ‘Pero
ahora…’ Agitó un brazo y en un abrir y cerrar de ojos se sumió en el silencio más
absoluto. Luego pareció volver a resurgir, se posesionó de mis dos manos, y las
sacudió repetidamente, mientras exclamaba: ‘Hermano marino… honor,
satisfacción… deleite… me presento… ruso… hijo de un arcipreste… gobierno de
Tambov… ¿Qué? ¡Tabaco! ¡Tabaco inglés, el excelente tabaco inglés! Bueno, esto
es fraternidad. ¿Fuma usted? ¿Dónde hay un marino que no fume?’
“La pipa lo tranquilizó, y gradualmente fui sabiendo que se había escapado de la
escuela, se había embarcado en un barco ruso, escapó nuevamente, sirvió por algún
tiempo en barcos ingleses, se reconcilió con el arcipreste. Insistió en ese punto. Pero
cuando se es joven debían verse cosas, adquirir experiencia, ideas, ensanchar la
inteligencia. ‘¿Aquí?’, lo interrumpí. ‘Nunca puede uno decir dónde. Aquí encontré al
señor Kurtz’, dijo jovialmente solemne y con expresión de reproche. Después
permanecí en silencio. Al parecer había persuadido a una casa de comercio
holandesa de la costa para que lo equipara con provisiones y mercancías, y había
partido hacia el interior con el corazón ligero y sin mayor idea de lo que podría
ocurrirle de la que pudiera tener un bebé. Había vagado solo por el río por espacio
de dos años, separado de hombres y de cosas. ‘No soy tan joven como parezco.
Tengo veinticinco años’, dijo. ‘Al comienzo el viejo Van Shuyten me quería mandar al
diablo’, relató con profundo regocijo, ‘pero yo no me apartaba de él. Hablaba,
hablaba, hasta que al fin tuvo miedo de que llegara a hablar de la pata trasera de su
perro favorito, así que me dio algunos productos baratos y unos fusiles, y me dijo que
esperaba no volver a ver mi rostro nunca más. ¡Ah, el buen viejo holandés, Van
Shuyten! Hace un año le envié un pequeño lote de marfil, así que no podrá decir que
he sido un bandido cuando vuelva. Espero que lo habrá recibido. De todos modos
me da lo mismo. Apilé un poco de leña para ustedes. Aquélla era mi vieja casa. ¿La
ha visto?’
“Le di el libro de Towson. Hizo ademán de besarme, pero se contuvo. ‘El último libro
que me quedaba y pensé que lo había perdido’, dijo mirándome extasiado. ‘Le
ocurren tantos accidentes a un hombre cuando va errando solo por el mundo, sabe
usted. A veces zozobran las canoas, a veces hay necesidad de partir a toda prisa,
porque el pueblo se enfada.’ Pasó las hojas con los dedos. ‘¿Son anotaciones en
ruso?’, le pregunté. Afirmó con un movimiento de cabeza. ‘Creí que estaban en
clave.’ Se río; luego volvió a quedarse serio. ‘Tuve mucho trabajo para tratar de
mantener a raya a esta gente’ dijo. ‘¿Querían matarle?’, pregunté. ‘¡Oh, no!’, exclamó,
y se contuvo. ‘¿Por qué nos atacaron?’, insistí. Dudó antes de responder. Al fin lo
hizo: ‘No quieren que se marche.’ ‘¿No quieren?’, pregunté con curiosidad. Asintió
con una expresión llena de misterio y de sabiduría. ‘Se lo vuelvo a decir’, exclamó,
‘ese hombre ha ensanchado mi mente.’ Abrió los brazos y me miró con sus
pequeños ojos azules, perfectamente redondos.”
III
—Me le quedé mirando, perdido en el asombro. Allí estaba delante de mí, en su traje
de colores, como si hubiera desertado de una troupe de saltimbanquis, entusiasta,
fabuloso. Su misma existencia era algo improbable, inexplicable y a la vez
anonadante. Era un problema insoluble. Resultaba inconcebible ver cómo había
conseguido ir tan lejos, cómo había logrado sobrevivir, por qué no desaparecía
instantáneamente. “Fui un poco más lejos”, dijo, “cada vez un poco más lejos, hasta
que he llegado tan lejos que no sé cómo podré regresar alguna vez. No me importa.
Ya habrá tiempo para ello. Puedo arreglármelas. Usted llévese a Kurtz pronto,
pronto…” El hechizo de la juventud envolvía aquellos harapos de colores, su miseria,
su soledad, la desolación esencial de sus fútiles andanzas. Durante meses, durante
años, su vida no había valido lo que uno puede adquirir en un día, y allí estaba,
galante, despreocupadamente vivo, indestructible según las apariencias, sólo en
virtud de su juventud y de su irreflexiva audacia. Me sentí seducido por algo parecido
a la admiración y la envidia. La aventura lo estimulaba, emanaba un aire de aventura.
Con toda seguridad no deseaba otra cosa que la selva y el espacio para respirar y
para transitar. Necesitaba existir, y moverse hacia adelante, hacia los mayores
riesgos posibles, y con los más mínimos elementos. Si el espíritu absolutamente
puro, sin cálculo, ideal de la aventura, había tomado posesión alguna vez de un ser
humano, era de aquel joven remendado. Casi sentí envidia por la posesión de
aquella modesta y pura llama. Parecía haber consumido todo pensamiento de sí y
tan completamente que, incluso cuando hablaba, uno olvidaba que era él (el hombre
que se tenía frente a los ojos) quien había vivido todas aquellas experiencias. Sin
embargo, no envidié su devoción por Kurtz. Él no había meditado sobre ella. Le
había llegado y la aceptó con una especie de vehemente fatalismo. Debo decir que
me parecía la cosa más peligrosa de todas las que le habían ocurrido.
“Se habían unido inevitablemente, como dos barcos anclados uno junto al otro, que
acaban por rozar sus bordes. Supongo que Kurtz deseaba tener un oyente, porque
en cierta ocasión, acampados en la selva, habían hablado toda la noche, o más
probablemente Kurtz había hablado toda la noche. ‘Hablamos de todo’, dijo el joven,
transportado por sus recuerdos. ‘Olvidé que existía algo semejante al sueño. Me
pareció que la noche duraba menos de una hora. ¡De todo! ¡De todo!… También del
amor…’ ‘¡ Ah!, ¿ así que le habló de amor?’, le dije, muy divertido. ‘No, no de lo que
usted piensa’, exclamó con pasión. ‘Habló en términos generales. Me hizo ver
cosas… cosas…’
“Levantó los brazos. En aquel momento estábamos sobre cubierta, y el capataz de
mis leñadores, que se hallaba cerca, volvió hacia él su mirada densa y brillante. Miré
a mi alrededor, y no sé por qué, pero puedo aseguraros que nunca antes, nunca,
aquella tierra, el río, la selva, la misma bóveda de ese cielo tan resplandeciente, me
habían parecido tan desesperados y oscuros, tan implacables frente a la fragilidad
humana. ‘¿Y a partir de entonces ha estado con él?’, le pregunté.
“Al contrario. Parecía que sus relaciones se habían roto profundamente por diversas
causas. Él había, me informó con orgullo, procurado asistir a Kurtz durante dos
enfermedades (aludía a ello como se puede aludir a una hazaña audaz), pero, por
regla general, Kurtz deambulaba solo, aun en las profundidades de la selva. ‘Muy a
menudo, cuando venía a esta estación, debía esperar días y días antes de que él
volviera’, me dijo. ‘Pero valía la pena esperarlo en esas ocasiones.’ ‘¿Qué hacía él en
esas ocasiones? ¿Explorar o qué?’, quise saber. ‘Oh, sí, por supuesto. Llegó a
descubrir gran cantidad de aldeas, un lago además…’ No sabía exactamente en qué
dirección; era peligroso preguntar demasiado. La mayor parte de las veces
emprendía esas expediciones en busca de marfil. ‘Pero no tenía ya para entonces
mercancías con las que negociar’, objeté. ‘Todavía ahora le quedan algunos
cartuchos’, respondió, mirando hacia otro lado. ‘Para decirlo claramente, se apoderó
del país’, dije. Él asintió. ‘Aunque seguramente no lo haría solo’, concluí. Murmuró
algo respecto a los pueblos que rodeaban el lago. ‘Kurtz logró que la tribu lo siguiera,
¿no es cierto?’, sugerí.
“Se intranquilizó un poco. ‘Lo adoraban’, dijo. El tono de aquellas palabras fue tan
extraordinario que lo miré con fijeza. Era curioso comprobar su mezcla de deseo y
resistencia a hablar de Kurtz. Aquel hombre llenaba su vida, ocupaba sus
pensamientos, movía sus emociones. ‘¿Qué puede usted esperar?’, estalló. ‘Llegó a
ellos con truenos y relámpagos, y ellos jamás habían visto nada semejante… nada tan
terrible. Él podía ser realmente terrible. No se puede juzgar al señor Kurtz como a un
hombre ordinario. ¡No, no, no! Para darle a usted una idea, no me importa decírselo,
pero un día quiso disparar contra mí también, aunque yo no lo juzgo por eso.’
‘¿Disparar contra usted?’, pregunté. ‘¿Por qué?’ ‘Bueno, yo tenía un pequeño lote de
marfil que el jefe de la aldea situada cerca de mi casa me había dado. Sabe usted,
yo solía cazar para ellos. Pues Kurtz lo quiso, y era incapaz de atender a otras
razones. Declaró que me mataría si no le entregaba el marfil y desaparecía de la
región, porque él podía hacerlo, y quería hacerlo, y no había poder sobre la tierra que
pudiera impedirle matar a quien se le antojara. Y era cierto. Así que le entregué el
marfil. ¡Qué me importaba! Pero no me marché. No, no podía abandonarlo. Por
supuesto, tuve que ser prudente, hasta que volvimos a ser amigos de nuevo por
algún tiempo. Entonces padeció su segunda enfermedad. Después de eso me vi
obligado a evitarle, pero no me preocupaba. Él pasaba la mayor parte del tiempo en
las aldeas del lago. Cuando regresaba al río, a veces se acercaba a mí, otras era
necesario que yo tuviera cuidado. Aquel hombre sufría demasiado. Odiaba todo esto
y sin embargo no podía marcharse. Cuando tuve una oportunidad, le supliqué que
tratara de partir mientras fuera aún posible. Le ofrecí acompañarlo en el viaje de
regreso. Decía que sí, y luego se quedaba. Volvía a salir a cazar marfil, desaparecía
durante semanas enteras, se olvidaba de sí mismo cuando estaba entre esas
gentes, se olvidaba de sí mismo, sabe usted.’
“‘¿Cómo? ¡Debía estar loco!’, dije. Él protestó con indignación. El señor Kurtz no
podía estar loco. Si yo hubiera podido oírlo hablar, sólo dos días atrás, no me
atrevería a insinuar semejante cosa… Cogí mis binoculares mientras hablábamos, y
enfoqué la costa, pasando y repasando rápidamente por el lindero del bosque, a
ambos lados y detrás de la casa. Saber que había gente escondida dentro de
aquellos matorrales, tan silenciosos y tranquilos como la casa en ruinas de la colina,
me ponía nervioso. No había señales sobre la faz de la naturaleza de esa historia
extraña que me había sido, más que relatada, sugerida por exclamaciones
desoladas, encogimientos de hombros, frases interrumpidas, insinuaciones que
terminaban en profundos suspiros. La maleza permanecía inmóvil, como una
máscara pesada, como la puerta cerrada de una prisión. Nos miraba con un aire de
conocimiento oculto, de paciente expectación, de inexpugnable silencio. El ruso me
explicaba que sólo recientemente había vuelto el señor Kurtz al río, trayendo consigo
a aquellos hombres de la tribu del lago. Había estado ausente durante varios meses
(haciéndose adorar, supongo), y había vuelto inesperadamente, con la intención al
parecer de hacer una excursión por las orillas del río. Evidentemente el ansia de
marfil se había apoderado de (¿cómo llamarlas?) sus aspiraciones menos
materiales. Sin embargo, había empeorado de pronto. ‘Oí decir que estaba en cama,
desamparado, así que remonté el río. Me aventuré a hacerlo’, dijo el ruso. ‘Se
encuentra muy mal, muy mal.’
“Dirigí los binoculares hacia la casa. No se veían señales de vida, pero allí estaba el
techo arruinado, la larga pared de barro sobresaliendo por encima de la hierba, con
tres pequeñas ventanas cuadrangulares, de un tamaño distinto. Todo aquello parecía
al alcance de mi mano. Después hice un movimiento brusco y uno de los postes que
quedaban de la desaparecida empalizada apareció en el campo visual de los
gemelos. Recordad que he dicho que me habían llamado la atención, a distancia, los
intentos de ornamentación que contrastaban con el aspecto ruinoso del lugar. En
aquel momento pude tener una visión más cercana, y el primer resultado fue
hacerme echar hacia atrás la cabeza, como si hubiese recibido un golpe. Entonces
examiné con mis lentes cuidadosamente cada poste, y comprobé mi error. Aquellos
bultos redondos no eran motivos ornamentales sino simbólicos. Eran expresivos y
enigmáticos, asombrosos y perturbadores, alimento para la mente y también para
los buitres, si es que había alguno bajo aquel cielo, y de todos modos para las
hormigas, que eran lo suficientemente industriosas como para subir al poste.
Hubieran sido aún más impresionantes, aquellas cabezas clavadas en las estacas,
si sus rostros no hubiesen estado vueltos hacia la casa. Sólo una, la primera que
había contemplado, miraba hacia mí. No me disgustó tanto como podríais imaginar.
El salto hacia atrás que había dado no había sido más que un movimiento de
sorpresa. Yo había esperado ver allí una bola de madera, ya sabéis. Volví a enfocar
deliberadamente los gemelos hacia la primera que había visto. Allí estaba, negra,
seca, consumida, con los párpados cerrados… Una cabeza que parecía dormitar en
la punta de aquel poste, con los labios contraídos y secos, mostrando la estrecha
línea de la dentadura. Sonreía, sonreía continuamente ante un interminable y jocoso
sueño.
“No estoy revelando ningún secreto comercial. En efecto, el director dijo más tarde
que los métodos del señor Kurtz habían constituido la ruina de aquella región. No
puedo opinar al respecto, pero quiero dejar claramente sentado que no había nada
provechoso en el hecho de que esas cabezas permanecieran allí. Sólo mostraban
que el señor Kurtz carecía de frenos para satisfacer sus apetitos, que había algo que
faltaba en él, un pequeño elemento que, cuando surgía una necesidad apremiante,
no podía encontrarse en su magnífica elocuencia. Si él era consciente de esa
deficiencia, es algo que no puedo decir. Creo que al final llegó a advertirla, pero fue
sólo al final. La selva había logrado poseerlo pronto y se había vengado en él de la
fantástica invasión de que había sido objeto. Me imagino que le había susurrado
cosas sobre él mismo que él no conocía, cosas de las que no tenía idea hasta que
se sintió aconsejado por esa gran soledad… y aquel susurro había resultado
irresistiblemente fascinante. Resonó violentamente en su interior porque tenía el
corazón vacío… Dejé los gemelos, y la cabeza que había parecido estar lo
suficientemente cerca como para poder hablar con ella, pareció saltar de pronto a
una distancia inaccesible.
“El admirador del señor Kurtz estaba un poco cabizbajo. Con una voz apresurada y
confusa, comenzó a decirme que no se había atrevido a quitar aquellos símbolos,
por así llamarlos. No tenía miedo de los nativos; no se moverían a menos que el
señor Kurtz se lo ordenara. Su ascendiente sobre ellos era extraordinario. Los
campamentos de aquella gente rodeaban el lugar y sus jefes iban diariamente a
visitarlo. Se hubieran arrastrado… ‘No quiero saber nada de las ceremonias
realizadas para acercarse al señor Kurtz’, grité.
“Es curioso, pero en aquel momento tuve la sensación de que aquellos detalles
resultarían más intolerables que las cabezas que se secaban sobre los postes, frente
a las ventanas del señor Kurtz. Después de todo, aquello no era sino un espectáculo
salvaje, mientras que yo me sentía de pronto transportado a una región oscura de
sutiles horrores, donde un salvajismo puro y sin complicaciones era un alivio positivo,
algo que tenía derecho a existir, evidentemente, bajo la luz del sol. El joven me miró
con sorpresa. Supongo no concebía que para mí el señor Kurtz no fuera un ídolo.
Olvidaba que yo no había escuchado ninguno de aquellos espléndidos monólogos
sobre, ¿sobre qué?, el amor, la justicia, la conducta del hombre, y otras cosas por el
estilo. Si hubiera tenido necesidad de arrastrarse ante el señor Kurtz, lo hubiera
hecho como el salvaje más auténtico de todos ellos. Yo no tenía idea de la situación,
el ruso me dijo que aquellas cabezas eran cabezas de rebeldes. Le ofendió
extraordinariamente mi risa. ¡Rebeldes! ¿Cuál sería la próxima definición que debía
yo oír? Había oído hablar de enemigos, criminales, trabajadores… ahora de
rebeldes. Aquellas cabezas rebeldes me parecían muy apaciguadas desde sus
postes.
“‘Usted no sabe cómo ha fatigado esta vida al señor Kurtz’, gritó su último discípulo.
‘Bueno, ¿y a usted?’, le dije. ‘¡A mí! ¡A mí! Yo soy un hombre sencillo. No tengo
grandes ideas. No quiero nada de nadie. ¿Cómo puede compararme con…?’
Apenas acertaba a expresar sus sentimientos, de pronto se detuvo. ‘No comprendo’,
gimió. ‘He hecho todo lo posible para conservarle con vida, y eso es suficiente. Yo no
he participado en todo esto. No tengo ninguna capacidad para ello. Durante meses
no ha habido aquí ni una gota de medicina ni un bocado para un hombre enfermo.
Había sido vergonzosamente abandonado. Un hombre como él, con aquellas ideas.
¡Vergonzosamente! ¡Vergonzosamente! Yo no he dormido durante las últimas diez
noches…’
“Su voz se perdió en la calma de la tarde. Las amplias sombras de la selva se
habían deslizado colina abajo mientras conversábamos, llegando más allá de la
ruinosa cabaña, más allá de la hilera de postes simbólicos. Todo aquello estaba en
la penumbra, mientras nosotros, abajo, estábamos aún bajo los rayos del sol, y el
espacio del río extendido ante la parte aún no sombreada brillaba con un fulgor
tranquilo y deslumbrante, con una faja de sombra oscura y lóbrega encima y abajo.
No se veía un alma viviente en la orilla. Los matorrales no se movían.
“De pronto, tras una esquina de la casa apareció un grupo de hombres, como si
hubieran brotado de la tierra. Avanzaban en una masa compacta, con la hierba hasta
la cintura, llevando en medio unas parihuelas improvisadas. Instantáneamente, en
aquel paisaje vacío, se elevó un grito cuya estridencia atravesó el aire tranquilo como
una flecha aguda que volara directamente del corazón mismo de la tierra, y, como
por encanto, corrientes de seres humanos, de seres humanos desnudos, con lanzas
en las manos, con arcos y escudos, con miradas y movimientos salvajes, irrumpieron
en la estación, vomitados por el bosque tenebroso y plácido. Los arbustos se
movieron, la hierba se sacudió por unos momentos, luego todo quedó tranquilo, en
una tensa inmovilidad.
“‘Si ahora no les dice lo que debe decirles, estamos todos perdidos’, dijo el ruso a
mis espaldas. El grupo de hombres con las parihuelas se había detenido a medio
camino, como petrificado. Vi que el hombre de la camilla se semincorporaba,
delgado, con un brazo en alto, apoyado en los hombros de los camilleros.
‘Esperemos que el hombre que sabe hablar tan bien del amor en general, encuentre
alguna razón particular para salvarnos esta vez’, dije.
“Presentía amargamente el absurdo peligro de nuestra situación, como si el estar a
merced de aquel atroz fantasma fuera una necesidad vergonzosa. No podía oír
ningún sonido, pero a través de los gemelos vi el brazo delgado extendido
imperativamente, la mandíbula inferior en movimiento, los ojos de aquella aparición
que brillaban sombríos a lo lejos, en su cabeza huesuda, que oscilaba con grotescas
sacudidas. Kurtz… Kurtz, eso significa pequeño en alemán, ¿no es cierto? Bueno el
nombre era tan cierto como todo lo demás en su vida y en su muerte. Parecía tener
por lo menos siete pies de estatura. La manta que lo cubría cayó y su cuerpo surgió
lastimoso y descarnado como de una mortaja. Podía ver la caja torácica, con las
costillas bien marcadas. Era como si una imagen animada de la muerte, tallada en
viejo marfil, hubiese agitado la mano amenazadora ante una multitud inmóvil de
hombres hechos de oscuro y brillante bronce. Le vi abrir la boca; lo que le dio un
aspecto indeciblemente voraz, como si hubiera querido devorar todo el aire, toda la
tierra, y todos los hombres que tenía ante sí. Una voz profunda llegó débilmente hasta
el barco. Debía de haber gritado. Repentinamente cayó hacia atrás. La camilla
osciló cuando los camilleros caminaron de nuevo hacia adelante, y al mismo tiempo
observé que la multitud de salvajes se desvanecía con movimientos del todo
imperceptibles, como si el bosque que había arrojado súbitamente aquellos seres se
los hubiera tragado de nuevo, como el aliento es atraído en una prolongada
aspiración.
“Algunos peregrinos, detrás de las parihuelas, llevaban preparadas las armas: dos
escopetas, un rifle pesado y un ligero revólver carabina; los rayos de aquel Júpiter
lastimoso. El director se inclinaba sobre él y murmuraba algo mientras caminaba. Lo
colocaron en uno de los pequeños camarotes, el espacio justo para una cama y una
o dos sillas de campaña. Le habíamos llevado su correspondencia atrasada, y un
montón de sobres rotos y cartas abiertas se esparcía sobre la cama. Su mano
vagaba débilmente sobre esos papeles. Me asombraba el fuego de sus ojos y la
serena languidez de su expresión. No parecía ser tan grande el agotamiento que
había producido en él la enfermedad. No parecía sufrir. Aquella sombra parecía
satisfecha y tranquila, como si por el momento hubiera saciado todas sus
emociones.
“Arrugó una de las cartas, y, mirándome directamente a la cara, me dijo: ‘Me alegro’.
Alguien le había escrito sobre mí. Aquellas recomendaciones especiales volvían a
aparecer de nuevo. El volumen de su voz, que emitió sin esfuerzo, casi sin
molestarse en mover los labios, me asombró. ¡Qué voz! ¡Qué voz! Era grave,
profunda y vibrante, a pesar de que el hombre no parecía emitir un murmullo. Sin
embargo, tenía la suficiente fuerza como para casi acabar con todos nosotros, como
vais a oír.
“El director volvió a aparecer silenciosamente en el umbral de la puerta. Salí en
seguida y él corrió la cortina detrás de mí. El ruso, observado con curiosidad por los
peregrinos, miraba hacia la playa. Seguí la dirección de su mirada.
“Oscuras formas humanas podían verse a distancia, deslizándose frente al
tenebroso borde de la selva, y cerca del río dos figuras de bronce apoyadas en
largas picas estaban en pie a la luz del sol, las cabezas tocadas con fantásticos
gorros de piel moteada; un par de guerreros inmóviles en un reposo estatutario. De
derecha a izquierda, a lo largo de la orilla iluminada, se movía una salvaje y
deslumbrante figura femenina.
“La mujer caminaba con pasos mesurados, envuelta en una tela rayada, guarnecida
de flecos, pisando el suelo orgullosamente, con un ligero sonido metálico y un
resplandor de bárbaros ornamentos. Mantenía la cabeza erguida, sus cabellos
estaban arreglados en forma de yelmo, llevaba anillos de bronce hasta las rodillas,
pulseras de bronce hasta los codos, innumerables collares de abalorios en el cuello;
objetos estrambóticos, amuletos, presentes de hechiceros, que colgaban sobre ella,
que brillaban y temblaban a cada paso que daba. Debía de tener encima objetos con
valor de varios colmillos de elefante. Era feroz y soberbia, de ojos salvajes y
espléndidos; había algo siniestro y majestuoso en su lento paso… Y en la quietud que
envolvió repentinamente toda aquella tierra doliente, la selva inmensa, el cuerpo
colosal de la fecunda y misteriosa vida parecía mirarla, pensativa, como si
contemplara la imagen de su propia alma tenebrosa y apasionada.
“Llegó frente al barco y se detuvo de cara hacia nosotros. La larga sombra de su
cuerpo llegaba hasta el borde del agua. Su rostro tenía un trágico y feroz aspecto de
tristeza salvaje y de un mudo dolor mezclado con el temor de alguna decisión apenas
formulada con la que luchaba. De pie, inmóvil, nos miraba como la misma selva, con
aire de cobijar algún proyecto inescrutable. Dejó transcurrir un minuto entero, y
entonces dio un paso hacia adelante. Se oyó un ligero repiqueteo, brilló el metal
dorado, oscilaron los flecos de la túnica, y entonces se detuvo como si el corazón le
hubiera fallado. El joven que estaba a mi lado refunfuñó algo. Los peregrinos
murmuraron a mis espaldas. Ella nos miró a todos como si su vida dependiera de la
dureza e inflexibilidad de su mirada. De pronto abrió los brazos desnudos y los elevó
rígidos por encima de su cabeza como en un deseo indómito de tocar el cielo, y al
mismo tiempo las tinieblas se precipitaron de golpe sobre la tierra, pasaron
velozmente sobre el río, envolviendo el barco en un abrazo sombrío. Un silencio
formidable acompañó la escena.
“Se dio vuelta lentamente, comenzó a caminar por la orilla y se dirigió hacia los
arbustos de la izquierda. Sólo una vez sus ojos volvieron a contemplarnos, en la
oscuridad de la espesura, antes de desaparecer.
‘Si hubiera insistido en subir a bordo, creo que realmente habría disparado contra
ella’, dijo el hombre de los remiendos, con gran nerviosismo. ‘He arriesgado mi vida
todos los días durante la última quincena tratando de mantenerla fuera de la casa. Un
día logró entrar y armó un gran escándalo debido a unos miserables harapos que yo
había recogido del almacén para remendar mis ropas. Debió haberle parecido un
robo. Al menos eso imagino, porque estuvo hablando durante una hora y
señalándome de vez en cuando. Yo no entiendo el dialecto de esta tribu. Por fortuna
para mí, Kurtz se sentía ese día demasiado enfermo como para hacerle caso, de
otro modo lo hubiera pasado muy mal. No comprendo… No… es demasiado para mí.
Bueno, ahora todo ha pasado.’
“En ese momento escuché la profunda voz de Kurtz detrás de la cortina:
‘¡Salvarme!… Salvar el marfil querrá usted decir. Usted interrumpe mis planes.
¡Enfemo! ¡Enfermo! No tan enfermo como a usted le gustaría creer. No importa. Yo
llevaré a cabo mis proyectos… Yo volveré. Le mostraré lo que puede hacerse. Usted,
con sus pequeñas ideas mezquinas… usted interfiere ahora en mi trabajo. Yo
regresaré. Yo…’
“El director salió. Me hizo el honor de cogerme por un brazo y llevarme aparte. ‘Está
muy mal, muy mal’, dijo. Consideró necesario suspirar, pero prescindió de mostrarse
afligido. ‘Hemos hecho por él todo lo que hemos podido, ¿no es cierto? Pero no
podemos dejar de reconocer que el señor Kurtz ha hecho más daño que bien a la
compañía. No ha entendido que el tiempo no está aún maduro para emprender una
acción vigorosa. Cautela, cautela, ése es mi principio. Debemos ser todavía cautos.
Esta región quedará cerrada para nosotros por algún tiempo. ¡Deplorable! En
conjunto, el comercio va a sufrir mermas. No niego que hay una cantidad
considerable de marfil… en su mayor parte fósil. Debemos salvarlo a toda costa,
pero mire usted cuán precaria es nuestra situación… ¿Todo por qué? Porque el
método es inadecuado.’ ‘¿Llama usted a eso’, dije yo, mirando hacia la orilla, ‘un
método inadecuado?’ ‘Sin duda’, declaró con ardor. ‘¿Usted no?’
“‘Yo no llego a considerarlo un método’, murmuré después de un momento.
‘Exactamente’, exclamó. ‘Yo ya preveía todo esto. Demuestra una absoluta falta de
juicio. Es mi deber comunicarlo al lugar oportuno.’ ‘Oh’, dije, ‘aquel tipo… ¿cómo se
llama?… el fabricante de ladrillos, podrá hacerle un buen informe.’ Pareció turbarse
por un momento. Tuve la sensación de no haber respirado nunca antes una
atmósfera tan vil, y mentalmente me dirigí a Kurtz en busca de alivio, sí, es verdad, en
busca de alivio. ‘De cualquier manera pienso que el señor Kurtz es un hombre
notable’, dije con énfasis. El director se sobresaltó, dejó caer sobre mí una mirada
pesada y luego respondió en voz baja: ‘Era.’ Y me volvió la espalda. Mi hora de
favoritismo había pasado; me encontraba unido a Kurtz como partidario de métodos
para los cuales el momento aún no estaba maduro. ¡Métodos inadecuados! ¡Ah,
pero de cualquier manera era algo poder elegir entre las pesadillas!
“En realidad yo había optado por la selva, no por el señor Kurtz, quien, debía
admitirlo, no servía ya sino para ser enterrado. Y por un momento me pareció que yo
también estaba enterrado en una amplia tumba llena de secretos indecibles. Sentí un
peso intolerable que oprimía mi pecho, el olor de la tierra húmeda, la presencia
invisible de la corrupción victoriosa, las tinieblas de la noche impenetrable… El ruso
me dio un golpecito en el hombro. Lo oí murmurar y balbucear algo: ‘Hermano
marino… no puedo ocultar el conocimiento de asuntos que afectarán la reputación del
señor Kurtz.’ Esperé que continuara. Para él, evidentemente Kurtz no estaba al borde
de la tumba. Sospecho que, para él, el señor Kurtz era inmortal. ‘Bueno’, dije
finalmente, ‘hable. Como usted puede ver, en cierto sentido soy amigo del señor
Kurtz.’
“Declaró con bastante formalidad que si no tuviéramos la misma profesión, él se
hubiera reservado ese asunto para sí mismo sin importarle las consecuencias.
‘Sospecho’, dijo, ‘que hay cierta mala voluntad activa hacia mí por parte de esos
blancos que…’ ‘Tiene usted toda la razón’, le dije, recordando cierta conversación que
por casualidad había oído. ‘El director piensa que debería usted ser colgado.’ Mostró
tal preocupación ante esa noticia que al principio me divirtió. ‘Lo mejor será que
despeje pronto el camino’, dijo con seriedad. ‘No puedo hacer nada más por Kurtz
ahora, y ellos pronto encontrarán alguna excusa. ¿Qué podría detenerlos? Hay un
puesto militar a trescientas millas de aquí.’ ‘Bueno, a mi juicio lo mejor que podría
usted hacer es marcharse, si cuenta con amigos entre los salvajes de la región.’
‘Muchos’, dijo. ‘Son gente sencilla, y yo no quiero nada, usted ya lo sabe.’ Estaba de
pie; se mordía los labios. Después continuó: ‘No quiero que les ocurra nada a estos
blancos, pero naturalmente pensaba en la reputación del señor Kurtz, usted es un
hermoso marino y…’ ‘Muy bien’, le dije después de un rato. ‘En lo que a mí se refiere,
la reputación del señor Kurtz está a salvo.’ Y no sabía con cuánta exactitud estaba
hablando en ese momento.
“Me informó, bajando la voz, que había sido Kurtz quien había ordenado el ataque al
vapor. ‘Odiaba a veces la idea de ser sacado de aquí… y además… Pero yo no
entiendo estas cosas. Soy un hombre sencillo. Pensó que eso les asustaría, que
renunciarían ustedes, considerándolo muerto. No pude detenerle. Oh, este último
mes ha sido terrible para mí.’ ‘Muy bien’, le dije. ‘Ahora está bien.’ ‘Sí’, murmuró sin
parecer demasiado convencido. ‘Gracias’, le dije. ‘Tendré los ojos bien abiertos.’
‘Pero tenga cuidado, ¿eh?’, me imploró con ansiedad. ‘Sería terrible para su
reputación que alguien aquí…’ Le prometí completa discreción con gran seriedad.
‘Tengo una canoa y tres negros esperándome no muy lejos de aquí. Me marcho. ¿Me
podría dar usted unos cuantos cartuchos Martini-Henry?’ Pude y se los di, con la
debida reserva. Tomó un puñado de tabaco. ‘Entre marinos, usted sabe, buen
tabaco inglés.’ En la parte de la timonera se volvió hacia mí. ‘Diga, ¿no tiene por
casualidad un par de zapatos que le sobre? ¡Mire!’ Levantó un pie. Las suelas
estaban atadas con cordones anudados en forma de sandalias, debajo de los pies
desnudos. Saqué un viejo par que él miró con admiración antes de meterlo bajo el
brazo izquierdo. Uno de sus bolsillos (de un rojo brillante) estaba lleno de cartuchos,
del otro (azul marino) asomaba el libro de Towson. Parecía considerarse
excelentemente bien equipado para un nuevo encuentro con la selva. ‘¡Oh, nunca,
nunca volveré a encontrar un hombre semejante!’, dijo. ‘Debía haberlo oído recitar
poemas, algunos eran suyos, ¿se imagina? ¡Poemas!’ Hizo girar los ojos ante el
recuerdo de aquellos poemas. ‘¡Ha ampliado mi mente!’ ‘Adiós’, le dije. Nos
estrechamos las manos y se perdió en la noche. A veces me pregunto si realmente lo
habré visto alguna vez. Si es posible que haya existido un fenómeno de esa especie.
“Cuando desperté poco después de media noche, su advertencia vino a mi memoria
con la insinuación de un peligro, que parecía, en aquella noche estrellada, lo bastante
real como para que me levantara a mirar a mi alrededor. En la colina habían
encendido una fogata, iluminando parcialmente una esquina de la cabaña. Uno de
los agentes, con un piquete formado con nuestros negros, armados en esa ocasión,
montaba guardia ante el marfil. Pero en las profundidades de la selva, rojos
centelleos oscilantes, que parecían hundirse y surgir del suelo entre confusas formas
de columnas de intensa negrura, mostraban la posición exacta del campo donde los
adoradores del señor Kurtz sostenían su inquieta vigilia. El monótono redoble de un
tambor llenaba el aire con golpes sordos y con una vibración prolongada. El continuo
zumbido de muchos hombres que cantaban algún conjuro sobrenatural salía del
negro y uniforme muro vegetal, como un zumbido de abejas sale de una colmena, y
tenía un efecto extraño y narcotizante sobre mis sentidos aletargados. Creo que
empecé a dormitar, apoyado en la barandilla, hasta que un repentino brote de
alaridos, una erupción irresistible de un hasta ese momento reprimido y misterioso
frenesí, me despertó y me dejó por el momento totalmente aturdido. Miré por
casualidad hacia el pequeño camarote. Había una luz en su interior, pero el señor
Kurtz no estaba allí.
“Supongo que hubiera lanzado un grito de haber dado crédito a mis ojos. Pero al
principio no les creí… ¡Aquello me parecía tan decididamente imposible! El hecho es
que estaba yo del todo paralizado por un miedo total; era una especie de terror puro
y abstracto, sin ninguna conexión con cualquier evidencia de peligro físico. Lo que
hacía tan avasalladora aquella emoción era… ¿cómo podía definirlo?… el golpe
moral que recibí, como si algo a la vez monstruoso, intolerable de concebir y odioso
al alma, me hubiera sido impuesto inesperadamente. Aquello duró sin duda alguna
sólo una mínima fracción de segundo, y después el sentimiento habitual de común y
mortal peligro, la posibilidad de un ataque repentino y de una carnicería o algo por el
estilo que me parecía estar en el aire fue recibida por mí como algo agradable y
reconfortante. Me tranquilicé hasta tal punto que no di la voz de alarma.
“Había un agente envuelto en un chaquetón, durmiendo en una silla, a unos tres pies
de donde yo estaba. Los gritos no lo habían despertado; roncaba suavemente. Le
dejé entregado a su sueño y bajé a tierra. Yo no traicionaba a Kurtz; estaba escrito
que nunca había de traicionarle, estaba escrito que debía ser leal a la pesadilla que
había elegido. Me sentía impaciente por tratar con aquella sombra por mi cuenta,
solo… Y hasta el día de hoy no logro comprender por qué me sentía tan celoso de
compartir con los demás la peculiar negrura de esa experiencia.
“Tan pronto como llegué a la orilla, vi un rastro… un rastro amplio entre la hierba.
Recuerdo la exaltación con que me dije: ‘No puede andar; se está arrastrando a
cuatro patas. Ya lo tengo.’ La hierba estaba húmeda por el rocío. Yo caminaba
rápidamente con los puños cerrados. Imagino que tenía la vaga idea de darle una
paliza cuando lo encontrara. No sé. Tenía algunos pensamientos imbéciles. La vieja
que tejía con el gato penetraba en mi memoria como una persona sumamente
inadecuada en el extremo de aquel asunto. Vi a una fila de peregrinos, disparando
chorros de plomo con los winchesters apoyados en la cadera. Pensé que no volvería
al barco, y me imaginé viviendo solitario y sin armas en medio de la selva hasta una
edad avanzada. Futilezas por el estilo, sabéis. Recuerdo que confundí el batir de los
tambores con el de mi propio corazón, y que me agradaba su tranquila regularidad.
“Seguí el rastro… luego me detuve a escuchar. La noche era muy clara; un espacio
azul oscuro, brillante de rocío y luz de estrellas, en el que algunos bultos negros
permanecían muy tranquilos. Me pareció vislumbrar algo que se movía delante de mí.
Estaba extrañamente seguro de todo aquella noche. Abandoné el rastro y corrí en un
amplio semicírculo (supongo que en realidad me estaba riendo de mis propias
argucias) a fin de aparecer frente a aquel bulto, a aquel movimiento que yo había
visto… si es que en realidad había visto algo. Estaba cercando a Kurtz como si se
tratara de un juego infantil.
“Llegué donde él estaba y, de no haber sido porque me oyó acercarme, lo hubiera
podido atrapar enseguida. Logró levantarse a tiempo. Se puso en pie, inseguro,
largo, pálido, confuso, como un vapor exhalado por la tierra, se tambaleó
ligeramente, brumosa y silenciosamente delante de mí, mientras que a mi espalda
las fogatas brillaban entre los árboles y el murmullo de muchas voces brotaba del
bosque. Lo había aislado hábilmente, pero en ese momento, al hacerle frente y
recobrar los sentidos, advertí el peligro en toda su verdadera proporción. De ninguna
manera había pasado. ¿Y si él comenzaba a gritar? Aunque apenas podía tenerse
en pie, su voz era aún bastante vigorosa.
‘¡Márchese, escóndase!’, dijo con aquel tono profundo. Era terrible. Miré a mis
espaldas. Estábamos a unas treinta yardas de distancia de la fogata más próxima.
Una figura negra se levantó, cruzó en amplias zancadas, con sus largas piernas
negras, levantando sus largos brazos negros, ante el resplandor del fuego. Tenía
cuernos… una cornamenta de antílope, me parece, sobre la cabeza. Algún hechicero,
algún brujo, sin duda; tenía un aspecto realmente demoniaco. ‘¿Sabe usted lo que
está haciendo?’, murmuré. ‘Perfectamente’, respondió, elevando la voz para decir
aquella única palabra. Aquella voz resonó lejana y fuerte a la vez, como una llamada
a través de una bocina. Pensé que si comenzaba a discutir estábamos perdidos. Por
supuesto no era el momento para resolver el conflicto a puñetazos, aparte de la
natural aversión que yo sentía a golpear aquella sombra… aquella cosa errante y
atormentada. ‘Se perderá usted, se perderá completamente’ murmuré. A veces uno
tiene esos relámpagos de inspiración, ya sabéis. Yo había dicho la verdad, aunque
de hecho él no podía perderse más de lo que ya lo estaba en aquel momento,
cuando los fundamentos de nuestra amistad se asentaron para durar… para durar…
para durar… hasta el fin… más allá del fin.
“‘Yo tenía planes inmensos’, murmuró con indecisión. ‘Sí’, le dije, ‘pero si intenta
usted gritar le destrozaré la cabeza con…’ Vi que no había ni un palo ni una piedra
cerca. ‘Lo estrangularé’, me corregí. ‘Me hallaba en el umbral de grandes cosas’,
suplicó con una voz plañidera, con una avidez de tono que hizo que la sangre se me
helara en las venas. ‘Y ahora por ese estúpido canalla…’ ‘Su éxito en Europa está
asegurado en todo caso’, afirmé con resolución. No me hubiera gustado tener que
estrangularlo.., y de cualquier modo aquello no habría tenido ningún sentido práctico.
Intenté romper el hechizo, el denso y mudo hechizo de la selva, que parecía atraerle
hacia su seno despiadado despertando en él olvidados y brutales instintos,
recuerdos de pasiones monstruosas y satisfechas. Estaba convencido de que sólo
eso lo había llevado a dirigirse al borde de la selva, a la maleza, hacia el resplandor
de las fogatas, el sonido de los tambores, el zumbido de conjuros sobrenaturales.
Sólo eso había seducido a su alma forajida hasta más allá de los límites de las
aspiraciones lícitas. Y, ¿os dais cuenta?, lo terrible de la situación no estaba en que
me dieran un golpe en la cabeza, aunque tenía una sensación muy viva de ese
peligro también, sino en el hecho de que tenía que vérmelas con un hombre ante
quien no podía apelar a ningún sentimiento elevado o bajo. Debía, igual que los
negros, invocarlo a él, a él mismo, a su propia exaltada e increíble degradación. No
había nada por encima ni por debajo de él, y yo lo sabía. Se había desprendido de la
tierra. ¡Maldito sea! Había golpeado la tierra hasta romperla en pedazos. Estaba
solo, y yo frente a él no sabía si pisaba tierra o si flotaba en el aire. Os he dicho a
vosotros que hablamos, he repetido las frases que pronunciamos… pero, ¿qué
sentido tiene todo esto? Eran palabras comunes, cotidianas, los familiares, vagos
sonidos cambiados al despertar de cada día. ¿Y qué sentido tenían? Existía detrás,
en mi espíritu, la terrible sugestión de palabras oídas en sueños, frases murmuradas
en pesadillas. ¡Un alma! Si hay alguien que ha luchado con un alma yo soy ese
hombre. Y no es que estuviera discutiendo con un lunático. Lo creáis o no, el hecho
es que su inteligencia seguía siendo perfectamente lúcida… concentrada, es cierto,
sobre él mismo con horrible intensidad, y sin embargo con lucidez. Y en eso
estribaba mi única oportunidad, fuera, por supuesto, de matarlo allí, lo que no hubiera
resultado bien debido al ruido inevitable. Pero su alma estaba loca. Al quedarse solo
en la selva, había mirado a su interior, y ¡cielos!, puedo afirmarlo, había enloquecido.
Yo tuve (debido a mis pecados, imagino) que pasar la prueba de mirar también
dentro de ella. Ninguna elocuencia hubiera podido marchitar tan eficazmente la fe en
la humanidad como su estallido final de sinceridad. Luchó consigo mismo, también.
Lo vi… lo oí. Vi el misterio inconcebible de un alma que no había conocido
represiones, ni fe, ni miedo, y que había luchado, sin embargo, ciegamente, contra sí
misma. Conservé la cabeza bastante bien, pero cuando lo tuve ya tendido en el
lecho, me enjugué la frente, mientras mis piernas temblaban como si acabara de
transportar media tonelada sobre la espalda hasta la cima de una colina. Y sin
embargo sólo había sostenido su brazo huesudo apoyado en mis hombros; no era
mucho más pesado que un niño.
“Cuando al día siguiente partimos a mediodía, la multitud, de cuya presencia tras la
cortina de árboles había sido agudamente consciente todo el tiempo, volvió a salir
de la maleza, llenó el patio de la estación, cubrió el declive de la colina con una masa
de cuerpos desnudos que respiraban, que se estremecían, bronceados. Remonté un
poco el río, luego viré y navegué con la corriente. Dos mil ojos seguían las
evoluciones del demonio del río, que chapoteaba dando golpes impetuosos,
azotando el agua con su cola terrible y esparciendo humo negro por el aire. Frente a
la primera fila, a lo largo del río, tres hombres, cubiertos de un fango rojo brillante de
los pies a la cabeza, se contoneaban impacientes. Cuando llegamos de nuevo frente
a ellos, miraban al río, pateaban, movían sus cuerpos enrojecidos; sacudían hacia el
feroz demonio del río un manojo de plumas negras, una piel repugnante con una cola
colgante, algo que parecía una calabaza seca. Y a la vez gritaban periódicamente
series extrañas de palabras que no se parecían a ningún sonido humano, y los
profundos murmullos de la multitud interrumpidos de pronto eran como los responsos
de alguna letanía satánica.
“Transportamos a Kurtz a la cabina del piloto: allí había más aire. Tendido sobre el
lecho, miraba fijamente por los postigos abiertos. Hubo un remolino en la masa de
cuerpos humanos, y la mujer de la cabeza en forma de yelmo y las mejillas teñidas
corrió hasta la orilla misma de la corriente. Él tendió las manos, gritó algo, toda
aquella multitud salvaje continuó el grito en un coro rugiente, articulado, rápido e
incesante.
“‘¿Entiende lo que dicen?’, le pregunté.
“Él continuaba mirando hacia el exterior, más allá de mí, con ferocidad, con ojos
ardientes, añorantes, con una expresión en que se mezclaban la avidez y el odio. No
respondió. Pero vi una sonrisa, una sonrisa de indefinible significado, aparecer en
sus labios descoloridos, que un momento después se crisparon convulsivamente.
‘Por supuesto’, dijo lentamente, en sílabas entrecortadas, como si las palabras se le
hubieran escapado por obra y gracia de una fuerza sobrenatural.
“Tiré del cordón de la sirena, y lo hice porque vi a los peregrinos en la cubierta
preparar sus rifles con el aire de quien se dispone a participar en una alegre
francachela. Ante el súbito silbido, hubo un movimiento de abyecto terror en aquella
apiñada masa de cuerpos. ‘No haga usted eso, no lo haga. ¿No ve que los ahuyenta
usted?’, gritó alguien desconsoladamente desde cubierta. Tiré de cuando en cuando
del cordón. Se separaban y corrían, saltaban, se agachaban, se apartaban, se
evadían del terror del sonido. Los tres tipos embadurnados de rojo se habían tirado
boca abajo, en la orilla, como si hubieran sido fusilados. Sólo aquella mujer bárbara y
soberbia no vaciló siquiera, y extendió trágicamente hacia nosotros sus brazos
desnudos, sobre la corriente oscura y brillante.
“Y entonces la imbécil multitud que se apiñaba en cubierta comenzó su pequeña
diversión y ya no pude ver nada más debido al humo.
“La oscura corriente corría rápidamente desde el corazón de las tinieblas,
llevándonos hacia abajo, hacia el mar, con una velocidad doble a la del viaje en
sentido inverso. Y la vida de Kurtz corría también rápidamente, desintegrándose,
desintegrándose en el mar del tiempo inexorable. El director se sentía feliz, no tenía
ahora preocupaciones vitales. Nos miraba a ambos con una mirada comprensiva y
satisfecha; el asunto se había resuelto de la mejor manera que se podía esperar. Yo
veía acercarse el momento en que me quedaría solo debido a mi apoyo a los
métodos inadecuados. Los peregrinos me miraban desfavorablemente. Se me
contaba ya. por así decirlo, entre los muertos. Me resulta extraña la manera en que
acepté aquella asociación inesperada; aquella elección de pesadillas pesaba sobre
mí en la tenebrosa tierra invadida por aquellos mezquinos y rapaces fantasmas.
“Kurtz peroraba. ¡Qué voz! ¡Qué voz! Resonó profundamente hasta el mismo fin. Su
fortaleza sobrevivió para ocultar entre los magnificos pliegues de su elocuencia la
estéril oscuridad de su corazón. ¡Pero él luchaba, luchaba! Su cerebro desgastado
por la fatiga era visitado por imágenes sombrías… imágenes de riquezas y fama que
giraban obsequiosamente alrededor de su don inextinguible de noble y elevada
expresión. Mi prometida, mi estación, mi carrera, mis ideas… aquellos eran los
temas que le servían de material para la expresión de sus elevados sentimientos. La
sombra del Kurtz original frecuentaba la cabecera de aquella sombra vacía cuyo
destino era ser enterrada en el seno de una tierra primigenia. Pero tanto el diabólico
amor como el odio sobrenatural de los misterios que había penetrado luchaban por
la posesión de aquella alma saciada de emociones primitivas, ávida de gloria falsa,
de distinción fingida y de todas las apariencias de éxito y poder.
“A veces era lamentablemente pueril. Deseaba encontrarse con reyes que fueran a
recibirlo en las estaciones ferroviarias, a su regreso de algún espantoso rincón del
mundo, donde tenía el proyecto de realizar cosas magnas. ‘Usted les muestra que
posee algo verdaderamente aprovechable y entonces no habrá limites para el
reconocimiento de su capacidad’, decía. ‘Por supuesto debe tener siempre en
cuenta los motivos, los motivos correctos.’ Las largas extensiones que eran siempre
como una misma e igual extensión, se deslizaban ante el barco con su multitud de
árboles seculares que miraban pacientemente a aquel desastroso fragmento de otro
mundo, el apasionado de los cambios, las conquistas, el comercio, las matanzas y
las bendiciones. Yo miraba hacia adelante, llevando el timón. ‘Cierre los postigos’,
dijo Kurtz repentinamente un día. ‘No puedo tolerar ver todo esto.’ Lo hice. Hubo un
silencio. ‘¡Oh, pero todavía te arrancaré el corazón!’, le gritó a la selva invisible.
“El barco se averió (como había temido), y tuvimos que detenernos para repararlo en
la punta de una isla. Fue esa demora lo primero que provocó las confidencias de
Kurtz. Una mañana me dio un paquete de papeles y una fotografía. Todo estaba
atado con un cordón de zapatos. ‘Guárdeme esto’, me pidió. ‘Aquel imbécil (aludía al
director) es capaz de hurgar en mis cajas cuando no me doy cuenta.’ Por la tarde
volví a verle. Estaba acostado sobre la espalda, con los ojos cerrados. Me retiré sin
ruido, pero le oí murmurar: ‘Vive rectamente, muere, muere…’ Lo escuché. Pero no
hubo nada más. ¿Estaba ensayando algún discurso en medio del sueño, o era un
fragmento de una frase de algún artículo periodístico? Había sido periodista, e
intentaba volver a serlo. ‘…Para poder desarrollar mis ideas. Es un deber.’
“La suya era una oscuridad impenetrable. Yo le miraba como se mira, hacia abajo, a
un hombre tendido en el fondo de un precipicio, al que no llegan nunca los rayos del
sol. Pero no tenía demasiado tiempo que dedicarle porque estaba ayudando al
maquinista a desarmar los cilindros dañados, a fortalecer las bielas encorvadas, y
otras cosas por el estilo. Vivía en una confusión infernal de herrumbre: limaduras,
tuercas, clavijas, llaves, martillos, barrenos, cosas que detesto porque jamás me he
logrado entender bien con ellas. Estaba trabajando en una pequeña fragua que por
fortuna teníamos a bordo; trabajaba asiduamente con mi pequeño montón de
limaduras, a menos que tuviera escalofríos demasiado fuertes y no pudiera tenerme
en pie…
“Una noche al entrar en la cabina con una vela me alarmé al oírle decir con voz
trémula: ‘Estoy acostado aquí en la oscuridad esperando la muerte.’ La luz estaba a
menos de un pie de sus ojos. Me esforcé en murmurar: ‘¡Tonterías!’ Y permanecí a su
lado, como traspasado.
“No he visto nunca nada semejante al cambio que se operó en sus rasgos, y espero
no volver a verlo. No es que me conmoviera. Estaba fascinado. Era como si se
hubiera rasgado un velo. Vi sobre ese rostro de marfil la expresión de sombrío
orgullo, de implacable poder, de pavoroso terror… de una intensa e irremediable
desesperación. ¿Volvía a vivir su vida, cada detalle de deseo, tentación y entrega,
durante ese momento supremo de total lucidez? Gritó en un susurro a alguna imagen,
a alguna visión, gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro: ‘¡Ah, el
horror! ¡El horror!’
“Apagué de un soplo la vela y salí de la cabina. Los peregrinos estaban almorzando
en el comedor, y ocupé un sitio frente al director, que levantó los ojos para dirigirme
una mirada interrogante, que yo logré ignorar con éxito. Se echó hacia atrás, sereno,
con esa sonrisa peculiar con que sellaba las profundidades inexpresadas de su
mezquindad. Una lluvia continua de pequeñas moscas corría sobre la lámpara, sobre
el mantel, sobre nuestras manos y caras. De pronto el muchacho del director
introdujo su insolente cabeza negra por la puerta y dijo en un tono de maligno
desprecio: ‘Señor Kurtz… él, muerto.’
“Todos los peregrinos salieron precipitadamente para verlo. Yo permanecí allí, y
terminé mi cena. Creo que fui considerado como un individuo brutalmente duro. Sin
embargo, no logré comer mucho. Había allí una lámpara… luz… y afuera una
oscuridad bestial. No volví a acercarme al hombre notable que había pronunciado un
juicio sobre las aventuras de su espíritu en esta tierra. La voz se había ido. ¿Qué más
había habido allí? Pero por supuesto me enteré de que al día siguiente los
peregrinos enterraron algo en un foso cavado en el fango.
“Y luego casi tuvieron que sepultarme a mí.
“Sin embargo, como podéis ver, no fui a reunirme allí con Kurtz. No fue así.
Permanecí aquí, para soñar la pesadilla hasta el fin, y para demostrar mi lealtad
hacia Kurtz una vez más. El destino. ¡Mi destino! ¡Es curiosa la vida… ese misterioso
arreglo de lógica implacable con propósitos fútiles! Lo más que de ella se puede
esperar es cierto conocimiento de uno mismo… que llega demasiado tarde… una
cosecha de inextinguibles remordimientos. He luchado a brazo partido con la muerte.
Es la contienda menos estimulante que podéis imaginar. Tiene lugar en un gris
impalpable, sin nada bajo los pies, sin nada alrededor, sin espectadores, sin clamor,
sin gloria, sin un gran deseo de victoria, sin un gran temor a la derrota, en una
atmósfera enfermiza de tibio escepticismo, sin demasiada fe en los propios
derechos, y aún menos en los del adversario. Si tal es la forma de la última
sabiduría, la vida es un enigma mayor de lo que alguno de nosotros piensa. Me
hallaba a un paso de aquel trance y sin embargo descubrí, con humillación, que no
tenía nada que decir. Por esa razón afirmo que Kurtz era un hombre notable. Él tenía
algo que decir. Lo decía. Desde el momento en que yo mismo me asomé al borde,
comprendí mejor el sentido de su mirada, que no podía ver la llama de la vela, pero
que era lo suficientemente amplia como para abrazar el universo entero, lo
suficientemente penetrante como para introducirse en todos los corazones que baten
en la oscuridad. Había resumido, había juzgado. ‘¡El horror!’ Era un hombre notable.
Después de todo, aquello expresaba cierta creencia. Había candor, convicción, una
nota vibrante de rebeldía en su murmullo, el aspecto espantoso de una verdad
apenas entrevista… una extraña mezcla de deseos y de odio. Y no es mi propia
agonía lo que recuerdo mejor: una visión de grisura sin forma colmada de dolor
físico, y un desprecio indiferente ante la disipación de todas las cosas, incluso de
ese mismo dolor. ¡No! Es su agonía lo que me parece haber vivido. Cierto que él
había dado el último paso, había traspuesto el borde, mientras que a mí me había
sido permitido volver sobre mis pasos. Tal vez toda la diferencia estribe en eso; tal
vez toda la sabiduría, toda la verdad, toda la sinceridad, están comprimidas en aquel
inapreciable momento de tiempo en el que atravesamos el umbral de lo invisible. Tal
vez! Me gustaría pensar que mi resumen no fuera una palabra de desprecio
indiferente. Mejor fue su grito.., mucho mejor. Era una victoria moral pagada por las
innumerables derrotas, por los terrores abominables y las satisfacciones igualmente
abominables. ¡Pero era una victoria! Por eso permanecí leal a Kurtz hasta el final y
aún más allá, cuando mucho tiempo después volví a oír, no su voz, sino el eco de su
magnífica elocuencia que llegaba a mí de un alma tan translúcidamente pura como el
cristal de roca.
“No, no me enterraron, aunque hay un periodo de tiempo que recuerdo
confusamente, con un asombro tembloroso, como un paso a través de algún mundo
inconcebible en el que no existía ni esperanza ni deseo. Me encontré una vez más en
la ciudad sepulcral, sin poder tolerar la contemplación de la gente que se apresuraba
por las calles para extraer unos de. otros un poco de dinero, para devorar su infame
comida, para tragar su cerveza malsana, para soñar sus sueños insignificantes y
torpes. Era una infracción a mis pensamientos. Eran intrusos cuyo conocimiento de
la vida constituía para mí una pretensión irritante, porque estaba seguro de que no
era posible que supieran las cosas que yo sabía. Su comportamiento, que era
sencillamente el comportamiento de los individuos comunes que iban a sus negocios
con la afirmación de una seguridad perfecta, me resultaba tan ofensivo como las
ultrajantes ostentaciones de insensatez ante un peligro que no se logra comprender.
No sentía ningún deseo de demostrárselo, pero tenía a veces dificultades para
contenerme y no reírme en sus caras, tan llenas de estúpida importancia. Me
atrevería a decir que no estaba yo muy bien en aquella época. Vagaba por las calles
(tenía algunos negocios que arreglar) haciendo muecas amargas ante personas
respetables. Admito que mi conducta era inexcusable, pero en aquellos días mi
temperatura rara vez era normal. Los esfuerzos de mi querida tía para restablecer
‘mis fuerzas’ me parecían algo del todo inadecuado. No eran mis fuerzas las que
necesitaban restablecerse, era mi imaginación la que necesitaba un sedante.
Conservaba el paquete de papeles que Kurtz me había entregado, sin saber
exactamente qué debía hacer con ellos. Su madre había muerto hacía poco,
asistida, como supe después, por su prometida. Un hombre bien afeitado, con
aspecto oficial y lentes de oro, me visitó un día y comenzó a hacerme algunas
preguntas, al principio veladas, luego suavemente apremiantes, sobre lo que él daba
en llamar ‘ciertos documentos’. No me sorprendió, porque yo había tenido dos
discusiones con el director a ese respecto. Me había negado a ceder el más
pequeño fragmento de aquel paquete, y adopté la misma actitud ante el hombre de
los lentes de oro. Me hizo algunas amenazas veladas y arguyó con acaloramiento
que la compañía tenía derecho a cada ápice de información sobre sus ‘territorios’.
Según él, el conocimiento del señor Kurtz sobre las regiones inexploradas debía ser
por fuerza muy amplio y peculiar, dada su gran capacidad y las deplorables
circunstancias en que había sido colocado. Sobre eso, le aseguré que el
conocimiento del señor Kurtz, aunque extenso, no tenía nada que ver con los
problemas comerciales o administrativos. Entonces invocó el nombre de la ciencia.
Sería una pérdida incalculable que… etcétera. Le ofrecí el informe sobre la
‘Supresión de las Costumbres Salvajes’, con el post-scriptum borrado. Lo cogió
ávidamente, pero terminó por dejarlo a un lado con un aire de desprecio. ‘No es esto
lo que teníamos derecho a esperar’, observó. ‘No espere nada más’, le dije. ‘Se trata
sólo de cartas privadas.’
“Se retiró, emitiendo algunas vagas amenazas de procedimientos legales, y no le vi
más. Pero otro individuo, diciéndose primo de Kurtz, apareció dos días más tarde,
ansioso por oír todos los detalles sobre los últimos momentos de su querido
pariente. Incidentalmente, me dio a entender que Kurtz había sido en esencia un gran
músico. ‘Hubiera podido tener un éxito inmenso’, dijo aquel hombre, que era
organista, creo, con largos y lacios cabellos grises que le caían sobre el cuello
grasiento de la chaqueta. No tenía yo razón para poner en duda aquella declaración,
y hasta el día de hoy soy incapaz de decir cuál fue la profesión de Kurtz, si es que
tuvo alguna… cuál fue el mayor de sus talentos. Lo había considerado como un pintor
que escribía a veces en los periódicos, o como un periodista a quien le gustaba
pintar, pero ni siquiera el primo (que no dejaba de tomar rapé durante la
conversación) pudo decirme cuál había sido exactamente su profesión. Se había
tratado de un genio universal. Sobre este punto estuve de acuerdo con aquel viejo
tipo, que entonces se sonó estruendosamente la nariz con un gran pañuelo de
algodón y se marchó con una agitación senil, llevándose algunas cartas de familia y
recuerdos sin importancia. Por último apareció un periodista ansioso por saber algo
de la suerte de su ‘querido colega’. Aquel visitante me informó que la esfera propia
de Kurtz era la política en su aspecto popular. Tenía cejas pobladas y rectas, cabello
áspero, muy corto, un monóculo al extremo de una larga cinta, y cuando se sintió
expansivo confesó su opinión de que Kurtz en realidad no sabía escribir, pero,
¡cielos!, qué manera de hablar la de aquel hombre. Electrizaba a las multitudes.
Tenía fe, ¿ve usted?, tenía fe. Podía convencerse y llegar a creer cualquier cosa,
cualquier cosa. Hubiera podido ser un espléndido dirigente para un partido
extremista. ‘¿Qué partido?’, le pregunté. ‘Cualquier partido’, respondió. ‘Era un… un
extremista. ‘Inquirió si no estaba yo de acuerdo, y asentí. Sabía yo, me preguntó, qué
lo había inducido a ir a aquel lugar. ‘Sí’, le dije, y enseguida le entregué el famoso
informe para que lo publicara, si lo consideraba pertinente. Lo hojeó
apresuradamente, mascullando algo todo el tiempo. Juzgó que ‘podía servir’, y se
retiró con el botín.
“De manera que me quedé al fin con un manojo de cartas y el retrato de una joven.
Me causó impresión su belleza… o, mejor dicho, la belleza de su expresión. Sé que la
luz del sol también puede contribuir a la mentira, sin embargo uno podía afirmar que
ninguna manipulación de la luz y de la sombra podía haber inventado los delicados y
veraces rasgos de aquellas facciones. Parecía estar dispuesta a escuchar sin
ninguna reserva mental, sin sospechas, sin ningún pensamiento para sí misma.
Decidí ir yo mismo a devolver esas cartas. ¿Curiosidad? Sí, y tal vez también algún
otro sentimiento. Todo lo que había pertenecido a Kurtz había pasado por mis
manos: su alma, su cuerpo, su estación, sus proyectos, su marfil, su carrera. Sólo
quedaba su recuerdo y su prometida, y en cierto modo quería también relegar eso al
pasado… para entregar personalmente todo lo que de él permanecía en mí a ese
olvido que es la última palabra de nuestro destino común. No me defiendo. No tenía
una clara percepción de lo que realmente quería. Tal vez era un impulso de
inconsciente lealtad, o el cumplimiento de una de esas irónicas necesidades que
acechan en la realidad de la existencia humana. No lo sé. No puedo decirlo, pero fui.
“Pensaba que su recuerdo era como los otros recuerdos de los muertos que se
acumulan en la vida de cada hombre… una vaga huella en el cerebro de las sombras
que han caído en él en su rápido tránsito final. Pero ante la alta y pesada puerta,
entre las elevadas casas de una calle tan tranquila y decorosa como una avenida
bien cuidada en un cementerio, tuve una visión de él en la camilla, abriendo la boca
vorazmente como tratando de devorar toda la tierra y a toda su población con ella.
Vivió entonces ante mí, vivió tanto como había vivido alguna vez… Una sombra
insaciable de apariencia espléndida, de realidad terrible, una sombra más oscura
que las sombras de la noche, envuelta notablemente en los pliegues de su brillante
elocuencia. La visión pareció entrar en la casa conmigo: las parihuelas, los
fantasmales camilleros, la multitud salvaje de obedientes adoradores, la oscuridad
de la selva, el brillo de la lejanía entre los lóbregos recodos, el redoble de tambores,
regular y apagado como el latido de un corazón… el corazón de las tinieblas
vencedoras. Fue un momento de triunfo para la selva, una irrupción invasora y
vengativa, que me pareció que debía guardar sólo para la salvación de otra alma. Y
el recuerdo de lo que había oído decir allá lejos, con las figuras cornudas
deslizándose a mis espaldas, ante el brillo de las fogatas, dentro de los bosques
pacientes, aquellas frases rotas que llegaban hasta mí, volvieron a oírse en su fatal y
terrible simplicidad. Recordé su abyecta súplica, sus abyectas amenazas, la escala
colosal de sus viles deseos, la mezquindad, el tormento, la tempestuosa agonía de
su espíritu. Y más tarde me pareció ver su aire sosegado y displicente cuando me
dijo un día: ‘Esta cantidad de marfil es ahora realmente mía. La compañía no pagó
nada por ella. Yo la he reunido a costa de grandes riesgos personales. Temo que
intenten reclamarla como suya. ¡Hmm! Es un caso difícil. ¿Qué cree usted que deba
hacer? ¿Resistir? ¿Eh? Lo único que pido es justicia…’ Lo único que quería era
justicia… sólo justicia. Llamé al timbre ante una puerta de caoba en el primer piso, y,
mientras esperaba, él parecía mirarme desde los cristales, mirarme con esa amplia
y extensa mirada con que había abrazado, condenado, aborrecido todo el universo.
Me pareció oír nuevamente aquel grito: ‘¡Ah! el horror! ¡El horror!’
“Caía el crepúsculo. Tuve que esperar en un amplio salón con tres grandes ventanas,
que iban del suelo al techo, semejantes a tres columnas luminosas y acortinadas.
Las patas curvas y doradas y los respaldos de los muebles brillaban bajo el reflejo de
la luz. La alta chimenea de mármol ostentaba una blancura fría y monumental. Un
gran piano hacía su aparición masiva en una esquina; con oscuros destellos en las
superficies planas como un sombrío y pulimentado sarcófago. Se abrió una puerta,
se cerró. Yo me puse de pie.
“Vino hacia mí, toda de negro, con una cabeza pálida. Parecía flotar en la oscuridad.
Llevaba luto. Hacía más de un año que él había muerto, más de un año desde que
las noticias habían llegado, pero parecía que ella pensaba recordarlo y llorarlo
siempre. Tomó mis manos entre las suyas y murmuró: ‘Había oído decir que venía
usted.’
“Advertí que no era muy joven.., quiero decir que no era una muchacha. Tenía una
capacidad madura para la confianza, para el sufrimiento. La habitación parecía
haberse ensombrecido, como si toda la triste luz de la tarde nublada se hubiera
concentrado en su frente. Su cabellera clara, su pálido rostro, sus cejas
delicadamente trazadas, parecían rodeados por un halo ceniciento desde el que me
observaban sus ojos oscuros. Su mirada era sencilla, profunda, confiada y leal.
Llevaba la cabeza como si estuviera orgullosa de su tristeza, como si pudiera decir:
‘Sólo yo sé llorarle como se merece. Pero mientras permanecíamos aún con las
manos estrechadas, apareció en su rostro una expresión de desolación tan intensa
que percibí que no era una de esas criaturas que se convierten en juguete del
tiempo. Para ella él había muerto apenas ayer. Y, ¡por Júpiter!, la impresión fue tan
poderosa que a mí también me pareció que hubiera muerto sólo ayer, es más, en
ese mismo momento. Los vi juntos en ese mismo instante… la muerte de él, el dolor
de ella… ¿me comprendéis? Los vi juntos, los oí juntos. Ella decía en un suspiro
profundo: ‘He sobrevivido’, mientras mis oídos parecían oír con toda claridad,
mezclado con el tono de reproche desesperado de ella, el grito en el que él resumía
su condenación eterna. Me pregunté, con una sensación de pánico en el corazón,
como si me hubiera equivocado al penetrar en un sitio de crueles y absurdos
misterios que un ser humano no puede tolerar, qué hacía yo ahí. Me indicó una silla.
Nos sentamos. Coloqué el paquete en una pequeña mesa y ella puso una mano
sobre él. ‘Usted lo conoció bien’, murmuró, después de un momento de luctuoso
silencio.
“‘La intimidad surge rápidamente allá’, dije. ‘Le conocí tan bien como es posible que
un hombre conozca a otro.’
“‘Y lo admiraba’, dijo. ‘Era imposible conocerlo y no admirarlo. ¿No es cierto?’
“‘Era un hombre notable’, dije, con inquietud. Luego, ante la exigente fijeza de su
mirada que parecía espiar las palabras en mis mismos labios, proseguí: ‘Era
imposible no…’
“‘Amarlo, concluyó ansiosamente, imponiéndome silencio, reduciéndome a una
estupefacta mudez. ‘¡Es muy cierto! ¡Muy cierto! ¡Piense que nadie lo conocía mejor
que yo! ¡Yo merecí toda su noble confianza! Lo conocí mejor que nadie.’
“‘Lo conoció usted mejor que nadie’, repetí. Y tal vez era cierto. Pero ante cada
palabra que pronunciaba, la habitación se iba haciendo más oscura, y sólo su frente,
tersa y blanca, permanecía iluminada por la inextinguible luz de la fe y el amor.
“‘Usted era su amigo’, continuó. ‘Su amigo’, repitió en voz un poco más alta. ‘Debe
usted haberlo sido, ya que él le entregó esto y lo envió a mí. Siento que puedo hablar
con usted… y, ¡oh!… debo hablar. Quiero que usted, usted que oyó sus últimas
palabras, sepa que he sido digna de él… No se trata de orgullo… Sí. De lo que me
enorgullezco es de saber que he podido entenderlo mejor que cualquier otra persona
en el mundo… Él mismo me lo dijo. Y desde que su madre murió no he tenido a
nadie… a nadie… para… para…
“Yo escuchaba. La oscuridad se hacía más profunda. Ni siquiera estaba seguro de
que él me hubiera dado el paquete correcto. Tengo la firme sospecha de que, según
sus deseos, yo debía haber cuidado de otro paquete de papeles, que, después de
su muerte, vi examinar al director bajo la lámpara. Y la joven hablaba, aliviando su
dolor en la certidumbre de mi simpatía; hablaba de la misma manera en que beben
los hombres sedientos. Le oí decir que su compromiso con Kurtz no había sido
aprobado por su familia. No era lo suficientemente rico, o algo así. Y, en efecto, no
sé si no había sido pobre toda su vida. Me había dado a entender que había sido la
impaciencia de una pobreza relativa lo que le había llevado allá.
“‘¿Quién, quién que lo hubiera oído hablar una sola vez no se convertía en su
amigo?’, decía. ‘Atraía a los hombres hacia él por lo que había de mejor en ellos.’ Me
miró con intensidad. ‘Es el don de los grandes hombres’, continuó, y el sonido de su
voz profunda parecía tener el acompañamiento de todos los demás sonidos, llenos
de misterios, desolación y tristeza que yo había oído en otro tiempo: el murmullo del
río el susurro de la selva sacudida por el viento, el zumbido de las multitudes, el débil
timbre de las palabras incomprensibles gritadas a distancia, el aleteo de una voz que
hablaba desde el umbral de unas tinieblas eternas. ‘¡Pero usted lo ha oído! ¡Usted lo
sabe!’, exclamó.
“‘¡Sí, lo sé’, le dije con una especie de desesperación en el corazón, pero incliné la
frente ante la fe que veía en ella, ante la grande y redentora ilusión que brillaba con un
resplandor sobrenatural en las tinieblas, en las tinieblas triunfantes de las que no
hubiera yo podido defenderla… de las que tampoco me hubiera yo podido defender.
“‘¡Qué pérdida ha sido para mí… para nosotros!’, se corrigió con hermosa
generosidad. Y añadió en un murmullo: ‘Para el mundo.’ Los últimos destellos del
crepúsculo me permitieron ver el brillo de sus ojos, llenos de lágrimas que no
caerían. ‘He sido muy feliz, muy afortunada. Demasiado feliz. Demasiado afortunada
por un breve tiempo. Y ahora soy desgraciada… para toda la vida.’
“Se levantó; su brillante cabello pareció atrapar toda la luz que aún quedaba en un
resplandor de oro. Yo también me levanté.
“‘Y de todo esto’, continuó tristemente, ‘de todo lo que prometía, de toda su grandeza,
de su espíritu generoso y su noble corazón no queda nada… nada más que un
recuerdo. Usted y yo…’
“‘Lo recordaremos siempre’, añadí con premura. “‘¡No!’, gritó ella. ‘Es imposible que
todo esto se haya perdido, que una vida como la suya haya sido sacrificada sin dejar
nada, sino tristeza. Usted sabe cuán amplios eran sus planes. También yo estaba
enterada de ellos, quizás no podía comprenderlos, pero otros los conocían. Algo
debe quedar. Por lo menos sus palabras no han muerto.’
“‘Sus palabras permanecerán’, dije.
“‘Y su ejemplo’, susurró, más bien para sí misma. ‘Los hombres le buscaban; la
bondad brillaba en cada uno de sus actos. Su ejemplo…’
“‘Es cierto’, dije, ‘también su ejemplo. Sí, su ejemplo. Me había olvidado.’
“‘Pero yo no. Yo no puedo… no puedo creer… no aún. No puedo creer que nunca más
volveré a verlo, que nadie lo va a volver a ver, nunca, nunca, nunca.’
“Extendió los brazos como si tratara de asir una figura que retrocediera, con las
pálidas manos enlazadas, a través del marchito y estrecho resplandor de la ventana.
¡No verlo nunca! Yo lo veía con bastante claridad en ese momento. Yo veré aquel
elocuente fantasma mientras viva, de la misma manera en que la veré a ella, una
sombra trágica y familiar, parecida en ese gesto a otra sombra, trágica también,
cubierta de amuletos sin poder, que extendía sus brazos desnudos frente al reflejo de
la infernal corriente, de la corriente que procedía de las tinieblas. De pronto dijo en
voz muy baja: ‘Murió como había vivido.’
“‘Su fin’, dije yo, con una rabia sorda que comenzaba a apoderarse de mí, ‘fue en
todo sentido digno de su vida.’
“‘Y yo no estuve con él’, murmuró. Mi cólera cedió a un sentimiento de infinita piedad.
“‘Todo lo que pudo hacerse…’, murmuré.
“‘¡Ah, pero yo creía en él más que cualquier otra persona en el mundo, más que su
propia madre, más que… que él mismo! ¡Él me necesitaba! ¡A mí! Yo hubiera
atesorado cada suspiro, cada palabra, cada gesto, cada mirada.’
“Sentí un escalofrío en el pecho. ‘No, no’, dije con voz sorda.
“‘Perdóneme, he padecido tanto tiempo en silencio… en silencio… ¿Estuvo usted con
él… hasta el fin? Pienso en su soledad. Nadie cerca que pudiera entenderlo como yo
hubiera podido hacerlo. Tal vez nadie que oyera…’
“‘Hasta el fin’, dije temblorosamente. ‘Oí sus últimas palabras…’ Me detuve lleno de
espanto.
“‘Repítalas’, murmuró con un tono desconsolado. ‘Quiero… algo… algo… para poder
vivir.’
“Estaba a punto de gritarle: ‘¿No las oye usted?’ La oscuridad las repetía en un
susurro que parecía aumentar amenazadoramente como el primer silbido de un
viento creciente. ‘¡Ah, el horror! ¡El horror!’
“‘Su última palabra… para vivir con ella’, insistía. ‘¿No comprende usted que yo lo
amaba… lo amaba?’
“Reuní todas mis fuerzas y hablé lentamente.
“‘La última palabra que pronunció fue el nombre de usted.’
“Oí un ligero suspiro y mi corazón se detuvo bruscamente, como si hubiera muerto
por un grito triunfante y terrible, por un grito de inconcebible triunfo, de inexplicable
dolor. ‘¡Lo sabía! ¡Estaba segura!…’ Lo sabía. Estaba segura. La oí llorar; ocultó el
rostro entre las manos. Me parecía que la casa iba a derrumbarse antes de que yo
pudiera escapar, que los cielos caerían sobre mi cabeza. Pero nada ocurrió. Los
cielos no se vienen abajo por semejantes tonterías. ¿Se habrían desplomado, me
pregunto, si le hubiera rendido a Kurtz la justicia que le debía? ¿No había dicho él
que sólo quería justicia? Pero me era imposible. No pude decírselo a ella. Hubiera
sido demasiado siniestro…”
Marlow calló, se sentó aparte, concentrado y silencioso, en la postura de un Buda en
meditación. Durante un rato nadie se movió.
—Hemos perdido el primer reflujo —dijo de pronto el director.
Yo levanté la cabeza. El mar estaba cubierto por una densa faja de nubes negras, y
la tranquila corriente que llevaba a los últimos confines de la tierra fluía
sombríamente bajo el cielo cubierto… Parecía conducir directamente al corazón de
las inmensas tinieblas.
El corazón de las tinieblas se terminó de imprimir en el mes de noviembre de
1998, en los talleres de Litoarte, S.A. de C.V., San Andrés Atoto 21-A, Col.
Industrial Atoto, Naucalpan, CP 53519, Estado de México, con un tiraje de 10 000
ejemplares.
Cuidado de edición y diseño de portada: Dirección General de Publicaciones del
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

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men age:47 ateo apatrida anarko padre viudo
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