Camino Hacia El Pasado – Mary Higgins Clark

 

Camino Hacia El Pasado

 

Mary Higgins Clark

 

 

 

Emily Graham es una joven abogada criminalista que intenta reconstruir su vida tras la amarga ruptura de su matrimonio una complicada situación personal que se ve agravada en el terreno profesional por su implicación en la investigación de dos asesinatos relacionados entre si pero distanciados en el tiempo por ciento diez años.

 

MARTES 20 DE MARZO

 

1

 

Se desvió por el paseo marítimo y notó todo el impacto del oleaje. Al observar el paso veloz de las nubes, pensó que más tarde podría nevar, aunque al día siguiente comenzaba la primavera. Había sido un invierno largo y todo el mun­do anhelaba la llegada del buen tiempo. Él no.

La época que más le gustaba de Spring Lake era el oto­ño. Para entonces, los veraneantes habían cerrado sus casas y ni siquiera aparecían los fines de semana.

No obstante, le molestaba que, con el paso de los años, más y más gente fuera vendiendo sus residencias invernales y estableciéndose en la población de manera permanente. Preferían desplazarse cien kilómetros para ir a trabajar a Nueva York y así poder empezar y terminar el día en aque­lla bonita y tranquila población costera de Nueva Jersey.

Spring Lake, con sus casas victorianas que parecían no haber cambiado un ápice desde la década de 1890, merecía las inconveniencias del desplazamiento, explicaban.

Spring Lake, con el fresco y tonificante aroma del mar siempre presente, vivificaba el alma, proclamaban.

Spring Lake, con su paseo de tablas de cuatro kilóme­tros, donde uno podía abismarse en la plateada magnifi­cencia del Atlántico, era un tesoro, comentaban.

Toda esa gente (los veraneantes y los residentes) com­partía muchas cosas, excepto sus secretos. Podía pasear por Hayes Avenue e imaginar a Madeline Shapley tal como era en el atardecer del 7 de septiembre de 1891, sentada en el sofá de mimbre del porche de su casa, con su sombrero de ala ancha al lado. Entonces tenía diecinueve años, ojos castaños, cabello castaño oscuro, resplandeciente con su vestido de algodón blanco.

Solo él sabía por qué debía morir una hora más tarde.

St. Hilda Avenue, sombreada por gruesos robles que habían sido meros árboles jóvenes el 5 de agosto de 1893, cuando Letitia Gregg, de dieciocho años, desapareció, le deparaba otras visiones. Estaba muy asustada. Al contrario de Madeline, que había luchado por su vida, Letitia había suplicado piedad.

La última del trío había sido Ellen Swain, menuda y ca­llada, pero demasiado fisgona, ansiosa por documentar las últimas horas de la vida de Letitia.

Y por culpa de su curiosidad, el 31 de marzo de 1896 había seguido a su amiga a la tumba.

Él conocía cada detalle, cada matiz de lo sucedido a Ellen Swain y a las demás.

Había encontrado el diario durante uno de aquellos chubascos que a veces caían en verano. Aburrido, había en­trado en la vieja cochera que hacía las veces de garaje.

Había subido los desvencijados escalones hasta el atestado y polvoriento desván y, a falta de algo mejor que hacer, empezó a investigar en las cajas que había descu­bierto.

La primera estaba llena de cachivaches inútiles: viejas lámparas oxidadas, ropa descolorida y anticuada, ollas, sartenes, una tabla de fregar y polveras astilladas con los espejitos rajados o empañados. Eran de esos objetos que uno aparta de su vista con la intención de arreglarlos o ti­rarlos y que después olvida por completo.

Otra caja contenía gruesos álbumes de páginas desme­nuzadas, llenos de fotos de personas que posaban con rigi­dez y expresión severa, como si se negaran a delatar sus sentimientos a la cámara.

Una tercera contenía libros polvorientos e hinchados por la humedad, con el texto casi borrado. Siempre había sido un buen lector, y aunque en aquella época solo tenía

catorce años, le bastó leer los títulos para descartarlos. No había ninguna obra maestra escondida.

Había una docena más de cajas llenas de cosas simila­res, sin valor.

Mientras devolvía todo a las cajas, topó con un volu­men encuadernado en piel podrida, oculto dentro de lo que parecía otro álbum de fotos. Lo abrió y descubrió que esta­ba lleno de páginas escritas.

La primera anotación correspondía al 7 de septiembre de 1891. Empezaba con las palabras «Madeline ha muerto a mis manos».

Cogió el diario y no se lo contó a nadie. A lo largo de los años, lo había leído casi cada día, hasta que se convirtió en parte integral de su memoria. Con el tiempo, comprendió que se había identificado con el autor: compartía su sensación de superioridad sobre las víctimas, se reía con su interpretación cuando fingía acompañar en su dolor a los afligidos.

Lo que empezó como una fascinación se convirtió poco a poco en una obsesión absoluta, una necesidad de revivir el trayecto criminal del autor del diario. Compartir sus vi­vencias de una forma vicaria ya no era suficiente.

Cuatro años y medio antes, había cometido el primer asesinato.

Martha tenía veintiún años cuando el destino la condu­jo a estar presente en la fiesta anual que sus abuelos cele­braban a finales de verano. Los Lawrence eran una familia importante, establecida en Spring Lake desde hacía mucho tiempo. Asistió a la fiesta y la conoció allí. Al día siguiente, 7 de septiembre, la joven se levantó temprano para ir a co­rrer por el paseo de tablas. Nunca volvió a casa.

Ahora, transcurridos más de cuatro años, la investiga­ción sobre su desaparición todavía continuaba. En una reu­nión reciente, el fiscal del condado de Monmouth había ju­rado que no cejaría en el empeño de averiguar la verdad sobre lo sucedido a Martha Lawrence. Mientras escuchaba los juramentos vanos, rió por lo bajo.

Cuánto le gustaba participar en las sombrías discusiones sobre Martha que de vez en cuando se suscitaban alre­dedor de la mesa del comedor.

«Podría contároslo todo, hasta el último detalle -pen­saba-, y también podría hablaros de Carla Harper.» Dos años antes, pasó ante el hotel Warren y la vio bajar la esca­lera. Al igual que Madeline, tal como estaba descrita en el diario, llevaba un vestido blanco, aunque el suyo, sin man­gas y ceñido, revelaba hasta el último centímetro de su cuerpo joven y esbelto. Empezó a seguirla.

Cuando desapareció, al cabo de tres días, todo el mun­do creyó que Carla había sido abordada en el viaje de re­greso a su casa de Filadelfia. Ni siquiera el fiscal, tan deci­dido a solucionar el misterio de la desaparición de Martha, sospechaba que Carla jamás había abandonado Spring Lake.

Mientras se regodeaba con la idea de su omnisciencia, se unió de buen humor a la gente que caminaba por el pa­seo e intercambió trivialidades con varios amigos, admi­tiendo que el invierno insistía en despedirse con una traca final.

Pero incluso mientras conversaba con ellos, sentía que se removía en su interior la necesidad de completar su pro­pio trío de víctimas. El aniversario final se estaba acercan­do y aún no la había elegido.

En la ciudad se comentaba que Emily Graham, la com­pradora de Casa Shapley, como todavía se la conocía, era descendiente de los primeros propietarios.

La había buscado en Internet. Treinta y dos años, divor­ciada, abogada criminalista. Había ganado mucho dinero después de recibir un paquete de acciones, regalado por el agradecido propietario de una empresa de informática al que había defendido con éxito. Cuando pudo vender el paquete, ganó una fortuna.

Averiguó que Graham había sido acosada por el hijo de la víctima de un asesinato, después de que ella consiguie­ra la absolución del acusado. El hijo, que protestó por el ve­redicto, estaba ahora en un centro psiquiátrico. Interesante.

Aún más interesante: Emily se parecía mucho al retrato que había visto de su antepasada Madeline Shapley. Tenía los mismos ojos castaños grandes y pestañas largas. El mis­mo pelo castaño oscuro con vetas rojizas. La misma boca adorable. El mismo cuerpo alto y esbelto.

Había diferencias, por supuesto. Madeline había sido inocente, confiada, sencilla, romántica. No cabía duda de que Emily Graham era una mujer inteligente y sofisticada. Consti­tuía un reto mayor que las demás, lo cual la hacía todavía más apetecible. ¿Era acaso la destinada a completar el trío?

La perspectiva comportaba un orden, una exactitud, que le provocó un escalofrío de placer.

 

2

 

 

Emily exhaló un suspiro de alivio cuando dejó atrás el le­trero indicador de que había llegado a Spring Lake.

-¡Lo he conseguido! -dijo en voz alta-. Aleluya.

Había empleado casi ocho horas en el trayecto desde Albany. Se había ido durante lo que, en teoría, debían ser «chubascos de nieve entre leves y moderados», pero que habían dado paso a una ventisca que solo empezó a apaci­guarse cuando salió del condado de Rockland. Durante el camino, el número de colisiones que presenció en la auto­pista estatal de New York le recordó los autos de choque que tanto le habían gustado de niña.

En un tramo despejado aceleró, y entonces fue testigo de un derrape terrorífico. Por un momento dio la impresión de que dos vehículos iban a chocar de frente, pero uno de los conductores evitó la colisión al recuperar el control y girar a la derecha una fracción de segundo antes del encontronazo.

«Me recuerda lo que ha sido mi vida estos dos últimos años -había pensado mientras aminoraba la velocidad-. Siem­pre en el carril de aceleración, a veces a punto de estrellarme. Necesitaba un cambio de dirección y un cambio de ritmo». Como su abuela había dicho, «Emily, acepta ese trabajo en Nueva York. Me sentiré mucho más tranquila cuando vi­vas a trescientos kilómetros de distancia. Un ex marido de­sagradable y un acosador al mismo tiempo son demasiado para mí».

Y después, como era habitual, continuó: «Para serte sin­cera, nunca tendrías que haberte casado con Gary White. El hecho de que tres años después del divorcio tuviera las aga­llas de intentar demandarte porque ahora tienes dinero, sólo demuestra que yo tenía razón desde el primer momento».

Recordando las palabras de su abuela, Emily sonrió sin querer mientras atravesaba las calles oscurecidas. Echó un vistazo al tablero de mandos. La temperatura exterior era de tres grados y el parabrisas se estaba empañando. El mo­vimiento de las ramas de los árboles indicaba fuertes ra­chas de viento procedentes del mar.

Pero las casas, casi todas de estilo Victoriano y restauradas, parecían seguras y acogedoras. «Mañana seré oficialmente propietaria de una casa de Spring Lake -meditó Emily-. 21 de marzo. El equinoccio. Luz y noche a partes iguales. El mundo equilibrado.»

Era un pensamiento consolador. En los últimos tiempos había experimentado suficientes turbulencias como para desear y necesitar un período de paz absoluta. Había tenido muy buena suerte, pero también problemas aterradores que se habían estrellado como meteoros entre sí. Sin embargo, como afirmaba el viejo dicho, todo lo que sube baja, y sólo Dios sabía que ella era la prueba viviente de tal aserción.

Pensó en pasar junto a la casa, pero luego desechó la idea. Todavía no acababa de creerse que, en pocas horas, sería suya. Incluso antes de verla por primera vez, hacía tres meses, había constituido una vivida presencia en sus imaginaciones infantiles, casi irreal y mezclada con cuentos de hadas. Luego, cuando entró en ella por primera vez, ha­bía experimentado la sensación de volver a casa. El agente de la propiedad inmobiliaria había comentado que todavía la llamaban Casa Shapley.

 

«Basta ya de conducir -decidió-. Ha sido un día muy largo.» Los de la compañía de mudanzas, la Concord Reliable Movers, tenían que haber aparecido a las ocho de la mañana. Casi todos los muebles que deseaba guardar ya estaban en su nuevo apartamento de Manhattan, pero cuando su abuela se mudó a una casa más pequeña, le rega­ló varias piezas antiguas excelentes, de modo que había muchas cosas que trasladar.

-Estaremos a primera hora -le había prometido el em­pleado de la Concord con vehemencia—. Confíe en mí.

La camioneta no apareció hasta mediodía. Como resul­tado, se marchó mucho más tarde de lo que esperaba, y ahora eran casi las diez y media.

«Alójate en la fonda -decidió-. Una ducha caliente -pensó con anhelo-. Mira el telediario de las once. Des­pués, como escribió Samuel Pepys[1], “y así a la cama”.»

La primera vez que había ido a Spring Lake, y había en­tregado impulsivamente una paga y señal por la casa, se había hospedado unos días en la Candlelight Inn para asegurarse de haber tomado la decisión correcta. Ella y la pro­pietaria de la fonda, una septuagenaria llamada Carrie Roberts, habían hecho buenas migas al momento. La había llamado desde el coche para anunciar que llegaría tarde, pero Carrie afirmó que no habría problemas.

«Tuerce a la derecha por Ocean Avenue, y después si­gue cuatro manzanas más.» Unos momentos después, con un suspiro de agradecimiento, Emily apagó el motor y sacó una maleta del asiento posterior.

El recibimiento de Carrie fue breve y cordial.

-Pareces agotada, Emily. La cama está preparada. Di­jiste que pararías a cenar, así que te he dejado un termo con chocolate caliente y unas galletas en la mesita de noche. Hasta mañana.

La ducha caliente. Un camisón y su albornoz favorito.

Mientras bebía el chocolate, Emily vio las noticias y notó que la rigidez de sus músculos, debida al largo viaje, empe­zaba a desaparecer.

Nada más apagar el televisor, sonó su móvil. Cuando lo cogió, ya sabía quién era.

-Hola, Emily.

Sonrió al oír la voz preocupada de Eric Bailey, el genio tímido por el que ahora estaba en Spring Lake.

Mientras le aseguraba que el viaje había sido relativa­mente cómodo y sin contratiempos, pensó en el día que le había conocido, cuando él se mudó a un despacho contiguo al suyo del tamaño de un ropero. De la misma edad, nacidos con una semana de diferencia, se habían hecho amigos, y Emily advirtió que, bajo su aspecto tímido y desvalido, Eric había recibido el don de una inteligencia superior.

Un día, al verle deprimido, le hizo revelar el motivo de su desazón. Un importante distribuidor de software, enterado de que no podía permitirse un abogado caro, había presen­tado una demanda contra su empresa de informática.

Ella aceptó el caso sin pedir honorarios, y bromeó con que empapelaría las paredes de su despacho con los certifi­cados de las acciones que Eric le había prometido.

Pero ganó el caso. Eric hizo una oferta pública de las acciones, que aumentaron de cotización al instante. Cuan­do sus acciones alcanzaron un valor de diez millones de dó­lares, Emily las vendió.

Ahora, el nombre de Eric constaba en un bonito edificio de oficinas nuevo. Era un fanático de las carreras de coches, y compró una hermosa casa antigua en Saratoga, desde la cual iba a trabajar a Albany. Su amistad había continuado, y la apoyó sin fisuras durante el tiempo que duró el acoso. Hasta instaló una cámara de alta tecnología en su casa de la ciudad. La cámara había grabado en cinta al acosador.

-Solo quería saber si habías llegado bien. Espero no ha­berte despertado.

Charlaron durante unos minutos y se prometieron que volverían a hablar pronto. Cuando Emily desconectó el móvil, se acercó a la ventana y la abrió un poco. Una ráfa­ga de aire frío y salado le provocó una exclamación ahoga­da, pero inhaló una profunda bocanada. «Es una tontería -pensó-, pero ahora me parece que toda la vida he echado de menos el olor del mar.»

Se dirigió hacia la puerta para comprobar que las dos cerraduras estaban bien cerradas. «Basta de hacer eso -se reprendió-. Ya lo has comprobado antes de ducharte.»

Pero durante el año anterior mientras duraba la captu­ra del acosador, pese a sus esfuerzos por convencerse de que, si hubiera querido hacerle daño, podría haberlo conseguido en múltiples ocasiones, empezó a sentirse temerosa y aprensiva.

Carrie le había dicho que era la única huésped de la fonda.

-El fin de semana está completo -dijo-. Las seis habita­ciones. El sábado hay un banquete de boda en el club de campo. Y después del Memorial Day[2], olvídalo. No me queda libre ni un ropero.

«En cuanto oí que sólo estaríamos las dos, empecé a preguntarme si las puertas de la calle estaban cerradas y la alarma conectada», pensó Emily, irritada de nuevo por no poder controlar su angustia.

Se quitó el albornoz. «No pienses en eso ahora», se advirtió.

Pero sus manos se humedecieron de sudor cuando re­cordó la primera vez que había llegado a casa y comprendió que él había estado allí. Apoyada contra la lámpara de la mesita de noche, encontró una foto de ella de pie en la coci­na, vestida con un albornoz y una taza de café en la mano. Nunca había visto esa foto. Aquel día había cambiado las cerraduras de la casa y colocado una persiana sobre la ven­tana de encima del fregadero.

Después se habían sucedido diversos incidentes con fo­tografías de ella en casa, en la calle, en el despacho. A veces, una sedosa voz depredadora la llamaba para comentar lo que llevaba puesto.

«Esta mañana, cuando corrías, estabas muy guapa, Emily… Con ese cabello oscuro, no pensaba que me gusta­rías de negro… Me gustan esos pantalones cortos rojos. Tienes unas piernas preciosas…»

Y después aparecía una foto de ella con el atuendo des­crito en el buzón de su casa, en el parabrisas de su coche, doblada dentro del periódico de la mañana que le dejaban ante la puerta.

La policía había seguido el rastro de las llamadas tele­fónicas, pero todas habían sido hechas desde cabinas dife­rentes. Los intentos de descubrir huellas dactilares en los objetos recibidos fueron infructuosos.

Durante más de un año, la policía había sido incapaz de capturar al acosador.

«Ha logrado la absolución de algunas personas acusa­das de crímenes horrorosos, señorita Graham -dijo Marty Browski, el jefe de detectives-. Podría ser un familiar de al­guna víctima. Podría ser alguien que la vio en un restauran­te y la siguió hasta casa. O alguien enterado de que ha ga­nado mucho dinero y se la tiene jurada.»

Y después descubrieron a Ned Koehler, el hijo de una mujer cuyo presunto asesino había sido declarado inocente, acechando en los alrededores de su casa. «Ahora ya no pisa las calles -se tranquilizó Emily-. Ya no tengo que preocu­parme por él. Recibirá el tratamiento adecuado.»

Estaba en un centro psiquiátrico del estado de Nueva York, y esto era Spring Lake, no Albany. «Perdido de vista, borrado de mi mente», rezó Emily. Se metió en la cama, se tapó con la manta y extendió la mano hacia el interruptor de la luz.

Al otro lado de Ocean Avenue, desde la playa, a la som­bra del paseo desierto, un hombre observaba de pie la habi­tación, mientras el viento del océano agitaba su cabello.

—Que duermas bien, Emily -susurró con voz plácida.

 

 

 

 

MIÉRCOLES   21   DE MARZO

 

3

 

 

Con su maletín bajo el brazo, Will Stafford salió por la puerta lateral de su casa y se encaminó a grandes zancadas hacia la cochera reconvertida que, como casi todas las que todavía existían en Spring Lake, hacía las veces de garaje. La lluvia había cesado durante la noche y el viento se había encalmado. Aun así, el primer día de primavera era frío, y a Will se le pasó un momento por la cabeza que tal vez ha­bría debido coger un impermeable antes de salir.

«Mira lo que pasa cuando el último cumpleaños de la treintena se acerca -se dijo con pesar-. Sigue así y en julio te pondrás orejeras.»

Abogado de bienes raíces, había quedado para desayu­nar con Emily Graham en Who’s on Third?, el extravagan­te café de Spring Lake. Desde allí irían a echar un último vistazo a la casa que iba a comprar y terminarían en su des­pacho para cerrar el trato.

Mientras Will daba marcha atrás a su viejo jeep por el camino de acceso, pensó que el día de hoy no era muy diferente de aquel de finales de diciembre, cuando Emily Graham había entrado en su oficina de la Tercera Ave­nida.

«Acabo de entregar la paga y señal de una casa -anun­ció-. He pedido a la agente que me recomendara un aboga­do de bienes raíces. Mencionó a tres, pero soy bastante buena a la hora de juzgar la declaración de un testigo. Se decantó por usted. Aquí está el recibo.»

Estaba tan entusiasmada con la casa que ni siquiera se presentó, recordó Will con una sonrisa. Supo su nombre por la firma del recibo: EMILY S. GRAHAM.

No abundaban las chicas atractivas que podían pagar dos millones de dólares en metálico por una casa, pero cuando sugirió que pensara en la posibilidad de solicitar una hipoteca por la mitad del total, Emily le había explica­do que no concebía deber un millón a un banco.

Llegó diez minutos antes, pero ella ya estaba sentada, tomando café. «¿Para colocarse en situación de ventaja, o es compulsivamente puntual?», se preguntó Will.

Después se preguntó si podía leer su mente.

-No suelo ser la primera en llegar a una cita -explicó Emily-, pero tengo tantas ganas de cerrar el trato que me he adelantado.

En aquella primera cita de diciembre, cuando Will supo que sólo había visto una casa, dijo:

-No me gusta echar piedras sobre mi propio tejado, se­ñorita Graham, pero ¿me está diciendo que acaba de ver la casa por primera vez? ¿No echó un vistazo a las demás? ¿Es la primera vez que viene a Spring Lake? ¿No hizo una contraoferta, sino que pagó lo que le pedían? Sugiero que lo medite con detenimiento. La ley estipula que tiene tres días para retirar su oferta.

Fue entonces cuando ella le dijo que la casa había per­tenecido a su familia y que la S de su primer apellido co­rrespondía a Shapley.

Emily pidió zumo de pomelo, un solo huevo revuelto y tostadas.

Mientras Will Stafford estudiaba la carta, ella le estu­diaba a él, y dio su aprobación a lo que veía. Era un hom­bre atractivo, de un metro ochenta, delgado, de espaldas anchas y cabello rubio. Sus ojos azul oscuro y su mandíbu­la cuadrada destacaban en su rostro de facciones regulares.

Ya en su primera reunión le había gustado su combina­ción de simpatía indolente y preocupación cautelosa. No todos los abogados intentaban quedarse sin caso. Le preocupaba que fuera demasiado impulsiva.

Excepto un día de enero en que había volado desde Albany y regresado por la tarde, su comunicación se había li­mitado al correo o al teléfono. Aun así, todos los contactos confirmaban que Stafford era un abogado muy meticuloso.

Los Kiernan, el matrimonio que vendía la casa, sólo la habían disfrutado durante tres años, y se habían dedicado a restaurarla con todo mimo. Se hallaban en la fase final de la decoración interior, cuando a Wayne Kiernan le ofrecie­ron un cargo prestigioso y lucrativo que exigía residencia permanente en Londres. Emily intuía que desprenderse de la casa había constituido una decisión dolorosa para ambos.

En aquella visita apresurada de enero, Emily recorrió cada habitación acompañada de los Kiernan y compró los muebles, alfombras y objetos de la era victoriana que con tanto cariño habían adquirido y que ahora necesitaban vender. La propiedad era espaciosa, y un contratista acaba­ba de terminar una caseta de baño y había iniciado las obras de excavación de una piscina.

-Lo único que me sobra es la piscina -dijo a Stafford, mientras la camarera volvía a llenar sus tazas-. Siempre iré a nadar al mar, pero puesto que la caseta de baño ya está construida, parece un poco tonto no seguir adelante con la piscina. En cualquier caso, a los críos de mis hermanos les encantará cuando vengan a verme.

Will Stafford se había ocupado de todo el papeleo con­cerniente a los diversos contratos. Era un buen oyente, de­cidió Emily, mientras le contaba su infancia en Chicago.

—Mis hermanos me llaman la «ocurrencia tardía» -dijo sonriente—. Tienen diez y doce años más que yo. Mi abuela materna vive en Albany. Yo fui al Skidmore College de Saratoga Springs, que está a tiro de piedra, y pasaba gran parte de mi tiempo libre con ella. Su abuela era la hermana me­nor de Madeline, la chica de diecinueve años desaparecida en 1891.

Will Stafford reparó en la sombra que nubló el rostro de Emily, pero ésta suspiró y continuó. -Bien, eso fue hace mucho, ¿verdad?

-Muchísimo -admitió-. Creo que no me has dicho cuánto tiempo piensas pasar aquí. ¿Vas a mudarte de inme­diato, vendrás los fines de semana, o qué?

Emily sonrió.

-Pienso mudarme en cuanto reciba el título de propie­dad. Todas las cosas básicas que necesito ya están aquí, in­cluyendo las ollas, las sartenes y la mantelería. El camión de mudanzas de Albany llegará mañana con las pocas co­sas que me traigo.

-¿Aún conservas la casa de Albany?

-Ayer fue mi último día. Aún estoy montando mi apar­tamento de Manhattan, de modo que estaré yendo y vinien­do hasta el 1 de mayo. Entonces empezaré mi nuevo trabajo. Después seré una residente de vacaciones y fines de semana.

-Te habrás dado cuenta de que has despertado mucha curiosidad aquí-la previno Will-. Sólo quiero que sepas que no fui yo quien filtró tu pertenencia a la familia Shapley.

La camarera puso los platos en la mesa. Emily no espe­ró a que se marchara para contestar.

-No intento mantenerlo en secreto, Will. Se lo dije a los Kiernan y a Joan Scotti, la agente de bienes raíces. Me dijo que hay familias cuyos antepasados vivían aquí cuando la hermana de mi bisabuela desapareció. Me gustaría enterar­me de si saben algo de ella, aparte de que, por lo visto, de­sapareció de la faz de la tierra. Saben que estoy divorciada y que trabajaré en Nueva York, de modo que nada de secre­tos culpables.

-No te imagino ocultando secretos culpables.

Emily confió en que su sonrisa no pareciera forzada. «Intento guardar para mí el hecho de que he pasado bas­tante tiempo en los tribunales este último año, pero no en funciones de abogada», pensó. Había sido la demandada en el pleito presentado por su ex marido, el cual alegaba que tenía derecho a la mitad del dinero que ella había gana­do con las acciones, y también había sido testigo de la acu­sación en el juicio contra su acosador.

-En cuanto a mí -continuó Stafford-, no me lo has pre­guntado, pero te lo contaré de todos modos. Nací y me crié a una hora de aquí, en Princeton. Mi padre era director ejecu­tivo y presidente de la junta directiva de Lionel Pharmaceuticals, en Manhattan. Mi madre y él se separaron cuando yo tenía dieciséis años y, como mi padre viajaba mucho, me trasladé con mi madre a Denver y terminé allí el instituto y la universidad.

Acabó de comer la salchicha.

-Cada mañana me digo que tomaré fruta y gachas, pero unas tres mañanas a la semana sucumbo al ansia de colesterol. Es evidente que tienes más fuerza de voluntad que yo.

-No necesariamente. Ya he decidido que la próxima vez que venga aquí a desayunar tomaré lo mismo que aca­bas de zamparte.

—Te habría dado un pedazo. Mi madre me enseñó a com­partir las cosas. -Consultó el reloj y pidió la cuenta-. No quiero meterte prisas, Emily, pero son las nueve y media. Los Kiernan son los vendedores más reticentes que he cono­cido. No les hagamos esperar, no sea que cambien de opi­nión con respecto a la casa. Para concluir la muy poco emo­cionante historia de mi vida -añadió, mientras esperaban la cuenta-, me casé después de terminar la carrera de derecho. Al cabo de un año, los dos sabíamos que había sido un error.

-Tienes suerte -comentó Emily-. Mi vida habría sido mucho más sencilla si hubiera tenido tu inteligencia.

—Me trasladé al este y entré en el departamento legal de Canon and Rhodes, un bufete de bienes raíces muy impor­tante de Manhattan, como quizá sabrás. Era un trabajo estupendo, pero muy exigente. Quería un lugar donde pasar los fines de semana y vine a mirar aquí. Compré una casa vieja que necesitaba muchas obras. Me gusta trabajar con las manos.

-¿Por qué Spring Lake?

-Cuando era niño, en verano nos hospedábamos du­rante dos semanas en el hotel de Essex y Sussex. Fueron tiempos felices.

Se encogió de hombros.

La camarera dejó la cuenta en la mesa. Will sacó su cartera.

—Hace doce años decidí que me gustaba vivir aquí y que odiaba trabajar en Nueva York, así que abrí esta oficina. Mucho trabajo de bienes raíces, tanto residencial como co­mercial. Y a propósito, vamos a ver a los Kiernan.

Se levantaron al mismo tiempo.

Pero los Kiernan ya se habían ido de Spring Lake. Su abo­gado explicó que tenía poderes para ejecutar el traspaso. Emily recorrió con él todas las habitaciones y se deleitó con los detalles arquitectónicos que antes no había apreciado por completo.

-Sí, estoy muy satisfecha de que todo lo que compré esté aquí y de que la casa se encuentre en perfectas condi­ciones -le dijo.

Intentó reprimir su impaciencia por cerrar el trato. Ansia­ba estar sola en la casa, pasear por las habitaciones y reordenar los muebles de la sala de estar, para que los sofás queda­ran encarados en ángulos rectos en relación con la chimenea.

Necesitaba dejar su impronta en la casa, hacerla suya. Siempre había pensado que la casa de Albany era un lugar provisional, aunque había vivido en ella tres años, desde que regresara de ver a sus padres en Chicago un día antes de lo previsto y encontrara a su marido fundido en un abrazo íntimo con su mejor amiga, Barbara Lyons. Reco­gió sus maletas, volvió al coche y se alojó en un hotel. Al cabo de una semana, alquiló la vivienda.

El hogar que compartía con Gary era propiedad de su acaudalada familia. Nunca lo había sentido como suyo. Sin embargo, pasear por esta casa parecía evocar memorias sensoriales.

-Casi tengo la sensación de que me está dando la bien­venida -dijo a Will Stafford.

-Podría ser. Deberías ver la expresión de tu cara. ¿Dis­puesta a ir a mi despacho para firmar los papeles?

Tres horas más tarde, Emily volvió a la casa.

-Hogar, dulce hogar -dijo cuando bajó del coche y abrió el maletero para coger las verduras que había com­prado después del traspaso.

Estaban excavando la piscina cerca de la nueva caseta de baño. Tres hombres se encontraban trabajando en la obra. Después de recorrer la casa le habían presentado a Manny Dexter, el capataz. La vio y agitó la mano a modo de saludo.

El ruido de la excavadora ahogó sus pasos cuando co­rrió por el camino de losas azules hacia la puerta posterior. Podría pasar sin ella, pensó, pero luego recordó que sus hermanos y su familia estarían encantados con la piscina cuando fueran a visitarla.

Llevaba uno de sus conjuntos favoritos; un traje panta­lón verde oscuro de invierno y un jersey blanco de cuello alto. Pese a lo abrigada que iba, Emily se estremeció cuan­do pasó la bolsa del colmado de un brazo al otro e introdu­jo la llave en la puerta. Una ráfaga de viento le tiró el pelo sobre la cara y, mientras lo echaba hacia atrás, movió la bolsa y una caja de cereales cayó al suelo del porche.

Ese segundo en que se agachó para recogerla, hizo que Emily siguiera fuera cuando Manny Dexter gritó al obrero de la excavadora:

-¡Para ese trasto! ¡Deja de excavar! ¡Ahí abajo hay un esqueleto!

 

4

 

El detective Tommy Duggan no siempre estaba de acuerdo con su superior, Elliot Osborne, fiscal del condado de Monmouth. Tommy sabía que Osborne consideraba su in­cesante investigación de la desaparición de Martha Lawrence como una obsesión que sólo conseguiría mantener a su asesino en estado de máxima alerta.

«A menos que el asesino sea un chiflado que dejó el cuerpo tirado a cientos de kilómetros de aquí», puntualiza­ba Osborne.

Tommy Duggan había sido detective durante los últi­mos quince de sus cuarenta y dos años. En ese tiempo, se había casado y había engendrado dos hijos, y había visto cómo la línea de su cabello se retiraba hacia el sur, en tanto su cintura se proyectaba hacia el este y el oeste. Con su cara redonda y risueña y su sonrisa pronta, daba la impresión de ser un individuo bonachón que nunca se había topado con un problema más grave que una rueda pinchada.

De hecho, era un investigador de primera. En el depar­tamento le admiraban y envidiaban por su habilidad para recoger cualquier información, en apariencia inútil, y seguirla hasta demostrar que era crucial para el caso. A lo largo de los años, Tommy había rechazado generosas ofer­tas de empresas de seguridad privadas. Adoraba su trabajo.

Toda su vida había vivido en Avon by the Sea, una ciu­dad costera situada a pocos kilómetros de Spring Lake. Mientras estudiaba en la universidad, había trabajado de botones y de camarero en el hotel Warren de Spring Lake. Así había llegado a conocer a los abuelos de Martha Law­rence, que comían con regularidad en el hotel.

Una vez más, sentado en su cubículo particular, dedica­ba la hora de comer a repasar el expediente de la mucha­cha. Sabía que Elliot Osborne quería atrapar al asesino de Martha Lawrence tanto como él. Lo único que les diferen­ciaba era la forma de resolver el crimen.

Tommy contempló la fotografía de Martha, tomada en el paseo marítimo de Spring Lake. Vestía camiseta y panta­lones cortos. El largo cabello rubio le acariciaba los hom­bros, y su sonrisa era radiante y confiada. Era una belleza de veintiún años que debería haber podido vivir cincuenta o sesenta años más. En cambio, le quedaban menos de cua­renta y ocho horas.

Tommy meneó la cabeza y cerró el expediente. Estaba convencido de que, si continuaba visitando de manera re­gular a la gente de Spring Lake, tarde o temprano toparía con un hecho crucial, alguna información que antes había pasado por alto y le conduciría hasta la verdad. Por ello, era una figura familiar para los vecinos de los Lawrence y para todos los que habían estado en contacto con Martha durante las últimas horas de su vida.

Los empleados del servicio de catering que habían tra­bajado en la fiesta de los Lawrence, la noche anterior a la desaparición de Martha, estaban en la nómina de la empre­sa desde hacía mucho tiempo. Había hablado con ellos en repetidas ocasiones, sin obtener hasta el momento ninguna información valiosa.

La mayoría de los invitados que habían asistido a la fiesta eran vecinos de la localidad, o bien veraneantes que tenían la casa abierta durante todo el año e iban los fines de semana. Tommy siempre llevaba, doblada en la cartera, una lista de los invitados. No representaba un gran esfuer­zo llegarse hasta Spring Lake y charlar con un par de ellos.

Martha había desaparecido mientras corría. Algunas de las personas que solían correr por la mañana afirmaron haberla visto cerca de North Pavilion. Todas habían sido investigadas y descartadas.

Tommy Duggan suspiró cuando cerró el expediente y lo devolvió al cajón superior. No creía que un forastero se hubiera detenido al azar en Spring Lake y hubiera secues­trado a Martha. Estaba seguro de que el culpable era al­guien en quien ella confiaba.

«Y estoy trabajando en mi tiempo libre», pensó con amargura, mientras observaba la comida que le había pre­parado su esposa.

El médico le había dicho que debía perder unos diez ki­los. Mientras desenvolvía un bocadillo de atún con pan in­tegral, pensó que Suzie estaba decidida a hacerle adelgazar matándolo de hambre.

Sonrió de mala gana y admitió que la dieta le estaba afectando. Lo que en realidad necesitaba era una buena lon­cha de jamón con queso sobre pan de centeno, con ensalada de patata como acompañamiento. Y encurtidos, añadió.

Mientras mordía el bocadillo, recordó que, si bien Osborne había vuelto a hacer otro comentario sobre sus obse­sivos esfuerzos en el caso Lawrence, la familia de Martha no opinaba igual.

De hecho, la abuela de Martha, una elegante y hermosa octogenaria, se mostró más contenta de lo que él había es­perado cuando pasó a verla la semana anterior. Entonces le contó la buena noticia: la hermana de Martha, Christine, acababa de tener un niño.

-George y Amanda están que no caben en sí de gozo —dijo—. Es la primera vez que les veo sonreír en estos últi­mos cuatro años y medio. Sé que tener un nieto les ayudará a superar la pérdida de su hija.

George y Amanda eran los padres de Martha.

-De alguna manera -continuó la señora Lawrence-, to­dos aceptamos que Martha ya no está con nosotros. Nunca habría desaparecido por voluntad propia. Lo que nos ate­rra es la espantosa posibilidad de que un psicópata la se­cuestrara y la retenga prisionera. Todo sería más fácil si es­tuviéramos seguros de que ha muerto.

La habían visto por última vez en el paseo marítimo a las seis y media de la mañana del 7 de septiembre, hacía cuatro años y medio.

Mientras Tommy terminaba su bocadillo sin mucho entusiasmo, tomó una decisión. A las seis de la mañana del día siguiente, iría a correr al paseo marítimo de Spring Lake.

Le ayudaría a rebajar los diez kilos, pero había otra cosa. Empezaba a experimentar esa sensación que a veces aparecía cuando trabajaba intensamente en un homicidio y, por más que intentara soslayarla, no se alejaba.

Estaba cerrando el cerco alrededor del asesino.

Sonó su teléfono. Lo descolgó mientras mordisqueaba una manzana que, en teoría, constituía el postre. Era la se­cretaria de Osborne.

-Tommy, reúnete con el jefe ahora mismo en su coche.

Elliot Osborne estaba subiendo al asiento de atrás, cuando Tommy llegó bufando a la sección de plazas reser­vadas del aparcamiento. Osborne no habló hasta que el co­che salió y el conductor conectó la sirena.

—Acaban de desenterrar un esqueleto en la Hayes Ave-nue de Spring Lake. El propietario estaba excavando una piscina.

Antes de que Osborne pudiera continuar, sonó el telé­fono del coche. El conductor contestó y se lo pasó al fiscal.

-Es Newton, señor.

Osborne alzó el teléfono para que Tommy pudiera oír lo que decía el jefe del equipo forense.

-Menudo caso te ha caído encima, Elliot. Hay restos de dos cuerpos enterrados aquí y, por su aspecto, uno lleva se­pultado mucho más tiempo que el otro.

 

 

5

 

 

 

Después de llamar a la policía, Emily corrió afuera, se detu­vo al borde del agujero y vio lo que parecía un esqueleto humano.

Como abogada criminalista había visto docenas de fo­tos de cadáveres. Muchos rostros estaban petrificados en una expresión de miedo. En otros había detectado una ex­presión de súplica en sus ojos abiertos. Pero nada la había afectado tanto como el aspecto de esta víctima.

El cuerpo estaba envuelto en grueso plástico transpa­rente. El plástico se había desmenuzado pero, aunque la carne se había desprendido, había conseguido mantener los huesos intactos. Por un momento pensó que acababan de descubrir casualmente los restos de la hermana de su bisabuela. Pero rechazó esa posibilidad. En 1891, cuando Madeline desapareció, aún no habían inventado el plásti­co, de manera que no podía ser ella.

Cuando el primer coche policial subió por el camino de entrada, con la sirena sonando, Emily volvió a la casa. Era inevitable que la policía quisiera hablar con ella y necesita­ba reconcentrarse.

«Reconcentrarse»: una expresión de su abuela.

Las bolsas de comida seguían sobre la encimera, donde las había dejado en su prisa por llegar al teléfono. Llenó la tetera con precisión robótica, la puso sobre un quemador, encendió la llama, clasificó los contenidos de las bolsas y guardó los alimentos frescos en la nevera. Vaciló un mo­mento, y empezó a abrir y cerrar armarios.

-No recuerdo dónde van los comestibles -dijo en voz baja, frenética, y después comprendió que su estallido de irritación infantil se debía al sobresalto.

La tetera empezó a silbar. «Una taza de té -pensó-. Eso me despejará la cabeza.»

Desde un ventanal de la cocina se dominaba el terreno situado detrás de la casa. Emily se paró ante él con la taza en la mano y observó la tranquila eficacia con que se acordonaba el perímetro de la excavación.

Llegaron fotógrafos de la policía y empezaron a tomar foto tras foto de la obra. Sabía que debía ser un forense ex­perto quien bajara a la excavación, cerca del lugar donde habían encontrado el esqueleto.

También sabía que los restos serían trasladados al de­pósito de cadáveres y examinados. Después se realizaría una descripción que proporcionaría el sexo de la víctima, la talla, el peso y la edad aproximadas. Los registros dentales y el ADN ayudarían a relacionar la descripción con la de una persona desaparecida. Para alguna familia desafortu­nada, la agonía de la incertidumbre terminaría, y también la esperanza de que, algún día, el ser amado regresaría.

Sonó el timbre.

En el porche, al lado de Elliot Osborne, un Tommy Duggan de rostro sombrío se erguía y esperaba a que la puerta se abriera. Como resultado de su consulta entre su­surros con el jefe del equipo forense, los dos hombres esta­ban seguros de que la búsqueda de Martha Lawrence había terminado. Newton les había dicho que el estado del esqueleto envuelto en plástico indicaba que era un adulto joven, de dientes perfectos. Rehusó especular acerca de los huesos humanos sueltos, encontrados cerca del esqueleto, hasta que el médico forense los examinara en el depósito de ca­dáveres.

Tommy miró por encima de su hombro.

-Empieza a congregarse gente. Los Lawrence no tarda­rán en enterarse.

-El doctor O’Brien va a acelerar la autopsia -dijo Os­borne-. Supone que todo Spring Lake va a llegar a la con­clusión de que se trata de Martha Lawrence.

Cuando la puerta se abrió, los dos hombres exhibían sus placas de identificación.

-Soy Emily Graham. Pasen -dijo.

Suponía que la visita sería poco más que una forma­lidad.

-Tengo entendido que ha cerrado la venta de la casa esta misma mañana, señora Graham -empezó Osborne.

Estaba acostumbrada a tratar con funcionarios del go­bierno como Elliot Osborne. Impecablemente vestidos, cor­teses, inteligentes, eran también buenos relaciones públicas que dejaban el trabajo sucio a sus subordinados. Sabía que el detective Duggan y él compararían notas e impresiones más tarde.

También sabía que, tras su apariencia seria, el detective Duggan la estaba examinando con ojo crítico.

Estaban en el vestíbulo, cuyo único mobiliario consistía en un pintoresco confidente de estilo Victoriano. El primer día que había visto la casa, cuando dijo que quería com­prarla y que también estaría interesada en adquirir parte de los muebles, Theresa Kiernan, la anterior propietaria, había señalado al confidente con una pálida sonrisa.

-Me encanta esta pieza, pero sólo está para crear am­biente, se lo aseguro. Es tan baja que levantarse de ella es un desafío a la ley de la gravedad.

Emily invitó a Osborne y al detective Duggan a entrar en la sala de estar. Quería cambiar de sitio los sofás esa tarde, pensó mientras les seguía a través de la arcada. Deseaba tenerlos encarados delante de la chimenea. Intentó comba­tir una creciente sensación de irrealidad.

Duggan había sacado una libreta.

—Nos gustaría hacerle unas preguntas sencillas, señora Graham-dijo Osborne-. ¿Desde cuándo viene a Spring Lake?

La historia de que llegó por primera vez tres meses an­tes y compró de inmediato la casa sonó casi ridícula en sus propios oídos.

-¿Nunca había estado aquí y compró la casa guiada por un impulso? -Había incredulidad en la voz de Osborne.

Emily vio que la expresión de Duggan era de intriga. Eligió sus palabras con cautela.

-Vine a Spring Lake guiada por un impulso porque toda mi vida había sentido curiosidad por este lugar. Mi fa­milia construyó esta casa en 1875. Fue suya hasta 1892, cuando la vendieron después de que su hija mayor, Madeline, desapareciera en 1891. Cuando examiné los registros de la ciudad para ver dónde estaba la casa, descubrí que la habían puesto en venta. La vi, me encantó y la compré. No puedo decirles más.

No comprendía la expresión asombrada de sus rostros.

-Ni siquiera me había dado cuenta de que era la Casa Shapley -dijo Osborne-. Suponemos que los restos serán los de una joven desaparecida hace más de cuatro años, mientras estaba de visita en casa de sus abuelos, aquí en Spring Lake.

Con un breve ademán, indicó a Duggan que no era el momento apropiado para hablar del segundo conjunto de restos.

Emily sintió que el color se retiraba de su cara.

—¿Una joven desapareció hace más de cuatro años y está enterrada aquí? —susurró—. Santo Dios, ¿cómo es posible?

-Es un día muy triste para esta comunidad. -Osborne se levantó-. Temo que deberemos mantener aislado el lugar de los hechos hasta que hayan terminado de analizarlo. En cuan­to acaben, podrá decir a su contratista que prosiga las obras.

«No habrá piscina», pensó Emily.

-Los periodistas invadirán la ciudad. Haremos lo que podamos para impedir que la molesten -dijo Osborne-. Tal vez queramos hablar con usted más adelante.

Mientras se acercaban a la puerta, el timbre sonó con insistencia.

El camión de mudanzas de Albany había llegado.

 

6

 

 

Para los habitantes de Spring Lake, el día había empezado como de costumbre. La mayoría de la gente que trabajaba fuera se había congregado en la estación de tren para reali­zar un trayecto de hora y media hasta sus lugares de traba­jo en Nueva York. Otros habían aparcado sus coches en la vecina Atlantic Highlands y habían subido al catamarán que les dejaba al pie del World Financial Center.

Allí, bajo la mirada vigilante de la Estatua de la Libertad, corrían hacia sus diversas oficinas. Muchos trabajaban en la comunidad financiera como agentes o ejecutivos de empresas de corredores de bolsa. Otros eran abogados y banqueros.

En Spring Lake la mañana transcurrió con serena regu­laridad. Los niños llenaban las aulas de la escuela pública y de St Catherine. Las elegantes tiendas de la Tercera Avenida abrían sus puertas. A mediodía, uno de los lugares favoritos para comer era el Sisters Café. Los corredores de bienes raí­ces acompañaban a clientes potenciales a ver propiedades disponibles y explicaban que, pese a los precios en alza, una casa en Spring Lake era una excelente inversión.

La desaparición de Martha Lawrence, ocurrida hacía cuatro años y medio, había pendido como un sudario sobre la conciencia de los habitantes, pero, aparte de aquel terri­ble acontecimiento, los delitos graves eran inexistentes en la ciudad.

Ahora, en aquel ventoso primer día de primavera, la sensación de seguridad sufrió una dura prueba. La noticia de que la policía estaba trabajando en Hayes Avenue se propagó por toda la ciudad. Corrieron rumores sobre el hallazgo de restos humanos. El operario de la ex­cavadora utilizó el teléfono móvil a escondidas para llamar a su mujer.

-He oído decir al jefe del equipo forense que, a juzgar por el estado de los huesos, se trata de un adulto joven -susurró-. Y hay algo más ahí abajo, pero ni siquiera dicen qué es.

Su mujer se apresuró a llamar a sus amigas. Una de ellas, una corresponsal de la cadena CBS, telefoneó al ins­tante. Enviaron un helicóptero para cubrir la noticia.

Todo el mundo sabía que la víctima tenía que ser Martha. Los viejos amigos se fueron congregando en casa de los Lawrence. Uno de ellos se responsabilizó de llamar a los padres de Martha a Filadelfia.

Antes de que les avisaran oficialmente, George y Aman­da Lawrence suspendieron la visita que habían planeado a casa de su hija mayor en Bernardsville, Nueva Jersey, para ver a su nieta. Con la sensación de que algo inevitable se avecinaba, partieron en dirección a Spring Lake.

A las seis de la tarde, mientras la oscuridad se cernía so­bre la costa Este, el pastor de St Catherine acompañó al fis­cal a casa de los Lawrence. El historial dental de Martha, preciso en la descripción de los dientes que la habían dotado de su brillante sonrisa, coincidía exactamente con el molde que el doctor O’Brien había sacado durante la autopsia.

Algunos mechones de lo que había sido una larga cabe­llera rubia seguían adheridos a la nuca. Coincidían con los cabellos que la policía había recogido en la almohada y en el cepillo del pelo de Martha después de su desaparición.

Una sensación de dolor colectivo se apoderó de la co­munidad.

La policía había decidido retener, de momento, toda información sobre los restos del segundo cadáver. Pertene­cían también a una mujer joven, y el jefe del equipo forense calculaba que llevaban enterrados más de cien años.

Además, no fue revelado que el arma del crimen de Martha había sido un pañuelo de seda con cuentas metáli­cas, ceñido fuertemente alrededor de su garganta.

Sin embargo, el hecho más escalofriante que la policía no estaba dispuesta a divulgar era que, dentro del sudario de plástico con el que Martha Lawrence había sido enterra­da se halló el hueso de un dedo de la víctima centenaria en el que todavía colgaba un anillo de zafiros.

 

7

 

 

Ni el sofisticado sistema de seguridad, ni la presencia de la policía en la caseta de baño para custodiar el lugar de los he­chos, pudieron tranquilizar a Emily la primera noche que pasó en la casa. El frenético movimiento de los hombres y la necesidad de abrir las cajas y devolver el orden a la casa la habían distraído durante la tarde. Dentro de lo posible, ha­bía intentado apartar su mente de la actividad que tenía lu­gar en el patio trasero, de la presencia de los silenciosos y ci­vilizados espectadores congregados en la calle y del ruido penetrante del helicóptero que daba vueltas sobre la casa.

A las siete preparó una ensalada, una patata al horno y las chuletas de cordero que había comprado, entre otras cosas, para celebrar la compra de la casa.

Pero aunque había bajado todas las persianas y había encendido el fuego de la chimenea de la cocina al máximo, aún se sentía muy vulnerable.

Para distraerse, se llevó a la mesa el libro que había es­tado buscando pero, pese a sus esfuerzos, nada alivió su angustia. Varias copas de Chianti no consiguieron confor­tarla ni relajarla. Le gustaba mucho cocinar y los amigos siempre habían comentado que conseguía dar un toque es­pecial al plato más sencillo. Esa noche apenas pudo probar lo que había preparado. Releyó dos veces el primer capítulo del libro, pero las palabras se le antojaron carentes de sen­tido y de coherencia.

Nada podía imponerse a la escalofriante certeza de que el cadáver de una joven había sido encontrado en esa pro­piedad. Se dijo que debía de ser una irónica coincidencia que la hermana de su bisabuela hubiera desaparecido en el mismo lugar donde hoy habían encontrado a otra joven desaparecida.

Pero mientras ordenaba la cocina, apagaba el fuego y preparaba la alarma para que se disparara al menor intento de abrir las puertas o las ventanas, Emily no pudo desechar la creciente certidumbre de que la muerte de su antepasada y la de esa otra joven, hacía solo cuatro años y medio, esta­ban inexorablemente relacionadas.

Subió la escalera con el libro bajo el brazo hasta la se­gunda planta. Eran solo las nueve, pero únicamente desea­ba una ducha, ponerse un pijama calentito y meterse en la cama, donde leería, vería la televisión, o ambas cosas.

«Igual que anoche», pensó.

Los Kiernan le aseguraron que Doreen Sullivan, la em­pleada de hogar que iba dos veces por semana a la casa, se­ría de su agrado. Cuando cerraron el trato, el abogado del matrimonio había dicho que, como regalo de bienvenida, habían encargado a Doreen que echara un vistazo general a la casa y pusiera sábanas limpias en las camas y toallas nuevas en los cuartos de baño.

La casa estaba en una esquina, a una calle del mar. Se el océano desde los lados este y sur del dormitorio principal. Veinte minutos después de subir a la segunda planta, Emily se había duchado y cambiado. Algo más rela­jada, retiró el cubrecama de la cabecera a juego.

Entonces vaciló. ¿Había cerrado con llave la puerta principal? Incluso con el sistema de seguridad conectado, tenía que comprobarlo.

Irritada consigo misma, salió del dormitorio y corrió por el pasillo. Accionó el interruptor que encendía la araña del vestíbulo y bajó por la escalera.

Antes de llegar a la puerta principal, vio el sobre que habían pasado por debajo. «Por favor, Dios, otra vez no -pensó mientras se agachaba para recogerlo-. ¡No dejes que la pesadilla empiece otra vez!»

Abrió el sobre. Tal como temía, contenía una foto; la silueta de una mujer ante una ventana, iluminada desde atrás. Por un momento tuvo que concentrarse para darse cuenta de que la mujer de la foto era ella.

Y entonces lo supo.

Anoche. En la Candlelight Inn. Cuando abrió la venta­na, se había quedado mirando un momento antes de bajar la persiana.

Alguien había estado espiando desde el paseo maríti­mo. No, era imposible, pensó. Había mirado el paseo y es­taba desierto.

Alguien que estaba en la playa había hecho y revelado la foto, y después la había deslizado por debajo de su puer­ta durante la última hora. No estaba allí cuando había su­bido al segundo piso.

¡La persona que la había acosado en Albany debía de es­tar en Spring Lake! Pero eso era imposible. Ned Koehler se en­contraba en Gray Manor, un centro psiquiátrico de Albany.

Aún no le habían conectado el teléfono. Su móvil esta­ba en el dormitorio. Corrió hacia arriba con la fotografía en la mano. Sus dedos temblaban cuando marcó el número de información.

—Bienvenido a información local y nacional…

—Albany, Nueva York. Hospital Gray Manor. -Su voz era apenas un susurro.

Momentos después estaba hablando con el supervisor nocturno de la unidad donde Ned Koehler estaba confinado.

Se identificó.

-Conozco su nombre -dijo el supervisor-. Es la perso­na a la que acosaba, ¿verdad?

-¿Ha salido con permiso?

-¿Koehler? De ninguna manera, señora Graham.

-¿Hay alguna posibilidad de que haya logrado escapar?

—Le vi en su cama hace menos de una hora.

Una vivida imagen de Ned Koehler brilló en la mente de Emily: un hombre menudo adentrado en la cuarentena, calvo, vacilante al hablar y en sus modales. En el tribunal había llorado en silencio durante todo el juicio. Ella había defendido a Joel Lake, acusado de asesinar a la madre de Ned durante un robo frustrado.

Cuando el jurado absolvió a Lake, Ned Koehler perdió los nervios y se precipitó hacia ella. «Gritaba obscenidades -recordó Emily-. Me decía que había liberado a un asesi­no.» Habían sido necesarios dos ayudantes del sheriff para contenerle.

-¿Cómo está? -preguntó.

-Cantando la misma canción: que es inocente. -La voz del supervisor era tranquilizadora-. Señora Graham, es normal que las víctimas de acoso se vuelvan aprensivas después de que el acosador haya sido encerrado. Pero des­cuide, Ned no irá a ningún sitio.

Cuando colgó, Emily se obligó a estudiar la fotografía. Estaba enmarcada en el centro de la ventana; un blanco fá­cil para alguien provisto de una pistola en lugar de una cá­mara, se dijo.

Tenía que llamar a la policía. Tal vez al agente que es­taba de guardia en la caseta de baño. Pero no quería abrir la puerta. «Supón que no esté allí -se dijo-, y que haya otra persona. El 911…»

No, el número de la comisaría estaba en el calendario de la cocina. No quería que la policía llegara con las sirenas a todo trapo. El sistema de seguridad estaba conectado. Nadie podía entrar.

El agente que recibió la llamada envió un coche patru­lla al instante. Las luces destellaban, pero el conductor no conectó la sirena.

El policía era joven; no tendría más de veintidós años. Emily le enseñó la foto y le habló del acosador de Albany.

-¿Está segura de que no le han soltado, señora Gra­ham?

-Acabo de llamar al centro.

-Supongo que algún chico listo, enterado de que tuvo ese problema, ha querido gastarle una broma pesada -dijo para tranquilizarla-. ¿Podría darme un par de bolsas de plástico?

Sujetó la foto y el sobre por los bordes y los dejó caer en las bolsas.

-Buscaremos huellas dactilares -explicó-. Me marcho.

Emily le acompañó hasta la puerta.

-Esta noche vigilaremos la parte delantera de la casa y avisaremos al agente que está en el patio trasero para que mantenga los ojos bien abiertos -dijo-. No le pasará nada.

«Tal vez», pensó Emily mientras cerraba la puerta con llave.

Se metió en la cama y apagó la luz. «Hubo mucha pu­blicidad cuando detuvieron a Ned Koehler y le encarcela­ron», pensó. Tal vez se trataba de un imitador.

Pero ¿por qué? ¿Qué otra explicación podía haber? Ned Koehler era culpable. Por supuesto que sí. El super­visor había dicho: «Cantando la misma canción: que es inocente».

¿Lo era? En ese caso, ¿estaba el verdadero acosador en libertad, dispuesto a renovar sus indeseables atenciones?

Fue casi al amanecer, con el alivio de las primeras lu­ces del día, cuando Emily se durmió por fin. A las nueve la despertaron los ladridos de los perros que la policía había traído para buscar otras posibles víctimas enterradas en la propiedad.

 

 

8

 

 

Clayton y Rachel Wilcox habían asistido a la fiesta celebra­da en casa de los Lawrence la noche anterior a la desapari­ción de Martha. Desde entonces, como todos los demás in­vitados, habían recibido visitas regulares del detective Tom Duggan.

Acababan de enterarse de la horrible noticia de que habían encontrado el cadáver de Martha, pero, al contrario que muchos otros invitados de aquella fiesta, no acudieron de inmediato a casa de los Lawrence. Rachel había puntua­lizado a su marido que sólo los amigos más íntimos serían bienvenidos en un momento tan doloroso. La firmeza de su voz no dejó lugar a discusiones.

Rachel, de sesenta y cuatro años, era guapa, con un cabello cano largo hasta los hombros que enmarcaba su ca­beza. Alta y elegante, proyectaba autoridad. Su piel, a la que no aplicaba ni un toque de maquillaje, era blanca y fir­me. Sus ojos, de un azul grisáceo, albergaban siempre una expresión severa.

Hacía treinta años, cuando era una tímida ayudante casi cuarentona del decano, Clayton la cortejaba, y la ha­bía comparado dulcemente con un vikingo.

—Puedo imaginarte al timón de un barco —susurró-, ar­mada para la batalla, con el viento alborotando tu pelo.

Ahora, se refería mentalmente a Rachel como «la Vikinga». Sin embargo, el mote ya no era cariñoso. Clayton vivía en una constante máxima alerta, siempre ansioso por evitar la ira irrefrenable de su esposa. Cuando, no obstan­te, la provocaba, su lengua cáustica le laceraba sin piedad. Al principio de su matrimonio había aprendido que ella no perdonaba ni olvidaba.

El haber asistido como invitados a la fiesta de los Law­rence, horas antes de que Martha desapareciera, le parecía motivo suficiente para ir a darles el pésame, pero Clayton decidió callar tal sugerencia. En cambio, vieron el teledia­rio de las once, y escuchó en sufrido silencio los comen­tarios cáusticos de Rachel.

-Es muy triste, por supuesto, pero al menos eso debería poner fin a las molestas visitas de ese detective -dijo ella.

«Al contrario, Duggan vendrá más a menudo», pensó Clayton. Era un hombre grande, con una cabeza leonina de pelo gris hirsuto y ojos inteligentes, con un aspecto que re­cordaba al académico que en realidad había sido.

Cuando, hacía doce años, a la edad de cincuenta y cinco, se había jubilado como presidente del Enoch College, una pequeña pero prestigiosa institución de Ohio, Rachel y él se habían radicado en Spring Lake. Había ido a la ciudad por primera vez siendo muy joven, para ver a un tío que vi­vía allí, y a lo largo de los años había repetido las visitas. Como pasatiempo, había estudiado con entusiasmo la his­toria de la ciudad, y se le conocía como el historiador no oficial del lugar.

Rachel trabajaba como voluntaria para diversas aso­ciaciones de caridad, donde admiraban su capacidad de or­ganización y su energía, aunque a nadie le caía particular­mente bien. Había tomado medidas para asegurarse de que todo el mundo supiera que su marido había sido el rector de una universidad, y que ella se había graduado en Smith.

«Todas las mujeres de nuestra familia, empezando por mi abuela, se graduaron en Smith», explicaba.

Nunca había perdonado a Clayton una indiscreción cometida con una profesora tres años después de casarse. Más adelante, el error que había supuesto, según ella, su brusca jubilación del Enoch College, un lugar cuyo estilo de vida gustaba a Rachel, la había amargado profunda­mente.

Cuando la foto de Martha Lawrence llenó la pantalla del televisor, Clayton Wilcox notó que las manos le suda­ban de miedo. Había existido otra persona de largo pelo rubio y cuerpo exquisito. Ahora que habían encontrado los restos de Martha, ¿hasta qué punto investigaría la policía el pasado de la gente que había estado en aquella fiesta? Tragó saliva y comprobó que tenía la garganta seca.

«Martha Lawrence estaba de visita en casa de sus abue­los antes de regresar a la universidad», decía la presentado­ra de la CBS, Dana Tyler.

-Aquella noche te di mi pañuelo de seda para que lo guardaras -se quejó Rachel por enésima vez-. Y tú, por su­puesto, lograste perderlo.

 

 

 

9

 

Todd, Scanlon, Klein & Todd era un bufete de abogados criminalistas bien conocido en toda la nación, con sede en Park Avenue South de Manhattan, fundado por Walter Todd. Como él afirmaba:

-Hace cuarenta y cinco años colgué un letrero en un es­caparate, cerca de los juzgados. No venía nadie. Hice amis­tad con los fiadores de fianzas. Les caí bien y empezaron a decir a sus clientes que yo era un buen abogado. Y aún me­jor que eso, barato.

El otro Todd de la sociedad era el hijo de Walter, Nicholas.

-Se parece a mí, habla como yo y, antes de que haya terminado de decir esto, será tan buen abogado como yo -se jactaba Walter Todd-. Juro que Nicle sería capaz de conseguir la absolución de Satanás.

Nunca hacía caso de las protestas de Nick.

-Yo no considero eso un cumplido, papá.

El 21 de marzo Nick Todd y su padre estuvieron traba­jando hasta tarde para preparar un juicio inminente, y des­pués Nick fue a cenar al espacioso apartamento de sus pa­dres en la plaza de las Naciones Unidas.

A las once menos diez empezó a despedirse, pero luego decidió esperar al telediario de las once de la CBS.

-Puede que digan algo sobre el juicio -aventuró-. Co­rre el rumor de que vamos a intentar llegar a un acuerdo con el fiscal.

El reportaje sobre Martha Lawrence fue la primera no­ticia.

—Pobre familia —suspiró su madre—. Supongo que es mejor que lo sepan, pero perder a un hijo…

Anne Todd enmudeció. Cuando Nick tenía dos años, había dado a luz a una niña a la que llamaron Amelia. So­lo había vivido un día.

«Habría cumplido treinta y seis años la próxima sema­na -pensó Anne-. Hasta de recién nacida se parecía a mí.»

En su mente, podía imaginar a Amelia cómo sería si viviera, una joven de cabello oscuro y ojos verdeazulados. «Sé que le habría gustado la música tanto como a mí. Habríamos ido juntas a conciertos…» Parpadeó para reprimir las lágri­mas que siempre anegaban sus ojos cuando pensaba en la hija fallecida.

Nick comprendió lo que había estado arañando su in­consciente.

-¿No es Spring Lake el lugar donde Emily Graham compró una casa? -preguntó.

Walter Todd asintió.

-Todavía me pregunto por qué le permití esperar hasta mayo para empezar a trabajar -gruñó Todd-. Ahora nos sería útil.

-Tal vez porque, después de verla en Albany, pensaste que valía la pena esperar -sugirió Nick.

La imagen de Emily Graham flotó en su memoria. An­tes de ofrecerle el trabajo, su padre y él habían ido a Al­bany para verla en acción. Había estado brillante al conse­guir la absolución de un cliente acusado de homicidio por negligencia.

Fue a comer con ellos. Nick recordaba las elocuentes alabanzas que su padre, por lo general taciturno, le había dedicado.

«Son tan parecidos como dos gotas de agua. Una vez aceptan un caso, casi matarían por el cliente.»

Desde que había alquilado el apartamento de Nueva York, Emily había ido a verles varias veces, para organizar su despacho y conocer al personal. Nick comprendió que tenía muchas ganas de verla a diario.

Su cuerpo larguirucho de metro ochenta y cinco se des­dobló cuando se puso en pie.

-Me voy. Mañana quiero ir al gimnasio temprano y ha sido un día largo.

Su madre le acompañó hasta la puerta.

-Ojalá llevaras sombrero -dijo-. Hace un frío terrible en la calle.Nick se agachó y la besó.

-Has olvidado decirme que no olvide llevar una bufanda.

Anne vaciló y echó un vistazo a la sala de estar, donde su padre estaba escuchando las noticias. Bajó la voz.

-Nick, haz el favor de decirme qué te pasa, porque algo pasa, y no me lo niegues. ¿Estás enfermo y no quieres que lo sepa?

-Confía en mí. Gozo de una salud perfecta -la tranqui­lizó-. Es que el juicio de Hunter me tiene preocupado.

—Papá no está preocupado -protestó Anne-. Dice que está seguro de que la peor posibilidad es un jurado en de­sacuerdo. Pero tú eres como yo. Siempre te preocupas por todo.

—Somos iguales. Tú estás preocupada por mí y yo estoy preocupado por el juicio.

Sonrieron al mismo tiempo. «En el fondo, Nick es como yo -pensó Anne-, pero en el aspecto físico se parece a Walter, incluso cuando arruga la frente si está concen­trado.»

-No frunzas el ceño -dijo cuando Nick abrió la puerta.

-Lo sé. Me salen arrugas.

-Y no te preocupes por el juicio. Sabes que ganaréis.

Mientras bajaba en ascensor desde el piso 36, Nick pensó: «Eso es, mamá. Ganaremos gracias a un tecnicismo y esa escoria saldrá libre». Su cliente era un leguleyo de baja estofa que había manipulado las cuentas de registros de herederos de propiedades, muchos de los cuales necesi­taban con desesperación su herencia.

Decidió caminar hasta el centro e ir en metro a su apar­tamento del Soho, pero ni siquiera el aire frío de la noche logró aliviar la sensación de ansiedad que le invadía cada vez más. Atravesó Times Square casi sin fijarse en sus mar­quesinas luminosas.

«No hace falta ser lady Macbeth y matar a alguien para experimentar la sensación de que tienes las manos mancha­das de sangre», pensó.

 

 

 

JUEVES  22 DE MARZO

 

10

 

 

Desde que empezaron a excavar la piscina, sabía que en­contrarían los restos de Martha. Confiaba en que el hueso del dedo siguiera intacto dentro del sudario de plástico. Pero aunque no fuera así, encontrarían el anillo. Los infor­mes decían que estaban examinando palmo a palmo toda la zona excavada.

Era esperar demasiado que el médico forense llegara a la conclusión de que Martha y Madeline habían muerto de la misma manera. Martha con el pañuelo anudado alre­dedor del cuello, Madeline con el cinturón de algodón al­midonado que le había arrebatado de la cintura mientras intentaba huir.

Podía recitar aquel pasaje del diario de memoria.

 

Es curioso caer en la cuenta de que, sin un solo gesto por mi parte, Madeline comprendiera que había cometido un error al venir a mi casa. Se pellizcaba la falda con sus largos y es­beltos dedos, aunque su expresión facial no cambiaba.

Me miró mientras yo cerraba con llave la puerta.

-¿Por qué hace eso? -preguntó.

Debió de leer algo en mis ojos, porque se llevó la mano a la boca. Vi que los músculos de su cuello se movían cuando intentó chillar en vano. Estaba demasiado asustada para ha­cer otra cosa que susurrar «por favor».

Intentó correr hacia la ventana, pero agarré su cinturón y se lo arranqué; después lo cogí con las dos manos y lo pasé al­rededor de su cuello. En aquel momento, con notable fuerza, intentó golpearme y darme patadas. Ya no era un cordero tembloroso, sino una tigresa que luchaba por su vida.

Más tarde, me bañé, me cambié de ropa y llamé a sus pa­dres, que ya estaban muy preocupados por su paradero.

Cenizas a las cenizas. Polvo al polvo

.

Había una foto de Martha en todas las portadas, in­cluida la del Times. ¿Por qué no? Era de interés periodísti­co que el cadáver de una hermosa joven fuera descubierto, sobre todo si procedía de una familia privilegiada que vivía en una pintoresca y rica localidad. Aún interesaría más el anuncio de que habían encontrado un hueso de dedo de otro cadáver con un anillo dentro del plástico. Si lo habían encontrado, confiaba en que se dieran cuenta de que él ha­bía cerrado la mano de Martha sobre el hueso.

Su mano aún estaba caliente y flexible.

Hermanas en la muerte, separadas por ciento diez años.

Habían anunciado que el fiscal daría una conferencia de prensa a las once. Faltaban cinco minutos.

Encendió el televisor y se reclinó en su butaca. Lanzó una risita de impaciencia.

 

11

 

 

Quince minutos antes de su anunciada conferencia de prensa, Elliot Osborne informó a sus principales ayudantes de lo que diría y de lo que callaría.

Informaría sobre los hallazgos de la autopsia y diría que la muerte había sido causada por estrangulación. Ocultaría que el arma asesina había sido un pañuelo de seda, y no hablaría del reborde de cuentas metálicas. Diría que el cadáver de la víctima había sido envuelto en gruesas capas de plástico que, si bien se habían deteriorado, habían conservado intactos los restos del esqueleto.

-¿Va a hablar del hueso del dedo, señor? Eso sí va a causar revuelo.

Pete Walsh acababa de ser ascendido al rango de detective. Era joven e inteligente. Tampoco podía esperar a in­tervenir, pensó Tommy Duggan con amargura. Le satisfizo en parte oír al jefe decir a Walsh que le dejara terminar, aunque se sintió como un canalla cuando el joven se puso rojo como un tomate.

Osborne y él se habían reunido en la oficina al amane­cer. Habían repasado minuciosamente el informe de la au­topsia y todos los detalles del caso.

No hacía falta que Pete Walsh les dijera que la prensa iba a tener un gran día.

Osborne continuó.

-En mi declaración, diré que nunca esperamos encon­trar viva a Martha Lawrence. No es infrecuente que los res­tos de una víctima se encuentren cerca del lugar donde ocu­rrió la muerte.

Carraspeó.

-Tendré que revelar que, por algún motivo retorcido y siniestro, Martha Lawrence fue enterrada con otros restos humanos que tienen más de un siglo de antigüedad.

Como ya saben, hace cuatro años y medio, cuando Mar­tha desapareció, The Asbury Park Press desenterró la antigua historia de la desaparición de Madeline Shapley en 1891. Es muy posible que la prensa llegue a la conclusión de que el hueso de dedo encontrado con Martha pertenecía a Madeline, sobre todo porque los restos se encontraban en la propiedad Shapley.

-¿Es verdad que la nueva propietaria de esa finca es una descendiente de los Shapley?

-Sí, es verdad.

-¿Puede comparar su ADN con el hueso de dedo?

-Si la señora Graham se presta, lo haremos. Además, anoche ordené que toda la información disponible sobre la desaparición de Madeline Shapley fuera examinada y se in­vestigaran otros casos de mujeres desaparecidas en Spring Lake alrededor de esa época.

«Fue un tiro a ciegas -pensó Duggan-, pero nos tocó el gordo.»

-Nuestros investigadores descubrieron que otras dos jóvenes habían sido dadas por desaparecidas más o menos por entonces -continuó Osborne-. Madeline Shapley fue vista por última vez el 7 de septiembre de 1891 en el porche de la residencia familiar de Hayes Avenue.

Letitia Gregg, de Tuttle Avenue, desapareció el 5 de agosto de 1893. Según el informe policial, sus padres te­mían que hubiera ido  nadar sola, por eso el caso nunca fue clasificado como sospechoso.

Tres años después, el 31 de marzo de 1896, la devota amiga de Letitia, Ellen Swain, desapareció. La vieron salir de casa de una amiga cuando empezaba a oscurecer.

«Y entonces es cuando la prensa empieza a preguntarse sobre un asesino en serie de finales del siglo pasado en Spring Lake -pensó Tommy-. Justo lo que necesitamos.»

Osborne consultó su reloj.

-Falta un minuto para las once. Vamos.

La sala de conferencias estaba abarrotada. Las pregun­tas lanzadas a Osborne eran rápidas y precisas. No pudo llevar la contraria al reportero del New York Post cuando dijo que el hallazgo de dos restos de esqueletos en el mismo lugar podía no ser una curiosa coincidencia.

-Estoy de acuerdo -admitió Osborne-. El hueso de dedo con el anillo fue colocado a propósito dentro del plás­tico, junto con el cuerpo de Martha.

-Pero ¿dónde, dentro del plástico? -preguntó el repor­tero de la ABC.

-Dentro de la mano de Martha.

-¿Cree que fue una coincidencia que el asesino encon­trara los demás restos al cavar la tumba de Martha, o tal vez eligió ese lugar porque sabía que lo habían utilizado como sepultura? -preguntó en voz baja Ralph Penza, de la NBC.

-Sería ridículo sugerir que alguien ansioso por enterrar a su víctima, y evitar que le descubrieran, encontrara ca­sualmente los huesos de otra víctima y tomara la repentina decisión de colocar un hueso de dedo en el interior del su­dario que estaba improvisando.

Osborne levantó una fotografía.

-Esta es una toma aérea ampliada del lugar de los he­chos. -Señaló la excavación en el patio trasero-. El asesino de Martha cavó una tumba poco honda, pero nunca habría salido a la luz de no ser por la excavación de la piscina. Hasta hace un año, un acebo muy grande impedía que na­die, desde la casa o la calle, viera esa zona del patio.

En respuesta a otra pregunta, confirmó que Emily Graham, la nueva dueña de la casa, era descendiente de sus pri­meros propietarios y que, si ella permitía que le realizaran la prueba del ADN, podría establecerse si los restos encon­trados con los de Martha pertenecían a la hermana de la bisabuela de la señora Graham.

La pregunta que Tommy Duggan consideraba inevita­ble llegó por fin.

-¿Está insinuando que tal vez se trata de un asesino en serie relacionado con un asesinato ocurrido en Spring Lake hace ciento diez años?

-No estoy insinuando nada.

-Pero tanto Martha Lawrence como Madeline Shapley desaparecieron un 7 de septiembre. ¿Cómo lo explica?

-No lo sé.

-¿Cree que el asesino de Martha es una reencarnación? -preguntó con avidez Reba Ashby, del National Daily.

El fiscal frunció el entrecejo.

-¡Por supuesto que no! Es todo, gracias.

Osborne miró a Tommy cuando salió de la sala. Tommy sabía que estaban pensando lo mismo. La muerte de Martha Lawrence acababa de convertirse en una noticia muy atractiva para los titulares, y la única forma de frenar la presión de la prensa era encontrar al asesino.

Los restos de un pañuelo con reborde metálico era la única pista que tenían para iniciar la búsqueda.

Eso, y el hecho de que el asesino, fuera quien fuera (y de momento iban a presuponer que se trataba de un hombre), sabía que habían cavado en secreto una tumba en la propiedad de los Shapley hacía más de cien años.

 

12

 

Emily despertó a las nueve del sueño inquieto en que había caído después de cerrar las ventanas para amortiguar los sonidos procedentes del patio trasero.

Una larga ducha contribuyó a disipar su sensación de abotargamiento.

El cadáver de la chica desaparecida en el patio de atrás…

La foto deslizada por debajo de la puerta…

Will Stafford le había advertido que había sido dema­siado impulsiva al comprar esa casa. «Pero tenía ganas de hacerlo -pensó mientras se ceñía el cinturón del albornoz-. Pese a lo ocurrido, no me arrepiento.»

Se calzó unas zapatillas y bajó a preparar café. Desde la época de la universidad, su rutina de cada mañana consis­tía en ducharse, hacer café y vestirse con una taza llena cer­ca. Siempre había jurado que sentía encenderse luces en di­ferentes partes de su cerebro mientras bebía café.

Sin mirar afuera, intuyó que iba a hacer un día estupen­do. Unos rayos de sol se filtraban por el vitral que había en el rellano de la escalera. Cuando pasó ante la sala de estar, se detuvo para admirar la pantalla decorativa de la chime­nea y los morillos que había colocado el día anterior. «Es­toy casi segura de que los compraron para la casa de Spring Lake cuando fue construida en 1875», había dicho su abuela. No desentonaban en absoluto. «Estoy segura de que siempre han estado aquí», pensó Emily.

En el comedor vio el aparador de roble con paneles de madera de boj, otra pieza que las mudanzas habían traído de Albany. Aquel aparador había sido comprado, sin la menor duda, para esta casa. Hacía unos años, su abuela había encontrado la factura.

Mientras esperaba a que hirviera el café, Emily se acer­có a la ventana y observó al grupo de policías que remo­vían con cuidado la tierra de la obra. ¿Qué pruebas encon­trarían cuatro años y medio después de la muerte de Martha?, se preguntó.

«¿Por qué han traído perros esta mañana? ¿Creen en serio que hay alguien más enterrado ahí?»

Cuando el café estuvo preparado, se sirvió una taza y se la llevó arriba. Encendió la radio mientras se vestía. La no­ticia principal era el hallazgo del cadáver de Martha Law-rence, por supuesto. Emily se estremeció al oír su nombre en las noticias y que «la nueva propietaria de la finca don­de fueron encontrados los restos de Martha Lawrence es descendiente de otra joven también misteriosamente desa­parecida hace más de cien años».

Apagó la radio cuando sonó su móvil. «Será mamá», pensó. Hugh y Beth Graham, sus padres, ambos pediatras, habían ido a un seminario en California. Debían estar de vuelta en Chicago la noche anterior.

A su madre no le había hecho gracia la idea de que com­prara la casa de Spring Lake. «No le va a gustar lo que he de decirle -pensó Emily-, pero no puedo evitarlo.»

La doctora Graham estaba muy disgustada por lo ocu­rrido.

-Santo Dios, Em, recuerdo que, cuando era pequeña, me contaron la historia de Madeline. -Su madre se había pasa­do toda la vida esperando que ella entrara por la puerta al­gún día-. ¿Dices en serio que otra chica de Spring Lake desa­pareció y que sus restos han sido encontrados en la finca?

No concedió a Emily la oportunidad de contestar.

-Lo siento mucho por su familia, pero deseaba con toda mi alma que ahí estuvieras a salvo. Después de la de­tención del acosador, respiré con tranquilidad por primera vez en un año.

Emily imaginó a su madre en el despacho, sentada muy tiesa ante el escritorio, con su bonito rostro surcado de arrugas de preocupación. «No debería preocuparse por mí -pensó-. Estoy segura de que la sala de espera estará llena de bebés.»

Sus padres compartían una consulta. Aunque ya ha­bían cumplido los sesenta, ninguno de los dos pensaba en la jubilación. Cuando eran jóvenes, su madre había repeti­do con frecuencia a Emily y sus hermanos: «Si queréis ser felices un año, ganad a la lotería. Si queréis ser felices toda la vida, dedicaos al trabajo que más os guste».

Sus padres querían a todos y cada uno de sus pacientes.

-Míralo de otra forma, mamá. Al menos, la familia Lawrence tendrá paz, y vosotros ya no tendréis que preo­cuparos por mí.

-Supongo que no -admitió su madre a regañadientes-. No hay la menor posibilidad de que pongan en libertad a nuestro acosador, ¿verdad?

-Ni una. Ve a ocuparte de vuestros bebés. Dale un beso a papá de mi parte.

Cuando desconectó el móvil, tenía la serena determina­ción de que sus padres no se iban a enterar de la existencia del nuevo acosador, que imitaba al de antes. Y estaba satis­fecha de su decisión de denunciar a la policía de Spring Lake la aparición de la foto por debajo de su puerta, por si sus padres llegaban a saberlo.

Se había puesto unos téjanos y un jersey. En lo posible, quería que el día se desarrollara según lo previsto. Los Kiernan habían quitado los muebles de la habitación pe­queña contigua a la suite principal, y aquel espacio sería un estudio perfecto. Ya albergaba su escritorio, archivos y li­brerías. Necesitaba instalar el ordenador y el fax y sacar los libros de las cajas. La compañía telefónica le instalaría esa mañana las líneas, con una exclusiva para el ordenador.

Quería poner fotos familiares por toda la casa. Mien­tras se hacía un moño y lo ceñía con una peineta, Emily pensó en las fotos que había desechado antes de trasladarse al apartamento de Manhattan.

Todas las fotos de Gary habían desaparecido. Asimis­mo, todas las fotos de la universidad en que salía Barb, su mejor amiga. Su mejor colega. Emily y Barbara. Insepa­rables.

«Aja -pensó Emily mientras sentía una punzada de do­lor-. Os presento a mi ex marido. Os presento a mi ex me­jor amiga. Me pregunto si se seguirán viendo. Siempre supe que Barb tenía debilidad por Gary, pero jamás imaginé que fuera recíproca.»

Después de tres años, no cabía duda. La enormidad de la traición era la causante del dolor, aunque a un nivel per­sonal los dos habían perdido capacidad de hacerle daño.

Hizo la cama, estiró las sábanas y las sujetó bien. La colcha color crema hacía juego con el dibujo verde y rosa de las cortinas. A la larga, cambiaría la chaise-longue por un par de butacas confortables situadas ante el mirador. De momento se complementaban con la decoración y ser­virían.

El firme timbrazo de la puerta principal podía signifi­car dos cosas: la compañía telefónica o la prensa. Miró por la ventana y se alegró de ver una furgoneta que exhibía el logo de Verizon.

A las once menos cinco, los operarios de la compañía telefónica se habían ido. Fue al estudio y encendió el televi­sor para ver las noticias.

«… un hueso de dedo centenario con un anillo…»

Cuando terminó el programa, Emily apagó el televisor y se quedó sentada en silencio. Y seguía mirando la panta­lla cuando se oscureció, pues su mente era un caleidoscopio de recuerdos infantiles.

La abuela no paraba de contar historias sobre Made-line. «Yo siempre quería escucharlas -pensó Emily-. Has­ta de pequeña, me parecían fascinantes.» Los ojos de la abuela adquirían una expresión distante cuando hablaba de ella.

«Madeline era la hermana mayor de mi abuela -decía-. Mi abuela siempre se ponía muy triste cuando hablaba de ella. La adoraba. Me hablaba de lo guapa que era. La mi­tad de los jóvenes de Spring Lake estaban enamorados de ella. Todos se las ingeniaban para pasar por delante de la casa con la esperanza de verla sentada en el porche. El últi­mo día estaba muy emocionada. Su pretendiente favorito, Douglas Cárter, había hablado con su padre y había recibi­do el permiso para declarársele. Esperaba que le trajera un anillo de compromiso. Era a última hora de la tarde. Lleva­ba un vestido de algodón blanco. Madeline le dijo a mi abuela que se había cambiado el anillo que le habían regalado a los dieciséis años de la mano izquierda a la derecha, para no tener que quitárselo cuando Douglas llegara…»

A los dos años de la desaparición de Madeline, Douglas Cárter se suicidó, recordó Emily.

Se levantó. ¿Cabía la posibilidad de que su abuela re­cordara más cosas de las que le había contado cuando era pequeña?                                                              ,

La vista empezaba a fallarle, pero gozaba de una salud excelente. Como mucha gente mayor, su memoria lejana había mejorado con la edad.

Ella y un par de amigas se habían mudado al mismo tiempo a una residencia para la tercera edad de Albany. Emily marcó el número y descolgaron al primer timbrazo.

-Habíame de la casa -pidió a su abuela tras un breve saludo.

No era fácil contarle lo sucedido.

-¿Han encontrado ahí a una joven desaparecida? Oh, Emily, ¿cómo es posible?

-No lo sé, pero quiero averiguarlo. Abuela, ¿recuerdas que me dijiste que Madeline llevaba un anillo el día que desapareció?

—Esperaba que Douglas Cárter le trajera un anillo de compromiso.

—¿No dijiste algo sobre que llevaba uno que le habían regalado al cumplir los dieciséis años?

—Espera que piense. Oh, sí, es verdad, Em. Era un anillo de zafiros con una montura de diamantes pequeñitos. A juzgar por la descripción, yo tenía uno igual, que regalé a tu madre cuando cumplió los dieciséis años. ¿No te lo dio?

«Por supuesto -pensó Emily-. Alguien me lo birló en un albergue de juventud el verano que fui a Europa con Barbara.»

-Abuela, ¿todavía conservas aquella grabadora que te regalé?

-Sí.

Durante los diversos veranos que había pasado en Eu­ropa, en su época universitaria, ambas habían grabado cin­tas que se enviaban mutuamente.

—Quiero que hagas algo. Empieza a hablar al micrófo­no. Cuéntame todo lo que recuerdes haber oído sobre Ma­deline. Intenta recordar los nombres de las personas que co­nocía. Quiero saber todo lo que recuerdes sobre ella o sus amistades. ¿Lo harás?

-Lo intentaré. Ojalá guardara todavía aquellas cartas y álbumes viejos que se quemaron en el garaje hace años. Veré lo que puedo recuperar.

-Te quiero, abuela.

-¿No intentarás descubrir lo que le pasó a Madeline después de tantos años?

—Nunca se sabe.

La siguiente llamada de Emily fue a la oficina del fiscal. Cuando dijo su nombre, la pusieron de inmediato con Elliot Osborne.

-He visto las noticias -dijo-. ¿El anillo que descubrie­ron era un zafiro rodeado de diamantes pequeños?

-En efecto.

-¿Estaba en el dedo anular de la mano derecha?

Siguió una pausa.

-¿Cómo lo sabe, señora Graham? -preguntó Osborne.

Después de colgar, Emily cruzó la sala, abrió la puerta y salió al porche. Se encaminó a la parte posterior de la casa, donde el equipo de investigación seguía removiendo la tierra.

Habían encontrado el anillo y el hueso de dedo de Ma­deline con el cadáver de Martha Lawrence. Los demás restos de Madeline fueron descubiertos debajo del sudario de plás-tico, a escasos centímetros de distancia. Emily imaginó a la hermana de su bisabuela en aquella tarde soleada. Sentada en el porche con su vestido de algodón blanco y el cabello castaño oscuro cayéndole en cascada sobre los hombros. Tenía diecinueve años y estaba enamorada. Esperaba a su prometido, que le iba a traer el anillo de compromiso.

¿Era posible averiguar, después de ciento diez años, lo que le había sucedido? Alguien descubrió dónde estaba enterrada, pensó Emily, y decidió sepultar a Martha Lawrence con ella.

Volvió adentro, sumida en sus pensamientos con las manos en los bolsillos.

 

13

 

Will Stafford tenía que cerrar la venta de un edificio comer­cial en Sea Girt, la ciudad vecina de Spring Lake, a las nue­ve de la mañana. En cuanto regresó a su despacho, intentó llamar a Emily, pero a ella aún no le habían conectado el teléfono y él no tenía el número de su móvil.

Era casi mediodía cuando la localizó.

-Ayer fui a Nueva York nada más cerrar el trato conti­go -explicó-, y no supe lo sucedido hasta que lo oí en el úl­timo telediario de la noche. Lo siento mucho por los Lawrence y también por ti.

Era gratificante percibir preocupación en su voz.

-¿Por casualidad viste la entrevista con el fiscal? -pre­guntó Emily.

-Sí. Pat, mi recepcionista, llamó para decirme que la es­taban transmitiendo. ¿Crees que por algún azar…?

Sabía cuál era la pregunta.

-¿Si creo que el anillo encontrado en la mano de Mar­tha Lawrence pertenecía a Madeline Shapley? Sé que sí. Hablé con mi abuela, y pudo describir el anillo por lo que le habían contado de él.

-Entonces la hermana de tu bisabuela ha estado ente­rrada todos estos años en la finca.

-Eso parece -admitió Emily.

-Alguien lo sabía y depositó el cadáver de Martha jun­io al suyo, pero ¿cómo sabía dónde estaba enterrada Madeline Shapley?

Will Stafford parecía tan desorientado como Emily.

-Si hay una respuesta, tengo la intención de descubrirla -dijo ella-. Bien, me gustaría conocer a los Lawrence. ¿Los conoces?

-Sí. Daban fiestas con frecuencia antes de que Martha desapareciera. Yo solía ir a su casa y les veía bastante en la ciudad, por supuesto.

-¿Te importaría llamar y preguntarles si querrían reci­birme, cuando les vaya bien?

Will no preguntó los motivos de su petición.

-Volveré a llamarte -prometió.

Al cabo de veinte minutos, la voz de la recepcionista, Pat Glynn, sonó por el intercomunicador.

-Señor Stafford, Natalie Frieze está aquí. Quiere verle unos minutos.

Justo lo que necesitaba, pensó Will. Natalie era la se­gunda esposa de Bob Frieze, que llevaba mucho tiempo residiendo en Spring Lake. Bob se había jubilado de su correduría hacía casi cinco años y había cumplido su vie­jo sueño de abrir un restaurante de lujo en Rumson, una ciudad que distaba unos veinte minutos. Se llamaba The Seasoner.

Natalie tenía treinta y cuatro años. Bob, sesenta y uno, y estaba claro que cada uno había obtenido del matrimo­nio lo que deseaba. Bob tenía una mujer de bandera y Na­talie, una vida de lujo.

Ella también tenía veleidades, que a veces tomaban a Will como objetivo.

Pero hoy, cuando entró, Natalie no estaba para flir­teos. Le ahorró su habitual saludo efusivo, que siempre in­cluía un beso cariñoso, y se dejó caer en una silla.

—Will, es muy triste lo de Martha Lawrence -dijo-, pero ¿va a causar mucho revuelo? Estoy preocupadísima.

-Con los debidos respetos, Natalie, no pareces muy preocupada. De hecho, pareces recién salida de las páginas de Vogue.

Vestía un chaquetón tres cuartos de piel color chocolate, con cuello y puños de marta cibelina, y pantalones de piel a juego. Su largo cabello rubio colgaba hasta más abajo de los hombros. Su bronceado, recién adquirido en Palm Beach, según sabía Will, destacaba sus ojos azul turquesa. Se repan­tigó en la silla como si estuviera demasiado abrumada para sentarse recta, cruzó las piernas y mostró un esbelto pie ar­queado, enfundado en una sandalia abierta por detrás.

Hizo caso omiso del cumplido.

-Will, he venido a hablar contigo nada más ver la con­ferencia de prensa. ¿Qué opinas del dedo encontrado en la mano de Martha? ¿No es un poco macabro?

-Es muy extraño.

-A Bob casi le dio un infarto. Se quedó a ver toda la en­trevista con el fiscal antes de salir hacia el restaurante. Ni siquiera le dejé conducir el coche.

-¿Por qué le impresionó tanto?

-Ya sabes que el detective Duggan aparece cada dos por tres para hablar con todos los que estuvimos en la mal­dita fiesta de los Lawrence la noche antes de que Martha desapareciera.

-¿Qué intentas decir, Natalie?

-Que si ya veíamos bastante a Duggan antes, no será nada en comparación con lo que le veremos ahora que la investigación se ha reactivado. Es evidente que Martha fue asesinada, y si la gente de aquí empieza a pensar que uno de nosotros fue el responsable de su muerte, la publicidad será muy negativa.

-¿Publicidad? Por el amor de Dios, Natalie, ¿a quién le preocupa la publicidad?

-Te diré a quién. A mi marido. Cada céntimo de Bob está invertido en su lujoso restaurante. El porqué pensó que podría triunfar sin tener ni idea de hostelería es una pregunta a la que solo podría responder un psiquiatra. Tie­ne un nudo en el estómago porque piensa que, si se nos presta demasiada atención por haber asistido a la fiesta, su negocio podría verse perjudicado. No está para demasia­dos trotes, debería añadir: hasta el momento, ya han pasa­do tres chefs por allí.

Will había ido al restaurante varias veces. La decora­ción era opresiva y ostentosa, y además se exigía chaqueta y corbata por la noche, lo cual no agradaba a los veraneantes. «Sugerí que olvidara lo de la corbata», pensó Will. La comida era corriente y los precios demasiado elevados.

-Natalie -dijo-, sé que Bob está sometido a mucha pre­sión, pero pensar que el haber estado en la fiesta de los Lawrence ahuyentará a la clientela es un poco paranoico.

«Y si perdéis mucho dinero, tu contrato prenupcial no valdrá gran cosa», pensó.

Natalie suspiró y se levantó de la silla.

-Espero que tengas razón, Will. Bob es un manojo de nervios. Me ladra a la menor insinuación.

-¿Qué tipo de insinuación?

«Aunque ya me imagino cuál», pensó Will.

-Que, tal vez, antes de despedir a otro chef, debería re­cibir clases para ocuparse personalmente de la cocina. -Na­talie se encogió de hombros y sonrió-. Hablar contigo me tranquiliza. Aún no habrás comido. Vamos a tomar algo.

-Iba a pedir que me enviaran un bocadillo.

-De ninguna manera. Vamos a comer al Oíd Mili. Ven­ga, necesito compañía.

Cuando salieron a la calle, ella le cogió del brazo.

-La gente murmurará -sugirió Will sonriendo.

-¿Y qué? De todos modos, la gente me mira mal. Le dije a Bob que deberíamos mudarnos a otro sitio. Esta ciu­dad es demasiado pequeña para mí y su primera esposa.

Mientras aguantaba la puerta del coche para que Na­talie subiera, el sol arrancó destellos de su largo pelo rubio.

Por un motivo desconocido, la declaración del fiscal pasó por la mente de Will. «Entre los restos se encontraron mechones de largo pelo rubio.»

Era bien sabido que Bob Frieze, al igual que su mujer de bandera, tenía debilidades.

Sobre todo por las mujeres guapas de largo pelo rubio.

 

 

14

 

La doctora Lillian Madden, una importante psicóloga que solía utilizar la hipnosis en su terapia, creía a pies juntillas en la reencarnación y conseguía que algunos pacientes se retrotrayeran a vidas pretéritas. Creía que el trauma sufri­do en otras vidas constituía el origen del dolor emocional en la vida presente.

Muy solicitada en el circuito de las conferencias, se ex­playaba sobre una de sus premisas favoritas: la de que la gente que conocemos en esta vida era gente que conocía­mos en las anteriores.

«No quiero decir que su marido fue su marido hace trescientos años —explicaba a los oyentes subyugados-, pero sí creo que tal vez era su mejor amigo. Del mismo modo, una persona con la que ha tenido problemas quizá fue un adversario en otra vida.»

Era viuda y no tenía hijos, con domicilio y consulta en Belmar, una ciudad cercana a Spring Lake. Se había entera­do la noche anterior del hallazgo del cadáver de Martha Lawrence y había experimentado el pesar que compartían todos los residentes en las ciudades vecinas.

Que un nieto no estuviese a salvo mientras corría en una mañana de verano les resultaba incomprensible a todos. Y descubrir que el cuerpo asesinado de Martha Lawrence había sido enterrado tan cerca del hogar de sus abuelos con­venció a todo el mundo de que alguien, en apariencia de confianza, debía ser el culpable. Alguien a quien recibían sin reparos en sus casas.

Después de oír el informe, Lillian Madden, una insom­ne recalcitrante, había pasado incontables horas meditando sobre la posible finalidad del trágico descubrimiento, sabía que la familia de Martha jamás habría abandonado la ilusa esperanza de que un día, milagrosamente, la joven reapareciera sana y salva. En cambio, ahora vivían con la cruel certeza de que habían pasado muchas veces por delante de la finca donde su cuerpo estaba enterrado.

Habían transcurrido cuatro años y medio. ¿Habría re­gresado Martha en una nueva reencarnación? ¿Era el bebé recién nacido en casa de la hermana mayor de Martha el alma que en otro tiempo había morado en el cuerpo de la joven asesinada?

Lillian Madden lo consideraba posible. Rezó para que la familia Lawrence intuyera que, al dar la bienvenida al bebé, estaban también dando la bienvenida a Martha.

Empezaba a recibir a los pacientes a las ocho de la ma­ñana, una hora antes de que llegara la secretaria, Joan Hodges. A mediodía, la doctora Madden fue a hablar con Joan a la recepción.

Joan, vestida con un traje pantalón hecho a medida que disimulaba su reciente aumento de talla, no la oyó entrar. Se estaba apartando un mechón de pelo rubio de la frente con una mano, mientras garabateaba un mensaje con la otra.

-¿Algo importante? -preguntó la doctora Madden.

Joan levantó la vista, sobresaltada.

-Oh, buenos días, doctora. No sé si es importante, pero no le va a gustar -dijo.

Joan, ya abuela a sus cuarenta y cuatro años, era en opinión de Lillian Madden la persona perfecta para traba­jar en la consulta de un psicólogo. Jovial, práctica, imperturbable y simpática, tenía el don de tranquilizar a los pa­cientes.

-¿Qué es lo que no me va a gustar? -preguntó Lillian Madden mientras recogía las notas.

-El fiscal ha dado otra conferencia de prensa, y durante esta última hora usted ha recibido llamadas de tres de los periódicos más sensacionalistas de todo el país. Le diré por qué.

Lillian escuchó en asombrado silencio mientras su se­cretaria le contaba lo del dedo de otra mujer, adornado con un anillo, encontrado en la mano de Martha Lawrence, y el hecho de que Madeline Shapley, igual que Martha, había desaparecido un 7 de septiembre.

-¿No creerán que Martha era la reencarnación de Ma­deline y que estaba destinada a la misma muerte terrible? -preguntó Lillian-. Eso sería absurdo.

—No preguntaron eso -dijo Joan Hodges en tono som­brío—. Quieren saber si usted cree que el asesino de Ma­deline se ha reencarnado. —La miró-. Pensándolo bien, doc­tora, no se les puede culpar por preguntar eso, ¿verdad?

 

 

 

15

 

A las dos, Tommy Duggan volvió a su despacho, seguido por Pete Walsh. Después de la conferencia de prensa, un equipo de la oficina del fiscal había empezado a repasar el expediente de Martha Lawrence. Cada detalle, desde la primera llamada telefónica que denunció la desaparición de Martha hasta el hallazgo de su cadáver, estaba siendo escudriñado para ver si habían pasado algo por alto.

Osborne había puesto a Tommy al mando de la investi­gación y había asignado a Pete Walsh como su ayudante. Walsh había sido agente de policía en Spring Lake durante ocho años, antes de entrar en la oficina del fiscal hacía dos meses.

También había sido miembro del equipo de investiga­ción que había pasado la noche en el archivo del tribunal buscando en cajones polvorientos datos sobre la desapari­ción de Madeline Shapley en 1891.

Fue Walsh quien sugirió mirar si había informes sobre mujeres desaparecidas en esa época y había desenterrado los nombres de Letitia Gregg y Ellen Swain.

Tom miró a Walsh con compasión.

—No lo había mencionado antes, pero pareces un des­hollinador -le dijo.

El polvo y la mugre de una noche de búsqueda se había adherido a la piel y a la ropa de Pete. Sus ojos estaban in­yectados en sangre y, aunque tenía la corpulencia de un jugador de rugby, sus hombros empezaban a encorvarse de fatiga. A los treinta años, pese a una calva incipiente, pare­cía un chaval cansado.

-¿Por qué no te vas a casa, Pete? -propuso Tom-. Te estás durmiendo de pie.

-Estoy bien. Dijiste que querías hacer unas llamadas. Nos las repartiremos.

Tom se encogió de hombros.

-Como quieras. El depósito de cadáveres entregará los restos de Martha a la familia a última hora de hoy. Han acordado que un encargado de ceremonias los recoja y los lleve al crematorio. Los familiares cercanos estarán presen­tes y acompañarán la urna con sus cenizas hasta el mauso­leo familiar, en el cementerio de St Catherine. Como sabes, la información no se filtrará al público. La familia quiere que la ceremonia sea íntima.

Pete asintió.

-Un portavoz de la familia ya habrá anunciado a la prensa que el sábado se celebrará una misa en memoria de Martha en St Catherine.

Tommy estaba seguro de que casi todas las personas que habían asistido a la fiesta celebrada la noche anterior a la desaparición de Martha acudirían a la misa. Ya había indicado a Pete que quería reunirías a todas bajo un mis­mo techo, donde fuera, para interrogarlas por separado. Podrían descubrir con mayor rapidez si aparecían contradicciones en sus recuerdos… o tal vez no, pensó con amargura.

Veinticuatro invitados y cinco miembros de la empresa de catering se habían reunido en casa de los Lawrence aquella noche.

-Pete, después de reunirlos haremos lo de costumbre. Habla un poco con ellos, de uno en uno, y trata de averi­guar si alguno perdió algo en esa fiesta. Nuestro principal objetivo es descubrir si alguien llevaba un pañuelo de seda gris con cuentas metálicas.

Tommy sacó la lista de invitados y la dejó sobre el es­critorio.

—Voy a llamar a Will Stafford para preguntarle si puedo reunir a todo el mundo en su casa después de la misa -dijo-. Si él da su aprobación, empezaremos con las llamadas.

Tendió la mano hacia el teléfono.

Stafford acababa de llegar de comer.

-Claro que puede convocar la reunión -dijo-, pero será mejor que la retrase un poco. Tengo sobre mi escritorio una invitación de los Lawrence. Después de la misa ofrece­rán un bufé frío en su casa para los amigos íntimos. Estoy seguro de que casi todos los invitados de la fiesta estarán incluidos.

-En ese caso, pídales que estén en casa de usted a las tres en punto. Gracias, señor Stafford.

«Daría cualquier cosa por ir a ese bufé», pensó Tommy, asintiendo en dirección a Pete.

—Ahora que tenemos el lugar y la hora, empecemos con las llamadas. Tenemos que estar en casa de Emily Graham dentro de una hora. Vamos a intentar convencerla con bue­nas palabras de que nos dé permiso para que la excavadora remueva todo el patio.

Empezaron a hacer llamadas telefónicas y localizaron a todo el mundo, excepto a Bob Frieze.

-Le llamará después -prometió un empleado del res­taurante.

-Dígale que me llame lo antes posible -pidió Tommy-. He de irme pronto.

-Mejor de lo que esperaba -dijo a Pete mientras coteja­ban los resultados de las demás llamadas.

 

A excepción de dos parejas ancianas que no podían estar implicadas en la muerte de Martha, todas las demás perso­nas invitadas a la fiesta pensaban asistir a la misa del sábado.

Llamó de nuevo al restaurante The Seasoner, y esta vez Bob Frieze accedió a ponerse. La petición de personarse en casa de Stafford provocó una vigorosa protesta.

-Los sábados por la tarde y por la noche estoy muy ocupado en mi restaurante -dijo-. Hemos hablado infini­dad de veces, detective Duggan. Le aseguro que no puedo añadir nada más a lo que ya le he dicho.

—Quizá no le haría gracia que la prensa se enterara de que se resiste a colaborar con la policía -replicó Tommy.

Cuando colgó, sonrió satisfecho.

-Me gusta amenazar a ese tipo -dijo a Walsh-. Me sienta bien.

-También a mí me ha gustado oírte amenazarle. Cuan­do trabajaba en la comisaría de Spring Lake, todo el mundo tenía el número de ese tipo. La primera señora Frieze era una mujer adorable, a la que dejó plantada después de que le diera tres hermosos niños y aguantara sus escapaditas durante treinta años. Todos sabíamos que Bob Frieze era un mujeriego. Es un ser despreciable. Hace ocho años, cuando yo era un novato, le metí una multa por exceso de velocidad y él hizo todo lo posible para que me echaran del cuerpo.

-Lo que empiezo a preguntarme es si su segundo matri­monio le ha curado de su faceta de mujeriego -dijo Tommy con aire pensativo-. Se está poniendo a la defensiva.

Se levantó.

-Vamos. Tenemos tiempo de comer algo antes de reu­nimos con la Graham.

De pronto, Tommy se dio cuenta de que no probaba bo­cado desde que alguien había traído café y donuts hacía unas horas. Por un momento forcejeó con sus demonios, y a continuación pensó en lo que iba a pedir en el McDonald’s. Un Super Mac con doble ración de patatas fritas. Y una coca-cola grande.

 

 

16

 

 

A las tres menos cuarto, Emily aparcó delante de la casa de Clayton y Rachel Wilcox, en Ludlam Avenue. Media hora antes, había llamado a Will Stafford para que le sugiriera dónde debería empezar su investigación sobre la desapari­ción de Madeline Shapley.

-Will -dijo, con cierto tono de disculpa-, sé que pensa­bas haber terminado conmigo después de cerrar el trato ayer, y tenías razón. No quisiera ser un coñazo, pero nece­sito averiguar algunas cosas sobre Spring Lake durante la época en que mi familia vivió aquí. Quiero informes poli­ciales, artículos periodísticos o cualquier otra información sobre el caso de Madeline, si todavía existen. Y no sé por dónde empezar.

-Nuestra biblioteca de la Tercera Avenida contiene ex­celente material de referencia -dijo el abogado-, pero la Sociedad Histórica del condado de Monmouth, en Free-hold, es sin duda la principal fuente de información.

Emily le dio las gracias, y ya estaba a punto de colgar, cuando él dijo:

-Espera un momento, Emily. Un buen atajo podría ser hablar con el doctor Clayton Wilcox. Fue rector de una universidad, pero ya está jubilado y se ha convertido en el historiador no oficial de la ciudad. Hay otro dato que pue­de interesarte: él y su mujer, Rachel, asistieron a la fiesta que ofrecieron los Lawrence en su casa la noche antes de que Martha desapareciera. Déjame que le llame.

Volvió a telefonear un cuarto de hora después.

-Clayton estará encantado de recibirte. Ve ahora mis­mo. Le expliqué lo que querías y ya está reuniendo material para ti. Anota su dirección.

«Aquí estoy», pensó Emily mientras bajaba del coche. La mañana había sido soleada y relativamente calurosa, pero el tenue sol del atardecer y el viento se habían com­binado para proporcionar una atmósfera fría y llena de sombras.

Subió a paso ligero los escalones del porche y llamó al timbre. La puerta se abrió al cabo de un momento.

Aunque nadie se lo hubiera dicho, habría adivinado por instinto que el doctor Clayton Wilcox era un académi­co. No podía ser otra cosa con su pelo alborotado, las ga­fas colgadas sobre el extremo de la nariz, los ojos de grue­sos párpados y el abultado jersey que llevaba sobre la camisa y la corbata. Solo faltaba la pipa, pensó.

Su voz era profunda, y habló con un tono agradable cuando la recibió.

-Entre, por favor, señora Graham. Ojalá pudiera decir «bienvenida a Spring Lake» sin más, pero, dadas las trágicas circunstancias del hallazgo del cadáver de Martha Lawrence en su propiedad, no parece lo más apropiado, ¿verdad?

Se hizo a un lado y, cuando pasó junto a él, Emily se quedó sorprendida al comprobar que medía casi un metro ochenta. El hecho de que fuese un poco encorvado daba una primera impresión de menor estatura.

Cogió la chaqueta de Emily y la guió por el pasillo de forma que pasaron ante la sala de estar.

-Cuando decidimos mudarnos a Spring Lake, hace doce años, mi esposa se encargó de buscar la casa -explicó mien­tras le indicaba con un gesto que entrara en una habitación cuyas cuatro paredes estaban forradas de libros de arriba abajo—. Mis únicas exigencias eran que la quería de estilo Victoriano y que una habitación fuera lo bastante amplia para albergar mis libros, mi escritorio, mi sofá y mi butaca.

-Unas instrucciones muy precisas. -Emily sonrió mien­tras paseaba la vista alrededor-. Pero consiguió lo que deseaba.

Era el tipo de habitación que le gustaba. El sofá de piel color vino era mullido y confortable. Le habría gustado echar un vistazo a las estanterías. La mayor parte de los li­bros parecían antiguos, y supuso que los guardados en una sección acristalada eran valiosos.

En la esquina izquierda del enorme escritorio había una pila de libros y papeles amontonados al azar. Una docena de libretas, como mínimo, rodeaban un ordenador portátil abierto. La pantalla estaba encendida.

-Le he interrumpido -dijo Emily-. Lo siento muchísimo.

—No se preocupe. No estaba muy inspirado, y tenía muchas ganas de conocerla.

Wilcox se acomodó en la butaca.

-Will Stafford me ha dicho que está interesada en la historia de Spring Lake. He escuchado las noticias y sé que los restos de su antepasada fueron encontrados con los de la pobre Martha Lawrence.

Emily asintió.

-Es evidente que el asesino de Martha sabía que Ma­deline Shapley estaba enterrada allí, pero la pregunta es có­mo pudo saberlo.

—¿El asesino? ¿Supone que el asesino actual es un hombre?

Wilcox enarcó una ceja.

—Creo que es más que probable, pero no estoy segura. Tampoco tengo ninguna certeza sobre el asesino de hace cien años. Madeline Shapley era la hermana de mi bisabue­la. Si hubiera vivido hasta los ochenta años, habría muerto hace un par de generaciones y a estas alturas nadie la recor­daría, como nos pasará a todos con el tiempo. En cambio, fue asesinada cuando solo contaba diecinueve años. En cierta manera peculiar, para nuestra familia no está muer­ta. Es una asignatura pendiente.

Emily se inclinó y enlazó las manos.

-Doctor Wilcox, soy una abogada criminalista, y bas­tante buena. Tengo mucha experiencia en lo tocante a reu­nir pruebas. Hay una relación entre las muertes de Martha Lawrence y Madeline Shapley, y cuando uno de esos asesi­natos se resuelva, puede que el otro también. Tal vez le pa­rezca ridículo, pero creo que quien descubrió que Madeline Shapley estaba enterrada en el jardín de su casa familiar también descubrió cómo había muerto.

El hombre asintió.

-Puede que tenga razón. Es posible que haya datos en alguna parte. Tal vez una confesión por escrito. O una carta. De todos modos, está sugiriendo que la persona que descubrió tal documento no solo lo ocultó, sino que utilizó la información sobre la sepultura cuando cometió el crimen.

-Estoy sugiriendo eso, en efecto. Y algo más. Creo que ni Madeline en 1891 ni Martha hace cuatro años y medio eran el tipo de chicas que se va con un desconocido a las primeras de cambio. Lo más probable es que cayeran en la trampa de alguien en quien confiaban.

-Me parece que esa es una conclusión arriesgada, se­ñora Graham.

-No necesariamente, doctor Wilcox. Sé que la madre y la hermana de Madeline se encontraban en la casa cuando ella desapareció. Era un día caluroso de septiembre. Las ventanas estaban abiertas. La habrían oído si hubiera gritado.

Martha Lawrence salió a correr. Era temprano, pero no debía de ser la única que hacía ejercicio. Hay casas que dan al paseo. Habría sido muy osado, y muy imprudente, abordarla y arrastrarla por la fuerza hasta un coche o una furgoneta sin ser observado.

-Le ha dado muchas vueltas al problema, ¿verdad, se­ñora Graham?

-Llámeme Emily, por favor. Sí, he pensado mucho en el caso. No es difícil concentrarse en el asunto cuando un equipo de la policía científica está peinando mi patio trase­ro en busca de huesos de mujeres asesinadas. Por suerte, no empiezo a trabajar en Manhattan hasta el 1 de mayo. Has­ta entonces tengo tiempo para investigar. -Se puso en pie-. Ya le he robado bastante tiempo, doctor Wilcox; tengo que volver a casa para encontrarme con un detective de la ofici­na del fiscal.

Wilcox también se levantó.

-Cuando Will Stafford telefoneó, seleccioné algunos li­bros y artículos sobre Spring Lake que tal vez le sean útiles. También hay algunas copias de recortes de periódicos de la década de 1890. Solo son la punta del iceberg, pero la man­tendrán ocupada durante un tiempo.

La pila de libros y papeles que Emily había visto sobre el escritorio era el material que Wilcox había reunido para ella.

-Espere un momento. No podrá llevárselo así -dijo, más para sí que para ella. Abrió el último cajón del escrito­rio y sacó una bolsa de tela doblada con la leyenda Librería de Enoch College impresa-. Si guarda siempre mis libros dentro de la bolsa, no se extraviarán -sugirió. Señaló al es­critorio-. Estoy escribiendo una novela histórica ambienta­da en Spring Lake en 1876, el año en que inauguraron el hotel Monmouth. Es mi primer intento de escribir ficción y lo considero un gran desafío. -Sonrió—. He escrito mucho sobre temas académicos, por supuesto, y estoy descubrien­do que es más fácil escribir sobre temas reales que ficticios.

La acompañó hasta la puerta.

—Reuniré más material para usted, pero ya hablaremos después de que haya examinado todas estas referencias. Tal vez se le ocurran algunas preguntas.

-Ha sido usted muy amable -dijo Emily mientras se es­trechaban la mano en la puerta.

Ignoraba por qué había experimentado una repentina sensación de incomodidad, incluso de claustrofobia. «Es la casa -pensó mientras bajaba los escalones y subía al co­che-. A excepción de su estudio, carece de alegría.»

Había echado un vistazo a la sala de estar cuando pasó por delante. La tapicería oscura y las recias cortinas consti­tuían lo peor de la decoración victoriana, pensó. Todo era grueso, oscuro y formal. Se preguntó cómo sería la señora Wilcox.

Desde la ventana, Clayton Wilcox observó a Emily alejarse en el coche. Una joven muy atractiva, pensó mientras vol­vía a su estudio a regañadientes. Se sentó ante el escritorio y pulsó el intro del ordenador.

El salvapantallas desapareció, y recuperó la página en la que estaba trabajando. Se refería a la frenética búsqueda de una joven que había ido a Spring Lake con sus padres para asistir a la inauguración del hotel Monmouth que tu­vo lugar en 1876.

Clayton Wilcox sacó del primer cajón del escritorio una copia de un artículo de portada aparecido en el Seaside Gazette el 12 de septiembre de 1891.

Empezaba así: «Se sospecha algo siniestro en la miste­riosa desaparición, hace cinco días, de Madeline Shapley en Spring Lake…».

 

 

17

 

 

-Ya no puedo más -dijo Nick en voz alta.

Estaba de pie, ante la ventana de su despacho del bufe­te Todd, Scanlon, Klein & Todd, mirando la calle, que se encontraba treinta pisos más abajo. Los coches desapare­cían en el túnel que comunicaba la calle Cuarenta con la Treinta y tres, bajo Park Avenue South. «La única diferen­cia entre los coches y yo, es que yo estoy atascado en el tú­nel -pensó-. Los coches salen por el otro lado.»

Había pasado la mañana en la sala de conferencias, tra­bajando en el caso Hunter. «Hunter va a salir libre como un pajarito y yo habré colaborado a que eso sea posible.» La certidumbre le daba náuseas.

«No quiero herir a papá, pero no puedo hacerlo», reco­noció. Pensó en aquellas antiguas y sabias palabras: «Por encima de todo, has de ser fiel a ti mismo y, así como el día sigue a la noche, no puedes engañar a ningún hombre».

«Ya no puedo seguir engañándome a mí mismo. Este no es mi lugar. No quiero estar aquí. Quiero procesar a esos crápulas, no defenderlos.»

Oyó que la puerta de su despacho se abría. Sólo una persona lo haría sin llamar antes. Se volvió poco a poco. Tal como esperaba, era su padre.

—Nick, tenemos que hacer algo acerca de Emily Graham. Debía de estar loco cuando le dije que podía esperar hasta el 1 de mayo para empezar a trabajar. Acabamos de aceptar un caso que le va como anillo al dedo. Quiero que vayas a Spring Lake y le digas que la necesitamos aquí an­tes de una semana.

Emily Graham. El pensamiento que había sorprendido a Nick cuando la vio en acción en el tribunal pasó por su mente. Emily y su padre eran tal para cual. Habían nacido para ser abogados defensores.

Había estado a punto de decirle a su padre que dimitía.

«Puedo esperar un poco más -decidió-. Pero en cuanto Emily Graham se incorpore, me largo de aquí.»

 

 

18

 

La pregunta formulada al fiscal por la chillona reportera durante la nueva conferencia de prensa televisada le delei­taba: «¿Cree que el asesino de Martha es una reencarna­ción?».

Pero la brusca negativa del fiscal a aceptar la posibili­dad le ofendía.

«Me he reencarnado -pensó-. Nos hemos convertido en uno. Puedo demostrarlo. Lo demostraré.»

A última hora de la tarde, había decidido cómo revelar la verdad sobre sí mismo a los escépticos. Una sencilla pos­tal sería suficiente, pensó. Un tosco dibujo, como el de un niño pequeño.

Lo enviaría por correo el sábado. Camino de la iglesia.

 

 

19

 

Tommy Duggan y Pete Walsh la estaban esperando en el porche cuando Emily llegó a casa.

Tommy desechó sus disculpas con un ademán.

—Hemos llegado un poco pronto, señora Graham.

Presentó a Pete, que se apresuró a coger la bolsa de li­bros que Clayton Wilcox había prestado a Emily.

-Parece que se ha aprovisionado de una buena canti­dad de lectura, señora Graham -comentó mientras ella abría la puerta.

-Creo que sí.

La siguieron hasta el vestíbulo.

-Hablaremos en la cocina -sugirió Emily-. Me apetece una taza de té, y tal vez pueda persuadirles de que me acompañen.

Pete Walsh aceptó. Tommy Duggan declinó la invita­ción, pero no pudo resistir la tentación de tomarse un par de galletas de chocolate.

Se sentaron a la mesa de la cocina. El ventanal propor­cionaba una vista deprimente de la obra y los montones de tierra que la rodeaban. Las palabras ESCENA DEL CRI­MEN. PROHIBIDO EL PASO estaban impresas en las cin­tas que acordonaban la zona. Vieron al policía que custodia­ba la obra asomado a la ventana de la caseta de baño.

-Parece que el equipo de la policía científica se ha mar­chado -comentó Emily-. Espero que eso signifique el fin de la investigación, al menos en mi casa. Quiero que el contratista llene ese hoyo. He decidido olvidarme de la piscina.

—Precisamente queríamos hablar con usted sobre eso, señora Graham -dijo Tommy-. Aprovechando que la ex­cavadora sigue aquí, nos gustaría levantar el resto del patio.

Emily le miró asombrada.

—¿Para qué?

-Es muy importante. Tendría la seguridad de saber que nunca más volverá a padecer otro susto como el de ayer.

-No creerá que hay otros cuerpos enterrados ahí fuera, ¿verdad?

-Señora Graham, sé que vio al fiscal en la tele, porque le telefoneó para preguntarle sobre el anillo encontrado.

-Sí.-Entonces le oiría decir que después de que su… ¿quién era, la hermana de su bisabuela? desapareciera en 1891, otras dos jóvenes desaparecieron en Spring Lake.

—Santo Dios, ¿creen que tal vez estén enterradas ahí?

Emily señaló al patio trasero.

—Quisiéramos averiguarlo. También nos gustaría obte­ner una muestra de sangre de usted para comprobar me­diante el ADN si el hueso encontrado era de Madeline Shapley.

De pronto, Tom Duggan se dio cuenta de que estaba siendo presa del agotamiento absoluto que se apodera de cualquiera que apenas ha dormido en un día y medio. Se sen­tía embotado y lento de reflejos. Sintió pena por Emily Graham. A juzgar por su aspecto, estaba preocupada y asustada.

El día anterior, la habían investigado a fondo. Era una abogada defensora importante que iba a trabajar para uno de los bufetes más prestigiosos de Manhattan. Estaba divorciada de un gilipollas que había intentado aprovecharse de ella cuando ganó un montón de dinero. Había sido vícti­ma de un acosador que se encontraba ahora en un centro psiquiátrico. Pero alguien le había tomado una foto la no­che que llegó a Spring Lake y la había deslizado por debajo de su puerta.

Cualquiera habría podido buscarla en Internet y averi­guar lo del acosador. Hubo mucha publicidad cuando le detuvieron. Algún chico estúpido de la localidad habría en­contrado divertido asustarla. Los polis de Spring Lake eran buenos. Vigilarían a cualquiera que se acercara a su casa. Tal vez conseguirían encontrar huellas dactilares en la foto o en el sobre.

Y ahora estaba sentada en esa bonita casa, con un pa­tio trasero donde parecía que había caído una bomba, por­que los restos de dos víctimas de asesinato, una de ellas su propia pariente, habían sido enterrados allí. Era lamen­table.

Tommy sabía que Suzie, su mujer, querría conocer co­sas sobre Emily Graham. Su aspecto, su indumentaria. Suzie había considerado la explicación de su encuentro anterior con Emily Graham muy insuficiente. Así que Tommy intentaba resumir las impresiones que le transmitiría cuando llegara a casa por la noche.

Emily Graham vestía téjanos, un jersey rojo con un cuello enorme y botines. No había comprado esas prendas de rebajas, desde luego. Llevaba unos sencillos pendientes de oro, pero ningún anillo. Su lacio cabello castaño oscuro lle­gaba hasta los hombros. Sus grandes ojos castaños pare­cían preocupados y aprensivos en ese momento. Era muy bonita, quizá incluso guapa.

«Dios mío, me estoy quedando dormido mientras ha­blo con ella», pensó.

-Señora Graham, no quiero que este verano esté senta­da con sus amigos mientras se pregunta si van a emerger de repente más huesos humanos a la superficie.

-Pero ¿no es cierto que, si otras dos jóvenes desapare­cieron en la década de 1890 y sus cadáveres fueran encon­trados aquí, eso demostraría que hubo un asesino en serie en esta ciudad hace ciento diez años?

-Sí -reconoció Duggan-. Sin embargo, mi principal preocupación es detener al tipo que mató a Martha Lawrence. Siempre he creído que era alguien de aquí. Las raí­ces de muchos habitantes de esta ciudad se remontan has­ta tres y cuatro generaciones. Otros pasaban los veranos aquí o trabajaban en los hoteles cuando iban a la univer­sidad.

—Tom y yo trabajamos en el Warren —comentó Walsh-. Con diez años de diferencia, claro está.

Duggan le traspasó con la mirada, como diciéndole «no me interrumpas».

-Los huesos que había bajo el esqueleto de Martha se hallaban en una tumba relativamente poco honda -conti­nuó-. Habrían sido encontrados hace mucho tiempo, de no ser por el árbol. Con los años, algunos habrían salido a la superficie. Mi hipótesis es que alguien se topó con ellos en un momento dado, quizá incluso encontró el dedo con el anillo, lo guardó y, cuando asesinó a Martha, decidió ente­rrarla con el hueso.

Miró a Emily.

-Está negando con la cabeza -dijo-. Creo que no está de acuerdo.

-He bajado la guardia -dijo Emily-. Un buen abogado defensor siempre pone cara de póquer. No, señor Duggan, no estoy de acuerdo. Me cuesta demasiado creer que al­guien encontró el hueso, nunca se lo contó a nadie, asesinó a la pobre chica de los Lawrence y luego decidió enterrarla aquí. No me lo trago.

—¿Cómo lo explicaría?

—Creo que la persona que asesinó a Martha sabía muy bien lo que sucedió en 1891 y cometió un crimen inspirado en aquel.

-No creerá en la reencarnación, espero.

-No, pero sí creo que el asesino de Martha sabe todo lo referente a la muerte de Madeline Shapley.

Tom se levantó.

-Señora Graham, esta casa ha cambiado de propieta­rios varias veces durante todos estos años. Vamos a exami­nar los registros para averiguar quiénes fueron esos propie­tarios y ver si alguno todavía sigue por aquí. ¿Nos dejará remover el patio?

—De acuerdo. -Su voz sonó resignada—. Y ahora, yo voy a pedirle algo. Déjeme ver la documentación que ha encon­trado sobre las desapariciones de Madeline y de esas otras dos jóvenes en la década de 1890.

Intercambiaron una mirada.

-Tendré que consultarlo con el jefe, pero creo que no habrá problema -dijo Duggan.

Les acompañó hasta la puerta.

—El contratista me dijo que podría empezar mañana a primera hora -les informó—. Había confiado en que llena­rían el hoyo, pero si hay que remover todo el patio, qué le vamos a hacer.

-Un equipo de la policía científica vendrá a examinar la tierra. No deberían tardar más de un día, máximo dos, y luego podrá olvidar todo esto -prometió Duggan.

Condujeron en silencio durante cinco minutos.

-¿Piensas lo mismo que yo, Pete? -preguntó por fin Duggan.

—Quizá.

-¿Esa chica, Carla Harper, de Filadelfia?

—Exacto.

-Desapareció hace dos años, en agosto.

-Exacto. Una testigo ocular jura haberla visto hablan­do con un tipo en un restaurante de carretera, en las afue­ras de Filadelfia. Afirma que iban en coches diferentes, pero cuando se fueron, él la siguió. La testigo jura que el coche del tipo tenía matrícula de Filadelfia. Al cabo de un par de días, el bolso de la Harper, sin que por lo visto falta­ra nada, apareció en una zona boscosa, no lejos del restau­rante. El fiscal de Filadelfia se encarga del caso.

Tommy telefoneó a la oficina y pidió que le pusieran con Len Green, otro detective que trabajaba en el caso.

-Len, ¿cuándo desapareció la segunda mujer en la dé­cada de 1890?

-Dame un minuto. -Siguió una pausa-. Ya lo tengo: el 5 de agosto de 1893.

-También necesito saber cuándo se denunció la desa­parición de Carla Harper.

-Déjame ver.

Tommy sostuvo el auricular hasta que oyó las palabras que esperaba escuchar.

-El 5 de agosto.

—Vamos hacia ahí. Nos vemos dentro de veinte minu­tos. Gracias, Len.

Tommy Duggan ya no tenía sueño. Debían hablar de inmediato con el detective de Filadelfia que se había en­cargado del caso de Carla Harper. Que tanto Madeline Shapley como Martha Lawrence hubieran desaparecido un 7 de septiembre, con un intervalo de ciento diez años, podía ser casual. Pero no que otras dos jóvenes hubieran desaparecido un 5 de agosto y en el mismo lapso de tiempo.

Tenían entre manos a un asesino que se había inspirado en aquellos lejanos crímenes cometidos en Spring Lake.

—¿Sabes lo que esto significa, Pete? -preguntó.

Pete Walsh no contestó. Sabía que Tommy Duggan es­taba pensando en voz alta.

-Significa que, si este tipo está siguiendo una pauta, va a matar a otra joven el 31 de marzo.

-¿Este 31 de marzo?

-Aún no lo sé. En la década de 1890, las tres jóvenes desaparecieron con varios años de diferencia. -Volvió a te­lefonear-. Len, comprueba esto -empezó.

Al poco rato tuvo la información que deseaba.

—Hubo una diferencia de veintitrés meses entre las desa­pariciones de las dos primeras mujeres en la década de 1890. Es el mismo número exacto de meses que median entre la desaparición de Martha Lawrence y Carla Harper.

Entraron en el aparcamiento de la oficina del fiscal.

-Si alguna mujer desaparece en Spring Lake la semana que viene, el 31 de marzo, el ciclo se habrá completado. Y por si no nos divertíamos bastante, puede que también ten­gamos entre manos a un acosador de Emily Graham que se inspira en el anterior.

Cuando Pete Walsh bajó del coche, calló con prudencia que su suegra creía en la reencarnación y que él también empezaba a creer en eso.

 

 

2O

 

Cuando había ido a comprar comida después de firmar el contrato de propiedad de la casa, Emily había añadido un paquete de pollo troceado con la idea de preparar una sopa. Después de que los detectives se marcharan, decidió que la prepararía para la cena.

El hoyo del patio trasero y la posibilidad de que hubie­ra otros cuerpos enterrados allí le provocaban la sensación de que el perfume de la muerte impregnaba el aire que la rodeaba. «Además -se dijo-, siempre pienso mejor cuando tengo las manos ocupadas en trocear en juliana las verdu­ras y amasar pasta. El caldo de pollo beneficia a la mente, y en este preciso momento, la mía necesita cierta ayuda.»

Entró en la cocina y bajó las persianas para no ver la deprimente escena del patio. Sus manos trabajaban sin des­canso: pelaban zanahorias, troceaban apio y cebollas, buscaban condimentos. Cuando encendió el fuego bajo la olla, ya había tomado una decisión.

Había sido una estupidez no llamar a la policía de Albany de inmediato e informar de lo sucedido anoche. De­berían saberlo.

«¿Por qué no les llamé?» Contestó a su propia pregun­ta: «Porque no quiero creer que vaya a empezar otra vez. Me he empeñado en no querer ver la realidad desde que echaron esa fotografía por debajo de mi puerta».

Sabía lo que debía hacer. El detective Walsh había deja­do la bolsa de libros en la cocina. La recogió, fue al estudio y la depositó junto al sofá, delante de la mullida butaca. Se acercó al escritorio, cogió el móvil y se sentó sobre el brazo del sofá.

Su primera llamada fue al detective Marty Browski, de Albany. Había sido uno de los agentes que detuvieron a Ned Koehler cuando rondaba su casa. La reacción de Browski a lo que le contó fue de asombro y preocupación.

-Yo diría que se trata de un imitador o bien de un amigo de Koehler que ha decidido seguir sus pasos. Lo investigare­mos. Me alegro de que llamaras a la policía local, Emily. Mira, voy a telefonearles para advertirles de la gravedad del problema. Les pondré en antecedentes.

Su siguiente llamada fue a Eric Bailey. Pasaban de las cinco, pero aún seguía en su oficina y se alegró de oír a Emily.

-Albany no es lo mismo sin ti -dijo. Emily sonrió al escuchar su tono de preocupación. Pese a estar forrado de millones, Eric nunca cambiaría, pensó. Era tímido y desvalido, pero también era un genio.

-Yo también te echo de menos -le aseguró-. Quiero pe­dirte un favor.

-Estupendo. Ya está hecho, sea lo que sea.

—Eric, la cámara de seguridad que colocaste en mi casa de la ciudad fue lo que permitió que detuvieran a Ned Koehler. Me ofreciste una para Spring Lake. Acepto. ¿Puedes en­viar a alguien para que la instale?

-Iré yo mismo. Tengo ganas de verte. Estos próximos días estoy muy liado. ¿Qué te parece el lunes?

Le imaginó con la frente arrugada y los dedos jugueteando con algún objeto de su escritorio. Cuando triunfó, cambió sus téjanos, camisetas y parkas por un vestuario lujoso. De­testaba los chismes maliciosos que la gente difundía sobre él, sobre que seguía pareciendo un colgado. Pobrecillo.

—El lunes me va bien.

—¿Cómo va tu casa?

-Ya te contaré el lunes.

«Eso será lo máximo que pueda hacer -pensó Emily mientras colgaba-. Vamos a ver esos libros.»

Pasó las tres horas siguientes ovillada en la butaca, ab­sorta en los libros que Wilcox le había prestado. Había ele­gido bien, pensó. Se sintió transportada a una era de ca­rruajes de caballos, lámparas de aceite y aristocráticas mansiones estivales.

Teniendo en cuenta el precio que acababa de pagar por la casa, la ordenanza municipal que fijaba en tres mil dóla­res la cantidad mínima que el dueño de una propiedad po­día gastar en construir una vivienda nueva le arrancó una sonrisa.

El informe de 1893 del presidente de la Junta de Salud Pública, referido a la necesidad de evitar tirar basura al mar «con el fin de mantener nuestra playa libre de las ma­terias ofensivas arrojadas en ella día tras día», era un iróni­co recordatorio de que algunas cosas nunca cambian.

Un libro con muchas fotografías incluía una de un pic­nic dominical escolar en 1890. En la lista de los niños asis­tentes figuraba el nombre de Catherine Shapley.

«La hermana de Madeline. Mi bisabuela -pensó Kmily—. Ojalá pudiera localizarla.» En aquel mar de ros­tros era imposible emparejar uno de ellos con las escasas fotos familiares que se habían salvado del incendio.

A las ocho, volvió a la cocina y acabó de preparar la cena. Una vez más, puso un libro en vertical sobre la mesa. Lo había reservado porque parecía el más interesante. Se titulaba Reflexiones de una niñez y había sido publicado en 1938. La autora, Phyllis Gates, veraneaba en Spring Lake a finales de la década de 1880 y a principios de la siguiente.

El libro estaba bien escrito y ofrecía un vivido retrato de la vida social en aquellos tiempos. Se describían picnics y cotillones, espléndidos festejos en el hotel Monmouth, baños en el mar y paseos a caballo y en bicicleta. Pero lo que más intrigaba a Emily eran los numerosos extractos de un diario que Phyllis Gates había escrito durante aquellos años.

Emily había terminado de cenar. Le escocían los ojos de cansancio y estaba a punto de cerrar el libro, cuando volvió la página y vio el nombre de Madeline Shapley en un extracto del diario.

18 de junio de 1891. Esta tarde hemos asistido a una merien­da en casa de los Shapley. Era para celebrar el decimonoveno cumpleaños de Madeline. En el porche habían colocado doce mesas bellamente adornadas con flores del jardín. Me senté en la mesa de Madeline, al igual que Douglas Cárter, que está muy enamorado de ella. Le tomamos el pelo a Madeline a propósito de él.

En un extracto de 1891, la autora escribía:

Acabábamos de cerrar nuestra casa y regresar a Filadelfia, cuando nos enteramos de la desaparición de Madeline. Fue muy doloroso para todos nosotros. Mamá regresó a toda pri­sa a Spring Lake para expresar su condolencia y encontró a la familia sumida en un estado de profundo pesar. El padre de Madeline le confesó que, por el bien de la salud de su mu­jer, se iba a mudar con la familia a otra zona.

A punto de cerrar el libro, Emily pasó las páginas. Un extracto de 1893 llamó su atención.

Douglas Cárter se ha suicidado. Había perdido el tren en Nueva York aquel fatídico día y tuvo que esperar uno poste­rior. Se obsesionó con la idea de que, si hubiera llegado an­tes, tal vez la habría salvado.

Mi madre pensaba que había sido una grave equivoca­ción por parte de los padres de Douglas no cambiarse de casa, pues la suya quedaba enfrente de la de los Shapley, al otro lado de la calle.

Pensaba que habrían podido evitar la melancolía que se apoderó de Douglas, que se pasaba las horas mirando el por­che de los Shapley.

Emily dejó el libro. Sabía que Douglas Cárter se había suicidado. Pero no que vivía en la casa de enfrente.

«Me gustaría saber más acerca de él -pensó-. Me pre­gunto hasta qué punto estaban seguros de que había perdi­do el tren.»

 

 

VIERNES  23   DE MARZO

 

21

El rumor se había iniciado con la pregunta de la reportera del National Daily al fiscal: «¿Cree que el asesino de Martha es una reencarnación?».

El teléfono de la doctora Lillian Madden empezó a sonar sin tregua el jueves por la tarde. El viernes por la mañana, Joan Hodges, su secretaria, había dado con una respuesta común que no cesaba de repetir: «La doctora Madden con­sidera de mal gusto hablar del tema de la reencarnación en relación con el asesinato de Spring Lake».

El viernes, mientras comían, Joan Hodges no consideró de mal gusto hablar del tema con su jefa.

-Doctora Madden, fíjese en lo que dicen los periódicos, y tienen razón. No fue una casualidad que Martha Lawrence y Madeline Shapley desaparecieran el mismo día. ¿Quiere saber la última noticia?

«Pausa para causar un efecto dramático», pensó Lillian Madden con ironía.

-El 5 de agosto de 1893, Letitia Gregg, escúcheme bien, doctora, no volvió a casa. -Joan abrió los ojos de par en par-. Doctora, una chica llamada Carla Harper, que hace dos años fue a pasar el fin de semana en el hotel Warren, desapareció como por arte de magia. Recuerdo haber leído algo al respecto. Pagó la cuenta y subió a su coche. Una mujer jura que la vio cerca de Filadelfia. Era su lugar de destino. Vivía en Rosemont, en el Main Lifie[3]. Pero ahora, según el New York Post, parece que esa testigo ocular no está muy en sus cabales. -Los ojos desorbitados de Joan se clavaron en el rostro de la doctora Madden-. Doctora, creo que Carla Harper nunca salió de Spring Lake. Creo, y da la impresión de que mucha gente piensa lo mismo, que hubo un asesino en serie en Spring Lake en la década de 1890 y que se ha reencarnado.

-Eso son tonterías -replicó con brusquedad Lillian Madden-. La reencarnación es una forma de madurez espi­ritual. Un asesino en serie de la década de 1890 estaría hoy pagando por sus delitos, no repitiéndolos.

Con paso decidido, mientras su postura indicaba el desagrado que le causaba el tono de la conversación, Lil­lian Madden se dirigió a su despacho y cerró la puerta. Se dejó caer en la butaca del escritorio y apoyó los codos so­bre la mesa. Cerró los ojos y se masajeó las sienes con los dedos índice.

«Dentro de poco los seres humanos serán clonados —pensó—. Todos los que nos dedicamos a la medicina lo sa­bemos. Los que creemos en la reencarnación pensamos que el dolor sufrido en vidas anteriores puede afectarnos en nuestra existencia actual. Pero ¿el mal? ¿Es posible que al­guien repita exactamente, a sabiendas o no, los mismos he­chos malvados que cometió hace un siglo?»

¿Qué era lo que la estaba perturbando? ¿Qué recuerdo intentaba abrirse paso hasta su conciencia?

Lillian se preguntó si podría librarse de la conferencia de aquella noche. No, eso no sería justo con los estudian­tes, decidió. En diez años no había dejado de asistir a nin­guna sesión del curso sobre regresión que impartía cada primavera en el Monmouth County Community College.

Había treinta estudiantes matriculados. La universidad podía vender diez entradas más por cada sesión. ¿Habrían averiguado algunos de los reporteros que le habían telefo­neado la existencia de dichas entradas y se presentarían en la conferencia de esa noche?

A mitad de la sesión, acostumbraba a solicitar voluntarios con el fin de hipnotizarlos y provocar una regresión. En ocasiones ello daba como resultado vividos y detallados, recuerdos de otras encarnaciones. Tomó la decisión de eliminar la parte de la hipnosis esa noche. Durante los últi­mos diez minutos, siempre aceptaba preguntas de estudianles y visitantes. Si los reporteros comparecían tendría que contestarles. No había forma de impedirlo.

Siempre preparaba sus conferencias con antelación. Cada una estaba muy bien vertebrada con la anterior y la siguiente. La conferencia de esa noche se basaba en las observaciones de Ian Stevenson, un profesor de psicología de la Universidad de Virginia. Había puesto a prueba la hipó­tesis de que, con el fin de identificar dos historias vitales diferentes pertenecientes a la misma persona, tenía que haber una continuidad de los recuerdos y/o los rasgos de carácter.

No era la conferencia que habría elegido para esa noche. Mientras repasaba las notas, poco después de salir de casa, Lillian se dio cuenta de que los descubrimientos de Stevenson podían interpretarse como un apoyo a la hipótesis del asesino en serie reencarnado.

Lillian estaba tan ensimismada en sus pensamientos que se sobresaltó cuando Joan llamó a la puerta y entró en el despacho antes de que pudiera darle permiso.

-La señora Pell está aquí, doctora, pero ha llegado an­tes de la hora, de modo que no se dé prisa. Mire lo que le ha Maído.

Joan sostenía un ejemplar del National Daily. Sobre el logotipo se leía EDICIÓN ESPECIAL. El titular rezaba: ASESINO EN SERIE VUELVE DE LA TUMBA.

El artículo continuaba en la segunda y tercera páginas. Las fotos contiguas de Martha Lawrence y Carla Harper estaban encabezadas con la frase «¿Hermanas en la muerte?». El artículo empezaba así: «La policía admite que la testigo ocular que afirmó haber visto a Carla Harper, de veinte años, en un restaurante de carretera cercano a su casa de Rosemont, Pensilvania, tal vez cometiera un error.

Considera muy posible que el bolso de la Harper fuera dejado cerca del restaurante por el asesino, después de la publicidad que se dio a las declaraciones de la testigo. La investigación se centra ahora en Spring Lake, Nueva Jersey».

-Justo lo que le he dicho, doctora. La chica fue vista por última vez en Spring Lake. Y desapareció el 5 de agos­to, el mismo día que Letitia Gregg, pero en 1893.

El periódico también publicaba dibujos de tres jóvenes con los vestidos de cuello alto, mangas largas y faldas hasta el tobillo propios de finales del siglo XIX. El encabezamien­to rezaba: «Las víctimas del siglo XIX».

Una fotografía de una calle flanqueada por árboles y casas de estilo Victoriano estaba emparejada con otra de una calle actual muy parecida. El encabezamiento decía: «Antes y ahora».

El reportaje que seguía iba acompañado del nombre y la fotografía de la autora, Reba Ashby. Empezaba: «Un vi­sitante de la encantadora localidad costera de Spring Lake experimenta la sensación de retroceder a una época más plácida y sosegada. Pero en aquel tiempo, como en el pre­sente, la paz fue truncada por una presencia siniestra y maléfica…».

Lillian dobló el periódico y se lo devolvió a Joan.

-Ya tengo suficiente.

-¿No cree que debería suspender la clase de esta noche, doctora?

-No, Joan. ¿Quieres decirle a la señora Pell que entre, por favor?

Aquella noche, tal como Lillian Madden había espera­do, todos los pases disponibles para invitados se habían vendido. Dedujo que varias personas, llegadas con sufi­ciente antelación para ocupar los asientos de primera fila, debían de ser de la prensa. Iban provistas de libretas y gra­badoras.

-Mis estudiantes habituales saben muy bien que no se permiten grabadoras en esta clase -dijo, y miró de forma significativa a una mujer de unos treinta años que le parecía vagamente familiar.

¡Por supuesto! Era Reba Ashby, del National Daily, la firmante del artículo titulado «Antes y ahora».

Lillian dedicó un momento a acomodarse las gafas. No quería aparentar nerviosismo o inquietud delante de la se­ñora Ashby.

-En Oriente Medio, Asia y otros lugares -empezó-, hay miles de casos de niños menores de ocho años que hablan de una identidad anterior. Recuerdan con lujo de detalles su vida previa, incluyendo los nombres de sus familiares.

La monumental investigación empírica del doctor Stevenson explora la posibilidad de que las imágenes que desfi­lan por la mente de una persona, así como las modificaciones físicas ocurridas en el cuerpo de dicha persona, puedan manifestarse como características de un recién nacido.

«Imágenes que desfilan por la mente de una persona – pensó Lillian-. Estoy ofreciendo material para la siguiente columna de la Ashby.» Continuó.

-Algunas personas pueden elegir a sus futuros padres, y la reencarnación suele tener lugar en una zona geográfica cercana a la anterior encarnación.

El turno de preguntas fue acalorado. La primera en intervenir fue la señora Ashby.

-Doctora Madden -dijo-, todo lo que acabo de oír esta noche me reafirma en la idea de que un asesino en serie que vivió en la década de 1890 se ha reencarnado. ¿Cree que el asesino actual conserva imágenes de lo ocurrido a las tres mujeres en aquella época?

Lillian Madden hizo una pausa antes de responder.

-Nuestras investigaciones demuestran que los recuer­dos de vidas anteriores dejan de tenerse a la edad de ocho años, aproximadamente. Eso no quiere decir que no poda­mos experimentar una sensación de familiaridad con una persona que acabamos de conocer o con un lugar que visitamos por primera vez. Pero no es lo mismo que tener imá­genes vividas y recientes.

Hubo más preguntas, y después la señora Ashby volvió a intervenir.

-Doctora, ¿no es cierto que suele incluir una sesión de hipnosis con voluntarios en sus conferencias?

-Exacto. Pero esta noche he decidido no hacerlo.

-¿Puede explicarnos cómo provoca la regresión de al­guien?

-Por supuesto. Por lo general, tres o cuatro personas se prestan voluntarias, pero puede que algunas no colaboren con la hipnosis. Hablo con cada una de las que se hallan en trance hipnótico. Las invito a retroceder en el tiempo por un cálido túnel. Les digo que será un viaje agradable. Lue­go elijo fechas al azar y pregunto si se forman imágenes en su mente. La respuesta suele ser negativa, y continúo retro­cediendo hasta que llegan a una encarnación anterior.

-Doctora Madden, ¿alguien le pidió específicamente que le hiciera retroceder hasta finales del siglo XIX?

Lillian Madden miró al periodista, un hombre corpulen­to de ojos cavilosos. Otro reportero, pensó, pero esa no era la cuestión. Había devuelto a su memoria el recuerdo que la había esquivado durante todo el día. Hacía cuatro años, tal vez cinco, alguien le había formulado esa misma pregunta. Había acudido a su consulta y le había dicho que estaba se­guro de haber vivido en Spring Lake a finales del siglo XIX.

Pero luego se resistió a la hipnosis y se fue antes de que terminara su hora. Lo vio con claridad en su mente. Pero ¿cómo se llamaba?

«Constará en mi agenda de citas -pensó-. Lo reconoce­ré en cuanto lo vea.»

Ardía en deseos de volver a casa.

 

 

22

 

 

En Albany, Marty Browski subió por el sendero que con­ducía a Gray Manor, el centro psiquiátrico donde trataban A Ned Koehler, el hombre que había sido condenado por acosar a Emily Graham.

Marty, un cincuentón menudo, apuesto, de rostro serio y ojos hundidos, se había desplazado desde la comi­saría para comprobar por sí mismo que Koehler seguía encerrado.

Si bien era indudable que el hombre constituía un pe­ligro en potencia, el caso siempre había preocupado a Marty. No cabía la menor duda de que Ned Koehler había dado el paso final de todo acosador: había cortado los ca­bles del teléfono para desconectar el sistema de alarma del apartamento de la Graham y había intentado entrar.

Por suerte, la cámara de seguridad instalada por Eric Bailey (el informático forrado de pasta amigo de Emily) no solo se volvió a conectar automáticamente, sino que avisó a la policía y tomó una foto de Koehler, cuchillo en ristre, cuando forzaba la cerradura de la ventana del dor­mitorio.

Koehler estaba como una regadera; de eso no cabía duda. Probablemente siempre había bordeado la frontera de la psicosis, pero la muerte de su madre provocó que la cruzara y había una razón para ello. Joel Lake, el sinver­güenza para el que la Graham había conseguido la absolu­ción, había asesinado a su madre.

Pero Emily Graham era una estupenda abogada defen­sora, se dijo Browski, y el fiscal no se salió con la suya.

Y ahora, Emily Graham era la víctima de otro episodio de acoso, esta vez en Spring Lake. «Siempre he tenido du­das sobre el ex marido de la Graham», pensó Browski mientras abría la puerta principal del hospital y entraba en la sala de recepción.

Había un par de personas en el mostrador esperando a que las acompañaran a las zonas de reclusión. Se dejó caer en una silla y paseó la vista alrededor.

Las paredes, pintadas de un amarillo suave, exhibían una serie de grabados interesantes. Las butacas de piel de imitación, agrupadas para poder conversar, parecían cómodas. Varias mesitas auxiliares estaban cubiertas de re­vistas recientes.

«De todos modos, por más que trataran de alegrarlos, esos lugares siempre eran deprimentes -pensó Browski-. Cualquier lugar del que no puedas salir con plena libertad lo es.»

Mientras esperaba, sopesó la posibilidad de que Gary Harding White hubiera sido, y aún pudiera ser, el acosador. La familia White era importante en Albany desde hacía ge­neraciones, pero Gary Harding White no estaba cortado con el mismo patrón que el resto del clan, todos ellos per­sonas emprendedoras y bendecidas por el éxito. Pese a su privilegiada cuna, su apostura y buena educación, Gary fracasaba en todos sus empeños y se había ganado la repu­tación de timador. También era un mujeriego.

Después de estudiar en la Harvard Business School, White se instaló en Albany y entró en el negocio familiar. No duró mucho.

Después su padre soltó un montón de pasta para que fundara su propia empresa, pero fue un desastre. Ahora se dedicaba a otra cosa, pero sus asuntos financieros iban de mal en peor. Toda la ciudad sabía que su padre estaba har­to de apoyarle.

El hecho de que su ex mujer se hiciera de repente con una fortuna acabó de desquiciar a Gary White. Su demanda ha­bía consternado a toda la población, y en el proceso había mentido como un bellaco y quedado como un imbécil.

«¿Se habría sentido lo bastante amargado para intentar destruir la paz de Emily Graham acosándola? -se preguntó Browski-. ¿Lo seguiría haciendo?»

No obstante, Koehler era un peligro en potencia. Al fin y al cabo, había intentado atacar a Emily Graham en el tri­bunal y había tratado de entrar por la fuerza en su casa. Pero ¿era el acosador?

Al ver que la recepcionista ya había atendido a la gente del mostrador, se acercó y sacó el billetero. Enseñó su iden­tificación.

-Marty Browski. Me esperan. Avise al doctor Sherman de que he venido a interrogar a Ned Koehler. ¿Ha llegado ya su abogado?

-El señor Davis subió hace un rato -dijo la mujer.

Unos minutos más tarde, Marty se hallaba sentado a una mesa, ante Ned Koehler y su abogado, Hal Davis. La puerta estaba cerrada, pero un guardia vigilaba a través de la ventana.

«Ned es el tipo de individuo por el que quieres sentir pena pero no puedes -pensó Browski-. Alguien carente de todo atractivo.» Koehler tenía cuarenta y pocos años. Era enjuto, de ojos estrechos y barbilla afilada. En otro hom­bre, su cabeza de pelo veteado de gris habría resultado algo atractiva, pero en su caso solo contribuía a acentuar su apariencia de desaliño global.

-¿Cómo va, Ned? -preguntó Browski con voz cordial.

Las lágrimas se agolparon en los ojos de Koehler.

—Echo de menos a mi madre.

Era la reacción que Browski esperaba.

-Lo sé.

-Fue culpa de la abogada. Ella le liberó. Debería estar en la cárcel.

-Ned, Joel Lake estuvo en tu edificio aquella noche. Admitió que estaba robando en tu apartamento. Pero tu madre se encontraba en el cuarto de baño. Joel oyó el agua de la bañera. Ella no le vio en ningún momento. Él tampo­co la vio. Tu madre estaba hablando por teléfono con su hermana cuando vieron a Joel salir del edificio.

-Mi tía no tiene sentido del tiempo.

-El jurado opinó que sí.

-La Graham les comió el tarro.

«Tal vez no les comió el tarro -pensó Browski-, pero les hizo creer en la versión de Joel.» Eran muy pocos los aboga­dos que lograban la absolución para un acusado de homici­dio cuando este admitía haber estado en el apartamento de la víctima robando a la hora aproximada del asesinato.

-Odio a Emily Graham, pero no la seguí ni le tomé fotos.

-Aquella noche intentaste entrar por la fuerza en su casa. Llevabas un cuchillo.

-Quería asustarla. Quería que supiera lo asustada que debió de estar mi madre cuando vio que el intruso levanta­ba el cuchillo.

-¿Sólo pensabas asustarla?

-No has de contestar a eso, Ned -advirtió Hal Davis.

Koehler no le hizo caso y miró a Browski sin pestañear.

-Sólo eso. Quería que comprendiera lo que mi madre había sentido cuando levantó la vista y… -Rompió a llorar de nuevo-. Echo de menos a mi madre -repitió.

Davis palmeó a su cliente en el hombro y se levantó.

-¿Satisfecho, Marty? -preguntó a Browski mientras in­dicaba al guardia que podía llevarse a Koehler.

 

 

 

 

23

 

Nick Todd había cogido el teléfono para llamar a Emily Graham media docena de veces, y cada vez había vuelto a colgar el auricular. «Cuando le pida que venga a la oficina antes de lo que habíamos pactado, exageraré el volumen de trabajo y lo que la necesitamos -pensó-. Después, en cuan­to haya ocupado su puesto, me largaré.»

Pero no, decidió, no era justo hacerlo así ni revelarle sus planes hasta que hubiera hablado con su padre.

El viernes por la mañana, Walter Todd llamó a su hijo por el intercomunicador.

-¿Has hablado con Emily Graham?

-Todavía no.

-¿No habíamos decidido que irías a verla mañana o pa­sado?

-Esa es mi intención. -Nick vaciló-. Me gustaría invi­tarte a comer.

Se produjo una vacilación similar al otro extremo de la línea.

-Yo diría que tenemos cuenta del bufete en varios restaurantes.

-Tenemos una en el Four Seasons, pero esta vez invito yo, papá.

Subieron juntos por Park Avenue hasta la calle Cincuenta y dos. Coincidieron en que el aire templado, después de la sú­bita irrupción de frío y humedad, era muy agradable. La primavera estaba a la vuelta de la esquina.

Hablaron de la bolsa. Nadie estaba seguro de si las em­presas de informática se recuperarían. Comentaron los ti­tulares sobre el caso de Spring Lake.

—Me gustaría estrangular a la gente que convierte la trágica muerte de una joven en un circo mediático -dijo Walter Todd.

Como de costumbre, el Four Seasons estaba lleno de rostros populares. Un ex presidente estaba en el Grill Room hablando con un prestigioso editor. Un ex alcalde estaba sentado a su mesa habitual. Nick reconoció a jefes de estudios y cadenas televisivas, autores conocidos y tibu­rones de las finanzas; la típica mezcla de ricos y famosos.

Se detuvieron en algunas mesas para saludar a amigos. Nick se emocionó cuando oyó que su padre le presentaba con orgullo a un juez jubilado.

-Mi hijo y socio…

Pero cuando ya estaban sentados en el Pool Room y ha­bían pedido Perrier, fue directo al grano.

-Muy bien, Nick, ¿qué pasa?

Nick se apenó cuando vio la tensión en el rostro de su padre, el destello de ira en sus ojos, el dolor que lo invadía mientras escuchaba los planes de su hijo.

Por fin, Walter Todd tragó saliva.

-Como quieras. Una enérgica decisión, Nick. Aunque consigas un empleo en la oficina del secretario de Justicia, no ganarás ni mucho menos lo que cobras ahora.

-Lo sé, y no creas que no voy a echar de menos ese pastón.

Partió un panecillo y lo convirtió en migas entre sus dedos.

-¿No te das cuenta de que ser el brazo de la ley no con­siste sólo en encarcelar a los malos? Has de encausar a mu­cha gente que te gustaría defender.

-Tendré que afrontarlo.

Walter Todd se encogió de hombros.

-He de aceptar tu decisión, claro. ¿Me hace feliz? No. ¿Me decepciona? Sí. ¿Desde cuándo te sientes Don Qui­jote?

«También te duele una barbaridad -pensó Nick-, pero era de esperar.»

El jefe de comedor, un veterano del Four Seasons, llegó con las cartas y enumeró las especialidades del día. Sonrió con benevolencia.

-Siempre es un placer ver a los dos señores Todd co­miendo juntos.

Cuando el hombre se alejó con su pedido, Walter Todd sonrió sin ganas.

-La cafetería de los tribunales no sale en la Guía Michelin, Nick.

Era un alivio ver que su padre había recuperado su ha­bitual sarcasmo.

-Espero que de vez en cuando me invites aquí a comer bien, papá.

-Me lo pensaré. ¿Se lo has contado a tu madre?

-No.

-Tiene miedo de que te esté pasando algo horroroso. Se tranquilizará cuando sepa que no se trata de una misteriosa enfermedad. Admito que yo también estoy más tranquilo.

Los dos hombres se miraron como imágenes gemelas a las que solo diferenciaban los treinta años del inevitable proceso de envejecimiento. Ambos eran anchos de espal­das, delgados y musculosos. El joven tenía el cabello rubio; completamente gris el de mayor edad. Había finas arrugas en la frente de Nick; profundas en la de su padre. Los dos tenían mandíbulas firmes y ojos color avellana. Los de Walter Todd estaban enmarcados en gafas sin montura; los de Nick eran más vivos de color, con la expresión más burlona que seria.

-Eres un abogado litigante estupendo, Nick; el mejor. Después de mí, por supuesto. Cuando te vayas, dejarás un gran vacío en el bufete. Los buenos abogados van a un céntimo la docena. Los abogados litigantes no son fáciles de encontrar.

-Lo sé, pero Emily Graham llenará ese vacío. No es­toy por la labor. Habría empezado a fallar. Lo presiento. Ella comparte contigo la pasión por el trabajo, pero cuan­do vaya a verla tendré que decirle que la carga será mucho más pesada de lo que ella esperaba, al menos por un tiempo.

-¿Cuándo piensas marcharte?

-En cuanto Emily Graham me sustituya. Durante la transición, trasladaré mis cosas a uno de los despachos pe­queños.

Walter Todd asintió.

-¿Y si se niega a empezar antes del 1 de mayo?

-Esperaré, por supuesto.

«No se negará a empezar antes de lo previsto -pensó Nick-. Yo me encargaré de ello.»

 

 

 

24

 

 

El estruendo de la excavadora empezó a las ocho en punto de la mañana del viernes. Cuando Emily miró por la venta­na de la cocina, se estremeció al contemplar la destrucción de los macizos de flores, los arbustos decorativos y el cés­ped. «También van a arrancar el sistema de riego», pensó con un suspiro.

Estaba claro que había que pensar en un proyecto de remodelación del terreno.

«Qué remedio», se resignó mientras volvía arriba para ducharse y vestirse, con una taza de café en la mano. Cua­renta minutos después, estaba en el estudio con un segundo café y el cuaderno de notas sobre el sofá.

El libro Reflexiones de una niñez era un auténtico teso­ro de información y referencias. La autora, Phyllis Gates, continuó visitando Spring Lake durante tres veranos más después de la desaparición de Madeline. En un extracto del diario de 1893 hablaba del temor a que Letitia Gregg se hubiera ahogado:

A Letitia le gustaba nadar, y era muy imprudente. El 5 de agosto fue un día de calor bochornoso. La playa estaba lle­na de visitantes, y el oleaje era peligroso. A media tarde, Leti­tia se encontraba sola en casa. Su madre vino a vernos. Era la tarde libre de la criada. Se echó en falta el bañador de Letitia, lo cual indujo a creer que había ido a darse un chapuzón en el mar.

Dos años después de la desaparición de Madeline Shapley, la tristeza que embarga a la comunidad es palpable, y se intuye cierta sensación de miedo. Como el cuerpo de Letitia no ha aparecido, cabe la posibilidad de que hubiera sido asal­tada al ir o volver de la playa.

Mi madre se ha convertido en mi feroz guardiana, y ni si­quiera me deja pasear por la calle si no voy acompañada. Me alegraré mucho de volver a Filadelfia cuando termine la tem­porada.

La autora continuaba:

Recuerdo que los jóvenes nos reuníamos en el porche de uno u otro y hablábamos sin cesar sobre lo que había ocurri­do con Madeline y Letitia. Entre los chicos se contaban el pri­mo de Douglas Cárter, Alan Cárter, y Edgar Newman. Yo siempre intuía un vínculo de pesar no verbalizado entre am­bos, porque Edgar siempre había estado prendado de Letitia y todos sabíamos que Alan amaba en silencio a Madeline, pese a que ella estaba a punto de prometerse con Douglas cuando desapareció. Otro miembro de nuestro grupo que se mostraba muy deprimido era Ellen Swain. Era la amiga del alma de Letitia y la echaba mucho de menos.

En aquel tiempo, Henry Gates, un estudiante de Yale, empezó a interesarse por mí. Yo ya había decidido casarme con él, pero por entonces, una jovencita debía comportar­se con mucho recato y circunspección. No debía demostrar el menor afecto por Henry hasta estar muy segura de que esta­ba enamorado de mí. A lo largo de los años hemos bromeado con mucha frecuencia al respecto. Teniendo en cuenta el comportamiento desenfrenado de la juventud de hoy, es­tamos de acuerdo en que nuestro noviazgo fue mucho más bonito.

«¡Y este libro fue publicado en 1938! -pensó Emily-. Me pregunto qué pensaría Phyllis Gates de las costumbres de esta generación.»

En las siguientes páginas, cuando la autora rememora­ba los veranos de 1894 y 1895, así como su romance con Henry Gates, mencionaba con frecuencia los nombres de otros jóvenes.

Emily anotó todos los nombres en su libreta. Habían sido los contemporáneos de Madeline.

La última anotación que constaba en el diario databa del 4 de abril de 1896.

Una tragedia espantosa. La semana pasada, Ellen Swain desapareció en Spring Lake. Volvía a casa después de visitar a la señora Cárter, cuya salud siempre precaria se ha deteriora­do de forma alarmante desde el suicidio de Douglas, que era su único hijo. Ahora se cree que Letitia no se ahogó, sino que estas tres amigas mías fueron víctimas de asaltos con violen­cia. Mi madre ha cancelado el arriendo de la casa que solemos alquilar para la temporada. Dijo que no me quería exponer a ningún peligro. Este verano pensamos ir a Newport. Pero echaré mucho de menos Spring Lake.

La autora concluía:

Con el paso de los años, el misterio de las desapariciones dio lugar a muchos rumores infundados. Los restos de una joven que emergieron en la orilla de Manasquan tal vez fue­ran los de Letitia Gregg. Una prima de los Mallard jura que vio a Ellen Swain en Nueva York del brazo de un hombre apuesto. Algunas personas dieron crédito a esta historia, por­que Ellen no era feliz en su casa. Sus padres eran muy exi­gentes y críticos. Aquellos de nosotros que fuimos sus confi­dentes y sabíamos de su afecto por Edgar Newman jamás creímos que hubiera huido con alguien a Nueva York.

Henry y yo nos casamos en 1896, y diez años después volvimos a Spring Lake con nuestros tres hijos pequeños para reanudar la vida tranquila de los veraneantes, ahora tan de moda.

Emily cerró el libro y lo dejó sobre el sofá. «Es como viajar en el tiempo», pensó. Se levantó y se desperezó, cons­ciente de pronto del largo rato que había estado sentada sin moverse. Se quedó sorprendida al comprobar que era casi mediodía.

«Una bocanada de aire puro me despejaría», pensó. Fue a la puerta principal, la abrió y salió al porche. El efec­to de la combinación del sol con la brisa tibia ya se notaba en la hierba y en los arbustos. Parecían más verdes, más lle­nos, dispuestos a crecer y multiplicarse. «A finales del mes que viene volveré a colocarlo todo en el porche. Será fan­tástico sentarse aquí.»

Veintisiete piezas de los muebles de mimbre originales es­taban guardadas en el almacén de la empresa de mudanzas.

-Ahora están protegidos por plástico -le habían dicho los Kiernan-, pero han sido reparados y restaurados. Les hemos puesto almohadones nuevos forrados de una tela que, creemos, es la réplica del dibujo floral originario.

El conjunto incluía sofás, chaise-longues, sillas y me­sas. Tal vez habrían utilizado algunos en la fiesta de cumpleaños de Madeline, reflexionó Emily. Y tal vez Madeline se habría sentado en una de las sillas, mientras esperaba a que Douglas Cárter llegara con su anillo de compromiso.

« Me siento tan cerca de ellos -pensó-. Cobran vida en este libro.»

Incluso desde una manzana de distancia, el aire del mar era vivificante y embriagador. Volvió al interior de mala gana, y entonces comprendió que no estaba de humor para otra sesión de lectura. Decidió dar una larga caminata por el paseo marítimo y tomar un bocadillo en la ciudad.

Dos horas más tarde, cuando regresó a casa con la sensación de que había despejado su cabeza, encontró dos mensajes en el contestador automático. El primero era de Will Stafford. «Llámame, por favor, Emily. He de decirte algo.» El segundo era de Nicholas Todd. «He de reunirme contigo, Emily. Espero que puedas hacerme un hueco el sá­bado o el domingo. Quiero comentarte algunas cosas im­portantes. Mi teléfono directo es el 212-555-0857.»

Stafford estaba en su despacho.

-He hablado con la señora Lawrence, Emily -dijo-. Le gustaría que vinieras al refrigerio que se servirá después de la misa. Le he dicho que pensabas asistir.

-Es muy amable por su parte.

-Quiere conocerte. ¿Qué te parece si te recojo y vamos I untos a la ceremonia y a casa de los Lawrence? Te presen­taré a algunas personas de la ciudad.

-Me gustaría mucho.

-Estupendo. Mañana por la mañana, a las once menos veinte.

-Estaré preparada. Gracias.

Marcó el número de Nick Todd. «Espero que no hayan cambiado de idea con respecto al empleo», pensó con aprensión. La posibilidad la aterró.

Nick contestó al primer timbrazo.

-Hemos estado siguiendo las noticias. No es una forma muy agradable de instalarse. Espero que no hayas tenido demasiados problemas.

Emily creyó detectar cierta tensión en su voz.

-La verdad es que ha sido muy triste -contestó-. Dijiste que necesitabas verme. ¿Tu padre ha cambiado de idea so­bre el empleo?

Su risa fue espontánea y tranquilizadora al mismo tiempo.

-Nada de eso. ¿Te va bien comer o cenar mañana? ¿O prefieres el domingo?

Emily meditó. Al día siguiente tendrían lugar la misa y el refrigerio en casa de los Lawrence. «Además, quiero aca­bar con estos libros y devolverlos al señor Wilcox», pensó. . -Me iría mejor comer el domingo -dijo-. Reservaré mesa en algún sitio bueno.

A las cinco y media, un miembro de la policía científica llamó al timbre de la puerta trasera.

-Hemos terminado, señora Graham. No hay nada más enterrado ahí.

Emily se sorprendió de su sensación de alivio. En el fondo temía que también hallaran los restos de Letitia Gregg y Ellen Swain.

La cara, las manos y la ropa del veterano policía esta­ban sucios de barro. Parecía cansado y aterido.

-Un asunto muy desagradable -dijo-. Al menos los ru­mores sobre un asesino en serie reencarnado se apaciguarán.

-Eso espero.

«Sin embargo, ¿por qué presiento que la situación va a empeorar?», pensó Emily mientras daba las gracias al agente. Cerró con llave la puerta. La oscuridad se cernía en el exterior.

 

 

25

 

Una sensación de peligro me rodea, similar a la que sentí cuando Ellen Swain empezó a relacionarme con la muerte de Letitia. En aquella ocasión procedí con celeridad.

Fue una estupidez por mi parte consultar a la doctora Madden, hace cinco años. ¿En qué estaba pensando?. No habría podido permitir que me hipnotizara, por supuesto. ¿Quién sabe lo que habría divulgado involuntariamente al abrirle mi mente? Fue la tentadora posibilidad de volver a mi antigua encarnación lo que me indujo a ir a verla.

¿ Recordará que hace cinco años un cliente pidió ser devuelto al año 1891? Es posible, pensó con un escalofrío.

¿Daría importancia a una conversación que tuvo en su consulta con un paciente? Tal vez.

¿O considerará su deber telefonear a la policía y contar: «Hace cinco años, un hombre de Spring Lake me pidió que le devolviera al año 1891. Fue muy concreto en la fecha. Le expliqué que, a menos que hubiera estado encarna­do en aquella época, sería imposible devolverle a ella»?

Recreó en su mente a la doctora Madden, los ojos inte­ligentes que le miraban sin pestañear. Se sentía desafiada por él, pero también experimentaba curiosidad. Y la curio­sidad había sido la causa de la muerte de Ellen Swain, refle­xionó.

«Entonces -diría la doctora Madden a la policía- in­tenté sumir a mi paciente en el trance hipnótico. Se puso muy nervioso y se marchó de mi consulta con brusquedad. Tal vez no sea muy importante, pero creí que debía trans­mitirles esta información. Se llama…»

¡La doctora Madden no debía hacer esa llamada! Era un riesgo que no podía aceptar.

«Al igual que Ellen Swain, pronto averiguará que saber cualquier cosa de mí es peligroso -pensó— … incluso fatal.»

 

 

SABADO 24 DE MARZO

26

 

 

-En mi vida había leído una tontería tan grande. -Rachel Wilcox dejó con gesto desdeñoso el periódico de la mañana sobre la mesa del desayuno y lo apartó a un lado-. ¡Un asesino en serie reencarnado! En el nombre de Dios, ¿esta gente de la prensa piensa que nos tragaremos todo?

Desde hacía varios años Clayton y Rachel Wilcox reci­bían a diario dos ejemplares del Asbury Park Press y otros dos del New York Times.

Como ella, Clayton estaba leyendo el Asbury Park Press.

-Creo que el periódico dice con meridiana claridad que la pregunta sobre un asesino en serie reencarnado fue diri­gida al fiscal el jueves. No he leído en ninguna parte que el Asbury Park Press conceda crédito a dicha posibilidad.

Ella no contestó. «No me sorprende», pensó Clayton. Rachel se encontraba de muy mal humor desde que el de­tective Duggan había telefoneado el jueves por la tarde, estaba a punto de irse, y él había estado reuniendo ma­terial para Emily Graham. Rachel se había indignado ante la sugerencia de que la gente invitada a casa de los Lawrence la noche anterior a la desaparición de Martha iba a ser reunida e interrogada por la policía. Una vez más.

-¡Ese coñazo de hombre! -se enfureció-. ¿Se cree que de repente uno de nosotros confesará o señalará con el dedo a otro?

A Clayton Wilcox le divertía que a Rachel ni se le pasa­ra por la cabeza que alguien podía considerarla sospechosa del asesinato.

Estuvo a punto de decirle: «Rachel, eres una persona muy fuerte. Tienes mucha agresividad contenida, y siempre estás a punto de desatarse. Te desagradan instintivamente las chicas jóvenes de pelo rubio y largo y no he de decirte por qué».

Después de veintisiete años, todavía le reprochaba aque­lla temprana relación con Helene. Rachel tenía razón cuan­do decía que, en aquel tiempo, sólo ella había sido la respon­sable de salvar su carrera. Cuando los rumores empezaron a circular por el campus universitario, Clayton pudo haber perdido el puesto. Rachel había reprendido con encarniza­miento al profesor culpable de haber propagado el rumor y había mentido para proteger a su esposo cuando otro afir­mó que le habían visto en un hotel con Helene.

Su carrera académica le había complacido sobremane­ra. Aún publicaba con regularidad en revistas y saboreaba el respeto del mundo intelectual.

Gracias a Dios, ni Rachel ni nadie del Enoch College sabrían nunca por qué se había jubilado prematuramente de la rectoría.

Clayton apartó la silla y se levantó.

-Confío en que acuda mucha gente a la misa -dijo-. Sugiero que nos vayamos a las diez y media para conseguir asiento.

—Pensaba que ya lo habíamos acordado así anoche.

—Supongo que sí.

Se volvió para escapar a su estudio, pero la pregunta lanzada por Rachel le detuvo.

-¿Adonde fuiste anoche?

Clayton se volvió lentamente.

-Después de ver las noticias, intenté trabajar en mi no­vela de nuevo, pero tenía dolor de cabeza. Fui a dar un lar­go paseo, y te alegrará saber que me sentó muy bien. Cuan­do volví a casa me encontraba mucho mejor.

-Parece que esos dolores de cabeza te dan a horas muy raras, ¿no es verdad, Clayton? -replicó Rachel mientras abría su ejemplar del New York Times.

 

 

27

 

 

Will Stafford despertó con la firme convicción de que de prepararía unas gachas, en lugar de beicon y huevos, o salchichas.

«¿Por qué guardo estas cosas en la nevera?», se pregun­tó una hora más tarde, cuando después de practicar con la bicicleta y la cinta continua en su sala de gimnasia, se vio en la cocina en chándal, preparando huevos revueltos y sal­chichas.

Mientras desayunaba leyó el New York Post. Sus articulistas habían consultado con un parapsicólogo que daba clases en la New School acerca de la posibilidad de que un asesino en serie del siglo XIX se hubiera reencarnado.

El parapsicólogo decía que no creía que nadie regresara con la misma personalidad exacta, criminal o la que fuera. Unas veces se transmitían las características físicas, expli­caba. Otras, un talento inherente, casi místico, llegaba con la nueva persona. Mozart, por ejemplo, era un genio musi­cal a los tres años. La experiencia emocional de otras en­carnaciones debía de ser el motivo de que algunas personas tuvieran que lidiar con problemas u obsesiones inexpli­cables.

Otro artículo insinuaba la posibilidad de que el asesi­nato de Madeline Shapley en 1891 hubiera sido obra de Jack el Destripador. La época coincidía. Nunca había sido detenido, pero sus brutales crímenes habían cesado en In­glaterra y una de las hipótesis que se barajaban era que hu­biese emigrado a Nueva York.

Un tercer artículo recordaba con prudencia a los lecto­res que, si bien otras dos jóvenes habían desaparecido de Spring Lake en la década de 1890, no había pruebas concluyentes de que hubieran sido asesinadas.

Will meneó la cabeza, se levantó y, como de costumbre, llevó los platos al fregadero y empezó a limpiar la cocina. Echó un vistazo a la nevera y comprobó que había una buena cantidad de queso.

Por la tarde, cuando Duggan los reuniera, no sería un acontecimiento social, pensó, pero sacaría un poco de queso y tostadas y ofrecería a todo el mundo una copa de vino  o una taza de café.

Pensó en pedir a Emily Graham que cenara con él. Iba a acompañarla a la iglesia y al refrigerio de los Lawrence, pero tenía muchas ganas de estar a solas con ella. Era una dama muy atractiva e interesante. Tal vez la invitaría a ce­nar en su casa. Para presumir, pensó con una sonrisa. El jueves, a la hora de comer, Natalie había bromeado con el hecho de que todo el mundo quería ser invitado a su mesa.

«Soy un cocinero magnífico -admitió-. ¡No; un chef magnífico!»

Fue a la sala de estar para asegurarse de que no había nada incorrecto. En la pared que llegaba hasta el solario, fi­guraba una foto de la casa tal como estaba cuando la com­pró, con las tejas de madera rotas, el porche derruido y la pintura de los postigos desprendida. El interior estaba en peores condiciones todavía.

Había encargado la reforma estructural a un contratis­ta de obras. El resto lo hizo él. Había tardado años, pero fue una tarea muy satisfactoria.

Era una de las casas más pequeñas, calificada de «mo­rada antigua, sin pretensiones, para vivir en ella todo el año». Le divertía que las mansiones pretenciosas hubieran desaparecido. Siempre había demanda de casas como esa en el mercado local de bienes raíces.

El teléfono sonó. Will contestó con jovialidad, pero cuando supo quién llamaba, apretó con fuerza el receptor.

-Estoy bien, papá -dijo-. ¿Y tú?

¿Nunca captaría el mensaje?, se preguntó mientras es­cuchaba la voz vacilante de su padre diciendo que se había recuperado muy bien de la última sesión de quimioterapia y que tenía muchas ganas de verle pronto.

—Ha pasado demasiado tiempo, Will -dijo su padre-. Demasiado.

Por fin transigió, y había cenado con él en Princeton el verano anterior. Su padre había intentado disculparse por el tiempo en que no le había llamado ni una sola vez.

-No estaba a tu lado cuando me necesitabas -dijo-. Siempre preocupado por el trabajo, siempre ocupado. Ya sabes cómo son esas cosas.

-Yo también estoy muy ocupado, papá.

-Qué decepción. ¿Y dentro de un mes o así? Me gustaría ver tu casa. Lo pasábamos muy bien en Spring Lake, cuando tu madre, tú y yo nos hospedábamos en el Essex y Sussex.

-Tengo que irme, papá. Adiós.

Como ocurría siempre después de que su padre llamada, el dolor del pasado atormentaba a Will. Esperó en silencio a serenarse, y luego subió con parsimonia la escalera para vestirse.

 

 

28

 

 

Cuando Robert Frieze volvió a casa después de correr, en­contró a su mujer en la cocina, pese a lo temprano de la hora, tomando su ligero desayuno habitual: zumo, café y una sola tostada sin mantequilla.

—Te has levantado pronto -comentó.

-Te oí yendo de un lado a otro y ya no pude dormirme otra vez. Anoche tuviste un par de pesadillas, Bob. Tuve que despertarte. ¿Recuerdas?

Recordar. La palabra estaba empezando a asustarle. En los últimos tiempos había vuelto a suceder. Esos perío­dos en blanco, cuando no había sido capaz de dar cuenta de las dos últimas horas o de toda una tarde. Como ano­che. Había salido del restaurante a las once y media. No había llegado a casa hasta la una. ¿Dónde había estado ese rato?, se preguntó.

La semana anterior llevaba algo que no recordaba ha­berse puesto.

Esos perturbadores episodios empezaron en su adoles­cencia. Primero sufrió sonambulismo y después llegaron períodos con lapsos en que no sabía dónde había estado.

Nunca se lo había contado a nadie. No quería que le tilda­ran de chiflado. No fue difícil ocultarlo. Sus padres siempre es­taban abstraídos en sus respectivas carreras. Le exigían que fuera pulcro, tuviera buenos modales y sacara buenas notas en la escuela. Por lo demás, les importaba un bledo lo que hacía.

Siempre había padecido insomnio. Con tres horas de sueño le bastaba. En ocasiones se quedaba despierto y leía hasta bien entrada la noche; otras veces se iba a la cama y después se levantaba y bajaba a la biblioteca. Tenía suerte si se quedaba dormido encima de un libro.

Los episodios se habían prolongado hasta después de la universidad, y luego cesaron por completo. Sin embargo, habían reaparecido durante los últimos cinco años y cada vez eran más frecuentes.

Conocía la causa: el restaurante. La mayor equivoca­ción de su vida; un absurdo despilfarro. La tensión le esta­ba empujando de nuevo hacia los períodos en blanco.

«Tenía que ser eso», pensó.

No había revelado a nadie, ni siquiera a Natalie, que hacía tres meses había puesto a la venta el restaurante. Sabía que ella le insistiría constantemente para saber si alguien había mostrado interés. Incluso si era el caso contrario, ¿por qué no? Después reanudaría la letanía de la locura que había significado comprarlo.

El agente de bienes raíces había llamado ayer por la tar­de. Habían recibido una consulta de Dom Bonetti, que en otro tiempo dirigiera el Fin and Claw, un restaurante de cuatro tenedores situado al norte de Nueva Jersey. Bonetti lo había vendido, se había trasladado a Bay Head y ahora tenía demasiado tiempo libre. De hecho, era más que una consulta. Había puesto una oferta sobre la mesa.

«Me pondré bien en cuanto lo venda », se prometió Frieze.

-¿Vas a servir el café o te vas a quedar ahí de pie sostenien­do la cafetera, Bobby ? —preguntó Natalie en tono risueño.

-Me parece que lo serviré.

Sabía que Natalie se estaba hartando de su estado de ánimo, pero casi nunca se quejaba. Estaba muy guapa, incluso recién levantada, con el pelo alborotado, sin maquillaje y con aquella bata vieja de felpa que tanto odiaba él.

Se agachó y la besó en la cabeza.

-Gesto espontáneo de afecto. Algo que escasea desde hace mucho tiempo -dijo ella.

-Lo sé. He estado sometido a una gran presión. -Deci­dió hablarle de la oferta-. He puesto en venta The Sealoner. Tal vez tengamos un comprador.

-¡Fantástico, Bobby! -Ella se puso en pie y le abrazó-. ¿Recuperarás tu dinero?

—Casi todo, incluso aceptando un poco de regateo.

Mientras lo decía, Frieze sabía que eso estaba por ver.

-Entonces prométeme que, en cuanto lo hayas hecho, venderás esta casa y nos iremos a Manhattan.

-Prometido.

«Yo también quiero largarme -pensó-. He de largarme de aquí.»

-Creo que deberíamos salir temprano para ir a misa. No lo habrás olvidado, ¿verdad?

-No.

«Y después -pensó-, volveremos a casa de los Lawrence, donde no hemos estado desde aquella noche en que pasé tanto tiempo hablando con Martha.

Luego iremos a casa de Stafford, para que Duggan nos someta al tercer grado y averigüe qué hacíamos a pri­mera hora de la mañana, después de aquella fiesta.»

Temía ambas reuniones. Recordaba la fiesta, pero no lo que sucedió después. Aquella mañana había sufrido una de sus crisis, y no volvió en sí hasta que se vio en el cuar­to de baño, duchándose. Tenía las manos sucias y los tejanos y la camiseta manchados de tierra, recordó.

Aquella mañana había pensado trabajar en el jardín. Era una de sus aficiones y servía para calmarle.

«Estoy seguro de que trabajé en el jardín aquella maña­na -se dijo mientras subía a vestirse para la misa en memo­ria de Martha Lawrence-, y eso es lo que pienso decirle a Duggan.»

 

 

29

 

Tal como había prometido, el sábado por la mañana Will Stafford llegó a las once menos veinte para recoger a Emily. Ella le estaba esperando en el vestíbulo, con el bolso y los guantes preparados en la mesa.

Pensó que había sido un golpe de suerte llevarse a Spring Lake su nuevo traje a cuadritos blancos y negros, pues la mayoría de la ropa que tenía en la casa era informal.

Era evidente que Will compartía su opinión sobre la vestimenta adecuada para la ocasión. El miércoles, cuando cerraron el trato, llevaba una chaqueta deportiva. Hoy ha­bía elegido un traje azul oscuro, una camisa blanca y una corbata de un azul discreto.

-Estás muy guapa -dijo-. Ojalá fuéramos vestidos así para ir a otra clase de acontecimiento.

—Yo opino lo mismo.

Will señaló la parte posterior de la casa.

—Veo que el contratista está llenando el hoyo. ¿Ya están seguros de que no van a encontrar nada más?

-Sí.

-Estupendo. Será mejor que nos vayamos. -Cuando Emily cogió el bolso y conectó la alarma, Will sonrió-. ¿Por qué tengo la sensación de que siempre te meto prisa? El otro día, para volver aquí después del desayuno y hacer la inspección final. Si hubieras sabido lo que iba a pasar, ¿te habrías echado atrás?

-Lo creas o no, ni siquiera se me ha pasado por la cabeza.

-Me alegro.

Cuando bajaron los escalones, él la cogió del brazo y enseguida experimentó una sensación de seguridad emocional y física.

«Han sido unos días bastante duros -pensó-. Tal vez me han afectado más de lo que creo. Es algo más que eso- se dijo mientras Will abría la puerta del coche y ella se sentaba en su asiento-. Aunque parezca una locura, siento que esta misa no sólo es por Martha Lawrence, sino también por Madeline.»

Cuando Will puso en marcha el coche, se lo contó a él.

-He estado dándole vueltas a la idea -añadió- de que ir a una misa en recuerdo de una chica que no conocí es comportarse un poco como un voyeur. Estaba muy preocupada por eso, pero ahora me parece diferente.

—¿En qué sentido?

—Creo en la vida eterna, en la existencia del cielo. Me gustaría pensar que esas dos chicas, que debieron de pasar mucho miedo en los últimos momentos de su vida, que fue­ron asesinadas con una diferencia de un siglo y cuyos cadá­veres fueron enterrados en mi patio trasero, ahora están juntas. Quiero creer que se hallan en «un lugar de descan­so, luz y paz», como dicen las Escrituras.

-¿Dónde crees que está el asesino ahora? -preguntó Will-. ¿Cuál será su destino?

Emily le miró, sobresaltada.

-¡Querrás decir asesinos, Will! Dos personas distintas.

Él la miró mientras reía.

—Santo Dios, Emily, se me empieza a contagiar el len­guaje de los periódicos sensacionalistas. Claro que me re­fiero a asesinos. Dos. Plural. Uno de ellos muerto hace mu­cho tiempo. El otro estará por ahí.

Guardaron silencio durante los pocos minutos que lardaron en rodear el lago, hasta que St Catherine apare­ció ante su vista. Era un exquisito edificio abovedado de estilo románico, construido en 1901 por un hombre acau­dalado en memoria de su fallecida hija de diecisiete años. A Emily le parecía un lugar muy apropiado para la cere­monia.

Vieron una nutrida fila de automóviles que se acercaban a la iglesia y aparcaban alrededor.

—Me pregunto si el asesino de Martha estará en uno de esos coches, Will -dijo Emily.

-Si es de Spring Lake, como parece creer la policía dudo mucho que haya tenido el valor de ausentarse. Sería demasiado imprudente dejar de venir a dar el pésame a la familia.

«Dar el pésame a la familia -pensó Emily-. Me pregunto cuál de los amigos de Madeline, con las manos manchadas de sangre, vino a dar el pésame a la mía hace ciento diez años.»

 

30

El sábado, a las once de la mañana, Joan Hodges iba cami­no de la peluquería para hacerse un moldeado, cuando el teléfono sonó. Era Esther, la hermana de la doctora Madden, que llamaba desde Connecticut.

Habló con voz preocupada.

-Joan, ¿Lillian iba a salir fuera este fin de semana?

-No.

-La llamé anoche, a eso de las once y media. Como no contestó, pensé que habría salido con algunos amigos des­pués de la conferencia, pero esta mañana he telefoneado dos veces y no he podido localizarla.

—A veces desconecta el teléfono. Es probable que lo hi­ciera por el acoso de la prensa. Pasaré por su casa para ase­gurarme de que no le ha pasado nada. -Joan intentaba ha­blar en tono tranquilizador, pese a sus recelos.

—No quiero molestarte.

-Descuida. Son quince minutos en coche.

Joan, que ya había olvidado por completo su cita en la peluquería, condujo lo más rápido posible. El nudo que sen­tía en el estómago y en la garganta delataba el pánico que in­tentaba controlar. Algo terrible había pasado. Lo sabía.

La casa de la doctora Madden estaba en una parcela de mil metros cuadrados en Laurel Street. «Hace un día tan bonito -pensó Joan, mientras entraba en el camino de acceso-. Por favor, Dios, que haya ido a dar un largo paseo. O que se haya olvidado de conectar el teléfono.»

Cuando se acercó a la casa, vio las persianas del dormitorio bajadas y el periódico tirado en la entrada. Con ma­nos temblorosas, buscó la llave del despacho. Sabía que si la doctora Madden había cerrado con llave la puerta que comunicaba su consulta con el resto de la casa, tenía otra escondida en su escritorio.

Entró en el pequeño vestíbulo. Cegada por el sol, no re­paró en que las luces de la consulta estaban encendidas. Con las manos húmedas de sudor, apenas sin respiración, entró en el despacho. Los archivadores estaban abiertos. Habían sacado, vaciado y desparramado los historiales, cuyo conte­nido se dispersaba por el suelo.

Sus piernas resistieron la tentación de echarse a correr, y entró en la consulta de Lillian Madden.

El grito que salió de su interior se convirtió en un gemi­do agónico cuando emergió de sus labios. El cuerpo de la doctora Madden estaba derrumbado sobre el escritorio, con la cabeza vuelta a un lado y la mano todavía cerra­da, como si hubiera estado sujetando algo. Tenía los ojos abiertos y salidos; parecía que sus labios inertes aún busca­ban aire.

Había una cuerda anudada alrededor del cuello.

Joan no recordaba haber salido corriendo de la consul­ta ni haber bajado los peldaños del porche y cruzado el jar­dín hasta llegar a la acera, sin dejar de gritar. Cuando reco­bró el conocimiento, estaba rodeada por los vecinos de Lillian Madden, que habían salido a toda prisa de sus ca­sas, atraídos por los gritos.

Cuando sus rodillas cedieron y una misericordiosa os­curidad borró la espantosa imagen de su amiga y jefa asesi­nada, un pensamiento cruzó por su mente: «La doctora Madden creía que la gente que muere de manera violenta regresa muy deprisa en una nueva encarnación. Si eso es cierto, ¿cuándo volverá?».

 

 

31

 

 

«Su comportamiento es admirable», pensó Emily.

Will Stafford y ella acababan de llegar a casa de los Lawrence, donde se había constituido una fila informal de recibi­miento en la espaciosa sala de estar. Los abuelos de Martha, octogenarios canosos y de espalda recta; los padres, George y Amanda Lawrence, una pareja de porte aristocrático a las puertas de la sesentena; y su otra hija, Christine, una versión más joven de su madre, y su marido estaban juntos, saluda­ban a sus invitados y aceptaban los pésames.

La dignidad y serenidad con que se habían comportado durante la misa había conmovido a Emily.

Ella y Will ocuparon un banco situado en ángulo recto respecto al que ocupaba la familia, y los había visto con toda claridad. Aunque las lágrimas se habían agolpado en sus ojos, guardaron la compostura durante toda la ceremo­nia, con Christine sentada al lado de sus padres y la recién nacida, Martha, en sus brazos.

Cuando una de las amigas de Martha rompió a llorar mientras pronunciaba unas palabras de alabanza, los ojos de Emily también se habían llenado de lágrimas. En aquel momento, vio que Amanda Lawrence cogía el bebé de ma­nos de Christine. La abrazó muy fuerte, con la cabecita de la niña apoyada bajo su barbilla.

«La besé, y al devolverme el beso, ella no pudo saber que mi beso iba destinado a su hermana, enterrada bajo la profunda nieve.» Las emotivas líneas del poema de Russell Lowell[4] habían cruzado por la mente de Emily mientras veía cómo Amanda Lawrence recibía el consuelo de su nieta recién nacida, al tiempo que alguien cantaba las alabanzas de la hija que le habían arrebatado.

Will la presentó a los Lawrence. Supieron quién era al instante.

-Esto mismo le ocurrió a tu familia hace cuatro genera­ciones -dijo el padre de Martha-. Rezamos para que el asesino de nuestra hija sea llevado ante la justicia.

-Dejando aparte las tonterías sobre la reencarnación, ¿crees que la muerte de Martha es una imitación consciente de lo que le pasó a Madeline Shapley? -preguntó Amanda Lawrence.

-Sí -contestó Emily-. Y tal vez exista una confesión o declaración escrita que el asesino de nuestros días encontró. Estoy investigando en documentos y libros antiguos para intentar hacerme una idea de cómo eran Madeline y sus amigos. Busco cualquier referencia de ella o impresiones que otras personas se hubieran formado de Madeline en aquella época.

George y Amanda Lawrence intercambiaron una mira­da y él se volvió hacia sus padres.

-Madre, ¿no conservas varios álbumes de fotografías y otros recuerdos de la época de tu abuela?

-Oh, sí, querido. Todo guardado en aquel armarito del desván. Mi abuela materna, Julia Gordon, era muy meticu­losa. Escribía epígrafes bajo las fotografías y añadía la fe­cha, el lugar, el acontecimiento y los nombres de las perso­nas, y además escribía detallados diarios.

La señora Lawrence miró con expresión inquisitiva a Emily.

El nombre de Julia Gordon había aparecido en los extractos de diarios pertenecientes al libro Reflejos de una in­fancia. Había sido contemporánea de Madeline.

-¿Me permitiría echar un vistazo al contenido de ese armarito? -preguntó Emily-. Tal vez le parezca improba­ble, pero creo que quizá averiguaremos algo del pasado que ahora nos será útil.

Antes de que su madre pudiera contestar, George Lawrence habló con firmeza y sin la menor vacilación.

-Haremos cualquier cosa que contribuya al descubri­miento del asesino de nuestra hija.

-Emily. -Will Stafford apretó su brazo y señaló a la gente que esperaba detrás de ellos para hablar con los Lawrence.

-No quiero retenerles más -se apresuró a decir Emily-. ¿Puedo llamarles mañana por la mañana?

-Will tiene el número. Él te lo dará.

La mesa del refrigerio se encontraba en el comedor. Habían dispuesto mesas y sillas en el porche trasero cerra­do, que abarcaba toda la longitud de la casa.

Salieron al porche con los platos.

-Aquí, Will -llamó una voz-. Te hemos guardado sitio.

-Esa es Natalie Frieze -dijo Will mientras se acercaban.

-Uníos a los demás sospechosos -dijo Natalie, risueña, cuando llegaron a la mesa-. Intentamos poner en orden nuestras coartadas antes de que Duggan nos aplique el ter­cer grado.

Emily se ofendió ante el comentario, y dio la razón a la mujer de rostro grave sentada ante Natalie.

—Hay cosas sobre las que no se puede bromear, Natalie.

La reprimenda no pareció afectar a Natalie Frieze.

-«Alegra el rincón donde estés, Raquel» -citó-. Es lo que procuro hacer. No era mi intención ofender a nadie.

El doctor Wilcox estaba en la mesa y la saludó efusiva­mente. Rachel, su mujer, se presentó, así como Bob y Natalie Frieze. «Un romance entre la primavera y el invierno -pensó Emily-. Me pregunto cuánto tiempo aguantará la dama. Es de esos matrimonios condenados a fracasar. Aunque nunca se sabe. ¡Yo habría apostado por el éxito del mío!»

-¿Alguno de los libros le ha resultado útil? -preguntó el doctor Wilcox.

-Mucho.

—Tengo entendido que es usted abogada criminalista, Emily -dijo Natalie Frieze.

-Sí.

-Me estaba preguntando… Si acusaran a alguien del asesinato de Martha, ¿le defendería?

«Le gusta provocar -pensó Emily, pero observó que el ambiente de la mesa cambiaba-. Alguien, o tal vez todo el mundo, no ha considerado divertida esa pregunta.»

Intentó sortearla con elegancia.

-Bien, soy miembro del colegio de abogados de Nueva Jersey, pero como estoy segura de que eso no sucederá, no voy a pedir un anticipo a cuenta de mis servicios.

Antes de marcharse, Will la presentó a varias personas, la mayoría con residencia permanente en la ciudad. Emily le sintió muy a gusto con ellos, como si, al igual que tantas otras, su familia hubiera tenido un lugar en Spring Lake durante generaciones. La casa de los Lawrence databa de la década de 1880. ¿Los Shapley habrían acudido como invitados a esta casa?

Charlaron durante unos minutos con John y Carolyn Taylor, amigos íntimos de Will, quienes preguntaron si jugaba al tenis.

Una fugaz imagen de ella al lado de Gary, cuando reci­bieron la copa del torneo de dobles en su club de Albany, pasó por la mente de Emily.

-Sí.

-Nosotros somos miembros del club de Baños y Tenis -dijo Carolyn Taylor-. Cuando abra en mayo, venga a co­mer con nosotros y tráigase una raqueta.

-Con mucho gusto.

Durante la conversación general, averiguó que Carolyn era directora de una escuela de parvularios en la cercana po­blación de Tinton Falls, mientras que John era médico del hospital North Jersey Shore. Supo de inmediato que le gus­taría conocer mejor a aquella pareja.

Cuando estaban a punto de marcharse, Carolyn Taylor vaciló un momento.

-Confío en que se dé cuenta de que todos los reunidos aquí, o sea, toda la gente de la comunidad, lamentamos que lo haya pasado tan mal estos últimos días. Quería decirlo en nombre de todos. Somos la cuarta generación de nuestra familia en Spring Lake -añadió-. Una prima lejana mía, Phyllis Gates, escribió un libro sobre su vida en la ciu­dad en las décadas de 1880 y 1890. Era amiga íntima de Madeline Shapley.

Emily la miró fijamente.

-Anoche leí el libro entero -dijo.

-Phyllis murió a mediados de los años cuarenta, cuan­do mi madre era adolescente. Pese a la diferencia de edad, se apreciaban mucho. Phyllis solía llevarse a mi madre de excursión con ella.

-¿Habló alguna vez con su madre de Madeline?

-Sí. Mamá y yo hemos hablado por teléfono esta ma­ñana. Hemos comentado todo lo sucedido aquí estos últi­mos días, por supuesto. Mamá ha dicho que Phyllis no qui­so ponerlo por escrito, pero siempre estuvo segura de que Douglas Cárter había asesinado a Madeline. ¿Era el novio, o me equivoco?

 

 

32

 

Tommy Duggan asistió a la misa en compañía de Pete Walsh. La furia le poseyó durante todo el rato, pues estaba seguro de que el asesino de Martha se hallaba en la iglesia, aunque no perdió la compostura cuando coreó las oracio­nes por ella y alzó la voz en el himno final.

Todos moraremos en la Ciudad de Dios,

donde nuestras lágrimas se transformarán en bailes…

«Cuando te encuentre, te secaré las lágrimas de coco­drilo», juró Tommy pensando en el asesino.

Después de la misa, había pensado en ir a su despacho y quedarse allí hasta la hora de reunirse con el grupo en casa de Will Stafford, pero cuando Pete y él volvieron al co­che y escucharon sus mensajes, se enteró de la muerte de la doctora Lillian Madden.

Al cabo de un cuarto de hora, se encontraba en el lugar de los hecho con Pete. El cadáver continuaba en la casa, donde el equipo forense trabajaba con su eficacia acostumbrada, en tanto la policía local custodiaba el escenario del crimen.

-Calculan que la muerte tuvo lugar entre las diez y las once de la noche -le dijo Frank Willette, el jefe de policía de Belmar-. No se trata de un ladrón sorprendido in fraganti. Hay joyas y dinero en el dormitorio, de modo que el asesino solo estaba interesado en localizar algo aquí, en la consulta.

—¿La doctora Madden guardaba fármacos?

-Nada de eso. Era psicóloga, licenciada en filosofía y letras, no en medicina. Tal vez la persona que lo hizo no lo sabía, pero…

Se encogió de hombros.

-La encontró la secretaria, Joan Hodges -continuó Wil­lette-. Hodges salió corriendo de la casa y se desmayó en la calle. La están medicando ahí dentro. -Miró en dirección a la puerta abierta que conducía a la vivienda propiamente di­cha, al otro lado del vestíbulo-. ¿Por qué no hablas con ella?

—Esa es mi intención.

Joan Hodges se encontraba apoyada sobre unas almo­hadas en la cama del cuarto de invitados, acompañada de un médico. Un policía de Belmar estaba a punto de guardar su libreta.

-No quiero ir al hospital -estaba diciendo la mujer cuando Duggan y Walsh entraron en la habitación-. Me pondré bien. Fue el susto de encontrarla… -Su voz enmu­deció y le resbalaron las lágrimas por las mejillas-. ¿Por qué iba a querer alguien matarla?

Tommy Duggan miró al policía de Belmar, a quien co­nocía.

-Ya he hablado con la señora Hodges -dijo el agente-. Supongo que usted también querrá interrogarla.

-En efecto.

Tommy acercó una silla, se sentó junto a la cama y se presentó.

Expresó su pesar con voz comprensiva y cariñosa y em­pezó a interrogar a Joan con delicadeza.

De inmediato quedó claro que Joan Hodges tenía una opinión muy concreta sobre el motivo del asesinato de Lillian Madden.

-Un asesino en serie anda suelto por ahí -dijo con voz fir­me, cuando la ira se mezcló con el dolor-, y empiezo a creer que es la reencarnación del que vivió en la década de 1890. Los periodistas no pararon de llamar a la señora Madden el jueves y todo el día de ayer. Querían saber su opinión.

—¿Insinúa que tal vez le conocía? —preguntó Tommy Duggan.

-La verdad, no lo sé. Quizá habría podido decirles algo que hubiera ayudado a la policía a encontrarle. Tuve un mal presentimiento cuando la señora Madden insistió en ir a su clase de anoche. Le aconsejé que la suspendiera. Tal vez alguien la siguió hasta casa.

Hodges no andaba desencaminada, pensó Tommy. Quizá el asesino había ido a la conferencia.

-Joan, ya ha visto los expedientes tirados por el suelo. El asesino buscaba algo, tal vez su propio historial. ¿Es po­sible que alguno de sus pacientes la amenazara o que algún psicópata la tomara con ella?

Joan Hodges se apartó el pelo de la frente. «Iba a ha­cerme un moldeado», pensó. Deseó con todas sus fuerzas retroceder en el tiempo y que el día se desarrollara como había planeado. Ahora estaría comprando el vestido nuevo para asistir a la segunda boda de su mejor amiga.

La doctora Madden, pensó. Sus pacientes la querían. Era tan amable, tan comprensiva. Sí, claro, algunos habían interrumpido el tratamiento, pero eso les pasaba a todos los psicólogos. La doctora Madden decía que algunas per­sonas sólo desean reforzar su conducta inapropiada por­que no pueden cambiarla.

-No conozco a un solo paciente que hubiera querido ha­cer daño a la doctora Madden —dijo a Tom-. Es ese asesino en serie. Lo sé. Tenía miedo de que la doctora supiera algo de él.

Muy lógico, si había sido paciente de ella en algún mo­mento, pensó Tommy.

-Joan, ¿dónde constan los nombres de los pacientes, además de en sus historiales?

-En mi agenda de citas y en el ordenador.

Tommy Duggan se puso en pie.

-Joan, vamos a encontrar a ese tipo. Se lo prometo. Su trabajo consiste en empezar a concentrarse en los pacien­tes. Aunque lo considere insignificante, si le viene a la cabe­za algo peculiar relacionado con alguno de ellos, llámeme enseguida, ¿de acuerdo?

Dejó su tarjeta en la mesita de noche.

Cuando Pete y él volvieron a la consulta de la doctora, estaban sacando la bolsa que contenía los restos de Lillian Madden.

-Ya hemos terminado -dijo el jefe del equipo forense-. Dudo que obtengamos algo útil para ustedes. Yo diría que ese tipo utilizó guantes.

—Debió de encontrar lo que buscaba en los archivado­res —dijo el jefe Willette—. Los que contienen los historiales de los pacientes están en el despacho de la doctora y la lla­ve estaba puesta en la cerradura. O el tipo la encontró en el primer cajón del escritorio o ya estaba allí.

-¿Sabe si solía trabajar de noche? -preguntó Pete Walsh.

-La doctora Madden pronunció una conferencia ano­che en la universidad. Parece que regresó y fue directamen­te a su despacho. Su abrigo y su cartera fueron encontrados en la recepción. Me pregunto qué era tan importante. Esta­ba trabajando ante su escritorio cuando la asesinaron. Su­pongo que no oyó entrar al intruso.

—¿Cómo entró?

-No forzó nada. ¿Tal vez una ventana no estaba cerra­da con llave? Hemos encontrado tres o cuatro. La alarma estaba desconectada.

-Era un paciente -dijo Tommy con seguridad-. Tal vez alguien que habló demasiado sometido a hipnosis y estaba preocupado. De lo contrario, ¿para qué rebuscar en los ar­chivos? Joan Hodges dijo que, si era un paciente, su nom­bre constaría en las agendas de citas.

-Intentó destrozar los ordenadores -dijo Willette.

Tommy asintió. No le sorprendía.

-A menos que el disco duro esté roto, quizá podamos conectarlos de nuevo -dijo.

-Voy a ayudarles.

Joan Hodges, pálida como un muerto pero decidida, les siguió.

Una hora más tarde, un frustrado Tommy Duggan sólo estaba seguro de un hecho: el asesino de Lillian Madden había sido uno de sus pacientes de los últimos cinco años. Habían desaparecido todas las agendas de citas que abar­caban ese período, tanto las copias personales de la docto­ra Madden como las que Joan Hodges guardaba.

Joan parecía a punto de desmayarse.

-Hemos de irnos, y usted debería marcharse a casa -dijo Tommy Duggan-. Pete conducirá su coche. -Una sensación de inquietud se había apoderado de él-. ¿Desde cuándo trabajaba para la señora Madden, Joan?

-Hará seis años la semana que viene.

—¿La doctora Madden hablaba de sus pacientes con usted?

-Nunca.

Mientras atravesaba Belmar, siguiendo el coche de Joan hasta su urbanización de Wall Township, Tommy se preguntó si el asesino de la doctora Madden empezaría a preocuparse por la posibilidad de que su secretaria hubiera sido también su confidente.

«Diré a la policía local que vigile su casa», decidió. Afe­rró el volante cuando sintió el impulso irrefrenable de rom­per algo.

-He estado con el asesino -dijo en voz alta, escupiendo las palabras-. He sentido su presencia. Pero no sé quién coño es.

 

Marty Browski, de Albany, Nueva York, no conocía a Tommy Duggan, del condado de Monmouth, Nueva Jer­sey, pero eran almas gemelas, detectives hasta la médula, con la absoluta tenacidad de los Bulldogs cuando se lanza­ban a resolver un crimen.

Tenían algo más en común. Cuando experimentaban aquella sensación casi mística de que había algo raro en un crimen (aunque en apariencia se hubiera resuelto satisfactoriamente), algo que no encajaba, no descansaban hasta haber vuelto a examinar todos los aspectos en busca de un fallo de la justicia.

Desde que recibiera la llamada telefónica de Emily Graham, acerca de la fotografía que habían deslizado por de­bajo de su puerta, Marty Browski estaba muy inquieto.

Se había convencido de que Ned Koehler era el acosa­dor y de que le habían cazado antes de que pudiera matar a Emily, pero ahora ya no estaba tan seguro.

Un sábado por la tarde, Marty hablaba del tema con su mujer, Janey, mientras daban un largo paseo por el parque cercano a su casa de Troy en compañía de Ranger, su labrador.

-Cuando detuvimos a Koehler estaba ante la casa de Emily Graham. Afirmó que solo quería asustarla. Dijo que no tenía intención de entrar.

-Tú le creíste, Marty. Todo el mundo le creyó. Fue con­denado por acoso -observó Janey.

-Ayer, cuando hablé con él, cambió la historia. Desea­ba que Emily sintiera el miedo que había pasado su madre antes de morir.

-Un chico muy agradable.

-La primavera se acerca. -Marty olisqueó el aire-. Po­dremos ir a pasear en la barca. -Hizo una mueca-. Janey, al parecer Ned Koehler llegó a casa y encontró muerta a su madre con un cuchillo clavado en el pecho. Se volvió loco: la alzó en volandas, saco el cadáver del apartamento y pidió ayuda a gritos. Joel Lake había estado robando en el apartamento. Es un milagro que Emily consiguiera que le absolvieran de la acusación de asesinato.

—Si no recuerdo mal, el jurado creyó a la hermana de Ruth Koehler cuando declaró que había hablado con ella después de que vieran a Joel Lake salir del edificio.

-No creí que se fueran a tragar el cuento. Pensé que la vieja era tan fiable como la previsión meteorológica.

Janey Browski sonrió. Marty y ella eran novios desde niños y se casaron a la semana siguiente de acabar el insti­tuto. Con sólo cuarenta y nueve años, tenía tres hijos creci­dos y cuatro nietos, una realidad que no se ajustaba con su apariencia juvenil. Estudiaba segundo curso en la Universi­dad de Sienna y pensaba licenciarse siguiendo los pasos de Marty, que durante los últimos cinco años de su matrimo­nio había asistido a clases nocturnas.

Sabía que la expresión de incredulidad suprema de Marty era comparar un testimonio con la previsión meteo­rológica.

-¿Insinúas que Ruth Koehler sorprendió a Joel Lake mientras estaba robando en su apartamento y que él es el asesino?

—Estaba seguro. Le pillamos a un par de manzanas de distancia. Llevaba encima lo que había robado en el apar­tamento. El hecho de que no encontráramos manchas de sangre no significaba nada, porque el cuchillo fue arrojado contra Ruth Koehler y se clavó en su pecho.

-¿Huellas dactilares?

-Joel Lake utilizó guantes y Ned Koehler metió la pata cuando quitó el cuchillo del cadáver de su madre y la sacó al pasillo. Todos nos tragamos la historia de que, al encon­trarla, se había puesto histérico.

Janey Browski se agachó y cogió una ramita para tirar­la a Ranger, cuya mirada suplicaba que jugaran con él.

Lanzó la ramita. Ranger salió tras ella con un ladrido de felicidad.

-Los Mets podrían contratarle -dijo Marty, admirado.

-Ya lo creo… Habías clasificado a Ned Koehler como un chiflado, pero también como un hijo dolorido que aco­saba a la abogada que había conseguido la absolución del asesino de su madre.

-Exacto.

-¿Nuestro detective sabelotodo se enfrenta al hecho de que tal vez se precipitara al extraer sus conclusiones?

Ranger volvió corriendo hacia ellos, con la rama entre los dientes.

Marty Browski suspiró.

-Janey, ¿por qué tu madre no te enseñó a respetar a tu marido? Ned Koehler es un chiflado y un mentiroso. Des­pués de verle ayer, creo que también es un asesino, el asesi­no de su madre. Y…

-¿Qué más? -preguntó Janey.

-También creo que tal vez no sea el acosador que amargó la vida de Emily Graham. El verdadero acosador es la perso­na que pasó la fotografía por debajo de su puerta la otra no­che. He hablado con la policía de Spring Lake. Piénsalo bien. Si alguien de aquí la siguió, descubrió dónde se alojaba, in­cluso la habitación donde dormía y luego se fue a la playa con la intención de captarla en la ventana, sacó la foto, la reveló y la echó por debajo de su puerta la noche siguiente, pese a que la policía vigilaba la propiedad… ¿qué te sugiere todo eso?

-Obsesión. Temeridad. Astucia.

-Exacto.

-Por lo tanto, a la persona que la acosaba aquí no le im­portó hacer el viaje a Spring Lake. Si eliminas a Ned Koeh­ler, ¿por dónde empiezas a buscarle?

—¿Joel Lake, quizá? Lo absolvieron. Es escoria. Recibió una sentencia leve por el robo y ya estaba en libertad cuan­do empezó el acoso. Después le echaría un buen vistazo a Gary White.

-¡Oh, venga ya, Marty! Hace más de tres años que Emily Graham y Gary White se divorciaron. Me han dicho que rompió con Barbara no-sé-qué y no para de ligar. Es un donjuán de pacotilla.

-Presentó una demanda contra Emily Graham por cin­co millones de dólares, la mitad de lo que ganó cuando vendió las acciones. Lo más inteligente que ha hecho en su vida, por cierto -añadió Marty.

Habían llegado al extremo del parque donde siempre daban media vuelta para regresar a casa. Se cogieron de la mano con un gesto instintivo.

-¿Y tu próxima parada es…? -preguntó Janey.

-Mirar los informes sobre la muerte de Ruth Koehler, con la premisa de que su hijo Ned puede ser el asesino. Y reabrir el caso de acoso.

-Me parece muy sensato.

-Y poner sobre aviso a Emily Graham -añadió Marty Browski con semblante sombrío.

 

 

 

34

 

A las tres en punto, veinticinco personas, incluidos los cin­co empleados de la empresa de catering, estaban congrega­das en la sala de estar de Will Stafford. Habían entrado las sillas del comedor para acomodar a los invitados. Los em­pleados del catering, algo inquietos y contentos de ser úti­les, se habían apresurado a disponer las sillas, apartando cinco para ellos en un rincón.

Tommy Duggan estaba de pie ante la chimenea, el pun­to central de la sala. Miró al grupo con la imagen del cadá­ver de la doctora Madden en mente. Había muchas posibi­lidades de que el asesino estuviera en la sala, una idea que le exaltaba y asqueaba a la vez.

Contaba con una prueba tangible: el pañuelo encontra­do con el cadáver de Martha Lawrence. Si tan solo una per­sona recordara a alguien que hubiera llevado el pañuelo plateado con cuentas metálicas aquella noche, conseguiría establecer una relación con el asesino.

-Agradezco que hayan sido tan amables de reunirse con nosotros -empezó-. El motivo de su presencia es que son las últimas personas que pasaron un rato con Martha Lawrence. Se encontraban en la fiesta celebrada en casa de los Lawrence horas antes de que la chica desapareciera y, como ya sabemos, fuera asesinada.

He hablado con todos ustedes de forma individual durante estos últimos cuatro años y medio. Les he reunido con la esperanza de que algo que observaran aquella noche y luego olvidaran les venga a la mente. Tal vez Martha ha­bló de sus planes de reunirse con alguien aquella noche o al día siguiente.

Me gustaría que pasaran de uno en uno por el estudio de Will para contarme los detalles de lo que hablaron con Martha aquella noche y de cualquier conversación que ella tuviera con otra persona, en el caso de que la escucharan.

Hizo una pausa.

-Después repasaré con cada uno de ustedes dónde esta­ban a la mañana siguiente entre las seis y las nueve.

Los ojos de Tommy exploraron la sala en busca de reacciones. Era evidente que Robert Frieze estaba furioso. Sus pómulos estaban adquiriendo un tono púrpura. Sus la­bios formaban una línea delgada e iracunda. Había afirma­do que aquella mañana estaba trabajando en sus macizos de flores. Su mujer dormía. Debido a los altos setos que ro­deaban la casa, nadie habría podido verle y corroborar su coartada. El señor McGregor en su huerto de coles. Tommy pensaba siempre en el personaje de Beatrix Potter cuando imaginaba a Robert Frieze en su patio trasero. La imagen se le había quedado grabada.

Dennis e Isabelle Hugues, los vecinos de los Lawrence, tenían la frente fruncida a causa de la concentración. Los dos parecían ansiosos por colaborar. Quizá ver a todos juntos les despertara algún recuerdo.

Un empleado del catering, el ayudante del jefe, Reed Turner, siempre había sido una especie de misterio. Cua­rentón y bastante atractivo, se le consideraba un mujerie­go. Parecía preocupado. ¿Por qué?

El doctor Wilcox se parapetaba tras la expresión filosó­fica que adoptaba cada vez que Tommy le había interroga­do durante los últimos cuatro años y medio. Admitía que aquella mañana había salido a dar una larga caminata, pero no por el paseo marítimo, sino por la ciudad. ¿Tal vez no era cierto?

Observó a la señora Wilcox, Brunilda. «No me gusta­ría cruzarme en su camino -pensó Tommy-. Tiene pinta de ser un hueso duro de roer. La expresión de su cara bastaría para parar un reloj. Me recuerda a la señora Orbach, mi profesora de quinto. Una arpía.»

Will Stafford era guapo y soltero. Las mujeres se sentían atraídas por él. Natalie Frieze le había dado un beso muy ca­riñoso cuando entró. Delante de su marido, para colmo. ¿Se había sentido Martha Lawrence también atraída? Quizá.

Había otras cuatro parejas, y cada esposa recordaba con meridiana precisión que su marido no había salido de casa a primera hora de aquella mañana. ¿Mentirían antes que permitir que sus maridos fueran sospechosos? Quizá.

Tommy imaginaba a cualquiera de estos hombres di­ciendo: «Sólo porque salí temprano a dar un corto paseo, no quiero que toda la ciudad piense que he cometido un crimen. No me crucé con nadie. Digamos que no me per­diste de vista en toda la mañana».

La señora Joyce. Setenta y muchos. Vieja amiga de los Lawrence. Tras la investigación inicial, no había tenido muchas oportunidades de hablar con ella. Ya no tenía casa en Spring Lake. Se alojaba un mes en The Breakers cada ve­rano. Había asistido a la misa.

-¿Por qué no empezamos con usted, señor Turner? -propuso Tommy, y se volvió hacia Pete Walsh-. ¿Todo preparado?

Habían decidido el método de conducir los interroga­torios. En lugar de jugar al policía bueno y el policía malo, Pete se sentaría detrás de la persona interrogada, con las notas de todas las anteriores declaraciones en la mano, y le interrumpiría siempre que comprobara una discrepancia.

Esta técnica siempre ponía nerviosa a la persona que intentaba ocultar algo.

Tommy iba a hacer dos preguntas a cada uno. La pri­mera: «¿Recuerda si alguna de las mujeres de la fiesta lleva­ba un pañuelo plateado con cuentas metálicas?». La segun­da: «¿Ha sido alguna vez paciente de la doctora Lillian Madden o ha estado en su consulta?».

Cuando Tommy se dirigió hacia el estudio, Robert Frieze le detuvo.

-Debo insistir en que me interrogue antes que a nadie. Soy el director de un restaurante, y los sábados por la no­che siempre está lleno. Creo que se lo dije el otro día por teléfono.

-Le creo.

Tommy ardía en deseos de espetarle a Frieze: «Se trata de la investigación de un asesinato, señor Frieze. Ha sido usted la persona menos colaboradora de esta sala. ¿Tiene algo que ocultar?».

-Será un placer hablar con usted primero, señor Frieze -dijo en cambio. Hizo una pausa-. No puedo ordenar a na­die que se quede, pero es muy importante para nuestra in­vestigación que todo el mundo permanezca en esta casa hasta que los interrogatorios hayan terminado. Es posible que queramos llamar de nuevo a algunas personas después de haber hablado con todos.

La primera hora transcurrió con lentitud. Todo el mun­do se aferraba a las historias contadas durante los últimos cuatro años y medio. Nadie sabía nada de un pañuelo. Martha no había hablado de sus planes para el día siguien­te. Nadie la había visto utilizar un móvil.

Entonces entró Rachel Wilcox. Cada centímetro de su formidable cuerpo transmitía su desagrado e indignación por aquella vejación. Sus respuestas a las preguntas fueron bruscas y concisas.

-Hablé con Martha sobre la escuela universitaria para graduados desde que supe que pensaba matricularse. Mar­tha sí habló de que se estaba replanteando lo de ir a Económicas. Había trabajado de jefa de comedor en Chillingworth, un restaurante excelente de Cape Cod, y le había gustado mucho la experiencia. Dijo que aún no tenía claro si iba a cambiar de opinión acerca de su futura carrera.

-Esto no me lo había dicho nunca, señora Wilcox -dijo Tommy.

-Si todas las palabras intercambiadas en acontecimien­tos sociales fueran sopesadas y mesuradas, el mundo se ahogaría en trivialidades -replicó Rachel Wilcox-. ¿Desea algo más de mí?

—Solo una pregunta más. ¿Sabe si alguien llevaba aque­lla noche un pañuelo de gasa plateado con cuentas metá­licas?

—Yo lo llevaba. ¿Lo han encontrado?

Tommy notó que las palmas de las manos le empeza­ban a sudar. «Clayton Wilcox», pensó. ¿Había sido tan es­túpido como para utilizar el pañuelo de su mujer para ase­sinar a Martha?

-Pregunta si han encontrado el pañuelo, señora Wilcox. ¿Cuándo se dio cuenta de que le faltaba?

-Aquella noche hacía bastante calor, de modo que me lo quité. Le pedí a mi marido que lo guardara en su bolsi­llo, y ya no volví a pensar en él hasta la tarde siguiente, cuando le pedí que me lo devolviera. No lo tenía. ¿Lo han encontrado?

—Ha dicho que un pañuelo se había extraviado -dijo con evasivas Tommy-. ¿Lo buscó usted, o el doctor Wilcox?

—Mi marido entendió que yo quería que guardara el pa­ñuelo con mi bolso. Telefoneó a los Lawrence, pero no es­taba en su casa.

-Entiendo. -Déjalo correr, se dijo Tommy. Vamos a ver cuál es la versión de él. Supuso que la noticia del asesi­nato de Belmar no había llegado a oídos de esta gente, que habían salido de casa de los Lawrence para ir directamente a la reunión-. Señora Wilcox, ¿conoce a una doctora lla­mada Lillian Madden?

-El nombre me suena.

-Es una psicóloga que vive en Belmar.

-Dicta cursos sobre la reencarnación en el Monmouth County Community College, ¿verdad?

-En efecto.

-No se me ocurre una pérdida de tiempo más grande.

Cuando salió del estudio, Tommy Duggan y Pete Walsh intercambiaron una mirada.

-Trae a Wilcox antes de que ella pueda hablar con él -ordenó Duggan.

—Voy pitando.

Pete desapareció en el vestíbulo que conducía a la sala de estar.

El porte del doctor Clayton Wilcox era de puertas afue­ra sereno y contenido, pero Tommy se preguntó si por fin estaba percibiendo el olor que había intentado captar du­rante todo el día. Miedo. Poseía su propio aroma acre, y no tenía nada que ver con las glándulas sudoríparas. Clayton Wilcox no solo estaba asustado sino a punto de sufrir un ataque de pánico.

-Siéntese, doctor Wilcox. Quiero repasar algunos deta­lles con usted.

El viejo truco, pensó Tommy. Los dejas en ascuas, ha­ciéndose las preguntas que temen escuchar. Después, cuan­do sueltas la andanada, ya sufren retortijones.

Preguntaron a Wilcox si había hablado con Martha durante la fiesta.

-Sostuvimos la charla típica de ocasiones semejantes. Ella estaba enterada de mi carrera académica, y me pregun­tó si conocía a alguien de la Tulane University Graduate School of Business de Nueva Orleans, donde estaba matri­culada. -Hizo una pausa-. Estoy seguro de que usted y yo ya hemos hablado antes de esto, señor Duggan.

—Sí, doctor Wilcox, más o menos. Y a la mañana si­guiente, usted fue a dar una larga caminata, pero no por el paseo marítimo, y no se cruzó con Martha en ningún mo­mento.

—Creo que ya he contestado a esa pregunta muchas veces.

-Doctor Wilcox, ¿su esposa perdió un pañuelo de seda la noche de la fiesta?

-Sí.

Tommy Duggan observó las gotas de sudor que se esta­ban formando en la frente de Clayton Wilcox.

-¿Su esposa le pidió que guardara el pañuelo?

Wilcox esperó un momento.

-Lo que mi esposa recuerda es que me pidió que guar­dara el pañuelo en mi bolsillo. Lo que yo recuerdo es que me pidió que lo dejara junto a su bolso, que estaba sobre una mesa del vestíbulo. Eso fue lo que hice, y ya no volví a pensar más en él.

—Y a la tarde siguiente, cuando se dieron cuenta de que había desaparecido, ¿llamó a los Lawrence para preguntar si sabían algo?

-No, no llamé.

Flagrante contradicción con la declaración de su mujer, pensó Tommy.

-¿No habría sido lo más indicado preguntar a los Law­rence si el pañuelo seguía en su casa?

-Señor Duggan, cuando me di cuenta de que el pañuelo no estaba, todos sabíamos ya que Martha había desapare­cido. ¿De veras cree que, en un momento tan delicado, habría llamado para interesarme por un pañuelo?

—¿Le dijo a su esposa que había preguntado por él?

—Sí, para que me dejara en paz.

—Una última pregunta. Doctor Wilcox, ¿conocía perso­nalmente a la doctora Lillian Madden?

-No.

-¿Fue alguna vez paciente de ella, acudió a su consulta o mantuvo algún tipo de contacto con ella?

Wilcox pareció vacilar. Con cierta tensión en su voz, contestó:

-No, no fui paciente suyo ni recuerdo haberla cono­cido.

«Está mintiendo», pensó Tommy.

 

 

 

DOMINGO  25  DE MARZO

 

 

35

 

Nicholas Todd llamó a Emily a las nueve y cuarto de la ma­ñana del domingo.

—Supongo que la cita sigue en pie -dijo.

-Por supuesto. El Old Mili sirve un brunch fabuloso, según me han dicho. He reservado una mesa para la una.

-Estupendo. Estaré en tu casa alrededor de las doce y media, si te va bien. Por cierto, espero no haberte llamado demasiado temprano. ¿Te he despertado?

-Ya he ido y vuelto de la iglesia, que está a casi dos ki­lómetros de distancia. ¿Responde esto a tu pregunta?

-Vaya manera de darse pisto. Dime cómo se va a tu casa.

Después de colgar, Emily decidió haraganear una o dos horas con los periódicos de la mañana. El día anterior, cuando Will Stafford la había acompañado a casa después del refrigerio de los Lawrence, había pasado el resto de la tarde y la noche con los libros que Wilcox le había presta­do. Quería devolvérselos lo antes posible.

El que le hubiera dado la bolsa del Enoch College para mantener los libros juntos indicaba que al doctor Wilcox no le haría mucha gracia que los retuviera mucho tiempo.

Además, reconoció, deseaba sacar alguna conclusión de la información acumulada. Ayer le habían dicho que Phyllis Gates, la autora de Reflexiones de una niñez, creía que Douglas Cárter era el asesino de Madeline.

No podía ser, pensó. Douglas Cárter se suicidó antes de las desapariciones de Letitia Gregg y Ellen Swain. ¿Habría querido decir Carolyn Taylor, la pariente lejana de Phyllis Gates, que Phyllis sospechaba de Alan Cárter? Era el primo que «estaba prendado de Madeline, aunque ella estuviese a punto de prometerse con Douglas».

«¿Estaría lo bastante prendado para matarla antes de que su primo se la arrebatara?», se preguntó Emily.

«Dejémoslo correr por esta mañana», se dijo mientras se llevaba café al estudio, que se estaba convirtiendo muy deprisa en su habitación favorita. Por la mañana lo inunda­ba el sol, y por la noche, con las persianas bajadas y la chi­menea de gas encendida, proporcionaba una sensación de intimidad y bienestar.

Se sentó en la butaca, abrió el Asbury Park Press y leyó el titular: PSICÓLOGA ASESINADA EN BELMAR.

La palabra «reencarnación» en el primer párrafo del artículo llamó su atención. «La doctora Lillian Madden, residente desde hace mucho tiempo en Belmar y conocida conferenciante sobre el tema de la reencarnación, fue en­contrada brutalmente estrangulada en su consulta…»

Leyó el resto del artículo con creciente horror. La última frase era: «La policía está investigando la posibilidad de una relación entre la muerte de la doctora Madden y la persona que ha sido bautizada como “el asesino en serie reencarnado de Spring Lake”».

Emily dejó el diario y pensó en la clase de parapsicología a la que había asistido mientras estudiaba derecho en la Uni­versidad de Nueva York. El profesor había retrotraído a una de sus estudiantes, una joven tímida de veinte años, a una vida anterior. La joven se hallaba en un estado de hipnosis profunda. El profesor la hizo retroceder hasta antes de su nacimiento, a través de un «túnel confortable», y le aseguró que sería un viaje agradable. Intentaba situar a la joven en otra época, recordó Emily.

-Estamos en mayo de 1960 -le había dicho-. ¿Se forma una imagen en su mente?

La joven había susurrado un «no» apenas audible.

La regresión había causado tanta impresión a Emily que, sentada en la butaca, con el periódico en el regazo y la foto de la doctora asesinada mirándola, pudo recordar cada detalle de aquel día.

El profesor había continuado preguntando.

—Estamos en diciembre de 1952.. ¿Se forma una imagen en su mente?

-No.

-Estamos en septiembre de 1941. ¿Se forma una ima­gen en su mente?

Y entonces, todos se quedaron impresionados, recordó Emily, cuando una voz masculina, clara y autoritaria, con­testó: «¡Sí!».

Con la misma voz, el sujeto había dicho su nombre y había descrito lo que vestía.

-Soy el teniente David Richards, de la marina de Esta­dos Unidos. Visto mi uniforme naval, señor.

-¿De dónde es usted?

-De cerca de Sioux City, Iowa.

-¿Sioux City?

-Cerca de Sioux City, señor.

-¿Dónde está ahora?

—En Pearl Harbor, señor.

—¿Por qué está ahí?

-Creemos que habrá guerra con Japón.

-Han pasado seis meses. ¿Dónde está usted, teniente?

La arrogancia había desaparecido de su voz, recordó Emily. Dijo que estaba en San Francisco. Su barco había atracado en la ciudad para ser reparado. La guerra ha­bía empezado.

A continuación el teniente David Richards describió su vida durante los tres años siguientes de guerra, y también su muerte, cuando un destructor japonés embistió su pa­trullera.

-¡Oh, Dios, nos han visto! -había gritado-. Dan la vuelta. Van a embestirnos.

-Teniente, es el día siguiente —le había interrumpido el profesor—. Dígame dónde está. La voz era diferente, observó entonces Emily. Tranqui­la, resignada. Recordó la respuesta:

-En un lugar oscuro, gris y frío. Estoy en el agua. Ro­deado de restos del naufragio. Estoy muerto.

¿Era posible que durante una regresión en la consulta de la doctora Madden alguien hubiera tenido el recuerdo de ha­ber vivido en Spring Lake en la década de 1890? ¿Una se­sión de hipnosis había sido la causa de que alguien se hu­biera enterado de los acontecimientos ocurridos en ese período de tiempo?

Emily tiró el periódico al suelo y se levantó.

«No seas ridícula —se dijo—. Nadie se ha puesto en con­tacto jamás con la mente de un asesino que vivió hace más de cien años.»

A las doce y media en punto, sonó el timbre de la puerta. Cuando Emily abrió, se dio cuenta de que, desde la llama­da del viernes, tenía muchas ganas de ver a Nick. Su sonri­sa era cordial, su apretón de manos firme. Se alegró de ver que iba vestido de manera informal, con chaqueta, panta­lones y jersey de cuello alto.

Se lo dijo al instante.

-Me prometí que, como no fuera en caso de extrema necesidad, no iba a ponerme faldas o zapatos de tacón has­ta que tuviera que presentarme en el trabajo -explicó.

Llevaba téjanos de color tostado, jersey del mismo tono y una chaqueta de tweed marrón, desde hacía mucho tiem­po su favorita, una especie de segunda piel.

Había empezado a recogerse el pelo, pero luego decidió llevarlo suelto.

-La ropa informal te sienta muy bien -dijo Nick-, pero llévate el carnet de identidad. Puede que el restaurante quiera comprobar tu edad antes de servirte vino. Me alegro de volver a verte, Emily. Ha pasado un mes como mínimo.

-Sí. Las últimas semanas en Albany fueron agotadoras, pero lo dejé todo arreglado. Estaba tan cansada que, camino de Spring Lake el martes por la noche, apenas pude mantener los ojos abiertos durante los últimos cien kiló­metros.

-Y no has descansado gran cosa desde que compraste la casa.

-Por decirlo de una manera suave. ¿Quieres que te la enseñe? Tenemos tiempo de sobra.

-Claro, pero ya estoy impresionado. Es una casa mara­villosa.

En la cocina, Nick se acercó a la ventana y miró al exte­rior.

-¿Dónde encontraron los restos? -preguntó.

Emily señaló la parte derecha del patio trasero.

-Allí.

—¿Estaban excavando una piscina?

-Ya habían empezado. Me asusta pensar que estuve a punto de suspender las obras y despedir al contratista.

-¿Te arrepientes de no haberlo hecho?

-No. En ese caso no los habrían encontrado. Es mejor para la familia Lawrence que todo haya terminado. Ahora que sé que mi antepasada fue asesinada, voy a descubrir quién lo hizo y cuál es su relación con el asesino de Martha Lawrence.

Nick se volvió.

-Emily, la persona que mató a Martha Lawrence, y después hizo algo tan siniestro como poner el dedo de tu pariente en su mano, tiene una mente peligrosa y retorcida. Espero que no vayas contando por ahí que intentas descu­brir al asesino.

«Eso es justo lo que estoy haciendo», pensó Emily. Al notar la desaprobación de Nick, eligió las palabras con cautela.

—Todo el mundo suponía que algo horrible le había pa­sado a Madeline Shapley, pero hasta hace cuatro días no había manera de demostrarlo. Se sospechaba que fue la víctima de algún conocido, pero tal vez había decidido ir a dar un corto paseo mientras esperaba a su prometido, y alguien a quien no conocía la arrastró por la fuerza hasta algún ca­rruaje.

Nick, un desconocido no la habría enterrado en su propio patio trasero. Alguien que conocía a Madeline, al­guien muy cercano a ella, la enterró aquí. Intento reunir los nombres de las personas con quienes se relacionaba para ver si puedo establecer una relación entre su asesino y el hombre responsable de la muerte de Martha Lawrence, hace cuatro años y medio. En alguna parte tiene que haber una declaración escrita, incluso una confesión detallada. Es posible que alguien, cuyo antepasado fue el asesino de Madeline, la haya leído. Tal vez la encontró mientras in­vestigaba en viejos legajos. Pero hay una relación, y tengo tiempo y ganas de descubrirla.

La desaprobación que expresaba la cara de Nick fue sustituida por otra cosa. ¿Preocupación?, pensó Emily, pero no era eso. No; parecía decepcionado. ¿Por qué?

-Terminemos la visita y vayamos al Old Mili -sugirió-. No sé tú, pero yo tengo hambre. Y estoy cansada de mis platos. -Sonrió-. Aunque soy una cocinera fabulosa.

-Eso habría que verlo -dijo Nick mientras la seguía ha­cia la escalera.

Su mesa del Old Mili daba a un estanque donde se desliza­ban algunos cisnes. Cuando les sirvieron los bloody mary que habían pedido, la camarera trajo también la carta.

-Esperaremos unos minutos -dijo Nick.

En los tres meses transcurridos desde que Emily había aceptado el empleo en el bufete, había cenado con Nick y Walter Todd, su padre, tres o cuatro veces en Manhattan, pero nunca con Nick a solas.

Su primera impresión de él había sido contradictoria. Walter Todd y Nick habían ido a Albany para presenciar su defensa de un importante político acusado de homicidio en un accidente de tráfico.

Había ido a comer con los Todd después de que el jurado declarara a su cliente inocente de homicidio por negli­gencia. Todd se había extendido en alabanzas sobre su for­ma de llevar el caso. Nick se había mostrado reticente, y los escasos cumplidos que su padre le había arrancado fueron superficiales. En aquel momento se había preguntado si se sentía inseguro y la consideraba una rival en potencia.

Pero eso no concordaba con el hecho de que, desde que había aceptado la oferta, su actitud había sido cordial y amistosa.

Hoy le enviaba de nuevo señales contradictorias. Pare­cía incómodo. ¿Tenía que ver con ella o se trataba de un problema personal? Sabía que no estaba casado, pero no cabía duda de que habría alguna mujer en su vida.

-Ojalá pudiera leer tu mente, Emily. -La voz de Nick interrumpió sus fantasías—. Estás ensimismada.

Decidió sincerarse.

—Te contaré lo que estoy pensando. Hay algo de mí que te preocupa y me gustaría que te expresaras con claridad. ¿Quieres que entre en el bufete? ¿Crees que soy la persona idónea para el trabajo? Algo pasa. ¿Qué es?

-No te andas por las ramas, ¿verdad? -Nick cogió el tallo de apio de su vaso y lo mordió-¿Si te quiero en el bu­fete? ¡Por supuesto! La verdad, ojalá pudieras empezar ma­ñana. Motivo por el cual, por cierto, estoy aquí. -Dejó el vaso en la mesa y le habló de su decisión.

Mientras le confiaba su deseo de abandonar el bufete, Emily se quedó sorprendida al darse cuenta de que los pla­nes de Nick no le agradaban. Tenía muchas ganas de trabajar con él.

-¿Buscarás un empleo? -preguntó.

-Trabajaré en la oficina del secretario de Justicia. Es lo que realmente me interesa. Estoy seguro de que podría volver a Boston. Trabajé como ayudante del fiscal del distrito. Cuando me marché, el fiscal dijo que me recibiría con los brazos abiertos si no me gustaba la empresa privada. Preferi­ría quedarme en Nueva York, pero diría que no voy a poder convencerte de que empieces la semana que viene, ¿verdad?

-Temo que no. ¿Tu padre se disgustará mucho?

-Ya habrá asumido la dura y triste realidad de que me voy a marchar y es muy probable que, en este momento, me esté colgando en efigie. Cuando le diga que no podrás incorporarte hasta el 1 de mayo, tú me seguirás.

—«Todos hemos de colgar juntos, aunque lo más seguro es que…» -Emily sonrió.

—«Colgaremos por separado.» Exacto. -Nick Todd co­gió la carta-. Asunto concluido. ¿Qué te apetece?

 

 

LUNES  26 DE MARZO

36

 

 

Eran casi las cuatro cuando Nick la dejó en su casa. La acompañó hasta el porche y esperó a que encajara la llave en la cerradura.

-¿Tienes un buen sistema de alarma? -preguntó.

-Buenísimo. Y mañana un viejo amigo de Albany insta­lará cámaras de seguridad.

Nick enarcó las cejas.

-Después de lo de tu acosador de Albany, no me extra­ña que las instales.

Emily abrió la puerta. Lo vieron al mismo tiempo. Ha­bía un sobre en el suelo del vestíbulo.

-Parece que alguien te ha dejado una nota -dijo Nick mientras se agachaba para recogerlo.

—Cógelo por una esquina. Tal vez haya huellas dactila­res. —Emily no reconoció su propia voz. Había surgido de sus labios como un susurro estrangulado.

Nick la miró fijamente y obedeció. Cuando se incorpo­ró, el sobre se abrió y una fotografía cayó al suelo. Era de Emily en la iglesia, durante la misa.

Había tres palabras garabateadas en la parte inferior: «Reza por ti».

 

 

Tengo grandes deseos de emprender la actividad que ten­drá lugar más tarde.

Me alegra mucho haber cambiado de opinión y haber enviado a Emily Graham mi mensaje.

Como ya esperaba, hay preguntas acerca del pañuelo, pero nadie podrá demostrar quién lo robó aquella noche.

Martha lo admiraba. Le oí decir a Rachel que era muy bonito. Recuerdo que en aquel momento cruzó por mi ca­beza la idea de que Martha había elegido el instrumento de su muerte.

Al fin y al cabo, un pañuelo, pensé, no se diferencia mucho del cinturón que estranguló a Madeline.

Al menos, ya no tengo por qué preocuparme de la psicóloga. Ni siquiera ha de inquietarme que logren recons­truir los archivos del ordenador.

Cuando fui a la consulta de la doctora Madden, fue por la noche, y la recepcionista no estaba, de manera que nadie me vio.

Además, el nombre y la dirección que di no les darán la menor pista.

Porque jamás comprenderán que somos uno.

Solo existe una persona que, si supiera el nombre y la dirección, empezaría a sospechar, pero da igual.

Porque tampoco tengo temores por ese lado. Emily Graham morirá el sábado. Dormirá con Ellen Swain.

Y después pasaré el resto de mi vida como antes, como un honorable y respetable ciudadano de Spring Lake.

 

 

37

 

 

El domingo por la tarde, Tommy Duggan se disponía a sa­lir del despacho cuando Emily Graham telefoneó. Corrió de inmediato hacia Spring Lake y recogió el sobre y la fotografía.

El lunes por la mañana, Pete Walsh y él estaban en la oficina particular del fiscal para informarle de los aconteci­mientos del fin de semana. Osborne había estado en Wash­ington desde el viernes por la noche.

Tommy le informó sobre el asesinato de la doctora Madden y el interrogatorio de los invitados en casa de Will Stafford.

—Es el pañuelo de la señora Wilcox, y lo llevaba aquella noche. Afirma que pidió a su marido que lo guardara en el bolsillo. Pero él ha declarado que ella le pidió que lo dejara al lado de su bolso.

—Aquella noche los Wilcox fueron en coche a casa de los Lawrence, señor -intervino Walsh-. Estaba aparcado en la misma manzana. Si el doctor Wilcox guardó el pañue­lo en su bolsillo, tal vez se le cayera en la casa o en la calle. Cualquiera pudo cogerlo. Y si lo dejó al lado del bolso de su mujer, cualquiera pudo haberlo robado.

Osborne tamborileaba con su dedo índice sobre el es­critorio.

-A juzgar por lo que queda de él, da la impresión de que el pañuelo era bastante grande. Habría abultado mu­cho en el bolsillo de una chaqueta de verano.

Tommy asintió.

—Yo también lo he pensado. Cuando se utilizó para es­trangular a Martha, lo habían cortado. Por otra parte, Wil­cox mintió a su mujer cuando dijo que había llamado a los Lawrence para preguntar por él. Sostiene que para enton­ces todo el mundo estaba enterado de la desaparición de Martha y que no era oportuno molestarles por un pañuelo.

-Habría podido hablar con la empleada de hogar -ob­servó Osborne.

-Hay algo más -dijo Tommy-. Creemos que Wilcox mintió al negar que conocía a la doctora Madden.

-¿Qué sabemos de Wilcox?

Tommy Duggan miró a Walsh.

-Encárgate de eso, Pete. Investígale.

Pete Walsh sacó sus notas.

-Sólida carrera académica. Terminó siendo presidente del Enoch College. Es uno de esos lugares pequeños pero con prestigio. Jubilado hace doce años. Iba a veranear a Spring Lake cuando era pequeño, y se estableció aquí. Publi­ca con regularidad en revistas académicas. No pagan lo bas­tante para alimentar a un gorrión con migas de pan, pero se considera un honor escribir para ellas. Desde que vino a vi­vir aquí, ha escrito muchos artículos sobre la historia de Nueva Jersey, en especial sobre el condado de Monmouth. Se le considera algo así como el historiador de Spring Lake.

-Lo cual concuerda con la hipótesis de Emily Graham de que el asesino de Martha Lawrence tuvo acceso a do­cumentación sobre las mujeres desaparecidas en la década de 1890 —señaló Tommy—. Juro que ese tipo estaba min­tiendo cuando dijo que no conocía a la doctora Madden. Quiero investigarle a fondo. Apuesto a que vamos a encon­trar mucha mierda.

-¿Algo más sobre el caso de Carla Harper? -preguntó Osborne.

-La testigo ocular sigue manteniendo que vio a Carla en el restaurante de carretera de Pensilvania. En aquel tiempo concedió entrevistas a todos los periodistas que quisieron hablar con ella. La policía de Pensilvania admite que se equivocó al creer la historia, pero, al cabo de unos días, encontraron el bolso de Carla cerca del restaurante y la testigo obtuvo la credibilidad que necesitaba. El asesino debía de estar riéndose cuando lo tiró por la ventanilla de su coche. Ahora la pista se ha enfriado, sobre todo desde que el hotel Warren cerró el año pasado. En él se alojaba Carla Harper el fin de semana anterior a su desaparición.

Se encogió de hombros. Era un callejón sin salida.

Por fin, Tommy y Pete comentaron a Elliot Osborne la llamada de Emily Graham recibida el domingo a las cuatro de la tarde.

—Tiene agallas —dijo Tommy—. Cuando llegamos a su casa estaba blanca como el papel, pero no había perdido la serenidad. Piensa que alguien está siguiendo los pasos del asesino del siglo pasado, y la policía de Spring Lake tam­bién se decanta por esa hipótesis. Hablé con Marty Browski, el tipo que llevó el caso de acoso en Albany.

-¿Qué opina Browski? -preguntó Osborne.

-Que detuvieron al individuo equivocado. Ha vuelto a abrir la investigación y tiene a dos posibles sospechosos: el ex marido de Emily Graham, Gary White, y Joel Lake, una basura humana para la que consiguió la absolución en un caso de asesinato.

-¿Qué opinas tú?

-Mejor hipótesis posible: un imitador. Uno o varios ado­lescentes descubrieron que habían acosado a Graham en Al­bany y le están gastando bromas pesadas. Hipótesis acepta­ble: Gary White o Joel Lake. Peor hipótesis posible: el tipo que asesinó a Martha Lawrence está jugando con Emily Graham.

-¿Por cuál te inclinas?

-La del imitador. La doctora Lillian Madden, la psicóloga asesinada en Belmar, estaba relacionada sin la menor duda con el caso Lawrence. Apostaría cualquier cosa a que el asesino de Martha fue paciente de la doctora y no podía correr el riesgo de que hablara con nosotros sobre él. Por otra parte, no creo que sea tan imbécil como para arries­garse a ser visto merodeando cerca de la casa de Emily Gra­ham. Se juega demasiado.

-¿Tienes idea de en qué parte de la iglesia estaba senta­da la persona que tomó la foto de Emily Graham?

-Al otro lado del pasillo. En un banco de la izquierda.

-Supongamos que Browski (se llama así, ¿verdad?) tenga razón y que el verdadero acosador de la Graham se encuentre en Spring Lake. Yo diría que, si su obsesión le ha impulsado a venir desde Albany, esa mujer corre un peligro extremo.

-Si se trata del verdadero acosador, coincido contigo -admitió Tommy Duggan.

La voz de la secretaria de Elliot Osborne sonó por el intercomunicador.

-Lamento interrumpir, pero la señorita Emily Graham está al teléfono. Insiste en que ha de hablar de inmediato con el detective Duggan.

Tommy Duggan descolgó el teléfono.

-Duggan al habla, señora Graham.

El fiscal y Pete Walsh observaron las arrugas que se for­maban en la cara de Duggan.

-Iremos enseguida.

Colgó y miró a Osborne.

—Emily Graham ha recibido una postal inquietante en el correo de la mañana.

-¿El acosador? ¿Otra foto dé ella?

-No. Es un dibujo de dos lápidas. Una lleva el nombre de Carla Harper. La otra, el de Letitia Gregg. Si el dibujo no miente, están enterradas juntas en el patio trasero del número 15 de Ludlam Avenue, en Spring Lake.

 

 

38

 

La mañana del lunes muy temprano Eric Bailey partici­pó como invitado en el telediario del canal de televisión de Albany.

Enclenque y de estatura media, con el pelo alborotado y unas gafas sin montura que dominaban su cara enjuta, no impresionaba ni por su apariencia ni por sus modales. Hablaba con voz nerviosa y aguda.

El presentador del programa no se había alegrado al ver el nombre de Bailey en la lista de invitados.

-Siempre que ese tipo aparece ante las cámaras, oyes el sonido de todos los mandos a distancia de Albany cam­biando de canal -se lamentó.

-Un montón de gente de esta zona ha invertido en su empresa. Las acciones se han cotizado a la baja desde hace un año y medio. Ahora, Bailey afirma que tiene un nuevo software que revolucionará la industria informática -repli­có el responsable de la sección de economía-. Puede que hable como un capullo, pero valdrá la pena oírle.

-Gracias por el cumplido. Gracias a los dos.

Eric Bailey había entrado con sigilo en el estudio, sin que los dos hombres le oyeran acercarse.

-¿Qué les parece si aguardo en la sala de espera hasta que estén preparados para recibirme? -preguntó, con una leve sonrisa, como si disfrutara de su desconcierto.

Las cámaras de seguridad de alta tecnología que iba a ins­talar en la casa de Emily ya estaban empaquetadas en su furgoneta, y nada más terminar la entrevista televisada, Eric Bailey salió en dirección a Spring Lake.

Sabía que no debía conducir demasiado deprisa. La ra­bia combinada con la humillación le impulsaban a pisar el acelerador y a zigzaguear entre el tráfico, aterrorizando a los ocupantes de los vehículos que adelantaba.

Provocar miedo era su respuesta a los rechazos sufridos en su vida, a los desaires y al ridículo.

Había aprendido a utilizar el miedo como arma cuando tenía dieciséis años. Había invitado a tres chicas, una tras otra, a ir al baile de fin de año con él. Todas se negaron. Después empezaron las burlas, las bromas.

¿Hasta dónde debería llegar Eric Bailey para conseguir una cita?

Karen Fowler era quien hacía la mejor imitación de él tratando de invitar a una chica. Y él la había oído.

-« Karen, me gustaría mucho… quiero decir, ¿ querrías… ? Sería maravilloso que…» Y entonces se puso a estornudar -contaba Karen Fowler a su público, y reía con tal fuerza que casi se quedaba sin aliento-. El pobre gilipollas empezó a estornudar, ¿podéis creerlo?

Él era el mejor estudiante del instituto y ella le llamaba «pobre gilipollas».

La noche del baile había esperado con su cámara en el bar al que todo el mundo iba cuando la banda se retiraba. Cuando empezaron a beber y fumar hierba, tomó fotos a escondidas de una Karen con los ojos vidriosos, recostada contra su ligue, con el carmín corrido y el tirante del vesti­do sobre el brazo.

Le enseñó las fotos en el instituto al cabo de un par de días. Aún recordaba cómo había palidecido. Después lloró y suplicó que se las entregara.

-Mi padre me matará -dijo-. Por favor, Eric.

Él las guardó en el bolsillo.

-¿Quieres imitarme ahora? -preguntó con frialdad.

-Lo siento. Por favor, Eric, lo siento muchísimo.

Se había asustado tanto temiendo que una noche lla­mara al timbre de su casa y entregara las fotos a su padre o que las enviara por correo…

Después, siempre que se cruzaba con él en el pasillo del instituto, le dirigía una mirada suplicante y atemorizada. Y por primera vez en su vida, Eric Bailey se había sentido po­deroso.

El recuerdo le calmó. Encontraría una forma de casti­gar a los dos que le habían humillado aquella mañana. Bas­taría con pensar un poco.

En función del tráfico, llegaría a Spring Lake entre la una y las dos.

Ya conocía muy bien la ruta. Era su tercer viaje de ida y vuelta desde el miércoles.

 

 

 

 

 

 

39

 

 

Reba Ashby, la reportera del National Daily, había reser­vado una habitación en el hotel The Breakers de Spring Lake para toda la semana. Era una mujer menuda y de facciones afiladas cercana a la cuarentena. Pensaba sacarle todo el jugo posible a la historia del asesino en serie reen­carnado.

El lunes por la mañana, estaba desayunando con parsi­monia en el comedor del hotel, al acecho de alguien con quien poder conversar. Al principio solo vio hombres de negocios a los que sería inútil interrumpir. Necesitaba en­contrar a alguien que quisiera hablar de los asesinatos.

Su directora se mostraba tan contrariada como ella por no haber podido entrevistar a la doctora Lillian Madden antes de que la asesinaran. Había intentado ponerse en contacto con la doctora durante todo el viernes, pero la se­cretaria no había pasado las llamadas. Y aunque consiguió una entrada para la conferencia de la doctora Madden del viernes por la noche, no pudo hablar con ella en privado.

Reba creía tanto en la reencarnación como en los ele­fantes voladores, pero la conferencia le había parecido muy interesante, y lo que estaba pasando en Spring Lake era lo bastante peculiar como para preguntarse si podía existir un asesino en serie reencarnado.

También había observado la sorpresa de la doctora Madden cuando Chip Lucas, del New York Daily News, le preguntó si alguien le había pedido retroceder a la década de 1890. Y la doctora había puesto punto final a la sesión de ruegos y preguntas de la noche.

Aunque no había podido llegar antes de las diez y me­dia, la doctora Madden se encontraba en su consulta cuan­do murió. ¿Estaría estudiando el historial de un paciente que había pedido retroceder hasta la década de 1890?, se preguntó. Al menos eso le proporcionaba un buen enfoque para otro artículo sobre el asesino en serie de Spring Lake.

Reba, aunque estaba endurecida por su trabajo, se ha­bía sentido muy impresionada por el asesinato a sangre fría de la doctora Madden. Se había enterado poco después de asistir a la misa en recuerdo de Martha Lawrence y había escrito sobre ambos acontecimientos para el siguiente nú­mero del National Daily.

Ahora quería conseguir una entrevista en exclusiva con Emily Graham. Pulsó el timbre de su casa el domingo por la tarde, pero nadie contestó. Cuando pasó de nuevo por allí una hora más tarde, vio a una mujer en el porche, aga­chada como si estuviera deslizando algo por debajo de la puerta.

Reba alzó la vista esperanzada cuando vio que la mesa de al lado se había vaciado y la jefa de comedor guiaba ha­cia ella a una mujer que aparentaba setenta y muchos años.

-La camarera la atenderá enseguida, señora Joyce -prometió la jefa de comedor.

Cinco minutos más tarde, Reba y Bernice Joyce estaban enzarzadas en una animada conversación. Que la señora Joyce fuera amiga de la familia Lawrence era un golpe de suerte, pero el hecho de que todos los invitados a la fiesta celebrada en casa de los Lawrence la noche antes de la de­saparición de Martha hubieran sido interrogados en un grupo que la incluía a ella, era el tipo de coincidencia por el que rezaban los periodistas de la prensa amarilla.

Sometida al hábil interrogatorio de Reba, la señora Joyce explicó que les habían llamado de uno en uno para hablar con los dos detectives. Las preguntas eran generales, excepto cuando preguntaron si sabían de algo que se hu­biera extraviado aquella noche.

-¿Se extravió algo? -preguntó Reba.

-Yo no sabía nada, pero después de hablar de uno en uno, todos fuimos interrogados en grupo. Los detectives preguntaron si alguien había reparado en el pañuelo de la señora Wilcox. Al parecer ese era el objeto perdido. Sentí lástima por el pobre doctor Wilcox. Delante de todo el gru­po, Rachel se comportó con mucha brusquedad; le culpó de no haberse guardado el pañuelo en el bolsillo cuando ella se lo había pedido.

-¿Puede describir el pañuelo?

-Lo recuerdo muy bien, porque estaba al lado de Ra­chel cuando Martha, pobre criatura, le alabó el gusto. Era un pañuelo de raso de tono plateado, con cuentas metálicas. Bastante llamativo para Rachel, por cierto. Tiende a vestir de una forma más conservadora. Tal vez por eso se lo quitó al poco rato.

A Reba se le hizo la boca agua al pensar en su siguiente artículo. La policía había dicho que Martha había muerto por estrangulación. No se habrían interesado por el pañue­lo si no hubiera sido importante.

Estaba tan ocupada imaginando el titular que no se fijó en lo silenciosa que se había quedado su compañera de la mesa de al lado.

«Estoy segura de que vi el bolso de Rachel sobre la mesa del vestíbulo —pensó Bernice-. Desde donde yo estaba sentada, lo veía. No me fijé si estaba encima de algo. Pero después, ¿puede ser que viera a alguien moviendo el bolso y cogiendo lo que había debajo?»

Estaba tratando de poner una cara a la figura.

«¿O lo estoy imaginando de tanto hablar de ello? No hay peor idiota que un idiota viejo. No voy a hablar de esto con nadie, porque no estoy segura», decidió Bernice.

 

 

40

 

 

-No esperaba verles tan pronto -dijo Emily a Tommy Dug-gan y Pete Walsh cuando les abrió la puerta.

-No esperábamos volver tan pronto, señora Graham -contestó Duggan mientras la examinaba con fijeza-. ¿Cómo ha dormido esta noche?

Emily se encogió de hombros.

-Ya habrá adivinado que no he dormido mucho. La fo­tografía de ayer me afectó. ¿No es cierto que, en la Edad Media, si alguien perseguido lograba entrar en una iglesia y gritaba «¡asilo!», estaba a salvo mientras se quedara allí?

-Algo por el estilo -dijo Duggan.

-Imagino que no serviría en mi caso. Ni en la iglesia me sentiría a salvo. Estoy terriblemente asustada.

-Como vive sola, sería mucho más seguro…

Ella le interrumpió.

-No pienso moverme de esta casa. Tengo la postal en el estudio.

La había encontrado entre un folleto de propaganda de una empresa dedicada al diseño de jardines y una solicitud para colaborar con una organización caritativa.

Después de asimilar el mensaje de la postal, se había acercado a la ventana de la cocina y había echado un vista­zo al patio trasero. En aquel día nublado, parecía desolado y melancólico como el cementerio que había sido durante más de un siglo.

Sin soltar la postal, había corrido al estudio para lla­mar a la oficina del fiscal.

-El único correo que me han entregado desde que ad­quirí la casa iba dirigido a los Kiernan o al «ocupante» -dijo a los detectives. Señaló la postal, que había dejado so­bre el escritorio-. Pero esta va dirigida a mí.

Era como se la había descrito: un tosco dibujo de una casa y la propiedad circundante con la dirección del núme­ro 15 de Ludlam Avenue escrito entre las líneas de lo que pretendía ser una acera. Había dos lápidas dibujadas una al lado de la otra en la esquina izquierda de la zona situada detrás de la casa. Una llevaba el nombre de Letitia Gregg y la otra, el de Carla Harper.

Tommy sacó una bolsa de plástico del bolsillo, cogió la postal por los bordes y la metió dentro.

-Esta vez he venido preparado -dijo-. Señora Graham, tal vez se trate de una broma pesada, pero puede que vaya en serio. Hemos investigado el número 15 de Ludlam Ave­nue. La propietaria es una viuda de edad avanzada que vive sola. Esperemos que quiera colaborar cuando le hablemos de esto y que nos deje cavar en su patio, al menos en la zona indicada en el dibujo.

-¿Cree que va en serio? -preguntó Emily.

Tommy Duggan la miró durante un largo momento an­tes de contestar.

-Después de lo que encontramos aquí -miró en direc­ción al patio trasero de Emily—, creo que hay bastantes po­sibilidades de que sí. Pero hasta que lo sepamos con certe­za, le agradeceremos que no hable con nadie de esto. —No quiero hablar con nadie de esto -dijo Emily. «No voy a llamar a papá, a mamá o a la abuela para que se pongan enfermos de preocupación -pensó-. Pero si mis hermanos mayores vivieran en esta misma calle, se lo contaría a gritos. Por desgracia, viven a más de mil qui­nientos kilómetros de distancia.»

Pensó en Nick Todd. Había telefoneado justo después de que llegara el correo, pero tampoco se lo había contado. Cuando encontraron la fotografía en el vestíbulo, después de volver del brunch, él la había instado a ir a Manhattan y quedarse en su apartamento.

Pero ella había insistido en que las cámaras que Eric iba a instalar eran la mejor esperanza de descubrir quién le es­taba haciendo esto, y explicó que la cámara de su casa de Albany había captado a Ned Koehler cuando intentaba en­trar. «En cuanto estén en funcionamiento, podremos iden­tificar al culpable», le había asegurado.

«Valientes palabras —pensó mientras acompañaba a Tommy Duggan y Pete Walsh hasta la puerta y la cerraba con llave a sus espaldas-, pero la verdad es que estoy muerta de miedo.»

Las pocas horas que había conseguido dormir habían sido un desfile de pesadillas. En una, alguien la perseguía. En otra intentaba abrir la ventana, pera alguien lo impedía desde fuera.

«¡Basta! -se ordenó Emily-. ¡Trabaja en algo! Llama al doctor Wilcox y pregúntale si puedes pasar a devolverle sus libros. Después ve al museo e investiga. A ver si puedes ave­riguar dónde vivía esa gente en la década de 1890.»

Quería identificar las residencias de los amigos de Phyllis Gates y Madeline Shapley, que aquella había men­cionado muchas veces en su libro.

Phyllis Gates hacía referencias a la casa que su familia alquilaba durante los meses de verano, pero parecía dar a entender que las demás familias eran propietarias. Tenía que haber documentos que plasmaran dónde vivían.

«Ha de existir un plano de la ciudad de aquella época. Necesito material de dibujo y un juego de Monopoly. Las casitas que van con el tablero serán perfectas para mis propósitos.»

En una cartulina de 90 x 90 cm, como las que utilizan los estudiantes de arte, dibujaría un plano de la ciudad tal como era en la década de 1890, pondría los nombres de las calles y colocaría las casitas en las propiedades donde ha­bían vivido los amigos de Madeline Shapley.

«Entonces conseguiré la historia de la propiedad de esas fincas desde aquella época en el registro del ayunta­miento», pensó Emily.

«Lo más probable es que no sirva de nada», se dijo mien­tras iba al ropero para coger su impermeable, pero cuanto más se zambullera en el mundo de Madeline, más posibili­dades tenía de descubrir lo que le había pasado… y también a Letitia Gregg y Ellen Swain.

 

 

 

 

41

 

El agudo sonido del timbre de la puerta fue una intrusión. Rachel había ido en coche a Rumson para comer con unas amigas, y Clayton Wilcox había conectado su ordenador para trabajar varias horas ininterrumpidas en su novela.

Desde la reunión en casa de Will Stafford, Rachel se ha­bía mostrado indignada y suspicaz por los motivos que te­nía el detective Duggan para preguntar sobre su pañuelo extraviado.

«No creerás que esté relacionado con la muerte de Martha, ¿verdad, Clayton?», había preguntado varias ve­ces. Luego, contestando a sus propias preguntas, descartó la posibilidad como ridícula.

Clayton no le había llevado la contraria. Había estado a punto de decir: «Tu pañuelo extraviado está absoluta­mente relacionado con la muerte de Martha, y tú me impli­caste al pregonar ante todo el mundo que me habías pedido que lo guardara en mi bolsillo», pero se contuvo.

Cuando abrió la puerta, comprendió que casi había espe­rado ver al detective Duggan. En cambio, era una mujer desco­nocida, menuda, de labios apretados e inquisitivos ojos grises.

Antes de que abriera la boca, ya estaba seguro de que era periodista. Aun así, su pregunta le dejó estupefacto.

-Doctor Wilcox, el pañuelo de su mujer no ha apareci­do desde la fiesta en casa de los Lawrence, la noche ante­rior a la desaparición de Martha. ¿Por qué hace la policía tantas preguntas sobre él?

Clayton Wilcox agarró el pomo con un movimiento convulsivo y empezó a cerrar la puerta. La mujer habló con rapidez.

-Doctor Wilcox, me llamo Reba Ashby. Trabajo para el National Daily y, antes de que escriba mi artículo so­bre el pañuelo desaparecido, quizá le beneficiaría contestar a unas cuantas preguntas.

Wilcox meditó un momento y abrió la puerta un poco, pero no la invitó a entrar.

-No tengo ni idea de por qué la policía se interesó por el pañuelo de mi mujer -dijo en tono decidido-. Para ser más preciso, querían saber si se había extraviado algo la noche de la fiesta. Mi mujer se había quitado el pañuelo y me pidió que lo pusiera con su bolso, que estaba sobre una mesa auxiliar del vestíbulo.

-Tengo entendido que su mujer dijo a la policía que le pidió que lo guardara en su bolsillo -dijo Ashby.

-Mi mujer me pidió que lo guardara con su bolso, y eso fue lo que hice. -Wilcox notó gotas de sudor en su frente-. Estaba a la vista de todo el mundo y cualquiera pudo haberlo cogido en el transcurso de la velada.

Era la oportunidad que Reba esperaba.

-¿Por qué lo iba a coger alguien? ¿Insinúa que lo robaron?

-No insinúo nada. Tal vez alguien lo sacó de debajo del bolso de mi mujer.

-¿Para qué?

-No tengo ni idea. Ahora, si me permite…

Esta vez Clayton Wilcox cerró la puerta sin hacer caso de la voz de Reba.

-Doctor Wilcox, ¿conocía a la doctora Lillian Madden? -preguntó a través de la puerta.

Una vez acomodado de nuevo ante su escritorio, Wil­cox contempló la pantalla. No encontró sentido a las pala­bras que acababa de escribir. No le cabía duda de que Reba Ashby redactaría un artículo sensacionalista sobre el pa­ñuelo. Inevitablemente él sería el centro de una feroz publi­cidad. ¿Cuánto tiempo tardaría el periodicucho para el que ella escribía en escarbar en su pasado? ¿Hasta qué punto lo había investigado ya la policía?

Según los periódicos, los archivos de la consulta de la doctora Madden habían sido destruidos.

¿Todos?

¿Tendría que haber admitido que fue a su consulta?

El teléfono sonó. «Cálmate -se dijo Wilcox-, nadie ha de notar que estás nervioso.»

Era Emily Graham, que le preguntaba si podía pasar a devolverle los libros.

-Por supuesto -dijo con voz plácida-. Será un placer verla de nuevo. Venga cuando quiera.

Cuando colgó el auricular, se reclinó en su butaca. Una imagen de Emily Graham cruzó por su mente.

Una nube de pelo castaño oscuro sujeto por una hebilla en la nuca, los bucles que escapaban sobre su frente y su cuello…

La nariz aguileña esculpida…

Las espesas pestañas que enmarcaban sus grandes ojos inquisitivos…

Clayton Wilcox suspiró, acercó las manos al teclado y empezó a escribir. «Su necesidad era tan inmensa que ni las indecibles consecuencias de lo que se disponía a hacer podrían detenerle.»

 

 

 

42

 

El lunes por la mañana, Robert Frieze empezó la semana discutiendo con Natalie. El hecho de que tuviera una cita con Dominic Bonetti, el comprador en potencia de The Seasoner, precipitó su amarga disputa.

Insomne como de costumbre, salió de casa para correr a las seis y media, intentando aliviar la tensión de la inmi­nente entrevista. Debía mostrarse muy seguro de sí mismo ante Bonetti.

Cuando regresaba del North Pavilion, divisó a su ex mujer corriendo hacia él y salió del paseo marítimo para no cruzarse con ella. Debía pagarle a fin de mes la pensión ali­menticia semestral y no era el día más adecuado para pre­guntarse de dónde iba a sacar el dinero.

Volvió a casa todavía más tenso y descubrió disgustado que Natalie ya estaba sentada a la mesa de la cocina. Había esperado tomar una taza de café con tranquilidad y repasar las cifras recopiladas durante la noche.

-¿Es este el nuevo horario? -preguntó con brusque­dad-. Durante los últimos tres días te has levantado con los pájaros. ¿Qué ha sido del sueño embellecedor que tanto proclamas necesitar?

Le irritó ver los estados de cuentas en los que había tra­bajado antes del amanecer esparcidos sobre la mesa.

—Es muy difícil dormir sin motivos para estar cansada -replicó ella.

El comentario era la forma que tenía Natalie de recor­darle que, desde que había empezado a abrir el restaurante los domingos por la noche, pasaba esas veladas sola.

Entonces empezó a atacarle.

-Bob -dijo-, ¿quieres hacer el favor de decirme qué sig­nifican estas cifras? Sobre todo las de la última página. No pensarás vender el restaurante por esa miseria, ¿verdad? Es como si lo regalaras.

-Sería mejor regalarlo que arruinarse -repuso con frial­dad Bob-. Por favor, Natalie, intento prepararme para la reunión de hoy. Con un poco de suerte cerraré el trato y me quitaré este peso de encima. Dom Bonetti me tiene entre la espada y la pared, y seguro que lo sabe. He de hacer una oferta que no pueda rechazar.

—Bien, a menos que yo no sepa sumar o restar, me pare­ce que tu oferta nos deja casi a dos velas. Cuando te empe­ñaste en llevar a la práctica tu fantasía hostelera, te dije que deberías haber vendido aquellas acciones en lugar de pedir un préstamo sobre ellas. Ahora, salvo que obtengas un pre­cio elevado por el restaurante, cosa que dudo, después de echar un rápido vistazo a estos cálculos, tendrás que ven­der las acciones para pagar los préstamos.

Natalie hizo una pausa y continuó con voz todavía más airada y desdeñosa.

—Confío en no tener que recordarte que las acciones han perdido la mitad del valor que tenían cuando pediste préstamos sobre ellas.

Bob sintió un nudo en el estómago y su pecho empezó a arder. Extendió una mano.

-Dame esos papeles.

-Cógelos tú mismo.

Natalie tiró los papeles al suelo y los pisó cuando salió de la cocina.

Cinco horas más tarde, Bob meneó la cabeza y miró los pa­peles que sujetaba. Había un agujero ovalado en uno de ellos. Entonces recordó: el tacón del zapato de Natalie lo había perforado al pisarlo.

Era lo último que recordaba: su discusión en la cocina y el ruido de la puerta del dormitorio al cerrarse con estrépi­to en el piso de arriba. Cerró los ojos un momento.

Los abrió lentamente y paseó la vista alrededor. Estaba en la oficina del restaurante, en el segundo piso, vestido con chaqueta azul oscuro y pantalones grises.

Consultó su reloj. Era casi la una. ¡La una en punto! El posible comprador, Dominic Bonetti, llegaría en cualquier momento. Habían acordado negociar la venta mien­tras comían.

Bob intentó concentrarse en las cifras recopiladas. Sonó el teléfono. Era el jefe de comedor.

-El señor Bonetti ha llegado. ¿Le acomodo en su mesa?

-Sí. Enseguida bajo.

Entró en su cuarto de baño particular y se mojó la cara. A instancias de Natalie, se había hecho cirugía estética en los ojos. Se había estirado los párpados y las bolsas que empezaban a formarse bajo los ojos habían desaparecido, pero los resultados no eran halagadores. Cuando se miró en el espejo, le pareció que la mitad superior de su cara no concordaba con la inferior. Era algo desconcertante que lo alarmó. Siempre se había enorgullecido de su apostura. Ya no era así.

No valía la pena preocuparse por eso, pensó mientras se peinaba. Se apresuró a bajar.

Era lunes y no tenía muchas mesas reservadas, pero ha­bía contado con la gente que entraba sin reserva previa para que el lugar pareciera razonablemente frecuentado. Notó que las palmas de las manos empezaban a sudarle cuando entró en el comedor y vio que solo había seis mesas ocupadas. Dominic Bonetti le estaba esperando con una libreta abierta en la mano.

¿Era una buena señal?

Había conocido a Bonetti en un partido de golf. Era un hombre corpulento, no muy alto, con una gruesa mata de pelo negro y astutos ojos oscuros. Era extrovertido y, cuan­do no hablaba, proyectaba un aire de serena confianza en sí mismo.

No empezaron a hablar de negocios hasta terminar el salmón a la parrilla, que estaba seco e insípido. Bob solo había logrado seguir la conversación con gran esfuerzo.

Cuando sirvieron los cafés, Bonetti fue al grano.

-Usted quiere salir de este lugar. Yo quiero entrar. No me pregunte por qué. No lo necesito. Tengo cincuenta y nueve años y más dinero del que podré gastar nunca. Pero echo de menos tener un restaurante. Lo llevo en la sangre. Y está muy bien situado.

Sin embargo, durante la media hora siguiente, Bob ave­riguó las deficiencias de The Seasoner.

—Sé que ha gastado una fortuna en la decoración, pero no invita a entrar. Es fría y desagradable… La cocina es ineficaz…

Natalie había elegido al cotizado diseñador de interiores. El primer chef que Bob había contratado, aquel fenómeno de Madison Avenue, dictó el funcionamiento de la cocina.

El precio que Dominic Bonetti ofrecía era medio millón de dólares inferior al precio mínimo que Bob Frieze pensa­ba que aceptaría.

-Es su oferta inicial -dijo con una sonrisa nerviosa-. Le haré una contraoferta.

Los modales afables de Bonetti se desvanecieron.

-Si compro este lugar, voy a gastar mucha pasta en re-modelarlo a mi gusto y en contratar a personal de primera clase —dijo con calma-. Ya le he dicho mi precio. No consi­deraré una contraoferta. —Se levantó con una sonrisa agra­dable en el rostro-. Piénselo, Bob. Es un precio justo consi­derando lo que hay que hacer y deshacer. Si decide no aceptar, no le guardaré rencor. A mi esposa le encantará.

Extendió la mano.

-Llámeme.

Bob esperó a que Bonetti saliera del comedor. Después atrajo la atención del camarero y alzó su copa de vino vacía.

Un momento después, el camarero llegó hasta él con una botella y un teléfono móvil.

-Una llamada urgente de la señora Frieze, señor.

Para su sorpresa, Natalie no le preguntó cómo había ido la entrevista con Bonetti.

-Acabo de enterarme de que una excavadora está le­vantando el patio trasero del número 15 de Ludlam Av­enue. Se rumorea que andan buscando el cadáver de Carla Harper, la chica que desapareció hace dos años. ¡Dios mío, Bob, Ludlam Avenue, 15! ¿No es la casa en que vivió tu fa­milia cuando eras pequeño?

 

 

43

 

-Su padre ha venido a verle, señor Stafford.

La voz de la recepcionista sonaba perpleja, como si estu­viera diciendo: «Ni siquiera sabía que su padre estaba vivo».

-¡Mi padre! -Will Stafford tiró a un lado la pluma que sostenía. Irritado y consternado, esperó a estar seguro de que hablaría con voz serena-. Hágale entrar.

El pomo de la puerta giraba lentamente. «Teme verme cara a cara -pensó-, y que le eche a patadas.» No se levantó; siguió sentado muy tieso ante el escritorio y procuró que cada centímetro de su cuerpo comunicara el desagrado que le causaba la intrusión.

La puerta se abrió poco a poco. El hombre que entró era una sombra del que había sido un año antes. Desde en­tonces, su padre había perdido veinte kilos como mínimo. Su tez era de un amarillo cerúleo y los pómulos destacaban bajo la piel tensa. La mata de pelo cano que Will recorda­ba, y que él había heredado, se reducía ahora a unos me­chones sueltos de un gris sucio.

«Sesenta y cuatro años, y aparenta ochenta y cuatro -pensó Will-. ¿Debo sentir pena por él y echarle los brazos al cuello?»

-Cierra la puerta -ordenó.

Willard Stafford padre asintió y obedeció. Ninguno de los dos reparó en que la puerta no se cerraba por com­pleto.

Will se levantó con parsimonia. Alzó la voz, escupien­do las palabras.

-¿Por qué no me dejas en paz? ¿No comprendes que no quiero saber nada de ti? ¿Quieres que te perdone? Bien, te perdono. Ya te puedes largar.

-Will, cometí errores, lo admito. No me queda mucho tiempo. Quiero hacer las paces contigo.

-No puedes. Ahora vete y no vuelvas.

-Tendría que haberlo comprendido. Eras un adoles­cente…

El hombre empezó a alzar la voz.

-¡Cállate!

En dos zancadas, Will Stafford se plantó ante su padre. Sus fuertes manos sujetaron los delgados y temblorosos hombros del anciano.

—Pagué por lo que otro hizo. No me creíste. Podrías ha­berte permitido el lujo de contratar a todo un bufete para que me defendiera. En cambio, te lavaste las manos y dejas­te tirado a tu único hijo. Me repudiaste en público. Pero ahora ese historial juvenil está cerrado. No necesito que vengas a destruir todo lo que he construido durante los úl­timos veintitrés años. Lárgate de aquí. Vuelve a tu coche. Regresa a Princeton y quédate allí.

Willard Stafford padre asintió. Dio media vuelta con los ojos húmedos y tanteó en busca del pomo. Se detuvo.

-Prometo que no volveré. Solo quería verte cara a cara por última vez y pedirte perdón. Sé que te fallé. Pensé que tal vez comprenderías…

Su voz enmudeció.

Will no contestó.

Su padre suspiró y abrió la puerta.

-Es por… -murmuró más para sí que para Will- es por lo que está pasando en esta ciudad. Me refiero a la chica cuyo cadáver encontraron. Me preocupé. Ya sabes…

-¿Tienes la osadía de venir a decirme eso a mí? ¡Lárga­te! ¿No me has oído? ¡Lárgate!

A Will Stafford no le importó gritar ni que Pat, la re­cepcionista, le escuchara. Lo único que le importaba era controlar su furia ciega antes de que rodeara con las manos la garganta esquelética del hombre que le había engendra­do y la apretara hasta estrangularlo.

 

 

 

 

44

 

Al abogado de Ned Koehler, Hal Davis, no le hizo la me­nor gracia volver a encontrarse con Marty Browski en Gray Manor a las tres de aquella tarde.

-El estado no me paga lo suficiente para ayudarle en una caza de brujas -se quejó mientras esperaban a que acompañaran a Koehler hasta la sala de conferencias.

-El estado me paga para procurar que la gente sea juz­gada por sus crímenes -replicó Browski-. Como ya le dije esta mañana, hemos reabierto la investigación sobre el ca­so de Ruth Koehler y su cliente es ahora sospechoso de ase­sinato.

Davis le miró con incredulidad.

-Está bromeando. No pudo demostrar la culpabilidad del asesino de Ruth Koehler, Joel Lake, al cual absolvieron, y ahora intenta salvar la cara haciendo recaer las culpas sobre el pobre capullo de Ned. He venido aquí corriendo en cuanto me ha llamado y he aconsejado a mi cliente que no hable con usted, pero él insiste en que es inocente y quiere hablar.

-Quizá es más listo de lo que usted piensa -dijo Brows­ki-. Todos creímos que Koehler había alterado el lugar de los hechos impulsado por su sorpresa y su dolor. Otra in­terpretación es que fue lo bastante astuto para explicarnos por qué sus huellas dactilares aparecieron en el cuchillo y había sangre en su ropa.

-La levantó en volandas. No sabía que estaba muerta. Corrió a buscar ayuda.

—Tal vez.

La puerta se abrió. Un guardia acompañó a Ned Koeh­ler hasta una silla.

—Ned está un poco nervioso -dijo el guardia-. Estaré fuera por si me necesitan.

-¿Por qué me hace esto? -preguntó Ned a Marty-. Yo quería a mi madre; la echo de menos.

-Solo voy a hacerte unas preguntas -dijo Browski en tono conciliador-. Pero debo informarte de que eres sospechoso del asesinato de tu madre y cualquier cosa que digas podrá ser utilizada en tu contra.

A continuación recitó los derechos del detenido.

-Ten claro que no tienes por qué responder a ninguna pregunta.

Hal Davis se inclinó hacia delante, como si al acercarse a Koehler pudiera hacerse entender mejor.

-Ned, he hablado con tu tía -dijo Marty en voz baja-. No se equivocó. Habló con tu madre después de que Joel Lake fuera visto al salir del edificio.

-Mi tía está loca. Si mi madre hubiera hablado con ella después de que el tipo saliera, le habría dicho que acababan de robarle.

-Quizá no lo sabía aún. ¿Tu madre se enfadaba a me­nudo contigo?

-Ella me quería muchísimo.

—Estoy seguro de que sí, pero a veces se enfadaba conti­go, ¿verdad?

-No, nunca.

—Se enfadaba sobre todo porque eras muy descuidado cuando cerrabas la puerta y nunca quedaba encajada. ¿No es así?

—Siempre cerraba con llave cuando me iba.

-¿Siempre? Joel Lake dice que la puerta estaba entrea­bierta. Por eso entró en tu apartamento.

Ned Koehler entornó los ojos. Su boca se movió con­vulsivamente.

-¿No es verdad que la semana antes de que tu madre muriera pasó lo mismo? ¿No te gritó y dijo que cualquiera podía entrar y clavarle un cuchillo? Tus vecinos me conta­ron que siempre te lo repetía cuando dejabas la puerta sin cerrar del todo.

-Ned, no quiero que sigas hablando -le apremió Davis.

Él sacudió la cabeza.

-Déjame en paz, Hal. Quiero hablar.

-Ned, ¿cómo sabes lo asustada que estaba tu madre cuando vio el cuchillo y supo que iba a morir? -Marty escupió la pregunta. No esperó respuesta-. ¿Te suplicó que no le hicieras daño? ¿Dijo que lamentaba regañarte? Esta­ba sentada a la mesa de la cocina. Acababa de darse cuenta de que habían robado en el apartamento. Debía de estar fu­riosa. El cuchillo colgaba en el soporte clavado en la pared. ¿Lo señaló tu madre y te dijo que el intruso habría podido utilizarlo contra ella y que habría sido culpa tuya?

Algo a medio camino entre un aullido y un grito escapó de la garganta de Ned Koehler y los dos hombres se sobre­saltaron. La puerta se abrió y el guardia entró corriendo.

Ned ocultó la cara entre las manos.

-Ella dijo: «No, Ned, lo siento, no lo hagas, Ned, por favor». Pero ya era demasiado tarde. No me di cuenta de que sujetaba el cuchillo, y después lo vi en su pecho.

Violentos sollozos estremecieron su cuerpo mientras gritaba.

-¡Lo siento, mamá! ¡Lo siento, mamá!

 

 

 

45

 

Eric Bailey estaba esperando a Emily en su porche cuando ella llegó a casa, después de devolver los libros al doctor Wilcox, visitar el museo y comprar lo que necesitaba para el proyecto que pensaba iniciar.

Eric indicó con un ademán que sus disculpas eran inne­cesarias.

—No te preocupes. He llegado antes de lo previsto, pero estoy hambriento. ¿Tienes algo de comer?

Emily preparó bocadillos de jamón, queso suizo, lechu­ga, tomate y pan italiano recién salido del horno, mientras Eric empezaba a desempaquetar el equipo de las cámaras.

Comieron en la cocina.

-He añadido al menú un poco de consomé de pollo -dijo Emily-. Lo hice la otra noche y congelé las sobras. Es bueno, te lo prometo.

-Eso me recuerda cuando estábamos en aquellas co­chambrosas oficinas de Albany -dijo Eric mientras rebaña­ba la última gota de sopa del cuenco-. Yo bajaba a comprar bocadillos a la tienda de ultramarinos y tú recalentabas tu sopa casera.

-Era divertido -dijo Emily.

-Era divertido, y yo no tendría una empresa si tú no me hubieras defendido en aquella querella.

-Y tú me hiciste rica. Al César lo que es del César.

Intercambiaron una sonrisa. «Eric es tres días mayor que yo -pensó Emily-, pero es como si fuera mi hermano menor.»

-Me preocupé cuando vi que la cotización de las accio­nes había bajado -dijo Emily.

Eric se encogió de hombros.

-Ya volverá a subir. Ganaste una buena pasta, pero aun así lamentarás haber vendido.

-Crecí oyendo una y otra vez que mi abuelo había per­dido todo su dinero en 1929, cuando la bolsa enloqueció. No me sentía cómoda con las acciones; me preocupaba que algo pudiera ir mal. Así podré vivir el resto de mi vida sin apuros económicos, gracias a ti.

-Cuando necesites que alguien se ocupe de ti…

Eric dejó la frase sin terminar mientras Emily negaba con la cabeza, sonriente.

-¿Y estropear una hermosa amistad? -preguntó.

Eric ayudó a cargar el lavavajillas.

-Ese es mi trabajo -protestó ella.

-Me gusta ayudarte.

-Como dices que has de volver a Albany esta noche, preferiría que empezaras a instalar las cámaras.

A los pocos minutos, Emily cerró el lavavajillas con un chasquido cortante.

-Muy bien. Todo preparado. Si trabajas en un extremo de la mesa del comedor, yo me instalaré en el otro.

Explicó lo que pensaba hacer con las copias de los pla­nos y registros de propiedades de la ciudad.

-Quiero entrar en las vidas de esa gente -dijo-. Ver dónde vivía el círculo de amigos de Madeline. Estoy convencida de que alguien a quien conocía la mató y la enterró aquí. Pero, ¿cómo lo hizo? Tenía que haber policías alrededor de la casa, al menos durante los primeros días, cuando denunciaron su desaparición. ¿Dónde estaba retenida? ¿O dónde ocultaban su cadáver? ¿El asesino la enterró aquí el mismo día, al ano­checer? El acebo ocultaba a la vista esa parte del patio.

-¿Estás segura de que no te estás obsesionando con ese crimen, Emily?

Ella le miró sin pestañear.

-Estoy obsesionada con descubrir la relación entre los crímenes de la década de 1890 y los cometidos reciente­mente en esta ciudad. En este preciso momento la policía está levantando otro patio trasero, a pocas manzanas de aquí, y creen que tal vez van a encontrar los restos de una joven desaparecida hace dos años.

-Emily, no te quedes aquí sola. Me has dicho que ya has sufrido dos incidentes de acoso en los cinco días que llevas en la ciudad. Querías un descanso, unas vacaciones. A juzgar por tu aspecto, no lo estás consiguiendo.

El súbito timbrazo del teléfono provocó que Emily lan­zara una exclamación ahogada y aferrara el brazo de Eric. Consiguió emitir una temblorosa carcajada mientras corría al estudio para contestar.

Era el detective Browski. No perdió el tiempo en salu­darla.

-Emily, tu cliente del caso Koehler es una rata inmun­da, pero quizá te alegre saber que no es un asesino. Acabo de hablar con Ned Koehler. No te lo vas a creer…

Un cuarto de hora más tarde, Emily volvió al comedor.

-Menuda conversación -comentó Eric en tono jovial-. ¿Un nuevo novio?

-El detective Browski. Ya le conoces. Te ha alabado mucho.

-Oigámoslo. No olvides ni un detalle.

-Según él, es probable que me salvaras la vida. Si la cámara que instalaste no hubiera grabado a Ned Koehler, no habríamos sabido quién me estaba acosando.

-Tu vecino oyó algo y llamó a la poli.

-Sí, pero Koehler descubrió la manera de desconectar el sistema de alarma. Y huyó antes de que llegara la policía. Si la cámara no le hubiera filmado, gracias a ti, no habría­mos sabido quién había intentado entrar. Quizá la siguien­te vez habría sido muy diferente para mí.

Emily percibió el temblor en su voz.

-Hoy admitió que pensaba matarme. Marty Browski afirma que, en la mente retorcida de Koehler, Joel Lake, el tipo al que defendí, provocó la muerte de su madre. Dijo a Browski que, si él no hubiera robado en el apartamento, su madre aún estaría viva, y que Joel era el verdadero asesino.

-Una lógica demencial, diría yo.

Las manos de Eric Bailey trabajaban como si no hiciera el menor esfuerzo mientras acoplaba el equipo necesario para instalar las cámaras.

-Demencial, pero también comprensible. Estoy segura de que no quería matar a su madre y de que no soporta pen­sar que es el causante de su muerte. Si hubieran declarado cul­pable a Joel Lake, habría podido transferirle su culpa. Pero yo logré su absolución y me convertí en la mala de la película.

-No lo eres -dijo Eric Bailey con firmeza-. Me intran­quiliza que, por lo que has dicho, Browski esté preocupado por este nuevo caso de acoso. ¿Quién cree que es?

-Ha investigado a mi ex. Sea lo que sea Gary, no es un acosador. Tiene sólidas coartadas para el martes por la no­che y el sábado por la mañana, cuando fueron tomadas esas fotos. Browski aún no ha podido localizar a Joel Lake.

-¿Estás preocupada por Lake?

—Te sorprenderá saber que, en cierto sentido, estoy ali­viada. ¿Recuerdas cuando Ned Koehler se abalanzó sobre mí, después de que el jurado absolviera a Lake?

-Ya lo creo. Estaba allí.

-Cuando los guardias se llevaron a Koehler, Joel Lake me ayudó a levantarme. Estaba a mi lado, porque nos habíamos puesto en pie para escuchar el veredicto. Eric, ¿sa­bes lo que me susurró?

El tono de Emily provocó que Eric Bailey interrumpiera sus tareas y la mirara fijamente.

-Me dijo: «Quizá Koehler esté en lo cierto, Emily. Qui­zá yo maté a la vieja. ¿Qué tal te sienta eso?».

No se lo he dicho a nadie, pero me ha obsesionado desde entonces. Aun así, no creo que él la matara. ¿Com­prendes? Es un ser despreciable que, en lugar de darme las gracias por librarle de la prisión, quiso burlarse de mí.

-¿Sabes lo que pienso, Emily? Creo que se sentía atraí­do por ti y sabía que no iba a beneficiarle. El rechazo pro­voca reacciones horribles en algunas personas.

-Bien, si él es el acosador, espero que una de tus cáma­ras le inmortalice.

Cuando Eric se marchó poco después de las siete de la tarde, había cámaras por todos los rincones. Lo que él no dijo a Emily fue que había instalado otras dentro de la casa y había sujetado una antena a la ventana del desván. Aho­ra, a un kilómetro de distancia podría seguir sus movimien­tos y escuchar sus conversaciones en la sala de estar, la cocina y el estudio mediante el televisor de la furgoneta.

Mientras se despedía con un beso cariñoso en la mejilla e iniciaba su viaje de regreso a Albany, ya estaba planean­do su siguiente visita a Spring Lake.

Sonrió recordando el respingo que Emily había dado cuando el teléfono sonó. Estaba mucho más nerviosa de lo que reconocía.

El miedo era el arma definitiva de la venganza. Ella había vendido sus acciones al precio máximo. Poco después, otros accionistas se habían deshecho de las suyas hasta formar una cadena. Ahora su empresa estaba al borde de la ruina.

Habría podido perdonarle hasta eso, si no le hubiera rechazado como hombre.

—Si no me quieres, Emily -dijo en voz alta-, vivirás siempre con el miedo en el cuerpo, esperando el momento en que alguien surja de la oscuridad y no puedas escapar.

 

 

MARTES  27 DE MARZO

 

46

 

El lunes por la tarde, la excavadora enviada al 15 de Ludlam Avenue había removido sólo un pedazo de tierra antes de averiarse. Los forenses escucharon con resignación la noticia de que no habría otra disponible hasta el martes por la mañana.

Precintaron el patio y dejaron un policía vigilando la propiedad.

A las ocho de la mañana de aquel martes, antes inclu­so de que llegara la nueva excavadora, apareció la prensa. Furgonetas de los canales de televisión invadieron las si­lenciosas calles. Algunos helicópteros sobrevolaron la zona mientras un cámara tomaba fotos aéreas del patio. Reporteros armados con micrófonos esperaban para ob­servar al equipo forense que examinaba cada palada de tierra.

Emily, con chándal y gafas de sol, se mezcló con la gen­te apostada en la acera, formando silenciosos y sombríos grupos, y escuchó sus comentarios.

Todo el mundo sabía que los investigadores estaban buscando otro cadáver. Pero ¿de quién? Casi con toda se­guridad el de Carla Harper, aquella joven desaparecida ha­cía dos años, susurraban entre sí. La gente se había entera­do de que la policía dudaba seriamente de que Carla hubiera llegado a abandonar Spring Lake.

Dos preguntas estaban en labios de todos: «¿Por qué han decidido buscar aquí?» y «¿Acaso alguien ha confesa­do un crimen?».

 

Emily escuchaba mientras una abuela de aspecto juve­nil empujaba un carrito de niño con aire sombrío.

-Recemos para que lo detengan cuanto antes. Es dema­siado aterrador pensar que un asesino anda suelto por la ciudad. Mi hija, la madre de este bebé, solo tiene unos años más que Martha Lawrence y Carla Harper.

Emily recordó lo que había leído en el libro de Phyllis Gates: «Mi madre se ha convertido en mi feroz guardiana y ni siquiera me deja pasear por la calle si no voy acompañada ».

«Tu madre tenía razón», pensó Emily. El lunes, hasta bien pasada la medianoche, había estado preparando su plano de la ciudad, señalando las calles tal como eran en la época del primer asesinato. Sobre una cartulina había colo­cado en su sitio las casas del Monopoly, indicando dónde habían vivido los Shapley, los Cárter, los Gregg y los Swain.

No lejos de ella, reconoció a la columnista del National Daily y dio media vuelta a toda prisa para volver a casa. «No quiero que me eche el lazo -pensó Emily-. Después de lo de la semana pasada, no quiero estar aquí si van a desen­terrar más cadáveres. Ya sé todo lo que me hace falta sobre el número 15 de Ludlam Avenue.»

Pero aún no veía una razón capaz de apuntar con el dedo de la culpa al asesino del siglo XIX.

Reba Ashby había visitado el lugar de los hechos el lunes y el martes. Escribía furiosamente sus impresiones. Era la historia más interesante de toda su carrera y pensaba apro­vecharla al máximo.

Cerca de ella, Irene Cornell, de la radio CBS, estaba re­transmitiendo su informe.

-Sorpresa e incredulidad aparecen en los rostros de to­dos los habitantes de esta tranquila ciudad de estilo Victo­riano mientras esperan a ver si aparecerá el cadáver de otra joven desaparecida -empezó melodramática.

A las nueve y media, casi una hora y media después del inicio de los trabajos, los curiosos vieron que la excavadora se paraba con brusquedad y el equipo forense se apresura­ba a mirar en el hoyo del que habían sacado la última pale­tada de tierra.

-¡Han encontrado algo! -gritó una persona.

Los reporteros que invadían el jardín, de espaldas a la casa, empezaron a hablar por sus micrófonos con las cáma­ras enfocadas en la excavadora.

Los espectadores locales, algunos aferrados a una mano amiga, aguardaban en silencio. La llegada de un co­che fúnebre del depósito de cadáveres confirmó a todos que se habían encontrado restos humanos. El fiscal llegó en un coche de policía y prometió que más tarde haría una de­claración.

Media hora después, Elliot Osborne avanzó hacia los micrófonos. Confirmó que habían encontrado un esqueleto completo envuelto en el mismo plástico grueso que había contenido los restos de Martha Lawrence. También habían descubierto un cráneo humano y varios huesos sueltos unos centímetros más abajo. No haría más declaraciones hasta que el médico forense hubiera hecho un examen completo y un informe de los cuerpos.

Osborne se negó a contestar a las docenas de preguntas que le gritaron. La más perentoria fue:

-¿No demuestra esto categóricamente que por las ca­lles de esta ciudad anda suelto un asesino en serie reencar­nado?

Tommy Duggan y Pete Walsh habían pensado seguir al co­che fúnebre desde el lugar de los hechos hasta el depósito de cadáveres, pero se demoraron para hablar con Margo Thaler, la actual propietaria de la casa, de ochenta y dos años.

Estaba sentada en la sala de estar, muy afectada, y be­bía una taza de té que una vecina le había preparado.

-No sé si podré salir al patio otra vez -dijo a Tommy-. Tenía macizos de rosas donde han encontrado el esqueleto. Me ponía de rodillas y arrancaba las malas hierbas justo encima de ese lugar.

—Señora Thaler, nos ocuparemos de que se lleven todos los restos -dijo Tommy, tranquilizador—. Podrá volver a plantar sus macizos de rosas. Me gustaría hacerle unas pre­guntas y luego nos iremos. ¿Desde cuándo vive aquí?

-Desde hace cuarenta años. Soy la tercera propietaria de la casa. Se la compré a Robert Frieze padre. Fue el due­ño durante treinta años.

-¿El padre de Robert Frieze, el propietario de The Seasoner?

Una expresión desdeñosa cruzó el rostro de Margo Thaler.

-Sí, pero Bob no se parece en nada a su padre. ¡Se di­vorció de su adorable esposa para casarse con esa Natalie! Después abrió el restaurante. Mis amigas y yo fuimos una vez. Precios altos y mala comida.

«Parece que Bob Frieze no tiene muchos admiradores en esta ciudad», pensó Tommy mientras empezaba a hacer cálculos.

Durante las últimas cuatro décadas la señora Thaler había sido propietaria de la casa que había pertenecido a la familia Frieze los treinta años anteriores. Eso significaba que Bob Frieze nació diez años después de que su padre comprara la casa y vivió en ella los primeros veinte de su vida. Tommy archivó esta información en su cabeza para analizarla más tarde.

—Señora Thaler, creemos que el esqueleto corresponde­rá a los restos de una joven desaparecida dos años atrás, el 5 de agosto. Creo que se habría dado cuenta si alguien hubiera cavado en su jardín en esa época.

-Desde luego.

«Lo cual significa que guardaron los restos en otro sitio hasta poder enterrarlos aquí sin peligro», pensó Tommy.

-Señora Thaler, he servido en la policía de Spring Lake durante ocho años -dijo Pete Walsh.

La mujer le miró fijamente.

-Oh, claro. Perdone. Tendría que haberle reconocido.

-Creo recordar que tenía por costumbre marchar a Flo­rida en octubre y no volver hasta mayo. ¿Aún lo hace? -preguntó Pete.

-Sí.

«Eso lo explica todo -pensó Tommy—. El asesino de Carla guardó su cadáver en otra parte, tal vez en un conge­lador, hasta poder enterrarlo aquí sin problemas.»

Se levantó.

-Agradezco su colaboración y su amabilidad, señora Thaler.

La anciana asintió.

-Sé que habrá parecido muy egoísta preocuparme por el hecho de arrodillarme sobre una tumba. Estoy segura de que no pasará mucho tiempo antes de que mis hijos y nie­tos se arrodillen ante la mía. Las rosas eran bonitas. Si no sobreviven a la excavación, las sustituiré. En cierto sentido, estaban adornando la tumba de esa pobre chica.

Tommy ya se dirigía a la puerta, cuando se le ocurrió otra pregunta.

-Señora Thaler, ¿cuántos años tiene esta casa?

-Fue construida en 1874.

-¿Sabe de quién era en aquel tiempo?

-De la familia de Alan Cárter. Les perteneció durante cincuenta años, hasta que la vendieron a Robert Frieze padre.

El doctor O’Brien aún estaba examinando los restos cuan­do Tommy Duggan y Pete Walsh llegaron al depósito de cadáveres.

Un ayudante tomaba nota, mientras O’Brien dictaba.

Tommy Duggan escuchaba los datos y recreaba en su mente la descripción de Carla Harper que había encima de su escritorio: «Un metro sesenta de estatura, cuarenta y ocho kilos, ojos azules, cabello oscuro».

La foto del expediente mostraba a una joven atractiva y vivaracha, con el pelo largo hasta los hombros. Ahora, mientras escuchaba la austera descripción del peso de los huesos y el tamaño de los dientes, Tommy pensó: «Nunca seré lo bastante duro para acostumbrarme a esta parte».

El resumen de los hallazgos era casi idéntico al que ha­bía escuchado el jueves. El esqueleto pertenecía a una mu­jer joven. Causa de la muerte: estrangulación.

-Mirad esto -dijo O’Brien a Duggan y Walsh. Levantó con las manos enguantadas filamentos de material-. ¿Veis estas cuentas metálicas? Es un pedazo del mismo pañuelo encontrado alrededor del cuello de Martha Lawrence.

-¿Quieres decir que, cuando alguien robó el pañuelo en la fiesta, suponiendo que fuera así, no solo lo utilizó para matar a Martha, sino que lo cortó para poder usarlo de nuevo? -preguntó Pete Walsh con incredulidad.

Duggan le miró fijamente.

—Ve a tomar un poco el aire. No quiero que me vomites encima.

Walsh asintió con náuseas mientras salía del depósito.

-No le culpo por marearse -dijo Tommy Duggan, aira­do-. ¿Te das cuenta de lo que significa esto, Doc? Ese asesino está siguiendo el calendario de la década de 1890. Tal vez no haya nada personal en el hecho de haber matado a Martha Lawrence, o… -echó un vistazo a la figura tendida sobre la me­sa- a Carla Harper. Fueron elegidas porque tenían más o me­nos la edad de las mujeres desaparecidas en la década de 1890.

-Una comparación de las fichas dentales establecerá si esta mujer es Carla Harper. -El doctor O’Brien se ajustó las gafas-. Los restos de esqueleto que encontramos lleva­ban enterrados mucho más tiempo que el esqueleto com­pleto. Calculo que estaban ahí desde hace cien años o más. Reconstruiremos las facciones de la calavera, pero tardare­mos bastante. De todos modos, yo diría que pertenecía a una joven de no más de veinte años.

-Carla Harper y Letitia Gregg -dijo Tommy Duggan en voz baja.

-A juzgar por los nombres escritos en la postal, parece lo más probable -admitió el doctor O’Brien-. Hay algo más que tal vez te interese.

Levantó una bolsa de plástico pequeña para que Dug­gan la viera.

-Creo que se trata de un par de pendientes antiguos -explicó O’Brien-. Granates montados en plata, con una perla en forma de lágrima. La abuela de mi mujer tenía unos muy parecidos.

-¿Dónde los encontraste?

—Igual que la vez anterior. Dentro de la mano del es­queleto. Supongo que el asesino no pudo conseguir un hue­so de dedo, pero quería que captáramos la relación entre los dos conjuntos de restos.

-¿Crees que encontró esos pendientes en el suelo?

-Nadie puede contestar a eso. Tuvo mucha suerte si en­contró los dos. De todos modos, si la chica los llevaba, segui­rían intactos, porque estaban sujetos a los lóbulos, que se desintegraron hace mucho tiempo. ¿Cuándo dices que desa­pareció la tercera muchacha de la década de 1890?

-Ellen Swain desapareció el 31 de marzo, treinta y un meses y veintiséis días después de que Letitia Gregg desapa­reciera un 5 de agosto. Carla Harper desapareció un 5 de agosto. Hará treinta y un meses y veintiséis días este sába­do, 31 de marzo.

Tommy sabía que estaba pensando en voz alta más que contestando a la pregunta.

-Madeline y Martha un 7 de septiembre, Letitia y Carla un 5 de agosto, y el siguiente aniversario es este sábado -dijo lentamente el doctor O’Brien-. ¿Crees que el asesino se propone elegir otra víctima y enterrarla con Ellen Swain?

Tommy Duggan se sentía muy cansado. Esa sería la pre­gunta que harían todos los periodistas.

-Doctor O’Brien, espero y deseo que no sea así, pero te prometo que todas las fuerzas de la ley de esta zona van a ac­tuar sobre la premisa de que un psicópata está planeando ele­gir y asesinar a otra joven de esta ciudad dentro de cuatro días.-Yo que tú también lo supondría -dijo el médico forense mientras se quitaba los guantes—. Y con todos los respetos a nuestras fuerzas de la ley, voy a enviar a mis dos hijas a Connecticut, a casa de su abuela para todo el fin de semana.

-No te culpo, doctor -dijo Tommy-. Lo entiendo muy bien.

«Y yo voy a hablar con el doctor Clayton Wilcox, cuya esposa afirma que le dio el pañuelo la noche de la fiesta de los Lawrence», pensó mientras la rabia bullía en su interior.

«Tanto Pete como yo intuimos que Wilcox nos mintió el otro día en casa de Will Stafford -se dijo-. Ahora ha lle­gado el momento de arrancarle la verdad.

 

 

MIÉRCOLES  28  DE MARZO

 

47

 

Han empezado a creer en mí, comprendió. Esa mañana, el plato fuerte del programa Today era una entrevista con el doctor Nehru Patel, eminente filósofo y escritor sobre te­mas de investigación psíquica. ¡Cree a pies juntillas que soy la reencarnación del asesino en serie de finales del siglo XIX!

Lo que desconcierta al buen doctor Patel, como explicó a la entrevistadora, Katie Couric, es que estoy actuando contra las leyes del karma.

Patel dijo que algunos pueden elegir regresar cerca de donde vivían en una existencia anterior, porque necesitan encontrarse con personas a las que conocieron entonces. Desean pagar las deudas kármicas contraídas con esa gen­te. Por otra parte, estos actos kármicos han de ser buenos, no malos, lo cual es muy desconcertante.

Es posible, continuó, que en una vida anterior Martha Lawrence hubiera sido Madeline Shapley, y Carla Harper hubiera sido Letitia Gregg.

Eso no es cierto, pero la idea es interesante.

El doctor Patel dijo que, al repetir los crímenes del si­glo XIX, estoy desafiando al karma, y tendré mucho que expiar en mi siguiente encarnación.

Tal vez sí. Tal vez no.

Por fin le preguntaron si era posible que Ellen Swain esté viva en un cuerpo diferente, que yo la haya reconocido y que el sábado vaya a por ella.

Bien, ya he elegido a mi siguiente víctima. No es Ellen, pero dormirá con ella.

Y he concebido un ingenioso plan que despistará a la policía. Es delicioso y me complace mucho.

 

 

48

 

 

Cuando el teléfono sonó a las nueve y media, Clayton Wilcox estaba en el estudio con la puerta cerrada. Rachel se había mostrado intratable durante el desayuno. Una amiga que ha­bía comprado un ejemplar del sensacionalista National Daily la había telefoneado para advertirle que contenía un espeluz­nante artículo de primera plana sobre su pañuelo extraviado.

Descolgó con temor, convencido de que la policía que­ría interrogarle de nuevo.

-¿Doctor Wilcox? -La voz era sedosa.

Aunque habían pasado más de doce años desde la últi­ma vez que la había oído, Clayton Wilcox la reconoció de inmediato.

-¿Cómo estás, Gina? -preguntó en voz baja.

—Bien, doctor, pero he leído un montón de cosas sobre Spring Lake y lo que está pasando ahí. Me supo muy mal cuando me enteré de que el pañuelo de tu mujer fue utiliza­do para estrangular a esa pobre chica, Martha Lawrence.

-¿De qué estás hablando?

-Estoy hablando de la columna de Reba Ashby de esta mañana en el National Daily. ¿No la has leído?

-He oído hablar de ella. Pura basura. No hay confir­mación oficial de que el pañuelo de mi mujer fuera usado por el asesino.

-En la columna pone que tu mujer jura que te lo dio para que lo guardaras en el bolsillo.

-¿Qué quieres, Gina?

—Doctor, desde hace mucho tiempo tengo la sensación de que te salí barata, después de todo lo que me hiciste.

Clayton Wilcox intentó tragar saliva, pero los múscu­los de su garganta no reaccionaron.

-Gina, lo que «te hice», por emplear tu expresión, fue responder a tus insinuaciones.

—Doctor… -El tono burlón de su voz desapareció de re­pente—. Podría haberos demandado a ti y a la universidad, y habría sacado una buena tajada. En cambio, permití que me convencieras de aceptar la bagatela de cien mil dólares. En este momento no me iría mal un poco más de dinero. ¿ Cuánto crees que pagaría el tabloide de Reba Ashby por mi historia?

-¡No harías eso!

-Ya lo creo que sí. Tengo un hijo de siete años. Estoy divorciada y mi matrimonio fracasó porque aún estaba traumatizada por lo que me pasó en Enoch. Solo tenía veinte años. Sé que es demasiado tarde para demandar a la universidad.

-¿Cuánto quieres, Gina?

—Oh, creo que otros cien mil serán suficientes.

—No puedo disponer de tanto dinero.

-La última vez pudiste. Ahora también. Pienso ir a Spring Lake el sábado, para verte a ti o a la policía. Si no me das el dinero, mi siguiente paso será averiguar cuánto pagaría el National Daily por una sabrosa historia acerca del reverenciado ex rector del Enoch College, que perdió el pañuelo de su mujer antes de que fuera utilizado para ma­tar a una joven. Recuerda, doctor, yo también tengo el pelo largo y rubio.

-¿En el Enoch College no aprendiste el significado de la palabra «chantaje», Gina?

—Sí, y también el de otros términos, como «acoso se­xual» e «insinuaciones personales indeseadas». Te llamaré el sábado por la mañana. Adiós, doctor.

 

 

49

 

Nick Todd había cogido el teléfono una docena de veces tanto el lunes como el martes con la intención de llamar a Emily, y en cada ocasión había colgado. Antes de separarse de ella el domingo por la noche, había insistido demasiado en que debía quedarse en su apartamento de Manhattan hasta que hubieran descubierto o detenido al acosador.

Emily acabó perdiendo la paciencia.

-Escucha, Nicle -había dicho-, tus intenciones son bue­nas, pero voy a quedarme aquí y punto. Hablemos de otra cosa.

«Buenas intenciones -pensó Nick-. No debe de haber nada peor que ser un plasta con buenas intenciones.»

Su padre tampoco se sintió complacido cuando le co­municó que Emily se había negado en redondo a empezar a trabajar antes del i de mayo, a menos que hubiera resuelto el misterio del asesinato de su antepasada.

-¿De veras cree que va a solucionar un crimen o una se­rie de crímenes ocurridos en la década de 1890? -había preguntado Walter Todd con incredulidad-. Tal vez me lo debería pensar dos veces antes de contratar a esa joven. Es la propuesta más inconsistente que he oído en los últimos cincuenta años.

Después Nick ocultó a su padre que el acosador que había hecho la vida imposible a Emily en Albany o un imi­tador la estaba persiguiendo en Spring Lake. Sabía que su reacción sería idéntica a la de él: «Lárgate de esa casa. En ella no estás a salvo».

El miércoles, tras leer algunos artículos en los periódi­cos de la mañana sobre el siniestro descubrimiento de dos víctimas más, una del presente y otra del pasado, Nick no se sorprendió al ver que su padre irrumpía en su despacho con la expresión furiosa y frustrada que provocaba escalo­fríos a los nuevos socios del bufete.

-Nick -dijo-, hay un psicópata suelto allí y, si sabe que Emily Graham intenta establecer una relación entre él y el asesino del siglo XIX, ella podría correr peligro.

-También se me ha ocurrido a mí -contestó Nick con calma-. Y lo hablé con Emily.

—¿Cómo sabían dónde encontrar esos restos?

-El fiscal solo dijo que se trataba de una confidencia anónima.

-Será mejor que Emily vaya con cuidado; es lo único que puedo decir. Es una mujer inteligente. Tal vez ha des­cubierto algo. Llámala, Nick. Ofrécele un guardaespaldas. Tengo a un par de tipos que la vigilarían. ¿Prefieres que la llame yo?

-No; pensaba llamarla de todos modos.

Cuando su padre salió del despacho, Nick marcó el nú­mero de Emily, aunque no estaba muy seguro de que qui­siera hablar con él.

 

 

50

 

El miércoles por la mañana, Emily se levantó a las seis y se encaminó al comedor con la inevitable taza de café en la mano, para trabajar en su proyecto.            ‘

El descubrimiento del esqueleto y la calavera en Ludlam Avenue había dado un nuevo impulso a su búsqueda de una relación entre los dos asesinos, el antiguo y el actual.

Tenía la misma sensación que cuando trabajaba en una defensa; la de ir por el buen camino, la certeza de que encontraría lo que necesitaba para demostrar su hipótesis.

También estaba segura de que el asesino imitador ma­taría de nuevo el sábado, 31 de marzo.

A las nueve, George Lawrence telefoneó.

-Emily, mi madre y yo hemos revisado todos los álbu­mes de fotografías y recuerdos hacinados en el desván. No quisimos que te demoraras en este material más de lo nece­sario, así que apartamos todo lo que no era relevante. Si te va bien, dentro de media hora pasaré por tu casa para en­tregarte el resto.

-Eso sería estupendo.

Emily corrió arriba para ducharse, y había terminado de vestirse cuando sonó el timbre de la puerta.

George Lawrence entró con dos cajas pesadas. Vestía un chaquetón y pantalones deportivos, y Emily tuvo la im­presión de que parecía más vulnerable de lo que su aparien­cia había sugerido el sábado anterior.

Llevó las cajas al comedor y las dejó en el suelo.

-Puedes examinarlas a tu aire -dijo.

El hombre paseó la vista alrededor; observó las pilas de papeles sobre las sillas y el tablero de dibujo encima de la mesa.

-Pareces muy ocupada. No tengas prisa en devolvernos esto. Hacía al menos veinte años que mi madre no lo mira­ba. Cuando acabes, llámanos. El marido de la asistenta lo recogerá.

-Perfecto. Ahora voy a enseñarte lo que intento hacer aquí.

George Lawrence se inclinó sobre la mesa mientras Emily le mostraba cómo estaba recreando la disposición de la ciudad a finales del siglo XIX.

-Había muchas menos casas entonces, como sabrás -dijo Emily-, y los registros municipales son incompletos. Estoy segura de que tu material me proporcionará infor­mación interesante.

-¿Esta es tu casa? -preguntó él tocando una de las ca­sas del Monopoly.

-Sí.

-¿Y esta es la nuestra?

-Sí.

-¿Qué intentas hacer exactamente?

—Descubrir cómo tres chicas jóvenes pudieron desapa­recer sin dejar rastro. Estoy buscando la casa de uno de sus amigos, adonde las hubieran podido llevar sin despertar sospechas. El otro día conocí en tu casa a Carolyn Taylor. Me dijo que su pariente Phyllis Gates, amiga de mi antepa­sada Madeline y tu antepasada Julia Gordon, creía que el novio de Madeline, Douglas Cárter, la había asesinado.

Emily señaló con el dedo.

-Piensa en esto. Aquí está la casa de los Shapley, y aquí, justo al otro lado de la calle, la casa de los Cárter. En teo­ría, Douglas perdió el tren de vuelta el día que Madeline desapareció. ¿Lo perdió?

-Supongo que lo verificaron.

-Han prometido que me dejarán echar un vistazo a los archivos de la policía. Me interesa mucho saber lo que con­tienen. Imagina ese día. Madeline estaba sentada en el por­che, esperando a Douglas. No creo que hubiera ido a dar una vuelta sin avisar a su madre. Pero supongamos que Douglas apareció de repente, en su porche, y ella corrió a recibirle.

—¿Y la atrajo al interior de su casa, la mató y escondió el cuerpo hasta encontrar la manera de enterrarlo en el pa­tio? —George Lawrence parecía escéptico—. ¿Cuál sería el motivo?

-No lo sé, y admito que es una hipótesis traída por los pelos. Por otra parte, he encontrado indicios de que su pri­mo Alan Cárter también estaba enamorado de Madeline. Su familia vivía en la casa de Ludlam Avenue donde ayer encontraron los cadáveres. Quizá llegó en un carruaje ce­rrado y le dijo a Madeline que Douglas había sufrido un accidente.

-Ayer nos enteramos del descubrimiento. Ahora la fa­milia Harper ha de afrontar lo mismo que nosotros la se­mana pasada. Son de la zona de Filadelfia. No les conoce­mos en persona, pero tenemos amigos comunes.

Emily comprendió el dolor que estaba sintiendo George Lawrence.

—Tal vez los Harper, Amanda y yo acabaremos en el mismo grupo de apoyo —dijo él con amargura y tristeza.

-¿Cómo está Amanda? -preguntó Emily-. El sábado me causó una gran impresión. Debió de ser terrible para ella y para todos vosotros.

-Lo fue y, como viste, Amanda se portó de maravilla. Tener a la niña aquí ha sido de gran ayuda, pero Christine, Tom y ella volvieron a casa el domingo. Ayer fuimos al ce­menterio y Amanda se desmoronó. Creo que fue positivo.

Necesitaba desahogarse. Bien, me marcho. Esta tarde nos vamos a casa. Mi madre dijo que la llamaras si se te ocurría alguna pregunta.

Cuando cerró la puerta, sonó el teléfono. Era Nick.

Emily se disgustó un poco al percibir sentimientos en­contrados en su voz. Se alegraba de su llamada, pero le de­cepcionaba que no se hubiera molestado en llamar desde el fin de semana para preguntar si había tenido más proble­mas con el acosador.

No obstante, su explicación la satisfizo.

-Emily, la otra noche me pasé bastante; casi intenté sa­carte a rastras de casa. Cuando me di cuenta de que había sido el acosador quien había dejado la fotografía, me preocupé mucho. Te habría llamado antes, pero no quería con­vertirme en un fastidio público.

—Querrás decir un fastidio privado. Créeme, eso sería lo último que pensaría de ti.

—No más incidentes con el acosador, espero.

-Ni uno. El lunes, mi amigo Eric Bailey vino desde Albany para instalar cámaras de seguridad en todo el períme­tro exterior de la casa. La próxima vez que alguien intente pasar algo por debajo de la puerta, quedará retratado.

-¿Conectas tu sistema de seguridad cuando estás sola en casa?

«Ahora no está conectado», pensó Emily.

—De noche, siempre.

-No sería mala idea tenerlo conectado también de día.

-Supongo, pero no quiero vivir en una jaula ni salir al porche para respirar un poco de aire puro y montar un es­cándalo porque olvidé que la alarma estaba conectada. -Un matiz de irritación se había infiltrado en su voz.

—Lo siento, Emily. No sé por qué me veo con derecho de actuar como un maldito controlador.

—No hace falta que te disculpes. Hablas como un buen amigo muy preocupado. Intento ser cauta, pero ha llegado un momento en que creo que el causante de todo esto está ganando, y no pienso permitir que eso suceda.

-Lo comprendo. Los periódicos solo hablan de lo suce­dido en Spring Lake ayer.

-Sí, es la sensación de los medios. Salí a correr y a to­mar unas cuantas notas mentales para el proyecto del que te hablé y les vi cavando en ese patio.

-Los artículos hablan de que la policía recibió una con­fidencia anónima. ¿Tienes idea de quién?

Nada más decirlas, Emily se arrepintió de sus propias palabras.

-De mí -dijo, y tuvo que explicar lo de la postal.

A juzgar por el repentino silencio al otro lado de la lí­nea, comprendió que Nick Todd había reaccionado como lo habrían hecho sus padres.

-Emily -dijo por fin-, ¿crees que hay una remotísima posibilidad de que el asesino de Spring Lake sea el tipo que te acosó en Albany?

-Yo no, ni tampoco el detective Browski.

Mencionar el nombre del policía de Albany implicaba informar a Nick sobre la confesión de Ned Koehler.

Cuando la conversación terminó, Emily había rechazado con firmeza la oferta de un guardaespaldas, pero había acepta­do la invitación de Nick para ir a cenar el domingo al Oíd Mili.

-Espero que no tengamos que hablar de otro asesinato -dijo Emily.

Mucho rato después de despedirse, Nick Todd seguía sentado ante su escritorio con las manos enlazadas. «Emily -pensó-, ¿por qué eres tan inteligente y al mismo tiempo tan obtusa? ¿No se te ha ocurrido que tú puedes ser la si­guiente víctima?»

 

 

51

 

 

Tommy Duggan y Pete Walsh empezaron la mañana en el despacho de Elliot Osborne, cuyo escritorio estaba cubier­to de periódicos.

-No eres muy fotogénico, Tommy -comentó Osborne.

-Esta no la había visto -murmuró Tommy.

Habían tomado la foto ayer, y le plasmaban saliendo de la casa de Ludlam Avenue. Mientras la estudiaba, empe­zó a pensar que debería prestar más atención a su dieta.

Walsh había sido inmortalizado como el típico varón norteamericano.

-Es una pena que no te presentaras para Ley y orden -observó Tommy con acidez mientras miraba la foto de su compañero.

—Tendría que haberlo hecho. Fui Joe Fish en la obra que representamos en cuarto en el colegio, Joe Fish and his Toy Store -dijo Pete-. Era el prota.

—Muy bien, dejémoslo -decidió Osborne.

El momento de ligereza pasó. Osborne movió la cabeza en dirección a Duggan.

-Tú primero.

Tommy ya había abierto su libreta.

-Como sabe, ya contamos con una identificación posi­tiva del esqueleto encontrado ayer. Las fichas dentales con­firman que son los restos de Carla Harper. El trozo de pa­ñuelo que, en apariencia, fue utilizado para estrangularla pertenece al mismo pañuelo usado para estrangular a Martha Lawrence. El asesino utilizó uno de los extremos con Martha y la parte del centro con Carla. Falta la tercera parte.

—Lo cual significa que, si el asesino sigue lo que parece ser su plan, volverá a utilizar el pañuelo el sábado. -Os­borne frunció el entrecejo e inclinó hacia atrás la silla-. Por más policías que patrullen Spring Lake, no podemos estar en todas las calles ni en todos los patios. ¿Cómo va la in­vestigación sobre el pasado de Wilcox?

-Hasta el momento, poca cosa. En resumidas cuentas, es hijo único y se crió en Long Island. Su padre murió cuan­do tenía meses. Estaba muy unido a su madre, una maestra de escuela que le ayudaba a hacer los deberes, imagino. Siempre era el primero de la clase.

Fue ascendiendo como procede en los centros acadé­micos y al final le ofrecieron la rectoría del Enoch College, en Ohio. Se jubiló hace doce años, cuando tenía cincuenta y cinco. Escribe para revistas académicas, ha llevado a cabo considerables investigaciones sobre la historia de esta zona y ha publicado artículos al respecto en los periódicos locales. Hace poco dijo a la bibliotecaria de Spring Lake que estaba escribiendo una novela ambientada en el anti­guo hotel Monmouth.

-Nada espectacular -observó Osborne.

-Si Emily Graham está en lo cierto, tal vez aparezca al­go. Cree que nos enfrentamos a un asesino imitador que des­cubrió detalles explícitos sobre los asesinatos del siglo xix y los sigue paso por paso. Otra cosa. Hemos averiguado que Wilcox dimitió bruscamente de su cargo de rector del Enoch College. En aquel tiempo le habían renovado el contrato y tenía muchos planes para una expansión futura; ciclos de conferencias con gente de primera, todo ese rollo.

—¿Alguna explicación?

-La razón oficial fue mala salud. Por lo visto, algo del corazón. Escribió una larga y lacrimógena despedida. Die­ron su nombre al edificio.

Tommy sonrió con semblante sombrío.

-¿Sabe una cosa?

Elliot Osborne esperó. «A Tommy Duggan le gusta pre­sentar información jugosa con un toque de misterio. Como sacar un conejo de una chistera», pensó.

-Vamos al grano -dijo-. Sabes algo.

-Tal vez. Es más una corazonada que algo concreto. Apostaría la pensión a que no está más delicado del cora­zón que Pete o yo. Yo diría que o le pidieron que dimitiera o lo hizo porque tenía un problema gordo que no quería di­vulgar. Nuestro trabajo será hacerle cantar.

-Hemos quedado a las tres -dijo Pete Walsh-. Pensa­mos que sería una buena idea hacerle sufrir un poco mien­tras nos esperaba.

—Bien pensado.

Osborne hizo ademán de levantarse, pero Pete Walsh aún no había terminado.

-Solo para mantenerle informado, señor, me dediqué anoche a repasar los documentos de la investigación po­licial sobre la desaparición de las tres chicas en la década de 1890.

Fue evidente para Osborne que el nuevo detective de su equipo quería impresionarle.

—¿Descubrió algo útil?

-Nada que saltara a la vista. Es como lo sucedido aho­ra. Dio la impresión de que las chicas se desvanecieron de la faz de la tierra.

-¿Entregará una copia de esa documentación a Emily Graham? -preguntó Osborne.

Pete parecía preocupado.

-El subdirector me concedió el permiso.

-Lo sé. Por lo general, no estoy a favor de proporcionar documentación oficial, aunque tenga más de cien años de antigüedad, fuera de los canales habituales, pero si se la prometió, lo admitiré.

Elliot Osborne se levantó con decisión, una señal de que la reunión había terminado.

Duggan y Walsh se pusieron en pie.

-Una buena noticia -añadió Tommy, mientras se enca­minaban a la puerta-. El asesino de la doctora Madden es más hábil estrangulando gente que destruyendo ordenado­res. Los de investigación temían que el disco duro hubiera resultado dañado, pero han conseguido hacerlo funcionar. Con un poco de suerte, recuperaremos los archivos de la doctora Madden, y tal vez descubramos que un invitado a la fiesta de los Lawrence, aquella noche de hace cuatro años y medio, también pasó parte de su tiempo con una psicóloga especializada en terapia por regresión.

 

 

52

 

-Bob, ¿qué intentas hacerme?

-No era consciente de que intentara hacerte algo.

—¿Adonde fuiste anoche?

-No podía dormir y como de costumbre bajé a leer. Terminé a las cinco, me tomé un somnífero y por una vez funcionó.

Era casi mediodía. Robert Frieze había encontrado a su mujer sentada en la sala de estar, sin duda esperándole.

-Estás muy guapa -comentó Robert-. ¿Vas a salir?

-He quedado para comer.

-Estaba pensando en invitarte.

-No te molestes. Ve a adular a tus clientes del Four Seasons, si es que encuentras alguno.

-Mi restaurante se llama The Seasoner. No es el Four Seasons.

-No, desde luego. Te doy toda la razón.

Bob Frieze miró a su bella esposa, se fijó en el cabello rubio resplandeciente, las facciones casi perfectas, los ojos de gata color turquesa. Recordó que en otro tiempo la ha­bía considerado de lo más excitante y le sorprendió sentirse cada vez más alejado de ella.

Más que alejado, comprendió. Harto. Asqueado.

Natalie vestía un traje pantalón verde oscuro hecho a medida. Obviamente nuevo. Obviamente caro. Se pregun­tó si encontraría sitio para él en el ropero.

—Como no voy a gozar del honor de tu compañía, me voy-dijo.

-No, no te vas. -Natalie se puso en pie de un brinco-. Lo creas o no, yo tampoco duermo muy bien. He bajado a las dos de la mañana. No estabas aquí, Bobby. Tu coche tampoco. ¿Quieres explicarme dónde has estado?

«No me lo diría si no fuera cierto -pensó Frieze muy nervioso-. No sé dónde he estado.»

-Natalie, me encontraba tan cansado que lo olvidé. Fui a dar una vuelta. Quería respirar un poco de aire puro y pensar. -Buscó con cautela las palabras-. Será un revés, pero he decidido aceptar la oferta de Bonetti, aunque haya tasado el restaurante muy por debajo de su valor. Vendere­mos esta casa y nos trasladaremos a Manhattan; quizá ten­dremos que alquilar un apartamento más pequeño de lo que habíamos pensado y…

Natalie le interrumpió.

-Cuando anoche fuiste a dar una vuelta para despejar tu cabeza, por lo visto pensaste que una copa la despejaría más. Una copa con una amiga, quiero decir. Mira lo que he encontrado en tu bolsillo.

Le lanzó un trozo de papel. Él lo leyó: «Hola, guapo. Mi número es el 555-1974. No te olvides de llamar. Peggy».

-No sé cómo llegó a mi bolsillo, Natalie -dijo.

-Yo sí, Bobby. Alguien llamado Peggy lo puso ahí. Tengo noticias para ti. Vende el restaurante y esta casa. Vende tus acciones y deshazte de tus valores en cartera. Y después calcula cuánto valías el día en que me convertí en tu ruborizada esposa.

Se levantó y caminó hacia él. Acercó la cara a escasos centímetros de la suya.

-Te explicaré por qué. Porque la mitad de lo que valías aquel día es lo que pienso obtener de este matrimonio.

-Has perdido el juicio, Natalie.

—¿De veras? He pensado mucho sobre la fiesta en casa de los Lawrence, Bobby. Llevabas puesta aquella chaque­ta de corte cuadrado que crees salida de las páginas de Gentleman’s Quarterly. Podrías haber escondido aquel pañuelo debajo. Y a la mañana siguiente, cuando me le­vanté, estabas cavando en el jardín. ¿Hay alguna posibili­dad de que te estuvieras desembarazando del cadáver de Martha hasta que pudieras trasladarlo al patio trasero de la casa Shapley?

-¡No puedes creer eso!

-Tal vez sí. Y tal vez no. Eres un hombre extraño, Bob. Hay veces en que me miras como si no me conocieras. De­sapareces así como así, sin decirme adonde vas. Tal vez sea mi deber cívico contar al detective Duggan que me preocu­pa tu comportamiento. Y por tu bien, tanto como por el de las jovencitas de esta comunidad, creo que debo hacerlo.

Las venas de la frente de Robert Frieze empezaron a marcarse. Agarró la muñeca de Natalie y la apretó hasta que su mujer gritó de dolor. Su cara estaba roja de ira.

-Si le cuentas a Duggan -espetó con los dientes apreta­dos— o a quien sea una historia como esa, ya puedes empe­zar a preocuparte por ti. ¿Entendido?

 

 

53

 

 

A las tres de la mañana del miércoles encontraron al de­saparecido Joel Lake. Estaba allanando una casa de Troy cuando llegó la policía, alertada por la alarma silenciosa.

Siete horas más tarde, Marty Browski fue a la cárcel donde Lake estaba detenido para ser interrogado.

-En tu habitat natural de nuevo, Joel. Nunca aprende­rás, ¿verdad?

La sonrisa burlona sempiterna de Joel Lake se endu­reció.

-Sí que aprendo, Browski. Me mantengo alejado de las casas donde viven ancianas. Demasiados problemas.

-Podrías haber tenido muchos más si Emily Graham no te hubiera librado de la acusación de asesinato. Todos pen­sábamos que te habías cargado a Ruth Koehler.

-¿Pensábamos? ¿Has cambiado de opinión?

Lake parecía sorprendido.

«La mala semilla», pensó Browski mientras miraba fi­jamente a Lake.

Tenía veintiocho años y había estado metido en líos des­de los doce. Era un delincuente juvenil con un historial kilo­métrico. Debía de resultar atractivo para ciertas mujeres con ese aspecto de machito vulgar, su constitución robusta, su pelo oscuro rizado, sus ojos rasgados y su boca sensual.

Emily le había contado a Browski que Lake había in­tentado ligar con ella un par de veces. «Es del tipo que no tolera el rechazo», pensó Browski, con la esperanza de encontrarse mirando al acosador.

El lapso de tiempo coincidía. Joel Lake había quebran­tado la libertad provisional y había desaparecido en la épo­ca en que empezaron los acosos.

-Te hemos echado de menos, Joel -dijo Browski en tono apacible-. Ahora deja que te lea tus derechos antes de ir al grano. Es una pérdida de tiempo, claro, porque te los conoces de memoria.

—Dije a los tipos que me detuvieron que pasaba por allí, vi la puerta abierta y pensé que debía echar un vistazo para comprobar que nadie estaba en apuros.

Marty Browski rió de buena gana.

-Oh, vamos, tú puedes hacerlo mejor. Me importan un huevo tus raterías, Joel. De eso que se ocupe la policía de Troy. Quiero saber dónde has estado en los últimos tiem­pos y por qué te interesa tanto Emily Graham.

-¿A qué viene eso? La última vez que la vi estaba en el tribunal. -Joel Lake sonrió-. Conseguí que me presta­ra toda su atención. Le insinué que tal vez sí había mata­do a la vieja. Tendrías que haber visto su expresión. Apues­to a que eso la habrá reconcomido y se estará preguntando si le dije la verdad sabiendo que no podrían juzgarme de nuevo.

Marty sintió el impulso de golpearle la cara insolente y borrar la sonrisa maligna y satisfecha de sus labios.

-¿Has estado alguna vez en Spring Lake, Joel? -pre­guntó de sopetón.

-¿Spring Lake? ¿Dónde cae eso?

-En Nueva Jersey.

-¿Tendría que haber estado?

-Dímelo tú.

-Muy bien, te lo diré. No he estado ahí en mi vida.

-¿Dónde estabas el sábado pasado por la mañana?

-No me acuerdo. Seguramente en la iglesia.

Mientras hablaba, la expresión de Lake era de burlona sinceridad, y una sonrisa se dibujó en sus labios.

-Eso pensaba yo, que estuviste en la iglesia de St Catherine, de Spring Lake, Nueva Jersey.

-Escucha, ¿intentas colgarme algo? Porque si ocurrió el pasado sábado, pierdes el tiempo. Estaba en Buffalo, don­de he vivido este último año y medio y donde debería haberme quedado.

—¿Puedes demostrarlo?

-Ya lo creo. ¿De qué hora estás hablando?

-A eso del mediodía.

-Fantástico. Estaba tomando un par de cervezas con unos amiguetes en el Sunrise Café de Coogan Street. Me conocen como Joey Pond. ¿Lo captas? Como no podía ser un Lake, decidí ser un Pond[5]. Bueno, ¿eh?

Marty empujó su silla hacia atrás y se levantó. Era el apellido que constaba en la tarjeta de identificación que Lake llevaba cuando le detuvieron. No cabía duda de que la coartada era cierta y, pensándolo bien, aquel tipo no pare­cía lo bastante sutil o sofisticado para llevar a cabo la cam­paña de acoso que Emily Graham estaba padeciendo.

«No -pensó Marty—, este canalla se vengó de Emily por rechazarle cuando le insinuó que era el asesino de Ruth Koehler y dejó que se sintiera culpable por ayudarle a salir libre del juicio.»

-¿Se han acabado las preguntas, Browski? -Lake pare­cía sorprendido-. Me gusta tu compañía. ¿Qué ha pasado en Spring Lake y por qué querías endilgarme el muerto?

Browski se inclinó sobre la mesa.

-Alguien está molestando a Emily Graham allí.

-¿Molestando? Querrás decir acosando. Mira, no es mi estilo -contestó Joel.

-Algunos de tus desagradables amigotes asomaron la jeta durante el juicio -dijo Browski en voz baja y amenaza-

dora-. Si uno de ellos se quedó colgado de ella después de verla en el juicio y tú lo sabes, será mejor que confieses ahora. Porque si algo le pasa, te advierto que tu culo nunca volverá a salir de Attica[6].

—No me asustas, Browski -se burló Joel Lake-. Yo pen­saba que el hijo de la Koehler era el acosador. Caramba, Browski, no das una. Te equivocaste conmigo y con él. De­berías asistir a un curso acelerado de cómo convertirse en detective.

Cuando volvió a su despacho, Marty llamó a Emily para decirle que habían localizado a Joel Lake y que no era el acosador.

—Otra cosa -añadió—. Dijo que te había insinuado que él era el asesino de Ruth Koehler. Por si aún crees que lo­graste la absolución de un asesino, admitió que solo lo hizo para mortificarte.

-Cuando me dijiste que Ned Koehler había confesado, todas mis dudas sobre Lake se desvanecieron. Pero me ale­gro de que haya salido de sus labios.

-¿El acosador ha vuelto a actuar, Emily?

-De momento no. El sistema de alarma es de alta tec­nología, aunque reconozco que, en plena noche, pienso que Ned Koehler desconectó el de mi casa de Albany. No obs­tante, considero seguras las cámaras que Eric Bailey ha co­locado. En cierto sentido, lamento que Joel Lake no sea el acosador. Al menos tendría el consuelo de que vuelve a es­tar entre rejas.

Browski reparó en el temblor nervioso que aparecía a veces en la voz de Emily Graham. Se sentía furioso y frus­trado por haberse quedado una vez más sin sospechoso de acoso. Estaba muy preocupado ante la posibilidad de que Emily Graham corriera un peligro mortal.

-Emily, el año pasado investigamos a toda la gente que podía estar disgustada contigo por la absolución de algu­nos de tus clientes. Todos parecen fuera de toda sospecha. En el edificio donde tenías el despacho, ¿había alguien en­caprichado de ti o que se pusiera celoso después de que ga­naras tanto dinero?

Emily acababa de entrar en la cocina para prepararse un bocadillo cuando Marty llamó. Había descolgado el te­léfono y caminado hacia la ventana.

Después de una mañana nublada había salido el sol, y una calima rosácea rodeaba los árboles. «Siempre estoy atenta a esa calima -pensó—. Es la primera señal de la primavera.»

Marty Browski estaba desesperado por encontrar a otro sospechoso que pudiera ser el acosador. Ella compren­dió por qué. Como Eric y Nick, temía que el acosador deci­diera hacerle daño.

-Tengo una idea, Marty -dijo-. Ya sabes que Eric Bai­ley trabajó en el despacho contiguo al mío durante varios años. Tal vez se le ocurra el nombre de algún sospechoso de nuestro edificio o de algún mensajero que le pareciera raro. Le encantaría hablar contigo. Llama cada pocos días para comprobar que estoy bien.

Sería otro callejón sin salida, pensó Marty, pero nunca se sabe.

-Lo haré, Emily -dijo-. He estado leyendo sobre lo que pasa en Spring Lake. Un asunto muy desagradable lo de en­contrar dos cadáveres más ayer. Los periódicos dicen que, si un asesino se ciñe a la pauta, podría ocurrir otro asesina­to el sábado. Quizá sería una buena idea…

-Salir pitando de Spring Lake y refugiarme en el apar­tamento de Manhattan -replicó Emily-. Gracias por preo­cuparte, Marty, pero estoy estudiando nuevos documentos y creo que hago progresos en mi investigación. Eres un en­canto, pero aquí me quedo. Adiós, Marty -dijo, para inte­rrumpir sus continuas protestas.

 

 

54

 

-El señor Stafford ha preguntado si le importaría esperar unos minutos, señora Frieze. Ha de acabar la redacción de un contrato.

Pat Glynn, de veintitrés años, la recepcionista de Will Stafford, sonrió con nerviosismo a Natalie Frieze, que la intimidaba por completo.

«Es tan encantadora -pensó Pat-. Cada vez que entra por esa puerta creo que soy un desastre.»

Cuando se había vestido aquella mañana, se había sen­tido muy complacida con su nuevo traje pantalón de lana rojo, pero ahora ya no estaba tan segura. No admitía comparación con el diseño y la tela del traje pantalón verde os­curo de Natalie.

Y se había hecho un corte de pelo radical que apenas le cubría las orejas, algo que dos días antes le había pareci­do el no va más de la moda. Sin embargo, ahora, mientras contemplaba el pelo rubio largo y sedoso de Natalie Frieze, Pat se convenció a sí misma de que había cometido un error garrafal.

Daba la impresión de que Natalie no iba maquillada, pero era imposible que tuviera tan buen aspecto sin algo de ayuda, pensó Pat, esperanzada.

-Está muy guapa, señora Frieze -dijo con timidez.

-Caramba, qué amable.

Natalie sonrió. Siempre le divertía la admiración que despertaba en la sencilla secretaria de Will, pero se dio cuenta de que el cumplido la halagaba.

-Una palabra cariñosa siempre es agradable, Pat.

-¿No se encuentra bien, señora Frieze?

-La verdad es que no. Me duele mucho la muñeca.

Levantó el brazo, de manera que la manga resbaló ha­cia atrás y reveló un desagradable moratón.

Will Stafford salió de su despacho.

-Siento haberte hecho esperar. ¿ Qué le pasa a tu muñeca ?

Natalie le besó.

-Te lo contaré durante la comida. Vámonos.

Se volvió hacia la puerta, pero antes dedicó a Pat Glynn una breve sonrisa.

-Volveré dentro de una hora, Pat -dijo Will.

-Que sea hora y media -le corrigió Natalie.

Cuando salieron, Will cerró la puerta a su espalda, pero no antes de que Pat Glynn oyera decir a Natalie:

-Esta mañana Bobby me ha dado un susto de muerte, Will. Creo que se está volviendo loco.

Estaba a punto de ponerse a llorar.

-Cálmate -dijo Willy mientras subían a su coche-. Ha­blaremos durante la comida.

Habían reservado una mesa en la Taberna de Rob, a unos tres kilómetros de distancia, en la vecina ciudad de Sea Girt.

Cuando estuvieron sentados y la camarera tomó nota, Will miró a Natalie con curiosidad.

-Te habrás dado cuenta de que Pat debió de oír lo que dijiste de Bob. ¿Sabes que es bastante chismosa? Seguro que en este momento está informando a su madre.

Natalie se encogió de hombros.

-A estas alturas todo me da igual. Gracias por aceptar comer conmigo. Eres mi único amigo verdadero de la ciu­dad, Will.

-Hay mucha gente agradable aquí, Natalie. Sí, claro, a algunos no les gustó que Bob dejara plantada a Susan por ti, pero en general son gente justa. Todos saben que el matrimonio no iba a ningún sitio, aunque Susan se esforzara por tirarlo adelante. Creo que todo el mundo opina que está mejor sin él.

-Esta sí que es una buena noticia. Me alegro mucho por ella. He dado cinco años de mi vida a Bob Frieze. Cin­co años importantes. Ahora no solo está a punto de arrui­narse, sino que se comporta de una forma muy rara.

Will enarcó las cejas.

-¿Rara? ¿Qué quieres decir?

-Te daré un ejemplo; algo que ocurrió anoche. Sé que Bobby te ha dicho que padece insomnio y que a veces lee hasta bien entrada la noche.

Will sonrió.

-Al mirarte, yo diría que es una pena.

Natalie sonrió.

-Por eso te obligué a comer conmigo. Necesitaba oír tu lengua de oro.

-No era consciente de esa virtud.

-Claro que sí. Bien, en lo referente a anoche… Will, bajé a las dos de la mañana y me asomé al estudio de Bobby. Ni rastro de él. Miré en el garaje y el coche no esta­ba. No sé adonde fue, pero esta mañana encontré en su bolsillo una nota de una mujer en la que decía que la llama­ra. Cuando se lo dije, se quedó sorprendido. ¡Estoy con­vencida de que no recordaba haberse encontrado con ella! Intentó darme una excusa barata, pero creo que había per­dido la memoria. Yo diría que desde hace tiempo padece pérdidas de memoria.

Estaba alzando la voz. Will observó que la pareja de ancianos de la mesa contigua estaba escuchando con desca­ro su conversación.

-Será mejor que hables más bajo, Natalie -sugirió.

-No sé si quiero -replicó ella, pero continuó en un tono más bajo-. Will, no paro de pensar en aquella noche de la fiesta de los Lawrence. La noche antes de que Martha desa­pareciera.

-¿Y?

-Es curioso, pero ¿sabes que cuando te concentras de verdad, recuerdas pequeñas cosas? No había pensado en que Bobby llevaba aquella estúpida chaqueta de corte cua­drado que en su opinión le rejuvenece…

—Caramba, cuando te da la perra, no hay quien te pare.

Natalie le dirigió una mirada de preocupación mientras la camarera les servía las jarras de cerveza.

-Hoy sí que le he sacado de quicio -admitió Natalie-. ¿Por qué he pedido cerveza?

-Va bien con el bocadillo de comed beef.

—Te juro que si Bobby tuviera un restaurante como este en lugar de ese mausoleo del Seasoner, habría ganado bas­tante dinero.

-Olvídalo, Natalie. ¿Insinúas que Bobby robó el pa­ñuelo de Rachel Wilcox?

-Estoy diciendo que cuando entraba en el tocador de señoras, lo vi en una mesita auxiliar y cuando salí, ya había desaparecido.

-¿Viste a Bobby cerca de la mesa?

Una sombra de incertidumbre cruzó la cara de Natalie.

-Estoy segura de que sí.

-¿Por qué no se lo dijiste a la policía?

-Porque hasta la otra noche nadie sabía que iban a pre­guntar por el pañuelo. ¿Comprendes?

-Perfectamente.

-Seguiré concentrándome en recordar aquella noche. Tal vez me acuerde de algo más -concluyó Natalie, y mor­dió un buen trozo de bocadillo.

 

 

55

 

 

-Tengo otros libros que tal vez le interesaría consultar, Emily. ¿Puedo pasarme por su casa dentro de media hora?

-No quiero causarle más molestias, doctor Wilcox. Ya pasaré yo a recogerlos.

-No me causa la menor molestia. He de salir a hacer al­gunos recados.

Cuando Emily colgó y consultó la hora, se sorprendió al ver que eran las cuatro. Tras la llamada de Marty Browski, se había concedido un breve descanso y después había vuelto a investigar el material que había desplegado en el comedor para intentar identificar al asesino en serie del si­glo XIX.

Había casas del Monopoly colocadas en el plano, todas señaladas con el nombre de las personas que habían vivido allí en aquella época. Había añadido casas para los Mayer, los Alian, los Williams y los Nesbitt. Los nombres de sus hijas o hijos aparecían en las listas de los que solían acudir a las reuniones, fiestas, picnics y cotillones frecuentados por Madeline Shapley, Letitia Gregg, Ellen Swain, Julia Gordon y Phyllis Gates.

Había abierto una de las cajas llevadas por George Lawrence y se había emocionado al ver los diarios y cartas que contenía. Fascinada, empezó a leerlos pero luego reparó en que antes debía terminar el estudio del material del museo.

Al final llegó a un compromiso consigo misma y traba­jó con ambas fuentes a la vez. A medida que las historias personales y colectivas empezaban a desplegarse, experi­mentó la sensación de retroceder en el tiempo y de integrar­se en el mundo de la década de 1890.

Casi deseaba haber vivido en aquella época. La vida de finales del siglo XIX se le antojaba más segura y menos exi­gente que la suya. De repente se preguntó si estaba loca. ¿Segura?, pensó. Tres de esas amigas que habían confiado entre sí y habían compartido reuniones, picnics y bailes murieron a la edad de diecinueve, dieciocho y veinte años, respectivamente. No habían gozado de mucha seguridad.

Un fajo de cartas que parecían muy prometedoras ha­bían sido escritas a lo largo de los años por Phyllis Gates y Julia Gordon, cuando la familia Gates regresó a Filadelfia al terminar el verano. Era evidente que Phyllis Gates las ha­bía guardado para devolverlas después a los Lawrence.

Julia se prometió con George Henry Lawrence en el otoño de 1894. En invierno, había ido a Europa en viaje de negocios con su padre, y cuando volvió, Julia escribió a su amiga:

Querida Phyllis:

Después de estos tres largos meses, George ha regresado, y soy muy feliz. La mejor manera de que comprendas la pro­fundidad de mis sentimientos es añadir citas de la colección de cartas que he leído en fechas recientes.

Mi intento de describir mi alegría y sentimientos cuando me encontré de nuevo con mi amado es un fracaso. Pasamos una noche muy dulce y agradable.

Y ahora estamos planeando nuestra boda, que tendrá lu­gar en primavera. Ojalá Madeline y Letitia fueran mis damas de honor, junto contigo. ¿Qué ha sido de nuestras queridas amigas? La familia de Madeline se ha ido a otro lugar. Douglas Cárter se ha quitado la vida. Edgar Newman continúa muy deprimido. Creo que quería mucho a Letitia. Hemos de continuar conservándolos a todos, a los desaparecidos y a los muertos, en nuestros pensamientos y oraciones.

Tu amiga que te quiere, Julia

Emily releyó la carta con los ojos húmedos. No hablaba de Ellen Swain, observó, pero luego cayó en la cuenta de que Ellen no desapareció hasta transcurrido más de un año.

«Me pregunto qué habría pensado Julia si hubiera po­dido ver el futuro y averiguar que Martha, su descendiente, sería hallada muerta y enterrada junto con Madeline.»

Dejó la carta sobre su regazo y siguió sentada en silencio. Madeline y Martha, pensó, Letitia y Carla, Ellen ¿y…?

A menos que ocurriera algo, habría otra víctima el sába­do. Ahora se había convencido de que era inevitable. «Oh, Dios, ayúdanos a encontrar una forma de detenerle», rezó.

Había pensado cerrar la puerta del comedor antes de que Clayton Wilcox llegara, pero estaba tan absorta en la lectura de las cartas que, cuando sonó el timbre de la entra­da, corrió a abrir sin acordarse siquiera de apagar la luz.

Cuando abrió la puerta principal, la figura voluminosa del doctor Clayton Wilcox le causó una sensación de puro pánico. «¿Qué me está pasando?», se preguntó mientras le dejaba pasar y murmuraba un saludo.

Esperaba que le entregaría la bolsa de libros y se mar­charía, pero Wilcox pasó a su lado y se adentró en el ves­tíbulo.

-Hace mucho fresco -dijo él.

-Claro.

Emily sabía que no podía hacer otra cosa que cerrar la puerta. Se dio cuenta de que tenía las palmas húmedas de sudor.

El doctor Wilcox sostenía la bolsa de libros mientras paseaba la vista alrededor. El arco de entrada a la sala de estar se encontraba a su derecha y mostraba una estancia en penumbra.

También había una entrada al comedor, donde una araña encendida colgaba sobre la mesa e iluminaba el ta­blero de dibujar con las casas del Monopoly. La mesa y las sillas atestadas de libros y papeles estaban a plena vista del doctor Wilcox.

-Veo que está trabajando -dijo-. ¿Qué le parece si dejo estos libros con los demás?

Antes de que pudiera imaginar una forma de impedír­selo, el hombre ya se había plantado en el comedor, dejan­do la bolsa del Enoch College en el suelo, y estaba estu­diando con detenimiento el tablero de dibujo.

-Podría ayudarla con esto -dijo-. No sé si le comenté que estoy intentando escribir una novela ambientada en Spring Lake durante los últimos veinticinco años del si­glo XIX.

Señaló el número 15 de Ludlam Avenue, que ella había etiquetado con el nombre de Alan Cárter.

-Está en lo cierto -dijo-. Aquí es donde vivió la familia Cárter durante muchos años, desde 1893.

Sacó una casa de la caja y la colocó detrás de la de Emily.

-¿Alan vivía justo detrás de esta casa? -preguntó Emily, asombrada.

-En aquella época, estaba a nombre de su abuela ma­terna. La familia vivía con ella. Cuando la anciana murió, vendieron la casa y se trasladaron a Ludlam Avenue.

-Ha llevado a cabo una profunda investigación sobre la ciudad, doctor Wilcox.

Emily notaba la garganta seca.

-La verdad es que sí. Para mi libro, por supuesto. ¿Pue­do sentarme, Emily? He de hablar con usted.

-Sí, claro.

Decidió al instante que no le invitaría a entrar en la sala de estar. No quería penetrar en aquella zona a os­curas con él pisándole los talones. Eligió a propósito la silla más cercana a la puerta que daba al vestíbulo. «Si intenta algo, correré -se dijo-. Puedo salir y pedir ayuda a gritos…»

El hombre se sentó y cruzó los brazos. Incluso sentado al otro lado de la mesa, transmitía una poderosa presencia.

Sus siguientes palabras la dejaron estupefacta.

-Emily, es usted una abogada criminalista y, por lo que tengo entendido, muy buena. Creo que me he convertido en el principal sospechoso de las muertes de Martha Law-rence y Carla Harper. Quiero que me represente.

-¿La policía le ha dicho que es usted sospechoso, doc­tor Wilcox? -preguntó Emily para ganar tiempo.

¿Estaba jugando con ella?, se preguntó. ¿Iba a confe­sarle sus crímenes para después…? Intentó no terminar el pensamiento.

-Aún no, pero van a acumular pruebas de peso contra mí. Voy a decirle por qué.

-No lo haga, doctor Wilcox, se lo ruego -le interrum­pió Emily-. Jamás podría representarle. Soy una testigo en cualquier proceso legal relacionado con Martha Lawrence. No olvide que yo estaba aquí cuando su cadáver, o mejor dicho, su esqueleto fue descubierto. Por lo tanto, no me cuente nada que puedan pedirme repetir bajo juramento. Como no puedo ser su abogada, no existiría el acuerdo confidencial entre abogado y cliente.

El hombre asintió.

-No se me había ocurrido. -Se levantó poco a poco-. En tal caso no le contaré nada de las grandes dificultades a que me enfrento. -Miró el tablero-. ¿Cree en la reencarna­ción, Emily? -preguntó.

-No.

-¿No cree que haya vivido una existencia previa… como Madeline Shapley?

La imagen del dedo con el anillo de zafiros destelló en la mente de Emily.

-No, doctor.

—Con todo lo que se ha dicho y escrito durante esta se­mana sobre el tema de la reencarnación, empiezo a hacer­me preguntas. ¿Viví antes en una de estas casas? ¿Elegí re­gresar aquí por algún motivo? ¿Qué pude hacer en una vida anterior para tener que pagar tantas deudas psíquicas ahora? -De pronto se le demudó el rostro-. Ojalá se pudie­ra borrar un momento de flaqueza -dijo en voz baja.

Emily se dio cuenta de que, en ese momento, el doctor Wilcox ni siquiera era consciente de su presencia.

-He de tomar una decisión muy difícil -dijo él, y suspi­ró-. Pero es inevitable.

Emily se estremeció cuando pasó a su lado. No le siguió hasta la puerta, sino que se levantó, dispuesta a escapar desde el comedor al porche si se revolvía contra ella.

Wilcox llegó a la puerta principal y la abrió, para alivio de Emily. Entonces, se detuvo.

—Creo que sería una buena idea cerrar con llave estas puertas durante las noches siguientes, Emily -advirtió.

 

 

JUEVES  29  DE MARZO

56

 

 

Se nota la creciente aprensión nerviosa de los habitantes de Spring Lake.

La policía se lo ha tomado en serio. Patrulla las calles con frecuencia cada vez mayor.

Apenas se ve a una mujer paseando sola, ni siquiera a plena luz del día. Los periódicos publican titulares cada vez más sensacionalistas, en su prisa por satisfacer la curiosi­dad frenética de sus lectores.

«El asesino en serie reencarnado de Spring Lake» se ha convertido en una noticia de resonancia nacional, incluso internacional.

Los talk-shows compiten entre sí por presentar diferen­tes opiniones sobre la regresión y la reencarnación.

Esta mañana, en «Good Morning, America», otro impor­tante erudito sobre el tema ha explicado que, si bien mucha gente cree que la reencarnación les ofrece incontables oportunidades de vivir sin cesar, otros la consideran una carga abrumadora.

Los hindúes, señaló el erudito, están absolutamente seguros de que se reencarnarán. Desean con desesperación romper el ciclo de nacimiento y renacimiento, con el fin de detener el proceso. Anhelan soportar severas pruebas au-toinfligidas y las prácticas espirituales más exigentes para lograr la liberación.

¿Quiero liberarme?

Dentro de dos días mi misión habrá terminado. Volve­ré de nuevo a un estado normal y pasaré el resto de mi vida en paz y tranquilidad.

Pero seguiré escribiendo un recuento detallado de todo lo ocurrido, en el cual, como en cualquier otro diario, que­dará claro el quién, el qué, el porqué y el cuándo.

Tal vez algún día un chico de catorce años vuelva a en­contrar el diario, los dos diarios, y quiera revivir el ciclo.

Cuando eso suceda, sabré que he regresado a Spring Lake por tercera vez.

 

 

57

 

 

Bernice Joyce había decidido pasar la semana en Spring Lake.

-Como ya sabe, vine de Florida para asistir a la misa -explicó a Reba Ashby mientras desayunaban el jueves por la mañana.

«Pensaba regresar a Palm Beach por la tarde, pero lue­go me di cuenta de que era una tontería, pues la semana que viene vuelvo al norte. Por lo tanto, decidí prolongar mi estancia aquí.

Estaban sentadas junto a una ventana. Bernice miró afuera.

-Es un auténtico día de primavera, ¿verdad? -dijo con voz nostálgica-. Ayer fui a dar una caminata de una hora por el paseo. Me trajo recuerdos maravillosos. Después cené con los Lawrence en casa de otra vieja amiga. ¡Recor­damos tantas cosas!

Reba no se había encontrado con la señora Joyce en el hotel ni el martes ni el miércoles, y había supuesto que se había marchado. Se alegró mucho de verla en el ascensor por la mañana, camino del comedor.

En su primer encuentro, había dicho que era periodista de una revista de actualidad nacional y calló en todo mo­mento el nombre del National Daily. Aunque habría podi­do hacerlo, pensó, al tiempo que componía una expresión agradable y escuchaba una anécdota sobre Spring Lake en los años treinta. Estaba segura de que Bernice Joyce nunca había leído el National Daily, si es que había oído hablar de él.

«Que ni siquiera se hable de ello entre vosotros», como san Pablo había aconsejado a los efesios. No cabía duda de que esa era la opinión de Bernice Joyce sobre los perió­dicos.

Reba quería informarse sobre las demás personas que ha­bían asistido a la fiesta celebrada la noche antes de que Martha Lawrence desapareciera. También tenía la intención de seguir exprimiendo al máximo la cuestión del doctor Wilcox, aunque era posible que dijera la verdad; que hubiera dejado el pañuelo junto con el bolso de su mujer y otra per­sona lo hubiera sustraído.

-¿Se ha reunido con algunas de las personas que el pasado sábado fueron interrogadas por la policía, señora Joyce?

-He intercambiado impresiones con dos parejas que vi­ven cerca de los Lawrence. A los demás no les conozco tan bien. Por ejemplo, aprecio mucho a la primera esposa de Robert Frieze, Susan. En cuanto a su segunda mujer, Na-talie, me importa un bledo. Robert estaba con ella. Tam­bién estaba…

Al terminar la segunda taza de café, Reba ya tenía una lista de nombres con los que trabajar.

-Quiero escribir un perfil humano de Martha Law­rence, tal como la gente la recuerda -explicó-. Lo mejor es empezar con la gente que estuvo con ella las últimas horas de su vida.

Repasó la lista.

-¿Qué le parece si le leo los nombres, a ver si están todos?

Mientras escuchaba, Bernice Joyce se dio cuenta de que estaba imaginando la sala de estar de los Lawrence. Había pensado tanto en aquella noche de la fiesta durante toda la semana que cada vez la recordaba mejor.

«El pañuelo estaba sobre aquella mesa del recibidor -pensó-. Observé que Natalie Frieze atravesaba el vestíbu­lo con el bolso en la mano y di por sentado que iba al tocador de señoras. Esperé a verla volver.»

El rostro de otro invitado apareció en su mente. «Cada vez estoy más segura de que le vi desplazar el bolso de Rachel. El pañuelo estaba debajo.»

«¿Debería hablar de esto con el detective Duggan? -se preguntó—. ¿Tengo derecho a mencionar un nombre, en el curso de una investigación policial, si no estoy absoluta­mente segura de que mi impresión es correcta?»

-Señora Ashby -empezó Bernice Joyce-, ¿puedo con­sultarle un problema? Tengo la impresión de que vi có­mo cogían el pañuelo la noche de la fiesta. Estoy casi segura.

-¿Cómo dice?

Reba Ashby estaba tan sorprendida que, por un mo­mento, perdió su compostura profesional.

Bernice volvió a mirar el mar por la ventana. «Ojalá es­tuviera segura al ciento por ciento», pensó.

—¿A quién vio coger el pañuelo aquella noche, Bernice, quiero decir, señora Joyce?

Bernice volvió la cabeza y miró a Reba Ashby. Los ojos de la mujer brillaban. Su lenguaje corporal sugería un tigre a punto de saltar.

Bernice comprendió de repente que había cometido un terrible error. No podía confiar en Reba Ashby.

-Creo que será mejor no seguir hablando de eso -dijo con firmeza, e hizo una señal al camarero para que le traje­ra la cuenta.

 

 

58

 

Cuando Marty Browski llegó a su despacho el jueves por la mañana, vio que Eric Bailey le había devuelto la llamada a las siete de la tarde del miércoles.

-Me encanta llamar por teléfono -dijo Marty en voz alta y marcó el número de Bailey.

Cuando la secretaria de Bailey contestó, le puso ense­guida con él.

-Siento no haberle localizado ayer -dijo Eric en tono plácido-. Me tomé la tarde libre para jugar al golf.

Accedió al instante a encontrarse con Marty.

-Esta mañana, si quiere. A las once estaré libre.

La oficina se encontraba fuera de los límites de Albany. Mientras Marty conducía hacia la zona, pensó que solo se había encontrado una vez cara a cara con Bailey, en la sala del tribunal donde juzgaban a Ned Koehler por acosar a Emily Graham. Bailey había prestado declaración sobre las cámaras que había instalado alrededor de la casa. Se había derrumbado en el estrado de los testigos, recordaba Marty, mientras se retorcía las manos a causa del nerviosismo. Ha­bía hablado con voz aflautada y queda. El juez le había pe­dido varias veces que la alzara.

Desde entonces, Marty había visto de vez en cuando la foto de Bailey en los periódicos. Era una celebridad local, una versión en pequeño de Bill Gates.

Ir a ver a Bailey con la esperanza de que le proporcio­nara alguna información útil para encontrar al acosador era como agarrarse a un clavo ardiendo. No obstante, Marty sabía que eran necesarias medidas extremas.

Atravesaba una zona en la que se habían instalado las oficinas centrales de varias empresas situadas en entornos similares a parques. Observó que ningún edificio superaba las tres plantas.

Marty aminoró la velocidad al reparar en el orden des­cendente de los números de la calle. El siguiente desvío te­nía que ser el de Bailey, calculó.

Un largo camino de acceso conducía a un bonito edifi­cio de dos plantas, de ladrillo rojo, con ventanas pintadas del suelo al techo. Muy agradable, pensó Marty mientras paraba en un hueco del aparcamiento reservado a los visi­tantes.

El mostrador de recepción estaba en el centro de un vestíbulo que abarcaba toda la longitud de la planta. Había butacas de cuero rojo y lujosos sofás tachonados de clavos de latón, distribuidos alrededor de alfombras persas en es­pacios para sentarse bien definidos. Cuadros que parecían de muy buena calidad colgaban de las paredes, formando grupos dispuestos con gusto. El efecto general era relajan­te, sofisticado y caro.

Browski recordó algo que había leído; un comentario que el productor George Abbott había hecho al dramatur­go Moss Hart cuando vio la propiedad del autor en Bucles County: «Muestra lo que Dios habría podido hacer de ha­ber tenido dinero».

La recepcionista estaba avisada de que vendría.

-La suite del señor Bailey está en el segundo piso. Gire a la derecha y siga hasta el final -indicó.

Browski desdeñó el ascensor y subió la escalera de ca­racol. Mientras recorría el largo pasillo de la segunda plan­ta, echó un vistazo a los despachos ante los que pasaba. Muchos parecían vacíos. Había oído rumores de que la empresa de Bailey estaba perdiendo dinero a marchas for­zadas y de que la tecnología que había puesto en el candelero a la empresa ya había sido superada. También había oído que algunos expertos veían con escepticismo la afir­mación de Bailey de que estaba a punto de lanzar una nue­va clase de transmisor sin cable.

La doble puerta de caoba tallada que había al final del pasillo indicaba que había llegado a los dominios privados de Eric Bailey.

«¿Debo llamar con los nudillos o gritar “yuju”?», se preguntó, pero se decantó por abrir poco a poco las puertas.

—Entre, señor Browski —dijo una voz.

Cuando obedeció, una mujer delgada y elegante de unos cuarenta años se levantó de detrás de un escritorio. Se presentó como Louise Cauldwell, ayudante personal del se­ñor Bailey, y le guió hasta el despacho privado.

Eric estaba de pie ante la ventana y se volvió cuando les oyó acercarse.

Browski había olvidado que Bailey fuera tan poca cosa. «No es que sea bajo», pensó mientras cruzaba la habitación. En realidad era de estatura mediana. Se debía a la forma de comportarse. «Mala postura», decidió Marty, y recordó cuando su padre le ordenaba: «¡Camina bien erguido!».

Debido a su postura indolente, la chaqueta de cachemi­ra de tono tostado y los pantalones oscuros que Bailey ves­tía, indudablemente caros, parecían demasiado grandes para su talla.

«Pese a todo su dinero, Eric Bailey todavía parece un desgraciado -pensó Marty mientras extendía la mano-. Cuando ves a este tipo nunca adivinarías que es un genio.»

—Me alegro de volver a verle, detective Browski.

—Lo mismo digo, señor Bailey.

Bailey señaló el sofá y las butacas dispuestos junto a la hilera de ventanas que dominaban la parte posterior.

-Aquí estará cómodo -dijo.

Miró expectante a Louise Cauldwell.

-Ahora mismo les traigo café, señor Bailey -dijo.

-Gracias, Louise.

Mientras se acomodaba en el sofá de cuero, blando como la mantequilla, Marty comparó aquel lugar con su despacho: un cubículo de dos por cuatro, con una ventana pequeña que daba al aparcamiento. Janey aseguraba que habían fabricado su escritorio con madera del Arca de Noé. Su archivador estaba a punto de estallar y las carpetas sobrantes se amontonaban sobre la única silla supletoria y en el suelo.

—Un bonito despacho en un bonito edificio, señor Bai­ley -dijo con sinceridad.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Eric.

—¿Vio alguna vez mi antiguo despacho? -preguntó-. Estaba al lado del de Emily.

-Vi el de ella varias veces. Bastante pequeño pero agra­dable, diría yo.

-Imagine un tercio de ese tamaño y ya tiene mi antiguo lugar de trabajo.

-Debía de ser como mi leonera actual antes de que la heredara, señor Bailey.

Esta vez la sonrisa de Bailey pareció sincera.

-Como no creo que haya venido para leerme mis dere­chos y los dos somos amigos de Emily, dejémonos de for­malidades. Me llamo Eric.

—Marty.

-El lunes fui a ver la nueva casa de Emily. Tal vez te haya dicho que instalé cámaras -empezó Eric.

—Sí, me lo dijo —contestó Marty.

—Me preocupa que ese acosador la haya seguido hasta Spring Lake. ¿Crees que se trata de un imitador?

-No lo sé -dijo con franqueza Marty-. Pero te diré algo: cualquier acosador es una bomba de tiempo. Si es el mismo que la persiguió aquí, está a punto de prender fuego al barril de pólvora. ¿Te enseñó algunas de las fotografías que le tomó en Albany?

-Sí. Las mismas que te dio a ti, según creo.

-Sí, y esto es lo que me preocupa: casi todas las fotos de Albany fueron tomadas cuando Emily estaba corriendo, ba­jando o subiendo del coche o entrando en un restaurante. Las de Spring Lake son diferentes. Alguien tuvo que averiguar dónde se alojaba la primera noche y después acechar desde la playa, pese al frío y el viento, con la esperanza de divisarla. Esta es una copia de la segunda, tomada cuatro días más tar­de. —Marty le entregó la fotografía de Emily en la iglesia de St Catherine, el sábado por la mañana-. Ese tipo tuvo la osa­día de seguirla hasta la misa en recuerdo de la víctima asesina­da, que había sido encontrada en el patio trasero de su casa.

-Para mí -dijo Eric-, eso sugiere que el acosador es al­guien a quien no conoce. Incluso en una iglesia abarrotada puedes distinguir una cara conocida. Y creo que eso corro­bora la hipótesis del acosador imitador.

-Quizá tengas razón -admitió Marty sin querer-, pero en tal caso podría haber dos acosadores en lugar de uno. El motivo por el que quería verte, Eric, es pedirte que te con­centres en la gente del edificio donde Emily y tú teníais los despachos. ¿Crees que alguien se obsesionó con ella? Po­dría ser un tipo del servicio de mantenimiento, un mensaje­ro, o quizá un individuo amable, cordial, como tantos otros, casado y con hijos, de aspecto inofensivo.

-No olvides que hace tres años que me fui del edificio -le recordó Eric-. Emily cerró su despacho la semana pasa­da. Insistió en concluir todos los casos que había empezado en lugar de pasarlos a otros abogados.

-Ella es así, y ninguno de nosotros quiere pensar que vaya a pasarle algo.

Marty recogió las fotos y las guardó en el bolsillo de la chaqueta.

-Eric, espero que te devanes los sesos y pienses en al­guien que hubiera podido obsesionarse con Emily Graham.

-Lo intentaré, desde luego.

-Otra cosa. ¿Puedes instalar algún aparato capaz de aumentar la seguridad de Emily, al menos cuando esté sola en casa?

—Ojalá existieran. Mi única sugerencia sería instalar botones de emergencia en todas las habitaciones. Tengo la sensación de que, a pesar de su aparente valentía, Emily está muy asustada, ¿no crees?

-¿Asustada? Claro. Es humana. Además, la situación la está destrozando. Lo noto en su voz. Lástima que no ten­ga un novio que cuide de ella, a ser posible un defensa de los Giants.

Marty esperaba que Eric Bailey sonriera, pero advirtió el cambio que se produjo en su rostro y reconoció una ex­presión de dolor y furia. «Este tipo está enamorado de Emily-pensó-. Oh, hermano.»

Louise Cauldwell volvió, seguida por una asistenta que llevaba una bandeja.

Marty bebió el café a toda prisa.

-Eres un hombre ocupado, Eric. No voy a robarte más tiempo -dijo, dejó la taza y se puso en pie.

«Pero vas a robar mucho del mío -pensó mientras se despedía y recorría el pasillo hasta la escalera-. Una peque­ña charla con la recepcionista no estaría de más.»

Las palabras burlonas de Joel Lake cruzaron por su mente. «Pensaba que el hijo de la Koehler era el acosa­dor… Te equivocaste conmigo y te equivocaste con él.» «Puede que me equivoque otra vez -pensó Marty-, pero de repente se me ocurre que tal vez Eric Bailey sea el tipo que buscamos.»

«Te equivocaste conmigo, y…»

«Espera un momento… Eric Bailey no pudo ir a la igle­sia el pasado sábado. Emily le habría visto. Quizá debería matricularme en un curso de cómo ser detective en siete días», pensó Marty, disgustado, mientras bajaba la escale­ra, y pasó ante la recepcionista sin detenerse.

 

 

59

 

 

-No hemos podido averiguar nada nuevo sobre Wilcox en el Enoch College -dijo Tommy Duggan cuando colgó-. Ni una insinuación de escándalo. Nada. El investigador que se encargó del trabajo es listo. Ya habíamos colaborado otras veces. Habló con las personas que integraban la junta rec­tora cuando Wilcox dimitió. La insinuación de que Wilcox había sido obligado indignó a todos.

-Entonces, ¿por qué dimitió tan repentinamente? -re­plicó Pete Walsh-. ¿Quieres saber lo que pienso?

-Me tienes en ascuas.

—Creo que Wilcox fingió una dolencia cardiaca porque algo pendía sobre su cabeza y no quería que salpicara a la universidad si llegaba a saberse. Puede que sus compañeros ignoren el motivo verdadero de su dimisión.

Estaban en el despacho de Tommy, donde habían espe­rado la llamada del investigador desde Cleveland. Se levan­taron y fueron en busca del coche. Iban a pasar por la casa

de Emily Graham para entregarle las copias de los informes policiales de la década de 1890, y luego volverían a hablar con el doctor Clayton Wilcox.

-Pensaste que tal vez había echado mano a las arcas de la universidad -recordó Pete a Tommy-. Démosle la vuelta a la idea. ¿Por qué no echamos un vistazo a su declaración de hacienda del año en que dimitió del Enoch, a ver si liqui­dó algunas propiedades?

-Creo que valdría la pena.

«Este palurdo es más listo de lo que parece», pensó Tommy mientras entraban en el aparcamiento.

Camino de casa de Emily Graham, volvió a llamar al investigador de Cleveland.

 

 

60

 

 

-¿A qué debo el placer de tu visita? -preguntó Bob Frieze al sentarse con Natalie en su mesa de The Seasoner.

Se había quedado sorprendido y disgustado cuando re­cibió una llamada del jefe de comedor para informarle de que su esposa comería con él.

-Territorio neutral, Bobby -dijo ella en voz baja-. Tie­nes un aspecto espantoso. Después de lo que me hiciste -in­dicó su muñeca contusionada-, anoche dormí en el cuarto de invitados, con la puerta cerrada con llave. Veo que no has ido a casa. Tal vez estuviste con Peggy.

-Anoche dormí en el sofá de mi despacho. Pensé que, después de la escenita, un período de enfriamiento no nos vendría mal.

Natalie se encogió de hombros.

-Territorio neutral. Período de enfriamiento. Escucha, los dos estamos diciendo lo mismo. Estamos hartos el uno del otro y, la verdad, tengo miedo de ti.

-¡No seas ridícula!

-¿No?

Abrió el bolso y sacó un cigarrillo.

-Aquí no se puede fumar. Ya lo sabes.

-Pues vamos al bar. Comeremos allí.

-¿Desde cuándo has vuelto a fumar? Lo dejaste des­pués de casarnos, hace casi cinco años.

-Para ser precisa, te prometí que lo dejaría después del Día del Trabajo de aquel verano, hace cuatro años y me­dio. Siempre lo he echado en falta.

Mientras aplastaba el cigarrillo en el plato de servicio, Natalie tomó conciencia de algo. «Eso es lo que he estado in­tentando recordar -pensó-. La última vez que fumé fue en la fiesta que los Lawrence ofrecieron a Martha, un 6 de septiem­bre. Salí al porche porque no permitían fumar dentro de la casa. Él llevaba algo en la mano y caminaba hacia el coche…»

-¿Qué te pasa? -preguntó Bob con brusquedad-. ¿Has visto un fantasma?

-Pasemos de la comida. Solo quería decirte cara a cara que voy a dejarte. Ahora voy a casa a hacer las maletas. Connie me prestará su apartamento de la ciudad hasta que encuentre algo. Ya te dije ayer lo que quiero como compen­sación.

-Ningún juez te concederá esa desorbitante cantidad. Sé realista, Natalie.

—Sé realista tú, Bob —replicó ella-. ¡Móntatelo como sea! Recuerda que tus declaraciones de renta no resistirán el menor escrutinio, sobre todo la del año en que recibiste un buen pastón de la empresa al jubilarte. La IRS[7] recom­pensa bien a los soplones.

Apartó la silla y casi corrió hacia la puerta. El jefe de comedor esperó unos prudentes diez minutos para acercar­se a la mesa.

-¿Tomo nota ya, señor? -preguntó.

Bob Frieze le miró con una expresión de extrañeza. Sin contestar, se levantó y salió del restaurante.

«Es como si no supiera que estaba hablando con él», murmuró el jefe de comedor para sí, mientras se apresura­ba a recibir a un grupo de seis personas, algo infrecuente en aquellos días.

 

 

61

 

 

El plano improvisado sobre la mesa del comedor acogía una docena más de diminutas casas. «Todos los caminos conducen a Roma -pensó Emily-, pero todavía no le en­cuentro un sentido. Tiene que haber otra respuesta.»

Los álbumes de fotografías que George Lawrence le ha­bía prestado, junto con los demás recuerdos, estaban po­niendo rostros a muchos de los nombres. Se vio a sí misma yendo de un lado a otro, entre referencias a personas y pá­ginas del álbum.

Había encontrado un retrato de grupo con los nombres de los fotografiados escritos detrás. Se había ido difuminando con los años y era demasiado pequeño para ver las caras con claridad, de modo que pensaba preguntar a los policías que vendrían más tarde si el laboratorio podía ha­cer una ampliación.

Era un grupo numeroso. Las tres víctimas, Madeline, Letitia y Ellen, constaban en la lista del reverso, así como Douglas y Alan Cárter y algunos de sus progenitores, in­cluido Richard Cárter.

La parte trasera de su casa daba a la de la casa donde Alan Cárter había vivido en la época de los asesinatos. El acebo que había ocultado la tumba se encontraba casi en la divisoria de las dos propiedades.

Douglas Cárter había vivido en la acera opuesta de Hayes Avenue.

Al repasar lo que había averiguado sobre Letitia Gregg, decidió que era muy posible que la joven pensara ir a darse un chapuzón cuando desapareció. No encontraron su bañador. Su casa se hallaba en Hayes Avenue, entre la Segun­da y la Tercera. Para llegar a la playa habría tenido que pa­sar ante las casas de Alan y Douglas Cárter. ¿La habrían abordado durante el trayecto?

Pero Douglas Cárter se suicidó antes de que Letitia de­sapareciera.

Más adelante, la familia de Alan Cárter compró la pro­piedad donde estaba enterrado el cadáver de Letitia. Al pa­recer había muchas conexiones.

Sin embargo, Ellen Swain no encajaba en ese esquema. Vivía en una de las casas que daban al lago.

Emily aún estaba meditando sobre el plano cuando los detectives Duggan y Walsh llegaron. Les dio el retrato de grupo, del que prometieron ocuparse.

—Nuestros chicos son buenos -dijo Tommy Duggan-. Ampliarán y limpiarán la foto.

Walsh estaba estudiando el plano de cartulina.

—Buen trabajo -dijo en tono de admiración-. ¿Va a sa­car algo en claro de esto?

-Puede -dijo Emily.

-¿Podemos ayudarla, señora Graham? -preguntó Tommy Duggan-. Se lo diré de otra forma. ¿Puede ayudar­nos? ¿Algo de lo que ha descubierto nos sirve de algo?

-No -contestó Emily-. Aún no. Pero gracias por traer las copias de los informes antiguos.

-Creo que al jefe no le hizo demasiada gracia -dijo Pete-, así que ojalá sean útiles. Tengo la sensación de que nos va a caer un buen rapapolvo por pasárselos.

Cuando los detectives se marcharon, Emily preparó un bo­cadillo y una taza de té, los puso en una bandeja y se los lle­vó al estudio. Dejó la bandeja sobre el sofá, se acomodó en una butaca confortable y empezó a leer los informes de la policía, empezando por la primera página del expediente de Madeline Shapley.

 

7 de septiembre de 1891: llamada telefónica del señor Louis Shapley, Hayes Avenue, 100, Spring Lake, a las 19.30 horas, informando de que su hija de diecinueve años, Madeline, ha desaparecido. La señorita Shapley estaba en el porche de la casa familiar, esperando a que su prometido, el señor Douglas Cárter, Hayes Avenue, 101, regresara de Nueva York.

8 de septiembre de 1891: se sospecha de una mano crimi­nal tras la desaparición de Madeline Shapley… La familia in­terrogada con minuciosidad… La madre y la hermana menor estaban en casa… Bajo la supervisión de la señora Kathleen Shapley, Catherine, de once años, estaba tomando una clase de piano con su profesora, la señorita Johanna Story. Decla­raron que el sonido del piano habría podido ahogar cual­quier grito que la señorita Madeline Shapley hubiera podido emitir.

22 de septiembre de 1891: el señor Douglas Cárter fue interrogado de nuevo acerca de la desaparición de su prome­tida, la señorita Madeline Shapley, el 7 de septiembre pasa­do. El señor Cárter se reafirma en que perdió por escasos mo­mentos el tren que salía de Manhattan y tuvo que esperar dos horas el siguiente.

Su respuesta a la declaración de un testigo, quien habló con él en la estación muy poco antes de que llegara el primer tren, es que se encontraba muy nervioso porque pensaba en­tregar el anillo de compromiso aquel día a la señorita Sha­pley y de repente sintió náuseas. Tuvo que correr al lavabo de caballeros y, cuando salió, vio que el tren ya abandonaba la estación.

El tren siguiente iba muy lleno y el señor Douglas declara que no reconoció a nadie a bordo. Ni el revisor del tren ante­rior ni el del posterior recuerdan haber picado su billete.

«No me extraña que resultara sospechoso -pensó Emily-. ¿Es posible que estuviera nervioso porque no que­ría seguir adelante con el compromiso? ¡Y yo que pensaba que era un matrimonio por amor!»

Por un instante recreó una imagen mental de la fiesta de su boda y del primer baile con Gary. Ese día él también parecía muy enamorado.

«Y yo creía que también -se dijo Emily-. No obstante, cuando lo pienso bien, me parece que siempre supe que algo fallaba. Un marido que renunciara a las demás muje­res, por ejemplo.»

El timbre del teléfono interrumpió aquellos lúgubres pensamientos. Era Will Stafford.

-Quería llamarte hace días, pero ha sido una semana muy ajetreada -dijo-. Ya sé que es un poco precipitado, pero ¿te apetece cenar esta noche? Whispers es un buen res­taurante.

-Con mucho gusto -dijo Emily con sinceridad-. Creo que ha llegado el momento de tomarme un descanso y vol­ver al mundo real. He vivido en la década de 1890 toda la semana.

—¿ Cómo se está allí?

—En muchos aspectos me encanta.

—Ya te imagino con miriñaque.

-Te has pasado unos cuarenta años. Los miriñaques es­tuvieron de moda durante la guerra civil.

-Yo qué sé. Ayudo a la gente a comprar o vender casas. ¿Te va bien a las siete?

-Estupendo.

-Hasta luego.

Emily colgó el teléfono y después, entumecida de estar sentada tanto rato, hizo unas cuantas flexiones para mover los músculos.

La cámara grabó hasta el último de sus movimientos sin hacer el menor ruido.

 

 

62

 

 

Joan Hodges había dedicado los cuatro últimos días a in­tentar ordenar los historiales médicos. Para ella era una labor de amor. En la medida de sus fuerzas, estaba decidi­da a ocuparse de que los pacientes de la doctora Madden, que aún no se habían recuperado de la impresión causada por su muerte, no sufrieran por el extravío de sus histo­riales.

Era una tarea tediosa. El asesino se había tomado el trabajo de desordenar las notas, las observaciones y los ex­pedientes. En algunos momentos Joan se sentía abrumada y desesperada. Entonces iba a caminar por el paseo duran­te media hora y después volvía a su trabajo algo más ani­mada.

Se había llegado al acuerdo de que el doctor Wallace Coleman, colega y amigo íntimo de la doctora Madden, pasaría a ocupar su consulta. Todo el tiempo libre que le dejaban las visitas lo destinaba a ayudar a Joan en su tarea.

El jueves, un técnico de la policía volvió con el ordena­dor reparado.

—El tipo hizo lo que pudo por destruirlo —dijo—, pero tuvo usted suerte. No afectó al disco duro.

-¿Eso significa que puedo recuperar los archivos? -pre­guntó Joan.

-Sí. El detective Duggan quiere que busque un nombre, el doctor Clayton Wilcox. ¿Le suena?

-¿No es ese del que hablan los diarios? El pañuelo de su mujer…

-Ese es Wilcox.

-Quizá me suene por eso. No llegué a conocer… -Joan hizo una pausa-. No llegaba a conocer a todos los pacien­tes de la doctora Madden, sobre todo los que venían por la noche. Ella me dejaba la información sobre el escritorio.

Joan se sentó ante el ordenador y sus dedos volaron. Si la policía le pedía que buscara un nombre, debía de ser porque esa persona era sospechosa. Deseaba con toda su alma que el asesino de la doctora Madden fuera detenido y castigado. Ojalá fuera miembro del jurado cuando se cele­brara el juicio, pensó.

Doctor Clayton Wilcox.

Su expediente estaba en la pantalla. Joan empezó a pul­sar el ratón para recuperar el contenido del expediente.

-Fue paciente durante un breve período de tiempo -anunció con aire triunfal—, en septiembre de hace cuatro años y medio, y otra vez en agosto, hace dos años y medio. Venía por las noches, por eso no llegué a conocerle.

El técnico de la policía habló por su móvil.

-He de ponerme en contacto ahora mismo con Duggan -dijo-. Tengo una información que debe recibir cuanto antes.

 

 

63

 

Reba Ashby sabía que, cuando su artículo apareciera el viernes en el National Daily, se armaría un gran revuelo. TESTIGO OCULAR DEL ROBO DEL PAÑUELO ASESI­NO DUDA DE PRESENTARSE A LA POLICÍA.

En el artículo de primera plana, Reba describía su en­cuentro en el hotel The Breakers, en Ocean Avenue, Spring Lake, con «Bernice Joyce», la anciana y frágil viuda que til­dó de «llamativo» el pañuelo.

La anciana confió a esta cronista que tenía un problema éti­co: «Estoy segura de que vi cómo lo robaban de la mesa. Es­toy casi segura».

¡Que la policía tome nota!

Alguien que asistió a la fiesta de los Lawrence aquella noche fatal robó el pañuelo, y al día siguiente lo utilizó para acabar con la vida de Martha Lawrence. ¿Quién es? Tal como Bernice Joyce los describió, estas son las posibilidades:

Varias parejas de edad avanzada vecinas de los Law­rence.

El doctor Clayton Wilcox y su maravillosa esposa, Rachel. Él es rector jubilado de una universidad. Ella es la per­sona que llevó el pañuelo en la fiesta. Rachel está al frente de

muchos comités, es eficaz, pero no cae demasiado bien. Dice que pidió a su tiranizado maridito que le guardara el pañuelo en el bolsillo.

Bob y Natalie Frieze. Bernice Joyce siente mucho cariño por Susan, la primera señora Frieze, pero ninguno por la atractiva segunda mujer.

Will Stafford, abogado de bienes raíces. Es apuesto y uno de los escasos solteros de Spring Lake. Vigila, Will. Bernice Joyce piensa que eres un bombón.

De momento el artículo terminaba ahí. Quería echar un vistazo a Will Stafford y formarse una primera impre­sión de él. Después iría a The Seasoner, a ver si encontraba a Bob Frieze.

Localizó la oficina de Will Stafford en la Tercera Ave­nida, en el centro de la ciudad. Cuando Reba abrió la puer­ta de la oficina exterior, vio a la recepcionista y rezó en silencio para que Stafford estuviera fuera u ocupado.

Había salido, según le dijo Pat Glynn, pero no tardaría en volver. ¿A la señorita Ashby le importaba esperar?

«Ya lo creo que no, nena», pensó Reba.

Se sentó en la silla más cercana al mostrador de la re­cepcionista y se volvió hacia Glynn, con aire simpático y confiado.

-Háblame de tu jefe, Will Stafford.

El rubor en las mejillas de Glynn y el súbito brillo que apareció en sus ojos revelaron a Reba lo que sospechaba ya. La recepcionista-secretaria estaba muy cautivada por su jefe.

-Es la persona más buena del mundo -dijo Pat Glynn con vehemencia-. Todo el mundo le pide ayuda. Es una persona justa. Dice a la gente que no se apresure a comprar una casa y, si se da cuenta de que no están muy convenci­dos, a pesar de que hayan depositado una paga y señal, hace lo imposible para que recuperen el dinero. Además…

En opinión de Reba, la frase clave era «todo el mundo le pide ayuda». Sabía que el artículo giraría en torno a eso.

-Supongo que estás diciendo que es un paño de lágri­mas -insinuó- o el típico individuo que te presta unos pa­vos al instante si estás apurada o recorta sus honorarios para…

-Oh, ya lo creo que es un paño de lágrimas -dijo Pat Glynn con una sonrisa vaga que se desvaneció al instante-. La gente se aprovecha de eso.

-Lo sé -dijo Reba con aire solidario-. ¿Hay alguien que saque tajada últimamente?

—Natalie Frieze, sin lugar a dudas.

Natalie Frieze, la mujer de Bob Frieze, el propietario de The Seasoner, recordó Reba. Habían estado en la fiesta ce­lebrada en casa de los Lawrence la noche antes de que Martha desapareciera.

Pat Glynn abundó en el tema. Durante las últimas vein­ticuatro horas, desde que había visto a Natalie Frieze besar con tanto entusiasmo a Will Stafford, para luego ir a co­mer con él por segunda vez en una semana, el estado de ánimo de Pat había basculado entre la furia y la desdicha.

Enamorada totalmente de su jefe, su anterior admira­ción por Natalie Frieze se había transformado en una in­tensa antipatía.

-No le cae bien a nadie de aquí. Siempre va exhibién­dose, vestida de punta en blanco todo el día, como si se di­rigiera al Cirque zooo. Ayer montó un numerito para el se­ñor Stafford con el fin de conseguir su compasión. Le explicó que su marido le había contusionado la muñeca.

-¿A propósito?

-No lo sé. Tal vez. Estaba hinchada y amoratada. Me dijo que le dolía mucho. -Mirar los ojos compasivos de Reba era como ir al confesionario. Pat Glynn respiró hondo y se lanzó de cabeza-. Ayer, cuando se iban de aquí, el se­ñor Stafford me dijo que volvería dentro de una hora. Na­talie Frieze sonrió y dijo: «Que sea hora y media». Y eso que él estaba muy ocupado. Tenía un montón de trabajo sobre la mesa.

-¿Tiene novia? -preguntó Reba.

-Oh, no. Está divorciado. Se casó en cuanto acabó la ca­rrera de derecho en California. Su madre murió en esa épo­ca. Tiene una fotografía de ella sobre el escritorio. Yo creía que su padre también había muerto, pero apareció aquí la semana pasada y el señor Stafford se enfadó muchísimo…

Pat enmudeció.

«Que no entre nadie -rezó Reba-. No pares, nena.»

-Tal vez su padre abandonó a su madre y no se lo ha perdonado -sugirió Reba, con la esperanza de continuar la conversación.

Observó que Pat Glynn empezaba a parecer incómoda, como si notase que se había ido demasiado de la lengua.

Era la misma expresión que Reba había visto en la cara de Bernice Joyce.

Pero Pat superó sus dudas y picó el anzuelo.

-No; era un pique entre ellos. El señor Stafford echó a su padre del despacho. En los dos años que llevo aquí, nunca le había oído alzar la voz, pero ese día gritó a su pa­dre. Le dijo que subiera al coche, volviera a Princeton y se quedara allí. Dijo: «No me creíste, repudiaste a tu único hijo, habrías podido pagar para conseguirme una buena defensa». El padre lloraba cuando salió, y se notaba que está muy enfermo, pero no sentí pena por él. Es evidente que se portó muy mal con Stafford cuando era joven.

Pat Glynn hizo una pausa para tomar aliento y después miró a Reba.

-Es fácil hablar con usted, porque es muy amable. No debería contarle todo esto. Que quede entre nosotras, ¿de acuerdo?

Reba se levantó.

—Por supuesto -contestó con firmeza—. Creo que ya no puedo esperar más. Telefonearé para conseguir una cita. Encantada de conocerte, Pat.

Salió y echó a caminar a toda prisa por la calle. Lo últi­mo que deseaba era encontrarse con Will Stafford. Si la veía y descubría quién era, obligaría a su chismosa recepcionista a confesar lo que había dicho.

La primera plana del periódico de mañana contendría el artículo sobre Bernice Joyce.

Al día siguiente, sábado, su artículo se concentraría en Natalie Frieze, una esposa maltratada que se consolaba en brazos de Will Stafford, uno de los posibles sospechosos de los asesinatos de Martha Lawrence y Carla Harper.

El domingo, si el equipo de investigación del National Daily se daba prisa, se centraría en por qué Will Stafford, el popular y apuesto abogado de bienes raíces de Spring Lake, había sido repudiado por su acaudalado padre, quien no pagó para que un abogado le defendiera ante los tribunales.

Reba solo estaba haciendo conjeturas. Aún no sabía si el padre era rico, pero era de Princeton, un lugar distingui­do. Además, quedaría bien en negro sobre blanco.

 

 

64

 

 

Después de dejar a Emily, Tommy Duggan y Pete Walsh fueron a la residencia del doctor Clayton Wilcox. Su inte­rrogatorio fue frustrante e insatisfactorio.

Wilcox se ciñó a su historia de que había dejado el pa­ñuelo bajo el bolso de su mujer. Cuando le preguntaron so­bre la doctora Lillian Madden, recordó que, hacía unos años, se había sentido algo deprimido y tal vez hubiese consultado con ella.

-O con alguien de nombre parecido.

-¿Cuánto hace de eso, doctor Wilcox? -preguntó Tommy Duggan.

-Mucho tiempo. No estoy seguro.

—¿Cinco años? ¿Tres?

-No puedo acordarme.

-Haga un esfuerzo, doctor -pidió Pete Walsh.

La única satisfacción que los policías habían obtenido de la visita era el hecho de que Wilcox se estaba desmoronando. Tenía los ojos hundidos. Cuando hablaba, no para­ba de enlazar y desenlazar las manos. Gotas de sudor se formaban en su frente, aunque la temperatura en su estu­dio era fría, hasta extremos desagradables.

-Al menos se está poniendo nervioso -dijo Tommy a Pete.

Después, a las cuatro de la tarde, sucedieron dos cosas casi al mismo tiempo. En primer lugar, el técnico llamó desde la consulta de la doctora Madden y les dijo las fechas en que el doctor Clayton Wilcox había visitado a la psicóloga.

-La vio cuatro semanas después de que Martha Law­rence desapareciera y tres semanas después de la desapari­ción de Carla Harper -repitió Tommy Duggan en tono in­crédulo y exaltado a la vez-. ¡Y dice que no se acuerda! Ese tipo es un mentiroso de tomo y lomo.

-Nos dijo que fue a verla porque estaba un poco depri­mido. Si estranguló a esas chicas, no me extraña que lo es­tuviera —dijo con sarcasmo Pete Walsh.

-La secretaria, Joan Hodges, me dice que aún no han encontrado el expediente con las notas de la doctora sobre Wilcox, pero aunque consigan recuperarlo, necesitaremos una orden judicial para verlo. -La boca de Tommy Duggan se convirtió en una línea delgada e iracunda-. Sea como sea, nos haremos con él.

La segunda ración de maná caído del cielo llegó en for­ma de llamada telefónica del investigador desde Ohio.

-Tengo un contacto en la correduría donde Wilcox tiene su cartera de valores. Si llegara a saberse, le costaría el em­pleo, pero miró el expediente de Wilcox. Hace doce años, cuando se jubiló, pidió un préstamo de cien mil dólares por sus acciones. Lo retiró mediante un talón extendido a su nombre, que depositó en un banco de Ann Arbor, Michigan, en una cuenta nueva abierta por una tal Gina Fielding. En la parte inferior izquierda del talón, alguien escribió: «Escrito­rio y buró antiguos».

-¿Gina Fielding es marchante de antigüedades?

A juzgar por la sonrisa que iluminó el rostro de Duggan mientras escuchaba, Pete Walsh supo que las noticias eran buenas.

-Te va a encantar, Duggan. Gina Fielding era estudian­te de penúltimo año en el Enoch College y dejó la universi­dad de la noche a la mañana, justo antes de que Wilcox dimitiera.

—¿Dónde vive ahora?

—Estamos siguiendo su rastro. Se mudó a Chicago, se casó y después se divorció. La localizaremos en uno o dos días.

Cuando Tommy Duggan colgó, miró a Pete Walsh con sombría satisfacción.

-Puede que tengamos la prueba definitiva -dijo-. Por la mañana visitaremos de nuevo al eminente ex rector del Enoch College. No me sorprendería que, antes de que terminemos, hayan retirado su nombre del edificio que le de­dicaron.

 

 

VIERNES  30 DE MARZO

65

 

 

Ha sido una mañana muy angustiosa. Justo cuando mi plan definitivo se iba desarrollando de una manera tan her­mosa, tuve que tomar una decisión radical y fatal.

He estado comprando el National Daily cada mañana. Esa insidiosa columnista, Reba Ashby, se ha hospedado en The Breakers toda la semana y está por todas partes reco­giendo chismorreos.

Esta mañana me he dado cuenta de que sus conversacio­nes con Bernice Joyce iban a ser mi perdición o mi salvación.

La señora Joyce confesó a la Ashby que estaba prácti­camente segura de saber quién había quitado el pañuelo de debajo del bolso aquella noche.

Si se lo hubiera dicho a la policía, le habrían sacado mi nombre. En ese momento habrían empezado a investigar todos los detalles de mi vida. Ya no aceptarían mi deslava­zada explicación de dónde estaba y qué estaba haciendo cuando Martha desapareció.

Habrían descubierto la verdad y la vida que he elegido se terminaría.

Tuve que correr el riesgo. Me senté en un banco del pa­seo cerca de The Breakers, fingiendo estar abstraído en la lectura del periódico, mientras intentaba decidir cómo entrar en el hotel y localizar la habitación de la señora Joyce sin que nadie me viera y reconociera. Bajo la capucha lleva­ba una peluca, de modo que, en el caso de que me descri­bieran, hablarían de alguien canoso, con el pelo caído so­bre la frente. También llevaba gafas oscuras.

Era un disfraz bastante lamentable, pero sabía que, si la policía tenía la oportunidad de interrogar a la señora Joyce, revelaría mi nombre.

Y entonces apareció la oportunidad.

Hace un bonito día, soleado y de temperatura agra­dable.

A las siete y media, la señora Joyce salió de The Breakers a dar un paseo. Estaba sola, y la seguí a distancia, mientras pensaba en cómo podría alejarla de los demás peatones y corredores. Por suerte, los más madrugadores ya se habían ido, y todavía era demasiado temprano para la gente que pasea después de desayunar.

Tras recorrer varias manzanas, la señora Joyce se sentó en un banco de una de las extensiones del paseo dedicadas a los que desean contemplar el mar a sus anchas, sin gente que pase cada dos por tres por delante de ellos.

¡Un lugar perfecto para mis propósitos!

Estaba a punto de dirigirme hacia ella cuando el doctor Dermot O’Herlihy, un médico jubilado que cada día sale a pasear, vio a la señora Joyce y se paró a hablar. Por suerte, solo se quedó unos minutos y después continuó su camino. Sé que no me prestó la menor atención cuando pasó ante el banco donde yo estaba sentado.

Venía gente de ambas direcciones, pero no había nadie a menos de una manzana de distancia. Me senté con sigilo al lado de la señora Joyce, con la cuerda en la mano. La an­ciana disfrutaba del sol de la mañana con los ojos cerrados.

Los abrió cuando sintió el tirón en su cuello, volvió la cabeza, asustada y sorprendida, al tiempo que yo apretaba la cuerda, y comprendió lo que estaba pasando.

Me reconoció. Sus ojos se abrieron de par en par.

Sus últimas palabras antes de morir fueron: «Me equi­voqué. No pensaba que fuera usted».

 

 

 

 

 

66

 

-Esta noche no has dormido exactamente como un bebé -dijo Janey Browski a Marty, mientras depositaba delante de él un cuenco humeante de gachas.

-Y no me siento como si hubiera dormido como un bebé -contestó él-. Desde hace unos días, no paro de so­ñar. Ya sabes, esa clase de sueños que te hacen sentir fatal pero que no recuerdas al despertar. Los sueños desapare­cen, pero la sensación perdura.

-Tu subconsciente intenta decirte algo. Si pudieras re­cordar algún fragmento del sueño, podría ayudarte a anali­zarlo.

Ella sirvió café en las dos tazas, se sentó a la mesa y em­pezó a untar una tostada con mermelada de fresa.

-¿Estás aprendiendo a analizar sueños en tu curso de psicología? -preguntó Marty con una leve sonrisa.

-Hablamos de cómo pueden ayudarnos.

-Bien, si esta noche sueño, te despertaré, te lo contaré y ya puedes empezar a analizar.

-Deja una libreta sobre tu mesita de noche y apunta to­dos los detalles, pero no enciendas la luz cuando lo hagas. -Janey habló en tono serio-. ¿Qué pasa, Marty? ¿Algo es­pecial o solo la preocupación normal por el acosador?

-Anoche estabas haciendo de canguro y yo me fui a la cama temprano, así que no pude hablar contigo. Ayer vi a Eric Bailey.

Marty describió el encuentro y su súbita sospecha de que Bailey podía ser el acosador.

—La verdad, creo que te estás pasando —dijo Janey-, pero entiendo que no hay otra manera de investigarle.

-Janey, el sentido común dice que no asistió a la misa celebrada en la iglesia de St Catherine el sábado pasado por la mañana ni estuvo sentado cerca del banco donde se en­contraba Emily. Todo habría terminado si ella le hubiera visto. Como sabes, a un hombre le cuesta más que a una mujer disfrazarse.

Consultó el reloj y terminó de desayunar.

-Me voy. No aprendas demasiado. Detestaría ser intelectualmente inferior a ti. -Hizo una pausa-. Y no te atre­vas a decirme que ya lo soy -le advirtió mientras la besaba en la cabeza.

«A un hombre le cuesta más que a una mujer disfrazar­se.» Como los sueños inquietantes que no podía recordar, la frase perduró en el subconsciente de Marty todo el día.

Llegó incluso a conseguir el número de matrícula de la furgoneta y el Mercedes descapotable de Eric Bailey y a consultar los registros del servicio de Teletac.

«Olvídalo», se dijo Marty, pero, como una muela ca­riada, la sospecha de que Eric Bailey era el acosador no remitió.

 

 

67

 

 

Cuando Emily despertó el viernes por la mañana y consul­tó el reloj, se quedó sorprendida al ver que ya eran las ocho y cuarto. «Eso demuestra el poder relajante de un par de copas de vino», pensó mientras apartaba las mantas.

Sin embargo, gracias al largo sueño sin pesadillas se sentía más despejada que en toda la semana. Había sido una velada muy agradable, reflexionó durante el ritual ma­tutino de preparar café y subirlo a su habitación para beber mientras se duchaba y se vestía.

«Will Stafford es un chico agradable», pensó mientras abría las puertas del ropero empotrado y decidía qué po­nerse. Eligió téjanos blancos y una camisa de manga larga a cuadros rojos y blancos, dos de sus prendas favoritas.

La noche anterior se había puesto un traje azul marino de seda, con sutiles plisados alrededor de las mangas y los puños. Will Stafford lo había elogiado en varias ocasiones.

Había llegado a recogerla con casi media hora de ante­lación. «Me abotoné la chaqueta del traje mientras bajaba -recordó Emily-. Aún no me había pintado los labios ni puesto las joyas.»

Le había dejado en el estudio viendo las noticias. Se ale­gró de haber cerrado ya las puertas del comedor. No quería que nadie más examinara su plano.

Esta mañana, mientras se ponía los téjanos, la blusa y los zapatos, pensó que la impresión que tiene un extraño de las vidas ajenas puede ser muy diferente de la verdad que encierran.

«Como Will Stafford -pensó Emily mientras empezaba a hacer la cama-. Por lo que me dijo el día que cerramos el trato, había pensado que su vida iba viento en popa.»

Sin embargo, durante la cena, Will se había sincerado, y había surgido una imagen muy diferente de él.

—Como sabes, soy hijo único -empezó—. Me crié en Princeton y me mudé con mi madre a Denver después de que mis padres se separaran, cuando tenía doce años. Creo haberte dicho también que veníamos a Spring Lake cada verano a pasar dos semanas y que nos alojábamos en el Essex y Sussex. Pero eso no es todo —añadió.

Al cabo de un año de ser nombrado presidente de su empresa, su padre se divorció de su madre y contrajo ma­trimonio con su secretaria, la primera de tres esposas suce­sivas.

-Mi madre quedó destrozada -dijo, con los ojos llenos de tristeza-. Nunca volvió a ser la misma. Amargó su ca­rácter.

-Emily -dijo tras un instante de vacilación-, voy a de­cirte algo que no sabe nadie en esta ciudad. No es una his­toria agradable.

Intenté detenerle -recordó Emily- pero no me escu­chó. Me dijo que, después de la fiesta de fin de curso de su penúltimo año de facultad en Denver, él y un amigo cogie­ron el coche. Los dos habían bebido mucha cerveza. Hubo un accidente y el coche quedó destrozado. El amigo, que era quien conducía, tenía dieciocho años y le suplicó que cambiara de asiento con él. Tú aún no has cumplido los dieci­séis -arguyó- no se ensañarán contigo.” »

-Estaba tan desconcertado, Emily, que accedí. Lo que no sabía era que no se trataba de un simple accidente. En mi estado de confusión, no me había dado cuenta de que habíamos arrollado y matado a un peatón, una chica de quince años. Cuando intenté explicar a la policía lo sucedi­do en realidad, no me creyeron. Mi amigo mintió en el estrado de los testigos. Mi madre me apoyó en todo momen­to. Sabía que estaba diciendo la verdad. Pero mi padre se lavó las manos y pasé un año en un centro de reclusión de menores.

Se le transparentaba tanto dolor cuando hablaba de esa época, recordó Emily. Luego, Will se encogió de hombros y continuó.

-Eso es todo. No hay alma en esta ciudad que sepa lo que acabo de contarte. Lo he sacado a colación porque voy a pedirte que salgamos a cenar de nuevo dentro de una o dos semanas y, si la historia te preocupa, es mejor que lo sepas cuanto antes. De una cosa estoy seguro: puedo con­fiar en que no se lo dirás a nadie.

«Yo le tranquilicé al respecto -pensó Emily-, pero tam­bién le dije que esperara un poco antes de invitarme a cenar otra vez. No quiero que piensen que salgo de manera regu­lar con alguien, ni en Spring Lake ni en ningún sitio.»

Empezó a bajar la escalera, pero se detuvo a admirar la luz del sol que entraba a chorros por el vitral del rellano.

«La próxima vez que salga en serio con alguien, si es que hay próxima vez, voy a asegurarme muy bien de que no estoy cometiendo otra equivocación.»

«Algo positivo -pensó con ironía mientras se dirigía a la cocina-, es que no he de preocuparme por enamorarme en el penúltimo año de universidad. ¡Eso solo pasa una vez en la vida, gracias a Dios!»

«Cómo ha cambiado mi vida -meditó-. Al casarme con Gary nada más salir de la facultad, terminé viviendo en Albany porque él iba a entrar en el negocio familiar. Si no me hubiera casado con Gary, habría empezado a ejercer la abogacía en Manhattan.

Pero si no hubiera vivido en Albany, no habría de­fendido a Eric en aquella demanda y no habría ganado diez millones de dólares cuando vendí las acciones que me re­galó.

Y desde luego no estaría en esta casa», concluyó, mientras iba al comedor para coger un libro de la colección de recuerdos de los Lawrence. Era el diario escrito por Julia Gordon Lawrence después de casarse. Emily estaba ansiosa por saber lo que revelaría. Mientras comía una tostada y un pomelo, empezó a leer.

En una de las primeras entradas, Julia escribía: «La po­bre señora Cárter continúa su declive. Nunca se recuperará de la pérdida de Douglas. Todos la visitamos con frecuencia y le llevamos flores para alegrar su habitación o un dul­ce para tentar su apetito, pero parece que no sirve de nada. Habla constantemente de Douglas. “Mi único hijo”, sollo­za cuando intentamos consolarla.

Mi suegra y yo hablamos de ello y estamos de acuerdo en que la vida se ha vuelto muy triste para la señora Cárter. Fue bendecida con una gran belleza y una enorme fortuna, pero empezó a padecer reuma después del nacimiento de Douglas. Ha sido una semiinválida durante años y ahora ya no se levanta de la cama.

Mi suegra cree que, durante mucho tiempo, en un in­tento de aliviar su dolor, los médicos le han estado prescri­biendo dosis diarias de láudano demasiado fuertes. Ahora la señora Cárter se halla en un estado de sedación que no le deja interesarse por la vida y, con el paso del tiempo, tal vez encontrar un consuelo en otras actividades. En cambio, el único desahogo de su dolor es verter copiosas lágrimas».

Emily cerró el libro. La señora Cárter estaba en casa el día que Madeline desapareció, recordó. Entonces suponga­mos que Douglas sí cogió el primer tren, llegó y Madeline cruzó corriendo la calle para recibirle.

Si ocurrió algo entre Madeline y Douglas, ¿se habría enterado de la tragedia la señora Cárter desde su habita­ción, sedada por el láudano?

O quizá Madeline había abandonado el porche y había encontrado a Alan Cárter en el patio de Douglas. El joven estaba enamorado de ella y tal vez sabía que su primo le iba a regalar el anillo de compromiso. Tal vez se le insinuó, re­flexionó Emily, y se enfureció al ser rechazado.

Ambas posibilidades eran intrigantes. «Creo sin la me­nor duda -pensó-, que Madeline murió aquella tarde, tan cerca de esta casa, y que Douglas o Alan Cárter estuvieron implicados en su muerte.»

«Si Douglas era inocente de la muerte de Madeline, Alan se convierte en el sospechoso más plausible », concluyó.

Vivía cerca de Madeline. Letitia tenía que pasar por de­lante de su casa para ir a la playa. En el diario, Julia había escrito que ella y sus amigas visitaban con regularidad a la madre inválida de Douglas. ¿Visitó Ellen Swain a la señora Cárter el día en que desapareció? Los antiguos informes de la policía tal vez proporcionarían alguna información so­bre ese punto.

Mientras Emily devolvía el diario a la colección de re­cuerdos de los Lawrence, se le ocurrió una nueva posibili­dad: ¿se suicidó Douglas Cárter o fue asesinado porque empezaba a sospechar la verdad?

 

 

68

 

 

El viernes por la mañana, el teléfono de la mesita de noche despertó a Bob Frieze. Abrió los ojos y tanteó en busca del auricular. Su saludo fue brusco y desabrido.

-Bob, soy Connie. Esperaba que Natalie apareciera ayer a la hora de cenar. Ni llamó ni apareció. ¿Está ahí? ¿Todo va bien?

Bob Frieze se incorporó. Estaba tumbado en la cama. «Natalie -pensó, con la mente todavía turbia-. Estábamos en el restaurante. Dijo que no quería comer y se marchó, como quien dice, corriendo.»

-Bob, ¿qué pasa?

Había irritación en la voz de Connie, pero también notó algo más. Miedo. Natalie debía de haber contado a Connie su trifulca. Estaba seguro. ¿Le habría hablado tam­bién de la muñeca contusionada?

Intentó pensar. Natalie le dijo que se marchaba. Iba a casa a hacer las maletas. Iba a quedarse en el apartamento de Connie en Nueva York. ¿No se fue?

Había amanecido, y Connie le estaba diciendo que Na­talie tendría que haber llegado ayer por la noche.

«He perdido casi un día -pensó Bob Frieze-. ¿Cuánto tiempo he estado ausente?»

Puso la mano sobre el auricular y carraspeó.

-Connie, vi a Natalie ayer a la hora de comer. Me dijo que iba a casa a hacer las maletas y que pensaba ir a tu apar­tamento de Nueva York. No la he visto desde entonces.

-¿Hizo las maletas o siguen ahí? ¿Y su coche?

-Espera un momento.

Bob Frieze se puso penosamente en pie y comprendió que tenía una resaca monumental. «No suelo beber mu­cho. ¿Cómo ha pasado esto?»

Había comprado y ocupado esa casa mientras esperaba que los trámites del divorcio con Susan terminaran. Natalie se había tomado mucho interés en decorarla y había insisti­do en alguna renovación. Entretanto, la pequeña habita­ción contigua a la de ellos había sido convertida en dos ro­peros. Abrió el de ella.

En un extremo del ropero había un solo estante alto. Abierta sobre él la maleta más grande de Natalie estaba a medio llenar.

Temeroso de lo que podía encontrar, entró dando tum­bos en el cuarto de invitados, donde Natalie había pasado la noche. La cama estaba hecha, pero, cuando miró en el cuarto de baño, vio que sus cosméticos seguían sobre el to­cador.

Tenía que hacer una última cosa antes de imaginar qué debía decir a Connie. Corrió escaleras abajo, entró en la cocina y abrió la puerta que daba al garaje. El coche de Natalie estaba aparcado en el interior.

«¿Dónde está? -se preguntó-. ¿Qué le ha pasado?» Algo había sucedido, no cabía duda.

Pero ¿por qué estaba seguro?

De vuelta en el dormitorio, cogió el auricular.

-Parece que Natalie cambió de opinión, Connie. Todas sus cosas están aquí.

-¿Dónde está entonces?

-No lo sé. El miércoles por la noche discutimos. Ha es­tado durmiendo en el cuarto de invitados. Esta noche lle­gué tarde a casa, como de costumbre, y me fui directo a la cama. No miré si estaba. Estoy seguro de que no pasa nada. Natalie no se preocupa de llamar a la gente cuando cambia de planes repentinamente.

Oyó un clic y Bob comprendió que la mejor amiga de su mujer le había colgado.

Iba a llamar a la policía. La certidumbre le golpeó como un disparo a bocajarro. ¿Qué debía hacer?

Actuar con normalidad, decidió. Apartó la colcha y las mantas y se tumbó un momento entre las sábanas para dar la impresión de que había dormido allí.

«¿Dónde he estado desde ayer al mediodía? -se pregun­tó mientras se esforzaba por recordar-. ¿Qué he estado ha­ciendo?» Tenía la mente en blanco. Se masajeó la cara y notó la barba crecida.

«Dúchate. Aféitate. Vístete. Cuando la policía llegue, actúa con normalidad. Tú y tu mujer tuvisteis una discu­sión. Cuando llegaste a casa por la noche, no miraste si estaba.» Era evidente que había cambiado de opinión sobre lo de ir a Nueva York.

Cuando un policía llamó al timbre de la puerta, al cabo de media hora, Bob Frieze estaba preparado. Mantenía la calma, pero explicó que empezaba a preocuparse.

—Con todo lo que ha pasado en la ciudad durante esta última semana, empiezo a estar muy preocupado por la desaparición de mi mujer. —Había compuesto una expre­sión de angustia-. No soporto la idea de que algo le haya pasado -añadió. Incluso en sus propios oídos, la afirma­ción le sonó a falsa.

 

 

69

 

 

 

A las ocho, antes del trabajo, Pete Walsh había ido a un su­permercado para comprar leche. Ante la insistencia de su esposa, había comprado un ejemplar del National Daily para ella. Mientras esperaba el cambio, echó un vistazo a los titulares. No había pasado un minuto cuando ya estaba hablando por teléfono con la comisaría de Spring Lake.

-Que alguien vaya a The Breakers -dijo-. Díganle que no abandone ni un momento a una anciana, Bernice Joyce, que se aloja en el hotel. Se afirma de ella que fue testigo ocular del robo del pañuelo en el caso del asesinato de Martha Lawrence. Puede que su vida esté en peligro.

Se olvidó de la leche y salió corriendo del supermerca­do en dirección a su coche. Camino de la oficina del fiscal, se puso en contacto con Duggan, que iba a trabajar.

Diez minutos más tarde se habían reunido en su vehícu­lo especialmente equipado y se dirigían a Spring Lake.

Tommy Duggan llamó a la recepción de The Breakers. Habían visto a la señora Joyce salir en dirección al paseo, le dijeron. La policía ya la estaba buscando.

El doctor Dermot O’Herlihy caminó hacia la oficina de co­rreos y decidió volver a casa por el paseo marítimo. Le sor­prendió ver a Bernice Joyce todavía sentada en el banco. Le daba la espalda y no podía verle la cara. «Se habrá dormi­do», pensó. Pero, la manera en que la cabeza estaba inclina­da sobre el pecho le impulsó a acelerar el paso y acercarse.

Rodeó el banco, la miró y vio la cuerda tensada alrede­dor de su cuello. Se agachó delante de ella, examinó los ojos saltones, la boca abierta, las gotas de sangre seca en sus labios.

Hacía más de cincuenta años que conocía a Bernice Joyce, desde que, igual que su esposa Mary y él, ella y Charlie Joyce iban todos los veranos a Spring Lake con sus hijos.

—Ay, Bernice, querida mía, ¿quién te ha hecho esto? -susurró.

El sonido de pies que corrían le hizo levantar la vista. Chris Dowling, el policía más novato de la comisaría, se acercaba corriendo por el paseo. Se plantó en el banco en­seguida, se acuclilló al lado de Dermot y contempló el cuer­po sin vida.

-Llegas demasiado tarde, muchacho -le dijo Dermot mientras se erguía-. Hace una hora, como mínimo, que está muerta.

 

70

 

Aunque Stafford no le había dicho nada, Pat Glynn sabía que estaba enfadado con ella. Lo leía en sus ojos y lo pre­sintió por la manera en que el viernes entró en la oficina y pasó ante su escritorio sin apenas saludarla.

El día anterior por la tarde, cuando había vuelto, le dijo que una tal señora Ashby había ido a verle.

-¿La señora Ashby? ¿La columnista chismosa de ese periódico? Espero que no te haya tirado de la lengua con respecto a mí, Pat. Esa mujer es mala.

Pat había recordado, con el corazón en un puño, hasta la última palabra que había dicho a Ashby.

-Sólo le dije que era usted una persona maravillosa, se­ñor Stafford -dijo.

—Pat, cada palabra que le dijiste será deformada y manipulada. Me ayudarás si recuerdas todo lo que le dijiste. No me enfadaré, te lo prometo, pero he de estar preparado. ¿Lees el National Daily?

La joven admitió que a veces lo leía.

-Si lo lees esta semana, te darás cuenta de lo que esa tal Ashby le ha estado haciendo al doctor Wilcox. Es lo mismo que va a hacer conmigo. ¿Qué te preguntó y qué le dijiste?

A Pat le costaba concentrarse en su trabajo. Tuvo que resis­tir el impulso de correr al despacho de Stafford y repetirle una vez más cuánto lo sentía. Después, una llamada telefó­nica de su madre la sacó de su abatimiento.

-Pat, se ha producido otro asesinato en la ciudad. Una anciana, Bernice Joyce, que asistió a la fiesta de los Law-rence la noche antes de la desaparición de Martha, ha sido encontrada en un banco del paseo marítimo estrangulada. Contó a la periodista del National Daily que podría identi­ficar a la persona que robó el pañuelo con el que mataron a Martha, la periodista lo publicó y ahora la señora Joyce está muerta. Es increíble, ¿no?

-Luego te llamo, mamá. -Pat colgó, recorrió el pasillo como un robot y abrió la puerta del despacho de Stafford sin llamar-. Señor Stafford, la señora Joyce ha muerto. Sé que usted la conocía. Dijo a la periodista que creía haber visto a alguien coger el pañuelo en la fiesta y la periodista lo publicó. Estoy segura de que no conté nada a la señorita Ashby que pueda causar la muerte de otra persona, señor Stafford. -Su voz se quebró, entre un torrente de lágrimas-. Me siento fatal.

Will se levantó y apoyó las manos en sus hombros.

-No pasa nada, Pat. Claro que no dijiste nada que pue­da causar la muerte de alguien. Bien, ¿qué me estás contan­do? ¿Qué le ha pasado a la señora Joyce?

Pat era consciente de las manos fuertes y cálidas que aferraban sus hombros. Se calmó y repitió lo que su madre le había dicho.

-Lo siento muchísimo -dijo Will en voz baja-. Bernice Joyce era una mujer bondadosa y elegante.

«Estamos hablando como amigos de nuevo», pensó Pat.

—Señor Stafford -preguntó, ansiosa por prolongar la intimidad del momento—, ¿cree que el señor Wilcox habrá hecho eso a la señora Joyce? Según los periódicos, su mujer dijo que le había dado el pañuelo para que lo guardara.

-Supongo que le estarán interrogando con detenimien­to -contestó Will bruscamente.

Pat notó el cambio de tono. El momento de intimidad había pasado. Tenía que volver a su escritorio.

-Tendré preparadas esas cartas para que las firme a mediodía -prometió-. ¿Saldrá a comer?

-No. Encarga algo para los dos.

Tenía que aprovechar la oportunidad.

-Esperaré un poco, por si cambia de opinión. Quizá la señora Frieze se pase por aquí, como el otro día.

-La señora Frieze se ha trasladado a Nueva York de manera permanente.

Pat Glynn regresó a su escritorio como flotando entre nubes.

Will Stafford llamó desde su despacho a la agencia de empleo que le había proporcionado a Pat Glynn hacía dos años.

-Y por el amor de Dios, envíenme a una persona sensa­ta y madura, que no sea chismosa ni vaya buscando marido -imploró.

-Tenemos a alguien que acaba de entregar la solicitud esta misma mañana. Ha dejado su antiguo empleo. Se lla­ma Joan Hodges y trabajaba con la psicóloga asesinada la pasada semana. Es muy eficiente, inteligente y una bue­na persona. Creo que le satisfará por completo, señor Stafford.

-Envíeme el curriculum en un sobre rotulado como personal.

-Por supuesto.

Cuando Will colgó, Pat anunció otra llamada. Era del detective Duggan, que solicitaba una cita con él lo antes posible.

 

 

 

71

 

El jueves por la tarde, como Reba Ashby no quería encon­trarse de nuevo con la señora Bernice Joyce, liquidó su cuenta en el hotel The Breakers y se trasladó al Inn at the Shore de Belmar, a pocos kilómetros de Spring Lake. Espe­raba que su artículo sobre Joyce causara sensación cuando llegara a los quioscos el viernes por la mañana, pero se que­dó de una pieza cuando se enteró por la radio de su muerte.

Después se despertó su instinto de autoprotección. «Bernice tendría que haber acudido a la policía -se dijo Reba-. Era culpa suya. Solo Dios sabe a cuánta gente, ade­más de mí, habrá contado que vio a alguien coger el pañue­lo. Nadie se confía a una sola persona. Si no lo callan, tam­poco deberían esperar que los demás guarden el secreto.

Por lo que sé, puede que preguntara al asesino si había cogido el pañuelo para admirarlo. Era lo bastante ingenua para hacerlo.»

De todos modos, Reba llamó enseguida a Alvaro Martínez-Fonts, el director del periódico, para ponerse de acuerdo sobre cómo responder a cualquier acusación de la policía. Le contó que había ido a cenar a The Seasoner el jueves por la noche y no había visto a Bob Frieze.

-Soborné al jefe de comedor con cincuenta pavos, Alva­ro -dijo-. Eso refrescó su memoria. Según él, hace mucho tiempo que Frieze se comporta de una manera rara. Cree que está al borde de un colapso nervioso o algo por el estilo. Ayer Natalie Frieze fue al restaurante, pero no se quedó mucho rato. Bob y ella se las tuvieron en la mesa y el jefe de comedor oyó decir a Natalie que tenía miedo de él.

-Eso concuerda con la historia de la mujer maltratada.

-Hay más. Un camarero que estaba sirviendo en la mesa de al lado les oyó comentar que iban a separarse, y tiene ganas de hablar, pero quiere mucha pasta.

-Págale y escribe un artículo -ordenó Alvaro.

-Hoy iré a ver a Natalie Frieze.

-Tírale de la lengua. Robert Frieze era un crack de Wall Street. Se merece algunos titulares, aunque no esté relacio­nado con el asesinato.

-Ya no es un crack en el negocio de la restauración. La comida es mediocre. La decoración, recargada e incómoda. El lugar carece de carisma. Nunca será el Elaine del conda­do de Monmouth.

-Sigue así, Reba.

-Confía en mí. ¿Cómo te va con Stafford?

-De momento, nada, pero si hay mierda, la desenterra­remos

 

 

 

72

 

-No podemos permitir que siga en su estudio dirigiendo el espectáculo -dijo Tommy Duggan a Pete Walsh cuando abandonaron el lugar de los hechos-. Hemos de obligarle a salir a la luz, y cuanto antes mejor.

Se habían llevado el cadáver de Bernice Joyce. El equi­po forense había hecho su trabajo.

-Con la brisa del mar -había dicho a Tommy el jefe del equipo-, no hay la menor posibilidad de que encontremos algo útil. Hemos buscado huellas dactilares, pero todos sa­bemos que el asesino usa guantes. Es un profesional.

-Un profesional de tomo y lomo -dijo Tommy a Pete cuando subieron al coche.

El rostro de Bernice Joyce ocupaba su mente, tal como lo había visto una semana antes, cuando la había interro­gado en casa de Will Stafford.

No vaciló cuando él le preguntó si se había fijado en el pañuelo, recordó Tommy. Sabía que Rachel Wilcox lo llevaba. Pero ¿recordaba haber visto a alguien cogerlo?, se preguntó Tommy. «No creo -decidió-. Tal vez le vino a la memoria después.

Me dijo que el lunes volvía a Palm Beach, pero, aun­que hubiera sabido que iba a quedarse, no se me habría ocurrido hablar con ella otra vez.»

Se sentía disgustado e irritado consigo mismo. El asesi­no leyó el artículo del periódico y se asustó hasta correr el riesgo de asesinar a la señora Joyce a plena luz del día. Y si aún se ceñía al plan preconcebido, mañana habría otra víc­tima, recordó Tommy. Pero esta vez sería una joven.

—¿Adonde vamos? —preguntó Pete.

-¿Has llamado a Stafford?

-Sí. Dijo que podemos pasar cuando nos vaya bien. Es­tará en el despacho todo el día.

-Empecemos con él. Llama primero a la oficina.

Entonces se enteraron de que Natalie Frieze había de­saparecido.

-Olvídate de Stafford -dijo Tommy-. La policía local está hablando con Frieze. Quiero estar presente.

Se acurrucó en el asiento mientras reflexionaba sobre la terrible posibilidad de que el asesino en serie ya hubiera elegido a su siguiente víctima: Natalie Frieze.

 

73

 

 

Nick Todd telefoneó a Emily en cuanto se enteró del asesi­nato de Bernice Joyce.

-¿Conocías a esa mujer, Emily? -preguntó.

-No.

-¿Crees que el artículo aparecido en ese periodicucho ha sido el causante del asesinato?

-No tengo ni idea. No he leído el artículo, pero creo que es terrible.

-Fue la sentencia de muerte de esa pobre mujer. Estas cosas todavía me despiertan más deseos de entrar en la ofi­cina del secretario de Justicia.

-¿Cómo va eso?

-He sondeado a algunos de sus funcionarios más im­portantes. Gané un caso importante contra ellos el año pa­sado, lo cual podría beneficiarme o perjudicarme, vete a sa­ber. —Se produjo un sutil cambio en su voz—. Anoche llamé, pero supongo que habías salido.

-Fui a cenar. No dejaste mensaje.

-No. ¿Cómo va la investigación?

-Puede que me esté equivocando, pero empiezo a ver una pauta común en todas esas muertes, y es espantosa. ¿Recuerdas que te dije que Douglas Cárter, el joven con quien estaba prometida Madeline, se suicidó?

-Sí.

-Nick, lo encontraron con una escopeta a su lado. La desaparición de Madeline le deprimió terriblemente, pero era joven, guapo, adinerado y con un futuro prometedor en Wall Street. Todo lo que he encontrado sobre él en diarios y en otros materiales es positivo y nada insinúa que tuviera tendencias suicidas. Otra cosa: su madre se encontraba muy enferma, y por lo visto estaba muy unido a ella. Debía de ser consciente de que su muerte la destruiría. Dime una cosa, ¿cómo se sentiría tu madre si te pasara algo?

-Nunca me lo perdonaría -contestó con ironía Nick-. ¿Cómo se sentiría la tuya si te pasara algo a ti?

-No le haría ninguna gracia, por supuesto.

-Entonces, hasta que tu acosador y ese asesino en serie al que intentas identificar no sean detenidos, haz el favor de cerrar con llave todas las puertas y tener la alarma co­nectada, sobre todo cuando estés sola. Oye, tengo una lla­mada. Nos veremos el domingo, si no hablamos antes.

«¿Por qué Nick se siente obligado a ser mi santo pro­tector?», se preguntó Emily mientras colgaba. Eran las once y media. Durante las dos últimas horas y media, había examinado los informes de la policía y los recuerdos escri­tos de la familia Lawrence.

También había llamado a sus padres a Chicago y a su abuela a Albany y les había contado cuánto le gustaba la casa.

«Lo cual es cierto», se dijo mientras pensaba en todo lo que les estaba ocultando.

«Julia Gordon Lawrence llevó un diario durante años. No escribía cada día, pero sí con frecuencia. Me gustaría leer cada palabra -pensó Emily-, y lo haré si los Lawrence me dejan conservarlos lo suficiente. Ahora necesito encon­trar en ellos información relacionada con las desaparicio­nes y la muerte de Douglas.» Sobresaltada, se dio cuenta de que ya no consideraba su muerte un suicidio, sino que pen­saba en él como una víctima del asesino de las tres jóvenes.

Ellen Swain desapareció el 31 de marzo de 1896.

Claro, pensó Emily. Julia debía de haber escrito algo al respecto. Repasó los diarios y encontró el de ese año.

No obstante, antes de empezar a leer, quería hacer otra cosa. Abrió la puerta del estudio que daba al porche, salió y miró al otro lado de la calle. Los registros municipales daban fe de que la antigua casa de los Cárter había sido destruida por un incendio en 1950. Luego se construyó la que había ahora, una copia minuciosa de una casa de estilo Victoriano de principios de siglo, con porche circular in­cluido.

«Si Madeline estaba sentada aquí, y Douglas, o Alan, la llamó…»

Emily quería verificar la hipótesis que había formulado el día anterior. Siguió el porche hasta la parte posterior de la casa y bajó los escalones que conducían al patio trasero. El constructor había aplanado la tierra, pero el barro se adhirió de inmediato a sus zapatos mientras caminaba ha­cia la cerca de boj que marcaba los límites de su propiedad.

Se dirigió hasta el lugar donde habían encontrado los restos de las dos víctimas y se detuvo. El enorme acebo, con sus gruesas ramas, habría impedido a cualquiera de la casa saber si Alan Cárter había visto salir a Madeline y la había matado sin querer o de forma deliberada. El sonido del piano que tocaba su hermana habría ahogado los gritos.

«Pero aun en el caso de que hubiese ocurrido así -se preguntó Emily-, ¿qué relación tiene eso con los asesinatos actuales?»

Volvió adentro, cogió el diario de 1896 y buscó las anotaciones posteriores al 31 de marzo.

El 1 de abril de 1896, Julia había escrito:

Mi mano tiembla mientras escribo esto. Ellen ha desapareci­do. Ayer fue a ver a la señora Cárter para tentar su apetito con un manjar blanco. La señora Cárter ha dicho a la policía que recibió una breve pero agradable visita. Ellen parecía bastante nerviosa, dijo. La señora Cárter estaba descansando junto a la ventana de su dormitorio y vio a Ellen salir de la casa y caminar por Hayes Avenue en dirección a su casa. Fue la última vez que la vio.

«Lo cual significaba que pasó ante la casa de Alan Cár­ter», pensó Emily.

Recorrió las páginas siguientes a toda prisa y se detu­vo. La anotación de tres meses más tarde decía:

La querida señora Cárter ha sido llamada a su hogar ce­lestial esta mañana. Todos estamos muy tristes, aunque pen­samos que ha sido una gran bendición para ella. Se ha libera­do del dolor y la pena y ahora se ha reunido con su amado hijo Douglas. Pasó los últimos días en un estado de confusión mental. A veces pensaba que Madeline y Douglas estaban en la habitación con ella. El señor Cárter ha soportado con ente­reza la larga enfermedad de su esposa y la pérdida de su hijo. Todos confiamos en que el futuro sea más benigno para él.

«¿Qué sabemos del esposo y padre? -se preguntó Emily-. No hay mucho escrito sobre él. Por otra parte, es evidente que la señora Cárter y él no asistían a las fiestas y demás acontecimientos sociales.» Gracias a las escasas referencias, descubrió que se llamaba Richard.

Siguió pasando las páginas en busca de más datos sobre cualquiera apellidado Cárter. Había muchas referencias a Ellen Swain durante el resto de 1896, pero Emily no locali­zó nada sobre Alan o Richard Cárter.

La primera anotación de 1897 era del 5 de enero.

Esta tarde hemos asistido a la boda del señor Richard Cárter con Lavinia Rowe. Ha sido una ceremonia íntima, de­bido al hecho de que la difunta señora Cárter falleció hace menos de un año. Sin embargo, nadie echa en cara al señor Cárter esta felicidad. Es un hombre muy apuesto, que no ha cumplido todavía los cincuenta años. Conoció a Lavinia cuando fue de visita a casa de Beth Dietrich, prima suya y amiga íntima mía. Lavinia es una chica muy atractiva, equili­brada y madura. A los veintitrés años, el señor Cárter le do­bla la edad, pero todos hemos visto romances de ese tipo, y algunos han sido muy dichosos. Dicen que venderán la casa de Hayes Avenue que tanto dolor ha conocido y ya han ad­quirido una residencia, más modesta pero encantadora, en Brimeley Avenue, 2.0.

«Brimeley Avenue, 2.0 -intentó recordar Emily-. ¿De qué me suena esa dirección?» Y entonces lo supo: había es­tado en esa casa la semana anterior.

Allí vivía el doctor Wilcox.

 

 

74

 

 

Tommy Duggan y Pete Walsh llegaron a casa de los Frieze y encontraron a Robert muy nervioso, sentado en el sofá de la sala de estar, hablando con la policía local.

-Mi mujer tenía muchas ganas de mudarse a Manhat­tan; lo habíamos planeado desde hacía bastante tiempo -estaba diciendo-. Acabo de vender mi restaurante y pon­dré en venta esta casa de inmediato.

Una amiga le había prestado su apartamento y ayer iba a trasladarse. No sé por qué cambió de opinión. Natalie es impulsiva. Igual cogió un avión a Palm Beach. Allí tiene muchas amistades.

—¿Ha echado en falta su ropa de verano? -preguntó el agente.

-Mi mujer tiene más ropa que la reina de Saba. La he visto comprar el mismo traje dos veces por haberse olvida­do de que ya lo tenía. Si a Natalie se le metió entre ceja y ceja ir en avión a Palm Beach, ni debió de pensar en llevar­se ropa, porque lo normal en ella es plantarse en Worth Avenue nada más llegar y pasarse dos horas comprando, tarjeta de crédito en ristre.

Cuanto más hablaba Bob Frieze, más creíble se le hacía su hipótesis. Hacía muy poco, Natalie se había quejado del tiem­po. Frío. Húmedo. Nublado. Espantoso. Eran solo algunas de las palabras que utilizaba para describir esta época del año.

-¿Le importa que echemos un vistazo, señor Frieze?

-Adelante. No tengo nada que ocultar.

Tommy sabía que Bob Frieze les había visto a él y a Walsh en cuanto entraron en la sala, pero no se había to­mado la molestia de saludarles. Tommy ocupó el asiento que el policía acababa de dejar libre.

—Pensaba que no me había reconocido, señor Frieze. Nos hemos entrevistado varias veces.

—Más que varias veces, señor Duggan —replicó con sar­casmo Frieze.

Tommy asintió.

-Muy cierto. ¿Ha salido a correr esta mañana, señor Frieze?

«¿Lo he hecho? -se preguntó Bob Frieze. Llevaba pues­to el chándal-. ¿Cuándo me lo puse? ¿Ayer por la tarde? ¿Anoche? ¿Esta mañana? ¿Seguí a Natalie cuando se fue del restaurante? ¿Volvimos a discutir?»

Se levantó.

-Señor Duggan, estoy más que harto de sus modales acusadores. Hace mucho tiempo que estoy harto, cuatro años y medio, para ser preciso. No pienso aguantar más interrogatorios de usted ni de nadie. Tengo la intención de empezar a telefonear a los amigos de Palm Beach para sa­ber si han visto a mi mujer o si se va a quedar en casa de al­guno. -Hizo una pausa-. Sin embargo, señor Duggan, an­tes llamaré a mi abogado. Para cualquier pregunta que desee hacerme, diríjase a él.

 

75

 

Joan Hodges estaba repasando los ficheros informáticos y confeccionando una lista de los pacientes de la doctora Madden de los últimos cinco años.

Habían enviado a un técnico de la policía para ayudar­la. Dos psicólogos, ambos amigos de la doctora Madden, se habían ofrecido para reconstruir los historiales médicos que habían quedado desparramados por la consulta.

Tommy Duggan había ordenado la aceleración de las actividades. Si el historial del doctor Clayton Wilcox no aparecía, ello sugeriría la firme posibilidad de que él fuera el asesino.

Joan ya había comprobado que nadie de la lista que Tommy Duggan le había entregado se contaba entre los pacientes.

—Pero eso no significa que no haya utilizado un nombre falso -la previno Tommy-. Tenemos que saber si falta un historial que conste en el ordenador, porque en tal caso in­vestigaremos a la persona.

Habían colocado los historiales en orden alfabético so­bre largas mesas metálicas dispuestas en la sala de estar de la doctora Madden. En algunos casos habían roto o arran­cado las etiquetas con su nombre, de modo que los resulta­dos no serían concluyentes.

-El trabajo policial es tedioso -dijo el técnico de la po­licía a Joan con una sonrisa.

-Ya lo veo.

Joan deseaba terminar la tarea y encontrar un nuevo empleo. Ya había llamado a la agencia de colocación. Va­rios psicólogos que conocían a la doctora Madden habían insinuado que les gustaría hablar con ella, pero Joan sabía que necesitaba un cambio radical. Continuar en un despa­cho con un ambiente similar le recordaría una y otra vez la macabra visión de la doctora Madden, sentada en su silla con una cuerda alrededor del cuello.

Encontró un nombre con una dirección de Spring Lake y frunció el entrecejo. Leyó el nombre y no pudo situarlo, aunque no los conocía a todos. Tal vez era un paciente nocturno. No conocía a casi ninguno.

«Espera un momento —pensó—. ¿Es el que solo vino una vez, hace unos cuatro años?

Le vi subiendo a su vehículo cuando volví aquella no­che para coger mis gafas, que había olvidado. Le recuerdo, porque parecía enfadado. La doctora dijo que se había marchado con brusquedad. Me dio un billete de cien dóla­res que el hombre había arrojado sobre su escritorio. Le pregunté si quería una factura por el resto de sus honora­rios, pero la doctora dijo que lo olvidara. Será mejor que pase el nombre al detective Duggan cuanto antes», decidió mientras descolgaba el auricular.

 

 

76

 

 

Douglas Cárter, Hayes Avenue, 101, Spring Lake.

Tommy Duggan y Pete Walsh se encontraban en el despa­cho del fiscal, donde le habían informado acerca de sus averiguaciones sobre el asesinato de Bernice Joyce y la de­saparición de Natalie Frieze.

-El marido nos dijo que debe de estar en Palm Beach y que a partir de ahora solo hablará con nosotros a través de su abogado —concluyó Tommy.

-¿Qué probabilidades hay de que aparezca en Palm Beach? -preguntó Osborne.

-Estamos investigando las líneas aéreas, para ver si voló en alguna. Creo que hay una posibilidad entre mil -contestó Tommy.

-¿El marido os permitió registrar la casa?

-De eso se encargó la policía de Spring Lake. No había señales de lucha o violencia. Daba la impresión de que esta­ba haciendo las maletas y de repente se largó.

-¿Había cosméticos? ¿Algún bolso?

-El marido dijo que, cuando la vio ayer en el restauran­te, vestía una chaqueta de piel, una camisa de seda a rayas marrones y doradas y pantalones de lana, y que llevaba un bolso marrón. En la casa no apareció el bolso ni la chaque­ta. Reconoce que discutieron y que ella durmió en el cuarto de invitados la noche anterior. Eso fue el miércoles. Había suficientes cosméticos, perfumes, lociones y vaporizadores en el dormitorio principal y en el cuarto de invitados para abrir una tienda de Macy.

-Yo diría que de Elizabeth Arden -observó Osborne-. Tendremos que esperar a ver si aparece. Como persona adulta, tiene derecho a ir a donde le dé la gana. ¿Dices que su coche estaba en el garaje? Alguien debió de recogerla. ¿Algún novio?

-No, que sepamos. He hablado con la empleada de ho­gar -dijo Walsh-. Va tres tardes a la semana. Los jueves no toca.

El fiscal enarcó las cejas.

-¿Va por las tardes? Casi todas las empleadas de hogar van por la mañana.

—Llegó cuando nos marchábamos. Explicó que la señora Frieze suele dormir hasta tarde y no quiere que nadie la mo­leste con el ruido de la aspiradora o lo que sea. Tuve la clara sensación de que esta mujer no apreciaba mucho a Natalie Frieze.

-De momento habrá que esperar -dijo Osborne-. ¿Qué pasa, Duggan? No pareces muy feliz.

—Lo de Natalie Frieze me huele mal —dijo Tommy-. Me pregunto si alguien se ha adelantado un par de días al 31.

Se hizo el silencio durante un largo momento.

-¿Por qué lo dices? -preguntó Osborne.

—Porque esa mujer encaja en la pauta. Tiene treinta y cuatro años; no es una jovencita de veinte o veintiuno, pero igual que Martha Lawrence y Carla Harper, es una mujer guapa. -Duggan se encogió de hombros-. Tengo un mal presentimiento acerca de Natalie Frieze, y además el mari­do no me cae bien. Su coartada para la desaparición de Martha Lawrence es muy endeble. Afirma que estaba en el patio trasero, trabajando en sus macizos de flores.

Walsh asintió.

—Vivió los primeros veinte años de su vida en la casa donde se encontraron los restos de Martha Lawrence y Letitia Gregg —dijo—. Y ahora su mujer ha desaparecido.

—Señor, será mejor que nos preparemos para recibir al doctor Wilcox -sugirió Tommy Duggan-. Vendrá hoy a las tres.

-¿Qué le habéis sacado? -preguntó Osborne.

Tommy se inclinó hacia delante en su silla con las ma­nos enlazadas, una postura que adoptaba cuando sopesaba sus opciones con cautela.

-Se prestó de buena gana a venir. Sabe que no es preci­so. Cuando llegue, subrayaremos de nuevo que puede mar­charse cuando quiera. Mientras sea consciente de eso, no tendremos que leerle sus derechos y, la verdad, prefiero no hacerlo, no sea que se cierre en banda.

—¿Qué tienes contra él? —preguntó Osborne.

—Nos está ocultando muchas cosas y sabemos que es un mentiroso. Dos datos de peso.

Clayton Wilcox llegó a las tres en punto. Duggan y Walsh le acompañaron hasta una pequeña sala de interro­gatorios, donde los únicos muebles eran una mesa y unas sillas, y le invitaron a sentarse.

Les interrumpió cuando le aseguraron una vez más que no iban a detenerle y que podía marcharse cuando quisiera.

—Supongo que habrán discutido si iban a leerme o no mis derechos -dijo con un brillo de diversión en la mirada-y han llegado a la conclusión de que hacer hincapié en mi libertad de marcharme les cubre lo suficiente en lo que a la ley concierne.

Sonrió al ver la expresión de Pete Walsh.

-Caballeros, por lo visto han olvidado que he pasado la mayor parte de mi vida en ambientes universitarios. No tienen ni idea de los debates sobre las libertades civiles y el sistema judicial que he escuchado ni de a cuántos juicios fingidos he asistido. Era rector de una universidad, ¿re­cuerdan?

Era la oportunidad que Tommy Duggan esperaba.

—Doctor Wilcox, al investigar su pasado me sorprendió descubrir que se había jubilado del Enoch College con cin­cuenta y cinco años. No obstante, acababa de firmar una renovación de su contrato por cinco años más.

-Mi salud no me permitía cumplir con mis obligacio­nes. Créame, el puesto de rector de una institución pequeña pero prestigiosa exige mucho tiempo y energía.

-¿Cuál es su enfermedad, doctor Wilcox?

-De tipo cardíaco.

-¿Ha consultado con su médico?

-Por supuesto.

-¿Se hace chequeos con regularidad?

—Hace tiempo que mi salud se mantiene estable. La ju­bilación ha eliminado bastantes tensiones de mi vida.

-Eso no contesta a mi pregunta, doctor. ¿Se hace che­queos regulares?

-He sido un poco descuidado al respecto. No obstante, me encuentro muy bien.

-¿Cuándo fue al médico por última vez?

-No estoy seguro.

-No estaba seguro de si se había visitado con la señora Madden. ¿Aún lo afirma o ha cambiado de opinión?

-Puede que me visitara una o dos veces.

-O nueve o diez, doctor. Tenemos los historiales.

Tommy llevaba el interrogatorio con cautela. Advirtió que Wilcox se estaba poniendo nervioso, pero no quería que se fuera.

-Doctor, ¿le dice algo el nombre de Gina Fielding?

Wilcox palideció mientras se reclinaba en la silla y mi­raba al techo para ganar tiempo.

-No estoy seguro.

-Le entregó un cheque de cien mil dólares hace doce años, justo cuando se jubiló. Escribió en el cheque «escrito­rio y buró antiguos». ¿Le refresca eso la memoria?

-Colecciono antigüedades.

-La señorita Fielding ha de ser muy lista, doctor. Tenía veinte años en aquel tiempo y hacía el penúltimo curso en el Enoch College. ¿No es así?

Una larga pausa. Clayton Wilcox miró a Tommy Duggan y luego desvió la vista hacia Pete Walsh.

-Tiene toda la razón. Hace doce años, Gina Fielding hacía el penúltimo curso en el Enoch College y tenía veinte años. Muy bien aprovechados, debería añadir. Trabajaba en mi oficina y me prestaba muchas atenciones. Empecé a visitarla de vez en cuando en su apartamento. Una relación consensuada se desarrolló durante un breve período, lo cual era muy inapropiado y escandaloso en potencia. Era una estudiante becada, procedente de una familia pobre. Empecé a darle dinero para sus gastos.

Wilcox contempló la mesa durante un largo minuto, como si encontrara fascinante la superficie arañada. Alzó la vista de nuevo y extendió la mano hacia el vaso de agua que le habían ofrecido.

-Al final recobré el sentido común y le dije que nuestra relación debía terminar. Dije que le encontraría otro em­pleo en la administración, pero amenazó con querellarse contra mí y la universidad por acoso sexual. Estaba dis­puesta a jurar que yo la había amenazado con retirarle la beca si no mantenía relaciones conmigo. El precio de su si­lencio fueron cien mil dólares. -Hizo una pausa y respiró hondo-. Pagué y dejé mi cargo porque no confiaba en ella.

Si rompía su palabra y demandaba a la universidad, la prensa no se interesaría tanto si yo ya no era rector.

-¿Dónde está ahora Gina Fielding, doctor?

-No tengo ni idea. Sé que mañana estará en la ciudad, en busca de otros cien mil dólares. No cabe duda de que ha estado siguiendo la prensa amarilla, y ha amenazado con vender su historia al mejor postor.

—Eso es extorsión, doctor. ¿Lo sabe?

—Conozco la palabra.

-¿Pensaba pagarle?

—No. No puedo vivir así el resto de mi vida. No le daré ni un centavo más a pesar de las consecuencias de mi decisión.

—La extorsión es un delito muy grave, doctor. Sugiero que nos deje instalar un aparato de grabación. Si consegui­mos grabar a la señorita Fielding exigiendo dinero a cam­bio de su silencio, podremos llevarla ante los tribunales.

-Me lo pensaré.

«Le creo -pensó Tommy Duggan-. Pero ello no disipa mis dudas. En cualquier caso, es la prueba de que le atraen las jovencitas. Además, el pañuelo de su mujer sigue siendo el arma homicida. Tampoco tiene coartada para la mañana de la desaparición de Martha Lawrence.»

-Doctor, ¿dónde estaba entre las siete y las ocho de esta mañana?

-Fui a dar una vuelta.

-¿Estuvo en el paseo?

-En algún momento sí. Empecé allí y luego di una vuel­ta al lago.

-¿Vio a la señora Joyce en el paseo?

-No. Lamento muchísimo su muerte. Ha sido un cri­men brutal.

-¿Vio a algún conocido, doctor?

-No presté atención. Como puede comprender, tenía mucho en que pensar. -Se levantó-. ¿Puedo irme ya?

Tommy y Pete asintieron.

-Avísenos si quiere que grabemos su conversación con la señorita Fielding, doctor -dijo Tommy-. Debo añadir algo: estamos investigando a fondo las muertes de la seño­rita Lawrence, la señorita Harper, la doctora Madden y la señora Joyce. Sus respuestas a nuestras preguntas han sido evasivas, en el mejor de los casos. Volveremos a hablar con usted.

Clayton Wilcox salió de la sala sin contestar.

Walsh miró a Tommy Duggan.

-¿Qué opinas?

-Creo que ha confesado lo de la Fielding porque no le quedaba alternativa. Es la clase de mujer que, aunque él com­prara su silencio, le vendería a los periódicos. En cuanto al resto, parece que tiene la costumbre de dar largos paseos sin encontrarse con nadie que pueda corroborar su coartada.

—Y también parece sentir debilidad por las jovencitas -añadió Walsh-. Me pregunto si nos ha revelado todo lo que pasó con la Fielding.

Volvieron al despacho de Tommy, donde les esperaba el mensaje de Joan Hodges.

-Douglas Cárter -exclamó Tommy-. ¡Ese tipo lleva muerto más de cien años!

 

 

77

 

 

Eric Bailey pensaba ir a Spring Lake el viernes por la noche, pero cambió de opinión después de telefonear a Emily. Ella le dijo que iba a cenar con la propietaria de la fonda donde se había hospedado mientras tramitaba la compra de la casa.

Era absurdo, decidió Eric, desperdiciar el tiempo en Spring Lake si no sabía dónde estaría Emily. Para verla en­trar en casa al final de la velada no valía la pena.

Iría al día siguiente y llegaría a media tarde. Aparcaría la furgoneta en un sitio discreto. Había muchos espacios para aparcar en Ocean Avenue y nadie se fijaría en una RV azul marino último modelo. Se confundiría con los demás vehículos, de precios entre moderados y altos, que entraban y salían de los aparcamientos cercanos al paseo marítimo.

Eric, enfrentado a la noche vacía que le aguardaba, se sintió impaciente. Tenía muchas cosas en la cabeza, mucho trabajo para los próximos días. El mundo se le caía enci­ma. La semana siguiente, las acciones de la empresa no val­drían nada. Debería vender todo cuanto poseía. De la nada a la nada en cinco años, pensó irritado.

Estaba sumergido en aquella pesadilla por culpa de Emily Graham. Era la persona que había empezado a ven­der las acciones de la empresa. No había invertido ni un centavo, pero había ganado diez millones gracias al genio de Eric. A continuación, había rechazado su oferta amoro­sa con una sonrisa despectiva. Y tenía la vida arreglada.

Comprendió que muy pronto no bastaría con asustarla.

Debía dar un paso más.

 

 

 

SABADO 31 MARZO

78

 

Un presentimiento agorero se había apoderado de toda la ciudad, estremecida por los acontecimientos de los últi­mos días.

«¿Cómo es posible que esto esté sucediendo aquí? -se preguntaban los madrugadores unos a otros cuando se en­contraban en la panadería-. Hoy es 31 de marzo. ¿Crees que pasará algo?»

El tiempo contribuía a la sensación de inquietud. El úl­timo día de marzo estaba siendo tan caprichoso como el resto del mes. La brisa cálida y los cielos despejados del día anterior habían desaparecido. Las nubes eran grandes y grises; el viento del océano, frío y molesto. Resultaba im­posible creer que, al cabo de unas semanas, los árboles vol­verían a estar cargados de hojas, la hierba adquiriría un verde sedoso y los arbustos en flor rodearían de nuevo los cimientos de las casas centenarias.

Tras una agradable velada con Carrie Roberts, Emily pasó la noche inquieta, acosada por sueños indefinidos, no tan aterradores como tristes. Despertó de uno de ellos con lágrimas en los ojos, sin recordar qué las había provocado.

No preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.

«¿Qué me ha recordado esa frase?», se preguntó mien­tras apoyaba de nuevo la cabeza en la almohada sin ganas de iniciar el día. Solo eran las siete y confiaba en poder dor­mir un poco más.

Pero era difícil. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.

Estaba muy cerca de descubrir la relación entre el pasado y el presente y entre las dos series de asesinatos. También confiaba en descubrir la pista que necesitaba en algún dia­rio de Julia Gordon Lawrence.

La letra era exquisita, pero menuda y muy fina y, por lo tanto, difícil de leer. En muchas partes del diario, la tin­ta se había borrado, por lo que tuvo que concentrarse al máximo.

El detective Duggan había llamado mientras ella estaba cenando y había dejado el mensaje de que el laboratorio de la policía tendría la ampliación a última hora del día. Emily ardía en deseos de verla.

Ver aquella foto sería como conocer a gente de la que había oído hablar mucho, pensó. Quería ver sus caras con claridad.

La mañana nublada dejaba la habitación en semipenumbra. Emily cerró los ojos.

Eran las ocho y media cuando despertó de nuevo, esta vez sin la sensación de cansancio.

Ese estado de ánimo duró solo una hora. Cuando le en­tregaron el correo, vio un sobre sencillo con su nombre es­crito con letra infantil.

Sintió un nudo en la garganta. Había visto aquella letra en la postal con los dibujos de las tumbas recibida unos días antes.

Abrió el sobre con dedos temblorosos y sacó la postal que contenía.

La postal iba dirigida a ella. La volvió y vio el dibujo de dos lápidas con los nombres de Natalie Frieze y Ellen Swain. Estaban colocadas en el centro de una zona boscosa contigua a una casa. La dirección escrita al pie de la postal era Seaford Avenue, 320.

Emily, con temblores que la obligaron a marcar dos ve­ces el número, telefoneó a Tommy Duggan.

 

 

79

 

 

Marty Browski entró en su despacho el sábado por la tar­de para intentar ordenar su escritorio, con la esperanza de trabajar unas pocas horas sin que nadie le interrumpiera. Sin embargo, al cabo de pocos minutos, decidió que lo me­jor habría sido quedarse en casa. No podía abstraerse. Toda su atención estaba centrada en una sola persona: Eric Bailey.

La página de economía del diario de la mañana afirma­ba sin ambages que la empresa de Bailey iba directa a la ban­carrota y que las declaraciones engañosas de su fundador acerca del desarrollo de nuevos productos causaban una gran preocupación al director de la Bolsa de Nueva York. El artículo insinuaba que podía acabar en los tribunales.

«Encaja tan bien con el perfil del acosador como si hu­biera posado a propósito», pensó Browski. Había repasa­do de nuevo los registros del servicio de Teletac, pero no había encontrado pruebas de que ningún vehículo de Eric Bailey hubiera circulado al sur de Albany.

No tenía otro coche a su nombre y era improbable que hubiera alquilado un vehículo arriesgándose a dejar una pista. Pero ¿y un coche a nombre de la empresa?

Browski lo pensó cuando estaba a punto de descartar la posibilidad y volver a casa. «Diré a los chicos que lo inves­tiguen -decidió-. Me llamarán a casa si descubren algo.»

Había otra posibilidad: la secretaria de Bailey. ¿Cómo se llamaba? Marty Browski contempló el techo como si es­perara que una voz celestial le respondiera. Louise Cauldwell. El nombre le vino como por ensalmo.

Constaba en la guía telefónica. Su contestador automá­tico estaba conectado. «Lo siento, ahora no puedo contes­tar. Haga el favor de dejar un mensaje. Le llamaré en cuan­to pueda.»

«Puede que haya salido o puede que no», pensó Marty, irritado, mientras se identificaba y le dejaba su número de teléfono. Solo la señorita Cauldwell podía saber si Bailey poseía otros medios de transporte, aparte de los dos vehícu­los registrados a su nombre.

 

 

80

 

Por tercera vez en dos días, cintas marcadas con las pala­bras ESCENA DEL CRIMEN aparecieron en la propiedad de un habitante de Spring Lake.

La residencia, una de las más antiguas de la ciudad, ha­bía sido una granja y todavía conservaba las líneas sencillas del diseño decimonónico.

La espaciosa propiedad se componía de dos parcelas. La casa y el jardín estaban a la izquierda, en tanto la zona de la derecha seguía en su estado boscoso natural.

Fue allí, a la sombra de un grupo de plátanos, donde encontraron el cadáver de Natalie Frieze envuelto en plásti­co grueso.

Los acontecimientos posteriores provocaron una sen­sación de deja vu a los residentes de la zona. La prensa in­vadió el lugar con furgonetas provistas de antenas. Varios helicópteros sobrevolaban los edificios. En contraste, los vecinos se congregaron en silencio en la acera y la calle acordonada.

Después de recibir la llamada telefónica de Emily, Tommy Duggan y Pete Walsh pusieron en alerta a la poli­cía de Spring Lake. Antes de llegar a casa de Emily, recibie­ron la confirmación de que la postal no era un engaño. Pero, esta vez, no habían enterrado los restos.

-Me pregunto por qué no la enterró -murmuró Pete Walsh mientras veía una vez más al equipo forense llevar a cabo la tétrica tarea de examinar y fotografiar a la víctima y los alrededores.

Antes de que Tommy pudiera contestar, apareció un coche patrulla. Un pálido y estremecido Bob Frieze salió del asiento trasero, vio a Duggan y corrió hacia él.

-¿Es Natalie? -preguntó-. ¿Es mi mujer?

Duggan asintió en silencio. No tenía la menor inten­ción de ofrecer una pizca de compasión al hombre que tal vez era el asesino.

A pocos pasos de distancia, Reba Ashby, camuflada tras unas grandes gafas de sol y un pañuelo que cubría su cabeza y ocultaba su cara, escribía en su libreta: «Asesino en serie reencarnado se cobra su tercera víctima».

Cerca, Lucy Yang, una reportera del Canal 7 de Nueva York, hablaba a la cámara en voz baja:

-El siniestro imitador de los crímenes del siglo XIX se ha cobrado su tercera y quizá última víctima. El cadáver de Natalie Frieze, de treinta y cuatro años, esposa del restau­rador y ex ejecutivo de Wall Street Robert Frieze, ha sido encontrado hoy…

Duggan y Walsh siguieron al coche fúnebre que trans­portaba los restos mortales de Natalie hasta la oficina del forense.

-Lleva muerta entre treinta y seis y cuarenta horas -les dijo el doctor O’Brien-. Seré más concreto después de la autopsia. La causa de la muerte parece ser la misma: es­trangulación. -Miró a Duggan-. ¿Vais a buscar los restos de la víctima del 31 de marzo de 1896?

Tommy asintió.

-Es preciso. Es muy probable que los encontremos ahí. El asesino imita al pie de la letra los asesinatos del si­glo XIX.

-¿Por qué crees que no esperó hasta el 31 para asesi­narla? -preguntó el médico-. No concuerda con la pauta de hacer coincidir las fechas.

-Creo que, debido a la vigilancia policial, quiso asegu­rarse de que no surgirían problemas, y por eso no corrió el riesgo de enterrarla. Supongo que su intención era que la encontráramos hoy, 31 de marzo -contestó Tommy.

-Has de pensar en otra circunstancia -dijo el médico-. Natalie Frieze fue estrangulada con el mismo tipo de cuer­da que el asesino utilizó con Bernice Joyce. El tercer trozo del pañuelo utilizado con las otras dos chicas todavía no ha aparecido.

-En tal caso -dijo Tommy- puede que la pesadilla aún no haya terminado.

 

 

81

 

 

Cuando Emily descolgó el auricular, no lamentó oír la voz de Nick Todd.

-He estado escuchando la radio -dijo él.

-Es horroroso -contestó Emily-. Hace apenas unos días que la vi en el refrigerio de los Lawrence, después de la misa.

-¿Cómo era?

-Guapísima. De las que dan envidia a las demás mujeres.

-¿Y de carácter?

-Seré sincera: no la habría escogido como amiga. Era muy desagradable. No puedo creer que hace una semana estuviera sentada delante de ella y ahora esté muerta… ¡Asesinada!

Nick advirtió la desazón en la voz de Emily. Estaba en su apartamento del Soho y pensaba ir al cine y luego a ce­nar en su restaurante italiano favorito del Village.

-¿Qué vas a hacer esta noche? -preguntó en tono indi­ferente.

-Nada. Quiero terminar de leer los antiguos diarios que me han prestado y luego reintegrarme al siglo XXI. Algo en mi interior me dice que ya es hora.

Después, Nick se preguntó por qué no había sugerido que cenaran juntos. En cambio, confirmó que la recogería el domingo a las doce y media para ir a comer.

Pero cuando colgó, se dio cuenta de que estaba dema­siado nervioso para ir al cine. Cenó pronto, reservó una mesa en The Breakers y a las siete subió a su coche y se diri­gió hacia Spring Lake.

 

82

 

Marty estaba terminando de cenar cuando sonó el teléfo­no. Louise Cauldwell, la secretaria de Eric Bailey, acababa de llegar a casa y había escuchado el mensaje. Marty no se anduvo por las ramas.

-He de preguntarle algo, señora Cauldwell. ¿Sabe si Eric Bailey conduce otro coche, aparte de los dos matricu­lados a su nombre?

-Creo que no. He estado con el señor Bailey desde que fundó la empresa y solo le he visto en el descapotable o en la furgoneta. Los cambia cada año, pero siempre por el último modelo.

-Entiendo. ¿Sabe si el señor Bailey piensa irse este fin de semana?

-Sí, a Vermont a esquiar. Lo hace con frecuencia.

-Gracias, señora Cauldwell.

-¿Ocurre algo, señor Browski?

-Pensaba que sí, pero veo que me he equivocado.

Marty se acomodó en su estudio para pasar la noche viendo la televisión, pero al cabo de una hora se dio cuenta de que no prestaba atención a lo que estaba viendo.

-Se me acaba de ocurrir algo -anunció a las nueve a Janey, y se precipitó hacia el teléfono.

El servicio de Teletac confirmó su corazonada. Ningu­no de los vehículos de Eric Bailey había circulado durante aquel día.

—Conduce un tercer coche -masculló Marty-. Ha de te­ner un tercer coche.

«Habrá salido, -pensó mientras marcaba de nuevo el número de Louise Cauldwell-. Es sábado por la noche, es una mujer atractiva.» Pero Louise Cauldwell descolgó a la primera.

-Señora Cauldwell, ¿Eric Bailey podría utilizar otro co­che de la empresa?

La mujer vaciló.

-Tenemos coches de la empresa alquilados a nombre de nuestros ejecutivos.  Algunos se han marchado hace poco.

-¿Dónde están esos coches?

-Hay un par en el aparcamiento. Es posible que el se­ñor Bailey haya utilizado alguno, aunque no puedo imagi­nar por qué.

-¿Sabe a qué nombres están matriculados? Es muy im­portante.

-¿El señor Bailey se ha metido en algún lío? Quiero de­cir, últimamente está sometido a una gran presión… Me tiene muy preocupada.

-¿Es su comportamiento lo que la preocupa, señora Cauldwell? -preguntó Marty-. No piense en la confiden­cialidad ahora, se lo ruego. No le hará ningún favor a Eric Bailey si no colabora.

Hubo un momento de vacilación.

-La empresa se está yendo a pique, y él se ha venido abajo -dijo por fin la mujer, con voz emocionada-. El otro día entré en su despacho y estaba llorando.

-Pues cuando yo le vi, parecía en plena forma.

-Sabe disimular bien.

-¿Le ha oído mencionar el nombre de Emily Graham?

-Sí, ayer. Parecía enfadado después de que usted se marchara. Me dijo que culpa a la señora Graham de la ruina de la empresa y que, cuando ella vendió las accio­nes, otras personas se pusieron nerviosas y siguieron su ejemplo.

-Eso no es verdad. Las acciones subieron cincuenta puntos más después de que ella vendiera.

-Temo que lo ha olvidado.

-Señora Cauldwell, no puedo esperar hasta el lunes para saber la matrícula del coche que está conduciendo. Ha de ayudarme.

Media hora más tarde, Marty Browski se encontró con Louise Cauldwell en las oficinas de la empresa de Bailey. La mujer desconectó la alarma y subieron a la oficina de contabilidad. Al cabo de unos minutos tenía las matrículas de los coches alquilados y los nombres de los ejecutivos que los conducían. Dos de los coches estaban en el aparcamien­to. Marty consultó el tercero con el servicio Teletac. Había circulado por la Garden State Parkway y a las cinco de la tarde se había desviado por la salida 98.

-Está en Spring Lake -dijo Marty mientras descolgaba el teléfono y llamaba a la policía de la localidad.

-Vigilaremos su casa -prometió el sargento de guardia-. La ciudad está invadida por la prensa y los curiosos, pero le prometo que, si el coche está aquí, lo encontraremos.

 

 

 

83

 

El placer que sintió Emily al oír la voz de Marty Browski se tornó en sobresalto cuando se enteró del motivo de su lla­mada.

—Eso es imposible -replicó.

-No, Emily -dijo Marty con firmeza-. Escucha, la poli­cía local mantendrá la casa bajo vigilancia.

-¿Cómo van a hacerlo?

-Pasarán ante tu casa cada quince minutos. Si Eric lla­ma para verte, dale largas. Dile que tienes jaqueca y te vas a acostar temprano. Pero no le abras la puerta. Quiero que tengas conectada la alarma. La policía de Spring Lake está buscando a Bailey. Saben qué vehículo conduce. ¡Com­prueba esas cerraduras ahora!

-Lo haré.

Emily colgó, fue de habitación en habitación compro­bando las puertas que daban al porche y las de delante y atrás. Conectó la alarma y vio que la señal luminosa de la caja cambiaba de verde a rojo.

«Eric -se lamentó-. Mi amigo, mi camarada, mi her­mano pequeño. Estuvo aquí el lunes, instalando las cáma­ras, como si estuviera muy preocupado por mí, cuando en realidad…»

Traición. Hipocresía. Instalaba cámaras de seguridad y se reía de mí mientras tanto. Emily pensó en todas las noches del año anterior, cuando se había despertado, sobresaltada, convencida de que había alguien en la casa. Pensó en todas las veces que le había costado concentrarse en la defensa de un cliente por culpa de una foto de ella que Eric había toma­do y deslizado bajo su puerta o dejado en el parabrisas.

—Espero que, cuando encuentren a ese chiflado, caiga so­bre él todo el peso de la ley -dijo en voz alta, sin saber que en ese preciso momento estaba mirando a una cámara ni que Eric Bailey estaba en su furgoneta, aparcada a seis manzanas de distancia, viéndola en la pantalla de su monitor.

Una figura vestida con chándal oscuro y pasamontañas entró sigilosamente en el estudio. El intruso, con un veloz y furtivo movimiento, se acuclilló detrás de la butaca donde Emily siempre se sentaba. Mientras Eric miraba, el hombre del pasamontañas sacó un trozo de tela del bolsillo y lo ten­só con ambas manos como si lo estuviera probando.

Emily volvió al estudio con un libro, se acomodó en la butaca y empezó a leer.

El intruso no se movió.

-El tipo se lo está pasando en grande -susurró Eric para sí-. Quiere que la cosa se prolongue. Lo comprendo. Vaya si lo comprendo.

 

84

 

 

-Pero cuando todo el peso de la ley caiga sobre mí, tú ya no estarás -contestó en voz alta Eric.

Bailey estaba sorprendido de que le hubiesen identifica­do como el acosador de Emily. Había sido tan precavido, pensó mientras contemplaba la caja de cartón que contenía el abrigo, el vestido y la peluca de mujer que había utiliza­do en St Catherine el sábado, convencido de que todos los disfraces empleados para acercarse a Emily en el pasado no habían sido descubiertos.

Y ahora la policía le andaba buscando; pronto le deten­drían y le enviarían a la cárcel. Su empresa se arruinaría. Los que le habían alabado con tanto servilismo se lanza­rían sobre él como perros de presa.

Volvió a concentrarse en la pantalla y se inclinó, con los ojos abiertos de par en par, muy excitado.

Emily había vuelto al comedor y estaba de rodillas, exa­minando la caja de libros. Era evidente que buscaba algo.

Pero en la pantalla dividida vio que el pomo de la puerta que comunicaba el porche con el estudio estaba girando. «¡La alarma está conectada -pensó-. ¡Alguien la ha manipulado!»

 

 

85

 

 

Tommy Duggan y Pete Walsh seguían en el despacho a las ocho y media de la noche del sábado. Bob Frieze se había negado a contestar a cualquier pregunta acerca de su para­dero el jueves por la tarde y por la noche, y ahora, alegan­do un fuerte dolor en el pecho, había sido ingresado en el hospital de Monmouth para ser reconocido.

-Está ganando tiempo hasta imaginar una historia que se sostenga en el tribunal -dijo Tommy a Pete-. Hay dos posibilidades: una, Frieze es el asesino en serie, responsable de las muertes de Martha Lawrence, Carla Harper, la doc­tora Madden, la señora Joyce y su mujer, Natalie. Dos, puede que haya matado a su esposa, pero no a las demás. Y, por supuesto, hay una tercera posibilidad: que sea ino­cente de todas las muertes.

-Te preocupa que aún no haya aparecido el tercer tro­zo de pañuelo -dijo Pete.

-Desde luego. ¿Por qué tengo la sensación de que el asesinato de Natalie Frieze fue un truco para hacernos pen­sar que el asesino había completado el ciclo?

-Puede que el asesinato de Natalie Frieze solo fuera el resultado de una discusión entre marido y mujer. Eso apuntaría a Bob Frieze como sospechoso, pero le descarta­ría como asesino en serie.

-Lo cual significa que quizá otra joven muera en Spring Lake esta noche. Pero ¿quién? Lo he comprobado hace poco: no ha desaparecido ninguna. Acabemos de una vez. Se está haciendo tarde y aquí ya no podemos hacer nada más —dijo Tommy.

-Algo sí hemos conseguido. Mientras estábamos en el lugar de los hechos, Wilcox llamó y permitió que nuestros chicos instalaran escuchas. Hemos grabado a Gina Fielding intentando chantajearle.

—Y ahora su secreto se publicará a toda página en el National Daily pasado mañana. Aún creo que pretendió adelantársenos cuando accedió a implicarla. En cierta ma­nera me da pena, pero no confío en él. Sigue siendo un sos­pechoso de primer orden.

-Espera un momento -dijo Pete cuando ya se dispo­nían a salir. Señaló el sobre que descansaba sobre el escri­torio de Tommy-. Aún no hemos ampliado la foto que Emily Graham nos dio, y se lo prometimos.

-Llévatela y hazlo mañana.

Cuando Pete cogió el sobre, sonó el teléfono. Era la po­licía de Spring Lake. Les comunicaban que el acosador de Emily Graham había sido identificado y se creía que estaba en la ciudad.

-Pensándolo bien -dijo Tommy-, sería mejor entregar la foto esta noche.

 

86

 

Emily llevaba el teléfono móvil en el bolsillo, un hábito adoptado desde que el pasado domingo habían pasado por debajo de su puerta una foto de ella en la iglesia. Lo sacó, con la esperanza de que su abuela no se hubiera acostado temprano y hubiera desconectado el teléfono. Había esta­do leyendo el último diario de Julia Gordon Lawrence, in­cluido en el material que los Lawrence le habían prestado, y pensaba que su abuela podría contestar a una pregunta. Había leído que la segunda esposa de Richard Cárter dio a luz una niña en 1900. En relación con esa circunstancia, una anotación de 1900 la dejó perpleja. Julia había escrito:

He tenido noticias de Lavinia. Dice que está muy feliz de haber vuelto a Denver. Al cabo de un año, su hija se ha recu­perado de la pérdida de su padre. Lavinia reconoce que sien­te un inmenso alivio. De hecho, fue tremendamente sincera cuando me escribió. Dice que Douglas era muy frío y que a veces estaba muy asustada de él. Considera una bendición que su muerte la liberara del matrimonio, lo cual ha propor­cionado a su hija la oportunidad de crecer en un ambiente más alegre y cálido.

Emily dejó el diario y llamó por el móvil. Su abuela res­pondió al cabo de pocos segundos, señal de que estaba vien­do la televisión y no la entusiasmaba recibir una llamada.

-Abuela -dijo Emily-, quiero leerte algo, porque no le encuentro el sentido.

—Muy bien, querida.

Emily le leyó el texto y preguntó:

-¿Por qué le llama Douglas cuando se llamaba Richard?

-Ah, voy a decírtelo. Se llamaba Douglas Richard, pero en aquellos tiempos lo normal era llamar a alguien por su segundo nombre, si era el mismo del padre. De hecho, el prometido de Madeline era Douglas Richard III. Tengo en­tendido que el padre era un hombre muy guapo.

-Era un hombre guapo con una esposa inválida y adi­nerada. Abuela, me has sido de gran ayuda. Sé que estabas viendo la televisión, así que no te molesto más. Te llamaré mañana.

Emily desconectó el móvil.

-El asesino no fue el joven Douglas -dijo en voz alta-. Tampoco fue su primo, Alan Cárter. Fue su padre. Y cuan­do murió, su esposa y su hija se fueron a vivir a Denver.

¡Denver! De pronto vio la relación.

-¡Will Stafford se crió en Denver! ¡Su madre vivía allí! -exclamó en voz alta.

De pronto, Emily sintió que una presencia invisible se cernía sobre ella y se quedó petrificada cuando oyó una voz susurrar en su oído.

-Exacto, Emily -dijo Will Stafford-. Me crié en Denver.

Antes de que pudiera hacer el menor movimiento, Emily notó los brazos atados a sus costados. Intentó poner­se en pie, pero una cuerda alrededor del pecho la sujetó al respaldo de la butaca.

Stafford se arrodilló delante de ella a la velocidad del rayo y le ató los pies y las piernas.

Emily se obligó a no gritar. Sería inútil, pensó, y tal vez Stafford decidiría amordazarla. «Oblígale a hablar contigo -le susurró una voz interior-, hazle hablar. La policía tiene la casa vigilada. Quizá llamen al timbre de la puerta y, si no obtienen respuesta, entrarán por la fuerza.»

Stafford se levantó. Se bajó la cremallera de la chaque­ta, y se quitó el pasamontañas y los pantalones de esquiar. Debajo llevaba una camisa de cuello alto muy anticuada y una pajarita. Las anchas solapas del traje azul oscuro de principios de siglo destacaban la camisa blanca almidona­da. Llevaba el pelo con la raya a un lado y peinado hacia atrás. Igual que las cejas, de un tono más oscuro que su co­lor natural.

Emily reparó sobresaltada en que se había pintado un bigotito sobre el labio superior.

-¿Puedo presentarme, señorita Graham? -preguntó con una breve reverencia-. Soy Douglas Richard Cárter.

«No te dejes llevar por el pánico -se dijo Emily-. Cuan­to más rato prolongues tu vida, más posibilidades hay de que la policía venga a comprobar si todo va bien.»

-Encantada de conocerle -dijo con un supremo esfuer­zo por disimular su terror, aunque tenía los labios resecos.

-Sabes que has de morir, ¿verdad? Ellen Swain te está esperando en su tumba.

Su voz también era diferente, pensó Emily. Las pala­bras eran más precisas, casi cortantes. Es como si tuviera un leve acento inglés. «Razona con él», se ordenó.

-Pero Natalie Frieze está con Ellen -consiguió decir-. El ciclo ha terminado.

-Natalie no debía estar con ella. -El tono de Stafford era de impaciencia-. Siempre fuiste tú. Ellen está enterrada cerca del lago. El dibujo que envié con la lápida de Natalie al lado de ella era para despistar. No están juntas. Pero tú dormirás muy pronto con Ellen.

Se inclinó y acarició las mejillas de Emily.

-Me recuerdas a Madeline -susurró-. Tú, con tu belle­za, juventud y vitalidad. ¿Sabes lo que sentía cuando mira­ba al otro lado de la calle y veía a mi hijo contigo, sabién­dome condenado a vivir con una mujer enferma cuya belleza se había marchitado, cuyo único atractivo radicaba en su riqueza?

-Pero debías de querer a tu hijo y desear que fuera feliz.

-No podía permitir que un ser tan exquisito como era Madeline estuviera en sus brazos mientras yo languidecía al lado de una inválida decrépita.

Vieron el destello de la luz de un coche patrulla.

-Nuestra policía de Spring Lake hace todo lo posible por preservar tu seguridad -dijo Will Stafford mientras in­troducía la mano en el bolsillo y sacaba un pedazo de tela plateada con cuentas metálicas-. Como acaban de pasar ante la casa, nos quedan unos minutos de tiempo. ¿Quieres que te explique algo más?

 

 

87

 

 

El coche patrulla de la policía de Spring Lake se desvió por Ocean Avenue.

-¡Allí está! -dijo el agente Reap señalando a una furgo­neta azul oscuro aparcada en uno de los espacios encara­dos al paseo marítimo.

Se detuvieron a su lado y golpearon con los nudillos en la ventanilla delantera.

-Hay luz en la parte de atrás -dijo Phil. Volvió a llamar de nuevo esta vez con más fuerza.

-¡Policía, abran! -gritó.

Eric estaba viendo la televisión, fascinado, y no quería que le interrumpieran. La llave de la furgoneta estaba en su bolsillo. La sacó y apretó el mando a distancia que desbloqueaba las puertas.

-Entren -dijo-. Estoy aquí. Les estaba esperando, pero déjenme acabar de ver el espectáculo.

Reap y su compañero abrieron la puerta y vieron la pantalla del monitor. «Este tipo está como una regadera», pensó Reap mientras echaba un vistazo. Por un momento creyó que estaba viendo una película de terror.

—Va a matarla —dijo Eric—. Cállense, está hablando con ella. Escuchen lo que dice.

Los dos agentes se quedaron inmóviles un instante, petrificados por lo que estaban viendo y por la voz serena que surgía del altavoz.

«En mi actual encarnación sólo esperaba repetir la pau­ta del pasado -estaba diciendo Will Stafford-, pero no ha podido ser. Pensé que Bernice Joyce era una amenaza que debía ser eliminada. Lo último que me dijo antes de morir fue que se había equivocado. Pensaba que había visto a otra persona coger el pañuelo. Una pena. No tenía por qué haber muerto.»

«¿Por qué mataste a Natalie?», preguntó Emily para ganar tiempo.

«Siento lo de Natalie. La noche de la fiesta de los Lawrence, salió al porche para fumar un último cigarrillo antes de dejar el vicio para siempre. Desde aquel lugar puede que me viera llevar el pañuelo al coche. Cuando empezó a fu­mar otra vez, durante nuestra comida del miércoles pasado, presentí que empezaba a recordar. Se había convertido en un peligro. No podía permitir que siguiera con vida. Pero no te preocupes. Su muerte fue misericordiosamente rápida. Siempre ha sido así. Como lo será en tu caso, Emily, te lo prometo.»

El agente Reap, estupefacto, comprendió de repente que estaba a punto de presenciar un asesinato en directo.

«… cuando tenía catorce años, mi madre y yo vinimos por primera vez a Spring Lake. Para ella fue un viaje senti­mental. Nunca dejó de querer a mi padre. Pasábamos ante la casa donde había nacido su madre, mi abuela.»

-¡Dios Todopoderoso, son Will Stafford y Emily Graham! -jadeó Reap-. Pasé por su casa el domingo pasado, después de que echaran por debajo de su puerta una foto de ella en la misa. ¡Quédate con él! -ordenó al otro agente mientras saltaba de la furgoneta y echaba a correr.

«… La mujer que vivía en casa de mi bisabuelo nos invi­tó a entrar. Me aburrí y empecé a fisgonear por la segunda planta de la cochera. Encontré su diario. Estaba escrito que iba a encontrarlo, porque soy Douglas Richard Cárter. He vuelto a Spring Lake.»

«Que no sea demasiado tarde», rezó Phil Reap cuando subió al coche patrulla. Mientras se dirigía a toda veloci­dad hacia Hayes Avenue, 100, pidió ayuda por radio.

 

 

88

 

Nick Todd decidió que, para quedarse tranquilo, iría a casa de Emily y comprobaría que todo fuese bien. Se estaba acercando cuando un coche de la policía entró en el camino de acceso.

Nick, aterrado, frenó detrás y bajó.

—¿Le ha pasado algo a Emily? -preguntó.

«Por favor, Dios, que no le pase nada», suplicó en silencio.

-Esperemos que no -replicó el agente Reap.

«La policía volverá a pasar -se dijo Emily-, pero si no le han visto entrar, ¿de qué servirá? Ha conseguido salir bien librado de las muertes de Martha, Carla, Natalie, la señora Joyce y tal vez otros. Yo soy la siguiente. Oh, Dios, ¡quiero vivir!»

—Háblame de los diarios -dijo—. Has tomado nota de todo, ¿verdad? Habrás apuntado cada detalle de cómo su­cedió, de tus sentimientos en aquel tiempo, de las reaccio­nes de las familias de las chicas.

-Exacto. -Parecía complacido de que comprendiera-. Emily, para ser mujer eres muy inteligente, pero tu inteli­gencia está limitada por el enemigo innato de la mujer: su generosidad de espíritu. Con la compasión visible en tus ojos, te tragaste mi historia de que había asumido la culpa­bilidad de un amigo que había sido el verdadero conductor cuando ocurrió el accidente. Te lo dije porque mi recepcionista admitió haber contado demasiadas cosas a esa perio­dista chismosa y tenía miedo de que, si se publicaba, te pu­siera en guardia.

—Hicieras lo que hicieras, tu historial juvenil habría se­guido cerrado.

-Lo que hice fue seguir el ejemplo de mi bisabuelo. Me apoderé por la fuerza de una jovencita, pero sus gritos se oyeron antes de que pudiera terminar mi misión. Pasé tres años en un centro de reclusión de menores, no sólo uno como te dije.

Ha llegado la hora, Emily… Ha llegado la hora de que te reúnas con la adorable Madeline, ha llegado la hora de que descanses con Ellen.

Emily contempló el trozo de tela que sujetaba. «Está disfrutando -pensó-. Hazle más preguntas.» Quiere pavo­nearse.

-Cuando me reúna con Ellen, ¿todo habrá terminado? -preguntó.

Will estaba detrás de ella, anudando con delicadeza los restos del pañuelo alrededor de su cuello.

-Ojalá fuera cierto, pero aún queda otra más. La secretaria de la doctora Madden tuvo la desgracia de verme un momento la noche que acudí a su consulta. Con el tiempo podría acordarse de mí. Igual que Bernice Joyce y Natalie Frieze, supone un riesgo inaceptable. -Se inclinó y rozó su mejilla con los labios-. Besé a Madeline mientras la estran­gulaba con el cinturón -susurró.

Tommy Duggan y Pete Walsh llegaron a casa de Emily jus­to a tiempo de ver cómo el agente Reap subía corriendo los peldaños del porche seguido de otro hombre.

Reap se apresuró a informarles de lo que había visto en el monitor de la furgoneta de Bailey.

-¡Olvídate de la puerta principal. Ve a una de las del porche, a la derecha! -gritó Duggan.

Walsh y él, seguidos por Nicle, corrieron hacia la iz­quierda. Al llegar a la puerta del estudio, los tres hombres miraron por la ventana y vieron que el pañuelo estaba presionando el cuello de Emily.

Tommy sabía que era cuestión de segundos. Apuntó y disparó a través del cristal.

El impacto de la bala provocó que Will Stafford saltara hacia atrás y después se derrumbara en el suelo, sin soltar los restos del pañuelo que había segado las vidas de Mar­tha Lawrence y Carla Harper.

 

 

DOMINGO UNO DE ABRIL

 

89

 

 

El domingo por la mañana, Tommy Duggan y Pete Walsh se reunieron con Emily y Nick en una mesa apartada de The Breakers.

—Tenías razón, Emily —dijo Tommy—. Existía un testi­monio escrito completo de lo que su bisabuelo hizo. Ade­más, Stafford llevaba un diario y escribía los detalles con el mismo estilo clínico de su antepasado.

Conseguimos una orden de registro de la casa de Staf­ford y encontramos su diario y el de Douglas Cárter. He es­tado toda la noche leyéndolos. Sucedió tal como habías supuesto. La esposa de Douglas Cárter se pasaba el día aturdida por el láudano que tomaba. Tal vez él aumentaba la dosis. Escribe en su diario que atrajo a Madeline a su casa con la excusa de que su mujer había sufrido un ata­que. Cuando la abrazó e intentó besarla, ella se resistió, y él supo que si hablaba sería su ruina.

—Me cuesta pensar que fuese el bisabuelo de Will Staf­ford quien hizo esto —dijo Emily.

Era como si unos dedos sepulcrales la hubieran tocado. «Todavía me siento muy asustada -pensó-. ¿Me sentiré a salvo algún día?»

-Douglas Cárter tenía casi cincuenta años cuando su segunda esposa, Lavinia, dio a luz una niña en 1900 -dijo Duggan-. La llamaron Margaret. Después de la muerte de Douglas en 1910, Lavinia y Margaret se mudaron a Denver. Margaret se casó en 1935. Su hija, Margo, fue la ma­dre de Will Stafford.

—Me dijo que encontró el diario por casualidad, cuan­do su madre y él vinieron a Spring Lake y pasaron por la casa donde habían vivido sus bisabuelos -dijo Emily.

-Sí, fisgoneó en el segundo piso de la cochera y encon­tró el diario de su bisabuelo -confirmó Duggan.

-Tengo la sensación -dijo Nick- de que ya era un ser enfermizo. Un chico normal se habría quedado horroriza­do y habría enseñado el diario a un adulto.

Mientras escuchaba, Emily tuvo la sensación de que vi­vía todavía en un mundo onírico. Era evidente que Will se había presentado con bastante antelación la noche que la había invitado a cenar con el fin de arrancar el sensor de la puerta que conducía al estudio. Debía de haber cogido la llave del llavero que los Kiernan le habían entregado al comprar la casa.

La noche anterior, después de que se llevaran el cadá­ver de Stafford y el equipo forense terminara la penosa la­bor de recoger pruebas, Nick le dijo que cogiera lo impres­cindible y se hospedara en su mismo hotel: The Breakers.

-Una vez más, mi casa se ha convertido en la escena del crimen -dijo Emily.

-Pero será la última -contestó Nick-. Todo ha termi­nado.

Sin embargo, incluso en la seguridad de The Breakers, Emily se despertó a las tres de la mañana sobresaltada y convencida de que había oído pasos en el pasillo. Después, la certidumbre de que Nick estaba en la habitación de al lado fue suficiente para controlar los temblores y volver a dormir.

-¿Douglas Cárter mató a su hijo? -preguntó Emily.

-Su diario no lo aclara -contestó Duggan-. Dice que Douglas tenía una escopeta y que forcejeó con él. Cuando se disparó, hizo que pareciera un suicidio. No me sorpren­dería que Douglas hubiera descubierto lo que su padre ha­bía hecho y se encarara con él. Quizá no pudo superar el haber matado a su único hijo. ¿Quién sabe?

-¿Cómo pasó lo de Letitia y Ellen? -Emily necesitaba saberlo para conseguir olvidar algún día aquella pesa­dilla.

-Letitia iba a la playa -dijo Pete Walsh-. Llevaba a la señora Cárter un ramo de flores de su jardín, y el señor Cárter estaba en casa. Una vez más, sus insinuaciones fue­ron rechazadas y de nuevo mató a la joven.

Tommy Duggan meneó la cabeza.

-Es muy desagradable la lectura de ese diario. Ellen Swain fue a ver a la señora Cárter y empezó a hacer pre­guntas, pues por lo visto había llegado a sospechar que el señor Cárter era el causante de la desaparición de sus dos amigas. Ya no salió de aquella casa, aunque, considerando el estado de su esposa, fue fácil para Cárter convencerla de que había visto salir a la muchacha.

Duggan frunció el entrecejo.

—Es muy concreto sobre el lugar donde enterró a Ellen. Vamos a intentar encontrar sus restos para sepultarlos con los de sus familiares. Murió cuando intentaba averiguar lo que había sido de su amiga Letitia. En cierta manera, no es casual que los dos nichos familiares estén contiguos en el cementerio.

-En teoría, a mí me iban a enterrar con Ellen -dijo Emily-. Al menos ese era su plan.

Notó el brazo de Nick Todd alrededor de su espalda. Por la mañana había llamado a la puerta de su habitación con una taza de café en la mano.

-Esta es una de las cosas que echarás de menos en la oficina, porque, si consigo el empleo que tengo entre ceja y ceja, será en el centro de la ciudad. He invitado a mi padre a comer en la cafetería de la oficina del secretario de Justi­cia. Tú también puedes venir. Mejor aún, prefiero que ven­gas sin él.

«Lo haré -pensó ella-. No te quepa duda.»

Pete Walsh acababa de terminar su ración doble de huevos revueltos, salchichas y beicon.

-Tu estudio ya debe de estar libre, Emily. Creo que, a partir de ahora, reinará la paz en tu hogar.

El desayuno de Tommy Duggan había consistido en zumo de naranja, café y un plátano.

-He de irme -dijo-. Mi mujer, Suzie, tiene grandes pla­nes para mí. No ha parado de amenazarme con que, el pri­mer fin de semana caluroso, tendría que limpiar el garaje. Ha llegado el momento.

-Antes de que te vayas —se apresuró a decir Emily-, ¿qué sabes del doctor Wilcox y de Bob Frieze?

-Creo que Wilcox se ha quedado muy tranquilo. Ha trascendido que se enrolló con una estudiante hace años. La foto de ella sale en todos los periódicos de hoy. Aunque cometió un error siendo rector de la universidad, nadie que vea hoy la foto de la chica en cuestión pensará que se apro­vechó de una joven virginal.

-¿Cómo ha reaccionado su mujer?

-Creo que la humillación pública destruirá ese matri­monio. Ella sabía por qué Wilcox dimitió tan repentina­mente. No se lo pudo ocultar y yo diría que se lo ha restre­gado por la cara cada dos por tres. Pero creo que Wilcox se siente aliviado. Me dijo que está convencido de que su no­vela es muy buena. ¿Quién sabe? Puede que inicie una nue­va carrera.

Tommy apartó su silla.

—En cuanto a Frieze, puede dar gracias a Natalie de es­tar libre de toda sospecha. Ella le dio un papel que encon­tró en su bolsillo, con un número de teléfono y el nombre de una tal Peggy que pedía que la llamara. Nuestros chicos lo han investigado. Frieze tenía la costumbre de dejarse caer por un bar de Morristown. Afirma que no recuerda nada, pero es evidente que no perdía el tiempo durante sus espacios en blanco. Peggy es muy atractiva. Gracias al testi­monio de Peggy y a los diarios de Will Stafford, Frieze está libre de toda sospecha.

Tommy Duggan se levantó.

-Una última información. Stafford abordó a Martha cuando la joven dejó el paseo. Se acercó en coche a ella y le dijo que tenía dolores en el pecho. Le pidió que se pusiera al volante del coche. Ella le conocía y picó el anzuelo, por supuesto. Obligó a Carla a subir a su coche cuando ella iba a buscar el suyo, después de despedirse de los Warren. Luego Stafford volvió y se llevó el coche de la chica. Un tipo es­tupendo, ¿verdad? Disfrutad del resto del desayuno, ami­gos. Nos largamos.

Cuando se fueron, Emily guardó un largo silencio.

-Nicle, el motivo de que Tommy Duggan viniera ano­che a mi casa era entregarme una foto ampliada. La he vis­to esta mañana.

-¿Y qué has descubierto?

—El laboratorio de la policía hizo un trabajo magnífico. Las caras se ven con mucha claridad y puedo emparejarlas con todos los nombres que aparecen en el reverso del origi­nal. Madeline, Letitia, Ellen, Phyllis y Julia. Y los hombres. George, Edgar, el joven Douglas, Henry, incluso Douglas Cárter padre o Will Stafford, como le conocimos en la ac­tualidad.

-Emily -protestó Nick-, no creerás que se reencarnó ¿verdad?

Ella le miró sin pestañear, suplicando comprensión.

-Nick, Will Stafford era la viva imagen de su bisabuelo tal como aparece en la foto, pero…

-¿Qué pasa, Emily?

—Descubrí esa foto entre los recuerdos de la familia Lawrence. Hay una posibilidad entre un millón de que Will la viera alguna vez.

Nick apoyó la mano en la de Emily.

-Nick -susurró ella-, en esa fotografía Douglas Cárter sostenía lo que parecía un pañuelo de mujer con cuentas metálicas.

 

 

 

 


[1] Oficial   de  la  marina   inglesa,   autor  de  un   famoso  Diario.

[2] Memorial Day …  Día en que se recuerda a los soldados muertos en campaña. (N. del T.)

[3] Elegante distrito residencial situado al oeste de Filadelfia. (N. del T.)

[4] Poeta, ensayista y diplomático norteamericano del siglo xix. (N. del T.)

[5] Juego de palabras. Lake quiere decir «lago» y pond,  «estanque».  (N. del T.)

[6] Prisión del Estado de Nueva York. (N. del T.)

[7] Internal   Reverme   Service,   Superintendencia   de   Contribuciones. (N. del T.)


 

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Acerca de snake1964

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