Mascarada – Terry Pratchett

Mascarada
Terry Pratchett

 
DEDICATORIA
Mi agradecimiento a las personas que me mostraron que la ópera era más extraña que
lo que yo podía imaginar. Puedo devolver mejor su generosidad no mencionando aquí sus
nombres.
El viento aullaba. La tormenta crepitaba sobre las montañas. Los relámpagos
golpeaban los peñascos como un anciano tratando de quitarse una evasiva semilla de mora
de sus dientes postizos.
Entre los sibilantes arbustos espinosos ardía un fuego, y las llamas eran llevadas de
aquí para allá por las ráfagas.
—¿Cuándo nos encontraremos… las dos… otra vez? —chilló una voz anciana.
El trueno rodó.
—¿Para qué vas y gritas? Me hiciste dejar caer la tostada en el fuego —dijo una voz
algo más corriente.
Tata Ogg se sentó otra vez.
—Lo siento, Esme. Sólo era por… ya sabes… por los viejos tiempos… Sin embargo, no
saldrá de mí.
—También se puso bien marrón.
—Lo siento.
—De todos modos, no tenías que gritar.
—Lo siento.
—Quiero decir, no soy sorda. Podías sólo preguntarme con una voz normal. Y te
habría dicho, ‘El próximo miércoles’.
—Lo siento, Esme.
1 Mascarada, una parodia de El Fantasma de la Ópera, está basada en gran parte sobre el musical de
Andrew Lloyd Webber, con los eventos y personajes más reales. Por lo tanto, en El Fantasma, Christine es
la hermosa nueva estrella, delgada, con una buena voz que necesita entrenamiento, respaldo y reacia a
ocupar su legítimo lugar en la ópera. Carlotta es la diva celosa, con una voz clásica al borde de decrepitud,
y grandes pulmones. El Fantasma quiere que Christine cante, y los propietarios serían felices de
complacerlo, de no ser por la necesidad para mantener satisfecho el ego de Carlotta. En Mascarada,
Christine no sabe cantar, pero tiene buen aspecto, así que ambos propietarios y el Fantasma se enamoran
de ella. Agnes, con la voz, simplemente es utilizada.
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—Córtame otra rebanada.
Tata Ogg asintió, y giró la cabeza.
—Magrat, córtale a Yaya ot… oh. No te molesta pasar allí por un minuto. Lo haré yo
misma, ¿sí?
—¡Ja! —dijo Yaya Ceravieja, mirando el fuego.
No se escuchó allí durante un tiempo otro sonido que el rugido del viento y el ruido de
Tata Ogg cortando pan, que hacía con tanta eficiencia como un hombre tratando de
serruchar un colchón.
—Pensé que te alegraría, venir aquí —dijo después de un rato.
—De veras. —No era una pregunta.
—Que te distraería, ese tipo de cosas… —continuó Tata, observando a su amiga
cuidadosamente.
—¿Mmm? —dijo Yaya, todavía mirando el fuego malhumorada.
Oh, Dios mío, pensó Tata. No debí haber dicho eso.
El punto era… bueno, el punto era que Tata Ogg estaba preocupada. Muy preocupada.
No estaba completamente segura de que su amiga no estuviera… bueno… poniéndose…
bueno, algo… por así decirlo… bueno… negra…
Sabía que eso ocurría, con las verdaderamente poderosas. Y Yaya Ceravieja era
bastante condenadamente poderosa. Era ahora una bruja probablemente aun más talentosa
que la infame Aliss la Negra2, y todos sabían qué le había pasado a ella en el final.
Empujada dentro de su propio horno por un par de niños, y todos dijeron que era algo
condenadamente bueno, aunque llevó toda una semana limpiar el horno.
Pero Aliss, hasta ese día terrible, había aterrorizado las Montañas del Carnero. Se
había vuelto tan buena en magia que no había espacio en su cabeza para otra cosa.
Decían que las armas no podían atravesarla. Que las espadas rebotaban en su piel.
Decían que podías escuchar su risa loca una milla de distancia, y por supuesto, mientras
que la risa loca era siempre parte del muestrario de una bruja en circunstancias necesarias,
ésta era una risa loca insana, de la peor clase. Y ella convertía a las personas en pan de
jengibre y tenía una casa hecha de ranas. Hacia el final, había sido muy desagradable.
Siempre era así cuando una bruja se ponía mal.
A veces, por supuesto, no se ponían mal. Sólo se iban… a algún sitio.
El intelecto de Yaya necesitaba algo que hacer. No miraba con buenos ojos el
aburrirse. En cambio, se metería en cama y enviaría su mente de Préstamo, dentro de la
cabeza de alguna criatura del bosque, escuchando con sus orejas, viendo con sus ojos. Eso
estaba muy bien para propósitos generales, pero ella era demasiado buena en eso. Podía
quedarse lejos más tiempo que cualquier otro que alguna vez Tata Ogg hubiera escuchado
mencionar.
Algún día, casi con seguridad, no se molestaría en regresar… y ésta era la peor época
del año, con los cisnes gritando y cruzando el cielo cada noche, y con el aire del otoño
crujiente y acogedor. Había algo terriblemente tentador en eso.
Tata Ogg consideraba que sabía cuál era la causa del problema.
Tosió.
—Vi a Magrat3 el otro día —arriesgó, mirando a Yaya de soslayo.
No hubo ninguna reacción.
—Se la ve bien. Ser reina le conviene.
—¿Hum?
Tata gimió interiormente. Si Yaya ni siquiera se molestaba en hacer un comentario
2 Aliss Demurrage. Ver Bujerías, Brujas de Viaje, y Lores y Damas. (Nota del traductor)
3 Magrat Ajostiernos, antigua compañera. (Nota del traductor)
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desagradable, entonces tampoco estaba extrañando a Magrat realmente.
Tata Ogg nunca lo había creído al principio, pero Magrat Ajostiernos, apocada como
una esponja a pesar de que tenía la mitad de la edad, había sido muy directa acerca de una
cosa.
Tres era el número natural para las brujas.
Y ellas habían perdido una. Bien, no perdido, exactamente. Magrat ahora era reina, y
las reinas eran difíciles de extraviar. Pero… eso quería decir que solamente había dos de
ellas en lugar de tres.
Cuando tenías tres, tenías una para andar de un lado para otro tratando que las personas
se organizaran cuando había que hacer una fila. Magrat había sido buena para eso. Sin
Magrat, Tata Ogg y Yaya Ceravieja se crispaban los nervios mutuamente. Con ella, las tres
habían sido capaces de crispar los nervios de absolutamente todos los demás en el mundo
entero, que era mucho más divertido.
Y Magrat no regresaba… por lo menos, para ser preciso sobre ello, Magrat no
regresaba todavía.
Porque mientras que el tres era un buen número para brujas… tenía que ser la clase de
tres correcta. La correcta clase de… tipo.
Tata Ogg encontraba embarazoso incluso pensar en esto, y esto no era habitual porque
la vergüenza llegaba a Tata tan naturalmente como el altruismo a un gato.
Como una bruja, naturalmente ella no creía en disparates ocultos de ninguna clase.
Pero había una o dos verdades debajo del basamento del alma que tenían que ser
enfrentadas, y justo entre ellas estaba el asunto de, bueno, de la doncella, de la madre y
del… otro.
Venga. Le pondría palabras alrededor.
Por supuesto, no era nada más que una vieja superstición y pertenecía a los días no
iluminados cuando las palabras ‘doncella’ o ‘madre’ o… la otra… acompañaban a cada
mujer alrededor de los doce más o menos, excepto tal vez por nueve meses de su vida. En
estos días, cualquier niña lo bastante brillante para contar y sensata para tomar el consejo
de Tata podía quitarse las ganas convirtiéndose por lo menos en una de ellas por algún
tiempo.
Aún así… era una vieja superstición —más vieja que los libros, más vieja que la
escritura— y las creencias así eran cargas pesadas sobre la plancha de goma de la
experiencia humana, tendientes a atraer a las personas a su órbita.
Y Magrat había estado casada por tres meses. Eso debería significar que estaba fuera
de la primera categoría. Por lo menos… Tata desvió el tren de sus pensamientos a un
ramal… ella probablemente lo estaba. Oh, seguramente. El joven Verence había enviado a
buscar un manual práctico. Tenía imágenes, y partes numeradas. Tata lo sabía porque un
día había entrado a hurtadillas en el dormitorio real mientras estaba de visita, y había
pasado unos instructivos diez minutos dibujando bigotes y gafas sobre algunas de las
figuras. Seguramente incluso Magrat y Verence no podrían haber… No, debían haberlo
averiguado, aunque Tata escuchó que habían visto a Verence preguntando dónde podía
comprar un par de bigotes postizos. No pasaría mucho tiempo antes de que Magrat fuera
elegible para la segunda categoría, incluso si ambos eran lectores lentos.
Por supuesto, Yaya Ceravieja hizo un gran acto de su independencia y autodependencia.
Pero el punto sobre esa clase de asuntos es que necesitas alguno de quien ser
orgullosamente independiente y auto-dependiente. Las personas que no necesitaban
personas necesitaban personas alrededor para saber que ellas eran esa clase de personas
que no necesitaban personas.
Era como los ermitaños… No tenía sentido congelarte las pelotas en la cima de alguna
montaña mientras comulgas con el Infinito a menos que pudieras contar con que un
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montón de muchachas impresionables llegaran ocasionalmente y dijeran ‘¡Cielos!’.
… Necesitaban ser tres otra vez. Cuando eran tres, las cosas se ponían excitantes. Había
pelea, y aventuras, y cosas para que Yaya se pusiera furiosa, y ella era feliz solamente
cuando estaba enfadada. A decir verdad, pensó Tata, sólo era Yaya Ceravieja cuando
estaba enfadada.
Sí. Tenían que ser tres.
O de otra manera… habría alas grises en la noche, o el sonido metálico de la puerta del
horno…
El manuscrito se deshizo tan pronto como el Sr. Aprisco lo levantó.
Ni siquiera estaba sobre papel apropiado. Había sido escrito sobre viejas bolsas de
azúcar, reversos de sobres, y partes descartadas de calendarios.
Lanzó un gruñido, y agarró un puñado de las mohosas páginas para echarlas al fuego.
Una palabra captó su mirada.
La leyó, y su ojo fue arrastrado hasta el final de la oración.
Entonces leyó hasta el final de la página, volviendo sobre sus pasos varias veces
porque no acababa de creer lo que leía.
Pasó la página. Y entonces regresó. Y luego continuó leyendo. En un punto sacó una
regla de su cajón y la miró pensativamente.
Abrió su gabinete de bebidas. La botella tintineó alegremente sobre el borde del vaso
mientras trataba de servirse un trago.
Entonces miró por la ventana hacia el Teatro de la Ópera del otro lado de la calle. Una
pequeña figura estaba cepillando los peldaños.
Y entonces dijo:
—Oh, caramba.
—¿Podría usted venir aquí, Sr. Porrazo?
Su jefe de impresores entró, sujetando un fajo de pruebas.
—Vamos a tener que buscar al Sr. Cripslock para grabar la página 11 otra vez —dijo
con dolor—. Ha escrito ‘hambre’ con siete letras…4
—Lea esto —dijo Aprisco.
—Justo iba a salir a almorzar…
—Lea esto.
—Los acuerdos gremiales dicen…
—Lea esto y vea si todavía tiene apetito.
El Sr. Porrazo se sentó de mala gana y echó un vistazo a la primera página.
Entonces pasó a la segunda.
Después de un rato, abrió el cajón del escritorio y sacó una regla, que miró
pensativamente.
—¿Acaba de leer acerca de la Sopa Sorpresa de Bananana? —dijo Aprisco.
—¡Sí!
4 Una referencia al famoso error con “famine” en la edición en rústica de Corgi de Buenos Presagios. (Nota
del traductor)
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—Espere a llegar a Pene Moteado.5
—Bien, mi vieja abuelita solía hacer Pene Moteado…
—No con esta receta —dijo Aprisco, con absoluta seguridad.
Porrazo fue y volvió por las páginas.
—¡Caray! ¿Piensa que alguna de estas cosas funciona?
—¿A quién le importa? Vaya al Gremio ahora mismo y contrate a todos los grabadores
que estén libres. Preferentemente los de más edad.
—Pero todavía tenemos las predicciones de grune, junio, agosto y spune6 para el
Almanack del próximo año…
—Olvídelas. Use algunas viejas.
—Las personas se darán cuenta.
—Nunca se han dado cuenta antes —dijo el Sr. Aprisco—. Usted conoce el trámite.
Pasmosas Lluvias de Curry en Klatch, Asombrosa Muerte del Seriph de Ee, Plaga de
Avispas en Howondaland. Esto es mucho más importante.
Se quedó con la mirada perdida fuera de la ventana otra vez.
—Considerablemente más importante.
Y soñó el sueño de todos aquellos que publican libros, que era tener tanto oro en los
bolsillos que tendría que contratar a dos personas sólo para levantar los pantalones.
La fachada enorme, encolumnada y plagada de gárgolas del Teatro de la Ópera de
Ankh-Morpork estaba ahí, delante de Agnes Nitt.
Se detuvo. Por lo menos, la mayor parte de Agnes se detuvo. Había un montón de
Agnes. Les tomaba algo de tiempo a las regiones remotas llegar a un alto total.
Bien, allí estaba. Por fin. Podía entrar, o podía irse. Era lo que llamaban una elección
vital. Nunca antes jamás había tomado una.
Finalmente, después de permanecer quieta el tiempo suficiente para que una paloma
considerara las posibilidades de posarse sobre su inmenso y flexible sombrero algo triste y
negro, trepó los peldaños.
Un hombre los estaba teóricamente barriendo. Lo que estaba realmente haciendo era
mover la suciedad de un lado para el otro con una escoba, para darle un cambio de
ambiente y una oportunidad de hacer nuevos amigos. Usaba un abrigo largo que era
ligeramente demasiado pequeño para él, y tenía una boina negra puesta incongruentemente
sobre el pelo negro erizado.
—Discúlpeme —dijo Agnes.
El efecto fue eléctrico. Dio media vuelta, enredó un pie con el otro, y se desplomó
sobre la escoba.
La mano de Agnes voló a su boca, y luego se agachó.
—¡Oh, lo siento tanto!
La mano tenía ese tacto pegajoso que hace pensar anhelantemente en jabón al que la
sostiene. Él la quitó rápidamente, se sacó el pelo grasiento de los ojos y le mostró una
5 Bubble and Squeak, Spotted Dick, y Toad-in-the-Hole son Burbuja_y_Chillido, Pene_Moteado, y Sapo-enel-
Agujero —mencionado unas líneas más abajo. Son todos nombres de exquisiteces británicas existentes.
Tata Ogg define a Sapo-en-el-Agujero como una salchicha escondida en una especie de tarta rellena de
pasta de panqueque. Burbuja_y_Chillido es preparado tradicionalmente el 26 de diciembre con las sobras de
Navidad (papas, cebollas, coles y coles de Bruselas son los ingredientes favoritos, fritos en manteca de
cerdo). Pene_Moteado es un pastel esponjoso con grosellas o pasas de Esmirna. (Nota del traductor)
6 Grune y spune son días de la semana en Mundodisco, claro. (Nota del traductor)
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sonrisa aterrorizada; tenía lo que Tata Ogg llamaba una cara a medio hacer, los rasgos
gomosos y pálidos.
—¡No hay problema señorita!
—¿Se siente usted bien?
Se puso de pie, se enredó la escoba de algún modo entre las rodillas, y se sentó otra
vez bruscamente.
—Er… ¿sujeto la escoba? —dijo Agnes servicial.
La sacó del enredo. Él se levantó otra vez, después de un par de falsos intentos.
—¿Trabaja usted para el Teatro de la Ópera? —dijo Agnes.
—¡Sí señorita!
—Er, ¿puede decirme dónde tengo que ir para las audiciones?
Él miró a su alrededor desenfrenadamente.
—¡Puerta de escenario! —dijo—. ¡Le mostraré! —Las palabras salían con prisa, como
si necesitara alinearlas y dispararlas todas de una vez antes de que tuvieran tiempo de
desviarse.
Le arrebató la escoba de las manos y se puso en camino bajando los escalones y hacia
la esquina del edificio. Tenía una zancada única: parecía que su cuerpo fuera arrastrado
hacia adelante y que sus piernas tuvieran que colocarse debajo de él, haciendo pie donde
podían encontrar espacio. No era tanto una caminata como un colapso, pospuesto
indefinidamente.
Sus pasos erráticos condujeron hacia a una puerta en la pared lateral. Agnes los siguió.
Apenas entrar, había una especie de cobertizo con una pared abierta y un mostrador
colocado de modo que alguno de pie allí podía observar la puerta. La persona detrás de él
debía ser humana porque las morsas no usan abrigos. El hombre extraño había
desaparecido en alguna parte en la penumbra posterior.
Agnes miró a su alrededor desesperadamente.
—¿Sí, Señorita? —dijo el hombre morsa. Era realmente un bigote impresionante, que
había agotado todo el crecimiento del resto de su propietario.
—Er… estoy aquí para las… las audiciones —dijo Agnes—. Vi una noticia que decía
que estaban dando audiciones…
Ella intentó una pequeña sonrisa desvalida. La cara del portero proclamaba que había
mirado y quedado indiferente ante sonrisas desesperadas más veces que las que Agnes
podía haber tomado comidas calientes. Él sacó una tablilla y un cabo de lápiz.
—Tiene que firmar aquí —dijo.
—¿Quién era esa… persona que entró conmigo?
El bigote se movió, sugiriendo que una sonrisa estaba enterrada en algún lugar allí.
—Todos conocen a nuestro Walter Plinge.7
Ésa parecía ser toda la información que posiblemente sería impartida.
Agnes agarró el lápiz.
La pregunta más importante era: ¿Cómo se llamaría a sí misma? Su nombre tenía
varias excelentes cualidades, sin duda, pero exactamente no rodaba de la lengua. Golpeaba
el paladar y hacía clic entre los dientes, pero no rodaba de la lengua.
El problema era que no podía pensar en uno con grandes posibilidades rodantes.
Catherine, posiblemente.
O… Perdita. Podía volver a probar Perdita. Se había sentido avergonzada por usar ese
nombre en Lancre. Era un nombre misterioso, con sugerencia de oscuridad e intriga y,
dicho sea de paso, de alguien que era muy delgado. Incluso se había puesto una inicial
7 Walter Plinge es un pseudónimo genérico utilizado a menudo en el mundo del teatro por un actor que tiene
dos papeles diferentes en la misma obra. (Nota del traductor)
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intermedia —X— que significaba ‘alguien que tiene una inicial intermedia atractiva y
excitante’.
No había dado resultado. Las personas de Lancre eran depresivamente resistentes a lo
atractivo. Acabó por ser conocida como ‘esa Agnes que se llama Perditax’.
Nunca se atrevió a decirle a nadie que le hubiera gustado que su nombre completo
fuera Perdita X Dream. Ellos no comprenderían. Dirían cosas como: si piensas que ése es
el nombre correcto para ti, ¿por qué tienes todavía dos estantes llenos de juguetes de
peluche?
Bien, aquí podría empezar de nuevo. Era buena. Sabía que era buena.
Probablemente no había ninguna esperanza para el Dream, sin embargo.
Estaba probablemente obligada a cargar con el Nitt.
Tata Ogg habitualmente se acostaba temprano. Después de todo, era una anciana. A
veces se iba a la cama tan temprano como las 6 a.m.
Su respiración soplaba en el aire mientras cruzaba los bosques. Sus botas aplastaban
sonoramente las hojas. El viento había amainado, dejando el cielo amplio y claro y
despejado para la primera helada de la temporada, un mordisco de pétalo, pequeña
chamusquina marchitando la fruta que te muestra por qué le llaman madre a la
Naturaleza…
Una tercera bruja.
Tres brujas podían algo así como… repartir la carga.
Doncella, madre y… vieja. Venga.
El problema era que Yaya Ceravieja combinaba las tres en una. Era una doncella, por
lo que Tata sabía, y al menos estaba por la edad en el correcto grupo o sea una vieja; y, en
cuanto a la tercera, bien… crúcese con Yaya Ceravieja en un día malo y usted será como un
capullo en la helada.
Era seguro de que había una candidata para la vacante, sin embargo. Había algunas
muchachas jóvenes en Lancre que tenían casi la edad correcta.
El problema era que los jóvenes de Lancre también lo sabían. Tata recorría los
estivales campos de heno con regularidad, y tenía el ojo agudo y la mirada compasiva, y un
condenado buen oído hasta más allá del horizonte. Violeta Frottidge estaba caminando con
el joven Astucia Carter, o haciendo algo por lo menos dentro de los noventa grados de
caminar. Bonita Quarney había estado recogiendo nueces en mayo con William Simple, y
fue sólo gracias a que había pensado en el futuro y tomado un pequeño consejo de Tata que
no estaría pariendo en febrero. Y muy pronto, la ahora joven madre de Mildred Tinker
tendría una tranquila conversación con el padre de Mildred Tinker, y él tendría una
conversación con su amigo Thatcher y él tendría una conversación con su hijo Hob, y
entonces habrá una boda, todo de manera apropiadamente civilizada excepto tal vez por
uno o dos ojos morados.8 No hay dudas, pensó Tata con una sonrisa de ojos nublados: la
inocencia, en un verano caluroso de Lancre, era ese estado en el cual la inocencia está
perdida.
Y entonces un nombre surgió de la muchedumbre. Oh, sí. Ella. ¿Por qué no había
pensado en ella? Pero no lo hiciste, por supuesto. Siempre que pensabas en las muchachas
jóvenes de Lancre, no la recordabas. Y entonces dijiste, ‘Oh, sí, también ella, por supuesto.
Por supuesto, ella tiene una maravillosa personalidad. Y buen pelo, por supuesto’.
Ella era brillante, y talentosa. En muchos sentidos. Su voz, en primer lugar. Ése era su
poder, buscando su camino. Y por supuesto también tenía una maravillosa personalidad,
8 Las personas en Lancre pensaban que el matrimonio era un paso muy serio que debía ser hecho
apropiadamente, de modo que practicaban bastante. (Nota del autor)
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así que no tendría muchas oportunidades de ser… descalificada…
Bien, eso estaba establecido, entonces. Otra bruja para intimidar e impresionar le
sentaría a Yaya de maravillas, y Agnes estaría obligada a agradecérselo eventualmente.
Tata Ogg se sintió. Se necesitaban al menos tres brujas para un aquelarre. Dos brujas
eran sólo una discusión.
Abrió la puerta de su cabaña y trepó las escaleras hasta la cama.
Su gato, Greebo, estaba extendido sobre el edredón como un charco de pelaje gris. No
se despertó ni siquiera cuando Tata lo levantó físicamente, el camisón colocado, para poder
deslizarse entre las sábanas.
Sólo para mantener a raya las pesadillas, tomó un trago de una botella que olía a
manzanas y a feliz desconexión. Entonces aporreó la almohada, pensó ‘Ella… Sí’, y se
quedó dormida.
Pronto, Greebo despertó, se estiró, bostezó y saltó en silencio al piso. Entonces el más
malintencionado y astuto montón de piel que alguna vez tuvo la inteligencia de sentarse
sobre una mesa con la boca abierta y un trozo de tostada en equilibrio sobre la nariz
desapareció a través de la ventana abierta.
Algunos minutos después en el jardín vecino, el gallo sacó la cabeza para saludar al
brillante nuevo día y murió en un instante a mitad del canto.
Había una enorme oscuridad enfrente de Agnes mientras que, al mismo tiempo, estaba
medio ciega por la luz. Justo debajo del borde del escenario, unas gigantescas velas bajas
flotaban en un largo canal de agua, produciendo un poderoso brillo amarillo totalmente
diferente del de las lámparas de petróleo de casa. Más allá de la luz, el auditorio esperaba
como la boca de un animal muy grande y sumamente hambriento.
Desde algún sitio más allá de las luces una voz dijo:
—Cuando esté lista, señorita.
No era una voz particularmente antipática. Sólo quería que ella lo hiciera, que cantara
su parte, y que se fuera.
—Tengo, er, esta canción, es una…
—¿Le ha entregado su música a la Srta. Proudlet?
—Er, no hay un acompañamiento en realidad, es…
—Oh, es una canción folklórica, ¿verdad?
Se escuchó un cuchicheo en la oscuridad, y alguien se rió quedamente.
—Comience entonces… Perdita, ¿no?
Agnes arrancó con la Canción del Erizo, y supo cerca de la séptima palabra que había
sido una mala elección. Necesitaba una taberna, con personas de mirada lasciva que
golpearan sus jarros sobre la mesa. Este gran vacío brillante sólo la chupaba y hacía su voz
insegura y aguda.
Se detuvo al final del tercer verso. Podía sentir que el rubor le subía desde las rodillas.
Tardaría un poco en llegar a la cara, porque tenía mucha piel a cubrir, pero para ese
entonces sería una fresa rosada.
Podía escuchar murmullos. Palabras como ‘timbre’ se distinguían entre los susurros, y
entonces no se sorprendió al escuchar ‘impresionante complexión’. Sabía que tenía una
impresionante complexión. También el Teatro de la Ópera. No tenía que sentirse bien por
eso.
La voz habló más fuerte.
—Usted no ha tenido mucho entrenamiento, ¿verdad, querida?
—No. —Lo que era cierto. La única cantante de importancia en Lancre era Tata Ogg,
cuya actitud hacia las canciones era simplemente balística. Sólo apuntaba su voz al final de
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la estrofa e iba hacia él.
Cuchicheos, cuchicheos.
—Cántenos algunas escalas, querida.
El rubor estaba a la altura del pecho ahora, tronando a través de los acres ondulantes…
—¿Escalas?
Cuchicheos. Risa amortiguada.
—¿Do-Re-Mi? ¿Sabe, querida? ¿Comenzando abajo? ¿La-la-la?
—Oh. Sí.
Mientras los ejércitos de la vergüenza asaltaban su escote, Agnes colocó la voz tan
baja como pudo y comenzó.
Se concentró en las notas, haciendo su camino impasiblemente hacia arriba, desde el
nivel del mar hasta la cumbre de la montaña, y no hizo caso al principio cuando una silla
vibró al otro lado del escenario o, al final, cuando un vidrio se rompió en algún lugar y
algunos murciélagos cayeron del techo.
Se escuchaba silencio en el gran vacío, excepto el ruido sordo de otro murciélago y,
muy arriba, un apacible tintineo de vidrios.
—¿Es… ése su pleno alcance, muchacha?
Las personas se estaban agrupando en bambalinas y la miraban.
—No.
—No.
—Si voy más alto, las personas se desmayan —dijo Agnes—. Y si voy más bajo, todos
dicen que les hace sentir incómodos.
Cuchicheos, cuchicheos. Susurros, susurros, cuchicheos.
—Y, er, ¿alguna otra…?
—Puedo cantar conmigo misma en tercios9. Tata Ogg dice que no todos pueden hacer
eso.
—¿Perdone?
—Como… Do-Mi. Al mismo tiempo.
Cuchicheos, cuchicheos.
—Muéstrenos, muchacha.
—Laaaaaa.
Las personas al costado del escenario estaban hablando con excitación.
Cuchicheos, cuchicheos.
La voz de la oscuridad dijo:
—Ahora, la proyección de su voz…
—Oh, puedo hacer eso —respondió Agnes de inmediato. Se estaba sintiendo bastante
harta—. ¿Dónde le gustaría a usted que la proyecte?
—¿Perdone? Estamos hablando de…
Agnes hizo rechinar sus dientes. Ella era buena. Y se los mostraría…
—¿Desde aquí… hasta aquí?
—¿O allí?
—¿O aquí?
No era como un truco, pensó. Podía ser muy impresionante si ponías las palabras en la
boca de un maniquí cercano, como hacían algunos artistas ambulantes, pero no podías
lanzarlas lejos y todavía lograr engañar a un público completo.
Ahora que se había acostumbrado a la penumbra podía distinguir a las personas
dándose media vuelta en sus asientos, perplejas.
—¿Cuál es su nombre otra vez, querida? —La voz, que hasta el momento había
9 Intervalo musical entre una nota y otra a tres notas de distancia. (Nota del traductor)
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mostrado rastros de superioridad, tenía un marcado sonido de derrota.
—Ag… Per… Perdita —dijo Agnes—. Perdita Nitt. Perdita X… Nitt.
—Tendremos que hacer algo sobre ese Nitt, querida.
La puerta de Yaya Ceravieja se abrió sola.
Jarge Tejedor vaciló. Por supuesto, era una bruja. La gente decía que este tipo de cosas
ocurría.
No le gustaba. Pero tampoco le gustaba su espalda, especialmente cuando él no le
gustaba a su espalda. Llegaba a esa situación cuando sus vértebras se amotinaban en su
contra.
Dio un paso adelante, haciendo muecas, balanceándose sobre dos bastones.
La bruja estaba sentada en una mecedora, sin mirar hacia la puerta.
Jarge vaciló.
—Adelante, Jarge Tejedor —dijo Yaya Ceravieja—, y permítame darle algo para esa
espalda suya.
El susto lo llevó a tratar de enderezarse, y esto hizo que un calor blanco estallara en
algún lugar de la región de su cinturón.
Yaya Ceravieja puso los ojos en blanco y suspiró.
—¿Puede sentarse? —dijo.
—No, señorita. Sin embargo, puedo dejarme caer sobre una silla.
Yaya sacó una pequeña botella negra de un bolsillo de su mandil y la agitó
enérgicamente. Los ojos de Jarge se agrandaron.
—¿Ya lo tenía listo para mí? —dijo.
—Sí —dijo Yaya sinceramente. Hacía tiempo que se había resignado ante el hecho de
que las personas esperaban una botella con algo de color gracioso y pegajoso. No era la
medicina la que hacía el truco, sin embargo. Era, en cierto modo, la cuchara.
—Ésta es una mezcla de hierbas raras y por el estilo —dijo—. Incluyendo suckrose y
akwa10.
—Caramba —dijo Jarge, impresionado.
—Tome un trago ahora.
Obedeció. Sabía levemente a regaliz.
—Tiene que tomar otro trago a última hora por la noche —continuó Yaya—. Y
entonces dé tres vueltas alrededor de un castaño.
—… tres vueltas alrededor de un castaño…
—Y… y ponga una tabla de pino bajo su colchón. Tiene que ser pino de un árbol de
veinte años, preste atención.
—… de un árbol de veinte años… —dijo Jarge. Sintió que debía hacer una
contribución—. ¿De modo que los nudos en mi espalda terminen en el pino? —arriesgó.
Yaya estaba impresionada. Era un trozo escandalosamente ingenioso de insensatez
folclórica que valía la pena recordar para otra oportunidad.
—Usted lo entendió exactamente bien —dijo.
—¿Y eso es todo?
—¿Usted quería más?
—Yo… pensé que había danzas y canciones y esas cosas.
—Hice eso antes de que usted llegara aquí —dijo Yaya.
—Caramba. Sí. Er… sobre el pago…
—Oh, no quiero pago —dijo Yaya—. Es de mala suerte tomar dinero.
10 Azúcar y agua. (Nota del traductor)
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—Oh. De acuerdo. —Jarge se alegró.
—Pero tal vez… si su esposa tiene alguna ropa vieja, tal vez, soy talla 12, negro
preferentemente, o si hornea ese raro pastel, sin ciruelas, me dan gases, o si tiene un poco
de viejo aguamiel por allí, podría ser, o quizás usted vaya a matar un cerdo ahora, el lomo
es mi favorito, tal vez algún jamón, algunos nudillos… algo de lo que usted pueda
prescindir, realmente. Sin obligación. No iría por allí poniendo a alguien en obligaciones,
sólo porque soy una bruja. ¿Todos bien en su casa? Bendecidos con buena salud, espero.
Ella observó que esto hacía mella.
—Y ahora permítame ayudarle a salir por la puerta —añadió.
Tejedor nunca estuvo muy seguro acerca de lo que ocurrió después. Yaya,
habitualmente tan segura sobre sus pies, pareció tropezar con uno de sus bastones mientras
pasaba por la puerta, y cayó hacia atrás, sujetando sus hombros, y de algún modo su rodilla
subió para golpear un lugar de su columna vertebral mientras ella se movía de lado, y se
escuchó un clic…
—¡Aargh!
—¡Cuánto lo siento!
—¡Mi espalda! ¡Mi espalda!
Sin embargo, Jarge razonó más tarde, ella era una anciana. Y podía estar poniéndose
torpe y ella siempre había sido tonta, pero hacía buenas pociones. Funcionaban
condenadamente rápido, también. No estaba usando los bastones para cuando llegó a casa.
Yaya lo observó mientras se iba, sacudiendo la cabeza.
Las personas eran tan ciegas, reflexionó. Preferían creer en galimatías en lugar de
quiropraxia.
Por supuesto, también era cierto. Ella prefería que hicieran ‘oh oh’ cuando parecía
saber quién se estaba acercando a su cabaña, y no que averiguaran que convenientemente
vigilaba una curva en el sendero, y el asunto del cerrojo de la puerta y el truco con el trozo
de hilo negro… 11
¿Pero qué había hecho? Acababa de engañar a un anciano algo lerdo.
Se había enfrentado con magos, monstruos y duendes… Y ahora se sentía complacida
consigo misma porque había engañado a Jarge Tejedor, un hombre que había fracasado dos
veces en convertirse en el Idiota del Pueblo por ser demasiado inteligente.
Era una pendiente resbaladiza. Lo siguiente sería carcajear y farfullar y meter niños
seducidos en el horno. Y ni siquiera le gustaran los niños.
Por muchos años, Yaya Ceravieja se había sentido bastante satisfecha con el desafío
que la brujería de ese pueblo podía ofrecer. Y entonces había sido forzada a salir de viaje,
y había visto un poco de mundo, y eso la había puesto ansiosa… especialmente a esta altura
del año, cuando los gansos volaban en el cielo y la primera helada había atacado hojas
inocentes en los valles más profundos.
Echó una mirada a la cocina. Necesitaba barrido. Necesitaba que lavara los trastos. Las
paredes se habían ensuciado. Parecía haber tanto que hacer que no podía armarse de valor
para hacer algo.
Por arriba, se escucharon los bocinazos, y una V deshilachada de gansos aceleró sobre
el claro.
Se iban hacia climas más cálidos en lugares de los que Yaya Ceravieja sólo había
escuchado hablar.
Era tentador.
11 No era que se sentara mirando por la ventana. Ella había estado observando el fuego cuando captó la
llegada de Jarge Tejedor. Pero ése no era el punto. (Nota del autor)
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El comité de selección estaba sentado alrededor de la mesa en la oficina del Sr. Seldom
Balde, el nuevo propietario del Teatro de la Ópera. Estaba reunido con Salzella, el director
musical, y el Dr. Undershaft, el maestro de coro.
—Y así que —dijo el Sr. Balde—, llegamos a… veamos… sí, Christine… maravillosa
presencia en el escenario, ¿eh? Buena figura, también. —Hizo un guiño al Dr. Undershaft.
—Sí. Muy bonita —dijo el Dr. Undershaft sin tono—. Sin embargo, no sabe cantar.
—Ustedes los artistas no se dan cuenta de que éste es el siglo del Vampiro Frugívoro
—dijo Balde—. La ópera es una producción, no sólo un montón de canciones.
—Eso dice usted. Pero…
—La idea de que una soprano debe tener quince acres de pecho con un casco con
cuernos pertenece al pasado, pues.
Salzella y Undershaft intercambiaron miradas. Así que iba a ser esa clase de
propietario…
—Desafortunadamente —dijo Salzella ásperamente—, la idea de que una soprano
debe tener una voz canora razonable no pertenece al pasado. Tiene una buena figura, sí.
Indudablemente, ella tiene… brillo. Pero no sabe cantar.
—Usted puede entrenarla, ¿no? —dijo Balde—. Unos años en el coro…
—Sí, tal vez después de unos años, si persevero, será sencillamente muy mala —dijo
Undershaft.
—Er, caballeros —dijo el Sr. Balde—. Ejem. Muy bien. Cartas sobre la mesa, ¿eh?
Soy un hombre simple, yo. No ando por las ramas, hablo directo, una pala es una pala…
—Denos su opinión directa —dijo Salzella. Definitivamente era esa clase de
propietario, pensó. Independiente, orgulloso de su trabajo. Confunde fanfarronería y
honestidad con simple descortesía. No me molestaría apostar un dólar a que piensa que
puede descubrir el carácter de un hombre por la firmeza del apretón de manos y
mirándole profundamente a los ojos.
—He pasado por el molino, sí —comenzó Balde—, y me convertí en lo que soy hoy…
¿Harina leudante?, se preguntó Salzella.
—… pero tengo que, er, declarar un poco de interés financiero. Su papá, er, a decir
verdad, er, me prestó una buena porción de dinero para comprar este lugar, e hizo una
paternal y sentida solicitud de consideración por su hija. Si lo recuerdo correctamente, sus
palabras exactas, er, fueron: “No me obligue a romperle las piernas”. No espero que
ustedes artistas comprendan. Es asunto de la empresa. Los dioses ayudan a los que se
ayudan, es mi lema.
Salzella se metió las manos en los bolsillos del chaleco, se reclinó y empezó a silbar
suavemente.
—Ya veo —dijo Undershaft—. Bien, no es la primera vez que ha ocurrido.
Normalmente es una bailarina, por supuesto.
—Oh, no es nada como eso —dijo Balde apresuradamente—. Es sólo que con el
dinero viene esta muchacha Christine. Y usted tiene que admitirlo, se ve muy bien.
—Oh, muy bien —dijo Salzella—. Es su Teatro de la Ópera, estoy seguro. Y ahora…
¿Perdita…?
Se sonrieron unos a otros.
—¡Perdita! —dijo Balde, aliviado por terminar el asunto de Christine de modo que
podía volver a ser fanfarrón y honesto otra vez.
—Perdita X —corrigió Salzella.
—¿En qué pensarán después estas muchachas?
—Creo que será un elemento valioso —dijo Undershaft.
—Sí, si alguna vez hacemos esa ópera con los elefantes.
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—Pero el registro… ¡Qué registro tiene…!
—Exactamente. Le vi mirarlo fijamente.
—Quise decir su voz, Salzella. Añadirá cuerpo al coro.
—Ella es un coro. Podríamos despedir a todos los demás. Dioses, puede incluso cantar
en armonía consigo misma. ¿Pero puede verla en un papel principal?
—Por Dios, no. Seríamos el hazmerreír.
—Eso creo. Parece bastante… bien dispuesta, sin embargo.
—Personalidad maravillosa, creo. Y buen pelo, por supuesto.
Ella nunca esperó que fuera tan fácil…
Agnes escuchaba en una especie de trance mientras las personas le hablaban de sueldo
(poco), de la necesidad de entrenamiento (mucho), y alojamiento (los miembros del coro
vivían en el propio Teatro de la Ópera, arriba cerca del techo).
Y luego, más o menos, ella fue olvidada. Se quedó de pie y observó desde el costado
del escenario mientras un grupo de aspirantes del ballet cruzaban con pasos delicados.
—Tiene usted una voz asombrosa —dijo alguien detrás de ella.
Se volvió. Como Tata Ogg había señalado una vez, era una educación ver a Agnes dar
media vuelta. Era suficientemente ágil sobre sus pies pero la inercia de sus partes
periféricas implicaba que trozos de Agnes estaban todavía tratando de averiguar hacia
dónde mirar durante algún tiempo después.
La muchacha que le había hablado era de complexión ligera, incluso para estándares
corrientes, y había pasado algunos sufrimientos para parecer aun más delgada. Tenía pelo
rubio y largo y la sonrisa feliz de alguien que es consciente de que es delgada y tiene el
pelo rubio y largo.
—¡Mi nombre es Christine! —dijo—. ¡¿No es esto excitante?!
Y tenía el tipo de voz que puede exclamar una pregunta. Parecía tener un pequeño
chillido excitado permanentemente atornillado a ella.
—Er, sí —dijo Agnes.
—¡He estado esperando este día por años!
Agnes lo había estado esperando durante unas veinticuatro horas, desde que vio el
aviso fuera del Teatro de la Ópera. Pero no sería apropiado decir eso.
—¡¿Dónde entrenó usted?! —dijo Christine—. ¡Pasé tres años con Madame Venturi en
el Conservatorio de Quirm!
—Hum. Yo fui… —Agnes vaciló, ensayando la siguiente frase en su cabeza—… Yo
entrené con… Dama Ogg. Pero no tiene un conservatorio, porque es difícil conseguir
vidrio en la montaña.
Parecía que Christine no quería preguntar sobre esto. Algo que encontraba demasiado
difícil de comprender, lo ignoraba.
—¡La paga en el coro no es muy buena, ¿o sí?! —dijo.
—No. —Era menos de lo que se obtiene fregando pisos. La razón era que, cuando
anuncias un piso sucio, no aparecen cientos de aspirantes.
—¡Pero es lo que siempre he querido hacer! ¡Además, está el estatus!
—Sí, espero que lo haya.
—¡He estado mirando las habitaciones que tenemos! ¡Son muy diminutas! ¡¿Qué
habitación le han dado a usted?!
Agnes bajó la mirada sin comprender a la llave que le habían entregado, con varias
cortantes instrucciones sobre no-hombres y una desagradable expresión de usted-nonecesita-
que-le-diga en la cara de la maestra de coro.
—Oh… 17.
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Christine aplaudió.
—¡¡Oh, qué bueno!!
—¿Perdone?
—¡¡Estoy tan contenta!! ¡¡Usted está junto a mí!!
Agnes estaba asombrada. Siempre se había resignado a ser la última en ser escogida en
el gran juego por equipos de la vida.
—Bueno… sí, supongo que sí… —dijo.
—¡¡Tiene usted tanta suerte!! ¡¡Tiene una figura majestuosa para la ópera!! ¡¡Y un pelo
tan maravilloso, la manera en que lo apila así!! ¡¡El negro le viene bien, a propósito!!
Majestuosa, pensó Agnes. Era una palabra que nunca, nunca se le habría ocurrido. Y
siempre se había alejado del blanco porque en blanco parecía un tendedero en un día
ventoso.
Siguió a Christine.
Se le ocurrió a Agnes, mientras caminaba con dificultad detrás de la muchacha hacia
los nuevos alojamientos, que si pasabas mucho tiempo en la misma habitación con
Christine necesitarías abrir una ventana para evitar ahogarte con signos de puntuación.
Desde algún lugar en la parte posterior del escenario, totalmente ignorado, alguien las
observaba.
Las personas generalmente se alegraban de ver a Tata Ogg. Era buena en hacerles
sentir en casa en su propia casa.
Pero era una bruja, y por lo tanto también experta en llegar justo después de que los
pasteles salieran del horno o de que las salchichas estuvieran listas. Tata Ogg viajaba
generalmente con una bolsa de hilo metida en la pernera de los calzones —hasta la
rodilla—, en el caso, como decía, de que alguien quiera darme algo.
—Entonces, Sra. Nitt —observó, cerca del tercer pastel y la cuarta taza de té—, ¿cómo
está esa hija suya? Me refiero a Agnes.
—Oh, ¿no lo sabe, Sra. Ogg? Se ha ido a ser cantante en Ankh-Morpork.
El corazón de Tata Ogg se encogió.
—Eso es bueno —dijo—. Tiene buena voz para el canto, recuerdo. Por supuesto, le di
algunos consejos. Solía escucharla cantar en los bosques.
—Es el aire de aquí —dijo la Sra. Nitt—. Siempre ha tenido buen pecho.
—Sí, efectivamente. Lo he notado. Así que… er… ¿ella no está aquí, entonces?
—Usted conoce a nuestra Agnes. Nunca dice mucho. Creo que ella pensaba que esto
era un poco aburrido.
—¿Aburrido? ¿Lancre? —dijo Tata Ogg.
—Eso es lo que dije —dijo la Sra. Nitt—. Dije que tenemos algunas puestas de sol
encantadoras aquí. Y está la feria cada Martes del Pastel del Alma, siempre.
Tata Ogg pensó en Agnes. Necesitabas pensamientos muy grandes para abarcar toda
Agnes.
Lancre siempre había dado mujeres fuertes, capaces. Un agricultor de Lancre
necesitaba una esposa a la que no le importara matar un lobo con su mandil cuando saliera
a buscar un poco de leña. Y, mientras que besar inicialmente parecía tener más encanto que
cocinar, un estólido muchacho de Lancre buscando novia tendría en mente el consejo de su
padre: que los besos eventualmente perdían su fuego pero la cocina tendía a ponerse aun
mejor con el paso de los años; y que encaminara su cortejo hacia esas familias que
mostraran claramente la tradición de disfrutar de la comida.
Agnes era, consideró Tata, muy guapa de una manera expansiva; era una buena figura
de típica mujer joven de Lancre. Esto significaba que era aproximadamente dos muchachas
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de cualquier otro lugar.
Tata también le recordaba algo pensativa y tímida, como si tratara de reducir la
cantidad de mundo que abarcaba.
Pero había mostrado signos de habilidad artística. Era lo único que se esperaba. No
había nada como ese sentimiento de no encajar para estimular los viejos nervios mágicos;
es por eso que Esme era tan buena. En el caso de Agnes esto se había manifestado como
una tendencia a vestir sentimentales guantes de encaje negro, llevar maquillaje pálido y
llamarse a sí misma Perdita más una inicial del culo del alfabeto, pero Tata suponía que
pronto se consumiría cuando tuviera un poco de brujería seria bajo su cinturón bastante
tenso.
Ella debió haberle prestado más atención a la cuestión de la música. El poder encuentra
su camino por toda clase de rutas…
Música y magia tenían mucho en común. En primer lugar, se diferenciaban por dos
letras12. Y no podías hacer ambas.
Maldición. Tata casi había contado con la muchacha.
—Solía encargar música en Ankh-Morpork —dijo la Sra. Nitt—. ¿Ve?
Le pasó a Tata varias pilas de papeles.
Tata las hojeó. Las páginas de canciones eran bastante comunes en las Montañas del
Carnero, y un sonsonete en el salón era considerado la tercera mejor cosa que hacer en las
largas tardes oscuras. Pero Tata podía ver que ésta no era música corriente. Estaba
demasiado concurrida para eso.
—Cosi fan Hita —leyó—. Die Meistersinger von Scrote.13
—Eso es extranjero —dijo la Sra. Nitt orgullosamente.
—Indudablemente lo es —dijo Tata.
La Sra. Nitt la estaba mirando expectante.
—¿Qué? —dijo Tata, y entonces—, oh.
Los ojos de la Sra. Nitt parpadearon hacia su taza de té vacía y de regreso otra vez.
Tata Ogg suspiró y dejó la música. Ocasionalmente veía que Yaya Ceravieja tenía
razón. A veces las personas esperaban demasiado poco de las brujas.
—Sí, efectivamente —dijo, tratando de sonreír—. Veamos qué nos depara el destino
en la forma de esos trocitos de hojas secas, ¿eh?
Colocó sus rasgos en una apropiada expresión oculta y miró dentro de la taza.
La cual, un segundo después, se hizo añicos cuando cayó al piso.
Era una habitación pequeña. A decir verdad, era media habitación pequeña, ya que una
delgada pared había sido construida a través de ella. Los miembros jóvenes del coro
figuraban algo más abajo que los aprendices en la ópera.
Había espacio para una cama, un ropero, un tocador y, totalmente fuera de lugar, un
espejo inmenso, tan grande como la puerta.
—¡Impresionante, ¿no?! —dijo Christine—. ¡¡Trataron de sacarlo pero está embutido
en la pared, aparentemente!! ¡¡Estoy segura de que será muy útil!!
Agnes no dijo nada. Su propia media habitación, la otra mitad de ésta, no tenía espejo.
12 En el original, music y magic se diferencian en dos letras. (Nota del traductor)
13 Se pueden ignorar los temas de las óperas, pero los títulos que Terry parodia en Mascarada son tan
conocidos que no hay problemas en identificar los originales. Los títulos de las óperas: Cosi fan Hita, es
Cosi fan tutte de Mozart, y Die Meistersinger von Scrote es Die Meistersinger von Nürnberg de Richard
Wagner. (Nota del traductor)
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Ella estaba agradecida por eso. No consideraba a los espejos como naturalmente
amigables. No eran sólo las imágenes que le mostraban. Había algo… preocupante… en los
espejos. Siempre había sentido eso. Parecían estar mirándola. Agnes odiaba ser mirada.
Christine caminó en el espacio pequeño hasta el centro y giró. Mirarla se sentía muy
placentero. Era el brillo, pensó Agnes. Algo en Christine sugería lentejuelas.
—¡¿No es bonito?! —dijo.
Si no le gustara Christine sería como si no le gustaran los pequeños animales de
peluche. Y Christine era como un pequeño animal de peluche. Un conejo, quizás. Era
indudablemente imposible para ella tener una idea completa en su cabeza, de una vez.
Tenía que mordisquearla en trozos manejables.
Agnes echó un vistazo al espejo otra vez. Su reflejo la miró. Podía hacerse un poco de
tiempo para sí misma ahora. Todo había ocurrido tan rápidamente. Y este lugar la
inquietaba. Todo se sentiría mucho mejor si sólo pudiera tener un poco de tiempo para sí
misma.
Christine dejó de dar vueltas.
—¡¿Está usted bien?!
Agnes asintió.
—¡¿Me contará sobre usted?!
—Er… bien… —Agnes estaba complacida, a pesar de sí—. Vengo de algún sitio en las
montañas que usted probablemente nunca oyó mencionar…
Se detuvo. Una luz se había apagado en la cabeza de Christine, y Agnes se dio cuenta
de que había hecho la pregunta no porque Christine de alguna manera quisiera saber la
respuesta sino por decir algo. Continuó:
— … y mi padre es el Emperador de Klatch y mi madre es una pequeña bandeja de
pasteles de frambuesa.
—¡Eso es interesante! —dijo Christine, que estaba mirando el espejo—. ¡¿Cree usted
que mi pelo se ve bien?!
Lo que Agnes debió haber dicho, si Christine fuera capaz de escuchar por algo más de
un par de segundos, era:
Se había despertado una mañana con la horrible comprensión de que había sido
ensillada con una personalidad encantadora. Era tan simple como eso. Oh, y muy buen
pelo.
No era tanto la personalidad, sino el “pero” que la gente siempre añadía cuando
hablaba de eso. Pero tiene una personalidad encantadora, decían. Era la falta de elección
lo que dolía. Nadie le había preguntado a ella, antes de nacer, si quería una personalidad
encantadora o si prefería, por decir, una personalidad miserable pero un cuerpo que pudiera
usar vestidos talla 9. En cambio, las personas se esforzaban en decirle que la belleza era
solamente superficial, como si alguna vez un hombre se enamorara de un atractivo par de
riñones.
Podía sentir un futuro tratando de aterrizar sobre ella.
Se había pescado a sí misma diciendo: ‘¡put!’ y ‘merd!’ cuando quería decir
palabrotas, y usando papel rosado para escribir.
Tenía la reputación de ser calmada y competente en una crisis.
Lo siguiente que supo fue que estaría haciendo galletas de mantequilla y pasteles de
manzana tan buenos como los de su madre, y que entonces no habría esperanza para ella.
Así que inventó a Perdita. Había escuchado en algún lugar que dentro cada mujer
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gorda había una delgada tratando de salir14, por eso la había llamado Perdita. Era un buen
depósito para todos aquellos pensamientos que Agnes no podía pensar por su maravillosa
personalidad. Perdita usaría papel negro para escribir si pudiera conseguirlo, y sería
bellamente pálida en lugar de ruborosamente rosada. Perdita quería ser un alma
interesantemente perdida con lápiz labial color ciruela. Sin embargo, y sólo
ocasionalmente, Agnes pensaba que Perdita era tan tonta como ella.
¿Eran las brujas la única alternativa? Había sentido su interés en ella, de un cierto
modo que no podía identificar exactamente. Era natural que supiera cuándo la estaba
observando alguien, aunque ella había visto, de hecho, a Tata Ogg observándola de un
modo crítico, como alguien que inspecciona un caballo de segunda mano.
Sabía que tenía algún talento. A veces sabía cosas que estaban por ocurrir, aunque
siempre de una manera bastante confusa de modo que el conocimiento era totalmente inútil
después. Y estaba su voz. Era consciente de que no era muy natural. Siempre había
disfrutado del canto y, de algún modo, su voz había hecho todo lo que ella había querido
hacer.
Pero había visto cómo vivían las brujas. Oh, Tata Ogg estaba bien, una buena anciana
realmente. Pero las otras eran raras, puestas a través sobre el mundo en lugar de
correctamente paralelas a él como todos los demás… la vieja Madre Dismass que podía ver
en el pasado y en el futuro pero era totalmente ciega en el presente, y Millie Hopwood de
Tajada, que tartamudeaba y tenía las orejas que goteaban, y Yaya Ceravieja…
Oh, sí. ¿El mejor trabajo del mundo? ¿Ser una anciana irritable sin amigos?
Ellas siempre estaban buscando personas raras como ellas mismas.
Bien, podían buscar en vano a Agnes Nitt.
Harta de vivir en Lancre, y harta de las brujas, y sobre todo harta de ser Agnes Nitt,
había… escapado.
Tata Ogg no parecía hecha para correr, pero cubría terreno aparentemente rápido, con
sus pesadas botas pateando montones de hojas.
Se escuchó un sonido de trompetas por arriba. Otra bandada de gansos cruzaba el
cielo, tan veloz en persecución del verano que sus alas apenas se movían en precipitación
balística.
La cabaña de Yaya Ceravieja parecía desierta. Tata sintió que tenía una sensación
particularmente vacía.
Dio la vuelta hacia la puerta trasera y la abrió de un golpe, subió las escaleras, vio la
demacrada figura sobre la cama, llegó a una conclusión inmediata, agarró la jarra del agua
del lavabo de mármol, se adelantó…
Una mano se disparó y sujetó su muñeca.
—Estaba haciendo una siesta —dijo Yaya, abriendo los ojos—. Gytha, juro que pude
sentir que venías hace media milla…
—¡Tenemos que hacer una taza de té rápido! —jadeó Tata, casi agobiada por el alivio.
Yaya Ceravieja era más que brillante para no hacer preguntas.
Pero no podías apurar una buena taza de té. Tata Ogg se zangoloteó de un pie al otro
mientras bombeaba el fuego, los pequeños sapos se escurrieron fuera del agua, el agua
hirvió, las hojas secas se hidrataron.
—No estoy diciendo nada —dijo Tata, sentándose por fin—. Sólo vuelca una taza, eso
es todo.
En general, las brujas despreciaban la adivinación del futuro por las hojas de té. Las
14 O, al menos, muriéndose por un chocolate. (Nota del autor)
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hojas de té no tenían la fortuna excepcional de saber qué depara el porvenir. Realmente,
son sólo algo donde descansar los ojos mientras la mente hace el trabajo. Prácticamente
cualquier cosa serviría. El musgo sobre un charco, la piel sobre unas natillas… cualquier
cosa. Tata Ogg podía ver el futuro en la espuma de la cerveza. Invariablemente mostraba
que iba a disfrutar de una refrescante bebida que casi estaba segura de no pagar.
—¿Recuerdas a la joven Agnes Nitt? —dijo Tata mientras Yaya Ceravieja trataba de
encontrar la leche.
Yaya vaciló.
—¿Agnes que se llama a sí misma Perditax?
—Perdita X —dijo Tata. Ella por lo menos respetaba el derecho de cualquiera a
recrearse.
Yaya se encogió de hombros.
—Muchacha gorda. Gran cabellera. Camina con los pies separados. Canta para sí en
los bosques. Buena voz. Lee libros. Dice ‘¡put!’ en lugar de palabrotas. Se ruboriza cuando
alguien la mira. Lleva guantes de encaje negro con los dedos cortados.
—Recuerdas que una vez hablamos acerca de que tal vez posiblemente podría ser…
apropiada.
—Oh, hay un recodo en el alma ahí, tienes razón —dijo Yaya—. Pero… es un nombre
desafortunado.
—El nombre de su padre era Terminal —dijo Tata Ogg pensativamente—. Había tres
hijos: Primigenio, Medial y Terminal. Me temo que la familia siempre tuvo problemas con
la educación.
—Quería decir Agnes —dijo Yaya—. Siempre me pone en la mente una alfombra
esponjosa, ese nombre.
—Probablemente por eso se lo cambió a Perdita —dijo Tata.
—Peor.
—¿La tienes ubicada en tu mente? —dijo Tata.
—Sí, supongo que sí.
—Bien. Mira ahora las hojas de té.
Yaya bajó la mirada.
No había ningún drama en especial, quizás debido a la manera en que Tata había
creado las expectativas. Pero Yaya siseó entre dientes.
—Bien, ahora. Hay una cosa —dijo.
—¿Lo ves? ¿Lo ves?
—Sí.
—¿Como… una calavera?
—Sí.
—¿Y los ojos? Casi me pi… me quedé condenadamente sorprendida por los ojos,
puedo decirte.
Yaya dejó la taza con cuidado.
—Su madre me mostró sus cartas a casa —dijo Tata—. Las traje conmigo. Es
preocupante, Esme. Ella podría estar ante algo malo. Es una muchacha de Lancre. Uno de
los nuestros. Nada es demasiada molestia cuando es uno de los propios, siempre digo.
—Las hojas de té no pueden decir el futuro —dijo Yaya tranquilamente—. Todos
saben eso.
—Las hojas de té no lo saben.
—Bien, ¿quién sería tan tonto para contarle algo a un grupo de hojas secas?
Tata Ogg bajó la mirada a las cartas de Agnes a casa. Estaban escritas con la letra
redonda y cuidadosa de alguien que ha sido enseñado a escribir cuando niño copiando
letras sobre una pizarra, y que como adulto nunca escribió lo suficiente para cambiar de
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estilo. La persona que las escribía también había dibujado concienzudamente sutiles líneas
de lápiz sobre el papel antes de escribir.
Querida Mam, espero que ésta te encuentre como me deja a mí. Aquí estoy en Ankh-
Morpork y todo está bien, ¡¡no he sido violada aún!! Me estoy alojando en Calle de la
Mina de Melaza 4, está bien y…
Yaya tomó otra.
Querida Mum, espero que estés bien. Todo está bien pero el dinero se me escapa como
el agua aquí. Estoy cantando un poco en las tabernas pero no estoy ganando mucho así
que fui al Gremio de Costureras para conseguir un trabajo de costura y estuve haciendo
algo de pespunte para mostrar y estarías ASOMBRADA, eso es todo lo que puedo decir…
Y otra…
Querida Madre, Algunas buenas noticias por fin. La próxima semana harán
audiciones en el Teatro de la Ópera…
—¿Qué es la ópera? —dijo Yaya Ceravieja.
—Es como el teatro, con canto —dijo Tata Ogg.
—¡Ja! Teatro —dijo Yaya misteriosamente.
—Nuestro Nev me contó sobre ella. Todo se canta en idioma extranjero, dijo. No pudo
comprender nada.
Yaya dejó las cartas.
—Sí, pero tu Nev no puede comprender muchas cosas. ¿Qué estaba haciendo él en ese
teatro de ópera, de todos modos?
—Quitando el plomo del techo —Tata lo dijo con felicidad. No era robo si un Ogg lo
estaba haciendo.
—No puedo distinguir mucho de las cartas, excepto que está ganando una educación
—dijo Yaya—. Pero hay mucha distancia hasta…
Se escuchó un golpe inseguro sobre la puerta. Era Shawn Ogg, el hijo menor de Tata y
el servicio civil y público completo de Lancre. En ese momento llevaba la insignia de
cartero; el servicio postal de Lancre consistía en quitar la saca del correo del clavo donde el
coche lo dejaba y entregarlo en las haciendas remotas cuando tenía un momento, aunque
muchos de los ciudadanos tenían el hábito de bajar el saco y rebuscar hasta que
encontraban algún correo que les gustaba.
Tocó su casco respetuosamente hacia Yaya Ceravieja.
—Tengo muchas cartas, mamá —dijo a Tata Ogg—. Er… Están todas dirigidas a, er,
bien… er… es mejor que les eches una mirada, mamá.
Tata Ogg tomó el manojo que le ofrecía.
—‘La Bruja de Lancre’ —dijo en voz alta.
—Ésa sería yo, entonces —dijo Yaya Ceravieja con firmeza, y tomó las cartas.
—Ah. Bien, es mejor que me vaya… —dijo Tata, retrocediendo hacia la puerta.
—No puedo imaginar por qué la gente está escribiéndome —dijo Yaya, cortando un
sobre—. Sin embargo, supongo que hay noticias. —Se concentró en las palabras.
—‘Querida Bruja’ —leyó—, ‘sólo me gustaría decirle cuánto aprecié la receta del
famoso Pastel de Zanahoria y Ostras. Mi marido…’
Tata Ogg llegó a mitad del sendero antes de que sus botas se pusieran, repentinamente,
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demasiado pesadas para levantarlas.
—¡Gytha Ogg, vuelve aquí ahora mismo!
Agnes trató otra vez. Realmente no conocía a nadie en Ankh-Morpork y necesitaba de
alguien con quien charlar, incluso si no la escuchaba.
—Supongo que principalmente vine debido a las brujas —dijo.
Christine se volvió, los ojos abiertos con fascinación. También la boca. Era como
mirar una bola de boliche bastante bonita.
—¡¿Brujas?! —respiró.
—Oh, sí —dijo Agnes cansadamente. Sí. Las personas siempre se fascinaban ante la
idea de brujas. Deberían tratar de vivir cerca de ellas, pensó.
—¡¿Hacen hechizos y se pasean montadas sobre palos de escoba?!
—Oh, sí.
—¡No me sorprende que haya escapado!
—¿Qué? Oh… no… no es así. Quiero decir, no son malas. Es mucho… peor que eso.
—¡¿Peor que malo?!
—Piensan que saben qué es lo mejor para todos.
La frente de Christine se arrugó; tendía a hacerlo cuando estaba considerando un
problema más complicado que ‘¿Cómo te llamas?’.
—Eso no suena muy ma…
—Ellas… enredan a las personas de allí. ¡Piensan que sólo porque tienen razón es lo
mismo que bueno! Incluso no es como si hicieran magia verdadera. ¡Es todo engañar a las
personas y ser inteligentes! ¡Ellas piensan que pueden hacer lo que quieren!
La fuerza de las palabras golpeó incluso a Christine.
—¡¡Oh, querida!! ¡¿Querían que usted hiciera algo?!
—Quieren que yo sea algo. ¡Pero no lo voy a hacer!
Christine la miró. Y luego, automáticamente, olvidó todo lo que acababa de escuchar.
—Vamos —dijo—, ¡¡echemos una mirada por allí!!
Tata Ogg mantuvo el equilibrio sobre una silla y bajó una forma oblonga envuelta en
papel.
Yaya la observaba severamente con los brazos cruzados.
—La cosa es que —barboteó Tata, bajo la mirada de rayo láser—, mi finado marido, lo
recuerdo una vez diciéndome, después de la cena, dijo, ‘¿Sabes, mamá?, sería una
verdadera lástima si todas las cosas que sabes se perdieran cuando te murieras. ¿Por qué no
escribes algunas?’. Así que garabateé las antiguas, cuando tuve un momento, y luego pensé
que sería bonito tenerlo todo apropiadamente ordenado así que lo envié a las personas del
Almanack en Ankh-Morpork y apenas me cobraron nada y un poco después me mandaron
esto, pienso que es un muy buen trabajo, es asombroso cómo ponen todas las letras tan
ordenadas…
—Hiciste un libro —dijo Yaya.
—Solamente de cocina —dijo mansamente Tata Ogg, como uno podría excusarse de
una primera infracción.
—¿Qué sabes de eso? Apenas hiciste algo de cocina —dijo Yaya.
—Hago especialidades —dijo Tata.
Yaya miró el volumen delincuente.
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—‘El Placer de los Bocados’15 —leyó en voz alta—. ‘Por Una Bruja de Lancre’. ¡Ja!
¿Por qué no pusiste tu propio nombre en él, eh? Los libros tienen que tener un nombre para
que todos sepan quién es culpable.
—Es mi gnome de plum16 —dijo Tata—. El Sr. Aprisco, el hombre del Almanack, dijo
que sonaría más misterioso.
Yaya clavó su mirada barrenadora en la parte inferior de la abigarrada cubierta, donde
decía, en letras muy pequeñitas, ‘7ª Edición de CXX. ¡Más De Veinte Mil Vendidas!
Medio dólar.
—¿Les enviaste algo de dinero para imprimir todo? —dijo.
—Solamente un par de dólares —dijo Tata—. Hicieron un trabajo condenadamente
bueno, también. Y luego me devolvieron el dinero después, sólo que se equivocaron y
enviaron tres dólares de más.
Yaya Ceravieja estaba educada en letras a regañadientes pero en matemática era muy
competente. Asumía que algo escrito era probablemente una mentira, y eso era aplicable a
los números también. Los números eran usados solamente por las personas que querían
ponerse sobre uno.
Sus labios se movieron en silencio mientras pensaba en números.
—Oh —dijo, tranquilamente—. ¿Y eso fue todo, verdad? ¿Nunca le escribiste otra
vez?
—No sobre tu vida. Tres dólares, mira. No quería que me dijera que los quería de
vuelta.
—Puedo ver eso —dijo Yaya, todavía en el mundo de los números. Se preguntaba
cuánto costaba hacer un libro. No podía ser mucho: tenían una especie de fábrica de
imprimir para hacer el verdadero trabajo.
—Después de todo, hay mucho que puedes hacer con tres dólares —dijo Tata.
—Bastante cierto —dijo Yaya—. No llevas un lápiz contigo, ¿o sí? Tú, siendo del tipo
literario y todo eso.
—Tengo una pizarra —dijo Tata.
—Pásamela, entonces.
—La llevo conmigo en caso de que despierte por la noche y tenga una idea para una
receta, pues —dijo Tata.
—Bien —dijo Yaya vagamente. El lápiz de pizarra chilló a través de la tableta gris. El
papel debe costar algo. Y probablemente tendrías que dar como propina un par de
peniques a alguien para venderlo… Figuras angulares bailaban de columna a columna.
—Haré otra taza de té, ¿sí? —dijo Tata, aliviada porque la conversación parecía llegar
a un final tranquilo.
—¿Hum? —dijo Yaya. Se quedó mirando fijo el resultado y dibujó dos líneas bajo
él—. Pero lo disfrutaste, ¿verdad? —dijo—. ¿‘Escribir’?
Tata Ogg asomó la cabeza por la puerta del fregadero.
—Oh, sí. El dinero no importa —dijo.
—Nunca has sido muy buena con los números, ¿verdad? —dijo Yaya. Ahora dibujó un
círculo alrededor de la cifra final.
—Oh, ya me conoces, Esme —dijo Tata alegremente—. No podría restar un pedo de
un plato de frijoles.
—Eso es bueno, porque calculo que este Maestro Aprisco te debe un poco más que lo
15 La referencia a El Placer del Sexo es obvia, título que a su vez se inspiró en un libro llamado El Placer de
Cocinar. (Nota del traductor)
16 Una versión Ogg de nom de plum, o sea seudónimo. Literalmente, gnomo de ciruela. (Nota del traductor)
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que te pagó, si hay alguna justicia en el mundo —dijo Yaya.
—El dinero no lo es todo, Esme. Lo que digo es, si tienes tu salud…
—Calculo, si hay justicia, que son unos cuatro o cinco mil dólares —dijo Yaya
tranquilamente.
Se escuchó un estrépito en el fregadero.
—Así que es un buen trabajo y el dinero no importa —continuó Yaya Ceravieja—. De
otro modo sería terrible. Todo ese dinero, importando.
La cara blanca de Tata Ogg apareció por el borde de la puerta.
—¡No me digas!
—Podría ser un poco más —dijo Yaya.
—¡No me digas!
—¡Tú sólo sumas y divides y eso!
Tata Ogg miraba con fascinación horrorizada sus propios dedos.
—Pero es una… —Se detuvo. La única palabra en la que podía pensar era ‘fortuna’ y
no era suficiente. Las brujas no operaban en una economía de efectivo. Todos en las
Montañas del Carnero, en general, sobrevivían sin las complicaciones del capital.
Cincuenta dólares eran una fortuna. Cien dólares eran una, eran una, eran… bueno, eran
dos fortunas, eso era lo que era—. Es un montón de dinero —dijo débilmente—. ¿Qué no
podría hacer con tanto dinero?
—No lo sé —dijo Yaya Ceravieja—. ¿Qué hiciste con los tres dólares?
—Los tengo en una lata sobre la chimenea —dijo Tata Ogg.
Yaya asintió con aprobación. Ésta era la clase de buena práctica fiscal que le gustaba
ver.
—Me extraña por qué la gente se muere por leer un libro de cocina, sin embargo —
añadió—. Quiero decir, no es la clase de cosas que…
La habitación quedó silenciosa. Tata Ogg arrastró sus botas.
—Es un libro de cocina, ¿no? —dijo Yaya, con una voz cargada de desconfianza, que
era peor porque todavía no estaba segura de qué sospechaba.
—Oh, sí —dijo Tata apresuradamente, evitando la mirada de Yaya—. Sí. Recetas y
eso. Sí.
Yaya le lanzó una furiosa mirada.
—¿Sólo recetas?
—Sí. Oh, sí. Sí. Y algunas… anécdotas de cocina, sí.
Yaya continuó mirándola.
Tata se rindió.
—Er… mira bajo Famoso Pastel de Zanahoria y Ostras —dijo—. Página 25.
Yaya pasó las hojas. Sus labios se movieron en silencio. Entonces:
—Ya veo. ¿Otra cosa?
—Er… Dedos de Canela y Malvavisco… página 17…
Yaya la miró.
—¿Y?
—Er… Asombro de Apio… página 10.
Yaya miró eso, también.
—No puedo decir que me asombrara —dijo—. ¿Y…?
—Er… bueno, más o menos todas las Decoraciones Graciosas de Budines y Pasteles.
Todo el Capítulo Seis. Hice ilustraciones para eso.
Yaya pasó al Capítulo Seis. Tuvo que girar el libro un par de veces.
—¿Cuál estás buscando? —dijo Tata Ogg, porque un escritor siempre está ansioso de
recibir la opinión del lector.
—Tambaleo de Fresa —dijo Yaya.
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—Ah. Ésa siempre provoca una carcajada.
No parecía estar consiguiendo una de Yaya. Ella cerró el libro cuidadosamente.
—Gytha —dijo—, soy yo quien te pregunta esto. ¿Hay alguna página en este libro,
alguna sencilla receta, que no esté de alguna manera relacionada con… hacer-bebés?
Tata Ogg, con su cara roja como sus manzanas, pareció considerarlo con más
detenimiento.
—Gachas de avena —dijo, al final.
—¿De veras?
—Sí. Er. No, digo una mentira, contiene mi especial mezcla de miel.
Yaya pasó una página.
—¿Y que hay de éste? ¿Damas de Honor?
—Bueeeno, comienzan como Damas de Honor —dijo Tata, jugueteando con sus
pies—, pero terminan como Tartas.
Yaya miró la tapa otra vez. El Placer de los Bocados.
—Y en realidad tú…
—Más bien una especie de salida por ese lado, realmente.
Yaya Ceravieja no era un paladín en las listas del amor pero, como observador
inteligente, sabía cómo se jugaba. No le asombraba que el libro se hubiera vendido como
pan caliente. La mitad de las recetas te decían cómo hacerlas. Era sorprendente que las
páginas no estuvieran chamuscadas.
Y era por ‘Una Bruja de Lancre’. Yaya Ceravieja recatadamente admitió que el mundo
estaba bien consciente de quién era la bruja de Lancre; a saber, era ella.
—Gytha Ogg —dijo.
—¿Sí, Esme?
—Gytha Ogg, mírame a los ojos.
—Lo siento, Esme.
—Aquí dice ‘Una Bruja de Lancre’.
—Nunca lo pensé, Esme.
—Así que irás a ver al Sr. Aprisco y harás que esto se detenga, ¿correcto? No quiero
que las personas me miren a mí y piensen en la Sopa Sorpresa de Bananana. Ni siquiera
creo en la Sopa Sorpresa de Bananana. Y no me complace ir por la calle y escuchar a las
personas haciendo ruido con las bananas.
—Sí, Esme.
—E iré contigo para asegurarme de que lo haces.
—Sí, Esme.
—Y hablaremos con el hombre sobre tu dinero.
—Sí, Esme.
—Y sólo podríamos caer donde la joven Agnes para asegurarnos de que está bien.
—Sí, Esme.
—Pero lo haremos al estilo diplomático. No queremos que las personas piensen que
estamos metiendo nuestras narices.
—Sí, Esme.
—Nadie podrá decir que me inmiscuyo donde no me quieren. No encontrarás a nadie
que me diga entrometida.
—Sí, Esme.
—Eso fue, ‘Sí, Esme, no encontrarás a nadie que te diga entrometida’, ¿verdad?
—Oh, sí, Esme.
—¿Estás realmente segura de eso?
—Sí, Esme.
—Bien.
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Yaya miró afuera el cielo gris y pesado, y las hojas moribundas de los árboles y sintió,
con asombro, su propia savia subiendo. Un día atrás, el futuro se veía doloroso y desolado,
y ahora parecía lleno de sorpresas y terror y cosas malas que les suceden a las personas…
Si ella tenía algo que ver con eso, de todos modos.
En el fregadero, Tata Ogg sonreía a sí misma.
Agnes había aprendido un poco sobre el teatro. Una compañía ambulante llegaba a
Lancre algunas veces. Su escenario era unas dos veces del tamaño de una puerta, y los
‘bastidores’ consistían en unos pocos sacos detrás de los cuales generalmente un hombre
trataba de cambiarse de pantalón y de peluca al mismo tiempo y otro hombre, vestido
como un rey, fumaba a escondidas.
El Teatro de la Ópera era casi tan grande como el palacio del Patricio, y mucho más
palaciego. Cubría tres acres. Había una cuadra para veinte caballos y dos elefantes en el
sótano; Agnes pasó allí algo de tiempo, porque los elefantes eran tranquilizadoramente más
grandes que ella.
Detrás del escenario había habitaciones tan grandes que escenografías enteras eran
guardadas ahí. Había una escuela de ballet completa en alguna parte del edificio. Algunas
de las muchachas estaban sobre el escenario ahora, feas en jumpers de lana, haciendo una
rutina.
El interior del Teatro de la Ópera —por lo menos, de los bastidores hacia adentro—
ponía intensamente en la mente de Agnes el reloj que su hermano había desarmado para
encontrarle el tic-tac. Era apenas un edificio. Era más bien como una máquina. Equipos,
cortinas y sogas colgaban en la oscuridad como cosas atroces en un sótano olvidado. El
escenario era sólo una pequeña parte del lugar, un pequeño rectángulo de luz en una
inmensa y compleja oscuridad llena de maquinaria significativa…
Una mota de polvo flotó bajando desde la negrura de arriba. Se la quitó.
—Creo que escuché a alguien allá arriba —dijo.
—¡¡Es probablemente el Fantasma!! —dijo Christine—. ¡Tenemos uno, sabe! ¡¡Oh,
dije tenemos!! ¡¿No es esto excitante?!
—Un hombre con la cara cubierta por una máscara blanca —dijo Agnes.
—¡¿Oh?! ¡¿Entonces ya se ha enterado?!
—¿Qué? ¿Quién?
—¡¡El Fantasma!!
Maldición, pensó Agnes. Siempre estaba listo para atraparla. Justo cuando pensaba que
dejaría todo eso atrás. Sabía las cosas sin saber por qué. Molestaba a las personas. Por
supuesto, la molestaba a ella.
—Oh, yo… supongo que alguien debe habérmelo dicho… —farfulló.
—¡¡Se mueve alrededor del Teatro de la Ópera de manera invisible, dicen!! ¡¡En un
momento estará en el Gallinero, al siguiente en algún lugar entre bastidores!! ¡¡Nadie sabe
cómo lo hace!!
—¿De veras?
—¡¡Dicen que mira cada representación!! ¡Es por eso que nunca venden boletos para el
Palco Ocho, ¿lo sabía?!17
—¿El Palco Ocho? —dijo Agnes—. ¿Qué es un Palco?
17 En El Fantasma de la Ópera, el palco del Fantasma es el Cinco; no se venden localidades en dicho palco
por temor. En el Mundodisco el número importante es el ocho, y es por cuestión de buena suerte que se
evita la venta de boletos. (Nota del traductor)
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—¡Palcos! ¿Sabe? ¡¡Es donde están las mejores personas!! ¡Mire, le mostraré!
Christine caminó hasta el frente del escenario y saludó grandiosamente al vacío
auditorio.
—¡Los Palcos! —dijo—. ¡Ahí! ¡Y derecho allá arriba, el Gallinero!
Su voz rebotó en la pared distante.
—¿Las mejores personas no están en el Gallinero18? Suena…
—¡Oh, no! ¡Las mejores personas estarán en Palcos! ¡O posiblemente en la Platea!
Agnes señaló.
—¿Quién está ahí abajo? Deben tener una buena vista…
—¡¡No sea tonta!! ¡¡Ése es el Foso!! ¡¡Es para los músicos!!
—Bien, eso tiene el sentido, de todos modos. Er. ¿Cuál es el Palco Ocho?
—¡No lo sé! ¡¡Pero dicen que si alguna vez venden asientos en el Palco Ocho habrá
una terrible tragedia!! ¡¿No es romántico?!
Por alguna razón el ojo práctico de Agnes llegó a la inmensa araña de luces que
colgaba sobre el auditorio como un fantástico monstruo marino. La gruesa soga
desaparecía en la oscuridad cerca del techo.
Los caireles de vidrio tintinearon.
Otra llamarada de ese cierto poder que Agnes hacía lo posible por sofocar a cada paso
lanzó una imagen traicionera a través de su mente.
—Tiene el aspecto de un accidente esperando la oportunidad de suceder,19 si alguna vez
vi alguno —masculló.
—¡¡Estoy segura de que es perfectamente segura!! —trinó Christine—. Estoy segura
de que no permitirían…
Un acorde se desgranó, sacudiendo el escenario. La araña de luces tintineó, y cayó más
polvo.
—¿Qué fue eso? —dijo Agnes.
—¡¡Fue el órgano!! ¡¡Es tan grande que está detrás del escenario!! ¡¡Vamos, vayamos
a ver!!
Otros miembros del personal estaban corriendo hacia el órgano. Había un balde dado
vuelta por allí, y un charco extendido de pintura verde.
Un carpintero pasó a Agnes y recogió un sobre que estaba sobre el asiento del órgano.
—Es para el jefe —dijo.
—Cuando es mi correo, el cartero generalmente sólo golpea —dijo una bailarina, y se
rió tontamente.
Agnes levantó la mirada. Las sogas se meneaban perezosamente en la mohosa
oscuridad. Por un momento pensó que veía un destello blanco, que luego se había ido.
Había una forma, apenas visible, enredada en las sogas.
Algo húmedo y pegajoso goteó y salpicó sobre el teclado.
Las personas ya estaban gritando cuando Agnes se acercó, untó el dedo en el creciente
charco, y lo olfateó.
—¡Es sangre! —dijo el carpintero.
—Es sangre, ¿no? —dijo un músico.
—¡¡Sangre!! —gritó Christine—. ¡¡Sangre!!
Era el terrible destino de Agnes mantener fría la cabeza en una crisis. Olió su dedo otra
18 En inglés, el gallinero es Gods (dioses); de allí la pregunta de Agnes. (Nota del traductor)
19 En El Fantasma de la Ópera, uno de los efectos especiales más espectaculares y conocidos es la caída de
la araña de luces sobre el escenario, al final de acto 1. Esto ocurre cuando Christine y Raoul se prometen su
amor, que el Fantasma oye por casualidad. (Nota del traductor)
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vez.
—Es aguarrás —dijo Agnes—. Er. Perdone. ¿Estoy equivocada?
En el enredo de sogas, la figura gimió.
—¿No deberíamos bajarlo? —añadió.
Cando Cortado20 era un humilde leñador. No era humilde porque fuera leñador. Él
todavía habría sido muy humilde si poseyera cinco fábricas taladoras de árboles. Era sólo
naturalmente humilde.
Y estaba con sencillez apilando algunos troncos en el punto donde el camino de Lancre
cruzaba el camino principal de montaña cuando vio un carro de granja detenerse y
descargar a dos damas de edad vestidas de negro. Ambas llevaban un palo de escoba en
una mano y un saco en la otra.
Estaban discutiendo. No era una pelea a viva voz, sino una riña crónica que claramente
venía sucediendo durante algún tiempo y estaba para continuar por el resto de la década.
—Todo está muy bien para ti, pero son mis tres dólares así que no veo por qué no
puedo decir cómo nos vamos.
—Me gusta volar.
—Y te estoy diciendo que hay demasiadas corrientes de aire sobre los palos de escoba
en esta época del año, Esme. La brisa se mete en lugares de los que no soñaría hablar.
—¿De veras? No puedo imaginar dónde estarán ésos, entonces.
—¡Oh, Esme!
—No me hagas ‘Oh, Esme’ a mí. No fui yo quien apareció con la Divertida Chuchería
de Bodas con los Especiales Dedos Esponjosos.
—De todos modos, a Greebo no le gusta sobre el palo de escoba. Tiene un estómago
delicado.
Cortado notó que uno de los sacos se movía de una manera perezosa.
—Gytha, lo he visto comerse media mofeta, así que no me cuentes sobre su estómago
delicado —dijo Yaya, que por principio no le gustaban los gatos—. De todos modos… lo
ha estado haciendo otra vez.
Tata Ogg agitó sus manos alegremente.
—Oh, solamente lo hace a veces, cuando está realmente acorralado —dijo.
—Lo hizo en el granero de la vieja Sra. Grope la semana pasada. Ella entró para ver
qué era todo ese alboroto, y lo hizo justo enfrente de ella. Tuvo que hacer una siesta.
—Estaba probablemente más asustado que ella —dijo Tata a la defensiva.
—Eso es lo que resulta de sacar ideas extrañas de lugares extranjeros —dijo Yaya—.
Ahora tienes un gato que… Sí, ¿qué es eso?
Cortado se les había aproximado mansamente y estaba inmóvil en esa posición como
medio acuclillada de alguien que tratar de hacerse notar mientras tampoco quiere
entrometerse.
—¿Ustedes damas esperan la diligencia?
—Sí —dijo la más alta de las damas.
—Hum, me temo que el próximo coche no para aquí. No para hasta Salto de la Red.
Le echaron un par de miradas educadas.
—Gracias —dijo la alta. Se volvió hacia su compañera.
—Le dio un susto desagradable, de todos modos. Tengo miedo de pensar qué
aprenderá esta vez.
20 Suena muy parecido a Candor Límite, pero no me atrevo a decir que sea ex-profeso, aunque con Terry
Pratchett nunca se sabe. (Nota del traductor)
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—Él sufre cuando estoy lejos. No tomará alimento de nadie más.
—Sólo porque tratan de envenenarlo, y no me asombra.
Cortado sacudió la cabeza tristemente y volvió a su pila de troncos.
El coche apareció cinco minutos después, dando vuelta la curva a velocidad. Se puso a
la altura de las mujeres…
… y se detuvo. O sea, los caballos trataron de permanecer quietos y las ruedas se
trabaron.
No fue tanto un patinazo como un medio giro, y la enorme cosa llegó gradualmente a
un alto unas cincuenta yardas más abajo, con el conductor en un árbol.
Las mujeres se aproximaron hacia él, todavía discutiendo.
Una de ellas golpeó al conductor con su palo de escoba.
—Dos boletos para Ankh-Morpork, por favor.
Él aterrizó en el camino.
—¿Qué quiere usted decir, dos boletos para Ankh-Morpork? ¡El coche no para aquí!
—A mí me parece detenido.
—¿Ustedes le hicieron algo?
—¿Qué, nosotras?
—Escuche, señora, incluso si estuviera parando aquí, ¡los boletos son cuarenta
condenados dólares cada uno!
—Oh.
—¿Por qué llevan ustedes palos de escoba? —gritó el conductor—. ¿Ustedes son
brujas?
—Sí. ¿Tiene usted algún especial de bajo concepto para brujas?
—Sí, ¿qué tal ‘engorros viejos y entrometidos’?
Cortado sintió que debía haber perdido parte de la conversación, porque lo siguiente
fue de este modo:
—¿Cómo era eso otra vez, joven?
—Dos invitaciones para Ankh-Morpork, señora. No hay problema.
—Asientos interiores, si no le importa. No viajamos en el techo.
—Por cierto, señora. Discúlpeme mientras me arrodillo en la tierra para que usted
pueda subir, señora.
Cortado cabeceó feliz para sí mismo mientras el coche arrancaba otra vez. Era bueno
ver que los buenos modales y la cortesía todavía estaban vivos.
Con gran dificultad, muchos gritos, y desenredo de sogas allá arriba, la figura fue
bajada al escenario.
Él estaba empapado en pintura y aguarrás. La creciente audiencia de personal fuera de
servicio y escapados del ensayo se apiñó alrededor.
Agnes se arrodilló, le aflojó el cuello y trató de desenrollar la soga que había atrapado
el brazo y el cuello.
—¿Alguien lo conoce? —dijo.
—Es Tommy Cripps —dijo un músico—. Pinta escenografía.
Tommy gimió, y abrió sus ojos.
—¡Lo vi! —dijo entre dientes—. ¡Era horrible!
—¿Vio qué? —dijo Agnes. Y entonces tuvo el repentino presentimiento de que se
había entrometido en alguna conversación privada. A su alrededor escuchaba un parloteo
de voces.
—¡Giselle dijo que lo vio la semana pasada!
—¡Está aquí!
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—¡Está ocurriendo otra vez!
—¡¿Estamos todos condenados?! —chilló Christine.
Tommy Cripps agarró el brazo de Agnes.
—¡Tiene una cara como la muerte!
—¿Quién?
—¡El Fantasma!
—¿Qué Fant…?
—¡Es blanco hueso! ¡No tiene nariz!
Un par de bailarinas de ballet se desmayaron, pero cuidadosamente, para no ensuciarse
la ropa.
—Entonces cómo es que el color… —comenzó Agnes.
—¡Yo lo vi también!
Al pie, la compañía se volvió.
Un hombre de edad avanzó a través del escenario. Llevaba un antiguo sombrero de
ópera y cargaba un saco sobre el hombro, mientras su mano libre hacía los ademanes
innecesariamente expansivos de alguien que había conseguido alguna información terrible
y no podía esperar para congelar todos los espinazos cercanos. El saco debía contener algo
vivo, porque se movía para todas partes.
—¡Yo lo vi! ¡Ooooooh sí! ¡Con su gran capa negra y su cara blanca sin ojos sino sólo
dos agujeros donde debían estar! ¡Ooohhhh! Y…
—¿Tenía una máscara? —preguntó Agnes.
El anciano hizo una pausa y le lanzó una mirada oscura reservada para todos aquellos
que insisten en inyectar una nota de cordura cuando las cosas se están poniendo
interesantemente desagradables.
—¡Y no tenía nariz! —continuó, ignorándola.
—Acabo de decir eso —farfulló Tommy Cripps, con una voz algo enfadada—. Yo les
dije eso. Ellos ya saben eso.
—Si no tuviera nariz, cómo haría para ole… —comenzó Agnes, pero nadie le estaba
escuchando.
—¿Mencionó lo de los ojos? —dijo el anciano.
—Justo estaba llegando a los ojos —soltó Tommy—. Sí, tenía ojos como…
—¿Estamos hablando de alguna clase de máscara aquí? —dijo Agnes.
Ahora todos le estaban lanzando esa clase de mirada que lanzan los ufólogos cuando
les dicen repentinamente, ‘Hey, si haces sombra a tus ojos puedes ver que sólo es una
bandada de gansos después de todo’.
El hombre con el saco tosió y se recuperó.
—Como grandes agujeros, eso era… —comenzó, pero estaba claro que todo se había
estropeado para él—. Grandes agujeros —dijo amargamente—. Eso es lo que vi. Y
ninguna nariz, podría añadir, y muchas gracias.
—¡Es el Fantasma otra vez! —dijo un escenógrafo.
—Saltó desde detrás del órgano —dijo Tommy Cripps—. Cuando me quise acordar,
¡había una soga alrededor de mi cuello y yo estaba cabeza abajo!
La compañía miró al hombre del saco, en caso de que pudiera superar esto.
—Grandes agujeros negros —logró decir, ajustándose a lo que sabía.
—Muy bien, todos, ¿qué está ocurriendo aquí?
Una imponente figura salió de bambalinas. Tenía ondulante pelo negro,
cuidadosamente cepillado para darle un aspecto descuidado y despreocupado, pero la cara
por debajo era la de un organizador. Hizo un gesto con la cabeza al viejo del saco.
—¿Qué está usted mirando, Sr. Maza? —dijo.
El anciano bajó los ojos.
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—Sé lo que vi, Sr. Salzella —dijo—. Veo montones de cosas, eso veo.
—Tantas como sean visibles a través del fondo de una botella, no tengo duda, usted
viejo réprobo. ¿Qué le pasó a Tommy?
—¡Fue el Fantasma! —dijo Tommy, encantado de tener el centro de la escena otra
vez—. ¡Se abatió sobre mí, Sr. Salzella! Creo que mi pierna está fracturada —añadió
rápidamente, en la voz de uno que repentinamente es consciente de las oportunidades de
tiempo libre de la situación.
Agnes esperaba que el recién llegado dijera algo como ‘¿Fantasmas? No existen tales
cosas’. Tenía la clase de cara que decía eso.
En cambio, dijo:
—Ha regresado otra vez, ¿eh? ¿Adónde se fue?
—No lo vi, Sr. Salzella. ¡Sólo hizo un golpe otra vez!
—Que algunos de ustedes ayuden a Tommy a llegar a la cantina —dijo Salzella—. Y
que otro vaya a por un doctor…
—Su pierna no está fracturada —dijo Agnes—. Pero tiene una desagradable
quemadura de soga en el cuello y su oreja está llena de pintura.
—¿Qué sabe sobre eso, señorita? —dijo Tommy. Una oreja llena de pintura no sonaba
con las posibilidades de una pierna fracturada.
—He tenido… er… un poco de entrenamiento —dijo Agnes, y luego añadió
rápidamente—, es una quemadura desagradable, sin embargo, y por supuesto puede haber
un poco de conmoción retardada.
—El brandy es muy bueno para eso, ¿no? —dijo Tommy—. ¿Quizás usted podía tratar
de ponerme un poco entre los labios?
—Gracias, Perdita. El resto de ustedes, vayan a lo que estaban haciendo —dijo
Salzella.
—Grandes agujeros oscuros —dijo el Sr. Maza—. Grandes.
—Sí, gracias, Sr. Maza. Ayude a Ron con el Sr. Cripps, ¿por favor? Perdita, usted
venga aquí. Y usted, Christine.
Las dos muchachas se pararon delante del director musical.
—¿Vieron ustedes algo? —dijo Salzella.
—¡¡Vi a una grandiosa criatura con alas y grandes agujeros donde sus ojos debían
estar!! —dijo Christine.
—Me temo que sólo vi algo blanco en el techo —dijo Agnes—. Lo siento.
Se ruborizó, conciente de lo inútil que sonaba eso. Perdita habría visto una misteriosa
figura con capa o algo… algo interesante…
Salzella le sonrió.
—¿Usted quiere decir que sólo ve las cosas que realmente están ahí? —dijo—. Puedo
ver que usted no ha estado con la ópera durante mucho tiempo, querida. Pero puedo decir
que me complace tener una persona sensata por aquí por una vez…
—¡Oh, no! —gritó alguien.
—¡¡Es el Fantasma!! —chilló Christine, automáticamente.
—Er. Es el joven detrás del órgano —dijo Agnes—. Lo siento.
—Tan observadora como sensata —dijo Salzella—. Mientras que puedo ver que usted,
Christine, encajará muy bien aquí. ¿Cuál es el problema, André?
Un joven rubio miraba alrededor de los tubos del órgano.
—Alguien ha estado rompiendo cosas, Sr. Salzella —dijo con dolor—. Los muelles de
paleta y los pedales y todo. Totalmente arruinado. Estoy seguro de que no podré sacar una
melodía de esto. Y es de un valor incalculable.
Salzella suspiró.
—Muy bien. Le diré al Señor Balde —dijo—. Gracias, a todos.
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Hizo una triste inclinación de cabeza a Agnes, y salió a grandes zancadas.
—No deberías hacer eso a las personas —dijo Tata Ogg de una manera vaga, mientras
el coche tomaba velocidad.
Miró a su alrededor con una abierta sonrisa amigable a los ocupantes ahora algo
despeinados del coche.
—Buen día —dijo, hurgando en el saco—. Soy Gytha Ogg, tengo quince niños, ésta es
mi amiga Esme Ceravieja, vamos a Ankh-Morpork, ¿a alguien le gustaría un sándwich de
huevo? He traído muchos. El gato ha estado durmiendo sobre ellos pero están buenos,
miren, se doblan bien. ¿No? Sírvanse ustedes mismos, estoy segura. Veamos qué más
tenemos… Ah, ¿tiene alguien un abridor para botellas de cerveza?
Un hombre en el rincón indicó que podía tener tal cosa.
—Muy bien —dijo Tata Ogg—. ¿Alguien tiene algo para beber de una botella de
cerveza?
Otro hombre asintió esperanzadamente.
—Bien —dijo Tata Ogg—. Ahora, ¿tiene alguien una botella de cerveza?
Yaya, por una vez fuera del centro de atención mientras todos los ojos horrorizados se
clavaban sobre Tata y su saco, investigó a los otros ocupantes del coche.
La diligencia directa iba sobre las Montañas del Carnero y todo el camino a través del
mosaico de pequeños países más allá. Si costaba cuarenta dólares sólo desde Lancre,
entonces debía haber costado mucho más a estas personas. ¿Qué clase de gente gastaba la
mayor parte del sueldo de dos meses sólo para viajar rápido e incómodo?
El hombre delgado que estaba sentado y sujetando su bolsa era probablemente un
espía, decidió. El hombre gordo que había ofrecido el vaso parecía vendedor; tenía la
desagradable complexión de alguien que acertaba demasiadas botellas pero perdía
demasiadas comidas.
Estaban apiñados en el asiento porque el resto estaba ocupado por un hombre de
proporciones casi mágicas. No parecía haberse despertado cuando el coche paró. Tenía un
pañuelo sobre su cara. Estaba roncando con la regularidad de un géiser, y parecía como si
la única preocupación que podía tener en el mundo fuera la tendencia de los pequeños
objetos a gravitar a su alrededor y la marea esporádica.
Tata Ogg continuaba rebuscando en su bolsa y, como hacía cuando estaba preocupada,
su boca se había conectado con sus globos oculares sin que su cerebro hubiera intervenido.
Ella estaba acostumbrada a viajar en palo de escoba. El viaje por tierra a gran distancia
era una novedad, así que se había preparado con un poco de cuidado.
—… veaaamos ahora… libro de enigmas para viajes largos… almohadón… polvo
pédico… trampa de mosquitos… diccionario de idiomas… bolsa para vomitar… oh cielos…
El público, que contra toda probabilidad había logrado apiñarse más lejos de Tata
durante la letanía, esperaba con interés horrorizado.
—¿Qué? —dijo Yaya.
—¿Cuán a menudo calculas que este coche se detiene?
—¿Cuál es el problema?
—Debí haber ido antes de que partiéramos. Lo siento. Son los tumbos. ¿Alguien sabe
si hay un retrete en esta cosa? —añadió alegremente.
—Er —dijo el espía probable—, generalmente esperamos hasta la siguiente parada, o…
—Se detuvo. Estuvo a punto de agregar ‘siempre hay la ventana’, que era una alternativa
varonil en los abundantes tramos rurales, pero se refrenó ante la horrible aprensión de que
esta espantosa anciana pudiera considerar seriamente la posibilidad.
—Está Ohulan sólo un poco más adelante en el camino —dijo Yaya, que estaba
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tratando de dormitar—. Espera.
—Este coche no se detiene en Ohulan —dijo el espía servicialmente.
Yaya Ceravieja levantó la cabeza.
—Hasta ahora, eso es —dijo el espía.
El Sr. Balde estaba sentando en su oficina tratando de entender los libros del Teatro de
la Ópera.
No tenían ninguna clase de sentido. Consideraba que era tan bueno como el mejor en
la lectura de un balance, pero esto era a la teneduría de libros lo que las agallas a un
mecanismo de relojería.
Seldom Balde había disfrutado siempre de la ópera. No la comprendía y nunca lo había
hecho, pero él tampoco comprendía el océano y también lo disfrutaba. Había considerado
la compra como, bueno, algo que hacer, una especie de retiro con trabajo. La propuesta
había sido demasiado buena para dejarla pasar. Las cosas se habían estado poniendo muy
duras en el negocio de venta al mayoreo de derivados del queso y de la leche, y había
estado buscando los climas más tranquilos del mundo del arte.
Los propietarios anteriores habían puesto algunas buenas óperas. Pero era una lástima
que su genio no alcanzara a la teneduría de libros también. Al parecer, habían sacado
dinero de las cuentas cuando alguien lo necesitaba. El sistema de registro financiero
consistía mayormente de notas sobre trozos de papel que decían: ‘He sacado $30 para
pagar a Q. Te veo el lunes. R.’ ¿Quién era ‘R’? ¿Quién era ‘Q’? ¿Para qué era el dinero?
No sales adelante en el mundo del queso con esta clase de cosas.
Levantó la mirada cuando la puerta se abrió.
—Ah, Salzella —dijo—. Gracias por venir. ¿Sabe usted quién es ‘Q’, por casualidad?
—No, Sr. Balde.
—¿Y ‘R’?
—Me temo que no. —Salzella tomó una silla.
—Me ha llevado toda la mañana, pero averigüé que pagamos más de mil quinientos
dólares por año para zapatillas de ballet —dijo Balde, agitando un trozo de papel en el aire.
Salzella asintió.
—Sí, las agujerean en las puntas.
—Quiero decir, ¡es ridículo! ¡Todavía tengo un par de botas que pertenecían a mi
padre!
—Pero las zapatillas de ballet, señor, son algo como guantes de pie —explicó Salzella.
—¡No me lo diga! ¡Cuestan siete dólares el par y no duran casi absolutamente nada!
¡Unas pocas representaciones! Debe haber alguna manera en que podamos hacer un
ahorro…
Salzella le lanzó a su nuevo empleador una larga y fría mirada.
—¿Posiblemente podríamos pedir a las muchachas que pasen más tiempo en el aire?
—dijo—. ¿Algunos grand jetes adicionales?
Balde parecía perplejo.
—¿Eso daría resultado? —dijo con recelo.
—Bueno, sus pies no estarían en el suelo durante tanto tiempo, ¿verdad? —dijo
Salzella, en el tono de uno que sabe a ciencia cierta que es mucho más inteligente que
alguien más en la habitación.
—Buen punto. Buen punto. Coméntelo con la maestra de ballet, ¿por favor?
—Por supuesto. Estoy seguro de que agradecerá la sugerencia. Usted bien puede haber
reducido los gastos a la mitad en un solo golpe.
Balde sonrió.
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—Que quizás también sea cierto —dijo Salzella—. A decir verdad, hay otro asunto por
el que he venido a verle…
—¿Sí?
—Está relacionado con el órgano que teníamos.
—¿Teníamos? ¿Qué quiere decir, teníamos? —dijo Balde, añadiendo—: Usted va a
decirme algo costoso, ¿verdad? ¿Qué tenemos ahora?
—Un montón de tubos y algunas teclas —dijo Salzella—. Todo lo demás está hecho
pedazos.
—¿Hecho pedazos? ¿Por quién?
Salzella se reclinó. No era un hombre de divertirse fácilmente, pero se dio cuenta de
que lo estaba disfrutando bastante.
—Dígame —dijo—, cuando el Sr. Pnigeus y el Sr. Cavaille le vendieron este Teatro de
la Ópera, ¿mencionaron algo… sobrenatural?
Balde se rascó la cabeza.
—Bueno… Sí. Después de haber firmado y pagado. Era una especie de broma. Dijeron:
‘Oh, y a propósito, la gente dice que hay algún hombre vestido de etiqueta que frecuenta el
sitio, jaja, ridículo, ¿verdad?, esta gente de teatro, como niños realmente, jaja, pero verá
que serán felices si usted mantiene siempre el Palco Ocho vacío en las noches del estreno,
jaja’. Recuerdo eso perfectamente bien. Entregar treinta mil dólares concentra la memoria
un poco. Y luego se fueron. Un carruaje bastante rápido, ahora que vengo a pensar sobre
eso.
—Ah —dijo Salzella, y casi sonrió—. Bien, ahora que la tinta está seca, me pregunto
si podría ponerle a usted al corriente de los detalles menudos…
—Te haces útil, Esme Ceravieja —dijo la voz desde los arbustos—, obligándome a
buscar plantas de acedera y clavo que de casualidad estaban por aquí, muchas gracias.
—¿Hierbas? ¿Qué estás planeando con ellas?
—Estoy planeando decir, ‘Gracias Dios, grandes hojas, justo lo que necesito’.
Las aves cantaban. El viento hacía sonar las cabezas secas llenas de semillas de las
flores del páramo.
Yaya Ceravieja hurgó en las zanjas para ver si había alguna hierba interesante por allí.
Arriba, en las colinas, un buitre gritó y giró.
El coche estaba detenido al costado del camino, a pesar del hecho de que debía haber
estado acelerando al menos desde veinte millas atrás.
Por fin Yaya se sintió aburrida, y se escurrió hacia un grupo de arbustos de aulaga.
—¿Cómo estás, Gytha?
—Muy bien, muy bien —dijo una voz amortiguada.
—Es que considero que el conductor del coche se está poniendo un poco impaciente.
—No puedes apurar a la Naturaleza —dijo Tata Ogg.
—Bueno, no me culpes. Tú dijiste que había demasiadas corrientes de aire sobre los
palos de escoba.
A alguna distancia de los arbustos donde Tata Ogg estaba en comunión con la
Naturaleza había un lago, plácido bajo el cielo de otoño.
En los caramillos, un cisne estaba muriendo. O debía morirse. Sin embargo, había un
problema imprevisto.
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Muerte se sentó sobre la playa.
AHORA MIRE, dijo, SÉ CÓMO SE SUPONE QUE VA. LOS CISNES CANTAN
SÓLO UNA VEZ, HERMOSAMENTE, ANTES DE MORIR. DE ALLÍ SE ORIGINA
LA PALABRA ‘CANTO DEL CISNE’. ES MUY EMOTIVA. AHORA, PROBEMOS
ESTO OTRA VEZ…
Sacó un diapasón de las recónditas y sombrías zonas de su túnica y lo hizo vibrar
contra el costado de su guadaña.
AQUÍ ESTÁ SU NOTA…
—Uh-uh —dijo el cisne, sacudiendo la cabeza.
¿POR QUÉ LO HACE DIFÍCIL?
—Me gusta estar aquí —dijo el cisne.
ESO NO TIENE NADA QUE VER CON ESTO.
—¿Sabía usted que puedo quebrar el brazo de un hombre con un golpe de mi ala?
¿QUÉ TAL SI CONSIGO HACERLE EMPEZAR? ¿SABE USTED ‘BAHÍA A LA
LUZ DE LA LUNA’?
—¡Ésa no es más que una cancioncilla de barbería! ¡Ocurre que soy un cisne!
¿’PEQUEÑA JARRA MARRÓN’? Muerte se aclaró la garganta. HA HA HA, HEE
HEE HEE, PEQUEÑA…
—¿Es eso una canción? —El cisne pitó airadamente y se balanceó de un pie al otro—.
Yo no sé quién es usted, señor, pero de donde yo soy tenemos mejor gusto para la música.
¿DE VERAS? ¿LE IMPORTARÍA MOSTRARME UN EJEMPLO?
—¡Uh-uh!
MALDICIÓN.
—Pensó que me había atrapado con eso, ¿no? —dijo el cisne—. Pensó que me había
engañado, ¿no? Pensó que sin pensarlo podría darle un par de líneas de la Canción del
Buhonero de Lohenshaak, ¿no?
NO ME SÉ ESA.
El cisne tomó una respiración honda y trabajosa.
—Es la que va, “Schneide meinen eigenen Hals…”21
GRACIAS, dijo Muerte. La guadaña se movió.
—¡Cabrón!
Un momento después, el cisne salía de su cuerpo y esponjaba alas nuevas pero
ligeramente transparentes.
—¿Ahora qué? —dijo.
ESO ES COSA SUYA. SIEMPRE ES COSA SUYA.
El Sr. Balde se reclinó en su sillón de cuero crujiente con los ojos cerrados hasta que
su director musical terminó.
—Así es que —dijo Balde—. Déjeme ver si he comprendido bien. Está este Fantasma.
Cada vez que alguien pierde un martillo en este lugar, ha sido robado por el Fantasma.
Cada vez que alguien falla una nota, es debido al Fantasma. Pero también, cada vez que
alguien encuentra un objeto perdido, es debido al Fantasma. Cada vez que alguien hace
una muy buena escena, debe ser por el Fantasma. La cosa viene con el edificio, como las
ratas. Muy a menudo alguien lo ve, pero no durante mucho tiempo porque él va y viene
como un… bueno, un Fantasma. Aparentemente lo dejamos usar el Palco Ocho sin cargo
cada noche del estreno. ¿Y usted dice que a las personas les gusta?
—‘Gustar’ no es exactamente la palabra correcta —dijo Salzella—. Sería más correcto
21 En alemán, “Corto mi propio cuello”. (Nota del traductor)
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decir que… bueno, es superstición pura, por supuesto, pero piensan que da suerte.
Pensaban que daba suerte, de todos modos.
Y tú no entenderías nada sobre eso, ¿verdad?, tosco y pequeño quesero, añadió para sí. El
queso es el queso. La leche se pudre naturalmente. No tienes que hacerlo teniendo varios
cientos de personas molestas hasta que sus nervios explotan…
—Suerte —dijo Balde sin tono.
—La suerte es muy importante —dijo Salzella, con una voz donde la paciencia
dolorida flotaba como los cubos de hielo—. ¿Imagino que el temperamento no es un factor
importante en el negocio del queso?
—Dependemos del cuajo —dijo Balde.
Salzella suspiró.
—De todos modos, la compañía siente que el Fantasma trae… buena suerte. Solía
enviar pequeñas notas de estímulo a las personas. Después de una muy buena
interpretación, las sopranos encontraban una caja de chocolates en su vestidor, ese tipo de
cosas. Y flores muertas, por alguna razón.
—¿Flores muertas?
—Bueno, no eran flores en absoluto, como tales. Sólo un ramo de tallos de rosa sin
rosas. Es como una marca suya. Es considerado de suerte.
—¿Las flores muertas dan buena suerte?
—Posiblemente. Las flores vivas, por cierto, son de muy mala suerte sobre el
escenario. Algunos cantantes no las querrán ni siquiera en su vestidor. Así que… las flores
muertas son seguras, podría decirse. Raras, pero seguras. Y eso no preocupaba a la gente
porque todos pensaban que el Fantasma estaba de su lado. Por lo menos, lo creyeron hasta
hace unos seis meses.
El Sr. Balde cerró sus ojos otra vez.
—Cuénteme —dijo.
—Hubo… accidentes.
—¿Qué clase de accidentes?
—La clase de accidentes que usted prefiere llamar… accidentes.
Los ojos del Sr. Balde permanecieron cerrados.
—Como… la vez cuando Reg Plenty y Fred Chiswell estaban trabajando tarde una
noche en los tanques de cuajo y sucedió que Reg había estado viendo a la esposa de Fred, y
de algún modo… —Balde tragó—… de algún modo debe haber activado, dijo Fred, y
caído…’
—No estoy familiarizado con los caballeros involucrados pero… esa clase de
accidentes. Sí.
Balde suspiró.
—Eso fue algo de la mejor Granja con Nueces que hicimos alguna vez.
—¿Quiere que yo le cuente sobre nuestros accidentes?
—Estoy seguro de que va a hacerlo.
—Una costurera se cosió a sí misma a la pared. Un director de escena suplente fue
encontrado apuñalado con una espada de utilería. Oh, y a usted no le gustaría que le cuente
qué le pasó al hombre que trabajaba en la trampilla. Y todo el plomo desapareció
misteriosamente del techo, aunque personalmente yo no creo que ése fuera trabajo del
Fantasma.
—¿Y todos… le llaman a éstos… accidentes?
—Bien, usted quería vender su queso, ¿no? No puedo imaginar nada que deprima más
la casa que noticia tal como que los cadáveres están cayendo como moscas.
Sacó un sobre de su bolsillo y lo puso sobre la mesa.
—Al Fantasma le gusta dejar pequeños mensajes —dijo—. Había uno junto al órgano.
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Un pintor de escenografía le descubrió y… casi tuvo un accidente.
Balde olfateó el sobre. Apestaba a aguarrás.
La carta estaba escrita sobre una hoja de papel del propio Teatro de la Ópera. En clara
letra inglesa decía:
¡Jajajajaja! ¡Jajajajaja! ¡Jajajajaja!
¡¡¡¡¡CUIDADO!!!!!
Sinceramente suyo,
El Fantasma de la Ópera
—¿Qué tipo de persona —dijo Salzella pacientemente—, se sienta y escribe una risa
maníaca? Y todos esos signos de exclamación, ¿lo ha notado? ¿Cinco? Señal evidente de
que alguien lleva los calzoncillos sobre su cabeza. La ópera puede hacerle eso a un
hombre. Mire, por lo menos registremos el edificio. Los sótanos van por todas partes.
Necesitaré un bote…
—¿Un bote? ¿En el sótano?
—Oh. ¿No le dijeron sobre el sub-sótano?
Balde mostró la sonrisa brillante y alocada de un hombre que estaba acercándose a los
signos de exclamación dobles.
—No —dijo—. No me dijeron sobre el sub-sótano. Estaban demasiado ocupados en no
decirme que alguien anda por allí asesinando a la compañía. No recuerdo a nadie que
dijera, ‘Oh, a propósito, la gente se muere mucho, y dicho sea de paso hay un detalle de
humedad en aumento…’
—Están inundados.
—¡Oh, bien! —dijo Balde—. ¿Con qué? ¿Con baldes de sangre?
—¿No les echó un vistazo?
—¡Dijeron que los sótanos estaban bien!
—¿Y usted les creyó?
—Bueno, había mucho champaña…
Salzella suspiró. Balde tomó el suspiro como ofensa.
—Sucede que me enorgullezco de ser un buen juez de caracteres —dijo—. Si mira a
un hombre en los ojos profundamente y le da un firme apretón de manos, sabrá todo sobre
él.
—Sí, efectivamente —dijo Salzella.
—Oh, maldición… el Señor Enrico Basilica estará aquí pasado mañana. ¿Piensa que
algo podría pasarle?
—Oh, no mucho. Un corte de garganta, quizás.
—¿Qué? ¿Eso cree?
—¿Cómo saberlo?
—¿Qué quiere usted que yo haga? ¿Cerrar el lugar? ¡Hasta donde puedo ver no me da
dinero como está! ¿Por qué nadie se lo ha dicho a la Guardia?
—Eso sería peor —dijo Salzella—. Grandes trolls con malla de cadenas patrullando
por todos lados, cruzándose en el camino de todos y haciendo preguntas estúpidas. Nos
clausurarían.
Balde tragó.
—Oh, no podemos aceptar eso —dijo—. No puedo aceptar… que todos se pongan
nerviosos.
Salzella se recostó. Pareció relajarse un poco.
—¿Nerviosos? Sr. Balde —dijo—, ésta es la ópera. Todos están siempre nerviosos.
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¿Ha escuchado hablar alguna vez de una curva de catástrofe, Sr. Balde?
Seldom Balde hizo todo lo posible.
—Bien, sé que hay una curva temible en el camino cerca de…
—Una curva de catástrofe, Sr. Balde, es por donde corre la ópera. La ópera ocurre
porque hay una gran cantidad de cosas que van asombrosamente mal, Sr. Balde. Funciona
debido al odio y al amor y a los nervios. Todo el tiempo. Esto no es queso. Ésta es la ópera.
Si usted quería una jubilación tranquila, Sr. Balde, no debía haber comprado el Teatro de la
Ópera. Usted debía haberse dedicado a algo tranquilo, como a dentista de caimanes.
Tata Ogg se aburría fácilmente. Pero, por otro lado, era también se divertía con
facilidad.
—Indudablemente un interesante modo de viajar —dijo—. Logras ver lugares.
—Sí —dijo Yaya—. Cada cinco millas, parece para mí.
—No puedo creer lo que tengo dentro de mí.
—No creería que los caballos hayan logrado correr más rápido toda la mañana.
Estaban solas por el momento, excepto por el enorme hombre que roncaba. Los otros
dos habían salido y se reunieron con los viajeros sobre el techo.
La causa principal era Greebo. Con el instinto infalible de los gatos hacia las personas
que no gustan de los gatos se había lanzado pesadamente sobre sus regazos y les brindó el
tratamiento de ‘joven espalda peluda sobre la vieja plantación’. Y les había pedaleado
hasta someterlos y luego se tranquilizó y se puso a dormir, con las garras no tan clavadas
para sacar sangre pero sí definitivamente para sugerir que ésa era una alternativa si la
persona se movía o respiraba. Y entonces, cuando estuvo seguro de que estaban resignados
a la situación, había empezado a oler.
Nadie supo de dónde venía. No estaba relacionado con ningún orificio conocido. Era
sólo que, después de cinco minutos de dormitar, el aire por encima de Greebo tenía el olor
penetrante de las alfombras fermentadas.
Ahora lo estaba intentando sobre el hombre muy grande. No estaba funcionando. Por
fin Greebo había descubierto un estómago demasiado grande para él. Además, el continuo
sube y baja empezaba a hacerle sentir enfermo.
Los ronquidos resonaban por todo el coche.
—No me gustaría ponerme entre él y su pastel —dijo Tata Ogg.
Yaya estaba mirando afuera de la ventana. Por lo menos la cara lo hacía, pero sus ojos
estaban enfocados en el infinito.
—¿Gytha?
—¿Sí, Esme?
—¿Te importa si te hago una pregunta?
—Normalmente no me preguntas si me molesta —dijo Tata.
—¿Nunca te deprime la forma en que las personas no piensan apropiadamente?
Oh oh, pensó Tata. Creo que logré sacarla justo a tiempo. Agradezco al cielo por la
literatura.
—¿Qué quieres decir? —dijo.
—Quiero decir la manera en que ellos se distraen.
—No puedo decir que alguna vez haya pensado en eso, Esme, realmente.
—Bueno… suponte que fuera a decirte, Gytha Ogg, tu casa se quema, ¿qué es lo
primero tratarías de sacar?
Tata se mordió el labio.
—Es una de esas preguntas de personalidad, ¿verdad? —dijo.
—Correcto.
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—Pues, tratas de adivinar cómo soy por lo que digo…
—Gytha Ogg, te he conocido toda mi vida, sé cómo eres. No necesito adivinar. Pero
respóndeme, a pesar de todo.
—Pienso que sacaría a Greebo.
Yaya asintió.
—Porque eso demuestra que tengo una naturaleza cálida y considerada —continuó
Tata.
—No, demuestra que eres esa clase de persona que trata de averiguar cuál se supone
que es la respuesta correcta —dijo Yaya—. Poco confiable. Ésa fue la respuesta de una
bruja, si alguna vez escuché una. Engañosa.
Tata se veía orgullosa.
Los ronquidos cambiaron a un blurt-blurt y el pañuelo se estremeció.
—… pastel de melaza, con un montón de natillas…
—Hey, acaba de decir algo —dijo Tata.
—Habla en sueños —dijo Yaya Ceravieja—. Lo ha estado haciendo de vez en cuando.
—¡Nunca lo escuché!
—Estabas fuera del coche.
—Oh.
—En la última parada estaba hablando de panqueques con limón —dijo Yaya—. Y
puré de papas con mantequilla.
—Me hace sentir hambre sólo escuchar eso —dijo Tata—. Tengo un pastel de cerdo en
algún lugar de la bolsa…
El ronquido se detuvo repentinamente. Una mano se alzó y quitó el pañuelo a un lado.
La cara detrás era amigable, barbuda y pequeña. Ofreció a las brujas una sonrisa tímida y
giró inexorablemente hacia el pastel de cerdo.
—¿Quiere usted una tajada, señor? —dijo Tata—. Tengo un poco de mostaza aquí
también.
—Oh oh, ¿sería tan amable, querida dama? —dijo el hombre, con una voz chillona—.
No sé cuándo comí el último pastel de cerdo, oh, cielos…
Hizo una mueca como si acabara de decir algo equivocado, y luego se relajó.
—Tengo una botella de cerveza si usted quiere un trago también —dijo Tata. Era una
de esas mujeres que disfruta de ver a las personas comiendo casi tanto como de comer.
—¿Cerveza? —dijo el hombre—. ¿Cerveza? ¿Sabe? No me permiten beber cerveza.
Ja, se supone que es mal ambiente. Daría cualquier cosa por una pinta de cerveza…
—Sólo un ‘muchas gracias’ alcanzaría —dijo Tata, pasándola.
—¿Quiénes son esos ‘ellos’ a quién usted se refiere? —dijo Yaya.
—Es mi culpa realmente —dijo el hombre, a través de un ligero rocío de migas de
cerdo—. Me dejé atrapar, supongo…
Hubo un cambio en los sonidos de afuera. Las luces de un pueblo estaban pasando y el
coche disminuía la velocidad.
El hombre forzó el último trozo del pastel en su boca y lo pasó con los restos de la
cerveza.
—Oh, oh, maravilloso —dijo. Entonces se reclinó y se puso el pañuelo sobre la cara.
Levantó una punta.
—No le digan a nadie que hablé con ustedes —dijo—, pero ustedes han hecho un
amigo de Henry Perezoso.
—¿Y qué hace usted, Henry Perezoso? —dijo Yaya, cuidadosamente.
—Soy… estoy en el escenario.
—Sí. Podemos verlo —dijo Tata Ogg.
—No, quiero decir…
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El coche se detuvo. La grava crujió mientras las personas bajaron. La puerta se abrió.
Yaya vio una multitud que miraba con excitada atención través de la entrada, y
automáticamente enderezó su sombrero. Pero algunas manos se extendían hacia Henry
Perezoso, que se incorporó, sonrió nervioso, y permitió que le ayudaran. Algunas personas
también gritaron un nombre, pero no era el nombre de Henry Perezoso.
—¿Quién es Enrico Basilica? —dijo Tata Ogg.
—No lo sé —dijo Yaya—. Tal vez es la persona de quien el Sr. Perezoso tiene miedo.
La posada de la cochería era una casucha descuidada, con sólo dos dormitorios para
invitados. Como ancianas indefensas que viajaban solas, las brujas tomaron uno,
simplemente porque todo el infierno habría quedado suelto si no lo hacían.
El Sr. Balde parecía dolorido.
—Tal vez yo sea el gran hombre de los quesos para usted —dijo—, usted puede pensar
que sólo soy un testarudo hombre de negocios que no conocería la cultura si la encontrara
flotando en su té, pero he sido patrocinador de la ópera aquí y en otros lugares por años.
Puedo tararear casi todas…
—Estoy seguro de que usted ha visto un montón de óperas —dijo Salzella—. Pero…
¿cuánto sabe sobre la producción?
—He estado entre bastidores en montones de teatros…
—Oh, teatros —dijo Salzella—. El teatro ni siquiera se acerca a ella. La ópera no es
teatro con canto y baile. La ópera es ópera. Usted podría pensar que una producción como
Lohenshaak está llena de pasión, pero es un arenero para bebés comparado con lo que
ocurre entre bastidores. Todos los cantantes odian verse unos a otros, el coro desprecia a
los cantantes, ambos odian a la orquesta, y todos temen al director; el grupo de apuntadores
de un costado no hablará al grupo de apuntadores del otro, todos los bailarines están locos
de hambre en todo caso, y es sólo el principio, porque lo que realmente es…
Se escuchó una serie de golpes en la puerta. Era terriblemente irregular, como si el que
llamaba tuviera que concentrarse mucho.
—Entre, Walter —dijo Salzella.
Walter Plinge se escurrió dentro, con un cubo al final de cada brazo.
—¡Vengo a llenar su carbonera Sr. Balde!
Balde agitó una mano vagamente, y se volvió hacia el director musical.
—¿Estaba usted diciendo?
Salzella miró a Walter mientras el hombre apilaba cuidadosamente trozos de carbón en
la carbonera, uno por uno.
—¿Salzella?
—¿Qué? Oh. Lo siento… ¿Qué estaba diciendo?
—¿Algo sobre que era solamente el principio?
—¿Qué? Oh. Sí. Sí… verá, es bueno para los actores. Hay muchas partes para hombres
de edad. Actuar es algo que usted haría toda la vida. Usted mejora. Pero cuando su talento
es cantar y bailar… El tiempo se acerca sigilosamente por detrás, todo el… —Buscó una
palabra, y se decidió por—… tiempo. El tiempo es el veneno. Mire entre bastidores una
noche y verá que las bailarinas buscan todo el tiempo esa primera pequeña imperfección en
cualquier espejo que pueden encontrar. Mire a los cantantes. Todos están en tensión, todos
saben que ésta podría ser su última noche perfecta, que mañana puede ser el comienzo del
final. Es por eso que todos se preocupan por la suerte, ¿lo ve? Todo eso sobre que las flores
vivas son desafortunadas, ¿recuerda? Bien, también lo verde. Y las joyas legítimas llevadas
sobre el escenario. Y espejos reales en escena. Y silbar sobre el escenario. Y echar una
ojeada al público a través de las cortinas principales. Y usar nuevo maquillaje en una noche
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de estreno. Y tejer sobre el escenario, aun en los ensayos. Un clarinete amarillo en la
orquesta es muy desafortunado, no me pregunte por qué. Y en cuanto a detener una
función antes del final, bien, eso es lo peor de todo. Mejor sería sentarse bajo una escalera
y romper espejos.
Detrás de Salzella, Walter colocaba cuidadosamente el último trozo de carbón sobre la
pila en la carbonera y quitaba el polvo cuidadosamente.
—Por Dios —dijo Balde, al fin—. Pensaba que lo del queso era difícil.
Agitó una mano hacia la pila de papeles y lo que pasaba por las cuentas.
—Pagué treinta mil por este lugar —dijo—. ¡Está en el centro de la ciudad! ¡Sitio de
primera! ¡Pensé que era un acuerdo difícil!
—Probablemente habrían aceptado veinticinco mil.
—Y dígame otra vez sobre el Palco Ocho. ¿Usted permite que este Fantasma lo use?
—El Fantasma considera que es suyo cada noche de estreno, sí.
—¿Cómo entra?
—Nadie lo sabe. Hemos buscado y buscado entradas secretas…
—¿Realmente no paga?
—No.
—¡Vale cincuenta dólares la noche!
—Habrá problemas si usted lo vende —dijo Salzella.
—¡Por Dios, Salzella, usted es un hombre culto! ¿Cómo puede quedarse allí tan
tranquilo y aceptar este tipo de demencia? Alguna criatura con máscara tiene el poder del
lugar, tiene un Palco principal para sí mismo, mata a las personas, ¿y usted se sienta allí
diciendo que habrá problemas?
—Se lo dije: la función debe continuar.
—¿Por qué? ¡Nosotros nunca dijimos “el queso debe continuar”! ¿Qué tiene de
especial eso de que la función debe continuar?
Salzella sonrió.
—Hasta donde entiendo —dijo—, el… poder detrás del espectáculo, el alma del
espectáculo, todo el esfuerzo que se le ha destinado, llámelo como quiera… escapa y se
derrama por todos lados. Es por eso que murmuran ‘la función debe continuar’. Debe
continuar. Pero la mayor parte de la compañía ni siquiera comprendería por qué nadie hace
esa pregunta.
Balde miró furioso la pila de lo que pasaba por registros financieros del Teatro de la
Ópera.
—¡Realmente no comprenden la teneduría de libros! ¿Quién lleva las cuentas?
—Todos nosotros, realmente —dijo Salzella.
—¿Todos ustedes?
—El dinero se pone, el dinero se saca… —dijo Salzella vagamente—. ¿Es importante?
La mandíbula de Balde cayó.
—¿Es importante?
—Porque —continuó Salzella, suavemente—, la ópera no produce dinero. La ópera
nunca produce dinero.
—¡Por Dios, hombre! ¿Importante? ¿Qué habría logrado en el negocio del queso, me
gustaría saber, si hubiera dicho que el dinero no era importante?
Salzella sonrió sin humor.
—Hay personas en el escenario en este momento, señor —dijo—, que le dirían que
probablemente usted habría hecho mejores quesos. —Suspiró, y se inclinó sobre el
escritorio—. Mire —dijo—, el queso produce dinero. Y la ópera no. La ópera es donde
usted gasta el dinero.
—Pero… ¿qué se obtiene de esto?
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—Usted obtiene ópera. Usted pone dinero, verá, y sale la ópera —dijo Salzella
cansadamente.
—¿No hay beneficio?
—Beneficio… beneficio —murmuró el director musical, rascándose la frente—. No, no
creo haberme cruzado con esa palabra.
—Entonces, ¿cómo nos las arreglamos?
—Parece que nos llevamos bien.
Balde puso la cabeza entre sus manos.
—Quiero decir —murmuró, medio para sí mismo—, sabía que el sitio no estaba dando
mucho, pero pensé que era sólo porque estaba mal administrado. ¡Tenemos mucho
público! ¡Cobramos un dineral en estradas! ¡Ahora me dicen que un Fantasma anda de un
lado para el otro matando a las personas y que ni siquiera hacemos dinero!
Salzella sonrió radiante.
—Ah, la ópera —dijo.
Greebo caminaba con paso majestuoso sobre los tejados de la posada.
La mayoría de los gatos se ponen nerviosos e inquietos cuando los sacan de su
territorio, es por eso que los libros de gatos dicen de ponerles mantequilla en las garras y
todo eso, presumiblemente porque el constante patinar contra las paredes quitará de la
mente del animal dónde están en realidad las paredes.
Pero Greebo viajaba bien, simplemente porque creía que el mundo entero era su cajón
de cagar.
Cayó pesadamente sobre el techo de un excusado exterior y caminó silenciosamente
hacia una pequeña ventana abierta.
Greebo también tenía una visión gatuna sobre las posesiones, la cual era sencillamente
que nada comestible tenía el derecho de pertenecer a otras personas.
Desde la ventana venía una variedad de olores que incluía pasteles de cerdo y nata. Se
estiró y se dejó caer sobre un estante de la despensa.
Por supuesto, a veces era atrapado. Por lo menos, a veces era descubierto…
Había nata. Se tranquilizó.
Había comido medio tazón cuando la puerta se abrió.
Las orejas de Greebo se aplanaron. Su único buen ojo buscó una ruta de escape
desesperadamente. La ventana estaba demasiado alta, la persona que abría la puerta llevaba
un vestido largo que incidía negativamente en la vieja rutina de ‘a través de las piernas’ y…
y… y… no había ningún escape…
Sus uñas rascaron el piso…
Oh no… aquí viene…
Algo hizo una voltereta en el campo morfogénico de su cuerpo. Había aquí un
problema que una forma gatuna no podía resolver. Oh, bien, conocemos otra…
La loza se estrelló a su alrededor. Los estantes hicieron erupción mientras su cabeza
emergía. Una bolsa de harina estalló para hacer sitio a sus hombros que se ensanchaban.
La cocinera le miró. Entonces bajó la mirada. Y la subió. Y entonces, su mirada se
arrastró como si estuviera sobre un cabrestante, abajo otra vez.
Ella gritó.
Greebo gritó.
Él agarró desesperadamente un tazón para cubrir esa parte que, como gato, nunca tenía
por qué preocuparse en cubrir.
Él gritó nuevamente, esta vez porque acababa de verterse encima cerdo caliente y le
chorreaba por todas partes.
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Sus dedos torpes encontraron un gran molde de cobre para gelatina. Sujetándolo sobre
sus partes inguinales, se lanzó hacia adelante y huyó de la despensa y de la cocina y del
comedor y de la posada y hacia la noche.
El espía, que estaba cenando con el viajante, dejó su cuchillo.
—Eso es algo que a menudo no se ve —dijo.
—¿Qué? —dijo el vendedor, que le daba la espalda a la emoción.
—Uno de esos viejos moldes de cobre para gelatina. Ahora valen mucho. Mi tía tenía
uno muy bueno.
Le dieron un gran trago a la histérica cocinera y varios miembros del personal salieron
a la oscuridad a investigar.
Todo que encontraron fue un molde para gelatina, abandonado en el jardín.
En casa, Yaya Ceravieja dormía con las ventanas abiertas y la puerta sin candado,
segura en el conocimiento de que las diversas criaturas de la noche de las Montañas del
Carnero se comerían sus propias orejas antes que entrar por la fuerza. En naciones
peligrosamente civilizadas, sin embargo, tomaba una actitud diferente.
—Realmente no creo que tengamos que empujar la cama contra la puerta, Esme —dijo
Tata Ogg, levantando un extremo.
—No puedes ser demasiado cuidadosa —dijo Yaya—. ¿Suponte que algún hombre
empieza a mover el pomo en medio de la noche?
—No a la altura de nuestra vida —dijo Tata tristemente.
—Gytha Ogg, eres la más…
Yaya fue interrumpida por un sonido acuoso. Venía desde detrás de la pared y
continuó por algún tiempo.
Se detuvo, y luego empezó otra vez… un constante salpicar que gradualmente se
convertía en chorro. Tata empezó a sonreír.
—¿Alguien llenando un baño? —dijo Yaya.
—… o suponte que podría ser alguien llenando un baño —reconoció Tata.
Se escuchó el sonido de una tercera jarra vaciándose. Unas pisadas dejaban la
habitación. Unos segundos después una puerta se abrió y se escuchó un caminar algo más
pesado, seguido después de un breve intervalo por algunos salpicones y un gruñido.
—Sí, un hombre metiéndose en un baño —dijo Yaya—. ¿Qué estás haciendo, Gytha?
—Me parece que puede haber un nudo en algún lugar de esta madera —dijo Tata—.
Ah, he aquí uno…
—¡Vuelve aquí!
—Lo siento, Esme.
Y entonces comenzó el canto. Era una voz de tenor muy agradable, con el timbre
añadido por el mismo baño.
—Muéstrame el camino a casa, estoy cansado y quiero acostarme…
—Alguien lo está disfrutando, de todos modos —dijo Tata.
—… dondequiera que vaya…
Se escuchó una llamada en la distante puerta del baño, por lo que el cantante cambió
suavemente a otro idioma:
—… per via di terra, mare o schiuma…
Las brujas se miraron la una a la otra.
Una voz amortiguada dijo:
—Le he traído su bolsa de agua caliente, señor.
—Muchi gracia —dijo el bañista, con una voz que chorreaba acento.
Unas pisadas se alejaron en la distancia.
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—… Indicame la strada… para ir a casa —Splash, splash—. Buenas nooooooches,
amiiiigos…
—Bien, bien, bien —dijo Yaya, más o menos para sí misma—. Una vez más, parece
que nuestro Sr. Perezoso es un políglota secreto.
—¡Imagínate! Y ni siquiera has mirado por el hueco —dijo Tata.
—Gytha, ¿hay algo en el mundo entero que no puedas hacer parecer sucio?
—Todavía no lo encontré, Esme —dijo Tata alegremente.
—Quise decir que cuando él habla entre dientes en sueños y cuando canta en su baño
habla exactamente como nosotras, pero cuando cree que las personas están escuchando se
vuelve extranjero.
—Es probablemente para sacar a esa persona Basilica del rastro —dijo Tata.
—Oh, pienso que el Sr. Basilica está muy cerca de Henry Perezoso —dijo Yaya—. A
decir verdad, pienso que son uno y…
Se escuchó una suave llamada en la puerta.
—¿Quién está allí? —preguntó Yaya.
—Soy yo, señora. El Sr. Ranura. Ésta es mi posada.
Las brujas empujaron la cama a un lado y Yaya abrió una fracción de puerta.
—¿Sí? —dijo con recelo.
—Er… el cochero dijo que ustedes eran… ¿brujas?
—¿Sí?
—¿Tal vez ustedes podrían… ayudarnos?
—¿Qué pasa?
—Es mi muchacho…
Yaya abrió la puerta un poco más y vio a la mujer detrás del Sr. Ranura. Una mirada a
su cara fue suficiente. Había un bulto en sus brazos.
Yaya retrocedió.
—Entre y permítame echarle una mirada.
Tomó al bebé de brazos de la mujer, se sentó en la única silla de la habitación, y retiró
la manta. Tata Ogg miraba por encima de su hombro.
—Hum —dijo Yaya, después de un rato. Echó un vistazo a Tata, que le respondió con
un casi imperceptible cabeceo.
—Hay una maldición sobre esta casa, eso es lo que es —dijo Ranura—. Mi mejor vaca
también está mortalmente enferma.
—¿Oh? ¿Tiene un establo? —dijo Yaya—. Muy buen lugar para una enfermería, un
establo. Allí hay calor. Es mejor que usted me muestre dónde está.
—¿Usted quiere llevar al niño ahí abajo?
—Ahora mismo.
El hombre miró a su esposa, y se encogió de hombros.
—Bien, estoy seguro de que usted conoce mejor su negocio —dijo—. Está por aquí.
Condujo a las brujas por una escalera de servicio y a través de un patio, hasta el aire
dulce y fétido del establo. Una vaca estaba estirada sobre la paja. Blanqueó un ojo
locamente cuando entraron, y trató de mugir.
Yaya miró el lugar y se quedó de pie, pensativa por un momento. Entonces dijo:
—Esto servirá.
—¿Qué más necesita usted? —dijo Ranura.
—Sólo paz y tranquilidad.
El hombre se rascó la cabeza.
—Pensé que ustedes hacían un cántico o alguna poción o algo —dijo.
—Algunas veces.
—Quiero decir, sé dónde hay un sapo…
Mascarada Terry Pratchett
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—Todo lo que necesitaré es una vela —dijo Yaya—. Una nueva, preferentemente.
—¿Eso es todo?
—Sí.
El Sr. Ranura parecía un poco molesto. A pesar de su aflicción, algo en su
comportamiento sugería que esa Yaya Ceravieja posiblemente no era buena bruja si no
quería un sapo.
—Y algunos fósforos —dijo Yaya, notando eso—. Una baraja de naipes podría ser útil
también.
—Y yo necesitaré tres chuletas frías de cordero y exactamente dos pintas de cerveza
—dijo Tata Ogg.
El hombre asintió. Esto no se parecía demasiado a un sapo, pero era mejor que nada.
—¿Para qué pediste eso? —siseó Yaya, mientras el hombre salía apresuradamente—.
¡No puedo imaginar qué bien haría! De todos modos, ya comiste una buena cena.
—Bueno, siempre estoy preparada para una comida extra. No me querrás ver por aquí
y me aburriré —dijo Tata.
—¿Dije que no quería verte por aquí?
—Bueno… incluso yo puedo ver que ese niño está en coma, y que la vaca tiene la
Fiebre Roja si soy buen juez. Eso es malo, también. Así que calculo que estás planificando
alguna… acción directa.
Yaya se encogió de hombros.
—En tiempos así, una bruja necesita estar sola —dijo Tata—. Pero sólo piensa en lo
que estás haciendo, Esme Ceravieja.
El niño fue colocado sobre una manta y tan cómodo como era posible. El hombre
venía detrás de su esposa con una bandeja.
—La Sra. Ogg hará los procedimientos necesarios con la bandeja en su habitación —
dijo Yaya con altivez—. Usted déjeme aquí esta noche. Y nadie debe entrar, ¿correcto?
Pase lo que pase.
La madre hizo una reverencia preocupada.
—Pero pensé que podría hacer una corta visita cerca de median…
—Nadie. Ahora, fuera a todos.
Cuando fueron despedidos suavemente pero firmemente, Tata Ogg pegó la cabeza
contra la puerta.
—¿Qué estás planeando exactamente, Esme?
—Te has sentado a cenar con bastante frecuencia, Gytha.
—Oh, sí, es que… —Tata puso cara larga—. Oh, Esme… no vas a…
—Disfruta tu cena, Gytha.
Yaya cerró la puerta.
Pasó un poco de tiempo organizando cajas y barriles para tener una tosca mesa y algo
donde sentarse. El aire estaba caliente y apestaba a flatulencia bovina. Periódicamente
controlaba la salud de ambos pacientes, aunque había poco que controlar.
En la distancia, los sonidos de la posada se apagaron gradualmente. El último fue el
tintineo de las llaves del posadero mientras cerraba las puertas. Yaya lo escuchó caminar
hasta la puerta de establo y vacilar. Entonces se fue, y empezó a subir la escalera.
Esperó un poco más y luego encendió la vela. Su llama alegre dio al lugar un brillo
tibio y reconfortante.
Sobre la tabla de la mesa extendió los naipes e intentó jugar a la Paciencia, un juego
que nunca había sido capaz de dominar.
La vela ardía. Empujó los naipes a un lado, y se sentó mirando la llama.
Después de un inconmensurable trozo de tiempo la llama parpadeó. Habría pasado
inadvertido por alguien que no hubiera estado concentrado en ella durante algún tiempo.
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Tomó una honda respiración y…
—Buenos días —dijo Yaya Ceravieja.
BUENOS DÍAS, dijo una voz junto a su oreja.
Hacía mucho que Tata Ogg había limpiado las chuletas y la cerveza, pero no se había
metido en cama. Estaba sobre ella, completamente vestida, con los brazos detrás de la
cabeza, mirando el techo oscuro.
Después de un rato, escuchó un arañazo sobre las persianas. Se levantó y las abrió.
Una figura enorme saltó a la habitación. Por un momento la luz de la luna iluminó un
torso brillante y un mechón de pelo negro. Entonces la criatura se zambulló bajo la cama.
—Oh, Dios mío Dios mío —dijo Tata.
Esperó un rato, y luego rebuscó un hueso de chuleta de la bandeja. Todavía tenía un
poco de carne. Lo bajó hasta el piso.
Una mano salió disparada y lo agarró.
Tata se recostó.
—Pobre hombrecillo —dijo.
Era solamente en el tema de Greebo que el sentido de realidad por lo demás agudo de
Tata se encontraba retorcido. Para Tata Ogg era simplemente una versión más grande del
gatito peludo que alguna vez fuera. Para todos los demás era una espantosa pelota de
malevolencia ingeniosa.
Pero ahora él tenía que enfrentarse a un problema con que rara vez tropezaban los
gatos. Un año atrás, las brujas lo habían convertido en un ser humano, por razones que
habían parecido muy necesarias en su momento. Había llevado mucho esfuerzo, y su
campo morfogénico se había recompuesto después de unas horas, para gran alivio de
todos.
Pero la magia nunca es tan simple como las personas piensan. Tiene que obedecer
ciertas leyes universales. Y una es que, sin importar cuánto cueste hacer una cosa, en
cuanto ha sido hecha una vez se repetirá mucho más fácilmente y por lo tanto será hecha
muchas veces. Una enorme montaña podría ser escalada por hombres fuertes sólo después
de siglos de intentos fallidos, pero algunas décadas después las abuelas subirán dando un
paseo para tomar el té y luego volverán con andar errante para ver dónde dejaron sus gafas.
De conformidad con esta ley, el alma de Greebo había notado que existía una opción
extra para usar en una situación arrinconada (además del habitual surtido gatuno de correr,
pelear, cagar o los tres juntos) y era: Volverse Humano.
Solía desaparecer después de poco tiempo, la mayor parte utilizada en buscar
desesperadamente un par de pantalones.
Se escuchaban ronquidos desde abajo de la cama. Gradualmente, para alivio de Tata,
se convirtieron en ronroneos.
Entonces se sentó muy derecha. De alguna manera estaba en el establo pero…
—Él está aquí —dijo.
Yaya soltó el aire, despacio.
—Venga y siéntese donde pueda verlo. Son buenos modales. Y déjeme decirle ahora
mismo que no estoy en absoluto asustada de usted.
La alta figura vestida de negro caminó y se sentó sobre un barril, apoyando su guadaña
contra la pared. Entonces echó atrás su capucha. Yaya cruzó los brazos y miró
tranquilamente al visitante, encontrando su mirada fija, de ojo a hueco.
ESTOY IMPRESIONADO.
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—Tengo fe.
¿DE VERAS? ¿EN QUÉ DEIDAD EN ESPECIAL?
—Oh, en ninguna de ellas.
ENTONCES FE ¿EN QUÉ?
—Sólo fe, ya sabe. En general.
La muerte se inclinó hacia adelante. La luz de vela creó nuevas sombras sobre su
cráneo.
EL VALOR ES FÁCIL A LA LUZ DE UNA VELA. SU FE ESTÁ EN LA LLAMA,
SOSPECHO.
Muerte sonrió.
Yaya se inclinó hacia adelante, y sopló la vela. Entonces cruzó los brazos otra vez y se
quedó mirando con fuerza delante de ella.
Después de un rato una voz dijo, MUY BIEN, USTED HA PROBADO SU PUNTO.
Yaya encendió un fósforo. Su destello iluminó el cráneo del otro lado, que no se había
movido.
—De acuerdo —dijo, mientras la vela se volvía a encender—. No queremos estar aquí
sentados toda la noche, ¿verdad? ¿Por cuántos ha venido usted?
UNO.
—¿La vaca?
Muerte sacudió la cabeza.
—Podría ser la vaca.
NO. ESO ESTARÍA CAMBIANDO LA HISTORIA.
—La historia se trata de cosas que cambian.
NO.
Yaya se recostó.
—Entonces lo desafío a un juego. Eso es tradicional. Está permitido.
Muerte se quedó en silencio por un momento.
ESO ES VERDAD.
—Bien.
DESAFIARME POR MEDIO DE UN JUEGO ESTÁ PERMITIDO.
—Sí.
SIN EMBARGO… ¿COMPRENDE QUE PARA GANAR TODO USTED DEBE
JUGAR TODO?
—¿Doble o nada? Sí, lo sé.
PERO NO AJEDREZ.
—No puede aguantar el ajedrez.
NI A SR. ONION TULLIDO. NUNCA HE SIDO CAPAZ DE COMPRENDER LAS
REGLAS.
—Muy bien. ¿Qué tal una mano de póquer? Cinco cartas cada uno, ¿sin cambios?
Muerte súbita, como dicen.
Muerte pensó en eso, también.
¿CONOCE A ESTA FAMILIA?
—No.
ENTONCES ¿POR QUÉ?
—¿Estamos hablando o estamos jugando?
OH, MUY BIEN.
Yaya levantó el paquete de naipes y mezcló, sin mirar sus manos, y sonriendo a
Muerte todo el tiempo. Repartió cinco naipes a cada uno, y bajó la mano…
Una mano huesuda sujetó la suya.
PERO PRIMERO, SEÑORA CERAVIEJA, CAMBIAREMOS NAIPES.
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Recogió los dos montones y los cambió, y luego inclinó la cabeza hacia Yaya.
¿SEÑORA?
Yaya miró sus naipes, y los puso sobre la mesa.
CUATRO REINAS. HUM. ESO ES MUY ALTO.
Muerte bajó la mirada a sus naipes, y luego la levantó hasta los ojos firmes y azules de
Yaya.
Ninguno se movió por algún tiempo.
Entonces Muerte colocó sus naipes sobre la mesa.
PIERDO, dijo. TODO LO QUE TENGO SON CUATRO ASES.
Volvió a mirar en los ojos de Yaya por un momento. Había un brillo azul en la
profundidad de sus cuencas. Tal vez, por la más menuda fracción de un segundo, apenas
perceptible incluso ante la observación más cercana, uno se apagó.
Yaya asintió, y extendió una mano.
Se enorgullecía de su habilidad para juzgar a las personas por su mirada y su apretón
de manos, que en este caso era algo frío.
—Lleve a la vaca —dijo.
ES UNA CRIATURA VALIOSA.
—¿Quién sabe en qué se convertirá el niño?
Muerte se puso de pie, y alcanzó su guadaña.
Dijo, AUCH.
—Ah, sí. No pude evitar darme cuenta —dijo Yaya Ceravieja, mientras la atmósfera se
liberaba de tensión—, que usted parece estar perdiendo ese brazo.
OH, USTED SABE CÓMO ES ESTO. ACCIONES REPETITIVAS, Y TODO ESO…
—Podría ponerse serio si lo deja.
¿QUÉ TAN SERIO?
—¿Quiere que le eche una mirada?
¿LE MOLESTARÍA? CIERTAMENTE ME DUELE EN LAS NOCHES FRÍAS.
Yaya se puso de pie y extendió la mano, pero pasó de largo.
—Mire, tendrá que hacerse un poco más sólido si voy hacer algo…
¿POSIBLEMENTE UNA BOTELLA DE SUCKROSE Y AKWA?
—¿Azúcar y agua? Espero que usted sepa que eso es solamente para los duros de
entendederas. Vamos, enrolle esa manga. No sea niño. ¿Qué es lo peor que puedo hacerle?
Las manos de Yaya tocaron el hueso suave. Se había sentido peor. Por lo menos éstos
nunca habían tenido carne.
Sintió, pensó, agarró, retorció…
Se escuchó un clic.
AUCH.
—Ahora trate de mover el hombro.
ER. HUM. SÍ. PARECE CONSIDERABLEMENTE MÁS LIBRE. SÍ,
EFECTIVAMENTE. SE LO JURO, SÍ. MUCHAS GRACIAS.
—Si vuelve a darle problema, ya sabe dónde vivo.
GRACIAS. MUCHAS GRACIAS.
—Usted sabe dónde viven todos. Los martes por la mañana es un buen momento.
Generalmente estoy en casa.
LO RECORDARÉ. GRACIAS.
—Mediante cita previa, en su caso. Sin ofender.
GRACIAS.
Muerte se alejó. Un momento después se escuchó un débil grito entrecortado de la
vaca. Eso y un ligero hundimiento de la piel era todo lo que aparentemente marcaba la
transición de animal vivo a carne fría.
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Yaya recogió al bebé y colocó una mano sobre su frente.
—La fiebre se ha ido —dijo.
¿SEÑORA CERAVIEJA?, dijo Muerte desde la entrada.
—¿Sí, Señor?
TENGO QUE SABERLO. ¿QUÉ HABRÍA OCURRIDO SI YO NO HUBIERA…
PERDIDO?
—¿Con los naipes, quiere decir?
SÍ. ¿QUÉ HABRÍA HECHO USTED?
Yaya colocó al bebé cuidadosamente sobre la paja, y sonrió.
—Bien —dijo—, para empezar… le habría quebrado su puñetero brazo.
Agnes se quedó levantada hasta tarde, simplemente por la novedad. La mayoría de las
personas en Lancre, como dice el refrán, se acuestan con las gallinas y se levantan con las
vacas.22 Pero vio la representación de la noche, y vio cómo desarmaban la escenografía
después, y vio a los actores partir o, en el caso de los miembros más jóvenes del coro,
dirigirse a sus alojamientos en extraños rincones del edificio. Y entonces no hubo nadie
más, excepto Walter Plinge y su madre que barría.
Fue hacia la escalera. Parecía no haber una vela en ningún lugar allí detrás, pero las
pocas que quedaban ardiendo en el auditorio eran suficientes para darle alguna luz a la
oscuridad.
La escalera subía por la pared en la parte posterior del escenario, con sólo un
pasamanos destartalado entre ella y el vacío. Además de llevar a los áticos y al depósito de
los pisos superiores, era también la única ruta al desván de las moscas y a las otras
plataformas secretas donde hombres con sombreros planos y overoles grises hacían la
magia del teatro, generalmente por medio de poleas…
Había una figura sobre uno de los pórticos sobre el escenario. Agnes la vio sólo porque
se movió ligeramente. Estaba arrodillada, mirando algo. En la oscuridad.
Retrocedió. El escalón crujió.
La figura giró bruscamente. Un cuadrado de la luz amarilla se abrió en la oscuridad, y
su rayo la clavó contra la mampostería.
—¿Quién está allí? —dijo, levantando una mano para dar sombra a sus ojos.
—¿Quién es usted? —dijo una voz. Y entonces, después un momento—, Oh. Es…
Perdita, ¿no?
El cuadrado de luz osciló hacia ella mientras la figura cruzaba sobre el escenario.
—¿André? —dijo. Sintió deseos de dar un paso hacia atrás, si la mampostería se lo
hubiera permitido.
Y de repente él estaba sobre la escalera, una persona bastante corriente, no una sombra
en absoluto, sosteniendo una linterna muy grande.
—¿Qué está haciendo usted aquí? —dijo el organista.
—Yo… me estaba yendo a la cama.
—Oh, sí. —Él se relajó un poco—. Algunas de ustedes muchachas tienen habitaciones
aquí. La dirección pensó que era más seguro que tener que ir a casa a solas tarde por la
noche.
—¿Qué está usted haciendo aquí arriba? —dijo Agnes, repentinamente conciente de
22 Er. O sea, se van a la cama a la misma hora que las gallinas se van a la cama, y se levantan a la misma
hora que las vacas se levantan. Los refranes con palabras dichas con cierta libertad ocasionan
malentendidos. (Nota del autor)
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que sólo estaban ellos dos.
—Estaba… mirando el lugar donde el Fantasma trató de estrangular al Sr. Cripps —
dijo André.
—¿Por qué?
—Quería asegurarme de que todo estaba seguro ahora, por supuesto.
—¿No hicieron eso los tramoyistas?
—Oh, ya los conoce. Sólo pensé que era mejor asegurarme.
Agnes bajó la vista a la linterna.
—Nunca he visto una como ésa antes. ¿Cómo hizo para encenderla tan rápidamente?
—Er. Es una linterna negra. Tiene esta solapa, ¿ve? —Se la mostró—. Así que puede
cerrarla bien y abrirla otra vez…
—Debe ser muy útil cuando está buscando notas negras.
—No sea sarcástica. Sólo que no quiero que haya más problemas. Descubrirá que
empieza a mirar a su alrededor cuando…
—Buenas noches, André.
—Buenas noches, entonces.
Apuró el resto de los tramos y buscó refugio en su dormitorio. Nadie la siguió.
Cuando se calmó, lo que tomó un poco de tiempo, se vistió la voluminosa carpa de su
camisón de franela roja y se metió en cama, resistiendo cualquier tentación de subir la
frazada sobre la cabeza.
Miró el techo oscuro.
—Eso es estúpido —pensó, al final—. Él estaba en el escenario esta mañana. Nadie
podría moverse tan rápido…
Nunca supo si en realidad consiguió dormirse un poco o si ocurrió justo mientras se
quedaba dormida, pero escuchó una muy pálida llamada en la puerta.
—¿¡Perdita!?
Solamente una persona que conocía podía exclamar un susurro.
Agnes se levantó y caminó silenciosamente hacia la puerta. Abrió una mínima
fracción, sólo para comprobar, y Christine medio cayó dentro de la habitación.
—¿Qué sucede?
—¡¡Estoy asustada!!
—¿De qué?
—¡¡El espejo!! ¡¡Me está hablando!! ¡¿Puedo dormir en su habitación?!
Agnes miró a su alrededor. Ya estaba bastante llena con ellas dos paradas allí.
—¿El espejo está hablando?
—¡¡Sí!!
—¿Está usted segura?
Christine se zambulló en la cama de Agnes y se cubrió con la frazada.
—¡¡Sí!! —dijo, vagamente.
Agnes permaneció de pie y sola en la oscuridad.
Las personas siempre tendían a suponer que ella podía arreglársela, como si la
capacidad fuera con la masa, como la gravedad. Y decir simple y enérgicamente,
‘Tonterías, los espejos no hablan’, probablemente no sería de ninguna ayuda, en especial
con la otra mitad del diálogo enterrado debajo de la ropa de cama.
Tanteó su camino hasta la habitación contigua, dándose un pie contra la cama en la
oscuridad.
Debería haber una vela aquí, en algún lugar. Tanteó en busca de la diminuta mesa de
noche, esperando encontrar el sonido alentador de una caja de fósforos.
Un pálido fulgor desde la ciudad a medianoche se filtró a través de la ventana. El
espejo parecía brillar.
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Se sentó sobre la cama, que crujió amenazante bajo ella.
Oh bien… una cama era tan buena como otra…
Estaba a punto de reclinarse cuando algo en la oscuridad hizo… ting.
Era un diapasón.
Y una voz dijo:
—Christine… por favor preste atención.
Se sentó derecha, mirando la oscuridad.
Y entonces cayó en la cuenta. Ningún hombre, habían dicho. Habían sido muy
estrictos al respecto, como si la ópera fuese alguna clase de religión. No era un problema
en el caso de Agnes, por lo menos para ellos, pero para alguien como Christine… Decían
que el amor siempre encontraba el camino y, por supuesto, también cierta cantidad de
actividades asociadas.
Oh, por Dios. Sintió que el rubor empezaba. ¡En la oscuridad! ¿Qué clase de reacción
era ésa?
La vida de Agnes se desenrolló ante sus ojos. No parecía que tuviera muchos puntos
altos. Pero contenía años y años de ser capaz y de tener una personalidad encantadora. Casi
que tenía más chocolate que sexo y, mientras que Agnes no estaba en posición de hacer
una comparación directa, y sin considerar el hecho de que una barra de chocolate podía ser
hecha para durar todo el día, no le parecía un intercambio muy justo.
Sintió lo mismo que había sentido en casa. Algunas veces la vida llega a ese punto
desesperado donde hacer lo equivocado tiene que ser lo correcto por hacer.
No importa qué dirección vas. A veces sólo tienes que ir.
Sujetó la ropa de cama y repasó en su mente el modo en que su amiga hablaba. Tenía
que hacer ese pequeño glup, ese jadeante tintineo en el tono que tienen las personas cuyas
mentes juegan con hadas la mitad del tiempo. Lo ensayó en su cabeza, y luego lo llevó
hasta sus cuerdas vocales.
—¡¿Sí?! ¡¿Quién está allí?!
—Un amigo.
Agnes tiró de la ropa de cama más arriba.
—¡¿En medio de la noche?!
—La noche no es nada para mí. Pertenezco a la noche. Y puedo ayudarla. —Era una
voz agradable. Parecía estar viniendo del espejo.
—¡¿Ayudarme a hacer qué?!
—¿No quiere ser la mejor cantante en la ópera?
—¡¡Oh, Perdita es mucho mejor que yo!!
Hubo silencio por un momento, y luego la voz dijo:
—Pero mientras yo no puedo enseñarle a que se vea y se mueva como usted, puedo
enseñarle a usted a que cante como ella.
Agnes miró en la oscuridad, mientras la sorpresa y la humillación brotaban de ella
como vapor.
—Mañana usted cantará la parte de Iodine. Pero le enseñaré cómo cantarla
perfectamente…
A la mañana siguiente, las brujas tuvieron el interior del coche casi para ellas solas.
Las noticias tales como Greebo corren. Pero Henry Perezoso estaba allí, si ése fuera
efectivamente su nombre, sentando junto a un hombrecillo delgado y muy bien vestido.
—Bien, aquí estamos otra vez, entonces —dijo Tata Ogg. Henry sonrió nerviosamente.
—Se escucharon algunas buenas canciones anoche —continuó Tata.
La cara de Henry se inmovilizó en una mueca cordial. En sus ojos, el terror agitaba una
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bandera blanca.
—Me temo que Señor Basilica no habla Morporkiano, señora —dijo el hombre
delgado—. Pero traduciré para ustedes, si lo desea.
—¿Qué? —dijo Tata—. Entonces cómo es que… ¡Auch!
—Lo siento —dijo Yaya Ceravieja—. Mi codo debe haberse resbalado.
Tata Ogg se frotó el costado.
—Estaba diciendo —dijo—, que él estaba… ¡Auch!
—Vaya por Dios, parece que lo hice otra vez —dijo Yaya—. Este caballero nos estaba
diciendo que su amigo no habla nuestra lengua, Gytha.
—¿Eh? Pero… ¿Qué? Oh. Pero… Ah. ¿De veras? Oh. Muy bien —dijo Tata—. Oh, sí.
Sin embargo, come nuestros pasteles cuando… ¡Auch!
—Disculpe a mi amiga, es su edad. Se confunde —dijo Yaya—. Disfrutamos de su
canto. Lo escuchamos a través de la pared.
—Fueron ustedes muy afortunadas —dijo el hombre delgado formalmente—. A veces
las personas tienen que esperar años para escuchar al Señor Basilica…
—… probablemente esperan a que termine su cena… —dijo una voz entre dientes.
—… a decir verdad, en La Scalda de Genua el mes pasado su canto hizo que diez mil
personas derramaran lágrimas.
—… ja, yo puedo hacer eso, no veo que haya algo especial en eso…
Los ojos de Yaya no habían dejado la cara de Henry ‘Señor Basilica’ Perezoso. Tenía
la expresión de un hombre cuyo profundo alivio era horriblemente moderado por el temor
de que no duraría mucho tiempo.
—La fama del Señor Basilica se ha extendido a lo ancho y a lo largo —dijo el
representante formalmente.
—… como el Señor Basilica —farfulló Tata—. Sobre los pasteles de otras personas,
supongo. Oh, sí, también demasiado refinado para nosotras ahora, sólo porque es el único
hombre que podrías encontrar en un atlas… ¡Auch!
—Bien, bien —dijo Yaya, sonriendo de una manera que todos excepto Tata Ogg
creerían inocente—. Es bonito y cálido en Genua. Espero que Señor Basilica extrañe su
casa realmente. ¿Y qué hace usted, joven caballero?
—Soy su representante y traductor. Er. Usted tiene una ventaja sobre mí, señora.
—Sí, efectivamente. —Yaya asintió.
—También tenemos algunos buenos cantantes de donde venimos —dijo Tata Ogg, con
rebeldía.
—¿De veras? —dijo el representante—. ¿Y de dónde son ustedes, damas?
—De Lancre.
El hombre intentó cortésmente ubicar a Lancre en su mapa mental de grandes centros
musicales.
—¿Tienen ustedes un conservatorio allí?
—Sí, efectivamente —dijo Tata Ogg resueltamente, y entonces, sólo para asegurarlo,
añadió—: Usted debería ver el tamaño de mis tomates.
Yaya blanqueó los ojos.
—Gytha, tú no tienes un conservatorio. Es sólo un alféizar grande.
—Sí, pero capta el sol casi todo el día… Auch…
—Espero que el Señor Basilica vaya hacia Ankh-Morpork —dijo Yaya.
—Hemos —dijo el representante, remilgadamente—, permitido que el Teatro de la
Ópera nos comprometa por el resto de la temporada…
Su voz se entrecortó. Había mirado el estante de equipaje.
—¿Qué es eso?
Yaya echó un vistazo hacia arriba.
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—Oh, ése es Greebo —dijo.
—Y el Señor Basilica no se lo va a comer —dijo Tata.
—¿Qué es?
—Es un gato.
—Me está sonriendo. —El representante se movió inquieto—. Y puedo oler algo —
dijo.
—Es gracioso —dijo Tata—. No puedo oler nada.
Se escuchó un cambio en el sonido de las pezuñas afuera, y el coche se tambaleó
mientras disminuía la velocidad.
—Ah —dijo el representante incómodo—. Yo… Er… veo que estamos parando para
cambiar de caballos. Es un, un bonito día. Creo que puedo, er, ver si hay espacio en los
asientos de afuera.
Salió cuando el coche se detuvo. Cuando arrancó otra vez, algunos minutos después,
no había regresado.
—Bien, bien —dijo Yaya, mientras salían otra vez—, parece que sólo estamos tú y yo,
Gytha. Y el Señor Basilica, que no habla nuestra lengua. ¿Lo hace, Sr. Henry Perezoso?
Henry Perezoso sacó un pañuelo y se secó la frente.
—¡Damas! ¡Mis queridas damas! Les ruego, por piedad…
—¿Ha hecho usted algo malo, Sr. Perezoso? —dijo Tata—. ¿Se aprovechó de mujeres
que no querían ser aprovechadas? ¿Robó? (Aparte de plomo de los techos y otras cosas que
las personas no echarían de menos.) ¿Asesinó a alguien que no lo merecía?
—¡No!
—¿Está diciendo la verdad, Esme?
Henry se retorció bajo la mirada fija de Yaya Ceravieja.
—Sí.
—Oh, bien, todo está bien, entonces —dijo Tata—. Comprendo. Yo misma no tengo
que pagar impuestos, pero sé todo acerca de personas que no quieren hacerlo.
—Oh, no es eso, lo aseguro —dijo Henry—. Tengo personas que pagan los impuestos
por mí…
—Ése es un buen truco —dijo Tata.
—El Sr. Perezoso tiene un truco diferente —dijo Yaya—. Supongo que conozco el
truco. Es como azúcar y agua.
Henry agitó las manos con aire vacilante.
—Es sólo que si ellos supieran… —empezó.
—Todo es mejor si viene desde muy lejos. Ése es el secreto —dijo Yaya.
—Es… sí, eso es una parte —dijo Henry—. Quiero decir, nadie quiere escuchar a un
Perezoso.
—¿De dónde es usted, Henry? —dijo Tata.
—Realmente —dijo Yaya.
—Crecí en el Patio Rookery en Las Sombras. Está en Ankh-Morpork —dijo Henry—.
Era un lugar rudo y terrible. Había solamente tres caminos para salir. Uno podía cantar
para salir o uno podía luchar para salir.
—¿Cuál era el tercer camino? —dijo Tata.
—Oh, uno podía bajar por ese pequeño callejón en la Calle Shamlegger y luego cortar
hacia el Camino de la Mina de Melaza —dijo Henry—. Pero nunca nadie llegó a nada
cuando se fue por allí.
Suspiró.
—Hice algunos cobres cantando en tabernas y cosas así —dijo—, pero cuando trataba
de obtener algo mejor ellos decían ‘¿Cómo te llamas?’ y yo decía ‘Henry Perezoso’ y ellos
se reían. Pensé en cambiar mi nombre, pero todos en Ankh-Morpork sabían quién era yo.
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Y nadie quería escuchar a uno que se llamaba llanamente Henry Perezoso.
Tata asintió.
—Es como con los magos —dijo—. Nunca se llaman Fred Cagada. Siempre es algo
como El Gran Astoundo, Recién Llegado de la Corte del Rey de Klatch, y Gladys.
—Y todos se dan cuenta —dijo Yaya—, y siempre tienen cuidado de no preguntarse:
si él viene del Rey de Klatch, ¿por qué está haciendo trucos de naipes aquí en Tajada,
población siete.
—El truco es asegurarse de que dondequiera que uno vaya, uno sea de algún otro
lugar —dijo Henry—. Y entonces fui famoso, pero…
—Usted quedó atorado como Enrico —dijo Yaya.
Asintió.
—Sólo estaba haciéndolo para ganar un poco de dinero. Iba a volver y casarme con mi
pequeña Angeline…
—¿Quién era ella? —preguntó Yaya.
—Oh, una muchacha con la que crecí —dijo Henry, vagamente.
—¿Compartiendo la misma zanja en las callejuelas de Ankh-Morpork, esa clase de
cosas? —dijo Tata, con una voz comprensiva.
—¿Zanja? En esos días tenías que poner tu nombre y esperar cinco años por una zanja
—dijo Henry—. Pensábamos que las personas en las zanjas eran personas de clase.
Nosotros compartíamos un desagüe. Con dos otras familias. Y un hombre que hacía
malabares con anguilas.
Suspiró.
—Pero seguí adelante, y luego siempre había algún otro lugar donde ir, y les gusté en
Brindisi… y… y…
Se sonó la nariz con el pañuelo, lo dobló cuidadosamente, y sacó otro de su bolsillo.
—No me molestan la pasta y los calamares —dijo—. Bueno, no mucho… Pero no
puedes conseguir una cerveza decente por amor ni por dinero y le ponen aceite de oliva a
todo y los tomates me dan sarpullido y no hay nada que pueda llamar un buen queso duro
en el todo el país.
Secó su cara con el pañuelo.
—Y las personas son tan amables —dijo—. Pensé que conseguiría algunos filetes de
carne cuando viajara pero, dondequiera que voy, hacen pasta especialmente para mí. ¡Con
salsa de tomate! ¡A veces la fríen! Y lo que les hacen a los calamares… —Se estremeció—.
Entonces todos sonríen y me observan comer. ¡Piensan que lo disfruto! Lo que daría por un
plato de buena carne de carnero asada con bolas de masa hervida…
—¿Por qué no lo dice? —dijo Tata.
Se encogió de hombros.
—Enrico Basilica come pasta —dijo—. No hay mucho que pueda hacer sobre eso
ahora.
Se recostó.
—¿Está usted interesada en la música, Sra. Ogg?
Tata asintió con orgullo.
—Puedo sacar la melodía de cualquier cosa si me da cinco minutos para estudiarla —
dijo—. Y nuestro Jason sabe tocar el violín y nuestro Kev sabe tocar el trombón y todos
mis niños pueden cantar y nuestro Shawn pedear cualquier melodía que quiera nombrar.
—Una familia muy talentosa, por cierto —dijo Enrico. Rebuscó en un bolsillo del
chaleco y sacó dos óvalos de cartón—. Así que por favor, damas, aceptad éstas como un
pequeño gesto de gratitud de alguien que come los pasteles de otras personas. Nuestro
pequeño secreto, ¿eh? —Guiñó desesperadamente a Tata—. Son boletos gratis para la
ópera.
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—Bueno, es asombroso —dijo Tata—, porque vamos a… ¡Auch!
—Vaya, muchas gracias —dijo Yaya Ceravieja, tomando los boletos—. Qué gentil es
usted. Estamos seguras de ir.
—Y si me disculpan —dijo Enrico—, debo recuperar el sueño.
—No se preocupe, no creo que haya tenido tiempo de ir lejos —dijo Tata.
El cantante se recostó, puso el pañuelo sobre su cara y, después de algunos minutos,
empezó roncar el feliz ronquido de alguien que había cumplido con su deber y que ahora,
con algo de suerte, no volvería a encontrarse con estas desconcertantes ancianas nunca
más.
—Está bien dormido —dijo Tata, después de un rato. Echó un vistazo a los boletos en
la mano de Yaya—. ¿Quieres visitar la ópera? —dijo.
Yaya miró al vacío.
—Dije, ¿quieres visitar la ópera?
Yaya miró los boletos.
—Lo que yo quiero no tiene importancia, sospecho —dijo.
Tata Ogg asintió.
Yaya Ceravieja estaba firmemente en contra de la ficción. La vida era bastante difícil
sin mentiras flotando por allí y cambiando la manera de pensar de las personas. Y porque
el teatro era ficción hecha carne, odiaba el teatro por encima de todo. Pero eso era; odio era
exactamente la palabra correcta. El odio es una fuerza de atracción. El odio es sólo amor
puesto de espaldas.
No odiaba el teatro, porque, si lo hubiera hecho, lo habría evitado completamente.
Ahora Yaya tomaba cada oportunidad de visitar el teatro ambulante que venía a Lancre, y
se sentaba derecha en la primera fila de cada representación, mirando ferozmente. Incluso
los honestos Punch y Judy la encontraban sentada entre los niños, soltando cosas como
‘¡No tan así!’ y ‘¿Es esa una manera de actuar?’ Como resultado, Lancre se estaba
volviendo conocido a lo largo y ancho de las llanuras de Sto como una plaza realmente
dura.
Pero lo que ella quería no era importante. Le gustara o no, las brujas son colocadas al
borde de las cosas, donde dos estados chocan. Sienten la atracción de las puertas, las
circunferencias, los límites, las entradas, los espejos, las máscaras…
… y los escenarios.
El desayuno fue servido en el refectorio del Teatro de la Ópera a las nueve y media.
Los actores no eran famosos por su hábito de levantarse temprano.
Agnes empezó a desplomarse sobre sus huevos y tocino, y se detuvo justo a tiempo.
—¡¡Buenos días!!
Christine se sentó con una bandeja sobre la cuál había, Agnes no se sorprendió, un
plato que tenía un tronco de apio, una pasa y apenas una cucharada de leche. Se inclinó
hacia Agnes y su cara muy brevemente expresó un poco de preocupación.
—¡¿Está usted bien?! ¡¡Se ve un poco paliducha!!
Agnes se contuvo a mitad de un ronquido.
—Estoy bien —dijo—. Sólo un poco cansada…
—¡¡Oh, bien!! —Christine regresó a su operación en automático después de este
intercambio que había agotado sus procesos mentales más altos—. ¡¿Le gusta mi nuevo
vestido?! —exclamó—. ¡¿No es atrapante?!
Agnes lo miró.
—Sí —dijo—. Muy… blanco. Muy delicado. Muy ajustado.
—¡¿Y sabe usted qué?!
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—No. ¿Qué?
—¡¡Ya tengo un admirador secreto!! ¡¿No es emocionante?! ¡¡Todas las grandes
cantantes los tienen, usted lo sabe!!
—Un admirador secreto…
—¡¡Sí!! ¡¡Este vestido!! ¡¡Llegó a la puerta del escenario justo ahora!! ¡¿No es
excitante?!
—Asombroso —Agnes dijo, tristemente—. Y no es que usted haya cantado. Er. ¿De
quién es?
—¡¡No lo dice, por supuesto!! ¡¡Tiene que ser un admirador secreto!! ¡¡Probablemente
querrá mandarme flores y beber champaña de mi zapato!!
—¿De veras? —Agnes puso cara rara—. ¿Las personas hacen eso?
—¡¡Es tradicional!!
Christine, hirviendo de alegría, tenía algo para compartir…
—¡Usted realmente se ve muy cansada! —dijo. Su mano fue a su boca—. ¡¡Oh!!
¡¡Intercambiamos habitaciones, verdad!! ¡¡Fui tan tonta!! Y, usted sabe —añadió con esa
expresión de la astucia medio vacía que era lo más cerca que llegaba a la astucia—, podría
haber jurado que escuché cantar en la noche… ¡¿alguien intentando escalas complicadas y
esas cosas?!
Agnes estuvo a punto de contar la verdad. Sabía que debería haber dicho: ‘Lo siento,
parece que he tomado su vida por error. Parece que hay un poco de confusión…’
Pero ella también había estado a punto de hacer lo que le decían, no ponerse primero,
ser respetuosa con sus mayores y no usar ninguna palabrota más fuerte que `put’.
Podía pedir prestado un futuro más interesante. Sólo por una noche o dos. Podía
dejarlo cuando quisiera.
—¿Sabe? Es gracioso —dijo—, porque estoy justo en la puerta contigua a la suya y yo
no escuché.
—¡¿Oh?! ¡¡Bien, está todo bien, entonces!!
Agnes miró la diminuta comida sobre la bandeja de Christine.
—¿Eso es todo lo que usted va a desayunar?
—¡Oh, sí! ¡¡Puedo reventar como un globo, querida!! ¡¡Usted tiene suerte, usted puede
comer cualquier cosa!! ¡No olvide que el ensayo es en media hora!
Y se largó.
Tiene una cabeza llena de aire, pensó Agnes. Estoy segura de que no quiso decir nada
hiriente.
Pero, profundo dentro de sí, Perdita X Dream pensó una palabra descortés.
La Sra. Plinge sacó su escoba del armario de la limpieza, y se volvió.
—¡Walter!
Su voz resonó en el escenario vacío.
—¿Walter?
Tanteó el palo de la escoba cautelosamente. Walter tenía una rutina. Le había llevado
muchos años entrenarlo. No era muy suyo no estar en el lugar correcto a la hora correcta.
Sacudió la cabeza y empezó a trabajar. Podía ver que habría trabajo de limpieza para
más tarde. Pasarían años antes de librarse del olor del aguarrás.
Una persona venía cruzando el escenario. Estaba silbando.
La Sra. Plinge se sorprendió.
—¡Sr. Maza!
El ratonero profesional del Teatro de la Ópera se detuvo, y bajó su saco movedizo. El
Sr. Maza llevaba un viejo sombrero de ópera para mostrar que estaba un escalón por
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encima de un operativo normal de roedores, y el ala estaba gorda por la cera y los viejos
restos de vela que utilizaba para iluminar su camino en los sótanos más oscuros.
Había trabajado entre las ratas tanto tiempo que tenía un aspecto algo ratonil ahora. Su
cara parecía ser simplemente una extensión hacia atrás de su nariz. El bigote era cerdoso.
Sus dientes delanteros eran prominentes. Las personas, sin querer, buscaban el rabo.
—¿Qué sucede, Sra. Plinge?
—¡Usted sabe que no debe silbar sobre el escenario! ¡Ésa es una terrible mala suerte!
—Ah, bueno, es por la buena suerte, Sra. Plinge. ¡Oh, sí! Si usted supiera lo que yo sé,
usted sería un hombre feliz, también. Por supuesto, en su caso usted sería una mujer feliz,
considerando que usted es una mujer. ¡Ah! ¡Algunas de las cosas que he visto, Sra. Plinge!
—¿Encontró oro ahí abajo, Sr. Maza?
La Sra. Plinge se arrodilló cuidadosamente para raspar una mancha de pintura.
El Sr. Maza recogió el saco y continuó su camino.
—Podría ser oro, Sra. Plinge. Ah. Muy bien podría ser de oro…
Le llevó un momento a la Sra. Plinge persuadir a sus rodillas artríticas para que le
permitieran ponerse de pie y dar la vuelta.
—¿Perdone, Sr. Maza? —dijo.
En algún lugar a la distancia, se escuchó un blando ruido sordo como de un montón de
sacos de arena cayendo suavemente sobre las tablas.
El escenario era grande, estaba desnudo y vacío, a excepción de un saco que se estaba
escabullendo con determinación hacia la libertad.
La Sra. Plinge miró hacia ambos lados con mucho cuidado.
—¿Sr. Maza? ¿Está usted ahí?
De repente, le pareció que el escenario era aun más grande y más evidentemente vacío
que antes.
—¿Sr. Maza? ¿Ehhh… ohhh?
Estiró el cuello para mirar.
—¿Hola? ¿Sr. Maza?
Algo bajó flotando desde arriba y aterrizó a su lado.
Era un sucio sombrero negro, con cabos de vela alrededor del ala.
Levantó la mirada.
—¿Sr. Maza? —dijo.
El Sr. Maza estaba acostumbrado a la oscuridad. No le provocaba ningún miedo. Y
siempre se sintió orgulloso de su visión nocturna. Si había algo de luz, cualquier mota,
cualquier brillo fosforescente, él podía usarlo. Su sombrero con velas era más para
aparentar que otra cosa.
Mi sombrero con velas… pensó. Lo había perdido pero, qué extraño, aquí estaba,
todavía sobre su cabeza. Sí, efectivamente. Se frotó la garganta pensativo. Había algo
importante que no podía recordar…
Estaba muy oscuro.
¿SQUEAK?
Miró hacia arriba.
De pie en el aire, a la altura de los ojos, había una figura con túnica de unas seis
pulgadas de estatura. Una nariz huesuda, con bigotes grises, sobresalía de la capucha.
Diminutos dedos esqueléticos sujetaban una guadaña muy pequeña.
El Sr. Maza asintió pensativo. No alcanzabas la admisión al Círculo Interior del
Gremio de Ratoneros sin oír algunos rumores. Las ratas tenían su propia Muerte, decían,
como sus propios reyes, parlamentos y naciones. Ningún ser humano lo había visto alguna
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vez, sin embargo.
Hasta ahora.
Se sentía honrado. Había ganado el Mazo Dorado por la mayor cantidad de ratas
atrapadas los pasados cinco años, pero las respetaba, como un soldado podía respetar a un
enemigo astuto y valiente.
—Er… Estoy muerto, ¿no…?
SQUEAK.
El Sr. Maza sintió que muchos ojos lo estaban mirando. Muchos ojos pequeños y
brillantes.
—Y… ¿qué ocurre ahora?
SQUEAK.
El alma del Sr. Maza miró sus manos. Parecía que se alargaban, y que se ponían más
peludas. Podía sentir sus orejas creciendo, y cierto alargamiento casi vergonzoso ocurría en
la base de su espina dorsal. Había pasado la mayor parte de su vida en una resuelta
actividad en lugares oscuros, sin embargo aun así…
—¡Pero no creo en la reencarnación! —protestó.
SQUEAK.
Y esto, como el Sr. Maza comprendió con la claridad de un completo roedor,
significaba: la reencarnación cree en usted.
El Sr. Balde revisó su correo muy cuidadosamente, y finalmente soltó el aire cuando la
pila no mostró otra carta con el emblema del Teatro de la Ópera.
Se recostó y abrió el cajón del escritorio por una pluma.
Allí había un sobre.
Lo miró, y luego recogió su cortapapel despacio.
Sliiiiit…
… crujido…
Estaré agradecido si Christine canta el papel de Iodine en “La Triviata” esta noche.
El clima continúa bueno. Confío en que usted estará bien.
Suyo.
El Fantasma de la Ópera
—¡Sr. Salzella! ¡Sr. Salzella!
Balde empujó su silla y corrió a la puerta, abriéndola justo a tiempo para enfrentar a
una bailarina, que le gritó.
Debido a que sus nervios ya estaban tensos, le respondió gritando. Esto pareció tener el
efecto que generalmente se logra con una franela mojada o una bofetada. Ella se detuvo y
le echó una mirada afrentada.
—Ha atacado otra vez, ¿verdad? —gimió Balde.
—¡Está aquí! ¡Es el Fantasma! —dijo la muchacha, determinada a conseguir una línea
aunque no le fuera requerida.
—Sí, sí, pienso que lo sé —farfulló Balde—. Sólo espero que no fuera nadie costoso.
Se detuvo a medio camino a lo largo del corredor y luego se dio media vuelta. La
muchacha se encogió ante su dedo vacilante.
—¡Al menos camine de puntillas! —gritó—. ¡Usted probablemente me ha costado un
dólar sólo por correr hasta aquí!
Había una multitud agrupada en el escenario. En el centro estaba esa nueva muchacha,
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la obesa, arrodillada y confortando a una anciana. Balde reconoció a la última vagamente.
Era una del personal que había venido con el Teatro de la Ópera, como parte de todo como
las ratas o las gárgolas que infestaban los tejados.
Ella estaba sujetando algo ante sus ojos.
—Sólo cayó del desván —dijo—. ¡Su pobre sombrero!
Balde miró hacia arriba. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad distinguió
una forma arriba entre los listones, girando despacio…
—Oh, cielos —dijo—. Y pensé que él había escrito una carta tan educada…
—¿De veras? Entonces ahora lea esta otra —dijo Salzella, acercándose por detrás.
—¿Debo?
—Está dirigida a usted.
Balde desdobló el trozo de papel.
¡Jajajajaja! ¡Jajajajaja!
Suyo.
El Fantasma de la Ópera
PD: ¡¡¡¡Jajajajaja!!!!
Lanzó una mirada de angustia a Salzella.
—¿Quién es el pobre tipo allá arriba?
—El Sr. Maza, el ratonero. La soga se enredó alrededor de su cuello, el otro extremo
está atado a unos sacos de arena. Se vinieron abajo. Él se fue… arriba.
—¡No lo comprendo! ¿Este hombre está loco?
Salzella puso un brazo alrededor de sus hombros y lo alejó de la multitud.
—Bien, ahora —dijo, tan gentilmente como pudo—. Un hombre que lleva traje de
etiqueta todo el tiempo, se oculta en las sombras y ocasionalmente mata a las personas.
Entonces envía pequeñas notas, escribiendo risa maniática. Cinco signos de exclamación
otra vez, noto. Tenemos que preguntarnos: ¿es ésta la profesión de un hombre cuerdo?
—¿Pero por qué está haciéndolo? —gimió Balde.
—Ésa es una pregunta relevante sólo si él está cuerdo —dijo Salzella con calma—.
Puede estar haciéndolo porque los pequeños duendes amarillos le dicen que lo haga.
—¿Cuerdo? ¿Cómo puede estar cuerdo? —dijo Balde—. Usted tenía razón, ¿sabe? La
atmósfera en este lugar pone loco a cualquiera. ¡Podría ser yo la única persona aquí con
ambos pies sobre la tierra! —Se volvió. Sus ojos se achicaron cuando vio a un grupo de
muchachas del coro que cuchicheaban nerviosamente.
—¡Usted muchachas! ¡No se queden allí paradas! ¡Vamos, queremos verlas saltar
arriba y abajo! —dijo con voz áspera—. ¡Sobre una pierna!
Se volvió hacia Salzella.
—¿Qué estaba diciendo?
—Usted estaba diciendo —dijo Salzella—, que tiene ambos pies sobre la tierra. A
diferencia del corps de ballet.23 Y el cadáver del Sr. Maza.
—Pienso que ese comentario fue de mal gusto —dijo Balde fríamente.
—Mi opinión —dijo el director musical—, es que deberíamos cerrar, reunir a todos los
hombres de buen físico, repartirles antorchas, revisar este lugar de arriba a abajo, obligarle
a salir, perseguirlo a través de la ciudad, atraparlo y convertirle en pasta, y luego arrojar lo
23 En francés, en el original. (Nota del traductor)
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que quede al río. Es la única manera de estar seguro24.
—Usted sabe que no podemos permitirnos cerrar —dijo Balde—. Parece que ganamos
miles por semana pero parece que se gastan miles por semana también. Estoy seguro de
que no sé a dónde va… pensé que administrar este lugar era sólo cuestión de poner culos
sobre los asientos, pero cada vez que levanto la vista hay un culo girando suavemente en el
aire… Qué hará después, me pregunto…
Se miraron mutuamente y entonces, como atraídas por alguna clase de magnetismo
animal, sus miradas se volvieron y volaron sobre el auditorio hasta que encontraron el
enorme bulto de la fastuosa araña de luces.
—Oh, no… —gimió Balde—. Él no lo haría, ¿o sí? Eso nos acabaría.
Salzella suspiró.
—Mire, pesa más de una tonelada —dijo—. La soga de sostén es más gruesa que su
brazo. El cabrestante está cerrado cuando no está en uso. Es segura.
Se miraron otra vez.
—Tendré un hombre vigilándola cada minuto de la función —dijo Salzella—. Lo haré
personalmente, si desea.
—¡Y quiere que Christine cante Iodine esta noche! ¡Tiene una voz como pito!
Salzella levantó sus cejas.
—Eso por lo menos no es un problema, ¿verdad? —dijo.
—¿No lo es? ¡Es un papel clave!
Salzella puso su brazo alrededor de los hombros del propietario.
—Pienso que quizás sea tiempo de que usted explore algunos rincones menos
conocidos del maravilloso mundo que es la ópera —dijo.
La diligencia llegó hasta un alto en Plaza Sator, Ankh-Morpork. El encargado de la
estación estaba esperando impaciente.
—¡Llega quince horas tarde, Sr. Reever! —gritó.
El conductor de coche cabeceó impasible. Dejó las riendas, saltó de la caja, e
inspeccionó los caballos. Había cierta rigidez en sus movimientos. Los pasajeros tomaron
su equipaje y se alejaron aprisa.
—¿Bien? —dijo el encargado.
—Tuvimos un picnic —dijo el conductor. Su cara estaba gris.
—¿Usted se detuvo para un picnic?
—Y un poco de canciones —dijo el conductor, sacando los bozales de los caballos de
abajo del asiento.
—¿Usted me está diciendo que detuvo el coche del correo para un picnic y canciones?
—Oh, y el gato se atoró hasta arriba de un árbol. —Se chupó la mano, y el encargado
notó que un pañuelo estaba atado a ella.
Una vaga mirada de recuerdos nublaba los ojos del conductor.
—Y luego hubo historias —dijo.
—¿Qué historias?
—La pequeña obesa dijo que todos tenían que contar una historia para ayudar a pasar
el tiempo.
—¿Sí? ¿Bien? ¡No veo cómo eso pudo demorarle!
—Usted debería haber escuchado su historia. ¿La del hombre muy alto y el piano?
Estaba tan avergonzado que me caí del coche. ¡No usaría palabras como ésas ni siquiera
ante mi propia y querida abuela!
24 Así termina la película muda de El Fantasma de la Ópera. (Nota del traductor)
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—Y por supuesto —dijo el encargado, que se enorgullecía de su enfoque irónico—, la
palabra horario nunca cruzó su mente mientras todo eso estaba ocurriendo.
El conductor se volvió para mirarlo directamente por primera vez. El encargado dio un
paso hacia atrás. Aquí había un hombre que había volado con planeador sobre el Infierno.
—Usted se lo dice a ellas —dijo el conductor, y se alejó.
El encargado se quedó mirándolo, y luego caminó hacia la puerta.
Un hombrecillo con mirada acorralada descendió arrastrando a un inmenso hombre
gordo detrás de sí, y parloteando velozmente en una lengua que el encargado no
comprendió.
Y entonces el encargado se quedó a solas con un coche y caballos y un círculo de
pasajeros presurosos que se dilataba.
Abrió la puerta y espió adentro.
—Buenos días, señor —dijo Tata Ogg.
Pasó la mirada, con algo de perplejidad, de ella a Yaya Ceravieja.
—¿Está todo bien, damas?
—Un viaje muy bonito —dijo Tata Ogg, tomando su brazo—. Volveremos a hacerlo la
próxima vez.
—El conductor parece pensar que hubo un problema…
—¿Problema? —dijo Yaya—. No noté ningún problema. ¿Y tú, Gytha?
—Podía haber sido un poco más rápido alcanzando la escalera —dijo Tata,
bajándose—. Y estoy segura de que farfulló algo en voz baja esa vez que paramos para
admirar el paisaje. Pero estoy preparada para ser gentil sobre eso.
—¿Usted paró para admirar el paisaje? —dijo el encargado—. ¿Cuándo?
—Oh, varias veces —dijo Tata—. No tiene sentido acelerar todo el tiempo, ¿verdad?
Más apuro menos velocidad, y todo eso. ¿Podría usted orientarnos en dirección a la Calle
Olmo? Es que tenemos alojamiento en lo de la Sra. Palm. Nuestro Nev habla maravillas
del sitio, dice que nunca nadie lo buscó allí…
El encargado retrocedió, como hacen las personas ante el bombeo de parloteo de Tata.
—¿Calle Olmo? —tartamudeó—. Pero… las damas respetables no deberían ir allí…
Tata lo palmeó en el hombro.
—Eso es bueno —dijo—. De ese modo no tropezaremos con alguien conocido.
Cuando Yaya pasó junto a los caballos, ellos trataron de esconderse detrás del coche.
Balde sonreía alegremente. Había pequeñas cuentas de sudor alrededor de su cara.
—Ah, Perdita —dijo—. Siéntese, muchacha. Er. ¿Está usted disfrutando su estadía con
nosotros hasta ahora?
—Sí, gracias, Sr. Balde —dijo Agnes respetuosamente.
—Bueno. Eso es bueno. ¿Acaso no es bueno, Sr. Salzella? ¿No piensa usted que es
bueno, Dr. Undershaft?
Agnes miró las tres caras preocupadas.
—Estamos todos muy complacidos —dijo el Sr. Balde—. Y, er, bueno, tenemos un
asombroso ofrecimiento para usted que estoy seguro que le ayudará a que disfrute aún
más.
Agnes miró las caras reunidas.
—¿Sí? —dijo cautelosamente.
—Sé que usted, er, ha estado con nosotros casi nada de tiempo pero hemos decidido
que, er… —Balde tragó, y les echó un vistazo a los otros dos por apoyo moral—… le
permitiremos cantar la parte de Iodine en la producción de La Triviata de esta noche.
—¿Sí?
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—Hum. No es el papel principal pero por supuesto incluye la famosa aria
‘Departure’…
—Oh. ¿Sí?
—Er… hay, er… o sea, er… —Balde se rindió y miró impotente a su director musical—
. ¿Sr. Salzella?
Salzella se inclinó hacia adelante.
—Lo que en realidad nos gustaría es que usted… Perdita… cante el papel,
efectivamente, pero que en realidad… no actúe el papel.
Agnes escuchó mientras explicaban. Estaría en el coro, justo detrás de Christine. Le
dirían a Christine que cantara muy bajo. Había sido hecho docenas de veces, explicó
Salzella. Era hecho mucho más a menudo de lo que el público alguna vez se enterara —
cuando un cantante tenía dolor de garganta, o se le había secado totalmente, o había
aparecido tan borracho que apenas podía estar de pie, o, en un conocido caso de varios
años atrás, que se había muerto en el intervalo y posteriormente cantó su famosa aria con
un palo de escoba sujeto a su espalda y con alguien que movía su mandíbula con un trozo
de cordel.
No era inmoral. La función tenía que continuar.
La rueda de caras sonriendo desesperadamente la observaba.
Sólo podría alejarme, pensó. Alejarme de estas caras sonrientes y del misterioso
Fantasma. No podrían detenerme.
Pero no hay donde ir excepto regresar.
—Sí, er, sí —dijo—. Yo estoy muy… er… ¿pero por qué hacerlo de este modo? ¿No
podría simplemente tomar su lugar y cantar la parte?
Los hombres se miraron, y luego todos empezaron a hablar a la vez.
—Sí, pero vea, Christine es… tiene… más experiencia de escenario…
—… conocimientos técnicos…
—… presencia de escenario…
—… habilidad lírica evidente…
—… le queda bien el traje…
Agnes bajó la mirada a sus grandes manos. Podía sentir el rubor avanzando como una
horda bárbara, quemando todo en su camino.
—Nos gustaría usted, como si fuera —dijo Balde—, para hacer la parte como un
fantasma…
—¿Fantasma? —dijo Agnes.
—Es un término de escenario —dijo Salzella.
—Oh, ya veo —dijo Agnes—. Sí. Bien, por supuesto. Haré todo lo mejor posible
indudablemente.
—Muy bien —dijo Balde—. No olvidaremos esto. Y estoy seguro de que una parte
muy apropiada para usted llegará muy pronto. Vea al Dr. Undershaft esta tarde y él la
guiará a través del papel.
—Er. Lo sé muy bien, creo —dijo Agnes, con aire vacilante.
—¿De veras? ¿Cómo?
—Estuve… tomando lecciones.
—Eso es bueno, muchacha —dijo el Sr. Balde—. Muestra su interés. Estamos muy
impresionados. Pero vea al Dr. Undershaft de todos modos…
Agnes se puso de pie y, sin levantar la vista, salió.
Undershaft suspiró y sacudió la cabeza.
—Pobre muchacha —dijo—. Nació demasiado tarde. La ópera solía ser casi
únicamente las voces. ¿Sabe? Recuerdo los días de las grandiosas sopranos. Dama Violetta
Gigli, Dama Clarissa Extendo… Algunas veces me pregunto qué fue de ellas.
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—¿No cambió el clima? —dijo Salzella de manera desagradable.
—Allí va una figura que debería incitar un resurgimiento de El Anillo del
Nibelungingung —continuó Undershaft—. Ahora, ésa era una ópera.
—¿Tres días de dioses gritando y veinte minutos de memorables melodías? —dijo
Salzella—. No, muchas gracias.
—¿Pero no puede usted escucharla cantar Hildabrun, líder de las Valquirias?
—Sí. Oh, sí. Pero desafortunadamente también puedo escucharla cantar Nobbo el
enano, e Io, Jefe de los Dioses.
—Ésos eran los días —dijo Undershaft tristemente, sacudiendo la cabeza—. Teníamos
la ópera correcta entonces. Recuerdo cuando Dama Veritasi metió a un músico en su
propia tuba por bostezar…
—Sí, sí, pero estamos en el Siglo del Murciélago Frugívoro —dijo Salzella,
poniéndose de pie. Echó un vistazo a la puerta otra vez, y sacudió la cabeza.
—Asombroso —dijo—. ¿Creen ustedes que ella sabe qué gorda es?
La puerta del discreto establecimiento de la Sra. Palm se abrió al llamado de Yaya.
La persona del otro lado era una mujer joven. Una muy obviamente mujer joven. No
había ninguna forma posible en que pudiera haber sido confundida con un hombre joven en
cualquier lengua, especialmente Braille.
Tata espió alrededor del hombro empolvado de la dama joven hacia el interior de
terciopelo rojo con dorados más allá, y luego la cara impasible de Yaya Ceravieja, y luego
a la dama joven otra vez.
—Curtiré el cuero de nuestro Nev cuando vuelva a casa —farfulló—. Vámonos, Esme,
tú no quieres entrar allí. Llevaría mucho tiempo explicar…
—¡Vaya, Yaya Ceravieja! —dijo la muchacha con felicidad—. ¿Y quién es ésta?
Tata miró a Yaya, cuya expresión no había cambiado.
—Tata Ogg —dijo Tata al final—. Sí, soy Tata Ogg. La mamá de Nev —añadió
misteriosamente—. Sí, efectivamente. Sí. Considerando que soy una… —las palabras
‘viuda respetable’ trataron de colocarse en sus cuerdas vocales, y se marchitaron ante la
enormidad absoluta de la mentira, forzándola a decidirse por—, madre. Nev. Sí. La madre
de Nev.
—Hola, Colette —dijo Yaya—. Qué fascinantes aretes lleva. ¿Está la Sra. Palm en
casa?
—Está siempre en casa para visitas importantes —dijo Colette—. Entre, ¡todos estarán
complacidos de verla otra vez!
Se escucharon gritos de bienvenida mientras Yaya entraba en la penumbra escarlata.
—¿Qué? ¿Has estado aquí antes?25 —dijo Tata, echando el ojo a la carne rosa y el
blanco trasnochado que estaban hechos para el escenario.
—Oh, sí. La Sra. Palm es una vieja amiga. Prácticamente una bruja.
—Tú… ¿Sabes qué clase de lugar es éste, lo sabes, Esme? —dijo Tata Ogg. Se sentía
curiosamente enojada. Cedería con felicidad ante la pericia de Yaya en los mundos de la
mente y de la magia, pero ella sentía muy enérgicamente que había algunas áreas más
especializadas que eran definitivamente el territorio Ogg, y Yaya Ceravieja no tenía ningún
derecho ni siquiera a saber qué eran.
—Oh, sí —dijo Yaya, con calma.
La paciencia de Tata cedió.
25 Yaya conoció a la Sra. Palm durante su anterior estancia en Ankh-Morpork, en Ritos Iguales. La Sra.
Palm(er) y sus hijas es un eufemismo para la masturbación masculina. (Nota del traductor)
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—¡Es una casa de mala reputación, eso es lo que es!
—Por el contrario —dijo Yaya—. Creo que las personas hablan muy bien de ella.
—¿Tú lo sabías? ¿Y tú nunca me lo dijiste?
Yaya levantó una ceja irónica.
—¿A la dama que inventó el Temblequeo de Fresa?
—Bueno, sí, pero…
—Todos vivimos la vida de la mejor manera que podemos, Gytha. Y hay un montón
de personas que piensan que las brujas son malas.
—Sí, pero…
—Antes de criticar a alguien, Gytha, camina una milla en sus zapatos —dijo Yaya, con
una desmayada sonrisa.
—En esos zapatos que ella tiene, me torcería un tobillo —dijo Tata, apretando los
dientes—. Necesitaría de una escalera para subirme a ellos. —Le enfurecía la forma en que
Yaya le hacía trampas y la obligaba a leer su mitad del diálogo. Y le abría la mente de
manera inesperada.
—Y es un lugar acogedor y las camas son suaves —dijo Yaya.
—Calientes también, espero —dijo Tata Ogg, rindiéndose—. Y siempre hay una luz
amigable en la ventana.
—Vaya por Dios, Gytha Ogg. Siempre pensé que era imposible asombrarte.
—Imposible asombrarme, no —dijo Tata—. Fácilmente sorprendida, sí.
El Dr. Undershaft, maestro de coro, espió a Agnes por encima de sus lentes de
medialuna.
—El, hum, aria ‘Departure’, como se sabe —dijo—, es una pequeña obra maestra. No
una de las grandiosas atracciones operísticas, pero sin embargo muy memorable.
Sus ojos empañaron.
—‘Questa maledetta’ canta Iodine, mientras le dice a Peccadillo qué duro es para ella
dejarle… ‘Questa maledetta porta si blocccccca, Si blocca comunque diavolo to faccccccio…!’
Se detuvo e hizo el gran acto de limpiar sus gafas con un pañuelo.
—Cuando Gigli lo cantó, no hubo un ojo seco en la casa —masculló—. Yo estaba ahí.
Fue entonces cuando decidí que sería… oh, días grandiosos, efectivamente. —Se puso las
gafas y se sopló la nariz.
—Lo diré una vez —dijo—, así usted puede comprender cómo se supone que va. Muy
bien, André.
El joven que había sido llamado para tocar el piano en la habitación de ensayo asintió,
y le hizo un guiño a Agnes subrepticiamente.
Ella fingió no haberlo visto, y escuchó con una expresión de concentración aguda
mientras el anciano hacía su camino a través de la partitura.
—Y ahora —dijo—, permítanos ver cómo lo hace.
Le pasó la partitura y le hizo un gesto al pianista.
Agnes cantó el aria, o por lo menos algunas líneas de ella. André dejó de tocar e
inclinó la cabeza contra el piano, tratando de sofocar una carcajada.
—Ejem —dijo Undershaft.
—¿Estaba haciendo algo mal?
—Usted estaba cantando el tenor —dijo Undershaft, mirando a André con severidad.
—¡Ella estaba cantando en su voz, señor!
—¿Quizás usted pueda cantarlo como, er, Christine lo cantaría?
Empezaron otra vez.
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—¿¡Kwesta!? ¡¡Maledetta!!…
Undershaft se tomó las manos. Los hombros de André se sacudían con el esfuerzo de
no reír.
—Sí, sí. Ajustadamente observado. Me arriesgaría a decir que usted tiene razón. Pero
podríamos empezar otra vez y, er, ¿tal vez lo cantaría como usted piensa que debe ser
cantado?
Agnes asintió.
Empezaron otra vez…
… y terminaron.
Undershaft se había sentado, medio volteado. No volvería el rostro para enfrentarla.
Agnes se quedó de pie observándole con aire vacilante.
—Er. ¿Eso estuvo bien? —dijo.
André el pianista se levantó despacio y tomó su mano.
—Creo que es mejor que le dejemos —dijo suavemente, llevándola hacia la puerta.
—¿Estuvo tan mal?
—No… exactamente.
Undershaft levantó la cabeza, pero no la giró hacia ella.
—Más práctica en esas erres, madame, y esfuércese por conseguir mayor seguridad
por encima del pentagrama —dijo roncamente.
—Sí. Sí, lo haré.
André la llevó al corredor, cerró la puerta, y luego se volvió hacia ella.
—Eso fue asombroso —dijo—. ¿Alguna vez escuchó cantar a la grandiosa Gigli?
—Ni siquiera sé quién es Gigli. ¿Qué estaba yo cantando?
—¿Usted tampoco sabía eso?
—No sé lo que significa, no.
André bajó la mirada a la partitura en su mano.
—Bien, no soy muy bueno en el idioma, pero supongo que la apertura podría ser
cantada así:
Estos malditos palos de puerta
Estos malditos palos de puerta
Se pegan sin importar qué diablos haga
Está señalado ‘Tire’ y efectivamente estoy tirando
¿Quizás debería ser señalado ‘Empuje’?
Agnes parpadeó.
—¿Es eso?
—Sí.
—¡Pero pensé que se suponía que era muy conmovedor y romántico!
—Lo es —dijo André—. Lo fue. Esto no es la vida real, esto es ópera. No importa qué
significan las palabras. El sentimiento es lo que importa. ¿Nadie se lo ha dicho…? Mire,
tengo ensayos el resto de la tarde, ¿pero quizás podríamos encontrarnos mañana? ¿Quizás
después del desayuno?
Oh, no, pensó Agnes. Aquí viene. El rubor se estaba moviendo inexorablemente hacia
arriba. Ella se preguntaba si un día podría alcanzar su cara y seguir para arriba, así
terminaba como una gran nube rosada sobre su cabeza.
—Er, sí —dijo—. Sí. Sería… muy provechoso.
—Ahora tengo que irme. —Hizo una pequeña sonrisa débil, y le palmeó la mano—.
Y… siento mucho realmente que esté ocurriendo de esta manera. Porque… eso fue
asombroso.
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Comenzó a alejarse, y luego se detuvo.
—Uh… lo siento si la asusté anoche —dijo.
—¿Qué?
—En la escalera.
—Oh, eso. No estaba asustada.
—Usted… er… no lo mencionó a nadie, ¿o sí? Odiaría que las personas piensen que me
estaba preocupando por nada.
—No había vuelto a pensar en eso, a decir verdad. Sé que usted no puede ser el
Fantasma, si está preocupado por eso. ¿Eh?
—¿Yo? El Fantasma. ¡Jaja!
—Jaja —dijo Agnes.
—Así que, er… nos veremos mañana, entonces…
—Muy bien.
Agnes volvió a su habitación, sumergida en pensamientos.
Christine estaba ahí, mirándose críticamente en el espejo. Se dio media vuelta cuando
Agnes entró; hasta se movía con signos de exclamación.
—¡¡Oh, Perdita!! ¡¿Lo ha escuchado?! ¡¡Voy a cantar la parte de Iodine esta noche!!
¡¿No es maravilloso?! —Corrió a través de la habitación y se esforzó por alzar a Agnes y
abrazarla, quedándose al final sólo con el abrazo—. ¿¡Y escuché que ya le están haciendo
un lugar en el coro!?
—Sí, efectivamente.
—¡¿No es bueno?! He estado practicando toda la mañana con el Sr. Salzella. ¿¡Kesta!?
¡¡Mallydetta!! ¡¡Porter sibloker!! —Dio vueltas con felicidad. Lentejuelas invisibles
llenaron el aire con su brillo—. ¡¡Cuando sea muy famosa —dijo—, usted no lamentará
tener una amiga en mí!! ¡¡Haré lo mejor que pueda para ayudarla!! ¡¡Estoy seguro de que
usted me trae suerte!!
—Sí, efectivamente —dijo Agnes, sin esperanza.
—¡¡Porque mi querido padre me dijo que un día un pequeño duende querido llegaría
para ayudarme a lograr mi gran ambición, y, ¿sabe?, creo que ese pequeño duende es
usted!!
Agnes sonrió con tristeza. Después de haber conocido a Christine durante cualquier
cantidad de tiempo, te encontrabas luchando contra el deseo de mirar dentro de su oído
para ver si venía luz desde el otro lado.
—Er. Pensé que habíamos intercambiado habitaciones.
—¡¡Oh, eso!! —dijo Christine, sonriendo—. ¡¿No fue tonto?! ¡De todos modos, ahora
que seré una prima donna necesitaré el espejo grande! ¡No le importa, ¿o sí!?
—¿Qué? Oh. No. No, por supuesto que no. Er. Si usted está segura…
Agnes miró el espejo, y luego la cama. Y luego a Christine.
—No —dijo, horrorizada ante la enormidad de la idea que acababa de presentársele,
enviada por la Perdita de su alma—. Estoy segura de que estará bien.
El Dr. Undershaft se sopló la nariz y trató de arreglarse.
Bien, no debía permitirlo. Quizás la muchacha estaba de alguna manera excedida en
peso, pero Gigli, por ejemplo, una vez había aplastado a un tenor hasta matarlo y nadie
pensó peor sobre ella por eso.
Protestaría ante el Sr. Balde.
El Dr. Undershaft era un hombre resuelto. Creía en las voces. No le importaba cómo
se veía nadie. Nunca veía la ópera con los ojos abiertos. Era la música la que importaba, no
la actuación, e indudablemente no la forma de los cantantes.
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¿Que importaba qué forma tenía ella? Dama Tessitura tenía una barba donde se podía
encender un fósforo y una nariz aplanada que le cruzaba media cara, pero sin embargo era
uno de los mejores bajos que alguna vez abriera botellas de cerveza con su pulgar.
Por supuesto, Salzella dijo que mientras todos aceptaban que las grandes mujeres de
cincuenta podían hacer de delgadas muchachas de diecisiete, la gente no aceptaría que una
muchacha gorda de diecisiete pudiera hacerlo. Dijo que ellos se tragarían una gran mentira
alegremente y se ahogarían con una mentirilla. Salzella decía ese tipo de cosas.
Algo estaba saliendo mal esos días. Todo el lugar parecía… enfermo, si un edificio
pudiera estar enfermo. El público todavía venía, pero parecía que el dinero no se quedaba;
todo parecía ser tan costoso… Y ahora tenían a un quesero de propietario, por el amor del
cielo, algún mugriento contador que probablemente querría introducir ideas extravagantes.
Lo que ellos necesitaban era un hombre de negocios, algún secretario que pudiera sumar
columnas de cifras adecuadamente y no inmiscuirse. Ése era el problema con todos los
propietarios que habían tenido: empezaban pensando en sí mismos como hombres de
negocio, y luego repentinamente empezaban a pensar que podían hacer una contribución
artística.
Sin embargo, posiblemente los queseros tenían que sumar quesos. Mientras éste se
quedara en su oficina con los libros, y no fuera por allí actuando como si poseyera el lugar,
sólo porque sucedía que sí poseía el lugar…
Undershaft parpadeó. Otra vez había errado el camino. No importaba cuánto tiempo
habías estado aquí, el lugar era un laberinto. Estaba detrás del escenario, en la habitación
de la orquesta. Los instrumentos y las sillas plegables estaban apilados por todos lados. Su
pie derribó una botella de cerveza.
El sonido de una cuerda le hizo mirar a su alrededor. Instrumentos musicales rotos
estaban dispersos sobre el piso. Había media docena de violines destrozados. Algunos
oboes habían sido quebrados. Habían sacado completamente la vara de un trombón.
Miró hacia arriba, a la cara de alguien.
—Pero… ¿por qué está usted…?
Los lentes de medialuna cayeron una y otra vez, y se hicieron añicos sobre las tablas.
Entonces el atacante se bajó la máscara, tan suave y blanca como el cráneo de un
ángel, y caminó hacia adelante resueltamente…
El Dr. Undershaft parpadeó.
Había oscuridad. Una figura con capa levantó la cabeza y lo miró a través de las
órbitas blancas y huesudas.
Los recuerdos recientes del Dr. Undershaft estaban un poco confusos, pero un hecho
destacaba.
—Aha —dijo—. ¡Le atrapé! ¡Usted es el Fantasma!
¿SABE? USTED ESTÁ ALGO DIVERTIDAMENTE EQUIVOCADO.
El Dr. Undershaft observó que otra figura enmascarada recogía el cuerpo de… el Dr.
Undershaft, y lo arrastraba hacia la sombra.
—Oh, ya veo. Estoy muerto.
Muerte asintió.
TAL PARECERÍA SER EL CASO.
—¡Eso fue homicidio! ¿Alguien lo sabe?
EL ASESINO. Y USTED, POR SUPUESTO.
—¿Pero él? ¿Cómo puede…? —comenzó Undershaft.
DEBEMOS IRNOS, dijo Muerte.
—¡Pero acaba de matarme! ¡Me estranguló con las manos desnudas!
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SÍ. MÁRQUELO PARA LA EXPERIENCIA.
—¿Usted quiere decir que no puedo hacer nada sobre eso?
DÉJESELO A LOS VIVOS. EN TÉRMINOS GENERALES, SE PONEN
INQUIETOS CUANDO LOS DIFUNTOS TOMAN UN PAPEL CONSTRUCTIVO EN
UNA INVESTIGACIÓN DE HOMICIDIO. TIENDEN A PERDER CONCENTRACIÓN.
—¿Sabe? Usted tiene una muy buena voz de bajo.
GRACIAS.
—¿Va a haber… coros y esas cosas?
¿LE GUSTARÍAN ALGUNOS?
Agnes se escabulló por la puerta del escenario y hacia las calles de Ankh-Morpork.
Parpadeó bajo la luz. El aire se sentía ligeramente picante, y áspero, y demasiado frío.
Lo que estaba a punto de hacer estaba mal. Muy mal. Y toda su vida había hecho cosas
que eran correctas.
Continúa, dijo Perdita.
A decir verdad, probablemente ni siquiera lo haría. Pero no había daño en sólo
preguntar dónde había una tienda de hierbas, por eso preguntó.
Y no había daño en entrar así que entró.
E indudablemente no estaba en contra de ningún tipo de ley comprar los ingredientes
que compró. Después de todo, podía tener dolor de cabeza más tarde, o no poder dormir.
Y no significaría nada en absoluto si las llevaba a su habitación y las metía bajo el
colchón.
Correcto, dijo Perdita.
A decir verdad, si se promediaba la dificultad moral de lo que se estaba proponiendo
hacer sobre todas las pequeñas actividades que tuvo que llevar a cabo para hacerlo,
probablemente no era tan malo en absoluto, realmente…
Estas ideas reconfortantes se estaban organizando en su mente mientras regresaba.
Dobló una esquina y casi lleva por delante a Tata Ogg y Yaya Ceravieja.
Se lanzó contra la pared y dejó de respirar.
No la habían visto, aunque el horrible gato de Tata le miraba con lascivia sobre el
hombro de su dueña.
¡La harían regresar! ¡Sabía que lo harían!
El hecho de que ella fuera una persona independiente y su propio jefe y en total
libertad de irse a Ankh-Morpork no tenía nada que ver con eso. Se inmiscuirían. Siempre
lo hacían.
Se escurrió hacia atrás a lo largo del callejón y corrió tan rápido como pudo hasta la
puerta trasera del Teatro de la Ópera.
El portero del escenario no la vio.
Yaya y Tata daban un paseo por la zona de la ciudad conocida como la Isla de los
Dioses. No era exactamente Ankh y no era exactamente Morpork, situada donde el río se
doblaba tanto que casi formaba una isla. Era donde la ciudad guardada todas esas cosas que
necesitaba esporádicamente pero que la hacían sentir incómoda, como el Cuartel de la
Guardia, los teatros, la prisión y las editoriales. Era el lugar para todas esas cosas que
podían explotar de manera inesperada.
Greebo paseaba delante de ellas. El aire estaba lleno de nuevos olores, y esperaba ver
si alguno de ellos pertenecía a algo que pudiera comer, pelear o atrapar.
Tata Ogg se estaba poniendo cada vez más preocupada.
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—Esto no es realmente nuestro, Esme —dijo.
—¿De quién es, entonces?
—Quiero decir que el libro era sólo un poco de diversión. No tiene sentido hacernos
impopulares, ¿verdad?
—No pueden tenerle ojeriza a las brujas, Gytha.
—No siento que me tengan ojeriza. Me sentía bien hasta que tú me dijiste que me
tenían ojeriza —dijo Tata, poniendo su dedo sobre un punto sociológico muy importante.
—Tú has sido explotada —dijo Yaya firmemente.
—No, no lo fui.
—Sí, así es. Eres una masa oprimida.
—No, no lo soy.
—Te han estado estafando los ahorros de toda una vida —dijo Yaya.
—¿Dos dólares?
—Bien, eso es todo lo que realmente has salvado —dijo Yaya, con exactitud.
—Sólo porque gasté todo lo demás —dijo Tata. Otras personas guardaban el dinero
para su vejez, pero Tata prefería acumular recuerdos.
—Bien, allí estás, entonces.
—Lo estaba reservando para algunas cañerías nuevas para mi todavía activo
Copperhead26 —dijo Tata—. Ya sabes cómo esa mezcla se come el metal…
—Estabas poniendo a un lado un poco para alguna seguridad y paz interior en tu vejez
—tradujo Yaya.
—No consigues paz interior con mi mezcla —dijo Tata con felicidad—. Trozos, sí;
pero no paz. Está hecha de las mejores manzanas, ya sabes —añadió—. Bueno,
principalmente manzanas.
Yaya se detuvo fuera de una entrada ornamentada, y fijó la vista en la placa de latón
pegada allí.
—Éste es el sitio —dijo.
Miraron la puerta.
—Nunca he sido para puertas principales —dijo Tata, cambiando de un pie al otro.
Yaya asintió. Las brujas tenían cosas con las puertas principales. Una breve búsqueda
localizó un callejón que conducía alrededor de la parte posterior del edificio. Allí había
aquí un par de puertas mucho más grandes, abiertas de par en par. Varios enanos estaban
cargando bultos de libros sobre un carro. Un rítmico ruido sordo venía de algún lugar más
allá de la entrada.
Nadie prestó atención a las brujas cuando pasaron dentro.
Los tipos móviles eran conocidos en Ankh-Morpork, pero si los magos se enteraban de
eso los cambiarían de lugar donde nadie pudiera encontrarlos. Generalmente no interferían
con la administración de la ciudad, pero cuando se referían a los tipos móviles el pie
puntiagudo se ponía muy duro. Nunca habían explicado por qué, y la gente no insistió en el
asunto porque nadie insiste en el asunto con los magos, no si a usted le gusta la forma que
usted tiene. Simplemente se trabajó alrededor del problema, y grababan todo. Esto llevaba
mucho tiempo y significaba que Ankh-Morpork tenía, por ejemplo, negado el beneficio de
26 La destilación de alcohol era ilegal en Lancre. Por otro lado, el Rey Verence se había dado por vencido
mucho tiempo atrás de la idea de detener a una bruja que estaba haciendo algo que quería hacer, por ello
sólo requería a Tata Ogg que mantuviera su alambique en algún lugar discreto. En líneas generales, ella
aprobaba la prohibición, ya que le proveía de un mercado sin competidores para su propio producto,
conocido en todos lados como ‘el suicidador’, porque los hombres caían de espaldas en una zanja. (Nota del
autor)
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los periódicos, dejando que la población se engañara lo mejor que podían.
Una prensa estaba machacando suavemente en un extremo del depósito. Al su lado, en
tablas largas, una cantidad de enanos y humanos estaban cosiendo páginas y pegando
tapas.
Tata tomó un libro de una pila. Era El Placer de los Bocados.
—¿Puedo ayudarles, damas? —dijo una voz. Su tono indicaba muy claramente que no
estaba ofreciendo ningún tipo de ayuda, excepto la de sacarlas a la calle a toda velocidad.
—Hemos venido por este libro —dijo Yaya.
—Soy la Sra. Ogg —dijo Tata Ogg.
El hombre la miró de arriba para abajo.
—Oh ¿sí? ¿Puede identificarse?
—Indudablemente. Me reconocería en cualquier lugar.
—¡Ja! Bien, sucede que sé cómo se ve Gytha Ogg, señora, y ella no se ve como usted.
Tata Ogg abrió la boca para responder, y luego dijo, con la voz de una que ha llegado
con felicidad al camino y sólo ahora recuerda el coche en aceleración:
—… Oh.
—¿Y cómo sabe usted cómo se ve la Sra. Ogg? —dijo Yaya.
—Oh, ¿ésta es la hora? Es mejor que nos vayamos… —dijo Tata.
—Porque, en realidad, me mandó una fotografía —dijo Aprisco, sacando su billetera.
—Estoy segura de que no estamos para nada interesadas —dijo Tata apresuradamente,
jalando del brazo de Yaya.
—Yo estoy sumamente interesada —dijo Yaya. Arrebató un trozo de papel doblado de
manos de Aprisco, y lo miró de cerca.
—¡Ja! Sí… es Gytha Ogg, muy bien —dijo—. Sí, efectivamente. Recuerdo cuando ese
joven artista vino a Lancre en el verano.
—Usaba mi pelo más largo en aquellos días —farfulló Tata.
—Menos mal, después de todo —dijo Yaya—. No sabía que tenías copias, sin
embargo.
—Oh, ya sabes cómo es cuando una es joven —dijo Tata con tono soñador—. Eran
garabatos, garabatos, garabatos todo el verano. —Se despertó de su ensueño—. Y todavía
peso lo mismo que entonces —añadió.
—Excepto que está cambiado —dijo Yaya, con tono desagradable.
Entregó el boceto a Aprisco.
—Es ella, de acuerdo —dijo—. Pero está desactualizada unos sesenta años y algunas
capas de ropa. Ésta es Gytha Ogg, aquí mismo.
—¿Usted me está diciendo que esto inventó la Sopa Sorpresa de Bananana?
—¿Usted la probó? —dijo Tata.
—El Sr. Porrazo impresor jefe lo hizo, sí.
—¿Quedó sorprendido?
—La mitad de sorprendido que la Sra. Porrazo.
—Puede poner a las personas de ese modo —dijo Tata—. Creo que quizás exagero con
la nuez moscada.
Aprisco la miró. La duda estaba empezando a asaltarlo. Solamente tenía que mirar a
Tata Ogg mientras le devolvía la sonrisa para creer que ella podía escribir algo como El
Placer de los Bocados.
—¿Usted realmente escribió esto? —dijo.
—De memoria —dijo Tata, orgullosamente.
—Y ahora desea un poco de dinero —dijo Yaya.
La cara del Sr. Aprisco se retorció como si acabara de comer un limón y pasarlo con
vinagre.
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—Pero ya le enviamos el dinero —dijo.
—¿Ves? —dijo Tata, con la cara larga—. Te lo dije, Esme…
—Ella quiere más —dijo Yaya.
—No, yo no…
—¡No, ella no! —concordó Aprisco.
—Ella sí —dijo Yaya—. Quiere un poquito de dinero por cada libro que usted haya
vendido.
—No espero ser tratada como realezas27 —dijo Tata.
—Tú te callas —dijo Yaya—. Sé lo que quieres. Queremos un poco de dinero, Sr.
Aprisco.
—¿Y qué pasa si no se lo doy?
Yaya le miró furiosa.
—Entonces nos iremos y pensaremos qué hacer a continuación —dijo.
—Ésa no es una amenaza inútil —dijo Tata—. Hay muchas personas que se han
lamentado de hacerle pensar a Esme en qué hacer a continuación.
—¡Vuelva cuando lo haya pensado, entonces! —escupió Aprisco. Salió
violentamente—: No sé, escritores que quieren ser pagados, por Dios…
Desapareció entre las pilas de libros.
—Er… ¿piensas que podía habernos ido mejor? —dijo Tata.
Yaya echó un vistazo a la mesa junto a ellas. Había largas hojas de papel apiladas.
Tocó a un enano, que había estado mirando la discusión algo divertido.
—¿Qué son éstos? —dijo.
—Son las pruebas para el Almanack. —Él vio su expresión en blanco—. Son una
especie de prueba para el libro así podemos controlar todos los errores de ortografía que
hayan quedado.
Yaya lo recogió.
—Ven, Gytha —dijo.
—No quiero problemas, Esme —dijo Tata Ogg mientras se apuraba detrás de ella—.
Es solamente dinero.
—Ya no es dinero —dijo Yaya—. Es una manera de mantener el puntaje.
El Sr. Balde recogió un violín. Estaba en dos pedazos, unidos por las cuerdas. Una de
ellas se cortó.
—¿Quién haría algo así? —dijo—. Sinceramente, Salzella… ¿Cuál es la diferencia
entre la ópera y la demencia?
—¿Es una pregunta con trampa?
—¡No!
—Entonces diría: mejor escenografía.
—Ah… Eso pensé…
Salzella rebuscó entre la destrucción, y se enderezó con una carta en la mano.
—¿Le gustaría que yo la abra? —dijo—. Está dirigida a usted.
Balde cerró los ojos.
—Hágalo —dijo—. No preocupe por los detalles. Sólo dígame, ¿cuántos signos de
exclamación?
—Cinco.
—Oh.
27 Estrictamente hablando, esto significa ser perseguido por fotógrafos ansiosos de tomar una fotografía de
usted sin su chaleco. (Nota del autor)
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Salzella le pasó el papel. Balde leyó:
Querido Balde,
¡Whoops!
¡¡¡¡¡Jajajajaja!!!!!
Suyo,
El Fantasma de la Ópera
—¿Qué podemos hacer? —dijo—. En un momento escribe pequeñas notas formales,
¡al siguiente se enloquece sobre el papel!
—Herr Alborrotadorr tiene a todos buscando nuevos instrumentos —dijo Salzella.
—¿Son los violines más caros que las zapatillas de ballet?
—Hay pocas cosas en el mundo más caras que las zapatillas de ballet. Sucede que los
violines están entre ellas —dijo Salzella.
—¡Costos adicionales!
—Eso parece, sí.
—Pero pensé que al Fantasma le gustaba la música! ¡¡¡Herr Alborrotadorr me dice que
el órgano es irreparable!!!
Se detuvo. Estaba consciente de que había exclamado un poco menos racionalmente
que lo que un hombre cuerdo debía.
—Oh, bien —continuó Balde cansadamente—. La función debe continuar, supongo.
—Sí, efectivamente —dijo Salzella.
Balde sacudió la cabeza.
—¿Cómo está saliendo todo para esta noche?
—Creo que va a funcionar, si es lo que quiere saber. Perdita parece tener una muy
buena comprensión de la parte.
—¿Y Christine?
—Tiene una asombrosamente buena comprensión de llevar un vestido. Entre las dos,
hacen una prima donna.
El orgulloso propietario del Teatro de la Ópera se puso de pie despacio.
—Parecía todo tan simple —gimió—. Pensaba: la ópera, ¿qué tan difícil puede ser?
Canciones. Muchachas bonitas bailando. Buena escenografía. Muchas personas que pagan
en efectivo. Tiene que ser mejor que el asfixiante mundo del yogurt, pensaba. Ahora
dondequiera que voy, hay…
Algo crujió bajo su zapato. Recogió los restos de unos lentes de medialuna.
—Son del Dr. Undershaft, ¿no? —dijo—. ¿Qué están haciendo aquí?
Sus ojos se cruzaron con la mirada fija de Salzella.
—Oh, no —gruñó.
Salzella se volvió ligeramente, y clavó la mirada en una gran caja de contrabajo
apoyada contra la pared. Levantó las cejas.
—Oh, no —dijo Balde otra vez—. Vamos. Ábrala. Mis manos están mojadas de
sudor…
Salzella caminó hacia la caja y agarró la tapa.
—¿Listo?
Balde asintió, cansadamente.
La caja se abrió.
—¡Oh, no!
Salzella estiró el cuello para ver.
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—Ah, sí —dijo—. Un cuello fracturado, y el cuerpo ha sido pateado
considerablemente. Todo costará un dólar o dos repararlo, y no me equivoco.
—¡Y todas las cuerdas están rotas! ¿Los contrabajos son más caros de reconstruir que
los violines?
—Me temo que todos los instrumentos musicales son increíblemente caros de reparar,
con la posible excepción del triángulo —dijo Salzella—. Sin embargo, podía haber sido
peor, ¿hum?
—¿Qué?
—Bien, podía haber estado el Dr. Undershaft ahí, ¿sí?
Balde se le quedó mirando con la boca abierta, y luego cerró la boca.
—Oh. Sí. Por supuesto. Oh, sí. Eso habría sido peor. Sí. Tuvimos un poco de suerte
allí, supongo. Sí. Hum.
—Así que eso es un teatro de la ópera, ¿eh? —dijo Yaya—. Se ve como si alguien
hubiera construido una gran caja y le hubiera pegado la arquitectura después.
Tosió, y parecía estar esperando algo.
—¿Podemos echar una mirada por aquí? —dijo Tata respetuosamente, conciente de
que la curiosidad de Yaya era sólo igualada por su deseo de no mostrarla.
—No puede hacer ningún daño, supongo —dijo Yaya, como concediendo un gran
favor—. Considerando que no tenemos nada más que hacer en este minuto.
El Teatro de la Ópera tenía, efectivamente, el diseño más eficientemente
multifunctional. Era un cubo. Pero, como Yaya había señalado, el arquitecto
repentinamente se había dado cuenta tarde que debía haber alguna clase de decoración allí,
y apresuradamente la había metido, en un tumulto de frisos, pilares, coribantes y partes
enroscadas. Las gárgolas habían colonizado las partes más altas. El efecto, visto por
delante, era de una inmensa pared de piedra torturada.
Por la parte posterior, por supuesto, estaba el soso y habitual montón de ventanas,
cañerías y paredes de piedra húmeda. Una de las reglas de cierto tipo de arquitectura
pública es que sólo sucede por delante.
Yaya hizo una pausa bajo una ventana.
—Alguien está cantando —dijo—. Escucha.
—La-la-la-la-la-LAH —trinó alguien—. Do-Re-Mi-Fah-Sola-Ti-Do…
—Eso es ópera, muy bien —dijo Yaya—. Me suena extranjero.
Tata tenía un inesperado don para los idiomas; podía ser comprensiblemente incapaz
con uno nuevo una hora o dos. Lo que ella hablaba estaba un paso más allá del galimatías
pero era un galimatías auténticamente extranjero. Y sabía que Yaya Ceravieja, a pesar de
sus otras cualidades, tenía menos oído para los idiomas que ella para la música.
—Er. Puede ser —dijo—. Siempre hay muchas cosas al mismo tiempo, sé eso. Nuestro
Nev dijo que ellos a veces hacen diferentes actuaciones cada noche.
—¿Cómo averiguó eso? —dijo Yaya.
—Bien, había un montón de plomo. Lleva algún tiempo cambiarlo. Dijo que le
gustaban las ruidosas. Él podía canturrear mientras la oía y que tampoco nadie escuchaba
los martillazos.
Las brujas siguieron adelante con su paseo.
—¿Notaste que la joven Agnes casi tropieza con nosotras allí atrás? —dijo Yaya.
—Sí. Fue todo lo que pude hacer para no dar media vuelta —dijo Tata.
—No estaba muy complacida de vernos, ¿o sí? Prácticamente la escuché jadear.
—Eso es muy sospechoso, si me preguntas —dijo Tata—. Quiero decir, ella ve dos
caras amigables de casa, esperarías que se acerque corriendo…
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—Somos viejas amigas, después de todo. Viejas amigas de su abuela y su mamá, de
todos modos, y eso es prácticamente lo mismo.
—¿Recuerdas esos ojos en la taza de té? —dijo Tata—. ¡Ella podría estar bajo la
mirada de alguna extraña fuerza oculta! Tenemos que tener cuidado. Las personas pueden
ser muy tramposas cuando están sometidas por una extraña fuerza oculta. ¿Recuerdas al Sr.
Escrúpulo de Tajada?
—Eso no era una extraña fuerza oculta. Era acidez estomacal.
—Bien, por un tiempo parecía extrañamente oculto. Especialmente si las ventanas
estaban cerradas.
Su paseo las había llevado hasta la puerta del escenario del Teatro de la Ópera.
Yaya miró una línea de afiches.
—La Triviata —leyó en voz alta—. ¿El Anillo del Nibelungingung…?
—Bien, básicamente hay dos tipos de óperas —dijo Tata, que también tenía la
habilidad verdaderamente brujeril de ser un experto confiable sobre la base de ninguna
experiencia anterior—. Está la ópera pesada, donde básicamente las personas cantan en
extranjero y va así: “Oh oh oh, me muero, oh, me muero, oh, oh, oh, eso es lo que hago”, y
está la ópera liviana, donde cantan en extranjero y básicamente va así: “¡Cerveza!
¡Cerveza! ¡Cerveza! ¡Cerveza! ¡Me gusta beber mucha cerveza!”, aunque a veces beben
champaña en cambio. Eso es todo básicamente sobre la ópera, realmente.
—¿Qué? ¿O se mueren o toman cerveza?
—Básicamente, sí —dijo Tata, logrando sugerir que ésta era la gama completa de
experiencias humanas.
—¿Y eso es la ópera?
—Bue-eno… podría haber algunas otras cosas. Pero mayormente es cerveza o
puñalada.
Yaya sintió una presencia.
Se dio vuelta.
Una figura había salido por la puerta del escenario llevando un afiche, un balde de cola
y un pincel.
Era una figura extraña, una especie de espantapájaros más bien pulcro vestido con ropa
ligeramente demasiado pequeña para él, aunque, para ser sincero, probablemente no había
ninguna ropa que quedara bien en ese cuerpo. Los tobillos y las muñecas parecían
sumamente extensibles y que se movían de manera independiente.
Se encontró con las dos brujas paradas delante de la pizarra de afiches, y se detuvo
cortésmente. Pudieron ver que la frase se formaba detrás de los ojos desenfocados.
—¡Excúsenme damas! ¡La función debe continuar!
Las palabras estaban todas ahí y tenían sentido, pero cada frase fue lanzada al mundo
como una unidad.
Yaya empujó a Tata a un lado.
—¡Gracias!
Miraron en silencio mientras el hombre, con gran cuidado meticuloso, aplicaba el
pegamento a un rectángulo preciso y luego pegaba el afiche, alisando cada pliegue
metódicamente.
—¿Cuál es su nombre, joven? —preguntó Yaya.
—¡Walter!
—Es una bonita boina la que usted tiene allí.
—¡Mi mamá la compró para mí!
Walter corrió la última burbuja de aire hasta el borde del papel e hizo un paso atrás.
Entonces, ignorando completamente a las brujas en su preocupación por la tarea, recogió el
recipiente del engrudo y volvió adentro.
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Las brujas miraron el nuevo afiche en silencio.
—¿Sabes? No me molestaría ver una actuación —dijo Tata, después de un rato—. El
Señor Basilica nos regaló las entradas.
—Oh, ya me conoces —dijo Yaya—. No quiero tener nada que ver con ese tipo de
cosas en absoluto.
Tata la miró de reojo, y se sonrió. Ésas eran las conocidas palabras iniciales Ceravieja.
Significaban: Por supuesto que quiero hacerlo, pero tienes que persuadirme.
—Tienes razón, por supuesto —dijo—. Es para esa gente con todos esos carruajes
finos. No es para personas como nosotras.
Yaya pareció insegura por un momento.
—Supongo que es tener ideas por encima de nuestra clase —continuó Tata—.
Supongo que si entráramos dirían: A volar, viejas molestas…
—Oh, eso harían, ¿verdad?
—Supongo que no quieren gente común como nosotras con todas esas personas nobles
y elegantes —dijo Tata.
—¿Es un hecho? ¿Es un hecho, señora? ¡Usted sólo venga conmigo!
Yaya caminó hasta el frente del edificio, donde la gente ya estaba apeándose de los
coches. Se abrió camino escalones arriba y con los hombros a través de la multitud hasta la
taquilla.
Se inclinó hacia adelante. El hombre detrás de la reja retrocedió.
—Viejas molestas, ¿eh? —dijo con fuerza.
—¿Le ruego me disculpe…?
—¡No antes de tiempo! Mire aquí, tenemos boletos para… —bajó la mirada hasta los
trozos de cartón, atrajo a Tata Ogg—. Aquí dice Platea. ¡Qué descaro! ¿Platea? ¿Nosotras?
—Se volvió hacia el hombre de la taquilla—. Vea aquí, Platea no es suficientemente
bueno, queremos asientos en… —miró la pizarra junto a la ventanilla—… los Dioses28. Sí,
eso suena correcto.
—¿Perdone? ¿Usted tiene boletos para asientos en Platea y quiere cambiarlos por
asientos en los Dioses?
—Sí, ¡y no espere que nosotras paguemos más dinero!
—No iba a pedirlo…
—¡Menos mal! —dijo Yaya, sonriendo triunfalmente. Miró los nuevos boletos con
aprobación—. Ven, Gytha.
—Er, excúseme —dijo el hombre mientras Tata Ogg se volteaba—, pero ¿qué es eso
sobre sus hombros?
—Es… un cuello de piel —dijo Tata.
—Excúseme, pero acabo de ver que sacudía la cola.
—Sí. Ocurre que creo en la belleza sin crueldad.
Agnes era consciente de que algo ocurría entre bastidores. Pequeños grupos de
hombres se formaban, y luego se separaban como varios individuos que corrían a sus
tareas misteriosas.
Afuera y adelante la orquesta ya estaba afinando. El coro se estaba alineando para ser
Un Concurrido Mercado, en el cual varios malabaristas, gitanas, tragasables y paletos
alegremente vestidos no serían completamente sorprendidos por un barítono aparentemente
borracho que entra para cantar una enorme cantidad de la trama a un tenor que pasa por
allí.
28 Intraducible, si se considera que dioses es Gods, o sea el Gallinero en el teatro. (Nota del traductor)
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Vio al Sr. Balde y al Sr. Salzella sumergidos en una discusión con el director de
escena.
—¿Cómo podemos registrar el edificio entero? ¡Este lugar es un laberinto!
—¿Podría haberse ido a algún lugar…?
—Es tan ciego como un murciélago sin esas gafas.
—Pero no podemos estar seguros de que algo le haya pasado.
—Oh, ¿sí? Usted no dijo eso cuando abrimos la caja del contrabajo. Usted estaba
seguro de que iba a estar adentro. Admítalo.
—Yo… no esperaba encontrar un contrabajo hecho pedazos, sí. Pero me sentí un poco
fulminado en ese momento.
Un tragasables codeó a Agnes.
—¿Qué?
—Telón en un minuto, querida —dijo, untando con mostaza la espada.
—¿Le ha sucedido algo al Dr. Undershaft?
—No podría decirlo, querida. Usted no tendría sal, ¿o sí?
—Perdone. Perdone. Perdone. Perdone. ¿Ése era su pie? Perdóneme…
Dejando un rastro de concurrentes molestos y doloridos en su estela, las brujas se
abrieron camino hasta los asientos.
Yaya se acomodó a los codazos y luego, como tenía para algunos asuntos el umbral de
aburrimiento de un niño de cuatro años, dijo:
—¿Qué está pasando ahora?
Los escasos conocimientos sobre la ópera de Tata no vinieron en su ayuda. Por eso se
volvió hacia la dama a su lado.
—Excúseme, ¿podía prestarme su programa? Gracias. Excúseme, ¿podría prestarme
sus gafas? Muy amable.
Pasó algunos momentos en estudio cuidadoso.
—Ésta es la obertura —dijo—. Es un poco una muestra gratis de lo que va a ocurrir.
También hay un resumen de la historia. La Triviata.
Sus labios se movieron mientras leía. Ocasionalmente su frente se arrugaba.
—Bien, es muy simple realmente —dijo, por fin—. Muchas personas están
enamoradas entre sí, hay considerables disfrazados como otras personas y confusión
general, hay un criado descarado, nadie sabe quiénes son los demás realmente, un par de
viejos duques se ponen locos, coros de gitanos, etcétera. Tu ópera básica. Probablemente
alguien va a resultar ser el hijo o la hija o la esposa o algo perdido por mucho tiempo.
—¡Shh! —dijo una voz detrás de ellas.
—Ojalá hubiéramos traído algo para comer —farfulló Yaya.
—Creo que tengo algunas mentas en mis calzones.
—¡Shh!
—¿Podría devolverme mis gafas, por favor?
—Aquí las tiene, señora. No son muy buenas, ¿o sí?
Alguien tocó el hombro de Tata Ogg.
—Señora, ¡su estola de piel está comiéndose mis chocolates!
Y alguien tocó el hombro de Yaya Ceravieja.
—Señora, quítese el sombrero, por favor.
Tata Ogg se atragantó con la menta.
Yaya Ceravieja se volvió hacia el caballero de atrás con la cara colorada.
—Usted sabe qué es una mujer con un sombrero puntiagudo, ¿no? —dijo.
—Sí, señora. Una mujer con un sombrero puntiagudo está sentada delante de mí.
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Yaya le miró fijo. Y entonces, para sorpresa de Tata, se quitó el sombrero.
—Discúlpeme —dijo—. Puedo ver que sin querer fui maleducada. Por favor,
excúseme.
Se volvió hacia el escenario.
Tata Ogg empezó a respirar otra vez.
—¿Te sientes bien, Esme?
—Nunca mejor.
Yaya Ceravieja revisó el auditorio, ajena a los sonidos a su alrededor.
—Le aseguro, señora, su piel se está comiendo mis chocolates. ¡Ha empezado la
segunda capa!
—Oh, cielos. Muéstrele el pequeño mapa dentro de la tapa, ¿por favor? Solamente
busca las trufas, y usted pronto podrá quitar la baba de los otros.
—¿Podría usted quedarse callada?
—No lo haré, son este hombre y sus chocolates los que están haciendo ruido…
Una gran habitación, pensó Yaya. Una gran habitación sin ventanas…
Sintió un hormigueo en sus pulgares.
Miró la araña de luces. La soga desaparecía en un hueco del techo.
Su mirada pasó sobre la fila de Palcos. Estaban todos totalmente atestados. Sin
embargo, uno tenía las cortinas casi cerradas, como si alguien adentro quisiera ver hacia
afuera sin ser visto.
Entonces Yaya miró entre la Platea. El público era principalmente humano. Aquí y allí
había una forma voluminosa de un troll, aunque el troll equivalente de las óperas
generalmente continuaba un par de años. Algunos cascos enanos brillaban, aunque los
enanos normalmente no estaban interesados en algo sin enano dentro. Parecía haber
muchas plumas allí abajo, y aquí y allá el destello de joyas. Los hombros se estaban
llevando desnudos esta temporada. Se había prestado mucha atención a las apariencias. Las
personas estaban aquí para aparentar, no para ver.
Cerró los ojos.
Esto era cuando empezabas a ser una bruja. No cuando hacías cabezología en ancianos
tontos, o preparabas medicinas, o te la creías, o confundías una hierba por otra.
Era cuando abrías tu mente al mundo y revisabas todo lo que recogías cuidadosamente.
Ignoró sus orejas hasta que los sonidos del público se convirtieron en apenas un
zumbido distante.
O, por lo menos, un zumbido distante roto por la voz de Tata Ogg.
—Aquí dice que Dama Timpani, que canta la parte de Quizella, es una diva —dijo
Tata—. Así que yo calculo que esto es como un trabajo de medio tiempo, entonces.
Probablemente una buena idea, considerando que tienes que ser capaz de contener la
respiración. Buen entrenamiento para la cantante.
Yaya asintió sin abrir los ojos.
Los mantuvo cerrados mientras la ópera empezaba. Tata, que sabía cuándo dejar a su
amiga a sus propios pensamientos, trató de quedarse en silencio pero se sentía impelida a
hacer algún comentario.
Entonces dijo:
—¡Allí está Agnes! ¡Hey, ésa es Agnes!
—Deja de saludar y siéntate —murmuró Yaya, tratando de regresar a su ilusión.
Tata se inclinó sobre el balcón.
—Está vestida como una gitana —dijo—. Y ahora hay una muchacha que se adelanta
para cantar… —miró el programa robado—… la famosa aria ‘Departure’, dice aquí. Ahora
eso es lo que llamo una buena voz…
—Ésa es Agnes cantando —dijo Yaya.
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—No, es esta muchacha Christine.
—Cierra los ojos, tú anciana tonta, y dime si ésa no es Agnes cantando —dijo Yaya.
Tata Ogg cerró obedientemente los ojos por un momento, y luego los abrió otra vez.
—¡Es Agnes cantando!
—Sí.
—¡Pero está esa muchacha con la gran sonrisa justo ahí enfrente moviendo los labios y
todo eso!
—Sí.
Tata se rascó la cabeza.
—Algo está un poco equivocado aquí, Esme. No puedo tolerar que esas personas roben
la voz de nuestra Agnes.
Los ojos de Yaya todavía estaban cerrados.
—Dime si las cortinas de ese Palco abajo a la derecha se han movido —dijo.
—Acabo de verlas temblar, Esme.
—Ah.
Yaya se relajó otra vez. Se arrellanó en el asiento mientras el aria la rebalsaba, y abrió
su mente otra vez…
Bordes, paredes, puertas…
En cuanto un espacio era cercado se convertía en un universo por sí mismo. Algunas
cosas quedaban atrapadas en él.
La música pasó a través de su cabeza de un lado al otro, pero con ella venían otras
cosas, hebras de cosas, ecos de viejos gritos…
Derivó más abajo, por debajo del consciente, hacia la oscuridad más allá del círculo de
fuego.
Había miedo aquí. Asolaba el lugar como un gran animal oscuro. Se ocultaba en cada
esquina. Estaba en las piedras. El viejo terror se agazapaba en las sombras. Eran uno de los
terrores más antiguos, el que significaba que tan pronto la humanidad había aprendido a
caminar sobre dos piernas, tuvo que caer de rodillas. Era el terror de la inestabilidad, la
comprensión de que todo esto pasaría, que una voz hermosa o una figura estupenda eran
algo cuya llegada no podías controlar y cuya partida no podías retrasar. No era lo que había
estado buscando, pero quizás era el mar en el que nadaba.
Ella bajó aún más profundo.
Y allí estaba, rugiendo a través de la noche del alma del sitio como una fría corriente
profunda.
Mientras se acercaba, vio que no era una cosa sino dos, enroscadas una alrededor de la
otra. Extendió la mano…
Truco. Mentira. Engaño. Homicidio.
—¡No!
Parpadeó.
Todos se habían girado para mirarla.
Tata tiró de su vestido.
—¡Siéntate, Esme!
Yaya miraba fijo. La araña de luces colgaba tranquila sobre los asientos llenos de
gente.
—¡Lo golpean hasta morir!
—¿Qué es eso, Esme?
—¡Y lo lanzan al río!
—¡Esme!
—¡Sh!
—Señora, ¿se sentará de una vez!
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—¡… y ahora ha empezado con las Volutas de Turrón!
Yaya cogió su sombrero e hizo una carrera estilo cangrejo a lo largo de la hilera,
aplastando algunos de los más finos calzado de Ankh-Morpork con sus gruesas suelas de
Lancre.
Tata la siguió de mala gana. Había disfrutado completamente la canción, y quería
aplaudir. Pero su par de manos no era necesario. El público había estallado tan pronto
como la última nota murió.
Tata Ogg miró el escenario, tomó nota de algo, y sonrió.
—Así fue, ¿no?
—¡Gytha!
Suspiró.
—Ya voy, Esme. Perdone. Perdone. Lo siento. Perdone…
Yaya Ceravieja estaba afuera en el lujoso corredor rojo, inclinada con la frente en
contra la pared.
—Es uno malo, Gytha —farfulló—. Todo está retorcido. No estoy en absoluto segura
de que pueda hacer que se vuelva bueno. La pobre alma…
Se enderezó.
—Mírame, Gytha, ¿por favor?
Gytha abrió sus ojos obedientemente. Hizo una pequeña mueca de dolor mientras un
fragmento de la conciencia de Yaya Ceravieja se deslizaba detrás de los ojos.
Yaya se puso el sombrero, se remetió los ocasionales mechones rebeldes de pelo gris y
luego tomó, uno por uno, los ocho agujones y los hincó con la misma resolución cejijunta
con que un mercenario podría revisar sus armas.
—Muy bien —dijo por fin.
Tata Ogg se relajó.
—No es que me moleste, Esme —dijo—, pero desearía que uses un espejo.
—Desperdicio de dinero —dijo Yaya.
Ahora completamente blindada, partió a grandes zancadas a lo largo del corredor.
—Me alegra ver que no perdiste la paciencia con el hombre que se metió con tu
sombrero —dijo Tata, corriendo por detrás.
—No importa. Va a estar muerto mañana.
—Oh, cielos. ¿De qué?
—Atropellado por un carro, creo.
—¿Por qué no le dijiste?
—Podría estar equivocada.
Yaya llegó a las escaleras y las bajó con estruendo.
—¿Adónde vamos?
—Quiero ver quién está detrás de esas cortinas.
El aplauso, distante pero todavía estruendoso, llenaba el hueco de la escalera.
—Les gusta la voz de Agnes indudablemente —dijo Tata.
—Sí. Espero que estemos a tiempo.
—¡Oh, cabrón!
—¿Qué?
—¡Dejé a Greebo allá arriba!
—Bueno, le gusta conocer nuevas personas. Por Dios, este lugar es un laberinto.
Yaya entró por un corredor curvo, algo más lujoso que el que habían dejado. Había una
serie de puertas a lo largo.
—Ah. Ahora, entonces…
Caminó a lo largo de la hilera, contando, y luego probó un tirador.
—¿Puedo ayudarlas, damas?
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Se volvieron. Una pequeña anciana se había acercado por detrás sin hacer ruido,
llevando una bandeja de bebidas.
Yaya le sonrió. Tata Ogg sonrió a la bandeja.
—Nos estábamos preguntando —dijo Yaya—, a qué persona le gusta sentarse con las
cortinas casi cerradas en estos Palcos.
La bandeja empezó a temblar.
—Oiga, ¿sujeto eso por usted? —dijo Tata—. Usted derramará algo si no tiene
cuidado.
—¿Qué sabe usted sobre el Palco Ocho? —dijo la anciana.
—Ah. Palco Ocho —dijo Yaya—. Ése sería, sí. Que es éste aquí, ¿no…?
—No, por favor…
Yaya se adelantó y agarró el picaporte.
La puerta estaba con llave.
La bandeja fue empujada a las manos acogedoras de Tata.
—Bien, gracias, no me molesta si… —dijo.
La mujer tiró del brazo de Yaya.
—¡No lo haga! ¡Causará una terrible mala suerte!
Yaya se libró de la mano de ella.
—¡La llave, señora! —Por detrás, Tata inspeccionaba un vaso de champaña.
—¡No le haga enfadar! ¡Es suficientemente malo como es! —La mujer estaba
evidentemente aterrorizada.
—Hierro —dijo Yaya, haciendo sonar el picaporte—. No puedo hacer magia sobre el
hierro…
—Oiga —dijo Tata, haciendo un paso adelante de una manera un poco inestable—.
Dame uno de tus agujones. Nuestro Nev me ha enseñado toda clase de trucos…
La mano de Yaya subió hasta el sombrero, y luego miró la cara arrugada de la Sra.
Plinge. Bajó la mano.
—No —dijo—. No, creo que lo dejaremos por ahora…
—No sé qué está ocurriendo… —sollozó la Sra. Plinge—. Nunca solía ser así…
—Suénese bien —dijo Tata, pasándole un pañuelo sucio y palmeándole amablemente
la espalda.
—… no había nada de esta cosa de asesinar personas… él sólo quería un lugar desde
donde mirar la ópera… lo hacía sentirse mejor…
—¿De quién estamos hablando? —dijo Yaya.
Tata Ogg le lanzó una mirada de advertencia por encima de la cabeza de la anciana.
Había algunas cosas que era mejor dejarlas a Tata.
—… lo abriría para mí una hora todos los viernes, para limpiar y siempre dejaba una
pequeña nota que decía gracias o se disculpaba por los chocolates bajo el asiento… y dónde
estaba el daño de eso, eso es lo que quiero saber…
—Sóplese otra vez —dijo Tata.
—… y ahora hay personas cayendo como moscas… dicen que es él, pero sé que él
nunca representó ningún daño…
—Claro que no —dijo Tata, con dulzura.
—… muchas veces los he visto mirar hacia el Palco. Siempre se sentían mejor si lo
miraban… y entonces el pobre Sr. Maza fue estrangulado. Miré por allí y estaba su
sombrero, exactamente como…
—Es terrible cuando eso ocurre —dijo Tata Ogg—. ¿Cuál es su nombre, querida?
—Sra. Plinge —sorbió la Sra. Plinge—. Bajó delante de mí. Lo habría reconocido en
cualquier lugar…
—Creo que sería una buena idea si la llevamos a casa, Sra. Plinge —dijo Yaya.
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—¡Oh, cielos! ¡Tengo todas estas damas y caballeros de los que encargarme! Y de
todos modos es peligroso ir a casa a esta hora de la noche… Walter me acompaña a casa
pero esta noche tiene que quedarse tarde… Oh cielos…
—Tenga, sóplese otra vez —dijo Tata—. Busque un trocito que no esté demasiado
empapado.
Se escuchó una serie de taponazos agudos. Yaya Ceravieja había trabado los dedos y
extendido las manos para hacer sonar los nudillos.
—Peligroso, ¿eh? —dijo—. Bien, no podemos verle a usted contrariada de este modo.
La acompañaré a casa y la Sra. Ogg se encargará de las cosas aquí.
—… sólo tengo que atender en los Palcos… tengo que servir todas estas bebidas…
podría jurar que las tenía hace un momento…
—La Sra. Ogg conoce todo acerca de bebidas —dijo Yaya, mirando furiosa a su
amiga.
—No hay nada que no sepa sobre bebidas —aceptó Tata, vaciando
desvergonzadamente el último vaso—. Especialmente de éstas.
—… ¿y qué pasará con nuestro Walter? Se pondrá loco…
—¿Walter es su hijo? —dijo Yaya—. ¿Lleva una boina?
La anciana asintió.
—Siempre vuelvo a por él si está trabajando tarde… —empezó.
—Usted vuelve a por él… ¿pero él la lleva a casa? —dijo Yaya.
—Es… es… es… —La Sra. Plinge se animó—. Es un buen muchacho —dijo desafiante.
—Estoy segura de que lo es, Sra. Plinge —dijo Yaya.
Levantó cuidadosamente la poco blanca cofia de la cabeza de la Sra. Plinge y se la
pasó a Tata, quien se la puso, y también tomó el poco blanco mandil. Eso era lo bueno del
negro. Podías ser casi cualquier cosa, vistiendo de negro. Madre Superiora o Señora, era
realmente sólo una cuestión de estilo. Sólo dependía de los detalles.
Se escuchó un clic. El Palco Ocho había echado llave. Y entonces se oyó el muy
apagado chirrido de una silla cuando es calzada bajo el picaporte.
Yaya sonrió, y tomó el brazo de la Sra. Plinge.
—Estaré de regreso tan pronto como pueda —dijo.
Tata asintió, y las observó alejarse.
Había una pequeña alacena al final del corredor. Contenía un taburete, el tejido de la
Sra. Plinge, y un bar pequeño pero muy bien provisto. También había, sobre una tabla de
caoba lustrada, una cantidad de campanas sobre grandes muelles.
Varias de ellas se sacudían arriba y abajo airadamente.
Tata se sirvió una ginebra con ginebra con un toque de ginebra e inspeccionó las filas
de botellas con considerable interés.
Otra campana empezó a sonar.
Había un pote inmenso con aceitunas rellenas. Tata se sirvió un puñado y sopló el
polvo de una botella de oporto.
Una campana cayó de su resorte.
En algún lugar en el corredor una puerta se abrió y la voz de un joven gritó:
—¡Dónde están esas bebidas, mujer!
Tata probó el oporto.
Tata Ogg estaba acostumbrada a la idea del servicio doméstico. Cuando era muchacha,
había sido doncella en el Castillo de Lancre, donde el rey se inclinaba a abrumarla con sus
intenciones y cualquier otra cosa que pudiera sujetar. La joven Gytha Ogg ya había perdido
su inocencia29 pero tenía algunas ideas claras acerca de las intenciones no deseadas, y
29 Sin pesar, ya que ella no le había encontrado ninguna utilidad. (Nota del autor)
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cuando él saltó sobre ella en el fregadero ya había cometido técnicamente traición con una
pierna grande de cordero balanceada con ambas manos. Eso había terminado con su vida
debajo de la escalera y puso un largo rizo a las actividades del rey sobre ella.
La breve experiencia le había brindado ciertas opiniones que no eran nada positivas
políticamente pero eran muy firmemente Ogg. Y la Sra. Plinge se veía como si no tuviera
mucho que comer y tampoco mucho tiempo para dormir. Sus manos estaban delgadas y
rojas. Tata tenía un montón de tiempo para los Plinges del mundo.
¿El oporto va con jerez? Oh, bueno, no hay daño en probar…
Ahora, todas las campanas estaban sonando. Debía estar acercándose el intervalo.
Metódicamente desenroscó la tapa de las cebollas de cóctel, y pensativamente masticó
un par.
Entonces, mientras otras personas empezaron a asomar las cabezas por las puertas y
reclamar con enfado, fue al estante del champaña y bajó un par de las grandes. Les dio una
maldita sacudida, metió una debajo de cada brazo con el pulgar sobre los corchos, y salió
al corredor.
La filosofía de vida de Tata era hacer lo que parecía una buena idea en el momento, y
hacerlo tan duro como fuera posible. Nunca la había defraudado.
El telón se cerró. El público todavía estaba de pie, aplaudiendo.
—¿Qué ocurre ahora? —susurró Agnes al gitano cercano.
Él se quitó el pañuelo de la cabeza.
—Bueno, querida, generalmente salimos un momento… ¡Oh, no, van a abrir el telón
nuevamente!
El telón se abrió otra vez. La luz se centraba en Christine, que hizo una reverencia,
saludó con la mano y centelleó.
Su amigo gitano codeó a Agnes.
—Mire a Dama Timpani —dijo—. Una nariz en cabestrillo si alguna vez hubo una.
Agnes miró a la diva.
—Está sonriendo —dijo.
—También lo hace un tigre, querida.
El telón se cerró otra vez, con la expresión definitiva del director de escena de que
suspendería la función y le gritaría a alguien si se atrevían a tocar esas sogas otra vez…
Agnes se fue corriendo con los demás. No había demasiado que hacer en el siguiente
acto. Había tratado de memorizar la trama más temprano… aunque otros miembros del
coro hicieron lo posible para disuadirla, sobre la base que podías cantarla o comprenderla,
pero no ambas.
Sin embargo, Agnes era aplicada.
—… así que Peccadillo (tenor), el hijo del Duque Tagliatella (bajo), se ha disfrazado en
secreto como un porquerizo para cortejar a Quizella, sin saber que el Doctor Bufola
(barítono) le ha vendido el elíxir a Ludi el criado, sin darse cuenta de que en realidad es la
doncella Iodine (soprano) disfrazada de muchacho porque el Conde Artaud (barítono)
reclama que…
Un asistente de director de escena tropezó con ella al pasar y saludó con la mano a
alguien en bambalinas.
—Suelta el paisaje campestre, Ron.
Se escuchó una serie de silbidos de fuera del escenario, respondida por otra desde
arriba.
El telón posterior subió. Desde la penumbra de arriba, los sacos de arena de contrapeso
empezaron a descender.
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—… entonces Artaud revela, er, que Zibeline debe casarse con Fideli, quiero decir
Fiabe, sin saber, er, que la fortuna de la familia…
Los sacos de arena bajaron. Al menos sobre un costado del escenario. Del otro lado,
Agnes fue interrumpida en su tarea imposible por los gritos, y vio cabeza abajo y no muy
compuestos los rasgos del finado Dr. Undershaft.
Tata se escabulló por una puerta cercana, la cerró, y se apoyó contra ella. Después de
algunos momentos el sonido de pies que corrían pasó de largo.
Bien, eso había sido divertido.
Se quitó la cofia de encaje y el mandil y, porque había una honestidad básica en Tata,
se los metió en un bolsillo para devolverlos a la Sra. Plinge más tarde. Entonces sacó una
forma negra, plana y redonda, y la golpeó contra su brazo. La punta salió disparada.
Después de algunos ajustes su sombrero oficial estaba casi tan bien como uno nuevo.
Miró a su alrededor. Cierta falta de luz y alfombrado, junto con la presencia de polvo,
sugería que ésta era una parte del lugar que se suponía que el público no vería.
Oh, maldición. Supuso que era mejor encontrar otra puerta. Por supuesto, eso
significaba que tendría que dejar a Greebo, dondequiera que estuviera, él pero aparecería.
Siempre lo hacía cuando necesitaba alimentarse.
Se escuchó un vuelo de pasos dirigiéndose hacia abajo. Los siguió hasta un corredor
que estaba ligeramente mejor iluminado y lo siguió un buen trecho. Y entonces todo lo que
tuvo que hacer fue seguir los gritos.
Apareció entre practicables y utilería desordenada detrás del escenario.
Nadie se preocupó por ella. La aparición de una anciana pequeña y amistosa no iba a
provocar comentarios en este momento.
Las personas corrían hacia atrás y hacia adelante, gritando. Las más impresionables se
quedaban en un lugar y gritaban. Una enorme dama estaba repantigada sobre dos sillas,
histérica, mientras algún tramoyista desocupado trataba de abanicarla con un guión.
Tata Ogg no estaba segura de si algo importante había ocurrido o si esto era sólo una
continuación de la ópera por otros medios.
—Le aflojaría el corsé, si fuera usted —dijo mientras pasaba.
—Cielo santo, señora, ¡hay bastante pánico aquí como está!
Tata siguió adelante hacia un interesante grupo de gitanos, nobles y tramoyistas.
Las brujas son entrometidas por definición e inquisitivas por naturaleza. Se instaló.
—Permítame pasar. Soy una persona entrometida —dijo, empleando ambos codos.
Funcionó, como generalmente funciona este tipo de aproximación.
Había una persona muerta sobre el piso. Tata había visto la muerte en una gran
variedad de apariencias, y supo que indudablemente era un estrangulamiento cuando lo
vio. No era el final más bonito, aunque podía ser muy lleno de color.
—Oh cielos —dijo—. Pobre hombre. ¿Qué le pasó?
—El Sr. Balde dice que debe haber quedado atrapado en el… —comenzó alguien.
—¡Él no quedó atrapado en nada! ¡Éste es un trabajo del Fantasma! —dijo otra
persona—. ¡Podría quedarse quieto allá arriba!
Todos los ojos se volvieron hacia arriba.
—El Sr. Salzella ha enviado a algunos tramoyistas para hacerlo salir.
—¿Llevaban antorchas encendidas? —dijo Tata.
Varios la miraron como preguntándose, por primera vez, quién era ella.
—¿Qué?
—Tienen que tener antorchas encendidas cuando están persiguiendo monstruos
malvados —dijo Tata—. Hecho bien conocido.
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Hubo un momento mientras la idea llegaba, y entonces:
—Eso es verdad.
—Ella tiene razón, lo sabes.
—Hecho bien conocido, querida.
—¿Tenían antorchas encendidas?
—No lo creo. Sólo linternas corrientes.
—Oh, son inútiles —dijo Tata—. Son para contrabandistas, las linternas. Para
monstruos malvados se necesitan llamas…
—¡Excúsenme, muchachos y muchachas!
El director de escena se había parado sobre una caja.
—Ahora —dijo, un poco pálida la cara—, sé que todos están familiarizados con la
frase ‘la función debe continuar’…
Se escuchó un coro de quejidos desde el coro.
—Es muy difícil cantar una canción alegre sobre comer erizos cuando estás esperando
que te suceda un accidente —gritó un rey gitano.
—Qué gracioso, si estamos hablando de canciones sobre erizos, yo misma… —empezó
Tata, pero nadie le estaba prestando atención.
—Ahora, en realidad no sabemos qué ocurrió…
—¿De veras? ¿Adivinaremos? —dijo un gitano.
—… pero tenemos hombres arriba en el desván de las moscas ahora…
—¿Oh? ¿En caso de más accidentes?
—… y el Sr. Balde me ha autorizado que diga que habrá una bonificación de dos
dólares esta noche en reconocimiento por su valiente aceptación a continuar con la
función…
—¿Dinero? ¿Después de una conmoción así? ¿Dinero? ¿Piensa que puede ofrecernos
un par de dólares y que aceptaremos quedarnos en este escenario maldito?
—¡Vergonzoso!
—¡Desalmado!
—¡Impensable!
—¡Deberían ser al menos cuatro!
—¡Correcto! ¡Correcto!
—¡Qué vergüenza, mis amigos! Hablar de unos dólares cuando hay un hombre muerto
ahí… ¿No tienen ningún respeto a su memoria?
—¡Exactamente! Algunos dólares es irrespetuoso. ¡Cinco dólares o nada!
Tata Ogg cabeceó para sí misma, se alejó y encontró un trozo de tela lo bastante
grande para cubrir al finado Dr. Undershaft.
A Tata le gustaba bastante el mundo del teatro. Tenía su propia clase de magia. Creía
que por eso a Esme no le gustaba. Era la magia de las ilusiones, de los malentendidos y las
tonterías, y eso estaba bien para Tata Ogg, porque no podías casarte tres veces sin tener un
poco de humor. Pero estaba tan cerca del tipo de magia propia de Yaya para poner a Yaya
incómoda. Lo que significaba que no podía dejarla a solas. Era como rascarse una picazón.
La gente no prestaba ninguna atención a las pequeñas ancianas que se ven como si
encajaran, y Tata Ogg podía encajar más rápido que un pollo muerto en una fábrica de
gusanos.
Además, Tata tenía un pequeño talento adicional, que era una mente de sierra circular
detrás de una cara de manzana vieja.
Alguien estaba llorando.
Una figura extraña estaba arrodillada junto al finado maestro de coro. Parecía una
marioneta con los cordeles cortados.
—¿Puede darme una mano con esta sábana, señor? —dijo Tata con tranquilidad.
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La cara se alzó. Dos ojos acuosos, inundados de lágrimas, parpadearon hacia Tata.
—¡No se despertará!
Tata cambió de marcha mentalmente.
—Eso es correcto, amor —dijo—. Usted es Walter, ¿no es así?
—¡Él era siempre muy bueno conmigo y con nuestra mamá! ¡Nunca me dio una
patada!
Era obvio para Tata que no conseguiría ninguna ayuda aquí. Se arrodilló y empezó a
hacer lo que pudo con el difunto.
—¡Señorita dicen que fue el Fantasma señorita! ¡No fue el Fantasma señorita! ¡Nunca
haría semejante cosa! ¡Él fue siempre bueno conmigo y con nuestra mamá!
Tata cambió de marcha otra vez. Tenías que disminuir la velocidad un poco para
Walter Plinge.
—¡Mi mamá sabría qué hacer!
—Sí, bueno… se ha ido a casa temprano, Walter.
La cara cerosa de Walter empezó a retorcerse en una expresión de horror final.
—¡No debe caminar a casa sin Walter para cuidarla! —gritó.
—Apuesto a que ella lo dice siempre —dijo Tata—. Apuesto a que se asegura de que
su Walter esté con ella siempre que se va a casa. Pero supongo que en este momento ella
querría que su Walter continuara con sus cosas para que pueda estar orgullosa de él. La
función no ha terminado aún.
—¡Es peligroso para nuestra mamá!
Tata palmeó su mano y distraídamente se limpió su propia mano en el vestido.
—Ése es un buen muchacho —dijo—. Ahora, tengo que irme…
—¡El Fantasma no dañaría a nadie!
—Sí, Walter, pero yo tengo que irme, pero encontraré a alguien para ayudarlo y usted
debe poner al pobre Dr. Undershaft en algún lugar seguro hasta después de la función.
¿Comprende? Y soy la Sra. Ogg.
Walter se quedó mirándola con la boca abierta, y luego asintió bruscamente.
—Buen muchacho.
Tata le dejó todavía mirando el cuerpo y se alejó hacia bastidores.
Un joven que pasaba rápidamente descubrió que de repente había adquirido una Ogg.
—Excúseme, joven —dijo Tata, todavía sujetando su brazo—, pero ¿conoce a alguien
aquí llamada Agnes? ¿Agnes Nitt?
—No puedo decirlo, señora. ¿Qué hace ella? —Hizo ademán de seguir corriendo tan
cortésmente como era posible, pero la mano de Tata era de acero.
—Canta un poco. Muchacha grande. La voz con doble articulaciones. Viste de negro.
—¿Usted quiere decir Perdita?
—¿Perdita? Oh, sí. Sería ella muy bien.
—Creo que se está ocupando de Christine. Están en la oficina del Sr. Salzella.
—¿Sería Christine la delgada muchacha de blanco?
—Sí, señora.
—Y supongo que usted va a mostrarme dónde está la oficina de este Sr. Salzella.
—Er, yo… Er, sí. Está a lo largo del escenario ahí, primera puerta a la derecha.
—¡Qué muchacho tan bueno ayudando a una anciana! —dijo Tata. La presión de su
mano se incrementó hasta unas onzas antes de cortarle la circulación—. ¿Y no sería una
buena idea si usted ayudara al joven Walter allí atrás a hacer algo respetuoso para el pobre
hombre muerto?
—¿Atrás dónde?
Tata dio media vuelta. El finado Dr. Undershaft no se había ido a ningún lugar, pero
Walter se había esfumado.
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—El pobre tipo estaba un poco alterado, no debería asombrarme —dijo Tata—. Era lo
esperado. Así que… ¿qué tal si usted encontrara a otro muchacho joven y robusto para
ayudarlo en cambio?
—Er… Sí.
—¡Qué muchacho tan bueno! —repitió Tata.
Era la media tarde. Yaya y la Sra. Plinge se abrían camino a través del gentío hacia Las
Sombras, una parte de la ciudad que era tan apiñada como un terreno de anidamiento y tan
fragante como una letrina, y viceversa.
—Así es que —dijo Yaya, mientras entraban en la red de callejones fétidos—, su
muchacho Walter generalmente la acompaña a casa, ¿verdad?
—Es un buen muchacho, Sra. Ceravieja —dijo la Sra. Plinge a la defensiva.
—Estoy segura de que usted está agradecida por un muchacho fuerte de quien
depender —dijo Yaya.
La Sra. Plinge levantó la vista. Mirar los ojos de Yaya era como mirar un espejo. Lo
que veías era a ti mismo, y no había ningún escondite.
—Lo atormentan demasiado —masculló—. Lo atizan y esconden su escoba. No son
malos muchachos los que rondan aquí, pero lo atormentan.
—Él trae su escoba a casa, ¿verdad?
—Cuida sus cosas —dijo la Sra. Plinge—. Siempre le he enseñado a cuidar sus cosas y
a no ser un problema. Pero golpearán al pobre y le dirán nombres…
El callejón se abría en un patio, como un pozo entre los edificios altos. Líneas de
lavado se entrecruzaban en el rectángulo de cielo iluminado por la luna.
—Ya he llegado —dijo la Sra. Plinge—. Le estoy muy agradecida.
—¿Cómo llega Walter a casa sin usted? —dijo Yaya.
—Oh, hay abundantes lugares para dormir en el Teatro de la Ópera. Sabe que si yo no
voy a por él se queda allí a dormir. Hace lo que se le dice, Sra. Ceravieja. Él nunca
ocasiona problemas.
—Nunca dije que lo hiciera.
La Sra. Plinge rebuscó en su monedero, tanto para librarse de la mirada de Yaya como
para buscar la llave.
—Supongo que su Walter ve la mayor parte de lo que ocurre en el Teatro de la Ópera
—dijo Yaya, tomando una de las muñecas de la Sra. Plinge—. Me pregunto ¿qué… vio su
Walter?
El pulso saltó al mismo tiempo que los ladrones. Las sombras se desdoblaron. Se
escuchó el rasguño de metal.
Una voz baja dijo:
—Ustedes son dos, damas, y nosotros seis. No tiene sentido gritar.
—Oh, vaya por Dios vaya por Dios —dijo Yaya.
La Sra. Plinge cayó de rodillas.
—Oh, por favor, no nos lastimen, amables señores, ¡somos ancianas inofensivas! ¿No
tienen madre?
Yaya blanqueó los ojos. Maldición, maldición, y maldición. Ella era una buena bruja.
Ése era su rol en la vida. Ésa era la carga que tenía que llevar. El Bien y el Mal eran
bastante superfluos cuando se crece con un sentido muy desarrollado de lo Correcto y lo
Incorrecto. Esperaba, oh esperaba, que los jóvenes a pesar de esto fueran, fueran criminales
intransigentes.
—Tuve una madre una vez —dijo el ladrón más cercano—. Pero yo creo que debo…
Ah. Marcas de trompos. Yaya levantó ambas manos hasta su sombrero para sacar dos
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agujones largos…
Una teja se deslizó del techo, y salpicó en un charco.
Miraron hacia arriba.
Una figura con capa fue visible por un momento contra la luz de la luna. Sacó
bruscamente una espada del largo de un brazo. Entonces cayó, aterrizando suavemente
enfrente de un hombre asombrado.
La espada se movió veloz.
El primer ladrón giró y embistió contra la forma sombría enfrente de él, que resultó ser
otro ladrón, cuyo brazo se sacudió hacia arriba y clavó su propio cuchillo a lo largo de la
caja torácica del ladrón a su lado.
La figura enmascarada bailó entre la pandilla, y su espada casi dejaba estelas en el aire.
Más tarde, Yaya pensó que en realidad nunca hizo contacto, pero entonces, nunca lo
necesitó… cuando hay seis contra uno en una refriega confusa en las sombras, y
especialmente si esos seis no están acostumbrados a blancos más difíciles de atinar que una
avispa, y aun más si ellos obtuvieron todos los conocimientos de pelear a cuchillo de otros
aficionados, entonces hay seis posibilidades contra siete de que apuñalarán a un
compinche, y cerca de una contra doce que se cortarán el propio lóbulo de la oreja.
Lo dos que quedaban ilesos después de diez segundos se miraron, giraron, y corrieron.
Y entonces todo terminó.
La figura vertical sobreviviente hizo una profunda reverencia enfrente de Yaya
Ceravieja.
—Ah. ¡Bella Donna!
Hubo un remolino de capa negra y seda roja, y también se fue. Por un momento
pudieron escuchar las suaves pisadas rozando los adoquines.
La mano de Yaya todavía estaba a medio camino de su sombrero.
—¡Habráse visto! —dijo.
Bajó la mirada. Varios cuerpos estaban gimiendo o haciendo ruido de suaves burbujas.
—Vaya por Dios vaya por Dios —dijo. Entonces se tranquilizó.
—Supongo que vamos a necesitar un poco de agua limpia y caliente, y algunos trozos
de venda, y una buena aguja afilada para costura, Sra. Plinge —dijo—. No podemos
permitir que estos pobres hombres se desangren a morir ahora, ¿verdad?, a pesar de que
trataron de robar a unas ancianas…
La Sra. Plinge parecía horrorizada.
—Tenemos que ser caritativas, Sra. Plinge —insistió Yaya.
—Atizaré el fuego y partiré una sábana —dijo la Sra. Plinge—. No sé si podré
encontrar una aguja…
—Oh, supongo que tengo una aguja —dijo Yaya, sacando una del borde de su
sombrero.
Se arrodilló junto a un ladrón caído.
—Está algo oxidada y roma —añadió—, pero tendremos que hacer lo mejor posible.
La aguja brillaba a la luz de la luna. Los ojos redondos y asustados se enfocaron sobre
ella, y luego sobre la cara de Yaya. Gimió. Sus omóplatos trataron de enterrarlo en los
adoquines.
Quizás era también que nadie más podía ver la cara de Yaya en las sombras.
—Hagamos algún bien —dijo.
Salzella lanzó sus manos al aire.
—¿Suponga que bajaba en medio del acto? —dijo.
—Muy bien, muy bien —dijo Balde, que estaba sentado detrás de su escritorio como
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un hombre se escondería detrás de un búnker—. Estoy de acuerdo. Después de la función
llamamos a la Guardia. No hay vuelta de hoja en eso. Sólo tendremos que pedirles que
sean discretos.
—¿Discretos? ¿Alguna vez ha visto a un Vigilante? —dijo Salzella.
—No es que vayan a encontrar algo. Estuvo sobre los tejados y se fue, puede confiar
en eso. Quien quiera que sea. Pobre Dr. Undershaft. Siempre estaba tan tenso.
—Nunca más que esta noche —dijo Salzella.
—¡Eso fue de mal gusto!
Salzella se inclinó sobre el escritorio.
—De mal gusto o no, la compañía son personas de teatro. Supersticiosas. Una pequeña
cosa como alguien asesinado sobre el escenario y se rompen en pedazos.
—No fue asesinado sobre el escenario, fue asesinado fuera del escenario. ¡Y no
podemos estar seguros de que fuera homicidio! Él había estado muy… deprimido,
últimamente.
Agnes estaba impresionada, pero no por la muerte del Dr. Undershaft. Estaba
asombrada por su propia reacción. Había sido sobrecogedor y desagradable ver al hombre,
pero fue aun peor verse realmente interesada en lo que estaba ocurriendo… en la manera en
que las personas reaccionaban, se movían, en las cosas que decían. Era como si estuviera
fuera de sí misma, observando todo.
Christine, por el contrario, acababa de desmayarse. También Dama Timpani. Muchas
más personas se preocuparon por Christine que por la prima donna, a pesar del hecho de
que Dama Timpani se había desmayado muy deliberadamente varias veces y finalmente
había sido forzada a ponerse histérica. Nadie había supuesto por un minuto que Agnes no
lo podía afrontar.
Christine fue llevada a la oficina de Salzella detrás del escenario y colocada sobre un
sofá. Agnes fue a por un tazón de agua y un paño y estaba secando su frente, porque hay
algunas personas que están destinadas a ser llevadas a cómodos sofás y otras personas cuyo
único destino es ir a por un tazón de agua fría.
—El telón se levanta otra vez en dos minutos —dijo Salzella—. Es mejor que vaya a
reunir a la orquesta. Estarán todos en La Puñalada En La Espalda del otro lado de la calle.
El cerdo puede consumir media pinta antes de que el aplauso se haya apagado.
—¿Son capaces de tocar?
—Nunca lo han sido, así que no veo por qué deberían empezar ahora —dijo Salzella—
. Ellos son músicos, Balde. La única manera en que un cadáver los molestaría sería si
cayera en su cerveza, y aun entonces tocarían si usted les ofreciera Dinero del Cadáver.
Balde se acercó a Christine recostada.
—¿Cómo está ella?
—Sigue mascullando un poco… —comenzó Agnes.
—¿Una taza de té? ¿Té? ¿Una taza de té, alguien? Nada mejor que una taza de té,
bueno, digo una mentira, pero veo que el sofá está ocupado, sólo una pequeña broma,
ninguna ofensa, ¿alguien para una buena taza de té?
Agnes miró a su alrededor con horror.
—Bueno, yo bien podría aceptar una —dijo Balde, con falsa jovialidad.
—¿Y qué tal usted, señorita? —Tata hizo un guiño a Agnes.
—Er… no, gracias… ¿usted trabaja aquí? —dijo Agnes.
—Sólo estoy ayudando a la Sra. Plinge, que lo ha tomado mal —dijo Tata, haciéndole
otro guiño—. Soy la Sra. Ogg. No se preocupe por mí.
Esto pareció satisfacer a Balde, por lo menos porque los aleatorios distribuidores de té
representaban la menor de las amenazas en ese momento.
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—Es más como Grand Guignol30 que como la ópera ahí esta noche —dijo Tata. Codeó
a Balde—. Es la traducción de ‘sangre por todo el escenario’ —dijo servicialmente.
—Realmente.
—Sí. Quiere decir… Gignol Grande.
La música empezó en la distancia.
—Ésa es la obertura del Acto Dos —dijo Balde—. Bueno, si Christine todavía está
enferma, entonces… —Miró a Agnes desesperadamente—. Bien, en un momento como
éste las personas comprenderían.
El pecho de Agnes se infló aun más con orgullo.
—¿Sí, Sr. Balde?
—Quizás podríamos conseguirle un vestido blanco…
Christine, con los ojos todavía cerrados, levantó la muñeca hasta su frente y gimió.
—Oh, ay, ¿qué ocurrió?
Balde se arrodilló instantáneamente.
—¿Está usted bien? ¡Tuvo una desagradable conmoción! ¿Cree que podrá seguir
adelante por el bien de su arte y para que las personas no pidan la devolución del dinero?
Le respondió con una sonrisa valiente. Innecesariamente valiente, le pareció a Agnes.
—¡No puedo decepcionar al querido público! —dijo.
—¡Muy bien! —dijo Balde—. Debo apurarme a salir, entonces. Perdita le ayudará…
¿verdad, Perdita?
—Sí. Por supuesto.
—Y usted estará en el coro para el dúo —dijo Balde—. Cerca en el coro.
Agnes suspiró.
—Sí, lo sé. Vamos, Christine.
—Querida Perdita… —dijo Christine.
Tata las observó salir. Entonces dijo:
—Tomaré esa taza si usted ha terminado con ella.
—Oh. Sí. Sí, estaba muy bueno —dijo Balde.
—Er… Tuve un pequeño accidente arriba en los Palcos —dijo Tata.
Balde se agarró el pecho.
—¿Cuántos murieron?
—Oh, nadie murió, nadie murió. Se pusieron un poco húmedos porque derramé un
poco de champaña.
Balde se relajó aliviado.
—Oh, no me preocuparía por eso —dijo.
—Cuando digo se derramó… quiero decir, continuó sucediendo…
La despidió con un gesto.
—Limpie a fondo la alfombra —dijo.
—¿Mancha los techos?
—¿Sra…?
—Ogg.
—Por favor, sólo váyase.
Tata asintió, recogió las tazas del té y salió de la oficina. Si nadie hacía preguntas
sobre una anciana con una bandeja del té, ciertamente no se molestarían con una detrás de
una pila de cosas a lavar. Ser una lavadora es el distintivo de admisión a cualquier lugar.
En lo que a Tata Ogg se refería, el lavado era también algo que le sucedía a otras
personas, pero sentía que podía ser una buena idea quedarse en el tipo. Encontró un hueco
30 Grand Guignol, detrás de Montmartre, teatro de París Le Grand Guignol, es el nombre dado a una forma
de drama sangriento y macabro, casi absurdo. (Nota del traductor)
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con una bomba y un sumidero adentro, se arremangó, y se puso a trabajar.
Alguien tocó su hombro.
—Usted no debería hacer eso, ¿sabe? —dijo una voz—. Es de muy mala suerte.
Se giró y echó un vistazo a un tramoyista.
—Qué, ¿lavar provoca siete años de mala suerte? —dijo.
—Usted estaba silbando.
—¿Bien? Siempre silbo cuando estoy pensando.
—Usted no debería silbar sobre el escenario, quise decir.
—¿Es de mala suerte?
—Supongo que usted podría decir eso. Usamos claves de silbidos cuando estamos
cambiando la escenografía. Si un saco de arena cae sobre usted podría ser desafortunado,
supongo.
Tata miró hacia arriba. El tramoyista también. Allí, el techo estaba a sólo dos pies31
arriba.
—Es sólo más seguro no silbar —masculló el muchacho.
—Lo recordaré —dijo Tata—. Nada de silbidos. Interesante. Vivimos y aprendemos,
¿no?
El telón se levantó sobre el Acto Dos. Tata observaba desde bambalinas.
Lo interesante era la manera en que las personas se las ingeniaban para mantener una
mano más arriba que el cuello en caso de accidentes. Parecía haber muchos más saludos,
ademanes y gestos dramáticos allí que los estrictamente necesarios en la ópera.
Miró el dúo entre Iodine y Bufola, posiblemente el primero en la historia de la ópera
donde ambos cantantes mantenían los ojos vueltos decididamente hacia arriba.
Tata disfrutaba de la música, también. Si la música fuera el alimento del amor, ella
estaba lista para una sonata y papas fritas en cualquier momento. Pero estaba claro que el
brillo se había ido de las cosas esta noche.
Sacudió la cabeza.
Una figura se movió a través de las sombras a sus espaldas, y extendió la mano. Se
volvió, vio una cara temible.
—Oh, hola, Esme. ¿Cómo entraste?
—Tú todavía tienes los boletos así que tuve que hablar al hombre de la puerta. Pero
estará bien como la lluvia dentro de uno o dos minutos. ¿Qué ha estado ocurriendo?
—Bien… el Duque ha cantado una larga canción para decir que está partiendo, y el
Conde ha cantado una canción que dice qué bonita es la primavera, y cayó un cadáver del
techo.
—Eso sucede mucho en la ópera, ¿no?
—No lo creo.
—Ah. Me he dado cuenta que en el teatro, si miras cadáveres el tiempo suficiente
puedes verlos moverse.
—Dudo si éste se moverá. Estrangulado. Alguien está asesinando a gente de la ópera.
Estuve charlando con las muchachas del ballet.
—¿De veras?
—Es este Fantasma del que están hablando todos.
—Hum. ¿Viste uno de esos trajes negros de ópera y una máscara blanca?
—¿Cómo supiste eso?
Yaya parecía satisfecha.
31 Dos pies = 60 centímetros. (Nota del traductor)
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—Quiero decir, no puedo imaginar quién querría asesinar a gente de la ópera… —Tata
pensó en la expresión en la cara de Dama Timpani—. Excepto tal vez otra gente de la
ópera. Y tal vez los músicos. Y algunos del público, tal vez.
—No creo en fantasmas —dijo Yaya firmemente.
—¡Oh, Esme! ¡Sabes que tengo docenas de ellos en mi casa!
—Oh, creo en fantasmas —dijo Yaya—. Cosas tristes dando vueltas y diciendo woogy
woogy woogy… Pero no creo que maten a las personas ni que usen espadas. —Se alejó un
poco—. Ya hay demasiados fantasmas aquí.
Tata guardó silencio. Era lo mejor cuando Yaya estaba escuchando sin usar sus orejas.
—¿Gytha?
—¿Sí, Esme?
—¿Qué significa ‘Bella Donna’?
—Es el nombre fino para Sombra Mortal, Esme.
—Eso pensé. ¡Huh! ¡Qué descaro!
—Pero, en la ópera, significa Mujer Hermosa.
—¿De veras? Oh. —La mano de Yaya subió hasta el moño de hierro de su pelo—.
¡Tonterías!
… él se movía como la música, como alguien bailando a un ritmo dentro de su cabeza.
Y su cara, a la luz de la luna por un momento, era el cráneo de un ángel…
El dúo recibió otra calurosa ovación de pie.
Agnes desapareció suavemente hacia atrás dentro del coro. Tenía poco que hacer
durante el resto del acto, sólo bailar, o al menos moverse tan rítmicamente como pudiera,
con el resto del coro durante la Feria Gitana, y escuchar al Duque cantar una canción sobre
qué encantador es el campo en verano. Con un brazo extendido dramáticamente por
encima de su cabeza.
Se quedó mirando hacia bambalinas.
Si Tata Ogg estaba aquí, entonces la otra estaría en algún sitio cercano. Deseaba no
haber escrito nunca esas desdichadas cartas a casa. Bien… no la arrastrarían de regreso, sin
importar lo que intentaran…
El resto de la ópera pasó sin que nadie se muriera, excepto donde la partitura exigía
hacerlo hasta cierto punto. Hubo un contratiempo menor cuando un miembro del coro casi
fue golpeado en la cabeza por un saco de arena quitado de un pórtico por los tramoyistas
ubicados allí para prevenir accidentes.
Hubo más aplausos al final. Christine recibió la mayor parte de ellos.
Y luego el telón se cerró.
Y se abrió y se cerró varias veces mientras Christine hacía reverencias.
Agnes sintió que quizás ella hacía una reverencia más de lo que los aplausos
justificaban. Perdita, mirando a través de sus ojos, dijo: Por supuesto que la hizo.
Y entonces cerraron el telón por última vez.
El público se fue a casa.
Desde bambalinas, y en el desván de las moscas, los tramoyistas silbaban sus órdenes.
Partes del mundo desaparecían en la oscuridad aérea. Alguien pasó y apagó la mayor parte
de las luces. Elevándose como una torta de cumpleaños, la araña de luces fue izada hacia
su desván para que las velas pudieran ser apagadas. Entonces se escucharon pisadas de los
hombres que salían del desván…
Apenas veinte minutos después del último aplauso el auditorio estaba vacío y oscuro,
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excepto por algunas pocas luces.
Se escuchó el ruido metálico de un balde.
Walter Plinge caminó sobre el escenario, si tal palabra pudiera ser empleada para su
modo de avanzar.
Se movía como una marioneta sobre cordeles elásticos, de modo que parecía sólo
coincidencia que sus pies tocaran el suelo.
Muy despacio, y muy concienzudamente, empezó a trapear el escenario.
Después de algunos minutos una sombra se separó de las cortinas y caminó hacia él.
Walter bajó la mirada.
—Hola, Señor Gato —dijo.
Greebo se frotó contra sus piernas. Los gatos tienen un instinto especial para alguien lo
suficientemente tonto para darles de comer, y Walter estaba indudablemente bien
calificado.
—Iré y le conseguiré un poco de leche, ¿quiere usted Señor Gato?
Greebo ronroneó como una tormenta eléctrica.
Caminando a su extraña manera, avanzando sólo por el promedio, Walter desapareció
entre bambalinas.
Había dos figuras oscuras sentadas en el balcón.
—Triste —dijo Tata.
—Él tiene un buen trabajo al calor y su madre le tiene vigilado —dijo Yaya—. A
muchas personas les va peor.
—No hay un gran futuro para él, sin embargo —dijo Tata—. No cuando lo piensas.
—Tenían un par de papas frías y medio arenque para la cena —dijo Yaya—. Apenas
un bastón de mobiliario, también.
—Lástima.
—La verdad es que ella es un poco más rica ahora —reconoció Yaya—.
Especialmente si vende todos esos cuchillos y botas —añadió.
—Es un mundo cruel para las ancianas —dijo Tata, matriarca de una extensa tribu y
tirana indiscutible de la mitad de las Montañas del Carnero.
—Especialmente una tan aterrorizada como la Sra. Plinge —dijo Yaya.
—Bien, yo también estaría asustada, si fuera vieja y tuviera que pensar en Walter.
—No estoy hablando de eso, Gytha. Conozco el miedo.
—Eso es verdad —dijo Tata—. La mayoría de las personas a quienes conoces están
llenas de miedo.
—La Sra. Plinge está viviendo en el miedo —dijo Yaya, aparentemente sin
escucharla—. Su mente está vacía por él. Apenas puede pensar por el terror. Pude sentirlo
venir de ella como neblina.
—¿Por qué? ¿Por el Fantasma?
—No lo sé aún. No todo, de todos modos. Pero lo averiguaré.
Tata buscó en los huecos de su ropa.
—¿Gustas de un trago? —dijo. Se escuchó un tintineo amortiguado desde algún lugar
de sus enaguas—. Tengo champaña, brandy y oporto. También algunos bocadillos y
bollos.
—Gytha Ogg, creo que eres una ladrona —dijo Yaya.
—¡No lo soy! —dijo Tata, y añadió, con esa comprensión de moral avanzada que se le
ocurre naturalmente a una bruja—: Sólo porque de vez en cuando técnicamente robo algo,
eso no me hace una ladrona. Yo no pienso en robar.
—Regresemos a lo de la Sra. Palm.
—Muy bien —dijo Tata—. Pero ¿podemos conseguir primero algo para comer? No me
molesta cocinar, pero la comida allí es un poco desayuno de todo el día, si sabes qué
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significa…
Se escuchó un sonido desde el escenario mientras se ponían de pie. Walter había
regresado, seguido por un Greebo ligeramente más gordo. Ajeno a las espectadoras,
continuó trapeando el escenario.
—Mañana a primera hora —dijo Yaya—, iremos a ver al Sr. Aprisco, el hombre del
Almanack otra vez. He tenido tiempo de pensar qué hacer después. Y entonces vamos a
solucionarlo.
Miró la figura inocente que limpiaba el escenario y dijo, para sí misma:
—¿Qué es lo que sabes, Walter Plinge? ¿Qué es lo que has visto?
—¡¿No fue asombroso?! —dijo Christine, incorporándose en la cama. Su camisón era
blanco, notó Agnes. Y sumamente delicado.
—Sí, efectivamente —respondió Agnes.
—¡¡Cinco telones!! ¡¡El Sr. Balde dice que es más de lo que alguien alguna vez haya
tenido desde Dama Gigli!! ¡¡Estoy segura de que no podré dormir por la emoción!!
—Entonces sólo bébase esa hermosa leche caliente que hice para usted —dijo
Agnes—. Me llevó siglos subir el cazo por esa escalera.
—¡¡Y las flores!! —continuó Christine, ignorando la taza que Agnes había puesto a su
lado—. ¡¡Empezaron a llegar justo después de la función, dijo el Sr. Balde!! Él dijo que…
Se escuchó una suave llamada en la puerta.
Christine se arregló la ropa.
—¡¡Entre!!
Se abrió la puerta y Walter entró arrastrando los pies, escondido bajo los ramos.
Después de algunos pasos enredó sus pies, cayó hacia adelante, y también las flores.
Entonces se quedó mirando a las dos muchachas en muda vergüenza, se volvió de repente,
y se tropezó con la puerta.
Christine se rió tontamente.
—Lo siento ma… señorita —dijo Walter.
—Gracias a usted, Walter —dijo Agnes.
La puerta se cerró.
—¡¿No es extraño?! ¡¿Ha visto la manera en que me mira fijamente?! ¡¿Cree que
podría encontrar un poco de agua para éstas, Perdita?!
—Sin duda, Christine. Son solamente siete tramos de escalera.
—¡¡Y como recompensa beberé esta encantadora bebida que usted ha hecho para mí!!
¿Le ha puesto especias?
—Oh, sí. Especias —dijo Agnes.
—¡No es como una de esas pociones que sus brujas cocinan, ¿o sí?!
—Er, no —dijo Agnes. Después de todo, todos en Lancre usaban hierbas frescas—.
Er… no habrá floreros suficientes para todas ellas, ni siquiera usando el vadebajo…
—¡¿El qué?!
—El… ya sabe. Va debajo… de la cama. Vadebajo.
—¡¡Usted es tan graciosa!!
—No los habrá, de todos modos —dijo Agnes, ruborizándose ferozmente. Detrás de
sus ojos, Perdita cometía homicidio.
—¡Entonces ponga todos los de los condes y caballeros y yo me ocuparé de los otros
mañana! —dijo Christine, recogiendo la bebida.
Agnes levantó la tetera y se dirigió hacia la puerta.
—¿Perdita, querida? —dijo Christine, con la taza a mitad de camino de sus labios.
Agnes se volvió.
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—¡Me pareció que usted estaba cantando un poquitito demasiado fuerte, querida!
Estoy segura de que debe haber sido un poco difícil para todos escucharme.
—Lo siento, Christine —dijo Agnes.
Bajó en la oscuridad. Esta noche había una vela encendida en un nicho en cada
segundo tramo. Sin ellas la escalera habría estado simplemente a oscuras; con ellas, las
sombras se deslizaban y reptaban en cada rincón.
Llegó hasta la bomba en el pequeño hueco junto a la oficina del director de escena, y
llenó la tetera.
Afuera en el escenario, alguien empezó a cantar.
Era la parte de Peccadillo de un dúo cantado tres horas antes, pero sin la música y con
una voz de tenor de tal tono y pureza que la tetera cayó de la mano de Agnes y derramó el
agua fría sobre sus pies.
Escuchó durante un rato, y luego se dio cuenta de que estaba cantando la parte de
soprano por lo bajo.
La canción llegó a su fin. Pudo escuchar, lejos, el sonido hueco de pisadas retirándose
hacia la distancia.
Corrió hasta la puerta del escenario, se detuvo un momento, y luego la abrió y entró en
el enorme vacío mal iluminado.
Las velas que quedaban encendidas ofrecían tanta iluminación como las estrellas en
una noche clara. No había nadie allí.
Caminó hasta el centro del escenario, se detuvo, y retuvo la respiración por la emoción.
Podía sentir el auditorio delante de ella, el inmenso espacio vacío que hacía el sonido
que el terciopelo haría si pudiera roncar.
No era silencio. Un escenario nunca es silencio. Era el ruido causado por un millón
otros sonidos que nunca se han apagado totalmente… el trueno del aplauso, las oberturas,
las arias. Se volcaban… fragmentos de melodías, acordes perdidos, trozos de canción.
Caminó hacia atrás, y pisó el pie de alguien.
Agnes se dio media vuelta.
—André, no hay…
Alguien se agachó hacia atrás.
—¡Lo siento señorita!
Agnes soltó el aire.
—¿Walter?
—¡Lo siento señorita!
—¡Está todo bien! Usted sólo me sobresaltó.
—¡No la vi señorita!
Walter estaba sosteniendo algo. Para asombro de Agnes, la forma más oscura en la
oscuridad era un gato, panza arriba en brazos de Walter como una alfombra vieja y
ronroneaba con felicidad. Era como ver a alguien meter el brazo en una máquina de moler
carne para ver qué la estaba trabando.
—Ése es Greebo, ¿no?
—¡Es un gato feliz! ¡Está lleno de leche!
—Walter, ¿por qué está usted en medio del escenario a oscuras cuando todos se han
ido a casa?
—¿Qué estaba haciendo usted señorita?
Era la primera vez que escuchaba a Walter hacer una pregunta. Y es una especie de
conserje, después de todo, se dijo. Puede ir a cualquier lugar.
—Yo… me perdí —dijo, avergonzada por la mentira—. Ya… ya estoy subiendo a mi
habitación ahora. Er. ¿Escuchó a alguien cantar?
—¡Todo el tiempo señorita!
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—Quiero decir justo ahora.
—¡Justo ahora estoy hablando con usted señorita!
—Oh…
—¡Buenas noches señorita!
Caminó a través de la suave penumbra tibia hasta la puerta de bastidores, resistiendo
en cada paso el impulso de mirar alrededor. Recogió la tetera y subió la escalera.
Detrás de ella, en el escenario, Walter bajó a Greebo cuidadosamente al piso, se quitó
la boina, y retiró algo blanco y de papel del interior.
—¿Qué escucharemos, Señor Gato? Ya lo sé, escucharemos la obertura de Die
Flederleiv por J. Q. Bubbla, dirige Vochua Doinov.
Greebo le devolvió la mirada descarada de un gato preparado para aguantar
prácticamente cualquier cosa por comida.
Y Walter se sentó a su lado y escuchó la música saliendo de las paredes.
Cuando Agnes estuvo de regreso en la habitación, Christine ya estaba profundamente
dormida, roncando el ronquido de los que están en el cielo de las hierbas. La taza estaba
junto a la cama.
No era algo malo, se tranquilizó Agnes. Christine probablemente necesitaba dormir
una buena noche. Era prácticamente un acto bondadoso.
Centró su atención en las flores. Había muchas rosas y orquídeas. La mayoría de ellas
venían con tarjetas. Aparentemente, muchos hombres aristocráticos apreciaban el buen
canto o, al menos, el buen canto que parecía venir desde una cara como la de Christine.
Agnes arregló las flores al estilo de Lancre, que era sujetar el florero con una mano y
el ramo con la otra y poner los dos en conjunción y con fuerza.
El último ramo era el más pequeño, y envuelto en papel rojo. No había tarjeta. A decir
verdad, allí no había ninguna flor.
Alguien sencillamente había envuelto media docena de ennegrecidos y larguiruchos
tallos de rosa y luego, por alguna razón, los rociaron con perfume. Era almizcleño y
bastante agradable, pero igualmente una mala broma. Los puso en el recipiente con la
basura, sopló la vela, y se sentó a esperar.
No estaba segura a quién. O a qué.
Después de uno o dos minutos se dio cuenta de que había un brillo que venía del
basurero. Era una fluorescencia raída, como de una luciérnaga enferma, pero estaba ahí.
Gateó por el piso y espió.
Había capullos de rosa sobre las ramas muertas, transparentes como el vidrio, visibles
solamente por el brillo sobre el borde de cada pétalo. Parpadeaban como las luces del
pantano.
Agnes las sacó cuidadosamente y tanteó en la oscuridad por un florero vacío. No era el
mejor de los floreros, pero tendría que servir. Entonces se sentó y observó las flores
fantasmales hasta que…
… alguien tosió. Levantó la cabeza, conciente de haberse quedado dormida.
—¿Señora?
—¡¿Señor?!
La voz era melodiosa. Sugería que, en cualquier momento, podía comenzar a cantar.
—Preste atención. Mañana usted debe cantar la parte de Laura en Il Truccatore.
Tenemos mucho que hacer. Una noche es apenas suficiente. El aria en el acto Uno ocupará
gran parte de nuestro tiempo.
Se escuchó un breve pasaje de música de violín.
—Su actuación esta noche fue… buena. Pero hay áreas sobre las que debemos insistir.
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Preste atención.
—¡¿Usted envió las rosas?!
—¿Le gustan las rosas? Florecen solamente en la oscuridad.
—¡¿Quién es usted?! ¡¿Era usted a quien yo escuché cantar apenas ahora!?
Hubo silencio por un momento.
—Sí.
Entonces:
—Revisemos el papel de Laura en Il Truccatore “El Maestro Del Disfraz”, también a
veces conocido vulgarmente como “El Hombre De Las Mil Caras”32…
Cuando las brujas llegaron a las oficinas de Aprisco a la mañana siguiente, se
encontraron con un troll muy grande sentado sobre los escalones. Tenía un garrote sobre
las rodillas y levantó una mano del tamaño de una pala para impedirles seguir adelante.
—No ze permite entrar a nadie —dijo—. El Zr. Aprizco eztá en una reunión.
—¿Cuánto tiempo durará esa reunión? —preguntó Yaya.
—El Zr. Aprizco ez hombre de reunionez muy prolongadaz.
Yaya lanzó una mirada valorativa al troll.
—¿Ha estado en el negocio editorial mucho tiempo? —dijo.
—Dezde ezta mañana —dijo el troll orgullosamente.
—¿El Sr. Aprisco le dio el trabajo?
—Zí. Vino hazta Camino de la Cantera y me ezcogió ezpecial para… —La frente del
troll se fruncía mientras trataba de recordar palabras poco familiares—… rápida trayectoria
en la veloz autopizta del mundo editorial.
—¿Y cuál es exactamente su trabajo?
—Ajuztador de aczezo.
—Déjeme pasar —dijo Tata, adelantándose—. Conocería ese estrato en cualquier
lugar. Usted es de Cabeza de Cobre en Lancre, ¿verdad?
—¿Y qué?
—Somos de Lancre, también.
—¿Sí?
—Ésta es Yaya Ceravieja, ya sabe.
El troll le mostró una incrédula sonrisa, luego su frente se volvió a arrugar, y entonces
miró a Yaya.
Ella asintió.
—La que ustedes los muchachos llaman Aaoograha hoa, ¿sabe? —dijo Tata—. ‘La
Que Debe Ser Evitada’.
El troll miró su garrote como considerando la posibilidad de golpearse a sí mismo
hasta morir.
Yaya le palmeó el hombro incrustado de líquenes.
—¿Cuál es su nombre, muchacho?
—Carborundum, zeñorita —masculló. Una de sus piernas empezó a temblar.
—Bien, estoy segura de que va a hacer una buena vida para usted aquí en la gran
ciudad —dijo Yaya.
—Sí, ¿por qué no se va y empieza ahora? —dijo Tata.
El troll la miró agradecido y huyó, sin siquiera molestarse en abrir la puerta.
—¿Realmente me llaman así? —dijo Yaya.
32 El Hombre de las Mil Caras era el apodo de Lon Chaney, el actor que interpretó El Fantasma de la Ópera,
en la original película muda de Hollywood. (Nota del traductor)
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—Er. Sí —dijo Tata, pateándose a sí misma—. Es un marco de respeto, por supuesto.
—Oh.
—Er…
—He hecho siempre todo lo posible para llevarme bien con los trolls, tú lo sabes.
—Oh, sí.
—¿Y los enanos? —dijo Yaya, como podría hacerlo alguien que ha descubierto un
hasta ahora insospechado divieso y que no puede resistirse a tocarlo—. ¿Tienen ellos un
nombre para mí, también?
—Vayamos a ver al Sr. Aprisco, ¿quieres? —dijo alegremente Tata.
—¡Gytha!
—Er… bueno… creo que es K’ez’rek d’b’duz —dijo Tata.
—¿Qué significa eso?
—Er… ‘Vete Al Otro Lado De La Montaña’ —dijo Tata.
—Oh.
Yaya estaba inusitadamente silenciosa mientras se abrían paso escalera arriba.
Tata no se molestó en golpear. Abrió la puerta y dijo:
—¡Ehh ohh, Sr. Aprisco! Somos nosotras otra vez, como usted dijo. Oh, yo no trataría
de salir por la ventana de esa manera… está tres pisos arriba y esa bolsa de dinero es un
poco peligrosa si está trepando.
El hombre bordeó la habitación para que su escritorio estuviera entre él y las brujas.
—¿No había un troll allá abajo? —dijo.
—Ha decidido abandonar la industria editorial —dijo Tata. Se sentó y le sonrió
ampliamente—. Yo supongo que ha conseguido un poco de dinero para nosotras.
El Sr. Aprisco se dio cuenta de que estaba atrapado. Su cara se retorció en una serie de
morisquetas mientras experimentaba con algunas respuestas. Entonces sonrió tan
ampliamente como Tata y se sentó enfrente de ella.
—Por supuesto, las cosas son muy difíciles por el momento —dijo—. A decir verdad
no puedo recordar un peor momento —añadió, con considerable honestidad.
Miró la cara de Yaya. Su sonrisa se quedó donde estaba pero el resto de la cara empezó
a desaparecer.
—La gente no parece estar comprando libros —dijo—. Y el costo de los grabados,
bien, es cruel.
—Todos a quienes conozco compran el Almanack —dijo Yaya—. Calculo todos en
Lancre compran su Almanack. Todos en las Montañas del Carnero compran el Almanack,
incluso los enanos. Son muchos medios dólares. Y el libro de Gytha parece estar
haciéndolo muy bien.
—Bien, por supuesto, me alegro de que sea tan popular, pero qué hay de la
distribución, pagar a los vendedores ambulantes, el desgaste natural…
—Su Almanack durará todo el invierno a una familia, con cuidado —dijo Yaya—.
Siempre y cuando no haya nadie enfermo, y el papel es bueno y delgado.
—Mi hijo Jason compra dos copias —dijo Tata—. Por supuesto, tiene una familia
grande. La puerta del retrete nunca dejar de menearse.
—Sí pero, mire, el punto es… en realidad no tengo que pagarle nada a usted —dijo el
Sr. Aprisco, tratando de ignorar eso. Su sonrisa tenía toda la cara para ella sola—. Usted
me pagó para imprimirlo, y le pagué a usted su dinero. A decir verdad creo que nuestro
departamento de cuentas cometió un leve error a su favor, pero no…
Su voz fue desapareciendo.
Yaya Ceravieja estaba desdoblando una hoja de papel.
—Estas predicciones para el próximo año… —dijo.
—¿De dónde sacó eso?
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—Lo tomé prestado. Usted puede recuperarlo si quiere…
—Bien, ¿qué pasa con ellas?
—Están equivocadas.
—¿Qué quiere decir, equivocadas? ¡Son predicciones!
—No veo una lluvia de curry en Klatch el mayo próximo. No hay curry tan temprano.
—¿Usted conoce acerca del negocio de las predicciones? —dijo Aprisco—. ¿Usted?
Yo he estado imprimiendo predicciones por años.
—No digo cosas ingeniosas para años futuros, como usted hace —admitió Yaya—.
Pero soy muy exacta si usted quiere una en treinta segundos.
—¿De veras? ¿Qué va a ocurrir en treinta segundos?
Yaya se lo dijo.
Aprisco rugió con una carcajada.
—¡Oh, sí, ésa es muy buena, usted debería estar escribiéndolas para nosotros! —dijo—
. Oh, caramba. Nada como ser ambicioso, ¿eh? ¡Eso es mejor que la combustión
espontánea del Obispo de Quirm, y eso ni siquiera ocurrió! En treinta segundos, ¿eh?
—No.
—¿No?
—Veintiún segundos ahora —dijo Yaya.
El Sr. Balde había llegado al Teatro de la Ópera temprano para ver si alguien había
muerto hoy, hasta ahora.
Llegó hasta su oficina sin un solo cuerpo cayendo desde las sombras.
No había esperado que realmente fuera así. Le gustaba la ópera. Le había parecido tan
artístico todo. Había visto cientos de óperas y prácticamente nadie se había muerto,
excepto una vez durante la escena de ballet en La Triviata cuando una bailarina había sido
lanzada con entusiasmo algo excesivo sobre el regazo de un caballero de edad en la
primera fila de la Platea. Ella no había salido lastimada, pero el anciano se había muerto en
un instante increíblemente feliz.
Alguien golpeó a la puerta.
El Sr. Balde la abrió aproximadamente un cuarto de pulgada.
—¿Quién ha muerto? —dijo.
—¡N-nadie Sr. Balde! ¡Tengo sus cartas!
—Oh, es usted, Walter. Gracias.
Tomó el manojo y cerró la puerta.
Había facturas. Siempre había facturas. El Teatro de la Ópera se administra
prácticamente solo, le habían dicho. Bien, sí, pero prácticamente se administraba sobre
dinero. Rebuscó entre las car…
Había un sobre con el emblema del Teatro de la Ópera.
Lo miró como mira un hombre a un perro muy feroz con una correa muy delgada.
No hacía nada, excepto estar allí y parecer tan pegado como un sobre puede estar.
Finalmente lo abrió con el abrecartas y luego lo lanzó sobre el escritorio otra vez,
como si mordiera.
Como no lo hizo, extendió la mano indeciso y sacó la carta doblada. Leyó como sigue:
Mi querido Balde,
Estaría sumamente agradecido si Christine cantara el papel de Laura esta noche. Le
aseguro que es más que capaz.
El segundo violinista es un poco lento, lo siento, y el segundo acto anoche fue con
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franqueza sumamente inexpresivo. Esto realmente no es bastante bueno.
Extienda mi propia bienvenida al Señor Basilica. Le felicito por su llegada.
Deseándole a usted lo mejor,
El Fantasma de la Ópera
—¡Sr. Salzella!
Salzella fue finalmente localizado. Leyó la nota.
—Usted no piensa acceder a esto —dijo.
—Ella canta espléndidamente, Salzella.
—¿Usted se refiere a la muchacha Nitt?
—Bueno… sí… usted sabe qué quiero decir.
—¡Pero esto no es nada menos que un chantaje!
—¿Lo es? En realidad, no está amenazando con nada.
—Usted le permitió… quiero decir, por supuesto… usted les permitió cantar anoche, y
mucho bien que le hizo al pobre Dr. Undershaft.
—¿Qué aconseja, entonces?
Se escuchó otra serie de golpes inconexos sobre la puerta.
—Entre, Walter —dijeron juntos Balde y Salzella.
Walter entró trastabillando, traía el balde del carbón.
—He ido a ver al comandante Vimes de la Guardia de la ciudad —dijo Salzella—.
Dijo que pondrá algunos de sus mejores hombres aquí esta noche. Encubiertos.
—Pensé que usted había dicho que eran todos incompetentes.
Salzella se encogió de hombros.
—Tenemos que hacer esto apropiadamente. ¿Sabía que el Dr. Undershaft fue
estrangulado antes de ser colgado?
—Colgado33 —dijo Balde, sin pensar—. Los hombres son colgados. El muerto es el
que queda colgado.
—¿De veras? —dijo Salzella—. Aprecio la información. Bien, el pobre viejo
Undershaft fue estrangulado, aparentemente. Y luego fue colgado.
—Realmente, Salzella, usted tiene un sentido del humor retor…
—¡He terminado ahora Sr. Balde!
—Sí, gracias, Walter. Puede irse.
—¡Sí Sr. Balde!
Walter cerró la puerta tras de sí, muy concienzudamente.
—Me temo que está trabajando aquí —dijo Salzella—. Si usted no encuentra alguna
manera de solucionarlo… ¿se siente bien, Sr. Balde?
—¿Qué? —Balde, que se había quedado mirando fijo la puerta cerrada, sacudió la
cabeza—. Oh. Sí. Er. Walter…
—¿Qué pasa con él?
—Él… está muy bien, ¿verdad?
—Oh, tiene esos… pequeños modales graciosos. Es bastante inofensivo, si es lo que
usted quiere decir. Algunos de los tramoyistas y músicos son un poco crueles con él… ya
sabe, le envían a buscar una lata de pintura invisible o una bolsa de agujeros de clavos,
esas cosas. Cree en lo que le dicen. ¿Por qué?
—Oh… sólo me preguntaba. Tonto, realmente.
—Supongo que lo es, técnicamente.
33 Diferencia en inglés, entre ‘hang’ verbo y ‘hung’ adjetivo. (Nota del traductor)
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—No, quise decir… Oh, no importa…
Yaya Ceravieja y Tata Ogg dejaron la oficina de Aprisco y caminaban discretamente
calle abajo. Por lo menos, Yaya caminaba discretamente. Tata iba algo inclinada.
Cada treinta segundos decía:
—¿Cuánto era eso, otra vez?
—Tres mil doscientos setenta dólares con ochenta y siete peniques —decía Yaya.
Parecía pensativa.
—Creo que fue gentil de su parte mirar en todos los ceniceros por todas las extrañas
medallas de cobre que pudo reunir —dijo Tata—. Las que pudo encontrar, de todos modos.
¿Cuánto era eso, otra vez?
—Tres mil doscientos setenta dólares con ochenta y siete peniques.
—Nunca antes he tenido setenta dólares —dijo Tata.
—No dije exactamente setenta dólares, dije…
—Sí, lo sé. Pero me estoy acercando de manera gradual. Diré esto del dinero.
Realmente raspa.
—No sé por qué tienes que guardar tu bolsa en la pierna del calzón —dijo Yaya.
—Es el último lugar en que cualquiera miraría. —Tata suspiró—. ¿Cuánto dijiste que
era?
—Tres mil doscientos setenta dólares con ochenta y siete peniques.
—Voy a necesitar una lata más grande.
—Vas a necesitar una chimenea más grande.
—Ciertamente podría arreglarme bien con una pierna de calzón más grande. —Codeó
a Yaya—. Vas a tener que ser cortés conmigo ahora soy rica —dijo.
—Sí, efectivamente —dijo Yaya, con una expresión distante en los ojos—. No pienses
que no estoy considerando eso.
Se detuvo. Tata la llevó por delante, con un tintineo de lencería.
La fachada del Teatro de la Ópera surgió ante ellas.
—Tenemos que volver ahí —dijo Yaya—. Y al Palco Ocho.
—Palanca —dijo Tata, firmemente—. Una Nº 3 con extremo en garra debe servir.
—No somos tu Nev —dijo Yaya—. De todos modos, entrar por la fuerza no sería lo
mismo. Nosotras tenemos que tener un derecho de estar ahí.
—Limpiadoras —dijo Tata—. Podríamos ser limpiadoras, y… no, no está bien ser una
limpiadora ahora, en mi posición.
—No, no podemos hacer eso, contigo en tu posición.
Yaya echó un vistazo a Tata mientras un coche paraba fuera del Teatro de la Ópera.
—Por supuesto —dijo, con el ingenio goteando de su voz como caramelo—, siempre
podríamos comprar el Palco Ocho.
—No funcionaría —dijo Tata. Unas personas bajaban rápidamente los escalones con
esposas, mientras había comisiones de bienvenida con miradas melosas por todos lados—.
Tienen miedo de venderlo.
—¿Por qué no? —dijo Yaya—. Hay personas que se mueren y la ópera continúa. Eso
significa que alguien está preparado para vender a su propia abuela si le dieran suficiente
dinero.
—Costaría una fortuna, de todos modos —dijo Tata.
Vio la expresión triunfante de Yaya y gimió.
—¡Oh, Esme! ¡Iba a ahorrar ese dinero para mi vejez! —Pensó por un momento—. De
todos modos, todavía no funcionaría. Quiero decir, míranos, no parecemos el tipo
adecuado de personas…
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Enrico Basilica salió del coche.
—Pero conocemos al tipo adecuado de personas —dijo Yaya.
—¡Oh, Esme!
La campana de la tienda tintineó con un tono refinado, como si estuviera avergonzada
de hacer algo tan vulgar como tintinear. Habría preferido una tos educada.
Ésta era la tienda de ropa femenina más prestigiosa de Ankh-Morpork, y una manera
de evidenciarlo era la aparente ausencia de algo tan grosero como la mercadería. Una
prenda ocasional de material costoso cuidadosamente exhibida simplemente insinuaba las
posibilidades disponibles.
Ésta no era una tienda donde las cosas eran compradas. Éste era un emporio donde
tomabas una taza de café y charlabas. Posiblemente, como consecuencia de esa
conversación en voz baja, cuatro o cinco yardas de tela exquisita cambiarían de propietario
de una manera etérea, y nada tan grosero como el comercio había tenido lugar.
—¡Mostrador! —gritó Tata.
Una dama apareció detrás una cortina y observó a las visitantes, muy posiblemente con
su nariz.
—¿Han venido ustedes a la entrada correcta? —dijo. Madame Alborada había sido
educada para ser cortés con los criados y comerciantes, incluso cuando eran tan
desaliñados como estos dos cuervos viejos.
—Mi amiga quiere un vestido nuevo —dijo la más regordeta de las dos—. Uno de los
de clase con una cola y un culo acolchado.
—En negro —dijo la delgada.
—Y queremos todos los adornos —dijo la regordeta—. Un pequeño bolso de mano
con cordel, un par de gafas con varilla, todas las cosas.
—Creo que quizás eso podría ser un poquitito más de lo que ustedes están pensando
gastar —dijo Madame Alborada.
—¿Cuánto es un poquitito? —dijo la regordeta.
—Quiero decir que ésta es una tienda de ropa femenina bastante selecta.
—Es por eso que estamos aquí. No queremos basura. Mi nombre es Tata Ogg y ésta
aquí es… Lady Esmerelda Ceravieja.
Madame Alborada miró a Lady Esmerelda con curiosidad. No había ninguna duda de
que la mujer tenía cierto porte. Y miraba como una duquesa.
—De Lancre —dijo Tata Ogg—. Y podría tener un conservatorio si lo deseara, pero
ella no quiere uno.
—Er… —Madame Alborada decidió seguirles la corriente por un rato—. ¿Qué estilo
estaba considerando usted?
—Algo de clase —dijo Tata Ogg.
—Tal vez me gustaría un poquitito más de orientación que eso…
—Tal vez usted podía mostrarnos algunas cosas —dijo Lady Esmerelda, sentándose—.
Es para la ópera.
—Oh, ¿usted patrocina la ópera?
—Lady Esmerelda patrocina todo —dijo Tata Ogg con firmeza.
Madame Alborada tenía modales característicos de su clase y crianza. Había sido
educada para ver el mundo de cierta manera. Cuando no actuaba de esa cierta manera se
tambaleaba un poco pero, como un giroscopio, al final se recuperaba y continuaba girando
como antes. Si la civilización fuera a desplomarse totalmente y los supervivientes quedaran
reducidos a comer cucarachas, Madame Alborada todavía usaría una servilleta y miraría
con desprecio a las personas que comían sus cucarachas de la manera equivocada.
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—Les… er… mostraré algunos ejemplos —dijo—. Excúsenme un momento.
Se escabulló hacia los largos talleres detrás de la tienda, donde había
considerablemente menos oropel, se apoyó contra la pared y llamó a su costurera principal.
—Mildred, hay dos mujeres muy extrañas…
Se detuvo. ¡La habían seguido!
Estaban caminando por el pasillo entre las hileras de costureras, saludando con la
cabeza a las personas e inspeccionando algunos de los vestidos sobre los maniquíes.
Regresó rápidamente.
—Estoy segura de que ustedes preferirían…
—¿Cuánto cuesta éste? —dijo Lady Esmerelda, tocando una creación prevista para la
Duquesa Viuda de Quirm.
—Me temo que éste no está en venta…
—¿Cuánto costaría si estuviera en venta?
—Trescientos dólares, creo —dijo Madame Alborada.
—Quinientos me parece más correcto —dijo Lady Esmerelda.
—¿Sí? —dijo Tata Ogg—. Oh, es cierto, ¿verdad?
El vestido era negro. Por lo menos, en teoría era negro. Era negro de la misma manera
en que el ala del estornino es negra. Era seda negra, con cuentas de azabache y lentejuelas.
Era un negro de vacaciones.
—Parece de mi tamaño. Lo llevaremos. Paga a la mujer, Gytha.
El giroscopio de Madame se adelantó rápidamente.
—¿Lo llevan? ¿Ahora? ¿Quinientos dólares? ¿Pagar? ¿Pagar ahora? ¿Efectivo?
—Encárgate, Gytha.
—Oh, muy bien.
Tata Ogg se volvió recatadamente y levantó su falda. Se escuchó una serie de crujidos
y sonidos elastizados, y luego ella se dio media vuelta, sujetando una bolsa.
Contó cincuenta piezas de diez dólares algo calientes sobre la mano sin queja de
Madame Alborada.
—Y ahora volveremos a la tienda y miraremos por allí por las otras cosas —dijo Lady
Esmerelda—. Me gustan las plumas de avestruz. Y una de esas grandes capas que llevan
las damas. Y uno de esos abanicos con encaje.
—¿Por qué no tomamos algunos de esos grandes diamantes mientras estamos por
aquí? —dijo Tata Ogg bruscamente.
—Buena idea.
Madame Alborada podía escucharlas pelear mientras caminaban por el pasillo.
Bajó los ojos al dinero en su mano.
Conocía el viejo dinero, que era de algún modo sagrado por el hecho de que las
personas se habían obsesionado con él por años, y conocía el nuevo dinero, que parecía
estar hecho por todos esos arribistas que inundaban la ciudad esos días. Pero bajo su pecho
empolvado era una tendera de Ankh-Morpork, y sabía que el mejor tipo de dinero era el
que estaba en su mano y no en la de otra persona. El mejor tipo de dinero era el mío, no el
suyo.
Además, era también bastante esnob para confundir rudeza con buena crianza. De la
misma manera que los muy ricos nunca puede estar locos (son excéntricos), de modo que
tampoco pueden ser descorteses (son francos y directos).
Se apuró detrás de Lady Esmerelda y su algo extraña amiga. Sal de la tierra, se dijo a sí
misma.
Llegó a tiempo de oír por casualidad una conversación misteriosa.
—Me estás castigado, ¿no, Esme?
—No puedo imaginar de qué estás hablando, Gytha.
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—Sólo porque tuve mi pequeño momento.
—Realmente, no te sigo. De todos modos, dijiste que estabas por volverte loca
pensando qué harías con el dinero.
—Sí, pero me habría gustado mucho volverme loca sobre un sillón cómodo y grande
en algún lugar con muchos hombres fuertes y grandes comprándome chocolates y
obligándome a aceptar sus favores.
—El dinero no compra la felicidad, Gytha.
—Sólo quería alquilarla por unas semanas.
Agnes se levantó tarde, con la música todavía resonando en sus oídos, y vestida de
sueño. Pero primero colgó una sábana sobre el espejo, por las dudas.
Había media docena de bailarinas del coro en la cantina, compartiendo un tronco de
apio y riendo tontamente.
Y estaba André. Estaba comiendo algo distraídamente mientras miraba una hoja de
música. Ocasionalmente agitaba su cuchara en el aire con una expresión distante en la cara,
y luego la dejaba para poner algunas notas.
En medio de un ritmo vio a Agnes, y sonrió.
—Hola. Usted parece cansada.
—Er… sí.
—Se ha perdido toda la emoción.
—¿Sí?
—La Guardia ha estado aquí, hablando con todos, haciendo muchas preguntas y
anotando las cosas muy despacio.
—¿Qué clase de preguntas?
—Bueno, conociendo a la Guardia, probablemente ‘¿Fue usted quien lo hizo,
entonces?’ Son de pensamiento algo lento.
—Oh cielos. ¿Quiere decir que la función de esta noche está cancelada?
André se rió. Tenía una risa bastante agradable.
—¡No pienso que el Sr. Balde tenga la posibilidad de cancelarla! —dijo—. Ni siquiera
si la gente estuviera muriendo como moscas.
—¿Por qué no?
—¡La gente ha estado haciendo cola para comprar boletos!
—¿Por qué?
Se lo dijo.
—¡Eso es repugnante! —dijo Agnes—. ¿Usted quiere decir que vienen porque podría
ser peligroso?
—La naturaleza humana, me temo. Por supuesto, algunos de ellos quieren escuchar a
Enrico Basilica. Y… bueno… Christine parece popular… —La miró con tristeza.
—No me molesta, sinceramente —mintió Agnes—. Hum… ¿hace cuánto tiempo que
usted trabaja aquí, André?
—Er… sólo algunos meses. Yo… solía enseñar música a los niños del Seriph en Klatch.
—Hum… ¿Qué piensa usted sobre el Fantasma?
Él se encogió de hombros.
—Sólo alguna especie de loco, supongo.
—Hum.. ¿Sabe usted si él canta? Quiero decir, ¿es bueno cantando?
—Escuché que envía pequeñas críticas al director. Algunas de las muchachas dicen
que han escuchado que alguien canta en la noche, pero siempre están diciendo cosas tontas.
—Hum… ¿Hay pasajes secretos aquí?
La miró con la cabeza inclinada a un lado.
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—¿Con quién ha estado hablando?
—¿Perdone?
—Las muchachas dicen que sí los hay. Por supuesto, ellas dicen que ven al Fantasma
todo el tiempo. Y a veces en dos lugares al mismo tiempo.
—¿Por qué ellas lo verían más?
—Quizás le gusta mirar a las damas jóvenes. Siempre están practicando en rincones
raros. Además, están todas medio muertas de hambre de todos modos.
—¿Usted no está interesado en el Fantasma? ¡Hay personas asesinadas!
—Bien, la gente está diciendo que podría haber sido Dr. Undershaft.
—¡Pero él fue asesinado!
—Podría haberse colgado. Había estado muy deprimido últimamente. Y siempre había
sido un poco extraño. Nervioso. Va a ser un poco difícil sin él, sin embargo. Aquí, le he
traído una pila de programas viejos. Algunas de las notas podrían ayudar, ya que usted no
ha estado en la ópera mucho tiempo.
Agnes los miró, sin verlos.
Las personas estaban desapareciendo y la primera idea que todos tenían era que iba a
ser incómodo sin ellas.
La función debe continuar. Todos decían eso. Las personas lo decían constantemente.
A menudo sonreían cuando lo decían, pero estaban serios a pesar de todo, bajo la sonrisa.
Nunca nadie dijo por qué. Pero ayer, cuando el coro discutía sobre el dinero, todos sabían
que en realidad no iban a negarse a cantar. Era todo un juego.
La función continuó. Había escuchado todas las historias. Escuchó sobre funciones que
no se interrumpían mientras el fuego ardía sin control alrededor de la ciudad, mientras un
dragón estaba haciendo nido sobre el techo, mientras había motines en las calles. ¿La
escenografía se derrumbó? La función continuó. ¿El tenor principal se murió? Apelaron al
público por cualquier estudiante de música que supiera la parte, y le dieron su gran
oportunidad mientras el cuerpo de su predecesor se enfriaba suavemente entre bambalinas.
¿Por qué? Era sólo una función, por amor del cielo. No era como algo importante. Pero… la
función continúa. Todos lo daban por sentado y ni siquiera pensaban en ello otra vez, como
si hubiera niebla en sus cabezas.
Por otro lado… alguien le estaba enseñando a cantar por la noche. Una persona
misteriosa cantaba canciones sobre el escenario cuando todos se habían ido a casa. Trató
de imaginar esa voz en alguien que mataba personas. No funcionó. Tal vez ella había
cogido un poco de la niebla y no quería que funcionara. ¿Qué clase de persona podía tener
ese sentimiento para la música y asesinar personas?
Había estado pasando ociosamente las páginas de un programa viejo y un nombre
captó su mirada.
Rebuscó rápidamente entre los otros de abajo. Allí estaba otra vez. No en cada función,
y nunca en un papel muy importante, pero él estaba ahí. Generalmente hacía de posadero o
de criado.
—¿Walter Plinge? —dijo—. ¿Walter? Pero… él no canta, ¿o sí?
Levantó un programa y señaló.
—¿Qué? ¡Oh, no! —André se rió—. Santo cielo… es un… una especie de nombre
conveniente, supongo. A veces alguien tiene que cantar una parte muy pequeña… quizás un
cantante está en un papel en el que no sería recordado… bien, mire, sólo ponen Walter
Plinge en el programa. Muchos teatros tienen un nombre así. Como A. N. Otro. Es
conveniente para todos.
—Pero… ¿Walter Plinge?
—Bueno, supongo que empezó como una broma. Quiero decir, ¿puede imaginar a
Walter Plinge sobre el escenario? —André sonrió—. ¿Con esa pequeña boina que usa?
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—¿Qué piensa él sobre eso?
—No creo que le moleste. Es difícil saberlo, ¿no?
Se escuchó un estruendo desde la cocina, aunque era realmente más como un
crescendo, el extendido golpeteo que comienza cuando empiezan a caer los platos, que
continúa cuando alguien trata de agarrarlos, que se desarrolla como un contratema
desesperado cuando la persona se da cuenta de que no tiene tres manos, y que termina con
el roinroinroin de un plato milagrosamente intacto girando y girando sobre el piso.
Escucharon una indignada voz femenina.
—¡Walter Plinge!
—¡Lo siento Sra. Clamp!
—¡Las malditas cosas siguen esperando en el borde de la cacerola! Suéltate, miserable
insecto…
Se escuchó el sonido de loza al ser barrida, y luego un ruido gomoso que podía ser
descrito aproximadamente como un spoing.
—Ahora ¿dónde se ha ido?
—¡No lo sé Sra. Clamp!
—¿Y qué hace ese gato aquí?
André se volvió a Agnes y le lanzó una sonrisa triste.
—Es un poco cruel, supongo —dijo—. El pobre tipo es un poco tonto.
—No estoy totalmente segura —dijo Agnes—, de haber conocido a alguien aquí que
no lo sea.
Él sonrió abiertamente otra vez.
—Lo sé —dijo.
—Quiero decir, ¡todos actúan como si sólo importara la música! ¡Los argumentos no
tienen el sentido! ¡La mitad de las historias dependen de personas que no reconocen a sus
criados o esposas porque tienen una máscara diminuta! ¡Enormes damas hacen el rol de
muchachas tísicas! ¡Nadie puede actuar apropiadamente! ¡No me asombra que todos me
acepten cantando para Christine —eso es prácticamente normal comparado con la ópera!
¡Es un tipo de idea operística! ¡Debería haber un anuncio sobre la puerta que diga ‘Deje
aquí su sentido común’! ¡Si no fuera por la música todo sería ridículo!
Se dio cuenta de que él la estaba mirando con una cara de ópera.
—Por supuesto, eso es todo, ¿no? La función es lo que importa, ¿no? —dijo—. Todo
es espectáculo.
—No significa que sea real —dijo André—. No es como el teatro. Nadie que dice,
‘Usted tiene que fingir que éste es un gran campo de batalla y que ese tipo con la corona de
cartón es realmente un rey’. El argumento está solamente para llenar el tiempo hasta la
siguiente canción.
Se inclinó hacia adelante y tomó su mano.
—Esto debe ser desdichado para usted —dijo.
Ningún hombre había tocado a Agnes antes, excepto quizás para empujarla y robarle
dulces.
Ella retiró su mano.
—Es mejor que yo, er, me vaya a ensayar —dijo, sintiendo que el rubor empezaba.
—Usted realmente entendió el papel de Iodine muy bien —dijo André.
—Yo, er, tengo un profesor particular —dijo Agnes.
—Entonces él ha estudiado la ópera realmente; es todo que puedo decir.
—Yo… creo que sí.
—¿Esme?
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—¿Sí, Gytha?
—No me estoy quejando o algo así…
—¿Sí?
—… pero ¿por qué no soy yo quien está siendo la refinada patrocinadora de la ópera?
—Porque eres tan común como la mugre, Gytha.
—Oh. Correcto. —Tata sujetó esta declaración a algún pensamiento y no pudo ver
ningún punto de inexactitud pudiera influir en un jurado—. De acuerdo.
—No es como si esto me gustara.
—¿Le hago los pies a madame? —dijo la manicurista. Miró las botas de Yaya y se
preguntó si sería necesario usar un martillo.
—Tengo que admitirlo, es un bonito peinado —dijo Tata.
—Madame tiene un pelo maravilloso —dijo la peluquera—. ¿Cuál es el secreto?
—Usted tiene que asegurarse de que no haya ningún tritón en el agua34 —dijo Yaya. La
miró en su reflejo en el espejo sobre el lavatorio, y apartó la mirada… y entonces intentó
otro vistazo. Sus labios se fruncieron.
—Hum —dijo.
En el otro extremo, la manicurista había logrado quitar las botas y medias de Yaya.
Para su asombro, en lugar de las monstruosidades callosas y con juanetes que ella había
esperado, se reveló allí un par de pies perfectos. No sabía dónde empezar porque no había
ningún lugar donde empezar, pero esta manicurista estaba costando veinte dólares y en
esas circunstancias por Dios que encuentras algo que hacer.
Tata estaba sentada junto a la pila de paquetes y trataba de calcular todo sobre un resto
de papel. No tenía el don de Yaya para los números. Tendían a retorcerse bajo su mirada y
sumarse mal.
—¿Esme? Calculo que hemos gastado… probablemente más de mil dólares hasta
ahora, y eso no incluye el alquiler del coche, y no hemos pagado a la Sra. Palm por la
habitación.
—Dijiste que nada era demasiado problema para ayudar a una muchacha de Lancre —
dijo Yaya.
Pero no dije que nada era demasiado dinero, pensó Tata, y luego se regañó a sí por
pensar así. Pero se sentía definitivamente un poco más ligera en las regiones de la ropa
interior.
Parecía ser consenso general entre los artesanos de la belleza que habían hecho lo que
podían. Yaya hizo girar la silla.
—¿Qué piensas? —dijo.
Tata Ogg la miró. Había visto muchas cosas extrañas en su vida, algunas de ellas dos
veces. Había visto duendes y piedras caminantes y la herradura de un unicornio. Ella tenía
una cabaña en la cabeza. Pero nunca había visto a Yaya Ceravieja con colorete.
Todos sus improperios normales para conmoción y sorpresa se fusionaron en un
instante, y se encontró recurriendo a una maldición antigua que pertenecía a su abuela.
—¡Bueno, seré mogadored! —dijo.
—Madame tiene una piel sumamente buena —dijo la dama de cosméticos.
—Lo sé —dijo Yaya—. Parece que no estuviera haciendo algo sobre eso.
—¡Seré mogadored! —dijo Tata otra vez.
—Polvo y pintura —dijo Yaya—. Huh. Sólo otro tipo de máscara. Oh, bien. —Le
34 Esta frase nos regresa a Segador: ‘Por cientos de años, la gente ha creído que la presencia de tritones en
un pozo significa que el agua es fresca y potable, y en todo ese tiempo nunca se preguntó si los tritones
salieron para ir al baño’. (Nota del traductor)
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sonrió a la peluquera de modo atroz—. ¿Cuánto le debemos a usted? —dijo.
—Er… ¿Treinta dólares? —dijo ella—. Es que…
—Entrégale a la mu… hombre treinta dólares y otros veinte para que componga su
problema —dijo Yaya, agarrándose la cabeza.
—¿Cincuenta dólares? Podrías comprar una tienda por…
—¡Gytha!
—Oh, muy bien. Excúseme, sólo voy al banco.
Se volvió discretamente, levantó el ruedo de su falda…
– twangtwingtwongtwang –
… y giró con un puñado de monedas.
—Allí tiene usted, mi buena seño… señor —dijo amargamente.
Había un coche esperando fuera. Era el mejor que Yaya había sido capaz alquilar con
el dinero de Tata. Un criado mantuvo la puerta abierta mientras Tata ayudaba a su amiga a
subir a bordo.
—Iremos derecho a lo de la Sra. Palm para que pueda cambiarme —dijo Yaya cuando
arrancaron—. Y entonces al Teatro de la Ópera. No tenemos mucho tiempo.
—¿Te sientes bien?
—Nunca me sentí mejor. —Yaya se palmeó el pelo—. Gytha Ogg, no serías una bruja
si no pudieras sacar conclusiones precipitadamente, ¿correcto?
Tata asintió.
—Oh, sí. —No había vergüenza en ello. A veces no había tiempo para hacer otra cosa
que un salto veloz. A veces tenías que confiar en experiencia, intuición y conocimiento
general y hacer un salto con carrera. Tata misma podía mejorar una conclusión difícil
desde un principio detenido.
—Así que no tengo ninguna duda de que hay alguna clase de idea flotando en tu mente
sobre este Fantasma…
—Bueno… una clase de idea, sí…
—¿Un nombre, quizás?
Tata se movió incómoda, y no solamente por los monederos bajo su falda.
—Tengo que admitir que algo cruzó mi mente. Una especie de… presentimiento.
Quiero decir, nunca puedes saberlo…
Yaya asintió.
—Sí. Está todo claro, ¿no? Es una mentira.
—¡Lo dijiste anoche cuando viste toda la cosa!
—Todavía es una mentira. Como la mentira sobre las máscaras.
—¿Qué mentira sobre las máscaras?
—La manera en que la gente dice que esconden caras.
—Sí esconden caras —dijo Tata Ogg.
—Solamente la del exterior.
Nadie le prestaba mucha atención a Agnes. Estaban acomodando el escenario para la
nueva función de la esta noche. La orquesta estaba ensayando. Las bailarinas habían sido
arreadas hasta la habitación de práctica. En varias otras, las personas estaban cantando con
distintas intenciones. Pero nadie parecía querer que ella hiciera algo.
Soy sólo una voz errante, pensó.
Trepó las escaleras hasta su habitación y se sentó sobre la cama. Las cortinas todavía
estaban cerradas y, en la penumbra, las extrañas rosas brillaban. Las había rescatado del
basurero porque eran hermosas, pero, en cierto modo, habría sido más feliz si no estuvieran
ahí. Entonces podía haber creído que se había imaginado todo.
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No se escuchaba ningún sonido desde la habitación de Christine. Diciéndose a sí
misma que era realmente su habitación de todos modos, y que Christine podía prestársela,
Agnes entró.
Era un desorden. Christine se había levantado, se había vestido, eso o un minucioso
pero más que entusiasmado ladrón había registrado cada cajón en el lugar… y se había ido.
Los ramos que Agnes había puesto en cualquier recipiente que pudo encontrar la noche
anterior estaban donde los había dejado. Los otros estaban donde los había dejado,
también, y ya estaban moribundos.
Se pescó a sí misma preguntándose dónde podía encontrar algunos potes y vasijas para
ellos, y se odiaba por ello. Era tan malo como decir ‘¡put!’. Podías también pintarte un
BIENVENIDO en el cuerpo y tenderte en el umbral del universo. No era gracioso en
absoluto, teniendo una estupenda personalidad. Oh… y buen pelo.
Y entonces fue y encontró vasijas para ellos de todos modos.
El espejo dominaba la habitación. Parecía crecer un poco más cada vez que lo miraba.
Muy bien. Tenía que saberlo, ¿no?
Con el corazón a toda marcha, palpó los bordes. Había una pequeña área levantada que
podía parecer parte del marco, pero mientras sus dedos se movían sobre ella se escuchó un
‘clic’ y el espejo giró hacia adentro una fracción de pulgada. Cuando lo empujó, se movió.
Soltó el aire. Y entró.
—¡Es repugnante! —dijo Salzella—. ¡Está complaciendo el gusto más depravado!
El Sr. Balde se encogió de hombros.
—No es como si estuviéramos poniendo ‘Buena Oportunidad De Ver A Alguien
Estrangulado Sobre El Escenario’ en los afiches —dijo—. Pero la noticia ha trascendido. A
la gente le gusta… el drama.
—¿Usted quiere decir que la Guardia no quería que cerráramos?
—No. Sólo dijeron que debemos montar guardias como la noche pasada y que ellos
tomarían medidas.
—Medidas hacia el más próximo lugar de seguridad, indudablemente.
—No me gusta mucho más que a usted, pero esto ha ido demasiado lejos. Necesitamos
la Guardia ahora. De todos modos, habría un tumulto si cerráramos. Ankh-Morpork
siempre ha disfrutado… de la emoción. Hemos vendido todo. La función debe continuar.
—Oh, sí —dijo Salzella con tono desagradable—. ¿Le gustaría que yo corte algunas
gargantas en el segundo acto? ¿Sólo para que nadie se sienta desilusionado?
—Por supuesto que no —dijo Balde—. No queremos ninguna muerte. Pero…
El ‘pero’ colgó en el aire como el finado Dr. Undershaft.
Salzella alzó sus manos.
—De todos modos, creo que hemos pasado lo peor —dijo el Sr. Balde.
—Eso espero —dijo Salzella.
—¿Dónde está el Señor Basilica? —dijo Balde.
—La Sra. Plinge le está mostrando su vestidor.
—¿La Sra. Plinge no ha sido asesinada?
—No, hoy nadie ha sido encontrado muerto hasta ahora —dijo Salzella.
—Ésa es una buena noticia.
—Sí, y debe serlo, oh, al menos hasta las doce y diez —dijo Salzella con una ironía
que Balde no comprendió—. Iré a buscarle para que podamos almorzar, ¿sí? Debe haber
pasado una buena media hora desde que tomó un refrigerio.
Balde asintió. Después de que el director se fue subrepticiamente revisó los cajones de
su escritorio otra vez.
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No había ninguna carta. Tal vez había terminado… Quizás era verdad lo que estaban
diciendo sobre el difunto doctor.
Alguien golpeó a la puerta, cuatro veces. Solamente una persona podía hacer cuatro
llamadas sin ningún ritmo en absoluto.
—Entre, Walter.
Walter Plinge tropezó dentro de la habitación.
—¡Hay una dama! —dijo—. ¡Viene a ver al Sr. Balde!
Tata Ogg metió su cabeza por la puerta.
—¡Ehh ohh! —dijo—. Soy yo solamente.
—¿Es… la Sra. Ogg, verdad? —dijo el Sr. Balde.
Había algo ligeramente preocupante sobre la mujer. No recordaba su nombre en la lista
de empleados. Por otro lado, estaba evidentemente alrededor del lugar, no estaba muerta, y
hacía una decente taza de té, así que… ¿era su problema si no le pagaban?
—Buena broma, no soy la dama —dijo Tata Ogg—. Soy tan común como la mugre,
yo, dicho por la autoridad más alta. No, ella le está esperando abajo en el foyer. Pensé que
mejor venía rápido hasta aquí y le advertía a usted.
—¿Advertirme? ¿Advertirme sobre qué? No tengo ninguna otra cita esta mañana.
¿Quién es esta dama?
—¿Alguna vez escuchó hablar de Lady Esmerelda Ceravieja?
—No. ¿Debería?
—Famosa patrocinadora de la ópera. Conservatorios por todas partes —dijo Tata—.
Ollas de dinero, también.
—¿De veras? Pero debo…
Balde miró por la ventana. Había un coche y cuatro caballos fuera. Tenía tanta
ornamentación rococó sobre él que sería una sorpresa que lograra moverse.
—Bien, yo… —empezó otra vez—. Es realmente muy incóm…
—No es la clase de persona a quien le gusta esperar —dijo Tata, con total honestidad.
Y entonces, porque Yaya le había estado crispando los nervios toda la mañana y porque el
inicial bochorno en lo de la Sra. Palm todavía dolía y porque en Tata había una vena de
travesura de una milla de ancho, añadió—: Dicen que era una cortesana famosa en sus días
de juventud. Dicen que a ella no le gustaba esperar entonces, tampoco. Retirada ahora, por
supuesto. Así dicen.
—¿Sabe? He visitado la mayoría de los teatros de ópera más importantes y nunca he
escuchado el nombre —reflexionó Balde.
—Ah, oí que le gusta mantener sus donaciones en secreto —dijo Tata.
El compás mental del Sr. Balde osciló otra vez hacia el debido punto: Dinero.
—Es mejor que usted le muestre el camino —dijo—. Quizás podía darle algunos
minutos…
—Nadie nunca le dio menos de media hora a Lady Esmerelda —dijo Tata y hizo un
guiño a Balde—. Iré a buscarla, ¿sí?
Salió apresuradamente, remolcando a Walter detrás de ella.
El Sr. Balde la siguió con la mirada. Luego, después de un momento de pensamiento,
se levantó y verificar el estado de su bigote en el espejo sobre la chimenea.
Escuchó que la puerta se abría y giró con la mejor sonrisa en su lugar.
Se destiñó sólo ligeramente al ver a Salzella, haciendo pasar a la impresionante mole
de Basilica delante de él. El pequeño representante e intérprete venía fundido a su lado,
como un remolcador.
—Ah, Señor Basilica —dijo Balde—. Confío en que los vestidores sean de su
satisfacción.
Basilica le ofreció una sonrisa sin expresión mientras el intérprete hablaba en
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Brindisiano, y luego respondió.
—El Señor Basilica dice que están bien pero que la despensa no es suficientemente
grande —dijo.
—Jaja —dijo Balde, y luego dejó de reír cuando nadie más lo hizo.
—A decir verdad —dijo apresuradamente—, estoy seguro de que el Señor Basílica
estará muy feliz de escuchar que nuestra cocina ha hecho un esfuerzo especial para…
Se escuchó otra llamada en la puerta. Cruzó veloz y la abrió.
Yaya Ceravieja estaba allí de pie, pero no durante mucho tiempo. Lo empujó y entró
en la habitación.
Se escuchó un ruido ahogado desde Enrico Basilica.
—¿Cuál de ustedes es Balde? —exigió.
—Er… yo…
Yaya se quitó un guante y extendió la mano.
—Lo siento mucho —dijo—. No estoy acostumbrada a que las personas importantes
abran su propia puerta. Soy Esmerelda Ceravieja.
—¡Qué encantadora! He escuchado tanto de usted —mintió Balde—. Permítame
presentarla, por favor. No dudo que usted conoce al Señor Basilica.
—Por supuesto —dijo Yaya, mirando a Henry Perezoso a los ojos—. Estoy segura de
que el Señor Basilica recuerda los muchos momentos felices que hemos tenido en otros
teatros de ópera cuyos nombres no puedo recordar en este momento.
Henry retorció una sonrisa, y dijo algo al intérprete.
—Esto es asombroso —dijo el intérprete—. El Señor Basilica acaba de decir cuán
cariñosamente recuerda haberla encontrado muchas veces antes en teatros de ópera que se
han borrado de su mente actualmente.
Henry besó la mano de Yaya, y la miró con la súplica en sus ojos.
Caramba, pensó Balde, esa mirada que le está echando… Me pregunto si ellos alguna
vez…
—Oh, uh, y éste es el Sr. Salzella, nuestro director musical —dijo, recuperándose.
—Honrado —dijo Salzella, dando a Yaya un firme apretón de manos y mirándola
directamente a los ojos. Ella asintió.
—¿Y cuál es la primera cosa que usted sacaría de una casa en llamas, Sr. Salzella? —
preguntó.
Él sonrió cortésmente.
—¿Qué le gustaría a usted que tomara, señora?
Asintió pensativa y soltó su mano.
—¿Puedo ofrecerle una bebida? —dijo Balde.
—Un pequeño jerez —dijo Yaya.
Salzella se movió sigilosamente hacia Balde que estaba sirviendo la bebida.
—¿Quién demonios es ella?
—Aparentemente está forrada en dinero —susurró Balde—. Y muy aficionada a la
ópera.
—Nunca oír hablar de ella.
—Bien, el Señor Basilica sí, y eso es bastante bueno para mí. Sea agradable con ellos,
hágame el favor, mientras trato de ordenar el almuerzo.
Abrió la puerta y pasó por encima de Tata Ogg.
—¡Lo siento! —dijo Tata, poniéndose de pie y ofreciéndole una alegre sonrisa—.
Estos picaportes son malditos a la hora de pulirlos, ¿eh?
—Er, Sra…
—… Ogg.
—… Ogg, ¿podría ir hasta la cocina y decirle a la Sra. Clamp que habrá otra persona
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para almorzar, por favor?
—Usted ya lo tiene.
Tata salió a toda prisa. Balde asintió con aprobación. Qué anciana tan confiable, pensó.
No era exactamente un secreto. Cuando la habitación fue dividida había quedado un
espacio entre las paredes. En el extremo opuesto daba a una escalera, a una escalera
perfectamente corriente, que incluso tenía un poco de luz de día a través de una ventana
cubierta de suciedad.
Agnes estaba vagamente desilusionada. Había esperado, bueno, un verdadero pasaje
secreto, quizás con algunas antorchas parpadeando secretamente sobre secretos y valiosos
arcones de hierro forjado. Pero la escalera había sido cerrada al resto del lugar alguna vez.
No era secreta… simplemente había sido olvidada.
Había telas de araña en los rincones. Los capullos de moscas muertas colgaban del
techo. El aire apestaba a aves muertas largo tiempo atrás.
Pero había un rastro claro sobre el polvo. Alguien había usado la escalera varias veces.
Vaciló entre arriba y abajo, y se dirigió arriba. No fue un gran viaje… después de un
tramo más terminaba en una trampilla que ni siquiera estaba cerrada con llave.
La empujó, y entonces parpadeó ante la luz desacostumbrada. El viento le revolvió su
pelo. Una paloma la miró, y se fue volando mientras ella asomaba la cabeza en el aire
fresco.
La trampilla se abría sobre el techo del Teatro de la Ópera, sólo un elemento más en un
bosque de tragaluces y ventilaciones.
Volvió adentro y se dirigió hacia abajo. Y mientras lo hacía se dio cuenta de las
voces…
La vieja escalera no había sido totalmente olvidada. Alguien había visto su utilidad al
menos como un pozo de ventilación. Las voces se filtraban hacia arriba. Se escuchaban
escalas, música distante, trocitos de conversación. Mientras bajaba pasó capas de ruido,
como una copa de helado hecho muy cuidadosamente con sonido.
Greebo estaba sentado encima de la alacena de la cocina y miraba la función con
interés.
—Use el cucharón, ¿por qué no lo hace? —dijo un escenógrafo.
—¡No llegará! ¡Walter!
—¿Sí Sra. Clamp?
—¡Deme esa escoba!
—¡Sí Sra. Clamp!
Greebo levantó la mirada hasta el techo alto, al cuál estaba fijada una especie de
estrella delgada de diez puntas. En medio de ella había un par de ojos muy asustados.
—Empújela hacia el agua hirviendo —dijo la Sra. Clamp— que es lo que dice en el
libro de cocina. Nunca dijo ‘Cuidado, se agarrará de los costados de la olla y saltará directo
en el aire…’
Ella lo intentó con el palo de la escoba. El calamar retrocedió.
—Y la pasta ha salido toda mal —farfulló—. La he tenido cocinando por horas y
todavía está dura como clavos, la maldita cosa.
—¡Ehh ohh! Soy yo —dijo Tata Ogg, asomando la cabeza por la puerta, y tal era la
naturaleza englobante de su personalidad que incluso aquellos que no sabían quién era ella
lo creyeron a ojos cerrados—. Tienen un pequeño problema, ¿verdad?
Revisó el lugar con la mirada, incluyendo el techo. Había olor a pasta quemada en el
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aire.
—Ah —dijo—. Esto debe ser el almuerzo especial para el Señor Basilica, ¿verdad?
—Se supone que iba a serlo —dijo la cocinera, aun lanzando golpes ineficaces—. La
maldita cosa no bajará, sin embargo.
Había otras ollas a fuego lento sobre la larga cocina de hierro. Tata hizo un gesto con
la cabeza hacia ellas.
—¿Qué hay en todas las demás? —dijo.
—Carne de carnero y masas hervidas, con carbonada de bistec y espinacas —dijo la
cocinera.
—Ah. Buena comida genuina —dijo Tata, hablando de sebo de pared a pared aceitado
con manteca de cerdo.
—Y se supone que hay Demonios Dulces35 como postre ¡y he estado tan ocupada con
esta maldita cosa que ni siquiera los he comenzado!
Tata sacó la escoba de las manos de la cocinera cuidadosamente.
—Le diré —dijo—, usted hace suficientes masas hervidas y carbonada para cinco
personas, y yo le ayudaré haciendo un postre rápido, ¿qué dice a eso?
—Bueno, ésa es una muy atractiva propuesta, Sra…
—Ogg.
—La mermelada está en el pote junto a…
—Oh, no molestaré por la mermelada —dijo Tata. Miró el estante de las especias,
sonrió, y entonces se colocó detrás de una mesa por su recato…
– twingtwangtwongtwang –
—… ¿Tiene algo de chocolate? —dijo, sacando un volumen delgado—. Tengo aquí
una receta que puede ser divertida…
Se lamió el pulgar y abrió el libro en página 53. Delicia de Chocolate con Salsa
Especial Secreta.
Sí, pensó Tata, esto será divertido.
Si algunas personas querían ir por allí enseñando lecciones a la gente, otras personas
deberían recordar que esa gente sabía una cosa o dos sobre las personas.
Restos de conversaciones emanaban de las paredes mientras Agnes serpenteaba su
secreto camino hacia abajo por la escalera olvidada.
Era… emocionante.
Nadie estaba diciendo nada importante. No había ningún conveniente secreto culpable.
Eran sólo los sonidos de personas a lo largo del día. Pero eran sonidos secretos.
Estaba mal escuchar, por supuesto.
Agnes había sido educada en el concepto de que hacer algunas cosas estaban mal.
Estaba mal escuchar tras la puerta, mirar a las personas directo a los ojos, hablar afuera de
turno, replicar, ponerse ella misma adelante…
Pero detrás de las paredes podía ser la Perdita que había siempre querido ser. Perdita
no se preocupaba por nada. Perdita conseguía lo que quería. Perdita podía vestir cualquier
prenda que quisiera. Perdita X Nitt, dama de la oscuridad, magdalena de frescura, podía
escuchar a escondidas las vidas de otras personas. Y nunca, nunca debía tener una
personalidad maravillosa.
Agnes sabía que debía volver a su habitación. Cualquier cosa que hubiera en las cada
vez más oscuras profundidades era probablemente algo que ella no debería encontrar.
35 Jammy Devils: Una receta original de la Sra. Maise Nobbs, dulce, caliente y barata —del Libro de Cocina
de Tata Ogg. Son trozos de masa, redondos, con una mota de mermelada en el centro. (Nota del traductor)
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Perdita continuaba hacia abajo. Agnes la acompañaba en el paseo.
Los tragos pre-almuerzo están yendo muy bien en Tata, pensó el Sr. Balde. Todos
estaban haciendo conversación agradable y absolutamente nadie había sido asesinado hasta
el momento.
Y había sido muy gratificante ver lágrimas de gratitud en los ojos del Señor Basilica
cuando le dijeron que la cocinera estaba preparando una comida especial de Brindisi, sólo
para él. Parecía totalmente vencido.
Era alentador que él conociera a Lady Esmerelda. Había algo sobre la mujer que
dejaba al Sr. Balde muy perplejo. Estaba encontrando un poco difícil conversar con ella.
Como táctica coloquial, decirle ‘Hola, tengo entendido que usted tiene mucho dinero,
¿puede darme algo, por favor?’ carecía de cierta sutileza, según creía.
—Así que, er, señora —se aventuró—, ¿qué la trae a nuestra, er, ciudad?
—Pensé que quizás podía venir y gastar un poco de dinero —dijo Yaya—. Tengo
mucho, ya sabe. Todo el tiempo cambiando de bancos porque se llenan.
En algún lugar del cerebro torturado de Balde, parte de su mente dijo ‘iupy’ e hizo
sonar los tacones.
—Estoy seguro de que si hay algo que yo pueda hacer… —murmuró.
—En realidad, sí —dijo Yaya—. Estaba pensando en…
Se escuchó un gong.
—Ah —dijo el Sr. Balde—. El almuerzo está servido.
Extendió su brazo a Yaya, quien le lanzó una extraña mirada antes de recordar quién
era ella y apoyarse en él.
Había un pequeño comedor exclusivo fuera de su oficina. Contenía una mesa puesta
para cinco y, con aspecto algo atractivo con la cofia de encaje de camarera, Tata Ogg.
Hizo una reverencia.
Enrico Basilica hizo un diminuto ruido estrangulando con la parte posterior de su
garganta.
—Excúseme, ha habido un pequeño problema —dijo Tata.
—¿Quién está muerto? —dijo Balde.
—Oh, nadie está muerto —dijo Tata—. Es la cena, todavía está viva y cuelga del
techo. Y la pasta se ha puesto toda negra, pues. Le dije a la Sra. Clamp, le dije, que podría
ser extranjero pero que yo suponía que no debía estar crujiente.
—¡Esto es terrible! ¡Qué manera de tratar a un invitado honorable! —dijo Balde. Se
giró hacia el intérprete—. Por favor asegure al Señor Basilica que mandaremos a traer
pasta fresca enseguida. ¿Qué tenemos hoy, Sra. Ogg?
—Carne de carnero asada con bolas de masa hervida —dijo Tata.
Detrás de la cara del Señor Basilica la garganta de Henry Perezoso hizo otro pequeño
gruñido.
—Y hay un poco de buena carbonada con una bolita de mantequilla —continuó Tata.
Balde miró a su alrededor, perplejo.
—¿Hay un perro en algún lugar aquí? —dijo.
—Bien, soy una persona no partidaria de consentir a los cantantes —dijo Yaya
Ceravieja—. ¡Comida caprichosa, efectivamente! ¡Nunca escuché semejante cosa! ¿Por
qué no darle carne de carnero como al resto de nosotros?
—Oh, Lady Esmerelda, ésa es apenas una manera de tratar… —comenzó Balde.
El codo de Enrico se clavó en su intérprete, con el especial codazo de un hombre que
podía ver bolas de masa hervida desapareciendo entre el alto césped si no tenía cuidado.
Tronó una muy deliberada frase.
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—El Señor Basilica dice que estaría más que feliz de probar la comida autóctona de
Ankh-Morpork —dijo el intérprete.
—No, realmente no podemos… —trató Balde otra vez.
—A decir verdad, el Señor Basilica insiste en que probará la comida autóctona de
Ankh-Morpork —dijo el intérprete.
—Correcto. Sí —dijo Basilica.
—Bien —dijo Yaya—. Y dele un poco de cerveza mientras espera. —Le dio un
pinchazo juguetón al estómago del tenor, enterrándole el dedo hasta la segunda
articulación—. ¡Vaya, en uno o dos días espero que usted pueda convertirse prácticamente
en un nativo!
Los escalones de madera dieron lugar a los de piedra.
Perdita dijo: Él tendrá una amplia cueva en algún lugar bajo el Teatro de la Ópera.
Habrá cientos de velas, lanzando una luz excitante pero romántica sobre, sí, sobre el lago,
y habrá una mesa para cenar brillante de cristal y vajilla de plata, y por supuesto él tendrá,
sí, un inmenso órgano…
Agnes se ruborizó ferozmente en la oscuridad.
… sobre el cuál, en otras palabras, tocará muchos clásicos operísticos con virtuoso
estilo.
Agnes dijo: Será húmedo. Habrá ratas.
—¿Otra bola de masa hervida, Señor? —dijo Tata Ogg.
—¡Mmfmmfmmf!
—Tome dos mientras tenga.
Era una educación observar a Enrico Basilica comer. No era como si engullera su
comida, pero comía constantemente, como un hombre que piensa seguir haciéndolo todo el
día a niveles industriales, con la servilleta metida prolijamente en su cuello. El tenedor era
cargado mientras el bocado en curso era meticulosamente masticado, de modo que el
tiempo real entre los bocados fuera lo más pequeño posible. Incluso Tata, no extraña a un
metabolismo buscando el incendio, estaba impresionada. Enrico Basilica comía como un
hombre por fin liberado de la tiranía de los tomates con todo.
—Pediré otra cisterna de salsa de menta, ¿sí? —dijo.
El Sr. Balde se volvió hacia Yaya Ceravieja.
—Usted estaba diciendo que podría inclinarse a patrocinar nuestro Teatro de la Ópera
—murmuró.
—Oh, sí —dijo Yaya—. ¿El Señor Basilica cantará esta noche?
—Mmfmmf
—Eso espero —farfulló Salzella—. Cantará o explotará.
—Entonces querré estar ahí definitivamente —dijo Yaya—. Un poco más de cordero
aquí, mi buena mujer.
—Sí, señora —dijo Tata Ogg, haciendo una mueca a espaldas de Yaya.
—Er… asientos para esta noche, a decir verdad, están… —comenzó Balde.
—Un Palco me vendría bien —dijo Yaya—. No soy quisquillosa.
—A decir verdad, incluso los Palcos están…
—¿Y qué tal el Palco Ocho? Escuché que el Palco Ocho está siempre vacío.
El cuchillo de Balde repicó sobre su plato.
—Er, Palco Ocho, Palco Ocho, verá, nosotros no…
—Estaba pensando en donar algo, un poco —dijo Yaya.
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—Pero el Palco Ocho, verá, aunque técnicamente está sin vender, es…
—Tenía en mente dos mil dólares —dijo Yaya—. Oh, santo cielo, su camarera ha
dejado caer las bolas de masa por todas partes. Es tan difícil conseguir personal confiable
y educado en estos días, ¿verdad…?
Salzella y Balde se miraron a través de la mesa.
Entonces Balde dijo:
—Excúseme, mi señora, debo tener una breve discusión con mi director musical.
Los dos hombres se alejaron presurosos hasta el extremo más alejado de la habitación,
donde empezaron a discutir en susurros.
—¡Dos mil dólares! —siseó Tata, observándoles.
—Podría no ser suficiente —dijo Yaya—. Ambos se están poniendo muy rojos de
cara.
—Sí, pero ¡dos mil dólares!
—Es sólo dinero.
—Sí, pero es sólo mi dinero, no sólo el tuyo —señaló Tata.
—Nosotras las brujas siempre hemos tenido todo en común, tú sabes eso —dijo Yaya.
—Bien, sí —dijo Tata, y una vez más cambió al corazón del debate sociopolítico—. Es
fácil tener todo en común cuando nadie tiene nada.
—Vaya, Gytha Ogg —dijo Yaya—, ¡pensé que despreciabas la riqueza!
—Correcto, por eso me gustaría tener cerca la oportunidad de despreciarla.
—Pero te conozco, Gytha Ogg. El dinero te estropearía.
—Sólo me gustaría la oportunidad de probar que no lo haría, eso es todo lo que estoy
diciendo.
—Cállate, ya regresan…
El Sr. Balde se acercó, sonrió con inquietud, y se sentó.
—Er —empezó—, tiene que ser el Palco Ocho, ¿verdad? Sólo que nosotros quizás
podríamos persuadir a una persona de alguno de los otros…
—No, no quiero ni hablar de eso —dijo Yaya—. He escuchado que nunca se ha visto a
nadie en el Palco Ocho.
—Er… jaja… es ridículo, lo sé, pero hay algunas viejas tradiciones teatrales
relacionadas con el Palco Ocho, basura total por supuesto, pero…
Dejó el ‘pero’ colgando allí, con esperanzas… que se congelaron ante la mirada de
Yaya.
—Verá, está embrujado —masculló.
—Oh, habladurías —dijo Tata Ogg, recordando vagamente permanecer en el papel—.
¿Otra porción de bolas de masa hervidas, Señor Basilica? ¿Y qué dice de otro cuarto de
cerveza?
—Mmfmmf —dijo el tenor de un modo alentador, quitando tiempo de su comida para
apuntar a la jarra vacío con un tenedor.
Yaya seguía mirando.
—Discúlpeme —dijo Balde otra vez.
Él y Salzella se fueron aparte otra vez, y llegaban sonidos como: ‘¡Pero dos mil
dólares! ¡Eso son muchas zapatillas!’.
Balde regresó otra vez. Su cara era gris. La mirada de Yaya podía hacerle eso a las
personas.
—Er… debido al peligro, er, que no existe por supuesto, jaja, nosotros… es decir la
dirección… se siente obligada a insistir, eso es, cortésmente solicitar, que si usted entra en
el Palco Ocho lo haga en compañía de un… hombre.
Se agachó ligeramente.
—¿Un hombre? —dijo Yaya.
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—Para protección —dijo Balde con una voz pequeña.
—Aunque quién lo protegería a él no lo podríamos decir realmente —dijo Salzella
muy bajo.
—Pensamos quizás en uno del personal… —masculló Balde.
—Yo soy bastante capaz de encontrar a mi propio hombre si surge la necesidad —dijo
Yaya, con una voz cubierta de nieve.
La respuesta educada de Balde murió en su garganta cuando vio, justo detrás de Lady
Esmerelda, la sonrisa de luna llena de la Sra. Ogg.
—¿Alguien desea postre? —dijo.
Ella sostenía un gran tazón sobre una bandeja. Parecía haber una neblina de calor sobre
él.
—Caramba —dijo—, ¡se ve delicioso!
Enrico Basilica miró sobre la cima de su comida con la expresión de un hombre que ha
tenido el asombroso privilegio de ir al cielo estando todavía vivo.
—¡Mmmf!
Era húmedo. Y, con el fallecimiento del Sr. Maza, efectivamente había ratas.
La piedra parecía vieja también. Por supuesto, todas las piedras eran viejas, se dijo
Agnes, pero ésta se había puesto vieja como mampostería. Ankh-Morpork había estado
aquí por miles de años. Donde otras ciudades eran construidas sobre arcilla o roca o marga,
Ankh-Morpork estaba construida sobre Ankh-Morpork. La gente construía nuevos
edificios sobre los restos de otros anteriores, cerrando algunas entradas aquí y allá para
convertir antiguos dormitorios en sótanos.
La escalera terminaba sobre losas húmedas, en oscuridad casi total.
Perdita pensó que se veía romántico y gótico.
Agnes pensó que se veía sombrío.
Si alguien usaba este lugar necesitaría luces, ¿no? Y una búsqueda al tacto lo confirmó.
Encontró una vela y algunos fósforos metidos en un nicho en la pared.
Esto era aleccionador para Agnes y Perdita juntas. Alguien usaba esta prosaica caja de
fósforos con la imagen de un troll sonriente sobre la tapa, y este trozo de vela
perfectamente corriente. Perdita habría preferido una antorcha encendida. Agnes no sabía
qué hubiera preferido. Era exactamente eso, si una persona misteriosa viniera y cantara en
las paredes, y se moviera por el lugar como un fantasma, y posiblemente asesinara
personas… bueno, preferirías un poco más de estilo que una caja de fósforos con la imagen
de un troll sonriente sobre ella. Ésa era la clase de cosas que un asesino usaría.
Encendió la vela y, con dos mentes alertas, continuó avanzando en la oscuridad.
La Delicia de Chocolate con Salsa Especial Secreta fue un gran éxito y estaba bajando
el pequeño sendero rojo como cortocircuito.
—¿Más, Sr. Salzella? —dijo Balde—. Esto es realmente de primera clase, ¿no? Debo
felicitar a la Sra. Clamp.
—Hay cierto sabor picante, debo decir —dijo el director musical—. ¿Y usted, Señor
Basilica?
—Mmmf.
—¿Lady Esmerelda?
—No me molesta si lo hago —dijo Yaya, pasando su plato.
—Estoy seguro de que detecto una pizca de canela —dijo el intérprete, con un anillo
marrón alrededor de su boca.
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—Efectivamente, y posiblemente apenas un rastro de nuez moscada —dijo el Sr.
Balde.
—Pensé… ¿cardamomo? —dijo Salzella.
—Cremoso y sin embargo muy condimentado —dijo Balde. Sus ojos se desenfocaron
ligeramente—. Y curiosamente… cálido.
Yaya dejó de masticar, y bajó la mirada a su plato con desconfianza.
Entonces olfateó su cuchara.
—Es, er… ¿soy sólo yo, o está un poco… caliente aquí? —dijo Balde.
Salzella había agarrado los brazos de su silla. Su frente brillaba.
—¿Cree que podríamos abrir una ventana? —dijo—. Me siento un poco… extraño.
—Sí, por supuesto —dijo Balde.
Salzella comenzó a levantarse, y luego una expresión preocupada bañó sus rasgos. Se
sentó repentinamente.
—No, creo que sólo me sentaré tranquilamente por un momento —dijo.
—Oh, cielos —dijo el intérprete. Había un rastro de vapor alrededor de su cuello.
Basilica lo tocó cortésmente en el hombro, gruñó esperanzadamente, e hizo los gestos
de páselo-aquí en dirección del plato a medio terminar del postre de chocolate.
—¿Mmmf? —dijo.
—Oh, cielos —dijo el intérprete.
El Sr. Balde se pasó un dedo alrededor del cuello. El sudor estaba empezando a correr
por su cara.
Basilica se dio por vencido ante su colega destrozado y se estiró de una manera
profesional para enganchar la fuente con el tenedor.
—Er… Sí —dijo Balde, tratando de mantener los ojos lejos de Yaya.
—Sí… efectivamente —dijo Salzella, con la voz que venía desde muy lejos.
—Oh, cielos —dijo el intérprete, con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Ai! ¡Meu Deus! ¡Dio Mio! ¡O Goden! ¡D’zuk f’t! ¡Aagorahaa!
El Señor Basilica se sirvió el resto de la Salsa Especial Secreta en su plato y
cuidadosamente lo raspó con la cuchara, sujetándolo al revés para llegar al último pedacito.
—El clima ha sido un poco… fresco últimamente —logró articular Balde—. Muy frío,
a decir verdad.
Enrico sujetó el plato de salsa a la luz y lo miró críticamente en el caso de que hubiera
alguna gota escondida en un rincón.
—Nieve, hielo, escarcha… ese tipo de cosas —dijo Salzella—. ¡Sí, efectivamente! La
frialdad de todas las descripciones, de hecho.
—¡Sí! ¡Sí! —dijo Balde agradecido—. ¡Y en un momento como éste creo que es muy
importante tratar de recordar los nombres de, por decir, cualquier cantidad de cosas
aburridas y esperanzadamente frías!
—Viento, glaciares, carámbanos…
—¡No carámbanos!
—Oh —dijo el intérprete, y se desplomó sobre su plato. Su cabeza golpeó una cuchara,
la que hizo volteretas en el aire y rebotó de la cabeza de Enrico.
Salzella empezó a silbar muy bajo y a golpear rítmicamente el brazo de su silla.
Balde parpadeaba. Enfrente de él estaba la jarra del agua. La jarra de agua fría.
Extendió la mano…
—Oh, oh, oh, por Dios, qué puedo decir, parece que la he derramado toda sobre mí
mismo —dijo, a través de las crecientes nubes de vapor—. ¡Qué torpe soy, seguro!
Llamaré a la Sra. Ogg para que nos traiga otra.
—Sí, efectivamente —dijo Salzella—. Y quizás, ¿le importaría hacerlo pronto?
También me siento muy… propenso a los accidentes.
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Basilica, todavía masticando, levantó la cabeza de su intérprete de la mesa y con
cuidado arrastró el budín inacabado del hombre a su propio plato.
—A decir verdad, a decir verdad, a decir verdad —dijo Salzella—, yo creo que…
tendré un inmediato… y buen resfriado… si usted me disculpa un minuto…
Empujó su silla y huyó de la habitación en una especie de andar agachado.
El Sr. Balde brillaba.
—Sólo… sólo… sólo… estaré de regreso enseguida —dijo, y se escurrió
Había silencio, roto solamente por el rasguño de la cuchara del Señor Basilica y un
sonido hirviente desde el intérprete.
Entonces el tenor eructó en barítono.
—Whoops, perdone mi Klatchiano —dijo—. Oh… maldición.
Pareció notar la mesa agotada por primera vez. Se encogió de hombros, y sonrió
esperanzadamente a Yaya.
—¿Habrá una tabla de quesos, cree usted? —dijo.
La puerta se abrió de golpe y Tata Ogg entró como estampida, sosteniendo un balde
del agua con ambas manos.
—Muy bien, muy bien, eso… —empezó, y luego se detuvo.
Yaya dio unos toquecitos remilgados a las comisuras de su boca con la servilleta.
—Lo siento, ¿Sra. Ogg? —dijo.
Tata miró el plato vacío enfrente de Basilica.
—¿O quizás un poco de fruta? —dijo el tenor—. ¿Algunas nueces?
—¿Cuánto ha comido? —susurró.
—La mayor parte de la mitad —dijo Yaya—. Pero calculo que no le está haciendo
ningún efecto teniendo en cuenta que no tocó los costados.
Tata centró su atención en el plato de Yaya.
—¿Y qué tal tú? —dijo.
—Dos porciones —dijo Yaya—. Con salsa adicional. ¡Gytha Ogg, ojalá seas
perdonada!
Tata la miró con algo como admiración en los ojos.
—¡Tú no estás sudando siquiera! —dijo.
Yaya recogió su vaso de agua y lo sostuvo a la distancia de su brazo.
Después de unos segundos, el agua empezó a hervir.
—Muy bien, te estás poniendo muy buena, tengo que admitirlo —dijo Tata—.
Supongo que debería levantarme realmente temprano para poder ganarte una.
—Supongo que nunca deberías irte a dormir —dijo Yaya.
—Lo siento, Esme.
El Señor Basilica, confundido por no poder seguir la conversación, se dio cuenta con
renuencia que la comida probablemente había terminado.
—Absolutamente superior —dijo—. Adoré ese postre, Sra. Ogg.
—Decididamente esperaba que usted lo disfrutara, Henry Perezoso —dijo Tata.
Henry sacó cuidadosamente un pañuelo limpio de su bolsillo, lo puso sobre su cara, y
se reclinó en su silla. El primer ronquido ocurrió unos segundos después.
—Es fácil tenerlo por aquí, ¿no? —dijo Tata—. Come, duerme y canta. Ciertamente
sabes dónde estás con él. He encontrado Greebo, a propósito. Todavía está siguiendo a
Walter Plinge. —Su expresión se puso un poco desafiante—. Di lo que quieras, el joven
Walter está bien para mí si a Greebo le gusta.
Yaya suspiró.
—Gytha, a Greebo le gustaría Norris el Maniático Comedor de Globos Oculares de
Quirm si supiera cómo poner comida en un cazo.
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Y ahora estaba perdida. Había hecho lo posible para que no sucediera. Mientras Agnes
caminaba a través de cada habitación fría y húmeda había tomado nota atentamente de los
detalles. Recordaba cuidadosamente giros a la derecha ya la izquierda. Y con todo estaba
perdida.
Aquí y allá había escalones hacia sótanos más bajos, pero el nivel del agua era tan alto
que lamía el primero. Y apestaba. La vela ardía con un borde verdeazul en la llama.
En algún lugar, dijo Perdita, había una habitación secreta. Si no había una secreto,
inmensa y reluciente caverna, ¿qué sentido tenía la vida? Tenía que haber una habitación
secreta. Una habitación, llena de… velas gigantes, y estalagmitas enormes…
Pero no está aquí indudablemente, dijo Agnes.
Se sintió una completa idiota. Había cruzado por el espejo buscando… bueno, no
estaba totalmente preparada para admitir qué podía haber estado buscando, pero lo que
fuera, indudablemente no era esto.
Tendría que pedir ayuda a gritos.
Por supuesto, alguien podría escuchar, pero siempre era un riesgo cuando se pedía
ayuda a gritos.
Tosió.
—Er… ¿hola?
El agua gorgoteó.
—Er… ¿ayuda? ¿Hay alguien ahí?
Una rata corrió sobre su pie.
Oh, sí, pensó amargamente con la parte Perdita de su cerebro, si Christine hubiera
venido aquí probablemente habría alguna gran cueva brillando y delicioso peligro. El
mundo reservaba ratas y sótanos hediondos para Agnes, porque tenía una personalidad
maravillosa.
—Hum… ¿no hay nadie?
Más ratas se escabulleron por el piso. Se escuchaba un apagado chillido desde de los
pasajes laterales.
—¿Hola?
Estaba perdida en unos sótanos con una vela que se acortaba a cada segundo. El aire
era fétido, las losas estaban resbaladizas, nadie sabía dónde estaba ella, podía morirse aquí
abajo, podía ser…
Unos ojos brillaban en la oscuridad.
Uno era el verde-amarillo, el otro blanco perla.
Una luz apareció detrás de ellos.
Algo estaba viniendo a lo largo del pasillo, lanzando sombras largas.
Las ratas se atropellaban con pánico por alejarse…
Agnes trató de apretarse contra la piedra.
—¡Hola Señorita Perdita X Nitt!
Una forma familiar tembló fuera de la oscuridad, justo detrás de Greebo. Era todo
rodillas y codos; llevaba un saco sobre un hombro y sujetaba una linterna en la otra mano.
Algo huyó de la oscuridad. El terror se lavó de ella…
—¡Usted no quiere estar aquí con todas las ratas Señorita Nitt!
—¡Walter!
—¡Tengo que hacer el trabajo del Sr. Maza que ahora el pobre hombre no está! ¡Soy
una persona para todo trabajo! ¡No hay piedad para las malvadas! ¡Pero el Señor Greebo
las golpea con sus garras y se van al cielo en un santiamén!
—¡Walter! —repitió Agnes, con alivio absoluto.
—¿Ha venido a explorar? ¡Estos viejos túneles llegan todos al río! ¡Tiene que
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mantenerse alerta por aquí para no perderse! ¿Quiere volver conmigo?
Era imposible sentir temor de Walter Plinge. Walter producía una cantidad de
emociones, pero el terror no estaba entre ellas.
—Er… sí —dijo Agnes—. Me perdí. Lo siento.
Greebo se sentó y empezó a lavarse de una manera que Agnes consideró altanera. Si
un gato pudiera reír con disimulo, él estaría riéndose con disimulo.
—¡Ahora que tengo un saco lleno tengo que llevarlo a la tienda del Sr. Gimlet! —
anunció Walter, doblando aquí y allá, saliendo del sótano sin molestarse en mirar si ella lo
estaba siguiendo—. ¡Obtenemos medio penique por cada una que no es de despreciar! ¡Los
enanos piensan que una rata es una buena comida lo que sólo viene a demostrar que sería
un mundo extraño si fuéramos todos parecidos!
Le pareció un viaje ridículamente breve hasta el pie de una escalera diferente que tenía
el aspecto de ser muy usada.
—¿Ha visto alguna vez al Fantasma, Walter? —dijo Agnes, cuando Walter puso su pie
sobre el primer peldaño.
Él no se dio la vuelta.
—¡Está mal decir mentiras!
—Er… sí, lo mismo creo. Así que… ¿cuándo vio al Fantasma por última vez?
—¡Vi al Fantasma en la gran habitación de la escuela de ballet por última vez!
—¿De veras? ¿Qué hizo él?
Walter se detuvo por un momento, y luego las palabras salieron todas juntas.
—¡Salió corriendo!
Subió la escalera de una manera que indicaba muy enfáticamente que el diálogo había
terminado.
Greebo se burló de Agnes y lo siguió.
La escalera subía sólo un tramo y salía atravesando una trampilla entre bastidores.
Había estado perdida a sólo una puerta o dos del mundo real.
Nadie notó que ella aparecía. Pero luego nadie la notó en absoluto. Sólo supusieron
que ella habría estado por allí para cuando fuera necesaria.
Walter Plinge ya se había alejado a las zancadas, en una especie de apuro.
Agnes vaciló. Probablemente no notarían que no estaba allí, hasta el momento en que
Christine abriera la boca…
Él no había querido responder, pero Walter Plinge hablaba cuando alguien le hablaba y
ella tenía el presentimiento de que él no podía mentir. Decir mentiras implicaría ser malo.
Ella nunca había visto la escuela de ballet. No estaba lejos de bastidores, pero era un
mundo propio. Las bailarinas que salían de ella todos los días como ovejas muy delgadas y
conversadoras bajo el control de mujeres mayores que se veían como si desayunaran limas
en escabeche. Fue solamente después de que ella hiciera tímidamente algunas preguntas a
los tramoyistas que se dio cuenta de que las muchachas se habían unido al ballet porque
habían querido hacerlo.
Había visto el vestidor de las bailarinas, donde treinta muchachas se lavaban y
cambiaban en un espacio algo más pequeño que la oficina de Balde. Tenía la misma
relación con el ballet que el abono con las rosas.
Miró otra vez a su alrededor. Todavía nadie le había prestado atención.
Se dirigió hacia la escuela. Estaba algunos peldaños más arriba, a lo largo de un fétido
corredor revestido de tableros de anuncios y apestoso a grasa antigua. Un par de
muchachas saludaron al pasar. Nunca se veía sólo una: iban en grupo, como cachipollas.
Abrió la puerta y entró en la escuela.
Reflejos de reflejos de reflejos…
Había espejos sobre cada pared.
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Algunas muchachas, practicando en las barras que bordeaban la habitación, levantaron
la mirada cuando entró.
Espejos…
Afuera, en el corredor, se apoyó contra la pared y recuperó la respiración. Nunca le
habían gustado los espejos. Parecía que siempre se estaban riendo de ella. ¿Pero no decían
que era la marca de una bruja, que no le gustara estar entre dos espejos? Te chupaban el
alma, o algo así. Una bruja nunca debía ponerse entre dos espejos si podía evitarlo…
Pero, por supuesto, muy definitivamente ella no era una bruja. Por eso tomó aire, y
volvió a entrar.
Imágenes de sí misma se extendían en todas direcciones.
Intentó dar algunos pasos, giró sobre los talones entonces y buscó a tientas la entrada
otra vez, observada por las bailarinas sorprendidas.
La falta del sueño, se dijo a sí misma. Y la sobreexcitación general. De todos modos,
no necesitaba ir directamente a la habitación, ahora que sabía quién era el Fantasma.
Era tan obvio. El Fantasma no requería de ninguna misteriosa cueva inexistente cuando
todo lo que él necesitaba hacer era esconderse donde todos podían verlo.
El Sr. Balde golpeó a la puerta de la oficina de Salzella. Una voz amortiguada dijo:
—Entre.
No había nadie en la oficina, pero había otra puerta cerrada en la pared opuesta. Balde
golpeó otra vez, y luego trató de girar el picaporte.
—Estoy en el baño —dijo Salzella.
—¿Está usted visible?
—Estoy completamente vestido, si eso es lo que usted quiere decir. ¿Hay un balde de
hielo ahí?
—¿Fue usted quien lo pidió? —dijo Balde culposamente.
—¡Sí!
—Es que, er, yo lo tomé para mi oficina así ponía mis pies adentro…
—¿Sus pies?
—Sí. Er… fui a hacer una veloz carrera alrededor de la ciudad, no sé por qué, sólo sentí
que tenía ganas…
—¿Bien?
—Mis botas se incendiaron en la segunda vuelta.
Se escucharon salpicaduras, una queja a sotto voce y luego la puerta se abrió para
mostrar un Salzella en bata morada.
—¿Ha sido encadenado a salvo el Señor Basilica? —dijo, goteando sobre el piso.
—Está repasando la música con Herr Alborrotadorr.
—¿Y él está… bien?
—Envió a la cocina por un refrigerio.
Salzella sacudió la cabeza.
—Asombroso.
—Y han puesto al intérprete en un armario. Parecen no poder desdoblarlo.
Balde se sentó cuidadosamente. Vestía pantuflas de alfombra.
—Y… —apuntó Salzella.
—¿Y qué?
—¿Adónde fue esa temible mujer?
—La Sra. Ogg le está mostrando todo por aquí. Bien, ¿qué más podía hacer? ¡Dos mil
dólares, recuerde!
—Me estoy esforzando por olvidar —dijo Salzella—. Prometo nunca volver a hablar
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de ese almuerzo otra vez, si usted no también lo hace.
—¿Qué almuerzo? —dijo Balde inocentemente.
—Bien hecho.
—Ella parece tener un efecto asombroso sin embargo, ¿no…?
—No sé de quién está hablando usted.
—Quiero decir, no es difícil ver cómo hizo su dinero…
—¡Santo cielo, hombre, tiene una cara como un hacha!
—Dicen que la Reina Ezeriel de Klatch tenía bizquera, pero eso no la detuvo en tener
catorce maridos, y eso era sólo la versión oficial. Además, está llegando a los…
—¡Pensé que había muerto hace doscientos años!
—Estoy hablando de Lady Esmerelda.
—También yo.
—Al menos, trate de ser cortés con ella en la fiesta antes de la función de esta noche.
—Trataré.
—Lo dos mil podrían ser solamente el principio, espero. ¡Cada vez que abro un cajón
hay más cantidad de facturas! ¡Parece que le debemos dinero a todos!
—La ópera es costosa.
—Usted siempre me lo dice. Siempre que trato de comenzar con los libros, algo
terrible ocurre. ¿Cree que podría tener sólo unas horas sin que algo tremendo suceda?
—¿En un teatro de ópera?
La voz llegaba amortiguada por el mecanismo medio desmontado del órgano.
—Muy bien… deme do mayor.
Un dedo peludo presionó una tecla. Hizo un ruido sordo y en algún sitio del
mecanismo otra cosa hizo woing.
—Maldición, se ha salido del perchero… presione otra vez…
La nota resonó dulce y clara.
—Está bien —dijo la voz del hombre escondido en las entrañas expuestas del
órgano—. Espere hasta que ajuste el perchero…
Agnes se acercó. La figura voluminosa sentada en el órgano dio media vuelta y le
mostró una sonrisa amigable, que era mucho más amplia que la sonrisa corriente. Su
propietario estaba cubierto de pelo rojo y, mientras quedaba corto en el departamento
piernas, obviamente había estado primero en la cola cuando el mostrador de brazos abrió.
Y también le habían dado una oferta gratuita especial de labios.
—… intente.
—¿André? —dijo Agnes débilmente.
El organista salió del mecanismo. Estaba sosteniendo una complicada barra de madera
con muelles.
—Oh, hola —dijo.
—Er… ¿quién es éste? —dijo Agnes, alejándose del primitivo organista.
—Oh, éste es el Bibliotecario. No creo que tenga un nombre. Es el Bibliotecario de la
Universidad Invisible pero, mucho más importante, es su organista y resulta que nuestro
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órgano es un Johnson36, como el de ellos. Nos ha dado unas pocas piezas de repuesto…
—Ook
—Lo siento, nos prestó algunas piezas de repuesto.
—¿Toca el órgano?
—De una manera asombrosamente prensil, sí.
Agnes se relajó. La criatura no parecía a punto de atacar.
—Oh —dijo—. Bien… supongo que es natural, porque algunas veces los organilleros
venían a nuestro pueblo y a menudo ellos tenían un querido pequeño mon…
Se escuchó un acorde estrepitoso. El orangután levantó su otra mano y agitó un dedo
cortésmente delante de la cara de Agnes.
—No le gusta ser llamado mono —dijo André—. Y usted le gusta.
—¿Cómo puede saberlo?
—Habitualmente no es partidario de las advertencias.
Ella retrocedió rápidamente y se agarró del brazo del muchacho.
—¿Puedo hablar con usted? —dijo.
—Tenemos sólo pocas horas y realmente me gustaría tener este…
—Es importante.
La siguió hasta bambalinas. Detrás de ellos, el Bibliotecario tocó algunas teclas del
medio reparado teclado y luego se agachó debajo.
—Sé quién es el Fantasma —susurró Agnes.
André se la quedó mirando. Entonces la alejó más hacia las sombras.
—El Fantasma no es nadie —dijo suavemente—. No sea tonta. Es sólo el Fantasma.
—Quiero decir que es otra persona cuando se quita la máscara.
—Quién.
—¿Debería decírselo al Sr. Balde y al Sr. Salzella?
—¿Quién? ¿Decirles sobre quién?
—Walter Plinge.
Se la quedó mirando otra vez.
—Si usted se ríe… lo patearé —dijo Agnes.
—Pero Walter ni siquiera es…
—Tampoco lo creía pero dijo que vio al Fantasma en la escuela de ballet y hay espejos
en todas las paredes y él sería muy alto si se enderezara apropiadamente y vaga por los
sótanos…
—Oh, vamos…
—Creo que la otra noche lo escuché cantar en el escenario cuando todos los demás se
habían ido.
—¿Usted lo vio?
—Estaba oscuro.
—Oh, bien… —comenzó André desestimando lo que ella decía.
—Pero después, estoy segura de que le escuché hablarle al gato. Le habló
normalmente, quiero decir. Quiero decir como una persona normal, quiero decir. Y usted
36 Bergholt Stuttley (Puñetero Estúpido) Johnson era el inventor más famoso, o al menos más notorio, de
Ankh-Morpork. Fue renombrado por no permitir que su ceguera de los números, si falta de habilidad en
cualquier cosa, o su fracaso completo le alejaran de la esencia de un problema hallado en el camino de su
entusiasta progreso como el primer hombre Contra-Renacimiento. Poco tiempo después de construir la
famosa Torre Colapsada de Quirm, volvió su atención al mundo de la música, particularmente grandes
órganos y orquestas mecánicas. Ejemplos de estas artesanías todavía salen ocasionalmente a la luz en
ventas, subastas y, muy frecuentemente, ruinas. (Nota del autor)
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tiene que admitir… que es extraño. ¿No es la clase de persona que querría llevar una
máscara para esconder quién es? —Flaqueó—. Mire, puedo ver que usted no quiera
escuchar…
—¡No! No, creo que… bueno…
—Sólo pensé que me sentiría mejor si se lo decía a alguien.
André sonrió en la penumbra.
—Yo no lo mencionaría a nadie más, sin embargo.
Agnes bajó la mirada a sus pies.
—Supongo que parece un poco inverosímil…
André colocó una mano sobre su brazo. Perdita sintió que Agnes se alejaba hacia atrás.
—¿Se siente mejor? —dijo él.
—Yo… no lo sé… quiero decir… no lo sé… Quiero decir, no puedo imaginarlo
lastimando a alguien… Me siento tan estúpida…
—Todos están en tensión. No se preocupe por eso.
—Odiaría… que usted piense que estaba siendo tonta…
—Tendré vigilado a Walter, si quiere. —Le sonrió—. Pero es mejor que siga con las
cosas —añadió. Le sonrió, tan rápida y brevemente como un relámpago de verano.
—Gracias y…
Él ya estaba regresando al órgano.
Era una tienda para caballeros.
—No es para mí —dijo Tata Ogg—. Es para un amigo. Tiene seis pies de altura,
hombros muy anchos.
—¿Entrepierna?
—Oh, sí.
Miró la tienda. También podía llevar lejos las cosas. Era su dinero, después de todo.
—Y un abrigo negro, malla negra y larga, zapatos con hebillas brillantes, un sombrero
de copa, una capa grande con forro de seda rojo, una corbata de moño, una bastón negro
muy elegante con un pomo de plata muy fino… y… un parche negro.
—¿Un parche?
—Sí. Tal vez con lentejuelas o algo sobre él, ya que es para la ópera.
El sastre miró a Tata.
—Esto es un poco irregular —dijo—. ¿Por qué el caballero no puede venir por sí
mismo?
—No es todavía un caballero.
—Pero, señora, quise decir que tenemos que tomar la medida correcta.
Tata Ogg miró la tienda.
—Le diré qué —dijo—, usted me vende algo que se vea correcto y nosotras lo
ajustaremos para que le quede bien. Excúseme…
Se volvió recatadamente
– twingtwangtwong –
… y giró, alisándose el vestido y sujetando una bolsa de cuero.
—¿Cuánto será? —dijo.
El sastre miró la bolsa sin comprender.
—Me temo que no podremos tener todo eso listo hasta el próximo miércoles como
mínimo —dijo.
Tata Ogg suspiró. Sentía que se estaba familiarizando con una de las leyes más
fundamentales de la física. Tiempo es igual a dinero. Por lo tanto, dinero es igual a tiempo.
—Estaba esperando conseguir todo eso un poco más pronto que eso —dijo, haciendo
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sonar la bolsa arriba y abajo.
El sastre la miró despectivamente.
—Somos artesanos, señora. ¿Cuánto tiempo usted pensaba que podía llevar?
—¿Qué tal diez minutos?
Doce minutos después dejó la tienda con un gran paquete bajo un brazo, una
sombrerera debajo del otro, y un bastón de ébano entre los dientes.
Yaya la estaba esperando fuera.
—¿Conseguiste todo?
—Jí.
—Tomaré el parche, ¿estás de acuerdo?
—Tenemos que conseguir una tercera bruja —dijo Tata, tratando de cambiar de lugar
los paquetes—. La joven Agnes tiene buenos brazos fuertes.
—Sabes que si la arrastramos fuera de allí por el cuello nunca escucharíamos el final
—dijo Yaya—. Será una bruja cuando quiera serlo.
Fueron hacia la puerta del escenario del Teatro de la Ópera.
—Buenas tardes, Les —dijo Tata alegremente mientras entraban—. Ha parado la
picazón ahora, ¿verdad?
—Maravilloso el ungüento que usted me dio, Sra. Ogg —dijo el portero del escenario,
con el bigote curvado en algo que podía haber sido una sonrisa.
—¿La Sra. Les se mantiene bien? ¿Cómo está la pierna de su hermana?
—Mejorando, Sra. Ogg, gracias por preguntar.
—Ésta es Esme Ceravieja que me está ayudando con algunas cosas —dijo Tata.
El portero asintió. Estaba claro que cualquier amiga de la Sra. Ogg era una amiga suya.
—No hay problema, Sra. Ogg, en absoluto.
Mientras cruzaban la red polvorienta de corredores, Yaya reflexionó, no por primera
vez, que Tata tenía una magia totalmente suya.
Tata no entraba en los lugares como sugería; inconscientemente había adquirido un
talento natural para gustarle a la gente y lo había desarrollado como una ciencia oculta.
Yaya Ceravieja no dudaba que su amiga ya sabía los nombres, las historias familiares,
cumpleaños y los temas favoritos de conversación de la mitad de las personas allí, y
probablemente también la palanca vital que les llevaría a abrirse. Podría ser hablar de sus
niños, o de una poción para sus pies enfermos, o una de las historias de Tata, realmente
obscenas, pero Tata entraría y después de veinticuatro horas le habrían dado a conocer
toda su vida. Y le contarían sus cosas. Por su propia voluntad. Tata Iba Bien con la gente.
Tata podía hacer llorar a una estatua sobre su hombro y decirle qué pensaba realmente
sobre las palomas.
Era un don. Yaya nunca había tenido la paciencia de adquirirlo. Sólo ocasionalmente
se preguntaba si podía haber sido una buena idea.
—Telón arriba en una hora y media —dijo Tata—. Prometí a Giselle que le daría una
mano…
—¿Quién es Giselle?
—Hace el maquillaje.
—¡Tú no sabes cómo hacer el maquillaje!
—Despinté nuestro retrete, ¿no es así? —dijo Tata—. Y pinto caras sobre los huevos
para los niños cada Martes de Pastel del Alma.
—Tienes que hacer cualquier cosa, ¿eh? —dijo Yaya sarcásticamente—. ¿Abrir el
telón? ¿Reemplazar a una bailarina de ballet que ha tenido mal desempeño?
—Dije que ayudaría con las bebidas en el swarray37 —dijo Tata, dejando que la ironía
37 Término al mejor estilo Ogg para soirée. (Nota del traductor)
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se deslizara como agua sobre una cocina extremadamente caliente—. Bien, muchos del
personal se han pirado por el Fantasma. Es en el gran foyer en media hora. Espero que
estés ahí, patronizando.
—¿Qué es un swarray? —dijo Yaya con desconfianza.
—Es un tipo de fiesta elegante antes de la ópera.
—¿Qué tengo que hacer?
—Bebe jerez y haz conversación agradable —dijo Tata—. O conversación, de todos
modos. Vi la comida que hacían para eso. Hasta tiene pequeños cubos de queso en palillos
clavados en unos pomelos, y no consigues mucho más refinado que eso.
—Gytha Ogg, no has preparado ningún… plato especial, ¿o sí?
—No, Esme —dijo Tata Ogg mansamente.
–Es que tienes un diablillo de travesuras dentro.
—Estaré demasiado ocupada para algo así —dijo Tata.
Yaya asintió.
—Entonces es mejor que encontremos a Greebo —dijo.
—¿Estás segura de esto, Esme? —dijo Tata.
—Podríamos tener mucho que hacer esta noche —dijo Yaya—. Tal vez vendría bien
un par extra de manos.
—Garras.
—Por el momento, sí.
Era Walter. Agnes lo sabía. No era conocimiento en su mente, exactamente. Era
prácticamente algo que respiraba. Lo sentía como un árbol siente el sol.
Todo encajaba. Él podía ir a cualquier lugar, y nadie prestaba atención a Walter Plinge.
En cierto modo él era invisible, porque estaba siempre ahí. Y, si usted fuera alguien como
Walter Plinge, ¿no anhelaría ser alguien tan apuesto y gallardo como el Fantasma?
Si usted fuera alguien como Agnes Nitt, ¿no anhelaría ser alguien tan oscuro y
misterioso como Perdita X Dream?
La traidora idea apareció antes de que pudiera ahogarla. Añadió apresuradamente: Pero
yo nunca he matado a nadie.
Porque eso es lo que tengo que creer, ¿no? Si él es el Fantasma, entonces él ha matado
a las personas.
A pesar de todo… él parece raro, y habla como si las palabras estuvieran tratando de
escaparse…
Una mano tocó su hombro. Giró sobre sí misma.
—¡Soy sólo yo! —dijo Christine.
—… Oh.
—¿¡No cree que éste es un vestido maravilloso!?
—¿Qué?
—¡¡Este vestido, tonta!!
Agnes la miró de arriba a abajo.
—Oh. Sí. Muy bonito —dijo, y el desinterés se tendió sobre su voz como la lluvia
sobre el pavimento a medianoche.
—¡¡Usted no parece muy impresionada!! ¡¡Realmente, Perdita, no hay necesidad de
estar celosa!!
—No estoy celosa, estaba pensando…
Sólo había visto al Fantasma por un momento, pero no se había movido como Walter
indudablemente. Walter caminaba como si su cuerpo fuera arrastrado hacia adelante por la
cabeza. Pero la certeza era tan dura como el mármol ahora.
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—¡¡Bien, usted no parece muy impresionada, debo decir!!
—Me estaba preguntando si Walter Plinge es el Fantasma —dijo Agnes, y se maldijo
inmediatamente, o por lo menos se ‘put’. Se sentía bastante avergonzada por la reacción de
André.
Los ojos de Christine se abrieron.
—¡¡Pero él es un payaso!!
—Camina raro y habla raro —dijo Agnes—, pero si se parara derecho…
Christine rió. Agnes sintió que se estaba enfadando.
—¡Y usted prácticamente me dijo que lo era!
—¡Usted le creyó, ¿verdad?! —Christine hizo un pequeño chasquido de desaprobación
que Agnes consideró totalmente ofensivo—. ¡¡Realmente, ustedes las muchachas creéis en
las cosas más extrañas!!
—¿Qué quiere usted decir, nosotras las muchachas?
—¡Oh, usted lo sabe! Las bailarinas están siempre diciendo que han visto al Fantasma
por todas partes…
—¡Por Dios! ¿Usted piensa que soy alguna clase de idiota impresionable? ¡Piense un
minuto antes de responder!
—Bueno, por supuesto yo no, pero…
—¡Huh!
Agnes se alejó a grandes zancadas hacia bambalinas, preocupada más por el efecto que
por la dirección. El ruido de fondo del escenario perdió intensidad a sus espaldas mientras
entraba en el depósito de escenografía. No conducía a ningún lugar excepto a un par de
grandes puertas dobles que se abrían al mundo de afuera. Estaba lleno de trozos de
castillos, balcones y celdas románticas, apilados desde tiempo atrás.
Christine corrió detrás de ella.
—Realmente no quise decir… mire, no Walter… ¡es sólo un hombre muy raro para
trabajillos!
—¡Hace trabajos de toda clase! Nunca nadie sabe dónde está… ¡todos sólo suponen
que está por allí!
—Muy bien, pero usted no tiene por qué exaltarse tanto…
Se escuchó el más débil de los sonidos detrás de ellas.
Se volvieron.
El Fantasma hizo una reverencia.
—¿Quién es un buen muchacho, entonces? Tata tiene un tazón de huevos de pescado
para un buen muchacho —dijo, tratando de ver bajo el gran aparador de la cocina.
—¿Huevos de pescado? —dijo Yaya, fríamente.
—Los tomé prestados de las cosas que habían hecho para el swarray —dijo Tata.
—¿Prestados? —dijo Yaya.
—Correcto. Vamos, Greebo, ¿quién es un buen muchacho entonces?
—Prestados. Quieres decir… ¿cuando el gato haya acabado con ellos, los vas a
devolver?
—Es solamente una manera de hablar, Esme —dijo Tata con una pequeña voz
dolida—. No es lo mismo que robar si no lo quieres hacer. Vamos, muchacho, aquí hay
algunos maravillosos huevos de pescado para ti…
Greebo se alejó más hacia las sombras.
Se escuchó un pequeño suspiro de Christine y se desmayó. Pero ella podía, como
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Agnes notó amargamente, desmayarse de una manera que probablemente no dolía cuando
golpeaba el suelo y que exhibía su vestido con el mejor efecto. Agnes estaba empezando a
caer en la cuenta de que Christine era excepcionalmente inteligente de alguna manera
especializada.
Volvió a mirar la máscara.
—Está bien —dijo, y su voz le sonó áspera—. Sé por qué lo está haciendo. Realmente
lo sé.
Ninguna expresión podía cruzar esa cara de marfil, pero los ojos parpadearon.
Agnes tragó. Su parte Perdita quería rendirse ya mismo, porque eso sería lo más
excitante, pero ella se mantuvo firme en su terreno.
—Usted quiere ser otra cosa y está obligado a cargar con lo que es —dijo Agnes—. Sé
todo sobre eso. Usted tiene suerte. Todo lo que usted tiene que hacer es ponerse una
máscara. Por lo menos tiene la forma correcta. ¿Pero por qué tiene que ir y matar a las
personas? ¿Por qué? ¡El Sr. Maza no pudo haberle hecho ningún daño! Pero… hurgaba en
lugares raros, ¿verdad?, y él… ¿encontró algo?
El fantasma asintió ligeramente, y luego sujetó su bastón de ébano. Sujetó ambos
extremos y jaló, para que una larga y delgada espada se deslizara.
—¡Sé quién es usted! —explotó Agnes, mientras él se adelantaba—. Yo… ¡yo podría
ayudarle probablemente! ¡Podría no haber sido su culpa! —Dio un paso hacia atrás—. ¡Yo
no le he hecho nada a usted! ¡Usted no debe tener miedo de mí!
Se alejó un paso más cuando la figura avanzó.
Los ojos, en los huecos oscuros de la máscara, centellearon como joyas diminutas.
—Soy su amiga, ¿no lo ve? ¡Por favor, Walter! ¡Walter!
Lejos, se escuchó un sonido de respuesta que pareció tan fuerte como el trueno y tan
imposible, en las circunstancias, como una jarra de chocolate.
Era el ruido metálico de un asa de balde.
—¿Qué sucede Señorita Perdita Nitt?
El Fantasma vaciló.
Se escucharon pisadas. Pisadas irregulares.
El Fantasma bajó la espada, abrió una puerta en un trozo de escenografía pintada para
representar la pared de un castillo, se inclinó irónicamente, y escapó.
Walter giró una esquina.
Era un inverosímil caballero andante. En primer lugar, vestía un traje de etiqueta
obviamente diseñado para alguien de forma diferente. Todavía llevaba su boina. También
tenía puesto un mandil y llevaba un trapeador y balde. Pero nunca ningún heroico salvador
empuñando una lanza galopó sobre un puente levadizo con mayor felicidad. Estaba
prácticamente rodeado por un brillo dorado.
—¿… Walter?
—¿Qué le sucede a la Señorita Christine?
—Ella… er… se desmayó —dijo Agnes—. Er… probablemente… sí, la emoción. Con la
ópera. Esta noche. Sí. Probablemente. La emoción. Debido a la ópera esta noche.
Walter le echó una mirada ligeramente preocupada.
—Sí —dijo, y añadió pacientemente—, sé dónde hay una caja de medicina ¿voy a
buscarla?
Christine gimió y agitó sus pestañas.
—¿Dónde estoy?
Perdita apretó los dientes de Agnes. ¿Dónde estoy? Eso no sonaba como la clase de
cosas que alguien dice cuando se despierta de un desmayo; parecía más bien como la clase
de cosas que se dicen porque han escuchado que son la clase de cosas que las personas
dicen.
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—Usted se desmayó —dijo. Miró fijo a Walter—. ¿Por qué estaba usted aquí, Walter?
—Tenía que trapear el baño de los tramoyistas Señorita Nitt. ¡Siempre tiene problemas
estuve trabajando en él por meses!
—¡Pero usted viste de etiqueta!
—Sí luego tengo que ser camarero después porque estamos cortos de personal y no
hay nadie más para ser un camarero cuando tomen tragos y coman salchichas sobre palos
antes de la ópera.
Nadie podía haberse movido tan rápido. Es cierto, Walter y el Fantasma no habían
estado en la habitación al mismo tiempo, pero había escuchado su voz. Nadie podía haber
tenido tiempo de agacharse detrás de las pilas de practicables y aparecer en el lado opuesto
de la habitación en segundos, a menos que fuera algún tipo de mago. Algunas de las
muchachas habían dicho que casi les parecía que el Fantasma podía estar en dos lugares a
la vez. Quizás había otros lugares secretos como la vieja escalera. Quizás él…
Se detuvo. Walter Plinge no era el Fantasma, entonces. No tenía sentido tratar de
encontrar una explicación nerviosa para probar que lo equivocado es correcto.
Se lo había dicho a Christine. Bien, Christine le estaba lanzando una mirada
ligeramente desconcertada mientras Walter la ayudaba a levantarse. Y se lo había dicho a
André, pero él pareció no creerle así que probablemente todo estaba muy bien.
Lo que significaba que el fantasma era…
… alguna otra persona.
Había estado tan segura.
—Tú lo disfrutarás, mamá. Realmente.
—No es para personas como nosotros, Henry. No veo por qué el Sr. Maspeinado no
podía darte boletos para ver a Nellie Stamp en el teatro de variedades. Ahora, eso es lo que
llamo música. Melodías correctas que puedes comprender.
—Canciones como ‘Ella Se Sienta Entre Las Coles Y Los Puerros’ no son muy
culturales, mamá.
Dos figuras pasaron a través de la multitud hacia el Teatro de la Ópera. Ésta era su
conversación.
—Sin embargo, provoca risa. Y no tienes que alquilar trajes. Me parece tonto tener que
vestir ropa especial sólo para escuchar música.
—Mejora la experiencia —dijo el joven Henry, que lo había leído en algún lugar.
—Quiero decir, ¿cómo lo sabe la música? —dijo su madre—. Ahora, Nellie Stamp…
—Sigamos, madre.
Iba a ser una de esas noches, lo sabía.
Henry Legal hacía todo lo posible. Y, teniendo en cuenta el punto de partida, no era un
posible malo. Era oficinista en la firma de Maspeinado, Tendencioso & Colmena, una
anticuada sociedad de abogados. Una razón de su enfoque menos-que-moderno era el
hecho de que los señores Maspeinado y Colmena eran vampiros y el Sr. Tendencioso era
un zombi. Los tres socios estaban, por lo tanto, técnicamente muertos, aunque esto no les
impedía hacer el trabajo de un día normal durante la noche, en el caso del Sr. Maspeinado
y del Sr. Colmena.
Desde el punto de vista de Henry el horario era bueno y el trabajo no era oneroso, pero
le irritaban algo las perspectivas de ascenso porque los zapatos de hombres evidentemente
muertos estaban siendo completamente ocupados por hombres muertos. Había decidido
que la única manera de tener éxito era superarse mediante Mejore Su Mente, lo que trataba
de hacer en cada oportunidad. Esto es probablemente una descripción completa de la mente
de Henry Legal que si usted le hubiera dado un libro titulado Cómo Mejorar Su Mente En
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Cinco Minutos, lo habría leído con un cronómetro. Su progreso a través de la vida estaba
dificultado por su tremendo sentido de la propia ignorancia, una incapacidad que no afecta
a muy pocas personas.
El Sr. Maspeinado le había dado dos boletos de la ópera como una recompensa por
resolver un perjuicio particularmente problemático. Él había invitado a su madre porque
representaba el cien por ciento de todas las mujeres que conocía.
Las personas tendían a estrechar la mano de Henry cautelosamente, en caso de tener
lugar.
Había comprado un libro sobre la ópera y lo había leído cuidadosamente, porque había
oído que era totalmente inaudito ir a una ópera sin saber de qué se trataba, y que la
oportunidad de enterarse mientras la estaba mirando en realidad era remota. El peso
tranquilizador del libro estaba dentro de su bolsillo en ese momento. Todo lo que
necesitaba para completar la noche era una madre menos vergonzante.
—¿Podemos conseguir algunos maníes antes de entrar? —dijo su madre.
—Mamá, no venden maníes en la ópera.
—¿No maníes? ¿Qué se supone que haces si no te gustan las canciones?
Los desconfiados ojos de Greebo eran dos brillos en la penumbra.
—Golpéalo con un palo de escoba —sugirió Yaya.
—No —dijo Tata—. Con alguien como Greebo tienes que usar un poco de
generosidad.
Yaya cerró los ojos y agitó una mano.
Se escuchó un aullido debajo del aparador de la cocina y un sonido de escarbar
desesperado. Entonces, con las garras dejando huellas en el piso, Greebo salió marcha
atrás, peleando todo el camino.
—La verdad es que, mucha crueldad también hace el truco —reconoció Yaya—.
Nunca has sido una persona amante de los gatos, ¿o sí, Esme?
Greebo habría siseado a Yaya, excepto que incluso su cerebro de gato era justo lo
bastante brillante para darse cuenta de que ése no era el mejor movimiento que podía
hacer.
—Dale sus huevos de pescado —dijo Yaya—. Es lo mismo ahora que más tarde.
Greebo inspeccionó el plato. Oh, esto estaba bien, entonces. Querían darle comida.
Yaya hizo un cabeceo a Tata Ogg. Extendieron las manos, palmas arriba.
Greebo estaba a mitad del caviar cuando sintió que ocurría.
—Wrrroowlllll… —gimió, y luego la voz se hizo profunda mientras su pecho crecía, y
surgió físicamente mientras sus piernas traseras se alargaban bajo él.
Sus orejas se aplanaron contra la cabeza, y luego sintió hormigueo en todo su costado.
—… llllwwaaaa…
—La chaqueta tiene cuarenta y cuatro pulgadas de pecho —dijo Tata. Yaya asintió.
—… aaaaoooo…
Su cara se aplanó. Los pelos de la barba se extendieron hacia afuera. La nariz de
Greebo desarrolló una vida propia.
—… ooooommm… ¡mmerde!
—Ciertamente le toma la mano más rápidamente estos días —dijo Tata.
—Ponte alguna ropa ahora mismo, mi muchacho —dijo Yaya, que había cerrado los
ojos.
No era que esto hiciera mucha diferencia, tuvo que admitirlo después. Greebo
completamente vestido todavía se las arreglaba para comunicar la desnudez de abajo. El
bigote despreocupado, las patillas largas y el pelo negro despeinado se combinaban con los
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músculos bien desarrollados para dar la impresión de un bucanero de la clase más sombría
o de un poeta romántico que había abandonado el opio y en cambio probado carne roja.
Tenía una cicatriz cruzándole la cara, y un parche negro ahora donde le cruzaba el ojo.
Cuando sonreía, exudaba un tranquilo aire de lascivia sin destilar, apasionante y peligrosa.
Él podía pavonearse mientras dormía. Greebo podía, de hecho, cometer acoso sexual
sentado muy tranquilamente en la habitación contigua.
Excepto en lo que concernía a las brujas. Para Yaya un gato era un maldito gato sin
importar la forma que tuviera, y Tata Ogg siempre pensaba en él como Señor Peluche.
Le ajustó la corbata de moño y retrocedió críticamente.
—¿Qué piensas? —dijo.
—Se ve como un asesino, pero pasará —dijo Yaya.
—Oh, ¡qué cosa tan desagradable dices!
Greebo movió los brazos experimentalmente y probó con el bastón de ébano. Los
dedos necesitaban un poco de tiempo para acostumbrarse, pero los reflejos de gato
aprendían rápido.
Tata movió un dedo juguetón bajo su nariz. Él le dio un golpe poco entusiasta.
—Ahora te quedas con Yaya y haces lo que te diga como un buen muchacho —dijo.
—Ssíss, Tat-a —dijo Greebo de mala gana. Logró tomar el bastón apropiadamente.
—Y sin pelear.
—No, Tat-a.
—Y nada de dejar trozos de personas en el felpudo.
—No, Tat-a.
—No tendremos problemas como los que tuvimos con esos ladrones el mes pasado.
—No, Tat-a.
Se veía deprimido. Los seres humanos no tenían diversiones. Increíbles
complicaciones rodeaban las actividades más básicas.
—Y no volverte gato otra vez hasta que te digamos.
—Ssíss, Tat-a.
—Juega tus cartas bien y podría haber un arenque ahumado para ti.
—Ssíss, Tat-a.
—¿Cómo vamos a llamarlo? —dijo Yaya—. No puede ser Greebo, que he siempre
dicho que es un maldito nombre absurdo para un gato.
—Bueno, él se ve aristocrático… —empezó Tata.
—Se ve como un hermoso bravucón estúpido —la corrigió Yaya.
—Aristocrático —repitió Tata.
—Es lo mismo.
—No podemos llamarle Greebo, de todos modos.
—Pensaremos en algo.
Salzella se inclinaba desconsolado contra el barandal de mármol de la imponente
escalera del foyer y miraba su trago con tristeza.
Siempre le había parecido que una de las muy importantes fallas en toda la empresa de
la ópera era el público. Eran sumamente inadecuados. Aun peores que aquellos que no
sabían absolutamente nada sobre música, y cuya idea de una observación sensata era ‘Me
gustó esa parte cerca del final cuando su voz se puso temblorosa’, eran los que pensaban
que…
—¿Quiere un trago Sr. Salzella? ¡Hay un montón usted lo sabe!
Walter Plinge se acercó, y su traje negro le hacía parecer un espantapájaros de muy
buena clase.
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—Plinge, sólo diga ‘¿Trago, señor?’ —dijo el director musical—. ¡Y por favor,
quítese esa boina ridícula!
—¡Mi mamá la hizo para mí!
—Estoy seguro de que sí, pero…
Balde se deslizó hacia él.
—¡Pensé que le había dicho a usted que mantuviera al Señor Basilica lejos de los
canapés! —siseó.
—Lo siento, no pude encontrar una palanca lo suficientemente grande —dijo Salzella,
despidiendo a Walter y a su boina—. De todos modos, ¿no se supone que estaría en
comunión con su musa en su vestidor? ¡El telón se levanta en veinte minutos!
—Dice que canta mejor con el estómago lleno.
—Entonces estamos a punto de tener un enorme placer esta noche.
Balde se volvió e inspeccionó la escena.
—Está yendo bien, de todos modos —dijo.
—Supongo que sí.
—La Guardia está aquí, ya lo sabe. En secreto. Se están mezclando.
—Ah… Déjeme adivinar…
Salzella miró la multitud. Efectivamente, había un hombre muy bajo con un traje para
un hombre algo más grande; era especialmente el caso de la capa de ópera, que en realidad
se arrastraba sobre el piso detrás de él para dar la impresión de conjunto de un superhéroe
que había pasado demasiado tiempo alrededor de la kriptonita. Llevaba un sombrero
deforme de piel y trataba subrepticiamente de fumar un cigarrillo.
—¿Usted quiere decir ese hombrecillo con las palabras ‘Vigilante Disfrazado’ que se
prenden y apagan justo arriba de su cabeza?
—¿Dónde? ¡Yo no vi eso!
Salzella suspiró.
—Es el cabo Nobby Nobbs —dijo cansadamente—. La única persona conocida que
necesita de una tarjeta de identidad para demostrar su especie. Lo he observado mezclar
tres grandes tragos de jerez.
—No es el único, sin embargo —dijo el Sr. Balde—. Están tomando esto con seriedad.
—Oh, sí —dijo Salzella—. Si miramos ahí, por ejemplo, vemos al Sargento Detritus,
que es un troll, y que está vistiendo lo que dadas las circunstancias es en realidad un traje
apropiado. Por lo tanto, lo siento, es una lástima que se haya olvidado de quitarse el yelmo.
Y a éstos, comprende, ha elegido la Guardia por su habilidad para mezclarse.
—Bien, serán útiles indudablemente si el Fantasma ataca otra vez —dijo Balde,
desesperado.
—El Fantasma tendría que… —Salzella se detuvo. Parpadeó—. Oh, por Dios —
susurró—. ¿Qué ha encontrado ella?
Balde se dio la vuelta.
—Ésa es Lady Esmerelda… oh.
Greebo entró tranquilamente junto a ella con ese suave pavoneo que pone atentas a las
mujeres y los nudillos blancos a los hombres. El zumbido de la conversación quedó
momentáneamente en silencio, y luego se levantó otra vez… ligeramente más agudo.
—Estoy impresionado —dijo Salzella.
—No parece un caballero, por cierto —dijo Balde—. ¡Mire el color de ese ojo! —
Puso la cara en lo que esperaba sería una sonrisa, e hizo una reverencia.
—¡Lady Esmerelda! —dijo—. ¡Qué agradable verla otra vez! ¿Nos presentará a su…
invitado?
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—Éste es Lord Gribeau38 —dijo Yaya—. El Sr. Balde, el propietario, y el Sr. Salzella,
que parece administrar el lugar.
—Jaja —dijo Salzella.
Gribeau sonrió, revelando los incisivos más largos que Balde había visto fuera de un
zoológico. Y Balde nunca había visto un ojo tan verdiamarillo. La pupila estaba
completamente mal…
—Jajaja… —dijo—. ¿Y puedo pedirle algo para usted?
—Él tomará leche —dijo Yaya con firmeza.
—Supongo que tiene que mantener su fuerza —dijo Salzella.
Yaya se dio media vuelta. Su expresión habría dejado marcas en el acero.
—¿Alguien para un trago? —dijo Tata Ogg, apareciendo de la nada con una bandeja y
caminando diestramente entre ellos como una muy pequeña fuerza de la paz—. Tengo un
poco de todo aquí…
—Incluyendo un vaso de leche, veo —dijo Balde.
Salzella miró de una bruja a la otra.
—Eso es excepcionalmente previsor de su parte —dijo.
—Bien, una nunca sabe —dijo Tata.
Gribeau tomó el vaso con ambas manos y lo lamió con la lengua. Entonces miró a
Salzella.
—¿Qué essstá mirrrando ussted? No parrrece haberrr visssto tom-mar leche an-ntes.
—Nunca… así, debo admitir.
Tata hizo un guiño a Yaya Ceravieja mientras giraba para escurrirse.
Yaya agarró su brazo.
—Recuerda —susurró—, cuando entremos en el Palco… tú conserva un ojo sobre la
Sra. Plinge. La Sra. Plinge sabe algo. No estoy segura de qué va a ocurrir. Pero va a
ocurrir.
—Correcto —dijo Tata. Salió apresuradamente, hablando entre dientes—. Oh, sí… haz
esto, haz lo otro…
—Una copa aquí, por favor, señora.
Tata bajó la vista.
—Santo cielo —dijo—. ¿Qué es usted?
La aparición con sombrero de piel le hizo un guiño.
—Soy el Conde de Nobbs —dijo—, y éste aquí —añadió, señalando una pared
móvil—, es el Conde de Tritus.
Tata le echó un vistazo al troll.
—¿Otro Conde? Estoy segura de que inexplicablemente hay más Condes aquí que los
que puedo contar. ¿Y qué puedo servirles, oficiales? —dijo.
—¿Oficiales? ¿Nosotros? —dijo el Conde de Nobbs—. ¿Qué le hace pensar que somos
Vigilantes?
—Él tiene un yelmo puesto —señaló Tata—. También tiene la insignia pinchada en su
abrigo.
—¡Te dije que te la quitaras! —siseó Nobby. Miró a Tata y sonrió inquieto—.
Elegancia militar —dijo—. Es sólo un accesorio de moda. En realidad, somos caballeros
de recursos y no tenemos nada relacionado con la Guardia de la ciudad.
—Bien, caballeros, ¿le gustaría algo de vino?
—No mientraz eztemoz en zervizio, graziaz —dijo el troll.
—Oh, sí, muchas gracias, Conde de Tritus —dijo Nobby muy secamente—. Oh, sí,
muy en la clandestinidad, ¡eso es! ¿Por qué no agitas tu cachiporra por todos lados donde
38 Una forma afrancesad de Greebo. (Nota del traductor)
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todos puedan verla?
—Bien, zi pienzaz que ayudaría…
—¡Quítala!
Las cejas del Conde de Tritus se cruzaron por el esfuerzo de pensar.
—Ezo fue ironía, entonzez, ¿zí? ¿A un ofizial zuperior?
—No puede ser un oficial superior, ¿entiendes?, porque no somos Vigilantes. Mira, el
comandante Vimes lo explicó tres veces…
Tata Ogg se alejó diplomáticamente. Era bastante malo observar cómo ellos perdían la
cobertura sin lamerla.
Esto era un nuevo mundo, muy bien. Ella estaba acostumbrada a una vida donde los
hombres llevaban ropa brillante y las mujeres vestían de negro. Eso hacía mucho más fácil
decidir qué ponerse por la mañana. Pero dentro del Teatro de la Ópera las reglas de vestir
estaban todas al revés, igual que las leyes del sentido común. Aquí las mujeres se vestían
como pavos reales escarchados y los hombres parecían pingüinos.
Así que… aquí había policías. Tata Ogg era básicamente una persona respetuosa de la
ley cuando no tenía razón para violarla, y por lo tanto tenía esa clase de actitud ante los
oficiales encargados de la ejecución de la ley, que era de desconfianza honda y
permanente.
Ellos tenían su enfoque sobre el robo, por ejemplo. Tata tenía la visión brujeril del
robo, que era mucho más complicada que la actitud adoptada por la ley y, cuando se
llegaba a eso, la gente que tenía una propiedad digna de ser robada. Tendían a empuñar la
enorme hacha desafilada de la ley en circunstancias que requerían el delicado escalpelo del
sentido común.
No, pensó Tata. No se necesitaban policías con grandes botas aquí en una noche como
ésta. Sería buena idea poner una chinche bajo los pies lentos y pesados de la Justicia.
Se escondió detrás de una estatua dorada y rebuscó en los huecos de su ropa mientras
las personas cercanas miraban perplejas a su alrededor buscando el irregular twanging de
un elástico. Estaba segura de tener uno en algún sitio… lo había empacado en caso de las
emergencias…
Se escuchó el tintineo de una pequeña botella. Ah, sí.
Un momento después, Tata Ogg apareció decorosamente con dos pequeños vasos
sobre su bandeja, y fue hacia los Vigilantes resueltamente.
—¿Un trago de frutas, oficiales? —dijo—. Oh, tonta de mí, qué estoy diciendo, yo no
quise decir oficiales. ¿Un trago de frutas casero?
Detritus olfateó con desconfianza, limpiando sus senos inmediatamente.
—¿Qué tiene adentro? —dijo.
—Manzanas —dijo Tata Ogg inmediatamente—. Bueno… principalmente manzanas.
Bajo su mano, unas gotas derramadas terminaron de comer su camino a través del
metal de la bandeja y cayeron sobre la alfombra, donde humearon.
El auditorio zumbaba con el sonido de los aficionados a la ópera instalándose y de la
Sra. Legal tratando de encontrar sus zapatos.
—No debiste habértelos quitado realmente, mamá.
—Mis pies me están doliendo.
—¿Trajiste tu tejido?
—Creo que debo haberlo dejado en el Damas.
—Oh, mamá.
Henry Legal puso un marcador en su libro y levantó los ojos llorosos hacia el cielo, y
parpadeó. Justo por encima de él —un largo camino por encima de él— había un círculo
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brillante de luz.
Su madre siguió su mirada.
—¿Qué es eso, entonces?
—Creo que es una araña de luces, mamá.
—Es una muy grande. ¿Qué la está sujetando?
—Estoy seguro de que tienen sogas especiales y esas cosas, mamá.
—Se ve un poco peligrosa, a mi parecer.
—Estoy seguro de que es completamente segura, mamá.
—¿Qué sabes tú sobre arañas de luces?
—Estoy seguro de que las personas no entrarían en el Teatro de la Ópera si hubiera
alguna posibilidad de que una araña de luces cayera sobre sus cabezas, mamá —dijo
Henry, tratando de leer su libro.
Il Truccatore, El Maestro Del Disfraz. Il Truccatore (tenor), un misterioso noble,
provoca escándalo en la ciudad cuando corteja damas de alta alcurnia disfrazado como sus
maridos. Sin embargo, Laura (soprano), la nueva novia de Capriccio (barítono), se niega
rendirse a sus lisonjas…
Henry puso un marcador en el libro, tomó un libro más pequeño de su bolsillo, y buscó
cuidadosamente ‘lisonjas’. Se estaba moviendo en un mundo del que no estaba muy
seguro; la vergüenza le esperaba a cada paso, y no iba a ser atrapado por una palabra.
Henry vivía su vida en el temor constante de Ser Interrogado Después.
… y con la ayuda de su criado Wingie (tenor) adopta un subterfugio…
El diccionario salió otra vez por un momento.
… Culminación…
Y otra vez.
… en la escena del famoso Baile de Máscaras en el Palacio del Duque. Pero Il
Truccatore no se las ha visto con su viejo adversario el Conde de…
—’Adversario’… —Henry suspiró, y buscó en su bolsillo.
Telón arriba en cinco minutos…
Salzella revisó sus tropas. Consistían de escenógrafos y pintores y todos aquellos otros
empleados de repuesto para la noche. Al final de la línea, aproximadamente el cincuenta
por ciento de Walter Plinge había logrado prestar atención.
—Ahora, todos ustedes conocen sus posiciones —dijo Salzella—. Y si ven algo, algo
en absoluto, me lo hacen saber inmediatamente. ¿Lo comprenden?
—¡Sr. Salzella!
—¿Sí, Walter?
—¡No debemos interrumpir la ópera Sr. Salzella!
Salzella sacudió la cabeza.
—Las personas comprenderán, estoy seguro…
—¡La función debe continuar Sr. Salzella!
—¡Walter, usted hará lo que le he dicho!
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Alguien levantó una mano.
—Él tiene razón, sin embargo, Sr. Salzella…
Salzella blanqueó los ojos.
—Sólo atrapen al Fantasma —dijo—. Si podemos hacerlo sin muchos gritos, eso es
mejor. Por supuesto no quiero parar la función. —Vio que se relajaban.
El sonido de una acorde profunda rodó sobre el escenario.
—¿Qué diablos fue eso?
Salzella caminó a las zancadas hacia detrás del escenario y se encontró con André, que
se veía excitado.
—¿Qué está ocurriendo?
—¡Lo reparamos, Sr. Salzella! Sólo que… bueno, no quiere dejar el asiento…
El Bibliotecario inclinó la cabeza hacia el director musical. Salzella conocía al
orangután, y entre las cosas que sabía era que, si el Bibliotecario quería sentarse en algún
lugar, entonces allí era donde se sentaba. Pero era un organista de primera clase, Salzella
tenía que admitir. Sus recitales a la hora del almuerzo en el Gran Salón de la Universidad
Invisible eran sumamente populares, especialmente debido a que el órgano de la
Universidad tenía cada efecto sonoro que el genio invertido de Puñetero Estúpido Johnson
fue capaz de lograr. Nadie hubiera creído, antes de que un par de manos simiescas
trabajara en el proyecto, que algo como el romántico Prelude en G de Doinov podía ser recompuesto
para Almohadón Chillón y Conejos Aplastados.
—Están las oberturas —dijo André—, y la escena del salón de baile…
—Por lo menos consígale una corbata de moño —dijo Salzella.
—Nadie puede verlo, Sr. Salzella, y no tiene nada de cuello realmente…
—Sí tenemos reglas, André.
—Sí, Sr. Salzella.
—Ya que usted parece haber sido relevado del empleo esta noche, entonces quizás
podría ayudarnos a aprehender al Fantasma.
—Indudablemente, Sr. Salzella.
—Dele una corbata, entonces, y venga conmigo.
Un poco más tarde, dejado a sí mismo, el Bibliotecario abrió su copia de la música y la
puso cuidadosamente en su lugar.
Extendió la mano bajo el asiento y levantó una gran bolsa de papel marrón llena de
maní. No estaba completamente seguro de por qué André, habiéndole dicho que tocara el
órgano esta noche, le había dicho al otro hombre que era porque él, el Bibliotecario, no se
movería. A decir verdad, tenía una interesante tarea de catálogo por hacer y la había estado
esperando con ansia. En cambio, parecía que estaría aquí toda la noche, aunque una libra
de maní descascarado era una paga atractiva en los estándares de cualquier simio. La
mente humana era un misterio profundo y constante y el Bibliotecario se alegraba de ya no
tener una.
Inspeccionó la corbata de moño. Como André había previsto, presentaba ciertos
problemas para alguien que había estado detrás de la puerta cuando los cuellos se repartían.
Yaya Ceravieja se detuvo delante del Palco Ocho y miró a su alrededor. La Sra. Plinge
no estaba visible. Abrió la puerta con lo que era probablemente la llave más costosa en el
mundo entero.
—Y tú compórtate —dijo.
—Ssíss, Ya-ya —gimió Greebo.
—Nada de ir al baño en los rincones.
—No, Ya-ya.
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Yaya miró a su acompañante. Incluso con corbata de moño, incluso con finos bigotes
encerados, todavía era un gato. Sólo que no puedes confiar en que ellos hagan algo excepto
aparecer a la hora de las comidas.
El interior del Palco era lujoso terciopelo rojo, resaltado con decoración dorada. Era
como una pequeña y suave habitación privada.
Había un par de pilares gordos de cada lado, soportando el peso del balcón de arriba.
Miró por sobre el borde y notó la distancia a la Platea abajo. Por supuesto, alguien podía
entrar trepando probablemente desde uno de los Palcos adyacentes, pero eso sería a plena
vista del público y causaría algunos comentarios. Echó una ojeada bajo los asientos. Se
paró sobre una silla y tanteó alrededor del techo, que tenía estrellas doradas. Inspeccionó la
alfombra minuciosamente.
Sonrió ante lo que vio. Había estado preparada para apostar que sabía cómo entraba el
Fantasma, y ahora estaba segura.
Greebo se escupió la mano y trató en vano de cepillarse el pelo.
—Tú te sientas quieto y comes tus huevos de pescado —dijo Yaya.
—Ssíss, Ya-ya.
—Y mira la ópera, es buena para ti.
—Ssíss, Ya-ya.
—¡Buenas noches, Sra. Plinge! —dijo Tata alegremente—. ¿No es esto excitante? El
zumbido del público, el aire de expectativa, los tipos en la orquesta buscando algún sitio
donde esconder las botellas y tratando de recordar cómo tocar… toda la euforia y drama de
la experiencia operística esperando desenvolverse…
—Oh, hola, Sra. Ogg —dijo la Sra. Plinge. Estaba limpiando vasos en su diminuto bar.
—Por cierto muy lleno —dijo Tata. Miró a la anciana39 de soslayo—. Todos los
asientos vendidos, escuché.
Eso no logró la reacción esperada.
—¿Le doy una mano limpiando el Palco Ocho? —continuó.
—Oh, lo limpié la semana pasada —dijo la Sra. Plinge. Sostuvo un vaso contra la luz.
—Sí, pero escuché que su señoría es muy especial —dijo Tata—. Muy delicada sobre
las cosas.
—¿Qué señoría?
—El Sr. Balde ha vendido el Palco Ocho, pues —dijo Tata.
Escuchó un pálido tintineo de vidrio. Ah.
La Sra. Plinge apareció en la entrada de su rincón.
—¡Pero él no puede hacer eso!
—Es su Teatro de la Ópera —dijo Tata, observando a la Sra. Plinge cuidadosamente—
. Supongo que cree que puede.
—¡Es el Palco del Fantasma!
Los aficionados a la ópera estaban apareciendo a lo largo del corredor.
—No creería que le moleste sólo por una noche —dijo Tata Ogg—. La función debe
continuar, ¿no? ¿Se siente bien, Sra. Plinge?
—Pienso que es mejor que me vaya y… —empezó, retrocediendo.
39 Era fundamental en el alma de Tata Ogg que ella nunca se consideraba a sí misma como una anciana,
mientras se aprovechaba de cualquier ventaja que la percepción que otras personas tenían de ella. (Nota
del autor)
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—No, siéntese y descanse —dijo Tata, haciéndola regresar suavemente pero con
fuerza irresistible.
—Pero debería irme y…
—¿Y qué, Sra. Plinge? —dijo Tata.
La anciana se puso pálida. Yaya Ceravieja podía ser cruel, pero luego la crueldad
estaba siempre en la ventana: estabas consciente de que podría aparecer en el menú. La
brusquedad de Tata Ogg, sin embargo, era como ser mordido por un gran perro amigable.
Era mucho peor por ser inesperada.
—Me atrevería a decir que usted quería irse y tener una palabra con alguien, ¿verdad,
Sra. Plinge? —dijo Tata suavemente—. ¿Alguien que podría estar un poco sorprendido de
encontrar su Palco ocupado, quizás? Supongo que yo podría ponerle nombre a ese alguien,
Sra. Plinge. Ahora, si…
La mano de la anciana se levantó sosteniendo una botella de champaña y luego
descendió duramente en un esfuerzo de lanzar el SS Gytha Ogg a los mares de la
inconsciencia. La botella rebotó.
Entonces la Sra. Plinge saltó sobre ella y se escabulló, con sus pequeñas y brillantes
botas negras centelleando.
Tata Ogg golpeó el marco de la puerta y se balanceó un poco mientras los fuegos
artificiales azules y morados estallaban detrás de sus ojos. Pero había enanos entre los
ancestros Ogg, y eso significaba un cráneo con el que usted podía irse a trabajar en una
mina.
Miró vagamente la botella.
—Año de la Cabra Ofendida —masculló—. Es un buen año.
Entonces la conciencia ganó la delantera.
Sonrió abiertamente mientras galopaba detrás de la figura en fuga. En el lugar de la
Sra. Plinge, ella habría hecho exactamente lo mismo, excepto que mucho más duro.
Agnes esperaba con los otros a que el telón se levantase. Era una entre la multitud de
más de cincuenta personas de la ciudad que escucharían cantar a Enrico Basilica su éxito
como un maestro del disfraz, siendo una parte esencial del proceso entero que, mientras el
coro escucharía las exposiciones de la trama, e incluso cantarían, sufrieran un momentáneo
lapsus de memoria después, de modo que el quitarse la máscara más tarde llegara como
una sorpresa.
Por alguna razón, sin haberse dicho una sola palabra, tantas personas como era posible
parecían haber adquirido sombreros de ala ancha. Aquellos que no lo habían hecho,
aprovechaban cada oportunidad para echar un vistazo hacia arriba.
Más allá del telón, Herr Alborrotadorr comenzó la obertura.
Enrico, que había estado masticando una pierna de pollo, puso cuidadosamente el
hueso sobre un plato e hizo un gesto con la cabeza. El tramoyista que esperaba salió
corriendo.
La ópera había comenzado.
La Sra. Plinge llegó al pie de la gran escalera y se sujetó del barandal, sin aliento.
La ópera había empezado. No había nadie por allí. Y ningún sonido de persecución,
tampoco.
Se enderezó, y trató de recuperar la respiración.
—¡Ehh ohh, Sra. Plinge!
Tata Ogg, agitando la botella de champaña como un garrote, estaba viajando a
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velocidad cuando llegó a la primera curva del barandal, pero se inclinó como un
profesional y mantuvo el equilibrio mientras entraba en la recta, y luego se inclinó otra vez
para la siguiente curva…
… la cual llevaba solamente a la estatua dorada de abajo. Es el destino de todos
barandales dignos de deslizamientos que haya algo desagradable esperando en el extremo
opuesto. Pero la respuesta de Tata Ogg fue excelente. Balanceó una pierna por encima
mientras se lanzaba hacia abajo y se salió; sus botas claveteadas dejaron surcos en el
mármol mientras giraba hasta detenerse enfrente de la anciana.
La Sra. Plinge fue levantada de sus pies y llevada hasta la sombra de otra estatua.
—Usted no quiere ponerme a prueba y correr más que yo, Sra. Plinge —susurró Tata,
mientras apretaba una mano firmemente sobre la boca de la Sra. Plinge—. Usted sólo
quiere esperar aquí tranquilamente conmigo. Y no vaya a pensar que soy buena. Soy buena
solamente comparada con Esme, pero también lo es prácticamente cualquiera…
—¡Mmf!
Con una mano firme alrededor del brazo de la Sra. Plinge y otra sobre su boca, Tata
miró con atención la estatua. Podía escuchar el canto, a lo lejos.
Nada más ocurrió. Después de un rato, empezó a preocuparse. Quizás él había tenido
miedo. Quizás la Sra. Plinge le había dejado alguna clase de señal. Quizás él había
decidido que el mundo era demasiado peligroso para los Fantasmas, aunque Tata dudaba
que alguna vez pudiera decidir eso…
En este punto el primer acto estaría terminado antes…
Una puerta se abrió en algún lugar. Una figura larguirucha con traje negro y una boina
ridícula cruzó el foyer y subió la escalera. Arriba, le vieron girar en dirección a los Palcos
y desaparecer.
—Mire —dijo Tata, tratando de quitarse la rigidez de los miembros—, la cuestión
sobre Esme es, ella es estúpida…
—¿Mmf?
—… así que ella piensa que la manera más obvia, ¿sabe?, para el Fantasma es entrar y
salir del Palco por la puerta. Si no puedes encontrar paneles secretos, considera, es porque
no los hay. Un panel secreto que no está ahí es de la mejor clase que hay; la razón es que
ningún cabrón puede encontrarlo. En eso es donde toda su gente piensa demasiado
operísticamente, ¿lo ve? Están todos encerrados en este lugar, escuchando todas esas
tramas tontas que no tienen sentido, y supongo que le hace algo a sus mentes. La gente no
puede encontrar una puerta secreta así que dicen, oh, cielos, qué secreta debe ser esa
puerta. Mientras que una persona normal, por ejemplo, yo y Esme, diríamos: tal vez no hay
ninguna, entonces. Y la mejor manera para el Fantasma de andar por el sitio sin ser visto es
ser visto y no ser notado. Especialmente si él tiene llaves. Las personas no notan a Walter.
Ellos miran para otro lado.
Suavemente aflojó las manos.
—Ahora, no la culpo, Sra. Plinge, porque haría lo mismo por uno de los míos, pero
usted habría hecho mejor si confiaba en Esme desde el principio. Ella la ayudará si puede.
Tata dejó ir a la Sra. Plinge, pero mantuvo una mano sobre la botella de champaña, por
las dudas.
—¿Qué pasa si ella no puede? —dijo la Sra. Plinge amargamente.
—¿Usted piensa que Walter cometió esos homicidios?
—¡Es un buen muchacho!
—Estoy segura de que eso es lo mismo que un ‘no’, ¿verdad?
—¡Lo pondrán en la prisión!
—Si él cometió los homicidios, Esme no permitirá que eso suceda —dijo Tata.
Algo llegó hasta la mente no muy despierta de la Sra. Plinge.
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—¿Qué quiere decir, ella no permitirá que suceda? —dijo.
—Quiero decir —dijo Tata—, que si usted se lanza sobre la piedad de Esme, es
condenadamente seguro que se merece rebotar.
—¡Oh, Sra. Ogg!
—Ahora, usted no se preocupe por nada —dijo Tata, quizás un poco tarde bajo las
circunstancias. Se le ocurrió que el futuro inmediato podría ser un poco más fácil para
todos si la Sra. Plinge conseguía algún descanso bien merecido. Rebuscó en su ropa y
extrajo una botella, medio llena de un turbio líquido anaranjado—. Sólo le daré un sorbo
de algo para calmar sus nervios…
—¿Qué es?
—Es una especie de tónico —dijo Tata. Sacó el corcho con el pulgar; en el techo sobre
ella, la pintura se arrugó—. Está hecho de manzanas. Bueno… principalmente manzanas…
Walter Plinge se detuvo fuera del Palco Ocho y miró a su alrededor.
Entonces se quitó la boina y extrajo la máscara. La boina fue a su bolsillo.
Se enderezó, y parecía como si Walter Plinge con la máscara puesta fuera varias
pulgadas más alto.
Tomó una llave de su bolsillo y abrió la puerta, y la figura que entró en el Palco no se
movía como Walter Plinge. Se movía como si cada nervio y músculo estuvieran bajo pleno
control atlético.
Los sonidos de la ópera llenaban el Palco. Las paredes habían sido revestidas con
terciopelo rojo y tenían cortinas. Las sillas eran altas y bien tapizadas.
El fantasma se deslizó en una de ellas y se tranquilizó.
Una figura se inclinó hacia adelante desde la otra silla y dijo:
—¡Usted no puerrde comerrse miss huevoss de pesshcado!
El Fantasma saltó. La puerta hizo clic detrás de él.
Yaya salió de las cortinas.
—Bien, bien, nos encontramos otra vez —dijo.
Él retrocedió hacia el borde del Palco.
—No creo que usted vaya a saltar —dijo Yaya—. Es un largo camino hacia abajo. —
Enfocó su mejor mirada fija sobre la máscara blanca—. Y ahora, Señor Fantasma…
Él saltó hacia atrás hasta el borde del Palco, saludó a Yaya de manera extravagante, y
trepó.
Yaya parpadeó.
Hasta ahora, la Mirada Fija siempre había funcionado…
—La maldita oscuridad —farfulló—. ¡Greebo!
El tazón del caviar voló de sus dedos nerviosos y provocó una experiencia Fort40 en
algún sitio de la Platea.
—¡Ssíss, Ya-ya!
—¡Atrápalo! ¡Y podría haber en esto un arenque ahumado para ti!
Greebo gruñó con felicidad. Esto era más como él. La ópera había empezado a
hacérsele pesada cuando se dio cuenta de que nadie iba a verter un balde de agua fría sobre
los cantantes. Él entendía sobre perseguir cosas.
Además, le gustaba jugar con sus amigos.
40 Se refiere a Charles Fort, y su Libro de los Condenados, donde se describen sucesos anormales como
lluvia de sapos, generalmente publicados en periódicos provinciales. (Nota del traductor)
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Agnes vio el movimiento con el rabillo del ojo. Una figura había saltado afuera de uno
de los Palcos y estaba trepando el balcón. Entonces otra figura trepó detrás, sujetándose de
los querubines dorados.
Los cantantes perdieron media nota. Nadie confundía a la primera figura. Era el
Fantasma.
El Bibliotecario se dio cuenta de que la orquesta había dejado de tocar. En algún lugar
del otro lado del telón de fondo los cantantes también se habían detenido. Se escuchaba un
zumbido de conversación excitada y uno o dos gritos.
El pelo de todo su cuerpo empezó a erizarse. Los sentidos diseñados para proteger su
especie en las profundidades de la selva tropical se habían ajustado muy bien a las
condiciones de una gran ciudad, que simplemente era más seca y tenía más carnívoros.
Recogió la corbata de moño descartada y deliberadamente se la ató alrededor de la
frente de manera que parecía un kamikaze guerrero muy formal. Entonces desechó la
música de la ópera y se quedó mirando sin ver por un momento. Sabía instintivamente que
algunas situaciones requerían acompañamiento musical.
Este órgano carecía del lo que él consideraba la más básica de las instalaciones, como
el pedal de Trueno, un tubo de sismo de 128-pies y un teclado completo de ruidos
animales, pero estaba seguro de que podía hacer algo excitante en el registro bajo.
Estiró los brazos e hizo sonar sus nudillos. Esto tomó un poco de tiempo.
Y entonces empezó a tocar.
El Fantasma bailó a lo largo del borde del balcón, esparciendo sombreros y gemelos de
teatro. El público observaba asombrado, y luego empezó a aplaudir. No podían ver cómo
encajaba en la trama de la ópera… pero esto era una ópera, después de todo.
Llegó al centro del balcón, trotó un poco por la nave lateral, y luego se volvió y corrió
otra vez a velocidad. Llegó al borde, saltó, saltó otra vez, voló alto hacia el auditorio…
… y llegó hasta la araña de luces, que tintineó y empezó a balancearse suavemente.
El público se puso de pie y aplaudió mientras él trepaba a través de los niveles
disonantes hacia el cable central.
Entonces otra forma trepó sobre el borde del balcón y dio unas zancadas en su
persecución. Era una figura más rechoncha que el primer hombre, tuerto, ancho de
hombros y afinado en la cintura; parecía malvado de una manera interesante, como un
pirata que realmente comprendía las palabras ‘Alegre Roger’. Ni siquiera tomó carrera
pero, cuando llegó a la parte más cercana a la araña de luces, sólo se lanzó al vacío.
Estaba claro que no iba a lograrlo.
Y entonces no fue muy claro cómo lo hizo.
Los que miraban a través de gemelos de teatro juraron más tarde que el hombre sacó
un brazo que pareció simplemente rozar la araña de luces y con todo fue de algún modo
capaz de hacer girar su cuerpo entero en el aire.
Un par de personas juró incluso más fuerte que, justo mientras el hombre extendía la
mano, sus uñas parecieron crecer varias pulgadas.
La inmensa montaña de vidrio osciló pesadamente sobre su soga y, cuando llegó al
final del arco, Greebo se balanceó más lejos, como un artista del trapecio. Se escuchó un
apreciativo ‘ohohoh’ del público.
Se retorció otra vez. La araña de luces vaciló por un momento en el extremo de su
arco, y entonces volvió a bajar. Mientras sonaba de modo discordante y crujía sobre la
Platea, la figura colgante se balanceó hacia arriba, se dejó caer e hizo una voltereta hacia
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atrás que lo dejó en medio de los cristales. Velas y prismas fueron esparcidos sobre los
asientos de abajo.
Y entonces, con el público aplaudiendo y aclamando, trepó la soga detrás del huidizo
Fantasma.
Henry Legal trató de mover el brazo, pero un cristal caído había clavado la manga de
su chaqueta al brazo de la butaca.
Era un dilema. Estaba bastante seguro de que se suponía que no era esto lo que debía
ocurrir, pero no estaba seguro.
A su alrededor podía escuchar que las personas siseaban preguntas.
—¿Era parte de la trama?
—Estoy seguro de que debe haber sido.
—Oh, sí. Sí. Indudablemente lo era —dijo alguien más allá en la fila,
autoritariamente—. Sí. Sí. La famosa escena de la persecución. Efectivamente. Oh, sí. Lo
hicieron en Quirm, ya lo sabe.
—Oh… sí. Sí, por supuesto. Estoy seguro de haberme enterado…
—Pienso que fue condenadamente bueno —dijo la Sra. Legal.
—¡Mamá!
—Iba siendo hora de que algo interesante ocurriera. Debías haberme dicho. Me habría
puesto las gafas.
Tata Ogg subió la escalera de servicio hacia el desván de las moscas.
—¡Algo ha salido mal! —murmuraba por lo bajo mientras subía dos escalones a la
vez—. Se supone que ella sólo tiene que mirarlos fijamente y son caramelo en sus manos,
y luego ¿quién tiene que resolverlo después, eh? Vamos, adivina…
La antigua puerta de madera en el tope de la escalera dejó paso a la bota de Tata Ogg
con el momentum Tata Ogg detrás de ella, y se partió abriéndose a un espacio grande y
oscuro. Estaba lleno de figuras que corrían. Las piernas parpadeaban a la luz de las
linternas. La gente estaba gritando.
Una figura corrió derecho hacia ella.
Tata se puso en cuclillas, ambos pulgares sobre el corcho de las botellas de champaña
severamente agitadas que tenía bajo el brazo.
—Ésta es una mágnum —dijo—, ¡y no temo beberla!
La figura se detuvo.
—Oh, es usted, Sra. Ogg…
La infalible memoria de Tata para los detalles personales sacó una carta.
—Peter, ¿no? —dijo, relajándose—. ¿El de los pies malos?
—Correcto, Sra. Ogg.
—El polvo que le di está funcionando, ¿verdad?
—Están mucho mejor ahora, Sra. Ogg…
—Entonces, ¿qué ha estado ocurriendo?
—¡El Sr. Salzella atrapó al Fantasma!
—¿De veras?
Ahora que los ojos de Tata habían logrado discernir algún orden en el caos, pudo ver
un grupo de personas en medio del piso, alrededor de la araña de luces.
Salzella estaba sentando sobre el entablado. Su cuello estaba roto y una manga había
sido arrancada de su chaqueta, pero tenía una expresión triunfante en los ojos.
Agitó algo en el aire.
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Era blanco. Parecía un trozo de cráneo.
—¡Era Plinge! —dijo—. ¡Les digo que era Walter Plinge! ¿Por qué están todos ustedes
parados? ¡Vayan tras él!
—¿Walter? —dijo uno de los hombres, dudoso.
—¡Sí, Walter!
Otro hombre llegó apurado, agitando su linterna.
—¡Vi al Fantasma dirigiéndose al techo! ¡Y había un enorme bastardo tuerto corriendo
tras él como un gato escaldado!
Eso está mal, pensó Tata. Algo aquí está mal.
—¡Al techo! —gritó Salzella.
—¿No sería mejor conseguir las antorchas encendidas primero?
—¡Las antorchas encendidas no son obligatorias!
—¿Horcas y guadañas?
—¡Eso es solamente para vampiros!
—¿Y qué tal sólo una antorcha?
—¡Levántense de allí ahora! ¿Comprenden?
El telón se cerró. Se escuchó un balbuceo de aplauso que apenas fue audible por
encima del parloteo del público.
Los del coro se volvían unos a otros.
—¿Se supone que ocurría eso?
Cayó polvo como lluvia. Los tramoyistas estaban corriendo a través de los pórticos
más arriba. Los gritos resonaban entre las sogas y los telones de fondo polvorientos. Un
tramoyista cruzó corriendo el escenario, sosteniendo una antorcha encendida.
—Oye, ¿qué está ocurriendo? —dijo un tenor.
—¡Han atrapado al Fantasma! ¡Va hacia el techo! ¡Es Walter Plinge!
—¿Qué, Walter?
—¿Nuestro Walter Plinge?
—¡Sí!
El tramoyista corría en una estela de chispas, dejando que la levadura del rumor
fermentara en la masa lista que era el coro.
—¿Walter? ¡Seguramente no!
—Bueeeno… Es un poco raro, ¿no?
—Pero si apenas esta mañana me dijo, ‘¡Es un día bonito Sr. Sidney!’ Exactamente
así. Normal como siempre. Bueno… normal para Walter…
—En realidad, siempre me ha preocupado la manera en que sus ojos se mueven como
si no se hablaran el uno al otro…
—¡Y siempre está por el lugar!
—Sí, pero es el hombre de trabajillos…
—¡No hay discusión sobre eso!
—No es Walter —dijo Agnes.
Ellos la miraron.
—Es al que están persiguiendo, querida.
—No sé a quién están persiguiendo, pero Walter no es el Fantasma. ¡Cualquiera cree
que Walter es el Fantasma! —dijo Agnes, con calor—. ¡Él no lastimaría a una mosca! De
todos modos, he visto…
—Siempre me ha parecido un poco zalamero, sin embargo.
—Y dicen que baja a los sótanos un montón. Para qué, me pregunto a mí mismo.
Enfrentémoslo. Lo justo es justo. Está loco.
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—¡No actúa como loco! —dijo Agnes.
—Bien, siempre se ve como si estuviera a punto de hacerlo, debe admitirlo. Me voy a
ver qué está pasando. ¿Alguien viene?
Agnes se rindió. Era horrible aprender, pero hay momentos en que la evidencia se
pisotea y la cacería comienza.
Una escotilla se abrió. El Fantasma trepó, miró hacia abajo, y la cerró de un golpe. Se
escuchó un aullido desde abajo.
Entonces bailó a través del plomo y llegó al parapeto incrustado de gárgolas, negro y
plata a la luz de la luna. El viento sacudió su capa mientras corría a lo largo del mismo
borde del techo y se dejaba caer abajo otra vez, cerca de otra puerta.
Y de repente, una gárgola ya no fue una gárgola, sino una figura que cayó de
improviso y se quitó la máscara.
Fue como cortar cordeles.
—Buenas noches, Walter —dijo Yaya, mientras caía de rodillas.
—¡Hola Señorita Ceravieja!
—Señora —lo corrigió Yaya—. Ahora, póngase de pie. —Se escuchó un gruñido más
lejos a lo largo del techo, y luego un ruido sordo. Trozos de trampilla se levantaron por un
momento contra la luz de la luna.
—Se está bien aquí arriba, ¿verdad? —dijo Yaya—. Hay aire fresco y estrellas. Pensé:
¿arriba o abajo? Pero abajo hay solamente ratas.
En otro movimiento rápido agarró la barbilla de Walter y la inclinó, mientras Greebo
trepaba al techo con una pesadilla prolongada en su corazón.
—¿Cómo trabaja su mente, Walter Plinge? Si su casa estuviera quemándose, ¿cuál
sería la primera cosa trataría de salvar?
Greebo caminó a lo largo del tejado, gruñendo. Le gustaban los tejados en general, y
algunos de sus recuerdos más cariñosos los involucraban, pero una trampilla acababa de
ser cerrada contra cabeza y estaba buscando algo que pudiera destripar.
Entonces reconoció la forma de Walter Plinge como alguien que le había dado comida.
Y, junto a él, la forma mucho más desagradable de Yaya Ceravieja, que una vez le había
atrapado cavando en su jardín y lo había pateado en los pepinos.
Walter dijo algo. Greebo no le prestó mucha atención.
Yaya Ceravieja dijo:
—Bien hecho. Una buena respuesta. ¡Greebo!
Greebo empujó a Walter pesadamente en la espalda.
—¡Quierrro m-mi leee-che ahorra misssmo! ¡Purrr, purrr!
Yaya tendió la máscara hacia el gato. En la distancia la gente corría escalera arriba y
gritaba.
—¡Tú ponte esto! Y usted se mantiene muy pero muy abajo, Walter Plinge. Un
hombre con máscara se parece mucho a cualquier otro, después de todo. Y cuando te
persigan, Greebo… les haces sudar mucho. Hazlo bien y puede haber un…
—Ssíss, yarr lo séss —dijo Greebo con desaliento. Tomó la máscara. Estaba
resultando ser una larga y ajetreada noche por un arenque ahumado.
Alguien asomó la cabeza fuera de la destrozada trampilla. La luz se reflejó en la
máscara de Greebo… y había que decirlo, incluso Yaya, hacía un buen Fantasma. Por un
lado, su campo morfogénico estaba tratando de revertirse. Sus garras ya no podían ni
remotamente parecerse a uñas.
Escupió a los perseguidores mientras subían los peldaños hasta arriba, arqueó el lomo
dramáticamente sobre el mismo borde del techo, y saltó.
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Un piso más abajo extendió un brazo, se prendió de un alféizar, y aterrizó en la cabeza
de una gárgola, que dijo: ‘Oh, muzaz graz’z a uzt’ed’ con voz recriminatoria.
Los perseguidores miraron hacia abajo. Algunos de ellos habían conseguido antorchas
encendidas, porque a veces la convención es demasiado fuerte para ser rechazada a la
ligera.
Greebo gruñó con desafío y cayó otra vez, saltando de alféizar a caño de desagüe a
balcón, y haciendo una pausa de vez en cuando para otra pose dramática y otro gruñido a
los perseguidores.
—Es mejor salir tras él, Cabo Nobbs —dijo uno de ellos, que se tambaleaba por allí
atrás.
—Es mejor que salgamos tras él bajando la escalera cuidadosamente, quiere usted
decir. Porque algo que bebí no quiere quedarse bebido. Mucho menos corriendo, y estaré
cayéndome de cabeza, se lo estoy diciendo a usted.
Los otros miembros de la partida también parecían estar llegando a la conclusión de
que no había mucho futuro en perseguir a un hombre por la pared vertical de un edificio.
Como una turba giraron y, gritando y agitando sus antorchas en el aire, iniciaron camino
hacia la escalera.
La multitud que se iba reveló a Tata Ogg, sujetando una horca en una mano y una
antorcha en la otra y levantando ambas en el aire mientras murmuraba: Ruibarbo, ruibarbo.
Yaya se acercó y le palmeó el hombro.
—Se han ido, Gytha.
—Ruibar… Oh, hola, Esme —dijo Tata, bajando los implementos de justo castigo—.
Yo sólo estaba con ellos para ver que no se les fuera de las manos. ¿Era Greebo al que vi
justo ahora?
—Sí.
—Awww, Dios lo bendiga —dijo Tata—. Parecía un poco molesto, sin embargo.
Espero que no se cruce con nadie.
—¿Dónde está tu palo de escoba? —dijo Yaya.
—En el armario de los limpiadores, en bastidores.
—Entonces lo tomaré prestado y vigilaré las cosas —dijo Yaya.
—Hey, es mi gato, yo debería estar cuidándolo… —empezó Tata.
Yaya se hizo a un lado, revelando una forma acuclillada que se apretaba las rodillas.
—Tú cuida a Walter Plinge —dijo—. Es algo en lo que serás mejor que yo.
—¡Hola Sra. Ogg! —dijo Walter, triste.
Tata lo miró por un momento.
—¿Así que él es el…?
—Sí.
—¿Quieres decir que él realmente cometió los ase…?
—¿Qué crees tú? —dijo Yaya.
—Bien, si se trata de eso, creo que no —dijo Tata—. ¿Puedo decirte algo en la oreja,
Esme? Supongo que no debo decir esto enfrente del joven Walter.
Las brujas inclinaron las cabezas a un lado. Hubo una breve conversación susurrada.
—Todo es simple cuando sabes la respuesta —dijo Yaya—. Estaré de regreso pronto.
Salió deprisa. Tata escuchó sus zapatos tronar sobre la escalera.
Tata bajó la mirada hacia Walter otra vez, y sujetó su mano.
—Levántese, Walter.
—¡Sí Sra. Ogg!
—Supongo que es mejor encontrar algún sitio para que usted se mantenga oculto, ¿no?
—¡Conozco un lugar escondido Sra. Ogg!
—Sí, ¿eh?
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Walter cruzó el techo tambaleante hacia otra trampilla, y la señaló orgullosamente.
—¿Eso? —dijo Tata—. Eso no me parece muy escondido a mí, Walter.
Walter le lanzó una mirada perpleja, y luego sonrió de la manera en que un científico
podría sonreír después de haber resuelto una ecuación particularmente difícil.
—¡Está escondido donde todos pueden verlo Sra. Ogg!
Tata le devolvió una mirada cortante, pero no había nada más que una inocencia
ligeramente vidriosa en los ojos de Walter.
Él levantó la trampilla y señaló cortésmente hacia abajo.
—¡Usted baja por la escalera primero así no le veré sus calzones!
—Muy… amable de su parte —dijo Tata. Era la primera vez que alguien le había dicho
algo así.
El hombre esperó pacientemente hasta que hubo llegado al pie de la escalera, y luego
bajó laboriosamente detrás de ella.
—Ésta es sólo una escalera vieja, ¿no? —dijo Tata, probando la oscuridad con su
antorcha.
—¡Sí! ¡Va todo el camino abajo! ¡Excepto abajo donde va todo el camino arriba!
—¿Alguien más sabe de ella?
—¡El Fantasma, Sra. Ogg! —dijo Walter, bajando.
—Oh, sí —dijo Tata lentamente—. ¿Y dónde está el Fantasma ahora, Walter?
—¡Se escapó!
Sujetó la antorcha. Todavía no había nada que leer en la expresión de Walter.
—¿Qué hace el Fantasma aquí, Walter?
—¡Vela por la Ópera!
—Es muy amable de su parte, estoy segura.
Tata comenzó a bajar, y mientras las sombras bailaban a su alrededor escuchó a Walter
decir:
—¿Sabe usted? ¡Ella me hizo una pregunta muy tonta Sra. Ogg! ¡Era una pregunta
tonta que cualquier tonto sabe responder!
—Oh, sí —dijo Tata, observando las paredes—. Sobre casas que arden, supongo…
—¡Sí! ¡Qué sacaría de nuestra casa si estuviera ardiendo!
—Supongo que usted fue un buen muchacho y dijo que sacaría a su mamá —dijo Tata.
—¡No! ¡Mi mamá saldría sola!
Tata pasó las manos sobre la pared más cercana. Las puertas habían sido clavadas
cuando la escalera había sido abandonada. Alguien que caminara por aquí, arriba y abajo,
con un par de orejas agudas, podría escuchar un montón de cosas…
—¿Qué sacaría usted entonces, Walter? —dijo.
—¡El fuego!
Tata miró sin ver hacia la pared, y luego su cara lentamente mostró una abierta sonrisa.
—Usted es tonto, Walter Plinge —dijo.
—¡Tonto como una escoba Sra. Ogg! —dijo Walter alegremente.
Pero usted no está loco, pensó ella. Usted es tonto pero usted está cuerdo. Eso es lo
que Esme diría. Y hay cosas mucho peores.
Greebo paseó a lo largo de Broad Way. De repente, no se sintió muy bien. Los
músculos estaban temblando de una manera extraña. Un cosquilleo en la base de su espina
dorsal indicaba que su rabo quería crecer, y sus orejas definitivamente querían pararse a los
costados de su cabeza, lo que es siempre vergonzoso cuando ocurre en compañía.
En este caso la compañía estaba a unas cien yardas atrás y aparentemente concentrada
en mover sus orejas para estirarlas lejos de su posición actual, con vergüenza o no.
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Se estaba acercando también. Greebo tenía normalmente un famoso giro a velocidad,
pero no cuando sus rodillas estaban tratando de revertir la dirección a cada segundo.
Su plan normal cuando era perseguido era saltar sobre el tonel de agua detrás de la
cabaña de Tata Ogg y rasguñarle la nariz al perseguidor con sus garras cuando daba vuelta
la esquina. Ya que esto involucraba una carrera de quinientas millas, tenía que buscar una
alternativa.
Había un coche esperando afuera de una de las casas. Se acercó tambaleante, saltó
arriba, agarró las riendas y brevemente volvió su atención hacia el conductor.
—Bájessse.
Los dientes de Greebo brillaron a la luz de la luna. El cochero, con gran presencia de
ánimo y urgente ausencia de cuerpo, dio un salto hacia la noche.
Los caballos se encabritaron, y trataron de lanzarse al galope desde un principio
parado. Se puede engañar menos a los animales que a los seres humanos; ellos sabían que
lo que tenían detrás era un gato muy grande, y el hecho de que tuviera forma de hombre no
los hacía más felices.
El coche arrancó pesadamente. Greebo miró sobre su hombro tembloroso a la multitud
de antorchas y agitó una garra burlonamente. El efecto le complació tanto que trepó al
techo del bamboleante coche y la abucheó.
Es un atributo felino desafiar con escupitajos al enemigo desde un lugar a salvo. En las
actuales circunstancias hubiera sido mejor si los atributos del casi-felino incluían la
habilidad de conducir.
Una rueda chocó el parapeto del Puente de Latón y raspó el borde de hierro, sacando
chispas. El golpe sacó a Greebo de su sitio a mitad del gesto. Aterrizó sobre sus pies en la
mitad del camino, mientras los caballos aterrorizados continuaban con el coche
meciéndose peligrosamente de un lado al otro.
Los perseguidores se detuvieron.
—¿Qué está haciendo ahora?
—Sólo está parado allí.
—Allí hay sólo uno y aquí hay muchos de nosotros, ¿no? Podríamos reducirlo
fácilmente.
—Buena idea. A la cuenta de tres, todos correremos, ¿correcto? Uno… dos… tres… —
Pausa—. Usted no corrió.
—Bueno, tampoco usted.
—Sí, pero yo era el que decía ‘Uno, dos, tres’.
—¡Recuerde qué le hizo al Sr. Maza!
—Sí, bien, nunca me gustó el hombre tanto…
Greebo gruñó. Cosas cosquillosas le estaban pasando a su cuerpo. Echó la cabeza hacia
atrás y bramó.
—Mire, en el peor de los casos él sólo podría atrapar a uno o dos de nosotros.
—Oh, eso es bueno, ¿verdad?
—Mire, ¿por qué se está retorciendo de ese modo?
—Tal vez se lastimó al caer del coche…
—¡Atrapémoslo!
La muchedumbre lo rodeó. Greebo, luchando desenfrenadamente contra un fluctuante
campo morfogénico entre dos especies, golpeó al primer hombre en la cara con una mano y
clavó las uñas en la camisa de otro con algo más parecido a una garra gigante.
—Oh, shiiiooooo…
Veinte manos lo sujetaron. Y entonces, en el tumulto y la oscuridad, veinte manos
sujetaron sólo tela y vacío. Las botas vengadoras no pateaban nada más que aire. Los
garrotes que habían sido atinados a una cara que gruñía giraron en el vacío y volvieron
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para golpear a sus propietarios.
—… ¡Ooooaaawwwwl!
Completamente inadvertida en la refriega, una bola desinflada y con orejas de piel gris
salió disparada entre las piernas.
Las patadas y bofetadas se detuvieron solamente cuando se hizo evidente que toda la
turba se atacaba a sí misma. Y, debido a que el CI de una turba es el CI de su miembro más
estúpido dividido por la cantidad de revoltosos, nunca fue muy claro para nadie qué había
ocurrido. Obviamente ellos habían rodeado al Fantasma, e indudablemente no podía
haberse escapado. Todo lo que quedaba era una máscara y un poco de ropa rota. Así que la
turba razonó, debe haber terminado en el río. Y ya era hora, también.
Felices en la convicción de un trabajo bien hecho, pasaron al bar más cercano.
Esto dejó al Sargento Conde de Tritus y al Cabo Conde de Nobby Nobbs
tambaleándose en medio del puente y mirando los restos de tela.
—Al Comandante Vimez no le… no le… no le va a guztar esto —dijo Detritus—.
Uzted zabe que le guztan los prezoz vivoz.
—Sí, pero éste habría sido colgado de todos modos —dijo Nobby, que trataba de
mantenerse de pie y derecho—. De esta manera fue sólo un poco más… democrático. Un
gran ahorro en términos de soga, para no mencionar gastos en cerraduras y llaves.
Detritus se rascó la cabeza.
—¿No debería haber un poco de zangre? —arriesgó.
Nobby le lanzó una mirada irritada.
—No podría haberse escapado —dijo—. Así que no vaya a hacer preguntas como ésas.
—Pero, zi loz zerez humanoz zon golpeadoz muy duro, tienen fugaz por todo el lugar
—dijo Detritus.
Nobby suspiró. Ése era el calibre de personas que tenías en la Guardia estos días.
Tenían que hacer un misterio de las cosas. En días pasados, cuando sólo estaba la vieja
pandilla y una política no oficial de lazy fair41, ellos habrían dicho un sentido ‘Bien hecho,
muchachos’ a los Vigilantes y se acostarían temprano. Pero ahora que el viejo Vimes había
sido ascendido a Comandante parecía estar enrolando personas que hacían preguntas
constantemente. Incluso estaba afectando a Detritus, considerado por otros trolls ni
siquiera tan débil como una luciérnaga muerta.
Detritus se agachó y recogió un parche de ojo.
—¿Qué piensas, entonces? —dijo Nobby desdeñosamente—. ¿Crees que se convirtió
en murciélago y voló?
—¡Ja! No pienzo ezo porque ez… conzizt… ente con la polizía moderna —dijo
Detritus.
—Bien, yo creo —dijo Nobby—, que cuando has descartado lo imposible, lo que
queda, aunque improbable, no merece estar sin hacer nada en una noche fría
preguntándonos cuando podrías estar subiéndote a la derecha42 de un gran trago43. Vamos.
Quiero probar una pierna del elefante que me mordió.
41 Versión al estilo Nobby de laissez faire. Literalmente, feria perezosa. (Nota del traductor)
42 Subir a la derecha, corresponde a la mano del vehículo. O sea, la del conductor considerando el Reino
Unido. (Nota del traductor)
43 Dos referencias a Sherlock Holmes. Las citas originales son “Es una vieja máxima mía que cuando has
excluido lo imposible, lo que queda, aunque improbable, debe ser la verdad”, de La Aventura de la Corona
Beryl, y “[…] el curioso incidente del perro en la noche”, en Estrella de Plata. La segunda referencia también
recuerda, de una manera muy indirecta, a Los Crímenes de la Rue Morgue, de Edgar Allan Poe. (Nota del
traductor)
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—¿Ezo fue una ironía?
—Eso fue una metáfora.
Detritus, incómodo en lo que técnicamente era su mente, empujó los trozos de ropa.
Algo se frotó contra su pierna. Era un gato. Tenía orejas harapientas, un ojo bueno, y
una cara como un puño con piel.
—Hola, pequeño gato —dijo Detritus.
El gato se estiró y sonrió.
—Essstoyrrr perrdidorrr, po-lirrr…
Detritus parpadeó. No había nada semejante a gatos-troll, y Detritus nunca había visto
un gato antes de llegar a Ankh-Morpork y descubrir que eran muy, muy duros de comer. Y
nunca había escuchado que ellos hablaban. Por otro lado, era muy consciente de su
reputación como la persona más estúpida en la ciudad, y él no iba a llamar la atención
sobre un gato que hablaba si iba a resultar que todos excepto él sabían que hablaban todo el
tiempo.
En la zanja, a uno pies más allá, había algo blanco. Lo recogió cuidadosamente. Se
veía como la máscara que el Fantasma llevaba.
Esto era probablemente una Pista.
Hizo señas urgentemente.
—Hey, Nobby…
—Gracias. —Algo surgió a través de la oscuridad, arrebató la máscara de la mano del
troll, y voló hacia la noche.
El Cabo Nobbs se dio media vuelta.
—¿Sí? —dijo.
—Er… ¿qué tan grandez zon laz avez? ¿Normalmente?
—Oh, caray, no lo sé. Algunas son pequeñas, algunas son grandes. ¿A quién le
importa?
Detritus se chupó el dedo.
—Oh, no importa —dijo—. Zoy demaziado lizto para zer engañado por cozaz
perfectamente normalez.
Algo chapoteó bajo los pies.
—Está muy húmedo aquí, Walter —dijo Tata.
Y el aire era rancio y pesado y parecía estar apretando la luz de la antorcha. Había un
borde oscuro en la llama.
—¡No lejos ahora Sra. Ogg!
Las llaves tintinearon en la oscuridad, y algunas bisagras crujieron.
—¡Encontré esto Sra. Ogg! ¡Es la cueva secreta del Fantasma!
—Cueva secreta, ¿eh?
—¡Usted tiene que cerrar los ojos! ¡Usted tiene que cerrar los ojos! —dijo Walter
urgentemente.
Tata lo hizo, pero para su vergüenza mantuvo sujeta la antorcha, por las dudas. Dijo:
—¿Y está el Fantasma ahí, Walter?
—¡No!
Se escuchó el sonido de una caja de fósforos y un poco de esfuerzo, y entonces…
—¡Usted puede abrirlos ahora Sra. Ogg!
Tata lo hizo.
Color y luz se difuminaron y luego se enfocaron, primero en sus ojos y luego, al final,
en su cerebro.
—Oh, caray —murmuró—. Oh, caray, caray…
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Había velas, las planas y grandes usadas para iluminar el escenario, flotando en
tazones poco profundos. Daban una luz blanda, y se rizaba por la habitación como el alma
del agua.
Se reflejaba en el pico de un enorme cisne. Destellaba en el ojo de un inmenso dragón
colgante.
Tata Ogg giró lentamente. Su experiencia de la ópera no había sido larga pero las
brujas aprendían rápidamente, y allí estaba el yelmo alado que llevaba Hildabrun en El
Anillo del Nibelungingung44, y aquí estaba el palo rayado de El Barbero de Pseudopolis45, y
allí estaba el caballo de pantomima con la graciosa puerta secreta de El Flautín
Encantado46, y aquí…
… aquí estaba la ópera, toda en una pila. En cuanto el ojo lo había absorbido todo, tenía
tiempo de darse cuenta de la pintura pelada y el yeso podrido y el aire general de apacible
descomposición. Los decrépitos objetos de utilería y los trajes gastados habían sido
volcados aquí porque las personas no los querían en ningún otro lugar.
Pero alguien sí los quería aquí. Después de que el ojo había visto la ruina, entonces
había tiempo para que viera los pequeños parches de reparaciones recientes, las cuidadas
áreas de pintura fresca.
Había algo como un escritorio en un área diminuta de piso no ocupado por los objetos
de utilería. Y entonces Tata se dio cuenta de que tenía un teclado y un taburete, y había
pilas ordenadas de papel encima de él.
Walter la estaba observando con una sonrisa grande y orgullosa.
Tata se desplazó hacia la cosa.
—Es un armonio, ¿verdad? ¿Un órgano diminuto?
—¡Eso es correcto Sra. Ogg!
Tata recogió una de los fajos de papel. Sus labios se movieron mientras leía la
meticulosa letra inglesa.
—¿Una ópera sobre gatos? —dijo—. Nunca oír hablar de una ópera sobre gatos…
Pensó por un momento, y luego se añadió, ¿Pero por qué no? Es una condenadamente
buena idea. Las vidas de los gatos son exactamente como las óperas, cuando llegas a
pensarlo.
Hojeó las otras pilas.
—¿Cantando Bajo la Lluvia de Curry? ¿Morpork Side Story? ¿Les el Miserable?
¿Quién es Les? ¿Siete Enanos Para Otros Siete Enanos? ¿Qué son todos éstos, Walter?47
Se sentó sobre el taburete y presionó algunas de las teclas amarillas quebradas, que se
movieron con un audible crujido. Había un par de pedales grandes bajo el armonio. Se
pedaleaba y funcionaban los fuelles y esas teclas esponjosas producían algo que era para la
música de órgano lo que ‘put’ era a maldecir.
Así que aquí era donde Wal… donde el Fantasma se sentaba, pensó Tata, abajo del
escenario, entre los restos descartados de las viejas representaciones; bajo la inmensa
habitación sin ventanas donde, noche a noche, la música y las canciones y las emociones
descontroladas resonaban de un lado a otro y nunca escapaban o se apagaban
completamente. El Fantasma trabajaba aquí abajo, con una mente tan abierta como un
pozo, y se llenaba con la ópera. La ópera entraba por las orejas, y otra cosa salía de la
44 El Anillo del Nibelungos. (Nota del traductor)
45 El Barbero de Sevilla. (Nota del traductor)
46 La Flauta Encantada. (Nota del traductor)
47 Títulos de comedias musicales: Cantando Bajo La Lluvia, West Side Story, Los Miserables, Siete Hermanas
Para Siete Hermanos.
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mente.
Tata bombeó los pedales un par de veces. El aire siseó por las juntas deficientes. Probó
algunas notas. Eran aflautadas. Pero consideró que a veces una mentira vieja es verdad, y
que su tamaño realmente no importaba. Lo que realmente contaba era lo que hacías con
ella.
Walter la observaba expectante.
Ella tomó otro montón de papeles y miró la primera página. Pero Walter se inclinó y
trató de cogerla.
—¡Ésa no está terminada Sra. Ogg!
El Teatro de la Ópera todavía estaba alborotado. La mitad del público se había ido
afuera y la otra mitad andaba por allí en caso de que sucedieran nuevos eventos
interesantes. La orquesta estaba apiñada en el foso, preparando su solicitud para un
especial Subsidio Por Ser Molestado Por Un Fantasma. Cerraron el telón. Algunos del coro
se habían quedado sobre el escenario; otros habían salido deprisa para tomar parte en la
persecución. El aire tenía la emocionante sensación electrizante que adquiere cuando la
vida civilizada normal sufre un corto circuito temporal.
Agnes rebotaba desesperadamente de rumor en rumor. El Fantasma había sido
atrapado, y era Walter Plinge. El Fantasma había sido atrapado por Walter Plinge. El
Fantasma había sido atrapado por otra persona. El Fantasma había escapado. El Fantasma
estaba muerto.
Había discusiones estallando por todos lados.
—¡Todavía no puedo creer que fuera Walter! Quiero decir, por Dios… ¿Walter?
—¿Y qué hay de la función? ¡No podemos parar! ¡Nunca se para la función, ni
siquiera si alguien se muere!
—Oh, hemos parado cuando las personas murieron…
—¡Sí, pero solamente mientras sacaban el cuerpo fuera del escenario!
Agnes caminó hacia bambalinas, y caminó sobre algo.
—Lo siento —dijo automáticamente.
—Era solamente mi pie —dijo Yaya Ceravieja—. Así que… ¿cómo es la vida en la
gran ciudad, Agnes Nitt?
Agnes se volvió.
—Oh… hola, Yaya… —farfulló—. Y no soy Agnes aquí, gracias —añadió, un poquitín
más desafiantemente.
—¿Es un buen trabajo, verdad, ser la voz de otra persona?
—Estoy haciendo lo que quiero hacer —dijo Agnes. Se enderezó completamente—. ¡Y
usted no puede detenerme!
—Pero usted no es parte de esto, ¿o sí? —dijo Yaya en tono conversacional—. Usted
lo intenta, pero siempre se descubre a sí misma observándose mientras observa a la gente,
¿eh? ¿Nunca cree en nada? ¿Nunca tiene ideas equivocadas?
—¡Cállese!
—Ah. Creo que sí.
—No tengo ninguna intención de volverme una bruja, ¡muchas gracias!
—Ahora, no se vaya a disgustar sólo porque sabe que va a ocurrir. Usted será una
bruja porque usted es una bruja, y si usted le vuelve la espalda ahora entonces no sé qué le
sucederá a Walter Plinge.
—¿Él no está muerto?
—No.
Agnes vaciló.
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—Sabía que él era el Fantasma —empezó—. Pero luego vi que no podía serlo.
—Ah —dijo Yaya—. Creyó la evidencia de sus propios ojos, ¿verdad? ¿En un lugar
así?
—Uno de los tramoyistas sólo me dijo que ellos lo persiguieron al techo y luego por la
calle ¡y que lo golpearon hasta matarlo!
—Oh, bien —dijo Yaya—, usted nunca llegará a ninguna parte si cree lo que usted
escucha. ¿Qué sabe usted?
—¿Qué quiere decir, lo que sé?
—No trate de ser inteligente conmigo, señorita.
Agnes miró la expresión de Yaya, y supo cuándo doblarse.
—Sé que él es el Fantasma —dijo.
—Correcto.
—Pero puedo ver que no lo es.
—¿Sí?
—Y lo sé… estoy muy segura de que no representa amenaza alguna.
—Bien. Bien hecho. Walter no podría distinguir su derecha de su izquierda, pero
distingue lo correcto de lo incorrecto. —Yaya se frotó las manos—. Bueno, ya estamos en
casa y buscando una toalla limpia, ¿eh?
—¿Qué? ¡Usted no ha solucionado nada!
—Por supuesto que lo hemos hecho. Sabemos que no fue Walter quien cometió los
homicidios, de modo que ahora sólo tenemos que averiguar quién fue. Fácil.
—¿Dónde está Walter ahora?
—Tata lo tiene en algún lugar.
—¿Ella sola?
—Se lo dije, tiene a Walter.
—Quise decir… bueno, él es un poco extraño.
—Solamente donde se ve.
Agnes suspiró, y empezó a decirse que no era su problema. Y se dio cuenta de que era
inútil incluso tratar. La información permanecía como un intruso petulante en su mente.
Sea lo que fuere, era su problema.
—Muy bien —dijo—. La ayudaré si puedo, porque estoy aquí. Pero después…. ¡eso es
todo! Después, usted me dejará sola. ¿Lo promete?
—Por cierto.
—Bien… Muy bien, entonces… —Agnes se detuvo—. Oh, no —dijo—. Esto era
demasiado fácil. No confío en usted.
—¿No confía en mí? —dijo Yaya—. ¿Usted está diciendo que no confía en mí?
—Sí. No confío. Usted encontrará una manera de escabullirse.
—Nunca me escabullo —dijo Yaya—. Tata Ogg piensa que deberíamos tener una
tercera bruja. Yo supongo que la vida es bastante difícil ya sin una muchacha que
desordene el sitio sólo porque piensa que se ve bien con un sombrero puntiagudo.
Hubo una pausa. Entonces Agnes dijo:
—Tampoco voy a caer en ésa. Allí es donde usted dice que soy demasiado estúpida
para ser una bruja y yo digo, oh no, no lo soy, y usted termina ganando otra vez. Es mejor
que yo sea la voz de alguien más que una vieja bruja sin amigos y que tiene a todos
atemorizados y que es sólo un poco más ingeniosa que las demás personas y sin hacer
ninguna magia verdadera en absoluto…
Yaya inclinó la cabeza a un costado.
—Me parece que usted es tan aguda que podría cortarse a sí misma —dijo—. Muy
bien. Cuando todo haya terminado, la dejaré seguir su propio camino. No la detendré.
Ahora, muéstreme el camino a la oficina del Sr. Balde…
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Tata mostró su alegre sonrisa de vieja-manzana-arrugada.
—Ahora, usted me lo muestra, Walter —dijo—. No hay daño en dejarme verlo, ¿de
acuerdo? No a la vieja Tata.
—¡No puede verlo hasta que esté terminado!
—Bien, ahora —dijo Tata, odiándose por dejar caer la bomba atómica—, estoy segura
de que su mamá no querría oír que usted ha sido un muchacho malo, ¿le gustaría?
Diferentes expresiones flotaron sobre los céreos rasgos de Walter mientras luchaba
contra varias ideas al mismo tiempo. Finalmente, sin decir palabra, empujó el manojo de
papeles hacia ella, con los brazos temblando por con la tensión.
—Éste es un buen muchacho —dijo Tata.
Echó un vistazo a las primeras páginas, y luego se movió más cerca de la luz.
—Hum.
Pedaleó el armonio por un rato y tocó algunas notas con la mano izquierda.
Representaban la mayoría de las notas musicales que sabía cómo leer. Era un pequeño
tema muy simple, como el que podría sacarse sobre el teclado con un dedo.
—Hey…
Sus labios se movían mientras leía el relato.
—Bien, ahora, Walter —dijo—, ¿no es una especie de ópera sobre un Fantasma que
vive un Teatro de la Ópera? —Pasó una página—. Muy listo y gallardo, lo es. Tiene una
cueva secreta, veo…
Tocó otro breve trozo.
—La música es pegadiza, también.
Continuó leyendo, diciendo ocasionalmente cosas como ‘Bien, bien’ y ‘Vaya’. De vez
en cuando, ella le echaba a Walter una mirada apreciativa.
—¿Me pregunto por qué el Fantasma escribió esto, Walter? —dijo, después de un
rato—. Vaya tipo de persona, ¿verdad? Poner todo en su música.
Walter se miraba los pies.
—Habrá un montón de problemas, Sra. Ogg.
—Oh, Yaya y yo los solucionaremos —dijo Tata.
—Está mal decir mentiras —dijo Walter.
—Probablemente —dijo Tata, que nunca había permitido que esto la preocupara hasta
ahora.
—No sería correcto que nuestra mamá perdiera su trabajo Sra. Ogg.
—No sería correcto, no.
Le llegó a Yaya la sensación de que Walter estaba tratando de enviarle alguna clase de
mensaje.
—Er… ¿qué clase de mentiras estaría mala decir, Walter?
Los ojos de Walter sobresalían.
—Mentiras… ¡sobre cosas que usted ve Sra. Ogg! ¡Incluso si usted las ve!
Tata pensó que probablemente era el momento de presentar el punto de vista Ogg.
—Está bien decir mentiras si usted no piensa mentiras —dijo.
—¡Él dijo que nuestra mamá perdería su trabajo y sería encerrada con llave si yo
hablaba Sra. Ogg!
—¿Él hizo eso? ¿Cuál él era él?
—¡El Fantasma Sra. Ogg!
—Supongo que Yaya debería echarle una buena mirada a usted, Walter —dijo Tata—.
Creo que su mente está toda enredada como una madeja de hilo que dejaron caer. —
Pedaleó el armonio pensativa—. ¿Fue el Fantasma quien escribió toda esta música,
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Walter?
—¡Está mal decir mentiras sobre la habitación con los sacos adentro Sra. Ogg!
Ah, pensó Tata.
—Eso sería aquí abajo, ¿verdad?
—¡Dijo que no debía decírselo a nadie!
—¿Quién lo dijo?
—¡El Fantasma Sra. Ogg!
—Pero usted es… —comenzó Tata, y luego probó de otra manera—. Ah, pero yo no
soy nadie —dijo—. De todos modos, si usted fuera a esa habitación con los sacos y yo lo
siguiera, eso no sería como decírselo a alguien, ¿verdad? No sería su culpa si alguna vieja
mujer lo siguiera, ¿o sí?
La cara de Walter era una agonía de indecisión pero, aunque sus pensamientos podían
haber sido erráticos, no eran ningún desafío para la duplicidad engañosa de Tata Ogg.
Estaba enfrentado a una mente que consideraba la verdad como un punto de referencia
pero indudablemente no como unas esposas. Tata Ogg podía pensar a su manera a través
de un tirabuzón en un tornado sin tocar los costados.
—De todos modos, está todo bien si soy yo —añadió por si acaso—. A decir verdad,
probablemente quiso decir ‘menos la Sra. Ogg’, pero lo olvidó.
Despacio, Walter extendió la mano y recogió una vela. Sin decir una palabra salió por
la puerta y hacia la oscuridad húmeda de los sótanos.
Tata Ogg lo siguió, con sus botas haciendo ruidos de chapoteo en el barro.
No pareció una gran distancia. Hasta donde Tata pudo calcular no eran más largas bajo
el Teatro de la Ópera, pero era difícil estar segura. Las sombras bailaban a su alrededor y
cruzaron otras habitaciones, aun más oscuras y húmedas que la que habían dejado. Walter
se detuvo frente a pila de madera que brillaba de putrefacción, y retiró a un lado algunas
tablas esponjosas.
Había algunos sacos apilados prolijamente.
Tata pateó uno, y se rompió.
A la luz parpadeante de la vela todo lo que ella realmente podía ver eran chispas de luz
mientras la cascada se volcaba, pero nadie confundiría el suave correr de un montón de
dinero. Montones y montones de dinero. Suficiente dinero para sugerir muy claramente
que pertenecía a un ladrón o a un editor, y parecía que no había ningún libro por aquí.
—¿Qué es esto, Walter?
—¡Es el dinero del Fantasma Sra. Ogg!
Había un agujero cuadrado en la esquina opuesta de la habitación. El agua brillaba
unas pulgadas abajo. Al lado del agujero había media docena de recipientes de variado
tipo: viejas latas de bizcochos, tazones rotos y similares. Había una rama, o posiblemente
un arbusto muerto, en cada uno.
—¿Y aquellos, Walter? ¿Qué son aquellos?
—¡Rosales Sra. Ogg!
—¿Aquí abajo? Pero nada podría crec…
Tata se detuvo.
Chapoteó hasta los recipientes. Habían sido llenados con mugre raspada del piso. Los
tallos muertos brillaban de barro.
Nada podía crecer aquí abajo, por supuesto. No había luz. Todo lo que crecía
necesitaba otra cosa para alimentarse. Y… ella movió la vela más cerca, y sintió la
fragancia. Sí. Era sutil, pero allí estaba. Rosas en la oscuridad.
—Bien, caramba, Walter Plinge —dijo—. Usted es siempre una persona con sorpresas,
sí lo es.
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Los libros fueron apilados sobre el escritorio del Sr. Balde.
—Lo que usted está haciendo está mal, Yaya Ceravieja —dijo Agnes desde la entrada.
Yaya levantó la mirada un instante.
—¿Mal, como vivir la vida de otras personas por ellas? —dijo—. A propósito, hay
algo aun peor que eso, que es vivir la vida de otras personas por la suya. ¿Esa clase de
mal?
Agnes no dijo nada. Yaya Ceravieja no podía saberlo.
Yaya regresó a los libros.
—De todos modos, éstos sólo se ven mal. Las apariencias son decepcionantes. Usted
sólo preste atención al corredor, señorita.
Hojeó los pedazos de sobres rotos y las notas garabateadas que parecían ser el
equivalente Teatro de la Ópera de cuentas correctas. Era un desorden. A decir verdad, era
más que un desorden. Estaba demasiado lejos de un desorden para ser un verdadero
desorden, porque un verdadero desorden tiene partes ocasionales de coherencia, partes que
podrían ser llamadas orden aleatorio. Más aun, era esa clase de desorden errático que
sugería que alguien se había propuesto ser desordenado.
Tomó los libros de contabilidad. Estaban llenos de diminutas hileras y columnas, pero
alguien había pensado que no era útil invertir en papel rayado y había escrito como
paseando un poco. Había cuarenta hileras en el costado izquierdo pero sólo treinta y seis
para cuando alcanzaban el otro lado de la página. Era difícil de seguir debido a la manera
en que sus ojos lagrimeaban.
—¿Qué está haciendo usted? —dijo Agnes, quitando la mirada del corredor.
—Asombroso —dijo Yaya—. ¡Algunas cosas han sido anotadas dos veces! ¡Y calculo
que hay una página aquí donde alguien ha sumado el mes y restado la hora del día!
—Pensé que a usted no le gustaban los libros —dijo Agnes.
—No me gustan —dijo Yaya, pasando una página—. Pueden mirarte a la cara y
todavía mentir. ¿Cuántos ejecutantes de violín hay en la banda?
—Creo que hay nueve violinistas en la orquesta.
La rectificación pareció pasar inadvertida.
—Bien, hay algo —dijo Yaya, sin mover la cabeza—. Parece que doce cobran sueldos,
pero tres están del otro lado de la página así que podrías no darte cuenta. —Levantó la
mirada y se frotó las manos con felicidad—. A menos que tengas una buena memoria, eso
es.
Pasó un dedo flaco por otra columna irregular.
—¿Qué es un trinquete volador?
—¡Yo no lo sé!
—Dice aquí “Reparaciones del trinquete volador, nuevo muelle de ensamble de rueda
dentada, y afinado. Ciento sesenta dólares y sesenta y tres peniques”. ¡Ja!
Se mojó el dedo y pasó otra página…
—Ni siquiera Tata haría números tan malos —dijo—. Para ser tan malo con los
números tienes que ser bueno. ¡Ja! No me extraña que este lugar nunca produzca dinero.
También podrías tratar de llenar un colador.
Agnes se precipitó dentro de la habitación.
—¡Viene alguien!
Yaya se levantó y sopló la lámpara.
—Usted se mete detrás de las cortinas —ordenó.
—¿Qué va a hacer usted?
—Oh… sólo tendré que pasar desapercibida…
Agnes cruzó la habitación hasta la gran ventana y se dio vuelta para mirar a Yaya, que
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estaba parada junto a la chimenea.
La vieja bruja se esfumó. No desapareció. Simplemente resbaló hacia el fondo.
Un brazo gradualmente se volvió parte de la repisa de la chimenea. Un pliegue de su
vestido era un trozo de sombra. Un codo se convirtió en la parte superior de la silla detrás
de ella. Su cara se volvió una cara con un florero de flores desteñidas.
Todavía estaba ahí, como la anciana en la fotografía del rompecabezas que a veces
imprimían en el Almanack, donde podías ver a la anciana o a la muchacha joven pero no
ambas a la vez, porque una estaba hecha de las sombras de la otra. Yaya Ceravieja estaba
de pie junto a la chimenea, pero podías verla sólo si sabías que estaba ahí.
Agnes parpadeó. Y sólo quedaron las sombras, la silla y el fuego.
La puerta se abrió. Se escondió detrás de las cortinas, sintiéndose tan conspicua como
una fresa en un estofado, segura de que el sonido de su corazón la delataría.
La puerta se cerró, cuidadosamente, con apenas un clic. Pasos cruzaron el piso. Un
ruido de madera que raspaba podía haber sido una silla movida ligeramente.
Un raspón y un silbido eran el sonido de un fósforo, encendiéndose. Un tintineo era el
cristal de la lámpara, al ser levantado…
Todo ruido cesó.
Agnes se agachó; de repente, cada músculo aulló por la tensión. La lámpara no había
sido encendida… habría visto luz alrededor de la cortina.
Alguien allí afuera no estaba haciendo ruido.
Alguien allí afuera estaba repentinamente sospechoso.
Una tabla del suelo crujió muyyyy lentamennnnte, mientras alguien cambiaba de pie.
Ella sentía como si fuera a gritar, o explotar por el esfuerzo del silencio. El pomo de la
ventana estaba detrás; hasta un momento antes era un simple punto de presión, ahora
estaba tratando seriamente de volverse una parte de su vida. Tenía la boca tan seca que
sabía que crujiría como una bisagra si se atrevía a tragar.
No podía ser nadie que tuviera un derecho de estar aquí. Las personas que tenían un
derecho de estar en algunas partes caminaban ruidosamente.
El pomo se estaba poniendo muy personal.
Trata de pensar en otra cosa…
La cortina se movió. Alguien estaba de pie del otro lado.
Si su garganta no estuviera tan seca podría gritar.
Podía sentir la presencia a través de la tela. De un momento a otro, alguien iba a correr
la cortina a un lado.
Saltó, o tan cerca de un salto como era viable… fue una especie de carga vertical,
alzando la cortina a un lado, colisionando con un cuerpo delgado detrás de ella, y
terminando sobre el piso en un enredo de miembros y terciopelo rasgado.
Tomó bocanadas de aire, y presionó el bulto que se retorcía debajo de ella.
—¡Gritaré! —dijo—. ¡Y si lo hago sus tímpanos bajarán hasta su nariz!
Lo que se retorcía se detuvo.
—¿Perdita? —dijo una voz amortiguada.
Encima de ella, la barra de la cortina se soltó de un extremo y los anillos de latón, uno
por uno, giraron hacia el piso.
Tata volvió a los sacos. Cada uno estaba repleto de duras formas redondas que
tintineaban suavemente bajo su dedo curioso.
—Esto es mucho dinero, Walter —dijo cuidadosamente.
—¡Sí Sra. Ogg!
Tata perdía la pista del dinero bastante fácilmente aunque esto no significaba que el
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tema no le interesaba: era sólo que, más allá de cierto punto, se convertía en ensueño. De lo
que ella podía estar segura era que la cantidad que tenía adelante haría caer los cajones de
cualquiera.
—Supongo —dijo—, que si fuera preguntarle cómo llegó hasta aquí, usted diría que
fue el Fantasma, ¿sí? ¿Como las rosas?
—¡Sí Sra. Ogg!
Le echó una mirada preocupada.
—Usted estará bien aquí, ¿sí? —dijo—. ¿Se sentará silencioso? Creo que tengo que
hablar con algunas personas.
—¿Dónde está mi mamá Sra. Ogg?
—Está tomando una buena siesta, Walter.
Walter pareció satisfecho con esto.
—Usted se sentará silencioso en su… en esa habitación, ¿verdad?
—¡Sí Sra. Ogg!
—Es un buen muchacho.
Echó un vistazo a los sacos del dinero otra vez. El dinero era problema.
Agnes se enderezó.
André se levantó sobre los codos y apartó la cortina de su cara.
—¿Qué diablos hace usted allí? —dijo.
—Estaba… ¿Qué quiere decir, qué estaba yo haciendo allí? ¡Usted se movía
sigilosamente!
—¡Usted se estaba escondiendo detrás de la cortina! —dijo André, poniéndose de pie y
tanteando los fósforos otra vez—. La próxima vez que usted sople una lámpara, recuerde
que todavía quedará tibia.
—Nosotras estábamos… en asuntos importantes…
La lámpara se encendió. André se dio vuelta.
—¿Nosotras? —dijo.
Agnes asintió, y miró a Yaya. La bruja no se había movido, aunque se necesitaba un
deliberado esfuerzo de voluntad concentrarse en ella entre las formas y las sombras.
André recogió la lámpara y se aproximó.
Las sombras cambiaron.
—¿Bien? —dijo.
Agnes cruzó a zancadas la habitación y agitó una mano en el aire. Había un respaldo
de silla, había un florero, había… nada más.
—¡Pero ella estaba ahí!
—Un fantasma, ¿eh? —dijo André sarcásticamente.
Agnes dio un paso hacia atrás.
Hay algo en la luz de una lámpara colocada más abajo que la cara de alguien. Las
sombras están mal. Caen en posiciones desafortunadas. Los dientes parecen más
prominentes. Agnes cayó en la cuenta de que estaba sola en una habitación en
circunstancias sospechosas con un hombre cuya cara de improviso se veía mucho más
desagradable que antes.
—Yo sugiero —dijo—, que usted regrese al escenario ahora mismo, ¿sí? Sería lo
mejor que usted podría hacer. Y no interfiera en las cosas que no le conciernen. Usted ha
hecho demasiado hasta ahora.
El miedo no había desaparecido de Agnes, pero había encontrado un espacio donde
transformarse en cólera.
—¡No tengo que aguantar eso! Por lo que sé, ¡usted podría ser el Fantasma!
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—¿De veras? Me dijo que Walter Plinge era el Fantasma —dijo André—. ¿A cuántas
personas se lo dijo? Y ahora resulta que está muerto…
—No, ¡no lo está!
Había salido antes de que pudiera pararlo. Lo había dicho para que él borrara el gesto
despectivo de su cara. Eso sucedió. Pero la expresión que lo reemplazó no era mejor.
Una tabla del suelo crujió.
Ambos se dieron vuelta.
Había un perchero en el rincón, detrás de un librero. Había algunos abrigos y bufandas
colgando de él. Era seguramente sólo la manera en que las sombras caían que lo hacían
parecer, desde este ángulo, como una anciana. O…
—Condenados pisos —dijo Yaya, esfumándose en primer plano. Salió fuera de los
abrigos.
Como Agnes dijo, más tarde: no era como si hubiera estado invisible. Sólo se había
hecho parte de la escenografía hasta que se puso otra vez; ella estaba allí, pero no allí. No
destacaba completamente. Era tan inadvertida como el mejor de los mayordomos.
—¿Cómo entró usted? —dijo André—. ¡Miré por toda la habitación!
—Ver es creer —dijo Yaya, tranquilamente—. Por supuesto, el problema es que creer
también es ver, y ha habido demasiado de eso por aquí últimamente. Ahora, sé que usted
no es el Fantasma… así que ¿qué es usted, para estar moviéndose furtivamente en algunas
partes donde usted no debería estar?
—Podría hacerle la misma pregunta…
—¿A mí? Soy una bruja, y soy muy buena en eso.
—Ella es, er, de Lancre. De donde vengo yo —masculló Agnes, tratando de mirarse
los pies.
—¿Oh? ¿No la que escribió el libro? —dijo André—. He escuchado a las personas
hablar de…
—¡No! Soy mucho peor que ella, ¿comprende?
—Lo es —masculló Agnes.
André echó a Yaya una larga mirada, como un hombre que sopesaba sus
oportunidades. Debió haber decidido que se estaban por el techo.
—Yo… ando sin hacer nada por lugares oscuros buscando problemas —dijo.
—¿De veras? Hay un desagradable nombre para las personas así —soltó Yaya.
—Sí —dijo André—. Es ‘policía’.
Tata Ogg salió de los sótanos, frotándose la barbilla pensativa. Los músicos y los
cantantes todavía se apiñaban por allí, sin saber qué iba a ocurrir después. El Fantasma
había tenido la decencia de ser perseguido y matado durante el intervalo. En teoría eso
significaba que no había razón para no haber un tercer acto, tan pronto como Herr
Alborrotadorr hubiera registrado los bares cercanos y arrastrado la orquesta de regreso. La
función debe continuar.
Sí, pensó, tiene que continuar. Es como la acumulación de una tormenta eléctrica…
no… es más como hacer el amor. Sí. Ésa era una metáfora mucho más Ogg. Pones todo lo
que tienes en eso, de modo que tarde o temprano hay un punto donde tienes que continuar,
porque no puedes pensar en parar. El director de escena podía quedarse con un par de
dólares de los sueldos y todavía continuarían, y todos lo sabían. Y todavía continuarían.
Llegó a una escalerilla y trepó despacio en el desván de las moscas.
No estaba segura. Tenía que estar segura ahora.
El desván de las moscas estaba vacío. Caminó cuidadosamente por el pasadizo hasta
que llegó sobre el auditorio. El zumbido del público atravesó el techo debajo de ella,
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ligeramente amortiguado.
La luz brillaba sobre el punto donde el grueso cable para la araña de luces desaparecía
en el agujero. Ella caminó sobre la crujiente trampilla y espió hacia abajo.
El calor terrible casi rizó su pelo. A unas yardas debajo de ella cientos de velas estaban
ardiendo.
—Sería espantoso si ese montón se cayera —dijo silenciosamente—. Supongo que este
lugar ardería como un pajar…
Levantó la mirada hacia arriba, a lo largo del cable hasta el punto, a la altura de la
cintura, donde estaba medio segado. Nunca lo verías, si no estuvieras esperando
encontrarlo.
Entonces su mirada bajó otra vez, y se movió a través del piso oscuro y polvoriento
hasta que descubrió algo medio escondido en el polvo.
Detrás de ella, una sombra entre las sombras se puso de pie, se balanceó
cuidadosamente, y comenzó a correr.
—Yo conozco sobre policías —dijo Yaya—. Tienen cascos grandes y pies grandes y
puedes verlos a una milla de distancia. Hay un par dando tumbos por los bastidores.
Cualquiera puede ver que son policías. Usted no parece uno. —Giró la insignia una y otra
vez en sus manos—. No soy feliz con la idea de policías secretos —dijo—. ¿Por qué
necesitas policías secretos?
—Porque, —dijo André—, a veces tienes criminales secretos.
Yaya casi sonrió.
—Ése es un hecho —dijo. Aguzó la vista para ver el pequeño grabado en la parte
posterior de la insignia—. Aquí dice “Cable Street Particulars”48…
—No hay muchos de nosotros —dijo André—. Apenas hemos empezado. El
Comandante Vimes dijo que, debido a que no podemos hacer nada sobre el Gremio de
Ladrones y el Gremio de Asesinos, sería mejor que busquemos los otros crímenes.
Crímenes escondidos. Eso necesita Vigilantes con… habilidades diferentes. Y puedo tocar
el piano muy bien…
—¿Qué clase de habilidad tienen ese troll y ese enano? —dijo Yaya—. Me parece que
para lo único que son realmente buenos es para parecer obvios y stupi… ¡Ja! Sí…
—Correcto. Y ni siquiera necesitaban mucho entrenamiento —dijo André—. El
Comandante Vimes dice que ellos son los policías más obvios en que alguien podría
pensar. A propósito, el Cabo Nobbs ha conseguido algunos papeles que prueban que es un
ser humano.
—¿Falsificados?
—No lo creo.
Yaya Ceravieja inclinó la cabeza a un lado.
—Si su casa estuviera ardiendo, ¿qué sería lo primero que usted sacaría de ella?
—Oh, Yaya… —comenzó Agnes.
—Hum. ¿Quién le prendió fuego? —dijo André.
—Usted es un policía, bastante correcto. —Yaya le entregó su insignia—. ¿Usted
viene a arrestar al pobre de Walter? —dijo.
—Sé que no asesinó al Dr. Undershaft. Yo lo estaba observando. Estuvo tratando de
desatrancar los retretes toda la tarde…
—He obtenido pruebas de que Walter no es el Fantasma —dijo Agnes.
48 Una referencia a los Baker Street Irregulars, grupo de aficionados a Sir Arthur Conan Doyle. (Nota del
traductor)
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—Estoy casi seguro de que fue Salzella —dijo André—. Sé que se va sigilosamente a
los sótanos a veces y estoy seguro de que está robando dinero. Pero el Fantasma ha sido
visto cuando Salzella era perfectamente visible. Así que ahora pienso…
—¿Piensa? ¿Piensa? —dijo Yaya—. ¿Alguien que piensa por aquí por fin? ¿Cómo
haría para reconocer al Fantasma, Señor Policía?
—Bien… tiene puesta una máscara…
—¿De veras? Dígalo ahora otra vez, y escuche lo que usted dice. ¡Por Dios! ¿Usted
puede reconocerlo porque tiene puesta una máscara? ¿Usted lo reconoce porque usted no
sabe quién es? ¡La vida no es ordenada! ¿Quién dijo que hay solamente un Fantasma?
La figura pasó por las sombras del desván de las moscas, con la capa flameando a su
alrededor. Tata Ogg se perfilaba contra la luz, mirando hacia abajo.
Sin girar la cabeza, dijo:
—Hola, Sr. Fantasma. Volvió por su sierra, ¿verdad?
Entonces le dio la vuelta precipitadamente al cable hasta que enfrentó a la sombra.
—¡Millones de personas saben que estoy aquí arriba! Usted no lastimaría a una
pequeña anciana, ¿o sí? Oh, cielos… ¡mi pobre y viejo corazón!
Se desplomó hacia atrás, golpeando el piso lo bastante duro para hacer oscilar el cable.
La figura vaciló. Entonces tomó un trozo de soga delgada de un bolsillo y avanzó
cautelosamente hacia la bruja caída. Se arrodilló, ató un extremo de la soga alrededor de
cada mano, y se inclinó hacia adelante.
La rodilla de Tata se levantó bruscamente.
—Se siente… ahora mucho mejor, señor —dijo, mientras se arrastraba hacia atrás.
Se puso de pie otra vez y agarró la sierra.
—Volvió para terminarlo, ¿no? —dijo, agitando el utensilio en el aire—. ¡Me pregunto
cómo le echará la culpa de esto a Walter! Le hará a usted feliz, ¿verdad?, todo el lugar
ardiendo.
La figura, moviéndose torpemente, retrocedía mientras ella avanzaba. Entonces se
giró, dio tumbos a lo largo de bamboleante pasadizo y desapareció en la penumbra.
Tata corrió tras él y vio a la figura bajar una escalerilla. Miró rápidamente a su
alrededor, agarró una soga para deslizarse en su persecución, y escuchó que una polea
empezaba a hacer ruido.
Bajó, con las faldas hinchadas a su alrededor. Cuando estuvo a medio camino abajo, un
grupo de sacos de arena pasaron hacia arriba a toda prisa.
Mientras continuaba bajando, vio entre sus botas que alguien estaba luchando con la
trampilla hacia los sótanos.
Aterrizó a unos pies, todavía sujetando la soga.
—¿Sr. Salzella?
Tata se metió dos dedos en la boca y largó un silbido que pudo haber derretido una
oreja de cera.
Ella soltó la soga.
Salzella echó un vistazo hacia arriba mientras levantaba la trampilla, y entonces vio la
forma cayendo desde el techo.
Ciento ochenta libras de sacos de arena golpearon la puerta, cerrándola de golpe.
—¡Tenga cuidado! —dijo Tata, alegremente.
Balde esperaba nervioso entre bambalinas. Innecesariamente nervioso, por supuesto.
El Fantasma estaba muerto. No podía haber nada por qué preocuparse. Las personas decían
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que lo habían visto muerto, aunque estuvieron, Balde tenía que admitirlo, un poco confusos
sobre los verdaderos detalles.
Nada por qué preocuparse.
Ni una cosa.
Nada de lo que fuera de ninguna manera.
No había absolutamente nada por qué preocuparse de ninguna manera.
Se corrió un dedo por el interior de su cuello. No había sido una vida tan mala como
mayorista de quesos. Lo máximo de que habías tenido que preocuparte fue de los botones
del pantalón del pobre viejo Reg Plenty en la Granja con Nueces y la época en que el joven
Weevins se trituró el pulgar en la máquina de mezclar, y fue solamente por suerte que
sucediera cuando estaban haciendo yogur de fresa al mismo tiempo…
Una figura apareció a su lado. Se agarró de una cortina y luego se volvió para mirar,
con alivio, el majestuoso y tranquilizador estómago de Enrico Basilica. El tenor se veía
magnífico con el inmenso traje de gallo, completado con un pico gigante, carúnculas y
cresta.
—Ah, señor —farfulló Balde—. Muy impresionante, puedo decir.
—Sí —dijo una voz amortiguada desde algún lugar detrás del pico, mientras los otros
miembros de la compañía pasaban rápidamente hacia el escenario.
—Puedo decir cuánto lamento todo ese asunto más temprano. Puedo asegurarle que no
ocurre todas las noches, jajaja…
—¿Sí?
—Probablemente sólo sea optimismo, jajaja…
El pico se volvió hacia él. Balde retrocedió.
—¡Sí!
—… sí… bien, me alegro de que usted sea tan comprensivo…
Temperamental, pensó, mientras el tenor avanzaba a las zancadas hacia el escenario y
a la obertura del Acto Tres llegaba a su fin. Son así, los verdaderos artistas. Nervios
estirados como bandas de goma, supongo. Es exactamente como la espera por el queso,
realmente. Puedes ponerte realmente muy nervioso esperando ver si has conseguido media
tonelada del mejor vena-azul o sólo un tanque lleno de comida de cerdo. Es
probablemente así cuando logras que un aria se oiga de esa manera…
—¿Adónde se iría? ¿Adónde se iría?
—¿Qué? Oh… Sra. Ogg…
La anciana agitó una sierra delante de su cara. No era, en el estado actual de la tensión
mental del Sr. Balde, un ademán amable.
Repentinamente, estaba rodeado por otras figuras, igualmente conducentes hacia
múltiples signos de exclamación.
—¿Perdita? ¿Por qué no está usted sobre el escenario…? Oh, Lady Esmerelda, no la vi
allí, por supuesto si usted quiere venir a bastidores sólo tiene que…
—¿Dónde está Salzella? —dijo André.
Balde miró a su alrededor vagamente.
—Estaba aquí hace algunos minutos… O sea —dijo, animándose—, el Sr. Salzella
probablemente esté atendiendo a sus deberes en algún sitio que, joven, es más de lo que
puedo decir por…
—Exijo que usted detenga la función ahora —dijo André.
—Oh, ¿usted lo dice, usted lo dice? Y con qué autoridad, ¿puedo preguntar?
—¡Ha estado aserrando la soga! —dijo Tata.
André mostró una insignia.
—¡Ésta!
Balde la miró de más cerca.
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—¿Gremio de Músicos de Ankh-Morpork, miembro z244?
André lo miró furioso, luego a la insignia, y empezó a palmearse los bolsillos
urgentemente.
—¡No! Maldición, sé que tenía la otra hace un momento… Mire, usted tiene que vaciar
el teatro, tenemos que buscarlo, y eso significa…
—No detenga la función —dijo Yaya.
—No detendré la función —dijo Balde.
—Porque supongo que él desea ver que la función se detenga. La función debe
continuar, ¿eh? ¿No es eso lo que usted cree? ¿Podría él haber salido del edificio?
—Envié al Cabo Nobbs a la entrada del escenario y el Sargento Detritus está en el
foyer —dijo André—. Cuando se trata de estar en las entradas, son de los mejores.
—Excúseme, ¿qué está ocurriendo? —dijo Balde.
—¡Él podría estar en cualquier lugar! —dijo Agnes—. ¡Hay cientos de escondites!
—¿Quién? —dijo Balde.
—¿Y qué tal en esos sótanos de los que todos hablan? —dijo Yaya.
—¿Dónde?
—Hay solamente una entrada —dijo André—. Él no es estúpido.
—No puede meterse en los sótanos —dijo Tata—. ¿Escapó? ¡Probablemente esté en
una alacena en algún lugar a estas horas!
—No, se quedará donde haya multitudes —dijo Yaya—. Eso es lo que yo haría.
—¿Qué? —dijo Balde.
—¿Podría haberse metido entre el público desde aquí? —dijo Tata.
—¿Quién? —dijo Balde.
Yaya giró un pulgar hacia el escenario.
—Está en algún lugar allí. Puedo sentirlo.
—¡Entonces esperaremos hasta que salga!
—¿Ochenta personas que salen del escenario al mismo tiempo? —dijo Agnes—. ¿No
sabe cómo es cuando baja el telón?
—Y no queremos detener la función —reflexionó Yaya.
—No, no queremos detener la función —dijo Balde, sujetándose a una idea conocida
mientras era barrido por una marea de desconcierto—. O habrá que devolver a las personas
su dinero de cualquier modo como sea. ¿De qué estamos hablando, alguien lo sabe?
—La función debe continuar… —murmuró Yaya Ceravieja, aun mirando hacia
bambalinas—. Las cosas tienen que terminar bien. Éste es un teatro de ópera. Deben
terminar… operísticamente…
Tata Ogg saltó arriba y abajo con excitación.
—Oh oh, ¡sé qué estás pensando, Esme! —chilló—. Oh oh, ¡sí! ¿Podemos? ¡Así de esa
manera puedo decir que yo lo hice! ¿Eh? ¿Podemos? ¡Vamos! ¡Hagámoslo!
Henry Legal miró de cerca sus notas de la ópera. No había comprendido
completamente, por supuesto, los eventos de los dos primeros actos, pero sabía que eso
estaba perfectamente bien porque uno tenía que ser muy ingenuo para esperar tanto sentido
común como buenas canciones. De todos modos, todo sería explicado en el último acto,
que era el Baile de Máscaras en el Palacio del Duque. Casi indudablemente resultaría que
la mujer a quien uno de los hombres había estado osadamente cortejando sería su propia
esposa, pero tan astutamente oculta por una muy pequeña máscara que su marido no habría
descubierto que llevaba las mismas ropas y que tenía el mismo peinado. El criado de
alguien resultaría ser la hija de alguien disfrazada; alguien moriría de algo que no evitaría
que cantara sobre ello durante varios minutos; y la trama se resolvería por algunas
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coincidencias que, en la vida real, serían tan posibles como un martillo de cartón.
No sabía nada de esto a ciencia cierta. Estaba haciendo una conjetura calculada.
Mientras tanto el Acto Tres comenzó con el tradicional ballet, esta vez aparentemente
una danza campestre por las Doncellas de la Corte.
Henry se dio cuenta de las risas amortiguadas a su alrededor.
Era porque, si pasabas un ojo a la altura de la cabeza a lo largo de la hilera de
bailarinas mientras pasaban velozmente, brazo con brazo, por el escenario, había una
brecha evidente.
Era solamente llenada si la mirada bajaba un pie o dos, hasta una pequeña bailarina
gorda con una sonrisa inmensa, un tutú súper estirado, calzones blancos largos y… botas.
Henry fijó la mirada. Eran grandes botas. Se movían de un lado a otro con velocidad
asombrosa. Las zapatillas de raso de las otras bailarinas centelleaban mientras derivaban a
través del piso, pero las botas destellaban y repicaban como una bailarina de tap temerosa
de caer en el sumidero.
Las piruetas eran novedosas también. Mientras las otras bailarinas giraban como copos
de nieve, la pequeña obesa giraba como un trompo y cruzaba el escenario como uno
también, con partes de su anatomía que trataban de lograr la órbita local.
Alrededor de Henry, los miembros del público estaban susurrando, unos a otros.
—Oh sí —escuchó a alguien declarar—, lo probaron en Pseudopolis…
Su madre lo codeó.
—¿Se supone que ocurra esto?
—Er… no lo creo…
—¡Es condenadamente bueno, sin embargo! ¡Una buena risa!
Cuando la bailarina gorda chocó con un burro vestido de etiqueta, se tambaleó y se
agarró de la máscara, que se soltó…
Herr Alborrotadorr, el director, se quedó paralizado por el horror y el asombro. A su
alrededor, la orquesta traqueteó hasta detenerse, excepto el músico de la tuba…
-oom-BAH-oom-BAH-oom-BAH-
… quien había memorizado su partitura muchos años atrás y nunca ponía mucho
interés en los asuntos en curso.
Dos figuras surgieron justo enfrente de Alborrotadorr. Una mano agarró su batuta.
—Lo siento, señor —dijo André—, pero la función debe continuar, ¿sí? —Pasó la
batuta a la otra figura.
—Aquí la tiene —dijo—. Y no permita que se detengan.
—¡Ook!
El Bibliotecario levantó a Herr Alborrotadorr cuidadosamente a un lado con una mano,
lamió la batuta pensativamente, y entonces enfocó su mirada en el músico de la tuba.
-oom-Bah-oom-Bahhh… oom… om…
El músico de la tuba tocó el hombro de un trombonista.
—Hey, Frank, hay un mono donde el viejo alborotador debería estar…
—¡Cállatecállatecállate!
Satisfecho, el orangután levantó sus brazos.
La orquesta miró hacia arriba. Y luego miró un poco más arriba. Ningún director en la
historia de la música, ni siquiera el que una vez frió y se comió el hígado del ejecutante de
flautín sobre un címbalo por una nota demasiado equivocada, ni siquiera el que ensartó a
tres violinistas problemáticos con su batuta, ni siquiera el que hizo comentarios sarcásticos
realmente hirientes en voz alta, fue nunca el foco de tal reverente atención.
Sobre el escenario, Tata Ogg aprovechó el silencio para jalar la cabeza de una rana.
—¡Señora!
—Lo siento, pensé que usted podía ser otra persona…
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Los largos brazos bajaron. La orquesta, en un enorme acorde confuso, regresó a la
vida.
Las bailarinas, después de un momento de confusión durante el que Tata Ogg
aprovechó la oportunidad de decapitar a un payaso y a un ave fénix, trató de continuar.
El coro observaba perplejo.
Christine sintió un toque sobre su hombro, y giró para ver a Agnes.
—¡Perdita! ¿¡Dónde ha estado usted!? —siseó—. ¡Es casi el momento de mi dúo con
Enrico!
—¡Usted tendrá que ayudar! —siseó Agnes. Pero abajo en su alma Perdita dijo:
Enrico, ¿eh? Es el Señor Basilica para todos los demás…
—¿¡Ayudarle a qué!? —dijo Christine.
—¡Quítele las máscaras a todos!
La frente de Christine se arrugó hermosamente.
—Se supone que eso no ocurre hasta el final de la ópera, ¿verdad?
—Er… ¡todo ha sido cambiado! —dijo Agnes urgentemente. Se volvió hacia un noble
con máscara de cebra y tiró de ella desesperadamente. El cantante de abajo la miró furioso.
—¡Lo siento! —susurró—. ¡Pensé que usted era otra persona!
—¡Se supone que no nos las quitaremos hasta el final!
—¡Ha sido cambiado!
—¿Sí? ¡Nadie me lo dijo!
Unas jirafas de cuello corto junto a él se inclinaron a un lado.
—¿Qué es eso?
—¡La gran escena de quitarse las máscaras es ahora, aparentemente!
—¡Nadie me lo dijo!
—Sí, pero ¿cuándo alguien alguna vez nos dice algo? Nosotros somos sólo el coro…
mira, ¿por qué el viejo Alborrotadorr lleva una máscara de mono…?
Tata Ogg pasó haciendo piruetas, chocó con un elefante vestido de etiqueta y lo
descabezó por el tronco. Susurró:
—Estamos buscando al Fantasma, ¿sabe?
—Pero… el Fantasma está muerto, ¿no?
—Cosas difíciles de matar, los fantasmas —dijo Tata.
El rumor se extendió desde ese punto. No hay nada como un coro para los rumores.
Las personas que no hubieran creído a un Sumo Sacerdote si decía que el cielo era azul, y
que era capaz de producir declaraciones juradas firmadas a tal efecto por su anciana madre
de cabello blanco y tres vírgenes Vestales, confiarían en cualquier cosa susurrada
misteriosamente detrás de la mano por un completo desconocido en un bar.
Una cacatúa se dio media vuelta y le sacó la máscara a un loro…
Balde sollozaba. Esto era peor que el día en que el suero de la leche estalló. Esto era
peor que la ola de calor que había llevado a que un depósito entero lleno de Lancre Extra
Fuerte se amotinara.
La ópera se había convertido en una pantomima.
La audiencia se estaba riendo.
El único personaje todavía con una máscara puesta era el Señor Basilica, que estaba
observando al enredado coro con tanto asombro distante como su propia máscara podía
comunicar… y esto, asombrosa y suficientemente, era un montón.
—Oh, no… —gimió Balde—. ¡Nunca lo olvidarán! ¡Nunca volverán! ¡Se sabrá en todo
el circuito de la ópera y nunca nadie jamás querrá venir aquí otra vez!
—Nunca otra vez ¿qué? —masculló una voz detrás de él.
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Balde se volvió.
—Oh, Señor Basilica —dijo—. No vi que estaba allí… Sólo estaba pensando, ¡espero
que usted no piense que esto es típico!
El Señor Basilica miró a través de él, balanceándose ligeramente de un lado al otro.
Tenía puesta una camisa rota.
—Algiunno… —dijo.
—¿Lo siento?
—Algiunno… algiunno pegó mí una cabeza —dijo el tenor—. Quiee-ro ona vassa di
aqua profavor…
—Pero usted está… a punto… de… cantar… ¿verdad? —dijo Balde. Sujetó al atontado
hombre por el cuello para tenerle más cerca, pero eso simplemente significó que se
arrastrara a sí mismo del piso, terminando con los zapatos al nivel de las rodillas de
Basilica—. Dígame… que usted está ahí afuera… en el escenario… ¡¡¡por favor!!!
Incluso en su estado aturdido, Enrico Basilica alias Henry Perezoso reconoció lo que
podía definirse como la dicotomía esencial de la declaración. Se ciñó a lo que sabía.
—Algiunno aporreró mi ona corretore… —agregó.
—¿No es usted ahí afuera?
La basílica parpadeó pesadamente.
—¿Io non io?
—¡¡¡Usted va a cantar el famoso dúo en un momento!!!
Otro pensamiento se tambaleó a través del cráneo maltratado de Basilica.
—¿Io? —dijo—. Es bueno… lo ob-servaré. No nunca tengo oport-unidade para oír
mi…
Soltó un pequeño suspiro feliz y cayó hacia atrás a todo lo largo.
Balde se reclinó contra un pilar para sostenerse. Entonces su frente se arrugó y, en la
mejor tradición de reacción tardía prolongada, miró al tenor caído y contó hasta uno con
sus dedos. Entonces se volvió hacia el escenario y contó hasta dos.
Pudo sentir que un cuarto signo de exclamación venía en cualquier momento.
El Enrico Basilica en escena giró su máscara hacia aquí y allá. A la derecha del
escenario, Balde estaba susurrando a un grupo de tramoyistas. A la izquierda, André el
pianista secreto estaba esperando. Un gran troll se vislumbraba junto a él.
El obeso cantante rojo caminó hasta el centro del escenario mientras el preludio del
dúo comenzaba. El público se tranquilizó otra vez. La diversión y los juegos entre los del
coro estaban todos muy bien —incluso podía estar dentro de la trama—, pero esto era por
lo que habían pagado. De esto se trataba todo.
Agnes lo miró mientras Christine caminaba hacia él. Ahora ella podía ver que él no
estaba bien. Oh, era obeso, en un estilo rellene-su-camisa-con-una-almohada, pero no se
movía como Basilica. Basilica se movía ligeramente sobre sus pies, como suelen hacer
frecuentemente los hombres obesos, dando el efecto de un globo apenas atado.
Echó un vistazo a Tata, que también lo estaba observando cuidadosamente. No podía
ver a Yaya Ceravieja por ningún lugar. Eso quería decir que probablemente estaba muy
cerca.
La expectativa del público los arrastró a todos. Las orejas se abrieron como pétalos. La
cuarta pared del escenario, la enorme y negra oscuridad de afuera, era un pozo de silencio
que pedía ser llenado.
Christine estaba caminando hacia él totalmente despreocupada. Christine entraría en la
boca de un dragón si tuviera un cartel que dijera ‘Totalmente inofensivo, lo prometo…’ por
lo menos, si estuviera pintado con grandes letras, fáciles de entender.
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Nadie parecía querer hacer algo.
Era un dúo famoso. Y uno hermoso. Agnes debía saberlo. Lo había estado cantando
toda la noche anterior.
Christine tomó la mano del falso Basilica y, mientras las notas iniciales del dúo
comenzaron, abrió la boca.
—¡Deténgase ahí mismo!
Agnes puso en la frase todo lo que pudo. La araña de luces tintineó.
La orquesta fue silenciándose en un patinazo de resuellos y sonidos metálicos.
En un marchitarse de cuerdas y un morir de ecos, la función se detuvo.
Walter Plinge estaba sentado en la penumbra alumbrada por velas debajo del
escenario, con las manos sobre su regazo. No era frecuente que Walter Plinge no tuviera
nada que hacer, pero, cuando no tenía nada que hacer, no hacía nada.
Le gustaba aquí abajo. Era familiar. Los sonidos de la ópera se filtraban. Estaban
amortiguados, pero eso no importaba. Walter sabía todas las palabras, cada nota de música,
cada paso de cada baile. Necesitaba de las verdaderas representaciones sólo de la misma
manera en que un reloj necesita su diminuto mecanismo de escape; lo mantenía
funcionando bien.
La Sra. Plinge le había enseñado a leer usando los viejos programas. Así es cómo sabía
que él era parte de todo eso. Pero lo sabía de todos modos. Había cortado su primer diente
sobre un yelmo con cuernos. La primera cama que podía recordar era el mismo trampolín
usado por Dama Gigli en el infame Incidente del Rebote Gigli.
Walter Plinge vivía la ópera. Respiraba sus canciones, pintaba su escenografía, prendía
sus fuegos, lavaba sus pisos y sacaba brillo a sus zapatos. La ópera llenaba lugares en
Walter Plinge que de otra manera podrían estar vacíos.
Y ahora la función se había detenido.
Pero toda la energía, toda la cruda emoción reprimida que es contenida detrás de una
función —todos los gritos, los miedos, las esperanzas, los deseos—, volaban, como un
cuerpo arrojado del naufragio.
El terrible momento se hizo añicos dentro de Walter Plinge como un maremoto
golpeando una taza de té.
Lo propulsó fuera de su silla y lo lanzó contra la escenografía deshecha.
Se deslizó abajo y rodó al piso como un montón tembloroso, tapándose las orejas para
cerrarlas del silencio repentino y anormal.
Una forma salió de las sombras.
Yaya Ceravieja nunca había oído hablar de psiquiatría y no habría tenido nada que ver
con ella incluso si hubiera escuchado. Hay algunas artes demasiado negras incluso para
una bruja. Ella practicaba cabezología —la practicó, en realidad, hasta que fue muy buena
en eso. Y aunque puede haber algunas semejanzas superficiales entre un psiquiatra y un
cabezólogo, hay una enorme diferencia práctica. Un psiquiatra, ante un hombre que tiene
miedo de ser perseguido por un enorme y terrible monstruo, se esforzará por convencerlo
de que los monstruos no existen. Yaya Ceravieja simplemente le daría una silla donde
pararse y un palo muy pesado.
—Póngase de pie, Walter Plinge —dijo.
Walter se puso de pie, mirando fijo delante de él.
—¡Se ha detenido! ¡Se ha detenido! ¡Es de mala suerte detener la función! —dijo
roncamente.
—Es mejor que alguien la empiece otra vez —dijo Yaya.
—¡Usted no puede detener la función! ¡Es la función!
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—Sí. Es mejor que alguien la empiece otra vez, Walter Plinge.
Walter no parecía notarla. Palpaba sin propósito su pila de música y corría las manos a
través de los montones de programas viejos. Una mano tocó el teclado del armonio y
sonaron unas notas neuróticas.
—Está mal detener. La función debe continuar…
—El Sr. Salzella está tratando de detener la función, ¿no, Walter?
La cabeza de Walter se alzó. Miró directo delante de él.
—¡Usted no ha visto nada, Walter Plinge! —dijo, con una voz tan parecida a la de
Salzella que Yaya levantó una ceja—. ¡Y si usted dice mentiras, usted será encerrado y me
aseguraré de que su madre tenga grandes problemas!
Yaya asintió.
—Él averiguó sobre el Fantasma, ¿no? —dijo—. El Fantasma que sale cuando tiene
puesta una máscara… ¿verdad, Walter Plinge? Y el hombre pensó: Yo puedo usar eso. Y
cuando llegue el momento en que el Fantasma sea atrapado… bueno, hay un Fantasma que
puede ser atrapado. Y lo mejor es que todos lo creerán. Se sentirán mal, tal vez, pero lo
creerán. Ni siquiera Walter Plinge estará seguro, porque su mente está toda enredada.
Yaya respiró hondo.
—Está enredada, pero no es torcida. —Se escuchó un suspiro—. Bien, las cuestiones
tendrán que resolverse. No hay nada más que hacer.
Se quitó el sombrero y rebuscó en la punta.
—No me molesta decirle esto, Walter —dijo ella—, porque usted no comprenderá y no
recordará. Había una vez una vieja bruja perversa llamada Aliss la Negra. Era un terror
maldito. Nunca hubo una peor o más poderosa. Hasta ahora. Porque yo pude escupir en su
ojo y robarle sus dientes, pues. Porque no distinguía Correcto de Incorrecto, así que tenía
todo torcido y fue su final.
»El problema es, pues, que si usted sí distingue lo Correcto de lo Incorrecto no puede
escoger Incorrecto. Usted no puede hacerlo y vivir. Así que… si yo fuera una bruja mala
podría hacer que los músculos del Sr. Salzella se retorcieran contra sus huesos y
quebrárselos donde estuviera… si yo fuera mala. Podría hacer cosas dentro de su cabeza,
cambiar la forma que él piensa que es, y se apoyaría en lo que fueran sus rodillas y
comenzaría a convertirse en una rana… si yo fuera mala. Podría dejarlo con una mente
como un huevo revuelto, escuchando colores y oyendo olores… si yo fuera mala. Oh, sí. —
Se escuchó otro suspiro, más profundo y más sentido—. Pero no puedo hacer ninguna de
esas cosas: Eso no sería Correcto.
Lanzó una pequeña risita de desaprobación. Y si Tata Ogg hubiera estado escuchando,
hubiera resuelto como sigue: que ninguna risotada enfurecida de Aliss la Negra de
memoria infame, que ninguna pequeña risita tonta de un vampiro enloquecido cuya
moralidad fuera peor que su ortografía, que ninguna terrible carcajada de costado del
torturador más ingenioso, era tan perturbadora como una pequeña risita feliz de una Yaya
Ceravieja a punto de hacer lo que es mejor.
Desde la punta de su sombrero Yaya sacó una máscara de papel muy delgado. Era una
cara simple, suave, blanca, básica. Había agujeros semicirculares para los ojos. No era ni
feliz ni triste.
La giró en sus manos. Walter pareció dejar de respirar.
—Cosa simple, ¿verdad? —dijo Yaya—. Se ve hermosa, pero es realmente sólo una
simple cosa, tal como cualquier otra máscara. Los magos podrían atizarla por un año y
todavía decir que no hay nada mágico en ella, ¿eh? Lo que sólo muestra cuánto saben,
Walter Plinge.
La lanzó hacia él. Él la atrapó hambriento y la colocó sobre su cara.
Entonces se puso de pie con un movimiento circular, moviéndose como un bailarín.
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—No sé qué es usted cuando está detrás de la máscara —dijo Yaya—, pero ‘fantasma’
es sólo otra palabra para ‘espíritu’ y ‘espíritu’ es sólo otra palabra para ‘alma’. Ya se puede
ir, Walter Plinge.
La figura enmascarada no se movió.
—Quise decir… ya se puede ir, Fantasma. La función debe continuar.
La máscara asintió, y se fue velozmente.
Yaya batió palmas y sonó como la ejecución del Destino.
—¡Correcto! ¡Hagamos un poco de bien! —dijo, al universo en general.
Todos la estaban mirando.
Esto era un momento en el tiempo, un pequeño punto entre el pasado y el futuro,
cuando un segundo podría estirarse y estirarse…
Agnes sintió que el rubor comenzaba. Estaba subiendo hacia su cara como la venganza
del dios del volcán. Sabía que cuando llegara allí, todo habría terminado para ella.
Usted se disculpará, abucheó Perdita.
—¡Cállate! —gritó Agnes.
Se adelantó a zancadas antes de que el eco hubiera tenido tiempo de volver desde los
lejanos extremos del auditorio, y arrancó la máscara roja.
El coro entero entró en el momento justo. Esto era la ópera, después de todo. La
función se había detenido, pero la ópera continuaba…
—¡Salzella!
Él sujetó a Agnes, apretando la mano sobre su boca. Su otra mano voló al cinturón y
sacó la espada.
No era de utilería. La hoja siseó a través del aire mientras giraba para enfrentar al coro.
—Oh vaya oh vaya oh vaya —dijo—. ¡Qué extremadamente operístico estoy! Y ahora,
temo, tendré que tomar de rehén a esta pobre muchacha. Es lo apropiado, ¿no?
Miró triunfalmente a su alrededor. El público observaba en silencio fascinado.
—¿No hay nadie que diga ‘Usted no saldrá adelante con esto’? —dijo.
—Usted no saldrá adelante con esto —dijo André, desde bambalinas.
—Usted tiene el lugar rodeado, no tengo dudas —dijo Salzella alegremente.
—Sí, tenemos el sitio rodeado.
Christine gritó y se desmayó.
Salzella sonrío aun más alegremente.
—Ah, ¡ahora hay alguien operístico! —dijo—. Pero, mire, voy a terminar con esto,
porque no pienso operísticamente. Yo y esta joven dama aquí bajaremos a los sótanos
donde puedo dejarla ilesa, posiblemente. Dudo mucho de que usted tenga los sótanos
rodeados. Ni siquiera yo sé a dónde llegan, y créame que mis conocimientos son
verdaderamente extensos.
Hizo una pausa. Agnes trató de escapar, pero su mano se apretó más alrededor de su
cuello.
—Por ahora —dijo—, alguien debería haber dicho: ‘¿Pero por qué, Salzella?’
Sinceramente, ¿tengo que hacer todo por aquí?
Balde se dio cuenta de que tenía la boca abierta.
—¡Eso es lo que iba a decir! —dijo.
—Ah, bien. Bien, en tal caso, debo decir algo como: Porque quería hacerlo. Porque
más bien que me gusta el dinero, pues. Pero más que eso —tomó una profunda
respiración— realmente odio la ópera. No quiero ponerme innecesariamente emotivo sobre
esto, pero me temo que la ópera es realmente horrible. Y ya he tenido suficiente. Así que,
mientras tengo el escenario, permítame decirle qué desgraciada, egoísta, totalmente irreal,
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y despreciable como arte es, qué desperdicio terrible de buena música, qué…
Se escuchó un zumbido venir de un costado del escenario. Las faldas de los trajes
empezaron a aletear. Se levantó polvo.
André miró a su alrededor. A su lado, la máquina de viento se había puesto en marcha.
La manija estaba girando sola.
Salzella se volvió para ver lo que todos estaban mirando.
El Fantasma había caído ligeramente sobre escenario. Su capa de ópera se hinchaba a
su alrededor… operísticamente.
Hizo una ligera reverencia, y sacó su espada.
—¡Pero usted está mue…! —comenzó Salzella—. ¡Oh, sí! ¡Un fantasma de un
Fantasma! ¡Totalmente increíble y una ofensa contra el sentido común, en la mejor
tradición operística! ¡Esto era esperar demasiado!
Empujó a Agnes, y asintió con felicidad.
—Esto es lo que la ópera le hace a un hombre —dijo—. Le pudre el cerebro, sabe, y
dudo si él tiene demasiado de eso en primer lugar. Pone locas a las personas. ¡¡Locas!!
¿Me escuchó, loco? Ejem. Actúan irracionalmente. ¿No cree que lo he observado, todos
estos años? ¡¡Está como un invernadero de locura!! ¿Me escuchó? ¡¡Locura!!
Él y el Fantasma empezaron a rodearse el uno al otro.
—¡¡Usted no sabe cómo ha sido, se lo aseguro, siendo el único hombre cuerdo en esta
casa de locos!! ¡¡Usted cree cualquier cosa!! ¡¡Usted preferiría creer que un fantasma
puede estar en dos lugares al mismo tiempo que sólo ser dos personas diferentes!! ¡¡Incluso
Maza pensó que podía chantajearme!! ¡¡Hurgando en lugares que no debía!! Bien, por
supuesto, tuve que matarlo por su propio bien. ¡¡Este lugar enloquece incluso a los
ratoneros!! Y Undershaft… bien, ¿por qué no podía haber olvidado sus gafas como
habitualmente hacía, eh?
Arremetió con su espada. El Fantasma la evitó.
—Y ahora lucharé contra su Fantasma —dijo, adelantándose en un frenesí de
estocadas—, y ustedes notarán que nuestro Fantasma aquí en realidad no sabe esgrima…
porque sólo conoce la esgrima de escenario, pues… donde toda la cuestión, por supuesto,
consiste sólo en golpear la espada del otro con un ruido metálico adecuadamente
impresionante… de modo que usted puede morir muy dramáticamente porque sólo le ha
clavado cuidadosamente la espada bajo la axila…
El Fantasma fue forzado a retirarse bajo el violento ataque, hasta que cayó hacia atrás
sobre el cuerpo inconsciente de Christine.
—¿Lo ve? —dijo Salzella—. ¡¡¡Eso es lo que resulta de creer en la ópera!!!
Extendió la mano rápidamente y sacó la máscara de la cara de Walter Plinge.
—¡¡¡Realmente, Walter!!! ¡¡¡¡Usted es un mal muchacho!!!!
—¡Lo siento Sr. Salzella!
—¡¡¡¡Mire cómo todos le están mirando!!!!
—¡Lo siento Sr. Salzella!
Los dedos de Salzella estrujaron la máscara. Dejó caer los fragmentos al piso.
Entonces obligó a Walter a ponerse de pie.
—¿Lo ven, compañía? ¡¡¡Esto es su suerte!!! ¡¡¡Éste es su Fantasma!!! ¡¡¡Sin la
máscara es sólo un idiota que apenas puede atarse los cordones!!! ¡¡¡¡Jajaja!!!! Ejem. Es
todo culpa suya, Walter Plinge…
—¡Sí Sr. Salzella!
—No.
Salzella miró a su alrededor.
—Nadie creería a Walter Plinge. Incluso Walter Plinge se confunde sobre las cosas
que Walter Plinge ve. Incluso su madre temía que podía haber asesinado a esas personas.
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Las personas podían aceptar cualquier cosa de un Walter Plinge.
Se escuchaba un constante tableteo.
La trampilla se abrió junto a Salzella.
Un sombrero puntiagudo apareció lentamente, seguido del resto de Yaya Ceravieja,
con los brazos cruzados. Miró furiosa a Salzella mientras el piso hacía clic en su sitio. Su
pie dejó de tabletear sobre las tablas.
—Bien, bien —dijo—. Lady Esmerelda, ¿no?
—Estoy dejando de ser una dama, Sr. Salzella.
Echó un vistazo al sombrero puntiagudo.
—De modo que en cambio usted es una bruja.
—Sí, efectivamente.
—Una bruja mala, ¿sin duda?
—Peor.
—Pero esto —dijo Salzella—, es una espada. Todos saben que las brujas no pueden
hacer magia sobre hierro y acero. ¡¡¡Salga de mi camino!!!
La espada siseó al bajar.
Yaya extendió la mano. Hubo un borrón de carne y acero y…
… sujetó la espada, por la hoja.
—Le digo qué, Sr. Salzella —dijo, tranquilamente—, debería ser Walter Plinge quien
terminara esto, ¿no? Es a él a quien usted dañó, aparte de los que usted asesinó, por
supuesto. Usted no necesitaba hacer eso. Pero usted llevaba una máscara, ¿no? Hay una
especie de magia en las máscaras. Las máscaras ocultan una cara, pero revelan otra. La que
sólo sale en la oscuridad. Apuesto a que usted podía hacer todo lo que le gustaba, detrás de
una máscara…
Salzella parpadeó. Tiró de su espada, tiró con fuerza de una hoja afilada sujeta por una
mano sin protección.
Se escucharon quejidos de algunos miembros del coro. Yaya sonrió. Sus nudillos se
blanquearon cuando redobló su asimiento.
Giró la cabeza hacia Walter Plinge.
—Póngase su máscara, Walter.
Todos bajaron la mirada hacia el cartón arrugado sobre el escenario.
—¡Ya no la tengo Sra. Ceravieja!
Yaya siguió su mirada.
—Oh santo cielo, santo cielo —dijo—. Bien, puedo ver que tendremos que hacer algo
sobre eso. Míreme, Walter.
Él hacía lo que le decían. Yaya medio cerró los ojos.
—Usted… confía en Perdita, ¿no, Walter?
—¡Sí Sra. Ceravieja!
—Eso está bien, porque ella tiene una nueva máscara para usted, Walter Plinge. Una
mágica. Es semejante a la vieja, ¿sabe?, sólo que usted la lleva bajo la piel y no tiene que
quitársela y nadie sino usted necesitará saber que está ahí. ¿La tiene, Perdita?
—Pero yo… —comenzó Agnes.
—¿La tiene?
—Er… Oh, sí. Aquí está. Sí. La tengo en la mano. —Agitó vagamente una mano vacía.
—¡Usted la está sujetando al revés, mi muchacha!
—Oh. Lo siento.
—¿Bien? Désela, entonces.
—Er. Sí.
Agnes avanzó hacia Walter.
—Ahora usted la toma, Walter —dijo Yaya, todavía sujetando la espada.
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—¡Sí Sra. Ceravieja…!
Extendió la mano hacia Agnes. Mientras lo hacía, ella estaba segura de eso, sólo por
un momento, hubo una ligera presión en las puntas de los dedos de Agnes.
—¿Bien? ¡Póngasela!
Walter parecía indeciso.
—Usted cree que hay una máscara ahí, ¿no, Walter? —preguntó Yaya—. Perdita es
sensata y ella reconoce una máscara invisible cuando ve una.
Asintió lentamente, y levantó las manos a su cara.
Y Agnes estaba segura de que él, de alguna manera, había entrado en foco. No había
sucedido casi nada, indudablemente, que pudiera ser medido con cualquier tipo de
instrumento, no más que se pudiera pesar una idea o vender buena suerte por yardas. Pero
Walter se puso de pie, sonriendo débilmente.
—Bien —dijo Yaya. Miró a Salzella.
—Calculo que usted dos deberían pelear otra vez —dijo—. Pero no puede decirse que
soy injusta. Supongo que usted tendrá una máscara de Fantasma en algún lugar. La Sra.
Ogg lo vio agitarla, ¿sabe? Y ella no es tan lerda como parece…
—Gracias —dijo una obesa bailarina.
—… de modo que ella pensó, ¿cómo podía la gente decir todavía que habían visto al
Fantasma? Porque así es como reconocen al Fantasma, por su máscara. De modo que hay
dos máscaras.
Bajo su mirada, diciéndose a sí mismo que podía resistir cualquier tiempo que quisiera,
Salzella metió la mano en su chaqueta y sacó su propia máscara.
—Póngasela, entonces. —Ella soltó la espada—. Entonces lo que usted es puede pelear
contra lo que él es.
Abajo, en el foso, el percusionista miraba fijo mientras sus palillos se izaban y
empezaban un repique de tambor.
—¿Estás haciendo eso, Gytha? —dijo Yaya Ceravieja.
—Pensé que eras tú.
—Es la ópera, entonces. La función debe continuar.
Walter Plinge levantó su espada. El Salzella enmascarado echó un vistazo de él a
Yaya, y luego arremetió.
Las espadas se cruzaron.
Agnes se dio cuenta de que era una pelea de escenario. Las espadas chocaban y
sonaban mientras los luchadores bailaban de un lado al otro de las tablas. Walter no estaba
tratando de golpear a Salzella. Cada embestida era esquivada. Cada oportunidad de
retroceder, mientras el director musical se ponía más enfadado, fue ignorada.
—¡Esto no es pelear! —gritó Salzella, retrocediendo—. Esto es…
Walter embistió.
Salzella se tambaleó hasta chocar con Tata Ogg. Dio unos bandazos de costado.
Entonces se adelantó tambaleante, cayó sobre una rodilla, consiguió ponerse otra vez de
pie de manera insegura, y se tambaleó hacia el centro del escenario.
—Sea lo que sea que suceda —jadeó, quitándose la máscara—, ¡¡¡¡no puede ser peor
que una temporada de ópera!!!! ¡¡¡¡No me importa donde yo vaya mientras no haya
hombres obesos que pretendan ser muchachos delgados, y ninguna larga canción de la que
todos digan que es muy hermosa sólo porque no comprenden de qué diablos se trata en
realidad!!!! Ah… Ahargh…
Se desplomó.
—Pero Walter no… —comenzó Agnes.
—Cállese —dijo Tata Ogg, por la comisura.
—Pero él no ha… —comenzó Balde.
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—A propósito, otra cosa que no puedo soportar de la ópera —dijo Salzella,
poniéndose de pie y retrocediendo hacia las cortinas—, son los argumentos. ¡¡No tienen
sentido!! ¡¡¡Y nadie jamás lo dice!!! ¿Y la calidad de la actuación? ¡¡Es inexistente!! Todos
esperan mirando a la persona que está cantando. Por Dios, va a ser un alivio dejar eso
atrás… ah… argh…
Se desplomó.
—¿Es eso todo? —dijo Tata.
—No lo creo —dijo Yaya Ceravieja.
—En cuanto a las personas que asisten a la ópera —dijo Salzella, luchando por
ponerse de pie otra vez y tambaleándose de lado—, ¡¡¡creo que las odio posiblemente aun
más!!! ¡¡¡Son tan ignorantes!!! ¡¡¡Debe haber apenas una de ellas ahí que sepa una cosa
sobre la música!!! ¡¡¡Siguen la melodía!!! ¡¡¡Se pasan todo el día esforzándose por ser
seres humanos sensatos, y luego ellos entran aquí y dejan su inteligencia en un clavo junto
a la puerta…!!!
—Entonces, ¿por qué no sólo se va? —respondió Agnes—. Si había robado todo ese
dinero, ¿por qué no se fue a algún lugar, si usted la odiaba tanto?
Salzella la miró fijo mientras se balanceaba de un lado a otro. Su boca se abrió y cerró
un par de veces, como si estuviera ensayando palabras poco familiares.
—¿Irme? —logró decir—. ¿Irme? ¿Dejar la ópera…? Argh argh argh…
Se fue al piso otra vez.
André tocó al director caído.
—¿Ya está muerto? —dijo.
—¿Cómo puede estar muerto? —dijo a Agnes—. Por Dios, ¿nadie puede verlo?
—Usted sabe lo que realmente me deprime en la ópera —dijo Salzella, poniéndose de
rodillas—, ¡¡¡¡es la manera en que todos se toman tanto…!!!! ¡¡¡¡¡… tiempo…!!!!! ¡¡¡¡¡…
para…!!!!! argh… argh… argh…
Se desplomó.
La compañía esperó durante un rato. El público contuvo su respiración colectiva.
Tata Ogg lo golpeó con una bota.
—Sí, eso es todo. Parece que se ha ido con el último telón —dijo.
—¡Pero Walter no lo apuñaló! —dijo Agnes—. ¿Por qué nadie me escucha? Miren, ¡la
espada ni siquiera está clavada en él! ¡Sólo se metió entre el cuerpo y el brazo, por el amor
de Dios!
—Sí —dijo Tata—. Lo supongo, realmente, es una lástima que él no lo notara. —Se
rascó el hombro—. Mire, estos vestidos de ballet realmente pican…
—¡Pero él está muerto!
—Se puso un poco sobreexcitado, quizás —dijo Tata, rascándose con una correa.
—¿Sobreexcitado?
—Frenético. Usted conoce estos tipos artísticos. Bien, usted es uno, por supuesto.
—¿Está realmente muerto? —preguntó Balde.
—Parece estarlo —dijo Yaya—. Una de las mejores muertes operísticas, no me
importaría apostar.
—¡¡Eso es terrible!! —Balde agarró al difunto Salzella por el cuello y lo levantó—.
¿Dónde está mi dinero? ¡¡¡Vamos, suéltelo, dígame qué ha hecho con mi dinero!!! ¡¡¡¡Yo
no lo escucho!!!! ¡¡¡No está diciendo nada!!!
—Eso es por estar muerto —dijo Yaya—. No son habladores, los difuntos. Como
regla.
—¡¡¡Bien, usted es una bruja!!! ¿No puede hacer esa cosa con las cartas y los vasos?
—Bueno, sí… podríamos tener una partida de póquer —dijo Tata—. Buena idea.
—El dinero está en los sótanos —dijo Yaya—. Walter le mostrará.
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Walter Plinge juntó los tacones.
—Indudablemente —dijo—. Me alegraría hacerlo.
Balde lo miró fijo. Era la voz de Walter Plinge y estaba saliendo de la cara de Walter
Plinge, pero ambas, cara y voz, eran diferentes. Sutilmente diferentes. La voz había
perdido el tono incierto, atemorizado. El aspecto desigual se había ido de la cara.
—Por Dios —murmuró Balde, y soltó la chaqueta de Salzella. Se escuchó un ruido
sordo.
—Y ya que usted va a necesitar un nuevo director musical —dijo Yaya—, podría
hacerlo peor que fijarse en Walter aquí.
—¿Walter?
—Conoce todo que hay que conocer acerca de la ópera —dijo Yaya—. Y todo acerca
del Teatro de la Ópera, también.
—Usted debería ver la música que ha escrito… —dijo Tata.
—¿Walter? ¿Director musical? —dijo Balde.
—… cosas que realmente se pueden tararear…
—Sí, creo que usted se sorprendería —dijo Yaya.
—… hay una con muchos marineros bailando alrededor, cantando acerca de que no hay
ninguna mujer…
—Éste es Walter, ¿no?
—… y luego un tipo llamado Les, que es miserable todo el tiempo…
—Oh, éste es Walter —dijo Yaya—. La misma persona.
—… y hay una, ja, con todos gatos que trepan alrededor y cantan —farfulló Tata—. No
puedo imaginar cómo inventó ésa…
Balde se rascó la barbilla. Se sentía bastante mareado para entonces.
—Y es digno de confianza —dijo Yaya—. Y es honesto. Y conoce todo sobre el
Teatro de la Ópera, como le dije. Y… dónde está todo…
Eso fue suficiente para el Sr. Balde.
—¿Quiere ser director musical, Walter? —dijo.
—Gracias, Sr. Balde —dijo Walter Plinge—. Me gustaría mucho. Pero, ¿qué pasará
con la limpieza de los retretes?
—¿Perdone?
—No tendré que dejar de hacerla, ¿o sí? Los tengo a todos funcionando bien.
—¿Oh? Correcto. ¿De veras? —Los ojos del Sr. Balde se cruzaron por un momento—.
Bien, muy bien. Usted puede cantar mientras lo hace, si quiere —añadió generosamente—.
¡Y ni siquiera reduciré su paga! ¡La incrementaré! Seis… no, ¡siete dólares brillantes!
Walter se frotó la cara pensativo.
—Sr. Balde…
—¿Sí, Walter?
—Pienso… usted le pagaba al Sr. Salzella cuarenta dólares brillantes…
Balde giró hacia Yaya.
—¿Es alguna clase de monstruo?
—Usted sólo escuche las cosas que ha estado escribiendo —dijo Tata—. Canciones
asombrosas, ni siquiera en extranjero. ¿Puede usted mirar estas cosas… excúseme…
Volvió la espalda al público…
– twingtwangtwong –
… y giró en redondo otra vez con un montón de papeles de música en las manos.
—Yo reconozco la buena música cuando la veo —dijo, pasándola a Balde y señalando
con excitación unos fragmentos—. Tiene gotas y partes rizadas por todas partes, ¿lo ve?
—¿Usted ha estado escribiendo esta música? —preguntó Balde a Walter—. ¿La que
está inexplicablemente tibia?
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—Efectivamente, Sr. Balde.
—¿En mi tiempo?
—Hay una canción encantadora aquí —dijo Tata—, No llores por mí, Genua. Es muy
triste. Eso me recuerda, es mejor que vaya a ver si la Sra. Plinge se ha solt… se ha
despertado. Puedo haber exagerado un poco en el tropezón. —Salió, sujetando las partes de
su traje, y empujando a una bailarina fascinada—. Esto del ballet no hace sudar a medias,
¿no cree?
—Excúseme, hay algo en lo que realmente no creo —dijo André. Tomó la espada de
Salzella y probó la hoja cuidadosamente.
—¡Auch! —gritó.
—Afilada, ¿verdad? —dijo Agnes.
—¡Sí! —André se chupó el dedo—. Ella la sujetaba con la mano.
—Ella es una bruja —dijo Agnes.
—¡Pero era acero! ¡Pensé que nadie podía hacer magia con el acero! Todos saben eso.
—No estaría demasiado impresionada si fuera usted —dijo Agnes agriamente—.
Probablemente fue sólo alguna clase de truco…
André se volvió hacia Yaya.
—¡Su mano ni siquiera está raspada! ¿Cómo hizo… usted…?
Su mirada lo sostuvo en su pupila de zafiro por un momento. Cuando él se volteó se
veía vagamente desconcertado, como un hombre que no puede recordar dónde acaba de
poner algo.
—Espero que no lastimara a Christine —masculló—. ¿Por qué nadie se está
encargando de ella?
—Probablemente porque ella se aseguró de gritar y desmayarse antes de que algo
ocurriera —dijo Perdita, a través de Agnes.
André caminó hasta el otro lado del escenario. Agnes fue detrás de él. Unas bailarinas
estaban arrodilladas junto a Christine.
—Sería terrible si algo le pasara —dijo André.
—Oh… sí.
—Todos dicen que se está mostrando como una promesa…
Walter caminaba junto a él.
—Sí. Deberíamos ponerla en algún lugar —dijo. Su voz era cortante y precisa.
Agnes sintió que el mundo comenzaba a perderse bajo sus pies.
—Sí, pero… usted sabe que yo estaba cantando por ella.
—Oh, sí… sí, por supuesto… —dijo André, torpemente—. Pero… bueno… ésta es la
ópera… ya sabe…
Walter le tomó la mano.
—¡Pero usted me enseñó a mí! —dijo desesperadamente.
—Entonces usted era muy buena —dijo Walter—. Sospeché que ella nunca será tan
buena, incluso con varios meses de mi tutoría. Pero, Perdita, ¿alguna vez oyó las palabras
‘calidad estelar’?
—¿Es lo mismo que talento? —preguntó abruptamente Agnes.
—Es más infrecuente.
Ella lo miró. Su cara, como sea que ahora estuviera controlada, era muy apuesta bajo la
intensa luz de las candilejas.
Liberó su mano.
—Me gustaba usted más cuando era Walter Plinge —dijo.
Agnes dio media vuelta para alejarse, y sintió la mirada de Yaya Ceravieja sobre ella.
Estaba segura de que era una mirada burlona.
—Er… deberíamos colocar a Christine en la oficina del Sr. Balde —dijo André.
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Esto pareció romper una especie de encanto.
—¡¡¡Sí, efectivamente!!! —dijo Balde—. Y no podemos dejar el cuerpo del Sr.
Salzella sobre el escenario, tampoco. Usted dos, mejor será que lo lleven entre bastidores.
El resto de ustedes… bien, estaba casi terminada de todos modos… er… así es. La… ópera
ha terminado…
—¡Walter Plinge!
Tata Ogg entró, sosteniendo a la Sra. Plinge. La madre de Walter lo miró con una
mirada pequeña.
—¿Has sido un mal muchacho?
El Sr. Balde caminó hacia ella y le palmeó la mano.
—Pienso que es mejor que usted venga a mi oficina, también —dijo. Le pasó el fajo de
música a André, que lo abrió al azar.
André le echó una mirada, y luego se fijó.
—Hey… esto es bueno —dijo.
—¿Lo es?
André miró otra página.
—¡Santo cielo!
—¿Qué? ¿Qué? —preguntó Balde.
—Nunca he… Quiero decir, incluso puedo ver… tum-ti TUM tum-tum… sí… Sr. Balde,
¿saber que esto no es ópera? Tiene música y… sí… baile y canto, de acuerdo, pero no es
ópera. No es ópera absolutamente. Está a gran distancia de la ópera.
—¿Qué tan lejos? Usted no quiere decir… —Balde vaciló, saboreando la idea—,
¿usted no quiere decir que es sólo posible que se pone música por allí y se obtiene dinero
por allá?
André tarareó algunas notas.
—Ése podría muy bien ser el caso, Sr. Balde.
Balde sonrió. Puso un brazo alrededor de André y el otro alrededor de Walter.
—¡¡¡¡¡Bien!!!!! —dijo—. Esto merece un muy gran… un muy mediano trago…
Uno por uno, o en grupos, los cantantes y las bailarinas dejaron el escenario. Y las
brujas y Agnes quedaron solas.
—¿Eso es todo? —dijo Agnes.
—No todavía —dijo Yaya.
Alguien entró tambaleándose al escenario. Una mano amable había vendado la cabeza
a Enrico Basilica, y presumiblemente otra mano amable le había dado el plato de espagueti
que sostenía. Parecía que la suave conmoción todavía lo tenía a su merced. Parpadeó a las
brujas y luego habló como un hombre que ha perdido noción de los eventos inmediatos y
por tanto se estaba aferrando firmemente a las más antiguas consideraciones.
—Algiunno me da un poco de spagueti —dijo.
—Eso es bueno —dijo Tata.
—¡Ja! Spagueti es bueno para los que les gusta… ¡pero no mí! ¡Ja! ¡Sí! —Se volvió y
miró embotado hacia la oscuridad del público.
—¿Saben qué voy a hacer? ¿Saben qué voy a hacer ahora? ¡Voy a decirle adiós a
Enrico Basilica! ¡Oh sí! ¡Ha masticado su último tentáculo! Voy a salir afuera ahora
mismo y beber ocho pintas de Rodaballo Realmente Raro. ¡Sí! ¡Y probablemente una
salchicha en bollo! Y entonces voy a ir al teatro de variedades a escuchar a Nellie Stamp
cantando a ‘No Importa Un Bígaro Si No Tienes Palillo’… y si canto otra vez será bajo el
viejo y orgulloso nombre de Henry Perezoso, ¿me escuchan…?
Se escuchó un chillido desde algún sitio en el público.
—¿Henry Perezoso?
—Er… ¿sí?
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—¡Pensé que eras tú! Te ha crecido la barba y te has puesto un pajar bajo los
pantalones pero, pensé, bajo esa pequeña máscara, ¡está mi Henry, eso es!
Henry Perezoso ocultó sus ojos de la intensa luz de las candilejas.
—¿… Angeline?
—¡Oh, no! —dijo Agnes, cansadamente—. Este tipo de cosas no ocurre.
—Ocurre en el teatro todo el tiempo —dijo Tata Ogg.
—Por cierto —dijo Yaya—. Es sólo una bendición que no tenga un hermano gemelo
perdido hace mucho tiempo.
Se escuchaba el sonido de mucho malestar en el público. Alguien estaba trepando a lo
largo de una hilera, arrastrando a alguien más.
—¡Mamá! —llegó una voz desde la penumbra—. ¿Qué piensas que estás haciendo?
—¡Tú sólo ven conmigo, joven Henry!
—¡Mamá, no podemos subir al escenario…!
Henry Perezoso lanzó el plato a bambalinas, bajó del escenario y se alzó sobre el borde
del foso de la orquesta, ayudado por un par de violinistas.
Se encontraron en la primera hilera de asientos. Agnes sólo podía escuchar sus voces.
—Quise volver. ¡Tú lo sabes!
—Quería esperar pero, con una cosa y otra… especialmente una cosa. Ven aquí, joven
Henry…
—Mamá, ¿qué está ocurriendo?
—Hijo… sabes que siempre dije que tu padre era el Sr. Legal, el malabarista de
anguilas.
—Sí, por…
—¡Por favor, ambos, vengan a mi vestidor! Puedo ver que tenemos mucho de que
hablar.
—Oh, sí. Mucho…
Agnes observó que se iban. El público, que podía individualizar la ópera incluso si no
estaba cantada, aplaudió.
—Muy bien —dijo—. ¿Y ahora es el final?
—Casi —dijo Yaya.
—¿Usted les hizo algo en la cabeza a todos?
—No, pero tuve ganas de abofetear a algunos —dijo Tata.
—¡Pero nadie dijo ‘gracias’ o algo!
—A menudo sucede —dijo Yaya.
—Demasiado ocupados pensando en la siguiente representación —dijo Tata—. La
función debe continuar —añadió.
—¡Eso es… eso es locura!
—Es la ópera. Noté que incluso atrapó al Sr. Balde también —dijo Tata—. Y ese joven
André ha sido rescatado de ser un policía, si soy buena jueza.
—Pero, ¿y qué pasa conmigo?
—Oh, como marcan los finales no lo consigues —dijo Yaya. Quitó una mota invisible
de polvo de su hombro.
—Supongo que es mejor que nos vayamos, Gytha —dijo, volviéndole la espalda a
Agnes—. Mañana comienza temprano.
Tata caminó hacia adelante, dando sombra a sus ojos mientras miraba en las fauces
oscuras del auditorio.
—El público no se ha ido, ¿sabe? —dijo—. Todavía están sentados ahí.
Yaya se reunió con ella, y espió dentro de la penumbra.
—No puedo imaginar por qué —dijo—. Él dijo que la ópera había terminado…
Se volvieron y miraron a Agnes, que estaba en el centro del escenario y sin mirar a
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nada.
—¿Se siente un poco enfadada? —dijo Tata—. Era de esperarse.
—¡Sí!
—¿Siente que todo ha ocurrido para otras personas y no para usted?
—¡Sí!
—Pero —dijo Yaya Ceravieja—, mírelo de este modo: ¿qué espera lograr Christine?
Sólo se convertirá en una cantante. Clavada en un mundo pequeño. Oh, tal vez será lo
bastante buena para conseguir un poco de fama, pero un día la voz se quebrará y ése será el
final de su vida. Usted tiene una oportunidad. Usted puede estar en el escenario, ser sólo
una artista, sólo siguiendo las líneas… o usted puede estar afuera de eso, y saber cómo
funciona el guión, dónde baja la escenografía, y dónde están las trampillas. ¿No sería
mejor?
—¡No!
La cosa más enfurecedora sobre Tata Ogg y Yaya Ceravieja, pensó Agnes después, era
la manera en que a veces actuaban en tándem, sin intercambiar una palabra. Por supuesto,
había muchísimas otras cosas —la manera en que nunca pensaban que entrometerse era
entrometerse si ellas lo hacían; la manera en que automáticamente suponían que los
asuntos de todos los demás eran propios; la manera en que iban por la vida en una línea
recta; la manera, en resumen, en que llegaban a cualquier situación e inmediatamente
empezaban a cambiarla. Comparado con eso, el hecho de actuar en un acuerdo mudo era
una molestia menor, pero no venía al caso.
Caminaron hacia ella, y cada una colocó una mano sobre su hombro.
—¿Se siente enfadada? —dijo Yaya.
—¡Sí!
—Yo lo dejaría salir entonces, si fuera usted —dijo Tata.
Agnes cerró los ojos, apretó los puños, abrió la boca y gritó.
Empezó bajo. Polvo de yeso comenzó a caerse del techo. Los prismas de la araña de
luces sonaron suavemente mientras temblaban.
Creció, pasando rápidamente por el misterioso agudo a catorce ciclos por segundo
donde el espíritu humano empieza a sentirse claramente incómodo sobre el universo y el
lugar que en él ocupan los intestinos. Pequeños objetos alrededor del Teatro de la Ópera se
deslizaron de los estantes y se hicieron añicos sobre el piso.
La nota se alzó, sonó como una campana, trepó otra vez. En el Foso, todas las cuerdas
de violín se rompieron, una por una.
Mientras el tono subía, los prismas de cristal en la araña de luces se entrechocaban. En
el bar, los corchos del champaña dispararon una salva. El hielo tintineaba y se hacía añicos
en su balde. Una línea de vasos de vino se unió en coro, borronearon sus bordes, y luego
estallaron como peligrosos cardos, soplados con fuerza.
Había armónicos y ecos que causaban efectos extraños. En los vestidores, el maquillaje
número 3 se derritió. Los espejos se partieron, llenando la escuela de ballet de un millón de
imágenes fracturadas.
El polvo se levantó, los insectos cayeron. En las piedras del Teatro de la Ópera
diminutas partículas de cuarzo bailaron brevemente…
Entonces llegó el silencio, roto por algún ocasional golpe sordo y tintineo.
Tata sonrió.
—Ah —dijo—, ahora la ópera está terminada.
Salzella abrió los ojos.
El escenario estaba vacío, y oscuro, y sin embargo brillantemente iluminado. Es decir,
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una inmensa luz sin sombras estaba manando desde alguna fuente invisible y con todo,
aparte del mismo Salzella, no había nada que iluminar.
Los pasos sonaron en la distancia. Su propietario tardó un poco de tiempo llegar, pero
cuando entró en el aire líquido alrededor de Salzella pareció que explotaba en llamas.
Vestía de rojo: un traje rojo con encaje rojo, una capa roja, zapatos rojos con hebillas
de rubí, y un sombrero rojo de amplia ala con una pluma roja inmensa. Incluso caminaba
con un largo palo rojo, adornado con cintas rojas. Pero para alguien que se había tomado
tanto trabajo meticuloso con su traje, había sido negligente en el tema de su máscara. Era
una cruda máscara de calavera, como podría ser comprada en cualquier tienda de teatro.
Salzella hasta podía ver el cordel.
—¿Adónde se fueron todos? —preguntó Salzella. Los desagradables recuerdos
recientes estaban empezando burbujear en su mente. No podía recordarlos total y
claramente por el momento, pero su sabor era malo.
La figura no dijo nada.
—¿Dónde está la orquesta? ¿Qué pasó con el público?
Hubo un encogimiento de hombros apenas perceptible en la alta figura roja.
Salzella empezó a notar otros detalles. Lo que pensó que era el escenario parecía
ligeramente arenoso bajo los pies. El techo encima de él estaba muy muy lejos, quizás tan
lejos como nada podía estarlo, y estaba lleno de puntos de luz, fríos y duros.
—¡Le hice una pregunta!
TRES PREGUNTAS, A DECIR VERDAD.
Las palabras aparecieron en el interior de las orejas de Salzella sin la sensación de que
hubieran viajado como el sonido normal.
—¡Usted no me respondió!
USTED TIENE QUE DESCUBRIR ALGUNAS COSAS POR SÍ MISMO, Y ÉSTA
ES UNA DE ELLAS, CRÉAME.
—¿Quién es usted? Usted no es miembro del elenco, ¡lo sé! ¡Quítese esa máscara!
COMO USTED DESEE. ME GUSTA METERME EN EL ESPÍRITU DE LA COSA.
La figura se quitó la máscara.
—¡Y ahora, quítese esa otra máscara! —dijo Salzella, mientras los dedos congelados
del temor corrían dentro de él.
Muerte tocó un resorte secreto sobre el palo. Una hoja salió afuera, tan delgada que era
transparente, su borde brillante azul como si las moléculas del aire fueran separadas en sus
átomos componentes.
AH, dijo, levantando la guadaña. CREO QUE ALLÍ ME TIENE.
Estaba oscuro en los sótanos, pero Tata Ogg había caminado sola en las extrañas
cavernas bajo Lancre, y por los bosques de noche con Yaya Ceravieja. La oscuridad no
contenía temores para una Ogg.
Prendió un fósforo.
—¿Greebo?
Las personas habían estado patrullando de un lado al otro por horas. La oscuridad ya
no era privada. Se había necesitado un montón de personas para llevar todo el dinero, para
comenzar. Hasta el final de la ópera, hubo algo misterioso sobre estos sótanos. Ahora eran
sólo… bueno… húmedas habitaciones subterráneas. Algo que había vivido aquí se había
ido.
Su pie hizo sonar una pieza de cerámica.
Lanzó un gruñido mientras se arrodillaba. Barro derramado y trozos de vasijas rotas
ensuciaban el piso. Aquí y allí, sin raíces y partidos, algunos trozos de ramas muertas.
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Sólo una clase de tonto habría plantado varillas de madera en potes de barro tan
subterráneo y habría esperaba que algo ocurriera.
Tata recogió una y la olfateó tentativamente. Olía a barro. Y a nada más.
Le habría gustado saber cómo lo había hecho. Sólo interés profesional, por supuesto. Y
sabía que nunca lo sabría, ahora. Walter era un hombre ocupado ahora, arriba, a la luz. Y,
para que algo empiece, otras cosas tienen que terminar.
—Todos nosotros llevamos una máscara de un tipo u otro —dijo al aire húmedo—. No
tiene sentido remover las cosas ahora, ¿no…?
El coche no partiría hasta las siete de la mañana. Para los estándares de Lancre era
prácticamente el mediodía. Las brujas llegaron allí temprano.
—Esperaba comprar algunos recuerdos —dijo Tata, pateando los adoquines para
mantenerse caliente—. Para los niños.
—No hay tiempo —dijo Yaya Ceravieja.
—No habría supuesto ninguna diferencia teniendo en cuenta que no tengo ningún
dinero con que comprarlos —siguió Tata.
—No es mi culpa si malgastas tu dinero —dijo Yaya.
—No recuerdo haber tenido una sola oportunidad de malgastarlo.
—El dinero es solamente útil por las cosas que puede hacer.
—Bueno, sí. Podía haber alcanzado para tener unas botas nuevas, para empezar.
Tata saltó arriba y abajo un rato, y silbó entre los dientes.
—Bueno por parte de la Sra. Palm permitirnos estar allí gratis —dijo.
—Sí.
—Por supuesto, ayudé tocando el piano y contando bromas.
—Una bonificación adicional —dijo Yaya, asintiendo.
—Y por supuesto están todos esos bocados que preparé. Con la Salsa Especial de
Fiesta.
—Sí, efectivamente —dijo Yaya, con cara de póquer—. La Sra. Palm estaba diciendo
apenas esta mañana que estaba pensando en retirarse el próximo año.
Tata miró la calle arriba y abajo otra vez.
—Espero que la joven Agnes aparezca en cualquier momento —dijo.
—Realmente, no podría decirlo —dijo Yaya arrogante.
—No es como si hubiera aquí mucho para ella, después de todo.
Yaya sorbió.
—Es su elección, estoy segura.
—Todos quedaron muy impresionados, calculo, cuando cogiste esa espada con la
mano…
Yaya suspiró.
—¡Ja! Sí, eso espero. No pensaban claramente, ¿o sí? Las personas son perezosas.
Nunca piensan: tal vez tenía algo en su mano, un trozo de metal o algo. No piensan por un
minuto que era sólo un truco. Ellos no piensan que siempre hay una explicación
perfectamente buena si la buscas. Probablemente piensan que era una especie de magia.
—Sí, pero… tú no tenías nada en tu mano, ¿o sí?
—Ése no es el punto. Podría haberlo tenido. —Yaya miró la plaza arriba y abajo—.
Además, no puedes hacer magia con hierro.
—Es la pura verdad. No hierro. Ahora, alguien como la vieja Aliss la Negra, podía
hacer su piel más dura que el acero… pero ésa es sólo una antigua leyenda, supongo…
—Ella podía hacerlo bien —dijo Yaya—. Pero no puedes ir por allí desordenando
causa y efecto. Eso es lo que la volvió loca, y vino el final. Ella pensó que podía ponerse
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fuera de cosas como causa y el efecto. Bien, no se puede. Agarras una espada afilada por la
hoja, y te lastimas. El mundo sería un lugar terrible si las personas olvidaran eso.
—Tú no estabas lastimada.’
—No fue mi culpa. No tuve tiempo.
Tata se sopló las manos.
—Una cosa buena, sin embargo —dijo—. Es una bendición que la araña de luces
nunca se viniera abajo. Estaba preocupada por eso tan pronto la vi. Se ve demasiado
dramática para su propio bien, pensé. La primera cosa que haría añicos, si yo fuera un loco.
—Sí.
—No pude encontrar a Greebo hasta anoche.
—Bien.
—Sin embargo, siempre aparece.
—Desafortunadamente.
Se escuchó un traqueteo mientras el coche daba vuelta la esquina.
Se detuvo.
Entonces el cochero tiró de las riendas y hizo una vuelta en U y desapareció otra vez.
—¿Esme? —dijo Tata, después de un rato.
—¿Sí?
—Hay un hombre y dos caballos que nos espían desde la esquina. —Levantó la voz—.
Vamos, ¡sé que usted está ahí! ¡Se supone que ese coche parte a las siete! ¿Tienes los
boletos, Esme?
—¿Yo?
—Ah —dijo Tata con aire vacilante—. Así que… ¿no tenemos ochenta dólares para los
boletos, entonces?
—¿Qué tienes remetido en tu elástico? —dijo Yaya mientras el coche avanzaba
cautelosamente.
—Nada que sea legal ofrecer para propósitos de viaje, me temo.
—Entonces… no, no podemos permitirnos los boletos.
Tata suspiró.
—Oh, bien, sólo tendré que usar encanto.
—Va a ser una larga caminata —dijo Yaya.
El coche se detuvo. Tata miró al conductor, y sonrió inocentemente.
—¡Buen día, mi buen señor!
Él le devolvió una mirada ligeramente asustada pero principalmente recelosa.
—¿Lo es?
—Estamos deseosas de viajar a Lancre pero desafortunadamente nos encontramos un
poco avergonzadas en el departamento del calzón.
—¿¿Lo están??
—Pero somos brujas y probablemente podríamos pagar nuestro viaje, por ejemplo,
curando alguna pequeña y vergonzosa dolencia que usted pueda tener.
El cochero frunció el ceño.
—No la estoy llevando por nada, anciana. ¡Y no tengo ninguna dolencia pequeña y
vergonzosa!
Yaya se adelantó.
—¿Cuántas querría usted? —dijo.
La lluvia rodaba sobre las llanuras. No era una impresionante tormenta eléctrica de las
Montañas del Carnero, sino una lluvia perezosa, persistente y de nubes bajas, como una
niebla gorda. Los había estado siguiendo todo el día.
Las brujas tenían el coche para ellas solas. Algunas personas habían abierto la puerta
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mientras estaba esperando la salida, pero por alguna razón habían decidido repentinamente
que los planes de viaje para hoy no incluían un paseo en coche.
—Está haciendo buen tiempo —dijo Tata, abriendo las cortinas y espiando afuera de la
ventana.
—Supongo que el conductor tiene prisa.
—Sí, supongo que sí.
—Sin embargo, cierra la ventana. Se está mojando aquí dentro.
—Ya mismo.
Tata agarró la correa y luego de repente sacó la cabeza a la lluvia.
—¡Deténgase! ¡Deténgase! ¡Diga al hombre que pare!
El coche hizo un alto sobre una sábana de barro.
Tata abrió la puerta.
—¡Yo no sé, tratando de caminar hasta casa, y en este clima también! ¡Encontrarás tu
muerte!
La lluvia y la niebla llegaron a través de la puerta abierta. Entonces una forma
empapada se subió sobre el alto alféizar y se escabulló bajo el asiento, dejando pequeños
charcos tras de sí.
—Tratando de ser independiente —dijo Tata—. Bendito seas.
El coche se puso en marcha otra vez. Yaya miraba fijo los interminables campos
oscurecidos y la llovizna despiadada, y vio otra figura que se afanaba en el barro junto al
camino que llegaría, al final, a Lancre. Mientras el coche pasaba, empapó a la caminante
en lechada fina.
—Sí, efectivamente. Ser independiente es una buena ambición —dijo, corriendo las
cortinas.
Los árboles estaban desnudos cuando Yaya Ceravieja regresó a su cabaña.
Ramitas y semillas habían entrado volando por debajo de la puerta. El hollín había
caído por la chimenea. Su casa, siempre algo orgánico, había crecido un poco más cerca de
sus raíces en la arcilla.
Había cosas que hacer, así que las hizo. Había hojas que debían ser barridas, y una pila
de madera que debía ser levantada bajo los aleros. La manga detrás de las colmenas,
harapienta por las tormentas de otoño, tenía que ser zurcida. El heno tenía que ser acopiado
para las cabras. Las manzanas tenían que ser almacenadas en el desván. A las paredes les
vendría bien otra capa de jalbegue.
Pero había algo que tenía que ser hecho primero. Haría los otros trabajos un poco más
difíciles, pero no había ninguna ayuda para eso. No podías hacer magia en el hierro. Y no
podías agarrar una espada sin ser lastimada. Si eso no fuera verdad, el mundo estaría todo
dado vuelta.
Yaya se hizo un poco de té, y luego puso la tetera a hervir otra vez. Tomó un puñado
de hierbas de un caja sobre el tocador, y las dejó caer en un tazón con el agua hirviendo.
Sacó un trozo de venda limpia de un cajón y lo puso cuidadosamente sobre la mesa junto al
tazón. Enhebró una aguja sumamente afilada y colocó aguja e hilo junto a la venda. Sacó
un poco de ungüento verdoso de una lata pequeña, y lo esparció sobre un cuadrado de
lienzo.
Eso parecía ser todo.
Se sentó, y apoyó su brazo sobre la mesa, la palma hacia arriba.
—Bien —dijo, a nadie en particular—, supongo que ahora tengo tiempo.
El retrete tenía que ser cambiado de lugar. Era un trabajo que Yaya prefería hacer por
sí misma. Había algo increíblemente satisfactorio en cavar un agujero muy profundo. No
Mascarada Terry Pratchett
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era complicado. Sabías dónde estabas con un agujero en el suelo. La tierra no tenía ideas
extrañas, ni creía que las personas eran honestas porque tenían una mirada fija firme y un
fuerte apretón de manos. Sólo estaba allí, esperando a que lo cambiaras de lugar. Y,
después de haberlo hecho, podías sentarte allí en la encantadora y cálida comprensión de
que pasarían meses antes de tener que hacerlo otra vez.
Fue mientras estaba al fondo del agujero que una sombra lo cruzó.
—Buenas tardes, Perdita —dijo sin mirar hacia arriba.
Levantó otra palada a la altura de la cabeza y la lanzó sobre el borde.
—Volvió a casa para una visita, ¿verdad? —dijo.
Clavó la pala en la arcilla al fondo del agujero otra vez, hizo una mueca, y la empujó
con el pie.
—Pensé que le estaba yendo muy bien en la ópera —continuó—. Por supuesto, no soy
una experta en estas cosas. Es bueno ver a las personas jóvenes buscar fortuna en la gran
ciudad, sin embargo.
Miró hacia arriba con una sonrisa brillante y amistosa.
—Veo que ha perdido un poco de peso también. —La inocencia colgaba de sus
palabras como bucles de caramelo.
—He estado… haciendo ejercicio —dijo Agnes.
—El ejercicio es una cosa buena, por supuesto —dijo Yaya, volviendo a cavar—.
Aunque dicen que no se puede hacer demasiado. ¿Cuándo vuelve usted?
—Yo… no lo he decidido.
—Bueeeno, no conviene estar planeando siempre. No comprometerse todo el tiempo,
siempre he dicho. Se queda con su mamá, ¿verdad?
—Sí —dijo Agnes.
—¿Ah? Sólo que la vieja cabaña de Magrat todavía está vacía. Usted estaría haciendo
un favor a todos si la ventilara un poco. Ya sabe… mientras está aquí.
Agnes no dijo nada. No podía pensar en algo que decir.
—Una cosa antigua y graciosa —dijo Yaya, tajando alrededor de una raíz de árbol
particularmente problemática—. No se lo diría a todos, pero estaba pensando el otro día,
sobre cuando era más joven y me hacía llamar Endemonidia…
—¿Usted lo hizo? ¿Cuándo?
Yaya se frotó la frente con la mano vendada, dejando una mancha de arcilla roja.
—Oh, por unas tres, o cuatro horas —dijo—. Algunos nombres no tienen el poder de
permanencia. Nunca escoja un nombre para sí con el que no pueda fregar el piso.
Lanzó la pala fuera del agujero.
—Deme una mano, ¿quiere?
Agnes lo hizo. Yaya se sacudió la tierra y el mantillo del mandil y trató de librarse del
barro de las botas pateando el suelo.
—Tiempo para una taza de té, ¿no? —dijo—. Vaya, usted se ve bien. Es el aire fresco.
Demasiado aire viciado en ese Teatro de la Ópera, creo.
Agnes trató en vano de detectar algo en los ojos de Yaya Ceravieja además de la
transparente honestidad y buena voluntad.
—Sí. Eso creo también —dijo—. Er… ¿se ha lastimado la mano?
—Curará. Muchas cosas lo hacen.
Se echó la pala al hombro y se dirigió hacia la cabaña; y entonces, a medio camino del
sendero, se dio vuelta y miró hacia atrás.
—Yo sólo me preguntaba, usted comprende, de una manera amistosa, tomando más
bien un interés, no sería humana si yo no…
Agnes suspiró.
—¿Sí?
—… ¿tiene mucho que hacer en la tarde estos días?
Quedaba la rebelión justa en Agnes para poner un dejo sarcástico en su voz.
—¿Oh? ¿Está ofreciendo enseñarme algo?
—¿Enseñar? No —dijo Yaya—. No tengo paciencia para enseñar. Pero podría
permitirle aprender.
—¿Cuándo nos encontraremos otra vez nosotras tres?
—Todavía no nos hemos encontrado una vez.
—Por supuesto que sí. Por fin te he conocido personalmente.
—Quiero decir que nosotras Tres no nos hemos Encontrado. Ya saben…
oficialmente…
—Muy bien… ¿Cuándo nos encontraremos las tres?
—Ya estamos aquí.
—Muy bien. ¿Cuándo…?
—Sólo cállate y deja los malvaviscos. Agnes, dale los malvaviscos a Tata.
—Sí, Yaya.
—Y ten cuidado de no quemar el mío.
Yaya se recostó. Era una noche clara, aunque las nubes que se amontonaban hacia el
eje anunciaban nieve pronto. Algunas chispas volaron hacia las estrellas. Miró
orgullosamente a su alrededor.
—¿No es esto bueno? —dijo.
Fin

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EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS – Joseph Conrad

EL CORAZON DE LAS TINIEBLAS
Joseph Conrad

 

ç
I
El Nellie, un bergantín de considerable tonelaje, se inclinó hacia el ancla sin una sola
vibración de las velas y permaneció inmóvil. El flujo de la marea había terminado,
casi no soplaba viento y, como había que seguir río abajo, lo único que quedaba por
hacer era detenerse y esperar el cambio de la marea.
El estuario del Támesis se prolongaba frente a nosotros como el comienzo de un
interminable camino de agua. A lo lejos el cielo y el mar se unían sin ninguna
interferencia, y en el espacio luminoso las velas curtidas de los navíos que subían
con la marea parecían racimos encendidos de lonas agudamente triangulares, en los
que resplandecían las botavaras barnizadas. La bruma que se extendía por las
orillas del río se deslizaba hacia el mar y allí se desvanecía suavemente. La
oscuridad se cernía sobre Gravesend, y más lejos aún, parecía condensarse en una
lúgubre capa que envolvía la ciudad más grande y poderosa del universo.
El director de las compañías era a la vez nuestro capitán y nuestro anfitrión. Nosotros
cuatro observábamos con afecto su espalda mientras, de pie en la proa,
contemplaba el mar. En todo el río no se veía nada que tuviera la mitad de su
aspecto marino. Parecía un piloto, que para un hombre de mar es la personificación
de todo aquello en que puede confiar. Era difícil comprender que su oficio no se
encontrara allí, en aquel estuario luminoso, sino atrás, en la ciudad cubierta por la
niebla.
Existía entre nosotros, como ya lo he dicho en alguna otra parte, el vínculo del mar.
Además de mantener nuestros corazones unidos durante largos periodos de
separación, tenía la fuerza de hacernos tolerantes ante las experiencias personales,
y aun ante las convicciones de cada uno. El abogado el mejor de los viejos
camaradas tenía, debido a sus muchos años y virtudes, el único almohadón de la
cubierta y estaba tendido sobre una manta de viaje. El contable había sacado la caja
de dominó y construía formas arquitectónicas con las fichas. Marlow, sentado a
babor con las piernas cruzadas, apoyaba la espalda en el palo de mesana. Tenía las
mejillas hundidas, la tez amarillenta, la espalda erguida, el aspecto ascético; con los
brazos caídos, vueltas las manos hacia afuera, parecía un ídolo. El director,
satisfecho de que el ancla hubiese agarrado bien, se dirigió hacia nosotros y tomó
asiento. Cambiamos unas cuantas palabras perezosamente. Luego se hizo el
silencio a bordo del yate. Por una u otra razón no comenzábamos nuestro juego de
dominó. Nos sentíamos meditabundos, dispuestos sólo a una plácida meditación. El
día terminaba en una serenidad de tranquilo y exquisito fulgor. El agua brillaba
pacíficamente; el cielo, despejado, era una inmensidad benigna de pura luz; la niebla
misma, sobre los pantanos de Essex, era como una gasa radiante colgada de las
colinas, cubiertas de bosques, que envolvía las orillas bajas en pliegues diáfanos.
Sólo las brumas del oeste, extendidas sobre las regiones superiores, se volvían a
cada minuto más sombrías, como si las irritara la proximidad del sol.
Y por fin, en un imperceptible y elíptico crepúsculo, el sol descendió, y de un blanco
ardiente pasó a un rojo desvanecido, sin rayos y sin luz, dispuesto a desaparecer
súbitamente, herido de muerte por el contacto con aquellas tinieblas que cubrían a
una multitud de hombres.
Inmediatamente se produjo un cambio en las aguas; la serenidad se volvió menos
brillante pero más profunda. El viejo río reposaba tranquilo, en toda su anchura, a la
caída del día, después de siglos de buenos servicios prestados a la raza que
poblaba sus márgenes, con la tranquila dignidad de quien sabe que constituye un
camino que lleva a los más remotos lugares de la tierra. Contemplamos aquella
corriente venerable no en el vívido flujo de un breve día que llega y parte para
siempre, sino en la augusta luz de una memoria perenne. Y en efecto, nada le resulta
más fácil a un hombre que ha, como comúnmente se dice, “seguido el mar” con
reverencia y afecto, que evocar el gran espíritu del pasado en las bajas regiones del
Támesis. La marea fluye y refluye en su constante servicio, ahíta de recuerdos de
hombres y de barcos que ha llevado hacia el reposo del hogar o hacia batallas
marítimas. Ha conocido y ha servido a todos los hombres que han honrado a la
patria, desde sir Francis Drake hasta sir John Franklin, caballeros todos, con título o
sin título… grandes caballeros andantes del mar. Había transportado a todos los
navíos cuyos nombres son como resplandecientes gemas en la noche de los
tiempos, desde el Golden Hind, que volvía con el vientre colmado de tesoros, para
ser visitado por su majestad, la reina, y entrar a formar parte de un relato
monumental, hasta el Erebus y el Terror, destinados a otras conquistas, de las que
nunca volvieron. Había conocido a los barcos y a los hombres. Aventureros y colonos
partidos de Deptford, Greenwich y Erith; barcos de reyes y de mercaderes;
capitanes, almirantes, oscuros traficantes animadores del comercio con Oriente, y
“generales” comisionados de la flota de la India. Buscadores de oro, enamorados de
la fama: todos ellos habían navegado por aquella corriente, empuñando la espada y
a veces la antorcha, portadores de una chispa del fuego sagrado. ¡Qué grandezas no
habían flotado sobre la corriente de aquel río en su ruta al misterio de tierras
desconocidas!… Los sueños de los hombres, la semilla de organizaciones
internacionales, los gérmenes de los imperios.
El sol se puso. La oscuridad descendió sobre las aguas y comenzaron a aparecer
luces a lo largo de la orilla. El faro de Chapman, una construcción erguida sobre un
trípode en una planicie fangosa, brillaba con intensidad. Las luces de los barcos se
movían en el río, una gran vibración luminosa ascendía y descendía. Hacia el oeste,
el lugar que ocupaba la ciudad monstruosa se marcaba de un modo siniestro en el
cielo, una tiniebla que parecía brillar bajo el sol, un resplandor cárdeno bajo las
estrellas.
—Y también éste —dijo de pronto Marlow— ha sido uno de los lugares oscuros de la
tierra.
De entre nosotros era el único que aún “seguía el mar”. Lo peor que de él podía
decirse era que no representaba a su clase. Era un marino, pero también un
vagabundo, mientras que la mayoría de los marinos llevan, por así decirlo, una vida
sedentaria. Sus espíritus permanecen en casa y puede decirse que su hogar —el
barco— va siempre con ellos; así como su país, el mar. Un barco es muy parecido a
otro y el mar es siempre el mismo. En la inmutabilidad de cuanto los circunda, las
costas extranjeras, los rostros extranjeros, la variable inmensidad de vida se desliza
imperceptiblemente, velada, no por un sentimiento de misterio, sino por una
ignorancia ligeramente desdeñosa, ya que nada resulta misterioso para el marino a
no ser la mar misma, la amante de su existencia, tan inescrutable como el destino.
Por lo demás, después de sus horas de trabajo, un paseo ocasional, o una
borrachera ocasional en tierra firme, bastan para revelarle los secretos de todo un
continente, y por lo general decide que ninguno de esos secretos vale la pena de ser
conocido. Por eso mismo los relatos de los marinos tienen una franca sencillez: toda
su significación puede encerrarse dentro de la cáscara de una nuez. Pero Marlow no
era un típico hombre de mar (si se exceptúa su afición a relatar historias), y para él la
importancia de un relato no estaba dentro de la nuez sino afuera, envolviendo la
anécdota de la misma manera que el resplandor circunda la luz, a semejanza de uno
de esos halos neblinosos que a veces se hacen visibles por la iluminación espectral
de la claridad de la luna.
A nadie pareció sorprender su comentario. Era típico de Marlow. Se aceptó en
silencio; nadie se tomó ni siquiera la molestia de refunfuñar. Después dijo, muy
lentamente:
—Estaba pensando en épocas remotas, cuando llegaron por primera vez los
romanos a estos lugares, hace diecinueve siglos… el otro día… La luz iluminó este río
a partir de entonces. ¿Qué decía, caballeros? Sí, como una llama que corre por una
llanura, como un fogonazo del relámpago en las nubes. Vivimos bajo esa llama
temblorosa. ¡Y ojalá pueda durar mientras la vieja tierra continúe dando vueltas! Pero
la oscur idad reinaba aquí aún ayer. Imaginad los sentimientos del comandante de un
hermoso… ¿cómo se llamaban?… trirreme del Mediterráneo, destinado
inesperadamente a viajar al norte. Después de atravesar a toda prisa las Galias,
teniendo a su cargo uno de esos artefactos que los legionarios (no me cabe duda de
que debieron haber sido un maravilloso pueblo de artesanos) solían construir, al
parecer por centenas en sólo un par de meses, si es que debemos creer lo que
hemos leído. Imaginadlo aquí, en el mismo fin del mundo, un mar color de plomo, un
cielo color de humo, una especie de barco tan fuerte como una concertina,
remontando este río con aprovisionamientos u órdenes, o con lo que os plazca.
Bancos de arena, pantanos, bosques, salvajes. Sin los alimentos a los que estaba
acostumbrado un hombre civilizado, sin otra cosa para beber que el agua del
Támesis. Ni vino de Falerno ni paseos por tierra. De cuando en cuando un
campamento militar perdido en los bosques, como una aguja en medio de un pajar.
Frío, niebla, bruma, tempestades, enfermedades, exilio, muerte acechando siempre
tras los matorrales, en el agua, en el aire. ¡Deben haber muerto aquí como las
moscas! Oh, sí, nuestro comandante debió haber pasado por todo eso, y sin duda
debió haber salido muy bien librado, sin pensar tampoco demasiado en ello salvo
después, cuando contaba con jactancia sus hazañas. Era lo suficientemente hombre
como para enfrentarse a las tinieblas. Tal vez lo alentaba la esperanza de obtener un
ascenso en la flota de Ravena, si es que contaba con buenos amigos en Roma y
sobrevivía al terrible clima. Podríamos pensar también en un joven ciudadano
elegante con su toga; tal vez habría jugado demasiado, y venía aquí en el séquito de
un prefecto, de un cuestor, hasta de un comerciante, para rehacer su fortuna. Un país
cubierto de pantanos, marchas a través de los bosques, en algún lugar del interior la
sensación de que el salvajismo, el salvajismo extremo, lo rodea… toda esa vida
misteriosa y primitiva que se agita en el bosque, en las selvas, en el corazón del
hombre salvaje. No hay iniciación para tales misterios. Ha de vivir en medio de lo
incomprensible, que también es detestable. Y hay en todo ello una fascinación que
comienza a trabajar en él. La fascinación de lo abominable. Podéis imaginar el
pesar creciente, el deseo de escapar, la impotente repugnancia, el odio.
Hizo una pausa.
—Tened en cuenta —comenzó de nuevo, levantando un brazo desde el codo, la
palma de la mano hacia afuera, de modo que con los pies cruzados ante sí parecía
un Buda predicando, vestido a la europea y sin la flor de loto en la mano—, tened en
cuenta que ninguno de nosotros podría conocer esa experiencia. Lo que a nosotros
nos salva es la eficiencia… el culto por la eficiencia. Pero aquellos jóvenes en
realidad no tenían demasiado en qué apoyarse. No eran colonizadores; su
administración equivalía a una pura opresión y nada más, imagino. Eran
conquistadores, y eso lo único que requiere es fuerza bruta, nada de lo que pueda
uno vanagloriarse cuando se posee, ya que la fuerza no es sino una casualidad
nacida de la debilidad de los otros. Se apoderaban de todo lo que podían. Aquello
era verdadero robo con violencia, asesinato con agravantes en gran escala, y los
hombres hacían aquello ciegamente, como es natural entre quienes se debaten en la
oscuridad. La conquista de la tierra, que por lo general consiste en arrebatársela a
quienes tienen una tez de color distinto o narices ligeramente más chatas que las
nuestras, no es nada agradable cuando se observa con atención. Lo único que la
redime es la idea. Una idea que la respalda: no un pretexto sentimental sino una
idea; y una creencia generosa en esa idea, en algo que se puede enarbolar, ante lo
que uno puede postrarse y ofrecerse en sacrificio…
Se interrumpió. Unas llamas se deslizaban en el río, pequeñas llamas verdes, rojas,
blancas, persiguiéndose y alcanzándose, uniéndose y cruzándose entre sí, otras
veces separándose lenta o rápidamente. El tráfico de la gran ciudad continuaba al
acentuarse la noche sobre el río insomne. Observábamos el espectáculo y
esperábamos con paciencia. No se podía hacer nada más mientras no terminara la
marea. Pero sólo después de un largo silencio, volvió a hablar con voz temblorosa:
—Supongo que recordaréis que en una época fui marino de agua dulce, aunque por
poco tiempo.
Comprendimos que, antes de que empezara el reflujo, estábamos predestinados a
escuchar otra de las inacabables experiencias de Marlow.
—No quiero aburriros demasiado con lo que me ocurrió personalmente —comenzó,
mostrando en ese comentario la debilidad de muchos narradores de aventuras que a
menudo parecen ignorar las preferencias de su auditorio—. Sin embargo, para que
podáis comprender el efecto que todo aquello me produjo es necesario que sepáis
cómo fui a dar allá, qué es lo que vi y cómo tuve que remontar el río hasta llegar al
sitio donde encontré a aquel pobre tipo. Era en el último punto navegable, la meta de
mi expedición. En cierto modo pareció irradiar una especie de luz sobre todas las
cosas y sobre mis pensamientos. Fue algo bastante sombrío, digno de compasión…
nada extraordinario sin embargo… ni tampoco muy claro. No, no muy claro. Y sin
embargo parecía arrojar una especie de luz.
“Acababa yo de volver, como recordaréis, a Londres, después de una buena dosis
de Océano Índico, de Pacífico y de Mar de China; una dosis más que suficiente de
Oriente, seis años o algo así, y había comenzado a holgazanear, impidiendoos
trabajar, invadiendo vuestras casas, como si hubiera recibido la misión celestial de
civilizaros. Por un breve periodo aquello resultaba excelente, pero después de cierto
tiempo comencé a fatigarme de tanto descanso. Entonces empecé a buscar un
barco; hubiera aceptado hasta el trabajo más duro de la tierra. Pero los barcos
parecían no fijarse en mí, y también ese juego comenzó a cansarme.
“Debo decir que de muchacho sentía pasión por los mapas. Podía pasar horas
enteras reclinado sobre Sudamérica, África o Australia, y perderme en los proyectos
gloriosos de la exploración. En aquella época había en la tierra muchos espacios en
blanco, y cuando veía uno en un mapa que me resultaba especialmente atractivo
(aunque todos lo eran), solía poner un dedo encima y decir: cuando crezca iré aquí.
Recuerdo que el Polo Norte era uno de esos espacios. Bueno, aún no he estado allí,
y creo que ya no he de intentarlo. El hechizo se ha desvanecido. Otros lugares
estaban esparcidos alrededor del ecuador, y en toda clase de latitudes sobre los dos
hemisferios. He estado en algunos de ellos y… bueno, no es el momento de hablar
de eso. Pero había un espacio, el más grande, el más vacío por así decirlo, por el
que sentía verdadera pasión.
“En verdad ya en aquel tiempo no era un espacio en blanco. Desde mi niñez se
había llenado de ríos, lagos, nombres. Había dejado de ser un espacio en blanco
con un delicioso misterio, una zona vacía en la que podía soñar gloriosamente un
muchacho. Se había convertido en un lugar de tinieblas. Había en él especialmente
un río, un caudaloso gran río, que uno podía ver en el mapa, como una inmensa
serpiente enroscada con la cabeza en el mar, el cuerpo ondulante a lo largo de una
amplia región y la cola perdida en las profundidades del territorio. Su mapa,
expuesto en el escaparate de una tienda, me fascinaba como una serpiente hubiera
podido fascinar a un pájaro, a un pajarillo tonto. Entonces recordé que había sido
creada una gran empresa, una compañía para el comercio en aquel río. ¡Maldita
sea! Me dije que no podían desarrollar el comercio sin usar alguna clase de
transporte en aquella inmensidad de agua fresca. ¡Barcos de vapor! ¿Por qué no
intentaba yo encargarme de uno? Seguí caminando por Fleet Street, pero no podía
sacarme aquella idea de la cabeza. La serpiente me había hipnotizado.
“Como todos sabéis, aquella compañía comercial era una sociedad europea, pero
yo tengo muchas relaciones que viven en el continente, porque es más barato y no
tan desagradable como parece, según cuentan.
“Me desconsuela tener que admitir que comencé a darles la lata. Aquello era
completamente nuevo en mi. Yo no estaba acostumbrado a obtener nada de ese
modo, ya lo sabéis. Siempre seguí mi propio camino y me dirigí por mis propios
pasos a donde me había propuesto ir. No hubiera creído poder comportarme de ese
modo, pero estaba decidido en esa ocasión a salirme con la mía. Así que comencé
a darles la lata. Los hombres dijeron ‘mi querido amigo’ y no hicieron nada.
Entonces, ¿podéis creerlo?, me dediqué a molestar a las mujeres. Yo, Charlie
Marlow, puse a trabajar a las mujeres… para obtener un empleo. ¡Santo cielo! Bueno,
veis, era una idea lo que me movía. Tenía yo una tía, un alma querida y entusiasta.
Me escribió: ‘Será magnífico. Estoy dispuesta a hacer cualquier cosa, todo lo que
esté en mis manos por ti. Es una idea gloriosa. Conozco a la esposa de un alto
funcionario de la administración, también a un hombre que tiene gran influencia allí’,
etcétera. Estaba dispuesta a no parar hasta conseguir mi nombramiento como
capitán de un barco fluvial, si tal era mi deseo.
“Por supuesto que obtuve el nombramiento, y lo obtuve muy pronto. Al parecer la
compañía había recibido noticias de que uno de los capitanes había muerto en una
riña con los nativos. Aquélla era mi oportunidad y me hizo sentir aún más ansiedad
por marcharme. Sólo muchos meses más tarde, cuando intenté rescatar lo que había
quedado del cuerpo, me enteré de que aquella riña había surgido a causa de un
malentendido sobre unas gallinas. Sí, dos gallinas negras. Fresleven se llamaba
aquel joven.., era un danés. Pensó que lo habían engañado en la compra, bajó a
tierra y comenzó a pegarle con un palo al jefe de la tribu. Oh, no me sorprendió ni
pizca enterarme de eso y oír decir al mismo tiempo que Fresleven era la criatura
más dulce y pacífica que había caminado alguna vez sobre dos piernas. Sin duda lo
era; pero había pasado ya un par de años al servicio de la noble causa, sabéis, y
probablemente sintió al fin la necesidad de afirmar ante sí mismo su autoridad de
algún modo. Por eso golpeó sin piedad al viejo negro, mientras una multitud lo
observaba con estupefacción, como fulminada por un rayo, hasta que un hombre, el
hijo del jefe según me dijeron, desesperado al oír chillar al anciano, intentó detener
con una lanza al hombre blanco y por supuesto lo atravesó con gran facilidad por
entre los omóplatos. Entonces la población se internó en el bosque, esperando toda
clase de calamidades. Por su parte, el vapor que Fresleven comandaba abandonó
también el lugar presa del pánico, gobernado, creo, por el maquinista. Después
nadie pareció interesarse demasiado por los restos de Fresleven, hasta que yo
llegué y busqué sus huellas. No podía dejar ahí el cadáver. Pero cuando al fin tuve la
oportunidad de ir en busca de los huesos de mi predecesor, resultó que la hierba
que crecía a través de sus costillas era tan alta que cubría sus huesos. Estaban
intactos. Aquel ser sobrenatural no había sido tocado después de la caída. La aldea
había sido abandonada, las cabañas se derrumbaban con los techos podridos. Era
evidente que había ocurrido una catástrofe. La población había desaparecido.
Enloquecidos por el terror, hombres, mujeres y niños se habían dispersado por el
bosque y no habían regresado. Tampoco sé qué pasó con las gallinas; debo pensar
que la causa del progreso las recibió de todos modos. Sin embargo, gracias a ese
glorioso asunto obtuve mi nombramiento antes de que comenzara a esperarlo. Me di
una prisa enorme para aprovisionarme, y antes de que hubieran pasado cuarenta y
ocho horas atravesaba el canal para presentarme ante mis nuevos patrones y firmar
el contrato. En unas cuantas horas llegué a una ciudad que siempre me ha hecho
pensar en un sepulcro blanqueado. Sin duda es un prejuicio. No tuve ninguna
dificultad en hallar las oficinas de la compañía. Era la más importante de la ciudad, y
todo el mundo tenía algo que ver con ella. Iban a crear un gran imperio en ultramar,
las inversiones no conocían límite.
“Una calle recta y estrecha profundamente sombreada, altos edificios, innumerables
ventanas con celosías venecianas, un silencio de muerte, hierba entre las piedras,
imponentes garajes abovedados a derecha e izquierda, inmensas puertas dobles,
pesadamente entreabiertas. Me introduje por una de esas aberturas, subí una
escalera limpia y sin ningún motivo ornamental, tan árida como un desierto, y abrí la
primera puerta que encontré. Dos mujeres, una gorda y la otra raquítica, estaban
sentadas sobre sillas de paja, tejiendo unas madejas de lana negra. La delgada se
levantó, se acercó a mí, y continuó su tejido con los ojos bajos. Y sólo cuando pensé
en apartarme de su camino, como cualquiera de ustedes lo habría hecho frente a un
sonámbulo, se detuvo y levantó la mirada. Llevaba un vestido tan liso como la funda
de un paraguas. Se volvió sin decir una palabra y me precedió hasta una sala de
espera.
“Di mi nombre y miré a mi alrededor. Una frágil mesa en el centro, sobrias sillas a lo
largo de la pared, en un extremo un gran mapa brillante con todos los colores del
arco iris. En aquel mapa había mucho rojo, cosa que siempre resulta agradable de
ver, porque uno sabe que en esos lugares se está realizando un buen trabajo, y una
excesiva cantidad de azul, un poco de verde, manchas color naranja, y sobre la costa
oriental una mancha púrpura para indicar el sitio en que los alegres pioneros del
progreso bebían jubilosos su cerveza. De todos modos, yo no iba a ir a ninguno de
esos colores. A mí me correspondía el amarillo. La muerte en el centro. Allí estaba el
río, fascinante, mortífero, como una serpiente. ¡Ay! Se abrió una puerta, apareció una
cabeza de secretario, de cabellos blancos y expresión compasiva; un huesudo dedo
índice me hizo una señal de admisión en el santuario. En el centro de la habitación,
bajo una luz difusa, había un pesado escritorio. Detrás de aquella estructura emergía
una visión de pálida fofez enfundada en un frac. Era el gran hombre en persona.
Tenía seis pies y medio de estatura, según pude juzgar, y su mano empuñaba un
lapicero acostumbrado a la suma de muchos millones. Creo que me la tendió,
murmuró algo, pareció satisfecho de mi francés. Bon voyage.
“Cuarenta y cinco segundos después me hallaba nuevamente en la sala de espera
acompañado del secretario de expresión compasiva, quien, lleno de desolación y
simpatía, me hizo firmar algunos documentos. Según parece, me comprometía entre
otras cosas a no revelar ninguno de los secretos comerciales. Bueno, no voy a
hacerlo.
“Empecé a sentirme ligeramente a disgusto. No estoy acostumbrado, ya lo sabéis, a
tales ceremonias. Había algo fatídico en aquella atmósfera. Era exactamente como
si hubiera entrado a formar parte de una conspiración, no sé, algo que no era del
todo correcto. Me sentí dichoso de poder retirarme. En el cuarto exterior las dos
mujeres seguían tejiendo febrilmente sus estambres de lana negra. Llegaba gente, y
la más joven de las mujeres se paseaba de un lado a otro haciéndolos entrar en la
sala de espera. La vieja seguía sentada en el asiento; sus amplias zapatillas
reposaban en un calentador de pies y un gato dormía en su regazo. Llevaba una
cofia blanca y almidonada en la cabeza, tenía una verruga en una mejilla y unos
lentes con montura de plata en el extremo de la nariz. Me lanzó una mirada por
encima de los cristales. La rápida e indiferente placidez de aquella mirada me
perturbó. Dos jóvenes con rostros cándidos y alegres eran piloteados por la otra en
aquel momento; y ella lanzó la misma mirada rápida de indiferente sabiduría.
Parecía saberlo todo sobre ellos y también sobre mí. Me sentí invadido por un
sentimiento de importancia. La mujer parecía desalmada y fatídica. Con frecuencia,
lejos de allí, he pensado en aquellas dos mujeres guardando las puertas de la
Oscuridad, tejiendo sus lanas negras como para un paño mortuorio, la una
introduciendo, introduciendo siempre a los recién llegados en lo desconocido, la otra
escrutando las caras alegres e ingenuas con sus ojos viejos e impasibles. Ave,
viejas hilanderas de lana negra. Morituri te salutant. No a muchos pudo volver a
verlos una segunda vez, ni siquiera a la mitad.
“Yo debía visitar aún al doctor. ‘Se trata sólo de una formalidad’, me aseguró el
secretario, con aire de participar en todas mis penas. Por consiguiente un joven, que
llevaba el sombrero caído sobre la ceja izquierda, supongo que un empleado (debía
de haber allí muchísimos empleados aunque el edificio parecía tan tranquilo como si
fuera una casa en el reino de la muerte), salió de alguna parte, bajó la escalera y me
condujo a otra sala. Era un joven desaseado, con las mangas de la chaqueta
manchadas de tinta, y su corbata era grande y ondulada debajo de un mentón que
por su forma recordaba un zapato viejo. Era muy temprano para visitar al doctor, así
que propuse ir a beber algo. Entonces mostró que podía desarrollar una vena de
jovialidad. Mientras tomábamos nuestros vermuts, él glorificaba una y otra vez los
negocios de la compañía, y entonces le expresé accidentalmente mi sorpresa de
que no fuera allá. En seguida se enfrió su entusiasmo. ‘No soy tan tonto como
parezco, les dijo Platón a sus discípulos’, recitó sentenciosamente. Vació su vaso de
un solo trago y nos levantamos.
“El viejo doctor me tomó el pulso, pensando evidentemente en alguna otra cosa
mientras lo hacía. ‘Está bien, está bien para ir allá’, musitó, y con cierta ansiedad me
preguntó si le permitía medirme la cabeza. Bastante sorprendido le dije que sí.
Entonces sacó un instrumento parecido a un compás calibrado y tomó las
dimensiones por detrás y delante, de todos lados, apuntando unas cifras con
cuidado. Era un hombre de baja estatura, sin afeitar y con una levita raída que más
bien parecía una gabardina. Tenía los pies calzados con zapatillas y me pareció
desde el primer momento un loco inofensivo. ‘Siempre pido permiso, velando por los
intereses de la ciencia, para medir los cráneos de los que parten hacia allá’, me dijo.
‘¿Y también cuando vuelven?’, pregunté. ‘Nunca los vuelvo a ver’, comentó, ‘además,
los cambios se producen en el interior, sabe usted.’ Se río como si hubiera dicho
alguna broma placentera. ‘De modo que va usted a ir. Debe ser interesante.’ Me
lanzó una nueva mirada inquisitiva e hizo una nueva anotación. ‘¿Ha habido algún
caso de locura en su familia?’, preguntó con un tono casual. Me sentí fastidiado.
‘¿También esa pregunta tiene algo que ver con la ciencia?’ ‘Es posible’, me
respondió sin hacer caso de mi irritación, ‘a la ciencia le interesa observar los
cambios mentales que se producen en los individuos en aquel sitio, pero…’ ‘¿Es
usted alienista?’, lo interrumpí. ‘Todo médico debería serlo un poco’, respondió aquel
tipo original con tono imperturbable. ‘He formado una pequeña teoría, que ustedes,
señores, los que van allá, me deberían ayudar a demostrar. Ésta es mi contribución a
los beneficios que mi país va a obtener de la posesión de aquella magnífica colonia.
La riqueza se la dejo a los demás. Perdone mis preguntas, pero usted es el primer
inglés a quien examino.’ Me apresuré a decirle que de ninguna manera era yo un
típico inglés. ‘Si lo fuera, no estaría conversando de esta manera con usted.’ ‘Lo que
dice es bastante profundo, aunque probablemente equivocado’, dijo riéndose. ‘Evite
usted la irritación más que los rayos solares. Adiós. ¿Cómo dicen ustedes, los
ingleses? Good-bye. ¡Ah! Good-bye. Adieu. En el trópico hay que mantener sobre
todas las cosas la calma.’ Levantó el índice e hizo la advertencia: ‘Du calme, du
calme. Adieu.’
“Me quedaba todavía algo por hacer, despedirme de mi excelente tía. La encontré
triunfante. Me ofreció una taza de té. Fue mi última taza de té decente en muchos
días. Y en una habitación muy confortable, exactamente como os podéis imaginar el
salón de una dama, tuvimos una larga conversación junto a la chimenea. En el curso
de sus confidencias, resultó del todo evidente que yo había sido presentado a la
mujer de un alto funcionario de la compañía, y quién sabe ante cuántas personas
más, como una criatura excepcionalmente dotada, un verdadero hallazgo para la
compañía, un hombre de los que no se encuentran todos los días. ¡Cielos! ¡Yo iba a
hacerme cargo de un vapor de dos centavos! De cualquier manera parecía que yo
era considerado como uno de tantos trabajadores, pero con mayúsculas. Algo así
como un emisario de la luz, como un individuo apenas ligeramente inferior a un
apóstol. Una enorme cantidad de esas tonterías corría en los periódicos y en las
conversaciones de aquella época, y la excelente mujer se había visto arrastrada por
la corriente. Hablaba de ‘liberar a millones de ignorantes de su horrible destino’,
hasta que, palabra, me hizo sentir verdaderamente incómodo. Traté de insinuar que
lo que a la compañía le interesaba era su propio beneficio.
“‘Olvidas, querido Charlie, que el trabajador merece también su recompensa’, dijo
ella con brío. Es extraordinario comprobar cuán lejos de la realidad pueden situarse
las mujeres. Viven en un mundo propio, y nunca ha existido ni podrá existir nada
semejante. Es demasiado hermoso; si hubiera que ponerlo en pie se derrumbaría
antes del primer crepúsculo. Alguno de esos endemoniados hechos con que
nosotros los hombres nos las hemos tenido que ver desde el día de la creación,
surgiría para echarlo todo a rodar.
“Después de eso fui abrazado; mi tía me recomendó que llevara ropas de franela,
me hizo asegurarle que le escribiría con frecuencia, y al fin pude marcharme. Ya en la
calle, y no me explico por qué, experimenté la extraña sensación de ser un impostor.
Y lo más raro de todo fue que yo, que estaba acostumbrado a largarme a cualquier
parte del mundo en menos de veinticuatro horas, con menos reflexión de la que la
mayor parte de los hombres necesitan para cruzar una calle, tuve un momento, no
diría de duda, pero sí de pausa ante aquel vulgar asunto. La mejor manera de
explicarlo es decir que durante uno o dos segundos sentí como si en vez de ir al
centro de un continente estuviera a punto de partir hacia el centro de la tierra.
“Me embarqué en un barco francés, que se detuvo en todos los malditos puertos que
tienen allá, con el único propósito, según pude percibir, de desembarcar soldados y
empleados aduanales. Yo observaba la costa. Observar una costa que se desliza
ante un barco equivale a pensar en un enigma. Está allí ante uno, sonriente, torva,
atractiva, raquítica, insípida o salvaje, muda siempre, con el aire de murmurar: ‘Ven y
me descubrirás.’ Aquella costa era casi informe, como si estuviera en proceso de
creación, sin ningún rasgo sobresaliente. El borde de una selva colosal, de un verde
tan oscuro que llegaba casi al negro, orlada por el blanco de la resaca, corría recta
como una línea tirada a cordel, lejos, cada vez más lejos, a lo largo de un mar azul,
cuyo brillo se enturbiaba a momentos por una niebla baja. Bajo un sol feroz, la tierra
parecía resplandecer y chorrear vapor. Aquí y allá apuntaban algunas manchas
grisáceas o blancuzcas agrupadas en la espuma blanca, con una bandera a veces
ondeando sobre ellas. Instalaciones coloniales que contaban ya con varios siglos de
existencia y que no eran mayores que una cabeza de alfiler sobre la superficie
intacta que se extendía tras ellas. Navegábamos a lo largo de la costa, nos
deteníamos, desembarcábamos soldados, continuábamos, desembarcábamos
empleados de aduana para recaudar impuestos en algo que parecía un páramo
olvidado por Dios, con una casucha de lámina y un asta podrida sobre ella;
desembarcábamos aún más soldados, para cuidar de los empleados de aduana,
supongo. Algunos, por lo que oí decir, se ahogaban en el rompiente, pero, fuera o no
cierto, nadie parecía preocuparse demasiado. Eran arrojados a su destino y
nosotros continuábamos nuestra marcha. La costa parecía ser la misma cada día,
como si no nos hubiésemos movido; sin embargo, dejamos atrás diversos lugares,
centros comerciales con nombres como Gran Bassam, Little Popo; nombres que
parecían pertenecer a alguna sórdida farsa representada ante un telón siniestro. Mi
ociosidad de pasajero, mi aislamiento entre todos aquellos hombres con quienes
nada tenía en común, el mar lánguido y aceitoso, la oscuridad uniforme de la costa,
parecían mantenerme al margen de la verdad de las cosas, en el estupor de una
penosa e indiferente desilusión. La voz de la resaca, oída de cuando en cuando, era
un auténtico placer, como las palabras de un hermano. Era algo natural, que tenía
razón de ser y un sentido. De vez en cuando un barco que venía de la costa nos
proporcionaba un momentáneo contacto con la realidad. Los remeros eran negros.
Desde lejos podía vislumbrarse el blanco de sus ojos. Gritaban y cantaban; sus
cuerpos estaban bañados de sudor; sus caras eran como máscaras grotescas; pero
tenían huesos, músculos, una vitalidad salvaje, una intensa energía en los
movimientos, que era tan natural y verdadera como el oleaje a lo largo de la costa.
No necesitaban excusarse por estar allí. Contemplarlos servía de consuelo. Durante
algún tiempo pude sentir que pertenecía todavía a un mundo de hechos naturales,
pero esta creencia no duraría demasiado. Algo iba a encargarse de destruirla. En
una ocasión, me acuerdo muy bien, nos acercamos a un barco de guerra anclado en
la costa. No había siquiera una cabaña, y sin embargo disparaba contra los
matorrales. Según parece los franceses libraban allí una de sus guerras. Su enseña
flotaba con la flexibilidad de un trapo desgarrado. Las bocas de los largos cañones
de seis pulgadas sobresalían de la parte inferior del casco. El oleaje aceitoso y
espeso levantaba al barco y lo volvía a bajar perezosamente, balanceando sus
espigados mástiles. En la vacía inmensidad de la tierra, el cielo y el agua, aquella
nave disparaba contra el continente. ¡Paf!, haría uno de sus pequeños cañones de
seis pulgadas; aparecería una pequeña llama y se extinguiría; se esfumaría una
ligera humareda blanca; un pequeño proyectil silbaría débilmente y nada habría
ocurrido. Nada podría ocurrir. Había un aire de locura en aquella actividad; su
contemplación producía una impresión de broma lúgubre. Y esa impresión no
desapareció cuando alguien de a bordo me aseguró con toda seriedad que allí
había un campamento de aborígenes (¡los llamaba enemigos!), oculto en algún lugar
fuera de nuestra vista.
“Le entregamos sus cartas (me enteré de que los hombres en aquel barco solitario
morían de fiebre a razón de tres por día) y proseguimos nuestra ruta. Hicimos escala
en algunos otros lugares de nombres grotescos, donde la alegre danza de la muerte
y el comercio continuaba desenvolviéndose en una atmósfera tranquila y terrenal,
como en una catacumba ardiente. A lo largo de aquella costa informe, bordeada de
un rompiente peligroso, como si la misma naturaleza hubiera tratado de desalentar a
los intrusos, remontamos y descendimos algunos ríos, corrientes de muerte en vida,
cuyos bordes se pudrían en el cieno, y cuyas aguas, espesadas por el limo, invadían
los manglares contorsionados que parecían retorcerse hacia nosotros, en el extremo
de su impotente desesperación. En ningún lugar nos detuvimos el tiempo suficiente
como para obtener una impresión precisa, pero un sentimiento general de estupor
vago y opresivo se intensificó en mí. Era como un fatigoso peregrinar en medio de
visiones de pesadilla.
“Pasaron más de treinta días antes de que viera la boca del gran río. Anclamos
cerca de la sede del gobierno, pero mi trabajo sólo comenzaría unas doscientas
millas más adentro. Tan pronto como pude, llegué a un lugar situado treinta millas
arriba.
“Tomé pasaje en un pequeño vapor. El capitán era sueco, y cuando supo que yo era
marino me invitó a subir al puente. Era un joven delgado, rubio y lento, con una
cabellera y porte desaliñados. Cuando abandonamos el pequeño y miserable
muelle, meneó la cabeza en ademanes despectivos y me preguntó: ‘¿Ha estado
viviendo aquí?’ Le dije que sí. ‘Estos muchachos del gobierno son un grupo
excelente’, continuó hablando el inglés con gran precisión y considerable amargura.
‘Es gracioso lo que algunos de ellos pueden hacer por unos cuantos francos al mes.
Me asombra lo que les ocurre cuando se internan río arriba.’ Le dije que pronto
esperaba verlo con mis propios ojos. ‘¡Vaya!’, exclamó. Luego me dio por un
momento la espalda mirando con ojo vigilante la ruta. ‘No esté usted tan seguro.
Hace poco recogí a un hombre colgado en el camino. También era sueco.’ ‘¿Se
colgó? ¿Por qué, en nombre de Dios?’, exclamé. Él seguía mirando con
preocupación el río. ‘¿Quién puede saberlo? ¡Quizás estaba harto del sol! ¡O del
país!’
“Al fin se abrió ante nosotros una amplia extensión de agua. Apareció una punta
rocosa, montículos de tierra levantados en la orilla, casas sobre una colina, otras con
techo metálico, entre las excavaciones o en un declive. Un ruido continuo producido
por las caídas de agua dominaba esa escena de devastación habitada. Un grupo de
hombres, en su mayoría negros desnudos, se movían como hormigas. El muelle se
proyectaba sobre el río. Un crepúsculo cegador hundía todo aquello en un resplandor
deslumbrante. ‘Ésa es la sede de su compañía’, dijo el sueco, señalando tres
barracas de madera sobre un talud rocoso. ‘Voy a hacer que le suban el equipaje.
¿Cuatro bultos, dice usted? Bueno, adiós.’
“Pasé junto a un caldero que estaba tirado sobre la hierba, llegué a un sendero que
conducía a la colina. El camino se desviaba ante las grandes piedras y ante unas
vagonetas tiradas boca abajo con las ruedas al aire. Faltaba una de ellas. Parecía el
caparazón de un animal extraño. Encontré piezas de maquinaria desmantelada, y
una pila de rieles mohosos. A mi izquierda un macizo de árboles producía un lugar
umbroso, donde algunas cosas oscuras parecían moverse. Yo pestañeaba; el
sendero era escarpado. A la derecha oí sonar un cuerno y vi correr a un grupo de
negros. Una pesada y sorda detonación hizo estremecerse la tierra, una bocanada
de humo salió de la roca; eso fue todo. Ningún cambio se advirtió en la superficie de
la roca. Estaban construyendo un ferrocarril. Aquella roca no estaba en su camino;
sin embargo aquella voladura sin objeto era el único trabajo que se llevaba a cabo.
“Un sonido metálico a mis espaldas me hizo volver la cabeza. Seis negros
avanzaban en fila, ascendiendo con esfuerzo visible el sendero. Caminaban
lentamente, el gesto erguido, balanceando pequeñas canastas llenas de tierra sobre
las cabezas. Aquel sonido se acompasaba con sus pasos. Llevaban trapos negros
atados alrededor de las cabezas y las puntas se movían hacia adelante y hacia atrás
como si fueran colas. Podía verles todas las costillas; las uniones de sus miembros
eran como nudos de una cuerda. Cada uno llevaba atado al cuello un collar de hierro,
y estaban atados por una cadena cuyos eslabones colgaban entre ellos, con un
rítmico sonido. Otro estampido de la roca me hizo pensar de pronto en aquel barco
de guerra que había visto disparar contra la tierra firme. Era el mismo tipo de sonido
ominoso, pero aquellos hombres no podían, ni aunque se forzara la imaginación, ser
llamados enemigos. Eran considerados como criminales, y la ley ultrajada, como las
bombas que estallaban, les había llegado del mar cual otro misterio igualmente
incomprensible. Sus pechos delgados jadeaban al unísono. Se estremecían las
aletas violentamente dilatadas de sus narices. Los ojos contemplaban
impávidamente la colina. Pasaron a seis pulgadas de donde yo estaba sin dirigirme
siquiera una mirada, con la más completa y mortal indiferencia de salvajes infelices.
Detrás de aquella materia prima, un negro amasado, el producto de las nuevas
fuerzas en acción, vagaba con desaliento, llevando en la mano un fusil. Llevaba una
chaqueta de uniforme a la que le faltaba un botón, y al ver a un hombre blanco en el
camino, se llevó con toda rapidez el fusil al hombro. Era un acto de simple prudencia;
los hombres blancos eran tan parecidos a cierta distancia que él no podía decir
quién era yo. Se tranquilizó pronto y con una sonrisa vil, y una mirada a sus hombres,
pareció hacerme partícipe de su confianza exaltada. Después de todo, también yo
era una parte de la gran causa, de aquellos elevados y justos procedimientos.
“En lugar de seguir subiendo, me volví y bajé a la izquierda. Me proponía dejar que
aquella cuerda de criminales desapareciera de mi vista antes de que llegara yo a la
cima de la colina. Ya sabéis que no me caracterizo por la delicadeza; he tenido que
combatir y sé defenderme. He tenido que resistir y algunas veces atacar (lo que es
otra forma de resistencia) sin tener en cuenta el valor exacto, en concordancia con
las exigencias del modo de vida que me ha sido propio. He visto el demonio de la
violencia, el demonio de la codicia, el demonio del deseo ardiente, pero, ¡por todas
las estrellas!, aquéllos eran unos demonios fuertes y lozanos de ojos enrojecidos que
cazaban y conducían a los hombres, sí, a los hombres, repito. Pero mientras
permanecía de pie en el borde de la colina, presentí que a la luz deslumbrante del sol
de aquel país me llegaría a acostumbrar al demonio blando y pretencioso de mirada
apagada y locura rapaz y despiadada. Hasta dónde podía llegar su insidia sólo lo
iba a descubrir varios meses después y a unas mil millas río adentro. Por un instante
quedé amedrentado, como si hubiese oído una advertencia. Al fin, descendí la
colina, oblicuamente, hacia la arboleda que había visto.
“Evité un gran hoyo artificial que alguien había abierto en el declive, cuyo objeto me
resultaba imposible adivinar. No se trataba ni de una cantera ni de una mina de
arena. Era simplemente un hoyo. Podía relacionarse con el filantrópico deseo de
proporcionar alguna ocupación a los criminales. No lo sé. Después estuve casi a
punto de caer por un estrecho barranco, no mucho mayor que una cicatriz en el
costado de la colina. Descubrí que algunos tubos de drenaje importados para los
campamentos de la compañía habían sido dejados allí. Todos estaban rotos. Era un
destrozo lamentable. Al final llegué a la arboleda. Me proponía descansar un
momento a su sombra, pero en cuanto llegué tuve la sensación de haber puesto el
pie en algún tenebroso círculo del infierno. Las cascadas estaban cerca y el ruido de
su caída, precipitándose ininterrumpida, llenaba la lúgubre quietud de aquel
bosquecillo (donde no corría el aire, ni una hoja se movía) con un sonido misterioso,
como si la paz rota de la tierra herida se hubiera vuelto de pronto audible allí.
“Unas figuras negras gemían, inclinadas, tendidas o sentadas bajo los árboles,
apoyadas sobre los troncos, pegadas a la tierra, parcialmente visibles, parcialmente
ocultas por la luz mortecina, en todas las actitudes de dolor, abandono y
desesperación que es posible imaginar. Explotó otro barreno en la roca, y a
continuación sentí un ligero temblor de tierra bajo los pies. El trabajo continuaba. ¡El
trabajo! Y aquél era el lugar adonde algunos de los colaboradores se habían retirado
para morir.
“Morían lentamente… eso estaba claro. No eran enemigos, no eran criminales, no
eran nada terrenal, sólo sombras negras de enfermedad y agotamiento, que yacían
confusamente en la tiniebla verdosa. Traídos de todos los lugares del interior,
contratados legalmente, perdidos en aquel ambiente extraño, alimentados con una
comida que no les resultaba familiar, enfermaban, se volvían inútiles, y entonces
obtenían permiso para arrastrarse y descansar allí. Aquellas formas moribundas eran
libres como el aire, tan tenues casi como él. Comencé a distinguir el brillo de los ojos
bajo los árboles. Después, bajando la vista, vi una cara cerca de mis manos. Los
huesos negros reposaban extendidos a lo largo, con un hombro apoyado en el árbol,
y los párpados se levantaron lentamente, los ojos sumidos me miraron, enormes y
vacuos, una especie de llama blanca y ciega en las profundidades de las órbitas.
Aquel hombre era joven al parecer, casi un muchacho, aunque como sabéis con ellos
es difícil calcular la edad. Lo único que se me ocurrió fue ofrecerle una de las
galletas del vapor del buen sueco que llevaba en el bolsillo. Los dedos se cerraron
lentamente sobre ella y la retuvieron; no hubo otro movimiento ni otra mirada. Llevaba
un trozo de estambre blanco atado alrededor del cuello. ¿Por qué? ¿Dónde lo había
podido obtener? ¿Era una insignia, un adorno, un amuleto, un acto propiciatorio?
¿Había alguna idea relacionada con él? Aquel trozo de hilo blanco llegado de más
allá de los mares resultaba de lo más extraño en su cuello.
“Junto al mismo árbol estaban sentados otros dos haces de ángulos agudos con las
piernas levantadas. Uno, la cabeza apoyada en las rodillas, sin fijar la vista en nada,
miraba al vacío de un modo irresistible e intolerante; su hermano fantasma reposaba
la frente, como si estuviera vencido por una gran fatiga. Alrededor de ellos estaban
desparramados los demás, en todas las posiciones posibles de un colapso, como
una imagen de una matanza o una peste. Mientras yo permanecía paralizado por el
terror, una de aquellas criaturas se elevó sobre sus manos y rodillas, y se dirigió
hacia el río a beber. Bebió, tomando el agua con la mano, luego permaneció sentado
bajo la luz del sol, cruzando las piernas, y después de un rato dejó caer la cabeza
lanuda sobre el esternón.
“No quise perder más tiempo bajo aquella sombra y me apresuré a dirigirme al
campamento. Cerca de los edilicios encontré a un hombre vestido con una elegancia
tan inesperada que en el primer momento llegué a creer que era una visión. Vi un
cuello alto y almidonado, puños blancos, una ligera chaqueta de alpaca, pantalones
impecables, una corbata clara y botas relucientes. No llevaba sombrero. Los
cabellos estaban partidos, cepillados, aceitados, bajo un parasol a rayas verdes
sostenido por una mano blanca. Era un individuo asombroso; llevaba un portaplumas
tras la oreja.
“Estreché la mano de aquel ser milagroso, y me enteré de que era el principal
contable de la compañía, y de que toda la contabilidad se llevaba en ese
campamento. Dijo que había salido un momento para tomar un poco de aire fresco.
Aquella expresión sonó de un modo extraordinariamente raro, con todo lo que
sugería de una sedentaria vida de oficina. No tendría que mencionar para nada
ahora a aquel individuo, a no ser que fue a sus labios a los que oí pronunciar por vez
primera el nombre de la persona tan indisolublemente ligada a mis recuerdos de
aquella época. Además sentí respeto por aquel individuo. Sí, respeto por sus cuellos,
sus amplios puños, su cabello cepillado. Su aspecto era indudablemente el de un
maniquí de peluquería, pero en la inmensa desmoralización de aquellos territorios,
conseguía mantener esa apariencia. Eso era firmeza. Sus camisas almidonadas y
las pecheras enhiestas eran logros de un carácter firme. Había vivido allí cerca de
tres años, y, más adelante, no pude dejar de preguntarle cómo lograba ostentar
aquellas prendas. Se sonrojó ligeramente y me respondió con modestia: ‘He logrado
adiestrar a una de las nativas del campamento. Fue difícil. Le disgustaba hacer este
trabajo.’ Así que aquel hombre había logrado realmente algo. Vivía consagrado a sus
libros, que llevaba con un orden perfecto.
“Todo lo demás que había en el campamento estaba presidido por la confusión;
personas, cosas, edificios. Cordones de negros sucios con los pies aplastados
llegaban y volvían a marcharse; una corriente de productos manufacturados, algodón
de desecho, cuentas de colores, alambres de latón, era enviada a lo más profundo
de las tinieblas, y a cambio de eso volvían preciosos cargamentos de marfil.
“Tuve que esperar en el campamento diez días, una eternidad. Vivía en una choza
dentro del cercado, pero para lograr apartarme del caos iba a veces a la oficina del
contable. Estaba construida con tablones horizontales y tan mal unidos que, cuando
él se inclinaba sobre su alto escritorio, se veía cruzado desde el cuello hasta los
talones por estrechas franjas de luz solar. No era necesario abrir la amplia celosía
para ver. También allí hacía calor. Unos moscardones gordos zumbaban
endiabladamente y no picaban sino que mordían. Por lo general me sentaba en el
suelo, mientras él, con su aspecto impecable (llegaba hasta a usar un perfume
ligero), encaramado en su alto asiento, escribía, anotaba. A veces se levantaba para
hacer ejercicio. Cuando colocaron en su oficina un catre con un enfermo (un inválido
llegado del interior), se mostró moderadamente irritado. ‘Los quejidos de este
enfermo’, dijo, ‘distraen mi atención. Sin concentración es extremadamente fácil
cometer errores en este clima.’
“Un día comentó, sin levantar la cabeza: ‘En el interior se encontrará usted con el
señor Kurtz.’ Cuando le pregunté quién era el señor Kurtz, me respondió que era un
agente de primera clase, y viendo mi desencanto ante esa información, añadió
lentamente, dejando la pluma: ‘Es una persona notable.’ Preguntas posteriores me
hicieron saber que el señor Kurtz estaba por el momento a cargo de una estación
comercial muy importante en el verdadero país del marfil, en el corazón mismo, y que
enviaba tanto marfil como todos los demás agentes juntos.
“Empezó a escribir de nuevo. El enfermo estaba demasiado grave para quejarse.
Las moscas zumbaban en medio del silencio.
“De pronto se oyó un murmullo creciente de voces y fuertes pisadas. Había llegado
una caravana. Un rumor de sonidos extraños penetró desde el otro lado de los
tablones. Todo el mundo hablaba a la vez, y en medio del alboroto se dejó oír la voz
quejumbrosa del agente jefe ‘renunciando a todo’ por vigésima vez en ese día… El
contable se levantó lentamente. ‘¡Qué horroroso estrépito!’, dijo. Cruzó la habitación
con paso lento para ver al hombre enfermo y volviéndose añadió: ‘Ya no oye’ ‘¡Cómo!
¿Ha muerto?’, le pregunté, sobresaltado. ‘No, aún no’, me respondió con calma.
Luego, aludiendo con un movimiento de cabeza al tumulto que se oía en el patio del
campamento, añadió: ‘Cuando se tienen que hacer las cuentas correctamente, uno
llega a odiar a estos salvajes, a odiarlos mortalmente.’ Permaneció pensativo por un
momento. ‘Cuando vea al señor Kurtz’, continuó, ‘dígale de mi parte que todo está
aquí’, señaló al escritorio, ‘registrado satisfactoriamente. No me gusta escribirle…
con los mensajeros que tenemos nunca se sabe quién va a recibir la carta… en esa
Estación Central.’ Me miró fijamente con ojos afectuosos: ‘Oh, él llegará muy lejos,
muy lejos. Pronto será alguien en la administración. Allá arriba, en el Consejo de
Europa, sabe usted… quieren que lo sea.’
“Volvió a sumirse en su labor. Afuera el ruido había cesado, y, al salir, me detuve en
la puerta. En medio del revoloteo de las moscas, el agente que volvía a casa estaba
tendido ardiente e insensible; el otro, reclinado sobre sus libros, hacía perfectos
registros de transacciones perfectamente correctas; y cincuenta pies más abajo de
la puerta podía ver las inmóviles fronteras del foso de la muerte.
“Al día siguiente abandoné por fin el campamento, con una caravana de sesenta
hombres, para recorrer un tramo de doscientas millas.
“No es necesario que os cuente lo que fue aquello. Veredas, veredas por todas
partes. Una amplia red de veredas que se extendía por el jardín vacío, a lo largo de
amplías praderas, praderas quemadas, a través de la selva, subiendo y bajando
profundos barrancos, subiendo y bajando colinas pedregosas asoladas por el calor.
Y una soledad absoluta. Nadie. Ni siquiera una cabaña. La población había
desaparecido mucho tiempo atrás. Bueno, si una multitud de negros misteriosos,
armados con toda clase de armas temibles, emprendiera de pronto el camino de
Deal a Gravesend con cargadores a ambos lados soportando pesados fardos,
imagino que todas las granjas y casas de los alrededores pronto quedarían vacías.
Sólo que en aquellos lugares también las habitaciones habían desaparecido. De
cualquier modo, pasé aún por algunas aldeas abandonadas. Hay algo patéticamente
pueril en las ruinas cubiertas de maleza. Día tras día, el continuo paso arrastrado de
sesenta pares de pies desnudos junto a mí, cada par cargado con un bulto de
sesenta libras. Acampar, cocinar, dormir, levantar el campamento, emprender
nuevamente la marcha. De cuando en cuando un hombre muerto tirado en medio de
los altos yerbajos a un lado del sendero, con una cantimplora vacía y un largo palo
junto a él. A su alrededor, y encima de él, un profundo silencio. Tal vez en una noche
tranquila, el redoble de tambores lejanos, apagándose y aumentando, un redoble
amplio y lánguido; un sonido fantástico, conmovedor, sugestivo y salvaje que
expresaba tal vez un sentimiento tan profundo como el sonido de las campanas en un
país cristiano. En una ocasión un hombre blanco con un uniforme desabrochado,
acampado junto al sendero con una escolta armada de macilentos zanzíbares, muy
hospitalario y festivo, por no decir ebrio, se encargaba, según nos dijo, de la
conservación del camino. No puedo decir que yo haya visto ningún camino, ni
ninguna obra de conservación, a menos que el cuerpo de un negro de mediana edad
con un balazo en la frente con el que tropecé tres millas más adelante pudiera
considerarse como tal. Yo iba también con un compañero blanco, no era mal sujeto,
pero demasiado grueso y con la exasperante costumbre de fatigarse en las
calurosas pendientes de las colinas, a varias millas del más mínimo fragmento de
sombra y agua. Es un fastidio, sabéis, llevar la propia chaqueta sobre la cabeza de
otro hombre como si fuera un parasol mientras recobraba el sentido. No pude
contenerme y en una ocasión le pregunté por qué había ido a parar a aquellos
lugares. Para hacer dinero, por supuesto. ‘¿Para qué otra cosa cree usted?’, me dijo
desdeñosamente. Después tuvo fiebre y hubo que llevarlo en una hamaca colgada
de un palo. Como pesaba ciento veinte kilos, tuve dificultades sin fin con los
cargadores. Ellos protestaban, amenazaban con escapar, desaparecer por la noche
con la carga… era casi motín. Una noche lancé un discurso en inglés ayudándome de
gestos, ninguno de los cuales pasó inadvertido por los sesenta pares de ojos que
tenía frente a mí, y a la mañana siguiente hice que la hamaca marchara delante de
nosotros. Una hora más tarde todo el asunto fracasaba en medio de unos
matorrales… el hombre, la hamaca, quejidos, cobertores, un horror. El pesado palo le
había desollado la nariz. Yo estaba dispuesto a matar a alguien, pero no había cerca
de nosotros ni la sombra de un cargador. Me acordé de las palabras del viejo
médico: ‘A la ciencia le interesa observar los cambios mentales que se producen en
los individuos en aquel sitio.’ Sentí que me comnzaba a convertir en algo
científicamente interesante. Sin embargo, todo esto no tiene importancia. Al
decimoquinto día volví a ver nuevamente el gran río, y llegué con dificultad a la
Estación Central. Estaba situada en un remanso, rodeada de maleza y de bosque,
con una cerca de barro maloliente a un lado y a los otros tres una valla absurda de
juncos. Una brecha descuidada era la única entrada. Una primera ojeada al lugar
bastaba para comprender que era el diablo el autor de aquel espectáculo. Algunos
hombres blancos con palos largos en las manos surgieron desganadamente entre
los edificios, se acercaron para echarme una ojeada y volvieron a desaparecer en
alguna parte. Uno de ellos, un muchacho de bigote negro, robusto e impetuoso, me
informó con gran volubilidad y muchas digresiones, cuando le dije quién era, que mi
vapor se hallaba en el fondo del río. Me quedé estupefacto. ¿Qué, cómo, por qué?
¡Oh!, no había de qué preocuparse. El director en persona se encontraba allí. Todo
estaba en orden. ‘¡Se portaron espléndidamente! ¡Espléndidamente! Debe usted ir a
ver en seguida al director general. Lo está esperando’, me dijo con cierta agitación.
“No comprendí de inmediato la verdadera significación de aquel naufragio. Me
parece que la comprendo ahora, pero tampoco estoy seguro… al menos no del todo.
Lo cierto es que cuando pienso en ello todo el asunto me parece demasiado
estúpido, y sin embargo natural. De todos modos… Bueno, en aquel momento se me
presentaba como una maldición. El vapor había naufragado. Había partido hacía dos
días con súbita premura por remontar el río, con el director a bordo, confiando la
nave a un piloto voluntario, y antes de que hubiera navegado tres horas había
encallado en unas rocas, y se había hundido junto a un banco de arena. Me pregunté
qué tendría que hacer yo en ese lugar, ahora que el barco se había hundido. Para
decirlo brevemente, mi misión consistió en rescatar el barco del río. Tuve que
ponerme a la obra al día siguiente. Eso, y las reparaciones, cuando logré llevar todas
las piezas a la estación, consumió varios meses.
“Mi primera entrevista con el director fue curiosa. No me invitó a sentarme, a pesar
de que yo había caminado unas veinte millas aquella mañana. El rostro, los modales
y la voz eran vulgares. Era de mediana estatura y complexión fuerte. Sus ojos, de un
azul normal, resultaban quizá notablemente fríos, seguramente podía hacer caer
sobre alguien una mirada tan cortante y pesada como un hacha. Pero incluso en
aquellos instantes, el resto de su persona parecía desmentir tal intención. Por otra
parte, la expresión de sus labios era indefinible, furtiva, como una sonrisa que no
fuera una sonrisa. Recuerdo muy bien el gesto, pero no logro explicarlo. Era una
sonrisa inconsciente, aunque después dijo algo que la intensificó por un instante.
Asomaba al final de sus frases, como un sello aplicado a las palabras más anodinas
para darles una significación especial, un sentido completamente inescrutable. Era
un comerciante común empleado en aquellos lugares desde su juventud, eso es
todo. Era obedecido, a pesar de que no inspiraba amor ni odio, ni siquiera respeto.
Producía una sensación de inquietud. ¡Eso era! Inquietud. No una desconfianza
definida, sólo inquietud, nada más. Y no podéis figuraros cuán efectiva puede ser
tal… tal… facultad. Carecía de talento organizador, de iniciativa, hasta de sentido del
orden. Eso era evidente por el deplorable estado que presentaba la estación. No
tenía cultura, ni inteligencia. ¿Cómo había logrado ocupar tal puesto? Tal vez por la
única razón de que nunca enfermaba. Había servido allí tres periodos de tres años…
Una salud triunfante en medio de la derrota general de los organismos constituye por
sí misma una especie de poder. Cuando iba a su país con licencia se entregaba a
un desenfreno en gran escala, pomposamente. Marinero en tierra, aunque con la
diferencia de que lo era sólo en lo exterior. Eso se podía deducir por la conversación
general. No era capaz de crear nada, mantenía sólo la rutina, eso era todo. Pero era
genial. Era genial por aquella pequeña cosa que era imposible deducir en él. Nunca
le descubrió a nadie ese secreto. Es posible que en su interior no hubiera nada. Esta
sospecha lo hacía a uno reflexionar, porque en el exterior no había ningún signo. En
una ocasión en que varias enfermedades tropicales hablan reducido al lecho a casi
todos los ‘agentes’ de la estación, se le oyó decir: ‘Los hombres que vienen aquí
deberían carecer de entrañas.’ Selló la frase con aquella sonrisa que lo
caracterizaba, como si fuera la puerta que se abría a la oscuridad que él mantenía
oculta. Uno creía ver algo… pero el sello estaba encima. Cuando en las comidas se
hastió de las frecuentes querellas entre los blancos por la prioridad en los puestos,
mandó hacer una inmensa mesa redonda para la que hubo que construir una casa
especial. Era el comedor de la estación. El lugar donde él se sentaba era el primer
puesto, los demás no tenían importancia. Uno sentía que aquélla era su convicción
inalterable. No era cortés ni descortés. Permanecía tranquilo. Permitía que su
‘muchacho’, un joven negro de la costa, sobrealimentado, tratara a los blancos, bajo
sus propios ojos, con una insolencia provocativa.
“En cuanto me vio comenzó a hablar. Yo había estado demasiado tiempo en camino.
Él no podía esperar. Había tenido que partir sin mí. Había que revisar las estaciones
del interior. Habían sido tantas las dilaciones en los últimos tiempos que ya no sabía
quién había muerto y quién seguía con vida, cómo andaban las cosas, etcétera. No
prestó ninguna atención a mis explicaciones, y, mientras jugaba con una barra de
lacre, repitió varias veces que la situación era muy grave, muy grave. Corrían
rumores de que una estación importante tenía dificultades y de que su jefe, el señor
Kurtz, se encontraba enfermo. Esperaba que no fuera verdad. El señor Kurtz era… Yo
me sentía cansado e irritado. ¡A la horca con el tal Kurtz!, pensaba. Lo interrumpí
diciéndole que ya en la costa había oído hablar del señor Kurtz. ‘¡Ah! ¡De modo que
se habla de él allá abajo!’, murmuró. Luego continuó su discurso, asegurándome que
el señor Kurtz era el mejor agente con que contaba, un hombre excepcional, de la
mayor importancia para la compañía; por consiguiente yo debía tratar de
comprender su ansiedad. Se hallaba, según decía, ‘muy, muy intranquilo’. Lo cierto
era que se agitaba sobre la silla y exclamaba: ‘¡Ah, el señor Kurtz!’ En ese momento
rompió la barra de lacre y pareció confundirse ante el accidente. Después quiso
saber cuánto tiempo me llevaría rehacer el barco. Volví a interrumpirlo. Estaba
hambriento, sabéis, y seguía de pie, por lo que comencé a sentirme como un salvaje.
‘¿Cómo puedo afirmar nada?’, le dije. ‘No he visto aún el barco. Seguramente se
necesitarán varios meses.’ La conversación me parecía de lo más fútil. ‘¿Varios
meses?’, dijo. ‘Bueno, pongamos tres meses antes de que podamos salir. Habrá que
hacerlo en ese tiempo.’ Salí de su cabaña (vivía solo en una cabaña de barro con
una especie de terraza) murmurando para mis adentros la opinión que me había
merecido. Era un idiota charlatán. Más tarde tuve que modificar esta opinión, cuando
comprobé para mi asombro la extraordinaria exactitud con que había señalado el
tiempo necesario para la obra.
“Me puse a trabajar al día siguiente, dando, por decirlo así, la espalda a la estación.
Sólo de ese modo me parecía que podía mantener el control sobre los hechos
redentores de la vida. Sin embargo, algunas veces había que mirar alrededor; veía
entonces la estación y aquellos hombres que caminaban sin objeto por el patio bajo
los rayos del sol. En algunas ocasiones me pregunté qué podía significar aquello.
Caminaban de un lado a otro con sus absurdos palos en la mano, como una multitud
de peregrinos embrujados en el interior de una cerca podrida. La palabra marfil
permanecía en el aire, en los murmullos, en los suspiros. Me imagino que hasta en
sus oraciones. Un tinte de imbécil rapacidad coloreaba todo aquello, como si fuera la
emanación de un cadáver. ¡Por Júpiter! Nunca en mi vida he visto nada tan irreal. Y
en el exterior, la silenciosa soledad que rodeaba ese claro en la tierra me
impresionaba como algo grande e invencible, como el mal o la verdad, que
esperaban pacientemente la desaparición de aquella fantástica invasión.
“¡Oh, qué meses aquellos! Bueno, no importa. Ocurrieron varias cosas. Una noche
una choza llena de percal, algodón estampado, abalorios y no sé qué más, se
inflamó en una llamarada tan repentina que se podía creer que la tierra se había
abierto para permitir que un fuego vengador consumiera toda aquella basura. Yo
estaba fumando mi pipa tranquilamente al lado de mi vapor desmantelado, y vi correr
a todo el mundo con los brazos en alto ante el resplandor, cuando el robusto hombre
de los bigotes llegó al río con un cubo en la mano y me aseguró que todos ‘se
portaban espléndidamente, espléndidamente’. Llenó el cubo de agua y se largó de
nuevo a toda prisa. Pude ver que había un agujero en el fondo del cubo.
“Caminé río arriba. Sin prisa. Mirad, aquello había ardido como si fuera una caja de
cerillas. Desde el primer momento no había tenido remedio. La llama había saltado a
lo alto, haciendo retroceder a todo el mundo, y después de consumirlo todo se había
apagado. La cabaña no era más que un montón de ascuas y cenizas candentes. Un
negro era azotado cerca del lugar. Se decía que de alguna manera había provocado
el incendio; fuera cierto o no, gritaba horriblemente. Volví a verlo días después,
sentado a la sombra de un árbol; parecía muy enfermo, trataba de recuperarse; más
tarde se levantó y se marchó, y la selva muda volvió a recibirlo en su seno. Mientras
me acercaba al calor vivo desde la oscuridad, me encontré a la espalda de dos
hombres que hablaban entre sí. Oí que pronunciaban el nombre de Kurtz y que uno le
decía al otro: ‘Deberías aprovechar este incidente desgraciado.’ Uno de los hombres
era el director. Le deseé buenas noches. ‘¿Ha visto usted algo parecido? Es
increíble’, dijo y se marchó. El otro hombre permaneció en el lugar. Era un agente de
primera categoría, joven, de aspecto distinguido, un poco reservado, con una
pequeña barba bifurcada y nariz aguileña. Se mantenía al margen de los demás
agentes, y éstos a su vez decían que era un espía al servicio del director. En lo que a
mí respecta, no había cambiado nunca una palabra con él. Comenzamos a
conversar y sin darnos cuenta nos fuimos alejando de las ruinas humeantes.
Después me invitó a acompañarlo a su cuarto, que estaba en el edificio principal de
la estación. Encendió una cerilla, y pude advertir que aquel joven aristócrata no sólo
tenía un tocador montado en plata sino una vela entera, toda suya. Se suponía que el
director era el único hombre que tenía derecho a las velas. Las paredes de barro
estaban cubiertas con tapices indígenas; una colección de lanzas, azagayas,
escudos, cuchillos, colgaba de ellas como trofeos. Según me habían informado, el
trabajo confiado a aquel individuo era la fabricación de ladrillos, pero en toda la
estación no había un solo pedazo de ladrillo, y había tenido que permanecer allí
desde hacía más de un año, esperando. Al parecer no podía construir ladrillos sin un
material, no sé qué era, tal vez paja. Fuera lo que fuese, allí no se conseguía, y como
no era probable que lo enviaran de Europa, no resultaba nada claro comprender qué
esperaba. Un acto de creación especial, tal vez. De un modo u otro todos
esperaban, todos (bueno, los dieciséis o veinte peregrinos) esperaban que algo
ocurriera; y les doy mi palabra de que aquella espera no parecía nada desagradable,
dada la manera en que la aceptaban, aunque lo único que parecían recibir eran
enfermedades, de eso podía darme cuenta. Pasaban el tiempo murmurando e
intrigando unos contra otros de un modo completamente absurdo. En aquella
estación se respiraba un aire de conspiración, que, por supuesto, no se resolvía en
nada. Era tan irreal como todo lo demás, como las pretensiones filantrópicas de la
empresa, como sus conversaciones, como su gobierno, como las muestras de su
trabajo. El único sentimiento real era el deseo de ser destinado a un puesto
comercial donde poder recoger el marfil y obtener el porcentaje estipulado.
Intrigaban, calumniaban y se detestaban sólo por eso, pero en cuanto a mover
aunque fuese el dedo meñique, oh, no. ¡Cielos santos!, hay algo después de todo en
el mundo que permite que un hombre robe un caballo mientras que otro ni siquiera
puede mirar un ronzal. Robar un caballo directamente, pase. Quien lo hace tal vez
pueda montarlo. Pero hay una manera de mirar un ronzal que incitaría al piadoso de
los santos a dar un puntapié.
“Yo no tenía idea de por qué aquel hombre deseaba mostrarse sociable conmigo,
pero mientras conversábamos me pareció de pronto que aquel individuo trataba de
llegar a algo, a un hecho real, y que me interrogaba. Aludía constantemente a
Europa, a las personas que suponía que yo conocía allí, dirigiéndome preguntas
insinuantes sobre mis relaciones en la ciudad sepulcral. Sus ojos pequeños brillaban
como discos de mica, llenos de curiosidad, aunque procuraba conservar algo de su
altivez. Al principio su actitud me sorprendió, pero muy pronto comencé a sentir una
intensa curiosidad por saber qué se proponía obtener de mí. Me era imposible
imaginar qué podía despertar su interés. Era gracioso ver cómo luchaba en el vacío,
porque lo cierto es que mi cuerpo estaba lleno sólo de escalofríos y en mi cabeza no
había otra cosa fuera de aquel condenado asunto del vapor hundido. Era evidente
que me consideraba como un desvergonzado prevaricador. Al final se enfadó y, para
disimular un movimiento de furia y disgusto, bostezó. Me levanté. Entonces pude ver
un pequeño cuadro al óleo en un marco, representando a una mujer envuelta en telas
y con los ojos vendados, que llevaba en la mano una antorcha encendida. El fondo
era sombrío, casi negro. La mujer permanecía inmóvil y el efecto de la luz de la
antorcha en su rostro era siniestro.
“Eso me retuvo, y él permaneció de pie por educación, sosteniendo una botella vacía
de champaña (para usos medicinales) con la vela colocada encima. A mi pregunta,
respondió que el señor Kurtz lo había pintado, en esa misma estación, hacía poco
más de un año, mientras esperaba un medio de trasladarse a su estación comercial.
‘Dígame, por favor’, le pedí, ‘¿quién es ese señor Kurtz?’
“‘El jefe de la estación interior’, respondió con sequedad, mirando hacia otro lado.
‘Muchas gracias’, le dije riendo, ‘y usted es el fabricante de ladrillos de la Estación
Central. Eso todo el mundo lo sabe.’ Por un momento permaneció callado. ‘Es un
prodigio’, dijo al fin. ‘Es un emisario de la piedad, la ciencia y el progreso, y sólo el
diablo sabe de qué más. Nosotros necesitamos’, comenzó de pronto a declamar,
‘para realizar la causa que Europa nos ha confiado, por así decirlo, inteligencias
superiores, gran simpatía, unidad de propósitos.’ ‘¿Quién ha dicho eso?’, pregunté.
‘Muchos de ellos’, respondió. ‘Algunos hasta lo escriben; y de pronto llegó aquí él, un
ser especial, como debe usted saber.’ ‘¿Por qué debo saberlo?’, lo interrumpí,
realmente sorprendido. Él no me prestó ninguna atención. ‘Sí, hoy día es el jefe de la
mejor estación, el año próximo será asistente en la dirección, dos años más y… pero
me atrevería a decir que usted sabe en qué va a convertirse dentro de un par de
años. Usted forma parte del nuevo equipo… el equipo de la virtud. La misma persona
que lo envió a él lo ha recomendado muy especialmente a usted. Oh, no diga que no.
Yo tengo mis propios ojos, sólo en ellos confío.’ La luz se hizo en mí. Las poderosas
amistades de mi tía estaban produciendo un efecto inesperado en aquel joven.
Estuve a punto de soltar una carcajada. ‘¿Lee usted la correspondencia confidencial
de la compañía?’, le pregunté. No pudo decir una palabra. Me resultó muy divertido.
‘Cuando el señor Kurtz’, continué severamente, ‘sea director general, no va usted a
tener oportunidad de hacerlo.’
“Apagó la vela de pronto y salimos. La luna se había levantado. Algunas figuras
negras vagaban alrededor, echando agua sobre los escombros de los que salía un
sonido silbante. El vapor ascendía a la luz de la luna, el negro golpeado gemía en
alguna parte. ‘¡Qué escándalo hace ese animal!’, dijo el hombre infatigable de los
bigotes, quien de pronto apareció a nuestro lado. ‘De algo le servirá. Transgresión…
castigo… ¡plaf! Sin piedad, sin piedad. Es la única manera. Eso prevendrá cualquier
otro incendio en el futuro. Le acabo de decir al director… ‘Se fijó en mi acompañante
e inmediatamente pareció perder la energía: ‘¿Todavía levantado?’, dijo con una
especie de afecto servil. ‘Bueno, es natural. Peligro… agitación’, y se desvaneció.
Llegué hasta la orilla del río y el otro me acompañó. Oí un chirriante murmullo:
‘¡Montón de inútiles, seguid!’ Podía ver a los peregrinos en grupitos, gesticulando,
discutiendo. Algunos tenían todavía los palos en la mano. Yo creo que llegaban a
acostarse con aquellos palos. Del otro lado de la empalizada la selva se erguía
espectral a la luz de la luna, y a través del incierto movimiento, a través de los débiles
ruidos de aquel lamentable patio, el silencio de la tierra se introducía en el corazón
de todos… su misterio, su grandeza, la asombrosa realidad de su vida oculta. El
negro castigado se lamentaba débilmente en algún lugar cercano, y luego emitió un
doloroso suspiro que hizo que mis pasos tomaran otra dirección. Sentí que una
mano se introducía bajo mi brazo. ‘Mi querido amigo’, dijo el tipo, ‘no quiero que me
malinterprete, especialmente usted, que verá al señor Kurtz mucho antes de que yo
pueda tener ese placer. No quisiera que se fuera a formar una idea falsa de mi
disposición…’
“Dejé continuar a aquel Mefistófeles de pacotilla; me pareció que de haber querido
hubiera podido traspasarlo con mi índice y no habría encontrado sino un poco de
suciedad blanduzca en su interior. Se había propuesto, sabéis, ser ayudante del
director, y la llegada posible de aquel Kurtz lo había sobresaltado tanto como al
mismo director general. Hablaba precipitadamente y yo no traté de detenerlo. Apoyé
la espalda sobre los restos del vapor, colocado en la orilla, como el esqueleto de
algún gran animal fluvial. El olor del cieno, del cieno primigenio, ¡por Júpiter!, estaba
en mis narices, la inmovilidad de aquella selva estaba ante mis ojos; había manchas
brillantes en la negra ensenada. La luna extendía sobre todas las cosas una fina
capa de plata, sobre la fresca hierba, sobre el muro de vegetación que se elevaba a
una altura mayor que el muro de un templo, sobre el gran río, que resplandecía
mientras corría anchurosamente sin un murmullo. Todo aquello era grandioso,
esperanzador, mudo, mientras aquel hombre charlaba banalmente sobre sí mismo.
Me pregunté si la quietud del rostro de aquella inmensidad que nos contemplaba a
ambos significaba un buen presagio o una amenaza. ¿Qué éramos nosotros,
extraviados en aquel lugar? ¿Podíamos dominar aquella cosa muda, o sería ella la
que nos manejaría a nosotros? Percibí cuán grande, cuán inmensamente grande era
aquella cosa que no podía hablar, y que tal vez también fuera sorda. ¿Qué había allí?
Sabía que parte del marfil llegaba de allí y había oído decir que el señor Kurtz estaba
allí. Había oído ya bastante. ¡Dios es testigo! Pero sin embargo aquello no producía
en mí ninguna imagen; igual que si me hubiesen dicho que un ángel o un demonio
vivían allí. Creía en aquello de la misma manera en que cualquiera de vosotros
podría creer que existen habitantes en el planeta Marte. Conocí una vez a un
fabricante de velas escocés que estaba convencido, firmemente convencido, de que
había habitantes en Marte. Si se le interrogaba sobre la idea que tenía sobre su
aspecto y su comportamiento, adoptaba una expresión tímida y murmuraba algo
sobre que ‘andaban a cuatro patas’. Si alguien sonreía, aquel hombre, aunque
pasaba de los sesenta, era capaz de desafiar al burlón a duelo. Yo no hubiera
llegado tan lejos como a batirme por Kurtz, pero por causa suya estuve casi a punto
de mentir. Vosotros sabéis que odio, detesto, me resulta intolerable la mentira, no
porque sea más recto que los demás, sino porque sencillamente me espanta. Hay un
tinte de muerte, un sabor de mortalidad en la mentira que es exactamente lo que más
odio y detesto en el mundo, lo que quiero olvidar. Me hace sentir desgraciado y
enfermo, como la mordedura de algo corrupto. Es cuestión de temperamento, me
imagino. Pues bien, estuve cerca de eso al dejar que aquel joven estúpido creyera lo
que le viniera en gana sobre mi influencia en Europa. Por un momento me sentí tan
lleno de pretensiones como el resto de aquellos embrujados peregrinos. Sólo porque
tenía la idea de que eso de algún modo iba a resultarle útil a aquel señor Kurtz a
quien hasta el momento no había visto… ya entendéis. Para mí era apenas un
nombre. Y en el nombre me era tan imposible ver a la persona como lo debe ser
para vosotros. ¿Lo veis? ¿Veis la historia? ¿Veis algo? Me parece que estoy
tratando de contar un sueño… que estoy haciendo un vano esfuerzo, porque el relato
de un sueño no puede transmitir la sensación que produce esa mezcla de absurdo,
de sorpresa y aturdimiento en un rumor de revuelta y rechazo, esa noción de ser
capturados por lo increíble que es la misma esencia de los sueños.”
Marlow permaneció un rato en silencio.
—… No, es imposible; es imposible comunicar la sensación de vida de una época
determinada de la propia existencia, lo que constituye su verdad, su sentido, su sutil y
penetrante esencia. Es imposible. Vivimos como soñamos… solos.
Volvió a hacer otra pausa como reflexionando. Después añadió:
—Por supuesto, en esto vosotros podréis ver más de lo que yo podía ver entonces.
Me veis a mí, a quien conocéis…
La oscuridad era tan profunda que nosotros, sus oyentes, apenas podíamos vernos
unos a otros. Hacía ya largo rato que él, sentado aparte, no era para nosotros más
que una voz. Nadie decía una palabra. Los otros podían haberse dormido, pero yo
estaba despierto. Escuchaba, escuchaba aguardando la sentencia, la palabra que
pudiera servirme de pista en la débil angustia que me inspiraba aquel relato que
parecía formularse por sí mismo, sin necesidad de labios humanos, en el aire
pesado y nocturno de aquel río.
—Sí, lo dejé continuar —volvió a decir de nuevo Marlow— y que pensara lo que le
diera la gana sobre los poderes que existían detrás de mí. ¡Lo hice! ¡Y detrás de mí
no había nada! No había nada salvo aquel condenado, viejo y maltrecho vapor sobre
el que me apoyaba, mientras él hablaba fluidamente de la necesidad que tenía cada
hombre de progresar. “Cuando alguien llega aquí, usted lo sabe, no es para
contemplar la luna”, me dijo. El señor Kurtz era un “genio universal”, pero hasta un
genio encontraría más fácil trabajar con “instrumentos adecuados y hombres
inteligentes”. Él no fabricaba ladrillos. ¿Por qué? Bueno, había una imposibilidad
material que lo impedía, como yo muy bien sabía, y si trabajaba como secretario del
director era porque ningún hombre inteligente puede rechazar absurdamente la
confianza que en él depositan sus superiores. ¿Me daba yo cuenta? Sí, me daba
cuenta. ¿Qué más quería yo? Lo que realmente quería eran remaches, ¡cielo santo!,
¡remaches!, para poder continuar el trabajo y tapar aquel agujero. Remaches. En la
costa había cajas llenas de ellos, cajas amontonadas, rajadas, herrumbrosas. En
aquella estación de la colina uno tropezaba con un remache desprendido a cada
paso que daba. Algunos habían rodado hasta el bosque de la muerte. Uno podía
llenarse los bolsillos de remaches sólo con molestarse en recogerlos; y en cambio
donde eran necesarios no se encontraba uno solo. Teníamos chapas que nos podían
servir, pero nada con qué poder ajustarlas. Cada semana el mensajero, un negro
solo, con un saco de cartas al hombro, dejaba la estación para dirigirse a la costa. Y
varias veces a la semana una caravana llegaba de la costa con productos
comerciales, percal horriblemente teñido que daba escalofríos de sólo mirar,
cuentas de cristal de las que podía comprarse un cuarto de galón por un penique,
pañuelos de algodón estrafalariamente estampados. Y nunca remaches. Tres negros
hubieran podido transportar todo lo necesario para poner a flote aquel vapor.
“Se estaba poniendo confidencial, pero me imagino que al no encontrar ninguna
respuesta de mi parte debió haberse exasperado, ya que consideró necesario
informarme que no temía a Dios ni al diablo, y mucho menos a los hombres. Le dije
que podía darme perfecta cuenta, pero que lo que yo necesitaba era una
determinada cantidad de remaches… y que en realidad lo que el señor Kurtz hubiera
pedido, si estuviese informado de esa situación, habrían sido los remaches. Y él
enviaba cartas a la costa cada semana… ‘Mi querido señor’ gritó, ‘yo escribo lo que
me dictan.’ Seguí pidiendo remaches. Un hombre inteligente tiene medios para
obtenerlos. Cambió de modales. De pronto adoptó un tono frío y comenzó a hablar
de un hipopótamo. Me preguntó si cuando dormía a bordo (permanecía allí noche y
día), no tenía yo molestias. Un viejo hipopótamo tenía la mala costumbre de salir de
noche a la orilla y errar por los terrenos de la estación. Los peregrinos solían salir en
pelotón y descargar sus rifles sobre él. Algunos velaban toda la noche esperándole.
Sin embargo había sido una energía desperdiciada. ‘Ese animal tiene una vida
encantada, y eso sólo se puede decir de las bestias de este país. Ningún hombre,
¿me entiende usted?, ningún hombre tiene aquí el mismo privilegio’, dijo.
Permaneció un momento a la luz de la luna con su delicada nariz aguileña un poco
ladeada, y los ojos de mica brillantes, sin pestañear. Después se despidió
secamente y se retiró a grandes zancadas. Me di cuenta de que estaba turbado y
enormemente confuso, lo que me hizo alentar mayores esperanzas de las que había
abrigado en los días anteriores. Me servía de consuelo apartar a aquel tipo para
volver a mi influyente amigo, el roto, torcido, arruinado, desfondado barco de vapor.
Subí a bordo. Crujió bajo mis pies como una lata de bizcochos Hunley & Palmer
vacía que hubiera recibido un puntapié en un escalón. No era sólido, mucho menos
bonito, pero había invertido en él demasiado trabajo como para no quererlo. Ningún
amigo influyente me hubiera servido mejor. Me había dado la oportunidad de
moverme un poco y descubrir lo que podía hacer. No, no me gusta el trabajo.
Prefiero ser perezoso y pensar en las bellas cosas que pueden hacerse. No me
gusta el trabajo, a ningún hombre le gusta, pero me gusta lo que hay en el trabajo, la
ocasión de encontrarse a sí mismo. La propia realidad, eso que sólo uno conoce y
no los demás, que ningún otro hombre puede conocer. Ellos sólo pueden ver el
espectáculo, y nunca pueden decir lo que realmente significa.
“No me sorprendió ver a una persona sentada en la cubierta, con las piernas
colgantes sobre el barro. Mirad, mis relaciones eran buenas con los pocos
mecánicos que había en la estación, y a los que los otros peregrinos naturalmente
despreciaban; me imagino que por la rudeza de sus modales. Era el capataz, un
fabricante de marmitas, buen trabajador, un individuo seco, huesudo, de rostro
macilento, con ojos grandes y mirada intensa. Tenía un aspecto preocupado. Su
cabeza era tan calva como la palma de mi mano; parecía que los cabellos, al caer,
se le habían pegado a la barbilla y que habían prosperado en aquella nueva
localidad, pues la barba le llegaba a la cintura. Era un viudo con seis hijos (los había
dejado a cargo de una hermana suya al emprender el viaje) y la pasión de su vida
eran las palomas mensajeras. Era un entusiasta y un conocedor. Deliraba por las
palomas. Después del horario de trabajo acostumbraba ir a veces al barco a
conversar sobre sus hijos, y sobre las palomas. En el trabajo, cuando se debía
arrastrar por el barro bajo la quilla del vapor, recogía su barba en una especie de
servilleta blanca que llevaba para ese propósito, con unas cintas que ataba tras las
orejas. Por las noches se le podía ver inclinado sobre el río, lavando con sumo
cuidado esa envoltura en la corriente, y tendiéndola después solemnemente sobre
una mata para que se secara.
“Le di una palmada en la espalda y exclamé: ‘Vamos a tener remaches.’ Se puso de
pie y exclamó: ‘¿No? ¡Remaches!’, como si no pudiera creer a sus oídos. Luego,
añadió en voz baja: ‘Usted… ¿Eh?’ No sé por qué nos comportábamos como
lunáticos. Me lleve un dedo a la nariz inclinando la cabeza misteriosamente. ‘¡Bravo
por usted!’, exclamó, chasqueando sus dedos sobre la cabeza y levantando un pie.
Comencé a bailotear. Saltábamos sobre la cubierta de hierro. Un ruido horroroso
salió de aquel casco arrumbado y el bosque virgen desde la otra margen del río lo
envió de vuelta en un eco atronador a la estación dormida. Aquello debió hacer
levantar a algunos peregrinos en sus cabañas. Una figura oscura apareció en el
portal de la cabaña del director, desapareció, y luego, un segundo o dos después,
también la puerta desapareció. Nos detuvimos y el silencio interrumpido por nuestro
zapateo volvió de nuevo a nosotros desde los lugares más remotos de la tierra. El
gran muro de vegetación, una masa exuberante y confusa de troncos, ramas, hojas,
guirnaldas, inmóviles a la luz de la luna, era como una tumultuosa invasión de vida
muda, una ola arrolladora de plantas, apiladas, con penachos, dispuestas a
derrumbarse sobre el río, a barrer la pequeña existencia de todos los pequeños
hombres que, como nosotros, estábamos en su seno. Y no se movía. Una explosión
sorda de grandiosas salpicaduras y bufidos nos llegó de lejos, como si un ictiosaurio
se estuviera bañando en el resplandor del gran río. ‘Después de todo’, dijo el
fabricante de marmitas, en tono razonable, ‘¿por qué no iban a darnos los
remaches?’ ¡En efecto, por qué no! No conocía ninguna razón para que no los
tuviésemos. ‘Llegarán dentro de unas tres semanas’, le dije en tono confidencial.
“Pero no fue así. En lugar de remaches tuvimos una invasión, un castigo, una visita.
Llegó en secciones durante las tres semanas siguientes; cada sección encabezada
por un burro en el que iba montado un blanco con traje nuevo y zapatos relucientes,
un blanco que saludaba desde aquella altura a derecha e izquierda a los
impresionados peregrinos. Una banda pendenciera de negros descalzos y
desarrapados marchaba tras el burro; un equipaje de tiendas, sillas de campaña,
cajas de lata, cajones blancos y fardos grises eran depositados en el patio, y el aire
de misterio parecía espesarse sobre el desorden de la estación. Llegaron cinco
expediciones semejantes, con el aire absurdo de una huida desordenada, con el
botín de innumerables almacenes y abundante acopio de provisiones que uno podría
pensar habían sido arrancadas de la selva para ser repartidas equitativamente. Era
una mezcla indecible de cosas, útiles en sí, pero a las cuales la locura humana hacía
parecer como el botín de un robo.
“Aquella devota banda se daba a sí misma el nombre de Expedición de
Exploradores Eldorado. Parece ser que todos sus miembros habían jurado guardar
secreto. Su conversación, de cualquier manera, era una conversación de sórdidos
filibusteros. Era un grupo temerario pero sin valor, voraz sin audacia, cruel sin
osadía. No había en aquella gente un átomo de previsión ni de intención seria, y ni
siquiera parecían saber que esas cosas son requeridas para el trabajo en el mundo.
Arrancar tesoros a las entrañas de la tierra era su deseo, pero aquel deseo no tenía
detrás otro propósito moral que el de la acción de unos bandidos que fuerzan una
caja fuerte. No sé quién costearía los gastos de aquella noble empresa, pero un tío
de nuestro director era el jefe del grupo.
“Por su exterior parecía el carnicero de un barrio pobre, y sus ojos tenían una mirada
de astucia somnolienta. Ostentaba un enorme vientre sobre las cortas piernas, y
durante el tiempo que aquella banda infestó la estación sólo habló con su sobrino.
Podía uno verlos vagando durante el día por todas partes, las cabezas unidas en una
interminable confabulación.
“Renuncié a molestarme más por el asunto de los remaches. La capacidad humana
para esa especie de locura es más limitada de lo que vosotros podéis suponer. Me
dije: ‘A la horca con todos.’ Y dejé de preocuparme. Tenía tiempo en abundancia
para la meditación, y de vez en cuando dedicaba algún pensamiento a Kurtz. No me
interesaba mucho. No. Sin embargo, sentía curiosidad por saber si aquel hombre
que había llegado equipado con ideas morales de alguna especie lograría subir a la
cima después de todo, y cómo realizaría el trabajo una vez que lo hubiese
conseguido.”
II
—Una noche, mientras estaba tendido en la cubierta de mi vapor, oí voces que se
acercaban. Eran el tío y el sobrino que caminaban por la orilla del río. Volví a apoyar
la cabeza sobre el brazo, y estaba a punto de volverme a dormir, cuando alguien dijo
casi en mi oído:
“Soy tan inofensivo como un niño, pero no me gusta que me manden. ¿Soy el
director o no lo soy? Me ordenaron enviarlo allí. Es increíble…” Me di cuenta de que
ambos se hallaban en la orilla, al lado de popa, precisamente debajo de mi cabeza.
No me moví; no se me ocurrió moverme. Estaba amodorrado. “Es muy
desagradable”, gruñó el tío. “Él había pedido a la administración que le enviaran allí”,
dijo el otro, “con la idea de demostrar lo que era capaz de hacer. Yo recibí
instrucciones al respecto. Debe tener una influencia tremenda. ¿No te parece
terrible?” Ambos convinieron en que aquello era terrible; después hicieron
observaciones extrañas: la lluvia… el buen tiempo… un hombre… el Consejo… por la
nariz… Fragmentos de frases absurdas que me hicieron salir de mi estado de
somnolencia. De modo que estaba en pleno uso de mis facultades mentales cuando
el tío dijo: “El clima puede eliminar esa dificultad. ¿Está solo allá?” “Sí”, respondió el
director. “Me envió a su asistente, con una nota redactada más o menos en estos
términos: ‘Saque usted a este pobre diablo del país, y no se moleste en enviarme a
otras personas de esta especie. Prefiero estar solo a tener a mi lado la clase de
hombres de que ustedes pueden disponer.’ Eso fue hace ya más de un año.
¿Puedes imaginarte desfachatez semejante?” “¿Y nada a partir de entonces?”,
preguntó el otro con voz ronca. “Marfil”, masculló el sobrino, “a montones… y de
primera clase. Grandes cargamentos; todo para fastidiar, me parece.” “¿De qué
manera?” preguntó un rugido sordo. “Facturas”, fue la respuesta. Se podía decir que
aquella palabra había sido disparada. Luego se hizo el silencio. Habían estado
hablando de Kurtz.
“Para entonces yo estaba del todo despierto. Permanecía acostado tal como
estaba, sin cambiar de postura. ‘¿Cómo ha logrado abrirse paso todo ese marfil?’,
explotó de pronto el más anciano de los dos, que parecía muy contrariado. El otro
explicó que había llegado en una flotilla de canoas, a las órdenes de un mestizo
inglés que Kurtz tenía a su servicio. El mismo Kurtz, al parecer, había tratado de
hacer el viaje, por encontrarse en ese tiempo la estación desprovista de víveres y
pertrechos, pero después de recorrer unas trescientas millas había decidido de
pronto regresar, y lo hizo solo, en una pequeña canoa con cuatro remeros, dejando
que el mestizo continuara río abajo con el marfil. Los dos hombres estaban
sorprendidos ante semejante proceder. Trataban de encontrar un motivo que
explicara esa actitud. En cuanto a mí, me pareció ver por primera vez a Kurtz. Fue un
vislumbre preciso: la canoa, cuatro remeros salvajes; el blanco solitario que de
pronto le daba la espalda a las oficinas principales, al descanso, tal vez a la idea del
hogar, y volvía en cambio el rostro hacia lo más profundo de la selva, hacia su
campamento vacío y desolado. Yo no conocía el motivo. Era posible que sólo se
tratara de un buen sujeto que se había entusiasmado con su trabajo. Su nombre,
sabéis, no había sido pronunciado ni una sola vez durante la conversación. Se
referían a ‘aquel hombre’. El mestizo que, según podía yo entender, había realizado
con gran prudencia y valor aquel difícil viaje era invariablemente llamado ‘ese
canalla’. El ‘canalla’ había informado que ‘aquel hombre’ había estado muy enfermo;
aún no se había restablecido del todo… Los dos hombres debajo de mí se alejaron
unos pasos; paseaban de un lado a otro a cierta distancia. Escuché: ‘puesto militar…
médico… doscientas millas… ahora completamente solo… plazos inevitables… nueve
meses… ninguna noticia… extraños rumores’. Volvieron a acercarse. Precisamente
en esos momentos decía el director: ‘Nadie, que yo sepa, a menos que sea una
especie de mercader ambulante, un tipo malvado que les arrebata el marfil a los
nativos.
“¿De quién hablaban ahora? Pude deducir que se trataba de algún hombre que
estaba en el distrito de Kurtz y cuya presencia era desaprobada por el director. ‘No
nos veremos libres de esos competidores de mala fe hasta que colguemos a uno
para escarmiento de los demás’, dijo. ‘Por supuesto’, gruñó el otro. ‘¡Deberías
colgarlo! ¿Por qué no? En este país se puede hacer todo, todo. Eso es lo que yo
sostengo; aquí nadie puede poner en peligro tu posición. ¿Por qué? Porque resistes
el clima. Sobrevives a todos los demás. El peligro está en Europa. Pero antes de
salir tuve la precaución de…’
“Se alejaron y sus voces se convirtieron en un murmullo. Después volvieron a
elevarse. ‘Esta extraordinaria serie de retrasos no es culpa mía. He hecho todo lo
que he podido.’ ‘Es una lástima’, suspiró el viejo. ‘Y esa peste absurda que es su
conversación’ rugió el otro. ‘Me molestó mucho cuando estaba aquí: «Cada estación
debería ser como un faro en medio del camino, que iluminara la senda hacia cosas
mejores; un centro comercial, por supuesto, pero también de humanidad, de
mejoras, de instrucción.» ¡Habráse visto semejante asno! ¡Y quiere ser director! ¡No,
es como…!’
“El exceso de indignación lo hizo sofocarse. Yo levanté un poco la cabeza. Me
sorprendió ver lo cerca que estaban, justo debajo de mí. Habría podido escupir
sobre sus sombreros. Miraban el suelo, absortos en sus pensamientos. El director se
fustigaba la pierna con una fina varita. Su sagaz pariente levantó de pronto la cabeza.
‘¿Y te has encontrado bien todo el tiempo, desde que llegaste?’, preguntó. El otro
pareció sobresaltarse. ‘¿Quién? ¿Yo? ¡Oh, perfectamente, perfectamente! Pero el
resto… ¡santo cielo!, todos enfermos. Se mueren tan rápidamente que no tengo casi
tiempo de mandarlos fuera de la región… ¡Es increíble!’ ‘Hum. Así es precisamente’,
gruñó el tío. ‘Ah, muchacho, confía en eso… te lo digo, confía en eso.’ Le vi extender
un brazo que más bien parecía una aleta y señalar hacia la selva, la ensenada, el
barco, el río; parecía sellar con un gesto vil ante la iluminada faz de la tierra un pacto
traidor con la muerte en acecho, el mal escondido, las profundas tinieblas del
corazón humano. Fue tan espantoso que me puse en pie de un salto y miré hacia
atrás, al lindero de la selva, como esperando encontrar una respuesta a ese negro
intercambio de confidencias. Ya sabéis que a veces uno llega a abrigar las más
locas ideas. Una profunda calma rodeaba a aquellas dos figuras con su ominosa
paciencia, esperando el paso de una invasión fantástica.
“Los dos hombres maldijeron a la vez, de puro miedo creo yo… Después
pretendieron no saber nada de mi existencia y volvieron a la estación. El sol estaba
bajo; e inclinados hacia adelante, uno al lado del otro, parecían tirar a duras penas,
colina arriba, de sus dos sombras grotescas, de longitud irregular, que se
arrastraban lentamente tras ellos sobre la hierba espesa, sin inclinar una sola brizna.
“Unos días más tarde la Expedición Eldorado se internó en la paciente selva, que se
cerró sobre ellos como el mar sobre un buzo. Algún tiempo después nos llegaron
noticias de que todos los burros habían muerto. No sé nada sobre la suerte que
corrieron los otros animales, los menos valiosos. No me cabe duda de que, como el
resto de nosotros, encontraron su merecido. No hice averiguaciones. Me excitaba
enormemente la perspectiva de conocer muy pronto a Kurtz. Cuando digo muy
pronto, hablo en términos relativos. Dos meses pasaron desde el momento en que
dejamos la ensenada hasta nuestra llegada a la orilla de la estación de Kurtz.
“Remontar aquel río era como volver a los inicios de la creación cuando la
vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se convirtieron en reyes. Una
corriente vacía, un gran silencio, una selva impenetrable. El aire era caliente, denso,
pesado, embriagador. No había ninguna alegría en el resplandor del sol. Aquel
camino de agua corría desierto, en la penumbra de las grandes extensiones. En
playas de arena plateada, los hipopótamos y los cocodrilos tomaban el sol lado a
lado. Las aguas, al ensancharse, fluían a través de archipiélagos boscosos; era tan
fácil perderse en aquel río como en un desierto, y tratando de encontrar el rumbo se
chocaba todo el tiempo contra bancos de arena, hasta que uno llegaba a tener la
sensación de estar embrujado, lejos de todas las cosas una vez conocidas… en
alguna parte… lejos de todo… tal vez en otra existencia. Había momentos en que el
pasado volvía a aparecer, como sucede cuando uno no tiene ni un momento libre,
pero aparecía en forma de un sueño intranquilo y estruendoso, recordado con
asombro en medio de la realidad abrumadora de aquel mundo extraño de plantas, y
agua, y silencio. Y aquella inmovilidad de vida no se parecía de ninguna manera a la
tranquilidad. Era la inmovilidad de una fuerza implacable que envolvía una intención
inescrutable. Y lo miraba a uno con aire vengativo. Después llegué a acostumbrarme.
Y al acostumbrarme dejé de verla; no tenía tiempo. Debía estar todo el tiempo
tratando de adivinar el cauce del canal; tenía que adivinar, más por inspiración que
por otra cosa, las señales de los bancales ocultos, descubrir las rocas sumergidas.
Aprendí a rechinar los dientes sonoramente antes de que el corazón me estallara
cuando rozábamos algún viejo tronco infernal que hubiera podido terminar con la
vida de aquel vapor de hojalata y ahogar a todos los peregrinos. Necesitaba
encontrar todos los días señales de madera seca que pudiéramos cortar todas las
noches para alimentar las calderas al día siguiente. Cuando uno tiene que estar
pendiente de ese tipo de cosas, los meros incidentes de la superficie, la realidad, sí,
la realidad digo, se desvanece. La verdad íntima se oculta, por suerte, por suerte.
Pero yo la sentía durante todo el tiempo. Sentía con frecuencia aquella inmovilidad
misteriosa que me contemplaba, que observaba mis artimañas de mono, tal como
os observa a vosotros, camaradas, cuando trabajáis en vuestros respectivos cables
por… cuánto es… media corona la vuelta.”
—Intenta ser más cortés, Marlow —gruñó una voz, y supe que por lo menos había
otro auditor tan despierto como yo.
—Perdón. ¿En realidad, qué importa el precio si la cosa está bien hecha? Vosotros
desempeñáis muy bien vuestros oficios. Yo tampoco he hecho mal el mío desde que
logré que no naufragara aquel vapor en mi primer viaje. Todavía me asombro de ello.
Imaginad a un hombre con los ojos vendados obligado a conducir un vehículo por un
mal camino. Lo que puedo deciros es que sudé y temblé de verdad durante aquel
viaje. Después de todo, para un marino, que se rompa el fondo de la cosa que se
supone flota todo el tiempo bajo su vigilancia es el pecado más imperdonable.
Puede que nadie se entere, pero él no olvida el porrazo, ¿no es cierto? Es un golpe
en el mismo corazón. Uno lo recuerda, lo sueña, despierta a media noche para
pensar en él, años después, y vuelve a sentir escalofríos. No pretendo decir que
aquel vapor flotara todo el tiempo. Más de una vez tuvo que vadear un poco, con
veinte caníbales chapoteando alrededor de él y empujando. Durante el viaje
habíamos enganchado una tripulación con algunos de esos muchachos. ¡Excelentes
tipos aquellos caníbales! Eran hombres con los que se podía trabajar, y aún hoy les
estoy agradecido. Y, después de todo, no se devoraban los unos a los otros en mi
presencia; llevaban consigo una provisión de carne de hipopótamo, que una vez
podrida hizo llegar a mis narices todo el misterio de la selva. ¡Puuuf! Aún puedo
olerla. Llevaba a bordo al director y a tres o cuatro peregrinos con sus palos. Eso era
todo. Algunas veces nos acercábamos a una estación próxima a la orilla, pegada a
las faldas de lo desconocido; los blancos salían de sus cabañas con grandes
expresiones de alegría, de sorpresa, de bienvenida. Me parecían muy extraños.
Tenían todo el aspecto de haber sido víctimas de un hechizo. La palabra marfil
flotaba un buen rato en el aire, y luego seguíamos de nuevo en medio del silencio, a
lo largo de inmensas extensiones desiertas, alrededor de mansos recodos, entre los
altos muros de nuestro camino sinuoso, que resonaba en profundos ruidos al pesado
golpe de nuestra rueda de popa. Árboles, árboles, millones de árboles, masas
inmensas de ellos, elevándose hacia las alturas; y a sus pies, navegando junto a la
orilla, contra la corriente, se deslizaba aquel vapor lisiado, como se arrastra un
escarabajo perezoso sobre el suelo de un elevado pórtico. Uno tenía por fuerza que
sentirse muy pequeño, totalmente perdido, y sin embargo aquel sentimiento no era
deprimente. Después de todo, por muy pequeño que fuera, aquel sucio animalillo
seguía arrastrándose, y eso era lo que se le pedía. A dónde imaginaban arrastrarse
los peregrinos, eso sí que no lo sé. Hacia algún lugar del que esperaban obtener
algo, creo. En cuanto a mí, el escarabajo se arrastraba exclusivamente hacia Kurtz.
Pero cuando el casco comenzó a hacer agua nos arrastramos muy lentamente.
Aquellas grandes extensiones se abrían ante nosotros y volvían a cerrarse, como si
la selva hubiera puesto poco a poco un pie en el agua para cortarnos la retirada en el
momento del regreso. Penetramos más y más espesamente en el corazón de las
tinieblas. Allí había verdadera calma. A veces, por la noche, un redoble de tambores,
detrás de la cortina vegetal, corría por el río, se sostenía débilmente, se prolongaba,
como si revoloteara en el aire por encima de nuestras cabezas, hasta la primera luz
del día. Si aquello significaba guerra, paz u oración es algo que no podría decir. La
aurora se anunciaba por el descenso de una desapacible calma; los leñadores
dormían, sus hogueras se extinguían; el chasquido de una rama lo podía llenar a uno
de sobresalto. Éramos vagabundos en medio de una tierra prehistórica, de una tierra
que tenía el aspecto de un planeta desconocido. Nos podíamos ver a nosotros
mismos como los primeros hombres tomando posesión de una herencia maldita,
sobreviviendo a costa de una angustia profunda de un trabajo excesivo. Pero, de
pronto, cuando luchábamos para cruzar un recodo, podíamos vislumbrar unos muros
de juncos técnicos de hierba puntiagudos, un estallido de gritos, un revuelo de
músculos negros, una multitud de manos que palmoteaban, de pies que pateaban,
de cuerpos en movimiento, de ojos furtivos, bajo la sombra de pesados e inmóviles
follajes. El vapor se movía lenta y dificultosamente al borde de un negro e
incomprensible frenesí. ¿Nos maldecía, nos imprecaba, nos daba la bienvenida el
hombre prehistórico? ¿Quién podría decirlo? Estábamos incapacitados para
comprender todo lo que nos rodeaba; nos deslizábamos como fantasmas,
asombrados y con un pavor secreto, como pueden hacerlo los hombres cuerdos ante
un estallido de entusiasmo en una casa de orates. No podíamos entender porque
nos hallábamos muy lejos, y no podíamos recordar porque viajábamos en la noche
de los primeros tiempos, de esas épocas ya desaparecidas, que dejan con
dificultades alguna huella… pero ningún recuerdo.
“La tierra no parecía la tierra. Nos hemos acostumbrado a verla bajo la imagen
encadenada de un monstruo conquistado, pero allí… allí podía vérsela como algo
monstruoso y libre. Era algo no terrenal y los hombres eran… No, no se podía decir
inhumanos. Era algo peor, sabéis, esa sospecha de que no fueran inhumanos. La
idea surgía lentamente en uno. Aullaban, saltaban, se colgaban de las lianas, hacían
muecas horribles, pero lo que en verdad producía estremecimiento era la idea de su
humanidad, igual que la de uno, la idea del remoto parentesco con aquellos seres
salvajes, apasionados y tumultuosos. Feo, ¿no? Sí, era algo bastante feo. Pero si
uno era lo suficientemente hombre debía admitir precisamente en su interior una
débil traza de respuesta a la terrible franqueza de aquel estruendo, una tibia
sospecha de que aquello tenía un sentido en el que uno (uno, tan distante de la noche
de los primeros tiempos) podía participar. ¿Por qué no? La mente del hombre es
capaz de todo, porque todo está en ella, tanto el pasado como el futuro. ¿Qué había
allí, después de todo? Alegría, miedo, tristeza, devoción, valor, cólera… ¿Quién podía
saberlo?… Pero había una verdad, una verdad desnuda de la capa del tiempo.
Dejemos que los estúpidos tiemblen y se estremezcan… El que es hombre sabe y
puede mirar aquello sin pestañear. Pero tiene que ser por lo menos tan hombre
como los que había en la orilla. Debe confrontar esa verdad con su propia y
verdadera esencia… con su propia fuerza innata. Los principios no bastan.
Adquisiciones, vestidos, bonitos harapos… harapos que velarían a la primera
sacudida. No, lo que se requiere es una creencia deliberada. ¿Hay allí algo que me
llama, en esa multitud demoniaca? Muy bien. La oigo, lo admito, pero también tengo
una voz y para bien o para mal no puedo silenciarla. Por supuesto, un necio con puro
miedo y finos sentimientos está siempre a salvo. ¿Quién protesta? ¿Os preguntáis si
también bajé a la orilla para aullar y danzar? Pues no, no lo hice. ¿Nobles
sentimientos, diréis? ¡Al diablo con los nobles sentimientos! No tenía tiempo para
ellos. Tenía que mezclar albayalde con tiras de mantas de lana para tapar los
agujeros por donde entraba el agua. Tenía que estar al tanto del gobierno del barco,
evitar troncos, y hacer que marchara aquella caja de hojalata por las buenas o por las
malas. Esas cosas poseen la suficiente verdad superficial como para salvar a un
hombre sabio. A ratos tenía, además, que vigilar al salvaje que llevaba yo como
fogonero. Era un espécimen perfeccionado; podía encender una caldera vertical. Allí
estaba, debajo de mí y, palabra de honor, mirarlo resultaba tan edificante como ver a
un perro en una parodia con pantalones y sombrero de plumas, paseando sobre sus
patas traseras. Unos meses de entrenamiento habían hecho de él un muchacho
realmente eficaz. Observaba el regulador de vapor y el carburador de agua con un
evidente esfuerzo por comprender, tenía los dientes afilados también, pobre diablo, y
el cabello lanudo afeitado con arreglo a un modelo muy extraño, y tres cicatrices
ornamentales en cada mejilla. Hubiera debido palmotear y golpear el suelo con la
planta de los pies, y en vez de ello se esforzaba por realizar un trabajo, iniciarse en
una extraña brujería, en la que iba adquiriendo nuevos conocimientos. Era útil porque
había recibido alguna instrucción; lo que sabía era que si el agua desaparecía de
aquella cosa transparente, el mal espíritu encerrado en la caldera mostraría su cólera
por la enormidad de su sed y tomaría una venganza terrible. Y así sudaba, calentaba
y observaba el cristal con temor (con un talismán improvisado, hecho de trapos,
atado a un brazo, y un pedazo de hueso del tamaño de un reloj, colocado entre la
encía y el labio inferior), mientras las orillas cubiertas de selva se deslizaban
lentamente ante nosotros, el pequeño ruido quedaba atrás y se sucedían millas
interminables de silencio… Y nosotros nos arrastrábamos hacia Kurtz. Pero los
troncos eran grandes, el agua traidora y poco profunda, la caldera parecía tener en
efecto un demonio hostil en su seno, y de esa manera ni el fogonero ni yo teníamos
tiempo para internarnos en nuestros melancólicos pensamientos.
“A unas cincuenta millas de la estación interior encontramos una choza hecha de
cañas y, sobre ella, un mástil inclinado y melancólico, con los restos irreconocibles
de lo que había sido una bandera ondeando sobre él, y al lado un montón de leña,
cuidadosamente apilado. Aquello constituía algo inesperado. Bajamos a la orilla, y
sobre la leña encontramos una tablilla con algunas palabras borrosas. Cuando
logramos descifrarlas, leímos: ‘Leña para ustedes. Apresúrense. Deben acercarse
con precauciones. ‘Había una firma, pero era ilegible. No era la de Kurtz. Era una
palabra mucho más larga. Apresúrense. ¿Adónde? ¿Remontando el río? ¿Acercarse
con precauciones? No lo habíamos hecho así. Pero la advertencia no podía ser para
llegar a aquel lugar, ya que nadie tendría conocimiento de su existencia. Algo
anormal encontraríamos más arriba. ¿Pero qué, y en qué cantidad? Ése era el
problema. Comentamos despectivamente la imbecilidad de aquel estilo telegráfico.
Los arbustos cercanos no nos dijeron nada, y tampoco nos permitieron ver muy lejos.
Una cortina destrozada de sarga roja colgaba a la entrada de la cabaña, y rozaba
tristemente nuestras caras. El interior estaba desmantelado, pero era posible
deducir que allí había vivido no hacía mucho tiempo un blanco. Quedaba aún una
tosca mesa, una tabla sobre dos postes un montón de escombros en un rincón
oscuro y, cerca de la puerta, un libro que recogí inmediatamente. Había perdido la
cubierta y las páginas estaban muy sucias y blandas, pero el lomo había sido
recientemente cosido con cuidado, con hilo de algodón blanco que aún conservaba
un aspecto limpio. El título era Una investigación sobre algunos aspectos de
náutica, y el autor un tal Towsen o Towson, capitán al servicio de su majestad. El
contenido era bastante monótono, con diagramas aclaratorios y múltiples láminas
con figuras. El ejemplar tenía una antigüedad de unos sesenta años. Acaricié aquella
impresionante antigualla con la mayor ternura posible, temeroso de que fuera a
disolverse en mis manos. En su interior, Towson o Towsen investigaba seriamente la
resistencia de tensión de los cables y cadenas empleados en los aparejos de los
barcos, y otras materias semejantes. No era un libro apasionante, pero a primera
vista se podía ver una unidad de intención, una honrada preocupación por realizar
seriamente el trabajo, que hacía que aquellas páginas, concebidas tantos años
atrás, resplandecieran con una luminosidad no provocada sólo por el interés
profesional. El sencillo y viejo marino, con su disquisición sobre cadenas y tuercas,
me hizo olvidar la selva y los peregrinos, en una deliciosa sensación de haber
encontrado algo inconfundiblemente real. El que un libro semejante se encontrara allí
era ya bastante asombroso, pero aún lo eran más las notas marginales, escritas a
lápiz, con referencia al texto. ¡No podía creer en mis propios ojos! Estaban escritas
en lenguaje cifrado. Sí, aquello parecía una clave. Imaginad a un hombre que llevara
consigo un libro de esa especie a aquel lugar perdido del mundo, lo estudiara e
hiciera comentarios en lenguaje cifrado. Era un misterio de lo más extravagante.
“Desde hacía un rato era vagamente consciente de cierto ruido molesto, y al alzar los
ojos vi que la pila de leña había desaparecido, y que el director, junto con todos los
peregrinos, me llamaba a voces desde la orilla del río. Me metí el libro en un bolsillo.
Puedo aseguraros que arrancarse de su lectura era como separarse del abrigo de
una vieja y sólida amistad.
“Volví a poner en marcha la inválida máquina. ‘Debe de ser ese miserable
comerciante, ese intruso’, exclamó el director, mirando con malevolencia hacia el
sitio que habíamos dejado atrás. ‘Debe ser inglés’, dije yo. ‘Eso no lo librará de
meterse en dificultades si no es prudente’, murmuró sombríamente el director. Y yo
comenté con fingida inocencia que en este mundo nadie está libre de dificultades.
“La corriente era ahora más rápida. El vapor parecía estar a punto de emitir su
último suspiro; las aspas de las ruedas batían lánguidamente el agua. Yo esperaba
que aquél fuera el último esfuerzo, porque a decir verdad temía a cada momento que
aquella desvencijada embarcación no pudiera ya más. Me parecía estar
contemplando las últimas llamadas de una vida. Sin embargo, seguíamos
avanzando. A veces tomaba como punto de referencia un árbol, situado un poco más
arriba, para medir nuestro avance hacia Kurtz, pero lo perdía invariablemente antes
de llegar a él. Mantener la vista fija durante tanto tiempo era una labor demasiado
pesada para la paciencia humana. El director mostraba una magnífica resignación.
Yo me impacientaba, me encolerizaba y discutía conmigo mismo sobre la
posibilidad de hablar abiertamente con Kurtz. Pero antes de poder llegar a una
conclusión, se me ocurrió que tanto mi silencio como mis declaraciones eran
igualmente fútiles. ¿Qué importancia podía tener que él supiera o ignorara la
situación? ¿Qué importaba quién fuera el director? A veces tenemos esos destellos
de perspicacia. Lo esencial de aquel asunto yacía muy por debajo de la superficie,
más allá de mi alcance y de mi poder de meditación.
“Hacia la tarde del segundo día creíamos estar a unas ocho millas de la estación de
Kurtz. Yo quería continuar, pero el director me dijo con aire grave que la navegación
a partir de aquel punto era tan peligrosa que le parecía prudente, ya que el sol
estaba a punto de ocultarse, esperar allí hasta la mañana siguiente. Es más, insistió
en la advertencia de que nos acercáramos con prudencia. Sería mejor hacerlo a la
luz del día y no en la penumbra del crepúsculo o en plena oscuridad. Aquello era
bastante sensato. Ocho millas significaban cerca de tres horas de navegación, y yo
había visto ciertos rizos sospechosos en el curso superior del río. No obstante, aquel
retraso me produjo una indecible contrariedad, y sin razón, ya que una noche poco
podía importar después de tantos meses. Como teníamos leña en abundancia y la
palabra precaución no nos abandonaba, detuve el barco en el centro del río. El cauce
era allí angosto, recto, con altos bordes, como una trinchera de ferrocarril. La
oscuridad comenzó a cubrirnos antes de que el sol se pusiera. La corriente fluía
rápida y tersa, pero una silenciosa inmovilidad cubría las márgenes. Los árboles
vivientes, unidos entre sí por plantas trepadoras, así como todo arbusto vivo en la
maleza, parecían haberse convertido en piedra, hasta la rama más delgada, hasta la
hoja más insignificante. No era un sueño, era algo sobrenatural, como un estado de
trance. Uno miraba aquello con asombro y llegaba a sospechar si se habría vuelto
sordo. De pronto se hizo la noche, súbitamente, y también nos dejó ciegos. A eso de
las tres de la mañana saltó un gran pez, y su fuerte chapoteo me sobresaltó como si
hubiera sido disparado por un cañón. Una bruma blanca, caliente, viscosa, más
cegadora que la noche, empañó la salida del sol. Ni se disolvía, ni se movía. Estaba
precisamente allí, rodeándonos como algo sólido. A eso de las ocho o nueve de la
mañana comenzó a elevarse como se eleva una cortina. Pudimos contemplar la
multitud de altísimos árboles, sobre la inmensa y abigarrada selva, con el pequeño
sol resplandeciente colgado sobre la maleza. Todo estaba en una calma absoluta, y
después la blanca cortina descendió otra vez, suavemente, como si se deslizara por
ranuras engrasadas. Ordené que se arrojara de nuevo la cadena que habíamos
comenzado a halar. Y antes de que hubiera acabado de descender, rechinando
sordamente, un aullido, un aullido terrible como de infinita desolación, se elevó
lentamente en el aire opaco. Cesó poco después. Un clamor lastimero, modulado
con una discordancia salvaje, llenó nuestros oídos. Lo inesperado de aquel grito hizo
que el cabello se me erizara debajo de la gorra. No sé qué impresión les causó a los
demás: a mí me pareció como si la bruma misma hubiera gritado; tan
repentinamente y al parecer desde todas partes se había elevado a la vez aquel grito
tumultuoso y luctuoso. Culminó con el estallido acelerado de un chillido exorbitante,
casi intolerable, que al cesar nos dejó helados en una variedad de actitudes
estúpidas, tratando obstinadamente de escuchar el silencio excesivo, casi
espantoso, que siguió.
“‘¡Dios mío! ¿Qué es esto?’, murmuró junto a mí uno de los peregrinos, un
hombrecillo grueso, de cabellos arenosos y rojas patillas, que llevaba botas con
suelas de goma y un pijama color de rosa recogido en los tobillos. Otros dos se
quedaron boquiabiertos por un minuto, luego se precipitaron a la pequeña cabina,
para salir al siguiente instante, lanzando miradas tensas y con los rifles preparados
en la mano. Nada podíamos ver más allá del vapor: veíamos su punta borrosa como
si estuviera a punto de disolverse, y una línea brumosa, de quizás dos pies de
anchura, a su alrededor. Nada más. El resto del mundo no existía para nuestros ojos
y oídos. Aquello era nuestra tierra de nadie. Todo se había ido, desaparecido,
barrido, sin dejar murmullo ni sombras detrás.
“Me adelanté y ordené que acortaran la cadena, con objeto de poder levar anclas y
poner en marcha el vapor si se hacía necesario. ‘¿Nos atacarán?’, murmuró una voz
amedrentada. ‘Nos asesinarán a todos en medio de esta niebla’ murmuró otro. Los
rostros se crispaban por la tensión, las manos temblaban ligeramente, los ojos
olvidaban el parpadeo. Era curioso ver el contraste entre los blancos y los negros de
nuestra tripulación, tan extranjeros como nosotros en aquella parte del río, aunque
sus hogares estuvieran a sólo una distancia de ochocientas millas de aquel lugar.
Los blancos, como es natural terriblemente sobresaltados, tenían además el aspecto
de sentirse penosamente sorprendidos por aquel oprobioso recibimiento. Los otros
tenían una expresión de alerta, de interés natural en los acontecimientos, pero sus
rostros aparentaban sobre todo tranquilidad, incluso había uno o dos cuyas
dentaduras brillaban mientras tiraban de la cadena. Algunos cambiaron breves,
sobrias frases, que parecían resolver el asunto satisfactoriamente. Su jefe, un joven
de amplio pecho, vestido severamente con una tela orlada, azul oscuro, con feroces
agujeros nasales y el cabello artísticamente arreglado en anillos aceitosos, estaba
en pie a mi lado. ‘¡Ajá!’, dije sólo por espíritu de compañerismo. ‘¡Cogedlos!’,
exclamó, abriendo los ojos inyectados de sangre y con un destello de sus dientes
puntiagudos. ‘Cogedlos y dádnoslos.’ ‘¿A vosotros?’, pregunté. ‘¿Qué haríais con
ellos?’ ‘Nos los comeríamos’, dijo tajantemente y, apoyando un codo en la borda,
miró hacia afuera, a la bruma, en una actitud digna y profundamente meditativa. No
me cabe duda de que me habría sentido profundamente horrorizado si no se me
hubiese ocurrido que tanto él como sus muchachos debían de estar muy
hambrientos; el hambre seguramente se había acumulado durante el último mes.
Habían sido contratados por seis meses (no creo que ninguno de ellos tuviera una
noción clara del tiempo como la tenemos nosotros después de innumerables siglos;
pertenecían aún a los comienzos del tiempo, no tenían ninguna experiencia
heredada que les indicara lo que eso era) y, por supuesto, mientras existiera un
pedazo de papel escrito de acuerdo con alguna ley absurda, o de cualquier otro
precepto (redactados río abajo), no cabía en la cabeza preocuparse sobre su
sustento. Era cierto que habían embarcado con carne podrida de hipopótamo, que
no podía de cualquier manera durar demasiado tiempo, aun en el caso de que los
peregrinos no hubieran arrojado, en medio de una riña desagradable, gran parte de
ella por la borda. Parecía un proceder arbitrario, pero en realidad se trataba de una
situación de legítima defensa. No se puede respirar carne de hipopótamo podrida al
despertar, al dormir y al comer, y a la vez conservar el precario asidero a la
existencia. Además, se les daba tres pedazos de alambre de cobre a la semana,
cada uno de nueve pulgadas de longitud. En teoría aquella moneda les permitiría
comprar sus provisiones en las aldeas a lo largo del río. ¡Pero hay que ver cómo
funcionaba aquello! O no había aldeas, o la población era hostil, o el director que,
como el resto de nosotros, se alimentaba a base de latas de conserva que
ocasionalmente nos ofrecían carne de viejo macho cabrío, se negaba a que el vapor
se detuviera por alguna razón más o menos recóndita. De modo que, a menos que
se alimentaran con el alambre mismo o que lo convirtieran en anzuelos para pescar,
no veo de qué podía servirles aquel extravagante salario. Debo decir que se les
pagaba con una regularidad digna de una gran y honorable empresa comercial. Por
lo demás, lo único comestible (aunque no tuviera aspecto de serlo) que vi en su
posesión eran unos trozos de una materia como pasta medio cocida, de un color de
lavanda sucia, que llevaban envuelta en hojas y de la cual de vez en cuando
arrancaban un pedazo, paro tan pequeño que parecía más bien arrancado para ser
mirado que con un propósito serio de sustento. ¿Por qué en nombre de todos los
roedores diablos del hambre no nos atacaron (eran treinta para cinco) y se dieron
con nosotros un buen banquete? Es algo que todavía hoy me asombra. Eran
hombres grandes, vigorosos, sin gran capacidad para meditar en las consecuencias,
valientes, fuertes aún entonces, aunque su piel había perdido ya el brillo y sus
músculos se habían ablandado. Comprendí que alguna inhibición, uno de esos
secretos humanos que desmienten la probabilidad de algo, estaba en acción. Los
miré con un repentino aumento de interés, y no porque pensara que podía ser
devorado por ellos dentro de poco, aunque debo reconocer que fue entonces cuando
precisamente vi, bajo una nueva luz, por decirlo así, el aspecto enfermizo de los
peregrinos, y tuve la esperanza, sí, positivamente tuve la esperanza de que mi
aspecto no fuera ¿cómo diría?, tan poco apetitoso. Fue un toque de vanidad
fantástica, muy de acuerdo con la sensación de sueño que llenaba todos mis días en
aquel entonces. Quizá me sintiera también un poco afiebrado. Uno no puede vivir
llevándose los dedos eternamente al pulso. Tenía siempre ‘un poco de fiebre’, o un
poco de algo; los arañazos juguetones de la selva, las bromas preliminares a un
ataque serio, que se presentó a su debido tiempo. Sí, lo miré como lo podríais hacer
vosotros ante cualquier ser humano, con una curiosidad ante sus impulsos,
motivaciones, capacidad, debilidades, cuando son puestos a prueba por una
inexorable necesidad física. ¿Represión? Pero, ¿de qué tipo? ¿Era superstición,
disgusto, paciencia, miedo, o una especie de honor primitivo? Ningún miedo logra
resistir al hambre, ni hay paciencia que pueda soportarla. La repugnancia
sencillamente desaparece cuando llega el hambre, y en cuanto a la superstición,
creencias, y lo que vosotros podríais llamar principios, pesan menos que una hoja en
medio de la brisa. ¿Sabéis lo diabólica que puede ser una inanición prolongada, su
tormento exasperante, los negros pensamientos que produce, su sombría y
envolvente ferocidad? Bueno, yo sí. Le hace perder al hombre toda su fortaleza
innata para luchar dignamente contra el hambre. Indudablemente es más fácil
enfrentarse con la desgracia, con el deshonor, con la perdición del alma, que con el
hambre prolongada. Es triste, pero cierto. Y aquellos sujetos, además, no tenían
ninguna razón en la tierra para abrigar algún escrúpulo. ¡Represión! Del mismo
modo podría yo esperar represión de una hiena que deambulara entre los cadáveres
de un campo de batalla. Pero allí, frente a mí, estaban los hechos, el hecho
asombroso que podía ver, como un pliegue de un enigma inexplicable, un misterio
mayor, si pienso bien en ello, que aquella curiosa e inexplicable nota de
desesperación y dolor en el clamor salvaje que nos había llegado de las márgenes
del río, más allá de la ciega blancura de la bruma.
“Dos peregrinos discutían en murmullos apresurados sobre cuál de las orillas estaba
ocupada. ‘A la izquierda.’ ‘No, no. ¿Cómo se te ocurre? Están a la derecha, por
supuesto.’ ‘Esto es muy serio’, oí que decía el director detrás de mí. ‘Lamentaría que
le hubiera ocurrido algo al señor Kurtz antes de que lleguemos.’ Me volví a mirarlo y
no me cupo la menor duda de que hablaba con sinceridad. Era precisamente de esa
especie de hombres que saben guardar las apariencias. Aquél era su freno. Pero
cuando dijo algo sobre la posibilidad de seguir en el acto, ni siquiera me tomé la
molestia de responder. Tanto yo como él sabíamos que eso era imposible. En
cuanto perdiéramos nuestro único punto de apoyo, el fondo, quedaríamos
completamente en el aire, en el espacio. No podíamos decir adónde iríamos, si
hacia arriba o hacia abajo, o hacia los lados, hasta que llegáramos a alguna de las
márgenes, y entonces ni siquiera podríamos decir en cuál estábamos. Por supuesto
no hice ningún movimiento. No podéis imaginar un sitio más abominable para un
naufragio. O nos ahogaríamos enseguida, o pereceríamos después de una u otra
manera. ‘Le autorizo a correr todos los riesgos’, dijo, después de un breve silencio.
‘Me niego a correr ninguno’, dije tajantemente. Y era la respuesta que él esperaba,
aunque el tono quizá lo sorprendiera. ‘Bueno, debo ceder a su juicio. Usted es el
capitán’, dijo, con pronunciada cortesía. Hice un movimiento con el hombro en señal
de reconocimiento y miré hacia la niebla. ¿Cuánto podía durar? Era un espectáculo
desesperante. La aproximación a aquel Kurtz que extraía el marfil de aquella maldita
selva estaba rodeada de tantos peligros como la visita a una princesa encantada,
dormida en un castillo fabuloso. ‘¿Cree usted que nos atacarán?’, preguntó el director
en tono confidencial.
“Yo no pensaba que fueran a atacarnos, por varias razones obvias. La espesa niebla
era una de ellas. Si se alejaban de la orilla en sus piraguas, se encontrarían perdidos
en el río, igual que nosotros si intentábamos movernos. No obstante, yo había
considerado que la selva de ambas orillas era absolutamente impenetrable y a pesar
de ello había allí ojos que nos habían visto. La selva en ambas márgenes del río era
con toda certidumbre muy espesa, pero la maleza podía por lo visto ser penetrada.
Sin embargo, yo no había visto canoas en ninguna parte, y mucho menos cerca del
barco. Pero lo que hacía que me resultara inconcebible la idea de un ataque era la
naturaleza del sonido. Los gritos que habíamos escuchado no tenían el carácter feroz
que precede a una intención hostil inmediata. A pesar de lo inesperados, salvajes y
violentos que fueron, me habían dejado una impresión de irresistible tristeza. La
contemplación del vapor había llenado a aquellos salvajes, a saber por qué razón, de
un dolor desenfrenado. El peligro, si existía, expliqué, residía en la proximidad de
una gran pasión humana desencadenada. Hasta el dolor más agudo puede al fin
desahogarse en violencia, aunque por lo general tome la forma de apatía…
“¡Debería haber visto la mirada fija de aquellos peregrinos! No se atrevían a sonreír,
o a rebatirme, pero estoy seguro de que creían que me había vuelto loco, por el
miedo, tal vez. Les dirigí casi una conferencia. Queridos amigos, de nada valía
asustarse. ¿Mantenerse en guardia? Bueno, ya podían imaginar que yo observaba la
niebla esperando señales de que se abriera, como un gato puede observar a un
ratón, pero nuestros ojos no nos servían de nada, era igual que si estuviéramos
enterrados a varias millas de profundidad en un montón de algodón en rama. Así me
sentía yo, fastidiado, acalorado, sofocado. Además, todo lo que decía, por extraño
que sonara, era absolutamente cierto. Lo que nosotros considerábamos como un
ataque era realmente un intento de rechazo. La acción distaba mucho de ser
agresiva, ni siquiera era defensiva en el sentido clásico. Se había iniciado bajo la
presión de la desesperación, y en esencia era puramente protectora.
“Aquello tuvo lugar, por decirlo así, dos horas después de que se levantara la niebla,
y su principio, aproximadamente, fue una milla y media antes de llegar a la estación
de Kurtz. Precisamente acabábamos de ser sacudidos en un recodo, cuando vi una
isla, una colina herbosa de un verde deslumbrante, en medio de la corriente. Era lo
único que se veía, pero cuando nuestro horizonte se ensanchó vi que era la cabeza
de un amplio banco de arena, o más bien de una cadena de pequeñas porciones de
tierra que se extendían a flor de agua. Estaban descoloridas, junto a la superficie, y
todo el grupo parecía estar bajo el agua, exactamente de la manera en que puede
verse la columna vertebral de un hombre bajo la piel de la espalda. Podíamos
dirigirnos a la derecha o a la izquierda. Por supuesto yo no conocía ningún paso.
Ambas márgenes tenían el mismo aspecto, la profundidad parecía ser la misma.
Pero como me habían informado de que la estación estaba situada en la parte
occidental, tomé naturalmente el paso más próximo a esa orilla.
“No bien acabábamos de entrar, cuando advertí que era mucho más estrecho de lo
que había previsto. A nuestra izquierda se extendía, sin interrupción, el largo banco
de arena, y a la derecha una orilla elevada y abrupta, densamente cubierta de
maleza. Los árboles se agrupaban en filas apretadas. Las ramas colgaban sobre la
corriente, y, de cuando en cuando, el gran tronco de un árbol se proyectaba
rígidamente en ella. Era ya por la tarde, el aspecto del bosque era lúgubre y una
amplia franja de sombra caía sobre el agua. En esa sombra bogábamos muy
lentamente, como ya podéis imaginar. Dirigí el vapor cerca de la orilla, donde el
agua era más profunda, según me informaba el palo de sonda.
“Uno de mis hambrientos y pacientes amigos sondeaba desde la proa, exactamente
debajo de mí. Aquel barco de vapor era exactamente como un lanchón con una
cubierta. En la cubierta había dos casetas de madera de teca, con puertas y
ventanas. La caldera estaba en el extremo anterior, y la maquinaria en la popa.
Sobre todo aquello se tendía una techumbre ligera sostenida por vigas. La chimenea
emergía de aquel techo, y enfrente de la chimenea una pequeña cabina de tablas
delgadas albergaba al piloto. Había en su interior un lecho, dos sillas de campaña,
una escopeta cargada, colgada de un rincón, una pequeña mesa y la rueda del
timón. Tenía una amplia puerta al frente con postigos a ambos lados. Tanto la puerta
como las ventanas estaban siempre abiertas, como es natural. Yo pasaba los días
en el punto extremo de aquella cubierta, junto a la puerta. De noche dormía, o trataba
de hacerlo, sobre el techo. Un negro atlético procedente de alguna tribu de la costa, y
educado por mi desdichado predecesor, era el timonel. Llevaba un par de
pendientes de bronce, una tela azul lo envolvía de la cintura a los tobillos, y tenía una
alta opinión de sí mismo. Era el imbécil menos sosegado que haya visto jamás.
Guiaba con cierto sentido común el barco si uno permanecía cerca de él, pero tan
pronto como se sentía no observado era inmediatamente presa de una abyecta
pereza y era capaz de dejar que aquel vapor destartalado tomara la dirección que
quisiera.
“Estaba yo mirando hacia el palo de sonda, muy disgustado al comprobar que
sobresalía cada vez un poco más, cuando vi que el hombre abandonaba su
ocupación y se tendía sobre cubierta, sin preocuparse siquiera de subir a bordo el
palo, seguía sujetándolo con la mano, y el palo flotaba en el agua. Al mismo tiempo el
fogonero, al que también podía ver debajo de mí, se sentó bruscamente ante la
caldera y hundió la cabeza entre las manos. Yo estaba asombrado. Después miré
rápidamente hacia el río, donde vi un tronco de árbol sumergido. Unas varas, unas
varas pequeñas, volaban alrededor; zumbaban ante mis narices, caían cerca de mí e
iban a estrellarse en la cabina de pilotaje. Pero a la vez el río, la playa, la selva,
estaban en calma, en una calma perfecta. Sólo podía oír el estruendoso chapoteo de
la rueda, en la popa, y el zumbido de aquellos objetos. ¡Por Júpiter, eran flechas!
¡Nos estaban disparando! Entré rápidamente en la cabina a cerrar las ventanas que
daban a la orilla del río. El estúpido timonel, con las manos en las cabillas del timón,
levantaba las rodillas, golpeaba el suelo con los pies, y se mordía los labios como un
caballo sujeto por el freno. ¡El muy imbécil! Estábamos haciendo eses a menos de
diez pies de la playa. Al asomarme para cerrar las ventanas, me incliné a la derecha
y pude ver un rostro entre las hojas, a mi misma altura, mirándome fija y ferozmente.
Y entonces, súbitamente, como si se hubiera removido un velo ante mis ojos,
descubrí en la maleza, en el seno de las oscuras tinieblas, pechos desnudos, brazos,
piernas, ojos brillantes. La maleza hervía de miembros humanos en movimiento,
lustrosos, bronceados. Las ramas se estremecían, se inclinaban, crujían. De ahí
salían las flechas. Cerré el postigo.
“‘Guía en línea recta’, le dije al timonel. Su cabeza miraba con rigidez hacia adelante,
los ojos giraban, y continuaba levantando y bajando los pies lentamente. Tenía
espuma en la boca. ‘¡Mantén la calma!’, le ordené furioso. Pero era igual que si le
hubiera ordenado a un árbol que no se inclinara bajo la acción del viento. Me lancé
hacia afuera. Debajo de mí se oía un estruendo de pies sobre la cubierta metálica y
exclamaciones confusas. Una voz gritó: ‘¿No puede dar la vuelta?’ Percibí un
obstáculo en forma de V delante del barco, en el agua. ¿Qué era aquello? ¿Otro
tronco? Una descarga de fusilería estalló a mis pies. Los peregrinos habían
disparado sus winchesters, rociando de plomo la maleza. Se elevó una humareda
que fue avanzando lentamente hacia adelante. Lancé un juramento. Ya no podía ver
el obstáculo. Yo permanecía de pie, en la puerta, observando las nubes de flechas
que caían sobre nosotros. Podían estar envenenadas, pero por su aspecto no podía
uno pensar que llegaran a matar a un gato. La maleza comenzó a aullar, y nuestros
caníbales emitieron un grito de guerra. El disparo de un rifle a mis espaldas me dejó
sordo. Eché una ojeada por encima de mi hombro; la cabina del piloto estaba aún
llena de humo y estrépito cuando di un salto y agarré el timón. Aquel imbécil negro lo
había soltado para abrir la ventana y disparar un Martini-Henry. Estaba de pie ante la
ventana abierta y resplandeciente. Le ordené a gritos que volviera, mientras corregía
en ese mismo instante la desviación del barco. No había modo de dar la vuelta. El
obstáculo estaba muy cerca, frente a nosotros, bajo aquella maldita humareda. No
había tiempo que perder, así que viré directamente hacia la orilla donde sabía que el
agua era profunda.
“Avanzábamos lentamente a lo largo de espesas selvas en un torbellino de ramas
rotas y hojas caídas. Los disparos de abajo cesaron, como yo había previsto que
sucedería tan pronto como quedaran vacíos los cargadores. Eché atrás la cabeza
ante un súbito zumbido que atravesó la cabina, entrando por una abertura de los
postigos y saliendo por la otra. El estúpido timonel agitaba su rifle descargado y
gritaba hacia la orilla. Vi vagas formas humanas que corrían, saltaban, se deslizaban
a veces muy claras, a veces incompletas, para desvanecerse luego. Una cosa
grande apareció en el aire delante del postigo, el rifle cayó por la borda y el hombre
retrocedió rápidamente, me miró por encima del hombro, de una manera extraña,
profunda y familiar, y cayó a mis pies. Golpeó dos veces un costado del timón con la
cabeza, y algo que parecía un palo largo repiqueteó a su lado y arrastró una silla de
campaña. Parecía que, después de arrancar aquello a alguien de la orilla, el
esfuerzo le hubiera hecho perder el equilibrio. El humo había desaparecido,
estábamos libres del obstáculo, y al mirar hacia adelante pude ver que después de
unas cien yardas o algo así podría alejar el barco de la orilla. Pero mis pies sintieron
algo caliente y húmedo y tuve que mirar qué era. El hombre había caído de espaldas
y me miraba fijamente, sujetando con ambas manos el palo. Era el mango de una
lanza que, tras pasar por la abertura del postigo, le había atravesado por debajo de
las costillas. La punta no se llegaba a ver; le había producido una herida terrible.
Tenía los zapatos llenos de sangre, y un gran charco se iba extendiendo poco a
poco, de un rojo oscuro y brillante, bajo el timón. Sus ojos me miraban con un
resplandor extraño. Estalló una nueva descarga. El negro me miró ansiosamente,
sujetando la lanza como algo precioso, como si temiera que intentara quitársela.
Tuve que hacer un esfuerzo para apartar mis ojos de su presencia y atender al timón.
Busqué con una mano el cordón de la sierra, y tiré de él a toda prisa produciendo
silbido tras silbido. El tumulto de los gritos hostiles y guerreros se calmó
inmediatamente, y entonces, de las profundidades de la selva, surgió un lamento
trémulo y prolongado. Expresaba dolor, miedo y una absoluta desesperación, como
podría uno imaginar que iba a seguir a la pérdida de la última esperanza en la tierra.
Hubo una gran conmoción entre la maleza; cesó la lluvia de flechas; hubo algunos
disparos sueltos. Luego se hizo el silencio, en el cual el lánguido jadeo de la rueda
de popa llegaba con claridad a mis oídos. Acababa de dirigir el timón a estribor,
cuando el peregrino del pijama color de rosa, acalorado y agitado, apareció en el
umbral. ‘El director me envía…’, comenzó a decir en tono oficial y se detuvo. ‘¡Dios
mío!’, dijo, fijando la vista en el herido.
“Los dos blancos permanecíamos frente a él, y su mirada lustrosa e inquisitiva nos
envolvía. Os aseguro que era como si quisiera hacernos una pregunta en un lenguaje
incomprensible, pero murió sin emitir un sonido, sin mover un miembro, sin crispar un
músculo. Sólo al final, en el último momento, como en respuesta a una señal que
nosotros no podíamos ver, o a un murmullo que nos era inaudible, frunció
pesadamente el rostro, y aquel gesto dio a su negra máscara mortuoria una
expresión inconcebiblemente sombría, envolvente y amenazadora. El brillo de su
mirada interrogante se marchitó rápidamente en una vaguedad vidriosa.
“‘¿Puede usted gobernar el timón?’, pregunté ansiosamente al peregrino. El pareció
dudar, pero lo sujeté por un brazo, y él comprendió al instante que yo le daba una
orden, le gustara o no. Para decir la verdad sentía la ansiedad casi morbosa de
cambiarme los zapatos y los calcetines. ‘Está muerto’, exclamó aquel sujeto,
enormemente impresionado. ‘Indudablemente’, dije yo, tirando como un loco de los
cordones de mis zapatos, ‘y por lo que puedo ver imagino que también el señor Kurtz
estará ya muerto en estos momentos.’
“Aquél era mi pensamiento dominante. Era un sentimiento en extremo
desconsolador, como si mi inteligencia comprendiera que me había esforzado por
obtener algo que carecía de fundamento. No podía sentirme más disgustado que si
hubiera hecho todo ese viaje con el único propósito de hablar con Kurtz. Hablar con…
Tiré un zapato por la borda, y percibí que aquello precisamente era lo que había
estado deseando… hablar con Kurtz. Hice el extraño descubrimiento de que nunca
me lo había imaginado en acción, sabéis, sino hablando. No me decía: ahora ya no
podré verlo, ahora ya no podré estrecharle la mano, sino: ahora ya no podré oírlo. El
hombre aparecía ante mí como una voz. Aquello no quería decir que lo disociara por
completo de la acción. ¿No había yo oído decir en todos los tonos de los celos y la
admiración que había reunido, cambiado, estafado y robado más marfil que todos
los demás agentes juntos? Aquello no era lo importante. Lo importante era que se
trataba de una criatura de grandes dotes, y que entre ellas, la que destacaba, la que
daba la sensación de una presencia real, era su capacidad para hablar, sus
palabras, sus dotes oratorias, su poder de hechizar, de iluminar, de exaltar, su
palpitante corriente de luz, o aquel falso fluir que surgía del corazón de unas tinieblas
impenetrables.
“Lancé el otro zapato al fondo de aquel maldito río. Pensé: ‘¡Por Júpiter, todo ha
terminado! Hemos llegado demasiado tarde. Ha desaparecido… Ese don ha
desaparecido, por obra de alguna lanza, flecha o mazo. Después de todo, nunca oiré
hablar a ese individuo.’ Y mi tristeza tenía una extravagante nota de emoción igual a
la que había percibido en el doliente aullido de aquellos salvajes de la selva. De
cualquier manera, no hubiera podido sentirme más desolado si me hubieran
despojado violentamente de una creencia o hubiera errado mi destino en la vida… ¿A
qué vienen esos resoplidos? ¿Os parece absurdo? Bueno, muy bien, es absurdo.
¡Cielo santo! ¿No debe un hombre siempre…? En fin, dadme un poco de tabaco.”
Hubo una pausa de profundo silencio, luego brilló una cerilla, y apareció la delgada
cara de Marlow, fatigada, hundida, surcada de arrugas de arriba abajo, con los
párpados caídos, con un aspecto de atención concentrada. Y mientras daba
vigorosas chupadas a su pipa, el rostro parecía avanzar y retirarse en la oscuridad,
con las oscilaciones regulares de aquella débil llama. La cerilla se apagó.
—¡Absurdo! —exclamó—. Eso es lo peor cuando trata uno de expresar algo… Aquí
estáis todos muy tranquilos, en un viejo barco bien anclado. Tenéis un carnicero en la
esquina, un policía en la otra. Disfrutáis, además, de excelente apetito, y de una
temperatura normal. ¿Me oís? Normal, desde principios hasta finales de año. Y
entonces vais y decís: ¡Absurdo! ¡Claro que es absurdo! Pero, queridos amigos,
¿qué podéis esperar de un hombre que por puro nerviosismo había arrojado por la
borda un par de zapatos nuevos? Ahora que pienso en ello, me sorprende no haber
derramado lágrimas. Por lo general estoy orgulloso de mi fortaleza. Pero me sentí
como herido por un rayo ante la idea de haber perdido el inestimable privilegio de
escuchar al excepcional Kurtz. Por supuesto, estaba equivocado. Aquel privilegio me
estaba reservado. Oh, sí, y oí más de lo suficiente. Puedo decir que yo tenía razón. Él
era una voz. Era poco más que una voz. Y lo oí, a él, a eso, a esa voz, a otras voces,
todos ellos eran poco más que voces. El mismo recuerdo que guardo de aquella
época me rodea, impalpable, como una vibración agonizante de un vocerío inmenso,
enloquecido, atroz, sórdido, salvaje, o sencillamente despreciable, sin ninguna clase
de sentido. Voces, voces… incluso la de la muchacha… Pero…
Permaneció en silencio durante largo rato.
—Finalmente logré formar el fantasma de sus méritos gracias a una mentira —
comenzó a decir de pronto—. ¡La muchacha! ¿Cómo? ¿He mencionado ya a la
muchacha? ¡Oh, ella está completamente fuera de todo aquello! Ellas, las mujeres
quiero decir, están fuera de aquello, deberían permanecer al margen. Las
deberíamos ayudar a permanecer en este hermoso mundo que les es propio y
asumir nosotros la peor parte. Sí, ella está al margen de aquello. Debíais haber oído
a aquel cadáver desenterrado que era Kurtz decir “mi prometida”. Entonces
hubierais percibido por completo qué lejos se hallaba ella de todo. ¡Y aquel
pronunciado hueso frontal del señor Kurtz! Dicen que a veces el cabello continúa
creciendo, pero aquel… aquel espécimen, era impresionantemente calvo. La calva le
había acariciado la cabeza; y se la había convertido en una bola, una bola de marfil.
La había acariciado y la había blanqueado. Había acogido a Kurtz, lo había amado,
abrazado, se le había infiltrado en las venas, había consumido su carne, había
sellado su alma con la suya por medio de ceremonias inconcebibles de alguna
iniciación diabólica. Lo había convertido en su favorito, mimado y adulado. ¿Marfil?
Ya lo creo. Montañas de marfil. La vieja cabaña de barro reventaba de él. Vosotros
habríais supuesto que no había dejado un solo colmillo encima o debajo de la tierra
en toda la región. “La mayor parte es fósil”, observó desdeñosamente el director.
Era tan fósil como lo puedo ser yo, pero él llamaba fósil a todo lo que había estado
enterrado. Según parece los negros enterraban a veces los colmillos, y por lo visto
no habían enterrado aquella cantidad a la profundidad necesaria para contrariar el
hado del dotado señor Kurtz. Llenamos el vapor y tuvimos que apilar una buena
cantidad en cubierta. Así él pudo verlo y disfrutarlo mientras aún pudo ver, porque el
aprecio de aquel material permaneció vivo en él hasta el final. Debían oírlo, cuando
decía “mi marfil”. Oh, sí, yo pude oírlo: “Mi marfil, mi prometida, mi estación, mi río,
mi…” Todo le pertenecía. Aquello me hizo retener el aliento en espera de que la
barbarie estallara en una prodigiosa carcajada que llegara a sacudir hasta las
estrellas. Todo le pertenecía… pero aquello no significaba nada. Lo importante era
saber a quién pertenecía él, cuántos poderes de las tinieblas lo reclamaban como
suyo. Aquella reflexión producía escalofríos. Era imposible, y además a nadie
beneficiaría, tratar de imaginarlo. Había ocupado un alto sitial entre los demonios de
la tierra… lo digo literalmente. Nunca lo entenderéis. ¿Cómo podríais entenderlo,
teniendo como tenéis los pies sobre un pavimento sólido, rodeados de vecinos
amables siempre dispuestos a agasajaros o auxiliaros, caminando delicadamente
entre el carnicero y el policía, viviendo bajo el santo terror del escándalo, la horca y
los manicomios? ¿Cómo poder imaginar entonces a qué determinada región de los
primeros siglos pueden conducir los pies de un hombre libre en el camino de la
soledad, de la soledad extrema donde no existe policía, el camino del silencio, el
silencio extremo donde jamás se oye la advertencia de un vecino generoso que se
hace eco de la opinión pública? Estas pequeñas cosas pueden constituir una
enorme diferencia. Cuando no existen, se ve uno obligado a recurrir a su propia
fuerza innata, a su propia integridad. Por supuesto puede uno ser demasiado
estúpido para desviarse… demasiado obtuso para comprender que lo han asaltado
los poderes de las tinieblas. Estoy seguro, ningún tonto ha hecho un pacto con el
diablo sobre su alma; puede que el tonto sea demasiado tonto, o el diablo
demasiado diablo, no lo sé. O puede ser uno una criatura tempestuosamente
exaltada y quedar sordo y ciego para todo lo demás, menos para las visiones y
sonidos celestiales. Entonces la tierra se convierte en una estación de tránsito… Si
es para bien o para mal, no pretendo saberlo. Pero la mayor parte de nosotros no
somos ni una cosa ni otra. La tierra para nosotros es un lugar donde vivir, donde
debemos llenarnos de visiones, sonidos, olores; donde debemos respirar un aire
viciado por la carne podrida de un hipopótamo, por así decirlo, y no contaminarnos. Y
entonces, ¿lo veis?, entra en juego la fuerza personal, la confianza en la propia
capacidad para cavar un agujero oculto donde esconder la materia esencial, el
poder de devoción, no hacia uno mismo sino hacia el trabajo oscuro y aplastante. Y
eso es bastante difícil. Creedme, no trato de disculpar, ni siquiera explicar, trato sólo
de ver al señor Kurtz… a la sombra del señor Kurtz. Aquel espíritu iniciado en el
fondo de la nada me honró con sus asombrosas confidencias antes de
desvanecerse definitivamente. Gracias al hecho de hablar inglés conmigo. El Kurtz
original se había educado en gran parte en Inglaterra y —como él mismo solía
decir— sus simpatías estaban depositadas en el sitio correcto. Su madre era medio
inglesa, su padre medio francés. Toda Europa participó en la educación de Kurtz.
Poco a poco me fui enterando de que, muy acertadamente, la Sociedad para la
Eliminación de las Costumbres Salvajes le había confiado la misión de hacer un
informe que le sirviera en el futuro como guía. Y lo había escrito. Yo lo he visto, lo he
leído. Era elocuente, vibrante de elocuencia, pero demasiado idealista, a mi juicio.
Diecisiete páginas de escritura apretada había llenado en sus momentos libres. Eso
debió haber sido antes de que sus, digamos nervios, se vieran afectados, y lo
llevaran a presidir ciertas danzas a media noche que terminaban con ritos
inexpresables, los cuales, según pude deducir por lo que oí en varias ocasiones,
eran ofrecidos en su honor. ¿Me entendéis? Como tributo al señor Kurtz. Pero aquel
informe era una magnífica pieza literaria. El párrafo inicial sin embargo, a la luz de
una información posterior, podría calificarse de ominoso. Empezaba desarrollando la
teoría de que nosotros, los blancos, desde el punto de evolución a que hemos
llegado “debemos por fuerza parecerles a ellos (los salvajes) seres sobrenaturales:
nos acercamos a ellos revestidos con los poderes de una deidad’, y otras cosas por
el estilo… “Por el simple ejercicio de nuestra voluntad podemos ejercer un poder
para el bien prácticamente ilimitado”, etcétera. Ese era el tono; me llegó a cautivar.
Su argumentación era magnífica, aunque difícil de recordar. Me dio la noción de una
inmensidad exótica gobernada por una benevolencia augusta. Me hizo estremecer
de entusiasmo. Las palabras se desencadenaban allí con el poder de la elocuencia…
Eran palabras nobles y ardientes. No había ninguna alusión práctica que
interrumpiera la mágica corriente de las frases, salvo que una especie de nota, al pie
de la última página, escrita evidentemente mucho más tarde con mano temblorosa,
pudiera ser considerada como la exposición de un método. Era muy simple, y, al final
de aquella apelación patética a todos los sentimientos altruistas, llegaba a
deslumbrar, luminosa y terrible, como un relámpago en un cielo sereno: “¡Exterminad
a estos bárbaros!” Lo curioso era que, al parecer, había olvidado todo lo relacionado
con aquel importante post-scriptum, porque más tarde, cuando en cierto modo logró
volver en sí, me suplicó en repetidas ocasiones que velara celosamente por “mi
planfeto” (así lo llamaba), ya que estaba seguro de que en el futuro podía influir
beneficiosamente en su carrera. Tenía yo entonces una amplia información sobre
esas cosas, y, además, como luego resultó, me tocaría a mí conservar su memoria.
Ya he hecho lo bastante como para concederme el indiscutible derecho de
depositarla, si quiero, para su eterno reposo, en el cajón de basura del progreso,
entre todos los gatos muertos de la civilización. Pero entonces, veis, yo no podía
elegir. No será olvidado. Fuera lo que fuese, no era un ser común. Poseía el poder
de encantar o asustar a las almas rudimentarias con ritos de brujería que organizaba
en su honor. Podía llenar también las estrechas almas de los peregrinos con
amargos recelos: tenía además un amigo devoto, había conquistado un alma en el
mundo que no era rudimentaria ni estaba viciada por la rapacidad. No, no logro
olvidarlo, aunque no estoy dispuesto a afirmar que fuera digno de la vida que
perdimos al ir en su busca. Yo echaba atrozmente de menos a mí difunto timonel; lo
echaba de menos, ya en los momentos en que su cuerpo estaba tendido en la
cabina de pilotaje. Tal vez juzguéis bastante extraño ese pesar por un salvaje que no
contaba más que un grano de arena en un Sahara negro. Bueno, había hecho algo,
había guiado el barco. Durante meses yo lo había tenido a mis espaldas, como una
ayuda, un instrumento. Era una especie de socio. Conducía el barco y yo tenía que
preocuparme de sus deficiencias, y de esa manera un vínculo sutil se había creado,
del cual fui consciente sólo cuando se rompió. Y la íntima profundidad de la mirada
que me dirigió cuando recibió aquel golpe aún vive en mi memoria, como una
súplica de un parentesco lejano, afirmado en el momento supremo.
“¡Pobre tonto! ¡Si hubiera dejado en paz aquella ventana! Pero no podía estarse
quieto, igual que Kurtz, igual que un árbol sacudido por el viento. Tan pronto como
me puse un par de zapatillas secas, lo arrastré afuera, después de arrancar de su
costado la lanza, operación que debo confesar ejecuté con los ojos cerrados. Sus
talones rebotaron en el pequeño escalón de la puerta; sus hombros oprimieron mi
pecho. Lo abracé por detrás desesperadamente. ¡Oh, era pesado, pesado!, ¡más de
lo que hubiera podido imaginar que pesara cualquier hombre! Luego, sin más, lo tiré
por la borda. La corriente lo arrastró como si fuera una brizna de hierba; vi el cuerpo
volverse dos veces antes de perderlo de vista para siempre. Los peregrinos y el
director se habían reunido en cubierta junto a la cabina de pilotaje, graznando como
una bandada de urracas excitadas, y hubo un murmullo escandalizado por mi
despiadado proceder. Para qué deseaban conservar a bordo aquel cuerpo es algo
que no logro adivinar. Tal vez para embalsamarlo. Pero también oí otro murmullo, y
muy siniestro, en la cubierta inferior. Mis amigos, los leñadores, estaban igualmente
escandalizados y con mayor razón, aunque admito que esa razón era del todo
inadmisible. ¡Oh, sí! Yo había decidido que si el cuerpo de mi timonel debía ser
devorado, sólo serían los peces quienes se beneficiaran de él. En vida había sido un
timonel bastante incompetente, pero ahora que estaba muerto podía constituir una
tentación de primera clase, y posiblemente la causa de algunos transtornos serios.
Además, estaba ansioso por tomar el timón, porque el hombre del pijama color de
rosa daba muestras de ser desesperadamente ineficaz para aquel trabajo.
“Eso hice precisamente, después de haber realizado aquel sencillo funeral. Íbamos a
media velocidad, manteniéndonos en medio de la corriente. Yo escuchaba las
conversaciones que tenían lugar a mis espaldas. Habían renunciado a Kurtz,
renunciado a la estación. Kurtz habría muerto; la estación habría sido quemada,
etcétera. El peregrino pelirrojo estaba fuera de sí ante el pensamiento de que por lo
menos aquel Kurtz había sido debidamente vengado. ‘¿No es cierto? Debemos
haber hecho una magnífica matanza entre los matorrales. ¿Eh? ¿Qué piensan?
¿Digan?’ Bailaba de júbilo. ¡El pequeño y sanguinario mendigo color jengibre! ¡Y
casi se había desvanecido al ver el cadáver del piloto! No pude contenerme y le dije:
‘Al menos produjo usted una gloriosa cantidad de humo.’ Yo había podido ver, por la
forma en que las copas de los arbustos crujían y volaban, que casi todos los disparos
habían sido demasiado altos. No es posible dar en el blanco a menos que apunten y
tiren desde el hombro, pero aquellos tipos tiraban con el arma apoyada en la cadera
y los ojos cerrados. La retirada, sostuve, y en eso tenía toda la razón, había sido
provocada por el pitido de la sirena. En ese momento se habían olvidado de Kurtz y
aullaban a mi lado con protestas de indignación. El director estaba junto al timón,
murmurándome confidencialmente la necesidad de escapar río abajo antes de que
oscureciera, cuando vi a distancia un claro en el bosque y los contornos de una
especie de edificio. ‘¿Qué es esto?’, pregunté. Dio una palmada sorprendido. ‘¡La
estación!’, gritó. Me acerqué a la orilla inmediatamente, aunque conservando la
navegación a media velocidad. “A través de mis gemelos vi el declive de una colina
con unos cuantos árboles y el terreno enteramente libre de maleza. En la cima se
veía un amplio y deteriorado edificio, semioculto por la alta hierba. Los grandes
agujeros del techo puntiagudo se observaban desde lejos como manchas negras. La
selva y la maleza formaban el fondo. No había empalizada ni tapia de ninguna
especie, pero era posible que hubiera habido antes una, ya que cerca de la casa
pude ver media docena de postes delgados alineados, toscamente adornados, con
la parte superior decorada con unas bolas redondas y talladas. Los barrotes, o
cualquier cosa que hubiera habido entre ellos, habían desaparecido. Por supuesto el
bosque lo rodeaba todo. La orilla del río estaba despejada, y junto al agua vi a un
blanco bajo un sombrero parecido a una rueda de carro. Nos hacía señas insistentes
con el brazo. Al examinar los lindes del bosque de arriba abajo, tuve casi la
seguridad de ver movimientos, formas humanas deslizándose aquí y allá. Me fui
acercando con prudencia, luego detuve las máquinas y dejé que el barco avanzara
hacia la orilla. El hombre de la playa comenzó a gritar, llamándonos a tierra. ‘Hemos
sido atacados’, gritó el director. ‘Lo sé, lo sé. No hay problema’, gritó el otro en
respuesta, tan alegre como se lo puedan imaginar. ‘Vengan, no hay problema. Me
siento feliz.’
“Su aspecto me recordaba algo, algo que había visto antes. Mientras maniobraba
para atracar, me preguntaba: ‘¿A quién se parece este tipo?’ De pronto encontré el
parecido. Era como un arlequín. Sus ropas habían sido hechas de un material que
probablemente había sido holanda cruda, pero estaban cubiertas de remiendos por
todas partes, parches brillantes, azules, rojos y amarillos, remiendos en la espalda,
remiendos en el pecho, en los codos, en las rodillas; una faja de colores alrededor de
la chaqueta, bordes escarlatas en la parte inferior de los pantalones. La luz del sol lo
hacia parecer un espectáculo extraordinariamente alegre y maravillosamente limpio,
porque permitía ver con cuánto esmero habían sido hechos aquellos remiendos. Una
cara imberbe, adolescente, muy agradable, sin ningún rasgo característico, una nariz
despellejada, pequeños ojos azules, sonrisas y fruncimientos de la frente, se
mezclaban en su rostro como el sol y la sombra en una llanura asolada por el viento.
‘Cuidado, capitán’, exclamó. ‘Anoche tiraron allí un tronco.’ ‘¿Qué? ¡Otro obstáculo!’
Confieso que lancé maldiciones en una forma vergonzosa. Estuve a punto de
agujerear mi cascarón al concluir aquel viaje encantador. El arlequín de la orilla
dirigió hacia mí su pequeña nariz respingada. ‘¿Es usted inglés?’, me preguntó con
una sonrisa. ‘¿Y usted?’, le grité desde el timón. Las sonrisas desaparecieron, movió
la cabeza como apesadumbrado por mi posible desilusión. Luego volvió a
iluminársele el rostro. ‘¡No importa!’, me gritó animadamente. ‘¿Llegamos a tiempo?’,
le pregunté. ‘Él está allá arriba’, respondió, y señaló con la cabeza la colina. De
pronto su aspecto se volvió lúgubre. Su cara parecía un cielo de otoño,
ensombrecido un momento, para despejarse al siguiente.
“Cuando el director, escoltado por los peregrinos, armados todos hasta los dientes,
se dirigieron a la casa, aquel individuo subió a bordo. ‘Puedo decirle que no me
gusta nada esto’, le dije. ‘Los nativos están escondidos entre los matorrales.’ Me
aseguró confiadamente que no había ningún problema. ‘Son gente sencilla’, añadió.
‘Bueno, estoy contento de que hayan llegado. Me he pasado todo el tiempo tratando
de mantenerlos tranquilos.’ ‘Pero usted me ha dicho que no había problema’,
exclamé. ‘¡Oh, no querían hacer daño!’, dijo. Y como yo me le quedé mirando con
estupor, se corrigió al instante: ‘Bueno, no exactamente.’ Después añadió con
vivacidad: ‘¡Dios mío, esta cabina necesita una buena limpieza!’ Y me recomendó
tener bastante vapor en la caldera para hacer sonar la sirena en caso de que se
produjera alguna dificultad. ‘Un buen silbido podrá hacer más por usted que todos los
rifles. Son gente sencilla’, volvió a repetir. Charlaba tan abundantemente que me
abrumó. Parecía querer compensar una larga jornada de silencio, y en realidad
admitió, sonriendo, que tal era su caso. ‘¿No habla usted con el señor Kurtz?’ ‘Con
ese hombre no se habla, se le escucha’, exclamó con severa exaltación. ‘Pero
ahora…’ Agitó un brazo y en un abrir y cerrar de ojos se sumió en el silencio más
absoluto. Luego pareció volver a resurgir, se posesionó de mis dos manos, y las
sacudió repetidamente, mientras exclamaba: ‘Hermano marino… honor,
satisfacción… deleite… me presento… ruso… hijo de un arcipreste… gobierno de
Tambov… ¿Qué? ¡Tabaco! ¡Tabaco inglés, el excelente tabaco inglés! Bueno, esto
es fraternidad. ¿Fuma usted? ¿Dónde hay un marino que no fume?’
“La pipa lo tranquilizó, y gradualmente fui sabiendo que se había escapado de la
escuela, se había embarcado en un barco ruso, escapó nuevamente, sirvió por algún
tiempo en barcos ingleses, se reconcilió con el arcipreste. Insistió en ese punto. Pero
cuando se es joven debían verse cosas, adquirir experiencia, ideas, ensanchar la
inteligencia. ‘¿Aquí?’, lo interrumpí. ‘Nunca puede uno decir dónde. Aquí encontré al
señor Kurtz’, dijo jovialmente solemne y con expresión de reproche. Después
permanecí en silencio. Al parecer había persuadido a una casa de comercio
holandesa de la costa para que lo equipara con provisiones y mercancías, y había
partido hacia el interior con el corazón ligero y sin mayor idea de lo que podría
ocurrirle de la que pudiera tener un bebé. Había vagado solo por el río por espacio
de dos años, separado de hombres y de cosas. ‘No soy tan joven como parezco.
Tengo veinticinco años’, dijo. ‘Al comienzo el viejo Van Shuyten me quería mandar al
diablo’, relató con profundo regocijo, ‘pero yo no me apartaba de él. Hablaba,
hablaba, hasta que al fin tuvo miedo de que llegara a hablar de la pata trasera de su
perro favorito, así que me dio algunos productos baratos y unos fusiles, y me dijo que
esperaba no volver a ver mi rostro nunca más. ¡Ah, el buen viejo holandés, Van
Shuyten! Hace un año le envié un pequeño lote de marfil, así que no podrá decir que
he sido un bandido cuando vuelva. Espero que lo habrá recibido. De todos modos
me da lo mismo. Apilé un poco de leña para ustedes. Aquélla era mi vieja casa. ¿La
ha visto?’
“Le di el libro de Towson. Hizo ademán de besarme, pero se contuvo. ‘El último libro
que me quedaba y pensé que lo había perdido’, dijo mirándome extasiado. ‘Le
ocurren tantos accidentes a un hombre cuando va errando solo por el mundo, sabe
usted. A veces zozobran las canoas, a veces hay necesidad de partir a toda prisa,
porque el pueblo se enfada.’ Pasó las hojas con los dedos. ‘¿Son anotaciones en
ruso?’, le pregunté. Afirmó con un movimiento de cabeza. ‘Creí que estaban en
clave.’ Se río; luego volvió a quedarse serio. ‘Tuve mucho trabajo para tratar de
mantener a raya a esta gente’ dijo. ‘¿Querían matarle?’, pregunté. ‘¡Oh, no!’, exclamó,
y se contuvo. ‘¿Por qué nos atacaron?’, insistí. Dudó antes de responder. Al fin lo
hizo: ‘No quieren que se marche.’ ‘¿No quieren?’, pregunté con curiosidad. Asintió
con una expresión llena de misterio y de sabiduría. ‘Se lo vuelvo a decir’, exclamó,
‘ese hombre ha ensanchado mi mente.’ Abrió los brazos y me miró con sus
pequeños ojos azules, perfectamente redondos.”
III
—Me le quedé mirando, perdido en el asombro. Allí estaba delante de mí, en su traje
de colores, como si hubiera desertado de una troupe de saltimbanquis, entusiasta,
fabuloso. Su misma existencia era algo improbable, inexplicable y a la vez
anonadante. Era un problema insoluble. Resultaba inconcebible ver cómo había
conseguido ir tan lejos, cómo había logrado sobrevivir, por qué no desaparecía
instantáneamente. “Fui un poco más lejos”, dijo, “cada vez un poco más lejos, hasta
que he llegado tan lejos que no sé cómo podré regresar alguna vez. No me importa.
Ya habrá tiempo para ello. Puedo arreglármelas. Usted llévese a Kurtz pronto,
pronto…” El hechizo de la juventud envolvía aquellos harapos de colores, su miseria,
su soledad, la desolación esencial de sus fútiles andanzas. Durante meses, durante
años, su vida no había valido lo que uno puede adquirir en un día, y allí estaba,
galante, despreocupadamente vivo, indestructible según las apariencias, sólo en
virtud de su juventud y de su irreflexiva audacia. Me sentí seducido por algo parecido
a la admiración y la envidia. La aventura lo estimulaba, emanaba un aire de aventura.
Con toda seguridad no deseaba otra cosa que la selva y el espacio para respirar y
para transitar. Necesitaba existir, y moverse hacia adelante, hacia los mayores
riesgos posibles, y con los más mínimos elementos. Si el espíritu absolutamente
puro, sin cálculo, ideal de la aventura, había tomado posesión alguna vez de un ser
humano, era de aquel joven remendado. Casi sentí envidia por la posesión de
aquella modesta y pura llama. Parecía haber consumido todo pensamiento de sí y
tan completamente que, incluso cuando hablaba, uno olvidaba que era él (el hombre
que se tenía frente a los ojos) quien había vivido todas aquellas experiencias. Sin
embargo, no envidié su devoción por Kurtz. Él no había meditado sobre ella. Le
había llegado y la aceptó con una especie de vehemente fatalismo. Debo decir que
me parecía la cosa más peligrosa de todas las que le habían ocurrido.
“Se habían unido inevitablemente, como dos barcos anclados uno junto al otro, que
acaban por rozar sus bordes. Supongo que Kurtz deseaba tener un oyente, porque
en cierta ocasión, acampados en la selva, habían hablado toda la noche, o más
probablemente Kurtz había hablado toda la noche. ‘Hablamos de todo’, dijo el joven,
transportado por sus recuerdos. ‘Olvidé que existía algo semejante al sueño. Me
pareció que la noche duraba menos de una hora. ¡De todo! ¡De todo!… También del
amor…’ ‘¡ Ah!, ¿ así que le habló de amor?’, le dije, muy divertido. ‘No, no de lo que
usted piensa’, exclamó con pasión. ‘Habló en términos generales. Me hizo ver
cosas… cosas…’
“Levantó los brazos. En aquel momento estábamos sobre cubierta, y el capataz de
mis leñadores, que se hallaba cerca, volvió hacia él su mirada densa y brillante. Miré
a mi alrededor, y no sé por qué, pero puedo aseguraros que nunca antes, nunca,
aquella tierra, el río, la selva, la misma bóveda de ese cielo tan resplandeciente, me
habían parecido tan desesperados y oscuros, tan implacables frente a la fragilidad
humana. ‘¿Y a partir de entonces ha estado con él?’, le pregunté.
“Al contrario. Parecía que sus relaciones se habían roto profundamente por diversas
causas. Él había, me informó con orgullo, procurado asistir a Kurtz durante dos
enfermedades (aludía a ello como se puede aludir a una hazaña audaz), pero, por
regla general, Kurtz deambulaba solo, aun en las profundidades de la selva. ‘Muy a
menudo, cuando venía a esta estación, debía esperar días y días antes de que él
volviera’, me dijo. ‘Pero valía la pena esperarlo en esas ocasiones.’ ‘¿Qué hacía él en
esas ocasiones? ¿Explorar o qué?’, quise saber. ‘Oh, sí, por supuesto. Llegó a
descubrir gran cantidad de aldeas, un lago además…’ No sabía exactamente en qué
dirección; era peligroso preguntar demasiado. La mayor parte de las veces
emprendía esas expediciones en busca de marfil. ‘Pero no tenía ya para entonces
mercancías con las que negociar’, objeté. ‘Todavía ahora le quedan algunos
cartuchos’, respondió, mirando hacia otro lado. ‘Para decirlo claramente, se apoderó
del país’, dije. Él asintió. ‘Aunque seguramente no lo haría solo’, concluí. Murmuró
algo respecto a los pueblos que rodeaban el lago. ‘Kurtz logró que la tribu lo siguiera,
¿no es cierto?’, sugerí.
“Se intranquilizó un poco. ‘Lo adoraban’, dijo. El tono de aquellas palabras fue tan
extraordinario que lo miré con fijeza. Era curioso comprobar su mezcla de deseo y
resistencia a hablar de Kurtz. Aquel hombre llenaba su vida, ocupaba sus
pensamientos, movía sus emociones. ‘¿Qué puede usted esperar?’, estalló. ‘Llegó a
ellos con truenos y relámpagos, y ellos jamás habían visto nada semejante… nada tan
terrible. Él podía ser realmente terrible. No se puede juzgar al señor Kurtz como a un
hombre ordinario. ¡No, no, no! Para darle a usted una idea, no me importa decírselo,
pero un día quiso disparar contra mí también, aunque yo no lo juzgo por eso.’
‘¿Disparar contra usted?’, pregunté. ‘¿Por qué?’ ‘Bueno, yo tenía un pequeño lote de
marfil que el jefe de la aldea situada cerca de mi casa me había dado. Sabe usted,
yo solía cazar para ellos. Pues Kurtz lo quiso, y era incapaz de atender a otras
razones. Declaró que me mataría si no le entregaba el marfil y desaparecía de la
región, porque él podía hacerlo, y quería hacerlo, y no había poder sobre la tierra que
pudiera impedirle matar a quien se le antojara. Y era cierto. Así que le entregué el
marfil. ¡Qué me importaba! Pero no me marché. No, no podía abandonarlo. Por
supuesto, tuve que ser prudente, hasta que volvimos a ser amigos de nuevo por
algún tiempo. Entonces padeció su segunda enfermedad. Después de eso me vi
obligado a evitarle, pero no me preocupaba. Él pasaba la mayor parte del tiempo en
las aldeas del lago. Cuando regresaba al río, a veces se acercaba a mí, otras era
necesario que yo tuviera cuidado. Aquel hombre sufría demasiado. Odiaba todo esto
y sin embargo no podía marcharse. Cuando tuve una oportunidad, le supliqué que
tratara de partir mientras fuera aún posible. Le ofrecí acompañarlo en el viaje de
regreso. Decía que sí, y luego se quedaba. Volvía a salir a cazar marfil, desaparecía
durante semanas enteras, se olvidaba de sí mismo cuando estaba entre esas
gentes, se olvidaba de sí mismo, sabe usted.’
“‘¿Cómo? ¡Debía estar loco!’, dije. Él protestó con indignación. El señor Kurtz no
podía estar loco. Si yo hubiera podido oírlo hablar, sólo dos días atrás, no me
atrevería a insinuar semejante cosa… Cogí mis binoculares mientras hablábamos, y
enfoqué la costa, pasando y repasando rápidamente por el lindero del bosque, a
ambos lados y detrás de la casa. Saber que había gente escondida dentro de
aquellos matorrales, tan silenciosos y tranquilos como la casa en ruinas de la colina,
me ponía nervioso. No había señales sobre la faz de la naturaleza de esa historia
extraña que me había sido, más que relatada, sugerida por exclamaciones
desoladas, encogimientos de hombros, frases interrumpidas, insinuaciones que
terminaban en profundos suspiros. La maleza permanecía inmóvil, como una
máscara pesada, como la puerta cerrada de una prisión. Nos miraba con un aire de
conocimiento oculto, de paciente expectación, de inexpugnable silencio. El ruso me
explicaba que sólo recientemente había vuelto el señor Kurtz al río, trayendo consigo
a aquellos hombres de la tribu del lago. Había estado ausente durante varios meses
(haciéndose adorar, supongo), y había vuelto inesperadamente, con la intención al
parecer de hacer una excursión por las orillas del río. Evidentemente el ansia de
marfil se había apoderado de (¿cómo llamarlas?) sus aspiraciones menos
materiales. Sin embargo, había empeorado de pronto. ‘Oí decir que estaba en cama,
desamparado, así que remonté el río. Me aventuré a hacerlo’, dijo el ruso. ‘Se
encuentra muy mal, muy mal.’
“Dirigí los binoculares hacia la casa. No se veían señales de vida, pero allí estaba el
techo arruinado, la larga pared de barro sobresaliendo por encima de la hierba, con
tres pequeñas ventanas cuadrangulares, de un tamaño distinto. Todo aquello parecía
al alcance de mi mano. Después hice un movimiento brusco y uno de los postes que
quedaban de la desaparecida empalizada apareció en el campo visual de los
gemelos. Recordad que he dicho que me habían llamado la atención, a distancia, los
intentos de ornamentación que contrastaban con el aspecto ruinoso del lugar. En
aquel momento pude tener una visión más cercana, y el primer resultado fue
hacerme echar hacia atrás la cabeza, como si hubiese recibido un golpe. Entonces
examiné con mis lentes cuidadosamente cada poste, y comprobé mi error. Aquellos
bultos redondos no eran motivos ornamentales sino simbólicos. Eran expresivos y
enigmáticos, asombrosos y perturbadores, alimento para la mente y también para
los buitres, si es que había alguno bajo aquel cielo, y de todos modos para las
hormigas, que eran lo suficientemente industriosas como para subir al poste.
Hubieran sido aún más impresionantes, aquellas cabezas clavadas en las estacas,
si sus rostros no hubiesen estado vueltos hacia la casa. Sólo una, la primera que
había contemplado, miraba hacia mí. No me disgustó tanto como podríais imaginar.
El salto hacia atrás que había dado no había sido más que un movimiento de
sorpresa. Yo había esperado ver allí una bola de madera, ya sabéis. Volví a enfocar
deliberadamente los gemelos hacia la primera que había visto. Allí estaba, negra,
seca, consumida, con los párpados cerrados… Una cabeza que parecía dormitar en
la punta de aquel poste, con los labios contraídos y secos, mostrando la estrecha
línea de la dentadura. Sonreía, sonreía continuamente ante un interminable y jocoso
sueño.
“No estoy revelando ningún secreto comercial. En efecto, el director dijo más tarde
que los métodos del señor Kurtz habían constituido la ruina de aquella región. No
puedo opinar al respecto, pero quiero dejar claramente sentado que no había nada
provechoso en el hecho de que esas cabezas permanecieran allí. Sólo mostraban
que el señor Kurtz carecía de frenos para satisfacer sus apetitos, que había algo que
faltaba en él, un pequeño elemento que, cuando surgía una necesidad apremiante,
no podía encontrarse en su magnífica elocuencia. Si él era consciente de esa
deficiencia, es algo que no puedo decir. Creo que al final llegó a advertirla, pero fue
sólo al final. La selva había logrado poseerlo pronto y se había vengado en él de la
fantástica invasión de que había sido objeto. Me imagino que le había susurrado
cosas sobre él mismo que él no conocía, cosas de las que no tenía idea hasta que
se sintió aconsejado por esa gran soledad… y aquel susurro había resultado
irresistiblemente fascinante. Resonó violentamente en su interior porque tenía el
corazón vacío… Dejé los gemelos, y la cabeza que había parecido estar lo
suficientemente cerca como para poder hablar con ella, pareció saltar de pronto a
una distancia inaccesible.
“El admirador del señor Kurtz estaba un poco cabizbajo. Con una voz apresurada y
confusa, comenzó a decirme que no se había atrevido a quitar aquellos símbolos,
por así llamarlos. No tenía miedo de los nativos; no se moverían a menos que el
señor Kurtz se lo ordenara. Su ascendiente sobre ellos era extraordinario. Los
campamentos de aquella gente rodeaban el lugar y sus jefes iban diariamente a
visitarlo. Se hubieran arrastrado… ‘No quiero saber nada de las ceremonias
realizadas para acercarse al señor Kurtz’, grité.
“Es curioso, pero en aquel momento tuve la sensación de que aquellos detalles
resultarían más intolerables que las cabezas que se secaban sobre los postes, frente
a las ventanas del señor Kurtz. Después de todo, aquello no era sino un espectáculo
salvaje, mientras que yo me sentía de pronto transportado a una región oscura de
sutiles horrores, donde un salvajismo puro y sin complicaciones era un alivio positivo,
algo que tenía derecho a existir, evidentemente, bajo la luz del sol. El joven me miró
con sorpresa. Supongo no concebía que para mí el señor Kurtz no fuera un ídolo.
Olvidaba que yo no había escuchado ninguno de aquellos espléndidos monólogos
sobre, ¿sobre qué?, el amor, la justicia, la conducta del hombre, y otras cosas por el
estilo. Si hubiera tenido necesidad de arrastrarse ante el señor Kurtz, lo hubiera
hecho como el salvaje más auténtico de todos ellos. Yo no tenía idea de la situación,
el ruso me dijo que aquellas cabezas eran cabezas de rebeldes. Le ofendió
extraordinariamente mi risa. ¡Rebeldes! ¿Cuál sería la próxima definición que debía
yo oír? Había oído hablar de enemigos, criminales, trabajadores… ahora de
rebeldes. Aquellas cabezas rebeldes me parecían muy apaciguadas desde sus
postes.
“‘Usted no sabe cómo ha fatigado esta vida al señor Kurtz’, gritó su último discípulo.
‘Bueno, ¿y a usted?’, le dije. ‘¡A mí! ¡A mí! Yo soy un hombre sencillo. No tengo
grandes ideas. No quiero nada de nadie. ¿Cómo puede compararme con…?’
Apenas acertaba a expresar sus sentimientos, de pronto se detuvo. ‘No comprendo’,
gimió. ‘He hecho todo lo posible para conservarle con vida, y eso es suficiente. Yo no
he participado en todo esto. No tengo ninguna capacidad para ello. Durante meses
no ha habido aquí ni una gota de medicina ni un bocado para un hombre enfermo.
Había sido vergonzosamente abandonado. Un hombre como él, con aquellas ideas.
¡Vergonzosamente! ¡Vergonzosamente! Yo no he dormido durante las últimas diez
noches…’
“Su voz se perdió en la calma de la tarde. Las amplias sombras de la selva se
habían deslizado colina abajo mientras conversábamos, llegando más allá de la
ruinosa cabaña, más allá de la hilera de postes simbólicos. Todo aquello estaba en
la penumbra, mientras nosotros, abajo, estábamos aún bajo los rayos del sol, y el
espacio del río extendido ante la parte aún no sombreada brillaba con un fulgor
tranquilo y deslumbrante, con una faja de sombra oscura y lóbrega encima y abajo.
No se veía un alma viviente en la orilla. Los matorrales no se movían.
“De pronto, tras una esquina de la casa apareció un grupo de hombres, como si
hubieran brotado de la tierra. Avanzaban en una masa compacta, con la hierba hasta
la cintura, llevando en medio unas parihuelas improvisadas. Instantáneamente, en
aquel paisaje vacío, se elevó un grito cuya estridencia atravesó el aire tranquilo como
una flecha aguda que volara directamente del corazón mismo de la tierra, y, como
por encanto, corrientes de seres humanos, de seres humanos desnudos, con lanzas
en las manos, con arcos y escudos, con miradas y movimientos salvajes, irrumpieron
en la estación, vomitados por el bosque tenebroso y plácido. Los arbustos se
movieron, la hierba se sacudió por unos momentos, luego todo quedó tranquilo, en
una tensa inmovilidad.
“‘Si ahora no les dice lo que debe decirles, estamos todos perdidos’, dijo el ruso a
mis espaldas. El grupo de hombres con las parihuelas se había detenido a medio
camino, como petrificado. Vi que el hombre de la camilla se semincorporaba,
delgado, con un brazo en alto, apoyado en los hombros de los camilleros.
‘Esperemos que el hombre que sabe hablar tan bien del amor en general, encuentre
alguna razón particular para salvarnos esta vez’, dije.
“Presentía amargamente el absurdo peligro de nuestra situación, como si el estar a
merced de aquel atroz fantasma fuera una necesidad vergonzosa. No podía oír
ningún sonido, pero a través de los gemelos vi el brazo delgado extendido
imperativamente, la mandíbula inferior en movimiento, los ojos de aquella aparición
que brillaban sombríos a lo lejos, en su cabeza huesuda, que oscilaba con grotescas
sacudidas. Kurtz… Kurtz, eso significa pequeño en alemán, ¿no es cierto? Bueno el
nombre era tan cierto como todo lo demás en su vida y en su muerte. Parecía tener
por lo menos siete pies de estatura. La manta que lo cubría cayó y su cuerpo surgió
lastimoso y descarnado como de una mortaja. Podía ver la caja torácica, con las
costillas bien marcadas. Era como si una imagen animada de la muerte, tallada en
viejo marfil, hubiese agitado la mano amenazadora ante una multitud inmóvil de
hombres hechos de oscuro y brillante bronce. Le vi abrir la boca; lo que le dio un
aspecto indeciblemente voraz, como si hubiera querido devorar todo el aire, toda la
tierra, y todos los hombres que tenía ante sí. Una voz profunda llegó débilmente hasta
el barco. Debía de haber gritado. Repentinamente cayó hacia atrás. La camilla
osciló cuando los camilleros caminaron de nuevo hacia adelante, y al mismo tiempo
observé que la multitud de salvajes se desvanecía con movimientos del todo
imperceptibles, como si el bosque que había arrojado súbitamente aquellos seres se
los hubiera tragado de nuevo, como el aliento es atraído en una prolongada
aspiración.
“Algunos peregrinos, detrás de las parihuelas, llevaban preparadas las armas: dos
escopetas, un rifle pesado y un ligero revólver carabina; los rayos de aquel Júpiter
lastimoso. El director se inclinaba sobre él y murmuraba algo mientras caminaba. Lo
colocaron en uno de los pequeños camarotes, el espacio justo para una cama y una
o dos sillas de campaña. Le habíamos llevado su correspondencia atrasada, y un
montón de sobres rotos y cartas abiertas se esparcía sobre la cama. Su mano
vagaba débilmente sobre esos papeles. Me asombraba el fuego de sus ojos y la
serena languidez de su expresión. No parecía ser tan grande el agotamiento que
había producido en él la enfermedad. No parecía sufrir. Aquella sombra parecía
satisfecha y tranquila, como si por el momento hubiera saciado todas sus
emociones.
“Arrugó una de las cartas, y, mirándome directamente a la cara, me dijo: ‘Me alegro’.
Alguien le había escrito sobre mí. Aquellas recomendaciones especiales volvían a
aparecer de nuevo. El volumen de su voz, que emitió sin esfuerzo, casi sin
molestarse en mover los labios, me asombró. ¡Qué voz! ¡Qué voz! Era grave,
profunda y vibrante, a pesar de que el hombre no parecía emitir un murmullo. Sin
embargo, tenía la suficiente fuerza como para casi acabar con todos nosotros, como
vais a oír.
“El director volvió a aparecer silenciosamente en el umbral de la puerta. Salí en
seguida y él corrió la cortina detrás de mí. El ruso, observado con curiosidad por los
peregrinos, miraba hacia la playa. Seguí la dirección de su mirada.
“Oscuras formas humanas podían verse a distancia, deslizándose frente al
tenebroso borde de la selva, y cerca del río dos figuras de bronce apoyadas en
largas picas estaban en pie a la luz del sol, las cabezas tocadas con fantásticos
gorros de piel moteada; un par de guerreros inmóviles en un reposo estatutario. De
derecha a izquierda, a lo largo de la orilla iluminada, se movía una salvaje y
deslumbrante figura femenina.
“La mujer caminaba con pasos mesurados, envuelta en una tela rayada, guarnecida
de flecos, pisando el suelo orgullosamente, con un ligero sonido metálico y un
resplandor de bárbaros ornamentos. Mantenía la cabeza erguida, sus cabellos
estaban arreglados en forma de yelmo, llevaba anillos de bronce hasta las rodillas,
pulseras de bronce hasta los codos, innumerables collares de abalorios en el cuello;
objetos estrambóticos, amuletos, presentes de hechiceros, que colgaban sobre ella,
que brillaban y temblaban a cada paso que daba. Debía de tener encima objetos con
valor de varios colmillos de elefante. Era feroz y soberbia, de ojos salvajes y
espléndidos; había algo siniestro y majestuoso en su lento paso… Y en la quietud que
envolvió repentinamente toda aquella tierra doliente, la selva inmensa, el cuerpo
colosal de la fecunda y misteriosa vida parecía mirarla, pensativa, como si
contemplara la imagen de su propia alma tenebrosa y apasionada.
“Llegó frente al barco y se detuvo de cara hacia nosotros. La larga sombra de su
cuerpo llegaba hasta el borde del agua. Su rostro tenía un trágico y feroz aspecto de
tristeza salvaje y de un mudo dolor mezclado con el temor de alguna decisión apenas
formulada con la que luchaba. De pie, inmóvil, nos miraba como la misma selva, con
aire de cobijar algún proyecto inescrutable. Dejó transcurrir un minuto entero, y
entonces dio un paso hacia adelante. Se oyó un ligero repiqueteo, brilló el metal
dorado, oscilaron los flecos de la túnica, y entonces se detuvo como si el corazón le
hubiera fallado. El joven que estaba a mi lado refunfuñó algo. Los peregrinos
murmuraron a mis espaldas. Ella nos miró a todos como si su vida dependiera de la
dureza e inflexibilidad de su mirada. De pronto abrió los brazos desnudos y los elevó
rígidos por encima de su cabeza como en un deseo indómito de tocar el cielo, y al
mismo tiempo las tinieblas se precipitaron de golpe sobre la tierra, pasaron
velozmente sobre el río, envolviendo el barco en un abrazo sombrío. Un silencio
formidable acompañó la escena.
“Se dio vuelta lentamente, comenzó a caminar por la orilla y se dirigió hacia los
arbustos de la izquierda. Sólo una vez sus ojos volvieron a contemplarnos, en la
oscuridad de la espesura, antes de desaparecer.
‘Si hubiera insistido en subir a bordo, creo que realmente habría disparado contra
ella’, dijo el hombre de los remiendos, con gran nerviosismo. ‘He arriesgado mi vida
todos los días durante la última quincena tratando de mantenerla fuera de la casa. Un
día logró entrar y armó un gran escándalo debido a unos miserables harapos que yo
había recogido del almacén para remendar mis ropas. Debió haberle parecido un
robo. Al menos eso imagino, porque estuvo hablando durante una hora y
señalándome de vez en cuando. Yo no entiendo el dialecto de esta tribu. Por fortuna
para mí, Kurtz se sentía ese día demasiado enfermo como para hacerle caso, de
otro modo lo hubiera pasado muy mal. No comprendo… No… es demasiado para mí.
Bueno, ahora todo ha pasado.’
“En ese momento escuché la profunda voz de Kurtz detrás de la cortina:
‘¡Salvarme!… Salvar el marfil querrá usted decir. Usted interrumpe mis planes.
¡Enfemo! ¡Enfermo! No tan enfermo como a usted le gustaría creer. No importa. Yo
llevaré a cabo mis proyectos… Yo volveré. Le mostraré lo que puede hacerse. Usted,
con sus pequeñas ideas mezquinas… usted interfiere ahora en mi trabajo. Yo
regresaré. Yo…’
“El director salió. Me hizo el honor de cogerme por un brazo y llevarme aparte. ‘Está
muy mal, muy mal’, dijo. Consideró necesario suspirar, pero prescindió de mostrarse
afligido. ‘Hemos hecho por él todo lo que hemos podido, ¿no es cierto? Pero no
podemos dejar de reconocer que el señor Kurtz ha hecho más daño que bien a la
compañía. No ha entendido que el tiempo no está aún maduro para emprender una
acción vigorosa. Cautela, cautela, ése es mi principio. Debemos ser todavía cautos.
Esta región quedará cerrada para nosotros por algún tiempo. ¡Deplorable! En
conjunto, el comercio va a sufrir mermas. No niego que hay una cantidad
considerable de marfil… en su mayor parte fósil. Debemos salvarlo a toda costa,
pero mire usted cuán precaria es nuestra situación… ¿Todo por qué? Porque el
método es inadecuado.’ ‘¿Llama usted a eso’, dije yo, mirando hacia la orilla, ‘un
método inadecuado?’ ‘Sin duda’, declaró con ardor. ‘¿Usted no?’
“‘Yo no llego a considerarlo un método’, murmuré después de un momento.
‘Exactamente’, exclamó. ‘Yo ya preveía todo esto. Demuestra una absoluta falta de
juicio. Es mi deber comunicarlo al lugar oportuno.’ ‘Oh’, dije, ‘aquel tipo… ¿cómo se
llama?… el fabricante de ladrillos, podrá hacerle un buen informe.’ Pareció turbarse
por un momento. Tuve la sensación de no haber respirado nunca antes una
atmósfera tan vil, y mentalmente me dirigí a Kurtz en busca de alivio, sí, es verdad, en
busca de alivio. ‘De cualquier manera pienso que el señor Kurtz es un hombre
notable’, dije con énfasis. El director se sobresaltó, dejó caer sobre mí una mirada
pesada y luego respondió en voz baja: ‘Era.’ Y me volvió la espalda. Mi hora de
favoritismo había pasado; me encontraba unido a Kurtz como partidario de métodos
para los cuales el momento aún no estaba maduro. ¡Métodos inadecuados! ¡Ah,
pero de cualquier manera era algo poder elegir entre las pesadillas!
“En realidad yo había optado por la selva, no por el señor Kurtz, quien, debía
admitirlo, no servía ya sino para ser enterrado. Y por un momento me pareció que yo
también estaba enterrado en una amplia tumba llena de secretos indecibles. Sentí un
peso intolerable que oprimía mi pecho, el olor de la tierra húmeda, la presencia
invisible de la corrupción victoriosa, las tinieblas de la noche impenetrable… El ruso
me dio un golpecito en el hombro. Lo oí murmurar y balbucear algo: ‘Hermano
marino… no puedo ocultar el conocimiento de asuntos que afectarán la reputación del
señor Kurtz.’ Esperé que continuara. Para él, evidentemente Kurtz no estaba al borde
de la tumba. Sospecho que, para él, el señor Kurtz era inmortal. ‘Bueno’, dije
finalmente, ‘hable. Como usted puede ver, en cierto sentido soy amigo del señor
Kurtz.’
“Declaró con bastante formalidad que si no tuviéramos la misma profesión, él se
hubiera reservado ese asunto para sí mismo sin importarle las consecuencias.
‘Sospecho’, dijo, ‘que hay cierta mala voluntad activa hacia mí por parte de esos
blancos que…’ ‘Tiene usted toda la razón’, le dije, recordando cierta conversación que
por casualidad había oído. ‘El director piensa que debería usted ser colgado.’ Mostró
tal preocupación ante esa noticia que al principio me divirtió. ‘Lo mejor será que
despeje pronto el camino’, dijo con seriedad. ‘No puedo hacer nada más por Kurtz
ahora, y ellos pronto encontrarán alguna excusa. ¿Qué podría detenerlos? Hay un
puesto militar a trescientas millas de aquí.’ ‘Bueno, a mi juicio lo mejor que podría
usted hacer es marcharse, si cuenta con amigos entre los salvajes de la región.’
‘Muchos’, dijo. ‘Son gente sencilla, y yo no quiero nada, usted ya lo sabe.’ Estaba de
pie; se mordía los labios. Después continuó: ‘No quiero que les ocurra nada a estos
blancos, pero naturalmente pensaba en la reputación del señor Kurtz, usted es un
hermoso marino y…’ ‘Muy bien’, le dije después de un rato. ‘En lo que a mí se refiere,
la reputación del señor Kurtz está a salvo.’ Y no sabía con cuánta exactitud estaba
hablando en ese momento.
“Me informó, bajando la voz, que había sido Kurtz quien había ordenado el ataque al
vapor. ‘Odiaba a veces la idea de ser sacado de aquí… y además… Pero yo no
entiendo estas cosas. Soy un hombre sencillo. Pensó que eso les asustaría, que
renunciarían ustedes, considerándolo muerto. No pude detenerle. Oh, este último
mes ha sido terrible para mí.’ ‘Muy bien’, le dije. ‘Ahora está bien.’ ‘Sí’, murmuró sin
parecer demasiado convencido. ‘Gracias’, le dije. ‘Tendré los ojos bien abiertos.’
‘Pero tenga cuidado, ¿eh?’, me imploró con ansiedad. ‘Sería terrible para su
reputación que alguien aquí…’ Le prometí completa discreción con gran seriedad.
‘Tengo una canoa y tres negros esperándome no muy lejos de aquí. Me marcho. ¿Me
podría dar usted unos cuantos cartuchos Martini-Henry?’ Pude y se los di, con la
debida reserva. Tomó un puñado de tabaco. ‘Entre marinos, usted sabe, buen
tabaco inglés.’ En la parte de la timonera se volvió hacia mí. ‘Diga, ¿no tiene por
casualidad un par de zapatos que le sobre? ¡Mire!’ Levantó un pie. Las suelas
estaban atadas con cordones anudados en forma de sandalias, debajo de los pies
desnudos. Saqué un viejo par que él miró con admiración antes de meterlo bajo el
brazo izquierdo. Uno de sus bolsillos (de un rojo brillante) estaba lleno de cartuchos,
del otro (azul marino) asomaba el libro de Towson. Parecía considerarse
excelentemente bien equipado para un nuevo encuentro con la selva. ‘¡Oh, nunca,
nunca volveré a encontrar un hombre semejante!’, dijo. ‘Debía haberlo oído recitar
poemas, algunos eran suyos, ¿se imagina? ¡Poemas!’ Hizo girar los ojos ante el
recuerdo de aquellos poemas. ‘¡Ha ampliado mi mente!’ ‘Adiós’, le dije. Nos
estrechamos las manos y se perdió en la noche. A veces me pregunto si realmente lo
habré visto alguna vez. Si es posible que haya existido un fenómeno de esa especie.
“Cuando desperté poco después de media noche, su advertencia vino a mi memoria
con la insinuación de un peligro, que parecía, en aquella noche estrellada, lo bastante
real como para que me levantara a mirar a mi alrededor. En la colina habían
encendido una fogata, iluminando parcialmente una esquina de la cabaña. Uno de
los agentes, con un piquete formado con nuestros negros, armados en esa ocasión,
montaba guardia ante el marfil. Pero en las profundidades de la selva, rojos
centelleos oscilantes, que parecían hundirse y surgir del suelo entre confusas formas
de columnas de intensa negrura, mostraban la posición exacta del campo donde los
adoradores del señor Kurtz sostenían su inquieta vigilia. El monótono redoble de un
tambor llenaba el aire con golpes sordos y con una vibración prolongada. El continuo
zumbido de muchos hombres que cantaban algún conjuro sobrenatural salía del
negro y uniforme muro vegetal, como un zumbido de abejas sale de una colmena, y
tenía un efecto extraño y narcotizante sobre mis sentidos aletargados. Creo que
empecé a dormitar, apoyado en la barandilla, hasta que un repentino brote de
alaridos, una erupción irresistible de un hasta ese momento reprimido y misterioso
frenesí, me despertó y me dejó por el momento totalmente aturdido. Miré por
casualidad hacia el pequeño camarote. Había una luz en su interior, pero el señor
Kurtz no estaba allí.
“Supongo que hubiera lanzado un grito de haber dado crédito a mis ojos. Pero al
principio no les creí… ¡Aquello me parecía tan decididamente imposible! El hecho es
que estaba yo del todo paralizado por un miedo total; era una especie de terror puro
y abstracto, sin ninguna conexión con cualquier evidencia de peligro físico. Lo que
hacía tan avasalladora aquella emoción era… ¿cómo podía definirlo?… el golpe
moral que recibí, como si algo a la vez monstruoso, intolerable de concebir y odioso
al alma, me hubiera sido impuesto inesperadamente. Aquello duró sin duda alguna
sólo una mínima fracción de segundo, y después el sentimiento habitual de común y
mortal peligro, la posibilidad de un ataque repentino y de una carnicería o algo por el
estilo que me parecía estar en el aire fue recibida por mí como algo agradable y
reconfortante. Me tranquilicé hasta tal punto que no di la voz de alarma.
“Había un agente envuelto en un chaquetón, durmiendo en una silla, a unos tres pies
de donde yo estaba. Los gritos no lo habían despertado; roncaba suavemente. Le
dejé entregado a su sueño y bajé a tierra. Yo no traicionaba a Kurtz; estaba escrito
que nunca había de traicionarle, estaba escrito que debía ser leal a la pesadilla que
había elegido. Me sentía impaciente por tratar con aquella sombra por mi cuenta,
solo… Y hasta el día de hoy no logro comprender por qué me sentía tan celoso de
compartir con los demás la peculiar negrura de esa experiencia.
“Tan pronto como llegué a la orilla, vi un rastro… un rastro amplio entre la hierba.
Recuerdo la exaltación con que me dije: ‘No puede andar; se está arrastrando a
cuatro patas. Ya lo tengo.’ La hierba estaba húmeda por el rocío. Yo caminaba
rápidamente con los puños cerrados. Imagino que tenía la vaga idea de darle una
paliza cuando lo encontrara. No sé. Tenía algunos pensamientos imbéciles. La vieja
que tejía con el gato penetraba en mi memoria como una persona sumamente
inadecuada en el extremo de aquel asunto. Vi a una fila de peregrinos, disparando
chorros de plomo con los winchesters apoyados en la cadera. Pensé que no volvería
al barco, y me imaginé viviendo solitario y sin armas en medio de la selva hasta una
edad avanzada. Futilezas por el estilo, sabéis. Recuerdo que confundí el batir de los
tambores con el de mi propio corazón, y que me agradaba su tranquila regularidad.
“Seguí el rastro… luego me detuve a escuchar. La noche era muy clara; un espacio
azul oscuro, brillante de rocío y luz de estrellas, en el que algunos bultos negros
permanecían muy tranquilos. Me pareció vislumbrar algo que se movía delante de mí.
Estaba extrañamente seguro de todo aquella noche. Abandoné el rastro y corrí en un
amplio semicírculo (supongo que en realidad me estaba riendo de mis propias
argucias) a fin de aparecer frente a aquel bulto, a aquel movimiento que yo había
visto… si es que en realidad había visto algo. Estaba cercando a Kurtz como si se
tratara de un juego infantil.
“Llegué donde él estaba y, de no haber sido porque me oyó acercarme, lo hubiera
podido atrapar enseguida. Logró levantarse a tiempo. Se puso en pie, inseguro,
largo, pálido, confuso, como un vapor exhalado por la tierra, se tambaleó
ligeramente, brumosa y silenciosamente delante de mí, mientras que a mi espalda
las fogatas brillaban entre los árboles y el murmullo de muchas voces brotaba del
bosque. Lo había aislado hábilmente, pero en ese momento, al hacerle frente y
recobrar los sentidos, advertí el peligro en toda su verdadera proporción. De ninguna
manera había pasado. ¿Y si él comenzaba a gritar? Aunque apenas podía tenerse
en pie, su voz era aún bastante vigorosa.
‘¡Márchese, escóndase!’, dijo con aquel tono profundo. Era terrible. Miré a mis
espaldas. Estábamos a unas treinta yardas de distancia de la fogata más próxima.
Una figura negra se levantó, cruzó en amplias zancadas, con sus largas piernas
negras, levantando sus largos brazos negros, ante el resplandor del fuego. Tenía
cuernos… una cornamenta de antílope, me parece, sobre la cabeza. Algún hechicero,
algún brujo, sin duda; tenía un aspecto realmente demoniaco. ‘¿Sabe usted lo que
está haciendo?’, murmuré. ‘Perfectamente’, respondió, elevando la voz para decir
aquella única palabra. Aquella voz resonó lejana y fuerte a la vez, como una llamada
a través de una bocina. Pensé que si comenzaba a discutir estábamos perdidos. Por
supuesto no era el momento para resolver el conflicto a puñetazos, aparte de la
natural aversión que yo sentía a golpear aquella sombra… aquella cosa errante y
atormentada. ‘Se perderá usted, se perderá completamente’ murmuré. A veces uno
tiene esos relámpagos de inspiración, ya sabéis. Yo había dicho la verdad, aunque
de hecho él no podía perderse más de lo que ya lo estaba en aquel momento,
cuando los fundamentos de nuestra amistad se asentaron para durar… para durar…
para durar… hasta el fin… más allá del fin.
“‘Yo tenía planes inmensos’, murmuró con indecisión. ‘Sí’, le dije, ‘pero si intenta
usted gritar le destrozaré la cabeza con…’ Vi que no había ni un palo ni una piedra
cerca. ‘Lo estrangularé’, me corregí. ‘Me hallaba en el umbral de grandes cosas’,
suplicó con una voz plañidera, con una avidez de tono que hizo que la sangre se me
helara en las venas. ‘Y ahora por ese estúpido canalla…’ ‘Su éxito en Europa está
asegurado en todo caso’, afirmé con resolución. No me hubiera gustado tener que
estrangularlo.., y de cualquier modo aquello no habría tenido ningún sentido práctico.
Intenté romper el hechizo, el denso y mudo hechizo de la selva, que parecía atraerle
hacia su seno despiadado despertando en él olvidados y brutales instintos,
recuerdos de pasiones monstruosas y satisfechas. Estaba convencido de que sólo
eso lo había llevado a dirigirse al borde de la selva, a la maleza, hacia el resplandor
de las fogatas, el sonido de los tambores, el zumbido de conjuros sobrenaturales.
Sólo eso había seducido a su alma forajida hasta más allá de los límites de las
aspiraciones lícitas. Y, ¿os dais cuenta?, lo terrible de la situación no estaba en que
me dieran un golpe en la cabeza, aunque tenía una sensación muy viva de ese
peligro también, sino en el hecho de que tenía que vérmelas con un hombre ante
quien no podía apelar a ningún sentimiento elevado o bajo. Debía, igual que los
negros, invocarlo a él, a él mismo, a su propia exaltada e increíble degradación. No
había nada por encima ni por debajo de él, y yo lo sabía. Se había desprendido de la
tierra. ¡Maldito sea! Había golpeado la tierra hasta romperla en pedazos. Estaba
solo, y yo frente a él no sabía si pisaba tierra o si flotaba en el aire. Os he dicho a
vosotros que hablamos, he repetido las frases que pronunciamos… pero, ¿qué
sentido tiene todo esto? Eran palabras comunes, cotidianas, los familiares, vagos
sonidos cambiados al despertar de cada día. ¿Y qué sentido tenían? Existía detrás,
en mi espíritu, la terrible sugestión de palabras oídas en sueños, frases murmuradas
en pesadillas. ¡Un alma! Si hay alguien que ha luchado con un alma yo soy ese
hombre. Y no es que estuviera discutiendo con un lunático. Lo creáis o no, el hecho
es que su inteligencia seguía siendo perfectamente lúcida… concentrada, es cierto,
sobre él mismo con horrible intensidad, y sin embargo con lucidez. Y en eso
estribaba mi única oportunidad, fuera, por supuesto, de matarlo allí, lo que no hubiera
resultado bien debido al ruido inevitable. Pero su alma estaba loca. Al quedarse solo
en la selva, había mirado a su interior, y ¡cielos!, puedo afirmarlo, había enloquecido.
Yo tuve (debido a mis pecados, imagino) que pasar la prueba de mirar también
dentro de ella. Ninguna elocuencia hubiera podido marchitar tan eficazmente la fe en
la humanidad como su estallido final de sinceridad. Luchó consigo mismo, también.
Lo vi… lo oí. Vi el misterio inconcebible de un alma que no había conocido
represiones, ni fe, ni miedo, y que había luchado, sin embargo, ciegamente, contra sí
misma. Conservé la cabeza bastante bien, pero cuando lo tuve ya tendido en el
lecho, me enjugué la frente, mientras mis piernas temblaban como si acabara de
transportar media tonelada sobre la espalda hasta la cima de una colina. Y sin
embargo sólo había sostenido su brazo huesudo apoyado en mis hombros; no era
mucho más pesado que un niño.
“Cuando al día siguiente partimos a mediodía, la multitud, de cuya presencia tras la
cortina de árboles había sido agudamente consciente todo el tiempo, volvió a salir
de la maleza, llenó el patio de la estación, cubrió el declive de la colina con una masa
de cuerpos desnudos que respiraban, que se estremecían, bronceados. Remonté un
poco el río, luego viré y navegué con la corriente. Dos mil ojos seguían las
evoluciones del demonio del río, que chapoteaba dando golpes impetuosos,
azotando el agua con su cola terrible y esparciendo humo negro por el aire. Frente a
la primera fila, a lo largo del río, tres hombres, cubiertos de un fango rojo brillante de
los pies a la cabeza, se contoneaban impacientes. Cuando llegamos de nuevo frente
a ellos, miraban al río, pateaban, movían sus cuerpos enrojecidos; sacudían hacia el
feroz demonio del río un manojo de plumas negras, una piel repugnante con una cola
colgante, algo que parecía una calabaza seca. Y a la vez gritaban periódicamente
series extrañas de palabras que no se parecían a ningún sonido humano, y los
profundos murmullos de la multitud interrumpidos de pronto eran como los responsos
de alguna letanía satánica.
“Transportamos a Kurtz a la cabina del piloto: allí había más aire. Tendido sobre el
lecho, miraba fijamente por los postigos abiertos. Hubo un remolino en la masa de
cuerpos humanos, y la mujer de la cabeza en forma de yelmo y las mejillas teñidas
corrió hasta la orilla misma de la corriente. Él tendió las manos, gritó algo, toda
aquella multitud salvaje continuó el grito en un coro rugiente, articulado, rápido e
incesante.
“‘¿Entiende lo que dicen?’, le pregunté.
“Él continuaba mirando hacia el exterior, más allá de mí, con ferocidad, con ojos
ardientes, añorantes, con una expresión en que se mezclaban la avidez y el odio. No
respondió. Pero vi una sonrisa, una sonrisa de indefinible significado, aparecer en
sus labios descoloridos, que un momento después se crisparon convulsivamente.
‘Por supuesto’, dijo lentamente, en sílabas entrecortadas, como si las palabras se le
hubieran escapado por obra y gracia de una fuerza sobrenatural.
“Tiré del cordón de la sirena, y lo hice porque vi a los peregrinos en la cubierta
preparar sus rifles con el aire de quien se dispone a participar en una alegre
francachela. Ante el súbito silbido, hubo un movimiento de abyecto terror en aquella
apiñada masa de cuerpos. ‘No haga usted eso, no lo haga. ¿No ve que los ahuyenta
usted?’, gritó alguien desconsoladamente desde cubierta. Tiré de cuando en cuando
del cordón. Se separaban y corrían, saltaban, se agachaban, se apartaban, se
evadían del terror del sonido. Los tres tipos embadurnados de rojo se habían tirado
boca abajo, en la orilla, como si hubieran sido fusilados. Sólo aquella mujer bárbara y
soberbia no vaciló siquiera, y extendió trágicamente hacia nosotros sus brazos
desnudos, sobre la corriente oscura y brillante.
“Y entonces la imbécil multitud que se apiñaba en cubierta comenzó su pequeña
diversión y ya no pude ver nada más debido al humo.
“La oscura corriente corría rápidamente desde el corazón de las tinieblas,
llevándonos hacia abajo, hacia el mar, con una velocidad doble a la del viaje en
sentido inverso. Y la vida de Kurtz corría también rápidamente, desintegrándose,
desintegrándose en el mar del tiempo inexorable. El director se sentía feliz, no tenía
ahora preocupaciones vitales. Nos miraba a ambos con una mirada comprensiva y
satisfecha; el asunto se había resuelto de la mejor manera que se podía esperar. Yo
veía acercarse el momento en que me quedaría solo debido a mi apoyo a los
métodos inadecuados. Los peregrinos me miraban desfavorablemente. Se me
contaba ya. por así decirlo, entre los muertos. Me resulta extraña la manera en que
acepté aquella asociación inesperada; aquella elección de pesadillas pesaba sobre
mí en la tenebrosa tierra invadida por aquellos mezquinos y rapaces fantasmas.
“Kurtz peroraba. ¡Qué voz! ¡Qué voz! Resonó profundamente hasta el mismo fin. Su
fortaleza sobrevivió para ocultar entre los magnificos pliegues de su elocuencia la
estéril oscuridad de su corazón. ¡Pero él luchaba, luchaba! Su cerebro desgastado
por la fatiga era visitado por imágenes sombrías… imágenes de riquezas y fama que
giraban obsequiosamente alrededor de su don inextinguible de noble y elevada
expresión. Mi prometida, mi estación, mi carrera, mis ideas… aquellos eran los
temas que le servían de material para la expresión de sus elevados sentimientos. La
sombra del Kurtz original frecuentaba la cabecera de aquella sombra vacía cuyo
destino era ser enterrada en el seno de una tierra primigenia. Pero tanto el diabólico
amor como el odio sobrenatural de los misterios que había penetrado luchaban por
la posesión de aquella alma saciada de emociones primitivas, ávida de gloria falsa,
de distinción fingida y de todas las apariencias de éxito y poder.
“A veces era lamentablemente pueril. Deseaba encontrarse con reyes que fueran a
recibirlo en las estaciones ferroviarias, a su regreso de algún espantoso rincón del
mundo, donde tenía el proyecto de realizar cosas magnas. ‘Usted les muestra que
posee algo verdaderamente aprovechable y entonces no habrá limites para el
reconocimiento de su capacidad’, decía. ‘Por supuesto debe tener siempre en
cuenta los motivos, los motivos correctos.’ Las largas extensiones que eran siempre
como una misma e igual extensión, se deslizaban ante el barco con su multitud de
árboles seculares que miraban pacientemente a aquel desastroso fragmento de otro
mundo, el apasionado de los cambios, las conquistas, el comercio, las matanzas y
las bendiciones. Yo miraba hacia adelante, llevando el timón. ‘Cierre los postigos’,
dijo Kurtz repentinamente un día. ‘No puedo tolerar ver todo esto.’ Lo hice. Hubo un
silencio. ‘¡Oh, pero todavía te arrancaré el corazón!’, le gritó a la selva invisible.
“El barco se averió (como había temido), y tuvimos que detenernos para repararlo en
la punta de una isla. Fue esa demora lo primero que provocó las confidencias de
Kurtz. Una mañana me dio un paquete de papeles y una fotografía. Todo estaba
atado con un cordón de zapatos. ‘Guárdeme esto’, me pidió. ‘Aquel imbécil (aludía al
director) es capaz de hurgar en mis cajas cuando no me doy cuenta.’ Por la tarde
volví a verle. Estaba acostado sobre la espalda, con los ojos cerrados. Me retiré sin
ruido, pero le oí murmurar: ‘Vive rectamente, muere, muere…’ Lo escuché. Pero no
hubo nada más. ¿Estaba ensayando algún discurso en medio del sueño, o era un
fragmento de una frase de algún artículo periodístico? Había sido periodista, e
intentaba volver a serlo. ‘…Para poder desarrollar mis ideas. Es un deber.’
“La suya era una oscuridad impenetrable. Yo le miraba como se mira, hacia abajo, a
un hombre tendido en el fondo de un precipicio, al que no llegan nunca los rayos del
sol. Pero no tenía demasiado tiempo que dedicarle porque estaba ayudando al
maquinista a desarmar los cilindros dañados, a fortalecer las bielas encorvadas, y
otras cosas por el estilo. Vivía en una confusión infernal de herrumbre: limaduras,
tuercas, clavijas, llaves, martillos, barrenos, cosas que detesto porque jamás me he
logrado entender bien con ellas. Estaba trabajando en una pequeña fragua que por
fortuna teníamos a bordo; trabajaba asiduamente con mi pequeño montón de
limaduras, a menos que tuviera escalofríos demasiado fuertes y no pudiera tenerme
en pie…
“Una noche al entrar en la cabina con una vela me alarmé al oírle decir con voz
trémula: ‘Estoy acostado aquí en la oscuridad esperando la muerte.’ La luz estaba a
menos de un pie de sus ojos. Me esforcé en murmurar: ‘¡Tonterías!’ Y permanecí a su
lado, como traspasado.
“No he visto nunca nada semejante al cambio que se operó en sus rasgos, y espero
no volver a verlo. No es que me conmoviera. Estaba fascinado. Era como si se
hubiera rasgado un velo. Vi sobre ese rostro de marfil la expresión de sombrío
orgullo, de implacable poder, de pavoroso terror… de una intensa e irremediable
desesperación. ¿Volvía a vivir su vida, cada detalle de deseo, tentación y entrega,
durante ese momento supremo de total lucidez? Gritó en un susurro a alguna imagen,
a alguna visión, gritó dos veces, un grito que no era más que un suspiro: ‘¡Ah, el
horror! ¡El horror!’
“Apagué de un soplo la vela y salí de la cabina. Los peregrinos estaban almorzando
en el comedor, y ocupé un sitio frente al director, que levantó los ojos para dirigirme
una mirada interrogante, que yo logré ignorar con éxito. Se echó hacia atrás, sereno,
con esa sonrisa peculiar con que sellaba las profundidades inexpresadas de su
mezquindad. Una lluvia continua de pequeñas moscas corría sobre la lámpara, sobre
el mantel, sobre nuestras manos y caras. De pronto el muchacho del director
introdujo su insolente cabeza negra por la puerta y dijo en un tono de maligno
desprecio: ‘Señor Kurtz… él, muerto.’
“Todos los peregrinos salieron precipitadamente para verlo. Yo permanecí allí, y
terminé mi cena. Creo que fui considerado como un individuo brutalmente duro. Sin
embargo, no logré comer mucho. Había allí una lámpara… luz… y afuera una
oscuridad bestial. No volví a acercarme al hombre notable que había pronunciado un
juicio sobre las aventuras de su espíritu en esta tierra. La voz se había ido. ¿Qué más
había habido allí? Pero por supuesto me enteré de que al día siguiente los
peregrinos enterraron algo en un foso cavado en el fango.
“Y luego casi tuvieron que sepultarme a mí.
“Sin embargo, como podéis ver, no fui a reunirme allí con Kurtz. No fue así.
Permanecí aquí, para soñar la pesadilla hasta el fin, y para demostrar mi lealtad
hacia Kurtz una vez más. El destino. ¡Mi destino! ¡Es curiosa la vida… ese misterioso
arreglo de lógica implacable con propósitos fútiles! Lo más que de ella se puede
esperar es cierto conocimiento de uno mismo… que llega demasiado tarde… una
cosecha de inextinguibles remordimientos. He luchado a brazo partido con la muerte.
Es la contienda menos estimulante que podéis imaginar. Tiene lugar en un gris
impalpable, sin nada bajo los pies, sin nada alrededor, sin espectadores, sin clamor,
sin gloria, sin un gran deseo de victoria, sin un gran temor a la derrota, en una
atmósfera enfermiza de tibio escepticismo, sin demasiada fe en los propios
derechos, y aún menos en los del adversario. Si tal es la forma de la última
sabiduría, la vida es un enigma mayor de lo que alguno de nosotros piensa. Me
hallaba a un paso de aquel trance y sin embargo descubrí, con humillación, que no
tenía nada que decir. Por esa razón afirmo que Kurtz era un hombre notable. Él tenía
algo que decir. Lo decía. Desde el momento en que yo mismo me asomé al borde,
comprendí mejor el sentido de su mirada, que no podía ver la llama de la vela, pero
que era lo suficientemente amplia como para abrazar el universo entero, lo
suficientemente penetrante como para introducirse en todos los corazones que baten
en la oscuridad. Había resumido, había juzgado. ‘¡El horror!’ Era un hombre notable.
Después de todo, aquello expresaba cierta creencia. Había candor, convicción, una
nota vibrante de rebeldía en su murmullo, el aspecto espantoso de una verdad
apenas entrevista… una extraña mezcla de deseos y de odio. Y no es mi propia
agonía lo que recuerdo mejor: una visión de grisura sin forma colmada de dolor
físico, y un desprecio indiferente ante la disipación de todas las cosas, incluso de
ese mismo dolor. ¡No! Es su agonía lo que me parece haber vivido. Cierto que él
había dado el último paso, había traspuesto el borde, mientras que a mí me había
sido permitido volver sobre mis pasos. Tal vez toda la diferencia estribe en eso; tal
vez toda la sabiduría, toda la verdad, toda la sinceridad, están comprimidas en aquel
inapreciable momento de tiempo en el que atravesamos el umbral de lo invisible. Tal
vez! Me gustaría pensar que mi resumen no fuera una palabra de desprecio
indiferente. Mejor fue su grito.., mucho mejor. Era una victoria moral pagada por las
innumerables derrotas, por los terrores abominables y las satisfacciones igualmente
abominables. ¡Pero era una victoria! Por eso permanecí leal a Kurtz hasta el final y
aún más allá, cuando mucho tiempo después volví a oír, no su voz, sino el eco de su
magnífica elocuencia que llegaba a mí de un alma tan translúcidamente pura como el
cristal de roca.
“No, no me enterraron, aunque hay un periodo de tiempo que recuerdo
confusamente, con un asombro tembloroso, como un paso a través de algún mundo
inconcebible en el que no existía ni esperanza ni deseo. Me encontré una vez más en
la ciudad sepulcral, sin poder tolerar la contemplación de la gente que se apresuraba
por las calles para extraer unos de. otros un poco de dinero, para devorar su infame
comida, para tragar su cerveza malsana, para soñar sus sueños insignificantes y
torpes. Era una infracción a mis pensamientos. Eran intrusos cuyo conocimiento de
la vida constituía para mí una pretensión irritante, porque estaba seguro de que no
era posible que supieran las cosas que yo sabía. Su comportamiento, que era
sencillamente el comportamiento de los individuos comunes que iban a sus negocios
con la afirmación de una seguridad perfecta, me resultaba tan ofensivo como las
ultrajantes ostentaciones de insensatez ante un peligro que no se logra comprender.
No sentía ningún deseo de demostrárselo, pero tenía a veces dificultades para
contenerme y no reírme en sus caras, tan llenas de estúpida importancia. Me
atrevería a decir que no estaba yo muy bien en aquella época. Vagaba por las calles
(tenía algunos negocios que arreglar) haciendo muecas amargas ante personas
respetables. Admito que mi conducta era inexcusable, pero en aquellos días mi
temperatura rara vez era normal. Los esfuerzos de mi querida tía para restablecer
‘mis fuerzas’ me parecían algo del todo inadecuado. No eran mis fuerzas las que
necesitaban restablecerse, era mi imaginación la que necesitaba un sedante.
Conservaba el paquete de papeles que Kurtz me había entregado, sin saber
exactamente qué debía hacer con ellos. Su madre había muerto hacía poco,
asistida, como supe después, por su prometida. Un hombre bien afeitado, con
aspecto oficial y lentes de oro, me visitó un día y comenzó a hacerme algunas
preguntas, al principio veladas, luego suavemente apremiantes, sobre lo que él daba
en llamar ‘ciertos documentos’. No me sorprendió, porque yo había tenido dos
discusiones con el director a ese respecto. Me había negado a ceder el más
pequeño fragmento de aquel paquete, y adopté la misma actitud ante el hombre de
los lentes de oro. Me hizo algunas amenazas veladas y arguyó con acaloramiento
que la compañía tenía derecho a cada ápice de información sobre sus ‘territorios’.
Según él, el conocimiento del señor Kurtz sobre las regiones inexploradas debía ser
por fuerza muy amplio y peculiar, dada su gran capacidad y las deplorables
circunstancias en que había sido colocado. Sobre eso, le aseguré que el
conocimiento del señor Kurtz, aunque extenso, no tenía nada que ver con los
problemas comerciales o administrativos. Entonces invocó el nombre de la ciencia.
Sería una pérdida incalculable que… etcétera. Le ofrecí el informe sobre la
‘Supresión de las Costumbres Salvajes’, con el post-scriptum borrado. Lo cogió
ávidamente, pero terminó por dejarlo a un lado con un aire de desprecio. ‘No es esto
lo que teníamos derecho a esperar’, observó. ‘No espere nada más’, le dije. ‘Se trata
sólo de cartas privadas.’
“Se retiró, emitiendo algunas vagas amenazas de procedimientos legales, y no le vi
más. Pero otro individuo, diciéndose primo de Kurtz, apareció dos días más tarde,
ansioso por oír todos los detalles sobre los últimos momentos de su querido
pariente. Incidentalmente, me dio a entender que Kurtz había sido en esencia un gran
músico. ‘Hubiera podido tener un éxito inmenso’, dijo aquel hombre, que era
organista, creo, con largos y lacios cabellos grises que le caían sobre el cuello
grasiento de la chaqueta. No tenía yo razón para poner en duda aquella declaración,
y hasta el día de hoy soy incapaz de decir cuál fue la profesión de Kurtz, si es que
tuvo alguna… cuál fue el mayor de sus talentos. Lo había considerado como un pintor
que escribía a veces en los periódicos, o como un periodista a quien le gustaba
pintar, pero ni siquiera el primo (que no dejaba de tomar rapé durante la
conversación) pudo decirme cuál había sido exactamente su profesión. Se había
tratado de un genio universal. Sobre este punto estuve de acuerdo con aquel viejo
tipo, que entonces se sonó estruendosamente la nariz con un gran pañuelo de
algodón y se marchó con una agitación senil, llevándose algunas cartas de familia y
recuerdos sin importancia. Por último apareció un periodista ansioso por saber algo
de la suerte de su ‘querido colega’. Aquel visitante me informó que la esfera propia
de Kurtz era la política en su aspecto popular. Tenía cejas pobladas y rectas, cabello
áspero, muy corto, un monóculo al extremo de una larga cinta, y cuando se sintió
expansivo confesó su opinión de que Kurtz en realidad no sabía escribir, pero,
¡cielos!, qué manera de hablar la de aquel hombre. Electrizaba a las multitudes.
Tenía fe, ¿ve usted?, tenía fe. Podía convencerse y llegar a creer cualquier cosa,
cualquier cosa. Hubiera podido ser un espléndido dirigente para un partido
extremista. ‘¿Qué partido?’, le pregunté. ‘Cualquier partido’, respondió. ‘Era un… un
extremista. ‘Inquirió si no estaba yo de acuerdo, y asentí. Sabía yo, me preguntó, qué
lo había inducido a ir a aquel lugar. ‘Sí’, le dije, y enseguida le entregué el famoso
informe para que lo publicara, si lo consideraba pertinente. Lo hojeó
apresuradamente, mascullando algo todo el tiempo. Juzgó que ‘podía servir’, y se
retiró con el botín.
“De manera que me quedé al fin con un manojo de cartas y el retrato de una joven.
Me causó impresión su belleza… o, mejor dicho, la belleza de su expresión. Sé que la
luz del sol también puede contribuir a la mentira, sin embargo uno podía afirmar que
ninguna manipulación de la luz y de la sombra podía haber inventado los delicados y
veraces rasgos de aquellas facciones. Parecía estar dispuesta a escuchar sin
ninguna reserva mental, sin sospechas, sin ningún pensamiento para sí misma.
Decidí ir yo mismo a devolver esas cartas. ¿Curiosidad? Sí, y tal vez también algún
otro sentimiento. Todo lo que había pertenecido a Kurtz había pasado por mis
manos: su alma, su cuerpo, su estación, sus proyectos, su marfil, su carrera. Sólo
quedaba su recuerdo y su prometida, y en cierto modo quería también relegar eso al
pasado… para entregar personalmente todo lo que de él permanecía en mí a ese
olvido que es la última palabra de nuestro destino común. No me defiendo. No tenía
una clara percepción de lo que realmente quería. Tal vez era un impulso de
inconsciente lealtad, o el cumplimiento de una de esas irónicas necesidades que
acechan en la realidad de la existencia humana. No lo sé. No puedo decirlo, pero fui.
“Pensaba que su recuerdo era como los otros recuerdos de los muertos que se
acumulan en la vida de cada hombre… una vaga huella en el cerebro de las sombras
que han caído en él en su rápido tránsito final. Pero ante la alta y pesada puerta,
entre las elevadas casas de una calle tan tranquila y decorosa como una avenida
bien cuidada en un cementerio, tuve una visión de él en la camilla, abriendo la boca
vorazmente como tratando de devorar toda la tierra y a toda su población con ella.
Vivió entonces ante mí, vivió tanto como había vivido alguna vez… Una sombra
insaciable de apariencia espléndida, de realidad terrible, una sombra más oscura
que las sombras de la noche, envuelta notablemente en los pliegues de su brillante
elocuencia. La visión pareció entrar en la casa conmigo: las parihuelas, los
fantasmales camilleros, la multitud salvaje de obedientes adoradores, la oscuridad
de la selva, el brillo de la lejanía entre los lóbregos recodos, el redoble de tambores,
regular y apagado como el latido de un corazón… el corazón de las tinieblas
vencedoras. Fue un momento de triunfo para la selva, una irrupción invasora y
vengativa, que me pareció que debía guardar sólo para la salvación de otra alma. Y
el recuerdo de lo que había oído decir allá lejos, con las figuras cornudas
deslizándose a mis espaldas, ante el brillo de las fogatas, dentro de los bosques
pacientes, aquellas frases rotas que llegaban hasta mí, volvieron a oírse en su fatal y
terrible simplicidad. Recordé su abyecta súplica, sus abyectas amenazas, la escala
colosal de sus viles deseos, la mezquindad, el tormento, la tempestuosa agonía de
su espíritu. Y más tarde me pareció ver su aire sosegado y displicente cuando me
dijo un día: ‘Esta cantidad de marfil es ahora realmente mía. La compañía no pagó
nada por ella. Yo la he reunido a costa de grandes riesgos personales. Temo que
intenten reclamarla como suya. ¡Hmm! Es un caso difícil. ¿Qué cree usted que deba
hacer? ¿Resistir? ¿Eh? Lo único que pido es justicia…’ Lo único que quería era
justicia… sólo justicia. Llamé al timbre ante una puerta de caoba en el primer piso, y,
mientras esperaba, él parecía mirarme desde los cristales, mirarme con esa amplia
y extensa mirada con que había abrazado, condenado, aborrecido todo el universo.
Me pareció oír nuevamente aquel grito: ‘¡Ah! el horror! ¡El horror!’
“Caía el crepúsculo. Tuve que esperar en un amplio salón con tres grandes ventanas,
que iban del suelo al techo, semejantes a tres columnas luminosas y acortinadas.
Las patas curvas y doradas y los respaldos de los muebles brillaban bajo el reflejo de
la luz. La alta chimenea de mármol ostentaba una blancura fría y monumental. Un
gran piano hacía su aparición masiva en una esquina; con oscuros destellos en las
superficies planas como un sombrío y pulimentado sarcófago. Se abrió una puerta,
se cerró. Yo me puse de pie.
“Vino hacia mí, toda de negro, con una cabeza pálida. Parecía flotar en la oscuridad.
Llevaba luto. Hacía más de un año que él había muerto, más de un año desde que
las noticias habían llegado, pero parecía que ella pensaba recordarlo y llorarlo
siempre. Tomó mis manos entre las suyas y murmuró: ‘Había oído decir que venía
usted.’
“Advertí que no era muy joven.., quiero decir que no era una muchacha. Tenía una
capacidad madura para la confianza, para el sufrimiento. La habitación parecía
haberse ensombrecido, como si toda la triste luz de la tarde nublada se hubiera
concentrado en su frente. Su cabellera clara, su pálido rostro, sus cejas
delicadamente trazadas, parecían rodeados por un halo ceniciento desde el que me
observaban sus ojos oscuros. Su mirada era sencilla, profunda, confiada y leal.
Llevaba la cabeza como si estuviera orgullosa de su tristeza, como si pudiera decir:
‘Sólo yo sé llorarle como se merece. Pero mientras permanecíamos aún con las
manos estrechadas, apareció en su rostro una expresión de desolación tan intensa
que percibí que no era una de esas criaturas que se convierten en juguete del
tiempo. Para ella él había muerto apenas ayer. Y, ¡por Júpiter!, la impresión fue tan
poderosa que a mí también me pareció que hubiera muerto sólo ayer, es más, en
ese mismo momento. Los vi juntos en ese mismo instante… la muerte de él, el dolor
de ella… ¿me comprendéis? Los vi juntos, los oí juntos. Ella decía en un suspiro
profundo: ‘He sobrevivido’, mientras mis oídos parecían oír con toda claridad,
mezclado con el tono de reproche desesperado de ella, el grito en el que él resumía
su condenación eterna. Me pregunté, con una sensación de pánico en el corazón,
como si me hubiera equivocado al penetrar en un sitio de crueles y absurdos
misterios que un ser humano no puede tolerar, qué hacía yo ahí. Me indicó una silla.
Nos sentamos. Coloqué el paquete en una pequeña mesa y ella puso una mano
sobre él. ‘Usted lo conoció bien’, murmuró, después de un momento de luctuoso
silencio.
“‘La intimidad surge rápidamente allá’, dije. ‘Le conocí tan bien como es posible que
un hombre conozca a otro.’
“‘Y lo admiraba’, dijo. ‘Era imposible conocerlo y no admirarlo. ¿No es cierto?’
“‘Era un hombre notable’, dije, con inquietud. Luego, ante la exigente fijeza de su
mirada que parecía espiar las palabras en mis mismos labios, proseguí: ‘Era
imposible no…’
“‘Amarlo, concluyó ansiosamente, imponiéndome silencio, reduciéndome a una
estupefacta mudez. ‘¡Es muy cierto! ¡Muy cierto! ¡Piense que nadie lo conocía mejor
que yo! ¡Yo merecí toda su noble confianza! Lo conocí mejor que nadie.’
“‘Lo conoció usted mejor que nadie’, repetí. Y tal vez era cierto. Pero ante cada
palabra que pronunciaba, la habitación se iba haciendo más oscura, y sólo su frente,
tersa y blanca, permanecía iluminada por la inextinguible luz de la fe y el amor.
“‘Usted era su amigo’, continuó. ‘Su amigo’, repitió en voz un poco más alta. ‘Debe
usted haberlo sido, ya que él le entregó esto y lo envió a mí. Siento que puedo hablar
con usted… y, ¡oh!… debo hablar. Quiero que usted, usted que oyó sus últimas
palabras, sepa que he sido digna de él… No se trata de orgullo… Sí. De lo que me
enorgullezco es de saber que he podido entenderlo mejor que cualquier otra persona
en el mundo… Él mismo me lo dijo. Y desde que su madre murió no he tenido a
nadie… a nadie… para… para…
“Yo escuchaba. La oscuridad se hacía más profunda. Ni siquiera estaba seguro de
que él me hubiera dado el paquete correcto. Tengo la firme sospecha de que, según
sus deseos, yo debía haber cuidado de otro paquete de papeles, que, después de
su muerte, vi examinar al director bajo la lámpara. Y la joven hablaba, aliviando su
dolor en la certidumbre de mi simpatía; hablaba de la misma manera en que beben
los hombres sedientos. Le oí decir que su compromiso con Kurtz no había sido
aprobado por su familia. No era lo suficientemente rico, o algo así. Y, en efecto, no
sé si no había sido pobre toda su vida. Me había dado a entender que había sido la
impaciencia de una pobreza relativa lo que le había llevado allá.
“‘¿Quién, quién que lo hubiera oído hablar una sola vez no se convertía en su
amigo?’, decía. ‘Atraía a los hombres hacia él por lo que había de mejor en ellos.’ Me
miró con intensidad. ‘Es el don de los grandes hombres’, continuó, y el sonido de su
voz profunda parecía tener el acompañamiento de todos los demás sonidos, llenos
de misterios, desolación y tristeza que yo había oído en otro tiempo: el murmullo del
río el susurro de la selva sacudida por el viento, el zumbido de las multitudes, el débil
timbre de las palabras incomprensibles gritadas a distancia, el aleteo de una voz que
hablaba desde el umbral de unas tinieblas eternas. ‘¡Pero usted lo ha oído! ¡Usted lo
sabe!’, exclamó.
“‘¡Sí, lo sé’, le dije con una especie de desesperación en el corazón, pero incliné la
frente ante la fe que veía en ella, ante la grande y redentora ilusión que brillaba con un
resplandor sobrenatural en las tinieblas, en las tinieblas triunfantes de las que no
hubiera yo podido defenderla… de las que tampoco me hubiera yo podido defender.
“‘¡Qué pérdida ha sido para mí… para nosotros!’, se corrigió con hermosa
generosidad. Y añadió en un murmullo: ‘Para el mundo.’ Los últimos destellos del
crepúsculo me permitieron ver el brillo de sus ojos, llenos de lágrimas que no
caerían. ‘He sido muy feliz, muy afortunada. Demasiado feliz. Demasiado afortunada
por un breve tiempo. Y ahora soy desgraciada… para toda la vida.’
“Se levantó; su brillante cabello pareció atrapar toda la luz que aún quedaba en un
resplandor de oro. Yo también me levanté.
“‘Y de todo esto’, continuó tristemente, ‘de todo lo que prometía, de toda su grandeza,
de su espíritu generoso y su noble corazón no queda nada… nada más que un
recuerdo. Usted y yo…’
“‘Lo recordaremos siempre’, añadí con premura. “‘¡No!’, gritó ella. ‘Es imposible que
todo esto se haya perdido, que una vida como la suya haya sido sacrificada sin dejar
nada, sino tristeza. Usted sabe cuán amplios eran sus planes. También yo estaba
enterada de ellos, quizás no podía comprenderlos, pero otros los conocían. Algo
debe quedar. Por lo menos sus palabras no han muerto.’
“‘Sus palabras permanecerán’, dije.
“‘Y su ejemplo’, susurró, más bien para sí misma. ‘Los hombres le buscaban; la
bondad brillaba en cada uno de sus actos. Su ejemplo…’
“‘Es cierto’, dije, ‘también su ejemplo. Sí, su ejemplo. Me había olvidado.’
“‘Pero yo no. Yo no puedo… no puedo creer… no aún. No puedo creer que nunca más
volveré a verlo, que nadie lo va a volver a ver, nunca, nunca, nunca.’
“Extendió los brazos como si tratara de asir una figura que retrocediera, con las
pálidas manos enlazadas, a través del marchito y estrecho resplandor de la ventana.
¡No verlo nunca! Yo lo veía con bastante claridad en ese momento. Yo veré aquel
elocuente fantasma mientras viva, de la misma manera en que la veré a ella, una
sombra trágica y familiar, parecida en ese gesto a otra sombra, trágica también,
cubierta de amuletos sin poder, que extendía sus brazos desnudos frente al reflejo de
la infernal corriente, de la corriente que procedía de las tinieblas. De pronto dijo en
voz muy baja: ‘Murió como había vivido.’
“‘Su fin’, dije yo, con una rabia sorda que comenzaba a apoderarse de mí, ‘fue en
todo sentido digno de su vida.’
“‘Y yo no estuve con él’, murmuró. Mi cólera cedió a un sentimiento de infinita piedad.
“‘Todo lo que pudo hacerse…’, murmuré.
“‘¡Ah, pero yo creía en él más que cualquier otra persona en el mundo, más que su
propia madre, más que… que él mismo! ¡Él me necesitaba! ¡A mí! Yo hubiera
atesorado cada suspiro, cada palabra, cada gesto, cada mirada.’
“Sentí un escalofrío en el pecho. ‘No, no’, dije con voz sorda.
“‘Perdóneme, he padecido tanto tiempo en silencio… en silencio… ¿Estuvo usted con
él… hasta el fin? Pienso en su soledad. Nadie cerca que pudiera entenderlo como yo
hubiera podido hacerlo. Tal vez nadie que oyera…’
“‘Hasta el fin’, dije temblorosamente. ‘Oí sus últimas palabras…’ Me detuve lleno de
espanto.
“‘Repítalas’, murmuró con un tono desconsolado. ‘Quiero… algo… algo… para poder
vivir.’
“Estaba a punto de gritarle: ‘¿No las oye usted?’ La oscuridad las repetía en un
susurro que parecía aumentar amenazadoramente como el primer silbido de un
viento creciente. ‘¡Ah, el horror! ¡El horror!’
“‘Su última palabra… para vivir con ella’, insistía. ‘¿No comprende usted que yo lo
amaba… lo amaba?’
“Reuní todas mis fuerzas y hablé lentamente.
“‘La última palabra que pronunció fue el nombre de usted.’
“Oí un ligero suspiro y mi corazón se detuvo bruscamente, como si hubiera muerto
por un grito triunfante y terrible, por un grito de inconcebible triunfo, de inexplicable
dolor. ‘¡Lo sabía! ¡Estaba segura!…’ Lo sabía. Estaba segura. La oí llorar; ocultó el
rostro entre las manos. Me parecía que la casa iba a derrumbarse antes de que yo
pudiera escapar, que los cielos caerían sobre mi cabeza. Pero nada ocurrió. Los
cielos no se vienen abajo por semejantes tonterías. ¿Se habrían desplomado, me
pregunto, si le hubiera rendido a Kurtz la justicia que le debía? ¿No había dicho él
que sólo quería justicia? Pero me era imposible. No pude decírselo a ella. Hubiera
sido demasiado siniestro…”
Marlow calló, se sentó aparte, concentrado y silencioso, en la postura de un Buda en
meditación. Durante un rato nadie se movió.
—Hemos perdido el primer reflujo —dijo de pronto el director.
Yo levanté la cabeza. El mar estaba cubierto por una densa faja de nubes negras, y
la tranquila corriente que llevaba a los últimos confines de la tierra fluía
sombríamente bajo el cielo cubierto… Parecía conducir directamente al corazón de
las inmensas tinieblas.
El corazón de las tinieblas se terminó de imprimir en el mes de noviembre de
1998, en los talleres de Litoarte, S.A. de C.V., San Andrés Atoto 21-A, Col.
Industrial Atoto, Naucalpan, CP 53519, Estado de México, con un tiraje de 10 000
ejemplares.
Cuidado de edición y diseño de portada: Dirección General de Publicaciones del
Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

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Libro de Buen Amor – Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

Libro de Buen Amor

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita

JESÚS NAZARENUS REX JUDAEORUM
Ésta es oraçión qu’el arçipreste fizo a Dios quando començó este libro suyo.
Señor Dios, que a los jodíos pueblo de perdiçión 1
sacaste de cabtivo del poder de Faraón,
a Daniel sacaste del poço de Babilón,
saca a mi coytado d’esta mala presión.
Señor, tú diste graçia a Ester la reyna, 2
ant’el rey Asuero ovo tu graçia digna,
Señor, dame tu graçia e tu merçed ayna,
sácame d’esta laçeria, d’esta presión.
Señor, tú que sacaste al Profeta del lago, 3
de poder de gentiles sacaste a Santiago,
a Santa Marina libreste del vientre del drago,
libra a mí, Dios mío, d’esta presión do yago.
Señor, tú que libreste a santa Susaña, 4
del falso testimonio de la falsa compaña,
líbrame, mi Dios, d’esta y coyta tanmaña,
dame tu misericordia, tira de mí tu saña.
A Jonás, el Profeta, del vientre de la ballena 5
en que moró tres días dentro en la mar llena,
sacástelo tú sano así como de casa buena;
Mexías, tú me salva sin culpa e sin pena.
Señor, a los tres niños de muerte los libreste, 6
del forno del grand fuego sin lesión saqueste,
de las ondas del mar a sant Pedro tomeste:
Señor, de aquesta coyta saca al tu arçipreste.
Aun tú que dixiste a los tus servidores, 7
que con ellos serías ante reyes desidores,
et los darías palabras, que fabrasen mejores,
Señor, tú sey conmigo, guárdame de traydores.
El nombre profetizado fuer grande Hemanuel, 8
Fijo de Dios muy alto Salvador de Israel,
en la salutaçión el ángel Gabriel
te fizo çierta d’esto, tú fuiste çierta d’él.
Por esta profeçía e por la salutaçión 9
por el nombre tan alto Hemanuel salvaçión,
Señora, dame tu graçia, et dame consolaçión,
gáname del tu fijo graçia et bendiçión.
Dame graçia, señora de todos los señores, 10
tira de mí tu saña, tira de mí rencores:
faz que todo se torne sobre los mezcladores,
ayúdame, Gloriosa, Madre de pecadores.
Intellectum tibi dabo, et instruam te in via hac, qua
gradieris: firmabo super te oculos meos.
El profeta David, por Espíritu Santo fablando, a cada uno de nos diçe en el psalmo triçésimo primo del
verso deçeno, que es el que primero suso escrebí. En el qual verso entiendo yo tres cosas, las quales diçen
algunos doctores filósofos que son en el alma et propriamente suyas, que son éstas: entendimiento, voluntad,
et memoria. Las quales digo, si buenas son, que trahen al alma consolaçión, e aluengan la vida al cuerpo, et
danle honra con pro e bona fama: ca por el buen entendimiento entiende hombre el bien, et sabe d’ello el
mal. Et por ende una de las petiçiones que demandó David a Dios, porque sopiese la su Ley, fuer ésta: Da
mihi intellectum, etc. Ca el home entendiendo el bien, avrá de Dios temor; el qual es comienço de toda
sabiduría, de que dise el dicho profeta: Initium Sapientiae timor Domini. Ca luego es el buen entendimiento
en los que temen a Dios, et por ende sigue la raçón el dicho David en otro logar, en que dise: Intellectus
bonus omnibus facientibus eum, etc. Otrosí dise Salomón en el libro de la Sapiençia: Qui timet Dominum,
façiet bona. Et esto se entiende en la primera raçón del verso, que yo començé en lo que dise: Intellectum tibi
dabo; et desque está informada et instruida el alma que se ha de salvar en el cuerpo limpio, e piensa, e ama, e
desea omen el buen amor de Dios, e sus mandamientos: et esto a tal, dise el dicho profeta: Et meditabar in
mandatis tuis quae dilexi: et otro si desecha, et aborresçe el alma el pecado del amor loco d’este mundo. Et
d’esto dise el psalmista: Qui diligitis Dominum, odite malum, etc. Et por ende se sigue luego la segunda
raçón del verso que dise: Et instruam te. Et desque el alma con el buen entendimiento e la buena voluntad
con buena remembranza escoge, e toma el buen amor, que es el de Dios, et pónelo en la çela de la memoria,
porque se acuerde d’ello, e determine al cuerpo a faser buenas obras, por las cuales se salva el ome. Et d’esto
dise san Juan Apóstol en el Apocalypsi de los buenos que mueren bien obrando: Beati mortui, qui in Domino
moriuntur: opera enim illorum sequuntur illos. Et dise otrosí el Profeta: Tu reddes unicuique juxta opera
sua. Et d’esto concluye la terçera raçón del verso primero, que dise: In via hac qua gradieris: firmabo super
te oculos meos. Et por ende debemos tener sin dubda, que obras siempre están en la buena memoria, que con
buen entendimiento et buena voluntad escoge el alma, et ama el amor de Dios por se salvar por ellas. Ca
Dios por las buenas obras que fase omen en la carrera de salvaçión, en que anda, firma sus ojos sobre él. Et
ésta es la sentençia del verso, que empieça primero: Breves, como quier’ que a las vegadas se acuerde pecado
e lo quiera e lo obre; este desacuerdo non viene del buen entendimiento, nin tal querer non viene de la buena
voluntad, nin de la buena obra viene tal obra; ante viene de la fraquesa de la natura humana, que es en el
omen, que se non puede escapar de pecado. Ca dise Catón: Nemo sine crimine vivit. Et díselo Job: Quis
potest facere mundum de inmundo conceptum semine? Quasi dicat: Ninguno, salvo Dios. Et viene otrosí de
la mengua del buen entendimiento, que lo non ha entonçe, porque ome piensa vanidades de pecado. Et d’este
tal pensamiento dise el psalmista: Cogitationes hominum vanae sunt. E dise otrosí a los tales, mucho
disolutos et de mal entendimiento: Nolite fieri sicut equus et mulus, in quibus non est intellectus. Et aún
digo, que viene de la pobledat de la memoria, que non está instructa de buen entendimiento; ansí que non
puede amar el bien, nin acordarse d’ello para lo obrar. Et viene otrosí esto por raçón que la natura humana,
que más aparejada e inclinada es al mal que al bien, e a pecado que a bien: esto dise el Decreto. Et éstas son
algunas de las raçones, porque son fechos los libros de la ley et del derecho, e de castigos, et costumbres, et
de otras çiençias: otrosí fueron la pintura et la escritura, e las imágenes primerament’ falladas por raçón que
la memoria del ome deslesnadera es: esto dise el Decreto: ca tener todas las cosas en la memoria, et non
olvidar algo, más es de la Divinidad que de la humanidad: esto dise el Decreto. Et por esto es más apropiado
a la memoria del alma, que es spíritu de Dios criado et perfecto, et vive siempre en Dios. Otrosí dise David:
Anima mea illi vivet: quaerite Dominum, et vivet anima vestra. Et non es apropiada al cuerpo humano, que
dura poco tiempo. Et dise Job: breves dies hominis sunt. Et otrosí dise: Homo natus de muliere: breves dies
hominis sunt. Et dise sobre esto David: Anni nostri sicut aranea meditabuntur, etc. Onde yo de mi poquilla
çiençia et de mucha et grand rudeza entiendo quántos bienes fasen perder el alma e el cuerpo, et los males
muchos que les aparejan e dan el amor loco del pecado del mundo. Escogiendo et amando con buena
voluntad salvaçión et gloria del paraíso para mi ánima, fis’ esta chica escritura en memoria de bien: et
compuse este nuevo libro, en que son escritas algunas maneras e maestrías et sotilesas engañosas del loco
amor del mundo, que usan algunos para pecar. Las quales leyéndolas et oyéndolas omen o muger de buen
entendimiento, que se quiera salvar, descogerá, et obrar lo ha: et podrá desir con el psalmista: Viam veritatis,
etc. Otrosí los de poco entendimiento no se perderán: ca leyendo et coydando el mal que fasen o tienen en la
voluntat de faser, et los porfiosos de sus malas maestrías e descobrimiento publicado de sus muchas
engañosas maneras, que usan para pecar et engañar las mugeres, acordarán la memoria e non despreçiarán su
fama: ca mucho es cruel quien su fama menospreçia: el Derecho lo dise; et querrán más amar a sí mesmos
que al pecado: que la ordenada caridad de sí mesmo comienza; el Decreto lo dise: et desecharán et
aborreçerán las maneras et maestrías malas del loco amor, que fase perder las almas et caer en saña de Dios,
apocando la vida et dando mala fama, et desonra, et muchos daños a los cuerpos; en pero, porque es humanal
cosa el pecar, si algunos (lo que non los consejo) quisieren usar del loco amor aquí fallarán algunas maneras
para ello, e ansí este mi libro a todo omne e muger, al cuerdo e al non cuerdo, al que entendiere el bien et
escojiere salvaçión, e obrare bien amando a Dios: otrosí al que quisiere el amor loco en la carrera que
andubiere puede cada uno bien deçir: Intelleclum tibi dabo. Et ruego et consejo a quien lo viere et lo oyere,
que guarde bien las tres cosas del alma, lo primero que quiera bien entender e bien judgar la mi intençión
porque la fis’, et la sentençia de lo que y dise, et non al son feo de las palabras, que, segund derecho, las
palabras sirven a la intençión et non la intençión a las palabras. Et Dios sabe que la mi intençión no fuer de
lo faser por dar manera de pecar ni por mal desir, más fuer por reduçir a toda persona a memoria buena de
bien obrar et dar ensiempro de buenas costumbres e castigos de salvaçión: et porque sean todos aperçebidos,
e se puedan mejor guardar de tantas maestrías como algunos usan por el loco amor. Ca dise sant Gregorio,
que menos fieren al ome los dardos que ante son vistos, et mejor nos podemos guardar, de lo que ante hemos
visto. Et compóselo otrosí a dar algunas lecçiones e muestra de metrificar et rimar, et de trobar: con trovas et
notas, et rimas, et decades, et versos, que fis’ complidamente segund que esta çiençia requiere. Et porque de
toda buena obra es comienzo et fundamento Dios, e la fe católica, e díselo la primera decretal de las
Crementinas, que comienza: Fidei Catholicae fundamento; a do éste no es çimiento, no se puede faser obra
firme, ni firme edificio segund dise el Apóstol: por ende començé mi libro en el nombre de Dios, et tomé el
verso primero del psalmo que es el de la Santa Trinidad, et de la fe católica, que es: Quicumque vult, el verso
que dise: Ita Deus Pater, Deus Filius, etc.
Aquí diso de cómo el arçipreste rogó a Dios, que le
diese graçia que podiese faser este libro.
Dios Padre, Dios Fijo, Dios Spíritu Santo: 11
El que naçió de la Virgen, esfuerço nos dé tanto,
que siempre lo loemos en prosa et en canto,
sea de nuestras almas cobertura et manto.
El que fiso el çielo, la tierra, et el mar, 12
Él me done su graçia, e me quiera alumbrar,
que pueda de cantares un librete rimar,
que los que lo oyeren, puedan solás tomar.
Tú, Señor Dios mío, qu’el omen crieste, 13
enforma e ayuda a mí, el tu açipreste,
que pueda faser un libro de buen amor aqueste,
que los cuerpos alegre, e a las almas preste.
Si queredes, señores, oír un buen solás, 14
escuchad el romanse, sosegad vos en pas,
non vos diré mentira en quanto en él yas’,
ca por todo el mundo se usa et se fas’.
Et porque mejor de todos sea escuchado, 15
fablarvos he por trobas e cuento rimado:
es un desir fermoso e saber sin pecado,
razón más plasentera, fablar más apostado.
Non tengades que es libro neçio de devaneo, 16
nin creades que es chufa algo que en él leo,
ca segund buen dinero yase en vil correo,
ansí en feo libro está saber non feo.
El axenús de fuera más negro es que caldera, 17
es de dentro muy blanco, más que la peñavera,
blanca farina está so negra cobertera,
azúcar negro e blanco está en vil cañavera.
Sobre la espina está la noble rosa flor, 18
en fea letra está saber de grand doctor;
como so mala capa yase buen bebedor,
ansí so el mal tabardo está buen amor.
Et porque de todo bien es comienço e raís 19
la Virgen Santa María, por ende yo, Juan Roís,
açipreste de Fita, d’ella primero fis’
cantar de los sus gosos siete que ansí dis’.
Gosos de Santa María.
Santa María 20
lus del día, todavía.
Tú me guía
Gáname graçia et bendiçión 21
et de Jesús consolaçión cantar de tu alegría.
que pueda con devoçión.
El primero goso que s’ lea 22
en çibdad de Galilea oviste mensagería.
Nazaret creo que sea
Del ángel que a ti vino 23
Gabriel santo et digno díxote «Ave María».
tróxote mensag’ divino
Tú, desque el mandado oíste 24
omilmente reçebiste; al fijo que Dios en ti envía.
luego, Virgen, conçebiste
En Belén acaeçió 25
el segund’ quando nasçió de ti, Virgen, el Mexía.
e sin dolor aparesçió
El terçer cuenta las leyes, 26
quando vinieron los reyes, en tu brazo do yasçía.
e adoraron al que veyes
Ofreçiol’ mirra Gaspar, 27
Melchor fue ençienso dar, al que Dios e ome seya.
oro ofreçió Baltasar
Alegría quarta e buena 28
fue quando la Magdalena qu’el tu fijo vevía.
te dixo gozo sin pena
El quinto plaser oviste, 29
quando al tu fijo viste gracias a Dios o subía.
sobir al çielo et diste
Madre, el tu goso sexto 30
quando en los discípulos presto en tu santa compañía.
fue Spíritu Santo puesto
Del septeno, Madre Santa, 31
la iglesia toda canta, al çielo e quanto y avía.
sobiste con gloria tanta
Reynas con tu fijo quisto 32
nuestro Señor Jesu Christo, en la gloria sin fallía.
por ti sea de nos visto
Gosos de Santa María.
Tú, Virgen, del çielo Reyna, 33
e del mundo melesina,
quiérasme oír muy digna por te servir.
que de tus gosos ayna
escriba yo prosa digna
Desir de tu alegría 34
rogándose todavía
yo pecador más al loor.
que a la grand culpa mía
non pares mientes, María,
Tú siete gosos oviste, 35
el primero, quando resçebiste
salutaçión Dios salvaçión.
del ángel, quando oíste
Ave María, conçebiste
El segundo fue complido, 36
quando fue de ti nasçido,
e sin dolor, por Salvador.
de los ángeles servido,
fue luego conosçido
Fue el tu goso terçero, 37
quando vino el lusero
a demostrar fue en guiar.
el camino verdadero
a los reyes compañero
Fue tu quarta alegría, 38
quando te dixo Magdalena María,
et Gabriel que viera a él.
que el tu fijo vevía,
e por señal te desía
El quinto fue de grand dulzor, 39
quando al tu fijo Señor
viste sobir de a él ir.
al çielo a su Padre mayor,
et tú fincaste con amor
Este sesto non es de dubdar, 40
los discípulos vino alumbrar
con espanto, Spíritu Santo.
tú estabas en ese lugar,
del çielo viste y entrar
El septeno non ha par 41
quando por ti quiso enviar
Dios tu Padre, como a Madre.
al çielo te fiso pujar
con él te fiso asentar:
Señora, oye al pecador,
que tu fijo el Salvador 42
por nos disçió e por nos murió.
del çielo en ti morador
el que pariste blanca flor,
Por nosotros pecadores 43
non aborrescas
pues por no ser merescas ruegal’ por nos.
Madre de Dios,
ant’él connusco parescas
nuestras almas le ofrescas.
Aquí fabla de cómo todo ome entre los sus cuydados
se deve alegrar: et de la disputación que los griegos
et los romanos en uno ovieron.
Palabras son de sabio, e díxolo Catón, 44
que omen a sus coydados, que tiene en coraçón,
entreponga plaseres e alegre la raçón,
que la mucha tristeça mucho coydado pon’;
et porque de buen seso non puede omen reír, 45
avré algunas burlas aquí a enxerir:
cada que las oyerdes non querades comedir,
salvo en la manera del trovar et del desir.
Entiende bien mis dichos, e piensa la sentençia, 46
non me contesca contigo como al doctor de Greçia
con ‘l rivaldo romano e con su poca sabiençia,
quando demandó Roma a Greçia la sçiencia.
Ansí fuer, que romanos las leyes non avíen, 47
fueron las demandar a griegos que las teníen;
respondieron los griegos, que non los meresçíen,
nin las podrían entender, pues que tan poco sabíen(11).
Pero si las queríen para por ellas usar, 48
que ante les convenía con sus sabios disputar,
por ver si las entendíen, e meresçían levar:
esta respuesta fermosa daban por se escusar.
Respondieron romanos, que los plasía de grado; 49
para la disputaçión pusieron pleyto firmado:
mas porque non entendíen el lenguaje non usado,
que disputasen por señas, por señas de letrado.
Pusieron día sabido todos por contender, 50
fueron romanos en coyta, non sabían qué se faser,
porque non eran letrados, nin podrían entender
a los griegos doctores, nin al su mucho saber.
Estando en su coyta dixo un çibdadano, 51
que tomasen un ribaldo, un bellaco romano,
segund Dios le demostrase faser señas con la mano,
que tales las fisiese: fueles consejo sano.
Fueron a un bellaco muy grand et muy ardid: 52
dixiéronle: «Nos avemos con griegos nuestra convid’
»para disputar por señas: lo que tú quisieres pid’,
»et nos dártelo hemos, escúsanos d’esta lid.»
Vistiéronlo muy bien paños de grand valía, 53
como si fuese doctor en la filosofía;
subió en alta cátedra, dixo con bavoquía;
«D’oy más vengan los griegos con toda su porfía.»
Vino ay un griego, doctor muy esmerado, 54
escogido de griegos, entre todos loado,
sobió en otra cátedra, todo el pueblo juntado,
et comenzó sus señas, como era tratado.
Levantose el griego, sosegado, de vagar, 55
et mostró sólo un dedo, que está çerca el pulgar;
luego se asentó en ese mismo lugar;
levantose el ribaldo, bravo, de mal pagar.
Mostró luego tres dedos contra el griego tendidos, 56
el polgar con otros dos, que con él son contenidos
en manera de arpón, los otros dos encogidos,
asentose el nesçio, catando sus vestidos.
Levantose el griego, tendió la palma llana, 57
et asentose luego con su memoria sana
levantose el bellaco con fantasía vana,
mostró puño çerrado; de porfia avía gana.
A todos los de Greçia dixo el sabio griego: 58
«Meresçen los romanos las leyes, yo non gelas niego.»
Levantáronse todos con pas e con sosiego;
grand honra ovo Roma por un vil andariego.
Preguntaron al griego, qué fue lo que dixiera 59
por señas al romano, e qué le respondiera
dis: «Yo dixe, que es un Dios: el romano dixo, que era verdad,
»uno et tres personas, e tal señal fesiera.
»Yo dixe, que era todo a la su voluntad; 60
»respondió, que en su poder teníe el mundo, et dis
»desque vi, que entendíen, e creíen la Trinidad,
»entendí que meresçíen de leyes çertenidad.»
Preguntaron al bellaco, quál fuera su antojo. 61
Dis’: «Díxome, que con su dedo me quebrantaría el ojo,
»d’esto ove grand pesar, e tomé grand enojo,
»et respondile con saña, con ira e con cordojo:
»que yo l’ quebrantaría ante todas las gentes 62
»con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes.
»Díxom’ luego após esto, que le parase mientes,
»que me daría grand palmada en los oídos retinientes.
»Yo l’ respondí, que l’ daría una tal puñada, 63
»que en tiempo de su vida nunca la vies’ vengada;
»desque vio la pelea teníe mal aparejada,
»dexos’ de amenasar do non gelo presçian nada.»
Por esto dise la patraña de la vieja ardida, 64
non ha mala palabra, si non es a mal tenida;
verás, que bien es dicha, si bien fuese entendida,
entiende bien mi dicho, e avrás dueña garrida.
La bulra que oyeres, non la tengas en vil, 65
la manera del libro entiéndela sotil,
que saber bien e mal, desir encobierto e doñeguil
tú non fallarás uno de trovadores mil.
Fallarás muchas garças, non fallarás un uevo, 66
remendar bien non sabe todo alfayate nuevo,
a trobar con locura non creas que me muevo,
lo que buen amor dise, con raçón te lo pruebo.
En general a todos fabla la escritura, 67
los cuerdos con buen seso entenderán la cordura,
los mançebos livianos goárdense de locura,
escoja lo mejor el de buena ventura.
Las del buen amor son raçones encubiertas, 68
trabaja do fallares las sus señales çiertas,
si la raçón entiendes, o en el seso açiertas,
non dirás mal del libro, que agora refiertas.
Do coydares que miente, dise mayor verdat. 69
En las coplas pintadas yase la falsedat,
dicha buena o mala por puntos la jusgat,
las coplas con los puntos load o denostat.
De todos instrumentos yo libro só pariente, 70
bien o mal qual puntares, tal te dirá çiertamente,
qual tú desir quisieres, y fas punto y tente,
si me puntar sopieres, siempre me avrás en miente.
Aquí dise de cómo segund natura los omes e las
otras animalias quieren aver compañía con las
fembras.
Como dise Aristóteles, cosa es verdadera, 71
el mundo por dos cosas trabaja: la primera,
por aver mantenençia; la otra era
por aver juntamiento con fembra plasentera.
Si lo dixiese de mío, sería de culpar; 72
díselo grand filósofo, non só yo de rebtar;
de lo que dise el sabio non debemos dubdar,
que por obra se prueba el sabio e su fablar.
Que dis’ verdat el sabio claramente se prueba 73
omes, aves, animalias, toda bestia de cueva
quieren, segund natura, compaña siempre nueva;
et quanto más el omen que a toda cosa se mueva.
Digo muy más del omen, que de toda criatura: 74
todos a tiempo çierto se juntan con natura,
el omen de mal seso todo tiempo sin mesura
cada que puede quiere faser esta locura.
El fuego siempre quiere estar en la senisa, 75
como quier’ que más arde, quanto más se atisa,
el omen quando peca, bien ve que deslisa,
mas non se parte ende, ca natura lo entisa.
Et yo como soy omen como otro pecador, 76
ove de las mugeres a veses grand amor;
probar omen las cosas non es por ende peor,
e saber bien, e mal, e usar lo mejor(12).
De cómo el arcipreste fuer enamorado.
Así fuer que un tiempo una dueña me priso, 77
de su amor non fuy en ese tiempo repiso,
siempre avía d’ella buena fabla e buen riso,
nunca ál fiso por mí, ni creo que faser quiso.
Era dueña en todo, e de dueñas señora, 78
non podía estar solo con ella una hora,
mucho de omen se guardan allí do ella mora;
más mucho que non guardan los jodíos la Tora(13).
Sabe toda noblesa de oro e de seda, 79
complida de muchos bienes anda mansa e leda,
es de buenas costumbres, sosegada, e queda,
non se podría vençer por pintada moneda.
Enviel’ esta cantiga que es deyuso puesta 80
con la mi mensagera, que tenía empuesta;
dise verdad la fabla, que la dueña compuesta,
si non quier’el mandado, non da buena respuesta.
Dixo la dueña cuerda a la mi mensagera: 81
«Yo veo otras muchas creer a ti, parlera,
»et fállanse ende mal: castigo en su manera,
»bien como la raposa en agena mollera.»
Enxiemplo de cómo el león estava doliente, e las
otras animalias lo venían a ver.
Dis’ que yasíe doliente el león, de dolor: 82
todas las animalias viníen ver su señor,
tomó plaser con ellas, e sintiose mejor,
alegráronse todas mucho por su amor.
Por le faser plaser, et más le alegrar, 83
convidáronle todas que l’ daríen a yantar,
dixeron que mandase los que quisies’ matar:
mandó matar al toro, que podríe abastar.
Fis’ partidor al lobo, mandó, que a todos diese, 84
él apartó lo menudo para el león que comiese,
et para sí la canal, la mejor que omen viese:
al león dixo el lobo, que la mesa bendixiese.
«Señor», dis’, «tú estás flaco, esta vianda liviana 85
»cómela tú, señor, que t’ será buena e sana,
»para mí et los otros la canal que es vana.»
El león fuer sañudo, que de comer avíe gana.
Alçó el león la mano por la mesa santiguar, 86
dio grand golpe en la cabeza al lobo por lo castigar:
el cuero con la oreja del casco le fuer arrancar:
el león a la raposa mandó la vianda dar.
La gulpeja, con el miedo e como es artera, 87
toda la canal del toro al león dio entera,
para sí e los otros tod’ lo menudo era:
maravillose el león de tan buena egoaladera.
El león dixo: «Comadre ¿quién vos mostró a faser partisión 88
»tan buena, tan aguisada, tan drecha con raçón?»
Ella dixo: «En la cabeza del lobo tomé yo esta liçión;
»en el lobo castigué qué fesiese o qué non.»
«Por ende yo te digo, vieja e non mi amiga, 89
»que jamás a mí non vengas, nin me digas tal enemiga
»si non, yo te mostraré cómo el león castiga,
»que el cuerdo et la cuerda en mal ageno castiga.»
Et segund dis’ Jesu Christo, non ay cosa escondida, 90
que acabo de tiempo non sea bien sabida,
fuer la mi poridad luego a la plaça salida,
la dueña muy guardada fuer luego de mi partida.
Nunca desde esa hora yo más la pude ver: 91
enviome mandar, que punase en faser
algún triste ditado, que podiese ella saber,
que cantas’ con tristeza, pues la non podíe aver.
Por complir su mandado de aquesta, mi señor, 92
fise cantar tan triste como este triste amor:
cantábalo la dueña, creo que con dolor,
más que yo podría ser d’ello trovador.
Dise el proverbio viejo: «Quien matar quier’ su can 93
achaque le levanta, porque no l’ den del pan.»
Los que quieren partirnos como fecho lo han,
mescláronme con ella, e dixiéronle del plan.
Que me loava d’ella como de buena caça, 94
et que probava d’ella como si fuese caraça:
dis’ la dueña sañuda: «Non ay paño sin raça,
»nin el leal amigo non es en toda plaça.»
Como dise la fabla, quando a otro someten, 95
quál palabra te disen, tal coraçón te meten:
posiéronle grand saña, d’esto se entremeten:
dis’ la dueña: «Los novios non dan quanto prometen.»
Como la buena dueña era mucho letrada, 96
sotil, entendida, cuerda, bien mesurada,
dixo a la mi vieja, que le avía embiada,
esta fabla compuesta de Isopete sacada(14).
Dis: «Quando quier’ casar ome con dueña onrada, 97
»promete e manda mucho; desque la ha cobrada,
»de quanto le prometió, o le da poco, o nada;
»fase como la tierra, quando estava finchada.»
Enxiemplo de quando la tierra bramava.
«Ainsí fuer que la tierra començó a bramar 98
»estava tan finchada, que quería quebrar;
»a quantos la oíen, podíe mal espantar,
»como dueña en parto començose de coytar.
»La gente que tan grandes bramidos oía, 99
»coydaban que era preñada: a tanto se dolía.
»Pensaban, que era grand sierpe, o grand bestia paría,
»que a todo el mundo combríe e estragaría.
»Quando ella bramava, pensava de foír, 100
»et desque vino el día que ovo de parir,
»parió un mur topo, escarnio fue de reír,
»sus bramuras e espantos en burla fueron salir.
»Et bien ansí acaesçió, a muchas e a tu amo. 101
»primeramente mucho trigo dan, poca paja, tamo,
ȍiegan muchos con el viento, vanse perder con mal ramo;
»vete, dil’ que me non quiera, que no l’ quiero, ni l’amo.»
Ome, que mucho fabla, fase menos a veses, 102
pone muy grant espanto, chica cosa es dos nueses:
las cosas mucho caras alguna hora son rafeses,
las viles e las rafeses son caras a las de veses.
Como por chica cosa aborreçía en grand saña, 103
arredrose de mí, físome el juego mañana,
aquél es engañado quien coyda que engaña,
d’esto, fise trova de tristesa tan maña.
Fis’ luego estas cántigas de verdadera salva. 104
mandé que gelas diesen de noche o al alva:
no las quiso tomar; dixe yo: «Muy mal va,
»al tiempo se encoge mejor la yerba malva.»
De cómo todas las cosas del mundo son vanidat,
sino amar a Dios.
Como dise Salomón, e dise la verdat, 105
que las cosas del mundo todas son vanidat,
todas son pasaderas, vanse con la edat;
salvo amor de Dios, todas son liviandat.
Et yo desque vi la dueña partida e mudada, 106
dixe: «Querer do non me quieren, faría una nada:
»responder do non me llaman, es vanidat probada.»
Partime de su pleyto, pues de mí es redrada.
Sabe Dios, que aquesta dueña e quantas yo vi, 107
siempre quise guardarlas, et siempre las serví,
si servir non las pude, nunca las deserví,
de dueña mesurada siempre bien escrebí.
Mucho sería villano e torpe pajés, 108
si de la mujer noble dixiese cosa refés;
ca en muger loçana, fermosa e cortés
todo bien del mundo e todo plaser es.
Si Dios, quando formó el ome entendiera 109
que era mala cosa la mujer, non la diera
al ome por compañera, nin d’él non la fesiera,
si para bien non fuera, tan noble non saliera.
Si omen a la mujer non la quisiese bien, 110
non ternía tantos presos el amor quantos tien’,
por santo nin santa que seya, non sé quién,
non codiçie compaña, si solo se mantien’.
Una fabla lo dise, que vos digo agora: 111
que una ave sola nin bien canta, nin bien llora,
el mástel sin la vela non puede estar toda hora,
nin las verças non se crían tan bien sin la noria.
Et yo como estava solo sin compañía, 112
codiçiaba tener lo que otro para sí tenía,
puse el ojo en otra non santa, más sentía,
yo cruisiava por ella, otro la avíe valdía.
Et porque yo non podía con ella ansí fablar, 113
puse por mí mensagero, coydando recabdar
a un mi compañero, sópome el clavo echar,
él comió la vianda, e a mí fiso rumiar.
Fis’ con el grand pesar esta trova cazurra, 114
la dueña que la oyere, por ella non me aburra,
ca debríen me desir neçio, et más que bestia burra,
si de tan grand escarnio yo non trovase burla.
De lo que contesçió al arçipreste con Fernand
Garçía, su mensajero.
Mis ojos no verán lus 115
pues perdido he a Crus.
Crus crusada, panadera, 116
tomé por entendedera, como andalús.
tomé senda por carrera
Coydando que la avría, 117
díxelo a Fernand Garçía et fuese pleytés e dus.
que troxiese la pletesía
Díxome que l’ plasía de grado 118
e físose de la crus privado, él comió el pan más dus.
a mí dio rumiar salvado
Prometiol’ por mi consejo 119
trigo que tenía añejo, el traidor falso marfús.
et presentol’ un conejo
Dios confonda mensajero 120
tan presto e tan ligero: que la caça ansí adús.
non medre Dios tal conejero,
Quando la crus veía, yo siempre me omillava, 121
santiguábame a ella do quier que la fallava,
el compaño de çerca en la crus adorava,
del mal de la crusada yo non me reguardava.
Del escolar goloso compañero de cucaña 122
fise esta otra trova, non vos sea estraña,
ca de ante nin después non fallé en España
quien ansí me fesiese de escarnio magadaña.
Aquí fabla de la constelaçión, et de la planeta, en que
los omes nasçen, el del juiçio del hora quando
sabios naturales dieron en el nasçimiento del fijo del
rey Alcarás.
Los antiguos astrólogos disen en la sçiençia 123
de la astrología una buena sabiençia,
qu’el omen quando nasçe luego en su nasçençia
el signo en que nasçe le jusgan por sentençia(15).
Esto dis’ Tholomeo, e díselo Platón, 124
otros muchos maestros en este acuerdo son:
quál es el asçendente e la costelaçión
del que nasçe, tal es su fado et su don.
Muchos ay que trabajan siempre por cleresía, 125
deprenden grandes tiempos, espienden grant quantía,
en cabo saben poco, que su fado les guía:
non pueden desmentir a la astrología.
Otros entran en orden por salvar las sus almas, 126
otros toman esfuerzo en querer usar armas,
otros sirven señores con las sus manos ambas,
pero muchos de aquestos dan en tierra de palmas.
Non acaban en orden, nin son más caballeros, 127
nin han merçed de señores, nin han de sus dineros:
porque puede ser esto, creo ser verdaderos,
segund natural curso, los dichos estrelleros.
Porque creas el curso, d’estos signos atales, 128
desirt’he un juisio de cinco naturales,
que judgaron un niño por sus çiertas señales,
dieron juisios fuertes de acabados males.
Era un rey de moros, Alcarás nombre avía: 129
nasçiole un fijo bello, más de aquél non tenía,
embió por sus sabios, d’ellos saber querría
el signo e la planeta del fijo que l’ nasçía.
Entre los estrelleros que l’ vinieron a ver, 130
vinieron çinco d’ellos de más cumplido saber;
desque vieron el punto en que ovo de nasçer,
dixo el un maestro: «Apedreado a de ser.»
Judgó el otro e dixo: «Éste a de ser quemado.» 131
El terçero dise « El niño a de ser despeñado.»
El quarto dixo «El infante a de ser colgado.»
Dixo el quinto maestro: «Morrá en agua afogado.»
Quando oyó el rey juisios desacordados, 132
mandó que los maestros fuesen muy bien guardos;
físolos tener presos en logares apartados,
dio todos sus juisios por mintrosos probados.
Desque fue el infante a buena edat llegado, 133
pidió al rey su padre, que le fuese otorgado
de ir a correr monte, caçar algún venado;
respondiole el rey, que le plasía de grado.
Cataron día claro para ir a caçar; 134
desque fueron en el monte, óvose a levantar
un rebatado nublo, comenzó a graniçar,
e a poca de hora comenzó de apedrear.
Acordose su ayo, de cómo lo judgaron 135
los sabios naturales, que su signo acataron:
dis: «Vayámosnos, señor, que los que a vos fadaron
»non sean verdaderos en lo que adevinaron.»
Pensaron mucho ayna todos de se acoger, 136
mas como es verdat, e non puede fallesçer
en lo que Dios ordena en cómo ha de ser,
segund natural curso non se puede estorçer.
Fasiendo la grand piedra el infante aguijó, 137
pasando por la puente un grand rayo le dio,
foradose la puente, por allí se despeñó,
en un árbol del río de sus faldas se colgó.
Estando ansí colgado a do todos lo vieron, 138
afogose en el agua; acorrer non lo podieron:
los çinco fados dichos todos bien se complieron.
Los sabios naturales verdaderos salieron.
Desque vido el rey complido su pesar, 139
mandó los estrelleros de la presión soltar:
físoles mucho bien, e mandoles usar
de su astrología, en que non avíe que dubdar.
Yo creo los astrólogos verdad naturalmente; 140
pero Dios que crió natura e acidente,
puédelos demudar, et faser otramente:
segund la fe católica, yo d’esto só creyente.
En creer lo de natura non es mal estança: 141
e creer muy más en Dios con firme esperança;
por que creas mis dichos e non tomes dubdança,
pruébotelo brevemente con esta semejança.
Yo creo que el rey en su regno ha poder 142
de dar fueros et leyes, e derechos faser:
d’esto manda faser libros, e quadernos componer:
para quien fase el yerro qué pena debe haber.
Acaesçe, que alguno fase grant traición, 143
ansí que por el fuero debe morir con raçón,
pero por los privados, que en su ayuda son,
si piden merçed al rey, dal’ complido perdón.
O si por aventura aqueste que lo erró, 144
al rey en algund tiempo atanto le servió,
que piedat e serviçio mucho al rey movió,
porque del yerro fecho complido perdón le dio.
Et ansí como por fuero avía de morir, 145
el fasedor del fuero non lo quier’ consentir,
dispensa contra el fuero e déxalo vevir;
quien puede faser leyes, puede contra ellas ir.
Otrosí puede el papa sus decretales far, 146
en que a sus súbditos manda çierta pena dar;
pero pude muy bien contra ellas dispensar,
por graçia o por serviçio toda la pena soltar.
Vemos cada día pasar esto de fecho, 147
pero por todo eso las leyes y el derecho,
et el fuero escrito non es por ende desfecho,
ante es çierta çiencia e de mucho provecho.
Bien ansí nuestro señor Dios, quando el çielo crió, 148
puso en él sus signos, et planetas ordenó,
sus poderíos çiertos et juisios otorgó,
pero mayor poder retuvo en sí que les non dio.
Ansí que por ayuno, e limosna, e oraçión, 149
et por servir a Dios con mucha contriçión
non ha poder mal signo nin su costelaçión.
El poderío de Dios tuelle la tribulaçión.
Non son por todo aquesto los estrelleros mintrosos, 150
que judgan segund natura por sus cuentos fermosos,
ellos e la çiençia son çiertos et non dubdosos,
mas no pueden contra Dios ir, nin son poderosos.
Non sé astrología, nin só ende maestro, 151
nin sé astrolabio más que buey de cabestro;
mas porque cada día veo pasar esto,
por aqueso lo digo, otrosí veo aquesto.
Muchos naçen en Venus; que lo más de su vida 152
es amar las mugeres; nunca se les olvida;
trabajan et afanan mucho sin medida,
e los más non recabdan la cosa más querida.
En este signo atal creo que yo nasçí, 153
siempre puñé en servir dueñas que conoçí,
el bien que me feçieron, non lo desgradeçí,
a muchas serví mucho, que nada acabesçí.
Como quier’ que he probado mi signo ser atal 154
en servir a las dueñas puñar e non en ál;
pero aunque ome non goste la pera del peral,
en estar a la sombra es plaser comunal.
Muchas noblesas ha el que a las dueñas sirve, 155
loçano fablador en ser franco se avive,
en servir a las dueñas el bueno non se esquive,
que si mucho trabaja, en mucho plaser vive.
El amor fas’ sotil al ome que es rudo, 156
fásele fabrar fermoso al que antes era mudo,
al omen que es cobarde, fáselo muy atrevudo,
al peresoso fase ser presto et agudo(16).
Al mançebo mantiene mucho en mançebés, 157
e al viejo fas’ perder mucho la vejés,
fase blanco e fermoso del negro como pes,
lo que non vale una nues, amor le da grand pres.
El que es enamorado, por muy feo que sea, 158
otrosí su amiga magüer que sea muy fea,
el uno et el otro non ha cosa que vea,
que tan bien le paresca, nin que tanto desea.
El babieca, el torpe, el neçio, et el pobre 159
a su amiga bueno paresçe, et rico hombre;
más noble que los otros, por ende todo cubre,
como un amor pierde, luego otro cobre.
Ca puesto que su signo sea de tal natura: 160
como es este mío, dise una escritura,
que buen esfuerzo vençe a la mala ventura,
et a toda pera dura grand tiempo la madura.
Una tacha le fallo al amor poderoso, 161
la qual a vos, dueñas, yo descobrir non oso,
mas porque non me tengades por desidor medroso,
es ésta: que el amor siempre fabla meteroso.
Ca segund vos he dicho en la otra conseja, 162
lo que en sí es torpe, con amor bien semeja,
tiene por noble cosa lo que non vale una arveja,
lo que semeja non es, oya bien tu oreja.
Si las mançanas siempre oviesen tal sabor 163
de dentro qual de fuera dan vista et color
non avríe de las plantas fruta de tal valor,
más ante pudríe que otra; pero dan buen olor.
Bien atal es el amor, que da palabra llena, 164
toda cosa que dise, paresçe mucho buena,
non es todo cantar quanto ruido suena,
por vos descobrir esto, dueña, non aya pena.
Dis’, por las verdades se pierden los amigos, 165
et por las non desir se fasen desamigos,
ansí entiende sano los proverbios antiguos,
et nunca vos creades loores de enemigos.
De cómo el arçipreste fue enamorado: et del
enxiemplo del ladrón e del mastín.
Como dise el sabio, cosa dura e fuerte 166
es dexar la costumbre, el fado, et la suerte;
la costumbre es otra natura, çiertamente,
apenas non se pierde fasta que viene la muerte.
Et porque es costumbre de mançebos usada 167
querer siempre tener alguna enamorada:
por aver solás bueno del amor con amada,
tomé amiga nueva, una dueña ençerrada.
Dueña de buen linaje e de mucha noblesa, 168
todo saber de dueña sabe con sotilesa,
cuerda et de buen seso, non sabe de vilesa,
muchas dueñas e otras de buen saber las besa.
De talla muy apuesta, et de gesto amorosa, 169
loçana, doñeguil, plasentera, fermosa,
cortés, e mesurada, falaguera, donosa,
graçiosa, et donable de amor en toda cosa.
Por amor d’esta dueña fis’ trovas e cantares, 170
sembré avena loca ribera de Enares;
verdat es lo que disen los antiguos retraeres,
quien en ‘l arenal siembra non trilla pegujares(17).
Coydando la yo aver entre las benditas, 171
dávale de mis donas non paños, et non çintas,
non cuentas, nin sartal, nin sortijas, nin mitas,
con ello estas cántigas que son deyuso escritas.
Non quiso reçebirlo, bien fuyó de avolesa, 172
fiso de mí babieca, dis’: «Non muestran peresa
»los omes en dar poco por tomar grand riquesa
»levadlo e desidle, que mal mercar non es franquesa.
»Et non perderé yo a Dios, nin al su paraíso 173
»por pecado del mundo, que es sombra de aliso:
»non soy yo tan sin seso, si algo he priso;
»quien toma, dar debe, díselo sabio enviso.»
Ansí contesçió a mí con la dueña de prestar, 174
como contesçió al ladrón, que entraba a furtar;
que falló un grand mastín, començole de ladrar,
el ladrón por furtar algo, començole a falagar.
Lançó medio pan al perro, que traía en la mano, 175
dentro iban las garaças, barruntolo el alano;
dis’: «Non quiero mal bocado, non seríe para mí sano,
»por el pan de una noche, non perderé quanto gano.
»Por poca vianda que esta noche çenaría 176
»non perderé los manjares, nin el pan de cada día,
»si yo tu mal pan comiese, con ello me afogaría,
»tú furtarías lo que guardo, et yo grand traiçión
»al señor que me crió, non faré tal falsedat, 177
»que tú furtes su tesoro, que dexó en mi lealdat,
»tú levarís el algo, yo faría grand maldat:
»vete de aquí, ladrón, non quiero tu poridat.»
Començó de ladrar mucho, el mastín era masillero 178
tanto seguió al ladrón, que fuyó de aquel çillero:
así conteçió a mí, et al mi buen mensagero
con aquesta dueña cuerda, e con la otra primero.
Fueron dares baldíos, de que ove mansilla: 179
dixo: «Uno coyda el bayo, et otro lo ensilla.»
Redreme de la dueña, et creí la fabrilla,
que dis’: «Por lo perdido non estés mano en megilla(18).»
Ca segund vos he dicho, de tal venturo seo, 180
que si lo fas’ mi signo, o si mi mal aseo,
nunca puedo acabtar lo medio que deseo,
por esto a las vegadas con el amor peleo.
De cómo el amor vino al arçipreste, et de la pelea que
con él ovo el dicho arçipreste.
Direvos una pelea, que una noche me vino, 181
pensando en mi ventura sañudo et non con vino:
un omen grande, fermoso, mesurado a mí vino:
yo le pregunté quién era, dixo: «Amor, tu vesino.»
Con saña que tenía, fuilo a denostar: 182
díxel’: «Si Amor eres, no puedes aquí estar,
eres mentiroso, falso en muchos enartar,
salvar non puedes uno, puedes çient mil matar.
Con engaños et lisonjas, et sotiles mentiras 183
emponçoñas las lenguas, enerbolas tus viras,
el que mejor te sirve, a él fieres, quando tiras,
párteslo del amiga al omen que aíras.
Traes enloqueçidos a muchos con tu saber, 184
fáseslos perder el sueño, el comer, e el beber,
fases a muchos omes tanto se atrever
en ti, fasta que el cuerpo e el alma van perder.
Non tienes regla çierta, ni tienes en ti tiento, 185
a las vegadas prendes con gran arrebatamiento,
a veses poco a poco con maestrías çiento;
de quanto yo te digo, tú sabes que non miento.
Desque los omes prendes, non das por ellos nada, 186
tráeslos de hoy en cras en vida muy penada,
fases al que te cree lastar en tu mesnada,
et por plaser poquillo andar luenga jornada.
Eres tan enconado, que do fieres de golpe, 187
non lo sana mengía, emplasto, nin jarope,
non sé fuerte nin reçio que se contigo tope,
que no l’ debatas luego por mucho que se enforçe.
De cómo enflaqueses las gentes e las dañas, 188
muchos libros ay d’esto, de cómo las engañas
con tus muchos doñeos e con tus malas mañas
siempre tiras la fuerça, dísenlo en fasañas.
Enxiemplo del garçón que quería casar con tres
mujeres.
Era un garçón loco, mançebo bien valiente, 189
non quería casarse con una solamente,
si non con tres mugeres; tal era su talente;
porfiaron en cabo con él toda la gente(19).
Su padre e su madre, et su hermano mayor 190
afincáronle mucho, que ya por su amor
con dos que se casase, primero con la menor,
et dende a un mes complido casase con la mayor.
Fiso su casamiento con aquesta condiçión: 191
el primer mes ya pasado dixiéronle tal raçón,
que al otro su hermano con una e con más non
quisiese que le casasen a ley e a bendiçión.
Respondió el casado, que esto non fesiesen, 192
que él tenía muger, en que ambos a dos oviesen
compaña mucho buena, e d’esto le dixiesen,
de casarlo con otra non se entremetiesen.
Aqueste omen bueno padre de aqueste neçio 193
tenía un molino de grand muela de preçio,
ante que fuese casado el garçón atán reçio,
andando mucho la muela teníala con el pie quedo.
Aquesta fuerza grande e aquesta valentía, 194
ante que fuese casado ligero la fasía.
El un mes ya pasado que casado avía,
quiso probar como ante e vino allí un día:
probó tener la muela como avía usado, 195
levantole las piernas, echolo por mal cabo,
levantose el neçio, maldíxole con mal fado,
dis: ‘¡Ay molino resio! Aun te vea casado.’
A la muger primera él tanto la amó, 196
que a la otra donsella nunca más la miró,
non probó más tener la muela, sol’ non lo asmó,
ansí tu devaneo al garçón loco domó.
Eres padre del fuego, pariente de la llama, 197
más arde e más se quema qualquier que te más ama
Amor, quien te más sigue, quémasle cuerpo et alma
destrúyeslo del todo, como el fuego a la rama.
Los que te non probaron, en buen día nasçieron, 198
folgaron sin coydado, nunca entristeçieron,
desque a ti fallaron, todos su bien perdieron,
fueles como a las ranas, quando el rey pidieron.
Enxiemplo de las ranas, en cómo demandavan rey a
don Júpiter.
Las ranas en un lago cantavan et jugavan, 199
cosa non las nusía, bien solteras andavan,
creyeron al diablo, que d’el mal se pagavan,
pidieron rey a don Júpiter, mucho gelo rogavan.
Embioles don Júpiter una biga de lagar 200
la mayor qu’é1 pudo; cayó en ese lugar,
el grand golpe del fuste fiso las ranas callar,
mas vieron que non era rey para las castigar.
Suben sobre la biga quantas podían sobir, 201
dixieron: ‘Non es este rey para lo nos servir.’
Pidieron rey a don Júpiter, como lo solían pedir:
don Júpiter con saña óvolas de oír.
Embioles por su rey cigüeña mansillera, 202
cercava todo el lago, ansí fas’ la ribera,
andando pico abierta, como era ventenera,
de dos en dos las ranas comía bien ligera.
Querellando a don Júpiter, dieron voçes las ranas: 203
‘Señor, señor, acórrenos, tú que matas et sanas,
‘el rey, que tú nos diste por nuestras voses vanas,
‘danos muy malas tardes, et peores mañanas,
‘su vientre nos sotierra, su pico nos estraga, 204
‘de dos en dos nos come, nos abarca, et nos astraga;
‘señor, tú nos defiende, señor, tú ya nos paga,
‘danos la tu ayuda, tira de nos tu plaga.’
Respondioles don Júpiter: ‘Tened lo que pidistes, 205
‘el rey tan demandado por quantas voses distes,
‘vengue vuestra locura, ca en poco tovistes
‘ser libres et sin premia: reñid, pues lo quisistes.’
Quien tiene lo que l’ cumple, con ello sea pagado, 206
quien puede ser suyo, non sea enagenado,
el que non toviere premia, non quiera ser premiado
libertad e soltura non es por oro complado.
Bien ansí acaesçe a todos tus contrallos 207
do son de sí señores, tórnanse tus vasallos;
tú después nunca piensas si non por astragallos,
en cuerpos e en almas así todos tragallos(20).
Queréllanse de ti, mas non les vales nada, 208
que tan presos los tienes en tu cadena doblada,
que non pueden partirse de tu vida penada,
responde a quien te llama, vete de mi posada
non quiero tu compaña, vete de aquí, varón: 209
das al cuerpo laseria, trabajo sin raçón,
de día et de noche eres fino ladrón,
quando omen está seguro, fúrtasle el coraçón.
En punto que lo furtas, luego lo enagenas, 210
dasle a quien non le ama, torméntasle con penas,
anda el coraçón sin cuerpo en tus cadenas,
pensando e sospirando por las cosas agenas.
Fáseslo andar volando, como la golondrina, 211
revuélveslo a menudo, tu mal non adevina,
oras coyda en su saña, oras en merselina,
de diversas maneras tu queja lo espina.
En un punto lo pones a jornadas tresientas, 212
anda todo el mundo, quando tú lo retientas,
déxasle solo et triste con muchas sobervientas,
a quien no l’ quiere ni l’ ama, siempre gela mientas.
Varón ¿qué has conmigo? ¿quál fue aquel mal debdo, 213
que tanto me persigues? Viénesme manso e quedo,
nunca me aperçibes de tu ojo nin del dedo,
dasme en el coraçón, triste fases del ledo(21).
Non te puedo prender; tanta es tu maestría 214
et magüer te presiese, creí que te non mataría,
tú cada que a mí prendes, tanta es tu orgullía,
sin piedad me matas de noche et de día.
Responde: ¿qué te fis’, ¿por qué me non diste dicha? 215
En quantas que amé nin de la dueña bendicha
de quanto me prometíe, luego era desdicha,
en fuerte punto te vi, la hora fue maldicha.
Quanto más aquí estás, tanto más me asaño; 216
más fallo que te diga, veyendo quanto daño
siempre de ti me vino, con tu sotil engaño,
andas urdiendo siempre cobierto so mal paño.
Aquí fabla del pecado de la cobdiçia.
Contigo siempre traes los mortales pecados, 217
con mucha cobdiçia, los omes engañados,
fáseles cobdiçiar, mucho ser denodados,
pasar los mandamientos, que de Dios fueron dados.
De todos los pecados es raís la cobdiçia: 218
ésta es tu fija mayor, tu mayordoma ambiçia,
ésta es tu alferes, et tu casa ofiçia,
ésta destruye el mundo, sostienta la justiçia.
La soberbia et ira que non falla do quepa, 219
avarisia e loxuria que arden más que estepa,
gula, embidia, açidia, que s’ pegan como lepra,
de la cobdiçia nasçen, es d’ella raís et çepa.
En ti fasen morada, alevoso traydor. 220
Con palabras muy dulses, con gesto engañador,
prometen e mandan mucho los omes con amor,
por complir lo que mandan, cobdiçian lo peor.
Cobdiçian los averes, que ellos non ganaron, 221
por complir las promesas, que con amor mandaron,
muchos por tal cobdiçia lo ageno furtaron,
porque penan sus almas, e los cuerpos lasraron.
Murieron por los furtos de muerte sopitaña, 222
arrastrados et enforcados de manera estraña,
en todo eres encuentro, e de mala picaña,
quien tu cobdiçia tiene el pecado lo engaña.
Por cobdiçia feçiste a Troya destroyr, 223
por la manzana escrita que non debiera escrebir
quando la dio a Venus Paris por le indusir,
que troxo a Elena que cobdiçiaba servir.
Por tu mala cobdiçia los de Egipto morieron, 224
los cuerpos enfamaron, las ánimas perdieron,
fueron e son airados de Dios los que te creyeron,
de mucho que cobdiçiaron, poca parte ovieron.
Por la cobdiçia pierde el omen el bien que tiene, 225
coyda aver más mucho de quanto le conviene,
non a lo que cobdiçia, lo suyo non mantiene,
lo que contesçió al perro, a éstos tal les viene.
Enxiemplo del alano que llevava la pieça de carne en
la boca.
Alano carniçero en un río andava, 226
una pieça de carne en la boca pasava,
con la sombra del agua dos tanto l’ semejava,
cobdiçiola abarcar, cayósele la que levava.
Por la sombra mentirosa et por su coydar vano 227
la carne que tenía, perdiola el alano,
non ovo lo que quiso, non l’ fue cobdiçiar sano,
coydó ganar, et perdió lo que tenía en su mano.
Cada día contesçe al cobdiçioso atal, 228
coyda ganar contigo, et pierde su cabdal,
de aquesta raís mala nasçe todo el mal,
es la mala cobdiçia un pecado mortal.
Lo más e lo mejor, lo qu’es más preçiado, 229
desque lo tiene omen çierto et ya ganado,
nunca debe dexarlo por un vano coydado:
quien dexa lo que tiene fase grand mal recabdo.
Aquí fabla del pecado de la soberbia.
Soberbia mucha tienes a do miedo non as, 230
piensas pues non as miedo tú de qué pasarás,
las joyas para tu amiga de qué las complarás,
por esto robas et furtas, porque tú penarás.
Fases con tu soberbia acometer malas cosas, 231
robar a camineros las joyas preçiosas,
forçar muchas mugeres casadas e esposas,
vírgenes et solteras, viudas et religiosas.
Por tales malefiçios mándalos la ley matar, 232
mueren de malas muertes, non los puedes tú quitar.
Liévalos el diablo por el tu grand abeytar,
fuego infernal arde do uvías asentar.
Por tu mucha soberbia feçiste mucho perder, 233
primero muchos ángeles, con ellos Luçifer,
que por su gran soberbia e su desagradeçer
de las sillas del çielo ovieron de caer.
Magüer de su natura buenos fueron criados, 234
por la su grand soberbia fueron e son dañados;
quantos por la soberbia fueron e son dañados,
non se podrán escrebir en mil priegos contados.
Quantos fueron e son, batallas et peleas, 235
injurias e barajas et contiendas muy feas,
Amor, por tu soberbia se fasen, bien lo creas,
toda maldat del mundo es do quier que tú seas.
El omen muy soberbio et muy denodado, 236
que non a de Dios miedo, nin cata aguisado,
ante muere que otro más fraco et más lasrado,
contésçel’ como al asno con el caballo armado.
Enxiemplo del caballo e del asno.
Iva lidiar en campo el caballo fasiente, 237
porque forçó la dueña el su señor valiente,
lorigas bien levadas, muy valiente se siente:
mucho delante l’iba el asno mal doliente.
Con los pies, et con las manos, et con el noble freno. 238
El caballo soberbio fasía tan grand sueno,
que a las otras bestias espanta como trueno:
el asno con el miedo quedó, et no l’ fue bueno.
Estava refusando el asno con la grand carga, 239
andava mal e poco, al caballo embarga:
derribole el caballo en medio de la varga;
dis’: ‘Don villano nesçio, buscad carrera larga.’
Dio salto en el campo ligero, aperçebido, 240
coydó ser vençedor, et fincó él vençido.
En el cuerpo muy fuerte de lança fue ferido,
las entrañas le salen, estava muy perdido.
Desque salió del campo, non valía una çermeña; 241
a arar lo pusieron, et a traer la leña,
a veses a la noria, a veses a la aceña:
escota el soberbio el amor de la dueña.
Tenía del grand yugo desolladas las çerviçes, 242
del finojar a veses finchadas las narises,
rodillas desolladas fasiendo muchas prises,
ojos fondos, bermejos, como pies de perdises.
Los quadriles salidos, somidas las ijadas, 243
el espinaso agudo, las orejas colgadas:
vídolo el asno nesçio: rijó bien tres vegadas,
dis’: ‘Compañero soberbio ¿dó son tu empelladas(22)?
‘¿dó es tu noble freno, et tu dorada silla? 244
‘¿dó es tu soberbia, dó es la tu rensilla?
‘Siempre vivrás mesquino, e con mucha mansilla,
‘vengue la tu soberbia tanta mala postilla.’
Aquí tomen enxiemplo, et liçón cada día 245
los que son muy soberbios con su grand orgullía,
que fuerza e edat e onra, salud e valentía
non pueden durar siempre, vanse con mançebía.
Aquí fabla del pecado de la avarisia.
Tú eres avarisia, eres escaso mucho, 246
al tomar te alegras, al dar non lo as ducho,
non te fartaría Duero con el su aguaducho,
siempre te fallo mal cada que te escucho.
Por la grand escasesa fue perdido el rico, 247
que al poble Sant Láçaro non dio solo un çatico,
non quieres ver nin amas poble grand nin chico,
nin de los tus tesoros non le quieres dar un pico(23).
Magüer que te es mandado por santo mandamiento 248
que vistas al desnudo, et fartes al fambriento,
et des al poble posada, tanto eres avariento,
que nunca lo diste a uno, pidiéndotelo çiento.
Mesquino: ¿tú qué farás el día de la afruenta 249
quando de tus haberes et de tu mucha renta
te demandare Dios de la despensa cuenta?
Non te valdrán tesoros, nin reynos çincuenta.
Quando tú eras poble, que tenías grand dolençia, 250
entonçes sospiravas, et fasías penitençia,
pidías a Dios que te diese salud e mantenençia,
et que partirías con pobles, et non farías fallençia.
Oyó Dios tus querellas, et diote buen consejo, 251
salud, e grand riquesa, et tesoro sobejo,
quando ves el poble, cáesete el çejo,
fases como el lobo doliente en el vallejo.
Enxiemplo del lobo, e de la cabra, e de la grilla.
El lobo a la cabra comíala por merienda, 252
atravesósele un hueso, estaba en contienda,
afogarse quería, demandava corrienda
físicos et maestros, que quería faser emienda.
Prometió al que lo sacase, tesoros e grand riquesa, 253
vino la grulla de somo del altesa,
sacole con el pico el hueso con sotilesa,
el lobo fincó sano para comer sin peresa.
Dixo la grulla al lobo, que l’ quisiese pagar, 254
el lobo dixo: ‘¡Cómo! ¿yo non te pudiera tragar,
‘el cuello con mis dientes, si quisiera apertar?
‘Pues séate soldada, pues non te quise matar.’
Bien ansí tú lo fases: aora que estás lleno 255
de pan e de dineros que forçaste de lo ageno,
non quieres dar al poble un poco de çenteno,
mas ansí te secarás como roçío et feno.
En faser bien al malo cosa non l’aprovecha, 256
omen desagradeçido bien fecho nunca pecha,
el buen conosçimiento mal omen lo desecha,
el bien que omen le fase, dis’ que es por su derecha.
Aquí fabla del pecado de la luxuria.
Siempre está loxuria a do quier que tú seas, 257
adulterio et forniçio todavía deseas,
luego quieres pecar con qualquier que tú veas,
por complir la loxuria en guiñando las oteas.
Fesiste por loxuria al profeta David, 258
que mató a Urías, quando le mandó en la lid
poner en los primeros, quando le dixo: ‘Id,
‘levad esta mi carta a Joab et venid(24).’
Por amor de Bersabee la muger de Urías 259
fue el rey David omeçida, e fiso a Dios fallías:
por ende non fiso el tempro en todos los sus días,
fiso grand penitençia por las tus maestrías.
Fueron por la loxuria çinco nobles çibdades 260
quemadas e destroídas; las tres por sus maldades,
las dos non por su culpa, mas por las veçindad
por malas veçindades se pierden eredades(25).
Non te quiero por vesino, nin me vengas tan presto: 261
al sabidor Virgilio, como dise en el testo,
engañole la dueña quando lo colgó en el çesto,
coydando que lo sobía a su torre por esto(26).
Porque le fiso desonra, et escarnio del ruego, 262
el grand encantador físole muy mal juego,
la lumbre de la candela encantó et el fuego,
que quanto era en Roma en punto morió luego.
Ansí que los romanos fasta la criatura 263
non podíen ayer fuego por su desaventura,
si non lo ençendían dentro en la natura
de la muger mesquina, otro non les atura.
Si dava uno a otro fuego o la candela, 264
amatávase luego, e veníen todos a ella,
ençendíen allí todos como en grand çentella,
ansí vengó Virgilio su desonra e querella.
Después d’esta desonra et de tanta vergüeña, 265
por faser su loxuria Virgilio en la dueña
descantó el fuego que ardiese en la leña,
fiso otra maravilla qu’el omen nunca ensueña.
Todo el suelo del río de la çibdad de Roma 266
Tiberio agua cabdal que muchas aguas toma,
físole suelo de cobre, reluse más que goma,
a dueñas tu loxuria d’esta guisa las doma(27).
Desque pecó con ella, sentiose escarnida, 267
mandó faser escalera de torno enjerida
de navajas agudas, por que a la sobida
que sobiese Virgilio, acavase su vida.
Él sopo que era fecho por su escantamente, 268
nunca más fue a ella, nin la ovo talente,
ansí por la loxuria es verdaderamente
el mundo escarnido, et muy triste la gente.
De muchos ha que matas, non sé uno que sanes: 269
quantos en tu loxuria son grandes barraganes,
mátanse asimesmos los locos albardanes,
contésçeles como al águila con los neçios truanes.
Enxiemplo del águila et del caçador.
El águila cabdal canta sobre la faya, 270
todas las otras aves de allí las atalaya,
non ay péndola d’ella, que en tierra caya,
si ballestero la falla, préçiala más que saya.
Saetas e quadrillos, que trae amolados, 271
con péndolas de águila los ha empendolados,
fue como había usado a ferir los venados,
al águila cabdal diole por los costados.
Cató contra sus pechos el águila ferida, 272
e vido, que sus péndolas la habían escarnida,
dixo contra sí misma una raçón temida:
‘De mí salió quien me mató, et me tiró la vida.’
El loco, el mesquino que su alma non cata, 273
usando tu locura e tu mala barata,
destruye a su cuerpo e a su alma mata,
que de sí mesmo sale quien su vida desata.
Omen, ave, o bestia, a que amor retiente, 274
desque cumple loxuria, luego se arrepiente,
entristese en punto, luego flaquesa siente,
acórtase la vida: quien lo dixo non miente.
¿Quién podríe desir quántos tu loxuria mata? 275
¿Quién diríe tu forniçio et tu mala barata?
Al que tu entendimiento e tu locura cata
el diablo lo lieva, quando non se recata.
Aquí fabla del pecado de la invidia.
Eres pura envidia, en el mundo non ha tanta, 276
con grand çelo que tienes omen de ti se espanta,
si el tu amigo te dise: ‘Fabla ya quánta
‘tristesa e sospecha tu coraçón quebranta.’
El çelo siempre nasçe de tu envidia pura, 277
temiendo que a tu amiga otro le fabla en locura,
por esto eres çeloso, e triste con rencura,
siempre coydas en çelos, de otro bien non as cura.
Desque avía el çelo en ti arraygar, 278
sospiros e corajes quiérente afogar,
de ti mesmo nin de otro non te puedes pagar,
el coraçón te salta, nunca estás de vagar.
Con çelo e sospecha a todos aborresçes, 279
levántasles baraja, con çelo enfraquesçes,
buscas malas contiendas, fallas lo que meresçes,
contésçete como acaesçe en la red a los peçes.
Entras en la pelea, non puedes d’ella salir, 280
estás fraco e sin fuerza, non te puedes refertir(28),
nin la puedes vençer, nin puedes ende foír,
estórvate tu pecado, fásete allí morrir.
Por envidia Caín a su hermano Abel 281
matolo, porque yase dentro en Mongibel;
Jacob a Esaú por la envidia d’él,
furtole la bendiçión, porque fue rebtado d’él(29).
Fue por la envidia mala traído Jesu Christo 282
Dios verdadero e omen, fijo de Dios muy quisto,
por envidia fue preso, et muerto et conquistado,
en ti non es un bien nin fallado, nin visto.
Cada día los omes por cobdiçia porfían, 283
con envidia e çelo omes e bestias lidian,
a do quier que tú seas, los çelos allí herían,
la envidia los parte, envidiosos los crían.
Porque tiene tu vesino más trigo que tú paja, 284
con tu mucha envidia levántasle baraja,
ansí te acaesçe por le levar ventaja
como con los pavesnos contesçió a la graja.
Enxiemplo del pavón e de la corneja.
Al pavón la corneja vídol’ faser la rueda, 285
dixo con grand envidia: ‘Yo faré quanto pueda,
‘por ser atán fermosa’ -esta locura coeda:
la negra por ser blanca contra sí se denueda(30).
Peló todo su cuerpo, su cara et su çeja; 286
de péndolas de pavón vistió nueva pelleja,
fermosa et non de suyo fuese para la iglesa:
algunas fasen esto que fiso la corneja.
Graja empavonada como pavón vestida 287
vídose bien pintada, e fuese enloqueçida,
a mejores que non ella era desagradeçida,
con los pavesnos anda la tan desconoçida.
El pavón de tal fijo espantado se fiso, 288
vido el mal engaño, et el color apostiso,
pelole toda la pluma, et echola en el carriso,
más negra paresía la graja que el eriso.
Ansí con tu envidia fases a muchos sobrar, 289
pierden lo que ganaron por lo ageno cobrar,
con la envidia quieren por los cuerpos quebrar,
non fallarán en ti si non todo mal obrar.
Quien quiere lo que non es suyo, et quiere otro paresçer 290
con algo de lo ageno ahora resplandesçer,
lo suyo e lo ageno todo se va a perder,
quien se tiene por lo que non es, loco es, va a perder.
Aquí fabla del pecado de la gula.
La golosina tienes, goloso laminero, 291
querríes a quantas veçes gostarlas tú primero,
enfrasquesçes, pecado, eres grand venternero,
por cobrar la tu fuerza, eres lobo carniçero.
Desque te conoçí, nunca te vi ayunar, 292
almuerças de mañana, non pierdas la yantar,
sin mesura meriendas, mejor quieres çenar,
si tienes qué, o puedes, a la noche çaherar.
Con la mucha vianda e vino creçe la frema, 293
duermes con tu amiga, afógate postema,
liévate el diablo, en el infierno te quema,
tú dises al garçón, que coma bien y non tema.
Adán el nuestro padre por gula e tragonía, 294
porque comió del fruto que comer non debía,
echole del paraíso Dios en aquese día,
por ello en el infierno desque morió yasía(31).
Mató la golosina muchos en el desierto 295
de los más mejores que y eran por çierto,
el profeta lo dise esto que te refierto:
por comer e tragar siempre estás boca abierto.
Feçiste por la gula a Lot, noble burgués, 296
beber tanto que yogó con sus fijas; pues ves
a faser tu forniçio; ca do mucho vino es,
luego es la loxuria, et todo mal después(32).
Muerte muy rebatada trahe la golosina 297
al cuerpo muy goloso e al alma mesquina;
d’esto ay muchas fablas e estorias paladina;
desírtelo he más breve por te enviar ayna.
Enxiemplo del león et del caballo.
Un caballo muy gordo pasçía en la defesa, 298
veníe el león de caza, pero con él non pesa,
el león tan goloso al caballo sopesa,
‘Vasallo’, dixo, ‘mío, la mano tú me besa.’
Al león gargantero respondió el caballo, 299
dis’: ‘Tú eres mi señor, e yo tu vasallo,
‘en te besar la mano yo en eso me fallo,
‘mas ir a ti non puedo, que tengo un grand contrallo.
‘Ayer do me ferrava un ferrero maldito, 300
‘echome en este pie un clavo tan fito,
‘enclavome; ven, señor, con tu diente bendito
‘sácamelo, et fas de mí como de tuyo quito.’
Abaxose el león por le dar algún confuerto, 301
el caballo ferrado contra sí fiso tuerto,
las coçes el caballo lançó fuerte en çierto,
diole entre los ojos, echole frío muerto.
El caballo con el miedo fuyó aguas vivas, 302
avía mucho comido de yerbas muy esquivas,
iva mucho cansado, tomáronlo adivas:
ansí mueren los locos golosos do tú ivas.
El comedor sin mesura, et la grand venternía, 303
otrosí mucho vino con mucha beberría,
más mata que cuchillo, Ypocrás lo desía;
tú dises que quien bien come, bien fase garçonía(33).
Aquí fabla del pecado de la vanagloria.
Ira e vanagloria tienes; en el mundo non ay tamaña, 304
más orgullo e más brío tienes, que toda España,
si non se fase lo tuyo, tomas ira et saña,
enojo et mal querençia anda en tu compaña.
Por la grand vanagloria Nabucodonosor, 305
donde era poderoso, et de Babilonia señor,
poco a Dios preçiaba nin avía d’é1 temor(34).
Tirole Dios su poderío, e todo su honor.
Él fue muy vil tornado et de las bestias egual, 306
comía yerbas montesas, como buey paja et ál,
de cabellos cobierto, como bestia atal,
uñas crió mayores que águila cabdal.
Rencor et omeçida criados de ti son, 307
vos ved que yo soy fulano, de los garçones garçón.
Dises muchos baldones así que de rondón,
mátanse los babiecas desque tú estás, follón.
Con la grand ira Sansón, que la su fuerça perdió, 308
cuando su mujer Dalila los cabellos le cortó,
en que avía la fuerça, et desque la bien cobró,
así mesmo con ira, e a otros muchos mató(35).
Con grand ira e saña Saúl, que fue rey 309
el primero que los jodíos ovieron en su ley.
Él mesmo se mató con su espada; pues vey,
si debo fiar en ti, a la fe non ansí lo crey(36).
Quien bien te conosçiere, de ti non fiará, 310
el que tus obras viere, de ti se arredrará,
quanto más te usare, menos te preçiará,
quanto más te probare, menos te amará.
Enxiemplo del león que se mató con ira.
Ira et vanalgoria al león orgulloso, 311
que fue a todas bestias cruel e muy dañoso,
mató a sí mesmo irado, et muy sañoso,
desirte he el enxiemplo; séate provechoso.
El león orgulloso con ira e valentía, 312
quando era mançebo, todas las bestias corría,
a las unas matava, a las otras fería,
vínole grand vegedat, flaquesa e peoría.
Fueron aquestas nuevas a las bestias coseras, 313
fueron muy alegres, porque andaban solteras,
contra él vinieron todas por vengar sus denteras,
aun el asno nesçio veníe en las delanteras.
Todos en el león feríen et non poquillo, 314
el javalín sañudo, dávale del colmillo,
feríanlo de los cuernos el toro e el novillo,
el asno perezoso en él poníe su sillo.
Diole grand par de coçes, en la frente gelas pon’: 315
el león con grand ira travó de su coraçón,
con sus uñas mesmas murió et con ál non,
ira e vanagloria diéronle mal gualardón.
El omen, que tiene estado, honra et grant poder 316
lo que para sí non quiere, non lo debe a otros faser
que mucho ayna, se puede todo su poder perder.
Et lo qu’é1 fiso a otros, d’ellos tal puede aver.
Aquí diçe del pecado de la açidia.
De la açidia eres mesonero et posada, 317
nunca quieres que de bondat faça nada,
desque lo ves valdío, dasle vida penada,
en pecado comiença, en tristesa acavada.
Nunca estás valdío; aquél que una ves atas, 318
fáselos pensar engaños, muchas malas baratas,
deléytase en pecados et en malas baratas,
con tus malas maestrías almas e cuerpos matas.
Otrosí con açidia traes ipocresía, 319
andas con grand simplesa pensando pletesía,
pensando estás triste, tu ojo non se ersía,
do ves la fermosa, oteas con raposía.
De quanto bien podrías, non fases de ello cosa, 320
engañas todo el mundo con palabra fermosa,
quieres lo que el lobo quiere de la raposa;
abogado de fuero: oy’ fabla provechosa.
Aquí fabla del pleyto qu’el lobo e la raposa ovieron
ante don Gimio alcalde de Buxía.
[Nota(37)]
Furtava la raposa a su vesina el gallo: 321
veíalo el lobo, mandávale dexallo:
desía que non devía lo ageno furtarllo;
él non veía la hora, que estoviese en tragallo.
Lo que él más fasía, a otros lo acusava, 322
a otros retraía lo qu’él en sí loava,
lo que él más amava, aquello denostava,
desíe que non fesiesen lo qu’él más usava.
Emplasola por fuero el lobo a la comadre, 323
fueron ver su juisio ante un sabidor grande,
don Gimio avía por nomble, de Buxía alcalde,
era sotil e sabio, nunca seía de valde.
Fiso el lobo demanda en muy buena manera, 324
cierta et bien formada, clara e bien çertera,
teníe buen abogado, ligero e sotil era,
galgo, que de la raposa es grand abarredera.
‘Ante vos el mucho honrado e de grand sabidoría 325
‘don Gimio, ordinario alcalde de Buxía,
‘yo el lobo me querello de la comadre mía,
‘en juisio propongo contra su malfetría(38).
‘Et digo que agora en el que pasó de feblero, 326
‘era de mil e tresientos en el año primero,
‘regnante nuestro señor el león masillero,
‘que vino a nuestra çibdat por nomble de monedero.
‘En casa de don Cabrón, mi vasallo et mi quintero, 327
‘entró a furtar de noche por çima del fumero,
‘sacó furtando el gallo, el nuestro pregonero,
‘levolo et comiolo a mi pesar en tal ero.
‘De aquesto la acuso ante vos, el buen varón, 328
‘pido que la condenedes por sentençia et por ál non,
‘que sea enforcada e muerta como ladrón;
‘esto me ofresco probar so pena del talión.’
Seyendo la demanda en juisio leída, 329
fue sabia la gulpeja, et bien aperçebida;
‘Señor,’ dis’ ‘yo só siempre de poco mal sabida,
‘dadme un abogado que fable por mi vida.’
Respondió el alcalde: ‘Yo vengo nuevamente 330
‘a esta vuestra çibdat, non conosço la gente;
‘pero yo te dó de plazo, que fasta días veinte
‘ayas tu abogado, luego al plazo vente.’
Levantose el alcalde esa hora de judgar, 331
las partes cada una pensaron de buscar
quál dineros, quál prendas para el abogado dar,
ya sabía la raposa quién le había de ayudar.
El día era venido del plazo asignado, 332
vino doña Marfusa con un grand abogado,
un mastín ovejero de carrancas çercado:
el lobo quando lo vio, fue luego espantado.
Este grand abogado propuso por su parte: 333
‘Alcalde, señor don Gimio, quanto el lobo departe,
‘quanto demanda et pide, todo lo fas’ con arte,
‘que él es fino ladrón, et non falla que l’ farte.
‘Et por ende yo propongo contra él esençión 334
‘legítima et buena, porque su petiçión
‘non deve ser oída, nin tal acusación:
‘el faser non la puede, ca es fino ladrón.
‘A mí acaesçió con él muchas noches e días, 335
‘que levava furtadas de las ovejas mías,
‘vi que las degollava en aquellas erías,
‘ante que las comiese, yo gelas tomé frías.
‘Muchas veses de furto es de jues condenado, 336
‘por sentençia et por derecho es muy enfamado,
‘por ende non deve ser d’él ninguno acusado,
‘nin en vuestra audiençia oído, nin escuchado.
‘Otrosí le opongo, que es descomulgado 337
‘de mayor descomunión por costituçión de legado,
‘porque tiene barragana pública, e es casado
‘con su muger doña loba, que mora en vil forado.
‘Su mançeba es la mastina, que guarda las ovejas: 338
‘por ende los sus dichos non valen dos arvejas,
‘nin le deven dar respuesta a sus malas consejas;
‘asolved a mi comadre, váyase de las callejas.’
El galgo e el lobo estaban encogidos, 339
otorgáronlo todo con miedo e amidos
dis’ luego la Marfusa: ‘Señor, sean tenidos
‘en reconvençión, pido que mueran et non sean oídos.’
Ençerraron raçones de toda su porfía, 340
pidieron al alcalde, que les asignase día
en que diese sentençia, qual él por bien tenía;
et asignoles plazo después de Epifanía.
Don Gimio fue a su casa, con él mucha compaña, 341
con él fueron las partes, conçejo de cucaña,
ay van los abogados de la mala picaña,
por volver al alcalde, ninguno non lo engaña.
Las partes cada una a su abogado escucha, 342
presentan al alcalde quál salmón, e quál trucha,
quál copa, quál tasa en poridad aducha,
ármanse sancadilla en esta falsa lucha.
Venido es el día para dar la sentençia, 343
ante el jues las partes estavan en presençia
dixo el buen alcalde: ‘Aved buena avenençia,
‘ante que yo pronunçie, e vos dé la sentençia.’
Pugnan los abogados, et fasen su poder, 344
por saber del alcalde lo que quiere faser,
qué sentençia daría, o quál podría ser,
mas non podieron d’él cosa saber nin entender.
De leyes le fablavan por le faser desir 345
algo de la sentençia por su coraçón descobrir;
él mostrava los dientes, mas non era reír,
coydavan que jugava, et todo era reñir.
Dixieron las partes a los sus abogados, 346
que non podrían ser en uno acordados,
nin querrían avenençia para ser despachados,
pidíen que por sentençia fuesen de allí librados.
El alcalde letrado et de buena çiençia 347
usó bien de su oficio et guardó su conçiençia:
estando asentado en la su abdiençia
resó él por sí mismo escrita tal sentençia
‘En l’ nomble de Dios’, el judgador desía, 348
‘yo, don Gimio, ordinario alcalde de Buxía,
‘vista la demanda que el lobo fasía,
‘en que a la marfusa furto le aponía:
‘et vistas las escusas e las defensiones, 349
‘que puso la gulhara en sus esenpçiones,
‘e vista la respuesta e las replicaçiones,
‘que propuso el lobo en todas sus raçones:
‘et visto lo que pide en su reconvençión 350
‘la comadre contra el lobo çerca la conclusión:
‘visto todo el proçeso, et quantas raçones en él son,
‘et las partes que piden sentençia et ál non:
‘por mí examinado todo el proçeso fecho, 351
‘avido mi consejo, que me fiso provecho,
‘con omes sabidores en fuero e en derecho
‘Dios ante mis ojos nin ruego nin pecho:
‘fallo, que la demanda del lobo es bien çierta, 352
‘bien acta e bien formada, bien clara e bien abierta:
‘fallo que la raposa es en parte bien çierta
‘en sus defensiones et escusa et refierta.
‘La exempçión primera es en sí perentoria, 353
‘mas la descomunión es aquí dilatoria:
‘diré un poco d’ella, que es grand estoria;
‘¡abogado de romançe esto ten en memoria!
‘La exempçión primera muy bien fue llegada, 354
‘mas la descomunión fue un poco errada,
‘que la constituçión deviera ser nomblada,
‘et fasta nueve días deviera ser probada.
‘Por caso o por testigos o por buen instrumente 355
‘de público notorio debiera sin fallimente
‘esta tal dilatoria probarse claramente,
‘si por perentoria esto otra mente.
‘Quando la descomunión por dilatoria se pone, 356
‘nueve días de plazo para el que se opone
‘por perentoria esto guarda, non te encone,
‘que a muchos abogados se olvida e se pospone.
‘Es toda perentoria la escomunión atal, 357
‘quando se pon’ contra testigos en pleyto criminal,
‘contra jues publicado que su proceso non val’,
‘quien de otra guisa lo pone, yérralo, et fase mal.
‘Fallo más, que la gulpeja pide más, que non debe pedir, 358
‘que de egual en criminal non puede reconvenir
‘por excepçión non puedo yo condepnar, nin puñir,
‘nin debe el abogado tal preçio comedir.
‘Magüer contra la parte o contra el mal testigo, 359
‘sea excepción probada, non l’ fará otro castigo,
‘desecharán su demanda, su dicho non val’ un figo,
‘la pena ordinaria non avrá, yo vos lo digo.
‘Si non fuere testigo falso, o si lo vieren variar, 360
‘ca entonçe el alcalde puédele atormentar,
‘non por la excepçión, mas por lo que puede far,
‘en los pleytos criminales su ofiçio ha grand lugar.
‘Por exepçión se puede la demanda desechar, 361
‘et puédense los testigos tachar et retachar,
‘por exepçión non puedo yo condepnar, nin matar,
‘nin puede el alcalde más que el derecho mandar.
‘Por quanto yo fallo por la su confesión 362
‘del lobo ante mi dicha, et por otra cosa non,
‘fallo que es probado lo que la marfusa pon’:
‘por ende pongo silençio al lobo en esta saçón.
‘Pues por su confesión e su costumbre e uso 363
‘es manifiesto e çierto lo que la marfusa puso:
‘pronunçio que la demanda qu’él fiso e propuso,
‘non le sea resçebida segund dicho he de suso.
‘Pues el lobo confiesa, que fiso lo que acusa, 364
‘et es manifiesto e çierto, que él por ello usa,
‘non lo debe responder en juisio la marfusa;
‘resçibo sus defensiones a la buena escusa.
‘Non le preste lo que dixo que con miedo e quejura 365
‘fiso la confesión cogido en angostura,
‘ca su miedo era vano, et non dixo cordura,
‘que a do buen alcalde juzga toda cosa es segura.
‘Dó liçençia a la raposa, vaya a la salvajina; 366
‘porque non la asuelvo del furto tan ayna;
‘pero mando, que non furte el gallo a su vesina.’
Ella dis’ que non lo tiene más que le furtará la gallina.
Non apelaron las partes, del juisio son pagados, 367
porque non pagaron costas nin fueron condenados,
esto fue porque non fueron de las partes demandados
nin fue el pleyto contestado, porque fueron escusados.
Allí los abogados dixieron contra el jues, 368
que avía mucho errado, et perdido el su buen pres,
por lo que avía dicho et suplido esta ves:
non gelo preçió don Gimio quanto vale una nues.
Díxoles, que bien podía él en su pronunçiaçión 369
complir lo que es derecho et de costituçión.
Que él de fecho ageno non fasía mensión;
tomaron los abogados del Gimio buena liçión.
Dixiéronle otrosí una derecha raçón, 370
que fecha la conclusión en criminal acusaçión,
non podía dar liçençia para aver compusiçión,
menester la sentençia çerca la conclusión.
A esto dixo el alcalde una sola responsión, 371
que él avíe poder del rey en su comisión
espeçial para todo esto et complida jurisdiçión
aprendieron los abogados en esta disputaçión.
Aquí fabla de la pelea qu’el arçipreste ovo con don
Amor.
Tal eres, como el lobo, retrahes lo que fases, 372
estrañas lo que ves, et non el lodo en que yases,
eres mal enemigo; a todos quantos plases
fablas con grant simplesa, porque muchos engañes.
A obla de piedad nunca paras mientes, 373
nin visitas los presos, nin quieres ver dolientes,
si non solteros, sanos, mançebos e valientes:
si loçanas encuentras, fáblaslas entre dientes.
Reças muy bien las oras con garçones folguynes 374
Cum his qui oderunt paçem fasta que el salterio afines.
Diçes ecce quem bonum, con sonajas, et baçines,
in noctibus stolite, después vas a maitines.
Do tu amiga mora comienças a levantar 375
domine labia mea en alta voz a cantar,
primo dierum ortu los estormentos tocar
nostras preçes ut audiat, et fáçeslos despertar.
Desque sientes a ella tu coraçón espaçias 376
con la maitinada cántate en las frurias laçias
laudes aurora luçe dasles grandes graçias
con miserere mei mucho te lo engraçias.
Et saliendo el sol comienças luego prima 377
debe in notem tuo ruegas a tu saquima
que la lieve por agua e que dé a toda çima
va en achaque de agua a verte la mala esquima.
Et si es tal que non usa andar por las callexas 378
que la lieve a las huertas por las rosas vermejas
si cree la babieca sus dichos e consejas
cueva tristis trae de quicumque vult redruexas.
Et si es dueña tu amiga que d’esto non se compone 379
tú católica e ella, cata manera que la trastorne
os, linga, mens le añade seso con ardor pospone
va la dueña a terçia caridat a longe pone.
Tú vas luego a la iglesia por le deçir tu raçón 380
más que por oír la misa, nin ganar de Dios perdón,
quieres la misa de los novios sin gloria, e sin son,
caxqueas al dar ofrenda, bien trotas el comendón.
Acabada la misa reças tú bien la sexta 381
que la vieja que tiene a tu amiga presta
comienças in verbum tuum, e diçes tú de aquésta
Sed sanctus sant’ licor por la grand misa de fiesta.
Diçes quomodo dilexi nuestra fabla varona 382
susçipe me secundum, que para la mi corona
lucerna pedibus meis es la vuestra persona,
ella te diçe quam dulçia que recabdas a la nona.
Vas a reçar la nona con la dueña loçana 383
Mirabilia comienças, diçes de aquesta plana
Gresus meos dirige, responde doña fulana
Iustus es Domine tañer a nona la campana.
Nunca vi sancristán que a vísperas mexor tanga 384
todos los instierros toca con la chica manga
la que viene a tus vísperas por bien que se remanga
con virga virtutis tue faces, que de ay retanga.
Sede a destris meis diçes a la que viene; 385
cantas letatus sum, si allí se detiene;
illic enim asçenderunt a qualquier que allí se atiene.
La fiesta de seis capas contigo la Pascua tiene(39).
Nunca vi cura de almas que tan bien diga completas. 386
Vengan fermosas, o feas, quier’ blancas, quier’prietas
digan te conoscas nos se grado abres las puertas
después custodinos te ruegan las encubiertas.
Fasta el quod parasti non la quieres dexar 387
ante façiem eius sabes las alxar
in gloria plebis tuae façes las aveitar
salve regina, diçes, si de ti se va quexar.
Aquí fabla de la pelea que ovo el arçipreste con don
Amor.
Con açidia traes estos males atantos 388
muchos otros pecados, antojos e espantos;
non te pagas de omes castos nin dignos santos,
a los tuyos das oblas de males e quebrantos.
El que tu obla trae, es mintroso perjuro, 389
por complir tus deseos fásesle herege duro
más cree tus lisonjas el nesçio fadeduro,
que non la fe de Dios, vete, yo te conjuro.
Non te quiero, Amor, nin cobdiçio tu fijo, 390
fásesme andar de valde, dísesme ‘digo, digo’,
tanto más me aquejas quanto yo más aguijo,
non me val’ tu vanagloria un vil grano de mijo.
Non as miedo, nin vergüença de rey nin reyna, 391
múdaste do te pagan cada día ayna,
huésped eres de muchos, non duras so cortina,
como el fuego andas de vesina en vesina.
Con tus muchas promesas a muchos embeliñas, 392
en cabo son muy pocos a quien bien adeliñas
non te menguan lisonjas más que fojas en viñas:
más traes neçios locos que hay piñones en piñas.
Fases como folguín en tu mesma manera, 393
atalayas de lexos, e caças la primera,
al que quieres matar, sácasle de carrera,
de logar encobierto sacas çelada fiera.
Tiene omen su fija de coraçón amada, 394
loçana e fermosa, de muchos deseada,
encerrada e guardada, e con viçios criada,
do coyda tener algo, en ella tiene nada.
Cóydanse la casar como las otras gentes, 395
porque se onren d’ella su padre e sus parientes,
como mula camursia agusa rostros e dientes,
remeçe la cabeza, a mal seso tiene mientes.
Tú la ruyes a la oreja, e dasle mal consejo, 396
que faga tu mandado, et sigua tu trebejo,
los cabellos en rueda, el peyne et el espejo,
que aquel amigo oveja non es d’ella parejo.
El coraçón le tornas de mil guisas a la hora, 397
si oy casar la quieren, cras de otro se enamora,
a las veses en saya, a las veses en alcandora,
remítase la loca a do tu locura mora.
El que más a ti cree, anda más por mal cabo 398
a ellos e a ellas a todos das mal ramo,
de pecado dañoso de ál non te alabo,
tristesa e flaquesa, ál de ti non recabdo.
Das muerte perdurable a las almas que fieres, 399
das muchos enemigos al cuerpo que requieres,
fases perder la fama al que más amor dieres,
a Dios pierde e al mundo, Amor, el que más quieres.
Estruyes las personas, los averes estragas, 400
almas, cuerpos et algos como huerco las tragas,
de todos tus vasallos fases neçios fadragas,
prometes grandes cosas, poco et tarde pagas.
Eres muy grand gigante al tiempo del mandar, 401
eres enano chico quando lo as de dar,
luego de grado mandas, bien te sabes mudar,
tarde das e amidos, bien quieres demandar.
De la loçana fases muy loca et muy boba, 402
fases con tu grand fuego, como fase la loba,
el más astroso lobo al eñodio ajoba,
aquél da de la mano, e de aquél se encoba.
Ansí muchas fermosas contigo se enartan, 403
con quien se les antoja con aquel se apartan,
quier’ feo, quier’ natio aguisado non catan,
quanto más a ti creen, tanto peor baratan.
Fases por muger fea perder omen apuesto, 404
piérdese por omen torpe dueña de grand repuesto,
plásete con cualquier do el ojo as puesto,
bien te pueden desir antojo por denuesto.
Natura as de diablo, a do quier que tú mores 405
fases temblar los omes, e mudar sus colores,
perder seso e fabla, sentir muchos dolores,
traes los omes çiegos, que creen en tus loores.
Al bletador semejas, quando teñe su brete, 406
que canta dulçe con engaño, al ave pone aveite
fasta que le echa el laso, quando el pie dentro mete,
asegurando matas, quítate de mí, vete.
Ensiemplo del mur topo et de la rana.
Contesçe cada día a tus amigos contigo, 407
como contesçió al topo, que quiso ser amigo
de la rana pintada, quando lo levó consigo:
entiende bien la fabla, et por qué te lo digo.
Tenía el mur topo cueva en la ribera, 408
creçió tanto el río, que maravilla era,
cercó toda su cueva, que non salía de fuera,
vino a él cantando la rana cantadera.
‘Señor enamorado’, dixo al mur la rana, 409
‘quiero ser tu amiga, tu muger, et tu cercana,
‘yo te sacaré a salvo agora por la mañana,
‘ponerte he en el otero, cosa para ti sana.
‘Yo sé nadar muy bien, ya lo ves por el ojo: 410
‘ata tu pie al mío, sube en mi finojo;
‘sacarte he bien a salvo, non te faré enojo,
‘ponerte he en el otero o en aquel rastrojo.’
Bien cantava la rana con fermosa raçón, 411
mas ál tiene pensado en el su coraçón,
creóselo el topo, en uno atados son,
atan los pies en uno, las voluntades non.
Non guardando la rana la postura que puso, 412
dio salto en el agua, somiose fasia yuso,
el topo cuanto podía, tiraba fasia suso,
qual de yuso, qual suso andavan a mal uso.
Andava y un milano volando desfambrido, 413
buscando qué comiese, esta pelea vido,
abatiose por ellos, subió en apellido,
al topo e a la rana levolos a su nido.
Comiolos a entrambos, non le quitaron la fambre, 414
así fase a los locos tu falsa vedegambre;
quantos tienes atados con tu mala estambre,
todos por ti peresçen por tu mala enxambre.
A los neçios e neçias, que una ves enlaças, 415
en tal guisa los trabas con tus fuertes mordaças,
que non an de Dios miedo, nin de sus amenaças;
el diablo los lieva presos en sus tenaças.
Al uno e al otro eres destroydor, 416
también al engañado como al engañador,
como el topo e la rana peresçen, o peor:
eres mal enemigo, fáseste amador.
Toda maldad del mundo e toda pestilençia 417
sobre la falsa lengua mintrosa aparesçençia,
desir palabras dulses que traen avenençia,
et faser malas obras, et tener mal querençia.
Del bien que omen dise, si a sabiendas mengua, 418
es el coraçón falso e mintrosa la lengua,
confunda Dios al cuerpo, do tal coraçón fuelga,
lengua tan enconada Dios del mundo la tuelga.
Non es para buen omen creer de ligero, 419
todo lo que l’ dixieren piénselo bien primero,
non le conviene al bueno que sea lisongero,
en el buen desir sea omen firme e verdadero.
So la piel ovejuna traes dientes de lobo, 420
al que una ves travas, liévastelo en robo,
matas al que más quieres, del bien eres encovo,
echas en flacas cuestas grand peso e grand ajovo.
Pláseme bien, te digo, que algo non te debo, 421
eres de cada día logrero, e das a renuevo,
tomas la grand ballena con el tu poco çebo:
mucho más te diría, salvo que non me atrevo.
Porque de muchas dueñas mal querido sería, 422
et mucho garçón loco de mí profaçaría,
por tanto non te digo el diesmo que podría:
pues cállate e callemos, Amor, vete tu vía.»
Aquí fabla de la respuesta que don Amor dio al
arçipreste.
El Amor con mesura diome respuesta luego: 423
dis’: «Arçipreste, sañudo non seyas, yo te ruego,
non digas mal de amor en verdat nin en juego,
que a las veses poca agua fase abajar grand fuego.
Por poco mal desir se pierde grand’ amor, 424
de pequeña pelea nasçe muy grand’ rencor,
por mala dicha pierde vasallo su señor,
la buena fabla siempre fas’ de bueno mejor.
Escucha la mesura, pues dixiste baldón, 425
non debe amenazar el que atiende perdón,
do bien eres oído escucha mi raçón,
si mis dichos fases, non te dirá muger non.
Si tú fasta agora cosa non recabdeste 426
de dueñas et de otras que dises que ameste,
tórnate a tu culpa, pues por ti lo erreste,
porque a mí non veniste, nin oíste, nin prometiste.
Quesiste ser maestro ante que disçípulo ser, 427
et non sabes la manera como es deprender,
oye e leye mis castigos, e sábelos bien faser,
recabdarás la dueña, e sabrás otras tener.
Para todas mugeres tu amor non conviene, 428
non quieras amar dueñas, que a ti non aviene,
es un amor valdío, de grand locura viene,
siempre será mesquino quien amor vano tiene.
Si leyeres Ovidio el que fue mi criado, 429
en él fallarás fablas que le ove yo mostrado,
muchas buenas maneras para enamorado
Pánfilo et Nasón yo los ove castigado(40).
Si quisieres amar dueñas o otra qualquier muger, 430
muchas cosas habrás primero de aprender;
para que ella te quiera en su amor querer,
sabe primeramente la muger escoger.
Cata muger fermosa, donosa, et loçana, 431
que non sea mucho luenga, otrosí nin enana;
si podieres, non quieras amar muger villana
que de amor non sabe, es como bausana.
Busca muger de talla, de cabeça pequeña, 432
cabellos amarillos, non sean de alheña,
las çejas apartadas, luengas, altas en peña,
ancheta de caderas: ésta es talla de dueña.
Ojos grandes, fermosos, pintados, relusçientes, 433
et de luengas pestañas bien claras e reyentes,
las orejas pequeñas, delgadas, para ál mientes,
si ha el cuello alto, atal quieren las gentes.
La narís afilada, los dientes menudillos, 434
egoales, e bien blancos, un poco apretadillos,
las ensivas bermejas, los dientes agudillos,
los labros de la boca vermejos, angostillos.
La su boca pequeña así de buena guisa, 435
la su fas sea blanca, sin pelos, clara, e lisa,
puña de aver muger, que la veas de prisa
que la talla del cuerpo te dirá esto a guisa.
A la muger que enviares de ti sea parienta, 436
que bien leal te sea, non sea tu servienta,
non lo sepa la dueña porque la otra non mienta
non puede ser quien mal casa que non se arrepienta.
Puña en quanto puedas que la tu mensajera 437
sea bien rasonada, sotil e costumera
sepa mentir fermoso e siga la carrera,
ca más fierve la olla con la su cobertera
si parienta non tienes atal, toma viejas, 438
que andan las iglesias e saben las callejas,
grandes cuentas al cuello, saben muchas consejas,
con lágrimas de Moysén escantan las orejas.
Son grandes maestras aquestas paviotas, 439
andan por todo el mundo, por plaças e cotas,
a Dios alçan las cuentas, querellando sus coytas,
¡ay! ¡quánto mal saben estas viejas arlotas!
Toma de unas viejas que se fasen erveras, 440
andan de casa en casa e llámanse parteras;
con polvos e afeytes e con alcoholeras,
echan la moça en ojo e ciegan bien de veras.
E busca mesajera de unas negras pecas 441
que usan muncho frayres, monjas e beatas;
son mucho andariegas e meresçen las çapatas;
estas trotaconventos fasen muchas baratas.
Do estas mujeres están muncho se alegran 442
pocas mugeres pueden d’ellas se despagar,
porque a ti non mienta sábelas falagar,
ca tal escanto usan que saben bien çegar.
De aquestas viejas todas ésta es la mejor; 443
ruégal’ que te non mienta, muéstral’ buen amor,
que muncha mala bestia vende buen corredor,
e muncha mala ropa cubre buen cobertor.
Si dexier’ que la dueña non tiene miembros muy grandes 444
nin los braços delgados, tú luego lo demandes
si ha los pechos chicos; si dise sí, demandes
contra la segura toda, porque más cierto andes.
Si dis’ que los sobacos tiene un poco mojados 445
e que ha chicas piernas e luengos los costados,
ancheta de caderas, pies chicos, socavados,
tal muger non la fallan en todos los mercados.
En la cama muy loca, en casa muy cuerda; 446
non olvides tal dueña, mas d’ella te enamora;
esto que te castigo con Ovidio concuerda;
e para aquesta cata la fina avancuerda.
Tres cosas non te oso agora descobrir; 447
son todas encobiertas de mucho mal desir;
pocas son las mugeres que d’ellas pueden salir;
si yo las dexiese començaríen a reyr.
Guarte que non sea bellosa nin barbuda; 448
¡atal media pecada et huerco la saguda!
Si ha la mano chica, delgada, bos aguda,
atal muger, si puedes, de buen seso la muda.
En fin de las raçones fasle una pregunta: 449
si es muger alegre, de amor se respunta,
si afueras frías, si demanda quanto barrunta,
al ome si drise sí, atal muger te ayunta.
Atal es de servir e atal es de amar, 450
es muy más plasentera que otras en doñear
si tal saber podieres e la quesieres cobrar,
fas mucho por servirla en desir e en obrar;
de tus joyas fermosas cada que dar podieres, 451
quando dar non quesieres o quando non tovieres,
promete e manda muncho magüer non gelo dieres,
luego estará afusiada, fasta lo que quesieres.
Sírvela, non te enojes, sirviendo el amor crece; 452
el serviçio en el bueno nunca muere sin peresçe;
si se tarda, non se pierde, el amor nunca fallesçe,
que el grand trabajo todas las cosas vençe.
Gradésçegelo mucho lo que por ti fesiere, 453
póngelo en mayor de quanto ello valiere,
non le seas refertero en lo que te pediere,
nin le seas porfioso contra lo que te dixiere.
Requiere a menudo a la que bien quisieres 454
non ayas miedo d’ella quanto tiempo tovieres,
vergüença non te embargue quando con ella estovieres
peresoso non seas a do buena asina vieres.
Quando la muger ve al peresoso cobardo, 455
dise luego entre sus dientes: ‘¡Oy éste tomará mi dardo!’
Con muger non empereses nin te envuelvas en tabardo,
del vestido más chico sea tu ardit alardo.
Son en la grand peresa miedo e cobardía, 456
torpedat e vilesa, susiedat e astrosía;
por la peresa pierden muchos la mi compañía,
por peresa se pierde muger de grand valía.
Enxiemplo de los dos peresosos que querían casar
con una dueña.
Desir t’he la fasaña de los dos peresosos 457
que querían casamiento e andavan acusiosos;
amos por una dueña estavan codiçiosos
eran muy bien apuestos e verás quán fermosos.
El uno era tuerto del su ojo derecho, 458
ronco era el otro, de la pierna contrecho,
el uno del otro avía muy grand despecho.
Coydando que tenían su casamiento fecho.
Díxoles la dueña que ella quería casar 459
con el más peresoso e aquel quería tomar;
esto desíe la dueña queriéndolos abeitar.
Fabró luego el coxo, coydose adelantar.
Dixo: ‘Señora, oíd primero la mi raçón: 460
‘Yo soy más peresoso que este mi compañón:
‘por peresa de tender el pie fasta el escalón
‘caí de la escalera, finqué con esta lisión.
‘Otrosí, yo pasava nadando por el río, 461
‘fasía la siesta grande, mayor que ome non vido;
‘perdíame de sed; tal peresa yo crío,
‘que por no abrir la boca de sed perdí el fablar mío.’
Desque calló el coxo, dixo el tuerto: ‘Señora, 462
‘chica es la peresa que éste dixo agora,
‘desir vos he la mía, non vistes tal ningund hora,
‘nin ver tal la puede ome que en Dios adora.
‘Yo era enamorado de una dueña en abril; 463
‘estando delante ella, sosegado e muy omil,
‘vínome desçendimiento a las narises muy vil,
‘por peresa de alimpiarme perdí la dueña gentil.
‘Mas vos diré, señora, una noche yasía 464
‘en la cama despierto, e muy fuerte llovía,
‘dávame una gotera del agua que fasía,
‘en el mi ojo muy resia, a menudo fería.
‘Yo ove grand peresa de la cabeça redrar, 465
‘la gotera que vos digo, con su mucho resio dar
‘el ojo, de que soy tuerto, óvomelo de quebrar;
‘devedes por más peresa, dueña, conmigo casar.’
‘Non sé,’ dixo la dueña, ‘d’estas peresas grandes, 466
‘quál es la mayor, d’ellas ambos pares estades,
‘véovos, torpe cojo, de quál pie cogeades,
‘veo, tuerto suçio, que siempre mal catades.
‘Buscad con quien casedes, que la dueña non se paga 467
‘de peresoso torpe, nin que vilesa faga.’
Por ende, mi amigo, en tu coraçón non yaga,
nin tacha nin vilesa, de que dueña se despaga.
Fazle una vegada la vergüença perder 468
porque aquesto faz’ mucho si la podieres aver;
desque una vez pierde vergüença la muger
más diabluras façe de quantas ome quier’.
¡Talente de mugeres quién lo podría entender 469
sus malas maestrías e su mucho mal saber!
Quando son ençendidas et mal quieren façer,
alma, e cuerpo, e fama, todo lo dexan perder.
Desque la vergüença pierde el tafur al tablero 470
si el pellote juga, jugará el braguero;
desque la cantadera dise el cantar primero
siempre le bullen los pies, et mal para el pandero.
Texedor e cantadera nunca tienen los pies quedos 471
en el telar e en la dança siempre bullen los tres dedos,
la muger sin vergüença por darle diez Toledos
non dexaría de façer sus antojos aredos.
Non olvides la dueña díchotelo e de suso, 472
muger, molino et huerta, siempre quieren grand uso,
non se pagan de disanto emporidat nin a escuso
nunca quieren olvido, probador lo compuso.
Cierta cosa es esta qu’el molino andando gana 473
huerta mexor labrada da la mexor mançana
muger mucho seguida, siempre anda loçana:
do estas tres guardares non es tu obra vana.
Enxiemplo de lo que contesçió a don Pitas Pajas,
pintor de Bretaña.
Del que olvidó la muger te diré la fazaña 474
si vieres que es burla, dime otra tal mañana;
era don Pitas Pajas un pintor de Bretaña
casose con muger moça, pagábase de compaña(41).
Ante del mes complido dixo él: ‘Nostra dona 475
‘yo volo ir a Flandes, portaré muita dona.’
Ella diz’: ‘Monseñor, andar en ora bona
‘non olvidedes vuestra casa, nin la mi persona.’
Dixo don Pitas Pajas: ‘Dona de fermosura 476
‘yo volo façer en vos una bona figura
‘porque seades guardada de toda altra locura.’
Ella diz’: ‘Monseñor, façed vuestra mesura.’
Pintol’ so el ombligo un pequeño cordero: 477
fuese don Pitas Pajas a ser novo mercadero,
tardó allá dos años, mucho fue tardinero,
façíasele a la dona un mes año entero.
Como era la moça nuevamente casada 478
avíe con su marido fecha poca morada,
tomó un entendedor et pobló la posada,
desfízose el cordero, que d’él non finca nada.
Cuando ella oyó que venía el pintor 479
mucho de priesa embió por el entendedor,
díxole que le pintase como podiese mexor
en aquel lugar mesmo un cordero menor.
Pintole con la gran priesa un eguado carnero 480
complido de cabeça con todo su apero,
luego en ese día vino el mensajero.
Que ya don Pitas Pajas de esto venía çertero.
Cuando fue el pintor de Frandes venido 481
fue de la su muger con desdén resçebido
desque en el palaçio con ella estido
la señal que l’ feçiera non la echó en olvido.
Dixo don Pitas Pajas: ‘Madona, si vos plaz’ 482
‘mostradme la figura e afán buen solaz!’
Diz’ la muger: ‘Monseñor, vos mesmo la catad,
‘fey y ardidamente todo lo que vollaz.’
Cató don Pitas Pajas el sobre dicho lugar 483
et vido un grand carnero con armas de prestar.
‘¿Cómo es esto, madona, o cómo pode estar
‘que yo pinté corder, et trobo este manjar?’
Como en este fecho es siempre la muger 484
sotil e mal sabida, diz’: ‘¿Cómo, monseñor,
‘en dos años petid corder non se façed carner?
‘Vos veniésedes templano et trobaríades corder.’
Por ende te castiga non dexes lo que pides, 485
non seas Pitas Pajas, para otro non errides,
con deçilres fermosos a la muger convides,
desque telo prometa, guarda non lo olvides.
Pedro levanta la liebre, et la mueve del covil 486
non la sigue nin la toma, façe como caçador vil,
otro Pedro que la sigue et la corre más sotil
tómala, esto aconteçe a cazadores mil.
Diz’ la muger entre dientes: ‘Otro Pedro es aqueste 487
‘más garçón e más ardit que l’ primero que ameste,
‘el primero apost de éste non vale más que un feste,
‘con aquéste, e por éste faré yo si Dios me preste.’
Otrosí quando vieres a quien usa con ella 488
quier sea suyo o non, fáblale por amor de ella
si podieres, da l’ayo non le ayas querella
ca estas cosas pueden a la muger traella.
Por poquilla cosa del tu aver que l’ dieres 489
servirte a lealmente, fará lo que quisieres
fará por los dineros todo quanto pidieres
que mucho o poco, da l’ cada que podieres.
Enxiemplo de la propiedat que el dinero ha.
Mucho fas el dinero, et mucho es de amar, 490
al torpe fase bueno, et omen de prestar,
fase correr al cojo, et al mudo fabrar,
el que non tiene manos, dineros quiere tomar(42).
Sea un ome nesçio et rudo labrador, 491
los dineros le fasen fidalgo e sabidor,
quanto más algo tiene, tanto es más de valor,
el que non ha dineros, non es de sí señor.
Si tovieres dineros, avrás consolaçión, 492
plaser e alegría, del papa raçión,
comprarás paraíso, ganarás salvaçión,
do son muchos dineros, es mucha bendiçión.
Yo vi en corte de Roma, do es la santidat, 493
que todos al dinero fasen grand’ homilidat,
grand’ honra le fasçían con grand’ solenidat,
todos a él se homillan como a la magestat(43).
Fasíe muchos priores, obispos, et abades, 494
arçobispos, doctores, patriarcas, potestades,
a muchos clérigos nesçios dávales dinidades,
fasíe de verdat mentiras, et de mentiras verdades.
Fasía muchos clérigos e muchos ordenados, 495
muchos monges e monjas, religiosos sagrados,
el dinero los dava por bien examinados,
a los pobres desían, que non eran letrados.
Dava muchos juisios, mucha mala sentençia, 496
con muchos abogados era su mantenençia,
en tener pleytos malos et faser avenençia,
en cabo por dineros avía penitençia.
El dinero quebranta las cadenas dañosas, 497
tira çepos e grillos, et cadenas plagosas,
el que non tiene dineros, échanle las posas:
por todo el mundo fase cosas maravillosas.
Yo vi fer maravilla do él mucho usava, 498
muchos meresçían muerte que la vida les dava,
otros eran sin culpa, et luego los matava,
muchas almas perdía, et muchas salvava.
Fasía perder al pobre su casa e su viña, 499
sus muebles e raíçes todo los desaliña,
por todo el mundo anda su sarna e su tiña
do el dinero juega, allí el ojo guiña.
Él fase caballeros de neçios aldeanos, 500
condes, e ricos omes de algunos villanos:
con el dinero andan todos los omes loçanos,
quantos son en el mundo, le besan hoy las manos.
Vi tener al dinero las mejores moradas, 501
altas e muy costosas, fermosas, e pintadas,
castillos, eredades, et villas entorreadas:
todas al dinero sirven, et suyas son compladas.
Comía muchos manjares de diversas naturas, 502
vistía los nobles paños, doradas vestiduras,
traía joyas preçiosas en viçios et folguras,
guarnimientos estraños, nobles cabalgaduras.
Yo vi a muchos monges en sus predicaçiones 503
denostar al dinero et a sus tentaçiones,
en cabo, por dinero, otorgan los perdones,
asuelven el ayuno, ansí fasen oraçiones.
Pero que le denuestan los monges por las plaças, 504
guárdanlo en convento en vasos et en taças:
con el dinero cumplen sus menguas, e sus raças,
más condesignos tienen que tordos nin picaças.
Como quier que los frayles et clérigos disen, que aman a Dios servir, 505
si barruntan que el rico está para morir;
quando oyen sus dineros que comienzan a retenir,
quál de ellos lo levarán, comienzan luego a reñir.
Monges, frayles, clérigos non toman los dineros, 506
bien les dan de la çeja do son sus parçioneros,
luego les toman prestos sus omes despenseros;
pues que se disen pobles, ¿qué quieren tesoreros?
Allí están esperando, quál avrá más rico tuero. 507
Non es muerto, ya disen pater noster, mal agüero,
como los cuervos al asno, quando le desuellan el cuero,
cras, cras, nos lo avremos, que nuestro es ya por fuero.
Toda muger del mundo, et dueña de altesa 508
págase del dinero et de mucha riquesa,
yo nunca vi fermosa, que quisiese poblesa,
do son muchos dineros y es mucha noblesa.
El dinero es alcalde et jues mucho loado, 509
éste es consejero et sotil abogado,
alguaçil et merino bien ardit esforzado:
de todos los ofiçios es muy apoderado.
En suma te lo digo, tómalo tú mejor, 510
el dinero del mundo es grand revolvedor:
señor fase del siervo, de señor servidor,
toda cosa del signo se fase por su amor.
Por dineros se muda el mundo e su manera 511
toda muger cobdiçiosa de algo es falaguera.
Por joyas et dineros salirá de carrera:
el dar quebranta peñas, fiende dura madera.
Derrueca fuerte muro, et derriba grant torre 512
a coyta, et a gran priesa el mucho dar acorre,
non a siervo captivo, que el dinero non le aforre:
el que non tiene que dar, su caballo non corre.
Las cosas que son graves, fáselas de ligero, 513
por ende a tu talante sé franco e llenero,
que poco o que mucho non vaya sin logrero,
non me pago de juguetes, do non anda el dinero.
Si algo non le dieres cosa mucha o poca, 514
sey franco de palabra, non le digas raçón loca,
quien no tiene miel en la orça, téngala en la boca:
mercader que esto fase, bien vende, et bien troca.
Si sabes estromentos bien tañer o templar, 515
si sabes o avienes en fermoso cantar,
a las vegadas poco en honesto lugar,
do la muger te oya, non dexes de trobar.
Si una cosa sola a la muger non muda, 516
muchas cosas juntadas façerte han ayuda,
desque lo oye la dueña mucho en ello coyda,
non puede ser que a tiempo a bien non te recubda.
Con una flaca cuerda non alzarás grand tranca, 517
nin por un solo ‘¡farre!’ non anda bestia manca,
a la peña pesada non la mueve una palanca,
con cueros et almádanas poco a poco se arranca.
Prueba façer ligereças e façer valentía, 518
quier lo vea o non, saberlo a algund día,
non será tan esquiva que non aya mejoría,
non canses de seguirla, vençerás su porfía.
El que la mucho sigue, e el que la mucho usa 519
en el corazón la tiene magüer se le escusa,
pero que todo el mundo por esto le acusa,
en esto coyda siempre, por éste far la musa.
Quanto es más sosañada, quanto es más corrida, 520
quanto por ome es majada e ferida,
tanto más por él anda loca muerta et perdida,
non coyda ver la ora que con él seya ida.
Coyda su madre que por la sosañar, 521
por corrella et ferilla, et por la denostar,
que por ende será casta, et la fará estar:
éstos son aguijones que la façen saltar.
Debía pensar su madre de quando era donçella, 522
que su madre non quedava de ferirla e corrella,
que más la ençendía, et pues debía por ella
juzgar todas las otras, e a su fija bella.
Toda muger nasçida es fecha de tal masa, 523
lo que más la defiende aquello ante pasa,
aquello la ençiende, et aquello la traspasa,
do non es tan seguida anda más flaxa laxa.
A toda cosa brava grand uso la amansa, 524
la çierva montesina mucho corrida cansa,
caçador que la sigue tómala quando descansa:
la dueña mucho brava usándose faz’ mansa.
Por una vez al día que ome gelo pida, 525
cient vegadas de noche de amor es requerida,
doña Venus gelo pide por él toda su vida,
de lo qu’él mucho pide, anda muy ençendida.
Muy blanda es el agua, mas dando en piedra dura, 526
muchas vegadas dando façe grand cavadura,
por grand’ uso el rudo sabe grand letura,
muger mucho seguida olvida la cordura.
Guárdate non te abuelvas a la casamentera, 527
donear non la quieras, ca es una manera
porque te faría perder a la entendera,
ca una congrueça(44) de otro siempre tiene dentera.
De cómo el Amor enseña al arçipreste, que aya en sí
buenas costumbres, e sobre todo que se guarde de
beber mucho vino blanco e tinto.
Buenas costumbres debes en ti siempre aver. 528
guárdate, sobre todo, mucho vino beber,
que el vino fiso a Lot con sus fijas volver
en vergüenza del mundo, en saña de Dios caer(45).
Fiso cuerpo e alma perder a un hermitaño, 529
que nunca lo bebiera; probolo por su daño;
retentolo el diablo con su sotil engaño
físole beber el vino, oye enxiemplo estraño:
Era un hermitaño quarenta años avía, 530
que en todas sus oblas en yermo a Dios servía
en tiempo de su vida nunca el vino bebía,
en santidad e en ayuno et en oraçión vevía.
Tomava grand pesar el diablo con esto 531
pensó cómo podiese partirle de aquesto,
vino a él un día con sotileça presto:
‘Dios te salve, buen omen,’ dixo con simple gesto.
Maravillado el monge, dis’: ‘A Dios me acomiendo 532
‘dime qué cosa eres, que yo non te entiendo.
‘Grand tiempo ha, que está aquí a Dios serviendo,
‘nunca vi aquí omen, con la crus me defiendo.’
Non pudo el diablo a su persona llegar, 533
seyendo arredrado comenzolo a retentar
dis: ‘Aquel cuerpo de Dios, que tú deseas gustar,
‘yo te mostraré manera, que lo puedas tomar.
‘Non debes tener dubda, que del vino se fase 534
‘la sangre verdadera de Dios, en ello yase
‘sacramento muy sano, prueba, si te plase.’
El diablo al monje armado lo enlase.
Dixo el hermitaño: ‘Non sé qué es vino.’ 535
Respondió el diablo, presto por lo que vino,
dis: ‘Aquellos taberneros, que van por el camino,
‘te darán asás d’ello, ve por ello festino.’
Físole ir por el vino, et desque fue venido, 536
dixo: ‘Saca d’ello, e bebe, pues lo as traído,
‘prueba un poco d’ello, et desque ayas bebido,
‘verás que mi consejo te será por bien avido.’
Bebió el hermitaño mucho vino sin tiento, 537
como era fuerte puro, sacol’ de entendimiento;
desque vido el diablo que ya echava çimiento,
armó sotil su casa et su aparejamiento.
‘Amigo,’ dis, ‘non sabes de noche, nin de día 538
‘quál es la hora çierta, nin el mundo cómo se guía,
‘toma gallo que te muestre las horas cada día,
‘con él alguna fembra, que con ellas mejor cría.’
Creyó su mal consejo, ya el vino usava, 539
él estando con vino, vido cómo se juntava
el gallo a las fembras, con ellas se deleytava,
cobdiçió faser forniçio desque con vino estava.
Fue con él la cobdiçia raís de todos males, 540
luxuria e soberbia tres pecados mortales,
luego el omeçida: estos pecados tales
trae el mucho vino a los descomunales.
Desçendió de la hermita, forçó una muger, 541
ella dando muchas voçes non se pudo defender,
desque pecó con ella temió mesturado ser,
matola el mesquino, e óvose de perder.
Como diçe el proverbio, palabra es bien çierta, 542
que no hay encobierta que a mal non rebierta,
fue la su mala obra en punto descobierta,
esa hora fue el monge preso et en refierta.
Descobrió con el vino quánto mal había fecho, 543
fue luego justiçiado, como era derecho,
perdió cuerpo e alma el cuitado mal trecho:
en el beber demás y ay todo el mal provecho.
Fase perder la vista, et acortar la vida, 544
tira la fuerça toda, si s’ toma sin medida,
fase tembrar los miembros, todo seso olvida:
a do es el mucho vino, toda cosa es perdida.
Fase oler el fuelgo, que es tacha muy mala, 545
huele muy mal la boca, non ay cosa que l’ vala,
quema las asaduras, el fígado trascala:
si amar quieres dueña, del vino bien te guarda.
Los omes embriagos ayna envegesçen, 546
fasen muchas vilesas, todos los aborresçen,
en su color non andan, sécanse et enmagresçen,
a Dios lo yerran mucho, del mundo desfallesçen.
A do más puja el vino qu’el seso dos meajas, 547
fasen roído los beodos como puercos et grajas:
por ende vienen muertes, contiendas e barajas:
el mucho vino es bueno en cubas e en tinajas.
Es el vino muy bueno en su mesma natura, 548
muchas bondades tiene, si se toma con mesura,
al que demás lo bebe, sácalo de cordura,
toda maldat del mundo fase et toda locura.
Por ende fuye del vino, et fas buenos gestos 549
quando fablares con dueñas, diles doneos apuestos,
los fermosos retraheres tien’ para desir apuestos,
sospirando la fabla, con deçires honestos.
Non fables muy apriesa, nin otro si muy paso, 550
non seas rebatado, nin vagaroso laso,
de quanto que pidiere non le seas escaso,
de lo que le prometieres non la trayas a traspaso.
Quien muy ayna fabla, ninguno non le entiende, 551
quien fabla muy paso, enójase quien le atiende
el grant arrebatamiento con locura contiende,
el mucho vagaroso de torpe non se defiende.
Nunca ome escaso recabda de ligero, 552
nin acava quanto quiere si le veyen costumero,
a quien de oy en cras fabla, non dan por verdadero,
al que manda e da luego a éste lo an primero.
En todos los tus fechos, en fablar et en ál 553
escoge la mesura, et lo que es comunal:
como en todas cosas poner mesura val’,
así, sin la mesura, todo parece mal.
Non quieras jugar dados, nin seas tablagero: 554
ca es mala ganancia, peor que de logrero;
el judío al año da tres por cuatro; pero
el tablag’ de un día dobla el su mal dinero.
Desque los omes están en juegos ençendidos, 555
despójanse por dados, los dineros perdidos.
Al tablagero fincan dineros et vestidos,
do non les come, se rascan los tahures amidos.
Los males de los dados dislos maestre Roldán, 556
todas sus maestrías et las tachas que an,
más alholís rematan, pero non comen pan,
que corderos la Pasqua, nin ansarones San Juan(46).
Non uses con bellacos, nin seas peleador, 557
non quieras ser caçurro, nin seas escarnidor,
nin seas de ti mismo, e de tus fechos loador
ca el que muncho se alava, de sí mismo es denostador.
Non seas maldesçiente, nin seas envidioso, 558
a tu muger si es cuerda, non le seas çeloso,
si algo no l’ probares, no l’ seas despechoso
non seas de su algo pedidor codiçioso.
Ante ella non alabes otra de paresçer, 559
ca en punto la farás luego entristeçer,
cuydará que a la otra querías ante vençer,
poderte ya tal achaque tu pleyto empesçer.
De otra muger non le digas, más a ella alava, 560
et trebejo, dueña non lo quiere en otra aljava,
raçón de fermosura en ella la alava:
quien contra esto fase, tarda e non recabda.
Non le seas mintroso, seyle muy verdadero, 561
quando fables con ella, non seas tú parlero,
do te fablare de amor, sey tú plasentero,
ca el que calla et aprende, éste es mansellero.
Ante otros de açerca tú muncho non la cates 562
nin la fagas señales, a sí mismo non mates,
ca muchos lo entienden que lo probaron antes
de lexos algarea, quedo non te arrebates.
Sey como la paloma, limpio et mesurado, 563
sey como el pavón, loçano sosegado,
sey cuerdo e non sañudo, nin triste, nin ayrado,
en esto se esmera el que es enamorado.
De una cosa te guarda quando amares a una: 564
non se sepa que amas otra muger alguna;
si non, todo su afán es sombra de luna,
et es como quien siembra en río o en laguna.
Piensa si consintrá tu caballo tal freno, 565
que tu entendedora amase a fray Moreno;
pues piensa por ti mesmo, e cata bien tu seno,
et por tu coraçón juzgarás el ageno.
Sobre todas las cosas fabla de su bondat, 566
non te alabes d’ella, que es grand torpedad,
muchos pierden la dueña por desir neçedat,
que quier’ que por ti faga, tenlo en poridat.
Si mucho le ençelares, mucho fará por ti, 567
do fallé poridat, de grado departí,
de omen mesturero nunca me entremetí,
a muchos de las dueñas por esto los partí.
Como tiene el estómago en sí mucha vianda, 568
tenga la poridat que es mucho más blanda
Catón, sabio romano, en su libro lo manda,
dis’ que la buena poridat en buen amigo anda.
Tirando con sus dientes descúbrese la çarça, 569
échanla de la viña, de la huerta e de la haça,
alçando el cuello suyo descóbrese la garça,
buen callar cient sueldos val’ en toda plaça.
A muchos fase mal el omen mesturero, 570
a muchos desayuda, e a sí primero,
reselan d’él las dueñas, e danle por fasañero,
por mala dicha de uno pierde todo el tablero.
Por un mur pequeño que poco queso preso 571
disen luego: ‘Los mures han comido el queso.’
Sea el mal andante, sea el mal apreso,
quien a sí e a otros estorva con mal seso.
De tres cosas que pidas a la muger falaguera, 572
deçirte ha la segunda si le guardas la primera:
si las dos bien guardares, deçirte ha la terçera:
Non pierdas a la dueña por tu lengua parlera.
Si tú guardar sopieres esto que te castigo, 573
cras te dará la puerta quien te hoy çierra el postigo
la que te hoy desama, cras te querrá amigo:
fas’ consejo de amigo, fuye loor de enemigo.
Mucho más te diría, si podiese aquí estar, 574
mas tengo por el mundo otros muchos de pagar,
pésales por mi tardanza, a mí pesa del vagar,
castígate castigando, e sabrás a otros castigar.»
Yo Joan Ruis, el sobredicho arçipreste de Hita, 575
porque mi coraçón de trovar non se quita,
nunca fallé tal dueña como a vos Amor pinta,
nin creo que la falle en toda esta coyta.
De cómo Amor se partió del arçipreste, et de cómo
doña Venus lo castigó.
Partiose Amor de mí, e dexome dormir: 576
desque vino el alba començé de comedir
en lo que me castigó; et por verdat desir,
fallé que en sus castigos siempre usé vevir.
Maravilleme mucho desque en ello pensé, 577
de cómo en servir dueñas todo tiempo non cansé,
mucho las guardé siempre, nunca me alabé,
¿quál fue la raçón negra porque non recabdé?
Contra mi coraçón yo mismo me torné, 578
porfiando le dixe: «Agora yo te porné
»con dueña falaguera: e d’esta ves terné,
»que si bien non avengo, nunca más averné.»
Mi coraçón me dixo: «Faslo e recabdarás, 579
»si hó non recabdares, torna y luego cras,
»lo que muchos días acabado non as,
»quando non coydares, a otra ora lo avrás.»
Fasaña es usada, proverbio non mintroso, 580
más val’ rato acuçioso que día perezoso:
partime de tristeza de cuydado dañoso,
busqué et fallé dueña de qual só deseoso.
De talle muy apuesta, de gestos amorosa 581
doñeguil(47), muy loçana, plasentera et fermosa,
cortés et mesurada, falaguera, donosa,
graçiosa et risueña, amor de toda cosa.
La más noble figura de quantas yo aver pud’, 582
viuda rica es mucho, et moça de juventud
et bien acostumbrada, es de Calataúd,
de mí era vesina, mi muerte e mi salud.
Fija de algo en todo et de alto linage, 583
poco salía de casa, segunt lo an de usage:
fuime a doña Venus que le levase mensage,
ca ella es comienzo et fin d’este viaje.
Ella es nuestra vida et ella es nuestra muerte, 584
enflaqueçe et mata al resio et al fuerte,
por todo el mundo tiene grant poder et fuerte,
todo por su consejo se fará a do apuerte.
«Señora doña Venus, muger de don Amor, 585
»noble dueña, omíllome yo, vuestro servidor
»de todas cosas sodes vos el amor señor:
»todos vos obedesçen como a su fasedor.
»Reyes, duques e condes e toda criatura 586
»vos temen e vos sirven como a vuestra fechura,
»complit los míos deseos et datme dicha e ventura,
»non me seades escasa, nin esquiva, nin dura.
»Non vos pidré grant cosa para vos me la dar, 587
»pero a mí cuitado es me grave de far:
»sin vos yo non la puedo començar nin acabar:
»yo seré bien andante por lo vos otorgar.
»Só ferido e llagado, de un dardo só perdido, 588
»en el coraçón lo traye ençerrado et ascondido,
»non oso mostrar la laga, matarme a si la olvido,
»et aun desir non oso el nombre de quien me ha ferido.
»La llaga non se me dexa a mí catar nin ver, 589
»onde mayores peligros espera que an de ser:
»reçelo que mayores dapnos me podrán recreçer
»físico nin melesina non me puede pro tener.
»¿Quál carrera tomaré que me non vaya matar? 590
»¡Cuytado yo me faré que non la puedo catar!
»Derecha es mi querella, raçón me fase acuytar,
»pues que non fallo nin qué me pueda prestar.
»Et porque munchas cosas me embargan e empeçen, 591
»he de buscar munchos cobros segunt que me pertenesçen:
»las artes muchas vegadas ayudan, otras fallesçen,
»por las artes viven munchos, por las artes peresçen.
»Si se descubre mi llaga quál es, dónde fue venir, 592
»si digo quién me ferió, puedo tanto descobrir
»que perderé melesina so esperança de guarir:
»la esperança con conorte sabe a las veses fallir.
»E si encubre del todo su ferida e su dolor, 593
»si ayuda non demanda por aver salut mijor,
»por ventura me vernía otro peligro peor;
»morría de todo en todo, nunca vi cuyta mayor.
»Mejor es mostrar el ome su dolençia e su quejura 594
»al menge et al buen amigo que l’ darán por aventura
»melesina e consejo por do pueda aver folgura,
»que non el morir sin dubda, et vevir en grant secura.
»El fuego más fuerte quexa ascondido, encobierto, 595
»que non quando se derrama esparçido e descobierto;
»pues éste es camino más seguro e más çierto,
»en vuestras manos pongo el mi coraçón abierto.
»Doña Endrina que mora aquí en mi vesindat 596
»de fermosura e donayre, et de talla e de beldat
»sobra e vençe a todas quantas ay en la çibdat.
»Si el amor no me engaña, yo vos digo la verdat.
»Esta dueña me ferió de saeta enerbolada 597
»atraviésame el coraçón, en él la tengo fincada
»toda mi fuerça pierdo, et del todo me es tirada,
»la llaga va cresçiendo, del dolor non mengua nada.
»A persona de este mundo yo non la oso fablar, 598
»porque es de grand linage, et dueña de grand solar,
»es de mejores parientes que yo e es de mejor lugar,
»en le desir mi deseo non me oso aventurar.
»Con arras e con donas ruéganla casamientos, 599
»menos los preçia todos que dos viles sarmientos,
»a do es el grand linage aí son los alçamientos,
»a do es mucho algo son los desdeñamientos.
»Rica muger e fija de un porqueriso vil 600
»escogerá marido qual quisiere entre dos mil:
»pues así aver non puedo a la dueña gentil,
»averla he por trabajo et por arte sotil.
»Todas aquestas noblesas me fasen querer, 601
»por aquesto a ella non me oso atrever,
»otro cobro non fallo que me pueda acorrer
»si non vos, doña Venus, que lo podedes faser.
»Atrevime con locura et con amor afincado, 602
»muchas veses gelo dixe, que finqué mal denostado,
»non preçia nada, muerto me trae, coytado:
»si non fuese tal mi vesina, non sería tan penado.
»Quanto más se está omen al grand fuego llegado, 603
»tanto mucho más se quema que quando está alongado,
»esto me trae muerto perdido et penado:
»así, señora doña Venus, sea de vos ayudado.
»Ya sabedes nuestros males et nuestras penas parejas, 604
»sabedes nuestros peligros, sabedes nuestras consejas,
»non me dades respuesta, nin me oyen vuestras orejas,
»oítme vos mansamente las mis coytas sobejas.
»Non ven los vuestros ojos la mi triste catadura, 605
»tira de mi coraçón tal saeta e tal ardura,
»conortadme esta llaga con juegos e folgura,
»que non vaya sin conorte mi llaga e mi quejura.
»¿Quál es la dueña tan brava et tan dura, 606
»que al su servidor non le faga mesura?
»Afinco vos pidiendo con dolor et tristura,
»el grand amor me fase perder salud e cura.
»El color he perdido, mis sesos desfallesçen, 607
»la fuerza non la tengo, mis ojos non paresçen,
»si vos non me valedes, mis membrios desfalleçen.»
Respondió doña Venus: «Servidores vençen.
»Ya fueste consejado del Amor, mi marido, 608
»d’él en muchas maneras fuste aperçebido,
»porque le fuste sañudo, contigo poco estido,
»de lo qu’él non te dixo, de mí te será repetido.
»Si algo por ventura de mí te fuere mandado 609
»de lo que mi marido te ovo aconsejado,
»serás d’ello más çierto, irás más segurado,
»mejor es el consejo de muchos acordado.
»Toda muger que mucho otea, o es risueña, 610
»dil’ sin miedo tus coytas, non te embargue vergüeña,
»a penas de mil una te despreçie, más desdeña,
»amarte ha la dueña, que en ello piensa e sueña.
»Sírvela, non te enojes, sirviendo el amor creçe, 611
»serviçio en el bueno nunca muere, nin peresçe,
»si se tarda, non se pierde, el amor non fallesçe,
»el grand trabajo todas las cosas vençe.
»El amor leó a Ovidio en la escuela, 612
»que non ha muger en el mundo, nin grande nin moçuela,
»que trabajo e serviçio non la traya al espuela
»que tarde o que ayna creye que de ti se duela.
»Non te espantes d’ella por su mala respuesta, 613
»con arte o con serviçio ella la dará apuesta
»que siguiendo e serviendo en este cuidado es puesta
»el omen mucho cavando la grand peña acuesta.
»Si la primera onda del mar airada 614
»espantase al marinero, quando viene turbada,
»nunca en la mar entraríe con su nave ferrada:
»non te espante la dueña la primera vegada.
»Jura muy muchas veses el caro vendedor, 615
»que non dará la mercadoría si non por grand valor,
»afincándolo mucho el artero complador
»lieva la mercadoría por el buen corredor.
»Sírvela con arte et mucho te achaca, 616
»el can que mucho lame, sin dubda sangre saca,
»maestría e arte de fuerte fase flaca,
»el conejo por maña doñea a la vaca.
»A la muela pesada de la peña mayor 617
»maestría e arte la arrancan mejor;
»anda por maestría ligera en derredor,
»moverse ha la dueña por artero servidor.
»Con arte se quebrantan los coraçones duros, 618
»tómanse las çibdades, derríbanse los muros,
»caen las torres altas, álzanse pesos duros,
»por arte juran muchos, por arte son perjuros.
»Por arte los pescados se toman só las ondas, 619
»et los pies enjutos corren por mares fondas,
»con arte e con serviçio muchas cosas abondas,
»por arte non ha cosa a que tú non respondas.
»Ome poble con arte pasa con chico ofiçio, 620
»et la arte al culpado sálvalo del malefiçio,
»el que lloraba poble canta rico en viçio,
»fase andar de caballo al peón el serviçio.
»Los señores irados de manera estraña 621
»por el mucho serviçio pierden la mucha saña,
»con buen servicio vençen caballeros de España,
»pues vençerse la dueña non es cosa tamaña.
»Non pueden dar los parientes al pariente por herençia 622
»el mester e el ofiçio, el arte e la sabiençia,
»nin pueden dar a la dueña el amor a la querençia,
»todo esto da el trabajo, el uso, e la femençia.
»Magüer te diga de non, et aunque se ensañe, 623
»non canses de seguirla, tu obra non se dañe,
»fasiéndola serviçio, tu coraçón se bañe:
»non puede ser que non se mueva campana que se tañe.
»Con aquesto podrás a tu amiga cobrar, 624
»la que te era enemiga, mucho te querrá amar;
»los logares a do suele cada día usar,
»aquellos debes mucho a menudo andar.
»Si vieres que ay lugar, dile juguetes fermosos, 625
»palabras afeytadas con gestos amorosos,
»con palabras muy dulçes, con desires sabrosos,
»creçen mucho amores, e son deseosos.
»Quiere la mançebía mucho plaser consigo, 626
»quiere la muger al ome alegre por amigo,
»al sañudo e al torpe non lo preçia un figo,
»tristesa e rensilla paren mal enemigo.
»El alegría al omen faslo apuesto e fermoso, 627
»más sotil e más ardit, más franco e más donoso:
»non olvides los sospiros, en esto sey engañoso,
»non seas mucho parlero, non te tenga por mintroso.
»Por una pequeña cosa pierde amor la muger, 628
»et por pequeña tacha, que en ti podría aver,
»tomará tan grand enojo, que te querrá aborresçer;
»a ti mesmo contesçió, et a otros podría acaesçer.
»A do fablares con ella, si vieres que ay lugar, 629
»un poquillo como a miedo no dexes de cantar:
»muchas veses cobdiçia lo que te va a negar,
»darte a lo que non coydas, si non te das vagar.
»Toda muger los ama omes aperçebidos, 630
»más desea tal omen que todos bienes complidos,
»an muy flacas las manos, los calcañares podridos
»lo poco e lo mucho fásenlo como amidos,
»Por mejor tiene la dueña de ser un poco forçada, 631
»que desir: ‘fas tu talente’, como desvergonçada,
»con poquilla de fuerça finca más desculpada:
»n todas las animalias esta es cosa probada.
»Todas las fembras an en sí estas maneras: 632
»al comienço del fecho siempre son referteras,
»muestran que tienen saña, e son regateras,
»amenasan, mas no fieren, en çelo son arteras.
»Magüer que fase bramuras la dueña que se doñea, 633
»nunca el buen doñeador por esto enfaronea;
»la muger bien sañuda, qu’el omen bien guerrea,
»los doñeos la vençen, por muy brava que sea.
»El miedo e la vergüença fase a las mugeres 634
»non faser lo que quieren bien como tú lo quieres,
»non finca por non querer, cada que podieres,
»toma de la dueña lo que d’ella quisieres.
»De tuyo o de ageno vele bien apostado, 635
»guarda, non lo entienda que lo llevas prestado
»que non sabe tu vesino lo que tienes condesado,
»encubre tu poblesa con mentir colorado.
»El pobre con buen seso et con cara pagada 636
»encubre su pobresa e su vida lasrada,
»coge sus muchas lágrimas en su boca çerrada,
»más val’ que faserse pobre a quien non l’ dará nada.
»La mentira a las de veses a muchos aprovecha, 637
»la verdad a las veses muchos en daño echa,
»muchos caminos ataja desviada estrecha,
»ante salen a la peña que por carrera derecha.
»Quando vieres algunos de los de su compaña, 638
»fasles muchos plaseres, fáblalos bien con maña,
»quando esto la dueña, su coraçón se baña,
»servidor lisonjero a su señor engaña.
»A do son muchos tisones e muchos tisonadores, 639
»mayor será el fuego e mayores los ardores:
»a do muchos le dixieren tus bienes e tus loores,
»mayor será tu quexa, et tus deseos mayores.
»En quando están ellos de tus bienes fablando, 640
»luego está la dueña en su coraçón pensando,
»si lo fará o non, en esto está dubdando,
»desque vieres que dubda, vela tú afincando.
»Si no l’ dan de las espuelas al caballo farón, 641
»nunca pierde faronía, nin vale un pepión;
»asno cojo, quando dubda, corre con el aguijón,
»a muger que está dubdando, afínquela el varón.
»Desque están dubdando los omes que han de faser, 642
»poco trabajo puede sus coraçones vençer;
»torre alta desque tiembla non ay si non caer,
»la muger que está dubdando, ligera es de aver.
»Si tiene madre vieja tu amiga de beldad, 643
»non la consintirá fablar contigo en poridad,
»es de la mançebía zelosa la vejedad,
»sábelo et entiéndelo por la antigüedad.
»Mucho son mal sabidas estas viejas risoñas, 644
»mucho son de las mozas guardaderas çelosas,
»sospechan et barruntan todas aquestas cosas,
»bien saben las paranças, quien pasó por las losas.
»Por ende busca una buena medianera, 645
»que sepa sabiamente andar esta carrera,
»que entienda de vos ambos bien la vuestra manera,
»qual don Amor te dixo, tal sea la trotera.
»Guárdate, non la tengas la primera vegada, 646
»non acometas cosa porque finque espantada,
»sin su plaser non sea tañida nin trexnada,
»una ves échale çebo que venga segurada.
»Asás te e ya dicho, non puedo más aquí estar, 647
»luego que tú la vieres, comienza l’ de fablar,
»mil tiempos e maneras podrás después fallar,
»el tiempo todas cosas trae a su lugar.
»Amigo mío, con este fecho, ¿qué quieres más que te diga? 648
»Sey sotil e acuçioso, e avrás tu amiga,
»non quiero aquí estar, quiérome ir mi vía.»
Fuese doña Venus, a mí dexó en fadigna.
Si le conortan no lo sanan al doliente los joglares, 649
el dolor cresçe, e non mengua, oyendo dulçes cantares,
consejo me da doña Venus, mas non me tira pesares,
ayuda otra non me queda, si non lengua e parlares.
Amigos, vo a grand pena, et só puesto en la fonda, 650
vo a fablar con la dueña, quiera Dios que bien me responda,
púsome el marinero ayna en la mar fonda,
dexome solo e señero sin remos con la blava onda.
¡Coytado! ¿si escaparé? grand miedo e de ser muerto, 651
oteo a todas partes, e non puedo fallar puerto,
toda la mi esperanza e todo el mi confuerto
está en aquella sola, que me trae penado e muerto.
Ya vo rasonar con ella, quiero l’ desir mi quejura, 652
porque por la mi fabla venga a faser mesura,
disiéndole de mis coytas entenderá mi rencura,
a veses de chica fabla viene mucha folgura.
Aquí dise de cómo fue fablar con doña Endrina el
arçipreste.
¡Ay Dios, y quán fermosa viene doña Endrina por la plaça! 653
¡Qué talle, qué donayre, qué alto cuello de garça!
¡Qué cabellos, qué boquilla, qué color, que buenandança!
Con saetas de amor fiere quando los sus ojos alça.
Pero tal lugar non era para fablar en amores, 654
a mí luego me vinieron muchos miedos e temblores,
los mis pies e las mis manos non eran de sí señores,
perdí seso, perdí fuerza, mudáronse mis colores.
Unas palabras tenía pensadas para le desir, 655
el miedo de las compañas me fasíen al departir,
apenas me conosçía nin sabía por dó ir,
con mi voluntat mis dichos non se podían seguir.
Fablar con muger en plaça es cosa muy descobierta, 656
a veses mal perro anda tras mala puerta abierta,
bueno es jugar fermoso, echar alguna cobierta,
a do es lugar seguro es bien fablar cosa çierta.
«Señora, la mi sobrina que en Toledo seía 657
»se vos encomienda mucho, mil saludes vos envía:
»si avies’ lugar e tiempo por quanto de vos oía,
»deseavos mucho ver, et conoçer vos querría.
»Querían allá mis parientes casarme en esta saçón 658
»con una donçella rica, fija de don Pepión,
»a todos di por respuesta que la non quería, non,
»de aquella sería mi cuerpo que tiene mi coraçón.»
Abajé más la palabra, díxel’ que en juego fablava, 659
porque toda aquella gente de la plasa nos mirava,
desde vi que eran idos, que omen aí non fincava,
començel’ desir mi quejura del amor que me afincava.
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»Otro non sepa la fabla, d’esto fagamos,
»do se çelan los amigos, son más fieles entramos(48).
»En el mundo non es cosa que yo ame a par de vos, 661
»tiempo es ya pasado de los años más de dos
»que por vuestro amor me pena, ámovos más que a Dios.
»Non oso poner persona que lo fable entre nos.
»Con la grant pena que paso vengo a vos desir mi quexa. 662
»Vuestro amor he d’esto que me afinca e me aquexa
»non me tira, non me parte, non me suelta, non me dexa:
»tanto me da la muerte, quanto más se me alexa.
»Reçelo he que non me oídes esto que vos he fablado, 663
»fablar muncho con el sordo es mal seso e mal recabdo
»cret que vos amo tanto que non ey mayor cuydado
»esto sobre todas cosas me traye más afincado.
»Señora, yo non me trevo a desir vos más rasones 664
»fasta que me respondades a estos pocos sermones,
»Desitme vuestro talant, veremos los coraçones.»
Ella dixo: «Vuestros dichos non los preçio dos piñones.
»Bien así engañan munchos a otras munchas Endrinas, 665
»el ome tan engañoso así engaña a sus vesinas,
»non cuydedes que só loca por oyr vuestras parlinas
»buscat a quien engañedes con vuestras falsas espinas.»
Yo le dixe: «Ya, sañuda, anden fermosos trebejos, 666
»son los dedos en las manos, pero non son todos parejos,
»todos los omes non somos de unos fechos nin consejos,
»la peña tiene blanco et prieto, pero todos son conejos.
»A las vegadas lastan justos por pecadores, 667
»a munchos empeesçen los agenos errores
»fas’ mal culpa de malo a buenos e a mejores,
»deven tener la pena a los sus fasedores.
»El yerro que otro fiso a mí non faga mal, 668
»avet por bien que vos fable allí so aquel portal.
»Non vos vean aquí todos los que andan por la cal,
»aquí vos fablaré uno, allí vos fablaré ál.»
Paso a paso doñ’ Endrina so el portal es entrada, 669
bien loçana e orgullosa, bien mansa e sosegada,
los ojos bayo por tierra en el poyo asentada,
yo torné en la mi fabla que tenía comenzada:
«Escúcheme, señora, la vuestra cortesía, 670
»un poquillo que vos diga la muerte mía:
»cuydades que vos fablo en engaño et en folía,
»e non sé qué me faga contra vuestra porfía.
»A Dios juro, señora, por aquesta tierra 671
»que tanto vos he dicho de la verdat non yerra:
»estades enfriada más que la nief de la sierra,
»e sodes tan moça que esto me atierra.
»Fablo en aventura con la vuestra moçedat, 672
»cuydades que vos fablo lisonja et vanidat,
»non me puedo entender en vuestra chica edat,
»querriedes jugar con la pella más que estar en poridat.
»Pero sea más noble para plasentería 673
»et para estos juegos edat de mançebía,
»la verdat en seso lieva la mejoría,
»a entender las cosas el grant tiempo las guía.
»A todas las cosas fase el grand uso entender 674
»el arte et el uso muestra todo el saber.
»Sin el uso et arte ya se va pereser,
»do se usan los omes puédense conoçer.
»Yt et venit a la fabla otro día por mesura, 675
»pues que oy non me creedes, o non es mi ventura:
»yt et venit a la fabla esa creençia atán dura:
»usando oyr mi pena, entenderedes mi quexura.
»Otorgatme ya, señora, aquesto de buena miente 676
»que vengades otro día a la fabla solamiente:
»yo pensaré en la fabla et sabré vuestro talente,
ȇl non oso demandar, vos venid seguramiente.
»Por la fabla se conosçen los más de los coraçones, 677
»yo entenderé de vos algo, et oyredes las mis rasones,
»yt, et venit a la fabla que mugeres et varones
»por las palabras se conosçen et son amigos et compañones.
»Porque omen non coma nin comienza la mançana 678
»es la color et la vista alegría palançiana,
»es la fabla et la vista de la dueña tan loçana
»al ome conorte grande et plasentería bien sana.»
Esto dixo doña Endrina, esta dueña de prestar: 679
«Onra et non desonra es cuerdamiente fablar,
»las dueñas et mugeres deven su respuesta dar
»a qualquier que las fablare o con ellas raçonar.
»Quanto esto vos otorgo a vos o a otro cualquier, 680
»fablat vos, salva mi honra, quanto fablar vos quixéredes,
»de palabras en juego direlas si las oyer’,
»non vos consintré engaño cada que lo entendier’.
»Estar sola con vos solo esto yo non lo faría, 681
»non deve la muger estar sola en tal compañía,
»naçe dende mala fama, mi desonra sería
»ante testigos que nos veyan fablar vos he algún día.»
»Señora, por la mesura que agora prometedes, 682
»non sé graçias que lo valan quantas vos mereçedes;
»a la merçed que agora de palabra fasedes
»egualar non se podrían ningunas otras merçedes.
»Pero fío de Dios que aun tiempo verná 683
»que qual es el buen amigo por las obras paresçerá,
»querría fablar, non oso, tengo que vos pesará.»
Ella dixo: «Pues desildo, et veré qué tal será.»
«Señora, que me prometedes de lo que de amor queremos 684
»que si oviere logar et tiempo cuando en uno estemos,
»segund que yo deseo, vos e yo nos abraçemos:
»para vos non pido mucho et con esto pasaremos.»
Esto dixo doña Endrina: «Es cosa muy probada 685
»que por sus besos la dueña finca muy engañada,
»ençendimiento grande pone el abrazar al amada,
»toda muger es vençida desqu’esta joya es dada.
»Esto yo no vos otorgo salvo la fabla de mano, 686
»mi madre verná de misa, quiérome ir de aquí temprano,
»non sospeche contra mí que ando con seso vano,
»tiempo verná que podremos fablar vos et yo este verano.»
Fuese mi señora de la fabla su vía 687
desque yo fui naçido nunca vi mejor día,
solás tan plasentero et tan grande alegría
quiso me Dios bien guiar et la ventura mía.
Cuydados munchos me aquexan a que non fallo consejo, 688
si muncho usó la dueña con palabras de trebejo,
puede ser tanta la fama que saliría a conçejo:
así perdería la dueña que sería pesar sobejo.
Si la non digo non uso el amor se perderá, 689
si veye que la olvido, ella otro amará,
el amor con uso creçe, desusando menguará,
do la muger olvidares, ella te olvidará.
Do añadieres la leña creçe sin dubda el fuego, 690
si la leña se tirare el fuego menguará luego,
el amor et la bien querençia creçe con usar juego,
si la muger olvidares poco preçiará tu ruego.
Cuidados tan departidos créçenme de cada parte, 691
con pensamientos contrarios el mi coraçón se parte,
et a la mi muncha cuyta non sé consejo nin arte:
el amor do está firme todos los miedos departe.
Muchas veçes la ventura con su fuerza e poder 692
a muchos omes dexa su propósito faser:
por esto anda el mundo en levantar e en caer:
Dios e el trabajo grande pueden los fados vençer.
Ayuda la ventura al que bien quiere guiar, 693
et a muchos es contraria, puédeles mal estorbar,
el trabajo e el fado suélense acompañar;
pero sin Dios todo esto non puede aprovechar.
Pues que sin Dios non puede prestar cosa que sea, 694
Él guíe la mi obra, Él mi trabajo provea,
porque el mi coraçón vea lo que desea:
el que amén dixiere, lo que cobdiçia vea.
Hermano nin sobrino non quiero por ayuda, 695
quando aquel fuego viníe todo coraçón muda,
una a otro non guarda lealtat, nin la cuda,
amigança, deudo e sangre la muger lo muda.
El cuerdo con buen seso pensar deve las cosas 696
escoja las mejores et dexe las dañosas:
para mensagería personas sospechosas
nunca son a los omes buenas nin provechosas.
Busqué trotaconventos qual me mandó el Amor, 697
de todas las maestrías escogí la mejor,
Dios e la mi ventura que me fue guiador,
açerté en la tienda del sabio corredor.
Fallé una vieja qual avía menester, 698
artera e maestra e de mucho saber,
doña Venus por Pánfilo non pudo más faser
de quanto fiso aquésta por me faser plaser.
Era vieja buhona destas que venden joyas: 699
éstas echan el lazo, éstas cavan las foyas,
non hay tales maestras como éstas viejas troyas,
éstas dan la maçada: si as orejas, oyas.
Como lo an de uso estas tales buhonas, 700
andan de casa en casa vendiendo muchas donas,
non se reguardan d’ellas, están con las personas,
fasen con el mucho viento andar las ataonas.
Desque fue en mi casa esta vieja sabida, 701
díxele: «Madre señora, tan bien seades venida,
»en vuestras manos pongo mi salud e mi vida,
»si vos non me acorredes, mi vida es perdida.
»Oí desir siempre de vos mucho bien e aguisado, 702
»de quantos bienes fasedes al que a vos viene coytado
»como a bien e ayuda quien de vos es ayudado
»por la vuestra buena fama et por vos enviado.
»Quiero fablar convusco bien como en penitençia, 703
»toda cosa que vos diga, oídla en paciençia,
»si non vos, otro non sepa mi quexa e mi dolençia.»
Dis’ la vieja: «Pues desidlo, e aved en mí creençia.
»Conmigo seguramente vuestro coraçón fablad, 704
»faré por vos quanto pueda, guardar e vos lealtad.
»Ofiçio de corredores es de mucha poridat,
»más encobiertas cobrimos que mesón de vesindat.
»Si a quantas d’esta villa nos vendemos las alfajas, 705
»sopiesen unos de otros, muchas serían las barajas,
»muchas bodas ayuntamos que viene arrepantajas,
»muchos panderos vendemos, que non suenan las sonajas.»
Yo le dixe: «Amo una dueña sobre quantas yo vi, 706
»ella, si me non engaña, parese que ama a mí,
»por escusar mil peligros fasta hoy lo encobrí,
»toda cosa de este mundo temo mucho e temí.
»De pequeña cosa nasçe fama en la vesindat, 707
»desque nasçe, tarde muere, magüer non sea verdat,
»siempre cada día cresçe con envidia e falsedat,
»poca cosa le empesçe al mesquino en mesquindat.
»Aquí es bien, mi vesina, ruego vos que allá vayades, 708
»et fablad entre vos ambos lo mejor que entendades,
»encobrid todo aquesto lo más mucho que podades,
»açertad aqueste fecho, pues que vierdes las voluntades.»
Dixo: «Yo iré a su casa de esa vuestra vesina, 709
»e le faré tal escanto, e le daré tal atalvina,
»porque esa vuestra llaga sane por mi melesina.
»Desidme, ¿quién es la dueña?» Yo le dixe: «Doña Endrina.»
«La çera que es mucho dura e mucho brosna e elada, 710
»desque ya entre las manos una ves está masnada,
»después con el poco fuego çient veses será doblada,
»doblarse a toda dueña, que sea bien escantada.»
Díxome, que esta dueña era bien su conosçienta. 711
Yo le dixe: «Por Dios, amiga, guardad vos de sobervienta.»
Ella dis’: «Pues fue casada, creed que se non arrepienta,
»que non ay mula de albarda que la troya non consienta.
»Míembrese vos, buen amigo, de lo que desir se suele, 712
»que çibera en molino el que ante viene, muele,
»mensaje que mucho tarda, a muchos omes demuele
»el omen aperçebido nunca tanto se duele.
»Amigo, non vos durmades, que la dueña que desides, 713
»otro quier’ casar con ella, pide lo que vos pedides,
»es omen de buen linage, viene donde vos venides,
»vayan ante vuestros ruegos que los agenos convides.
»Yo lo trayo estorvando por quanto non lo afinco, 714
»ca es omen bien escaso, pero que es muy rico,
»mandome por vestuario una piel e un pellico,
»Diomelo tan bien parado, que nin es grande, nin chico.
»El presente que se da luego, si es grande de valor, 715
»quebranta leyes e fueros, e es del derecho señor,
»a muchos es grand’ ayuda, a muchos estorvador,
»tiempo ay que aprovecha, et tiempo ay que fas’ peor.
»Esta dueña que desides, mucho es en mi poder 716
»si non por mí, non la puede omen del mundo aver,
»yo sé toda su fasienda, et quanto a de faser,
»por mi consejo lo fase más que non por su querer.
»Non vos diré más rasones, que asás vos e fablado, 717
»de aqueste ofiçio vivo, non e de otro coydado,
»muchas veses e tristesa del laserio ya pasado,
»porque me non es agradeçido, nin me es gualardonado.
»Si me diéredes ayuda de que pase algún poquillo, 718
»e esta dueña e a otras moçetas de cuello albillo,
»yo faré con mi escanto, que se vengan paso a pasillo,
»en aqueste mi farnero las traeré al sarçillo.»
Yo le dixe: «Madre señora, yo vos quiero bien pagar, 719
»el mi algo et mi casa a todo vuestro mandar,
»de mano tomad pellote, e id, nol’ dedes vagar,
»pero ante que vayades, quiero vos yo castigar.
»Todo el vuestro cuydado sea en aqueste feccho, 720
»trabajat en tal manera porque ayades provecho.
»De todo vuestro trabajo avredes ayuda e pecho,
»pensat bien lo que fablardes con seso e con derecho.
»Del comienço fasta el cabo pensat bien lo que digades, 721
»fablat tanto et tal cosa, que non vos arrepintades,
»en la fin está la honra e la deshonra, bien creades,
»do bien acaba la cosa, allí son todas bondades.
»Mejor cosa es al ome, al cuerdo e al entendido, 722
»callar do no le empeçe, et tiénenle por sesudo,
»que fablar lo que non le cumple, porque sea arrepentido
»o piensa bien lo que fablas, o calla, o faste mudo.»
La buhona con farnero va taniendo cascaveles, 723
meniando de sus joyas, sortijas, et alfileres,
desía por fasalejas: «Comprad aquestos manteles.»
Vídola doña Endrina, dixo: «Entrad, non reçeledes.»
Entró la vieja en casa, díxole: «Señora fija, 724
»para esa mano bendicha, quered esta sortija:
»si vos non me descobrierdes, desir vos he una pastija,
»que pensé aquesta noche» (Poco a poco la aguija.)
«Fija, siempre estades en casa ençerrada, 725
»sola envegeçedes, quered alguna vegada
»salir andar en la plaça con vuestra beldat loada,
»entre aquestas paredes non vos prestará nada.
»En aquesta villa mora muy fermosa mançebía, 726
»mançebillos apostados et de buena loçanía,
»en todas buenas costumbres creçen de cada día,
»nunca ver puede omen a tan buena compañía.
»Muy bien me resçiben todos con aquesta pobledat, 727
»el mejor e el más noble de linaje e de beldat
»es don Melón de la Uerta, mançebillo de verdat,
»a todos los otros sobra en fermosura e bondat.
»Todos quantos en su tiempo en esta tierra nasçieron 728
»en riquesas e en costumbres tanto como él non creçieron,
»con los locos fásese loco, los cuerdos d’él bien dixieron,
»manso más que un cordero, nunca pelear lo vieron,
»el sabio vençer al loco con consejo no es tan poco, 729
»con los cuerdos estar cuerdo, con locos fase se loco,
»el cuerdo non enloquese por fablar al roça poco(49)
»yo lo pienso en mi pandero muchas veçes que lo toco.
»Mançebillo en la villa atal non se fallará, 730
»non estraga lo que gana, antes lo goardará,
»creo bien que tal fijo al padre semejará,
»en el beserrillo verá omen el buey que fará.
»El fijo muchas veses como el padre prueba, 731
»en semejar fijo al padre non es cosa tan nueva,
»el coraçón del ome por el coraçón se prueba,
»grand amor et grand saña non puede ser, que no se mueva.
»Ome es de buena vida, et es bien acostumbrado, 732
»creo que casaría él convusco de buen grado;
»si vos lo bien sopiésedes, quál es e quán preçiado,
»vos querríades aquesto que yo vos he fablado.
»A veçes luenga fabla tiene chico provecho, 733
»quien mucho fabla, yerra, díselo el derecho,
»et de comienço chico viene granado fecho,
»a veçes cosa chica fase muy grand despecho.
»Et a veses pequeña fabla bien dicha e chico ruego 734
»obra mucho en los fechos, a veçes recabda luego
»e de chica çentella nasçe grand llama de fuego,
»e vienen grandes peleas a veçes de chico juego.
»Siempre fue mi costumbre e los mis pensamientos 735
»levantar yo de mío, e mover casamientos,
»fablar como en juego tales somovientos
»fasta que yo entienda e vea los talentos.
»Agora, señora fija, desitme vuestro coraçón, 736
»esto que vos he fablado si vos plase o si non
»guardar vos he poridat, çelaré vuestra raçón,
»sin miedo fablat conmigo quantas cosas son.»
Respondiole la dueña con mesura et bien: 737
«Buena muger, desidme: ¿quál es ése o quién,
»que vos tanto loades e quántos bienes tien’?
»Yo pensaré en ello, si para mi convien’»
Dixo Trotaconventos: «¿Quién es, fijas señora? 738
»Es aparado bueno, que Dios vos trajo agora,
»mançebillo guisado, en vuestro barrio mora,
»don